JeanChristophe Rufin

El Abisinio


Título origina L'Abyssin

Traducción: Isabel Romero


I LA ORDEN DEL NÁUFRAGO

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<p id="_Toc104711234">I LA ORDEN DEL NÁUFRAGO</p>
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El Rey Sol estaba desfigurado. Una lepra que en los países de Oriente corrompe los óleos había traspasado el barniz y se expandía poco a poco sobre la tela. Luis XIV tenía en la mejilla izquierda, la que el pintor había encarado con majestuosidad hacia el espectador, un gran lunar negruzco cuyos filamentos de un marrón rojizo se prolongaban hasta la oreja como una estrella repugnante. Mirando atentamente, también se podían advertir algunas manchas en el cuerpo. Pero salvo las que mancillaban su media, las otras imperfecciones no eran tan desagradables.

Hacía tres años que el cuadro hermoseaba el consulado de Francia en El Cairo. El propio Hyacinthe Rigaud, autor del original, había supervisada la ejecución de la obra en su taller parisino, y más tarde fue expedida por barco. Para colmo de la desgracia, ni en El Cairo ni en ningún otro puerto de Levante razonablemente próximo se tenía constancia de que en ese momento hubiera un pintor habilidoso. El cónsul, el señor De Maillet, se enfrentaba con el siguiente dilema: o bien dejar a la vista de todos, en el gran salón del edificio diplomático, un retrato real que ofendía en grado sumo a la augusta persona del Rey, o bien confiarlo a unas manos inexpertas que podían arruinarlo definitivamente. Después de darle vueltas a aquel espinoso asunto durante tres meses, el diplomático decidió arriesgarse y mandó restaurarlo.

El señor De Maillet eligió para tal menester a un droguero establecido en la colonia franca que al decir de la gente tenía buena mano para restaurar las telas estropeadas por el clima. Se trataba de un tipo alto, ligeramente encorvado, con una barba entrecana que le cubría toda

cara, cabellos rizados como el astracán, que se desplazaba con brusquedad agitando sus largos brazos. No obstante, cuando se aplicaba, sus gestos podían ser muy minuciosos. Todos le llamaban maestro Juremi, y su peor defecto era ser protestante. La idea de confiar la imagen del Rey a un fanático, capaz de cometer un atentado, no convencía demasiado al diplomático, pero el hombre era conocido por su honestidad, una cualidad bastante apreciada en medio de aquella turbulenta población, y por otra parte el señor De Maillet no tenía otra elección.

Mientras examinaba el cuadro, el maestro Juremi anunció que el trabajo le tendría ocupado diez jornadas, y al día siguiente, con la ayuda de un joven esclavo nubio, ya estaba removiendo grandes cuencos de gres que olían a trementina y a aceite de adormidera, en un andamio de dos metros de altura. El cónsul había exigido estar presente siempre que hubiera que tocar la tela. Todas las mañanas, hacia las once, después de realizar las disoluciones pertinentes (pues había que aplicar estas sustancias enseguida ya que no se conservaban de un día para otro), los sirvientes iban a avisar al cónsul, y el maestro Juremi emprendía el trabajo de restauración en su presencia. En primer lugar se dedicó a las manchas que cubrían los pliegues de la túnica púrpura, allí donde éstos apenas se distinguían. Los primeros resultados fueron alentadores; los barnices de color no perdían su brillo, el tinte se mantenía intacto y las manchas desaparecían casi por completo. El señor De Maillet tenía sobradas razones para sentirse optimista. Con todo, en cuanto el maestro Juremi se acercaba a la tela real con sus pincelitos de piel de oreja de ternero, el cónsul se ponía a gritar como un paciente con la boca abierta que ve venir los alicates del dentista. Más de una vez se vieron obligados a interrumpir las sesiones que se vislumbraban excesivamente dolorosas.

Por fin se pudo llegar al cáncer que devoraba la mejilla real. El señor De Maillet, que llevaba puesta la peluca e iba ataviado con un ligero batín de tela india, se retorcía en la banqueta que había mandado colocar frente al cuadro mientras su mujer le tomaba una mano y la aprisionaba contra su corazón. La pareja miraba implorante al techo como una familia desconsolada al pie de la crucifixión de un pariente cercano. Aquella tarde de mayo el calor era aún más sofocante que de costumbre debido al viento cálido que había soplado desde el desierto nubio los últimos tres días. El maestro Juremi, con un casquete gris en la cabeza, sujetó el pincel fino que le tendió el joven esclavo y lo llevó hasta la mejilla regia. Pero el señor De Maillet se levantó gritando.-¡Espere!

El droguero se detuvo.

– ¿Está usted absolutamente seguro de que?…

– Sí, señor cónsul.

El maestro Juremi no sólo tenía una apariencia peculiar. A menudo se sentía tentado de enfurecerse con virulencia, pero se contenía a base de una concentración extrema que se reflejaba en su cara. Refunfuñaba, gruñía, silbaba como una caldera a punto de explotar, pero nunca estallaba, e incluso era capaz de expresarse con una dulzura sorprendente para un hombre con una carga interior tan terrible.

– Sólo es una capa de preparación -dijo-. Fíjese, Excelencia, apenas lo rozo…

Si de él hubiera dependido, el protestante habría embadurnado la regia nariz de rojo escarlata y le habría pintarrajeado unas orejas de perro en la peluca. Tanto él como su familia habían padecido grandes desgracias por culpa de ese Rey. Estaba harto de tantos miramientos. Una vez más, el maestro Juremi se prometió mandarlo todo al diablo ese mismo día si la sesión no conducía a ninguna parte.

El cónsul debió darse cuenta de la furia contenida que reflejaban los brillantes ojos del restaurador porque volvió a sentarse y al final dijo:

– Sea, si es necesario.

Se tapó la boca con las manos y cerró ligeramente los ojos.

En ese instante dos violentos golpes retumbaron en la puerta. El pintor se echó hacia atrás, el esclavo sudanés miró al cielo con sus grandes ojos en blanco y el señor De Maillet volvió a abrir los suyos, enrojecidos por la emoción. Un denso silencio se apoderó un instante de la estancia. Era como si el gran Rey en persona, crispado por el ultraje de que iba a ser objeto, estuviera lanzando a los cielos un aviso de su terrible poder.

Sonaron otros tres golpes, cada vez más fuertes, así que no quedó más remedio que rendirse a la evidencia. Pese a las órdenes expresas del cónsul de no ser molestado en ninguna circunstancia durante estas sesiones, alguien había tenido la osadía de llamar a la puerta de roble de doble hoja que daba al vestíbulo y a los gabinetes. Tras asegurarse el nudo del batín, el diplomático se dirigió a paso ligero hacia la puerta y la abrió con un golpe seco. El señor Macé apareció en el vano y, ante el semblante irritado del cónsul, se partió literalmente en dos en una suerte de reverencia que, desde el punto de vista de la geometría, resultaba una inclinación extremadamente audaz puesto que lo más lógico habría sido que se diera de bruces contra el suelo. Sin embargo no llegó a caer, tal vez debido a la prontitud con que volvió a enderezarse, y dijo con el tono modesto y firme que le había servido para granjearse el aprecio de su superior:

– El agá de los jenízaros acaba de enviar un mensaje para Su Excelencia. Ha mandado decir que se trata de un asunto muy urgente. Los turcos tienen una palabra muy precisa para designar las cosas que no se pueden aplazar. La imperiosa necesidad que me ha impulsado a transgredir sus órdenes formales es, a mi modo de ver, la mejor forma de traducirla.

El señor Macé había sido un «infante de lenguas», es decir, alumno de la Escuela de lenguas orientales. Aquellos que se habían diplomado, como él, eran enviados a una embajada antes de convertirse en diplomáticos o dragomanes. El cónsul tenía cierta consideración con aquel joven que «desempeñaba honorablemente sus funciones». Si bien no era un aristócrata, el señor Macé abordaba todas las tareas que se le encomendaban con un comedimiento que expresaba tanto sus limitaciones como la juiciosa conciencia que tenía de ellas.

– ¿Trae una carta?

– No, Excelencia. El enviado del agá, que ni siquiera ha querido bajarse del caballo, ha hecho saber que su señor le espera en su palacio, ahora.

– ¡Habráse visto! ¡Así que esos salvajes me convocan! -masculló el señor De Maillet entre dientes-. Espero que tengan buenas razones, pues de lo contrario llamaré personalmente al pacha…

El señor Macé se acercó al cónsul y luego giró sobre sí hasta colocarse a su lado, de espaldas a las demás personas presentes en la sala. Entonces el infante de lenguas empezó a hablar con esa vocecilla sigilosa que resulta tan conveniente para revelar en público un secreto de estado. El maestro Juremi se encogió de hombros al observar aquella grosería disfrazada de buenas maneras y que constituye la segunda naturaleza de los miembros de la carrera diplomática.

– El agá pone a disposición de Su Excelencia un prisionero francés que ayer fue detenido en El Cairo -susurró el señor Macé.

– ¿Acaso es ésa una razón suficiente para interrumpirnos? Cada semana apresan como mínimo a uno de esos desgraciados que vienen a probar suerte aquí. ¡Qué me importa a mí eso!

– Es que no es un prisionero corriente -musitó el señor Macé en un tono tan bajo que el cónsul casi se vio obligado a leer en los labioslas palabras del secretario-. Es el hombre que esperamos y trae un mensaje del Rey.

El señor De Maillet soltó una exclamación de extrañeza.

– En este caso -dijo en voz alta-, no hay un momento que perder. Señores -dijo dirigiéndose al maestro Juremi-, se interrumpe la sesión.

El cónsul salió de la sala con el semblante digno y contrariado, aunque en su fuero interno cualquier cosa le parecía preferible al suplicio que aquel incidente acababa de interrumpir.

Una vez solo, el maestro Juremi profirió un juramento y lanzó furioso el pincel en el bote, de tal manera que algunas gotitas del precioso ungüento rosáceo, destinado a la mejilla real, salpicaron la frente del joven esclavo negro.


En aquella época, un buen caminante podía dar la vuelta a El Cairo en tres horas. Por aquel entonces aún era una ciudad pequeña, y todos los extranjeros coincidían en considerarla fea, vetusta y sin encanto. De lejos, el entrelazado de sus estilizados minaretes con los penachos de las palmeras sobresaliendo por encima de los jardines le conferían un aire peculiar. Pero en cuanto uno se internaba por sus calles estrechas, la vista se detenía en las casas corrientes de varios pisos, ornamentadas únicamente con unas celosías de cedro que se inclinaban peligrosamente sobre los paseantes. El palacio de los beyes, la ciudadela donde vivía el pacha, que daba por un lado a la plaza de Roumeilleh, y las numerosas mezquitas, se difuminaban en aquel abigarrado conjunto. La ciudad, sin espacio ni perspectiva, privada de aire y de luz, confinaba la belleza, la felicidad y las pasiones detrás de sus murallas ciegas y sus verjas oscuras. Por lo general circulaba poca gente por las calles, salvo en los alrededores del bazar y en las cercanías de alguna de las puertas por donde entraban los mercaderes que llegaban del campo. Unas siluetas negras, envueltas en velos, avanzaban a buen paso, deseosas de despejar las callejuelas y devolvérselas a los mendigos y a los perros sarnosos, que habían hecho de ellas su morada.

Era muy poco frecuente que un extranjero se aventurase por la ciudad vieja de El Cairo. Desde el siglo XVI, y en virtud de las capitulaciones que el Jeir Eddin Barbarroja había firmado con Francia, los europeos gozaban de la protección del Gran Turco. Pero aunque podían comerciar libremente y disfrutar de ciertos derechos, los cristianos nunca estaban tranquilos. Las constantes reyertas dividían a los egipcios; era habitual que el pacha se sublevara contra las milicias, los jenízaros contra los beyes, los beyes contra los imanes y los imanes contra el pacha, si no era al revés. Cuando las facciones musulmanas se concedían una tregua y fingían una breve reconciliación, era porque todos se unían unánimemente contra los cristianos. Pero el asunto no iba nunca demasiado lejos; mandaban apalear a uno o dos, y de inmediato todo volvía al orden, es decir, a la discordia. Sin embargo, esto bastaba para que los francos, como se les llamaba entonces, juzgaran prudente salir lo menos posible del barrio que se les había asignado.

Por esta razón aún era más sorprendente ver a alguien de maneras tan desenvueltas como las del joven que caminaba aquella tarde por las callejuelas de la ciudad vieja de El Cairo. Había salido poco antes de una casa árabe, cerrando tras de sí una humilde puerta de madera y ahora se dirigía hacia el dédalo de la ciudad con la seguridad familiar de un autóctono, y aunque a todas luces era un franco, no hacía ningún esfuerzo por disimularlo. El jamsin había soplado toda la mañana su aire tórrido y saturado de arena, de forma que incluso en aquellas calles estrechas, al amparo de la sombra, el ambiente era sofocante y seco. El joven, ataviado con una simple camisa ligera de cuello abierto, calzas de tela y botas flexibles, iba con la cabeza al descubierto y llevaba un jubón de paño azul marino en el brazo. Frente a la mezquita de Hassan se cruzó con dos árabes ancianos; ambos le dirigieron un saludo amable al que respondió con una palabra en su idioma, sin detenerse. Todos sabían en la ciudad que se llamaba Jean-Baptiste Poncet y que desempeñaba un cargo importante en la corte del pacha, con carácter extraoficial, evidentemente, pues no era turco.

El joven musculoso, lleno de vigor, de hombros anchos y cuello poderoso, se había preguntado muchas veces por qué el destino no había querido servirse de él para las galeras, para las que parecía destinado. Sobre aquel cuerpo robusto de una inopinada finura se erguía una cabeza alargada y juvenil, poblada de cabellos negros que enmarcaban un rostro donde resaltaba el brillo glauco de su mirada. Sus rasgos carecían de simetría; el pómulo izquierdo era un poco más alto que el derecho, y la curiosa disposición de sus ojos acentuaba la intensidad de su mirada. No obstante, esta imperfección imprimía fuerza y misterio a su sencillez.

Jean-Baptiste Poncet había llegado a El Cairo tres años atrás, y con el tiempo se había convertido en el médico más afamado de la ciudad. Aquel mes de mayo de 1699 había cumplido veintiocho años.Al caminar balanceaba en la mano un maletín que contenía algunos de los remedios elaborados personalmente con ayuda de su socio. Los frascos chocaban unos con otros, produciendo un tintineo ahogado por el cuero. Jean-Baptiste se entretenía poniéndole ritmo a aquel cascabel cristalino que acompañaba sus pasos, y miraba al frente con una sonrisa apacible, a sabiendas de que era observado desde muchas persianas y celosías de madera. En todas las casas era bien recibido, ya fuera para ejercer su arte o para compartir con sus generosos vecinos un té o una cena como un invitado más. Conocía gran parte de los pequeños secretos de la ciudad -y hasta de una pequeña parte de los grandes-, y estaba acostumbrado a ser objeto de la curiosidad de todo el mundo, sobre todo de las mujeres en esos harenes oscuros donde se cuece el deseo y la intriga. El joven aceptaba la situación sin complacencia ni pasión y, aunque ya no le divertía tanto como al principio, no le importaba desempeñar el papel del animal acosado por miles de ojos que vigilan el menor de sus movimientos.

En su camino pasó cerca del bazar de perfumes y luego llegó a la orilla del Kalish. Remontó durante unos minutos el curso casi seco de ese riachuelo que, en otras estaciones, las tempestades inundaban repentinamente, y luego siguió caminando por el estrecho puente de casas que lo franqueaba. Allí siempre se congregaba algo de gente, pues era la única vía de acceso que unía la ciudad vieja de El Cairo con los barrios árabes. Pero aquel día había más agitación que de costumbre, de modo que Jean-Baptiste se abría camino con dificultad. Cuando estaba en medio del puente se dio cuenta de que pasaba algo raro y distinguió la espesa humareda que salía de una de aquellas viviendas. Según le dijeron, las ascuas de un hornillo habían prendido fuego a la casa de un comerciante de tejidos. Para sofocar las llamas, una multitud de egipcios vocingleros cargaban a todo correr con cubos de agua que extraían de un pozo vecino. El incendio pronto estaría controlado y no había catástrofe que temer. No obstante, en esta ciudad donde los acontecimientos eran tan escasos, el incidente estaba causando tal tumulto que casi se hacía imposible avanzar. Así pues, Jean-Baptiste continuó abriéndose paso a codazos. En la desembocadura del puente, en el extremo opuesto a aquel por donde el joven había llegado, el gentío inmovilizaba una carroza de caballos. Cuando estuvo a su altura, Jean-Baptiste vio el blasón del cónsul de Francia en el carruaje y empezó a empujar aún con más ímpetu a los mirones para escapar cuanto antes de aquel lugar.

Aunque oficialmente estaba registrado como farmacéutico, Poncet ejercía la medicina ilegalmente pues carecía de diploma. A los turcos no les importaba, pero sus compatriotas lo consideraban un individuo sospechoso, sobre todo cuando había médicos titulados, lo que afortunadamente no era el caso en ese momento. Las denuncias ya le habían obligado a abandonar dos ciudades, así que por prudencia solía mantenerse alejado del cónsul, que era el representante de la ley para todas las cuestiones concernientes a los francos.

Cuando estaba a punto de dejar atrás la carroza, con la cabeza encogida entre los hombros y la vista dirigida hacia otro sitio, oyó que alguien lo llamaba imperiosamente en francés:

– ¡Señor, se lo ruego! ¡Señor! ¿Podría decirnos qué pasa?

Jean-Baptiste temía al cónsul, pero al percatarse de que afortunadamente se trataba de una voz femenina se acercó. Una dama sacaba la cabeza por la portezuela, disponiéndose a bajar. Hacía un calor insoportable y la pobre mujer transpiraba a mares; se le había corrido el colorete y el albayalde que se había aplicado en la cara no era más que una nivea capa de grietas. Saltaba a la vista que aquellas estrategias artificiales, destinadas a retrasar el paso de los años, sólo conseguían acelerarlo más. Si el ruinoso maquillaje no le hubiera causado tantos estragos en el rostro, se habría podido contemplar una mujer de cincuenta años, sencilla y sonriente, que aún conservaba parte de su antigua belleza en su mirada azul, pero sobre todo un semblante tímido, tierno y bondadoso.

– ¿Podría decirnos a qué se debe tanto alboroto? ¿Cree usted que corremos algún peligro?

Jean-Baptiste reconoció a la esposa del cónsul, a quien había visto en alguna ocasión en el jardín de la legación.

– Se acaba de producir un incendio, señora, a eso se debe esta aglomeración, pero todo volverá enseguida a la normalidad.

La dama hizo un ademán de alivio, y después de agradecer amablemente sus atenciones al joven volvió a entrar en el carruaje, se acomodó en el asiento y empezó a sacudir de nuevo el abanico. En ese momento Jean-Baptiste advirtió que no estaba sola. Un rayo de luz oblicua se reflejaba en el Kalish, iluminando a la joven que se sentaba enfrente.

No es preciso decir que los defectos de una resaltaban las cualidades de la otra; es más, ambas eran completamente opuestas. El emplasto que abotargaba la piel de la esposa del cónsul contrastaba con la tersura natural de la joven. Y la angustia impaciente de la primera ensalzaba la serenidad inmóvil de la damisela. Jean-Baptiste no habría sabido describir a aquella muchacha que encarnaba la imagen de la belleza, y tal vez por eso sólo pudo captar una impresión general. Únicamente reparó en un detalle absurdo y adorable, unas cintas azules de seda que anudaban las trenzas de su tocado. Jean-Baptiste miró a la joven completamente extrañado y, aunque no le faltaba audacia, estaba tan sorprendido que no pudo hacerse una idea real de su cara. La carroza arrancó bruscamente con un latigazo del cochero, interrumpiendo la muda conversación de sus miradas. Jean-Baptiste se quedó allí plantado en medio del puente, desconcertado y feliz.

«Diablos, nunca había visto nada semejante en El Cairo», se dijo.

Y continuó a paso más lento hasta el barrio franco donde vivía.

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El cónsul, el señor De Maillet, era un hombre de la pequeña nobleza; había nacido en el este de Francia, donde la estirpe de su exigua familia aún echaba algunas raíces. No se podía decir que los Maillet estuvieran arruinados pues nunca habían poseído gran cosa. Estos nobles de poca monta, rodeados de burgueses emprendedores y campesinos prósperos, se enorgullecían de no hacer nada y eran aún más soberbios porque no tenían nada. Lo único que les impedía hacer comparaciones, y por lo tanto sufrir, era su alcurnia mediocre que transfiguraba sus restantes mediocridades. Siempre habían sabido que la salvación llegaría de arriba. Estaban convencidos de que un día forzosamente ascendería algún miembro de su linaje y de que tal ascenso, aunque fuera de alguien muy lejano, encumbraría a toda la parentela. El milagro se hizo esperar pero se produjo al fin cuando Pontchartrain, emparentado con la madre del señor De Maillet por parte de una prima hermana, fue nombrado ministro y luego canciller del gran Rey, entonces en el cenit de su poder. Es evidente que nadie puede llegar tan alto solo, por muchos méritos propios que tenga. Hay que tener amigos, y muchos, para situarlos, conservarlos y, un día, presionarlos para que actúen. Pontchartrain sabía que los individuos que no son nada pueden resultar muy serviciales cuando se hace algo por ellos. Por eso no se olvidó en absoluto de utilizar a su familia.

En sus años de juventud, piadosos y despreocupados, el señor De Maillet había aprendido muy poco en los libros y menos aún sobre la vida. No obstante, su influyente tío lo sacó de esta especie de vacío y lo colocó en el consulado de El Cairo.

El protegido profesaba a su protector una gratitud febril pues eraconsciente de que no podría hacer nada para pagar una deuda semejante por sí solo. Llegaría sin duda un día fatal en que ese hombre puedelotodo -que incluso era capaz de hundirlo para siempre- le encomendaría una tarea de tal envergadura que no podría llevarla a cabo sin exponerse a algún peligro. Lo malo era que al señor De Maillet no le gustaba el peligro.

El consulado de El Cairo era uno de los destinos más envidiados de todo el Levante porque estaba relativamente alejado de la embajada de Francia en Constantinopla, de quien dependía, y además porque la ciudad de El Cairo no era un puerto de paso, lo que también suponía menos complicaciones. Su función se reducía exclusivamente a gobernar un turbulento tropel de mercaderes y aventureros. Aquellos hombres, arrastrados hasta allí por un cúmulo de circunstancias generalmente fuera de lo común, tenían la osadía de considerar el valor como una virtud, el dinero como una fuerza poderosa, y los años de exilio como un título insigne. No obstante, el cónsul tenía a bien recordarles que el único poder era la ley -que por lo demás no los amparaba demasiado-, y que la única virtud era la ascendencia noble, que no alcanzarían jamás. Pero por encima de todo, y el señor De Pontchartrain había insistido mucho en ello, lo más importante era entenderse lo mejor posible con los turcos. A este respecto, la gran política de Francia -que favorecía, aunque en secreto, la alianza otomana contra el Imperio-, era tan importante como la seguridad cotidiana, y nada tranquilizaba tanto a la nación franca como saber en todo momento que, a una señal del cónsul, los turcos procederían a la expulsión inmediata de los aguafiestas.

A esto hay que añadir que el cónsul no pagaba alquiler, que recibía cuatro mil libras de renta anual, seis mil quinientas libras para el condumio y el personal, y que su posición le daba derecho a disfrutar de una franquicia que le permitía adquirir cien toneladas de vino anuales a dos piastras y media, lo cual le procuraba un beneficio considerable. En prueba de gratitud por estos favores que lo hacían rico, cada mes el señor De Maillet reiteraba los halagos a su protector en las cartas que partían en los barcos de la Compañía de las Indias con escala en Alejandría. El propósito fundamental de estas misivas era el elogio, evidentemente; no obstante, para evitar que tantos cumplidos terminaran cansando a su destinatario o le produjeran animadversión, el cónsul los disimulaba con otros asuntos sacados de la realidad local. De modo que, cuando su discurso estaba bien nutrido, podía adoptar la forma de breves memorias como aquella -su gran orgullo, aunque nunca estuvo seguro del efecto causado- que contemplaba la posibilidad de unir el Mediterráneo y el mar Rojo a través de un canal.

El señor De Pontchartrain respondía siempre a sus cartas. Las comentaba y en ocasiones agregaba algunas puntualizaciones políticas. En su último correo, fechado hacía más de un mes, el ministro, por primera vez, había hecho una alusión que podía interpretarse como una instrucción directa. Según sus palabras, el cónsul debía prepararse para recibir la visita de un jesuita que había estado en Versalles y que en aquellos momentos seguramente estaría camino de Roma. El ministro instaba expresamente al señor De Maillet a ejecutar los designios del clérigo, cuya voluntad debía acatar como si fuera la del Consejo y la del Rey en persona.

E,l señor De Maillet se había alarmado por la forma de obrar de su tío. Imaginaba que si se tomaban la molestia de mandar a un mensajero para evitar el riesgo de una correspondencia, sólo podría deberse a que las órdenes eran estrictamente confidenciales. Sin embargo, como el jesuita no aparecía, el cónsul se había tranquilizado pensando que la política de los soberanos es un quehacer misterioso que puede cambiar de rumbo constantemente. También era posible que otras intrigas hubieran puesto fin a ésta y se requiriese la presencia del jesuita en otros lugares. A menos que, sencilla y llanamente, se hubiese extraviado por el camino.

Pero he aquí que ese viajero incierto reaparecía ahora, medio desnudo y cautivo, en la residencia del agá de los jenízaros. El turco no había puesto traba alguna para devolver a su prisionero, entre otras cosas porque esperaba que el cónsul le diera una explicación. El asunto despertaba ya cierta curiosidad, y era evidente que ni el pacha ni el resto de las naciones extranjeras representadas en la ciudad cejarían en su empeño hasta dilucidar el misterio de aquel enviado del Rey Sol que había llegado cubierto de barro y que había cometido la imprudencia de proclamar que era portador de un mensaje político.

Estos angustiosos pensamientos rondaban por la cabeza del señor De Maillet mientras recorría sin cesar la amplia sala del consulado. Había mandado poner la mesa para su huésped, y poco después cenaría a solas con él. Su mujer y su hija acudirían a presentar sus respetos a aquel bendito y luego los dejarían conversar tranquilamente. En la escalera se oían los pasos diligentes de los servidores nubios que subían y bajaban con cubos de agua fresca para el baño del viajero. Ciertamente, el anciano cautivo se tomaba su tiempo. El señor De Maillet, impaciente, se puso de mal humor. Dejó de deambular y fue a sentarse en un taburete situado justo enfrente del cuadro que se estaba restaurando. Cuando vio que la cara del Rey estaba intacta se quedó atónito. La mancha había desaparecido y la encarnación original surgía en toda su pureza. El cónsul se acercó; si uno miraba con mucha atención, se podía observar que las zonas antes maculadas ahora poseían un tinte ligeramente más sonrojado que el resto de la cara. En la mejilla de un niño, una señal así se habría podido confundir por la marca de un bofetón, pero en el augusto Rey esa sombra, malva sólo podía ser un exceso de afeite, extendido para dar fe de la salud del monarca y transmitir optimismo a su pueblo.

Por un instante, el señor De Maillet creyó estar presenciando un milagro. La aparición del jesuita y la desaparición de la mancha parecían manifestar la presencia de una Providencia activa que sostenía toda la casa en su mano divina. Después se dio cuenta de lo ocurrido y corrió en busca del tirador para llamar.

– ¡Dígale al maestro Juremi que pase por aquí mañana a primera hora! -le gritó al lacayo.

Ese hereje insolente había tenido el atrevimiento de terminar la restauración en su ausencia… El resultado estaba bien, lo cual era una suerte, pero hubiera podido ocurrir una catástrofe… El trabajo terminado merecía el salario que el cónsul ya había negociado con anterioridad. No obstante, la desobediencia merecía un castigo. La autoridad tenía que hacerse valer frente a bribones como aquél, así que al día siguiente el droguero habría de elegir entre ocho días de arresto o una multa. El señor De Maillet no sólo se sentía satisfecho de que la restauración hubiera terminado con éxito sino que además barajaba la posibilidad de ahorrarse el importe. Dadas estas circunstancias, el cónsul estaba de un humor excelente cuando el padre Versau apareció por la puerta.

– ¡Amigo mío! ¡Amigo mío! -exclamó el jesuita apretando las manos del cónsul-. Su acogida me ha impresionado. Tengo la sensación de volver a la vida. Este baño, estos hábitos limpios, esta casa tranquila… no puede imaginarse cuánto he soñado con esto.

Los ojos del jesuita se llenaron de lágrimas de gratitud. Y si es verdad como afirma Maquiavelo que amamos a alguien por el bien que nos ha hecho, no cabe extrañarse de que el cónsul se granjeara todas las simpatías de un hombre con quien acababa de mostrarse tan generoso.-He saludado a la señora De Maillet en el vestíbulo -dijo el jesuita-, y me ha informado de que no cenará con nosotros. No es mi intención alterar el orden de esta casa…

– En absoluto, en absoluto. Pero debemos hablar a solas. Consideraremos esta cena como una sesión de trabajo, cuando menos en parte.

– Así es, en cierto modo. También me he cruzado con su hija, la señorita, y debo felicitarle por su gracia y discreción. ¿Cómo ha podido educarla con tanto acierto en una tierra extranjera donde imagino que apenas hay preceptores y menos aún establecimientos docentes?

– Estuvo en Francia hasta los catorce años. Sólo ha pasado con nosotros los últimos años.

Casi no se conocían, y sin embargo la conversación versaba ya sobre temas familiares. El jesuita admiró el retrato del Rey y «su excelente conservación, teniendo en cuenta semejante clima». Después le hizo aún dos o tres amables preguntas sobre su salud y las obligaciones del cargo, y por último se sentaron a la mesa para pasar a hablar de cosas más serias.

– Padre, estoy ansioso por conocer los detalles de su viaje. Me decía que un naufragio le había hecho caer en esta indigencia…

– Un naufragio, sí, y de los más terribles. A estas horas debería de estar muerto, pero la inmensa bondad de la Providencia me ha salvado.

Y sin más dilación, empezó a contar con toda suerte de detalles cómo se había embarcado en una galera griega después de abandonar Roma, ya que su intención era ganar Levante si necesidad de recurrir a un barco italiano. Sin embargo, una vez a bordo, descubrió aterrorizado la incompetencia del capitán y de la tripulación. Para colmo el barco encalló en un banco de arena frente a la costa de Chipre. Al darse cuenta de que el naufragio era inminente, el jesuita mandó echar un bote al agua y se embarcó con algunos marineros. La corriente lo arrastró hasta una costa escarpada batida por el oleaje, dio contra las rocas y se lo tragaron las olas. Durante un instante, el padre Versau tuvo el pesar de no tener una sepultura en tierra firme, una contingencia que, como todos saben, hace más incierta la resurrección entre los muertos el día del juicio final. Pero resolvió dejar el problema en manos de Dios, al igual que su vida y el destino de su orden, y pereció. Su último recuerdo fue su muerte en un agua fría, agitada por enormes olas negruzcas. Y el siguiente su despertar tendido en la arena de una pequeña cala, aferrado a un gran madero. Estaba tan solo, tan desnudo, tan asustado y tan muerto de frío como Adán el día de la Creación. Pero Dios no lo había abandonado. La orilla estaba poblada por pescadores que lo vistieron como pudieron, y dos días más tarde lo embarcaron con ellos hasta las costas de Egipto, donde iban a echar sus redes. Finalmente lo desembarcaron en una playa próxima a Alejandría, según su deseo. Como había entrado en territorio turco sin salvoconducto, el padre Versau prefirió evitar la gran ciudad y dio un rodeo por el desierto con el propósito de alcanzar el Nilo, adentrándose ligeramente en el interior. Además tuvo la audacia de negociar su pasaje hasta El Cairo con unos marineros, a sabiendas de que no tenía ni un céntimo.

– Lo demás ya lo sabe -dijo modestamente.

El señor De Maillet, que había lanzado mil exclamaciones de asombro y pavor durante el relato, miraba a aquel hombrecillo esmirriado al tiempo que se preguntaba cómo habría podido sobrevivir a tantas peripecias.

– Mis aventuras -continuó el jesuíta con un semblante más serio- sólo son dignas de interés para explicar mi presencia aquí y el estado en que me he presentado ante usted. Pero aún tenemos que llegar a lo esencial, que no es eso.

– ¡Ah, sí, el mensaje del Rey! -dijo el señor De Maillet.

El padre Versau se incorporó en la silla, entornó lentamente los ojos e infundió cierto aire solemne a la conversación. Por su parte el señor De Maillet lanzó una mirada al retrato, como si de repente descubriera la presencia física del soberano por encima de sus cabezas.

– A decir verdad -dijo el jesuíta-, yo no soy portador de ningún mensaje.

– Usted me había dicho…

El hombre de negro hizo un ademán con la mano. Necesitaba tiempo.

– Entiéndame, me refiero a que no soy portador de ninguna misiva. Nada que el Rey haya escrito ni siquiera dicho directamente. Coincidirá conmigo en que esta precaución es muy acertada. Teniendo en cuenta todas las desventuras que he padecido, lo más prudente era sin duda no llevar conmigo nada por el estilo.

– Estoy de acuerdo -dijo el señor De Maillet.

– Pero si no hay mensaje, seguramente el Rey habrá comentado sus propósitos con su guía espiritual.

– ¿Con su confesor, el padre De La Chaise?El jesuíta cerró los ojos, mientras el señor De Maillet le miraba boquiabierto, como un niño al que le ponen delante un cofre repleto de tesoros.

– Ese bendito -prosiguió el padre Versau-, que como usted sabe pertenece a nuestra Congregación, ha comunicado las intenciones del Rey a un grupo muy restringido de personas de su confianza: la señora De Maintenon, que defiende con tanto celo la causa de la fe en la corte de Versalles, el señor De Pontchartrain, el padre Fleuriau, superior de nuestra Congregación para todos los asuntos relacionados con las escalas de Levante, yo mismo, su adjunto y representante. Y ahora usted…

El señor De Maillet inclinó la cabeza para dar prueba de que estaba dispuesto a acatar la voluntad de los poderosos, y de paso para disimular las lágrimas de gratitud que asomaban a sus ojos.

– El asunto se puede resumir en pocas palabras. Usted conoce la lucha que la Cristiandad libra hoy contra sus enemigos. De momento ya hemos controlado a los turcos, pero la reconquista debe continuar. Y así se hará. Sin embargo, los mayores peligros se han gestado precisamente en el seno de aquellos que pretenden vivir en Cristo. La infame Reforma ha intentado minar desde dentro la propia obra de Dios. El Rey ha luchado contra ella en todas partes. En Francia, revocando los tratados de capitulación firmados en el pasado con los hugonotes; y en el resto de Europa, afrontando, a riesgo de su corona, la conjura de los príncipes protestantes enarbolada por Guillermo de Orange, un traidor. Pero esta lucha ya no es la de antaño, cuando el mundo se reducía al Mediterráneo y a su perímetro. Hoy todo el universo está involucrado en la contienda. Debemos llevar el mensaje de Cristo a las tierras conocidas y granjearnos a los infieles; pero también a las tierras desconocidas, a esos nuevos mundos que han emergido en el curso de los dos últimos siglos y que son, ante todo, nuevos escenarios de contienda para la Cristiandad: las Américas, las Indias, la China y el Extremo Oriente. Una y otra vez nos enfrentamos a los mismos desafíos. Por una parte, la resistencia de los pueblos que viven al margen de la verdadera fe, ajenos al vacío y al peligro mortal que supone esa carencia para la eternidad. Y por otra, la rivalidad de esta supuesta Reforma, que sólo es un intento diabólico para alejar del Evangelio verdadero a unos pobres ignorantes.

El señor De Maillet asentía de vez en cuando con la cabeza para indicar que seguía la conversación. A decir verdad, le fascinaba la elocuencia del hombrecillo, sobre todo porque se había desencadenado de repente, desde el momento en que el discurso empezó a derivar hacia las cuestiones políticas y religiosas.

– El Rey de Francia ha aprendido mucho durante su largo reinado -siguió diciendo el hombre de la Iglesia-. Sabe abstraer las contingencias que jalonan la Historia. Distingue claramente, su confesor está maravillado por ello, el sentido profundo de esta contienda y la justificación de su poder. La lucha universal entre las fuerzas de la fe verdadera y los que están sumergidos en las tinieblas le ocupa por completo y está firmemente decidido a capitanearla hasta el final. De estos innumerables combates, unos urgen más que otros. Con el imperio turco, ya le he dicho que todo es cuestión de tiempo. Estamos presentes, prestamos nuestra ayuda a los pocos cristianos que aquí mantienen encendida la llama de la devoción, de modo que cuando el edificio otomano se resquebraje, penetraremos por sus propias fisuras. Pero el momento aún no ha llegado. Por el contrario, cerca de aquí hay un país que nos llama, un gran país que la Historia y su sorprendente geografía montañosa han mantenido lejos de nosotros, un país que está en las sombras aunque me atrevería a decir que por muy poco tiempo pues sólo pide recibirnos. Es una tierra que la cristiandad ganó en su día, pero donde la fe, mal cultivada, ha crecido en una dirección equivocada…

– ¡Abisinia! -exclamó el señor De Maillet como hipnotizado. -Sí, Abisinia, esa tierra casi desconocida y casi convertida; esa tierra que ha engullido hasta la fecha a todos aquellos que han intentado internarse en ella, y que aun así nos llama.

El jesuita se echó hacia delante, mientras tendía la mano al señor De Maillet por encima de la mesa donde se dibujaban los relieves de la comida dispuesta en platos de estaño, para decirle:

– Es preciso que el Rey de Francia pueda añadir a su gloria la hazaña de llevar de nuevo esa tierra a la Iglesia. Su Majestad le encomienda a usted una embajada allí.

<p>3</p>

Jean-Baptiste Poncet y el maestro Juremi, asociados en el oficio de boticarios, compartían una casa que hacía las veces de laboratorio en el lugar más alejado de la colonia franca, en una callejuela apartada que resultaba idónea para hacer su trabajo con discreción.

– ¡Hola! -exclamó Jean-Baptiste, empujando la puerta de entrada de aquella residencia de solteros sumida en el más completo desorden-. ¿Estás ahí, viejo brujo?

Desde la parte alta de la casa llegó un gruñido. Lanzó sobre el respaldo de una silla el jubón que aún llevaba en la mano y subió a reunirse con su amigo.

En el piso de arriba había una terraza de cierta amplitud que daba a un patio cerrado. Las demás ventanas estaban con las persianas echadas y otras habían sido tapiadas. Poncet se encontró con el protestante de pie, acodado en la balaustrada, con la mirada perdida en el vacío y un florete en la mano.

– ¿Qué haces aquí con ese chisme?

– Acabo de matar al cónsul -dijo el maestro Juremi.

– ¿De veras?

Jean-Baptiste conocía demasiado a su compadre para dejarse impresionar.

– Ya lo creo. Lo he matado doce veces. ¿Quieres verlo? Mira.

El hombretón se puso en guardia e hizo como que se batía con un adversario que reculaba rápidamente. Cuando llegó a la pared, atacó con el arma y lanzó un gemido, como si le costara atravesar aquel cuerpo imaginario. La punta del florete se hundió en la pared, y al sacarla se desprendió una placa de yeso que dejó al descubierto las entrañas rojas de dos ladrillos.-¡Bravo! -dijo Jean-Baptiste, aplaudiendo-. Se lo merecía. ¿Te sientes mejor ahora?

– Bastante mejor.

– Bien, pues ahora que ya te has tranquilizado, cuéntame qué ha ocurrido.

Jean-Baptiste cogió una silla de hierro y se sentó. El maestro Juremi se quedó de pie y siguió deambulando por la habitación mientras golpeaba el florete contra su pierna una y otra vez.

– Estoy hasta la coronilla de ese dichoso cónsul. En cuanto lo veo me entran ganas de matarlo.

– Eso no es nada nuevo -replicó Jean-Baptiste sonriendo-. Además, ya te aconsejé que no aceptaras el trabajo.

– ¡Cómo no iba a aceptar! Me convocó…

– Si me convocara a mí, no iría -dijo Jean-Baptiste.

– ¡Muy listo! Debo recordarte que tú no eres protestante y que eso te concede ciertos privilegios aquí. Por ejemplo que el pacha te pida consulta y te honre como médico, mientras yo no soy más que un mediocre herborista… En fin, la cuestión es que De Maillet me llamó; yo fui, hice el trabajo y ahora todo ha terminado.

El maestro Juremi le contó a su socio que había aprovechado la ausencia del cónsul para quebrantar su prohibición y acabar de restaurar el cuadro.

– ¿Ha quedado bien? -preguntó Jean-Baptiste.

– Eso creo.

– Entonces, todo arreglado.

– Se nota que no lo conoces. Sus guardias van a venir a arrestarme en cualquier momento. Seguramente habrá estado demasiado ocupado hasta ahora y no se habrá dado cuenta de mis retoques.

– ¿Qué puede hacer? No es un crimen que alguien cumpla con su trabajo.

– ¡Por supuesto que no! Pero ese cónsul de pacotilla exige obediencia. Me acusará porque es la máxima autoridad, y en este caso juez y parte. Además, como es un ladrón, me obligará a pagar una multa y me descontará otro tanto de mi salario.

– Si es así, lo mejor es que pagues y que te olvides del asunto.

– ¡Jamás! Prefiero matarlo y huir.

En materia pecuniaria, el maestro Juremi tenía una idea tan elevada de la justicia como cualquier hugonote que se preciara de serlo. Nunca se hubiera apropiado de un cequí que no hubiera ganado honestamen-te, pero tampoco habría tolerado que no le pagaran todo lo que se le debía.

– Cálmate, Juremi. No puede obligarte a pagar una multa. Nuestro estatuto prevé que tenemos derecho a elegir entre una sanción económica o una pena de cárcel. Mortifica su codicia en lugar de agujerearle el pecho, eso también le hará daño. Declárate prisionero, quédate dos días en el calabozo y despídete para siempre de hacer tratos con él.

El maestro Juremi ya se había explayado a sus anchas con la idea de matar al cónsul, así que supo estimar la sabiduría y la malicia que encerraba el consejo de su amigo.

Se quedaron un momento en silencio. El viento abrasador que llegaba del desierto había dejado de soplar a media tarde, pero el polvillo que había arrastrado seguía formando una capa finísima sobre los hierros forjados y sobre las hojas de los naranjos plantados en macetas. Jean-Baptiste entró en la casa en busca de un cántaro de agua y dos vasos de estaño para refrescarse la garganta.

– Hace un rato hubo un conato de incendio en el puente de Kalish. Se ha producido tal tumulto -dijo- que incluso la mujer del cónsul ha quedado bloqueada en su carroza, en medio del gentío.

– ¡Vaya! -dijo el maestro Juremi sin mucho interés.

– De hecho -dijo Jean-Baptiste mientras vertía agua en su vaso-, tú que frecuentas el consulado…

El protestante se encogió de hombros.

– ¿Conoces a esa joven que acompañaba a la señora De Maillet?

– ¿Cómo es?

Jean-Baptiste no se atrevía a confesar que sólo se había fijado en las cintas que llevaba en el pelo.

– No la he visto bien…

– ¿No será rubia, con unos grandes ojos azules muy tristes?

– Me parece que sí -dijo entusiasmado el joven.

– Debe de ser la hija de esa sanguijuela.

– Parece mentira que la naturaleza le haya concedido semejante don -dijo pensativo Jean-Baptiste.

– Es muy extraño que la hayas visto. Por lo general no sale nunca. Hace dos años que vive aquí, y en todo ese tiempo casi nadie ha podido disfrutar de su presencia. Yo, sin ir más lejos, sólo la he visto una vez en un vestíbulo. Pero estoy pensando que hoy es Pascua de Pentecostés y seguramente habrán asistido a misa en el convento de las salesas. Sí, debe ser eso; salvo en los grandes acontecimientos, su padre la tiene confinada en casa como si fuera un tesoro.

– Tiene sus razones -dijo Jean-Baptiste-, porque sin duda es un tesoro.

– El cónsul es un monstruo -se limitó a decir el maestro Juremi.

Por el tono lúgubre de sus palabras se podía adivinar que volvía a dar rienda suelta a su rencor personal.

Jean-Baptiste estiró las piernas y las cruzó sobre la barandilla, mientras se estiraba en la silla. A aquella hora del atardecer, unos hilos de nubes rosáceas parecían estar tensados de una pared a otra sobre el rectángulo de cielo cárdeno que se elevaba por encima de las casas.

Ese encuentro fugaz y fascinante con una joven que no era de su condición le recordaba Venecia, Parma o Lisboa. Pero allí todo era posible…

Jean-Baptiste había comprendido hacía mucho tiempo que el vagabundeo, al desvincular al viajero del orden de las castas que reina en todas partes, le confiere la dignidad del ser libre y la capacidad de hablar a todos por igual. Ahora sabía que, viniera de dónde viniera, un vagabundo medianamente ingenioso siempre podía ganarse la amistad de un príncipe o convertirse en el amante de una princesa, o cuando menos imaginárselo. Poncet, que no carecía de ingenio ni de imaginación, había tenido ocasión de comprobarlo más de una vez en las ciudades donde se había sentido realmente libre.

Pero en cuanto volvía a ocupar su lugar dentro de la jerarquía de su nación, como en esta colonia franca de El Cairo, sólo era el hijo de una sirvienta y de un desconocido, por mucho que se empeñara en esconder sus orígenes. Su condición plebeya era nuevamente un obstáculo abrumador y, frente a las apariciones como la de aquella mañana, se sentía incapaz de soñar con la posibilidad de alcanzar la felicidad. Desde que vivía en Egipto, este tipo de encuentros habían sido tan escasos que ni siquiera los echaba de menos, pues sólo acostumbraban a ser un motivo de tristeza.

– ¿No te parece que esta ciudad empieza a ser un poco aburrida? -preguntó Jean-Baptiste.

– ¡Bah! Con mucho gusto me pondría en tu sitio -respondió el maestro Juremi, que tras mucho cavilar había llegado casi a la misma conclusión-. Pero si uno se marcha de aquí, ¿adonde va a ir?

Los dos sabían que en todos los puertos de Levante se toparían con el mismo impedimento, con una traba que no surgía del desarraigo sino,muy al contrario, de la presencia demasiado familiar y demasiado agobiante de los representantes del Estado. La solución ideal habría sido volver a Europa, pero en el continente no tenían ninguna posibilidad de ejercer su arte sin diploma y se exponían a una permanente persecución.

– Deberíamos embarcarnos hacia el Nuevo Mundo -dijo Jean-Baptiste.

La idea les pareció excelente y, para hablar de aquello con calma, se dirigieron alegremente hasta la ciudad vieja y cenaron en una taberna árabe donde servían un cordero lechal como en ninguna otra parte.


El jesuíta pidió permiso para retirarse a sus aposentos a descansar, y el señor De Maillet, se quedó solo, aturdido, con los codos apoyados en la mesa. Después de que el religioso mencionara la cuestión de la embajada ya no oyó nada más. El impacto había sido tan violento que el cónsul a duras penas había podido controlarse, así que en cuanto se quedó solo dio rienda suelta a sus impulsos y lanzó un grito ahogado. Un sirviente acudió enseguida a su lado y le ayudó a llegar hasta una gran poltrona donde por fin se desplomó.

La mujer y la hija del diplomático, que regresaban en aquel momento de su peregrinación al convento de las salesas, se precipitaron a todo correr junto al pobre desgraciado.

La señora De Maillet salía muy de vez en cuando de su casa, donde disfrutaba del privilegio de tener una sala para ella sola; la dama había acondicionado un rincón como oratorio, y en los otros había dejado algunas labores de costura y tapices a los que se dedicaba alternativamente. Por lo demás, profesaba tal culto a su marido que alimentaba aún más su pesimismo, sobre todo porque la pobre mujer tomaba por horrendos peligros las insignificantes preocupaciones habituales de la vida consular. La culpa era del señor De Maillet, que al comunicárselas las exageraba hasta el extremo de aterrorizarla, así que la dama tenía el presentimiento de que todo aquello acabaría fulminándolo cualquier día. Hacía mucho tiempo que se preparaba para enfrentarse a esa contingencia, sin haber pensado nunca qué haría en tal situación, de modo que ahora no se le ocurría nada mejor que gimotear. Su hija manifestó un poco más de serenidad y desató con sus finos dedos la gorguera de encaje que estrangulaba el cuello de su padre.

El señor Macé se sumó al grupo y al ver en qué estado se hallaba el cónsul propuso llamar a un médico. Las dos mujeres aprobaron la idea.-Sí, pero ¿a quién? -preguntó tímidamente la señorita De Maillet.

– ¿Plaquet…? -se apresuró a proponer en voz baja el señor Macé.

El cónsul se negó en redondo.

– ¡Ni pensarlo!

Un instante después ya estaba sentado y aseguraba que se había repuesto.

El solo hecho de pronunciar aquel nombre tuvo un efecto casi milagroso. El doctor Plaquet era un viejo cirujano de la Marina que había ido a parar a El Cairo por su amor a una actriz. Y cuando la dama murió, el cirujano decidió quedarse allí a pesar de todo. Desde la desaparición, cuatro años atrás, del último médico digno de llevar tal nombre en la colonia franca de El Cairo, Plaquet era el único médico oficial. Pero las nociones que tenía del arte de la medicina eran tan antiguas y las ponía en práctica con tanta brutalidad, que nadie osaba ponerse en sus manos. Ante la aterradora amenaza de verlo aparecer, la colonia francesa había optado por contener sus enfermedades, como se contiene la respiración, confiando en no asfixiarse. Con el tiempo, los mercaderes y la gente sencilla habían recurrido gradualmente a otros individuos: charlatanes judíos y turcos, y otros droguistas, de los que Jean-Baptiste Poncet era el de más renombre. No obstante, el cónsul había prohibido expresamente pedir consulta a tales sujetos, porque trabajaban al margen de la ley. El diplomático estaba obligado a dar ejemplo y confiaba en evitar a los médicos durante los años que aún estuviera en Egipto. Por otro lado, en caso de necesidad, si el asunto era realmente grave, mandaría que lo llevaran a Constantinopla.

¡Pero Plaquet, jamás!

Todos los presentes se alegraron de la rapidez con que el cónsul se había reestablecido. El ambiente se fue distendiendo y la señora De Maillet mandó servir café.

Al poco rato, los cuatro se encontraban sentados en los sillones, formando un corrillo, con una taza en la mano.

– No es nada -dijo el cónsul-. El almuerzo… un poco pesado seguramente. Habrá sido el vino… con este clima.

¿Qué otra cosa podía decir? No podía desvelar a aquellas cotillas el enorme secreto que acababan de confiarle. Tal vez a Macé. Sí, Macé sería su confidente. Aquel asunto le exigiría una buena dosis de acción en los próximos días. Necesitaba la ayuda de alguien. El jesuíta lo comprendería. Además, Macé era un hombre de confianza, muy sumiso, aunque al cónsul no le gustaban demasiado los modales que exhibía para hablar con su hija. Un minuto antes, por ejemplo, se había percatado de que ambos se habían girado a la vez, uno hacia el otro, con la taza de café en la mano. La pobre criatura no veía nada malo en ello, pero él habría jurado que su secretario la miraba con más insistencia de lo que debiera. «Me gustaría que pusieran fin inmediatamente a tales frivolidades», se dijo el señor De Maillet para sus adentros.

El señor Macé era el único hombre joven que se admitía, si no en la intimidad, sí al menos cerca de la señorita De Maillet. Aunque era muy feo para su gusto y dejaba a su paso un indiscreto olor a suciedad, a la joven, dado el aislamiento en que vivía, le gustaba conversar con aquel ser diferente que la escuchaba con tanta gentileza. En cuanto al señor Macé, había elegido su carrera de una vez por todas y no concebía complicarse la existencia cortejando a la hija del hombre de quien dependía. Sin embargo, en las escasas ocasiones en que coincidía con la señorita De Maillet, el secretario siempre se sentía como extasiado ante tanta belleza, gracia y juventud. La miraba con tanta intensidad, a pesar suyo, que la joven parecía encantada, sin poder evitarlo por su parte. No obstante, a los ojos de su padre aquello era equiparable más o menos a la premonición de un crimen.

– Haced el favor de dejarme a solas con el señor Macé -exclamó el cónsul con semblante severo.

Cuando las dos mujeres se hubieron retirado, el cónsul empezó a deambular por la sala, mientras Macé aguardaba en silencio, sentado en la silla que su superior le había ofrecido.

– Macé, podría hacerle algún que otro comentario a propósito de su conducta -dijo el señor De Maillet con sorna-, pero ahora no es el momento. Es preciso (se lo digo bien claro, es preciso, lo cual no significa forzosamente que se lo merezca), es preciso repito que le haga partícipe de un secreto político de mucho peso. Espero que sea digno de oír mis palabras, porque de lo contrario no habrá lugar en el mundo donde pueda escapar de la venganza de aquel a quien haya traicionado.

Y diciendo esto, apuntó con el índice hacia el retrato del soberano. El joven, que estaba sentado, hizo tal reverencia en señal de sumisión que a punto estuvo de tocarse las rodillas con la nariz.

<p>4</p>

– El Rey -empezó solemnemente el señor De Maillet-, por razones que no me corresponde confiarle, desea enviar una embajada a Etiopía.

– Su Excelencia redactó un despacho a ese respecto el año pasado -dijo el señor Macé.

– Justamente. Mi pariente, el ministro, me consultó en su día acerca del modo de penetrar en aquel país, tal vez porque en Versalles ya debían de estar considerando el asunto. ¿Se acuerda usted de mis conclusiones?

– Perfectamente. Hay dos vías: una marítima, por Djedda y la costa, y la otra terrestre, por el reino musulmán de Senaar y las montañas.

– Su memoria es excelente, Macé. Recordará también lo que añadía a propósito de ambas vías. Por mar, el acceso al país está controlado por un bárbaro musulmán aliado de los turcos cuya única función es cerciorarse de que ningún cristiano blanco, y católico en particular, se interne en su territorio. Nadie ha conseguido franquear tal obstáculo desde hace cincuenta años. Como ya debe saber, los últimos sacerdotes que lo intentaron fueron ahorcados y sus coronillas enviadas en un paquete al emperador de Etiopía, que había ordenado su muerte.

El señor Macé hizo una mueca de aversión y sacó un pañuelito de encaje con el que se tapó un momento la nariz.

– Por tierra -continuó el cónsul- hacemos la misma lamentable constatación. Los pocos viajeros europeos que se han internado en el país para conocer al Negus han sido retenidos como prisioneros en su corte hasta su muerte, aunque lo más frecuente es que la multitud los lapide en cuanto se descubre que son católicos.-Todo eso es obra de los jesuítas -dijo el señor Macé con tristeza.

– ¡Cállese! -replicó el cónsul palideciendo.

Se acercó a la puerta y la entreabrió para ver si alguien se había apostado detrás.

– Usted sabe sin embargo que el hombre que ha visto aquí es uno de ellos. Y sin duda es alguien próximo al confesor del Rey.

– Pero vamos a ver -dijo el señor Macé en voz baja-, ¿acaso no saben cómo acabó todo?

– Eso ocurrió hace cincuenta años.

– Sí, pero aunque así sea… -continuó en un murmullo el secretario-. Cuánta habilidad y cuánta torpeza. Decir que han convertido al Negus y que casi subyugado el país para luego ser perseguidos, desterrados y comprobar que todos los católicos tienen prohibido entrar en Abisinia… No me diga, Excelencia, que ese cura es tan insensato que quiere volver.

– No, Macé, cálmese. La cuestión es que no quiere ir personalmente. Su plan es aún más extraordinario de lo que imagina.

El labio inferior del cónsul temblaba ligeramente. Temía marearse otra vez, así que tuvo la cautela de apoyar una mano en la mesa de roble.

– A mí, ahora quieren mandarme a mí.

– ¡A usted, Excelencia! -exclamó el señor Macé, levantándose de un salto-. ¡Pero eso es completamente imposible!

Permanecieron un momento así, de pie, cara a cara, inmóviles y pálidos. En medio de tanto silencio se deslizó cierto desasosiego. Era imposible, desde luego, sin duda alguna. Ahora bien, la pregunta era: ¿por qué? La única y verdadera razón era inconfesable, porque nadie proclama que tiene miedo. Pero ¿cómo justificar entonces esa negativa tan evidente? El señor Macé comprendió que el cónsul iba a encomendarle su primera misión importante. Y entonces se percató de que se le presentaba de forma inesperada una oportunidad para ser digno de los favores que creía haber perdido a consecuencia de su imprudente conducta con la señorita De Maillet.

– Su salud… -dijo el secretario, gesticulando con la mano como si quisiera aprehender una idea en el aire o atrapar una mariposa.

– Sí, sí… -dijo rápidamente el cónsul-, mi salud no lo soportaría. El clima. Además hay que atravesar desiertos…

Luego se le ensombreció el semblante.

– No me creerán. En Versalles no saben distinguir entre El Cairo y las arenas de Sudán…-No llegarán a esos extremos -dijo el señor Macé, que seguía inmerso en sus cavilaciones.

– ¡Los turcos! -dijo el cónsul-. Los turcos nunca me darán la autorización. Aquí está prohibido el proselitismo cristiano, y los turcos tienen interés en que Abisinia continúe rodeada de musulmanes. Su mayor temor es que una alianza católica los encuentre desprevenidos.

– Sí -dijo el señor Macé-, en caso de enviarse esta embajada, tiene que ser secreta. Y su portador un desconocido.

– Por supuesto -dijo el señor De Maillet sin miedo a contradecirse-, así no será tan cara. Con los turcos todo se compra, pero habría que pagar una buena suma para que el pacha autorizara el desplazamiento de un cónsul, que para ellos tiene el rango de bey.

– En cada etapa, los presentes serían más onerosos.

Los dos hombres sufrían un nerviosismo febril. El señor De Maillet condujo a su adjunto hacia un rincón de la estancia donde había un escritorio de persiana que se obstinaba en permanecer medio abierto porque el calor había dilatado los listones. El señor Macé tomó papel y pluma y escribió al dictado una breve nota, donde el cónsul mencionaba todos los argumentos que le impedían personarse en Abisinia. Luego lo releyeron con un tono resuelto. El señor De Maillet llenó hasta el borde dos vasitos de jerez (nombre que se daba en la casa al vino de Burdeos cuando se había remostado) y brindaron.

– No obstante -dijo el cónsul mientras dejaba el vaso con el semblante apesadumbrado como si el líquido lo hubiera atravesado de amargura-, desobedecer al Rey…

– ¡Usted no desobedece, Excelencia! El soberano quiere una embajada, y usted únicamente le explica que no puede dirigirla.

– En tal caso, debemos encontrar a otro.

De pronto, al pensar que el cónsul podía designarlo a él, el señor Macé se puso a temblar. No tenía ningunas ganas de partir hacia la muerte, y menos aún con el brillante y apacible porvenir que tenía por delante.

– Tenemos que buscar a alguien que realmente tenga posibilidades de llevarla a término -se apresuró a decir-. Yo creo que el Rey no desea sólo que su embajada se ponga en camino sino que también quiere que regrese. Un diplomático sería demasiado llamativo; ni siquiera pasaría la frontera de Egipto.

– ¡Justamente! -corroboró el cónsul-. Eso es lo que le decimos al ministro en nuestro despacho.Todavía estaban reflexionando en silencio cuando la campana de la capilla dio las dos de la tarde. El calor que pesaba sobre la ciudad había traspasado ya la cortina de verdor que rodeaba las casas, y el cónsul experimentó una sensación de disgusto al contemplar las manchas de sudor que impregnaban la chaqueta de algodón del señor Macé a la altura de las axilas. «Realmente, podría cambiarse de ropa de vez en cuando», se dijo.

Luego volvió a darle vueltas al asunto, pero sin duda ese instante de distracción lo llevó por nuevos derroteros.

– ¡Lo que en realidad necesitamos es un hombre útil! -exclamó.

Se quedó tan sorprendido de su propia idea que guardó silencio.

El señor Macé también se sorprendió gratamente ante aquella evidencia tan afortunada.

– Sí -continuó el secretario-, Su Excelencia tiene razón. Deberíamos encontrar a un hombre que ofreciera al Negus lo que necesita.

– ¡Un comerciante!

Al señor Macé se le iluminó el rostro de repente.

– El señor cónsul recordará -dijo con gran entusiasmo- que el mes pasado nos comentaron la llegada a El Cairo de una caravana procedente de Etiopía. Sin embargo, nadie la ha visto todavía. Probablemente se haya dispersado más al sur. Su jefe es un comerciante musulmán que ha viajado a Abisinia en varias ocasiones.

– ¿Usted lo conoce?

– Lo vi una vez en El Cairo. Es un hombre de aspecto muy humilde, casi parece un mendigo. Pero se dice que en su último viaje ha traído cinco mil escudos en polvo de oro, algalia y ámbar gris para cambiarlos por mercancías que el Negus le había pedido.

El señor De Maillet iba y venía, absolutamente entusiasmado.

– ¿Estará aquí?

– Lo ignoro. A decir verdad es poco probable, aunque quién sabe… Lleva todos sus asuntos con extrema discreción. Ni siquiera estoy seguro de que acepte hablar con nosotros, y menos aún de que nos proporcione algún detalle sobre Abisinia.

– Cada cosa a su tiempo -dijo el cónsul con tono perentorio-. Usted encuéntrelo. Ya lo convenceremos después.

La decisión estaba tomada, así que sin pensárselo más empujó al señor Macé hacia la puerta.

– Emprenda inmediatamente la búsqueda de ese hombre.

El secretario se sintió un poco desarmado ante tanta premura.-Tome mi caballo, un guardia, dinero, lo que necesite, y si está aquí, tráigamelo. Pero dígame, ¿cómo se llama?

– Los árabes le llaman Hadji Ali.

– En fin, le deseo buena suerte para encontrar a Hadji Ali, querido amigo.

El señor Macé se precipitó en dirección al patio del consulado, lleno de orgullo por el apelativo aunque desesperado por la misión que debía cumplir. Diez minutos más tarde, ya estaba en la ciudad.

El jesuíta, completamente repuesto, escuchó con serenidad al señor De Maillet mientras éste le exponía con la mayor naturalidad del mundo y de forma supuestamente improvisada el breve escrito que había redactado con el señor Macé.

Tras meditar unos instantes, el padre Versau se avino a las razones del cónsul y decidió, para gran alivio de éste, que no debía ser él quien acudiera en embajada a Abisima.

– A decir verdad -concluyó el bondadoso jesuíta-, nadie pensaba realmente que fuera usted personalmente.

Esta observación disgustó al cónsul. ¿Acaso sospechaban que en realidad era un cobarde? Se disponía a protestar cuando pensó que el auténtico coraje se demostraba aceptando las afrentas sin pestañear. Así que se contuvo valerosamente.

– ¿Qué más nos propone? -preguntó tranquilamente el jesuíta.

– Teniendo en cuenta -comenzó a decir el señor De Maillet- la diferencia de poder entre nuestro Rey Muy Cristiano y ese monarca, que después de todo no deja de ser un indígena coronado, sería conveniente para Su Majestad Luis XIV fingir que no solicita nada. Uno nunca está seguro con esa gente. Piense en la ofensa que supondría para Su Majestad si su embajada fuera apresada, como ocurrió el siglo pasado con la de los portugueses. Pedro de Covilham, el hombre que la encabezaba, estuvo retenido en aquellas tierras más de cuarenta años, y lo cierto es que murió allí. De manera que si bien la categoría de la persona que nos envíen es de la mayor importancia, la de nuestro mensajero no lo es tanto.

– Su razonamiento es muy acertado -dijo el jesuita-. Habíamos pensado que si nosotros enviábamos una auténtica embajada, alentaríamos al soberano abisinio a mandar otra desde su país. Pero si usted dispone de otros medios para llegar al mismo fin…Conversaban en un balcón minúsculo que realzaba la amplia estancia destinada al padre Versau en el primer piso. Desde allí se divisaba la calle principal, que era también el centro neurálgico de la colonia franca. Así pues, todos cuantos pasaban frente al consulado se descubrían respetuosamente al ver al señor De Maillet.

– Me parece -dijo con atrevimiento el cónsul- que la mejor manera de conseguir nuestro objetivo es sacar el mayor partido posible de las relaciones que Etiopía mantiene con nuestro país.

– ¿Cuál es la naturaleza de tales relaciones?

– Son de dos tipos. De vez en cuando el Emperador envía un mensajero al patriarca copto de Alejandría para pedirle que nombre a un abuna. Manda la tradición que el jefe de la Iglesia etíope, conocido como el abuna, sea un copto egipcio enviado a tal efecto. Pero no podemos depositar nuestras esperanzas en esta eventualidad, pues es demasiado imprevisible, además de poco probable.

– ¿Y la otra posibilidad?

– La otra posibilidad son los mercaderes. Algunos años llega aquí una caravana procedente de Abisinia para intercambiar sus productos en El Cairo y a lo largo de su trayecto.

– Creía que el Negus estaba en guerra con los musulmanes…

– Padre, también nosotros lo estamos con los turcos y sin embargo nos hallamos en este balcón, charlando tranquilamente. A veces no estaría de más que los individuos aprendieran de la prudencia de que hacen gala los estados para tratar los asuntos con sus vecinos. Hay lazos que no se rompen jamás.

El señor De Maillet dijo estas últimas frases con un ademán de cortesía para disimular la inmensa satisfacción que a veces le inspiraba su propia persona.

– Excelencia -dijo el jesuíta con una leve sonrisa para confirmarle que confiaba plenamente en él-, me encomiendo a vuestro consejo para encontrar una solución que sirva a la causa del Rey.

El cónsul inclinó la cabeza, henchido de una soberbia humildad.


El señor Macé regresó hacia las cinco e irrumpió en la residencia del cónsul tal cual estaba, empapado, con los cabellos aplastados por el sudor, con grumos de colorete en las mejillas, y sin molestarse apenas en esbozar una excusa.

– Ya lo decía yo -dijo fuera de sí.-¿El mercader?

– Hadji Ali en persona.

Poco a poco iba recuperando la respiración, con una mano en el pecho.

– He hecho indagaciones por toda la ciudad. Todos creían que se había ido, pero la suerte estaba de mi parte. Uno de mis confidentes lo vio ayer.

– ¿Dónde está? -preguntó el cónsul circunspecto.

– Espera en el rellano. Excelencia, permítame explicarle…

Conforme iba recuperando el aliento, volvía a obrar con la formalidad que exigen las conveniencias sociales, lo cual era mejor para todos. El señor De Maillet no aceptaba de buen grado la familiaridad, cualesquiera que fueran las razones.

– Es un tramoyista -continuó el señor Macé-. Un bribón. No quería saber nada de Abisinia. He tenido que prometerle…

– Qué, diga…

– Cien escudos.

El cónsul hizo un aspaviento.

– ¡Cómo ha podido!…

– Por esa suma, hablará.

– ¿Y qué es eso tan importante que vale cien escudos?

– Excelencia, le pido por Dios que honre mi compromiso. Si no soy hombre muerto.

– Está bien, pagaré. Pero ¿qué ha dicho?

– Todavía nada.

– ¡Se burla de mí! -exclamó el señor De Maillet, que parecía dispuesto a dejarle plantado.

– Excelencia, permítame. Hablará. Va a decirle lo que necesita el Negus.

El señor De Maillet titubeó un momento antes de tomar una decisión.

– Y bien -dijo al fin con brusquedad-, ¿a qué espera para hacerlo pasar?

Hadji Ali era uno de esos hombres de los que resulta imposible precisar su origen. Era extremadamente delgado, a juzgar por las manos huesudas y las mejillas hundidas. Tenía rasgos finos, nariz aguileña, párpados abultados y una tez cobriza que le otorgaba el privilegio de parecer yemenita en Yemen, árabe en Egipto, abisinio en Etiopía e indio en la India. Incluso se le podía confundir con un europeo curtido por el trópico. No obstante, en esta ocasión vestía la túnica azul de los árabes, calzaba babuchas verdes y lucía un aro en la oreja derecha. Tomó la mano del cónsul entre las suyas, hizo primero una suerte de triple reverencia, luego se llevó la mano derecha al corazón y, para acabar, se besó los dedos.

Con el tiempo, el señor De Maillet se había acostumbrado a condescender con estos formalismos recargados, pese a considerarlos lamentables zalamerías. Una vez concluido aquel interminable saludo, indicó a su invitado una banqueta baja en la que éste se sentó, cruzando las piernas.

La conversación se inició lentamente, y el señor Macé empezó a traducir. Hadji Ali elogió la decoración del consulado, la apostura del Rey a la vista del retrato, el sabor refrescante del jarabe de flores de hibiscus que le habían servido, y para terminar comentó con melancolía que el sedentario, por muchas riquezas que tenga, nunca sabrá lo que es gozar de la compañía conmovedora de las estrellas, en las alturas, mientras duerme. El señor De Maillet se avino cortésmente a esta opinión, y eso fue todo.

El señor Macé hizo una señal al cónsul. Éste fue hacia el escritorio en busca de una bolsa de cuero con la suma que le había prometido y se la entregó al caravanero, quien la hizo desaparecer casi como por arte de magia. Acto seguido, Hadji Ali empezó a hablar del Negus. Le dijo que el Emperador se llamaba Yesu, que era el primero con ese nombre, y que tenía unos cuarenta años. Añadió que se trataba de un gran guerrero, y que si bien en la actualidad su reino vivía en paz, había librado numerosos combates.

– Los etíopes no necesitan nada -dijo Hadji Ali, adelantándose a una pregunta que el señor Macé había pensado hacer-. Aquel país abastece a sus habitantes de todo cuanto necesitan.

– No obstante, según he podido saber -dijo el cónsul con delicadeza-, el Emperador le ha encargado ciertas cosas de Egipto…

Hadji Ah fue parco en su respuesta.

– «Nada de cosas» -tradujo literalmente el señor Macé, que consideró oportuno intervenir.

– ¿Cómo que «nada de cosas»? Entonces, ¿qué? -replicó el cónsul.

– Yo no sé nada, Excelencia. Tal vez animales.

– Pregúnteselo.

El señor Macé tradujo la pregunta, y el mercader se echó a reír a mandíbula batiente. Su boca abierta dejaba a la vista unos dientes rotos y negros empastados de oro, lo cual resultaba bastante repugnante. El cónsul estaba impaciente. Poco a poco, Hadji Ali fue serenándose y se secó los ojos.

– ¿Puede explicarnos a que se debe tanto regocijo?

– Al parecer se debe a su pregunta -contestó el señor Macé.

– Yo estoy diciendo «No quiere cosas», y a usted se le ocurre decir «Animales». ¡Es muy divertido! -dijo entre hipidos Hadji Ali, sin dejar de reírse.

– Querido amigo -dijo el señor De Maillet irritado-, a mí también me parece divertido. Ahora bien, si no son cosas ni tampoco son animales, me gustaría saber, ya que usted se ha comprometido a decírnoslo, qué le ha pedido.

Hadji Ali volvió a adoptar un semblante seno.

– Busco a un hombre.

El señor De Maillet y el señor Macé cruzaron una mirada fugaz.

– Un hombre. Bueno, ¿y se puede saber a quién?

– Es un secreto de estado que no puedo revelar a nadie -dijo el mercader con un tono que no admitía réplica.

Se produjo un largo silencio en la estancia. Luego, el señor Macé hizo señas al cónsul para que volviera al escritorio y sacara otra bolsa. El señor De Maillet se resistía con toda suerte de ademanes aunque sin decir palabra, en tanto que Hadji Ali, con los ojos entornados, fingía no darse cuenta de nada. Al final, de puro cansancio y presintiendo que su objetivo estaba cerca, el cónsul terminó por acceder, y una segunda bolsa desapareció bajo la túnica del mercader.

– El año pasado -empezó a decir Hadji Ali cuando tuvo la bolsa a buen recaudo- estuve enfermo.

El cónsul se horrorizó ante semejante comienzo.

– La cosa es…, la cosa es…

El señor Macé consideró más prudente no traducir estas palabras y esperar hasta que el camellero arrancara de una vez.

– La cuestión es que estuve enfermo -continuó- y he venido a El Cairo a tratarme pues los médicos árabes no encontraban remedio alguno para mi mal. Y además me merecen poca confianza. Siempre he creído que los médicos francos son más hábiles, así que me acerqué hasta la colonia, donde alguien me dio el nombre de un religioso, y fui a verle. Iba vestido como nosotros pero su hábito era marrón, con un cordel anudado a la cintura.

– Un capuchino -dijo el señor De Maillet con impaciencia.-Probablemente. Hay bastantes por aquí. Era un anciano casi ciego. Cuando le pregunté si sus poderes también hacían efecto sobre los creyentes en Mahoma me dijo que sí. Y lo cierto es que me sanó.

– Bien, me alegra saber todo eso -dijo el cónsul al intérprete-. No obstante, tendría que comprender que su salud nos interesa muy poco. Pregúntele en qué nos afectan esos asuntos a nosotros.

– Regresé a Abisinia en la caravana de septiembre -continuó el mercader-. El Emperador me hizo llamar en cuanto llegué y, para mi grata sorpresa, quiso que habláramos a solas. Fue entonces cuando me desveló su enfermedad, que es muy parecida a la que ese franco me había curado a mí.

– ¡De modo que ha venido a buscar un médico! -dijo el señor De Maillet con el rostro encendido por la emoción.

Hadji Ah se inclinó respetuosamente en señal de asentimiento.

– ¿Podríamos saber si… lo ha encontrado? -preguntó el cónsul.

– Por desgracia -dijo Hadji Ali con el semblante tremendamente abatido- el viejo franco que me curó el año pasado ha muerto durante la estación seca. Tenía una edad muy avanzada, y probablemente el corazón…

– ¿Qué piensa hacer? -preguntó el cónsul.

– Esperar. Alá lo puede todo, si uno tiene confianza.

– Es una hermosa lección de piedad -dijo el señor De Maillet con cierta impaciencia-, pero ¿cómo se presenta el asunto… en la tierra?

– Otros religiosos francos de la misma orden que mi difunto curandero han prometido proporcionarme a alguien muy pronto. Para uno de estos días esperan la llegada de uno de los suyos, que tiene fama en cuestiones de medicina. Viene de Jerusalén, y a estas horas ya debe estar aproximándose a Alejandría. Es cuestión de unas diez lunas, como mucho.

– En buena hora -dijo el señor De Maillet.

– Yo también me alegro de que llegue ese hombre -añadió el comerciante-, porque he agotado los remedios que me recetó el anterior y debo procurarme otros nuevos.

– ¿Se puede saber qué enfermedad es ésa? -preguntó el cónsul al señor Macé con cautela. Éste se extendió en la traducción, que aderezó con numerosos circunloquios.

– Mi enfermedad no es un secreto, pero dado que es también la del Negus, me resulta imposible revelarla sin cometer un acto de traición. Sepa que no es mortal pero que causa muchos sinsabores y agria el carácter, una circunstancia siempre molesta para un soberano.A partir de ese momento la conversación tomó un sesgo cortés e insustancial, y hacia las seis el señor Macé despidió al mercader, tras acordar una nueva cita para el día siguiente.

El señor De Maillet había satisfecho con creces sus expectativas y gratificó a su secretario con un sinfín de felicitaciones, que éste recibió con una exagerada reverencia. De pronto, y en una sola jornada, habían conseguido rectificar el proyecto de la embajada sin desnaturalizarlo y sin arriesgar la vida del señor De Maillet. Por si eso fuera poco, habían descubierto el punto débil del Negus y el medio de introducir un mensajero en su corte. Y como colofón, ese mensajero iba a ser un religioso, una circunstancia que seguramente colmaría los deseos de Luis XIV. Tanto el uno como el otro se consideraron tremendamente hábiles y decidieron anunciar tan excelentes nuevas al jesuíta para consagrar definitivamente su triunfo.

– A propósito -dijo el señor De Maillet-, ¿de qué enfermedad cree usted que se trata?

– En mi opinión, Hadji Ali sufre una afección en la piel. Probablemente haya notado que no cesaba de rascarse en el costado derecho. Hace un rato, cuando adelantó el brazo para coger la taza de té, me pareció ver a lo largo del codo una especie de erupción pustulosa, como los líquenes que se ven sobre la corteza de los árboles en nuestros bosques.

– ¡Bah! -dijo el cónsul-. Da igual que sea la piel o cualquier otra parte del cuerpo.

Éstas fueron sus últimas palabras antes de subir a la habitación del padre Versau: El jesuita acogió cortésmente su relato mientras permanecía sentado, con los dedos entrelazados sobre el abdomen. Pero cuando el señor De Maillet llegó al asunto del médico franco, el hombrecillo vestido de negro se enfureció tanto que se quedaron asustados y atónitos, pues nunca habrían imaginado que alguien aparentemente tan enclenque pudiera expresarse con tanta virulencia. Todavía estaban intentando comprender qué error habían podido cometer para que desencadenara semejante furor en el jesuita cuando el señor De Maillet cayó en la cuenta de que todo había empezado al pronunciar la palabra «capuchino».

<p>5</p>

Los capuchinos, que se distinguen por un hábito peculiar con una larga capucha puntiaguda, son monjes de una orden reformada de San Francisco. En los diez últimos años, en Egipto, los capuchinos habían mermado en número y habían perdido influencia a consecuencia de un grave desacuerdo respecto a la custodia de Tierra Santa, de la que dependían. El señor De Maillet sabía cómo estaban las cosas, y también sabía que los capuchinos habían tenido que recurrir a una treta para evitar su total desaparición en el país. Éste fue el motivo que los llevó a ir hasta Roma para pedir la intercesión del Papa, a quien persuadieron de que los millares de católicos que los jesuítas habían convertido cincuenta años atrás en Abisinia, habían salido con vida de las persecuciones que ordenó el Negus en el momento de expulsar a la Compañía. Los capuchinos sostenían que aquellas víctimas desdichadas de los fervientes discípulos de San Ignacio y, de la crueldad de los herejes de Etiopía tenía muchas dificultades para sobrevivir, dispersos como estaban en una región inhóspita situada en alguna parte al sur de Egipto, entre el país de Senaar y la frontera de Abisinia. Mediante esta estratagema, los capuchinos se proclamaron protectores de estos católicos perdidos que nadie había visto nunca pero cuya existencia se empeñaban en asegurar, y le pidieron al Papa que les confiara oficialmente la misión de velar por ellos. Inocencio XII, que trataba con benevolencia a esta orden de religiosos humildes y generalmente poco instruidos, no pasaba por alto el hecho de que muchos fueran italianos. Así pues les concedió el favor que pedían. Hacía dos años que los capuchinos, confortados por el apoyo pontificio, habían regresado a Egipto con la idea de emigrar al sur para abrir un hospicio en el Alto Egipto, y aunque un día estuvieron muy cerca de desaparecer del país, ahora su presencia tenía más fuerza que nunca.

El señor De Maillet también se hallaba al corriente de este asunto, pero no contaba con que los capuchinos pretendían llegar mucho más lejos. Su objetivo real no era únicamente socorrer a los católicos abisinios en el exilio sino convertir a Abisinia. El Papa alentaba esta pretensión, y por eso había creado un fondo permanente destinado a amparar a los misioneros capuchinos enviados a Abisinia. Este ambicioso anhelo los llevaba a desafiar directamente a los jesuítas, que nunca habían aceptado su fracaso y consideraban legítimo regresar un día a ese país.

Había tan pocos jesuítas en Egipto, eran tan pacíficos y al parecer vivían en tan buena armonía con todos que el cónsul ignoraba la rivalidad cerril que, en niveles jerárquicos superiores, les enfrentaba con las demás órdenes. El hecho de que el padre Versau perdiera los estribos al oír la palabra «capuchino» bastó para recordar al señor De Maillet su craso error.

– Es imposible que un mensaje del Rey de Francia sea transmitido por los italianos -explicó el jesuita con vehemencia-. Además, esta misión incumbe única y exclusivamente a nuestra orden. El Rey ha dado instrucciones formales sobre ello. Y dado que me veo en la obligación de confiarles ciertos acontecimientos que hubiera preferido callar para no comprometer mi modestia, les diré que antes de presentarme ante usted, a mi paso por Roma, me entrevisté con Su Santidad el Papa en persona.

A los ojos del señor De Maillet, el prestigio del jesuita creció sensiblemente, cosa que en un principio parecía imposible. Por si no fuera bastante con haber recibido órdenes de boca del confesor del Rey, el hombre que el cónsul tenía delante había estado con el Sumo Pontífice y le había hablado. En aquel instante, su admiración creció en proporción a la vergüenza que sentía por haber cometido aquel error y se dispuso a escuchar el resto de su discurso con obediencia y sumisión absolutas.

– El Papa, a quien he expuesto las intenciones del Rey de Francia, comulga completamente con estos deseos y bendice cualquier cometido que emprenda la Compañía para erradicar de Abisinia la herejía en que por desgracia se halla inmersa.

La noche cae deprisa en el trópico y muy pronto la estancia quedó sumida en una penumbra azulada, donde las palabras del jesuita resonaban aún con mavor solemnidad.-Para que la culminación de una empresa tan gloriosa como la reconquista espiritual de ese inmenso pueblo se convierta en una obra de fe verdadera -prosiguió con devoción-, ésta debe de provenir de un poder universal e incuestionable que esté muy por encima de toda ambición terrestre. Sólo el Rey de Francia, el soberano católico más excelso, posee tal poder y puede llevar adelante, desinteresadamente, un proyecto de semejante envergadura. Todo emana de este gran designio: el Papa reconoce como sagrada esta misión, y nuestra orden la ejecuta humildemente.

Hizo una pausa y luego añadió con ligera irritación:

– En cambio, una empresa conducida desde abajo, por curas casi siempre ignorantes y procedentes de una nación sin influencia, correría el riesgo de estar patrocinada por intereses excesivamente humanos…

El clérigo terminó la frase con un suspiro, y el señor De Maillet agobiado, se quedó en silencio.

– El asunto que se trae entre manos está muy bien pensado -continuó el jesuíta con voz firme aunque amable-. La idea de que un médico sea el portador de nuestra embajada y que éste haga el camino con el mercader es excelente. Lo único que hace falta es que el galeno sea francés y que vaya acompañado por un religioso de nuestra orden.

Los sirvientes entraron con candelabros, rompiendo la magia de la conversación, y ya no se habló más.

La cena transcurrió en un ambiente distendido. El jesuíta contó mil anécdotas de sus viajes, y las damas se interesaron por Versalles y Roma. Estuvo brillante, sobre todo cuando se dirigía a la señorita De Maillet. Ante tan solícita actitud, su padre no pudo por menos que reconocer la natural propensión de los curas de esa ilustre compañía a guiar las almas jóvenes.

El padre Versau manifestó su deseo de hablar con los dos jesuitas que tenían que llegar a El Cairo al día siguiente, y el señor Macé se comprometió a avisarlos personalmente. Todos se retiraron muy pronto, pero el cónsul aún se quedó un rato en su gabinete, meditando sobre una aterradora evidencia a la que le costaba dar crédito: los jesuitas no sólo eran tan temerarios como para enviar una embajada a Abisinia sino que además pretendían acudir en persona a un país donde los aborrecían. No obstante, la mayor preocupación del señor De Maillet en aquellos momentos era eecontrar como fuera un médico franco en una colonia que no tenía ninguno.A las siete de la mañana, el aire fresco de la noche desaparecía a retazos en un baño de luz tibia. Los pájaros que anidaban en los inmensos árboles del barrio franco piaban desde las zonas en sombra. El polvo aún estaba adherido al suelo, pero al paso de los primeros viandantes se quedaba flotando en el aire y ya no volvía a caer.

El maestro Juremi caminaba por el paseo de arena, pasando de la protección de los plátanos a la luz blanquecina de las zonas soleadas. Estaba tan contento como un delfín que atraviesa a saltos el aire caliente y el agua fresca. Llevaba un diminuto hatillo de tela al hombro e iba silbando. Tal como había imaginado, los esbirros del consulado habían pasado la noche anterior por su domicilio para entregarle una citación.

El maestro Juremi había acabado por rendirse a los sabios consejos de Jean-Baptiste. Había preparado una bolsa con unos cuantos enseres de aseo, una camisa limpia, una Biblia pequeña, y ahora se dirigía hacia el calabozo tan alegre como quien se pone en camino para pasar una tarde de pesca.

Un criado le recibió muy cortésmente a la puerta del consulado y lo condujo hasta el primer piso. Atravesaron una portezuela situada en el vestíbulo superior, y luego entraron en una pequeña estancia en la que había un agradable ambiente de frescor, procedente sin duda de la gran morera que se hallaba frente a la ventana abierta. En medio de la sala había una gran mesa dispuesta para el desayuno. La luz rebotaba sobre el mantel blanco bordado con el escudo de armas de los Maillet, acariciaba los vasos de cristal e iluminaba una jarra con zumo de naranja, dos tazas de porcelana y pan fresco. El lacayo acercó una silla al maestro Juremi y lo invitó a sentarse, pero el droguista se negó, pensando que todo aquello debía de ser un malentendido que no tardaría mucho en esclarecerse. Al maestro Juremi le entraron ganas de decirle al lacayo que se trataba de un error, que sólo había venido para ir al calabozo. Pero el criado desapareció y lo dejó allí plantado, con su hatillo, sopesando los sinsabores que esta equivocación iba a costarle dentro de poco.

Al cabo de unos minutos entró el cónsul con un aspecto espantoso. Tenía los ojos enrojecidos y era evidente que había abusado de afeites. El maestro Juremi se asombró ante su inopinada amabilidad.

– ¡Maestro Juremi! ¡Cuánto me alegro de verle! Pero ¿cómo es que no le han ofrecido sentarse? Tome asiento, por favor.

Tras un nuevo estremecimiento de desconfianza, dejó caer su enorme cuerpo en aquella silla enana. El cónsul mandó servir té y le agasajó con mil atenciones, ofreciéndole leche y azúcar, e incluso vertió el zumo de naranja en los dos vasos. El maestro Juremi empezaba a arrepentirse de haber descartado la idea del florete, porque de un golpe bien dado habría terminado con tanta comedia.

– Ha hecho usted un buen trabajo… -dijo el señor De Maillet, que no pudo evitar añadir, arqueando una ceja-: en mi ausencia.

El maestro Juremi no supo qué responder. Para conservar el aplomo, se metió en la boca un cuerno de un cruasán, y con esta mordaza esperó la continuación. Si en circunstancias normales era un hombre poco elocuente, no cabía esperar que en tales circunstancias se mostrara muy locuaz.

– Su trabajo tiene sin duda mucho mérito -prosiguió el cónsul-. Mezcla plantas para conseguir pastas, barnices, esmaltes, ¿no es eso?

El maestro Juremi movió la cabeza de un lado a otro, se encogió de hombros y siguió masticando.

El cónsul se llevaba algo entre manos, de eso no cabía duda. Pero ¿qué? El diplomático se bebió una gran taza de café de un trago, y el droguista barruntó que el asunto no iba a hacerse esperar mucho.

– Esas mezclas pueden servir para todo, ¿no es así? He oído decir que incluso hace remedios…

«Ya estamos», se dijo el maestro Juremi.

Y empezó a respirar más deprisa, como un antílope que advierte la presencia del peligro detrás de los matorrales.

– No tiene nada que temer -dijo el cónsul mientras sacaba un pañuelito, que amarilleaba debido a los incalculables lavados, para limpiarse la boca-. En el pasado, mis antecesores se mostraron muy estrictos con algunos colegas suyos, que ejercían la farmacia o la medicina sin los diplomas pertinentes. Incluso yo manifesté en su día cierta prudencia al respecto, aunque sin duda comprensible. Hay tantos charlatanes por estas tierras… ¿Qué piensa usted?

El maestro Juremi alzó las cejas un par de veces, y el señor De Maillet interpretó este gesto como una señal de aprobación.

– Pero a partir de ahora -prosiguió el cónsul- tengo una opinión formada y bien formada. Lo he visto trabajar, sobre un cuadro, claro está, pero algo es algo. Y las referencias sobre usted son excelentes. Si me dice que prepara remedios, créame, esté seguro de que le brindaré todo mi apoyo. Soy un hombre de palabra, ¿sabe usted?

– Sí, Excelencia -consiguió articular el maestro Juremi.

– Bien, pues en tal caso hábleme sin rodeos. ¿Entiende usted…, cómo se dice…, de farmacopea?

– Me parece que sí -contestó el droguista.

– ¡Cómo que le parece! ¡Pero qué modestia la suya! He oído decir que usted hace mucho más de lo que aparenta, que toda la colonia va a verle, y que incluso el pacha en persona le pide consulta.

El maestro Juremi bajó los ojos.

– ¡No lo lamente! -insistió el señor De Maillet-. Está bien. Está muy bien. Nunca hubiera imaginado que tuviera tales aptitudes. Es usted muy modesto, maestro Juremi. Mi esposa me confesó, la noche que estuve ligeramente indispuesto, que ella, ella misma, mi propia mujer, le mandó llamar hace seis meses sin que yo lo supiera, y que usted la había curado.

Al ver el pavor reflejado en la cara de su huésped, el cónsul adoptó un tono aún más amable.

– Se lo digo de verdad, no tiene nada que temer. No sé cómo ganarme su confianza. Le felicito sinceramente. Es más, le animo a que prosiga con su trabajo.

El señor De Maillet se levantó, dio un paso hacia la ventana, se volvió y dijo al droguista, mirándole a los ojos:

– ¿Sabría usted, por ejemplo, curar enfermedades de la piel? Me refiero a esa suerte de lepra que padecen a menudo los negros de por aquí.

– Bueno, Excelencia -consiguió farfullar el maestro Juremi-, somos dos.

– ¿Qué quiere decir?

– Que tengo un socio.

– Me parece muy bien, aunque eso ya lo sabía. No obstante, responda a mi pregunta.

– Lo que trato de decirle es que él se ocupa fundamentalmente de la medicina. Mi socio prescribe y yo preparo. En el caso de la señora, su esposa, por ejemplo, le comenté los síntomas a él para saber qué debía poner, luego mezclé el ungüento y se lo entregué. Ese es únicamente mi papel.

El cónsul volvió a la mesa y se sentó.

– Ya veo -dijo-. Así pues, sería más conveniente que me dirigiera a su socio.

– Eso es lo que intentaba decirle Excelencia.

A partir de ese mismo instante, el señor De Maillet se mostró mucho menos caluroso.

– Y ¿cómo se llama?-Poncet, Excelencia. Jean-Baptiste Poncet.

– ¿ Y dónde se le puede encontrar?

– Compartimos la misma casa. Duerme en el primer piso y yo en la planta baja.

– ¿Y su laboratorio?

– Oh, Excelencia, creo que en nuestra casa no se puede distinguir realmente entre el espacio que sirve para vivir y el que sirve para nuestro trabajo. Me resultaría bastante difícil describírselo.

El cónsul se quedó pensativo.

– ¿Cree usted -dijo por fin- que su amigo estaría dispuesto a hacer un largo viaje?

– Tendría que preguntárselo, Excelencia. Es un muchacho, cómo diría yo, muy peculiar. Si no estuviera asociado con él, aseguraría que es… genial.

– ¡Genial! ¡Ahí es nada!

«Realmente estos aventureros son increíbles», pensó el señor De Maillet.

– ¿Me lo podría presentar?

– Claro, como usted mande. Somos subditos del Rey, y usted es su representante.

Incluso viniendo de un hombre sin abolengo, una profesión de fe como aquélla satisfacía siempre al señor De Maillet, que no sabía negar su gratitud a quien fuera capaz de manifestarle una lealtad tan sincera. «Ése es el secreto -pensó-. La armonía del régimen monárquico propiamente dicho radica en una autoridad justa que gobierne sobre subditos agradecidos.»

El maestro Juremi sonrió para sus adentros. Era muy consciente de que no conocía término medio entre la rebeldía impulsiva y violenta y la obsequiosidad sumisa. Ésta era su máscara de protestante. Sin duda, el señor De Maillet se habría sorprendido sobremanera si le hubiera dicho que tenía ante él a uno de los emigrantes enardecidos de los que Guillermo de Orange se había valido para cavar casi con las manos desnudas la línea de defensa de los Stuart en la costa de Irlanda. La herida de su abdomen era una prueba contundente de aquello, y el maestro Juremi tenía que hacer auténticos esfuerzos para no subirse la camisa y plantarle al cónsul ante las narices sus cicatrices de sable.

– En ese caso -prosiguió el señor De Maillet-, dígale a su socio que le espero aquí a las once.

– Como desee, Excelencia. Sin embargo…El maestro Juremi tenía ciertos escrúpulos, ya que el cónsul no parecía malintencionado. De entrada, no creía arriesgado confesarle la profesión de su socio. Pero teniendo en cuenta las palabras que había pronunciado la noche anterior, se podía esperar cualquier cosa de un hombre con su carácter: «Si me convocara a mí, no iría.»

– Sin embargo, que… -se impacientó el señor De Maillet.

– Sin embargo, como conozco bien a mi amigo Poncet, permítame hacerle otra propuesta.

– Usted dirá…

– Estoy seguro de que si su Excelencia se tomara la molestia de acudir hasta su casa, es decir, a nuestra casa, mi socio le estaría infinitamente agradecido y no podría negarle nada.

– ¡Acudir a su casa…! ¿Acaso ese señor concede audiencias?

El protestante guardó un prudente silencio.

Era extraño, absurdo, incluso indignante, pensaba el cónsul. Pero, en fin, ya que había prisa, ya que en cierto modo aquel truhán estaba en una posición de fuerza y por unas circunstancias muy concretas, era preferible dejar el desprecio para más adelante.

– ¿Estará él allí dentro de una hora? -preguntó el señor De Maillet, apretando los puños.

<p>6</p>

La carroza esperaba en el patio del consulado pavimentado con rodajas de madera. Aquel carruaje espectacular se había construido en Montereau, y había llegado a su punto de destino desde Francia en dos navios (las ruedas en uno, y la caja y el timón en el otro). Una vez agotada la hora que se había dado para deliberar, el señor De Maillet decidió ir a casa del médico con la carroza, quizá porque se había dado cuenta de que los turcos lo respetaban más desde que había empezado a utilizarla para sus desplazamientos oficiales por la ciudad. El médico vivía muy cerca y habría sido fácil, e incluso normal, acudir a pie. La visita habría resultado más discreta, aunque también era posible que hubiese despertado más sospechas. Pero no, la mejor manera de no llamar demasiado la atención era ir en la carroza, parar delante del hotel de un prestigioso mercader, a quien el cónsul había honrado con su visita algunas veces, y dar un rodeo por el otro lado de la calle, es decir, por la casa de los boticarios, haciendo ver que se detenía por mera curiosidad. El señor De Maillet pidió su opinión al señor Macé, que estuvo de acuerdo, y los dos se pusieron en marcha hacia las diez de la mañana.

Para que todo pareciera aún más espontáneo, el cónsul ordenó al cochero que saliera de la colonia y diera un paseo por la ciudad antes de detenerse «delante el hotel del señor B».

– Y bien, Macé -dijo el cónsul ligeramente irritado-, ¿qué ha descubierto usted en nuestros ficheros sobre el gran personaje que vamos a visitar?

– Poca cosa, Excelencia. Este tipo no habla mucho de sí mismo. A decir verdad, ni siquiera sabemos si Poncet es su verdadero nombre.Llegó aquí hace tres años. Sabemos que primero residió seis meses en Alejandría, donde llegó huyendo de Venecia, y que ha alardeado en varias ocasiones de haber ejercido su arte en Marsella, en Beaucaire y en Italia. También tenemos buenas razones para creer que sus papeles son falsos. Su partida de nacimiento está sellada en Grenoble, precisamente en la ciudad en que el año pasado detuvieron a aquel fraile renegado que tan buena maña se daba como falsificador. No obstante, Vuestra Excelencia, al corriente en su momento de estos hechos, fue benevolente y tuvo a bien brindar su protección al señor Poncet, a pesar de las dudas que tenemos a propósito del lugar, la fecha y las circunstancias de su nacimiento.

– ¡Qué nos importa su nacimiento! -farfulló el cónsul.

El señor De Maillet estaba convencido de que sólo un gentilhombre nacía en alguna parte, en un lugar que llevaba su nombre y donde la tierra y los hombres le pertenecían. Los otros nacían donde podían; lo de menos era el sitio, que sólo tenía un mero valor anecdótico.

– ¿Hay algo que explique por qué ha deambulado tanto? -prosiguió-. Ese Poncet no será un protestante como su socio…

– Al parecer las denuncias le han obligado a poner los pies en polvorosa. Ejerce la medicina y la farmacia sin diploma alguno. Pero en cuanto a su religión, estamos seguros de que es un católico romano bautizado.

– Sin embargo, no le he visto nunca en la capilla.

Ése era el nombre que se daba a la minúscula iglesia lindante con el consulado, en la que los domingos se congregaban los feligreses de la colonia.

– Desgraciadamente, más de una cuarta parte de los miembros de nuestra nación hacen lo mismo.

– Lo sé, y un día u otro habrá que poner orden en ese asunto.

– El cura afirma que lo vio alguna vez en horas en que no se celebraban oficios, al poco de llegar a la colonia, y que en una ocasión incluso llevó flores a la iglesia.

– ¿Se ha confesado?

– Nunca.

El cónsul se encogió de hombros y miró por la portezuela con impaciencia.

El señor Macé empezó a hojear los papeles amarillentos que tenía sobre las rodillas mientras el aire tibio de la ciudad árabe, con su olor a guindillas secas y a café, se colaba por las ventanillas abiertas de la carroza. Había tanta gente pululando en aquellas callejuelas estrechas que los viandantes prácticamente tocaban el carruaje. Los niños soltaban chirigotas en su lengua y salían disparados. Las mujeres, en cambio, siempre juntas y envueltas en ropas de algodón, lanzaban miradas indiscretas hacia el interior de la carroza.

– Pocas condenas -continuó el secretario-. Escándalo nocturno; él y su socio habían bebido para festejar no sé qué, y alguien les denunció por duelo, aunque en realidad sólo se batieron para divertirse. Poncet tiene buenas relaciones con los turcos, asiste al pacha, a varios beyes, al kayia de los azabs y al de los jenízaros, así como a numerosos mercaderes…

Ése era precisamente el aspecto más delicado del asunto a los ojos del cónsul. Los favores que las autoridades turcas dispensaban al boticario le daban a éste una gran independencia. El cónsul sabía por experiencia que siempre era peligroso buscar las cosquillas a los hombres capaces de incitar el mal humor de los indígenas hasta el punto de provocar serios incidentes diplomáticos. Ese Poncet debía de saberlo muy bien, y temía que pudiera ser demasiado insolente.

– No puedo ser muy explícito en mis felicitaciones, a la vista de un expediente tan insustancial -dijo el cónsul con arrogancia, precisamente él, que manifestaba tan poco interés por los asuntos de su nación.

Al término de su periplo, el carruaje se detuvo ante la casa que el cónsul indicó.

El rico mercader, que además era el propietario, salió a su encuentro con exclamaciones de sorpresa y alegría. No obstante, el diplomático tuvo la descortesía de explicar a aquel patán que también él se alegraba mucho de verlo, pero que a decir verdad había un asunto insignificante que atraía su curiosidad, y que le esperaba enfrente. Dicho esto, empujó al señor Macé y atravesó dignamente la calle.

La casa que compartían Poncet y el maestro Juremi era mucho menos distinguida que la que estaba enfrente. De hecho se trataba de una hilera de construcciones de un piso, adosadas unas a otras. La fachada que daba a la calle hubiera podido presentar un muro liso como la de delante, pero lo cierto es que quedaba oculta por un auténtico entramado de madera. Aquellos andamiajes formaban una suerte de galerías con arcadas por donde se podía caminar a la sombra, y un balcón en la parte superior que hacía de parasol y conservaba frescas las habitaciones. La morada de los droguistas sólo era un cubículo más de aqueledificio sin gracia, idéntico por fuera a sus vecinos. En medio de una gran promiscuidad y sin apenas higiene, el barrio alojaba a los desposeídos de la colonia: los recién llegados, los comerciantes fracasados, las viudas, así como los hijos naturales mestizos que a veces el cónsul tenía la bondad de aceptar en la nación.

La puerta de los droguistas estaba abierta. Para no ser vistos allí en la calle demasiado tiempo, los diplomáticos entraron sin esperar a nadie. El maestro Juremi acudió con premura y los condujo desde el estrecho vestíbulo por donde habían entrado hasta una estancia amplia y sombría que ocupaba toda la planta baja de la casa. En aquel lugar reinaba un desorden tan indescriptible que el ojo humano tenía dificultad en captar todo aquello. A primera vista se distinguían los morteros de cobre que brillaban con reflejos dorados. Unos alambiques dispuestos sobre ascuas ardientes emanaban humaredas que intentaban elevarse inútilmente, reptando en línea horizontal por las paredes, debido a un lastre de sustancias misteriosas y demasiado pesadas que las impedían ascender. En un rincón, una sábana raída perfilaba las líneas de un jergón. Del techo bajo y ennegrecido por el hollín colgaban cestas de mimbre, cien o doscientas tal vez, todas ellas repletas de plantas secas, frutos arrugados y mendrugos de pan arrebatados a las ratas.

– Excelencia, es un gran honor recibirle en nuestro laboratorio -dijo el maestro Juremi, cuya alta silueta casi rozaba las vigas.

– ¿Su socio está aquí?

– Arriba.

En la penumbra se vislumbraba una luz procedente del piso superior, y por la abertura una escalera de molinero. El cónsul empezó a subir, seguido del señor Macé.

La estancia a la que ascendieron tenía tanta claridad como sombras la de abajo. Estaba iluminada por cuatro grandes ventanales que daban al balcón por un lado, y a una terraza por el otro. El techo había sido retirado, si es que alguna vez había existido, y se podía ver el esqueleto del tejado con su viga maestra, los cabrios y el fondo ligeramente grisáceo de las tejas arqueadas.

Todo el espacio estaba repleto de plantas. En unas espaciosas cubas de madera crecían auténticos árboles gracias a la luz y al calor húmedo. Un euforbio gigante rozaba casi el remate del tejado; un bello ficus, árboles de tronco velloso y otros cubiertos de espinas entreveraban su ramaje. Las zonas que no estaban ocupadas por los especímenes más grandes se hallaban invadidas por muchas plantas pequeñas,de tal manera que el suelo quedaba prácticamente tapizado de tiestos. Sólo se podía pasar por unos senderos estrechos que daban acceso a la puerta de la terraza, a la del balcón de la fachada, a la mesa sobre la que se apilaban libros y a un armarito situado en el único rincón en sombra. A una altura intermedia, decenas de plantas de todas clases, suculentas, umbelíferas, líquenes y orquídeas, prosperaban apaciblemente colgadas de la pared en jardineras de cobre o estaño, o bien suspendidas en el extremo de las cuerdas atadas a la viga maestra.

El cónsul y su secretario estaban desconcertados. En el inconcebible desbarajuste de aquel invernadero se oía aletear y piar algunos pajarillos. El maestro Juremi se había quedado abajo, y los visitantes no podían distinguir ninguna otra criatura humana en aquel paraíso terrestre.

– Pasen, pasen, señores -dijo sin embargo una voz procedente de las alturas.

Los dos diplomáticos avanzaron a pasos cortos, haciendo chirriar los tablones de madera del suelo, muy húmedo todavía a causa del agua del riego. A la altura de un hombre, hacia el fondo de la estancia, una hamaca vacía se balanceaba entre dos ganchos.

– Termino con este esqueje delicado y estoy con ustedes -dijo la voz-. Tomen asiento mientras tanto. Hay dos taburetes junto a la mesa.

El señor Macé, que tenía buena vista, le hizo una señal al cónsul para indicarle una escalera que estaba apoyada en el árbol más alto. En los últimos peldaños se veían dos piernas calzadas con botas de cuero flexible.

– ¡Está bien, está bien! -dijo el cónsul con una voz fuerte que no dejaba adivinar fácilmente su estado de humor-. ¡Tómese su tiempo!

El cónsul hizo una señal al señor Macé. Luego sortearon los tiestos a grandes zancadas, se engancharon las medias con una planta espinosa e inoportuna, alcanzaron la mesa y por fin tomaron asiento, como se les había pedido que hicieran.

– Estos esquejes sólo se pueden injertar en una época muy determinada -volvió a decir la voz desde lo alto de la escalera-. Los híbridos son las plantas de mayor interés en nuestro trabajo. La planta salvaje sólo es una materia prima. ¡Ay, este alambre se me acaba de romper otra vez! Perdónenme.

– No se preocupe -dijo el señor Macé, que temía que al cónsul se le acabaran los recursos para disimular su irritación.

– Como les iba diciendo, es una materia prima. Hay que cruzar las plantas, tomar una para que sirva de soporte a la otra. En resumidas cuentas, para nosotros, la naturaleza sólo es el principio base. Tenemos los ingredientes, pero hay que explorar el mundo de las combinaciones.

En la mesa había un montón de libros diversos que el cónsul hojeó con impaciencia: un tratado de botánica, las odas de Horacio y algunos en cuarto en lengua árabe.

Dos floretes pendían de una vigorosa rama, y en el suelo se amontonaban petos de cuero, caretas, guantes, todo el equipo necesario para la esgrima.

– Puede empezar a exponerme el asunto -prosiguió la voz-. Soy Jean-Baptiste Poncet y me parece que quiere decirme algo.

– Señor -dijo el cónsul, levantándose- el asunto del que tengo que hablarle es muy urgente, en efecto. En cualquier otra circunstancia, sepa que no me habría desplazado hasta aquí. Para ser sincero, me gustaría hablar cara a cara, aunque tal vez sea suficiente con que podamos oírnos.

– Realmente -dijo Jean-Baptiste con franqueza y en un tono afectuoso- le agradezco que me permita terminar esta tarea, pues de lo contrario el trabajo que me he tomado hasta ahora no serviría de nada…

– Señor Poncet -le interrumpió el cónsul, que seguía de pie y con la cabeza erguida hacia la techumbre-, ¿es verdad que ejerce usted la medicina?

– ¡Ah, Excelencia! Siempre pensé que llegaría este momento. Así que no vamos a fingir por más tiempo. Figúrese que incluso he lamentado no poder hablar antes con usted. Sepa que no resulta agradable tener que esconderse para ejercer un arte que en el fondo sólo hace el bien. Pero sabía que era usted muy reacio. No obstante, ya que está aquí, enseguida le enseñaré algunos especímenes…

– Oiga, Poncet, mi pregunta es muy simple. No se la formulo con segundas intenciones, ni tampoco voy a imponerle ninguna sanción, todo lo contrario. Se la voy a hacer de nuevo, y espero que me responda con claridad: ¿ejerce usted la medicina?

– Sí.

– En ese caso, ¿sería usted capaz de curar, digamos, por ejemplo, esas enfermedades de la piel que padecen los indígenas, esa suerte de lepra, de liquen?

– Nada más fácil. Aunque no hay ninguna receta milagrosa y cada caso exige un tratamiento particular.

– Eso es lo que quería saber -le interrumpió el cónsul-, no entremos en detalles. Ahora pasemos a otra cosa. He venido a proponerle solemnemente una misión de extraordinaria importancia.

– Este alambre, este alambre. ¡Juremi! -gritó el hombre desde la escalera.

– ¿Me oye? -preguntó el cónsul.

– Sí, sí, continúe.

– ¿Aceptaría usted ser el mensajero del Rey de Francia?

– ¿Qué ocurre? -inquirió el maestro Juremi, saliendo de su madriguera.

– Es este alambre de cobre. ¿Quieres traerme otra bobina? El que tengo se rompe cada dos por tres.

– Señor Poncet -dijo el cónsul, que a duras penas podía controlarse-, le estoy hablando de cosas verdaderamente importantes. ¿No puede concederme dos minutos y bajar de ese árbol?

– Casi he terminado. Sólo tengo que hacer unos cuantos nudos más. Si lo dejo ahora, no servirá de nada. Pero no se preocupe. Oigo todo lo que dice. Una misión para el Rey…

– Una misión que lo convertiría en uno de los artífices más gloriosos de la Cristiandad, y hasta del mismo Papa.

– Ya se lo he dicho -respondió Poncet con un tono que no sugería el menor entusiasmo-, haré todo lo que sea para complacerlo, señor cónsul, aunque los asuntos oficiales no me atraen demasiado.

– Veamos el asunto de otra manera: se trata de curar a un soberano.

– ¿A Luis XIV?

– No, no. -Se rió con sarcasmo el cónsul, que estaba a punto de perder la paciencia con tantas necedades-. El Rey de Francia lo enviaría a la corte de otro soberano, ¿comprende usted? ¿No es una circunstancia gloriosa tratar el cuerpo de un gran rey?

– Para nosotros, los médicos, se trata de un cuerpo, no de un rey.

El señor Macé miraba al cónsul y se daba cuenta de que tanto él como su superior estaban al límite del desaliento, y que todo aquello podía terminar en invectivas o en lágrimas en cualquier momento.

– Bueno, ya se lo he dicho, señor cónsul, estoy impresionado por su presencia aquí. Se trate o no de un rey, si usted me pide que cure a alguien, lo haré. Sólo espero que no sea demasiado lejos. Tengo mucho trabajo y me resultaría casi imposible ausentarme mucho tiempo.-En ese caso -exclamó el cónsul dejándose caer de nuevo en la silla-, me temo que todo esto va a ser inútil.

– ¿Por qué…?

– Este asunto del que le estoy hablando -dijo el cónsul con ironía- exige un largo desplazamiento. Estimo que necesitaría más de seis meses para acudir junto a su paciente.

– ¡Seis meses! Pero ¿de qué diantres se trata?

– De ir a curar al Negus de Abisinia en su residencia -respondió el cónsul.

Tras un largo silencio, los visitantes vieron temblar la escalera, y después unos pies que descendían los peldaños.

Un instante después, Jean-Baptiste estaba abajo. Se sacudió unas hojitas que se le habían prendido en la camisa y el cabello y se dirigió lentamente hacia los diplomáticos.

Era mucho más joven de lo que el señor De Maillet se había imaginado, probablemente porque la gente siempre prefiere que los médicos sean ancianos venerables.

Una vez hecha esta observación, al cónsul le faltó tiempo para examinar con detenimiento el físico del individuo que tenía delante. Se fijó particularmente en sus maneras y éstas le desagradaron. No se esforzaba en absoluto por hacer el menor gesto que demostrara un mínimo de cortesía, ni un indicio de respeto, y menos aún de sumisión. Era la naturalidad en persona, no había ningún ademán estudiado en su semblante. Enfrente de él, los dos visitantes con el rostro empolvado, sudando, tocados con peluca, se afanaban en presentar un aire autoritario, mientras que su interlocutor posaba sobre ellos, como sobre cualquier otro ser de este mundo, una mirada intensa, llena de curiosidad, de candor y de simpatía, que les pareció el colmo de la insolencia. Frente a tal personaje, el señor De Maillet decidió ser más cauteloso que al principio, y el señor Macé experimentó un odio inmenso.

El cónsul y su secretario aborrecían la libertad, cada uno a su manera; el primero la despreciaba porque no podía someterla, y el otro porque lamentaba no haber tenido la osadía de abandonarse a su influjo. Y muy a pesar de ellos, Jean-Baptiste era la viva imagen de la libertad. Tras un instante de silencio, éste dio un paso más y dijo con una sonrisa:

– ¡El Negus de Abisinia! Creo que tenemos que conversar sobre ello, señores.

<p>7</p>

La señora De Maillet esperaba a su marido en el rellano de la escalinata, mientras agitaba con aire inquieto un gran abanico de papel de China con rosas pintadas. La carroza regresó a las once, y en el preciso momento en que el cónsul descendía con su secretario, la señora De Maillet se abalanzó sobre su esposo.

– Querido -dijo-, te lo suplico. Tómate un poco de descanso, no paras un momento. Este clima te puede dar un disgusto. Tu corazón…

– No te preocupes por mí -replicó el cónsul-, preocúpate más bien por los asuntos de Estado que son difíciles de tratar. Dime dónde está ahora el padre Versau.

– Lleva más de una hora reunido en conciliábulo en sus aposentos con los dos padres jesuítas que han venido a visitarlo esta mañana.

El cónsul se dirigió hacia el primer piso y, con un ademán, le indicó al señor Macé que le acompañara.

La amplia sala donde se alojaba el jesuíta poseía, en la parte trasera, un minúsculo gabinete de trabajo con el techo bajo y las paredes revestidas de madera que el cura había convertido en su estancia favorita. El señor De Maillet llamó a la puerta y, tras ser autorizado, entró seguido del señor Macé y ambos se sentaron a la mesa, alrededor de la que se perfilaban las siluetas oscuras de los tres curas.

– Permítame que les presente al padre Gaboriau, que usted ya conocía, y al padre De Brévedent, que según creo no ha visto nunca -dijo el padre Versau.

Los diplomáticos saludaron a los dos clérigos. El padre Gaboriau, que llevaba más de quince años en la colonia, daba clase a los niños dela nación franca; era un hombre entrado en carnes, con la cara y las manos cuadradas y rojizas. Varias generaciones de pequeños alumnos habían intentando entender, fascinados, cómo la línea caótica de sus dientes superiores, rotos y orientados hacia las más diversas direcciones, podía ocluirse sobre una mandíbula inferior no menos accidentada. Sin embargo, cada vez que el cura dejaba de hablar acontecía de nuevo el milagro y su boca de saurio volvía a cerrarse como si tal cosa. La única consecuencia de esta anomalía dental era, al parecer, la clara predilección que el cura manifestaba por los líquidos. El cónsul, que monopolizaba casi por completo el comercio del vino, tenía la generosidad de suministrar a las congregaciones el preciado líquido a precio de coste. Había comprobado que la diferencia no suponía una pérdida demasiado cuantiosa, siempre que aquellos benditos hombres no abusaran. Valga decir que el padre Gabonau era el único que se excedía hasta el abuso. Por tal motivo, aunque la piedad del señor De Maillet no le permitía tratar al cura como a un borrachín, nada le impedía mirarlo casi como un ladrón.

El otro jesuíta era completamente distinto, alto, algo flaco y de piel cetrina; llevaba unas diminutas gafas de cobre que le resbalaban constantemente por la nariz roma. Como la protuberancia nasal destacaba tan poco del centro de su cara, la frente abombada, que se extendía hacia sus cabellos cortados al rape, y sobre todo la boca y el prominente mentón, parecían mucho más grandes de lo que en realidad eran. No obstante, este abultamiento parecía más de carne que de huesos, ya que sus grandes labios apenas se cerraban y la piel del cuello le empezaba a colgar. Al verlo así encorvado, con aquella frente, aquellos anteojos y aquellas manos huesudas acostumbradas a pasar páginas amarillentas, uno se percataba inmediatamente de que estaba delante de un hombre culto y estudioso.

– No, en efecto -dijo el cónsul, inclinándose-, no conocía al padre De Brévedent.

– Hace dos días que ha llegado, y ya sabe que los turcos nos ponen muchas dificultades. Oficialmente sólo puede haber un jesuíta en régimen permanente. Los otros son simples visitantes. Así pues, de cara a las autoridades, no se trata más que de un viajero ordinario.

De Brévedent esbozó una sonrisa tímida, mirando al cónsul con el rabillo del ojo y sin mover la cabeza.

– Entonces -continuó el padre Versau-, ¿ha encontrado ya a un posible mensajero?-Sí, padre -dijo el cónsul-, he dado con uno, y créame que no ha sido fácil. Francés, católico, médico, de complexión robusta, y aventurero por naturaleza.

– Sin duda debe ser un personaje muy poco común -dijo el jesuíta, solicitando con la mirada la aprobación de los presentes-. ¿Ha aceptado solemnemente?

– Bueno… Estará aquí después del almuerzo. Todavía no ha comunicado su decisión. Pero he pensado que es mejor no precipitarse y esperar a que usted mismo le exponga los detalles de la misión. Lo recibiremos todos juntos, si les parece. De esta manera su compromiso tendrá más peso.

Acto seguido, el señor De Maillet pasó a describir con todo lujo de detalles al sujeto en cuestión. Eligió cuidadosamente sus palabras para lograr un equilibrio entre los atributos del individuo y sus extravagancias. También consideró prudente alertar favorablemente al padre Versau respecto a la edad que aparentaba el visitante.

– Tiene un aire jovial, pero según las informaciones de la policía, no es tan joven como parece a primera vista. -El cónsul añadió riendo-: Debe de ser por el efecto de algún reconstituyente que ha elaborado con sus plantas y que se toma con carácter experimental.

– ¿Una panacea para conservar la juventud? -preguntó el padre Gaboriau, que había recurrido toda su vida a jugos vegetales con un éxito modesto.

– Supongo. ¿Qué otra cosa si no puede explicar que se conserve así?

Siguieron hablando un rato más sobre esa suerte de elixires hasta que apareció un sirviente enviado por la señora, para anunciarles que el almuerzo estaba servido.

La señorita De Maillet también estuvo presente en la comida. Para llamar la atención, el padre Versau evocó minuciosamente la misión de Etiopía que había encomendado el Rey. En cambio el cónsul consideró aquella confidencia inútil y peligrosa y se hizo la promesa de hablar aquella misma noche con su hija para aclararle que el tema debía tratarse con suma discreción. El almuerzo estuvo muy animado. El padre Versau comentó las informaciones que se tenían sobre los emperadores abisinios, según los testimonios de los jesuitas que habían convertido a uno de ellos a comienzos de siglo. Reconstruyó el relato de la injusta expulsión de aquellos misioneros y de las grandes persecuciones que siguieron. Las damas estaban indignadas. A continuación recordó lospeligros de la misión que pronto iba a emprender viaje y habló de la crueldad del clima y de los hombres. La comida concluyó con una especie de estupor voluptuoso. El cónsul tuvo que reconocer que en muy pocas ocasiones la casa había conocido tanta animación y alegría, pese a la seriedad del asunto. Sólo se juzgó con cierto rigor a los dos jesuitas que estaban de visita. Al primero, De Brévedent, porque estuvo taciturno durante toda la comida, y al otro, más colorado que nunca, porque se había adormilado al tercer vaso.

Mientras retiraban la mesa, el lacayo anunció al señor Poncet. Las damas se retiraron y los hombres acordaron recibirlo en la sala de audiencia del consulado, bajo el retrato del Rey, con el café.

Poncet no se había tomado la molestia de cambiarse de ropa, y por encima de la camisa lucía una levita azul oscuro, demasiado corta y sin abotonar. Ni sombrero, ni puños de encaje, ni bastón; llevaba el pelo suelto, y sus rizos negros se agitaban al mover la cabeza; sus manos finas, con las puntas de los dedos verdosas, se paseaban por el aire en cuanto hablaba con un poco de entusiasmo. Saludó cortésmente al cónsul y a los tres curas, mirándolos a los ojos uno por uno. El padre Versau, sentado en un sillón situado prácticamente debajo del retrato del Rey, habló con gran majestad.

– Señor Jean-Baptiste Poncet -empezó a decir solemnemente-, ¿se halla en condiciones de anunciarnos oficialmente que está de acuerdo en personarse en la corte del Rey de Abisinia con el fin de llevarle un mensaje de Su Majestad Luis XIV?

El rostro de Poncet se iluminó con una gran sonrisa.

– ¡Señores míos, parece que tienen prisa! -dijo riendo-. Tengan en cuenta que estoy de pie, que he trabajado toda la mañana y que he venido andando por unas calles prácticamente solitarias, porque nadie osaría aventurarse a salir con este calor. Por lo demás, aquí veo café y galletas…

– Tiene usted razón -exclamó el cónsul, un poco aturdido con tanta premura-. Tome asiento. ¿Qué podemos servirle? Macé, por favor, una taza de café con azúcar para el señor Poncet.

Al cabo de un momento, el joven estuvo surtido de todo. Se bebió el café lentamente, desvió la conversación por otros derroteros para comentar el retrato del Rey y su restauración, y habló de los árboles que había visto al entrar en el jardín del consulado. Cuando sus interlocutores se hubieron apaciguado por completo y la charla se tornó más espontánea, retomó el asunto.-Así que desean enviarme a curar al Rey de Reyes… La idea es buena, excelente incluso. Cuanto más lo pienso, mayor es mi convencimiento de que realmente sólo un médico podría introducirse en ese país sin que le dieran muerte al instante. Pero… ¿por qué piensan que el Emperador necesita mis servicios?

– Lo sabemos de muy buena fuente -contestó el cónsul-. Él mismo ha mandado a una persona en busca del auxilio de un médico. El mensajero encargado de esa misión está en la ciudad y es el hombre que viajará con usted.

– ¡Esperemos que el Rey no haya muerto antes de mi llegada! En fin, ya veremos.

– En cualquier caso, hay que intentarlo -añadió el cónsul.

– Al asunto de salud -intervino el padre Versau, que adoptó un tono más familiar-, hay que añadir el mensaje que deberá llevarle de nuestra parte.

– ¿De qué se trata exactamente? -preguntó Jean-Baptiste.

– Ahí vamos -dijo el padre Versau, complacido por fin de ir al grano-. En primer lugar deberá ganarse la confianza del Emperador abisinio mediante los cuidados que vaya a prodigarle. Y después, incluso antes, tendrá que anunciarle solemnemente que usted es un mensajero de Su Alteza Luis XIV. Le dará a conocer que el Rey de Francia muestra un gran interés por el reino cristiano de Abisinia. Por otra parte, contamos con que le describirá detalladamente la grandeza sin par, el inmenso poder y la santidad del soberano francés. Se trata simplemente de estimular al Negus para que comprenda que la mayoría de los príncipes de Occidente han aceptado rendir homenaje al Rey de Francia y que, como Rey de Etiopía, también debe tratar de ser iluminado por esa gran luz y volverse hacia ella.

– Confío en alcanzar tan hermosas aspiraciones -dijo Poncet-. Pero ¿qué efecto práctico espera sacar de todo esto?

– Queremos que el Negus envíe, a cambio, una embajada a Versalles -respondió el padre Versau-. Tendrá que ser una embajada fastuosa. Nuestra idea es que la presida un hombre de confianza del Emperador y que lo acompañen varios representantes de las familias nobles y de su entorno. Por último, y esto es muy importante, sería muy conveniente que algunos abisinios jóvenes fueran a estudiar a París, al colegio Luis el Grande. Así manifestarían el reconocimiento que el mundo entero expresa a nuestra gloriosa lengua, nuestra cultura y nuestras ciencias.-¿Me dará una carta a este propósito? -preguntó Poncet.

– Una carta oficial y provista, como debe ser, de todos los sellos oportunos -intervino el cónsul.

– Pero es preciso que la guarde con sumo cuidado -puntualizó el padre Versau-, pues sólo deberá entregar el mensaje al Negus en persona.

– Me parece que he entendido bien -dijo Jean-Baptiste-. Ahora, si ustedes tienen a bien considerar las cosas desde mi punto de vista, diremos que esta misión es secundaria.

