Juan Miguel Aguilera

Rihla


Para Alejandra, a quien amo

A todos los reyes de Tiro y a todos los reyes de Sidón,

y a los reyes que están más allá de los mares.

La Biblia, Jeremías 25,22

Hemos palpado el cielo y lo hemos encontrado

lleno de guardianes severos y de centellas.

Corán, Al ÿinn, 8

Como la niebla, como la nube,

como una polvareda fue la Creación.

Popol Vuh, cap. I, libro I


En el nombre de Allah, el Misericordioso, el Clemente.

Alabado sea Allah, el Altísimo, el Inmenso, que nos enseñó por el uso de la escritura, que enseñó a los hombres a salir de la ignorancia.

Mi nombre es Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin al-Jatib ibn al-Salmani, humilde servidor de la Sagrada Casa de Allah, faquih, [1] doctor en la ciencia astronómica, peregrino y maestro matemático.

Nací en Granada, a once días de la luna de Xahaban, el acatado año 850, en una familia con una larga tradición en esta tierra andalusí y también en la tradición ilustrada de los nasrí.

Mi abuelo Xahin fue faquih, literato y matemático; de su fama como predicador quedó en nuestra familia el apelativo de los Banu al-Jatib.

Mi padre, Muhammad al-Barrayan, fue también famoso porque acompañó a Abu al-Qasim en su embajada para solicitar el auxilio del sultán mameluco, cuando la presión de los herejes descreídos sobre nuestra nación empezó a hacerse insoportable.

Poco después de mi nacimiento, mi padre dejó la vida pública, a la que se hallaba dedicado, para seguir el camino de la ciencia, por el que sentía una mayor inclinación. Fui educado por él durante mi niñez, pero al alcanzar la adolescencia tuve un maestro originario de Córdoba con quien aprendí a leer el sagrado Corán, las diferentes interpretaciones del texto y otras obras acerca de su ortografía. De su mano entré también en contacto con la escuela filosófica de los Ijuán al-Safa que tanta importancia iba a tener en mi formación.

He pasado la mayor parte de mi vida de adulto estudiando las ciencias de la naturaleza y las artes útiles al hombre en el estado de sociedad. En estas circunstancias me encontraba cuando se me presentó la oportunidad de iniciar mi rihla. [2] Solicité permiso al sultán para abandonar al-Andalus y en un barco de mercaderes genoveses me dirigí hacia el país de los infieles.

Que la salud de Allah, alabado sea, su gracia y su bendición me acompañen en esta aventura. Que Él me proteja y tenga a bien, en su infinita misericordia y clemencia, el considerar mis acciones como meritorias.


El astro nocturno

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<p id="_Toc150592963">El astro nocturno</p>

Y ¿cómo sabrás qué es el astro nocturno?

Es la estrella de penetrante luz.

No hay nadie que no tenga un guardián.

At táriq, 2-4


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Se decía que los fieles de al-Andalus intentaron recrear el Paraíso en sus ciudades, para alegrar los ojos y satisfacer los espíritus antes del paso a la otra vida.

Sin duda que así debió ser, pensó Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin.

Tras una larga ausencia de su país, se sentía dichoso de volver a pisar aquellas callejuelas confinadas por paredes encaladas. Paseaba por el zoco de las especias, entre dos filas de diminutas tiendas que exhibían sus productos apilados en cestas y lebrillos; especias de colores abigarrados y olores densos, jengibre, comino, cardamomo, cúrcuma, traídas desde el Lejano Oriente, que los comerciantes competían en anunciar con gritos nasales. Toldos, sacos tensados por cuerdas y tablas de madera, preservaban a los transeúntes de los rayos solares. Unos pocos se filtraban, sin embargo, por las rendijas e iluminaban a la bulliciosa multitud que allí se amontonaba. Los hombres llevaban blancos almaizares y turbantes de muselina, las mujeres lucían qassis de seda tornasolada y se adornaban con ricos collares, brazaletes, tocas bordadas de plata; y, en los tobillos, ajorcas de oro y plata.

Lisán saludaba a los numerosos amigos con los que se iba encontrando, a los que no había visto en dos años. Ellos insistían en narrarle las últimas noticias sobre la guerra con los infieles, de modo que la reciente caída de al-Hamma estaba en boca de todos. Pero él no quería oír hablar de guerras o desgracias en un día tan hermoso como ése, en el que el cielo era una cúpula azul brillante sobre la Alhambra, el verano llamaba ya a sus puertas, y el aire era tan perfumado como la esencia más cara de Damasco.

A mediados del año 890 tras la hégira, el reino de Granada se encontraba asediado por los castellanos. No podían esperar el auxilio de los hermanos musulmanes del otro lado del estrecho, como tantas veces en el pasado, pues los maniníes estaban en guerra con sus tutores wattasíes y a los hafshíes les era indiferente el destino de al-Andalus. Por lo tanto, todos presentían que el fin estaba cercano. Y lo asombroso era que Granada lucía llena de vida; como una joya preciosa o como una luz que, antes de extinguirse, arroja un último destello intenso y puro.

Lisán siguió paseando por los demás tenderetes, entre las pasas de moscatel de Málaga y las jarras de miel de Shaqunda, entre los puestos de avellanas y nueces, hasta acabar en la plaza de los vendedores de vino. Allí le llegó el olor amargo de la cerveza y el dulzón de los jarabes de lima, de achicoria o de rosas. Pero todos ellos eran dominados por el ácido aroma del vino.

Algunos dhimmis subían a la medina sólo para conseguir vino libre de gabelas y andaban allí mezclados con los fieles. Lisán tuvo que abrirse paso entre ellos para comprar en uno de los puestos. Lo hizo con total confianza, pues adquirir bebidas alcohólicas no tenía nada de extraño en aquella ciudad tan hedonista y tan entregada al disfrute de lo prohibido.

Sin embargo, para su sorpresa, alguien le salió al paso y le censuró su acción:

– ¿Tanto han cambiado tus costumbres, hermano, en el tiempo que has pasado entre los infieles?

Su interlocutor era un hombre de corta estatura, de cara redonda y barba frondosa, con buenos colores en las mejillas. Llevaba un silham de lana blanca sobre los hombros, como un manto, y se cubría con un caro turbante de muselina. Su voz parecía afectada de seriedad, pero sin duda bromeaba, porque era su viejo amigo Ahmed al-Sagir ibn Yusuf ibn Nadîm.

Felices ambos de estar juntos después de tanto tiempo, se abrazaron y besaron con iguales muestras de emoción y cariño.

– ¡Alabado sea Dios! -dijo Ahmed con lágrimas en los ojos-. ¿Dónde has estado, hermano? ¿Cómo has podido vivir lejos de Granada y de la gente que te ama?

– Tengo mucho que contarte, Ahmed, acompáñame a mi casa y te hablaré de lo sucedido en estos años.

Ahmed al-Sagir señaló la bolsa de cuero, en cuyo interior Lisán había guardado las botellas de arcilla llenas de vino, y dijo:

– Hermano, tantas veces te invité a mi casa y te pedí que probaras el caldo de mis viñedos, a lo que tú siempre te negaste, y ahora compras un vino de dudosa calidad a un oscuro comerciante del zoco.

Su tono era de reproche, pero su mirada seguía siendo divertida. Lisán bajó la vista hacia su mano izquierda, la que sujetaba la bolsa de cuero.

– ¿Esto? -dijo sonriendo por la confusión de Ahmed. La alzó, haciendo sonar los recipientes de su interior-. Pero no son para mí, hermano. Acompáñame a mi casa y allí te lo cuento todo.

Ahmed al-Sagir, intrigado, lo siguió.

– Eres un hombre singular, Lisán -dijo-, y siempre me reservas las más extraordinarias sorpresas. ¿De qué se trata esta vez?

Salieron del zoco y se internaron en las callejas orientales hasta abandonar la medina por una de sus puertas. Rodearon la muralla blanca de la Alhambra y cruzaron el puente camino hacia las almunias. Lisán era una cabeza y media más alto que su amigo, más proporcionado de formas, con los ojos azules y algunas hilachas blancas en su barba recortada con cuidado. Vestía un sobrio khirqa [3] como reflejo de su dignidad.

Su casa no quedaba muy lejos. Estaba muy bien situada sobre una colina cercana a las murallas, uno de cuyos lados miraba a las huertas y el otro hacia el Albaizín. Era muy antigua. Había pertenecido a los Banu al-Jatib desde hacía incontables generaciones y el producto de sus huertas había gozado de merecida fama en otros tiempos. Aunque en ese momento los campos parecían abandonados y los utensilios de labranza estaban cubiertos de orín.

Atravesaron el zaguán, donde un criado les ofreció como bienvenida una jarra de agua fresca. Luego accedieron a un patio sin techar que se situaba en el centro de la casa. Tanto arriba como abajo, el acceso a las habitaciones se hacía desde un corredor interior cubierto que daba al patio. Las columnas que lo sostenían eran de piedra y estaban coronadas de bellos capiteles corintios, que ya estaban allí cuando se construyó la casa sobre una villa romana.

Un anciano aguardaba mientras comía higos sentado a la sombra de una de las columnas. Era un infiel de aspecto andrajoso, con una barba desflecada y una dentadura llena de mellas. Se puso en pie y se acercó a ellos. Tenía una mirada ansiosa en su único ojo. El otro era una grosera réplica de cerámica, tan falso como el ojo de una muñeca.

Ahmed lo miró atónito, sin entender nada. El viejo, ignorándolo, se dirigió a Lisán.

– ¿Lo has traído? -preguntó.

Lisán le tendió el saquito de cuero. El infiel se lo arrebató y rebuscó en su interior con manos nerviosas. Rió entre dientes cuando tuvo una de las botellas ante su ojo. Le quitó el tapón de lacre y tomó un trago tan largo que debió de vaciar la mitad de su contenido. Eructó mientras se limpiaba la boca con el dorso de la manga.

Luego alzó la botella en un descarado brindis hacia los dos moros.

– A vuestra salud -dijo.

Lisán se inclinó levemente hacia él y le respondió:

– Allah, alabado sea, protege a quien habita en Granada, porque ella alegra al triste y acoge al fugitivo.

El infiel se encogió de hombros, dio media vuelta y regresó a su sombra sin soltar ni un instante el saco con las botellas. Ahmed, que estaba desconcertado, empezó a decir:

– Lisán… ¿quién…?

– Te lo voy a explicar todo, hermano, pero sígueme.

Caminaron a través del patio, hasta una sala cerrada por una gruesa puerta de madera y guardada por siete cerraduras, que Lisán abrió, una tras otra, con el manojo de llaves que llevaba colgado del cinto. Era su laboratorio, que ocupaba toda un ala de la casa. Un lugar aireado y limpio, dispuesto en la orientación precisa para atraer las emanaciones espirituales y la radiación cósmica proyectada sobre la Tierra desde las siete esferas de los planetas. Así lo aconsejaba la sociedad sufí de filósofos y científicos conocidos como los Ijuán al-Safa, los Hermanos de la Pureza.

A diferencia de otras escuelas filosóficas, cuyos tratados estaban llenos de frases herméticas y significados ocultos, los Ijuán al-Safa buscaban por encima de todo la claridad y el que sus conocimientos fueran asequibles para los no iniciados. Desde los tiempos de ibn Masarra, se miraba con recelo el esoterismo en al-Andalus, pero allí no había nada perverso. Ni pentáculos ni huesos, telas de araña o polvo, ni ignorados animales disecados. Al contrario, era un lugar agradable, relajado, donde Lisán podía pasar las horas de trabajo y estudio con comodidad, cuyas paredes estaban cubiertas por una completa biblioteca con estantes diferenciados para libros, pergaminos y papiros. Destacaban los ejemplares del Rasâ'il, los libros cardinales de los Ijuán al-Safa, de los cuales catorce eran tratados de matemáticas y de lógica, diecisiete de ciencias naturales, diez de metafísica, once de alquimia, mística, astrología y música.

Ahmed al-Sagir se sentía fascinado por aquel lugar que emanaba sabiduría y ciencia. Aunque la mayor parte de las veces apenas lograba vislumbrar el propósito de los experimentos que Lisán realizaba allí, su amigo siempre tenía algo asombroso para mostrarle. En un extremo del laboratorio, en el suelo junto a una alacena, había un gran bulto cubierto por un paño verde. Lisán retiró el trapo y descubrió ante los ojos de Ahmed un viejo cofre de un par de codos de ancho.

– Hace varios años -explicó el faquih mientras recorría con la mano los extraños signos grabados en la superficie del cofre-, los albañiles lo encontraron mientras trabajaban en la construcción de este laboratorio y removieron unos cimientos excavados en tiempos de los romanos…

– En ese caso puedes afirmar que es un objeto antiguo de verdad.

– Así es.

– Pero… ¿qué contiene?

El faquih abrió el cofre. Estaba repleto de planchas de plomo, bastante delgadas y labradas con símbolos extraños, similares a los de la tapa. Esperó a que Ahmed las estudiara con calma y tocara con sus dedos la superficie de aquellas láminas. Los símbolos, grabados presionando el metal con algún objeto punzante, estaban cubiertos por una fina capa de polvo de plomo.

– Mientras cavaban -siguió Lisán- dieron con un murete enterrado de argamasa durísima y piedras de río. Dejaron entonces los azadones y, con martillos y escoplos, empezaron a picar aquel escollo imprevisto. Al cabo de un rato lograron cortar un gran fragmento del muro y, tras arrastrarlo fuera con ayuda de las mulas, se encontraron con la entrada a una pequeña bóveda enterrada. Cuando me avisaron, yo estudié su descubrimiento. Dos fragmentos de columna fijaban la entrada de aquella cripta, que no mediría más de seis codos de profundidad por dos y medio de altura.

»Y, en el interior de aquella bóveda en miniatura, estaba el cofre.

<p>2</p>

– Empecé a investigar en la historia de mi familia. Mi antepasado Cornelio Valeriano ejercía la magistratura en los municipios flavios y fue destinado a esta comarca. Dejó su casa en la ciudad de Sexi para instalarse aquí. Creo que trajo consigo ese cofre desde la costa y lo enterró en los cimientos de la casa que mandó construir como sortilegio de la buena suerte. Los romanos eran muy supersticiosos y acostumbraban hacer este tipo de cosas.

»Al menos, ésa fue mi teoría, aunque el contenido del cofre no me dio más pistas. En su interior, descubrí esas planchas de plomo cubiertas de inscripciones y algunos dibujos. Representaban el trazado de costas extrañas, cruzadas por líneas que indicaban la dirección de los vientos. Desde un primer momento, supuse que las inscripciones eran alguna forma de escritura. E incluso llegué a identificar treinta caracteres distintos que formarían un alfabeto. Pero fui incapaz de componer una sola palabra entre todo aquel enredo de símbolos extraños.

»Me costó mucho darme por vencido y aceptar que era imposible descifrar una lengua desconocida a partir de un alfabeto no menos desconocido. Palabras incomprensibles, escritas en un idioma remoto; un cofre cerrado con una llave que se había perdido en el tiempo.

»Acabé por olvidar aquel enigma que tanto me había obsesionado. Me dediqué a otros asuntos que me parecieron menos estériles y que ocuparon mi atención durante muchos años.

»Hasta aquel día en el que el cherif Alí al-Hacam montó una de sus famosas subastas de libros. Se dice que un antepasado de Alí acompañaba al califa Omar cuando éste ordenó quemar la biblioteca de Alejandría y que logró salvar de las llamas un buen número de valiosos ejemplares. No sé si la historia es cierta o no, pero cada vez que Alí anda escaso de dinares anuncia una gran subasta para regocijo de todos los eruditos de Granada.

»Asistí, como tengo por costumbre, y estuve ojeando los ejemplares antes de la puja. Allí vi uno de los famosos tratados de Aristarco de Samos, donde se afirma que la Tierra es un planeta más que orbita el Sol y que las estrellas son otros soles pero situados a una enorme distancia. Y el manual de Herón de Alejandría para la construcción de juguetes mecánicos y engranajes movidos a vapor, titulado Autómata. Y también una historia del mundo del sacerdote babilónico llamado Beroso, en tres volúmenes, el primero de los cuales estaba dedicado al intervalo que iba desde la Creación hasta el Diluvio, al que atribuía una duración de cuatrocientos treinta y dos mil años. Eran obras de gran interés, de las que ya tenía copias en mi propia biblioteca, de modo que continué ojeando los libros expuestos. Fue así como encontré la más inesperada joya que pudiera haber imaginado. Un pergamino antiguo, precioso, cortado y encuadernado como un libro para facilitar la lectura.

»Estaba atribuido al gran Herodoto y en su primera página decía: Melampo debió de aprender el ritual dionisiaco de Cadmo de Tiro y de los que con él llegaron a la región que en la actualidad se llama Beocia. Y, al instalarse en la región, esos tirios que llegaron con Cadmo introdujeron en Grecia muy diversos conocimientos, entre los que hay que destacar el alfabeto, ya que, en mi opinión, los griegos hasta entonces no disponían de él.

»El texto describía con detalle este ritual en ambas lenguas, con una escritura clara y limpia. Una página estaba escrita en griego y la siguiente página repetía el mismo texto en la lengua de los tirios, con unos caracteres iguales a los labrados en mis planchas plúmbeas. Me sentía tan dichoso por haber encontrado aquel libro que apenas podía disimular mi impaciencia. Aguanté así, lo mejor que pude, dando vueltas nervioso alrededor de él, como uno de los planetas de Aristarco alrededor del Sol. Hasta que se inició la puja.

»Empecé con ofertas muy altas por ese libro, pero el subastador siempre volvía con una que la superaba. Yo elevaba la puja y el subastador respondía a una señal de alguno de los asistentes que la elevaba aún más. Hasta el punto que, para mi desdicha, alcancé mi límite. Entonces, desesperado, le dije al subastador:

»-Dime quién está pujando por este libro hasta el punto que ha elevado su precio más allá de su razonable valor real.

»Me señaló con discreción a un hombre bastante grueso, ricamente ataviado como un sáhib. Me acerqué a él. Sus dedos estaban tan repletos de anillos de oro, con piedras preciosas incrustadas, que apenas asomaban los nudillos.

»-Dios bendiga a nuestro señor y erudito -lo saludé-; tenéis tanto interés por este libro que habéis llevado la puja hasta extremos que escapan a mis posibilidades.

»-No soy un erudito y ni siquiera sé de qué trata este ejemplar -contestó él, con una amplia sonrisa que reveló que había tanto oro en su boca como en sus dedos-, pero he comenzado una biblioteca a la cual he ido añadiendo piezas que no tienen las de los otros jefes de la ciudad…Y justamente queda en ella el espacio para este libro. De modo que, cuando lo vi tan claramente escrito y tan hermosamente encuadernado, me gustó tanto que no me importa cuánto ofrezco por él.

»Ciertamente, me sentí miserable y le dije con amargura:

»-Allah sea loado por la riqueza que concede, que siempre tienen nueces aquellos que carecen de dientes. Y yo, que sé lo que contiene el libro y sé cómo emplearlo, debo renunciar a él por mi escasa fortuna.

»El sáhib escuchó mis palabras, pero, lejos de ofenderse, se apiadó de mi situación y me rogó que me quedara como invitado en su casa durante todo el tiempo que necesitara para realizar una copia del libro. Y así lo hice.

»Ningún placer es comparable al que producen el estudio y la lectura. Y, como decían mis maestros Ijuán al-Safa, quien no ha soportado el esfuerzo del estudio no podrá saborear la alegría del conocimiento. Porque yo tenía al fin la respuesta al misterio de aquella lengua extraña. Aquel libro era la clave para descifrarla, pues en su abundante texto bilingüe, podía buscar el equivalente tirio a cada palabra en griego. Pero, a pesar de este recurso extraordinario, no fue fácil, y tardé casi cinco años en completar el trabajo. Los tirios no se tomaban la molestia de marcar las separaciones entre las palabras, no había matres lectionis. Además, su vocabulario era muy limitado y cada palabra, dependiendo del contexto, podía significar cosas muy distintas.

»Gracias a Allah, alabado sea, logré identificar varios nombres propios dispersos por el texto. En especial uno que transcribí como «Talos». Y éste fue el hilo que me permitió desentrañar aquel complejo ovillo. Muchas noches en vela me esperaban aún, en las que fui anotando con cuidado cada palabra que lograba traducir. Hasta que al fin pude leer una parte del documento.

»Empezaba así: Yo soy Azitawadda, el servidor de Talos el Rojo, el bendecido por los dioses. Mi señor Talos era un extranjero llegado de Tiro, pero fue para los de Keftiú como un padre y una madre. Y se estableció en sus días toda gracia para los de Keftiú, la abundancia y el bienestar. Y se llenaron los silos, acumulando caballo sobre caballo, escudo sobre escudo, ejército sobre ejército, para que los de Keftiú vivieran con la tranquilidad en sus corazones.

»Hizo estas y otras muchas cosas porque era él quien alimentaba a los dioses. Y ellos le otorgaban un gran poder. Pero el pueblo de Keftiú fue ingrato con todos estos dones y tramaron una traición a espaldas de mi señor Talos.

»Y fueron castigados…

<p>3</p>

Se diría que en el Puerto Exterior se celebraba una monumental fiesta. La dársena estaba iluminada por una constelación de pequeñas hogueras de carbón y los músicos hacían sonar sus instrumentos. Un ejército de niños danzaba sobre fuelles de piel de oveja que arrancaban pavesas de las hogueras donde se calentaban los crisoles repletos de virutas de cobre y estaño. Como dotadas de una vida extraña, aquellas brasas incandescentes se elevaban hacia el cielo. Talos el Rojo las siguió con la mirada. No había luna, pero el cometa, el anuncio de la ira de los dioses, trazaba su luminoso arco de muerte sobre el firmamento.

– El trabajo sigue su curso, mi señor -dijo el capataz. Un hombre grueso, con la cabeza rapada y una barba negra que le llegaba hasta la mitad del pecho. Su ropa se reducía a un sucio faldón de piel de oveja. Estaba de rodillas frente al sacerdote extranjero y apenas se atrevía a desviar sus ojos del suelo.

Talos le indicó con un gesto de la mano que podía retirarse. Volvió a centrar su atención en la alocada danza de los niños sobre los fuelles y cambió de idea.

– Espera -dijo-. Necesito a diez de esos pequeños para que me acompañen hasta la nave. Ocúpate de escoger a los mejores.

El capataz hizo una profunda reverencia y corrió para cumplir sus órdenes.

Talos paseó mientras tanto por la dársena, sorteando las hogueras y a los artesanos, comprobando que todo se estaba realizando correctamente. El tiempo se acababa para Keftiú y su Imperio del Mar. El trabajo no podía detenerse ni un instante. Día y noche se fabricaban miles de piezas de metal en unos moldes de arcilla dispuestos en hileras interminables. Cuando el metal se enfriaba, un aprendiz retiraba las cuñas y extraía una pieza de bronce para la nave. Tenían la forma de una escama de pescado de dos palmos de ancho por tres de longitud.

Cuando Talos el Rojo llegó al final del muelle, la barcaza con los niños ya lo estaba esperando. La abordó y navegaron a través del canal, hasta el puerto del anillo exterior. La nave en construcción era demasiado grande para los muelles subterráneos de la isla, por lo que las embarcaciones a remo iban y venían sin fin, cargadas con pilas de las relucientes escamas de bronce necesarias para recubrir el casco de madera.

Observar la lenta corriente de agua por el canal lo llevó a pensar en el tiempo transcurrido desde que había derrotado a Wanosi la Blanca. Años en los que alimentó a los dioses. Años en los que aquel lugar empezó a ser conocido por todos como «La Isla del Miedo». Pero los antiguos sacerdotes de la diosa blanca contemplaban con horror estas muertes e incitaban al Minoarca a traicionarla. Año tras año, sus intrigas aumentaron, hasta que la paciencia de los dioses quedó colmada y Sapas, la diosa que cabalga el cometa, fue encargada de anunciar el terrible destino del Imperio.

– ¡No habrá piedad para Keftiú! -dijo la diosa a Talos-. ¡Se arrancarán las puertas de sus moradas! ¡Se romperá el cetro de su soberanía! ¡Se derribará el trono de su realeza!

Talos convocó de inmediato al Minoarca y éste se presentó ante el sacerdote rodeado por una escolta armada.

Pretendía mostrar a todos que Talos el Rojo ya no gozaba de su confianza, pero se estremeció como un niño asustado cuando supo el porvenir que los dioses reservaban para Keftiú. No podía aceptarlo. El Minoarca pensaba que su imperio había llegado a tener el control de su destino. Nadie sobre la Tierra era capaz de desafiarlos. Construían sus orgullosas ciudades sin murallas, sin sentir temor ante ningún enemigo, seguros del poder que les otorgaba su gran flota y el dominio total de los mares. Llorando de terror, se volvió hacia la ensangrentada esfinge de Baal y gimió:

– Oh, dios poderoso, en cuya mano está la muerte y la vida… Han pasado tantos Minoarcas por el Trono Dorado que hasta sus nombres se han olvidado en el tiempo… ¿Por qué entonces debo ser yo quien contemple la destrucción del Imperio? La muerte de mis mujeres e hijos… Verme desposeído de mis reinos y de mis vasallos… y de todo lo que los guerreros de Keftiú han conquistado y ganado con su valeroso brazo, y con la fuerza y ánimo de su pecho… ¿Qué haré? ¿Dónde me esconderé? ¿Adónde huiré? ¡Oh, si pudiera volverme de bronce como tú! ¡Que mi carne se transforme en cualquier otra materia antes que contemplar tanto horror!

Asqueado por la cobardía del Minoarca, Talos alzó una mano para interrumpirlo.

– No verás el fin de Keftiú, Señor del Mar -le dijo-. Yo puedo asegurarte que no contemplarás la destrucción de tu reino. Pero debes obedecer mis órdenes. Debes acatarlas hasta en el menor de sus detalles.

– Así lo haré -juró él ante la efigie de Baal-. Exactamente como tú me ordenes.

El sacerdote dio instrucciones precisas para que se empezara a construir un gran navío recubierto de bronce en uno de los puertos circulares de la isla. Transcurrieron así años de intenso trabajo en las dársenas, donde se fueron congregando carpinteros y artesanos llegados desde cualquier rincón del Imperio.

Poco antes del regreso del cometa, el Minoarca murió tras una larga enfermedad, por lo que la promesa que le había hecho a Talos se vio finalmente cumplida. Para entonces, la nave de bronce estaba casi terminada.

Talos la podía ver ante sí en aquel momento. El casco de madera cubierto de brillantes planchas metálicas, que habían sido remachadas unas sobre otras como las escamas de un pez, reflejaba de tal modo los lejanos fuegos de la dársena que daba la impresión de que la nave había sido construida con oro macizo. Tres mástiles sostenían las grandes velas de lino, que se elevaban desafiantes hacia el cielo. El mascarón de proa representaba en madera policromada la retorcida figura de Bes, el dios enano, panzudo y rechoncho, que los defendería de las tormentas y la furia del mar.

Subieron a bordo y, al amanecer, Talos degolló a los diez niños y dejó que su sangre empapara bien las tablas de la cubierta. Era preciso proteger la nave de las calamidades que se avecinaban, de modo que los sacrificios continuarían hasta el último momento.

Finalmente llegó el día de partir. La nave de bronce se dirigió hacia mar abierto a través de uno de los canales que daban acceso al puerto circular. En el cielo unas nubes densas y negras, viscosas como las entrañas de un animal enfermo, cubrían por completo el cielo. Ocultaban el resplandor del cometa, pero Talos sabía que seguía allí.

Al salir del canal, navegaron rodeados por pequeñas embarcaciones que les dieron escolta. Tras ellos, la estructura blanca y cobalto del puerto fue empequeñeciendo. El sol despuntaba en el horizonte, como un volcán que emergiera entre el mar y el oscuro techo del cielo. Lanzando débiles rayos rojos, empezó a elevarse por encima del lecho líquido, pero sólo para hundirse de inmediato entre las nubes. El cielo se oscureció de nuevo, volviéndose negro intenso sobre la Isla del Miedo. El mar se encrespó e hizo balancearse a las naves que los acompañaban. Unas tinieblas cada vez más profundas lo iban ocultando todo.

– Señor… -dijo Azitawadda, el secretario de Talos, estremecido de terror.

– ¡Silencio! -le hizo callar éste, llevándose un dedo a los labios-. Está sucediendo… ¡Justo ahora!

Las nubes se retorcieron sobre sus cabezas con un largo espasmo agónico y se formó un enorme remolino alrededor del espacio negro situado sobre la Isla. Y el cielo se abrió en una llamarada. Todo se iluminó de repente. Una bola de fuego, surgida del centro oscuro del cielo, atravesó el aire y se estrelló contra la Isla del Miedo.

Poco después, Azitawadda sintió vibrar sus huesos a la vez que la atmósfera que lo rodeaba. Gritó, pero no pudo oír su grito. El centro de la Isla estalló en millones de fragmentos. Los Puertos Circulares y todas sus gentes desaparecieron en un instante. La vibración de los huesos se había convertido en algo tan doloroso e intenso que parecía que la carne se estuviera desprendiendo de ellos. Azitawadda comprendió que aquella vibración era «ruido», el estruendo más brutal que pudiera concebirse. Parpadeó. Donde antes había una isla, ahora se abría un gran hueco en el que el agua se precipitaba formando una inmensa catarata. El mar, al derramarse sobre aquellos fuegos del infierno, arrojó un géiser de cenizas incandescentes hacia lo alto. Un surtidor de vapor con el diámetro de la desaparecida Isla del Miedo.

El secretario de Talos no podía creer lo que estaba viendo y, cuando se llevó las manos a los oídos, descubrió que le sangraban. Se volvió hacia su señor, que contemplaba impasible aquella catástrofe inconcebible.

«Vamos abajo», le ordenó éste con una señal.

La nube creció y creció, como una columna que se elevara hasta los cielos, recta y colosal, bordeada de ríos de vapor ardiente que aparecían y desaparecían. Desde la base de aquella columna, un anillo de fuego avanzó sobre el mar desprendiendo un calor abrasador. Aquella lengua de muerte iba alcanzando a los navegantes e incendiando los pequeños barcos que encontraba en su camino. Llegó hasta el navío de bronce y lo rebasó. Comenzó a llover fuego sobre la cubierta revestida de metal de la nave. Los hombres corrían envueltos en llamas, gritaban enloquecidos y se arrojaban por la borda. Pero Talos y Azitawadda, y otros muchos que se habían guarecido en las bodegas, sobrevivieron.

Tras el anillo de fuego, una ola gigantesca se abalanzó sobre ellos. Redujo a astillas en llamas a los barcos de la escolta y lanzó a la nave de bronce por los aires. Luego continuó su camino, sembrando a su paso la muerte y la destrucción. La nave cayó desde una gran altura, girando sobre ella misma como una peonza, y se estrelló contra la superficie del mar con un impacto estremecedor. Pero el casco blindado aguantó.

Maltrechos pero vivos, Talos y sus hombres abandonaron la bodega de la nave de bronce y navegaron por un mar ennegrecido, en el que flotaban las astillas de madera de las naves destruidas y los cadáveres calcinados de sus tripulaciones.

Y las tinieblas cubrieron el cielo durante incontables días.

<p>4</p>

– Hermano, imagina mi fascinación mientras leía aquel texto por primera vez. ¡Allí estaban reflejados los mitos que me apasionaron durante mi infancia! La historia guardaba cierto parecido con la del célebre Minotauro cretense; el híbrido de toro y hombre que habitaba en el laberinto de Creta y al que el rey Minos sacrificaba doncellas y efebos. Pero, sobre todo, recordaba la leyenda de Talos, el gigante de bronce que custodiaba la Isla del Miedo. Ahora podía leer los verdaderos acontecimientos que dieron origen a esas leyendas: un sacerdote proveniente de Tiro había matado a la antigua sacerdotisa de la Isla y había establecido un reino de terror y sangre, hasta el día en que Dios envió una gran catástrofe para borrar por siempre aquel país de la faz de la Tierra…

»Pero la narración continuaba. Talos procedía de una nación de grandes navegantes y logró escapar del desastre a bordo de una nave recubierta de escamas de bronce. Así llegó a la costa de lo que un día sería nuestra tierra de al-Andalus…

»Pero su viaje no iba a terminar aquí…

»Seguí traduciendo aquel texto lleno de maravillas y mi asombro fue en aumento con cada nuevo párrafo. Hasta que tuve una conciencia clara de la gran importancia que aquello iba a tener para nuestro reino. No podía seguir manteniendo el silencio sobre lo que había descubierto, de modo que escribí una copia de mi traducción para la biblioteca del sultán y solicité audiencia en palacio.

»Recuerdo que estuve esperando frente a la Sala de Embajadores, mirando la inscripción grabada sobre la puerta, que dice: Entra con compostura, habla con ciencia, sé parco en palabras y sal en paz. Yo no deseaba hacer otra cosa, si me daban la oportunidad, pero no me quedó más remedio que aguardar allí durante casi toda la mañana, hasta que uno de los secretarios vino a anunciarme que el sultán iba a recibirme por fin.

»La atmósfera en la gran Sala de Embajadores estaba empañada por el humo del ámbar de sihr, pero esto no me impidió reconocer al sultán Abu al-Hasan, el muley Hacen, repantigado sobre una montaña de almohadones. Me pareció que su cuerpo estaba mucho más hinchado y su piel más amarillenta que lo que recordaba de la última vez que lo había visto. También tenía los ojos inflamados y cubiertos de pequeñas venas rojas. Era evidente que la enfermedad que lo aflige, esa clase de epilepsia que se dice que envenena su sangre, seguía degradando su cuerpo.

»El gran visir Abu al-Qasim Bannigas permanecía en pie tras el sultán. A pesar de ser un hombre enjuto y de aspecto débil, era sorprendente la fuerza de su mirada, penetrante como la de un halcón, que parece capaz de leer los más ocultos pensamientos. Saludé en los términos que correspondía a la dignidad de los presentes. Al sultán muley Hacen en primer lugar y a continuación a su gran visir.

»-Lisán al-Aysar -me dijo al-Qasim con su potente voz, en contradicción también con la fragilidad de su cuerpo-, hace tiempo que no te veíamos por aquí. Me alegra comprobar que sigues bien, pues siempre he sentido aprecio por tu familia.

»-Gracias, eminencia. Que la bondad de Allah me dé fuerzas para serviros.

»-Bueno, dinos qué se te ofrece. Solicitaste esta audiencia y te ha sido graciosamente concedida por el sultán. Te ruego que presentes tu caso.

»Me apresuré a hacerlo. Hablé de las planchas plúmbeas, de cómo las había encontrado y descifrado, y le entregué a al-Qasim la copia de la traducción, asegurándole que ese documento había sido escrito expresamente por mi mano para que mi príncipe dispusiera de un ejemplar en su biblioteca. Durante un buen rato, y con una expresión de desdén en los labios, el visir hojeó aquellos papeles. Luego se dirigió al sultán:

»-Señor, se trata tan sólo de un texto traducido de alguna lengua antigua… Tirio, afirma el faquih en la introducción. En él está narrado que una tal… Talos, sacerdote de un dios pagano, huyendo de una gran catástrofe, navegó en una nave de bronce hacia el mar que se extiende fuera de… ¿Qué lugar es éste?

»-Eminencia, las «Columnas de Melqart» de las que habla el texto son Djabal Tarik -me apresuré a explicarle-. La Montaña que, por desdicha, está ahora en manos de los infieles. Gibraltar, así la llaman ellos.

»Advertí que varios secretarios y escribas sentados en tarimas dispersas por la sala tomaban nota de mis palabras.

»-Asombroso -dijo al-Qasim-. Pero sigo sin entender muy bien la utilidad de todo esto, faquih. Son sólo mitos paganos… Un cuento como tantos otros narrados por los Antiguos.

»Miré de reojo al sultán. En apariencia permanecía ajeno a la conversación, con los ojos perdidos en algún punto situado entre los mocárabes del techo.

»-Los mitos, eminencia -dije sin desanimarme-, en ocasiones pueden tener una base real. Y ésta es una de esas ocasiones… Pero deberíais leer toda la traducción…

»-No es necesario -dijo al-Qasim dejando a un lado el pliego-, háblanos tú de su contenido. ¿Qué se dice en el resto?

»-En él se cuenta con detalle cómo Talos el Rojo cruzó el Djabal Tarik, para dirigirse hacia un país situado más allá del mar Occidental…

»-Si hacemos caso a los antiguos sabios griegos -señaló al-Qasim pensativo-, la Tierra es redonda, una esfera perfecta…

»-Así es, eminencia -le respondí, inclinando mi cabeza para saludar su erudición.

»-Por lo que al otro lado del mar Occidental deberíamos encontrarnos con Oriente -conjeturó-, Catai y Cipango, que ciertamente son tierras llenas de riqueza, pero situadas a una distancia tan inmensa que ningún barco podría alcanzarlas…

»Era el punto al que yo quería llegar, de modo que dije:

»-Pero el texto afirma que no es así, eminencia. Hay Otro Mundo situado en medio del mar Occidental, del que nada sabemos. Fue conocido por los antiguos tirios, pero era algo que deseaban mantener oculto. Difundieron historias de monstruos y toda suerte de horrores que aguardaban a aquellos navegantes que decidieran aventurarse en al-Bahr al-Mudlim al-Muhît, [4] así llamado porque la influencia de estas historias ha llegado hasta nuestros días. Pero no hay monstruos ni peligros insuperables para alcanzar ese Otro Mundo. En el resto del manuscrito se explica cómo hacerlo. Se habla de las corrientes marinas, de los vientos alisios, de las jornadas de navegación, de cómo seguir el camino que marcan las estrellas…

»-¿Es eso lo que se indica en el resto del manuscrito? -preguntó el visir.

»-Así es, eminencia. Los hombres que huyeron hacia esa Otra Tierra dejaron descrito el viaje que iban a realizar para que otros supervivientes pudieran seguirlos. Éste es el documento que yo poseo y que permitiría a una nave de nuestro reino cruzar sin peligro el mar Occidental.

»Me detuve, emocionado y sin aliento. El sultán me miraba al fin, tal vez admirado por mi vehemencia. Le hizo una seña a su Visir, que se inclinó hacia él para escuchar lo que Abu al-Hasan tenía que decirle al oído. Después volvió a incorporarse y me preguntó:

»-¿Propones a tu sultán que financie ese fantástico viaje a través del mar, sin otra evidencia que ese texto encontrado en tu jardín?

»-He investigado mucho, eminencia -le respondí sin amilanarme-, y he encontrado antecedentes a esta aventura. Documentos que atestiguan que este viaje ya se realizó con éxito, hace trescientos setenta años, por navegantes de al-Andalus.

»-¿Es eso cierto? -preguntó incrédulo-. Jamás oí tal cosa.

»-No es muy conocido -dije-, pero ocho hermanos de una familia llamada al-Mugarribún zarparon hacia Poniente y, tras más de dos meses de navegación, llegaron a una isla habitada por «hombres rojos». Quizá una colonia de antiguos tirios…

»Y fue entonces cuando el muley Hacen se dignó hablarme por primera vez. Con una voz que era casi un susurro, preguntó:

»-¿Crees que son ciertas todas esas viejas historias?

»-Firmemente, sultán y señor mío, a quien Allah conceda la victoria sobre los infieles. Sois el más poderoso de los príncipes, pero al mismo tiempo sois el custodio de esta sagrada tierra de al-Andalus, en cuya defensa tantos han muerto. Ahora está en vuestras sabias manos esta carga, pero ved que si yo estoy en lo cierto, esta aventura podría suponer una gran oportunidad para nosotros. Granada se asfixia entre el odio de los infieles y la indiferencia de nuestros hermanos musulmanes. Necesitamos respirar a través de nuevas rutas, de nuevas salidas para nuestros comerciantes, de nuevos aliados…

»Al-Qasim se acercó al sultán e intercambió una breve conversación entre susurros con él. El muley Hacen asentía. Luego, volviéndose hacia mí, el gran visir dijo:

»-Así es, faquih, vivimos aprisionados entre un océano impetuoso y un enemigo terrible. Y ahora tú propones que nuestra salvación está en ese mismo océano que nos confina… Interesante, pero… -Se detuvo un instante y meditó con cuidado sus siguientes palabras-: Pero llegas demasiado tarde, erudito. Demasiado tarde… Ya no somos dueños de nuestro destino ni de nuestras riquezas y no es aquí donde debes buscar el respaldo para tu asombroso plan… No es aquí, ni es ahora…

»-Pero, señor…, a quien Allah ayude y haga victorioso mediante la fuerza de su brazo, que es el que tiene el cuidado y el poderío para ello; es importante que…

»-Es suficiente, faquih -me interrumpió el visir-. Lisán al-Aysar, la audiencia ha terminado. Puedes ir en paz, porque todo está en manos de Allah.

»Y eso fue todo. Me despidió con un gesto y yo ejecuté una confusa reverencia.

»Abandoné la sala mientras pensaba que, de una forma muy intensa, había entrevisto el final. El auténtico fin de nuestro mundo, que ahora parecía inevitable ante mis ojos.

»Se dice que el hombre que no es capaz de maravillarse es que está muerto o cercano a la muerte, y yo consideraba que a las sociedades se les puede aplicar el mismo dicho. Durante cientos de años, nuestros príncipes habían estimulado con entusiasmo la investigación y la aventura. Pero cuando las derrotas militares se sucedieron, ellos mismos le dieron la espalda a la sabiduría. Despreciaron a los filósofos y a los científicos, y se cobijaron en los indolentes y poco imaginativos brazos de los ulemas.

»Mientras me dirigía a la salida del palacio, perdido en estos pensamientos, fui interceptado por un hombre en el patio de Mexuar. Alcé la vista hacia él, pues se había colocado justo en mi camino. Viejo y delgado, con los dedos manchados de tinta y un libro envuelto en un marchito pañuelo de seda. Uno de los escribanos que había visto en compañía del sultán.

»-¿Acaso no sabes que ya hace dos siglos que los genoveses poseen el monopolio absoluto para ejercer el comercio marítimo de todos nuestros productos? -me espetó sin mediar saludo-. No tienes otra opción que recurrir a ellos.

»Le pregunté si alguien lo enviaba o si hablaba por iniciativa propia. A lo que él se limitó a repetir lo dicho y que debía buscar ayuda entre los genoveses. Me entregó una dirección y un nombre escritos en un papel, y siguió su camino.

<p>5</p>

– La dirección era la de una de las alhóndigas de la medina, que pertenecía a la importante familia genovesa de los Salvago. El lugar vibraba con una vitalidad perturbadora. Los mayoristas y sus clientes entraban y salían del edificio enfrascados en sus negocios. Los guardias, elegantes y marciales a la vez, con los uniformes de colores brillantes que tanto gustan a los genoveses, paseaban por la recepción e interceptaban a cualquier visitante de aspecto dudoso. Algunos criados cargaban con las cajas de muestrarios de un lado a otro, mientras su señor tomaba alguna esencia fresca y regateaba el precio con un comprador.

»Comprendí entonces a qué se había referido el visir con sus amargas palabras. Allí seguía funcionando un corazón que hacía mucho que había dejado de palpitar en Granada. Esa vitalidad, que se desplegaba ante mis ojos, evidenciaba cruelmente la apática decadencia a la que había llegado la corte del muley Hacen. Los comerciantes genoveses se las habían arreglado para crear sus propias dinastías en el propio corazón envejecido de nuestra ciudad. Por primera vez consideré que allí estaba la verdadera amenaza y no en los furiosos ataques de los infieles contra nuestras murallas.

»Uno de los guardias me acompañó hasta una de las dependencias de la alhóndiga, donde me entrevisté con la persona señalada en la nota del escribano. Era un joven genovés llamado Pietro, que se entusiasmó de inmediato con mis palabras.

»-Lo que propones es asombroso -me dijo-, de ser cierto significaría la gloria y la riqueza para los valientes que se atrevieran a enfrentar una aventura así.

»En un rincón vi unos cuantos libros apilados. Uno de ellos era el famoso Libro de las Maravillas, del veneciano Marco Polo. Pietro advirtió mi interés y me mostró el ejemplar. Sus páginas estaban llenas de anotaciones en el margen en la que imaginé que era su letra.

»Sin que viniera al caso me contó que, a pesar de su juventud, él mismo había realizado numerosos y fascinantes viajes. Afirmó pertenecer a un linaje rico y antiguo, aunque arruinado por las guerras de Lombardía. Se había visto obligado a cambiar su nombre y su blasón para poder ingresar en aquel poderoso albergo.

»-¿Crees que la familia Salvago estaría interesada en financiar este viaje?… -pregunté, ansioso por regresar a la cuestión que me había llevado hasta allí.

»-Me temo que algo así escapa a mis competencias… Es un asunto demasiado grande para tratarlo desde aquí. No te va a quedar más remedio que viajar hasta Génova y pedir audiencia ante los sabios del albergo… -Y se ofreció a acompañarme.

»No era lo que tenía previsto y tardé muchos meses en decidirme. Tiempo en el que aquel joven genovés no dejó de enviarme notas, insistiendo casi a diario en la conveniencia de llevar mi propuesta ante los sabios de su albergo. Al final comprendí -y temí- que, si estaba tan interesado, muy bien podría acabar decidiendo hacer el viaje por su cuenta, apropiándose así de toda la gloria. No me quedaba más remedio que continuar por el camino que ya había iniciado y que parecía no tener vuelta atrás.

»Partimos del puerto de Salawbiniya, a bordo de un mercante en ruta hacia tierras de infieles. Durante el viaje, Pietro se esforzó en demostrarme que tenía un gran conocimiento de cartografía y rutas marinas. Fue entonces cuando empecé a desconfiar verdaderamente de él. Me pareció uno de esos eruditos de relumbrón que, cuando han leído de verdad una obra, gustan de citarla venga o no venga a cuento para airear así su ciencia. También me habló de su hermano, un funcionario en la corte de Lisboa, que estaba bien enterado de los planes de los portugueses para hallar una nueva ruta hacia Oriente. Aunque el Tratado de Alcaçobas con Castilla les impediría aceptar el rumbo que yo proponía.

»-Claro que en Génova no van a ser tan escrupulosos -me aseguró.

»Mientras navegamos consideré la forma en la que hemos dominado nuestro mar interior. Las corrientes y los vientos no han cambiado desde los tiempos de Ulises. Orientarse no es difícil, dado el particular relieve de sus costas. Basta aplicar la técnica de observación del horizonte en el momento del ocaso, recomendada por el gran viajero Muhammad ibn Babisad, para percibir el Montgó desde el puerto de Ibiza y el Etna desde más de treinta y dos parasangas de distancia. Nosotros sólo perdimos de vista la costa en los cuatro días de viaje que hay entre la isla de Menorca y Cerdeña. En verdad, este mar es apenas un lago en el centro de nuestro mundo. Todo marino conoce el arte de la navegación per costeriam, pero me pregunté lo que sentirían al encaminarse hacia lo desconocido, rodeados de agua infinita y sin otra guía que las estrellas, para cruzar el mar Tenebroso.

»A los diez días de navegación llegamos a Génova. Apoyado en la borda, contemplé la ciudad frente a mí, desparramada sobre oscuras cordilleras, sin imaginar que mi destino sería pasar mucho tiempo en ella. La torre de la catedral y las cúpulas de las iglesias sobresalían del mar de tejas que descendía con suavidad hacia el puerto.

»-Quiero… debo pedirte algo -me dijo mi compañero de viaje mientras atracábamos-, y espero no molestarte con ello.

»Extrañado, quise saber de qué se trataba. A lo que él respondió:

»-Debes permitir que sea yo quien exponga los detalles del caso.

»-¿Y eso por qué? -le pregunté.

»-Por favor, no te ofendas, pero el hecho de que seas un sarraceno puede predisponer a los eruditos en tu contra o hacerles dudar de la veracidad de tus palabras. Si hablo yo tendremos más posibilidades de que acepten nuestro proyecto como fiable.

»-¿Nuestro…? -pregunté. Pero accedí de mala gana.

»Durante los días en los que esperamos a ser recibidos por la comisión de eruditos del albergo, intenté instruirle sobre la manera en que debía presentar el caso. Él me decía que sí a todo, que así lo haría; pero, como digo, yo dudaba cada vez más de él. Hasta que llegó el momento en que se nos convocó a una audiencia a puerta cerrada.

»Tal y como habíamos acordado, yo permanecí en silencio mientras mi compañero de viaje se ocupaba de la argumentación. Pero al instante comprendí mi error. Olvidando los datos que yo le había dado, mi compañero centró su discurso en una estimación muy baja de la distancia que era necesario recorrer. Basó su argumentación en el erróneo texto del Imago Mundi, de Pierre d'Ailly, que mantiene que estamos separados de la India sólo por un estrecho mar. Citó también al florentino Paolo Toscanelli, quien afirmaba que la provincia de Mangi está a menos de tres mil millas al oeste de Lisboa y que Cipango se halla incluso más próximo. Para terminar, nombró de pasada algunos de mis documentos, en especial los testimonios de navegación hacia Poniente, como el de los hermanos al-Mugarribún. Y, muy por encima, habló de mi traducción de las planchas tirias.

»Los eruditos del albergo escucharon con paciencia, en silencio, hasta que terminó de hablar. Le preguntaron que si tenía algo más que añadir y luego dieron por concluido el consejo. Nos despidieron, asegurándonos que en breve seríamos informados de su decisión.

»Al salir, Pietro parecía entusiasmado. Pasó un brazo sobre mi hombro, como si yo fuera un viejo camarada suyo, y me dijo:

»-Vamos, amigo, debemos ir a celebrarlo y conozco una taberna cercana que es bastante apropiada para ello. Dime, ¿tienes costumbre de beber vino?

»-No tenemos nada que celebrar -le dije con frialdad.

»Él me miró desconcertado.

»-¿Qué quieres decir? -preguntó.

»-¿No te das cuenta de lo que ha pasado ahí dentro? -le dije-. Has malogrado cualquier posibilidad de que seamos tomados en serio por esos eruditos.

»-Estás loco -dijo.

»-En eso tienes razón -respondí-. He sido un loco por confiar en ti y por emprender este viaje con un aficionado del que nada sé. Todo lo que has dicho ahí dentro, todos esos datos que has expuesto con tan ingenua seguridad, se basan en los errores del sistema ptolemaico sobre el tamaño de la circunferencia de la Tierra. Lee a Alfragrano y comprobarás que su radio es mayor de tres mil quinientas millas. Si te tomas la molestia de calcular su perímetro descubrirás que para llegar hasta Catai viajando hacia Poniente hay que recorrer una distancia inmensa. Ningún barco lograría hacer ese trayecto, lejos de cualquier costa, sin realizar alguna escala intermedia para abastecerse. Por eso es tan importante la existencia de esa Otra Tierra en mitad del mar Tenebroso.

»El genovés me miró muy serio y dijo:

»-Incluso con sus errores, si los tienen, los antiguos griegos son venerados por todos. He comprobado una y otra vez esto y sé lo que hago. Si Ptolomeo afirmaba que la distancia hasta el otro lado del mundo es tan corta, ¿quiénes somos nosotros para contradecirlo…? Piensa en esto: ¿no es posible que esa tierra a la que llegaron tus navegantes tirios y los hermanos al-Mugarribún no fuera otra que Cipango?

»-No -suspiré-. Es lo que intento explicarte. Nuestros matemáticos han calculado con exactitud el radio de la Tierra. Necesitamos cálculos precisos para orientar las mezquitas hacia La Meca y te aseguro que la distancia es mucho mayor de lo que supones.

»-Es posible -dijo en un tono que indicaba que pensaba lo contrario-, pero ahí están los cálculos de Ptolomeo… Entiéndeme, yo creo en tu historia, quizá nadie más lo hará, pero yo creo en ella. No pierdas la calma y aguarda, estoy seguro de que la decisión de los eruditos nos será favorable y podremos obtener nuestro barco y nuestra tripulación.

»Pasaron los meses, pero la respuesta no llegó. Tan sólo evasivas que nos mantenían atascados en Génova sin poder hacer nada. Hasta que un día Pietro se presentó en mi alojamiento del albergo y me dijo que iba a viajar a Lisboa, para reunirse con su hermano y obtener a través de él una audiencia con el rey Juan de Portugal.

»-Allí encontraremos la ayuda que mi propia gente me niega -me aseguró-. Mandaré buscarte, no desesperes.

»Se marchó de noche, con mucho sigilo, y nunca más volví a verlo.

»A partir de ese momento las cosas no hicieron más que empeorar. Un funcionario del albergo, acompañado de varios hombres armados, vino a interrogarme sobre la desaparición de mi compañero. Les dije lo poco que sabía. Aquel hombre se comportó con amabilidad y aceptó mi palabra de que yo no conocía sus planes. Pero me hizo saber que, a partir de ese momento, debía ir siempre acompañado por dos escoltas armados.

»-Es por tu seguridad -me dijo.

»Pero lo cierto es que muy pronto comprobé que yo era su prisionero…

Los dos amigos estaban sentados sobre grandes almohadones de pluma, bajo un pabellón abierto en el patio, rodeados de las diferentes flores que embellecían el jardín. Pero, conforme avanzaba la noche, el aire que bajaba de Sierra Nevada era cada vez más frío. Lisán tuvo que pedir a sus criados que les trajeran dos tocas de lana para abrigarse.

– Hermano -decía Ahmed sacudiendo la cabeza-, sabes que no es posible confiar en los infieles, que el mejor de ellos es mentiroso y traicionero, que nunca cumplen sus pactos, que jamás mantienen su palabra.

Lisán encendió una pipa de cerámica y exhaló una bocanada de humo de hachís.

– ¿Qué otra cosa podía hacer?

– Debiste contar conmigo. Tenemos un contrato de hermandad, ¿recuerdas? Y dos hermanos son como un par de manos, una de las cuales lava a la otra. Podrías haber pedido mi ayuda y gustoso te la habría dado.

– ¿Podrías haber fletado un barco y reunido una tripulación capaz de cruzar el mar Occidental? -Apretó la cazoleta entre sus manos y disfrutó de su calor reconfortante.

– Sabes que mis recursos jamás han llegado a tanto, pero podría haberte acompañado. Soy mejor negociador que tú, de eso no cabe ninguna duda, y creo que sé juzgar mejor el talante de la gente.

– ¿Y dejar tus intereses para acompañarme durante esos dos años?

– Así es. Mi hijo Arún es ya un hombre capaz de ocuparse de todo.

– ¿Lo era hace dos años?

– No -admitió-. Tienes razón en eso. Pero mi voluntad ahora es la de ayudarte, si es eso lo que deseas… Pero, por favor, sigue relatando tu historia… ¿Cómo lograste escapar de los genoveses?

– Es muy tarde y las puertas de la medina ya estarán cerradas -dijo Lisán mirando hacia el cielo-; quédate esta noche en mi casa y mañana te contaré el final de mi aventura.

Ahmed asintió con un gesto.

– No tengo ningún negocio que requiera mi atención en estos momentos, que no puedan atender mis hijos, y hace mucho que no sabía de ti. Por supuesto que acepto tu invitación.

– En ese caso, te seguiré contando mi aventura durante el desayuno. Tendrá que ser temprano, pues mañana debo partir de nuevo.

– ¿Otro viaje? ¿Adónde esta vez?

– No iré muy lejos, de momento. Sólo a un lugar cerca de Salawbiniya. En la costa.

– ¿Y qué hay allí?

Lisán hizo un gesto enigmático y dijo:

– Descansemos ahora, hermano. Mañana prometo seguir con mi relato.

<p>6</p>

Un muecín entonaba su llamada desde un alminar cercano.

– ¡La oración es mejor que el sueño! -repetía una y otra vez con una voz que era como un lamento.

Lisán y Ahmed desayunaban tranquilamente en el patio, frente a una mesa repleta de dulces de aspecto delicioso. Todo el mundo se había levantado temprano en la casa. Los criados andaban arriba y abajo, apurados con los preparativos del viaje.

Se presentó el viejo infiel al que Lisán había entregado las botellas de vino el día anterior. Llevaba algo en la boca que chupaba y pasaba de un lado a otro con la lengua.

Ahmed observó la cuenca vacía de su ojo, rodeada por un halo de legañas, y se estremeció de asco al adivinar lo que el viejo chupaba. Y en efecto, con un movimiento diestro, el infiel sacó el ojo de cerámica de su boca y se lo incrustó en la cuenca vacía. Parpadeó varias veces para que se ajustara en su espacio. Lisán ya se lo había visto hacer antes, en diferentes ocasiones. Al parecer formaba parte de su idea del aseo matutino.

– Veo que ya habéis empezado a desayunar… -dijo.

– Sírvete lo que gustes -le invitó el faquih con un gesto amable.

El viejo paseó su ojo escéptico por los pastelitos de turrón con miel y sésamo, los canutos de masa de harina rellenos de azúcar, piñones y canela, la pasta de naranja roja, las almojábanas de queso rebozadas con miel y la leche cuajada con semillas de cártamo.

– ¿No podéis darme sólo unas gachas de harina frita…? -preguntó-. Con algo de tocino, si esto es posible.

– Creo que lo de las gachas de harina lo podemos arreglar -dijo el faquih, intentando no perder su talante de perfecto anfitrión-. Con el tocino vamos a tener más dificultades… Pero, por favor, prueba esta compota de membrillo mientras tanto.

El viejo rehusó con un gesto y dijo:

– Por la mañana, tan temprano, el dulce me da cagalera. Mejor… olvidaos de las gachas y traedme pan, aceite y una cabeza de ajos.

Ahmed lo miró incrédulo, pero uno de los sirvientes de su amigo trajo al infiel lo que había pedido. Éste sacó un cuchillo que colgaba de su cintura y cortó con él varias rebanadas. Restregó los ajos contra la miga y la empapó bien de aceite.

– Mmmm… -murmuró mientras masticaba-. De buenas olivas, sí señor. Bien que vivís en estas tierras. Se nota que sabéis dónde está lo bueno.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Ahmed, retirándose espantado por el fuerte olor.

– Que os habéis quedado con lo mejor, no lo niegues ahora. -El infiel miró a un lado y a otro-. Esto es un vergel, no me digas que no. Que vais dejando las tierras áridas para nosotros y os quedáis con las buenas. No, si listos sí sois, sí.

– Lo que tú llamas «tierras áridas» eran huertas productivas cuando estaban bajo mejores cuidados -señaló Ahmed.

– Es posible, no niego que los moros sabéis trabajarla, pero ésta no es vuestra tierra -dijo el infiel clavando en él su único ojo-. Sea feraz o yerma, es tierra de Cristo.

– Hace mil años mis antepasados ya araban estos campos -comentó Lisán con una sonrisa burlona-. ¿Por dónde andaban los tuyos en aquellos tiempos? ¿De cuántos de ellos puedes darme alguna referencia?

El viejo tardó un buen rato en comprender que lo que había dicho Lisán podía interpretarse como un insulto. Entonces amenazó al faquih con el mismo cuchillo mugriento que había utilizado para cortar el pan.

– ¿Tienes tú algo que decir de mis antepasados, moro?

Aterrorizado, Ahmed se puso en pie y rogó al infiel que se calmara, asegurándole que su amigo no había pretendido ofenderlo. Lisán, mientras tanto, seguía con su desayuno, tranquilo en apariencia, sin alterarse por la amenaza de aquel infiel que seguía rumiando insultos en su lengua. Al final, el viejo se dio media vuelta y regresó al interior de la casa, sin dejar de murmurar y de hacer gestos groseros.

Lisán dijo con bastante flema:

– No le des importancia a esto, hermano. Es un hombre de modales lamentables, pero sé cómo manejarlo.

– Sí -dijo Ahmed dejándose caer en su almohadón-, ya he visto lo bien que te las arreglas con él. Pero dime, en nombre de Allah, ¿quién es ese infiel?

– Se llama Ignacio «nosequé». Es un piloto vizcaíno, pero tiene experiencia en navegar con los portugueses más allá de las costas de Guinea.

Ahmed se sirvió una taza de infusión de poleo con jarabe de jalapa.

– Parece un desecho humano.

– Sí -admitió Lisán-. Sin duda ha conocido épocas mejores en su vida… Pero dicen que hace años fue un piloto bastante bueno.

– ¿Y qué interés puede tener eso para ti?

Lisán se llevó a la boca un pastelito de canela y lo saboreó con calma antes de decir:

– Te contaré ahora el resto de mi historia…

<p>7</p>

– Pasé muchos meses cautivo en Génova. Era un encierro cómodo, en uno de los locales del albergo, y se me permitía ir a cualquier parte dentro de la ciudad, pero siempre acompañado por dos guardias.

»En una ocasión, durante una visita al mercado, se produjo un gran tumulto. Varios comerciantes turcos iniciaron una pelea en la que mis guardianes se vieron implicados. Aproveché aquel afortunado suceso para esquivarlos y dirigirme a toda prisa hacia el puerto. Buscaba una nave que me sacara de la ciudad, cualquiera me servía en aquel momento desesperado, con tal que zarpara de inmediato y me llevara de regreso a al-Andalus. Nervioso, desorientado, me abrí paso entre la multitud: cargadores que trabajaban en los muelles con sus espaldas desnudas y sudorosas bajo el sol; vendedores de agua; enjambres de pilluelos andrajosos que correteaban entre las piernas de los viajeros pidiendo limosna.

»En las dársenas había una actividad impresionante. Las galeras de la flota genovesa, con sus filas de remos pintados de color rojo intenso, vigilaban los accesos. Las naves mercantes atracaban tras regresar desde alguna lejana costa o se preparaban para zarpar. Yo preguntaba a gritos a los patronos de estos barcos sobre cuál era su destino.

»De repente, alguien se interpuso en mi camino. Apareció de forma tan inesperada que a punto estuve de estrellarme contra él.

»-La discreción no es uno de tus talentos, faquih -me dijo.

»Era un hombre muy alto. Tanto que me encontré mirándolo desde abajo, como haría un niño asustado. Pero lo primero que me viene a la memoria de ese primer encuentro no es su rostro, ni su aspecto, sino el frío intenso que sentí en el fondo de mi pecho, como si hubiera aspirado una bocanada de un aire tan helado que me entumeciera por dentro. Se presentó como Baba ibn Abdullah y afirmó ser un comerciarte mameluco. Ciertamente, no carecía de elegancia en su forma de vestir, pero algo en su aspecto era desconcertante y hablaba el árabe con un acento que no fui capaz de identificar.

»Pensé que ibn Abdullah es un nombre común entre los mamelucos, pues suelen adoptarlo aquellos que son conversos y desconocen la identidad de sus padres. Era, como he dicho, bastante alto, de complexión delgada, con el pelo negro azulado cayendo en apretados rizos sobre la espalda. Un rostro flaco, con un mentón prominente, una nariz larga y ganchuda curvándose sobre un bigote que le cubría media cara. Los ojos eran de un verde muy claro, enmarcados por unas cejas negras que conferían a su mirada una intensidad terrible y, al conjunto de su rostro, el aspecto de un ave de presa.

»-¿Qué quieres de mí? -le pregunté.

»-Creo que soy yo quien puede ayudarte, faquih -me dijo-. He observado cómo recorrías el puerto buscando un barco… Te aseguro que el mío es el mejor jabeque que puedas encontrar atracado por aquí.

»Tal era la confusión de mi mente que ni siquiera consideré la posibilidad de que aquel hombre perteneciera al albergo que me tenía retenido y me estuviera tendiendo una trampa.

»-¿Haces la ruta a al-Andalus? -le pregunté-, pues es allí adonde me dirijo. Si Allah, alabado sea, quiere.

»-No es extraño que quieras regresar a tu tierra -respondió él-, pero los genoveses no lo permitirán… Si intentas abordar un navío, morirás.

»-No sé de qué me hablas -le mentí-. Soy el invitado de uno de los albergos más importantes de la ciudad y…

»-Eres su prisionero -me cortó-. Y ahora estás aquí porque mis hombres se las arreglaron para facilitarte la huida.

»-¿Quién eres tú y qué negocio tienes en todo esto? -le pregunté-. ¿Acaso me conoces?

»El mameluco clavó en mí su mirada intensa y dijo:

»-La única razón por la que sigues con vida es que ellos piensan que quizá seas un espía de los venecianos…

»-¿Qué? -exclamé-. ¡Eso que dices es ridículo!

»Aprovechando mi desconcierto, me condujo hasta uno de los atracaderos. Allí estaba amarrado un precioso jabeque con la característica inclinación hacia delante del palo de trinquete. De poco calado, ligero y maniobrable, apropiado para incursiones decididas y huidas rápidas. Pensé que era la nave perfecta para un pirata.

»-Soy el único amigo que tienes en esta ciudad de infieles -me dijo, acercando su boca a mi oreja. Sentí su aliento golpearme a la vez que sus palabras-. Y el único que puede sacarte de ella.

»-¿Quién puede pensar que trabajo para los venecianos?

»-Éste es un mundo extraño, Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin, y se establecen extrañas alianzas. Los genoveses han mantenido en secreto tu reino frente a los ataques de los castellanos. Tienen hombres de gran importancia en la corte de la Alhambra que les han advertido sobre ti. Pero eres afortunado, pues hasta el momento no han decidido si eres un loco o un hombre que trabaja con sus enemigos.

»-¿Y tú cómo sabes tantas cosas?

»-También tengo mis informadores.

»-¿Y qué es lo que buscas?

»-Lo mismo que tú.

»-¿A qué te refieres?

»-Ese Otro Mundo situado más allá del mar… Sé que es real.

»A nuestro alrededor se había formado un muro de silencio. Las personas que caminaban por el puerto eran como espectros situados a una enorme distancia de nosotros.

»Yo no sabía qué decir.

»-¿Tú…?

»-Tengo pruebas de lo que digo. Y una nave que puede sacarte de esta ciudad…

»-¿Pruebas? -musité. Me sentía como en un sueño, pero ya había decidido abandonar toda precaución y seguir a aquel hombre. Cualquier cosa con tal de salir de aquella ciudad.

»-Así es. Si me lo permites te llevaré hasta una isla cercana a Kirit. [5]

»-¿Qué encontraré allí?

»-La demostración de que tu historia es cierta -me dijo.

»-Dices que los genoveses no me dejarán abandonar la ciudad con vida.

»-De momento no corres peligro, pero no deben volver a vernos juntos… hasta la próxima primavera.

»Faltaban dos meses para que empezara la primavera. Yo no deseaba permanecer en Génova más tiempo, pero el mameluco me explicó que el viento propicio para la ruta que debíamos hacer sólo sopla durante las estaciones de primavera y otoño.

»Regresé solo al albergo y les aseguré a mis guardias que me había perdido en medio del tumulto. Pero no me creyeron. Esta vez fui encerrado en el sótano, en un lugar bastante húmedo donde no había ventanas y la única puerta, de madera gruesa, sólo se abría para traerme la comida diaria y llevarse los desechos. Allí pasé los meses siguientes. Durante todo este tiempo no volví a saber nada del mameluco. Hasta que llegó el día marcado.

»Eran altas horas de la noche y oí ruidos de lucha frente a la puerta del local. Me puse en pie y me vestí de inmediato con mis mejores galas. Si había llegado mi final, lo mejor era que me encontrara ataviado para la ocasión. La puerta se abrió y entraron tres turcos sujetando en sus manos unos alfanjes manchados de sangre. Uno de ellos dijo ser servidor de Baba ibn Abdullah y me ordenó que lo siguiera. Caminé en silencio tras sus huellas. Advertí la desaparición de los hombres que montaban guardia frente a la puerta de mi celda, pero no quise preguntar qué había sido de ellos.

»Nos escabullimos por las callejas de Génova, atentos a cualquier grupo armado que pudiera provenir del albergo, y llegamos a la dársena donde nos esperaba el jabeque. Partimos de inmediato. Usamos los remos para salir del puerto, pero una vez en alta mar éstos fueron retirados, y las velas, desplegadas. Disponía de tres mástiles y llevaba un aparejo de velas latinas.

»El viento fue tan bueno que recorrimos la distancia entre Génova y las Cícladas en sólo cinco días. Nuestro destino estaba a veinte leguas al norte de Creta. Los venecianos las llamaban «Islas de Santa Irene», o Santorini. En realidad eran los restos de una única isla a la que le faltaba toda su parte central, que parecía haberse evaporado. Recordé la extraordinaria narración que había traducido. Aquella catástrofe que significó el fin del Imperio de Keftiú. Su flota fue destruida en un instante, dejándolos a merced de sus enemigos, tal y como la diosa Sapas había predicho… Pero ¿qué fue lo que sucedió? ¿Qué suerte de poder mágico pudo hacer desaparecer toda esa inmensa cantidad de roca?

»-Es un lugar desolado… -comenté mientras contemplaba desde la proa aquella tierra calcinada como un hueso arrojado al fuego.

»Baba estaba a mi lado y dijo:

»-¿Sabes qué nombre le dan los griegos a esta isla?

»-No.

»-La llaman «Thera».

»-¿Thera? -dije, impresionado.

»-¿Conoces el significado de esa palabra? -preguntó él a su vez.

»-«Miedo» -respondí.

»-Así es -dijo él.

»- La Isla del Miedo -musité mientras volvía la vista hacia aquellas rocas-. ¡Alabado sea Allah, el altísimo!

»Desembarcamos en la isla mayor. Baba tenía allí un fondeadero que era su base y refugio. Una escarpada línea de arrecifes mantenía el lugar perfectamente escondido. Caminamos hacia el interior. El suelo estaba cubierto por una gruesa costra de cenizas petrificadas. Al cabo de un rato, nos encontramos en una cantera donde trabajaban cuadrillas de lugareños extrayendo aquellas cenizas en bloques. El mameluco me explicó que las tenían en gran estima como material para la construcción.

»-Lo que quiero mostrarte ya está cerca -me dijo.

»Trepamos por un lado de la cantera, hasta una zona que había sido horadada. Algo brillaba en el fondo de uno de los surcos tallados por los trabajadores. El mameluco saltó al interior de la zanja, recogió el objeto y me lo entregó. Lo sostuve entre mis manos temblorosas y lo observé con detenimiento. El fiero sol de aquella tierra le arrancaba reflejos azules. Era un precioso fragmento de cerámica vidriada adornado con dibujos de delfines, pulpos y un navío semejante a una galera. Era parte del revestimiento de una pared y había sido trabajado con una hábil labor de alicatado, digna del mejor de nuestros albañiles.

»Me pregunté, emocionado, si perteneció a algún edificio del puerto desde el que partió Talos para cruzar el océano Tenebroso.

<p>8</p>

– Alabado sea Dios que te ha traído de vuelta a Granada después de tantos peligros -exclamó Ahmed.

– Alabada sea Su Misericordia -dijo Lisán-, pero los riesgos no han hecho más que empezar, pues pienso ir yo mismo en busca de esa Otra Tierra de más allá del mar Tenebroso.

Ahmed abrió la boca para responder a su amigo, pero sus palabras se agolparon y no supo qué decir durante un momento.

– Pero… ¡eso es una locura! Tú no eres un navegante, ni un aventurero. Además, ¿de dónde vas a sacar el dinero? ¿Y la nave?

– Baba ibn Abdullah se ha ofrecido a financiar la expedición -respondió Lisán.

– ¿El mameluco? -Su amigo se sentía cada vez más escandalizado.

– Hemos llegado a un acuerdo, él pondrá la nave y la tripulación. Yo los conocimientos necesarios para realizar el viaje.

– Has enloquecido, hermano -dijo Ahmed con voz seca-. ¿De verdad piensas embarcarte con un desconocido, de quien, además, sospechas que pueda ser un pirata?

– Sí -admitió Lisán-, he pensado mucho en todo eso. ¿Sabes? Baba es un hombre muy extraño y, de alguna forma que no logro clasificar, aterrador. Cuando está frente a ti, se diría que mira a través tuyo, como si tu cuerpo no fuera más sólido que una nube de vapor tenue que él pudiera atravesar con su mano. He visto antes miradas así; en soldados curtidos por tantas batallas que han olvidado el valor de una vida humana; o en fanáticos religiosos…

– ¿Y tú quieres convertir a ese hombre en tu compañero de aventura?

– Ya sé que es un riesgo, hermano. No soy un necio. Pero se trata de un riesgo calculado. Sólo yo puedo entender la lengua de los tirios. Nadie más podría interpretar los caracteres grabados en las planchas plúmbeas. Los calcos que llevaré de ellas van a ser la única carta de navegación. Si Baba ibn Abdullah intenta traicionarme, se encontrará solo y perdido en medio del océano, alejado de cualquier costa conocida y sin posibilidad de orientarse.

– ¡Maravillosa perspectiva! Me alegra saber que lo tienes todo tan bien atado -exclamó Ahmed.

Lisán reconoció la ironía en sus palabras, pero no quiso seguir ese juego.

– Así es. Por eso ha sido providencial que nos encontráramos ayer en el zoco…

– ¿Por qué? -Ahmed alzó las cejas.

– Porque tengo previsto zarpar en una semana…

– ¿Una semana? -Ahmed no daba crédito a lo que acababa de oír-. No es posible, hermano, dime que eso no es cierto.

El faquih se acercó a su amigo y apoyó sus manos sobre los hombros de éste.

– Si Allah, alabado sea, quiere, en siete días partiré con la marea. Todo ha sido previsto en secreto. El barco que me llevará hasta el Otro Mundo está atracado en una cala oculta de la costa, cerca de Salawbiniya, y Baba ibn Abdullah lo está pertrechando para el viaje. Pensaba enviarte las planchas y su traducción, para que las guardaras e hicieras de ellas el uso que consideraras más conveniente… en caso de que yo no regresara…

– Haré lo que me pides, hermano, ya que no puedo disuadirte de que emprendas este viaje de locura.

Lisán inclinó la cabeza, en señal de gratitud, y dijo:

– Mis criados llevarán ahora mismo el cofre a tu casa.

– Dámelo a mi regreso, hermano, porque pienso acompañarte hasta la costa.

– ¿Con qué objeto?

– Sólo quiero conocer a ese tal Baba ibn Abdullah y comprobar qué clase de hombre es. Concédeme al menos eso.

– Si eso va a hacerte sentir más tranquilo -sonrió-, que así sea. Mandaré entonces a los criados para que traigan uno de tus caballos y para que adviertan a tu familia.

Un muchacho negro, de unos doce años, llegó por el camino de la Alhambra con la yegua favorita de Ahmed. El joven llevaba el pelo trenzado y atado con cintas de tela roja. Estaba encogido de frío, con los ojos amodorrados aún por acabar de despertarse.

Ahmed le preguntó:

– ¿Saben los de la casa que voy a estar fuera un par de días?

– Lo saben, mi señor -respondió el chico mientras se frotaba los ojos.

Sus mejillas estaban señaladas con unas abultadas marcas paralelas, las cicatrices tribales que había llevado desde su ceremonia de iniciación, poco antes de que fuera capturado por los traficantes. Pero Jamîl, ése era su nombre, ya no era un esclavo. Ahmed lo había adoptado como mawla, el lazo especial de parentesco que se establece con un esclavo liberado.

Ahmed vivía en una gran casa de la medina, situada no muy lejos del palacio de los Banu Sarray. [6] Tenía cuatro mujeres, una docena de hijos y un pequeño ejército de esclavos. A muchos de estos últimos había acabado liberándolos, como había hecho con Jamîl.

– Vas a acompañarme hasta la costa, Jamîl. Espero que pronto estaremos de vuelta.

Ignacio apareció un rato después, maldiciendo por lo bajo.

– ¿A qué distancia está la playa ésa? -rezongó mientras montaba en su caballo.

– Unas diez parasangas -le respondió el faquih.

El vizcaíno escupió y dijo:

– ¿Y eso qué cojones significa?

– Una parasanga es más o menos la distancia que tú puedes cubrir en una hora.

– Es decir, que tenemos para dos jornadas de camino.

– Temo que vayamos a hacerlo de un tirón. Quiero llegar a la costa hoy mismo.

– ¡Jodidos moros! -gruñó Ignacio. Espoleó con rabia su caballo.

Rodearon las impresionantes torres de la Alcazaba y descendieron por el camino que llevaba a la ciudad de Granada. Sin llegar a entrar en ella, se desviaron hacia el sur, por un estrecho sendero que corría paralelo al río Shenil.

Un poco somnolientos aún, siguieron el cauce del río, mecidos por el ritmo de los pasos de sus monturas y la monotonía del camino. En las márgenes la hierba era alta y apretada, salpicada de abrojos que las cabras arrancaban con los dientes. Era una de esas mañanas luminosas tan comunes en Granada, cuando el viento ha barrido toda impureza en el cielo y el aire baja fresco desde la Sierra Nevada. Avanzaron bajo las cumbres blancas del Yabal al-Taly, cruzándose de vez en cuando con mozos que descendían de las montañas con recuas de mulas cargadas de nieve prensada entre esteras de paja.

Ahmed, que cabalgaba junto a Lisán, no dejaba de hablarle a su amigo intentando que reconsiderara su idea de hacer un viaje tan arriesgado.

– Pero… ¿por qué? -le decía-. ¿Qué es lo que buscas, hermano? Poseías una de las mejores propiedades de Granada. Tus huertas eran la envidia de todos… En otro tiempo, claro. Porque ahora tus campos están en barbecho, y ni tus criados te tienen ya aprecio… ¿Por qué estás dilapidando lo que tu familia tardó tantas generaciones en levantar?

Pensativo, Lisán le dijo:

– Recuerda las palabras del sabio ibn Jaldún: en este mundo todo está sujeto al mismo proceso de elevación y degradación. Se dice que son necesarias cuatro generaciones para crear y dilapidar una fortuna familiar. Mi bisabuelo tuvo que experimentar los sufrimientos que llevaron a nuestra familia a una posición elevada. Mi abuelo aprendió de esas cualidades, pero ya no era lo mismo; tenía otros intereses, como bien sabes. La decadencia de estas tierras de labor empezó ya con él. Mi padre fue un gran viajero y su interés por el patrimonio de la familia fue tan escaso que no dudó en renunciar a todo y trasladarse a El Cairo, cuando el sultán mameluco le ofreció el puesto de qádi malikí en su corte.

– Y a ti te ha correspondido la tarea de dilapidar los últimos restos del esfuerzo de tu bisabuelo…

– Así es.

– Eso suena muy cínico. Y tú nunca has sido un cínico, hermano.

– No es cinismo, Ahmed, sino una justa valoración de lo que realmente es significativo. La tierra, las huertas, la riqueza… Todo eso parece ahora muy importante, pero ¿quién se acordará de nuestros linajes dentro de unos años? ¿Y en unos siglos? No ha de quedar ni un recuerdo de que una vez vivimos, amamos y luchamos sobre este suelo.

– ¿Por qué piensas de una forma tan desalentadora? La guerra contra los infieles…

– La guerra contra los infieles va mal. La mayoría de ellos son tan sucios, incultos y groseros como Ignacio, pero conservan algo que nosotros hemos perdido casi por completo.

– ¿Y qué es eso?

– Vitalidad. Curiosidad. Ansias de conquista. Una vez nos vimos impulsados por esa misma fiebre y levantamos un imperio para la gloria de Allah. Pero esos tiempos pasaron…

– ¿Eso es lo que buscas: la gloria? No eres un guerrero, hermano.

– No lo soy -admitió Lisán-. Y no busco la gloria. Busco emociones, busco reinos remotos con tradiciones extravagantes, dragones con las escamas doradas y fuego en su aliento, pájaros roc con el buche repleto de piedras preciosas, princesas cautivas de perversos ÿinns, cultos olvidados, hormigas del tamaño de perros que perforan sus túneles en minas de oro… Busco la riqueza, busco lo sorprendente… Y, quizá, sólo un poco más de sabiduría…

– Quizá la muerte.

– Es posible, pero ¿no crees que vale la pena intentarlo? El profeta Muhammad, que Allah lo bendiga y le conceda paz, dijo: «Buscad el conocimiento allí donde esté».

– Sin embargo, en sus imploraciones, también pedía a Allah: «En Ti busco refugio contra toda ciencia que no sea útil». Hermano, Allah no exige a sus fieles que entiendan los movimientos de los astros en el cielo, como tú haces, o que crucen el mar en busca de Otros Mundos… Él sólo nos pide que aprendamos a salvar nuestra alma.

– ¿Y si sólo puedes hallar la salvación de tu alma más allá del mar?

– Oh, hermano… Nunca darás tu brazo a torcer, ¿no es así?

– Ya me conoces -dijo Lisán con una sonrisa-. Y desde hace mucho tiempo.

Mucho tiempo, sin duda, admitió Ahmed para sí. Toda una vida. Sentía una gran ternura por su amigo; tan sabio y erudito para las cosas que podían encontrarse en los libros, tan poco dispuesto para el mundo real. Era difícil entender cómo mantenían esa amistad siendo ambos tan diferentes. El erudito y el mercader que habían crecido juntos, continuando el afecto que ya se profesaban sus padres. Ahmed había secundado todas las locuras juveniles de Lisán. Siempre había estado a su lado, como un fiel escudero.

– ¿Recuerdas aquella ocasión en la que construiste una gran vela de seda recubierta de plumas y tensada en un bastidor de madera? -preguntó Ahmed al cabo de un rato-. ¿Cuánto hace de eso? ¿Qué edad teníamos entonces?

– Catorce o quince años… Creo.

– Con ese artilugio te lanzaste desde lo alto de la Colina Roja, e intentaste volar… ¿Te acuerdas? -Ahmed soltó una risita-. Lo intentaste, pero tan sólo conseguiste planear a cierta distancia y romperte una pierna en el aterrizaje.

Ambos rieron mientras recordaban los detalles de aquel suceso. Mucha gente de la medina subió a la Colina Roja para presenciarlo y estuvo mofándose de ellos durante meses. Incluso alguien hizo una cancioncilla para festejar el acontecimiento: Lisán quiso aventajar al águila en su vuelo… pero no tenía más plumas que las de un buitre viejo, decía.

Para Lisán había sido un momento de gloria, a pesar de todo. Durante meses se había sentido el centro de todas las miradas, de todos los comentarios. ¿Qué preparará ahora?, susurraba la gente cuando lo veía pasar. Y a él le había gustado esa sensación.

– ¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces, hermano? -preguntó Lisán con la voz llena de melancolía-. ¿Años o sólo un momento? Entonces el tiempo avanzaba lentamente, como si navegáramos en medio de una calma chicha. En cambio ahora parece que cabalguemos sobre un camello desbocado que se dirige hacia un abismo.

– Un abismo. Tú lo has dicho, hermano. Porque temo que te estás metiendo en otra locura… en la que corres un peligro mayor que el de fracturarte algún hueso.

Lisán hizo un gesto con la mano. Quería espantar todos aquellos temores.

– El tiempo es lo más valioso que nos ha regalado Allah. ¿Y qué hemos hecho con él hasta ahora? ¿Has cumplido todos tus sueños, Ahmed?

– Algunos. Y te aseguro que me considero un hombre feliz. Tengo mi casa en orden, tengo a mis esposas, a mis hijos…

Lisán asintió.

– Tú eres un hombre feliz, eso es evidente. Pero yo aún no he conseguido nada de eso. Tan sólo el recuerdo de muchos sueños que jamás se realizaron del todo…

– Deberías tomar esposa. Te lo he dicho mil veces: necesitas a una mujer a tu lado.

– Sin duda… -Lisán no quería volver sobre ese tema, que era recurrente para su amigo. Pero el recuerdo de unos ojos bellísimos y un encuentro fugaz en un sendero, apartado de la muchedumbre que llenaba el Multazam, [7] cruzó por su mente y la llenó de paz.

Ahmed insistió:

– Recuerda lo que dijo el poeta: Helada está la vida que transcurre sin ese dulce espíritu; podrida está la almendra que no se pierde en este almendrado misterioso…

– Cierto. Pero ahora no es el momento… Tengo la sensación de que Allah me ha reservado algo grande. Nada sucede por azar, tampoco el que yo encontrara esas planchas de plomo enterradas en los cimientos de mi casa… Él ha dispuesto las fichas sobre mi tablero y no puedo dar la espalda a los sueños de mi infancia… No ahora que al fin pueden realizarse.

– Ya no eres un niño, Lisán.

– Es cierto que he cumplido los cuarenta años, pero la misma fiebre que me decidió a saltar desde la Colina Roja sigue robándome el sueño. Quizá algunos no maduramos nunca.

Ahmed sacudió la cabeza y dio a su amigo por imposible.

– Quizá -dijo sonriendo.

Siguieron hacia la costa por un camino áspero y tortuoso.

Al atardecer, cerca del alfoz de Salawbiniya, se encontraron con una tropa de hombres armados. Les comunicaron que andaban haciendo la ronda porque una carabela de los infieles había sido avistada por el vigía desde la atalaya.

– Es mejor que pernoctéis en la ciudad -les aconsejó el que estaba al mando-. Mañana temprano podéis continuar vuestro camino.

– ¿Pensáis que pueden ser piratas? -preguntó Ahmed.

– Es una clara posibilidad.

Lisán llamó a su amigo a un aparte y le dijo:

– Tú y Jamîl id con ellos. Mañana mandaré buscaros.

– ¿Y tú vas a seguir el viaje, a pesar del peligro?

– No creo que se trate de piratas. Más bien el vigía ha debido de confundir nuestra nave con una carabela, pero no quiero que corras riesgo alguno.

– Si tú estás decidido a seguir, yo iré contigo.

Lisán asintió. Se volvió hacia el jefe de la tropa y agradeció su interés, pero le dijo que era preciso que continuaran su camino.

– Id con cuidado -aconsejó éste-. No son buenos tiempos para viajar de noche.

Continuaron. Al cabo de algo menos de una hora de marcha alcanzaron los acantilados que caían en picado sobre el mar. Se trataba de un escarpado promontorio que se extendía desde la misma orilla. Roca viva azotada por las olas hasta tal punto que había quedado porosa y con un filo como el de las aristas de hierro oxidado.

– Debemos subir por ahí para cruzar al otro lado -dijo Lisán, señalando la pendiente-. No hay otro modo de hacerlo desde tierra, así que sujetad bien los caballos para que no se asusten por el ruido del rompiente.

Treparon con cuidado por las rocas. Las olas se estrellaban bajo ellos y salpicaban espuma, formaban grandes remolinos en los intersticios. Ahmed caminaba, pensativo, al borde del acantilado. Las gaviotas revoloteaban y gritaban a su alrededor. Desde lo alto de esa barrera de piedra descubrió una larga cala arenosa. Las olas azotaban la parte exterior, pero en la interior tenía la apariencia de un estanque de agua cristalina. A lo lejos, vio una gran nave de velas cuadradas y otra menor con aparejo latino. Una carraca atracada junto a un jabeque. Allí estaban a salvo de miradas indiscretas, le explicó su amigo, pues la caleta se hallaba rodeada de pinos tan corpulentos que la ocultaban por completo a la vista desde el interior del país.

– Asombroso -dijo Ahmed, apoyándose en uno de los árboles para recuperar el resuello tras la subida-. ¿Cómo habéis encontrado este lugar?

– Baba ibn Abdullah sabía de él -respondió Lisán.

Comenzaron a descender por la ladera opuesta de la colina, hacia la franja de arena que se interponía entre el acantilado y el mar.

<p>9</p>

Habían levantado un curioso campamento en la playa. Tiendas improvisadas con el velamen de las naves ancladas, en cuyas grandes superficies de lona se reflejaba de forma asombrosa la luz anaranjada de algunas antorchas clavadas en la arena.

Apenas pisaron la playa, dos hombres armados con alabardas se acercaron a ellos.

– ¿Qué buscáis aquí? -dijo el más flaco con la cara cubierta de cicatrices de viruela.

Lisán no lo conocía, ni al tipo de aspecto simiesco que lo acompañaba. Quizás acababan de llegar con la dotación de la carraca.

– As-salamu alaykum. -La mano al pecho, a la boca y a la frente-. Mi nombre es Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin. Creo que Baba ibn Abdullah me está esperando.

El de la viruela sonrió, mostrando una sucia dentadura llena de mellas.

– Claro, nos advirtió que llegaríais -dijo-, pero andan las cosas un poco revueltas y no está de más tomar precauciones, ¿verdad?

– Lo encuentro muy apropiado -asintió Lisán.

Se encaminaron juntos hacia el campamento de tiendas.

Ahmed le dirigió a su amigo una mirada interrogativa y éste se limitó a encogerse de hombros. Atravesaron el campamento, esquivando las sogas que tensaban las tiendas y los cuerpos desparramados por la arena. Todos los hombres allí reunidos tenían el mismo aspecto ruin de los dos guardias. Un puñado de turcos extraídos de remotas y atrasadas tribus fronterizas, que ahora miraban con descaro a aquellos dos andalusíes acompañados por un viejo infiel y un muchacho negro.

Entre las tiendas había una pequeña mesa de madera llena de papeles, iluminada por una lámpara de aceite de oliva que colgaba de un poste clavado en la arena. Un hombre estaba inclinado sobre la mesa. A Ahmed le pareció tan alto y flaco como el poste del candil. Alzó la vista hacia ellos y, sonriendo bajo su amplio mostacho, saludó:

– As-salamu alaykum, Lisán al-Aysar, y los que te acompañan. -Su rostro parecía dividido en dos por aquel impresionante bigote-. Me alegra volver a verte, faquih.

– Alaykum salam, Baba ibn Abdullah. Quiero presentarte a mi hermano, Ahmed al-Sagir ibn Yusuf ibn Nadîm.

Si la presencia de éste disgustó de alguna forma al mameluco, no lo demostró en modo alguno. Repitió su bienvenida para Ahmed, con igual cortesía y sin dejar de sonreír. Vestía como un hombre rico; usaba una loriga oscura que le llegaba a las rodillas y sobre ella un peto de cuero hervido, adornado con el relieve de un dragón. Una cadena de oro colgaba de su cuello, pero lo que fuera que sujetaba quedaba oculto bajo sus ropas. Iba tocado con un ostentoso turbante mameluco, que lucía una pluma de faisán sujeta por un broche. Su mimsa y su alfanje colgaban de su cinto y, al advertir la mirada que Ahmed dirigía a las armas, explicó:

– Hay una razia de piratas infieles por la comarca.

– Estamos enterados… -dijo Lisán-. Pero pensé que la llegada de la carraca podría haber confundido a los lugareños.

– No. Una nave de infieles anda rondando la costa -dijo Baba-. Dragut fue advertido cuando acudió a comprar provisiones a una aldea cercana y luego la hemos divisado nosotros mismos.

Dragut era el hombre con el rostro picado de viruelas.

– No es fácil entenderse con la gente de aquí -masculló-, parlotean en el dialecto más ridículo que he oído nunca.

Su vocabulario no era menos extraño, consideró Lisán, pues las palabras en árabe las mezclaba con expresiones en osmanlí y persa.

– Ahora es tarde -dijo Baba-, os propongo que vayáis a descansar. Mañana os mostraré la carraca.

– Me parece bien -dijo Lisán, pues se sentía agotado por el viaje y los ojos de su amigo le indicaban que él también lo estaba.

Lisán y Ahmed tuvieron que esperar un momento frente a su tienda, hasta que Jamîl terminó de improvisar sus lechos con varias mantas que les dejaron los turcos. En el interior los esperaba un jarro de agua no muy fresca y dátiles. Pero estaban tan cansados y hambrientos que comieron y bebieron como si se tratara del más exquisito adiafa.

Más tarde, Ahmed se tumbó sobre las mantas con un puñado de dátiles en la mano y dijo a su amigo:

– Esto no me gusta nada, hermano.

– Me lo estaba imaginando. Pero ¿a qué te refieres exactamente…?

– Son muchas cosas… ¿No hubiera sido mejor atracar esas dos naves en el puerto de Salawbiniya y evitarnos todas estas incomodidades? ¿Por qué nos hemos arriesgado a continuar el viaje, rechazando la ayuda de la ronda?

– Si hubiéramos atracado en Salawbiniya, tendríamos que haber informado al alcaide sobre nuestro destino.

– ¿Y qué? -se extrañó Ahmed.

– Él podría dar cuenta de nuestra presencia en el puerto, y esto llegar a oídos de Abu al-Qasim Bannigas.

– ¿De verdad piensas que el Gran Visir intentaría retenerte?

– Quizá. Si tuviéramos éxito esto supondría una amenaza para los genoveses, ¿no crees? Y si de verdad al-Qasim está aliado con ellos…

– Hermano, las cosas están cambiando… Si los portugueses persisten en su empeño de ir más allá de Guinea, acabarán por romper el monopolio de Venecia. Los genoveses serán entonces los más interesados en encontrar una ruta alternativa que puedan explotar. Piénsalo, no tienen motivo alguno para impedirlo. Más bien al contrario.

– Pero me hicieron prisionero cuando acudí a pedirles ayuda. Lo más probable es que de no ser por la intervención de Baba ahora estaría muerto.

Ahmed al-Sagir se rascó la barbilla.

– Tú mismo lo dijiste -señaló al cabo de un rato-, estaban investigando la posibilidad de que tu propuesta no fuera una locura. No podían dejarte ir, sin más, y que buscaras auxilio en los venecianos.

– Pero Baba afirmó que…

– ¿Te das cuenta de que todas tus sospechas se basan en lo que te ha dicho ese hombre? De acuerdo, los eruditos del albergo no se lanzaron a tus pies alabando tu ingenio al descifrar esos textos. De acuerdo, te retuvieron contra tu voluntad. Pero te trataron con corrección, dentro de lo que cabe, hasta que descubrieron que el hombre que te acompañaba era un traidor que iba a vender esa información a terceros. Por eso limitaron tu libertad.

– Me encerraron.

– Sólo después de que te reunieras con ese Baba ibn Abdullah, un pirata que te propuso escapar de Génova.

– Nadie nos vio. No podían saber que me había encontrado con Baba.

Ahmed separó las manos y miró hacia arriba, como implorando la ayuda del cielo ante la ingenuidad de su amigo.

– ¿Es que no sabes que Génova es un nido de espías e informadores? ¿Cómo crees si no que Baba dio contigo? -Suspiró-. ¿Viajaste hasta aquí en la carraca?

– No. -Lisán meditó un instante antes de continuar-. El mameluco no disponía en ese momento de una nave adecuada, pero me aseguró que la conseguiría. Llegamos en el jabeque que viste atracado junto a ella.

– ¿Cómo consiguió la nave? De lejos me pareció de construcción genovesa o veneciana.

– La alquiló, según me dijo.

– Arrendar una carraca completamente pertrechada cuesta de doce mil a quince mil dinares por mes. Es mucho dinero.

Lisán hizo un gesto vago.

– Al parecer es un hombre muy rico.

– ¿Sabes lo que pienso, hermano?

– Creo que puedo imaginarlo.

– Esa nave ha sido robada a los genoveses.

– No tienes pruebas de eso.

– No, pero eso explicaría su insistencia en mantener en secreto vuestras actividades.

El faquih asintió.

– Cabe dentro de lo posible, sí.

– Hermano, hermano… -se lamentó Ahmed-. ¿No ves que te estás mezclando en un asunto de piratería? ¿Qué fue de los guardias del albergo? Dijiste que había sangre en las espadas de los turcos que te rescataron…

– Sí. Lo más probable es que los mataran -dijo Lisán con fatalidad.

– ¡Debemos salir de aquí de inmediato! -exclamó Ahmed llevándose las manos a la cabeza-. Mataron a dos guardias del albergo, robaron la carraca y… quién sabe qué otros crímenes han cometido esos hombres malvados.

Lisán alzó las manos pidiendo paciencia a su amigo.

– Si es así, hermano, entonces mi camino ya está trazado.

Ahmed sacudió la cabeza.

– Como tú me dijiste: hay algo en ese hombre… algo muy extraño…

– Hermano, no deseo implicarte en todo esto. Lo mejor es que regreses a Granada y te hagas cargo de las planchas de plomo.

– ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer tú?

– He elegido un camino. Ahora es ese camino el que me conduce.

– Pero yo no voy a abandonarte en este momento. Juntos hasta el final, ¿recuerdas?

– Sí, hermano -suspiró Lisán-. Entonces te propongo que esperemos hasta mañana, veamos en qué condiciones está la carraca, antes de seguir elaborando más teorías.

Su amigo asintió.

– Que así sea entonces, si Allah quiere. Pero mañana me escucharás.

En la lona de la tienda se proyectaban, retorcidas, las sombras de los hombres de Baba que montaban guardia. El sonido de las olas del mar, al alcanzar la playa y remover la arena y las piedras de la orilla, llegaba tan claro y acompasado como una melodía.

Ahmed se había dado la vuelta y había empezado a roncar casi al instante. Lisán envidió su facilidad para entrar en el mundo de los sueños. Salió afuera para contemplar las estrellas, algo que siempre relajaba su mente. Pero ni siquiera en ellas iba a encontrar la paz.

El manâzil, el cielo de las estrellas fijas que está contenido en la esfera de las doce Torres del Zodiaco, es inmutable y eterno. Lisán conocía la disposición de los astros con la misma certeza con la que un hombre sabría situar los lunares sobre el cuerpo de su amada. Sin embargo, algo había cambiado allá en lo alto. Una nueva luminaria, bastante brillante, había aparecido en el Trono de Géminis. Se estremeció. ¿Cuál sería el significado de ese acontecimiento? El vértigo se apoderó de él cuando intentó imaginar qué senderos tomaría su futuro. Atravesar un mar inmenso y peligroso… Lleno de leyendas y monstruos… Para llegar a… ¿Adónde? ¿Qué era lo que lo empujaba hacia lo desconocido?