– ¿Secundaria? -exclamó el cónsul sorprendido.

– Sí, secundaria, pues estará de acuerdo conmigo en que mi trabajo es más importante que la diplomacia. Voy allí para curar al Emperador. Y eso es lo que debemos discutir.

– ¿Qué tenemos que discutir? -preguntó el cónsul-. Usted sólo tiene que decirnos sí o no, y eso es todo.

– Perdón, Excelencia -dijo Jean-Baptiste-, pero a mí me parece que hay muchos detalles pendientes. Y el primero de todos, ¿a cuánto ascenderán mis honorarios?

– ¡Sus honorarios! -protestó el padre Versau-. Pero señor, se trata de cumplir una voluntad del Rey. El honor…

– Cada uno busca aquello que no tiene -le interrumpió Poncet, tosiendo-. Y lo que a mí me falta es dinero.

El cónsul miró con estupefacción al padre Versau.

– ¿Cómo quiere que cure a los pobres -continuó Jean-Baptiste, que no parecía inmutarse por el largo silencio- si los ricos no me pagan?

– Señor -dijo al fin el padre Versau-, el Emperador quiere un médico, y él le pagará los honorarios. Nosotros sólo nos haremos cargo de los gastos del viaje.

– Me parece razonable -dijo Poncet, mordisqueando una galleta con sabor a canela-. Ya me las arreglaré con el Emperador respecto a los honorarios. Pero puntualicemos un poco más la cuestión de los gastos.

Durante la ardua conversación que tuvo lugar, el médico le arrancó al cónsul la promesa -de la que quedaría constancia por escrito- de pagar su equipamiento para el viaje, así como una indemnización por el trabajo que no podría llevar a cabo como consecuencia de su larga ausencia. Consiguió que le pagaran por adelantado el instrumental de medicina que se llevaría, con el pretexto de que podría sufrir daños o extraviarse, y además exigió ropas de abrigo y armas. A esto se añadió los aparejos de montar para la expedición, así como una determinada cantidad de dinero para contentar a todos los reyezuelos de las tierras por las que tendría que pasar.

El cónsul dio su consentimiento a todo, aunque estaba horrorizado por semejante dispendio, y decidió escribir aquel mismo día a su pariente, el señor De Pontchartrain, para endosarle los gastos.

– Bien, acepto -dijo finalmente Jean-Baptiste-. Iré a Abisima cuando ustedes quieran.

Todos los presentes experimentaron una reacción de alivio.

– Sólo un detalle -dijo el padre Versau, que se afanaba en que todo quedara atado y bien atado. Y señalando con el dedo a su colega, añadió-: El padre De Brévedent será su acompañante.

– ¡Un jesuíta en Abisinia! -exclamó Poncet-. Pero si hace cincuenta años que los emperadores los declararon sus enemigos… Padre, es un riesgo que nadie querría asumir.

– No es usted quien lo asume -dijo el padre Versau con firmeza-. Se trata de las órdenes del Rey. Y como bien dice usted, aquello ocurrió hace cincuenta años. Puede que las cosas hayan cambiado. De todas formas, tranquilícese, no estamos hablando de que el padre De Brédevent viaje como jesuita. Aquí, nadie conoce a este padre, es un simple viajero, y allí sólo será, digamos, su criado.

Poncet cruzó una breve mirada con el padre De Brevedent, que parecía como que le hubieran dado un mazazo.

– Vale por lo de criado, si él está de acuerdo -dijo Poncet.

Luego, volviéndose hacia el jesuita, agregó:

– Lo llamaremos… ¿Joseph? ¿Qué dice usted, padre?

De Brevedent miró al suelo.

– Ya que estamos organizando la expedición -dijo Jean-Baptis-te-, tengo un socio que me resulta indispensable. Si pudiera acompañarnos…

– ¡Un hugonote! -exclamo con virulencia el cónsul.

Al oír estas palabras, el padre Versau se levantó de su asiento.

– Señor, me parece que hemos satisfecho todas sus exigencias. No vaya más lejos. No podemos implicar a un emigrante en un asunto relacionado tan estrechamente con el Rey y nuestra Iglesia. Me parece que es bastante fácil de comprender. Así que no se hable más.

Poncet, que ni siquiera había informado al maestro Juremi sobre esta cuestión, no consideró provechoso librar esta batalla, perdida de antemano, y las cosas quedaron así.Antes de que el cónsul acompañara a Poncet hasta el vestíbulo, los compromisos se reiteraron con toda solemnidad. A su regreso se hizo palpable que todos estaban visiblemente satisfechos. El diplomático se unió a aquel concierto de acciones de gracia. Macé, siempre tan realista, hizo la siguiente observación con aire sombrío:

– Ahora sólo hay que convencer a Hadji Ali de que renuncie a viajar con los capuchinos.


Desde lo alto de la escalinata del consulado, Jean-Baptiste respiró profundamente las fragancias de pino que transportaba el aire caliente desde el gran jardín de Esbequieh situado muy cerca de allí. Pero más allá del perfume del oasis, más allá del olor del desierto, le pareció distinguir, en esos vientos llegados de la altiplanicie que jalonaba el río, el aroma a especias e incienso del país de Pount, de aquella costa repleta de hierbas aromáticas que le enviaban a descubrir. Abisinia… Esa tierra que había poblado sus sueños en Venecia, cuando su amigo Barbarigo le contaba las aventuras de João Bermundez, compañero de Cristóbal de Gama, el hijo del gran Vasco, que había corrido en auxilio de los etíopes y salvado a su reino de la invasión musulmana, un siglo atrás. Entonces sólo era un sueño y Jean-Baptiste nunca habría osado hacerlo realidad. Y de repente su buena suerte, en la que creía con tanta firmeza, le proporcionaba el medio para llegar hasta allí. Soñaba con un nuevo mundo. Pero ¿qué mundo podía ser más nuevo que aquel país inaccesible y legendario, no ignorado ni vacío sino muy a! contrario, codiciado y rico por su oro y por su historia?

A Jean-Baptiste, nacido en una época de miserias, en la Francia de la Fronda, sin fortuna y sin estado, no le habían faltado ocasiones para sentir la desgracia y la desesperanza en su propia piel. Sin embargo había decidido de una vez por todas y desde hacía mucho tiempo no ceder jamás ante el infortunio. Tal vez por eso no había imaginado una existencia más alegre ni más apartada de la rutina y las obligaciones que la suya. Pero en el momento en que empezaba a aburrirse en una ciudad que le resultaba demasiado familiar, el destino lo llevaba al país de sus sueños como en un cuento oriental.

Jean-Baptiste descendió lentamente los peldaños de la escalinata, con la cabeza ausente en su nube de sueños. Había pasado muchas veces por delante del jardincito del consulado pero nunca había tenido tiempo suficiente para entrar. Así que se demoró un instante. A la derecha de la corta alameda de gravilla había un parterre de césped con una fuente de piedra en el medio. Se acercó. Observó que detrás del estanque había un arbusto que no conocía. Jean-Baptiste tenía ojos de botánico, incluso cuando estaba absorto en sus pensamientos. Se arrodilló junto al arbusto, examinó su follaje y, arrastrado por el impulso de buscar el nombre en sus libros, y por el de guardar un recuerdo de ese día, sacó de su bolsillo una navaja con mango de madera y empezó a cortar una rama de la planta, no sin antes echar una ojeada a su alrededor para cerciorarse de que nadie lo veía. De pronto su mirada se encontró en el primer piso del consulado con la de la señorita De Maillet. Estaba acodada en el alféizar de la ventana y se quedó tan sorprendida como el joven, pues no imaginó que él levantara la vista hacia ella.

Su buen humor le hizo pensar a Jean-Baptiste que un segundo encuentro en dos días era un buen augurio. Le sonrió. La muchacha aún conservaba las cintas azules, y esa señal familiar le permitió percibir algo más: los rasgos tan delicados de la joven, su nariz regular, pequeña y muy recta, y sobre todo su mirada dulce, límpida, que respondió a su sonrisa sin muestra alguna de seriedad. Sin embargo, tan pronto como dejó al descubierto su dentadura blanca y se encendió su mirada, la joven se retiró de la ventana. Jean-Baptiste se quedó un momento con una rodilla en la hierba, y luego, una vez de pie, esperó a que reapareciera. Pero la ventana seguía vacía, así que volvió poco a poco a la alameda, salió a la calle y regresó a su casa sin darse prisa.

El maravilloso viaje que le habían propuesto se apoderaba otra vez de sus sueños. La aparición de la señorita De Maillet, que el día anterior había sido un motivo de tanta tristeza, ahora le colmaba de alegría. De nuevo todo era posible, pronto volvería a ser un viajero libre y sin ataduras, como en Venecia, Parma o Lisboa. El mero hecho de concebir tal pensamiento le producía placer. No pedía nada más.

<p>8</p>

Alix de Maillet había sido una niña muy fea hasta los catorce años. La criatura, educada en un convento cercano a Chinon desde que sus padres abandonaron Francia, se había acostumbrado a oír desde niña los crueles calificativos que hacían referencia a sus mejillas gordas y coloradas. La habían llamado tapón, retaco mofletudo y otras cosas que había preferido olvidar. Para su consuelo, estos ingratos epítetos contrastaban con un trato indulgente. Era completamente inofensiva y no despertaba celos, de modo que atesoraba cariño a costa de la aversión que despertaba su aspecto. Las primeras etapas de su adolescencia confirmaron aún más esta evidencia, y parecía que su cuerpo se transformaba sin atenuar en absoluto sus desmesuradas proporciones. A los seis años, cuando llegó al colegio era fea. A los catorce, cuando marchó a Egipto, seguía tan fea como siempre. Pero de repente, de forma inexplicable y bastante tarde, la belleza prendió en ella como la erupción que estalla en un rostro inflamado por la fiebre. Las grasas tan poco agraciadas que había acumulado se convirtieron en flujo vital y se estiró. Sus mejillas se volvieron más pálidas; y tanto blanco se mezcló con el tono sonrosado de su piel que su rostro adquirió una tez luminosa y un tacto de satén. Soltó su espeso cabello rubio al que la opacidad de los moños y las trenzas había infundido los reflejos sombreados de la madera de roble. Pero la desgracia quiso que la belleza surgiera cuando la muchacha estaba sola, sin nadie que pudiera apreciarla. Por otra parte, la mirada de sus padres tampoco servía; no tenía ninguna amiga en quien reflejar su imagen, y el espejo por sí solo no decía nada. Sentía que algo estaba cambiando, y poco a poco veía confirmarse su presentimiento. Con todo, dudaba de que aquello no fuera simplemente producto de la terrible soledad en la que estaba inmersa, pues en aquella hermosa casa de El Cairo no veía a nadie; es más, nadie la veía a ella.

Al principio había mantenido correspondencia con algunas amigas de la escuela, pero las cartas no llegaban, o se demoraban tanto que no las esperaba, y al final dejó de escribirlas. Recibió lecciones de piano, pero su vieja profesora se desplomó un día en la calle después de la clase; estuvo otros diez días sin conocimiento y finalmente murió. El padre Gaboriau intentó enseñarle latín, materia que ella conocía mejor que su progenitor pues había sido buena alumna en el convento de las monjas. También intentó enseñarle matemáticas, pero los números no le interesaban, y suplicó a su padre que la dispensara de aquello. A partir de entonces la lectura fue su único refugio. Y afortunadamente la biblioteca del consulado estaba bastante bien surtida. Le gustaban las ciencias naturales, además de las tragedias. Como era de esperar le dieron Telémaco, y las Fábulas de La Fontaine. No obstante descubrió por sí misma novelas que su padre reprobaba, pese a no haberlas leído, así como otras que no escondía demasiado. La princesa de Cléves le abrió las puertas a un mundo que ya no abandonaría jamás. Aunque durante toda su infancia se había empeñado en poner en práctica la experiencia contraria, ahora sabía que no es preciso ser bella para soñar. El angustioso pensamiento que una vez la había llevado a barajar la posibilidad de merecer la felicidad en la vida real sólo le había causado incertidumbre y sufrimiento, así que optó por aferrarse con todas sus fuerzas al mundo de su imaginación, donde siempre había sido la más bella y donde todo enaltecía su persona.

Después de almorzar en compañía de los jesuítas, Alix se asomó a la ventana de su habitación que daba al jardín del consulado para contemplar el verdor de los tilos. Pensaba en Abisinia, el país del que acababan de hablarle, en esos mundos tan cercanos e inaccesibles donde sin duda había jóvenes soñadoras como ella, y donde también ella habría podido nacer. Se imaginaba con la piel negra y, mientras observaba cómo destacaba el brazalete de oro sobre la tez lechosa de la muñeca, se preguntaba qué efecto haría el fulgor dorado sobre un fondo oscuro. Saltando de un pensamiento a otro, la muchacha se evadió por completo de las cosas que la rodeaban, y con los codos apoyados en la ventana entró en ese estado de ensimismamiento tan propio de ella y en el que las horas pasaban de forma imperceptible.

De pronto un ruido en la escalinata, justo debajo de ella, la devolvió a la realidad. Su padre despedía a un individuo, que bajó solo las escaleras. El hombre estaba de espaldas; era delgado, no llevaba sombrero, tenía una pelambrera rizada y calzaba unas botas flexibles. Observó cómo se paraba ante la alameda. Lo vio abandonar el camino, pisar la hierba y arrodillarse junto al extraño arbusto que ya había advertido antes porque no se parecía a ningún otro.

Ahora contemplaba al visitante de perfil. Se trataba del joven que la había mirado de aquella forma tan rara en el puente de Kalish el día anterior. Sus gestos eran de una singular elegancia y sencillez. Ahx reparó en su agilidad al arrodillarse, observó cómo había sacado una navaja del bolsillo, cómo cogía la rama… En el consulado, los pocos individuos que se cruzaban con ella pertenecían a mundos aparentemente incompatibles. Por un lado los aristócratas, instruidos, educados, pretenciosos, tiesos, afectados e incapaces de hacer un ademán espontáneo, sobre todo si era útil. Y por el otro la gente del pueblo llano, que hacía todo aunque no era nada: cocineros, cocheros, guardias, personas tan rudas que era preferible que estuvieran calladas y que vivieran como sombras. El joven que tenía ante sus ojos aunaba los rasgos de las dos castas de un modo casi turbador: tenía la silueta de un señor y la desenvoltura de un criado.

Mientras lo estuvo mirando, ni por un instante sintió el temor de ser vista. Alix creía estar aún en los confines de sus sueños, en un lugar inaccesible donde el durmiente se hallaba al abrigo de sus quimeras. Sin embargo, para su sorpresa, el joven volvió los ojos hacia ella. ¿Cuánto tiempo hacía que no había experimentado esa sensación tan natural entre la gente que vive en sociedad, de ser mirada a la cara por un desconocido? De hecho, ¿la había sentido alguna vez desde que abandonó la infancia? Quizá con algunos de esos viejos curas que su padre le permitía ver a la hora de la cena… Pero esta súbita irrupción de aquel hombre entregado con entusiasmo a la observación, que le mostraba su silueta y su rostro rendido a la extrañeza, no la había experimentado antes, sin duda alguna. Estaba aturdida y respondió sonriendo a su sonrisa. Enseguida, movida por un impulso de pavor que se reprochó inmediatamente, se alejó tres pasos de la ventana. Presa de una violenta conmoción y sin apenas aliento, se quedó un momento de pie con las manos cruzadas a la espalda, tocando la puerta de su habitación. Y desde ese preciso instante añoró la calidez de su mirada. Había reaccionado como una niña a la que el temor de un peligro hace huir en el momento en que está probando una golosina.

«¿Por qué he entrado? -se dijo-. Ese joven no me da miedo. No,no. No tengo miedo. Además, parece muy educado y honesto, de lo contrario mi padre no lo recibiría. ¿Qué hay de malo en asomarme a la ventana? ¿Y por qué debo avergonzarme de ver salir a un visitante del consulado?»

Estuvo pensando sobre la cuestión un buen rato hasta que al final de esta breve lucha consigo misma, uno de los platillos de la balanza hizo ceder laboriosamente al otro. Entonces corrió de nuevo hacia la ventana, pero el desconocido había desaparecido.

La muchacha esperó, pero al ver que no volvía, entró en su habitación. El calor se había condensado en el interior de la casa y se echaba en falta el alivio que deparaba desde fuera el estremecimiento de los árboles en el viento tibio. Miró su cama con la colcha de moaré verde, la almohada con sus iniciales bordadas, la mesita, el tapete, la silla, el cabriolet, los libros y varias muñecas de porcelana. Pero apenas había bastado una mirada para desenmascarar estos objetos de compañía que habían mitigado tantas jornadas y que, en el fondo, sólo eran los carceleros de su soledad. Aun así, le habría gustado tanto abandonarse a ellos para que la consolaran que empezó a sollozar, con el rostro entre las manos.


– ¡Verde! -dijo el cónsul con tono categórico-. Me ha oído bien. Y al cabo de dos días de dolores terribles, cayó al suelo como una fruta podrida…

– Déme tiempo para traducir, Excelencia -dijo el señor Macé, agitando la mano.

Hadji Ali, echado hacia atrás, hizo una mueca horrible.

– Pregunta si murió el paciente -tradujo el secretario, mirando al cónsul.

– No -respondió doctamente el señor De Maillet-. Al menos, añada, no inmediatamente. Primero padeció y suplicó que alguien tuviera la bondad de rematarlo. Pero nosotros, los cristianos, no somos quienes para separar el alma del cuerpo.

– Yo lo habría hecho -exclamó Hadji Ali blandiendo un diminuto puñal que había sacado de su extraña túnica.

– Dígale que se calme -dijo el cónsul retrocediendo-, y sobre todo que guarde ese chisme.

Hajdi Ali se enjugó la frente con la manga y prosiguió más sosegado, con los ojos clavados en el diplomático.

– ¿Está usted seguro de lo que dice? -preguntó.-¿Cómo que si estoy seguro? Claro que sí, como que es mi apreciado colega de Jerusalén quien le ha contado esto por escrito a nuestro embajador de Constantinopla, el señor De Ferriol, el cual a su vez acaba de hacérmelo saber a través de un correo expreso. Ha llegado esta mañana; puede ver el caballo aún sudoroso en mis cuadras.

Macé tradujo.

– Un capuchino -prosiguió el señor De Maillet, balbuceando como si repitiera machaconamente una lección- se hizo pasar por médico y abandonó Jerusalén en un barco con destino a Alejandría y El Cairo. ¿No es prácticamente lo mismo?

– Sin duda -dijo Hadji Ali.

– Pues bien, después de su partida, trajeron al consulado a tres pacientes a los que supuestamente había tratado de una especie de lepra. Mi colega vio a uno de ellos vivo y a los otros muertos. Todos tenían los miembros verdes y uno de ellos casi los había perdido.

– ¡Ya es suficiente! -gntó Hadjí AL, con una mano en la boca y sacudido por la náusea-. No siga.

– Sigo porque se empeña en no escucharme y porque sigue dudando.

– Puede ser que otros capuchinos hayan podido…

– No hablemos más -dijo el señor De Maillet, incorporándose-. Ya le he avisado. Si quiere correr el riesgo de llevar un charlatán a la corte del Negus, allá se las apañe con las consecuencias. Después de todo, no es mi cabeza la que rodará…

– Pero si no me llevo a ese capuchino, ¿qué otra cosa puedo hacer?

El cónsul volvió a sentarse. El asunto progresaba lentamente.

– En la colonia tenemos un médico franco muy competente.

– Lo ignoraba -dijo Hadji Ali con mucho interés-. ¿Quién es?

– Un droguista. Atiende al pacha en persona.

– Ah, sí, algo de eso he oído -dijo el mercader-. Pero de todas maneras no deja de ser curioso que un franco tenga referencias de los turcos, ¿no le parece?

– ¡Cómo que referencias de los turcos! ¡Y más, qué se cree usted! Yo le recomiendo formalmente a este hombre. Hasta mi mujer se ha curado gracias a sus cuidados.

Hajdi Ali se mostraba dubitativo.

– Los capuchinos me han disuadido de ello -dijo.

– ¿Y se puede saber por qué motivo se han permitido semejante calumnia?-Porque es un impío.

– ¿Conque un impío, eh? -exclamó el señor De Maillet a punto de perder la paciencia-. Para empezar, eso es inexacto. Va a la iglesia. Y además, dígame qué tiene que ver la piedad con todo esto. Si es un buen médico, ¿qué importa lo demás?

– No hay nada que pueda hacerse sin la ayuda de Dios, y menos aún en esta materia -dijo el comerciante, sacudiendo la cabeza.

– ¡Qué ideas tan extrañas! Usted es mahometano, el médico es católico y el Negus vive en la herejía. ¿Cómo pretende usted encontrar a un Dios que eche cuentas de todo eso?

– Dios es Dios -dijo Hadji Ali mientras se besaba los dedos y miraba hacia arriba.

– Bueno, pues llévese al patriarca copto de Alejandría y pídale que haga un milagro -gruñó el cónsul.

El señor De Maillet se daba cuenta perfectamente de que el camellero pretendía llevar la conversación hacia un terreno absurdo, y que si seguía así, al final se vería forzado a defender el ateísmo más repugnante con el único propósito de hacer valer a su candidato. De modo que guardó silencio, y el comerciante se sumió en sus reflexiones un buen rato.

Hajdi Ali no sabía si dar crédito a la historia del correo de Jerusalén. Era un hombre del desierto, y según su cultura, las cosas extraordinarias no son menos verdad, de manera que se cuidaba mucho de provocar todo aquello que de cerca o de lejos pudiera parecerse a cualquier suceso sobrenatural.

En cambio, sí sabía a ciencia cierta que, por una misteriosa razón, el cónsul se empeñaba en convencerle de que dejara a los capuchinos y se llevara al médico franco. Sopesó sus intereses y vio claramente que no estaba del lado de los religiosos pues éstos no le habían prometido nada, es más, hasta parecía que le estuvieran haciendo un favor a él. Por otra parte, su presencia era comprometedora y podía suscitar la desconfianza de los turcos y de los indígenas poderosos que encontraran en su camino. En cambio, con ese médico franco había menos riesgo de que los persiguieran, y si tanto interés tenía su gobierno en que fuera, pondría un precio.

Hadji Ali empezó a gimotear y a lamentarse.

– ¿Se puede saber a qué viene todo eso? -preguntó irritado el cónsul al señor Macé.

– Dice que está pensando en todo el dispendio que le va a suponer cambiar de planes y llevar a otro médico.-Pues sí que estamos bien -suspiró el cónsul.

La discusión duró aún media hora más y el señor De Maillet fue tres veces hacia el cajón del escritorio. Tuvo que pagar por los camellos que habría que cambiar, por los mensajeros que habría que enviar y por los rezos que habría que encomendar. Pero el asunto acabó por resolverse con honestidad y todo el mundo quedó satisfecho.


En cuanto el padre Versau estuvo al corriente del feliz desenlace, anunció que se iría al día siguiente pues debía proseguir su viaje hacia Damas, donde le esperaban otros asuntos. La cena fue rápida y silenciosa. El padre De Brévedent volvió por la noche para recibir las últimas instrucciones de su superior, y los dos jesuítas se reunieron en conciliábulo en el primer piso.

El señor De Maillet se retiró temprano, completamente molido.

No lejos de allí, en uno de los callejones más apartados de la colonia, Jean-Baptiste y el maestro Juremi habían cenado alegremente y vaciado una botella de su mejor vino. A las diez salieron a la terraza. El viento arenoso eclipsaba las estrellas y mantenía un ambiente tibio. En la ciudad árabe resonaban por doquier los tamboriles y los «yuyús», dado que era el final de la estación de las bodas, y los perros contestaban con aullidos.

– No, no -prosiguió el maestro Juremi-, ni hablar de mezclarme en semejante asunto…

– Pero el cónsul no tiene por qué saber nada de esto. No le digo nada, mi criado y yo abandonamos la ciudad y te unes a nosotros más tarde.

El protestante, que sostenía con una mano su vaso de estaño, levantó la otra con autoridad.

– ¡No insistas! ¡Te digo que no!

– ¿Eso quiere decir que vamos a separarnos?

Se habían conocido en Venecia, cinco años atrás. Jean-Baptiste buscaba un maestro de esgrima cuando se topó con aquel granuja gruñón de pelo negro que vivía con identidad falsa desde que había emigrado a Francia. Sus alumnos lo llamaban maestro Juremi.

– Probablemente -dijo el protestante con aire taciturno y volviendo la cabeza hacia otro lado, pues aunque se emocionaba con facilidad, no le gustaba demostrarlo.

Antes de convertirse en maestro de esgrima había desempeñadotodos los oficios y recordaba con nostalgia el poco tiempo en que había trabajado como ayudante de un boticario. No obstante, cuando Jean-Baptiste le enseñó a usar el pesillo y el alambique, optó por renunciar a ganarse el pan con los embates del florete. Se hicieron socios, y juntos huyeron a Levante.

– ¡Es una barbaridad! -exclamó de pronto el protestante, levantándose de su asiento-. ¡Cómo si todo esto fuera culpa mía!

Dio dos zancadas por la terraza y luego se volvió hacia su socio.

– No nos separamos porque me niegue a ir contigo -continuó- sino porque has tomado la decisión tú solo, y creo que un poco precipitadamente.

– ¿No eras tú quien ayer proponía marcharse de El Cairo y partir hacia el Nuevo Mundo? -se defendió Jean-Baptiste.

– Hacia el Nuevo Mundo tal vez, pero no a las órdenes del cónsul. Créeme, si un día fuera hacia las tierras vírgenes, no sería para llevar allí a unos jesuítas.

– Oh, los jesuítas… -exclamó Jean-Baptiste-, un pretexto como otro cualquiera. ¿Crees que me interesa esta misión? Me río de su embajada y de los servicios al Rey. Pero si son tan necios como para proporcionar monturas, pertrechos y armas, ¿debería ser yo más necio aún y rechazar todo lo que me ofrecen?

– No importa, ya te han atrapado.

– ¿Atrapado? Bromeas. No tengo por qué hacer lo que esperan que haga. Si me gusta un sitio, me quedo y basta; pero si me place ir a otro lugar, no me lo pensaré dos veces. Pueden irse al diablo con su embajada. Tengo curiosidad por ver Abisinia, y ése es mi único objetivo. Por lo demás, si me siento bien allí, hasta podría quedarme.

Tras un largo silencio, el maestro Juremi entró en la casa donde ardía una vela, descolgó dos floretes y tomó los petos de cuero sin pronunciar palabra. Desde que se dedicaban a la farmacia, la esgrima se había convertido en una distracción para pasar las noches de verano. Se pusieron en guardia.

– Bueno -dijo Jean-Baptiste antes de blandir el arma-, te conozco, vas a venir.

– No me harás cambiar de opinión -replicó el maestro Juremi-, pero te deseo buen viaje.

En cuanto empezaron a sonar los floretes la tristeza que los atenazaba desapareció conio por ensalmo.

<p>9</p>

Había que preparar minuciosamente la caravana que iba a emprender viaje a Abisinia con Hadji Ali al frente, acompañado de Poncet y su criado Joseph. Para que todo pareciera absolutamente natural y los turcos no sospecharan nada, era imprescindible que el consulado se mantuviera al margen y que Jean-Baptiste fingiera no estar demasiado interesado en el asunto. Así pues, Hadji Ali asumió la responsabilidad de comprar él solo los camellos y las mulas, además de sillas, bridas y arneses para los animales de carga. Se había acordado que el señor De Maillet pagaría los gastos iniciales que el mercader tuviera a bien calcular, lo cual suponía otro pretexto para obtener más beneficios. Con estas ganancias, Hadji Ali compró mercancías, que cargó sobre las bestias con la idea de cambiarlas en Abisinia por oro y algalia, y de este modo doblar sus haberes al regreso.

El cónsul redactó una carta para el Negus y ordenó al señor Macé que la tradujera al árabe. Para mayor precaución, le encomendó a éste que un erudito monje siriaco, el hermano François que residía en la ciudad árabe, comprobara su traducción. Por último se estamparon los sellos de Francia y remitieron la misiva a Poncet. También fue necesario conseguir los presentes destinados a los príncipes cuyas tierras iban a atravesar, de acuerdo con la tarifa rigurosa e inmutable que estipulaba la tradición.

Jean-Baptiste, por su parte, reunió un arsenal de remedios para todos los imprevistos imaginables en un cofre que el señor De Maillet le había proporcionado para tal fin. También se ocupó de las armas y acomodó un gran mosquete en la montura de Joseph. Jean-Baptiste se ocupó de guardar la pólvora y los cebos. Aparte de los dos sables,mandó preparar para uso propio dos pistolas, y las deslizó en las fundas de su silla.

Mientras se llevaban a cabo los preparativos, el consulado se convirtió en el cuartel general donde los miembros de la caravana se reunían discretamente cada noche antes de la cena para informar sobre la marcha de las operaciones. El supuesto Joseph se había quitado ya sus hábitos de jesuita para pasar desapercibido, aunque aún no se vestía de criado, para no resultar sospechoso a los ojos de los domésticos y por miedo a que hubiera algún espía entre ellos. Hadji Ali, Poncet y hasta el maestro Juremi, que también ayudaba en los preparativos a pesar de que no era uno de los viajeros, iban y venían por el consulado como si tal cosa. El señor De Maillet toleraba de buen grado esta situación porque sabía que todo aquello acabaría muy pronto. Estas visitas bulliciosas que tanto fatigaban a la señora De Maillet entusiasmaban a su hija Alix, pues le brindaban la ocasión de ver un poco de gente sin salir de casa. Además tuvo la oportunidad de cruzarse varias veces y muy de cerca con el joven que había visto en el jardín y enterarse de quién era. Jean-Baptiste hacía alarde de una sabia cautela y procuraba no comprometer a la muchacha dirigiéndose a ella directamente. Alix tuvo la agradable impresión, desde el primer momento, de comunicarse con él como si estuvieran a solas. La primera vez que experimentó esta deliciosa sensación fue el día en que tuvo lugar una larga discusión a propósito de los bultos que cargarían las mulas y los dromedarios. En contra de la opinión generalizada, Jean-Baptiste insistía en que estos últimos soportaban menos peso que los équidos. Discutía esta cuestión con Hadji Ali, aunque el cónsul, el señor Macé y el padre De Brevedent también metían baza de vez en cuando. Aprovechando las nuevas costumbres del consulado, donde ya no se cerraban las puertas, Alix entró en la sala donde se celebraba la reunión. Se sentó en un taburete a cierta distancia y simuló bordar mientras observaba a los visitantes. De pronto le pareció que el joven sólo hablaba para ella. Era una impresión extraña. El discurso de Jean-Baptiste rebotaba sobre la masa opaca de hombres situados enfrente de él, y que la muchacha sólo veía de espaldas, a contraluz. Las palabras de aquel joven llegaban a sus oídos redondeadas como peladillas, pues el sonido de las sílabas las atenuaban hasta despojarlas de sentido. Era como una música destinada a ella, con el único objeto de embelesarla, cosa que lograba a las mil maravillas. Si hubieran tenido una verdadera conversación, la muchacha habría estado pendiente del sentido de las palabras, pero este diálogo silencioso era pura emoción.De vez en cuando el joven miraba en su dirección. Sus ojos parecían llevarle lejos, hacia un punto remoto, mucho más allá de la ventana; seguramente los demás sólo percibían en su actitud la inspiración imprecisa que persigue el orador en algunos momentos. Pero ella, con una certeza que le parecía infalible, sentía que aquella mirada se posaba en la suya y que la luz, que reflejaba su rostro y sus largos cabellos rubios, aspiraba su imagen y su persona a través de la pupila negra de aquel ojo y más allá, hasta el corazón recóndito del hombre. Pero aunque los juegos de miradas inflamen la imaginación, no mitigan el sentimiento. Lejos de apaciguar sus deseos de aproximarse al joven, Alix era consciente de que aquellas señales turbadoras aumentaban de día en día. Lamentablemente, Jean-Baptiste no hacía nada para acortar la distancia que los separaba, y ella tampoco podía debido a la dignidad de su posición y al pudor de su sexo.

Sin embargo, una tarde, amparándose en su madre como parapeto moral, Alix casi tuvo el atrevimiento de abordar al joven cuando entraba en el consulado y ella deambulaba por el jardín con su madre. Cuando el médico pasaba a su altura por la alameda, ella miró el arbusto junto al que Jean-Baptiste se había arrodillado hacía poco, y dijo con una voz clara para que él la oyera:

– ¿Por qué no le pregunta a ese señor, que conoce tan bien las plantas, el nombre de ese arbusto que vimos ayer y cuyo origen ignoramos?

Jean-Baptiste se detuvo, saludó con un ademán espontáneo y contestó con aplomo:

– Yo también lo he visto. Se trata de una especie desconocida; ni siquiera Linneo la recoge en su clasificación botánica. Parece que esta especie es más propia de las regiones.del sur. La planta nunca rebasa este tamaño y sólo da flores una vez en su vida, unas flores de color rojo intenso, y durante unos instantes únicamente. Algunos asocian este arbusto con el pasaje de la Biblia que alude a la famosa zarza ardiente.

Al decir estas últimas palabras miró a la joven directamente a los ojos, y fue entonces ella la que ardió de rubor. Luego la saludó con premura y se fue.

La señora De Maillet, que no había notado la turbación de su hija, estuvo comentando un buen rato esta explicación del Evangelio que tanto la había entusiasmado. Sólo una semana después, al confiarle la anécdota a su confesor* se enteró de que tales explicaciones simbólicas o científicas de las Sagradas Escrituras eran meras patrañas inventadas por cabalistas o filósofos impíos.Cuando llegó la víspera de la partida, Alix se percató de repente de que aquellos días de alboroto y de alegría iban a terminar y que nunca le había dicho una palabra en privado a aquel joven, que quizá se dejara la vida en un viaje tan peligroso. Por un instante se preguntó si sería posible un acercamiento. Como de costumbre, en el momento de franquear la puerta que la ayudaría a salir del mundo de sus sueños se quedó dudando. Aquella reacción tan propia de ella le hizo pensar en su escaso talento para la vida real y trató de convencerse de que todos los sentimientos, todas las miradas, todos los pensamientos que había dedicado a aquel hombre sólo habían sido producto de su imaginación. A fin de cuentas, él nunca había intentado hablarle ni tan siquiera hacerle llegar una nota. En el momento en que hubiera dado el primer paso, se habría llevado un desengaño. ¿Quién se creía que era? ¿Qué podía pretender un retaco mofletudo como ella? En el fondo, era lo mejor que podía pasar. No la reconfortaba ninguna certeza aunque tampoco había sido rechazada, de modo que conservaba intactas las ilusiones y fantasías que había devanado en aquellas jornadas tan dichosas. ¿Qué más podía esperar?

Jean-Baptiste, por su parte, estaba sumido en una gran perplejidad. Iba a emprender un viaje que anhelaba con todas sus fuerzas, por el mero afán de descubrir y aventurarse por otros mundos, y se preparaba para ello con entusiasmo. Pero el encuentro con Alix lo había sumido en una tremenda inquietud.

La melancolía de su primer encuentro, en el puente de Kalish, dejó paso a la fútil ensoñación del segundo, en la ventana del consulado, y luego a las frecuentes visitas y entrevistas cotidianas. Jean-Baptiste había tenido tiempo suficiente para apreciar con claridad los sentimientos que al principio sólo había podido intuir, y para observar minuciosamente a la joven cuyo nombre ya no olvidaría jamás. La proximidad, lejos de disipar la primera impresión de gracia y de misterio, la había fortalecido, y ahora ya era tan intensa que se había apoderado de sus sueños hasta el punto de añorar a Alix cuando no la veía.

Al margen de la condición social que los separaba y que había tratado de ignorar también, se levantaba ante ellos una barrera insufrible, que no obstante sus ojos franqueaban sin cesar. Jean-Baptiste estaba desamparado.

Este período de preparativos y encuentros cotidianos apenas duró una corta semana, poco propicia para indagar en los sentimientos debido a la confusa excitación originada por el viaje. Por otra parte, ¿aquién iba a confiar sus sentimientos? Al maestro Juremi le repelían las cuestiones amorosas y nunca había sabido dónde acababa la rectitud estrictamente protestante y dónde empezaba la desvergüenza de los hombres de armas. Y aparte de él, Jean-Baptiste, que era el confesor de toda la ciudad, no conocía a nadie capaz de invertir los papeles y escucharle. De repente se sintió el más solo y desgraciado de los hombres; ese pensamiento extraño que lo invadía ahora cuando estaba a punto de emprender un viaje tan vertiginoso, le permitió conocer por primera vez en su vida la paradójica dulzura de compadecerse a sí mismo. La víspera de la partida, a última hora de la tarde, echó a andar hacia la ciudad árabe, dejó atrás dos cortejos nupciales que abandonaban la mezquita de Al Azar y se internó en el jardín de Roda.

Un hombre que se proponía meditar antes de abandonar a sus semejantes no podía encontrar en todo El Cairo un lugar más adecuado como jardín de los Olivos que aquel lugar poblado de sagús ventrudos, grandes mangos de troncos torturados y sobrias acacias. Sin embargo, tan pronto como hubo llegado a aquel paraje solitario, Jean-Baptiste se percató de lo poco predispuesto que estaba para entregarse a la desesperación. Las plantas crasas del jardín emanaban sus perfumes oleosos al aire cálido que ascendía del suelo. Unos viejos jardineros descalzos regaban las plantas jóvenes con aire pensativo y el agua, al correr por la tierra seca, runruneaba lenta y deliciosamente. Los días seguían siendo largos, de modo que todavía podría disfrutar un rato de aquel atardecer bañado en sombras cárdenas. Al final, Jean-Baptiste se sentó en un banco, se rió para sus adentros por haber sido tan estúpido como para consentir que la tristeza lo atormentara y se juró que no volvería a ocurrir.

Entonces intentó considerar la situación con la mayor frialdad posible. Primero sopesó su falta de experiencia, pues aunque hacía mucho tiempo que las mujeres le brindaban gustosamente sus favores, nunca se había sentido afectado por los amores que inspiraba su persona1. Estas pasiones no compartidas no le habían enseñado gran cosa, salvo a eludir los sinsabores que en ocasiones pudieran causar los celos desaforados de ciertos maridos, como uno furioso que le obligó a salir corriendo de Venecia. Por lo demás, desde que vivía en El Cairo, había sido lo bastante sensato como para salir airoso de las trampas que le había tendido alguna que otra otomana bella y fogosa. Un bey que le tenía aprecio, incluso le había propuesto casarse con su hija mayor, con la condición, evidentemente, de que se hiciera turco para la boda,pero Jean-Baptiste había alegado esta obligación para librarse de un asunto que a su modo de ver no guardaba ninguna relación con los sentimientos.

Afortunadamente era bastante lúcido como para no confundir esos juegos y placeres con el amor, y admitía sin reparos que nunca lo había encontrado. Pero ni se afligía ni se arrepentía de ello; era así, simplemente. Ninguna mujer le había despertado jamás esa turbación perdurable, esa captura del pensamiento, o esa esclavitud del corazón y de los sentidos que debía de ser el amor. Se había acostumbrado a ver únicamente el lado bueno de las cosas que le ocurrían, y más bien se alegraba de que la pasión nunca hubiera puesto trabas a su libertad. Tal vez por eso le disgustaba en cierto modo la idea de no poder librarse de la imagen tierna y turbadora de la señorita De Maillet en el momento en que iba a emprender un viaje de tal envergadura.

Un pobre anciano, sentado en la grupa de su borrico, pasó lentamente por el camino. En la quietud silenciosa de la noche, el viejo chascaba la lengua al ritmo quedo de los cascos del animal. El asno llevaba atado al petral una cesta repleta de higos chumbos. Cuando estuvo cerca, Jean-Baptiste le hizo una señal al campesino, le tendió una piastra y obtuvo cuatro higos a cambio. Empezó a pelarlos con una navaja, mientras meditaba sentado en el banco.

Ahora ya no lamentaba haber caído en las redes del amor, pues estaba seguro de que esta vez no podía ser otra cosa. No obstante, la cuestión era qué hacer, pero no se le ocurrían buenas soluciones. Si se quedaba en El Cairo, se expondría a la animosidad del cónsul, que no dudaría en perseguirle u obligarle a exiliarse de nuevo. En ese caso era absurdo imaginar cualquier relación con su hija. Trató de pensar que aquella pobre niña estaba más contenta simplemente porque veía a más gente. Por otra parte ella era hija de un aristócrata y eso no se podía cambiar. Jean-Baptiste estaba convencido de que un hombre como él no tenía ninguna posibilidad, y menos aún si prescindía de la posición efímera que su misión le había conferido. Por otra parte, si se marchaba, quizá no la volviera a ver nunca más. Probablemente fuera la mejor solución. Todo pasa, y las impresiones nuevas del viaje le ayudarían a olvidar los buenos y los malos recuerdos.

Algo le decía sin embargo que podía aunar lo irreconciliable, esto es, no renunciar ni al deseo de conocer Abisinia e ilustrarse ni a la tentación de conquistar a la inaccesible Alix de Maillet, una muchacha que parecía haber sido creada para encontrarle y hacerle feliz.El higo chumbo era jugoso y dulce. Le gustaba el delicioso contraste de las pepitas duras y la carne tierna del fruto, así que tomó otro, pero se pinchó. «Pincha porque es dulce», pensó.

Era una de esas frases sin sentido aparente que a veces surgen en el curso de otra reflexión. Sin duda pretendía decir que el cactus tiene pinchos porque protege su fruto de los animales que pudieran codiciar su dulzura. Pero su mente, dislocada de tanto cavilar sobre el problema que le obsesionaba, captó esa paradoja y la transpuso. Se quedó deslumhrado, como presa de una iluminación. «Eso es -pensó, dejando a un lado los higos chumbos-, eso es exactamente. Entre ella y yo hay tremendos obstáculos que sólo pueden ser superados en circunstancias muy especiales. Si no tuviera que marcharme de El Cairo, nunca la habría visto, nunca me habría acercado a ella y nada habría sido posible. Pero la misión que me han confiado, que sin duda me enfrentará a grandes peligros, puede asegurarme un gran triunfo a cambio. Voy a Abisinia, sano al Negus, vuelvo con la embajada que me piden y la acompaño a Versalles. Luis XIV me otorga un título de nobleza y el cónsul no podrá negarme a su hija. Eso es. Hoy, los higos pinchan, pero mañana, gracias a ellos, saborearé la dulzura.»

El joven se puso de pie y, sin cesar de murmurar, llegó a la salida del jardín a grandes zancadas. En cuanto dio con la clave del asunto, lo demás llegó sin darse cuenta. Así que elaboró espontáneamente un plan de conducta, lo consideró excelente y se prometió llevarlo a cabo.

A partir de ese momento lo vio todo con otros ojos, y muy particularmente la misión que le habían confiado. De entrada se había imaginado, sin entusiasmo, que sólo serviría a los designios del Rey de Francia y del Papa. Pero ahora estaba convencido de que también podía ser el artífice de su felicidad. La cuestión adquiría otro cariz.

<p>10</p>

Cuando el señor Macé preguntó a unos barqueros en Boulac, un puerto fluvial próximo a El Cairo, éstos le indicaron que dos capuchinos remontaban el delta en un viejo falucho. Todavía estaban a tres jornadas de la ciudad, pero la noticia de su llegada precipitó los preparativos, y la partida se fijó para dos días después, un lunes. La víspera, el padre De Brévedent, a quien el señor De Maillet no acababa de ver como criado, le había pedido permiso al cónsul para oficiar personalmente la misa en el consulado. Era imprudente utilizar la capilla principal, donde el servicio dominical reunía a todo bicho viviente de la colonia, así que la misa se celebró en la sala de audiencias, bajo el retrato del Rey. Además de la familia De Maillet al completo, entre los asistentes se encontraban el padre Gaboriau, el señor Macé, el dragomán señor Frisetti y Jean-Baptiste. Como de costumbre, éste no intentó acercarse a Alix, pero cruzó con la muchacha una última mirada en la que ella mostró su alegría.

El cónsul sólo supo apreciar en el comportamiento del médico una total ignorancia de la liturgia más elemental. Este detalle confirmaba, por si fuera necesario, la escandalosa falta de fe del diplomático.

Al término de la ceremonia se sirvió un pequeño refrigerio en el salón contiguo. Después de las congratulaciones, Jean-Baptiste pidió al cónsul una última audiencia en privado.

– Bueno -le espetó el cónsul malhumorado en cuanto estuvieron solos-, y ahora qué pasa…

– Debo informarle -empezó Poncet- que mi socio no puede quedarse en El Cairo en mi ausencia. Él prepara las recetas, según mis instrucciones, y solo no puede hacer nada. De manera que va a marcharse a Alejandría, donde hay un boticario que le reclama desde hace mucho tiempo.

– Muy bien -dijo el señor De Maillet-, pero eso, si no es mucho preguntar, ¿en qué me afecta a mí?

– A eso voy. El arreglo es provisional. Cuando regrese de Abi-sinia…

El cónsul bajó la mirada.

– En fin -prosiguió Jean-Baptiste con voz firme-, el maestro Juremi volverá cuando yo regrese de Abisinia y entonces continuaremos con nuestros asuntos aquí.

– Es una idea excelente.

– Y bien…

– ¿Cómo que y bien?

– Dejamos nuestra casa como está.

– No veo ningún inconveniente. No se mortifique por el alquiler -dijo el cónsul con resignación, que se imaginaba adonde quería ir a parar el médico.

– No se trata de eso. He agregado un año de renta en los gastos.

– ¡Entonces no hay más que hablar!

– Se equivoca -dijo Poncet, que después de haber dado dos vueltas, paso a paso, por la exigua estancia, se topó literalmente con el cónsul y se quedó plantado delante de él, rebasándole con creces-. La casa no tiene importancia, pero su contenido es infinitamente precioso. Allí está todo nuestro material, aunque aún no es gran cosa. Nuestro mayor trabajo ha sido incrementar el número de plantas valiosas, plantas que hemos cruzado con mucha paciencia estos últimos años y que no deben desaparecer.

– Daré órdenes a alguno de mis criados para que las rieguen…

– ¡Para que las rieguen! ¡Sus criados! ¡ Ah, señor qué poco sabe usted de esas cosas! -exclamó Poncet, alzando los ojos al cielo-. ¿Piensa realmente que basta con que una persona cualquiera vierta unas gotas de agua en cualquier momento para mantener con vida un tesoro?

– Sin duda -farfulló el cónsul-, eso creo.

– ¡Pues se equivoca! -sentenció Poncet-. No es así. La gente nos paga precisamente por todo lo que debemos saber sobre ese mundo extraño o infinitamente más complejo que las mayores intrigas humanas. No puede imaginarse cuánta paciencia, intuición y memoria se requiere para cuidar con inteligencia a todos esos seres vegetales, furiosamente hostiles entre sí.Jean-Baptiste, como siempre que hablaba con pasión, hacía grandes gestos con los brazos.

– Una determinada especie, por ejemplo, puede morir si la temperatura aumenta unos grados más de la cuenta. Usted lo sabe, y cree que basta con abrir una ventana. Craso error, porque puede producirse una corriente de aire y al día siguiente a lo mejor está muerta.

Explicaba la cuestión como si se tratara de un genocidio, y el señor De Maillet lo miraba espantado, con los ojos muy abiertos.

– Y otra -continuó Jean-Baptiste con tono de voz que sobresaltó al cónsul- absorbe toda el agua que usted le ponga. Entonces se satura, las hojas se hinchan, se ponen turgentes, hasta el punto de que parece una planta distinta, pero usted sigue echándole una cubeta de agua cada mañana. De pronto entra en un ciclo seco. No hay indicios del cambio, en apariencia, a no ser unas pequeñas señales casi imperceptibles que los botánicos han tardado casi un siglo en descubrir. Y ahí, de un día para otro, un solo vaso sobre las raíces es suficiente para que se pudra por completo. También hay algunas que no pueden estar junto a determinadas especies porque se devoran, se estrangulan, luchan a muerte con toda la fuerza de sus ramas. Se cree…

– Me parece que he comprendido -le interrumpió el cónsul, impaciente por reunirse con los demás-. Así pues, ¿qué necesita para mantener vivas a sus huéspedes?

– Necesito una persona instruida que sepa leer bien, pues lo hemos dejado todo escrito. En nuestra casa tenemos cuadernos con la descripción de cada especie, su emplazamiento, su origen, sus enfermedades, su.alimentación, el riego, cómo respiran… Pero eso no es todo. Hay sabios que no pueden tocar una planta sin ponerla en peligro. Gracias al esfuerzo que nos ha supuesto conocer al vegetal, hoy éste nos conoce por instinto y en cuanto nos ve. Pongamos por caso que Macé se encarga de cuidar nuestra casa. Pues dentro de una semana la habría convertido en una tumba.

– Entonces, ¿quién? -preguntó el cónsul, consternado al darse cuenta de que había descartado a su candidato antes de proponerlo siquiera.

– Ya se lo he dicho, la presencia de algunos humanos favorece el crecimiento de las plantas. Nosotros, los botánicos, acabamos sabiendo quién tendrá sus favores, inexplicablemente. Aquí sólo hay una persona que puede tener ese don de la naturaleza.

– Gracias a Dios que por lo menos hay una -dijo el cónsul, ímpaciente por poner fin a la conversación-. Déme su nombre para ponerla inmediatamente sobre aviso.

– Es la señorita, su hija.

Después de soltar la bomba, Poncet retrocedió dos pasos y esperó. El cónsul estaba desconcertado.

– Mi hija es una persona de abolengo -dijo al fin, con expresión de ofendida dignidad-, y está completamente por encima de semejantes quehaceres.

– Sin embargo, la naturaleza la ha hecho digna de ellos.

– Poco importan aquí los designios de la naturaleza, si la sociedad no lo admite. Quítese esa idea de la cabeza y busque a otro candidato, se lo ruego.

– No lo hay.

– Pues en tal caso ya le daremos una indemnización por sus plantas.

– No es cuestión de dinero -replicó Jean-Baptiste poniéndose muy serio.

Luego se acercó al cónsul y le habló con un tono sosegado.

– Piense que no le pido nada del otro mundo. Mañana mi socio y yo nos habremos ido y la casa quedará vacía. La señorita, su hija, encontrará dos o tres cuadernos escritos en latín en una repisa. Estoy seguro de que posee la gracia necesaria para cuidar las plantas y que tiene la intuición precisa para darles lo que necesitan.

– Veo que sigue insistiendo, pero ya le he dicho que no voy a satisfacer ese capricho. Mi hija no irá.

– En tal caso -exclamó Jean-Baptiste-, yo tampoco iré. Ya encontrará a otro que vaya a husmear las costras del Negus.

– Un poco de respeto, señor. Se trata de un rey.

– Se trata de un rey y de sus costras. Las dejo en sus manos.

Jean-Baptiste se despidió con una reverencia y abrió la puerta.

– ¡Ya vale, Poncet! -gritó el cónsul-. Su chantaje no tiene límites. Escúcheme, pero antes cierre esa puerta.

El médico se quedó en el vano.

– Hace ocho días que hace usted lo que quiere con nosotros, pero ya basta. Se lo digo solemnemente: arrégleselas como mejor le parezca con su casa, pero eso que me propone es intolerable. Y márchese a Abisinia, porque si no…

– Si no, ¿qué?

– Si no haré que lo arresten inmediatamente. Tengo autoridad sobre cada uno de los habitantes de esta ciudad, y no tendré reparos en ejercerla contra usted.

– En tal caso, ya me puede arrestar.

– ¡No me provoque! -gritó el cónsul.

Poncet tendió las manos para que le pusieran las esposas.

– Bueno, ¿a qué espera?

Atraídos por las voces, el señor Macé y el padre De Brévedent entraron en la sala y calmaron a los dos hombres. Poco después Poncet volvió a su casa, no sin antes decirle al cónsul que no cambiaría de parecer y que tenía la noche por delante para reflexionar. El señor De Maillet se sentía tan abrumado por este último incidente que se negó a dar explicación alguna a su secretario y al jesuita, y se retiró inmediatamente a sus aposentos para descansar. Su mujer fue a reunirse con él, muy preocupada al verle tan alterado. Se lo encontró estirado en la cama, con la cabeza recostada en dos almohadones, y él sintió gran alivio al poder confiar a su esposa la proposición indecente del joven.

No se puede decir que la señora De Maillet fuera una persona sin honor, pues al igual que su marido tenía un gran concepto de su rango. Pero a menudo las mujeres saben distinguir mejor lo esencial de lo accesorio. Con dulzura y mucho tacto le insinuó a su marido que ciertamente sería menos perjudicial ceder a esta última exigencia de Poncet que resistirse. Argumentó que si el boticario no emprendía el viaje continuaría acosando al cónsul un día tras otro y le ocasionaría tantos quebraderos de cabeza que su salud acabaría por resentirse irremediablemente. En cambio, si el señor De Maillet aceptaba, los inconvenientes serían de escasa importancia, insignificantes.

– La casa quedará vacía. Todos saben que está llena de plantas y de libros de ciencia. Mandaremos a Alix con el padre Gaboriau para cuidarlas; nadie verá nada malo en ello. Y respecto a nuestra hija, le hará bien salir y moverse un poco.

– Pero ¿cómo ha podido poner sus ojos en ella? -dijo el cónsul, incorporándose-. ¿Habrán tenido alguna relación secreta en nuestra casa?

– Cálmate, querido, yo doy fe de que nuestra hija es extremadamente pudorosa. El sólo le ha hablado una vez, y en mi presencia.

Tras decirle esto le contó en pocas palabras la escena en el jardín.

– Por eso -añadió ella- tendrá la intuición de que tiene cualidades para el cuidado de las plantas. Y puedo asegurarte que tiene razón. Cuando alguna de mis plantitas se mustia por el calor o por la sequedad, se la confío a Alix. Ella la lleva a su habitación, y unos días más tarde me la devuelve lozana.

La señora De Maillet estuvo tan acertada que su marido se rindió a sus razonamientos. Además, algo le decía que Poncet no tenía ninguna posibilidad de volver del viaje. Así pues, aunque sus palabras escondieran algún propósito deshonesto, nunca tendría ocasión de ponerlo en práctica. Aliviado por haber vencido este último obstáculo, que en parte había originado él mismo, el cónsul mandó a su joven esclavo nubio a casa de Jean-Baptiste con el encargo de hacerle llegar la siguiente nota: «Mi hija irá a su casa cada día con el padre Gaboriau para cuidar las plantas. Ahora, vayase.»


1

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El Rey Sol estaba desfigurado. Una lepra que en los países de Oriente corrompe los óleos había traspasado el barniz y se expandía poco a poco sobre la tela. Luis XIV tenía en la mejilla izquierda, la que el pintor había encarado con majestuosidad hacia el espectador, un gran lunar negruzco cuyos filamentos de un marrón rojizo se prolongaban hasta la oreja como una estrella repugnante. Mirando atentamente, también se podían advertir algunas manchas en el cuerpo. Pero salvo las que mancillaban su media, las otras imperfecciones no eran tan desagradables.

Hacía tres años que el cuadro hermoseaba el consulado de Francia en El Cairo. El propio Hyacinthe Rigaud, autor del original, había supervisada la ejecución de la obra en su taller parisino, y más tarde fue expedida por barco. Para colmo de la desgracia, ni en El Cairo ni en ningún otro puerto de Levante razonablemente próximo se tenía constancia de que en ese momento hubiera un pintor habilidoso. El cónsul, el señor De Maillet, se enfrentaba con el siguiente dilema: o bien dejar a la vista de todos, en el gran salón del edificio diplomático, un retrato real que ofendía en grado sumo a la augusta persona del Rey, o bien confiarlo a unas manos inexpertas que podían arruinarlo definitivamente. Después de darle vueltas a aquel espinoso asunto durante tres meses, el diplomático decidió arriesgarse y mandó restaurarlo.

El señor De Maillet eligió para tal menester a un droguero establecido en la colonia franca que al decir de la gente tenía buena mano para restaurar las telas estropeadas por el clima. Se trataba de un tipo alto, ligeramente encorvado, con una barba entrecana que le cubría toda

cara, cabellos rizados como el astracán, que se desplazaba con brusquedad agitando sus largos brazos. No obstante, cuando se aplicaba, sus gestos podían ser muy minuciosos. Todos le llamaban maestro Juremi, y su peor defecto era ser protestante. La idea de confiar la imagen del Rey a un fanático, capaz de cometer un atentado, no convencía demasiado al diplomático, pero el hombre era conocido por su honestidad, una cualidad bastante apreciada en medio de aquella turbulenta población, y por otra parte el señor De Maillet no tenía otra elección.

Mientras examinaba el cuadro, el maestro Juremi anunció que el trabajo le tendría ocupado diez jornadas, y al día siguiente, con la ayuda de un joven esclavo nubio, ya estaba removiendo grandes cuencos de gres que olían a trementina y a aceite de adormidera, en un andamio de dos metros de altura. El cónsul había exigido estar presente siempre que hubiera que tocar la tela. Todas las mañanas, hacia las once, después de realizar las disoluciones pertinentes (pues había que aplicar estas sustancias enseguida ya que no se conservaban de un día para otro), los sirvientes iban a avisar al cónsul, y el maestro Juremi emprendía el trabajo de restauración en su presencia. En primer lugar se dedicó a las manchas que cubrían los pliegues de la túnica púrpura, allí donde éstos apenas se distinguían. Los primeros resultados fueron alentadores; los barnices de color no perdían su brillo, el tinte se mantenía intacto y las manchas desaparecían casi por completo. El señor De Maillet tenía sobradas razones para sentirse optimista. Con todo, en cuanto el maestro Juremi se acercaba a la tela real con sus pincelitos de piel de oreja de ternero, el cónsul se ponía a gritar como un paciente con la boca abierta que ve venir los alicates del dentista. Más de una vez se vieron obligados a interrumpir las sesiones que se vislumbraban excesivamente dolorosas.

Por fin se pudo llegar al cáncer que devoraba la mejilla real. El señor De Maillet, que llevaba puesta la peluca e iba ataviado con un ligero batín de tela india, se retorcía en la banqueta que había mandado colocar frente al cuadro mientras su mujer le tomaba una mano y la aprisionaba contra su corazón. La pareja miraba implorante al techo como una familia desconsolada al pie de la crucifixión de un pariente cercano. Aquella tarde de mayo el calor era aún más sofocante que de costumbre debido al viento cálido que había soplado desde el desierto nubio los últimos tres días. El maestro Juremi, con un casquete gris en la cabeza, sujetó el pincel fino que le tendió el joven esclavo y lo llevó hasta la mejilla regia. Pero el señor De Maillet se levantó gritando.-¡Espere!

El droguero se detuvo.

– ¿Está usted absolutamente seguro de que?…

– Sí, señor cónsul.

El maestro Juremi no sólo tenía una apariencia peculiar. A menudo se sentía tentado de enfurecerse con virulencia, pero se contenía a base de una concentración extrema que se reflejaba en su cara. Refunfuñaba, gruñía, silbaba como una caldera a punto de explotar, pero nunca estallaba, e incluso era capaz de expresarse con una dulzura sorprendente para un hombre con una carga interior tan terrible.

– Sólo es una capa de preparación -dijo-. Fíjese, Excelencia, apenas lo rozo…

Si de él hubiera dependido, el protestante habría embadurnado la regia nariz de rojo escarlata y le habría pintarrajeado unas orejas de perro en la peluca. Tanto él como su familia habían padecido grandes desgracias por culpa de ese Rey. Estaba harto de tantos miramientos. Una vez más, el maestro Juremi se prometió mandarlo todo al diablo ese mismo día si la sesión no conducía a ninguna parte.

El cónsul debió darse cuenta de la furia contenida que reflejaban los brillantes ojos del restaurador porque volvió a sentarse y al final dijo:

– Sea, si es necesario.

Se tapó la boca con las manos y cerró ligeramente los ojos.

En ese instante dos violentos golpes retumbaron en la puerta. El pintor se echó hacia atrás, el esclavo sudanés miró al cielo con sus grandes ojos en blanco y el señor De Maillet volvió a abrir los suyos, enrojecidos por la emoción. Un denso silencio se apoderó un instante de la estancia. Era como si el gran Rey en persona, crispado por el ultraje de que iba a ser objeto, estuviera lanzando a los cielos un aviso de su terrible poder.

Sonaron otros tres golpes, cada vez más fuertes, así que no quedó más remedio que rendirse a la evidencia. Pese a las órdenes expresas del cónsul de no ser molestado en ninguna circunstancia durante estas sesiones, alguien había tenido la osadía de llamar a la puerta de roble de doble hoja que daba al vestíbulo y a los gabinetes. Tras asegurarse el nudo del batín, el diplomático se dirigió a paso ligero hacia la puerta y la abrió con un golpe seco. El señor Macé apareció en el vano y, ante el semblante irritado del cónsul, se partió literalmente en dos en una suerte de reverencia que, desde el punto de vista de la geometría, resultaba una inclinación extremadamente audaz puesto que lo más lógico habría sido que se diera de bruces contra el suelo. Sin embargo no llegó a caer, tal vez debido a la prontitud con que volvió a enderezarse, y dijo con el tono modesto y firme que le había servido para granjearse el aprecio de su superior:

– El agá de los jenízaros acaba de enviar un mensaje para Su Excelencia. Ha mandado decir que se trata de un asunto muy urgente. Los turcos tienen una palabra muy precisa para designar las cosas que no se pueden aplazar. La imperiosa necesidad que me ha impulsado a transgredir sus órdenes formales es, a mi modo de ver, la mejor forma de traducirla.

El señor Macé había sido un «infante de lenguas», es decir, alumno de la Escuela de lenguas orientales. Aquellos que se habían diplomado, como él, eran enviados a una embajada antes de convertirse en diplomáticos o dragomanes. El cónsul tenía cierta consideración con aquel joven que «desempeñaba honorablemente sus funciones». Si bien no era un aristócrata, el señor Macé abordaba todas las tareas que se le encomendaban con un comedimiento que expresaba tanto sus limitaciones como la juiciosa conciencia que tenía de ellas.

– ¿Trae una carta?

– No, Excelencia. El enviado del agá, que ni siquiera ha querido bajarse del caballo, ha hecho saber que su señor le espera en su palacio, ahora.

– ¡Habráse visto! ¡Así que esos salvajes me convocan! -masculló el señor De Maillet entre dientes-. Espero que tengan buenas razones, pues de lo contrario llamaré personalmente al pacha…

El señor Macé se acercó al cónsul y luego giró sobre sí hasta colocarse a su lado, de espaldas a las demás personas presentes en la sala. Entonces el infante de lenguas empezó a hablar con esa vocecilla sigilosa que resulta tan conveniente para revelar en público un secreto de estado. El maestro Juremi se encogió de hombros al observar aquella grosería disfrazada de buenas maneras y que constituye la segunda naturaleza de los miembros de la carrera diplomática.

– El agá pone a disposición de Su Excelencia un prisionero francés que ayer fue detenido en El Cairo -susurró el señor Macé.

– ¿Acaso es ésa una razón suficiente para interrumpirnos? Cada semana apresan como mínimo a uno de esos desgraciados que vienen a probar suerte aquí. ¡Qué me importa a mí eso!

– Es que no es un prisionero corriente -musitó el señor Macé en un tono tan bajo que el cónsul casi se vio obligado a leer en los labioslas palabras del secretario-. Es el hombre que esperamos y trae un mensaje del Rey.

El señor De Maillet soltó una exclamación de extrañeza.

– En este caso -dijo en voz alta-, no hay un momento que perder. Señores -dijo dirigiéndose al maestro Juremi-, se interrumpe la sesión.

El cónsul salió de la sala con el semblante digno y contrariado, aunque en su fuero interno cualquier cosa le parecía preferible al suplicio que aquel incidente acababa de interrumpir.

Una vez solo, el maestro Juremi profirió un juramento y lanzó furioso el pincel en el bote, de tal manera que algunas gotitas del precioso ungüento rosáceo, destinado a la mejilla real, salpicaron la frente del joven esclavo negro.


En aquella época, un buen caminante podía dar la vuelta a El Cairo en tres horas. Por aquel entonces aún era una ciudad pequeña, y todos los extranjeros coincidían en considerarla fea, vetusta y sin encanto. De lejos, el entrelazado de sus estilizados minaretes con los penachos de las palmeras sobresaliendo por encima de los jardines le conferían un aire peculiar. Pero en cuanto uno se internaba por sus calles estrechas, la vista se detenía en las casas corrientes de varios pisos, ornamentadas únicamente con unas celosías de cedro que se inclinaban peligrosamente sobre los paseantes. El palacio de los beyes, la ciudadela donde vivía el pacha, que daba por un lado a la plaza de Roumeilleh, y las numerosas mezquitas, se difuminaban en aquel abigarrado conjunto. La ciudad, sin espacio ni perspectiva, privada de aire y de luz, confinaba la belleza, la felicidad y las pasiones detrás de sus murallas ciegas y sus verjas oscuras. Por lo general circulaba poca gente por las calles, salvo en los alrededores del bazar y en las cercanías de alguna de las puertas por donde entraban los mercaderes que llegaban del campo. Unas siluetas negras, envueltas en velos, avanzaban a buen paso, deseosas de despejar las callejuelas y devolvérselas a los mendigos y a los perros sarnosos, que habían hecho de ellas su morada.

Era muy poco frecuente que un extranjero se aventurase por la ciudad vieja de El Cairo. Desde el siglo XVI, y en virtud de las capitulaciones que el Jeir Eddin Barbarroja había firmado con Francia, los europeos gozaban de la protección del Gran Turco. Pero aunque podían comerciar libremente y disfrutar de ciertos derechos, los cristianos nunca estaban tranquilos. Las constantes reyertas dividían a los egipcios; era habitual que el pacha se sublevara contra las milicias, los jenízaros contra los beyes, los beyes contra los imanes y los imanes contra el pacha, si no era al revés. Cuando las facciones musulmanas se concedían una tregua y fingían una breve reconciliación, era porque todos se unían unánimemente contra los cristianos. Pero el asunto no iba nunca demasiado lejos; mandaban apalear a uno o dos, y de inmediato todo volvía al orden, es decir, a la discordia. Sin embargo, esto bastaba para que los francos, como se les llamaba entonces, juzgaran prudente salir lo menos posible del barrio que se les había asignado.

Por esta razón aún era más sorprendente ver a alguien de maneras tan desenvueltas como las del joven que caminaba aquella tarde por las callejuelas de la ciudad vieja de El Cairo. Había salido poco antes de una casa árabe, cerrando tras de sí una humilde puerta de madera y ahora se dirigía hacia el dédalo de la ciudad con la seguridad familiar de un autóctono, y aunque a todas luces era un franco, no hacía ningún esfuerzo por disimularlo. El jamsin había soplado toda la mañana su aire tórrido y saturado de arena, de forma que incluso en aquellas calles estrechas, al amparo de la sombra, el ambiente era sofocante y seco. El joven, ataviado con una simple camisa ligera de cuello abierto, calzas de tela y botas flexibles, iba con la cabeza al descubierto y llevaba un jubón de paño azul marino en el brazo. Frente a la mezquita de Hassan se cruzó con dos árabes ancianos; ambos le dirigieron un saludo amable al que respondió con una palabra en su idioma, sin detenerse. Todos sabían en la ciudad que se llamaba Jean-Baptiste Poncet y que desempeñaba un cargo importante en la corte del pacha, con carácter extraoficial, evidentemente, pues no era turco.

El joven musculoso, lleno de vigor, de hombros anchos y cuello poderoso, se había preguntado muchas veces por qué el destino no había querido servirse de él para las galeras, para las que parecía destinado. Sobre aquel cuerpo robusto de una inopinada finura se erguía una cabeza alargada y juvenil, poblada de cabellos negros que enmarcaban un rostro donde resaltaba el brillo glauco de su mirada. Sus rasgos carecían de simetría; el pómulo izquierdo era un poco más alto que el derecho, y la curiosa disposición de sus ojos acentuaba la intensidad de su mirada. No obstante, esta imperfección imprimía fuerza y misterio a su sencillez.

Jean-Baptiste Poncet había llegado a El Cairo tres años atrás, y con el tiempo se había convertido en el médico más afamado de la ciudad. Aquel mes de mayo de 1699 había cumplido veintiocho años.Al caminar balanceaba en la mano un maletín que contenía algunos de los remedios elaborados personalmente con ayuda de su socio. Los frascos chocaban unos con otros, produciendo un tintineo ahogado por el cuero. Jean-Baptiste se entretenía poniéndole ritmo a aquel cascabel cristalino que acompañaba sus pasos, y miraba al frente con una sonrisa apacible, a sabiendas de que era observado desde muchas persianas y celosías de madera. En todas las casas era bien recibido, ya fuera para ejercer su arte o para compartir con sus generosos vecinos un té o una cena como un invitado más. Conocía gran parte de los pequeños secretos de la ciudad -y hasta de una pequeña parte de los grandes-, y estaba acostumbrado a ser objeto de la curiosidad de todo el mundo, sobre todo de las mujeres en esos harenes oscuros donde se cuece el deseo y la intriga. El joven aceptaba la situación sin complacencia ni pasión y, aunque ya no le divertía tanto como al principio, no le importaba desempeñar el papel del animal acosado por miles de ojos que vigilan el menor de sus movimientos.

En su camino pasó cerca del bazar de perfumes y luego llegó a la orilla del Kalish. Remontó durante unos minutos el curso casi seco de ese riachuelo que, en otras estaciones, las tempestades inundaban repentinamente, y luego siguió caminando por el estrecho puente de casas que lo franqueaba. Allí siempre se congregaba algo de gente, pues era la única vía de acceso que unía la ciudad vieja de El Cairo con los barrios árabes. Pero aquel día había más agitación que de costumbre, de modo que Jean-Baptiste se abría camino con dificultad. Cuando estaba en medio del puente se dio cuenta de que pasaba algo raro y distinguió la espesa humareda que salía de una de aquellas viviendas. Según le dijeron, las ascuas de un hornillo habían prendido fuego a la casa de un comerciante de tejidos. Para sofocar las llamas, una multitud de egipcios vocingleros cargaban a todo correr con cubos de agua que extraían de un pozo vecino. El incendio pronto estaría controlado y no había catástrofe que temer. No obstante, en esta ciudad donde los acontecimientos eran tan escasos, el incidente estaba causando tal tumulto que casi se hacía imposible avanzar. Así pues, Jean-Baptiste continuó abriéndose paso a codazos. En la desembocadura del puente, en el extremo opuesto a aquel por donde el joven había llegado, el gentío inmovilizaba una carroza de caballos. Cuando estuvo a su altura, Jean-Baptiste vio el blasón del cónsul de Francia en el carruaje y empezó a empujar aún con más ímpetu a los mirones para escapar cuanto antes de aquel lugar.

Aunque oficialmente estaba registrado como farmacéutico, Poncet ejercía la medicina ilegalmente pues carecía de diploma. A los turcos no les importaba, pero sus compatriotas lo consideraban un individuo sospechoso, sobre todo cuando había médicos titulados, lo que afortunadamente no era el caso en ese momento. Las denuncias ya le habían obligado a abandonar dos ciudades, así que por prudencia solía mantenerse alejado del cónsul, que era el representante de la ley para todas las cuestiones concernientes a los francos.

Cuando estaba a punto de dejar atrás la carroza, con la cabeza encogida entre los hombros y la vista dirigida hacia otro sitio, oyó que alguien lo llamaba imperiosamente en francés:

– ¡Señor, se lo ruego! ¡Señor! ¿Podría decirnos qué pasa?

Jean-Baptiste temía al cónsul, pero al percatarse de que afortunadamente se trataba de una voz femenina se acercó. Una dama sacaba la cabeza por la portezuela, disponiéndose a bajar. Hacía un calor insoportable y la pobre mujer transpiraba a mares; se le había corrido el colorete y el albayalde que se había aplicado en la cara no era más que una nivea capa de grietas. Saltaba a la vista que aquellas estrategias artificiales, destinadas a retrasar el paso de los años, sólo conseguían acelerarlo más. Si el ruinoso maquillaje no le hubiera causado tantos estragos en el rostro, se habría podido contemplar una mujer de cincuenta años, sencilla y sonriente, que aún conservaba parte de su antigua belleza en su mirada azul, pero sobre todo un semblante tímido, tierno y bondadoso.

– ¿Podría decirnos a qué se debe tanto alboroto? ¿Cree usted que corremos algún peligro?

Jean-Baptiste reconoció a la esposa del cónsul, a quien había visto en alguna ocasión en el jardín de la legación.

– Se acaba de producir un incendio, señora, a eso se debe esta aglomeración, pero todo volverá enseguida a la normalidad.

La dama hizo un ademán de alivio, y después de agradecer amablemente sus atenciones al joven volvió a entrar en el carruaje, se acomodó en el asiento y empezó a sacudir de nuevo el abanico. En ese momento Jean-Baptiste advirtió que no estaba sola. Un rayo de luz oblicua se reflejaba en el Kalish, iluminando a la joven que se sentaba enfrente.

No es preciso decir que los defectos de una resaltaban las cualidades de la otra; es más, ambas eran completamente opuestas. El emplasto que abotargaba la piel de la esposa del cónsul contrastaba con la tersura natural de la joven. Y la angustia impaciente de la primera ensalzaba la serenidad inmóvil de la damisela. Jean-Baptiste no habría sabido describir a aquella muchacha que encarnaba la imagen de la belleza, y tal vez por eso sólo pudo captar una impresión general. Únicamente reparó en un detalle absurdo y adorable, unas cintas azules de seda que anudaban las trenzas de su tocado. Jean-Baptiste miró a la joven completamente extrañado y, aunque no le faltaba audacia, estaba tan sorprendido que no pudo hacerse una idea real de su cara. La carroza arrancó bruscamente con un latigazo del cochero, interrumpiendo la muda conversación de sus miradas. Jean-Baptiste se quedó allí plantado en medio del puente, desconcertado y feliz.

«Diablos, nunca había visto nada semejante en El Cairo», se dijo.

Y continuó a paso más lento hasta el barrio franco donde vivía.


2

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El cónsul, el señor De Maillet, era un hombre de la pequeña nobleza; había nacido en el este de Francia, donde la estirpe de su exigua familia aún echaba algunas raíces. No se podía decir que los Maillet estuvieran arruinados pues nunca habían poseído gran cosa. Estos nobles de poca monta, rodeados de burgueses emprendedores y campesinos prósperos, se enorgullecían de no hacer nada y eran aún más soberbios porque no tenían nada. Lo único que les impedía hacer comparaciones, y por lo tanto sufrir, era su alcurnia mediocre que transfiguraba sus restantes mediocridades. Siempre habían sabido que la salvación llegaría de arriba. Estaban convencidos de que un día forzosamente ascendería algún miembro de su linaje y de que tal ascenso, aunque fuera de alguien muy lejano, encumbraría a toda la parentela. El milagro se hizo esperar pero se produjo al fin cuando Pontchartrain, emparentado con la madre del señor De Maillet por parte de una prima hermana, fue nombrado ministro y luego canciller del gran Rey, entonces en el cenit de su poder. Es evidente que nadie puede llegar tan alto solo, por muchos méritos propios que tenga. Hay que tener amigos, y muchos, para situarlos, conservarlos y, un día, presionarlos para que actúen. Pontchartrain sabía que los individuos que no son nada pueden resultar muy serviciales cuando se hace algo por ellos. Por eso no se olvidó en absoluto de utilizar a su familia.

En sus años de juventud, piadosos y despreocupados, el señor De Maillet había aprendido muy poco en los libros y menos aún sobre la vida. No obstante, su influyente tío lo sacó de esta especie de vacío y lo colocó en el consulado de El Cairo.

El protegido profesaba a su protector una gratitud febril pues eraconsciente de que no podría hacer nada para pagar una deuda semejante por sí solo. Llegaría sin duda un día fatal en que ese hombre puedelotodo -que incluso era capaz de hundirlo para siempre- le encomendaría una tarea de tal envergadura que no podría llevarla a cabo sin exponerse a algún peligro. Lo malo era que al señor De Maillet no le gustaba el peligro.

El consulado de El Cairo era uno de los destinos más envidiados de todo el Levante porque estaba relativamente alejado de la embajada de Francia en Constantinopla, de quien dependía, y además porque la ciudad de El Cairo no era un puerto de paso, lo que también suponía menos complicaciones. Su función se reducía exclusivamente a gobernar un turbulento tropel de mercaderes y aventureros. Aquellos hombres, arrastrados hasta allí por un cúmulo de circunstancias generalmente fuera de lo común, tenían la osadía de considerar el valor como una virtud, el dinero como una fuerza poderosa, y los años de exilio como un título insigne. No obstante, el cónsul tenía a bien recordarles que el único poder era la ley -que por lo demás no los amparaba demasiado-, y que la única virtud era la ascendencia noble, que no alcanzarían jamás. Pero por encima de todo, y el señor De Pontchartrain había insistido mucho en ello, lo más importante era entenderse lo mejor posible con los turcos. A este respecto, la gran política de Francia -que favorecía, aunque en secreto, la alianza otomana contra el Imperio-, era tan importante como la seguridad cotidiana, y nada tranquilizaba tanto a la nación franca como saber en todo momento que, a una señal del cónsul, los turcos procederían a la expulsión inmediata de los aguafiestas.

A esto hay que añadir que el cónsul no pagaba alquiler, que recibía cuatro mil libras de renta anual, seis mil quinientas libras para el condumio y el personal, y que su posición le daba derecho a disfrutar de una franquicia que le permitía adquirir cien toneladas de vino anuales a dos piastras y media, lo cual le procuraba un beneficio considerable. En prueba de gratitud por estos favores que lo hacían rico, cada mes el señor De Maillet reiteraba los halagos a su protector en las cartas que partían en los barcos de la Compañía de las Indias con escala en Alejandría. El propósito fundamental de estas misivas era el elogio, evidentemente; no obstante, para evitar que tantos cumplidos terminaran cansando a su destinatario o le produjeran animadversión, el cónsul los disimulaba con otros asuntos sacados de la realidad local. De modo que, cuando su discurso estaba bien nutrido, podía adoptar la forma de breves memorias como aquella -su gran orgullo, aunque nunca estuvo seguro del efecto causado- que contemplaba la posibilidad de unir el Mediterráneo y el mar Rojo a través de un canal.

El señor De Pontchartrain respondía siempre a sus cartas. Las comentaba y en ocasiones agregaba algunas puntualizaciones políticas. En su último correo, fechado hacía más de un mes, el ministro, por primera vez, había hecho una alusión que podía interpretarse como una instrucción directa. Según sus palabras, el cónsul debía prepararse para recibir la visita de un jesuita que había estado en Versalles y que en aquellos momentos seguramente estaría camino de Roma. El ministro instaba expresamente al señor De Maillet a ejecutar los designios del clérigo, cuya voluntad debía acatar como si fuera la del Consejo y la del Rey en persona.

E,l señor De Maillet se había alarmado por la forma de obrar de su tío. Imaginaba que si se tomaban la molestia de mandar a un mensajero para evitar el riesgo de una correspondencia, sólo podría deberse a que las órdenes eran estrictamente confidenciales. Sin embargo, como el jesuita no aparecía, el cónsul se había tranquilizado pensando que la política de los soberanos es un quehacer misterioso que puede cambiar de rumbo constantemente. También era posible que otras intrigas hubieran puesto fin a ésta y se requiriese la presencia del jesuita en otros lugares. A menos que, sencilla y llanamente, se hubiese extraviado por el camino.

Pero he aquí que ese viajero incierto reaparecía ahora, medio desnudo y cautivo, en la residencia del agá de los jenízaros. El turco no había puesto traba alguna para devolver a su prisionero, entre otras cosas porque esperaba que el cónsul le diera una explicación. El asunto despertaba ya cierta curiosidad, y era evidente que ni el pacha ni el resto de las naciones extranjeras representadas en la ciudad cejarían en su empeño hasta dilucidar el misterio de aquel enviado del Rey Sol que había llegado cubierto de barro y que había cometido la imprudencia de proclamar que era portador de un mensaje político.

Estos angustiosos pensamientos rondaban por la cabeza del señor De Maillet mientras recorría sin cesar la amplia sala del consulado. Había mandado poner la mesa para su huésped, y poco después cenaría a solas con él. Su mujer y su hija acudirían a presentar sus respetos a aquel bendito y luego los dejarían conversar tranquilamente. En la escalera se oían los pasos diligentes de los servidores nubios que subían y bajaban con cubos de agua fresca para el baño del viajero. Ciertamente, el anciano cautivo se tomaba su tiempo. El señor De Maillet, impaciente, se puso de mal humor. Dejó de deambular y fue a sentarse en un taburete situado justo enfrente del cuadro que se estaba restaurando. Cuando vio que la cara del Rey estaba intacta se quedó atónito. La mancha había desaparecido y la encarnación original surgía en toda su pureza. El cónsul se acercó; si uno miraba con mucha atención, se podía observar que las zonas antes maculadas ahora poseían un tinte ligeramente más sonrojado que el resto de la cara. En la mejilla de un niño, una señal así se habría podido confundir por la marca de un bofetón, pero en el augusto Rey esa sombra, malva sólo podía ser un exceso de afeite, extendido para dar fe de la salud del monarca y transmitir optimismo a su pueblo.

Por un instante, el señor De Maillet creyó estar presenciando un milagro. La aparición del jesuita y la desaparición de la mancha parecían manifestar la presencia de una Providencia activa que sostenía toda la casa en su mano divina. Después se dio cuenta de lo ocurrido y corrió en busca del tirador para llamar.

– ¡Dígale al maestro Juremi que pase por aquí mañana a primera hora! -le gritó al lacayo.

Ese hereje insolente había tenido el atrevimiento de terminar la restauración en su ausencia… El resultado estaba bien, lo cual era una suerte, pero hubiera podido ocurrir una catástrofe… El trabajo terminado merecía el salario que el cónsul ya había negociado con anterioridad. No obstante, la desobediencia merecía un castigo. La autoridad tenía que hacerse valer frente a bribones como aquél, así que al día siguiente el droguero habría de elegir entre ocho días de arresto o una multa. El señor De Maillet no sólo se sentía satisfecho de que la restauración hubiera terminado con éxito sino que además barajaba la posibilidad de ahorrarse el importe. Dadas estas circunstancias, el cónsul estaba de un humor excelente cuando el padre Versau apareció por la puerta.

– ¡Amigo mío! ¡Amigo mío! -exclamó el jesuita apretando las manos del cónsul-. Su acogida me ha impresionado. Tengo la sensación de volver a la vida. Este baño, estos hábitos limpios, esta casa tranquila… no puede imaginarse cuánto he soñado con esto.

Los ojos del jesuita se llenaron de lágrimas de gratitud. Y si es verdad como afirma Maquiavelo que amamos a alguien por el bien que nos ha hecho, no cabe extrañarse de que el cónsul se granjeara todas las simpatías de un hombre con quien acababa de mostrarse tan generoso.-He saludado a la señora De Maillet en el vestíbulo -dijo el jesuita-, y me ha informado de que no cenará con nosotros. No es mi intención alterar el orden de esta casa…

– En absoluto, en absoluto. Pero debemos hablar a solas. Consideraremos esta cena como una sesión de trabajo, cuando menos en parte.

– Así es, en cierto modo. También me he cruzado con su hija, la señorita, y debo felicitarle por su gracia y discreción. ¿Cómo ha podido educarla con tanto acierto en una tierra extranjera donde imagino que apenas hay preceptores y menos aún establecimientos docentes?

– Estuvo en Francia hasta los catorce años. Sólo ha pasado con nosotros los últimos años.

Casi no se conocían, y sin embargo la conversación versaba ya sobre temas familiares. El jesuita admiró el retrato del Rey y «su excelente conservación, teniendo en cuenta semejante clima». Después le hizo aún dos o tres amables preguntas sobre su salud y las obligaciones del cargo, y por último se sentaron a la mesa para pasar a hablar de cosas más serias.

– Padre, estoy ansioso por conocer los detalles de su viaje. Me decía que un naufragio le había hecho caer en esta indigencia…

– Un naufragio, sí, y de los más terribles. A estas horas debería de estar muerto, pero la inmensa bondad de la Providencia me ha salvado.

Y sin más dilación, empezó a contar con toda suerte de detalles cómo se había embarcado en una galera griega después de abandonar Roma, ya que su intención era ganar Levante si necesidad de recurrir a un barco italiano. Sin embargo, una vez a bordo, descubrió aterrorizado la incompetencia del capitán y de la tripulación. Para colmo el barco encalló en un banco de arena frente a la costa de Chipre. Al darse cuenta de que el naufragio era inminente, el jesuita mandó echar un bote al agua y se embarcó con algunos marineros. La corriente lo arrastró hasta una costa escarpada batida por el oleaje, dio contra las rocas y se lo tragaron las olas. Durante un instante, el padre Versau tuvo el pesar de no tener una sepultura en tierra firme, una contingencia que, como todos saben, hace más incierta la resurrección entre los muertos el día del juicio final. Pero resolvió dejar el problema en manos de Dios, al igual que su vida y el destino de su orden, y pereció. Su último recuerdo fue su muerte en un agua fría, agitada por enormes olas negruzcas. Y el siguiente su despertar tendido en la arena de una pequeña cala, aferrado a un gran madero. Estaba tan solo, tan desnudo, tan asustado y tan muerto de frío como Adán el día de la Creación. Pero Dios no lo había abandonado. La orilla estaba poblada por pescadores que lo vistieron como pudieron, y dos días más tarde lo embarcaron con ellos hasta las costas de Egipto, donde iban a echar sus redes. Finalmente lo desembarcaron en una playa próxima a Alejandría, según su deseo. Como había entrado en territorio turco sin salvoconducto, el padre Versau prefirió evitar la gran ciudad y dio un rodeo por el desierto con el propósito de alcanzar el Nilo, adentrándose ligeramente en el interior. Además tuvo la audacia de negociar su pasaje hasta El Cairo con unos marineros, a sabiendas de que no tenía ni un céntimo.

– Lo demás ya lo sabe -dijo modestamente.

El señor De Maillet, que había lanzado mil exclamaciones de asombro y pavor durante el relato, miraba a aquel hombrecillo esmirriado al tiempo que se preguntaba cómo habría podido sobrevivir a tantas peripecias.

– Mis aventuras -continuó el jesuíta con un semblante más serio- sólo son dignas de interés para explicar mi presencia aquí y el estado en que me he presentado ante usted. Pero aún tenemos que llegar a lo esencial, que no es eso.

– ¡Ah, sí, el mensaje del Rey! -dijo el señor De Maillet.

El padre Versau se incorporó en la silla, entornó lentamente los ojos e infundió cierto aire solemne a la conversación. Por su parte el señor De Maillet lanzó una mirada al retrato, como si de repente descubriera la presencia física del soberano por encima de sus cabezas.

– A decir verdad -dijo el jesuíta-, yo no soy portador de ningún mensaje.

– Usted me había dicho…

El hombre de negro hizo un ademán con la mano. Necesitaba tiempo.

– Entiéndame, me refiero a que no soy portador de ninguna misiva. Nada que el Rey haya escrito ni siquiera dicho directamente. Coincidirá conmigo en que esta precaución es muy acertada. Teniendo en cuenta todas las desventuras que he padecido, lo más prudente era sin duda no llevar conmigo nada por el estilo.

– Estoy de acuerdo -dijo el señor De Maillet.

– Pero si no hay mensaje, seguramente el Rey habrá comentado sus propósitos con su guía espiritual.

– ¿Con su confesor, el padre De La Chaise?El jesuíta cerró los ojos, mientras el señor De Maillet le miraba boquiabierto, como un niño al que le ponen delante un cofre repleto de tesoros.

– Ese bendito -prosiguió el padre Versau-, que como usted sabe pertenece a nuestra Congregación, ha comunicado las intenciones del Rey a un grupo muy restringido de personas de su confianza: la señora De Maintenon, que defiende con tanto celo la causa de la fe en la corte de Versalles, el señor De Pontchartrain, el padre Fleuriau, superior de nuestra Congregación para todos los asuntos relacionados con las escalas de Levante, yo mismo, su adjunto y representante. Y ahora usted…

El señor De Maillet inclinó la cabeza para dar prueba de que estaba dispuesto a acatar la voluntad de los poderosos, y de paso para disimular las lágrimas de gratitud que asomaban a sus ojos.

– El asunto se puede resumir en pocas palabras. Usted conoce la lucha que la Cristiandad libra hoy contra sus enemigos. De momento ya hemos controlado a los turcos, pero la reconquista debe continuar. Y así se hará. Sin embargo, los mayores peligros se han gestado precisamente en el seno de aquellos que pretenden vivir en Cristo. La infame Reforma ha intentado minar desde dentro la propia obra de Dios. El Rey ha luchado contra ella en todas partes. En Francia, revocando los tratados de capitulación firmados en el pasado con los hugonotes; y en el resto de Europa, afrontando, a riesgo de su corona, la conjura de los príncipes protestantes enarbolada por Guillermo de Orange, un traidor. Pero esta lucha ya no es la de antaño, cuando el mundo se reducía al Mediterráneo y a su perímetro. Hoy todo el universo está involucrado en la contienda. Debemos llevar el mensaje de Cristo a las tierras conocidas y granjearnos a los infieles; pero también a las tierras desconocidas, a esos nuevos mundos que han emergido en el curso de los dos últimos siglos y que son, ante todo, nuevos escenarios de contienda para la Cristiandad: las Américas, las Indias, la China y el Extremo Oriente. Una y otra vez nos enfrentamos a los mismos desafíos. Por una parte, la resistencia de los pueblos que viven al margen de la verdadera fe, ajenos al vacío y al peligro mortal que supone esa carencia para la eternidad. Y por otra, la rivalidad de esta supuesta Reforma, que sólo es un intento diabólico para alejar del Evangelio verdadero a unos pobres ignorantes.

El señor De Maillet asentía de vez en cuando con la cabeza para indicar que seguía la conversación. A decir verdad, le fascinaba la elocuencia del hombrecillo, sobre todo porque se había desencadenado de repente, desde el momento en que el discurso empezó a derivar hacia las cuestiones políticas y religiosas.

– El Rey de Francia ha aprendido mucho durante su largo reinado -siguió diciendo el hombre de la Iglesia-. Sabe abstraer las contingencias que jalonan la Historia. Distingue claramente, su confesor está maravillado por ello, el sentido profundo de esta contienda y la justificación de su poder. La lucha universal entre las fuerzas de la fe verdadera y los que están sumergidos en las tinieblas le ocupa por completo y está firmemente decidido a capitanearla hasta el final. De estos innumerables combates, unos urgen más que otros. Con el imperio turco, ya le he dicho que todo es cuestión de tiempo. Estamos presentes, prestamos nuestra ayuda a los pocos cristianos que aquí mantienen encendida la llama de la devoción, de modo que cuando el edificio otomano se resquebraje, penetraremos por sus propias fisuras. Pero el momento aún no ha llegado. Por el contrario, cerca de aquí hay un país que nos llama, un gran país que la Historia y su sorprendente geografía montañosa han mantenido lejos de nosotros, un país que está en las sombras aunque me atrevería a decir que por muy poco tiempo pues sólo pide recibirnos. Es una tierra que la cristiandad ganó en su día, pero donde la fe, mal cultivada, ha crecido en una dirección equivocada…

– ¡Abisinia! -exclamó el señor De Maillet como hipnotizado. -Sí, Abisinia, esa tierra casi desconocida y casi convertida; esa tierra que ha engullido hasta la fecha a todos aquellos que han intentado internarse en ella, y que aun así nos llama.

El jesuita se echó hacia delante, mientras tendía la mano al señor De Maillet por encima de la mesa donde se dibujaban los relieves de la comida dispuesta en platos de estaño, para decirle:

– Es preciso que el Rey de Francia pueda añadir a su gloria la hazaña de llevar de nuevo esa tierra a la Iglesia. Su Majestad le encomienda a usted una embajada allí.


3

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Jean-Baptiste Poncet y el maestro Juremi, asociados en el oficio de boticarios, compartían una casa que hacía las veces de laboratorio en el lugar más alejado de la colonia franca, en una callejuela apartada que resultaba idónea para hacer su trabajo con discreción.

– ¡Hola! -exclamó Jean-Baptiste, empujando la puerta de entrada de aquella residencia de solteros sumida en el más completo desorden-. ¿Estás ahí, viejo brujo?

Desde la parte alta de la casa llegó un gruñido. Lanzó sobre el respaldo de una silla el jubón que aún llevaba en la mano y subió a reunirse con su amigo.

En el piso de arriba había una terraza de cierta amplitud que daba a un patio cerrado. Las demás ventanas estaban con las persianas echadas y otras habían sido tapiadas. Poncet se encontró con el protestante de pie, acodado en la balaustrada, con la mirada perdida en el vacío y un florete en la mano.

– ¿Qué haces aquí con ese chisme?

– Acabo de matar al cónsul -dijo el maestro Juremi.

– ¿De veras?

Jean-Baptiste conocía demasiado a su compadre para dejarse impresionar.

– Ya lo creo. Lo he matado doce veces. ¿Quieres verlo? Mira.

El hombretón se puso en guardia e hizo como que se batía con un adversario que reculaba rápidamente. Cuando llegó a la pared, atacó con el arma y lanzó un gemido, como si le costara atravesar aquel cuerpo imaginario. La punta del florete se hundió en la pared, y al sacarla se desprendió una placa de yeso que dejó al descubierto las entrañas rojas de dos ladrillos.-¡Bravo! -dijo Jean-Baptiste, aplaudiendo-. Se lo merecía. ¿Te sientes mejor ahora?

– Bastante mejor.

– Bien, pues ahora que ya te has tranquilizado, cuéntame qué ha ocurrido.

Jean-Baptiste cogió una silla de hierro y se sentó. El maestro Juremi se quedó de pie y siguió deambulando por la habitación mientras golpeaba el florete contra su pierna una y otra vez.

– Estoy hasta la coronilla de ese dichoso cónsul. En cuanto lo veo me entran ganas de matarlo.

– Eso no es nada nuevo -replicó Jean-Baptiste sonriendo-. Además, ya te aconsejé que no aceptaras el trabajo.

– ¡Cómo no iba a aceptar! Me convocó…

– Si me convocara a mí, no iría -dijo Jean-Baptiste.

– ¡Muy listo! Debo recordarte que tú no eres protestante y que eso te concede ciertos privilegios aquí. Por ejemplo que el pacha te pida consulta y te honre como médico, mientras yo no soy más que un mediocre herborista… En fin, la cuestión es que De Maillet me llamó; yo fui, hice el trabajo y ahora todo ha terminado.

El maestro Juremi le contó a su socio que había aprovechado la ausencia del cónsul para quebrantar su prohibición y acabar de restaurar el cuadro.

– ¿Ha quedado bien? -preguntó Jean-Baptiste.

– Eso creo.

– Entonces, todo arreglado.

– Se nota que no lo conoces. Sus guardias van a venir a arrestarme en cualquier momento. Seguramente habrá estado demasiado ocupado hasta ahora y no se habrá dado cuenta de mis retoques.

– ¿Qué puede hacer? No es un crimen que alguien cumpla con su trabajo.

– ¡Por supuesto que no! Pero ese cónsul de pacotilla exige obediencia. Me acusará porque es la máxima autoridad, y en este caso juez y parte. Además, como es un ladrón, me obligará a pagar una multa y me descontará otro tanto de mi salario.

– Si es así, lo mejor es que pagues y que te olvides del asunto.

– ¡Jamás! Prefiero matarlo y huir.

En materia pecuniaria, el maestro Juremi tenía una idea tan elevada de la justicia como cualquier hugonote que se preciara de serlo. Nunca se hubiera apropiado de un cequí que no hubiera ganado honestamen-te, pero tampoco habría tolerado que no le pagaran todo lo que se le debía.

– Cálmate, Juremi. No puede obligarte a pagar una multa. Nuestro estatuto prevé que tenemos derecho a elegir entre una sanción económica o una pena de cárcel. Mortifica su codicia en lugar de agujerearle el pecho, eso también le hará daño. Declárate prisionero, quédate dos días en el calabozo y despídete para siempre de hacer tratos con él.

El maestro Juremi ya se había explayado a sus anchas con la idea de matar al cónsul, así que supo estimar la sabiduría y la malicia que encerraba el consejo de su amigo.

Se quedaron un momento en silencio. El viento abrasador que llegaba del desierto había dejado de soplar a media tarde, pero el polvillo que había arrastrado seguía formando una capa finísima sobre los hierros forjados y sobre las hojas de los naranjos plantados en macetas. Jean-Baptiste entró en la casa en busca de un cántaro de agua y dos vasos de estaño para refrescarse la garganta.

– Hace un rato hubo un conato de incendio en el puente de Kalish. Se ha producido tal tumulto -dijo- que incluso la mujer del cónsul ha quedado bloqueada en su carroza, en medio del gentío.

– ¡Vaya! -dijo el maestro Juremi sin mucho interés.

– De hecho -dijo Jean-Baptiste mientras vertía agua en su vaso-, tú que frecuentas el consulado…

El protestante se encogió de hombros.

– ¿Conoces a esa joven que acompañaba a la señora De Maillet?

– ¿Cómo es?

Jean-Baptiste no se atrevía a confesar que sólo se había fijado en las cintas que llevaba en el pelo.

– No la he visto bien…

– ¿No será rubia, con unos grandes ojos azules muy tristes?

– Me parece que sí -dijo entusiasmado el joven.

– Debe de ser la hija de esa sanguijuela.

– Parece mentira que la naturaleza le haya concedido semejante don -dijo pensativo Jean-Baptiste.

– Es muy extraño que la hayas visto. Por lo general no sale nunca. Hace dos años que vive aquí, y en todo ese tiempo casi nadie ha podido disfrutar de su presencia. Yo, sin ir más lejos, sólo la he visto una vez en un vestíbulo. Pero estoy pensando que hoy es Pascua de Pentecostés y seguramente habrán asistido a misa en el convento de las salesas. Sí, debe ser eso; salvo en los grandes acontecimientos, su padre la tiene confinada en casa como si fuera un tesoro.

– Tiene sus razones -dijo Jean-Baptiste-, porque sin duda es un tesoro.

– El cónsul es un monstruo -se limitó a decir el maestro Juremi.

Por el tono lúgubre de sus palabras se podía adivinar que volvía a dar rienda suelta a su rencor personal.

Jean-Baptiste estiró las piernas y las cruzó sobre la barandilla, mientras se estiraba en la silla. A aquella hora del atardecer, unos hilos de nubes rosáceas parecían estar tensados de una pared a otra sobre el rectángulo de cielo cárdeno que se elevaba por encima de las casas.

Ese encuentro fugaz y fascinante con una joven que no era de su condición le recordaba Venecia, Parma o Lisboa. Pero allí todo era posible…

Jean-Baptiste había comprendido hacía mucho tiempo que el vagabundeo, al desvincular al viajero del orden de las castas que reina en todas partes, le confiere la dignidad del ser libre y la capacidad de hablar a todos por igual. Ahora sabía que, viniera de dónde viniera, un vagabundo medianamente ingenioso siempre podía ganarse la amistad de un príncipe o convertirse en el amante de una princesa, o cuando menos imaginárselo. Poncet, que no carecía de ingenio ni de imaginación, había tenido ocasión de comprobarlo más de una vez en las ciudades donde se había sentido realmente libre.

Pero en cuanto volvía a ocupar su lugar dentro de la jerarquía de su nación, como en esta colonia franca de El Cairo, sólo era el hijo de una sirvienta y de un desconocido, por mucho que se empeñara en esconder sus orígenes. Su condición plebeya era nuevamente un obstáculo abrumador y, frente a las apariciones como la de aquella mañana, se sentía incapaz de soñar con la posibilidad de alcanzar la felicidad. Desde que vivía en Egipto, este tipo de encuentros habían sido tan escasos que ni siquiera los echaba de menos, pues sólo acostumbraban a ser un motivo de tristeza.

– ¿No te parece que esta ciudad empieza a ser un poco aburrida? -preguntó Jean-Baptiste.

– ¡Bah! Con mucho gusto me pondría en tu sitio -respondió el maestro Juremi, que tras mucho cavilar había llegado casi a la misma conclusión-. Pero si uno se marcha de aquí, ¿adonde va a ir?

Los dos sabían que en todos los puertos de Levante se toparían con el mismo impedimento, con una traba que no surgía del desarraigo sino,muy al contrario, de la presencia demasiado familiar y demasiado agobiante de los representantes del Estado. La solución ideal habría sido volver a Europa, pero en el continente no tenían ninguna posibilidad de ejercer su arte sin diploma y se exponían a una permanente persecución.

– Deberíamos embarcarnos hacia el Nuevo Mundo -dijo Jean-Baptiste.

La idea les pareció excelente y, para hablar de aquello con calma, se dirigieron alegremente hasta la ciudad vieja y cenaron en una taberna árabe donde servían un cordero lechal como en ninguna otra parte.


El jesuíta pidió permiso para retirarse a sus aposentos a descansar, y el señor De Maillet, se quedó solo, aturdido, con los codos apoyados en la mesa. Después de que el religioso mencionara la cuestión de la embajada ya no oyó nada más. El impacto había sido tan violento que el cónsul a duras penas había podido controlarse, así que en cuanto se quedó solo dio rienda suelta a sus impulsos y lanzó un grito ahogado. Un sirviente acudió enseguida a su lado y le ayudó a llegar hasta una gran poltrona donde por fin se desplomó.

La mujer y la hija del diplomático, que regresaban en aquel momento de su peregrinación al convento de las salesas, se precipitaron a todo correr junto al pobre desgraciado.

La señora De Maillet salía muy de vez en cuando de su casa, donde disfrutaba del privilegio de tener una sala para ella sola; la dama había acondicionado un rincón como oratorio, y en los otros había dejado algunas labores de costura y tapices a los que se dedicaba alternativamente. Por lo demás, profesaba tal culto a su marido que alimentaba aún más su pesimismo, sobre todo porque la pobre mujer tomaba por horrendos peligros las insignificantes preocupaciones habituales de la vida consular. La culpa era del señor De Maillet, que al comunicárselas las exageraba hasta el extremo de aterrorizarla, así que la dama tenía el presentimiento de que todo aquello acabaría fulminándolo cualquier día. Hacía mucho tiempo que se preparaba para enfrentarse a esa contingencia, sin haber pensado nunca qué haría en tal situación, de modo que ahora no se le ocurría nada mejor que gimotear. Su hija manifestó un poco más de serenidad y desató con sus finos dedos la gorguera de encaje que estrangulaba el cuello de su padre.

El señor Macé se sumó al grupo y al ver en qué estado se hallaba el cónsul propuso llamar a un médico. Las dos mujeres aprobaron la idea.-Sí, pero ¿a quién? -preguntó tímidamente la señorita De Maillet.

– ¿Plaquet…? -se apresuró a proponer en voz baja el señor Macé.

El cónsul se negó en redondo.

– ¡Ni pensarlo!

Un instante después ya estaba sentado y aseguraba que se había repuesto.

El solo hecho de pronunciar aquel nombre tuvo un efecto casi milagroso. El doctor Plaquet era un viejo cirujano de la Marina que había ido a parar a El Cairo por su amor a una actriz. Y cuando la dama murió, el cirujano decidió quedarse allí a pesar de todo. Desde la desaparición, cuatro años atrás, del último médico digno de llevar tal nombre en la colonia franca de El Cairo, Plaquet era el único médico oficial. Pero las nociones que tenía del arte de la medicina eran tan antiguas y las ponía en práctica con tanta brutalidad, que nadie osaba ponerse en sus manos. Ante la aterradora amenaza de verlo aparecer, la colonia francesa había optado por contener sus enfermedades, como se contiene la respiración, confiando en no asfixiarse. Con el tiempo, los mercaderes y la gente sencilla habían recurrido gradualmente a otros individuos: charlatanes judíos y turcos, y otros droguistas, de los que Jean-Baptiste Poncet era el de más renombre. No obstante, el cónsul había prohibido expresamente pedir consulta a tales sujetos, porque trabajaban al margen de la ley. El diplomático estaba obligado a dar ejemplo y confiaba en evitar a los médicos durante los años que aún estuviera en Egipto. Por otro lado, en caso de necesidad, si el asunto era realmente grave, mandaría que lo llevaran a Constantinopla.

¡Pero Plaquet, jamás!

Todos los presentes se alegraron de la rapidez con que el cónsul se había reestablecido. El ambiente se fue distendiendo y la señora De Maillet mandó servir café.

Al poco rato, los cuatro se encontraban sentados en los sillones, formando un corrillo, con una taza en la mano.

– No es nada -dijo el cónsul-. El almuerzo… un poco pesado seguramente. Habrá sido el vino… con este clima.

¿Qué otra cosa podía decir? No podía desvelar a aquellas cotillas el enorme secreto que acababan de confiarle. Tal vez a Macé. Sí, Macé sería su confidente. Aquel asunto le exigiría una buena dosis de acción en los próximos días. Necesitaba la ayuda de alguien. El jesuíta lo comprendería. Además, Macé era un hombre de confianza, muy sumiso, aunque al cónsul no le gustaban demasiado los modales que exhibía para hablar con su hija. Un minuto antes, por ejemplo, se había percatado de que ambos se habían girado a la vez, uno hacia el otro, con la taza de café en la mano. La pobre criatura no veía nada malo en ello, pero él habría jurado que su secretario la miraba con más insistencia de lo que debiera. «Me gustaría que pusieran fin inmediatamente a tales frivolidades», se dijo el señor De Maillet para sus adentros.

El señor Macé era el único hombre joven que se admitía, si no en la intimidad, sí al menos cerca de la señorita De Maillet. Aunque era muy feo para su gusto y dejaba a su paso un indiscreto olor a suciedad, a la joven, dado el aislamiento en que vivía, le gustaba conversar con aquel ser diferente que la escuchaba con tanta gentileza. En cuanto al señor Macé, había elegido su carrera de una vez por todas y no concebía complicarse la existencia cortejando a la hija del hombre de quien dependía. Sin embargo, en las escasas ocasiones en que coincidía con la señorita De Maillet, el secretario siempre se sentía como extasiado ante tanta belleza, gracia y juventud. La miraba con tanta intensidad, a pesar suyo, que la joven parecía encantada, sin poder evitarlo por su parte. No obstante, a los ojos de su padre aquello era equiparable más o menos a la premonición de un crimen.

– Haced el favor de dejarme a solas con el señor Macé -exclamó el cónsul con semblante severo.

Cuando las dos mujeres se hubieron retirado, el cónsul empezó a deambular por la sala, mientras Macé aguardaba en silencio, sentado en la silla que su superior le había ofrecido.

– Macé, podría hacerle algún que otro comentario a propósito de su conducta -dijo el señor De Maillet con sorna-, pero ahora no es el momento. Es preciso (se lo digo bien claro, es preciso, lo cual no significa forzosamente que se lo merezca), es preciso repito que le haga partícipe de un secreto político de mucho peso. Espero que sea digno de oír mis palabras, porque de lo contrario no habrá lugar en el mundo donde pueda escapar de la venganza de aquel a quien haya traicionado.

Y diciendo esto, apuntó con el índice hacia el retrato del soberano. El joven, que estaba sentado, hizo tal reverencia en señal de sumisión que a punto estuvo de tocarse las rodillas con la nariz.


4

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– El Rey -empezó solemnemente el señor De Maillet-, por razones que no me corresponde confiarle, desea enviar una embajada a Etiopía.

– Su Excelencia redactó un despacho a ese respecto el año pasado -dijo el señor Macé.

– Justamente. Mi pariente, el ministro, me consultó en su día acerca del modo de penetrar en aquel país, tal vez porque en Versalles ya debían de estar considerando el asunto. ¿Se acuerda usted de mis conclusiones?

– Perfectamente. Hay dos vías: una marítima, por Djedda y la costa, y la otra terrestre, por el reino musulmán de Senaar y las montañas.

– Su memoria es excelente, Macé. Recordará también lo que añadía a propósito de ambas vías. Por mar, el acceso al país está controlado por un bárbaro musulmán aliado de los turcos cuya única función es cerciorarse de que ningún cristiano blanco, y católico en particular, se interne en su territorio. Nadie ha conseguido franquear tal obstáculo desde hace cincuenta años. Como ya debe saber, los últimos sacerdotes que lo intentaron fueron ahorcados y sus coronillas enviadas en un paquete al emperador de Etiopía, que había ordenado su muerte.

El señor Macé hizo una mueca de aversión y sacó un pañuelito de encaje con el que se tapó un momento la nariz.

– Por tierra -continuó el cónsul- hacemos la misma lamentable constatación. Los pocos viajeros europeos que se han internado en el país para conocer al Negus han sido retenidos como prisioneros en su corte hasta su muerte, aunque lo más frecuente es que la multitud los lapide en cuanto se descubre que son católicos.-Todo eso es obra de los jesuítas -dijo el señor Macé con tristeza.

– ¡Cállese! -replicó el cónsul palideciendo.

Se acercó a la puerta y la entreabrió para ver si alguien se había apostado detrás.

– Usted sabe sin embargo que el hombre que ha visto aquí es uno de ellos. Y sin duda es alguien próximo al confesor del Rey.

– Pero vamos a ver -dijo el señor Macé en voz baja-, ¿acaso no saben cómo acabó todo?

– Eso ocurrió hace cincuenta años.

– Sí, pero aunque así sea… -continuó en un murmullo el secretario-. Cuánta habilidad y cuánta torpeza. Decir que han convertido al Negus y que casi subyugado el país para luego ser perseguidos, desterrados y comprobar que todos los católicos tienen prohibido entrar en Abisinia… No me diga, Excelencia, que ese cura es tan insensato que quiere volver.

– No, Macé, cálmese. La cuestión es que no quiere ir personalmente. Su plan es aún más extraordinario de lo que imagina.

El labio inferior del cónsul temblaba ligeramente. Temía marearse otra vez, así que tuvo la cautela de apoyar una mano en la mesa de roble.

– A mí, ahora quieren mandarme a mí.

– ¡A usted, Excelencia! -exclamó el señor Macé, levantándose de un salto-. ¡Pero eso es completamente imposible!

Permanecieron un momento así, de pie, cara a cara, inmóviles y pálidos. En medio de tanto silencio se deslizó cierto desasosiego. Era imposible, desde luego, sin duda alguna. Ahora bien, la pregunta era: ¿por qué? La única y verdadera razón era inconfesable, porque nadie proclama que tiene miedo. Pero ¿cómo justificar entonces esa negativa tan evidente? El señor Macé comprendió que el cónsul iba a encomendarle su primera misión importante. Y entonces se percató de que se le presentaba de forma inesperada una oportunidad para ser digno de los favores que creía haber perdido a consecuencia de su imprudente conducta con la señorita De Maillet.

– Su salud… -dijo el secretario, gesticulando con la mano como si quisiera aprehender una idea en el aire o atrapar una mariposa.

– Sí, sí… -dijo rápidamente el cónsul-, mi salud no lo soportaría. El clima. Además hay que atravesar desiertos…

Luego se le ensombreció el semblante.

– No me creerán. En Versalles no saben distinguir entre El Cairo y las arenas de Sudán…-No llegarán a esos extremos -dijo el señor Macé, que seguía inmerso en sus cavilaciones.

– ¡Los turcos! -dijo el cónsul-. Los turcos nunca me darán la autorización. Aquí está prohibido el proselitismo cristiano, y los turcos tienen interés en que Abisinia continúe rodeada de musulmanes. Su mayor temor es que una alianza católica los encuentre desprevenidos.

– Sí -dijo el señor Macé-, en caso de enviarse esta embajada, tiene que ser secreta. Y su portador un desconocido.

– Por supuesto -dijo el señor De Maillet sin miedo a contradecirse-, así no será tan cara. Con los turcos todo se compra, pero habría que pagar una buena suma para que el pacha autorizara el desplazamiento de un cónsul, que para ellos tiene el rango de bey.

– En cada etapa, los presentes serían más onerosos.

Los dos hombres sufrían un nerviosismo febril. El señor De Maillet condujo a su adjunto hacia un rincón de la estancia donde había un escritorio de persiana que se obstinaba en permanecer medio abierto porque el calor había dilatado los listones. El señor Macé tomó papel y pluma y escribió al dictado una breve nota, donde el cónsul mencionaba todos los argumentos que le impedían personarse en Abisinia. Luego lo releyeron con un tono resuelto. El señor De Maillet llenó hasta el borde dos vasitos de jerez (nombre que se daba en la casa al vino de Burdeos cuando se había remostado) y brindaron.

– No obstante -dijo el cónsul mientras dejaba el vaso con el semblante apesadumbrado como si el líquido lo hubiera atravesado de amargura-, desobedecer al Rey…

– ¡Usted no desobedece, Excelencia! El soberano quiere una embajada, y usted únicamente le explica que no puede dirigirla.

– En tal caso, debemos encontrar a otro.

De pronto, al pensar que el cónsul podía designarlo a él, el señor Macé se puso a temblar. No tenía ningunas ganas de partir hacia la muerte, y menos aún con el brillante y apacible porvenir que tenía por delante.

– Tenemos que buscar a alguien que realmente tenga posibilidades de llevarla a término -se apresuró a decir-. Yo creo que el Rey no desea sólo que su embajada se ponga en camino sino que también quiere que regrese. Un diplomático sería demasiado llamativo; ni siquiera pasaría la frontera de Egipto.

– ¡Justamente! -corroboró el cónsul-. Eso es lo que le decimos al ministro en nuestro despacho.Todavía estaban reflexionando en silencio cuando la campana de la capilla dio las dos de la tarde. El calor que pesaba sobre la ciudad había traspasado ya la cortina de verdor que rodeaba las casas, y el cónsul experimentó una sensación de disgusto al contemplar las manchas de sudor que impregnaban la chaqueta de algodón del señor Macé a la altura de las axilas. «Realmente, podría cambiarse de ropa de vez en cuando», se dijo.

Luego volvió a darle vueltas al asunto, pero sin duda ese instante de distracción lo llevó por nuevos derroteros.

– ¡Lo que en realidad necesitamos es un hombre útil! -exclamó.

Se quedó tan sorprendido de su propia idea que guardó silencio.

El señor Macé también se sorprendió gratamente ante aquella evidencia tan afortunada.

– Sí -continuó el secretario-, Su Excelencia tiene razón. Deberíamos encontrar a un hombre que ofreciera al Negus lo que necesita.

– ¡Un comerciante!

Al señor Macé se le iluminó el rostro de repente.

– El señor cónsul recordará -dijo con gran entusiasmo- que el mes pasado nos comentaron la llegada a El Cairo de una caravana procedente de Etiopía. Sin embargo, nadie la ha visto todavía. Probablemente se haya dispersado más al sur. Su jefe es un comerciante musulmán que ha viajado a Abisinia en varias ocasiones.

– ¿Usted lo conoce?

– Lo vi una vez en El Cairo. Es un hombre de aspecto muy humilde, casi parece un mendigo. Pero se dice que en su último viaje ha traído cinco mil escudos en polvo de oro, algalia y ámbar gris para cambiarlos por mercancías que el Negus le había pedido.

El señor De Maillet iba y venía, absolutamente entusiasmado.

– ¿Estará aquí?

– Lo ignoro. A decir verdad es poco probable, aunque quién sabe… Lleva todos sus asuntos con extrema discreción. Ni siquiera estoy seguro de que acepte hablar con nosotros, y menos aún de que nos proporcione algún detalle sobre Abisinia.

– Cada cosa a su tiempo -dijo el cónsul con tono perentorio-. Usted encuéntrelo. Ya lo convenceremos después.

La decisión estaba tomada, así que sin pensárselo más empujó al señor Macé hacia la puerta.

– Emprenda inmediatamente la búsqueda de ese hombre.

El secretario se sintió un poco desarmado ante tanta premura.-Tome mi caballo, un guardia, dinero, lo que necesite, y si está aquí, tráigamelo. Pero dígame, ¿cómo se llama?

– Los árabes le llaman Hadji Ali.

– En fin, le deseo buena suerte para encontrar a Hadji Ali, querido amigo.

El señor Macé se precipitó en dirección al patio del consulado, lleno de orgullo por el apelativo aunque desesperado por la misión que debía cumplir. Diez minutos más tarde, ya estaba en la ciudad.

El jesuíta, completamente repuesto, escuchó con serenidad al señor De Maillet mientras éste le exponía con la mayor naturalidad del mundo y de forma supuestamente improvisada el breve escrito que había redactado con el señor Macé.

Tras meditar unos instantes, el padre Versau se avino a las razones del cónsul y decidió, para gran alivio de éste, que no debía ser él quien acudiera en embajada a Abisima.

– A decir verdad -concluyó el bondadoso jesuíta-, nadie pensaba realmente que fuera usted personalmente.

Esta observación disgustó al cónsul. ¿Acaso sospechaban que en realidad era un cobarde? Se disponía a protestar cuando pensó que el auténtico coraje se demostraba aceptando las afrentas sin pestañear. Así que se contuvo valerosamente.

– ¿Qué más nos propone? -preguntó tranquilamente el jesuíta.

– Teniendo en cuenta -comenzó a decir el señor De Maillet- la diferencia de poder entre nuestro Rey Muy Cristiano y ese monarca, que después de todo no deja de ser un indígena coronado, sería conveniente para Su Majestad Luis XIV fingir que no solicita nada. Uno nunca está seguro con esa gente. Piense en la ofensa que supondría para Su Majestad si su embajada fuera apresada, como ocurrió el siglo pasado con la de los portugueses. Pedro de Covilham, el hombre que la encabezaba, estuvo retenido en aquellas tierras más de cuarenta años, y lo cierto es que murió allí. De manera que si bien la categoría de la persona que nos envíen es de la mayor importancia, la de nuestro mensajero no lo es tanto.

– Su razonamiento es muy acertado -dijo el jesuita-. Habíamos pensado que si nosotros enviábamos una auténtica embajada, alentaríamos al soberano abisinio a mandar otra desde su país. Pero si usted dispone de otros medios para llegar al mismo fin…Conversaban en un balcón minúsculo que realzaba la amplia estancia destinada al padre Versau en el primer piso. Desde allí se divisaba la calle principal, que era también el centro neurálgico de la colonia franca. Así pues, todos cuantos pasaban frente al consulado se descubrían respetuosamente al ver al señor De Maillet.

– Me parece -dijo con atrevimiento el cónsul- que la mejor manera de conseguir nuestro objetivo es sacar el mayor partido posible de las relaciones que Etiopía mantiene con nuestro país.

– ¿Cuál es la naturaleza de tales relaciones?

– Son de dos tipos. De vez en cuando el Emperador envía un mensajero al patriarca copto de Alejandría para pedirle que nombre a un abuna. Manda la tradición que el jefe de la Iglesia etíope, conocido como el abuna, sea un copto egipcio enviado a tal efecto. Pero no podemos depositar nuestras esperanzas en esta eventualidad, pues es demasiado imprevisible, además de poco probable.

– ¿Y la otra posibilidad?

– La otra posibilidad son los mercaderes. Algunos años llega aquí una caravana procedente de Abisinia para intercambiar sus productos en El Cairo y a lo largo de su trayecto.

– Creía que el Negus estaba en guerra con los musulmanes…

– Padre, también nosotros lo estamos con los turcos y sin embargo nos hallamos en este balcón, charlando tranquilamente. A veces no estaría de más que los individuos aprendieran de la prudencia de que hacen gala los estados para tratar los asuntos con sus vecinos. Hay lazos que no se rompen jamás.

El señor De Maillet dijo estas últimas frases con un ademán de cortesía para disimular la inmensa satisfacción que a veces le inspiraba su propia persona.

– Excelencia -dijo el jesuíta con una leve sonrisa para confirmarle que confiaba plenamente en él-, me encomiendo a vuestro consejo para encontrar una solución que sirva a la causa del Rey.

El cónsul inclinó la cabeza, henchido de una soberbia humildad.


El señor Macé regresó hacia las cinco e irrumpió en la residencia del cónsul tal cual estaba, empapado, con los cabellos aplastados por el sudor, con grumos de colorete en las mejillas, y sin molestarse apenas en esbozar una excusa.

– Ya lo decía yo -dijo fuera de sí.-¿El mercader?

– Hadji Ali en persona.

Poco a poco iba recuperando la respiración, con una mano en el pecho.

– He hecho indagaciones por toda la ciudad. Todos creían que se había ido, pero la suerte estaba de mi parte. Uno de mis confidentes lo vio ayer.

– ¿Dónde está? -preguntó el cónsul circunspecto.

– Espera en el rellano. Excelencia, permítame explicarle…

Conforme iba recuperando el aliento, volvía a obrar con la formalidad que exigen las conveniencias sociales, lo cual era mejor para todos. El señor De Maillet no aceptaba de buen grado la familiaridad, cualesquiera que fueran las razones.

– Es un tramoyista -continuó el señor Macé-. Un bribón. No quería saber nada de Abisinia. He tenido que prometerle…

– Qué, diga…

– Cien escudos.

El cónsul hizo un aspaviento.

– ¡Cómo ha podido!…

– Por esa suma, hablará.

– ¿Y qué es eso tan importante que vale cien escudos?

– Excelencia, le pido por Dios que honre mi compromiso. Si no soy hombre muerto.

– Está bien, pagaré. Pero ¿qué ha dicho?

– Todavía nada.

– ¡Se burla de mí! -exclamó el señor De Maillet, que parecía dispuesto a dejarle plantado.

– Excelencia, permítame. Hablará. Va a decirle lo que necesita el Negus.

El señor De Maillet titubeó un momento antes de tomar una decisión.

– Y bien -dijo al fin con brusquedad-, ¿a qué espera para hacerlo pasar?

Hadji Ali era uno de esos hombres de los que resulta imposible precisar su origen. Era extremadamente delgado, a juzgar por las manos huesudas y las mejillas hundidas. Tenía rasgos finos, nariz aguileña, párpados abultados y una tez cobriza que le otorgaba el privilegio de parecer yemenita en Yemen, árabe en Egipto, abisinio en Etiopía e indio en la India. Incluso se le podía confundir con un europeo curtido por el trópico. No obstante, en esta ocasión vestía la túnica azul de los árabes, calzaba babuchas verdes y lucía un aro en la oreja derecha. Tomó la mano del cónsul entre las suyas, hizo primero una suerte de triple reverencia, luego se llevó la mano derecha al corazón y, para acabar, se besó los dedos.

Con el tiempo, el señor De Maillet se había acostumbrado a condescender con estos formalismos recargados, pese a considerarlos lamentables zalamerías. Una vez concluido aquel interminable saludo, indicó a su invitado una banqueta baja en la que éste se sentó, cruzando las piernas.

La conversación se inició lentamente, y el señor Macé empezó a traducir. Hadji Ali elogió la decoración del consulado, la apostura del Rey a la vista del retrato, el sabor refrescante del jarabe de flores de hibiscus que le habían servido, y para terminar comentó con melancolía que el sedentario, por muchas riquezas que tenga, nunca sabrá lo que es gozar de la compañía conmovedora de las estrellas, en las alturas, mientras duerme. El señor De Maillet se avino cortésmente a esta opinión, y eso fue todo.