Recordó aquel momento en que desistió de traducir el texto de las planchas de plomo y se concentró en otra cosa. No era la primera vez que hacía algo así. De hecho, era habitual en él eso de ir revoloteando de un empeño a otro, sin terminar nunca nada, sin centrarse en nada. Así había transcurrido su vida, como un largo y aburrido juego sin sentido.

Ya había alcanzado la edad de la madurez. Según las enseñanzas sufíes, antes de los cuarenta años no podía aflorar el estado espiritual necesario para el encuentro con la propia senda. Pero no había sido una decisión suya, inspirada por la acumulación de conocimientos a lo largo de los años, lo que lo había puesto en el camino, sino un golpe de suerte. La fortuna de que aquellos obreros encontraran las planchas de plomo enterradas en su jardín… La sorprendente coincidencia de que el cherif Alí al-Hacam pusiera a la venta aquel libro…

Los hombres van descubriendo su destino a cada paso, pero sólo Dios sabe adónde conducen todos los senderos… Lo único que él ya no podía hacer era echarse atrás.

<p>10</p>

Baba ibn Abdullah no era un hombre de mar. La tarea de patronear la nave se la había adjudicado al capitán del jabeque, un turco llamado Piri Muhyi. Y fue éste quien, a la mañana siguiente, les mostró la carraca.

– Gorda y vieja como mi mujer -dijo Ignacio, con una mueca de desagrado, y apenas pisó la cubierta.

– Suficiente para nuestros propósitos -le aseguró Piri.

Era un hombre muy joven, con el cuerpo bien proporcionado, musculoso. Llevaba un elegante jubón de paño rojo, abierto sobre el torso desnudo; la cabeza rapada y las orejas llenas de tintineantes anillos de oro. Lisán se preguntaba cómo era posible que Baba hubiera confiado el mando de la carraca a un muchacho que aparentaba tener menos de veinte años. Más tarde averiguaría que la familia de Piri tenía una larga tradición marinera. Desde que era un niño había navegado con su tío, el famoso corsario Kemal Reis.

– Para llevar cebollas por el Mediterráneo, quizá sea buena -insistió Ignacio-. No voy a negarte eso. Pero no es buena para navegar por el mar Océano. La primera ola un poco fuerte nos ha de partir en dos. Eso te lo aseguro ahora.

La verdad, era una nave bastante antigua. Tenía el casco ligeramente redondeado de las viejas cocas, pero presentaba el aparejo típico de una carraca, como un híbrido entre ambas. El alcázar y el castillo estaban integrados en el casco, aunque sin la complejidad de otras naves más modernas. Los palos trinquete y mayor iban aparejados con velas cuadradas; el mesana, con vela latina. Los tres palos eran de pino de Balsaín. La quilla, roda, codaste, baos, fogonaduras y guindastes, eran de buena madera de Guinea. Disponía de una única cubierta corrida, aunque desde el palo mayor hasta el extremo de la popa se levantaba el alcázar. Y, sobre él, en la toldilla, se encontraba el único camarote cerrado de la nave. El mameluco se lo había ofrecido a Lisán, para que instalara allí sus mapas y los instrumentos de medición.

En las bordas alguien había montado ocho cañones pedreros con duelas de bronce, de los llamados «gerifaltes». Cuatro a cada lado, sujetos sobre unos fustes en forma de horquillas, lo que sin duda les daría una gran precisión de tiro.

– ¿Cuál es el nombre del barco? -preguntó Ahmed, mientras observaba con suspicacia la presencia de armas tan modernas en una nave tan antigua.

Piri se encogió de hombros.

– No tiene nombre, que yo sepa.

– ¿Una nave tan vieja y carece de nombre? -dijo Ahmed con recelo-. Muy extraño, ¿no crees?

La pregunta iba dirigida a Lisán, que no quiso responder a las transparentes alusiones de su amigo. En cambio, dijo:

– Debo confesar que no lo había pensado. Quizá «al-Garbí» sea un nombre apropiado, pues en esa dirección nos dirigimos.

– Sería un buen nombre, sin duda -dijo Ahmed-. Pero quiero proponerte uno mejor, si me lo permites.

– ¿Y qué nombre sería ése, hermano?

– Taqwa, «el Temor de Dios», el que inspira a una persona a estar en guardia contra las acciones equivocadas y deseoso de volver al camino que mejor complazca al Más Alto.

– La Taqwa entonces. Si nadie tiene nada que objetar y ello te va a complacer.

Los turcos iban y venían de la playa, cargando cestos llenos de tierra. Subían a la cubierta por una rampa y descendían a través de una portilla abierta, en dirección al sollado.

Ignacio, que había permanecido silencioso durante un buen rato, dijo:

– ¿Acarrean todo eso para lastre?

– En efecto -le respondió el joven capitán-. Iremos bastante cargados, pero no nos vendrá mal un poco de estabilidad extra.

Mientras Piri y el vizcaíno hablaban, Ahmed llevó a su amigo aparte y le dijo:

– No voy a permitir que te embarques solo en esta aventura.

– Ya hablamos de eso, hermano. Mi destino ya ha sido fijado por Allah, y yo no puedo y no quiero variarlo.

– Escucha… -Ahmed meditó sus palabras-. Creo que puedo conseguirte una tripulación mejor, algunos hombres de confianza, al menos.

– ¿Qué quieres decir?

– Conoces mi buena relación con los Banu Sarray. Estoy seguro de que puedo convencer a algunos de sus guerreros para que nos acompañen.

Lisán miró atónito a su amigo.

– ¿Nos acompañen? ¿Has dicho «nos acompañen»?

– Me necesitas a tu lado, hermano -le explicó-, necesitas de mi buen criterio y de mi talento comercial. Y yo tampoco puedo dejar pasar esta oportunidad de enriquecerme. Me arrepentiría el resto de mi vida si lo hiciera.

– ¿Enriquecerte? -El faquih estaba con la boca abierta.

– ¿Sabes lo que implica la hermandad? Que no tienes más derecho que yo sobre tus propios asuntos.

– ¿Ya no piensas que este viaje es una locura?

– Por supuesto que lo es. Pero desde que te conozco, hermano, jamás he dudado de tu talento y sabiduría. Si tú crees en ese Otro Mundo situado más allá del mar, yo estoy seguro de que existe, y de que se podrá comerciar con las gentes que vivan en él, o construir bases para alcanzar las lejanas costas de Catai y Cipango. Todo eso significa negocio y yo no puedo darle la espalda a un buen negocio. Te pido que me aceptes como socio.

– Pero estabas seguro de que no se podía confiar en Baba.

– Y no pienso hacerlo. Precisamente, mi aportación sería la de pagar el salario de los guerreros Sarray que te servirán como guardia personal, como protección para tus intereses y los míos.

Lisán sacudió la cabeza.

– Hermano -dijo-, esto es tan inesperado…

– Recuerda, antes que ninguna otra cosa está nuestro contrato de hermandad. Dos hermanos siempre se asisten mutuamente hacia un mismo objetivo y el contrato sólo se completa cuando ambos son camaradas en una empresa común. En cierto sentido, formamos una sola persona que participa tanto de la buena como de la mala fortuna, abandonando todo sentimiento de privacidad o egoísmo. No puedes ni debes dejarme fuera de esto, hermano.

El faquih celebró la ocurrencia de su amigo con una gran carcajada.

– Por supuesto que no, Ahmed -dijo abrazándolo-, ¿qué mejor compañía que la tuya podría desear en mi viaje?

Cuando Ahmed partió hacia Granada, Lisán explicó al mameluco que su amigo se iba a unir a la expedición en calidad de asociado. Estaban en la carraca, en el interior del alcázar. Baba se atusó el bigote y dijo:

– Perfecto. Un poco de dinero extra nos ha de venir bien en estos momentos.

El faquih le habló también de los Banu Sarray. Esperó la reacción del mameluco.

– ¿Cuántos serán?

– Ahmed me aseguró que podría conseguir unos quince guerreros.

Baba retorció uno de los extremos de su mostacho.

– Eso significa que algunos de mis hombres se tendrán que quedar en tierra.

– Sí -dijo Lisán.

El mameluco lo contempló durante un rato antes de decir:

– Lo entiendo. No confías plenamente en mí. Esos hombres van a ser tu guardia personal, para protegerte de mis turcos… ¿Estoy en lo cierto?

Lisán mantuvo su mirada y dijo:

– Lo que dices es exacto.

– Bien, en tu situación yo haría lo mismo. Por ese lado no va a haber discusión entre nosotros.

Baba sirvió dos vasos de vino. Le ofreció uno al faquih, que lo rehusó con un gesto.

– Pensé que todos los andalusíes tomabais vino.

– No todos. Pero aceptaré un vaso de agua fresca.

– Trae mala suerte brindar con agua.

Alzó su vaso de vino hacia Lisán y dijo: «A tu salud». Lo apuró de un trago. De una jarra sirvió agua en otro vaso y se lo entregó al faquih.

– ¿Tienes idea de qué vamos a encontrar? -le preguntó.

– Gente como nosotros, sin duda. Quizás un poco distintos en su apariencia, pero hijos de Allah, alabado sea, al fin y al cabo. No puede ser de otra forma.

– ¿No crees que podamos encontrar monstruos, como afirman las leyendas antiguas?

– Monstruos… -Lisán se extrañó ante aquella palabra tan desagradable. El mameluco lo miraba muy fijamente, con sus ojos de halcón-. No. No lo creo. Todas esas leyendas fueron creadas por los tirios para proteger sus inversiones en la Otra Tierra.

Los labios de Baba se fruncieron en una mueca de escepticismo. Quizá pretendía ser una sonrisa, pero Lisán sintió de nuevo el helor que aquel hombre provocaba en sus entrañas.

– Los tirios fueron un pueblo del pasado -dijo el mameluco, pronunciando las palabras con parsimonia-, pero hubo muchos otros. Tan poderosos o más que ellos. Los egipcios, por ejemplo. Para ellos el Sol recorría el firmamento sobre un carro de fuego e iba a morir en el remoto occidente, donde el cielo se tiñe con la sangre del sol cada atardecer. Las tierras que están situadas allí son la morada de los muertos. Un mundo temible, poblado por toda clase de monstruos que se alimentan con la carne de los viles.

El andalusí apuró el agua. En realidad, sólo pretendía disimular el temor que las palabras de Baba le habían provocado. No hablaba como un hombre que relata una vieja historia, escuchada en algún lugar remoto. Su voz tenía la certeza de aquel que está en posesión de conocimientos extraordinarios.

– ¿Cómo sabes de todas esas cosas? -preguntó.

– Del mismo modo en que tú obtuviste tu entendimiento sobre los antiguos tirios. Los símbolos egipcios son palabras claras para mí.

El mameluco se irguió con orgullo al decir estas palabras. Aquel hombre era un erudito como él. Por muy inquietante que fuera su aspecto, sus intereses eran parecidos y podían entenderse.

– Es una sorpresa -dijo-. Hace que este viaje sea aún más interesante. Sin duda tenemos mucho de que hablar y muchos conocimientos que compartir.

– Sin duda -coincidió Baba ibn Abdullah.

– ¿Quién eres realmente?

– No soy un pirata, como teméis tú y tu amigo. Poseo una patente de corso expedida por el propio sultán.

– Tampoco eres un mameluco.

Baba se volvió hacia él. Una sonrisa enigmática en los labios.

– ¿Por qué piensas eso? -preguntó.

– Es evidente que hablas el osmanlí y el árabe con la soltura de aquel que ha aprendido ambas lenguas desde niño. Si eres mameluco se explica tu aspecto físico y tus ojos claros…

– En ese caso, ¿cuáles son tus dudas, faquih?

– Para el takbir, tu corazón no debe estar en contradicción con las palabras que pronuncia tu lengua. Si en tu corazón sientes que hay algo mayor que Allah, aunque tus palabras parezcan verdaderas, Él es testigo de que eres un mentiroso.

– ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Acaso puedes leer mis pensamientos?

– Es evidente que no puedo hacer tal cosa. Pero el alma tiene espejos que son muy claros para el que sepa leerlos. Los más importantes son los ojos, que no pueden mentir, pero también los movimientos de las manos y la posición de tu cuerpo al rezar…

– Hay muchas culturas diferentes en nuestra casa común, faquih, y muchas actitudes distintas…

– El exterior de los hombres es un cebo y su interior una advertencia. El alma se contenta con el engañoso exterior, pero el corazón penetra en la intimidad… Y puedo ver que ocultas algo en lo más profundo de tu alma.

Los ojos verdes de Baba chispearon durante un instante con un fuerte sentimiento que Lisán creyó interpretar como ira. Pero fue como una nube cruzando sobre la luna. De inmediato regresó el hombre afable.

– Eres un hombre muy sabio, faquih -dijo. La oscura emoción que delataran sus ojos había desaparecido por completo, pero Lisán estaba muy lejos de sentirse cómodo.

– Y tú… ¿Quién eres tú? -le preguntó una vez más.

– ¿Importa eso? -Sus ojos. Atravesándolo-. ¿Es que mi linaje o mi historia personal te harían reconsiderar tu intención de navegar a mi lado?

Esa mirada… De nuevo había experimentado la misma sensación de espanto ante aquel hombre que lo embargó la primera vez que se encontraron en el puerto de Génova. De nuevo los ojos de Baba parecían capaces de ver a través de él, como si el cuerpo de Lisán al-Aysar se hubiera transformado en un humo tenue.

– No -admitió al cabo de un instante-. No renunciaría a este viaje por nada.

– En ese caso, ya hemos hablado suficiente, faquih. Hay mucho trabajo por hacer y tenemos muy poco tiempo antes de zarpar. Cuando nos encontremos en alta mar, no han de faltarnos las ocasiones para conversar. Por el momento, basta saber que soy tu socio en esta aventura. Que acepto a tu amigo como nuevo socio. Y que esos guerreros Sarray serán bienvenidos en un viaje hacia un destino tan lejano e incierto.

<p>11</p>

Ahmed al-Sagir regresó cinco días más tarde, acompañado por Jamîl, quince infantes Banu Sarray y varias carretas cargadas de víveres. Piezas enteras de carne curada de vaca y sacos de legumbres secas fueron descargados al otro lado del acantilado y transportados sobre los hombros de los turcos hasta la playa. Luego, los fardos fueron cargados en el batel e izados a bordo de la carraca con la ayuda del cabestrante. Aunque aún era temprano, hacía calor y los músculos de los que tiraban de las cuerdas relucían sudorosos.

Los Sarray contemplaban desde la playa el pesado trabajo de los turcos. Se sentaban en la arena, comían manzanas y discutían si esta u otra forma de entibar la nave era la mejor. Pero en ningún momento hicieron el mínimo ofrecimiento de ayuda. Vestían ropas lujosas, de seda negra y azul, con elegantes bordados de plata y turbantes de muselina. Tenían un aspecto impresionante con sus espadas jinetas colgando de cintos de cuero hervido ricamente repujados. Demasiado elegantes para mancharse las manos trabajando.

Sin embargo, esa misma tarde, cuando ya empezaba a refrescar, un grupo de Sarray se ocupó, personalmente, de descargar varias tinajas vacías. Las llevaron con cuidado en el batel hasta la carraca y las aseguraron con cuerdas alrededor de uno de los palos. Ignacio, que andaba ocupado en el aparejo, se acercó y quiso saber qué negocio tenían con aquello. Eran grandes recipientes, fabricados con algún tipo de arcilla de color rojo vivo, que los guerreros andalusíes empezaron a llenar con cántaros de agua dulce.

Uno de ellos le respondió al vizcaíno:

– Son unas vasijas muy finas, fabricadas por los mejores artesanos de al-Andalus con una tierra que llamamos inyibar mineral.

Ignacio se rascó la barba y dijo:

– Ya. ¿Y para qué sirven?

El Sarray lo miró como a un viejo chocho.

– No hay nada que refresque mejor -dijo-, porque la vasija «suda» y elimina el calor del interior. Con este material se fabrican las botellas en las cuales se bebe el agua por todo el país. También mantiene alejados a los ÿinn que emponzoñan el agua.

Ignacio los miró. Luego a las tinajas y de nuevo a los Sarray.

– ¿Sólo para tener agua fresca? ¿Eso es todo? -Por algún motivo, le costaba creerlo.

– Así es.

– ¡Ja! Podéis deshaceros de ellas ahora mismo.

Como los Sarray no le contestaron y siguieron con su trabajo, añadió:

– Son demasiado finas. No aguantarán el embate de la primera ola. ¡Ja! Vais a ver como se rompen. Apenas salgamos a mar abierto, se romperán. Para el agua llevamos esas pipas de madera. -El viejo señaló un gran recipiente atado a otro de los palos-. Está calentuzca y no huele bien, pero no hay otra manera.

Los Sarray lo ignoraron y continuaron con su tarea de llenar las tinajas. Cuando Ignacio se marchó, uno de ellos le dijo a otro:

– Sólo un perro o un infiel beberían esa agua medio corrompida.

El capitán de los Banu Sarray era un joven noble, de aspecto distinguido, con los perfectos modales de un caballero. Sobre la coraza traía ceñida una amplia marlota carmesí, de terciopelo brocado, abierta de arriba abajo y punteada con finos galones de plata.

Se presentó ante el faquih, al que saludó con sobriedad:

– As-salamu alaykum, Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin. Parece ser que el deseo de Allah, exaltado sea, es que hagamos juntos el viaje. Puedes contar con mis armas y con las de mis primos para tu protección.

– Alaykum salam. Creo que ya nos conocemos, Yusuf ibn Sarray.

– Así debe de ser, aunque yo no te recuerdo, faquih.

Lisán hizo una breve reverencia y agradeció al Sarray que le ofreciera sus servicios. Luego fue en busca de Ahmed al-Sagir. Lo encontró en el acantilado, sentado sobre una roca. Rezaba y miraba hacia el cielo del atardecer. Las cuentas de madera del takbir pasaban veloces entre sus dedos.

– ¿Has visto esa nueva estrella, hermano? -dijo Ahmed a su amigo.

El astro ya asomaba claramente en el cielo rojizo. Lisán dijo:

– Sí, hace días. Y desde entonces no ha dejado de aumentar su brillo.

– En la Alhambra todo el mundo anda asustado con esa luz. Incluso le han puesto nombre: El Guardián, así la llaman… ¿Qué crees tú que indica? ¿Tiene algún significado que pueda interpretarse?

– Los cielos no son tan inmutables como creen algunos, hermano, pero cada cambio que se produce en el firmamento tiene el poder de aterrorizarnos.

– Eso ya lo sé. Pero ¿qué es lo que dice tu ciencia sobre esa estrella nueva?

– Quizá se trate de un cometa y, en ese caso, será un mal augurio.

Ahmed se volvió hacia su amigo. Había algo de esperanza en su voz:

– ¿Deberíamos entonces suspender nuestro viaje?

Lisán se llevó las manos a las sienes y dijo:

– No, hermano, no voy a hacer tal cosa. Aunque se están produciendo hechos que me llenan de inquietud.

– ¿A qué te refieres?

– Tal y como me prometiste, los Sarray están aquí. Parecen buenos guerreros, pero su capitán…

Ahmed al-Sagir asintió con un gesto.

– Yusuf ibn Sarray. Es el ahijado de mi buen amigo ibn Kumasa.

La corte de la Alhambra era el escenario de un juego de intrigas y odios entre las mujeres del sultán, Fátima y Zoraya, por un lado, y las familias de los Banu Sarray y los Banu Bannigas por otro. El instigador de los Banu Sarray era un alto dignatario de la corte llamado Yusuf ibn Kumasa, quien odiaba a Abu al-Qasim Bannigas, el gran visir.

– Me parece muy poco prudente por tu parte, hermano -le espetó Lisán-. ¿Qué precio vamos a pagar por meter a un príncipe de las dos familias rivales en esta aventura?

– Ibn Kumasa es como un hermano para mí, no debes preocuparte de nada. ¿Acaso al-Qasim no rechazó tu plan y te arrojó a las garras de los genoveses? Si hubieras acudido a ibn Kumasa en primer lugar, tu suerte habría sido otra y no hubieras tenido necesidad de asociarte con ese extraño personaje.

– Las cosas son como son -dijo Lisán golpeando la arena con un pie-; y no podemos volver atrás en nuestras decisiones. Pero debiste consultarme antes de traer al ahijado de ibn Kumasa a esta playa.

– Hermano, hermano… -Ahmed compuso un gesto de dolor-, no me reprendas por haber deseado lo mejor para ti. Éste es un mundo de lobos, y nosotros, ¿qué somos?

– ¿Qué somos, hermano?

– Simples corderos, por supuesto. Yo, un comerciante, y tú, un erudito. Si triunfamos en esta aventura, ¿cómo crees que podremos retener nuestra presa? Nuestros dientes son débiles y no estamos entrenados en estas lides, seremos empujados a un lado y los poderosos se repartirán el botín de nuestro esfuerzo. Los hombres como tú o yo sólo podemos medrar si nos arrimamos a la sombra de un buen árbol.

– ¿Y ese árbol es el de los Banu Sarray?

– Sin duda, hermano. Pueden ser odiados por unos, pueden ser los enemigos del sultán, pero sus ramas son fuertes y la sombra es nítida. Si tu triunfo es también su triunfo, entonces nadie se atreverá a lanzarse sobre él.

– Pero ¿qué esperan obtener a cambio?

– Beneficios políticos, por supuesto -admitió-, y cierto control sobre las nuevas rutas que surgirán tras este viaje. No podían negarse a acompañarnos, es una posibilidad de grandes beneficios y sólo arriesgan unos pocos hombres. Pero no necesitamos más, pues son los mejores guerreros de Granada.

– No sé, hermano, sigo pensando que no ha sido una buena idea…

– La mejor de las ideas, hermano. Además, es la forma correcta de hacer las cosas, en lugar de ocultarnos como criminales en una playa olvidada de la mano de Allah, alabado sea.

Es posible, reflexionó Lisán. Quizá su amigo tenía razón y él estaba equivocado. Sí y no. Y, como dijo el filósofo, entre el sí y el no salen volando de sus materias los espíritus y de sus cuerpos las cervices. A esas alturas ya no tenía la mente muy clara. Se sentía agotado de tanto preparativo y tan sólo deseaba emprender el camino de una vez por todas.

Alzó la vista hacia el cielo, contempló la nueva estrella. Deseó con todas sus fuerzas que se tratara de un buen augurio.

<p>12</p>

– ¡Largad trinquete! -gritó Piri Muhyi, haciendo bocina con las manos.

Ignacio sujetaba con fuerza la caña del timón. Escupió hacia su lado izquierdo, para alejar al demonio. Luego pronunció las frases de rigor para espantar a los malos espíritus que pudieran haberse enganchado al barco:

– ¡En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero, que sea con nosotros y nos dé buen viaje a puerto de salvamento y nos lleve y nos vuelva con bien a nuestras casas!

Se santiguó varias veces con nerviosismo. Dio un largo trago de la jarra de vino que tenía a un lado y, en un tono más bajo, añadió:

– ¡Dios me asista en esta nave cargada de sarracenos!

Era el 25 Muharram del año 890. Tras la primera oración y antes de que despuntara el sol, la Taqwa se hizo a la vela. Había sido cargada con víveres suficientes para cincuenta personas durante tres meses. Lisán aseguraba que el viaje no iba a durar más. Sonreía al observar la delirante tripulación que había reunido: los piratas turcos, el insólito mameluco, los exquisitos Sarray, un viejo infiel borracho… Y él, un faquih con la cabeza llena de quimeras.

Pero es sabido que Dios es amigo de los locos.

Mientras la carraca se deslizaba segura por las aguas, una actividad frenética se desarrollaba en cubierta y en los palos. Bajo las órdenes de Piri, los marineros turcos corrían arriba y abajo, trincando o soltando cabos y escotas, subiendo por los obenques hacia las vergas, izando velas o tensando aparejos. Para cruzar con rapidez desde el castillo de proa al alcázar, habían tendido unas pasarelas hechas con cuerdas bien tensadas y enjaretadas entre sí. Los andalusíes contemplaban admirados todo este trabajo desde la cubierta principal, que quedaba ahora como un pozo bajo esta red. Los turcos, con los pies desnudos, corrían por ella como las arañas por su tela.

– ¿Qué tienes, hermano? -le preguntó Lisán a Ahmed al-Sagir.

Miraba hacia la playa rodeada de acantilados. Había tristeza en sus ojos.

– Pienso en mis mujeres, en mis hijos, y me pregunto cuándo los volveré a ver…

– Eso está en manos de Allah, alabado sea. Pero rezo para que sea muy pronto.

– Dime, hermano, ¿cómo es posible que nunca hayas sentido deseos de fundar una familia? Eso es algo que no puedo entender.

Y vuelta a lo mismo, pensó Lisán. Pero dijo:

– En ocasiones tengo ese deseo… Es posible que algún día lo haga.

– Las mujeres son importantes, hermano. Al menos una. Y, aun en el caso de que sea una arpía y te haga la vida imposible, una mujer es esencial para que un hombre vea cómo su vida se desarrolla de un modo adecuado.

Ahmed tenía cuatro mujeres, pero sólo una de ellas era su mujer. Y, ciertamente, su aspecto era el de una arpía. Tenía aterrorizadas a las otras tres esposas y al propio Ahmed. Lisán había llegado a pensar que su amigo se había enrolado en esa incierta aventura sólo para alejarse de ella por un tiempo.

– Deberías tomar una esposa, hermano -insistió Ahmed.

, se dijo Lisán, sin duda eso contribuiría a equilibrar mi vida.

Como otras muchas veces, vino a su mente el recuerdo de esa noche en su Hach…. [8] La imagen de unos ojos hermosos que lo miraban desde detrás de un velo… El breve contacto de una mano de mujer sobre su hombro…

¿Qué tienes tú que ver con el mundo y qué tiene que ver el mundo contigo?

Ésa era la pregunta que solía hacerle su murshid. [9]

Eres como un viajero en un día de verano -le decía-. Llegas al pie de un árbol, descansas bajo su sombra y luego te vas, dejando atrás aquel árbol para siempre. No hay que detenerse en el camino, ni en un estado, ni en una estación… Como el asno que hace girar la rueda de molino para que su punto de llegada sea siempre el de partida…

– ¿Crees que es posible enamorarse de un sueño? -le preguntó Lisán a su amigo.

– ¡Por supuesto que no! -respondió Ahmed casi escandalizado-. Lo sabroso de las mujeres es que están hechas de carne sólida. Cuando regresemos de esta aventura me voy a ocupar personalmente de tu situación. Tengo una cuñada que es una verdadera joya de Allah. Un hombre se atragantaría si intentara beber de su ombligo. Sus pechos podrían amamantar a todas las criaturas de Granada y serían como una almohada de Damasco para tus noches…

– Parece muy sugestivo -bromeó Lisán.

– ¿Lo dices en serio? Ya veo que no. Pero no me importa, hermano. Cuando regresemos, tendrás que aceptar mi ayuda.

– Cuando regresemos -dijo Lisán para complacer a su amigo.

Se colocó a su lado para compartir con él aquel momento y le pasó una mano por el hombro. Contemplaron juntos el paisaje. El viento les azotaba el rostro.

Unos delfines saltaron frente a la quilla de la nave.

La Taqwa navegaba adormilada, mecida por un viento bonachón sobre un mar llano que lamía los acantilados visibles a estribor.

– ¡Una nave! -gritó el vigía desde lo alto del palo mayor-. ¡Por sotavento!

Todos se volvieron en esa dirección. Una carabela navegaba paralela a la Taqwa.

– Genoveses -afirmó Baba sonriendo entre dientes.

Miró a Lisán, que estaba junto a él, y añadió:

– Finalmente nos han encontrado.

El andalusí asintió, comprendiendo que sus perseguidores eran los piratas que andaban rondando la costa durante las últimas semanas.

Uno de los turcos empezó a gritar en osmanlí:

– ¡Venecianos, pagaréis cara la afrenta de Gallipoli! ¡Hermanos, a las armas contra los infieles!

Era un hombre gigantesco, de piel oscura. Su cráneo afeitado mostraba una terrible cicatriz en el parietal izquierdo, que estaba hendido por un tajo que lo cruzaba de lado a lado.

– Es Abdul Jabbar -le había explicado Dragut al faquih en una ocasión-. Lo conozco bien, es un buen hombre. Recibió un hachazo en la cabeza en Negroponto. Fue una gran batalla, y Jabbar la revive una y otra vez. Se diría que aquel hachazo también le cortó la memoria a partir de ese día.

La mayor parte del tiempo tenía el aspecto de un grandullón tranquilo y melancólico. Miraba a un lado y a otro, silencioso, como si no entendiera con exactitud lo que estaba pasando e intentara encajarlo en su memoria. Y así era. Su mente sólo podía retener durante un día lo que estaba sucediendo a su alrededor. A la mañana siguiente, regresaba a la casilla de salida, en el inicio de ese fatídico día en Negroponto. En ese preciso momento, corría de un lado a otro, agitando un puño en el aire en dirección a la carabela.

– ¡Venecianos, vais a morir! ¡Sentid el temor de Allah!

Yusuf ibn Sarray había alineado a sus guerreros junto a la borda de estribor, listos para defender la carraca. Algunos esgrimían alfanjes turcos para cortar los garfios de abordaje y los agitaban desafiantes sobre sus cabezas. El tufo a zafarrancho había acabado de alejar los últimos vapores de sueño entre la tripulación.

Mientras tanto, Piri fue dando cuerpo a la maniobra con nuevas órdenes. La Taqwa desplegó sus alas al completo. Se inflaron las velas y el viento tamborileó sobre las lonas como un tambor guerrero. Rechinó la arboladura, la nave dio un violento quiebro y varió su ruta. La carraca, con su velamen forzado al máximo, revoloteó sobre el mar como un gordo pato sobre el que planeara un gavilán. Intentaba escabullirse, pero era pesada, torpe como una vieja agarrotada y fondona. Lisán casi creía poder oírla jadear por la falta de resuello. La ágil carabela genovesa se aproximaba, implacable, sobre su flanco.

Baba gritó haciendo bocina con sus manos:

– ¡Ah de la carabela! ¿Cuál es vuestro destino?

– ¡Parad! -gritaron los genoveses, y esto era una orden sin lugar a dudas. Una orden que contenía todas las amenazas posibles para aquel que se atreviese a desobedecerla.

Y así fue. En ese momento, Lisán vio aparecer un fogonazo cerca de la proa de la carabela, acompañado de una nubecita de humo. El estampido le llegó casi a la vez que el estruendo de madera astillada en la cubierta de la Taqwa y los gritos de dolor de un hombre herido. Una sección de la borda había volado. Sus fragmentos, reducidos casi a serrín, seguían lloviendo por todas partes. Vio a uno de los Sarray en el suelo, sujetándose con fuerza una mano de la que goteaba abundante sangre sobre la cubierta.

– ¡A los gerifaltes! -ordenó Baba con voz seca.

Lisán corrió hacia el herido. El Sarray tenía el rostro lívido de dolor. Junto a él estaba tirada su cimitarra, retorcida porque era la que había recibido el impacto de lleno.

– Déjame ver -le dijo mientras separaba sus manos para estudiar la herida.

Dos dedos, el meñique y el anular, habían desaparecido. El pulgar estaba muy magullado, pero Lisán pensó que quizá pudieran salvárselo.

– Has tenido mucha suerte. -Le vendó la mano con un pañuelo para contener la hemorragia-. Allah te ha protegido.

Mientras tanto, el duelo entre los dos barcos continuaba. La carabela no estaba en un ángulo adecuado de tiro y disparar sólo serviría para desperdiciar munición. Sin embargo, Baba, dirigiéndose al turco que empuñaba uno de los gerifaltes, le ordenó:

– Abú… ¡Fuego!

El estampido y la nube de humo debieron de dejar bien claro a los genoveses que no estaban indefensos, pero eso no los iba a detener si su determinación era abordarlos. Lisán pudo distinguir en la cubierta de la carabela a un grupo de hombres en perfecta formación y con los ganchos de abordaje listos para ser lanzados. No tenían el aspecto de simples piratas.

Siguiendo las precisas órdenes de Piri, la Taqwa giró para aprovechar hasta la última brizna de viento en sus velas y sesgó con una hábil maniobra que obligó a los genoveses a replegarse hacia la costa que, en aquellos momentos, estaba demasiado cerca de ellos.

– Baba -dijo Lisán-, ¿no crees que…? ¿Baba?

El mameluco estaba paralizado, los ojos fijos en aquella carabela que maniobraba en una compleja danza con la Taqwa. Aquella nave era más ágil, pero la carraca tenía una masa mayor. Si ambos barcos llegaban a chocar, los genoveses llevarían las de perder. Y Baba observaba aquello con una expresión perdida en su rostro. Está aterrorizado, pensó Lisán. Pero no tenía sentido. Un corsario debería estar acostumbrado a esas situaciones.

La carabela, huyendo de la embestida de la carraca, se fue encerrando ella misma en un estrecho fondeadero de la costa de lecho arenoso. Lo asombroso fue que los tripulantes de la nave genovesa no variaron el rumbo en ningún momento. De modo que la carabela acabó por estrellarse contra el banco de arena. Su quilla se hundió ciegamente en el lecho con un horrible crujido. Las velas se plegaron hacia delante con el aburrido movimiento de un abanico que se cierra. Uno de los palos se quebró, derrumbándose como un árbol talado sobre la cubierta.

El grito de victoria de la Taqwa se superpuso a los distantes gritos de terror de los genoveses. Baba respiró profundamente, parpadeó y recuperó la compostura. Por un instante, el mameluco se unió al júbilo de sus hombres. Luego regresó junto a Lisán.

– Esto demuestra que todas nuestras precauciones eran justificadas -le dijo- y que el albergo genovés sigue detrás de ti. Nos hemos librado de nuestro primer escollo, faquih, pero aún tenemos un largo camino por delante. Te sugiero que empieces a trazar la derrota.

<p>13</p>

Lisán se encerró en la toldilla y fue desplegando sus cartas navales, que eran calcos sobre buen papel de las planchas plúmbeas. Estudió aquel tesoro que sólo él podía comprender. Leyó:

Nuestro Mar ocupa el Centro del Mundo. Tiene una hechura ovalada y posee una única salida, abierta por el dios Melqart en tiempos remotos, llamada «Boquete del mar inmenso» por los de Keftiú, y «Las Columnas de Melqart» por los de Tiro.

Allí atracamos la nave, y los hombres gritaron de terror al contemplar la infinita extensión de agua que se abría ante nosotros, envuelta en desgarrones de nieblas tenebrosas.

«¡Redondo el mar, circulares sus aguas!», exclamaban admirados. Porque así lo veían, rodeando la Tierra como un río infinito que siempre retorna sobre sí mismo.

«Océano de la Muerte», lo llamaron también.

Uno de los varones de Cattarim aseguraba que, a partir de las Columnas de Melqart, se abría el Océano interminable y sus aguas se extendían hasta el infinito. Decía que nadie había visitado esos parajes, que nadie llevó jamás sus naves por aquella inmensidad.

«Las tinieblas cubren con su manto el cielo», decía, «la niebla envuelve el mar y el día permanece siempre oscurecido. Un gran número de monstruos nadan por ese Océano y el terror de fieras sin nombre acecha más allá de los mares».

«He aquí el límite sagrado impuesto por el cielo, y no podemos atravesarlo.»

Sus palabras causaron un gran temor entre los hombres, pero mi señor Talos dijo para que todos pudieran oírlo:

«Una tierra nos espera al otro lado del mar. Os conduciré seguros hacia ella igual que os he guiado a través del fuego de los dioses».

Nos establecimos cerca de una de las Columnas de Melqart y allí nos aprovisionamos de alimentos y esclavos para el sacrificio. Y, antes de abandonar la factoría para internarnos en el océano, mi señor me ordenó dejar indicación de nuestra ruta para que otros supervivientes vinieran detrás de nosotros…

A continuación estaban los datos precisos para guiarse por las estrellas. Y la situación de las tres grandes corrientes que, como ríos que discurriesen por dentro del mar, llevarían cualquier nave hacia la Otra Tierra. Pero ¿para quién dejó Talos esas indicaciones?, se preguntaba Lisán. ¿Para los supervivientes de Thera? Le costaba creerlo. Talos era un extranjero en el imperio Keftiú y no tenía motivos para preocuparse por la vida de aquellos que, al volverle la espalda, provocaran la ira de los dioses, tal y como en el texto se afirmaba que había sucedido. Quizá dejó las planchas plúmbeas para sus compatriotas de Tiro, y por ese motivo estaban escritas en la lengua de esa ciudad y no en la del Imperio del Mar.

Si fue así, no fueron encontradas hasta muchos siglos después, cuando la providencia decidió que su antepasado romano diera con ellas para enterrarlas en los cimientos de su nueva casa. El destino sujeto por Allah había permitido que él las obtuviera al final de esta larga cadena y que dispusiera de los medios para traducirlas.

Pero había algo maléfico en todo esto. Algo que no podía provenir del Altísimo.

Algunos párrafos lo llenaban de terror:

A la primera luna llena que os ilumine en alta mar le sacrificarás un niño varón, encomendándote al dios Baal, y luego beberás su sangre…

El texto contenía numerosos rituales sangrientos semejantes a éste. Se diría que la embarcación debía navegar dejando detrás de sí un reguero de niños degollados. Creencias de los tiempos de la ignorancia, antes de la llegada del Islam. La era Jahiliyya, en la que la humanidad era bárbara y supersticiosa, y en la que los sacrificios humanos y el canibalismo habían sido prácticas comunes por parte de los sacerdotes idólatras, los druidas y los chamanes. Cosas del pasado, dirían muchos. Pero recordó que Baba le había hablado de monstruos que se alimentaban con la carne de los hombres.

Durante horas el faquih permaneció en la toldilla, haciendo cálculos, ajeno a todo, hasta que la nave empezó a dar violentos bandazos. La tinta con la que escribía se derramó y sus papeles cayeron al suelo. Las paredes de madera oscura de la toldilla daban vueltas a su alrededor. La tablazón del suelo subía, bajaba y oscilaba de un lado a otro. Todo lo que había en el camarote intentaba golpearle en la cabeza. Oyó gritos fuera. Se caló un sombrero embreado que pendía de un clavo y, dando un traspié, se dirigió hacia la puerta.

Lo que vio al abrirla lo dejó paralizado.

Frente a la Taqwa se levantaban unas escarpadas moles purpúreas. Se veía romper las olas contra sus orillas y las cintas de espuma que marcaban el contorno de unas afiladas rocas.

La nave estaba frente a la Montaña de Tarik, aquellas Columnas de Melqart de los tirios, donde empezaba el Océano Tenebroso. Las olas eran enormes y se estrellaban contra las bordas lanzando chorros de agua. El viento rugía y la carraca se elevaba y descendía bajo el impulso de las olas. Piri impartía órdenes a gritos entre los turcos. Varios Sarray intentaban retener la última ánfora de inyibar y así evitar que el agua fresca que contenía se derramara. Pero el recipiente de barro era sacudido de un lado a otro. Ignacio, ayudado por dos marinos turcos, sujetaba con fuerza la caña del timón, mientras reía como un loco de sus inútiles esfuerzos. Lisán apartó la vista de ellos y contempló a su amigo, Ahmed al-Sagir, que vomitaba, echado sobre la borda. Jamîl estaba junto a él, intentando socorrerlo, pero aparentaba estar tan aterrorizado y mareado como su amo.

Se lanzó hacia el furioso torbellino que barría la cubierta y corrió hacia su amigo atravesando aquella bamboleante superficie. Una gran ola se estrelló contra su costado, convirtiéndose en una cortina de espuma que cubrió por completo a Ahmed y al mawla.

– ¡Hermano! -gritó Lisán-, ¡no puedes quedarte aquí!

– Déjame -gimió Ahmed-. No deseo otra cosa que la muerte.

Vomitó de nuevo. El faquih lo tomó por el brazo y le dijo a Jamî

– Ayúdame a llevarlo hasta el alcázar.

Apoyado en Lisán y en su mawla, Ahmed caminó torpemente hasta un lugar más resguardado. Al pasar frente a Ignacio, éste les gritó:

– ¡Maldito seas, sarraceno! ¡Me has embarcado con un puñado de dueñas de fogón!

Ya a resguardo bajo la tablazón del alcázar, Lisán volvió sus ojos hacia el mar. La Montaña de Tarik se levantaba como una nube tempestuosa, suspendida amenazante a menos de un tiro de piedra de la carraca.

– Temamos a Allah con el temor que le corresponde -musitó-. Glorificado y altísimo sea…

Parecía que iban a estrellarse de un momento a otro contra aquel acantilado. Pero, de repente, se abrió ante ellos un horizonte despejado. Como por milagro, la mole rocosa se había alejado y ahora sólo una leve brisa rizaba la superficie del mar. A babor, la costa de África apareció y desapareció varias veces entre las brumas, como un espejismo, y luego se vieron navegando por mar abierto.

Una vez cruzado el estrecho, los turcos pudieron al fin subir a las jarcias y desplegar todo el velamen de la Taqwa. Lo único que Piri esperaba ya era un poco de viento de levante, o del norte, que les permitiera navegar más holgados en la derrota trazada por el faquih.

– ¡No tenéis ni idea de dónde os estáis metiendo! -gritó Ignacio.

– ¿Qué quieres decir? -le preguntó Lisán.

– No hay nada en el rumbo que has indicado. Nada.

– Estás equivocado. Lo que vamos a hallar no es algo que sobresalga de las aguas. Se trata de un río dentro del mar.

– ¿Una corriente marina? -bufó Ignacio.

– Así es. Situada a setecientas millas frente a nosotros.

– Entonces ya puedo jurar que vamos a morir todos.

– ¿Por qué? -preguntó Piri.

– Las corrientes son tan útiles como peligrosas cuando no se conocen bien. Yo navegué con los portugueses hasta Guinea. En varias ocasiones. La distancia que separa Guinea del Guadalquivir son mil setecientas leguas. En la ida los barcos se deslizan suaves, como un escupitajo al viento, y bastan veinte días para recorrerlas. Pero en el regreso se emplean cuatro meses o más. Y se necesita una buena fuerza de vela y vientos muy favorables, que no son frecuentes. ¿Sabéis por qué?

– Al regreso teníais que remontar esa misma corriente -dijo Lisán.

– Justo. ¿Y sabéis qué significa eso en nuestro caso?

El faquih empezaba a sentirse harto de los acertijos de aquel piloto borracho y maleducado. Sin paciencia para esperar la respuesta, empezó a dar media vuelta para regresar junto a Ahmed. Pero Ignacio lo retuvo por el brazo.

– La tierra de «Irás y no volverás», hacia allí nos llevas.

– Mantén la derrota. -Lisán se zafó-. Preocúpate sólo de eso.

– ¡Moriremos todos! -gritó, y dio un largo trago de vino.

Piri caminó junto al faquih y dijo:

– Ese hombre nos traerá problemas.

– No creo, pero… ¿de dónde saca tanto vino? Las botellas que compré en el zoco no pueden durarle tanto.

– Sin duda sobornó a alguno de mis hombres para que le trajera una buena provisión.

– Si sigue bebiendo de esa forma, pronto perderá la poca capacidad que aún conserva.

– Eso me preocupa. Yo me las arreglé perfectamente para pilotar la carraca hasta Granada, pero nunca he navegado más de tres días sin tener la costa a la vista.

– Los datos que tengo son muy precisos. No debes preocuparte por nada.

Piri lo miró con intensidad.

– Pero tú eres el único que conoce nuestro destino, el modo de trazar la derrota para ir hasta él y luego regresar. Baba debe de haberse vuelto loco, pero yo no estoy acostumbrado a depender tanto de alguien. Si te pasara algo, sería el final de todos nosotros.

– Recemos a Allah, alabado sea, para que eso no suceda -replicó Lisán-. ¿Puedo confiar en tus hombres?

El joven capitán turco asintió.

– Todos sabían exactamente a lo que venían -dijo-, y son fieles a Baba hasta la muerte.

– Con la voluntad de Allah llegaremos a nuestro destino -dijo Lisán.

Regresó al alcázar, junto a Ahmed y su mawla.

– ¿Cómo sigues, hermano?

Su amigo lo miró con ojos vidriosos. Estaba mortalmente pálido.

– No muy bien -le dijo con una voz casi inaudible-. No imaginé que esto iba a ser tan duro.

Jamîl cambió el paño empapado en vinagre con el que intentaba refrescar la frente de su señor.

– ¿Es que nunca te habías embarcado?

– Sólo durante el Hach. Nunca más tuve necesidad de salir de al-Andalus. Me decía que no podía haber nada en el resto del mundo que mereciera la pena el esfuerzo de abandonar mi tierra. -Sonrió con amargura-. Tendría que haberme mantenido fiel a ese principio.

– Este malestar pasará -le aseguró-. Es sólo cuestión de tiempo.

Jamîl volvió a cambiar el trapo con vinagre.

– ¿Cómo te encuentras tú? -preguntó Lisán al chico.

Éste lo miró y dijo:

– Bien, mi señor. Estuve malo hace un rato, pero ya pasó.

En aquellos ojos había el miedo y la incertidumbre que todos sentían, pero que la expresión del muchacho mostraba de forma clara.

– ¿Estás asustado?

– Sí, señor. Los turcos dicen que navegamos hacia el borde del mundo y que caeremos por una inmensa catarata sin fin.

– Eso no es verdad -dijo el faquih-. ¿Confías en mí?

– Sí, señor -afirmó el muchacho-. Sois el hombre más sabio del mundo. Así lo asegura mi amo…

– Ya no tienes «amos», hijo -dijo Ahmed con un hilillo de voz-. ¿Cuándo te acostumbrarás a eso?

Lisán miró de reojo a su amigo, que forzó una sonrisa en su rostro demacrado. Luego se volvió hacia Jamîl y le dijo:

– Ah, ¿sí? Pues en ese caso debes hacerle caso a tu señor y creer lo que te voy a decir. No hay bordes del mundo, ni cataratas. Vivimos sobre una inmensa esfera, navegamos sobre ella y podríamos rodearla y regresar al lugar del que partimos. Esto es algo que los hombres sabios conocen desde hace muchos años. Pero, en ocasiones, la gente lo olvida porque nuestros sentidos nos engañan al contemplar lo cercano. Pero somos como hormigas recorriendo la piel de una gigantesca naranja. ¿Lo entiendes?

– Sí, mi señor -dijo Jamîl. Su expresión indicó al faquih que el chico no lo entendía en absoluto, pero que sus palabras habían bastado para tranquilizar todos sus temores-. El mundo es una naranja.

– Eso es -sonrió Lisán.

Más tarde, al pasar junto al timón comprobó que Ignacio estaba charlando con uno de los Sarray más jóvenes.

– Si seguimos hacia el sur… -decía éste con bastante temor-, se dice que el aire se vuelve irrespirable.

Ignacio hizo una mueca despectiva y dijo:

– Todo eso son patrañas… Yo estuve en el castillo de San Jorge de la Mina del Rey de Portugal. Está debajo de la equinoccial y soy un buen testigo de que no es inhabitable. Justamente en esas aguas pude ver nadar a algunas sirenas…

– ¡Sirenas! -exclamó Hubal, que así se llamaba el andalusí.

– Así es, hijo. No son tan parecidas a las mujeres como las pintan en los grabados, pero no están del todo mal.

La nave siguió su curso. Al tercer día llegaron los vientos deseados y pudieron, al fin, navegar a todo trapo hacia el suroeste.

<p>14</p>

Fue en la noche en la que completó su Hach.

Tras las vueltas rituales en torno a la Casa Santa, Lisán había conseguido acceder a la Piedra Negra y la había besado con fervor. En ese momento, experimentó una emoción desconocida para él. Una sensación dulce, que calentó su espíritu como lo haría el humo del hachís. Un profundo bienestar pulsaba en su pecho, lo hacía plenamente consciente de la presencia de un Dios Único, Allah Ahad. La Esencia Divina que llenaba el Universo, transformándolo en un lugar amigable, acogedor, que endulzaba el aire que respiraba y penetraba en sus pulmones.

La multitud lo rodeaba como un único organismo palpitante que ocupara todo el Multazam, colmándolo, expandiéndose por unos lugares y encogiéndose por otros. Una anguila sin fin, que se mordía la cola y giraba sobre sí misma. Y él tuvo el fuerte deseo de estar solo para meditar sobre el significado de aquella intensa emoción que había experimentado.

Salió del patio pavimentado y caminó por la rambla. Sus pies hacían crujir la arena, y este susurro apagaba el ruido del gentío. Una casida antigua le daba vueltas por la cabeza, como una cancioncilla que se hubiera quedado pegada a su memoria. Cerró los ojos y empezó a recitarla en voz alta… Entonces notó el contacto, suave como la seda, de una mano sobre su espalda. Se volvió y se encontró frente a una mujer. La mitad de su rostro estaba oculta por un velo, pero tenía los ojos más negros y bellos que él hubiera admirado nunca.

– Señor, ¿qué era eso que susurrabas? -le preguntó ella.

Fascinado por su presencia, Lisán dijo:

– No soy un poeta, mi señora. Estos versos fueron escritos por uno de gran talento hace muchos años. Decían: Mi corazón quedó atado a la madeja de tu cabello desde antes de la Eternidad. Nunca se rebelará, ni aun después de la Eternidad; nunca romperá su pacto…

– ¡Qué extraño es oír algo tan hermoso! ¿Cómo pueden unos versos expresar tan bien lo que los ojos no alcanzan a ver? Di, mi señor, ¿qué dijiste después de eso?

– Tu amor se ha plantado en mi corazón y en mi alma de tal manera que, aun perdiendo la vida, mi amor permanecería…

– Aun perdiendo la vida, mi amor permanecería… -repitió ella-. Ésa es la verdad: el amor es un mensaje de lo Eterno, escrito en el propio tejido del alma humana. El amor es inmutable y trascendente, como la bóveda celeste, y nos recuerda que la inmortalidad no es algo que queda fuera de nuestro alcance…

Lisán asintió, paralizado por la emoción de tener enfrente a una criatura tan hermosa y tan sabia. Ella le hizo una reverencia y dijo:

– Que Dios te guarde, mi señor.

Sin que Lisán pudiera hacer nada para retenerla -en su recuerdo siempre sentía sus miembros entumecidos, aunque deseaba correr tras ella-, la mujer siguió su camino. Pasó junto a él y se alejó hasta perderse entre la muchedumbre.

Cuando él reaccionó, rodeó el templo una y otra vez, buscándola entre todos aquellos rostros indiferentes, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Pero nunca más volvieron a encontrarse. No llegaron a cruzar ni una palabra más, y sólo le quedó el recuerdo de su voz, de aquel contacto breve de su mano, y de aquella mirada… Seguía soñando con sus ojos, dedicándoles torpes casidas que jamás mostraba a nadie. Y, después de tantos años, seguía fascinado por aquel instante de absoluta perfección: la certeza de la presencia de Dios, un sendero tranquilo en medio del tumulto, unos versos y la mirada de unos ojos que le daban sentido a todo. ¿Podría encontrar otra vez un sentimiento comparable?

Dicen que el grano que germina antes de ser sembrado nunca llega a madurar. Quizá por eso se había envuelto en una vida oscura, sin apenas relacionarse con sus semejantes. Sin ningún interés más allá de sus libros y de sus sueños irrealizables. Sueños como el que le había llevado a bordo de aquel barco.

Ahora recorrían unas buenas cien millas diarias y el tiempo pasaba lento entre guardias, trabajos de manutención y reparación. Unas jornadas tranquilas, apacibles, mientras la carraca navegaba segura a barlovento. El propio cuerpo de Lisán iba cambiando a medida que pasaban los días, sus articulaciones se acostumbraban a la humedad y dejaban de doler. Aprendía a disfrutar de los placeres más sencillos, como un chubasco pasajero que le lavara el salitre de las ropas o le proporcionara un trago de agua dulce y fresca. Y tenía todo el tiempo del mundo para sus recuerdos.

Los turcos vivían entregados a su trabajo, sin apenas mezclarse con los andalusíes, pues la mayor parte de ellos no hablaban otra cosa que el osmanlí. Hacían tres guardias diarias para realizar las distintas labores de a bordo. En cada una de ellas debían estar listos para maniobrar con el aparejo en caso de cambios bruscos en dirección e intensidad del viento y debían realizar el lavado de toda la cubierta, para mantenerla con una humedad constante y evitar que se secara y resquebrajara por el sol.

Los Sarray disponían de todo el tiempo libre. Jugaban a los dados, discutían o fumaban pipas de hachís, del que parecían haber traído una buena provisión. También dedicaban muchas horas del día al cuidado del acero de sus armas, limpiándolas y engrasándolas para evitar que el salitre del mar las enmoheciera.

Nadie es más elegante que un Banu Sarray, pensaba Lisán, admirando el porte de aquellos hombres. Siempre andaban perfectamente ataviados con sus exquisitos brocados y sus turbantes de muselina, lo que era un poco incongruente en aquella cubierta atestada. Ante la imposibilidad de lavarse a diario, usaban perfumes que habían traído en diminutos y preciosos frascos. Los turcos se burlaban pinzándose las narices al acercarse a los Sarray, como si fueran incapaces de soportar aquel olor.

Ahmed se había ido recuperando poco a poco del malestar que le ocasionaba la inquieta superficie de la nave, pero sabía que nunca se acostumbraría por completo, pues hay hombres cuya naturaleza parece ser contraria al mar. Al menos había aprendido a mantener la comida en su interior, y eso, de momento, era más que suficiente. Lisán intentaba animarlo conversando largas horas con él, tumbados en la cubierta de popa, suspirando por que se levantase algo de brisa.

– Se diría que estamos solos en el mundo, ¿no crees? -Ahmed señaló a lo lejos con el brazo extendido-, que el resto de las cosas han desaparecido y que sólo quedamos nosotros a bordo de esta vieja nave…

Ciertamente, era extraño descubrir los límites de lo humano que establecía la propia carraca. Cuerda, madera, nudos y seres humanos… y más allá un inmenso azul donde éstos no podrían sobrevivir ni un instante sin la ayuda de aquel artefacto.

– Cada vez estamos más lejos de la tierra conocida… -añadió-, y la desolación parece extenderse sin fin frente a nosotros… Se diría que estamos entrando en un universo vacío.

– No, hermano -dijo Lisán. En medio de la inmensidad del mar todo cobraba un nuevo sentido-. Tal cosa no es posible. Fíjate en esta nave -dijo mientras miraba hacia la selva de jarcias que sostenían los mástiles y a los turcos que trabajaban en lo alto-, es sin duda una de las máquinas más complejas inventadas jamás por el hombre, un laberinto de cabos, de centenares de juegos de poleas usados para levantar las vergas y enfocar las velas hacia los vientos. Cada pieza tiene su importancia en función de las demás; ninguna está aislada; ninguna trabaja sola; todas son la Taqwa, la máquina que nos mantiene vivos. La inmensidad nos rodea, es cierto, pero también es tranquilizador pensar que todos y cada uno de nosotros…, incluso el vizcaíno -sonrió-, participamos de Allah, como las olas forman parte del océano. Somos pequeños, es cierto, pero existimos. Y, en nuestra pequeñez, somos capaces de enfrentarnos a los mayores desafíos. Gracias a Allah, alabado sea.

Ahmed le devolvió la sonrisa y apretó con cariño la mano de su amigo.

Siguieron hablando. Algo más tarde, Jamîl se puso en pie, interrumpiéndolos.

– ¡Mirad, señores! -gritó.

Lisán y Ahmed se volvieron hacia la dirección que señalaba el muchacho y ambos dejaron escapar una exclamación de sorpresa. Un grupo de ballenas se agitaban hacia el sur, delatando su ruta las vistosas bandadas de aves marinas que las seguían para aprovechar cualquier resto de sus cacerías. Una de gran tamaño nadó directa hacia la nave, con su cuerpo dibujado por manchas blancas y negras y unos ojos malévolos que todos pudieron distinguir con claridad. Parecía que su intención era chocar contra la Taqwa, pero empezó a sumergirse cuando llegó a un tiro de piedra de la proa. Turcos y andalusíes corrieron hasta el alcázar y la vieron hundirse tranquilamente a través del agua, hasta que desapareció en el abismo verde.

Algunos turcos habían gritado nerviosos desde lo alto de las jarcias, cuando pareció que el monstruo marino iba a cargar contra la nave. Yusuf ibn Sarray rió con los brazos en jarras, rodeado por sus hombres.

Están tan asustados como los turcos, comprendió Lisán, pero son demasiado orgullosos para demostrarlo.

De repente fue sobresaltado por el violento remolino que había aparecido junto a la nave. Se volvió en aquella dirección, a tiempo para ver cómo la ballena surgía de las profundidades. Dio un salto impresionante, sacando casi todo su cuerpo fuera del agua, y al caer chocó con violencia contra la superficie del mar, produciendo un tremendo ruido. Se sumergió y empezó a nadar alrededor de la carraca. Todos corrieron de una borda a otra para observarla y uno de los turcos le lanzó un palo que la bestia atrapó con los dientes y partió en dos.

– ¿Con qué os perfumáis, andalusíes? -gritó Dragut entre carcajadas-. Debe de ser una esencia muy cara, pues hasta los peces salen del agua para oleros.

– Me pregunto qué se ponen sus mujeres -dijo otro de los turcos.

– Sí -rió Dragut-. No me imagino que puedan oler mejor que ellos.

Yusuf ibn Sarray había saltado en busca de su arco. Colocó una flecha en él y lo tensó. Apuntó a la bestia. Disparó. El dardo se clavó en el lomo de la ballena. Ésta no pareció darse cuenta de la herida, pero los Sarray vitorearon entusiasmados a su capitán. Yusuf volvió a tensar el arco y disparó una nueva flecha que también se clavó en la criatura, que se alejó entonces del barco con los dos dardos sobresaliendo de la superficie del agua.

– ¡Menudo monstruo! -exclamó Lisán admirado.

El mameluco, que estaba junto a él, lo miró y dijo:

– Pensé que no creías en los monstruos, faquih.

Bajo su mostacho asomaba una sonrisa cínica. Lisán recordó su conversación en el alcázar, antes de que Ahmed regresara con los Sarray. No habían vuelto a tocar el tema desde entonces, pero la alusión de Baba era una clara invitación a hablar.

– Bueno -dijo Lisán-, de esas cosas quizá tengas mayor conocimiento que yo.

– Es posible, faquih.

– Muy bien. -Lisán se cruzó de brazos y lo miró desafiante-. En ese caso, dime si sabes algo de la tierra a la que nos dirigimos que yo ignore.

– Creo que sí.

– ¿Me hablarás de ello ahora?

Baba se atusó el mostacho y preguntó a su vez:

– ¿Me permitirás ver tus cartas de navegación?

Lisán estuvo a punto de negarse, pero reconsideró su postura. Había tenido buen cuidado de no traducir las anotaciones que contenían las cartas, así que eran incomprensibles para todos excepto para él, que era el único hombre a bordo capaz de leer los caracteres tirios.

Pero Baba le había asegurado que podía leer los símbolos egipcios…

Claro que, en ese caso, ¿por qué se preocupaba? Cuando estuvo en la playa, solo con el mameluco y los turcos, bien podrían haberse apoderado de sus documentos sin ninguna dificultad. No tenía sentido que Baba hubiera esperado a estar en alta mar para hacerlo. ¿O sí?

Necesitaba tiempo para pensar en todo aquello.

– Mañana temprano -le dijo al mameluco-. Ahora hace demasiado calor dentro de la toldilla.

– Cuando gustes -dijo antes de dar media vuelta y regresar con sus hombres.

<p>15</p>

Como cada mañana, Lisán se levantó una hora antes de la primera oración y atravesó la cubierta sorteando a los durmientes. Parecía atestada, a pesar de que un tercio de la tripulación debía permanecer en pie, de guardia nocturna. Pero, al tenderse, el cuerpo humano ocupa más espacio, y la superficie disponible sobre la Taqwa era escasa.

En la caña del timón, iluminado por la luz de un candil de aceite de oliva, montaba guardia uno de los turcos. La ampolleta situada junto a él era un reloj de arena destinado a controlar la duración de la guardia y, más importante aún, a calcular el tiempo para la estima de la navegación, pero el faquih le había añadido un ingenioso mecanismo que le permitía contar las vueltas que la ampolleta había dado. Las anotó con cuidado y devolvió el contador a su posición inicial.

La noche era fresca y el aire muy agradable, pero pronto amanecería. Hacía varios días que soportaban tanto calor que el alquitrán hervía en las junturas de la cubierta. El sol calentaba implacable, el mar estaba tranquilo y ni el viento más frío hubiera podido disipar por completo la calina que reflejaban las aguas. Era una delicia cuando al fin llegaba la noche y la nave se deslizaba en silencio por aquellas aguas negras.

Pero algo en el cielo nocturno preocupaba a Lisán. Se trataba de la estrella que había visto por primera vez en la playa; en el transcurso de los días su brillo había ido creciendo en intensidad y había desarrollado una larga cola plumosa. Un cometa, lo que para todo el mundo a bordo tenía un significado siniestro y establecía un mal augurio para la travesía. Los sabios Aristóteles y Ptolomeo creyeron que aquellas luces eran simples irregularidades de la atmósfera terrestre. Su paisano Séneca, en cambio, pensaba que eran cuerpos celestes independientes, como las estrellas o los planetas y que viajaban como éstos por la bóveda celeste. Y no hacía mucho que había leído el opúsculo de un tal Regiomontano, que confirmaba esta opinión e incluso aseguraba haber logrado medir su diámetro angular.

Pero en el texto de las planchas plúmbeas se hacía referencia a un cometa que había anunciado la venganza de los dioses, y eso significó la desaparición del más poderoso imperio de su tiempo. Se preguntaba qué relación podía tener aquella presencia en el cielo con todos los acontecimientos que se habían producido en su vida durante los últimos años. No lo sabía, y toda su ciencia no era suficiente para dar respuesta a esa pregunta.

Alejando esos temores de su mente, decidió seguir con su trabajo de cada mañana. Usó un kamal, también de fabricación propia, para medir la altura de la estrella Polar. El instrumento era un sencillo rectángulo de madera, de un par de pulgadas de longitud y una pulgada de ancho, con un cordel fijado en el centro del mismo, con nueve nudos situados a determinadas distancias unos de otros. Para medir la altura de la Polar, Lisán sujetó la cuerda con los dientes y colocó la tabla perpendicular a sus ojos, haciendo que su borde inferior coincidiera con el horizonte. La fue alejando, extendiendo el brazo, hasta que el borde superior coincidió con la estrella. El nudo que quedó entonces entre sus dientes le daba la latitud que buscaba medida en isbas, dato que el faquih anotó de inmediato en el papel que siempre guardaba entre los pliegues de su ropa.

– Se diría que nos sigue en nuestro viaje…

Era Baba. Había surgido de la oscuridad, envuelto en su manta de dormir.

– ¿A qué te refieres?

– El cometa. -El mameluco señaló el arco de luz en el cielo-. ¿Tú también piensas que es el anuncio de nuestra desgracia?

Lisán se preguntó si llevaría mucho tiempo observándolo trabajar.

– No tiene por qué ser un signo infausto -le respondió.

– Pero sin duda señala algo. Los cometas siempre son el anuncio de algún acontecimiento importante. Se dice que hubo un gran cometa sobre el cielo de Constantinopla la noche en que la ciudad cayó.

– Pero ¿qué significa eso? Lo que fue una gran desgracia para las gentes de Constantinopla, resultó, en cambio, un acontecimiento feliz para las del ejército otomano.

– Así es -dijo Baba-. En cualquier caso fue una jornada en la que se derramó mucha sangre. Muchas mujeres de ambos bandos lloraron la pérdida de sus hijos o esposos.

Lisán hubiera querido poder leer sus pensamientos.

– Eso es cierto -dijo.

Baba miró hacia lo lejos. Justo antes del amanecer el mar era una inmensa extensión negra con algunas fantasmales fosforescencias escabulléndose alrededor de la carraca.

– ¿Cómo puedes orientarte en medio de esta inmensidad?

– Se trata de aplicar las ciencias de la astronomía, la trigonometría y la geometría.

– Parece cosa de magia.

– Es sólo ciencia. Y muchas de estas técnicas ya eran conocidas por los antiguos griegos, aunque los navegantes del Mediterráneo las hayan olvidado. Lo único que hay que hacer es calcular la altura de la estrella Polar, aplicar las tablas y realizar un cálculo que nos diga nuestra posición. No es demasiado complicado.

– Asombroso -admitió Baba con tranquilidad-. Pero de esa forma sólo tienes el punto de altura, ¿cómo obtienes el punto leste-oeste? [10]

El faquih alzó la vista hacia el mameluco y lo miró durante un rato sin decir nada. Aquel hombre le había demostrado de nuevo que sabía mucho más de lo que dejaba entrever. Esto ya se había convertido en algo habitual, pero cada vez le preocupaba más.

– ¿Cómo sabes que conozco el punto leste-oeste?

– Tengo esa sensación, por la seguridad que demuestras en la estima de la navegación. Y no creo que sea sólo por la precisión de esa ampolla de vidrio que has colocado en el cuarto del timón. ¿Me equivoco?

– No te equivocas.

– Pero calcular con exactitud el punto leste-oeste es imposible, ¿no?

– Al parecer no lo es. Y ésa fue la clave que me demostró el verdadero valor de los textos tirios que traduje. Sabes de lo que estamos hablando, ¿no? A diferencia de la altura, vinculada al círculo máximo de la Tierra, el punto leste-oeste se mide con relación a un punto fijado arbitrariamente. Se suele usar Bagdad o Jerusalén. Se requieren dos mediciones: una del tiempo local y otra del tiempo en el lugar de referencia. La diferencia entre ambos puntos nos daría de inmediato la diferencia del «punto fijo», a razón de trescientos sesenta grados cada veinticuatro horas, pero en la práctica es imposible saber la hora local y la hora de referencia simultáneamente, porque no tenemos relojes tan buenos.

– ¿Y los antiguos tirios sí los tenían?

– Así es. Se trata de un reloj de gran precisión que está en los cielos, una estrella que varía cada dos días y veinte horas. Su brillo disminuye para luego volver a brillar con su intensidad habitual. Y, además, hay otros astros a su alrededor para poder comparar estos cambios. Es bien conocida por los astrónomos de Bagdad, aunque no imaginaron que era posible usarla como referencia para calcular el punto leste-oeste.

– ¿Qué estrella es ésa?

– Ra's al Ghul. [11] -La señaló en el cielo. Era un astro insignificante, un punto de luz rojiza que jamás hubiera llamado la atención de Baba.

– Fascinante -dijo, con una expresión extraña en su rostro-. Se podría pensar que es otro signo nefasto.

Lisán se encogió de hombros y volvió a su trabajo.

– La verdad -dijo- es que siempre es posible hallar signos nefastos allá donde mires. Sorprende ver cómo esa estrella va apagándose poco a poco para luego volver a brillar, como si resucitara de entre los muertos. Los eruditos tirios dejaron registradas sus variaciones… durante centenares de años.

Baba asintió, admirado.

– Me descubro ante tu sabiduría, Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan.

– Hazlo ante la sabiduría de esos hombres del pasado.

Lo cierto es que le costaba trabajo admitir que aquellos paganos, capaces de adorar a demonios y hacer sacrificios humanos, poseyeran más conocimientos que los sabios más adelantados de su tiempo. Pero así era. Para medir la variación de la luminosidad de aquella estrella, Lisán utilizó un instrumento muy sencillo, que había encontrado descrito en las planchas plúmbeas, junto a las tablas de variaciones. Se trataba de un disco de cobre con varios agujeros de diferente calibre taladrados en su superficie. No era difícil de usar. Bastaba hacer coincidir la estrella con varias de aquellas perforaciones para precisar los cambios en su luz.

Hizo varias mediciones y luego se volvió hacia el mameluco.

– De acuerdo -le dijo-. Te mostraré ahora lo que guardo en la toldilla.

Lisán abrió la puerta, que siempre mantenía bajo llave, y entraron juntos en el camarote en penumbra.

Tras encender una lámpara de aceite, sacó varios rollos de papel de una alacena y los extendió sobre la mesa situada en el centro.

El mameluco contempló la carta admirado y siguió con sus dedos los contornos dibujados con precisión sobre el fino papel.

– ¿Has calcado esto directamente de las planchas de plomo?

– Así es.

Baba se detuvo a observar los caracteres tirios reproducidos.

– Es maravilloso -dijo.

– ¿Los… entiendes? -preguntó Lisán con cautela.

Baba alzó la vista y lo miró a los ojos.

– No. Si así fuera no hubiera tenido la necesidad de traerte en este viaje. ¿No crees?

– Ya había pensado en eso. Pero afirmaste que podías leer los caracteres del Antiguo Egipto.

– Ciertamente.

– ¿Cómo aprendiste?

– De una forma diferente de como lo hiciste tú. Alguien me enseñó.

– ¿Quién?

Baba hizo un gesto vago con la mano.

– Carece de importancia ahora. Está muerto…

– Para mí sí la tiene. ¿Quién era?

– Es difícil de decir. Un hombre que guardaba memoria de tiempos muy remotos.

– ¿Cómo es eso posible?

– Me habló de una serie de plagas que asolaron la nación de Egipto, y de cómo un destacamento de soldados del faraón pereció ahogado mientras perseguía a unos esclavos fugados, cuando una gran ola barrió la costa…

– ¿Se trata de los mismos acontecimientos que citan el Corán y la Biblia?

– Es posible. Él me habló de la destrucción de Thera y afirmó que las plagas allí mencionadas tienen su explicación en esa catástrofe que sacudió el mundo antiguo: las tinieblas que cubrieron el cielo, las aguas rojas, la lluvia de piedras…

– Pero eso sucedió hace miles de años. ¿Cómo podría un hombre ser testigo de ello y seguir viviendo?

Baba no le respondió. Sólo lo miró enigmáticamente.

– También me entregó esta joya… -dijo, mientras tiraba de la cadena de oro que siempre colgaba de su cuello. Descubrió un gran medallón dorado con forma de disco y con el borde dentado-. Fíjate en esos grabados… ¿Dirías que tienen relación con los caracteres que tú descifraste?

Lisán estudió el medallón haciéndolo girar entre sus dedos. Era de oro y por lo tanto parecía que el tiempo no lo hubiera rozado, que hubiera sido tallado sólo unos días antes. Pero algo le decía que era el objeto más antiguo que jamás habían tocado sus manos. Contó doscientas sesenta muescas en su borde, cada una de ellas marcada con una combinación de símbolos sencillos. Un sistema de numerar, supuso de inmediato, un punto, dos puntos… y la raya horizontal significaba cinco. En la superficie había otros cuatro símbolos que estaban formados por círculos con círculos menores intersecados. El primero por su lado superior. El siguiente por el derecho. Otro por su lado inferior y el último por el izquierdo. Cuatro dibujos diferentes, que se repetían una y otra vez, hasta formar un anillo. En su centro estaba engarzada una piedra de lapislázuli.

– No es escritura egipcia…

– Eso ya lo sé.

Lisán alzó el disco de oro y miró a través de la gema azul.

– Parece un instrumento para situar estrellas en el cielo, semejante al que yo he construido.

– ¿Es posible? -preguntó el mameluco.

– Pero no logro entender su propósito -dijo Lisán mientras le devolvía el disco de oro a Baba.

– No, quédatelo. Quizá si lo estudias con más calma puedas descubrir algo sobre él.

El faquih asintió y se colgó el disco del cuello.

– Ahora, dime: ¿quién era ese hombre del que aprendiste tantas cosas?

– Es cierto que aprendí mucho de él -dijo Baba sin responder a la pregunta-, pero no el modo de viajar hasta la tierra situada al otro lado del mar. Por eso fui muy afortunado al encontrarte.

– ¿Te habló de la tierra hacia la que nos dirigimos?

– Así es -dijo el mameluco-, un mundo desconocido que está frente a nosotros, esperándonos. Y tú sabes cómo llegar a él.

– Dime quién era ese hombre. Dime quién eres tú.

Baba negó moviendo su cabeza.

– No lo haré, faquih. Si supieras quién soy, te negarías a continuar este viaje en mi compañía. Antes te arrojarías al mar que seguir respirando el mismo aire que yo respiro.

– Eso es absurdo.

– Piensa lo que quieras -respondió Baba atusándose el bigote-. De momento, basta con saber lo que ya te he contado. Tú tienes tus secretos guardados en esos caracteres que sólo tú entiendes, y yo tengo los míos. Debemos continuar nuestro viaje y quizás algún día podamos confiar plenamente el uno en el otro.

Así lo haré, asintió Lisán para sí. Para bien o para mal, ya he elegido mi camino.

Cualquier posibilidad de reconsiderarlo había quedado muy atrás.

Y se alejaba más a cada instante que pasaba.


Y ¿cómo sabrás qué es el astro nocturno?

Es la estrella de penetrante luz.

No hay nadie que no tenga un guardián.

At táriq, 2-4



1

<p>1</p>

Se decía que los fieles de al-Andalus intentaron recrear el Paraíso en sus ciudades, para alegrar los ojos y satisfacer los espíritus antes del paso a la otra vida.

Sin duda que así debió ser, pensó Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin.

Tras una larga ausencia de su país, se sentía dichoso de volver a pisar aquellas callejuelas confinadas por paredes encaladas. Paseaba por el zoco de las especias, entre dos filas de diminutas tiendas que exhibían sus productos apilados en cestas y lebrillos; especias de colores abigarrados y olores densos, jengibre, comino, cardamomo, cúrcuma, traídas desde el Lejano Oriente, que los comerciantes competían en anunciar con gritos nasales. Toldos, sacos tensados por cuerdas y tablas de madera, preservaban a los transeúntes de los rayos solares. Unos pocos se filtraban, sin embargo, por las rendijas e iluminaban a la bulliciosa multitud que allí se amontonaba. Los hombres llevaban blancos almaizares y turbantes de muselina, las mujeres lucían qassis de seda tornasolada y se adornaban con ricos collares, brazaletes, tocas bordadas de plata; y, en los tobillos, ajorcas de oro y plata.

Lisán saludaba a los numerosos amigos con los que se iba encontrando, a los que no había visto en dos años. Ellos insistían en narrarle las últimas noticias sobre la guerra con los infieles, de modo que la reciente caída de al-Hamma estaba en boca de todos. Pero él no quería oír hablar de guerras o desgracias en un día tan hermoso como ése, en el que el cielo era una cúpula azul brillante sobre la Alhambra, el verano llamaba ya a sus puertas, y el aire era tan perfumado como la esencia más cara de Damasco.

A mediados del año 890 tras la hégira, el reino de Granada se encontraba asediado por los castellanos. No podían esperar el auxilio de los hermanos musulmanes del otro lado del estrecho, como tantas veces en el pasado, pues los maniníes estaban en guerra con sus tutores wattasíes y a los hafshíes les era indiferente el destino de al-Andalus. Por lo tanto, todos presentían que el fin estaba cercano. Y lo asombroso era que Granada lucía llena de vida; como una joya preciosa o como una luz que, antes de extinguirse, arroja un último destello intenso y puro.

Lisán siguió paseando por los demás tenderetes, entre las pasas de moscatel de Málaga y las jarras de miel de Shaqunda, entre los puestos de avellanas y nueces, hasta acabar en la plaza de los vendedores de vino. Allí le llegó el olor amargo de la cerveza y el dulzón de los jarabes de lima, de achicoria o de rosas. Pero todos ellos eran dominados por el ácido aroma del vino.

Algunos dhimmis subían a la medina sólo para conseguir vino libre de gabelas y andaban allí mezclados con los fieles. Lisán tuvo que abrirse paso entre ellos para comprar en uno de los puestos. Lo hizo con total confianza, pues adquirir bebidas alcohólicas no tenía nada de extraño en aquella ciudad tan hedonista y tan entregada al disfrute de lo prohibido.

Sin embargo, para su sorpresa, alguien le salió al paso y le censuró su acción:

– ¿Tanto han cambiado tus costumbres, hermano, en el tiempo que has pasado entre los infieles?

Su interlocutor era un hombre de corta estatura, de cara redonda y barba frondosa, con buenos colores en las mejillas. Llevaba un silham de lana blanca sobre los hombros, como un manto, y se cubría con un caro turbante de muselina. Su voz parecía afectada de seriedad, pero sin duda bromeaba, porque era su viejo amigo Ahmed al-Sagir ibn Yusuf ibn Nadîm.

Felices ambos de estar juntos después de tanto tiempo, se abrazaron y besaron con iguales muestras de emoción y cariño.

– ¡Alabado sea Dios! -dijo Ahmed con lágrimas en los ojos-. ¿Dónde has estado, hermano? ¿Cómo has podido vivir lejos de Granada y de la gente que te ama?

– Tengo mucho que contarte, Ahmed, acompáñame a mi casa y te hablaré de lo sucedido en estos años.

Ahmed al-Sagir señaló la bolsa de cuero, en cuyo interior Lisán había guardado las botellas de arcilla llenas de vino, y dijo:

– Hermano, tantas veces te invité a mi casa y te pedí que probaras el caldo de mis viñedos, a lo que tú siempre te negaste, y ahora compras un vino de dudosa calidad a un oscuro comerciante del zoco.

Su tono era de reproche, pero su mirada seguía siendo divertida. Lisán bajó la vista hacia su mano izquierda, la que sujetaba la bolsa de cuero.

– ¿Esto? -dijo sonriendo por la confusión de Ahmed. La alzó, haciendo sonar los recipientes de su interior-. Pero no son para mí, hermano. Acompáñame a mi casa y allí te lo cuento todo.

Ahmed al-Sagir, intrigado, lo siguió.

– Eres un hombre singular, Lisán -dijo-, y siempre me reservas las más extraordinarias sorpresas. ¿De qué se trata esta vez?

Salieron del zoco y se internaron en las callejas orientales hasta abandonar la medina por una de sus puertas. Rodearon la muralla blanca de la Alhambra y cruzaron el puente camino hacia las almunias. Lisán era una cabeza y media más alto que su amigo, más proporcionado de formas, con los ojos azules y algunas hilachas blancas en su barba recortada con cuidado. Vestía un sobrio khirqa [3] como reflejo de su dignidad.

Su casa no quedaba muy lejos. Estaba muy bien situada sobre una colina cercana a las murallas, uno de cuyos lados miraba a las huertas y el otro hacia el Albaizín. Era muy antigua. Había pertenecido a los Banu al-Jatib desde hacía incontables generaciones y el producto de sus huertas había gozado de merecida fama en otros tiempos. Aunque en ese momento los campos parecían abandonados y los utensilios de labranza estaban cubiertos de orín.

Atravesaron el zaguán, donde un criado les ofreció como bienvenida una jarra de agua fresca. Luego accedieron a un patio sin techar que se situaba en el centro de la casa. Tanto arriba como abajo, el acceso a las habitaciones se hacía desde un corredor interior cubierto que daba al patio. Las columnas que lo sostenían eran de piedra y estaban coronadas de bellos capiteles corintios, que ya estaban allí cuando se construyó la casa sobre una villa romana.

Un anciano aguardaba mientras comía higos sentado a la sombra de una de las columnas. Era un infiel de aspecto andrajoso, con una barba desflecada y una dentadura llena de mellas. Se puso en pie y se acercó a ellos. Tenía una mirada ansiosa en su único ojo. El otro era una grosera réplica de cerámica, tan falso como el ojo de una muñeca.

Ahmed lo miró atónito, sin entender nada. El viejo, ignorándolo, se dirigió a Lisán.

– ¿Lo has traído? -preguntó.

Lisán le tendió el saquito de cuero. El infiel se lo arrebató y rebuscó en su interior con manos nerviosas. Rió entre dientes cuando tuvo una de las botellas ante su ojo. Le quitó el tapón de lacre y tomó un trago tan largo que debió de vaciar la mitad de su contenido. Eructó mientras se limpiaba la boca con el dorso de la manga.

Luego alzó la botella en un descarado brindis hacia los dos moros.

– A vuestra salud -dijo.

Lisán se inclinó levemente hacia él y le respondió:

– Allah, alabado sea, protege a quien habita en Granada, porque ella alegra al triste y acoge al fugitivo.

El infiel se encogió de hombros, dio media vuelta y regresó a su sombra sin soltar ni un instante el saco con las botellas. Ahmed, que estaba desconcertado, empezó a decir:

– Lisán… ¿quién…?

– Te lo voy a explicar todo, hermano, pero sígueme.

Caminaron a través del patio, hasta una sala cerrada por una gruesa puerta de madera y guardada por siete cerraduras, que Lisán abrió, una tras otra, con el manojo de llaves que llevaba colgado del cinto. Era su laboratorio, que ocupaba toda un ala de la casa. Un lugar aireado y limpio, dispuesto en la orientación precisa para atraer las emanaciones espirituales y la radiación cósmica proyectada sobre la Tierra desde las siete esferas de los planetas. Así lo aconsejaba la sociedad sufí de filósofos y científicos conocidos como los Ijuán al-Safa, los Hermanos de la Pureza.

A diferencia de otras escuelas filosóficas, cuyos tratados estaban llenos de frases herméticas y significados ocultos, los Ijuán al-Safa buscaban por encima de todo la claridad y el que sus conocimientos fueran asequibles para los no iniciados. Desde los tiempos de ibn Masarra, se miraba con recelo el esoterismo en al-Andalus, pero allí no había nada perverso. Ni pentáculos ni huesos, telas de araña o polvo, ni ignorados animales disecados. Al contrario, era un lugar agradable, relajado, donde Lisán podía pasar las horas de trabajo y estudio con comodidad, cuyas paredes estaban cubiertas por una completa biblioteca con estantes diferenciados para libros, pergaminos y papiros. Destacaban los ejemplares del Rasâ'il, los libros cardinales de los Ijuán al-Safa, de los cuales catorce eran tratados de matemáticas y de lógica, diecisiete de ciencias naturales, diez de metafísica, once de alquimia, mística, astrología y música.

Ahmed al-Sagir se sentía fascinado por aquel lugar que emanaba sabiduría y ciencia. Aunque la mayor parte de las veces apenas lograba vislumbrar el propósito de los experimentos que Lisán realizaba allí, su amigo siempre tenía algo asombroso para mostrarle. En un extremo del laboratorio, en el suelo junto a una alacena, había un gran bulto cubierto por un paño verde. Lisán retiró el trapo y descubrió ante los ojos de Ahmed un viejo cofre de un par de codos de ancho.

– Hace varios años -explicó el faquih mientras recorría con la mano los extraños signos grabados en la superficie del cofre-, los albañiles lo encontraron mientras trabajaban en la construcción de este laboratorio y removieron unos cimientos excavados en tiempos de los romanos…

– En ese caso puedes afirmar que es un objeto antiguo de verdad.

– Así es.

– Pero… ¿qué contiene?

El faquih abrió el cofre. Estaba repleto de planchas de plomo, bastante delgadas y labradas con símbolos extraños, similares a los de la tapa. Esperó a que Ahmed las estudiara con calma y tocara con sus dedos la superficie de aquellas láminas. Los símbolos, grabados presionando el metal con algún objeto punzante, estaban cubiertos por una fina capa de polvo de plomo.

– Mientras cavaban -siguió Lisán- dieron con un murete enterrado de argamasa durísima y piedras de río. Dejaron entonces los azadones y, con martillos y escoplos, empezaron a picar aquel escollo imprevisto. Al cabo de un rato lograron cortar un gran fragmento del muro y, tras arrastrarlo fuera con ayuda de las mulas, se encontraron con la entrada a una pequeña bóveda enterrada. Cuando me avisaron, yo estudié su descubrimiento. Dos fragmentos de columna fijaban la entrada de aquella cripta, que no mediría más de seis codos de profundidad por dos y medio de altura.

»Y, en el interior de aquella bóveda en miniatura, estaba el cofre.


2

<p>2</p>

– Empecé a investigar en la historia de mi familia. Mi antepasado Cornelio Valeriano ejercía la magistratura en los municipios flavios y fue destinado a esta comarca. Dejó su casa en la ciudad de Sexi para instalarse aquí. Creo que trajo consigo ese cofre desde la costa y lo enterró en los cimientos de la casa que mandó construir como sortilegio de la buena suerte. Los romanos eran muy supersticiosos y acostumbraban hacer este tipo de cosas.

»Al menos, ésa fue mi teoría, aunque el contenido del cofre no me dio más pistas. En su interior, descubrí esas planchas de plomo cubiertas de inscripciones y algunos dibujos. Representaban el trazado de costas extrañas, cruzadas por líneas que indicaban la dirección de los vientos. Desde un primer momento, supuse que las inscripciones eran alguna forma de escritura. E incluso llegué a identificar treinta caracteres distintos que formarían un alfabeto. Pero fui incapaz de componer una sola palabra entre todo aquel enredo de símbolos extraños.

»Me costó mucho darme por vencido y aceptar que era imposible descifrar una lengua desconocida a partir de un alfabeto no menos desconocido. Palabras incomprensibles, escritas en un idioma remoto; un cofre cerrado con una llave que se había perdido en el tiempo.

»Acabé por olvidar aquel enigma que tanto me había obsesionado. Me dediqué a otros asuntos que me parecieron menos estériles y que ocuparon mi atención durante muchos años.

»Hasta aquel día en el que el cherif Alí al-Hacam montó una de sus famosas subastas de libros. Se dice que un antepasado de Alí acompañaba al califa Omar cuando éste ordenó quemar la biblioteca de Alejandría y que logró salvar de las llamas un buen número de valiosos ejemplares. No sé si la historia es cierta o no, pero cada vez que Alí anda escaso de dinares anuncia una gran subasta para regocijo de todos los eruditos de Granada.

»Asistí, como tengo por costumbre, y estuve ojeando los ejemplares antes de la puja. Allí vi uno de los famosos tratados de Aristarco de Samos, donde se afirma que la Tierra es un planeta más que orbita el Sol y que las estrellas son otros soles pero situados a una enorme distancia. Y el manual de Herón de Alejandría para la construcción de juguetes mecánicos y engranajes movidos a vapor, titulado Autómata. Y también una historia del mundo del sacerdote babilónico llamado Beroso, en tres volúmenes, el primero de los cuales estaba dedicado al intervalo que iba desde la Creación hasta el Diluvio, al que atribuía una duración de cuatrocientos treinta y dos mil años. Eran obras de gran interés, de las que ya tenía copias en mi propia biblioteca, de modo que continué ojeando los libros expuestos. Fue así como encontré la más inesperada joya que pudiera haber imaginado. Un pergamino antiguo, precioso, cortado y encuadernado como un libro para facilitar la lectura.

»Estaba atribuido al gran Herodoto y en su primera página decía: Melampo debió de aprender el ritual dionisiaco de Cadmo de Tiro y de los que con él llegaron a la región que en la actualidad se llama Beocia. Y, al instalarse en la región, esos tirios que llegaron con Cadmo introdujeron en Grecia muy diversos conocimientos, entre los que hay que destacar el alfabeto, ya que, en mi opinión, los griegos hasta entonces no disponían de él.

»El texto describía con detalle este ritual en ambas lenguas, con una escritura clara y limpia. Una página estaba escrita en griego y la siguiente página repetía el mismo texto en la lengua de los tirios, con unos caracteres iguales a los labrados en mis planchas plúmbeas. Me sentía tan dichoso por haber encontrado aquel libro que apenas podía disimular mi impaciencia. Aguanté así, lo mejor que pude, dando vueltas nervioso alrededor de él, como uno de los planetas de Aristarco alrededor del Sol. Hasta que se inició la puja.

»Empecé con ofertas muy altas por ese libro, pero el subastador siempre volvía con una que la superaba. Yo elevaba la puja y el subastador respondía a una señal de alguno de los asistentes que la elevaba aún más. Hasta el punto que, para mi desdicha, alcancé mi límite. Entonces, desesperado, le dije al subastador:

»-Dime quién está pujando por este libro hasta el punto que ha elevado su precio más allá de su razonable valor real.

»Me señaló con discreción a un hombre bastante grueso, ricamente ataviado como un sáhib. Me acerqué a él. Sus dedos estaban tan repletos de anillos de oro, con piedras preciosas incrustadas, que apenas asomaban los nudillos.

»-Dios bendiga a nuestro señor y erudito -lo saludé-; tenéis tanto interés por este libro que habéis llevado la puja hasta extremos que escapan a mis posibilidades.

»-No soy un erudito y ni siquiera sé de qué trata este ejemplar -contestó él, con una amplia sonrisa que reveló que había tanto oro en su boca como en sus dedos-, pero he comenzado una biblioteca a la cual he ido añadiendo piezas que no tienen las de los otros jefes de la ciudad…Y justamente queda en ella el espacio para este libro. De modo que, cuando lo vi tan claramente escrito y tan hermosamente encuadernado, me gustó tanto que no me importa cuánto ofrezco por él.

»Ciertamente, me sentí miserable y le dije con amargura:

»-Allah sea loado por la riqueza que concede, que siempre tienen nueces aquellos que carecen de dientes. Y yo, que sé lo que contiene el libro y sé cómo emplearlo, debo renunciar a él por mi escasa fortuna.

»El sáhib escuchó mis palabras, pero, lejos de ofenderse, se apiadó de mi situación y me rogó que me quedara como invitado en su casa durante todo el tiempo que necesitara para realizar una copia del libro. Y así lo hice.

»Ningún placer es comparable al que producen el estudio y la lectura. Y, como decían mis maestros Ijuán al-Safa, quien no ha soportado el esfuerzo del estudio no podrá saborear la alegría del conocimiento. Porque yo tenía al fin la respuesta al misterio de aquella lengua extraña. Aquel libro era la clave para descifrarla, pues en su abundante texto bilingüe, podía buscar el equivalente tirio a cada palabra en griego. Pero, a pesar de este recurso extraordinario, no fue fácil, y tardé casi cinco años en completar el trabajo. Los tirios no se tomaban la molestia de marcar las separaciones entre las palabras, no había matres lectionis. Además, su vocabulario era muy limitado y cada palabra, dependiendo del contexto, podía significar cosas muy distintas.

»Gracias a Allah, alabado sea, logré identificar varios nombres propios dispersos por el texto. En especial uno que transcribí como «Talos». Y éste fue el hilo que me permitió desentrañar aquel complejo ovillo. Muchas noches en vela me esperaban aún, en las que fui anotando con cuidado cada palabra que lograba traducir. Hasta que al fin pude leer una parte del documento.

»Empezaba así: Yo soy Azitawadda, el servidor de Talos el Rojo, el bendecido por los dioses. Mi señor Talos era un extranjero llegado de Tiro, pero fue para los de Keftiú como un padre y una madre. Y se estableció en sus días toda gracia para los de Keftiú, la abundancia y el bienestar. Y se llenaron los silos, acumulando caballo sobre caballo, escudo sobre escudo, ejército sobre ejército, para que los de Keftiú vivieran con la tranquilidad en sus corazones.

»Hizo estas y otras muchas cosas porque era él quien alimentaba a los dioses. Y ellos le otorgaban un gran poder. Pero el pueblo de Keftiú fue ingrato con todos estos dones y tramaron una traición a espaldas de mi señor Talos.

»Y fueron castigados…


3

<p>3</p>

Se diría que en el Puerto Exterior se celebraba una monumental fiesta. La dársena estaba iluminada por una constelación de pequeñas hogueras de carbón y los músicos hacían sonar sus instrumentos. Un ejército de niños danzaba sobre fuelles de piel de oveja que arrancaban pavesas de las hogueras donde se calentaban los crisoles repletos de virutas de cobre y estaño. Como dotadas de una vida extraña, aquellas brasas incandescentes se elevaban hacia el cielo. Talos el Rojo las siguió con la mirada. No había luna, pero el cometa, el anuncio de la ira de los dioses, trazaba su luminoso arco de muerte sobre el firmamento.

– El trabajo sigue su curso, mi señor -dijo el capataz. Un hombre grueso, con la cabeza rapada y una barba negra que le llegaba hasta la mitad del pecho. Su ropa se reducía a un sucio faldón de piel de oveja. Estaba de rodillas frente al sacerdote extranjero y apenas se atrevía a desviar sus ojos del suelo.

Talos le indicó con un gesto de la mano que podía retirarse. Volvió a centrar su atención en la alocada danza de los niños sobre los fuelles y cambió de idea.

– Espera -dijo-. Necesito a diez de esos pequeños para que me acompañen hasta la nave. Ocúpate de escoger a los mejores.

El capataz hizo una profunda reverencia y corrió para cumplir sus órdenes.

Talos paseó mientras tanto por la dársena, sorteando las hogueras y a los artesanos, comprobando que todo se estaba realizando correctamente. El tiempo se acababa para Keftiú y su Imperio del Mar. El trabajo no podía detenerse ni un instante. Día y noche se fabricaban miles de piezas de metal en unos moldes de arcilla dispuestos en hileras interminables. Cuando el metal se enfriaba, un aprendiz retiraba las cuñas y extraía una pieza de bronce para la nave. Tenían la forma de una escama de pescado de dos palmos de ancho por tres de longitud.

Cuando Talos el Rojo llegó al final del muelle, la barcaza con los niños ya lo estaba esperando. La abordó y navegaron a través del canal, hasta el puerto del anillo exterior. La nave en construcción era demasiado grande para los muelles subterráneos de la isla, por lo que las embarcaciones a remo iban y venían sin fin, cargadas con pilas de las relucientes escamas de bronce necesarias para recubrir el casco de madera.

Observar la lenta corriente de agua por el canal lo llevó a pensar en el tiempo transcurrido desde que había derrotado a Wanosi la Blanca. Años en los que alimentó a los dioses. Años en los que aquel lugar empezó a ser conocido por todos como «La Isla del Miedo». Pero los antiguos sacerdotes de la diosa blanca contemplaban con horror estas muertes e incitaban al Minoarca a traicionarla. Año tras año, sus intrigas aumentaron, hasta que la paciencia de los dioses quedó colmada y Sapas, la diosa que cabalga el cometa, fue encargada de anunciar el terrible destino del Imperio.

– ¡No habrá piedad para Keftiú! -dijo la diosa a Talos-. ¡Se arrancarán las puertas de sus moradas! ¡Se romperá el cetro de su soberanía! ¡Se derribará el trono de su realeza!

Talos convocó de inmediato al Minoarca y éste se presentó ante el sacerdote rodeado por una escolta armada.

Pretendía mostrar a todos que Talos el Rojo ya no gozaba de su confianza, pero se estremeció como un niño asustado cuando supo el porvenir que los dioses reservaban para Keftiú. No podía aceptarlo. El Minoarca pensaba que su imperio había llegado a tener el control de su destino. Nadie sobre la Tierra era capaz de desafiarlos. Construían sus orgullosas ciudades sin murallas, sin sentir temor ante ningún enemigo, seguros del poder que les otorgaba su gran flota y el dominio total de los mares. Llorando de terror, se volvió hacia la ensangrentada esfinge de Baal y gimió:

– Oh, dios poderoso, en cuya mano está la muerte y la vida… Han pasado tantos Minoarcas por el Trono Dorado que hasta sus nombres se han olvidado en el tiempo… ¿Por qué entonces debo ser yo quien contemple la destrucción del Imperio? La muerte de mis mujeres e hijos… Verme desposeído de mis reinos y de mis vasallos… y de todo lo que los guerreros de Keftiú han conquistado y ganado con su valeroso brazo, y con la fuerza y ánimo de su pecho… ¿Qué haré? ¿Dónde me esconderé? ¿Adónde huiré? ¡Oh, si pudiera volverme de bronce como tú! ¡Que mi carne se transforme en cualquier otra materia antes que contemplar tanto horror!

Asqueado por la cobardía del Minoarca, Talos alzó una mano para interrumpirlo.

– No verás el fin de Keftiú, Señor del Mar -le dijo-. Yo puedo asegurarte que no contemplarás la destrucción de tu reino. Pero debes obedecer mis órdenes. Debes acatarlas hasta en el menor de sus detalles.

– Así lo haré -juró él ante la efigie de Baal-. Exactamente como tú me ordenes.

El sacerdote dio instrucciones precisas para que se empezara a construir un gran navío recubierto de bronce en uno de los puertos circulares de la isla. Transcurrieron así años de intenso trabajo en las dársenas, donde se fueron congregando carpinteros y artesanos llegados desde cualquier rincón del Imperio.

Poco antes del regreso del cometa, el Minoarca murió tras una larga enfermedad, por lo que la promesa que le había hecho a Talos se vio finalmente cumplida. Para entonces, la nave de bronce estaba casi terminada.

Talos la podía ver ante sí en aquel momento. El casco de madera cubierto de brillantes planchas metálicas, que habían sido remachadas unas sobre otras como las escamas de un pez, reflejaba de tal modo los lejanos fuegos de la dársena que daba la impresión de que la nave había sido construida con oro macizo. Tres mástiles sostenían las grandes velas de lino, que se elevaban desafiantes hacia el cielo. El mascarón de proa representaba en madera policromada la retorcida figura de Bes, el dios enano, panzudo y rechoncho, que los defendería de las tormentas y la furia del mar.