El señor Macé hizo una señal al cónsul. Éste fue hacia el escritorio en busca de una bolsa de cuero con la suma que le había prometido y se la entregó al caravanero, quien la hizo desaparecer casi como por arte de magia. Acto seguido, Hadji Ali empezó a hablar del Negus. Le dijo que el Emperador se llamaba Yesu, que era el primero con ese nombre, y que tenía unos cuarenta años. Añadió que se trataba de un gran guerrero, y que si bien en la actualidad su reino vivía en paz, había librado numerosos combates.

– Los etíopes no necesitan nada -dijo Hadji Ali, adelantándose a una pregunta que el señor Macé había pensado hacer-. Aquel país abastece a sus habitantes de todo cuanto necesitan.

– No obstante, según he podido saber -dijo el cónsul con delicadeza-, el Emperador le ha encargado ciertas cosas de Egipto…

Hadji Ah fue parco en su respuesta.

– «Nada de cosas» -tradujo literalmente el señor Macé, que consideró oportuno intervenir.

– ¿Cómo que «nada de cosas»? Entonces, ¿qué? -replicó el cónsul.

– Yo no sé nada, Excelencia. Tal vez animales.

– Pregúnteselo.

El señor Macé tradujo la pregunta, y el mercader se echó a reír a mandíbula batiente. Su boca abierta dejaba a la vista unos dientes rotos y negros empastados de oro, lo cual resultaba bastante repugnante. El cónsul estaba impaciente. Poco a poco, Hadji Ali fue serenándose y se secó los ojos.

– ¿Puede explicarnos a que se debe tanto regocijo?

– Al parecer se debe a su pregunta -contestó el señor Macé.

– Yo estoy diciendo «No quiere cosas», y a usted se le ocurre decir «Animales». ¡Es muy divertido! -dijo entre hipidos Hadji Ali, sin dejar de reírse.

– Querido amigo -dijo el señor De Maillet irritado-, a mí también me parece divertido. Ahora bien, si no son cosas ni tampoco son animales, me gustaría saber, ya que usted se ha comprometido a decírnoslo, qué le ha pedido.

Hadji Ali volvió a adoptar un semblante seno.

– Busco a un hombre.

El señor De Maillet y el señor Macé cruzaron una mirada fugaz.

– Un hombre. Bueno, ¿y se puede saber a quién?

– Es un secreto de estado que no puedo revelar a nadie -dijo el mercader con un tono que no admitía réplica.

Se produjo un largo silencio en la estancia. Luego, el señor Macé hizo señas al cónsul para que volviera al escritorio y sacara otra bolsa. El señor De Maillet se resistía con toda suerte de ademanes aunque sin decir palabra, en tanto que Hadji Ali, con los ojos entornados, fingía no darse cuenta de nada. Al final, de puro cansancio y presintiendo que su objetivo estaba cerca, el cónsul terminó por acceder, y una segunda bolsa desapareció bajo la túnica del mercader.

– El año pasado -empezó a decir Hadji Ali cuando tuvo la bolsa a buen recaudo- estuve enfermo.

El cónsul se horrorizó ante semejante comienzo.

– La cosa es…, la cosa es…

El señor Macé consideró más prudente no traducir estas palabras y esperar hasta que el camellero arrancara de una vez.

– La cuestión es que estuve enfermo -continuó- y he venido a El Cairo a tratarme pues los médicos árabes no encontraban remedio alguno para mi mal. Y además me merecen poca confianza. Siempre he creído que los médicos francos son más hábiles, así que me acerqué hasta la colonia, donde alguien me dio el nombre de un religioso, y fui a verle. Iba vestido como nosotros pero su hábito era marrón, con un cordel anudado a la cintura.

– Un capuchino -dijo el señor De Maillet con impaciencia.-Probablemente. Hay bastantes por aquí. Era un anciano casi ciego. Cuando le pregunté si sus poderes también hacían efecto sobre los creyentes en Mahoma me dijo que sí. Y lo cierto es que me sanó.

– Bien, me alegra saber todo eso -dijo el cónsul al intérprete-. No obstante, tendría que comprender que su salud nos interesa muy poco. Pregúntele en qué nos afectan esos asuntos a nosotros.

– Regresé a Abisinia en la caravana de septiembre -continuó el mercader-. El Emperador me hizo llamar en cuanto llegué y, para mi grata sorpresa, quiso que habláramos a solas. Fue entonces cuando me desveló su enfermedad, que es muy parecida a la que ese franco me había curado a mí.

– ¡De modo que ha venido a buscar un médico! -dijo el señor De Maillet con el rostro encendido por la emoción.

Hadji Ah se inclinó respetuosamente en señal de asentimiento.

– ¿Podríamos saber si… lo ha encontrado? -preguntó el cónsul.

– Por desgracia -dijo Hadji Ali con el semblante tremendamente abatido- el viejo franco que me curó el año pasado ha muerto durante la estación seca. Tenía una edad muy avanzada, y probablemente el corazón…

– ¿Qué piensa hacer? -preguntó el cónsul.

– Esperar. Alá lo puede todo, si uno tiene confianza.

– Es una hermosa lección de piedad -dijo el señor De Maillet con cierta impaciencia-, pero ¿cómo se presenta el asunto… en la tierra?

– Otros religiosos francos de la misma orden que mi difunto curandero han prometido proporcionarme a alguien muy pronto. Para uno de estos días esperan la llegada de uno de los suyos, que tiene fama en cuestiones de medicina. Viene de Jerusalén, y a estas horas ya debe estar aproximándose a Alejandría. Es cuestión de unas diez lunas, como mucho.

– En buena hora -dijo el señor De Maillet.

– Yo también me alegro de que llegue ese hombre -añadió el comerciante-, porque he agotado los remedios que me recetó el anterior y debo procurarme otros nuevos.

– ¿Se puede saber qué enfermedad es ésa? -preguntó el cónsul al señor Macé con cautela. Éste se extendió en la traducción, que aderezó con numerosos circunloquios.

– Mi enfermedad no es un secreto, pero dado que es también la del Negus, me resulta imposible revelarla sin cometer un acto de traición. Sepa que no es mortal pero que causa muchos sinsabores y agria el carácter, una circunstancia siempre molesta para un soberano.A partir de ese momento la conversación tomó un sesgo cortés e insustancial, y hacia las seis el señor Macé despidió al mercader, tras acordar una nueva cita para el día siguiente.

El señor De Maillet había satisfecho con creces sus expectativas y gratificó a su secretario con un sinfín de felicitaciones, que éste recibió con una exagerada reverencia. De pronto, y en una sola jornada, habían conseguido rectificar el proyecto de la embajada sin desnaturalizarlo y sin arriesgar la vida del señor De Maillet. Por si eso fuera poco, habían descubierto el punto débil del Negus y el medio de introducir un mensajero en su corte. Y como colofón, ese mensajero iba a ser un religioso, una circunstancia que seguramente colmaría los deseos de Luis XIV. Tanto el uno como el otro se consideraron tremendamente hábiles y decidieron anunciar tan excelentes nuevas al jesuíta para consagrar definitivamente su triunfo.

– A propósito -dijo el señor De Maillet-, ¿de qué enfermedad cree usted que se trata?

– En mi opinión, Hadji Ali sufre una afección en la piel. Probablemente haya notado que no cesaba de rascarse en el costado derecho. Hace un rato, cuando adelantó el brazo para coger la taza de té, me pareció ver a lo largo del codo una especie de erupción pustulosa, como los líquenes que se ven sobre la corteza de los árboles en nuestros bosques.

– ¡Bah! -dijo el cónsul-. Da igual que sea la piel o cualquier otra parte del cuerpo.

Éstas fueron sus últimas palabras antes de subir a la habitación del padre Versau: El jesuita acogió cortésmente su relato mientras permanecía sentado, con los dedos entrelazados sobre el abdomen. Pero cuando el señor De Maillet llegó al asunto del médico franco, el hombrecillo vestido de negro se enfureció tanto que se quedaron asustados y atónitos, pues nunca habrían imaginado que alguien aparentemente tan enclenque pudiera expresarse con tanta virulencia. Todavía estaban intentando comprender qué error habían podido cometer para que desencadenara semejante furor en el jesuita cuando el señor De Maillet cayó en la cuenta de que todo había empezado al pronunciar la palabra «capuchino».


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Los capuchinos, que se distinguen por un hábito peculiar con una larga capucha puntiaguda, son monjes de una orden reformada de San Francisco. En los diez últimos años, en Egipto, los capuchinos habían mermado en número y habían perdido influencia a consecuencia de un grave desacuerdo respecto a la custodia de Tierra Santa, de la que dependían. El señor De Maillet sabía cómo estaban las cosas, y también sabía que los capuchinos habían tenido que recurrir a una treta para evitar su total desaparición en el país. Éste fue el motivo que los llevó a ir hasta Roma para pedir la intercesión del Papa, a quien persuadieron de que los millares de católicos que los jesuítas habían convertido cincuenta años atrás en Abisinia, habían salido con vida de las persecuciones que ordenó el Negus en el momento de expulsar a la Compañía. Los capuchinos sostenían que aquellas víctimas desdichadas de los fervientes discípulos de San Ignacio y, de la crueldad de los herejes de Etiopía tenía muchas dificultades para sobrevivir, dispersos como estaban en una región inhóspita situada en alguna parte al sur de Egipto, entre el país de Senaar y la frontera de Abisinia. Mediante esta estratagema, los capuchinos se proclamaron protectores de estos católicos perdidos que nadie había visto nunca pero cuya existencia se empeñaban en asegurar, y le pidieron al Papa que les confiara oficialmente la misión de velar por ellos. Inocencio XII, que trataba con benevolencia a esta orden de religiosos humildes y generalmente poco instruidos, no pasaba por alto el hecho de que muchos fueran italianos. Así pues les concedió el favor que pedían. Hacía dos años que los capuchinos, confortados por el apoyo pontificio, habían regresado a Egipto con la idea de emigrar al sur para abrir un hospicio en el Alto Egipto, y aunque un día estuvieron muy cerca de desaparecer del país, ahora su presencia tenía más fuerza que nunca.

El señor De Maillet también se hallaba al corriente de este asunto, pero no contaba con que los capuchinos pretendían llegar mucho más lejos. Su objetivo real no era únicamente socorrer a los católicos abisinios en el exilio sino convertir a Abisinia. El Papa alentaba esta pretensión, y por eso había creado un fondo permanente destinado a amparar a los misioneros capuchinos enviados a Abisinia. Este ambicioso anhelo los llevaba a desafiar directamente a los jesuítas, que nunca habían aceptado su fracaso y consideraban legítimo regresar un día a ese país.

Había tan pocos jesuítas en Egipto, eran tan pacíficos y al parecer vivían en tan buena armonía con todos que el cónsul ignoraba la rivalidad cerril que, en niveles jerárquicos superiores, les enfrentaba con las demás órdenes. El hecho de que el padre Versau perdiera los estribos al oír la palabra «capuchino» bastó para recordar al señor De Maillet su craso error.

– Es imposible que un mensaje del Rey de Francia sea transmitido por los italianos -explicó el jesuita con vehemencia-. Además, esta misión incumbe única y exclusivamente a nuestra orden. El Rey ha dado instrucciones formales sobre ello. Y dado que me veo en la obligación de confiarles ciertos acontecimientos que hubiera preferido callar para no comprometer mi modestia, les diré que antes de presentarme ante usted, a mi paso por Roma, me entrevisté con Su Santidad el Papa en persona.

A los ojos del señor De Maillet, el prestigio del jesuita creció sensiblemente, cosa que en un principio parecía imposible. Por si no fuera bastante con haber recibido órdenes de boca del confesor del Rey, el hombre que el cónsul tenía delante había estado con el Sumo Pontífice y le había hablado. En aquel instante, su admiración creció en proporción a la vergüenza que sentía por haber cometido aquel error y se dispuso a escuchar el resto de su discurso con obediencia y sumisión absolutas.

– El Papa, a quien he expuesto las intenciones del Rey de Francia, comulga completamente con estos deseos y bendice cualquier cometido que emprenda la Compañía para erradicar de Abisinia la herejía en que por desgracia se halla inmersa.

La noche cae deprisa en el trópico y muy pronto la estancia quedó sumida en una penumbra azulada, donde las palabras del jesuita resonaban aún con mavor solemnidad.-Para que la culminación de una empresa tan gloriosa como la reconquista espiritual de ese inmenso pueblo se convierta en una obra de fe verdadera -prosiguió con devoción-, ésta debe de provenir de un poder universal e incuestionable que esté muy por encima de toda ambición terrestre. Sólo el Rey de Francia, el soberano católico más excelso, posee tal poder y puede llevar adelante, desinteresadamente, un proyecto de semejante envergadura. Todo emana de este gran designio: el Papa reconoce como sagrada esta misión, y nuestra orden la ejecuta humildemente.

Hizo una pausa y luego añadió con ligera irritación:

– En cambio, una empresa conducida desde abajo, por curas casi siempre ignorantes y procedentes de una nación sin influencia, correría el riesgo de estar patrocinada por intereses excesivamente humanos…

El clérigo terminó la frase con un suspiro, y el señor De Maillet agobiado, se quedó en silencio.

– El asunto que se trae entre manos está muy bien pensado -continuó el jesuíta con voz firme aunque amable-. La idea de que un médico sea el portador de nuestra embajada y que éste haga el camino con el mercader es excelente. Lo único que hace falta es que el galeno sea francés y que vaya acompañado por un religioso de nuestra orden.

Los sirvientes entraron con candelabros, rompiendo la magia de la conversación, y ya no se habló más.

La cena transcurrió en un ambiente distendido. El jesuíta contó mil anécdotas de sus viajes, y las damas se interesaron por Versalles y Roma. Estuvo brillante, sobre todo cuando se dirigía a la señorita De Maillet. Ante tan solícita actitud, su padre no pudo por menos que reconocer la natural propensión de los curas de esa ilustre compañía a guiar las almas jóvenes.

El padre Versau manifestó su deseo de hablar con los dos jesuitas que tenían que llegar a El Cairo al día siguiente, y el señor Macé se comprometió a avisarlos personalmente. Todos se retiraron muy pronto, pero el cónsul aún se quedó un rato en su gabinete, meditando sobre una aterradora evidencia a la que le costaba dar crédito: los jesuitas no sólo eran tan temerarios como para enviar una embajada a Abisinia sino que además pretendían acudir en persona a un país donde los aborrecían. No obstante, la mayor preocupación del señor De Maillet en aquellos momentos era eecontrar como fuera un médico franco en una colonia que no tenía ninguno.A las siete de la mañana, el aire fresco de la noche desaparecía a retazos en un baño de luz tibia. Los pájaros que anidaban en los inmensos árboles del barrio franco piaban desde las zonas en sombra. El polvo aún estaba adherido al suelo, pero al paso de los primeros viandantes se quedaba flotando en el aire y ya no volvía a caer.

El maestro Juremi caminaba por el paseo de arena, pasando de la protección de los plátanos a la luz blanquecina de las zonas soleadas. Estaba tan contento como un delfín que atraviesa a saltos el aire caliente y el agua fresca. Llevaba un diminuto hatillo de tela al hombro e iba silbando. Tal como había imaginado, los esbirros del consulado habían pasado la noche anterior por su domicilio para entregarle una citación.

El maestro Juremi había acabado por rendirse a los sabios consejos de Jean-Baptiste. Había preparado una bolsa con unos cuantos enseres de aseo, una camisa limpia, una Biblia pequeña, y ahora se dirigía hacia el calabozo tan alegre como quien se pone en camino para pasar una tarde de pesca.

Un criado le recibió muy cortésmente a la puerta del consulado y lo condujo hasta el primer piso. Atravesaron una portezuela situada en el vestíbulo superior, y luego entraron en una pequeña estancia en la que había un agradable ambiente de frescor, procedente sin duda de la gran morera que se hallaba frente a la ventana abierta. En medio de la sala había una gran mesa dispuesta para el desayuno. La luz rebotaba sobre el mantel blanco bordado con el escudo de armas de los Maillet, acariciaba los vasos de cristal e iluminaba una jarra con zumo de naranja, dos tazas de porcelana y pan fresco. El lacayo acercó una silla al maestro Juremi y lo invitó a sentarse, pero el droguista se negó, pensando que todo aquello debía de ser un malentendido que no tardaría mucho en esclarecerse. Al maestro Juremi le entraron ganas de decirle al lacayo que se trataba de un error, que sólo había venido para ir al calabozo. Pero el criado desapareció y lo dejó allí plantado, con su hatillo, sopesando los sinsabores que esta equivocación iba a costarle dentro de poco.

Al cabo de unos minutos entró el cónsul con un aspecto espantoso. Tenía los ojos enrojecidos y era evidente que había abusado de afeites. El maestro Juremi se asombró ante su inopinada amabilidad.

– ¡Maestro Juremi! ¡Cuánto me alegro de verle! Pero ¿cómo es que no le han ofrecido sentarse? Tome asiento, por favor.

Tras un nuevo estremecimiento de desconfianza, dejó caer su enorme cuerpo en aquella silla enana. El cónsul mandó servir té y le agasajó con mil atenciones, ofreciéndole leche y azúcar, e incluso vertió el zumo de naranja en los dos vasos. El maestro Juremi empezaba a arrepentirse de haber descartado la idea del florete, porque de un golpe bien dado habría terminado con tanta comedia.

– Ha hecho usted un buen trabajo… -dijo el señor De Maillet, que no pudo evitar añadir, arqueando una ceja-: en mi ausencia.

El maestro Juremi no supo qué responder. Para conservar el aplomo, se metió en la boca un cuerno de un cruasán, y con esta mordaza esperó la continuación. Si en circunstancias normales era un hombre poco elocuente, no cabía esperar que en tales circunstancias se mostrara muy locuaz.

– Su trabajo tiene sin duda mucho mérito -prosiguió el cónsul-. Mezcla plantas para conseguir pastas, barnices, esmaltes, ¿no es eso?

El maestro Juremi movió la cabeza de un lado a otro, se encogió de hombros y siguió masticando.

El cónsul se llevaba algo entre manos, de eso no cabía duda. Pero ¿qué? El diplomático se bebió una gran taza de café de un trago, y el droguista barruntó que el asunto no iba a hacerse esperar mucho.

– Esas mezclas pueden servir para todo, ¿no es así? He oído decir que incluso hace remedios…

«Ya estamos», se dijo el maestro Juremi.

Y empezó a respirar más deprisa, como un antílope que advierte la presencia del peligro detrás de los matorrales.

– No tiene nada que temer -dijo el cónsul mientras sacaba un pañuelito, que amarilleaba debido a los incalculables lavados, para limpiarse la boca-. En el pasado, mis antecesores se mostraron muy estrictos con algunos colegas suyos, que ejercían la farmacia o la medicina sin los diplomas pertinentes. Incluso yo manifesté en su día cierta prudencia al respecto, aunque sin duda comprensible. Hay tantos charlatanes por estas tierras… ¿Qué piensa usted?

El maestro Juremi alzó las cejas un par de veces, y el señor De Maillet interpretó este gesto como una señal de aprobación.

– Pero a partir de ahora -prosiguió el cónsul- tengo una opinión formada y bien formada. Lo he visto trabajar, sobre un cuadro, claro está, pero algo es algo. Y las referencias sobre usted son excelentes. Si me dice que prepara remedios, créame, esté seguro de que le brindaré todo mi apoyo. Soy un hombre de palabra, ¿sabe usted?

– Sí, Excelencia -consiguió articular el maestro Juremi.

– Bien, pues en tal caso hábleme sin rodeos. ¿Entiende usted…, cómo se dice…, de farmacopea?

– Me parece que sí -contestó el droguista.

– ¡Cómo que le parece! ¡Pero qué modestia la suya! He oído decir que usted hace mucho más de lo que aparenta, que toda la colonia va a verle, y que incluso el pacha en persona le pide consulta.

El maestro Juremi bajó los ojos.

– ¡No lo lamente! -insistió el señor De Maillet-. Está bien. Está muy bien. Nunca hubiera imaginado que tuviera tales aptitudes. Es usted muy modesto, maestro Juremi. Mi esposa me confesó, la noche que estuve ligeramente indispuesto, que ella, ella misma, mi propia mujer, le mandó llamar hace seis meses sin que yo lo supiera, y que usted la había curado.

Al ver el pavor reflejado en la cara de su huésped, el cónsul adoptó un tono aún más amable.

– Se lo digo de verdad, no tiene nada que temer. No sé cómo ganarme su confianza. Le felicito sinceramente. Es más, le animo a que prosiga con su trabajo.

El señor De Maillet se levantó, dio un paso hacia la ventana, se volvió y dijo al droguista, mirándole a los ojos:

– ¿Sabría usted, por ejemplo, curar enfermedades de la piel? Me refiero a esa suerte de lepra que padecen a menudo los negros de por aquí.

– Bueno, Excelencia -consiguió farfullar el maestro Juremi-, somos dos.

– ¿Qué quiere decir?

– Que tengo un socio.

– Me parece muy bien, aunque eso ya lo sabía. No obstante, responda a mi pregunta.

– Lo que trato de decirle es que él se ocupa fundamentalmente de la medicina. Mi socio prescribe y yo preparo. En el caso de la señora, su esposa, por ejemplo, le comenté los síntomas a él para saber qué debía poner, luego mezclé el ungüento y se lo entregué. Ese es únicamente mi papel.

El cónsul volvió a la mesa y se sentó.

– Ya veo -dijo-. Así pues, sería más conveniente que me dirigiera a su socio.

– Eso es lo que intentaba decirle Excelencia.

A partir de ese mismo instante, el señor De Maillet se mostró mucho menos caluroso.

– Y ¿cómo se llama?-Poncet, Excelencia. Jean-Baptiste Poncet.

– ¿ Y dónde se le puede encontrar?

– Compartimos la misma casa. Duerme en el primer piso y yo en la planta baja.

– ¿Y su laboratorio?

– Oh, Excelencia, creo que en nuestra casa no se puede distinguir realmente entre el espacio que sirve para vivir y el que sirve para nuestro trabajo. Me resultaría bastante difícil describírselo.

El cónsul se quedó pensativo.

– ¿Cree usted -dijo por fin- que su amigo estaría dispuesto a hacer un largo viaje?

– Tendría que preguntárselo, Excelencia. Es un muchacho, cómo diría yo, muy peculiar. Si no estuviera asociado con él, aseguraría que es… genial.

– ¡Genial! ¡Ahí es nada!

«Realmente estos aventureros son increíbles», pensó el señor De Maillet.

– ¿Me lo podría presentar?

– Claro, como usted mande. Somos subditos del Rey, y usted es su representante.

Incluso viniendo de un hombre sin abolengo, una profesión de fe como aquélla satisfacía siempre al señor De Maillet, que no sabía negar su gratitud a quien fuera capaz de manifestarle una lealtad tan sincera. «Ése es el secreto -pensó-. La armonía del régimen monárquico propiamente dicho radica en una autoridad justa que gobierne sobre subditos agradecidos.»

El maestro Juremi sonrió para sus adentros. Era muy consciente de que no conocía término medio entre la rebeldía impulsiva y violenta y la obsequiosidad sumisa. Ésta era su máscara de protestante. Sin duda, el señor De Maillet se habría sorprendido sobremanera si le hubiera dicho que tenía ante él a uno de los emigrantes enardecidos de los que Guillermo de Orange se había valido para cavar casi con las manos desnudas la línea de defensa de los Stuart en la costa de Irlanda. La herida de su abdomen era una prueba contundente de aquello, y el maestro Juremi tenía que hacer auténticos esfuerzos para no subirse la camisa y plantarle al cónsul ante las narices sus cicatrices de sable.

– En ese caso -prosiguió el señor De Maillet-, dígale a su socio que le espero aquí a las once.

– Como desee, Excelencia. Sin embargo…El maestro Juremi tenía ciertos escrúpulos, ya que el cónsul no parecía malintencionado. De entrada, no creía arriesgado confesarle la profesión de su socio. Pero teniendo en cuenta las palabras que había pronunciado la noche anterior, se podía esperar cualquier cosa de un hombre con su carácter: «Si me convocara a mí, no iría.»

– Sin embargo, que… -se impacientó el señor De Maillet.

– Sin embargo, como conozco bien a mi amigo Poncet, permítame hacerle otra propuesta.

– Usted dirá…

– Estoy seguro de que si su Excelencia se tomara la molestia de acudir hasta su casa, es decir, a nuestra casa, mi socio le estaría infinitamente agradecido y no podría negarle nada.

– ¡Acudir a su casa…! ¿Acaso ese señor concede audiencias?

El protestante guardó un prudente silencio.

Era extraño, absurdo, incluso indignante, pensaba el cónsul. Pero, en fin, ya que había prisa, ya que en cierto modo aquel truhán estaba en una posición de fuerza y por unas circunstancias muy concretas, era preferible dejar el desprecio para más adelante.

– ¿Estará él allí dentro de una hora? -preguntó el señor De Maillet, apretando los puños.


6

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La carroza esperaba en el patio del consulado pavimentado con rodajas de madera. Aquel carruaje espectacular se había construido en Montereau, y había llegado a su punto de destino desde Francia en dos navios (las ruedas en uno, y la caja y el timón en el otro). Una vez agotada la hora que se había dado para deliberar, el señor De Maillet decidió ir a casa del médico con la carroza, quizá porque se había dado cuenta de que los turcos lo respetaban más desde que había empezado a utilizarla para sus desplazamientos oficiales por la ciudad. El médico vivía muy cerca y habría sido fácil, e incluso normal, acudir a pie. La visita habría resultado más discreta, aunque también era posible que hubiese despertado más sospechas. Pero no, la mejor manera de no llamar demasiado la atención era ir en la carroza, parar delante del hotel de un prestigioso mercader, a quien el cónsul había honrado con su visita algunas veces, y dar un rodeo por el otro lado de la calle, es decir, por la casa de los boticarios, haciendo ver que se detenía por mera curiosidad. El señor De Maillet pidió su opinión al señor Macé, que estuvo de acuerdo, y los dos se pusieron en marcha hacia las diez de la mañana.

Para que todo pareciera aún más espontáneo, el cónsul ordenó al cochero que saliera de la colonia y diera un paseo por la ciudad antes de detenerse «delante el hotel del señor B».

– Y bien, Macé -dijo el cónsul ligeramente irritado-, ¿qué ha descubierto usted en nuestros ficheros sobre el gran personaje que vamos a visitar?

– Poca cosa, Excelencia. Este tipo no habla mucho de sí mismo. A decir verdad, ni siquiera sabemos si Poncet es su verdadero nombre.Llegó aquí hace tres años. Sabemos que primero residió seis meses en Alejandría, donde llegó huyendo de Venecia, y que ha alardeado en varias ocasiones de haber ejercido su arte en Marsella, en Beaucaire y en Italia. También tenemos buenas razones para creer que sus papeles son falsos. Su partida de nacimiento está sellada en Grenoble, precisamente en la ciudad en que el año pasado detuvieron a aquel fraile renegado que tan buena maña se daba como falsificador. No obstante, Vuestra Excelencia, al corriente en su momento de estos hechos, fue benevolente y tuvo a bien brindar su protección al señor Poncet, a pesar de las dudas que tenemos a propósito del lugar, la fecha y las circunstancias de su nacimiento.

– ¡Qué nos importa su nacimiento! -farfulló el cónsul.

El señor De Maillet estaba convencido de que sólo un gentilhombre nacía en alguna parte, en un lugar que llevaba su nombre y donde la tierra y los hombres le pertenecían. Los otros nacían donde podían; lo de menos era el sitio, que sólo tenía un mero valor anecdótico.

– ¿Hay algo que explique por qué ha deambulado tanto? -prosiguió-. Ese Poncet no será un protestante como su socio…

– Al parecer las denuncias le han obligado a poner los pies en polvorosa. Ejerce la medicina y la farmacia sin diploma alguno. Pero en cuanto a su religión, estamos seguros de que es un católico romano bautizado.

– Sin embargo, no le he visto nunca en la capilla.

Ése era el nombre que se daba a la minúscula iglesia lindante con el consulado, en la que los domingos se congregaban los feligreses de la colonia.

– Desgraciadamente, más de una cuarta parte de los miembros de nuestra nación hacen lo mismo.

– Lo sé, y un día u otro habrá que poner orden en ese asunto.

– El cura afirma que lo vio alguna vez en horas en que no se celebraban oficios, al poco de llegar a la colonia, y que en una ocasión incluso llevó flores a la iglesia.

– ¿Se ha confesado?

– Nunca.

El cónsul se encogió de hombros y miró por la portezuela con impaciencia.

El señor Macé empezó a hojear los papeles amarillentos que tenía sobre las rodillas mientras el aire tibio de la ciudad árabe, con su olor a guindillas secas y a café, se colaba por las ventanillas abiertas de la carroza. Había tanta gente pululando en aquellas callejuelas estrechas que los viandantes prácticamente tocaban el carruaje. Los niños soltaban chirigotas en su lengua y salían disparados. Las mujeres, en cambio, siempre juntas y envueltas en ropas de algodón, lanzaban miradas indiscretas hacia el interior de la carroza.

– Pocas condenas -continuó el secretario-. Escándalo nocturno; él y su socio habían bebido para festejar no sé qué, y alguien les denunció por duelo, aunque en realidad sólo se batieron para divertirse. Poncet tiene buenas relaciones con los turcos, asiste al pacha, a varios beyes, al kayia de los azabs y al de los jenízaros, así como a numerosos mercaderes…

Ése era precisamente el aspecto más delicado del asunto a los ojos del cónsul. Los favores que las autoridades turcas dispensaban al boticario le daban a éste una gran independencia. El cónsul sabía por experiencia que siempre era peligroso buscar las cosquillas a los hombres capaces de incitar el mal humor de los indígenas hasta el punto de provocar serios incidentes diplomáticos. Ese Poncet debía de saberlo muy bien, y temía que pudiera ser demasiado insolente.

– No puedo ser muy explícito en mis felicitaciones, a la vista de un expediente tan insustancial -dijo el cónsul con arrogancia, precisamente él, que manifestaba tan poco interés por los asuntos de su nación.

Al término de su periplo, el carruaje se detuvo ante la casa que el cónsul indicó.

El rico mercader, que además era el propietario, salió a su encuentro con exclamaciones de sorpresa y alegría. No obstante, el diplomático tuvo la descortesía de explicar a aquel patán que también él se alegraba mucho de verlo, pero que a decir verdad había un asunto insignificante que atraía su curiosidad, y que le esperaba enfrente. Dicho esto, empujó al señor Macé y atravesó dignamente la calle.

La casa que compartían Poncet y el maestro Juremi era mucho menos distinguida que la que estaba enfrente. De hecho se trataba de una hilera de construcciones de un piso, adosadas unas a otras. La fachada que daba a la calle hubiera podido presentar un muro liso como la de delante, pero lo cierto es que quedaba oculta por un auténtico entramado de madera. Aquellos andamiajes formaban una suerte de galerías con arcadas por donde se podía caminar a la sombra, y un balcón en la parte superior que hacía de parasol y conservaba frescas las habitaciones. La morada de los droguistas sólo era un cubículo más de aqueledificio sin gracia, idéntico por fuera a sus vecinos. En medio de una gran promiscuidad y sin apenas higiene, el barrio alojaba a los desposeídos de la colonia: los recién llegados, los comerciantes fracasados, las viudas, así como los hijos naturales mestizos que a veces el cónsul tenía la bondad de aceptar en la nación.

La puerta de los droguistas estaba abierta. Para no ser vistos allí en la calle demasiado tiempo, los diplomáticos entraron sin esperar a nadie. El maestro Juremi acudió con premura y los condujo desde el estrecho vestíbulo por donde habían entrado hasta una estancia amplia y sombría que ocupaba toda la planta baja de la casa. En aquel lugar reinaba un desorden tan indescriptible que el ojo humano tenía dificultad en captar todo aquello. A primera vista se distinguían los morteros de cobre que brillaban con reflejos dorados. Unos alambiques dispuestos sobre ascuas ardientes emanaban humaredas que intentaban elevarse inútilmente, reptando en línea horizontal por las paredes, debido a un lastre de sustancias misteriosas y demasiado pesadas que las impedían ascender. En un rincón, una sábana raída perfilaba las líneas de un jergón. Del techo bajo y ennegrecido por el hollín colgaban cestas de mimbre, cien o doscientas tal vez, todas ellas repletas de plantas secas, frutos arrugados y mendrugos de pan arrebatados a las ratas.

– Excelencia, es un gran honor recibirle en nuestro laboratorio -dijo el maestro Juremi, cuya alta silueta casi rozaba las vigas.

– ¿Su socio está aquí?

– Arriba.

En la penumbra se vislumbraba una luz procedente del piso superior, y por la abertura una escalera de molinero. El cónsul empezó a subir, seguido del señor Macé.

La estancia a la que ascendieron tenía tanta claridad como sombras la de abajo. Estaba iluminada por cuatro grandes ventanales que daban al balcón por un lado, y a una terraza por el otro. El techo había sido retirado, si es que alguna vez había existido, y se podía ver el esqueleto del tejado con su viga maestra, los cabrios y el fondo ligeramente grisáceo de las tejas arqueadas.

Todo el espacio estaba repleto de plantas. En unas espaciosas cubas de madera crecían auténticos árboles gracias a la luz y al calor húmedo. Un euforbio gigante rozaba casi el remate del tejado; un bello ficus, árboles de tronco velloso y otros cubiertos de espinas entreveraban su ramaje. Las zonas que no estaban ocupadas por los especímenes más grandes se hallaban invadidas por muchas plantas pequeñas,de tal manera que el suelo quedaba prácticamente tapizado de tiestos. Sólo se podía pasar por unos senderos estrechos que daban acceso a la puerta de la terraza, a la del balcón de la fachada, a la mesa sobre la que se apilaban libros y a un armarito situado en el único rincón en sombra. A una altura intermedia, decenas de plantas de todas clases, suculentas, umbelíferas, líquenes y orquídeas, prosperaban apaciblemente colgadas de la pared en jardineras de cobre o estaño, o bien suspendidas en el extremo de las cuerdas atadas a la viga maestra.

El cónsul y su secretario estaban desconcertados. En el inconcebible desbarajuste de aquel invernadero se oía aletear y piar algunos pajarillos. El maestro Juremi se había quedado abajo, y los visitantes no podían distinguir ninguna otra criatura humana en aquel paraíso terrestre.

– Pasen, pasen, señores -dijo sin embargo una voz procedente de las alturas.

Los dos diplomáticos avanzaron a pasos cortos, haciendo chirriar los tablones de madera del suelo, muy húmedo todavía a causa del agua del riego. A la altura de un hombre, hacia el fondo de la estancia, una hamaca vacía se balanceaba entre dos ganchos.

– Termino con este esqueje delicado y estoy con ustedes -dijo la voz-. Tomen asiento mientras tanto. Hay dos taburetes junto a la mesa.

El señor Macé, que tenía buena vista, le hizo una señal al cónsul para indicarle una escalera que estaba apoyada en el árbol más alto. En los últimos peldaños se veían dos piernas calzadas con botas de cuero flexible.

– ¡Está bien, está bien! -dijo el cónsul con una voz fuerte que no dejaba adivinar fácilmente su estado de humor-. ¡Tómese su tiempo!

El cónsul hizo una señal al señor Macé. Luego sortearon los tiestos a grandes zancadas, se engancharon las medias con una planta espinosa e inoportuna, alcanzaron la mesa y por fin tomaron asiento, como se les había pedido que hicieran.

– Estos esquejes sólo se pueden injertar en una época muy determinada -volvió a decir la voz desde lo alto de la escalera-. Los híbridos son las plantas de mayor interés en nuestro trabajo. La planta salvaje sólo es una materia prima. ¡Ay, este alambre se me acaba de romper otra vez! Perdónenme.

– No se preocupe -dijo el señor Macé, que temía que al cónsul se le acabaran los recursos para disimular su irritación.

– Como les iba diciendo, es una materia prima. Hay que cruzar las plantas, tomar una para que sirva de soporte a la otra. En resumidas cuentas, para nosotros, la naturaleza sólo es el principio base. Tenemos los ingredientes, pero hay que explorar el mundo de las combinaciones.

En la mesa había un montón de libros diversos que el cónsul hojeó con impaciencia: un tratado de botánica, las odas de Horacio y algunos en cuarto en lengua árabe.

Dos floretes pendían de una vigorosa rama, y en el suelo se amontonaban petos de cuero, caretas, guantes, todo el equipo necesario para la esgrima.

– Puede empezar a exponerme el asunto -prosiguió la voz-. Soy Jean-Baptiste Poncet y me parece que quiere decirme algo.

– Señor -dijo el cónsul, levantándose- el asunto del que tengo que hablarle es muy urgente, en efecto. En cualquier otra circunstancia, sepa que no me habría desplazado hasta aquí. Para ser sincero, me gustaría hablar cara a cara, aunque tal vez sea suficiente con que podamos oírnos.

– Realmente -dijo Jean-Baptiste con franqueza y en un tono afectuoso- le agradezco que me permita terminar esta tarea, pues de lo contrario el trabajo que me he tomado hasta ahora no serviría de nada…

– Señor Poncet -le interrumpió el cónsul, que seguía de pie y con la cabeza erguida hacia la techumbre-, ¿es verdad que ejerce usted la medicina?

– ¡Ah, Excelencia! Siempre pensé que llegaría este momento. Así que no vamos a fingir por más tiempo. Figúrese que incluso he lamentado no poder hablar antes con usted. Sepa que no resulta agradable tener que esconderse para ejercer un arte que en el fondo sólo hace el bien. Pero sabía que era usted muy reacio. No obstante, ya que está aquí, enseguida le enseñaré algunos especímenes…

– Oiga, Poncet, mi pregunta es muy simple. No se la formulo con segundas intenciones, ni tampoco voy a imponerle ninguna sanción, todo lo contrario. Se la voy a hacer de nuevo, y espero que me responda con claridad: ¿ejerce usted la medicina?

– Sí.

– En ese caso, ¿sería usted capaz de curar, digamos, por ejemplo, esas enfermedades de la piel que padecen los indígenas, esa suerte de lepra, de liquen?

– Nada más fácil. Aunque no hay ninguna receta milagrosa y cada caso exige un tratamiento particular.

– Eso es lo que quería saber -le interrumpió el cónsul-, no entremos en detalles. Ahora pasemos a otra cosa. He venido a proponerle solemnemente una misión de extraordinaria importancia.

– Este alambre, este alambre. ¡Juremi! -gritó el hombre desde la escalera.

– ¿Me oye? -preguntó el cónsul.

– Sí, sí, continúe.

– ¿Aceptaría usted ser el mensajero del Rey de Francia?

– ¿Qué ocurre? -inquirió el maestro Juremi, saliendo de su madriguera.

– Es este alambre de cobre. ¿Quieres traerme otra bobina? El que tengo se rompe cada dos por tres.

– Señor Poncet -dijo el cónsul, que a duras penas podía controlarse-, le estoy hablando de cosas verdaderamente importantes. ¿No puede concederme dos minutos y bajar de ese árbol?

– Casi he terminado. Sólo tengo que hacer unos cuantos nudos más. Si lo dejo ahora, no servirá de nada. Pero no se preocupe. Oigo todo lo que dice. Una misión para el Rey…

– Una misión que lo convertiría en uno de los artífices más gloriosos de la Cristiandad, y hasta del mismo Papa.

– Ya se lo he dicho -respondió Poncet con un tono que no sugería el menor entusiasmo-, haré todo lo que sea para complacerlo, señor cónsul, aunque los asuntos oficiales no me atraen demasiado.

– Veamos el asunto de otra manera: se trata de curar a un soberano.

– ¿A Luis XIV?

– No, no. -Se rió con sarcasmo el cónsul, que estaba a punto de perder la paciencia con tantas necedades-. El Rey de Francia lo enviaría a la corte de otro soberano, ¿comprende usted? ¿No es una circunstancia gloriosa tratar el cuerpo de un gran rey?

– Para nosotros, los médicos, se trata de un cuerpo, no de un rey.

El señor Macé miraba al cónsul y se daba cuenta de que tanto él como su superior estaban al límite del desaliento, y que todo aquello podía terminar en invectivas o en lágrimas en cualquier momento.

– Bueno, ya se lo he dicho, señor cónsul, estoy impresionado por su presencia aquí. Se trate o no de un rey, si usted me pide que cure a alguien, lo haré. Sólo espero que no sea demasiado lejos. Tengo mucho trabajo y me resultaría casi imposible ausentarme mucho tiempo.-En ese caso -exclamó el cónsul dejándose caer de nuevo en la silla-, me temo que todo esto va a ser inútil.

– ¿Por qué…?

– Este asunto del que le estoy hablando -dijo el cónsul con ironía- exige un largo desplazamiento. Estimo que necesitaría más de seis meses para acudir junto a su paciente.

– ¡Seis meses! Pero ¿de qué diantres se trata?

– De ir a curar al Negus de Abisinia en su residencia -respondió el cónsul.

Tras un largo silencio, los visitantes vieron temblar la escalera, y después unos pies que descendían los peldaños.

Un instante después, Jean-Baptiste estaba abajo. Se sacudió unas hojitas que se le habían prendido en la camisa y el cabello y se dirigió lentamente hacia los diplomáticos.

Era mucho más joven de lo que el señor De Maillet se había imaginado, probablemente porque la gente siempre prefiere que los médicos sean ancianos venerables.

Una vez hecha esta observación, al cónsul le faltó tiempo para examinar con detenimiento el físico del individuo que tenía delante. Se fijó particularmente en sus maneras y éstas le desagradaron. No se esforzaba en absoluto por hacer el menor gesto que demostrara un mínimo de cortesía, ni un indicio de respeto, y menos aún de sumisión. Era la naturalidad en persona, no había ningún ademán estudiado en su semblante. Enfrente de él, los dos visitantes con el rostro empolvado, sudando, tocados con peluca, se afanaban en presentar un aire autoritario, mientras que su interlocutor posaba sobre ellos, como sobre cualquier otro ser de este mundo, una mirada intensa, llena de curiosidad, de candor y de simpatía, que les pareció el colmo de la insolencia. Frente a tal personaje, el señor De Maillet decidió ser más cauteloso que al principio, y el señor Macé experimentó un odio inmenso.

El cónsul y su secretario aborrecían la libertad, cada uno a su manera; el primero la despreciaba porque no podía someterla, y el otro porque lamentaba no haber tenido la osadía de abandonarse a su influjo. Y muy a pesar de ellos, Jean-Baptiste era la viva imagen de la libertad. Tras un instante de silencio, éste dio un paso más y dijo con una sonrisa:

– ¡El Negus de Abisinia! Creo que tenemos que conversar sobre ello, señores.


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La señora De Maillet esperaba a su marido en el rellano de la escalinata, mientras agitaba con aire inquieto un gran abanico de papel de China con rosas pintadas. La carroza regresó a las once, y en el preciso momento en que el cónsul descendía con su secretario, la señora De Maillet se abalanzó sobre su esposo.

– Querido -dijo-, te lo suplico. Tómate un poco de descanso, no paras un momento. Este clima te puede dar un disgusto. Tu corazón…

– No te preocupes por mí -replicó el cónsul-, preocúpate más bien por los asuntos de Estado que son difíciles de tratar. Dime dónde está ahora el padre Versau.

– Lleva más de una hora reunido en conciliábulo en sus aposentos con los dos padres jesuítas que han venido a visitarlo esta mañana.

El cónsul se dirigió hacia el primer piso y, con un ademán, le indicó al señor Macé que le acompañara.

La amplia sala donde se alojaba el jesuíta poseía, en la parte trasera, un minúsculo gabinete de trabajo con el techo bajo y las paredes revestidas de madera que el cura había convertido en su estancia favorita. El señor De Maillet llamó a la puerta y, tras ser autorizado, entró seguido del señor Macé y ambos se sentaron a la mesa, alrededor de la que se perfilaban las siluetas oscuras de los tres curas.

– Permítame que les presente al padre Gaboriau, que usted ya conocía, y al padre De Brévedent, que según creo no ha visto nunca -dijo el padre Versau.

Los diplomáticos saludaron a los dos clérigos. El padre Gaboriau, que llevaba más de quince años en la colonia, daba clase a los niños dela nación franca; era un hombre entrado en carnes, con la cara y las manos cuadradas y rojizas. Varias generaciones de pequeños alumnos habían intentando entender, fascinados, cómo la línea caótica de sus dientes superiores, rotos y orientados hacia las más diversas direcciones, podía ocluirse sobre una mandíbula inferior no menos accidentada. Sin embargo, cada vez que el cura dejaba de hablar acontecía de nuevo el milagro y su boca de saurio volvía a cerrarse como si tal cosa. La única consecuencia de esta anomalía dental era, al parecer, la clara predilección que el cura manifestaba por los líquidos. El cónsul, que monopolizaba casi por completo el comercio del vino, tenía la generosidad de suministrar a las congregaciones el preciado líquido a precio de coste. Había comprobado que la diferencia no suponía una pérdida demasiado cuantiosa, siempre que aquellos benditos hombres no abusaran. Valga decir que el padre Gabonau era el único que se excedía hasta el abuso. Por tal motivo, aunque la piedad del señor De Maillet no le permitía tratar al cura como a un borrachín, nada le impedía mirarlo casi como un ladrón.

El otro jesuíta era completamente distinto, alto, algo flaco y de piel cetrina; llevaba unas diminutas gafas de cobre que le resbalaban constantemente por la nariz roma. Como la protuberancia nasal destacaba tan poco del centro de su cara, la frente abombada, que se extendía hacia sus cabellos cortados al rape, y sobre todo la boca y el prominente mentón, parecían mucho más grandes de lo que en realidad eran. No obstante, este abultamiento parecía más de carne que de huesos, ya que sus grandes labios apenas se cerraban y la piel del cuello le empezaba a colgar. Al verlo así encorvado, con aquella frente, aquellos anteojos y aquellas manos huesudas acostumbradas a pasar páginas amarillentas, uno se percataba inmediatamente de que estaba delante de un hombre culto y estudioso.

– No, en efecto -dijo el cónsul, inclinándose-, no conocía al padre De Brévedent.

– Hace dos días que ha llegado, y ya sabe que los turcos nos ponen muchas dificultades. Oficialmente sólo puede haber un jesuíta en régimen permanente. Los otros son simples visitantes. Así pues, de cara a las autoridades, no se trata más que de un viajero ordinario.

De Brévedent esbozó una sonrisa tímida, mirando al cónsul con el rabillo del ojo y sin mover la cabeza.

– Entonces -continuó el padre Versau-, ¿ha encontrado ya a un posible mensajero?-Sí, padre -dijo el cónsul-, he dado con uno, y créame que no ha sido fácil. Francés, católico, médico, de complexión robusta, y aventurero por naturaleza.

– Sin duda debe ser un personaje muy poco común -dijo el jesuíta, solicitando con la mirada la aprobación de los presentes-. ¿Ha aceptado solemnemente?

– Bueno… Estará aquí después del almuerzo. Todavía no ha comunicado su decisión. Pero he pensado que es mejor no precipitarse y esperar a que usted mismo le exponga los detalles de la misión. Lo recibiremos todos juntos, si les parece. De esta manera su compromiso tendrá más peso.

Acto seguido, el señor De Maillet pasó a describir con todo lujo de detalles al sujeto en cuestión. Eligió cuidadosamente sus palabras para lograr un equilibrio entre los atributos del individuo y sus extravagancias. También consideró prudente alertar favorablemente al padre Versau respecto a la edad que aparentaba el visitante.

– Tiene un aire jovial, pero según las informaciones de la policía, no es tan joven como parece a primera vista. -El cónsul añadió riendo-: Debe de ser por el efecto de algún reconstituyente que ha elaborado con sus plantas y que se toma con carácter experimental.

– ¿Una panacea para conservar la juventud? -preguntó el padre Gaboriau, que había recurrido toda su vida a jugos vegetales con un éxito modesto.

– Supongo. ¿Qué otra cosa si no puede explicar que se conserve así?

Siguieron hablando un rato más sobre esa suerte de elixires hasta que apareció un sirviente enviado por la señora, para anunciarles que el almuerzo estaba servido.

La señorita De Maillet también estuvo presente en la comida. Para llamar la atención, el padre Versau evocó minuciosamente la misión de Etiopía que había encomendado el Rey. En cambio el cónsul consideró aquella confidencia inútil y peligrosa y se hizo la promesa de hablar aquella misma noche con su hija para aclararle que el tema debía tratarse con suma discreción. El almuerzo estuvo muy animado. El padre Versau comentó las informaciones que se tenían sobre los emperadores abisinios, según los testimonios de los jesuitas que habían convertido a uno de ellos a comienzos de siglo. Reconstruyó el relato de la injusta expulsión de aquellos misioneros y de las grandes persecuciones que siguieron. Las damas estaban indignadas. A continuación recordó lospeligros de la misión que pronto iba a emprender viaje y habló de la crueldad del clima y de los hombres. La comida concluyó con una especie de estupor voluptuoso. El cónsul tuvo que reconocer que en muy pocas ocasiones la casa había conocido tanta animación y alegría, pese a la seriedad del asunto. Sólo se juzgó con cierto rigor a los dos jesuitas que estaban de visita. Al primero, De Brévedent, porque estuvo taciturno durante toda la comida, y al otro, más colorado que nunca, porque se había adormilado al tercer vaso.

Mientras retiraban la mesa, el lacayo anunció al señor Poncet. Las damas se retiraron y los hombres acordaron recibirlo en la sala de audiencia del consulado, bajo el retrato del Rey, con el café.

Poncet no se había tomado la molestia de cambiarse de ropa, y por encima de la camisa lucía una levita azul oscuro, demasiado corta y sin abotonar. Ni sombrero, ni puños de encaje, ni bastón; llevaba el pelo suelto, y sus rizos negros se agitaban al mover la cabeza; sus manos finas, con las puntas de los dedos verdosas, se paseaban por el aire en cuanto hablaba con un poco de entusiasmo. Saludó cortésmente al cónsul y a los tres curas, mirándolos a los ojos uno por uno. El padre Versau, sentado en un sillón situado prácticamente debajo del retrato del Rey, habló con gran majestad.

– Señor Jean-Baptiste Poncet -empezó a decir solemnemente-, ¿se halla en condiciones de anunciarnos oficialmente que está de acuerdo en personarse en la corte del Rey de Abisinia con el fin de llevarle un mensaje de Su Majestad Luis XIV?

El rostro de Poncet se iluminó con una gran sonrisa.

– ¡Señores míos, parece que tienen prisa! -dijo riendo-. Tengan en cuenta que estoy de pie, que he trabajado toda la mañana y que he venido andando por unas calles prácticamente solitarias, porque nadie osaría aventurarse a salir con este calor. Por lo demás, aquí veo café y galletas…

– Tiene usted razón -exclamó el cónsul, un poco aturdido con tanta premura-. Tome asiento. ¿Qué podemos servirle? Macé, por favor, una taza de café con azúcar para el señor Poncet.

Al cabo de un momento, el joven estuvo surtido de todo. Se bebió el café lentamente, desvió la conversación por otros derroteros para comentar el retrato del Rey y su restauración, y habló de los árboles que había visto al entrar en el jardín del consulado. Cuando sus interlocutores se hubieron apaciguado por completo y la charla se tornó más espontánea, retomó el asunto.-Así que desean enviarme a curar al Rey de Reyes… La idea es buena, excelente incluso. Cuanto más lo pienso, mayor es mi convencimiento de que realmente sólo un médico podría introducirse en ese país sin que le dieran muerte al instante. Pero… ¿por qué piensan que el Emperador necesita mis servicios?

– Lo sabemos de muy buena fuente -contestó el cónsul-. Él mismo ha mandado a una persona en busca del auxilio de un médico. El mensajero encargado de esa misión está en la ciudad y es el hombre que viajará con usted.

– ¡Esperemos que el Rey no haya muerto antes de mi llegada! En fin, ya veremos.

– En cualquier caso, hay que intentarlo -añadió el cónsul.

– Al asunto de salud -intervino el padre Versau, que adoptó un tono más familiar-, hay que añadir el mensaje que deberá llevarle de nuestra parte.

– ¿De qué se trata exactamente? -preguntó Jean-Baptiste.

– Ahí vamos -dijo el padre Versau, complacido por fin de ir al grano-. En primer lugar deberá ganarse la confianza del Emperador abisinio mediante los cuidados que vaya a prodigarle. Y después, incluso antes, tendrá que anunciarle solemnemente que usted es un mensajero de Su Alteza Luis XIV. Le dará a conocer que el Rey de Francia muestra un gran interés por el reino cristiano de Abisinia. Por otra parte, contamos con que le describirá detalladamente la grandeza sin par, el inmenso poder y la santidad del soberano francés. Se trata simplemente de estimular al Negus para que comprenda que la mayoría de los príncipes de Occidente han aceptado rendir homenaje al Rey de Francia y que, como Rey de Etiopía, también debe tratar de ser iluminado por esa gran luz y volverse hacia ella.

– Confío en alcanzar tan hermosas aspiraciones -dijo Poncet-. Pero ¿qué efecto práctico espera sacar de todo esto?

– Queremos que el Negus envíe, a cambio, una embajada a Versalles -respondió el padre Versau-. Tendrá que ser una embajada fastuosa. Nuestra idea es que la presida un hombre de confianza del Emperador y que lo acompañen varios representantes de las familias nobles y de su entorno. Por último, y esto es muy importante, sería muy conveniente que algunos abisinios jóvenes fueran a estudiar a París, al colegio Luis el Grande. Así manifestarían el reconocimiento que el mundo entero expresa a nuestra gloriosa lengua, nuestra cultura y nuestras ciencias.-¿Me dará una carta a este propósito? -preguntó Poncet.

– Una carta oficial y provista, como debe ser, de todos los sellos oportunos -intervino el cónsul.

– Pero es preciso que la guarde con sumo cuidado -puntualizó el padre Versau-, pues sólo deberá entregar el mensaje al Negus en persona.

– Me parece que he entendido bien -dijo Jean-Baptiste-. Ahora, si ustedes tienen a bien considerar las cosas desde mi punto de vista, diremos que esta misión es secundaria.

– ¿Secundaria? -exclamó el cónsul sorprendido.

– Sí, secundaria, pues estará de acuerdo conmigo en que mi trabajo es más importante que la diplomacia. Voy allí para curar al Emperador. Y eso es lo que debemos discutir.

– ¿Qué tenemos que discutir? -preguntó el cónsul-. Usted sólo tiene que decirnos sí o no, y eso es todo.

– Perdón, Excelencia -dijo Jean-Baptiste-, pero a mí me parece que hay muchos detalles pendientes. Y el primero de todos, ¿a cuánto ascenderán mis honorarios?

– ¡Sus honorarios! -protestó el padre Versau-. Pero señor, se trata de cumplir una voluntad del Rey. El honor…

– Cada uno busca aquello que no tiene -le interrumpió Poncet, tosiendo-. Y lo que a mí me falta es dinero.

El cónsul miró con estupefacción al padre Versau.

– ¿Cómo quiere que cure a los pobres -continuó Jean-Baptiste, que no parecía inmutarse por el largo silencio- si los ricos no me pagan?

– Señor -dijo al fin el padre Versau-, el Emperador quiere un médico, y él le pagará los honorarios. Nosotros sólo nos haremos cargo de los gastos del viaje.

– Me parece razonable -dijo Poncet, mordisqueando una galleta con sabor a canela-. Ya me las arreglaré con el Emperador respecto a los honorarios. Pero puntualicemos un poco más la cuestión de los gastos.

Durante la ardua conversación que tuvo lugar, el médico le arrancó al cónsul la promesa -de la que quedaría constancia por escrito- de pagar su equipamiento para el viaje, así como una indemnización por el trabajo que no podría llevar a cabo como consecuencia de su larga ausencia. Consiguió que le pagaran por adelantado el instrumental de medicina que se llevaría, con el pretexto de que podría sufrir daños o extraviarse, y además exigió ropas de abrigo y armas. A esto se añadió los aparejos de montar para la expedición, así como una determinada cantidad de dinero para contentar a todos los reyezuelos de las tierras por las que tendría que pasar.

El cónsul dio su consentimiento a todo, aunque estaba horrorizado por semejante dispendio, y decidió escribir aquel mismo día a su pariente, el señor De Pontchartrain, para endosarle los gastos.

– Bien, acepto -dijo finalmente Jean-Baptiste-. Iré a Abisima cuando ustedes quieran.

Todos los presentes experimentaron una reacción de alivio.

– Sólo un detalle -dijo el padre Versau, que se afanaba en que todo quedara atado y bien atado. Y señalando con el dedo a su colega, añadió-: El padre De Brévedent será su acompañante.

– ¡Un jesuíta en Abisinia! -exclamó Poncet-. Pero si hace cincuenta años que los emperadores los declararon sus enemigos… Padre, es un riesgo que nadie querría asumir.

– No es usted quien lo asume -dijo el padre Versau con firmeza-. Se trata de las órdenes del Rey. Y como bien dice usted, aquello ocurrió hace cincuenta años. Puede que las cosas hayan cambiado. De todas formas, tranquilícese, no estamos hablando de que el padre De Brédevent viaje como jesuita. Aquí, nadie conoce a este padre, es un simple viajero, y allí sólo será, digamos, su criado.

Poncet cruzó una breve mirada con el padre De Brevedent, que parecía como que le hubieran dado un mazazo.

– Vale por lo de criado, si él está de acuerdo -dijo Poncet.

Luego, volviéndose hacia el jesuita, agregó:

– Lo llamaremos… ¿Joseph? ¿Qué dice usted, padre?

De Brevedent miró al suelo.

– Ya que estamos organizando la expedición -dijo Jean-Baptis-te-, tengo un socio que me resulta indispensable. Si pudiera acompañarnos…

– ¡Un hugonote! -exclamo con virulencia el cónsul.

Al oír estas palabras, el padre Versau se levantó de su asiento.

– Señor, me parece que hemos satisfecho todas sus exigencias. No vaya más lejos. No podemos implicar a un emigrante en un asunto relacionado tan estrechamente con el Rey y nuestra Iglesia. Me parece que es bastante fácil de comprender. Así que no se hable más.

Poncet, que ni siquiera había informado al maestro Juremi sobre esta cuestión, no consideró provechoso librar esta batalla, perdida de antemano, y las cosas quedaron así.Antes de que el cónsul acompañara a Poncet hasta el vestíbulo, los compromisos se reiteraron con toda solemnidad. A su regreso se hizo palpable que todos estaban visiblemente satisfechos. El diplomático se unió a aquel concierto de acciones de gracia. Macé, siempre tan realista, hizo la siguiente observación con aire sombrío:

– Ahora sólo hay que convencer a Hadji Ali de que renuncie a viajar con los capuchinos.


Desde lo alto de la escalinata del consulado, Jean-Baptiste respiró profundamente las fragancias de pino que transportaba el aire caliente desde el gran jardín de Esbequieh situado muy cerca de allí. Pero más allá del perfume del oasis, más allá del olor del desierto, le pareció distinguir, en esos vientos llegados de la altiplanicie que jalonaba el río, el aroma a especias e incienso del país de Pount, de aquella costa repleta de hierbas aromáticas que le enviaban a descubrir. Abisinia… Esa tierra que había poblado sus sueños en Venecia, cuando su amigo Barbarigo le contaba las aventuras de João Bermundez, compañero de Cristóbal de Gama, el hijo del gran Vasco, que había corrido en auxilio de los etíopes y salvado a su reino de la invasión musulmana, un siglo atrás. Entonces sólo era un sueño y Jean-Baptiste nunca habría osado hacerlo realidad. Y de repente su buena suerte, en la que creía con tanta firmeza, le proporcionaba el medio para llegar hasta allí. Soñaba con un nuevo mundo. Pero ¿qué mundo podía ser más nuevo que aquel país inaccesible y legendario, no ignorado ni vacío sino muy a! contrario, codiciado y rico por su oro y por su historia?

A Jean-Baptiste, nacido en una época de miserias, en la Francia de la Fronda, sin fortuna y sin estado, no le habían faltado ocasiones para sentir la desgracia y la desesperanza en su propia piel. Sin embargo había decidido de una vez por todas y desde hacía mucho tiempo no ceder jamás ante el infortunio. Tal vez por eso no había imaginado una existencia más alegre ni más apartada de la rutina y las obligaciones que la suya. Pero en el momento en que empezaba a aburrirse en una ciudad que le resultaba demasiado familiar, el destino lo llevaba al país de sus sueños como en un cuento oriental.

Jean-Baptiste descendió lentamente los peldaños de la escalinata, con la cabeza ausente en su nube de sueños. Había pasado muchas veces por delante del jardincito del consulado pero nunca había tenido tiempo suficiente para entrar. Así que se demoró un instante. A la derecha de la corta alameda de gravilla había un parterre de césped con una fuente de piedra en el medio. Se acercó. Observó que detrás del estanque había un arbusto que no conocía. Jean-Baptiste tenía ojos de botánico, incluso cuando estaba absorto en sus pensamientos. Se arrodilló junto al arbusto, examinó su follaje y, arrastrado por el impulso de buscar el nombre en sus libros, y por el de guardar un recuerdo de ese día, sacó de su bolsillo una navaja con mango de madera y empezó a cortar una rama de la planta, no sin antes echar una ojeada a su alrededor para cerciorarse de que nadie lo veía. De pronto su mirada se encontró en el primer piso del consulado con la de la señorita De Maillet. Estaba acodada en el alféizar de la ventana y se quedó tan sorprendida como el joven, pues no imaginó que él levantara la vista hacia ella.

Su buen humor le hizo pensar a Jean-Baptiste que un segundo encuentro en dos días era un buen augurio. Le sonrió. La muchacha aún conservaba las cintas azules, y esa señal familiar le permitió percibir algo más: los rasgos tan delicados de la joven, su nariz regular, pequeña y muy recta, y sobre todo su mirada dulce, límpida, que respondió a su sonrisa sin muestra alguna de seriedad. Sin embargo, tan pronto como dejó al descubierto su dentadura blanca y se encendió su mirada, la joven se retiró de la ventana. Jean-Baptiste se quedó un momento con una rodilla en la hierba, y luego, una vez de pie, esperó a que reapareciera. Pero la ventana seguía vacía, así que volvió poco a poco a la alameda, salió a la calle y regresó a su casa sin darse prisa.

El maravilloso viaje que le habían propuesto se apoderaba otra vez de sus sueños. La aparición de la señorita De Maillet, que el día anterior había sido un motivo de tanta tristeza, ahora le colmaba de alegría. De nuevo todo era posible, pronto volvería a ser un viajero libre y sin ataduras, como en Venecia, Parma o Lisboa. El mero hecho de concebir tal pensamiento le producía placer. No pedía nada más.


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Alix de Maillet había sido una niña muy fea hasta los catorce años. La criatura, educada en un convento cercano a Chinon desde que sus padres abandonaron Francia, se había acostumbrado a oír desde niña los crueles calificativos que hacían referencia a sus mejillas gordas y coloradas. La habían llamado tapón, retaco mofletudo y otras cosas que había preferido olvidar. Para su consuelo, estos ingratos epítetos contrastaban con un trato indulgente. Era completamente inofensiva y no despertaba celos, de modo que atesoraba cariño a costa de la aversión que despertaba su aspecto. Las primeras etapas de su adolescencia confirmaron aún más esta evidencia, y parecía que su cuerpo se transformaba sin atenuar en absoluto sus desmesuradas proporciones. A los seis años, cuando llegó al colegio era fea. A los catorce, cuando marchó a Egipto, seguía tan fea como siempre. Pero de repente, de forma inexplicable y bastante tarde, la belleza prendió en ella como la erupción que estalla en un rostro inflamado por la fiebre. Las grasas tan poco agraciadas que había acumulado se convirtieron en flujo vital y se estiró. Sus mejillas se volvieron más pálidas; y tanto blanco se mezcló con el tono sonrosado de su piel que su rostro adquirió una tez luminosa y un tacto de satén. Soltó su espeso cabello rubio al que la opacidad de los moños y las trenzas había infundido los reflejos sombreados de la madera de roble. Pero la desgracia quiso que la belleza surgiera cuando la muchacha estaba sola, sin nadie que pudiera apreciarla. Por otra parte, la mirada de sus padres tampoco servía; no tenía ninguna amiga en quien reflejar su imagen, y el espejo por sí solo no decía nada. Sentía que algo estaba cambiando, y poco a poco veía confirmarse su presentimiento. Con todo, dudaba de que aquello no fuera simplemente producto de la terrible soledad en la que estaba inmersa, pues en aquella hermosa casa de El Cairo no veía a nadie; es más, nadie la veía a ella.

Al principio había mantenido correspondencia con algunas amigas de la escuela, pero las cartas no llegaban, o se demoraban tanto que no las esperaba, y al final dejó de escribirlas. Recibió lecciones de piano, pero su vieja profesora se desplomó un día en la calle después de la clase; estuvo otros diez días sin conocimiento y finalmente murió. El padre Gaboriau intentó enseñarle latín, materia que ella conocía mejor que su progenitor pues había sido buena alumna en el convento de las monjas. También intentó enseñarle matemáticas, pero los números no le interesaban, y suplicó a su padre que la dispensara de aquello. A partir de entonces la lectura fue su único refugio. Y afortunadamente la biblioteca del consulado estaba bastante bien surtida. Le gustaban las ciencias naturales, además de las tragedias. Como era de esperar le dieron Telémaco, y las Fábulas de La Fontaine. No obstante descubrió por sí misma novelas que su padre reprobaba, pese a no haberlas leído, así como otras que no escondía demasiado. La princesa de Cléves le abrió las puertas a un mundo que ya no abandonaría jamás. Aunque durante toda su infancia se había empeñado en poner en práctica la experiencia contraria, ahora sabía que no es preciso ser bella para soñar. El angustioso pensamiento que una vez la había llevado a barajar la posibilidad de merecer la felicidad en la vida real sólo le había causado incertidumbre y sufrimiento, así que optó por aferrarse con todas sus fuerzas al mundo de su imaginación, donde siempre había sido la más bella y donde todo enaltecía su persona.

Después de almorzar en compañía de los jesuítas, Alix se asomó a la ventana de su habitación que daba al jardín del consulado para contemplar el verdor de los tilos. Pensaba en Abisinia, el país del que acababan de hablarle, en esos mundos tan cercanos e inaccesibles donde sin duda había jóvenes soñadoras como ella, y donde también ella habría podido nacer. Se imaginaba con la piel negra y, mientras observaba cómo destacaba el brazalete de oro sobre la tez lechosa de la muñeca, se preguntaba qué efecto haría el fulgor dorado sobre un fondo oscuro. Saltando de un pensamiento a otro, la muchacha se evadió por completo de las cosas que la rodeaban, y con los codos apoyados en la ventana entró en ese estado de ensimismamiento tan propio de ella y en el que las horas pasaban de forma imperceptible.

De pronto un ruido en la escalinata, justo debajo de ella, la devolvió a la realidad. Su padre despedía a un individuo, que bajó solo las escaleras. El hombre estaba de espaldas; era delgado, no llevaba sombrero, tenía una pelambrera rizada y calzaba unas botas flexibles. Observó cómo se paraba ante la alameda. Lo vio abandonar el camino, pisar la hierba y arrodillarse junto al extraño arbusto que ya había advertido antes porque no se parecía a ningún otro.

Ahora contemplaba al visitante de perfil. Se trataba del joven que la había mirado de aquella forma tan rara en el puente de Kalish el día anterior. Sus gestos eran de una singular elegancia y sencillez. Ahx reparó en su agilidad al arrodillarse, observó cómo había sacado una navaja del bolsillo, cómo cogía la rama… En el consulado, los pocos individuos que se cruzaban con ella pertenecían a mundos aparentemente incompatibles. Por un lado los aristócratas, instruidos, educados, pretenciosos, tiesos, afectados e incapaces de hacer un ademán espontáneo, sobre todo si era útil. Y por el otro la gente del pueblo llano, que hacía todo aunque no era nada: cocineros, cocheros, guardias, personas tan rudas que era preferible que estuvieran calladas y que vivieran como sombras. El joven que tenía ante sus ojos aunaba los rasgos de las dos castas de un modo casi turbador: tenía la silueta de un señor y la desenvoltura de un criado.

Mientras lo estuvo mirando, ni por un instante sintió el temor de ser vista. Alix creía estar aún en los confines de sus sueños, en un lugar inaccesible donde el durmiente se hallaba al abrigo de sus quimeras. Sin embargo, para su sorpresa, el joven volvió los ojos hacia ella. ¿Cuánto tiempo hacía que no había experimentado esa sensación tan natural entre la gente que vive en sociedad, de ser mirada a la cara por un desconocido? De hecho, ¿la había sentido alguna vez desde que abandonó la infancia? Quizá con algunos de esos viejos curas que su padre le permitía ver a la hora de la cena… Pero esta súbita irrupción de aquel hombre entregado con entusiasmo a la observación, que le mostraba su silueta y su rostro rendido a la extrañeza, no la había experimentado antes, sin duda alguna. Estaba aturdida y respondió sonriendo a su sonrisa. Enseguida, movida por un impulso de pavor que se reprochó inmediatamente, se alejó tres pasos de la ventana. Presa de una violenta conmoción y sin apenas aliento, se quedó un momento de pie con las manos cruzadas a la espalda, tocando la puerta de su habitación. Y desde ese preciso instante añoró la calidez de su mirada. Había reaccionado como una niña a la que el temor de un peligro hace huir en el momento en que está probando una golosina.

«¿Por qué he entrado? -se dijo-. Ese joven no me da miedo. No,no. No tengo miedo. Además, parece muy educado y honesto, de lo contrario mi padre no lo recibiría. ¿Qué hay de malo en asomarme a la ventana? ¿Y por qué debo avergonzarme de ver salir a un visitante del consulado?»

Estuvo pensando sobre la cuestión un buen rato hasta que al final de esta breve lucha consigo misma, uno de los platillos de la balanza hizo ceder laboriosamente al otro. Entonces corrió de nuevo hacia la ventana, pero el desconocido había desaparecido.

La muchacha esperó, pero al ver que no volvía, entró en su habitación. El calor se había condensado en el interior de la casa y se echaba en falta el alivio que deparaba desde fuera el estremecimiento de los árboles en el viento tibio. Miró su cama con la colcha de moaré verde, la almohada con sus iniciales bordadas, la mesita, el tapete, la silla, el cabriolet, los libros y varias muñecas de porcelana. Pero apenas había bastado una mirada para desenmascarar estos objetos de compañía que habían mitigado tantas jornadas y que, en el fondo, sólo eran los carceleros de su soledad. Aun así, le habría gustado tanto abandonarse a ellos para que la consolaran que empezó a sollozar, con el rostro entre las manos.


– ¡Verde! -dijo el cónsul con tono categórico-. Me ha oído bien. Y al cabo de dos días de dolores terribles, cayó al suelo como una fruta podrida…

– Déme tiempo para traducir, Excelencia -dijo el señor Macé, agitando la mano.

Hadji Ali, echado hacia atrás, hizo una mueca horrible.

– Pregunta si murió el paciente -tradujo el secretario, mirando al cónsul.

– No -respondió doctamente el señor De Maillet-. Al menos, añada, no inmediatamente. Primero padeció y suplicó que alguien tuviera la bondad de rematarlo. Pero nosotros, los cristianos, no somos quienes para separar el alma del cuerpo.

– Yo lo habría hecho -exclamó Hadji Ali blandiendo un diminuto puñal que había sacado de su extraña túnica.

– Dígale que se calme -dijo el cónsul retrocediendo-, y sobre todo que guarde ese chisme.

Hajdi Ali se enjugó la frente con la manga y prosiguió más sosegado, con los ojos clavados en el diplomático.

– ¿Está usted seguro de lo que dice? -preguntó.-¿Cómo que si estoy seguro? Claro que sí, como que es mi apreciado colega de Jerusalén quien le ha contado esto por escrito a nuestro embajador de Constantinopla, el señor De Ferriol, el cual a su vez acaba de hacérmelo saber a través de un correo expreso. Ha llegado esta mañana; puede ver el caballo aún sudoroso en mis cuadras.

Macé tradujo.

– Un capuchino -prosiguió el señor De Maillet, balbuceando como si repitiera machaconamente una lección- se hizo pasar por médico y abandonó Jerusalén en un barco con destino a Alejandría y El Cairo. ¿No es prácticamente lo mismo?

– Sin duda -dijo Hadji Ali.

– Pues bien, después de su partida, trajeron al consulado a tres pacientes a los que supuestamente había tratado de una especie de lepra. Mi colega vio a uno de ellos vivo y a los otros muertos. Todos tenían los miembros verdes y uno de ellos casi los había perdido.

– ¡Ya es suficiente! -gntó Hadjí AL, con una mano en la boca y sacudido por la náusea-. No siga.

– Sigo porque se empeña en no escucharme y porque sigue dudando.

– Puede ser que otros capuchinos hayan podido…

– No hablemos más -dijo el señor De Maillet, incorporándose-. Ya le he avisado. Si quiere correr el riesgo de llevar un charlatán a la corte del Negus, allá se las apañe con las consecuencias. Después de todo, no es mi cabeza la que rodará…

– Pero si no me llevo a ese capuchino, ¿qué otra cosa puedo hacer?

El cónsul volvió a sentarse. El asunto progresaba lentamente.

– En la colonia tenemos un médico franco muy competente.

– Lo ignoraba -dijo Hadji Ali con mucho interés-. ¿Quién es?

– Un droguista. Atiende al pacha en persona.

– Ah, sí, algo de eso he oído -dijo el mercader-. Pero de todas maneras no deja de ser curioso que un franco tenga referencias de los turcos, ¿no le parece?

– ¡Cómo que referencias de los turcos! ¡Y más, qué se cree usted! Yo le recomiendo formalmente a este hombre. Hasta mi mujer se ha curado gracias a sus cuidados.

Hajdi Ali se mostraba dubitativo.

– Los capuchinos me han disuadido de ello -dijo.

– ¿Y se puede saber por qué motivo se han permitido semejante calumnia?-Porque es un impío.

– ¿Conque un impío, eh? -exclamó el señor De Maillet a punto de perder la paciencia-. Para empezar, eso es inexacto. Va a la iglesia. Y además, dígame qué tiene que ver la piedad con todo esto. Si es un buen médico, ¿qué importa lo demás?

– No hay nada que pueda hacerse sin la ayuda de Dios, y menos aún en esta materia -dijo el comerciante, sacudiendo la cabeza.

– ¡Qué ideas tan extrañas! Usted es mahometano, el médico es católico y el Negus vive en la herejía. ¿Cómo pretende usted encontrar a un Dios que eche cuentas de todo eso?

– Dios es Dios -dijo Hadji Ali mientras se besaba los dedos y miraba hacia arriba.

– Bueno, pues llévese al patriarca copto de Alejandría y pídale que haga un milagro -gruñó el cónsul.

El señor De Maillet se daba cuenta perfectamente de que el camellero pretendía llevar la conversación hacia un terreno absurdo, y que si seguía así, al final se vería forzado a defender el ateísmo más repugnante con el único propósito de hacer valer a su candidato. De modo que guardó silencio, y el comerciante se sumió en sus reflexiones un buen rato.

Hajdi Ali no sabía si dar crédito a la historia del correo de Jerusalén. Era un hombre del desierto, y según su cultura, las cosas extraordinarias no son menos verdad, de manera que se cuidaba mucho de provocar todo aquello que de cerca o de lejos pudiera parecerse a cualquier suceso sobrenatural.

En cambio, sí sabía a ciencia cierta que, por una misteriosa razón, el cónsul se empeñaba en convencerle de que dejara a los capuchinos y se llevara al médico franco. Sopesó sus intereses y vio claramente que no estaba del lado de los religiosos pues éstos no le habían prometido nada, es más, hasta parecía que le estuvieran haciendo un favor a él. Por otra parte, su presencia era comprometedora y podía suscitar la desconfianza de los turcos y de los indígenas poderosos que encontraran en su camino. En cambio, con ese médico franco había menos riesgo de que los persiguieran, y si tanto interés tenía su gobierno en que fuera, pondría un precio.

Hadji Ali empezó a gimotear y a lamentarse.

– ¿Se puede saber a qué viene todo eso? -preguntó irritado el cónsul al señor Macé.

– Dice que está pensando en todo el dispendio que le va a suponer cambiar de planes y llevar a otro médico.-Pues sí que estamos bien -suspiró el cónsul.

La discusión duró aún media hora más y el señor De Maillet fue tres veces hacia el cajón del escritorio. Tuvo que pagar por los camellos que habría que cambiar, por los mensajeros que habría que enviar y por los rezos que habría que encomendar. Pero el asunto acabó por resolverse con honestidad y todo el mundo quedó satisfecho.


En cuanto el padre Versau estuvo al corriente del feliz desenlace, anunció que se iría al día siguiente pues debía proseguir su viaje hacia Damas, donde le esperaban otros asuntos. La cena fue rápida y silenciosa. El padre De Brévedent volvió por la noche para recibir las últimas instrucciones de su superior, y los dos jesuítas se reunieron en conciliábulo en el primer piso.

El señor De Maillet se retiró temprano, completamente molido.

No lejos de allí, en uno de los callejones más apartados de la colonia, Jean-Baptiste y el maestro Juremi habían cenado alegremente y vaciado una botella de su mejor vino. A las diez salieron a la terraza. El viento arenoso eclipsaba las estrellas y mantenía un ambiente tibio. En la ciudad árabe resonaban por doquier los tamboriles y los «yuyús», dado que era el final de la estación de las bodas, y los perros contestaban con aullidos.

– No, no -prosiguió el maestro Juremi-, ni hablar de mezclarme en semejante asunto…

– Pero el cónsul no tiene por qué saber nada de esto. No le digo nada, mi criado y yo abandonamos la ciudad y te unes a nosotros más tarde.

El protestante, que sostenía con una mano su vaso de estaño, levantó la otra con autoridad.

– ¡No insistas! ¡Te digo que no!

– ¿Eso quiere decir que vamos a separarnos?

Se habían conocido en Venecia, cinco años atrás. Jean-Baptiste buscaba un maestro de esgrima cuando se topó con aquel granuja gruñón de pelo negro que vivía con identidad falsa desde que había emigrado a Francia. Sus alumnos lo llamaban maestro Juremi.

– Probablemente -dijo el protestante con aire taciturno y volviendo la cabeza hacia otro lado, pues aunque se emocionaba con facilidad, no le gustaba demostrarlo.

Antes de convertirse en maestro de esgrima había desempeñadotodos los oficios y recordaba con nostalgia el poco tiempo en que había trabajado como ayudante de un boticario. No obstante, cuando Jean-Baptiste le enseñó a usar el pesillo y el alambique, optó por renunciar a ganarse el pan con los embates del florete. Se hicieron socios, y juntos huyeron a Levante.

– ¡Es una barbaridad! -exclamó de pronto el protestante, levantándose de su asiento-. ¡Cómo si todo esto fuera culpa mía!

Dio dos zancadas por la terraza y luego se volvió hacia su socio.

– No nos separamos porque me niegue a ir contigo -continuó- sino porque has tomado la decisión tú solo, y creo que un poco precipitadamente.

– ¿No eras tú quien ayer proponía marcharse de El Cairo y partir hacia el Nuevo Mundo? -se defendió Jean-Baptiste.

– Hacia el Nuevo Mundo tal vez, pero no a las órdenes del cónsul. Créeme, si un día fuera hacia las tierras vírgenes, no sería para llevar allí a unos jesuítas.

– Oh, los jesuítas… -exclamó Jean-Baptiste-, un pretexto como otro cualquiera. ¿Crees que me interesa esta misión? Me río de su embajada y de los servicios al Rey. Pero si son tan necios como para proporcionar monturas, pertrechos y armas, ¿debería ser yo más necio aún y rechazar todo lo que me ofrecen?

– No importa, ya te han atrapado.

– ¿Atrapado? Bromeas. No tengo por qué hacer lo que esperan que haga. Si me gusta un sitio, me quedo y basta; pero si me place ir a otro lugar, no me lo pensaré dos veces. Pueden irse al diablo con su embajada. Tengo curiosidad por ver Abisinia, y ése es mi único objetivo. Por lo demás, si me siento bien allí, hasta podría quedarme.

Tras un largo silencio, el maestro Juremi entró en la casa donde ardía una vela, descolgó dos floretes y tomó los petos de cuero sin pronunciar palabra. Desde que se dedicaban a la farmacia, la esgrima se había convertido en una distracción para pasar las noches de verano. Se pusieron en guardia.

– Bueno -dijo Jean-Baptiste antes de blandir el arma-, te conozco, vas a venir.

– No me harás cambiar de opinión -replicó el maestro Juremi-, pero te deseo buen viaje.

En cuanto empezaron a sonar los floretes la tristeza que los atenazaba desapareció conio por ensalmo.


9

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Había que preparar minuciosamente la caravana que iba a emprender viaje a Abisinia con Hadji Ali al frente, acompañado de Poncet y su criado Joseph. Para que todo pareciera absolutamente natural y los turcos no sospecharan nada, era imprescindible que el consulado se mantuviera al margen y que Jean-Baptiste fingiera no estar demasiado interesado en el asunto. Así pues, Hadji Ali asumió la responsabilidad de comprar él solo los camellos y las mulas, además de sillas, bridas y arneses para los animales de carga. Se había acordado que el señor De Maillet pagaría los gastos iniciales que el mercader tuviera a bien calcular, lo cual suponía otro pretexto para obtener más beneficios. Con estas ganancias, Hadji Ali compró mercancías, que cargó sobre las bestias con la idea de cambiarlas en Abisinia por oro y algalia, y de este modo doblar sus haberes al regreso.

El cónsul redactó una carta para el Negus y ordenó al señor Macé que la tradujera al árabe. Para mayor precaución, le encomendó a éste que un erudito monje siriaco, el hermano François que residía en la ciudad árabe, comprobara su traducción. Por último se estamparon los sellos de Francia y remitieron la misiva a Poncet. También fue necesario conseguir los presentes destinados a los príncipes cuyas tierras iban a atravesar, de acuerdo con la tarifa rigurosa e inmutable que estipulaba la tradición.

Jean-Baptiste, por su parte, reunió un arsenal de remedios para todos los imprevistos imaginables en un cofre que el señor De Maillet le había proporcionado para tal fin. También se ocupó de las armas y acomodó un gran mosquete en la montura de Joseph. Jean-Baptiste se ocupó de guardar la pólvora y los cebos. Aparte de los dos sables,mandó preparar para uso propio dos pistolas, y las deslizó en las fundas de su silla.

Mientras se llevaban a cabo los preparativos, el consulado se convirtió en el cuartel general donde los miembros de la caravana se reunían discretamente cada noche antes de la cena para informar sobre la marcha de las operaciones. El supuesto Joseph se había quitado ya sus hábitos de jesuita para pasar desapercibido, aunque aún no se vestía de criado, para no resultar sospechoso a los ojos de los domésticos y por miedo a que hubiera algún espía entre ellos. Hadji Ali, Poncet y hasta el maestro Juremi, que también ayudaba en los preparativos a pesar de que no era uno de los viajeros, iban y venían por el consulado como si tal cosa. El señor De Maillet toleraba de buen grado esta situación porque sabía que todo aquello acabaría muy pronto. Estas visitas bulliciosas que tanto fatigaban a la señora De Maillet entusiasmaban a su hija Alix, pues le brindaban la ocasión de ver un poco de gente sin salir de casa. Además tuvo la oportunidad de cruzarse varias veces y muy de cerca con el joven que había visto en el jardín y enterarse de quién era. Jean-Baptiste hacía alarde de una sabia cautela y procuraba no comprometer a la muchacha dirigiéndose a ella directamente. Alix tuvo la agradable impresión, desde el primer momento, de comunicarse con él como si estuvieran a solas. La primera vez que experimentó esta deliciosa sensación fue el día en que tuvo lugar una larga discusión a propósito de los bultos que cargarían las mulas y los dromedarios. En contra de la opinión generalizada, Jean-Baptiste insistía en que estos últimos soportaban menos peso que los équidos. Discutía esta cuestión con Hadji Ali, aunque el cónsul, el señor Macé y el padre De Brevedent también metían baza de vez en cuando. Aprovechando las nuevas costumbres del consulado, donde ya no se cerraban las puertas, Alix entró en la sala donde se celebraba la reunión. Se sentó en un taburete a cierta distancia y simuló bordar mientras observaba a los visitantes. De pronto le pareció que el joven sólo hablaba para ella. Era una impresión extraña. El discurso de Jean-Baptiste rebotaba sobre la masa opaca de hombres situados enfrente de él, y que la muchacha sólo veía de espaldas, a contraluz. Las palabras de aquel joven llegaban a sus oídos redondeadas como peladillas, pues el sonido de las sílabas las atenuaban hasta despojarlas de sentido. Era como una música destinada a ella, con el único objeto de embelesarla, cosa que lograba a las mil maravillas. Si hubieran tenido una verdadera conversación, la muchacha habría estado pendiente del sentido de las palabras, pero este diálogo silencioso era pura emoción.De vez en cuando el joven miraba en su dirección. Sus ojos parecían llevarle lejos, hacia un punto remoto, mucho más allá de la ventana; seguramente los demás sólo percibían en su actitud la inspiración imprecisa que persigue el orador en algunos momentos. Pero ella, con una certeza que le parecía infalible, sentía que aquella mirada se posaba en la suya y que la luz, que reflejaba su rostro y sus largos cabellos rubios, aspiraba su imagen y su persona a través de la pupila negra de aquel ojo y más allá, hasta el corazón recóndito del hombre. Pero aunque los juegos de miradas inflamen la imaginación, no mitigan el sentimiento. Lejos de apaciguar sus deseos de aproximarse al joven, Alix era consciente de que aquellas señales turbadoras aumentaban de día en día. Lamentablemente, Jean-Baptiste no hacía nada para acortar la distancia que los separaba, y ella tampoco podía debido a la dignidad de su posición y al pudor de su sexo.

Sin embargo, una tarde, amparándose en su madre como parapeto moral, Alix casi tuvo el atrevimiento de abordar al joven cuando entraba en el consulado y ella deambulaba por el jardín con su madre. Cuando el médico pasaba a su altura por la alameda, ella miró el arbusto junto al que Jean-Baptiste se había arrodillado hacía poco, y dijo con una voz clara para que él la oyera:

– ¿Por qué no le pregunta a ese señor, que conoce tan bien las plantas, el nombre de ese arbusto que vimos ayer y cuyo origen ignoramos?

Jean-Baptiste se detuvo, saludó con un ademán espontáneo y contestó con aplomo:

– Yo también lo he visto. Se trata de una especie desconocida; ni siquiera Linneo la recoge en su clasificación botánica. Parece que esta especie es más propia de las regiones.del sur. La planta nunca rebasa este tamaño y sólo da flores una vez en su vida, unas flores de color rojo intenso, y durante unos instantes únicamente. Algunos asocian este arbusto con el pasaje de la Biblia que alude a la famosa zarza ardiente.

Al decir estas últimas palabras miró a la joven directamente a los ojos, y fue entonces ella la que ardió de rubor. Luego la saludó con premura y se fue.

La señora De Maillet, que no había notado la turbación de su hija, estuvo comentando un buen rato esta explicación del Evangelio que tanto la había entusiasmado. Sólo una semana después, al confiarle la anécdota a su confesor* se enteró de que tales explicaciones simbólicas o científicas de las Sagradas Escrituras eran meras patrañas inventadas por cabalistas o filósofos impíos.Cuando llegó la víspera de la partida, Alix se percató de repente de que aquellos días de alboroto y de alegría iban a terminar y que nunca le había dicho una palabra en privado a aquel joven, que quizá se dejara la vida en un viaje tan peligroso. Por un instante se preguntó si sería posible un acercamiento. Como de costumbre, en el momento de franquear la puerta que la ayudaría a salir del mundo de sus sueños se quedó dudando. Aquella reacción tan propia de ella le hizo pensar en su escaso talento para la vida real y trató de convencerse de que todos los sentimientos, todas las miradas, todos los pensamientos que había dedicado a aquel hombre sólo habían sido producto de su imaginación. A fin de cuentas, él nunca había intentado hablarle ni tan siquiera hacerle llegar una nota. En el momento en que hubiera dado el primer paso, se habría llevado un desengaño. ¿Quién se creía que era? ¿Qué podía pretender un retaco mofletudo como ella? En el fondo, era lo mejor que podía pasar. No la reconfortaba ninguna certeza aunque tampoco había sido rechazada, de modo que conservaba intactas las ilusiones y fantasías que había devanado en aquellas jornadas tan dichosas. ¿Qué más podía esperar?

Jean-Baptiste, por su parte, estaba sumido en una gran perplejidad. Iba a emprender un viaje que anhelaba con todas sus fuerzas, por el mero afán de descubrir y aventurarse por otros mundos, y se preparaba para ello con entusiasmo. Pero el encuentro con Alix lo había sumido en una tremenda inquietud.

La melancolía de su primer encuentro, en el puente de Kalish, dejó paso a la fútil ensoñación del segundo, en la ventana del consulado, y luego a las frecuentes visitas y entrevistas cotidianas. Jean-Baptiste había tenido tiempo suficiente para apreciar con claridad los sentimientos que al principio sólo había podido intuir, y para observar minuciosamente a la joven cuyo nombre ya no olvidaría jamás. La proximidad, lejos de disipar la primera impresión de gracia y de misterio, la había fortalecido, y ahora ya era tan intensa que se había apoderado de sus sueños hasta el punto de añorar a Alix cuando no la veía.

Al margen de la condición social que los separaba y que había tratado de ignorar también, se levantaba ante ellos una barrera insufrible, que no obstante sus ojos franqueaban sin cesar. Jean-Baptiste estaba desamparado.

Este período de preparativos y encuentros cotidianos apenas duró una corta semana, poco propicia para indagar en los sentimientos debido a la confusa excitación originada por el viaje. Por otra parte, ¿aquién iba a confiar sus sentimientos? Al maestro Juremi le repelían las cuestiones amorosas y nunca había sabido dónde acababa la rectitud estrictamente protestante y dónde empezaba la desvergüenza de los hombres de armas. Y aparte de él, Jean-Baptiste, que era el confesor de toda la ciudad, no conocía a nadie capaz de invertir los papeles y escucharle. De repente se sintió el más solo y desgraciado de los hombres; ese pensamiento extraño que lo invadía ahora cuando estaba a punto de emprender un viaje tan vertiginoso, le permitió conocer por primera vez en su vida la paradójica dulzura de compadecerse a sí mismo. La víspera de la partida, a última hora de la tarde, echó a andar hacia la ciudad árabe, dejó atrás dos cortejos nupciales que abandonaban la mezquita de Al Azar y se internó en el jardín de Roda.

Un hombre que se proponía meditar antes de abandonar a sus semejantes no podía encontrar en todo El Cairo un lugar más adecuado como jardín de los Olivos que aquel lugar poblado de sagús ventrudos, grandes mangos de troncos torturados y sobrias acacias. Sin embargo, tan pronto como hubo llegado a aquel paraje solitario, Jean-Baptiste se percató de lo poco predispuesto que estaba para entregarse a la desesperación. Las plantas crasas del jardín emanaban sus perfumes oleosos al aire cálido que ascendía del suelo. Unos viejos jardineros descalzos regaban las plantas jóvenes con aire pensativo y el agua, al correr por la tierra seca, runruneaba lenta y deliciosamente. Los días seguían siendo largos, de modo que todavía podría disfrutar un rato de aquel atardecer bañado en sombras cárdenas. Al final, Jean-Baptiste se sentó en un banco, se rió para sus adentros por haber sido tan estúpido como para consentir que la tristeza lo atormentara y se juró que no volvería a ocurrir.

Entonces intentó considerar la situación con la mayor frialdad posible. Primero sopesó su falta de experiencia, pues aunque hacía mucho tiempo que las mujeres le brindaban gustosamente sus favores, nunca se había sentido afectado por los amores que inspiraba su persona1. Estas pasiones no compartidas no le habían enseñado gran cosa, salvo a eludir los sinsabores que en ocasiones pudieran causar los celos desaforados de ciertos maridos, como uno furioso que le obligó a salir corriendo de Venecia. Por lo demás, desde que vivía en El Cairo, había sido lo bastante sensato como para salir airoso de las trampas que le había tendido alguna que otra otomana bella y fogosa. Un bey que le tenía aprecio, incluso le había propuesto casarse con su hija mayor, con la condición, evidentemente, de que se hiciera turco para la boda,pero Jean-Baptiste había alegado esta obligación para librarse de un asunto que a su modo de ver no guardaba ninguna relación con los sentimientos.

Afortunadamente era bastante lúcido como para no confundir esos juegos y placeres con el amor, y admitía sin reparos que nunca lo había encontrado. Pero ni se afligía ni se arrepentía de ello; era así, simplemente. Ninguna mujer le había despertado jamás esa turbación perdurable, esa captura del pensamiento, o esa esclavitud del corazón y de los sentidos que debía de ser el amor. Se había acostumbrado a ver únicamente el lado bueno de las cosas que le ocurrían, y más bien se alegraba de que la pasión nunca hubiera puesto trabas a su libertad. Tal vez por eso le disgustaba en cierto modo la idea de no poder librarse de la imagen tierna y turbadora de la señorita De Maillet en el momento en que iba a emprender un viaje de tal envergadura.

Un pobre anciano, sentado en la grupa de su borrico, pasó lentamente por el camino. En la quietud silenciosa de la noche, el viejo chascaba la lengua al ritmo quedo de los cascos del animal. El asno llevaba atado al petral una cesta repleta de higos chumbos. Cuando estuvo cerca, Jean-Baptiste le hizo una señal al campesino, le tendió una piastra y obtuvo cuatro higos a cambio. Empezó a pelarlos con una navaja, mientras meditaba sentado en el banco.

Ahora ya no lamentaba haber caído en las redes del amor, pues estaba seguro de que esta vez no podía ser otra cosa. No obstante, la cuestión era qué hacer, pero no se le ocurrían buenas soluciones. Si se quedaba en El Cairo, se expondría a la animosidad del cónsul, que no dudaría en perseguirle u obligarle a exiliarse de nuevo. En ese caso era absurdo imaginar cualquier relación con su hija. Trató de pensar que aquella pobre niña estaba más contenta simplemente porque veía a más gente. Por otra parte ella era hija de un aristócrata y eso no se podía cambiar. Jean-Baptiste estaba convencido de que un hombre como él no tenía ninguna posibilidad, y menos aún si prescindía de la posición efímera que su misión le había conferido. Por otra parte, si se marchaba, quizá no la volviera a ver nunca más. Probablemente fuera la mejor solución. Todo pasa, y las impresiones nuevas del viaje le ayudarían a olvidar los buenos y los malos recuerdos.

Algo le decía sin embargo que podía aunar lo irreconciliable, esto es, no renunciar ni al deseo de conocer Abisinia e ilustrarse ni a la tentación de conquistar a la inaccesible Alix de Maillet, una muchacha que parecía haber sido creada para encontrarle y hacerle feliz.El higo chumbo era jugoso y dulce. Le gustaba el delicioso contraste de las pepitas duras y la carne tierna del fruto, así que tomó otro, pero se pinchó. «Pincha porque es dulce», pensó.

Era una de esas frases sin sentido aparente que a veces surgen en el curso de otra reflexión. Sin duda pretendía decir que el cactus tiene pinchos porque protege su fruto de los animales que pudieran codiciar su dulzura. Pero su mente, dislocada de tanto cavilar sobre el problema que le obsesionaba, captó esa paradoja y la transpuso. Se quedó deslumhrado, como presa de una iluminación. «Eso es -pensó, dejando a un lado los higos chumbos-, eso es exactamente. Entre ella y yo hay tremendos obstáculos que sólo pueden ser superados en circunstancias muy especiales. Si no tuviera que marcharme de El Cairo, nunca la habría visto, nunca me habría acercado a ella y nada habría sido posible. Pero la misión que me han confiado, que sin duda me enfrentará a grandes peligros, puede asegurarme un gran triunfo a cambio. Voy a Abisinia, sano al Negus, vuelvo con la embajada que me piden y la acompaño a Versalles. Luis XIV me otorga un título de nobleza y el cónsul no podrá negarme a su hija. Eso es. Hoy, los higos pinchan, pero mañana, gracias a ellos, saborearé la dulzura.»

El joven se puso de pie y, sin cesar de murmurar, llegó a la salida del jardín a grandes zancadas. En cuanto dio con la clave del asunto, lo demás llegó sin darse cuenta. Así que elaboró espontáneamente un plan de conducta, lo consideró excelente y se prometió llevarlo a cabo.

A partir de ese momento lo vio todo con otros ojos, y muy particularmente la misión que le habían confiado. De entrada se había imaginado, sin entusiasmo, que sólo serviría a los designios del Rey de Francia y del Papa. Pero ahora estaba convencido de que también podía ser el artífice de su felicidad. La cuestión adquiría otro cariz.


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Cuando el señor Macé preguntó a unos barqueros en Boulac, un puerto fluvial próximo a El Cairo, éstos le indicaron que dos capuchinos remontaban el delta en un viejo falucho. Todavía estaban a tres jornadas de la ciudad, pero la noticia de su llegada precipitó los preparativos, y la partida se fijó para dos días después, un lunes. La víspera, el padre De Brévedent, a quien el señor De Maillet no acababa de ver como criado, le había pedido permiso al cónsul para oficiar personalmente la misa en el consulado. Era imprudente utilizar la capilla principal, donde el servicio dominical reunía a todo bicho viviente de la colonia, así que la misa se celebró en la sala de audiencias, bajo el retrato del Rey. Además de la familia De Maillet al completo, entre los asistentes se encontraban el padre Gaboriau, el señor Macé, el dragomán señor Frisetti y Jean-Baptiste. Como de costumbre, éste no intentó acercarse a Alix, pero cruzó con la muchacha una última mirada en la que ella mostró su alegría.

El cónsul sólo supo apreciar en el comportamiento del médico una total ignorancia de la liturgia más elemental. Este detalle confirmaba, por si fuera necesario, la escandalosa falta de fe del diplomático.

Al término de la ceremonia se sirvió un pequeño refrigerio en el salón contiguo. Después de las congratulaciones, Jean-Baptiste pidió al cónsul una última audiencia en privado.

– Bueno -le espetó el cónsul malhumorado en cuanto estuvieron solos-, y ahora qué pasa…

– Debo informarle -empezó Poncet- que mi socio no puede quedarse en El Cairo en mi ausencia. Él prepara las recetas, según mis instrucciones, y solo no puede hacer nada. De manera que va a marcharse a Alejandría, donde hay un boticario que le reclama desde hace mucho tiempo.

– Muy bien -dijo el señor De Maillet-, pero eso, si no es mucho preguntar, ¿en qué me afecta a mí?

– A eso voy. El arreglo es provisional. Cuando regrese de Abi-sinia…

El cónsul bajó la mirada.

– En fin -prosiguió Jean-Baptiste con voz firme-, el maestro Juremi volverá cuando yo regrese de Abisinia y entonces continuaremos con nuestros asuntos aquí.

– Es una idea excelente.

– Y bien…

– ¿Cómo que y bien?

– Dejamos nuestra casa como está.

– No veo ningún inconveniente. No se mortifique por el alquiler -dijo el cónsul con resignación, que se imaginaba adonde quería ir a parar el médico.

– No se trata de eso. He agregado un año de renta en los gastos.

– ¡Entonces no hay más que hablar!

– Se equivoca -dijo Poncet, que después de haber dado dos vueltas, paso a paso, por la exigua estancia, se topó literalmente con el cónsul y se quedó plantado delante de él, rebasándole con creces-. La casa no tiene importancia, pero su contenido es infinitamente precioso. Allí está todo nuestro material, aunque aún no es gran cosa. Nuestro mayor trabajo ha sido incrementar el número de plantas valiosas, plantas que hemos cruzado con mucha paciencia estos últimos años y que no deben desaparecer.

– Daré órdenes a alguno de mis criados para que las rieguen…

– ¡Para que las rieguen! ¡Sus criados! ¡ Ah, señor qué poco sabe usted de esas cosas! -exclamó Poncet, alzando los ojos al cielo-. ¿Piensa realmente que basta con que una persona cualquiera vierta unas gotas de agua en cualquier momento para mantener con vida un tesoro?

– Sin duda -farfulló el cónsul-, eso creo.

– ¡Pues se equivoca! -sentenció Poncet-. No es así. La gente nos paga precisamente por todo lo que debemos saber sobre ese mundo extraño o infinitamente más complejo que las mayores intrigas humanas. No puede imaginarse cuánta paciencia, intuición y memoria se requiere para cuidar con inteligencia a todos esos seres vegetales, furiosamente hostiles entre sí.Jean-Baptiste, como siempre que hablaba con pasión, hacía grandes gestos con los brazos.

– Una determinada especie, por ejemplo, puede morir si la temperatura aumenta unos grados más de la cuenta. Usted lo sabe, y cree que basta con abrir una ventana. Craso error, porque puede producirse una corriente de aire y al día siguiente a lo mejor está muerta.

Explicaba la cuestión como si se tratara de un genocidio, y el señor De Maillet lo miraba espantado, con los ojos muy abiertos.

– Y otra -continuó Jean-Baptiste con tono de voz que sobresaltó al cónsul- absorbe toda el agua que usted le ponga. Entonces se satura, las hojas se hinchan, se ponen turgentes, hasta el punto de que parece una planta distinta, pero usted sigue echándole una cubeta de agua cada mañana. De pronto entra en un ciclo seco. No hay indicios del cambio, en apariencia, a no ser unas pequeñas señales casi imperceptibles que los botánicos han tardado casi un siglo en descubrir. Y ahí, de un día para otro, un solo vaso sobre las raíces es suficiente para que se pudra por completo. También hay algunas que no pueden estar junto a determinadas especies porque se devoran, se estrangulan, luchan a muerte con toda la fuerza de sus ramas. Se cree…

– Me parece que he comprendido -le interrumpió el cónsul, impaciente por reunirse con los demás-. Así pues, ¿qué necesita para mantener vivas a sus huéspedes?

– Necesito una persona instruida que sepa leer bien, pues lo hemos dejado todo escrito. En nuestra casa tenemos cuadernos con la descripción de cada especie, su emplazamiento, su origen, sus enfermedades, su.alimentación, el riego, cómo respiran… Pero eso no es todo. Hay sabios que no pueden tocar una planta sin ponerla en peligro. Gracias al esfuerzo que nos ha supuesto conocer al vegetal, hoy éste nos conoce por instinto y en cuanto nos ve. Pongamos por caso que Macé se encarga de cuidar nuestra casa. Pues dentro de una semana la habría convertido en una tumba.

– Entonces, ¿quién? -preguntó el cónsul, consternado al darse cuenta de que había descartado a su candidato antes de proponerlo siquiera.

– Ya se lo he dicho, la presencia de algunos humanos favorece el crecimiento de las plantas. Nosotros, los botánicos, acabamos sabiendo quién tendrá sus favores, inexplicablemente. Aquí sólo hay una persona que puede tener ese don de la naturaleza.

– Gracias a Dios que por lo menos hay una -dijo el cónsul, ímpaciente por poner fin a la conversación-. Déme su nombre para ponerla inmediatamente sobre aviso.

– Es la señorita, su hija.

Después de soltar la bomba, Poncet retrocedió dos pasos y esperó. El cónsul estaba desconcertado.

– Mi hija es una persona de abolengo -dijo al fin, con expresión de ofendida dignidad-, y está completamente por encima de semejantes quehaceres.

– Sin embargo, la naturaleza la ha hecho digna de ellos.

– Poco importan aquí los designios de la naturaleza, si la sociedad no lo admite. Quítese esa idea de la cabeza y busque a otro candidato, se lo ruego.

– No lo hay.

– Pues en tal caso ya le daremos una indemnización por sus plantas.

– No es cuestión de dinero -replicó Jean-Baptiste poniéndose muy serio.

Luego se acercó al cónsul y le habló con un tono sosegado.

– Piense que no le pido nada del otro mundo. Mañana mi socio y yo nos habremos ido y la casa quedará vacía. La señorita, su hija, encontrará dos o tres cuadernos escritos en latín en una repisa. Estoy seguro de que posee la gracia necesaria para cuidar las plantas y que tiene la intuición precisa para darles lo que necesitan.

– Veo que sigue insistiendo, pero ya le he dicho que no voy a satisfacer ese capricho. Mi hija no irá.

– En tal caso -exclamó Jean-Baptiste-, yo tampoco iré. Ya encontrará a otro que vaya a husmear las costras del Negus.

– Un poco de respeto, señor. Se trata de un rey.

– Se trata de un rey y de sus costras. Las dejo en sus manos.

Jean-Baptiste se despidió con una reverencia y abrió la puerta.

– ¡Ya vale, Poncet! -gritó el cónsul-. Su chantaje no tiene límites. Escúcheme, pero antes cierre esa puerta.

El médico se quedó en el vano.

– Hace ocho días que hace usted lo que quiere con nosotros, pero ya basta. Se lo digo solemnemente: arrégleselas como mejor le parezca con su casa, pero eso que me propone es intolerable. Y márchese a Abisinia, porque si no…

– Si no, ¿qué?

– Si no haré que lo arresten inmediatamente. Tengo autoridad sobre cada uno de los habitantes de esta ciudad, y no tendré reparos en ejercerla contra usted.

– En tal caso, ya me puede arrestar.

– ¡No me provoque! -gritó el cónsul.

Poncet tendió las manos para que le pusieran las esposas.

– Bueno, ¿a qué espera?

Atraídos por las voces, el señor Macé y el padre De Brévedent entraron en la sala y calmaron a los dos hombres. Poco después Poncet volvió a su casa, no sin antes decirle al cónsul que no cambiaría de parecer y que tenía la noche por delante para reflexionar. El señor De Maillet se sentía tan abrumado por este último incidente que se negó a dar explicación alguna a su secretario y al jesuita, y se retiró inmediatamente a sus aposentos para descansar. Su mujer fue a reunirse con él, muy preocupada al verle tan alterado. Se lo encontró estirado en la cama, con la cabeza recostada en dos almohadones, y él sintió gran alivio al poder confiar a su esposa la proposición indecente del joven.

No se puede decir que la señora De Maillet fuera una persona sin honor, pues al igual que su marido tenía un gran concepto de su rango. Pero a menudo las mujeres saben distinguir mejor lo esencial de lo accesorio. Con dulzura y mucho tacto le insinuó a su marido que ciertamente sería menos perjudicial ceder a esta última exigencia de Poncet que resistirse. Argumentó que si el boticario no emprendía el viaje continuaría acosando al cónsul un día tras otro y le ocasionaría tantos quebraderos de cabeza que su salud acabaría por resentirse irremediablemente. En cambio, si el señor De Maillet aceptaba, los inconvenientes serían de escasa importancia, insignificantes.

– La casa quedará vacía. Todos saben que está llena de plantas y de libros de ciencia. Mandaremos a Alix con el padre Gaboriau para cuidarlas; nadie verá nada malo en ello. Y respecto a nuestra hija, le hará bien salir y moverse un poco.

– Pero ¿cómo ha podido poner sus ojos en ella? -dijo el cónsul, incorporándose-. ¿Habrán tenido alguna relación secreta en nuestra casa?

– Cálmate, querido, yo doy fe de que nuestra hija es extremadamente pudorosa. El sólo le ha hablado una vez, y en mi presencia.

Tras decirle esto le contó en pocas palabras la escena en el jardín.

– Por eso -añadió ella- tendrá la intuición de que tiene cualidades para el cuidado de las plantas. Y puedo asegurarte que tiene razón. Cuando alguna de mis plantitas se mustia por el calor o por la sequedad, se la confío a Alix. Ella la lleva a su habitación, y unos días más tarde me la devuelve lozana.

La señora De Maillet estuvo tan acertada que su marido se rindió a sus razonamientos. Además, algo le decía que Poncet no tenía ninguna posibilidad de volver del viaje. Así pues, aunque sus palabras escondieran algún propósito deshonesto, nunca tendría ocasión de ponerlo en práctica. Aliviado por haber vencido este último obstáculo, que en parte había originado él mismo, el cónsul mandó a su joven esclavo nubio a casa de Jean-Baptiste con el encargo de hacerle llegar la siguiente nota: «Mi hija irá a su casa cada día con el padre Gaboriau para cuidar las plantas. Ahora, vayase.»


II EL VIAJE A ABISINIA

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<p id="_Toc104711235">II EL VIAJE A ABISINIA</p>
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La embajada del Rey Sol hacia Abisinia partió un lunes por la mañana a las once. Hadji Ali iba delante, en un camello, con la cabeza envuelta en un turbante nuevo de muselina. Detrás iba Jean-Baptiste, cubierto con un gran sombrero adornado con una pluma blanca, en un caballo que piafaba sin cesar. Y el supuesto Joseph, falso criado y jesuita auténtico, oculto en la sombra de un sombrero de paja, les esperaba a las puertas de la ciudad, sentado de lado en un mulo. El equipaje era transportado por cinco animales de carga, camellos y mulas, al cuidado de unos cuantos esclavos nubios.

Para mayor discreción, no hubo más despedidas en el consulado que las de la víspera. Jean-Baptiste pasó por delante de las ventanas de la legación poco antes de las nueve, cuando iba a reunirse con los demás. El señor De Maillet y su esposa le hicieron señas desde el balcón e incluso se emocionaron al ver que aquel pobre muchacho, destinado sin duda a no volver vivo, los saludaba casi con ternura y lágrimas de gratitud en los ojos. Lo cierto es que a Jean-Baptiste le importaban un bledo aquellos dos fantoches, y su único anhelo era que Alix estuviera en alguno de los ventanales del primer piso.

Siguieron los largos y efusivos adioses a los turcos. El pacha, que había proporcionado todos los salvoconductos necesarios a la caravana, lloraba la partida de su médico, pero estaba acostumbrado a obedecerle en todo y a tomarse las cosas como venían. En esta ocasión también había aceptado complacerle, a pesar de que sus prescripciones eran amargas. El pacha, llamado Husscin, era un hombre de unos cincuenta años, gastado por una vida jalonada de grandes adversidades y de excesivos placeres, a partes iguales. Consideraba que Egipto erauna región poco agradable y la más difícil de gobernar. Estaba harto de las continuas intrigas de las milicias y los señores, de modo que alternaba la indiferencia -y en estos períodos los disturbios llegaban a los límites de la tolerancia- y la crueldad, cuando, cansado ya de las maniobras de sus adversarios, ordenaba decapitar unas cuantas decenas. Los sabios cuidados de Poncet habían espaciado estos radicales vaivenes, de manera que gracias al médico hubo menos revueltas y también menos condenados. Así las cosas, era de esperar que con su marcha se elevara de nuevo el número de víctimas. Pero todo esto estaba escrito, y el pacha no vio la necesidad de contradecir al destino.

Otros personajes adinerados, turcos y árabes, que también eran clientes de Jean-Baptiste, le regalaron bolsas repletas de piastras para desearle un pronto regreso. Pero el populacho de El Cairo fue quien más se conmovió por la partida del médico, que nunca había negado su auxilio a los humildes. Alertados por el rumor del viaje, una turba de lisiados, mendigos y gente humilde lo acompañó por las callejas. A su paso, los perros callejeros que dormían a la sombra salían de estampida, y las mujeres se subían el velo con rapidez para sacar la cabeza por debajo de las persianas. Jean-Baptiste prometió a todos regresar, y casi se tuvo que enfadar para que le soltaran las piernas y le dejaran avanzar.

Los viajeros, que llevaban algún retraso por tantas muestras de afecto, atravesaron la ciudad después de dar numerosos rodeos. El maestro Juremi, que fue en su caballo hasta las murallas, dio su último adiós a la caravana sin inmutarse. A los ojos de su Dios austero, no había motivo para lamentarse. Cada día, durante los preparativos, Jean-Baptiste le había preguntado a su amigo si había cambiado de opinión, y éste le había respondido siempre que no se preocupara más por él. Después de todo eran dos aventureros unidos circunstancialmente por los avatares de la vida, y al parecer había llegado el momento de reanudar cada uno su camino. Jean-Baptiste tenía muy claro lo que quería como para desviarse de su objetivo, y su compañero tenía sus propias razones para conducirse de otro modo. Había que resignarse. Disimulando la emoción, el maestro Juremi tomó la mano de Jean-Baptiste en su gran puño, la apretó con un poco más de fuerza que de costumbre y se fue sin pronunciar palabra.

La pequeña caravana salió de la ciudad por la puerta del Tapiz, donde les esperaba Joseph bajo un arco del acueducto de los Faraones. Eran cerca de las tres de la tarde y el sol hacía refulgir las piedras. Poco a poco, conforme se dirigían hacia el oeste, sus sombras se fueron alar-gando en el suelo, a sus espaldas. Atravesaron el Nilo en dos grandes barcazas manejadas por remeros con el torso desnudo. Los camellos, asustados, tiraban de su cabestro de cáñamo. En medio del río, cuyas aguas adquirían un tinte de anilina con las últimas horas del día, los viajeros contemplaban cómo se alejaban de la mole gris de El Cairo, ribeteada de minaretes otomanos en una orilla; en la otra, por encima de una cortina de palmeras, vislumbraron la mole escarpada de las pirámides. Ya de noche llegaron al pueblo de Gizeh y se internaron en un estrecho dédalo de casas de arcilla alumbradas con el resplandor amarillento de las lámparas de aceite.

Un primo de Hadji Ali los acogió en un patio decorado con azulejos en el que había una gran mimosa y los invitó a dormir en la azotea de su casa. El Cairo estaba ya lejos; la noche era muy negra, sin luna y fresca. Durmieron bien.

Al día siguiente prosiguieron su camino muy temprano. A lo largo del río se extendía una inmensa llanura, sedosa a la vista como una tela de paño verde, con algunos rectángulos negros a modo de remiendos. Millares de campesinos, solos o en pequeños grupos, ponían una nota de color en el paisaje. En los caminos, otros conducían bueyes y cargaban con un arado de madera a la espalda. La pequeña caravana acortó camino a través de esta franja de tierras fértiles y alcanzó el desierto a la altura de las pirámides. Pasaron lentamente a sus pies, en la tibieza silenciosa de la mañana. Jean-Baptiste había soñado a menudo con este lugar desde que vivía en El Cairo. Dos veces había esperado ya el alba en la cima de Keops. Al llegar cerca de la Esfinge, Poncet se alejó discretamente de la caravana y rodeó ¿1 coloso de arena. Cuando estuvo enfrente de estas piedras conocidas por los árabes por el nombre de Abou El Houl, el «padre del terror», por el miedo mortal que les inspira, el joven clavó la mirada en sus grandes ojos sombríos y dijo:

– Nos volveremos a ver, lo juro.

Luego, a galope, se reunió con la caravana.

La segunda noche durmieron al aire libre, envueltos en pieles, en la linde entre el desierto y las tierras cultivadas. Durante las dos semanas que tardaron en llegar a Manfalout se impuso el ritmo regular de los camelleros: levantarse con el sol, beber un té muy dulce calentado con fuego de leña, cargar las bestias, avanzar en silencio en estado casi hipnótico, buscar un campamento, descargar, cenar y dormir.

Manfalout, adonde llegaron al cabo de catorce días de marcha, era una gran aldea que apenas sobresalía del suelo; sus casas de piedra eran tan bajas que parecían el zócalo del desierto. No obstante, cuando se internaron en sus calles, encontraron todas las comodidades y pudieron alojarse en casa de un mercader judío que cedió a los viajeros el piso superior de su vivienda.

En aquella ciudad habrían de sumarse a la gran caravana que los conduciría hasta Nubia. Hadji Ali sabía con certeza que llegaría «pronto», pero según el reloj del desierto, «pronto» sólo quiere decir menos que una eternidad. Los días pasaban, y la espera se prolongó en el sopor de la aldea aplastada por el calor.

Jean-Baptiste estaba más preocupado por sus acompañantes que por los peligros que supuestamente le esperaban durante aquel largo viaje. Hadji Ali tenía más o menos la misma conversación que sus camellos. Se pasaba horas hurgando entre sus dientes negros con un palito puntiagudo; cuando conseguía extraer el menor resto de comida, lo aspiraba con un ruido horrible y daba las gracias al Profeta. Por lo demás, cada vez que Poncet le hacía una pregunta, respondía que ya vería «si Dios así lo deseaba». Se negó a proporcionarle información alguna a propósito del viaje, de Abisinia y del Emperador. Jean-Baptíste pronto se convenció de que el camellero, que había aceptado hacer el viaje presionado por el cónsul y pensando sólo en sus propios intereses, no confiaba en él como médico y esperaba alguna misteriosa ocasión para ponerlo a prueba.

Con el padre De Brévedent, la comunicación era un poco más alentadora. Ante Hadji Ali, Jean-Baptiste debía contentarse con dar a su supuesto servidor órdenes breves, que por otra parte no se atrevía a impartir sin bajar los ojos. Pero durante la estancia en Manfalout aprovechó para llevarse al cura al campo en busca de plantas. Durante sus salidas se acercaban al Nilo y al llano limoso, donde descubrieron especies desconocidas de caña y algas de agua en los canales. También se lo llevaba al desierto, donde recogieron plantas crasas y observaron luchas entre los escorpiones. Al poco tiempo se dio cuenta de que el padre De Brévedent poseía unos sólidos conocimientos en el campo de las ciencias. Jean-Baptiste había guardado en su equipaje un minúsculo sextante de cobre que le había regalado un paciente turco. El jesuíta le enseñó a usarlo, al tiempo que hacía sabios comentarios sobre astronomía, con tono muy modesto. Cuando se familiarizaron un poco el uno con el otro, Brévedent le hizo una confesión, con su característica modestia.

– A decir verdad, en mi juventud, y de eso hace ya un montón de años, concebí un artilugio, no se burle, que estaba en constante movimiento. La cosa no era sena, pero parece que divirtió a los físicos. Incluso me atreví a confeccionar el modelo en madera y en metal…

Jean-Baptiste estaba entusiasmado y pedía detalles.

– No recuerdo bien -dijo el cura-. Hace mucho tiempo de eso.

Luego añadió ruborizándose:

– El periódico de la Academia quiso honrarme con la publicación de mis planos.

Como compañero de viaje, hubiera preferido a otra persona antes que a aquel jesuita melancólico para quien la astronomía rayaba en la frivolidad. Pero, en fin, había que hacerse a todo, y Jean-Baptiste, que no podía vivir sin amistad, le ofreció la suya al padre De Brévedent de buen grado. Al anochecer se les veía regresar juntos como compadres, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor, con cestos repletos de hallazgos naturales en los brazos y un odre de piel vacío en bandolera, del que habían bebido a lo largo del día. No obstante, a la vista de las puertas de la aldea, volvían a simular la comedia del señor y el criado.

Ahora que era consciente de las eminentes cualidades del cura, Jean-Baptiste se afligía cada día más al ver a Brévedent, aquel filántropo cultivado, de maneras delicadas y salud frágil, trotar jadeante bajo el peso de cubos de agua y doblar el espinazo ante Hadji Ali, que le trataba como a un ser despreciable. «¿Cómo puede aceptar una humillación semejante? -pensaba Jean-Baptiste-. Esta experiencia debe resultar mucho más cruel para un hombre que ha aprendido a razonar libremente.»

Sin embargo, no olvidaba el objetivo de su viaje y le desesperaba tener que permanecer allí. La gran caravana seguía sin llegar, y esto podía acarrear pésimas consecuencias.


Alix de Maillet se extrañó mucho de que le encomendaran una misión tan de improviso. Cuando su padre le expuso el asunto, le costó asimilarlo, pero enseguida se mostró llena de alegría. Se pasó la mañana canturreando en su habitación al son de un organillo. ¡Una misión! Era la primera vez en su vida que a alguien se le ocurría confiarle una responsabilidad. Todos sus deseos se habían colmado; por fin iba a poder salir de aquella casa que se había convertido en su prisión. Y por si eso fuera poco, tendría un lugar deshabitado para ella sola. La descripción que le hizo su padre, aquel dédalo de plantas y objetos despertó su curiosidad. No obstante, a esta curiosidad se sumaba cierto temor: ¿sería capaz de llevar a cabo su misión? ¿Se encontraría con objetos, y sobre todo con seres vivos -aunque fueran vegetales- hostiles e incomprensibles hasta el punto de no responder a sus cuidados y morir? El riesgo era lo suficientemente grande como para sentirse angustiada, pero en el fondo tenía confianza. Además, no estaría en un lugar completamente desconocido. Se trataba de la residencia de Jean-Baptiste Poncet. Iba a internarse en el lugar donde él había vivido y, pese a la decepción que le había causado su partida y su silencio, esperaba que aquella casa fuera el reflejo de los sentimientos que le había inspirado su dueño.

El padre Gaboriau, incorporado de mala gana a aquel quehacer, fue a buscar a Alix un día después de que la caravana se hubiera marchado, pues no había necesidad de que las plantas estuvieran mucho tiempo sin cuidados. El cónsul puso a su servicio un cabriolé, y a las ocho emprendieron su camino para un viaje de dos minutos. Desde aquella mañana, el señor De Maillet empezó a decir a todos los visitantes que su hija iba con el cura a cuidar las plantas de los antiguos droguistas. Consideraba que si la cosa era pública, también era natural. Así pues, el jesuíta mandó estacionar la calesa ante la casa de Poncet sin disimular que tenía la llave y entraron en la estancia que había sido el antro del maestro Juremi. Antes de partir, el protestante había puesto un poco de orden, es decir, había hecho desaparecer su lecho y había colocado la vajilla en su sitio. En la mesa, situada en medio de la habitación, había una carta a la atención del padre Gaboriau. Éste mandó a la joven que la leyera, arguyendo que aquella luz era insuficiente para sus ojos cansados. La carta decía que el jesuita, por su edad avanzada, podía dispensarse de subir al piso superior y que había para él un diván, que avistaron inmediatamente en un rincón, en la planta baja. Asimismo los boticarios habían tenido la delicadeza de elaborar un reconstituyente para aliviar los males que, según sabían, padecía el cura. En la misiva agregaban que bastaría con tomar diariamente un vaso de la gran garrafa de cristal provista de un grifo en su base. También especificaban que todas las indicaciones para cuidar las plantas estaban recogidas en dos grandes cuadernos que la señorita encontraría en el piso de arriba.

El padre probó el medicamento con una mueca de satisfacción.

– ¿Es amargo? -preguntó Alix.

– Niña mía, es un remedio, y hay que tomarlo como es.

Si el brebaje no hubiera sido una receta de los boticarios, el padre Gaboriau habría jurado que se trataba de aguardiente. Cuando terminó de beber su vaso, se echó en el diván y aconsejó a su pupila que fuera a hacer sus quehaceres al primer piso.

En cuanto estuvo arriba pudo ver -como su padre unos días atrás, aunque evidentemente con unos ojos completamente distintos- la extraordinaria exuberancia de aquella casa-invernáculo. Las plantas habían exhalado su aliento húmedo durante la noche. El aire confinado allí era tibio y húmedo con olor a tronco talado y a flores silvestres, y unos cuantos pajarillos piaban posados en el caballete de la techumbre.

La joven avanzó lentamente por el estrecho sendero que discurría entre los tiestos. Rozó las ramas con la punta de los dedos, llegó hasta la mesa y se sentó en un taburete. Realmente era un lugar extraordinario, a imagen de quien lo había creado, y su presencia aún parecía notarse. Se dejó llevar por una dulce ensoñación hasta que los dos grandes cuadernos dispuestos encima de la mesa le recordaron sus obligaciones. Abrió el primer tomo. Era un austero tratado en latín sobre el cuidado de las plantas, impreso en Holanda veinte años atrás. Se sintió angustiada. Necesitaría tanto tiempo para leer y traducirlo todo que para entonces las pobres plantas estarían todas muertas. Sin embargo, en cuanto empezó a hojear las primeras páginas, descubrió una nota que sobresalía ligeramente y donde alguien había escrito con pluma: «Ponga una cubeta de agua al día a las grandes, un vaso a las pequeñas y medio a la semana a las suculentas. Abra las ventanas cuando llegue y ciérrelas cuando se vaya. Por lo demás, haga lo que le dicte su corazón. Y sobre todo, hábleles como si me hablara a mí… Jean-Baptiste.»

Alix se echó a reír, pero enseguida se llevó la mano a la boca, inquieta ante la posibilidad de llamar la atención del cura. No obstante, desde abajo sólo llegaba la respiración regular de una persona dormida. Dobló la nota, la disimuló entre dos libros, en un estante, y se dispuso de buen humor a llevar a cabo el programa tan simple y agradable que le había propuesto.

<p>2</p>

Dos días después de que la caravana se hubiera marchado, el señor De Maillet recibió en el consulado la visita de un hombre singular que se presentó como el hermano Pasquale.

Tan pronto como fue introducido en su gabinete, el cónsul empezó a ponerse nervioso. Era un capuchino, vestido con el hábito de la orden, sujeto con el cordón de nudos, y la gran capucha puntiaguda caída sobre la espalda. Su amplia vestimenta impedía distinguir su silueta, pero sus hombros anchos, su considerable estatura y las manos callosas, le daban al hombre un aire de leñador convertido en religioso. Una gran cabeza cuadrada, enmarcada en una barba negra rizada y unos ojillos inmóviles y brillantes terminaban de conferirle un aspecto estremccedor. Tenía un fuerte acento italiano, pronunciaba con fuerza las erres y recortaba las palabras con la rudeza de un carnicero que despoja de grasa una pieza de buey…

– Sono el supenore de nostra comunidad -dijo después de saludar al cónsul.

«Si este patán es el superior -pensó el señor De Maillet horrorizado-, cómo serán los otros…»

El monje fue al grano y le expuso que deseaba encontrar al hombre a quien el señor De Maillet había encomendado una embajada en la corte del Negus de Etiopía.

El cónsul hizo un gesto de extrañeza, fingiendo no entender nada. Ante esta reacción, el capuchino sacó un papel de su hábito y leyó el primer párrafo de la casta secreta que el cónsul había confiado a Poncet, precintada con los sellos oficiales del reino de Francia. El señor Macé, que también asistía a la entrevista, observó que el señor De Maillet se había quedado blanco como el papel y que parecía a punto de desplomarse. Luego se repuso y cobró fuerzas para preguntarle al monje cómo había caído en sus manos aquel documento.

– Ma, si nos lo ha enviado propiamente il signore cónsul -dijo el capuchino con una amplia sonrisa, que exhibía una dentadura espantosamente mellada.

– ¡Yo no le he enviado nada que se le parezca!

– II suo secretario, este que vedo aquí, creo, fue a verificare la traduzione con uno de nuestros hermanos, ¿no es así? Con el fratello François, ¿no lo conoce?

El cónsul se volvió hacia el señor Macé y lo fulminó con la mirada. Si hubiera podido pulverizarlo allí mismo, lo habría hecho sin vacilar. Había cometido una torpeza tan estúpida y tan imperdonable que se preguntaba si encontraría un castigo acorde para redimirla. El cónsul había encargado al señor Macé que revisara la traducción de su carta con un anciano monje maronita llamado Francois, que vivía en la ciudad, detrás de los mataderos para ser más exactos, y que era muy respetado por ser un erudito en el conocimiento de las lenguas. Pero he aquí que aquel inepto se había confundido de monje y en lugar de consultar con el inofensivo siriaco, se había dirigido a un capuchino…

El señor Macé acababa de descubrir, de la peor manera posible, la clave de un enigma diplomático que en un principio no había atinado a comprender. El hecho de que el cónsul mostrara la carta para el Negus precisamente a los capuchinos, que con tanto esfuerzo había apartado del viaje, le había parecido al infante de lenguas, que en el fondo no era más que un principiante, una artimaña sutil y muy propia que justificaba la reputación de maquiavélicos que se habían granjeado los cancilleres de Oriente. Pero ahora se revelaba la cruda verdad…

No obstante, el señor De Maillet recobró la serenidad. Ya habría tiempo de arreglar cuentas. Lo que ahora importaba era saber qué quena aquel monje patán con semejante baza en su poder.

Después de hacer memoria, el cónsul recordó con satisfacción que, en la carta del Rey al Negus, no se mencionaba a los jesuítas en ninguna parte.

– Esta embajada es una muy buona idea -continuó el hermano Pasquale-. Y he venido per proponer nostra ayuda. Tenemos algunos fratelli en la Alta Egipta y Nubia. Podemos ser muy útiles.

El monje empezó a explicarle entonces al señor De Maillet que asu orden le interesaba muy especialmente todo aquello que estuviera relacionado con Etiopía, pues el Papa en persona había encomendado a los capuchinos la santa misión de convertir el país. Por otra parte, hacía menos de quince días que el Santo Padre había nombrado oficialmente al superior de la orden de san Francisco legado pontificio a latere para Absinia. El cónsul reconoció en aquello la proverbial ambigüedad de Inocencio XII, pues a la misma hora en que bendecía la misión de los jesuítas, auspiciada por el Rey de Francia, el intrigante Papa nombraba legado para Etiopía al superior de sus directos adversarios. Es decir que lanzaba hacia el mismo objetivo a dos congregaciones que no se caracterizaban precisamente por su mutua indulgencia. ¡Y que gane el mejor!

Pero no era momento de titubeos. El cónsul se olió el peligro y reaccionó con extrema celeridad. En esos instantes se admiraba de sí mismo. ¡Ah, si Pontchartrain le hubiera visto en ese momento con el semblante distendido, fingiendo sorpresa y decepción!

– ¡Santo Dios, queridísimo hermano, qué enojoso despiste! En efecto, me he tomado la molestia de comunicarle nuestras intenciones a través de mi secretario. Pero dado que el hermano François no nos ha hecho comentario alguno, hemos pensado que sólo tomaría nota de esta embajada. Compréndanos, nada nos hacía suponer que deseaba unirse también. Hoy hace tres días que se marcharon, y no tenemos medio alguno para alcanzarlos.

– E lamentable, realmente lamentable -dijo el hermano Pasquale, sacudiendo la cabeza-. ¡Due occasioni perduti en apenas cuatro días! Due de nuestros hermanos debían partiré con un mercader arabo que iba a buscar un médico per el Negus. Ma el hombre ha desaparecido.

– ¡No es posible! -exclamó el cónsul, sudando a mares-. Comprendo que esté disgustado.

El diplomático agregó algunas frases de condolencia, pero el capuchino no era hombre pródigo en palabras vanas, y cuando comprendió que no le sacaría nada más, se despidió con brusquedad del cónsul y se fue.

La vida estaba llena de coincidencias. El hermano Pasquale lo sabía y conocía demasiado bien Oriente para intentar desenmarañar todas las incógnitas de la existencia. Aun así, le parecía que habían enviado la misión demasiado deprisa y que el cónsul estaba demasiado nervioso para ser honesto. Con estos pensamientos desapareció en la ciudad árabe para proseguir con su investigación.En cuanto el capuchino salió del consulado, el señor De Maillet se desprendió de la peluca bajo la que traspiraba horriblemente. Se volvió hacia el señor Macé y, antes de haber tenido tiempo para dar rienda suelta a su perorata, vio a su secretario caer de rodillas contra el entarimado con un ruido de nuez partida. Nunca se imploraba en vano el perdón, de manera que el señor De Maillet decidió ser benévolo y retenerle el sueldo durante dos meses como única sanción.

La gran caravana llegó por fin a Manfalout. Apareció con las primeras horas del alba, cuando la ciudad estaba todavía adormecida. La víspera por la noche, la gran plaza del mercado sólo era un descampado desierto de arena gris por donde merodeaban algunos perros flacos. Pero a la mañana siguiente ya estaba repleta de camellos arrodillados, fardos sujetos con cuerdas y telas extendidas sobre estacas de madera a modo de refugios. Una multitud de hombres avanzaba a gritos, todos ellos ataviados con túnicas azules y un turbante en la cabeza o suelto sobre los hombros como un chai. Las teteras de latón se calentaban en fuegos de leña. Una espesa humareda azulada que producía la carne de cordero puesta a asar sobre las ascuas se extendía por todo el campamento.

Hadji Ali conocía bien al jefe de la caravana, un tal Hassan El Bilbessi, y esta circunstancia le permitió hacer enseguida algunos negocios. Intercambió sus cinco mulas por dos camellos, primero porque eran más baratos que en El Cairo, y segundo porque con ellos sería más fácil internarse en los desiertos. Desgraciadamente, los dos animales que acababa de adquirir, a duras penas podían soportar la carga de las mulas. A resultas de esto, Hadji Ali anunció con una sonrisa malvada que Joseph no tendría montura y que debería caminar junto a las bestias, como los esclavos nubios, con la diferencia de que éstos estaban acostumbrados a caminar por la arena.

El padre De Brévedent acogió esta última humillación sin rechistar, e incluso convenció a su compañero para que no protestara, argumentando que no debían despertar sospechas.

Jean-Baptiste empezaba a pensar que el jesuita se complacía excesivamente en la sumisión. Por lo demás, ahora ya no simpatizaba tanto con él como días atrás. Era demasiado palpable que el religioso guardaba las formas por educación, simplemente. Brévedent se mostraba prudente en todo momento, y aunque parecía complacido cuando paseaba con Jcan-Baptiste, éste pronto se dio cuenta de que prefería eludir tales salidas. Su único deseo auténtico era esconderse detrás de un seto de chumberas para rezar y practicar los ejercicios espirituales que alimentaban su fe. Un breve diálogo fue suficiente para medir sus diferencias abismales.

Cuando Jean-Baptiste le preguntó acerca de su vocación, el supuesto Joseph respondió con un aplomo ingenuo:

– Es muy sencillo. Nací en el seno de una familia acomodada, de alcurnia. Y todo me ha resultado fácil; sólo he tenido que aprender aquello que me enseñaban. Asumí el proyecto de la creación sin esfuerzo, a través de ese lenguaje que se llama ciencia. Dios me ha colmado con las gracias de su Providencia. Él me ha dado todo, y yo sólo he querido devolvérselo.

– Pues mi caso es completamente diferente -dijo Jean-Baptiste-. Yo nací sin familia y muy pobre. A los seis años me pusieron al servicio de un boticario. Su hija, por capricho, me enseñó el alfabeto como quien enseña cabriolas a un perro, para reírse. Ésa es toda mí educación. El resto lo he aprendido por mi cuenta, como he podido. En el fondo, si sigo su razonamiento debería de decir que Dios no me ha dado nada y que yo he abandonado…

El jesuíta lo miró aterrorizado con la expresión del niño que, al descubrir la falta de un compañero de clase, teme sufrir el mismo castigo. Estaba claro que si no consideraba al médico como el diablo en persona, a buen seguro que lo imaginaba como uno de sus servidores. Probablemente siempre habría tenido este prejuicio, fundamentado sin duda en las piadosas advertencias del padre Versau y del cónsul. Aquel día, Jean-Baptiste comprendió por primera vez que estaba solo. De repente añoró vivamente la amistad del maestro Juremi, su pasión por la verdad, que lo alejaba de toda hiprocresía, su generosidad y su peculiar sentido del humor.

Al cabo de dos días la caravana abandonó nuevamente Manfalout. Estaba formada por unas ciento cincuenta bestias, y se alineaba en una larga y lenta procesión, en la que Hadji Ali, Poncet y Joseph ocupaban prácticamente el centro. Avanzaron dos leguas hacia Oriente y se detuvieron en la población de Alcántara. Por un puente de piedra cruzaron un estrecho curso de agua, que supusieron un ramal del Nilo. La noche siguiente acamparon en el desierto, cerca de unas ruinas monumentales que representaban las piernas y los pies de un faraón sentado, sin cabeza ni busto a consecuencia de la erosión.Gracias a la benevolencia del jefe de la caravana, Hadji Ali y Poncet pudieron acomodarse en dos de los mejores lugares, entre los dedos del pie del coloso, allí donde los inmensos bloques de piedra formaban una suerte de grutas que los protegerían del frío nocturno.

Joseph preparaba la cena para sus amos. Poncet, que había ido a hacerle compañía junto al fuego mientras el hombre removía la sopa, advirtió enseguida que estaba más nervioso que de costumbre.

– He estado con los camelleros hace un rato -dijo el jesuita- y he escuchado su conversación.

– Y bien, ¿qué decían?

– Que hay otro franco en la caravana.

– Nada más normal -respondió Poncet sin inmutarse-, los mercaderes van con regularidad al Alto Egipto y a Nubia…

La forma de ser del jesuita empezaba a sacarle de quicio. Le irritaba tanto aquella actitud de presunto testigo, su inquietud constante y su seriedad que en ocasiones tenía que controlarse para no propinarle un puntapié.

– Imagínese que está solo en medio de una caravana de esta envergadura -gimió el padre De Brévedent- y que usted supiera, porque todo el mundo lo sabe, que hay otros tres cristianos. ¿No iría a verlos lo antes posible?

– Entre los aventureros de Oriente hay quienes prefieren pasar desapercibidos ante sus semejantes -dijo Jean-Baptiste, a punto de perder la paciencia.

– Entonces vayamos en busca de ese hombre. Es el mejor medio de saber si huye de nosotros y lo que esconde.

Jean-Baptiste acabó cediendo por cansancio y porque la inquietud de aquel cura era contagiosa. Y aceptó ir a dar una vuelta por el campamento. Joseph confió la cuchara a un nubio, no sin antes recomendarle que tuviera cuidado de que no se derramara la sopa. Dado que pronto anochecería y que la caravana era muy larga decidieron separarse, de manera que el jesuita se fue por un lado del coloso de piedra y Poncet por el otro. El día declinaba rápidamente. El sol rojizo desaparecía por el horizonte del desierto, y la luz rasante que difractaba el polvo del terreno difuminaba las siluetas, en una bruma borrosa. Antes de que se hiciera de noche, los dos hombres, cada uno por su lado, habían inspeccionado todos los grupos que habían podido aunque sin descubrir a nadie que tuviera la apariencia de un franco, de modo que el jesuita no se quedó tranquilo. El padre Versau le había recomendado que tuviera cuidado con las intrigas de los capuchinos, y Brévedent veía su sombra detrás de este misterioso asunto del viajero inaprehensible.

Los días siguientes fueron muy duros pues recorrían un desierto pedregoso donde no había ni una gota de agua. Joseph daba pena de ver. Cada vez que hacían un alto, iba a pegar sus labios resecos al odre de piel de cabra que colgaba de la montura de Poncet. A los dos días estallaron sus sandalias de hebilla y se vio obligado a andar descalzo por el suelo abrasado por el sol. En una jornada, las plantas de sus pies se convirtieron en una sucesión interminable de ampollas sangrantes. Poncet abrió el cofre donde estaban dispuestos ordenadamente sus re-medios, y aplicó a aquel desgraciado un ungüento que secó las llagas de los pies y le alivió el dolor. Pero, al día siguiente, cuando llegó la hora de ponerse derecho, el jesuita palideció y estuvo a punto de desmayarse. Al verlo en aquel estado, Jean-Baptiste le propuso montar en su lugar toda la jornada, pero Joseph se negó en redondo y caminó todo el trayecto sin proferir una sola queja.

«A este hombre le apasiona obedecer -pensó Jean-Baptiste-. Seguramente no hay nada que le dé tanto miedo como la libertad.»

Afortunadamente, durante las horas siguientes aparecieron en el cielo algunas nubes; hacía menos calor y el suelo, en esta parte del desierto, estaba cubierto de un polvo fino que resultaba menos agresivo para los pies. Al atardecer, cuando hubieron acampado, Hadji Ali se presentó para anunciarles que sólo faltaba un día de marcha hasta el gran oasis donde se detendrían algunos días. Luego se marchó para compartir la "cena con el jefe de la caravana. Hassan El Bilbessi había mandado sacrificar a un camello herido, y en ese momento su carne fibrosa se estaba asando en un gran fuego.

La mañana siguiente fue también muy calurosa y Joseph aún siguió con sus padecimientos. Al caer la noche llegaron por fin al gran palmeral que los antiguos llamaban Oasis Parva y los árabes El Vah. Estaban en el punto más extremo de la ruta bajo la autoridad del pacha. Un pequeño archipiélago de palmeras comunicado por estrechos corredores vegetales sobresalía en una zona de pedruscos. El oasis era casi tan grande como una ciudad. Pequeños manantiales empapaban la tierra negra y alimentaban una hierba verde, alta y compacta. Algunas parcelas cultivadas estaban rodeadas por tapias de piedras planas. Aquí crecían plantas como la sena y la coloquíntida. Por los senderos del palmeral pasaban grupos de niños de tez oscura y silueta de polichinela que cargaban, entre risas, con calabazas deformes sobre la cabeza. Siguiendo con sus costumbres, Hadji Ali, que se alojaba en uno de los palmerales donde una indígena hospitalaria le contaba entre sus clientes más fieles, obtuvo para Poncet una cabaña de ramas de palmera trenzadas en la que había una cama. Los camellos abrevaron en un estanque; luego los ataron y los dejaron pastar. Jean-Baptiste cedió su cama a Joseph y tendió una hamaca entre las dos palmeras.

<p>3</p>

Dos días después de su llegada al palmeral, Hadji Ali fue a sentarse junto a Jean-Baptiste, y como prueba de amistad se ofreció a preparar el té. Después de una hora larga de hablar para no decir nada, el camellero pidió al médico que entrara un minuto con él en la choza de paja.

– Mira esto -dijo el mercader en cuanto estuvieron dentro.

El hombre se alzó una de las mangas de su amplia túnica y le mostró un brazo, un hombro y la parte superior de la espalda ulcerados a consecuencia de unas pústulas de un aspecto repugnante.

– ¿Cuánto tiempo hace que estás enfermo? -preguntó Poncet.

– Tres años más o menos. El mal aparece y desaparece de repente.

– ¿Te rascas?

– Constantemente, de día y de noche. Qué el Profeta me guarde, porque en cuanto retira los ojos de mí, me desollo vivo.

Poncet le indicó que se vistiera. Salieron de nuevo, y Hadji Ali volvió a plantarse junto a la tetera. El médico fue hacia los bultos que habían apilado a la entrada de la choza y trajo consigo un frasco con un tapón de corcho.

– Úntate esto en las zonas afectadas por la mañana y por la noche, y dentro de tres días ya hablaremos.

Hadji Ali le besó las manos, tomó el frasco con precaución y salió de allí con la idea de combinar lo útil con lo agradable y dejar que su almea le aplicara el ungüento.

Brevedent, que había presenciado de lejos la escena, se sentó junto a Jean-Baptiste. Al parecer, el jesuita se había repuesto de las penurias de los días anteriores, pero aun así seguía siendo tan desconfiado y temeroso como siempre.-¿Por qué habrá esperado tanto tiempo? Podría haberle mostrado su enfermedad antes de partir -dijo mirando de reojo al camellero, que se alejaba.

– Mejor que no. Imagínese por un instante que mi ciencia se hubiera revelado inoperante antes de abandonar El Cairo. El viaje se habría anulado, simple y llanamente, porque habrían deducido que tampoco podría curar al Negus. Ahora le hemos pagado a Hadji Ali, así que estamos en sus manos. Y si tiene que deshacerse de nosotros, se las ingeniará para sacar el mayor provecho posible.

Se quedaron en silencio y Jean-Baptiste adivinó que el pobre jesuíta estaba más sumido que nunca en sombríos pensamientos.

La verdad es que el padre De Brévedent tenía poca confianza en las facultades médicas de Jean-Baptiste, sobre todo porque había tenido ocasión de comprobar sus frágiles conocimientos de farmacopea en el transcurso de sus salidas científicas. En varias ocasiones incluso había demostrado que sabía más que Jean-Baptiste, pero éste había aceptado sus comentarios sin inmutarse. «La botánica no es la medicina -había dicho-. Lo esencial es esa especie de entusiasmo e intuición que ayuda al buen entendimiento entre los seres y que permite encontrar la absoluta concordancia entre un hombre que sufre y la planta que le puede aliviar.»

Para Brévedent, aquel galimatías no era nada más que magia. Y tenía grandes dudas a propósito del efecto que producirían tales quimeras en el cuerpo de Hadji Ah hoy, y en el del Negus mañana. Pero era demasiado tarde para volver atrás; para bien o para mal, la suerte del jesuita estaba ligada a tan curioso herborista.

Para cambiar de tema y distender los ánimos, Jean-Baptiste llamó la atención sobre el nombre del oasis, El Vah.

– Creo que es una deformación de El Haweh, «aire». Habrán escogido ese nombre por el ambiente fresco que reina aquí y por ese vientecillo que agita las palmeras constantemente.

Brcvedent, por su parte se decantaba más bien por Halaoué, «dulzura». Como no se ponían de acuerdo, resolvieron que un nativo zanjara la discusión filológica. El primero que se cruzó con ellos fue un anciano que arreaba dos borricos cargados de dátiles, azuzándolos con una vara.

Los árabes aman su lengua, de manera que nadie se negaba a platicar sobre una palabra. El anciano, que tenía el rostro más arrugado que una momia, escuchó los razonamientos de los dos viajeros entre risas, y cuando hubieron expuesto sumariamente sus hipótesis, le pinchó en el pecho a Brevedent con su vara de madera, como si se tratara de un florete y sentenció: -¡No!

Y con Poncet hizo lo propio.

– El Vah -dijo, pronunciando la palabra correctamente mientras los animaba a seguirle.

Atravesaron un claro, bordearon un campo de coloquíntidas, con el anciano delante, Jean-Baptiste detrás, luego Brevedent, y finalmente los dos asnos. Por fin llegaron a un sotobosque poblado de zarzas de un verde oscuro. El viejo las señaló con la vara, y repitió tres veces:

– ¡El Vah!

La planta era una especie de acebo, con hojas brillantes, poco espinosas y de un color verde oscuro.

– La zarza de Moisés -dijo el viejo-. ¡El Vah!

Y señaló la planta.

– El bastón de Kahled lbn El Waalid es El Vah.

– ¿Quién es Kahled lbn El Waalid? -preguntó Brevedent con humildad.

El viejo frunció el ceño ante una pregunta que evidenciaba tamaña ignorancia.

– ¡El gran general -dijo-, el exterminador de los cristianos!

– ¿Es verdad eso? -preguntó el jesuíta aturdido.

– Antes el agua de aquí era amarga. Khaled lbn El Waalid golpeó los manantiales con su bastón, y desde entonces el agua se volvió pura. ¡El Vah!

Los dos hombres agradecieron al viejo sus explicaciones y regresaron en silencio.

– Y dígame -preguntó el padre De Brédevent, que veía a su compañero ensimismado en sus pensamientos-, ¿qué prodigiosas analogías le sugiere esta planta?

Jean-Baptiste hizo un gesto vago, y al llegar al campamento continuó paseando solo por el oasis.

Había reparado en que aquella zarza era igual a la que crecía alejada y solitaria en el jardín del consulado, y se acordó de que se disponía a cortar un vastago cuando apareció Alix. Y este recuerdo le sumió en una dulce ensoñación,


Hacía ya dos semanas que Alix iba cada día a casa de los boticarios, y aquello se había convertido en una agradable costumbre. El padre Gaboriau se dormía en el diván después de tomar su brebaje, mientras la muchacha subía a hablar con los pájaros y las plantas. Como había presentido Jean-Baptiste, Alix había descubierto por instinto qué necesitaba cada una, alentaba a las más pequeñas, y de vez en cuando frenaba a golpe de tijera de podar el ímpetu de conquista de las más grandes. También tenía tiempo para hojear los libros, y tocar temerosamente las empuñaduras de los floretes que colgaban de la pared. Incluso tuvo la audacia de estirarse en la hamaca. Todo aquel decorado rezumaba ausencia. Según fuera su estado de ánimo, veía a Jean-Baptiste en todos los lugares donde había dejado su impronta, o faltaba en todas partes, como una cabeza separada del cuerpo que lo ha dejado sin vida.

Tuvieron que pasar dos semanas para que, una vez familiarizada con la casa, osara avcnturarse a la terraza que daba al patio interior. Aunque todas las persianas estaban cerradas, siempre podía haber alguien que observara detrás de una de las ventanas y temía que las habladurías llegasen hasta su padre.

Las primeras veces sólo salió unos minutos. Detrás de las ventanas por donde podría ser vista no había rastro de vida, así que se armó de valor, llevó una silla y terminó pasando al aire libre la mitad de las mañanas.

Quince días después de la partida de la caravana, Alix oyó un ruidito detrás de un postigo. La muchacha se estremeció y se quedó paralizada. No obstante consideró que lo más conveniente era aparentar que no estaba asustada y no salir huyendo, como si estuviera haciendo algo malo. Al final volvieron a oírse unos arañazos procedentes de la ventana más próxima, situada a menos de un metro de la terraza. De repente se abrieron los dos postigos de golpe y apareció la silueta de una mujer en la ventana. Se llevó un dedo a los labios para que Alix no gritara, pues era evidente que la muchacha se había llevado un buen susto y que en cualquier momento se podía poner a pedir auxilio. Alix se tranquilizó, y las dos mujeres se miraron en silencio. La persona que acababa de abrir la ventana tenía la apariencia de una mujer madura; al verla, la joven se imaginó que habría acariciado ciertos ribazos de la vida que a su edad parecían imposibles de alcanzar. Todo esto para decir, simplemente, que tenía más de cuarenta años. Sus bellos rasgos de campesina resaltaban en un rostro redondo, iluminado por unos ojos sonrientes y cómplices que miraban siempre de frente para expresar a los amigos la sinceridad, y a los otros el coraje y el orgullo de los pobres. Llevaba un vestido sencillo de sirvienta, de tela marrón, del que rebosaban, como frutos de un cesto demasiado lleno, sus brazos redondeados, sus hombros fuertes y una garganta firme que terminaba escindiéndose en un surco profundo.

– ¡Amiga! ¡Amiga! -musitaba agitando una mano, y con la otra todavía en los labios.

Cuando vio que Alix se había tranquilizado, le dijo en voz baja:

– Mire a ver si el cura sigue durmiendo.

La joven asintió.

«¿Cómo sabe que hay un cura?», pensó mientras bajaba con cuidado la escalera.

El padre Gaboriau roncaba plácidamente, así que volvió a la terraza y le hizo una señal afirmativa.

– Voy a bajar -dijo la mujer con segundad.

La joven no se atrevió a contradecirla. Entonces vio que aquella robusta mujer pasaba ágilmente una pierna por el alféizar antes de saltar por la ventana con una gracia felina. Pese a sus sandalias planas era más alta que Alix. Se alisó el vestido dando dos golpes secos con la palma de la mano y se acercó a la joven. Le sujetó las manos con amistosa firmeza y alzó ligeramente los brazos.

– Realmente es usted muy bella -dijo la mujer.

Alix se puso colorada.

– Más bella aún de lo que él había dicho -agregó la mujer.

Su rostro desprendía una ternura inexplicable y reconfortante, que probablemente emanaba de su buen humor, de su sonrisa, y de las arrugas que se advertían alrededor de los ojos y de la boca; las huellas de lágrimas y de sufrimientos añadían, a la simple alegría, la seriedad de quien es capaz de asumir grandes empresas.

– ¿Quien es ése? -preguntó Alix.

– Juremi, por supuesto -dijo la mujer riendo.

La señorita De Maillet no pudo reprimir un ademán de pesar.

– Porque me lo ha dicho él -añadió la desconocida con una mirada enigmática.

La mujer tomó a Alix de la mano y la condujo hasta la silla para que se sentara, mientras ella se apoyaba en la baranda.

– Hace quince días que la observo. Sé todo de usted, su nombre, y también quién es el hombre de sus sueños. Esto es demasiado injusto. Yo también debo decirle algo. Me llamo Françoise y vivo en esa casa de donde acabo de salir. Cuando los droguistas estaban aún aquí, venía cada día a prepararles la comida. Eso es todo. ¿Está más tranquila ahora?

– Sí… no… no sé -dijo Alix turbada.

– Por supuesto, esto es un poco cruel -dijo Françoise-. Habría podido dirigirme a usted hace mucho tiempo. ¿Cree que me complacía ver cómo daba vueltas por aquí sola, a dos pasos de mí?

Un mechón espeso de cabello se desprendió de su moño de azabache, le cayó sobre la sien, y Françoise lo volvió a colocar en su sitio. Alix observó sus manos enrojecidas por el trabajo y sus uñas rotas y cortas; sin embargo eran las manos de una mujer, se veía en la calidad de su piel que tornaba invisible el relieve de las venas para darle la gracia de un objeto liso.

– Pero compréndame -prosiguió Françoise-. Tenía órdenes. Y más órdenes. Evidentemente, siempre se puede desobedecer. Pero sobre todo es que había hecho una promesa.

– ¿Una promesa? Pero ¿qué ha prometido y a quién? -preguntó Alix.

– A Juremi. Me hizo jurar que esperaría a que usted se hubiera instalado, que vigilaría si el cura duerme bien cada día… Por cierto, ¿cómo va el brebaje que le prepararon? ¿Queda suficiente?

– La mitad de la garrafa.

– Recuérdeme que agregue más cuando se acabe.

– ¿Tiene usted más? -preguntó Alix, que ya había empezado a preocuparse ante la perspectiva de que se agotara el reconstituyente.

– Tanto como desee. ¡Es el aguardiente que nos vende su señor padre a veinte piastras!

Françoise se echó a reír, con la boca abierta. Tenía una dentadura perfecta, los dientes con un esmalte como de perlas. Luego continuó hablando en un tono más seno.

– Le he prometido todo esto a Juremi. Y ahora sólo me resta darle la carta.

– ¡La carta! -exclamó Alix.

La joven no entendía nada: Juremi, una carta… De repente todo aquello empezaba a asustarla.

Françoise hizo un gesto para que guardara silencio y aguzó el oído para comprobar que el cura no se había despertado. Al ver que no pasaba nada y que la muchacha estaba en ascuas, metió la mano en su vestido y sacó un sobre.

– Esto es lo que tenía que darle. Ha esperado quince días, y ahora dos minutos le parecen demasiado. Tenga.

Alix cogió el sobre y leyó: «Para la señorita De Maillet.» Era la misma letra de la nota que leía y releía desde el primer día, la letra de Jean-Baptiste.

<p>4</p>

La gran caravana se reagrupó lentamente al cabo de tres días. Un intenso calor abrasaba las regiones que iban a atravesar, situadas cada vez más al sur. La luna iluminaba el desierto conforme ascendía en el cielo, así que decidieron continuar la marcha durante la noche. Partirían siempre por la tarde, a la caída del sol. Los pozos empezarían a escasear paulatinamente, y más aún las provisiones. Tuvieron que abastecerse de alimentos para ocho días, y en el último momento foseph se vio obligado a llevar un bulto a la espalda, porque las monturas iban cargadas a más no poder.

Con su semblante impenetrable habitual, Hadji Ali iba y venía, comprobaba la carga de la caravana, daba órdenes a gritos y hacía restallar el látigo. Pasó por delante de Poncet varias veces sin hacer ninguna alusión a los efectos de su tratamiento, y el médico se abstuvo de preguntarle nada antes de que hubieran transcurrido los tres días.

Emprendieron la marcha y avanzaron lentamente en la placidez de la noche. La luna lanzaba una luz blanca como la harina, que moldeaba el relieve de las cosas y esculpía las sombras. El suave balanceo de los camellos, el silencio quedo de los hombres y el ruido amortiguado de cientos de pasos sobre la arena sumía a todo el mundo en un sosiego y un sopor casi implacable. Había que hacer verdaderos esfuerzos para no dormirse.

Al despuntar el alba, cuando el cielo empezaba a teñirse a su izquierda de un resplandor cárdeno, llegaron al primer hontanar de agua y montaron el campamento. No era ni mucho menos un oasis, sólo había unos árboles y un pozo saturado de alumbre. El agua tenía un color repugnante y un gusto espantoso. Los hombres se refrescaron el rostro y se humedecieron el pelo, pero se abstuvieron de beber; era preferible aguantarse la sed, y esperar a morir de otra cosa.

Aquella noche se cumplía el tercer día del tratamiento. Cuando hubieron acampado, Hadji Ali se dirigió hacia Poncet, pasó por delante de él con cara de pocos amigos y fue a reunirse con los camelleros que se hallaban congregados alrededor del pozo, a pocos metros de allí, para asearse antes de hacer sus plegarias. Hadji Ali, con lentitud, hizo lo propio. Se quitó toda la ropa menos los amplios bombachos de tela y se descalzó. Se lavó con agua, escupió y, tras recoger la túnica y el turbante con una mano y las botas con la otra, se acercó a Poncet. Éste observó que en toda la superficie de la piel sólo le quedaba una excrecencia imperceptible que pronto iba a desaparecer. Había erradicado el mal. Hadji Ali saludó respetuosamente a Jean-Baptiste, volvió a enfundarse en su túnica y continuó su camino, hacia un lugar retirado donde desenrolló su esterilla para rezar.

Joseph, que había presenciado la escena, se santiguó con disimulo y dijo:

– ¡Dios mío, es un milagro!

Jean-Baptiste se sintió un poco ofendido, pues interpretó su observación como una forma de menospreciar sus méritos.

– ¿Sabe usted lo que ha escrito el cabalista? -inquirió-. Pues que quien cree en milagros es un imbécil.

El padre De Brévedent bajó la vista.

– Y quien no cree un ateo. Medite sobre ello esta noche, cuando nos pongamos en camino.

Los días y las noches siguientes fueron idénticos a los anteriores. La caravana del desierto había retomado su ritmo para surcar la senda de la más absoluta soledad. En varias ocasiones durmieron en medio de aquella inmensidad, sin más sombra que las pieles extendidas a modo de tiendas; el interior parecía una sauna. Al contrario que los primeros días, los ratos de descanso eran aún más penosos que la marcha, que ahora se hacía con el ambiente fresco de la oscuridad. Llegaron a otro pozo, esta vez con agua dulce donde llenar los odres.

Después de comprobar por sí mismo las aptitudes del médico, Hadji Ali se mostró más respetuoso con Jean-Baptiste. Aunque no era un hombre locuaz, por lo menos aceptaba responder a sus preguntas y a veces, por propia iniciativa, le informaba de cosas que le parecían útiles. Aquel día, antes de salir, Hadji Ali fue en busca de Poncet y le dijo:-Hasta el oasis de El Vah viajaba otro franco en la caravana, ¿lo sabía?

– Me lo habían dicho, pero no lo hemos visto. ¿Quién es?

– Lo ignoro. Va delante de nosotros, a dos días.

– ¿Quién lo acompaña?

– Va en un camello y lleva otro detrás con la carga. Pero el hombre está solo.

En cuanto el camellero se hubo ido, Joseph se le acercó para pedirle encarecidamente noticias. Pero Jean-Baptiste le dijo que todo iba bien, en parte porque se compadecía del jesuíta, y en parte para no agudizar más aún su exasperante consternación.

Se sucedieron aún unas cuantas jornadas de aplastante reposo y otras tantas noches de marcha bajo la luz blanquecina y cegadora de la luna llena. Por fin empezaron a ascender hasta llegar a una meseta desértica, que tardaron una jornada entera en atravesar. Al amanecer descubrieron a sus pies el inmenso valle del Nilo, nimbado por la bruma que los campos habían exhalado durante la noche. Una gran ciudad señoreaba el recodo del río. De la mole plana de casas de adobe emergían el verdor rectangular de los jardines y los minaretes macizos como torreones, muy diferentes de las agujas otomanas del Bajo Egipto. Habían llegado a Dongola, la primera ciudad del reino de Senaar. La caravana se detuvo al pie de sus murallas. Hadji Ah y Poncet, seguido de su criado, que iba tres pasos por detrás, entraron en la ciudad hacia el mediodía y fueron a presentar sus cartas de recomendación y sus presentes al príncipe que gobernaba la ciudad en nombre el Rey de Senaar.

Era un hombrecillo enclenque que parecía abismado en una especie de trono cubierto con telas de colores intensos. Recibió a los viajeros con muchos miramientos y pidió a Poncet que se dignara curar a su hija menor, una niña de once años que se estaba quedando ciega. Mandaron llamar a la pequeña princesa, que sólo podía caminar del brazo de una sirvienta porque tenía los párpados pegados con unos humores amarillentos. El gobernador explicó que algunas noches había que atarle las manos a la espalda, pues en cuanto se tocaba sus párpados, se intensificaba la inflamación. Jean Baptiste le pidió a Joseph que le acercara el cofre de los remedios. Sacó un polvo rojo y recomendó que lo disolvieran en un agua muy pura. Luego prescribió que le lavaran los ojos con esta solución tres veces al día, y que por la noche le aplicaran en los párpados un aposito de algodón empapado con la misma sustancia.

Al día siguiente la niña tenía los ojos secos. Tres días después ya los podía abrir con normalidad, y poco después recuperó la vista sin que quedaran secuelas. El gobernador, loco de contento, le preguntó a Poncet en qué podía complacerle, pero el médico respondió que sólo deseaba su protección. Durante la semana que se prolongó su estancia en Dongola, recibieron un trato honorífico y durmieron en el palacio; les sirvieron jarrete de antílope y filete de oso hormiguero, aunque se perdieron la mejilla de hipopótamo, con gran pesar del gobernador, pues no era la estación. Entre los grandes señores y sus familias había muchos enfermos, por lo que estaba bastante ocupado. El gobernador puso a su disposición un caballo y un asno para su servidor, de modo que también tuvieron la oportunidad de pasear por los alrededores de la ciudad y admirar el valle extraordinariamente fértil. En aquel lugar, el ribazo del río se elevaba dos o tres metros sobre el nivel de las aguas. La tierra no se regaba naturalmente, por crecidas, como en Egipto; gracias a un inmenso y constante trabajo, aquellos hombres habían creado ingeniosos mecanismos provistos de norias, troncos huecos y pequeñas esclusas que facilitaban el riego de los cultivos. De regreso, Poncet felicitó al gobernador por la laboriosidad de su pueblo, y le manifestó también su admiración. El hombrecillo le respondió con entusiasmo:

– Esta ciudad es la suya, si así lo desea. Quédese a mi lado como médico y a partir de mañana dispondrá de veinte fanegas en el valle y treinta familias para cultivarlas. Tendrá una casa en la ciudad y una cuadra con camellos y caballos árabes. Le aseguro que será usted feliz aquí.

Por una vez, Hadji Ali fue útil. Le recordó con cortesía al gobernador que el viajero tranco debía acudir junto al Negus y que su ofrecimiento, por muy generoso que fuera, sólo podría llevarse a efecto cuando estuvieran de vuelta. Todos los pueblos del Nilo consideraban a los abisinios como los «señores de las aguas», porque eran los dueños del nacimiento del río y podían desviar o desecar su curso a su antojo. Nadie se habría arriesgado a provocar al rey del país de las aguas, de modo que el gobernador se resignó.

Entretanto, los enfermos que Poncet había tratado volvían con excelentes noticias. Cada día se oía el relato de una curación espectacular. El padre De Brévedent, sin explicarse la razón, no podía por menos que rendirse a la evidencia y reconocer que el muchacho tenía un auténtico don. Sabía ganarse la simpatía de las personas que vivían horas amargas y consolarlas en su dolor, pero también sabía granjearse su amistad en los momentos más corrientes de sus vidas. Le bastaba mirar a un niño para que este le dirigiera una sonrisa. Incluso las bestias se calmaban en su presencia. Los perros callejeros, indolentes y temerosos, que desconfiaban de los humanos, le seguían instintivamente por la calle, aun cuando no les diera nada. Esta sintonía con todas las criaturas de Dios se acercaba más a las necedades de san Francisco y sus seguidores que a la austeridad de san Ignacio. El jesuita consideraba aquello como simples chiquilladas. Ahora bien, al igual que los idiomas, las creencias locales, en suma, al igual que todo lo que no servía para nada, también los dones de Poncet se podían poner solapadamente al servicio de la fe verdadera. Era un buen pasaporte para Abisinia, y había que sacar provecho de ello, simplemente.

Al fin estaba todo preparado para la partida. Pasarían la última velada en el palacio para cumplimentar la invitación que habían recibido, y por la mañana empezaría a moverse la caravana. Las regiones que debían atravesar eran peligrosas, de modo que decidieron viajar de día.

Poncet estaba descansando un poco en su habitación cuando alguien llamó a su puerta. Estaba casi seguro de que se trataba de un mensajero que venía a implorar su presencia para curar a algún enfermo en la ciudad. Fue a abrir y en la puerta se encontró con un mocoso de tez oscura, con la cabeza rapada y medio desnudo, que le tendía una nota. Poncet la desdobló. Estaba escrita en francés: «Siga al niño y venga a verme.»

Las letras estaban en mayúsculas, para que la escritura pareciera anónima, y el mensaje no estaba firmado.

Poncet decidió despertar al padre De Brévedent, que dormía en una habitación de la planta baja, y le pidió que le acompañara. Luego volvió a abrir el cofre ya preparado, de donde sacó una espada que se sujetó en el cinto, y confió al pobre jesuita, espantado, un puñal de dimensiones considerables. Cuando estuvieron listos, el niño los condujo por unas callejuelas bañadas en las sombras del crepúsculo. El corazón de la ciudad era un hervidero. A aquella hora en que cede el calor y los murciélagos empiezan a zigzaguear, los habitantes salían de sus casas ciegas y frescas como cavernas para saludarse de una puerta a otra.

Jean-Baptiste intentó retener en la memoria el camino que seguían, pero se desorientó rápidamente. Al final fueron a parar a una pequeña plaza en la que convergían tres callejones. En uno de los ángulos, donde se distinguían dos ventanas cerradas con una celosía forjada, había una casa de té como las que se encuentran en cualquier lugar de Oriente. Entraron. La sala estaba casi vacía; el suelo y los bancos de obra en derredor de las paredes estaban cubiertos con alfombras raídas, rojas y azules. Las minúsculas lámparas de aceite dispuestas en bandejas de cobre cincelado despedían una luz cálida. Un hombre sentado en la penumbra del fondo se levantó cuando ellos entraron, y Poncet llevó la mano a la empuñadura de su espada.

– Amigo -dijo el hombre.

Poncet se quedó paralizado mientras la inmensa silueta se enderezaba en la oscuridad.

– Esa voz…

El desconocido avanzó unos pocos pasos hacia la luz de las mesas, luego se quitó el sombrero de fieltro y se dejó ver.

– ¡Maestro Juremi! -exclamó el jesuita.

Jean-Baptiste, que había reconocido a su amigo en cuanto pronunció la primera palabra, se abalanzó sobre el para darle un caluroso abrazo entre gritos de alegría. Para Poncet, el hecho de encontrarse nuevamente con su compañero era un motivo de felicidad por partida doble pues aquel encuentro significaba también el final de su larga soledad teniendo en cuenta que Joseph le hacía poca compañía. El maestro Juremi pidió cafés, vació las tazas por la ventana, y vertió dentro el líquido transparente de un frasquito que llevaba en el bolsillo. Y brindaron por el reencuentro.

– Así que el caballero franco eras tú -dijo Jean-Baptiste.

– No podía aparecer hasta que abandonáramos Egipto. Y puedo asegurarte que no ha sido por falta de ganas.

Ahora que se habían acostumbrado a la luz tenue de la lámpara, Poncet distinguía mejor los estragos que el viaje había infligido a su compañero.

Tenía el rostro enflaquecido y los ojos hundidos.

– Y aquí he preferido esperar a que solventarais vuestros asuntos con el gobernador y no aparecer hasta la víspera de la partida. ¿Qué piensas de todo esto? ¿Será difícil unirme a vosotros?

– Tú déjame hacer a mí -dijo Poncet-. Nos hemos encontrado y no vamos a separarnos más.

Ambos continuaron con sus efusiones jubilosas. El maestro Juremi volvió a llenar los vasos, que apuraron de un trago, y empezaron a reír y hacer bromas.

– Tendrás que contarme tu viaje -dijo Jean-Baptiste-. ¿Cuándo decidiste unirte a nosotros? ¿Cómo te las has arreglado para pasar desapercibido en Manfalout?

Sin dejar de beber, el maestro Juremi agitó la mano para indicar que iba a responder. Pero de repente se oyó la voz afilada y falsa del jesuita, que se había mantenido al margen de las manifestaciones de entusiasmo.

– Discúlpenme -dijo-, pero me parece que la presencia de este hombre no entra dentro de los acuerdos que habíamos pactado.

Súbitamente había adoptado un tono autoritario; ya no era el criado obediente que simulaba ser. No parecía que el maestro Juremi hubiera advertido hasta entonces que el jesuíta estaba allí.

– ¿Y éste qué quiere ahora? -dijo mirando sin contemplaciones al padre De Brevedent.

– Estamos aquí -continuó el jesuíta- por orden del Rey y bajo las instrucciones de Su Santidad el Papa. Esta misión nos incumbe a nosotros solos, y sólo a nosotros. El cónsul dijo claramente antes de partir: ni hablar de que se mezcle en nuestra embajada un… alguien que…

En el rostro del maestro Juremi apareció una mueca tan espantosa que el jesuíta no se atrevió a continuar, y dejó la frase inacabada.

– ¡Qué se calle si no quiere recibir! -estalló el maestro Juremi, golpeando la mesa de cobre con el puño. Un ruido de címbalos ensordeció la estancia, y el dueño del café apareció rápidamente.

El jesuíta optó por dirigirse a Jean-Baptiste, que parecía más tranquilo, y que para bien o para mal era el dueño de la situación.

– Señor Poncet, usted ha adquirido unos compromisos. Por muy lejos como vayamos, volveremos, al menos así lo espero. Y tendremos que justificarnos. Por lo demás, si llevamos con nosotros a este hombre, nadie se va a creer que haya venido aquí sin su consentimiento. Dirán que ha habido una premeditación, que estaban confabulados.

El maestro Juremi lanzó un auténtico rugido y sacó su espada.

– ¡Le voy a hacer trizas! -gritó, abalanzándose sobre el jesuíta.

Poncet se interpuso, pero siguieron los gritos. Un montón de curiosos se arracimaron en las ventanas y en el quicio de la puerta para observar aquel extraordinario acontecimiento: una pelea entre francos. Jean-Baptiste consiguió por fin desarmar a su amigo. Le empujó hacia el fondo del local y luego se volvió hacia el padre De Brevedent.

– Yo no he adquirido el compromiso de abandonar en medio del desierto a un amigo que necesite ayuda -dijo-. Sepa que no he intervenido en absoluto en esto, pero asumo todas las responsabilidades para que se quede con nosotros.

Luego, mientras tiraba de la manga al maestro Juremi y empujaba a Joseph delante de él, Jean-Baptiste añadió:-Vamos todos ahora mismo a la residencia del gobernador para arreglar los papeles.

Se alejaron de aquel hormiguero y volvieron a internarse en las callejas oscuras, siguiendo al pequeño mensajero que les había guiado a la ida.

Como el gobernador tenía una deuda pendiente con Poncet por haber curado a su hija, no pudo negarle el favor que éste le pedía, de modo que escribió para el maestro Juremi una carta de recomendación dirigida al Rey de Senaar y al Negus de Etiopía. Hadji Ali, decepcionado por el apoyo que recibían los dos francos, acabó por comprender que sería un error llevarles la contraria. El padre De Brévedent volvió a ser Joseph, y en lo sucesivo se abstuvo de expresar sus opiniones. Torció el gesto y en la parte inferior de sil rostro se dibujó de nuevo aquel mohín de abatimiento que solía darle un aire tan alicaído. Se volvió aún más taciturno, y aunque hasta entonces el jesuíta le había dado muestras de una escasa simpatía, Jean-Baptiste se preguntó si no estaría celoso de ver juntos a los dos amigos.

Sea como fuere, el supuesto Joseph salió ganando pues al día siguiente, gracias a los dos camellos que acarreaba el protestante y después de dejar sus presentes al gobernador, el servidor dispuso de una montura.

El jesuíta estaba totalmente convencido de que la aparición del maestro Juremi había sido una treta preparada de antemano con Poncet. Pero se equivocaba de medio a medio. Ambos tuvieron tiempo de explayarse hablando de ello durante las largas horas de marcha en la caravana. La verdad era que el protestante, reconcomido de remordimientos por haber dejado solo a su amigo frente a tantos y tan grandes riesgos, decidió de la noche a la mañana emprender el viaje. Pero para evitar complicaciones con el cónsul y no forzar tampoco a Jean-Baptiste a mentir, práctica que horrorizaba al maestro Juremi, prefirió no decir nada y reunirse con él en secreto fuera de Egipto.

Jean-Baptiste tuvo un presentimiento respecto a la identidad del misterioso franco que se escondía tan cerca de ellos, pero hasta el final no lo supo con certeza.

También hablaron de El Cairo, donde el maestro Juremi se había quedado una noche más que su amigo. Había abandonado la casa en el preciso momento en que la carroza que conducía a Alix y al padre Gaboriau doblaba la esquina de la calle.

– ¿Estás seguro de que le han dado mi carta? -preguntó Jean-Baptiste con emoción.

<p>5</p>

Ahora que Alix conocía la naturaleza del brebaje que le habían prescrito al padre Gaboriau, ya no dudaba en recomendarle que aumentara la dosis. Aquel día, apenas llegaron a la casa de los boticarios, le animó a beber un enorme vaso de un solo trago, y en menos de cinco minutos se quedó dormido. Apenas oyó el primer ronquido, Alix corrió a la terraza y llamó a su amiga, mirando hacia la ventana con los postigos cerrados.

– ¡Françoise, ya puede venir!

Las persianas se abrieron en cuanto se oyó la voz, y Françoise fue a reunirse con la joven en la terraza. Las mujeres acercaron dos sillas y se sentaron en un rincón, una al lado de la otra.

– ¿Se siente feliz por la carta que le entregué ayer? -preguntó Françoise.

Alix se ruborizó. A pesar de que la conocía muy poco, la joven confiaba intuitivamente en aquella mujer que la miraba con tanta bondad. Durante las primeras horas interminables de aquella mañana, Alix había esperado con impaciencia el momento de confiarse a aquella desconocida que le ofrecía su comprensión.

– Tenga -dijo al tiempo que le tendía la carta a su amiga-. Lea usted misma.

Françoise tomó en sus manos los dos pliegos escritos con la letra apretada de Jean-Baptiste y leyó:


Querida Alix:


Le escribo a toda prisa, sentado en un baúl, en medio del desorden de todo lo que llevo conmigo, y con la mente más revuelta aún por las tribulaciones fútiles de estos preparativos. Ya sé que noes el mejor momento para expresar sentimientos. Sin embargo, los míos se me aparecen hoy tan claros como los proyectos que me inspiran, y por eso no temo turbarme por concebirlos. Mi único temor es comunicárselos tan de repente y en un momento en que usted no esté preparada para escucharlos. Por este motivo he tomado la precaución de hacerle llegar esta carta con una cierta tardanza que usted perdonará, espero. Si lee estas líneas es porque ha ido a mi casa y porque se ha acostumbrado a ella; porque la rodean mis queridas plantas, que son propiamente una parte de mí; y también porque ha conocido a Françoise y ha sabido ganarse su digna confianza. En estas condiciones, Alix, es más fácil hablarle. Compartimos el mismo espacio, aunque no estamos juntos, y tenemos amigos que nos unen. Nunca hemos estado tan cerca, ahora que la distancia nos libra de lo que nos separaba, cuando estábamos tan cerca uno de otro.

Al amparo de esta lejanía, tengo menos reparos en confiarle con toda franqueza lo que siento. Durante estos últimos días no me he atrevido, y de haberlo hecho, todo habría impedido esta confidencia. Sin embargo, por mi parte, sólo la veía a usted, sólo le hablaba a usted, y aun cuando fingiera dirigirne a los demás, sólo usted era el centro de todos mis pensamientos.

Nuestro encuentro es demasiado reciente como para no retener cada fase en la memoria. Desde el momento en que la vi, en el puente del Kalish, me turbó su belleza y la gracia de todo su ser. En cuanto me acerqué, en cuanto la observé y cruzamos nuestras miradas, aquella primera impresión fue calando cada vez más hondo en mí. Como no estoy acostumbrado a experimentar sentimientos tan vehementes, al principio me angustié, e incluso me sentí incómodo, pero luego no pude por menos que abandonarme a ellos con felicidad. Me gustaría tener tiempo suficiente para contarle con detalle todos los encantos que veo en usted, pero estas páginas no son suficientes. En vista de que no dispongo del sosiego necesario para ello, prefiero no decir nada que, tomado al azar, pudiera hacerle pensar que he olvidado alguna de sus virtudes. Querida Alix, adoro todo lo que conozco de usted, e incluso amo apasionadamente la fuerza que usted disimula aún y que no va a tardar en revelarse.

Me pregunto por qué le digo todo esto ahora que voy a partir; por qué la abandono ahora, si realmente mis sentimientos son tan profundos, y también me pregunto de qué sirve expresarlos puestoque me marcho. Estos últimos días he pensado en todo esto con la exasperación de alguien que toda su vida se ha negado a darle cabida a la menor brizna de melancolía. A fuerza de darle vueltas a este asunto en la cabeza, he terminado por verlo de una manera diferente que hace dichosa mi partida. Sí, Alix, quiero convencerla de que este viaje es una oportunidad, la nuestra. Si me hubiera quedado en El Cairo, nada de esto habría podido ser. En cambio, todo será posible cuando haya salido victorioso de la prueba que el destino me ha impuesto. Este triunfo me alzará hasta usted y, si usted quiere, seremos iguales y por lo tanto libres.

Desde que hice el juramento de cumplir esta misión por usted, y sólo por usted, no hay peligro que no me sienta con fuerzas de afrontar con este propósito. Cada paso que me aleja de usted me acerca más. No tengo ninguna duda del éxito de mi empresa. Volveré. Y mi única esperanza es que tenga la paciencia suficiente para esperar mi regreso. Aunque no pueda reunirse conmigo en el lugar donde me encuentre cuando lea mi carta, sepa, Alix, que tampoco me puede abandonar. La sensación de que usted me acompaña es un constante motivo de placer. Y ahí, en los caminos del desierto, libre de toda suerte de ataduras, me siento con la audacia de abrazarla.


– Y todo este embrollo -dijo Françoise cuando terminó de leer- para decirle que se ha enamorado de usted.

– Pero si apenas nos hemos visto -dijo impulsivamente la joven con la mirada ausente-. Ni siquiera hemos hablado…

– Según usted, ¿cómo se enamora uno? ¿Viendo cada día a alguien que no le gusta, durante un período de tiempo prudencial?

– No, desde luego, pero ¿cómo puedo saber que es sincero?

Alix revelaba con visible aplicación el fruto de las cavilaciones de la noche anterior.

– Un hombre que emprende un viaje semejante no tiene razón alguna para mentir -dijo Françoise.

– Puede ser un desafío, un deseo nostálgico o una fanfarronada. Después de todo, no tiene nada que perder pidiéndome que le espere…

– ¿De verdad está segura de lo que está diciendo? -le preguntó Francoise. La joven bajó la mirada, como si reflexionara un instante. Una lágrima rodó por su mejilla.-Por supuesto que no -confesó al fin-. Estoy tratando de convencerme de lo contrario, porque todo mi ser me dice que me ama… como yo lo amo.

– ¿Y tan grave sería aceptar las cosas simplemente como son?

– Si así fuera -continuó la joven, que seguía su propio razonamiento-, seré desgraciada pase lo que pase.

– ¿Se puede saber por qué? -preguntó Françoise.

– Juzgue la situación usted misma -respondió Alix, mirando a su amiga con los ojos llenos de lágrimas-. Si no vuelve de ese viaje, habré muerto para siempre. Y si vuelve…

– Todo será posible, él se lo ha dicho.

– ¡Usted no conoce a mi padre!

«Qué niña», pensó Françoise con ternura antes de añadir dulcemente:

– Va demasiado lejos. Espere sólo a que vuelva. En cuanto a lo demás, tenga confianza en él. Sería inaudito que un hombre que habrá forzado la puerta de reinos ignotos, persuadido a príncipes indígenas y ejecutado las voluntades del Rey de Francia y del Papa, no pudiera doblegar al padre más obcecado.

Alix le sostuvo la mirada con el semblante de tierno recelo que se adopta cuando un amigo le dice a uno dignamente las palabras que desea oír.

– Venga aquí todas las mañanas y charlaremos. El tiempo pasará más deprisa -dijo Françoise.

Luego abrazó a la joven, acarició sus cabellos y la dejó llorar.


Todo fue bien hasta llegar a Senaar. La gran caravana llegó a la ciudad al cabo de unos diez de días de marcha por el desierto de Bahiouda. Conforme avanzaban hacia el sur, la vegetación iba reapareciendo poco a poco. Entraron en el país que los árabes habían llamado Rahemmet Ullah, «la misericordia de Dios». Esta misericordia consistía en que ya no era necesario tomarse el trabajo de regar la tierra, como en Dongola, pues las lluvias del trópico se encargaban de hacerlo de una forma natural. Por todas partes se veían pastos verdes, arbustos de gran altura e incluso grupos de árboles. Gracias a estos favores del cielo, los campesinos estaban descansados y se contentaban con pasear a sus asnos cantando.

Senaar, la capital, estaba situada a orillas del Nilo azul que desciende de las montañas de Abisinia transportando lodo de esquisto. Erauna gran ciudad agrícola y comercial dotada de ricos bazares, bellas mezquitas y un palacio residencial donde el Rey y su corte vivían permanentemente. Todas las construcciones eran de piedra y una argamasa de arcilla roja.

Durante esta última etapa del desierto, el viaje transcurrió sin incidentes. Tras la alegría del reencuentro, el maestro Juremi se había vuelto tan silencioso como de costumbre y hacía gala de su mal humor habitual. Entre el jesuíta y el protestante había una relación de tregua armada. Se evitaban y sólo se dirigían la palabra a través de Poncet, que se veía obligado a su pesar a actuar de mediador entre los dos hombres. Pero Joseph se sentía más fastidiado aún pues mientras su enemigo viajaba como un señor, él se humillaba como criado, tenía que cargar y descargar las bestias, preparar la sopa en cada alto y llenar los odres en los pozos. Aunque Poncet le sugería que hiciera oídos sordos, Hadji Ali le daba cada vez más órdenes directamente. Pero ahora estaban en tierra extranjera y el camellero ya no les temía, así que lo mejor era ser prudentes. El supuesto respeto que dispensaba a Jean-Baptiste no era óbice para que el caravanero no desperdiciara ninguna ocasión para exigirle el pago de exiguos tributos que siempre terminaban siendo grandes sumas. En pleno desierto de Bahiouda, Hadji Ali aprovechó un alto para intentar un nuevo chantaje. Llegó a la tienda de los francos acompañado del impenetrable Hassan El Bilbessi, envuelto en un turbante que sólo dejaba a la vista sus ojos enrojecidos por la arena.

– Dentro de dos días llegaremos a Guern -dijo Hadji Ali-. Es un puesto de guardia para controlar las viruelas.

Explicó que en las fronteras del reino de Senaar, el Rey, a quien aterrorizaba esta enfermedad, había mandado establecer puestos de guardia para someter a cuarentena a los viajeros sospechosos.

– Hassan dice que conoce bien al jefe -prosiguió Hadji Ali-. A los árabes los dejará pasar. Pero no se fiará de usted, así que nos veremos obligados a dejarle allí y continuar solos. A menos que…

– ¿A menos que qué?

– A menos que le dé algún dinero para convencer al funcionario.

Hadji Ali mencionó una suma exorbitante. Luego siguió la consiguiente comedia con Hassan El Bilbessi, con el que hablaba en dialecto, mientras este último sacudía la cabeza como un campesino testarudo que no quiere saber nada. Al final bajó el precio, pero tuvieron que pagar. Dos días después llegaron al puesto de guardia y encontraron los edificios abandonados. Probablemente habría pasado el peligro de epidemia, y las medidas de cuarentena se habían suprimido. Pero ni Hadji Ali ni Hassan quisieron devolverles el dinero que sin duda ya se habrían repartido.

En Senaar todo empezó a las mil maravillas. Se presentaron en el palacio para darle al Rey sus cartas y sus presentes. Como en Dongola, el soberano, al saber que Poncet era médico, le pidió que curara a uno de sus parientes. A partir de ese momento las cosas dieron un giro.

En una estancia contigua al salón del trono, el Rey había convocado a Poncet y al maestro Juremi, pues en la carta de presentación rezaba que este último era un boticario titular. El soberano era un hombre enjuto, con la piel negra y mate como el carbón; sus ojos pequeños reflejaban la inquietante crueldad de quien ha ordenado muchos actos espantosos y teme ser objeto de venganzas aún más abominables en el momento más inesperado. Hadji Ali no fue convidado al examen pues el Rey en persona iba a explicar el asunto en árabe, lengua que Poncet y el maestro Juremi comprendían perfectamente. Un guardia hizo entrar a un muchacho de unos catorce años, que pese a su edad era más alto que los dos franceses. Por mandato del Rey, el joven paciente se desprendió de la túnica negra con bordados en oro y enseguida se hizo patente toda su delgadez.

Debajo de su fina piel se percibía cada uno de sus músculos, como si se tratara del engranaje de un mecanismo. Tenía el vientre liso y el ombligo hacia fuera, como el cuello de un ave. Lo más extraordinario era que el adolescente parecía estar bien, a no ser por su extremada delgadez.

– Es el hijo de mi tercera mujer -dijo el Rey-. No sabemos qué le ocurre. Tal come, tal hace. Si come mijo, hace mijo; si come sorgo hace sorgo, si come carne hace carne.

Se volvió hacia los médicos a la espera de su opinión.

– ¿Qué te parece? -le preguntó Poncet a su amigo.

Después de la bronca que había tenido con Joseph de buena mañana, Juremi estaba de un humor corrosivo.

– Es muy fácil -dijo con tono desdeñoso-. Está claro que come mierda.

A Jean-Baptiste le sorprendió tanto la respuesta de su amigo que soltó una carcajada. Se controló inmediatamente, pero el mal ya estaba hecho. El Rey creyó que se estaban burlando del paciente, o peor aún, de su persona, y le pidió a Poncet que tradujera lo que había dicho el boticario. Jean-Baptiste dijo que no valía la pena e improvisó unas palabras, que no complacieron al soberano.Todo fue en vano. Poncet prodigó sus cuidados más atentos al muchacho, le administró drogas, que a partir del día siguiente le ayudaron a retener mejor lo que comía. La confianza del Rey, como un plato resquebrajado a punto de romperse, había sufrido tal ataque que ya era casi imposible de recuperar.

Por si esto fuera poco, sobrevino un incidente que no habría tenido nada de particular en circunstancias normales, pero que tal como estaban las cosas contribuyó a agrandar aún más la grieta que terminaría en ruptura. El padre De Brévedent fue el artífice de la catástrofe.

En cuanto supo quién era el franco que iba por delante de la caravana, el jesuíta aceptó la compañía del protestante, porque al menos estaba seguro de que no era un capuchino. Por otro lado, con el paso de los días, se había convencido de que el peligro se había desvanecido, y que había adquirido ventaja sobre sus competidores al haber salido tan precipitadamente de El Cairo.

Brévedent estaba tan confiado que se le ocurrió la idea de pedirle a Poncet que le acompañara a visitar -siempre al amparo de su falsa identidad de doméstico- la casa de los capuchinos que había en Senaar y que albergaba una pequeña comunidad de monjes. De este modo podrían conocer algún nuevo detalle sobre la región, y tal vez enterarse de si los capuchinos tramaban algo con respecto a Abisinia. Poncet aceptó. Dejaron al maestio Juremi en la ciudad, en la casa que Hadji Ali había alquilado para ellos, y salieron a pie hacia el convento.

Aunque puede parecer curioso que el Rey de este estado musulmán aceptara la instalación de un hospicio católico en la capital, lo cierto es que había una explicación. En la corte, los capuchinos habían empleado unos argumentos totalmente contrarios a los que habían esgrimido con el Papa para recibir el visto bueno de su misión. En Roma habían afirmado que iban en auxilio de los católicos perseguidos que se habían refugiado en Senaar tras la expulsión de los jesuítas. Pero todos sabían en el reino, y el Rey el primero, que esos católicos refugiados no existían. Para empezar, porque los jesuítas no habían convertido a nadie en Abisinia, salvo al Negus, y por poco tiempo. Así que habían tenido que irse como habían llegado, solos. En aquellas tierras, los asuntos de la autoridad estaban concebidos de tal manera que si hubiera habido católicos en Senaar, el Rey nunca habría permitido la entrada en el país a los sacerdotes romanos por miedo a una rebelión en su contra. Pero en vista de que no había ninguno y de que los religiosos se comprometían a no intentar convertir a los musulmanes, sopena de exponerse a sufrir los castigos más aterradores, el soberano no había tenido inconveniente en hacer un hueco a aquel puñado de extranjeros pacíficos que daban clases a los niños, cuidaban algunos enfermos y sacaban a Senaar del aislamiento, vinculando a su Rey con Europa, ya que gozaban del favor del Papa.

Poncet, seguido de Joseph, franqueó el portalón de madera del convento y entró en un patio espacioso. En el suelo de polvo rojo había grandes vasijas de porcelana en las que se habían plantado naranjos. El capuchino recibió a los visitantes con gran naturalidad, como si los estuviera esperando. Los condujo a una estancia sin ventanas que daba al patio, como todas las demás, y les ofreció asiento en taburetes bajos tensados con correas de piel trenzada. Unos minutos más tarde, otros cuatro hermanos se reunieron con ellos. Sus hábitos, que eran como los de san Francisco, ni más ni menos, parecían ropas árabes en aquel decorado. Curtidos como estaban, con sus barbas negras y su aspecto de campesinos de los Abruzos, podían pasar perfectamente por campesinos autóctonos de este reino de Nubia, a no ser por la pequeña cruz que llevaban alrededor del cuello.

Uno de los hermanos, que se hacía llamar Raimundo, dijo que era el superior. Presentó a sus compañeros, que tenían tan mal aspecto como él, señaló a los otros dos monjes que estaban un poco rezagados y que miraban a Poncet con un aire sospechoso y dijo:

– Estos dos hermanos han venido a visitarnos. Llegaron de El Cairo ayer por la mañana.

– ¡Ayer por la mañana! -exclamó Poncet-. ¿Por dónde han pasado? Tendríamos que haberlos visto en Dongola.

– Aquí llegan unas cuantas caravanas -dijo el hermano Raimundo-. Han descendido por el valle del Nilo hasta la segunda catarata, y luego han atravesado el desierto de arena que está al norte.

– Es un camino mucho más largo -dijo Poncet.

– Depende de la estación. Cuando el Nilo no está en crecida, se puede galopar a caballo por el valle y se avanza deprisa.

Jean-Baptiste les preguntó la fecha de su partida y calculó que habían abandonado El Cairo diez días más tarde que él.

<p id="uno">6</p>

Cuando regresaban del convento a través de callejuelas oscuras, el supuesto Joseph estaba más aterrorizado que nunca. Las sombrías advertencias del padre Versau, que le había sermoneado antes de partir a propósito de las dudosas maniobras de los capuchinos, se veían ahora justificadas y de la forma más inesperada. Un sinfín de presencias y amenazas parecían bullir en la calidez de la noche. El jesuíta pensaba en los días y días de viaje que habían necesitado para llegar hasta aquella región, y en ese momento le pesaban como si fueran losas de granito que le separaban de la luz. Podían gritar o morir, pero nadie acudiría a socorrerlos. Estos siniestros pensamientos alimentaban los ruidosos bufidos que el cura soltaba como si fuera una ballena. Jean-Baptiste, crispado, había apresurado el paso y le llevaba unos cuantos metros de delantera para no oírlo. Bastante injustamente, descargó sobre el pobre infeliz, que sólo había cometido el error de haberlos lanzado a la boca del lobo, toda la furia que llevaba dentro, sólo de pensar en el chantaje de los capuchinos. En este estado, desafiante uno y desesperado el otro, entraron en la casa donde les esperaba el maestro Juremi.

Éste estaba sentado tranquilamente en el patio sobre unas cajas de mimbre y leía a la luz de un fanal de latón. Poncet y Joseph se sentaron cada uno en un baúl, frente a él.

– Los capuchinos lo saben todo -dijo Jean-Baptiste.

El padre De Brévedent mantenía la cabeza baja y el semblante lúgubre.

– Quieres decir que*…

El maestro Juremi hizo un ademán con el mentón, señalando al jesuíta, sin desviar la mirada.-No. Afortunadamente, no creo que sepan eso.

– Entonces, qué…

– Pues lo más importante, que vamos en embajada en nombre de Francia.

– Hay que decirles que se callen -dijo el maestro Juremi, levantándose anquilosado de su asiento improvisado.

Las paredes de adobe que rodeaban el patio no rebasaban la altura de un hombre. Detrás de esa barrera frágil se oían los ruidos de la noche: conversaciones lejanas y gritos de niños, murmullos cercanos, aullidos de perros y el ruido de pezuñas. Por encima de ellos, en la profundidad celeste de una noche sin luna, abrumadora y colmada de estrellas, una gran ráfaga de viento soplaba en las alturas.

– Pero ¿qué quieren exactamente? -dijo el maestro Juremi, inmóvil.

– Que llevemos con nosotros a dos de los suyos. Poco después de nuestra partida fueron a ver al cónsul, en El Cairo, y todavía no se resignan a haber perdido la oportunidad que para ellos supone la misión de Hadji Ali.

– ¿Y si nos negamos?

– Se lo dirán todo al Rey de Senaar. ¿Sabes qué significa eso? Pues verás, el príncipe es musulmán y le parece bien dejar pasar a un médico para el Negus, pero nunca autorizará la embajada de un rey cristiano.

– ¿Y entonces?

– Para empezar, supongo que nos harán prisioneros. Y como esos señores capuchinos nos han dado a entender, no se contentarán con eso. El populacho los respeta, y no les costará nada infundirles una mala opinión de los extranjeros. Todos dirán que somos hechiceros, y mi cofre lleno de frascos será una prueba estupenda. Pedirán nuestras cabezas al Rey. Y se las concederá con mucho gusto…

– ¿Qué les habéis respondido? -preguntó el maestro Juremi.

– Que teníamos que organizamos con Hadji Ali, que haríamos lo que pudiéramos. Resumiendo, que necesitábamos dos días.

– Estupendo -dijo el maestro Juremi-. ¿Y qué vamos a hacer durante esos dos días?

Poncet frunció el ceño para indicar que ignoraba la respuesta. Se quedaron pensativos. Jean-Baptiste mantenía la calma, aunque la situación era extremadamente crítica. En ese instante en que todo parecía definitivamente perdido, le irritaba aquel contratiempo, pero notenía ninguna duda sobre el feliz desenlace de su viaje. Seguramente Alix era la fuente de esa confianza.

– Yo creo que deberíamos llevar a un capuchino con nosotros -dijo el maestro Juremi con la mayor seriedad del mundo- y hacerle trizas en cuanto estemos lejos de aquí.

El padre De Brévedent se sobresaltó. Como de costumbre, antes que dirigirse al protestante, tuvo que hacer su puntualizacion particular a Poncet.

– En primer lugar -dijo-, asociar a los franciscanos reformados a nuestra empresa va totalmente en contra de nuestra misión. Y en segundo lugar, sólo una mente irreligiosa puede concebir la idea de matar curas.

– Bueno, pues a ver si se le ocurre algo mejor -dijo Juremi con maldad.

Poncet se levantó y dio unos pasos por el patio hasta el límite de la oscuridad, antes de volver junto a sus compañeros.

– Tenemos que irnos esta noche -dijo.

– ¡Irnos! -exclamaron los otros dos, por una vez al unísono.

– Sí, irnos. Tenemos dos días y dos noches por delante. Hay que pensar en algo para engañar a los espías de los capuchinos y hacerles creer que seguimos en la ciudad. Y entretanto, les tomaremos tanta ventaja como podamos.

– No conocemos la región -dijo el padre De Brévedent.

– Y la caravana no sale hasta dentro de una semana -añadió el maestro Juremi.

– No esperaremos a la caravana. Hadji Ali nos servirá de guía.

Poncet descubría sus propias respuestas a medida que las enunciaba, como los candidatos a los que la emoción no deja reflexionar y que sin saber cómo y casi a su pesar se oyen pronunciar ante un tribunal las palabras esperadas.

– Quedaros aquí-dijo-; preparad vuestro equipaje, lo mínimo. Yo voy a buscar a Hadji Ali.

Antes de que tuvieran tiempo de asimilar la noticia, él ya se había ido. No se veía casi nada fuera. Jean-Baptiste se deslizaba entre las sombras y tropezó con las piedras que pavimentaban el callejón. Afortunadamente bastaba caminar en línea recta para llegar a la gran explanada de arena que habitualmente ocupaban las caravanas que hacían un alto en la ciudad. Se escurrió entre las tiendas y llegó a la de Hassan El Bilbessi. Como había supuesto, Hadji Ali estaba sentado en unas esterillas dispuestas sobre el suelo de arena, platicando con el jefe de la caravana y otros mercaderes. Tras saludar a todo el mundo y beber también un vaso de té hirviendo, Poncet pidió permiso para hablar un momento a solas con Hadji Ali sobre un asunto urgente. Al final consiguió arrancar de mala gana al camellero y lo arrastró a su casa. Le ofreció asiento en el patio, en el mismo sitio donde unos minutos antes habían conversado los tres.

– ¿Qué ocurre? ¿Por qué está tan inquieto? -preguntó Hadji Ali con expresión sombría.

– Tenemos que marcharnos esta noche -dijo Poncet.

– ¿Esta noche? -repitió Hadji Ali, sonriendo con ironía y dejando al descubierto su dentadura mellada.

– No estoy bromeando.

– Es una pena -dijo Hadji Ali con un tono guasón-. ¿Van a irse solos?

– No, contigo.

– ¡Me parece una idea genial! Sin duda el Profeta ha tenido el acierto de prohibir las bebidas fermentadas, que le hacen concebir ideas peregrinas.

– No he bebido ninguna bebida fermentada -se quejó Jean-Baptiste-, y te aconsejo que escuches lo que voy a decirte si no quieres que mañana te azoten y te metan en prisión.

– ¿Y quién me va a meter en prisión?

– El Rey.

Hadji Ali empezó a ponerse serio.

– El asunto es el siguiente. ¿Te acuerdas de que el cónsul de Francia se opuso en El Cairo a que te marcharas con los capuchinos?

– Lo recuerdo muy bien.

– Pues tenía razón, y lo que te dijo sobre ellos era verdad. Pero es gente tenaz. Han enviado a dos de los suyos en tu busca para vengarse y te han encontrado.

– ¿Aquí?

– Sí, aquí. Esos curas tienen una casa en esta ciudad, y el Rey de Senaar les tiene en tanta consideración que los protege.

Hadji Ali empezó a asustarse. Se le notaba abatido y con una expresión que inspiraba lástima.

– Pero ¿cómo pueden estar furiosos conmigo? -preguntó.

– Están furiosos con todos nosotros. Se han propuesto impedir a toda costa esta misión. Mañana irán a decirle al Rey que no somos médicos sino simples charlatanes, y el Rey los creerá. Y lo que es peor, dirán que hemos sido enviados por Luis XIV, y nos meterán en prisión.

– ¡Ay de mí! -gimió Hadji Ali, que en su fuero interno calculaba qué parte de esos infortunios podrían recaer sobre él.

– Y a ti que has mentido al soberano, a ti que nos has presentado como médicos francos, a ti te meterán en prisión y te azotarán.

– Yo diré que no sabía nada -protestó el camellero.

– Los capuchinos han visto al cónsul en El Cairo y saben lo que sabes. -Luego, mirándole a los ojos, añadió-: Y si no lo dicen ellos, nosotros lo demostraremos.

Aunque Jean-Baptiste pronunció esta última frase con el semblante más imperturbable que pudo, no resultó muy convincente. Hadji Ali conocía bien a sus semejantes y sabía por instinto que Poncet no haría nunca tal cosa, ni siquiera contra su peor enemigo. No obstante, la frase dio resultado a través de un extraño rodeo, pues habida cuenta de que había conseguido despertar la suspicacia del mercader, todo lo demás parecía auténtico. Hadji Ali no dudaba de que los tres francos fueran un peligro real y sopesó sus propios intereses. Le bastó una breve reflexión para estimar que no ganaría nada con su muerte. A lo sumo, si los liquidaban en pleno desierto, podría encargarse de su traslado. Pero lo primero que haría el Rey de Senaar, si los encarcelaba, sería apropiarse de sus bienes.

Hadji Ali pensó que lo mejor para él sería llevarlos hasta el Negus y recibir de él una gratificación real, pues el soberano abisinio seguramente quedaría complacido por los servicios de Poncet. De paso se ganaría el reconocimiento de los francos de El Cairo. Sí, era evidente que le interesaba más salvar a los viajeros. Además, si partían de Senaar a todo correr se verían obligados a abandonar parte de su cargamento, y Hadji Ali podía convertirse en su beneficiario. La decisión por lo tanto estaba tomada. No obstante debía exponerla como si se tratara de un penoso sacrificio, para sacarle a Poncet una buena tajada.

Hadji Ali empezó a gimotear y se enjugó el sudor que le había caído por la frente cuando el franco mencionó el látigo y la prisión. Habló de dinero, y un cuarto de hora más tarde el acuerdo se cerraba solemnemente. Partirían los cuatro, los tres francos y Hadji Ali, con cinco camellos y un mínimo de bultos. Cada viajero llevaría en su montura sus efectos personales y sus armas. El camello de carga transportaría principalmente los regale* destinados al Negus y el cofre de los remedios. Todo lo demás -tenían otros muchos instrumentos científicos, presentes para las autoridades que encontraran ocasionalmente y mudas de recambio- lo dejarían a buen recaudo aquella misma noche en casa de una viuda que acostumbraba consolar al camellero siempre que pasaba por Senaar. La mujer escondería todo hasta su próximo viaje. Hadji Ali exigió finalmente que a partir de ese día los camellos pasaran a ser de su propiedad y que los francos le abonaran en concepto de alquiler una suma previamente estipulada.

A cambio de estas ventajas, Hadji Ali aceptó la escapada, e incluso buscó la complicidad de Hassan El Bilbessi para encubrir la huida. A partir de la mañana siguiente, a cualquiera que le preguntase por los francos, éste respondería que habían ido en busca de plantas al río y que Hadji Ali se había encerrado en el hammam, aquejado de una migraña. Después ya se vería.

Descansaron un poco, aunque no pudieron dormir. A las dos de la madrugada, Hadji Ali, que había ido a hablar con Hassan El Bilbessi, volvió a la casa con un camello que cargaron con dos baúles. Luego, los tres se deslizaron por el callejón a pie detrás del camellero, con sus mantas de grupa y sus sillas. Colocaron los arneses a los camellos que estaban atados lejos de la caravana y se pusieron en camino. La noche era absolutamente cerrada, pero afortunadamente para todos, Hadji Ali conocía bien la región. Nada es tan reconfortante como huir. Ya no tenían miedo. Durante varias horas avanzaron con prudencia, a buen ritmo. La ciudad estaba lejos, y ya no se oían los perros. A su izquierda, la oscuridad exhalaba un aliento húmedo que debía provenir del río. Al rayar el alba, después de haber remontado la orilla del Nilo azul, descubrieron ante ellos unas cabañas de barro seco que emergían de un tapiz de cañas. Unos bueyes sorprendidos, al borde de la ribera, resoplaban como si quisieran alejar más deprisa los últimos retazos de la noche fría. Un puente de troncos franqueaba el Nilo; empujaron a sus bestias y, cuando lo hubieron cruzado, partieron al galope hacia la luz malva de Oriente.


La tranquilidad de Alix y Françoise, que habían adquirido la costumbre de encontrarse todas las mañanas en la terraza de los droguistas, se vio amenazada de repente por la persona aparentemente más inofensiva. El padre Gaboriau, tan apacible, tan dócil a su tratamiento y que tan poco les incomodaba, sufrió un ataque. Un día, a la hora de despertarlo, Alix encontró al pobre hombre en el diván con una mano colgando, un ojo desmesuradamente abierto y la boca torcida.

El viejo sobrevivió, aunque se quedó paralítico y mudo. Su defección estuvo a punto de tener consecuencias fatales para las dos amigas, pues el cónsul se aferró a este pretexto para terminar con aquellas salidas que únicamente había autorizado bajo la coacción más execrable. Su hija apeló al compromiso moral de cara a los «propietarios del laboratorio», pero el diplomático se encogió de hombros. Bonitas palabras para calificar a aquel par de truhanes, pensó. Llegaron casi a los gritos pues Alix dio muestras de una resistencia impropia de ella hasta entonces. Al final obtuvo el permiso para reemprender sus funciones, a partir de entonces en compañía de la señora De Maillet. Entretanto, Françoise permaneció escondida. Desde la primera visita, Alix obligó a su madre a escuchar fastidiosas explicaciones sobre una botánica que iba inventando sobre la marcha, salpicada de innumerables palabras latinas creadas para la ocasión, e interminables paradas frente a las plantas crasas más modestas, que la muchacha elevaba al rango de especímenes únicos en el mundo. La pobre mujer se aburrió tanto que al regresar tenía migraña y dolor de piernas. Aún sacó fuerzas para volver una segunda vez, pero eso fue todo. El aire de aquel invernadero, declaró, era deletéreo para su salud; no obstante, reconoció que resultaba muy beneficioso para su hija. La señora De Maillet persuadió a su marido de que el entretenimiento de las plantas era una pasión inofensiva para Alix y que sería peor contrariarla que complacerla. El cónsul cedió, primero porque no había oído ningún comentario adverso en la colonia a propósito de aquellas visitas, y segundo porque incluso había recibido las felicitaciones de un mercader cuyo hijo tenía un invernadero. Alix, que temió por un momento no poder continuar con sus visitas o ser vigilada más de cerca, obtuvo la benévola autorización de su padre para acudir sola, de modo que a partir de entonces pudo ver a Françoise sin que la vigilaran.

Fue una etapa muy feliz. La joven no era ajena a la completa transformación que se estaba operando en ella. La firmeza que había demostrado frente a su padre en aquel asunto había sido la primera señal.

Al principio hubo cambios muy fútiles. Privada de la amistad a la edad en que es más necesaria, Alix necesitaba tomar la medida de su belleza, de aquel cuerpo que aún miraba con temor, como un caballo de raza del que todavía se ignoran sus aptitudes.

Fue la etapa de probar peinados nuevos, que había que deshacer a toda prisa, al mediodía, «ntes de volver a marcharse. Alix sacaba a menudo del consulado, escondidos en una bolsa, algunos vestidos que sustraía a su madre, y se divertía probándoselos. Ella desfilaba ante su amiga riendo, en aquella terraza sombreada donde crecían los naranjos. Más allá de las nociones generales y vagas sobre la belleza, Françoise enseñó a la joven a discernir y a valorar cada detalle. Alix estaba radiante.

Con el paso del tiempo, le manifestó su gratitud a Françoise por haberse mostrado tan paciente y alegre durante aquel largo período en que se había descubierto con tanta ingenuidad.

Sin darse cuenta, había pasado esta primera página. Alix conocía sus cualidades, ya no dudaba de ellas y sabía hasta dónde llegaban. Surgió entonces una seguridad en sí misma, nueva e intensa, que disimuló conservando la modestia de sus formas y sus propósitos. Su madre no vio nada, como de costumbre. Alix se dio cuenta de que la pobre mujer, a quien lamentablemente apenas conocía, tenía poco que enseñarle. ¡Qué diferencia con Françoise, que había tenido una vida de auténtica novela! Había nacido cerca de Grenoble en el seno de una familia acomodada; su padre era mercader de grano. Françoise se había vengado del poco caso que aquella buena gente había prestado a su hija, abandonándolos para seguir a un hombre treinta años mayor que ella. No tenía oficio pero los había ejercido todos, gastaba mucho sin ser rico, y todo a cuenta del padre de Françoise. Aquel apuesto amante hablaba bien, había estado en Oriente e Italia y se la llevó con él. Éste fue el principio de un sinfín de aventuras interminables que ella refería a retazos, como en Las mil y una noches. Fuga, fortuna, viaje, miseria, y amor. Exilio, mentira, juego, y más miseria. Cuando llegaron a El Cairo ya no se entendían. Todo resultó cada vez más triste hasta que el hombre murió, de forma vergonzosa, lejos de ella, en la ciudad árabe. De este período errante Françoise recordaba imágenes, anécdotas y algunas pautas de conducta. Aludía a los preceptos como si nunca más tuviera que aplicárselos a sí misma, como si la edad y la indiferencia la hubieran vuelto imperturbable. No obstante, Alix reparó en que siempre se emocionaba al mencionar al maestro Juremi cuando ésta hablaba de su trabajo en casa de los droguistas.

– ¿Le ama? -le preguntó al fin la joven.

– No puedo hablarle con menos franqueza de la que exijo de usted -respondió Françoise-. Es un hombre emprendedor, bueno, y sí, creo que le amo.

– ¿Se lo ha dicho?

– Se nota que no lo conoce usted. Es taciturno y gruñón. Veinte veces se me ha ocurrido la idea de hablar de ello. En ocasiones he pasado toda la noche pensando en cómo se lo iba a decir, pero cuando a la mañana siguiente me mira con sus ojos negros, me quedo sin fuerzas. ¿Se da cuenta? Me las doy de mujer experimentada, pero usted me lleva la delantera.

Esta simple confesión tan sincera daba aún más valor a todos sus relatos. Françoise era dueña de sus audacias y de sus flaquezas, de la pasión a la que había obedecido hasta el final y de la que todavía no se había atrevido a despertar.

Alix la admiraba. Su padre se habría escandalizado sobremanera ante tales sentimientos para con una sirvienta. Pero Alix la veía de otra forma. Era una mujer libre, que había pagado muy cara su libertad y que no lamentaba nada.

Hasta entonces, Alix no había pensado nunca que una mujer pudiera hacer otra cosa que someterse. Pero Françoise le mostraba un ejemplo distinto y su influencia alentaba nuevos sueños, que seguían caminos inciertos y caóticos. Cada vez que Alix se imaginaba libre, se hacía la ilusión de estar con Jean-Baptiste. Al principio lo achacó a que no tenía a nadie más en quien pensar. Sin embargo, Françoise la desengañó.

– Un hombre que se ha apropiado de sus sueños hasta ese punto no saldrá de ellos tan fácilmente -dijo sacudiendo la cabeza.

<p>7</p>

Avanzaron durante veintiún días. Al principio se obsesionaron tanto con la idea de que el Rey de Senaar y sus tropas iban tras ellos que creían ver la manifestación de su fuerza por todas partes. Le temían hasta tal extremo que le atribuían un poder muy superior al que en realidad tenía. Por fin, al cabo de una semana se convencieron de que nadie los seguía, y que tampoco les llevaban la delantera los temibles espías del Rey, a menos que tuvieran alas. Lo único cierto era que se habían perdido en aquel inmenso reino de arena y que su enemigo real no era el monarca invisible ni los pérfidos capuchinos sino los parajes sin agua y sin alimento que recorrían sin detenerse a descansar.

La región era completamente plana; las vastas llanuras áridas sembradas de pedruscos abrasados por el sol alternaban con una especie de valles quese prolongaban a lo largo de ríos de arena. Sólo llovía una vez al año con gran intensidad, y elsuelo absorbía la tromba sin darle tiempo a sumarse al curso de otras aguas. La densa vegetación de los valles se componía de bambúes, juncos y chumberas, que florecían en aquella estación, además de aloes y acacias. Unos tupidos mantos de espinos e impenetrables zarzales de cardos hacían poco agradable el lugar, y más de una vez fue imposible atravesar toda aquella maleza.

Como habían reducido su equipaje al mínimo, los fugitivos no tenían nada con qué protegerse; ni tienda ni hamaca ni manta, así que dormían en el suelo. En los parajes desérticos les intimidaban las arañas, los escorpiones y el veneno de los áspides. Cuando podían abrirse camino por aquellos valles umbríos quedaban expuestos a los mosquitos, las grandes serpientes constrictor y todos los bichos que el Creador había imaginado para alejar al hombre de aquellas soledades y mandarlo nuevamente al lado de sus semejantes, a pesar del temor que éstos pudieran inspirarle. Pocos días después de la fuga, el padre De Brévedent sufrió la picadura de una araña gigante en el tobillo. Poncet le administró un remedio que le alivió el dolor, pero la inflamación se le extendió por toda la pierna y tuvo fiebre, de modo que el viaje le resultó extremadamente penoso. Después el mal fue remitiendo y el cura empezó a sentirse mejor, aunque continuó estando muy débil.

Mientras creyeron que los perseguían evitaron los pueblos, que por otra parte no eran más de cuatro chozas donde vivían los pastores, y sólo se acercaban a los pozos al caer la noche para llenar sus odres. Pero cuando hubieron agotado el saco de habas que habían llevado consigo desde Senaar, capturaron un ternero que pastaba solo en un campo. Hadji Ali le dio muerte de acuerdo con sus ritos y luego mandó a Joseph que lo descuartizara. Muerto por un musulmán, guisado por un católico y degustado por un protestante; resultaba difícil imaginar un ternero más ecuménico, a menos que un rabino hubiera roído los huesos. Aún estaban cargando los cuartos restantes en las monturas cuando, para su desgracia, una partida de negros armados con azagayas y cortas espadas de bronce se abalanzó sobre ellos, tras ser alertados por un labriego que les había estado observando. Al ver la cantidad de asaltantes, Poncet pensó en escapar de allí cuanto antes, pero el maestro Juremi ya había echado mano a su espada y gritaba:

– ¡A mí, señores!

De modo que Jean-Baptiste cogió otra arma y acudió en ayuda de su amigo para luchar contra los dos primeros indígenas que encontraron. Ambos manejaban las espadas con tanta rapidez que parecían invisibles, y esto sorprendió tanto a los dos guerreros desnudos que fueron atravesados de parte a parte, mientras miraban a los blancos con grandes ojos incrédulos. Un instante después, los dos negros fueron relevados por otros dos, visiblemente divertidos por tan curiosa y sorprendente refriega. Era evidente que el sonido metálico de las armas les excitaba. Los restantes indígenas, colocados en un gran círculo, presenciaban los peculiares combates como si se tratara de un festejo. Los dos extranjeros se movían con agilidad al abrigo de aquellas largas cuchillas de hierro que revoloteaban en el aire como las alas de una libélula, mientras sus adversarios paraban los golpes con la ayuda de pesadas lanzas, aunque algunos se protegían también con un minúsculo escudo de cuero. Y cuando eran alcanzados, continuaba el relevo. Aquello era probablemente el final, pues más de doscientos negros pateaban el suelo haciendo tintinear los anchos brazaletes que todos lucían en los tobillos. Poco a poco el círculo se fue cerrando alrededor de Poncet y su compañero, y éstos empezaban a pensar que en cuanto el cansancio los abatiera, sus asaltantes sólo tendrían que ir a recoger sus cuerpos desarmados y sin aliento. De repente, al darse la vuelta en pleno duelo, Poncet reparó en que Joseph se hallaba fuera del cerco, junto a los camellos; estaba con los brazos caídos, sin saber qué hacer.

– ¡Las pistolas! -le gritó Poncet. El jesuíta contemplaba la escena pasmado-. En mi montura. Empuñe las pistolas cargadas y dispare.

El círculo se cerraba lentamente. Unos minutos después Poncet sólo atinaba a ver el polvo del suelo y un sinfín de piernas desnudas y delgadas que seguían el ritmo con los pies.

De repente resonaron dos disparos. Los negros no se movieron. Tras treinta largos segundos de silencio emprendieron la huida a toda prisa, dejando atrás los heridos y las armas.

El padre De Brévedent tenía aún las pistolas en las manos y las veía humear con una expresión de espanto.

– Bien -dijo el maestro Juremi acercándose al supuesto Joseph-, esto sí que es un triunfo. Con dos pistolas, uno es aquí rey. Insistiendo un poco, estoy seguro de que hasta se harían católicos.

El jesuíta se encogió de hombros.

Encontraron también a Hadji Ali, que en su afán por observar todo aquello desde lejos se había abalanzado sobre un zarzal. Hadji Ali suplicó a Poncet que aliviara sus múltiples y profundos rasguños y se sometió a la cura con el estoicismo de un mártir. De los cuatro, el único que resultó herido en aquella breve y victoriosa campaña fue él.

Tras considerar que ya se habían librado de la sombra vengativa del Rey, Jean-Baptiste creyó oportuno dejar de esconderse. Y efectivamente fue lo mejor, pues los indígenas se habían mostrado más recelosos con ellos al verlos merodear por los alrededores de sus villorios que si se hubieran comportado como viajeros corrientes. Desde que se dejaron ver, la vida les resultó algo más fácil pues las tribus los acogieron con una curiosidad condescendiente. Cuando veían venir de lejos a aquellos seres blancos, los indígenas se acercaban temerosos a tocarlos, y aunque los miraban con perplejidad eran muy hospitalarios. Los negros que los habían atacado lo habían hecho porque se habían apoderado de uno de sus bienes a escondidas. Sin embargo, bastaba con hacer cualquier petición en un tono amistoso para que les facilitaran todo cuanto tenían. Prueba de ello es que proporcionaron a los viajeros chozas donde cobijarse, galletas de mijo y grandes cuencos de leche mezclada con sangre fresca de buey, plato que aquellos negros consideraban como un manjar de dioses. Fueron tan obsequiosos que incluso llegaron a poner a su disposición las más bellas doncellas de su parentela. Pero después de cabalgar horas y más horas, Poncet y el maestro Juremi caían rendidos en cuanto se acostaban, y no tenían más deseo que el de abandonarse al sueño; le hacían un sitio a la cortesana con la que habían sido honrados para pasar la noche y roncaban con ardor. Con todo, antes de dormir nunca se olvidaban de mostrar brevemente su anatomía a sus acompañantes, pues éstas les habían explicado que uno de sus cometidos más importantes consistía en informar a la comunidad, al día siguiente, de qué color tenían los viajeros sus atributos íntimos. Dado que hasta entonces habían carecido de testimonio directo, los indígenas se resistían a admitir que sus intimidades fueran también de aquel extraño color blanco.

El padre De Brévedent, a quien sus compañeros le habían aconsejado obrar como ellos, y sobre todo que no se le ocurriera rechazar aquellos honores, se pasaba la noche dando gracias a Dios por miedo a sufrir el asalto de aquella criatura en el momento más inesperado. Mal repuesto de su inflamación, y debilitado por tantos avatares, el jesuíta acabó de quebrantar su salud con aquellas veladas febriles. El maestro Juremi le hizo notar con ironía que para defender su castidad no era preciso seguir al pie de la letra la máxima ignaciana «Perinde ac cadaver». Pero fue en vano.

En cuanto a Hadji Ali, que no habría sido tan remilgado, las espinas le habían dejado tantas cicatrices que respondía con gritos al más mínimo roce, y se limitaba a ironizar sobre las costumbres de aquellos salvajes, mientras lamentaba hipócritamente que el islam no las hubiera enmendado todavía.

Avanzaron cinco días más, de villorio en villorio, hasta llegar a Grefim, un pueblo anegado en la sombra de las palmeras, cuajado de flores y frutos como guayabas, granadas, aguacates y naranjas. Los loros y otros pájaros de vivos colores poblaban el arbolado en vez de los horribles buitres que habían sido la única compañía de los viajeros durante todo el viaje.

Aún tuvieron que hacer dos breves etapas por el desierto antes de llegar al fértil valle de Semonée, que conducía a Serké, un gran asentamiento comercial rodeado de colinas blanquecinas debido a sus plantaciones de algodón. En el centro de la ciudad había un bullicioso mercado en el que se apilaban los productos hortícolas traídos de los alrededores, muy colorista además debido a la vistosidad de las telas de algodón teñidas con pigmentos crudos, carmín, índigo o azafrán que se tejían en la ciudad. El mercado desprendía un olor a especias, y los puestos exhibían las abundantes plantas aromáticas de Etiopía. La ciudad estaba bordeada por un estrecho curso de agua franqueado por un puente. Al otro lado se hallaba Abisinia, una tierra cuyos altos relieves parecían difuminarse en una bruma polvorienta.


Cruzaron el puente a las seis de la tarde. Aunque nada había cambiado a su alrededor, en cuanto pusieron el pie en la otra orilla no pudieron contener su entusiasmo y empezaron a dar gritos de alegría. Poncet abrió el cofre de los remedios y sacó un frasco que había reservado para aquel gran día. Se sentaron al pie de una ceiba cuyas monstruosas raíces, triangulares como las aletas de un escualo, podían servir de espaldar e incluso de reclinatorio. Jean-Baptiste destapó el frasco, brindó por la llegada a Abisinia y echó un gran trago antes de pasarle el frasco al maestro Juremi, que hizo lo propio. Estaban degustando el mismo remedio que había apaciguado tan deleitosamente al padre Gaboriau en su diván. Hadji Ali, que nada más pisar las tierras cristianas del patriarca ya parecía menos musulmán, ingirió una dosis doble. Joseph no quería beber, así que le animaron. Diez minutos después tuvo un vómito de sangre. Como estaban muy preocupados por esta súbita indisposición del cura, Poncet le preguntó al camellero si sabía a qué distancia se hallaban del pueblo abisinio más próximo donde poder detenerse el tiempo necesario para cuidar del enfermo a la sombra de una ceiba, o en una casa si es que encontraban alguna.

Hadji Ali dijo que no había ningún pueblo cerca y que sería más provechoso seguir la ruta pues la capital no estaba muy lejos. Saltaba a la vista que el mercader quería llegar cuanto antes y que, a sus ojos, la vida de un servidor no era un motivo suficiente para perder ni un minuto.

El jesuíta fue del mismo parecer y restó importancia a la gravedad de sus males.

– Enseguida empezaremos a ascender hacia las montañas -dijo-. El aire fresco de las alturas seguramente me sentará mejor que un alto en este asfixiante desierto.

Rápidamente se pusieron en marcha. Una hora después llegaron a una llanura y empezaron a internarse en un ancho valle poblado de cañizales y ébanos. Conforme empezaron a remontar un angosto sendero, la vegetación fue tornándose más frondosa, así que aprovecharon un claro al borde del camino para pernoctar. En medio de la noche fueron despertados por un espantoso rugido y unos gritos agudos, pero puesto que había desaparecido la luna inundándolo todo de oscuridad, juzgaron que lo más prudente sería quedarse todos juntos y esperar a que se hiciera de día. Al alba comprobaron que faltaban dos camellos. También vieron un enorme charco de sangre en una hondonada. Sin duda, un león había atacado a una de las bestias y la había devorado. Doscientos metros más abajo encontraron a la otra, que había roto su cabestro llevada por el pánico.

Reemprendieron su camino a través de la espesa vegetación, conscientes de que la vida salvaje que imperaba allí era más amenazadora aún que la del desierto.

Habían perdido una montura, de modo que alguien tenía que ir andando. Como era de esperar, el jesuíta fue el primero en ofrecerse, a pesar de que se había quedado muy delgado, tenía fiebre y se le empezaban a hinchar las piernas. Poncet se negó en redondo.

– Déjeme -dijo el padre De Brevedent-. No sea tan considerado. Sólo soy un servidor, no lo olvide. Si me trata de otra manera, despertará sospechas.

Pero esta vez no lo escucharon. El maestro Juremi lo empujó hacia la silla con cierto desdén, y en esta ocasión fue él quien caminó junto a la caravana.

Tardaron algún tiempo en recorrer aquel valle cada vez más exuberante, donde de vez en cuando aparecían sicómoros de diez pies de diámetro. Por la noche se turnaban para hacer guardia junto al fuego, con una pistola en la mano y con los camellos junto a ellos. Al llegar al final del valle advirtieron de pronto que se encontraban en otro más ancho aún que parecía abarcar el primero y hasta prolongarlo. El aire de la mañana era fresco y agradable debido a la altitud, y las noches frías y húmedas. Al franquear el minúsculo desfiladero que separaba un valle del otro descubrieron un panorama suntuoso a sus espaldas: una larga y serpenteante cicatriz jalonaba las verdes ondulaciones de la montaña perfilando el camino que los había conducido hasta allí. Como una lengua de mar que va a morir a una ribera arenosa, la mole de rocas y árboles se ondulaba, avanzaba y se precipitaba como una cascada sobre la llanura gris del desierto que ahora se veía desde lo alto. Desde lejos, una maraña de palmeras y la mancha blanquecina de unos campos de cultivo sugería un manto de espuma que aquella ola vegetal hubiera dejado atrás con la resaca.

En la ladera del valle en que ahora se encontraban, unas nabeas y unos olivos silvestres conformaban casi toda la vegetación. Oyeron el canto de una alondra y vieron un buen número de arrendajos y picamaderos en los árboles. El sendero ascendía con sinuosidades abruptas; en ocasiones se torcía y se retorcía dos o tres veces por encima de sus cabezas. Desde que pisaron tierra abisinia no habían encontrado ninguna choza ni se habían cruzado con nadie, salvo con unas pobres gentes medio desnudas y horrorosamente rudas que caminaban encorvadas por el peso de grandes sacos de yute repletos de carbón vegetal.

De noche continuaron haciendo guardia por turnos, a pesar de que la naturaleza parecía más benévola. Y durante el día no vieron a ninguna fiera, aparte de unas manadas de monos muy negros y flacos con los brazos tan largos como las piernas, y tan hábiles con unas extremidades como con las otras.

Por fin dejaron atrás el bosque y llegaron a una pradera que se extendía como una alfombra de flores amarillas en la que crecían algunos árboles dispersos; los alrededores también estaban poblados por coniferas y baobabs enanos. Hacia lo alto se veía una pendiente muy escarpada, y más allá una muralla que recortaba limpiamente las cimas, festoneando el altiplano. Conforme se acercaban, vieron erigirse por encima de ellos una especie de empalizada negruzca que discurría por las crestas como si fuera una fortificación. A sus pies, grandes bloques de basalto desprendidos por culpa de alguna gigantesca fractura habían rodado hacia la pendiente para luego quedar suspendidos allí. Bajo el manto de aquella mullida pradera brotaban aquí y allá manantiales de agua fresca. En este anfiteatro de verdor, desde donde se avistaba el ribete de basalto de la meseta, tan cercana ya, todos se abandonaron a un placentero descanso. Se tendieron sobre la hierba esponjosa, bebieron agua clara, se caldearon al sol, dejándose acariciar por una dulce brisa, y se quedaron así prácticamente una jornada entera, silenciosos, somnolientos y con la mirada ausente. Ellos, que hasta entonces sólo habían pensado en sobrevivir en aquellas tierras hostiles, admiraban ahora el cielo completamente sobrecogidos.

Jean-Baptiste tenía la sensación de que todos rezaban. Hadji Ali lo hacía ostensiblemente, arrodillado hacia La Meca. El padre De Brèvedent tenía los ojos entornados, como quien escucha desde profundidades insondables el canto de las trompetas sagradas alabando el poder yla gloria del Altísimo. Lejos de su iglesia y de sus pompas, el jesuíta tenía más dificultades que nadie para soportar aquellas soledades.

El maestro Juremi, ligeramente apartado de los demás, sacudía la cabeza, movía los labios y de vez en cuando miraba al cielo con semblante adusto, sentado en un peñasco. Poncet conocía muy bien a su amigo y sabía que ésa era su manera de rezar. La mirada atenta de su Dios le seguía siempre a todas partes, así que la plegaria sólo reflejaba el momento en que su Dios y él tenían algo concreto que decirse. El maestro Juremi no se andaba con rodeos; estimaba que el Creador tiene tantos deberes hacia sus criaturas como al revés, y acaso más, porque como decía el hombre, «después de todo, fue él quien comenzó». Por esta razón, cuando una injusticia le soliviantaba, el protestante no vacilaba en pleitear directamente con Dios; se empeñaba en llevarle la contraria, e incluso le exigía explicaciones imperiosamente.

Jean-Baptiste, por su parte, daba gracias a las fuerzas invisibles del Cielo y de la Tierra, aunque para él no tuvieran ni nombre ni rostro. Durante un buen rato pensó en Alix con la deliciosa sensación de que por aquel camino se acercaba cada vez más a ella.

<p>8</p>

Antes de emprender la última subida que conducía al altiplano se desprendieron de su indumentaria europea (unos calzones harapientos y sucios y una camisa empapada cien veces en pozos, lagunas y torrentes de montaña que se había endurecido a consecuencia del polvo incrustado indefectiblemente en la tela). Los tres se vistieron con ropas moras, es decir, con una larga túnica azul y un turbante. A sabiendas de que los abisinios estaban acostumbrados a ver pasar caravanas por su territorio, Hadji Ali tenía en mente presentar a los francos como humildes camelleros para evitar que se mostraran hostiles con los viajeros.

Al cabo de dos horas llegaron al pie de la muralla de basalto; la bordearon hasta encontrar un punto de fisura entre aquellas columnatas de basalto parduzco que se erigían derechas como las estacas de una empalizada. En el extremo del sendero escarpado que serpenteaba a través de los bloques de piedra había un pueblo suspendido en el borde de la meseta.

Apenas dejaron atrás unas breñas, vieron una iglesia octogonal con un tejado puntiagudo y una cruz en el remate. Cuando pasaron por allí estaban celebrando un oficio, y en la quietud de aquel aire lleno de pureza se distinguía el eco lejano de unas voces agudas y salmódicas.

La ciudad era simplemente un gran poblado en el que vivían esclavos y labradores. Todos iban con la cabeza descubierta, llevaban una piel de cabra en los hombros y un paño de algodón blanco alrededor de los ríñones. Estos hombres tenían la tez más clara que los negros con quienes se habían topado hasta entonces.

En los tiempos lejanos en que el reino de Senaar era cristiano, el pueblo había sido un puesto fronterizo en una ruta de gran actividad comercial. Eso explicaba las murallas en ruinas que habían franqueado antes de adentrarse en la población. Hadji Ali condujo con paso decidido a los francos hasta la casa de un conocido suyo que era mercader y que los acogió con aire de conspirador. A la luz del crepúsculo, nadie se extrañó de verlos pasar, sobre todo porque Hadji Ali, que era asiduo del lugar, había tenido la precaución de descubrirse el rostro para que todos pudieran reconocerle.

Al día siguiente, el mercader que les había alojado compró sus camellos y les proporcionó unas mulas a cambio, pues las etapas del desierto habían concluido por fin. Evidentemente hubo que agregar un poco de dinero. Ya fuera por la hermosa noche que había pasado al aire libre, en una cama de sisal trenzado dispuesta en el patio del mercader, ya fuera por el efecto reconfortante de la cruz que había visto en lo alto de la iglesia, lo cierto es que el padre De Brévedent se sintió bastante mejor por la mañana. Hadji Ali fue a pagar el awide, el tributo que cobraban dos funcionarios del Emperador en la ciudad, y volvieron a emprender viaje a primera hora de la tarde.

Durante el camino atravesaron una landa con suaves ondulaciones poblada de brezos en flor, avena silvestre y juncos. Después pasaron por un bosque de cedros muy ventilado que parecía una nave; los troncos lisos hacían las veces de pilares, y estaba cubierto por una inmensa bóveda de ramas entrelazadas. Las mulas avanzaban con un trote ligero y regular sin necesidad de azuzarlas; después del oscilante vaivén de los camellos aún apreciaron más aquellas monturas tan agradables. Al sol, el aire era cálido pero tan puro que en comparación con la polvareda del desierto parecía fresco y vivificante. El menor atisbo de una sombra, ya fuera la de un árbol o la de una nubécula, producía una sensación de frescor inesperado que recordaba curiosamente a Europa. Sin embargo, el vigor que emanaban allí los elementos fue poco beneficioso para los viajeros. La sequía y los miasmas del trópico habían inflingido a sus cuerpos muchos tormentos, y la salud les ajustaba las cuentas ahora que tenían la paz necesaria para que sus cuerpos revelaran todas sus carencias. La primera noche, cuando pararon para dormir en una aldehuela con unas cuantas chozas, el maestro Juremi llamó a Poncet y le mostró su pierna. Por encima del tobillo apuntaba la cabeza de un gusano de faraón a modo de un lacito blanco a través de un cráter de carne roja. Jean-Baptiste pidió una pluma de ave; enrolló con suavidad el primer segmento del parásito en la pluma y lo inmovilizó bajo una venda.Jean-Baptiste estaba también en un estado penoso. Padecía temblores y le dolían la espalda y las articulaciones. Se durmió tiritando. Al día siguiente advirtieron que el jesuíta había empeorado más aún a consecuencia del mal que le aquejaba. Tenía los labios resecos, sufría accesos de tos y la frente rezumaba un sudor helado. Incluso Hadji Ali, tan acostumbrado a los rigores de los viajes, solicitó a Poncet un remedio para aliviar una indisposición intestinal.

De todos modos no era el momento de demorarse en aldeas como aquélla. Estaban convencidos de que recuperarían la salud en la capital, Gondar, que sólo estaba a cinco días de marcha. Hicieron el recorrido medio inconscientes y trastornados por la fiebre, de tal manera que aquel estado de aturdimiento no hizo sino acentuar aún más el impacto del fabuloso espectáculo que habría de coronar la última parte del viaje. Las lagunas de sus recuerdos, una percepción difusa, y el eco de las emociones que la enfermedad hacía resonar en sus cuerpos se confundían abigarradamente a la vista de aquellos paisajes que les causaron una impresión tan fuerte como turbadora.

El altiplano levemente ondulado por donde pasaban se les antojó el zócalo natural de la tierra que se erigía como una cuenca de creta a orillas de un mar. Cuando bordearon el punto más extremo de la meseta y miraron hacia abajo, no pensaron en la altura; sólo repararon en los abismos monstruosos de aquel valle profundo y difuminado en una bruma de polvo y vapor que revelaba las entrañas humeantes de la tierra. Al cabo de un instante, tan pronto como el sendero se alejó del precipicio, vieron emerger de la superficie de la meseta una montaña esculpida, poblada de vegetación, y con la cima pelada, estéril y glacial, conforme ascendía hacia el cielo. En ciertos lugares, estos picos sugerían gigantescos colosos de piedra gris que a veces se descoyuntaban por bloques.

En ocasiones ambos efectos eran simultáneos, de tal manera que el sendero bordeaba el abismo por un lado, mientras por el otro se imponía la soledad altiva de una montaña de pórfido.

Salvo los campesinos que vivían en las pequeñas aldeas donde hicieron alto noche tras noche, no encontraron en su camino a nadie más. Una pareja de águilas estuvo planeando toda la jornada por encima de sus cabezas. Vieron excrementos de elefantes, pero en ningún momento se toparon con ellos. Un día descubrieron una manada de agazares, las cabras montesas que los abisinios consideran un auténtico manjar. Hadji Ali animó a Poncet a que matara una con la pistola, pero éste tenía demasiadas náuseas para pensar en cazar.Por fin llegaron a la ciudad de Bartcho, a medio día de viaje de Gondar. Hadji Ali se enteró allí de que el Emperador no estaba en la capital pues se había ido a sofocar una rebelión en una provincia.

– Es inútil presentarse ahora en Gondar-dijo Hadji Ali-. Será mejor que esperen aquí hasta que regrese el Rey. Tengo un amigo que los esconderá en su casa. Entretanto yo iré a la ciudad y volveré a buscarles en el momento oportuno.

Poncet confiaba muy poco en las palabras del camellero. No le perdonaba que les hubiera robado todo cuanto tenían. En aquel momento sus pertenencias se reducían a los presentes destinados al Rey de Reyes. Todo lo demás había pasado a manos del mercader, quien incluso tuvo la desfachatez de recordarles que las túnicas moras que llevaban eran suyas. También les dijo que contaba con que se las devolvieran en cuanto el Emperador les hubiera gratificado con la primera bolsa de oro. Jean-Baptiste vio partir a Hadji Ali, con el corazón encogido por miedo a que pudiera abandonarlos a su suerte. Afortunadamente ya empezaban a encontrarse mejor. Cada día, el maestro Juremi se prestaba a que le extrajeran un poco más el gusano de faraón, y pronto estaría curado. En cambio, la salud de jesuita era gradualmente más preocupante. La casa donde Hadji Ali los había alojado estaba construida sobre estructuras cuadradas de madera provistas de barro, paja y excrementos de vaca como material de relleno, y el suelo era de tierra batida. No era el lugar más idóneo para cuidar a un enfermo, pero no había otro. Tendido en su camastro, el pobre Joseph parecía hundirse en la tierra un poco más cada día. El infeliz no había sabido medir sus fuerzas. La misión, fruto de tantos desvelos, le había inducido a creer que un hombre estudioso como él, habituado a la apacible quietud de las bibliotecas, podía convertirse en un esclavo capaz de resistir todas las penurias que hicieran falta. Sin embargo, su paulatina flojera le preparaba para la enfermedad, de la misma manera que la sequía abandona la pineda al incendio. A decir verdad, el jesuita daba lástima. No había más que ver aquel cuerpo enjuto y retorcido como un sarmiento. Respiraba con la boca abierta; tenía los labios requemados por el viento y exhalaba un hálito febril. Jean-Baptiste y el maestro Juremi se turnaban para estar a su cabecera. Pero a pesar del trato bondadoso que el protestante brindó al paciente, éste dio pruebas más que suficientes, mientras estuvo consciente, de la aversión que le inspiraba aquel hereje. En tanto creyó que podía recuperar la salud, Brèvedent se aferró a una idea fija: cumplir su misión. Y durante horas, una voz taciturna que a veces parecía emerger de un insondable delirio, evocaba la gran obra de llegar a convertir Abisinia.

– Es preciso -decía- profundizar en las tradiciones, en los usos y las costumbres, y en la lengua. Sí, sobre todo en la lengua. En cuanto lleguemos, lo primero que haré será estudiar su idioma. He adquirido ciertas nociones en Francia, aunque lo cierto es que nadie lo habla. La lengua es el medio de persuasión más efectivo. Después me aplicaré en las creencias para conocerlas a la perfección… Ahí radica el secreto. En Europa, la Iglesia ha sabido trocar algunas ceremonias de cultos paganos en actos solemnes de fe verdadera… aunque conservando los mismos lugares, las mismas fechas y las mismas imágenes.

A veces se agarraba con fuerza a quien lo velaba, e incluso llegó a dirigirse al maestro Juremi, creyendo que era Poncet.

– No vamos a repetir los errores de nuestros antecesores, ¿verdad? Antes de convertir al Rey tenemos que granjearnos la simpatía del clero y del pueblo…

En esta agonía, el jesuita sacó a relucir la parte más recóndita de su alma y reveló hasta qué punto su modestia y su resignada humillación no eran sino la cara oculta de su desaforada soberbia. Muy pronto fue evidente que la obediencia estricta que practicaba para con su orden y la renuncia a sus deseos personales, sólo tenían por objeto servir a unos designios incommensurables y a una ambición de poder ejercida desde una colectividad. No cabía engañarse; si había aceptado hacer de sirviente era porque pensaba que desde ese rango le resultaría más fácil manipular al Rey primero y a su imperio después. Pese a los ánimos y los cuidados de Jean-Baptiste, la enfermedad siguió su curso y en cuanto el jesuíta se convenció de que todo era en vano, dio rienda suelta a su pasión por la obediencia. Sin embargo, como ya no le ataban las cadenas de su misión, se sometió a los designios de la Providencia, se abandonó a la enfermedad que ésta le enviaba y ya fue inútil intentar nada más. Dos días después expiró, respondiendo con tanta docilidad a la llamada de la muerte como a las órdenes de Hadji Ali.

Poncet y el maestro Juremi quisieron enterrarle en el patio, bajo la acacia que le había dado sombra. Pero el mercader, su casero, se negó, arguyendo que su abuelo, que había construido la casa, había sido amortajado allí tras una muerte violenta, y que era inconcebible profanar su sepultura endosándole para la eternidad un acompañante tan ingrato como aquél.Así pues, al caer la noche, echaron a andar por las calles, fueron hasta un campo de zanahorias y allí, justo en el límite de la landa, cavaron una fosa profunda y metieron dentro al jesuíta. Descansó con su túnica morisca; Hadji Ali ya se la reclamaría si la necesitaba. El maestro Juremi celebró un breve oficio con la ayuda de su Biblia. Poncet, el único católico presente, ignoraba el ritual y no sabía qué hacer con sus manos. Así pues echó la tierra antes de que Juremi concluyera su salmo, emocionado al ver desaparecer en semejante agujero a aquel hombre con quien había compartido tantas peripecias durante largas semanas, a aquel hombre a quien le había ofrecido su amistad sin saber a ciencia cierta si la había aceptado o no.

– Nadie ha huido nunca tan lejos por miedo a la libertad -dijo el maestro Juremi cuando cerró su Biblia.

Ése fue el epitafio del pobre jesuita.

De regreso a la casa, los dos amigos emprendieron un silencioso viaje con el pensamiento abocado en el piélago misterioso de la infancia, las esperanzas efímeras y el pasado que ya se fue. Cuando volvieron a hablar fue para asegurar, cada uno por su lado, que la vida del jesuíta había sido más triste aún que su muerte, y que no lamentaban haberle llorado sinceramente.

Al día siguiente cambió la atmósfera. Ambos sentían una inusitada alegría y se hicieron el propósito de que no decayera. Hadji Ali volvió al cabo de tres días de ausencia. Estaba irreconocible; iba vestido a la usanza abisima, con una túnica blanca de algodón bordada con una vistosa franja. Llevaba el cabello peinado hacia atrás y se había perfumado. Al conocer la noticia de la muerte de Joseph reaccionó como que si hubiera perdido a una mula. No hizo ningún comentario y fue al grano.

– El Rey de Reyes regresa hoy a Gondar -empezó a decir-, así que ya podemos solicitar una audiencia.

– ¿A qué hora? -preguntó Poncet, contento de saber que pronto iba a salir de aquella casa donde no hacía más que dar vueltas.

– No es cuestión de horas sino de días.

– ¡De días! ¿Es que el Rey no tiene prisa por curarse?

– Ciertamente, sí. Pero antes de revelar a la corte que ha hecho llamar a médicos francos, debe preparar el terreno y poner de manifiesto que todos cuantos han intentado sanarle hasta ahora han fracasado.

– A mí me parece que durante las semanas que ha durado nuestro viaje han tenido tiempo más que sobrado para curarlo y matarlo diez veces-dijo Jean-Baptiste.-Ciertamente -respondió Hadji Ali con un tono muy acorde con su nuevo traje-. Sin embargo, como me han visto de nuevo aquí y sospechan la misión que me ha sido encomendada, todos los que pululan alrededor de la Reina y que además odian a los francos han decidido hacer un último intento. Los sacerdotes y los adivinos que integran ese bando quieren tomarse la revancha, porque el Rey los ha humillado. Cuando iba a emprender la última campaña militar, un cometa muy brillante acompañado de una larga cola surcó el cielo. Al verlo, los adivinos predijeron que el Rey perdería la batalla y no regresaría. Sin embargo ha vencido en la contienda, y aquí está de nuevo. Por esa razón ahora se ven obligados a intentar ganarse otra vez su confianza.

– ¿Y qué medios piensan emplear esta vez?

– La semana pasada mandaron venir a un hombre santo, en procesión desde Lalibella. Se trata de un monje que no ha comido ni bebido nada desde hace veinte años.

– ¡Veinte años! -exclamaron Jean-Baptiste y el maestro Juremi con sorna.

– No se burlen. Es un hecho auténtico. Cualquiera puede ver al santo; está tendido bajo un palio y cuatro monjes transportan su camilla. Delante, agrupados en torno al patriarca, van otros diez cantando, con una gran cruz de oro en la mano. Y detrás les siguen treinta jóvenes guerreros descalzos.

– ¿No les seguirán también diez mulas con toneles de aguamiel? -preguntó el maestro Juremi con una risa socarrona.

– El monje no ha dejado de rezar desde su llegada -continuó Hadji Ali, que no tenía ganas de discutir-. Esta mañana ha visto al Negus y ha alzado frente a él un gran icono de la Virgen. Mañana piensa volver para hacerle beber la palabra divina.

– ¡Beber! Pero ¿cómo es posible? -preguntó Jean-Baptiste, con el semblante serio.

– El asunto es muy misterioso. La cuestión es que pronuncia un discurso ininteligible; probablemente el secreto reside ahí, pues sus ademanes no tienen nada de particular y son muy corrientes. Dos oficiales que supervisan el bebedizo del Rey han observado el ritual y luego me lo han contado todo. El asunto es el siguiente: ese hombre santo escribe una palabra misteriosa sobre un amuleto de estaño. A continución sumerge la placa en el agua bendecida, la tinta se disuelve y da de beber esa agua al soberano.-¿Cuántas veces tiene que repetir la operación? -preguntó Jean-Baptiste con una ligera expresión de abatimiento.

– Sólo dos veces.

– ¿Y cuántos días serán necesarios para juzgar si surte efecto?

– El Rey me ha hecho saber que si dentro de una semana no ha mejorado, recurra a sus servicios.

– ¿Y si se cura merced a alguna razón extraordinaria? -preguntó Poncet.

– ¡Cómo que merced a alguna razón extraordinaria! -exclamó el maestro Juremi-. No hay nada más probable. Si al principio el tratamiento no resulta eficaz, bastará con aumentar las dosis y empapar una Biblia entera en medio litro de aguardiente.

– Si se curara -dijo Hadji Ali-, nos iríamos.

– ¿Sin verle?

– Deben comprender que si les recibiera, pese a que él personalmente tomó la iniciativa de mandarles venir hasta aquí, el Rey corre un gran riesgo. Desde que los jesuítas intentaron convertir el país en tiempos de su abuelo, el Negus no es libre. Los religiosos y todos los que están en contra de los católicos le vigilan de cerca. Si da un paso en falso, empezarán otra vez con sus intrigas y tratarán de liberarse de su brazo de hierro. Todos saben que los curas francos tienen interés en infiltrarse aquí por todos los medios, y desconfían. Si el Rey no tiene, para verles, el pretexto de que necesita un médico, preferirá enviarles de regreso y quedarse tranquilamente en su residencia.