Subieron a bordo y, al amanecer, Talos degolló a los diez niños y dejó que su sangre empapara bien las tablas de la cubierta. Era preciso proteger la nave de las calamidades que se avecinaban, de modo que los sacrificios continuarían hasta el último momento.

Finalmente llegó el día de partir. La nave de bronce se dirigió hacia mar abierto a través de uno de los canales que daban acceso al puerto circular. En el cielo unas nubes densas y negras, viscosas como las entrañas de un animal enfermo, cubrían por completo el cielo. Ocultaban el resplandor del cometa, pero Talos sabía que seguía allí.

Al salir del canal, navegaron rodeados por pequeñas embarcaciones que les dieron escolta. Tras ellos, la estructura blanca y cobalto del puerto fue empequeñeciendo. El sol despuntaba en el horizonte, como un volcán que emergiera entre el mar y el oscuro techo del cielo. Lanzando débiles rayos rojos, empezó a elevarse por encima del lecho líquido, pero sólo para hundirse de inmediato entre las nubes. El cielo se oscureció de nuevo, volviéndose negro intenso sobre la Isla del Miedo. El mar se encrespó e hizo balancearse a las naves que los acompañaban. Unas tinieblas cada vez más profundas lo iban ocultando todo.

– Señor… -dijo Azitawadda, el secretario de Talos, estremecido de terror.

– ¡Silencio! -le hizo callar éste, llevándose un dedo a los labios-. Está sucediendo… ¡Justo ahora!

Las nubes se retorcieron sobre sus cabezas con un largo espasmo agónico y se formó un enorme remolino alrededor del espacio negro situado sobre la Isla. Y el cielo se abrió en una llamarada. Todo se iluminó de repente. Una bola de fuego, surgida del centro oscuro del cielo, atravesó el aire y se estrelló contra la Isla del Miedo.

Poco después, Azitawadda sintió vibrar sus huesos a la vez que la atmósfera que lo rodeaba. Gritó, pero no pudo oír su grito. El centro de la Isla estalló en millones de fragmentos. Los Puertos Circulares y todas sus gentes desaparecieron en un instante. La vibración de los huesos se había convertido en algo tan doloroso e intenso que parecía que la carne se estuviera desprendiendo de ellos. Azitawadda comprendió que aquella vibración era «ruido», el estruendo más brutal que pudiera concebirse. Parpadeó. Donde antes había una isla, ahora se abría un gran hueco en el que el agua se precipitaba formando una inmensa catarata. El mar, al derramarse sobre aquellos fuegos del infierno, arrojó un géiser de cenizas incandescentes hacia lo alto. Un surtidor de vapor con el diámetro de la desaparecida Isla del Miedo.

El secretario de Talos no podía creer lo que estaba viendo y, cuando se llevó las manos a los oídos, descubrió que le sangraban. Se volvió hacia su señor, que contemplaba impasible aquella catástrofe inconcebible.

«Vamos abajo», le ordenó éste con una señal.

La nube creció y creció, como una columna que se elevara hasta los cielos, recta y colosal, bordeada de ríos de vapor ardiente que aparecían y desaparecían. Desde la base de aquella columna, un anillo de fuego avanzó sobre el mar desprendiendo un calor abrasador. Aquella lengua de muerte iba alcanzando a los navegantes e incendiando los pequeños barcos que encontraba en su camino. Llegó hasta el navío de bronce y lo rebasó. Comenzó a llover fuego sobre la cubierta revestida de metal de la nave. Los hombres corrían envueltos en llamas, gritaban enloquecidos y se arrojaban por la borda. Pero Talos y Azitawadda, y otros muchos que se habían guarecido en las bodegas, sobrevivieron.

Tras el anillo de fuego, una ola gigantesca se abalanzó sobre ellos. Redujo a astillas en llamas a los barcos de la escolta y lanzó a la nave de bronce por los aires. Luego continuó su camino, sembrando a su paso la muerte y la destrucción. La nave cayó desde una gran altura, girando sobre ella misma como una peonza, y se estrelló contra la superficie del mar con un impacto estremecedor. Pero el casco blindado aguantó.

Maltrechos pero vivos, Talos y sus hombres abandonaron la bodega de la nave de bronce y navegaron por un mar ennegrecido, en el que flotaban las astillas de madera de las naves destruidas y los cadáveres calcinados de sus tripulaciones.

Y las tinieblas cubrieron el cielo durante incontables días.


4

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– Hermano, imagina mi fascinación mientras leía aquel texto por primera vez. ¡Allí estaban reflejados los mitos que me apasionaron durante mi infancia! La historia guardaba cierto parecido con la del célebre Minotauro cretense; el híbrido de toro y hombre que habitaba en el laberinto de Creta y al que el rey Minos sacrificaba doncellas y efebos. Pero, sobre todo, recordaba la leyenda de Talos, el gigante de bronce que custodiaba la Isla del Miedo. Ahora podía leer los verdaderos acontecimientos que dieron origen a esas leyendas: un sacerdote proveniente de Tiro había matado a la antigua sacerdotisa de la Isla y había establecido un reino de terror y sangre, hasta el día en que Dios envió una gran catástrofe para borrar por siempre aquel país de la faz de la Tierra…

»Pero la narración continuaba. Talos procedía de una nación de grandes navegantes y logró escapar del desastre a bordo de una nave recubierta de escamas de bronce. Así llegó a la costa de lo que un día sería nuestra tierra de al-Andalus…

»Pero su viaje no iba a terminar aquí…

»Seguí traduciendo aquel texto lleno de maravillas y mi asombro fue en aumento con cada nuevo párrafo. Hasta que tuve una conciencia clara de la gran importancia que aquello iba a tener para nuestro reino. No podía seguir manteniendo el silencio sobre lo que había descubierto, de modo que escribí una copia de mi traducción para la biblioteca del sultán y solicité audiencia en palacio.

»Recuerdo que estuve esperando frente a la Sala de Embajadores, mirando la inscripción grabada sobre la puerta, que dice: Entra con compostura, habla con ciencia, sé parco en palabras y sal en paz. Yo no deseaba hacer otra cosa, si me daban la oportunidad, pero no me quedó más remedio que aguardar allí durante casi toda la mañana, hasta que uno de los secretarios vino a anunciarme que el sultán iba a recibirme por fin.

»La atmósfera en la gran Sala de Embajadores estaba empañada por el humo del ámbar de sihr, pero esto no me impidió reconocer al sultán Abu al-Hasan, el muley Hacen, repantigado sobre una montaña de almohadones. Me pareció que su cuerpo estaba mucho más hinchado y su piel más amarillenta que lo que recordaba de la última vez que lo había visto. También tenía los ojos inflamados y cubiertos de pequeñas venas rojas. Era evidente que la enfermedad que lo aflige, esa clase de epilepsia que se dice que envenena su sangre, seguía degradando su cuerpo.

»El gran visir Abu al-Qasim Bannigas permanecía en pie tras el sultán. A pesar de ser un hombre enjuto y de aspecto débil, era sorprendente la fuerza de su mirada, penetrante como la de un halcón, que parece capaz de leer los más ocultos pensamientos. Saludé en los términos que correspondía a la dignidad de los presentes. Al sultán muley Hacen en primer lugar y a continuación a su gran visir.

»-Lisán al-Aysar -me dijo al-Qasim con su potente voz, en contradicción también con la fragilidad de su cuerpo-, hace tiempo que no te veíamos por aquí. Me alegra comprobar que sigues bien, pues siempre he sentido aprecio por tu familia.

»-Gracias, eminencia. Que la bondad de Allah me dé fuerzas para serviros.

»-Bueno, dinos qué se te ofrece. Solicitaste esta audiencia y te ha sido graciosamente concedida por el sultán. Te ruego que presentes tu caso.

»Me apresuré a hacerlo. Hablé de las planchas plúmbeas, de cómo las había encontrado y descifrado, y le entregué a al-Qasim la copia de la traducción, asegurándole que ese documento había sido escrito expresamente por mi mano para que mi príncipe dispusiera de un ejemplar en su biblioteca. Durante un buen rato, y con una expresión de desdén en los labios, el visir hojeó aquellos papeles. Luego se dirigió al sultán:

»-Señor, se trata tan sólo de un texto traducido de alguna lengua antigua… Tirio, afirma el faquih en la introducción. En él está narrado que una tal… Talos, sacerdote de un dios pagano, huyendo de una gran catástrofe, navegó en una nave de bronce hacia el mar que se extiende fuera de… ¿Qué lugar es éste?

»-Eminencia, las «Columnas de Melqart» de las que habla el texto son Djabal Tarik -me apresuré a explicarle-. La Montaña que, por desdicha, está ahora en manos de los infieles. Gibraltar, así la llaman ellos.

»Advertí que varios secretarios y escribas sentados en tarimas dispersas por la sala tomaban nota de mis palabras.

»-Asombroso -dijo al-Qasim-. Pero sigo sin entender muy bien la utilidad de todo esto, faquih. Son sólo mitos paganos… Un cuento como tantos otros narrados por los Antiguos.

»Miré de reojo al sultán. En apariencia permanecía ajeno a la conversación, con los ojos perdidos en algún punto situado entre los mocárabes del techo.

»-Los mitos, eminencia -dije sin desanimarme-, en ocasiones pueden tener una base real. Y ésta es una de esas ocasiones… Pero deberíais leer toda la traducción…

»-No es necesario -dijo al-Qasim dejando a un lado el pliego-, háblanos tú de su contenido. ¿Qué se dice en el resto?

»-En él se cuenta con detalle cómo Talos el Rojo cruzó el Djabal Tarik, para dirigirse hacia un país situado más allá del mar Occidental…

»-Si hacemos caso a los antiguos sabios griegos -señaló al-Qasim pensativo-, la Tierra es redonda, una esfera perfecta…

»-Así es, eminencia -le respondí, inclinando mi cabeza para saludar su erudición.

»-Por lo que al otro lado del mar Occidental deberíamos encontrarnos con Oriente -conjeturó-, Catai y Cipango, que ciertamente son tierras llenas de riqueza, pero situadas a una distancia tan inmensa que ningún barco podría alcanzarlas…

»Era el punto al que yo quería llegar, de modo que dije:

»-Pero el texto afirma que no es así, eminencia. Hay Otro Mundo situado en medio del mar Occidental, del que nada sabemos. Fue conocido por los antiguos tirios, pero era algo que deseaban mantener oculto. Difundieron historias de monstruos y toda suerte de horrores que aguardaban a aquellos navegantes que decidieran aventurarse en al-Bahr al-Mudlim al-Muhît, [4] así llamado porque la influencia de estas historias ha llegado hasta nuestros días. Pero no hay monstruos ni peligros insuperables para alcanzar ese Otro Mundo. En el resto del manuscrito se explica cómo hacerlo. Se habla de las corrientes marinas, de los vientos alisios, de las jornadas de navegación, de cómo seguir el camino que marcan las estrellas…

»-¿Es eso lo que se indica en el resto del manuscrito? -preguntó el visir.

»-Así es, eminencia. Los hombres que huyeron hacia esa Otra Tierra dejaron descrito el viaje que iban a realizar para que otros supervivientes pudieran seguirlos. Éste es el documento que yo poseo y que permitiría a una nave de nuestro reino cruzar sin peligro el mar Occidental.

»Me detuve, emocionado y sin aliento. El sultán me miraba al fin, tal vez admirado por mi vehemencia. Le hizo una seña a su Visir, que se inclinó hacia él para escuchar lo que Abu al-Hasan tenía que decirle al oído. Después volvió a incorporarse y me preguntó:

»-¿Propones a tu sultán que financie ese fantástico viaje a través del mar, sin otra evidencia que ese texto encontrado en tu jardín?

»-He investigado mucho, eminencia -le respondí sin amilanarme-, y he encontrado antecedentes a esta aventura. Documentos que atestiguan que este viaje ya se realizó con éxito, hace trescientos setenta años, por navegantes de al-Andalus.

»-¿Es eso cierto? -preguntó incrédulo-. Jamás oí tal cosa.

»-No es muy conocido -dije-, pero ocho hermanos de una familia llamada al-Mugarribún zarparon hacia Poniente y, tras más de dos meses de navegación, llegaron a una isla habitada por «hombres rojos». Quizá una colonia de antiguos tirios…

»Y fue entonces cuando el muley Hacen se dignó hablarme por primera vez. Con una voz que era casi un susurro, preguntó:

»-¿Crees que son ciertas todas esas viejas historias?

»-Firmemente, sultán y señor mío, a quien Allah conceda la victoria sobre los infieles. Sois el más poderoso de los príncipes, pero al mismo tiempo sois el custodio de esta sagrada tierra de al-Andalus, en cuya defensa tantos han muerto. Ahora está en vuestras sabias manos esta carga, pero ved que si yo estoy en lo cierto, esta aventura podría suponer una gran oportunidad para nosotros. Granada se asfixia entre el odio de los infieles y la indiferencia de nuestros hermanos musulmanes. Necesitamos respirar a través de nuevas rutas, de nuevas salidas para nuestros comerciantes, de nuevos aliados…

»Al-Qasim se acercó al sultán e intercambió una breve conversación entre susurros con él. El muley Hacen asentía. Luego, volviéndose hacia mí, el gran visir dijo:

»-Así es, faquih, vivimos aprisionados entre un océano impetuoso y un enemigo terrible. Y ahora tú propones que nuestra salvación está en ese mismo océano que nos confina… Interesante, pero… -Se detuvo un instante y meditó con cuidado sus siguientes palabras-: Pero llegas demasiado tarde, erudito. Demasiado tarde… Ya no somos dueños de nuestro destino ni de nuestras riquezas y no es aquí donde debes buscar el respaldo para tu asombroso plan… No es aquí, ni es ahora…

»-Pero, señor…, a quien Allah ayude y haga victorioso mediante la fuerza de su brazo, que es el que tiene el cuidado y el poderío para ello; es importante que…

»-Es suficiente, faquih -me interrumpió el visir-. Lisán al-Aysar, la audiencia ha terminado. Puedes ir en paz, porque todo está en manos de Allah.

»Y eso fue todo. Me despidió con un gesto y yo ejecuté una confusa reverencia.

»Abandoné la sala mientras pensaba que, de una forma muy intensa, había entrevisto el final. El auténtico fin de nuestro mundo, que ahora parecía inevitable ante mis ojos.

»Se dice que el hombre que no es capaz de maravillarse es que está muerto o cercano a la muerte, y yo consideraba que a las sociedades se les puede aplicar el mismo dicho. Durante cientos de años, nuestros príncipes habían estimulado con entusiasmo la investigación y la aventura. Pero cuando las derrotas militares se sucedieron, ellos mismos le dieron la espalda a la sabiduría. Despreciaron a los filósofos y a los científicos, y se cobijaron en los indolentes y poco imaginativos brazos de los ulemas.

»Mientras me dirigía a la salida del palacio, perdido en estos pensamientos, fui interceptado por un hombre en el patio de Mexuar. Alcé la vista hacia él, pues se había colocado justo en mi camino. Viejo y delgado, con los dedos manchados de tinta y un libro envuelto en un marchito pañuelo de seda. Uno de los escribanos que había visto en compañía del sultán.

»-¿Acaso no sabes que ya hace dos siglos que los genoveses poseen el monopolio absoluto para ejercer el comercio marítimo de todos nuestros productos? -me espetó sin mediar saludo-. No tienes otra opción que recurrir a ellos.

»Le pregunté si alguien lo enviaba o si hablaba por iniciativa propia. A lo que él se limitó a repetir lo dicho y que debía buscar ayuda entre los genoveses. Me entregó una dirección y un nombre escritos en un papel, y siguió su camino.


5

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– La dirección era la de una de las alhóndigas de la medina, que pertenecía a la importante familia genovesa de los Salvago. El lugar vibraba con una vitalidad perturbadora. Los mayoristas y sus clientes entraban y salían del edificio enfrascados en sus negocios. Los guardias, elegantes y marciales a la vez, con los uniformes de colores brillantes que tanto gustan a los genoveses, paseaban por la recepción e interceptaban a cualquier visitante de aspecto dudoso. Algunos criados cargaban con las cajas de muestrarios de un lado a otro, mientras su señor tomaba alguna esencia fresca y regateaba el precio con un comprador.

»Comprendí entonces a qué se había referido el visir con sus amargas palabras. Allí seguía funcionando un corazón que hacía mucho que había dejado de palpitar en Granada. Esa vitalidad, que se desplegaba ante mis ojos, evidenciaba cruelmente la apática decadencia a la que había llegado la corte del muley Hacen. Los comerciantes genoveses se las habían arreglado para crear sus propias dinastías en el propio corazón envejecido de nuestra ciudad. Por primera vez consideré que allí estaba la verdadera amenaza y no en los furiosos ataques de los infieles contra nuestras murallas.

»Uno de los guardias me acompañó hasta una de las dependencias de la alhóndiga, donde me entrevisté con la persona señalada en la nota del escribano. Era un joven genovés llamado Pietro, que se entusiasmó de inmediato con mis palabras.

»-Lo que propones es asombroso -me dijo-, de ser cierto significaría la gloria y la riqueza para los valientes que se atrevieran a enfrentar una aventura así.

»En un rincón vi unos cuantos libros apilados. Uno de ellos era el famoso Libro de las Maravillas, del veneciano Marco Polo. Pietro advirtió mi interés y me mostró el ejemplar. Sus páginas estaban llenas de anotaciones en el margen en la que imaginé que era su letra.

»Sin que viniera al caso me contó que, a pesar de su juventud, él mismo había realizado numerosos y fascinantes viajes. Afirmó pertenecer a un linaje rico y antiguo, aunque arruinado por las guerras de Lombardía. Se había visto obligado a cambiar su nombre y su blasón para poder ingresar en aquel poderoso albergo.

»-¿Crees que la familia Salvago estaría interesada en financiar este viaje?… -pregunté, ansioso por regresar a la cuestión que me había llevado hasta allí.

»-Me temo que algo así escapa a mis competencias… Es un asunto demasiado grande para tratarlo desde aquí. No te va a quedar más remedio que viajar hasta Génova y pedir audiencia ante los sabios del albergo… -Y se ofreció a acompañarme.

»No era lo que tenía previsto y tardé muchos meses en decidirme. Tiempo en el que aquel joven genovés no dejó de enviarme notas, insistiendo casi a diario en la conveniencia de llevar mi propuesta ante los sabios de su albergo. Al final comprendí -y temí- que, si estaba tan interesado, muy bien podría acabar decidiendo hacer el viaje por su cuenta, apropiándose así de toda la gloria. No me quedaba más remedio que continuar por el camino que ya había iniciado y que parecía no tener vuelta atrás.

»Partimos del puerto de Salawbiniya, a bordo de un mercante en ruta hacia tierras de infieles. Durante el viaje, Pietro se esforzó en demostrarme que tenía un gran conocimiento de cartografía y rutas marinas. Fue entonces cuando empecé a desconfiar verdaderamente de él. Me pareció uno de esos eruditos de relumbrón que, cuando han leído de verdad una obra, gustan de citarla venga o no venga a cuento para airear así su ciencia. También me habló de su hermano, un funcionario en la corte de Lisboa, que estaba bien enterado de los planes de los portugueses para hallar una nueva ruta hacia Oriente. Aunque el Tratado de Alcaçobas con Castilla les impediría aceptar el rumbo que yo proponía.

»-Claro que en Génova no van a ser tan escrupulosos -me aseguró.

»Mientras navegamos consideré la forma en la que hemos dominado nuestro mar interior. Las corrientes y los vientos no han cambiado desde los tiempos de Ulises. Orientarse no es difícil, dado el particular relieve de sus costas. Basta aplicar la técnica de observación del horizonte en el momento del ocaso, recomendada por el gran viajero Muhammad ibn Babisad, para percibir el Montgó desde el puerto de Ibiza y el Etna desde más de treinta y dos parasangas de distancia. Nosotros sólo perdimos de vista la costa en los cuatro días de viaje que hay entre la isla de Menorca y Cerdeña. En verdad, este mar es apenas un lago en el centro de nuestro mundo. Todo marino conoce el arte de la navegación per costeriam, pero me pregunté lo que sentirían al encaminarse hacia lo desconocido, rodeados de agua infinita y sin otra guía que las estrellas, para cruzar el mar Tenebroso.

»A los diez días de navegación llegamos a Génova. Apoyado en la borda, contemplé la ciudad frente a mí, desparramada sobre oscuras cordilleras, sin imaginar que mi destino sería pasar mucho tiempo en ella. La torre de la catedral y las cúpulas de las iglesias sobresalían del mar de tejas que descendía con suavidad hacia el puerto.

»-Quiero… debo pedirte algo -me dijo mi compañero de viaje mientras atracábamos-, y espero no molestarte con ello.

»Extrañado, quise saber de qué se trataba. A lo que él respondió:

»-Debes permitir que sea yo quien exponga los detalles del caso.

»-¿Y eso por qué? -le pregunté.

»-Por favor, no te ofendas, pero el hecho de que seas un sarraceno puede predisponer a los eruditos en tu contra o hacerles dudar de la veracidad de tus palabras. Si hablo yo tendremos más posibilidades de que acepten nuestro proyecto como fiable.

»-¿Nuestro…? -pregunté. Pero accedí de mala gana.

»Durante los días en los que esperamos a ser recibidos por la comisión de eruditos del albergo, intenté instruirle sobre la manera en que debía presentar el caso. Él me decía que sí a todo, que así lo haría; pero, como digo, yo dudaba cada vez más de él. Hasta que llegó el momento en que se nos convocó a una audiencia a puerta cerrada.

»Tal y como habíamos acordado, yo permanecí en silencio mientras mi compañero de viaje se ocupaba de la argumentación. Pero al instante comprendí mi error. Olvidando los datos que yo le había dado, mi compañero centró su discurso en una estimación muy baja de la distancia que era necesario recorrer. Basó su argumentación en el erróneo texto del Imago Mundi, de Pierre d'Ailly, que mantiene que estamos separados de la India sólo por un estrecho mar. Citó también al florentino Paolo Toscanelli, quien afirmaba que la provincia de Mangi está a menos de tres mil millas al oeste de Lisboa y que Cipango se halla incluso más próximo. Para terminar, nombró de pasada algunos de mis documentos, en especial los testimonios de navegación hacia Poniente, como el de los hermanos al-Mugarribún. Y, muy por encima, habló de mi traducción de las planchas tirias.

»Los eruditos del albergo escucharon con paciencia, en silencio, hasta que terminó de hablar. Le preguntaron que si tenía algo más que añadir y luego dieron por concluido el consejo. Nos despidieron, asegurándonos que en breve seríamos informados de su decisión.

»Al salir, Pietro parecía entusiasmado. Pasó un brazo sobre mi hombro, como si yo fuera un viejo camarada suyo, y me dijo:

»-Vamos, amigo, debemos ir a celebrarlo y conozco una taberna cercana que es bastante apropiada para ello. Dime, ¿tienes costumbre de beber vino?

»-No tenemos nada que celebrar -le dije con frialdad.

»Él me miró desconcertado.

»-¿Qué quieres decir? -preguntó.

»-¿No te das cuenta de lo que ha pasado ahí dentro? -le dije-. Has malogrado cualquier posibilidad de que seamos tomados en serio por esos eruditos.

»-Estás loco -dijo.

»-En eso tienes razón -respondí-. He sido un loco por confiar en ti y por emprender este viaje con un aficionado del que nada sé. Todo lo que has dicho ahí dentro, todos esos datos que has expuesto con tan ingenua seguridad, se basan en los errores del sistema ptolemaico sobre el tamaño de la circunferencia de la Tierra. Lee a Alfragrano y comprobarás que su radio es mayor de tres mil quinientas millas. Si te tomas la molestia de calcular su perímetro descubrirás que para llegar hasta Catai viajando hacia Poniente hay que recorrer una distancia inmensa. Ningún barco lograría hacer ese trayecto, lejos de cualquier costa, sin realizar alguna escala intermedia para abastecerse. Por eso es tan importante la existencia de esa Otra Tierra en mitad del mar Tenebroso.

»El genovés me miró muy serio y dijo:

»-Incluso con sus errores, si los tienen, los antiguos griegos son venerados por todos. He comprobado una y otra vez esto y sé lo que hago. Si Ptolomeo afirmaba que la distancia hasta el otro lado del mundo es tan corta, ¿quiénes somos nosotros para contradecirlo…? Piensa en esto: ¿no es posible que esa tierra a la que llegaron tus navegantes tirios y los hermanos al-Mugarribún no fuera otra que Cipango?

»-No -suspiré-. Es lo que intento explicarte. Nuestros matemáticos han calculado con exactitud el radio de la Tierra. Necesitamos cálculos precisos para orientar las mezquitas hacia La Meca y te aseguro que la distancia es mucho mayor de lo que supones.

»-Es posible -dijo en un tono que indicaba que pensaba lo contrario-, pero ahí están los cálculos de Ptolomeo… Entiéndeme, yo creo en tu historia, quizá nadie más lo hará, pero yo creo en ella. No pierdas la calma y aguarda, estoy seguro de que la decisión de los eruditos nos será favorable y podremos obtener nuestro barco y nuestra tripulación.

»Pasaron los meses, pero la respuesta no llegó. Tan sólo evasivas que nos mantenían atascados en Génova sin poder hacer nada. Hasta que un día Pietro se presentó en mi alojamiento del albergo y me dijo que iba a viajar a Lisboa, para reunirse con su hermano y obtener a través de él una audiencia con el rey Juan de Portugal.

»-Allí encontraremos la ayuda que mi propia gente me niega -me aseguró-. Mandaré buscarte, no desesperes.

»Se marchó de noche, con mucho sigilo, y nunca más volví a verlo.

»A partir de ese momento las cosas no hicieron más que empeorar. Un funcionario del albergo, acompañado de varios hombres armados, vino a interrogarme sobre la desaparición de mi compañero. Les dije lo poco que sabía. Aquel hombre se comportó con amabilidad y aceptó mi palabra de que yo no conocía sus planes. Pero me hizo saber que, a partir de ese momento, debía ir siempre acompañado por dos escoltas armados.

»-Es por tu seguridad -me dijo.

»Pero lo cierto es que muy pronto comprobé que yo era su prisionero…

Los dos amigos estaban sentados sobre grandes almohadones de pluma, bajo un pabellón abierto en el patio, rodeados de las diferentes flores que embellecían el jardín. Pero, conforme avanzaba la noche, el aire que bajaba de Sierra Nevada era cada vez más frío. Lisán tuvo que pedir a sus criados que les trajeran dos tocas de lana para abrigarse.

– Hermano -decía Ahmed sacudiendo la cabeza-, sabes que no es posible confiar en los infieles, que el mejor de ellos es mentiroso y traicionero, que nunca cumplen sus pactos, que jamás mantienen su palabra.

Lisán encendió una pipa de cerámica y exhaló una bocanada de humo de hachís.

– ¿Qué otra cosa podía hacer?

– Debiste contar conmigo. Tenemos un contrato de hermandad, ¿recuerdas? Y dos hermanos son como un par de manos, una de las cuales lava a la otra. Podrías haber pedido mi ayuda y gustoso te la habría dado.

– ¿Podrías haber fletado un barco y reunido una tripulación capaz de cruzar el mar Occidental? -Apretó la cazoleta entre sus manos y disfrutó de su calor reconfortante.

– Sabes que mis recursos jamás han llegado a tanto, pero podría haberte acompañado. Soy mejor negociador que tú, de eso no cabe ninguna duda, y creo que sé juzgar mejor el talante de la gente.

– ¿Y dejar tus intereses para acompañarme durante esos dos años?

– Así es. Mi hijo Arún es ya un hombre capaz de ocuparse de todo.

– ¿Lo era hace dos años?

– No -admitió-. Tienes razón en eso. Pero mi voluntad ahora es la de ayudarte, si es eso lo que deseas… Pero, por favor, sigue relatando tu historia… ¿Cómo lograste escapar de los genoveses?

– Es muy tarde y las puertas de la medina ya estarán cerradas -dijo Lisán mirando hacia el cielo-; quédate esta noche en mi casa y mañana te contaré el final de mi aventura.

Ahmed asintió con un gesto.

– No tengo ningún negocio que requiera mi atención en estos momentos, que no puedan atender mis hijos, y hace mucho que no sabía de ti. Por supuesto que acepto tu invitación.

– En ese caso, te seguiré contando mi aventura durante el desayuno. Tendrá que ser temprano, pues mañana debo partir de nuevo.

– ¿Otro viaje? ¿Adónde esta vez?

– No iré muy lejos, de momento. Sólo a un lugar cerca de Salawbiniya. En la costa.

– ¿Y qué hay allí?

Lisán hizo un gesto enigmático y dijo:

– Descansemos ahora, hermano. Mañana prometo seguir con mi relato.


6

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Un muecín entonaba su llamada desde un alminar cercano.

– ¡La oración es mejor que el sueño! -repetía una y otra vez con una voz que era como un lamento.

Lisán y Ahmed desayunaban tranquilamente en el patio, frente a una mesa repleta de dulces de aspecto delicioso. Todo el mundo se había levantado temprano en la casa. Los criados andaban arriba y abajo, apurados con los preparativos del viaje.

Se presentó el viejo infiel al que Lisán había entregado las botellas de vino el día anterior. Llevaba algo en la boca que chupaba y pasaba de un lado a otro con la lengua.

Ahmed observó la cuenca vacía de su ojo, rodeada por un halo de legañas, y se estremeció de asco al adivinar lo que el viejo chupaba. Y en efecto, con un movimiento diestro, el infiel sacó el ojo de cerámica de su boca y se lo incrustó en la cuenca vacía. Parpadeó varias veces para que se ajustara en su espacio. Lisán ya se lo había visto hacer antes, en diferentes ocasiones. Al parecer formaba parte de su idea del aseo matutino.

– Veo que ya habéis empezado a desayunar… -dijo.

– Sírvete lo que gustes -le invitó el faquih con un gesto amable.

El viejo paseó su ojo escéptico por los pastelitos de turrón con miel y sésamo, los canutos de masa de harina rellenos de azúcar, piñones y canela, la pasta de naranja roja, las almojábanas de queso rebozadas con miel y la leche cuajada con semillas de cártamo.

– ¿No podéis darme sólo unas gachas de harina frita…? -preguntó-. Con algo de tocino, si esto es posible.

– Creo que lo de las gachas de harina lo podemos arreglar -dijo el faquih, intentando no perder su talante de perfecto anfitrión-. Con el tocino vamos a tener más dificultades… Pero, por favor, prueba esta compota de membrillo mientras tanto.

El viejo rehusó con un gesto y dijo:

– Por la mañana, tan temprano, el dulce me da cagalera. Mejor… olvidaos de las gachas y traedme pan, aceite y una cabeza de ajos.

Ahmed lo miró incrédulo, pero uno de los sirvientes de su amigo trajo al infiel lo que había pedido. Éste sacó un cuchillo que colgaba de su cintura y cortó con él varias rebanadas. Restregó los ajos contra la miga y la empapó bien de aceite.

– Mmmm… -murmuró mientras masticaba-. De buenas olivas, sí señor. Bien que vivís en estas tierras. Se nota que sabéis dónde está lo bueno.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Ahmed, retirándose espantado por el fuerte olor.

– Que os habéis quedado con lo mejor, no lo niegues ahora. -El infiel miró a un lado y a otro-. Esto es un vergel, no me digas que no. Que vais dejando las tierras áridas para nosotros y os quedáis con las buenas. No, si listos sí sois, sí.

– Lo que tú llamas «tierras áridas» eran huertas productivas cuando estaban bajo mejores cuidados -señaló Ahmed.

– Es posible, no niego que los moros sabéis trabajarla, pero ésta no es vuestra tierra -dijo el infiel clavando en él su único ojo-. Sea feraz o yerma, es tierra de Cristo.

– Hace mil años mis antepasados ya araban estos campos -comentó Lisán con una sonrisa burlona-. ¿Por dónde andaban los tuyos en aquellos tiempos? ¿De cuántos de ellos puedes darme alguna referencia?

El viejo tardó un buen rato en comprender que lo que había dicho Lisán podía interpretarse como un insulto. Entonces amenazó al faquih con el mismo cuchillo mugriento que había utilizado para cortar el pan.

– ¿Tienes tú algo que decir de mis antepasados, moro?

Aterrorizado, Ahmed se puso en pie y rogó al infiel que se calmara, asegurándole que su amigo no había pretendido ofenderlo. Lisán, mientras tanto, seguía con su desayuno, tranquilo en apariencia, sin alterarse por la amenaza de aquel infiel que seguía rumiando insultos en su lengua. Al final, el viejo se dio media vuelta y regresó al interior de la casa, sin dejar de murmurar y de hacer gestos groseros.

Lisán dijo con bastante flema:

– No le des importancia a esto, hermano. Es un hombre de modales lamentables, pero sé cómo manejarlo.

– Sí -dijo Ahmed dejándose caer en su almohadón-, ya he visto lo bien que te las arreglas con él. Pero dime, en nombre de Allah, ¿quién es ese infiel?

– Se llama Ignacio «nosequé». Es un piloto vizcaíno, pero tiene experiencia en navegar con los portugueses más allá de las costas de Guinea.

Ahmed se sirvió una taza de infusión de poleo con jarabe de jalapa.

– Parece un desecho humano.

– Sí -admitió Lisán-. Sin duda ha conocido épocas mejores en su vida… Pero dicen que hace años fue un piloto bastante bueno.

– ¿Y qué interés puede tener eso para ti?

Lisán se llevó a la boca un pastelito de canela y lo saboreó con calma antes de decir:

– Te contaré ahora el resto de mi historia…


7

<p>7</p>

– Pasé muchos meses cautivo en Génova. Era un encierro cómodo, en uno de los locales del albergo, y se me permitía ir a cualquier parte dentro de la ciudad, pero siempre acompañado por dos guardias.

»En una ocasión, durante una visita al mercado, se produjo un gran tumulto. Varios comerciantes turcos iniciaron una pelea en la que mis guardianes se vieron implicados. Aproveché aquel afortunado suceso para esquivarlos y dirigirme a toda prisa hacia el puerto. Buscaba una nave que me sacara de la ciudad, cualquiera me servía en aquel momento desesperado, con tal que zarpara de inmediato y me llevara de regreso a al-Andalus. Nervioso, desorientado, me abrí paso entre la multitud: cargadores que trabajaban en los muelles con sus espaldas desnudas y sudorosas bajo el sol; vendedores de agua; enjambres de pilluelos andrajosos que correteaban entre las piernas de los viajeros pidiendo limosna.

»En las dársenas había una actividad impresionante. Las galeras de la flota genovesa, con sus filas de remos pintados de color rojo intenso, vigilaban los accesos. Las naves mercantes atracaban tras regresar desde alguna lejana costa o se preparaban para zarpar. Yo preguntaba a gritos a los patronos de estos barcos sobre cuál era su destino.

»De repente, alguien se interpuso en mi camino. Apareció de forma tan inesperada que a punto estuve de estrellarme contra él.

»-La discreción no es uno de tus talentos, faquih -me dijo.

»Era un hombre muy alto. Tanto que me encontré mirándolo desde abajo, como haría un niño asustado. Pero lo primero que me viene a la memoria de ese primer encuentro no es su rostro, ni su aspecto, sino el frío intenso que sentí en el fondo de mi pecho, como si hubiera aspirado una bocanada de un aire tan helado que me entumeciera por dentro. Se presentó como Baba ibn Abdullah y afirmó ser un comerciarte mameluco. Ciertamente, no carecía de elegancia en su forma de vestir, pero algo en su aspecto era desconcertante y hablaba el árabe con un acento que no fui capaz de identificar.

»Pensé que ibn Abdullah es un nombre común entre los mamelucos, pues suelen adoptarlo aquellos que son conversos y desconocen la identidad de sus padres. Era, como he dicho, bastante alto, de complexión delgada, con el pelo negro azulado cayendo en apretados rizos sobre la espalda. Un rostro flaco, con un mentón prominente, una nariz larga y ganchuda curvándose sobre un bigote que le cubría media cara. Los ojos eran de un verde muy claro, enmarcados por unas cejas negras que conferían a su mirada una intensidad terrible y, al conjunto de su rostro, el aspecto de un ave de presa.

»-¿Qué quieres de mí? -le pregunté.

»-Creo que soy yo quien puede ayudarte, faquih -me dijo-. He observado cómo recorrías el puerto buscando un barco… Te aseguro que el mío es el mejor jabeque que puedas encontrar atracado por aquí.

»Tal era la confusión de mi mente que ni siquiera consideré la posibilidad de que aquel hombre perteneciera al albergo que me tenía retenido y me estuviera tendiendo una trampa.

»-¿Haces la ruta a al-Andalus? -le pregunté-, pues es allí adonde me dirijo. Si Allah, alabado sea, quiere.

»-No es extraño que quieras regresar a tu tierra -respondió él-, pero los genoveses no lo permitirán… Si intentas abordar un navío, morirás.

»-No sé de qué me hablas -le mentí-. Soy el invitado de uno de los albergos más importantes de la ciudad y…

»-Eres su prisionero -me cortó-. Y ahora estás aquí porque mis hombres se las arreglaron para facilitarte la huida.

»-¿Quién eres tú y qué negocio tienes en todo esto? -le pregunté-. ¿Acaso me conoces?

»El mameluco clavó en mí su mirada intensa y dijo:

»-La única razón por la que sigues con vida es que ellos piensan que quizá seas un espía de los venecianos…

»-¿Qué? -exclamé-. ¡Eso que dices es ridículo!

»Aprovechando mi desconcierto, me condujo hasta uno de los atracaderos. Allí estaba amarrado un precioso jabeque con la característica inclinación hacia delante del palo de trinquete. De poco calado, ligero y maniobrable, apropiado para incursiones decididas y huidas rápidas. Pensé que era la nave perfecta para un pirata.

»-Soy el único amigo que tienes en esta ciudad de infieles -me dijo, acercando su boca a mi oreja. Sentí su aliento golpearme a la vez que sus palabras-. Y el único que puede sacarte de ella.

»-¿Quién puede pensar que trabajo para los venecianos?

»-Éste es un mundo extraño, Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin, y se establecen extrañas alianzas. Los genoveses han mantenido en secreto tu reino frente a los ataques de los castellanos. Tienen hombres de gran importancia en la corte de la Alhambra que les han advertido sobre ti. Pero eres afortunado, pues hasta el momento no han decidido si eres un loco o un hombre que trabaja con sus enemigos.

»-¿Y tú cómo sabes tantas cosas?

»-También tengo mis informadores.

»-¿Y qué es lo que buscas?

»-Lo mismo que tú.

»-¿A qué te refieres?

»-Ese Otro Mundo situado más allá del mar… Sé que es real.

»A nuestro alrededor se había formado un muro de silencio. Las personas que caminaban por el puerto eran como espectros situados a una enorme distancia de nosotros.

»Yo no sabía qué decir.

»-¿Tú…?

»-Tengo pruebas de lo que digo. Y una nave que puede sacarte de esta ciudad…

»-¿Pruebas? -musité. Me sentía como en un sueño, pero ya había decidido abandonar toda precaución y seguir a aquel hombre. Cualquier cosa con tal de salir de aquella ciudad.

»-Así es. Si me lo permites te llevaré hasta una isla cercana a Kirit. [5]

»-¿Qué encontraré allí?

»-La demostración de que tu historia es cierta -me dijo.

»-Dices que los genoveses no me dejarán abandonar la ciudad con vida.

»-De momento no corres peligro, pero no deben volver a vernos juntos… hasta la próxima primavera.

»Faltaban dos meses para que empezara la primavera. Yo no deseaba permanecer en Génova más tiempo, pero el mameluco me explicó que el viento propicio para la ruta que debíamos hacer sólo sopla durante las estaciones de primavera y otoño.

»Regresé solo al albergo y les aseguré a mis guardias que me había perdido en medio del tumulto. Pero no me creyeron. Esta vez fui encerrado en el sótano, en un lugar bastante húmedo donde no había ventanas y la única puerta, de madera gruesa, sólo se abría para traerme la comida diaria y llevarse los desechos. Allí pasé los meses siguientes. Durante todo este tiempo no volví a saber nada del mameluco. Hasta que llegó el día marcado.

»Eran altas horas de la noche y oí ruidos de lucha frente a la puerta del local. Me puse en pie y me vestí de inmediato con mis mejores galas. Si había llegado mi final, lo mejor era que me encontrara ataviado para la ocasión. La puerta se abrió y entraron tres turcos sujetando en sus manos unos alfanjes manchados de sangre. Uno de ellos dijo ser servidor de Baba ibn Abdullah y me ordenó que lo siguiera. Caminé en silencio tras sus huellas. Advertí la desaparición de los hombres que montaban guardia frente a la puerta de mi celda, pero no quise preguntar qué había sido de ellos.

»Nos escabullimos por las callejas de Génova, atentos a cualquier grupo armado que pudiera provenir del albergo, y llegamos a la dársena donde nos esperaba el jabeque. Partimos de inmediato. Usamos los remos para salir del puerto, pero una vez en alta mar éstos fueron retirados, y las velas, desplegadas. Disponía de tres mástiles y llevaba un aparejo de velas latinas.

»El viento fue tan bueno que recorrimos la distancia entre Génova y las Cícladas en sólo cinco días. Nuestro destino estaba a veinte leguas al norte de Creta. Los venecianos las llamaban «Islas de Santa Irene», o Santorini. En realidad eran los restos de una única isla a la que le faltaba toda su parte central, que parecía haberse evaporado. Recordé la extraordinaria narración que había traducido. Aquella catástrofe que significó el fin del Imperio de Keftiú. Su flota fue destruida en un instante, dejándolos a merced de sus enemigos, tal y como la diosa Sapas había predicho… Pero ¿qué fue lo que sucedió? ¿Qué suerte de poder mágico pudo hacer desaparecer toda esa inmensa cantidad de roca?

»-Es un lugar desolado… -comenté mientras contemplaba desde la proa aquella tierra calcinada como un hueso arrojado al fuego.

»Baba estaba a mi lado y dijo:

»-¿Sabes qué nombre le dan los griegos a esta isla?

»-No.

»-La llaman «Thera».

»-¿Thera? -dije, impresionado.

»-¿Conoces el significado de esa palabra? -preguntó él a su vez.

»-«Miedo» -respondí.

»-Así es -dijo él.

»- La Isla del Miedo -musité mientras volvía la vista hacia aquellas rocas-. ¡Alabado sea Allah, el altísimo!

»Desembarcamos en la isla mayor. Baba tenía allí un fondeadero que era su base y refugio. Una escarpada línea de arrecifes mantenía el lugar perfectamente escondido. Caminamos hacia el interior. El suelo estaba cubierto por una gruesa costra de cenizas petrificadas. Al cabo de un rato, nos encontramos en una cantera donde trabajaban cuadrillas de lugareños extrayendo aquellas cenizas en bloques. El mameluco me explicó que las tenían en gran estima como material para la construcción.

»-Lo que quiero mostrarte ya está cerca -me dijo.

»Trepamos por un lado de la cantera, hasta una zona que había sido horadada. Algo brillaba en el fondo de uno de los surcos tallados por los trabajadores. El mameluco saltó al interior de la zanja, recogió el objeto y me lo entregó. Lo sostuve entre mis manos temblorosas y lo observé con detenimiento. El fiero sol de aquella tierra le arrancaba reflejos azules. Era un precioso fragmento de cerámica vidriada adornado con dibujos de delfines, pulpos y un navío semejante a una galera. Era parte del revestimiento de una pared y había sido trabajado con una hábil labor de alicatado, digna del mejor de nuestros albañiles.

»Me pregunté, emocionado, si perteneció a algún edificio del puerto desde el que partió Talos para cruzar el océano Tenebroso.


8

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– Alabado sea Dios que te ha traído de vuelta a Granada después de tantos peligros -exclamó Ahmed.

– Alabada sea Su Misericordia -dijo Lisán-, pero los riesgos no han hecho más que empezar, pues pienso ir yo mismo en busca de esa Otra Tierra de más allá del mar Tenebroso.

Ahmed abrió la boca para responder a su amigo, pero sus palabras se agolparon y no supo qué decir durante un momento.

– Pero… ¡eso es una locura! Tú no eres un navegante, ni un aventurero. Además, ¿de dónde vas a sacar el dinero? ¿Y la nave?

– Baba ibn Abdullah se ha ofrecido a financiar la expedición -respondió Lisán.

– ¿El mameluco? -Su amigo se sentía cada vez más escandalizado.

– Hemos llegado a un acuerdo, él pondrá la nave y la tripulación. Yo los conocimientos necesarios para realizar el viaje.

– Has enloquecido, hermano -dijo Ahmed con voz seca-. ¿De verdad piensas embarcarte con un desconocido, de quien, además, sospechas que pueda ser un pirata?

– Sí -admitió Lisán-, he pensado mucho en todo eso. ¿Sabes? Baba es un hombre muy extraño y, de alguna forma que no logro clasificar, aterrador. Cuando está frente a ti, se diría que mira a través tuyo, como si tu cuerpo no fuera más sólido que una nube de vapor tenue que él pudiera atravesar con su mano. He visto antes miradas así; en soldados curtidos por tantas batallas que han olvidado el valor de una vida humana; o en fanáticos religiosos…

– ¿Y tú quieres convertir a ese hombre en tu compañero de aventura?

– Ya sé que es un riesgo, hermano. No soy un necio. Pero se trata de un riesgo calculado. Sólo yo puedo entender la lengua de los tirios. Nadie más podría interpretar los caracteres grabados en las planchas plúmbeas. Los calcos que llevaré de ellas van a ser la única carta de navegación. Si Baba ibn Abdullah intenta traicionarme, se encontrará solo y perdido en medio del océano, alejado de cualquier costa conocida y sin posibilidad de orientarse.

– ¡Maravillosa perspectiva! Me alegra saber que lo tienes todo tan bien atado -exclamó Ahmed.

Lisán reconoció la ironía en sus palabras, pero no quiso seguir ese juego.

– Así es. Por eso ha sido providencial que nos encontráramos ayer en el zoco…

– ¿Por qué? -Ahmed alzó las cejas.

– Porque tengo previsto zarpar en una semana…

– ¿Una semana? -Ahmed no daba crédito a lo que acababa de oír-. No es posible, hermano, dime que eso no es cierto.

El faquih se acercó a su amigo y apoyó sus manos sobre los hombros de éste.

– Si Allah, alabado sea, quiere, en siete días partiré con la marea. Todo ha sido previsto en secreto. El barco que me llevará hasta el Otro Mundo está atracado en una cala oculta de la costa, cerca de Salawbiniya, y Baba ibn Abdullah lo está pertrechando para el viaje. Pensaba enviarte las planchas y su traducción, para que las guardaras e hicieras de ellas el uso que consideraras más conveniente… en caso de que yo no regresara…

– Haré lo que me pides, hermano, ya que no puedo disuadirte de que emprendas este viaje de locura.

Lisán inclinó la cabeza, en señal de gratitud, y dijo:

– Mis criados llevarán ahora mismo el cofre a tu casa.

– Dámelo a mi regreso, hermano, porque pienso acompañarte hasta la costa.

– ¿Con qué objeto?

– Sólo quiero conocer a ese tal Baba ibn Abdullah y comprobar qué clase de hombre es. Concédeme al menos eso.

– Si eso va a hacerte sentir más tranquilo -sonrió-, que así sea. Mandaré entonces a los criados para que traigan uno de tus caballos y para que adviertan a tu familia.

Un muchacho negro, de unos doce años, llegó por el camino de la Alhambra con la yegua favorita de Ahmed. El joven llevaba el pelo trenzado y atado con cintas de tela roja. Estaba encogido de frío, con los ojos amodorrados aún por acabar de despertarse.

Ahmed le preguntó:

– ¿Saben los de la casa que voy a estar fuera un par de días?

– Lo saben, mi señor -respondió el chico mientras se frotaba los ojos.

Sus mejillas estaban señaladas con unas abultadas marcas paralelas, las cicatrices tribales que había llevado desde su ceremonia de iniciación, poco antes de que fuera capturado por los traficantes. Pero Jamîl, ése era su nombre, ya no era un esclavo. Ahmed lo había adoptado como mawla, el lazo especial de parentesco que se establece con un esclavo liberado.

Ahmed vivía en una gran casa de la medina, situada no muy lejos del palacio de los Banu Sarray. [6] Tenía cuatro mujeres, una docena de hijos y un pequeño ejército de esclavos. A muchos de estos últimos había acabado liberándolos, como había hecho con Jamîl.

– Vas a acompañarme hasta la costa, Jamîl. Espero que pronto estaremos de vuelta.

Ignacio apareció un rato después, maldiciendo por lo bajo.

– ¿A qué distancia está la playa ésa? -rezongó mientras montaba en su caballo.

– Unas diez parasangas -le respondió el faquih.

El vizcaíno escupió y dijo:

– ¿Y eso qué cojones significa?

– Una parasanga es más o menos la distancia que tú puedes cubrir en una hora.

– Es decir, que tenemos para dos jornadas de camino.

– Temo que vayamos a hacerlo de un tirón. Quiero llegar a la costa hoy mismo.

– ¡Jodidos moros! -gruñó Ignacio. Espoleó con rabia su caballo.

Rodearon las impresionantes torres de la Alcazaba y descendieron por el camino que llevaba a la ciudad de Granada. Sin llegar a entrar en ella, se desviaron hacia el sur, por un estrecho sendero que corría paralelo al río Shenil.

Un poco somnolientos aún, siguieron el cauce del río, mecidos por el ritmo de los pasos de sus monturas y la monotonía del camino. En las márgenes la hierba era alta y apretada, salpicada de abrojos que las cabras arrancaban con los dientes. Era una de esas mañanas luminosas tan comunes en Granada, cuando el viento ha barrido toda impureza en el cielo y el aire baja fresco desde la Sierra Nevada. Avanzaron bajo las cumbres blancas del Yabal al-Taly, cruzándose de vez en cuando con mozos que descendían de las montañas con recuas de mulas cargadas de nieve prensada entre esteras de paja.

Ahmed, que cabalgaba junto a Lisán, no dejaba de hablarle a su amigo intentando que reconsiderara su idea de hacer un viaje tan arriesgado.

– Pero… ¿por qué? -le decía-. ¿Qué es lo que buscas, hermano? Poseías una de las mejores propiedades de Granada. Tus huertas eran la envidia de todos… En otro tiempo, claro. Porque ahora tus campos están en barbecho, y ni tus criados te tienen ya aprecio… ¿Por qué estás dilapidando lo que tu familia tardó tantas generaciones en levantar?

Pensativo, Lisán le dijo:

– Recuerda las palabras del sabio ibn Jaldún: en este mundo todo está sujeto al mismo proceso de elevación y degradación. Se dice que son necesarias cuatro generaciones para crear y dilapidar una fortuna familiar. Mi bisabuelo tuvo que experimentar los sufrimientos que llevaron a nuestra familia a una posición elevada. Mi abuelo aprendió de esas cualidades, pero ya no era lo mismo; tenía otros intereses, como bien sabes. La decadencia de estas tierras de labor empezó ya con él. Mi padre fue un gran viajero y su interés por el patrimonio de la familia fue tan escaso que no dudó en renunciar a todo y trasladarse a El Cairo, cuando el sultán mameluco le ofreció el puesto de qádi malikí en su corte.

– Y a ti te ha correspondido la tarea de dilapidar los últimos restos del esfuerzo de tu bisabuelo…

– Así es.

– Eso suena muy cínico. Y tú nunca has sido un cínico, hermano.

– No es cinismo, Ahmed, sino una justa valoración de lo que realmente es significativo. La tierra, las huertas, la riqueza… Todo eso parece ahora muy importante, pero ¿quién se acordará de nuestros linajes dentro de unos años? ¿Y en unos siglos? No ha de quedar ni un recuerdo de que una vez vivimos, amamos y luchamos sobre este suelo.

– ¿Por qué piensas de una forma tan desalentadora? La guerra contra los infieles…

– La guerra contra los infieles va mal. La mayoría de ellos son tan sucios, incultos y groseros como Ignacio, pero conservan algo que nosotros hemos perdido casi por completo.

– ¿Y qué es eso?

– Vitalidad. Curiosidad. Ansias de conquista. Una vez nos vimos impulsados por esa misma fiebre y levantamos un imperio para la gloria de Allah. Pero esos tiempos pasaron…

– ¿Eso es lo que buscas: la gloria? No eres un guerrero, hermano.

– No lo soy -admitió Lisán-. Y no busco la gloria. Busco emociones, busco reinos remotos con tradiciones extravagantes, dragones con las escamas doradas y fuego en su aliento, pájaros roc con el buche repleto de piedras preciosas, princesas cautivas de perversos ÿinns, cultos olvidados, hormigas del tamaño de perros que perforan sus túneles en minas de oro… Busco la riqueza, busco lo sorprendente… Y, quizá, sólo un poco más de sabiduría…

– Quizá la muerte.

– Es posible, pero ¿no crees que vale la pena intentarlo? El profeta Muhammad, que Allah lo bendiga y le conceda paz, dijo: «Buscad el conocimiento allí donde esté».

– Sin embargo, en sus imploraciones, también pedía a Allah: «En Ti busco refugio contra toda ciencia que no sea útil». Hermano, Allah no exige a sus fieles que entiendan los movimientos de los astros en el cielo, como tú haces, o que crucen el mar en busca de Otros Mundos… Él sólo nos pide que aprendamos a salvar nuestra alma.

– ¿Y si sólo puedes hallar la salvación de tu alma más allá del mar?

– Oh, hermano… Nunca darás tu brazo a torcer, ¿no es así?

– Ya me conoces -dijo Lisán con una sonrisa-. Y desde hace mucho tiempo.

Mucho tiempo, sin duda, admitió Ahmed para sí. Toda una vida. Sentía una gran ternura por su amigo; tan sabio y erudito para las cosas que podían encontrarse en los libros, tan poco dispuesto para el mundo real. Era difícil entender cómo mantenían esa amistad siendo ambos tan diferentes. El erudito y el mercader que habían crecido juntos, continuando el afecto que ya se profesaban sus padres. Ahmed había secundado todas las locuras juveniles de Lisán. Siempre había estado a su lado, como un fiel escudero.

– ¿Recuerdas aquella ocasión en la que construiste una gran vela de seda recubierta de plumas y tensada en un bastidor de madera? -preguntó Ahmed al cabo de un rato-. ¿Cuánto hace de eso? ¿Qué edad teníamos entonces?

– Catorce o quince años… Creo.

– Con ese artilugio te lanzaste desde lo alto de la Colina Roja, e intentaste volar… ¿Te acuerdas? -Ahmed soltó una risita-. Lo intentaste, pero tan sólo conseguiste planear a cierta distancia y romperte una pierna en el aterrizaje.

Ambos rieron mientras recordaban los detalles de aquel suceso. Mucha gente de la medina subió a la Colina Roja para presenciarlo y estuvo mofándose de ellos durante meses. Incluso alguien hizo una cancioncilla para festejar el acontecimiento: Lisán quiso aventajar al águila en su vuelo… pero no tenía más plumas que las de un buitre viejo, decía.

Para Lisán había sido un momento de gloria, a pesar de todo. Durante meses se había sentido el centro de todas las miradas, de todos los comentarios. ¿Qué preparará ahora?, susurraba la gente cuando lo veía pasar. Y a él le había gustado esa sensación.

– ¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces, hermano? -preguntó Lisán con la voz llena de melancolía-. ¿Años o sólo un momento? Entonces el tiempo avanzaba lentamente, como si navegáramos en medio de una calma chicha. En cambio ahora parece que cabalguemos sobre un camello desbocado que se dirige hacia un abismo.

– Un abismo. Tú lo has dicho, hermano. Porque temo que te estás metiendo en otra locura… en la que corres un peligro mayor que el de fracturarte algún hueso.

Lisán hizo un gesto con la mano. Quería espantar todos aquellos temores.

– El tiempo es lo más valioso que nos ha regalado Allah. ¿Y qué hemos hecho con él hasta ahora? ¿Has cumplido todos tus sueños, Ahmed?

– Algunos. Y te aseguro que me considero un hombre feliz. Tengo mi casa en orden, tengo a mis esposas, a mis hijos…

Lisán asintió.

– Tú eres un hombre feliz, eso es evidente. Pero yo aún no he conseguido nada de eso. Tan sólo el recuerdo de muchos sueños que jamás se realizaron del todo…

– Deberías tomar esposa. Te lo he dicho mil veces: necesitas a una mujer a tu lado.

– Sin duda… -Lisán no quería volver sobre ese tema, que era recurrente para su amigo. Pero el recuerdo de unos ojos bellísimos y un encuentro fugaz en un sendero, apartado de la muchedumbre que llenaba el Multazam, [7] cruzó por su mente y la llenó de paz.

Ahmed insistió:

– Recuerda lo que dijo el poeta: Helada está la vida que transcurre sin ese dulce espíritu; podrida está la almendra que no se pierde en este almendrado misterioso…

– Cierto. Pero ahora no es el momento… Tengo la sensación de que Allah me ha reservado algo grande. Nada sucede por azar, tampoco el que yo encontrara esas planchas de plomo enterradas en los cimientos de mi casa… Él ha dispuesto las fichas sobre mi tablero y no puedo dar la espalda a los sueños de mi infancia… No ahora que al fin pueden realizarse.

– Ya no eres un niño, Lisán.

– Es cierto que he cumplido los cuarenta años, pero la misma fiebre que me decidió a saltar desde la Colina Roja sigue robándome el sueño. Quizá algunos no maduramos nunca.

Ahmed sacudió la cabeza y dio a su amigo por imposible.

– Quizá -dijo sonriendo.

Siguieron hacia la costa por un camino áspero y tortuoso.

Al atardecer, cerca del alfoz de Salawbiniya, se encontraron con una tropa de hombres armados. Les comunicaron que andaban haciendo la ronda porque una carabela de los infieles había sido avistada por el vigía desde la atalaya.

– Es mejor que pernoctéis en la ciudad -les aconsejó el que estaba al mando-. Mañana temprano podéis continuar vuestro camino.

– ¿Pensáis que pueden ser piratas? -preguntó Ahmed.

– Es una clara posibilidad.

Lisán llamó a su amigo a un aparte y le dijo:

– Tú y Jamîl id con ellos. Mañana mandaré buscaros.

– ¿Y tú vas a seguir el viaje, a pesar del peligro?

– No creo que se trate de piratas. Más bien el vigía ha debido de confundir nuestra nave con una carabela, pero no quiero que corras riesgo alguno.

– Si tú estás decidido a seguir, yo iré contigo.

Lisán asintió. Se volvió hacia el jefe de la tropa y agradeció su interés, pero le dijo que era preciso que continuaran su camino.

– Id con cuidado -aconsejó éste-. No son buenos tiempos para viajar de noche.

Continuaron. Al cabo de algo menos de una hora de marcha alcanzaron los acantilados que caían en picado sobre el mar. Se trataba de un escarpado promontorio que se extendía desde la misma orilla. Roca viva azotada por las olas hasta tal punto que había quedado porosa y con un filo como el de las aristas de hierro oxidado.

– Debemos subir por ahí para cruzar al otro lado -dijo Lisán, señalando la pendiente-. No hay otro modo de hacerlo desde tierra, así que sujetad bien los caballos para que no se asusten por el ruido del rompiente.

Treparon con cuidado por las rocas. Las olas se estrellaban bajo ellos y salpicaban espuma, formaban grandes remolinos en los intersticios. Ahmed caminaba, pensativo, al borde del acantilado. Las gaviotas revoloteaban y gritaban a su alrededor. Desde lo alto de esa barrera de piedra descubrió una larga cala arenosa. Las olas azotaban la parte exterior, pero en la interior tenía la apariencia de un estanque de agua cristalina. A lo lejos, vio una gran nave de velas cuadradas y otra menor con aparejo latino. Una carraca atracada junto a un jabeque. Allí estaban a salvo de miradas indiscretas, le explicó su amigo, pues la caleta se hallaba rodeada de pinos tan corpulentos que la ocultaban por completo a la vista desde el interior del país.

– Asombroso -dijo Ahmed, apoyándose en uno de los árboles para recuperar el resuello tras la subida-. ¿Cómo habéis encontrado este lugar?

– Baba ibn Abdullah sabía de él -respondió Lisán.

Comenzaron a descender por la ladera opuesta de la colina, hacia la franja de arena que se interponía entre el acantilado y el mar.


9

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Habían levantado un curioso campamento en la playa. Tiendas improvisadas con el velamen de las naves ancladas, en cuyas grandes superficies de lona se reflejaba de forma asombrosa la luz anaranjada de algunas antorchas clavadas en la arena.

Apenas pisaron la playa, dos hombres armados con alabardas se acercaron a ellos.

– ¿Qué buscáis aquí? -dijo el más flaco con la cara cubierta de cicatrices de viruela.

Lisán no lo conocía, ni al tipo de aspecto simiesco que lo acompañaba. Quizás acababan de llegar con la dotación de la carraca.

– As-salamu alaykum. -La mano al pecho, a la boca y a la frente-. Mi nombre es Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin. Creo que Baba ibn Abdullah me está esperando.

El de la viruela sonrió, mostrando una sucia dentadura llena de mellas.

– Claro, nos advirtió que llegaríais -dijo-, pero andan las cosas un poco revueltas y no está de más tomar precauciones, ¿verdad?

– Lo encuentro muy apropiado -asintió Lisán.

Se encaminaron juntos hacia el campamento de tiendas.

Ahmed le dirigió a su amigo una mirada interrogativa y éste se limitó a encogerse de hombros. Atravesaron el campamento, esquivando las sogas que tensaban las tiendas y los cuerpos desparramados por la arena. Todos los hombres allí reunidos tenían el mismo aspecto ruin de los dos guardias. Un puñado de turcos extraídos de remotas y atrasadas tribus fronterizas, que ahora miraban con descaro a aquellos dos andalusíes acompañados por un viejo infiel y un muchacho negro.

Entre las tiendas había una pequeña mesa de madera llena de papeles, iluminada por una lámpara de aceite de oliva que colgaba de un poste clavado en la arena. Un hombre estaba inclinado sobre la mesa. A Ahmed le pareció tan alto y flaco como el poste del candil. Alzó la vista hacia ellos y, sonriendo bajo su amplio mostacho, saludó:

– As-salamu alaykum, Lisán al-Aysar, y los que te acompañan. -Su rostro parecía dividido en dos por aquel impresionante bigote-. Me alegra volver a verte, faquih.

– Alaykum salam, Baba ibn Abdullah. Quiero presentarte a mi hermano, Ahmed al-Sagir ibn Yusuf ibn Nadîm.

Si la presencia de éste disgustó de alguna forma al mameluco, no lo demostró en modo alguno. Repitió su bienvenida para Ahmed, con igual cortesía y sin dejar de sonreír. Vestía como un hombre rico; usaba una loriga oscura que le llegaba a las rodillas y sobre ella un peto de cuero hervido, adornado con el relieve de un dragón. Una cadena de oro colgaba de su cuello, pero lo que fuera que sujetaba quedaba oculto bajo sus ropas. Iba tocado con un ostentoso turbante mameluco, que lucía una pluma de faisán sujeta por un broche. Su mimsa y su alfanje colgaban de su cinto y, al advertir la mirada que Ahmed dirigía a las armas, explicó:

– Hay una razia de piratas infieles por la comarca.

– Estamos enterados… -dijo Lisán-. Pero pensé que la llegada de la carraca podría haber confundido a los lugareños.

– No. Una nave de infieles anda rondando la costa -dijo Baba-. Dragut fue advertido cuando acudió a comprar provisiones a una aldea cercana y luego la hemos divisado nosotros mismos.

Dragut era el hombre con el rostro picado de viruelas.

– No es fácil entenderse con la gente de aquí -masculló-, parlotean en el dialecto más ridículo que he oído nunca.

Su vocabulario no era menos extraño, consideró Lisán, pues las palabras en árabe las mezclaba con expresiones en osmanlí y persa.

– Ahora es tarde -dijo Baba-, os propongo que vayáis a descansar. Mañana os mostraré la carraca.

– Me parece bien -dijo Lisán, pues se sentía agotado por el viaje y los ojos de su amigo le indicaban que él también lo estaba.

Lisán y Ahmed tuvieron que esperar un momento frente a su tienda, hasta que Jamîl terminó de improvisar sus lechos con varias mantas que les dejaron los turcos. En el interior los esperaba un jarro de agua no muy fresca y dátiles. Pero estaban tan cansados y hambrientos que comieron y bebieron como si se tratara del más exquisito adiafa.

Más tarde, Ahmed se tumbó sobre las mantas con un puñado de dátiles en la mano y dijo a su amigo:

– Esto no me gusta nada, hermano.

– Me lo estaba imaginando. Pero ¿a qué te refieres exactamente…?

– Son muchas cosas… ¿No hubiera sido mejor atracar esas dos naves en el puerto de Salawbiniya y evitarnos todas estas incomodidades? ¿Por qué nos hemos arriesgado a continuar el viaje, rechazando la ayuda de la ronda?

– Si hubiéramos atracado en Salawbiniya, tendríamos que haber informado al alcaide sobre nuestro destino.

– ¿Y qué? -se extrañó Ahmed.

– Él podría dar cuenta de nuestra presencia en el puerto, y esto llegar a oídos de Abu al-Qasim Bannigas.

– ¿De verdad piensas que el Gran Visir intentaría retenerte?

– Quizá. Si tuviéramos éxito esto supondría una amenaza para los genoveses, ¿no crees? Y si de verdad al-Qasim está aliado con ellos…

– Hermano, las cosas están cambiando… Si los portugueses persisten en su empeño de ir más allá de Guinea, acabarán por romper el monopolio de Venecia. Los genoveses serán entonces los más interesados en encontrar una ruta alternativa que puedan explotar. Piénsalo, no tienen motivo alguno para impedirlo. Más bien al contrario.

– Pero me hicieron prisionero cuando acudí a pedirles ayuda. Lo más probable es que de no ser por la intervención de Baba ahora estaría muerto.

Ahmed al-Sagir se rascó la barbilla.

– Tú mismo lo dijiste -señaló al cabo de un rato-, estaban investigando la posibilidad de que tu propuesta no fuera una locura. No podían dejarte ir, sin más, y que buscaras auxilio en los venecianos.

– Pero Baba afirmó que…

– ¿Te das cuenta de que todas tus sospechas se basan en lo que te ha dicho ese hombre? De acuerdo, los eruditos del albergo no se lanzaron a tus pies alabando tu ingenio al descifrar esos textos. De acuerdo, te retuvieron contra tu voluntad. Pero te trataron con corrección, dentro de lo que cabe, hasta que descubrieron que el hombre que te acompañaba era un traidor que iba a vender esa información a terceros. Por eso limitaron tu libertad.

– Me encerraron.

– Sólo después de que te reunieras con ese Baba ibn Abdullah, un pirata que te propuso escapar de Génova.

– Nadie nos vio. No podían saber que me había encontrado con Baba.

Ahmed separó las manos y miró hacia arriba, como implorando la ayuda del cielo ante la ingenuidad de su amigo.

– ¿Es que no sabes que Génova es un nido de espías e informadores? ¿Cómo crees si no que Baba dio contigo? -Suspiró-. ¿Viajaste hasta aquí en la carraca?

– No. -Lisán meditó un instante antes de continuar-. El mameluco no disponía en ese momento de una nave adecuada, pero me aseguró que la conseguiría. Llegamos en el jabeque que viste atracado junto a ella.

– ¿Cómo consiguió la nave? De lejos me pareció de construcción genovesa o veneciana.

– La alquiló, según me dijo.

– Arrendar una carraca completamente pertrechada cuesta de doce mil a quince mil dinares por mes. Es mucho dinero.

Lisán hizo un gesto vago.

– Al parecer es un hombre muy rico.

– ¿Sabes lo que pienso, hermano?

– Creo que puedo imaginarlo.

– Esa nave ha sido robada a los genoveses.

– No tienes pruebas de eso.

– No, pero eso explicaría su insistencia en mantener en secreto vuestras actividades.

El faquih asintió.

– Cabe dentro de lo posible, sí.

– Hermano, hermano… -se lamentó Ahmed-. ¿No ves que te estás mezclando en un asunto de piratería? ¿Qué fue de los guardias del albergo? Dijiste que había sangre en las espadas de los turcos que te rescataron…

– Sí. Lo más probable es que los mataran -dijo Lisán con fatalidad.

– ¡Debemos salir de aquí de inmediato! -exclamó Ahmed llevándose las manos a la cabeza-. Mataron a dos guardias del albergo, robaron la carraca y… quién sabe qué otros crímenes han cometido esos hombres malvados.

Lisán alzó las manos pidiendo paciencia a su amigo.

– Si es así, hermano, entonces mi camino ya está trazado.

Ahmed sacudió la cabeza.

– Como tú me dijiste: hay algo en ese hombre… algo muy extraño…

– Hermano, no deseo implicarte en todo esto. Lo mejor es que regreses a Granada y te hagas cargo de las planchas de plomo.

– ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer tú?

– He elegido un camino. Ahora es ese camino el que me conduce.

– Pero yo no voy a abandonarte en este momento. Juntos hasta el final, ¿recuerdas?

– Sí, hermano -suspiró Lisán-. Entonces te propongo que esperemos hasta mañana, veamos en qué condiciones está la carraca, antes de seguir elaborando más teorías.

Su amigo asintió.

– Que así sea entonces, si Allah quiere. Pero mañana me escucharás.

En la lona de la tienda se proyectaban, retorcidas, las sombras de los hombres de Baba que montaban guardia. El sonido de las olas del mar, al alcanzar la playa y remover la arena y las piedras de la orilla, llegaba tan claro y acompasado como una melodía.

Ahmed se había dado la vuelta y había empezado a roncar casi al instante. Lisán envidió su facilidad para entrar en el mundo de los sueños. Salió afuera para contemplar las estrellas, algo que siempre relajaba su mente. Pero ni siquiera en ellas iba a encontrar la paz.

El manâzil, el cielo de las estrellas fijas que está contenido en la esfera de las doce Torres del Zodiaco, es inmutable y eterno. Lisán conocía la disposición de los astros con la misma certeza con la que un hombre sabría situar los lunares sobre el cuerpo de su amada. Sin embargo, algo había cambiado allá en lo alto. Una nueva luminaria, bastante brillante, había aparecido en el Trono de Géminis. Se estremeció. ¿Cuál sería el significado de ese acontecimiento? El vértigo se apoderó de él cuando intentó imaginar qué senderos tomaría su futuro. Atravesar un mar inmenso y peligroso… Lleno de leyendas y monstruos… Para llegar a… ¿Adónde? ¿Qué era lo que lo empujaba hacia lo desconocido?

Recordó aquel momento en que desistió de traducir el texto de las planchas de plomo y se concentró en otra cosa. No era la primera vez que hacía algo así. De hecho, era habitual en él eso de ir revoloteando de un empeño a otro, sin terminar nunca nada, sin centrarse en nada. Así había transcurrido su vida, como un largo y aburrido juego sin sentido.

Ya había alcanzado la edad de la madurez. Según las enseñanzas sufíes, antes de los cuarenta años no podía aflorar el estado espiritual necesario para el encuentro con la propia senda. Pero no había sido una decisión suya, inspirada por la acumulación de conocimientos a lo largo de los años, lo que lo había puesto en el camino, sino un golpe de suerte. La fortuna de que aquellos obreros encontraran las planchas de plomo enterradas en su jardín… La sorprendente coincidencia de que el cherif Alí al-Hacam pusiera a la venta aquel libro…

Los hombres van descubriendo su destino a cada paso, pero sólo Dios sabe adónde conducen todos los senderos… Lo único que él ya no podía hacer era echarse atrás.


10

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Baba ibn Abdullah no era un hombre de mar. La tarea de patronear la nave se la había adjudicado al capitán del jabeque, un turco llamado Piri Muhyi. Y fue éste quien, a la mañana siguiente, les mostró la carraca.

– Gorda y vieja como mi mujer -dijo Ignacio, con una mueca de desagrado, y apenas pisó la cubierta.

– Suficiente para nuestros propósitos -le aseguró Piri.

Era un hombre muy joven, con el cuerpo bien proporcionado, musculoso. Llevaba un elegante jubón de paño rojo, abierto sobre el torso desnudo; la cabeza rapada y las orejas llenas de tintineantes anillos de oro. Lisán se preguntaba cómo era posible que Baba hubiera confiado el mando de la carraca a un muchacho que aparentaba tener menos de veinte años. Más tarde averiguaría que la familia de Piri tenía una larga tradición marinera. Desde que era un niño había navegado con su tío, el famoso corsario Kemal Reis.

– Para llevar cebollas por el Mediterráneo, quizá sea buena -insistió Ignacio-. No voy a negarte eso. Pero no es buena para navegar por el mar Océano. La primera ola un poco fuerte nos ha de partir en dos. Eso te lo aseguro ahora.

La verdad, era una nave bastante antigua. Tenía el casco ligeramente redondeado de las viejas cocas, pero presentaba el aparejo típico de una carraca, como un híbrido entre ambas. El alcázar y el castillo estaban integrados en el casco, aunque sin la complejidad de otras naves más modernas. Los palos trinquete y mayor iban aparejados con velas cuadradas; el mesana, con vela latina. Los tres palos eran de pino de Balsaín. La quilla, roda, codaste, baos, fogonaduras y guindastes, eran de buena madera de Guinea. Disponía de una única cubierta corrida, aunque desde el palo mayor hasta el extremo de la popa se levantaba el alcázar. Y, sobre él, en la toldilla, se encontraba el único camarote cerrado de la nave. El mameluco se lo había ofrecido a Lisán, para que instalara allí sus mapas y los instrumentos de medición.

En las bordas alguien había montado ocho cañones pedreros con duelas de bronce, de los llamados «gerifaltes». Cuatro a cada lado, sujetos sobre unos fustes en forma de horquillas, lo que sin duda les daría una gran precisión de tiro.

– ¿Cuál es el nombre del barco? -preguntó Ahmed, mientras observaba con suspicacia la presencia de armas tan modernas en una nave tan antigua.

Piri se encogió de hombros.

– No tiene nombre, que yo sepa.

– ¿Una nave tan vieja y carece de nombre? -dijo Ahmed con recelo-. Muy extraño, ¿no crees?

La pregunta iba dirigida a Lisán, que no quiso responder a las transparentes alusiones de su amigo. En cambio, dijo:

– Debo confesar que no lo había pensado. Quizá «al-Garbí» sea un nombre apropiado, pues en esa dirección nos dirigimos.

– Sería un buen nombre, sin duda -dijo Ahmed-. Pero quiero proponerte uno mejor, si me lo permites.

– ¿Y qué nombre sería ése, hermano?

– Taqwa, «el Temor de Dios», el que inspira a una persona a estar en guardia contra las acciones equivocadas y deseoso de volver al camino que mejor complazca al Más Alto.

– La Taqwa entonces. Si nadie tiene nada que objetar y ello te va a complacer.

Los turcos iban y venían de la playa, cargando cestos llenos de tierra. Subían a la cubierta por una rampa y descendían a través de una portilla abierta, en dirección al sollado.

Ignacio, que había permanecido silencioso durante un buen rato, dijo:

– ¿Acarrean todo eso para lastre?

– En efecto -le respondió el joven capitán-. Iremos bastante cargados, pero no nos vendrá mal un poco de estabilidad extra.

Mientras Piri y el vizcaíno hablaban, Ahmed llevó a su amigo aparte y le dijo:

– No voy a permitir que te embarques solo en esta aventura.

– Ya hablamos de eso, hermano. Mi destino ya ha sido fijado por Allah, y yo no puedo y no quiero variarlo.

– Escucha… -Ahmed meditó sus palabras-. Creo que puedo conseguirte una tripulación mejor, algunos hombres de confianza, al menos.

– ¿Qué quieres decir?

– Conoces mi buena relación con los Banu Sarray. Estoy seguro de que puedo convencer a algunos de sus guerreros para que nos acompañen.

Lisán miró atónito a su amigo.

– ¿Nos acompañen? ¿Has dicho «nos acompañen»?

– Me necesitas a tu lado, hermano -le explicó-, necesitas de mi buen criterio y de mi talento comercial. Y yo tampoco puedo dejar pasar esta oportunidad de enriquecerme. Me arrepentiría el resto de mi vida si lo hiciera.

– ¿Enriquecerte? -El faquih estaba con la boca abierta.

– ¿Sabes lo que implica la hermandad? Que no tienes más derecho que yo sobre tus propios asuntos.

– ¿Ya no piensas que este viaje es una locura?

– Por supuesto que lo es. Pero desde que te conozco, hermano, jamás he dudado de tu talento y sabiduría. Si tú crees en ese Otro Mundo situado más allá del mar, yo estoy seguro de que existe, y de que se podrá comerciar con las gentes que vivan en él, o construir bases para alcanzar las lejanas costas de Catai y Cipango. Todo eso significa negocio y yo no puedo darle la espalda a un buen negocio. Te pido que me aceptes como socio.

– Pero estabas seguro de que no se podía confiar en Baba.

– Y no pienso hacerlo. Precisamente, mi aportación sería la de pagar el salario de los guerreros Sarray que te servirán como guardia personal, como protección para tus intereses y los míos.

Lisán sacudió la cabeza.

– Hermano -dijo-, esto es tan inesperado…

– Recuerda, antes que ninguna otra cosa está nuestro contrato de hermandad. Dos hermanos siempre se asisten mutuamente hacia un mismo objetivo y el contrato sólo se completa cuando ambos son camaradas en una empresa común. En cierto sentido, formamos una sola persona que participa tanto de la buena como de la mala fortuna, abandonando todo sentimiento de privacidad o egoísmo. No puedes ni debes dejarme fuera de esto, hermano.

El faquih celebró la ocurrencia de su amigo con una gran carcajada.

– Por supuesto que no, Ahmed -dijo abrazándolo-, ¿qué mejor compañía que la tuya podría desear en mi viaje?

Cuando Ahmed partió hacia Granada, Lisán explicó al mameluco que su amigo se iba a unir a la expedición en calidad de asociado. Estaban en la carraca, en el interior del alcázar. Baba se atusó el bigote y dijo:

– Perfecto. Un poco de dinero extra nos ha de venir bien en estos momentos.

El faquih le habló también de los Banu Sarray. Esperó la reacción del mameluco.

– ¿Cuántos serán?

– Ahmed me aseguró que podría conseguir unos quince guerreros.

Baba retorció uno de los extremos de su mostacho.

– Eso significa que algunos de mis hombres se tendrán que quedar en tierra.

– Sí -dijo Lisán.

El mameluco lo contempló durante un rato antes de decir:

– Lo entiendo. No confías plenamente en mí. Esos hombres van a ser tu guardia personal, para protegerte de mis turcos… ¿Estoy en lo cierto?

Lisán mantuvo su mirada y dijo:

– Lo que dices es exacto.

– Bien, en tu situación yo haría lo mismo. Por ese lado no va a haber discusión entre nosotros.

Baba sirvió dos vasos de vino. Le ofreció uno al faquih, que lo rehusó con un gesto.

– Pensé que todos los andalusíes tomabais vino.

– No todos. Pero aceptaré un vaso de agua fresca.

– Trae mala suerte brindar con agua.

Alzó su vaso de vino hacia Lisán y dijo: «A tu salud». Lo apuró de un trago. De una jarra sirvió agua en otro vaso y se lo entregó al faquih.

– ¿Tienes idea de qué vamos a encontrar? -le preguntó.

– Gente como nosotros, sin duda. Quizás un poco distintos en su apariencia, pero hijos de Allah, alabado sea, al fin y al cabo. No puede ser de otra forma.

– ¿No crees que podamos encontrar monstruos, como afirman las leyendas antiguas?

– Monstruos… -Lisán se extrañó ante aquella palabra tan desagradable. El mameluco lo miraba muy fijamente, con sus ojos de halcón-. No. No lo creo. Todas esas leyendas fueron creadas por los tirios para proteger sus inversiones en la Otra Tierra.

Los labios de Baba se fruncieron en una mueca de escepticismo. Quizá pretendía ser una sonrisa, pero Lisán sintió de nuevo el helor que aquel hombre provocaba en sus entrañas.

– Los tirios fueron un pueblo del pasado -dijo el mameluco, pronunciando las palabras con parsimonia-, pero hubo muchos otros. Tan poderosos o más que ellos. Los egipcios, por ejemplo. Para ellos el Sol recorría el firmamento sobre un carro de fuego e iba a morir en el remoto occidente, donde el cielo se tiñe con la sangre del sol cada atardecer. Las tierras que están situadas allí son la morada de los muertos. Un mundo temible, poblado por toda clase de monstruos que se alimentan con la carne de los viles.

El andalusí apuró el agua. En realidad, sólo pretendía disimular el temor que las palabras de Baba le habían provocado. No hablaba como un hombre que relata una vieja historia, escuchada en algún lugar remoto. Su voz tenía la certeza de aquel que está en posesión de conocimientos extraordinarios.

– ¿Cómo sabes de todas esas cosas? -preguntó.

– Del mismo modo en que tú obtuviste tu entendimiento sobre los antiguos tirios. Los símbolos egipcios son palabras claras para mí.

El mameluco se irguió con orgullo al decir estas palabras. Aquel hombre era un erudito como él. Por muy inquietante que fuera su aspecto, sus intereses eran parecidos y podían entenderse.

– Es una sorpresa -dijo-. Hace que este viaje sea aún más interesante. Sin duda tenemos mucho de que hablar y muchos conocimientos que compartir.

– Sin duda -coincidió Baba ibn Abdullah.

– ¿Quién eres realmente?

– No soy un pirata, como teméis tú y tu amigo. Poseo una patente de corso expedida por el propio sultán.

– Tampoco eres un mameluco.

Baba se volvió hacia él. Una sonrisa enigmática en los labios.

– ¿Por qué piensas eso? -preguntó.

– Es evidente que hablas el osmanlí y el árabe con la soltura de aquel que ha aprendido ambas lenguas desde niño. Si eres mameluco se explica tu aspecto físico y tus ojos claros…

– En ese caso, ¿cuáles son tus dudas, faquih?

– Para el takbir, tu corazón no debe estar en contradicción con las palabras que pronuncia tu lengua. Si en tu corazón sientes que hay algo mayor que Allah, aunque tus palabras parezcan verdaderas, Él es testigo de que eres un mentiroso.

– ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Acaso puedes leer mis pensamientos?

– Es evidente que no puedo hacer tal cosa. Pero el alma tiene espejos que son muy claros para el que sepa leerlos. Los más importantes son los ojos, que no pueden mentir, pero también los movimientos de las manos y la posición de tu cuerpo al rezar…

– Hay muchas culturas diferentes en nuestra casa común, faquih, y muchas actitudes distintas…

– El exterior de los hombres es un cebo y su interior una advertencia. El alma se contenta con el engañoso exterior, pero el corazón penetra en la intimidad… Y puedo ver que ocultas algo en lo más profundo de tu alma.

Los ojos verdes de Baba chispearon durante un instante con un fuerte sentimiento que Lisán creyó interpretar como ira. Pero fue como una nube cruzando sobre la luna. De inmediato regresó el hombre afable.

– Eres un hombre muy sabio, faquih -dijo. La oscura emoción que delataran sus ojos había desaparecido por completo, pero Lisán estaba muy lejos de sentirse cómodo.

– Y tú… ¿Quién eres tú? -le preguntó una vez más.

– ¿Importa eso? -Sus ojos. Atravesándolo-. ¿Es que mi linaje o mi historia personal te harían reconsiderar tu intención de navegar a mi lado?

Esa mirada… De nuevo había experimentado la misma sensación de espanto ante aquel hombre que lo embargó la primera vez que se encontraron en el puerto de Génova. De nuevo los ojos de Baba parecían capaces de ver a través de él, como si el cuerpo de Lisán al-Aysar se hubiera transformado en un humo tenue.

– No -admitió al cabo de un instante-. No renunciaría a este viaje por nada.

– En ese caso, ya hemos hablado suficiente, faquih. Hay mucho trabajo por hacer y tenemos muy poco tiempo antes de zarpar. Cuando nos encontremos en alta mar, no han de faltarnos las ocasiones para conversar. Por el momento, basta saber que soy tu socio en esta aventura. Que acepto a tu amigo como nuevo socio. Y que esos guerreros Sarray serán bienvenidos en un viaje hacia un destino tan lejano e incierto.


11

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Ahmed al-Sagir regresó cinco días más tarde, acompañado por Jamîl, quince infantes Banu Sarray y varias carretas cargadas de víveres. Piezas enteras de carne curada de vaca y sacos de legumbres secas fueron descargados al otro lado del acantilado y transportados sobre los hombros de los turcos hasta la playa. Luego, los fardos fueron cargados en el batel e izados a bordo de la carraca con la ayuda del cabestrante. Aunque aún era temprano, hacía calor y los músculos de los que tiraban de las cuerdas relucían sudorosos.

Los Sarray contemplaban desde la playa el pesado trabajo de los turcos. Se sentaban en la arena, comían manzanas y discutían si esta u otra forma de entibar la nave era la mejor. Pero en ningún momento hicieron el mínimo ofrecimiento de ayuda. Vestían ropas lujosas, de seda negra y azul, con elegantes bordados de plata y turbantes de muselina. Tenían un aspecto impresionante con sus espadas jinetas colgando de cintos de cuero hervido ricamente repujados. Demasiado elegantes para mancharse las manos trabajando.

Sin embargo, esa misma tarde, cuando ya empezaba a refrescar, un grupo de Sarray se ocupó, personalmente, de descargar varias tinajas vacías. Las llevaron con cuidado en el batel hasta la carraca y las aseguraron con cuerdas alrededor de uno de los palos. Ignacio, que andaba ocupado en el aparejo, se acercó y quiso saber qué negocio tenían con aquello. Eran grandes recipientes, fabricados con algún tipo de arcilla de color rojo vivo, que los guerreros andalusíes empezaron a llenar con cántaros de agua dulce.

Uno de ellos le respondió al vizcaíno:

– Son unas vasijas muy finas, fabricadas por los mejores artesanos de al-Andalus con una tierra que llamamos inyibar mineral.

Ignacio se rascó la barba y dijo:

– Ya. ¿Y para qué sirven?

El Sarray lo miró como a un viejo chocho.

– No hay nada que refresque mejor -dijo-, porque la vasija «suda» y elimina el calor del interior. Con este material se fabrican las botellas en las cuales se bebe el agua por todo el país. También mantiene alejados a los ÿinn que emponzoñan el agua.

Ignacio los miró. Luego a las tinajas y de nuevo a los Sarray.

– ¿Sólo para tener agua fresca? ¿Eso es todo? -Por algún motivo, le costaba creerlo.

– Así es.

– ¡Ja! Podéis deshaceros de ellas ahora mismo.

Como los Sarray no le contestaron y siguieron con su trabajo, añadió:

– Son demasiado finas. No aguantarán el embate de la primera ola. ¡Ja! Vais a ver como se rompen. Apenas salgamos a mar abierto, se romperán. Para el agua llevamos esas pipas de madera. -El viejo señaló un gran recipiente atado a otro de los palos-. Está calentuzca y no huele bien, pero no hay otra manera.

Los Sarray lo ignoraron y continuaron con su tarea de llenar las tinajas. Cuando Ignacio se marchó, uno de ellos le dijo a otro:

– Sólo un perro o un infiel beberían esa agua medio corrompida.

El capitán de los Banu Sarray era un joven noble, de aspecto distinguido, con los perfectos modales de un caballero. Sobre la coraza traía ceñida una amplia marlota carmesí, de terciopelo brocado, abierta de arriba abajo y punteada con finos galones de plata.

Se presentó ante el faquih, al que saludó con sobriedad:

– As-salamu alaykum, Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin. Parece ser que el deseo de Allah, exaltado sea, es que hagamos juntos el viaje. Puedes contar con mis armas y con las de mis primos para tu protección.

– Alaykum salam. Creo que ya nos conocemos, Yusuf ibn Sarray.

– Así debe de ser, aunque yo no te recuerdo, faquih.

Lisán hizo una breve reverencia y agradeció al Sarray que le ofreciera sus servicios. Luego fue en busca de Ahmed al-Sagir. Lo encontró en el acantilado, sentado sobre una roca. Rezaba y miraba hacia el cielo del atardecer. Las cuentas de madera del takbir pasaban veloces entre sus dedos.

– ¿Has visto esa nueva estrella, hermano? -dijo Ahmed a su amigo.

El astro ya asomaba claramente en el cielo rojizo. Lisán dijo:

– Sí, hace días. Y desde entonces no ha dejado de aumentar su brillo.

– En la Alhambra todo el mundo anda asustado con esa luz. Incluso le han puesto nombre: El Guardián, así la llaman… ¿Qué crees tú que indica? ¿Tiene algún significado que pueda interpretarse?

– Los cielos no son tan inmutables como creen algunos, hermano, pero cada cambio que se produce en el firmamento tiene el poder de aterrorizarnos.

– Eso ya lo sé. Pero ¿qué es lo que dice tu ciencia sobre esa estrella nueva?

– Quizá se trate de un cometa y, en ese caso, será un mal augurio.

Ahmed se volvió hacia su amigo. Había algo de esperanza en su voz:

– ¿Deberíamos entonces suspender nuestro viaje?

Lisán se llevó las manos a las sienes y dijo:

– No, hermano, no voy a hacer tal cosa. Aunque se están produciendo hechos que me llenan de inquietud.

– ¿A qué te refieres?

– Tal y como me prometiste, los Sarray están aquí. Parecen buenos guerreros, pero su capitán…

Ahmed al-Sagir asintió con un gesto.

– Yusuf ibn Sarray. Es el ahijado de mi buen amigo ibn Kumasa.

La corte de la Alhambra era el escenario de un juego de intrigas y odios entre las mujeres del sultán, Fátima y Zoraya, por un lado, y las familias de los Banu Sarray y los Banu Bannigas por otro. El instigador de los Banu Sarray era un alto dignatario de la corte llamado Yusuf ibn Kumasa, quien odiaba a Abu al-Qasim Bannigas, el gran visir.

– Me parece muy poco prudente por tu parte, hermano -le espetó Lisán-. ¿Qué precio vamos a pagar por meter a un príncipe de las dos familias rivales en esta aventura?

– Ibn Kumasa es como un hermano para mí, no debes preocuparte de nada. ¿Acaso al-Qasim no rechazó tu plan y te arrojó a las garras de los genoveses? Si hubieras acudido a ibn Kumasa en primer lugar, tu suerte habría sido otra y no hubieras tenido necesidad de asociarte con ese extraño personaje.

– Las cosas son como son -dijo Lisán golpeando la arena con un pie-; y no podemos volver atrás en nuestras decisiones. Pero debiste consultarme antes de traer al ahijado de ibn Kumasa a esta playa.

– Hermano, hermano… -Ahmed compuso un gesto de dolor-, no me reprendas por haber deseado lo mejor para ti. Éste es un mundo de lobos, y nosotros, ¿qué somos?

– ¿Qué somos, hermano?

– Simples corderos, por supuesto. Yo, un comerciante, y tú, un erudito. Si triunfamos en esta aventura, ¿cómo crees que podremos retener nuestra presa? Nuestros dientes son débiles y no estamos entrenados en estas lides, seremos empujados a un lado y los poderosos se repartirán el botín de nuestro esfuerzo. Los hombres como tú o yo sólo podemos medrar si nos arrimamos a la sombra de un buen árbol.

– ¿Y ese árbol es el de los Banu Sarray?

– Sin duda, hermano. Pueden ser odiados por unos, pueden ser los enemigos del sultán, pero sus ramas son fuertes y la sombra es nítida. Si tu triunfo es también su triunfo, entonces nadie se atreverá a lanzarse sobre él.

– Pero ¿qué esperan obtener a cambio?

– Beneficios políticos, por supuesto -admitió-, y cierto control sobre las nuevas rutas que surgirán tras este viaje. No podían negarse a acompañarnos, es una posibilidad de grandes beneficios y sólo arriesgan unos pocos hombres. Pero no necesitamos más, pues son los mejores guerreros de Granada.

– No sé, hermano, sigo pensando que no ha sido una buena idea…

– La mejor de las ideas, hermano. Además, es la forma correcta de hacer las cosas, en lugar de ocultarnos como criminales en una playa olvidada de la mano de Allah, alabado sea.

Es posible, reflexionó Lisán. Quizá su amigo tenía razón y él estaba equivocado. Sí y no. Y, como dijo el filósofo, entre el sí y el no salen volando de sus materias los espíritus y de sus cuerpos las cervices. A esas alturas ya no tenía la mente muy clara. Se sentía agotado de tanto preparativo y tan sólo deseaba emprender el camino de una vez por todas.

Alzó la vista hacia el cielo, contempló la nueva estrella. Deseó con todas sus fuerzas que se tratara de un buen augurio.


12

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– ¡Largad trinquete! -gritó Piri Muhyi, haciendo bocina con las manos.

Ignacio sujetaba con fuerza la caña del timón. Escupió hacia su lado izquierdo, para alejar al demonio. Luego pronunció las frases de rigor para espantar a los malos espíritus que pudieran haberse enganchado al barco:

– ¡En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero, que sea con nosotros y nos dé buen viaje a puerto de salvamento y nos lleve y nos vuelva con bien a nuestras casas!

Se santiguó varias veces con nerviosismo. Dio un largo trago de la jarra de vino que tenía a un lado y, en un tono más bajo, añadió:

– ¡Dios me asista en esta nave cargada de sarracenos!

Era el 25 Muharram del año 890. Tras la primera oración y antes de que despuntara el sol, la Taqwa se hizo a la vela. Había sido cargada con víveres suficientes para cincuenta personas durante tres meses. Lisán aseguraba que el viaje no iba a durar más. Sonreía al observar la delirante tripulación que había reunido: los piratas turcos, el insólito mameluco, los exquisitos Sarray, un viejo infiel borracho… Y él, un faquih con la cabeza llena de quimeras.

Pero es sabido que Dios es amigo de los locos.

Mientras la carraca se deslizaba segura por las aguas, una actividad frenética se desarrollaba en cubierta y en los palos. Bajo las órdenes de Piri, los marineros turcos corrían arriba y abajo, trincando o soltando cabos y escotas, subiendo por los obenques hacia las vergas, izando velas o tensando aparejos. Para cruzar con rapidez desde el castillo de proa al alcázar, habían tendido unas pasarelas hechas con cuerdas bien tensadas y enjaretadas entre sí. Los andalusíes contemplaban admirados todo este trabajo desde la cubierta principal, que quedaba ahora como un pozo bajo esta red. Los turcos, con los pies desnudos, corrían por ella como las arañas por su tela.

– ¿Qué tienes, hermano? -le preguntó Lisán a Ahmed al-Sagir.

Miraba hacia la playa rodeada de acantilados. Había tristeza en sus ojos.

– Pienso en mis mujeres, en mis hijos, y me pregunto cuándo los volveré a ver…

– Eso está en manos de Allah, alabado sea. Pero rezo para que sea muy pronto.

– Dime, hermano, ¿cómo es posible que nunca hayas sentido deseos de fundar una familia? Eso es algo que no puedo entender.

Y vuelta a lo mismo, pensó Lisán. Pero dijo:

– En ocasiones tengo ese deseo… Es posible que algún día lo haga.

– Las mujeres son importantes, hermano. Al menos una. Y, aun en el caso de que sea una arpía y te haga la vida imposible, una mujer es esencial para que un hombre vea cómo su vida se desarrolla de un modo adecuado.

Ahmed tenía cuatro mujeres, pero sólo una de ellas era su mujer. Y, ciertamente, su aspecto era el de una arpía. Tenía aterrorizadas a las otras tres esposas y al propio Ahmed. Lisán había llegado a pensar que su amigo se había enrolado en esa incierta aventura sólo para alejarse de ella por un tiempo.

– Deberías tomar una esposa, hermano -insistió Ahmed.

, se dijo Lisán, sin duda eso contribuiría a equilibrar mi vida.

Como otras muchas veces, vino a su mente el recuerdo de esa noche en su Hach…. [8] La imagen de unos ojos hermosos que lo miraban desde detrás de un velo… El breve contacto de una mano de mujer sobre su hombro…

¿Qué tienes tú que ver con el mundo y qué tiene que ver el mundo contigo?

Ésa era la pregunta que solía hacerle su murshid. [9]

Eres como un viajero en un día de verano -le decía-. Llegas al pie de un árbol, descansas bajo su sombra y luego te vas, dejando atrás aquel árbol para siempre. No hay que detenerse en el camino, ni en un estado, ni en una estación… Como el asno que hace girar la rueda de molino para que su punto de llegada sea siempre el de partida…

– ¿Crees que es posible enamorarse de un sueño? -le preguntó Lisán a su amigo.

– ¡Por supuesto que no! -respondió Ahmed casi escandalizado-. Lo sabroso de las mujeres es que están hechas de carne sólida. Cuando regresemos de esta aventura me voy a ocupar personalmente de tu situación. Tengo una cuñada que es una verdadera joya de Allah. Un hombre se atragantaría si intentara beber de su ombligo. Sus pechos podrían amamantar a todas las criaturas de Granada y serían como una almohada de Damasco para tus noches…

– Parece muy sugestivo -bromeó Lisán.