Después de anunciarles estas inquietantes noticias, Hadji Ali se marchó para volver a palacio, así que se quedaron solos de nuevo. Pero no habían perdido la fe; sólo estaban contrariados por tener que dar vueltas y más vueltas al patio.

Uno de los hijos del mercader que los alojaba les trajo del mercado de las especias una amplia muestra de las plantas que allí se vendían, y las estudiaron entusiasmados, pues en aquel país había más especies aromáticas, resinas olorosas, tinturas y especias que en ningún otro lugar del mundo. Con la ayuda de un mortero, unos filtros y una retorta, el maestro Juremi preparó jarabes y emulsiones siguiendo los consejos de Poncet. De este modo recompusieron un poco el cofre de los remedios, cuyo contenido había mermado considerablemente durante el viaje. Pensaban que si al final tenían que irse sin ver al Rey, al menos se llevarían consigo aquellos tesoros botánicos para consolarse.Tres días después de que Hadji Ali apareciera por última vez, el mercader que los alojaba les dijo que habrían de cambiar de domicilio la noche siguiente. Así pues, al anochecer recorrieron a pie la distancia que los separaba de la capital, envueltos en sus túnicas para que nadie pudiera reconocerlos, y seguidos de las mulas cargadas con su escaso equipaje. Se dirigían hacia el barrio moro de Gondar, donde serían acogidos por otro musulmán. Una vez allí ocuparon dos habitaciones modestamente amuebladas, cuyas ventanas enrejadas daban a una callejuela estrecha. El hombre les llevó la comida y les recomendó que tuvieran paciencia.

Una semana más tarde, Hadji Ali les sacó de aquel austero retiro. El día anterior, les había hecho llegar ropas abisinias: unas túnicas cortas de gasa blanca, y una toga de algodón ligero para echarse sobre los hombros. Por fin, a la mañana siguiente, Hadji Ali apareció montado en un caballo bayo enjaezado con bridas de pompones y plumas. Unos esclavos sostenían detrás de él otras dos monturas. Poncet y el maestro Juremi, ataviados esta vez a la usanza abisima, como Hadji les había encomendado que hicieran, subieron a caballo, y la exigua comitiva emprendió el viaje hacia el palacio de Koscam en unas bestias bastante torpes.

<p>9</p>

– ¡Prosiga! -dijo impaciente el señor De Maillet-. No olvide que esta carta debe estar terminada hoy si queremos que salga en el último correo de Alejandría. ¿Dónde estábamos?

El señor Mace, sentado ante el escritorio de persiana, con una pluma en la mano, tenía aún los ojos obnubilados por la mala noche que había pasado. Los mosquitos que habían tomado posesión de la ciudad al principio de la estación seea se habían ensañado con él, atraídos sin duda por los efluvios de su transpiración. Ese olor que alejaba a los seres humanos embriagaba a los insectos, aunque, por desgracia esta dolorosa evidencia no le hacía recapacitar sobre los principios de su higiene.

– Entonces, entonces -dijo tratando de retomar el hilo de su lectura-. Sí, eso es: «y el mismo capuchino que me pidió incluir a los monjes de su orden en nuestra embajada vino a verme nuevamente ayer. Debo confesar a Su Excelencia…».

– ¡No! Esa aseveración no es suficientemente diplomática. Un cónsul no hace confesiones a un ministro.

– ¿Y si escribiéramos «Su Excelencia debe saber»?

– No está mal. Continúe.

– «Su Excelencia debe saber que no fue una entrevista de cortesía. Por mi parte me esforcé en soportarle hasta el final, pese a que en numerosas ocasiones el padre Pasquale, que parecía fuera de sí, fue más allá de los límites del decoro e incluso de la dignidad.»

– Está bastante bien -dijo el señor De Maillet de pie, con una pierna estirada, satisfecho de la lectura y admirando al mismo tiempo sus medias de seda verde manzana que acababa de recibir de Francia por medio de la galera.-«Después de nuestra última entrevista mandó seguir a la caravana de nuestros emisarios. Los capuchinos los alcanzaron en Senaar, y allí reiteraron su petición. Según parece, nuestros enviados aprovecharon una noche sin luna para huir, y a pesar de todas las investigaciones realizadas, todavía no se ha encontrado rastro alguno de ellos.»

– ¿Lo ha puesto en singular?

– ¿El qué, Excelencia?

– Pues «rastro», qué va a ser…

– Me parece que sí.

– Escríbalo en plural. No creo que hayan huido a la pata coja, unos detrás de otros, para dejar sólo un rastro.

– «No se han encontrado sus rastros.» En plural.

– Muy bien.

– «Alertados por esta huida, los capuchinos siguieron con sus pesquisas y al final descubrieron la identidad del supuesto Joseph. El asunto llegará hasta el Papa, al menos ésas son las intenciones del padre Pasquale.»

– No mentemos tantas veces a ese insolente. Diga sólo «ésas son las intenciones de los capuchinos».

El señor Macé tomó nota.

– «Propongo a su Excelencia sacar dos conclusiones provisionales de este embarazoso asunto: la primera, que hace un mes poco más o menos nuestros emisarios estaban vivos y con buena salud en Senaar, donde suponíamos que habrían de encontrarse por esas fechas.»

El señor De Maillet se había acercado a la ventana y miraba al jardín.

– «La segunda, menos evidente sin duda, que estos tejemanejes religiosos complican sobremanera esta misión. La rivalidad que existe entre ambas congregaciones y la hostilidad que los abisinios manifiestan hacia el clero católico plantea dudas respecto al éxito de una misión que debería ser menos problemática en sí misma. Dicho en otros términos, y para hablar sin rodeos, espero que los jesuítas no pongan en peligro un cometido al que se han entregado con tanto afán. Considero a este respecto que en el momento de encomendar esta misión, Su Majestad deseaba obrar en interés de toda la cristiandad.»

Era la cuarta vez, desde la tarde del día anterior, que releían la carta, pues el cónsul no se cansaba de oír esa parte eminentemente política, a su parecer tan audaz y clarividente. En aquel momento apareció su hija en el rellano de la escalinata, y su presencia distrajo ligeramente su atención. Cómo habría deseado compartir con ella aquellas sutilezas diplomáticas y que pudiera apreciar el genio de su padre el día que desgraciadamente hubiera desaparecido…

– «Y conviene observar -continuó el señor Macé- hasta qué punto se confunden en este asunto los intereses del Rey de Francia con los de la fe católica. En cuanto la embajada esté de regreso, me dirigiré nuevamente a Su Excelencia para saber qué táctica deberé seguir. ¿Será oportuno mezclar las relaciones de Estado con los asuntos religiosos? En el supuesto de que los lazos diplomáticos y sobre todo comerciales sean factibles, ¿deberíamos maniobrar en provecho de Su Majestad y sólo en el estricto interés de su Estado?»

– Creo que es perfecto -dijo fervorosamente el señor De Maillet-. La releeremos otra vez más, dentro de un rato, cuando haya introducido las correcciones, y después la enviaremos.

El señor Macé se levantó y volvió al cuchitril asfixiante que le servía de despacho.

Desde la ventana, aunque algo retirado de los tapices de la pared, el cónsul observó con ternura a su hija, que iba a cuidar las plantas, tal como se acostumbraba a decir en la casa. Admiró su grácil silueta, su andar ligero y sus modales más graves y menos aniñados.

«Pronto habrá que ir pensando en su matrimonio», se dijo.


– ¡Esta bestia terminará por tirarme al suelo!

El maestro Juremi trataba de someter con todas sus fuerzas a aquel caballo enloquecido que forcejeaba con la mirada perdida. Hadji Ali llamó a un esclavo, que agarró al animal por los arneses.

– ¡Ahora no es el mejor momento para caerse! -dijo Jean-Baptiste, que sujetaba las riendas con las dos manos e intentaba mantener su montura al paso con visibles dificultades.

Acababan de dejar atrás el barrio moro y ahora franqueaban el riachuelo que les alejaba de la ciudad propiamente dicha. Ya no se ocultaban bajo sus turbantes musulmanes y saltaba a la vista que eran blancos. Sin embargo, la multitud circulaba impasible por las callejuelas de la ciudad sin prestarles la menor atención, por varias razones. Primero, porque el sol del desierto les había curtido considerablemente y los dos francos tenían prácticamente la misma tonalidad de piel que los abisinios cristianos, que por lo demás no son muy oscuros. En segundo lugar porque en Gondar vivían algunas docenas de extranjeros y sus habitantes ya se habían acostumbrado a su fisonomía: la mayoría eran griegos, armenios e incluso eslavos del sur, a quienes el Emperador había ofrecido su protección tras huir del yugo otomano. Y por último -aunque los dos viajeros tardarían algún tiempo en descubrirlo-, porque los abisinios no manifiestan nunca sus sentimientos ni hacen ningún gesto que pueda revelar su pensamiento. Fuera como fuese, el caso es que los dos amigos avanzaban por las calles de aquel fabuloso país con una agradable sensación de felicidad. El maestro Juremi, cuya barba tupida y canosa le otorgaba una apariencia de sabio, y Jean-Baptiste, a quien sus cabellos rizados y negros, su tez bronceada y su porte distinguido le daban un aire de joven señor, cabalgaban uno al lado del otro con cierto nerviosismo pero rebosantes de alegría.

Mientras ascendían al paso de sus caballos camino de palacio, las siluetas blancas de la multitud se apartaban para dejarles paso. Tanto los hombres como las mujeres iban ataviados únicamente con unas túnicas de algodón ajustadas a sus espigadas siluetas. Casi todos tenían un aire altivo y noble debido a sus rasgos refinados, sus grandes ojos negros y almendrados y su porte erguido. Por su parte, los esclavos, originarios de los países vasallos, se distinguían al primer golpe de vista pues eran más negros, estaban más encorvados, de natural o por el peso de los fardos, y caminaban hablando a gritos entre ellos.

La ciudad estaba aún atestada de soldados que deambulaban por doquier armados con lanzas y petos de cuero, y también de prisioneros traídos de la última campaña. Al pasar ante un descampado desierto y cubierto de hierba, que a todas luces era un campo de maniobras o un lugar de reunión, el maestro Juremi exclamó volviéndose hacia Jcan-Baptiste:

– Eso explica los gritos que oímos anteayer.

Un grupo formado por unos veinte guerrilleros shangallas, cuyo pueblo había perdido la batalla frente al Negus, imploraba piedad en la plaza. Unos estaban sentados en bloques de piedra y otros de pie, y todos tendían los brazos hacia ellos. Los cinco o seis que se hallaban en el suelo se cubrían la cabeza con las manos. Todos tenían en sus rostros negros dos manchas sangrientas en lugar de ojos.

– Así se castiga a los traidores -dijo Hadji Ali.

El ejército victorioso había traído hasta allí a los jefes rebeldes y les habían arrancado los ojos, en virtud de una sentencia judicial que se había ejecutado dos días atrás. Los gritos de dolor se habían oído por toda la ciudad, e incluso en la casa donde esperaban los viajeros.

Continuaron hacia palacio. Jean-Baptiste, que volvió la vista varias veces en dirección a aquella escena horrenda, reparó en que los viandantes no prestaban la menor atención a aquellos pobres desgraciados. Si alguno de ellos, desde la oscuridad de su ceguera, avanzaba a tientas hacia un abisinio y se interponía en su camino, éste daba un rodeo para evitarlo con discreción y con tanta tranquilidad como si tuviera que esquivar un charco o ceder el paso a una bestia.

El palacio era casi invisible en medio de un enjambre de construcciones improvisadas y tiendas que lo rodeaban como si descansaran en sus murallas. Se trataba de un sólido edificio de piedras labradas, con torres cuadradas en las esquinas, coronadas por unas cúpulas ovaladas. Como Hadji Ali iba con ellos, pudieron franquear la gran puerta abovedada sin necesidad de hablar con los centinelas. Acto seguido descendieron de los caballos, confiaron sus monturas a un guardia y continuaron a pie por un corredor sombrío. Tras esperar brevemente en una antecámara glacial que olía a piedra, fueron conducidos hasta una sala de audiencia con dos ventanas que daban al patio. Allí les esperaba un grupo de unos diez personajes, todos ellos de pie y alineados contra las paredes. Hadji Ali hizo un profundo saludo, que sus compañeros imitaron con todo detalle.

Uno de los proceres se descolgó del grupo para colocarse en medio de los otros. Vestía una capa negra bordada con hilo de oro y llevaba un collar de este mismo metal precioso. Tenía la cara redonda, el pelo corto y rizado, que nacía muy atrás, y lucía una barba corta. Aunque no era tan alto como el maestro Juremi, debía de tener aproximadamente su edad. Poseía una voz poderosa.

– Pregunta -tradujo Hadji Ali- si sois francos.

– ¿Y él quién es? -susurró Jean-Baptiste al intérprete antes de responder.

– El ras Yohannes, el intendente general del reino, el hombre más poderoso después del Emperador.

– Si usted entiende por «francos» a los católicos, entonces no, Excelencia, no somos católicos. Somos subditos del Gran Rey Luis XIV, pero no del Supremo Pontífice de la Iglesia de Roma.

Durante estos días de espera, Jean-Baptistc y el maestro Juremi habían tenido tiempo de sobra para meditar concienzudamente las respuestas que darían a las previsibles preguntas que les hicieran. Como no había que temer que el padre De Brévedent se quedara patidifuso al oírles, ambos decidieron tomarse ciertas libertades con la religión católica y desprestigiarla si hacía falta para dejar claras sus diferencias con respecto a los jesuítas. La estrategia era arriesgada, pero no más que cualquier otra.

– ¿Dónde está situado su país de origen? -preguntó el ras tras una larga reflexión, ya que la respuesta de los extranjeros traducida por Hadji Ali parecía haberlo desarmado un poco.

– Más allá de Senaar y de Egipto, Excelencia, al otro lado del vasto mar.

Jean-Baptiste era consciente de que, para los abisinios, la geografía de las tierras conocidas se reducía a estos dos países. Los portugueses y los italianos les habían informado también de la existencia de otros pueblos, pero no atinaban a localizarlos en el espacio.

– Y en esas regiones, ¿acaso hay tierras que no son gobernadas por esa persona que supuestamente es el jefe de la cristiandad?

Jean-Baptiste supo captar en esta pregunta el proselitismo de los jesuitas, que habían hecho valer la omnipotencia del Papa sobre Occidente cincuenta años atrás.

– Su Excelencia debe saber que afortunadamente hay muchos reyes. El Papa aspira a poder gobernar las almas, pero no gobierna los países. Por fortuna, los reyes como el nuestro protegen en sus tierras a subditos de toda condición, incluidos a los que no reconocen la autoridad del Papa.

El maestro Juremi, que calibraba sutilmente los peligros que suponía esta conversación, y que sin duda no se había recuperado de la impresión que le había producido la terrible escena, a duras penas podía contener las ganas de frotarse los ojos a cada momento.

– ¿Así que ustedes no creen en la figura de Cristo? -dijo de repente otro procer, un anciano de considerable estatura tocado con un turbante rojo que se hallaba a la izquierda del ras.

– Creemos en Él y veneramos su palabra -dijo Jean-Baptiste-, pero a nuestra manera y no como manda el Papa, aunque se muestre tan intolerante con nuestra doctrina como con la de ustedes y nos haya condenado implacablemente.

Todos los dignatarios allí presentes se turbaron al oír sus palabras e intercambiaron miradas sin perder su compostura majestuosa. Incluso se oyeron algunos murmullos.

– ¿Son ustedes sacerdotes? -continuó preguntando el anciano.

– No, en absoluto.

– Sin embargo, tengo entendido que ustedes presumen de tener capacidad para curar.-Excelencia, sólo pretendemos ser útiles a nuestros semejantes con la ayuda de las propiedades de las plantas y los animales que Dios puso en la tierra el día de la creación.

– Así pues, ¿usted piensa que se puede curar a alguien sin rezar por él?

– Los curas invocan los milagros, pero nosotros no hacemos milagros.

– ¿No creen ustedes en ellos?

Jean-Baptiste le hubiera repetido de buena gana la misma respuesta que le dio al jesuíta en su momento, pero optó por mostrarse prudente en la contestación.

– Creemos en los milagros que hizo el Hijo de Dios y que así nos revelan las Sagradas Escrituras, pero no tenemos constancia de otros.

– Sin embargo, hay hombres santos que también han hecho prodigios -dijo el ras.

– Tal vez -respondió Jean-Baptiste- nuestra fe no llegue más allá. Estamos convencidos de todo cuanto dijo Cristo y que ha sido recogido en los Evangelios. Pero no podemos acatar con la misma sumisión las palabras de unos simples mortales. Por ejemplo, no creemos que un santo convirtiera un día al mismo diablo, ni tampoco que las plegarias de un monje enfermo y hambriento tuvieran el poder de hacer caer codornices asadas en su plato.

Jean-Baptiste aludió a los dos ejemplos que le había dado el padre De Brévedent después de haber leído la crónica de los jesuítas expulsados del reino abisinio, pues al parecer la historia del santo que había vencido a Lucifer y la del monje proveedor de codornices habían sido motivo de controversia en el seno del clero copto. El discurso de Poncet alteró visiblemente a la concurrencia. Todo parecía indicar que las palabras de Jean-Baptiste habían servido de acicate para despertar las grandes y profundas desavenencias entre los asistentes. El ras impuso silencio. Cuando todos se hubieron serenado, un hombrecillo dio unos pasos hacia delante, destacándose de los demás dignatarios. Iba ataviado con la túnica azafrán propia de los monjes y sin duda veía muy mal, pues daba la impresión de que sus ojillos saltones miraban todo a través de una telaraña.

– ¿Cuántas naturalezas hay en Cristo? -preguntó con una voz aguda.

Aquella cuestión esencial, discutida tantas veces por los jesuítas, además de ser el punto crucial que había terminado escindiendo a las iglesias doce siglos atrás, se revelaba en definitiva como un asunto teológico cuya complejidad era a todas luces inextricable. En el momento de preparar mentalmente el interrogatorio, a ninguno de los viajeros se le ocurrió reflexionar sobre esta cuestión, tal vez por considerarla evidente o delicada en grado sumo, o tal vez porque no se imaginaban que alguien pudiera plantearla tan abiertamente. El maestro Juremi miró a Jean-Baptiste, en cuyo rostro se dibujó una expresión de perplejidad.

<p>10</p>

– ¿Cuántas naturalezas hay en Cristo? -repitió el monje.

En la sala reinaba un silencio sepulcral. Jean-Baptiste, que continuaba callado, era el centro de todas las miradas. Pero de repente reaccionó, como súbitamente inspirado:

– ¿Cuántas naturalezas hay en Cristo? ¡Pero monseñor, soy yo quien debería plantearle a usted esa cuestión!

Esperó a que Hadji Ah tradujera sus palabras antes de proseguir:

– Cada individuo en particular debe hablar únicamente de los asuntos que son de su incumbencia. Por ejemplo, yo soy médico, y mi amigo tiene la habilidad de preparar remedios. Nosotros sólo somos duchos en el manejo de estas picas de hierro que los francos llevamos sujetas al costado y que se llaman espadas. Monseñor, puede hacernos cualquier pregunta acerca de las plantas o de las armas y nosotros trataremos de responderle. Sin embargo, la cuestión que nos plantea incumbe a la teología y sólo puede contestarla un teólogo como usted. Por nuestra parte, estamos dispuestos a escuchar sus enseñanzas.

Jean-Baptistc concluyó su respuesta con una digna reverencia. Con su tocado blanco y una mano en el corazón miró al ras y a sus acompañantes con una franqueza desarmante.

En su fuero interno se hallaba al límite de sus fuerzas; se sentía como si hubiera bordeado un camino escarpado al pie de un precipicio. Aunque el corazón le latía impetuosamente y un sudor helado le recorría la espalda, hacía tremendos esfuerzos para que nadie advirtiera nada.

Sus explicaciones culminaron en un largo silencio. Sólo se oían los lamentos de hombres y mujeres que llegaban a través del patio, como un coro de gemidos.-Prepárense para ver al Rey de Reyes -dijo finalmente el ras Yohannes con un tono solemne-. Dado que usted tiene la pretensión de curarle y que Su Majestad tiene la bondad de someterse a sus prescripciones, serán admitidos en su presencia. No obstante, debo informarle de que nuestro Emperador no puede tener trato directo con cualquiera y menos aún con extranjeros. Así que no podrán tocarlo ni acercarse a él. Esto significa que únicamente verán y oirán al Emperador a través de la persona por la que se expresa.

– Pero es imposible -exclamó Jean-Baptiste- Cómo quiere que…

El ras levantó la mano para indicarle que se callara.

– El protocolo es así. ¿Tiene usted el poder de curar, sí o no?

Jean-Baptiste estaba desesperado por las condiciones que le imponían, no tanto por lo que se refería al tratamiento del monarca -Hadji Ali le había descrito de forma aproximada el mal que sufría- como por la misión de su embajada. A la vista de la situación, sería imposible hacerle llegar mensaje alguno.

El tono del ras no admitía réplica, así que Poncet no tuvo más remedio que aceptarlo todo. Los dignatarios abandonaron la sala, y sólo se quedaron los tres a la espera de la audiencia real.

– Tú no nos habías dicho nada de esto -dijo Jean-Baptiste, malhumorado, a Hadji Ali-. Entonces, ¿no vamos a poder hablar con el Rey?

– En público es inaccesible -contestó el camellero-. Es la ley; ni siquiera debe pisar el suelo. Llega montado en una mula y no pone el pie en el suelo hasta que ha llegado al extremo de la alfombra que se extiende ante su trono. Como la mula también camina sobre la alfombra, observarán que a menudo deja caer sus boñigas en medio de hermosos motivos persas. Pero no importa, aquí todos están acostumbrados. Además, tienen suerte porque el ceremonial ha cambiado un poco. Antes era completamente imposible ver al soberano. Su abuelo aparecía dos o tres veces al año y seguía las deliberaciones de su consejo a través de un visillo.

– ¿Y por qué no habla?

– El protocolo es así. Cuenta a su servicio con un oficial que duplica la función de cada uno de sus sentidos. El ojo del Rey le pone al corriente de todo cuanto ve en la corte. La oreja del Rey escucha para él. Hay el jefe de su mano derecha y el de su mano izquierda, para los ejércitos. Y ahora oirán al Serach massery, que repite en voz alta sus palabras.-¿Puede hacer los hijos solo? -gruñó el maestro Juremi.

– Seamos serios; no tenemos mucho tiempo -le dijo Poncet-. ¿Quién es ese santo que no ha comido desde hace cincuenta años? ¿Tenemos que competir con él o ya ha sido despedido?

– Hace veinte años que no come -dijo doctamente Hadji Ah-. ¡Veinte años! ¡Ah! El Profeta no permitiría que ocurrieran cosas así…

Se besó la mano y miró al vacío.

– No -continuó-, el Emperador le ha retirado su confianza.

– ¿Estás seguro? -preguntó el maestro Juremi-. No es nuestra intención quitarle el pan de la boca.

Poncet miró a su amigo con cara de enfado.

– Lo siento -dijo el protestante-, pero tanta espera me pone nervioso.

– Guárdate las bromas para cuando nos arranquen los ojos -replicó Jean-Baptiste, que también estaba bastante nervioso.

En aquel momento acudieron dos guardias en su busca, y los condujeron a través de una serie de salas oscuras, pequeñas, vacías y glaciales hasta la sala de audiencia. Era una vasta estancia cuya triple bóveda descansaba sobre seis grandes columnas redondas dispuestas al tresbolillo. Los cortesanos estaban de pie, al fondo del recinto. El número de proceres sentados crecía de acuerdo con los rangos más próximos al Rey, pero como estaban en los laterales, el Negus no podía verlos. Esto tenía su razón de ser, pues el protocolo exigía que todas las personas estuvieran de pie en todo el espacio que abarcara su vista, aunque la audiencia se prolongase horas.

El soberano se hallaba al fondo, en una especie de alcoba, sentado en un trono que descansaba también encima de la alfombra, donde la mula lo había conducido limpiamente, en esta ocasión. El Rey se encontraba a unos pocos metros de la primera hilera de cortesanos. Los extranjeros fueron conducidos hasta allí en medio de un gran silencio. Por las ventanas que daban al patio distinguieron claramente el rugido de los leones cautivos que habían hecho célebre al Rey de Reyes, y por el lado opuesto, el murmullo del coro de gemidos y lamentaciones humanas que los viajeros habían oído durante la audiencia con el rasta.

Tal como habían convenido en un principio, Poncet y su amigo imitaron meticulosamente todos los gestos de Hadji Ali. Una vez ante el soberano vieron que el camellero se ponía de rodillas sobre las losas de piedra y que luego se estiraba boca abajo cuan largo era, con las manos hacia delante. Ellos hicieron lo propio. Por falta de práctica, el maestro Juremi avanzó más de la cuenta antes de arrodillarse, de modo que al estirarse tuvo la mala fortuna de tocar la alfombra real con las manos, y dos oficiales le hicieron retroceder sin miramientos. Así estuvieron prosternados hasta que «la boca del Rey» manifestó que el monarca les autorizaba a ponerse de pie ante su presencia para poder contemplarlo.

Yesu I, Rey de Reyes de Abisinia, apareció ante ellos desde el pedestal de su trono de madera dorada y tapizado con telas indias. No distinguían con claridad su cuerpo, envuelto en un amplio manto escarlata, ni su rostro, pues sus cabellos largos ceñidos con una diadema de muselina que se anudaba en la nuca le caían a ambos lados de las mejillas. Sólo se veía su nariz fina y sus grandes ojos, inmóviles y brillantes. La boca se disimulaba entre los pliegues de un chai amarillo de seda dispuesto con holgura alrededor de su cuello.

El sonido de su voz apenas se oía cuando hablaba, pues era el oficial encargado de asumirla quien proclamaba con voz fuerte la sentencia real. Jcan-Baptiste advirtió que Hadji Ali no traducía durante la audiencia pues un dragomán abisinio, situado a la diestra de la «boca del Rey» tenía el cometido de verter al árabe el discurso oficial. La audiencia fue muy breve. El Negus corroboró su voluntad de seguir los consejos de aquellos extranjeros para aliviar el mal que sufría y del que no se reveló ningún detalle. Poncet entregó a la «mano derecha» del soberano el mensaje de parte del pacha de Egipto. El Rey de Reyes dijo que le alegraba constatar la buena predisposición de aquel príncipe con quien mantenía relaciones comerciales, y que daba su consentimiento para que el patriarca de Alejandría le enviara al abuna, una figura imprescindible en la Iglesia de Abisinia.

La carta que leyó el dragomán era escueta aunque muy elogiosa. El pacha mencionaba en ella las aptitudes médicas de Poncet, quien a su vez dio fe de las cualidades del maestro Juremi, que no se mencionaban. El protestante confió a otro oficial el presente destinado al Rey. Habida cuenta de que viajaban en calidad de simples particulares, los boticarios no estaban autorizados a ofrendar presentes excesivamente ostentosos. Siguiendo el consejo de Hadji Ali, eligieron una caja cuyo interior albergaba un juego de navajas de afeitar con mango de marfil y un tapiz de Gobelinos de un metro por metro y medio aproximadamente, que representaba la caza de un ciervo. Estos obsequios desaparecieron detrás de la alcoba en un abrir y cerrar de ojos.

Sin una palabra de agradecimiento, el Negus los despidió diciéndoles que esperaba sus prescripciones para el día siguiente. El rasYohannes, que se había situado cerca del trono, agregó con tono amenazante que antes de administrar los medicamentos al Negus probarían primero sus efectos tres esclavos, y posteriormente dos oficiales. También advirtió que cualquier anomalía en el procedimiento tendría graves consecuencias para los extranjeros, y por último les manifestó que podían moverse con toda libertad por la ciudad y por el país. También podían hablar con quien les pareciera oportuno; ahora bien, si se les escapaba una sola palabra que pudiera interpretarse como un intento de propalar la fe católica, inmediatamente les impondrían el debido castigo.

Se prosternaron de nuevo y abandonaron la sala, sudando y temblorosos como mártires.

Regresaron a la casa del musulmán amigo de Hadji Ali, pero antes de llegar un mensajero vestido humildemente fue hasta ellos corriendo. Cuando alcanzó a los dos extranjeros les hizo entender que recogieran sus pertenencias, las cargaran en las monturas y lo siguieran. Sus pertenencias pronto estuvieron recogidas pues Hadji Ali les había robado todo; guardaron en unas alforjas las pocas cosas que aún conservaban, sus ropas europeas hechas andrajos, los libros que el moro no leía, el cofre de los remedios, y desde luego sus queridas espadas envueltas en unas telas. El hombre los condujo hasta una caseta de piedra adosada al recinto del palacio. Se hallaba en el extremo opuesto al lugar por donde habían entrado unas horas antes, y todo parecía indicar que en otro tiempo había sido un antiguo puesto de guardia. Tras acceder por un estrecho corredor que terminaba en unas escaleras, subieron los peldaños detrás del mensajero hasta que éste se detuvo y abrió una puerta maciza accionando en una cerradura enorme. Acto seguido los instó a acomodarse en una habitación de dimensiones modestas, con una gran ventana por donde entraba el sol desde la mañana. El mobiliario consistía en dos camas de correas de cuero trenzadas, dos taburetes esculpidos en unos troncos de madera, una mesa y un vidrio roto como espejo.

La cuestión que ahora preocupaba a Poncet y a su compañero era el destino de aquella enorme llave con la que se cerraba la puerta. Sólo podrían sentirse realmente como en su casa si se la confiaban a ellos, porque de no ser así significaría que estaban prisioneros. El mensajero la dejó en la puerta, pero no pudieron enterarse de nada más puesto que no hablaba árabe.

Una vez solos se sentaron cada uno en su cama y se quedaron inmóviles y silenciosos un buen rato. El maestro Jurami dijo por fin:-¿No tienes la impresión de estar como Jonás, en el fondo de la ballena y con pocas posibilidades de salir?

– Cada cosa a su tiempo -dijo Jean-Baptiste, estirándose-. Hasta aquí hemos superado todos los obstáculos y ahora debemos esperar los que vengan. En primer lugar, como Hadji Ali nos ha asegurado que el soberano padece el mismo mal que él, esta noche prepararemos los ungüentos. Y luego ya veremos.

Empezaba a oscurecer cuando unos golpéenos en la puerta los despertaron. Había poca luz y una sombra azul se coló desde la calle. El hombre que entró en la estancia era un joven de unos veinte años, de baja estatura y muy delgado. Tenía el rostro deformado por las cicatrices de la viruela; la enfermedad había maltratado su piel y abotargado sus rasgos, sobre todo la nariz, pequeña aunque redondeada como una bola. A esto había que agregar unos ojos negros inteligentes y vivos, así como una boca sonriente y modales afables. Por estos atributos, y por sus cabellos negros ligeramente rizados, parecía el hermano malhadado de Jean-Baptiste.

– Me llamo Demetrios -dijo en árabe.

Enseguida advirtieron su acento extranjero. El joven les dijo que su lengua materna era el griego, pero ellos desconocían ese idioma. También mencionó que sabía italiano, y como los dos francos habían tenido oportunidad de aprenderlo en Venecia, continuaron la conversación en esa lengua.

Demetrios se presentó como un servidor personal del Emperador. Venía a sustituir a Hadji Ali, que no podía estar siempre con ellos debido a sus múltiples ocupaciones, y se comprometió a estar a su lado tanto tiempo como quisieran. Si estas palabras las hubiera pronunciado cualquier otra persona, habrían pensado que se hallaban frente a su nuevo carcelero, pero el joven tenía un semblante tan risueño y tan amable que acogieron su plática sin desconfianza y hasta con cierto placer.

– ¿Desean visitar la ciudad? Puedo llevarles a cenar o mandar que les sirvan la comida aquí.

Aún era temprano, y no habían visto prácticamente la capital, de modo que aceptaron de buen grado salir con el guía.

Emprendieron el camino a pie, esta vez sin la compañía de Hadji Ali. Los tres iban ataviados con las mismas túnicas, de modo que se hacían la ilusión de no ser extranjeros y de que podían moverse a sus anchas entre gente parecida a ellos. No obstante, Demetrios los sacó de su error aunque sin dejar de sonreír.-Mientras yo esté con ustedes no tendrán nada que temer. Los sacerdotes no osarán asesinarlos.

Al oír sus palabras, los dos extranjeros empezaron a mirar a todos los viandantes con recelo. Pero la indiferencia parecía ser una característica propia de los abisinios, pues cuando se cruzaban con los francos no volvían la vista ni los miraban con curiosidad. Habrían jurado que ni siquiera los veían.

De vez en cuando las callejuelas por donde circulaban se alargaban o cruzaban una arteria importante. Durante su recorrido se detuvieron para dejar paso a una larga procesión. Al frente del cortejo iban unos sacerdotes ataviados con una túnica escarlata y tocados con un alto bonete con bordados en hilo de oro. Llevaban en las manos grandes báculos adornados con un entramado infinito de cruces labradas y entrelazadas entre sí. A sus espaldas iban los guerreros armados con lanza, escudo negro y faca al costado. Algunos lucían cintas estrechas de tela encarnada sujetas al brazo con un nudo. Demetrios les contó que se trataban de insignias de gloria y que cada una de las cintas representaba la muerte de un enemigo. En medio de aquellos soldados silenciosos y graves vieron el objeto al que aparentemente estaba dedicada la procesión. Un vigoroso abisinio, que rebasaba la cabeza a los demás, sujetaba, a modo del asta de un estandarte, una gran estaca en cuyo extremo se había colocado traversalmentc un madero. Sobre aquella percha tan peculiar se elevaba una suerte de chaqué de una tela oscura y sedosa con mangas y dos faldones hechos jirones, como las andrajosas ropas de gala con las que a veces se visten los mendigos. La extraña reliquia expelía un jugo rosáceo.

– ¡Ah! Imagino que ahora van ustedes a indignarse -dijo Demetrios con su cálida mirada.

– Parece… -dijo el maestro Juremi aterrorizado y con los ojos muy abiertos- una piel.

– Hay que entender cuidadosamente las leyes de este país a la luz de todos sus matices -dijo Demetrios-. Aquí aplican castigos muy diferentes. Este que están viendo sin duda les parecerá muy raro, porque sanciona un delito que afortunadamente es considerado como tal. La ley establece que a los traidores se les arranque los ojos cuando son enemigos.

– Lo hemos visto.

– Bien, pues cuando se trata de amigos, de hombres de nuestro propio bando, o sea, de nuestra propia familia… la sanción consiste en despellejarlos vivos.

Jean-Baptiste y su compañero dirigieron la mirada hacia el repugnante despojo que se balanceaba al viento y luego miraron hacia otro lado con un suspiro. La procesión acababa con un grupo de mujeres y de niños sonrientes que batían palmas en silencio.

Los tres hombres siguieron su camino. Demetrios notó a los dos extranjeros muy afectados por lo que habían visto.

– Tranquilícense -les dijo-. Han llegado justo en el momento en que se ha terminado una campaña victoriosa. Los prisioneros son castigados, los traidores desenmascarados y los valientes recompensados. Pero la vida no es tan animada todos los días.

– Nos complace mucho oírle -replicó el maestro Juremi-. Así, cuando paseen nuestras pieles, tendremos el consuelo de saber que ofrecemos al pueblo una distracción que no se ve todos los días.

– ¡Nunca pasearán sus pieles! -exclamó Demetrios sin poder contener su risa alegre-. Es completamente imposible.

– ¿Y si falla nuestra medicación? -preguntó Poncet.

– No pasará nada de eso. Ustedes son huéspedes del Emperador.

– ¿Acaso los jesuitas no lo eran? -preguntó el maestro Juremi.

– Perdonen ustedes -dijo Demetrios levantando el dedo-, pero los jesuítas no fueron despellejados vivos, que yo sepa, sino que se les aplicó estrictamente la ley.

– ¿Y eso qué significa?

– Significa que fueron lapidados. En cuanto descendamos la cuesta lo verán por sí mismos. Los últimos jesuitas ejecutados aquí están debajo de los dos montones de piedras que hay en el centro de la plaza y que está prohibido tocar.

– Eso quiere decir que corremos el riesgo de ser lapidados -dijo Poncet, que para entonces ya hablaba abiertamente con aquel muchacho tan abierto.

– Vamos, vamos, no corren ningún riesgo -dijo Demetrios tomándoles a cada uno por el brazo para que avanzaran a su lado-. El Emperador les protege, y yo soy su servidor. Olvídense de ese asunto; pronto se darán cuenta de que este país también puede depararles muchos placeres.

<p>11</p>

Cenaron en una inmensa estancia prácticamente subterránea, a la que se accedía por una puerta baja. Les dio la bienvenida una mujer de edad madura, alta y ataviada con un largo vestido de algodón blanco que llevaba bordada una cruz multicolor. Sus rasgos eran bellos y majestuosos, una cualidad que al parecer era el atributo común de esta raza imperial. Guiados por la mujer, se acomodaron en un gabinete estrecho y separado del resto de la sala por unas cortinas de muselina. Al otro lado de estos visillos, unas sombras iban y venían. Los abisinios tenían la costumbre de no comer nunca en público por miedo a que los desconocidos les miraran e introdujeran malos espíritus en su cuerpo a través de los alimentos. A la hora de las comidas, esta especie de albergue se transformaba en hileras de celdillas con paredes de algodón donde los comensales se escondían unos de otros, agrupados en selectos corrillos. Una vez terminado el refrigerio, volvían a recogerse los velos, y la sala recobraba sus dimensiones naturales, con todos los asistentes sentados en taburetes o en alfombras, alrededor de mesas forradas con vistosas esterillas de esparto. Habían cenado una gran torta de tef, un cereal fermentado de gusto picante que crece en el altiplano, aderezada con varias salsas muy condimentadas. De unas vasijas de barro de cuello largo bebieron una especie de aguamiel untuoso, de aspecto anodino pero que turbaba agradablemente la conciencia. Conforme se iban retirando los velos y quedaban a la vista los comensales, Poncet y su acompañante empezaron a contemplar maravillados la hermosura que igualaba a los hombres y las mujeres de su alrededor. Los observaron con naturalidad, pero su mirada mostró predilección por las mujeres.

– Vayan con cuidado -les dijo Demetrios-. Las costumbres aquí son muy elementales. Este pueblo no considera que el adulterio sea un pecado; ahora bien, si hay algo verdaderamente valioso para ellos es su dignidad. Deben mostrarse muy respetuosos, y en cierto modo distantes con las mujeres. Procuren no observarlas, pero no crean que por ello serán ignorados. Sepan que todos los ojos los ven aunque no los miren. Si no quieren ponérmelo difícil, recuerden que aquí la mirada de un desconocido es el mayor peligro que puede haber. En el momento en que estén a solas con una de estas mujeres podrán obtener todo cuanto deseen de ella, aunque esté desposada o se trate de una princesa. Pero sigan mi consejo, antes no la miren.

La imagen del pellejo humano estaba aún tan viva en sus mentes que inmediatamente los dos extranjeros dejaron de pasear sus miradas a su alrededor, y se esforzaron por demostrar que Demetrios era su único interlocutor.

El joven se expresaba con soltura en italiano. Les dijo que era la única persona que hablaba esta lengua en toda la ciudad y que la había aprendido de su madre, una griega de madre siciliana. Al igual que otros comerciantes, su familia había llegado al país por el mar Rojo, y con el tiempo se resignó a quedarse. De los cinco hijos que había tenido su madre, dos eran de un abisinio, Demetrios y otro mestizo.

– Durante mucho tiempo fui el niño más hermoso de la ciudad -dijo mirándoles desde el fondo de sus ojos-. Luego se produjo una epidemia y mucha gente murió. Yo me salvé, y el resto me da igual. Tras la muerte de mis padres, el Rey me tomó a su servicio y me ha prodigado sus bondades hasta hoy. ¿Saben -añadió mirándoles con una expresión ingenua- que es un rey muy humano?

– Creo -dijo Jean-Baptiste- que hemos visto algunas pruebas muy convincentes…

– ¡Cómo! -replicó el joven-. ¿Todavía están dándole vueltas a esos incidentes? Eso no está bien; no se debe juzgar a los soberanos por unas menudencias así. Yo estoy seguro de que es un rey bueno, tal vez el mejor que hemos tenido en muchos años de nuestra historia. Le daré un ejemplo: siguiendo con la tradición, en el momento en que un Negus subía al trono, todos sus hermanos y hermanas que un día podían llegar a reinar eran confinados en una de las muchas cumbres inaccesibles de este país. Se pasaban toda la vida encerrados en una de esas prisiones y si se escapaban eran capturados y mutilados, pues según el dicho, un ser que no es completo no puede ser rey. Pues bien, cuando Yesu fue aclamado formó un cortejo y acudió al pie de Amba Wachiné, el lugar donde los príncipes se hallaban cautivos. Dio la orden de que fueran liberados y los esperó. ¡No pueden imaginarse la escena! Un tropel de miserables descendió la montaña. Había ancianos flacos como Job, vestidos con harapos y llenos de piojos. Eran los príncipes herederos de la tercera generación anterior a Yesu. También había niños; a uno le habían cortado la oreja porque una esclava se apiadó de él y lo escondió bajo su túnica para que pudiera escapar. No hay mayor acto de piedad que ése, sobre todo porque no eran traidores, ni renegados, sino príncipes. Yesu comprendió que esta costumbre era injusta, además de peligrosa. Era lógico que los cautivos más valerosos albergasen odio en su corazón contra el soberano y que no hubiesen dudado en derrocarle por todos los medios posibles. Si algún bando enemigo hubiera conseguido tomar la prisión, inmediatamente habría contado con un buen número de candidatos legítimos dispuestos a todo para vengarse. De hecho, no es la primera vez que ha ocurrido algo así. Pues bien, Yesu liberó sin vacilar a todos los prisioneros y ordenó que los vistieran y alimentaran. Y durante dos días, todo fueron lágrimas de alegría y gratitud.

El aguamiel tenía la propiedad de infundir locuacidad a los hablantes y paz de espíritu para escuchar. Los dos viajeros oían a Demetrios y se divertían con sus muecas, sentados cómodamente en una mullida alfombra y acunados por la melodía del krar que tocaba un anciano.

– ¿Y esos príncipes no se han olvidado ya de sus lágrimas? -preguntó Poncet-. ¿La ambición y los celos se han desvanecido de verdad?

– ¡Así es, en efecto! Nuestro Rey sólo ha recibido muestras de admiración por parte de su familia. Únicamente se ha rebelado uno de sus primos.

– El que ha sido despellejado vivo -replicó el maestro Juremi.

– ¿Así que está enterado de su historia? -dijo Demetrios, un poco sorprendido.

– Sólo del final.

El joven soltó una sonora carcajada.

– No sólo la familia -continuó, poniéndose serio-. También los balabat, o sea los nobles y los príncipes, además de los gobernadores, las tribus, todo el mundo en este gran país amenaza constantemente al Rey. Por no hablar de los gallas. Quienes menos problemas nos causan son los países musulmanes vecinos; nos cercan, pero de momento nos dejan tranquilos. No, realmente nuestro Rey nunca está en paz. Ésa es la tarea de todos los reyes. Pero siempre ha demostrado tanta valentía que se ha convertido en el soberano más glorioso que hemos tenido en mucho tiempo. Se ha ganado el aprecio de los príncipes y el respeto de los musulmanes, ha sabido sosegar a las tribus, y ha repelido los ataques de los gallas. Su obra es inmensa.

– No quisiera faltarle al respeto -dijo Poncet, ligeramente mareado-, pero no me imagino cómo la estatua viviente que hemos visto hace un rato ha podido culminar todo eso. ¿Acaso no estará sometido a la influencia de su lugarteniente general y de todos sus sacerdotes?

– ¿El Emperador? -preguntó Demetrios-. No me haga reír. Le temen y le odian porque les ha despojado de su poder. Es más, el alto clero nunca ha estado tan controlado como ahora. No es que el Rey esté muy versado en la doctrina religiosa, pero honra su autoridad y sabe además que sus atribuciones se amparan en la unidad de su Iglesia. Ha sofocado las rivalidades entre los religiosos y entre los balabat hasta el punto que ahora los tiene a sus pies. Y si aparece como una estatua viviente en las audiencias es para obligar aún más a sacerdotes, príncipes y nobles a mantenerse de pie ante su figura hasta caer de fatiga, como han podido ver.

– ¿Pero no hay entre ellos alguno que tenga más influencia y que pueda, por ejemplo, hacerle llegar mensajes directamente? -preguntó Jean-Baptiste, pensando como siempre en la misión que le había confiado el cónsul.

– De todas las personas que ha visto, me temo que nadie. No obstante, hay otras vías.

– ¿Usted, por ejemplo? -indagó Jean-Baptiste, mirando a Demetrios.

– El mero hecho de que albergue tal pensamiento me honra.

Se internaron en la oscuridad de la noche, sin saber a ciencia cierta adonde les llevaban sus pasos. Por suerte, Demetrios los dejó en la puerta. Antes de acostarse, Jean-Baptiste revolvió en el cofre de los remedios, y sacó un cuaderno que le servía para anotar las recetas y las proporciones de las mezclas. Finalmente se metió una mina de grafito en uno de los bolsillos y el cuaderno en el otro.

– Mañana empezaré a tomar notas -dijo estirándose, aún vestido.

– ¿Para qué? -preguntó el maestro Juremi, a quien se le desencajaban las mandíbulas con sus bostezos.

– Primero porque es interesante. Y en segundo lugar porque así encontraremos la forma de salir de este país.Todavía era noche cerrada cuando Jean-Baptiste oyó una llave en la cerradura e instintivamente buscó a tientas la espada que había escondido debajo de la cama. La puerta se abrió con suavidad, y una silueta se recortó a la luz del resplandor de una palmatoria de arcilla donde ardía una candela.

Jean-Baptiste esperaba, dispuesto a entrar en acción, cuando de súbito vio brillar una hoja y luego la gran sombra del maestro Juremi, que se había incorporado sin hacer el menor ruido. El protestante había acometido ya al intruso y le apuntaba con la espada al corazón. El desconocido levantó las manos en el aire, y con ellas la vela que alumbró el rostro. Por fortuna era Demetrios.

– ¿Qué busca usted a estas horas? -le preguntó el maestro Juremi alzando la voz.

– ¡Chsss…! Se lo ruego -dijo Demetrios en un susurro-. No haga ruido y deje de amenazarme con esa espada.

El maestro Juremi se apartó para que Demetrios entrara en la habitación.

– Vístanse -dijo en voz baja.

– Ya estamos vestidos.

– Entonces, síganme; no tienen nada que temer.

Los dos amigos intercambiaron una mirada, guardaron las armas y echaron a andar detrás del joven. En lugar de salir de la casa, éste abrió una puerta que ya habían visto anteriormente. Imaginaban que se comunicaba con un granero, pero lo cierto es que daba a un angosto corredor. Atravesaron dos puertas más, y al llegar a los muros de piedra se dieron cuenta que habían entrado en el palacio. Demetrios, que iba delante, los guió por una estrecha escalera de caracol, abierta al exterior a través de las troneras por donde se colaban unas ráfagas de viento frío y después salieron al camino de ronda que daba a las almenas de las murallas. El cielo estaba despejado, sin una nube siquiera, y de la ciudad sólo llegaba el tenue resplandor de los puestos vigías y las hogueras de la tropa. La bóveda celeste estaba tan tupida, tan cuajada de luceros que parecía un manto sedoso y brillante desde cualquier punto de aquel entramado de estrellas suspendidas en el firmamento. Desde que los viajeros vivían en el altiplano, la tierra les hacía olvidar que estaban lejos; sólo se lo recordaba el cielo. Entre dos almenas divisaron la Cruz del Sur.

Demetrios los condujo a lo largo de un muro almenado y a continuación penetraron bajo una de las minúsculas cúpulas que se elevaban en cada una de las esquinas del castillo. La cúpula configuraba el techode una sala cuadrada y de dimensiones reducidas que estaba amueblada con una mesa de madera y cuatro taburetes. Un hombre ataviado con una sencilla túnica blanca, sujeta a la cintura con un cinturón bordado, ocupaba uno de los asientos. Tenía un codo en la mesa y el torso inclinado hacia un candelabro. Al verlos entrar se incorporó. Los dos amigos reconocieron enseguida a aquel dignatario que les recibía con tanta sencillez. Era el Emperador, con sus ojos y su nariz característicos, la estatua viviente, el dios impasible ante el que se habían postrado aquella misma mañana. Poncet vaciló un instante mientras se preguntaba cómo iban a ingeniárselas si se veían obligados a estirarse en el suelo cuan largos eran, dadas las pequeñas dimensiones del gabinete. Evidentemente, Jean-Baptiste habría realizado las contorsiones más audaces con tal de conservar el pellejo, pero no fue necesario. El soberano señaló a sus visitantes los taburetes que estaban a su alrededor e incluso acercó uno que estaba entre dos alfombras, con toda naturalidad.

Se limitaron a hacer un saludo breve y tomaron asiento junto al monarca. Así, solo y sin el boato de la corte, el Rey de Reyes no emanaba más majestad que cualquiera de sus subditos, que no es decir poco. Pero además del porte altivo y grave que poseían todos los abisinios, el soberano tenía una expresión triste, por no decir de amargura, que se reflejaba en las facciones de su rostro cuando se quedaba quieto. Al recibir a los dos extranjeros había forzado una leve sonrisa antes de que la tristeza se apoderara nuevamente de sus rasgos. Físicamente era un ser de baja estatura para su raza y muy delgado. Debía de tener unos cuarenta años pero ya estaba ligeramente encorvado. Su mirada no irradiaba la vivacidad de los corazones salvajes que siempre están alerta, incluso cuando duermen. Era tan sólo un hombre cansado y débil de quien se habría apiadado más de uno, de no haber sabido que un día antes había mandado infligir tormentos abominables.

– Me alegra verles -dijo con una voz dulce.

Demetrios tradujo estas palabras al italiano.

– Es un gran honor para nosotros, Majestad… -empezó a decir Jean-Baptiste.

El Rey interrumpió la traducción de Demetrios.

– No se esfuerce -dijo-. Dejémonos de comedias ahora que estamos solos.

Poncet guardó silencio.

– Ha dado unas respuestas muy atinadas a los sacerdotes -prosiguió el Rey con su imperturbable expresión de indiferencia.

Ambos observaron que no cesaba de rascarse el brazo y el vientre.

– Sí. Me han comunicado sus palabras, que sin duda son muy acertadas. Yo tampoco creo en sus milagros. Nadie ha sido testigo jamás de que curaran ni una mínima fiebre. Todas sus ceremonias adivinatorias son sandeces. Probablemente sabrá que me vaticinaron una derrota en el momento en que pasó el cometa. Siempre ocurre igual; como desean mi ruina, convocan a los astros para darse ánimos. Pero dígame, ¿qué religión es ésa en la que cree, que no es la católica ni la nuestra?

– Se conoce por el nombre de Reforma, Majestad -dijo Poncet.

– Los jesuítas nunca nos hablaron de ella cuando estuvieron aquí.

– Y con razón. Son nuestros peores enemigos.

– Le creo -dijo el Emperador.

Luego, volviendo su mirada cansada hacia el maestro Juremi, añadió tranquilamente:

– Sin embargo, habría jurado que éste era uno de los suyos.

– ¡Un jesuíta! -exclamó Poncet.

El maestro Juremi estaba lívido.

– Sí, o algún sacerdote de otro tipo. Todos siguen los mismos métodos, si no me equivoco -dijo el Rey, mirando de nuevo a Jean-Baptiste-. Sé que usted es médico; sin embargo, su acompañante se incorporó a su caravana y aún no sé muy bien si como ladrón o como sacerdote.

El maestro Juremi estaba a punto de levantarse cuando Poncet le sujetó el brazo con firmeza.

– Afortunadamente -continuo el Rey-, Hadji Ali me lo ha contado todo. Al parecer, este hombre es su socio y fueron los francos quienes se negaron a dejarle partir. Pero no se preocupen. Tengo confianza en ustedes, pues al parecer sort muy competentes en su oficio, y eso es lo único que me importa. Tenemos poco tiempo, así que les mostraré mi mal.

La llama de la vela proyectaba unas sombras sobre la cúpula de piedra. El techo alto y redondeado daba a la sala el aspecto de una gruta, y un rectángulo azulino que parecía flotar en la oscuridad del alba se colaba por una estrecha abertura orientada a Poniente.

El Emperador se puso de pie, se desató el cinturón con naturalidad y se desvistió, al tiempo que Poncet se acercaba para examinarlo en silencio.

– Puede tocarme -aijo el Rey al darse cuenta de la turbación del médico.

Poncet pidió al maestro Juremi que levantara la vela y empezó a palpar la región afectada. «Menos mal que puedo examinarlo -pensó-. Esta lesión no tiene nada que ver con la de Hadji Ali.»

El Rey tenía una gran placa en el tórax y en la parte superior del abdomen, que en algunos lugares supuraba y formaba grietas. El médico sometió al paciente a una minuciosa exploración para cerciorarse de que el mal no se localizaba también en otras zonas. Cualquier persona que hubiera observado la escena desde lejos se habría extrañado al ver a aquel poderoso Rey de Reyes, desnudo y encorvado que descubría humildemente su delgadez y las úlceras de su cuerpo ante la figura fornida del maestro Juremi, que sujetaba pacientemente el candil, y ante Jean-Baptiste, quien a su vez tocaba al enfermo con suavidad, absorto en su tarea, y más decidido a cumplir con los deberes de la fraternidad hacia cualquier hombre que a acatar la obediencia de un soberano.

– ¿Le duele? -preguntó Poncet.

– Bastante -dijo el Emperador-. Pero el dolor no es nada comparado con los picores.

El medico le indicó que ya podía vestirse.

– Durante esas audiencias de varias horas -continuó el Rey-, mi único deseo es arrancarme la piel con las uñas, pero aun así no debo moverme. Esos desalmados se enteraron de que estaba enfermo por una indiscreción, como ocurre muchas veces. Sin embargo no voy a consentir que además me vean sufrir o ceder ante el dolor que pueda imponerme la enfermedad. Deben de creer que mi voluntad es inamovible, pues de lo contrario me destrozarán.

Volvieron a sentarse alrededor de la mesa.

– ¿Se ha sometido a algún tratamiento? -preguntó Jean-Baptiste.

– Sí, a algunos. Baños, emplastos de arcilla… y la anciana que asistió a mi madre en el parto me trajo unos polvos. La mujer alardea de tener conocimientos de medicina.

– ¿Y con qué resultados?

– Cada vez peor.

– ¿Y… y el santo que no ha comido en veinte años? -preguntó Poncet con vacilación.

– ¿Cómo, aún no lo sabe? Mandé vigilar al monje de día y noche, y a la mañana siguiente de su llegada, poco antes del alba, lo encontraron andando a gatas por las cocinas, atiborrándose de aceitunas. En cuanto lo supe, ordené inmediatamente su partida para que pudiera continuar la digestión en su monasterio.Los cuatro se echaron a reír.

– Majestad -dijo Poncet-, vamos a prepararle un ungüento para su enfermedad. ¿Deben probarlo antes los esclavos?

– No. A los sacerdotes déles cualquier remedio, inofensivo claro, para que hagan sus experimentos; y a mí me mandan la medicina directamente con Demetrios, indicándole cómo debo tomarla.

– Durante el tiempo que dure nuestro tratamiento no deberá recurrir a ningún otro.

– No se preocupe.

– Dentro de dos días tendremos que volvernos a ver para observar los resultados del tratamiento.

– Estas entrevistas son peligrosas. Nadie debe saber que hemos hablado en privado, y tampoco deben de ser muy repetidas. Trataré de concertar una dentro de dos días, pero no se impacienten. Y no digan a nadie una sola palabra de esto.

Casi había amanecido por completo y sus siluetas parecían opacas y grises con aquella luz azulada que había inundado la sala. Después de despedirse, el Emperador se retiró por una puertecilla. Ellos salieron por el lado opuesto, volvieron a recorrer el camino de las murallas y pronto estuvieron de nuevo en su casa.

– ¿Sabes qué tiene? -preguntó el maestro Juremi cuando Demetrios los dejó solos.

– Me temo que sí, y es un asunto muy serio.


Después del período alegre de las confidencias primero y del de la sosegada intimidad después, Alix y Françoise empezaron a notar los estragos de la monotonía y la rutina junto a las plantas de Jean-Baptiste. Sus conversaciones se desgastaban por la fuerza de la costumbre y estaban impregnadas de pesimismo. Las dos se encontraban siempre en aquel lugar que, si bien antes evocaba la presencia de quienes ellas esperaban, con el tiempo había terminado por convertirse en el doloroso marco de una ausencia que ambas soportaban cada día con más pesar. En dos o tres ocasiones riñeron por una nadería, y aunque enseguida hicieron las paces, se dieron cuenta de que si no encontraban un remedio, aquella situación podía poner en peligro su amistad. Entonces Alix tuvo una idea.

– ¿Qué diría usted -preguntó a Françoise- si persuadiera a mi madre para que la tomara a su servicio? Así, podría venir a trabajar anuestra casa y nos veríamos allí. Poco a poco haría notar mi amistad hacia usted y sin duda me concederían el calor de su compañía. Podríamos salir a pasear, o venir aquí incluso, pero ya no estaríamos obligadas a permanecer en esta terraza para vernos.

Françoise aceptó encantada. El paso siguiente sería encontrar los medios para convencer a la señora De Maillet. No obstante, el mero hecho de concebir un plan ya era un motivo de alegría, incluso antes de que se materializara.

Para empezar, Alix le contó a su madre que sentía lástima por una francesa que andaba como una oveja extraviada por la ciudad. Le dijo que la pobre mujer vivía en una buhardilla cercana al «invernadero» y que la ayudaba a regar las plantas y a acarrear los cubos. Así que para empezar la joven pidió unas piastras a su madre para pagarle estos servicios. Más adelante, al hilo de otras conversaciones, le expuso la desgracia de aquella infeliz, que no era de mala condición, a quien Dios había dejado de su mano y sin recursos, en una ciudad tan hostil. Las dos se lamentaron de la miseria de este mundo y la señora De Maillet dio gracias a la Providencia por haberlas librado siempre de semejantes penurias. Como la madre y la hija tenían poco que decirse, Françoise se convirtió en el tema de conversación predilecto entre ambas. Aprovechando el día que la señora De Maillet pidió a Alix noticias sobre su protegida, su hija, que había decidido ir a por todas, dijo con indiferencia:

– ¡Oh, está más tranquila porque ya ha tomado una decisión!

– ¿Que decisión?

– No me acuerdo si se lo he dicho. Un comerciante turco bastante rico le ha propuesto casarse. El matrimonio la sacaría de muchos apuros. Françoise ha echado sus cuentas, porque es viejo y tiene un aspecto repugnante. Pero al fin y al cabo sólo sería su cuarta esposa, de modo que compartiría con las otras tres los sinsabores de tener que soportar su presencia.

– ¡Que horror! -exclamó la señora De Maillet-. ¿Y su decisión también implicaría abjurar de la fe cristiana?

– Por eso precisamente duda tanto. Es muy piadosa y le daría mucha pena tener que renegar.

– Bueno, ¿y qué ha decidido?

– El turco la ha convencido de que la religión musulmana no exige grandes obligaciones. Basta con manifestar que Dios es Alá y Mahoma su profeta. Eso es todo. Además, para ellos Cristo es una especie de santo precursor, así que puede seguir rezando por Él. En definitiva, el moro ha convencido a esa infeliz de que en cuestiones de fe perdería muy poco, y que todo serían ganancias, porque no tendría la preocupación de buscarse el sustento.

– Hija mía -dijo la señora De Maillet, mirándola angustiada-, esa mujer va a perderse. No se puede creer absolutamente nada de lo que dicen esos infieles. Han conquistado los santos lugares, han destruido un sinfín de iglesias y han matado a muchísimos cristianos. Es nuestro deber impedir a toda costa que se haga turca. Según dicen, esos hombres son muy rudos con sus esposas, así que sería una muerta en vida, y además se precipitaría en el infierno para la toda la eternidad.

Para evitar semejante naufragio, las dos mujeres se afanaron en buscar una solución.

Al final de la conversación, Alix sugirió la posibilidad de tomar a Françoise a su servicio, y su madre consideró la proposición.

– Sí -dijo-, voy a pensar en ello. Desde que nuestra lavandera regresó a Francia, he pedido a tu padre que la sustituya, pero él siempre argumenta que no hay nadie en la colonia franca que pueda desempeñar el oficio. Pero yo creo que sólo se muestra reticente para ahorrar. Tu padre es tan moderado en el gasto de los caudales públicos…

– Pues yo creo que esta cuestión va más allá del ahorro -dijo con viveza Alix, que estaba entusiasmada con la idea-. Las dos esclavas nubias que hacen la colada ya han desteñido varios vestidos, y no es la primera vez que queman la ropa blanca por lavarla con demasiada sosa.

– ¡Y no hablemos del planchado, que es un auténtico desastre! Pero desgraciadamente tu padre no presta atención a estos menesteres. La única vez que le oí quejarse fue hace unos meses, cuando vio que sus preciosas medias de seda verde manzana se habían vuelto de un color rojo ladrillo una semana después, porque habían estado en remojo con una de mis mantas.

– ¿Se da cuenta? -insistió Alix-. Estoy segura de que podríamos hacerle comprender el provecho, el ahorro que supondría contratar a una lavandera. Mi padre alegará que no tiene tiempo de buscar una, y entonces nosotras se la conseguiremos.

Alix representó su papel con tanto esmero que su madre aceptó presentar la propuesta a su marido. La devota mujer, que posiblemente no habría movido ni un dedo por salvar una vida humana -por entender que la vida se halla en manos de Dios-, ponía todo su empeño en salvar un alma en el momento en que iba a alejarse de la fe verdadera.

– ¿Cómo planteará el asunto a mi padre? -preguntó Alix.-Lo conozco bien. No vale la pena disimular con él. Le diré exactamente la verdad, tal como acabas de exponérmela.

Alix había conseguido mantenerse seria hasta entonces, pero cuando le contó esta última réplica a su amiga, ambas estuvieron riendo un buen rato.

El señor De Maillet dio su brazo a torcer y consintió que su mujer tomara a su servicio una lavandera a prueba durante quince días. Françoise fue al consulado, se la presentaron brevemente al cónsul, que no se rebajaba a las cuestiones domésticas, y enseguida supo conquistar el corazón de la señora De Maillet. La nueva lavandera trabajó duro desde su llegada. A los quince días, el cónsul, que apenas se daba cuenta de nada, tuvo que rendirse ante la evidencia de que la casa se había transformado. Sus ropas estaban tan primorosas como el primer día. Con la ayuda de los productos extraídos de las plantas de Poncet, Françoise incluso consiguió que las medias recuperaran su color original. A partir de entonces las damas volvieron a lucir encajes blancos y no amarillentos como antes. Y como colofón final, Frangoisc llevó a cabo una auténtica proeza: que el señor Macé le fuera llevando todos sus trajes, a cual más sucio. Una mañana, mientras su secretario le traía unos papeles, el cónsul se dio cuenta de que allí faltaba algo. Recorrió toda la estancia con su mirada, pero no pudo hallar nada anormal. Luego, de pronto, levantó la nariz hacia el señor Macé, que estaba de pie frente a él, y el cónsul comprendió, con la extrañeza y lentitud con que uno trata de encontrar las cosas extraviadas, que su secretario ya no olía mal. Francoise fue contratada.

Como era de esperar, las dos amigas siguieron viéndose en el consulado. Todas las mañanas, Alix iba sola a ocuparse de las plantas y se quedaba en la terraza menos tiempo que antes. Luego volvía y deambulaba por la casa. En el consulado, el espacio destinado al señor De Maillet y sus empleados se limitaba al ala de boato, es decir, la sala en que se encontraba el retrato del Rey, unos gabinetes de trabajo contiguos y, en el primer piso, las habitaciones a menudo vacías que se reservaban a los invitados de honor. Y dado que la señora De Maillet apenas salía de sus aposentos, el resto de la mansión, los vestíbulos, los corredores, la habitación de Alix, los saloncitos, las cocinas, las antecocinas y los lavaderos eran lugares propicios para los encuentros de las dos amigas. Estos marcos tan distintos dieron a su complicidad el encanto de la novedad, la sal de una necesaria discreción y la savia de mil conversaciones que iban nutriendo la amistad de aquellas dos mujeres, siempre alertas por miedo a ser sorprendidas en una casa tan espaciosa.

<p>12</p>

Apenas un día después de que el Emperador les consultara sobre su estado de salud, Jean-Baptiste y el maestro Juremi dedicaron toda la mañana a preparar dos tratamientos, uno para el Rey y otro destinado a los sacerdotes.

Demetrios los condujo por la tarde hasta una gran iglesia situada en las afueras de la ciudad, donde se celebraba una fiesta votiva que congregaba a miles de fieles año tras año. Lucía un sol espléndido para un acto que nada tenía que ver con suplicios. Sólo se veía a una multitud de mujeres y niños ataviados de blanco que llevaban sombrillas negras mientras se balanceaban alegremente sobre sus borricos. Los ancianos caminaban apoyándose en largos cayados de pastor. Una gran cantidad de sacerdotes y monjes con túnicas de vistosos colores avanzaban sosteniendo cruces de procesión. Los dignatarios más distinguidos se protegían del sol con unos amplios parasoles rojinegros, adornados con cascabeles de plata, que sostenían jóvenes esclavos. Todos iban a reunirse en un bosque de cedros. Las ramas retorcidas de estos árboles llegaban a ras de suelo, y los niños se columpiaban en ellas. La iglesia apenas se distinguía. Era octogonal y el techo abombado de caña descansaba sobre los troncos desmochados de unos grandes cedros plantados en un círculo a ocho pies de los muros. Entre los troncos y la iglesia se erigía esta columnata natural convertida en una galería circular, con el suelo recubierto por discos de madera. Demetrios consiguió abrirse paso entre la multitud, y los viajeros descalzos penetraron en el primer recinto de la iglesia, donde,pudieron contemplar iconos de varias épocas. Salvo algunos que poseían una clara influencia bizantina, casi todos tenían la huella del arte abisimo. Los ojos parecían tener vida propia, independiente de los rostros, y emanaban una fuerza que sobresalía por encima de cualquier otro rasgo. Los santos tenían una tez clara, señal de divinidad y vestigio misterioso de lo sagrado, como puede simbolizar el uso de una lengua muerta para el rezo. Pero sus rasgos eran la viva imagen de los autóctonos del país, de tal manera que aquellos iconos hieráticos y estereotipados representaban a mujeres y niños corrientes que parecían loar la dignidad de Cristo y de la madre de Cristo.

De regreso, Demetrios les enseñó el palacio. Les mostró el patio situado frente a la puerta principal que habían franqueado para acudir a la audiencia del Rey. El joven hizo luego una señal a los guardias y así pudieron acercarse a una jaula asegurada con grandes trancas de hierro donde dormían los cuatro leones del Negus, un macho y tres hembras, una de ellas aún muy joven. Por un momento Poncet temió que Demetrios les refiriera algún tormento en el que participaran aquellos animales, pero sólo les dijo que las fieras pertenecían al Emperador, que cada mañana los alimentaba personalmente con cuartos de carne que un esclavo les lanzaba en su presencia, y que nada debía alterar su reposo. De modo que se quedaron más tranquilos.

Finalmente, por la tarde, Demetrios les hizo saber que habían recibido varias invitaciones obsequiosas para acudir a las casas de algunos nobles de la ciudad. Así que aquella misma noche se presentaron en una de aquellas residencias, cuyos dueños habían dispuesto todo lo necesario para honrarles: manjares refinados y aguamiel en abundancia, además de un grupo de músicos y cantantes. Poncet, que había tomado numerosas notas durante toda la tarde, pudo proseguir con sus observaciones. Una de las costumbres que más le sorprendió fue el poco esfuerzo que los hombres hacían para llevarse la comida a la boca. Como los abisimos desconocían el uso de la cuchara y el tenedor, la mayor parte del tiempo sus acompañantes femeninas preparaban los bocados para ellos, y luego les daban de comer. Poncet estaba sentado junto a una mujer imponente, de edad madura, impasible y ataviada con un amplio vestido de algodón bordado que dejaba adivinar sus formas turgentes. En cuanto la esclava dispuso la torta y las salsas en la mesa, el médico contempló con auténtico terror como la mujer moldeaba entre sus largos dedos cargados de sortijas de oro una bola, que empapaba en unos líquidos rojos donde el fuego de las guindillas casi era perceptible a simple vista, y luego la introducía en su boca con un ademán que no admitía réplica. Jean-Baptiste sintió que ardía de pies a cabeza, y aceptó el segundo bocado con lágrimas en los ojos. El maestro Juremi recibía idéntico trato de la mano grácil de una joven que estaba a su derecha. Los demás hombres acogían estos favores con naturalidad, pero mostraban su reprobación, y en grado sumo, cuando Poncet y su amigo intentaban impedir que siguieran cebándoles de aquella forma, con la vergonzante excusa de que ya no tenían más hambre.

El calvario terminó cuando las crueles damas consideraron que ya estaban satisfechos, o tal vez cuando su experiencia les hizo temer que en cualquier momento se iban a derrumbar. No obstante, antes de dar por concluido el banquete, avivaron aún más su fuego interior con una buena cantidad de aguamiel. Después de la comida, los comensales se dispersaron por la casa y algunos fueron a sentarse en la terraza para tomar café al claro de luna. Pero la severa acompañante de Poncet hizo una señal para que éste la siguiera, y el maestro Juremi desapareció por el otro lado a remolque de la suya.

Tanto uno como otro pensaron que serían conducidos a una sala de baño donde refrescarse, pues las lágrimas les habían dejado la cara con churretes y les ardían los labios debido a las especias. Pero, para su asombro, llegaron a unas estancias oscuras, revestidas de tapices y cubiertas de cojines. Sin mediar palabra, las mujeres se desvistieron. Luego, con la misma soltura con la que se habían hecho cargo de alimentarles, tomaron también la iniciativa para satisfacer otros deseos. Un breve amago de resistencia les convenció de la clarividencia de Maquiavelo: aquello que no se puede impedir, hay que quererlo, escribió el florentino. Y en nombre de esta evidencia práctica, decidieron colaborar en la tarea. Después de las interminables jornadas de desierto, los dos viajeros volvieron a deleitarse con placeres que creían un poco olvidados y que recibieron de esta forma inesperada con un sentimiento de sorpresa y muy complacidos. Al cabo de un rato volvieron a los salones donde se hallaban los otros invitados. Demetrios se ofreció a acompañar a los dos francos. Saludaron a los hombres que parecían encantados, y entre los que probablemente estaban los maridos de sus acompañantes, y después a las mujeres, que aceptaron con dignidad su respetuosa reverencia haciendo gala de su habitual seriedad.

Ambos se acostaron más perplejos que nunca. Estos ejercicios carnales, lejos de apartar a Alix de su pensamiento, hicieron que Jean-Baptiste lamentara más que nunca la ausencia de su amada. Soñó con ella, y las sensaciones que acababa de experimentar se confundieron con el recuerdo de la joven de tal modo que aquella noche durmió maravillosamente bien.

Al día siguiente se levantaron tarde y fueron a visitar el mercado de las especias, donde reconocieron algunas de las muestras que les había proporcionado su casero musulmán, así como muchas variedades vegetales de lo más extraño. Conversaron con los mercaderes de los puestos y encontraron a dos hombres del campo que se desplazaban hasta los lugares más alejados y a menudo casi inaccesibles para recoger plantas aromáticas y medicinales. Al preguntarles qué uso se hacía de aquellos granos y hojas, Poncet y el maestro Juremi se quedaron horrorizados al enterarse de que la farmacopea de los venenos era la mejor estudiada y la más utilizada en el país. Los dos recordaron una práctica muy en boga en Europa que en muy poco tiempo había convertido la ciencia de los filtros de muerte -una ciencia exacta y verificable- en la pariente rica y próspera de la medicina, una ciencia aproximativa, dudosa, y mucho menos útil a decir de algunos.

Por la noche fueron a cenar a otra casa. Como ya tenían la experiencia del día anterior, bebieron poco e insistieron en atiborrarse de comida por sí mismos. Ante el ansia que manifestaban, las mujeres presentes consideraron innecesario intervenir y pudieron terminar cuando creyeron oportuno. En cuanto se dio por terminada la pitanza se apresuraron a tomar asiento junto a la sirvienta que preparaba el café, y a hacer una pregunta tras otra a sus vecinos para demostrar su interés por la literatura abisima. Aunque lo cierto es que intentaban evitar cualquier posible acometida femenina, aquella artimaña les brindó la oportunidad de descubrir la afición de los abisinios por el arte poético.

Demetrios tuvo muchas dificultades para traducir al italiano los fragmentos que recitaban. Según les contó, la belleza de los versos debía buscarse en ciertos contrastes muy simbólicos para los etíopes, como el de la cera y el oro, por ejemplo. La cera es el molde donde se vacía la joya de oro. Este molde es trivial y de un material innoble, pero basta partirlo para descubrir la alhaja escondida que encierra dentro. Las frases poéticas revestidas de la apariencia equívoca y opaca de su sentido literal pueden contener otro velado, profundo, brillante y colmado de sabiduría que surge a la luz por un sutil juego de palabras. La traducción no conseguía reproducir estas riquezas del lenguaje. Pero aun así Jean-Baptistc y su amigo escucharon a los convidados recitar bellas estrofas, en primer lugar sobre el molde de cera, con expresión tediosa; luego, con imperceptibles variaciones de tono y de sentido, los abisinios declamaron los versos de oro, y en su semblante apareció la admiración y el deleite.Todos los invitados se fueron muy contentos. De regreso, Jean-Baptiste y su compañero se alegraron de haber preferido los ejercicios poéticos a cualquier otro placer. De esta suerte pudieron acostarse pronto y conservar la mente clara. Antes de dormirse tuvieron una última conversación a propósito de qué iban a decirle al soberano. Jean-Baptiste creía más conveniente no ser demasiado explícito y hablarle al Rey únicamente de sus síntomas, pero el maestro Juremi honraba tanto a la verdad que le aconsejó guiarse por la sinceridad para darle a entender que su enfermedad podía ser más seria. La cera o el oro, al final todo se reducía a lo mismo. No obstante acabaron durmiéndose sin haber tomado ninguna decisión.

Poco antes del amanecer, tal como habían acordado, Demetrios los despertó y fueron a ver otra vez al Emperador a la torreta.

Los recibió muy nervioso.

– Ustedes me han curado -les dijo sonriendo en cuanto hubieron entrado. Jean-Baptiste y el maestro Juremi permanecieron impasibles.

»Ya no me rasco ni tengo pinchazos. Las costras más grandes se han desprendido, y las zonas supurantes se están secando. A decir verdad, si dejara a un lado mis convicciones -y las suyas- diría que es un milagro. Mire.

Empezó a quitarse la túnica como si fuera una camisa, dejando caer paulatinamente las mangas sin desanudarse el cinturón.

Poncct se acercó para examinar la lesión.

– Está mucho mejor-dijo escuetamente.

– No parece muy entusiasmado -dijo el Rey-. Comprendo su prudencia. Quiere asegurarse de los resultados. Y tiene razón, pero permítame decirle que aunque esta mejoría fuera sólo transitoria, igualmente le estaría muy agradecido. Me ha dado usted unas horas de paz después de meses de suplicio.

– Majestad -dijo por fin Poncet-, lo que vemos es prometedor, en efecto. Reacciona favorablemente al tratamiento, y eso hace pensar que seguirá mejorando en los próximos días, pero…

Miró al maestro Juremi, como un soldado que debe asumir un doloroso cometido.

– … es preciso que sepa ciertas cosas -continuó.

– Le escucho.

– La enfermedad que padece puede aliviarse. Puede desaparecer completamente y por mucho tiempo, pero es incurable. Volverá a manifestarse. Tendrá que aprender a vivir con ella, y sin duda…Se detuvo un instante, antes de proseguir. El Rey lo miraba fijamente, sin pestañear.

Jean-Baptiste se oyó pronunciar el final de su frase y se extrañó de sus propias palabras:

– … a morir.

Después de traducir estas palabras, Demetrios miró al Rey en espera de su respuesta, que tardó en hacerse oír. El Negus se levantó, se dirigió hacia uno de los rincones de la sala, y desapareció prácticamente en las sombras. Después volvió y dijo:

– No me gustan sus palabras, pero sí su forma de expresarse. No habla como los aduladores o los charlatanes. Por eso no se equivoca al pensar que puedo entenderlo.

Hizo un silencio, su mirada se detuvo en la llama de la candela, y luego se clavó otra vez en los ojos de Jean-Baptiste.

– ¿Cuanto tiempo tardaré en sucumbir a la enfermedad?

– Lo ignoro -dijo Poncet.

– ¡Miente! -exclamó de pronto el Rey con un tono autoritario e iracundo-. ¿Cuánto tiempo?

Jean-Baptiste se turbó.

– Bueno, yo diría… Creo que no se tiene conocimiento de ningún enfermo que haya vivido más de dos o tres años.

El Rey escuchó la sentencia con absoluta impasibidad. Se incorporó ligeramente y continuó en silencio.

– La muerte -dijo por fin- me importa muy poco. Podría morir mañana, estoy preparado.

Volvió a acomodarse en su asiento, como si quisiera quitar solemnidad a sus palabras.

– Pero -prosiguió- me preocupan las obligaciones de mi cargo.

Hablaba en tono confidencial. Parecía completamente sereno, como si su único deseo fuera dar rienda suelta a sus pensamientos.

– Mi hijo primogénito -continuó- sólo tiene quince años. Aún es débil e influenciable. No acaba de gustarme la educación que recibe de los sacerdotes y de la corte durante mis largas ausencias. Y no puedo irme de esta vida hasta que él no se haya afianzado en el trono, pues de lo contrario habrían resultado inútiles los logros de tres generaciones de reyes.

Seguía mirando fijamente la vela por la que se deslizaba lentamente una gota de sebo.

– ¡Dos años! -dijo.Se levantó, se fue andando hasta otra silla próxima a la puerta por la que había entrado, tomó con su mano una estola blanca doblada en forma de rectángulo, se la echó sobre los hombros y se envolvió con ella.

– Cuando mi abuelo heredó la corona -prosiguió-, este país estaba sumido en el caos. Nuestros enemigos habían devastado el reino, nuestros vasallos se emancipaban, los sacerdotes imponían su voluntad al soberano, y el pueblo se moría de hambre…

Se dio la vuelta y avanzó hacia ellos.

– Había campesinos que se comían a sus muertos…

Poncet bajó los ojos, al tiempo que el maestro Juremi dirigía la mirada hacia las sombras.

– Así estaba el país. Fue necesario restaurar la autoridad real, expulsar a los enemigos, someter a los príncipes, mantener a raya a los sacerdotes. Basilides, mi abuelo, comenzó una tarea gloriosa. Fundó en esta ciudad, Gondar, una nueva capital al margen de la corrupción que minaba Axum, la sede de la corte desde muchos siglos atrás. Luego llegó su hijo, mi padre, también íntegro, también glorioso, también decidido. Yo, que le he sucedido, he tenido la suerte de reinar mucho tiempo, recoger su legado y hacerlo fructificar. He aligerado las cargas que pesan sobre el pueblo, he abolido los tributos aduaneros que quebrantaban el país, como lo habrían hecho los bandidos. Pero por encima de todo, he aplicado la ley. Sin duda es severa, pero es la de nuestros mayores. Todos la conocen y todos son iguales ante ella.

El alba clareaba lentamente. Una nube violeta cortaba la ventana en dos, de forma que arriba se veía la noche y abajo una bruma blanquecina.

– Hemos culminado esta ardua empresa solos, ¿comprenden? Solos. Hace mucho tiempo que no esperamos ayuda de nuestros vecinos. Son mahometanos y nos odian. Pero además hemos tenido que protegernos de aquellos que durante mucho tiempo creímos nuestros amigos, nuestros hermanos, nuestros parientes católicos venidos del otro lado de los mares. Hace un siglo, cuando los turcos atacaron este país, los reyes de entonces decidieron llamar a los portugueses. Y vinieron. Cristóbal de Gama, hijo del gran Vasco, incluso dio la vida por nosotros. Pero sólo nos salvaron para enviarnos luego a los jesuitas. Cuando llegaron, nadie sabía aquí quiénes eran esos sacerdotes. Nuestros ancestros los acogieron pensando que eran nuestros hermanos, como Cristo había dicho. Así que cuando dijeron que debíamos prestar obediencia al Papa y unirnos a la comunidad católica, no planteamos ninguna objeción. ¡Imagínese! Habíamos sufrido tanto por sentirnos apartados del mundo que acogimos con alegría la idea de volver a él. Lo único que les pedimos fueron argumentos teológicos que demostrasen por qué su interpretación de los Evangelios era mejor que la nuestra. Nuestros sacerdotes se prestaron a la controversia sin subterfugios, estrictamente con la ayuda de sus grandes conocimientos; y esos jesuítas tan seguros de sí mismos tuvieron que admitir que no tenían respuestas a nuestras preguntas y tuvieron que volver a Roma un poco despechados. El Papa envió a otros, más sabios, pero sobre todo más dispuestos a emplear todos sus medios para conseguir sus fines. Nuestro pueblo los acogió como hermanos, mientras ellos obraban propiamente como enemigos. En aquel momento, nuestro punto débil era el Rey. El pobre hombre tenía poco carácter y cayó bajo la férula de los jesuítas, que le hicieron tomar decisiones completamente equivocadas. Finalmente se sirvieron de su autoridad para ordenar la conversión inmediata del país. Entonces comprendimos, aunque demasiado tarde, que a ese mal venido del exterior y al que nos habíamos acostumbrado había que agregar otro ma el que nos deseaban nuestros peores enemigos. No voy a referirles todas las peripecias, aunque fueron innumerables, durante las cuales esos religiosos francos dieron pruebas de su influencia perniciosa, de su empeño por someter nuestras conciencias, por imponernos una fe nueva y conquistarnos por la vía de la perfidia y la división. De esa época datan las guerras civiles más horribles de este país; la autoridad de los reyes, que siempre se había preservado, incluso en los momentos más difíciles, cayó en descrédito cuando uno de ellos aspiró a abrazar la fe de esos extranjeros por debilidad de espíritu. Entonces, el pueblo buscó refugio en los sacerdotes, que por otra parte fueron incapaces de defenderlo. Nuestros enemigos se aprovecharon de nuestra decadencia. Entonces se produjo el caos que, como ya les he dicho, ha precisado tres generaciones para desaparecer, y con no pocas dificultades.

Se tranquilizó, y prosiguió con más calma:

– Ésta es nuestra situación actual, y por eso necesito tiempo.

Casi había clareado por completo. El Rey fue hacia Poncet y le puso la mano en el hombro. Era una mano seca y ligera, que apenas pesaba.

– Cuando veo a hombres como usted, pienso que es una lástima vernos obligados a rechazar todo cuanto llega de Occidente. Antes de que los musulmanes salieran del desierto, su civilización era también la nuestra. En la corte de mis ancestros se hablaba griego. Pero aún somos demasiado frágiles para asumir el riesgo de abrirnos a quienes pretenden ser nuestros hermanos y, por lo que sabemos, insisten todavía en convertirnos sin comprender que así nos pierden.

Retiró la mano y dio unos pasos hacia la puerta.

– Gracias a ustedes -dijo con cierta alegría- ahora hay un atisbo de esperanza en mi vida. Era consciente de la tarea que aún me quedaba por cumplir, y ahora sé de cuánto tiempo dispongo para culminarla.

Cuando el Rey hubo salido, los visitantes se quedaron silenciosos y anonadados. Al darse cuenta de la luz que entraba a raudales en la sala, Demetrios los acompañó rápidamente a su casa. Pidieron quedarse solos para cambiarse, y convinieron con el joven que regresara dos horas más tarde.

En cuanto se cerró la puerta, el maestro Juremi se encaró con Jean-Baptiste.

– ¿Te has vuelto loco? Habíamos acordado que tú ibas a moderar su optimismo y prepararle para una larga enfermedad. ¿Cómo se te ha ocurrido hacerle esa confesión, y mucho menos semejante pronóstico?

– Lo sé -dijo Jean-Baptiste con la cabeza entre las manos-. Sin embargo, cuando he mirado a ese hombre no he podido mentirle.

– Me parece bien que no quisieras mentirle, pero tampoco tenías por qué decirle toda la verdad.

– Ese hombre tiene algo que me ha impulsado a decírselo todo.

– No es él quien tiene algo -dijo el maestro Juremi- sino tú. ¡Vaticinar el destino a un rey! ¡Qué locura! Te crees un dios, amigo mío. Lo que tú tienes es orgullo.

– Creo que no -dijo Poncet con voz apagada-, que es todo lo contrario. Cuando le hablo no es un rey. Le hablo como a un hermano.

– Un hermano al que acabas de apuñalar.

Apenas había acabado su frase cuando llamaron a la puerta con tres golpes. Abrió el protestante. Dos oficiales de la guardia venían a detenerlos.

<p>13</p>

Los guardias, con un semblante hostil e incapaces de explicarse en otra lengua que no fuera la suya, condujeron a los dos francos al palacio, aunque no por los vericuetos secretos que habían seguido la noche anterior sino que rodearon completamente las murallas para entrar por la puerta principal.

Atravesaron una anticámara estrecha y se encontraron en la sala en la que el ras y los sacerdotes les habían interrogado a su llegada. Allí les esperaban los mismos dignatarios, pero en esta ocasión estaban dispuestos en dos grupos, entre los cuales había tres cuerpos tendidos en el suelo y cubiertos con una sábana. El dragomán que había vertido al árabe la audiencia oficial con el Emperador se adelantó y tradujo las palabras que acababa de pronunciar en voz alta uno de los religiosos:

– Estos esclavos han probado los remedios que ustedes han preparado para curar al soberano, y ahora están muertos.

Jean-Baptiste suspiró aliviado, pues se temía algo muy distinto. En cuanto a los remedios «oficiales», éstos sólo eran un mejunje a base de agua, harina y colorante de remolacha que habían elaborado en presencia de Demetrios.

– Dígale a estos señores -dijo Jean-Baptiste sonriendo- que nuestra receta es muy sencilla y que antes de hacerles llegar nuestro preparado le proporcionamos otro igual a Demetrios, que según creo es un sirviente del Emperador.

Al oír el nombre de Demetrios, los presentes empezaron a hablar entre ellos muy nerviosos y apenas escucharon al intérprete. Los dos médicos comprendieron enseguida que habían mandado a buscar al joven griego. Llegó al poco rato, sudando y con una cajita de madera en la mano donde guardaba una muestra de la misma sustancia que habían entregado a los sacerdotes.

El joven pronunció un largo parlamento que los francos no entendieron, aunque advirtieron, eso sí, que hablaba en un tono muy distendido. Para reforzar sus palabras, Demetrios abrió la caja, tomó un poco del preparado, lo comió ostensiblemente y ofreció a la concurrencia. Los sacerdotes lo miraron con cara de asco y, tras una breve discusión, los dignatarios abandonaron la sala. Cuando se hubo cerrado la puerta, se oyeron las voces de una conversación tumultuosa.

Demetrios dijo entre risas que el incidente se daba por concluido.

– Espero que el Rey los condene por haber envenenado a esos tres desgraciados -dijo Jean-Baptiste.

Unos soldados que habían entrado discretamente en la estancia se llevaron los cadáveres de los esclavos, arrastrándolos por los pies.

– En nuestro país uno sólo puede ser condenado por matar a hombres, y los esclavos no lo son -dijo Demetrios con seriedad.

Tras estas palabras, los dos médicos y el guía abandonaron la estancia. A sabiendas de que uno debe acostumbrarse a la desgracia ajena, siempre que una sociedad así lo justifica, se olvidaron de las víctimas de aquella ridicula maquinación y sólo pensaron en pasar un buen rato.

Por lo demás, aquel asunto les sirvió para comprender mejor cómo ejercía el Rey su poder en medio de todos aquellos peligros. De hecho, sólo había otorgado su confianza a hombres oriundos de países extranjeros, como Demetrios o Hadji Ali. Y algunos de ellos habían sido secuestrados en su infancia, durante redadas y campañas militares. Así como los turcos estaban protegidos por niños cristianos que habían robado para convertirlos en jenízaros, el Rey de Reyes tenía a su servicio jóvenes musulmanes educados como cristianos, que sentían por él auténtica devoción. Eran útiles en la capital y por todo el país. Siempre había recurrido a musulmanes que le debían la vida, como Hadji Ali, o a armenios y otros cristianos de Oriente, subditos del Gran Turco, para llevar a cabo misiones de confianza fuera de su territorio.

Mientras estuvieron en Gondar, Poncet y su amigo aprendieron a valorar esta presencia protectora que nunca más les abandonaría. Aparte de Demetrios, en las calles por las que caminaban, en las casas en que cenaban, en los campos donde recogían plantas, siempre había observadores discretos, y casi invisibles, que se ocultaban bajo la apariencia de campesinos bonachones, vagabundos o comerciantes, para extender sobre ellos el poder del Rey.

Durante su estancia en la capital tuvieron la oportunidad de ser testigos de muchos acontecimientos, pudieron observar sus curiosas tradiciones y tener incluso algunos encuentros voluptuosos, pero obraron con tanta moderación que estuvieron a punto de adquirir mala fama. También visitaron numerosas iglesias, aprendieron a conocer la pintura y a apreciar la música de aquel país, que al principio les había parecido muy poco atractiva. Comprendieron mejor la riqueza de sus sonidos cuando oyeron sus melodías acompañando a la danza, a la que sustentaba y servía de marco.

Pronto supieron distinguir de dónde procedían los innumerables objetos de madera, cobre repujado o esparto, cuya variada producción mostraba la profusión de culturas de este gran Imperio. Poncet llenó de notas un cuaderno entero y se procuró otro, gracias a la habilidad de Demetrios, pues los abisinios desconocían el uso del papel y sólo escribían en pergaminos.

Se volvieron a ver con el Rey, aunque no con frecuencia, para no despertar sospechas. Pese a que el mal no había desaparecido, constataron un retroceso de los síntomas. No volvió a preguntarles nada más sobre el pronóstico, pero se mostró interesado por las costumbres, las ciencias y la política de las naciones de Occidente.

Un día, Demetrios les comunicó que el Rey de Senaar había alegado un insignificante asunto fronterizo para declarar la guerra, de modo que el Negus iba a partir otra vez en campaña. Según el joven griego, era mucho menos peligroso seguir al Rey que quedarse en la ciudad puesto que la corte podría aprovechar su relativa libertad para vengarse de los extranjeros de quienes ya se empezaba a rumorear que eran muy peligrosos. Tras fingir que había tomado los remedios que la corte le había entregado oficialmente de parte de los médicos francos, el Rey comunicó que estaba mejor, y más tarde que se había curado. Por último remuneró a los dos francos con presentes muy valiosos, que añadieron a todo cuanto habían ganado con otros pacientes de la ciudad, pues con el paso del tiempo, Jean-Baptiste y su socio curaron a mucha gente de toda condición. Incluso les pidieron oficialmente que visitaran a la Reina, aquejada de una indisposición que trataron con éxito. Los sacerdotes estaban furiosos.

Cuando llegó el momento de plantearse acompañar al Rey en sus campañas militares, Jean-Baptiste consideró que había llegado el momento de la verdad. Aunque su estancia en Abisinia no carecía de interés, tampoco olvidaba la verdadera razón de su viaje y la meta personal que se había marcado: tenía que volver con una embajada.

Pero nada de esto habían conseguido todavía. Además, ahora sabían por qué motivo el Negus desconfiaba de los jesuítas y de Occidente. ¿Acaso el soberano no les había confesado en voz alta que era demasiado pronto para que su país se abriera al extranjero? A este obstáculo político, que de entrada era un impedimento para una embajada, había que agregar otro, más personal, que de alguna manera ahora se revelaba como un inconveniente, a pesar de que hasta entonces sólo les había deparado ventajas. Todos los esfuerzos orientados a granjearse la confianza y la amistad del Rey, además de garantizar su seguridad y bienestar, habían dado sus frutos, superando con creces sus primeras expectativas. Era evidente que el soberano los apreciaba. Cada día, directa o indirectamente, daba muestras de estar vinculado a ellos por lazos de confianza y afecto. Pero el juego que practicaban era peligroso. La amistad del Emperador podía ayudarles a culminar el deseo de regresar con una embajada, pero al mismo tiempo corrían el riesgo de que quisiera conservarlos toda la vida a su lado, como les había ocurrido a tantos viajeros antes que ellos. Lamentablemente no podían pasar por alto esa eventualidad, así que Jean-Baptiste decidió abordar ese asunto en su próxima entrevista con el Emperador. Todo el día estuvo pensando en El Cairo, en su casa y en la señorita De Maillet, y sintió tantos deseos de volver a ver todo aquello que estaba pletónco de energía para convencer a cualquiera que se le pusiera por delante, por muy tozudo que fuese.

El Rey no los recibía siempre en la estancia cubierta por la cúpula que señoreaba las murallas del palacio. A menudo Demetrios les hacía salir de la ciudad y se reunían con el soberano en su tienda de caza, situada en las inmediaciones del bosque, donde pasaba jornadas enteras persiguiendo a leones y leopardos.

En aquellos días se hablaban ya con una cierta familiaridad, aunque el Rey siempre había guardado las distancias, haciendo gala de la dignidad propia de su rango. Aquella noche el soberano les honró con su compañía durante la cena. Demetrios se mantenía aparte en prueba del respeto que cualquier subdito debe a su rey, de modo que los tres hundieron las manos en la misma torta de injera condimentada con salsas. Conversaron sobre la campaña en ciernes y el inminente viaje. Una vez terminada la comida, un soldado les llevó un aguamanil y se enjuagaron los dedos.-Majestad -empezó a decir Jean-Baptiste cuando se quedaron solos-, ya que usted nos ha hablado de su partida, permítame que también le digamos algo por nuestra parte.

La frase era ambigua. Por la mirada que le dirigió el soberano, Poncet comprendió que este se había percatado de que no hablaban del mismo destino.

– Vuestra Majestad nos mandó llamar a su lado. Hemos hecho todo cuanto estaba en nuestras manos. Hadji Ali conocía nuestras intenciones desde el primer momento. Y ahora tenemos que regresar al lugar de donde venimos.

Una sirvienta les llevó el café en unas tazas. El Rey se tomó el tiempo necesario para servir personalmente a sus huéspedes; desprendió dos hojas minúsculas de una planta aromática que los abisinios llaman «salud de Adán» y las agregó a su café.

– ¡Qué curioso! -dijo-. Precisamente pensaba hablarles esta noche de su estancia aquí. La norma que hemos aplicado durante siglos es estricta: cualquier extranjero es bienvenido, pero luego debe quedarse entre nosotros. Ustedes ya están al corriente de los problemas e incluso de las tragedias que hemos vivido cada vez que hemos derogado ese principio. Así pues, cuento con restituirlo.

Poncet miró a su compañero y leyó en los ojos del protestante cierta incredulidad; no obstante esperó a oír la continuación.

– Sin embargo no pretendo obligarles -prosiguió el Negus- ni forzarles a vivir en este estado de clandestinidad que, comprendo, puede resultarles penoso. Por eso mi intención es proponerles un cargo oficial -que será acatado por la corte según mi deseo- y una retribución a la altura de la gran estima que ustedes me merecen.

– Majestad -dijo Poncet afablemente pero con un tono resuelto-, lo lamento pero no podemos aceptar. A nuestra llegada le comunicamos que teníamos que regresar a El Cairo.

– En efecto -dijo el monarca- me lo manifestaron. Para ser más exactos, el pacha de El Cairo hacía referencia a ello en su carta de recomendación, que no en vano tiene su valor. Tal vez sea ésta la única circunstancia en la que el principio que acabo de exponerles admita una excepción. El pacha del El Cairo es mahometano, y por lo tanto un enemigo para mí. Sin embargo, es un enemigo con quien tenemos negocios y me teme debido a mi poder sobre el Nilo. Por mi parte, yo también lo necesito, pues cada vez que muere el abuna, debe dar su visto bueno para dejar venir hasta aquí otro patriarca. La tradición es así y ahora nos resulta más útil que nunca tener como jefe de nuestra iglesia a un monje que no habla nuestra lengua y que sólo ha salido de su monasterio egipcio para ponerse a temblar ante mí. Así pues, como debo mi palabra al pacha de El Cairo, puedo dejarles salir.

– Le estamos muy agradecidos, Majestad.

– Sin embargo, permítanme hacerles una pregunta -dijo el Rey.

Poncet inclinó la cabeza. Estaba claro que aunque el soberano había desestimado el uso de la fuerza, tampoco había renunciado a convencerles.

– ¿Por qué prefieren servir a esc infiel, a ese canalla turco, que posiblemente ni siquiera da muestras de gratitud, y no a un príncipe cristiano que sería incapaz de negarles un favor?

– Majestad -respondió Poncet-, no volvemos por el pacha de El Cairo.

– ¿Pues por qué entonces?

El joven médico bebió un trago de café antes de contestar.

– Como usted sabe, el maestro Juremi y yo somos socios. El me acompaña, pero quien realmente quiere regresar soy yo.

– En tal caso -dijo el Rey-, le hago la pregunta a usted, Jean-Baptiste.

– Bien, Majestad -dijo Poncet-, la cuestión es que estoy enamorado de una joven.

El Rey se echó a reír. Era una de las pocas veces que le veían hacerlo. Se reía silenciosamente, con la cabeza hacia atrás. Mientras, Demetrios esperaba con una actitud respetuosa para traducir la continuación de la conversación.

– Muy bien -dijo por fin el soberano-. Supongo que se sentiría muy orgullosa de vivir en mi corte, y arropada en oro. Por lo que me han dicho, El Cairo es una ciudad muy calurosa y las mujeres prefieren nuestro clima. ¡Haga venir a su esposa!

– No es mi esposa -dijo Jean-Baptiste.

– En tal caso, puede celebrar la boda aquí.

– A decir verdad, Majestad… no hemos llegado tan lejos todavía.

El Rey volvió a reírse de aquel modo tan peculiar.

– ¿Y en que punto están entonces?

– Debe saber, Majestad, que es una joven de una condición considerablemente más elevada que la mía. Su padre ocupa un cargo importante en nuestro estado. Nos amamos y…

Jean-Baptiste sintió una especie de punzada al pronunciar la frase,como si estuviera tentando la suerte. Temía los zarpazos del destino sobre ese asunto, con la superstición propia de los enamorados.

– … pero antes tengo que convencer a su familia y no va a ser fácil.

– Dígale que vivirá aquí, en la corte de un gran Rey, y que usted será uno de mis oficiales de alto rango.

– Majestad, ¿acaso no conoce a los hombres? No tienen imaginación; para ellos no existe aquello que no pueden ver con sus propios ojos. Yo sé bien que un lugar en su corte es más digno que muchos cargos de los que se enorgullecen los hijos de las familias más influyentes, pero eso no será suficiente para convencer al padre de la mujer que amo.

Se detuvo un instante, esperó a que Demetrios terminara la traducción y, sacudiendo la cabeza como quien piensa en voz alta y analiza una a una las ideas que se agolpan en la conciencia, añadió:

– Me doy cuenta, Majestad, de que intenta hacer todo cuanto está a su alcance por ayudarme y le estoy muy agradecido por ello. A decir verdad, hay algo que me gustaría decirle…

– Dígalo, pues.

– Me resulta difícil confesárselo porque sé que mis propósitos pugnan con sus convicciones más profundas.

– No se preocupe por ello. Si tengo que negarme, al menos ni usted ni yo tendremos que lamentar el no habernos hablado con claridad.

– Bien -dijo Jean-Baptiste de manera precipitada, como quien alivia la carga de sus hombros dejando caer los bultos al suelo-. El padre de mi amada es diplomático. Si me fuera posible alcanzar la misma posición, me juzgaría como un igual, o cuando menos como alguien de su mundo. Un medio para conseguir mi meta sería que Vuestra Majestad se dignara recomendarme a nuestro rey Luis XIV para que éste me nombrara embajador permanente en Abisinia. De ese modo podría volver aquí, y al mismo tiempo ostentar ante la joven que amo un cargo brillante. Por otra parte, aunque ese puesto sea inferior sin duda al que Vuestra Majestad pudiera ofrecerme en su corte, al menos tendría el gran mérito de ser considerado por su padre.

– ¡Una embajada! -exclamó el Rey.

Una ráfaga de aire se deslizó por debajo del faldón de la tienda real y levantó un remolino de arena en el suelo, interrumpiendo un momento la conversación.

– Usted sabe -continuó el soberano- que nunca obramos de esa forma. Si tenemos algo que decir a nuestros vecinos, recurrimos a mensajeros que actúan con suma discreción, como mercaderes, peregrinos, y a veces incluso mendigos. Antaño, cuando los portugueses nos enviaron representantes oficiales, éstos hicieron tal alarde de arrogancia que nos incitaron a no dejarles marchar.

– Lo sé -dijo Poncet.

El Rey se puso de pie y empezó a deambular alrededor de la mesa, rozando de paso la tela gruesa y áspera de la tienda, con un gesto instintivo que evidenciaba su perplejidad.

– Usted sabe también que todos los sacerdotes, esos que llaman jesuitas y esos otros que se visten como los árabes, pululan a nuestro alrededor, al acecho del menor pretexto para entrar en el país. Cuando yo era niño, mi padre mandó venir a un médico de El Cairo, como yo he hecho ahora con usted. Llegaron dos monjes; los recibió amablemente aunque con cierta desconfianza y preguntó cuál de ellos era el médico. Éstos le dijeron con toda tranquilidad que el médico no había podido emprender el viaje inmediatamente y que ellos se habían adelantado…

– ¿Qué fue de los monjes? -preguntó Jean-Baptiste.

– En el momento que el pueblo se enteró de que los religiosos francos habían regresado, la multitud comenzó a concentrarse; nuestros sacerdotes y nuestros príncipes pusieron al Rey en cuarentena, por miedo a que se convirtiera como había ocurrido ya una vez, para nuestra desgracia. Todos temían que se desencadenara de nuevo una guerra civil, así que el Rey, mi padre, no vaciló en entregar a los dos extranjeros a la multitud, que los lapidó ante el palacio. Le digo esto para que sepa que una embajada puede atraer a esos fanáticos que tratan de entrar en el país por todos los medios, a sabiendas de que no queremos volver a verlos.

– ¡Precisamente! -dijo Jean-Baptiste, que continuaba pensativo y que parecía a punto de pronunciar en voz alta los pensamientos que gradualmente le venían a la mente-. No debe confiar una embajada a un desconocido sino a una persona que le sea familiar, alguien que sienta tan poca simpatía como usted por los curas y que se comprometa a no traerlos con la embajada; esto pondría las cosas en otro plano. Majestad, me parece que en realidad tiene poco que temer. La presencia de un emisario de nuestro Rey, testigo de la situación de vuestro imperio y conocedor de las maniobras de los jesuítas ofrecería la posibilidad de informar sin demora a nuestro soberano de cualquier treta de esos clérigos. Luis XIV tiene influencia sobre el Papa y podría pedirle que moderara sus fervorosas congregaciones. Muchas cosas se deben a que en nuestro país no se conoce suficientemente a Vuestra Majestad. La simple palabrería medra fácilmente donde impera la ignorancia. Perdone mi franqueza, incluso yo me avergüenzo de lo que voy a decir, pero los jesuítas han llegado a describir este reino en sus relatos como una tierra de salvajes, ignorantes y brutos. Y ése es el argumento que han esgrimido para intentar traer hasta aquí la luz de la fe. Si yo pudiera aportar un testimonio de la realidad de este pueblo, seguro que el Rey francés lo entendería. Yo ayudaría a ambos a establecer las relaciones de estima entre grandes soberanos cristianos, uno de Occidente y otro de Oriente. Creo que de ese modo Vuestra Majestad podría impedir la llegada de quienes se empeñan en alterar el orden de su reino para adueñarse del poder y las almas.

Al término de este parlamento que había pronunciado de corrido, como llevado por una súbita inspiración y en un tono apasionado, Jean-Baptiste miró fijamente al Rey. El soberano, inmóvil, se quedó pensativo unos instantes. Luego llamó a un guardia. Un joven muy alto y delgado apareció con una lanza en la mano y un machete cincelado en la cintura.

– Que alguien vaya a la ciudad y me traiga a Murad inmediatamente -dijo el Rey.

<p>14</p>

Un hombre que ha mentido y robado mucho, que ha renegado y traicionado, sólo puede esperar la vejez y terminar su vida en paz cuando ha sabido preservar indefectiblemente su amor propio a pesar de todas las felonías. Así era Murad. El armenio había alcanzado una longevidad poco frecuente y sólo comparable a la de los venerables ancianos del Cáucaso, tan lucidos para llevar la cuenta de sus años, cuya edad siempre confunde a la gente. Murad sólo había conocido dos épocas en su vida: la niñez, en un pueblo cercano al lago Van, hasta que su padre mercader lo llevó consigo a Etiopía. Después, a partir de los quince años, la de los servicios prestados con una inmutable lealtad a cuatro reyes abisinios. Lo había visto todo: las misiones de los jesuítas, su expulsión, ¡a anarquía, la asunción del poder de Basilides, y luego la obra de su hijo y de su nieto Yesu I. Debido a sus dotes para los idiomas, su habilidad diplomática y su capacidad para juzgar a los hombres nada más verlos, se convirtió en el emisario de excepción de los Negus, concretamente en la India y también con los holandeses de Bali. Y había tenido el honor de volver de aquella misión con una enorme campana de bronce que los batavos le regalaron para honrarle.

Jean-Baptiste había hablado con Murad en varias ocasiones desde que estaban en Gondar. La primera vez fue para prescribirle un tratamiento destinado a sanar una enfermedad poco común para su edad, y que había contraído ya «veinticuatro veces», a decir de la gente, debido a que su vigor sexual seguía intacto. Los remedios de Poncet habían dado un buen resultado, y el anciano se encaminaba hacia su sífilis número veinticinco cuando una noche que estaba en compañía de una joven hurí le dio un ataque que le impidió hacer uso de una mitad de su cuerpo. Gracias a los cuidados de Jean-Baptiste pudo recuperar el movimiento en la parte dañada, aunque le quedaron como secuelas una mano inútil y el labio caído. Pese a ello, Murad discurría tan bien como siempre y Poncet se sintió aliviado al saber que el Rey iba a prestarse a escuchar la opinión de un hombre que siempre había mostrado tan buena disposición con respecto al joven médico.

El anciano apareció al cabo de una hora. En su cara se dibujaba la expresión de disgusto de quien ha sido despertado en el primer sueño. Jean-Baptiste sabía que dormía poco y muy mal, pero intuyó que el anciano estaba haciendo comedia para disimular la alegría que sentía de que el Emperador aún reclamara sus consejos. Además, como negociante avispado que era, podía permitirse estipular muy alto el precio de su aparente esfuerzo, a sabiendas de que recibiría una retribución acorde con su supuesto sacrificio.

El Rey le expuso el asunto de la embajada de Jean-Baptiste sin mencionar el aspecto amoroso, y pidió a Murad su opinión respecto a la viabilidad de tal empresa y los medios para llevarla a cabo.

El viejo escuchó desde una especie de silla curul con incrustaciones de nácar que formaba parte del mobiliario de caza del soberano. Estaba sentado de medio lado, y se apoyaba en un codo, con los ojos entornados. Tenía los párpados casi cerrados y los ojos nublados por unas manchas blanquecinas. No obstante, Jean-Baptiste intuía que su mirada penetrante se clavaba en todas partes y que era observado con suma atención. Una expresión apasionada se dibujó en el rostro del joven, que no intentó disimular el deseo de hacer realidad la encomienda del Negus. Después de haberse tomado un tiempo prudencial para estudiar las palabras del Rey, Murad dijo con una voz algo entrecortada por la enfermedad:

– Majestad, es una idea excelente. Pero como decía Herodoto, la lira puede ser un instrumento musical o un arco, o sea un arma, todo depende del uso que se haga de ella. También esta empresa puede acarrear resultados muy distintos, según la forma en que se maneje.

Murad hablaba siempre así. Nunca emitía un juicio que no albergara la sentencia verídica o inventada de un filósofo griego, como un guerrero que se esconde tras su escudo para aproximarse más a aquel a quien desea asestar un golpe. El Rey esperó que continuase.

– En primer lugar -dijo Murad con una expresión de profundo abatimiento- no tiene que escribir nada, Majestad. La ruta es muy larga desde aquí hasta las capitales de Occidente y existe el nesgo deque su carta caiga en manos de desaprensivos que hagan mal uso de ella. Esa circunstancia podría incluso darse aquí. Figúiese el partido que sacarían los sacerdotes si descubrieran que pretende enviar una embajada. Por otro lado, suponiendo que eso ocurriera en ruta, los turcos se enterarían de sus intenciones y el señor Poncet sería desenmascarado como su protegido. Y también podría ocurrir allí. Ya conoce a los jesuitas, su habilidad para manipular las leyes, y su mente retorcida y pérfida. Cualquier palabra anodina les autorizaría a pensar que usted solicita su presencia, que quiere prestar juramento de fidelidad a Roma o quién sabe qué. Así pues, nada de escribir.

– Pero en ese caso, ¿cómo vamos a mandarla? -preguntó el Rey, que había escuchado estas palabras de pie, con las manos a la espalda.

– Pues igual que hizo su padre y su abuelo. Y como usted mismo ha hecho muchas veces.

– Enviando a un mensajero con el señor Poncet -dijo el soberano-. Sí, ya había pensado en esa posibilidad, pero quién… ¿Usted, Murad?

– Majestad, entiendo que me hace esa pregunta como un cumplido; no obstante me halaga y le doy las gracias por ello. No, usted sabe que la muerte ha dejado recientemente su huella en mi cuerpo. Estoy tan resignado a someterme a sus designios que bajé la cabeza, pero falló. Me temo sin embargo que dentro de poco vendrá a darme un nuevo golpe, y espero que sea el último.

– Entonces, ¿quién? -volvió a preguntar el Rey-. Hadji Ali sólo es virtuoso con los mahometanos. Sería incapaz de cumplir una misión de estas características.

Poncet soltó un suspiro al oír que iban a librarse para siempre de la compañía de aquel ladrón. Miró al maestro Juremi, que, desde el fondo de la tienda donde se hallaba en silencio, le llamó con una señal.

– Maillet quería a jóvenes de la nobleza abisinia, ¿recuerdas? -dijo el protestante en voz baja.

– No tenemos ni la más remota posibilidad, pero de todos modos voy a plantear la cuestión.

Jcan-Baptiste volvió a orientar sus pasos hacia el soberano y tomó la palabra de nuevo.

– Majestad, ¿qué le parecería si lleváramos con nosotros a los hijos de algunas familias influyentes? De paso podrían sacar un gran provecho del viaje, seguir estudios en Francia, aprender nuestra lengua y enseñar a los franceses la suya…-¿Se ha vuelto loco? -dijo Yesu-. Nuestros vecinos musulmanes matarían a cualquier abisinio cristiano que saliera de aquí. Además, no olvide que este asunto debe permanecer en secreto.

Poncet se avino de buen grado a sus razones; al menos podría decir honestamente que había intentado persuadirle…

El Rey continuó cavilando en silencio.

– ¿Demetrios? -dijo de repente el soberano, mirando al traductor.

– No, no, le resulta más útil aquí-sentenció Murad.

Por la manera en que se había apresurado a responder, tan impropia de él, que siempre hablaba con desapego y con un aire cansino, Poncet comprendió que el anciano tenía un candidato y que estaba tratando de que el Emperador adivinara su nombre.

Murad le dejó mencionar dos o tres personas, que fueron eliminadas. Finalmente, al cabo de un estudiado silencio, el armenio dijo con fingida indecisión:

– Se podría pensar en mi sobrino…

– ¿De qué sobrino me habla? Su hermana tiene hijos, pero que yo sepa son mujeres.

– También tiene un hijo, que se llama Murad, como yo. Ya sé que puede resultar algo confundido. Si le parece, podemos llamarle Murad el Joven, aunque ya tiene casi cuarenta años. Fue educado en Alepo, Tal vez sepa, Majestad, que mi cuñado comerció durante mucho tiempo en esa región. Su mujer, mi hermana, volvió aquí hace quince años, y creo que no se entendía muy bien con su marido. En fin, sea como sea, el padre se quedó con el hijo, como dictan nuestras costumbres. Pero por desgracia no ha servido de mucho, a pesar de las excelentes cualidades del muchacho. Figúrese, Majestad, que se ha hecho… cocinero.

– ¿Y pretende usted enviar a ese Murad a entrevistarse con un gran Rey?

– Su Majestad sabe muy bien que los mejores emisarios son los más modestos, porque pasan desapercibidos. Lo único que cuenta de verdad es su agilidad mental, y debe saber a este respecto que mi sobrino tiene aptitudes de sobra. Además, no es un cocinero corriente, trabajaba al servicio de un mercader cristiano muy influyente. También ha aprendido idiomas, y creo que tiene algunas nociones de francés. Cuando volvió aquí el año pasado, incluso yo me quedé sorprendido de la soltura con que se manejaba. No le digo más, Majestad, ya tendrá ocasión de comprobarlo personalmente. Hace dos días que se fue a pescar al lago Tana. Qué le vamos a hacer, es su pasión, y guisa tanbien el pescado… Enviaré a alguien en su busca, y mañana se lo traeré.

– Está bien -dijo Yesu sin entusiasmo-, lo recibiré.

Se daba cuenta de que el anciano emisario intentaba designar a un miembro de su familia para esta misión, que consideraba fructífera. Era la regla: el Rey sabía perfectamente que sus consejeros no hacían nada por él a menos que sacaran algún beneficio. Pero por otra parte recibían un trato demasiado bueno como para perjudicar los intereses del Rey por beneficiar a los suyos. De alguna manera, todos los asuntos eran como una embarcación con un lastre en cada extremo: los beneficios del comandatano por un lado y los del ejecutante por el otro. Así equilibrada, no había quien la hundiera.

– El emisario es un problema -continuó Murad-, aunque estamos en vías de encontrar una solución. ¿Pero ha pensado, Majestad, qué mensaje desea darle?

– Ciertamente -dijo el Rey, que volvía a sentirse seguro pues en esta materia sólo necesitaba el consejo del anciano, no sus dictados-. Transmitirá al Rey de Francia mi saludo no como subdito ni vasallo sino como un rey puede honrar a otro, de igual a igual. Por lo que sé de ese Luis, es poderoso, y mi deseo es que conserve su poder y que extienda su imperio sobre los hombres. También le deseo salud, pues al parecer es viejo, y amores venturosos. Una vez que el mensajero haya transmitido este mensaje, deberá sacar a relucir la paridad de nuestras condiciones. Dirá que es el emisario del descendiente de Salomón por su hijo Menelik, nacido de la reina de Saba, Rey de Reyes de Abisinia, Emperador de la Alta Etiopía y de los grandes reinos, señoríos y comarcas, rey de Choa, Caíate, Fatiguar, Angote, etc. Además me cercioraré personalmente de que nuestro enviado conozca la lista completa de todos los títulos y honores que poseo antes de emprender viaje. A continuación le dirá que no deseamos que Roma mande a ningún religioso a alterar la paz de nuestro pueblo. Le hará comprender que no éramos hostiles por principio, que incluso recibimos de muy buen agrado a los primeros, pero que abusaron de nuestra hospitalidad y de nuestra confianza. Que nos envíen, sí así lo desea, a hábiles obreros y artesanos del país. Así embellecerán nuestra capital, como antaño el pintor Brancaleone embelleció nuestras iglesias para mayor gloria del Negus de entonces. Le dirá por último que sería de mi agrado que su leal subdito, el señor Jean-Baptiste, hijo de Poncet, fuera nombrado embajador en mi corte. Así podría informar de la situación de mi país, al igual que él me tendría informado de los acontecimientos del suyo. Éste es mi mensaje; y no solicito ningún favor, sólo me dirijo a él como un soberano que aspira a saludar a su hermano y a su igual. No vamos a tratar aquí de religión pues está claro que los dos creemos en Cristo y que esta fe debe unirnos y no separarnos. Por lo demás, no entiendo nada de disputas doctrinales y doy por seguro que no es asunto de reyes.

– ¿Y qué presentes va a ofrecerle? -preguntó Murad.

– ¿Presentes? ¿Sería oportuno en tales circunstancias?

– Majestad, está diciendo que desea hablar de igual a igual. ¿Qué hace un príncipe que desea presentar sus respectos en las tierras de otro? Le ofrece regalos que son el mejor medio para mostrar su magnificencia y demostrar que no espera nada.

– Tienes razón, Murad -dijo el Rey-. Prepara entonces unas ofrendas de acuerdo con las que se harían para los príncipes de nuestro mundo. Sin embargo, como no conocemos Occidente, le corresponde a usted, Poncet, decirnos qué obsequios se aprecian allí.

Con estas palabras se despidieron. Murad se fue de regreso a su cama, gimiendo para disimular su satisfacción por haber conducido la nave a buen puerto.

Dos días después apareció Murad el Joven, que mantuvo una entrevista secreta con el Rey en presencia de su tío. Y después se presentó ante Poncet y el maestro Juremi. Era un hombre alto y barrigudo, con las mejillas tan coloradas como si le acabaran de dar unas cuantas cachetadas. Por su vestimenta recordaba a los curdos y a los persas, pues iba ataviado con una larga túnica, un ancho cinturón de tela enrollado a la cintura, unos bombachos de los que sólo se veía la franja estrecha de los tobillos, y un turbante amarillo, de seda, que ocultaba su cráneo rapado. Todas sus prendas tenían manchas de grasa. El hombre no era sucio, pero comía con tanta glotonería que siempre se le caía algo, de tal forma que en sus vestidos siempre había manchas, aunque se cambiaba de ropa. Murad el joven era incapaz de conseguir que los cuidados que dispensaba a su persona superasen la formidable prueba que suponía para él una comida. No podía tolerar ninguna demora para satisfacer su hambre, ni siquiera el momento de ponerse una servilleta.

Su aspecto descuidado solía causar mala impresión. Sin embargo tenía un rostro afable, y su corpulencia adiposa había conservado casi intacta las líneas proporcionadas de sus rasgos infantiles. La plenitud de sus carnes no había dejado sitio a las arrugas, y la barba que se empeñaba en dejar crecer en sus mejillas tersas y rollizas no eran más que dos mechones ralos a cada lado del hoyuelo del mentón. De entrada, los francos reconocieron que Murad el Joven tenía el gran mérito de que con semejante físico pasaría desapercibido en todas partes, y aunque no hablaba el francés conocía la inimitable lingua franca de los mercaderes de Levante. Sin duda se podía soñar con un embajador mejor, pero por lo menos sería un compañero de viaje honesto, discreto y buen cocinero.

En cualquier caso, Jean-Baptiste sólo tenía una idea en la cabeza: marcharse cuanto antes. Habían superado obstáculos considerables, así que las dificultades del regreso le preocupaban poco. Él estaba ya en El Cairo y no podía dejar de pensar en Alix. Su recuerdo permanecía indeleble en un lugar recóndito de su pensamiento. A lo largo del viaje había procurado no pensar demasiado en ella por miedo a desesperarse. Pero a partir de ahora su imagen estaba con él, visible y tan cercana como el momento en que volvería a verla para anunciarle la gran nueva de su embajada. Jean-Baptiste soñaba con todo eso mientras preparaba el regreso. Las dificultades, las incertidumbres, las innumerables tareas por hacer y los compromisos pendientes tenían el gran mérito de incitarle a pensar que también ella lo esperaba con la misma impaciencia. Esta primera etapa del amor es tan rica que todos los retrasos lo alimentan y todas las contiariedades lo reconfortan. No se podrían concebir circunstancia más adversa que una separación al día siguiente de su encuentro, y por consiguiente nada podía ser más propicio, paradójicamente, para fortalecer el sentimiento y alejar la incertidumbre.

Estimulados por la idea del regreso, Jean-Baptiste y el maestro Juremi fueron tan diligentes que cuando el Emperador se disponía a salir a la campaña, habían terminado con sus preparativos y reunido todos los enseres de su caravana. Aparte de ellos, y de Murad el Joven, a quien el Rey había regalado dos baúles con numerosas mudas de recambio y algunas de gala, llevaban también diez esclavos abisinios, capturados en las provincias del sur, seis hombres y cuatro mujeres, negros, medio desnudos, con la cabellera trenzada alrededor de conchas y cuentas de madera. Su tío había entregado a Murad el Joven una carta muy breve firmada por el Emperador y provista de todos los sellos. Sin embargo, no estaba destinada a nadie en particular y sólo certificaba que el armenio era un emisario oficial del Negus, sin precisar ni su destino ni su misión, entre otras cosas porque se había aprendido concienzudamente de memoria el mensaje que debía transmitir al Rey de Francia. Los esclavos tenían la obligación de servir a los viajeros antes de ser entregados como regalo a Luis, hijo de XIV, como Murad se obstinaba en decir. A éstos se añadían otros presentes: cinco caballos y dos elefantes jóvenes, que se desplazaban con trabas y atados uno a otro con una pesada cadena. Tres baúles contenían algalia, tabaco y polvo de oro.

Fueron necesarios dos caballos para cargar con todos los obsequios que los médicos francos habían acumulado durante su estancia: oro, joyas, pieles, colmillos de elefante y otros presentes que sus pacientes -el Emperador el primero y el de mayor rango- les habían rogado que aceptaran. En un pequeño asno agregaron una bolsa de cuero doble, voluminosa aunque muy ligera, repleta de plantas secas, raíces y semillas que habían recogido en el transcurso de aquellas semanas.

Dejaron a Demetrios unos frascos con medicinas y las consiguientes indicaciones para cuidar al Rey. Estaba completamente curado, pero así podría hacer uso de ellas en el caso de que la enfermedad se presentara de nuevo, lo cual por desgracia era muy posible.

Necesitaron tres días enteros para despedirse de todas las amistades que habían hecho en la ciudad. Jean-Baptiste, con el pensamiento completamente puesto en su bien amada, rechazó con la mayor cortesía que pudo los ofrecimientos carnales, que no fueron pocos en aquellas últimas veladas; no obstante, el maestro Juremi se empleó a fondo por los dos.

Así llegó el último día. La estación cálida tocaba a su fin y las noches se cargaban de oscuros nubarrones. Los viajeros tuvieron una última conversación con el Rey, en la parte alta del palacio, en la misma sala donde los había recibido al llegar. El soberano estaba tan emocionado que tenía lágrimas en los ojos y los abrazó como a hermanos. Dijo que cada día rogaría a Dios para que los protegiera y los devolviera pronto a su lado.

– Tengan -dijo tendiéndoles una cadena de oro con un medallón del misino metal, ancho como la mitad de una mano y acuñado con la efigie de un león de Judá-. Sé que ustedes son un poco incrédulos, pero en su interior hay algo más que materia.

El Rey le puso la cadena en el cuello a Jean-Baptiste con sus propias manos y le dio un abrazo. Con el maestro Juremi hizo lo propio, y luego desapareció con prontitud.

Aquel mismo día le vieron de nuevo, pero de lejos, en una audiencia oficial, ya que a los ojos de los sacerdotes y de los príncipes no había constancia de sus entrevistas privadas con el Rey, aunque sin duda todos estaban al corriente de ello.

Los condujeron al patio del palacio donde se había dispuesto el trono. Entretanto, los cuatro leones, a algunos pasos del soberano, rugían en su jaula. El Emperador permanecía inmóvil como siempre, y sólo hablaba por mediación de su «boca» oficial. Poncet y el maestro Juremi se prosternaron cuan largos eran. Las losas rugosas en las que descansaban sus rostros tenían ahora un olor casi familiar, y no les resultaban tan frías como a su llegada. Esta tierra, o mejor dicho, esta piedra, que en el país del basalto a ras del cielo al fin y al cabo era lo mismo, era ya un poco la suya. Como la audiencia se prolongaba y los sacerdotes consideraron oportuno que estuvieran prosternados aún un rato, cada uno vio al incorporarse que el otro había mojado ligeramente el suelo con sus lágrimas.

Un destacamento de treinta guerreros a caballo los acompañó desde la ciudad hasta Axum, a cinco días de marcha. Allí se reunieron con Murad el Joven y con el resto de la caravana, y también con los elefantes. Una escolta formada únicamente por siete hombres los acompañó hasta los confines del imperio, y después partieron a galope hacia la costa.


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La embajada del Rey Sol hacia Abisinia partió un lunes por la mañana a las once. Hadji Ali iba delante, en un camello, con la cabeza envuelta en un turbante nuevo de muselina. Detrás iba Jean-Baptiste, cubierto con un gran sombrero adornado con una pluma blanca, en un caballo que piafaba sin cesar. Y el supuesto Joseph, falso criado y jesuita auténtico, oculto en la sombra de un sombrero de paja, les esperaba a las puertas de la ciudad, sentado de lado en un mulo. El equipaje era transportado por cinco animales de carga, camellos y mulas, al cuidado de unos cuantos esclavos nubios.

Para mayor discreción, no hubo más despedidas en el consulado que las de la víspera. Jean-Baptiste pasó por delante de las ventanas de la legación poco antes de las nueve, cuando iba a reunirse con los demás. El señor De Maillet y su esposa le hicieron señas desde el balcón e incluso se emocionaron al ver que aquel pobre muchacho, destinado sin duda a no volver vivo, los saludaba casi con ternura y lágrimas de gratitud en los ojos. Lo cierto es que a Jean-Baptiste le importaban un bledo aquellos dos fantoches, y su único anhelo era que Alix estuviera en alguno de los ventanales del primer piso.

Siguieron los largos y efusivos adioses a los turcos. El pacha, que había proporcionado todos los salvoconductos necesarios a la caravana, lloraba la partida de su médico, pero estaba acostumbrado a obedecerle en todo y a tomarse las cosas como venían. En esta ocasión también había aceptado complacerle, a pesar de que sus prescripciones eran amargas. El pacha, llamado Husscin, era un hombre de unos cincuenta años, gastado por una vida jalonada de grandes adversidades y de excesivos placeres, a partes iguales. Consideraba que Egipto erauna región poco agradable y la más difícil de gobernar. Estaba harto de las continuas intrigas de las milicias y los señores, de modo que alternaba la indiferencia -y en estos períodos los disturbios llegaban a los límites de la tolerancia- y la crueldad, cuando, cansado ya de las maniobras de sus adversarios, ordenaba decapitar unas cuantas decenas. Los sabios cuidados de Poncet habían espaciado estos radicales vaivenes, de manera que gracias al médico hubo menos revueltas y también menos condenados. Así las cosas, era de esperar que con su marcha se elevara de nuevo el número de víctimas. Pero todo esto estaba escrito, y el pacha no vio la necesidad de contradecir al destino.

Otros personajes adinerados, turcos y árabes, que también eran clientes de Jean-Baptiste, le regalaron bolsas repletas de piastras para desearle un pronto regreso. Pero el populacho de El Cairo fue quien más se conmovió por la partida del médico, que nunca había negado su auxilio a los humildes. Alertados por el rumor del viaje, una turba de lisiados, mendigos y gente humilde lo acompañó por las callejas. A su paso, los perros callejeros que dormían a la sombra salían de estampida, y las mujeres se subían el velo con rapidez para sacar la cabeza por debajo de las persianas. Jean-Baptiste prometió a todos regresar, y casi se tuvo que enfadar para que le soltaran las piernas y le dejaran avanzar.

Los viajeros, que llevaban algún retraso por tantas muestras de afecto, atravesaron la ciudad después de dar numerosos rodeos. El maestro Juremi, que fue en su caballo hasta las murallas, dio su último adiós a la caravana sin inmutarse. A los ojos de su Dios austero, no había motivo para lamentarse. Cada día, durante los preparativos, Jean-Baptiste le había preguntado a su amigo si había cambiado de opinión, y éste le había respondido siempre que no se preocupara más por él. Después de todo eran dos aventureros unidos circunstancialmente por los avatares de la vida, y al parecer había llegado el momento de reanudar cada uno su camino. Jean-Baptiste tenía muy claro lo que quería como para desviarse de su objetivo, y su compañero tenía sus propias razones para conducirse de otro modo. Había que resignarse. Disimulando la emoción, el maestro Juremi tomó la mano de Jean-Baptiste en su gran puño, la apretó con un poco más de fuerza que de costumbre y se fue sin pronunciar palabra.

La pequeña caravana salió de la ciudad por la puerta del Tapiz, donde les esperaba Joseph bajo un arco del acueducto de los Faraones. Eran cerca de las tres de la tarde y el sol hacía refulgir las piedras. Poco a poco, conforme se dirigían hacia el oeste, sus sombras se fueron alar-gando en el suelo, a sus espaldas. Atravesaron el Nilo en dos grandes barcazas manejadas por remeros con el torso desnudo. Los camellos, asustados, tiraban de su cabestro de cáñamo. En medio del río, cuyas aguas adquirían un tinte de anilina con las últimas horas del día, los viajeros contemplaban cómo se alejaban de la mole gris de El Cairo, ribeteada de minaretes otomanos en una orilla; en la otra, por encima de una cortina de palmeras, vislumbraron la mole escarpada de las pirámides. Ya de noche llegaron al pueblo de Gizeh y se internaron en un estrecho dédalo de casas de arcilla alumbradas con el resplandor amarillento de las lámparas de aceite.

Un primo de Hadji Ali los acogió en un patio decorado con azulejos en el que había una gran mimosa y los invitó a dormir en la azotea de su casa. El Cairo estaba ya lejos; la noche era muy negra, sin luna y fresca. Durmieron bien.

Al día siguiente prosiguieron su camino muy temprano. A lo largo del río se extendía una inmensa llanura, sedosa a la vista como una tela de paño verde, con algunos rectángulos negros a modo de remiendos. Millares de campesinos, solos o en pequeños grupos, ponían una nota de color en el paisaje. En los caminos, otros conducían bueyes y cargaban con un arado de madera a la espalda. La pequeña caravana acortó camino a través de esta franja de tierras fértiles y alcanzó el desierto a la altura de las pirámides. Pasaron lentamente a sus pies, en la tibieza silenciosa de la mañana. Jean-Baptiste había soñado a menudo con este lugar desde que vivía en El Cairo. Dos veces había esperado ya el alba en la cima de Keops. Al llegar cerca de la Esfinge, Poncet se alejó discretamente de la caravana y rodeó ¿1 coloso de arena. Cuando estuvo enfrente de estas piedras conocidas por los árabes por el nombre de Abou El Houl, el «padre del terror», por el miedo mortal que les inspira, el joven clavó la mirada en sus grandes ojos sombríos y dijo:

– Nos volveremos a ver, lo juro.

Luego, a galope, se reunió con la caravana.

La segunda noche durmieron al aire libre, envueltos en pieles, en la linde entre el desierto y las tierras cultivadas. Durante las dos semanas que tardaron en llegar a Manfalout se impuso el ritmo regular de los camelleros: levantarse con el sol, beber un té muy dulce calentado con fuego de leña, cargar las bestias, avanzar en silencio en estado casi hipnótico, buscar un campamento, descargar, cenar y dormir.

Manfalout, adonde llegaron al cabo de catorce días de marcha, era una gran aldea que apenas sobresalía del suelo; sus casas de piedra eran tan bajas que parecían el zócalo del desierto. No obstante, cuando se internaron en sus calles, encontraron todas las comodidades y pudieron alojarse en casa de un mercader judío que cedió a los viajeros el piso superior de su vivienda.

En aquella ciudad habrían de sumarse a la gran caravana que los conduciría hasta Nubia. Hadji Ali sabía con certeza que llegaría «pronto», pero según el reloj del desierto, «pronto» sólo quiere decir menos que una eternidad. Los días pasaban, y la espera se prolongó en el sopor de la aldea aplastada por el calor.

Jean-Baptiste estaba más preocupado por sus acompañantes que por los peligros que supuestamente le esperaban durante aquel largo viaje. Hadji Ali tenía más o menos la misma conversación que sus camellos. Se pasaba horas hurgando entre sus dientes negros con un palito puntiagudo; cuando conseguía extraer el menor resto de comida, lo aspiraba con un ruido horrible y daba las gracias al Profeta. Por lo demás, cada vez que Poncet le hacía una pregunta, respondía que ya vería «si Dios así lo deseaba». Se negó a proporcionarle información alguna a propósito del viaje, de Abisinia y del Emperador. Jean-Baptíste pronto se convenció de que el camellero, que había aceptado hacer el viaje presionado por el cónsul y pensando sólo en sus propios intereses, no confiaba en él como médico y esperaba alguna misteriosa ocasión para ponerlo a prueba.

Con el padre De Brévedent, la comunicación era un poco más alentadora. Ante Hadji Ali, Jean-Baptiste debía contentarse con dar a su supuesto servidor órdenes breves, que por otra parte no se atrevía a impartir sin bajar los ojos. Pero durante la estancia en Manfalout aprovechó para llevarse al cura al campo en busca de plantas. Durante sus salidas se acercaban al Nilo y al llano limoso, donde descubrieron especies desconocidas de caña y algas de agua en los canales. También se lo llevaba al desierto, donde recogieron plantas crasas y observaron luchas entre los escorpiones. Al poco tiempo se dio cuenta de que el padre De Brévedent poseía unos sólidos conocimientos en el campo de las ciencias. Jean-Baptiste había guardado en su equipaje un minúsculo sextante de cobre que le había regalado un paciente turco. El jesuíta le enseñó a usarlo, al tiempo que hacía sabios comentarios sobre astronomía, con tono muy modesto. Cuando se familiarizaron un poco el uno con el otro, Brévedent le hizo una confesión, con su característica modestia.

– A decir verdad, en mi juventud, y de eso hace ya un montón de años, concebí un artilugio, no se burle, que estaba en constante movimiento. La cosa no era sena, pero parece que divirtió a los físicos. Incluso me atreví a confeccionar el modelo en madera y en metal…

Jean-Baptiste estaba entusiasmado y pedía detalles.

– No recuerdo bien -dijo el cura-. Hace mucho tiempo de eso.

Luego añadió ruborizándose:

– El periódico de la Academia quiso honrarme con la publicación de mis planos.

Como compañero de viaje, hubiera preferido a otra persona antes que a aquel jesuita melancólico para quien la astronomía rayaba en la frivolidad. Pero, en fin, había que hacerse a todo, y Jean-Baptiste, que no podía vivir sin amistad, le ofreció la suya al padre De Brévedent de buen grado. Al anochecer se les veía regresar juntos como compadres, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor, con cestos repletos de hallazgos naturales en los brazos y un odre de piel vacío en bandolera, del que habían bebido a lo largo del día. No obstante, a la vista de las puertas de la aldea, volvían a simular la comedia del señor y el criado.

Ahora que era consciente de las eminentes cualidades del cura, Jean-Baptiste se afligía cada día más al ver a Brévedent, aquel filántropo cultivado, de maneras delicadas y salud frágil, trotar jadeante bajo el peso de cubos de agua y doblar el espinazo ante Hadji Ali, que le trataba como a un ser despreciable. «¿Cómo puede aceptar una humillación semejante? -pensaba Jean-Baptiste-. Esta experiencia debe resultar mucho más cruel para un hombre que ha aprendido a razonar libremente.»

Sin embargo, no olvidaba el objetivo de su viaje y le desesperaba tener que permanecer allí. La gran caravana seguía sin llegar, y esto podía acarrear pésimas consecuencias.


Alix de Maillet se extrañó mucho de que le encomendaran una misión tan de improviso. Cuando su padre le expuso el asunto, le costó asimilarlo, pero enseguida se mostró llena de alegría. Se pasó la mañana canturreando en su habitación al son de un organillo. ¡Una misión! Era la primera vez en su vida que a alguien se le ocurría confiarle una responsabilidad. Todos sus deseos se habían colmado; por fin iba a poder salir de aquella casa que se había convertido en su prisión. Y por si eso fuera poco, tendría un lugar deshabitado para ella sola. La descripción que le hizo su padre, aquel dédalo de plantas y objetos despertó su curiosidad. No obstante, a esta curiosidad se sumaba cierto temor: ¿sería capaz de llevar a cabo su misión? ¿Se encontraría con objetos, y sobre todo con seres vivos -aunque fueran vegetales- hostiles e incomprensibles hasta el punto de no responder a sus cuidados y morir? El riesgo era lo suficientemente grande como para sentirse angustiada, pero en el fondo tenía confianza. Además, no estaría en un lugar completamente desconocido. Se trataba de la residencia de Jean-Baptiste Poncet. Iba a internarse en el lugar donde él había vivido y, pese a la decepción que le había causado su partida y su silencio, esperaba que aquella casa fuera el reflejo de los sentimientos que le había inspirado su dueño.

El padre Gaboriau, incorporado de mala gana a aquel quehacer, fue a buscar a Alix un día después de que la caravana se hubiera marchado, pues no había necesidad de que las plantas estuvieran mucho tiempo sin cuidados. El cónsul puso a su servicio un cabriolé, y a las ocho emprendieron su camino para un viaje de dos minutos. Desde aquella mañana, el señor De Maillet empezó a decir a todos los visitantes que su hija iba con el cura a cuidar las plantas de los antiguos droguistas. Consideraba que si la cosa era pública, también era natural. Así pues, el jesuíta mandó estacionar la calesa ante la casa de Poncet sin disimular que tenía la llave y entraron en la estancia que había sido el antro del maestro Juremi. Antes de partir, el protestante había puesto un poco de orden, es decir, había hecho desaparecer su lecho y había colocado la vajilla en su sitio. En la mesa, situada en medio de la habitación, había una carta a la atención del padre Gaboriau. Éste mandó a la joven que la leyera, arguyendo que aquella luz era insuficiente para sus ojos cansados. La carta decía que el jesuita, por su edad avanzada, podía dispensarse de subir al piso superior y que había para él un diván, que avistaron inmediatamente en un rincón, en la planta baja. Asimismo los boticarios habían tenido la delicadeza de elaborar un reconstituyente para aliviar los males que, según sabían, padecía el cura. En la misiva agregaban que bastaría con tomar diariamente un vaso de la gran garrafa de cristal provista de un grifo en su base. También especificaban que todas las indicaciones para cuidar las plantas estaban recogidas en dos grandes cuadernos que la señorita encontraría en el piso de arriba.

El padre probó el medicamento con una mueca de satisfacción.

– ¿Es amargo? -preguntó Alix.

– Niña mía, es un remedio, y hay que tomarlo como es.

Si el brebaje no hubiera sido una receta de los boticarios, el padre Gaboriau habría jurado que se trataba de aguardiente. Cuando terminó de beber su vaso, se echó en el diván y aconsejó a su pupila que fuera a hacer sus quehaceres al primer piso.

En cuanto estuvo arriba pudo ver -como su padre unos días atrás, aunque evidentemente con unos ojos completamente distintos- la extraordinaria exuberancia de aquella casa-invernáculo. Las plantas habían exhalado su aliento húmedo durante la noche. El aire confinado allí era tibio y húmedo con olor a tronco talado y a flores silvestres, y unos cuantos pajarillos piaban posados en el caballete de la techumbre.

La joven avanzó lentamente por el estrecho sendero que discurría entre los tiestos. Rozó las ramas con la punta de los dedos, llegó hasta la mesa y se sentó en un taburete. Realmente era un lugar extraordinario, a imagen de quien lo había creado, y su presencia aún parecía notarse. Se dejó llevar por una dulce ensoñación hasta que los dos grandes cuadernos dispuestos encima de la mesa le recordaron sus obligaciones. Abrió el primer tomo. Era un austero tratado en latín sobre el cuidado de las plantas, impreso en Holanda veinte años atrás. Se sintió angustiada. Necesitaría tanto tiempo para leer y traducirlo todo que para entonces las pobres plantas estarían todas muertas. Sin embargo, en cuanto empezó a hojear las primeras páginas, descubrió una nota que sobresalía ligeramente y donde alguien había escrito con pluma: «Ponga una cubeta de agua al día a las grandes, un vaso a las pequeñas y medio a la semana a las suculentas. Abra las ventanas cuando llegue y ciérrelas cuando se vaya. Por lo demás, haga lo que le dicte su corazón. Y sobre todo, hábleles como si me hablara a mí… Jean-Baptiste.»

Alix se echó a reír, pero enseguida se llevó la mano a la boca, inquieta ante la posibilidad de llamar la atención del cura. No obstante, desde abajo sólo llegaba la respiración regular de una persona dormida. Dobló la nota, la disimuló entre dos libros, en un estante, y se dispuso de buen humor a llevar a cabo el programa tan simple y agradable que le había propuesto.


2

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Dos días después de que la caravana se hubiera marchado, el señor De Maillet recibió en el consulado la visita de un hombre singular que se presentó como el hermano Pasquale.

Tan pronto como fue introducido en su gabinete, el cónsul empezó a ponerse nervioso. Era un capuchino, vestido con el hábito de la orden, sujeto con el cordón de nudos, y la gran capucha puntiaguda caída sobre la espalda. Su amplia vestimenta impedía distinguir su silueta, pero sus hombros anchos, su considerable estatura y las manos callosas, le daban al hombre un aire de leñador convertido en religioso. Una gran cabeza cuadrada, enmarcada en una barba negra rizada y unos ojillos inmóviles y brillantes terminaban de conferirle un aspecto estremccedor. Tenía un fuerte acento italiano, pronunciaba con fuerza las erres y recortaba las palabras con la rudeza de un carnicero que despoja de grasa una pieza de buey…

– Sono el supenore de nostra comunidad -dijo después de saludar al cónsul.

«Si este patán es el superior -pensó el señor De Maillet horrorizado-, cómo serán los otros…»

El monje fue al grano y le expuso que deseaba encontrar al hombre a quien el señor De Maillet había encomendado una embajada en la corte del Negus de Etiopía.

El cónsul hizo un gesto de extrañeza, fingiendo no entender nada. Ante esta reacción, el capuchino sacó un papel de su hábito y leyó el primer párrafo de la casta secreta que el cónsul había confiado a Poncet, precintada con los sellos oficiales del reino de Francia. El señor Macé, que también asistía a la entrevista, observó que el señor De Maillet se había quedado blanco como el papel y que parecía a punto de desplomarse. Luego se repuso y cobró fuerzas para preguntarle al monje cómo había caído en sus manos aquel documento.

– Ma, si nos lo ha enviado propiamente il signore cónsul -dijo el capuchino con una amplia sonrisa, que exhibía una dentadura espantosamente mellada.

– ¡Yo no le he enviado nada que se le parezca!

– II suo secretario, este que vedo aquí, creo, fue a verificare la traduzione con uno de nuestros hermanos, ¿no es así? Con el fratello François, ¿no lo conoce?

El cónsul se volvió hacia el señor Macé y lo fulminó con la mirada. Si hubiera podido pulverizarlo allí mismo, lo habría hecho sin vacilar. Había cometido una torpeza tan estúpida y tan imperdonable que se preguntaba si encontraría un castigo acorde para redimirla. El cónsul había encargado al señor Macé que revisara la traducción de su carta con un anciano monje maronita llamado Francois, que vivía en la ciudad, detrás de los mataderos para ser más exactos, y que era muy respetado por ser un erudito en el conocimiento de las lenguas. Pero he aquí que aquel inepto se había confundido de monje y en lugar de consultar con el inofensivo siriaco, se había dirigido a un capuchino…

El señor Macé acababa de descubrir, de la peor manera posible, la clave de un enigma diplomático que en un principio no había atinado a comprender. El hecho de que el cónsul mostrara la carta para el Negus precisamente a los capuchinos, que con tanto esfuerzo había apartado del viaje, le había parecido al infante de lenguas, que en el fondo no era más que un principiante, una artimaña sutil y muy propia que justificaba la reputación de maquiavélicos que se habían granjeado los cancilleres de Oriente. Pero ahora se revelaba la cruda verdad…

No obstante, el señor De Maillet recobró la serenidad. Ya habría tiempo de arreglar cuentas. Lo que ahora importaba era saber qué quena aquel monje patán con semejante baza en su poder.

Después de hacer memoria, el cónsul recordó con satisfacción que, en la carta del Rey al Negus, no se mencionaba a los jesuítas en ninguna parte.

– Esta embajada es una muy buona idea -continuó el hermano Pasquale-. Y he venido per proponer nostra ayuda. Tenemos algunos fratelli en la Alta Egipta y Nubia. Podemos ser muy útiles.

El monje empezó a explicarle entonces al señor De Maillet que asu orden le interesaba muy especialmente todo aquello que estuviera relacionado con Etiopía, pues el Papa en persona había encomendado a los capuchinos la santa misión de convertir el país. Por otra parte, hacía menos de quince días que el Santo Padre había nombrado oficialmente al superior de la orden de san Francisco legado pontificio a latere para Absinia. El cónsul reconoció en aquello la proverbial ambigüedad de Inocencio XII, pues a la misma hora en que bendecía la misión de los jesuítas, auspiciada por el Rey de Francia, el intrigante Papa nombraba legado para Etiopía al superior de sus directos adversarios. Es decir que lanzaba hacia el mismo objetivo a dos congregaciones que no se caracterizaban precisamente por su mutua indulgencia. ¡Y que gane el mejor!

Pero no era momento de titubeos. El cónsul se olió el peligro y reaccionó con extrema celeridad. En esos instantes se admiraba de sí mismo. ¡Ah, si Pontchartrain le hubiera visto en ese momento con el semblante distendido, fingiendo sorpresa y decepción!

– ¡Santo Dios, queridísimo hermano, qué enojoso despiste! En efecto, me he tomado la molestia de comunicarle nuestras intenciones a través de mi secretario. Pero dado que el hermano François no nos ha hecho comentario alguno, hemos pensado que sólo tomaría nota de esta embajada. Compréndanos, nada nos hacía suponer que deseaba unirse también. Hoy hace tres días que se marcharon, y no tenemos medio alguno para alcanzarlos.

– E lamentable, realmente lamentable -dijo el hermano Pasquale, sacudiendo la cabeza-. ¡Due occasioni perduti en apenas cuatro días! Due de nuestros hermanos debían partiré con un mercader arabo que iba a buscar un médico per el Negus. Ma el hombre ha desaparecido.

– ¡No es posible! -exclamó el cónsul, sudando a mares-. Comprendo que esté disgustado.

El diplomático agregó algunas frases de condolencia, pero el capuchino no era hombre pródigo en palabras vanas, y cuando comprendió que no le sacaría nada más, se despidió con brusquedad del cónsul y se fue.

La vida estaba llena de coincidencias. El hermano Pasquale lo sabía y conocía demasiado bien Oriente para intentar desenmarañar todas las incógnitas de la existencia. Aun así, le parecía que habían enviado la misión demasiado deprisa y que el cónsul estaba demasiado nervioso para ser honesto. Con estos pensamientos desapareció en la ciudad árabe para proseguir con su investigación.En cuanto el capuchino salió del consulado, el señor De Maillet se desprendió de la peluca bajo la que traspiraba horriblemente. Se volvió hacia el señor Macé y, antes de haber tenido tiempo para dar rienda suelta a su perorata, vio a su secretario caer de rodillas contra el entarimado con un ruido de nuez partida. Nunca se imploraba en vano el perdón, de manera que el señor De Maillet decidió ser benévolo y retenerle el sueldo durante dos meses como única sanción.

La gran caravana llegó por fin a Manfalout. Apareció con las primeras horas del alba, cuando la ciudad estaba todavía adormecida. La víspera por la noche, la gran plaza del mercado sólo era un descampado desierto de arena gris por donde merodeaban algunos perros flacos. Pero a la mañana siguiente ya estaba repleta de camellos arrodillados, fardos sujetos con cuerdas y telas extendidas sobre estacas de madera a modo de refugios. Una multitud de hombres avanzaba a gritos, todos ellos ataviados con túnicas azules y un turbante en la cabeza o suelto sobre los hombros como un chai. Las teteras de latón se calentaban en fuegos de leña. Una espesa humareda azulada que producía la carne de cordero puesta a asar sobre las ascuas se extendía por todo el campamento.

Hadji Ali conocía bien al jefe de la caravana, un tal Hassan El Bilbessi, y esta circunstancia le permitió hacer enseguida algunos negocios. Intercambió sus cinco mulas por dos camellos, primero porque eran más baratos que en El Cairo, y segundo porque con ellos sería más fácil internarse en los desiertos. Desgraciadamente, los dos animales que acababa de adquirir, a duras penas podían soportar la carga de las mulas. A resultas de esto, Hadji Ali anunció con una sonrisa malvada que Joseph no tendría montura y que debería caminar junto a las bestias, como los esclavos nubios, con la diferencia de que éstos estaban acostumbrados a caminar por la arena.

El padre De Brévedent acogió esta última humillación sin rechistar, e incluso convenció a su compañero para que no protestara, argumentando que no debían despertar sospechas.

Jean-Baptiste empezaba a pensar que el jesuita se complacía excesivamente en la sumisión. Por lo demás, ahora ya no simpatizaba tanto con él como días atrás. Era demasiado palpable que el religioso guardaba las formas por educación, simplemente. Brévedent se mostraba prudente en todo momento, y aunque parecía complacido cuando paseaba con Jcan-Baptiste, éste pronto se dio cuenta de que prefería eludir tales salidas. Su único deseo auténtico era esconderse detrás de un seto de chumberas para rezar y practicar los ejercicios espirituales que alimentaban su fe. Un breve diálogo fue suficiente para medir sus diferencias abismales.

Cuando Jean-Baptiste le preguntó acerca de su vocación, el supuesto Joseph respondió con un aplomo ingenuo:

– Es muy sencillo. Nací en el seno de una familia acomodada, de alcurnia. Y todo me ha resultado fácil; sólo he tenido que aprender aquello que me enseñaban. Asumí el proyecto de la creación sin esfuerzo, a través de ese lenguaje que se llama ciencia. Dios me ha colmado con las gracias de su Providencia. Él me ha dado todo, y yo sólo he querido devolvérselo.

– Pues mi caso es completamente diferente -dijo Jean-Baptiste-. Yo nací sin familia y muy pobre. A los seis años me pusieron al servicio de un boticario. Su hija, por capricho, me enseñó el alfabeto como quien enseña cabriolas a un perro, para reírse. Ésa es toda mí educación. El resto lo he aprendido por mi cuenta, como he podido. En el fondo, si sigo su razonamiento debería de decir que Dios no me ha dado nada y que yo he abandonado…

El jesuíta lo miró aterrorizado con la expresión del niño que, al descubrir la falta de un compañero de clase, teme sufrir el mismo castigo. Estaba claro que si no consideraba al médico como el diablo en persona, a buen seguro que lo imaginaba como uno de sus servidores. Probablemente siempre habría tenido este prejuicio, fundamentado sin duda en las piadosas advertencias del padre Versau y del cónsul. Aquel día, Jean-Baptiste comprendió por primera vez que estaba solo. De repente añoró vivamente la amistad del maestro Juremi, su pasión por la verdad, que lo alejaba de toda hiprocresía, su generosidad y su peculiar sentido del humor.

Al cabo de dos días la caravana abandonó nuevamente Manfalout. Estaba formada por unas ciento cincuenta bestias, y se alineaba en una larga y lenta procesión, en la que Hadji Ali, Poncet y Joseph ocupaban prácticamente el centro. Avanzaron dos leguas hacia Oriente y se detuvieron en la población de Alcántara. Por un puente de piedra cruzaron un estrecho curso de agua, que supusieron un ramal del Nilo. La noche siguiente acamparon en el desierto, cerca de unas ruinas monumentales que representaban las piernas y los pies de un faraón sentado, sin cabeza ni busto a consecuencia de la erosión.Gracias a la benevolencia del jefe de la caravana, Hadji Ali y Poncet pudieron acomodarse en dos de los mejores lugares, entre los dedos del pie del coloso, allí donde los inmensos bloques de piedra formaban una suerte de grutas que los protegerían del frío nocturno.

Joseph preparaba la cena para sus amos. Poncet, que había ido a hacerle compañía junto al fuego mientras el hombre removía la sopa, advirtió enseguida que estaba más nervioso que de costumbre.

– He estado con los camelleros hace un rato -dijo el jesuita- y he escuchado su conversación.

– Y bien, ¿qué decían?

– Que hay otro franco en la caravana.

– Nada más normal -respondió Poncet sin inmutarse-, los mercaderes van con regularidad al Alto Egipto y a Nubia…

La forma de ser del jesuita empezaba a sacarle de quicio. Le irritaba tanto aquella actitud de presunto testigo, su inquietud constante y su seriedad que en ocasiones tenía que controlarse para no propinarle un puntapié.

– Imagínese que está solo en medio de una caravana de esta envergadura -gimió el padre De Brévedent- y que usted supiera, porque todo el mundo lo sabe, que hay otros tres cristianos. ¿No iría a verlos lo antes posible?

– Entre los aventureros de Oriente hay quienes prefieren pasar desapercibidos ante sus semejantes -dijo Jean-Baptiste, a punto de perder la paciencia.

– Entonces vayamos en busca de ese hombre. Es el mejor medio de saber si huye de nosotros y lo que esconde.

Jean-Baptiste acabó cediendo por cansancio y porque la inquietud de aquel cura era contagiosa. Y aceptó ir a dar una vuelta por el campamento. Joseph confió la cuchara a un nubio, no sin antes recomendarle que tuviera cuidado de que no se derramara la sopa. Dado que pronto anochecería y que la caravana era muy larga decidieron separarse, de manera que el jesuita se fue por un lado del coloso de piedra y Poncet por el otro. El día declinaba rápidamente. El sol rojizo desaparecía por el horizonte del desierto, y la luz rasante que difractaba el polvo del terreno difuminaba las siluetas, en una bruma borrosa. Antes de que se hiciera de noche, los dos hombres, cada uno por su lado, habían inspeccionado todos los grupos que habían podido aunque sin descubrir a nadie que tuviera la apariencia de un franco, de modo que el jesuita no se quedó tranquilo. El padre Versau le había recomendado que tuviera cuidado con las intrigas de los capuchinos, y Brévedent veía su sombra detrás de este misterioso asunto del viajero inaprehensible.

Los días siguientes fueron muy duros pues recorrían un desierto pedregoso donde no había ni una gota de agua. Joseph daba pena de ver. Cada vez que hacían un alto, iba a pegar sus labios resecos al odre de piel de cabra que colgaba de la montura de Poncet. A los dos días estallaron sus sandalias de hebilla y se vio obligado a andar descalzo por el suelo abrasado por el sol. En una jornada, las plantas de sus pies se convirtieron en una sucesión interminable de ampollas sangrantes. Poncet abrió el cofre donde estaban dispuestos ordenadamente sus re-medios, y aplicó a aquel desgraciado un ungüento que secó las llagas de los pies y le alivió el dolor. Pero, al día siguiente, cuando llegó la hora de ponerse derecho, el jesuita palideció y estuvo a punto de desmayarse. Al verlo en aquel estado, Jean-Baptiste le propuso montar en su lugar toda la jornada, pero Joseph se negó en redondo y caminó todo el trayecto sin proferir una sola queja.

«A este hombre le apasiona obedecer -pensó Jean-Baptiste-. Seguramente no hay nada que le dé tanto miedo como la libertad.»

Afortunadamente, durante las horas siguientes aparecieron en el cielo algunas nubes; hacía menos calor y el suelo, en esta parte del desierto, estaba cubierto de un polvo fino que resultaba menos agresivo para los pies. Al atardecer, cuando hubieron acampado, Hadji Ali se presentó para anunciarles que sólo faltaba un día de marcha hasta el gran oasis donde se detendrían algunos días. Luego se marchó para compartir la "cena con el jefe de la caravana. Hassan El Bilbessi había mandado sacrificar a un camello herido, y en ese momento su carne fibrosa se estaba asando en un gran fuego.

La mañana siguiente fue también muy calurosa y Joseph aún siguió con sus padecimientos. Al caer la noche llegaron por fin al gran palmeral que los antiguos llamaban Oasis Parva y los árabes El Vah. Estaban en el punto más extremo de la ruta bajo la autoridad del pacha. Un pequeño archipiélago de palmeras comunicado por estrechos corredores vegetales sobresalía en una zona de pedruscos. El oasis era casi tan grande como una ciudad. Pequeños manantiales empapaban la tierra negra y alimentaban una hierba verde, alta y compacta. Algunas parcelas cultivadas estaban rodeadas por tapias de piedras planas. Aquí crecían plantas como la sena y la coloquíntida. Por los senderos del palmeral pasaban grupos de niños de tez oscura y silueta de polichinela que cargaban, entre risas, con calabazas deformes sobre la cabeza. Siguiendo con sus costumbres, Hadji Ali, que se alojaba en uno de los palmerales donde una indígena hospitalaria le contaba entre sus clientes más fieles, obtuvo para Poncet una cabaña de ramas de palmera trenzadas en la que había una cama. Los camellos abrevaron en un estanque; luego los ataron y los dejaron pastar. Jean-Baptiste cedió su cama a Joseph y tendió una hamaca entre las dos palmeras.


3

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Dos días después de su llegada al palmeral, Hadji Ali fue a sentarse junto a Jean-Baptiste, y como prueba de amistad se ofreció a preparar el té. Después de una hora larga de hablar para no decir nada, el camellero pidió al médico que entrara un minuto con él en la choza de paja.

– Mira esto -dijo el mercader en cuanto estuvieron dentro.

El hombre se alzó una de las mangas de su amplia túnica y le mostró un brazo, un hombro y la parte superior de la espalda ulcerados a consecuencia de unas pústulas de un aspecto repugnante.

– ¿Cuánto tiempo hace que estás enfermo? -preguntó Poncet.

– Tres años más o menos. El mal aparece y desaparece de repente.

– ¿Te rascas?

– Constantemente, de día y de noche. Qué el Profeta me guarde, porque en cuanto retira los ojos de mí, me desollo vivo.

Poncet le indicó que se vistiera. Salieron de nuevo, y Hadji Ali volvió a plantarse junto a la tetera. El médico fue hacia los bultos que habían apilado a la entrada de la choza y trajo consigo un frasco con un tapón de corcho.

– Úntate esto en las zonas afectadas por la mañana y por la noche, y dentro de tres días ya hablaremos.

Hadji Ali le besó las manos, tomó el frasco con precaución y salió de allí con la idea de combinar lo útil con lo agradable y dejar que su almea le aplicara el ungüento.

Brevedent, que había presenciado de lejos la escena, se sentó junto a Jean-Baptiste. Al parecer, el jesuita se había repuesto de las penurias de los días anteriores, pero aun así seguía siendo tan desconfiado y temeroso como siempre.-¿Por qué habrá esperado tanto tiempo? Podría haberle mostrado su enfermedad antes de partir -dijo mirando de reojo al camellero, que se alejaba.

– Mejor que no. Imagínese por un instante que mi ciencia se hubiera revelado inoperante antes de abandonar El Cairo. El viaje se habría anulado, simple y llanamente, porque habrían deducido que tampoco podría curar al Negus. Ahora le hemos pagado a Hadji Ali, así que estamos en sus manos. Y si tiene que deshacerse de nosotros, se las ingeniará para sacar el mayor provecho posible.

Se quedaron en silencio y Jean-Baptiste adivinó que el pobre jesuíta estaba más sumido que nunca en sombríos pensamientos.

La verdad es que el padre De Brévedent tenía poca confianza en las facultades médicas de Jean-Baptiste, sobre todo porque había tenido ocasión de comprobar sus frágiles conocimientos de farmacopea en el transcurso de sus salidas científicas. En varias ocasiones incluso había demostrado que sabía más que Jean-Baptiste, pero éste había aceptado sus comentarios sin inmutarse. «La botánica no es la medicina -había dicho-. Lo esencial es esa especie de entusiasmo e intuición que ayuda al buen entendimiento entre los seres y que permite encontrar la absoluta concordancia entre un hombre que sufre y la planta que le puede aliviar.»

Para Brévedent, aquel galimatías no era nada más que magia. Y tenía grandes dudas a propósito del efecto que producirían tales quimeras en el cuerpo de Hadji Ah hoy, y en el del Negus mañana. Pero era demasiado tarde para volver atrás; para bien o para mal, la suerte del jesuita estaba ligada a tan curioso herborista.

Para cambiar de tema y distender los ánimos, Jean-Baptiste llamó la atención sobre el nombre del oasis, El Vah.

– Creo que es una deformación de El Haweh, «aire». Habrán escogido ese nombre por el ambiente fresco que reina aquí y por ese vientecillo que agita las palmeras constantemente.

Brcvedent, por su parte se decantaba más bien por Halaoué, «dulzura». Como no se ponían de acuerdo, resolvieron que un nativo zanjara la discusión filológica. El primero que se cruzó con ellos fue un anciano que arreaba dos borricos cargados de dátiles, azuzándolos con una vara.

Los árabes aman su lengua, de manera que nadie se negaba a platicar sobre una palabra. El anciano, que tenía el rostro más arrugado que una momia, escuchó los razonamientos de los dos viajeros entre risas, y cuando hubieron expuesto sumariamente sus hipótesis, le pinchó en el pecho a Brevedent con su vara de madera, como si se tratara de un florete y sentenció: -¡No!

Y con Poncet hizo lo propio.

– El Vah -dijo, pronunciando la palabra correctamente mientras los animaba a seguirle.

Atravesaron un claro, bordearon un campo de coloquíntidas, con el anciano delante, Jean-Baptiste detrás, luego Brevedent, y finalmente los dos asnos. Por fin llegaron a un sotobosque poblado de zarzas de un verde oscuro. El viejo las señaló con la vara, y repitió tres veces:

– ¡El Vah!

La planta era una especie de acebo, con hojas brillantes, poco espinosas y de un color verde oscuro.

– La zarza de Moisés -dijo el viejo-. ¡El Vah!

Y señaló la planta.

– El bastón de Kahled lbn El Waalid es El Vah.

– ¿Quién es Kahled lbn El Waalid? -preguntó Brevedent con humildad.

El viejo frunció el ceño ante una pregunta que evidenciaba tamaña ignorancia.

– ¡El gran general -dijo-, el exterminador de los cristianos!

– ¿Es verdad eso? -preguntó el jesuíta aturdido.

– Antes el agua de aquí era amarga. Khaled lbn El Waalid golpeó los manantiales con su bastón, y desde entonces el agua se volvió pura. ¡El Vah!

Los dos hombres agradecieron al viejo sus explicaciones y regresaron en silencio.

– Y dígame -preguntó el padre De Brédevent, que veía a su compañero ensimismado en sus pensamientos-, ¿qué prodigiosas analogías le sugiere esta planta?

Jean-Baptiste hizo un gesto vago, y al llegar al campamento continuó paseando solo por el oasis.

Había reparado en que aquella zarza era igual a la que crecía alejada y solitaria en el jardín del consulado, y se acordó de que se disponía a cortar un vastago cuando apareció Alix. Y este recuerdo le sumió en una dulce ensoñación,


Hacía ya dos semanas que Alix iba cada día a casa de los boticarios, y aquello se había convertido en una agradable costumbre. El padre Gaboriau se dormía en el diván después de tomar su brebaje, mientras la muchacha subía a hablar con los pájaros y las plantas. Como había presentido Jean-Baptiste, Alix había descubierto por instinto qué necesitaba cada una, alentaba a las más pequeñas, y de vez en cuando frenaba a golpe de tijera de podar el ímpetu de conquista de las más grandes. También tenía tiempo para hojear los libros, y tocar temerosamente las empuñaduras de los floretes que colgaban de la pared. Incluso tuvo la audacia de estirarse en la hamaca. Todo aquel decorado rezumaba ausencia. Según fuera su estado de ánimo, veía a Jean-Baptiste en todos los lugares donde había dejado su impronta, o faltaba en todas partes, como una cabeza separada del cuerpo que lo ha dejado sin vida.

Tuvieron que pasar dos semanas para que, una vez familiarizada con la casa, osara avcnturarse a la terraza que daba al patio interior. Aunque todas las persianas estaban cerradas, siempre podía haber alguien que observara detrás de una de las ventanas y temía que las habladurías llegasen hasta su padre.

Las primeras veces sólo salió unos minutos. Detrás de las ventanas por donde podría ser vista no había rastro de vida, así que se armó de valor, llevó una silla y terminó pasando al aire libre la mitad de las mañanas.

Quince días después de la partida de la caravana, Alix oyó un ruidito detrás de un postigo. La muchacha se estremeció y se quedó paralizada. No obstante consideró que lo más conveniente era aparentar que no estaba asustada y no salir huyendo, como si estuviera haciendo algo malo. Al final volvieron a oírse unos arañazos procedentes de la ventana más próxima, situada a menos de un metro de la terraza. De repente se abrieron los dos postigos de golpe y apareció la silueta de una mujer en la ventana. Se llevó un dedo a los labios para que Alix no gritara, pues era evidente que la muchacha se había llevado un buen susto y que en cualquier momento se podía poner a pedir auxilio. Alix se tranquilizó, y las dos mujeres se miraron en silencio. La persona que acababa de abrir la ventana tenía la apariencia de una mujer madura; al verla, la joven se imaginó que habría acariciado ciertos ribazos de la vida que a su edad parecían imposibles de alcanzar. Todo esto para decir, simplemente, que tenía más de cuarenta años. Sus bellos rasgos de campesina resaltaban en un rostro redondo, iluminado por unos ojos sonrientes y cómplices que miraban siempre de frente para expresar a los amigos la sinceridad, y a los otros el coraje y el orgullo de los pobres. Llevaba un vestido sencillo de sirvienta, de tela marrón, del que rebosaban, como frutos de un cesto demasiado lleno, sus brazos redondeados, sus hombros fuertes y una garganta firme que terminaba escindiéndose en un surco profundo.

– ¡Amiga! ¡Amiga! -musitaba agitando una mano, y con la otra todavía en los labios.

Cuando vio que Alix se había tranquilizado, le dijo en voz baja:

– Mire a ver si el cura sigue durmiendo.

La joven asintió.

«¿Cómo sabe que hay un cura?», pensó mientras bajaba con cuidado la escalera.

El padre Gaboriau roncaba plácidamente, así que volvió a la terraza y le hizo una señal afirmativa.

– Voy a bajar -dijo la mujer con segundad.

La joven no se atrevió a contradecirla. Entonces vio que aquella robusta mujer pasaba ágilmente una pierna por el alféizar antes de saltar por la ventana con una gracia felina. Pese a sus sandalias planas era más alta que Alix. Se alisó el vestido dando dos golpes secos con la palma de la mano y se acercó a la joven. Le sujetó las manos con amistosa firmeza y alzó ligeramente los brazos.

– Realmente es usted muy bella -dijo la mujer.

Alix se puso colorada.

– Más bella aún de lo que él había dicho -agregó la mujer.

Su rostro desprendía una ternura inexplicable y reconfortante, que probablemente emanaba de su buen humor, de su sonrisa, y de las arrugas que se advertían alrededor de los ojos y de la boca; las huellas de lágrimas y de sufrimientos añadían, a la simple alegría, la seriedad de quien es capaz de asumir grandes empresas.

– ¿Quien es ése? -preguntó Alix.

– Juremi, por supuesto -dijo la mujer riendo.

La señorita De Maillet no pudo reprimir un ademán de pesar.

– Porque me lo ha dicho él -añadió la desconocida con una mirada enigmática.

La mujer tomó a Alix de la mano y la condujo hasta la silla para que se sentara, mientras ella se apoyaba en la baranda.

– Hace quince días que la observo. Sé todo de usted, su nombre, y también quién es el hombre de sus sueños. Esto es demasiado injusto. Yo también debo decirle algo. Me llamo Françoise y vivo en esa casa de donde acabo de salir. Cuando los droguistas estaban aún aquí, venía cada día a prepararles la comida. Eso es todo. ¿Está más tranquila ahora?

– Sí… no… no sé -dijo Alix turbada.

– Por supuesto, esto es un poco cruel -dijo Françoise-. Habría podido dirigirme a usted hace mucho tiempo. ¿Cree que me complacía ver cómo daba vueltas por aquí sola, a dos pasos de mí?

Un mechón espeso de cabello se desprendió de su moño de azabache, le cayó sobre la sien, y Françoise lo volvió a colocar en su sitio. Alix observó sus manos enrojecidas por el trabajo y sus uñas rotas y cortas; sin embargo eran las manos de una mujer, se veía en la calidad de su piel que tornaba invisible el relieve de las venas para darle la gracia de un objeto liso.

– Pero compréndame -prosiguió Françoise-. Tenía órdenes. Y más órdenes. Evidentemente, siempre se puede desobedecer. Pero sobre todo es que había hecho una promesa.

– ¿Una promesa? Pero ¿qué ha prometido y a quién? -preguntó Alix.

– A Juremi. Me hizo jurar que esperaría a que usted se hubiera instalado, que vigilaría si el cura duerme bien cada día… Por cierto, ¿cómo va el brebaje que le prepararon? ¿Queda suficiente?

– La mitad de la garrafa.

– Recuérdeme que agregue más cuando se acabe.

– ¿Tiene usted más? -preguntó Alix, que ya había empezado a preocuparse ante la perspectiva de que se agotara el reconstituyente.

– Tanto como desee. ¡Es el aguardiente que nos vende su señor padre a veinte piastras!

Françoise se echó a reír, con la boca abierta. Tenía una dentadura perfecta, los dientes con un esmalte como de perlas. Luego continuó hablando en un tono más seno.

– Le he prometido todo esto a Juremi. Y ahora sólo me resta darle la carta.

– ¡La carta! -exclamó Alix.

La joven no entendía nada: Juremi, una carta… De repente todo aquello empezaba a asustarla.

Françoise hizo un gesto para que guardara silencio y aguzó el oído para comprobar que el cura no se había despertado. Al ver que no pasaba nada y que la muchacha estaba en ascuas, metió la mano en su vestido y sacó un sobre.

– Esto es lo que tenía que darle. Ha esperado quince días, y ahora dos minutos le parecen demasiado. Tenga.

Alix cogió el sobre y leyó: «Para la señorita De Maillet.» Era la misma letra de la nota que leía y releía desde el primer día, la letra de Jean-Baptiste.


4

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La gran caravana se reagrupó lentamente al cabo de tres días. Un intenso calor abrasaba las regiones que iban a atravesar, situadas cada vez más al sur. La luna iluminaba el desierto conforme ascendía en el cielo, así que decidieron continuar la marcha durante la noche. Partirían siempre por la tarde, a la caída del sol. Los pozos empezarían a escasear paulatinamente, y más aún las provisiones. Tuvieron que abastecerse de alimentos para ocho días, y en el último momento foseph se vio obligado a llevar un bulto a la espalda, porque las monturas iban cargadas a más no poder.

Con su semblante impenetrable habitual, Hadji Ali iba y venía, comprobaba la carga de la caravana, daba órdenes a gritos y hacía restallar el látigo. Pasó por delante de Poncet varias veces sin hacer ninguna alusión a los efectos de su tratamiento, y el médico se abstuvo de preguntarle nada antes de que hubieran transcurrido los tres días.

Emprendieron la marcha y avanzaron lentamente en la placidez de la noche. La luna lanzaba una luz blanca como la harina, que moldeaba el relieve de las cosas y esculpía las sombras. El suave balanceo de los camellos, el silencio quedo de los hombres y el ruido amortiguado de cientos de pasos sobre la arena sumía a todo el mundo en un sosiego y un sopor casi implacable. Había que hacer verdaderos esfuerzos para no dormirse.

Al despuntar el alba, cuando el cielo empezaba a teñirse a su izquierda de un resplandor cárdeno, llegaron al primer hontanar de agua y montaron el campamento. No era ni mucho menos un oasis, sólo había unos árboles y un pozo saturado de alumbre. El agua tenía un color repugnante y un gusto espantoso. Los hombres se refrescaron el rostro y se humedecieron el pelo, pero se abstuvieron de beber; era preferible aguantarse la sed, y esperar a morir de otra cosa.

Aquella noche se cumplía el tercer día del tratamiento. Cuando hubieron acampado, Hadji Ali se dirigió hacia Poncet, pasó por delante de él con cara de pocos amigos y fue a reunirse con los camelleros que se hallaban congregados alrededor del pozo, a pocos metros de allí, para asearse antes de hacer sus plegarias. Hadji Ali, con lentitud, hizo lo propio. Se quitó toda la ropa menos los amplios bombachos de tela y se descalzó. Se lavó con agua, escupió y, tras recoger la túnica y el turbante con una mano y las botas con la otra, se acercó a Poncet. Éste observó que en toda la superficie de la piel sólo le quedaba una excrecencia imperceptible que pronto iba a desaparecer. Había erradicado el mal. Hadji Ali saludó respetuosamente a Jean-Baptiste, volvió a enfundarse en su túnica y continuó su camino, hacia un lugar retirado donde desenrolló su esterilla para rezar.

Joseph, que había presenciado la escena, se santiguó con disimulo y dijo:

– ¡Dios mío, es un milagro!

Jean-Baptiste se sintió un poco ofendido, pues interpretó su observación como una forma de menospreciar sus méritos.

– ¿Sabe usted lo que ha escrito el cabalista? -inquirió-. Pues que quien cree en milagros es un imbécil.

El padre De Brévedent bajó la vista.

– Y quien no cree un ateo. Medite sobre ello esta noche, cuando nos pongamos en camino.

Los días y las noches siguientes fueron idénticos a los anteriores. La caravana del desierto había retomado su ritmo para surcar la senda de la más absoluta soledad. En varias ocasiones durmieron en medio de aquella inmensidad, sin más sombra que las pieles extendidas a modo de tiendas; el interior parecía una sauna. Al contrario que los primeros días, los ratos de descanso eran aún más penosos que la marcha, que ahora se hacía con el ambiente fresco de la oscuridad. Llegaron a otro pozo, esta vez con agua dulce donde llenar los odres.

Después de comprobar por sí mismo las aptitudes del médico, Hadji Ali se mostró más respetuoso con Jean-Baptiste. Aunque no era un hombre locuaz, por lo menos aceptaba responder a sus preguntas y a veces, por propia iniciativa, le informaba de cosas que le parecían útiles. Aquel día, antes de salir, Hadji Ali fue en busca de Poncet y le dijo:-Hasta el oasis de El Vah viajaba otro franco en la caravana, ¿lo sabía?

– Me lo habían dicho, pero no lo hemos visto. ¿Quién es?

– Lo ignoro. Va delante de nosotros, a dos días.

– ¿Quién lo acompaña?

– Va en un camello y lleva otro detrás con la carga. Pero el hombre está solo.

En cuanto el camellero se hubo ido, Joseph se le acercó para pedirle encarecidamente noticias. Pero Jean-Baptiste le dijo que todo iba bien, en parte porque se compadecía del jesuíta, y en parte para no agudizar más aún su exasperante consternación.

Se sucedieron aún unas cuantas jornadas de aplastante reposo y otras tantas noches de marcha bajo la luz blanquecina y cegadora de la luna llena. Por fin empezaron a ascender hasta llegar a una meseta desértica, que tardaron una jornada entera en atravesar. Al amanecer descubrieron a sus pies el inmenso valle del Nilo, nimbado por la bruma que los campos habían exhalado durante la noche. Una gran ciudad señoreaba el recodo del río. De la mole plana de casas de adobe emergían el verdor rectangular de los jardines y los minaretes macizos como torreones, muy diferentes de las agujas otomanas del Bajo Egipto. Habían llegado a Dongola, la primera ciudad del reino de Senaar. La caravana se detuvo al pie de sus murallas. Hadji Ah y Poncet, seguido de su criado, que iba tres pasos por detrás, entraron en la ciudad hacia el mediodía y fueron a presentar sus cartas de recomendación y sus presentes al príncipe que gobernaba la ciudad en nombre el Rey de Senaar.

Era un hombrecillo enclenque que parecía abismado en una especie de trono cubierto con telas de colores intensos. Recibió a los viajeros con muchos miramientos y pidió a Poncet que se dignara curar a su hija menor, una niña de once años que se estaba quedando ciega. Mandaron llamar a la pequeña princesa, que sólo podía caminar del brazo de una sirvienta porque tenía los párpados pegados con unos humores amarillentos. El gobernador explicó que algunas noches había que atarle las manos a la espalda, pues en cuanto se tocaba sus párpados, se intensificaba la inflamación. Jean Baptiste le pidió a Joseph que le acercara el cofre de los remedios. Sacó un polvo rojo y recomendó que lo disolvieran en un agua muy pura. Luego prescribió que le lavaran los ojos con esta solución tres veces al día, y que por la noche le aplicaran en los párpados un aposito de algodón empapado con la misma sustancia.

Al día siguiente la niña tenía los ojos secos. Tres días después ya los podía abrir con normalidad, y poco después recuperó la vista sin que quedaran secuelas. El gobernador, loco de contento, le preguntó a Poncet en qué podía complacerle, pero el médico respondió que sólo deseaba su protección. Durante la semana que se prolongó su estancia en Dongola, recibieron un trato honorífico y durmieron en el palacio; les sirvieron jarrete de antílope y filete de oso hormiguero, aunque se perdieron la mejilla de hipopótamo, con gran pesar del gobernador, pues no era la estación. Entre los grandes señores y sus familias había muchos enfermos, por lo que estaba bastante ocupado. El gobernador puso a su disposición un caballo y un asno para su servidor, de modo que también tuvieron la oportunidad de pasear por los alrededores de la ciudad y admirar el valle extraordinariamente fértil. En aquel lugar, el ribazo del río se elevaba dos o tres metros sobre el nivel de las aguas. La tierra no se regaba naturalmente, por crecidas, como en Egipto; gracias a un inmenso y constante trabajo, aquellos hombres habían creado ingeniosos mecanismos provistos de norias, troncos huecos y pequeñas esclusas que facilitaban el riego de los cultivos. De regreso, Poncet felicitó al gobernador por la laboriosidad de su pueblo, y le manifestó también su admiración. El hombrecillo le respondió con entusiasmo:

– Esta ciudad es la suya, si así lo desea. Quédese a mi lado como médico y a partir de mañana dispondrá de veinte fanegas en el valle y treinta familias para cultivarlas. Tendrá una casa en la ciudad y una cuadra con camellos y caballos árabes. Le aseguro que será usted feliz aquí.

Por una vez, Hadji Ali fue útil. Le recordó con cortesía al gobernador que el viajero tranco debía acudir junto al Negus y que su ofrecimiento, por muy generoso que fuera, sólo podría llevarse a efecto cuando estuvieran de vuelta. Todos los pueblos del Nilo consideraban a los abisinios como los «señores de las aguas», porque eran los dueños del nacimiento del río y podían desviar o desecar su curso a su antojo. Nadie se habría arriesgado a provocar al rey del país de las aguas, de modo que el gobernador se resignó.

Entretanto, los enfermos que Poncet había tratado volvían con excelentes noticias. Cada día se oía el relato de una curación espectacular. El padre De Brévedent, sin explicarse la razón, no podía por menos que rendirse a la evidencia y reconocer que el muchacho tenía un auténtico don. Sabía ganarse la simpatía de las personas que vivían horas amargas y consolarlas en su dolor, pero también sabía granjearse su amistad en los momentos más corrientes de sus vidas. Le bastaba mirar a un niño para que este le dirigiera una sonrisa. Incluso las bestias se calmaban en su presencia. Los perros callejeros, indolentes y temerosos, que desconfiaban de los humanos, le seguían instintivamente por la calle, aun cuando no les diera nada. Esta sintonía con todas las criaturas de Dios se acercaba más a las necedades de san Francisco y sus seguidores que a la austeridad de san Ignacio. El jesuita consideraba aquello como simples chiquilladas. Ahora bien, al igual que los idiomas, las creencias locales, en suma, al igual que todo lo que no servía para nada, también los dones de Poncet se podían poner solapadamente al servicio de la fe verdadera. Era un buen pasaporte para Abisinia, y había que sacar provecho de ello, simplemente.

Al fin estaba todo preparado para la partida. Pasarían la última velada en el palacio para cumplimentar la invitación que habían recibido, y por la mañana empezaría a moverse la caravana. Las regiones que debían atravesar eran peligrosas, de modo que decidieron viajar de día.

Poncet estaba descansando un poco en su habitación cuando alguien llamó a su puerta. Estaba casi seguro de que se trataba de un mensajero que venía a implorar su presencia para curar a algún enfermo en la ciudad. Fue a abrir y en la puerta se encontró con un mocoso de tez oscura, con la cabeza rapada y medio desnudo, que le tendía una nota. Poncet la desdobló. Estaba escrita en francés: «Siga al niño y venga a verme.»

Las letras estaban en mayúsculas, para que la escritura pareciera anónima, y el mensaje no estaba firmado.

Poncet decidió despertar al padre De Brévedent, que dormía en una habitación de la planta baja, y le pidió que le acompañara. Luego volvió a abrir el cofre ya preparado, de donde sacó una espada que se sujetó en el cinto, y confió al pobre jesuita, espantado, un puñal de dimensiones considerables. Cuando estuvieron listos, el niño los condujo por unas callejuelas bañadas en las sombras del crepúsculo. El corazón de la ciudad era un hervidero. A aquella hora en que cede el calor y los murciélagos empiezan a zigzaguear, los habitantes salían de sus casas ciegas y frescas como cavernas para saludarse de una puerta a otra.

Jean-Baptiste intentó retener en la memoria el camino que seguían, pero se desorientó rápidamente. Al final fueron a parar a una pequeña plaza en la que convergían tres callejones. En uno de los ángulos, donde se distinguían dos ventanas cerradas con una celosía forjada, había una casa de té como las que se encuentran en cualquier lugar de Oriente. Entraron. La sala estaba casi vacía; el suelo y los bancos de obra en derredor de las paredes estaban cubiertos con alfombras raídas, rojas y azules. Las minúsculas lámparas de aceite dispuestas en bandejas de cobre cincelado despedían una luz cálida. Un hombre sentado en la penumbra del fondo se levantó cuando ellos entraron, y Poncet llevó la mano a la empuñadura de su espada.

– Amigo -dijo el hombre.

Poncet se quedó paralizado mientras la inmensa silueta se enderezaba en la oscuridad.

– Esa voz…

El desconocido avanzó unos pocos pasos hacia la luz de las mesas, luego se quitó el sombrero de fieltro y se dejó ver.

– ¡Maestro Juremi! -exclamó el jesuita.

Jean-Baptiste, que había reconocido a su amigo en cuanto pronunció la primera palabra, se abalanzó sobre el para darle un caluroso abrazo entre gritos de alegría. Para Poncet, el hecho de encontrarse nuevamente con su compañero era un motivo de felicidad por partida doble pues aquel encuentro significaba también el final de su larga soledad teniendo en cuenta que Joseph le hacía poca compañía. El maestro Juremi pidió cafés, vació las tazas por la ventana, y vertió dentro el líquido transparente de un frasquito que llevaba en el bolsillo. Y brindaron por el reencuentro.

– Así que el caballero franco eras tú -dijo Jean-Baptiste.

– No podía aparecer hasta que abandonáramos Egipto. Y puedo asegurarte que no ha sido por falta de ganas.

Ahora que se habían acostumbrado a la luz tenue de la lámpara, Poncet distinguía mejor los estragos que el viaje había infligido a su compañero.

Tenía el rostro enflaquecido y los ojos hundidos.

– Y aquí he preferido esperar a que solventarais vuestros asuntos con el gobernador y no aparecer hasta la víspera de la partida. ¿Qué piensas de todo esto? ¿Será difícil unirme a vosotros?

– Tú déjame hacer a mí -dijo Poncet-. Nos hemos encontrado y no vamos a separarnos más.

Ambos continuaron con sus efusiones jubilosas. El maestro Juremi volvió a llenar los vasos, que apuraron de un trago, y empezaron a reír y hacer bromas.

– Tendrás que contarme tu viaje -dijo Jean-Baptiste-. ¿Cuándo decidiste unirte a nosotros? ¿Cómo te las has arreglado para pasar desapercibido en Manfalout?

Sin dejar de beber, el maestro Juremi agitó la mano para indicar que iba a responder. Pero de repente se oyó la voz afilada y falsa del jesuita, que se había mantenido al margen de las manifestaciones de entusiasmo.

– Discúlpenme -dijo-, pero me parece que la presencia de este hombre no entra dentro de los acuerdos que habíamos pactado.

Súbitamente había adoptado un tono autoritario; ya no era el criado obediente que simulaba ser. No parecía que el maestro Juremi hubiera advertido hasta entonces que el jesuíta estaba allí.

– ¿Y éste qué quiere ahora? -dijo mirando sin contemplaciones al padre De Brevedent.

– Estamos aquí -continuó el jesuíta- por orden del Rey y bajo las instrucciones de Su Santidad el Papa. Esta misión nos incumbe a nosotros solos, y sólo a nosotros. El cónsul dijo claramente antes de partir: ni hablar de que se mezcle en nuestra embajada un… alguien que…

En el rostro del maestro Juremi apareció una mueca tan espantosa que el jesuíta no se atrevió a continuar, y dejó la frase inacabada.

– ¡Qué se calle si no quiere recibir! -estalló el maestro Juremi, golpeando la mesa de cobre con el puño. Un ruido de címbalos ensordeció la estancia, y el dueño del café apareció rápidamente.

El jesuíta optó por dirigirse a Jean-Baptiste, que parecía más tranquilo, y que para bien o para mal era el dueño de la situación.

– Señor Poncet, usted ha adquirido unos compromisos. Por muy lejos como vayamos, volveremos, al menos así lo espero. Y tendremos que justificarnos. Por lo demás, si llevamos con nosotros a este hombre, nadie se va a creer que haya venido aquí sin su consentimiento. Dirán que ha habido una premeditación, que estaban confabulados.

El maestro Juremi lanzó un auténtico rugido y sacó su espada.

– ¡Le voy a hacer trizas! -gritó, abalanzándose sobre el jesuíta.

Poncet se interpuso, pero siguieron los gritos. Un montón de curiosos se arracimaron en las ventanas y en el quicio de la puerta para observar aquel extraordinario acontecimiento: una pelea entre francos. Jean-Baptiste consiguió por fin desarmar a su amigo. Le empujó hacia el fondo del local y luego se volvió hacia el padre De Brevedent.

– Yo no he adquirido el compromiso de abandonar en medio del desierto a un amigo que necesite ayuda -dijo-. Sepa que no he intervenido en absoluto en esto, pero asumo todas las responsabilidades para que se quede con nosotros.

Luego, mientras tiraba de la manga al maestro Juremi y empujaba a Joseph delante de él, Jean-Baptiste añadió:-Vamos todos ahora mismo a la residencia del gobernador para arreglar los papeles.

Se alejaron de aquel hormiguero y volvieron a internarse en las callejas oscuras, siguiendo al pequeño mensajero que les había guiado a la ida.

Como el gobernador tenía una deuda pendiente con Poncet por haber curado a su hija, no pudo negarle el favor que éste le pedía, de modo que escribió para el maestro Juremi una carta de recomendación dirigida al Rey de Senaar y al Negus de Etiopía. Hadji Ali, decepcionado por el apoyo que recibían los dos francos, acabó por comprender que sería un error llevarles la contraria. El padre De Brévedent volvió a ser Joseph, y en lo sucesivo se abstuvo de expresar sus opiniones. Torció el gesto y en la parte inferior de sil rostro se dibujó de nuevo aquel mohín de abatimiento que solía darle un aire tan alicaído. Se volvió aún más taciturno, y aunque hasta entonces el jesuíta le había dado muestras de una escasa simpatía, Jean-Baptiste se preguntó si no estaría celoso de ver juntos a los dos amigos.

Sea como fuere, el supuesto Joseph salió ganando pues al día siguiente, gracias a los dos camellos que acarreaba el protestante y después de dejar sus presentes al gobernador, el servidor dispuso de una montura.

El jesuíta estaba totalmente convencido de que la aparición del maestro Juremi había sido una treta preparada de antemano con Poncet. Pero se equivocaba de medio a medio. Ambos tuvieron tiempo de explayarse hablando de ello durante las largas horas de marcha en la caravana. La verdad era que el protestante, reconcomido de remordimientos por haber dejado solo a su amigo frente a tantos y tan grandes riesgos, decidió de la noche a la mañana emprender el viaje. Pero para evitar complicaciones con el cónsul y no forzar tampoco a Jean-Baptiste a mentir, práctica que horrorizaba al maestro Juremi, prefirió no decir nada y reunirse con él en secreto fuera de Egipto.

Jean-Baptiste tuvo un presentimiento respecto a la identidad del misterioso franco que se escondía tan cerca de ellos, pero hasta el final no lo supo con certeza.

También hablaron de El Cairo, donde el maestro Juremi se había quedado una noche más que su amigo. Había abandonado la casa en el preciso momento en que la carroza que conducía a Alix y al padre Gaboriau doblaba la esquina de la calle.

– ¿Estás seguro de que le han dado mi carta? -preguntó Jean-Baptiste con emoción.


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Ahora que Alix conocía la naturaleza del brebaje que le habían prescrito al padre Gaboriau, ya no dudaba en recomendarle que aumentara la dosis. Aquel día, apenas llegaron a la casa de los boticarios, le animó a beber un enorme vaso de un solo trago, y en menos de cinco minutos se quedó dormido. Apenas oyó el primer ronquido, Alix corrió a la terraza y llamó a su amiga, mirando hacia la ventana con los postigos cerrados.

– ¡Françoise, ya puede venir!

Las persianas se abrieron en cuanto se oyó la voz, y Françoise fue a reunirse con la joven en la terraza. Las mujeres acercaron dos sillas y se sentaron en un rincón, una al lado de la otra.

– ¿Se siente feliz por la carta que le entregué ayer? -preguntó Françoise.

Alix se ruborizó. A pesar de que la conocía muy poco, la joven confiaba intuitivamente en aquella mujer que la miraba con tanta bondad. Durante las primeras horas interminables de aquella mañana, Alix había esperado con impaciencia el momento de confiarse a aquella desconocida que le ofrecía su comprensión.

– Tenga -dijo al tiempo que le tendía la carta a su amiga-. Lea usted misma.

Françoise tomó en sus manos los dos pliegos escritos con la letra apretada de Jean-Baptiste y leyó:


Querida Alix:


Le escribo a toda prisa, sentado en un baúl, en medio del desorden de todo lo que llevo conmigo, y con la mente más revuelta aún por las tribulaciones fútiles de estos preparativos. Ya sé que noes el mejor momento para expresar sentimientos. Sin embargo, los míos se me aparecen hoy tan claros como los proyectos que me inspiran, y por eso no temo turbarme por concebirlos. Mi único temor es comunicárselos tan de repente y en un momento en que usted no esté preparada para escucharlos. Por este motivo he tomado la precaución de hacerle llegar esta carta con una cierta tardanza que usted perdonará, espero. Si lee estas líneas es porque ha ido a mi casa y porque se ha acostumbrado a ella; porque la rodean mis queridas plantas, que son propiamente una parte de mí; y también porque ha conocido a Françoise y ha sabido ganarse su digna confianza. En estas condiciones, Alix, es más fácil hablarle. Compartimos el mismo espacio, aunque no estamos juntos, y tenemos amigos que nos unen. Nunca hemos estado tan cerca, ahora que la distancia nos libra de lo que nos separaba, cuando estábamos tan cerca uno de otro.

Al amparo de esta lejanía, tengo menos reparos en confiarle con toda franqueza lo que siento. Durante estos últimos días no me he atrevido, y de haberlo hecho, todo habría impedido esta confidencia. Sin embargo, por mi parte, sólo la veía a usted, sólo le hablaba a usted, y aun cuando fingiera dirigirne a los demás, sólo usted era el centro de todos mis pensamientos.

Nuestro encuentro es demasiado reciente como para no retener cada fase en la memoria. Desde el momento en que la vi, en el puente del Kalish, me turbó su belleza y la gracia de todo su ser. En cuanto me acerqué, en cuanto la observé y cruzamos nuestras miradas, aquella primera impresión fue calando cada vez más hondo en mí. Como no estoy acostumbrado a experimentar sentimientos tan vehementes, al principio me angustié, e incluso me sentí incómodo, pero luego no pude por menos que abandonarme a ellos con felicidad. Me gustaría tener tiempo suficiente para contarle con detalle todos los encantos que veo en usted, pero estas páginas no son suficientes. En vista de que no dispongo del sosiego necesario para ello, prefiero no decir nada que, tomado al azar, pudiera hacerle pensar que he olvidado alguna de sus virtudes. Querida Alix, adoro todo lo que conozco de usted, e incluso amo apasionadamente la fuerza que usted disimula aún y que no va a tardar en revelarse.

Me pregunto por qué le digo todo esto ahora que voy a partir; por qué la abandono ahora, si realmente mis sentimientos son tan profundos, y también me pregunto de qué sirve expresarlos puestoque me marcho. Estos últimos días he pensado en todo esto con la exasperación de alguien que toda su vida se ha negado a darle cabida a la menor brizna de melancolía. A fuerza de darle vueltas a este asunto en la cabeza, he terminado por verlo de una manera diferente que hace dichosa mi partida. Sí, Alix, quiero convencerla de que este viaje es una oportunidad, la nuestra. Si me hubiera quedado en El Cairo, nada de esto habría podido ser. En cambio, todo será posible cuando haya salido victorioso de la prueba que el destino me ha impuesto. Este triunfo me alzará hasta usted y, si usted quiere, seremos iguales y por lo tanto libres.

Desde que hice el juramento de cumplir esta misión por usted, y sólo por usted, no hay peligro que no me sienta con fuerzas de afrontar con este propósito. Cada paso que me aleja de usted me acerca más. No tengo ninguna duda del éxito de mi empresa. Volveré. Y mi única esperanza es que tenga la paciencia suficiente para esperar mi regreso. Aunque no pueda reunirse conmigo en el lugar donde me encuentre cuando lea mi carta, sepa, Alix, que tampoco me puede abandonar. La sensación de que usted me acompaña es un constante motivo de placer. Y ahí, en los caminos del desierto, libre de toda suerte de ataduras, me siento con la audacia de abrazarla.


– Y todo este embrollo -dijo Françoise cuando terminó de leer- para decirle que se ha enamorado de usted.

– Pero si apenas nos hemos visto -dijo impulsivamente la joven con la mirada ausente-. Ni siquiera hemos hablado…

– Según usted, ¿cómo se enamora uno? ¿Viendo cada día a alguien que no le gusta, durante un período de tiempo prudencial?

– No, desde luego, pero ¿cómo puedo saber que es sincero?

Alix revelaba con visible aplicación el fruto de las cavilaciones de la noche anterior.

– Un hombre que emprende un viaje semejante no tiene razón alguna para mentir -dijo Françoise.

– Puede ser un desafío, un deseo nostálgico o una fanfarronada. Después de todo, no tiene nada que perder pidiéndome que le espere…

– ¿De verdad está segura de lo que está diciendo? -le preguntó Francoise. La joven bajó la mirada, como si reflexionara un instante. Una lágrima rodó por su mejilla.-Por supuesto que no -confesó al fin-. Estoy tratando de convencerme de lo contrario, porque todo mi ser me dice que me ama… como yo lo amo.

– ¿Y tan grave sería aceptar las cosas simplemente como son?

– Si así fuera -continuó la joven, que seguía su propio razonamiento-, seré desgraciada pase lo que pase.

– ¿Se puede saber por qué? -preguntó Françoise.

– Juzgue la situación usted misma -respondió Alix, mirando a su amiga con los ojos llenos de lágrimas-. Si no vuelve de ese viaje, habré muerto para siempre. Y si vuelve…

– Todo será posible, él se lo ha dicho.

– ¡Usted no conoce a mi padre!

«Qué niña», pensó Françoise con ternura antes de añadir dulcemente:

– Va demasiado lejos. Espere sólo a que vuelva. En cuanto a lo demás, tenga confianza en él. Sería inaudito que un hombre que habrá forzado la puerta de reinos ignotos, persuadido a príncipes indígenas y ejecutado las voluntades del Rey de Francia y del Papa, no pudiera doblegar al padre más obcecado.

Alix le sostuvo la mirada con el semblante de tierno recelo que se adopta cuando un amigo le dice a uno dignamente las palabras que desea oír.

– Venga aquí todas las mañanas y charlaremos. El tiempo pasará más deprisa -dijo Françoise.

Luego abrazó a la joven, acarició sus cabellos y la dejó llorar.


Todo fue bien hasta llegar a Senaar. La gran caravana llegó a la ciudad al cabo de unos diez de días de marcha por el desierto de Bahiouda. Conforme avanzaban hacia el sur, la vegetación iba reapareciendo poco a poco. Entraron en el país que los árabes habían llamado Rahemmet Ullah, «la misericordia de Dios». Esta misericordia consistía en que ya no era necesario tomarse el trabajo de regar la tierra, como en Dongola, pues las lluvias del trópico se encargaban de hacerlo de una forma natural. Por todas partes se veían pastos verdes, arbustos de gran altura e incluso grupos de árboles. Gracias a estos favores del cielo, los campesinos estaban descansados y se contentaban con pasear a sus asnos cantando.

Senaar, la capital, estaba situada a orillas del Nilo azul que desciende de las montañas de Abisinia transportando lodo de esquisto. Erauna gran ciudad agrícola y comercial dotada de ricos bazares, bellas mezquitas y un palacio residencial donde el Rey y su corte vivían permanentemente. Todas las construcciones eran de piedra y una argamasa de arcilla roja.

Durante esta última etapa del desierto, el viaje transcurrió sin incidentes. Tras la alegría del reencuentro, el maestro Juremi se había vuelto tan silencioso como de costumbre y hacía gala de su mal humor habitual. Entre el jesuíta y el protestante había una relación de tregua armada. Se evitaban y sólo se dirigían la palabra a través de Poncet, que se veía obligado a su pesar a actuar de mediador entre los dos hombres. Pero Joseph se sentía más fastidiado aún pues mientras su enemigo viajaba como un señor, él se humillaba como criado, tenía que cargar y descargar las bestias, preparar la sopa en cada alto y llenar los odres en los pozos. Aunque Poncet le sugería que hiciera oídos sordos, Hadji Ali le daba cada vez más órdenes directamente. Pero ahora estaban en tierra extranjera y el camellero ya no les temía, así que lo mejor era ser prudentes. El supuesto respeto que dispensaba a Jean-Baptiste no era óbice para que el caravanero no desperdiciara ninguna ocasión para exigirle el pago de exiguos tributos que siempre terminaban siendo grandes sumas. En pleno desierto de Bahiouda, Hadji Ali aprovechó un alto para intentar un nuevo chantaje. Llegó a la tienda de los francos acompañado del impenetrable Hassan El Bilbessi, envuelto en un turbante que sólo dejaba a la vista sus ojos enrojecidos por la arena.

– Dentro de dos días llegaremos a Guern -dijo Hadji Ali-. Es un puesto de guardia para controlar las viruelas.

Explicó que en las fronteras del reino de Senaar, el Rey, a quien aterrorizaba esta enfermedad, había mandado establecer puestos de guardia para someter a cuarentena a los viajeros sospechosos.

– Hassan dice que conoce bien al jefe -prosiguió Hadji Ali-. A los árabes los dejará pasar. Pero no se fiará de usted, así que nos veremos obligados a dejarle allí y continuar solos. A menos que…

– ¿A menos que qué?

– A menos que le dé algún dinero para convencer al funcionario.

Hadji Ali mencionó una suma exorbitante. Luego siguió la consiguiente comedia con Hassan El Bilbessi, con el que hablaba en dialecto, mientras este último sacudía la cabeza como un campesino testarudo que no quiere saber nada. Al final bajó el precio, pero tuvieron que pagar. Dos días después llegaron al puesto de guardia y encontraron los edificios abandonados. Probablemente habría pasado el peligro de epidemia, y las medidas de cuarentena se habían suprimido. Pero ni Hadji Ali ni Hassan quisieron devolverles el dinero que sin duda ya se habrían repartido.

En Senaar todo empezó a las mil maravillas. Se presentaron en el palacio para darle al Rey sus cartas y sus presentes. Como en Dongola, el soberano, al saber que Poncet era médico, le pidió que curara a uno de sus parientes. A partir de ese momento las cosas dieron un giro.

En una estancia contigua al salón del trono, el Rey había convocado a Poncet y al maestro Juremi, pues en la carta de presentación rezaba que este último era un boticario titular. El soberano era un hombre enjuto, con la piel negra y mate como el carbón; sus ojos pequeños reflejaban la inquietante crueldad de quien ha ordenado muchos actos espantosos y teme ser objeto de venganzas aún más abominables en el momento más inesperado. Hadji Ali no fue convidado al examen pues el Rey en persona iba a explicar el asunto en árabe, lengua que Poncet y el maestro Juremi comprendían perfectamente. Un guardia hizo entrar a un muchacho de unos catorce años, que pese a su edad era más alto que los dos franceses. Por mandato del Rey, el joven paciente se desprendió de la túnica negra con bordados en oro y enseguida se hizo patente toda su delgadez.

Debajo de su fina piel se percibía cada uno de sus músculos, como si se tratara del engranaje de un mecanismo. Tenía el vientre liso y el ombligo hacia fuera, como el cuello de un ave. Lo más extraordinario era que el adolescente parecía estar bien, a no ser por su extremada delgadez.

– Es el hijo de mi tercera mujer -dijo el Rey-. No sabemos qué le ocurre. Tal come, tal hace. Si come mijo, hace mijo; si come sorgo hace sorgo, si come carne hace carne.

Se volvió hacia los médicos a la espera de su opinión.

– ¿Qué te parece? -le preguntó Poncet a su amigo.

Después de la bronca que había tenido con Joseph de buena mañana, Juremi estaba de un humor corrosivo.

– Es muy fácil -dijo con tono desdeñoso-. Está claro que come mierda.

A Jean-Baptiste le sorprendió tanto la respuesta de su amigo que soltó una carcajada. Se controló inmediatamente, pero el mal ya estaba hecho. El Rey creyó que se estaban burlando del paciente, o peor aún, de su persona, y le pidió a Poncet que tradujera lo que había dicho el boticario. Jean-Baptiste dijo que no valía la pena e improvisó unas palabras, que no complacieron al soberano.Todo fue en vano. Poncet prodigó sus cuidados más atentos al muchacho, le administró drogas, que a partir del día siguiente le ayudaron a retener mejor lo que comía. La confianza del Rey, como un plato resquebrajado a punto de romperse, había sufrido tal ataque que ya era casi imposible de recuperar.

Por si esto fuera poco, sobrevino un incidente que no habría tenido nada de particular en circunstancias normales, pero que tal como estaban las cosas contribuyó a agrandar aún más la grieta que terminaría en ruptura. El padre De Brévedent fue el artífice de la catástrofe.

En cuanto supo quién era el franco que iba por delante de la caravana, el jesuíta aceptó la compañía del protestante, porque al menos estaba seguro de que no era un capuchino. Por otro lado, con el paso de los días, se había convencido de que el peligro se había desvanecido, y que había adquirido ventaja sobre sus competidores al haber salido tan precipitadamente de El Cairo.

Brévedent estaba tan confiado que se le ocurrió la idea de pedirle a Poncet que le acompañara a visitar -siempre al amparo de su falsa identidad de doméstico- la casa de los capuchinos que había en Senaar y que albergaba una pequeña comunidad de monjes. De este modo podrían conocer algún nuevo detalle sobre la región, y tal vez enterarse de si los capuchinos tramaban algo con respecto a Abisinia. Poncet aceptó. Dejaron al maestio Juremi en la ciudad, en la casa que Hadji Ali había alquilado para ellos, y salieron a pie hacia el convento.

Aunque puede parecer curioso que el Rey de este estado musulmán aceptara la instalación de un hospicio católico en la capital, lo cierto es que había una explicación. En la corte, los capuchinos habían empleado unos argumentos totalmente contrarios a los que habían esgrimido con el Papa para recibir el visto bueno de su misión. En Roma habían afirmado que iban en auxilio de los católicos perseguidos que se habían refugiado en Senaar tras la expulsión de los jesuítas. Pero todos sabían en el reino, y el Rey el primero, que esos católicos refugiados no existían. Para empezar, porque los jesuítas no habían convertido a nadie en Abisinia, salvo al Negus, y por poco tiempo. Así que habían tenido que irse como habían llegado, solos. En aquellas tierras, los asuntos de la autoridad estaban concebidos de tal manera que si hubiera habido católicos en Senaar, el Rey nunca habría permitido la entrada en el país a los sacerdotes romanos por miedo a una rebelión en su contra. Pero en vista de que no había ninguno y de que los religiosos se comprometían a no intentar convertir a los musulmanes, sopena de exponerse a sufrir los castigos más aterradores, el soberano no había tenido inconveniente en hacer un hueco a aquel puñado de extranjeros pacíficos que daban clases a los niños, cuidaban algunos enfermos y sacaban a Senaar del aislamiento, vinculando a su Rey con Europa, ya que gozaban del favor del Papa.

Poncet, seguido de Joseph, franqueó el portalón de madera del convento y entró en un patio espacioso. En el suelo de polvo rojo había grandes vasijas de porcelana en las que se habían plantado naranjos. El capuchino recibió a los visitantes con gran naturalidad, como si los estuviera esperando. Los condujo a una estancia sin ventanas que daba al patio, como todas las demás, y les ofreció asiento en taburetes bajos tensados con correas de piel trenzada. Unos minutos más tarde, otros cuatro hermanos se reunieron con ellos. Sus hábitos, que eran como los de san Francisco, ni más ni menos, parecían ropas árabes en aquel decorado. Curtidos como estaban, con sus barbas negras y su aspecto de campesinos de los Abruzos, podían pasar perfectamente por campesinos autóctonos de este reino de Nubia, a no ser por la pequeña cruz que llevaban alrededor del cuello.

Uno de los hermanos, que se hacía llamar Raimundo, dijo que era el superior. Presentó a sus compañeros, que tenían tan mal aspecto como él, señaló a los otros dos monjes que estaban un poco rezagados y que miraban a Poncet con un aire sospechoso y dijo:

– Estos dos hermanos han venido a visitarnos. Llegaron de El Cairo ayer por la mañana.

– ¡Ayer por la mañana! -exclamó Poncet-. ¿Por dónde han pasado? Tendríamos que haberlos visto en Dongola.

– Aquí llegan unas cuantas caravanas -dijo el hermano Raimundo-. Han descendido por el valle del Nilo hasta la segunda catarata, y luego han atravesado el desierto de arena que está al norte.

– Es un camino mucho más largo -dijo Poncet.

– Depende de la estación. Cuando el Nilo no está en crecida, se puede galopar a caballo por el valle y se avanza deprisa.

Jean-Baptiste les preguntó la fecha de su partida y calculó que habían abandonado El Cairo diez días más tarde que él.


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Cuando regresaban del convento a través de callejuelas oscuras, el supuesto Joseph estaba más aterrorizado que nunca. Las sombrías advertencias del padre Versau, que le había sermoneado antes de partir a propósito de las dudosas maniobras de los capuchinos, se veían ahora justificadas y de la forma más inesperada. Un sinfín de presencias y amenazas parecían bullir en la calidez de la noche. El jesuíta pensaba en los días y días de viaje que habían necesitado para llegar hasta aquella región, y en ese momento le pesaban como si fueran losas de granito que le separaban de la luz. Podían gritar o morir, pero nadie acudiría a socorrerlos. Estos siniestros pensamientos alimentaban los ruidosos bufidos que el cura soltaba como si fuera una ballena. Jean-Baptiste, crispado, había apresurado el paso y le llevaba unos cuantos metros de delantera para no oírlo. Bastante injustamente, descargó sobre el pobre infeliz, que sólo había cometido el error de haberlos lanzado a la boca del lobo, toda la furia que llevaba dentro, sólo de pensar en el chantaje de los capuchinos. En este estado, desafiante uno y desesperado el otro, entraron en la casa donde les esperaba el maestro Juremi.

Éste estaba sentado tranquilamente en el patio sobre unas cajas de mimbre y leía a la luz de un fanal de latón. Poncet y Joseph se sentaron cada uno en un baúl, frente a él.

– Los capuchinos lo saben todo -dijo Jean-Baptiste.

El padre De Brévedent mantenía la cabeza baja y el semblante lúgubre.

– Quieres decir que*…

El maestro Juremi hizo un ademán con el mentón, señalando al jesuíta, sin desviar la mirada.-No. Afortunadamente, no creo que sepan eso.

– Entonces, qué…

– Pues lo más importante, que vamos en embajada en nombre de Francia.

– Hay que decirles que se callen -dijo el maestro Juremi, levantándose anquilosado de su asiento improvisado.

Las paredes de adobe que rodeaban el patio no rebasaban la altura de un hombre. Detrás de esa barrera frágil se oían los ruidos de la noche: conversaciones lejanas y gritos de niños, murmullos cercanos, aullidos de perros y el ruido de pezuñas. Por encima de ellos, en la profundidad celeste de una noche sin luna, abrumadora y colmada de estrellas, una gran ráfaga de viento soplaba en las alturas.

– Pero ¿qué quieren exactamente? -dijo el maestro Juremi, inmóvil.

– Que llevemos con nosotros a dos de los suyos. Poco después de nuestra partida fueron a ver al cónsul, en El Cairo, y todavía no se resignan a haber perdido la oportunidad que para ellos supone la misión de Hadji Ali.

– ¿Y si nos negamos?

– Se lo dirán todo al Rey de Senaar. ¿Sabes qué significa eso? Pues verás, el príncipe es musulmán y le parece bien dejar pasar a un médico para el Negus, pero nunca autorizará la embajada de un rey cristiano.

– ¿Y entonces?

– Para empezar, supongo que nos harán prisioneros. Y como esos señores capuchinos nos han dado a entender, no se contentarán con eso. El populacho los respeta, y no les costará nada infundirles una mala opinión de los extranjeros. Todos dirán que somos hechiceros, y mi cofre lleno de frascos será una prueba estupenda. Pedirán nuestras cabezas al Rey. Y se las concederá con mucho gusto…

– ¿Qué les habéis respondido? -preguntó el maestro Juremi.

– Que teníamos que organizamos con Hadji Ali, que haríamos lo que pudiéramos. Resumiendo, que necesitábamos dos días.

– Estupendo -dijo el maestro Juremi-. ¿Y qué vamos a hacer durante esos dos días?

Poncet frunció el ceño para indicar que ignoraba la respuesta. Se quedaron pensativos. Jean-Baptiste mantenía la calma, aunque la situación era extremadamente crítica. En ese instante en que todo parecía definitivamente perdido, le irritaba aquel contratiempo, pero notenía ninguna duda sobre el feliz desenlace de su viaje. Seguramente Alix era la fuente de esa confianza.

– Yo creo que deberíamos llevar a un capuchino con nosotros -dijo el maestro Juremi con la mayor seriedad del mundo- y hacerle trizas en cuanto estemos lejos de aquí.

El padre De Brévedent se sobresaltó. Como de costumbre, antes que dirigirse al protestante, tuvo que hacer su puntualizacion particular a Poncet.

– En primer lugar -dijo-, asociar a los franciscanos reformados a nuestra empresa va totalmente en contra de nuestra misión. Y en segundo lugar, sólo una mente irreligiosa puede concebir la idea de matar curas.

– Bueno, pues a ver si se le ocurre algo mejor -dijo Juremi con maldad.

Poncet se levantó y dio unos pasos por el patio hasta el límite de la oscuridad, antes de volver junto a sus compañeros.

– Tenemos que irnos esta noche -dijo.

– ¡Irnos! -exclamaron los otros dos, por una vez al unísono.

– Sí, irnos. Tenemos dos días y dos noches por delante. Hay que pensar en algo para engañar a los espías de los capuchinos y hacerles creer que seguimos en la ciudad. Y entretanto, les tomaremos tanta ventaja como podamos.

– No conocemos la región -dijo el padre De Brévedent.

– Y la caravana no sale hasta dentro de una semana -añadió el maestro Juremi.

– No esperaremos a la caravana. Hadji Ali nos servirá de guía.

Poncet descubría sus propias respuestas a medida que las enunciaba, como los candidatos a los que la emoción no deja reflexionar y que sin saber cómo y casi a su pesar se oyen pronunciar ante un tribunal las palabras esperadas.

– Quedaros aquí-dijo-; preparad vuestro equipaje, lo mínimo. Yo voy a buscar a Hadji Ali.

Antes de que tuvieran tiempo de asimilar la noticia, él ya se había ido. No se veía casi nada fuera. Jean-Baptiste se deslizaba entre las sombras y tropezó con las piedras que pavimentaban el callejón. Afortunadamente bastaba caminar en línea recta para llegar a la gran explanada de arena que habitualmente ocupaban las caravanas que hacían un alto en la ciudad. Se escurrió entre las tiendas y llegó a la de Hassan El Bilbessi. Como había supuesto, Hadji Ali estaba sentado en unas esterillas dispuestas sobre el suelo de arena, platicando con el jefe de la caravana y otros mercaderes. Tras saludar a todo el mundo y beber también un vaso de té hirviendo, Poncet pidió permiso para hablar un momento a solas con Hadji Ali sobre un asunto urgente. Al final consiguió arrancar de mala gana al camellero y lo arrastró a su casa. Le ofreció asiento en el patio, en el mismo sitio donde unos minutos antes habían conversado los tres.

– ¿Qué ocurre? ¿Por qué está tan inquieto? -preguntó Hadji Ali con expresión sombría.

– Tenemos que marcharnos esta noche -dijo Poncet.

– ¿Esta noche? -repitió Hadji Ali, sonriendo con ironía y dejando al descubierto su dentadura mellada.

– No estoy bromeando.

– Es una pena -dijo Hadji Ali con un tono guasón-. ¿Van a irse solos?

– No, contigo.

– ¡Me parece una idea genial! Sin duda el Profeta ha tenido el acierto de prohibir las bebidas fermentadas, que le hacen concebir ideas peregrinas.

– No he bebido ninguna bebida fermentada -se quejó Jean-Baptiste-, y te aconsejo que escuches lo que voy a decirte si no quieres que mañana te azoten y te metan en prisión.

– ¿Y quién me va a meter en prisión?

– El Rey.

Hadji Ali empezó a ponerse serio.

– El asunto es el siguiente. ¿Te acuerdas de que el cónsul de Francia se opuso en El Cairo a que te marcharas con los capuchinos?

– Lo recuerdo muy bien.

– Pues tenía razón, y lo que te dijo sobre ellos era verdad. Pero es gente tenaz. Han enviado a dos de los suyos en tu busca para vengarse y te han encontrado.

– ¿Aquí?

– Sí, aquí. Esos curas tienen una casa en esta ciudad, y el Rey de Senaar les tiene en tanta consideración que los protege.

Hadji Ali empezó a asustarse. Se le notaba abatido y con una expresión que inspiraba lástima.

– Pero ¿cómo pueden estar furiosos conmigo? -preguntó.

– Están furiosos con todos nosotros. Se han propuesto impedir a toda costa esta misión. Mañana irán a decirle al Rey que no somos médicos sino simples charlatanes, y el Rey los creerá. Y lo que es peor, dirán que hemos sido enviados por Luis XIV, y nos meterán en prisión.

– ¡Ay de mí! -gimió Hadji Ali, que en su fuero interno calculaba qué parte de esos infortunios podrían recaer sobre él.

– Y a ti que has mentido al soberano, a ti que nos has presentado como médicos francos, a ti te meterán en prisión y te azotarán.

– Yo diré que no sabía nada -protestó el camellero.

– Los capuchinos han visto al cónsul en El Cairo y saben lo que sabes. -Luego, mirándole a los ojos, añadió-: Y si no lo dicen ellos, nosotros lo demostraremos.

Aunque Jean-Baptiste pronunció esta última frase con el semblante más imperturbable que pudo, no resultó muy convincente. Hadji Ali conocía bien a sus semejantes y sabía por instinto que Poncet no haría nunca tal cosa, ni siquiera contra su peor enemigo. No obstante, la frase dio resultado a través de un extraño rodeo, pues habida cuenta de que había conseguido despertar la suspicacia del mercader, todo lo demás parecía auténtico. Hadji Ali no dudaba de que los tres francos fueran un peligro real y sopesó sus propios intereses. Le bastó una breve reflexión para estimar que no ganaría nada con su muerte. A lo sumo, si los liquidaban en pleno desierto, podría encargarse de su traslado. Pero lo primero que haría el Rey de Senaar, si los encarcelaba, sería apropiarse de sus bienes.

Hadji Ali pensó que lo mejor para él sería llevarlos hasta el Negus y recibir de él una gratificación real, pues el soberano abisinio seguramente quedaría complacido por los servicios de Poncet. De paso se ganaría el reconocimiento de los francos de El Cairo. Sí, era evidente que le interesaba más salvar a los viajeros. Además, si partían de Senaar a todo correr se verían obligados a abandonar parte de su cargamento, y Hadji Ali podía convertirse en su beneficiario. La decisión por lo tanto estaba tomada. No obstante debía exponerla como si se tratara de un penoso sacrificio, para sacarle a Poncet una buena tajada.

Hadji Ali empezó a gimotear y se enjugó el sudor que le había caído por la frente cuando el franco mencionó el látigo y la prisión. Habló de dinero, y un cuarto de hora más tarde el acuerdo se cerraba solemnemente. Partirían los cuatro, los tres francos y Hadji Ali, con cinco camellos y un mínimo de bultos. Cada viajero llevaría en su montura sus efectos personales y sus armas. El camello de carga transportaría principalmente los regale* destinados al Negus y el cofre de los remedios. Todo lo demás -tenían otros muchos instrumentos científicos, presentes para las autoridades que encontraran ocasionalmente y mudas de recambio- lo dejarían a buen recaudo aquella misma noche en casa de una viuda que acostumbraba consolar al camellero siempre que pasaba por Senaar. La mujer escondería todo hasta su próximo viaje. Hadji Ali exigió finalmente que a partir de ese día los camellos pasaran a ser de su propiedad y que los francos le abonaran en concepto de alquiler una suma previamente estipulada.

A cambio de estas ventajas, Hadji Ali aceptó la escapada, e incluso buscó la complicidad de Hassan El Bilbessi para encubrir la huida. A partir de la mañana siguiente, a cualquiera que le preguntase por los francos, éste respondería que habían ido en busca de plantas al río y que Hadji Ali se había encerrado en el hammam, aquejado de una migraña. Después ya se vería.

Descansaron un poco, aunque no pudieron dormir. A las dos de la madrugada, Hadji Ali, que había ido a hablar con Hassan El Bilbessi, volvió a la casa con un camello que cargaron con dos baúles. Luego, los tres se deslizaron por el callejón a pie detrás del camellero, con sus mantas de grupa y sus sillas. Colocaron los arneses a los camellos que estaban atados lejos de la caravana y se pusieron en camino. La noche era absolutamente cerrada, pero afortunadamente para todos, Hadji Ali conocía bien la región. Nada es tan reconfortante como huir. Ya no tenían miedo. Durante varias horas avanzaron con prudencia, a buen ritmo. La ciudad estaba lejos, y ya no se oían los perros. A su izquierda, la oscuridad exhalaba un aliento húmedo que debía provenir del río. Al rayar el alba, después de haber remontado la orilla del Nilo azul, descubrieron ante ellos unas cabañas de barro seco que emergían de un tapiz de cañas. Unos bueyes sorprendidos, al borde de la ribera, resoplaban como si quisieran alejar más deprisa los últimos retazos de la noche fría. Un puente de troncos franqueaba el Nilo; empujaron a sus bestias y, cuando lo hubieron cruzado, partieron al galope hacia la luz malva de Oriente.


La tranquilidad de Alix y Françoise, que habían adquirido la costumbre de encontrarse todas las mañanas en la terraza de los droguistas, se vio amenazada de repente por la persona aparentemente más inofensiva. El padre Gaboriau, tan apacible, tan dócil a su tratamiento y que tan poco les incomodaba, sufrió un ataque. Un día, a la hora de despertarlo, Alix encontró al pobre hombre en el diván con una mano colgando, un ojo desmesuradamente abierto y la boca torcida.

El viejo sobrevivió, aunque se quedó paralítico y mudo. Su defección estuvo a punto de tener consecuencias fatales para las dos amigas, pues el cónsul se aferró a este pretexto para terminar con aquellas salidas que únicamente había autorizado bajo la coacción más execrable. Su hija apeló al compromiso moral de cara a los «propietarios del laboratorio», pero el diplomático se encogió de hombros. Bonitas palabras para calificar a aquel par de truhanes, pensó. Llegaron casi a los gritos pues Alix dio muestras de una resistencia impropia de ella hasta entonces. Al final obtuvo el permiso para reemprender sus funciones, a partir de entonces en compañía de la señora De Maillet. Entretanto, Françoise permaneció escondida. Desde la primera visita, Alix obligó a su madre a escuchar fastidiosas explicaciones sobre una botánica que iba inventando sobre la marcha, salpicada de innumerables palabras latinas creadas para la ocasión, e interminables paradas frente a las plantas crasas más modestas, que la muchacha elevaba al rango de especímenes únicos en el mundo. La pobre mujer se aburrió tanto que al regresar tenía migraña y dolor de piernas. Aún sacó fuerzas para volver una segunda vez, pero eso fue todo. El aire de aquel invernadero, declaró, era deletéreo para su salud; no obstante, reconoció que resultaba muy beneficioso para su hija. La señora De Maillet persuadió a su marido de que el entretenimiento de las plantas era una pasión inofensiva para Alix y que sería peor contrariarla que complacerla. El cónsul cedió, primero porque no había oído ningún comentario adverso en la colonia a propósito de aquellas visitas, y segundo porque incluso había recibido las felicitaciones de un mercader cuyo hijo tenía un invernadero. Alix, que temió por un momento no poder continuar con sus visitas o ser vigilada más de cerca, obtuvo la benévola autorización de su padre para acudir sola, de modo que a partir de entonces pudo ver a Françoise sin que la vigilaran.

Fue una etapa muy feliz. La joven no era ajena a la completa transformación que se estaba operando en ella. La firmeza que había demostrado frente a su padre en aquel asunto había sido la primera señal.

Al principio hubo cambios muy fútiles. Privada de la amistad a la edad en que es más necesaria, Alix necesitaba tomar la medida de su belleza, de aquel cuerpo que aún miraba con temor, como un caballo de raza del que todavía se ignoran sus aptitudes.

Fue la etapa de probar peinados nuevos, que había que deshacer a toda prisa, al mediodía, «ntes de volver a marcharse. Alix sacaba a menudo del consulado, escondidos en una bolsa, algunos vestidos que sustraía a su madre, y se divertía probándoselos. Ella desfilaba ante su amiga riendo, en aquella terraza sombreada donde crecían los naranjos. Más allá de las nociones generales y vagas sobre la belleza, Françoise enseñó a la joven a discernir y a valorar cada detalle. Alix estaba radiante.

Con el paso del tiempo, le manifestó su gratitud a Françoise por haberse mostrado tan paciente y alegre durante aquel largo período en que se había descubierto con tanta ingenuidad.

Sin darse cuenta, había pasado esta primera página. Alix conocía sus cualidades, ya no dudaba de ellas y sabía hasta dónde llegaban. Surgió entonces una seguridad en sí misma, nueva e intensa, que disimuló conservando la modestia de sus formas y sus propósitos. Su madre no vio nada, como de costumbre. Alix se dio cuenta de que la pobre mujer, a quien lamentablemente apenas conocía, tenía poco que enseñarle. ¡Qué diferencia con Françoise, que había tenido una vida de auténtica novela! Había nacido cerca de Grenoble en el seno de una familia acomodada; su padre era mercader de grano. Françoise se había vengado del poco caso que aquella buena gente había prestado a su hija, abandonándolos para seguir a un hombre treinta años mayor que ella. No tenía oficio pero los había ejercido todos, gastaba mucho sin ser rico, y todo a cuenta del padre de Françoise. Aquel apuesto amante hablaba bien, había estado en Oriente e Italia y se la llevó con él. Éste fue el principio de un sinfín de aventuras interminables que ella refería a retazos, como en Las mil y una noches. Fuga, fortuna, viaje, miseria, y amor. Exilio, mentira, juego, y más miseria. Cuando llegaron a El Cairo ya no se entendían. Todo resultó cada vez más triste hasta que el hombre murió, de forma vergonzosa, lejos de ella, en la ciudad árabe. De este período errante Françoise recordaba imágenes, anécdotas y algunas pautas de conducta. Aludía a los preceptos como si nunca más tuviera que aplicárselos a sí misma, como si la edad y la indiferencia la hubieran vuelto imperturbable. No obstante, Alix reparó en que siempre se emocionaba al mencionar al maestro Juremi cuando ésta hablaba de su trabajo en casa de los droguistas.

– ¿Le ama? -le preguntó al fin la joven.

– No puedo hablarle con menos franqueza de la que exijo de usted -respondió Françoise-. Es un hombre emprendedor, bueno, y sí, creo que le amo.

– ¿Se lo ha dicho?

– Se nota que no lo conoce usted. Es taciturno y gruñón. Veinte veces se me ha ocurrido la idea de hablar de ello. En ocasiones he pasado toda la noche pensando en cómo se lo iba a decir, pero cuando a la mañana siguiente me mira con sus ojos negros, me quedo sin fuerzas. ¿Se da cuenta? Me las doy de mujer experimentada, pero usted me lleva la delantera.

Esta simple confesión tan sincera daba aún más valor a todos sus relatos. Françoise era dueña de sus audacias y de sus flaquezas, de la pasión a la que había obedecido hasta el final y de la que todavía no se había atrevido a despertar.

Alix la admiraba. Su padre se habría escandalizado sobremanera ante tales sentimientos para con una sirvienta. Pero Alix la veía de otra forma. Era una mujer libre, que había pagado muy cara su libertad y que no lamentaba nada.

Hasta entonces, Alix no había pensado nunca que una mujer pudiera hacer otra cosa que someterse. Pero Françoise le mostraba un ejemplo distinto y su influencia alentaba nuevos sueños, que seguían caminos inciertos y caóticos. Cada vez que Alix se imaginaba libre, se hacía la ilusión de estar con Jean-Baptiste. Al principio lo achacó a que no tenía a nadie más en quien pensar. Sin embargo, Françoise la desengañó.

– Un hombre que se ha apropiado de sus sueños hasta ese punto no saldrá de ellos tan fácilmente -dijo sacudiendo la cabeza.


7

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Avanzaron durante veintiún días. Al principio se obsesionaron tanto con la idea de que el Rey de Senaar y sus tropas iban tras ellos que creían ver la manifestación de su fuerza por todas partes. Le temían hasta tal extremo que le atribuían un poder muy superior al que en realidad tenía. Por fin, al cabo de una semana se convencieron de que nadie los seguía, y que tampoco les llevaban la delantera los temibles espías del Rey, a menos que tuvieran alas. Lo único cierto era que se habían perdido en aquel inmenso reino de arena y que su enemigo real no era el monarca invisible ni los pérfidos capuchinos sino los parajes sin agua y sin alimento que recorrían sin detenerse a descansar.

La región era completamente plana; las vastas llanuras áridas sembradas de pedruscos abrasados por el sol alternaban con una especie de valles quese prolongaban a lo largo de ríos de arena. Sólo llovía una vez al año con gran intensidad, y elsuelo absorbía la tromba sin darle tiempo a sumarse al curso de otras aguas. La densa vegetación de los valles se componía de bambúes, juncos y chumberas, que florecían en aquella estación, además de aloes y acacias. Unos tupidos mantos de espinos e impenetrables zarzales de cardos hacían poco agradable el lugar, y más de una vez fue imposible atravesar toda aquella maleza.

Como habían reducido su equipaje al mínimo, los fugitivos no tenían nada con qué protegerse; ni tienda ni hamaca ni manta, así que dormían en el suelo. En los parajes desérticos les intimidaban las arañas, los escorpiones y el veneno de los áspides. Cuando podían abrirse camino por aquellos valles umbríos quedaban expuestos a los mosquitos, las grandes serpientes constrictor y todos los bichos que el Creador había imaginado para alejar al hombre de aquellas soledades y mandarlo nuevamente al lado de sus semejantes, a pesar del temor que éstos pudieran inspirarle. Pocos días después de la fuga, el padre De Brévedent sufrió la picadura de una araña gigante en el tobillo. Poncet le administró un remedio que le alivió el dolor, pero la inflamación se le extendió por toda la pierna y tuvo fiebre, de modo que el viaje le resultó extremadamente penoso. Después el mal fue remitiendo y el cura empezó a sentirse mejor, aunque continuó estando muy débil.

Mientras creyeron que los perseguían evitaron los pueblos, que por otra parte no eran más de cuatro chozas donde vivían los pastores, y sólo se acercaban a los pozos al caer la noche para llenar sus odres. Pero cuando hubieron agotado el saco de habas que habían llevado consigo desde Senaar, capturaron un ternero que pastaba solo en un campo. Hadji Ali le dio muerte de acuerdo con sus ritos y luego mandó a Joseph que lo descuartizara. Muerto por un musulmán, guisado por un católico y degustado por un protestante; resultaba difícil imaginar un ternero más ecuménico, a menos que un rabino hubiera roído los huesos. Aún estaban cargando los cuartos restantes en las monturas cuando, para su desgracia, una partida de negros armados con azagayas y cortas espadas de bronce se abalanzó sobre ellos, tras ser alertados por un labriego que les había estado observando. Al ver la cantidad de asaltantes, Poncet pensó en escapar de allí cuanto antes, pero el maestro Juremi ya había echado mano a su espada y gritaba:

– ¡A mí, señores!

De modo que Jean-Baptiste cogió otra arma y acudió en ayuda de su amigo para luchar contra los dos primeros indígenas que encontraron. Ambos manejaban las espadas con tanta rapidez que parecían invisibles, y esto sorprendió tanto a los dos guerreros desnudos que fueron atravesados de parte a parte, mientras miraban a los blancos con grandes ojos incrédulos. Un instante después, los dos negros fueron relevados por otros dos, visiblemente divertidos por tan curiosa y sorprendente refriega. Era evidente que el sonido metálico de las armas les excitaba. Los restantes indígenas, colocados en un gran círculo, presenciaban los peculiares combates como si se tratara de un festejo. Los dos extranjeros se movían con agilidad al abrigo de aquellas largas cuchillas de hierro que revoloteaban en el aire como las alas de una libélula, mientras sus adversarios paraban los golpes con la ayuda de pesadas lanzas, aunque algunos se protegían también con un minúsculo escudo de cuero. Y cuando eran alcanzados, continuaba el relevo. Aquello era probablemente el final, pues más de doscientos negros pateaban el suelo haciendo tintinear los anchos brazaletes que todos lucían en los tobillos. Poco a poco el círculo se fue cerrando alrededor de Poncet y su compañero, y éstos empezaban a pensar que en cuanto el cansancio los abatiera, sus asaltantes sólo tendrían que ir a recoger sus cuerpos desarmados y sin aliento. De repente, al darse la vuelta en pleno duelo, Poncet reparó en que Joseph se hallaba fuera del cerco, junto a los camellos; estaba con los brazos caídos, sin saber qué hacer.

– ¡Las pistolas! -le gritó Poncet. El jesuíta contemplaba la escena pasmado-. En mi montura. Empuñe las pistolas cargadas y dispare.

El círculo se cerraba lentamente. Unos minutos después Poncet sólo atinaba a ver el polvo del suelo y un sinfín de piernas desnudas y delgadas que seguían el ritmo con los pies.

De repente resonaron dos disparos. Los negros no se movieron. Tras treinta largos segundos de silencio emprendieron la huida a toda prisa, dejando atrás los heridos y las armas.

El padre De Brévedent tenía aún las pistolas en las manos y las veía humear con una expresión de espanto.

– Bien -dijo el maestro Juremi acercándose al supuesto Joseph-, esto sí que es un triunfo. Con dos pistolas, uno es aquí rey. Insistiendo un poco, estoy seguro de que hasta se harían católicos.

El jesuíta se encogió de hombros.

Encontraron también a Hadji Ali, que en su afán por observar todo aquello desde lejos se había abalanzado sobre un zarzal. Hadji Ali suplicó a Poncet que aliviara sus múltiples y profundos rasguños y se sometió a la cura con el estoicismo de un mártir. De los cuatro, el único que resultó herido en aquella breve y victoriosa campaña fue él.

Tras considerar que ya se habían librado de la sombra vengativa del Rey, Jean-Baptiste creyó oportuno dejar de esconderse. Y efectivamente fue lo mejor, pues los indígenas se habían mostrado más recelosos con ellos al verlos merodear por los alrededores de sus villorios que si se hubieran comportado como viajeros corrientes. Desde que se dejaron ver, la vida les resultó algo más fácil pues las tribus los acogieron con una curiosidad condescendiente. Cuando veían venir de lejos a aquellos seres blancos, los indígenas se acercaban temerosos a tocarlos, y aunque los miraban con perplejidad eran muy hospitalarios. Los negros que los habían atacado lo habían hecho porque se habían apoderado de uno de sus bienes a escondidas. Sin embargo, bastaba con hacer cualquier petición en un tono amistoso para que les facilitaran todo cuanto tenían. Prueba de ello es que proporcionaron a los viajeros chozas donde cobijarse, galletas de mijo y grandes cuencos de leche mezclada con sangre fresca de buey, plato que aquellos negros consideraban como un manjar de dioses. Fueron tan obsequiosos que incluso llegaron a poner a su disposición las más bellas doncellas de su parentela. Pero después de cabalgar horas y más horas, Poncet y el maestro Juremi caían rendidos en cuanto se acostaban, y no tenían más deseo que el de abandonarse al sueño; le hacían un sitio a la cortesana con la que habían sido honrados para pasar la noche y roncaban con ardor. Con todo, antes de dormir nunca se olvidaban de mostrar brevemente su anatomía a sus acompañantes, pues éstas les habían explicado que uno de sus cometidos más importantes consistía en informar a la comunidad, al día siguiente, de qué color tenían los viajeros sus atributos íntimos. Dado que hasta entonces habían carecido de testimonio directo, los indígenas se resistían a admitir que sus intimidades fueran también de aquel extraño color blanco.

El padre De Brévedent, a quien sus compañeros le habían aconsejado obrar como ellos, y sobre todo que no se le ocurriera rechazar aquellos honores, se pasaba la noche dando gracias a Dios por miedo a sufrir el asalto de aquella criatura en el momento más inesperado. Mal repuesto de su inflamación, y debilitado por tantos avatares, el jesuíta acabó de quebrantar su salud con aquellas veladas febriles. El maestro Juremi le hizo notar con ironía que para defender su castidad no era preciso seguir al pie de la letra la máxima ignaciana «Perinde ac cadaver». Pero fue en vano.

En cuanto a Hadji Ali, que no habría sido tan remilgado, las espinas le habían dejado tantas cicatrices que respondía con gritos al más mínimo roce, y se limitaba a ironizar sobre las costumbres de aquellos salvajes, mientras lamentaba hipócritamente que el islam no las hubiera enmendado todavía.

Avanzaron cinco días más, de villorio en villorio, hasta llegar a Grefim, un pueblo anegado en la sombra de las palmeras, cuajado de flores y frutos como guayabas, granadas, aguacates y naranjas. Los loros y otros pájaros de vivos colores poblaban el arbolado en vez de los horribles buitres que habían sido la única compañía de los viajeros durante todo el viaje.

Aún tuvieron que hacer dos breves etapas por el desierto antes de llegar al fértil valle de Semonée, que conducía a Serké, un gran asentamiento comercial rodeado de colinas blanquecinas debido a sus plantaciones de algodón. En el centro de la ciudad había un bullicioso mercado en el que se apilaban los productos hortícolas traídos de los alrededores, muy colorista además debido a la vistosidad de las telas de algodón teñidas con pigmentos crudos, carmín, índigo o azafrán que se tejían en la ciudad. El mercado desprendía un olor a especias, y los puestos exhibían las abundantes plantas aromáticas de Etiopía. La ciudad estaba bordeada por un estrecho curso de agua franqueado por un puente. Al otro lado se hallaba Abisinia, una tierra cuyos altos relieves parecían difuminarse en una bruma polvorienta.


Cruzaron el puente a las seis de la tarde. Aunque nada había cambiado a su alrededor, en cuanto pusieron el pie en la otra orilla no pudieron contener su entusiasmo y empezaron a dar gritos de alegría. Poncet abrió el cofre de los remedios y sacó un frasco que había reservado para aquel gran día. Se sentaron al pie de una ceiba cuyas monstruosas raíces, triangulares como las aletas de un escualo, podían servir de espaldar e incluso de reclinatorio. Jean-Baptiste destapó el frasco, brindó por la llegada a Abisinia y echó un gran trago antes de pasarle el frasco al maestro Juremi, que hizo lo propio. Estaban degustando el mismo remedio que había apaciguado tan deleitosamente al padre Gaboriau en su diván. Hadji Ali, que nada más pisar las tierras cristianas del patriarca ya parecía menos musulmán, ingirió una dosis doble. Joseph no quería beber, así que le animaron. Diez minutos después tuvo un vómito de sangre. Como estaban muy preocupados por esta súbita indisposición del cura, Poncet le preguntó al camellero si sabía a qué distancia se hallaban del pueblo abisinio más próximo donde poder detenerse el tiempo necesario para cuidar del enfermo a la sombra de una ceiba, o en una casa si es que encontraban alguna.

Hadji Ali dijo que no había ningún pueblo cerca y que sería más provechoso seguir la ruta pues la capital no estaba muy lejos. Saltaba a la vista que el mercader quería llegar cuanto antes y que, a sus ojos, la vida de un servidor no era un motivo suficiente para perder ni un minuto.

El jesuíta fue del mismo parecer y restó importancia a la gravedad de sus males.

– Enseguida empezaremos a ascender hacia las montañas -dijo-. El aire fresco de las alturas seguramente me sentará mejor que un alto en este asfixiante desierto.

Rápidamente se pusieron en marcha. Una hora después llegaron a una llanura y empezaron a internarse en un ancho valle poblado de cañizales y ébanos. Conforme empezaron a remontar un angosto sendero, la vegetación fue tornándose más frondosa, así que aprovecharon un claro al borde del camino para pernoctar. En medio de la noche fueron despertados por un espantoso rugido y unos gritos agudos, pero puesto que había desaparecido la luna inundándolo todo de oscuridad, juzgaron que lo más prudente sería quedarse todos juntos y esperar a que se hiciera de día. Al alba comprobaron que faltaban dos camellos. También vieron un enorme charco de sangre en una hondonada. Sin duda, un león había atacado a una de las bestias y la había devorado. Doscientos metros más abajo encontraron a la otra, que había roto su cabestro llevada por el pánico.

Reemprendieron su camino a través de la espesa vegetación, conscientes de que la vida salvaje que imperaba allí era más amenazadora aún que la del desierto.

Habían perdido una montura, de modo que alguien tenía que ir andando. Como era de esperar, el jesuíta fue el primero en ofrecerse, a pesar de que se había quedado muy delgado, tenía fiebre y se le empezaban a hinchar las piernas. Poncet se negó en redondo.

– Déjeme -dijo el padre De Brevedent-. No sea tan considerado. Sólo soy un servidor, no lo olvide. Si me trata de otra manera, despertará sospechas.

Pero esta vez no lo escucharon. El maestro Juremi lo empujó hacia la silla con cierto desdén, y en esta ocasión fue él quien caminó junto a la caravana.

Tardaron algún tiempo en recorrer aquel valle cada vez más exuberante, donde de vez en cuando aparecían sicómoros de diez pies de diámetro. Por la noche se turnaban para hacer guardia junto al fuego, con una pistola en la mano y con los camellos junto a ellos. Al llegar al final del valle advirtieron de pronto que se encontraban en otro más ancho aún que parecía abarcar el primero y hasta prolongarlo. El aire de la mañana era fresco y agradable debido a la altitud, y las noches frías y húmedas. Al franquear el minúsculo desfiladero que separaba un valle del otro descubrieron un panorama suntuoso a sus espaldas: una larga y serpenteante cicatriz jalonaba las verdes ondulaciones de la montaña perfilando el camino que los había conducido hasta allí. Como una lengua de mar que va a morir a una ribera arenosa, la mole de rocas y árboles se ondulaba, avanzaba y se precipitaba como una cascada sobre la llanura gris del desierto que ahora se veía desde lo alto. Desde lejos, una maraña de palmeras y la mancha blanquecina de unos campos de cultivo sugería un manto de espuma que aquella ola vegetal hubiera dejado atrás con la resaca.

En la ladera del valle en que ahora se encontraban, unas nabeas y unos olivos silvestres conformaban casi toda la vegetación. Oyeron el canto de una alondra y vieron un buen número de arrendajos y picamaderos en los árboles. El sendero ascendía con sinuosidades abruptas; en ocasiones se torcía y se retorcía dos o tres veces por encima de sus cabezas. Desde que pisaron tierra abisinia no habían encontrado ninguna choza ni se habían cruzado con nadie, salvo con unas pobres gentes medio desnudas y horrorosamente rudas que caminaban encorvadas por el peso de grandes sacos de yute repletos de carbón vegetal.

De noche continuaron haciendo guardia por turnos, a pesar de que la naturaleza parecía más benévola. Y durante el día no vieron a ninguna fiera, aparte de unas manadas de monos muy negros y flacos con los brazos tan largos como las piernas, y tan hábiles con unas extremidades como con las otras.

Por fin dejaron atrás el bosque y llegaron a una pradera que se extendía como una alfombra de flores amarillas en la que crecían algunos árboles dispersos; los alrededores también estaban poblados por coniferas y baobabs enanos. Hacia lo alto se veía una pendiente muy escarpada, y más allá una muralla que recortaba limpiamente las cimas, festoneando el altiplano. Conforme se acercaban, vieron erigirse por encima de ellos una especie de empalizada negruzca que discurría por las crestas como si fuera una fortificación. A sus pies, grandes bloques de basalto desprendidos por culpa de alguna gigantesca fractura habían rodado hacia la pendiente para luego quedar suspendidos allí. Bajo el manto de aquella mullida pradera brotaban aquí y allá manantiales de agua fresca. En este anfiteatro de verdor, desde donde se avistaba el ribete de basalto de la meseta, tan cercana ya, todos se abandonaron a un placentero descanso. Se tendieron sobre la hierba esponjosa, bebieron agua clara, se caldearon al sol, dejándose acariciar por una dulce brisa, y se quedaron así prácticamente una jornada entera, silenciosos, somnolientos y con la mirada ausente. Ellos, que hasta entonces sólo habían pensado en sobrevivir en aquellas tierras hostiles, admiraban ahora el cielo completamente sobrecogidos.

Jean-Baptiste tenía la sensación de que todos rezaban. Hadji Ali lo hacía ostensiblemente, arrodillado hacia La Meca. El padre De Brèvedent tenía los ojos entornados, como quien escucha desde profundidades insondables el canto de las trompetas sagradas alabando el poder yla gloria del Altísimo. Lejos de su iglesia y de sus pompas, el jesuíta tenía más dificultades que nadie para soportar aquellas soledades.

El maestro Juremi, ligeramente apartado de los demás, sacudía la cabeza, movía los labios y de vez en cuando miraba al cielo con semblante adusto, sentado en un peñasco. Poncet conocía muy bien a su amigo y sabía que ésa era su manera de rezar. La mirada atenta de su Dios le seguía siempre a todas partes, así que la plegaria sólo reflejaba el momento en que su Dios y él tenían algo concreto que decirse. El maestro Juremi no se andaba con rodeos; estimaba que el Creador tiene tantos deberes hacia sus criaturas como al revés, y acaso más, porque como decía el hombre, «después de todo, fue él quien comenzó». Por esta razón, cuando una injusticia le soliviantaba, el protestante no vacilaba en pleitear directamente con Dios; se empeñaba en llevarle la contraria, e incluso le exigía explicaciones imperiosamente.

Jean-Baptiste, por su parte, daba gracias a las fuerzas invisibles del Cielo y de la Tierra, aunque para él no tuvieran ni nombre ni rostro. Durante un buen rato pensó en Alix con la deliciosa sensación de que por aquel camino se acercaba cada vez más a ella.


8

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Antes de emprender la última subida que conducía al altiplano se desprendieron de su indumentaria europea (unos calzones harapientos y sucios y una camisa empapada cien veces en pozos, lagunas y torrentes de montaña que se había endurecido a consecuencia del polvo incrustado indefectiblemente en la tela). Los tres se vistieron con ropas moras, es decir, con una larga túnica azul y un turbante. A sabiendas de que los abisinios estaban acostumbrados a ver pasar caravanas por su territorio, Hadji Ali tenía en mente presentar a los francos como humildes camelleros para evitar que se mostraran hostiles con los viajeros.

Al cabo de dos horas llegaron al pie de la muralla de basalto; la bordearon hasta encontrar un punto de fisura entre aquellas columnatas de basalto parduzco que se erigían derechas como las estacas de una empalizada. En el extremo del sendero escarpado que serpenteaba a través de los bloques de piedra había un pueblo suspendido en el borde de la meseta.

Apenas dejaron atrás unas breñas, vieron una iglesia octogonal con un tejado puntiagudo y una cruz en el remate. Cuando pasaron por allí estaban celebrando un oficio, y en la quietud de aquel aire lleno de pureza se distinguía el eco lejano de unas voces agudas y salmódicas.

La ciudad era simplemente un gran poblado en el que vivían esclavos y labradores. Todos iban con la cabeza descubierta, llevaban una piel de cabra en los hombros y un paño de algodón blanco alrededor de los ríñones. Estos hombres tenían la tez más clara que los negros con quienes se habían topado hasta entonces.