– ¿Lo dices en serio? Ya veo que no. Pero no me importa, hermano. Cuando regresemos, tendrás que aceptar mi ayuda.

– Cuando regresemos -dijo Lisán para complacer a su amigo.

Se colocó a su lado para compartir con él aquel momento y le pasó una mano por el hombro. Contemplaron juntos el paisaje. El viento les azotaba el rostro.

Unos delfines saltaron frente a la quilla de la nave.

La Taqwa navegaba adormilada, mecida por un viento bonachón sobre un mar llano que lamía los acantilados visibles a estribor.

– ¡Una nave! -gritó el vigía desde lo alto del palo mayor-. ¡Por sotavento!

Todos se volvieron en esa dirección. Una carabela navegaba paralela a la Taqwa.

– Genoveses -afirmó Baba sonriendo entre dientes.

Miró a Lisán, que estaba junto a él, y añadió:

– Finalmente nos han encontrado.

El andalusí asintió, comprendiendo que sus perseguidores eran los piratas que andaban rondando la costa durante las últimas semanas.

Uno de los turcos empezó a gritar en osmanlí:

– ¡Venecianos, pagaréis cara la afrenta de Gallipoli! ¡Hermanos, a las armas contra los infieles!

Era un hombre gigantesco, de piel oscura. Su cráneo afeitado mostraba una terrible cicatriz en el parietal izquierdo, que estaba hendido por un tajo que lo cruzaba de lado a lado.

– Es Abdul Jabbar -le había explicado Dragut al faquih en una ocasión-. Lo conozco bien, es un buen hombre. Recibió un hachazo en la cabeza en Negroponto. Fue una gran batalla, y Jabbar la revive una y otra vez. Se diría que aquel hachazo también le cortó la memoria a partir de ese día.

La mayor parte del tiempo tenía el aspecto de un grandullón tranquilo y melancólico. Miraba a un lado y a otro, silencioso, como si no entendiera con exactitud lo que estaba pasando e intentara encajarlo en su memoria. Y así era. Su mente sólo podía retener durante un día lo que estaba sucediendo a su alrededor. A la mañana siguiente, regresaba a la casilla de salida, en el inicio de ese fatídico día en Negroponto. En ese preciso momento, corría de un lado a otro, agitando un puño en el aire en dirección a la carabela.

– ¡Venecianos, vais a morir! ¡Sentid el temor de Allah!

Yusuf ibn Sarray había alineado a sus guerreros junto a la borda de estribor, listos para defender la carraca. Algunos esgrimían alfanjes turcos para cortar los garfios de abordaje y los agitaban desafiantes sobre sus cabezas. El tufo a zafarrancho había acabado de alejar los últimos vapores de sueño entre la tripulación.

Mientras tanto, Piri fue dando cuerpo a la maniobra con nuevas órdenes. La Taqwa desplegó sus alas al completo. Se inflaron las velas y el viento tamborileó sobre las lonas como un tambor guerrero. Rechinó la arboladura, la nave dio un violento quiebro y varió su ruta. La carraca, con su velamen forzado al máximo, revoloteó sobre el mar como un gordo pato sobre el que planeara un gavilán. Intentaba escabullirse, pero era pesada, torpe como una vieja agarrotada y fondona. Lisán casi creía poder oírla jadear por la falta de resuello. La ágil carabela genovesa se aproximaba, implacable, sobre su flanco.

Baba gritó haciendo bocina con sus manos:

– ¡Ah de la carabela! ¿Cuál es vuestro destino?

– ¡Parad! -gritaron los genoveses, y esto era una orden sin lugar a dudas. Una orden que contenía todas las amenazas posibles para aquel que se atreviese a desobedecerla.

Y así fue. En ese momento, Lisán vio aparecer un fogonazo cerca de la proa de la carabela, acompañado de una nubecita de humo. El estampido le llegó casi a la vez que el estruendo de madera astillada en la cubierta de la Taqwa y los gritos de dolor de un hombre herido. Una sección de la borda había volado. Sus fragmentos, reducidos casi a serrín, seguían lloviendo por todas partes. Vio a uno de los Sarray en el suelo, sujetándose con fuerza una mano de la que goteaba abundante sangre sobre la cubierta.

– ¡A los gerifaltes! -ordenó Baba con voz seca.

Lisán corrió hacia el herido. El Sarray tenía el rostro lívido de dolor. Junto a él estaba tirada su cimitarra, retorcida porque era la que había recibido el impacto de lleno.

– Déjame ver -le dijo mientras separaba sus manos para estudiar la herida.

Dos dedos, el meñique y el anular, habían desaparecido. El pulgar estaba muy magullado, pero Lisán pensó que quizá pudieran salvárselo.

– Has tenido mucha suerte. -Le vendó la mano con un pañuelo para contener la hemorragia-. Allah te ha protegido.

Mientras tanto, el duelo entre los dos barcos continuaba. La carabela no estaba en un ángulo adecuado de tiro y disparar sólo serviría para desperdiciar munición. Sin embargo, Baba, dirigiéndose al turco que empuñaba uno de los gerifaltes, le ordenó:

– Abú… ¡Fuego!

El estampido y la nube de humo debieron de dejar bien claro a los genoveses que no estaban indefensos, pero eso no los iba a detener si su determinación era abordarlos. Lisán pudo distinguir en la cubierta de la carabela a un grupo de hombres en perfecta formación y con los ganchos de abordaje listos para ser lanzados. No tenían el aspecto de simples piratas.

Siguiendo las precisas órdenes de Piri, la Taqwa giró para aprovechar hasta la última brizna de viento en sus velas y sesgó con una hábil maniobra que obligó a los genoveses a replegarse hacia la costa que, en aquellos momentos, estaba demasiado cerca de ellos.

– Baba -dijo Lisán-, ¿no crees que…? ¿Baba?

El mameluco estaba paralizado, los ojos fijos en aquella carabela que maniobraba en una compleja danza con la Taqwa. Aquella nave era más ágil, pero la carraca tenía una masa mayor. Si ambos barcos llegaban a chocar, los genoveses llevarían las de perder. Y Baba observaba aquello con una expresión perdida en su rostro. Está aterrorizado, pensó Lisán. Pero no tenía sentido. Un corsario debería estar acostumbrado a esas situaciones.

La carabela, huyendo de la embestida de la carraca, se fue encerrando ella misma en un estrecho fondeadero de la costa de lecho arenoso. Lo asombroso fue que los tripulantes de la nave genovesa no variaron el rumbo en ningún momento. De modo que la carabela acabó por estrellarse contra el banco de arena. Su quilla se hundió ciegamente en el lecho con un horrible crujido. Las velas se plegaron hacia delante con el aburrido movimiento de un abanico que se cierra. Uno de los palos se quebró, derrumbándose como un árbol talado sobre la cubierta.

El grito de victoria de la Taqwa se superpuso a los distantes gritos de terror de los genoveses. Baba respiró profundamente, parpadeó y recuperó la compostura. Por un instante, el mameluco se unió al júbilo de sus hombres. Luego regresó junto a Lisán.

– Esto demuestra que todas nuestras precauciones eran justificadas -le dijo- y que el albergo genovés sigue detrás de ti. Nos hemos librado de nuestro primer escollo, faquih, pero aún tenemos un largo camino por delante. Te sugiero que empieces a trazar la derrota.


13

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Lisán se encerró en la toldilla y fue desplegando sus cartas navales, que eran calcos sobre buen papel de las planchas plúmbeas. Estudió aquel tesoro que sólo él podía comprender. Leyó:

Nuestro Mar ocupa el Centro del Mundo. Tiene una hechura ovalada y posee una única salida, abierta por el dios Melqart en tiempos remotos, llamada «Boquete del mar inmenso» por los de Keftiú, y «Las Columnas de Melqart» por los de Tiro.

Allí atracamos la nave, y los hombres gritaron de terror al contemplar la infinita extensión de agua que se abría ante nosotros, envuelta en desgarrones de nieblas tenebrosas.

«¡Redondo el mar, circulares sus aguas!», exclamaban admirados. Porque así lo veían, rodeando la Tierra como un río infinito que siempre retorna sobre sí mismo.

«Océano de la Muerte», lo llamaron también.

Uno de los varones de Cattarim aseguraba que, a partir de las Columnas de Melqart, se abría el Océano interminable y sus aguas se extendían hasta el infinito. Decía que nadie había visitado esos parajes, que nadie llevó jamás sus naves por aquella inmensidad.

«Las tinieblas cubren con su manto el cielo», decía, «la niebla envuelve el mar y el día permanece siempre oscurecido. Un gran número de monstruos nadan por ese Océano y el terror de fieras sin nombre acecha más allá de los mares».

«He aquí el límite sagrado impuesto por el cielo, y no podemos atravesarlo.»

Sus palabras causaron un gran temor entre los hombres, pero mi señor Talos dijo para que todos pudieran oírlo:

«Una tierra nos espera al otro lado del mar. Os conduciré seguros hacia ella igual que os he guiado a través del fuego de los dioses».

Nos establecimos cerca de una de las Columnas de Melqart y allí nos aprovisionamos de alimentos y esclavos para el sacrificio. Y, antes de abandonar la factoría para internarnos en el océano, mi señor me ordenó dejar indicación de nuestra ruta para que otros supervivientes vinieran detrás de nosotros…

A continuación estaban los datos precisos para guiarse por las estrellas. Y la situación de las tres grandes corrientes que, como ríos que discurriesen por dentro del mar, llevarían cualquier nave hacia la Otra Tierra. Pero ¿para quién dejó Talos esas indicaciones?, se preguntaba Lisán. ¿Para los supervivientes de Thera? Le costaba creerlo. Talos era un extranjero en el imperio Keftiú y no tenía motivos para preocuparse por la vida de aquellos que, al volverle la espalda, provocaran la ira de los dioses, tal y como en el texto se afirmaba que había sucedido. Quizá dejó las planchas plúmbeas para sus compatriotas de Tiro, y por ese motivo estaban escritas en la lengua de esa ciudad y no en la del Imperio del Mar.

Si fue así, no fueron encontradas hasta muchos siglos después, cuando la providencia decidió que su antepasado romano diera con ellas para enterrarlas en los cimientos de su nueva casa. El destino sujeto por Allah había permitido que él las obtuviera al final de esta larga cadena y que dispusiera de los medios para traducirlas.

Pero había algo maléfico en todo esto. Algo que no podía provenir del Altísimo.

Algunos párrafos lo llenaban de terror:

A la primera luna llena que os ilumine en alta mar le sacrificarás un niño varón, encomendándote al dios Baal, y luego beberás su sangre…

El texto contenía numerosos rituales sangrientos semejantes a éste. Se diría que la embarcación debía navegar dejando detrás de sí un reguero de niños degollados. Creencias de los tiempos de la ignorancia, antes de la llegada del Islam. La era Jahiliyya, en la que la humanidad era bárbara y supersticiosa, y en la que los sacrificios humanos y el canibalismo habían sido prácticas comunes por parte de los sacerdotes idólatras, los druidas y los chamanes. Cosas del pasado, dirían muchos. Pero recordó que Baba le había hablado de monstruos que se alimentaban con la carne de los hombres.

Durante horas el faquih permaneció en la toldilla, haciendo cálculos, ajeno a todo, hasta que la nave empezó a dar violentos bandazos. La tinta con la que escribía se derramó y sus papeles cayeron al suelo. Las paredes de madera oscura de la toldilla daban vueltas a su alrededor. La tablazón del suelo subía, bajaba y oscilaba de un lado a otro. Todo lo que había en el camarote intentaba golpearle en la cabeza. Oyó gritos fuera. Se caló un sombrero embreado que pendía de un clavo y, dando un traspié, se dirigió hacia la puerta.

Lo que vio al abrirla lo dejó paralizado.

Frente a la Taqwa se levantaban unas escarpadas moles purpúreas. Se veía romper las olas contra sus orillas y las cintas de espuma que marcaban el contorno de unas afiladas rocas.

La nave estaba frente a la Montaña de Tarik, aquellas Columnas de Melqart de los tirios, donde empezaba el Océano Tenebroso. Las olas eran enormes y se estrellaban contra las bordas lanzando chorros de agua. El viento rugía y la carraca se elevaba y descendía bajo el impulso de las olas. Piri impartía órdenes a gritos entre los turcos. Varios Sarray intentaban retener la última ánfora de inyibar y así evitar que el agua fresca que contenía se derramara. Pero el recipiente de barro era sacudido de un lado a otro. Ignacio, ayudado por dos marinos turcos, sujetaba con fuerza la caña del timón, mientras reía como un loco de sus inútiles esfuerzos. Lisán apartó la vista de ellos y contempló a su amigo, Ahmed al-Sagir, que vomitaba, echado sobre la borda. Jamîl estaba junto a él, intentando socorrerlo, pero aparentaba estar tan aterrorizado y mareado como su amo.

Se lanzó hacia el furioso torbellino que barría la cubierta y corrió hacia su amigo atravesando aquella bamboleante superficie. Una gran ola se estrelló contra su costado, convirtiéndose en una cortina de espuma que cubrió por completo a Ahmed y al mawla.

– ¡Hermano! -gritó Lisán-, ¡no puedes quedarte aquí!

– Déjame -gimió Ahmed-. No deseo otra cosa que la muerte.

Vomitó de nuevo. El faquih lo tomó por el brazo y le dijo a Jamî

– Ayúdame a llevarlo hasta el alcázar.

Apoyado en Lisán y en su mawla, Ahmed caminó torpemente hasta un lugar más resguardado. Al pasar frente a Ignacio, éste les gritó:

– ¡Maldito seas, sarraceno! ¡Me has embarcado con un puñado de dueñas de fogón!

Ya a resguardo bajo la tablazón del alcázar, Lisán volvió sus ojos hacia el mar. La Montaña de Tarik se levantaba como una nube tempestuosa, suspendida amenazante a menos de un tiro de piedra de la carraca.

– Temamos a Allah con el temor que le corresponde -musitó-. Glorificado y altísimo sea…

Parecía que iban a estrellarse de un momento a otro contra aquel acantilado. Pero, de repente, se abrió ante ellos un horizonte despejado. Como por milagro, la mole rocosa se había alejado y ahora sólo una leve brisa rizaba la superficie del mar. A babor, la costa de África apareció y desapareció varias veces entre las brumas, como un espejismo, y luego se vieron navegando por mar abierto.

Una vez cruzado el estrecho, los turcos pudieron al fin subir a las jarcias y desplegar todo el velamen de la Taqwa. Lo único que Piri esperaba ya era un poco de viento de levante, o del norte, que les permitiera navegar más holgados en la derrota trazada por el faquih.

– ¡No tenéis ni idea de dónde os estáis metiendo! -gritó Ignacio.

– ¿Qué quieres decir? -le preguntó Lisán.

– No hay nada en el rumbo que has indicado. Nada.

– Estás equivocado. Lo que vamos a hallar no es algo que sobresalga de las aguas. Se trata de un río dentro del mar.

– ¿Una corriente marina? -bufó Ignacio.

– Así es. Situada a setecientas millas frente a nosotros.

– Entonces ya puedo jurar que vamos a morir todos.

– ¿Por qué? -preguntó Piri.

– Las corrientes son tan útiles como peligrosas cuando no se conocen bien. Yo navegué con los portugueses hasta Guinea. En varias ocasiones. La distancia que separa Guinea del Guadalquivir son mil setecientas leguas. En la ida los barcos se deslizan suaves, como un escupitajo al viento, y bastan veinte días para recorrerlas. Pero en el regreso se emplean cuatro meses o más. Y se necesita una buena fuerza de vela y vientos muy favorables, que no son frecuentes. ¿Sabéis por qué?

– Al regreso teníais que remontar esa misma corriente -dijo Lisán.

– Justo. ¿Y sabéis qué significa eso en nuestro caso?

El faquih empezaba a sentirse harto de los acertijos de aquel piloto borracho y maleducado. Sin paciencia para esperar la respuesta, empezó a dar media vuelta para regresar junto a Ahmed. Pero Ignacio lo retuvo por el brazo.

– La tierra de «Irás y no volverás», hacia allí nos llevas.

– Mantén la derrota. -Lisán se zafó-. Preocúpate sólo de eso.

– ¡Moriremos todos! -gritó, y dio un largo trago de vino.

Piri caminó junto al faquih y dijo:

– Ese hombre nos traerá problemas.

– No creo, pero… ¿de dónde saca tanto vino? Las botellas que compré en el zoco no pueden durarle tanto.

– Sin duda sobornó a alguno de mis hombres para que le trajera una buena provisión.

– Si sigue bebiendo de esa forma, pronto perderá la poca capacidad que aún conserva.

– Eso me preocupa. Yo me las arreglé perfectamente para pilotar la carraca hasta Granada, pero nunca he navegado más de tres días sin tener la costa a la vista.

– Los datos que tengo son muy precisos. No debes preocuparte por nada.

Piri lo miró con intensidad.

– Pero tú eres el único que conoce nuestro destino, el modo de trazar la derrota para ir hasta él y luego regresar. Baba debe de haberse vuelto loco, pero yo no estoy acostumbrado a depender tanto de alguien. Si te pasara algo, sería el final de todos nosotros.

– Recemos a Allah, alabado sea, para que eso no suceda -replicó Lisán-. ¿Puedo confiar en tus hombres?

El joven capitán turco asintió.

– Todos sabían exactamente a lo que venían -dijo-, y son fieles a Baba hasta la muerte.

– Con la voluntad de Allah llegaremos a nuestro destino -dijo Lisán.

Regresó al alcázar, junto a Ahmed y su mawla.

– ¿Cómo sigues, hermano?

Su amigo lo miró con ojos vidriosos. Estaba mortalmente pálido.

– No muy bien -le dijo con una voz casi inaudible-. No imaginé que esto iba a ser tan duro.

Jamîl cambió el paño empapado en vinagre con el que intentaba refrescar la frente de su señor.

– ¿Es que nunca te habías embarcado?

– Sólo durante el Hach. Nunca más tuve necesidad de salir de al-Andalus. Me decía que no podía haber nada en el resto del mundo que mereciera la pena el esfuerzo de abandonar mi tierra. -Sonrió con amargura-. Tendría que haberme mantenido fiel a ese principio.

– Este malestar pasará -le aseguró-. Es sólo cuestión de tiempo.

Jamîl volvió a cambiar el trapo con vinagre.

– ¿Cómo te encuentras tú? -preguntó Lisán al chico.

Éste lo miró y dijo:

– Bien, mi señor. Estuve malo hace un rato, pero ya pasó.

En aquellos ojos había el miedo y la incertidumbre que todos sentían, pero que la expresión del muchacho mostraba de forma clara.

– ¿Estás asustado?

– Sí, señor. Los turcos dicen que navegamos hacia el borde del mundo y que caeremos por una inmensa catarata sin fin.

– Eso no es verdad -dijo el faquih-. ¿Confías en mí?

– Sí, señor -afirmó el muchacho-. Sois el hombre más sabio del mundo. Así lo asegura mi amo…

– Ya no tienes «amos», hijo -dijo Ahmed con un hilillo de voz-. ¿Cuándo te acostumbrarás a eso?

Lisán miró de reojo a su amigo, que forzó una sonrisa en su rostro demacrado. Luego se volvió hacia Jamîl y le dijo:

– Ah, ¿sí? Pues en ese caso debes hacerle caso a tu señor y creer lo que te voy a decir. No hay bordes del mundo, ni cataratas. Vivimos sobre una inmensa esfera, navegamos sobre ella y podríamos rodearla y regresar al lugar del que partimos. Esto es algo que los hombres sabios conocen desde hace muchos años. Pero, en ocasiones, la gente lo olvida porque nuestros sentidos nos engañan al contemplar lo cercano. Pero somos como hormigas recorriendo la piel de una gigantesca naranja. ¿Lo entiendes?

– Sí, mi señor -dijo Jamîl. Su expresión indicó al faquih que el chico no lo entendía en absoluto, pero que sus palabras habían bastado para tranquilizar todos sus temores-. El mundo es una naranja.

– Eso es -sonrió Lisán.

Más tarde, al pasar junto al timón comprobó que Ignacio estaba charlando con uno de los Sarray más jóvenes.

– Si seguimos hacia el sur… -decía éste con bastante temor-, se dice que el aire se vuelve irrespirable.

Ignacio hizo una mueca despectiva y dijo:

– Todo eso son patrañas… Yo estuve en el castillo de San Jorge de la Mina del Rey de Portugal. Está debajo de la equinoccial y soy un buen testigo de que no es inhabitable. Justamente en esas aguas pude ver nadar a algunas sirenas…

– ¡Sirenas! -exclamó Hubal, que así se llamaba el andalusí.

– Así es, hijo. No son tan parecidas a las mujeres como las pintan en los grabados, pero no están del todo mal.

La nave siguió su curso. Al tercer día llegaron los vientos deseados y pudieron, al fin, navegar a todo trapo hacia el suroeste.


14

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Fue en la noche en la que completó su Hach.

Tras las vueltas rituales en torno a la Casa Santa, Lisán había conseguido acceder a la Piedra Negra y la había besado con fervor. En ese momento, experimentó una emoción desconocida para él. Una sensación dulce, que calentó su espíritu como lo haría el humo del hachís. Un profundo bienestar pulsaba en su pecho, lo hacía plenamente consciente de la presencia de un Dios Único, Allah Ahad. La Esencia Divina que llenaba el Universo, transformándolo en un lugar amigable, acogedor, que endulzaba el aire que respiraba y penetraba en sus pulmones.

La multitud lo rodeaba como un único organismo palpitante que ocupara todo el Multazam, colmándolo, expandiéndose por unos lugares y encogiéndose por otros. Una anguila sin fin, que se mordía la cola y giraba sobre sí misma. Y él tuvo el fuerte deseo de estar solo para meditar sobre el significado de aquella intensa emoción que había experimentado.

Salió del patio pavimentado y caminó por la rambla. Sus pies hacían crujir la arena, y este susurro apagaba el ruido del gentío. Una casida antigua le daba vueltas por la cabeza, como una cancioncilla que se hubiera quedado pegada a su memoria. Cerró los ojos y empezó a recitarla en voz alta… Entonces notó el contacto, suave como la seda, de una mano sobre su espalda. Se volvió y se encontró frente a una mujer. La mitad de su rostro estaba oculta por un velo, pero tenía los ojos más negros y bellos que él hubiera admirado nunca.

– Señor, ¿qué era eso que susurrabas? -le preguntó ella.

Fascinado por su presencia, Lisán dijo:

– No soy un poeta, mi señora. Estos versos fueron escritos por uno de gran talento hace muchos años. Decían: Mi corazón quedó atado a la madeja de tu cabello desde antes de la Eternidad. Nunca se rebelará, ni aun después de la Eternidad; nunca romperá su pacto…

– ¡Qué extraño es oír algo tan hermoso! ¿Cómo pueden unos versos expresar tan bien lo que los ojos no alcanzan a ver? Di, mi señor, ¿qué dijiste después de eso?

– Tu amor se ha plantado en mi corazón y en mi alma de tal manera que, aun perdiendo la vida, mi amor permanecería…

– Aun perdiendo la vida, mi amor permanecería… -repitió ella-. Ésa es la verdad: el amor es un mensaje de lo Eterno, escrito en el propio tejido del alma humana. El amor es inmutable y trascendente, como la bóveda celeste, y nos recuerda que la inmortalidad no es algo que queda fuera de nuestro alcance…

Lisán asintió, paralizado por la emoción de tener enfrente a una criatura tan hermosa y tan sabia. Ella le hizo una reverencia y dijo:

– Que Dios te guarde, mi señor.

Sin que Lisán pudiera hacer nada para retenerla -en su recuerdo siempre sentía sus miembros entumecidos, aunque deseaba correr tras ella-, la mujer siguió su camino. Pasó junto a él y se alejó hasta perderse entre la muchedumbre.

Cuando él reaccionó, rodeó el templo una y otra vez, buscándola entre todos aquellos rostros indiferentes, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Pero nunca más volvieron a encontrarse. No llegaron a cruzar ni una palabra más, y sólo le quedó el recuerdo de su voz, de aquel contacto breve de su mano, y de aquella mirada… Seguía soñando con sus ojos, dedicándoles torpes casidas que jamás mostraba a nadie. Y, después de tantos años, seguía fascinado por aquel instante de absoluta perfección: la certeza de la presencia de Dios, un sendero tranquilo en medio del tumulto, unos versos y la mirada de unos ojos que le daban sentido a todo. ¿Podría encontrar otra vez un sentimiento comparable?

Dicen que el grano que germina antes de ser sembrado nunca llega a madurar. Quizá por eso se había envuelto en una vida oscura, sin apenas relacionarse con sus semejantes. Sin ningún interés más allá de sus libros y de sus sueños irrealizables. Sueños como el que le había llevado a bordo de aquel barco.

Ahora recorrían unas buenas cien millas diarias y el tiempo pasaba lento entre guardias, trabajos de manutención y reparación. Unas jornadas tranquilas, apacibles, mientras la carraca navegaba segura a barlovento. El propio cuerpo de Lisán iba cambiando a medida que pasaban los días, sus articulaciones se acostumbraban a la humedad y dejaban de doler. Aprendía a disfrutar de los placeres más sencillos, como un chubasco pasajero que le lavara el salitre de las ropas o le proporcionara un trago de agua dulce y fresca. Y tenía todo el tiempo del mundo para sus recuerdos.

Los turcos vivían entregados a su trabajo, sin apenas mezclarse con los andalusíes, pues la mayor parte de ellos no hablaban otra cosa que el osmanlí. Hacían tres guardias diarias para realizar las distintas labores de a bordo. En cada una de ellas debían estar listos para maniobrar con el aparejo en caso de cambios bruscos en dirección e intensidad del viento y debían realizar el lavado de toda la cubierta, para mantenerla con una humedad constante y evitar que se secara y resquebrajara por el sol.

Los Sarray disponían de todo el tiempo libre. Jugaban a los dados, discutían o fumaban pipas de hachís, del que parecían haber traído una buena provisión. También dedicaban muchas horas del día al cuidado del acero de sus armas, limpiándolas y engrasándolas para evitar que el salitre del mar las enmoheciera.

Nadie es más elegante que un Banu Sarray, pensaba Lisán, admirando el porte de aquellos hombres. Siempre andaban perfectamente ataviados con sus exquisitos brocados y sus turbantes de muselina, lo que era un poco incongruente en aquella cubierta atestada. Ante la imposibilidad de lavarse a diario, usaban perfumes que habían traído en diminutos y preciosos frascos. Los turcos se burlaban pinzándose las narices al acercarse a los Sarray, como si fueran incapaces de soportar aquel olor.

Ahmed se había ido recuperando poco a poco del malestar que le ocasionaba la inquieta superficie de la nave, pero sabía que nunca se acostumbraría por completo, pues hay hombres cuya naturaleza parece ser contraria al mar. Al menos había aprendido a mantener la comida en su interior, y eso, de momento, era más que suficiente. Lisán intentaba animarlo conversando largas horas con él, tumbados en la cubierta de popa, suspirando por que se levantase algo de brisa.

– Se diría que estamos solos en el mundo, ¿no crees? -Ahmed señaló a lo lejos con el brazo extendido-, que el resto de las cosas han desaparecido y que sólo quedamos nosotros a bordo de esta vieja nave…

Ciertamente, era extraño descubrir los límites de lo humano que establecía la propia carraca. Cuerda, madera, nudos y seres humanos… y más allá un inmenso azul donde éstos no podrían sobrevivir ni un instante sin la ayuda de aquel artefacto.

– Cada vez estamos más lejos de la tierra conocida… -añadió-, y la desolación parece extenderse sin fin frente a nosotros… Se diría que estamos entrando en un universo vacío.

– No, hermano -dijo Lisán. En medio de la inmensidad del mar todo cobraba un nuevo sentido-. Tal cosa no es posible. Fíjate en esta nave -dijo mientras miraba hacia la selva de jarcias que sostenían los mástiles y a los turcos que trabajaban en lo alto-, es sin duda una de las máquinas más complejas inventadas jamás por el hombre, un laberinto de cabos, de centenares de juegos de poleas usados para levantar las vergas y enfocar las velas hacia los vientos. Cada pieza tiene su importancia en función de las demás; ninguna está aislada; ninguna trabaja sola; todas son la Taqwa, la máquina que nos mantiene vivos. La inmensidad nos rodea, es cierto, pero también es tranquilizador pensar que todos y cada uno de nosotros…, incluso el vizcaíno -sonrió-, participamos de Allah, como las olas forman parte del océano. Somos pequeños, es cierto, pero existimos. Y, en nuestra pequeñez, somos capaces de enfrentarnos a los mayores desafíos. Gracias a Allah, alabado sea.

Ahmed le devolvió la sonrisa y apretó con cariño la mano de su amigo.

Siguieron hablando. Algo más tarde, Jamîl se puso en pie, interrumpiéndolos.

– ¡Mirad, señores! -gritó.

Lisán y Ahmed se volvieron hacia la dirección que señalaba el muchacho y ambos dejaron escapar una exclamación de sorpresa. Un grupo de ballenas se agitaban hacia el sur, delatando su ruta las vistosas bandadas de aves marinas que las seguían para aprovechar cualquier resto de sus cacerías. Una de gran tamaño nadó directa hacia la nave, con su cuerpo dibujado por manchas blancas y negras y unos ojos malévolos que todos pudieron distinguir con claridad. Parecía que su intención era chocar contra la Taqwa, pero empezó a sumergirse cuando llegó a un tiro de piedra de la proa. Turcos y andalusíes corrieron hasta el alcázar y la vieron hundirse tranquilamente a través del agua, hasta que desapareció en el abismo verde.

Algunos turcos habían gritado nerviosos desde lo alto de las jarcias, cuando pareció que el monstruo marino iba a cargar contra la nave. Yusuf ibn Sarray rió con los brazos en jarras, rodeado por sus hombres.

Están tan asustados como los turcos, comprendió Lisán, pero son demasiado orgullosos para demostrarlo.

De repente fue sobresaltado por el violento remolino que había aparecido junto a la nave. Se volvió en aquella dirección, a tiempo para ver cómo la ballena surgía de las profundidades. Dio un salto impresionante, sacando casi todo su cuerpo fuera del agua, y al caer chocó con violencia contra la superficie del mar, produciendo un tremendo ruido. Se sumergió y empezó a nadar alrededor de la carraca. Todos corrieron de una borda a otra para observarla y uno de los turcos le lanzó un palo que la bestia atrapó con los dientes y partió en dos.

– ¿Con qué os perfumáis, andalusíes? -gritó Dragut entre carcajadas-. Debe de ser una esencia muy cara, pues hasta los peces salen del agua para oleros.

– Me pregunto qué se ponen sus mujeres -dijo otro de los turcos.

– Sí -rió Dragut-. No me imagino que puedan oler mejor que ellos.

Yusuf ibn Sarray había saltado en busca de su arco. Colocó una flecha en él y lo tensó. Apuntó a la bestia. Disparó. El dardo se clavó en el lomo de la ballena. Ésta no pareció darse cuenta de la herida, pero los Sarray vitorearon entusiasmados a su capitán. Yusuf volvió a tensar el arco y disparó una nueva flecha que también se clavó en la criatura, que se alejó entonces del barco con los dos dardos sobresaliendo de la superficie del agua.

– ¡Menudo monstruo! -exclamó Lisán admirado.

El mameluco, que estaba junto a él, lo miró y dijo:

– Pensé que no creías en los monstruos, faquih.

Bajo su mostacho asomaba una sonrisa cínica. Lisán recordó su conversación en el alcázar, antes de que Ahmed regresara con los Sarray. No habían vuelto a tocar el tema desde entonces, pero la alusión de Baba era una clara invitación a hablar.

– Bueno -dijo Lisán-, de esas cosas quizá tengas mayor conocimiento que yo.

– Es posible, faquih.

– Muy bien. -Lisán se cruzó de brazos y lo miró desafiante-. En ese caso, dime si sabes algo de la tierra a la que nos dirigimos que yo ignore.

– Creo que sí.

– ¿Me hablarás de ello ahora?

Baba se atusó el mostacho y preguntó a su vez:

– ¿Me permitirás ver tus cartas de navegación?

Lisán estuvo a punto de negarse, pero reconsideró su postura. Había tenido buen cuidado de no traducir las anotaciones que contenían las cartas, así que eran incomprensibles para todos excepto para él, que era el único hombre a bordo capaz de leer los caracteres tirios.

Pero Baba le había asegurado que podía leer los símbolos egipcios…

Claro que, en ese caso, ¿por qué se preocupaba? Cuando estuvo en la playa, solo con el mameluco y los turcos, bien podrían haberse apoderado de sus documentos sin ninguna dificultad. No tenía sentido que Baba hubiera esperado a estar en alta mar para hacerlo. ¿O sí?

Necesitaba tiempo para pensar en todo aquello.

– Mañana temprano -le dijo al mameluco-. Ahora hace demasiado calor dentro de la toldilla.

– Cuando gustes -dijo antes de dar media vuelta y regresar con sus hombres.


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Como cada mañana, Lisán se levantó una hora antes de la primera oración y atravesó la cubierta sorteando a los durmientes. Parecía atestada, a pesar de que un tercio de la tripulación debía permanecer en pie, de guardia nocturna. Pero, al tenderse, el cuerpo humano ocupa más espacio, y la superficie disponible sobre la Taqwa era escasa.

En la caña del timón, iluminado por la luz de un candil de aceite de oliva, montaba guardia uno de los turcos. La ampolleta situada junto a él era un reloj de arena destinado a controlar la duración de la guardia y, más importante aún, a calcular el tiempo para la estima de la navegación, pero el faquih le había añadido un ingenioso mecanismo que le permitía contar las vueltas que la ampolleta había dado. Las anotó con cuidado y devolvió el contador a su posición inicial.

La noche era fresca y el aire muy agradable, pero pronto amanecería. Hacía varios días que soportaban tanto calor que el alquitrán hervía en las junturas de la cubierta. El sol calentaba implacable, el mar estaba tranquilo y ni el viento más frío hubiera podido disipar por completo la calina que reflejaban las aguas. Era una delicia cuando al fin llegaba la noche y la nave se deslizaba en silencio por aquellas aguas negras.

Pero algo en el cielo nocturno preocupaba a Lisán. Se trataba de la estrella que había visto por primera vez en la playa; en el transcurso de los días su brillo había ido creciendo en intensidad y había desarrollado una larga cola plumosa. Un cometa, lo que para todo el mundo a bordo tenía un significado siniestro y establecía un mal augurio para la travesía. Los sabios Aristóteles y Ptolomeo creyeron que aquellas luces eran simples irregularidades de la atmósfera terrestre. Su paisano Séneca, en cambio, pensaba que eran cuerpos celestes independientes, como las estrellas o los planetas y que viajaban como éstos por la bóveda celeste. Y no hacía mucho que había leído el opúsculo de un tal Regiomontano, que confirmaba esta opinión e incluso aseguraba haber logrado medir su diámetro angular.

Pero en el texto de las planchas plúmbeas se hacía referencia a un cometa que había anunciado la venganza de los dioses, y eso significó la desaparición del más poderoso imperio de su tiempo. Se preguntaba qué relación podía tener aquella presencia en el cielo con todos los acontecimientos que se habían producido en su vida durante los últimos años. No lo sabía, y toda su ciencia no era suficiente para dar respuesta a esa pregunta.

Alejando esos temores de su mente, decidió seguir con su trabajo de cada mañana. Usó un kamal, también de fabricación propia, para medir la altura de la estrella Polar. El instrumento era un sencillo rectángulo de madera, de un par de pulgadas de longitud y una pulgada de ancho, con un cordel fijado en el centro del mismo, con nueve nudos situados a determinadas distancias unos de otros. Para medir la altura de la Polar, Lisán sujetó la cuerda con los dientes y colocó la tabla perpendicular a sus ojos, haciendo que su borde inferior coincidiera con el horizonte. La fue alejando, extendiendo el brazo, hasta que el borde superior coincidió con la estrella. El nudo que quedó entonces entre sus dientes le daba la latitud que buscaba medida en isbas, dato que el faquih anotó de inmediato en el papel que siempre guardaba entre los pliegues de su ropa.

– Se diría que nos sigue en nuestro viaje…

Era Baba. Había surgido de la oscuridad, envuelto en su manta de dormir.

– ¿A qué te refieres?

– El cometa. -El mameluco señaló el arco de luz en el cielo-. ¿Tú también piensas que es el anuncio de nuestra desgracia?

Lisán se preguntó si llevaría mucho tiempo observándolo trabajar.

– No tiene por qué ser un signo infausto -le respondió.

– Pero sin duda señala algo. Los cometas siempre son el anuncio de algún acontecimiento importante. Se dice que hubo un gran cometa sobre el cielo de Constantinopla la noche en que la ciudad cayó.

– Pero ¿qué significa eso? Lo que fue una gran desgracia para las gentes de Constantinopla, resultó, en cambio, un acontecimiento feliz para las del ejército otomano.

– Así es -dijo Baba-. En cualquier caso fue una jornada en la que se derramó mucha sangre. Muchas mujeres de ambos bandos lloraron la pérdida de sus hijos o esposos.

Lisán hubiera querido poder leer sus pensamientos.

– Eso es cierto -dijo.

Baba miró hacia lo lejos. Justo antes del amanecer el mar era una inmensa extensión negra con algunas fantasmales fosforescencias escabulléndose alrededor de la carraca.

– ¿Cómo puedes orientarte en medio de esta inmensidad?

– Se trata de aplicar las ciencias de la astronomía, la trigonometría y la geometría.

– Parece cosa de magia.

– Es sólo ciencia. Y muchas de estas técnicas ya eran conocidas por los antiguos griegos, aunque los navegantes del Mediterráneo las hayan olvidado. Lo único que hay que hacer es calcular la altura de la estrella Polar, aplicar las tablas y realizar un cálculo que nos diga nuestra posición. No es demasiado complicado.

– Asombroso -admitió Baba con tranquilidad-. Pero de esa forma sólo tienes el punto de altura, ¿cómo obtienes el punto leste-oeste? [10]

El faquih alzó la vista hacia el mameluco y lo miró durante un rato sin decir nada. Aquel hombre le había demostrado de nuevo que sabía mucho más de lo que dejaba entrever. Esto ya se había convertido en algo habitual, pero cada vez le preocupaba más.

– ¿Cómo sabes que conozco el punto leste-oeste?

– Tengo esa sensación, por la seguridad que demuestras en la estima de la navegación. Y no creo que sea sólo por la precisión de esa ampolla de vidrio que has colocado en el cuarto del timón. ¿Me equivoco?

– No te equivocas.

– Pero calcular con exactitud el punto leste-oeste es imposible, ¿no?

– Al parecer no lo es. Y ésa fue la clave que me demostró el verdadero valor de los textos tirios que traduje. Sabes de lo que estamos hablando, ¿no? A diferencia de la altura, vinculada al círculo máximo de la Tierra, el punto leste-oeste se mide con relación a un punto fijado arbitrariamente. Se suele usar Bagdad o Jerusalén. Se requieren dos mediciones: una del tiempo local y otra del tiempo en el lugar de referencia. La diferencia entre ambos puntos nos daría de inmediato la diferencia del «punto fijo», a razón de trescientos sesenta grados cada veinticuatro horas, pero en la práctica es imposible saber la hora local y la hora de referencia simultáneamente, porque no tenemos relojes tan buenos.

– ¿Y los antiguos tirios sí los tenían?

– Así es. Se trata de un reloj de gran precisión que está en los cielos, una estrella que varía cada dos días y veinte horas. Su brillo disminuye para luego volver a brillar con su intensidad habitual. Y, además, hay otros astros a su alrededor para poder comparar estos cambios. Es bien conocida por los astrónomos de Bagdad, aunque no imaginaron que era posible usarla como referencia para calcular el punto leste-oeste.

– ¿Qué estrella es ésa?

– Ra's al Ghul. [11] -La señaló en el cielo. Era un astro insignificante, un punto de luz rojiza que jamás hubiera llamado la atención de Baba.

– Fascinante -dijo, con una expresión extraña en su rostro-. Se podría pensar que es otro signo nefasto.

Lisán se encogió de hombros y volvió a su trabajo.

– La verdad -dijo- es que siempre es posible hallar signos nefastos allá donde mires. Sorprende ver cómo esa estrella va apagándose poco a poco para luego volver a brillar, como si resucitara de entre los muertos. Los eruditos tirios dejaron registradas sus variaciones… durante centenares de años.

Baba asintió, admirado.

– Me descubro ante tu sabiduría, Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan.

– Hazlo ante la sabiduría de esos hombres del pasado.

Lo cierto es que le costaba trabajo admitir que aquellos paganos, capaces de adorar a demonios y hacer sacrificios humanos, poseyeran más conocimientos que los sabios más adelantados de su tiempo. Pero así era. Para medir la variación de la luminosidad de aquella estrella, Lisán utilizó un instrumento muy sencillo, que había encontrado descrito en las planchas plúmbeas, junto a las tablas de variaciones. Se trataba de un disco de cobre con varios agujeros de diferente calibre taladrados en su superficie. No era difícil de usar. Bastaba hacer coincidir la estrella con varias de aquellas perforaciones para precisar los cambios en su luz.

Hizo varias mediciones y luego se volvió hacia el mameluco.

– De acuerdo -le dijo-. Te mostraré ahora lo que guardo en la toldilla.

Lisán abrió la puerta, que siempre mantenía bajo llave, y entraron juntos en el camarote en penumbra.

Tras encender una lámpara de aceite, sacó varios rollos de papel de una alacena y los extendió sobre la mesa situada en el centro.

El mameluco contempló la carta admirado y siguió con sus dedos los contornos dibujados con precisión sobre el fino papel.

– ¿Has calcado esto directamente de las planchas de plomo?

– Así es.

Baba se detuvo a observar los caracteres tirios reproducidos.

– Es maravilloso -dijo.

– ¿Los… entiendes? -preguntó Lisán con cautela.

Baba alzó la vista y lo miró a los ojos.

– No. Si así fuera no hubiera tenido la necesidad de traerte en este viaje. ¿No crees?

– Ya había pensado en eso. Pero afirmaste que podías leer los caracteres del Antiguo Egipto.

– Ciertamente.

– ¿Cómo aprendiste?

– De una forma diferente de como lo hiciste tú. Alguien me enseñó.

– ¿Quién?

Baba hizo un gesto vago con la mano.

– Carece de importancia ahora. Está muerto…

– Para mí sí la tiene. ¿Quién era?

– Es difícil de decir. Un hombre que guardaba memoria de tiempos muy remotos.

– ¿Cómo es eso posible?

– Me habló de una serie de plagas que asolaron la nación de Egipto, y de cómo un destacamento de soldados del faraón pereció ahogado mientras perseguía a unos esclavos fugados, cuando una gran ola barrió la costa…

– ¿Se trata de los mismos acontecimientos que citan el Corán y la Biblia?

– Es posible. Él me habló de la destrucción de Thera y afirmó que las plagas allí mencionadas tienen su explicación en esa catástrofe que sacudió el mundo antiguo: las tinieblas que cubrieron el cielo, las aguas rojas, la lluvia de piedras…

– Pero eso sucedió hace miles de años. ¿Cómo podría un hombre ser testigo de ello y seguir viviendo?

Baba no le respondió. Sólo lo miró enigmáticamente.

– También me entregó esta joya… -dijo, mientras tiraba de la cadena de oro que siempre colgaba de su cuello. Descubrió un gran medallón dorado con forma de disco y con el borde dentado-. Fíjate en esos grabados… ¿Dirías que tienen relación con los caracteres que tú descifraste?

Lisán estudió el medallón haciéndolo girar entre sus dedos. Era de oro y por lo tanto parecía que el tiempo no lo hubiera rozado, que hubiera sido tallado sólo unos días antes. Pero algo le decía que era el objeto más antiguo que jamás habían tocado sus manos. Contó doscientas sesenta muescas en su borde, cada una de ellas marcada con una combinación de símbolos sencillos. Un sistema de numerar, supuso de inmediato, un punto, dos puntos… y la raya horizontal significaba cinco. En la superficie había otros cuatro símbolos que estaban formados por círculos con círculos menores intersecados. El primero por su lado superior. El siguiente por el derecho. Otro por su lado inferior y el último por el izquierdo. Cuatro dibujos diferentes, que se repetían una y otra vez, hasta formar un anillo. En su centro estaba engarzada una piedra de lapislázuli.

– No es escritura egipcia…

– Eso ya lo sé.

Lisán alzó el disco de oro y miró a través de la gema azul.

– Parece un instrumento para situar estrellas en el cielo, semejante al que yo he construido.

– ¿Es posible? -preguntó el mameluco.

– Pero no logro entender su propósito -dijo Lisán mientras le devolvía el disco de oro a Baba.

– No, quédatelo. Quizá si lo estudias con más calma puedas descubrir algo sobre él.

El faquih asintió y se colgó el disco del cuello.

– Ahora, dime: ¿quién era ese hombre del que aprendiste tantas cosas?

– Es cierto que aprendí mucho de él -dijo Baba sin responder a la pregunta-, pero no el modo de viajar hasta la tierra situada al otro lado del mar. Por eso fui muy afortunado al encontrarte.

– ¿Te habló de la tierra hacia la que nos dirigimos?

– Así es -dijo el mameluco-, un mundo desconocido que está frente a nosotros, esperándonos. Y tú sabes cómo llegar a él.

– Dime quién era ese hombre. Dime quién eres tú.

Baba negó moviendo su cabeza.

– No lo haré, faquih. Si supieras quién soy, te negarías a continuar este viaje en mi compañía. Antes te arrojarías al mar que seguir respirando el mismo aire que yo respiro.

– Eso es absurdo.

– Piensa lo que quieras -respondió Baba atusándose el bigote-. De momento, basta con saber lo que ya te he contado. Tú tienes tus secretos guardados en esos caracteres que sólo tú entiendes, y yo tengo los míos. Debemos continuar nuestro viaje y quizás algún día podamos confiar plenamente el uno en el otro.

Así lo haré, asintió Lisán para sí. Para bien o para mal, ya he elegido mi camino.

Cualquier posibilidad de reconsiderarlo había quedado muy atrás.

Y se alejaba más a cada instante que pasaba.


La calamidad

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<p id="_Toc150592964">La calamidad</p>

Y ¿cómo sabrás qué es la calamidad?

El día que los hombres parezcan mariposas dispersas

y las montañas copos de lana cardada.

Al carea, 3-5


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Tras un mes de navegar por el mar Tenebroso, siempre hacia Poniente, los gritos del vigía anunciaron que al fin tenían algo frente a ellos.

Era la puesta del sol, y Lisán, esforzando los ojos, apenas logró distinguir una silueta oscura recortarse contra el ocaso. Distaba unas veinticinco leguas de su posición y podía tratarse sólo de una gran masa de nubes. Últimamente habían visto turbiones tan espesos que parecían de granito, pero éstos, en ocasiones, podían señalar la presencia de tierra, por lo que valía la pena investigar un poco más.

Trajeron una de las jaulas llenas de pájaros y los soltaron. Inmediatamente volaron en aquella dirección, lo que les demostró que allí, realmente, había algo. Navegaron durante toda la noche y con las primeras luces pudieron confirmar que se trataba de una costa. Lisán se preguntó si era la de aquel Otro Mundo hacia el que se encaminó Talos el Rojo.

Habían recorrido más de tres mil millas a través del océano desconocido, estaban al límite de sus fuerzas y con la moral tan agotada como sus cuerpos, por eso no fue extraño que las voces de alegría se transformaran en gritos de furia cuando el mameluco dio la orden de mantenerse lejos de aquella playa desconocida. Por un momento, Lisán creyó que la fidelidad con la que los turcos acataban cada orden de Baba iba a acabar en ese preciso instante. Obedecieron, como tantas otras veces, pero con malos gestos y murmuraciones.

– ¿Qué pasa? -le preguntó al mameluco.

– Fíjate en eso -señaló-. Arrecifes.

Lisán distinguió varias manchas de espuma blanca sobre la superficie verde oscuro del mar. Sin duda estaba algo picado, pero no parecía haber peligro.

– Podemos sortearlos. Los hombres necesitan pisar tierra firme.

El mameluco alzó los ojos hacia el cielo y dijo:

– Se prepara una gran tormenta. Nada comparable a las que hemos sufrido hasta ahora. Nuestra única oportunidad está en mar abierto, cerca de una costa seremos destrozados cuando las olas nos lancen contra los arrecifes.

El faquih estudió los cúmulos de nubes que se iban formando sobre sus cabezas, como gordos y negros intestinos retorciéndose entre espasmos. A lo lejos se abatían algunos rayos sobre el mar.

– Si la situación es tan grave, deberíamos atracar… ¿No crees?

– En ese caso perderemos la nave y quedaremos varados en esa costa para siempre. Y es posible que se trate sólo de una isla.

– ¿Por qué piensas eso?

– Es Piri quien lo cree, por la forma del banco de nubes que hay prendido a ella. Y yo también tengo esa sensación.

Lisán dio unos pensativos pasos por la cubierta antes de decir:

– ¿Cuánto tiempo calculas que tenemos antes de que empiece la tormenta?

– Es difícil saberlo, pero no más de seis horas.

– Iré con unos hombres en el batel. Buscaremos agua y víveres frescos. Eso los tranquilizará.

– Es posible -dijo Baba-. Pero tú no irás.

– ¿Por qué?

– Si la tormenta nos alcanza antes de lo previsto, o la cosa empieza a ponerse realmente mal, me dirigiré a alta mar y abandonaré a los que hayan bajado. No puedo permitirme perderte a ti.

– Debo ir yo -dijo Lisán con tozudez-. Debo comprobar si hemos llegado o no a nuestro destino.

Al cabo de un buen rato de discusión, Baba aceptó que el faquih fuera hasta la playa, pero se aseguró de que Dragut lo acompañara para cuidar de él.

Acercaron el batel hasta el costado de la carraca ayudándose de unas pértigas. Bajaron seis turcos y cuatro Sarray, que fueron tomando los remos. Lisán se situó en el timón.

Poco a poco la carraca fue quedando atrás. Al volverse hacia ella, vio la delgada figura de Baba, apoyada sobre uno de los gerifaltes, que los observaba desde el alcázar. El mar se había ido picando y su estrecha barca era arrastrada arriba y abajo por el oleaje, haciendo que la playa apareciera y desapareciera como por arte de magia ante sus ojos. Sobre ellos pendían grandes y desgarrados jirones de nubes. El tiempo estaba empeorando rápidamente.

Saltaron a la playa y caminaron con torpeza sobre la arena. Les costaba mantenerse rectos, ahora que el suelo no se bamboleaba bajo sus pies. La isla estaba rodeada por una espesa barrera de nubes que ocultaban por completo el sol. Un calor húmedo los obligaba a respirar pesadamente. Frente a ellos, la selva rezumaba vapores, como el cuerpo de un enorme animal en descomposición, la masa verde y humeante llegaba hasta el mar y se apoderaba por completo de la arena.

¿Qué lugar es éste?, se preguntaba Lisán, sin dejar de mirar aquella vegetación que les cerraba el paso como una empalizada oscura.

Silencio. Un silencio que era más inquietante que la vibración de un volcán. Hasta que Dragut aplastó un mosquito contra su cuello sudoroso y el ruido los sobresaltó a todos.

Apartándose de los demás, Lisán caminó hacia el linde de la jungla. Se asomó a su interior, apoyando sus manos contra una palmera. Incluso a pleno sol sería un lugar muy oscuro, la vegetación era tan tupida que impediría que los rayos de luz llegaran hasta el suelo, pero con aquel cielo encapotado era como mirar en las entrañas de una cueva profunda y negra.

Tras él, los hombres deambulaban por la playa invadida por las palmeras. Había multitud de cocos esparcidos por aquella arena como polvo de diamante. Dragut partió uno con un mandoble de su cimitarra y bebió el agua de su interior. De repente se quedó quieto con su mano sujetando el coco en lo alto. Se volvió hacia el mar y entrecerró los ojos. A lo lejos, la carraca aparecía y desaparecía de su vista, bamboleada por un oleaje cada vez más intenso.

¿Había oído un grito desde la Taqwa? Con el ruido de las olas era imposible decirlo. En ese momento vio el fogonazo de uno de los gerifaltes al ser disparado, y al cabo de un instante le llegó el estampido.

– ¡Debemos regresar! -gritó a sus compañeros.

Todos se dirigieron hacia el batel, excepto Lisán, que permaneció donde estaba, en el mismo borde de la jungla, mirando hacia su interior. Había sido como un relámpago, muy breve, pero podría jurar que había visto unos ojos grandes y amarillentos abrirse, mirarlo fijamente, para luego cerrarse y desaparecer. Se preguntó si sería una bestia peligrosa y sintió el impulso de echar a correr. Pero una morbosa fascinación ante aquella mirada amarilla desde la oscuridad, lo retuvo allí donde estaba. Alguien lo cogió del brazo y tiró de él. Se volvió y se enfrentó al rostro hosco y sudoroso de Dragut.

– Vamos -dijo el turco.

Lisán intentó soltarse.

– No. Hay algo ahí dentro… Debemos investigar…

Eso no le importaba al turco en absoluto.

– Ahora debes venir con nosotros.

Los Sarray los rodearon indecisos. Lisán también dudaba qué hacer. Su primer impulso fue resistirse, aunque era evidente que Dragut no tenía intención de ceder. Y, a pesar de su delgadez, era tan fuerte que muy bien podría cargarlo sobre su espalda y llevarlo así hasta la orilla. Pero no fue necesario, porque en ese momento algo revoloteó hacia ellos.

Era una mariposa enorme, con unas alas tan amplias como las dos manos de un hombre juntas. Al abrirlas, mostró esos fascinantes ojos amarillos dibujados en ellas. La mirada que Lisán había visto relucir en la oscuridad.

– ¡Vamos! -insistió Dragut, tirando de nuevo de su brazo.

– De acuerdo. Vamos -dijo el faquih sintiéndose estúpido.

Con dificultad remaron hacia la carraca, a través de una mar que se iba embraveciendo por momentos. Cuando ya estaban junto a ella oyeron los gritos de sus compañeros amontonados junto a la borda.

– ¿Qué sucede? -preguntó.

– ¡Rápido, subid!

Les largaron una red de cabos para que treparan por ella. Una vez arriba, Lisán se encontró con Ahmed en primer lugar.

– ¿A qué vienen tantos gritos? -le preguntó.

– ¡Hermano! -Ahmed lo abrazó. Parecía a punto de llorar-. Ese loco estaba dispuesto a partir sin vosotros… ¡Iba a dejaros en la isla!

Lisán alzó la vista y vio a Baba en la borda de estribor, de espaldas a ellos, recortándose su delgada silueta contra una mancha de tinta negra que estaba tragándose el cielo.

– ¡Allah misericordioso! -exclamó Lisán.

– Uno de los vigías la divisó a lo lejos -le explicó Ahmed-. ¡Y se mueve muy aprisa!

Lisán se acercó a la borda. Varios Sarray también contemplaban cómo se aproximaba.

Sin apartar la vista, Baba se dirigió a Lisán:

– Nunca he visto nada igual, faquih…

– Yo tampoco -admitió éste.

Era algo terrorífico. Una pared de nubes en rotación, con sus límites bien definidos, arrastrándose sobre el mar hacia ellos. Un torbellino nublo, salpicado por los chasquidos de relámpagos que recorrían toda su superficie, iluminándola con sus fogonazos. En el cielo, las nubes se estremecían al paso de aquel monstruo, se estiraban y se fundían con sus límites superiores. Mientras se acercaba, el mar se agitaba más y más, y la cubierta de la Taqwa se bamboleaba y crujía de un modo horrible. Pronto llenó todo su campo de visión, como una losa de piedra negra lanzada contra ellos para aplastarlos.

– Pero… ¿qué es?

– Es una tormenta, faquih. Sólo eso -dijo Baba-. Pero si no conseguimos ganar más profundidad esas olas nos van a destrozar.

Piri empuñaba la caña del timón y gritaba sus órdenes a los turcos.

Algunos marinos ayudaban desde el batel a izar el ancla, otros trepaban a los mástiles que se bamboleaban entre el mar y el cielo tormentoso, descalzos por las cuerdas frías y resbaladizas, para desplegar algunas de las velas menores. La idea era alejarse lo antes posible de la costa para evitar que el oleaje los lanzara contra las rocas. Pero el viento estaba aumentando su velocidad y podía destrozar las velas en un instante. Ya había algunas rifaduras que amenazaban con extenderse y rasgarlas.

Lisán contempló todos estos trabajos, sus ojos saltando de un hombre a otro, sintiendo cómo la tensión aumentaba en la cubierta de la Taqwa. Entonces algo lo golpeó por la espalda y lo lanzó de bruces contra el suelo. Se puso de rodillas y comprendió que había sido una ráfaga de viento que se había estrellado contra ellos a una velocidad inconcebible. Su espalda sentía, en ese momento, los aguijonazos de las gotas de lluvia empujadas por aquel vendaval. Cubriéndose los ojos con las manos, para protegerse, se volvió hacia la tormenta. No la vio. Sólo oscuridad brumosa. Estaban dentro de ella.

La Taqwa fue alcanzada entonces por una gran ola que la hizo escorarse hasta que su velamen rozó la agitada superficie del océano. Las cuadernas de la nave emitieron un largo crujido que sonó como el lamento de un animal herido. Sus tripulantes también gritaron, pues el crujido había sonado como si el casco fuera a partirse en dos. Y eso es lo que sucedería si la obra viva de la nave llegaba a quedar en seco. Otro golpe de viento destrozó varias velas, que se rasgaron con un estampido seco, semejante al de un barril de pólvora reventando. Sus restos colgaron hechos jirones, como pellejos en los brazos de un cadáver. Olas de tres veces la altura del palo mayor lavaban la carraca de popa a proa. La lluvia azotaba la cubierta con torrencial regularidad. Los truenos se sucedían, simultáneamente con los rayos que caían a su alrededor. Sus ecos hacían retumbar la atmósfera, como si navegaran bajo el techo de una caverna a punto de derrumbarse. Lisán sintió que la tormenta era un gran monstruo. Los había tragado y ahora los llevaba en el interior de su estómago.

<p>2</p>

Pasaban los días, todos iguales. Las olas devastadoras y el viento desatado los arrastraban sin que pudieran tener ningún control. Todos estaban más allá del límite de sus fuerzas y se turnaban en las bombas para achicar agua, que era lo único que mantenía la nave a flote. Cada golpe de viento hacía que la Taqwa se escorara de un lado a otro y estuviera a punto de darse la vuelta. Piri había ordenado despejar las cubiertas de cualquier objeto que dificultase la maniobra. Fueron arrojadas al agua las cosas más pesadas y las más elevadas. Por ello fue necesario cortar las superestructuras de la toldilla, el alcázar y el castillo de proa.

Lisán contempló, desesperado, cómo se perdían sus documentos y los delicados instrumentos de medición que él mismo había fabricado. Todo fue a parar al agua, junto a los restos de la toldilla. La nave se estaba deshaciendo. Las vías de agua se multiplicaban y era necesario taponarlas con trozos de vela embreados que se aplicaban como auténticos vendajes por el exterior. Los turcos realizaban estas reparaciones colgando de una cuerda por la borda, mientras las olas los golpeaban contra el casco. Muchos perecieron de esa forma, pero no era hora de llorar a los muertos, sino de seguir luchando contra el mar.

Al cuarto día que llevaban envueltos en aquella mortaja de oscuridad, sólo rota por los relámpagos, fue necesario ceñir el casco con los cables de las anclas, para intentar reforzarlo y evitar que se resquebrajara. Pero todos eran conscientes de que el siguiente golpe de mar podía hacerlos reventar en mil pedazos. La situación era más desesperada a cada momento que pasaba, y los tripulantes cada vez tenían menos fuerzas para enfrentarse a ella.

Las rachas de viento se volvían más duras y zamarreaban a su gusto los mástiles. Como éstos descansaban sobre la quilla, Piri temió que abriesen brecha en el casco y ordenó que cortaran el palo mayor. Un par de turcos empezaron a darle hachazos, como si talaran el tronco de un gran árbol.

– ¡Vamos a tener que cortar los otros palos! -gritó hacia donde estaba el mameluco.

– ¡No! ¡En ese caso estaremos condenados!

– ¡Mira a tu alrededor, Baba! ¡Ya estamos perdidos!

Empezó a caer el palo mayor, arrojando cabos y aparejos en medio de una asombrosa confusión. Una de las vergas se soltó y se abatió sobre la cubierta, alcanzando a uno de los hombres que manejaban las hachas. Le reventó el cráneo.

– ¡No debes derribar los otros palos! -le gritó Baba al joven capitán-. ¡Antes de eso, más valdría que nos arrojáramos todos al mar!

Sus ojos se habían vuelto extraños, extraviados, miraban algo que estaba más allá de todo aquel caos. Le dio la espalda a Piri y se dirigió hacia la proa. Allí se encaramó sobre los restos astillados del castillo y abrió los brazos frente a la tormenta.

Lisán apartó el agua de sus ojos enrojecidos por el salitre y contempló atónito a Baba, con la certeza de que finalmente había enloquecido. El mameluco se mantenía en la proa, en un precario equilibrio, mientras las olas golpeaban como un ariete y la espuma saltaba por encima de su cabeza. Sus ropas daban trallazos agitadas por el viento, mantenía los brazos abiertos y la cabeza echada hacia atrás. Las venas de su cuello hinchadas, mientras gritaba hacia el vendaval en una lengua desconocida.

– Allah clementísimo y misericordiosísimo -musitó Lisán con un estremecimiento que lo recorrió de pies a cabeza-, ayúdanos.

Piri y dos de sus hombres sujetaban con fuerza la caña del timón. Aunque ya les dolía todo el cuerpo no aflojaron su presa. Allí, desde donde aguantaba el joven capitán, había contemplado la extraña acción del mameluco. Escupió el agua salada que cubría su rostro y había penetrado en su boca y siguió luchando contra el mar.

La calma llegó tan rápida e inesperada como había llegado la tormenta. De repente, el viento y la lluvia cesaron por completo.

Lisán miró a su alrededor y vio a los hombres destrozados por el agotamiento. Siete de los tripulantes turcos se habían perdido en las aguas, mientras intentaban reparar las grietas que se iban abriendo en el casco. Quizá ya era demasiado tarde, porque ni siquiera entonces se podía bajar el ritmo de achique de agua por las bombas. La Taqwa estaba resquebrajada y tenía varias vías que era imposible sellar. A popa se alejaba la pared de la tormenta. Seguían rodeados de nubes por todos lados, pero estaban en medio de una calma asombrosa.

– Estamos dentro -dijo Baba-. Aún no hemos salido de ésta.

Lisán se volvió hacia él y le preguntó:

– ¿Qué quieres decir?

– Mira. -Baba señaló a su alrededor con el brazo extendido, hacia donde la barrera de nubes trazaba una nítida curva sobre el mar-. La tormenta nos rodea, estamos en su centro. Pero, por algún milagro, aquí reina la paz.

– ¿Crees que podemos escapar de ella? -Los ojos se le cerraban.

Durante los cinco días que permanecieron en continua alerta, apenas había podido dormir unas pocas horas refugiado en una sentina medio inundada, aunque consideraba que más que sueño fueron desvanecimientos de puro cansancio.

– Nos estamos hundiendo, faquih. Ésa es la verdad. ¡Quién sabe hasta dónde hemos sido arrastrados durante estos días a la deriva! ¿Tienes tú alguna idea?

– No.

– En ese caso estamos perdidos y sin poder salir de este anillo de nubes y vientos que nos rodea. La situación no es buena, pero vamos a seguir luchando.

El andalusí tenía muchas cosas que preguntarle, pero se sentía demasiado agotado y apenas podía seguir despierto. Buscó un rincón tranquilo y se echó a dormir.

Al día siguiente, debido al poco viento, se decidió cambiar la vela gavia de los dos masteleros menores por otras mayores que llevaban empaquetadas en la sentina. Fueron ceñidas dos perchas cortas que, una vez unidas por medio de cabos, pasaron a formar la nueva verga. Los cabos fueron ajustados y se dejaron listos para recibir a las nuevas gavias, mucho más anchas que las anteriores para compensar la del mástil que había sido derribado. Se izaron las velas y se sujetaron a los masteleros con unas racas.

Desde los restos del alcázar, Lisán observó fascinado estas operaciones, preguntándose si iban a tener una esperanza después de todo. La idea era aprovechar el tenue viento para dirigirse hacia el centro de la tormenta. Si conseguían mantenerse allí, quizá sobrevivirían.

– No va a ser fácil -le dijo Baba, que parecía haber leído sus pensamientos.

Lisán se volvió hacia él. El mameluco estaba demacrado, pálido, con las mejillas hundidas por el cansancio. Sus ojos estaban rodeados de manchones oscuros.

– Esas nuevas velas parecen funcionar bien… quizá…

– Estamos en el centro de la tormenta, faquih -dijo Baba-, y ésta se mueve mucho más rápido que nosotros; tarde o temprano seremos alcanzados por esa pared de nubes que nos rodea y entonces será el fin para la Taqwa. El casco ya no puede soportar más castigo. Nos hundiremos.

Lisán asintió con amargura, pero su pensamiento fue para Ahmed, su hermano, al que había arrastrado a aquella desdichada aventura.

– Están pasando cosas muy extrañas -dijo-, debe de haber una explicación para todo esto. Esta calma, por ejemplo, cuando estamos rodeados por ese torbellino de vientos y lluvia.

– Lo ignoramos todo sobre la naturaleza en esta zona del mundo.

– Te vi durante la tormenta, cuando te situaste en la proa -dijo Lisán-. Ahora sé que eres un brujo. ¿Era ése tu secreto?

Baba lo contempló durante un momento antes de decir:

– No sé a qué te refieres.

– Durante la tormenta. Encaramado en la proa, gritabas algo en una lengua incomprensible. Todos te vieron…

Baba lo interrumpió. Su mirada se perdía en el horizonte.

– Mira -siguió diciendo al cabo de un rato-, la tormenta nos gana terreno, pronto nos alcanzará…

– Ahora no me importa si eres un mago o si tu alma ha sido poseída por un demonio. Sólo me interesa saber si eres o no capaz de sacarnos de aquí.

El mameluco utilizó un tono burlón:

– El sagrado Corán dice: «El mago no prosperará, venga de donde venga». ¿Aceptarías ser salvado por la magia?

– Hay muchos hombres aquí que no merecen morir por mi locura. ¡Ya basta de acertijos y de mentiras! ¿Puedes o no puedes salvar esta nave?

– No. Lo siento mucho, pero no puedo.

– ¿Quién eres? -le preguntó Lisán, desilusionado-. ¿Por qué has querido acompañarme en este viaje?

– Sí, faquih. -Baba asintió-. Es justo que te lo diga ahora.

<p>3</p>

– Como bien has deducido, no soy mameluco. Nací en la Tara Romaneasca, en el seno de la familia boyarda que engendró a los príncipes gobernantes de mi nación. Éramos la frontera y éramos débiles. Tú sabes perfectamente a lo que me refiero porque tu país se encuentra ahora en una situación similar. Sólo gracias a las artes de la negociación podíamos sobrevivir. Mi abuelo Mircea era un maestro en ella, les pagaba tributos a los turcos y, a la vez, intentaba mantener buenas relaciones con los húngaros. Así logró conservar cierta independencia. Para sostener esta situación, cuando yo aún era un niño, mi padre se vio obligado a entregarnos a mí y a mi hermano Radu como rehenes a los otomanos. Fuimos llevados a Egrigöz, una remota fortaleza en las montañas al oeste de Anatolia, en la región de Katahya. Allí aprendí el osmanlí y la lengua del Islam, y muchas otras cosas…

Baba entrecerró los ojos y suspiró profundamente mientras su memoria invocaba imágenes remotas.

Lisán lo estudió en silencio durante un rato, y le preguntó:

– ¿Cuál es tu verdadero nombre?

– Eso carece de importancia. ¿No afirmáis los sufíes que sólo en un papel en blanco se puede escribir un nombre que reconozcas como tuyo? Pues yo tuve que esforzarme en borrar todas las huellas de mi pasado y transformarme en ese papel blanco. Ser Baba ibn Abdullah, el nombre que elegí para ocultarme y que ahora me parece más real que aquel con el que me bautizaron.

– ¿Por qué te escondes?

– Porque el mundo, faquih, vive en guerra desde tiempo inmemorial. Una lucha que tiene poco que ver con los pequeños conflictos entre las naciones de los hombres. Una batalla desesperada contra demonios de aspecto humano, que caminan como nosotros pero que se alimentan de nuestra carne y nuestra sangre… y que adoran a dioses olvidados.

Lisán se estremeció al recordar en ese momento los sangrientos sacrificios a Baal practicados por Talos el Rojo.

– ¿Quiénes son esos seres? -preguntó.

– Siempre los he considerado como simples demonios, pero en el Corán se les da el nombre de «ÿinn», y así es como los denominan los turcos de Egrigöz. Y ellos los conocen bien, pues han sufrido sus ataques durante generaciones, desde que llegaron mezclados con las hordas mongolas y asolaron su país. Ejércitos de criaturas con aspecto de hombres, pero que se transformaban en lobos o en osos. Destruyen aldeas y ciudades, dejando sólo horror y desolación a su paso.

– Tú, personalmente, ¿has sido testigo de esos hechos?

– Con estos ojos. -Los señaló formando una V con sus dedos índice y medio-. Y también he combatido contra los ÿinn y sus siervos humanos. Son muy poderosos, pero incluso ellos pueden morir. Aprendí de los turcos la forma de destruirlos.

– ¿Aprendiste a matar a los ÿinn?

– Ciertamente. La dificultad estriba en que su alma no es como la nuestra, sino de una sustancia extraña y maléfica, semejante a un gran coágulo de sangre… De este tamaño más o menos. -Juntó sus dos puños frente a él-. El cuerpo que envuelve esta sustancia se transforma con los años en algo muy duro, casi indestructible. Pero, si finalmente sucumbe, al corromperse, engendra una peste que se extiende por regiones enteras, arrasando todo rastro de vida. La única forma de destruir sin peligro a estas criaturas es impedir que sus cuerpos toquen el suelo al morir.

– ¿Y cómo se puede evitar eso?

– Los turcos los clavaban en el extremo de largos palos y dejaban que sus carnes emponzoñadas se secaran al sol. De esta manera, sus almas con forma de coágulo no logran arrastrarse hasta penetrar en la tierra, pues sólo pueden sobrevivir un instante fuera de un cuerpo vivo… -Un rápido rictus, que podía ser tanto una sonrisa como una mueca de asco, cruzó por el rostro de Baba-. He averiguado que los romanos también conocían a estas criaturas, a las que situaban en los confines de su imperio, y a las que temían. Quizás ése sea el origen de su costumbre de crucificar a los condenados de más allá de sus fronteras.

Lisán observaba a aquel hombre detenidamente, preguntándose qué había de verdad y qué de falso en sus palabras. Por supuesto, no dudaba de la existencia de los ÿinn, pues el propio sagrado Corán confirmaba la presencia de esas criaturas en la Tierra. Se decía que fueron creadas por Allah antes incluso que los seres humanos. Y que, al igual que los hombres, poseían intelecto y voluntad, pero, además, tenían grandes poderes que les permitían hacer prodigios imposibles para los hombres.

– ¿Qué pasó luego? ¿Te dejaron los turcos en libertad?

– Así es, faquih. Logré regresar a mi patria y, gracias a mis aliados otomanos, recuperé mi posición como príncipe. Entonces tuve ocasión de poner en práctica lo aprendido, pues los ÿinn y sus esbirros humanos ya habían penetrado en la Tara Romaneasca. No me siento orgulloso de muchas de las cosas que hice entonces… Dicen que para vencer a los monstruos debes convertirte en uno de ellos… y yo tuve que enfrentarme a circunstancias extremas: mi patria estaba atrapada en medio de la guerra entre húngaros y turcos, y los ÿinn asolaban mis tierras mezclados con los hombres de ambos ejércitos… Dios me dio la misión de acabar con ellos y tan sólo he cumplido Su Voluntad.

– ¿Qué quieres decir?

– He luchado contra los demonios y lo sigo haciendo. Ésa es la misión para la que he sido elegido…, por la que estoy aquí.

– ¿Qué tiene todo eso que ver con este viaje? -preguntó Lisán, mientras una sensación de profundo terror se iba apoderando de él.

– Tuvo que morir mucha gente inocente -dijo Baba-, pero finalmente logré atrapar a un ÿinn. Era una criatura muy vieja y su cuerpo parecía hecho de cuero seco. Durante años lo mantuve prisionero en la Torre del Ocaso, encerrado en una jaula de hierro.

– ¿Fue esa criatura la que te enseñó la lengua de los antiguos egipcios?

– Sí, ella misma. Me dijo que había visto construir las primeras pirámides y que más tarde, a lo largo de milenios, había sido el mago de interminables generaciones de reyes egipcios… Aprendí muchas otras cosas de él.

– ¿Aprendiste a hacer magia?

Se decía que algunos ÿinn habían comunicado a los hombres determinados conocimientos maléficos, y que también les habían dado fórmulas de encantamiento y poderes mágicos. Pero Baba eludió responder a esto.

– Cuando pensé que ya no podía obtener más información de él, clavé su cuerpo reseco en el extremo de un tronco y dejé que se consumiera bajo el sol. Pero antes de morir, mientras reía como un loco, me dijo que al otro lado del mar, allí donde «el sol muere», vivía el ÿinn más poderoso de todos los que jamás han existido, y que algún día regresaría para asolar nuestros reinos. Entonces se produciría su venganza y la victoria final sobre los hombres. Luego murió, y debo decir que no se produjo ninguna epidemia.

Lisán notó el incómodo peso en el cuello y consideró que si aquel medallón había pertenecido a un ÿinn bien podría haberles traído la desgracia que ahora padecían. Sintió el fuerte deseo de arrancarse el disco de oro y arrojarlo por la borda, pero se contuvo. Aquello era superstición, y por lo tanto ignorancia. Sólo la voluntad de Allah era decisiva.

– Me has utilizado para llevar adelante tus planes -dijo.

– Tanto como tú a mí. Supe de ti y del fantástico viaje que planeabas hacia el otro lado del mundo. Y decidí ayudarte porque creo que el Talos de tus planchas plúmbeas es ese ÿinn que huyó hacia el otro lado del mar Tenebroso.

– ¿Qué pensabas hacer? ¿Ibas a enfrentarte a él con estos pocos hombres?

Baba lo miró con intensidad antes de continuar.

– Es difícil encontrar gente en la que confiar. Descubrí que los siervos de los ÿinn están en todas partes. Mi propio hermano cayó bajo su poder y se alió con los húngaros contra mí. También están en algunos albergos genoveses. Por eso tuve que huir para salvar mi vida y por eso adopté el disfraz de mameluco. Durante estos años he aprendido mucho, y sabré cómo enfrentarme a ese ÿinn del otro lado del mundo cuando llegue el momento.

Lisán se sentía confuso, le dolía la cabeza como consecuencia del cansancio y lo que aquel hombre le acababa de contar era como niebla en su cerebro.

– ¿Cómo piensas derrotar a un ÿinn? ¿Hasta dónde llegan tus poderes sobrenaturales?

Quizás iba a responder a su pregunta, pero Baba fue interrumpido cuando sonó la voz de uno de los vigías:

– ¡Tierra!

Se volvió en la dirección que señalaba el vigía y entrecerró sus ojos de halcón.

– Quién sabe, faquih -dijo-, quizás aún tengamos una esperanza.

Luego corrió hacia la borda.

Lisán se quedó solo y contempló durante un instante el medallón. Alzó la vista y sus ojos se encontraron con los del joven Piri. ¿Ha estado escuchando la conversación?, se preguntó. Estaba muy lejos y quizás aquel encuentro de miradas era casual, pero observó al capitán turco intentando descifrar la expresión de su rostro.

<p>4</p>

Allí donde alcanzaba la vista, las brumas huían hacia el Poniente y se desgarraban contra las palmeras. Aquella nueva costa, azotada por la tormenta, se distinguía con dificultad entre la niebla y las cortinas de lluvia. Era como un espectro de vegetación ondulante y negras formas que apenas se intuían. Sin embargo, cuando la tempestad siguió avanzando, la playa entró en su círculo central de calma y empezó a dibujarse nítida. Desde la distancia a la que estaban, distinguieron un lugar devastado por los vientos que habían arrancando árboles enteros y esparcido sus hojas por la arena.

Baba se dirigió hacia la popa y estudió el avance del muro de nubes.

– No llegaremos -decidió al fin-, el viento es demasiado tenue y no conseguiremos alcanzar la costa.

– ¿Ahora quieres llevar la nave hasta la orilla? -le increpó Yusuf ibn Sarray, que no andaba muy lejos-. ¿Por qué no lo hicimos cuando tuvimos oportunidad? Tu error nos va a costar muy caro a todos.

Baba no le respondió, pero Lisán preguntó a su vez:

– ¿Pretendes que nos dirijamos hacia allí con este oleaje? ¿Ya no temes los arrecifes?

– Ahora son nuestra única oportunidad. Esta nave no aguantará más embates. Si conseguimos embarrancar la Taqwa, tal vez podamos llegar a tierra firme…

– Pero perderemos la nave.

– En estos momentos, es eso o la muerte.

– Tanto sufrimiento para acabar en el punto que dejamos atrás -dijo Yusuf lleno de ira-. Ahora estaríamos a salvo, de no ser por tu obstinación.

Baba dirigió al capitán de los Sarray un gesto despectivo.

– No te preocupes, puede que ya ni siquiera tengamos esa posibilidad. Estamos demasiado lejos, nos movemos demasiado lentos… -de nuevo miró hacia la popa- y esa tormenta avanza hacia nosotros como un caballo enloquecido. Guarda tus fuerzas para salvarte a ti mismo en lugar de enfurecerte conmigo. Lo hecho, hecho está.

Baba le dio la espalda y habló con Piri. Estuvo de acuerdo en dirigirse hacia la playa.

– Al menos lo intentaremos -dijo.

Largaron todas las velas y las enfocaron cuidadosamente hacia el tenue viento, pero al cabo de un instante se hizo evidente lo inútil del esfuerzo. La tormenta seguía ganándoles terreno. Baba dio un golpe en la borda y exclamó:

– ¡Demasiado lentos!

– Algo debemos hacer -dijo Yusuf-. No podemos rendirnos ahora.

– Sólo necesitamos un poco de viento… Unas míseras ráfagas y lo lograríamos -dijo Piri.

– Lo malo -señaló Baba- es que vamos a tener más viento del que podamos desear, pero entonces será demasiado tarde.

Entonces, Lisán tuvo una idea.

– Usemos el batel -propuso-. Podemos arrastrar con él a la Taqwa y ganar así la costa.

Piri dio un puñetazo en la borda y dijo con entusiasmo:

– ¡Bien dicho, faquih!

– ¿Crees que puede funcionar? -le preguntó Baba.

– No tengo ni idea, pero vamos a intentarlo. La esperanza, o va acompañada por la acción, o es una veleidad. ¡Hagámoslo!

Baba organizó inmediatamente a sus turcos y escogió a aquellos que eran más fuertes, Jabbar y Dragut entre ellos. En total doce hombres que bajaron con Baba hasta el batel.

– ¿Qué pretenden hacer? -preguntó Ahmed a su amigo.

– Van a remolcarnos hasta la playa.

– Parece una medida desesperada.

– Lo es.

– ¿Vamos a morir, hermano? -Su voz era temblorosa.

– Ciertamente, ésa es una posibilidad en nuestro futuro inmediato.

Ahmed agitó la cabeza.

– Hermano -gimió-, al menos de ti esperaba unas palabras de aliento.

Lisán sonrió y dijo:

– Está escrito que quien muere por amor a este mundo tendrá que luchar consigo mismo; quien muere con el anhelo del Paraíso es un asceta; pero quien muere enamorado de la Verdad es un sufí. Nunca te he mentido y no lo voy a hacer ahora.

– Vamos a morir.

– Quizá sí; pero también podemos salvarnos si ésa es la voluntad de Allah. Mira, todos van a estar ahora muy ocupados intentando salvar la nave del naufragio y no van a tener tiempo para rezar. Ésa va a ser nuestra misión.

– Sí, hermano -asintió rápidamente Ahmed-. A nosotros nos toca rezar. Voy a empezar ahora mismo…

– Con todas nuestras fuerzas…

– Así lo haré, hermano -dijo Ahmed mientras buscaba su takbir-. Entre todos salvaremos la nave. Allah no nos ha de abandonar en un momento como éste.

Baba se situó en el timón y sus turcos se apretaron de dos en dos frente a los remos.

– Preparaos ahora… suavemente al principio -dijo-, así. Remad.

El batel se fue alejando con parsimonia, mientras los remos batían rítmicamente el agua. Hasta que la cuerda que los unía con la Taqwa se tensó. Los turcos clavaron entonces sus palas con fuerza, para mantener aquella tirantez.

– ¡Atención ahora! -gritó Baba-, con todo vuestro hígado… ¡Remad!

Los hombres bogaron, empujándose contra la superficie líquida. Una y otra vez, con más fuerza en cada ocasión. Baba les marcaba el ritmo y, en apenas un instante, los doce remeros sudaban copiosamente.

– ¡Vamos, vamos!

Desde la Taqwa, el resto de los turcos y los Sarray les gritaban para darles ánimos. Ignacio paseaba entre aquellos hombres mirándolos atónito, incapaz de comprender todo lo que estaba pasando a su alrededor.

– ¡Nos movemos! -gritó Ahmed. Su joven mawla se había colocado junto a él-. Alabado sea Allah, el misericordiosísimo.

Lisán se volvió hacia la popa. El límite de la tormenta estaba más cerca cada vez que miraba y la playa parecía mantenerse a la misma distancia. A proa, al otro extremo del cable, el batel continuaba su carrera desesperada. Los turcos seguían doblando la espalda sobre los remos. Imaginó la tormenta como un gran tonel girando a toda velocidad. Ellos navegaban por su interior, pero una de las paredes se les iba acercando peligrosamente… Y cuando los alcanzara sería el final de aquella carrera.

En el batel, Dragut y el resto de los remeros estaban cubiertos de sudor. El aire era denso y caliente, quemaba los pulmones cuando entraba por sus bocas. Pronto sus respiraciones empezaron a sonar como jadeos. Pero el ritmo no bajó mientras arrastraban a la Taqwa hacia aquella playa desconocida.

– ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! -seguía gritando Baba a sus hombres.

Entonces sintió un violento tirón del cabo con el que arrastraban a la carraca. La gruesa cuerda, densamente tejida de cáñamo, zumbó como si estuviera llena de avispas. Se volvió para mirar sobre su hombro, hacia la nave…

La tormenta los había alcanzado al fin. Estaba sobre la Taqwa y la sacudía como un mastín zarandearía a una rata que acabara de atrapar entre sus fauces.

Baba apretó los dientes, comprendiendo que todo había terminado, que ya no tenían salvación posible. Pero se volvió hacia sus hombres y les gritó:

– ¡Seguid!

<p>5</p>

La carraca se estremeció y exhaló un crujido interminable, que surgía desde cada uno de los palos hasta la última de sus cuadernas. Cada parte de la nave gritaba al unísono, como el lamento de una manada de bestias heridas de muerte.

Aterrorizado por aquel sonido espantoso, Ahmed abrazó con fuerza a Jamîl y se encomendó a la misericordia de Allah.

Lisán estaba junto a ellos, más desconcertado que asustado. El tiempo parecía fluir lentamente ante sus ojos. Se sentía como un espectador ajeno a los terribles acontecimientos que se iban produciendo a su alrededor.

Un golpe de viento arrancó de cuajo una de las improvisadas velas gavia y rasgó por la mitad a la otra. Eso mismo les dio un impulso lateral y, por un instante, sintieron que volaban horizontalmente sobre las aguas. La amarra que los unía al batel se sacudió con un violento tirón que lanzó a la pequeña nave de un lado a otro. Lisán vio saltar uno de los remos mientras los hombres que iban a bordo gritaban y dos de ellos caían al agua.

Estaba en medio del caos. El palo que sujetaba la vela gavia se desplomó contra la cubierta, aplastando hombres, barriles y aparejos, en una confusión de cuerdas, astillas de madera y aullidos de dolor; enredando a unos y atrapando a otros en su maraña de cabos. La lluvia, los relámpagos, el viento… Todo se sucedía a la vez a su alrededor, pero sentía una extraña claridad en su mente, como si fuera capaz de separar cada acontecimiento.

Estaban envueltos por las nubes y la niebla. La playa había desaparecido y apenas se veía ya al batel y a sus tripulantes, que eran sacudidos salvajemente al extremo de la soga. El mástil caído se fue al agua, arrastrando con él a los desdichados atrapados entre sus cuerdas.

Lisán notó que sus piernas se doblaban. La nave se escoraba en un ángulo brusco hacia la proa. Se volvió y no vio a Ahmed, que había desaparecido junto con el muchacho. Los hombres rodaban por la cubierta. Él se dejó caer de espaldas. Separó los brazos y clavó sus uñas en las grietas del tablazón. Sintió el vértigo en sus entrañas y la desconcertante sensación de que la nave era impulsada a gran velocidad hacia delante.

En el batel, Baba intentaba cortar el cable que aún los mantenía sujetos a la Taqwa. Le dolían todos los huesos del cuerpo y la cabeza le daba vueltas. Apenas veía su mano sujetando el cuchillo. Las olas los golpeaban con encono. Los hombres que estaban junto a él se agarraban desesperados a la borda de la embarcación, que era sacudida de un lado a otro como un medallón colgando del cuello de un gigante. Gritaban llenos de terror. Baba escupió el agua que había entrado en su boca y los maldijo mientras seguía cortando.

Una ola alzó el batel, lo columpió un instante en el aire y lo hizo deslizarse como un juguete incapaz de ofrecer resistencia a su poder. Dos hombres más cayeron por la borda y Baba no hizo ademán alguno de auxiliarlos. En sus tripas la sensación de caída no acababa. Sentía que se precipitaba en un agujero sin fondo y supuso que el batel se hundía en el profundo valle de una gran ola.

Alzó la vista y la vio. Enorme, diez o doce veces más alta que el antiguo palo mayor de la Taqwa. Y, subiendo lentamente hacia la cresta de ella, distinguió a la vieja carraca, deshaciéndose en decenas de fragmentos y goteando hombres. Dejó caer su cuchillo. Ni siquiera tuvo tiempo de abrir los labios para advertir a los otros sobre lo que iba a pasar. El inmediato tirón de la soga arrancó la quilla del batel y partió en dos la pequeña nave.

Se había sujetado con correas al bastidor de madera, seda y plumas. Ahmed lo había alzado sobre su cabeza y él había gateado hasta ocupar la posición adecuada. Después, ayudado por su amigo, había atado las correas una tras otra, con un minucioso cuidado que había hecho impacientarse a todo el público que se había reunido a su alrededor. No importaba, aquel Lisán adolescente estaba disfrutando de la atención, y no iba a pasar nada porque alargara un poco más ese momento.

Finalmente, la última correa estuvo atada. El joven inventor se incorporó y sujetó el armazón sobre sus hombros. Era pesado, más de lo que había imaginado y una ráfaga de viento lo hizo tambalearse. Se escucharon las primeras risitas por parte del público.

– Lisán -le dijo Ahmed con un susurro-, no sé yo…

– Vamos. Cuanto antes mejor.

Lisán había sentido el deseo de volver a desatar las correas y desistir de su empeño. Pero esas risitas… el miedo al ridículo era entonces más que suficiente para hacerlo seguir adelante. Sujetó el armazón con sus manos y lo separó del suelo. Ahmed seguía a su lado, intentando ayudarlo a mantener el equilibrio, pero él le pidió que lo soltara.

Empezó a correr colina abajo. Notó el viento en la cara y la arena y los guijarros resbalando bajo sus pies. El armazón crujía rítmicamente. Él jadeaba mientras corría y sujetaba aquella pesada vela cubierta de plumas. A lo lejos, en el valle, se desparramaban los tejados rojos de Granada como una mancha de sangre seca. En el límite inferior de su visión, sus pies aparecían y desaparecían rítmicamente. Se acercaba al borde del barranco y trotaba cada vez más deprisa. Esto es estúpido, pensó de repente con una claridad estremecedora. Pero ya era demasiado tarde. Estaba en el mismo borde del barranco. Saltó con todas sus fuerzas y se sujetó firmemente al armazón. Éste crujió de nuevo pero con mucha más intensidad, como si fuera a partirse en ese preciso momento… Y de repente no había suelo bajo sus pies. ¡Estaba volando!

Fue un vuelo muy corto y siempre en la misma dirección descendente. Vio cómo el suelo se venía contra él a toda velocidad y encogió su cuerpo ante el impacto inevitable.

Me voy a matar, pensó con una extraña tranquilidad.

Una pared de agua negra se estrelló con fuerza contra su cuerpo. Aturdido por el golpe, no pudo evitar que una amarga bocanada de líquido se le metiera a presión por la boca y le llegara a los pulmones. Intentó toser y tragó más agua.

Es el fin, pensó.

Había sentido en sus propias tripas cómo la nave se desintegraba a su alrededor. La Taqwa alcanzó la cresta de una ola gigantesca y desde allí se descolgó para estrellarse contra la superficie del océano. El golpe de plancha contra el agua le desgarró el casco debilitado y reventó sus cuadernas como una maza aplastando un viejo costillar carcomido.

Lisán no sabía si su cabeza estaba hacia arriba o hacia abajo. Giraba en medio de un torbellino de burbujas mientras las astillas y los trozos de aparejos destrozados golpeaban con saña sus costados y se enredaban con sus piernas, como los tentáculos de un monstruo que pretendiera devorarlo y tragarlo hacia la oscura profundidad del mar. Un velo rojo danzaba frente a sus pupilas, sus pulmones se expandían reclamando aire, golpeando ansiosos contra sus costillas… ¡Dame aire! Él apretaba con fuerza la boca y se negaba a ceder al impulso irracional de intentar aspirar una bocanada de agua. ¡Aire… ahora!

Empezó a bracear, a sacudir sus piernas como lo haría una rana enloquecida. Apostó por una dirección y nadó hacia ella, rezando porque fuera la de la superficie. Sus pulmones seguían reclamándole aire a gritos y su frente estaba a punto de reventar de dolor cuando al fin consiguió sacar la cabeza fuera del agua. Pero apenas había diferencia entre la oscuridad líquida de la que había logrado escapar con tanto esfuerzo y las tinieblas de la tormenta en el exterior. Podía oír los lamentos lejanos de sus compañeros, tan desesperados que se percibían incluso por encima del fragor del viento y del mar.

Una ola lo alcanzó y lo hizo girar sobre sí mismo. Tragó más agua, pero sintió un asomo de esperanza, pues no había sido una ondulación sino una verdadera ola rompiendo. Eso significaba que la costa no podía estar muy lejos, y se puso a nadar con todas sus fuerzas en la dirección que le había marcado. Luchó contra el mar agitando brazos y piernas, durante un tiempo que se le hizo interminable… hasta que sus rodillas chocaron contra algo sólido. ¡Suelo firme! Rodó sobre él y se golpeó la cabeza contra la arena. Una ola lo abofeteó y le hizo gritar de rabia. Sacando fuerzas de no sabía dónde, logró ponerse en pie y braceó hacia la costa. La veía ahora a unos pasos ante él, pero podía hallarse al otro extremo del mundo. Otra ola lo atrapó al retirarse e intentó arrastrarlo hacia la profundidad. El mar era como un monstruo dotado de razón que se negara a dejar escapar aquella presa.

Clavó sus pies en el fondo y avanzó con obstinación, un paso y luego otro, inclinando su cuerpo hacia delante. Ya estaba casi fuera cuando vio un brazo alzarse implorando su ayuda. Reconoció a Jamîl, que se debatía entra la espuma mientras intentaba arrastrar el cuerpo de Ahmed hacia la playa. Fue hacia él. El muchacho estaba ya agotado, a punto de rendirse, pero era increíble que su pequeño cuerpo hubiera tenido la energía para llevar a su antiguo amo hacia la salvación.

Ahmed estaba inconsciente y Lisán lo sujetó por debajo de las axilas.

– ¡Vamos, chico! -le gritó al muchacho-. ¡Hacia la playa!

Los dos juntos tiraron entonces de Ahmed, sin mirar más allá de un palmo por delante, concentrándose sólo en llegar. Avanzaron despacio, empujándose como podían contra el blando lecho de la orilla.

Cuando lograron salir del mar se derrumbaron agotados y sin aliento, tosiendo y escupiendo sobre la arena. Lisán alzó un poco la cabeza y distinguió la silueta de varios hombres que gateaban por la playa. Pensó que, gracias a Dios, no eran los únicos supervivientes.

<p>6</p>

Ahmed agonizaba.

Apenas había entreabierto unos ojos consumidos y miraba a su amigo sin reconocerlo. Extendió una mano hacia él y musitó una palabra, el nombre de una mujer. Lisán creyó oír «Fátima», porque así se llamaba su madre, pero no hubiera podido asegurarlo. Había masajeado el pecho de Ahmed, tal y como había visto hacer a los pescadores cuando rescataban a algún náufrago de las aguas. También había soplado aire en sus pulmones, pero todo había resultado inútil, y sentía cómo los latidos de su corazón eran cada vez más débiles. Ni siquiera había recobrado la conciencia y se encaminaba ya hacia otro lugar muy lejano.

Jamîl lloraba angustiado. Tenía el rostro cubierto por la arena de aquella playa extraña, y sus lágrimas y sus mocos se mezclaban con ella.

Lisán apretó a Ahmed contra su pecho y lloró también.

– ¿Qué te he hecho, hermano? -repetía una y otra vez.

Recordaba todos los momentos que había compartido con aquel hombre desde que eran niños: los juegos, las aventuras juveniles, la indestructible amistad que habían sentido el uno por el otro y que les había hecho firmar su contrato de hermandad. No podía aceptar que todo terminara allí, en aquella playa desolada y desconocida a la que él lo había arrastrado.

Jamîl estaba destrozado de dolor y Lisán se dijo que debía mantener su temple ante el muchacho. Depositó a su amigo sobre la arena, con exquisito cuidado.

Tomó una de sus manos y le susurró:

– Prepárate para la muerte, hermano, pues ya viene. Pero no sientas temor, porque siempre has sido obediente y sincero hacia Dios. Pasarás el umbral como un destello de luz o como un viento y tu alma seguirá adelante.

El pecho de Ahmed se elevó en un último suspiro y quedó quieto.

Lisán acarició el rostro de su amigo y cerró sus ojos.

– Oh Allah, él es Tu esclavo, hijo de Tu esclavo y de Tu esclava… -dijo mientras las lágrimas corrían por sus mejillas-. Él solía dar testimonio de que no hay más Dios que Tú, y de que Muhammad es Tu esclavo y Tu Mensajero… Oh Allah, si obró bien, recompensa su buena acción, y si obró erróneamente, no tengas en cuenta sus acciones equivocadas. Te suplico que le otorgues un sello de bondad a mi hermano y que se le dé a beber de la Fuente de la Dicha hasta el Día de la Reunión…

Yusuf ibn Sarray se acercó. Dirigió una única mirada hacia el cuerpo sin vida de Ahmed.

– ¿Vosotros dos estáis bien? -preguntó.

– ¿Qué? -Lisán alzó la vista hacia el Sarray.

Se sentía atontado, incapaz de valorar aún todo lo que había perdido.

– Venid, debemos reagruparnos en una posición defensiva.

– ¿Por qué?

Yusuf señaló hacia el linde de la jungla y dijo:

– No estamos solos, alguien se oculta entre esos árboles. Venid.

– ¡Debemos enterrarlo! -suplicó Jamîl.

– Cuando amanezca nos ocuparemos todos de eso. Hay muchos cadáveres en esta playa que también merecen descansar bajo tierra.

Siguieron en silencio al Sarray. Había que ir con cuidado para no tropezar. Era noche cerrada, casi no veían dónde ponían los pies y la arena estaba repleta de ramas arrancadas por el vendaval y trozos de madera de la desdichada Taqwa. Lisán volvió la cabeza hacia la línea dibujada contra el cielo por las copas de aquellos árboles oscuros, el límite de una jungla espesísima que llegaba hasta la misma orilla del océano. El cielo seguía cubierto de nubes, iluminadas de vez en cuando por lejanos relámpagos, y las olas golpeaban la playa a unos pasos de ellos, pero parecía que lo peor de la tormenta había pasado ya.

Jamîl tropezó con algo y cayó de bruces.

Era el cadáver de uno de los marinos turcos, con el vientre hinchado y los ojos desorbitados. El mar había arrojado algo más que restos de madera en la playa. Lisán dio la vuelta al cuerpo de aquel desdichado y ayudó a levantarse al aterrorizado Jamîl.

– Vamos, hijo -le dijo-. Por la mañana les daremos sepultura a todos.