En los tiempos lejanos en que el reino de Senaar era cristiano, el pueblo había sido un puesto fronterizo en una ruta de gran actividad comercial. Eso explicaba las murallas en ruinas que habían franqueado antes de adentrarse en la población. Hadji Ali condujo con paso decidido a los francos hasta la casa de un conocido suyo que era mercader y que los acogió con aire de conspirador. A la luz del crepúsculo, nadie se extrañó de verlos pasar, sobre todo porque Hadji Ali, que era asiduo del lugar, había tenido la precaución de descubrirse el rostro para que todos pudieran reconocerle.

Al día siguiente, el mercader que les había alojado compró sus camellos y les proporcionó unas mulas a cambio, pues las etapas del desierto habían concluido por fin. Evidentemente hubo que agregar un poco de dinero. Ya fuera por la hermosa noche que había pasado al aire libre, en una cama de sisal trenzado dispuesta en el patio del mercader, ya fuera por el efecto reconfortante de la cruz que había visto en lo alto de la iglesia, lo cierto es que el padre De Brévedent se sintió bastante mejor por la mañana. Hadji Ali fue a pagar el awide, el tributo que cobraban dos funcionarios del Emperador en la ciudad, y volvieron a emprender viaje a primera hora de la tarde.

Durante el camino atravesaron una landa con suaves ondulaciones poblada de brezos en flor, avena silvestre y juncos. Después pasaron por un bosque de cedros muy ventilado que parecía una nave; los troncos lisos hacían las veces de pilares, y estaba cubierto por una inmensa bóveda de ramas entrelazadas. Las mulas avanzaban con un trote ligero y regular sin necesidad de azuzarlas; después del oscilante vaivén de los camellos aún apreciaron más aquellas monturas tan agradables. Al sol, el aire era cálido pero tan puro que en comparación con la polvareda del desierto parecía fresco y vivificante. El menor atisbo de una sombra, ya fuera la de un árbol o la de una nubécula, producía una sensación de frescor inesperado que recordaba curiosamente a Europa. Sin embargo, el vigor que emanaban allí los elementos fue poco beneficioso para los viajeros. La sequía y los miasmas del trópico habían inflingido a sus cuerpos muchos tormentos, y la salud les ajustaba las cuentas ahora que tenían la paz necesaria para que sus cuerpos revelaran todas sus carencias. La primera noche, cuando pararon para dormir en una aldehuela con unas cuantas chozas, el maestro Juremi llamó a Poncet y le mostró su pierna. Por encima del tobillo apuntaba la cabeza de un gusano de faraón a modo de un lacito blanco a través de un cráter de carne roja. Jean-Baptiste pidió una pluma de ave; enrolló con suavidad el primer segmento del parásito en la pluma y lo inmovilizó bajo una venda.Jean-Baptiste estaba también en un estado penoso. Padecía temblores y le dolían la espalda y las articulaciones. Se durmió tiritando. Al día siguiente advirtieron que el jesuíta había empeorado más aún a consecuencia del mal que le aquejaba. Tenía los labios resecos, sufría accesos de tos y la frente rezumaba un sudor helado. Incluso Hadji Ali, tan acostumbrado a los rigores de los viajes, solicitó a Poncet un remedio para aliviar una indisposición intestinal.

De todos modos no era el momento de demorarse en aldeas como aquélla. Estaban convencidos de que recuperarían la salud en la capital, Gondar, que sólo estaba a cinco días de marcha. Hicieron el recorrido medio inconscientes y trastornados por la fiebre, de tal manera que aquel estado de aturdimiento no hizo sino acentuar aún más el impacto del fabuloso espectáculo que habría de coronar la última parte del viaje. Las lagunas de sus recuerdos, una percepción difusa, y el eco de las emociones que la enfermedad hacía resonar en sus cuerpos se confundían abigarradamente a la vista de aquellos paisajes que les causaron una impresión tan fuerte como turbadora.

El altiplano levemente ondulado por donde pasaban se les antojó el zócalo natural de la tierra que se erigía como una cuenca de creta a orillas de un mar. Cuando bordearon el punto más extremo de la meseta y miraron hacia abajo, no pensaron en la altura; sólo repararon en los abismos monstruosos de aquel valle profundo y difuminado en una bruma de polvo y vapor que revelaba las entrañas humeantes de la tierra. Al cabo de un instante, tan pronto como el sendero se alejó del precipicio, vieron emerger de la superficie de la meseta una montaña esculpida, poblada de vegetación, y con la cima pelada, estéril y glacial, conforme ascendía hacia el cielo. En ciertos lugares, estos picos sugerían gigantescos colosos de piedra gris que a veces se descoyuntaban por bloques.

En ocasiones ambos efectos eran simultáneos, de tal manera que el sendero bordeaba el abismo por un lado, mientras por el otro se imponía la soledad altiva de una montaña de pórfido.

Salvo los campesinos que vivían en las pequeñas aldeas donde hicieron alto noche tras noche, no encontraron en su camino a nadie más. Una pareja de águilas estuvo planeando toda la jornada por encima de sus cabezas. Vieron excrementos de elefantes, pero en ningún momento se toparon con ellos. Un día descubrieron una manada de agazares, las cabras montesas que los abisinios consideran un auténtico manjar. Hadji Ali animó a Poncet a que matara una con la pistola, pero éste tenía demasiadas náuseas para pensar en cazar.Por fin llegaron a la ciudad de Bartcho, a medio día de viaje de Gondar. Hadji Ali se enteró allí de que el Emperador no estaba en la capital pues se había ido a sofocar una rebelión en una provincia.

– Es inútil presentarse ahora en Gondar-dijo Hadji Ali-. Será mejor que esperen aquí hasta que regrese el Rey. Tengo un amigo que los esconderá en su casa. Entretanto yo iré a la ciudad y volveré a buscarles en el momento oportuno.

Poncet confiaba muy poco en las palabras del camellero. No le perdonaba que les hubiera robado todo cuanto tenían. En aquel momento sus pertenencias se reducían a los presentes destinados al Rey de Reyes. Todo lo demás había pasado a manos del mercader, quien incluso tuvo la desfachatez de recordarles que las túnicas moras que llevaban eran suyas. También les dijo que contaba con que se las devolvieran en cuanto el Emperador les hubiera gratificado con la primera bolsa de oro. Jean-Baptiste vio partir a Hadji Ali, con el corazón encogido por miedo a que pudiera abandonarlos a su suerte. Afortunadamente ya empezaban a encontrarse mejor. Cada día, el maestro Juremi se prestaba a que le extrajeran un poco más el gusano de faraón, y pronto estaría curado. En cambio, la salud de jesuita era gradualmente más preocupante. La casa donde Hadji Ali los había alojado estaba construida sobre estructuras cuadradas de madera provistas de barro, paja y excrementos de vaca como material de relleno, y el suelo era de tierra batida. No era el lugar más idóneo para cuidar a un enfermo, pero no había otro. Tendido en su camastro, el pobre Joseph parecía hundirse en la tierra un poco más cada día. El infeliz no había sabido medir sus fuerzas. La misión, fruto de tantos desvelos, le había inducido a creer que un hombre estudioso como él, habituado a la apacible quietud de las bibliotecas, podía convertirse en un esclavo capaz de resistir todas las penurias que hicieran falta. Sin embargo, su paulatina flojera le preparaba para la enfermedad, de la misma manera que la sequía abandona la pineda al incendio. A decir verdad, el jesuita daba lástima. No había más que ver aquel cuerpo enjuto y retorcido como un sarmiento. Respiraba con la boca abierta; tenía los labios requemados por el viento y exhalaba un hálito febril. Jean-Baptiste y el maestro Juremi se turnaban para estar a su cabecera. Pero a pesar del trato bondadoso que el protestante brindó al paciente, éste dio pruebas más que suficientes, mientras estuvo consciente, de la aversión que le inspiraba aquel hereje. En tanto creyó que podía recuperar la salud, Brèvedent se aferró a una idea fija: cumplir su misión. Y durante horas, una voz taciturna que a veces parecía emerger de un insondable delirio, evocaba la gran obra de llegar a convertir Abisinia.

– Es preciso -decía- profundizar en las tradiciones, en los usos y las costumbres, y en la lengua. Sí, sobre todo en la lengua. En cuanto lleguemos, lo primero que haré será estudiar su idioma. He adquirido ciertas nociones en Francia, aunque lo cierto es que nadie lo habla. La lengua es el medio de persuasión más efectivo. Después me aplicaré en las creencias para conocerlas a la perfección… Ahí radica el secreto. En Europa, la Iglesia ha sabido trocar algunas ceremonias de cultos paganos en actos solemnes de fe verdadera… aunque conservando los mismos lugares, las mismas fechas y las mismas imágenes.

A veces se agarraba con fuerza a quien lo velaba, e incluso llegó a dirigirse al maestro Juremi, creyendo que era Poncet.

– No vamos a repetir los errores de nuestros antecesores, ¿verdad? Antes de convertir al Rey tenemos que granjearnos la simpatía del clero y del pueblo…

En esta agonía, el jesuita sacó a relucir la parte más recóndita de su alma y reveló hasta qué punto su modestia y su resignada humillación no eran sino la cara oculta de su desaforada soberbia. Muy pronto fue evidente que la obediencia estricta que practicaba para con su orden y la renuncia a sus deseos personales, sólo tenían por objeto servir a unos designios incommensurables y a una ambición de poder ejercida desde una colectividad. No cabía engañarse; si había aceptado hacer de sirviente era porque pensaba que desde ese rango le resultaría más fácil manipular al Rey primero y a su imperio después. Pese a los ánimos y los cuidados de Jean-Baptiste, la enfermedad siguió su curso y en cuanto el jesuíta se convenció de que todo era en vano, dio rienda suelta a su pasión por la obediencia. Sin embargo, como ya no le ataban las cadenas de su misión, se sometió a los designios de la Providencia, se abandonó a la enfermedad que ésta le enviaba y ya fue inútil intentar nada más. Dos días después expiró, respondiendo con tanta docilidad a la llamada de la muerte como a las órdenes de Hadji Ali.

Poncet y el maestro Juremi quisieron enterrarle en el patio, bajo la acacia que le había dado sombra. Pero el mercader, su casero, se negó, arguyendo que su abuelo, que había construido la casa, había sido amortajado allí tras una muerte violenta, y que era inconcebible profanar su sepultura endosándole para la eternidad un acompañante tan ingrato como aquél.Así pues, al caer la noche, echaron a andar por las calles, fueron hasta un campo de zanahorias y allí, justo en el límite de la landa, cavaron una fosa profunda y metieron dentro al jesuíta. Descansó con su túnica morisca; Hadji Ali ya se la reclamaría si la necesitaba. El maestro Juremi celebró un breve oficio con la ayuda de su Biblia. Poncet, el único católico presente, ignoraba el ritual y no sabía qué hacer con sus manos. Así pues echó la tierra antes de que Juremi concluyera su salmo, emocionado al ver desaparecer en semejante agujero a aquel hombre con quien había compartido tantas peripecias durante largas semanas, a aquel hombre a quien le había ofrecido su amistad sin saber a ciencia cierta si la había aceptado o no.

– Nadie ha huido nunca tan lejos por miedo a la libertad -dijo el maestro Juremi cuando cerró su Biblia.

Ése fue el epitafio del pobre jesuita.

De regreso a la casa, los dos amigos emprendieron un silencioso viaje con el pensamiento abocado en el piélago misterioso de la infancia, las esperanzas efímeras y el pasado que ya se fue. Cuando volvieron a hablar fue para asegurar, cada uno por su lado, que la vida del jesuíta había sido más triste aún que su muerte, y que no lamentaban haberle llorado sinceramente.

Al día siguiente cambió la atmósfera. Ambos sentían una inusitada alegría y se hicieron el propósito de que no decayera. Hadji Ali volvió al cabo de tres días de ausencia. Estaba irreconocible; iba vestido a la usanza abisima, con una túnica blanca de algodón bordada con una vistosa franja. Llevaba el cabello peinado hacia atrás y se había perfumado. Al conocer la noticia de la muerte de Joseph reaccionó como que si hubiera perdido a una mula. No hizo ningún comentario y fue al grano.

– El Rey de Reyes regresa hoy a Gondar -empezó a decir-, así que ya podemos solicitar una audiencia.

– ¿A qué hora? -preguntó Poncet, contento de saber que pronto iba a salir de aquella casa donde no hacía más que dar vueltas.

– No es cuestión de horas sino de días.

– ¡De días! ¿Es que el Rey no tiene prisa por curarse?

– Ciertamente, sí. Pero antes de revelar a la corte que ha hecho llamar a médicos francos, debe preparar el terreno y poner de manifiesto que todos cuantos han intentado sanarle hasta ahora han fracasado.

– A mí me parece que durante las semanas que ha durado nuestro viaje han tenido tiempo más que sobrado para curarlo y matarlo diez veces-dijo Jean-Baptiste.-Ciertamente -respondió Hadji Ali con un tono muy acorde con su nuevo traje-. Sin embargo, como me han visto de nuevo aquí y sospechan la misión que me ha sido encomendada, todos los que pululan alrededor de la Reina y que además odian a los francos han decidido hacer un último intento. Los sacerdotes y los adivinos que integran ese bando quieren tomarse la revancha, porque el Rey los ha humillado. Cuando iba a emprender la última campaña militar, un cometa muy brillante acompañado de una larga cola surcó el cielo. Al verlo, los adivinos predijeron que el Rey perdería la batalla y no regresaría. Sin embargo ha vencido en la contienda, y aquí está de nuevo. Por esa razón ahora se ven obligados a intentar ganarse otra vez su confianza.

– ¿Y qué medios piensan emplear esta vez?

– La semana pasada mandaron venir a un hombre santo, en procesión desde Lalibella. Se trata de un monje que no ha comido ni bebido nada desde hace veinte años.

– ¡Veinte años! -exclamaron Jean-Baptiste y el maestro Juremi con sorna.

– No se burlen. Es un hecho auténtico. Cualquiera puede ver al santo; está tendido bajo un palio y cuatro monjes transportan su camilla. Delante, agrupados en torno al patriarca, van otros diez cantando, con una gran cruz de oro en la mano. Y detrás les siguen treinta jóvenes guerreros descalzos.

– ¿No les seguirán también diez mulas con toneles de aguamiel? -preguntó el maestro Juremi con una risa socarrona.

– El monje no ha dejado de rezar desde su llegada -continuó Hadji Ali, que no tenía ganas de discutir-. Esta mañana ha visto al Negus y ha alzado frente a él un gran icono de la Virgen. Mañana piensa volver para hacerle beber la palabra divina.

– ¡Beber! Pero ¿cómo es posible? -preguntó Jean-Baptiste, con el semblante serio.

– El asunto es muy misterioso. La cuestión es que pronuncia un discurso ininteligible; probablemente el secreto reside ahí, pues sus ademanes no tienen nada de particular y son muy corrientes. Dos oficiales que supervisan el bebedizo del Rey han observado el ritual y luego me lo han contado todo. El asunto es el siguiente: ese hombre santo escribe una palabra misteriosa sobre un amuleto de estaño. A continución sumerge la placa en el agua bendecida, la tinta se disuelve y da de beber esa agua al soberano.-¿Cuántas veces tiene que repetir la operación? -preguntó Jean-Baptiste con una ligera expresión de abatimiento.

– Sólo dos veces.

– ¿Y cuántos días serán necesarios para juzgar si surte efecto?

– El Rey me ha hecho saber que si dentro de una semana no ha mejorado, recurra a sus servicios.

– ¿Y si se cura merced a alguna razón extraordinaria? -preguntó Poncet.

– ¡Cómo que merced a alguna razón extraordinaria! -exclamó el maestro Juremi-. No hay nada más probable. Si al principio el tratamiento no resulta eficaz, bastará con aumentar las dosis y empapar una Biblia entera en medio litro de aguardiente.

– Si se curara -dijo Hadji Ali-, nos iríamos.

– ¿Sin verle?

– Deben comprender que si les recibiera, pese a que él personalmente tomó la iniciativa de mandarles venir hasta aquí, el Rey corre un gran riesgo. Desde que los jesuítas intentaron convertir el país en tiempos de su abuelo, el Negus no es libre. Los religiosos y todos los que están en contra de los católicos le vigilan de cerca. Si da un paso en falso, empezarán otra vez con sus intrigas y tratarán de liberarse de su brazo de hierro. Todos saben que los curas francos tienen interés en infiltrarse aquí por todos los medios, y desconfían. Si el Rey no tiene, para verles, el pretexto de que necesita un médico, preferirá enviarles de regreso y quedarse tranquilamente en su residencia.

Después de anunciarles estas inquietantes noticias, Hadji Ali se marchó para volver a palacio, así que se quedaron solos de nuevo. Pero no habían perdido la fe; sólo estaban contrariados por tener que dar vueltas y más vueltas al patio.

Uno de los hijos del mercader que los alojaba les trajo del mercado de las especias una amplia muestra de las plantas que allí se vendían, y las estudiaron entusiasmados, pues en aquel país había más especies aromáticas, resinas olorosas, tinturas y especias que en ningún otro lugar del mundo. Con la ayuda de un mortero, unos filtros y una retorta, el maestro Juremi preparó jarabes y emulsiones siguiendo los consejos de Poncet. De este modo recompusieron un poco el cofre de los remedios, cuyo contenido había mermado considerablemente durante el viaje. Pensaban que si al final tenían que irse sin ver al Rey, al menos se llevarían consigo aquellos tesoros botánicos para consolarse.Tres días después de que Hadji Ali apareciera por última vez, el mercader que los alojaba les dijo que habrían de cambiar de domicilio la noche siguiente. Así pues, al anochecer recorrieron a pie la distancia que los separaba de la capital, envueltos en sus túnicas para que nadie pudiera reconocerlos, y seguidos de las mulas cargadas con su escaso equipaje. Se dirigían hacia el barrio moro de Gondar, donde serían acogidos por otro musulmán. Una vez allí ocuparon dos habitaciones modestamente amuebladas, cuyas ventanas enrejadas daban a una callejuela estrecha. El hombre les llevó la comida y les recomendó que tuvieran paciencia.

Una semana más tarde, Hadji Ali les sacó de aquel austero retiro. El día anterior, les había hecho llegar ropas abisinias: unas túnicas cortas de gasa blanca, y una toga de algodón ligero para echarse sobre los hombros. Por fin, a la mañana siguiente, Hadji Ali apareció montado en un caballo bayo enjaezado con bridas de pompones y plumas. Unos esclavos sostenían detrás de él otras dos monturas. Poncet y el maestro Juremi, ataviados esta vez a la usanza abisima, como Hadji les había encomendado que hicieran, subieron a caballo, y la exigua comitiva emprendió el viaje hacia el palacio de Koscam en unas bestias bastante torpes.


9

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– ¡Prosiga! -dijo impaciente el señor De Maillet-. No olvide que esta carta debe estar terminada hoy si queremos que salga en el último correo de Alejandría. ¿Dónde estábamos?

El señor Mace, sentado ante el escritorio de persiana, con una pluma en la mano, tenía aún los ojos obnubilados por la mala noche que había pasado. Los mosquitos que habían tomado posesión de la ciudad al principio de la estación seea se habían ensañado con él, atraídos sin duda por los efluvios de su transpiración. Ese olor que alejaba a los seres humanos embriagaba a los insectos, aunque, por desgracia esta dolorosa evidencia no le hacía recapacitar sobre los principios de su higiene.

– Entonces, entonces -dijo tratando de retomar el hilo de su lectura-. Sí, eso es: «y el mismo capuchino que me pidió incluir a los monjes de su orden en nuestra embajada vino a verme nuevamente ayer. Debo confesar a Su Excelencia…».

– ¡No! Esa aseveración no es suficientemente diplomática. Un cónsul no hace confesiones a un ministro.

– ¿Y si escribiéramos «Su Excelencia debe saber»?

– No está mal. Continúe.

– «Su Excelencia debe saber que no fue una entrevista de cortesía. Por mi parte me esforcé en soportarle hasta el final, pese a que en numerosas ocasiones el padre Pasquale, que parecía fuera de sí, fue más allá de los límites del decoro e incluso de la dignidad.»

– Está bastante bien -dijo el señor De Maillet de pie, con una pierna estirada, satisfecho de la lectura y admirando al mismo tiempo sus medias de seda verde manzana que acababa de recibir de Francia por medio de la galera.-«Después de nuestra última entrevista mandó seguir a la caravana de nuestros emisarios. Los capuchinos los alcanzaron en Senaar, y allí reiteraron su petición. Según parece, nuestros enviados aprovecharon una noche sin luna para huir, y a pesar de todas las investigaciones realizadas, todavía no se ha encontrado rastro alguno de ellos.»

– ¿Lo ha puesto en singular?

– ¿El qué, Excelencia?

– Pues «rastro», qué va a ser…

– Me parece que sí.

– Escríbalo en plural. No creo que hayan huido a la pata coja, unos detrás de otros, para dejar sólo un rastro.

– «No se han encontrado sus rastros.» En plural.

– Muy bien.

– «Alertados por esta huida, los capuchinos siguieron con sus pesquisas y al final descubrieron la identidad del supuesto Joseph. El asunto llegará hasta el Papa, al menos ésas son las intenciones del padre Pasquale.»

– No mentemos tantas veces a ese insolente. Diga sólo «ésas son las intenciones de los capuchinos».

El señor Macé tomó nota.

– «Propongo a su Excelencia sacar dos conclusiones provisionales de este embarazoso asunto: la primera, que hace un mes poco más o menos nuestros emisarios estaban vivos y con buena salud en Senaar, donde suponíamos que habrían de encontrarse por esas fechas.»

El señor De Maillet se había acercado a la ventana y miraba al jardín.

– «La segunda, menos evidente sin duda, que estos tejemanejes religiosos complican sobremanera esta misión. La rivalidad que existe entre ambas congregaciones y la hostilidad que los abisinios manifiestan hacia el clero católico plantea dudas respecto al éxito de una misión que debería ser menos problemática en sí misma. Dicho en otros términos, y para hablar sin rodeos, espero que los jesuítas no pongan en peligro un cometido al que se han entregado con tanto afán. Considero a este respecto que en el momento de encomendar esta misión, Su Majestad deseaba obrar en interés de toda la cristiandad.»

Era la cuarta vez, desde la tarde del día anterior, que releían la carta, pues el cónsul no se cansaba de oír esa parte eminentemente política, a su parecer tan audaz y clarividente. En aquel momento apareció su hija en el rellano de la escalinata, y su presencia distrajo ligeramente su atención. Cómo habría deseado compartir con ella aquellas sutilezas diplomáticas y que pudiera apreciar el genio de su padre el día que desgraciadamente hubiera desaparecido…

– «Y conviene observar -continuó el señor Macé- hasta qué punto se confunden en este asunto los intereses del Rey de Francia con los de la fe católica. En cuanto la embajada esté de regreso, me dirigiré nuevamente a Su Excelencia para saber qué táctica deberé seguir. ¿Será oportuno mezclar las relaciones de Estado con los asuntos religiosos? En el supuesto de que los lazos diplomáticos y sobre todo comerciales sean factibles, ¿deberíamos maniobrar en provecho de Su Majestad y sólo en el estricto interés de su Estado?»

– Creo que es perfecto -dijo fervorosamente el señor De Maillet-. La releeremos otra vez más, dentro de un rato, cuando haya introducido las correcciones, y después la enviaremos.

El señor Macé se levantó y volvió al cuchitril asfixiante que le servía de despacho.

Desde la ventana, aunque algo retirado de los tapices de la pared, el cónsul observó con ternura a su hija, que iba a cuidar las plantas, tal como se acostumbraba a decir en la casa. Admiró su grácil silueta, su andar ligero y sus modales más graves y menos aniñados.

«Pronto habrá que ir pensando en su matrimonio», se dijo.


– ¡Esta bestia terminará por tirarme al suelo!

El maestro Juremi trataba de someter con todas sus fuerzas a aquel caballo enloquecido que forcejeaba con la mirada perdida. Hadji Ali llamó a un esclavo, que agarró al animal por los arneses.

– ¡Ahora no es el mejor momento para caerse! -dijo Jean-Baptiste, que sujetaba las riendas con las dos manos e intentaba mantener su montura al paso con visibles dificultades.

Acababan de dejar atrás el barrio moro y ahora franqueaban el riachuelo que les alejaba de la ciudad propiamente dicha. Ya no se ocultaban bajo sus turbantes musulmanes y saltaba a la vista que eran blancos. Sin embargo, la multitud circulaba impasible por las callejuelas de la ciudad sin prestarles la menor atención, por varias razones. Primero, porque el sol del desierto les había curtido considerablemente y los dos francos tenían prácticamente la misma tonalidad de piel que los abisinios cristianos, que por lo demás no son muy oscuros. En segundo lugar porque en Gondar vivían algunas docenas de extranjeros y sus habitantes ya se habían acostumbrado a su fisonomía: la mayoría eran griegos, armenios e incluso eslavos del sur, a quienes el Emperador había ofrecido su protección tras huir del yugo otomano. Y por último -aunque los dos viajeros tardarían algún tiempo en descubrirlo-, porque los abisinios no manifiestan nunca sus sentimientos ni hacen ningún gesto que pueda revelar su pensamiento. Fuera como fuese, el caso es que los dos amigos avanzaban por las calles de aquel fabuloso país con una agradable sensación de felicidad. El maestro Juremi, cuya barba tupida y canosa le otorgaba una apariencia de sabio, y Jean-Baptiste, a quien sus cabellos rizados y negros, su tez bronceada y su porte distinguido le daban un aire de joven señor, cabalgaban uno al lado del otro con cierto nerviosismo pero rebosantes de alegría.

Mientras ascendían al paso de sus caballos camino de palacio, las siluetas blancas de la multitud se apartaban para dejarles paso. Tanto los hombres como las mujeres iban ataviados únicamente con unas túnicas de algodón ajustadas a sus espigadas siluetas. Casi todos tenían un aire altivo y noble debido a sus rasgos refinados, sus grandes ojos negros y almendrados y su porte erguido. Por su parte, los esclavos, originarios de los países vasallos, se distinguían al primer golpe de vista pues eran más negros, estaban más encorvados, de natural o por el peso de los fardos, y caminaban hablando a gritos entre ellos.

La ciudad estaba aún atestada de soldados que deambulaban por doquier armados con lanzas y petos de cuero, y también de prisioneros traídos de la última campaña. Al pasar ante un descampado desierto y cubierto de hierba, que a todas luces era un campo de maniobras o un lugar de reunión, el maestro Juremi exclamó volviéndose hacia Jcan-Baptiste:

– Eso explica los gritos que oímos anteayer.

Un grupo formado por unos veinte guerrilleros shangallas, cuyo pueblo había perdido la batalla frente al Negus, imploraba piedad en la plaza. Unos estaban sentados en bloques de piedra y otros de pie, y todos tendían los brazos hacia ellos. Los cinco o seis que se hallaban en el suelo se cubrían la cabeza con las manos. Todos tenían en sus rostros negros dos manchas sangrientas en lugar de ojos.

– Así se castiga a los traidores -dijo Hadji Ali.

El ejército victorioso había traído hasta allí a los jefes rebeldes y les habían arrancado los ojos, en virtud de una sentencia judicial que se había ejecutado dos días atrás. Los gritos de dolor se habían oído por toda la ciudad, e incluso en la casa donde esperaban los viajeros.

Continuaron hacia palacio. Jean-Baptiste, que volvió la vista varias veces en dirección a aquella escena horrenda, reparó en que los viandantes no prestaban la menor atención a aquellos pobres desgraciados. Si alguno de ellos, desde la oscuridad de su ceguera, avanzaba a tientas hacia un abisinio y se interponía en su camino, éste daba un rodeo para evitarlo con discreción y con tanta tranquilidad como si tuviera que esquivar un charco o ceder el paso a una bestia.

El palacio era casi invisible en medio de un enjambre de construcciones improvisadas y tiendas que lo rodeaban como si descansaran en sus murallas. Se trataba de un sólido edificio de piedras labradas, con torres cuadradas en las esquinas, coronadas por unas cúpulas ovaladas. Como Hadji Ali iba con ellos, pudieron franquear la gran puerta abovedada sin necesidad de hablar con los centinelas. Acto seguido descendieron de los caballos, confiaron sus monturas a un guardia y continuaron a pie por un corredor sombrío. Tras esperar brevemente en una antecámara glacial que olía a piedra, fueron conducidos hasta una sala de audiencia con dos ventanas que daban al patio. Allí les esperaba un grupo de unos diez personajes, todos ellos de pie y alineados contra las paredes. Hadji Ali hizo un profundo saludo, que sus compañeros imitaron con todo detalle.

Uno de los proceres se descolgó del grupo para colocarse en medio de los otros. Vestía una capa negra bordada con hilo de oro y llevaba un collar de este mismo metal precioso. Tenía la cara redonda, el pelo corto y rizado, que nacía muy atrás, y lucía una barba corta. Aunque no era tan alto como el maestro Juremi, debía de tener aproximadamente su edad. Poseía una voz poderosa.

– Pregunta -tradujo Hadji Ali- si sois francos.

– ¿Y él quién es? -susurró Jean-Baptiste al intérprete antes de responder.

– El ras Yohannes, el intendente general del reino, el hombre más poderoso después del Emperador.

– Si usted entiende por «francos» a los católicos, entonces no, Excelencia, no somos católicos. Somos subditos del Gran Rey Luis XIV, pero no del Supremo Pontífice de la Iglesia de Roma.

Durante estos días de espera, Jean-Baptistc y el maestro Juremi habían tenido tiempo de sobra para meditar concienzudamente las respuestas que darían a las previsibles preguntas que les hicieran. Como no había que temer que el padre De Brévedent se quedara patidifuso al oírles, ambos decidieron tomarse ciertas libertades con la religión católica y desprestigiarla si hacía falta para dejar claras sus diferencias con respecto a los jesuítas. La estrategia era arriesgada, pero no más que cualquier otra.

– ¿Dónde está situado su país de origen? -preguntó el ras tras una larga reflexión, ya que la respuesta de los extranjeros traducida por Hadji Ali parecía haberlo desarmado un poco.

– Más allá de Senaar y de Egipto, Excelencia, al otro lado del vasto mar.

Jean-Baptiste era consciente de que, para los abisinios, la geografía de las tierras conocidas se reducía a estos dos países. Los portugueses y los italianos les habían informado también de la existencia de otros pueblos, pero no atinaban a localizarlos en el espacio.

– Y en esas regiones, ¿acaso hay tierras que no son gobernadas por esa persona que supuestamente es el jefe de la cristiandad?

Jean-Baptiste supo captar en esta pregunta el proselitismo de los jesuitas, que habían hecho valer la omnipotencia del Papa sobre Occidente cincuenta años atrás.

– Su Excelencia debe saber que afortunadamente hay muchos reyes. El Papa aspira a poder gobernar las almas, pero no gobierna los países. Por fortuna, los reyes como el nuestro protegen en sus tierras a subditos de toda condición, incluidos a los que no reconocen la autoridad del Papa.

El maestro Juremi, que calibraba sutilmente los peligros que suponía esta conversación, y que sin duda no se había recuperado de la impresión que le había producido la terrible escena, a duras penas podía contener las ganas de frotarse los ojos a cada momento.

– ¿Así que ustedes no creen en la figura de Cristo? -dijo de repente otro procer, un anciano de considerable estatura tocado con un turbante rojo que se hallaba a la izquierda del ras.

– Creemos en Él y veneramos su palabra -dijo Jean-Baptiste-, pero a nuestra manera y no como manda el Papa, aunque se muestre tan intolerante con nuestra doctrina como con la de ustedes y nos haya condenado implacablemente.

Todos los dignatarios allí presentes se turbaron al oír sus palabras e intercambiaron miradas sin perder su compostura majestuosa. Incluso se oyeron algunos murmullos.

– ¿Son ustedes sacerdotes? -continuó preguntando el anciano.

– No, en absoluto.

– Sin embargo, tengo entendido que ustedes presumen de tener capacidad para curar.-Excelencia, sólo pretendemos ser útiles a nuestros semejantes con la ayuda de las propiedades de las plantas y los animales que Dios puso en la tierra el día de la creación.

– Así pues, ¿usted piensa que se puede curar a alguien sin rezar por él?

– Los curas invocan los milagros, pero nosotros no hacemos milagros.

– ¿No creen ustedes en ellos?

Jean-Baptiste le hubiera repetido de buena gana la misma respuesta que le dio al jesuíta en su momento, pero optó por mostrarse prudente en la contestación.

– Creemos en los milagros que hizo el Hijo de Dios y que así nos revelan las Sagradas Escrituras, pero no tenemos constancia de otros.

– Sin embargo, hay hombres santos que también han hecho prodigios -dijo el ras.

– Tal vez -respondió Jean-Baptiste- nuestra fe no llegue más allá. Estamos convencidos de todo cuanto dijo Cristo y que ha sido recogido en los Evangelios. Pero no podemos acatar con la misma sumisión las palabras de unos simples mortales. Por ejemplo, no creemos que un santo convirtiera un día al mismo diablo, ni tampoco que las plegarias de un monje enfermo y hambriento tuvieran el poder de hacer caer codornices asadas en su plato.

Jean-Baptiste aludió a los dos ejemplos que le había dado el padre De Brévedent después de haber leído la crónica de los jesuítas expulsados del reino abisinio, pues al parecer la historia del santo que había vencido a Lucifer y la del monje proveedor de codornices habían sido motivo de controversia en el seno del clero copto. El discurso de Poncet alteró visiblemente a la concurrencia. Todo parecía indicar que las palabras de Jean-Baptiste habían servido de acicate para despertar las grandes y profundas desavenencias entre los asistentes. El ras impuso silencio. Cuando todos se hubieron serenado, un hombrecillo dio unos pasos hacia delante, destacándose de los demás dignatarios. Iba ataviado con la túnica azafrán propia de los monjes y sin duda veía muy mal, pues daba la impresión de que sus ojillos saltones miraban todo a través de una telaraña.

– ¿Cuántas naturalezas hay en Cristo? -preguntó con una voz aguda.

Aquella cuestión esencial, discutida tantas veces por los jesuítas, además de ser el punto crucial que había terminado escindiendo a las iglesias doce siglos atrás, se revelaba en definitiva como un asunto teológico cuya complejidad era a todas luces inextricable. En el momento de preparar mentalmente el interrogatorio, a ninguno de los viajeros se le ocurrió reflexionar sobre esta cuestión, tal vez por considerarla evidente o delicada en grado sumo, o tal vez porque no se imaginaban que alguien pudiera plantearla tan abiertamente. El maestro Juremi miró a Jean-Baptiste, en cuyo rostro se dibujó una expresión de perplejidad.


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– ¿Cuántas naturalezas hay en Cristo? -repitió el monje.

En la sala reinaba un silencio sepulcral. Jean-Baptiste, que continuaba callado, era el centro de todas las miradas. Pero de repente reaccionó, como súbitamente inspirado:

– ¿Cuántas naturalezas hay en Cristo? ¡Pero monseñor, soy yo quien debería plantearle a usted esa cuestión!

Esperó a que Hadji Ah tradujera sus palabras antes de proseguir:

– Cada individuo en particular debe hablar únicamente de los asuntos que son de su incumbencia. Por ejemplo, yo soy médico, y mi amigo tiene la habilidad de preparar remedios. Nosotros sólo somos duchos en el manejo de estas picas de hierro que los francos llevamos sujetas al costado y que se llaman espadas. Monseñor, puede hacernos cualquier pregunta acerca de las plantas o de las armas y nosotros trataremos de responderle. Sin embargo, la cuestión que nos plantea incumbe a la teología y sólo puede contestarla un teólogo como usted. Por nuestra parte, estamos dispuestos a escuchar sus enseñanzas.

Jean-Baptistc concluyó su respuesta con una digna reverencia. Con su tocado blanco y una mano en el corazón miró al ras y a sus acompañantes con una franqueza desarmante.

En su fuero interno se hallaba al límite de sus fuerzas; se sentía como si hubiera bordeado un camino escarpado al pie de un precipicio. Aunque el corazón le latía impetuosamente y un sudor helado le recorría la espalda, hacía tremendos esfuerzos para que nadie advirtiera nada.

Sus explicaciones culminaron en un largo silencio. Sólo se oían los lamentos de hombres y mujeres que llegaban a través del patio, como un coro de gemidos.-Prepárense para ver al Rey de Reyes -dijo finalmente el ras Yohannes con un tono solemne-. Dado que usted tiene la pretensión de curarle y que Su Majestad tiene la bondad de someterse a sus prescripciones, serán admitidos en su presencia. No obstante, debo informarle de que nuestro Emperador no puede tener trato directo con cualquiera y menos aún con extranjeros. Así que no podrán tocarlo ni acercarse a él. Esto significa que únicamente verán y oirán al Emperador a través de la persona por la que se expresa.

– Pero es imposible -exclamó Jean-Baptiste- Cómo quiere que…

El ras levantó la mano para indicarle que se callara.

– El protocolo es así. ¿Tiene usted el poder de curar, sí o no?

Jean-Baptiste estaba desesperado por las condiciones que le imponían, no tanto por lo que se refería al tratamiento del monarca -Hadji Ali le había descrito de forma aproximada el mal que sufría- como por la misión de su embajada. A la vista de la situación, sería imposible hacerle llegar mensaje alguno.

El tono del ras no admitía réplica, así que Poncet no tuvo más remedio que aceptarlo todo. Los dignatarios abandonaron la sala, y sólo se quedaron los tres a la espera de la audiencia real.

– Tú no nos habías dicho nada de esto -dijo Jean-Baptiste, malhumorado, a Hadji Ali-. Entonces, ¿no vamos a poder hablar con el Rey?

– En público es inaccesible -contestó el camellero-. Es la ley; ni siquiera debe pisar el suelo. Llega montado en una mula y no pone el pie en el suelo hasta que ha llegado al extremo de la alfombra que se extiende ante su trono. Como la mula también camina sobre la alfombra, observarán que a menudo deja caer sus boñigas en medio de hermosos motivos persas. Pero no importa, aquí todos están acostumbrados. Además, tienen suerte porque el ceremonial ha cambiado un poco. Antes era completamente imposible ver al soberano. Su abuelo aparecía dos o tres veces al año y seguía las deliberaciones de su consejo a través de un visillo.

– ¿Y por qué no habla?

– El protocolo es así. Cuenta a su servicio con un oficial que duplica la función de cada uno de sus sentidos. El ojo del Rey le pone al corriente de todo cuanto ve en la corte. La oreja del Rey escucha para él. Hay el jefe de su mano derecha y el de su mano izquierda, para los ejércitos. Y ahora oirán al Serach massery, que repite en voz alta sus palabras.-¿Puede hacer los hijos solo? -gruñó el maestro Juremi.

– Seamos serios; no tenemos mucho tiempo -le dijo Poncet-. ¿Quién es ese santo que no ha comido desde hace cincuenta años? ¿Tenemos que competir con él o ya ha sido despedido?

– Hace veinte años que no come -dijo doctamente Hadji Ah-. ¡Veinte años! ¡Ah! El Profeta no permitiría que ocurrieran cosas así…

Se besó la mano y miró al vacío.

– No -continuó-, el Emperador le ha retirado su confianza.

– ¿Estás seguro? -preguntó el maestro Juremi-. No es nuestra intención quitarle el pan de la boca.

Poncet miró a su amigo con cara de enfado.

– Lo siento -dijo el protestante-, pero tanta espera me pone nervioso.

– Guárdate las bromas para cuando nos arranquen los ojos -replicó Jean-Baptiste, que también estaba bastante nervioso.

En aquel momento acudieron dos guardias en su busca, y los condujeron a través de una serie de salas oscuras, pequeñas, vacías y glaciales hasta la sala de audiencia. Era una vasta estancia cuya triple bóveda descansaba sobre seis grandes columnas redondas dispuestas al tresbolillo. Los cortesanos estaban de pie, al fondo del recinto. El número de proceres sentados crecía de acuerdo con los rangos más próximos al Rey, pero como estaban en los laterales, el Negus no podía verlos. Esto tenía su razón de ser, pues el protocolo exigía que todas las personas estuvieran de pie en todo el espacio que abarcara su vista, aunque la audiencia se prolongase horas.

El soberano se hallaba al fondo, en una especie de alcoba, sentado en un trono que descansaba también encima de la alfombra, donde la mula lo había conducido limpiamente, en esta ocasión. El Rey se encontraba a unos pocos metros de la primera hilera de cortesanos. Los extranjeros fueron conducidos hasta allí en medio de un gran silencio. Por las ventanas que daban al patio distinguieron claramente el rugido de los leones cautivos que habían hecho célebre al Rey de Reyes, y por el lado opuesto, el murmullo del coro de gemidos y lamentaciones humanas que los viajeros habían oído durante la audiencia con el rasta.

Tal como habían convenido en un principio, Poncet y su amigo imitaron meticulosamente todos los gestos de Hadji Ali. Una vez ante el soberano vieron que el camellero se ponía de rodillas sobre las losas de piedra y que luego se estiraba boca abajo cuan largo era, con las manos hacia delante. Ellos hicieron lo propio. Por falta de práctica, el maestro Juremi avanzó más de la cuenta antes de arrodillarse, de modo que al estirarse tuvo la mala fortuna de tocar la alfombra real con las manos, y dos oficiales le hicieron retroceder sin miramientos. Así estuvieron prosternados hasta que «la boca del Rey» manifestó que el monarca les autorizaba a ponerse de pie ante su presencia para poder contemplarlo.

Yesu I, Rey de Reyes de Abisinia, apareció ante ellos desde el pedestal de su trono de madera dorada y tapizado con telas indias. No distinguían con claridad su cuerpo, envuelto en un amplio manto escarlata, ni su rostro, pues sus cabellos largos ceñidos con una diadema de muselina que se anudaba en la nuca le caían a ambos lados de las mejillas. Sólo se veía su nariz fina y sus grandes ojos, inmóviles y brillantes. La boca se disimulaba entre los pliegues de un chai amarillo de seda dispuesto con holgura alrededor de su cuello.

El sonido de su voz apenas se oía cuando hablaba, pues era el oficial encargado de asumirla quien proclamaba con voz fuerte la sentencia real. Jcan-Baptiste advirtió que Hadji Ali no traducía durante la audiencia pues un dragomán abisinio, situado a la diestra de la «boca del Rey» tenía el cometido de verter al árabe el discurso oficial. La audiencia fue muy breve. El Negus corroboró su voluntad de seguir los consejos de aquellos extranjeros para aliviar el mal que sufría y del que no se reveló ningún detalle. Poncet entregó a la «mano derecha» del soberano el mensaje de parte del pacha de Egipto. El Rey de Reyes dijo que le alegraba constatar la buena predisposición de aquel príncipe con quien mantenía relaciones comerciales, y que daba su consentimiento para que el patriarca de Alejandría le enviara al abuna, una figura imprescindible en la Iglesia de Abisinia.

La carta que leyó el dragomán era escueta aunque muy elogiosa. El pacha mencionaba en ella las aptitudes médicas de Poncet, quien a su vez dio fe de las cualidades del maestro Juremi, que no se mencionaban. El protestante confió a otro oficial el presente destinado al Rey. Habida cuenta de que viajaban en calidad de simples particulares, los boticarios no estaban autorizados a ofrendar presentes excesivamente ostentosos. Siguiendo el consejo de Hadji Ali, eligieron una caja cuyo interior albergaba un juego de navajas de afeitar con mango de marfil y un tapiz de Gobelinos de un metro por metro y medio aproximadamente, que representaba la caza de un ciervo. Estos obsequios desaparecieron detrás de la alcoba en un abrir y cerrar de ojos.

Sin una palabra de agradecimiento, el Negus los despidió diciéndoles que esperaba sus prescripciones para el día siguiente. El rasYohannes, que se había situado cerca del trono, agregó con tono amenazante que antes de administrar los medicamentos al Negus probarían primero sus efectos tres esclavos, y posteriormente dos oficiales. También advirtió que cualquier anomalía en el procedimiento tendría graves consecuencias para los extranjeros, y por último les manifestó que podían moverse con toda libertad por la ciudad y por el país. También podían hablar con quien les pareciera oportuno; ahora bien, si se les escapaba una sola palabra que pudiera interpretarse como un intento de propalar la fe católica, inmediatamente les impondrían el debido castigo.

Se prosternaron de nuevo y abandonaron la sala, sudando y temblorosos como mártires.

Regresaron a la casa del musulmán amigo de Hadji Ali, pero antes de llegar un mensajero vestido humildemente fue hasta ellos corriendo. Cuando alcanzó a los dos extranjeros les hizo entender que recogieran sus pertenencias, las cargaran en las monturas y lo siguieran. Sus pertenencias pronto estuvieron recogidas pues Hadji Ali les había robado todo; guardaron en unas alforjas las pocas cosas que aún conservaban, sus ropas europeas hechas andrajos, los libros que el moro no leía, el cofre de los remedios, y desde luego sus queridas espadas envueltas en unas telas. El hombre los condujo hasta una caseta de piedra adosada al recinto del palacio. Se hallaba en el extremo opuesto al lugar por donde habían entrado unas horas antes, y todo parecía indicar que en otro tiempo había sido un antiguo puesto de guardia. Tras acceder por un estrecho corredor que terminaba en unas escaleras, subieron los peldaños detrás del mensajero hasta que éste se detuvo y abrió una puerta maciza accionando en una cerradura enorme. Acto seguido los instó a acomodarse en una habitación de dimensiones modestas, con una gran ventana por donde entraba el sol desde la mañana. El mobiliario consistía en dos camas de correas de cuero trenzadas, dos taburetes esculpidos en unos troncos de madera, una mesa y un vidrio roto como espejo.

La cuestión que ahora preocupaba a Poncet y a su compañero era el destino de aquella enorme llave con la que se cerraba la puerta. Sólo podrían sentirse realmente como en su casa si se la confiaban a ellos, porque de no ser así significaría que estaban prisioneros. El mensajero la dejó en la puerta, pero no pudieron enterarse de nada más puesto que no hablaba árabe.

Una vez solos se sentaron cada uno en su cama y se quedaron inmóviles y silenciosos un buen rato. El maestro Jurami dijo por fin:-¿No tienes la impresión de estar como Jonás, en el fondo de la ballena y con pocas posibilidades de salir?

– Cada cosa a su tiempo -dijo Jean-Baptiste, estirándose-. Hasta aquí hemos superado todos los obstáculos y ahora debemos esperar los que vengan. En primer lugar, como Hadji Ali nos ha asegurado que el soberano padece el mismo mal que él, esta noche prepararemos los ungüentos. Y luego ya veremos.

Empezaba a oscurecer cuando unos golpéenos en la puerta los despertaron. Había poca luz y una sombra azul se coló desde la calle. El hombre que entró en la estancia era un joven de unos veinte años, de baja estatura y muy delgado. Tenía el rostro deformado por las cicatrices de la viruela; la enfermedad había maltratado su piel y abotargado sus rasgos, sobre todo la nariz, pequeña aunque redondeada como una bola. A esto había que agregar unos ojos negros inteligentes y vivos, así como una boca sonriente y modales afables. Por estos atributos, y por sus cabellos negros ligeramente rizados, parecía el hermano malhadado de Jean-Baptiste.

– Me llamo Demetrios -dijo en árabe.

Enseguida advirtieron su acento extranjero. El joven les dijo que su lengua materna era el griego, pero ellos desconocían ese idioma. También mencionó que sabía italiano, y como los dos francos habían tenido oportunidad de aprenderlo en Venecia, continuaron la conversación en esa lengua.

Demetrios se presentó como un servidor personal del Emperador. Venía a sustituir a Hadji Ali, que no podía estar siempre con ellos debido a sus múltiples ocupaciones, y se comprometió a estar a su lado tanto tiempo como quisieran. Si estas palabras las hubiera pronunciado cualquier otra persona, habrían pensado que se hallaban frente a su nuevo carcelero, pero el joven tenía un semblante tan risueño y tan amable que acogieron su plática sin desconfianza y hasta con cierto placer.

– ¿Desean visitar la ciudad? Puedo llevarles a cenar o mandar que les sirvan la comida aquí.

Aún era temprano, y no habían visto prácticamente la capital, de modo que aceptaron de buen grado salir con el guía.

Emprendieron el camino a pie, esta vez sin la compañía de Hadji Ali. Los tres iban ataviados con las mismas túnicas, de modo que se hacían la ilusión de no ser extranjeros y de que podían moverse a sus anchas entre gente parecida a ellos. No obstante, Demetrios los sacó de su error aunque sin dejar de sonreír.-Mientras yo esté con ustedes no tendrán nada que temer. Los sacerdotes no osarán asesinarlos.

Al oír sus palabras, los dos extranjeros empezaron a mirar a todos los viandantes con recelo. Pero la indiferencia parecía ser una característica propia de los abisinios, pues cuando se cruzaban con los francos no volvían la vista ni los miraban con curiosidad. Habrían jurado que ni siquiera los veían.

De vez en cuando las callejuelas por donde circulaban se alargaban o cruzaban una arteria importante. Durante su recorrido se detuvieron para dejar paso a una larga procesión. Al frente del cortejo iban unos sacerdotes ataviados con una túnica escarlata y tocados con un alto bonete con bordados en hilo de oro. Llevaban en las manos grandes báculos adornados con un entramado infinito de cruces labradas y entrelazadas entre sí. A sus espaldas iban los guerreros armados con lanza, escudo negro y faca al costado. Algunos lucían cintas estrechas de tela encarnada sujetas al brazo con un nudo. Demetrios les contó que se trataban de insignias de gloria y que cada una de las cintas representaba la muerte de un enemigo. En medio de aquellos soldados silenciosos y graves vieron el objeto al que aparentemente estaba dedicada la procesión. Un vigoroso abisinio, que rebasaba la cabeza a los demás, sujetaba, a modo del asta de un estandarte, una gran estaca en cuyo extremo se había colocado traversalmentc un madero. Sobre aquella percha tan peculiar se elevaba una suerte de chaqué de una tela oscura y sedosa con mangas y dos faldones hechos jirones, como las andrajosas ropas de gala con las que a veces se visten los mendigos. La extraña reliquia expelía un jugo rosáceo.

– ¡Ah! Imagino que ahora van ustedes a indignarse -dijo Demetrios con su cálida mirada.

– Parece… -dijo el maestro Juremi aterrorizado y con los ojos muy abiertos- una piel.

– Hay que entender cuidadosamente las leyes de este país a la luz de todos sus matices -dijo Demetrios-. Aquí aplican castigos muy diferentes. Este que están viendo sin duda les parecerá muy raro, porque sanciona un delito que afortunadamente es considerado como tal. La ley establece que a los traidores se les arranque los ojos cuando son enemigos.

– Lo hemos visto.

– Bien, pues cuando se trata de amigos, de hombres de nuestro propio bando, o sea, de nuestra propia familia… la sanción consiste en despellejarlos vivos.

Jean-Baptiste y su compañero dirigieron la mirada hacia el repugnante despojo que se balanceaba al viento y luego miraron hacia otro lado con un suspiro. La procesión acababa con un grupo de mujeres y de niños sonrientes que batían palmas en silencio.

Los tres hombres siguieron su camino. Demetrios notó a los dos extranjeros muy afectados por lo que habían visto.

– Tranquilícense -les dijo-. Han llegado justo en el momento en que se ha terminado una campaña victoriosa. Los prisioneros son castigados, los traidores desenmascarados y los valientes recompensados. Pero la vida no es tan animada todos los días.

– Nos complace mucho oírle -replicó el maestro Juremi-. Así, cuando paseen nuestras pieles, tendremos el consuelo de saber que ofrecemos al pueblo una distracción que no se ve todos los días.

– ¡Nunca pasearán sus pieles! -exclamó Demetrios sin poder contener su risa alegre-. Es completamente imposible.

– ¿Y si falla nuestra medicación? -preguntó Poncet.

– No pasará nada de eso. Ustedes son huéspedes del Emperador.

– ¿Acaso los jesuitas no lo eran? -preguntó el maestro Juremi.

– Perdonen ustedes -dijo Demetrios levantando el dedo-, pero los jesuítas no fueron despellejados vivos, que yo sepa, sino que se les aplicó estrictamente la ley.

– ¿Y eso qué significa?

– Significa que fueron lapidados. En cuanto descendamos la cuesta lo verán por sí mismos. Los últimos jesuitas ejecutados aquí están debajo de los dos montones de piedras que hay en el centro de la plaza y que está prohibido tocar.

– Eso quiere decir que corremos el riesgo de ser lapidados -dijo Poncet, que para entonces ya hablaba abiertamente con aquel muchacho tan abierto.

– Vamos, vamos, no corren ningún riesgo -dijo Demetrios tomándoles a cada uno por el brazo para que avanzaran a su lado-. El Emperador les protege, y yo soy su servidor. Olvídense de ese asunto; pronto se darán cuenta de que este país también puede depararles muchos placeres.


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Cenaron en una inmensa estancia prácticamente subterránea, a la que se accedía por una puerta baja. Les dio la bienvenida una mujer de edad madura, alta y ataviada con un largo vestido de algodón blanco que llevaba bordada una cruz multicolor. Sus rasgos eran bellos y majestuosos, una cualidad que al parecer era el atributo común de esta raza imperial. Guiados por la mujer, se acomodaron en un gabinete estrecho y separado del resto de la sala por unas cortinas de muselina. Al otro lado de estos visillos, unas sombras iban y venían. Los abisinios tenían la costumbre de no comer nunca en público por miedo a que los desconocidos les miraran e introdujeran malos espíritus en su cuerpo a través de los alimentos. A la hora de las comidas, esta especie de albergue se transformaba en hileras de celdillas con paredes de algodón donde los comensales se escondían unos de otros, agrupados en selectos corrillos. Una vez terminado el refrigerio, volvían a recogerse los velos, y la sala recobraba sus dimensiones naturales, con todos los asistentes sentados en taburetes o en alfombras, alrededor de mesas forradas con vistosas esterillas de esparto. Habían cenado una gran torta de tef, un cereal fermentado de gusto picante que crece en el altiplano, aderezada con varias salsas muy condimentadas. De unas vasijas de barro de cuello largo bebieron una especie de aguamiel untuoso, de aspecto anodino pero que turbaba agradablemente la conciencia. Conforme se iban retirando los velos y quedaban a la vista los comensales, Poncet y su acompañante empezaron a contemplar maravillados la hermosura que igualaba a los hombres y las mujeres de su alrededor. Los observaron con naturalidad, pero su mirada mostró predilección por las mujeres.

– Vayan con cuidado -les dijo Demetrios-. Las costumbres aquí son muy elementales. Este pueblo no considera que el adulterio sea un pecado; ahora bien, si hay algo verdaderamente valioso para ellos es su dignidad. Deben mostrarse muy respetuosos, y en cierto modo distantes con las mujeres. Procuren no observarlas, pero no crean que por ello serán ignorados. Sepan que todos los ojos los ven aunque no los miren. Si no quieren ponérmelo difícil, recuerden que aquí la mirada de un desconocido es el mayor peligro que puede haber. En el momento en que estén a solas con una de estas mujeres podrán obtener todo cuanto deseen de ella, aunque esté desposada o se trate de una princesa. Pero sigan mi consejo, antes no la miren.

La imagen del pellejo humano estaba aún tan viva en sus mentes que inmediatamente los dos extranjeros dejaron de pasear sus miradas a su alrededor, y se esforzaron por demostrar que Demetrios era su único interlocutor.

El joven se expresaba con soltura en italiano. Les dijo que era la única persona que hablaba esta lengua en toda la ciudad y que la había aprendido de su madre, una griega de madre siciliana. Al igual que otros comerciantes, su familia había llegado al país por el mar Rojo, y con el tiempo se resignó a quedarse. De los cinco hijos que había tenido su madre, dos eran de un abisinio, Demetrios y otro mestizo.

– Durante mucho tiempo fui el niño más hermoso de la ciudad -dijo mirándoles desde el fondo de sus ojos-. Luego se produjo una epidemia y mucha gente murió. Yo me salvé, y el resto me da igual. Tras la muerte de mis padres, el Rey me tomó a su servicio y me ha prodigado sus bondades hasta hoy. ¿Saben -añadió mirándoles con una expresión ingenua- que es un rey muy humano?

– Creo -dijo Jean-Baptiste- que hemos visto algunas pruebas muy convincentes…

– ¡Cómo! -replicó el joven-. ¿Todavía están dándole vueltas a esos incidentes? Eso no está bien; no se debe juzgar a los soberanos por unas menudencias así. Yo estoy seguro de que es un rey bueno, tal vez el mejor que hemos tenido en muchos años de nuestra historia. Le daré un ejemplo: siguiendo con la tradición, en el momento en que un Negus subía al trono, todos sus hermanos y hermanas que un día podían llegar a reinar eran confinados en una de las muchas cumbres inaccesibles de este país. Se pasaban toda la vida encerrados en una de esas prisiones y si se escapaban eran capturados y mutilados, pues según el dicho, un ser que no es completo no puede ser rey. Pues bien, cuando Yesu fue aclamado formó un cortejo y acudió al pie de Amba Wachiné, el lugar donde los príncipes se hallaban cautivos. Dio la orden de que fueran liberados y los esperó. ¡No pueden imaginarse la escena! Un tropel de miserables descendió la montaña. Había ancianos flacos como Job, vestidos con harapos y llenos de piojos. Eran los príncipes herederos de la tercera generación anterior a Yesu. También había niños; a uno le habían cortado la oreja porque una esclava se apiadó de él y lo escondió bajo su túnica para que pudiera escapar. No hay mayor acto de piedad que ése, sobre todo porque no eran traidores, ni renegados, sino príncipes. Yesu comprendió que esta costumbre era injusta, además de peligrosa. Era lógico que los cautivos más valerosos albergasen odio en su corazón contra el soberano y que no hubiesen dudado en derrocarle por todos los medios posibles. Si algún bando enemigo hubiera conseguido tomar la prisión, inmediatamente habría contado con un buen número de candidatos legítimos dispuestos a todo para vengarse. De hecho, no es la primera vez que ha ocurrido algo así. Pues bien, Yesu liberó sin vacilar a todos los prisioneros y ordenó que los vistieran y alimentaran. Y durante dos días, todo fueron lágrimas de alegría y gratitud.

El aguamiel tenía la propiedad de infundir locuacidad a los hablantes y paz de espíritu para escuchar. Los dos viajeros oían a Demetrios y se divertían con sus muecas, sentados cómodamente en una mullida alfombra y acunados por la melodía del krar que tocaba un anciano.

– ¿Y esos príncipes no se han olvidado ya de sus lágrimas? -preguntó Poncet-. ¿La ambición y los celos se han desvanecido de verdad?

– ¡Así es, en efecto! Nuestro Rey sólo ha recibido muestras de admiración por parte de su familia. Únicamente se ha rebelado uno de sus primos.

– El que ha sido despellejado vivo -replicó el maestro Juremi.

– ¿Así que está enterado de su historia? -dijo Demetrios, un poco sorprendido.

– Sólo del final.

El joven soltó una sonora carcajada.

– No sólo la familia -continuó, poniéndose serio-. También los balabat, o sea los nobles y los príncipes, además de los gobernadores, las tribus, todo el mundo en este gran país amenaza constantemente al Rey. Por no hablar de los gallas. Quienes menos problemas nos causan son los países musulmanes vecinos; nos cercan, pero de momento nos dejan tranquilos. No, realmente nuestro Rey nunca está en paz. Ésa es la tarea de todos los reyes. Pero siempre ha demostrado tanta valentía que se ha convertido en el soberano más glorioso que hemos tenido en mucho tiempo. Se ha ganado el aprecio de los príncipes y el respeto de los musulmanes, ha sabido sosegar a las tribus, y ha repelido los ataques de los gallas. Su obra es inmensa.

– No quisiera faltarle al respeto -dijo Poncet, ligeramente mareado-, pero no me imagino cómo la estatua viviente que hemos visto hace un rato ha podido culminar todo eso. ¿Acaso no estará sometido a la influencia de su lugarteniente general y de todos sus sacerdotes?

– ¿El Emperador? -preguntó Demetrios-. No me haga reír. Le temen y le odian porque les ha despojado de su poder. Es más, el alto clero nunca ha estado tan controlado como ahora. No es que el Rey esté muy versado en la doctrina religiosa, pero honra su autoridad y sabe además que sus atribuciones se amparan en la unidad de su Iglesia. Ha sofocado las rivalidades entre los religiosos y entre los balabat hasta el punto que ahora los tiene a sus pies. Y si aparece como una estatua viviente en las audiencias es para obligar aún más a sacerdotes, príncipes y nobles a mantenerse de pie ante su figura hasta caer de fatiga, como han podido ver.

– ¿Pero no hay entre ellos alguno que tenga más influencia y que pueda, por ejemplo, hacerle llegar mensajes directamente? -preguntó Jean-Baptiste, pensando como siempre en la misión que le había confiado el cónsul.

– De todas las personas que ha visto, me temo que nadie. No obstante, hay otras vías.

– ¿Usted, por ejemplo? -indagó Jean-Baptiste, mirando a Demetrios.

– El mero hecho de que albergue tal pensamiento me honra.

Se internaron en la oscuridad de la noche, sin saber a ciencia cierta adonde les llevaban sus pasos. Por suerte, Demetrios los dejó en la puerta. Antes de acostarse, Jean-Baptiste revolvió en el cofre de los remedios, y sacó un cuaderno que le servía para anotar las recetas y las proporciones de las mezclas. Finalmente se metió una mina de grafito en uno de los bolsillos y el cuaderno en el otro.

– Mañana empezaré a tomar notas -dijo estirándose, aún vestido.

– ¿Para qué? -preguntó el maestro Juremi, a quien se le desencajaban las mandíbulas con sus bostezos.

– Primero porque es interesante. Y en segundo lugar porque así encontraremos la forma de salir de este país.Todavía era noche cerrada cuando Jean-Baptiste oyó una llave en la cerradura e instintivamente buscó a tientas la espada que había escondido debajo de la cama. La puerta se abrió con suavidad, y una silueta se recortó a la luz del resplandor de una palmatoria de arcilla donde ardía una candela.

Jean-Baptiste esperaba, dispuesto a entrar en acción, cuando de súbito vio brillar una hoja y luego la gran sombra del maestro Juremi, que se había incorporado sin hacer el menor ruido. El protestante había acometido ya al intruso y le apuntaba con la espada al corazón. El desconocido levantó las manos en el aire, y con ellas la vela que alumbró el rostro. Por fortuna era Demetrios.

– ¿Qué busca usted a estas horas? -le preguntó el maestro Juremi alzando la voz.

– ¡Chsss…! Se lo ruego -dijo Demetrios en un susurro-. No haga ruido y deje de amenazarme con esa espada.

El maestro Juremi se apartó para que Demetrios entrara en la habitación.

– Vístanse -dijo en voz baja.

– Ya estamos vestidos.

– Entonces, síganme; no tienen nada que temer.

Los dos amigos intercambiaron una mirada, guardaron las armas y echaron a andar detrás del joven. En lugar de salir de la casa, éste abrió una puerta que ya habían visto anteriormente. Imaginaban que se comunicaba con un granero, pero lo cierto es que daba a un angosto corredor. Atravesaron dos puertas más, y al llegar a los muros de piedra se dieron cuenta que habían entrado en el palacio. Demetrios, que iba delante, los guió por una estrecha escalera de caracol, abierta al exterior a través de las troneras por donde se colaban unas ráfagas de viento frío y después salieron al camino de ronda que daba a las almenas de las murallas. El cielo estaba despejado, sin una nube siquiera, y de la ciudad sólo llegaba el tenue resplandor de los puestos vigías y las hogueras de la tropa. La bóveda celeste estaba tan tupida, tan cuajada de luceros que parecía un manto sedoso y brillante desde cualquier punto de aquel entramado de estrellas suspendidas en el firmamento. Desde que los viajeros vivían en el altiplano, la tierra les hacía olvidar que estaban lejos; sólo se lo recordaba el cielo. Entre dos almenas divisaron la Cruz del Sur.

Demetrios los condujo a lo largo de un muro almenado y a continuación penetraron bajo una de las minúsculas cúpulas que se elevaban en cada una de las esquinas del castillo. La cúpula configuraba el techode una sala cuadrada y de dimensiones reducidas que estaba amueblada con una mesa de madera y cuatro taburetes. Un hombre ataviado con una sencilla túnica blanca, sujeta a la cintura con un cinturón bordado, ocupaba uno de los asientos. Tenía un codo en la mesa y el torso inclinado hacia un candelabro. Al verlos entrar se incorporó. Los dos amigos reconocieron enseguida a aquel dignatario que les recibía con tanta sencillez. Era el Emperador, con sus ojos y su nariz característicos, la estatua viviente, el dios impasible ante el que se habían postrado aquella misma mañana. Poncet vaciló un instante mientras se preguntaba cómo iban a ingeniárselas si se veían obligados a estirarse en el suelo cuan largos eran, dadas las pequeñas dimensiones del gabinete. Evidentemente, Jean-Baptiste habría realizado las contorsiones más audaces con tal de conservar el pellejo, pero no fue necesario. El soberano señaló a sus visitantes los taburetes que estaban a su alrededor e incluso acercó uno que estaba entre dos alfombras, con toda naturalidad.

Se limitaron a hacer un saludo breve y tomaron asiento junto al monarca. Así, solo y sin el boato de la corte, el Rey de Reyes no emanaba más majestad que cualquiera de sus subditos, que no es decir poco. Pero además del porte altivo y grave que poseían todos los abisinios, el soberano tenía una expresión triste, por no decir de amargura, que se reflejaba en las facciones de su rostro cuando se quedaba quieto. Al recibir a los dos extranjeros había forzado una leve sonrisa antes de que la tristeza se apoderara nuevamente de sus rasgos. Físicamente era un ser de baja estatura para su raza y muy delgado. Debía de tener unos cuarenta años pero ya estaba ligeramente encorvado. Su mirada no irradiaba la vivacidad de los corazones salvajes que siempre están alerta, incluso cuando duermen. Era tan sólo un hombre cansado y débil de quien se habría apiadado más de uno, de no haber sabido que un día antes había mandado infligir tormentos abominables.

– Me alegra verles -dijo con una voz dulce.

Demetrios tradujo estas palabras al italiano.

– Es un gran honor para nosotros, Majestad… -empezó a decir Jean-Baptiste.

El Rey interrumpió la traducción de Demetrios.

– No se esfuerce -dijo-. Dejémonos de comedias ahora que estamos solos.

Poncet guardó silencio.

– Ha dado unas respuestas muy atinadas a los sacerdotes -prosiguió el Rey con su imperturbable expresión de indiferencia.

Ambos observaron que no cesaba de rascarse el brazo y el vientre.

– Sí. Me han comunicado sus palabras, que sin duda son muy acertadas. Yo tampoco creo en sus milagros. Nadie ha sido testigo jamás de que curaran ni una mínima fiebre. Todas sus ceremonias adivinatorias son sandeces. Probablemente sabrá que me vaticinaron una derrota en el momento en que pasó el cometa. Siempre ocurre igual; como desean mi ruina, convocan a los astros para darse ánimos. Pero dígame, ¿qué religión es ésa en la que cree, que no es la católica ni la nuestra?

– Se conoce por el nombre de Reforma, Majestad -dijo Poncet.

– Los jesuítas nunca nos hablaron de ella cuando estuvieron aquí.

– Y con razón. Son nuestros peores enemigos.

– Le creo -dijo el Emperador.

Luego, volviendo su mirada cansada hacia el maestro Juremi, añadió tranquilamente:

– Sin embargo, habría jurado que éste era uno de los suyos.

– ¡Un jesuíta! -exclamó Poncet.

El maestro Juremi estaba lívido.

– Sí, o algún sacerdote de otro tipo. Todos siguen los mismos métodos, si no me equivoco -dijo el Rey, mirando de nuevo a Jean-Baptiste-. Sé que usted es médico; sin embargo, su acompañante se incorporó a su caravana y aún no sé muy bien si como ladrón o como sacerdote.

El maestro Juremi estaba a punto de levantarse cuando Poncet le sujetó el brazo con firmeza.

– Afortunadamente -continuo el Rey-, Hadji Ali me lo ha contado todo. Al parecer, este hombre es su socio y fueron los francos quienes se negaron a dejarle partir. Pero no se preocupen. Tengo confianza en ustedes, pues al parecer sort muy competentes en su oficio, y eso es lo único que me importa. Tenemos poco tiempo, así que les mostraré mi mal.

La llama de la vela proyectaba unas sombras sobre la cúpula de piedra. El techo alto y redondeado daba a la sala el aspecto de una gruta, y un rectángulo azulino que parecía flotar en la oscuridad del alba se colaba por una estrecha abertura orientada a Poniente.

El Emperador se puso de pie, se desató el cinturón con naturalidad y se desvistió, al tiempo que Poncet se acercaba para examinarlo en silencio.

– Puede tocarme -aijo el Rey al darse cuenta de la turbación del médico.

Poncet pidió al maestro Juremi que levantara la vela y empezó a palpar la región afectada. «Menos mal que puedo examinarlo -pensó-. Esta lesión no tiene nada que ver con la de Hadji Ali.»

El Rey tenía una gran placa en el tórax y en la parte superior del abdomen, que en algunos lugares supuraba y formaba grietas. El médico sometió al paciente a una minuciosa exploración para cerciorarse de que el mal no se localizaba también en otras zonas. Cualquier persona que hubiera observado la escena desde lejos se habría extrañado al ver a aquel poderoso Rey de Reyes, desnudo y encorvado que descubría humildemente su delgadez y las úlceras de su cuerpo ante la figura fornida del maestro Juremi, que sujetaba pacientemente el candil, y ante Jean-Baptiste, quien a su vez tocaba al enfermo con suavidad, absorto en su tarea, y más decidido a cumplir con los deberes de la fraternidad hacia cualquier hombre que a acatar la obediencia de un soberano.

– ¿Le duele? -preguntó Poncet.

– Bastante -dijo el Emperador-. Pero el dolor no es nada comparado con los picores.

El medico le indicó que ya podía vestirse.

– Durante esas audiencias de varias horas -continuó el Rey-, mi único deseo es arrancarme la piel con las uñas, pero aun así no debo moverme. Esos desalmados se enteraron de que estaba enfermo por una indiscreción, como ocurre muchas veces. Sin embargo no voy a consentir que además me vean sufrir o ceder ante el dolor que pueda imponerme la enfermedad. Deben de creer que mi voluntad es inamovible, pues de lo contrario me destrozarán.

Volvieron a sentarse alrededor de la mesa.

– ¿Se ha sometido a algún tratamiento? -preguntó Jean-Baptiste.

– Sí, a algunos. Baños, emplastos de arcilla… y la anciana que asistió a mi madre en el parto me trajo unos polvos. La mujer alardea de tener conocimientos de medicina.

– ¿Y con qué resultados?

– Cada vez peor.

– ¿Y… y el santo que no ha comido en veinte años? -preguntó Poncet con vacilación.

– ¿Cómo, aún no lo sabe? Mandé vigilar al monje de día y noche, y a la mañana siguiente de su llegada, poco antes del alba, lo encontraron andando a gatas por las cocinas, atiborrándose de aceitunas. En cuanto lo supe, ordené inmediatamente su partida para que pudiera continuar la digestión en su monasterio.Los cuatro se echaron a reír.

– Majestad -dijo Poncet-, vamos a prepararle un ungüento para su enfermedad. ¿Deben probarlo antes los esclavos?

– No. A los sacerdotes déles cualquier remedio, inofensivo claro, para que hagan sus experimentos; y a mí me mandan la medicina directamente con Demetrios, indicándole cómo debo tomarla.

– Durante el tiempo que dure nuestro tratamiento no deberá recurrir a ningún otro.

– No se preocupe.

– Dentro de dos días tendremos que volvernos a ver para observar los resultados del tratamiento.

– Estas entrevistas son peligrosas. Nadie debe saber que hemos hablado en privado, y tampoco deben de ser muy repetidas. Trataré de concertar una dentro de dos días, pero no se impacienten. Y no digan a nadie una sola palabra de esto.

Casi había amanecido por completo y sus siluetas parecían opacas y grises con aquella luz azulada que había inundado la sala. Después de despedirse, el Emperador se retiró por una puertecilla. Ellos salieron por el lado opuesto, volvieron a recorrer el camino de las murallas y pronto estuvieron de nuevo en su casa.

– ¿Sabes qué tiene? -preguntó el maestro Juremi cuando Demetrios los dejó solos.

– Me temo que sí, y es un asunto muy serio.


Después del período alegre de las confidencias primero y del de la sosegada intimidad después, Alix y Françoise empezaron a notar los estragos de la monotonía y la rutina junto a las plantas de Jean-Baptiste. Sus conversaciones se desgastaban por la fuerza de la costumbre y estaban impregnadas de pesimismo. Las dos se encontraban siempre en aquel lugar que, si bien antes evocaba la presencia de quienes ellas esperaban, con el tiempo había terminado por convertirse en el doloroso marco de una ausencia que ambas soportaban cada día con más pesar. En dos o tres ocasiones riñeron por una nadería, y aunque enseguida hicieron las paces, se dieron cuenta de que si no encontraban un remedio, aquella situación podía poner en peligro su amistad. Entonces Alix tuvo una idea.

– ¿Qué diría usted -preguntó a Françoise- si persuadiera a mi madre para que la tomara a su servicio? Así, podría venir a trabajar anuestra casa y nos veríamos allí. Poco a poco haría notar mi amistad hacia usted y sin duda me concederían el calor de su compañía. Podríamos salir a pasear, o venir aquí incluso, pero ya no estaríamos obligadas a permanecer en esta terraza para vernos.

Françoise aceptó encantada. El paso siguiente sería encontrar los medios para convencer a la señora De Maillet. No obstante, el mero hecho de concebir un plan ya era un motivo de alegría, incluso antes de que se materializara.

Para empezar, Alix le contó a su madre que sentía lástima por una francesa que andaba como una oveja extraviada por la ciudad. Le dijo que la pobre mujer vivía en una buhardilla cercana al «invernadero» y que la ayudaba a regar las plantas y a acarrear los cubos. Así que para empezar la joven pidió unas piastras a su madre para pagarle estos servicios. Más adelante, al hilo de otras conversaciones, le expuso la desgracia de aquella infeliz, que no era de mala condición, a quien Dios había dejado de su mano y sin recursos, en una ciudad tan hostil. Las dos se lamentaron de la miseria de este mundo y la señora De Maillet dio gracias a la Providencia por haberlas librado siempre de semejantes penurias. Como la madre y la hija tenían poco que decirse, Françoise se convirtió en el tema de conversación predilecto entre ambas. Aprovechando el día que la señora De Maillet pidió a Alix noticias sobre su protegida, su hija, que había decidido ir a por todas, dijo con indiferencia:

– ¡Oh, está más tranquila porque ya ha tomado una decisión!

– ¿Que decisión?

– No me acuerdo si se lo he dicho. Un comerciante turco bastante rico le ha propuesto casarse. El matrimonio la sacaría de muchos apuros. Françoise ha echado sus cuentas, porque es viejo y tiene un aspecto repugnante. Pero al fin y al cabo sólo sería su cuarta esposa, de modo que compartiría con las otras tres los sinsabores de tener que soportar su presencia.

– ¡Que horror! -exclamó la señora De Maillet-. ¿Y su decisión también implicaría abjurar de la fe cristiana?

– Por eso precisamente duda tanto. Es muy piadosa y le daría mucha pena tener que renegar.

– Bueno, ¿y qué ha decidido?

– El turco la ha convencido de que la religión musulmana no exige grandes obligaciones. Basta con manifestar que Dios es Alá y Mahoma su profeta. Eso es todo. Además, para ellos Cristo es una especie de santo precursor, así que puede seguir rezando por Él. En definitiva, el moro ha convencido a esa infeliz de que en cuestiones de fe perdería muy poco, y que todo serían ganancias, porque no tendría la preocupación de buscarse el sustento.

– Hija mía -dijo la señora De Maillet, mirándola angustiada-, esa mujer va a perderse. No se puede creer absolutamente nada de lo que dicen esos infieles. Han conquistado los santos lugares, han destruido un sinfín de iglesias y han matado a muchísimos cristianos. Es nuestro deber impedir a toda costa que se haga turca. Según dicen, esos hombres son muy rudos con sus esposas, así que sería una muerta en vida, y además se precipitaría en el infierno para la toda la eternidad.

Para evitar semejante naufragio, las dos mujeres se afanaron en buscar una solución.

Al final de la conversación, Alix sugirió la posibilidad de tomar a Françoise a su servicio, y su madre consideró la proposición.

– Sí -dijo-, voy a pensar en ello. Desde que nuestra lavandera regresó a Francia, he pedido a tu padre que la sustituya, pero él siempre argumenta que no hay nadie en la colonia franca que pueda desempeñar el oficio. Pero yo creo que sólo se muestra reticente para ahorrar. Tu padre es tan moderado en el gasto de los caudales públicos…

– Pues yo creo que esta cuestión va más allá del ahorro -dijo con viveza Alix, que estaba entusiasmada con la idea-. Las dos esclavas nubias que hacen la colada ya han desteñido varios vestidos, y no es la primera vez que queman la ropa blanca por lavarla con demasiada sosa.

– ¡Y no hablemos del planchado, que es un auténtico desastre! Pero desgraciadamente tu padre no presta atención a estos menesteres. La única vez que le oí quejarse fue hace unos meses, cuando vio que sus preciosas medias de seda verde manzana se habían vuelto de un color rojo ladrillo una semana después, porque habían estado en remojo con una de mis mantas.

– ¿Se da cuenta? -insistió Alix-. Estoy segura de que podríamos hacerle comprender el provecho, el ahorro que supondría contratar a una lavandera. Mi padre alegará que no tiene tiempo de buscar una, y entonces nosotras se la conseguiremos.

Alix representó su papel con tanto esmero que su madre aceptó presentar la propuesta a su marido. La devota mujer, que posiblemente no habría movido ni un dedo por salvar una vida humana -por entender que la vida se halla en manos de Dios-, ponía todo su empeño en salvar un alma en el momento en que iba a alejarse de la fe verdadera.

– ¿Cómo planteará el asunto a mi padre? -preguntó Alix.-Lo conozco bien. No vale la pena disimular con él. Le diré exactamente la verdad, tal como acabas de exponérmela.

Alix había conseguido mantenerse seria hasta entonces, pero cuando le contó esta última réplica a su amiga, ambas estuvieron riendo un buen rato.

El señor De Maillet dio su brazo a torcer y consintió que su mujer tomara a su servicio una lavandera a prueba durante quince días. Françoise fue al consulado, se la presentaron brevemente al cónsul, que no se rebajaba a las cuestiones domésticas, y enseguida supo conquistar el corazón de la señora De Maillet. La nueva lavandera trabajó duro desde su llegada. A los quince días, el cónsul, que apenas se daba cuenta de nada, tuvo que rendirse ante la evidencia de que la casa se había transformado. Sus ropas estaban tan primorosas como el primer día. Con la ayuda de los productos extraídos de las plantas de Poncet, Françoise incluso consiguió que las medias recuperaran su color original. A partir de entonces las damas volvieron a lucir encajes blancos y no amarillentos como antes. Y como colofón final, Frangoisc llevó a cabo una auténtica proeza: que el señor Macé le fuera llevando todos sus trajes, a cual más sucio. Una mañana, mientras su secretario le traía unos papeles, el cónsul se dio cuenta de que allí faltaba algo. Recorrió toda la estancia con su mirada, pero no pudo hallar nada anormal. Luego, de pronto, levantó la nariz hacia el señor Macé, que estaba de pie frente a él, y el cónsul comprendió, con la extrañeza y lentitud con que uno trata de encontrar las cosas extraviadas, que su secretario ya no olía mal. Francoise fue contratada.

Como era de esperar, las dos amigas siguieron viéndose en el consulado. Todas las mañanas, Alix iba sola a ocuparse de las plantas y se quedaba en la terraza menos tiempo que antes. Luego volvía y deambulaba por la casa. En el consulado, el espacio destinado al señor De Maillet y sus empleados se limitaba al ala de boato, es decir, la sala en que se encontraba el retrato del Rey, unos gabinetes de trabajo contiguos y, en el primer piso, las habitaciones a menudo vacías que se reservaban a los invitados de honor. Y dado que la señora De Maillet apenas salía de sus aposentos, el resto de la mansión, los vestíbulos, los corredores, la habitación de Alix, los saloncitos, las cocinas, las antecocinas y los lavaderos eran lugares propicios para los encuentros de las dos amigas. Estos marcos tan distintos dieron a su complicidad el encanto de la novedad, la sal de una necesaria discreción y la savia de mil conversaciones que iban nutriendo la amistad de aquellas dos mujeres, siempre alertas por miedo a ser sorprendidas en una casa tan espaciosa.


12

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Apenas un día después de que el Emperador les consultara sobre su estado de salud, Jean-Baptiste y el maestro Juremi dedicaron toda la mañana a preparar dos tratamientos, uno para el Rey y otro destinado a los sacerdotes.

Demetrios los condujo por la tarde hasta una gran iglesia situada en las afueras de la ciudad, donde se celebraba una fiesta votiva que congregaba a miles de fieles año tras año. Lucía un sol espléndido para un acto que nada tenía que ver con suplicios. Sólo se veía a una multitud de mujeres y niños ataviados de blanco que llevaban sombrillas negras mientras se balanceaban alegremente sobre sus borricos. Los ancianos caminaban apoyándose en largos cayados de pastor. Una gran cantidad de sacerdotes y monjes con túnicas de vistosos colores avanzaban sosteniendo cruces de procesión. Los dignatarios más distinguidos se protegían del sol con unos amplios parasoles rojinegros, adornados con cascabeles de plata, que sostenían jóvenes esclavos. Todos iban a reunirse en un bosque de cedros. Las ramas retorcidas de estos árboles llegaban a ras de suelo, y los niños se columpiaban en ellas. La iglesia apenas se distinguía. Era octogonal y el techo abombado de caña descansaba sobre los troncos desmochados de unos grandes cedros plantados en un círculo a ocho pies de los muros. Entre los troncos y la iglesia se erigía esta columnata natural convertida en una galería circular, con el suelo recubierto por discos de madera. Demetrios consiguió abrirse paso entre la multitud, y los viajeros descalzos penetraron en el primer recinto de la iglesia, donde,pudieron contemplar iconos de varias épocas. Salvo algunos que poseían una clara influencia bizantina, casi todos tenían la huella del arte abisimo. Los ojos parecían tener vida propia, independiente de los rostros, y emanaban una fuerza que sobresalía por encima de cualquier otro rasgo. Los santos tenían una tez clara, señal de divinidad y vestigio misterioso de lo sagrado, como puede simbolizar el uso de una lengua muerta para el rezo. Pero sus rasgos eran la viva imagen de los autóctonos del país, de tal manera que aquellos iconos hieráticos y estereotipados representaban a mujeres y niños corrientes que parecían loar la dignidad de Cristo y de la madre de Cristo.

De regreso, Demetrios les enseñó el palacio. Les mostró el patio situado frente a la puerta principal que habían franqueado para acudir a la audiencia del Rey. El joven hizo luego una señal a los guardias y así pudieron acercarse a una jaula asegurada con grandes trancas de hierro donde dormían los cuatro leones del Negus, un macho y tres hembras, una de ellas aún muy joven. Por un momento Poncet temió que Demetrios les refiriera algún tormento en el que participaran aquellos animales, pero sólo les dijo que las fieras pertenecían al Emperador, que cada mañana los alimentaba personalmente con cuartos de carne que un esclavo les lanzaba en su presencia, y que nada debía alterar su reposo. De modo que se quedaron más tranquilos.

Finalmente, por la tarde, Demetrios les hizo saber que habían recibido varias invitaciones obsequiosas para acudir a las casas de algunos nobles de la ciudad. Así que aquella misma noche se presentaron en una de aquellas residencias, cuyos dueños habían dispuesto todo lo necesario para honrarles: manjares refinados y aguamiel en abundancia, además de un grupo de músicos y cantantes. Poncet, que había tomado numerosas notas durante toda la tarde, pudo proseguir con sus observaciones. Una de las costumbres que más le sorprendió fue el poco esfuerzo que los hombres hacían para llevarse la comida a la boca. Como los abisimos desconocían el uso de la cuchara y el tenedor, la mayor parte del tiempo sus acompañantes femeninas preparaban los bocados para ellos, y luego les daban de comer. Poncet estaba sentado junto a una mujer imponente, de edad madura, impasible y ataviada con un amplio vestido de algodón bordado que dejaba adivinar sus formas turgentes. En cuanto la esclava dispuso la torta y las salsas en la mesa, el médico contempló con auténtico terror como la mujer moldeaba entre sus largos dedos cargados de sortijas de oro una bola, que empapaba en unos líquidos rojos donde el fuego de las guindillas casi era perceptible a simple vista, y luego la introducía en su boca con un ademán que no admitía réplica. Jean-Baptiste sintió que ardía de pies a cabeza, y aceptó el segundo bocado con lágrimas en los ojos. El maestro Juremi recibía idéntico trato de la mano grácil de una joven que estaba a su derecha. Los demás hombres acogían estos favores con naturalidad, pero mostraban su reprobación, y en grado sumo, cuando Poncet y su amigo intentaban impedir que siguieran cebándoles de aquella forma, con la vergonzante excusa de que ya no tenían más hambre.

El calvario terminó cuando las crueles damas consideraron que ya estaban satisfechos, o tal vez cuando su experiencia les hizo temer que en cualquier momento se iban a derrumbar. No obstante, antes de dar por concluido el banquete, avivaron aún más su fuego interior con una buena cantidad de aguamiel. Después de la comida, los comensales se dispersaron por la casa y algunos fueron a sentarse en la terraza para tomar café al claro de luna. Pero la severa acompañante de Poncet hizo una señal para que éste la siguiera, y el maestro Juremi desapareció por el otro lado a remolque de la suya.

Tanto uno como otro pensaron que serían conducidos a una sala de baño donde refrescarse, pues las lágrimas les habían dejado la cara con churretes y les ardían los labios debido a las especias. Pero, para su asombro, llegaron a unas estancias oscuras, revestidas de tapices y cubiertas de cojines. Sin mediar palabra, las mujeres se desvistieron. Luego, con la misma soltura con la que se habían hecho cargo de alimentarles, tomaron también la iniciativa para satisfacer otros deseos. Un breve amago de resistencia les convenció de la clarividencia de Maquiavelo: aquello que no se puede impedir, hay que quererlo, escribió el florentino. Y en nombre de esta evidencia práctica, decidieron colaborar en la tarea. Después de las interminables jornadas de desierto, los dos viajeros volvieron a deleitarse con placeres que creían un poco olvidados y que recibieron de esta forma inesperada con un sentimiento de sorpresa y muy complacidos. Al cabo de un rato volvieron a los salones donde se hallaban los otros invitados. Demetrios se ofreció a acompañar a los dos francos. Saludaron a los hombres que parecían encantados, y entre los que probablemente estaban los maridos de sus acompañantes, y después a las mujeres, que aceptaron con dignidad su respetuosa reverencia haciendo gala de su habitual seriedad.

Ambos se acostaron más perplejos que nunca. Estos ejercicios carnales, lejos de apartar a Alix de su pensamiento, hicieron que Jean-Baptiste lamentara más que nunca la ausencia de su amada. Soñó con ella, y las sensaciones que acababa de experimentar se confundieron con el recuerdo de la joven de tal modo que aquella noche durmió maravillosamente bien.

Al día siguiente se levantaron tarde y fueron a visitar el mercado de las especias, donde reconocieron algunas de las muestras que les había proporcionado su casero musulmán, así como muchas variedades vegetales de lo más extraño. Conversaron con los mercaderes de los puestos y encontraron a dos hombres del campo que se desplazaban hasta los lugares más alejados y a menudo casi inaccesibles para recoger plantas aromáticas y medicinales. Al preguntarles qué uso se hacía de aquellos granos y hojas, Poncet y el maestro Juremi se quedaron horrorizados al enterarse de que la farmacopea de los venenos era la mejor estudiada y la más utilizada en el país. Los dos recordaron una práctica muy en boga en Europa que en muy poco tiempo había convertido la ciencia de los filtros de muerte -una ciencia exacta y verificable- en la pariente rica y próspera de la medicina, una ciencia aproximativa, dudosa, y mucho menos útil a decir de algunos.

Por la noche fueron a cenar a otra casa. Como ya tenían la experiencia del día anterior, bebieron poco e insistieron en atiborrarse de comida por sí mismos. Ante el ansia que manifestaban, las mujeres presentes consideraron innecesario intervenir y pudieron terminar cuando creyeron oportuno. En cuanto se dio por terminada la pitanza se apresuraron a tomar asiento junto a la sirvienta que preparaba el café, y a hacer una pregunta tras otra a sus vecinos para demostrar su interés por la literatura abisima. Aunque lo cierto es que intentaban evitar cualquier posible acometida femenina, aquella artimaña les brindó la oportunidad de descubrir la afición de los abisinios por el arte poético.

Demetrios tuvo muchas dificultades para traducir al italiano los fragmentos que recitaban. Según les contó, la belleza de los versos debía buscarse en ciertos contrastes muy simbólicos para los etíopes, como el de la cera y el oro, por ejemplo. La cera es el molde donde se vacía la joya de oro. Este molde es trivial y de un material innoble, pero basta partirlo para descubrir la alhaja escondida que encierra dentro. Las frases poéticas revestidas de la apariencia equívoca y opaca de su sentido literal pueden contener otro velado, profundo, brillante y colmado de sabiduría que surge a la luz por un sutil juego de palabras. La traducción no conseguía reproducir estas riquezas del lenguaje. Pero aun así Jean-Baptistc y su amigo escucharon a los convidados recitar bellas estrofas, en primer lugar sobre el molde de cera, con expresión tediosa; luego, con imperceptibles variaciones de tono y de sentido, los abisinios declamaron los versos de oro, y en su semblante apareció la admiración y el deleite.Todos los invitados se fueron muy contentos. De regreso, Jean-Baptiste y su compañero se alegraron de haber preferido los ejercicios poéticos a cualquier otro placer. De esta suerte pudieron acostarse pronto y conservar la mente clara. Antes de dormirse tuvieron una última conversación a propósito de qué iban a decirle al soberano. Jean-Baptiste creía más conveniente no ser demasiado explícito y hablarle al Rey únicamente de sus síntomas, pero el maestro Juremi honraba tanto a la verdad que le aconsejó guiarse por la sinceridad para darle a entender que su enfermedad podía ser más seria. La cera o el oro, al final todo se reducía a lo mismo. No obstante acabaron durmiéndose sin haber tomado ninguna decisión.

Poco antes del amanecer, tal como habían acordado, Demetrios los despertó y fueron a ver otra vez al Emperador a la torreta.

Los recibió muy nervioso.

– Ustedes me han curado -les dijo sonriendo en cuanto hubieron entrado. Jean-Baptiste y el maestro Juremi permanecieron impasibles.

»Ya no me rasco ni tengo pinchazos. Las costras más grandes se han desprendido, y las zonas supurantes se están secando. A decir verdad, si dejara a un lado mis convicciones -y las suyas- diría que es un milagro. Mire.

Empezó a quitarse la túnica como si fuera una camisa, dejando caer paulatinamente las mangas sin desanudarse el cinturón.

Poncct se acercó para examinar la lesión.

– Está mucho mejor-dijo escuetamente.

– No parece muy entusiasmado -dijo el Rey-. Comprendo su prudencia. Quiere asegurarse de los resultados. Y tiene razón, pero permítame decirle que aunque esta mejoría fuera sólo transitoria, igualmente le estaría muy agradecido. Me ha dado usted unas horas de paz después de meses de suplicio.

– Majestad -dijo por fin Poncet-, lo que vemos es prometedor, en efecto. Reacciona favorablemente al tratamiento, y eso hace pensar que seguirá mejorando en los próximos días, pero…

Miró al maestro Juremi, como un soldado que debe asumir un doloroso cometido.

– … es preciso que sepa ciertas cosas -continuó.

– Le escucho.

– La enfermedad que padece puede aliviarse. Puede desaparecer completamente y por mucho tiempo, pero es incurable. Volverá a manifestarse. Tendrá que aprender a vivir con ella, y sin duda…Se detuvo un instante, antes de proseguir. El Rey lo miraba fijamente, sin pestañear.

Jean-Baptiste se oyó pronunciar el final de su frase y se extrañó de sus propias palabras:

– … a morir.

Después de traducir estas palabras, Demetrios miró al Rey en espera de su respuesta, que tardó en hacerse oír. El Negus se levantó, se dirigió hacia uno de los rincones de la sala, y desapareció prácticamente en las sombras. Después volvió y dijo:

– No me gustan sus palabras, pero sí su forma de expresarse. No habla como los aduladores o los charlatanes. Por eso no se equivoca al pensar que puedo entenderlo.

Hizo un silencio, su mirada se detuvo en la llama de la candela, y luego se clavó otra vez en los ojos de Jean-Baptiste.

– ¿Cuanto tiempo tardaré en sucumbir a la enfermedad?

– Lo ignoro -dijo Poncet.

– ¡Miente! -exclamó de pronto el Rey con un tono autoritario e iracundo-. ¿Cuánto tiempo?

Jean-Baptiste se turbó.

– Bueno, yo diría… Creo que no se tiene conocimiento de ningún enfermo que haya vivido más de dos o tres años.

El Rey escuchó la sentencia con absoluta impasibidad. Se incorporó ligeramente y continuó en silencio.

– La muerte -dijo por fin- me importa muy poco. Podría morir mañana, estoy preparado.

Volvió a acomodarse en su asiento, como si quisiera quitar solemnidad a sus palabras.

– Pero -prosiguió- me preocupan las obligaciones de mi cargo.

Hablaba en tono confidencial. Parecía completamente sereno, como si su único deseo fuera dar rienda suelta a sus pensamientos.

– Mi hijo primogénito -continuó- sólo tiene quince años. Aún es débil e influenciable. No acaba de gustarme la educación que recibe de los sacerdotes y de la corte durante mis largas ausencias. Y no puedo irme de esta vida hasta que él no se haya afianzado en el trono, pues de lo contrario habrían resultado inútiles los logros de tres generaciones de reyes.

Seguía mirando fijamente la vela por la que se deslizaba lentamente una gota de sebo.

– ¡Dos años! -dijo.Se levantó, se fue andando hasta otra silla próxima a la puerta por la que había entrado, tomó con su mano una estola blanca doblada en forma de rectángulo, se la echó sobre los hombros y se envolvió con ella.

– Cuando mi abuelo heredó la corona -prosiguió-, este país estaba sumido en el caos. Nuestros enemigos habían devastado el reino, nuestros vasallos se emancipaban, los sacerdotes imponían su voluntad al soberano, y el pueblo se moría de hambre…

Se dio la vuelta y avanzó hacia ellos.

– Había campesinos que se comían a sus muertos…

Poncet bajó los ojos, al tiempo que el maestro Juremi dirigía la mirada hacia las sombras.

– Así estaba el país. Fue necesario restaurar la autoridad real, expulsar a los enemigos, someter a los príncipes, mantener a raya a los sacerdotes. Basilides, mi abuelo, comenzó una tarea gloriosa. Fundó en esta ciudad, Gondar, una nueva capital al margen de la corrupción que minaba Axum, la sede de la corte desde muchos siglos atrás. Luego llegó su hijo, mi padre, también íntegro, también glorioso, también decidido. Yo, que le he sucedido, he tenido la suerte de reinar mucho tiempo, recoger su legado y hacerlo fructificar. He aligerado las cargas que pesan sobre el pueblo, he abolido los tributos aduaneros que quebrantaban el país, como lo habrían hecho los bandidos. Pero por encima de todo, he aplicado la ley. Sin duda es severa, pero es la de nuestros mayores. Todos la conocen y todos son iguales ante ella.

El alba clareaba lentamente. Una nube violeta cortaba la ventana en dos, de forma que arriba se veía la noche y abajo una bruma blanquecina.

– Hemos culminado esta ardua empresa solos, ¿comprenden? Solos. Hace mucho tiempo que no esperamos ayuda de nuestros vecinos. Son mahometanos y nos odian. Pero además hemos tenido que protegernos de aquellos que durante mucho tiempo creímos nuestros amigos, nuestros hermanos, nuestros parientes católicos venidos del otro lado de los mares. Hace un siglo, cuando los turcos atacaron este país, los reyes de entonces decidieron llamar a los portugueses. Y vinieron. Cristóbal de Gama, hijo del gran Vasco, incluso dio la vida por nosotros. Pero sólo nos salvaron para enviarnos luego a los jesuitas. Cuando llegaron, nadie sabía aquí quiénes eran esos sacerdotes. Nuestros ancestros los acogieron pensando que eran nuestros hermanos, como Cristo había dicho. Así que cuando dijeron que debíamos prestar obediencia al Papa y unirnos a la comunidad católica, no planteamos ninguna objeción. ¡Imagínese! Habíamos sufrido tanto por sentirnos apartados del mundo que acogimos con alegría la idea de volver a él. Lo único que les pedimos fueron argumentos teológicos que demostrasen por qué su interpretación de los Evangelios era mejor que la nuestra. Nuestros sacerdotes se prestaron a la controversia sin subterfugios, estrictamente con la ayuda de sus grandes conocimientos; y esos jesuítas tan seguros de sí mismos tuvieron que admitir que no tenían respuestas a nuestras preguntas y tuvieron que volver a Roma un poco despechados. El Papa envió a otros, más sabios, pero sobre todo más dispuestos a emplear todos sus medios para conseguir sus fines. Nuestro pueblo los acogió como hermanos, mientras ellos obraban propiamente como enemigos. En aquel momento, nuestro punto débil era el Rey. El pobre hombre tenía poco carácter y cayó bajo la férula de los jesuítas, que le hicieron tomar decisiones completamente equivocadas. Finalmente se sirvieron de su autoridad para ordenar la conversión inmediata del país. Entonces comprendimos, aunque demasiado tarde, que a ese mal venido del exterior y al que nos habíamos acostumbrado había que agregar otro ma el que nos deseaban nuestros peores enemigos. No voy a referirles todas las peripecias, aunque fueron innumerables, durante las cuales esos religiosos francos dieron pruebas de su influencia perniciosa, de su empeño por someter nuestras conciencias, por imponernos una fe nueva y conquistarnos por la vía de la perfidia y la división. De esa época datan las guerras civiles más horribles de este país; la autoridad de los reyes, que siempre se había preservado, incluso en los momentos más difíciles, cayó en descrédito cuando uno de ellos aspiró a abrazar la fe de esos extranjeros por debilidad de espíritu. Entonces, el pueblo buscó refugio en los sacerdotes, que por otra parte fueron incapaces de defenderlo. Nuestros enemigos se aprovecharon de nuestra decadencia. Entonces se produjo el caos que, como ya les he dicho, ha precisado tres generaciones para desaparecer, y con no pocas dificultades.

Se tranquilizó, y prosiguió con más calma:

– Ésta es nuestra situación actual, y por eso necesito tiempo.

Casi había clareado por completo. El Rey fue hacia Poncet y le puso la mano en el hombro. Era una mano seca y ligera, que apenas pesaba.

– Cuando veo a hombres como usted, pienso que es una lástima vernos obligados a rechazar todo cuanto llega de Occidente. Antes de que los musulmanes salieran del desierto, su civilización era también la nuestra. En la corte de mis ancestros se hablaba griego. Pero aún somos demasiado frágiles para asumir el riesgo de abrirnos a quienes pretenden ser nuestros hermanos y, por lo que sabemos, insisten todavía en convertirnos sin comprender que así nos pierden.

Retiró la mano y dio unos pasos hacia la puerta.

– Gracias a ustedes -dijo con cierta alegría- ahora hay un atisbo de esperanza en mi vida. Era consciente de la tarea que aún me quedaba por cumplir, y ahora sé de cuánto tiempo dispongo para culminarla.

Cuando el Rey hubo salido, los visitantes se quedaron silenciosos y anonadados. Al darse cuenta de la luz que entraba a raudales en la sala, Demetrios los acompañó rápidamente a su casa. Pidieron quedarse solos para cambiarse, y convinieron con el joven que regresara dos horas más tarde.

En cuanto se cerró la puerta, el maestro Juremi se encaró con Jean-Baptiste.

– ¿Te has vuelto loco? Habíamos acordado que tú ibas a moderar su optimismo y prepararle para una larga enfermedad. ¿Cómo se te ha ocurrido hacerle esa confesión, y mucho menos semejante pronóstico?

– Lo sé -dijo Jean-Baptiste con la cabeza entre las manos-. Sin embargo, cuando he mirado a ese hombre no he podido mentirle.

– Me parece bien que no quisieras mentirle, pero tampoco tenías por qué decirle toda la verdad.

– Ese hombre tiene algo que me ha impulsado a decírselo todo.

– No es él quien tiene algo -dijo el maestro Juremi- sino tú. ¡Vaticinar el destino a un rey! ¡Qué locura! Te crees un dios, amigo mío. Lo que tú tienes es orgullo.

– Creo que no -dijo Poncet con voz apagada-, que es todo lo contrario. Cuando le hablo no es un rey. Le hablo como a un hermano.

– Un hermano al que acabas de apuñalar.

Apenas había acabado su frase cuando llamaron a la puerta con tres golpes. Abrió el protestante. Dos oficiales de la guardia venían a detenerlos.


13

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Los guardias, con un semblante hostil e incapaces de explicarse en otra lengua que no fuera la suya, condujeron a los dos francos al palacio, aunque no por los vericuetos secretos que habían seguido la noche anterior sino que rodearon completamente las murallas para entrar por la puerta principal.

Atravesaron una anticámara estrecha y se encontraron en la sala en la que el ras y los sacerdotes les habían interrogado a su llegada. Allí les esperaban los mismos dignatarios, pero en esta ocasión estaban dispuestos en dos grupos, entre los cuales había tres cuerpos tendidos en el suelo y cubiertos con una sábana. El dragomán que había vertido al árabe la audiencia oficial con el Emperador se adelantó y tradujo las palabras que acababa de pronunciar en voz alta uno de los religiosos:

– Estos esclavos han probado los remedios que ustedes han preparado para curar al soberano, y ahora están muertos.

Jean-Baptiste suspiró aliviado, pues se temía algo muy distinto. En cuanto a los remedios «oficiales», éstos sólo eran un mejunje a base de agua, harina y colorante de remolacha que habían elaborado en presencia de Demetrios.

– Dígale a estos señores -dijo Jean-Baptiste sonriendo- que nuestra receta es muy sencilla y que antes de hacerles llegar nuestro preparado le proporcionamos otro igual a Demetrios, que según creo es un sirviente del Emperador.

Al oír el nombre de Demetrios, los presentes empezaron a hablar entre ellos muy nerviosos y apenas escucharon al intérprete. Los dos médicos comprendieron enseguida que habían mandado a buscar al joven griego. Llegó al poco rato, sudando y con una cajita de madera en la mano donde guardaba una muestra de la misma sustancia que habían entregado a los sacerdotes.

El joven pronunció un largo parlamento que los francos no entendieron, aunque advirtieron, eso sí, que hablaba en un tono muy distendido. Para reforzar sus palabras, Demetrios abrió la caja, tomó un poco del preparado, lo comió ostensiblemente y ofreció a la concurrencia. Los sacerdotes lo miraron con cara de asco y, tras una breve discusión, los dignatarios abandonaron la sala. Cuando se hubo cerrado la puerta, se oyeron las voces de una conversación tumultuosa.

Demetrios dijo entre risas que el incidente se daba por concluido.

– Espero que el Rey los condene por haber envenenado a esos tres desgraciados -dijo Jean-Baptiste.

Unos soldados que habían entrado discretamente en la estancia se llevaron los cadáveres de los esclavos, arrastrándolos por los pies.

– En nuestro país uno sólo puede ser condenado por matar a hombres, y los esclavos no lo son -dijo Demetrios con seriedad.

Tras estas palabras, los dos médicos y el guía abandonaron la estancia. A sabiendas de que uno debe acostumbrarse a la desgracia ajena, siempre que una sociedad así lo justifica, se olvidaron de las víctimas de aquella ridicula maquinación y sólo pensaron en pasar un buen rato.

Por lo demás, aquel asunto les sirvió para comprender mejor cómo ejercía el Rey su poder en medio de todos aquellos peligros. De hecho, sólo había otorgado su confianza a hombres oriundos de países extranjeros, como Demetrios o Hadji Ali. Y algunos de ellos habían sido secuestrados en su infancia, durante redadas y campañas militares. Así como los turcos estaban protegidos por niños cristianos que habían robado para convertirlos en jenízaros, el Rey de Reyes tenía a su servicio jóvenes musulmanes educados como cristianos, que sentían por él auténtica devoción. Eran útiles en la capital y por todo el país. Siempre había recurrido a musulmanes que le debían la vida, como Hadji Ali, o a armenios y otros cristianos de Oriente, subditos del Gran Turco, para llevar a cabo misiones de confianza fuera de su territorio.

Mientras estuvieron en Gondar, Poncet y su amigo aprendieron a valorar esta presencia protectora que nunca más les abandonaría. Aparte de Demetrios, en las calles por las que caminaban, en las casas en que cenaban, en los campos donde recogían plantas, siempre había observadores discretos, y casi invisibles, que se ocultaban bajo la apariencia de campesinos bonachones, vagabundos o comerciantes, para extender sobre ellos el poder del Rey.

Durante su estancia en la capital tuvieron la oportunidad de ser testigos de muchos acontecimientos, pudieron observar sus curiosas tradiciones y tener incluso algunos encuentros voluptuosos, pero obraron con tanta moderación que estuvieron a punto de adquirir mala fama. También visitaron numerosas iglesias, aprendieron a conocer la pintura y a apreciar la música de aquel país, que al principio les había parecido muy poco atractiva. Comprendieron mejor la riqueza de sus sonidos cuando oyeron sus melodías acompañando a la danza, a la que sustentaba y servía de marco.

Pronto supieron distinguir de dónde procedían los innumerables objetos de madera, cobre repujado o esparto, cuya variada producción mostraba la profusión de culturas de este gran Imperio. Poncet llenó de notas un cuaderno entero y se procuró otro, gracias a la habilidad de Demetrios, pues los abisinios desconocían el uso del papel y sólo escribían en pergaminos.

Se volvieron a ver con el Rey, aunque no con frecuencia, para no despertar sospechas. Pese a que el mal no había desaparecido, constataron un retroceso de los síntomas. No volvió a preguntarles nada más sobre el pronóstico, pero se mostró interesado por las costumbres, las ciencias y la política de las naciones de Occidente.

Un día, Demetrios les comunicó que el Rey de Senaar había alegado un insignificante asunto fronterizo para declarar la guerra, de modo que el Negus iba a partir otra vez en campaña. Según el joven griego, era mucho menos peligroso seguir al Rey que quedarse en la ciudad puesto que la corte podría aprovechar su relativa libertad para vengarse de los extranjeros de quienes ya se empezaba a rumorear que eran muy peligrosos. Tras fingir que había tomado los remedios que la corte le había entregado oficialmente de parte de los médicos francos, el Rey comunicó que estaba mejor, y más tarde que se había curado. Por último remuneró a los dos francos con presentes muy valiosos, que añadieron a todo cuanto habían ganado con otros pacientes de la ciudad, pues con el paso del tiempo, Jean-Baptiste y su socio curaron a mucha gente de toda condición. Incluso les pidieron oficialmente que visitaran a la Reina, aquejada de una indisposición que trataron con éxito. Los sacerdotes estaban furiosos.

Cuando llegó el momento de plantearse acompañar al Rey en sus campañas militares, Jean-Baptiste consideró que había llegado el momento de la verdad. Aunque su estancia en Abisinia no carecía de interés, tampoco olvidaba la verdadera razón de su viaje y la meta personal que se había marcado: tenía que volver con una embajada.

Pero nada de esto habían conseguido todavía. Además, ahora sabían por qué motivo el Negus desconfiaba de los jesuítas y de Occidente. ¿Acaso el soberano no les había confesado en voz alta que era demasiado pronto para que su país se abriera al extranjero? A este obstáculo político, que de entrada era un impedimento para una embajada, había que agregar otro, más personal, que de alguna manera ahora se revelaba como un inconveniente, a pesar de que hasta entonces sólo les había deparado ventajas. Todos los esfuerzos orientados a granjearse la confianza y la amistad del Rey, además de garantizar su seguridad y bienestar, habían dado sus frutos, superando con creces sus primeras expectativas. Era evidente que el soberano los apreciaba. Cada día, directa o indirectamente, daba muestras de estar vinculado a ellos por lazos de confianza y afecto. Pero el juego que practicaban era peligroso. La amistad del Emperador podía ayudarles a culminar el deseo de regresar con una embajada, pero al mismo tiempo corrían el riesgo de que quisiera conservarlos toda la vida a su lado, como les había ocurrido a tantos viajeros antes que ellos. Lamentablemente no podían pasar por alto esa eventualidad, así que Jean-Baptiste decidió abordar ese asunto en su próxima entrevista con el Emperador. Todo el día estuvo pensando en El Cairo, en su casa y en la señorita De Maillet, y sintió tantos deseos de volver a ver todo aquello que estaba pletónco de energía para convencer a cualquiera que se le pusiera por delante, por muy tozudo que fuese.

El Rey no los recibía siempre en la estancia cubierta por la cúpula que señoreaba las murallas del palacio. A menudo Demetrios les hacía salir de la ciudad y se reunían con el soberano en su tienda de caza, situada en las inmediaciones del bosque, donde pasaba jornadas enteras persiguiendo a leones y leopardos.

En aquellos días se hablaban ya con una cierta familiaridad, aunque el Rey siempre había guardado las distancias, haciendo gala de la dignidad propia de su rango. Aquella noche el soberano les honró con su compañía durante la cena. Demetrios se mantenía aparte en prueba del respeto que cualquier subdito debe a su rey, de modo que los tres hundieron las manos en la misma torta de injera condimentada con salsas. Conversaron sobre la campaña en ciernes y el inminente viaje. Una vez terminada la comida, un soldado les llevó un aguamanil y se enjuagaron los dedos.-Majestad -empezó a decir Jean-Baptiste cuando se quedaron solos-, ya que usted nos ha hablado de su partida, permítame que también le digamos algo por nuestra parte.

La frase era ambigua. Por la mirada que le dirigió el soberano, Poncet comprendió que este se había percatado de que no hablaban del mismo destino.

– Vuestra Majestad nos mandó llamar a su lado. Hemos hecho todo cuanto estaba en nuestras manos. Hadji Ali conocía nuestras intenciones desde el primer momento. Y ahora tenemos que regresar al lugar de donde venimos.

Una sirvienta les llevó el café en unas tazas. El Rey se tomó el tiempo necesario para servir personalmente a sus huéspedes; desprendió dos hojas minúsculas de una planta aromática que los abisinios llaman «salud de Adán» y las agregó a su café.

– ¡Qué curioso! -dijo-. Precisamente pensaba hablarles esta noche de su estancia aquí. La norma que hemos aplicado durante siglos es estricta: cualquier extranjero es bienvenido, pero luego debe quedarse entre nosotros. Ustedes ya están al corriente de los problemas e incluso de las tragedias que hemos vivido cada vez que hemos derogado ese principio. Así pues, cuento con restituirlo.

Poncet miró a su compañero y leyó en los ojos del protestante cierta incredulidad; no obstante esperó a oír la continuación.

– Sin embargo no pretendo obligarles -prosiguió el Negus- ni forzarles a vivir en este estado de clandestinidad que, comprendo, puede resultarles penoso. Por eso mi intención es proponerles un cargo oficial -que será acatado por la corte según mi deseo- y una retribución a la altura de la gran estima que ustedes me merecen.

– Majestad -dijo Poncet afablemente pero con un tono resuelto-, lo lamento pero no podemos aceptar. A nuestra llegada le comunicamos que teníamos que regresar a El Cairo.

– En efecto -dijo el monarca- me lo manifestaron. Para ser más exactos, el pacha de El Cairo hacía referencia a ello en su carta de recomendación, que no en vano tiene su valor. Tal vez sea ésta la única circunstancia en la que el principio que acabo de exponerles admita una excepción. El pacha del El Cairo es mahometano, y por lo tanto un enemigo para mí. Sin embargo, es un enemigo con quien tenemos negocios y me teme debido a mi poder sobre el Nilo. Por mi parte, yo también lo necesito, pues cada vez que muere el abuna, debe dar su visto bueno para dejar venir hasta aquí otro patriarca. La tradición es así y ahora nos resulta más útil que nunca tener como jefe de nuestra iglesia a un monje que no habla nuestra lengua y que sólo ha salido de su monasterio egipcio para ponerse a temblar ante mí. Así pues, como debo mi palabra al pacha de El Cairo, puedo dejarles salir.

– Le estamos muy agradecidos, Majestad.

– Sin embargo, permítanme hacerles una pregunta -dijo el Rey.

Poncet inclinó la cabeza. Estaba claro que aunque el soberano había desestimado el uso de la fuerza, tampoco había renunciado a convencerles.

– ¿Por qué prefieren servir a esc infiel, a ese canalla turco, que posiblemente ni siquiera da muestras de gratitud, y no a un príncipe cristiano que sería incapaz de negarles un favor?

– Majestad -respondió Poncet-, no volvemos por el pacha de El Cairo.

– ¿Pues por qué entonces?

El joven médico bebió un trago de café antes de contestar.

– Como usted sabe, el maestro Juremi y yo somos socios. El me acompaña, pero quien realmente quiere regresar soy yo.

– En tal caso -dijo el Rey-, le hago la pregunta a usted, Jean-Baptiste.

– Bien, Majestad -dijo Poncet-, la cuestión es que estoy enamorado de una joven.

El Rey se echó a reír. Era una de las pocas veces que le veían hacerlo. Se reía silenciosamente, con la cabeza hacia atrás. Mientras, Demetrios esperaba con una actitud respetuosa para traducir la continuación de la conversación.

– Muy bien -dijo por fin el soberano-. Supongo que se sentiría muy orgullosa de vivir en mi corte, y arropada en oro. Por lo que me han dicho, El Cairo es una ciudad muy calurosa y las mujeres prefieren nuestro clima. ¡Haga venir a su esposa!

– No es mi esposa -dijo Jean-Baptiste.

– En tal caso, puede celebrar la boda aquí.

– A decir verdad, Majestad… no hemos llegado tan lejos todavía.

El Rey volvió a reírse de aquel modo tan peculiar.

– ¿Y en que punto están entonces?

– Debe saber, Majestad, que es una joven de una condición considerablemente más elevada que la mía. Su padre ocupa un cargo importante en nuestro estado. Nos amamos y…

Jean-Baptiste sintió una especie de punzada al pronunciar la frase,como si estuviera tentando la suerte. Temía los zarpazos del destino sobre ese asunto, con la superstición propia de los enamorados.

– … pero antes tengo que convencer a su familia y no va a ser fácil.

– Dígale que vivirá aquí, en la corte de un gran Rey, y que usted será uno de mis oficiales de alto rango.

– Majestad, ¿acaso no conoce a los hombres? No tienen imaginación; para ellos no existe aquello que no pueden ver con sus propios ojos. Yo sé bien que un lugar en su corte es más digno que muchos cargos de los que se enorgullecen los hijos de las familias más influyentes, pero eso no será suficiente para convencer al padre de la mujer que amo.

Se detuvo un instante, esperó a que Demetrios terminara la traducción y, sacudiendo la cabeza como quien piensa en voz alta y analiza una a una las ideas que se agolpan en la conciencia, añadió:

– Me doy cuenta, Majestad, de que intenta hacer todo cuanto está a su alcance por ayudarme y le estoy muy agradecido por ello. A decir verdad, hay algo que me gustaría decirle…

– Dígalo, pues.

– Me resulta difícil confesárselo porque sé que mis propósitos pugnan con sus convicciones más profundas.

– No se preocupe por ello. Si tengo que negarme, al menos ni usted ni yo tendremos que lamentar el no habernos hablado con claridad.

– Bien -dijo Jean-Baptiste de manera precipitada, como quien alivia la carga de sus hombros dejando caer los bultos al suelo-. El padre de mi amada es diplomático. Si me fuera posible alcanzar la misma posición, me juzgaría como un igual, o cuando menos como alguien de su mundo. Un medio para conseguir mi meta sería que Vuestra Majestad se dignara recomendarme a nuestro rey Luis XIV para que éste me nombrara embajador permanente en Abisinia. De ese modo podría volver aquí, y al mismo tiempo ostentar ante la joven que amo un cargo brillante. Por otra parte, aunque ese puesto sea inferior sin duda al que Vuestra Majestad pudiera ofrecerme en su corte, al menos tendría el gran mérito de ser considerado por su padre.

– ¡Una embajada! -exclamó el Rey.

Una ráfaga de aire se deslizó por debajo del faldón de la tienda real y levantó un remolino de arena en el suelo, interrumpiendo un momento la conversación.

– Usted sabe -continuó el soberano- que nunca obramos de esa forma. Si tenemos algo que decir a nuestros vecinos, recurrimos a mensajeros que actúan con suma discreción, como mercaderes, peregrinos, y a veces incluso mendigos. Antaño, cuando los portugueses nos enviaron representantes oficiales, éstos hicieron tal alarde de arrogancia que nos incitaron a no dejarles marchar.

– Lo sé -dijo Poncet.

El Rey se puso de pie y empezó a deambular alrededor de la mesa, rozando de paso la tela gruesa y áspera de la tienda, con un gesto instintivo que evidenciaba su perplejidad.

– Usted sabe también que todos los sacerdotes, esos que llaman jesuitas y esos otros que se visten como los árabes, pululan a nuestro alrededor, al acecho del menor pretexto para entrar en el país. Cuando yo era niño, mi padre mandó venir a un médico de El Cairo, como yo he hecho ahora con usted. Llegaron dos monjes; los recibió amablemente aunque con cierta desconfianza y preguntó cuál de ellos era el médico. Éstos le dijeron con toda tranquilidad que el médico no había podido emprender el viaje inmediatamente y que ellos se habían adelantado…

– ¿Qué fue de los monjes? -preguntó Jean-Baptiste.

– En el momento que el pueblo se enteró de que los religiosos francos habían regresado, la multitud comenzó a concentrarse; nuestros sacerdotes y nuestros príncipes pusieron al Rey en cuarentena, por miedo a que se convirtiera como había ocurrido ya una vez, para nuestra desgracia. Todos temían que se desencadenara de nuevo una guerra civil, así que el Rey, mi padre, no vaciló en entregar a los dos extranjeros a la multitud, que los lapidó ante el palacio. Le digo esto para que sepa que una embajada puede atraer a esos fanáticos que tratan de entrar en el país por todos los medios, a sabiendas de que no queremos volver a verlos.

– ¡Precisamente! -dijo Jean-Baptiste, que continuaba pensativo y que parecía a punto de pronunciar en voz alta los pensamientos que gradualmente le venían a la mente-. No debe confiar una embajada a un desconocido sino a una persona que le sea familiar, alguien que sienta tan poca simpatía como usted por los curas y que se comprometa a no traerlos con la embajada; esto pondría las cosas en otro plano. Majestad, me parece que en realidad tiene poco que temer. La presencia de un emisario de nuestro Rey, testigo de la situación de vuestro imperio y conocedor de las maniobras de los jesuítas ofrecería la posibilidad de informar sin demora a nuestro soberano de cualquier treta de esos clérigos. Luis XIV tiene influencia sobre el Papa y podría pedirle que moderara sus fervorosas congregaciones. Muchas cosas se deben a que en nuestro país no se conoce suficientemente a Vuestra Majestad. La simple palabrería medra fácilmente donde impera la ignorancia. Perdone mi franqueza, incluso yo me avergüenzo de lo que voy a decir, pero los jesuítas han llegado a describir este reino en sus relatos como una tierra de salvajes, ignorantes y brutos. Y ése es el argumento que han esgrimido para intentar traer hasta aquí la luz de la fe. Si yo pudiera aportar un testimonio de la realidad de este pueblo, seguro que el Rey francés lo entendería. Yo ayudaría a ambos a establecer las relaciones de estima entre grandes soberanos cristianos, uno de Occidente y otro de Oriente. Creo que de ese modo Vuestra Majestad podría impedir la llegada de quienes se empeñan en alterar el orden de su reino para adueñarse del poder y las almas.

Al término de este parlamento que había pronunciado de corrido, como llevado por una súbita inspiración y en un tono apasionado, Jean-Baptiste miró fijamente al Rey. El soberano, inmóvil, se quedó pensativo unos instantes. Luego llamó a un guardia. Un joven muy alto y delgado apareció con una lanza en la mano y un machete cincelado en la cintura.

– Que alguien vaya a la ciudad y me traiga a Murad inmediatamente -dijo el Rey.


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Un hombre que ha mentido y robado mucho, que ha renegado y traicionado, sólo puede esperar la vejez y terminar su vida en paz cuando ha sabido preservar indefectiblemente su amor propio a pesar de todas las felonías. Así era Murad. El armenio había alcanzado una longevidad poco frecuente y sólo comparable a la de los venerables ancianos del Cáucaso, tan lucidos para llevar la cuenta de sus años, cuya edad siempre confunde a la gente. Murad sólo había conocido dos épocas en su vida: la niñez, en un pueblo cercano al lago Van, hasta que su padre mercader lo llevó consigo a Etiopía. Después, a partir de los quince años, la de los servicios prestados con una inmutable lealtad a cuatro reyes abisinios. Lo había visto todo: las misiones de los jesuítas, su expulsión, ¡a anarquía, la asunción del poder de Basilides, y luego la obra de su hijo y de su nieto Yesu I. Debido a sus dotes para los idiomas, su habilidad diplomática y su capacidad para juzgar a los hombres nada más verlos, se convirtió en el emisario de excepción de los Negus, concretamente en la India y también con los holandeses de Bali. Y había tenido el honor de volver de aquella misión con una enorme campana de bronce que los batavos le regalaron para honrarle.

Jean-Baptiste había hablado con Murad en varias ocasiones desde que estaban en Gondar. La primera vez fue para prescribirle un tratamiento destinado a sanar una enfermedad poco común para su edad, y que había contraído ya «veinticuatro veces», a decir de la gente, debido a que su vigor sexual seguía intacto. Los remedios de Poncet habían dado un buen resultado, y el anciano se encaminaba hacia su sífilis número veinticinco cuando una noche que estaba en compañía de una joven hurí le dio un ataque que le impidió hacer uso de una mitad de su cuerpo. Gracias a los cuidados de Jean-Baptiste pudo recuperar el movimiento en la parte dañada, aunque le quedaron como secuelas una mano inútil y el labio caído. Pese a ello, Murad discurría tan bien como siempre y Poncet se sintió aliviado al saber que el Rey iba a prestarse a escuchar la opinión de un hombre que siempre había mostrado tan buena disposición con respecto al joven médico.