Llegaron al lugar donde se había congregado el pequeño grupo de supervivientes. Un puñado de hombres de aspecto desdichado que se apretaban sentados en círculo sobre la arena. Lisán contó cinco marinos turcos y siete guerreros Sarray. Piri no estaba entre los turcos. Sí vio, en cambio, al viejo vizcaíno, en el centro del grupo, acuclillado con la cabeza entre las piernas. Recordó a Baba y a los doce que lo habían acompañado en el batel. Era imposible que sobrevivieran cuando la Taqwa fue empujada por aquella ola gigante y los arrastró con ella. Se volvió hacia el mar, al que podía oír pero no ver, y que aquella noche se había tragado a tantos hombres. Luego contempló de nuevo la línea oscura de la selva contra el cielo.

– ¿Dices que alguien se oculta entre los árboles? -preguntó a Yusuf.

– Así es. Shihab distinguió a la luz de uno de los relámpagos cómo se agazapaba una figura entre el follaje.

– Fue sólo un momento -dijo Shihab, que era uno de los Sarray-, pero pude verlo con claridad.

Aquellos Sarray que habían logrado salvar sus espadas las llevaban desenvainadas. El reflejo de sus hojas curvas destellaba de vez en cuando en la oscuridad.

– Si nos han visto y se ocultan, y no han acudido a ayudarnos, es que son nuestros enemigos -dijo Yusuf.

Lisán clavó los ojos en la jungla e intentó que atravesaran aquella oscuridad.

– Quizás era un animal -aventuró.

– Era un hombre -dijo Shihab-. Al menos tenía las formas y los miembros de un hombre.

– Algunos animales de Guinea son en todo parecidos a hombres. Con la diferencia de que tienen el cuerpo cubierto de pelo y unos colmillos que te pueden arrancar la cabeza de un mordisco.

Era Ignacio quien había hablado. Su voz era temblorosa y débil.

– Shihab -dijo Yusuf ignorándole-, ve con Ismail y Hubal. Averigua qué se oculta entre los árboles.

Tres figuras se separaron del grupo de la playa y se encaminaron hacia el límite de la jungla. Avanzaban despacio, empuñando sus espadas, como si fueran talismanes sagrados capaces de protegerlos de cualquier mal. Lisán los vio marchar durante un rato, hasta que las siluetas de sus espaldas se fundieron con la oscuridad.

Desde el centro del círculo de náufragos, Ignacio sollozó:

– Todo es culpa mía… ¡Yo soy único responsable de esta desdicha!

El vizcaíno gateó hacia el lugar donde se sentaban Lisán y Jamîl. Siguió diciendo:

– Mis tres últimos viajes terminaron en naufragio. ¡Y ahora esto!

– ¿De qué estás hablando? -le preguntó Lisán.

– Soy gafe, por eso nadie quería embarcarme cuando me encontraste. No te advertí de ello y ahora estamos aquí perdidos…

– ¿Cómo puedes decir algo semejante? Ha sido un milagro que sobrevivieras mientras tantos hombres jóvenes y fuertes han perecido. Has tenido mucha suerte, dale gracias a Dios por ella.

– No lo entiendes, no. -Ignacio sacudió la cabeza-. Yo siempre he salido con bien de los naufragios, pero los que me acompañaban perecieron. Ésa es mi maldición.

Algunos Sarray se volvieron al oír las palabras de Ignacio y le dirigieron hoscas miradas. Lisán consideró que era una suerte que estuviera hablando en castellano y que los marinos turcos no pudieran entenderle. No era difícil imaginar cómo reaccionarían.

– Esa tormenta no fue cosa tuya -dijo Lisán-. Nunca había visto nada igual. Ningún hombre puede ser responsable de algo así.

Uno de los Sarray se dirigió a Lisán:

– Yo tampoco había visto jamás una tormenta como ésa. Se diría que fue cosa de brujería.

A Lisán no le gustaba el cariz que estaban tomando las cosas. Si el miedo supersticioso se apoderaba de ellos, todo se iba a complicar aún más. ¿Por qué aquel estúpido vizcaíno no cerraba su bocaza de una vez?

– No hay brujería aquí -dijo-. Sólo un mundo que desconocemos.

– Espera, primo -susurró Ismail, deteniéndose de repente-. He visto moverse algo ahí delante.

Shihab, que caminaba al frente del pequeño grupo, se volvió hacia él y dijo entre dientes:

– Vamos, eso es precisamente lo que tenemos que averiguar.

– ¡Es una locura meternos en esa jungla si hay una fiera oculta tras los árboles!

– Tiene razón -dijo Hubal retrocediendo un poco-. Es imposible luchar si apenas vemos a un paso frente a nosotros.

– Los dos habéis oído las órdenes de Yusuf igual que yo. No vamos a entrar en la selva, sólo nos acercaremos al linde para ver si se trata de nativos.

– Si hay alguien ahí y quiere ocultarse -objetó Ismail-, sus motivos tendrá, digo yo.

Shihab sintió que la ira se agolpaba en su garganta. Lo que menos le apetecía en ese momento era ser arrastrado a una discusión de ese tipo. Tragó saliva y comprendió que sentía algo más que ira. Hubal era joven y fuerte; Ismail, fibroso y astuto como una comadreja. Eran dos de los mejores guerreros Sarray, pero evidentemente estaban asustados. Tanto como él mismo. Ninguno de ellos quería estar allí, pero ya no tenían elección. Cuando se es un miembro menor de una familia tan importante como los Banu Sarray se acaba aceptando que el propio destino está en muchas manos, además de las de Allah.

– ¿Por qué no le dijiste eso a Yusuf cuando te ordenó que me acompañaras?

El faquih. Él era el único culpable de toda esta desdicha. Su padre tenía razón cuando le decía que desconfiara de los eruditos, que ellos únicamente habían traído problemas al Islam.

– Sólo intento ser razonable…

– Ya pasó ese momento, ahora limítate a obedecer mis…

Un relámpago surgió de la oscuridad y atrapó a Shihab.

Ismail y Hubal apenas tuvieron una fugaz visión de una piel moteada, unas fauces abiertas y unos ojos llameantes de furia animal. Ni siquiera oyeron gritar a Shihab, la criatura lo rodeó con unos brazos que parecían humanos, pero que acababan en unas garras de fiera, y lo arrastró con ella a las tinieblas. Los dos Sarray contemplaron atónitos la espada de su amigo tirada sobre la arena, la única señal que había quedado de su presencia allí. Se miraron el uno al otro durante un instante, dieron media vuelta y echaron a correr.

No pararon hasta que alcanzaron el apretado grupo de supervivientes. Se dejaron caer en la arena, jadeando sin resuello.

– ¿Qué ha sucedido? -les exigió Yusuf-. ¿Y Shihab?

Hubal estaba tan aterrorizado que no podía articular palabra. Ismail cerró los ojos y luchó por tranquilizarse, aunque sentía su corazón saltándole en el pecho.

– Era un tigre… -dijo-. ¡Un tigre que andaba como un hombre! Estaba oculto en el follaje y cuando nos acercamos… atrapó a Shihab. Fue visto y no visto. No tuvimos oportunidad de ayudarle…, lo agarró y se lo llevó con él. Así, sin más. Desapareció.

Lisán miró hacia la jungla, hacia el muro de tinieblas que se levantaba frente a ellos. El viento agitó las hojas, arrancándoles un murmullo siniestro. De repente, sintió que estaba poblada de espectros y monstruos espeluznantes.

<p>7</p>

La luz del alba apenas se anunciaba por el Oriente. El cielo había quedado despejado por completo de nubes y los náufragos vieron aparecer el tétrico brillo del cometa sobre sus cabezas. Su luz grisácea reveló la selva que se alzaba frente a ellos y le dio el aspecto insólito de una alucinación. El mar se iba llenando de la luz del amanecer y parecía puro y tranquilo. Los horrores de la noche pasada eran ahora sólo turbias pesadillas.

Los náufragos obligaron a levantarse a sus cuerpos maltrechos y entumecidos. Caminaron como almas en pena hacia la orilla, con la intención de realizar el wudú [12] con agua de mar, que era la única que tenían al alcance. Estaba casi media legua más lejos que la noche anterior, y la arena que había quedado expuesta se veía salpicada de pequeñas lagunas dejadas atrás por la marea.

– ¡Venid todos aquí! -gritó Ismail agitando los brazos-. ¡Este charco es de agua dulce!

Lisán pensó que el terror y el cansancio habían acabado por hacerle perder la cordura al Sarray. Pero cuando todos se acercaron al lugar que señalaba, comprobaron que, en efecto, era agua fresca y dulce lo que nacía burbujeando directamente de la arena. Ignacio, que iba con ellos, intentó lanzarse de cabeza a aquel charco, pero Yusuf lo atrapó por el pescuezo y lo empujó a un lado sin contemplaciones.

Sin darse tiempo a considerar cómo ni por qué, Lisán realizó sus abluciones en compañía de sus hermanos en la fe, con aquella milagrosa agua, pura y perfecta. Inmediatamente, andalusíes y turcos empezaron a rezar con el rostro vuelto hacia donde nacía el sol, para darle gracias a Dios por haberles salvado la vida. Cuando terminó el salat, las series de inclinaciones, postraciones y posturas en adoración a Allah, Yusuf se volvió hacia el vizcaíno, que lo miraba con su único ojo reluciendo de resentimiento, y le dijo:

– Ahora puedes beber, infiel.

Todos bebieron como leones abrevando en un oasis, entre risas de incredulidad y gritos de júbilo.

– ¡Es un milagro! -exclamó Yusuf, mientras el agua le corría por las barbas-. El mar ha dejado tras de sí un charco de agua dulce para que podamos realizar correctamente nuestras oraciones. Esto es una señal cierta de que van a ser escuchadas.

– Se trata de un manantial que queda cubierto por el mar cuando la marea sube -dijo Lisán, después de considerarlo un momento-. Ciertamente, Allah no nos olvida y esto nos da una nueva esperanza…

– Si, faquih, pero… ¿dónde estamos?

¿Dónde estaban? Ésa era la cuestión. En aquel Otro Mundo hacia el que Talos se había dirigido, sin duda. Muy lejos de cualquier tierra conocida y sin medios para regresar a su propio Mundo. La Taqwa yacía en el fondo del océano y sin ella no había esperanza de emprender el camino de vuelta. Quizá tendrían que vivir allí hasta el fin de sus días. Era una perspectiva estremecedora, por eso la presencia de aquel charco de agua dulce había significado tantas cosas para muchos de ellos. Significaba que, sobre todo, aquel Mundo no era ajeno a la bondad de Dios. Quizás aquel charco fuese únicamente un afortunado accidente, pero proporcionaba un débil rayo de esperanza a unos hombres desesperados. Dios los amaba y su mano misericordiosa seguía tendida hacia sus hijos, incluso en aquel lejano Otro Mundo.

– ¡Han desaparecido! -gritó Ismail, aterrorizado, y su grito destruyó de inmediato la ilusión de que las cosas estaban empezando a mejorar-. ¡Los cuerpos de nuestros muertos ya no están sobre la arena!

No es posible, se quiso convencer Lisán. Pero era tal y como el Sarray había anunciado. La playa estaba sembrada por los restos del naufragio, que se mezclaban con las ramas y hojas esparcidas por la tormenta. Pero los cadáveres se habían esfumado, como si hubieran regresado a la vida durante la noche para escapar de aquel paraje. Se volvió a un lado y a otro, buscando con desespero a su hermano muerto. Al no verlo, se sintió presa de una profunda desolación. Se dejó caer de rodillas sobre la arena y rezó:

– Porque huimos de los demonios y el mal, pedimos al Creador que nos ayude contra los demonios y el mal…

– ¿Qué está pasando aquí? -inquirió Hubal con una voz entrecortada por el miedo.

Todos tenían el espanto en los ojos y la mente embotada, sin saber cómo reaccionar ante lo sobrenatural. Lisán sentía que el pavor le encogía el corazón. Era el miedo ante lo desconocido e inesperado. Pensó que aquél era el más profundo de todos los terrores que apresaban al hombre, pues era capaz de hacer estremecerse a la propia alma.

¡En el nombre de Allah! ¿Dónde estamos? ¿A qué costa maligna hemos sido arrastrados? De repente experimentaba la horrible certidumbre de que estaban perdidos en un universo que les era hostil, que les arrebataría hasta la menor esperanza de salvación.

El sol, al trepar por el cielo, iluminó con su luz rojiza una jungla apretada y sofocante que los mantenía confinados en la playa. Era una impresionante masa verde que se extendía en desorden a un lado y a otro, produciendo la impresión de que estaba formada por la copa de un árbol único y desmesurado que cubriera la Tierra entera.

Entonces, desde aquellas profundidades verdes, una tremenda algarabía asustó a los centenares de pájaros que aún dormían en las ramas más altas y les hizo emprender el vuelo a la vez. Las cabezas de todos los náufragos se giraron en esa dirección, y un rumor de asombro circuló entre el grupo. Yusuf señaló con voz grave:

– ¡Mirad ahí!

Varias criaturas horripilantes, mezcla de hombre y bestia, con rostros inhumanos, pero que caminaban sobre dos piernas como haría cualquier hombre, surgieron de la jungla y se situaron frente a los náufragos. Iban cubiertos con pieles de tigre moteado, y sus rostros eran una feroz pesadilla, dominados por grandes ojos desorbitados y fauces abiertas que mostraban unos colmillos amarillentos e hinchadas lenguas rojas.

– ¿Es eso lo que visteis anoche? -preguntó Yusuf sin dejar de mirar a aquellos seres espantosos.

Ismail se rascó la barbilla, cubierta por la barba.

– Así es -dijo-. Pero en la oscuridad tenían otro aspecto.

Aquellos rostros de fiera habían sido hechos para inspirar terror, pero eran sólo máscaras fabricadas con pieles de animales, al igual que las ajustadas vestiduras de aquellos hombres. La luz del día ponía al descubierto el engaño. Sin embargo, componían una imagen sobrecogedora. Avanzaron hacia ellos, rodeándolos con actitud amenazante, sin demostrar el menor temor ante aquellos extranjeros. Se protegían con unos escudos redondos, blandían unas anchas palas de madera cuyo borde estaba erizado de algo que parecían afilados trozos de piedra. Llevaban adornos de plumas de colores brillantes por todo el cuerpo, en brazaletes hechos con tiras de piel alrededor de los brazos o formando apretados penachos sobre sus cabezas.

Lisán distinguió a otros nativos que se movían junto a aquellos terroríficos hombres-tigre. Éstos iban casi desnudos, cubiertos sólo con un pequeño taparrabos, pero lucían los mismos brazaletes y adornos que los hombres-tigre a los que escoltaban. Había dos de estos nativos desnudos por cada uno de los otros y eran los responsables de la algarabía, pues hacían sonar caracolas y pitos de hueso, y proferían estruendosos gritos de guerra golpeándose la boca con la mano.

– ¡Banu Sarray! -gritó Yusuf-. ¡Formad para la batalla!

Los guerreros andalusíes se pusieron en guardia como un solo hombre y agitaron sus espadas en el aire. Su aspecto era miserable, sus ropas estaban destrozadas, pero empuñando aquel acero se sentían capaces de enfrentarse a cualquier enemigo. Apenas eran siete, contando a Yusuf, y aquellos siniestros nativos los superaban en número y armamento, pero si Dios los había destinado a morir peleando, se decían, que así fuera. Los turcos no se quedaron atrás. No tenían otra cosa para defenderse que los pequeños cuchillos que siempre llevaban consigo, pero rebuscaron entre los restos del naufragio y todos hallaron algo que usar como arma, aunque fuera un simple trozo de remo.

– Espera, espera… -le dijo Lisán a Yusuf-. ¿Qué pretendes hacer?

– ¿Qué crees, faquih? Ha pasado el momento de las palabras y las oraciones. Ha llegado la hora de luchar.

– ¡No tenemos ninguna posibilidad! Nos superan en número y armamento.

– Tenemos la ocasión de morir peleando. Alabemos por ello a Allah y a Su infinita bondad… Y ahora, faquih, hazte a un lado y deja que sea el acero quien hable.

<p>8</p>

Ignacio hizo aparecer dos cuchillos de entre sus harapos y le tendió uno a Lisán.

– Seguro que no llevas armas -dijo-. ¿Me equivoco?

– No -le respondió el andalusí, aceptándolo-. Gracias.

– No las des -dijo el vizcaíno con desdén-. No te he dado el cuchillo por nada. Quiero que a cambio hagas algo por mí.

– ¿De qué se trata?

Ignacio señaló con su arma hacia los nativos.

– He conocido a muchos salvajes de Guinea y sé cómo las gastan. Si nos atrapan con vida, me rebanas el cuello… ¿Entendido?

– ¿Quieres que… te mate?

– Eso es.

– ¡Allah misericordioso! -exclamó Lisán-. ¿Por qué?

– Ni tu Dios ni el mío tienen nada que ver con esto. Tú sólo di «sí».

Lisán hizo un distante gesto de asentimiento.

– ¡Dímelo, sarraceno! -gritó el vizcaíno mirándolo fijamente con su único ojo-. ¡Dime que puedo confiar en ti!

– Sí -dijo Lisán-. ¡Maldito seas! Ya te lo he dicho.

Se apartó un poco del piloto y atrajo hacia sí a Jamîl.

– Escucha, muchacho -le dijo-, no te alejes de mi lado.

Lisán decidió que si era necesario moriría por el mawla de Ahmed. Se juró a sí mismo que lo haría. Al menos eso le debía a su hermano. Se preguntó una vez más cuál sería la intención de aquellos hombres disfrazados de bestias y si el vizcaíno estaría en lo cierto al sentir tanto miedo por ser capturado vivo. Observó cómo se situaban frente a ellos, agazapados como auténticos depredadores, cómo hacían sonar las caracolas y lanzaban aullidos, y comprendió que estaban ante algo realmente extraño, algo que no tenía ningún punto de contacto con su cultura y cuyo comportamiento era imposible de predecir.

Yusuf caminaba a un lado y a otro frente al miserable grupo de náufragos. Daba grandes zancadas, como un león a punto de ser arrojado a la arena del circo. Agitaba nervioso su espada jineta mientras se preguntaba qué esperaban aquellos salvajes para atacar de una vez, si ésa era su intención.

– ¡Escuchad! -les gritó-. ¡No tenemos necesidad de pelear, hemos venido en son de paz!

No esperaba que sus palabras tuvieran ningún efecto en ellos y no lo tuvieron. Los estudió con cuidado. Habían compuesto una formación en media luna. En los extremos se habían situado los arqueros, que tenían sus dardos preparados. Si empezaban a disparar contra ellos, desprotegidos como estaban en medio de la playa, no iban a necesitar más de una andanada para acabar con todos. Pero, aparentemente, ésa no era su intención. Los arqueros estaban inmóviles como estatuas y del centro de la formación se adelantaron varios de los guerreros cubiertos con pieles de tigre. Avanzaron hacia ellos por la arena, golpeando sus pequeños escudos redondos con sus macanas, desafiándolos a combatir con gestos casi obscenos. El que iba al frente debía de ser el jefe, pues llevaba una especie de mástil de caña atado a la espalda y decorado con penachos de plumas, como un estandarte.

Yusuf se esforzaba por comprender lo que estaba pasando allí. Cada uno de los hombres-tigres iba secundado por dos nativos desarmados y casi desnudos. ¿Sus pajes?… ¿Sus esclavos? Incluso los arqueros tenían al lado a estos lacayos sujetando sus haces de flechas. Los guerreros se habían dispersado un poco, no parecía haber ningún tipo de organización en sus movimientos.

– Buscan combates individuales -dijo en voz alta, comprendiendo.

– ¿Qué? -le preguntó Ismail.

– Fíjate, los arqueros de los extremos cuidan de que no huyamos, y esos fantoches disfrazados han roto la formación y se preparan para combatir, uno a uno, contra nosotros.

– ¿Qué forma de hacer la guerra es ésa?

– No lo sé, pero quizá nos convenga. ¡Que nadie se mueva de donde está! -gritó-. Dejemos que sean ellos los que den el primer paso.

No se hicieron esperar mucho. El hombre-tigre que llevaba el estandarte de plumas a la espalda lanzó un alarido y cargó contra ellos.

Yusuf retrocedió un poco y dijo sin volverse:

– Hubal…, ve a ver qué tal pelean.

El joven Sarray no lo pensó ni un instante. Se encomendó a Allah mientras aferraba su espada jineta en la mano y se lanzó contra el hombre-tigre. El único sentimiento que tenía en ese momento era el de alivio; después de la larga lucha contra el mar, del naufragio y de los miedos de la pasada noche, por fin se encontraba en un terreno que le resultaba familiar. Era un guerrero de al-Andalus y estaba preparado para luchar hasta la muerte si se terciaba, contra los infieles o contra aquellos fantasmones con disfraz de gato. Tanto daba una cosa como la otra.

Los dos hombres cruzaron a la carrera el terreno intermedio y se encontraron en un punto equidistante de los dos grupos. Hubal fue quien lanzó el primer golpe. Descargó su jineta en un amplio arco descendente hacia su enemigo. Éste paró el acero con su escudo y devolvió el ataque con la macana de madera endurecida al fuego, adornada con plumas y con fragmentos de piedra incrustados en su borde.

Ante la abrumadora ferocidad de la respuesta de su oponente, el andalusí no pudo hacer otra cosa que defenderse y retroceder. Cada una de sus acometidas parecía a punto de alcanzarlo, pero lograba interponer siempre la espada en su camino, desviaba la macana por poco, o conseguía detenerla a poca distancia de su cuerpo. Los ojos de su enemigo llameaban con la borrachera del combate. Cargó contra Hubal con un arrebato sanguinario y lo alcanzó en el costado. Le hizo un buen desgarrón en la piel.

El Sarray se llevó la mano a la herida y retrocedió un par de pasos con el rostro contraído de dolor. Su enemigo sonreía malévolamente bajo la máscara de tigre y él observó, horrorizado, que sus dientes eran cónicos y afilados como los de una fiera.

– Allah, alabado sea, me proteja -musitó con un estremecimiento supersticioso que recorrió su espina dorsal.

No era un hombre cobarde, desde luego que no lo era. Una y otra vez, había recorrido las fronteras del reino de Granada defendiéndolas de las razias de los infieles y había luchado contra ellos en más ocasiones de las que podía recordar. Sin temor, espada contra espada y corazón contra corazón, y que Allah decidiera. Pero esto era diferente. Lo sentía en su alma y sus ojos le confirmaban que aquélla era una situación que no podía entender. Se enfrentaba a un enemigo que estaba más allá de cualquier experiencia que hubiera vivido jamás.

Aferró con ambas manos su jineta y volvió a cargar contra la criatura. Esta vez, espada y macana chocaron en el aire. Saltaron chispas al golpear el acero contra el sílex y el arma de Hubal se partió. El andalusí se quedó paralizado por la sorpresa. Sin detenerse, su enemigo giró sobre sí mismo y lo golpeó en pleno rostro. Esta vez no con los cortantes filos de piedra sino con la parte plana de la macana. Aun así, el golpe fue terrible y Hubal cayó hacia atrás, inconsciente, sangrando por la boca y con la nariz destrozada.

El hombre-tigre pasó sobre su enemigo caído y se encaró con los náufragos. Separó los brazos; su arma en una mano, su pequeño escudo en la otra, y lanzó un grito de victoria hacia los que habían contemplado el combate.

Tras él, los dos nativos semidesnudos que lo acompañaban, sus pajes, según había supuesto Yusuf, se lanzaron sobre Hubal. Mientras uno de ellos le ataba las manos con unas delgadas cuerdas, el otro hacía lo propio con sus tobillos. En un instante, y haciendo gala de una extraordinaria pericia, habían apresado al Sarray como a un cordero. Luego, lo agarraron por los cabellos y lo arrastraron por la arena hacia la retaguardia.

Al ver esto, los náufragos empezaron a gritar y muchos quisieron lanzarse a rescatar a su compañero, pero Yusuf les ordenó que se detuvieran.

– Pero… ¿qué van a hacer con Hubal? -preguntó Ismail con la barbilla temblándole de emoción-. ¿Por qué se lo llevan de ese modo?

Lisán también intentaba encontrarle un sentido a todo aquello. Apretó un poco más a Jamîl contra él y miró a Ignacio. El infiel le devolvió una mirada llena de fatalidad. Fuera lo que fuera, lo que estaba pasando allí no podía tener un buen final.

El jefe de los nativos se volvió hacia los suyos. Agitó su arma y su escudo sobre su cabeza y, ante esta señal, varios nativos se lanzaron a la vez contra el apretado grupo de náufragos. Así empezó un combate individual tras otro. Los hombres-tigre penetraron en las filas de los Sarray y turcos, mezclándose las brillantes plumas y pieles amarillas de su atuendo con las ropas desgarradas y oscuras de éstos.

Lisán miraba a su alrededor, extendiendo el cuchillo del infiel frente a sí, intentando comprender lo que estaba sucediendo en medio de aquella gran confusión de cuerpos y armas, golpes y contragolpes, arena y sangre.

Los Sarray demostraron ser unos dignos rivales. A pesar del agotamiento de sus cuerpos, peleaban con maestría haciendo buen uso de sus jinetas. Los turcos, en cambio, armados tan sólo con cuchillos y palos, resultaron una presa fácil para los atacantes. Fueron rápidamente derribados, y los pajes de los hombres-tigre corrieron entre los guerreros para atar a los caídos y arrastrarlos fuera de la zona de combate. Lisán observó que, aunque se produjeron heridas muy aparatosas, nadie había caído muerto hasta el momento. Los hombres-tigre se cuidaban de no golpear con los filos cortantes de sus armas en las zonas vitales de sus oponentes, tan sólo intentaban dejarlos sin sentido y a merced de los pajes.

– No están guerreando con nosotros… -dijo Ignacio con voz tétrica-. ¡Nos están cazando!

Lisán se volvió brevemente hacia él y comprendió que el vizcaíno estaba en lo cierto.

En medio de la confusión, Yusuf buscaba un oponente. No lo vio hasta que un hombre-tigre lo atacó, silencioso pero exudando violencia y furia. Se trataba del líder, aquel que llevaba el estandarte a la espalda y que había peleado con Hubal.

Yusuf esquivó su embestida y retrocedió rápidamente. No estaba dispuesto a cometer los mismos errores que su primo. Se tenía por uno de los mejores espadachines de Granada y estaba dispuesto a demostrarlo allí mismo. Para empezar, era absurdo intentar parar con su espada el golpe de una de aquellas pesadas mazas de madera y trozos de piedra. Tanto como enfrentar un delgado alfanje a una cimitarra de abordaje. El resultado ya lo había experimentado Hubal para su desdicha: su espada se partió y fue rápidamente derrotado.

El guerrero prudente jamás embiste a su enemigo.

Lo observa, avanza y cede…

Hasta que encuentra el hueco para vencer.

El Sarray colocó sus pies en posición; el derecho delante y el izquierdo detrás, con los talones tocándose. Alzó su jineta nasrí hasta alcanzar un ángulo recto con su cuerpo. Poco a poco fue apartando un pie de otro, mientras flexionaba la rodilla derecha y mantenía la pierna izquierda estirada y firme. Levantó su mano izquierda y le ofreció graciosamente a su enemigo un hueco en su defensa.

El salvaje miraba asombrado la planta del andalusí. Ahora era él quien no entendía la estrategia del extranjero, pero vio claramente aquel hueco y acometió dispuesto a acabar rápidamente con él. Yusuf dio un saltito hacia atrás y fintó hábilmente hacia su izquierda. Con su espada desvió con suavidad la macana de su oponente, que buscaba el centro de su pecho. De inmediato, respondió a su ataque y lo hirió en un costado.

– ¡Te atrapé! -exclamó el andalusí sin poder contener su alegría.

Retrocedió y volvió a adoptar su posición de defensa. Trazó un molinete en el aire con la punta de su jineta e invitó al nativo a que atacara nuevamente.

El hombre-tigre cargó ciegamente contra él. Intentaba alcanzar al Sarray, mientras que éste se limitaba a retroceder y a sortear con asombrosa flexibilidad, esperando el momento apropiado para volver a situar una estocada. Pero, mientras retrocedía, tropezó con un madero y cayó de espaldas. Su oponente saltó sobre él, Yusuf rodó por la arena para esquivarlo y luego gateó hasta donde había caído su espada. La cogió justo cuando el hombre-tigre le descargaba un nuevo golpe. Lo evitó y lanzó arena hacia los ojos de su contrario.

Tuvo el tiempo justo para ponerse en pie. El salvaje se sacudió, atacó con saña silenciosa y Yusuf se vio obligado a recular un poco más. Su enemigo intentó llegarle con un amplio machetazo y puso al descubierto un hueco en su guardia. El Sarray aprovechó para lanzarle otra cuchillada certera que desgarró el peto de piel moteada y la carne del hombre-tigre, hasta dejar el blanco de una de sus costillas al descubierto.

– Esta vez te he tocado bien -dijo el andalusí respirando pesadamente. Ya no había alegría en sus palabras, tan sólo alivio de que el combate fuera a acabar.

Pero aquella herida tremenda no causó ninguna reacción en su enemigo, que continuó atacando. Yusuf se defendió atónito, pensando que quizás aquel hombre estaba bajo una emoción tal que le impedía sentir dolor. En ocasiones había visto este tipo de sucesos en el campo de batalla, pero finalmente la pérdida de sangre siempre obligaba al herido a reaccionar como tal. Siguió sorteando los golpes del nativo, con la esperanza de que cayera al suelo de un momento a otro.

Un hombre-tigre chocó contra Ignacio y lo derribó de un mazazo. El vizcaíno, sangrando por la sien y la boca, gateó hacia Lisán.

– ¡Hazlo ahora! -gritó-. ¡Acaba conmigo, sarraceno!

Lisán se apartó de él y abrazó a Jamîl. En aquel momento de absoluta tensión, no tenía otro pensamiento que proteger al muchacho.

El hombre-tigre puso un pie sobre la espalda de Ignacio y lo dejó sin sentido de un garrotazo con el plano de su macana. Luego, pasó sobre el cuerpo del vizcaíno y se enfrentó a Lisán. Éste alzó torpemente su cuchillo con una mano mientras sujetaba al muchacho con la otra. Con una mueca de desprecio, el hombre-tigre lo golpeó en la muñeca y el cuchillo voló lejos. Lisán se apretó con fuerza los labios de la herida. Su enemigo saltó junto a él y le asestó un puñetazo en el vientre. El faquih se dobló, derrotado y sin respiración.

Yusuf se había cansado de esperar a que el jefe de los hombres-tigre se derrumbara. En realidad, parecía tan fresco como al inicio del combate, mientras que él respiraba con dificultad y notaba las piernas como pesados rollos de trapo. Pasado el primer momento de euforia por la batalla, el cansancio de los días de lucha contra el mar se apoderaba de su cuerpo. Y la furia primitiva del nativo igualaba su destreza con la espada.

Sus movimientos se tornaron más lentos y torpes, y el hombre-tigre estuvo a punto de alcanzarlo. A Yusuf no le quedó más remedio que interponer su acero para detener un golpe que iba dirigido contra su rostro y, tal y como le había sucedido a Hubal antes, su jineta se partió. Yusuf retrocedió, aturdido, sosteniendo la inútil empuñadura de la que sobresalían dos pulgadas de acero. Era el único náufrago que seguía en pie. El resto de sus compañeros yacían sobre la arena, inconscientes o heridos, pero todos atados como borregos. Poco a poco, los salvajes habían ido formando un círculo alrededor de los dos únicos hombres que seguían luchando.

Desconcertado y furioso, arrojó hacia su enemigo la empuñadura con el trozo de espada rota. El nativo la esquivó sin dificultad y contempló al desarmado Yusuf, mientras ladeaba la cabeza con una actitud semejante a la de un lobo asombrado ante el extraño comportamiento de un conejo. Luego le lanzó su macana, que voló por el aire para ir a clavarse en la arena, justo frente al Sarray. Miró fijamente el arma, medio enterrada junto a sus pies, y se agachó lentamente para recogerla. La sopesó: grande e incómoda como había supuesto.

Mientras tanto, otro de los guerreros-tigre le había entregado otra macana a su jefe. Cansado de esperar el ataque de Yusuf, el salvaje le lanzó un patadón de arena y soltó una carcajada desafiante. El andalusí cargó contra el nativo, que detuvo sin dificultad su embestida, interponiendo su pequeño escudo, y respondió con un mazazo demoledor al pecho del Sarray. Yusuf cayó hacia atrás y quedó sentado sobre la arena, tosiendo.

El hombre-tigre se paró frente a él, respirando profundamente. Luego, le dio la espalda y se volvió hacia los otros nativos que miraban el combate. Gritó su victoria agitando los brazos en el aire. Sus compañeros le respondieron con entusiasmo, jaleándolo a su vez con más palabras incomprensibles en su extraño idioma.

En el suelo, Yusuf se apretaba el pecho dolorido. Quizá tenía una costilla rota. Sus ojos llameaban mirando la espalda desprotegida de su enemigo. Por un instante pareció que iba a saltar sobre él. Pero siguió allí, tendido sobre la arena, agotado, hasta que los pajes se acercaron para atarlo de pies y manos.

<p>9</p>

Baba tenía un último recuerdo del batel desintegrándose bajo sus pies. Luego una larga serie de imágenes que eran indistinguibles de una pesadilla, con el agua entrando en sus pulmones, su cuerpo zarandeado por las olas, retazos de un cielo negro cubierto de nubes y relámpagos, momentos de oscuridad absoluta y líquida, mientras sentía que su cuerpo se hundía sin remedio. Y, finalmente, las olas lo empujaron contra la arena, lo hicieron rodar como un tronco cubierto de algas, como una piltrafa arrojada por el mar. Tosió y escupió el agua salada que se le había metido en la garganta. Gateó alejándose de la orilla, sin distinguir nada frente a él, y se dejó caer en medio de la nada, rodeado de oscuridad y silencio.

El sol en su rostro lo despertó y vio que había dos figuras de pie frente a él. El fuerte contraluz únicamente le permitió distinguir unas siluetas negras.

– Estás vivo -dijo una de ellas.

Lo sujetaron por los brazos y lo arrastraron por la arena, hasta una sombra bajo los árboles en el linde del bosque. Eran Jabbar y Dragut, demacrados, con las ropas hechas jirones.

– ¿Sois los únicos supervivientes?

– Eso pensábamos, hasta que te encontramos a ti -dijo Dragut-. Cuando el batel se rompió nos agarramos el uno al otro y el mar nos arrastró. Desde el amanecer venimos caminando por la playa.

– Nunca he visto bosques como éstos -añadió Jabbar con la expresión de desconcierto que era habitual en él.

Baba escudriñó el cielo. Las nubes habían desaparecido y el sol brillaba casi en el cenit. Le escocía la cara. Se llevó las manos al rostro y se tocó con cuidado las mejillas y la frente.

– El sol te estaba quemando, Baba -dijo Dragut.

– Nunca me ha gustado demasiado el sol… y tengo la garganta abrasada por la sal.

Jabbar le ofreció un coco. Los dos turcos conservaban sus cuchillos y con ellos habían practicado un agujero en su corteza para que pudiera beber el agua que contenía. Baba tragó el líquido dulzón con calma y luego se puso en pie para contemplar la playa de un lado a otro. No había ningún resto del naufragio. La arena era muy blanca y estaba sembrada de cocos y ramas desprendidas de las palmeras.

– Parece ser que fuimos arrastrados lejos de la Taqwa -dijo.

– Todos vimos lo que sucedió -le respondió Dragut-. Una ola gigante agarró a la vieja carraca y la lanzó contra la costa como si se tratara de un panecillo. Me pregunto dónde estamos realmente.

– Hemos llegado a una tierra desconocida -dijo Baba-, y lo primero es buscar lo imprescindible para sobrevivir: comida y agua, pues no podremos subsistir mucho tiempo con esas frutas como único alimento. Debemos encontrar una corriente de agua dulce. Después, podemos remontarla e internarnos por su cauce para explorar la selva.

– ¿Qué esperas encontrar? -dijo el turco, que no las tenía todas consigo-. Parece un lugar terrorífico. Antes oímos aullidos que provenían de su interior.

– ¿Quieres quedarte en esta playa para siempre, Dragut?

El aludido negó con la cabeza.

– Entonces tendremos que encontrar nativos que nos ayuden a construir una nueva embarcación con la que regresar a nuestra tierra.

– Yo creo que lo mejor sería intentar capturar un barco de pescadores y obligar a su tripulación a que nos lleven hasta el continente -dijo Jabbar-. Las tropas del sultán no deben de estar muy lejos.

Dragut miró imperturbable, durante un momento, a su compañero. Al parecer dudaba sobre si debía o no aclararle las cosas. Debió de decidir en contra, porque se volvió hacia Baba.

– Quién sabe qué clase de gente vive en este lugar -dijo.

El mameluco alzó la vista. Miles de pájaros revoloteaban frenéticos por encima de sus cabezas, escabulléndose entre las copas de los árboles y lanzándose como piedras con alas hacia el mar. Nunca había visto tantas aves juntas y echó de menos un arco y unos dardos con los que bajar unas cuantas al suelo y poder así comer algo de carne. La boca se le hizo agua con ese pensamiento y le provocó retortijones de ansiedad en el estómago. Golpeó el coco contra el tronco de una palmera y lo partió en dos. Luego alivió en parte su hambre tragando unos buenos trozos de pulpa.

– Mañana iremos a ver -dijo mientras masticaba-. De momento intentaremos encontrar alimento cerca del mar.

Empezaron a caminar por la playa. Apenas habían recorrido media legua cuando vieron un pájaro de gran tamaño parado cerca de la orilla. Tenía un gran pico y lo introducía una y otra vez en el agua, rebuscando algo en la arena. Dragut y Jabbar saltaron hacia él. El ave desplegó sus alas, amplias como dos hombres juntos, y empezó a correr por encima del agua sin acabar de remontar el vuelo. Dragut pronto abandonó la persecución y regresó jadeando para desplomarse en la orilla, pero Jabbar no se dio por vencido hasta que por fin echó a volar y se perdió en las alturas. Baba se acercó al lugar donde había estado escarbando. Metió la mano en la arena, y sacó de ella un verdadero tesoro en forma de caracoles y almejas.

– Quizá no sean alimentos halal [13] -dijo-, pero no se puede negar que nuestra situación es de extrema necesidad.

Así que pasaron el resto de la jornada intentando capturar algo vivo, cualquier cosa que llevarse a la boca en los grandes charcos que la marea abandonaba en su repliegue. Al anochecer, los tres seguían con el mismo aspecto patético y derrotado, pero al menos tenían el estómago lleno con la carne de los mariscos. Desde el borde de la selva, contemplaron cómo el sol se ponía sobre aquella playa que se les antojaba infinita. Miles de aves seguían revoloteando sobre sus cabezas y, a su espalda, oían los alaridos procedentes de animales ocultos en la jungla.

– Ahora me parece buena idea lo de internarnos en el bosque. No me imagino comiendo esta porquería el resto de…

Baba lo había interrumpido colocando la palma de su mano sobre la boca de Dragut. ¿Qué pasa?, preguntó el turco con un gesto.

Baba señaló hacia la playa. Cada vez estaba más oscuro y no venía otra luz del cielo que la de las estrellas y el fantasmagórico cometa. Pero la figura del hombre que caminaba por la orilla, destacada contra el espejo negro del mar, era perfectamente visible. Los tres se dirigieron sigilosamente hacia él. Dragut y Jabbar llevaban sus cuchillos en las manos, Baba se había procurado una rama bastante gruesa y pesada. El hombre de la orilla avanzó unos pasos más antes de advertir su presencia. Entonces se volvió hacia ellos y les hizo frente.

– Tranquilo -dijo Dragut-. No pretendemos causarte ningún mal.

– Pues se diría que son otras vuestras intenciones -dijo el recién llegado.

Baba y los dos turcos se detuvieron asombrados. Habían reconocido sin dificultad aquella voz.

– ¡Piri! -exclamó Baba-. Te dábamos por muerto.

Ofrecieron al antiguo capitán de la Taqwa una cena a base de mariscos crudos y agua de coco. Él les contó cómo había caído por la borda de la carraca cuando ésta fue alcanzada por la gran ola que la estrelló contra la costa. Luego fue arrastrado por la corriente y a duras penas consiguió llegar a tierra firme. Estaba desorientado y separado del resto de sus compañeros. Sabía que muchos perecieron ahogados, pero tenía la esperanza de encontrar a alguien con vida si seguía caminando por la playa.

– Dragut y Jabbar no han dado con restos del naufragio ni con ningún otro superviviente -dijo Baba-. Tampoco hemos hallado algún riachuelo que nos procure agua fresca u otra cosa que comer más que estos miserables caracoles.

– Quizá debamos meternos en la selva, como quiere Baba -dijo Dragut-. Siempre estamos a tiempo de regresar a la playa si nos falta la comida.

El joven turco se tumbó sobre la arena y cerró los ojos.

– ¿Os parece que tomemos mañana esa decisión? He caminado durante gran parte del día y ahora deseo descansar.

– Por supuesto -dijo Baba-, mañana lo hablaremos.

<p>10</p>

Los pajes de los hombres-tigre habían atado a los náufragos, sujetándoles una mano a la cabeza con un cepo retorcido, más incómodo que doloroso, y luego se habían dedicado a atender sus heridas. Con gran habilidad cosieron los cortes abiertos por las armas de sus señores, utilizando para ello la afilada espina de alguna planta y cabellos recién arrancados de sus propias cabezas. Les aplicaron un ungüento de color amarillo que despedía un intenso olor a azufre.

Uno de los nativos unía los labios del corte en la muñeca de Lisán, mientras no dejaba de parlotear en su lengua extraña y gutural. Incapaz de entender nada de lo que decía, el faquih se dedicó a estudiarlo con detenimiento. No aparentaba más de veinte años, aunque ese detalle era difícil de precisar en los rostros lampiños y aniñados de aquellos hombres. Lo que más llamaba la atención eran sus orejas, desgarradas por innumerables cortes, deformadas hasta tal punto que era difícil reconocerlas como humanas.

– ¡Ahora sé! -le dijo Ignacio que estaba a su lado-. Hemos tenido la mala fortuna de ir a parar al mundo de los Inclusi del Anticristo. Su lengua es tan mortífera como las llamas del dragón… Monstruos que no hablan, sino que silban, y que comen serpientes crudas. Cinocéfalos que ladran, aunque sus ladridos parezcan palabras humanas. Se dice que, si aprendes la lengua de los Inclusi, te conviertes también en un demonio. Debemos cerrar nuestros oídos y rezar a Dios para que nuestra vida se acabe antes de que llegue ese momento…

Los hombres-tigre paseaban, observando a los prisioneros mientras éstos eran atendidos por sus pajes. La piel oscura de algunos de los turcos parecía fascinarlos, pero cuando vieron a Jamîl se pararon ante él asombrados. Uno de ellos le ordenó algo a uno de sus sirvientes. Éste se arrodilló de inmediato junto al muchacho negro y, mojando un trozo de tela con saliva, empezó a frotarle la piel de la frente. Jamîl respingó, pero estaba tan aterrorizado que no se atrevió a decir nada.

Otro de los guerreros se detuvo frente a Ignacio y contempló al viejo piloto, ladeando la cabeza como haría un perro curioso. Con una mano, lo agarró por el cepo y lo obligó a ponerse en pie. Acercó su rostro al suyo y estudió fascinado el ojo falso del vizcaíno. Sin ningún reparo, metió un dedo en la cuenca y se lo arrancó. Luego empujó a Ignacio contra la arena. El salvaje rió con la inocencia de un niño al ver aquel ojo de porcelana mirándolo desde la palma de la mano. Enrojeciendo de rabia Ignacio trató de alzarse sobre una rodilla y recuperar lo que su enemigo le había arrebatado. El golpe de plano de una macana entre los omóplatos le hizo escupir sangre sobre el suelo. Apretó los dientes y gritó con el poco resuello que le quedaba:

– ¡Hijo de perra! ¡Devuélveme eso, maldito hijo de puta!

Lisán, que estaba a su lado, intentó calmar la ira del vizcaíno con palabras.

– Ignacio, déjalo -le dijo-. No te pongas en pie.

El vizcaíno no le hizo caso. Trató de incorporarse de nuevo, pero la presa que le inmovilizaba el brazo le provocó una descarga de agonía que corrió por su espalda.

– ¡Malditos hijos de puta! -gritó.

– ¿Te has vuelto loco o quieres que nos maten a todos? -le dijo Yusuf, que estaba arrodillado sobre la arena unos pasos más allá.

Lisán pensó que hasta los animales sabían cuándo era el momento de parar, y rezó para que al vizcaíno le entrara algo de razón en su espeso seso.

Ignacio no escuchaba otra voz que la de su propia furia. Logró alcanzar con sus dedos una de las piernas del hombre-tigre plantado frente a él e intentó apoyarse en ella para levantarse. El nativo apartó la pierna y luego descargó una salvaje patada en las costillas del viejo. Ignacio cayó de bruces sobre el suelo, la cara y la frente manchadas de arena y los cabellos sudorosos.

– Malditos… -dijo, escupiendo sangre, y se derrumbó inconsciente.

Inmediatamente, los pajes revisaron a los prisioneros mientras sus señores vigilaban unos pasos más allá. Encontraron varios cuchillos que algunos turcos habían logrado ocultar entre sus harapos. Los despojaron de ellos y los arrojaron al montón que habían formado con las espadas de los Sarray. El acero fascinaba a los hombres-tigre. Lisán los había visto tocarlo como a algo mágico; y mirar, asombrados, su reflejo en las hojas de las jinetas. Y, sin embargo, conocían el metal, pues algunos llevaban unas pequeñas hachas de cobre colgadas al cinto.

Uno de los pajes se inclinó sobre el faquih y empezó a registrarlo. No tardó en encontrar algo que Lisán ni se había tomado la molestia de ocultar, pues casi lo había olvidado. Era un milagro que no lo hubiera perdido durante el naufragio.

El paje arrancó el disco de oro que colgaba del cuello de Lisán y lo alzó en alto para que su señor lo viera. Varios hombres-tigre se acercaron para contemplar aquel objeto. Uno de ellos lo tomó y lo hizo girar entre sus dedos, estudiando con cuidado cada una de las inscripciones grabadas. Luego se volvió hacia el faquih, atado y arrodillado frente a él, y dijo:

– H-uuch-been uinicoob!

Lisán alzó la vista hacia aquel hombre cuyo rostro estaba cubierto por una horrenda máscara de tigre. Ya era de noche y sus ojos brillaban siniestramente en el fondo de unas cuencas rodeadas de piel moteada.

– Bix a k'aaba'? -le preguntó.

– No puedo entenderte -dijo cansado, casi sin alzar los ojos.

El hombre-tigre le acercó el disco de oro al rostro y repitió su pregunta. Esta vez el faquih guardó silencio. Cerró los ojos y esperó recibir un trato semejante al que había dejado sin sentido al vizcaíno. Pero no pasó nada. Al abrirlos de nuevo vio que el salvaje había retrocedido unos pasos. Seguía sujetando el disco en su mano derecha, pero ahora tenía la cabeza echada hacia atrás y contemplaba el cielo que se iba llenando de estrellas.

– X-ciichpam zac! -gritó señalando al cometa.

Se llamaron a voces entre ellos y el que parecía el jefe indicó el cuerpo inerte del viejo vizcaíno. Sujetándolo por los pies, lo arrastraron por la arena hacia la selva, a la que la noche ya empezaba a transformar en el tétrico muro negro que habían contemplado desde el mar.

No lo volvieron a ver. Los gritos del vizcaíno empezaron unas horas después y se prolongaron hasta casi el amanecer.

Vigilados por los pajes, los náufragos pasaron la noche en vela, tumbados en la arena, con aquellos incómodos cepos, torturados por los alaridos de la inimaginable agonía del vizcaíno. Al lado de Lisán, Jamîl sollozaba lleno de terror.

– ¿Qué le están haciendo, señor? -preguntó al faquih-. ¿Qué le hacen?

Lisán no supo qué decir para calmar al muchacho. Con una de sus manos inmovilizada, ni siquiera pudo taparse los oídos para dejar de oír los lamentos de aquel desdichado.

<p>11</p>

La oscuridad había caído sobre las aguas del Egeo y una brisa fría hizo que Abdul Jabbar se arrimara al hornillo en el que se calentaba un puchero de potaje de habas. Acercó las manos al fuego y las frotó entre sí.

Estaba en la popa de la galera, rodeado por la gente de cabo, los marinos y los jenízaros. Frente a ellos se extendía la crujía donde se alineaba la chusma, doscientos cincuenta galeotes que en ese momento estaban tranquilos en sus bancos. Los remos habían sido alzados y la nave navegaba con buen viento, haciendo uso de sus dos grandes velas triangulares.

Pero todo iba a cambiar a la mañana siguiente.

Durante toda la jornada, Jabbar había visto las decenas de galeras turcas alinearse en el mar, hasta que sus palos formaron un bosque flotante. Sí, iba a ser una gran batalla, la respuesta a las continuas provocaciones de los venecianos. Le habían dicho que sería poco después del amanecer, de modo que buscó un rincón y se tumbó lo mejor que pudo, las piernas dobladas contra el pecho para ocupar el menor espacio posible. Necesitaba dormir para estar fresco para el combate…

La luna en su cuarto menguante estaba suspendida sobre la selva de velas.

Cerró los ojos.

El inconfundible sonido del acero lo despertó, sobresaltado.

Junto a él vio a un hombre afilando un cuchillo contra una piedra. No lo reconoció y rápidamente buscó su propia arma en su cinto. Había desaparecido, y sus ropas se habían transformado en harapos.

– ¿Qué? -dijo Jabbar mirando alrededor, aterrorizado, sin entender nada-. ¿Dónde…?

Estaba en una playa, rodeado de palmeras, y todavía no había amanecido. ¿Cómo era posible?

– Tranquilízate -le dijo el desconocido-. Yo tengo tu cuchillo y te lo devolveré cuando te calmes. Como cada mañana.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Jabbar algo más tranquilo, pues era evidente que aquel hombre era tan turco como él-. ¿Hemos naufragado?

– Sí, y tú recibiste un golpe en la cabeza que te ha hecho perder la memoria.

Se palpó el cráneo rapado y descubrió la larga cicatriz en su parietal. Pero no había sangre ni costras, en realidad parecía una herida muy vieja.

El hombre que estaba junto a él siguió hablando. Su voz se fue transformando en una cantinela, como si refiriera algo repetido muchas veces.

– Desde el último suceso del que tienes memoria han pasado años, pero tu herida te impide recordarlos. Aparte de eso, estás sano. Ahora nos encontramos perdidos en una costa desconocida. -Señaló la playa a su alrededor y a los dos hombres que estaban despertándose un poco más allá-. Ese de ahí es Baba, y ese otro, Piri. Ellos son náufragos como nosotros. Yo soy Dragut.

– ¿Y la batalla?

– Se celebró y ganamos. -Sonrió-. ¿Te empiezas a aclarar? ¿Sí? Ahora voy a devolverte tu cuchillo, te sugiero que le saques filo frotándolo contra una piedra, como hago yo.

– ¿Por qué?

Dragut volvió a señalar.

– ¿Ves esa jungla? En cuanto haya suficiente luz, vamos a intentar abrirnos paso a través de ella.

Mientras Dragut y Jabbar afilaban sus cuchillos, Baba se puso en pie y se desperezó. Echaba de menos la vieja espada de buen acero de Azerbaidzhan que había heredado de su padre, y que había ido a parar al fondo del mar. Allí la imaginó, enredada entre las algas.

El sol empezaba a despuntar tras el horizonte. Durante la noche, una suave lluvia lo había empapado todo de un espeso olor húmedo. La selva aguardaba, como suspendida entre dos mundos, y Baba imaginó millares de ojos ocultos espiándolos desde el follaje. Ojalá tuviera la espada de su padre con él. Durante el día anterior no habían cesado los chillidos y aullidos procedentes de ella. Sin embargo, ahora no se notaba movimiento alguno ni llegaba el más leve sonido, como una bestia inimaginable que acechara, conteniendo la respiración, la entrada del pequeño grupo de humanos.

– ¿Por qué quieres meterte ahí?

Baba se volvió hacia Piri, que seguía tumbado con la espalda contra el tronco de una palmera.

– ¿Cómo dices? -le preguntó.

– ¿No sería mejor esperar aquí, en la playa, hasta que nos encuentren los otros supervivientes? O, mejor aún, buscarlos nosotros.

A pesar de su extraordinaria juventud, Baba siempre había pensado que Piri Muhyi era el más inteligente de los hombres que estaban a sus órdenes. Sin embargo, no le gustaba la forma en que el corsario lo miraba en ese preciso instante.

– ¿Sucede algo? -le preguntó.

– No. Es sólo una cuestión que quisiera que me aclararas.

Baba creyó detectar un tono burlón en las palabras de Piri.

– Considero que es importante que hallemos una fuente de agua dulce. El líquido de esos frutos pronto no será suficiente. ¿Quieres quedarte tú aquí por si llega alguno de nuestros compañeros?

– No. -Piri sonrió de forma leve-. Prefiero acompañarte. Pero pienso que deberíamos dejar a Dragut… Por si aparece alguien.

Baba sostuvo durante un momento la mirada del muchacho, preguntándose hasta qué punto era desafiante.

– Sí, tienes razón -dijo al fin.

Piri asintió:

– Creo que es lo mejor que podemos hacer.

– Vamos entonces. -Dio una palmada-. Veamos que oculta esa jungla.

A Dragut no lo importó demasiado quedarse a la sombra, pero sí el tener que entregar su cuchillo a Piri.

– Lo necesitamos para abrirnos paso por la maleza -le explicó el joven-. Aquí tú no corres ningún peligro.

– ¿Por qué no? ¿Y si aparece una bestia salvaje?

– Entonces poco ibas a poder hacer con ese cuchillo.

– No me gusta quedarme desarmado -repitió Dragut.

– Volveremos antes de que anochezca -le aseguró Baba-. Únicamente vamos a explorar un poco este sitio.

Dragut aceptó de mala gana. Buscó una rama bastante gruesa que pudiera servirle como garrote y fue a tumbarse junto a una de las palmeras.

Paso a paso, sus tres compañeros se internaron en aquella jungla que parecía querer apresarlos como la red de una araña inmensa. Los cuchillos comenzaron a batir, chasqueando como culebras al golpear las telarañas verdes, y su eco empezó a despertar un vendaval de alaridos guturales que se fueron repitiendo por doquier, como si las bestias que los emitían se respondiesen unas a otras.

– Nos rodean muchas criaturas -dijo Piri mirando a un lado y a otro con desconfianza-. Me pregunto cuántas de ellas son alimañas dispuestas a atacarnos.

El bosque era tan oscuro que a quince pasos no podía distinguirse nada. Una tupida red de raíces componía el suelo, la atmósfera estaba saturada por el olor de plantas en descomposición, como un zoco abandonado. La vida se arrastraba y luchaba con desesperación por existir entre aquella tiniebla eterna e innumerables plantas aéreas pendían de la oscura bóveda como candelabros en una catedral. Mientras, por encima de las copas de los árboles, a gran altura sobre las cabezas de los tres náufragos, el sol crepitaba exuberante. Enormes mariposas de color azul revoloteaban, atravesaban los pocos rayos de luz que lograban penetrar el techo de hojas, e iban a perderse en la oscuridad, como visiones temblorosas o reflejos del mar que habían dejado atrás. Más abajo, enjambres de grandes avispas negras zumbaban alrededor de unas extrañas frutas que formaban racimos de color escarlata.

Jabbar arrancó uno de aquellos frutos, de piel encarnada y cerosa. Lo cortó con los dientes y comió la viscosa pulpa interior.

– Si es bueno para las avispas es bueno para nosotros -dijo Piri. Pero ni él ni Baba hicieron otra cosa que mirar a Jabbar mientras masticaba.

Cuando terminó el fruto arrojó el pellejo a un lado y siguió caminando. Sus compañeros lo miraron expectantes, y, al cabo de un instante, tras comprobar que Jabbar no caía muerto, se apresuraron a imitarlo.

<p>12</p>

– Alguien nos sigue -dijo Piri antes de ocultarse, de un salto, entre la maleza.

Sus dos compañeros se quedaron inmóviles durante un instante, y luego se agacharon junto al joven marino.

– ¿Estás seguro? -le preguntó Baba.

Piri se llevó las manos a los labios pidiendo silencio. Los tres escucharon, pero no pudieron descubrir otra cosa que el fondo habitual de aleteos, aullidos y trinos.

– He oído claramente el roce de un cuerpo contra la vegetación -dijo Piri-. Y avanzaba en nuestra dirección.

– ¿Podría ser un animal?

– Sí, podría ser un animal. Pero, en cualquier caso, venía hacia nosotros, no huía de nosotros.

Baba preguntó a Jabbar:

– ¿Tú lo has oído?

– No.

Baba se incorporó y miró alrededor buscando alguna señal, pero era imposible distinguir nada a unos pocos pasos en el interior de aquella jungla tan espesa. Un ejército entero podría rodearlos y no lo verían.

– Bueno, es mejor que sigamos -dijo-. Piri, tú ve a la retaguardia y sigue atento. Sea lo que sea, ya se manifestará.

A partir de ese momento, Jabbar fue abriendo el camino, cortando las lianas con diestros golpes de su cuchillo. De repente se detuvo. Señaló hacia la espesura con los ojos desorbitados y el rostro desencajado de terror.

– ¡Mirad eso! -gritó.

Era una criatura blanca, espeluznante como un demonio. Su cuerpo indescriptible estaba apresado por la vegetación y era una repugnante confusión de rasgos humanos y animales. Su cabeza semejaba la de una serpiente y dentro de sus fauces abiertas asomaba el rostro de un hombre con las facciones retorcidas por el dolor mientras era devorado.

Una estatua, pero la más insana y obscena que ninguno de ellos hubiera visto jamás.

Vieron a sus pies unas grandes losas de piedra, bien alineadas, ligeramente hundidas en el humus, que dibujaban un sendero que se internaba entre los árboles. Caminaron lentamente por él, mientras el terror se iba asentando en lo más profundo de sus almas. En los márgenes fueron apareciendo restos de columnas truncadas y bloques pétreos que apenas asomaban entre la vegetación, labrados con signos desconocidos. Y más figuras pavorosas, semejantes a la que habían visto en primer lugar, representando a serpientes bicéfalas y desconcertantes criaturas híbridas entre lo humano y lo monstruoso.

– Se diría que estamos en las puertas del infierno -dijo Piri-. No hemos encontrado ningún río en esta jungla, ni corriente alguna de agua dulce… y, sin embargo, los árboles crecen tan frondosos que ocultan el sol. Y ahora esas piedras talladas con imágenes hediondas…

Baba se había agachado sobre una de las losas y estudiaba las inscripciones que la cubrían. Pasó los dedos sobre una serie de círculos que habían sido grabados sobre la piedra, con mucha suavidad, como si temiera que pudieran desaparecer.

– ¿Qué significa todo esto? -suplicó Jabbar, más desconcertado que de costumbre-. ¿A qué lugar hemos llegado?

– Al reino de Shaytán -dijo Piri. Se adelantó para señalar a Baba con un dedo acusador. En la otra mano sujetaba el cuchillo de Dragut-. ¡Dínoslo tú, asesino! -gritó-. ¡Tú nos has traído hasta aquí!

– ¿Qué dices? -Baba se volvió, asombrado por la inesperada reacción del muchacho.

– ¡Habla, monstruo! -lo increpó Piri-. ¡Confiesa la verdad, voivoda Kazikli!

Baba alzó las cejas.

– ¿Cómo me has llamado?

– Kazikli. Tu crueldad es legendaria. Se dice que tenías la costumbre de empalar a los prisioneros de guerra junto a sus mujeres e hijos… De organizar comidas a la sombra de los cuerpos mutilados… Tus crímenes son los que te han dado fama, ¡monstruo!

Jabbar miraba a uno y a otro, asombrado por lo que estaba pasando, pero el nombre de aquel odiado enemigo le llegó muy claro.

– ¿Él es el voivoda Kazikli? -preguntó.

Baba miró a su joven capitán a los ojos.

– Hace años que nos conocemos, Piri, y hemos luchado juntos en muchas batallas…

– Siempre pensé que había algo extraño en tu pasado. No le di importancia porque eso es algo habitual entre la gente del mar, pero sabía que mentías sobre tu origen como mameluco. Entonces oí lo que confesabas al faquih tras la tormenta y supe quién eras… Kazikli.

Jabbar reaccionó al fin, y se volvió hacia Piri buscando una explicación:

– ¿Qué estás di…?

Baba aprovechó ese instante. Saltó sobre el corpulento turco y le arrebató el cuchillo antes de que Piri pudiera reaccionar. A continuación, retrocedió unos pasos hasta apoyar su espalda contra una de las columnas de piedra labrada con serpientes y demonios.

– Bueno -dijo-, creo que esto nos iguala un poco.

– ¡Vas a morir, sanguinario! -dijo Piri, y dio un paso hacia él.

– Detente, amigo, porque si te acercas más vas a caer atravesado por este cuchillo. Y te aseguro que puedo vencerte sin dificultad.

Piri apretó con fuerza su arma, pero mantuvo la distancia.

– No me extrañaría nada que intentaras usar trucos mágicos tal y como te vi hacer en la proa de la Taqwa.

– Entonces pretendía salvaros…

– ¡No necesitamos tu ayuda, asesino!

– Pero, no puede ser -dijo Jabbar. Podía recordarlo, pues había sucedido años antes de la batalla de Negroponto-, se dijo que la cabeza de Kazikli fue cortada y exhibida en las murallas del castillo de Topkapi…

– ¡Admite que eres ese sanguinario! -gritó Piri sintiendo que se le revolvía el estómago-. ¡Admite de una vez que eres el voivoda Kazikli!

– Sí -dijo el hombre que tenía enfrente-. Así es como me llamaban los turcos hace años. Pero recuerda que ahora soy Baba ibn Abdullah, tu señor y tu amigo.

– ¡Estás loco!

– No, Piri, no lo estoy. Tú eres el ciego ante el verdadero terror que nos amenaza.

El joven corsario sentía que el suelo se abría bajo sus pies. Había confiado en aquel hombre y, en el mejor de los casos, era un loco. Y en el peor, el mayor asesino que habían conocido los tiempos.

– Nos engañaste a todos durante años -dijo-, pero sabía que había algo muy oscuro en ti. No quise creerlo hasta ahora, pero ya ha quedado muy claro que nos has traído hasta este lugar infernal con engaños.

– Para mí todo esto es tan extraño como para vosotros -dijo Baba-, pero… ¡no des un paso más, Jabbar!

El turco se detuvo. Sus manos estaban extendidas hacia el hombre que le había quitado el cuchillo.

– Escuchad -dijo el voivoda-, vamos a tranquilizarnos todos. Estamos juntos en esto y…

Piri no estaba dispuesto a escucharlo.

– No podrás aguantar así mucho tiempo, Kazikli -dijo-. Tarde o temprano tendrás que dormir.

Baba apoyó un pie contra la columna. Descansó la mano que sujetaba el cuchillo sobre su rodilla. Se sintió más cómodo y siguió hablando:

– Os pido que me dejéis explicarlo todo; luego os devolveré el cuchillo y podréis hacer conmigo lo que os plazca.

– Habla entonces -dijo Piri-, porque me siento impaciente por darte tu merecido.

Baba no se inmutó.

– Sí, soy el voivoda Kazikli. He sido aliado de los otomanos y luego he luchado contra vosotros y he vuelto a ser vuestro aliado… Eso carece de importancia, porque en realidad estoy combatiendo en una guerra mucho más elevada que la que tenéis frente a vuestras narices.

– Sí, eso le contabas al faquih, que luchabas contra los ÿinn… pero fueron turcos a los que torturaste y asesinaste.

– Otomanos, húngaros o la gente de mi país que había sido esclavizada por los ÿinn -dijo el voivoda-. Shaytanes con cuerpos humanos y almas endemoniadas. Pueden cambiar de forma y transformarse en animales, lobos o perros negros preferiblemente, y se alimentan de carne y sangre humana. Vuestro Profeta os advierte sobre ellos, ¿no es así?

– Sí -dijo Piri-, pero eso no significa que toda la gente que tú asesinaste fueran demonios.

– Quizá no toda -admitió-. Pero ellos aprovechan las guerras para confundirse con los combatientes de ambos bandos. ¡Vamos, Piri, seguro que has oído historias sobre esto! Hace doscientos años que vienen atacando vuestra frontera, mezclados con las hordas mongolas.

– Las he oído -admitió el marino-. ¿Por qué nos has conducido hasta este lugar? ¿Qué esperas encontrar aquí? ¿Acaso es éste el reino de los ÿinn?

Baba alzó brevemente los ojos hacia la jungla. Luego volvió a mirar a los dos turcos.

– Quizá. No estoy seguro de eso. Sé que un ÿinn muy poderoso huyó hacia esta Otra Tierra en un pasado remoto… Probablemente en los tiempos de Moisés…

– ¿Y tú has venido para luchar contra él? -preguntó Piri.

– He venido para destruirlo. Un ÿinn que capturé me dijo que algo tenía que suceder en estas tierras. No sé qué es, no pude arrancárselo antes de que muriera, pero sé que va a pasar muy pronto… y que va a ser terrible para todos los humanos. Os guste o no, estamos juntos en esto.

– ¿Y por qué tendríamos que creerte? -dijo Piri.

– Es cierto -dijo el hombre que se hacía llamar Baba-, quizá no soy Kazikli después de todo, quizá lo que os he contado no sea más que una patraña. Quizá me dio demasiado sol en la cubierta de la Taqwa… En ese caso, ¿por qué preocuparse? No somos más que un puñado de náufragos perdidos en una tierra desconocida.

Le dio la vuelta al cuchillo y, sujetándolo por la hoja, se lo entregó a Jabbar.

– ¿Me devuelves el arma? -preguntó éste con una sonrisa malévola-. No he dicho que no vaya a matarte.

Baba se sentó sobre una de las losas de piedra y recogió una ramita seca del suelo. Con ella señaló hacia la jungla.

– Quizás ese asunto de mi muerte tenga que esperar -dijo.

Mientras narraba su historia, había visto cómo aquellas criaturas iban surgiendo de la floresta y se apostaban a su alrededor, ocultándose tras las columnas labradas. Sabía que fuera cual fuera la decisión de los turcos, matarlo o dejarlo con vida, iban a tener que enfrentarse a ellos de inmediato.

Piri y Jabbar se dieron media vuelta y comprobaron que estaban rodeados por aquellos seres. Algunos salieron de sus escondites y se mostraron abiertamente. Eran una mezcla de hombres y pájaros. Sus cuerpos estaban cubiertos de plumas negras y verdes, y sus cabezas semejaban las de águilas con el pico abierto. En el interior de aquellas bocas, asomaban rostros humanos pintados de rojo.

– Su ejecución tendrá que esperar, Jabbar. Ahora lo necesitamos.

Kazikli se inclinó levemente y dijo:

– Aprecio tu gran sentido práctico, Piri, a pesar de tu juventud. Eso me confirma que acerté al elegirte como capitán.

Poco a poco, los extraños fueron descubriéndose y rodearon a los náufragos. Eran una decena, e iban armados con unas palas en cuyos bordes habían clavado unos afilados trozos de roca. Se fueron acercando a ellos. Sin mediar palabra, Jabbar le lanzó una cuchillada al hombre-águila que iba en cabeza. La hoja resbaló sobre las plumas sin causarle el menor daño, pues bajo éstas llevaba un peto de algún material flexible pero muy duro. Intentó entonces apuñalarlo entre los ojos, pero el nativo interpuso su brazo y detuvo el ataque del turco. Luego lo empujó hacia atrás con el plano de su pala.

– Detente, Jabbar -le aconsejó Piri-. No podemos hacer nada, son demasiados.

Pero éste no le hizo el menor caso a su compañero. De pronto se enfrentaba a una situación que podía entender sin dificultad. Habían hablado de demonios y allí estaban, después de todo. Lanzó un patadón hacia el vientre de la criatura que tenía enfrente y ésta detuvo su pie sin dificultad, sujetándolo entre sus manos emplumadas. Entonces el hombre-águila lo lanzó por el aire, contra los escalones de piedra. El turco rebotó y cayó rodando a los pies de sus compañeros. No estaba herido. Confuso y humillado sí. Piri lo ayudó a levantarse.

– Si uno solo de ellos es capaz de hacerle eso al más fuerte de nosotros, entonces no tenemos escapatoria -declaró Kazikli-. Os propongo que esperemos para ver qué quieren.

– ¿Acaso tú no lo sabes? -le dijo Piri.

– Créeme. Estoy tan desconcertado por todo esto como vosotros dos. No sé quiénes son estas gentes ni qué pretenden.

– ¿Por qué tendría que creerte?

– No me creas. Pero ni tú ni yo tenemos ahora mismo otra opción que obedecer las órdenes de estos sujetos disfrazados de pájaros. Te guste o no, somos sus prisioneros.

Los hombres-águila permanecían silenciosos e inexpresivos, como gárgolas revividas. El que había derrotado a Jabbar parecía el líder, y alzó un brazo señalando hacia el este.

– Quieren que los acompañemos -dijo Piri.

Baba se puso en pie y dijo con gesto cansado:

– Pues decide ahora si quieres pelear u obedecer.

Empezó a caminar en la dirección que el nativo les estaba señalando. Piri y Jabbar dudaron un momento, pero cuando uno de aquellos emplumados guerreros se acercó con su maza en ristre, decidieron seguir los pasos de su antiguo comandante.

Los condujeron a través de la selva y desanduvieron el camino que habían hecho, hasta que llegaron de nuevo a la playa. Allí se reencontraron con Dragut, que tenía las muñecas atadas y era custodiado por dos de aquellos seres cubiertos de plumas. En la orilla aguardaban dos estrechas embarcaciones, fabricadas a partir de un único tronco de árbol ahuecado. Fueron empujados hasta ellas.

– ¿Pretenden que subamos en eso? -Piri parecía horrorizado por la perspectiva.

Piri y Baba montaron en una de las piraguas y Dragut y Jabbar en la otra. Los nativos se acomodaron delante y detrás de ellos, tomaron unas largas palas torneadas en madera y empezaron a remar. Poco a poco se alejaron de aquella costa.

<p>13</p>

Tras aquella noche interminable, en la que el vizcaíno había desaparecido para siempre, Lisán y sus compañeros de desdicha fueron obligados a ponerse en pie y caminar por la playa como bueyes uncidos por un yugo.

Pasaron tres días angustiosos, dirigiéndose siempre hacia el sur, rodeando la selva sin penetrar jamás en ella. En cada crepúsculo, los hombres-tigre arrastraban a uno de ellos hacia la oscuridad de la jungla. El primer día fue Ulug, uno de los turcos. Luego le llegó el turno a Hubal, a quien las heridas que había recibido en el combate casi no lo dejaban andar. La tercera noche se llevaron a otro de los turcos, cuyo nombre Lisán no supo recordar. Los que iban quedando intentaban descansar, cerrando los oídos a los terroríficos gritos de sus compañeros a los que no volverían a ver jamás y rezando para que aquellas noches llenas de horror pasaran rápido. Durante las horas de luz seguían caminando torpemente por la arena mientras el día avanzaba inmutable.

– ¿Adónde nos has conducido, faquih? -preguntó Yusuf durante una de estas caminatas, con una voz que era como un lamento agotado-. ¿Qué lugar infernal es éste?

– No lo sé. Allah me perdone, pero no lo sé -respondió Lisán.

Se sentía abatido y sin fuerzas. Una puerta se había abierto en su alma y había dejado entrar una fría brisa de miedo. Pero conforme pasaba el tiempo la brisa se estaba transformando rápidamente en un vendaval. Y la muerte de su amigo Ahmed, y todas las desdichas y horrores que sucedieron después, le habían secado el pecho de esperanzas.

Pronto comprendió que no podía permitirse eso.

– ¿Qué va a ser de nosotros, señor? -le preguntó Jamîl, buscando en sus ojos alguna promesa-. ¿Qué son esos hombres vestidos como fieras y qué hacen con nuestros compañeros?

– No dejes que el miedo te domine -le respondió el faquih-, y confía en Allah, muchacho. Él sigue con nosotros, incluso aquí.

– Pero mi amo era un buen hombre y un buen siervo de Allah -dijo el chico-. No merecía morir. No merecía que su cuerpo no fuera enterrado.

– Nadie merece ser humillado y nadie merece ser ensalzado -dijo Lisán-, pero la vida va de un lado para otro y todas las cosas nos enseñan alguna verdad.

– ¿Crees realmente en eso, faquih? -le preguntó Yusuf con amargura-. El chico tiene razón, hay cosas por las que nadie merece pasar.

– Supera tus propios juicios, Sarray, y piensa: a los ojos de Allah, ¿qué es justo y qué es injusto?

La rabia también se había apoderado de él. Apenas sabía cómo luchar contra ese sentimiento, pero no iba a rendirse. Era precisamente ahora cuando debía acudir a las enseñanzas de sus maestros sufíes. En su bondadosa filosofía estaba el único camino para encontrarle un sentido a todo lo que les sucedía, y debía compartirlo con sus compañeros. Pensó que era afortunado por tener que desempeñar ese cometido en un momento así.

– De acuerdo, todos nos sentimos desdichados. A fe mía que hemos sido golpeados por los acontecimientos… -siguió diciendo. Alzó la voz para que el resto de los cautivos pudieran oírlo-. Es evidente que nuestra situación parece desesperada y nos preguntamos por qué Dios nos envía tantas desgracias… Pero nos equivocamos cuando pretendemos hacer de las señales de Allah una cuestión personal.

– Allah no tiene nada que ver con todo esto, faquih -masculló Yusuf-. Esas criaturas no pueden ser hijas de Él.

– ¡Por supuesto que sí! -exclamó Lisán, cada vez más seguro de sí mismo-. Todo forma parte de Allah. El Mundo y todos sus acontecimientos están ante nosotros para que le demos una serie de respuestas a nuestro Creador. Éstas pueden ser acertadas, en armonía con el Mundo, o no. Si ante la desdicha cortamos nuestro contacto con la vida y nos situamos al margen de Dios, entonces estaremos verdaderamente perdidos… Ésa es la cuestión planteada correctamente. La única actitud, lo único que nos conecta firmemente con la vida, es el agradecimiento a Allah y el deseo de aprender más sobre nosotros mismos.

– ¿Y qué te ha enseñado todo esto, faquih?

– Que no podemos caer en la desesperación, Yusuf ibn Sarray -dijo Lisán, mirándolo fijamente, sintiéndose fuerte por primera vez en mucho tiempo-. Es demasiado fácil. No es digno de nosotros. Tenemos un orgullo que no podemos traicionar. Pase lo que pase.

El Sarray se volvió y comprobó que sus primos estaban atentos a la conversación. Se irguió levemente, todo lo que le fue posible con aquel cepo que le dificultaba los movimientos, y dijo:

– ¿De qué estás hablando, faquih? Ningún Banu Sarray ha dado jamás la menor muestra de cobardía. Si tenemos que morir a manos de estos desalmados, lo haremos con una dignidad que no han de olvidar jamás.

Lisán aprobó las palabras del guerrero. Supera tus juicios, era lo que le decía su murshid. Supéralos, pero no dejes de actuar de acuerdo con ellos.

En la mañana del cuarto día, distinguieron a lo lejos una impresionante construcción, semejante a una pirámide levantada sobre un peñasco escarpado. Se dirigieron hacia ella, caminando a lo largo de la orilla del mar. La arena de la playa era tan fina que se hundían en ella hasta las rodillas. Se veían canoas y útiles de pesca, aparentemente abandonados; pero, entre los manglares cercanos a la playa, Lisán distinguió algunas chozas de barro y palma, y a nativos espiándolos desde la penumbra de la jungla.

Se vieron interrumpidos por un alto promontorio rocoso que se extendía hasta dentro del mar y al que se sujetaba un lienzo de muralla. Un parapeto de piedra, que ahora les tapaba la vista de la pirámide que divisaran desde lejos. El grupo rodeó el muro y dejó atrás la playa. Llegaron a una puerta en forma de arco afilado. Frente a ella montaban guardia dos nativos armados con lanzas y macanas, que contemplaron a los extranjeros con asombro y una curiosidad casi infantil, pero se hicieron a un lado para dejarlos pasar.

Penetraron en la ciudad y caminaron entre policromados edificios, que se levantaban sobre bases de piedra, ordenados a lo largo de calles perfectamente trazadas. La ciudad se extendía aproximadamente una legua a lo largo de la costa y los tres lados que miraban a tierra estaban protegidos por la muralla. Los edificios de su interior tenían paredes blancas hechas de adobes recubiertos de estuco coloreado.

– ¡Esto es la civilización! -exclamó Yusuf mientras miraba a un lado y a otro-. Los salvajes no pueden haber construido todo esto.

– No lo han hecho ellos, sino los demonios -exclamó Ismail.

Lisán vio cómo el joven Jamîl se estremecía ante las palabras del Sarray.

– Son hombres, y si queremos sobrevivir en su mundo debemos dejarnos de fantasías. Ya habéis visto esa muralla que rodea la ciudad…

– Sí, faquih -dijo Ismail-. ¿Y qué?

– Significa que tienen enemigos y que tienen guerras… y lo más importante: que conocen el miedo.

Desde todos los rincones asomaban nativos, hombres y mujeres, que contemplaban asombrados el paso de aquellos extraños desarrapados. Algunos se unían a la comitiva o la seguían a cierta distancia.

Templos, adoratorios y casas nobles se alineaban en perfecta perspectiva para conducirlos hasta la monumental pirámide truncada que colgaba sobre el mar, al borde del acantilado. Ahora que podían distinguir sus detalles de cerca, veían un gran edificio de piedra decorada con complejos bajorrelieves. Por su fachada ascendía una escalinata casi vertical de más de sesenta escalones labrados con todo tipo de horrores: cabezas de serpiente con las fauces abiertas y los ojos encolerizados; criaturas deformes de miembros retorcidos y largas narices como probóscides rizadas; seres que eran como una confusión de rasgos humanos y animales, como monstruos surgidos de inimaginables metamorfosis a medio concluir. Los musulmanes miraban todo esto con un espanto indescriptible. Para ellos, cualquier representación de un ser humano era obscena, pero aquellas repugnantes imágenes estaban más allá de las más horrendas pesadillas.

Tres hombres vestidos de blanco aguardaban al pie de la escalera, en la plaza situada frente a la pirámide. Recordando las atrocidades de Talos el Rojo, Lisán estudió su espeluznante aspecto mientras se iban acercando. Llevaban el rostro pintado de negro y su cabello era largo y enmarañado, como crines de caballo. Vestían rígidas túnicas de algodón acolchado y se adornaban con grandes pendientes, brazaletes y un pesado collar de jade con cuentas que representaban cabezas humanas. Y apestaban. Un olor denso y dulzón se desprendía de ellos conforme se les iban acercando. Advirtió entonces que sus cabellos estaban empapados de sangre, y que ésta resbalaba por las blancas espaldas de las túnicas. Contuvo un estremecimiento. Sangre seca y antigua, sangre fresca y reciente, a eso olían aquellos hombres. Uno sujetaba un pequeño incensario de terracota y los roció con el humo que emanaba de él.

– Se diría que son adoradores de algún ídolo pagano -musitó Yusuf-. ¿Qué piensas tú, faquih?

A Lisán le vino a la mente la palabra «chamán», que usaban las tribus de salvajes turcos, mongoles y manchú-tungus, [14] y que él conocía gracias al famoso rihla de ibn Fadlan. Sabía, por tanto, de su habilidad para realizar sahumerios ponzoñosos, capaces de confundir el espíritu de los hombres, por lo que retrocedió un paso y trató de no respirar aquellos vapores. Observó también que la frente de aquellos «chamanes» era plana, de una forma que no parecía natural, y que sus orejas estaban desgarradas por decenas de pequeños cortes.

– Sí, eso parece -dijo-. El mensaje del Libro no ha podido llegar hasta un lugar tan remoto. Estos hombres siguen viviendo en el Jahiliyya, en la Era de la Ignorancia.

Obligaron a los náufragos a arrodillarse, a hincar la cabeza contra el suelo. El líder de los hombres-tigre entregó al chamán más viejo el disco de oro que había arrebatado a Lisán. Éste lo sostuvo en la palma de la mano y lo hizo girar ante sus ojos, contemplando cada uno de sus detalles.

– H-uuch-been uinicoob! -exclamó.

Lisán intentó memorizar aquellas palabras. Estaba seguro de que eran las mismas que había empleado el hombre-tigre en la playa. El viejo sacerdote alzó la vista del disco y preguntó algo al guerrero que se lo había entregado, que señaló a Lisán con su macana. Se acercó a él y caminó a su alrededor, estudiándolo. El olor a sangre era insoportable, casi hizo vomitar al faquih.

– Bix a k'aaba'?

Lisán clavó su mirada en el suelo. El viejo volvió a preguntar:

– Bix a kaajal?

Yusuf, que estaba arrodillado junto a Lisán, decidió que había llegado el momento de intervenir para señalar que era él quien estaba al mando. Se incorporó un poco y dijo:

– No podemos comprender tus palabras. ¿Acaso entiendes tú las nuestras?

Un golpe en el costado hizo que el capitán de los Sarray volviera a pegar su rostro contra las losas del suelo.

– Ch'ench'enki! -le gritó el guardia que lo había golpeado.

– ¡Estáis locos! -bramó Yusuf, encogido por el dolor-. ¿Qué queréis de nosotros?

Otro de los nativos se acercó al grupo. Llevaba un fardo de algodón cargado sobre los hombros. Se arrodilló frente al chamán y lo abrió; en su interior brillaron las espadas y cuchillos de los cautivos.

El viejo se olvidó momentáneamente de Lisán, se colgó el disco de oro al cuello y se acercó para contemplar el botín de acero. Los otros sacerdotes también se aproximaron para curiosear durante un rato entre las armas. Las cogieron y sopesaron entre sus manos, contemplaron el brillo del sol reflejarse en ellas. Uno de ellos se cortó al sujetar un cuchillo con demasiada fuerza por el lado equivocado, pero su reacción fue tan extraña como todo lo que estaba sucediendo. No apartó la mano, estudió el filo con fascinación y, apretando el cuchillo por la empuñadura, se practicó varios tajos bastante profundos en el antebrazo.

Los náufragos lo vieron llenos de terror supersticioso. ¿Qué podían esperar de hombres que despreciaban así el dolor? Pero los sacerdotes, aparentemente, se habían olvidado de su presencia y seguían jugando con las armas de metal. Entonces los hombres-tigre los obligaron a incorporarse y los empujaron hacia la calle que los había llevado frente a la pirámide.

Desanduvieron el camino y se dirigieron hacia un grupo de chozas situadas junto a la muralla. Mientras caminaban bajo su atenta escolta, los náufragos vieron aves negras semejantes a gansos de gran tamaño deambulando por el poblado, despreocupadas, como si carecieran de dueño. Y perros pequeños y blancos, muy mansos y silenciosos, que escarbaban la arena buscando algo que llevarse a los dientes. Había mujeres trabajando frente a las chozas, casi todas amasando algo entre sus manos, vestidas con una larga camisola blanca que ocultaba por completo su figura, pero parecían pequeñas y macizas, como los pajes. Los hombres-tigre y los sacerdotes, en cambio, eran más altos y de miembros largos y musculosos. Aunque no era posible ver sus rostros, ocultos por las máscaras, o la pintura en el caso de los sacerdotes, para comprobar si pertenecían o no a la misma raza. Un puñado de chiquillos corrió a rodear a los desdichados cautivos, entre risas y gritos incomprensibles. Pero no hacía falta conocer la lengua de aquella gente para darse cuenta de que las risas y los chillidos iban dirigidos a su situación y a su pobre aspecto. La burla y la extrañeza se leían sin dificultad en sus ojos.

Llegaron al fin hasta una de las chozas. El hombre-tigre que había capitaneado el grupo se volvió hacia los náufragos y pronunció una larga ristra de palabras en su idioma lleno de sonidos chasqueantes.

– Creo que quiere que entremos -dijo Yusuf-. Yo os propongo que le obedezcamos de momento.

Así lo hicieron.

<p>14</p>

Un par de mujeres venían regularmente a atenderlos, para cambiarles los emplastos, lavar sus heridas y aplicarles en ellas el milagroso ungüento de intenso olor sulfúreo. Eran silenciosas pero los trataban con una amabilidad y un cuidado que hizo que todos recobraran las esperanzas. Quizás aquellos salvajes los dejaran con vida después de todo.

– No se preocuparían tanto de nuestro bienestar si pensaran matarnos, ¿verdad? -decía Ismail. Pero nadie se sentía con ánimos de responderle.

Dos veces al día, esas mismas mujeres los alimentaban con tortas planas, que amasaban con sus manos, y un líquido blanco que no era leche, sino algún tipo de grano fresco triturado.

– Como hembras son apetecibles -afirmó Ismail, admirándolas-. Al menos se intuye carne debajo de esas telas.

Las nativas iban vestidas con las largas túnicas de algodón que eran el atuendo habitual de las mujeres de aquel país. Lucían, además, unos complejos adornos de jade que les taladraban la nariz, y de las orejas les colgaban unos zarcillos dorados.

Yusuf recogió su cuenco con aquel jarabe blanco y las tortas, y gateó hasta situarse junto a Lisán.

– ¿Qué opinas tú, faquih? -le preguntó en tono confidencial-. ¿Crees que esta gente va a respetar nuestras vidas?

– Rezo por ello constantemente a Allah, alabado sea.

El Sarray mojó las tortas en el cuenco, luego se las llevó a la boca y, mientras masticaba pensativamente, dijo:

– No tiene sentido que acaben con nosotros. Como esclavos somos de mayor utilidad… Y mientras hay vida hay esperanza. Ya encontraremos la forma de huir y de regresar a nuestro mundo… -Se detuvo un momento para apurar el líquido bebiéndolo directamente del cuenco. Luego se limpió con el dorso de la mano-. Pero no puedo olvidar lo que les hicieron a nuestros compañeros y a ese vizcaíno… Bueno, no sé qué les hicieron… pero sus gritos…

– Olvida eso. Concéntrate en sobrevivir y en mantener la moral de tus hombres.

– Tú no viste lo que yo vi -susurró Yusuf con voz tétrica-. Mientras peleábamos, alcancé en el pecho a uno de esos guerreros cubiertos con pieles… una herida terrible… cualquier hombre hubiera perdido el sentido, pero él ni se inmutó. No estamos entre hombres, Lisán. Éstos son magos o algo mucho peor…

– Es evidente que poseen una mayor resistencia al dolor que nosotros, fíjate en sus orejas desgarradas por decenas de cortes, y en cómo ese idólatra se ha hecho varios tajos en el brazo sin que eso pareciera importarle. Están acostumbrados al dolor… Pero eso no significa que no sean tan hombres como nosotros. Éste es Otro Mundo, eso es todo.

Una de las mujeres se acercó a Ismail y depositó el cuenco y las tortas frente a él.

– Gracias, mi señora -dijo él con su galante acento andalusí.

En Granada había sido famoso por sus conquistas amorosas y ese talento suyo no tenía por qué dejar de funcionar allí. A fin de cuentas, eran mujeres, ¿no? Quizás esto representara una oportunidad para mejorar su situación. Extendió la mano y acarició su mejilla con suavidad. La nativa alzó los ojos y le sonrió, mostrándole que tenía los dientes limados por los bordes, de forma que su boca se asemejaba a las fauces de un tiburón.

Entre la sorpresa y el espanto, Ismail retiró rápidamente la mano.

Al quinto o sexto día de cautiverio, un grupo de salvajes ataviados con taparrabos de algodón y sandalias de piel vino a sacarlos de la choza. Eran más cortos de estatura que los hombres-tigre y tenían el cráneo más ancho. Llevaban el cabello muy largo, con una especie de tonsura, el cuerpo y la cara pintados de rojo. Esta vez no les ataron una mano al cuello con uno de aquellos yugos, pero era imposible rebelarse o intentar alguna jugarreta contra ellos, porque todos iban armados con macanas.

Caminaron hasta una gran choza que se levantaba sobre una plataforma de piedra y estaba rodeada por una cerca. Sentado en el porche, rodeado de mujeres y niños, los esperaba un nativo gordo y de aspecto pomposo. En su amplio rostro había un gesto altivo, ligeramente despectivo, que se hacía más acusado en el rictus orgulloso de sus labios. Iba adornado con un amplio penacho de plumas rojas y azules, en torno a una diadema de cabezas de serpientes, desprovistas de mandíbulas inferiores, que rodeaba su frente. Sujetaba en su mano derecha un gran bastón, rematado con la talla de una forma humana.

Detrás de él, estaban los tres sacerdotes o chamanes que habían visto en la pirámide. Altos y delgados hasta lo enfermizo, ahora vestían una sencilla camisa blanca de algodón. Pero sus cabellos recogidos a la espalda seguían teniendo un aspecto repugnante, pues la sangre con la que los habían embadurnado se había transformado en una espesa costra al secarse. Lisán descubrió algo más: uno de «ellos» era en realidad una mujer. Con aquella camisa ligera se marcaban perfectamente sus pechos y pezones, aunque el resto de su aspecto era exactamente igual al de los dos hombres: cabellos enmarañados y un rostro pintado de negro que ocultaba sus rasgos, transformando su semblante en una máscara aterradora.

Yusuf se dobló de rodillas cuando sintió en el estómago el golpe de la pala del guardia más cercano. Respiró lentamente, tratando de no mostrar su espanto. El golpe no había sido muy fuerte, apenas una advertencia, pero no deseaba hacer nada que provocara a aquellos salvajes. Sabía que estaban a su merced y lo único que podían intentar ahora era ganar tiempo.

Uno tras otro, los once supervivientes fueron obligados a arrodillarse. Entonces el nativo gordo se puso en pie, extendió las manos y se dirigió a ellos con voz grave, amenazante, usando aquella lengua que les resultaba completamente extraña, como si no aceptara que ellos no podían entenderlo, o no le importara si lo hacían o no. Se señaló a sí mismo y repitió las palabras «Halach Uinich» una y otra vez, por lo que los cautivos supusieron erróneamente que ése era su nombre.

Yusuf se arriesgó a levantar la cabeza y vio que el caudillo descendía majestuosamente del porche y se acercaba a ellos escoltado por los tres sacerdotes.

– Noble señor de estas tierras -logró articular con el tono de voz más humilde que pudo encontrar en su garganta. Algo que no le costó demasiado esfuerzo-. Somos viajeros llegados de un lejano país, allá donde nace el sol. Nuestra nación es sabia y generosa. Yo soy miembro de una familia noble, llena de riqueza, que estará dispuesta a pagar el rescate que tú fijes por nosotros, pero debemos recibir un trato acorde con nuestra posición y dignidad.

El Halach Uinich se detuvo ante Yusuf y lo examinó, midiendo las aristas de su cara y lo hirsuto de sus barbas con la displicencia de quien se dispone a comprar una bestia en una feria. Ante su mirada, el Sarray bajó rápidamente los ojos, pero el caudillo dio una orden a los guardias y éstos, sujetándolo por las axilas, lo pusieron en pie de un tirón. Permaneció así, humillado, inmóvil, mientras el caudillo giraba a su alrededor observando cada detalle de su ahora desastrado atuendo. Luego se acercó a él, cerró la mano sobre su barba y tiró de ella. Yusuf apretó los dientes y permaneció quieto, una lágrima corrió por su mejilla. Los rostros de aquellos nativos eran lampiños, quizás en aquella acción no había más que curiosidad, pero mesar las barbas de un Banu Sarray era uno de los peores insultos que se le podía infligir.

El Halach Uinich paseó entre el resto de los náufragos arrodillados. Yusuf temblaba de ira, pero aún le quedaron fuerzas para mascullar una rápida orden hacia sus primos:

– Que nadie se mueva. Debemos aguantar todo lo que quieran haceros, porque estos hombres no conocen nuestras costumbres.

Uno de los sacerdotes se acercó seguido de un joven acólito con una vasija de cerámica con la forma de la cabeza de un tigre. Tomó un hisopo, lo introdujo en el recipiente y lo sacó con su extremo embadurnado de blanco. Con él tocó la frente de Yusuf ibn Sarray, de Jamîl y del resto de los turcos y los Sarray, marcándolas una tras otra con aquella tintura. Cuando se acercó a Lisán con el hisopo se detuvo. El chamán le tendió entonces al Halach Uinich el disco dorado arrebatado en la playa. El caudillo lo sopesó, fascinado por los símbolos grabados en el metal, luego hizo un gesto hacia el del hisopo, ordenándole claramente que se retirara. De esta forma, todos quedaron marcados de blanco, excepto Lisán.

Concluida la ceremonia, el caudillo se dio media vuelta y regresó con sus mujeres, mientras los náufragos eran devueltos a su encierro.

En la penumbra de la choza, turcos y andalusíes se miraban los rostros demacrados, reconociendo en la mirada de los otros el miedo propio. Jamîl vomitó en un rincón sin poder contenerse y Yusuf, pasmado, apenas pudo hacer otra cosa que llevarse la mano a la frente y mancharse los dedos de aquella tintura blanca como la cal.

– Hemos sido elegidos para algo -murmuró el Sarray, contemplando la pintura que brillaba burlona entre sus dedos-. Pero no puedo imaginar para qué… Es preciso que aprendamos su lengua. Necesitamos comunicarnos con ellos.

– Ya nos hemos comunicado -dijo Lisán-. La violencia con la que actúan es más elocuente que las palabras…

– Piensan asesinarnos, ¿verdad? -gimió Jamîl, controlando las arcadas y calambres que estaban royéndole el estómago-. Es eso lo que planean hacer…

– Todos hemos sido marcados, menos el faquih… -dijo uno de los Sarray, llamado Farid-. Tú te has salvado gracias a ese amuleto.

– ¿Qué sabemos nosotros de lo que hablaban en su idioma? -replicó Lisán-. Quizás os habéis salvado todos vosotros y soy yo quien está condenado.

– No lo creo -dijo Ismail-. Nos han seleccionado a nosotros para morir, tal y como hicieron con nuestros compañeros. ¿Es justo que tú, que nos has arrastrado hasta aquí, seas el único en salvarte?

Lisán no contestó. Enterró el rostro entre las rodillas y le dio gracias a Allah de que Ahmed hubiera tenido una muerte rápida y no estuviera sufriendo las penalidades que a ellos les había tocado vivir. Deseaba con todo su corazón que todo fuera un mal sueño del que pronto despertaría en la habitación de su casa en Granada. Entonces iría a visitar a su hermano y le narraría con detalle aquella extraordinaria pesadilla que le había resultado tan vívida.

¡Era tan real!, le insistiría, estremeciéndose por el recuerdo…

Pero seguía allí, sentado en el interior de aquella choza, rodeado por hombres con el gesto distorsionado por el miedo, algunos de los cuales lo miraban ahora con odio. Odio hacia él, por haberlos arrastrado hasta su pesadilla. ¿Qué hacían allí? ¿Qué sentido tenía tanto sufrimiento? Su hermano había estado en lo cierto desde el principio: todo eso era una locura. Y, sin embargo, ni siquiera él había logrado escapar de ella. Nada hubiera sucedido de no haberse encontrado con aquel falso mameluco. De no ser por él, quizá su deseo de emprender aquel viaje se hubiera quedado en nada. Sería un sueño más que no se había cumplido. Pero una interminable cadena de sucesos, que debía de tener un sentido en la mente de Dios, los había conducido a aquella costa insólita, como un madero arrastrado por la corriente. Y él tenía que aceptarlo sin más, aunque los remordimientos lo estuvieran trastornando.

– Yo creo que no es justo -decía otro de los Sarray con voz tétrica, como si hubiera leído sus pensamientos-. El faquih es el culpable de que nos veamos así.

– ¡Ya basta! -gritó Yusuf-. ¿De qué sirve especular con todas esas cosas? Rezad a Allah, encomendaos a su Misericordia y no penséis más.

Permanecieron en silencio, sintiendo el escozor de la pintura sobre la cabeza y en los dedos, y el pánico revolviendo sus tripas. Dejando pasar el tiempo…

Como un camello desbocado que se dirigiera hacia un abismo.

<p>15</p>

Un estruendo espantoso de tambores, de voces y cánticos los despertó. Antes incluso de que la puerta de la choza se abriera como una boca hambrienta, los once cautivos supieron que había llegado el momento. Andalusíes y turcos apenas tuvieron tiempo de tocarse las manos unos a otros, para infundirse algo de valor, antes de que un puñado de guerreros los sacara a empujones de su encierro.

Fueron conducidos hasta la choza del Halach Uinich, donde fueron recibidos con un coro de gritos y exclamaciones de júbilo. Allí se habían congregado centenares de nativos.

La marea de cuerpos se abrió para dejar paso al caudillo y al grupo de sacerdotes que lo escoltaban. Éstos eran ahora una decena, hombres y mujeres, y era imposible imaginar criaturas más tétricas que aquéllas. Vestían largas túnicas negras y llevaban el cabello pegoteado de costrones de sangre, las sienes marcadas por una repugnante mancha roja. Los rostros que no habían sido pintados de negro tenían la palidez de la muerte, las mejillas hundidas, los ojos extraviados, como si no les quedara una sola gota de sangre en el cuerpo. Causaban terror con sólo mirarlos. Se habían dejado crecer las uñas de sus manos esqueléticas hasta enredarse unas con otras. Una idea asaltó a Lisán al verlos acercarse: aquellos sacerdotes no parecían criaturas nacidas del vientre de una mujer para habitar este mundo.

El Halach Uinich iba ataviado con una deslumbrante capa de plumas encarnadas y azules, que le daban el aspecto de un pájaro humano. De nuevo se dirigió a los cautivos en su idioma incomprensible, pero ahora lo hizo de forma lenta, ceremoniosa, como parte de un elaborado ritual cuyo significado éstos no podían imaginar:

– Dza a uol tuculnen… Chen-ti a Uymil; maa… A cha za hac il maa… Loob cun bet bil techil…

Después, les dio la espalda y se puso en marcha. La multitud congregada siguió al caudillo y a los prisioneros por la calle que se dirigía hacia la pirámide truncada.

Se detuvieron al pie del monumento, donde aguardaban los guerreros disfrazados con pieles de tigre. Nada más verlos, Lisán comprendió que sus peores temores se confirmaban. Sintió el deseo de gritar a sus compañeros que lucharan, que intentaran por todos los medios escapar de aquel lugar, pero el miedo se había apoderado de su garganta y sus piernas continuaban arrastrándolo, paso tras paso, ajenas a su voluntad.

Todos los náufragos, menos Lisán, fueron despojados de sus harapos por un grupo de sacerdotes. Luego, les pintaron la mitad superior de la cara de negro con círculos blancos, y el cuerpo, con rayas horizontales rojas y negras. Embadurnaron sus cabellos de alguna mixtura pegajosa y los adornaron con bolas de plumón blanco.

– Allah misericordiosísimo, ¿qué es esto? -sollozó Jamîl, mientras parpadeaba y escupía para librarse de la pintura que le había entrado en los ojos y la boca-. ¿Qué es esto?

Lisán se volvió hacia sus compañeros, que contemplaban atónitos el desarrollo de los acontecimientos. Él era el único que no había sido maquillado de esa forma extraña, pero ninguno de ellos podía imaginar lo que le esperaba.

Dos sacerdotes cayeron de improviso sobre el faquih y lo obligaron a tumbarse de espaldas contra el suelo. Él intentó inútilmente debatirse mientras le arrancaban los trapos destrozados con los que se cubría. Se retorció como una anguila entre sus brazos, pero fue inútil y pronto se vio completamente desnudo. Lo sujetaron y le separaron las piernas. Otro sacerdote se arrodilló frente a él, con un cuenco de madera entre las manos, del que extrajo una mixtura pegajosa, de un intenso color verde, con la que le embadurnó las ingles y los sobacos. Luego lo soltaron y se apartaron.

Lisán se puso en pie, abochornado, intentando quitarse aquel mejunje de sus partes.

– ¡Nuestras manos no están atadas! -gritaba Ismail con los dientes castañeteándole de terror-. Debemos pelear, defendernos…

– ¡Vamos a morir! -lloraba Jamîl sin poder contenerse.

Lisán miró a su alrededor, desesperado, comprendiendo que cualquier intento de resistirse era inútil. Centenares de nativos los rodeaban, los miraban con una intensidad demoníaca y los rostros parecían estar distorsionándose hasta convertirse en máscaras horripilantes de cera que se derritieran bajo un potente sol.

El suelo se movía ahora bajo sus pies, como si se encontrara de nuevo a bordo de la Taqwa, y le costaba mantener el equilibrio. Los testículos le ardían. Al principio, aquella sustancia había despertado una sensación de frescor, viscosa pero no del todo desagradable. Pero ahora se estaba calentando rápidamente y le quemaba allí donde se la habían aplicado, a la vez que llegaban a su nariz los amargos vapores que se desprendían de ella. Respingó y se dio secos manotazos en las partes y en los sobacos. Los golpes dolían, pero aquel dolor le ayudó a mitigar la impresión de que un fuego invisible lo estaba abrasando.

¿Qué es esto, acaso esta sustancia me está envenenando la sangre?, pensó.

Poco a poco, la sensación de ardor se fue aliviando y quedó reducida a un intenso comezón, pero la confusión de su mente continuó.

Mientras tanto, uno de los sacerdotes, el más anciano de todos, se acercó a Yusuf y lo invitó con un gesto a que lo siguiera. El Sarray sintió que el corazón se le detenía en el pecho. Asintió, intentando sacar fuerzas de la nada, rebuscando en el fondo de su alma un último atisbo de valor. Se volvió hacia Lisán y le dijo:

– Reza por mí, faquih.

Lisán contempló a Yusuf caminar tras el anciano. Le parecía ver aquella escena a través de una cortina de agua que lo distorsionara todo. Su mente estaba tan confusa que sólo pudo rogar a Allah para que aquella atrocidad acabara lo más rápido posible para todos ellos.

El Sarray se detuvo en la base de la empinada escalinata y el sacerdote se apartó a un lado. Allí lo esperaban dos hombres-tigre que le indicaron con gestos que debía empezar a subir. Él miró hacia arriba y cerró con fuerza los ojos. Trató de recordar el rostro de sus hijos, la sonrisa de alguna de sus esposas, pero no consiguió ver ante sus párpados cerrados más que la mancha en negativo del disco del sol. Uno de los guerreros lo aferró por el brazo y lo empujó hacia arriba. Empezó a trepar, muy despacio, por los escalones que conducían a la terraza superior de la pirámide truncada. Eran tan estrechos que no parecían haber sido tallados para pies humanos. La algarabía de los tambores, el trino agudo de las flautas, apagaron los rezos y gemidos de los compañeros que habían quedado atrás.

Llegó sin aliento a la amplia plataforma superior. Cinco sacerdotes estaban congregados alrededor de una piedra cubierta de sangre seca, frente a un macizo templo cuadrado. Sobre la puerta de éste había sido tallada la figura de una criatura de aspecto horrendo que, espatarrada boca abajo como un demonio ejecutando una cabriola, le dirigía una mirada maligna con sus abultados ojos de sapo. Uno de los oficiantes se había despojado de su túnica negra y empuñaba en la mano derecha un afilado cuchillo de obsidiana. Su cuerpo, cubierto por un pequeño taparrabos blanco, parecía reseco y ceniciento, enfermizo, salpicado de pequeños cortes y cicatrices. Con un gesto, indicó al Sarray que se acercara.

– Esto no puede ser real -musitó Yusuf estremeciéndose.

Se dio la vuelta y miró hacia abajo. La multitud se arremolinaba en torno a la pirámide. Sus amigos eran manchas pintadas de rojo y negro perdidas entre la masa de carne cobriza. No pudo distinguir a Lisán.

– No es real…

Los ojos de los dos hombres-tigre lo observaban despiadados desde detrás de sus máscaras. Yusuf consideró la proposición de Ismail de luchar por su vida, pero comprendió que no tendría opción ninguna, y que rebelarse ahora sólo haría que su muerte resultara más penosa, y quizá más indigna. Sabía que es en el momento de la muerte cuando las criaturas revelan su verdadera naturaleza. El cerdo chilla y se resiste como si lo poseyeran los demonios, porque es una criatura inmunda. Los corderos en cambio saben que su destino es el sacrificio, porque son seres sometidos a su realidad. Pero él no podía admitir que le estuviera sucediendo algo así. A él, al ahijado de ibn Kumasa. No podía admitir que Dios los hubiera hecho pasar tan largo calvario en el mar sólo para reservarles este destino.

Mientras dudaba si rezar o maldecir, si debatirse o dejarse hacer, los cuatro sacerdotes lo sujetaron por los brazos y las piernas. Intentó entonces resistirse, pero ya fue inútil porque aquellos hombres demostraban mucha experiencia en sus movimientos. Lo levantaron en vilo y lo tumbaron de espaldas sobre el mojón de piedra cubierto de sangre coagulada. Tiraron con fuerza de sus miembros, obligando a su pecho a arquearse.

El quinto se acercó con el cuchillo de obsidiana brillante entre las manos.

Yusuf gritó una súplica para Allah, pero su voz fue apagada por el horrible sonido de la carne al desgarrarse. El chamán había clavado el cuchillo en el lado izquierdo de su pecho y cortaba con destreza hacia el centro del tórax. Dos movimientos rápidos, firmes, llenos de crueldad. Inmediatamente, metió la mano en la herida y extrajo su corazón palpitante. Yusuf pudo oír el repugnante sonido de succión que hizo la víscera cuando fue arrancada de su pecho. Incluso, antes de perder la conciencia, pudo ver con sus propios ojos cómo latía en la mano de aquel salvaje, cómo la sangre resbalaba por su antebrazo.

Luego, la oscuridad.

El chamán elevó su trofeo sanguinolento hacia el sol, ofrendándole los últimos latidos al astro que ocupaba en ese momento el cenit del cielo. Luego, arrojó el corazón al interior del templo cuadrado que estaba tras él y volvió a introducir la mano en el pecho abierto del sacrificado, que daba ya sus últimos estertores. Recogió un poco de sangre en el hueco de su palma y embadurnó con ella sus cabellos.

Los cuatro oficiantes arrastraron el cuerpo sin vida del Sarray hacia el borde de las escalinatas y lo empujaron suavemente hacia abajo. El cadáver rebotó por los empinados escalones, un muñeco agujereado y sangrante, seguido de cerca por los dos hombres-tigre, que parecían querer asegurarse de que nada lo retuviera en su caída. Llegó al suelo, frente a sus aterrorizados compañeros, que no podían dar crédito a lo que acababa de suceder. Nunca habían contemplado un espectáculo tan espantoso. Sus ojos se volvían una y otra vez hacia el cuerpo mutilado. No querían mirarlo, pero no podían dejar de hacerlo. Ismail fue el único en reaccionar. Se volvió hacia uno de los guardias e intentó golpearle en el rostro con sus puños, los dientes rechinándole de pura rabia. Pero un par de guerreros cayeron sobre él y lo inmovilizaron en el acto y sin dificultad, cuidando de no herirlo ni hacerle daño.

Mientras tanto, al pie de la pirámide, la ceremonia continuaba en su horror creciente, sin prestar atención al débil conato de rebeldía. El sacerdote anciano parecía discutir con un grupo de guerreros jóvenes, hasta que señaló a uno de ellos. Éste se acercó al cuerpo del Sarray y con diestros golpes de pala le cercenó la cabeza. La atravesó con una vara de madera y se la llevó al Halach Uinich, que observaba la escena sentado bajo un palio. Los hombres-tigre se ensañaron entonces con el cadáver de Yusuf, golpeándolo con sus macanas como si cortaran las ramas de un tronco caído. En unos instantes lo descuartizaron por completo, y cada uno de ellos se llevó un miembro o un pedazo de carne, como lobos hambrientos repartiéndose los despojos de una presa.

El anciano se acercó entonces a los horrorizados cautivos y señaló a Jamîl.

– ¡No! -gritó el muchacho, mientras se apretaba contra Lisán buscando cobijo-. ¡No permita que me lleven, señor!

Lisán intentó hacerles frente y ayudar al muchacho, pero sus brazos parecían de cera caliente. Sin embargo, abrazó al mawla de Ahmed, con todas sus fuerzas, que ya no eran muchas, hasta que uno de los guardias le golpeó en los riñones desde atrás. El nativo lo empujó contra el suelo y con un pie aplastó el rostro del faquih contra la arena.

Jamîl intentó en vano zafarse de los guardias, que lo sujetaron mientras gritaba e intentaba darles patadas. Al ver que no obedecía, el anciano llamó a dos hombres-tigre que lo agarraron por sus ensortijados cabellos y lo arrastraron sin miramientos escaleras arriba.

Lisán dejó escapar un largo sollozo de desesperación e impotencia, mientras contemplaba, aprisionado contra el suelo, al desdichado muchacho, conducido como una res camino del matadero.

Un poco más tarde, el cadáver de Jamîl caía rodando por las escalinatas. Dividieron su cuerpo en trozos siguiendo el mismo sangriento ritual por el que antes había pasado Yusuf.

Le tocó el turno a uno de los turcos, que sollozaba y gemía, la mirada extraviada, implorando compasión mientras ascendía por aquellas fatídicas escalinatas. Luego le llegó la vez a Ismail… y a Farid… pero Lisán ya no tenía conciencia de estar allí. Seguía tirado en el suelo, con el rostro humillado contra el polvo, aunque ninguno de los guardias nativos lo retenía ya. Las lágrimas y los mocos resbalaban por sus mejillas y él se sentía perdido en una pesadilla de la que no podía despertar.

Cerraba los ojos con fuerza y los volvía a abrir. Una y otra vez. Quería despertar de una vez, pero era imposible. Y cada vez que sus ojos se abrían, una imagen de un horror indescriptible entraba por ellos…

Varias cabezas atravesadas por un palo que les entraba y salía por las sienes…

Dos mujeres recogiendo a brazadas los intestinos que habían quedado desparramados y metiéndolos en un cesto…

Un perro blanco olisqueando un despojo sanguinolento…

El batir de los tambores se había transformado en un trueno continuo, una carcajada burlona que lastimaba sus oídos. Hasta que llegó la noche. La oscuridad quedó rota por las grandes hogueras que se encendieron al pie de la pirámide. Alrededor de ellas hubo cánticos y bailes, y el aroma de la carne y la grasa humana al asarse impregnó el aire como un aceite espeso que se pegara a las narices. En medio de todo, solo, aparentemente olvidado por sus captores, Lisán al-Aysar se balanceaba al borde mismo de la locura. Algo se había roto para siempre en su alma. Empezó a incorporarse. Su conciencia parecía rodeada por almohadones que amortiguaban los sonidos, los colores y las sensaciones. Se sentía como un borracho que apenas empezara a recobrar el sentido.

Un hombre-tigre estaba plantado frente a él. Sus ojos brillaban a través de los orificios de su máscara, su boca estaba abierta y la lengua colgaba a un lado. Jadeaba y un hilillo de saliva resbalaba por entre sus dientes puntiagudos y le mojaba la barbilla. Lo miraba.

Lisán sintió que todo el vello de su cuerpo se erizaba. Aquellos ojos… estaba lo bastante cerca para ver con claridad que ya no eran humanos.

La criatura empezó a cambiar. Lentamente, de modo que únicamente era posible apreciar las mutaciones si apartaba la vista un instante para luego volver a mirar. Pero estaba transformándose. Su cráneo se estiró y los dientes crecieron en su mandíbula con un crujido de huesos astillándose. La proporción de los huesos de las piernas y los brazos varió en relación con el cuerpo, una larga cola se desenrolló a su espalda. Sus manos se transformaron en garras. De repente, el hombre había desaparecido y lo que Lisán tenía ahora ante él era un tigre de piel moteada. Intentó gritar con todas sus fuerzas, pero de su garganta no logró arrancar ni un gemido. Recordó entonces que llevaba horas gritando, enloquecido, y que ya no le quedaba aliento. El tigre avanzó indolente hacia él, cruzó a su lado y siguió su camino sin prestarle atención. No era el único que temía a aquella bestia, los nativos se apartaban de su paso, incluso los perros se escabullían aullando lastimeramente.

Lisán alzó la vista hacia el cielo y rogó a Allah para que su vida acabara en ese preciso momento, para que no tuviera que vivir con el recuerdo de ese día.

En lo alto brillaban las estrellas y la luna llena.

El cometa había desaparecido.


Y ¿cómo sabrás qué es la calamidad?

El día que los hombres parezcan mariposas dispersas

y las montañas copos de lana cardada.

Al carea, 3-5



1

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Tras un mes de navegar por el mar Tenebroso, siempre hacia Poniente, los gritos del vigía anunciaron que al fin tenían algo frente a ellos.

Era la puesta del sol, y Lisán, esforzando los ojos, apenas logró distinguir una silueta oscura recortarse contra el ocaso. Distaba unas veinticinco leguas de su posición y podía tratarse sólo de una gran masa de nubes. Últimamente habían visto turbiones tan espesos que parecían de granito, pero éstos, en ocasiones, podían señalar la presencia de tierra, por lo que valía la pena investigar un poco más.

Trajeron una de las jaulas llenas de pájaros y los soltaron. Inmediatamente volaron en aquella dirección, lo que les demostró que allí, realmente, había algo. Navegaron durante toda la noche y con las primeras luces pudieron confirmar que se trataba de una costa. Lisán se preguntó si era la de aquel Otro Mundo hacia el que se encaminó Talos el Rojo.

Habían recorrido más de tres mil millas a través del océano desconocido, estaban al límite de sus fuerzas y con la moral tan agotada como sus cuerpos, por eso no fue extraño que las voces de alegría se transformaran en gritos de furia cuando el mameluco dio la orden de mantenerse lejos de aquella playa desconocida. Por un momento, Lisán creyó que la fidelidad con la que los turcos acataban cada orden de Baba iba a acabar en ese preciso instante. Obedecieron, como tantas otras veces, pero con malos gestos y murmuraciones.

– ¿Qué pasa? -le preguntó al mameluco.

– Fíjate en eso -señaló-. Arrecifes.

Lisán distinguió varias manchas de espuma blanca sobre la superficie verde oscuro del mar. Sin duda estaba algo picado, pero no parecía haber peligro.

– Podemos sortearlos. Los hombres necesitan pisar tierra firme.

El mameluco alzó los ojos hacia el cielo y dijo:

– Se prepara una gran tormenta. Nada comparable a las que hemos sufrido hasta ahora. Nuestra única oportunidad está en mar abierto, cerca de una costa seremos destrozados cuando las olas nos lancen contra los arrecifes.

El faquih estudió los cúmulos de nubes que se iban formando sobre sus cabezas, como gordos y negros intestinos retorciéndose entre espasmos. A lo lejos se abatían algunos rayos sobre el mar.

– Si la situación es tan grave, deberíamos atracar… ¿No crees?

– En ese caso perderemos la nave y quedaremos varados en esa costa para siempre. Y es posible que se trate sólo de una isla.

– ¿Por qué piensas eso?

– Es Piri quien lo cree, por la forma del banco de nubes que hay prendido a ella. Y yo también tengo esa sensación.

Lisán dio unos pensativos pasos por la cubierta antes de decir:

– ¿Cuánto tiempo calculas que tenemos antes de que empiece la tormenta?

– Es difícil saberlo, pero no más de seis horas.

– Iré con unos hombres en el batel. Buscaremos agua y víveres frescos. Eso los tranquilizará.

– Es posible -dijo Baba-. Pero tú no irás.

– ¿Por qué?

– Si la tormenta nos alcanza antes de lo previsto, o la cosa empieza a ponerse realmente mal, me dirigiré a alta mar y abandonaré a los que hayan bajado. No puedo permitirme perderte a ti.

– Debo ir yo -dijo Lisán con tozudez-. Debo comprobar si hemos llegado o no a nuestro destino.

Al cabo de un buen rato de discusión, Baba aceptó que el faquih fuera hasta la playa, pero se aseguró de que Dragut lo acompañara para cuidar de él.

Acercaron el batel hasta el costado de la carraca ayudándose de unas pértigas. Bajaron seis turcos y cuatro Sarray, que fueron tomando los remos. Lisán se situó en el timón.

Poco a poco la carraca fue quedando atrás. Al volverse hacia ella, vio la delgada figura de Baba, apoyada sobre uno de los gerifaltes, que los observaba desde el alcázar. El mar se había ido picando y su estrecha barca era arrastrada arriba y abajo por el oleaje, haciendo que la playa apareciera y desapareciera como por arte de magia ante sus ojos. Sobre ellos pendían grandes y desgarrados jirones de nubes. El tiempo estaba empeorando rápidamente.

Saltaron a la playa y caminaron con torpeza sobre la arena. Les costaba mantenerse rectos, ahora que el suelo no se bamboleaba bajo sus pies. La isla estaba rodeada por una espesa barrera de nubes que ocultaban por completo el sol. Un calor húmedo los obligaba a respirar pesadamente. Frente a ellos, la selva rezumaba vapores, como el cuerpo de un enorme animal en descomposición, la masa verde y humeante llegaba hasta el mar y se apoderaba por completo de la arena.

¿Qué lugar es éste?, se preguntaba Lisán, sin dejar de mirar aquella vegetación que les cerraba el paso como una empalizada oscura.

Silencio. Un silencio que era más inquietante que la vibración de un volcán. Hasta que Dragut aplastó un mosquito contra su cuello sudoroso y el ruido los sobresaltó a todos.

Apartándose de los demás, Lisán caminó hacia el linde de la jungla. Se asomó a su interior, apoyando sus manos contra una palmera. Incluso a pleno sol sería un lugar muy oscuro, la vegetación era tan tupida que impediría que los rayos de luz llegaran hasta el suelo, pero con aquel cielo encapotado era como mirar en las entrañas de una cueva profunda y negra.

Tras él, los hombres deambulaban por la playa invadida por las palmeras. Había multitud de cocos esparcidos por aquella arena como polvo de diamante. Dragut partió uno con un mandoble de su cimitarra y bebió el agua de su interior. De repente se quedó quieto con su mano sujetando el coco en lo alto. Se volvió hacia el mar y entrecerró los ojos. A lo lejos, la carraca aparecía y desaparecía de su vista, bamboleada por un oleaje cada vez más intenso.

¿Había oído un grito desde la Taqwa? Con el ruido de las olas era imposible decirlo. En ese momento vio el fogonazo de uno de los gerifaltes al ser disparado, y al cabo de un instante le llegó el estampido.

– ¡Debemos regresar! -gritó a sus compañeros.

Todos se dirigieron hacia el batel, excepto Lisán, que permaneció donde estaba, en el mismo borde de la jungla, mirando hacia su interior. Había sido como un relámpago, muy breve, pero podría jurar que había visto unos ojos grandes y amarillentos abrirse, mirarlo fijamente, para luego cerrarse y desaparecer. Se preguntó si sería una bestia peligrosa y sintió el impulso de echar a correr. Pero una morbosa fascinación ante aquella mirada amarilla desde la oscuridad, lo retuvo allí donde estaba. Alguien lo cogió del brazo y tiró de él. Se volvió y se enfrentó al rostro hosco y sudoroso de Dragut.

– Vamos -dijo el turco.

Lisán intentó soltarse.

– No. Hay algo ahí dentro… Debemos investigar…

Eso no le importaba al turco en absoluto.

– Ahora debes venir con nosotros.

Los Sarray los rodearon indecisos. Lisán también dudaba qué hacer. Su primer impulso fue resistirse, aunque era evidente que Dragut no tenía intención de ceder. Y, a pesar de su delgadez, era tan fuerte que muy bien podría cargarlo sobre su espalda y llevarlo así hasta la orilla. Pero no fue necesario, porque en ese momento algo revoloteó hacia ellos.

Era una mariposa enorme, con unas alas tan amplias como las dos manos de un hombre juntas. Al abrirlas, mostró esos fascinantes ojos amarillos dibujados en ellas. La mirada que Lisán había visto relucir en la oscuridad.

– ¡Vamos! -insistió Dragut, tirando de nuevo de su brazo.

– De acuerdo. Vamos -dijo el faquih sintiéndose estúpido.

Con dificultad remaron hacia la carraca, a través de una mar que se iba embraveciendo por momentos. Cuando ya estaban junto a ella oyeron los gritos de sus compañeros amontonados junto a la borda.

– ¿Qué sucede? -preguntó.

– ¡Rápido, subid!

Les largaron una red de cabos para que treparan por ella. Una vez arriba, Lisán se encontró con Ahmed en primer lugar.

– ¿A qué vienen tantos gritos? -le preguntó.

– ¡Hermano! -Ahmed lo abrazó. Parecía a punto de llorar-. Ese loco estaba dispuesto a partir sin vosotros… ¡Iba a dejaros en la isla!

Lisán alzó la vista y vio a Baba en la borda de estribor, de espaldas a ellos, recortándose su delgada silueta contra una mancha de tinta negra que estaba tragándose el cielo.

– ¡Allah misericordioso! -exclamó Lisán.

– Uno de los vigías la divisó a lo lejos -le explicó Ahmed-. ¡Y se mueve muy aprisa!

Lisán se acercó a la borda. Varios Sarray también contemplaban cómo se aproximaba.

Sin apartar la vista, Baba se dirigió a Lisán:

– Nunca he visto nada igual, faquih…

– Yo tampoco -admitió éste.

Era algo terrorífico. Una pared de nubes en rotación, con sus límites bien definidos, arrastrándose sobre el mar hacia ellos. Un torbellino nublo, salpicado por los chasquidos de relámpagos que recorrían toda su superficie, iluminándola con sus fogonazos. En el cielo, las nubes se estremecían al paso de aquel monstruo, se estiraban y se fundían con sus límites superiores. Mientras se acercaba, el mar se agitaba más y más, y la cubierta de la Taqwa se bamboleaba y crujía de un modo horrible. Pronto llenó todo su campo de visión, como una losa de piedra negra lanzada contra ellos para aplastarlos.

– Pero… ¿qué es?

– Es una tormenta, faquih. Sólo eso -dijo Baba-. Pero si no conseguimos ganar más profundidad esas olas nos van a destrozar.

Piri empuñaba la caña del timón y gritaba sus órdenes a los turcos.

Algunos marinos ayudaban desde el batel a izar el ancla, otros trepaban a los mástiles que se bamboleaban entre el mar y el cielo tormentoso, descalzos por las cuerdas frías y resbaladizas, para desplegar algunas de las velas menores. La idea era alejarse lo antes posible de la costa para evitar que el oleaje los lanzara contra las rocas. Pero el viento estaba aumentando su velocidad y podía destrozar las velas en un instante. Ya había algunas rifaduras que amenazaban con extenderse y rasgarlas.

Lisán contempló todos estos trabajos, sus ojos saltando de un hombre a otro, sintiendo cómo la tensión aumentaba en la cubierta de la Taqwa. Entonces algo lo golpeó por la espalda y lo lanzó de bruces contra el suelo. Se puso de rodillas y comprendió que había sido una ráfaga de viento que se había estrellado contra ellos a una velocidad inconcebible. Su espalda sentía, en ese momento, los aguijonazos de las gotas de lluvia empujadas por aquel vendaval. Cubriéndose los ojos con las manos, para protegerse, se volvió hacia la tormenta. No la vio. Sólo oscuridad brumosa. Estaban dentro de ella.

La Taqwa fue alcanzada entonces por una gran ola que la hizo escorarse hasta que su velamen rozó la agitada superficie del océano. Las cuadernas de la nave emitieron un largo crujido que sonó como el lamento de un animal herido. Sus tripulantes también gritaron, pues el crujido había sonado como si el casco fuera a partirse en dos. Y eso es lo que sucedería si la obra viva de la nave llegaba a quedar en seco. Otro golpe de viento destrozó varias velas, que se rasgaron con un estampido seco, semejante al de un barril de pólvora reventando. Sus restos colgaron hechos jirones, como pellejos en los brazos de un cadáver. Olas de tres veces la altura del palo mayor lavaban la carraca de popa a proa. La lluvia azotaba la cubierta con torrencial regularidad. Los truenos se sucedían, simultáneamente con los rayos que caían a su alrededor. Sus ecos hacían retumbar la atmósfera, como si navegaran bajo el techo de una caverna a punto de derrumbarse. Lisán sintió que la tormenta era un gran monstruo. Los había tragado y ahora los llevaba en el interior de su estómago.


2

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Pasaban los días, todos iguales. Las olas devastadoras y el viento desatado los arrastraban sin que pudieran tener ningún control. Todos estaban más allá del límite de sus fuerzas y se turnaban en las bombas para achicar agua, que era lo único que mantenía la nave a flote. Cada golpe de viento hacía que la Taqwa se escorara de un lado a otro y estuviera a punto de darse la vuelta. Piri había ordenado despejar las cubiertas de cualquier objeto que dificultase la maniobra. Fueron arrojadas al agua las cosas más pesadas y las más elevadas. Por ello fue necesario cortar las superestructuras de la toldilla, el alcázar y el castillo de proa.

Lisán contempló, desesperado, cómo se perdían sus documentos y los delicados instrumentos de medición que él mismo había fabricado. Todo fue a parar al agua, junto a los restos de la toldilla. La nave se estaba deshaciendo. Las vías de agua se multiplicaban y era necesario taponarlas con trozos de vela embreados que se aplicaban como auténticos vendajes por el exterior. Los turcos realizaban estas reparaciones colgando de una cuerda por la borda, mientras las olas los golpeaban contra el casco. Muchos perecieron de esa forma, pero no era hora de llorar a los muertos, sino de seguir luchando contra el mar.

Al cuarto día que llevaban envueltos en aquella mortaja de oscuridad, sólo rota por los relámpagos, fue necesario ceñir el casco con los cables de las anclas, para intentar reforzarlo y evitar que se resquebrajara. Pero todos eran conscientes de que el siguiente golpe de mar podía hacerlos reventar en mil pedazos. La situación era más desesperada a cada momento que pasaba, y los tripulantes cada vez tenían menos fuerzas para enfrentarse a ella.

Las rachas de viento se volvían más duras y zamarreaban a su gusto los mástiles. Como éstos descansaban sobre la quilla, Piri temió que abriesen brecha en el casco y ordenó que cortaran el palo mayor. Un par de turcos empezaron a darle hachazos, como si talaran el tronco de un gran árbol.

– ¡Vamos a tener que cortar los otros palos! -gritó hacia donde estaba el mameluco.

– ¡No! ¡En ese caso estaremos condenados!

– ¡Mira a tu alrededor, Baba! ¡Ya estamos perdidos!

Empezó a caer el palo mayor, arrojando cabos y aparejos en medio de una asombrosa confusión. Una de las vergas se soltó y se abatió sobre la cubierta, alcanzando a uno de los hombres que manejaban las hachas. Le reventó el cráneo.

– ¡No debes derribar los otros palos! -le gritó Baba al joven capitán-. ¡Antes de eso, más valdría que nos arrojáramos todos al mar!

Sus ojos se habían vuelto extraños, extraviados, miraban algo que estaba más allá de todo aquel caos. Le dio la espalda a Piri y se dirigió hacia la proa. Allí se encaramó sobre los restos astillados del castillo y abrió los brazos frente a la tormenta.

Lisán apartó el agua de sus ojos enrojecidos por el salitre y contempló atónito a Baba, con la certeza de que finalmente había enloquecido. El mameluco se mantenía en la proa, en un precario equilibrio, mientras las olas golpeaban como un ariete y la espuma saltaba por encima de su cabeza. Sus ropas daban trallazos agitadas por el viento, mantenía los brazos abiertos y la cabeza echada hacia atrás. Las venas de su cuello hinchadas, mientras gritaba hacia el vendaval en una lengua desconocida.

– Allah clementísimo y misericordiosísimo -musitó Lisán con un estremecimiento que lo recorrió de pies a cabeza-, ayúdanos.

Piri y dos de sus hombres sujetaban con fuerza la caña del timón. Aunque ya les dolía todo el cuerpo no aflojaron su presa. Allí, desde donde aguantaba el joven capitán, había contemplado la extraña acción del mameluco. Escupió el agua salada que cubría su rostro y había penetrado en su boca y siguió luchando contra el mar.

La calma llegó tan rápida e inesperada como había llegado la tormenta. De repente, el viento y la lluvia cesaron por completo.

Lisán miró a su alrededor y vio a los hombres destrozados por el agotamiento. Siete de los tripulantes turcos se habían perdido en las aguas, mientras intentaban reparar las grietas que se iban abriendo en el casco. Quizá ya era demasiado tarde, porque ni siquiera entonces se podía bajar el ritmo de achique de agua por las bombas. La Taqwa estaba resquebrajada y tenía varias vías que era imposible sellar. A popa se alejaba la pared de la tormenta. Seguían rodeados de nubes por todos lados, pero estaban en medio de una calma asombrosa.

– Estamos dentro -dijo Baba-. Aún no hemos salido de ésta.

Lisán se volvió hacia él y le preguntó:

– ¿Qué quieres decir?

– Mira. -Baba señaló a su alrededor con el brazo extendido, hacia donde la barrera de nubes trazaba una nítida curva sobre el mar-. La tormenta nos rodea, estamos en su centro. Pero, por algún milagro, aquí reina la paz.

– ¿Crees que podemos escapar de ella? -Los ojos se le cerraban.

Durante los cinco días que permanecieron en continua alerta, apenas había podido dormir unas pocas horas refugiado en una sentina medio inundada, aunque consideraba que más que sueño fueron desvanecimientos de puro cansancio.

– Nos estamos hundiendo, faquih. Ésa es la verdad. ¡Quién sabe hasta dónde hemos sido arrastrados durante estos días a la deriva! ¿Tienes tú alguna idea?

– No.

– En ese caso estamos perdidos y sin poder salir de este anillo de nubes y vientos que nos rodea. La situación no es buena, pero vamos a seguir luchando.

El andalusí tenía muchas cosas que preguntarle, pero se sentía demasiado agotado y apenas podía seguir despierto. Buscó un rincón tranquilo y se echó a dormir.

Al día siguiente, debido al poco viento, se decidió cambiar la vela gavia de los dos masteleros menores por otras mayores que llevaban empaquetadas en la sentina. Fueron ceñidas dos perchas cortas que, una vez unidas por medio de cabos, pasaron a formar la nueva verga. Los cabos fueron ajustados y se dejaron listos para recibir a las nuevas gavias, mucho más anchas que las anteriores para compensar la del mástil que había sido derribado. Se izaron las velas y se sujetaron a los masteleros con unas racas.

Desde los restos del alcázar, Lisán observó fascinado estas operaciones, preguntándose si iban a tener una esperanza después de todo. La idea era aprovechar el tenue viento para dirigirse hacia el centro de la tormenta. Si conseguían mantenerse allí, quizá sobrevivirían.

– No va a ser fácil -le dijo Baba, que parecía haber leído sus pensamientos.

Lisán se volvió hacia él. El mameluco estaba demacrado, pálido, con las mejillas hundidas por el cansancio. Sus ojos estaban rodeados de manchones oscuros.

– Esas nuevas velas parecen funcionar bien… quizá…

– Estamos en el centro de la tormenta, faquih -dijo Baba-, y ésta se mueve mucho más rápido que nosotros; tarde o temprano seremos alcanzados por esa pared de nubes que nos rodea y entonces será el fin para la Taqwa. El casco ya no puede soportar más castigo. Nos hundiremos.

Lisán asintió con amargura, pero su pensamiento fue para Ahmed, su hermano, al que había arrastrado a aquella desdichada aventura.

– Están pasando cosas muy extrañas -dijo-, debe de haber una explicación para todo esto. Esta calma, por ejemplo, cuando estamos rodeados por ese torbellino de vientos y lluvia.

– Lo ignoramos todo sobre la naturaleza en esta zona del mundo.

– Te vi durante la tormenta, cuando te situaste en la proa -dijo Lisán-. Ahora sé que eres un brujo. ¿Era ése tu secreto?

Baba lo contempló durante un momento antes de decir:

– No sé a qué te refieres.

– Durante la tormenta. Encaramado en la proa, gritabas algo en una lengua incomprensible. Todos te vieron…

Baba lo interrumpió. Su mirada se perdía en el horizonte.

– Mira -siguió diciendo al cabo de un rato-, la tormenta nos gana terreno, pronto nos alcanzará…

– Ahora no me importa si eres un mago o si tu alma ha sido poseída por un demonio. Sólo me interesa saber si eres o no capaz de sacarnos de aquí.

El mameluco utilizó un tono burlón:

– El sagrado Corán dice: «El mago no prosperará, venga de donde venga». ¿Aceptarías ser salvado por la magia?

– Hay muchos hombres aquí que no merecen morir por mi locura. ¡Ya basta de acertijos y de mentiras! ¿Puedes o no puedes salvar esta nave?

– No. Lo siento mucho, pero no puedo.

– ¿Quién eres? -le preguntó Lisán, desilusionado-. ¿Por qué has querido acompañarme en este viaje?

– Sí, faquih. -Baba asintió-. Es justo que te lo diga ahora.


3

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– Como bien has deducido, no soy mameluco. Nací en la Tara Romaneasca, en el seno de la familia boyarda que engendró a los príncipes gobernantes de mi nación. Éramos la frontera y éramos débiles. Tú sabes perfectamente a lo que me refiero porque tu país se encuentra ahora en una situación similar. Sólo gracias a las artes de la negociación podíamos sobrevivir. Mi abuelo Mircea era un maestro en ella, les pagaba tributos a los turcos y, a la vez, intentaba mantener buenas relaciones con los húngaros. Así logró conservar cierta independencia. Para sostener esta situación, cuando yo aún era un niño, mi padre se vio obligado a entregarnos a mí y a mi hermano Radu como rehenes a los otomanos. Fuimos llevados a Egrigöz, una remota fortaleza en las montañas al oeste de Anatolia, en la región de Katahya. Allí aprendí el osmanlí y la lengua del Islam, y muchas otras cosas…

Baba entrecerró los ojos y suspiró profundamente mientras su memoria invocaba imágenes remotas.

Lisán lo estudió en silencio durante un rato, y le preguntó:

– ¿Cuál es tu verdadero nombre?

– Eso carece de importancia. ¿No afirmáis los sufíes que sólo en un papel en blanco se puede escribir un nombre que reconozcas como tuyo? Pues yo tuve que esforzarme en borrar todas las huellas de mi pasado y transformarme en ese papel blanco. Ser Baba ibn Abdullah, el nombre que elegí para ocultarme y que ahora me parece más real que aquel con el que me bautizaron.

– ¿Por qué te escondes?

– Porque el mundo, faquih, vive en guerra desde tiempo inmemorial. Una lucha que tiene poco que ver con los pequeños conflictos entre las naciones de los hombres. Una batalla desesperada contra demonios de aspecto humano, que caminan como nosotros pero que se alimentan de nuestra carne y nuestra sangre… y que adoran a dioses olvidados.

Lisán se estremeció al recordar en ese momento los sangrientos sacrificios a Baal practicados por Talos el Rojo.

– ¿Quiénes son esos seres? -preguntó.

– Siempre los he considerado como simples demonios, pero en el Corán se les da el nombre de «ÿinn», y así es como los denominan los turcos de Egrigöz. Y ellos los conocen bien, pues han sufrido sus ataques durante generaciones, desde que llegaron mezclados con las hordas mongolas y asolaron su país. Ejércitos de criaturas con aspecto de hombres, pero que se transformaban en lobos o en osos. Destruyen aldeas y ciudades, dejando sólo horror y desolación a su paso.

– Tú, personalmente, ¿has sido testigo de esos hechos?

– Con estos ojos. -Los señaló formando una V con sus dedos índice y medio-. Y también he combatido contra los ÿinn y sus siervos humanos. Son muy poderosos, pero incluso ellos pueden morir. Aprendí de los turcos la forma de destruirlos.

– ¿Aprendiste a matar a los ÿinn?

– Ciertamente. La dificultad estriba en que su alma no es como la nuestra, sino de una sustancia extraña y maléfica, semejante a un gran coágulo de sangre… De este tamaño más o menos. -Juntó sus dos puños frente a él-. El cuerpo que envuelve esta sustancia se transforma con los años en algo muy duro, casi indestructible. Pero, si finalmente sucumbe, al corromperse, engendra una peste que se extiende por regiones enteras, arrasando todo rastro de vida. La única forma de destruir sin peligro a estas criaturas es impedir que sus cuerpos toquen el suelo al morir.

– ¿Y cómo se puede evitar eso?

– Los turcos los clavaban en el extremo de largos palos y dejaban que sus carnes emponzoñadas se secaran al sol. De esta manera, sus almas con forma de coágulo no logran arrastrarse hasta penetrar en la tierra, pues sólo pueden sobrevivir un instante fuera de un cuerpo vivo… -Un rápido rictus, que podía ser tanto una sonrisa como una mueca de asco, cruzó por el rostro de Baba-. He averiguado que los romanos también conocían a estas criaturas, a las que situaban en los confines de su imperio, y a las que temían. Quizás ése sea el origen de su costumbre de crucificar a los condenados de más allá de sus fronteras.

Lisán observaba a aquel hombre detenidamente, preguntándose qué había de verdad y qué de falso en sus palabras. Por supuesto, no dudaba de la existencia de los ÿinn, pues el propio sagrado Corán confirmaba la presencia de esas criaturas en la Tierra. Se decía que fueron creadas por Allah antes incluso que los seres humanos. Y que, al igual que los hombres, poseían intelecto y voluntad, pero, además, tenían grandes poderes que les permitían hacer prodigios imposibles para los hombres.

– ¿Qué pasó luego? ¿Te dejaron los turcos en libertad?

– Así es, faquih. Logré regresar a mi patria y, gracias a mis aliados otomanos, recuperé mi posición como príncipe. Entonces tuve ocasión de poner en práctica lo aprendido, pues los ÿinn y sus esbirros humanos ya habían penetrado en la Tara Romaneasca. No me siento orgulloso de muchas de las cosas que hice entonces… Dicen que para vencer a los monstruos debes convertirte en uno de ellos… y yo tuve que enfrentarme a circunstancias extremas: mi patria estaba atrapada en medio de la guerra entre húngaros y turcos, y los ÿinn asolaban mis tierras mezclados con los hombres de ambos ejércitos… Dios me dio la misión de acabar con ellos y tan sólo he cumplido Su Voluntad.

– ¿Qué quieres decir?

– He luchado contra los demonios y lo sigo haciendo. Ésa es la misión para la que he sido elegido…, por la que estoy aquí.

– ¿Qué tiene todo eso que ver con este viaje? -preguntó Lisán, mientras una sensación de profundo terror se iba apoderando de él.

– Tuvo que morir mucha gente inocente -dijo Baba-, pero finalmente logré atrapar a un ÿinn. Era una criatura muy vieja y su cuerpo parecía hecho de cuero seco. Durante años lo mantuve prisionero en la Torre del Ocaso, encerrado en una jaula de hierro.

– ¿Fue esa criatura la que te enseñó la lengua de los antiguos egipcios?

– Sí, ella misma. Me dijo que había visto construir las primeras pirámides y que más tarde, a lo largo de milenios, había sido el mago de interminables generaciones de reyes egipcios… Aprendí muchas otras cosas de él.

– ¿Aprendiste a hacer magia?

Se decía que algunos ÿinn habían comunicado a los hombres determinados conocimientos maléficos, y que también les habían dado fórmulas de encantamiento y poderes mágicos. Pero Baba eludió responder a esto.

– Cuando pensé que ya no podía obtener más información de él, clavé su cuerpo reseco en el extremo de un tronco y dejé que se consumiera bajo el sol. Pero antes de morir, mientras reía como un loco, me dijo que al otro lado del mar, allí donde «el sol muere», vivía el ÿinn más poderoso de todos los que jamás han existido, y que algún día regresaría para asolar nuestros reinos. Entonces se produciría su venganza y la victoria final sobre los hombres. Luego murió, y debo decir que no se produjo ninguna epidemia.

Lisán notó el incómodo peso en el cuello y consideró que si aquel medallón había pertenecido a un ÿinn bien podría haberles traído la desgracia que ahora padecían. Sintió el fuerte deseo de arrancarse el disco de oro y arrojarlo por la borda, pero se contuvo. Aquello era superstición, y por lo tanto ignorancia. Sólo la voluntad de Allah era decisiva.

– Me has utilizado para llevar adelante tus planes -dijo.

– Tanto como tú a mí. Supe de ti y del fantástico viaje que planeabas hacia el otro lado del mundo. Y decidí ayudarte porque creo que el Talos de tus planchas plúmbeas es ese ÿinn que huyó hacia el otro lado del mar Tenebroso.

– ¿Qué pensabas hacer? ¿Ibas a enfrentarte a él con estos pocos hombres?

Baba lo miró con intensidad antes de continuar.

– Es difícil encontrar gente en la que confiar. Descubrí que los siervos de los ÿinn están en todas partes. Mi propio hermano cayó bajo su poder y se alió con los húngaros contra mí. También están en algunos albergos genoveses. Por eso tuve que huir para salvar mi vida y por eso adopté el disfraz de mameluco. Durante estos años he aprendido mucho, y sabré cómo enfrentarme a ese ÿinn del otro lado del mundo cuando llegue el momento.

Lisán se sentía confuso, le dolía la cabeza como consecuencia del cansancio y lo que aquel hombre le acababa de contar era como niebla en su cerebro.

– ¿Cómo piensas derrotar a un ÿinn? ¿Hasta dónde llegan tus poderes sobrenaturales?

Quizás iba a responder a su pregunta, pero Baba fue interrumpido cuando sonó la voz de uno de los vigías:

– ¡Tierra!

Se volvió en la dirección que señalaba el vigía y entrecerró sus ojos de halcón.

– Quién sabe, faquih -dijo-, quizás aún tengamos una esperanza.

Luego corrió hacia la borda.

Lisán se quedó solo y contempló durante un instante el medallón. Alzó la vista y sus ojos se encontraron con los del joven Piri. ¿Ha estado escuchando la conversación?, se preguntó. Estaba muy lejos y quizás aquel encuentro de miradas era casual, pero observó al capitán turco intentando descifrar la expresión de su rostro.


4

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Allí donde alcanzaba la vista, las brumas huían hacia el Poniente y se desgarraban contra las palmeras. Aquella nueva costa, azotada por la tormenta, se distinguía con dificultad entre la niebla y las cortinas de lluvia. Era como un espectro de vegetación ondulante y negras formas que apenas se intuían. Sin embargo, cuando la tempestad siguió avanzando, la playa entró en su círculo central de calma y empezó a dibujarse nítida. Desde la distancia a la que estaban, distinguieron un lugar devastado por los vientos que habían arrancando árboles enteros y esparcido sus hojas por la arena.

Baba se dirigió hacia la popa y estudió el avance del muro de nubes.

– No llegaremos -decidió al fin-, el viento es demasiado tenue y no conseguiremos alcanzar la costa.

– ¿Ahora quieres llevar la nave hasta la orilla? -le increpó Yusuf ibn Sarray, que no andaba muy lejos-. ¿Por qué no lo hicimos cuando tuvimos oportunidad? Tu error nos va a costar muy caro a todos.

Baba no le respondió, pero Lisán preguntó a su vez:

– ¿Pretendes que nos dirijamos hacia allí con este oleaje? ¿Ya no temes los arrecifes?

– Ahora son nuestra única oportunidad. Esta nave no aguantará más embates. Si conseguimos embarrancar la Taqwa, tal vez podamos llegar a tierra firme…

– Pero perderemos la nave.

– En estos momentos, es eso o la muerte.

– Tanto sufrimiento para acabar en el punto que dejamos atrás -dijo Yusuf lleno de ira-. Ahora estaríamos a salvo, de no ser por tu obstinación.

Baba dirigió al capitán de los Sarray un gesto despectivo.

– No te preocupes, puede que ya ni siquiera tengamos esa posibilidad. Estamos demasiado lejos, nos movemos demasiado lentos… -de nuevo miró hacia la popa- y esa tormenta avanza hacia nosotros como un caballo enloquecido. Guarda tus fuerzas para salvarte a ti mismo en lugar de enfurecerte conmigo. Lo hecho, hecho está.

Baba le dio la espalda y habló con Piri. Estuvo de acuerdo en dirigirse hacia la playa.

– Al menos lo intentaremos -dijo.

Largaron todas las velas y las enfocaron cuidadosamente hacia el tenue viento, pero al cabo de un instante se hizo evidente lo inútil del esfuerzo. La tormenta seguía ganándoles terreno. Baba dio un golpe en la borda y exclamó:

– ¡Demasiado lentos!

– Algo debemos hacer -dijo Yusuf-. No podemos rendirnos ahora.

– Sólo necesitamos un poco de viento… Unas míseras ráfagas y lo lograríamos -dijo Piri.

– Lo malo -señaló Baba- es que vamos a tener más viento del que podamos desear, pero entonces será demasiado tarde.

Entonces, Lisán tuvo una idea.

– Usemos el batel -propuso-. Podemos arrastrar con él a la Taqwa y ganar así la costa.

Piri dio un puñetazo en la borda y dijo con entusiasmo:

– ¡Bien dicho, faquih!

– ¿Crees que puede funcionar? -le preguntó Baba.

– No tengo ni idea, pero vamos a intentarlo. La esperanza, o va acompañada por la acción, o es una veleidad. ¡Hagámoslo!

Baba organizó inmediatamente a sus turcos y escogió a aquellos que eran más fuertes, Jabbar y Dragut entre ellos. En total doce hombres que bajaron con Baba hasta el batel.

– ¿Qué pretenden hacer? -preguntó Ahmed a su amigo.

– Van a remolcarnos hasta la playa.

– Parece una medida desesperada.

– Lo es.

– ¿Vamos a morir, hermano? -Su voz era temblorosa.

– Ciertamente, ésa es una posibilidad en nuestro futuro inmediato.

Ahmed agitó la cabeza.

– Hermano -gimió-, al menos de ti esperaba unas palabras de aliento.

Lisán sonrió y dijo:

– Está escrito que quien muere por amor a este mundo tendrá que luchar consigo mismo; quien muere con el anhelo del Paraíso es un asceta; pero quien muere enamorado de la Verdad es un sufí. Nunca te he mentido y no lo voy a hacer ahora.

– Vamos a morir.

– Quizá sí; pero también podemos salvarnos si ésa es la voluntad de Allah. Mira, todos van a estar ahora muy ocupados intentando salvar la nave del naufragio y no van a tener tiempo para rezar. Ésa va a ser nuestra misión.

– Sí, hermano -asintió rápidamente Ahmed-. A nosotros nos toca rezar. Voy a empezar ahora mismo…

– Con todas nuestras fuerzas…

– Así lo haré, hermano -dijo Ahmed mientras buscaba su takbir-. Entre todos salvaremos la nave. Allah no nos ha de abandonar en un momento como éste.

Baba se situó en el timón y sus turcos se apretaron de dos en dos frente a los remos.

– Preparaos ahora… suavemente al principio -dijo-, así. Remad.

El batel se fue alejando con parsimonia, mientras los remos batían rítmicamente el agua. Hasta que la cuerda que los unía con la Taqwa se tensó. Los turcos clavaron entonces sus palas con fuerza, para mantener aquella tirantez.

– ¡Atención ahora! -gritó Baba-, con todo vuestro hígado… ¡Remad!

Los hombres bogaron, empujándose contra la superficie líquida. Una y otra vez, con más fuerza en cada ocasión. Baba les marcaba el ritmo y, en apenas un instante, los doce remeros sudaban copiosamente.

– ¡Vamos, vamos!

Desde la Taqwa, el resto de los turcos y los Sarray les gritaban para darles ánimos. Ignacio paseaba entre aquellos hombres mirándolos atónito, incapaz de comprender todo lo que estaba pasando a su alrededor.

– ¡Nos movemos! -gritó Ahmed. Su joven mawla se había colocado junto a él-. Alabado sea Allah, el misericordiosísimo.

Lisán se volvió hacia la popa. El límite de la tormenta estaba más cerca cada vez que miraba y la playa parecía mantenerse a la misma distancia. A proa, al otro extremo del cable, el batel continuaba su carrera desesperada. Los turcos seguían doblando la espalda sobre los remos. Imaginó la tormenta como un gran tonel girando a toda velocidad. Ellos navegaban por su interior, pero una de las paredes se les iba acercando peligrosamente… Y cuando los alcanzara sería el final de aquella carrera.

En el batel, Dragut y el resto de los remeros estaban cubiertos de sudor. El aire era denso y caliente, quemaba los pulmones cuando entraba por sus bocas. Pronto sus respiraciones empezaron a sonar como jadeos. Pero el ritmo no bajó mientras arrastraban a la Taqwa hacia aquella playa desconocida.

– ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! -seguía gritando Baba a sus hombres.

Entonces sintió un violento tirón del cabo con el que arrastraban a la carraca. La gruesa cuerda, densamente tejida de cáñamo, zumbó como si estuviera llena de avispas. Se volvió para mirar sobre su hombro, hacia la nave…

La tormenta los había alcanzado al fin. Estaba sobre la Taqwa y la sacudía como un mastín zarandearía a una rata que acabara de atrapar entre sus fauces.

Baba apretó los dientes, comprendiendo que todo había terminado, que ya no tenían salvación posible. Pero se volvió hacia sus hombres y les gritó:

– ¡Seguid!


5

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La carraca se estremeció y exhaló un crujido interminable, que surgía desde cada uno de los palos hasta la última de sus cuadernas. Cada parte de la nave gritaba al unísono, como el lamento de una manada de bestias heridas de muerte.

Aterrorizado por aquel sonido espantoso, Ahmed abrazó con fuerza a Jamîl y se encomendó a la misericordia de Allah.

Lisán estaba junto a ellos, más desconcertado que asustado. El tiempo parecía fluir lentamente ante sus ojos. Se sentía como un espectador ajeno a los terribles acontecimientos que se iban produciendo a su alrededor.

Un golpe de viento arrancó de cuajo una de las improvisadas velas gavia y rasgó por la mitad a la otra. Eso mismo les dio un impulso lateral y, por un instante, sintieron que volaban horizontalmente sobre las aguas. La amarra que los unía al batel se sacudió con un violento tirón que lanzó a la pequeña nave de un lado a otro. Lisán vio saltar uno de los remos mientras los hombres que iban a bordo gritaban y dos de ellos caían al agua.

Estaba en medio del caos. El palo que sujetaba la vela gavia se desplomó contra la cubierta, aplastando hombres, barriles y aparejos, en una confusión de cuerdas, astillas de madera y aullidos de dolor; enredando a unos y atrapando a otros en su maraña de cabos. La lluvia, los relámpagos, el viento… Todo se sucedía a la vez a su alrededor, pero sentía una extraña claridad en su mente, como si fuera capaz de separar cada acontecimiento.

Estaban envueltos por las nubes y la niebla. La playa había desaparecido y apenas se veía ya al batel y a sus tripulantes, que eran sacudidos salvajemente al extremo de la soga. El mástil caído se fue al agua, arrastrando con él a los desdichados atrapados entre sus cuerdas.

Lisán notó que sus piernas se doblaban. La nave se escoraba en un ángulo brusco hacia la proa. Se volvió y no vio a Ahmed, que había desaparecido junto con el muchacho. Los hombres rodaban por la cubierta. Él se dejó caer de espaldas. Separó los brazos y clavó sus uñas en las grietas del tablazón. Sintió el vértigo en sus entrañas y la desconcertante sensación de que la nave era impulsada a gran velocidad hacia delante.

En el batel, Baba intentaba cortar el cable que aún los mantenía sujetos a la Taqwa. Le dolían todos los huesos del cuerpo y la cabeza le daba vueltas. Apenas veía su mano sujetando el cuchillo. Las olas los golpeaban con encono. Los hombres que estaban junto a él se agarraban desesperados a la borda de la embarcación, que era sacudida de un lado a otro como un medallón colgando del cuello de un gigante. Gritaban llenos de terror. Baba escupió el agua que había entrado en su boca y los maldijo mientras seguía cortando.

Una ola alzó el batel, lo columpió un instante en el aire y lo hizo deslizarse como un juguete incapaz de ofrecer resistencia a su poder. Dos hombres más cayeron por la borda y Baba no hizo ademán alguno de auxiliarlos. En sus tripas la sensación de caída no acababa. Sentía que se precipitaba en un agujero sin fondo y supuso que el batel se hundía en el profundo valle de una gran ola.

Alzó la vista y la vio. Enorme, diez o doce veces más alta que el antiguo palo mayor de la Taqwa. Y, subiendo lentamente hacia la cresta de ella, distinguió a la vieja carraca, deshaciéndose en decenas de fragmentos y goteando hombres. Dejó caer su cuchillo. Ni siquiera tuvo tiempo de abrir los labios para advertir a los otros sobre lo que iba a pasar. El inmediato tirón de la soga arrancó la quilla del batel y partió en dos la pequeña nave.

Se había sujetado con correas al bastidor de madera, seda y plumas. Ahmed lo había alzado sobre su cabeza y él había gateado hasta ocupar la posición adecuada. Después, ayudado por su amigo, había atado las correas una tras otra, con un minucioso cuidado que había hecho impacientarse a todo el público que se había reunido a su alrededor. No importaba, aquel Lisán adolescente estaba disfrutando de la atención, y no iba a pasar nada porque alargara un poco más ese momento.

Finalmente, la última correa estuvo atada. El joven inventor se incorporó y sujetó el armazón sobre sus hombros. Era pesado, más de lo que había imaginado y una ráfaga de viento lo hizo tambalearse. Se escucharon las primeras risitas por parte del público.

– Lisán -le dijo Ahmed con un susurro-, no sé yo…

– Vamos. Cuanto antes mejor.

Lisán había sentido el deseo de volver a desatar las correas y desistir de su empeño. Pero esas risitas… el miedo al ridículo era entonces más que suficiente para hacerlo seguir adelante. Sujetó el armazón con sus manos y lo separó del suelo. Ahmed seguía a su lado, intentando ayudarlo a mantener el equilibrio, pero él le pidió que lo soltara.

Empezó a correr colina abajo. Notó el viento en la cara y la arena y los guijarros resbalando bajo sus pies. El armazón crujía rítmicamente. Él jadeaba mientras corría y sujetaba aquella pesada vela cubierta de plumas. A lo lejos, en el valle, se desparramaban los tejados rojos de Granada como una mancha de sangre seca. En el límite inferior de su visión, sus pies aparecían y desaparecían rítmicamente. Se acercaba al borde del barranco y trotaba cada vez más deprisa. Esto es estúpido, pensó de repente con una claridad estremecedora. Pero ya era demasiado tarde. Estaba en el mismo borde del barranco. Saltó con todas sus fuerzas y se sujetó firmemente al armazón. Éste crujió de nuevo pero con mucha más intensidad, como si fuera a partirse en ese preciso momento… Y de repente no había suelo bajo sus pies. ¡Estaba volando!

Fue un vuelo muy corto y siempre en la misma dirección descendente. Vio cómo el suelo se venía contra él a toda velocidad y encogió su cuerpo ante el impacto inevitable.

Me voy a matar, pensó con una extraña tranquilidad.

Una pared de agua negra se estrelló con fuerza contra su cuerpo. Aturdido por el golpe, no pudo evitar que una amarga bocanada de líquido se le metiera a presión por la boca y le llegara a los pulmones. Intentó toser y tragó más agua.

Es el fin, pensó.

Había sentido en sus propias tripas cómo la nave se desintegraba a su alrededor. La Taqwa alcanzó la cresta de una ola gigantesca y desde allí se descolgó para estrellarse contra la superficie del océano. El golpe de plancha contra el agua le desgarró el casco debilitado y reventó sus cuadernas como una maza aplastando un viejo costillar carcomido.

Lisán no sabía si su cabeza estaba hacia arriba o hacia abajo. Giraba en medio de un torbellino de burbujas mientras las astillas y los trozos de aparejos destrozados golpeaban con saña sus costados y se enredaban con sus piernas, como los tentáculos de un monstruo que pretendiera devorarlo y tragarlo hacia la oscura profundidad del mar. Un velo rojo danzaba frente a sus pupilas, sus pulmones se expandían reclamando aire, golpeando ansiosos contra sus costillas… ¡Dame aire! Él apretaba con fuerza la boca y se negaba a ceder al impulso irracional de intentar aspirar una bocanada de agua. ¡Aire… ahora!

Empezó a bracear, a sacudir sus piernas como lo haría una rana enloquecida. Apostó por una dirección y nadó hacia ella, rezando porque fuera la de la superficie. Sus pulmones seguían reclamándole aire a gritos y su frente estaba a punto de reventar de dolor cuando al fin consiguió sacar la cabeza fuera del agua. Pero apenas había diferencia entre la oscuridad líquida de la que había logrado escapar con tanto esfuerzo y las tinieblas de la tormenta en el exterior. Podía oír los lamentos lejanos de sus compañeros, tan desesperados que se percibían incluso por encima del fragor del viento y del mar.

Una ola lo alcanzó y lo hizo girar sobre sí mismo. Tragó más agua, pero sintió un asomo de esperanza, pues no había sido una ondulación sino una verdadera ola rompiendo. Eso significaba que la costa no podía estar muy lejos, y se puso a nadar con todas sus fuerzas en la dirección que le había marcado. Luchó contra el mar agitando brazos y piernas, durante un tiempo que se le hizo interminable… hasta que sus rodillas chocaron contra algo sólido. ¡Suelo firme! Rodó sobre él y se golpeó la cabeza contra la arena. Una ola lo abofeteó y le hizo gritar de rabia. Sacando fuerzas de no sabía dónde, logró ponerse en pie y braceó hacia la costa. La veía ahora a unos pasos ante él, pero podía hallarse al otro extremo del mundo. Otra ola lo atrapó al retirarse e intentó arrastrarlo hacia la profundidad. El mar era como un monstruo dotado de razón que se negara a dejar escapar aquella presa.

Clavó sus pies en el fondo y avanzó con obstinación, un paso y luego otro, inclinando su cuerpo hacia delante. Ya estaba casi fuera cuando vio un brazo alzarse implorando su ayuda. Reconoció a Jamîl, que se debatía entra la espuma mientras intentaba arrastrar el cuerpo de Ahmed hacia la playa. Fue hacia él. El muchacho estaba ya agotado, a punto de rendirse, pero era increíble que su pequeño cuerpo hubiera tenido la energía para llevar a su antiguo amo hacia la salvación.

Ahmed estaba inconsciente y Lisán lo sujetó por debajo de las axilas.

– ¡Vamos, chico! -le gritó al muchacho-. ¡Hacia la playa!

Los dos juntos tiraron entonces de Ahmed, sin mirar más allá de un palmo por delante, concentrándose sólo en llegar. Avanzaron despacio, empujándose como podían contra el blando lecho de la orilla.

Cuando lograron salir del mar se derrumbaron agotados y sin aliento, tosiendo y escupiendo sobre la arena. Lisán alzó un poco la cabeza y distinguió la silueta de varios hombres que gateaban por la playa. Pensó que, gracias a Dios, no eran los únicos supervivientes.


6

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Ahmed agonizaba.

Apenas había entreabierto unos ojos consumidos y miraba a su amigo sin reconocerlo. Extendió una mano hacia él y musitó una palabra, el nombre de una mujer. Lisán creyó oír «Fátima», porque así se llamaba su madre, pero no hubiera podido asegurarlo. Había masajeado el pecho de Ahmed, tal y como había visto hacer a los pescadores cuando rescataban a algún náufrago de las aguas. También había soplado aire en sus pulmones, pero todo había resultado inútil, y sentía cómo los latidos de su corazón eran cada vez más débiles. Ni siquiera había recobrado la conciencia y se encaminaba ya hacia otro lugar muy lejano.

Jamîl lloraba angustiado. Tenía el rostro cubierto por la arena de aquella playa extraña, y sus lágrimas y sus mocos se mezclaban con ella.

Lisán apretó a Ahmed contra su pecho y lloró también.

– ¿Qué te he hecho, hermano? -repetía una y otra vez.

Recordaba todos los momentos que había compartido con aquel hombre desde que eran niños: los juegos, las aventuras juveniles, la indestructible amistad que habían sentido el uno por el otro y que les había hecho firmar su contrato de hermandad. No podía aceptar que todo terminara allí, en aquella playa desolada y desconocida a la que él lo había arrastrado.

Jamîl estaba destrozado de dolor y Lisán se dijo que debía mantener su temple ante el muchacho. Depositó a su amigo sobre la arena, con exquisito cuidado.

Tomó una de sus manos y le susurró:

– Prepárate para la muerte, hermano, pues ya viene. Pero no sientas temor, porque siempre has sido obediente y sincero hacia Dios. Pasarás el umbral como un destello de luz o como un viento y tu alma seguirá adelante.

El pecho de Ahmed se elevó en un último suspiro y quedó quieto.

Lisán acarició el rostro de su amigo y cerró sus ojos.

– Oh Allah, él es Tu esclavo, hijo de Tu esclavo y de Tu esclava… -dijo mientras las lágrimas corrían por sus mejillas-. Él solía dar testimonio de que no hay más Dios que Tú, y de que Muhammad es Tu esclavo y Tu Mensajero… Oh Allah, si obró bien, recompensa su buena acción, y si obró erróneamente, no tengas en cuenta sus acciones equivocadas. Te suplico que le otorgues un sello de bondad a mi hermano y que se le dé a beber de la Fuente de la Dicha hasta el Día de la Reunión…

Yusuf ibn Sarray se acercó. Dirigió una única mirada hacia el cuerpo sin vida de Ahmed.

– ¿Vosotros dos estáis bien? -preguntó.

– ¿Qué? -Lisán alzó la vista hacia el Sarray.

Se sentía atontado, incapaz de valorar aún todo lo que había perdido.

– Venid, debemos reagruparnos en una posición defensiva.

– ¿Por qué?

Yusuf señaló hacia el linde de la jungla y dijo:

– No estamos solos, alguien se oculta entre esos árboles. Venid.

– ¡Debemos enterrarlo! -suplicó Jamîl.

– Cuando amanezca nos ocuparemos todos de eso. Hay muchos cadáveres en esta playa que también merecen descansar bajo tierra.

Siguieron en silencio al Sarray. Había que ir con cuidado para no tropezar. Era noche cerrada, casi no veían dónde ponían los pies y la arena estaba repleta de ramas arrancadas por el vendaval y trozos de madera de la desdichada Taqwa. Lisán volvió la cabeza hacia la línea dibujada contra el cielo por las copas de aquellos árboles oscuros, el límite de una jungla espesísima que llegaba hasta la misma orilla del océano. El cielo seguía cubierto de nubes, iluminadas de vez en cuando por lejanos relámpagos, y las olas golpeaban la playa a unos pasos de ellos, pero parecía que lo peor de la tormenta había pasado ya.

Jamîl tropezó con algo y cayó de bruces.

Era el cadáver de uno de los marinos turcos, con el vientre hinchado y los ojos desorbitados. El mar había arrojado algo más que restos de madera en la playa. Lisán dio la vuelta al cuerpo de aquel desdichado y ayudó a levantarse al aterrorizado Jamîl.

– Vamos, hijo -le dijo-. Por la mañana les daremos sepultura a todos.

Llegaron al lugar donde se había congregado el pequeño grupo de supervivientes. Un puñado de hombres de aspecto desdichado que se apretaban sentados en círculo sobre la arena. Lisán contó cinco marinos turcos y siete guerreros Sarray. Piri no estaba entre los turcos. Sí vio, en cambio, al viejo vizcaíno, en el centro del grupo, acuclillado con la cabeza entre las piernas. Recordó a Baba y a los doce que lo habían acompañado en el batel. Era imposible que sobrevivieran cuando la Taqwa fue empujada por aquella ola gigante y los arrastró con ella. Se volvió hacia el mar, al que podía oír pero no ver, y que aquella noche se había tragado a tantos hombres. Luego contempló de nuevo la línea oscura de la selva contra el cielo.

– ¿Dices que alguien se oculta entre los árboles? -preguntó a Yusuf.

– Así es. Shihab distinguió a la luz de uno de los relámpagos cómo se agazapaba una figura entre el follaje.

– Fue sólo un momento -dijo Shihab, que era uno de los Sarray-, pero pude verlo con claridad.

Aquellos Sarray que habían logrado salvar sus espadas las llevaban desenvainadas. El reflejo de sus hojas curvas destellaba de vez en cuando en la oscuridad.

– Si nos han visto y se ocultan, y no han acudido a ayudarnos, es que son nuestros enemigos -dijo Yusuf.

Lisán clavó los ojos en la jungla e intentó que atravesaran aquella oscuridad.

– Quizás era un animal -aventuró.

– Era un hombre -dijo Shihab-. Al menos tenía las formas y los miembros de un hombre.

– Algunos animales de Guinea son en todo parecidos a hombres. Con la diferencia de que tienen el cuerpo cubierto de pelo y unos colmillos que te pueden arrancar la cabeza de un mordisco.

Era Ignacio quien había hablado. Su voz era temblorosa y débil.

– Shihab -dijo Yusuf ignorándole-, ve con Ismail y Hubal. Averigua qué se oculta entre los árboles.

Tres figuras se separaron del grupo de la playa y se encaminaron hacia el límite de la jungla. Avanzaban despacio, empuñando sus espadas, como si fueran talismanes sagrados capaces de protegerlos de cualquier mal. Lisán los vio marchar durante un rato, hasta que las siluetas de sus espaldas se fundieron con la oscuridad.

Desde el centro del círculo de náufragos, Ignacio sollozó:

– Todo es culpa mía… ¡Yo soy único responsable de esta desdicha!

El vizcaíno gateó hacia el lugar donde se sentaban Lisán y Jamîl. Siguió diciendo:

– Mis tres últimos viajes terminaron en naufragio. ¡Y ahora esto!

– ¿De qué estás hablando? -le preguntó Lisán.

– Soy gafe, por eso nadie quería embarcarme cuando me encontraste. No te advertí de ello y ahora estamos aquí perdidos…

– ¿Cómo puedes decir algo semejante? Ha sido un milagro que sobrevivieras mientras tantos hombres jóvenes y fuertes han perecido. Has tenido mucha suerte, dale gracias a Dios por ella.

– No lo entiendes, no. -Ignacio sacudió la cabeza-. Yo siempre he salido con bien de los naufragios, pero los que me acompañaban perecieron. Ésa es mi maldición.

Algunos Sarray se volvieron al oír las palabras de Ignacio y le dirigieron hoscas miradas. Lisán consideró que era una suerte que estuviera hablando en castellano y que los marinos turcos no pudieran entenderle. No era difícil imaginar cómo reaccionarían.

– Esa tormenta no fue cosa tuya -dijo Lisán-. Nunca había visto nada igual. Ningún hombre puede ser responsable de algo así.

Uno de los Sarray se dirigió a Lisán:

– Yo tampoco había visto jamás una tormenta como ésa. Se diría que fue cosa de brujería.

A Lisán no le gustaba el cariz que estaban tomando las cosas. Si el miedo supersticioso se apoderaba de ellos, todo se iba a complicar aún más. ¿Por qué aquel estúpido vizcaíno no cerraba su bocaza de una vez?

– No hay brujería aquí -dijo-. Sólo un mundo que desconocemos.

– Espera, primo -susurró Ismail, deteniéndose de repente-. He visto moverse algo ahí delante.

Shihab, que caminaba al frente del pequeño grupo, se volvió hacia él y dijo entre dientes:

– Vamos, eso es precisamente lo que tenemos que averiguar.

– ¡Es una locura meternos en esa jungla si hay una fiera oculta tras los árboles!

– Tiene razón -dijo Hubal retrocediendo un poco-. Es imposible luchar si apenas vemos a un paso frente a nosotros.

– Los dos habéis oído las órdenes de Yusuf igual que yo. No vamos a entrar en la selva, sólo nos acercaremos al linde para ver si se trata de nativos.

– Si hay alguien ahí y quiere ocultarse -objetó Ismail-, sus motivos tendrá, digo yo.

Shihab sintió que la ira se agolpaba en su garganta. Lo que menos le apetecía en ese momento era ser arrastrado a una discusión de ese tipo. Tragó saliva y comprendió que sentía algo más que ira. Hubal era joven y fuerte; Ismail, fibroso y astuto como una comadreja. Eran dos de los mejores guerreros Sarray, pero evidentemente estaban asustados. Tanto como él mismo. Ninguno de ellos quería estar allí, pero ya no tenían elección. Cuando se es un miembro menor de una familia tan importante como los Banu Sarray se acaba aceptando que el propio destino está en muchas manos, además de las de Allah.

– ¿Por qué no le dijiste eso a Yusuf cuando te ordenó que me acompañaras?

El faquih. Él era el único culpable de toda esta desdicha. Su padre tenía razón cuando le decía que desconfiara de los eruditos, que ellos únicamente habían traído problemas al Islam.

– Sólo intento ser razonable…

– Ya pasó ese momento, ahora limítate a obedecer mis…

Un relámpago surgió de la oscuridad y atrapó a Shihab.

Ismail y Hubal apenas tuvieron una fugaz visión de una piel moteada, unas fauces abiertas y unos ojos llameantes de furia animal. Ni siquiera oyeron gritar a Shihab, la criatura lo rodeó con unos brazos que parecían humanos, pero que acababan en unas garras de fiera, y lo arrastró con ella a las tinieblas. Los dos Sarray contemplaron atónitos la espada de su amigo tirada sobre la arena, la única señal que había quedado de su presencia allí. Se miraron el uno al otro durante un instante, dieron media vuelta y echaron a correr.

No pararon hasta que alcanzaron el apretado grupo de supervivientes. Se dejaron caer en la arena, jadeando sin resuello.

– ¿Qué ha sucedido? -les exigió Yusuf-. ¿Y Shihab?

Hubal estaba tan aterrorizado que no podía articular palabra. Ismail cerró los ojos y luchó por tranquilizarse, aunque sentía su corazón saltándole en el pecho.

– Era un tigre… -dijo-. ¡Un tigre que andaba como un hombre! Estaba oculto en el follaje y cuando nos acercamos… atrapó a Shihab. Fue visto y no visto. No tuvimos oportunidad de ayudarle…, lo agarró y se lo llevó con él. Así, sin más. Desapareció.

Lisán miró hacia la jungla, hacia el muro de tinieblas que se levantaba frente a ellos. El viento agitó las hojas, arrancándoles un murmullo siniestro. De repente, sintió que estaba poblada de espectros y monstruos espeluznantes.


7

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La luz del alba apenas se anunciaba por el Oriente. El cielo había quedado despejado por completo de nubes y los náufragos vieron aparecer el tétrico brillo del cometa sobre sus cabezas. Su luz grisácea reveló la selva que se alzaba frente a ellos y le dio el aspecto insólito de una alucinación. El mar se iba llenando de la luz del amanecer y parecía puro y tranquilo. Los horrores de la noche pasada eran ahora sólo turbias pesadillas.

Los náufragos obligaron a levantarse a sus cuerpos maltrechos y entumecidos. Caminaron como almas en pena hacia la orilla, con la intención de realizar el wudú [12] con agua de mar, que era la única que tenían al alcance. Estaba casi media legua más lejos que la noche anterior, y la arena que había quedado expuesta se veía salpicada de pequeñas lagunas dejadas atrás por la marea.

– ¡Venid todos aquí! -gritó Ismail agitando los brazos-. ¡Este charco es de agua dulce!

Lisán pensó que el terror y el cansancio habían acabado por hacerle perder la cordura al Sarray. Pero cuando todos se acercaron al lugar que señalaba, comprobaron que, en efecto, era agua fresca y dulce lo que nacía burbujeando directamente de la arena. Ignacio, que iba con ellos, intentó lanzarse de cabeza a aquel charco, pero Yusuf lo atrapó por el pescuezo y lo empujó a un lado sin contemplaciones.

Sin darse tiempo a considerar cómo ni por qué, Lisán realizó sus abluciones en compañía de sus hermanos en la fe, con aquella milagrosa agua, pura y perfecta. Inmediatamente, andalusíes y turcos empezaron a rezar con el rostro vuelto hacia donde nacía el sol, para darle gracias a Dios por haberles salvado la vida. Cuando terminó el salat, las series de inclinaciones, postraciones y posturas en adoración a Allah, Yusuf se volvió hacia el vizcaíno, que lo miraba con su único ojo reluciendo de resentimiento, y le dijo:

– Ahora puedes beber, infiel.

Todos bebieron como leones abrevando en un oasis, entre risas de incredulidad y gritos de júbilo.

– ¡Es un milagro! -exclamó Yusuf, mientras el agua le corría por las barbas-. El mar ha dejado tras de sí un charco de agua dulce para que podamos realizar correctamente nuestras oraciones. Esto es una señal cierta de que van a ser escuchadas.

– Se trata de un manantial que queda cubierto por el mar cuando la marea sube -dijo Lisán, después de considerarlo un momento-. Ciertamente, Allah no nos olvida y esto nos da una nueva esperanza…

– Si, faquih, pero… ¿dónde estamos?

¿Dónde estaban? Ésa era la cuestión. En aquel Otro Mundo hacia el que Talos se había dirigido, sin duda. Muy lejos de cualquier tierra conocida y sin medios para regresar a su propio Mundo. La Taqwa yacía en el fondo del océano y sin ella no había esperanza de emprender el camino de vuelta. Quizá tendrían que vivir allí hasta el fin de sus días. Era una perspectiva estremecedora, por eso la presencia de aquel charco de agua dulce había significado tantas cosas para muchos de ellos. Significaba que, sobre todo, aquel Mundo no era ajeno a la bondad de Dios. Quizás aquel charco fuese únicamente un afortunado accidente, pero proporcionaba un débil rayo de esperanza a unos hombres desesperados. Dios los amaba y su mano misericordiosa seguía tendida hacia sus hijos, incluso en aquel lejano Otro Mundo.

– ¡Han desaparecido! -gritó Ismail, aterrorizado, y su grito destruyó de inmediato la ilusión de que las cosas estaban empezando a mejorar-. ¡Los cuerpos de nuestros muertos ya no están sobre la arena!

No es posible, se quiso convencer Lisán. Pero era tal y como el Sarray había anunciado. La playa estaba sembrada por los restos del naufragio, que se mezclaban con las ramas y hojas esparcidas por la tormenta. Pero los cadáveres se habían esfumado, como si hubieran regresado a la vida durante la noche para escapar de aquel paraje. Se volvió a un lado y a otro, buscando con desespero a su hermano muerto. Al no verlo, se sintió presa de una profunda desolación. Se dejó caer de rodillas sobre la arena y rezó:

– Porque huimos de los demonios y el mal, pedimos al Creador que nos ayude contra los demonios y el mal…

– ¿Qué está pasando aquí? -inquirió Hubal con una voz entrecortada por el miedo.

Todos tenían el espanto en los ojos y la mente embotada, sin saber cómo reaccionar ante lo sobrenatural. Lisán sentía que el pavor le encogía el corazón. Era el miedo ante lo desconocido e inesperado. Pensó que aquél era el más profundo de todos los terrores que apresaban al hombre, pues era capaz de hacer estremecerse a la propia alma.

¡En el nombre de Allah! ¿Dónde estamos? ¿A qué costa maligna hemos sido arrastrados? De repente experimentaba la horrible certidumbre de que estaban perdidos en un universo que les era hostil, que les arrebataría hasta la menor esperanza de salvación.

El sol, al trepar por el cielo, iluminó con su luz rojiza una jungla apretada y sofocante que los mantenía confinados en la playa. Era una impresionante masa verde que se extendía en desorden a un lado y a otro, produciendo la impresión de que estaba formada por la copa de un árbol único y desmesurado que cubriera la Tierra entera.

Entonces, desde aquellas profundidades verdes, una tremenda algarabía asustó a los centenares de pájaros que aún dormían en las ramas más altas y les hizo emprender el vuelo a la vez. Las cabezas de todos los náufragos se giraron en esa dirección, y un rumor de asombro circuló entre el grupo. Yusuf señaló con voz grave:

– ¡Mirad ahí!

Varias criaturas horripilantes, mezcla de hombre y bestia, con rostros inhumanos, pero que caminaban sobre dos piernas como haría cualquier hombre, surgieron de la jungla y se situaron frente a los náufragos. Iban cubiertos con pieles de tigre moteado, y sus rostros eran una feroz pesadilla, dominados por grandes ojos desorbitados y fauces abiertas que mostraban unos colmillos amarillentos e hinchadas lenguas rojas.

– ¿Es eso lo que visteis anoche? -preguntó Yusuf sin dejar de mirar a aquellos seres espantosos.

Ismail se rascó la barbilla, cubierta por la barba.

– Así es -dijo-. Pero en la oscuridad tenían otro aspecto.

Aquellos rostros de fiera habían sido hechos para inspirar terror, pero eran sólo máscaras fabricadas con pieles de animales, al igual que las ajustadas vestiduras de aquellos hombres. La luz del día ponía al descubierto el engaño. Sin embargo, componían una imagen sobrecogedora. Avanzaron hacia ellos, rodeándolos con actitud amenazante, sin demostrar el menor temor ante aquellos extranjeros. Se protegían con unos escudos redondos, blandían unas anchas palas de madera cuyo borde estaba erizado de algo que parecían afilados trozos de piedra. Llevaban adornos de plumas de colores brillantes por todo el cuerpo, en brazaletes hechos con tiras de piel alrededor de los brazos o formando apretados penachos sobre sus cabezas.

Lisán distinguió a otros nativos que se movían junto a aquellos terroríficos hombres-tigre. Éstos iban casi desnudos, cubiertos sólo con un pequeño taparrabos, pero lucían los mismos brazaletes y adornos que los hombres-tigre a los que escoltaban. Había dos de estos nativos desnudos por cada uno de los otros y eran los responsables de la algarabía, pues hacían sonar caracolas y pitos de hueso, y proferían estruendosos gritos de guerra golpeándose la boca con la mano.

– ¡Banu Sarray! -gritó Yusuf-. ¡Formad para la batalla!

Los guerreros andalusíes se pusieron en guardia como un solo hombre y agitaron sus espadas en el aire. Su aspecto era miserable, sus ropas estaban destrozadas, pero empuñando aquel acero se sentían capaces de enfrentarse a cualquier enemigo. Apenas eran siete, contando a Yusuf, y aquellos siniestros nativos los superaban en número y armamento, pero si Dios los había destinado a morir peleando, se decían, que así fuera. Los turcos no se quedaron atrás. No tenían otra cosa para defenderse que los pequeños cuchillos que siempre llevaban consigo, pero rebuscaron entre los restos del naufragio y todos hallaron algo que usar como arma, aunque fuera un simple trozo de remo.

– Espera, espera… -le dijo Lisán a Yusuf-. ¿Qué pretendes hacer?

– ¿Qué crees, faquih? Ha pasado el momento de las palabras y las oraciones. Ha llegado la hora de luchar.

– ¡No tenemos ninguna posibilidad! Nos superan en número y armamento.

– Tenemos la ocasión de morir peleando. Alabemos por ello a Allah y a Su infinita bondad… Y ahora, faquih, hazte a un lado y deja que sea el acero quien hable.


8

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Ignacio hizo aparecer dos cuchillos de entre sus harapos y le tendió uno a Lisán.

– Seguro que no llevas armas -dijo-. ¿Me equivoco?

– No -le respondió el andalusí, aceptándolo-. Gracias.

– No las des -dijo el vizcaíno con desdén-. No te he dado el cuchillo por nada. Quiero que a cambio hagas algo por mí.

– ¿De qué se trata?

Ignacio señaló con su arma hacia los nativos.

– He conocido a muchos salvajes de Guinea y sé cómo las gastan. Si nos atrapan con vida, me rebanas el cuello… ¿Entendido?

– ¿Quieres que… te mate?

– Eso es.

– ¡Allah misericordioso! -exclamó Lisán-. ¿Por qué?

– Ni tu Dios ni el mío tienen nada que ver con esto. Tú sólo di «sí».

Lisán hizo un distante gesto de asentimiento.

– ¡Dímelo, sarraceno! -gritó el vizcaíno mirándolo fijamente con su único ojo-. ¡Dime que puedo confiar en ti!

– Sí -dijo Lisán-. ¡Maldito seas! Ya te lo he dicho.

Se apartó un poco del piloto y atrajo hacia sí a Jamîl.

– Escucha, muchacho -le dijo-, no te alejes de mi lado.

Lisán decidió que si era necesario moriría por el mawla de Ahmed. Se juró a sí mismo que lo haría. Al menos eso le debía a su hermano. Se preguntó una vez más cuál sería la intención de aquellos hombres disfrazados de bestias y si el vizcaíno estaría en lo cierto al sentir tanto miedo por ser capturado vivo. Observó cómo se situaban frente a ellos, agazapados como auténticos depredadores, cómo hacían sonar las caracolas y lanzaban aullidos, y comprendió que estaban ante algo realmente extraño, algo que no tenía ningún punto de contacto con su cultura y cuyo comportamiento era imposible de predecir.

Yusuf caminaba a un lado y a otro frente al miserable grupo de náufragos. Daba grandes zancadas, como un león a punto de ser arrojado a la arena del circo. Agitaba nervioso su espada jineta mientras se preguntaba qué esperaban aquellos salvajes para atacar de una vez, si ésa era su intención.

– ¡Escuchad! -les gritó-. ¡No tenemos necesidad de pelear, hemos venido en son de paz!

No esperaba que sus palabras tuvieran ningún efecto en ellos y no lo tuvieron. Los estudió con cuidado. Habían compuesto una formación en media luna. En los extremos se habían situado los arqueros, que tenían sus dardos preparados. Si empezaban a disparar contra ellos, desprotegidos como estaban en medio de la playa, no iban a necesitar más de una andanada para acabar con todos. Pero, aparentemente, ésa no era su intención. Los arqueros estaban inmóviles como estatuas y del centro de la formación se adelantaron varios de los guerreros cubiertos con pieles de tigre. Avanzaron hacia ellos por la arena, golpeando sus pequeños escudos redondos con sus macanas, desafiándolos a combatir con gestos casi obscenos. El que iba al frente debía de ser el jefe, pues llevaba una especie de mástil de caña atado a la espalda y decorado con penachos de plumas, como un estandarte.

Yusuf se esforzaba por comprender lo que estaba pasando allí. Cada uno de los hombres-tigres iba secundado por dos nativos desarmados y casi desnudos. ¿Sus pajes?… ¿Sus esclavos? Incluso los arqueros tenían al lado a estos lacayos sujetando sus haces de flechas. Los guerreros se habían dispersado un poco, no parecía haber ningún tipo de organización en sus movimientos.

– Buscan combates individuales -dijo en voz alta, comprendiendo.

– ¿Qué? -le preguntó Ismail.

– Fíjate, los arqueros de los extremos cuidan de que no huyamos, y esos fantoches disfrazados han roto la formación y se preparan para combatir, uno a uno, contra nosotros.

– ¿Qué forma de hacer la guerra es ésa?

– No lo sé, pero quizá nos convenga. ¡Que nadie se mueva de donde está! -gritó-. Dejemos que sean ellos los que den el primer paso.

No se hicieron esperar mucho. El hombre-tigre que llevaba el estandarte de plumas a la espalda lanzó un alarido y cargó contra ellos.

Yusuf retrocedió un poco y dijo sin volverse:

– Hubal…, ve a ver qué tal pelean.

El joven Sarray no lo pensó ni un instante. Se encomendó a Allah mientras aferraba su espada jineta en la mano y se lanzó contra el hombre-tigre. El único sentimiento que tenía en ese momento era el de alivio; después de la larga lucha contra el mar, del naufragio y de los miedos de la pasada noche, por fin se encontraba en un terreno que le resultaba familiar. Era un guerrero de al-Andalus y estaba preparado para luchar hasta la muerte si se terciaba, contra los infieles o contra aquellos fantasmones con disfraz de gato. Tanto daba una cosa como la otra.

Los dos hombres cruzaron a la carrera el terreno intermedio y se encontraron en un punto equidistante de los dos grupos. Hubal fue quien lanzó el primer golpe. Descargó su jineta en un amplio arco descendente hacia su enemigo. Éste paró el acero con su escudo y devolvió el ataque con la macana de madera endurecida al fuego, adornada con plumas y con fragmentos de piedra incrustados en su borde.

Ante la abrumadora ferocidad de la respuesta de su oponente, el andalusí no pudo hacer otra cosa que defenderse y retroceder. Cada una de sus acometidas parecía a punto de alcanzarlo, pero lograba interponer siempre la espada en su camino, desviaba la macana por poco, o conseguía detenerla a poca distancia de su cuerpo. Los ojos de su enemigo llameaban con la borrachera del combate. Cargó contra Hubal con un arrebato sanguinario y lo alcanzó en el costado. Le hizo un buen desgarrón en la piel.

El Sarray se llevó la mano a la herida y retrocedió un par de pasos con el rostro contraído de dolor. Su enemigo sonreía malévolamente bajo la máscara de tigre y él observó, horrorizado, que sus dientes eran cónicos y afilados como los de una fiera.

– Allah, alabado sea, me proteja -musitó con un estremecimiento supersticioso que recorrió su espina dorsal.

No era un hombre cobarde, desde luego que no lo era. Una y otra vez, había recorrido las fronteras del reino de Granada defendiéndolas de las razias de los infieles y había luchado contra ellos en más ocasiones de las que podía recordar. Sin temor, espada contra espada y corazón contra corazón, y que Allah decidiera. Pero esto era diferente. Lo sentía en su alma y sus ojos le confirmaban que aquélla era una situación que no podía entender. Se enfrentaba a un enemigo que estaba más allá de cualquier experiencia que hubiera vivido jamás.

Aferró con ambas manos su jineta y volvió a cargar contra la criatura. Esta vez, espada y macana chocaron en el aire. Saltaron chispas al golpear el acero contra el sílex y el arma de Hubal se partió. El andalusí se quedó paralizado por la sorpresa. Sin detenerse, su enemigo giró sobre sí mismo y lo golpeó en pleno rostro. Esta vez no con los cortantes filos de piedra sino con la parte plana de la macana. Aun así, el golpe fue terrible y Hubal cayó hacia atrás, inconsciente, sangrando por la boca y con la nariz destrozada.

El hombre-tigre pasó sobre su enemigo caído y se encaró con los náufragos. Separó los brazos; su arma en una mano, su pequeño escudo en la otra, y lanzó un grito de victoria hacia los que habían contemplado el combate.

Tras él, los dos nativos semidesnudos que lo acompañaban, sus pajes, según había supuesto Yusuf, se lanzaron sobre Hubal. Mientras uno de ellos le ataba las manos con unas delgadas cuerdas, el otro hacía lo propio con sus tobillos. En un instante, y haciendo gala de una extraordinaria pericia, habían apresado al Sarray como a un cordero. Luego, lo agarraron por los cabellos y lo arrastraron por la arena hacia la retaguardia.

Al ver esto, los náufragos empezaron a gritar y muchos quisieron lanzarse a rescatar a su compañero, pero Yusuf les ordenó que se detuvieran.

– Pero… ¿qué van a hacer con Hubal? -preguntó Ismail con la barbilla temblándole de emoción-. ¿Por qué se lo llevan de ese modo?

Lisán también intentaba encontrarle un sentido a todo aquello. Apretó un poco más a Jamîl contra él y miró a Ignacio. El infiel le devolvió una mirada llena de fatalidad. Fuera lo que fuera, lo que estaba pasando allí no podía tener un buen final.

El jefe de los nativos se volvió hacia los suyos. Agitó su arma y su escudo sobre su cabeza y, ante esta señal, varios nativos se lanzaron a la vez contra el apretado grupo de náufragos. Así empezó un combate individual tras otro. Los hombres-tigre penetraron en las filas de los Sarray y turcos, mezclándose las brillantes plumas y pieles amarillas de su atuendo con las ropas desgarradas y oscuras de éstos.

Lisán miraba a su alrededor, extendiendo el cuchillo del infiel frente a sí, intentando comprender lo que estaba sucediendo en medio de aquella gran confusión de cuerpos y armas, golpes y contragolpes, arena y sangre.

Los Sarray demostraron ser unos dignos rivales. A pesar del agotamiento de sus cuerpos, peleaban con maestría haciendo buen uso de sus jinetas. Los turcos, en cambio, armados tan sólo con cuchillos y palos, resultaron una presa fácil para los atacantes. Fueron rápidamente derribados, y los pajes de los hombres-tigre corrieron entre los guerreros para atar a los caídos y arrastrarlos fuera de la zona de combate. Lisán observó que, aunque se produjeron heridas muy aparatosas, nadie había caído muerto hasta el momento. Los hombres-tigre se cuidaban de no golpear con los filos cortantes de sus armas en las zonas vitales de sus oponentes, tan sólo intentaban dejarlos sin sentido y a merced de los pajes.

– No están guerreando con nosotros… -dijo Ignacio con voz tétrica-. ¡Nos están cazando!

Lisán se volvió brevemente hacia él y comprendió que el vizcaíno estaba en lo cierto.

En medio de la confusión, Yusuf buscaba un oponente. No lo vio hasta que un hombre-tigre lo atacó, silencioso pero exudando violencia y furia. Se trataba del líder, aquel que llevaba el estandarte a la espalda y que había peleado con Hubal.

Yusuf esquivó su embestida y retrocedió rápidamente. No estaba dispuesto a cometer los mismos errores que su primo. Se tenía por uno de los mejores espadachines de Granada y estaba dispuesto a demostrarlo allí mismo. Para empezar, era absurdo intentar parar con su espada el golpe de una de aquellas pesadas mazas de madera y trozos de piedra. Tanto como enfrentar un delgado alfanje a una cimitarra de abordaje. El resultado ya lo había experimentado Hubal para su desdicha: su espada se partió y fue rápidamente derrotado.

El guerrero prudente jamás embiste a su enemigo.

Lo observa, avanza y cede…

Hasta que encuentra el hueco para vencer.

El Sarray colocó sus pies en posición; el derecho delante y el izquierdo detrás, con los talones tocándose. Alzó su jineta nasrí hasta alcanzar un ángulo recto con su cuerpo. Poco a poco fue apartando un pie de otro, mientras flexionaba la rodilla derecha y mantenía la pierna izquierda estirada y firme. Levantó su mano izquierda y le ofreció graciosamente a su enemigo un hueco en su defensa.

El salvaje miraba asombrado la planta del andalusí. Ahora era él quien no entendía la estrategia del extranjero, pero vio claramente aquel hueco y acometió dispuesto a acabar rápidamente con él. Yusuf dio un saltito hacia atrás y fintó hábilmente hacia su izquierda. Con su espada desvió con suavidad la macana de su oponente, que buscaba el centro de su pecho. De inmediato, respondió a su ataque y lo hirió en un costado.

– ¡Te atrapé! -exclamó el andalusí sin poder contener su alegría.

Retrocedió y volvió a adoptar su posición de defensa. Trazó un molinete en el aire con la punta de su jineta e invitó al nativo a que atacara nuevamente.

El hombre-tigre cargó ciegamente contra él. Intentaba alcanzar al Sarray, mientras que éste se limitaba a retroceder y a sortear con asombrosa flexibilidad, esperando el momento apropiado para volver a situar una estocada. Pero, mientras retrocedía, tropezó con un madero y cayó de espaldas. Su oponente saltó sobre él, Yusuf rodó por la arena para esquivarlo y luego gateó hasta donde había caído su espada. La cogió justo cuando el hombre-tigre le descargaba un nuevo golpe. Lo evitó y lanzó arena hacia los ojos de su contrario.

Tuvo el tiempo justo para ponerse en pie. El salvaje se sacudió, atacó con saña silenciosa y Yusuf se vio obligado a recular un poco más. Su enemigo intentó llegarle con un amplio machetazo y puso al descubierto un hueco en su guardia. El Sarray aprovechó para lanzarle otra cuchillada certera que desgarró el peto de piel moteada y la carne del hombre-tigre, hasta dejar el blanco de una de sus costillas al descubierto.

– Esta vez te he tocado bien -dijo el andalusí respirando pesadamente. Ya no había alegría en sus palabras, tan sólo alivio de que el combate fuera a acabar.

Pero aquella herida tremenda no causó ninguna reacción en su enemigo, que continuó atacando. Yusuf se defendió atónito, pensando que quizás aquel hombre estaba bajo una emoción tal que le impedía sentir dolor. En ocasiones había visto este tipo de sucesos en el campo de batalla, pero finalmente la pérdida de sangre siempre obligaba al herido a reaccionar como tal. Siguió sorteando los golpes del nativo, con la esperanza de que cayera al suelo de un momento a otro.

Un hombre-tigre chocó contra Ignacio y lo derribó de un mazazo. El vizcaíno, sangrando por la sien y la boca, gateó hacia Lisán.

– ¡Hazlo ahora! -gritó-. ¡Acaba conmigo, sarraceno!

Lisán se apartó de él y abrazó a Jamîl. En aquel momento de absoluta tensión, no tenía otro pensamiento que proteger al muchacho.

El hombre-tigre puso un pie sobre la espalda de Ignacio y lo dejó sin sentido de un garrotazo con el plano de su macana. Luego, pasó sobre el cuerpo del vizcaíno y se enfrentó a Lisán. Éste alzó torpemente su cuchillo con una mano mientras sujetaba al muchacho con la otra. Con una mueca de desprecio, el hombre-tigre lo golpeó en la muñeca y el cuchillo voló lejos. Lisán se apretó con fuerza los labios de la herida. Su enemigo saltó junto a él y le asestó un puñetazo en el vientre. El faquih se dobló, derrotado y sin respiración.

Yusuf se había cansado de esperar a que el jefe de los hombres-tigre se derrumbara. En realidad, parecía tan fresco como al inicio del combate, mientras que él respiraba con dificultad y notaba las piernas como pesados rollos de trapo. Pasado el primer momento de euforia por la batalla, el cansancio de los días de lucha contra el mar se apoderaba de su cuerpo. Y la furia primitiva del nativo igualaba su destreza con la espada.

Sus movimientos se tornaron más lentos y torpes, y el hombre-tigre estuvo a punto de alcanzarlo. A Yusuf no le quedó más remedio que interponer su acero para detener un golpe que iba dirigido contra su rostro y, tal y como le había sucedido a Hubal antes, su jineta se partió. Yusuf retrocedió, aturdido, sosteniendo la inútil empuñadura de la que sobresalían dos pulgadas de acero. Era el único náufrago que seguía en pie. El resto de sus compañeros yacían sobre la arena, inconscientes o heridos, pero todos atados como borregos. Poco a poco, los salvajes habían ido formando un círculo alrededor de los dos únicos hombres que seguían luchando.