El anciano apareció al cabo de una hora. En su cara se dibujaba la expresión de disgusto de quien ha sido despertado en el primer sueño. Jean-Baptiste sabía que dormía poco y muy mal, pero intuyó que el anciano estaba haciendo comedia para disimular la alegría que sentía de que el Emperador aún reclamara sus consejos. Además, como negociante avispado que era, podía permitirse estipular muy alto el precio de su aparente esfuerzo, a sabiendas de que recibiría una retribución acorde con su supuesto sacrificio.

El Rey le expuso el asunto de la embajada de Jean-Baptiste sin mencionar el aspecto amoroso, y pidió a Murad su opinión respecto a la viabilidad de tal empresa y los medios para llevarla a cabo.

El viejo escuchó desde una especie de silla curul con incrustaciones de nácar que formaba parte del mobiliario de caza del soberano. Estaba sentado de medio lado, y se apoyaba en un codo, con los ojos entornados. Tenía los párpados casi cerrados y los ojos nublados por unas manchas blanquecinas. No obstante, Jean-Baptiste intuía que su mirada penetrante se clavaba en todas partes y que era observado con suma atención. Una expresión apasionada se dibujó en el rostro del joven, que no intentó disimular el deseo de hacer realidad la encomienda del Negus. Después de haberse tomado un tiempo prudencial para estudiar las palabras del Rey, Murad dijo con una voz algo entrecortada por la enfermedad:

– Majestad, es una idea excelente. Pero como decía Herodoto, la lira puede ser un instrumento musical o un arco, o sea un arma, todo depende del uso que se haga de ella. También esta empresa puede acarrear resultados muy distintos, según la forma en que se maneje.

Murad hablaba siempre así. Nunca emitía un juicio que no albergara la sentencia verídica o inventada de un filósofo griego, como un guerrero que se esconde tras su escudo para aproximarse más a aquel a quien desea asestar un golpe. El Rey esperó que continuase.

– En primer lugar -dijo Murad con una expresión de profundo abatimiento- no tiene que escribir nada, Majestad. La ruta es muy larga desde aquí hasta las capitales de Occidente y existe el nesgo deque su carta caiga en manos de desaprensivos que hagan mal uso de ella. Esa circunstancia podría incluso darse aquí. Figúiese el partido que sacarían los sacerdotes si descubrieran que pretende enviar una embajada. Por otro lado, suponiendo que eso ocurriera en ruta, los turcos se enterarían de sus intenciones y el señor Poncet sería desenmascarado como su protegido. Y también podría ocurrir allí. Ya conoce a los jesuitas, su habilidad para manipular las leyes, y su mente retorcida y pérfida. Cualquier palabra anodina les autorizaría a pensar que usted solicita su presencia, que quiere prestar juramento de fidelidad a Roma o quién sabe qué. Así pues, nada de escribir.

– Pero en ese caso, ¿cómo vamos a mandarla? -preguntó el Rey, que había escuchado estas palabras de pie, con las manos a la espalda.

– Pues igual que hizo su padre y su abuelo. Y como usted mismo ha hecho muchas veces.

– Enviando a un mensajero con el señor Poncet -dijo el soberano-. Sí, ya había pensado en esa posibilidad, pero quién… ¿Usted, Murad?

– Majestad, entiendo que me hace esa pregunta como un cumplido; no obstante me halaga y le doy las gracias por ello. No, usted sabe que la muerte ha dejado recientemente su huella en mi cuerpo. Estoy tan resignado a someterme a sus designios que bajé la cabeza, pero falló. Me temo sin embargo que dentro de poco vendrá a darme un nuevo golpe, y espero que sea el último.

– Entonces, ¿quién? -volvió a preguntar el Rey-. Hadji Ali sólo es virtuoso con los mahometanos. Sería incapaz de cumplir una misión de estas características.

Poncet soltó un suspiro al oír que iban a librarse para siempre de la compañía de aquel ladrón. Miró al maestro Juremi, que, desde el fondo de la tienda donde se hallaba en silencio, le llamó con una señal.

– Maillet quería a jóvenes de la nobleza abisinia, ¿recuerdas? -dijo el protestante en voz baja.

– No tenemos ni la más remota posibilidad, pero de todos modos voy a plantear la cuestión.

Jcan-Baptiste volvió a orientar sus pasos hacia el soberano y tomó la palabra de nuevo.

– Majestad, ¿qué le parecería si lleváramos con nosotros a los hijos de algunas familias influyentes? De paso podrían sacar un gran provecho del viaje, seguir estudios en Francia, aprender nuestra lengua y enseñar a los franceses la suya…-¿Se ha vuelto loco? -dijo Yesu-. Nuestros vecinos musulmanes matarían a cualquier abisinio cristiano que saliera de aquí. Además, no olvide que este asunto debe permanecer en secreto.

Poncet se avino de buen grado a sus razones; al menos podría decir honestamente que había intentado persuadirle…

El Rey continuó cavilando en silencio.

– ¿Demetrios? -dijo de repente el soberano, mirando al traductor.

– No, no, le resulta más útil aquí-sentenció Murad.

Por la manera en que se había apresurado a responder, tan impropia de él, que siempre hablaba con desapego y con un aire cansino, Poncet comprendió que el anciano tenía un candidato y que estaba tratando de que el Emperador adivinara su nombre.

Murad le dejó mencionar dos o tres personas, que fueron eliminadas. Finalmente, al cabo de un estudiado silencio, el armenio dijo con fingida indecisión:

– Se podría pensar en mi sobrino…

– ¿De qué sobrino me habla? Su hermana tiene hijos, pero que yo sepa son mujeres.

– También tiene un hijo, que se llama Murad, como yo. Ya sé que puede resultar algo confundido. Si le parece, podemos llamarle Murad el Joven, aunque ya tiene casi cuarenta años. Fue educado en Alepo, Tal vez sepa, Majestad, que mi cuñado comerció durante mucho tiempo en esa región. Su mujer, mi hermana, volvió aquí hace quince años, y creo que no se entendía muy bien con su marido. En fin, sea como sea, el padre se quedó con el hijo, como dictan nuestras costumbres. Pero por desgracia no ha servido de mucho, a pesar de las excelentes cualidades del muchacho. Figúrese, Majestad, que se ha hecho… cocinero.

– ¿Y pretende usted enviar a ese Murad a entrevistarse con un gran Rey?

– Su Majestad sabe muy bien que los mejores emisarios son los más modestos, porque pasan desapercibidos. Lo único que cuenta de verdad es su agilidad mental, y debe saber a este respecto que mi sobrino tiene aptitudes de sobra. Además, no es un cocinero corriente, trabajaba al servicio de un mercader cristiano muy influyente. También ha aprendido idiomas, y creo que tiene algunas nociones de francés. Cuando volvió aquí el año pasado, incluso yo me quedé sorprendido de la soltura con que se manejaba. No le digo más, Majestad, ya tendrá ocasión de comprobarlo personalmente. Hace dos días que se fue a pescar al lago Tana. Qué le vamos a hacer, es su pasión, y guisa tanbien el pescado… Enviaré a alguien en su busca, y mañana se lo traeré.

– Está bien -dijo Yesu sin entusiasmo-, lo recibiré.

Se daba cuenta de que el anciano emisario intentaba designar a un miembro de su familia para esta misión, que consideraba fructífera. Era la regla: el Rey sabía perfectamente que sus consejeros no hacían nada por él a menos que sacaran algún beneficio. Pero por otra parte recibían un trato demasiado bueno como para perjudicar los intereses del Rey por beneficiar a los suyos. De alguna manera, todos los asuntos eran como una embarcación con un lastre en cada extremo: los beneficios del comandatano por un lado y los del ejecutante por el otro. Así equilibrada, no había quien la hundiera.

– El emisario es un problema -continuó Murad-, aunque estamos en vías de encontrar una solución. ¿Pero ha pensado, Majestad, qué mensaje desea darle?

– Ciertamente -dijo el Rey, que volvía a sentirse seguro pues en esta materia sólo necesitaba el consejo del anciano, no sus dictados-. Transmitirá al Rey de Francia mi saludo no como subdito ni vasallo sino como un rey puede honrar a otro, de igual a igual. Por lo que sé de ese Luis, es poderoso, y mi deseo es que conserve su poder y que extienda su imperio sobre los hombres. También le deseo salud, pues al parecer es viejo, y amores venturosos. Una vez que el mensajero haya transmitido este mensaje, deberá sacar a relucir la paridad de nuestras condiciones. Dirá que es el emisario del descendiente de Salomón por su hijo Menelik, nacido de la reina de Saba, Rey de Reyes de Abisinia, Emperador de la Alta Etiopía y de los grandes reinos, señoríos y comarcas, rey de Choa, Caíate, Fatiguar, Angote, etc. Además me cercioraré personalmente de que nuestro enviado conozca la lista completa de todos los títulos y honores que poseo antes de emprender viaje. A continuación le dirá que no deseamos que Roma mande a ningún religioso a alterar la paz de nuestro pueblo. Le hará comprender que no éramos hostiles por principio, que incluso recibimos de muy buen agrado a los primeros, pero que abusaron de nuestra hospitalidad y de nuestra confianza. Que nos envíen, sí así lo desea, a hábiles obreros y artesanos del país. Así embellecerán nuestra capital, como antaño el pintor Brancaleone embelleció nuestras iglesias para mayor gloria del Negus de entonces. Le dirá por último que sería de mi agrado que su leal subdito, el señor Jean-Baptiste, hijo de Poncet, fuera nombrado embajador en mi corte. Así podría informar de la situación de mi país, al igual que él me tendría informado de los acontecimientos del suyo. Éste es mi mensaje; y no solicito ningún favor, sólo me dirijo a él como un soberano que aspira a saludar a su hermano y a su igual. No vamos a tratar aquí de religión pues está claro que los dos creemos en Cristo y que esta fe debe unirnos y no separarnos. Por lo demás, no entiendo nada de disputas doctrinales y doy por seguro que no es asunto de reyes.

– ¿Y qué presentes va a ofrecerle? -preguntó Murad.

– ¿Presentes? ¿Sería oportuno en tales circunstancias?

– Majestad, está diciendo que desea hablar de igual a igual. ¿Qué hace un príncipe que desea presentar sus respectos en las tierras de otro? Le ofrece regalos que son el mejor medio para mostrar su magnificencia y demostrar que no espera nada.

– Tienes razón, Murad -dijo el Rey-. Prepara entonces unas ofrendas de acuerdo con las que se harían para los príncipes de nuestro mundo. Sin embargo, como no conocemos Occidente, le corresponde a usted, Poncet, decirnos qué obsequios se aprecian allí.

Con estas palabras se despidieron. Murad se fue de regreso a su cama, gimiendo para disimular su satisfacción por haber conducido la nave a buen puerto.

Dos días después apareció Murad el Joven, que mantuvo una entrevista secreta con el Rey en presencia de su tío. Y después se presentó ante Poncet y el maestro Juremi. Era un hombre alto y barrigudo, con las mejillas tan coloradas como si le acabaran de dar unas cuantas cachetadas. Por su vestimenta recordaba a los curdos y a los persas, pues iba ataviado con una larga túnica, un ancho cinturón de tela enrollado a la cintura, unos bombachos de los que sólo se veía la franja estrecha de los tobillos, y un turbante amarillo, de seda, que ocultaba su cráneo rapado. Todas sus prendas tenían manchas de grasa. El hombre no era sucio, pero comía con tanta glotonería que siempre se le caía algo, de tal forma que en sus vestidos siempre había manchas, aunque se cambiaba de ropa. Murad el joven era incapaz de conseguir que los cuidados que dispensaba a su persona superasen la formidable prueba que suponía para él una comida. No podía tolerar ninguna demora para satisfacer su hambre, ni siquiera el momento de ponerse una servilleta.

Su aspecto descuidado solía causar mala impresión. Sin embargo tenía un rostro afable, y su corpulencia adiposa había conservado casi intacta las líneas proporcionadas de sus rasgos infantiles. La plenitud de sus carnes no había dejado sitio a las arrugas, y la barba que se empeñaba en dejar crecer en sus mejillas tersas y rollizas no eran más que dos mechones ralos a cada lado del hoyuelo del mentón. De entrada, los francos reconocieron que Murad el Joven tenía el gran mérito de que con semejante físico pasaría desapercibido en todas partes, y aunque no hablaba el francés conocía la inimitable lingua franca de los mercaderes de Levante. Sin duda se podía soñar con un embajador mejor, pero por lo menos sería un compañero de viaje honesto, discreto y buen cocinero.

En cualquier caso, Jean-Baptiste sólo tenía una idea en la cabeza: marcharse cuanto antes. Habían superado obstáculos considerables, así que las dificultades del regreso le preocupaban poco. Él estaba ya en El Cairo y no podía dejar de pensar en Alix. Su recuerdo permanecía indeleble en un lugar recóndito de su pensamiento. A lo largo del viaje había procurado no pensar demasiado en ella por miedo a desesperarse. Pero a partir de ahora su imagen estaba con él, visible y tan cercana como el momento en que volvería a verla para anunciarle la gran nueva de su embajada. Jean-Baptiste soñaba con todo eso mientras preparaba el regreso. Las dificultades, las incertidumbres, las innumerables tareas por hacer y los compromisos pendientes tenían el gran mérito de incitarle a pensar que también ella lo esperaba con la misma impaciencia. Esta primera etapa del amor es tan rica que todos los retrasos lo alimentan y todas las contiariedades lo reconfortan. No se podrían concebir circunstancia más adversa que una separación al día siguiente de su encuentro, y por consiguiente nada podía ser más propicio, paradójicamente, para fortalecer el sentimiento y alejar la incertidumbre.

Estimulados por la idea del regreso, Jean-Baptiste y el maestro Juremi fueron tan diligentes que cuando el Emperador se disponía a salir a la campaña, habían terminado con sus preparativos y reunido todos los enseres de su caravana. Aparte de ellos, y de Murad el Joven, a quien el Rey había regalado dos baúles con numerosas mudas de recambio y algunas de gala, llevaban también diez esclavos abisinios, capturados en las provincias del sur, seis hombres y cuatro mujeres, negros, medio desnudos, con la cabellera trenzada alrededor de conchas y cuentas de madera. Su tío había entregado a Murad el Joven una carta muy breve firmada por el Emperador y provista de todos los sellos. Sin embargo, no estaba destinada a nadie en particular y sólo certificaba que el armenio era un emisario oficial del Negus, sin precisar ni su destino ni su misión, entre otras cosas porque se había aprendido concienzudamente de memoria el mensaje que debía transmitir al Rey de Francia. Los esclavos tenían la obligación de servir a los viajeros antes de ser entregados como regalo a Luis, hijo de XIV, como Murad se obstinaba en decir. A éstos se añadían otros presentes: cinco caballos y dos elefantes jóvenes, que se desplazaban con trabas y atados uno a otro con una pesada cadena. Tres baúles contenían algalia, tabaco y polvo de oro.

Fueron necesarios dos caballos para cargar con todos los obsequios que los médicos francos habían acumulado durante su estancia: oro, joyas, pieles, colmillos de elefante y otros presentes que sus pacientes -el Emperador el primero y el de mayor rango- les habían rogado que aceptaran. En un pequeño asno agregaron una bolsa de cuero doble, voluminosa aunque muy ligera, repleta de plantas secas, raíces y semillas que habían recogido en el transcurso de aquellas semanas.

Dejaron a Demetrios unos frascos con medicinas y las consiguientes indicaciones para cuidar al Rey. Estaba completamente curado, pero así podría hacer uso de ellas en el caso de que la enfermedad se presentara de nuevo, lo cual por desgracia era muy posible.

Necesitaron tres días enteros para despedirse de todas las amistades que habían hecho en la ciudad. Jean-Baptiste, con el pensamiento completamente puesto en su bien amada, rechazó con la mayor cortesía que pudo los ofrecimientos carnales, que no fueron pocos en aquellas últimas veladas; no obstante, el maestro Juremi se empleó a fondo por los dos.

Así llegó el último día. La estación cálida tocaba a su fin y las noches se cargaban de oscuros nubarrones. Los viajeros tuvieron una última conversación con el Rey, en la parte alta del palacio, en la misma sala donde los había recibido al llegar. El soberano estaba tan emocionado que tenía lágrimas en los ojos y los abrazó como a hermanos. Dijo que cada día rogaría a Dios para que los protegiera y los devolviera pronto a su lado.

– Tengan -dijo tendiéndoles una cadena de oro con un medallón del misino metal, ancho como la mitad de una mano y acuñado con la efigie de un león de Judá-. Sé que ustedes son un poco incrédulos, pero en su interior hay algo más que materia.

El Rey le puso la cadena en el cuello a Jean-Baptiste con sus propias manos y le dio un abrazo. Con el maestro Juremi hizo lo propio, y luego desapareció con prontitud.

Aquel mismo día le vieron de nuevo, pero de lejos, en una audiencia oficial, ya que a los ojos de los sacerdotes y de los príncipes no había constancia de sus entrevistas privadas con el Rey, aunque sin duda todos estaban al corriente de ello.

Los condujeron al patio del palacio donde se había dispuesto el trono. Entretanto, los cuatro leones, a algunos pasos del soberano, rugían en su jaula. El Emperador permanecía inmóvil como siempre, y sólo hablaba por mediación de su «boca» oficial. Poncet y el maestro Juremi se prosternaron cuan largos eran. Las losas rugosas en las que descansaban sus rostros tenían ahora un olor casi familiar, y no les resultaban tan frías como a su llegada. Esta tierra, o mejor dicho, esta piedra, que en el país del basalto a ras del cielo al fin y al cabo era lo mismo, era ya un poco la suya. Como la audiencia se prolongaba y los sacerdotes consideraron oportuno que estuvieran prosternados aún un rato, cada uno vio al incorporarse que el otro había mojado ligeramente el suelo con sus lágrimas.

Un destacamento de treinta guerreros a caballo los acompañó desde la ciudad hasta Axum, a cinco días de marcha. Allí se reunieron con Murad el Joven y con el resto de la caravana, y también con los elefantes. Una escolta formada únicamente por siete hombres los acompañó hasta los confines del imperio, y después partieron a galope hacia la costa.


III LA CARTA CREDENCIAL

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<p id="_Toc104711236">III LA CARTA CREDENCIAL</p>
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La diplomacia es un arte que requiere un ejercicio de dignidad tan constante, tanta majestad en la compostura y tanta serenidad que es muy poco compatible con las prisas y el esfuerzo, es decir, con el trabajo. El señor De Maillet nunca desempeñaba tan bien su papel de diplomático avisado como en los momentos en que podía dedicarse por completo a su labor, porque no tenía nada mejor que hacer. No obstante conseguía elevar esa nada a la dignidad de una gracia de Estado, dotada -como es debido- de un halo de misterio e impregnada de desdén hacia todos aquellos que hubieran tenido la osadía de pedirle cuentas respecto al empleo de su tiempo. Desde que la embajada partiera a Abi-sinia, y tras los engorrosos sinsabores que le habían causado las intrigas eclesiásticas, el cónsul había podido reemprender por fin las tareas rutinarias de servicio al Estado: leía las gacetas que llegaban con retraso, estaba perfectamente al corriente de los ascensos y los traslados habidos en el seno del cuerpo diplomático, a la vez que intentaba definir la dirección de su legítima ambición. Por último, siguiendo un orden establecido con una considerable antelación, visitaba a numerosas personalidades turcas y árabes. A pesar de que no tenía nada que decirles y que tampoco consentía en escuchar nada, a menudo sus conversaciones alcanzaban el refinamiento, el cincelado de los bajorrelieves orientales que atraen la mirada y la cautivan, sin poder distinguir por ello alguna forma precisa, alguna señal, nada.

Esta armonía se rompió repentinamente en los primeros días de mayo, de aquel año 1700, o sea ocho meses después de la partida de Poncet y Hadji Ali. Todo ocurrió en dos cortas semanas. Para empezar, el correo de Alejandría llegó con una carta del conde de Pontchartrain, y el cónsul se encerró para leerla. Después de las fórmulas de cortesía propiamente dichas y de ciertas observaciones de poco interés, el ministro pasaba a comentar la cuestión de Etiopía. El señor De Maillet se quedó atónito al leer las líneas siguientes:

En cuanto al asunto de sus emisarios en Abisinia, mucho me temo que los señores jesuítas que le comunicaron a usted las intenciones del Rey pretendan hacer valer también las suyas, que no son completamente las mismas. Ciertamente, Su Majestad ha expresado ante mí su deseo de ver entrar a Abisinia en el seno de nuestra Madre Iglesia, por el esfuerzo meritorio de los servidores de la Compañía de Jesús. Sin embargo, no le complacería tanto ver en su palacio de Versalles a una representación del Rey de los abisinios. Después de la entrevista que he mantenido hoy mismo con Su Majestad, puedo afirmar que no le agradaría en modo alguno recibir a tales enviados. Es más, una embajada abisinia sólo podría disgustar seriamente al Gran Señor de los turcos, con quien ahora es más necesario que nunca obrar con toda nuestra inteligencia, dada la situación de Europa. En sus cartas, no parecía usted muy convencido de la posibilidad de que sus comisionados regresaran sanos y salvos. No obstante, si volvieran a El Cairo, y en el supuesto de que llegaran con enviados del Rey de Etiopía, le encomiendo expresamente impedir que esos plenipotenciarios continúen su viaje hasta Versalles. Usted les da la bienvenida, acepta sus respetos y luego los manda de regreso con su señor, con profusión de lisonjas y nada más.

Estas instrucciones inesperadas hacían augurar grandes problemas. Así que el señor De Maillet estuvo sombrío mientras duró la comida, y durante los días siguientes no cesó de reunirse en conciliábulo con el señor Macé, que para tal menester abandonaba el cuchitril donde vegetaba. Una semana más tarde se produjo otra sorpresa. Un caballero árabe llegó a la colonia a galope tendido, con su capa roja flameando al viento. Saltó al suelo frente el consulado, manifestando que tenía una misiva para el representante de Francia. Este la recogió personalmente de manos del mensajero, tal como se estipulaba en el sobre. Tras cruzar unas palabras con aquel hombre, el cónsul se enteró de que el correo procedía de Djedda, en la Arabia Afortunada, y que el correo había llegado hasta allí en un viaje de tres etapas. Como el destinatario debía hacerse cargo del pago, el señor De Maillet delegó en su secretario la tarea de regatear el precio del trayecto.

Esta otra carta sumió al diplomático en un estado de inquietud aún mayor que la primera, hasta tal punto que causó trastornos en toda la casa. La mente del cónsul, ese mecanismo tan hábil para desgranar hasta el último minuto de ocio, no daba abasto para asimilar aquel cúmulo de perturbadoras noticias. Por su parte la señora De Maillet también se sintió angustiada, pensando que la salud de su marido podía resentirse de nuevo.

Pero Alix, ávida de noticias, era sin duda la más nerviosa, después de aquellos largos meses en que había recorrido todos los territorios de la emoción: la esperanza, el desasosiego, el pesimismo, los más negros presentimientos… y ahora estaba empezando a saber qué era la resignación.

La llegada de los dos correos la colmó de impaciencia y curiosidad. Pero esta vez el señor De Maillet ya había tomado la determinación de no desvelar a su familia los motivos de su preocupación. Conservaba un recuerdo tenaz y desagradable del caos doméstico que se había producido por haber dado demasiadas confianzas, cuando la embajada emprendió viaje hacia Abisinia. Así que el cónsul se contentó con mascullar que había complicaciones y se cerró de banda en cuanto alguien de su entorno le hizo la primera pregunta.

A pesar de sus esfuerzos, ni Alix ni Francoise pudieron enterarse de más, ni siquiera escuchando detrás de las puertas. Tenían que conformarse con hacer conjeturas. Para Alix, nerviosa y enamorada como estaba, la hipótesis más verosímil era que algo grave le había ocurrido a la embajada de Jean-Baptiste. La desesperaba no saber nada, pero afortunadamente a Françoise se le ocurrió una idea.

– Ya que el cónsul no se confía a nadie, la única solución es hacer pesquisas por nuestra cuenta.

– ¿Entrar en su despacho? ¡Pero eso es imposible! -exclamó Alix.

Aunque se había vuelto más audaz bajo la influencia de Françoise, se espantó ante la idea de semejante transgresión.

– ¡No es tan difícil! -respondió Françoise-. Por la noche deja todos los papeles esparcidos sobre el escritorio y la puerta se queda abierta. Me lo ha dicho el joven nubio que cierra las contraventanas.

– Olvida que el guardia duerme en el vestíbulo y que sólo se puede entrar por allí.

– No sé si sabe -dijo con sutileza Françoise- que el maestro Juremi temía que el brebaje que le dábamos al padre Gaboriau, cuando empezó a frecuentar la casa, no fuera suficiente para que se durmiera del todo.

– ¿Qué quiere decir con eso?

– Pues que me dio otro frasco. Según me dijo, bastaba agregar unas gotas a cualquier líquido para que el buen hombre se rindiera a un sueño tan profundo que ni siquiera habría necesidad de hablar en voz baja a su lado. A aquel cura bonachón no le hizo falta. Pero aún tengo el frasco.

Al día siguiente por la mañana hubo que despertar al guardia con un cubo de agua fría en la cabeza. El señor De Maillet maldijo la embriaguez del personal de Oriente, pero no se dio cuenta de nada más.

Sin embargo, la noche anterior, a las once, después de cerciorarse de que el guardia dormía, Alix entraba en el despacho de su padre mientras Françoisc vigilaba la puerta. La joven estaba asustada ante lo que iba a hacer, pero en cuanto hubo atravesado la puerta del gabinete dio prueba de tener mucha sangre fría.

Sobre el cartapacio de cuero rojo del escritorio reconoció enseguida la carta del conde de Pontchartrain, pues los sellos de cera y los escudos de armas del ministro grabados profundamente en el papel de filigrana la destacaban entre las demás. Alix se apoderó de la hoja con cautela, intentando retener en la memoria la posición en que se hallaba. La dejó a un lado, sin molestarse en descifrarla, pues pensó que lo esencial debía de estar en otra parte. Y así era efectivamente, porque debajo de ésta, descubrió otra más breve. Si la primera carta se distinguía del resto de la correspondencia por su pulcritud, la otra resaltaba por su aspecto lastimoso. El papel estaba arrugado, manchado por el agua de lluvias y mancillado por huellas de dedos sucios. Alix la retiró con mucha precaución. La habían enviado desde Djedda, y era la escritura de Jean-Baptiste. Alix se la llevó primero al corazón y se quedó quieta un instante, sin atreverse a leerla. Su sensibilidad se había acentuado tanto durante aquella larga espera que al apretar aquel trozo de papel que Jean-Baptiste había sostenido, sintió la misma emoción que si hubiera posado la mano sobre la suya. Unos instantes después empezó a leer. Era una nota muy escueta, escrita con rapidez y con una pluma de bambú que achataba las letras. Las líneas ascendían hacia la derecha.


Excelencia:


Vuelvo a El Cairo. La misión en Abisinia ha sido un éxito, aunque hemos lamentado la muerte del padre De Brévedent, que falleció antes de nuestra llegada a la capital de Etiopía. Traigo conmigo a un embajador del Negus. En este momento está cruzando el mar Rojo pues ha sido retenido más tiempo del previsto en Massaua. El Rey de Reyes nos ha colmado de presentes para nuestro soberano. Llevamos diez esclavos abisinios, caballos, dos jóvenes elefantes, así como otras muchas cosas. En cuanto estemos todos juntos, sólo nos restará remontar hacia Port-Said y encontrar un navio que nos lleve a casa. Si todo marcha bien, llegaremos a El Cairo dentro de un mes. Le ruego a su Excelencia…

– ¡Un mes! -exclamó Alix.

Miró la fecha, escrita a vuelapluma en la parte superior de la carta, c hizo rápidamente sus cálculos: la carta había sido escrita exactamente veintinueve días atrás.

Volvió a colocar la misiva de Jean-Baptiste en su lugar, y encima la del ministro, que no había tenido necesidad de leer porque ya se había enterado de lo que quería saber.

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Desde la colina donde Jean-Baptiste y sus compañeros habían asentado el campamento se divisaba toda la ciudad de Suez. Apenas era un pueblo de casas árabes dominado por algunos edificios otomanos y por la mole ocre de la aduana coronada por un tejado de tejas romanas. El viento del golfo hacía ondear los estandartes verdes y deshilacliados de altas palmeras. Las velas triangulares de los navios comerciales arañaban, como una uñada, el dedo azul del mar que se hundía en los pliegues del desierto. Los viajeros habían llegado a la llanura costera de Egipto, dejando tras de sí los declives escarpados del Sinaí.

Suez es el lugar melancólico donde se consuma el sueño de las aguas. El anhelo patético y visible del océano Indico se desvanece aquí, en el extremo del brazo que el mar Rojo tiende hacia el Mediterráneo, mientras este último, envarado e inmóvil, no hace el menor movimiento para responder a su llamada. En todas partes se aprecian las siluetas o las huellas de infinidad de caravanas que tienden un puente de estelas a través de la lengua de arena que separa estas masas de agua, como si quisieran acercarlas.

El final de la estación de las lluvias agrupaba pausadamente los últimos nubarrones negros que proyectaban una oscura sombra de frescor sobre la tierra. La exigua comitiva contemplaba el espectáculo alrededor de un fuego de ramas secas que los esclavos habían preparado después de traer leña desde muy lejos. El día se apagaba rápidamente, y conforme desaparecía la luz, se iba tornando más suntuosa aún la armonía de los colores y el juego de las sombras que aquilataba los relieves y acentuaba los contrastes. Los viajeros se sentían insignificantes ante la magnificencia celeste. A decir verdad, apenas se atrevían a mirarse. El único que parecía ajeno a tales emociones era Murad, cuya única preocupación en aquel momento era la sopa. Constantemente retiraba la tapa de la marmita que cocía en el fuego para observar el color del guiso.

Del leal cortejo que les había acompañado en su partida quedaba bien poco. Los caballos de Murad no habían logrado acostumbrarse a las picaduras de los mosquitos y murieron en cuanto descendieron del altiplano. El armenio tuvo que proveerse de otras monturas enviando un mensajero al Emperador. Los cinco caballos que le mandaron perecieron también nada más llegar. Aquello resultaba muy sospechoso a los ojos de los francos, sobre todo porque sus monturas estaban perfectamente. Irritado por el retraso, Poncet tomó la delantera con el maestro Juremi y ambos pusieron rumbo a Djedda para alertar al cónsul. Finalmente, después de sacrificar -según dijo el armenio- buena parte de los enseres que atestaban las cajas, Murad colocó el resto de la carga en los asnos y en dos mulas, aunque Poncet sospechaba que había vendido aquello a buen precio en Massaua. Y ése era todo el equipaje con que contaban. Los elefantes no habían sobrevivido mucho tiempo. Uno de ellos había muerto de calor en la costa; y el otro, que parecía más fuerte, fue cargado en un pequeño mercante árabe que ocupó completamente él solo. Diez hombres lo habían empujado hasta la embarcación con la ayuda de cadenas, y cuando Murad vio flotar a la bestia por encima del agua se embarcó con el resto del convoy en otro barco que debía navegar junto al del paquidermo. Nadie supo qué debió pasarle por la cabeza a aquel animal, pero lo cierto es que en cuanto los barcos soltaron amarras y se vio rodeado de agua, el joven elefante, presa del pánico, empezó a agitar las orejas, lanzando horribles berridos. La tripulación no pudo impedir que rompiera dos de sus trabas y que diera tal patinazo que la embarcación zozobró. El mar engulló al paquidermo, que continuaba atado por dos cadenas. Cinco marineros desaparecieron en el naufragio.

Así pues, Murad llegó sin elefante. Sólo llevaba consigo las orejas del que había muerto en tierra, pues había tenido la idea de cortárselas y cargarlas en una caja de madera perfectamente cerrada con clavos. Eran unas orejas muy bellas y grandes, como las de todos los elefantes de África. Jean-Baptiste elogió la intención del armenio, pues al obrar de aquel modo había conservado un vestigio de los magníficos regalos del Emperador, con lo cual tendrían algo que mostrar a los incrédulos. Murad aceptó los cumplidos con suma modestia, sobre todo porque el motivo de acarrear con las orejas respondía a una idea muy distinta.

Había oído decir que esta parte del elefante, una vez seca, es una vianda sin parangón cuando se condimenta debidamente.

Los esclavos tampoco corrieron mejor suerte. El Nayb de Massaua, príncipe indígena que reinaba en el extremo de la isla en virtud de un firman del Gran Turco, pensaba complacer al Negus, que daba orden expresa de no importunar a los viajeros. Además, el bienestar de su pueblo dependía tanto de su poderoso vecino que no había que pensar en disgustarle. No obstante, como en el mensaje del Rey de Reyes no se hacía alusión alguna a los esclavos, el Nayb consideró de su agrado a las cuatro mujeres y se las quedó para su propio uso. Otro de los hombres de Murad pereció en la embarcación del elefante, así que llegó a Dejdda sólo con cuatro. Por otra parte, el jerife de La Meca, a quien el armenio había vendido los regalos en Massaua con el pretexto de aligerar sus monturas, se consideró poco honrado con la algalia y las dos bolsas de polvo de oro que le entregaron los viajeros. Miró codiciosamente a los dos esclavos abisinios más fornidos y manifestó que se apropiaba de ellos. No obstante, Poncet le plantó cara y consiguió que el jerife se quedara sólo con uno. Así pues, aquella noche cenaron en las tierras altas de Suez en compañía de los tres supervivientes: un adulto con un pie zopo y dos muchachos, uno de catorce años y otro de once.

En cuanto a los francos, valga decir que hermoseaban bien poco la escena. Aún tenían sus caballos y la mayor parte de los bultos, pero Poncet había estado gravemente enfermo en Arabia y durante todo el ascenso hasta el mar Rojo. Con anterioridad, en Massaua, fue el maestro Juremi quien estuvo indispuesto. Acababan ese año de viaje demacrados, enflaquecidos y debilitados por las fiebres. En el barco se les habían ulcerado las piernas; la sal del mar había inflamado sus heridas, y la arena las había terminado de irritar. Sólo tenían una baza para infundir a su regreso la dignidad que en ese momento echaban de menos: ataviarse con los calzones nuevos, las camisas de algodón con cuello de encaje y las levitas rojas que se habían procurado en Djedda. Las prendas eran parte del botín que unos corsarios habían obtenido en un reciente abordaje, y los piratas consintieron en vendérselas a cambio de una desorbitada cantidad de oro. Había llegado el momento de hacer uso de aquellas galas tan cuidadosamente guardadas hasta entonces en una bolsa de cuero, y de preparar de forma conveniente la llegada.

– Estamos a tres días de El Cairo -dijo Jean-Baptiste-. Los dos primeros los pasaremos juntos. En el último campamento dejas tu caballo, tomas una mula y te diriges hacia el norte. En dos etapas llegasal Nilo por Benha, y un día después entras en El Cairo por la ruta de Alejandría, que es por donde se supone que deberías volver.

Era un regreso poco glorioso para alguien que había participado en todas las penurias del viaje. Pero Poncet sabía que, en el momento en que el maestro Juremi tomó la decisión de reunirse con él, el viejo soldado había aceptado de antemano representar el humilde papel de siempre.

– ¿Nosotros nos quedaremos juntos? -preguntó Murad a Jean-Baptiste con cierta inquietud.

– Sólo los dos primeros días. Esperarás en el lugar donde Juremi nos deje. Yo iré delante.

– ¿Cómo…? -exclamó Murad-. ¿Pretendes que me quede solo en pleno desierto?

– No estarás solo, están los esclavos -refunfuñó el maestro Juremi.

– Es un consuelo. ¿Los has visto?

– Nos detendremos en un sitio seguro, próximo al lugar donde hacen alto las caravanas -dijo Poncet malhumorado-. Y pagaré a alguien para que te proteja.

– Así que te vas antes… -dijo Murad con poca convicción.

– Voy a dar aviso de tu llegada. Al día siguiente te presentas por la tarde con el aire más distinguido que puedas. Uno de los esclavos, el mayor, te seguirá en otra mula. Por cierto, habrá que liarle los pies con unas tiras de fieltro para disimular un poco su cojera. Los dos muchachos irán detrás con los borricos.

Murad asintió con la cabeza.

– ¿Cuántas mudas limpias te quedan en los baúles?

– Una.

– En ese caso, guárdala y espera a la audiencia oficial para cambiarte. Cuando te encuentres con las personas que vayan a darte la bienvenida, a la entrada de la ciudad, pídeles que excusen la triste estampa de un hombre que ha hecho un viaje largo, difícil y peligroso.

Puntualizaron algunos detalles más y luego cayó la noche; durmieron entre las pieles, alrededor del fuego. Jean-Baptiste estaba más nervioso que de costumbre. Su cuerpo le enviaba múltiples señales de fatiga y de dolor. No podía desviar la mirada de todas aquellas estrellas que le habían acompañado durante aquel año y que pronto iba a abandonar. Sólo pensaba en que El Cairo estaba cerca y hasta le parecía notar su proximidad. A la hora de la partida uno nunca se impacienta a pesar de que hay motivos de sobra para el desaliento, y quizá porque sólo se piensa en los logros del viaje. Pero ¿qué sucedía ahora, cuando el regreso estaba tan cerca? ¿A qué venían esas demoras? ¿Por qué pasarán tan despacio los minutos que nos separan de la paz y que causan nuestra desazón? Jean-Baptiste había alimentado la idea del regreso durante largos meses. Imaginaba volver a encontrarse con Alix, su amor. Pero ese castillo de sueños que había construido con tanto tesón, que había alzado piedra a piedra para no perder nunca de vista a su amada a pesar de hallarse muy lejos de ella, empezó a resquebrajarse de pronto. Se preguntaba si esa torre heteróclita de esperanzas frágiles, recuerdos amañados y retazos de imágenes y sonidos salvados de los escombros de unos días ya lejanos, no descansaría en arenas movedizas, en la alocada apuesta de que alguien pudiera esperarle sin conocerlo verdaderamente, y amarle sin apenas haberlo visto. Ese ser que había llevado con él tan lejos y durante tanto tiempo, ¿no sería simplemente su propio deseo? Aquella noche, echado de cualquier manera sobre las piedras cortantes del desierto, Jean-Baptisté no sólo se preguntaba si Alix lo amaba, sino que incluso dudaba de que ella hubiera existido realmente.

Al final tomó la resolución de abandonar el último campamento en plena noche. El día anterior todo se había desarrollado como estaba previsto. El maestro Juremi tomó el camino de Alejandría refunfuñando. Por su parte, Murad estaba tranquilo porque optaron por pernoctar en un lugar muy frecuentado por las caravanas. Además, dos jenízaros habían decidido dormir allí aquella noche. Se acostaron temprano y poco después empezaron a oírse los sonoros ronquidos de Murad. Jean-Baptiste sabía que era inútil intentar conciliar el sueño, así que ensilló tranquilamente su caballo; dejó al asno y toda su carga con el resto del convoy que alcanzaría la ciudad al día siguiente; se enfundó la camisa limpia, el calzón y el jubón; y se marchó solo. La gran luna de nácar que se había elevado por poniente alumbraba el camino con tanta claridad como el sol en invierno. Había sido un día abrasador. El caballero al trote atravesaba las bolsas de calor que flotaban en el aire, dejándolas atrás como mantos sedosos. Mientras, los cascos de los caballos resonaban como los latidos de un inmenso corazón que hubiera aflorado a la superficie trémula del desierto.

Todavía era de noche cuando pasó por las ruinas de un templo dedicado a Tolomeo. No tenía ánimos para meditar sobre la fugacidad de los siglos entre aquellas columnas derrumbadas, pues en ese momento todo daba muestras de la evidencia contraria: los segundos eran eternos y el paso de estos últimos instantes de ausencia parecían interminables. Llegó a El Cairo cuando rayaba el alba. Los centinelas aún dormían y la puerta estaba cerrada. Pero al ver que era un franco bien vestido y sin armas, los guardias le dejaron entrar sin hacerle preguntas. Toda la ciudad estaba aún sumida en el sueño, salvo los mendigos que a esas horas solían deambular como sombras grises. Se levantó una vivificante brisa al salir el sol, y las golondrinas empezaron a revolotear en el aire, piando.

Cuando lo vio llegar, el viejo guardia de la colonia franca estuvo a punto de disparar con el mosquete, pero al reconocerlo, comenzó a dar gritos de alegría y Jean-Baptiste le hizo callar enérgicamente.

Luego se internó en la calle principal y en medio de ella vio el consulado, donde ondeaba el estandarte blanco con la flor de lis. El caballo, que sudaba por la carrera, avanzaba por sí solo. Hacía rato que había dejado de espolearlo; las riendas descansaban en la perilla. Jean-Baptiste miró hacia la ventana de Alix, que estaba abierta aunque tenía echadas las cortinas. En aquel instante sólo se alzaba entre los dos ese ligero obstáculo de algodón estampado en cuyo reverso se distinguían motivos azules. Ningún desierto, ninguna montaña, ningún animal feroz los separaba ya. No obstante, una vez más se alzaba entre ellos ese muro endeble y poderoso que erigen unos hombres ante otros cuando se trata de amar, socorrer o compartir. Jean-Baptiste ni siquiera se había dado cuenta de que el caballo se había detenido.

El joven salió de su ensimismamiento al oír un ruido procedente del jardín; probablemente era un vigilante que se acercaba a ver qué quería aquel intruso. Puso a su caballo al paso, dobló la esquina de la primera calle y recorrió el trayecto hasta su casa con una familiaridad que emergía del fondo del olvido. Bajó del caballo, ató la montura a la argolla sujeta a un soportal y se dirigió a su puerta. Como de costumbre, la llave estaba escondida en un agujero del muro, detrás de un pedazo de yeso. Entró. En la planta baja seguía siendo de noche, pero en su estancia del piso superior ya era pleno día. Nada había cambiado. Había atravesado territorios lejanos, había perdido sus propias huellas, había hablado con seres fabulosos, en la medida en que eran inaccesibles, había estado a punto de morir asesinado, ahogado y de hambre. Y durante esa larga ausencia que parecía tan ajena al mundo como un sueño, la fucsia había continuado dando flores malvas; un agave exhibía la flor de su vida en el extremo de un largo bohordo escamoso; la araucaria había enrojecido, y los naranjos habían fructificado. La parsimoniosa lealtad de las plantas habían abierto un túnel por debajo de su tumultuosa vida y, gracias a ese subterráneo, el pasado afluía intacto en el momento presente.Jean-Baptiste reparó en que unas manos inteligentes y cariñosas habían controlado y dirigido el movimiento natural de las plantas. Nada se había alterado. Los objetos se hallaban en el lugar en que él recordaba haberlos dejado, salvo algunas sillas esparcidas por la terraza. No obstante, si la furiosa fronda viviente había conservado aquel vigor y aquel orden, aquella fecundidad y aquella moderación, era porque alguien se había aplicado en la tarea esforzadamente día a día. Poncet sabía bien que esa paz y esa dulzura no eran sino el equilibrio entre los dos polos violentamente opuestos del vegetal y la inteligencia que lo cultiva. Así comprendió, al primer golpe de vista, que no le habían abandonado.

Por fin, sosegado por esta constatación, se rindió ante un inmenso cansancio. Fue hasta la hamaca y se estiró vestido y con las espuelas aún en las botas. La tensión del viaje, la sensación de estar permanentemente alerta y ese estado de constante vigilancia se desvanecían de golpe. La barrera que había alzado contra el agotamiento apenas se sostenía, sacudida por aquel océano de fatiga. Cerró los ojos y se durmió.

En su sueño volvió a ver a John Appleseeder, el niño de la historia que siempre le contaba su abuela. Nunca hasta entonces le había venido ese recuerdo a la memoria. ¿De dónde habría sacado la pobre mujer aquella leyenda? Fue sirvienta en la residencia de los Stuart, cuando éstos se exiliaron. ¿Qué lacayo escocés se la habría contado para seducirla, o qué infante real se habría encontrado con ella en los lavaderos? En fin, el caso es que John era un granuja que sembraba pepitas de manzana en todas partes. Si alguien encerraba al muchacho en algún cuartucho como castigo, éste colocaba una pepita entre las losetas del suelo. Si jugaba con un compañero, plantificaba otra en la pelambrera de su amigo. En la cabeza de los adultos y en la de los niños, en casa de los ricos y en casa de los pobres, en la ciudad y en el campo, en su pueblo y de viaje, allí donde fuera, John Applessceder siempre esparcía semillas de manzana. Así, al cabo de cierto tiempo, en cualquier lugar por donde hubiera pasado crecían manzanos que hundían sus profundas raíces en las losetas del suelo, en la cabellera de un chiquillo o de un adulto. Las paredes estallaban bajo la presión de las ramas y los ricos lloraban al ver las enormes grietas. Pero como daban buenas manzanas, los pobres que se las comían le estaban muy agradecidos a John. Y gritaban de alegría…

Jean-Baptiste se despertó. Françoise le miraba espantada, con una mano en la boca, en medio de las plantas. Al reconocerle cambió la expresión de su rostro.-¡Oh! disculpe por los gritos, señor Jean-Baptiste. ¡Señor Jean-Baptiste! ¡Usted! ¿Cómo iba yo a saber? ¡Dios mío, cómo ha cambiado!

Se acercó a la hamaca, tomó la mano del joven y le dio un abrazo.

– ¡Dios mío, qué delgado está! ¡Y esa barba que le recorre las mejillas, y esos cabellos largos!

No dejaba de mirarlo con lágrimas en los ojos y apenas podía hablar de la emoción.

– ¡Qué ropas tan exquisitas! -dijo tocando el paño adamascado de su jubón rojo.

Seguramente los corsarios echaron el guante a un barco muy lujoso. Jean-Baptiste, que no había prestado atención a eso en Djedda, se daba cuenta ahora de que iba vestido como un hidalgo.

– ¿Tiene hambre? -preguntó Frangoise, recuperándose de la impresión-. ¿Tiene sed? Espere, voy a mi casa…

– No, no se moleste. Más tarde. Más tarde. Dígame sólo dónde está ella.

– Ah, señor Jean-Baptiste. Cuánto me alegra oír esa pregunta. Así que no la ha olvidado. Este viaje tan largo me daba miedo, ya ve usted. Yo le decía siempre que tuviera paciencia y que esperase. Pero los imprevistos del camino pueden hacer cambiar los sentimientos.

Jean-Baptiste se reincorporó por completo y se sentó en la hamaca de tela, con las piernas colgando.

– ¿Cambiar? -dijo-. No serán los míos. Pero dígame, ¿dónde está? ¿Qué piensa?

– Pues ella piensa en usted. Ese ha sido su único pensamiento desde que se marchó.

– ¡Ah!, ¡Françoise! -exclamó Jean-Baptiste mientras tomaba a la sirvienta entre sus brazos, o mejor dicho, mientras dejaba que la mujer lo abrazara como una madre.

Luego se echó hacia atrás, y con aquellas manos grandes aún entre las suyas le dijo:

– ¿Viene aquí?

– Cada día.

– ¿Cuándo?

– Pues… -le dijo Françoise mirando por la ventana, por donde pronto se colaría el sol- ahora.

Jean-Baptiste se puso de pie de un salto, y en su rostro se dibujó una expresión de profunda inquietud.-Ahora no… -dijo-. Vaya a buscarla. Deténgala. Dígale que he vuelto. Pero no puede verme así. ¿Manuel sigue aquí?

Manuel era un viejo criado que vivía en el mismo patio y que subsistía con una pequeña pensión que le había dejado su señor cuando regresó a Francia. De vez en cuando Poncet y el maestro Juremi le daban trabajo, porque Manuel era todavía un hombre muy vigoroso. Sólo tenía un defecto: estaba más sordo que una tapia.

– Está en su casa -dijo Francoise.

– ¡Llámele! Que me prepare una tina de agua y jabón. También quiero que me corte la barba y el pelo. Y usted, Françoise, me cuidará.

– ¿Está herido?

– El interior es fuerte, gracias al cielo, pero la envoltura ha sufrido algunos desgarrones.

Francoise iba a ocuparse ya de sus quehaceres cuando Jean-Baptiste le confió sus temores:

– Dentro de un rato tendré que ir al consulado. Y en cuanto se sepa que he vuelto, ya no tendrá más pretextos para venir hasta aquí. ¿Cómo vamos a vernos?

– No se preocupe. Han pasado muchas cosas en su ausencia. Ahora trabajo para la señora De Maillet. Entro y salgo del consulado cuando quiero, aunque siempre vengo a dormir a mi casa. Haremos cuanto haga falta.

– ¡Françoise! -exclamó Jean-Baptiste, besándole las manos.

Ella se apresuró a salir corriendo, pero al llegar al primer peldaño de la escalera se dio la vuelta y dijo con la mayor naturalidad que pudo, como si preguntara por cortesía:

– Y su socio, el maestro Juremi, ¿ya no está con usted?

– No -dijo Jean-Baptiste sin advertir nada de particular en la pregunta-. Ya sabe que salió para Alejandría.

– Vamos, no tiene ninguna necesidad de fingir conmigo. Sé muy bien que se reunió con usted.

Antes de abandonar El Cairo, cuando el maestro Juremi le dio instrucciones a Francoise, le confió sus intenciones y la pobre mujer interpretó su actitud como algo más que una confidencia. Guardó celosamente el secreto -ni siquiera se lo confió a Alix-, como si se tratara de lo único que un día hubiera compartido con aquel hombre.

– Bueno, pues siga pensando lo que todo el mundo piensa, que ha ido a Alejandría. Pero -añadió Jean-Baptiste sonriendo- algo me dice que seguramente estará aquí dentro de dos días.

<p>3</p>

Jean-Baptiste se equivocaba al creer que nada había cambiado durante su ausencia, tal como pudo constatar en cuanto entró en la residencia del cónsul. Después de largas reflexiones, éste había mandado desplazar su escritorio al extremo opuesto de la gran sala de recepción. Así pues, a partir de ese momento el mueble estuvo colocado bajo el retrato del Rey, es decir, al fondo de la sala y no al lado de la ventana como antes. Con el traslado, el cónsul ganaba en solemnidad lo que perdía en frescor. Tocado con una alta peluca de color castaño, ataviado con una casaca azul marino con ojales dorados que se abría sobre un chaleco de seda rameada y sudando más que nunca, pero soportando ese tormento con su coraje habitual, recibió a Poncet hacia las cuatro de la tarde.

Sentado detrás del gran cartapacio de cuero sobre el que sólo había un tintero de bronce de bellas formas, el señor De Maillet escuchó las explicaciones de su visitante sin ofrecerle asiento. Jean-Baptiste, limpio, afeitado, con el pelo corto y todavía muy cansado, permaneció de pie, inmóvil como una figura de ajedrez sobre el tablero que dibujaban las baldosas blancas y negras del suelo. El diplomático solía servirse de ese recurso cuando quería poner término a la conversación rápidamente. El otro recurso era aparentar que estaba malhumorado.

El cónsul puso todo su empeño en dejar claro que la misión del boticario había terminado, y que no debía esperar otra cosa que no fuera unas breves palabras de bienvenida. La misiva enviada desde Djedda había llegado una semana atrás, un lapso suficiente para eclipsar el efecto sorpresa de su regreso. En aquellos momentos el único asunto verdaderamente importante para el cónsul era recibir al plenipotenciario del Negus. El boticario debía comprender que, si bien sus servicios habían sido de utilidad para entregar el mensaje que habían tenido a bien confiarle, a partir de aquel momento la cuestión quedaba en manos de los diplomáticos, y que ningún charlatán podía aspirar a acceder a ese mundo sin caer en el ridículo. El señor De Maillet hizo las preguntas necesarias para preparar debidamente la recepción de la embajada. Quiso saber el nombre del emisario, el número de personas que integraban la comitiva, su procedencia y la hora aproximada de su llegada. Por lo demás, se guardó muy bien de animar al joven a contar las peripecias de su viaje, y cuanto Poncet intentó hacer alguna alusión al respecto, su interlocutor le hizo entender que un hombre de tantas responsabilidades como él no podía entretenerse con tales menudencias. No era cuestión de escucharle con excesiva complacencia y conceder importancia a unas peripecias que eran todos los títulos ilustres que aquel individuo tendría en toda su vida, y de los que a buen seguro intentaría sacar provecho en algún momento.

Jean-Baptiste estaba cansado hasta la extenuación. La emoción inconmensurable que había supuesto para él entrar en aquella casa y la esperanza, vana por lo demás, de que tal vez viera a Alix le habían despojado de la energía necesaria para nutrir su insolencia. Aquel recibimiento estaba en consonancia con todo cuanto se podía esperar del cónsul. Sin embargo, en el fondo de su corazón había esperado que quizás… Un profundo abatimiento se apoderó de él.

– ¿Da usted su permiso, señor cónsul? -dijo Jean-Baptiste, dirigiéndose ya hacia la puerta.

– Gracias -dijo el señor De Maillet, que era un hombre que sabía cómo recompensar los méritos-. Adiós, señor Poncet.

Cuando el joven hubo salido, Macé, que había presenciado la entrevista desde un rincón oscuro de la sala, se acercó hasta el escritorio, se inclinó hacia delante y dijo apresuradamente al cónsul en voz baja:

– Excelencia, tal vez sería oportuno que acompañara a la delegación que mañana esperará a la embajada.

– ¿Él? -dijo el señor de Maillet-. ¿Y en calidad de qué?

– Me parece que el emisario del Negus y el boticario se conocen. Así el primer contacto podría ser más fácil. El propio embajador podría preguntar por su antiguo compañero de viaje…

– Tiene razón -asintió el cónsul-. Aún puede sernos de utilidad. Vaya a ver si está en la calle y notifíquele su deber.

El señor Macé se fue presuroso hacia la puerta dejando tras de sí el fresco olor a jazmín que la lavandera había logrado impregnar en sus ropas, mitigando sus secreciones naturales.

Atravesó el vestíbulo, salió al rellano de la escalinata, e inopinadamente, se topó con Poncet, a quien imaginaba ya mucho más lejos. Le pareció que estaba conversando con Françoise, que en ese momento llevaba un cesto de mimbre bajo el brazo. No obstante, al verle llegar, la mujer desapareció en el interior de la casa, como si no hubiera interrumpido en absoluto el camino que había seguido desde el jardín. El señor Macé, que no olvidaba nada y menos aún lo que no podía explicarse, archivó la observación en el cajón de las que ocupaban un rincón recóndito pero muy concreto de su mente. Luego se dirigió a Jean-Baptiste como si tal cosa.

– Esté preparado mañana por la mañana para acompañar a la delegación que dará la bienvenida al embajador. Aún no hemos fijado la hora del encuentro, pero le enviaremos un mensaje con el guardia.

El señor Macé vaciló un instante, y a continuación añadió en voz más baja, como si deseara darle un consejo persona

– Y vístase con algo que esté a la altura de las circunstancias. Se trata de dar la bienvenida al plenipotenciario de un rey.

Jean-Baptiste miró a aquel estúpido. Una voz interior le decía que se echara a reír en sus narices, y otra que agarrara a aquel majadero por el jubón y que le rompiera la crisma contra la pared. Pero no hizo caso a ninguna; se sentía tan inútil y tan triste que sólo el sueño podía redimirle de aquellos sentimientos. Así que giró sobre sus talones y volvió a casa sin hablar con nadie.

En la escalinata, Françoise había tenido tiempo de intercambiar con él unas palabras.

– Alix no le verá hoy.

Jean-Baptiste le dio vueltas a aquella confidencia, y al llegar se abandonó a ese estado de profunda desesperación que no obedece a un acontecimiento dramático sino tan sólo a la turbadora constatación de que todo cuanto nos rodea sólo es soportable por la presencia o por la espera a un solo ser, y que si ese ser llegara a faltar, allí donde se eleva un mundo que aún merece la pena vivir, no quedaría más que unas insoportables ruinas pobladas de viperinos traidores y de bufones.


Alix, en su habitación, tampoco estaba tranquila. El regreso de Jean-Baptiste, como todas las cosas que se anhelan durante mucho tiempo y que uno se ha imaginado cientos de veces, era un acontecimiento tan inesperado que la pilló desprevenida. Por eso fue un alivio que Françoise la alertara cuando se disponía a salir del consulado para ir a cuidar las plantas. De ese modo había evitado un encuentro imprevisto que de antemano imaginaba lleno de dificultades.

Vería a Jean-Baptiste más tarde. Como tenía las ideas demasiado confusas para poder elaborar un plan, Françoise se encargó de todo; lo único que debía hacer Alix era arreglarse. «Sí, sí, eso es -se dijo la joven-. Sólo tengo que arreglarme.» Pero en el momento en que Françoise abandonó su habitación y Alix se sentó delante del tocador, se quedó sin fuerzas.

Después de todo un año de convencerse a sí misma de su belleza, ahora no se creía nada. Se veía mofletuda y pálida, y el color de sus cabellos la horrorizó. La mirada de Jean-Baptiste había hecho aflorar sus encantos; sin embargo, cuando se acercaba la hora de volver a afrontar aquella mirada, esos encantos se desvanecían. Su pensamiento se había anclado en la amable certeza del sueño, en esa quimera que le hacía creer que amaba y era amada. En una pasión corriente, los lazos imaginarios se entrecruzan con lazos reales, de modo que se fortalecen mutuamente. A veces ese sentimiento descansa sobre un cañamazo confeccionado de ilusión y realidad a partes iguales, de fantasmas y gestos, de deseo y recuerdos. Sin embargo, esta extraña separación había propiciado que el amor tejiera sólo la parte irreal, fina e irisada, que podía convertirse en polvo, como el ala de una mariposa, cuando uno trata de echarle mano.

Françoise subió otra vez a la habitación de Alix, pensando que ya estaría lista.

– Pero bueno, ¿qué le pasa? -dijo-. Dése prisa.

– No quiero.

– Vamos, vamos, ¿qué ocurre?

– Aquí, mire, en el ala de la nariz.

Franc,oise se acercó, entornando los ojos.

– Niña mía, yo no veo nada.

– Gracias, Françoise, pero no sirve de nada que me mienta. Tengo un grano muy grande, lo noto, y además se ve. -Luego añadió en un tono más decidido-: No quiero que nadie me vea así.

– Jean-Baptiste estará aquí dentro de un momento. Bastaría con que le viera. Viene por usted. Desea tanto cerciorarse de que sigue aquí, que le espera… A mí me parece que no hacen falta tantas ceremonias para este asunto. Vaya a su encuentro y véale. Así se sentirán más seguros de sus sentimientos y podrán estar juntos más tiempo en los próximos días.

– No, Françoise, este grano me desfigura. No quiero que me vea así.

Françoise era una mujer con experiencia, y enseguida se dio cuenta de que era inútil insistir. Alix no era tan coqueta como para que un grano fuera un motivo de preocupación. Aquello era simplemente una de las trabas que suelen manifestar los amantes. Aunque en ciertas ocasiones éstos pueden correr libremente en el espacio o en el sueño para encontrarse o escapar, cuando todavía están en los comienzos, los más leves acercamientos, como un simple movimiento con la mano o con el brazo, pueden costarles esfuerzos más denodados que romper unas cadenas de presidiario. Françoise dejó a Alix en su habitación, mordiéndose los nudillos, y fue a avisar al joven que ya había entrado en el vestíbulo.


Los nativos de Francia, Italia, Inglaterra y de otros lugares de Europa se concentraban en la colonia franca de El Cairo. Aquella colectividad estaba formada por unos pocos cientos de personas, la mayoría mercaderes. De todas las naciones, sólo dos tenían representación consular: Inglaterra y Francia. Pero la delegación inglesa -habitualmente reducida- carecía de titular en aquel tiempo, así que Francia ocupaba una posición preponderante.

El consulado de Francia ejercía directamente su poder sobre los franceses que gobernaba, e indirectamente sobre los subditos de las demás naciones. En algunos casos, Francia los protegía porque eran cristianos pertenecientes a pequeñas comunidades indefensas, como los maronitas, o porque a falta de una legación de su propio país Francia había aceptado representar a los distintos gobiernos de estos francos que no eran franceses.

No obstante, esta autoridad consular tenía poca aceptación y los mercaderes que poblaban las escalas de Levante se sometían a su potestad de mala gana. Con todo, no tenían elección, pues si los turcos les permitían vivir y comerciar en tierra islámica era a costa de tal sumisión. Para contrarrestar el poder del cónsul y tener más posibilidades de hacerse oír, los mercaderes elegían a un «diputado de la nación», o sea a alguien a quien las autoridades consulares tenían la obligación de escuchar siempre que hubiera que tratar asuntos concernientes a los franceses. En el pasado algunos cónsules se habían guiado por la ley de la fuerza para tratar con estos diputados, y ello les acarreó no pocos disgustos. Valga decir que en el momento de asumir sus funciones, elseñor De Maillet fue acogido fríamente por la nación franca, que se vio obligada a aceptar un nombramiento impuesto desde Versalles, cuando generalmente los cónsules habían sido oriundos de la colonia. Así que desde el comienzo de su mandato concentró todos sus esfuerzos en el diputado con objeto de granjearse su simpatía. El representante de entonces era un hombre gordo llamado Brelot, que se ocupaba del comercio de la seda en El Cairo pues era oriundo de Lyon. Rico y muy ahorrador en todo cuanto respecta a lo primordial -se decía que sus hijos llevaban ropas agujereadas que no habrían querido los mendigos-, se mostraba extremadamente pródigo para todo aquello que fuera superfluo. Y no tenía reparos en hacer un gasto espectacular con tal de verse en el entorno del único noble que había entonces en El Cairo, es decir, el cónsul.

Así pues, como era de esperar, el señor De Maillet concedió a ese Brelot el honor de elegir el destacamento que recibiría al embajador de Etiopía a] día siguiente. Entre las herramientas del prestigio que se estaba forjando, Brelot contaba con una señorial carroza inglesa que había comprado a un banquero de Damietta, un pobre británico que al verse arruinado la malvendió con lágrimas en los ojos por el precio de un pasaje a Marsella en una galera.

Aquella tarde, Brelot fue requerido varias veces en el consulado para hacerle unas consultas, y por la noche se terminó la lista del destacamento. Rápidamente se extendió por la colonia el rumor de la llegada de un personaje importante. Se decía que Poncet había vuelto, y algunos mercaderes se acercaron al consulado con pretextos pueriles. El señor Macé recibió órdenes de responder que el día siguiente esperaban la llegada de una eminente personalidad, por lo que se les rogaba que permanecieran en sus casas y que no hicieran alboroto en las calles. Informó también de que un destacamento esperaría al plenipotenciario, y que sólo aquellos cuyos nombres se habían incluido en la lista remitida al diputado podrían estar presentes en el acto.

Al día siguiente por la mañana, Jean-Baptiste, vivificado por una noche de sueño profundo, se levantó de un humor excelente. Analizó los acontecimientos del día anterior, estimó que probablemente había sido más conveniente no ver a Alix con demasiada premura, y que no obstante las nuevas de Françoise eran alentadoras. En cuanto a la bienvenida del cónsul, esperaría, y el plan que había ideado ya daría fe de los resultados. Por el momento sólo podía ir a recibir al embajador Murad con toda humildad, y luego orientar a éste por la vía que se había trazado. Se puso la hermosa casaca roja por encima de una camisa de encaje fino, limpió de polvo un sombrero que había dejado en un armario, se aseguró la espada al costado y fue a ensillar el caballo.

Cuando llegó al consulado, el destacamento estaba dispuesto. A la cabeza estaba el señor Fléhaut, el canciller del consulado. Jean-Baptiste siempre había visto al hombre enfrascado en la tarea de hacer humildemente las cuentas y enviar el correo, pero era igualmente miembro de la casta diplomática, aunque estaba muy por debajo del señor De Maillet. Iba ataviado con una casaca bordada y llevaba un gran sombrero de plumas. Nunca había tenido un aire tan distinguido. A su derecha se encontraba el señor Frisetti, el primer dragomán del consulado. Este cultivaba sus dotes en la ciudad y vivía de las traducciones comerciales. El cónsul requería sus servicios ocasionalmente para algunas interpretaciones delicadas y le había proporcionado una acreditación para traducir todos los documentos oficiales que se intercambiaban con los turcos. A la izquierda del señor Fléhaut, en un caballo enjaezado como el de un príncipe, Brelot se daba postín. Habían tenido muchas dificultades para alzarlo hasta la silla pues no se podía doblar debido a la gota, pero aun así tenía buena planta bajo aquella gran peluca de color castaño y con aquella casaca de seda tan exquisita. Detrás marchaba la carroza, con un cochero. Brelot había tenido el honor de obtener un asiento en la carroza en la que regresarían con el embajador. Por último, detrás, en dos hileras, montados en caballos de condición inferior, iban cuatro mercaderes, elegidos al término de largas negociaciones. Dos de ellos eran Venecianos y se habían comprometido a prestar su hotel como alojamiento al ministro abisinio con tal de tener el privilegio de figurar en el convoy. En todas estas discusiones protocolarias, el único punto que se zanjó rápidamente fue que Poncet habría de contentarse con cabalgar en último lugar, de modo que se colocó en su sitio con mucho gusto. El destacamento se puso en movimiento a las diez de la mañana, tras convenir que, en cuanto se reunieran con la caravana del emisario, el cortejo acompañaría a los extranjeros a la colonia y pasaría ante el balcón del consulado, donde recibirían la salutación del cónsul. Eso era todo cuanto se podía hacer hasta que el diplomático se hubiera acomodado y se hubieran intercambiado oficialmente las acreditaciones pertinentes. Por último conducirían al embajador hacia la Comarca de Venecia, como se llamaba a la zona del barrio franco donde residían los italianos.

El cortejo atravesó la ciudad vieja de El Cairo siguiendo la ruta de las murallas para no llamar excesivamente la atención de los turcos,que siempre desconfiaban de este tipo de actos si no sabían a qué obedecían. Luego salieron a los arrabales por la puerta del Gato, y poco después se adentraron lentamente en el desierto. Se detuvieron a un cuarto de legua de la fortificación de la ciudad, en el lugar donde se hallaba el templo por el que Poncet había cabalgado la noche anterior al claro de luna. La jornada era cálida y el viento del desierto levantaba remolinos de arena que irritaban los ojos. Los hombres que componían el destacamento se separaron unos de otros sin llegar a dispersarse, de manera que todos pudieron disfrutar de un poco de sombra. Era un espectáculo bastante peculiar. Unas inmensas columnas griegas erosionadas por los vientos emergían del desierto gris; y detrás, diseminados y tiesos sobre sus caballos, unos caballeros inmóviles con traza de hidalgos sudaban debajo de sus casacas de gala y sus pelucas. Unos escrutaban el horizonte y otros, para mitigar el aburrimiento, se entretenían en contar las cagarrutas negras y brillantes que dejaban en el suelo unas ovejas al cuidado de un viejo pastor con turbante.

Conforme se prolongaba la espera, Poncet, que se temía una avalancha de preguntas embarazosas, decidió adelantarse. Espoleó su caballo, galopó durante una hora, y volvió al trote sin haber visto nada.

La tarde había empezado bien… Los dignatarios se habían bajado de sus caballos, estaban en camisa, abatidos por la sed y dispuestos a descargar su ira contra él.

– No comprendo -les dijo-. Ha debido ocurrirles un percance grave.

Se daba perfecta cuenta de que aquellos hombres incluso dudaban ya de que pudiera existir un embajador. Ahora bien, si estaban intranquilos porque no lo conocían, Poncet, que lo conocía demasiado bien, tenía otros motivos para preocuparse por la suerte de Murad.

– Van a dar las cuatro -dijo Jean-Baptiste-. Les propongo regresar. Mandaremos a dos jenízaros para que monten la guardia y den la alerta por si llegara de noche.

Sin esperar unas respuestas que no podían ser amables, espoleó su caballo y cabalgó hacia El Cairo.

<p>4</p>

Los centinelas árabes que custodiaban aquel día la puerta del Gato eran dos afortunados ancianos con gloriosas cicatrices por todo el cuerpo. El agá de los jenízaros había reconocido sus méritos de guerra, nombrándolos para ese apacible puesto en el que acabarían sus vidas. En aquellos días, El Cairo estaba más amenazado por las revueltas que por las invasiones, así que los guardias apostados en las puertas se contentaban con cerrarlas por la noche para impedir que entraran las hienas y otras fieras del desierto. Los dos ancianos se pasaban el día a la sombra de la gran bóveda de la puerta, sentados sobre una alfombra, con las piernas cruzadas, jugando a las damas o bebiendo el té que una niña descalza les traía del bazar vecino. Hacia las nueve de la mañana, en medio de la multitud que entraba a la ciudad, repararon en un hombre vestido con unos bombachos de franela altos de cintura, como los que llevan los kurdos. Como estaba metido en carnes y todo su peso recaía en el lomo de una pobre mula, el animal se había plantado en medio de la rampa que conducía a la puerta y se negaba a avanzar. El hombre estaba agotado de tanto azuzarla con una rama, pero seguramente ésta debía impresionar poco al animal, puesto que estaba reblandecida y rota por algunos sitios. Tres esclavos negros que parecían nubios, aunque no tenían propiamente sus facciones, empujaban la grupa de la mula; pero ésta se obstinaba en afianzarse sobre las patas traseras, y sólo conseguían impedir que se sentara completamente. Un poco más lejos, tres burros, muy tranquilos y atados entre sí, con bultos, y otra mula comían las briznas diminutas de hierba que crecían entre los sillares de la muralla.

El hombre descendió finalmente de aquella terca montura, se acercó a los centinelas y se detuvo exhausto ante ellos después de recorrer una docena de pasos.

– ¡ Ah! ¡Queridos amigos, hermanos míos! -dijo jadeante-. ¿Pueden ayudarme a traer la mula hasta aquí? Este maldito animal no ha franqueado nunca en su vida la puerta de una ciudad. Se ha asustado y no quiere saber nada del asunto.

El hombre hablaba árabe con acento sirio.

– ¿De dónde eres tú? -preguntó uno de los centinelas-. ¿Acaso en tu ciudad no hay puertas?

– Vengo de Van, en Anatolia, y a fe mía que allí las puertas no nos faltan. Pero mi mula es harina de otro costal. Se la compré a unos campesinos en Arabia la Afortunada.

– ¡Entonces, es una mula que no sabe leer! -replicó el anciano, echándose a reír.

El otro anciano, aunque no sabía dónde estaba la gracia, se dejó contagiar por la hilaridad de su compañero. Al verles reír, el viajero creyó oportuno echarse a reír también y lo hizo de tan buena gana que por poco se le cae el turbante de seda.

– ¿Y se puede saber adonde vas con esa bestia que no sabe leer? -le preguntó uno de los ancianos, alzando el tono para que el corrillo que se había formado en torno suyo pudiera disfrutar de aquella chanza.

– Voy a la residencia del cónsul de los francos -contestó el viajero.

– Así que quieres saber si tu mula lee el latín… -dijo el otro viejo, desatando una nueva oleada de risas a las que también se sumó de buena gana el hombre de la mula.

Hubo aún dos o tres variantes más sobre el tema y luego volvió la calma. Los centinelas tenían los ojos entornados y se enjugaban las lágrimas. Aquel extranjero bonachón les había caído simpático, porque se habían divertido a costa suya y ni siquiera parecía enfadado.

– ¿Cómo te llamas, hermano? -le preguntó uno de los guardias.

– Murad, amigo mío.

– En buena hora. En fin, Murad, nosotros no vamos a tirar de tu mula. Conozco bien estos animales. No serviría de nada. Pero vamos a hacer algo mucho mejor. Vamos a darte un consejo, un buen consejo, ¿me entiendes?

– Te escucho -dijo Murad, un poco decepcionado.

– Si continuaras por aquí, tendrías que cruzar toda la ciudad. Hay muchas arcadas en los callejones y tu mula, como no sabe leer, creería que son puertas… Así pues, lo mejor es que des media vuelta. ¿Ves una chumbera muy grande que hay allí, al pie de la rampa?

– Sí, la veo.

– Gira a la derecha inmediatamente después y continúa por la vereda que rodea la ciudad. De lejos verás otras puertas. Cuenta seis, y cuando llegues a la séptima te acercas. No es una puerta como ésta, sino una gran verja que no le dará miedo a la mula. Cuando la hayas cruzado, a cien pasos por tu derecha encontrarás el barrio de los francos.

Murad les dio las gracias calurosamente, dejó allí a los dos ancianos y siguió sus consejos, esta vez de pleno acuerdo con la mula. El corrillo se dispersó lentamente bajo la puerta del Gato. Una hora más tarde, cuando los centinelas estaban riéndose aún, vieron pasar al trote ligero una comitiva de francos como no habían visto en mucho tiempo pues todos ellos iban ataviados con vistosas levitas y pelucas, y entre sus caballos enjaezados llevaban consigo una calesa de color negro brillante. Descendieron la rampa y se alejaron rápidamente de la ciudad.

El jardinero del consulado era un viejo copto muy abnegado que jamás entraba en el consulado. Durante la estación seca, a la caída de la noche y hasta muy tarde, todos le oían deslizarse por las alamedas con una regadera de latón en la mano sin hacer más ruido que el del murmullo del agua cayendo como una lluvia sobre las hojas secas. Pero aquel día el jardinero no tenía otra elección. El consulado estaba vacío pues el cochero del señor De Maillet, los guardias diurnos y nocturnos y dos lacayos habían acompañado a la delegación que había ido a esperar la embajada. Sólo estaba él, Gabriel, el viejo jardinero, y como no encontraba a nadie a quien transmitir su mensaje, fue franqueando todas las puertas, cada vez más inseguro, hasta llegar al despacho del cónsul. Después de haber dejado la peluca en un colgador de madera y la casaca adamascada, el señor De Maillet había empezado a deambular por la estancia en camisa de encaje, calzas de seda y con un pañuelo en la mano para enjugarse el sudor. El señor Macé, constreñido en una silla, esperaba una orden o una palabra de su superior cuando vio llegar al indeciso jardinero.

– ¿Qué querrá éste ahora? -dijo el cónsul cuando reparó en él.

El señor Macé se dyigió al anciano en árabe pues no hablaba ninguna otra lengua.

– Dice que un hombre desea verle, Excelencia.-¡Un hombre! -exclamó el cónsul con una sonrisa maliciosa-. ¡Qué raro! ¿Y por qué no una calabaza o un murciélago? Dígale a ese ignorante que ya tiene bastante con ocuparse de nuestros arriates, y que no lo vea más por aquí. Si un hombre pregunta por mí, que le diga que estoy ocupado.

Después de escuchar la traducción de la respuesta, el anciano torció el gesto, ofendido.

– Dice que va a decírselo. No obstante, duda de que se vayan de donde están.

– Que se vayan… -se extrañó el cónsul-. ¿Pues cuántos son?

– Cuatro -dijo el anciano-, con asnos y mulas cargadas con bultos.

– ¿Y a qué se parecen? ¿No será una caravana? -preguntó el señor De Maillet.

– Como quiera llamarlo -respondió el jardinero-. Es una caravana, aunque no se parece en nada a las que he visto por aquí.

– ¿Por qué los ha dejado entrar el guardia de la colonia?

– Seguramente porque le habrá dicho lo mismo que a mí.

– ¿Y qué le ha dicho?

– Sólo -dijo el anciano con una mueca de respeto que dejaba entrever que iba a desquitarse por el recibimiento del cónsul- que es el embajador del Negus de Abisinia.

El señor Macé palideció al traducir estas palabras.

– ¡Dios mío! -exclamó el señor De Maillet.

Los diplomáticos se quedaron desconcertados unos instantes, y luego se aproximaron al ventanal con mucha cautela. Dieron una ojeada afuera, e inmediatamente se echaron hacia atrás.

– ¡Será posible! -dijeron los dos al unísono.

Volvieron a mirar. Allí abajo, bajo los plátanos de la alameda, se había detenido una mísera representación formada por tres asnos medio pelados, con la cruz en carne viva y picoteada por pajarillos, y dos mulas que no habrían querido ni los aguadores más necesitados de El Cairo. Aquellos pobres animales cargaban con voluminosos paquetes, amarrados directamente sobre el pellejo con cuerdas de sisal envueltas en guiñapos para proteger las zonas más lastimadas. Tres negros alelados esperaban de pie, vestidos con túnicas de algodón que habían adquirido el color del desierto. Mientras, Murad se había quitado una de las botas y se rascaba con ahínco la planta del pie, sentado en el suelo y con la espalda apoyada en un árbol.-Macé -dijo por fin el cónsul, a sabiendas de que un hombre como él, nacido para dar órdenes, no debía dejarse impresionar-, baje y salúdele respetuosamente de parte del consulado. Explíquele la situación y llévelo a la residencia de la Comarca de Venecia, donde le esperan.

El secretario abandonó la sala después del jardinero, que ya había desaparecido. Cuando el señor De Maillet se quedó solo, miró hacia el Rey, y de repente sintió un inmenso respeto por su genio y por el del ministro Pontchartrain, cuya última carta recordaba con lágrimas de gratitud.

El señor Macé, que ya había llegado junto a Murad, el cual seguía rascándose el pie, tosió para llamar su atención.

– ¡Vaya, por fin aparece alguien! -dijo el armenio, calzándose la bota y poniéndose de pie.

Y tendió al señor Macé la misma mano con que se acababa de rascar vigorosamente los dedos de sus extremidades inferiores.

– Soy Murad, el embajador de Etiopía.

– Bienvenido, Excelencia -dijo el secretario, desriñonándose para inclinarse todo cuanto fuera posible, y de paso evitar el apretón de manos.

– Vamos, vamos, incorpórese -dijo Murad solícito-, va a hacerse daño. Y dígame si estoy hablando con el cónsul.

– No, Excelencia -respondió el señor Macé, con el sombrero en el corazón, una pierna tensa, ligeramente hacia atrás y la cabeza inclinada-. El señor cónsul me ruega que reciba a Vuestra Excelencia y que le salude respetuosamente de su parte. El señor cónsul le presenta asimismo sus excusas. Una delegación protocolaria salió a recibir su convoy, pero no lo encontró.

– Esta maldita mula tiene la culpa -dijo Murad, dándole un puntapié a la bestia, que no se inmutó-. No ha querido saber nada, así que nos hemos visto obligados a hacer un rodeo y pasar por una verja… En fin, la cuestión es que hemos llegado. El camino ha sido largo, créame. Y bien… ¿dónde está Poncet?

– Está con la delegación.

– ¡Con la delegación! Pero ¿qué voy a hacer yo entonces? No conozco esta ciudad, y nadie querrá alojarme.

– ¿Alojarle? Pero Excelencia, si estábamos esperándole… Sólo tiene que seguirme.

– Ah, qué buena noticia. ¿Y también nos darán de comer?-De comer, de beber y todo cuanto desee Vuestra Excelencia -dijo el señor Macé, cada vez más extrañado.

– En buena hora. Bien, le sigo. Vosotros, venid aquí. Son abisinios, por lo general un pueblo trabajador, pero parece que a mí me han dado los tres más perezosos. Vamos, vamos.

Hicieron avanzar las mulas y los asnos y atravesaron toda la colonia. El señor Macé celebró que el cónsul hubiera mandado prohibir el tránsito. Cuantos menos testigos hubiera de aquella llegada, menos posibilidades habría de que un día al «infante de lenguas» se le apareciese un fantasma del pasado c intentara arruinar su carrera afirmando que le había visto conducir los dos burros del embajador de Etiopía.

Murad se detuvo en el camino para hacer una necesidad junto a un plátano. Sin duda los ruidos que emitía con la garganta eran una buena prueba de su alegría.

Por fin llegaron a la Casa de los Venecianos. Se trataba de una construcción de madera. La planta baja estaba destinada a la embajada; la superior tenía un saledizo, sostenido por un conjunto triangular de vigas que resultaba bastante elegante. Estaba separaba de la calle por un jardín de reducidas dimensiones, aunque cuidado con mucho esmero. En medio del césped, unos setos de boj uniformemente podados reproducían las armas de la República de los dux, formando una especie de escudo en relieve, verde sobre verde. Murad se empeñó en que las bestias entraran en el jardín, y mandó a los abisinios que las dejaran en libertad cuando hubieran descargado los bultos.

El armenio se descalzó para entrar en la casa, se sentó en el primer sofá que encontró y juró que de allí no se movería.

El señor Macé desapareció para ocuparse de que trajeran un refrigerio, según dijo.

– ¡Y sopa! -gritó Murad antes de que se fuera.

A su regreso, el secretario dio cuenta al cónsul de tan peculiar comportamiento. El señor De Maillet le dijo que un diplomático que se deja sorprender en tierra extranjera es como un caballero que levanta el yelmo en pleno combate.

– Y otra cosa -dijo solemnemente el cónsul-, seamos indulgentes. Hay que pensar en el lugar de donde viene.


También se había confeccionado una segunda lista en la que figuraban los mercaderes que, al no haber tenido la suerte de formar parte de la delegación, habían sido propuestos para que dispensaran otros honores, sobre todo el de llevar unos refrigerios.

– ¿Cree que es necesario? -preguntó el señor Macé.

– Evidentemente -contestó el cónsul-. Dígale al primero de esos señores que cumpla con su cometido.

Durante toda la tarde fueron pasando por la Casa de los Venecianos dignos mercaderes y un desfile de lacayos con cestos de frutas, confiteros con pasteles y fuentes de entremeses. Todos pagaron a ese precio el honor de acercarse al embajador de Etiopía. Acto seguido se apresuraron a ir al consulado para decirle al señor De Maillet que no los enredarían otra vez, y que nadie podía creer que el grosero personaje que les había recibido fuera el ministro de un rey. Guardándose muy bien de atacar al cónsul directamente, acusaron a Poncet de impostura. La delegación encabezada por Brelot llegó en el momento en que se sucedían estas lamentables escenas. Los miembros de la otra comitiva también estaban furiosos contra Poncet. No obstante, cuando se enteraron de la verdad, dejaron de acusar al boticario por haberles hecho esperar a un emisario inexistente, pero al instante hicieron suyas las críticas que le dirigían los ciudadanos ilustres que habían llevado los refrigerios. Jean-Baptiste se escabulló, aprovechando la confusión que reinaba en el consulado.

– Silencio, señores -dijo el cónsul con una voz poderosa que se impuso sobre el tumulto-. Les ruego que se retiren y les agradezco su colaboración.

Continuaron oyéndose las protestas, y el cónsul las atajó con un gesto enérgico.

– Ese hombre es el emisario de un gran soberano cuyo reino ha estado apartado de la civilización desde hace siglos. Por ese motivo debemos ser indulgentes, y por ese motivo también su llegada es un gran acontecimiento, a pesar de estos incidentes. A partir de mañana sabremos qué manda decir el Rey de Abisima.

Después de salir de la residencia del cónsul, Poncet se dirigió directamente a la Comarca de Venccia para ver a Murad. El armenio había ordenado que amontonaran los muebles fuera, junto a la pared, así que al entrar vio el salón de los Venecianos completamente vacío. En la que antes había sido sala de recepción de los mercaderes sólo quedaban las alfombras y los cojines, que habían sido quitados de los sillones y que ahora se hallaban dispuestos en el suelo. Murad estaba allí sentado, con las piernas cruzadas, bajo la gran araña de perlas de cristal, rodeado de un buen número de bandejas de plata, copas de cristal y magníficos cántaros preciosos.Jean-Baptiste quiso que le contara el asunto de la mula y la razón de que hubiera llegado por un camino inesperado. Además escuchó la versión de Murad sobre el recibimiento que le habían dado en la colonia. El armenio pensaba que todos esos mercaderes eran muy desvergonzados pues después de decirle que estaba en su casa y que todos los presentes eran suyos, habían pretendido restringir el uso que pudiera hacer de todos sus supuestos bienes. Nada les parecía bien: ni que las mulas estuvieran en el jardín ni el traslado de los muebles, ni tampoco el café que los abisinios habían preparado con tanto placer en un pequeño fuego, encendido cuidadosamente en el mosaico del vestíbulo.

Después de reírse mucho con su aventura, lo cual terminó de indignar a Murad, Jean-Baptiste le dijo que no modificara en nada su conducta. Luego, le dio instrucciones muy precisas con respecto a qué habría de hacer y decir al día siguiente, cuando vinieran a pedirle sus cartas credenciales.

A continuación Jean-Baptiste se dirigió a casa. Esperaba noticias de Alix, de un modo u otro, y estaba nervioso porque no podía quitarse de la cabeza que no la había visto el día anterior.

Subió las escaleras a tientas, encendió una vela y descubrió, como esperaba, un papel doblado en cuatro debajo de la palmatoria. Se trataba de una nota de Françoise pidiéndole que estuviera en el jardín que quedaba al fondo de la calle de la colonia, cuando hubieran sonado las dos de la madrugada en la campana de la capilla.

<p>5</p>

Alix, de pie en su habitación, esperaba que llegase la hora en la oscuridad. La luna apenas se insinuaba, y constantemente se oscurecía por el paso de los nubarrones; por eso Frangoise había considerado factible hacer ese largo recorrido por las calles que las mantendría alejadas del consulado y de sus espías. Al caer la noche, cuando todavía tenía mucho tiempo por delante para decidirse, la joven había estado diciéndose que no iría a esa cita, que era una locura, que ponía en peligro su honor. Pero a medida que pasaban las horas rechazaba esas ideas con tanto denuedo como quien acorrala contra un muro a un bandolero que ha intentado un asalto. Y se dijo: «¿Acaso no es verdad que lo amo con toda mi alma?»

Desde aquel instante se sintió tan segura de que iba a ir como antes de lo contrario. Súbitamente afloraron a su mente las certezas que había adquirido por sí misma en el transcurso de ese año en vez de los anticuados argumentos asimilados en su educación. Durante esos meses en los que tanto había conversado con Françoise, había aprendido cuan dignos son los amores verdaderos que no se forjan en el interés sino con la pasión. En cuanto al honor, bastaba con mirar a su madre que tan bien había sabido guardar el suyo para comprender que se había convertido en la esclava del hombre que se había apropiado de su honra. Alix se hacía estas alarmantes reflexiones mientras se vestía. Por lo demás, quien osara creer que obraba así porque estaba bajo la férula de Françoise, se equivocaría de medio a medio. Cuando salieron de la casa por la puerta de servicio y sus sombras se confundieron con las de la calle, Alix se estremeció de felicidad no sólo por pensar en lo que estaba haciendo sino por la evidencia íntima y casi salvaje de que aquel acto, aquel acto no exento de peligro, tal vez era una forma de sacrificio que satisfacía la parte más auténtica de sí misma, y a la vez la menos doblegada por la civilización, eso que se podía llamar sencillamente su carácter.

Mientras esperaba la cita, Jean-Baptiste estuvo pensando que sólo había tenido amores fáciles y efímeros; aventuras donde el primer momento, que a menudo es también el último, adquiere la forma de una lucha; donde cada cual, lúcido y frío, trata de conquistar o resistirse; y donde al final ese triste juego se reduce a disimular tanto tiempo como sea posible los verdaderos sentimientos. Pero esta vez cada uno sabía de antemano y hasta el fondo de su ser qué sentía el otro. No era una cuestión de conquistar ni de abandonar a nadie. Ahora se trataba de dar a luz -al aire donde resonarían las palabras y se desplegarían los gestos- ese amor ya concebido que había vivido en ellos tanto tiempo. No obstante, se sentía torpe ante tal responsabilidad.

Cuando sonaron las dos campanadas ahogadas en la oscuridad, los dos estaban en camino; Alix y Françoise caminaban por la izquierda de la verja, mientras Jean-Baptiste, que se había escondido en el fondo del jardín, se acercaba a la entrada. Ambos tenían la impresión de vivir un momento fugaz, irreparable, precioso, no por el compromiso que entrañaba y que se había sellado hacía mucho tiempo, sino sencillamente porque no volvería nunca más. Los dos estaban decididos a hacer perdurar ese instante tanto como pudieran, a conservarlo, como se retienen en la memoria los rasgos de alguien a quien se ve por última vez. En suma, habían tomado la resolución de no precipitar nada. Sin embargo, en cuanto se distinguieron sus sombras, en cuanto se quedaron solos uno frente a otro, les faltó voluntad: las ausencias, la inquietud que inspiraba aquel lugar desierto y oscuro, y sobre todo el deseo que habitaba en ellos les impulsó a abrazarse inmediatamente y a cubrirse de besos en silencio.

– ¡Qué felicidad! -repetían.

Y volvieron a saborear sus bocas, a tocarse con manos inquietas que parecían querer cerciorarse meticulosamente de la presencia del otro, de su realidad, al tiempo que sentían la dulzura.

Mientras se hallaban inmersos en ese estadio del amor donde no existe nada alrededor, apenas pronunciaron palabra. Les bastaba estar juntos. Pero Françoise, que vigilaba junto a la verja, se acercó y les dijo en un susurro que no debían demorarse. Al oír aquellas palabras, se les apareció de nuevo el mundo y todos los obstáculos que se alzaban en su camino.-¿Cómo vas a convencer a mi padre? -preguntó Alix mirando a su amante, de quien sólo distinguía sus delgadas formas en la oscuridad-. Siempre habla de casarme…

– Por el momento -dijo Jean-Baptiste-, no hay que decirle nada, que no se entere de nada. Pero debemos vernos, porque ya no puedo vivir sin tenerte en mis brazos, ahora que por fin estamos juntos. Ante todo es fundamental que nadie sepa nada hasta que pongamos en práctica mi plan. Voy ir a Versalles.

– ¡Cómo! -exclamó Alix, abrazándose a él-. Acabas de llegar y ya quieres irte…

– Es la única solución, créeme. El Rey quería una embajada y yo se la he traído. Ahora sólo él puede darme la recompensa que necesito. Regresaré con un título nobiliario, y tu padre no podrá negarme nada.

Alix estaba dispuesta a creer todo cuanto le decía el hombre que la amaba. El plan la contrariaba porque suponía estar separados algún tiempo aún, pero estaba de acuerdo en que era la mejor solución y juró a Jean-Baptiste ayudarle como pudiera.

– La única ayuda que puedes prestarme es que no me olvides.

La joven lanzó un grito de indignación que se ahogó en un largo beso.

Frangoise regresó de nuevo y les suplicó que se despidieran, puesto que los jenízaros empezarían a hacer su ronda muy pronto. Se alejaron, volvieron corriendo uno hacia el otro, se fundieron en un abrazo una vez más y finalmente se fueron cada uno por su lado en aquella noche cálida, donde se oía el crujido de las palmeras agitadas por el viento.


Murad confiaba en Jean-Baptiste, y al acordarse de que el Negus en persona había dado testimonio de la estima que le merecía el extranjero, accedió en obeceder al médico en todo. No le resultó muy difícil adoptar esa actitud, sobre todo porque los demás habitantes de la colonia franca no le gustaban. Aquellos mercaderes demasiado ricos y demasiado amables le recordaban a su antiguo amo de Alepo, un gran hipócrita de ademanes bondadosos. Más de una vez había tenido que contenerse para no lanzarle los platos a la cara, y ahora disponía de los medios necesarios. Así pues, si éstos tenían que pagar los platos rotos sin haber hecho nada, peor para ellos.

– ¿Cómo? ¿Mis cartas credenciales? -respondió con arrogancia cuando el señor Macé se presentó para pedírselas-. ¿ Por quién me toma? Soy el emisario del Rey. El Rey de Reyes, desde luego.

Y mirándose una mano rolliza donde lucía un anillo de cobre enfundado en el dedo meñique, añadió:

– Su Majestad me pidió expresamente que confiara sus cartas al Rey de Francia en persona. Así pues, debo ir a Versallcs para entregárselas.

El señor Macé insistió, pero el armenio se mostró intransigente y terminó por despedirlo sin ninguna delicadeza. El secretario entró en el consulado y refirió la entrevista al señor De Maillet con el semblante tan apesadumbrado como si le estuviera dando el pésame.

– ¡Con que ésas tenemos! -exclamó el diplomático-. ¡Así que se mega a entregar sus cartas! ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Pero qué maneras son ésas! Le hemos permitido sentarse en el suelo e insultar a toda la colonia, así que lo menos que podría hacer es tomarse la molestia de presentarse debidamente.

– Tal vez a usted… -sugirió Macé.

El cónsul se quedó inmóvil ante el pobre infante de lenguas, fulminándole con la mirada.

– ¿Acaso piensa usted que yo, el representante del Rey de Francia, puedo dirigir la palabra a alguien que no se digna a mostrar su acreditación?

– Evidentemente que no -admitió Macé.

– Bien -dijo el cónsul-. Le enviaremos otra delegación.

– Ningún mercader quiere volver.

– En tal caso irá usted mismo -dijo el señor De Maillet-, y le dirá que si no entrega sus cartas entre hoy y mañana será expulsado de la colonia y tendrá que buscarse un alojamiento por su cuenta en la Ciudad Vieja.

Macé fue a hacer su encargo y regresó después de ser despedido con cajas destempladas. Murad llegó incluso a lanzarle a la cabeza un trozo de baklava muy grasa que se estaba comiendo.

– Esta comedia ya ha durado demasiado -dijo el señdr De Maillet con mucha sangre fría y en tono resuelto-. Sé muy bien cómo poner en claro este asunto de la carta. Y créame, si confiesa que no tiene ninguna, no tendré ningún escrúpulo en ponerlo de patitas en la calle, con sus animales, sus esclavos y sus guiñapos.

Y diciendo esto, el cónsul pidió que prepararan la carroza y ordenó que se hiciera anunciar en la residencia del pacha.

A su regreso de la audiencia estaba visiblemente satisfecho y pasó una noche excelente. Pero por desgracia, cuando al día siguiente entró en su gabinete de trabajo, anunciaron la visita del padre Plantain.

El jesuíta había llegado a El Cairo poco tiempo después de la partida del padre De Brévedent. El ataque que había abatido al padre Gabonau había propiciado que el recién llegado se presentara oficialmente, de tal forma que el padre Plantain se había convertido en pocas semanas en el representante oficial de la Compañía de Jesús en esta escala de Levante.

Era un hombre de unos cuarenta años que había heredado sus anchos hombros de una familia dedicada desde siglos al comercio de ganado vacuno en la región de Charolles. Tenía unas manos largas y finas que cruzaba y descruzaba lentamente, mirándolas con ternura, tal vez porque eran la única parte de su cuerpo que desmentía sus orígenes de ganadero. Su rostro parecía aplastado bajo el enorme disco de un cráneo redondeado y canoso, que sobresalía por encima de los ojos. Esta frente alta, considerada muchas veces como un signo de inteligencia, le daba en cambio, un aire ligeramente apocado, como si fuera a desplomarse sobre la cara. Con semejante físico sólo podía haber sido descuartizador o músico. Afortunadamente se decantó por los estudios y entró en el noviciado. Durante su estancia en El Cairo había dado al cónsul sobradas pruebas de su malicia y de su habilidad para urdir intrigas. Al principio, el señor De Maillct creyó erróneamente que el cura era directo e inofensivo, pero al descubrir su verdadero carácter se sintió engañado, y a partir de ese momento no tuvo reparos en estimar que el cura era capaz de los fariseísmos más impensables.

– ¡Cuánto me alegro de verle, padre! -dijo el cónsul al contemplar al hombre de negro en el vano de su despacho.

Desde el primer momento, el diplomático se armó de la prudencia con que se actúa para atrapar a un animal venenoso con la punta de un bastón.

El padre Plantain no se anduvo con tantos remilgos y disimuló su hipocresía con una rudeza casi militar, soltando un «Excelencia» como si se tratara de un ladrido, y poniéndose en posición de firmes. Por su parte, el señor De Maillet tomó del brazo al hombre y lo acomodó en un sillón.

– He recibido su nota, Excelencia -dijo el jesuíta-. Se lo agradezco mucho. ¡Ésta sí que es una magnífica noticia! Hace una semana supimos gracias a usted que lamentablemente el padre De Brévedent no había podido terminar el viaje. ¡Pero aparte de esa desgracia, por fortuna ha llegado el embajador que esperábamos!

El cónsul había alertado al representante de la Compañía de Jesús del regreso de la misión, pero no le había invitado a unirse a la delegación que debía esperar al plenipotenciario. Considerando la situación reprospectivamcnte, se podía pensar que le había negado ese honor a propósito.

– Aunque espero su confirmación -continuó el cura-, parece que han regresado con tres indígenas de Abisima.

– Eso me han dicho a mí también -dijo el cónsul.

– ¿Cómo, acaso no los ha visto?

– Sólo de lejos.

El señor De Maillet no tenía intención de comentar el asunto de las cartas credenciales con aquel intrigante.

– Acaban de llegar, no lo olvide -añadió por si acaso.

El hombre de negro sacudió varias veces la cabeza y, habida cuenta del peso que eso podía suponer, su interlocutor padeció un poco por él.

– Tres abisinios en los asientos reservados a los alumnos de Oriente en el colegio Luis el Grande causarán verdadera sensación -dijo el jesuita, con los ojos brillantes.

El cónsul forzó una sonrisa.

– Está usted informado, Excelencia -continuó el jesuita, inclinándose hacia delante-, de que al parecer los capuchinos capturaron a siete cuando Etiopía estaba en guerra con el Rey de Senaar. ¡A siete! ¿Se da usted cuenta? Y que van a ir derechos a Roma… -Se inclinó y prosiguió en un tono más bajo aún-: Si los turcos los dejan embarcar.

Acompañó esta conclusión con una sonrisa que revelaba su intención de no dejar que las cosas siguieran su curso sin intervenir.

– Nosotros tendríamos las mismas dificultades -aventuró el cónsul, arrepintiéndose de sus palabras inmediatamente- para hacer salir del país a los tres abisinios que han llegado ahora…

– Excelencia -dijo el jesuita, incorporándose majestuosamente-, los deseos del Rey de Francia tienen mucho peso, en cualquier caso. El sultán turco nos escucha, creo yo. Observe que me estoy anticipando. Aunque, el diplomático es usted, y sin duda debe saber más que yo de estos asuntos.

El señor De Maillet admiraba la perfidia de esa supuesta roca que susurraba sus insinuaciones como una vieja comadre. Así que pensó en sacarle un poco de ventaja.-Efectivamente, los asuntos diplomáticos son muy complejos, padre, y me atrevería a decirle que tal vez más de lo que supone. Mire usted, lo más importante es que todo se haga convenientemente y en armonía. Usted, que está al servicio de la fe, está acostumbrado a los movimientos en el éter que pueden tener el fulgor del Espíritu Santo cuando desciende a visitar un alma. En cambio nosotros estamos a ras del suelo. Sepa que la política es el movimiento de los hombres, y no debe precipitarse en modo alguno.

El jesuíta no comprendió nada del discurso pero miró al fondo de las pupilas del cónsul y, al igual que antaño su padre desenmascaraba a una bestia que disimulaba su mal talante bajo una apariencia dócil y adiposa, se dio cuenta de que el diplomático le ocultaba alguna información importantísima.

La conversación aún se prolongó diez minutos más, pero no se enteró de ninguna otra cosa.

Al salir el jesuíta dudó un instante y optó por dirigirse hacia la casa de Poncet. Llamó a la puerta, pero Jean-Baptiste no estaba, de manera que decidió ir a la Casa de los Venecianos. Un viejo turco, tendido tras la puerta del jardín, respondió al padre Plantain que su Excelencia el embajador de Etiopía no recibía a nadie.

El jesuíta se dio la vuelta, totalmente perplejo.


Al caer la noche, el maestro Juremi hizo un discreto rodeo sin abandonar la sombra oscura de los árboles para pasar ante el consulado. En la casa se encontró con Poncet, que le hizo tantas fiestas como si no se hubieran visto en dos meses.

– ¡Y yo que imaginaba que iban a tratarte como un héroe contando sus proezas en medio de una corte de admiradoras! -dijo el protestante cuando Jean-Baptiste le hubo puesto al comente de los sucesos de los días anteriores.

– Eso es porque todavía no conoces la colonia. Tienen miedo, están alerta. En ninguna parte soy bienvenido. Y evito a los pocos que desean verme, como a ese jesuíta que ha pasado por aquí esta tarde y que ha avisado a los vecinos de que quería hablar conmigo. No, créeme, el viaje continúa y me siento más solo aquí, después de dos días, que cuando atravesábamos el desierto.

– ¿Y Murad?

– A eso voy. Está alojado como un príncipe. Pero el cónsul todavía no se ha dignado recibirle. Quiere ver sus cartas credenciales. Le he hecho prometer a Murad que no ceda y que repita hasta la saciedad que tiene la misión de ir a Versalles.

– ¿Y… tu amada?

– No sé cuándo podré verla otra vez. Pero ayer por la noche… ¿Has cenado?

– Todavía no.

– Entonces ven conmigo, vamos a la fonda de Yussuf, frente a la mezquita de Hassan. Allí podremos hablar tranquilos.

Y ambos se dirigieron alegremente a pie hacia la ciudad vieja de El Cairo.


Poncet y su socio volvieron hacia medianoche. No obstante, en el momento en que llegaban a casa, una sombra surgió de la oscuridad de los soportales. El maestro Jurcmi blandió su espada.

– Piedad -dijo la sombra-, soy yo.

– ¡Murad! ¿Qué haces tú aquí a estas horas?

Le hicieron entrar en la casa. Poncet encendió una vela. El armenio sudaba y respiraba muy fuerte.

– Acababa de acostarme hace un rato -dijo jadeante-, cuando de pronto entraron veinte hombres en mi casa.

– ¿Veinte hombres? ¿Soldados o mercaderes?

– Soldados. Unos turcos completamente locos. Se abalanzaron sobre mí, me amenazaron y me pusieron un gran sable en el cuello, aquí.

Les mostró las carnes que pendían bajo su mentón.

– ¿Y luego?

– Luego lo registraron todo, lo removieron todo. Y cuando la casa ya estaba patas arriba me dijeron que me presentara mañana temprano ante el pacha.

– ¿Pero qué querían? -preguntó Poncet.

– ¿Qué se han llevado? -agregó el maestro Juremi.

– Nada.

– ¿Cómo que nada?

– Nada, ni oro, ni presentes, ni ropas.

– Así que no se han llevado nada…

– Sólo la carta del Negus -dijo Murad, bajando la mirada.

<p>6</p>

Durante la larga ausencia de Poncet, Hussein, el pacha de El Cairo y su paciente fiel, se cayó del caballo con tan mala fortuna que se rompió la pierna. Los charlatanes con quienes consultó tenían unos conocimientos tan precarios que le desollaron la piel y le dejaron la herida en carne viva. Todo lo que no habían logrado las revueltas, ni los venenos, ni los excesos, sucedió de pronto, como si hubiera dado un paso en falso en un precipicio, y Hussein murió con horribles sufrimientos.

Para sustituirlo, la Puerta envió a un hombre muy diferente. Se llamaba Mehmet-Bey y era un auténtico guerrero. En Hungría había estado al frente de los ejércitos turcos y se había granjeado un odio tremendo entre los cristianos. No obstante conocía a los francos suficientemente para distinguir cada una de sus naciones, una molestia que pocos turcos se tomaban en aquella época. Sentía predilección -si así se puede llamar pues en realidad se trataba sólo de un grado menos de odio- por los franceses, contra quienes no se había batido nunca directamente pues habían firmado con la Sublime Puerta algunas alianzas secretas contra los Habsburgo. Con la edad, Mehmet-Bey se había convertido en víctima de los imanes y los muftís. Esos hombres venerables tenían la habilidad de ejercer su influencia sobre este musulmán escrupuloso pero ignorante, de quien esperaban que fuera menos conciliador que su antecesor con los enemigos del islam.


Cuando Murad compareció ante el pacha, después de que éste le hubiera convocado, Mehmet-Bey lo recibió enfurecido. El armenio, que sentía terror a la entrevista, había hecho el trayecto hasta palacio montado en una mula para tranquilizarse. Ahora bien, en virtud de las capitulaciones que vinculaban las naciones creyentes con la Puerta, nadie tenía el privilegio de entrar en la ciudadela en una montura, salvo los embajadores cristianos. Así que los guardias le hicieron bajarse de la mula con malos modos y lo condujeron a presencia del pacha.

– ¿Quién te has creído que eres? -dijo Mehmet-Bey, de pie, ataviado con el uniforme rojo de los turcos y un turbante con franjas doradas en la cabeza-. Y para empezar, prostérnate. ¿Es que no vas a honrar al Sultán como es debido?

– Yo… Yo le honro y le brindo mi más respetuoso saludo -dijo Murad temblando, de rodillas, con la nariz contra las losas.

– Por otra parte -continuó Mehmet-Bey, dando una vuelta alrededor del hombre prosternado ante él-, tal vez seas turco… Hablas nuestra lengua y se diría que conoces bien nuestras costumbres, todas menos el respeto, que no tienes en modo alguno. ¿No serás por casualidad un renegado…?

– No, no -protestó Murad, que, como seguía con la nariz pegada al suelo ejecutó con el trasero el movimiento de negación que habría hecho con la cabeza si hubiera estado de pie-. Soy armenio. Mi padre me dio su religión y el Gran Señor, en su benevolencia, me ha autorizado a conservarla.

Mehmet-Bey no despreciaba a nadie con tanta virulencia como a los cristianos de Oriente.

– El Sultán se muestra bondadoso con todos vosotros, que nos apuñaláis por la espalda cuando luchamos contra esos perros de francos, pero así son las cosas…

Se volvió con semblante pensativo hasta el estrado cubierto de alfombras y cojines donde recibía audiencia y se sentó.

– Levántate y muestra tu cara de traidor.

Murad se incorporó, pero continuó de rodillas. Había estado tanto tiempo con la cabeza hacia abajo que tenía la cara roja y congestionada. El pacha hizo una señal a uno de sus guardias, que avanzó hacia él con una bandeja de plata y tomó la carta del Negus.

– No sólo vives en la tierra del Profeta y no respetas su palabra -dijo el turco- sino que además, por lo que entiendo aquí, estás confabulado con los abisinios, un pueblo empecinado en resistirse al islam y atacarlo.

Una vez que se le despejó la cabeza, Murad trató de poner en orden las ideas y acordarse de las instrucciones que Poncet le había dado.-Yo soy mercader, Excelencia -gimió-. Me gano la vida donde puedo y el azar me ha traído hasta el mar Rojo. Durante algún tiempo estuve al servicio del Nayb de Massaua. Es un buen musulmán. Nunca le di motivo de queja, puede preguntárselo. Y un día me confió un mensaje para el Rey de Etiopía…

– ¿Qué diantres indujo a ese chacal a enviar mensajes?

– Es que en el pasado, Excelencia, los abisinios le cortaron el paso del agua e impidieron la llegada de víveres en dos ocasiones. Por eso el Nayb está obligado a tomar en consideración a los poderosos vecinos de las montañas.

Mehmet-Bey entornó los ojos. Con esa señal daba a entender que una palabra había atravesado una capa profunda de su mente, situada un poco por debajo del compacto zócalo de certezas, una capa en la que se estremecía a veces, lo menos posible para su gusto, esa cosa irritante que se denomina una idea.

– Entonces, según tú -dijo-, ¿es verdad que ese Negus puede retener las aguas de nuestros países? ¿Y por qué no lo ha hecho nunca si nos desprecia tanto como parece?

– Lo ha hecho con Massaua, que es una península. En cierta ocasión la privó de todo.

– Pero no con nosotros, que vivimos del Nilo…

– Excelencia, por lo que sé, al Negus no le faltan medios ni intenciones para privar a los musulmanes de las aguas que les da la vida. Pero piense que si desviara el primer curso del Nilo, si desplazara las aguas no desde oriente a poniente sino en el sentido opuesto, causaría la ruina de Egipto y…

– ¿Y…? -dijo el pacha.

– … y de paso contribuiría a la prosperidad de los somalíes,, que son musulmanes como ustedes.

Al pacha se le quedaron grabadas aquellas palabras, que recorrieron los resquicios tenebrosos de su entendimiento, y al final estalló en una gran carcajada que secundó el coro servil de la guardia diseminada por la amplia sala.

– El agua que Dios envía sobre la tierra -dijo el pacha- está destinada a alimentar a aquellos que creen en Él y que siguen las enseñanzas de su Profeta. Si tu señor se imagina que tiene algún poder para que la lluvia caiga primero sobre sus miserables montañas, se equivoca. ¿Y para decirme esto te ha convertido en emisario?

– No, Excelencia.

– Eso pensaba, porque al menos habrías venido a verme. Desde que has llegado, tú, subdito del Sultán, no te has dignado a presentarte ante él, que soy yo.

– Tenía la intención, Excelencia, pero el tiempo…

– No mientas. Sé la verdad. El Negus te envía en busca de una alianza con los francos, y esa alianza sólo puede ser contra nosotros. Imagino que eso también es obra de todos los curas católicos que violan nuestra hospitalidad.

El corrillo de muftís, con sus ropajes negros y sus turbantes blancos, que se hallaban sentados en un rincón de la sala de audiencias, murmuró unas tenues exclamaciones de satisfacción. Les gustaba la firmeza del pacha.

– Excelencia, el Negus me envía para hacer algunas compras…

– ¿Qué? -exclamó Mehmet-Bcy con voz atronadora-. ¡Más mentiras aún! Ándate con cuidado no vaya a darte unos latigazos para que se te quiten las ganas de seguir haciendo bribonadas, como deberíamos haber hecho ya, tanto contigo como con todos los de tu ralea.

Murad volvió a prosternarse como al principio.

– ¡Piedad, Excelencia!

– Debes saber de una vez por todas que a mí no se me escapa nada. Has dicho en todas partes que eras el emisario del Negus en la corte del rey Luis XIV. Además, esta carta que mis soldados encontraron en tu residencia prueba oficialmente que el abisinio te ha otorgado una misión. ¿Qué misión?

– Su Majestad el Rey de Abisinia desea que vaya a Francia.

– Probablemente para concertar algún pérfido acuerdo y atacarnos por la espalda mientras nos batimos en Europa.

– ¡No, Excelencia! -exclamó Murad, incorporándose al notar que se asfixiaba.

– ¿Por qué entonces?

– Sencillamente para agradecer a Su Majestad el Rey de Francia el haberle salvado la vida.

– ¿Salvarle la vida…?

– Sí, Excelencia, la cosa es muy sencilla. El Negus estuvo muy enfermo, y al sentirse desamparado en aquel momento pidió ayuda a Francia. Tras informar al consejo de su Rey, el cónsul de esa nación envió al Negus un médico franco que lo ha curado. Y en prueba de agradecimiento, el Emperador de Abisinia me ha enviado pa-ra que le entregue al Rey Luis varios presentes y le manifieste su gratitud.

– ¿Dónde está ese medico franco? ¿Se quedó allí?

– No, Excelencia, ha regresado conmigo. Ahora vive en El Cairo.

Mehmet-Bey no sabía nada del asunto, pero había oído hablar de aquel médico en el entorno de su antecesor. Ahora bien, la obediencia del pacha a los doctores del islam sólo tenía un límite: el crédito que otorgaba a la religión en materia terapéutica. En el campo de batalla, Mehmet-Bey había tenido muchas veces la oportunidad de reconocer la superioridad de los cristianos sobre los moros en el ámbito médico. Además, la mayoría de esos médicos eran completamente impíos y aún así practicaban su oficio con éxito. De todo esto concluyó que se imponía valorar con cierta cautela los principios religiosos en esa materia, y dado que en los últimos dos años se le habían agudizado los dolores que sentía en el pie a consecuencia de la gota, se mostró muy interesado respecto al médico franco. Le hizo a Murad algunas preguntas sobre la enfermedad del Negus, que éste evitó responder directamente, y luego sobre Poncet y los métodos que empleaba. Aunque seguía tratando a Murad con severidad, el pacha pareció suavizarse un poco al oír las razones de su viaje y finalmente le dijo a modo de despedida:

– No olvides, señor emisario, que estás aquí bajo mi autoridad. En cualquier momento puedo llamarte y darte órdenes. El mensaje que llevas no te confiere ningún derecho y menos aún el de la insolencia. Ahora vuelve a la residencia de los francos. Pero que no me entere yo de que estás confabulado con los curas. ¿Entendido?

– Excelencia -dijo Murad después de una última genuflexión-, lo he entendido todo. No tendrá servidor más sacrificado que yo.

– Eso espero -dijo el pacha.

El armenio hizo un saludo y empezó a retirarse de la sala, con el cuerpo arqueado y andando hacia atrás. Apenas había dado tres pasos, cuando se detuvo y exclamó:

– ¡Excelencia! Mi carta.

– Como tienes la pretensión de ser un diplomático y tu Negus te ha encargado una misión relacionada con la nación franca, la recuperarás en la residencia del cónsul de Francia.

Al oír la respuesta, Murad vio surgir una nueva complicación, pero estaba tan contento de salir con la cabeza sobre los hombros que se fue casi corriendo y hasta se olvidó de la mula.Aquella misma tarde, el enviado del Rey de Reyes entraba en el consulado de Francia, después de que el señor De Maillet le hubiera hecho saber que ahora sí estaba dispuesto a recibirle.

La audiencia en el palacio del pacha había alterado mucho a Murad. Ya no tenía un aire tan despreocupado como al llegar a El Cairo. Pese a que Poncet le había aconsejado que se mostrase enérgico, el armenio no volvió a dirigirse a los francos con el tono de familiaridad que había utilizado hasta entonces. Para gran sorpresa del cónsul, en cuanto fue introducido en su gabinete, Murad se postró de rodillas como había hecho ante el pacha, y el señor Macé se apresuró a levantarlo. El cónsul fingió no haberse dado cuenta, como habría hecho al ver a una duquesa a quien el viento hubiera levantado las faldas un instante.

– Querido señor -dijo el cónsul cuando ambos estuvieron sentados-, el pacha de los turcos, alarmado por los rumores que no han cesado de propalarse desde su llegada, ha creído oportuno intervenir para cerciorarse de su identidad. Créame si le digo que yo no he tenido nada que ver con eso y que repruebo los métodos violentos que han empleado con usted. Pero las cosas son como son. Estamos en tierra extranjera, y los turcos tienen los derechos que se han tomado. Este asunto tiene una consecuencia: como el pacha ha considerado oportuno entregarme la carta de la que se apropió en sus aposentos, ahora tengo en mi poder lo que yo solicitaba en vano desde el momento de su llegada. Así pues, aquello que habría podido ser motivo de disgusto para usted, tiene afortunadas consecuencias: ahora ya no tengo duda alguna de quién es usted, el enviado acreditado del Negus, tal como prueba este documento, traducido y ratificado por el sello del soberano. Tengo por tanto el honor de presentarle mis respetos y darle el trato que se merece como el mensajero del emperador de Abisinia.

Murad bajó cortésmente la cabeza y luego echó un vistazo a su alrededor como si estuviera en estado de alerta y se temiera que la buena noticia se saldara con algún revés inesperado.

– Esta carta credencial -continuó el señor De Maillet-, si bien le confiere a usted una absoluta legitimidad, no menciona sin embargo la intención del Negus de verle en la corte de Versalles. Por lo tanto, si le parece oportuno, usted y yo debemos convenir lo siguiente: durante su estancia en El Cairo, nosotros nos haremos cargo de su alojamiento y el los suyos, que según tengo entendido se compone de tres personas…

Murad asintió con la cabeza.-Pondré a su disposición para sus gastos la suma de cinco cequíes abuquires mensuales, que deduciré de los fondos del consulado. Y cuando considere que su misión ha terminado, haremos los preparativos necesarios para que pueda emprender de nuevo viaje a Abisinia.

– Pero aparte de mi credencial -dijo tímidamente Murad acordándose de los consejos de Poncet-, también llevo conmigo un mensaje personal para su Rey.

– Ya se lo he dicho -dijo el cónsul con dulzura, como cuando uno razona con un enfermo que se niega a tomarse un jarabe-, su carta no especifica que usted esté obligado a llevar el mensaje personalmente.

– No obstante… -dijo débilmente Murad.

– Querido señor -le dijo el cónsul malhumorado-, la cuestión es muy sencilla. No vayamos a complicarla. Si tiene un mensaje para el Rey, démelo. Si está escrito se lo transmitiré, pero el pacha no ha descubierto nada de eso durante el registro, que yo sepa. Si es un mensaje verbal, yo seré su fiel eco en un despacho. Y si va acompañado de presentes, los mandaremos a Francia en navios de nuestra flota para que lleguen seguros.

– Pero el Rey ha insistido en que debía ir yo mismo.

– Escuche -dijo el cónsul-, no me responda enseguida. Reflexione. Comprendo que todavía debe acostumbrarse a esta ciudad y a esta misión.

El señor De Maillet pensaba que un plazo de reflexión permitiría a Murad darse cuenta de su precaria posición y le ayudaría a discernir mejor en beneficio de sus intereses. Para terminar de convencerlo, añadió:

– El Negus no puede enfadarse con usted por no entregar el mensaje en persona, pues a decir verdad el caso es muy sencillo: los turcos se oponen formalmente a que usted abandone este país para ir a Europa. Gracias a las buenas relaciones que tenemos con ellos, aceptan su presencia en esta legación pero nunca lo dejarán embarcar. ¿Hablo con suficiente claridad?

Murad convino en que no se podía ser más claro y acogió la noticia con tanto alivio que él mismo se sorprendió. En el fondo no tenía por qué empeñarse contra viento y marea en ir a visitar al rey Luis XIV, cuyo retrato, justo encima del cónsul, le inducía a pensar que era aún más temible que el pacha. Terminó alegremente la conversación con el señor De Maillet y fue a llevarle estas sorprendentes nuevas a Poncet, sudando bajo el sol de justicia que caía a las tres de la tarde.Debido a una extraña particularidad del clima, las plumas de oca que se crían en Egipto no valen nada. En lugar de ser firmes y acometer el papel como las de Europa, son excesivamente flexibles y se ablandan todavía más cuando se hunden en el tintero. Por esta razón, el señor De Maillet mandaba traer las suyas de Francia. No tenía reparo en que los empleados del consulado bregaran con los suministros locales y se reservaba el uso de las buenas plumas para su correspondencia personal, en los contados casos en que escribía personalmente. Para dirigirse al señor De Ponchartrain, aquella noche decidió plasmar él mismo por escrito las ideas que pensaba comunicar al ministro, a pesar de que le incomodaba, por culpa de un persistente dolor de muñeca. Su larga escritura inclinada brillaba al resplandor del candelabro:

He informado al mensajero del Negus de que los turcos se oponían a su viaje, lo cual no es del todo cierto pues el pacha de El Cairo no tiene autoridad para prohibir una misión así, en el caso de que verdaderamente deseáramos enviarla. Sin embargo, sí es cierto que una embajada de Abisinia en las condiciones actuales disgustaría en grado sumo a la Puerta y podría repercutir negativamente en nuestras relaciones. Así pues, mi proposición se confirma de esta manera indirecta, y los turcos son en efecto quienes hacen imposible este viaje. Por mi parte me mantendré firmemente en esta línea de conducta, y tengo buenas razones para creer que al representante del Rey de Reyes no le pesará.

No obstante, permítame aventurar un poco más allá mi comentario. A mi entender, sería lamentable que esta cuestión de Abisinia, bien encauzada como está, no siga su curso conforme a nuestros intereses. En consecuencia, le propongo que les arrebatemos de las manos el asunto a los jesuítas y que prosigamos con él por nuestros propios medios. El objetivo de los jesuitas era convertir el país y no lo han conseguido, pues el padre De Brévedent no pudo terminar el viaje. Con todo, considerarían esta misión como un éxito si pudieran llevar a Francia a los tres abisinios que han viajado hasta aquí con el señor Murad. Formados convenientemente en las escuelas de los curas en París, los indígenas tendrían a su regreso más posibilidades de convertir su país que unos extranjeros. Con eso cuenta la Compañía de Jesús, y por lo que a mí respecta, opino que sería oportuno complacerla en este punto. El éxito de tal empresa y la preparación de sus protegidos abisinios y futuros emisarios tendrá tan ocupados a esos clérigos que al menos por un tiempo no pensarán en la idea de enviar otra embajada a Etiopía. Les habremos satisfecho y dispondremos nuevamente de un margen de acción ajeno a ellos. Propongo que nos sirvamos de ese margen para enviar lo antes posible al Negus una embajada digna de ese nombre con la protección del señor Murad, de quien al mismo tiempo nos zafaríamos.

El principal mérito de la misión que ha llevado a término el señor Poncet ha sido probar que el viaje a Abisinia era posible y que no resultaba tan peligroso como cabía temer. Si enviáramos una auténtica embajada, ya no tendríamos que fiarnos de las fantasías de un farmacéutico y tampoco nos arriesgaríamos a ver comprometidos nuestros intereses por culpa de que se descubriera a unos curas mejor o peor disfrazados en el seno de nuestra misión. Una embajada así, capitaneada por un auténtico diplomático, podría establecer bases sólidas para un acuerdo político con el Rey de Etiopía. Por otra parte, contribuiría a entablar lazos comerciales muy prometedores, en nombre de la Compañía de las Indias, con ese país donde abunda el oro, donde pueden explotarse muchas riquezas naturales, y que es una escala sin competencia hacia los confines de Oriente.

¿A quién me consejaría para atribuir la dirección de una empresa tan ambiciosa? A mi entender, aunque aún no lo conozco bien, el señor Le Noir du Roule, cuya llegada me anunciaba usted en su último despacho y que desempeñará bajo mis órdenes las funciones de vicecónsul en Damietta, posee todas las cualidades que requiere tal empresa.

Sé que si ha tenido el honor de elegirlo es porque conoce mis obligaciones familiares. Con esta sugerencia espero mostrar que no antepongo mis intereses de padre a los del Rey. Por lo demás, me atrevería a esperar que ambos sigan el mismo cauce y que el señor Le Noir du Roule, laureado con la gloria y la fortuna que le ayudaré a adquirir, será el mejor para honrar a mi familia, uniéndose después con mi hija.

<p>7</p>

Al recibir las noticias de Murad, Jean-Baptiste comprendió que había perdido la partida. La alianza del cónsul y del pacha -tanto si se trataba de una mera confluencia de intereses como si era un acuerdo en toda regla- anulaba cualquier posibilidad de ir a Vcrsalles con una embajada. Si Murad aceptaba transmitir su mensaje al cónsul, éste haría llegar al Rey una misiva amañada a su antojo y evidentemente no se podía contar con el diplomático para que favoreciera ni un ápice los intereses de ese Poncet a quien tanto despreciaba.

Así que tantos esfuerzos, tantas jornadas de viaje y tantas vicisitudes no habían servido para nada. Jean-Baptiste iba a sucumbir de desesperación cuando recibió dos buenas noticias, una después de otra, que si bien no introducían ningún cambio en las perspectivas futuras encauzaron su pensamiento hacia una felicidad inmediata.

Mientras tomaba un refresco en la-terraza con el maestro Juremi y consideraba definitivamente perdido el viaje a Versalles, llegó un guardia del consulado con una nota del señor De Maillct. Éste invitaba al «señor Poncet» a cenar al día siguiente para honrar la llegada de «Su Excelencia el Representante de Su Majestad el Rey de Abisinia». Jean-Baptiste repasó la lista de invitados que se adjuntaba para leer lo único que le interesaba saber: «El