Desconcertado y furioso, arrojó hacia su enemigo la empuñadura con el trozo de espada rota. El nativo la esquivó sin dificultad y contempló al desarmado Yusuf, mientras ladeaba la cabeza con una actitud semejante a la de un lobo asombrado ante el extraño comportamiento de un conejo. Luego le lanzó su macana, que voló por el aire para ir a clavarse en la arena, justo frente al Sarray. Miró fijamente el arma, medio enterrada junto a sus pies, y se agachó lentamente para recogerla. La sopesó: grande e incómoda como había supuesto.

Mientras tanto, otro de los guerreros-tigre le había entregado otra macana a su jefe. Cansado de esperar el ataque de Yusuf, el salvaje le lanzó un patadón de arena y soltó una carcajada desafiante. El andalusí cargó contra el nativo, que detuvo sin dificultad su embestida, interponiendo su pequeño escudo, y respondió con un mazazo demoledor al pecho del Sarray. Yusuf cayó hacia atrás y quedó sentado sobre la arena, tosiendo.

El hombre-tigre se paró frente a él, respirando profundamente. Luego, le dio la espalda y se volvió hacia los otros nativos que miraban el combate. Gritó su victoria agitando los brazos en el aire. Sus compañeros le respondieron con entusiasmo, jaleándolo a su vez con más palabras incomprensibles en su extraño idioma.

En el suelo, Yusuf se apretaba el pecho dolorido. Quizá tenía una costilla rota. Sus ojos llameaban mirando la espalda desprotegida de su enemigo. Por un instante pareció que iba a saltar sobre él. Pero siguió allí, tendido sobre la arena, agotado, hasta que los pajes se acercaron para atarlo de pies y manos.


9

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Baba tenía un último recuerdo del batel desintegrándose bajo sus pies. Luego una larga serie de imágenes que eran indistinguibles de una pesadilla, con el agua entrando en sus pulmones, su cuerpo zarandeado por las olas, retazos de un cielo negro cubierto de nubes y relámpagos, momentos de oscuridad absoluta y líquida, mientras sentía que su cuerpo se hundía sin remedio. Y, finalmente, las olas lo empujaron contra la arena, lo hicieron rodar como un tronco cubierto de algas, como una piltrafa arrojada por el mar. Tosió y escupió el agua salada que se le había metido en la garganta. Gateó alejándose de la orilla, sin distinguir nada frente a él, y se dejó caer en medio de la nada, rodeado de oscuridad y silencio.

El sol en su rostro lo despertó y vio que había dos figuras de pie frente a él. El fuerte contraluz únicamente le permitió distinguir unas siluetas negras.

– Estás vivo -dijo una de ellas.

Lo sujetaron por los brazos y lo arrastraron por la arena, hasta una sombra bajo los árboles en el linde del bosque. Eran Jabbar y Dragut, demacrados, con las ropas hechas jirones.

– ¿Sois los únicos supervivientes?

– Eso pensábamos, hasta que te encontramos a ti -dijo Dragut-. Cuando el batel se rompió nos agarramos el uno al otro y el mar nos arrastró. Desde el amanecer venimos caminando por la playa.

– Nunca he visto bosques como éstos -añadió Jabbar con la expresión de desconcierto que era habitual en él.

Baba escudriñó el cielo. Las nubes habían desaparecido y el sol brillaba casi en el cenit. Le escocía la cara. Se llevó las manos al rostro y se tocó con cuidado las mejillas y la frente.

– El sol te estaba quemando, Baba -dijo Dragut.

– Nunca me ha gustado demasiado el sol… y tengo la garganta abrasada por la sal.

Jabbar le ofreció un coco. Los dos turcos conservaban sus cuchillos y con ellos habían practicado un agujero en su corteza para que pudiera beber el agua que contenía. Baba tragó el líquido dulzón con calma y luego se puso en pie para contemplar la playa de un lado a otro. No había ningún resto del naufragio. La arena era muy blanca y estaba sembrada de cocos y ramas desprendidas de las palmeras.

– Parece ser que fuimos arrastrados lejos de la Taqwa -dijo.

– Todos vimos lo que sucedió -le respondió Dragut-. Una ola gigante agarró a la vieja carraca y la lanzó contra la costa como si se tratara de un panecillo. Me pregunto dónde estamos realmente.

– Hemos llegado a una tierra desconocida -dijo Baba-, y lo primero es buscar lo imprescindible para sobrevivir: comida y agua, pues no podremos subsistir mucho tiempo con esas frutas como único alimento. Debemos encontrar una corriente de agua dulce. Después, podemos remontarla e internarnos por su cauce para explorar la selva.

– ¿Qué esperas encontrar? -dijo el turco, que no las tenía todas consigo-. Parece un lugar terrorífico. Antes oímos aullidos que provenían de su interior.

– ¿Quieres quedarte en esta playa para siempre, Dragut?

El aludido negó con la cabeza.

– Entonces tendremos que encontrar nativos que nos ayuden a construir una nueva embarcación con la que regresar a nuestra tierra.

– Yo creo que lo mejor sería intentar capturar un barco de pescadores y obligar a su tripulación a que nos lleven hasta el continente -dijo Jabbar-. Las tropas del sultán no deben de estar muy lejos.

Dragut miró imperturbable, durante un momento, a su compañero. Al parecer dudaba sobre si debía o no aclararle las cosas. Debió de decidir en contra, porque se volvió hacia Baba.

– Quién sabe qué clase de gente vive en este lugar -dijo.

El mameluco alzó la vista. Miles de pájaros revoloteaban frenéticos por encima de sus cabezas, escabulléndose entre las copas de los árboles y lanzándose como piedras con alas hacia el mar. Nunca había visto tantas aves juntas y echó de menos un arco y unos dardos con los que bajar unas cuantas al suelo y poder así comer algo de carne. La boca se le hizo agua con ese pensamiento y le provocó retortijones de ansiedad en el estómago. Golpeó el coco contra el tronco de una palmera y lo partió en dos. Luego alivió en parte su hambre tragando unos buenos trozos de pulpa.

– Mañana iremos a ver -dijo mientras masticaba-. De momento intentaremos encontrar alimento cerca del mar.

Empezaron a caminar por la playa. Apenas habían recorrido media legua cuando vieron un pájaro de gran tamaño parado cerca de la orilla. Tenía un gran pico y lo introducía una y otra vez en el agua, rebuscando algo en la arena. Dragut y Jabbar saltaron hacia él. El ave desplegó sus alas, amplias como dos hombres juntos, y empezó a correr por encima del agua sin acabar de remontar el vuelo. Dragut pronto abandonó la persecución y regresó jadeando para desplomarse en la orilla, pero Jabbar no se dio por vencido hasta que por fin echó a volar y se perdió en las alturas. Baba se acercó al lugar donde había estado escarbando. Metió la mano en la arena, y sacó de ella un verdadero tesoro en forma de caracoles y almejas.

– Quizá no sean alimentos halal [13] -dijo-, pero no se puede negar que nuestra situación es de extrema necesidad.

Así que pasaron el resto de la jornada intentando capturar algo vivo, cualquier cosa que llevarse a la boca en los grandes charcos que la marea abandonaba en su repliegue. Al anochecer, los tres seguían con el mismo aspecto patético y derrotado, pero al menos tenían el estómago lleno con la carne de los mariscos. Desde el borde de la selva, contemplaron cómo el sol se ponía sobre aquella playa que se les antojaba infinita. Miles de aves seguían revoloteando sobre sus cabezas y, a su espalda, oían los alaridos procedentes de animales ocultos en la jungla.

– Ahora me parece buena idea lo de internarnos en el bosque. No me imagino comiendo esta porquería el resto de…

Baba lo había interrumpido colocando la palma de su mano sobre la boca de Dragut. ¿Qué pasa?, preguntó el turco con un gesto.

Baba señaló hacia la playa. Cada vez estaba más oscuro y no venía otra luz del cielo que la de las estrellas y el fantasmagórico cometa. Pero la figura del hombre que caminaba por la orilla, destacada contra el espejo negro del mar, era perfectamente visible. Los tres se dirigieron sigilosamente hacia él. Dragut y Jabbar llevaban sus cuchillos en las manos, Baba se había procurado una rama bastante gruesa y pesada. El hombre de la orilla avanzó unos pasos más antes de advertir su presencia. Entonces se volvió hacia ellos y les hizo frente.

– Tranquilo -dijo Dragut-. No pretendemos causarte ningún mal.

– Pues se diría que son otras vuestras intenciones -dijo el recién llegado.

Baba y los dos turcos se detuvieron asombrados. Habían reconocido sin dificultad aquella voz.

– ¡Piri! -exclamó Baba-. Te dábamos por muerto.

Ofrecieron al antiguo capitán de la Taqwa una cena a base de mariscos crudos y agua de coco. Él les contó cómo había caído por la borda de la carraca cuando ésta fue alcanzada por la gran ola que la estrelló contra la costa. Luego fue arrastrado por la corriente y a duras penas consiguió llegar a tierra firme. Estaba desorientado y separado del resto de sus compañeros. Sabía que muchos perecieron ahogados, pero tenía la esperanza de encontrar a alguien con vida si seguía caminando por la playa.

– Dragut y Jabbar no han dado con restos del naufragio ni con ningún otro superviviente -dijo Baba-. Tampoco hemos hallado algún riachuelo que nos procure agua fresca u otra cosa que comer más que estos miserables caracoles.

– Quizá debamos meternos en la selva, como quiere Baba -dijo Dragut-. Siempre estamos a tiempo de regresar a la playa si nos falta la comida.

El joven turco se tumbó sobre la arena y cerró los ojos.

– ¿Os parece que tomemos mañana esa decisión? He caminado durante gran parte del día y ahora deseo descansar.

– Por supuesto -dijo Baba-, mañana lo hablaremos.


10

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Los pajes de los hombres-tigre habían atado a los náufragos, sujetándoles una mano a la cabeza con un cepo retorcido, más incómodo que doloroso, y luego se habían dedicado a atender sus heridas. Con gran habilidad cosieron los cortes abiertos por las armas de sus señores, utilizando para ello la afilada espina de alguna planta y cabellos recién arrancados de sus propias cabezas. Les aplicaron un ungüento de color amarillo que despedía un intenso olor a azufre.

Uno de los nativos unía los labios del corte en la muñeca de Lisán, mientras no dejaba de parlotear en su lengua extraña y gutural. Incapaz de entender nada de lo que decía, el faquih se dedicó a estudiarlo con detenimiento. No aparentaba más de veinte años, aunque ese detalle era difícil de precisar en los rostros lampiños y aniñados de aquellos hombres. Lo que más llamaba la atención eran sus orejas, desgarradas por innumerables cortes, deformadas hasta tal punto que era difícil reconocerlas como humanas.

– ¡Ahora sé! -le dijo Ignacio que estaba a su lado-. Hemos tenido la mala fortuna de ir a parar al mundo de los Inclusi del Anticristo. Su lengua es tan mortífera como las llamas del dragón… Monstruos que no hablan, sino que silban, y que comen serpientes crudas. Cinocéfalos que ladran, aunque sus ladridos parezcan palabras humanas. Se dice que, si aprendes la lengua de los Inclusi, te conviertes también en un demonio. Debemos cerrar nuestros oídos y rezar a Dios para que nuestra vida se acabe antes de que llegue ese momento…

Los hombres-tigre paseaban, observando a los prisioneros mientras éstos eran atendidos por sus pajes. La piel oscura de algunos de los turcos parecía fascinarlos, pero cuando vieron a Jamîl se pararon ante él asombrados. Uno de ellos le ordenó algo a uno de sus sirvientes. Éste se arrodilló de inmediato junto al muchacho negro y, mojando un trozo de tela con saliva, empezó a frotarle la piel de la frente. Jamîl respingó, pero estaba tan aterrorizado que no se atrevió a decir nada.

Otro de los guerreros se detuvo frente a Ignacio y contempló al viejo piloto, ladeando la cabeza como haría un perro curioso. Con una mano, lo agarró por el cepo y lo obligó a ponerse en pie. Acercó su rostro al suyo y estudió fascinado el ojo falso del vizcaíno. Sin ningún reparo, metió un dedo en la cuenca y se lo arrancó. Luego empujó a Ignacio contra la arena. El salvaje rió con la inocencia de un niño al ver aquel ojo de porcelana mirándolo desde la palma de la mano. Enrojeciendo de rabia Ignacio trató de alzarse sobre una rodilla y recuperar lo que su enemigo le había arrebatado. El golpe de plano de una macana entre los omóplatos le hizo escupir sangre sobre el suelo. Apretó los dientes y gritó con el poco resuello que le quedaba:

– ¡Hijo de perra! ¡Devuélveme eso, maldito hijo de puta!

Lisán, que estaba a su lado, intentó calmar la ira del vizcaíno con palabras.

– Ignacio, déjalo -le dijo-. No te pongas en pie.

El vizcaíno no le hizo caso. Trató de incorporarse de nuevo, pero la presa que le inmovilizaba el brazo le provocó una descarga de agonía que corrió por su espalda.

– ¡Malditos hijos de puta! -gritó.

– ¿Te has vuelto loco o quieres que nos maten a todos? -le dijo Yusuf, que estaba arrodillado sobre la arena unos pasos más allá.

Lisán pensó que hasta los animales sabían cuándo era el momento de parar, y rezó para que al vizcaíno le entrara algo de razón en su espeso seso.

Ignacio no escuchaba otra voz que la de su propia furia. Logró alcanzar con sus dedos una de las piernas del hombre-tigre plantado frente a él e intentó apoyarse en ella para levantarse. El nativo apartó la pierna y luego descargó una salvaje patada en las costillas del viejo. Ignacio cayó de bruces sobre el suelo, la cara y la frente manchadas de arena y los cabellos sudorosos.

– Malditos… -dijo, escupiendo sangre, y se derrumbó inconsciente.

Inmediatamente, los pajes revisaron a los prisioneros mientras sus señores vigilaban unos pasos más allá. Encontraron varios cuchillos que algunos turcos habían logrado ocultar entre sus harapos. Los despojaron de ellos y los arrojaron al montón que habían formado con las espadas de los Sarray. El acero fascinaba a los hombres-tigre. Lisán los había visto tocarlo como a algo mágico; y mirar, asombrados, su reflejo en las hojas de las jinetas. Y, sin embargo, conocían el metal, pues algunos llevaban unas pequeñas hachas de cobre colgadas al cinto.

Uno de los pajes se inclinó sobre el faquih y empezó a registrarlo. No tardó en encontrar algo que Lisán ni se había tomado la molestia de ocultar, pues casi lo había olvidado. Era un milagro que no lo hubiera perdido durante el naufragio.

El paje arrancó el disco de oro que colgaba del cuello de Lisán y lo alzó en alto para que su señor lo viera. Varios hombres-tigre se acercaron para contemplar aquel objeto. Uno de ellos lo tomó y lo hizo girar entre sus dedos, estudiando con cuidado cada una de las inscripciones grabadas. Luego se volvió hacia el faquih, atado y arrodillado frente a él, y dijo:

– H-uuch-been uinicoob!

Lisán alzó la vista hacia aquel hombre cuyo rostro estaba cubierto por una horrenda máscara de tigre. Ya era de noche y sus ojos brillaban siniestramente en el fondo de unas cuencas rodeadas de piel moteada.

– Bix a k'aaba'? -le preguntó.

– No puedo entenderte -dijo cansado, casi sin alzar los ojos.

El hombre-tigre le acercó el disco de oro al rostro y repitió su pregunta. Esta vez el faquih guardó silencio. Cerró los ojos y esperó recibir un trato semejante al que había dejado sin sentido al vizcaíno. Pero no pasó nada. Al abrirlos de nuevo vio que el salvaje había retrocedido unos pasos. Seguía sujetando el disco en su mano derecha, pero ahora tenía la cabeza echada hacia atrás y contemplaba el cielo que se iba llenando de estrellas.

– X-ciichpam zac! -gritó señalando al cometa.

Se llamaron a voces entre ellos y el que parecía el jefe indicó el cuerpo inerte del viejo vizcaíno. Sujetándolo por los pies, lo arrastraron por la arena hacia la selva, a la que la noche ya empezaba a transformar en el tétrico muro negro que habían contemplado desde el mar.

No lo volvieron a ver. Los gritos del vizcaíno empezaron unas horas después y se prolongaron hasta casi el amanecer.

Vigilados por los pajes, los náufragos pasaron la noche en vela, tumbados en la arena, con aquellos incómodos cepos, torturados por los alaridos de la inimaginable agonía del vizcaíno. Al lado de Lisán, Jamîl sollozaba lleno de terror.

– ¿Qué le están haciendo, señor? -preguntó al faquih-. ¿Qué le hacen?

Lisán no supo qué decir para calmar al muchacho. Con una de sus manos inmovilizada, ni siquiera pudo taparse los oídos para dejar de oír los lamentos de aquel desdichado.


11

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La oscuridad había caído sobre las aguas del Egeo y una brisa fría hizo que Abdul Jabbar se arrimara al hornillo en el que se calentaba un puchero de potaje de habas. Acercó las manos al fuego y las frotó entre sí.

Estaba en la popa de la galera, rodeado por la gente de cabo, los marinos y los jenízaros. Frente a ellos se extendía la crujía donde se alineaba la chusma, doscientos cincuenta galeotes que en ese momento estaban tranquilos en sus bancos. Los remos habían sido alzados y la nave navegaba con buen viento, haciendo uso de sus dos grandes velas triangulares.

Pero todo iba a cambiar a la mañana siguiente.

Durante toda la jornada, Jabbar había visto las decenas de galeras turcas alinearse en el mar, hasta que sus palos formaron un bosque flotante. Sí, iba a ser una gran batalla, la respuesta a las continuas provocaciones de los venecianos. Le habían dicho que sería poco después del amanecer, de modo que buscó un rincón y se tumbó lo mejor que pudo, las piernas dobladas contra el pecho para ocupar el menor espacio posible. Necesitaba dormir para estar fresco para el combate…

La luna en su cuarto menguante estaba suspendida sobre la selva de velas.

Cerró los ojos.

El inconfundible sonido del acero lo despertó, sobresaltado.

Junto a él vio a un hombre afilando un cuchillo contra una piedra. No lo reconoció y rápidamente buscó su propia arma en su cinto. Había desaparecido, y sus ropas se habían transformado en harapos.

– ¿Qué? -dijo Jabbar mirando alrededor, aterrorizado, sin entender nada-. ¿Dónde…?

Estaba en una playa, rodeado de palmeras, y todavía no había amanecido. ¿Cómo era posible?

– Tranquilízate -le dijo el desconocido-. Yo tengo tu cuchillo y te lo devolveré cuando te calmes. Como cada mañana.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Jabbar algo más tranquilo, pues era evidente que aquel hombre era tan turco como él-. ¿Hemos naufragado?

– Sí, y tú recibiste un golpe en la cabeza que te ha hecho perder la memoria.

Se palpó el cráneo rapado y descubrió la larga cicatriz en su parietal. Pero no había sangre ni costras, en realidad parecía una herida muy vieja.

El hombre que estaba junto a él siguió hablando. Su voz se fue transformando en una cantinela, como si refiriera algo repetido muchas veces.

– Desde el último suceso del que tienes memoria han pasado años, pero tu herida te impide recordarlos. Aparte de eso, estás sano. Ahora nos encontramos perdidos en una costa desconocida. -Señaló la playa a su alrededor y a los dos hombres que estaban despertándose un poco más allá-. Ese de ahí es Baba, y ese otro, Piri. Ellos son náufragos como nosotros. Yo soy Dragut.

– ¿Y la batalla?

– Se celebró y ganamos. -Sonrió-. ¿Te empiezas a aclarar? ¿Sí? Ahora voy a devolverte tu cuchillo, te sugiero que le saques filo frotándolo contra una piedra, como hago yo.

– ¿Por qué?

Dragut volvió a señalar.

– ¿Ves esa jungla? En cuanto haya suficiente luz, vamos a intentar abrirnos paso a través de ella.

Mientras Dragut y Jabbar afilaban sus cuchillos, Baba se puso en pie y se desperezó. Echaba de menos la vieja espada de buen acero de Azerbaidzhan que había heredado de su padre, y que había ido a parar al fondo del mar. Allí la imaginó, enredada entre las algas.

El sol empezaba a despuntar tras el horizonte. Durante la noche, una suave lluvia lo había empapado todo de un espeso olor húmedo. La selva aguardaba, como suspendida entre dos mundos, y Baba imaginó millares de ojos ocultos espiándolos desde el follaje. Ojalá tuviera la espada de su padre con él. Durante el día anterior no habían cesado los chillidos y aullidos procedentes de ella. Sin embargo, ahora no se notaba movimiento alguno ni llegaba el más leve sonido, como una bestia inimaginable que acechara, conteniendo la respiración, la entrada del pequeño grupo de humanos.

– ¿Por qué quieres meterte ahí?

Baba se volvió hacia Piri, que seguía tumbado con la espalda contra el tronco de una palmera.

– ¿Cómo dices? -le preguntó.

– ¿No sería mejor esperar aquí, en la playa, hasta que nos encuentren los otros supervivientes? O, mejor aún, buscarlos nosotros.

A pesar de su extraordinaria juventud, Baba siempre había pensado que Piri Muhyi era el más inteligente de los hombres que estaban a sus órdenes. Sin embargo, no le gustaba la forma en que el corsario lo miraba en ese preciso instante.

– ¿Sucede algo? -le preguntó.

– No. Es sólo una cuestión que quisiera que me aclararas.

Baba creyó detectar un tono burlón en las palabras de Piri.

– Considero que es importante que hallemos una fuente de agua dulce. El líquido de esos frutos pronto no será suficiente. ¿Quieres quedarte tú aquí por si llega alguno de nuestros compañeros?

– No. -Piri sonrió de forma leve-. Prefiero acompañarte. Pero pienso que deberíamos dejar a Dragut… Por si aparece alguien.

Baba sostuvo durante un momento la mirada del muchacho, preguntándose hasta qué punto era desafiante.

– Sí, tienes razón -dijo al fin.

Piri asintió:

– Creo que es lo mejor que podemos hacer.

– Vamos entonces. -Dio una palmada-. Veamos que oculta esa jungla.

A Dragut no lo importó demasiado quedarse a la sombra, pero sí el tener que entregar su cuchillo a Piri.

– Lo necesitamos para abrirnos paso por la maleza -le explicó el joven-. Aquí tú no corres ningún peligro.

– ¿Por qué no? ¿Y si aparece una bestia salvaje?

– Entonces poco ibas a poder hacer con ese cuchillo.

– No me gusta quedarme desarmado -repitió Dragut.

– Volveremos antes de que anochezca -le aseguró Baba-. Únicamente vamos a explorar un poco este sitio.

Dragut aceptó de mala gana. Buscó una rama bastante gruesa que pudiera servirle como garrote y fue a tumbarse junto a una de las palmeras.

Paso a paso, sus tres compañeros se internaron en aquella jungla que parecía querer apresarlos como la red de una araña inmensa. Los cuchillos comenzaron a batir, chasqueando como culebras al golpear las telarañas verdes, y su eco empezó a despertar un vendaval de alaridos guturales que se fueron repitiendo por doquier, como si las bestias que los emitían se respondiesen unas a otras.

– Nos rodean muchas criaturas -dijo Piri mirando a un lado y a otro con desconfianza-. Me pregunto cuántas de ellas son alimañas dispuestas a atacarnos.

El bosque era tan oscuro que a quince pasos no podía distinguirse nada. Una tupida red de raíces componía el suelo, la atmósfera estaba saturada por el olor de plantas en descomposición, como un zoco abandonado. La vida se arrastraba y luchaba con desesperación por existir entre aquella tiniebla eterna e innumerables plantas aéreas pendían de la oscura bóveda como candelabros en una catedral. Mientras, por encima de las copas de los árboles, a gran altura sobre las cabezas de los tres náufragos, el sol crepitaba exuberante. Enormes mariposas de color azul revoloteaban, atravesaban los pocos rayos de luz que lograban penetrar el techo de hojas, e iban a perderse en la oscuridad, como visiones temblorosas o reflejos del mar que habían dejado atrás. Más abajo, enjambres de grandes avispas negras zumbaban alrededor de unas extrañas frutas que formaban racimos de color escarlata.

Jabbar arrancó uno de aquellos frutos, de piel encarnada y cerosa. Lo cortó con los dientes y comió la viscosa pulpa interior.

– Si es bueno para las avispas es bueno para nosotros -dijo Piri. Pero ni él ni Baba hicieron otra cosa que mirar a Jabbar mientras masticaba.

Cuando terminó el fruto arrojó el pellejo a un lado y siguió caminando. Sus compañeros lo miraron expectantes, y, al cabo de un instante, tras comprobar que Jabbar no caía muerto, se apresuraron a imitarlo.


12

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– Alguien nos sigue -dijo Piri antes de ocultarse, de un salto, entre la maleza.

Sus dos compañeros se quedaron inmóviles durante un instante, y luego se agacharon junto al joven marino.

– ¿Estás seguro? -le preguntó Baba.

Piri se llevó las manos a los labios pidiendo silencio. Los tres escucharon, pero no pudieron descubrir otra cosa que el fondo habitual de aleteos, aullidos y trinos.

– He oído claramente el roce de un cuerpo contra la vegetación -dijo Piri-. Y avanzaba en nuestra dirección.

– ¿Podría ser un animal?

– Sí, podría ser un animal. Pero, en cualquier caso, venía hacia nosotros, no huía de nosotros.

Baba preguntó a Jabbar:

– ¿Tú lo has oído?

– No.

Baba se incorporó y miró alrededor buscando alguna señal, pero era imposible distinguir nada a unos pocos pasos en el interior de aquella jungla tan espesa. Un ejército entero podría rodearlos y no lo verían.

– Bueno, es mejor que sigamos -dijo-. Piri, tú ve a la retaguardia y sigue atento. Sea lo que sea, ya se manifestará.

A partir de ese momento, Jabbar fue abriendo el camino, cortando las lianas con diestros golpes de su cuchillo. De repente se detuvo. Señaló hacia la espesura con los ojos desorbitados y el rostro desencajado de terror.

– ¡Mirad eso! -gritó.

Era una criatura blanca, espeluznante como un demonio. Su cuerpo indescriptible estaba apresado por la vegetación y era una repugnante confusión de rasgos humanos y animales. Su cabeza semejaba la de una serpiente y dentro de sus fauces abiertas asomaba el rostro de un hombre con las facciones retorcidas por el dolor mientras era devorado.

Una estatua, pero la más insana y obscena que ninguno de ellos hubiera visto jamás.

Vieron a sus pies unas grandes losas de piedra, bien alineadas, ligeramente hundidas en el humus, que dibujaban un sendero que se internaba entre los árboles. Caminaron lentamente por él, mientras el terror se iba asentando en lo más profundo de sus almas. En los márgenes fueron apareciendo restos de columnas truncadas y bloques pétreos que apenas asomaban entre la vegetación, labrados con signos desconocidos. Y más figuras pavorosas, semejantes a la que habían visto en primer lugar, representando a serpientes bicéfalas y desconcertantes criaturas híbridas entre lo humano y lo monstruoso.

– Se diría que estamos en las puertas del infierno -dijo Piri-. No hemos encontrado ningún río en esta jungla, ni corriente alguna de agua dulce… y, sin embargo, los árboles crecen tan frondosos que ocultan el sol. Y ahora esas piedras talladas con imágenes hediondas…

Baba se había agachado sobre una de las losas y estudiaba las inscripciones que la cubrían. Pasó los dedos sobre una serie de círculos que habían sido grabados sobre la piedra, con mucha suavidad, como si temiera que pudieran desaparecer.

– ¿Qué significa todo esto? -suplicó Jabbar, más desconcertado que de costumbre-. ¿A qué lugar hemos llegado?

– Al reino de Shaytán -dijo Piri. Se adelantó para señalar a Baba con un dedo acusador. En la otra mano sujetaba el cuchillo de Dragut-. ¡Dínoslo tú, asesino! -gritó-. ¡Tú nos has traído hasta aquí!

– ¿Qué dices? -Baba se volvió, asombrado por la inesperada reacción del muchacho.

– ¡Habla, monstruo! -lo increpó Piri-. ¡Confiesa la verdad, voivoda Kazikli!

Baba alzó las cejas.

– ¿Cómo me has llamado?

– Kazikli. Tu crueldad es legendaria. Se dice que tenías la costumbre de empalar a los prisioneros de guerra junto a sus mujeres e hijos… De organizar comidas a la sombra de los cuerpos mutilados… Tus crímenes son los que te han dado fama, ¡monstruo!

Jabbar miraba a uno y a otro, asombrado por lo que estaba pasando, pero el nombre de aquel odiado enemigo le llegó muy claro.

– ¿Él es el voivoda Kazikli? -preguntó.

Baba miró a su joven capitán a los ojos.

– Hace años que nos conocemos, Piri, y hemos luchado juntos en muchas batallas…

– Siempre pensé que había algo extraño en tu pasado. No le di importancia porque eso es algo habitual entre la gente del mar, pero sabía que mentías sobre tu origen como mameluco. Entonces oí lo que confesabas al faquih tras la tormenta y supe quién eras… Kazikli.

Jabbar reaccionó al fin, y se volvió hacia Piri buscando una explicación:

– ¿Qué estás di…?

Baba aprovechó ese instante. Saltó sobre el corpulento turco y le arrebató el cuchillo antes de que Piri pudiera reaccionar. A continuación, retrocedió unos pasos hasta apoyar su espalda contra una de las columnas de piedra labrada con serpientes y demonios.

– Bueno -dijo-, creo que esto nos iguala un poco.

– ¡Vas a morir, sanguinario! -dijo Piri, y dio un paso hacia él.

– Detente, amigo, porque si te acercas más vas a caer atravesado por este cuchillo. Y te aseguro que puedo vencerte sin dificultad.

Piri apretó con fuerza su arma, pero mantuvo la distancia.

– No me extrañaría nada que intentaras usar trucos mágicos tal y como te vi hacer en la proa de la Taqwa.

– Entonces pretendía salvaros…

– ¡No necesitamos tu ayuda, asesino!

– Pero, no puede ser -dijo Jabbar. Podía recordarlo, pues había sucedido años antes de la batalla de Negroponto-, se dijo que la cabeza de Kazikli fue cortada y exhibida en las murallas del castillo de Topkapi…

– ¡Admite que eres ese sanguinario! -gritó Piri sintiendo que se le revolvía el estómago-. ¡Admite de una vez que eres el voivoda Kazikli!

– Sí -dijo el hombre que tenía enfrente-. Así es como me llamaban los turcos hace años. Pero recuerda que ahora soy Baba ibn Abdullah, tu señor y tu amigo.

– ¡Estás loco!

– No, Piri, no lo estoy. Tú eres el ciego ante el verdadero terror que nos amenaza.

El joven corsario sentía que el suelo se abría bajo sus pies. Había confiado en aquel hombre y, en el mejor de los casos, era un loco. Y en el peor, el mayor asesino que habían conocido los tiempos.

– Nos engañaste a todos durante años -dijo-, pero sabía que había algo muy oscuro en ti. No quise creerlo hasta ahora, pero ya ha quedado muy claro que nos has traído hasta este lugar infernal con engaños.

– Para mí todo esto es tan extraño como para vosotros -dijo Baba-, pero… ¡no des un paso más, Jabbar!

El turco se detuvo. Sus manos estaban extendidas hacia el hombre que le había quitado el cuchillo.

– Escuchad -dijo el voivoda-, vamos a tranquilizarnos todos. Estamos juntos en esto y…

Piri no estaba dispuesto a escucharlo.

– No podrás aguantar así mucho tiempo, Kazikli -dijo-. Tarde o temprano tendrás que dormir.

Baba apoyó un pie contra la columna. Descansó la mano que sujetaba el cuchillo sobre su rodilla. Se sintió más cómodo y siguió hablando:

– Os pido que me dejéis explicarlo todo; luego os devolveré el cuchillo y podréis hacer conmigo lo que os plazca.

– Habla entonces -dijo Piri-, porque me siento impaciente por darte tu merecido.

Baba no se inmutó.

– Sí, soy el voivoda Kazikli. He sido aliado de los otomanos y luego he luchado contra vosotros y he vuelto a ser vuestro aliado… Eso carece de importancia, porque en realidad estoy combatiendo en una guerra mucho más elevada que la que tenéis frente a vuestras narices.

– Sí, eso le contabas al faquih, que luchabas contra los ÿinn… pero fueron turcos a los que torturaste y asesinaste.

– Otomanos, húngaros o la gente de mi país que había sido esclavizada por los ÿinn -dijo el voivoda-. Shaytanes con cuerpos humanos y almas endemoniadas. Pueden cambiar de forma y transformarse en animales, lobos o perros negros preferiblemente, y se alimentan de carne y sangre humana. Vuestro Profeta os advierte sobre ellos, ¿no es así?

– Sí -dijo Piri-, pero eso no significa que toda la gente que tú asesinaste fueran demonios.

– Quizá no toda -admitió-. Pero ellos aprovechan las guerras para confundirse con los combatientes de ambos bandos. ¡Vamos, Piri, seguro que has oído historias sobre esto! Hace doscientos años que vienen atacando vuestra frontera, mezclados con las hordas mongolas.

– Las he oído -admitió el marino-. ¿Por qué nos has conducido hasta este lugar? ¿Qué esperas encontrar aquí? ¿Acaso es éste el reino de los ÿinn?

Baba alzó brevemente los ojos hacia la jungla. Luego volvió a mirar a los dos turcos.

– Quizá. No estoy seguro de eso. Sé que un ÿinn muy poderoso huyó hacia esta Otra Tierra en un pasado remoto… Probablemente en los tiempos de Moisés…

– ¿Y tú has venido para luchar contra él? -preguntó Piri.

– He venido para destruirlo. Un ÿinn que capturé me dijo que algo tenía que suceder en estas tierras. No sé qué es, no pude arrancárselo antes de que muriera, pero sé que va a pasar muy pronto… y que va a ser terrible para todos los humanos. Os guste o no, estamos juntos en esto.

– ¿Y por qué tendríamos que creerte? -dijo Piri.

– Es cierto -dijo el hombre que se hacía llamar Baba-, quizá no soy Kazikli después de todo, quizá lo que os he contado no sea más que una patraña. Quizá me dio demasiado sol en la cubierta de la Taqwa… En ese caso, ¿por qué preocuparse? No somos más que un puñado de náufragos perdidos en una tierra desconocida.

Le dio la vuelta al cuchillo y, sujetándolo por la hoja, se lo entregó a Jabbar.

– ¿Me devuelves el arma? -preguntó éste con una sonrisa malévola-. No he dicho que no vaya a matarte.

Baba se sentó sobre una de las losas de piedra y recogió una ramita seca del suelo. Con ella señaló hacia la jungla.

– Quizás ese asunto de mi muerte tenga que esperar -dijo.

Mientras narraba su historia, había visto cómo aquellas criaturas iban surgiendo de la floresta y se apostaban a su alrededor, ocultándose tras las columnas labradas. Sabía que fuera cual fuera la decisión de los turcos, matarlo o dejarlo con vida, iban a tener que enfrentarse a ellos de inmediato.

Piri y Jabbar se dieron media vuelta y comprobaron que estaban rodeados por aquellos seres. Algunos salieron de sus escondites y se mostraron abiertamente. Eran una mezcla de hombres y pájaros. Sus cuerpos estaban cubiertos de plumas negras y verdes, y sus cabezas semejaban las de águilas con el pico abierto. En el interior de aquellas bocas, asomaban rostros humanos pintados de rojo.

– Su ejecución tendrá que esperar, Jabbar. Ahora lo necesitamos.

Kazikli se inclinó levemente y dijo:

– Aprecio tu gran sentido práctico, Piri, a pesar de tu juventud. Eso me confirma que acerté al elegirte como capitán.

Poco a poco, los extraños fueron descubriéndose y rodearon a los náufragos. Eran una decena, e iban armados con unas palas en cuyos bordes habían clavado unos afilados trozos de roca. Se fueron acercando a ellos. Sin mediar palabra, Jabbar le lanzó una cuchillada al hombre-águila que iba en cabeza. La hoja resbaló sobre las plumas sin causarle el menor daño, pues bajo éstas llevaba un peto de algún material flexible pero muy duro. Intentó entonces apuñalarlo entre los ojos, pero el nativo interpuso su brazo y detuvo el ataque del turco. Luego lo empujó hacia atrás con el plano de su pala.

– Detente, Jabbar -le aconsejó Piri-. No podemos hacer nada, son demasiados.

Pero éste no le hizo el menor caso a su compañero. De pronto se enfrentaba a una situación que podía entender sin dificultad. Habían hablado de demonios y allí estaban, después de todo. Lanzó un patadón hacia el vientre de la criatura que tenía enfrente y ésta detuvo su pie sin dificultad, sujetándolo entre sus manos emplumadas. Entonces el hombre-águila lo lanzó por el aire, contra los escalones de piedra. El turco rebotó y cayó rodando a los pies de sus compañeros. No estaba herido. Confuso y humillado sí. Piri lo ayudó a levantarse.

– Si uno solo de ellos es capaz de hacerle eso al más fuerte de nosotros, entonces no tenemos escapatoria -declaró Kazikli-. Os propongo que esperemos para ver qué quieren.

– ¿Acaso tú no lo sabes? -le dijo Piri.

– Créeme. Estoy tan desconcertado por todo esto como vosotros dos. No sé quiénes son estas gentes ni qué pretenden.

– ¿Por qué tendría que creerte?

– No me creas. Pero ni tú ni yo tenemos ahora mismo otra opción que obedecer las órdenes de estos sujetos disfrazados de pájaros. Te guste o no, somos sus prisioneros.

Los hombres-águila permanecían silenciosos e inexpresivos, como gárgolas revividas. El que había derrotado a Jabbar parecía el líder, y alzó un brazo señalando hacia el este.

– Quieren que los acompañemos -dijo Piri.

Baba se puso en pie y dijo con gesto cansado:

– Pues decide ahora si quieres pelear u obedecer.

Empezó a caminar en la dirección que el nativo les estaba señalando. Piri y Jabbar dudaron un momento, pero cuando uno de aquellos emplumados guerreros se acercó con su maza en ristre, decidieron seguir los pasos de su antiguo comandante.

Los condujeron a través de la selva y desanduvieron el camino que habían hecho, hasta que llegaron de nuevo a la playa. Allí se reencontraron con Dragut, que tenía las muñecas atadas y era custodiado por dos de aquellos seres cubiertos de plumas. En la orilla aguardaban dos estrechas embarcaciones, fabricadas a partir de un único tronco de árbol ahuecado. Fueron empujados hasta ellas.

– ¿Pretenden que subamos en eso? -Piri parecía horrorizado por la perspectiva.

Piri y Baba montaron en una de las piraguas y Dragut y Jabbar en la otra. Los nativos se acomodaron delante y detrás de ellos, tomaron unas largas palas torneadas en madera y empezaron a remar. Poco a poco se alejaron de aquella costa.


13

<p>13</p>

Tras aquella noche interminable, en la que el vizcaíno había desaparecido para siempre, Lisán y sus compañeros de desdicha fueron obligados a ponerse en pie y caminar por la playa como bueyes uncidos por un yugo.

Pasaron tres días angustiosos, dirigiéndose siempre hacia el sur, rodeando la selva sin penetrar jamás en ella. En cada crepúsculo, los hombres-tigre arrastraban a uno de ellos hacia la oscuridad de la jungla. El primer día fue Ulug, uno de los turcos. Luego le llegó el turno a Hubal, a quien las heridas que había recibido en el combate casi no lo dejaban andar. La tercera noche se llevaron a otro de los turcos, cuyo nombre Lisán no supo recordar. Los que iban quedando intentaban descansar, cerrando los oídos a los terroríficos gritos de sus compañeros a los que no volverían a ver jamás y rezando para que aquellas noches llenas de horror pasaran rápido. Durante las horas de luz seguían caminando torpemente por la arena mientras el día avanzaba inmutable.

– ¿Adónde nos has conducido, faquih? -preguntó Yusuf durante una de estas caminatas, con una voz que era como un lamento agotado-. ¿Qué lugar infernal es éste?

– No lo sé. Allah me perdone, pero no lo sé -respondió Lisán.

Se sentía abatido y sin fuerzas. Una puerta se había abierto en su alma y había dejado entrar una fría brisa de miedo. Pero conforme pasaba el tiempo la brisa se estaba transformando rápidamente en un vendaval. Y la muerte de su amigo Ahmed, y todas las desdichas y horrores que sucedieron después, le habían secado el pecho de esperanzas.

Pronto comprendió que no podía permitirse eso.

– ¿Qué va a ser de nosotros, señor? -le preguntó Jamîl, buscando en sus ojos alguna promesa-. ¿Qué son esos hombres vestidos como fieras y qué hacen con nuestros compañeros?

– No dejes que el miedo te domine -le respondió el faquih-, y confía en Allah, muchacho. Él sigue con nosotros, incluso aquí.

– Pero mi amo era un buen hombre y un buen siervo de Allah -dijo el chico-. No merecía morir. No merecía que su cuerpo no fuera enterrado.

– Nadie merece ser humillado y nadie merece ser ensalzado -dijo Lisán-, pero la vida va de un lado para otro y todas las cosas nos enseñan alguna verdad.

– ¿Crees realmente en eso, faquih? -le preguntó Yusuf con amargura-. El chico tiene razón, hay cosas por las que nadie merece pasar.

– Supera tus propios juicios, Sarray, y piensa: a los ojos de Allah, ¿qué es justo y qué es injusto?

La rabia también se había apoderado de él. Apenas sabía cómo luchar contra ese sentimiento, pero no iba a rendirse. Era precisamente ahora cuando debía acudir a las enseñanzas de sus maestros sufíes. En su bondadosa filosofía estaba el único camino para encontrarle un sentido a todo lo que les sucedía, y debía compartirlo con sus compañeros. Pensó que era afortunado por tener que desempeñar ese cometido en un momento así.

– De acuerdo, todos nos sentimos desdichados. A fe mía que hemos sido golpeados por los acontecimientos… -siguió diciendo. Alzó la voz para que el resto de los cautivos pudieran oírlo-. Es evidente que nuestra situación parece desesperada y nos preguntamos por qué Dios nos envía tantas desgracias… Pero nos equivocamos cuando pretendemos hacer de las señales de Allah una cuestión personal.

– Allah no tiene nada que ver con todo esto, faquih -masculló Yusuf-. Esas criaturas no pueden ser hijas de Él.

– ¡Por supuesto que sí! -exclamó Lisán, cada vez más seguro de sí mismo-. Todo forma parte de Allah. El Mundo y todos sus acontecimientos están ante nosotros para que le demos una serie de respuestas a nuestro Creador. Éstas pueden ser acertadas, en armonía con el Mundo, o no. Si ante la desdicha cortamos nuestro contacto con la vida y nos situamos al margen de Dios, entonces estaremos verdaderamente perdidos… Ésa es la cuestión planteada correctamente. La única actitud, lo único que nos conecta firmemente con la vida, es el agradecimiento a Allah y el deseo de aprender más sobre nosotros mismos.

– ¿Y qué te ha enseñado todo esto, faquih?

– Que no podemos caer en la desesperación, Yusuf ibn Sarray -dijo Lisán, mirándolo fijamente, sintiéndose fuerte por primera vez en mucho tiempo-. Es demasiado fácil. No es digno de nosotros. Tenemos un orgullo que no podemos traicionar. Pase lo que pase.

El Sarray se volvió y comprobó que sus primos estaban atentos a la conversación. Se irguió levemente, todo lo que le fue posible con aquel cepo que le dificultaba los movimientos, y dijo:

– ¿De qué estás hablando, faquih? Ningún Banu Sarray ha dado jamás la menor muestra de cobardía. Si tenemos que morir a manos de estos desalmados, lo haremos con una dignidad que no han de olvidar jamás.

Lisán aprobó las palabras del guerrero. Supera tus juicios, era lo que le decía su murshid. Supéralos, pero no dejes de actuar de acuerdo con ellos.

En la mañana del cuarto día, distinguieron a lo lejos una impresionante construcción, semejante a una pirámide levantada sobre un peñasco escarpado. Se dirigieron hacia ella, caminando a lo largo de la orilla del mar. La arena de la playa era tan fina que se hundían en ella hasta las rodillas. Se veían canoas y útiles de pesca, aparentemente abandonados; pero, entre los manglares cercanos a la playa, Lisán distinguió algunas chozas de barro y palma, y a nativos espiándolos desde la penumbra de la jungla.

Se vieron interrumpidos por un alto promontorio rocoso que se extendía hasta dentro del mar y al que se sujetaba un lienzo de muralla. Un parapeto de piedra, que ahora les tapaba la vista de la pirámide que divisaran desde lejos. El grupo rodeó el muro y dejó atrás la playa. Llegaron a una puerta en forma de arco afilado. Frente a ella montaban guardia dos nativos armados con lanzas y macanas, que contemplaron a los extranjeros con asombro y una curiosidad casi infantil, pero se hicieron a un lado para dejarlos pasar.

Penetraron en la ciudad y caminaron entre policromados edificios, que se levantaban sobre bases de piedra, ordenados a lo largo de calles perfectamente trazadas. La ciudad se extendía aproximadamente una legua a lo largo de la costa y los tres lados que miraban a tierra estaban protegidos por la muralla. Los edificios de su interior tenían paredes blancas hechas de adobes recubiertos de estuco coloreado.

– ¡Esto es la civilización! -exclamó Yusuf mientras miraba a un lado y a otro-. Los salvajes no pueden haber construido todo esto.

– No lo han hecho ellos, sino los demonios -exclamó Ismail.

Lisán vio cómo el joven Jamîl se estremecía ante las palabras del Sarray.

– Son hombres, y si queremos sobrevivir en su mundo debemos dejarnos de fantasías. Ya habéis visto esa muralla que rodea la ciudad…

– Sí, faquih -dijo Ismail-. ¿Y qué?

– Significa que tienen enemigos y que tienen guerras… y lo más importante: que conocen el miedo.

Desde todos los rincones asomaban nativos, hombres y mujeres, que contemplaban asombrados el paso de aquellos extraños desarrapados. Algunos se unían a la comitiva o la seguían a cierta distancia.

Templos, adoratorios y casas nobles se alineaban en perfecta perspectiva para conducirlos hasta la monumental pirámide truncada que colgaba sobre el mar, al borde del acantilado. Ahora que podían distinguir sus detalles de cerca, veían un gran edificio de piedra decorada con complejos bajorrelieves. Por su fachada ascendía una escalinata casi vertical de más de sesenta escalones labrados con todo tipo de horrores: cabezas de serpiente con las fauces abiertas y los ojos encolerizados; criaturas deformes de miembros retorcidos y largas narices como probóscides rizadas; seres que eran como una confusión de rasgos humanos y animales, como monstruos surgidos de inimaginables metamorfosis a medio concluir. Los musulmanes miraban todo esto con un espanto indescriptible. Para ellos, cualquier representación de un ser humano era obscena, pero aquellas repugnantes imágenes estaban más allá de las más horrendas pesadillas.

Tres hombres vestidos de blanco aguardaban al pie de la escalera, en la plaza situada frente a la pirámide. Recordando las atrocidades de Talos el Rojo, Lisán estudió su espeluznante aspecto mientras se iban acercando. Llevaban el rostro pintado de negro y su cabello era largo y enmarañado, como crines de caballo. Vestían rígidas túnicas de algodón acolchado y se adornaban con grandes pendientes, brazaletes y un pesado collar de jade con cuentas que representaban cabezas humanas. Y apestaban. Un olor denso y dulzón se desprendía de ellos conforme se les iban acercando. Advirtió entonces que sus cabellos estaban empapados de sangre, y que ésta resbalaba por las blancas espaldas de las túnicas. Contuvo un estremecimiento. Sangre seca y antigua, sangre fresca y reciente, a eso olían aquellos hombres. Uno sujetaba un pequeño incensario de terracota y los roció con el humo que emanaba de él.

– Se diría que son adoradores de algún ídolo pagano -musitó Yusuf-. ¿Qué piensas tú, faquih?

A Lisán le vino a la mente la palabra «chamán», que usaban las tribus de salvajes turcos, mongoles y manchú-tungus, [14] y que él conocía gracias al famoso rihla de ibn Fadlan. Sabía, por tanto, de su habilidad para realizar sahumerios ponzoñosos, capaces de confundir el espíritu de los hombres, por lo que retrocedió un paso y trató de no respirar aquellos vapores. Observó también que la frente de aquellos «chamanes» era plana, de una forma que no parecía natural, y que sus orejas estaban desgarradas por decenas de pequeños cortes.

– Sí, eso parece -dijo-. El mensaje del Libro no ha podido llegar hasta un lugar tan remoto. Estos hombres siguen viviendo en el Jahiliyya, en la Era de la Ignorancia.

Obligaron a los náufragos a arrodillarse, a hincar la cabeza contra el suelo. El líder de los hombres-tigre entregó al chamán más viejo el disco de oro que había arrebatado a Lisán. Éste lo sostuvo en la palma de la mano y lo hizo girar ante sus ojos, contemplando cada uno de sus detalles.

– H-uuch-been uinicoob! -exclamó.

Lisán intentó memorizar aquellas palabras. Estaba seguro de que eran las mismas que había empleado el hombre-tigre en la playa. El viejo sacerdote alzó la vista del disco y preguntó algo al guerrero que se lo había entregado, que señaló a Lisán con su macana. Se acercó a él y caminó a su alrededor, estudiándolo. El olor a sangre era insoportable, casi hizo vomitar al faquih.

– Bix a k'aaba'?

Lisán clavó su mirada en el suelo. El viejo volvió a preguntar:

– Bix a kaajal?

Yusuf, que estaba arrodillado junto a Lisán, decidió que había llegado el momento de intervenir para señalar que era él quien estaba al mando. Se incorporó un poco y dijo:

– No podemos comprender tus palabras. ¿Acaso entiendes tú las nuestras?

Un golpe en el costado hizo que el capitán de los Sarray volviera a pegar su rostro contra las losas del suelo.

– Ch'ench'enki! -le gritó el guardia que lo había golpeado.

– ¡Estáis locos! -bramó Yusuf, encogido por el dolor-. ¿Qué queréis de nosotros?

Otro de los nativos se acercó al grupo. Llevaba un fardo de algodón cargado sobre los hombros. Se arrodilló frente al chamán y lo abrió; en su interior brillaron las espadas y cuchillos de los cautivos.

El viejo se olvidó momentáneamente de Lisán, se colgó el disco de oro al cuello y se acercó para contemplar el botín de acero. Los otros sacerdotes también se aproximaron para curiosear durante un rato entre las armas. Las cogieron y sopesaron entre sus manos, contemplaron el brillo del sol reflejarse en ellas. Uno de ellos se cortó al sujetar un cuchillo con demasiada fuerza por el lado equivocado, pero su reacción fue tan extraña como todo lo que estaba sucediendo. No apartó la mano, estudió el filo con fascinación y, apretando el cuchillo por la empuñadura, se practicó varios tajos bastante profundos en el antebrazo.

Los náufragos lo vieron llenos de terror supersticioso. ¿Qué podían esperar de hombres que despreciaban así el dolor? Pero los sacerdotes, aparentemente, se habían olvidado de su presencia y seguían jugando con las armas de metal. Entonces los hombres-tigre los obligaron a incorporarse y los empujaron hacia la calle que los había llevado frente a la pirámide.

Desanduvieron el camino y se dirigieron hacia un grupo de chozas situadas junto a la muralla. Mientras caminaban bajo su atenta escolta, los náufragos vieron aves negras semejantes a gansos de gran tamaño deambulando por el poblado, despreocupadas, como si carecieran de dueño. Y perros pequeños y blancos, muy mansos y silenciosos, que escarbaban la arena buscando algo que llevarse a los dientes. Había mujeres trabajando frente a las chozas, casi todas amasando algo entre sus manos, vestidas con una larga camisola blanca que ocultaba por completo su figura, pero parecían pequeñas y macizas, como los pajes. Los hombres-tigre y los sacerdotes, en cambio, eran más altos y de miembros largos y musculosos. Aunque no era posible ver sus rostros, ocultos por las máscaras, o la pintura en el caso de los sacerdotes, para comprobar si pertenecían o no a la misma raza. Un puñado de chiquillos corrió a rodear a los desdichados cautivos, entre risas y gritos incomprensibles. Pero no hacía falta conocer la lengua de aquella gente para darse cuenta de que las risas y los chillidos iban dirigidos a su situación y a su pobre aspecto. La burla y la extrañeza se leían sin dificultad en sus ojos.

Llegaron al fin hasta una de las chozas. El hombre-tigre que había capitaneado el grupo se volvió hacia los náufragos y pronunció una larga ristra de palabras en su idioma lleno de sonidos chasqueantes.

– Creo que quiere que entremos -dijo Yusuf-. Yo os propongo que le obedezcamos de momento.

Así lo hicieron.


14

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Un par de mujeres venían regularmente a atenderlos, para cambiarles los emplastos, lavar sus heridas y aplicarles en ellas el milagroso ungüento de intenso olor sulfúreo. Eran silenciosas pero los trataban con una amabilidad y un cuidado que hizo que todos recobraran las esperanzas. Quizás aquellos salvajes los dejaran con vida después de todo.

– No se preocuparían tanto de nuestro bienestar si pensaran matarnos, ¿verdad? -decía Ismail. Pero nadie se sentía con ánimos de responderle.

Dos veces al día, esas mismas mujeres los alimentaban con tortas planas, que amasaban con sus manos, y un líquido blanco que no era leche, sino algún tipo de grano fresco triturado.

– Como hembras son apetecibles -afirmó Ismail, admirándolas-. Al menos se intuye carne debajo de esas telas.

Las nativas iban vestidas con las largas túnicas de algodón que eran el atuendo habitual de las mujeres de aquel país. Lucían, además, unos complejos adornos de jade que les taladraban la nariz, y de las orejas les colgaban unos zarcillos dorados.

Yusuf recogió su cuenco con aquel jarabe blanco y las tortas, y gateó hasta situarse junto a Lisán.

– ¿Qué opinas tú, faquih? -le preguntó en tono confidencial-. ¿Crees que esta gente va a respetar nuestras vidas?

– Rezo por ello constantemente a Allah, alabado sea.

El Sarray mojó las tortas en el cuenco, luego se las llevó a la boca y, mientras masticaba pensativamente, dijo:

– No tiene sentido que acaben con nosotros. Como esclavos somos de mayor utilidad… Y mientras hay vida hay esperanza. Ya encontraremos la forma de huir y de regresar a nuestro mundo… -Se detuvo un momento para apurar el líquido bebiéndolo directamente del cuenco. Luego se limpió con el dorso de la mano-. Pero no puedo olvidar lo que les hicieron a nuestros compañeros y a ese vizcaíno… Bueno, no sé qué les hicieron… pero sus gritos…

– Olvida eso. Concéntrate en sobrevivir y en mantener la moral de tus hombres.

– Tú no viste lo que yo vi -susurró Yusuf con voz tétrica-. Mientras peleábamos, alcancé en el pecho a uno de esos guerreros cubiertos con pieles… una herida terrible… cualquier hombre hubiera perdido el sentido, pero él ni se inmutó. No estamos entre hombres, Lisán. Éstos son magos o algo mucho peor…

– Es evidente que poseen una mayor resistencia al dolor que nosotros, fíjate en sus orejas desgarradas por decenas de cortes, y en cómo ese idólatra se ha hecho varios tajos en el brazo sin que eso pareciera importarle. Están acostumbrados al dolor… Pero eso no significa que no sean tan hombres como nosotros. Éste es Otro Mundo, eso es todo.

Una de las mujeres se acercó a Ismail y depositó el cuenco y las tortas frente a él.

– Gracias, mi señora -dijo él con su galante acento andalusí.

En Granada había sido famoso por sus conquistas amorosas y ese talento suyo no tenía por qué dejar de funcionar allí. A fin de cuentas, eran mujeres, ¿no? Quizás esto representara una oportunidad para mejorar su situación. Extendió la mano y acarició su mejilla con suavidad. La nativa alzó los ojos y le sonrió, mostrándole que tenía los dientes limados por los bordes, de forma que su boca se asemejaba a las fauces de un tiburón.

Entre la sorpresa y el espanto, Ismail retiró rápidamente la mano.

Al quinto o sexto día de cautiverio, un grupo de salvajes ataviados con taparrabos de algodón y sandalias de piel vino a sacarlos de la choza. Eran más cortos de estatura que los hombres-tigre y tenían el cráneo más ancho. Llevaban el cabello muy largo, con una especie de tonsura, el cuerpo y la cara pintados de rojo. Esta vez no les ataron una mano al cuello con uno de aquellos yugos, pero era imposible rebelarse o intentar alguna jugarreta contra ellos, porque todos iban armados con macanas.

Caminaron hasta una gran choza que se levantaba sobre una plataforma de piedra y estaba rodeada por una cerca. Sentado en el porche, rodeado de mujeres y niños, los esperaba un nativo gordo y de aspecto pomposo. En su amplio rostro había un gesto altivo, ligeramente despectivo, que se hacía más acusado en el rictus orgulloso de sus labios. Iba adornado con un amplio penacho de plumas rojas y azules, en torno a una diadema de cabezas de serpientes, desprovistas de mandíbulas inferiores, que rodeaba su frente. Sujetaba en su mano derecha un gran bastón, rematado con la talla de una forma humana.

Detrás de él, estaban los tres sacerdotes o chamanes que habían visto en la pirámide. Altos y delgados hasta lo enfermizo, ahora vestían una sencilla camisa blanca de algodón. Pero sus cabellos recogidos a la espalda seguían teniendo un aspecto repugnante, pues la sangre con la que los habían embadurnado se había transformado en una espesa costra al secarse. Lisán descubrió algo más: uno de «ellos» era en realidad una mujer. Con aquella camisa ligera se marcaban perfectamente sus pechos y pezones, aunque el resto de su aspecto era exactamente igual al de los dos hombres: cabellos enmarañados y un rostro pintado de negro que ocultaba sus rasgos, transformando su semblante en una máscara aterradora.

Yusuf se dobló de rodillas cuando sintió en el estómago el golpe de la pala del guardia más cercano. Respiró lentamente, tratando de no mostrar su espanto. El golpe no había sido muy fuerte, apenas una advertencia, pero no deseaba hacer nada que provocara a aquellos salvajes. Sabía que estaban a su merced y lo único que podían intentar ahora era ganar tiempo.

Uno tras otro, los once supervivientes fueron obligados a arrodillarse. Entonces el nativo gordo se puso en pie, extendió las manos y se dirigió a ellos con voz grave, amenazante, usando aquella lengua que les resultaba completamente extraña, como si no aceptara que ellos no podían entenderlo, o no le importara si lo hacían o no. Se señaló a sí mismo y repitió las palabras «Halach Uinich» una y otra vez, por lo que los cautivos supusieron erróneamente que ése era su nombre.

Yusuf se arriesgó a levantar la cabeza y vio que el caudillo descendía majestuosamente del porche y se acercaba a ellos escoltado por los tres sacerdotes.

– Noble señor de estas tierras -logró articular con el tono de voz más humilde que pudo encontrar en su garganta. Algo que no le costó demasiado esfuerzo-. Somos viajeros llegados de un lejano país, allá donde nace el sol. Nuestra nación es sabia y generosa. Yo soy miembro de una familia noble, llena de riqueza, que estará dispuesta a pagar el rescate que tú fijes por nosotros, pero debemos recibir un trato acorde con nuestra posición y dignidad.

El Halach Uinich se detuvo ante Yusuf y lo examinó, midiendo las aristas de su cara y lo hirsuto de sus barbas con la displicencia de quien se dispone a comprar una bestia en una feria. Ante su mirada, el Sarray bajó rápidamente los ojos, pero el caudillo dio una orden a los guardias y éstos, sujetándolo por las axilas, lo pusieron en pie de un tirón. Permaneció así, humillado, inmóvil, mientras el caudillo giraba a su alrededor observando cada detalle de su ahora desastrado atuendo. Luego se acercó a él, cerró la mano sobre su barba y tiró de ella. Yusuf apretó los dientes y permaneció quieto, una lágrima corrió por su mejilla. Los rostros de aquellos nativos eran lampiños, quizás en aquella acción no había más que curiosidad, pero mesar las barbas de un Banu Sarray era uno de los peores insultos que se le podía infligir.

El Halach Uinich paseó entre el resto de los náufragos arrodillados. Yusuf temblaba de ira, pero aún le quedaron fuerzas para mascullar una rápida orden hacia sus primos:

– Que nadie se mueva. Debemos aguantar todo lo que quieran haceros, porque estos hombres no conocen nuestras costumbres.

Uno de los sacerdotes se acercó seguido de un joven acólito con una vasija de cerámica con la forma de la cabeza de un tigre. Tomó un hisopo, lo introdujo en el recipiente y lo sacó con su extremo embadurnado de blanco. Con él tocó la frente de Yusuf ibn Sarray, de Jamîl y del resto de los turcos y los Sarray, marcándolas una tras otra con aquella tintura. Cuando se acercó a Lisán con el hisopo se detuvo. El chamán le tendió entonces al Halach Uinich el disco dorado arrebatado en la playa. El caudillo lo sopesó, fascinado por los símbolos grabados en el metal, luego hizo un gesto hacia el del hisopo, ordenándole claramente que se retirara. De esta forma, todos quedaron marcados de blanco, excepto Lisán.

Concluida la ceremonia, el caudillo se dio media vuelta y regresó con sus mujeres, mientras los náufragos eran devueltos a su encierro.

En la penumbra de la choza, turcos y andalusíes se miraban los rostros demacrados, reconociendo en la mirada de los otros el miedo propio. Jamîl vomitó en un rincón sin poder contenerse y Yusuf, pasmado, apenas pudo hacer otra cosa que llevarse la mano a la frente y mancharse los dedos de aquella tintura blanca como la cal.

– Hemos sido elegidos para algo -murmuró el Sarray, contemplando la pintura que brillaba burlona entre sus dedos-. Pero no puedo imaginar para qué… Es preciso que aprendamos su lengua. Necesitamos comunicarnos con ellos.

– Ya nos hemos comunicado -dijo Lisán-. La violencia con la que actúan es más elocuente que las palabras…

– Piensan asesinarnos, ¿verdad? -gimió Jamîl, controlando las arcadas y calambres que estaban royéndole el estómago-. Es eso lo que planean hacer…

– Todos hemos sido marcados, menos el faquih… -dijo uno de los Sarray, llamado Farid-. Tú te has salvado gracias a ese amuleto.

– ¿Qué sabemos nosotros de lo que hablaban en su idioma? -replicó Lisán-. Quizás os habéis salvado todos vosotros y soy yo quien está condenado.

– No lo creo -dijo Ismail-. Nos han seleccionado a nosotros para morir, tal y como hicieron con nuestros compañeros. ¿Es justo que tú, que nos has arrastrado hasta aquí, seas el único en salvarte?

Lisán no contestó. Enterró el rostro entre las rodillas y le dio gracias a Allah de que Ahmed hubiera tenido una muerte rápida y no estuviera sufriendo las penalidades que a ellos les había tocado vivir. Deseaba con todo su corazón que todo fuera un mal sueño del que pronto despertaría en la habitación de su casa en Granada. Entonces iría a visitar a su hermano y le narraría con detalle aquella extraordinaria pesadilla que le había resultado tan vívida.

¡Era tan real!, le insistiría, estremeciéndose por el recuerdo…

Pero seguía allí, sentado en el interior de aquella choza, rodeado por hombres con el gesto distorsionado por el miedo, algunos de los cuales lo miraban ahora con odio. Odio hacia él, por haberlos arrastrado hasta su pesadilla. ¿Qué hacían allí? ¿Qué sentido tenía tanto sufrimiento? Su hermano había estado en lo cierto desde el principio: todo eso era una locura. Y, sin embargo, ni siquiera él había logrado escapar de ella. Nada hubiera sucedido de no haberse encontrado con aquel falso mameluco. De no ser por él, quizá su deseo de emprender aquel viaje se hubiera quedado en nada. Sería un sueño más que no se había cumplido. Pero una interminable cadena de sucesos, que debía de tener un sentido en la mente de Dios, los había conducido a aquella costa insólita, como un madero arrastrado por la corriente. Y él tenía que aceptarlo sin más, aunque los remordimientos lo estuvieran trastornando.

– Yo creo que no es justo -decía otro de los Sarray con voz tétrica, como si hubiera leído sus pensamientos-. El faquih es el culpable de que nos veamos así.

– ¡Ya basta! -gritó Yusuf-. ¿De qué sirve especular con todas esas cosas? Rezad a Allah, encomendaos a su Misericordia y no penséis más.

Permanecieron en silencio, sintiendo el escozor de la pintura sobre la cabeza y en los dedos, y el pánico revolviendo sus tripas. Dejando pasar el tiempo…

Como un camello desbocado que se dirigiera hacia un abismo.


15

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Un estruendo espantoso de tambores, de voces y cánticos los despertó. Antes incluso de que la puerta de la choza se abriera como una boca hambrienta, los once cautivos supieron que había llegado el momento. Andalusíes y turcos apenas tuvieron tiempo de tocarse las manos unos a otros, para infundirse algo de valor, antes de que un puñado de guerreros los sacara a empujones de su encierro.

Fueron conducidos hasta la choza del Halach Uinich, donde fueron recibidos con un coro de gritos y exclamaciones de júbilo. Allí se habían congregado centenares de nativos.

La marea de cuerpos se abrió para dejar paso al caudillo y al grupo de sacerdotes que lo escoltaban. Éstos eran ahora una decena, hombres y mujeres, y era imposible imaginar criaturas más tétricas que aquéllas. Vestían largas túnicas negras y llevaban el cabello pegoteado de costrones de sangre, las sienes marcadas por una repugnante mancha roja. Los rostros que no habían sido pintados de negro tenían la palidez de la muerte, las mejillas hundidas, los ojos extraviados, como si no les quedara una sola gota de sangre en el cuerpo. Causaban terror con sólo mirarlos. Se habían dejado crecer las uñas de sus manos esqueléticas hasta enredarse unas con otras. Una idea asaltó a Lisán al verlos acercarse: aquellos sacerdotes no parecían criaturas nacidas del vientre de una mujer para habitar este mundo.

El Halach Uinich iba ataviado con una deslumbrante capa de plumas encarnadas y azules, que le daban el aspecto de un pájaro humano. De nuevo se dirigió a los cautivos en su idioma incomprensible, pero ahora lo hizo de forma lenta, ceremoniosa, como parte de un elaborado ritual cuyo significado éstos no podían imaginar:

– Dza a uol tuculnen… Chen-ti a Uymil; maa… A cha za hac il maa… Loob cun bet bil techil…

Después, les dio la espalda y se puso en marcha. La multitud congregada siguió al caudillo y a los prisioneros por la calle que se dirigía hacia la pirámide truncada.

Se detuvieron al pie del monumento, donde aguardaban los guerreros disfrazados con pieles de tigre. Nada más verlos, Lisán comprendió que sus peores temores se confirmaban. Sintió el deseo de gritar a sus compañeros que lucharan, que intentaran por todos los medios escapar de aquel lugar, pero el miedo se había apoderado de su garganta y sus piernas continuaban arrastrándolo, paso tras paso, ajenas a su voluntad.

Todos los náufragos, menos Lisán, fueron despojados de sus harapos por un grupo de sacerdotes. Luego, les pintaron la mitad superior de la cara de negro con círculos blancos, y el cuerpo, con rayas horizontales rojas y negras. Embadurnaron sus cabellos de alguna mixtura pegajosa y los adornaron con bolas de plumón blanco.

– Allah misericordiosísimo, ¿qué es esto? -sollozó Jamîl, mientras parpadeaba y escupía para librarse de la pintura que le había entrado en los ojos y la boca-. ¿Qué es esto?

Lisán se volvió hacia sus compañeros, que contemplaban atónitos el desarrollo de los acontecimientos. Él era el único que no había sido maquillado de esa forma extraña, pero ninguno de ellos podía imaginar lo que le esperaba.

Dos sacerdotes cayeron de improviso sobre el faquih y lo obligaron a tumbarse de espaldas contra el suelo. Él intentó inútilmente debatirse mientras le arrancaban los trapos destrozados con los que se cubría. Se retorció como una anguila entre sus brazos, pero fue inútil y pronto se vio completamente desnudo. Lo sujetaron y le separaron las piernas. Otro sacerdote se arrodilló frente a él, con un cuenco de madera entre las manos, del que extrajo una mixtura pegajosa, de un intenso color verde, con la que le embadurnó las ingles y los sobacos. Luego lo soltaron y se apartaron.

Lisán se puso en pie, abochornado, intentando quitarse aquel mejunje de sus partes.

– ¡Nuestras manos no están atadas! -gritaba Ismail con los dientes castañeteándole de terror-. Debemos pelear, defendernos…

– ¡Vamos a morir! -lloraba Jamîl sin poder contenerse.

Lisán miró a su alrededor, desesperado, comprendiendo que cualquier intento de resistirse era inútil. Centenares de nativos los rodeaban, los miraban con una intensidad demoníaca y los rostros parecían estar distorsionándose hasta convertirse en máscaras horripilantes de cera que se derritieran bajo un potente sol.

El suelo se movía ahora bajo sus pies, como si se encontrara de nuevo a bordo de la Taqwa, y le costaba mantener el equilibrio. Los testículos le ardían. Al principio, aquella sustancia había despertado una sensación de frescor, viscosa pero no del todo desagradable. Pero ahora se estaba calentando rápidamente y le quemaba allí donde se la habían aplicado, a la vez que llegaban a su nariz los amargos vapores que se desprendían de ella. Respingó y se dio secos manotazos en las partes y en los sobacos. Los golpes dolían, pero aquel dolor le ayudó a mitigar la impresión de que un fuego invisible lo estaba abrasando.

¿Qué es esto, acaso esta sustancia me está envenenando la sangre?, pensó.

Poco a poco, la sensación de ardor se fue aliviando y quedó reducida a un intenso comezón, pero la confusión de su mente continuó.

Mientras tanto, uno de los sacerdotes, el más anciano de todos, se acercó a Yusuf y lo invitó con un gesto a que lo siguiera. El Sarray sintió que el corazón se le detenía en el pecho. Asintió, intentando sacar fuerzas de la nada, rebuscando en el fondo de su alma un último atisbo de valor. Se volvió hacia Lisán y le dijo:

– Reza por mí, faquih.

Lisán contempló a Yusuf caminar tras el anciano. Le parecía ver aquella escena a través de una cortina de agua que lo distorsionara todo. Su mente estaba tan confusa que sólo pudo rogar a Allah para que aquella atrocidad acabara lo más rápido posible para todos ellos.

El Sarray se detuvo en la base de la empinada escalinata y el sacerdote se apartó a un lado. Allí lo esperaban dos hombres-tigre que le indicaron con gestos que debía empezar a subir. Él miró hacia arriba y cerró con fuerza los ojos. Trató de recordar el rostro de sus hijos, la sonrisa de alguna de sus esposas, pero no consiguió ver ante sus párpados cerrados más que la mancha en negativo del disco del sol. Uno de los guerreros lo aferró por el brazo y lo empujó hacia arriba. Empezó a trepar, muy despacio, por los escalones que conducían a la terraza superior de la pirámide truncada. Eran tan estrechos que no parecían haber sido tallados para pies humanos. La algarabía de los tambores, el trino agudo de las flautas, apagaron los rezos y gemidos de los compañeros que habían quedado atrás.

Llegó sin aliento a la amplia plataforma superior. Cinco sacerdotes estaban congregados alrededor de una piedra cubierta de sangre seca, frente a un macizo templo cuadrado. Sobre la puerta de éste había sido tallada la figura de una criatura de aspecto horrendo que, espatarrada boca abajo como un demonio ejecutando una cabriola, le dirigía una mirada maligna con sus abultados ojos de sapo. Uno de los oficiantes se había despojado de su túnica negra y empuñaba en la mano derecha un afilado cuchillo de obsidiana. Su cuerpo, cubierto por un pequeño taparrabos blanco, parecía reseco y ceniciento, enfermizo, salpicado de pequeños cortes y cicatrices. Con un gesto, indicó al Sarray que se acercara.

– Esto no puede ser real -musitó Yusuf estremeciéndose.

Se dio la vuelta y miró hacia abajo. La multitud se arremolinaba en torno a la pirámide. Sus amigos eran manchas pintadas de rojo y negro perdidas entre la masa de carne cobriza. No pudo distinguir a Lisán.

– No es real…

Los ojos de los dos hombres-tigre lo observaban despiadados desde detrás de sus máscaras. Yusuf consideró la proposición de Ismail de luchar por su vida, pero comprendió que no tendría opción ninguna, y que rebelarse ahora sólo haría que su muerte resultara más penosa, y quizá más indigna. Sabía que es en el momento de la muerte cuando las criaturas revelan su verdadera naturaleza. El cerdo chilla y se resiste como si lo poseyeran los demonios, porque es una criatura inmunda. Los corderos en cambio saben que su destino es el sacrificio, porque son seres sometidos a su realidad. Pero él no podía admitir que le estuviera sucediendo algo así. A él, al ahijado de ibn Kumasa. No podía admitir que Dios los hubiera hecho pasar tan largo calvario en el mar sólo para reservarles este destino.

Mientras dudaba si rezar o maldecir, si debatirse o dejarse hacer, los cuatro sacerdotes lo sujetaron por los brazos y las piernas. Intentó entonces resistirse, pero ya fue inútil porque aquellos hombres demostraban mucha experiencia en sus movimientos. Lo levantaron en vilo y lo tumbaron de espaldas sobre el mojón de piedra cubierto de sangre coagulada. Tiraron con fuerza de sus miembros, obligando a su pecho a arquearse.

El quinto se acercó con el cuchillo de obsidiana brillante entre las manos.

Yusuf gritó una súplica para Allah, pero su voz fue apagada por el horrible sonido de la carne al desgarrarse. El chamán había clavado el cuchillo en el lado izquierdo de su pecho y cortaba con destreza hacia el centro del tórax. Dos movimientos rápidos, firmes, llenos de crueldad. Inmediatamente, metió la mano en la herida y extrajo su corazón palpitante. Yusuf pudo oír el repugnante sonido de succión que hizo la víscera cuando fue arrancada de su pecho. Incluso, antes de perder la conciencia, pudo ver con sus propios ojos cómo latía en la mano de aquel salvaje, cómo la sangre resbalaba por su antebrazo.

Luego, la oscuridad.

El chamán elevó su trofeo sanguinolento hacia el sol, ofrendándole los últimos latidos al astro que ocupaba en ese momento el cenit del cielo. Luego, arrojó el corazón al interior del templo cuadrado que estaba tras él y volvió a introducir la mano en el pecho abierto del sacrificado, que daba ya sus últimos estertores. Recogió un poco de sangre en el hueco de su palma y embadurnó con ella sus cabellos.

Los cuatro oficiantes arrastraron el cuerpo sin vida del Sarray hacia el borde de las escalinatas y lo empujaron suavemente hacia abajo. El cadáver rebotó por los empinados escalones, un muñeco agujereado y sangrante, seguido de cerca por los dos hombres-tigre, que parecían querer asegurarse de que nada lo retuviera en su caída. Llegó al suelo, frente a sus aterrorizados compañeros, que no podían dar crédito a lo que acababa de suceder. Nunca habían contemplado un espectáculo tan espantoso. Sus ojos se volvían una y otra vez hacia el cuerpo mutilado. No querían mirarlo, pero no podían dejar de hacerlo. Ismail fue el único en reaccionar. Se volvió hacia uno de los guardias e intentó golpearle en el rostro con sus puños, los dientes rechinándole de pura rabia. Pero un par de guerreros cayeron sobre él y lo inmovilizaron en el acto y sin dificultad, cuidando de no herirlo ni hacerle daño.

Mientras tanto, al pie de la pirámide, la ceremonia continuaba en su horror creciente, sin prestar atención al débil conato de rebeldía. El sacerdote anciano parecía discutir con un grupo de guerreros jóvenes, hasta que señaló a uno de ellos. Éste se acercó al cuerpo del Sarray y con diestros golpes de pala le cercenó la cabeza. La atravesó con una vara de madera y se la llevó al Halach Uinich, que observaba la escena sentado bajo un palio. Los hombres-tigre se ensañaron entonces con el cadáver de Yusuf, golpeándolo con sus macanas como si cortaran las ramas de un tronco caído. En unos instantes lo descuartizaron por completo, y cada uno de ellos se llevó un miembro o un pedazo de carne, como lobos hambrientos repartiéndose los despojos de una presa.

El anciano se acercó entonces a los horrorizados cautivos y señaló a Jamîl.

– ¡No! -gritó el muchacho, mientras se apretaba contra Lisán buscando cobijo-. ¡No permita que me lleven, señor!

Lisán intentó hacerles frente y ayudar al muchacho, pero sus brazos parecían de cera caliente. Sin embargo, abrazó al mawla de Ahmed, con todas sus fuerzas, que ya no eran muchas, hasta que uno de los guardias le golpeó en los riñones desde atrás. El nativo lo empujó contra el suelo y con un pie aplastó el rostro del faquih contra la arena.

Jamîl intentó en vano zafarse de los guardias, que lo sujetaron mientras gritaba e intentaba darles patadas. Al ver que no obedecía, el anciano llamó a dos hombres-tigre que lo agarraron por sus ensortijados cabellos y lo arrastraron sin miramientos escaleras arriba.

Lisán dejó escapar un largo sollozo de desesperación e impotencia, mientras contemplaba, aprisionado contra el suelo, al desdichado muchacho, conducido como una res camino del matadero.

Un poco más tarde, el cadáver de Jamîl caía rodando por las escalinatas. Dividieron su cuerpo en trozos siguiendo el mismo sangriento ritual por el que antes había pasado Yusuf.

Le tocó el turno a uno de los turcos, que sollozaba y gemía, la mirada extraviada, implorando compasión mientras ascendía por aquellas fatídicas escalinatas. Luego le llegó la vez a Ismail… y a Farid… pero Lisán ya no tenía conciencia de estar allí. Seguía tirado en el suelo, con el rostro humillado contra el polvo, aunque ninguno de los guardias nativos lo retenía ya. Las lágrimas y los mocos resbalaban por sus mejillas y él se sentía perdido en una pesadilla de la que no podía despertar.

Cerraba los ojos con fuerza y los volvía a abrir. Una y otra vez. Quería despertar de una vez, pero era imposible. Y cada vez que sus ojos se abrían, una imagen de un horror indescriptible entraba por ellos…

Varias cabezas atravesadas por un palo que les entraba y salía por las sienes…

Dos mujeres recogiendo a brazadas los intestinos que habían quedado desparramados y metiéndolos en un cesto…

Un perro blanco olisqueando un despojo sanguinolento…

El batir de los tambores se había transformado en un trueno continuo, una carcajada burlona que lastimaba sus oídos. Hasta que llegó la noche. La oscuridad quedó rota por las grandes hogueras que se encendieron al pie de la pirámide. Alrededor de ellas hubo cánticos y bailes, y el aroma de la carne y la grasa humana al asarse impregnó el aire como un aceite espeso que se pegara a las narices. En medio de todo, solo, aparentemente olvidado por sus captores, Lisán al-Aysar se balanceaba al borde mismo de la locura. Algo se había roto para siempre en su alma. Empezó a incorporarse. Su conciencia parecía rodeada por almohadones que amortiguaban los sonidos, los colores y las sensaciones. Se sentía como un borracho que apenas empezara a recobrar el sentido.

Un hombre-tigre estaba plantado frente a él. Sus ojos brillaban a través de los orificios de su máscara, su boca estaba abierta y la lengua colgaba a un lado. Jadeaba y un hilillo de saliva resbalaba por entre sus dientes puntiagudos y le mojaba la barbilla. Lo miraba.

Lisán sintió que todo el vello de su cuerpo se erizaba. Aquellos ojos… estaba lo bastante cerca para ver con claridad que ya no eran humanos.

La criatura empezó a cambiar. Lentamente, de modo que únicamente era posible apreciar las mutaciones si apartaba la vista un instante para luego volver a mirar. Pero estaba transformándose. Su cráneo se estiró y los dientes crecieron en su mandíbula con un crujido de huesos astillándose. La proporción de los huesos de las piernas y los brazos varió en relación con el cuerpo, una larga cola se desenrolló a su espalda. Sus manos se transformaron en garras. De repente, el hombre había desaparecido y lo que Lisán tenía ahora ante él era un tigre de piel moteada. Intentó gritar con todas sus fuerzas, pero de su garganta no logró arrancar ni un gemido. Recordó entonces que llevaba horas gritando, enloquecido, y que ya no le quedaba aliento. El tigre avanzó indolente hacia él, cruzó a su lado y siguió su camino sin prestarle atención. No era el único que temía a aquella bestia, los nativos se apartaban de su paso, incluso los perros se escabullían aullando lastimeramente.

Lisán alzó la vista hacia el cielo y rogó a Allah para que su vida acabara en ese preciso momento, para que no tuviera que vivir con el recuerdo de ese día.

En lo alto brillaban las estrellas y la luna llena.

El cometa había desaparecido.


La caverna

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<p id="_Toc150592965">La caverna</p>

Y los hicimos dormir en la caverna por muchos años.

Al kahf, 11


<p>1</p>

Un hombre solitario atravesaba la playa en dirección a la ciudad que sus habitantes llamaban «Amanecer». Era un guerrero poderoso y la fama que había dado a su nombre lo precedía. Y éste no era un asunto trivial para los itzá, pues llegaban a tener hasta cuatro nombres diferentes conforme iban transcurriendo las distintas etapas de su existencia.

El curso de su vida había quedado determinado en el momento mismo de nacer, cuando su padre lo entregó a un sacerdote. Éste dio las siete vueltas rituales alrededor de una mesa, en la que habían sido dispuestos diferentes objetos, colocando la manita del bebé sobre cada uno de ellos. De inmediato escogió el xtol che', y sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de la macana, el símbolo de la fuerza y la capacidad militar. No dudó ni un instante y esto confirmó la sospecha del sacerdote, que aseguró a su padre:

– Este niño ya ha vivido antes. Y fue un gran guerrero.

Así obtuvo su paal kaba, su primer nombre. Cuando llegó a la pubertad, se le permitió llevar el apellido de su padre, «Chel». Cuando contrajo matrimonio éste fue modificado de nuevo y tuvo el naal kaba, que se componía del prefijo «Na» más el apellido de su madre, seguido por el de su padre. Como muchos itzá tenía un cuarto nombre, el coco kaba, que había ganado gracias a una hazaña guerrera: Koos Ich. Ojo de águila.

Él era todos y cada uno de esos nombres. Su vida se había desarrollado y su cuerpo había cambiado a la vez que sus nombres, para ajustarse al destino que los cielos habían trazado para él. Un destino al que pronto iba a enfrentarse.

Koos Ich se plantó frente a la puerta de la ciudad amurallada de los cocom, dispuesto para cumplir con su misión. Dos guardias situados ante el arco le cerraron el paso.

– Vengo aquí por la voluntad de los dioses, para ofrecer un sacrificio.

Uno de los cocom empezó a reír.

– ¿Eres itzá? -le preguntó-. En ese caso puedes quemar una de tus apestosas bolas de puk ak [15] aquí mismo…

El cocom se detuvo al cruzarse sus ojos con los del recién llegado. No era un estúpido, e inmediatamente comprendió que con aquel hombre no era saludable bromear. Koos Ich sobrepasaba por una cabeza la estatura del guardia. Sus brazos eran musculosos, casi dos veces más gruesos que los de un hombre común, y su pecho estaba labrado con emblemas que lo señalaban como un gran guerrero curtido en muchas batallas. Sin embargo, no llevaba armadura ni aparejos de combate. Tan sólo un sencillo taparrabos de algodón y una macana adornada con plumas que apretaba en su mano derecha. Pero el guardia cocom se equivocaba al temer que sus burlas pudieran ofender a un verdadero guerrero. Mientras Koos Ich sintiera que estaba actuando de acuerdo con su propósito, no encontraría nada ofensivo en sus palabras.

– ¿Qué es lo que buscas aquí? -le preguntó el otro cocom.

– Ya os lo he dicho, vengo a ofrecer un sacrificio… Un sacrificio humano.

Los guardias giraron los ojos a un lado y a otro.

– Y… en ese caso, ¿dónde está tu prisionero?

– Yo soy el sacrificado. Yo me voy a ofrecer a los dioses sobre la piedra de los gladiadores.

Los dos cocom lo contemplaron, asombrados, durante un instante.

Al fin uno de ellos dijo:

– Sígueme.

Mientras su compañero permanecía en la puerta, condujo al itzá a través de la ciudad de piedra hasta uno de los templos, donde fue recibido por el propio Ahuacán. [16]

– No pretendo ofenderte -le dijo Koos Ich al anciano sacerdote-, pero no es a ti a quien vengo a entregar mi sacrificio.

– ¿A quién entonces? -le preguntó el Ahuacán.

– Al Halach Uinich [17] Es con él con quien deseo hablar.

El anciano aceptó, pero dijo que el sol empezaba ya a ocultarse y era demasiado tarde para molestarlo. Por tanto, ordenó al guardia que le diera cobijo y alimento hasta que llegara la hora en que el señor de la ciudad de Amanecer pudiera recibirlo. De esta forma, Koos Ich fue conducido hasta una choza del poblado situado en el exterior de la zona amurallada. Por el camino se cruzó con varios nahual y desvió rápidamente la vista. La noche estaba cercana y ésta les pertenecía. Koos Ich no quería enfrentarse a los engendros allí, no en ese momento. Algún día no muy lejano llegaría esa oportunidad, era inevitable.

Pero no esa noche.

En la choza, varias mujeres le llevaron tortillas de maíz y carne de perro cocinada con flor de calabaza. Luego se retiraron y lo dejaron solo. Koos Ich se sentó en el suelo. Cruzó las piernas bajo él. De una bolsa de cuero extrajo un diminuto trozo de hongo que se llevó a la boca. Cerró los ojos y dejó que su conciencia localizara su punto de anclaje.

Allí estaba. Un tentáculo de luz lechosa surgía del suelo y se introducía en su cuerpo. Con exquisito cuidado, fue envolviendo el engrosamiento del tentáculo, allí donde se fusionaba con su alma individual, con diferentes capas de membranas luminiscentes. Sus recuerdos. Su fe. Su amor… Todo aquello que lo hacía ser una criatura única.

Fue muy cuidadoso, al día siguiente iba a enfrentarse con la muerte y de la precisión con la que realizara aquellas operaciones dependía la permanencia de su ser sobre la Tierra.

Cuando hubo terminado, cortó el enlace y abrió los ojos. El efecto del hongo siempre le dejaba la misma sensación de vacío en su estómago y los alimentos traídos por las mujeres cocom le parecían ahora más apetitosos que antes. Comió hasta sentirse satisfecho, luego se tumbó para esperar la llegada del próximo día.

<p>2</p>

Poco antes de que asomara el sol en el borde del mundo, el Halach Uinich contemplaba pensativo cómo las olas chocaban contra los acantilados que sujetaban su ciudad. La parte posterior de la pirámide truncada colgaba sobre el mar, elevándose sobre el borde de un peñasco alto y áspero, y presentaba una magnifica vista del océano.

Entre sus dedos sujetaba un cigarro que se llevaba a la boca de vez en cuando, para exhalar a continuación una gran vaharada de humo. Distraídamente, vio llegar al Ahuacán acompañado por el guerrero itzá del que ya le habían hablado. Sin hacer demasiado caso a las reverencias que el protocolo marcaba al sacerdote, volvió a concentrarse en el paisaje.

– Es asombroso cómo los dioses mantienen el mundo en funcionamiento -dijo dirigiéndose al Ahuacán-. Si reflexionas un momento, en seguida comprendes cuántos minúsculos detalles es necesario tener en cuenta. Fíjate en esos pájaros que vuelan bajo, casi rozando las olas, y en la marea que sigue su ciclo lunar, y en todos los astros del cielo que acompañan a la luna en sus movimientos. Es turbador pensar en todo eso…

– Beey [18] -le respondió el sacerdote-. Los dioses mantienen el mundo, y nuestro sagrado deber es mantener a los dioses. Con nuestra sangre y con nuestra carne.

Era un hombre viejo, tan delgado y reseco como una momia, pero sus palabras y sus gestos estaban cargados de vigor y certeza. Siguió hablando mientras miraba al guerrero itzá:

– Este hombre ha venido a ofrecerse en sacrificio, Halach Uinich, pero desconfío de él. Su pueblo es bárbaro. Los itzá queman puk ak para alimentar a los dioses, un humo miserable, mientras que ellos se atracan de manjares y se embotan la mente con el licor de pulque. El sacrificio es un deber sagrado, sin él la vida misma del universo se detiene.

El «Hombre Verdadero» alzó una mano para pedir a su sacerdote que guardara silencio y se dirigió al guerrero:

– Habla, itzá. Cuéntame qué es lo que te ha traído hasta aquí.

– Yo soy Koos Ich -dijo el gigante-. Soy un guerrero famoso entre los míos. Mi xtol che' jamás ha rehuido beber la sangre de un enemigo.

– He oído hablar de ti y de tus hazañas -dijo el Halach Uinich-. Por favor, acepta mi hospitalidad.

Invitó al guerrero a sentarse junto a él y pidió a las mujeres que le trajeran otro cigarro encendido. Era una delgada caña rematada por un nudo de hojas de tabaco bien apretadas a la que los mexica llamaban acáyetl. Las mujeres trajeron también un gran tazón de fresco chocolatl, con casi dos dedos de espuma. Pero Koos Ich rechazó aquellas golosinas extranjeras y permaneció en pie.

– Halach Uinich -dijo-. He venido libremente para luchar sobre la piedra de los gladiadores. No soy un prisionero de guerra, por tanto, tengo derecho a elegir la forma y el momento del sacrificio.

– Beey. Ésa es tu prerrogativa.

– Hoy mismo, al mediodía, pues los dioses así me lo han demandado. Si su voluntad es que sobreviva al combate, deseo que me entreguéis al lo'k'in putum que tenéis prisionero.

– ¿Esperas sobrevivir al sacrificio, gladiador? -le preguntó el Halach Uinich, algo irritado por la presunción del guerrero.

– Con la ayuda de Itzamna. Pero debo enfrentarme a tus guerreros y no a los mercenarios mexica que ya he visto que habitan en esta ciudad de piedra. ¿Encontrarás guerreros entre los tuyos con suficiente valor como para luchar contra un itzá desnudo y desarmado?

El Halach Uinich sonrió con desdén y se volvió hacia el sacerdote:

– ¿Qué opinas tú de la extraña petición de este bravo?

El Ahuacán soportó sin pestañear la mirada de su señor. Le estaba demandando una profecía, la obligación formal para iniciar sus acciones. El anciano sacerdote llamó a uno de sus acólitos y le pidió que registrara sobre papel sagrado sus palabras. Cortó un pequeño fragmento de una de sus orejas, dejó que la sangre goteara sobre el papel y dijo:

– El Universo se muere, el Sol agoniza, y el lo'k'in putum, es el mensajero del final. La sangre debe correr para que el Universo siga existiendo y vosotros, los itzá, debéis colaborar con vuestra carne y vuestra sangre para satisfacer el hambre de los dioses. Quizás el sacrificio de un solo itzá ya no sea suficiente, pero es aceptado.

Koos Ich se mostró impasible ante la amenaza del sacerdote, e hizo una petición más:

– Deseo ver al lo'k'in putum antes del combate.

– ¿Por qué motivo? -preguntó el Halach Uinich.

– Así debe ser. Estoy en mi derecho.

El señor de Amanecer se volvió entonces hacia su sacerdote y ordenó que se cumpliera la petición del guerrero.

Cuando el itzá se hubo marchado, el Halach Uinich volvió a concentrarse en el impresionante panorama. El sol trepaba por la pirámide del cielo e iluminaba el mundo. No podía comprender los mecanismos de los que se servían los dioses para mantenerlo en lo alto, pero tampoco había podido descubrir en qué consistía la naturaleza de aquellos extraños que habían sido empujados hasta su costa. El día que llegaron, los estudió con frialdad y atención, pero no supo decidir si eran animales de dos patas, con falso aspecto de hombres, o seres de madera o de maíz blanco como los que habían habitado los mundos anteriores al suyo. Intentó interrogarlos, pero en seguida comprendió que no hablaban una palabra de su idioma. Repitió sus preguntas en la lengua secreta Zuyua, con el mismo resultado descorazonador. No entendían, y esto era en sí mismo asombroso. ¿Mandarían los dioses como mensajeros a hombres de madera, salvajes, extraños, incultos, bárbaros, incapaces de comunicarse de alguna forma? Quizá sí, hacía mucho tiempo que él había renunciado a comprender a los dioses.

Pero en ningún caso osaría enfrentarse a sus designios.

Lo'k'in putum, «hombres de madera». Porque, como se lee en los textos antiguos, en el tercero de los mundos los hombres fueron creados de madera. No sabían pronunciar palabras y por eso mismo fueron destruidos por el Gran Formador. Entonces le mostraron el disco de oro que llevaba uno de ellos, grabado con los caracteres de los dioses, y comprendió el significado de todo aquello, antes incluso de que el Ahuacán se lo interpretara: los dioses habían enviado a aquellos hombres extraños como víctimas para el sacrificio, pero habían preservado a uno de ellos para que les comunicara su voluntad.

Cosa que haría, sin duda, cuando él quisiera.

Había pasado un año tzolkín desde entonces, y el lo'k'in putum aún no había dicho nada de interés, pero la llegada del guerrero itzá abría nuevos interrogantes.

– ¿Qué opinas de ese guerrero? -preguntó al Ahuacán cuando éste regresó.

– Es un hombre osado y valeroso…

– Es un guerrero águila. Un luchador del Sol.

– Eso es evidente, Halach Uinich.

– ¿Qué puede buscar aquí?

– La muerte. Sin duda resulta una víctima muy apropiada para la piedra de los gladiadores. Dejémosle que muera en ella.

– ¿Y si sobrevive? ¿Debemos entregarle al lo'k'in putum?

El anciano hizo un gesto de distensión acariciando los abalorios de jade de su collar, y dijo lentamente:

– Dejemos que los dioses hablen.

<p>3</p>

– Yo soy Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin al-Jatib.

Cada día se obligaba a pronunciar su nombre en voz alta, pues el temor de olvidarse de quién era, de su pasado, era cada vez mayor.

Sus maestros decían que el hombre fuerte es aquel que se regocija de ver cómo su mundo se le escapa entre las manos.

Él no se sentía fuerte en absoluto, pero seguía viviendo.

Los primeros días parecían haberse estirado hasta el infinito. ¿De verdad habían sido días? A Lisán le habían parecido meses, años… En realidad tenía un recuerdo muy vago de ellos. Después de la ceremonia lo habían encerrado, solo, en una choza. Recordaba haber pasado las horas tumbado sobre la paja que cubría el suelo y las lágrimas escurriéndose sin ningún esfuerzo de sus ojos. Habían entrado en la choza para traerle comida en cuencos de barro que habían dejado frente a su rostro. Luego habían regresado a retirar los cuencos, que no había tocado. Y apenas se había movido, con la mejilla pegada al suelo, respirando el polvo mezclado con sus lágrimas y rogándole a Dios que lo librara de una vida que ya no deseaba seguir viviendo. No con el recuerdo de ese día…

– ¡Sobrevive!

Lo había oído con claridad. No podía ser un sueño, Lisán aún sentía en sus oídos el eco de la voz de Ahmed gritándole:

– Sobrevive, hermano. ¡Sobrevive!

Lisán se había incorporado un poco y había aguzado el oído. El interior de la choza seguía oscuro y sólo unos trazos de luz se colaban entre los palos que formaban las paredes. A lo lejos se oían algunas voces parloteando en aquel idioma incomprensible y el cloqueo de las aves gordas que correteaban libres por el poblado… No, él lo había oído claramente. A Ahmed, a su hermano…

¡Sobrevive! Era una señal de Dios, no podía ser otra cosa. Se acercó a uno de los cuencos y estudió su contenido. Introdujo los dedos en él. Era una especie de gacha fría, amarilla y espesa. Se la llevó a los labios y sintió un sabor dulzón, muy aromático, que le pareció delicioso. ¿Cuánto tiempo llevaba sin comer? Rápidamente dio cuenta del contenido de aquel cuenco y tomó otro. Estaba cubierto con una tapa, para que mantuviera el calor. Se lo llevó a la nariz para olerlo. El vientre se le estremeció con una arcada. Arrojó el cuenco bien lejos, que se estrelló contra una de las paredes y se rompió, derramando su contenido. Se tapó la nariz con ambas manos para no olerlo. Era carne. Carne asada. Debía de ser la carne de uno de aquellos pajarracos gordos, pero en realidad a Lisán no le importaba. El olor a la carne humana asándose al fuego se había pegado al interior de su nariz como una costra endurecida. Seguía sintiéndolo, cada vez que respiraba, y el hedor de aquella carne que estaba ahora derramada por el suelo de la choza le parecía insoportable. Intentó taparla, arrojándole puñados de paja, pero seguía oliéndola. Volvió a hacerse un ovillo y a pegar el rostro contra el suelo.

«Sobrevive», le había dicho su hermano.

– De acuerdo, lo haré. Pero dame un poco de tiempo.

Una semana después, los sacerdotes lo condujeron a un edificio anexo a uno de los grandes templos de la ciudad, donde imaginó que iban a prepararlo para su inevitable sacrificio. Caminó con dificultad, pues el golpe que había recibido en los riñones le había hecho orinar sangre durante días, y seguía sintiéndose muy débil. Al atravesar sus puertas de piedra se vio en el interior de un amplio espacio casi vacío. Allí no había muebles de ningún tipo, tan sólo esterillas de algodón donde, como silenciosos buitres, se sentaban otros sacerdotes de rostro arrugado y mirada perdida. Sólo unas tablas de madera decoradas con plumas repartían el espacio interno. El suelo era de tierra rojiza apisonada, y las paredes estaban blanqueadas con cal y decoradas con frescos. A través de las pequeñas ventanas cuadradas apenas entraba la luz, y uno de los rincones estaba iluminado gracias a unas antorchas de madera resinosa. Un sacerdote, casi tan anciano como el Ahuacán, lo esperaba en aquel rincón, sentado tranquilamente sobre una estera. Vestía de negro y tenía los cabellos enmarañados por la sangre seca.

Obligaron a Lisán a sentarse frente a él. El viejo sacerdote tenía en sus manos el disco de oro que un día le diera Baba y que los hombres-tigre le habían arrebatado. Se inclinó hacia Lisán y colgó nuevamente el disco de su cuello. Sin comprender nada de lo que estaba pasando, el andalusí permaneció sentado sobre la estera, con el torso erguido. El sacerdote tenía junto a él un cesto lleno de flores de corola amarilla. Levantó una de ellas ante el rostro del andalusí y dijo, pronunciando muy lentamente, tal y como alguien le hablaría a un niño sordo:

– Lool.

Lisán asintió.

– Lool… Entiendo que significa algo así como «flor»… o quizá «amarillo»… ¿Qué es lo que pretendes hacer? ¿Enseñarme tu idioma?

No podía imaginar para qué, si su destino era el sacrificio. Pero tampoco era comprensible por qué sus hermanos habían sido cuidadosamente curados para luego ser cortados en trozos por aquellos mismos sacerdotes.

– Lool -repitió el anciano. Y con paciencia fue colocando una a una las flores frente al extraño mientras recitaba-: Hun lool, ka'lool, óox lool, kan lool…

Al colocar la quinta se detuvo. Observó el rostro del extraño para comprobar que éste permanecía atento y usó el extremo del mango de su abanico para trazar una línea recta en la arena, bajo las flores.

Y cinco, comprendió Lisán. Bajó la vista hacia su pecho y comprobó que ésos eran precisamente los símbolos grabados junto a las perforaciones del disco de oro. Un punto significaba «uno» y cada raya horizontal tenía un valor de cinco. Miró al anciano y asintió para indicarle que había entendido. El viejo sacerdote apartó las flores y borró con la mano la línea trazada en la arena. Luego, dibujó cuidadosamente una concha y el faquih dedujo, admirado, que aquel símbolo significaba «cero».

Habían empezado a comunicarse.

Más tarde supo que el nombre del viejo sacerdote era Namux, y que era el chilán, el encargado de oficiar las ceremonias de sacrificio. Aquel que embadurnaba con sangre la cara del dios al que se honraba, aquel que tenía derecho a las manos y los pies del sacrificado. Namux pertenecía a la etnia xiu, por lo que a pesar de su gran sabiduría jamás podría llegar a convertirse en Señor Serpiente, ni ocupar un puesto en el Ah Cuh Caboob, el consejo de ancianos. Sin embargo, había sido maestro del propio Halach Uinich, por lo que era respetado por todos. También, y esto era lo extraño, por Lisán, que poco a poco lo fue considerando como una persona llena de dignidad, como un viejo y sabio qadi, que se esforzaba en hacer bien su trabajo. Con el paso de los días, Namux lo fue instruyendo en aquella milagrosa matemática como primer paso para que aprendiera su lengua.

Lisán se entregó en cuerpo y alma a las lecciones. Sobreviviré, Ahmed. Por un tiempo al menos. Mientras estuvieran ocupados enseñándole no lo sacrificarían.

Empezó a vislumbrar el mundo en el que vivían aquellos hombres, y éste era mucho más complejo de lo que pudiera haber imaginado. ¿Cómo había surgido una cultura tan extraña como aquélla? Temible y sanguinaria y, a la vez, sabia y refinada. La sorpresa continuada de aquel mundo le hacía deducir que se hallaba en una tierra desquiciada, donde convivían hallazgos contrapuestos. No había visto, por ejemplo, más que herramientas de piedra, propias de los salvajes más primitivos. Parecían desconocer los metales, excepto el cobre de los collares con que se decoraban. Tampoco había visto ruedas, ni carruajes, ni animales de tiro: los fardos más pesados eran transportados directamente sobre las espaldas. Como sistema de iluminación usaban antorchas, en vez de velas o candiles de aceite. Al mismo tiempo, eran capaces de levantar aquellas increíbles construcciones que desafiaban los secretos de los arquitectos del antiguo Egipto, y sus matemáticas les permitían resolver operaciones que habrían amedrentado a los más sabios de su país.

Además, estaba el recuerdo de lo sucedido aquella noche, tras el sacrificio de sus hermanos, cuando contempló cómo uno de aquellos guerreros cubiertos con la piel de un tigre se transformaba, ante sus ojos, en una bestia. Lisán dudaba de ese recuerdo, no podía creer que fuera otra cosa que una alucinación producida por el terror y la fiebre. Pero si había sido una pesadilla, era tan horriblemente real que esa imagen había quedado marcada en su mente. Casi podía volver a verla cada vez que cerraba los ojos. Empezaba a considerar que quizá fuese cierto todo lo que le había contado Baba sobre demonios que convivían con los hombres.

Y, cuando hubo aprendido lo suficiente de aquel idioma, pudo al fin descifrar las misteriosas palabras que habían sido pronunciadas ante la vista del disco dorado y que él había guardado en su mente. H-uuch-been uinicoob: «Es de los Hombres Antiguos».

El nombre de la ciudad en la que estaba prisionero era Zama, una palabra que significaba «Amanecer»; no en la lengua que estaba aprendiendo, sino en otra más antigua. «Zama» le recordaba el nombre de una ciudad de al-Andalus, pero los hermosos amaneceres que se podían contemplar desde los acantilados le daban la única alegría que tenía cada día: la salida del sol, que le indicaba dónde estaba su mundo, su casa y sus lugares sagrados. El resto del día, las semanas, los meses, se iban desgranando como elotes en las manos de las mujeres nativas. Perdida la esperanza de regresar a su mundo, se fue hundiendo en la monotonía de la existencia. Su mente desconcertada veía pasar los días con indiferencia y aceptaba las lecciones de aquel viejo sacerdote. A veces pensaba en escapar, aunque no podía imaginar cómo. ¿Qué podría conseguir si lograba robar una canoa de entre las muchas que descansaban en la playa? ¿Volver a estar a merced de las olas, cocerse los sesos al sol y morir a la deriva? ¿O escapar hacia la jungla y perderse solo en aquel sudario verde? El mar a la espalda, la selva delante. De aquí no hay huida posible que me asegure el sobrevivir, hermano.

Koos Ich había entrado en la suave penumbra de la choza del lo'k'in putum y lo observaba con detenimiento. Estaba sentado en un rincón, con la espalda contra una de las paredes de palos, la cabeza inclinada sobre el pecho, donde brillaba el disco con los caracteres mágicos. El guerrero descubrió que era más extraño de lo que hubiera podido imaginar. Tenía, en efecto, el cuerpo pálido y cubierto de pelo como un animal, su cara era afilada y sus cabellos desgreñados, de tonos diversos que iban del marrón al blanco. En sus ojos, también de un color imposible, había un odio y un temor que Koos Ich no supo interpretar. Desprendía un olor desconcertante que impregnaba el interior de la choza.

– ¿Puedes entender mis palabras? -le preguntó el guerrero en la Lengua Sencilla.

Lisán alzó la vista y lo miró.

Tenía ante sí a un hombre de impresionante musculatura, mucho más alto que cualquier nativo que hubiera visto hasta ese momento. Su porte era orgulloso y, en cierta manera, distinguido. Como todos los nativos, llevaba el cabello muy largo y muy negro, con una zona desprovista de pelo en la parte alta de la cabeza y el resto cuidadosamente trenzado y enrollado como una corona de la que colgaba una larga cola por detrás. Su pecho estaba decorado con complejos dibujos de color negro y cicatrices coloreadas con alguna tinta grababa su piel. Las palabras sonaban extrañas en sus labios. Hablaba un dialecto ligeramente distinto del conocido por Lisán.

– Te entiendo… -le respondió, poniendo en práctica lo aprendido-. Si hablas lentamente…

– Yo soy Koos Ich -dijo el gigante llevándose la mano al pecho-. Y he venido para sacarte de aquí.

<p>4</p>

Dos horas antes del mediodía, los cocom se presentaron ante la choza de Koos Ich y sacaron de ella al guerrero. Lo sentaron en una silla con andas y lo llevaron en procesión, rodeado por el estruendo de los tambores y el humo del copal.

En la explanada situada frente a la pirámide, los sacerdotes habían colocado una gran piedra de unos diez codos de anchura. Tenía forma de rosquilla y en su gran agujero central encajaba un tronco petrificado, tallado y adornado con plumas, como un pájaro gigante que vigilara los danzantes movimientos de los hombres situados a su alrededor. No eran muchos pues, dado lo apresurado de la ceremonia, apenas se habían reunido allí algunas decenas de guerreros y unos cuantos sacerdotes.

El fuerte ritmo del Holkan Okot marcaba el paso de los cocom, retumbaba continuamente en la tierra y contagiaba el frenesí del baile. Los sacerdotes arrojaban al fuego de un brasero corazones hechos de sangre humana amasada con maíz y resinas aromáticas, mientras invocaban por sus nombres a los dioses del inframundo y el supramundo. Varios nahual contemplaban la ceremonia desde cierta distancia. Koos Ich observó que el lo'k'in putum estaba en medio de ellos. Dos sacerdotes se acercaron al guerrero itzá y pintaron su cuerpo con una espesa tintura azul. Esparcieron flores de balché sobre su pelo, mientras cantaban:

Ah'papal h'muukan uinic ppizan chimalil'

c-yooc loob t-chumuc c'ki uic ut-tial u-h'

ppizu u muukoob-t X-Kolom-ché Okoot.

Tu chumuc c'ki uic yam un-ppel xiib

kaxan tu chum ocom tuniich cici bonan

yetel x-ciihchpam h'ch'oo. [19]

Luego lo condujeron hasta la piedra del sacrificio, ante la que danzaban dos nativos ataviados con una camisa y un calzón cubiertos de plumas de hermosos colores. Eran los gladiadores elegidos por el Ahuacán. Uno lucía sobre la cabeza un tocado que representaba el pico y la cola de un pájaro quetzal de color verde, el otro el de un pájaro azul. Iban armados con macanas y se protegían con rodelas tan pequeñas que apenas cubrían la mano y la muñeca.

Los sacerdotes ataron a la cintura de Koos Ich una larga soga, que estaba sujeta al tronco decorado como un pájaro y le entregaron la macana ritual, en la que los filos de sílex habían sido sustituidos por inofensivas plumas blancas. El itzá pasó un dedo sobre éstas y se permitió una mueca irónica. El combate no iba a ser muy equilibrado; la cuerda limitaba sus movimientos y su arma era prácticamente inofensiva. Por el contrario, los dos gladiadores estaban libres y era de suponer que eran los mejores guerreros de Amanecer. Todo aquello podía tener la apariencia de un duelo, pero no era otra cosa que una forma más de sacrificio.

Hacía calor. El guerrero itzá hincó una rodilla al borde de la piedra en forma de disco y dejó pasar unos instantes para sentir el sol en la cara, abrir los brazos e invocar a sus propios dioses. Sintió que su alma estaba bien amarrada a aquella realidad. Si moría en el combate, regresaría tarde o temprano, eso no le preocupaba; pero sí la posibilidad de fracasar en su misión y que el extraño se perdiera. Los dos cocom disfrazados de pájaros se movían lentamente a su alrededor, expectantes como fieras ansiosas de sangre. Koos Ich los observó con calma y pensó que todo era una ilusión. En realidad estaban tan atados como él, e imaginó los largos y flexibles tendones del chu'lel surgiendo del suelo y extendiéndose hasta el punto de anclaje de cada uno de los gladiadores. Por supuesto, esto era invisible en el plano que percibían los sentidos comunes y un guerrero jamás cometería la locura de tomar el kuuxum antes de un enfrentamiento. Pero estaban allí. Tuvo esa imagen a la vez que comprendía que había llegado el momento. Medita, calcula, reza… y, al final, lánzate hacia la muerte sin que te importe nada, excepto vencer. Se puso en pie, asió con fuerza la empuñadura de la macana, echó la cabeza hacia atrás e hizo una señal para indicar que ya estaba listo para combatir.

El Ahuacán sacrificó a un perro y arrojó su corazón a las llamas. El sonido de una caracola fue la señal de que ya podía comenzar la lucha.

Los gladiadores atacaron a la vez, silenciosos, desde dos direcciones distintas. Koos Ich oyó el susurro de sus plumas mientras se movían y el roce de sus pies contra la arena. Sintió su corazón latiéndole en las sienes. Tenía cierta ventaja por su posición elevada sobre el disco del sacrificio, pero no le iba a resultar fácil mantenerla.

El primer golpe del gladiador azul arrancó astillas del arma ritual de Koos Ich, pero consiguió pararlo. Por el rabillo del ojo vio al verde blandiendo con las dos manos su macana y le lanzó una patada que a punto estuvo de alcanzarlo en pleno rostro. Lo que sin duda lo hubiera puesto fuera de combate.

Así acabó el primer contacto. Los dos cocom retrocedieron unos pasos, agazapados como dos leones hambrientos frente a una presa que parecía peligrosa, a la que era necesario estudiar con más calma para descubrir su flanco más desprotegido antes de volver a atacar.

Pero Koos Ich los sorprendió.

Brincó fuera de la piedra del sacrificio, por encima de sus cabezas, un salto impresionante que lo llevó a aterrizar sobre la arena de la plaza, justo detrás de ellos. Sin detenerse, se lanzó hacia delante hasta que el salvaje tirón de la cuerda al tensarse lo retuvo.

El gladiador del tocado de quetzal fue el primero en reaccionar. Giró sobre sus talones y cargó contra Koos Ich. Una borrosa figura de rutilantes plumas verdes que descargó un feroz mazazo en cuanto lo tuvo a su alcance. El itzá intentó desesperadamente pararlo, interponiendo su macana de madera y plumas, pero el golpe fue tan violento que el arma rebotó contra ella y únicamente consiguió desviar un poco su trayectoria. Los filos de sílex lo alcanzaron y le abrieron varios tajos paralelos, muy profundos, en el pecho.

La primera sangre salpicó y se oyó un alarido de júbilo surgir de los presentes al ver al extranjero herido. Sin embargo, Koos Ich había conseguido lo que buscaba a cambio de esa sangre. Ahora estaba en la posición correcta para realizar la maniobra que había planeado. Esquivó sin dificultad un nuevo golpe lanzado por su atacante verde y, sin molestarse en responderle, giró a su alrededor, lo enredó con la cuerda y lo derribó.

El júbilo de los espectadores se transformó en un murmullo de sorpresa. El otro gladiador tardó un instante en reaccionar. Perdió un tiempo valiosísimo intentando advertir a su compañero cuando comprendió lo que el itzá se proponía. Más que suficiente para que Koos Ich rodeara el cuello del guerrero verde con la soga y lo obligara a ponerse en pie. Se apretó contra su espalda e interpuso su cuerpo como escudo frente al azul.

El cocom que se había transformado tan inesperadamente en prisionero del hombre que pretendía sacrificar parecía desesperado. Soltó la rodela y la macana y se llevó las manos a la garganta intentando introducir los dedos entre cuerda y piel para aflojar el lazo y respirar.

– Relájate -le susurró Koos Ich al oído-. Esto va a acabar pronto.

La tranquilidad de sus palabras aun enfureció más al gladiador, que se debatió con todas sus fuerzas y lanzó patadas hacia atrás intentando alcanzar las espinillas de Koos Ich.

El gladiador azul miraba a los dos hombres, pegados uno contra otro en una extraña danza que parecía casi obscena. No sabía qué hacer. Cómo enfrentarse a aquella situación tan inesperada. Lanzaba titubeantes golpes con su arma, pero Koos Ich interponía con destreza el cuerpo del gladiador verde. A la vez, retrocedía lentamente y obligaba a su presa a seguirlo alrededor del disco de piedra, al que seguía unido por la soga. Los dos gladiadores cocom sentían la mirada de todos los presentes, y la vergüenza y la rabia de haber sido puestos en esa situación.

Hubo un largo intervalo de silencio en el que nadie parecía saber qué hacer a continuación. Todo se había detenido de momento. Koos Ich podía oír la sangre de su pecho salpicando sobre la arena, como las primeras gotas de un chaparrón.

De repente, un feroz alarido de guerra rompió aquel momento de silencio y el gladiador azul arremetió lleno de rabia. Descargó un golpe salvaje, que buscaba partir en dos el cráneo de Koos Ich. Pero éste interpuso a su prisionero y fue él quien lo recibió entre el cuello y el hombro. Un solo golpe, pero que le desgarró las arterias e hizo brotar de ellas un violento chorro de sangre.

El guerrero itzá tuvo una breve visión mientras aquel hombre moría entre sus brazos, lo había visto en un par de ocasiones y lo imaginó allí mismo con nitidez: el tentáculo del chu'lel soltándose de su punto de anclaje en la espalda del agonizante y replegándose a toda velocidad como un luminoso miembro amputado.

El gladiador azul dio un respingo y retrocedió, asombrado por lo que acababa de pasar. Su compañero arrojaba sangre por la boca y su vida se extinguía ante sus ojos. No podía ser. Se quedó mirando el cuerpo derribado, temblando de rabia. La multitud también miraba asombrada, casi en silencio. La respiración agitada de los dos combatientes y el jadeo del moribundo eran el sonido más fuerte.

Koos Ich se deshizo del cuerpo inerte y reculó alrededor del disco de piedra. El gladiador azul saltó sobre el cadáver y se abalanzó tras él. Le dio alcance y le atravesó con un golpe de derecha a izquierda. Los dientes apretados, la hiel en la garganta: ¡Muere!

El itzá levantó la mano izquierda y contuvo el descenso del arma en el aire, sujetándola por el mango. Al mismo tiempo, golpeó con la derecha el costado de su enemigo, con la mísera macana de plumas, por lo que no consiguió hacerle ningún daño. El gladiador se zafó y, con toda la rabia acumulada empujando su brazo, descargó un nuevo machetazo directamente en la garganta del extranjero. La pala de madera trazó un arco silbante y se estrelló contra la macana de plumas interpuesta como escudo.

Esta vez el choque fue tan violento que el arma del itzá se partió en dos. Koos Ich se deshizo de aquel trozo de madera astillado y siguió retrocediendo hasta que sus piernas tropezaron con el borde de la piedra del sacrificio y no pudo seguir haciéndolo. El cocom embistió entonces, con el rostro desencajado. Sus ojos relucían con una maníaca alegría tras la máscara de plumas azules. Había comprendido que el itzá ya no tenía escapatoria.

– ¡Ahora muere, maldito! -gritó.

Pero Koos Ich no estaba dispuesto a ponérselo tan fácil. Se inclinó hacia un lado y dejó que la macana pasara rozándole el costado desnudo. Luego, flexionó las piernas para tomar impulso y dio un espectacular salto. El siguiente tajo del gladiador sólo pudo cortar el aire, mientras el itzá, desequilibrado, caía de espaldas sobre la superficie plana de piedra.

Inmediatamente, rodó para alejarse de su enemigo que ya estaba sobre el disco del sacrificio, dispuesto a perseguirlo hasta el fin. Mostrando los dientes con un gruñido y con los ojos llameantes, el cocom lanzaba machetazos que arrancaban esquirlas de la piedra. Golpe. Golpe. Intentaba cazar a su escurridizo y desarmado oponente, que giraba sobre sí mismo, a toda velocidad, para esquivarlos.

Koos Ich alcanzó el otro extremo del disco y se dejó caer al suelo. Se arrastró frenético sobre el polvo. Su objetivo era la macana con filos del gladiador muerto. La tenía casi al alcance de la mano. Estiró un brazo todo lo que pudo… pero era imposible. No llegaba. Por sólo un palmo, la cuerda se lo impedía.

Tras él aterrizó su implacable perseguidor. Avanzó lentamente, sin prisas, con cierta solemnidad. Sabía que esta vez el itzá iba a morir y quería recuperar un poco de la dignidad que había perdido durante aquel estrafalario combate.

El cocom estaba casi sobre él. Koos Ich se volvió y lo miró directamente a los ojos. Pudo ver los restos de la furia irracional que se había apoderado de aquel hombre, que no esperaba ver morir a su compañero a manos de un sacrificado. Y también observó otra cosa: la cuerda que ataba su cintura estaba ahora entre las piernas del cocom…

La ira te reduce a un ciego manojo de reflejos.

Agarró la soga con las dos manos y tiró de ella con todas sus fuerzas.

La cuerda se tensó y golpeó al gladiador en los testículos. Paralizado por el dolor, cayó de rodillas, sin respiración, con los dientes apretados y las dos manos en la zona dolorida.

Koos Ich se incorporó con calma. El gladiador se retorcía en el suelo. Le robó su macana y de un tajo puso fin a su sufrimiento. Después, cortó la soga que todavía lo mantenía unido a la piedra del sacrificio y se volvió hacia sus enemigos, desafiante, con el arma firme entre sus manos.

A su alrededor se había producido un silencio mortal. Nadie quería creer lo que acababa de suceder. El guerrero itzá no soltó la macana. Avanzó con ella en la mano, lentamente, entre las filas de nativos que se apartaban a su paso, y se dirigió a donde estaban los nahual. La sangre le resbalaba por el pecho hacia el estómago. Ni siquiera miró a los engendros cuando le hizo una seña a lo'k'in putum y le dijo:

– Vamos, estás libre. Puedes seguirme.

Lisán parecía perdido en medio de los nahual, los tétricos guerreros cubiertos con la piel de un jaguar. Dio un tímido paso hacia Koos Ich.

– Ven -lo apremió éste.

El andalusí caminó hasta situarse junto al guerrero itzá. Notaba a su espalda la tensión de los nahual, que vibraban de rabia y ganas de saltar sobre él. Pero ninguno de ellos hizo el menor movimiento para detenerlo.

– Estás… herido -le dijo al guerrero.

– No te preocupes por eso. Ahora sígueme en silencio y no apartes los ojos del suelo. ¿Me has entendido?

– Beey!

De esta forma, el guerrero y el faquih dejaron atrás a los nahual y caminaron juntos entre los atónitos nativos que se habían congregado para presenciar el sacrificio.

Cuando llegaron frente al Halach Uinich y el Ahuacán, este último les dijo:

– Los dioses te han favorecido hoy, guerrero.

Koos Ich se detuvo pero no miró al sacerdote.

– Su voluntad es que me dejéis marchar con el lo'k'in putum.

– ¿Conoces tú la voluntad de los dioses?

Lisán apenas notaba la ansiedad en las voces. Se obligó a hacer lo que el guerrero le había indicado y no levantó los ojos del polvo del suelo.

– La conozco a través de los sacerdotes de mi pueblo -dijo Koos Ich-. Ellos me dijeron que vencería en esta batalla y que permitiríais que el lo'k'in putum viniera conmigo.

– Entonces, ¿quiénes son los hombres para oponerse a su voluntad? Ve, guerrero, porque lo que hoy has hecho aquí será largamente recordado.

Koos Ich no miró en ningún momento al sacerdote ni al Halach Uinich. Al escuchar las últimas palabras del Ahuacán, asintió con humildad y empujó suavemente a Lisán para que siguiera caminando. Los dos hombres alcanzaron la puerta de la muralla y salieron de la ciudad.

El Halach Uinich contempló cómo desaparecían y luego se volvió hacia el Ahuacán.

– Los dioses nos enviaron al lo'k'in putum con algún propósito -dijo-. No me gusta verlo marchar sin saber cuál era.

El Ahuacán se volvió hacia el Halach Uinich.

– La guerra de los dioses empezó antes de que el propio mundo existiera -dijo-. Esto es un pequeño acontecimiento en su devenir. Hoy, el final de los itzá está definitivamente más cerca.

<p>5</p>

Salieron de la ciudad de Amanecer y, tras rodear su muralla, llegaron a la playa. La recorrieron en silencio. Durante un trecho fueron seguidos por un grupo de jóvenes guerreros cocom que los increpaban, desafiando a Koos Ich a pelear, aunque éste no hizo el menor caso de estas provocaciones. Finalmente se cansaron, dieron media vuelta y regresaron a su ciudad.

Lisán llevaba horas caminando bajo el sol, junto a aquel nativo que había luchado para rescatarlo y no había cruzado una palabra con él. Marchaba como un autómata, clavando un pie tras otro en la arena, y sin levantar apenas los ojos del suelo, mirando un par de pasos por delante de él, como si allí estuviera dibujado todo su futuro. El camino místico tal y como lo concibe el sufismo es aquel en que el hombre muere a su naturaleza carnal a fin de renacer in divinis y así llegar a estar unido con la Verdad. Quizás él había realizado ya ese camino, aunque más bien sentía que Allah lo había arrojado de cabeza a él.

¿Qué quedaba en ese momento del Lisán al-Aysar ibn Barrayan que había vivido en Granada? Muy poco, a juzgar por lo que le indicaban sus sentidos, apenas unos pies avanzando por la arena… Sentía haber estado dormido durante un año entero y empezar ahora a despertar, lenta y dolorosamente.

– Ahmed, hermano -musitó-, ojalá estuvieras ahora a mi lado…

Koos Ich se detuvo, sorprendido por aquellas palabras que no pudo comprender.

– ¿Qué te pasa? -le preguntó.

De repente, los huesos de sus piernas parecían haberse transformado en sebo tibio. Lisán se dejó caer de bruces sobre la arena y empezó a llorar de forma desesperada, permitiendo que sus sentimientos, después de tanto tiempo contenidos, aflorasen al fin. El itzá lo contempló en silencio, asombrado por la reacción del lo'k'in putum, pero respetándola.

– Todos mis hermanos -sollozó mientras golpeaba la arena con el puño- fueron asesinados por esos salvajes. Malditos… Malditos sean…

– No debes odiarlos -le dijo Koos Ich-, porque ellos no odiaron a tus amigos. Les dieron la muerte de un guerrero, algo que está cargado de honor.

Lisán alzó el rostro lleno de arena y se quedó mirando a aquel hombre. No estaba seguro de haber comprendido sus palabras.

– ¿Qué dices? ¿Honor? Los mataron como a animales. Los descuartizaron ante mis ojos, y devoraron su carne como si no fueran más que ganado.

– Los hombres somos el alimento de los dioses, y eso es algo sagrado para los mexica y sus aliados cocom. Tus amigos fueron tratados como guerreros o como hombres santos.

– ¿Y por qué no acabaron también conmigo?

– No lo sé exactamente, hombre de madera. Están sucediendo cosas sorprendentes y no soy yo quien debe interpretarlas. Ahora debemos seguir caminando, porque nos esperan y debemos llegar antes de que caiga la noche.

Pero Lisán no se movió de donde estaba.

– ¿Quién me espera? ¿Qué es todo esto? ¿Quiénes eran esas gentes que sacrificaron a mis hermanos? ¿Quién eres tú? No voy a dar un paso más si no me aclaras adónde me llevas. Respóndeme o tendrás que arrastrarme por toda la playa.

– Podría hacerlo, hombre de madera, pero no lo deseo.

– Habla entonces.

Lisán seguía tumbado sobre la arena y el itzá se acuclilló frente a él.

– Tú ya has visto a los nahual -le dijo al andalusí.

– ¿Los nahual?

– Los engendros. Tú los viste en la ciudad amurallada, los hombres-jaguar que deben obediencia a Espejo Humeante, y que al llegar la oscuridad adquieren el poder de transformarse en fieras.

– Entonces es cierto lo que vi -se estremeció Lisán-. No fue una alucinación.

– ¿Viste cómo los nahual se transformaban?

– Beey. Uno de ellos.

– No es extraño. Los nahual, al igual que su señor, Espejo Humeante, son hechiceros. Hace incontables generaciones que su señor, al que ellos conocen como Tezcatlipoca, fue derrotado en… -Koos Ich dudó en usar el término en la antigua lengua Zuyua, y finalmente decidió traducirlo-: La-batalla-al-borde-del-mar, por una coalición itzá liderada por el héroe Itzamna. Tezcatlipoca fue vencido, pero no destruido, y liberó su venganza en la forma de miles de jaguares que dominaron la noche. Ahora una nueva guerra está a punto de comenzar, los dioses están sedientos de sangre y los nahual han regresado a nuestras selvas.

– ¿Y cómo encajo yo en todo esto? ¿Por qué los sacerdotes de la ciudad amurallada no me sacrificaron? ¿Por qué luchaste tú para salvarme?

– Soy un guerrero, no un sacerdote. No puedo resolver todas tus cuestiones porque hay muchas cosas que ignoro. Pero alguien te responderá si vienes conmigo. Vamos, ponte en pie y sígueme… o los nahual nos darán caza cuando llegue la oscuridad.

<p>6</p>

El sol se hundía en el mar. Teñía de rojo las piedras de un pequeño y solitario templo que se divisaba a lo lejos, en medio de la playa. Lisán distinguió dos estrechas canoas descansando sobre la arena. Junto a ellas, una decena de hombres los esperaban. Salieron a su encuentro y se arrodillaron respetuosamente frente a Koos Ich. Todos iban armados con macanas, vestían taparrabos y petos de algodón y lucían una tonsura semejante en el cráneo.

Cumpliendo con algún ritual, cambiaron el calzado del gigante por unas sandalias hechas de piel seca sin curtir, que quedaron sujetas con dos cuerdas, una que pasaba entre el primero y segundo dedo del pie y otra que lo hacía entre el tercero y el cuarto. Luego le colocaron un nuevo taparrabos cuyos extremos colgaban por delante y por detrás, hasta las rodillas. Estaba ricamente adornado con plumas de colores, y la parte que se enrollaba en torno a su cintura llevaba incrustados ornamentos de jade.

Lisán contempló todas estas acciones con asombro.

– ¿Qué eres? -preguntó-. ¿Una especie de rey o algo así?

El guerrero señaló hacia el templo y Lisán se volvió a tiempo de ver a una figura femenina salir de su interior.

– Ella es una sacerdotisa -dijo- y sabrá responder a tus preguntas.

Mientras la mujer se acercaba a ellos con pasos cortos y elegantes, Koos Ich se anudó una gran manta de algodón alrededor de los hombros y, caminando solo por la orilla, se apresuró a apartarse del grupo. La sacerdotisa se detuvo un momento, para darle tiempo al guerrero de alejarse. Luego avanzó en línea recta hasta el andalusí. Sus movimientos eran suaves y felinos, llenos de gracia y fuerza a la vez. Llevaba el rostro orgullosamente alzado y vestía una sencilla camisa blanca de algodón bordada con flores rojas en el pecho.

– Tú eres el dzul [20] que ha llegado desde el otro lado del mar -dijo-. ¿Eres hombre de madera o dios?

Vive en este mundo como un extranjero o un viajero, aconsejaba un viejo dicho sufí, pero él jamás hubiera podido imaginar una sensación de extrañeza tan absoluta como la que sentía desde su llegada a aquel Otro Mundo. ¿Quién era realmente?

– Soy Lisán al-Aysar ibn Barrayan ibn Xahin -dijo-. Un hombre, señora, pues sólo hay un Dios Único y Verdadero.

La mujer estudió detenidamente su insólito aspecto. Los sacerdotes de Amanecer le habían dado una túnica negra, larga y algo desgastada, que se confundía con el pelo oscuro que le cubría el rostro. Sus ojos, por contraste, eran de un increíble color azul.

– ¿Un dios para controlar todo el Universo y le rezas a él?

– Beey.

– Pues debe de estar muy ocupado, Lisán al-Aysar. No creo que tenga mucho tiempo para atender tus plegarias.

Lisán guardó silencio. Qué distinta le parecía aquella mujer de las hembras que había visto en Amanecer, siempre con los ojos bajos, encorvadas sobre el xamach caliente en el que cocían las tortillas de maíz. Ella lo tomó por el brazo y lo condujo hasta la puerta del pequeño templo. Tenía una planta rectangular, con su puerta principal dividida por tres columnas, y sobre éstas un nicho que contenía una figura tallada. En un brasero ardían formas antropomórficas, hechas con incienso y resinas, y su luz iluminaba la talla de piedra; una monstruosidad con forma vagamente humana pero con cola y alas de águila, representada cabeza abajo, como dispuesta a saltar sobre ellos mientras descendía de los cielos.

Al verlo, Lisán saltó hacia atrás como tocado por un resorte.

– No -dijo.

Ella lo miró extrañada.

– ¿Qué es lo que temes?

– No me vais a sacrificar a uno de vuestros dioses paganos. No voy a aceptar mi destino como hicieron mis hermanos. -Se agachó y recogió una piedra del suelo.

La sacerdotisa alzó la vista y vio que los guerreros habían advertido la actitud agresiva de Lisán. Alzó una mano para calmarlos.

– Nadie va a sacrificarte, Lisán al-Aysar -le dijo la sacerdotisa.

Señaló el ídolo e intentó acercarse a Lisán, que retrocedió un paso pero no soltó la piedra.

– Fíjate -siguió diciendo ella-, él es el Dios Que Descendió. De sus órbitas fluyen dos fuentes de lágrimas que caen al suelo y se extienden a derecha e izquierda. En su corriente crecen las plantas y las flores, la vida vegetal, los peces, los animales de la tierra y el hombre. El Creador llora para engendrar la variedad de los seres que habitan el mundo, llora con dolor cósmico porque toda creación es un acto de dolor y de sacrificio. Y nosotros debemos devolver una parte de ese sufrimiento… Pero no ahora, no en este momento.

Lisán dejó caer la piedra y se sentó en el suelo. Sentía que sus piernas se doblaban. Una vez más, el recuerdo de aquel día le produjo arcadas. Se inclinó hacia delante como si fuera a vomitar. Pero no lo hizo.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó la sacerdotisa.

Miró a su alrededor. Sentía que acababa de despertar de un sueño. Ya era de noche y las olas rompían contra la playa. Qué extraño le pareció estar hablando sobre dioses paganos con aquella mujer vestida de blanco.

– Mis amigos fueron sacrificados -musitó.

Con expresión triste, la mujer lo miró a los ojos y le dijo:

– Lo sé. Ahora es importante que descanses.

Lisán despertó en mitad de la noche. Como tantas otras veces, durante un instante, creyó que todo había sido una horrible pesadilla, que estaba en su habitación, en su casa, y que Ahmed pronto vendría a visitarlo. Pero estaba durmiendo a la intemperie, tumbado junto a una canoa en una playa de la Otra Tierra.

La sacerdotisa estaba frente a él, sentada sobre la arena, con los brazos relajados a ambos lados del cuerpo. Sus ojos eran muy negros y él sintió que su mirada lo llenaba de paz.

– ¿Cuál es tu nombre, señora? -le preguntó.

– Sac Nicte -dijo ella, y empezó a canturrear con una voz muy hermosa:

Desprecia lo que temas y duerme tranquilamente,

porque la alegría se ha presentado en medio de la triste noche.

Ya conoces tu lugar en el horizonte del cielo…

– ¿Eres real? -preguntó él antes de volver a cerrar los ojos. Durmió de un tirón el resto de la noche. Al despertar con las primeras luces del día se sintió hambriento. Recordó que no había probado bocado desde la mañana anterior. Koos Ich y los otros guerreros cocinaban unas tortillas de maíz sobre unas piedras calientes. Se le hizo la boca agua, pero antes debía cumplir con la primera oración del día. Durante los últimos tiempos de su cautiverio la había olvidado en ocasiones, tal era el estado de confusión de su mente. Se acercó a los guerreros y les pidió agua pura. Uno de ellos le entregó una calabaza que llevaba al cinto y Lisán se lavó cuidadosamente la boca, las manos y el resto del cuerpo, de acuerdo con las normas del wudú. Todo esto ante la atenta y asombrada mirada de los guerreros. Luego se volvió hacia donde el sol estaba naciendo y rezó.

Al terminar, orinó en el mar. Los guerreros seguían preparando las tortillas y se acercó para observar lo que hacían. Uno de ellos llevaba consigo una bola de pozol envuelta en una gran hoja verde. El pozol era semejante al zacán, la masa de maíz que se empleaba para hacer tortillas, sólo que la dejaban hervir hasta que se endurecía y formaba una pasta espesa a la que le daban forma de bola. Luego, bastaba disolver la pelota de pozol en un cuenco con agua para conseguir una bebida blanca con aspecto de leche. Cuando estuvo todo preparado, un guerrero se levantó y llevó una ración a Sac Nicte, que seguía en el interior del templo.

Mientras comían, Lisán interrogó a Koos Ich acerca de la sacerdotisa.

– Vosotros cocináis mientras ella reza -dijo-. Es extraño. ¿Acaso en tu tierra las mujeres gozan de más privilegios que los hombres?

– Ésa es la costumbre, porque la sangre se transmite por la madre y no por el padre.

Lisán consideró el asunto, mientras masticaba una tortilla.

– Curioso, sin duda -dijo al cabo de un rato-, pero imagino que tan lógico o ilógico como cualquier costumbre que puedan adoptar los hombres del otro extremo del mundo.

Koos Ich terminó su desayuno y se puso en pie.

– Hoy vamos a emprender un largo viaje a través del mar, hombre de madera, hasta la región de los itzá.

Lisán miró a un lado y a otro, y preguntó:

– ¿Cómo? No veo ningún… -No conocía la palabra para referirse a un barco-. ¿Cómo vamos a viajar?

Koos Ich palmeó una de las canoas y dijo:

– Estos hombres son guerreros-comerciantes; conocen bien la costa y son navegantes muy expertos, por lo que no tienes nada que temer.

Lisán asintió, nada convencido por las palabras del guerrero. Vio que la sacerdotisa había salido del templo y caminaba hacia ellos.

De inmediato, Koos Ich se alejó por la playa. Al observar esto, el andalusí especuló que quizás había algún problema entre ellos y estaban molestos el uno con el otro… En cualquier caso, eso no era asunto suyo.

Sac Nicte se sentó sobre la arena, con la espalda apoyada contra la canoa, y le dijo:

– Desde el templo vi que adoptabas diferentes posturas y que pronunciabas repetidamente unas palabras. Supuse que rezabas.

– Rezaba, en efecto. Y las palabras eran: La ilaha illa-Llah, que significan que no hay más Dios que Allah. Y yo lo recuerdo cada vez que pronuncio esta frase, con la contemplación de su significado, con el corazón despierto, purificado y limpio de todo excepto de Él.

– Perdona mi curiosidad, pero… ¿tu dios es el Sol?

Lisán negó con rapidez.

– No. Dios lo es todo, no sólo el Sol. El mundo existe en la medida que existe en Dios, porque Él forma parte de todas las cosas. Pero debemos rezarle con el cuerpo vuelto a un determinado punto de la tierra. Como está situado hacia el Levante, en esa dirección he rezado.

– ¿Por qué, si dices que está en todas partes?

Lisán dudó.

– Bueno, es así como debe hacerse.

– ¿Tienes alguna imagen de tu dios a la que rezarle? ¿Puedes mostrármela?

– Ma'. [21] Eso no estaría bien. No existen imágenes de Él.

– ¿Por qué?

– Una figura tallada por el hombre no podría representarlo correctamente -dijo.

La mujer miró pensativa hacia el templo.

– Quizá no tenéis buenos artistas en tu mundo -dijo.

Lisán se negó a seguir por ese camino.

– Quiero saber por qué fueron sacrificados mis hermanos y a mí me dejaron vivir. El guerrero me dijo que tú me aclararías esas cuestiones. Y también por qué acudió a rescatarme.

Sac Nicte recapacitó un instante antes de responder. Comprendía que los conceptos que manejaba podían ser incomprensibles para aquel hombre. Ignoraba demasiadas cosas que para ella eran algo habitual.

– Dices que crees en un dios único. Mi pueblo también; su nombre es Hunab Ku, que significa precisamente eso: «Uno Dios». Pero él no se ocupa personalmente de las cosas de este mundo. El Universo es demasiado grande y él tiene otros asuntos que atender, por lo que ha delegado en seres que son muy poderosos, tanto que algunos los llaman «dioses», aunque todos fueron creados por Hunab Ku, al igual que los hombres.

Lisán creyó encontrar un paralelismo entre lo que la sacerdotisa le estaba contando y sus propios conceptos sobre ángeles y ÿinns.

– Beey, eso lo entiendo -dijo.

– Bueno, es posible comunicarse con estos seres poderosos, con esos «dioses», de muchas formas. La sangre es una de ellas. El ahogamiento es otra… Pero también es posible que envíen una imagen suya para que hable en su nombre.

– ¿Una imagen suya?

– Mírate. Tu aspecto es prodigioso, tienes pelo en la cara y los rasgos de un dios llamado Kukulcán. Quizá los sacerdotes de Amanecer decidieron reservar a uno de vosotros como mediador con los dioses.

– Mis compañeros también tenían barba y rasgos parecidos a los míos. Sigues sin explicarme por qué sólo yo me salvé.

– No lo sé, Lisán al-Aysar, quizá tuviste suerte, quizá vieron algo en ti que te diferenciaba de los demás.

El andalusí se llevó la mano al disco de oro que guardaba bajo su túnica y comprendió que eso era precisamente lo que lo había salvado. Pero ¿por qué? ¿Qué significado tenía?

– Ese guerrero, Koos Ich, puso en juego su vida para rescatarme…

Sac Nicte entrecerró los ojos.

– Beey -dijo-, y no sabes hasta qué punto lo que hizo fue memorable. No hay muchas noticias de hombres que hayan sobrevivido al duelo gladiatorio.

– No me sorprende -dijo Lisán-, pero, en ese caso, ¿por qué se arriesgó por mí?

– Nuestros sacerdotes también hablan con los dioses -dijo la mujer-. Cuando lleguemos a nuestra ciudad, a Uucil Abnal, todos sabremos por qué era tan importante que vivieras, Lisán al-Aysar. De momento, alégrate de tu buena fortuna y dale gracias a ese dios tuyo.

<p>7</p>

Antes de partir, Sac Nicte celebró un breve sacrificio. Sobre una de las canoas, quemó incienso de copal en honor al dios negro Ek Chuah, el protector de los viajeros y de la estrella polar. Después todos ocuparon su lugar en las estrechas embarcaciones.

Lisán se aferró con ambas manos a la quilla tallada en curva. Aquello le parecía tan inseguro como cruzar el mar Tenebroso a bordo de un barril de cerveza. Koos Ich se colocó tras él y tomó uno de los remos.

– No sientas temor, hombre de madera. Sólo mantente dentro de la embarcación.

Sac Nicte abordó la otra canoa. Cuando los remeros se pusieron en pie para iniciar la marcha, se volvió brevemente y sus ojos se cruzaron con los del aterrorizado Lisán, que ni siquiera intentó disimular el miedo que aquellas barquichuelas le producían. La mirada de la mujer fue fría, como la de quien se asegura de que una valiosa pieza de su equipaje está en su lugar.

Los itzá acompasaron con habilidad los rítmicos chasquidos de los remos. La brisa marina alejó los mosquitos que infestaban la playa cuando las canoas empezaron a alejarse de la orilla. Aquellas embarcaciones eran lentas y pesadas, pero sorprendentemente estables. Estaban construidas con un único tronco ahuecado de madera brillante y roja. Parecían más una escultura tallada por un artista que una barca.

– Cada una de ellas es una ceiba sagrada -le explicó Koos Ich sin dejar de remar-. Es necesario buscar los mayores árboles para obtener troncos aprovechables como éstos.

El andalusí iba a preguntar cómo se las arreglaban para talarlos sin herramientas de metal. Pero las olas rompiendo contra unos arrecifes frente a ellos hicieron que su atención se concentrara en lo que tenían delante. El agua parecía tranquila, pero en realidad aún no estaban en mar abierto. Una extensa barrera de coral corría paralela a la costa, protegiéndolos de las olas y encerrando esa zona que era semejante a una gran laguna. Había albergado la esperanza de que fuera posible realizar todo el viaje al abrigo de aquel parapeto, pero ahora observaba que esto era imposible. El espacio entre la línea de arrecifes y la costa era demasiado angosto. Además, en algunos puntos, los corales se fundían con los bancos de arena de algún cabo y cortaban cualquier posible paso. Comprendió que era necesario atravesarlos para poder navegar libremente por alta mar, y ésa parecía ser la intención de los remeros que se dirigían en línea recta hacia la barrera. Lisán se incorporó un poco en su sitio para ver mejor. Las olas rompían frente a ellos contra los arrecifes y no se distinguía ningún paso.

Cuando estaba seguro de que la canoa se iba a estrellar contra el coral, cruzaron milagrosamente por una abertura estrecha y casi invisible para él.

Tal y como había afirmado Koos Ich, aquellos hombres parecían conocer cada palmo de la costa. Tras atravesar el estrecho canal entre los corales, el andalusí observó cómo el agua cambiaba bajo ellos de la tonalidad gris amarillenta al azul profundo del abismo. Ahora no había duda de que estaban en alta mar. Fueron alcanzados por una serie de olas gigantescas que las canoas remontaron con desenvoltura, subiendo y bajando de aquellas colinas líquidas.

La canoa donde viajaba Sac Nicte se perdía de vista una y otra vez para aparecer al cabo de un instante en lo alto de una onda, cabalgando con elegancia sobre la espuma. El mar estaba algo picado y, una tras otra, las olas se precipitaban contra ellos. Pero los itzá remaban sin descanso, puestos en pie, con una perfecta sincronía que no se veía alterada por los embates del mar ni por lo precario de las plataformas sobre las que se mantenían.

Así transcurrió el día y, al atardecer, Lisán distinguió de nuevo la línea azul de la costa. Se estaban acercando a tierra. Atravesaron sobre las espumosas olas que rompían contra la barrera de coral, por un paso que seguía siendo perfectamente invisible para él, y se encaminaron hacia un litoral rebosante de mangles blancos. Aquellos árboles tendrían más de cuarenta codos de altura y sus raíces asomaban rectas sobre la superficie del agua, como un enrejado que formara una barricada infranqueable para las canoas. Unas cintas de algodón rojo estaban atadas a una de aquellas raíces, y el andalusí comprendió que era una señal dispuesta por los itzá para encontrar el paso a un canal que conducía a tierra firme.

Acamparon sobre una tierra viscosa, rezumante de humedad. El aire estaba repleto de mosquitos, que se abalanzaron de inmediato sobre la tierna piel de Lisán. Éste empezó a darse palmadas y bofetones a sí mismo, mientras los itzá no podían parar de reír al ver la irritación que aquellos seres minúsculos le causaban al hombre de madera.

La cena estuvo compuesta principalmente por frutos de los mangles recién recogidos por los guerreros itzá. Lisán sostuvo uno en su mano durante un buen rato, mirándolo con escepticismo. Era una vaina alargada llena de una pulpa amarillenta. Comió un poco y le pareció que era la cosa más amarga y asquerosa que hubiera probado nunca.

– ¡Esto es repugnante! -exclamó.

– Es bueno -le dijo Koos Ich-. Cómelo, porque no hay otra cosa.

– Eso no es cierto -protestó el andalusí-. Tenemos las canoas cargadas de provisiones.

Koos Ich masticó un trozo de pulpa de mangle y dijo:

– Olvídate de ellas. La costumbre es reservarlas mientras vayamos encontrando alimentos frescos.

– ¿A esto le llamas alimento? En ese caso debes saber que mi costumbre es no comer algo con un sabor tan horrible.

– No hay otra cosa, hombre de madera. Lo tomas o lo dejas.

Lisán arrojó a un lado el fruto y se tumbó sobre el lecho de húmedas hojas muertas. Para protegerse de los mosquitos, que zumbaban sin descanso junto a sus orejas, intentó meter la cabeza en el interior de su túnica. Se sentía cansado y miserable. Dio media vuelta e intentó dormir.

Mientras dos itzá establecían un perímetro de guardia, Lisán no dejaba de girar a un lado y a otro, acosado por los mosquitos. Finalmente, comprendió que le iba a ser imposible descansar y se puso en pie. Los guardias lo observaron con curiosidad mientras caminaba hacia la linde del campamento, pero no dijeron nada.

Buscando un poco de soledad, y también para comprobar hasta qué punto se estiraban los límites de su libertad, se internó en la selva. Al alejarse un poco de los mangles el aire empezó a oler mejor y despejó un poco su cabeza. La luna asomaba entre las copas de los árboles y Lisán añoró su lejana ciudad de Granada. Consideró todas las circunstancias que lo seguían arrastrando por una aventura cuyo curso no acertaba a predecir. Se preguntaba si era ya dueño de su destino o si seguía siendo un esclavo con unos dueños distintos, pero no menos crueles. Consideró la posibilidad de huir hacia el sur en una de aquellas canoas. Quizás él fuera capaz de gobernarla en solitario, pero únicamente si podía permanecer al abrigo de la barrera de arrecifes. Enfrentado a las olas de alta mar no duraría ni un instante.

Un suave roce contra las hojas lo hizo volverse rápidamente y vio a alguien acercándose desde la oscuridad. La luz de la luna le descubrió que era la sacerdotisa.

– ¿Los hombres de allí de donde vienes no necesitan dormir? -preguntó Sac Nicte con un susurro.

– Necesitamos dormir, igual que aquí. Pero a veces el sueño nos rehúye…

La sacerdotisa llegó a su altura y se detuvo. Su rostro estaba medio en sombras y sólo se distinguían claramente sus ojos, que parecían sonreír. La luz de la luna creaba una especie de aureola al iluminar sus cabellos.

– Hubo una época en la que no había noche en el mundo -dijo-, hasta que un sabio soñó con la noche porque su corazón necesitaba reposo. Entonces una lechuza le trajo una semilla de cacao y le dijo: «Aquí está encerrado lo que deseas. Arroja la semilla a un cenote y así, por una sola vez, vendrá la noche». Pero el sabio abrió la semilla de cacao para descubrir su secreto y las tinieblas se extendieron por todo el Mundo. Entonces, al verse rodeado de oscuridad, deseó que volviera el día. Se dice que así es la vida de los hombres: viven en el día y sueñan con la noche; tienen la noche y sueñan con el día.

Lisán sonrió.

– A menudo yo también pienso que todo es un sueño -dijo- del que habré de despertar en algún momento para encontrarme de nuevo en mi mundo.

– ¿Cómo es tu mundo, Lisán al-Aysar?

Había una sincera curiosidad en su voz. El andalusí inspiró profundamente aquel aire húmedo, cargado de aromas extraños. Señaló hacia el oriente.

– Mi mundo está en esa dirección. Tiene la forma de un mar ovalado, en cuyas costas han nacido y muerto civilizaciones desde que los hombres tienen memoria. Las aguas de ese mar son cruzadas en todas direcciones por canoas que son mayores que uno de vuestros templos. Porque sobre las aguas de ese mar, y en sus costas, comerciamos, vivimos y luchamos. Sobre todo luchamos, porque, ciertamente, la guerra no es extraña en mi mundo.

– ¿Jugáis al juego de los dioses?

Lisán hizo un gesto de desconcierto.

– Perdona, no te entiendo.

– ¿Peleáis por vuestros dioses?

– Beey. En cierto modo. Las playas del sur de ese mar están ocupadas por los creyentes y las playas del norte por infieles que quisieran vernos desaparecer. También hay otros mundos y otras gentes de costumbres casi incomprensibles, pero es posible llegar a ellos tras largos y peligrosos viajes por tierra. El comercio con esos lejanos países ha sido la riqueza para las naciones que bordean nuestro mar. Pero nunca hubiera imaginado un lugar como éste, de no haberlo visto con mis propios ojos. Aquí todo es insólito. El color de los lagartos que corren entre las piedras o el olor de la tierra o el de las diferentes maderas. Nada es lo que te esperas, lo que ya dabas por sentado. Y en mi mundo, millones de personas viven sus vidas sin saber que esto existe, ajenos por completo a esta tierra. Es… desconcertante…

Mientras hablaba, Lisán frotaba una de sus manos contra el costado de su camisola. Notaba desde hacía rato una comezón bastante fuerte en la palma. La alzó a la altura de sus ojos y vio que estaba roja y algo hinchada. Se palpó la inflamación con cuidado.

– Has tocado el árbol del fuego -le dijo la mujer al ver su gesto.

– Beey. Algo he tocado, sin duda. La mano entera me arde.

Sac Nicte caminó hacia dos árboles de la jungla. Uno era de corteza rojiza y el otro la tenía de color claro.

– Ése es el «árbol del fuego» -dijo mientras señalaba el rojo-. Debes evitarlo. Y éste -señaló el otro- siempre crece a su lado.

Usando un pequeño cuchillo de sílex, Sac Nicte arrancó un trozo de corteza del árbol claro y se acercó de nuevo al andalusí.

– Déjame que frote con esto la palma de tu mano…

El andalusí la extendió dócilmente.

– ¿Qué es?

– Siempre crecen juntos. Uno es el veneno, el otro es la cura. Todo tiene aquí un lugar decidido y ajustado por los dioses. ¿Tú sabes cuál es tu lugar, Lisán al-Aysar?

Sac Nicte retuvo la mano del extranjero mientras la frotaba con la corteza.

– Ma' -admitió Lisán, disfrutando de la suave calidez de aquel roce-. Eso es algo que no he sabido nunca.

Un contacto humano que no le asustaba o repugnaba. Sin duda que era algo que representaba un avance en su recuperación. Porque Lisán así lo sentía; que había estado muy enfermo, a las puertas de la muerte, y que un milagro le estaba devolviendo poco a poco la salud. Pero era consciente de que una pequeña zona de su alma seguía dañada, como una mancha en la retina de un ojo que hubiera mirado directamente al sol. Era una zona que se había vuelto dura e insensible, y lo sobresaltaba cada vez que palpaba en ella para comprobar cómo progresaba la cicatrización.

– Dime una cosa, Lisán al-Aysar -dijo Sac Nicte, sin soltar su mano-, las mujeres de tu mundo… ¿tienen el rostro cubierto de pelos como tú?

La sonrisa del faquih se ensanchó y acabó riendo de buena gana.

– ¿Cómo dices? No. Las mujeres no tienen barba… Bueno, casi ninguna la tiene…

– ¿Estás seguro?

– Mi abuela tenía un buen bigote, pero… -No podía dejar de reír. Hizo un esfuerzo por serenarse-. Lo cierto es que muchas sí que lucirían una buena barba, si no tuvieran mucho cuidado en quitarse los pelos de la cara… Y de otras partes del cuerpo…

Ella lo estudió con atención, como si lo viera por primera vez, y dijo:

– Los dioses crearon al primer hombre con maíz rojo, pero a los de tu tierra debieron de crearlos con maíz blanco.

– Conozco otras tierras, habitadas por gentes que sin duda nacieron de maíz negro… Si tal cosa existe…

– Beey. Existe. Maíz rojo, negro, blanco y amarillo.

El andalusí observó cómo el largo cabello negro de la mujer reflejaba la luz plateada y vio sus ojos enmarcados por las sombras. Lo comprendió todo, de repente, con un estremecimiento que sintió en las tripas, no en la mente o en el corazón.

– Es extraño… -dijo lentamente-. Tus ojos…

Sac Nicte cambió su expresión. Su sonrisa se esfumó y dio media vuelta. Iba a marcharse, pero Lisán la detuvo.

– ¡Espera! Yo te conozco… ¡No es posible!

La cabeza le daba vueltas. Sabía que era imposible, pero allí estaba, y lo que le sorprendía era que no lo hubiese advertido antes. Hasta ese punto su mente seguía ofuscada.

– Sé que te conozco… desde hace mucho tiempo…

Aquella mujer cuyo rostro cubierto por un velo no había visto, pero sus ojos… Quizás estaba enloqueciendo por la soledad, el dolor, el miedo a la muerte… Ahora se abría una esperanza ante él y quizás eso enturbiaba aún más sus sentidos y hacía que lo confundiera y lo mezclara todo. Igual que él y sus compañeros confundieron sus intenciones cuando los pajes de los hombres-tigre les cosieron y curaron las heridas.

Alargó su mano libre y acarició los cabellos de la mujer. Ella permaneció muy quieta durante un momento, mirándolo con aire desafiante. Luego se apartó un poco.

Avergonzado de su reacción, Lisán retiró la mano y dijo:

– Lo siento… Quizá sólo fue un sueño.

– Sí -dijo ella-, pero su significado oculto ya me ha sido revelado. Te conozco, sí, desde hace mucho. La diosa Ixchel me mostró el futuro en un sueño y desde entonces sé quién eres y cómo nos íbamos a encontrar.

Lisán la miró fascinado.

– ¿Quién crees que soy? -preguntó.

Pero Sac Nicte no dijo nada más. Dio media vuelta y regresó al campamento, dejando a Lisán solo y confundido. Alzó la vista hacia el cielo. La luna acababa de ser cegada por nubes empujadas por vientos que olían a tormenta y que aullaban entre los mangles.

La noche sufrió entonces un cambio notable, una tempestad se levantó por oriente y la lluvia azotó con fuerza, empapando la tierra. La oscuridad, el bramido del viento, el chasquido de los árboles y el choque furioso de las olas contra la costa, hicieron que el andalusí se sintiera de nuevo perdido en un mundo remoto y olvidado.

<p>8</p>

El viento aún no había amainado a la mañana siguiente, cuando el campamento se despertó. Mientras los itzá lanzaban al mar sus canoas, Lisán observó con preocupación cómo rompían las olas contra los arrecifes, invisibles y cortantes como navajas de barbero.

Las dos canoas se encaminaron lentamente hacia la muralla de coral. Las olas se estrellaban contra ella y lanzaban surtidores de espuma hacia lo alto. Tras cruzarla se vieron sacudidos por el enloquecedor caos de un mar que atacó las frágiles canoas haciéndolas oscilar y cabecear. Las olas los empujaban hacia atrás, obligándolos a retroceder hacia los afilados y amenazadores dientes de los arrecifes.

Lisán estaba harto de hacer el papel de pasajero en aquella embarcación y pidió a gritos que le dieran un remo. Hincó una rodilla en el fondo de la canoa y empezó a paletear con furia y determinación, intentando seguir el ritmo salvaje que marcaban los nativos.

Con un esfuerzo sobrehumano, se encaminaron hacia el mar profundo para evitar los arrecifes que trazaban una paralela a la línea del litoral. A partir de ese momento, y durante las jornadas que duraría el viaje, se verían obligados a navegar a esa distancia de la costa, sin la posibilidad de refugiarse en tierra firme en caso de que la tormenta empeorara repentinamente. Los pasos de la barrera eran muy pocos y estaban cada vez más espaciados. Los itzá los conocían bien, y sabían del peligro que representaba acercarse a aquellos dientes de coral azotados por el viento y el oleaje. El único refugio de los navegantes era la alta mar, allí aquellas embarcaciones parecían insumergibles. Las olas pasaban sobre ellos o las canoas las traspasaban como una flecha atravesaría el vientre de un hombre.

Durante días navegaron resistiendo olas de una altura impresionante, o al menos eso le parecía a Lisán al contemplarlas desde su posición a ras del agua. Llegaban desde detrás, eclipsando el horizonte tras una montaña de agua, y los empujaban hacia su destino. Sólo en dos ocasiones lograron atravesar la barrera de arrecifes para ir a pernoctar en la costa cubierta de mangles. Y a la mañana siguiente, antes de que asomaran las primeras luces, volvían a enfrentar sus canoas con el mar.

Siempre hacia el suroeste, calculaba Lisán. Nubes plomizas ennegrecían el cielo, las olas parecían colinas verdes y cambiantes. Las canoas se deslizaban por sus pendientes para inmediatamente ascender hacia la cresta, desde donde a veces era posible contemplar la línea de árboles de la costa. Muy a menudo la lluvia acribillaba la superficie del agua, pero los itzá y el andalusí seguían remando con tozudo estoicismo. Tenían la única compañía de grandes pájaros, de vuelo algo torpe y con una especie de bolsa bajo el pico, que volaban en formación y se zambullían en picado cerca de las canoas, para emerger al cabo de un instante con un pez debatiéndose en el interior de sus bolsas.

Un día el tiempo mejoró un poco y se vieron remando entre extraños grumos que flotaban por todas partes. Lisán atrajo uno con su remo hasta el borde de la canoa y lo observó con curiosidad. Era una sustancia grasa y gomosa de color gris con estrías rojas.

– ¿Qué es? -preguntó. Aquél era mayor que una cabeza humana, pero los había de todos los tamaños y formas. Su aspecto era poroso y despedía un intenso olor dulzón que no le era desconocido. Intentó recordar dónde había olido algo así antes.

– Espuma de mar solidificada por el sol -dijo uno de los itzá-. A veces aparece por estas aguas… Se dice que posee poderes mágicos.

Lisán arrancó un pedazo con la uña y asomó la punta de un enorme pico, incrustado en aquella sustancia. Intentó imaginar el ave capaz de poseer un pico de ese tamaño y comprendió que podía tratarse del monstruoso pájaro roc, lo que le hizo estremecerse. Un roc no tendría ninguna dificultad en atrapar una de las canoas y echarse a volar hasta su nido, donde servirían de alimento a sus polluelos. Interrogó a Koos Ich acerca de la presencia de aves gigantes en aquellos parajes, pero él no había oído hablar nunca de algo semejante.

Siguieron remando en silencio entre aquellos grumos flotantes, y entonces vieron al primero de los monstruos. Divisaron un surtidor de espuma y vapor surgir directamente frente a ellos en medio del mar. Los nativos dejaron inmediatamente de remar, elevaron sus remos hacia el cielo y permanecieron inmóviles. Lisán no daba crédito a sus ojos cuando vio aparecer un ancho espinazo negro en medio de las dos canoas. Recordó la ballena que había nadado alrededor de la Taqwa y en cuyo lomo el desdichado Yusuf ibn Sarray había enterrado dos flechas. Pero ahora la perspectiva desde aquellas canoas que apenas los elevaban por encima de la superficie del agua era mucho más estremecedora.

El monstruo cruzó frente a ellos como una nao viviente, y el andalusí distinguió cómo uno de sus malévolos ojos se clavaba en él. La cola del leviatán se levantó sobre ellos, chorreante de agua, hasta tapar el sol, y esperó el golpe terrible que aplastara las canoas como a cañitas con las que jugueteara un niño. Los ojos de Lisán estaban dilatados por el terror, sin poder hacer otra cosa, sujetó el brazo de Koos Ich y susurró:

– Esto es el fin. Vamos a ser devorados por esa bestia.

Mientras hablaba vieron aparecer otros dos lomos de ballena, rompiendo la superficie del agua, y al instante otros tres más. Estaban en medio de una manada de monstruos que avanzaban indolentemente por el mar como un rebaño de vacas por un prado. Tuvo la terrible visión de ser arrastrado al oscuro interior de una de aquellas bestias.

Entonces sucedió algo asombroso. Aquellos monstruos danzaban en torno a ellos, con sus oscuros lomos brillando al sol como montañas animadas de vida; parecía inminente que los atacarían y devorarían en pocos instantes, cuando vio que Sac Nicte se ponía en pie en su canoa. La sacerdotisa extendió los brazos hacia las bestias y entonó una pausada canción en algún dialecto nativo desconocido para él. Uno de los leviatanes, Lisán creyó que era el primero que había surgido de las profundidades, se detuvo frente a la canoa de la sacerdotisa y extrajo del agua toda su monstruosa cabeza. Observó los extraños surcos bajo la mandíbula y su piel brillante, salpicada de lapas grises que se adherían a ella formando curiosos dibujos. La bestia permaneció inmóvil y durante un largo rato oyeron sólo el cántico de Sac Nicte. Luego, el leviatán se hundió en las aguas con la misma lentitud con la que había surgido. Lisán miró a su alrededor y vio, lleno de asombro, cómo las otras criaturas desaparecían una tras otra. Los itzá bajaron entonces sus remos y el viaje continuó.

– ¿Has visto eso, Koos Ich? -preguntó excitado.

– Lo he visto, hombre de madera. Ahora sigue remando. Ya no debemos de estar lejos de nuestro destino.

– ¿Qué clase de magia hay en esa mujer? ¿La conoces desde hace mucho tiempo?

– Beey. Desde hace mucho.

– He observado que nunca te acercas a ella; ¿por qué?

– Es difícil de explicar, si no entiendes nuestras costumbres.

– Inténtalo.

El itzá habló mientras paleteaba:

– Estamos viviendo tiempos de crisis y nuestros sacerdotes nos han anunciado que se prepara una gran guerra contra los nahual… tal y como sucedió en el remoto pasado. Y los itzá deben prepararse para la batalla. Yo he sido elegido nacom, capitán de guerra, por tres años, y durante este tiempo no puedo acercarme a una mujer. Incluso los alimentos que consumo deben ser preparados por hombres. Tres años, para dirigir la guerra. Finalizado ese plazo, otro Nacom será elegido y yo podré volver a su lado.

Lisán dejó de remar y miró al guerrero.

– ¿Podrás volver a su lado?

– Ella es mi mujer.

<p>9</p>

Las canoas se adentraron en un estrecho canal rodeado por los mayores árboles que Lisán jamás hubiera visto. Algunos de ellos eran semejantes a los mangles, con sus raíces aéreas clavándose en el agua como dedos nerviosos; otros arrojaban una espesa sombra sobre el canal. Zapotes, ceibas, ramones, pimenteros, higueras, palmas. El andalusí miraba a un lado y a otro, incapaz de reconocer la mayoría de aquellas especies, pero admirado por su variedad.

Esa mañana se habían introducido en una amplia bahía que, protegida por el escudo de arrecifes, era similar a un inmenso y tranquilo mar interior. En sus costas vio señales de grandes asentamientos en plena actividad, pero ninguno de ellos era su destino. Éste era la ciudad que los itzá llamaban Uucil Abnal, que sin duda los aguardaba al final del canal por el que discurrían las canoas, internándose cada vez más profundamente en el corazón de aquel bosque.

Lisán no dejaba de estudiar los árboles que asomaban por los márgenes, todos de especies distintas, mezclándose y conviviendo unos junto a otros. Comprendió que allí se producía un fenómeno extraño, pues lo habitual era que los árboles formaran grupos de su propia naturaleza allá donde cayeran las semillas de sus progenitores. A veces era posible que un árbol creciera en un bosque ajeno, pero en aquel lugar esta excepción parecía la norma. Las especies se mezclaban, enredando sus ramas, y parecía como si estuvieran atravesando un inmenso jardín botánico en vez de algo que hubiera surgido de forma natural.

Los sabios de la Antigüedad afirmaban que el trigo se convertía en cizaña, y que algunos árboles, como el sauce y la higuera, carecían de flores con las que perpetuar su especie porque recibían su virtud directamente del sol. Pero al-Nabatí afirmaba, en su famoso libro al-Rihla al-nabatiyya, [22] que las especies vegetales se perpetuaban al igual que los hombres, de padres a hijos, sin generaciones espontáneas de otras especies diferentes mezclándose con la propia.

De modo que lo que los rodeaba no podía ser una selva natural, sino un inmenso jardín dispuesto por el hombre. Observó los detalles que delataban la mano del jardinero, como el que los retoños estuvieran podados hasta la misma copa del árbol, de forma que la frondosidad se concentraba allí y el árbol ganaba en esbeltez y nobleza de estampa. Este tipo de prácticas parecían propias de una civilización refinada, semejante a la milenaria tradición de la jardinería persa, según la cual los árboles debían ser sabiamente distribuidos, como los colores en un tapiz, o agrupados a imagen de las constelaciones en el cielo. Se decía que en cada árbol habitaba un espíritu, y si moría era porque éste lo había abandonado. Asimismo, existía una afinidad espiritual entre diferentes especies vegetales, de modo que se sembraban juntas plantas de distinta familia, pero cuyos aromas y colores florales contrastaran agradablemente.

Un embarcadero apareció ante ellos tras doblar un recodo del canal. En él, la piedra labrada con motivos florales se enredaba con las raíces de los troncos milenarios hasta resultar inseparable lo uno de lo otro. En su superficie aguardaban una docena de sacerdotes ataviados con capas de plumas verdes y tiaras de jade y esmeraldas; sus rostros y sus manos estaban pintados también de verde.

– Nos esperaban -comprendió Lisán-, han debido de vigilarnos durante todo nuestro trayecto por el canal.

La canoa de Sac Nicte atracó y los hombres del embarcadero ayudaron a la sacerdotisa a saltar a tierra. Después echaron sobre sus hombros una capa de plumas y una tiara verde semejante a la que ellos lucían. Mientras ella hablaba con uno de los sacerdotes, Koos Ich y Lisán desembarcaron, pero se mantuvieron a distancia. Cuando la conversación terminó, el sacerdote saludó respetuosamente a la mujer y se marchó a toda prisa.

– Ve ahora a su lado -dijo Koos Ich al andalusí.

– ¿Vuestra ciudad está cerca? -preguntó Lisán, mientras caminaba junto a Sac Nicte.

– Ésta es nuestra ciudad -respondió la mujer señalando a su alrededor-, la piedra y el árbol forman nuestros hogares, nuestro corazón y nuestra sangre.

Se adentraron juntos en la floresta. Una suave bruma se elevaba desde el suelo, lo que le daba al aire un aura de irrealidad. Lisán observó que no había ramajes ni lianas que entorpecieran el paso por los zigzagueantes senderos. Tal y como había intuido en el canal, aquél era un inmenso bosque cultivado, cuidado y desbrozado por expertas manos humanas. Abundaba un árbol de tronco amarillento, ligeramente parecido a la encina. Y otro lleno de espinas largas y duras que surgían a pares por todo el tronco, de modo que era imposible acercarse sin resultar ensartado. Descubrió unos ajenjos frescos y olorosos, de hojas más largas y delgadas que los de al-Andalus, y muchas otras hierbas que le recordaban a especies conocidas, mientras que otras le resultaban completamente extrañas.

Muchos árboles tenían pequeños cortes en sus troncos, por los que se derramaba, gota a gota, su resina para ir a parar a un receptáculo de jade sujeto al tronco con cintas.

– La sangre de estos árboles es sagrada -le explicó la sacerdotisa cuando Lisán le preguntó por esto-, de ella extraemos el puk ak para ofrendarlo a los dioses.

Lisán miró a un lado y a otro sin conseguir ver nada semejante a un edificio o una choza.

– ¿Es que vivís a la intemperie? -preguntó.

Sac Nicte sonrió y dijo:

– Cuando nuestros antepasados fueron expulsados de Chichén Itzá, nuestro pueblo cayó en el desánimo, pues para nuestros sacerdotes aquélla era una prueba irrefutable de que los dioses nos habían vuelto la espalda. Deambulamos entre ciudades en ruinas buscando un nuevo lugar donde asentarnos, y así llegamos a una ciudad abandonada, en cuyo centro se elevaba el árbol Yaxcheelcab, la Gran Ceiba Sagrada. Llamamos Uucil Abnal a la ciudad bajo la ceiba, pues éste era el nombre original de nuestra Chichén Itzá.

Mientras decía esto, fue apareciendo la ciudad. Primero un edificio a la izquierda, con viejas paredes de piedra labrada que asomaban a través de los árboles. Luego otros más. Sus muros, los escalones, la plataforma en la que se asentaban, y el área circundante, estaban cubiertos de una frondosa vegetación verde oscura, lo que le daba un asombroso aspecto lleno de misterio.

Los árboles habían crecido durante milenios a través de Uucil Abnal. Las piedras labradas por los antiguos habían sido apresadas por los troncos de árboles gigantescos que, al alzarse sobre el suelo, las habían arrastrado con ellos, hasta que sus sombrías columnas se perdían entre las hojas. Templos abrazados por raíces que, como una serpiente de mil cabezas, se enredaban entre sus losas ciclópeas. La ciudad estaba dispersa por la selva, con sus piedras engarzadas en la madera hasta que era imposible distinguir dónde acababa la roca y dónde continuaban las ramas que se extendían de un edificio a otro, como las arterias en un cuerpo humano.

– ¡Allah es grande! -exclamó Lisán-. ¿Qué lugar mágico es éste?

– Ésta es una tierra muy antigua -dijo la mujer-. No olvides esto nunca. Las piedras de esta ciudad fueron labradas en la oscuridad por los saiyam uinicoob, los enanos ajustadores, antes incluso de que el Sol y la Luna ocuparan su lugar en el cielo.

Na Itzá esperaba sentado frente a su casa. Por las mañanas le gustaba desayunar allí, a la vista de todos, y animaba a los hombres que cruzaban, de camino hacia sus milpas, a sentarse un rato con él y compartir sus tortillas calientes, mientras le contaban sus problemas o preocupaciones. Na Itzá significaba «la casa de los Itzá», y era uno de los linajes más antiguos y nobles de aquel pueblo. El señor de Uucil Abnal, el Ahau Canek, era un hombre respetado por todos, con fama de equilibrado y justo, que había sido un gran guerrero en su juventud. Aunque desde entonces había pasado mucho tiempo. Miró hacia el cielo y comprobó que el día había amanecido magnífico. La idea dominante entre los ciudadanos de Uucil Abnal era que los dioses llevaban una larga temporada favoreciéndolos, con buenas cosechas y maíz abundante que llenaba los silos hasta la misma embocadura. Y la buena dirección del Ahau Canek no era ajena a esta prosperidad. Aunque el adivino, como el pájaro de la desdicha, se empeñara en anunciar malos augurios y guerras cruentas que enturbiaban el futuro, Na Itzá permanecía tan imperturbable como su pueblo esperaba de él. Siempre con el mismo rostro amable ante la dicha o la calamidad. Y era esa serenidad lo que les traía la tranquilidad a todos.

Por el camino del embarcadero vio llegar a su hija, acompañada por el hombre extraño: alto, demacrado, vestido de negro y con el rostro cubierto de pelos oscuros. Na Itzá se puso en pie y salió al paso para recibirlos.

Cuando era niña, Sac Nicte había admirado sin resquicios a su padre. Podía percibir con claridad el profundo amor y el respeto que su pueblo le profesaba. «Tu padre es un gran hombre», le decían una y otra vez, y eso la llenaba de un orgullo tan grande que no lo podía expresar con palabras. Solía escabullirse entre las raíces de la Ceiba Sagrada para contemplar a su padre presidiendo el Consejo de la ciudad. Pasaba así las horas, mirándolo hablar, embobada. Si alguien hubiera intentado arrojar la más leve duda sobre las actuaciones y decisiones del Ahau Canek, lo habría tomado por un demente. Era paradójico que ahora estuviera tan cerca de cuestionar todo lo que su padre había significado para ella y para su pueblo. Todo. Ahora pensaba que había confundido los miedos que entonces no podía entender su mente infantil con esa integridad que siempre creía ver en él. Se decía que todos los hijos acaban por juzgar a sus padres, pero el juicio de Sac Nicte iba más allá de los límites de lo familiar; si Na Itzá se equivocaba, ese error podía ser el fin de su pueblo.

El Ahau Canek se volvió hacia el dzul y lo saludó formalmente, cruzando el brazo derecho sobre su pecho. Preguntó a su hija:

– ¿Puede entender nuestras palabras?

– Beey. Los cocom le enseñaron bien.

– Sé bienvenido a nuestra ciudad y acepta la hospitalidad de los hombres de Uucil Abnal -dijo Na Itzá.

Lisán se inclinó ante aquel hombre que lo miraba fascinado. Iba vestido con un taparrabos, con dos largos adornos muy elaborados que colgaban por delante y por detrás, hechos de plumas y pedrería. Se apoyaba sobre un báculo rematado con una figura humana tallada en obsidiana. Debía de ser un símbolo de mando, porque no parecía necesitarlo como apoyo. Parecía fuerte y seco como un viejo árbol. Cuero tensado sobre un armazón de duro roble. Su pecho y sus hombros estaban cubiertos de cicatrices coloreadas que trazaban complejos dibujos. Su pelo blanco lucía una tonsura semejante a la de Koos Ich.

Na Itzá cambió entonces a un antiguo dialecto xiu, incomprensible para Lisán, y continuó hablando con su hija:

– Quiero saber cuál es la situación en Amanecer.

– Sólo conozco lo que Koos Ich contó a sus guerreros y luego éstos me contaron a mí. Deberías preguntarle a él…

– Hija -la interrumpió Na Itzá-, dentro de un momento me reuniré con Koos Ich y su co-nacom para analizar la situación con Amanecer. Probablemente en esa reunión se va a decidir si debemos ir o no a la guerra, y si debo entregarles el gobierno de Uucil Abnal. Quiero acudir a ella sabiendo lo que Koos Ich va a plantear.

Sac Nicte asintió. Se podría pensar que su lealtad estaba dividida entre su padre y su esposo, pero no era así. Mientras Koos Ich fuera nacom ella no tenía esposo; así era la ley. Un nacom vivía en su propio mundo, sin otro horizonte que preparar y vencer en la guerra, y en ese mundo no había lugar para las mujeres. Pero su propia opinión estaba en completo desacuerdo con la de su padre, y se avergonzaba de que en un momento como éste Na Itzá no tuviera otra preocupación que la de perder su jefatura de la ciudad.

– Koos Ich vio a los nahual en Amanecer -dijo.

Na Itzá sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Mantuvo su aspecto impasible de siempre, pero Sac Nicte advirtió cómo le temblaban las manos.

– Los nahual -musitó-. Entonces ya es un hecho; planean atacarnos aliados con nuestros vecinos.

– Despierta, padre -dijo Sac Nicte-, ya están por todas partes. Comerciantes de Xicallanco y Potonchan viajan con frecuencia por nuestras costas y cuentan con almacenes en la isla de Cozumel. Los nahual-oztomecas [23] hacen algo más que vender cigarros, pues son los ojos y los oídos de la lejana Tenochtitlán. Gracias a ellos, los mexica conocen nuestros movimientos, el tamaño de nuestros ejércitos y nuestra disposición para la batalla. Ya no tenemos secretos para ellos.

– «Y lo que una vez fue, volverá a ser» -musitó Na Itzá.

Ya había sucedido en el remoto pasado. Los invasores llegaron de la remota ciudad de Tula y arrasaron las ciudades y los campos de la Península, de norte a sur, hasta que se encontraron con el mar que ponía fin a las tierras que conquistar.

– La misma criatura que lanzó a los ejércitos toltecas contra nuestros antepasados -dijo Sac Nicte- está ahora al frente de los mexica. Es su sacerdote supremo y no se detendrá ante nada.

– ¿Quién puede saber eso? -preguntó el Ahau Canek a su hija.

La mujer señaló discretamente a Lisán y dijo:

– El Uija-tao piensa que él nos dará hoy algunas respuestas.

– ¿Sacrificio? -El Ahau Canek se sorprendió-. ¿Cuándo debes llevarlo ante él?

– Inmediatamente. Hemos llegado en la fecha prevista y la disposición de los cielos es la adecuada. En el embarcadero advertí a uno de los sacerdotes para que el lugar del sacrificio fuera preparado. El Uija-tao ya debe de estar esperándonos allí.

Na Itzá asintió pensativo.

– Debemos aceptar los deseos del Adivino entonces -dijo-. Pero yo no renuncio a los míos… Quizás aún no sea tarde para…

– ¿Para qué, padre? -dijo Sac Nicte-, lo que pretendes ya no tiene ningún sentido. Intentas negociar con los mexica y no comprendes que ellos sólo nos ven como piezas de carne y corazones que ofrecer a sus dioses.

– Ésta es la última ciudad de los itzá -dijo él-, la ciudad de los sueños y las profecías, y yo lucharé para defenderla de los nahual cuando ellos lleguen hasta nuestras tierras. Si toda negociación fracasa, lucharé hasta la muerte junto a mi pueblo, porque ésa es una guerra que no podemos vencer. Pero antes debemos agotar todas las oportunidades de entendimiento. Hija mía, recuerda que la violencia es una señal más de debilidad y que para luchar contra ella no hay mejor arma que las palabras.

Sac Nicte le dirigió una larga mirada llena de tristeza. Hubiera deseado tener la fuerza necesaria para hablarle y convencerlo, para hacerle ver la verdad de las cosas, pero dijo:

– Que sea entonces la voluntad de los dioses.

<p>10</p>

La mayoría de las gentes de Uucil Abnal habitaban unas chozas que se levantaban a la sombra de los árboles que cubrían la ciudad como una cúpula. Algunas estaban emplazadas en torno a una gran explanada libre de vegetación, pero muchas otras se dispersaban sin orden alguno por el interior de la jungla, adaptándose a las irregularidades del terreno, de modo que resultaba imposible calcular su número.

Lisán fue conducido por Sac Nicte hasta una de las situadas en el claro. Era acogedora y sus paredes estaban hechas de ramas recubiertas con estuco blanco.

– Ésta será tu vivienda -le dijo la sacerdotisa-, pero ahora debes acompañarme, pues el Uija-tao desea verte.

– ¿Quién es el Uija-tao?

– El «Gran Vidente» -le aclaró Sac Nicte, como si esto significara algo para él.

– Ma'. Estoy agotado y después de esos días interminables sobre la canoa siento que el suelo firme sigue danzando bajo mis pies.

Se dejó caer sobre una especie de litera baja, hecha con palos entrecruzados y esteras de algodón decoradas con complejos dibujos geométricos.

– Debemos ir ahora, Lisán al-Aysar.

– ¿Es necesario?

– Beey. El Uija-tao lleva mucho tiempo esperándote. Después podrás descansar.

Lisán se incorporó un poco, pero no se levantó.

– Quiero que me expliques lo que ha sucedido hace un momento. Noté… noté cierto nerviosismo en vuestra conversación, pero ese hombre, el Ahau Canek… ¿Es tu padre?

– Beey.

– Bueno, pues él empezó a hablar en una lengua desconocida para mí, y me pregunto por qué.

– Hablamos de asuntos que no entenderías, Lisán al-Aysar.

– Intenta explicármelo, por favor.

– Nuestra situación es muy compleja, pues en esta tierra coexisten diecisiete reinos independientes, enzarzados en guerras constantes y en turbias alianzas. Mi padre ha conseguido crear una confederación con los tutul xiu y otros pueblos, que puede llegar a dominar todo este lado de la costa. Y esto no es algo que agrade a nuestros vecinos cocom.

– ¿Cocom? ¿Es el pueblo que habita Amanecer?

– Beey. Amanecer pertenece al reino de Ecab, dominado por los cocom, pero la mayor parte de sus territorios están situados tierra adentro, en el interior de la selva. Se sienten amenazados por nuestra supremacía, pues si nos apoderáramos de esa ciudad controlaríamos el acceso al mar de toda la región, y el paso de los mercaderes que fondean en nuestras costas. Hace tiempo que nuestros espías nos advierten que están reuniendo un gran ejército y que no tardarán en enviarnos a sus embajadores para preparar la guerra. Pero la presencia de los nahual en su ciudad lo precipita todo.

– ¿Por qué?

Sac Nicte suspiró.

– Porque significa que los mexica y sus dioses están aliados con los cocom. Mi padre siempre ha intentado llegar a un compromiso con los mexica. -La mujer sonrió con amargura mientras decía esto-. Pero lo cierto es que nunca lo logró, y ahora vamos a tener que luchar.

– ¿Los nahual forman parte de vuestra categoría de dioses?

– Ma' -exclamó Sac Nicte-, son hombres transformados por el poder de Tezcatlipoca. Ahora forman parte del ejército de nuestros enemigos.

– ¿Os habéis enfrentado alguna vez a ellos?

– Lisán al-Aysar, debes acompañarme -suplicó la mujer con impaciencia-. El Uija-tao es un hombre muy poderoso y se sentirá insultado si lo hacemos esperar. Más tarde tendremos ocasión de seguir hablando, y yo volveré a responder a tus preguntas, pero ahora acompáñame, por favor.

Llegaron hasta los pies del árbol más gigantesco que el andalusí hubiera visto jamás. Se levantaba en el centro geométrico de Uucil Abnal, su copa se elevaba a más de trescientos codos de altura y arrojaba su sombra sobre las copas de los otros árboles. Sus ramas se extendían de forma asombrosa: nacían del tronco, muy ordenadas, de tres en tres o más, y se alargaban como un gigantesco parasol, abarcando con su sombra un amplio claro de la selva en el que apenas crecía nada. Al desarrollarse se había engarzado alrededor de un gran templo, que se había mantenido intacto gracias a que las raíces se trenzaron en torno a las piedras como un zarcillo de oro alrededor de un brillante.

– Éste es el Yaxcheelcab, la Ceiba Sagrada, el Árbol Cósmico del Centro del Mundo- le dijo Sac Nicte-. Pero dicen que apenas era una semilla cuando el propio templo fue construido, en este mismo lugar, por los enanos ajustadores. El Uija-tao nos espera en su interior.

Pero antes de entrar, el andalusí volvió a preguntarle por ese «Gran Vidente», y la sacerdotisa le explicó que disfrutaba de un gran poder.

– Semejante al del Consejo -dijo la mujer-. Incluso mi padre, el Ahau Canek, tiene la obligación de acercarse al Uija-tao dando muestras de profunda humildad y veneración. Y debe atenerse estrictamente a sus dictámenes…

Al parecer, entendió Lisán, el Uija-tao estaba íntimamente ligado a una deidad, cuya voluntad conocía al entrar en un estado extático y que comunicaba a su pueblo. A la vez, era una especie de prisionero en su templo arbóreo. Habitaba su palacio en celibato y estricta reclusión. La sacerdotisa y el andalusí atravesaron una amplia plataforma de mármol, incrustada en las retorcidas raíces de la Ceiba Sagrada, y se internaron en un edificio cuadrado rodeado de columnas. Era milagroso que las piedras de aquel templo no resultaran desmenuzadas por el abrazo de las raíces en lugar de mantener su forma y su consistencia.

En el interior ardían unas pocas antorchas colgadas de las paredes, pero apenas conseguían iluminar la turbia oscuridad de la sala. En un brasero cercano a la entrada se quemaba el puk ak, y el humo dibujaba una sinuosa serpiente blanca que empañaba el aire con un intenso aroma a incienso. Varios sacerdotes, desnudos y con sus cuerpos pintados con franjas verdes, se movían confundidos entre las sombras. Lisán se figuró por un momento que eran las raíces de la Ceiba Sagrada que habían cobrado forma humana y escapaban de su abrazo con la piedra. Uno de ellos lanzó al brasero más pastillas de puk ak decoradas de azul turquesa que al arder desprendieron más humo espeso, blanco y aromático. De lo alto colgaban unos tétricos adornos hechos con plumas y huesos humanos, que giraban lentamente.

Cuando sus ojos se acostumbraron un poco a aquella penumbra, vio a un anciano desnudo, tocado con una insólita mitra puntiaguda, sentado sobre las losas del suelo. Su sombra agigantada se reflejaba en el humo y se proyectaba contra las paredes y el techo, pero el Uija-tao era un hombre pequeño y delgado hasta lo enfermizo. Su piel no era tan oscura como la del resto de los nativos, y de su tocado con aspecto de mitra escapaba un pelo negro, largo y encrespado. Sujetaba frente a sí una lámina de cobre cuadrada, de un codo de lado, en cuyas esquinas había sujetos ocho sedales, cuatro blancos y cuatro negros. Mantenía juntos, con los dedos de la mano derecha, los cuatro blancos, uniéndolos en el vértice de una pirámide que tenía como base la lámina de cobre. Los cuatro negros estaban también unidos en su mano izquierda, que estaba por debajo del cuadrado metálico y que formaban, por tanto, una pirámide invertida.

– Acércate, dzul -dijo el anciano volviéndose hacia Lisán.

Colgaban, enredados en sus cabellos, unos grandes cascabeles de metal que sonaron cuando el hombrecillo movió la cabeza. Sus ojos eran turbios, como dos esferas de cristal desgastadas por el roce del tiempo.

Lisán buscó a Sac Nicte a su lado, pero la mujer había desaparecido. Miró hacia la penumbra, donde se alineaban los sacerdotes con sus espaldas pegadas contra la pared, y pensó que se había unido a ellos.

Dio un par de pasos hacia el anciano, que empezó a hablar:

– El Universo es un cuadrado plano, delimitado por un lagarto cuyo cuerpo está cubierto de símbolos mágicos. Dentro de este cuadrado se ubican los diferentes niveles cósmicos. De su centro nace Yaxcheelcab, la Gran Ceiba Sagrada, cuyo tronco y ramas sostienen el cielo y cuyas raíces penetran en el Inframundo.

Lisán se acercó un poco más y miró al Uija-tao con escepticismo.

– ¿Un plano? Ma'. No creo que tal cosa sea posible, pues yo he viajado desde el otro lado del mundo.

El Uija-tao clavó sus ojos en el andalusí.

– ¿Acaso consideras que tu mente es tan grande como para llegar a abarcar el Gran Todo? Existen niveles de la realidad más elevados de lo que imaginas. Un Universo invisible que consiste en una jerarquía de planos entre los que se produce un constante intercambio de energías. Todas estas realidades se tocan como las bases de dos pirámides contrapuestas, son infinitas en energía y durarán desde una eternidad hasta otra… -Dobló entonces los brazos e invirtió la posición de las dos pirámides-. Hoy me vas a acompañar hasta las puertas del Inframundo… y desde ellas te asomarás, por un momento, al Supramundo…

El anciano dejó a un lado la lámina de cobre y, al observar la expresión confusa de Lisán, añadió:

– No espero que lo entiendas todo inmediatamente, dzul.

– ¿Y por qué tienes ese interés en que lo entienda?

El anciano sonrió con su boca desdentada. Abrió una cajita de hueso en cuyo interior había una larga y negra espina de pez raya y un grueso cordón de algodón. Tomó ambas cosas con una de sus manos y se inclinó un poco hacia el andalusí.

– Porque intento averiguar quién eres y por qué te han enviado los dioses. Y creo que tú puedes ayudarme, pero antes debes aprender algunas cosas…

Ante los asombrados ojos de Lisán, el anciano asió su pene con una mano y con la otra se clavó la espina, atravesándoselo de parte a parte. Luego metió el cordón por el orificio que perforaba su carne y lo empujó con los dedos hasta que asomó ennegrecido de sangre por el otro lado. Mientras hacía esto, murmuraba una larga retahíla de palabras incomprensibles. La sangre que manaba del miembro del anciano resbalaba entre sus muslos, lenta, pringosa, y formaba un charco sobre el mármol, pero el Uija-tao no parecía afectado ni molesto por la mutilación que acababa de causarse. Se volvió a un lado y tomó una bandeja de madera con algo pequeño y oscuro troceado sobre ella. Se lo ofreció a Lisán.

– ¿Qué es eso? -preguntó el andalusí, preso de una repugnancia absoluta.

– Esto es Conocimiento, la forma que tienen los dioses de comunicarse con nosotros. Toma uno, pero no lo comas todavía, guárdalo en tu mano.

Lisán tocó uno de los trozos. No tenía intención de comerse aquella cosa. Era blanda y seca, algo esponjosa… Un hongo, comprendió. Lo cogió con dos dedos y lo guardó en la palma de la mano, tal y como el Uija-tao quería.

– ¿Y ahora qué? -le preguntó al anciano.

Al ponerse en pie, el hombrecillo hizo sonar los cascabeles. Apenas le llegaría a Lisán a la altura del pecho. Caminó con los pies descalzos sobre el suelo de mármol multicolor, dejando un rastro de sangre que se escurría desde los genitales. Su piel parecía ajada y enfermiza por la falta de sol, su aspecto le recordó a Lisán el de algunos reos que había visto salir a la luz tras pasar varios años en algún oscuro olvidadero.

– Sígueme, dzul -dijo.

Lisán caminó tras el anciano hasta una cavidad en el suelo, junto a una de las paredes, que formaba la entrada a un pozo. Se detuvo, mientras el Uija-tao cogía una de las antorchas; estaba hecha de palo de higuera y ardía limpiamente, aunque aquel turbio ambiente no permitía que su luz se proyectase hasta muy lejos. Con la antorcha en la mano, el anciano descendió por el agujero. El andalusí permaneció inmóvil, mirando aquel pozo sombrío sin saber qué hacer. Entonces alzó la vista y vio a Sac Nicte, junto a la pared de piedra.

– Ve tras él -le dijo la mujer.

Lisán decidió obedecer. Ella era su última esperanza de que no todo en aquel Otro Mundo fuera negativo e intentara destruirlo. Por lo tanto, si ella lo traicionaba, su vida no valía nada. En realidad, podían acabar con él en cualquier momento y con tanta facilidad como habían acabado con sus hermanos. ¿Por qué preocuparse entonces?

Descendió con auxilio de las raíces de la ceiba, que le sirvieron de escalones, hasta una plataforma de roca donde lo esperaba el Uija-tao.

La bóveda plana, formada por la cara inferior de las grandes losas del suelo del templo, estaba entrelazada de raíces que colgaban sobre ellos.

Bajaron por un angosto conducto natural cuyas paredes eran de piedra calcárea. Una fuerte corriente de aire llegaba desde las profundidades y mantenía en constante agitación las raíces del interior de la cavidad. La llama de la antorcha que llevaba el anciano se agitaba, pero parecía arder mucho mejor con aquel vendaval.

– Yo era un muchacho cuando el ejército tolteca vino para conquistar nuestra tierra… -parloteaba mientras tanto el Uija-tao-. Yulu uayano! Los irrefrenables lujuriosos del día, los irrefrenables lujuriosos de la noche, los bribones del Mundo que tuercen los cuellos, guiñan los ojos, sueltan sus babas por la boca… ¡Ay! Uno Imix fue el día en que cayó Chichén Itzá… y todo nuestro pueblo se dirigió entonces hacia el destierro, como animales amansados.

El viento que azotaba el interior de la caverna fluía a tanta velocidad por aquel estrecho pasadizo que Lisán apenas podía respirar.

– Hablas de esos acontecimientos como si los hubieras presenciado… -consiguió decir entre jadeos. ¿Cómo se las arreglaba aquella momia para caminar tan rápido contra aquel vendaval?-. ¿No sucedió hace muchos años?

– Yo apenas era un niño en Chichén Itzá, y mi cuerpo ha madurado y degenerado muchas veces desde entonces, pero mi alma se mantiene por encima del tiempo, como el pájaro Pujuy vuela sobre las copas de los árboles, anidando en un cuerpo recién nacido tras otro.

Lisán guardó un silencio de incredulidad. Quizás aquel tipo era un embaucador, pensó, aunque ya no podía estar seguro de nada. Observó en el suelo un rastro solitario, gastado hasta una profundidad de dos o tres pulgadas por las continuas pisadas de los que por allí pasaron. Y el techo cubierto por una costra de hollín del humo de las antorchas. Muchas generaciones habían recorrido antes que él aquel camino descendente.

– ¿Éste es un lugar de culto? -preguntó.

– Es uno de los cenotes sagrados. Sólo yo puedo bajar hasta aquí.

A la distancia de unos ciento cincuenta codos el pasadizo se ensanchó y tomó la forma de una amplia caverna. Ya no se sentía allí la corriente de aire, y las paredes y el techo abovedado estaban formados por una piedra tosca e irregular. Por el centro continuaba el mismo rastro gastado. De esta caverna se desprendían a derecha e izquierda varios pasadizos. El Uija-tao iluminó uno de ellos con su antorcha para que Lisán viera un trozo de piedra labrada con extraños y complejos jeroglíficos.

– Teotihuacan -dijo señalando uno de ellos-. Este nombre, en la lengua náhuatl significa: «La ciudad en la que te conviertes en un dios». Nuestros antepasados viajaron desde Teotihuacan siguiendo el mandato de los trece dioses y fundaron la ciudad de Chichén Itzá. Allí vivimos en paz hasta la llegada de Espejo Humeante y su ejército nahual. Decían que este mundo ya había cumplido su tiempo, y que sólo éramos espectros a los que los dioses concedían unos pocos latidos más de vida a cambio de que ofrendáramos nuestros corazones en un banquete sin fin… Pero ellos también se habían acostumbrado al sabor de la carne humana y su ansia de sangre aumentaba día tras día.

Siguieron descendiendo por uno de los pasadizos, por escalones labrados en la misma roca y de un ancho apenas suficiente para asentar el pie. Hasta que llegaron a un cantil que por el lado derecho se elevaba hasta una gran altura y por el otro se hundía formando un impresionante despeñadero. El único puente tendido sobre aquel abismo estaba hecho con palos atados toscamente unos con otros. Dieron unos pasos por aquella insegura pasarela. El precipicio que se abría bajo sus pies apenas podía vislumbrarse a la luz de la antorcha.

Lisán se asomó con precaución y vio brillar el agua al fondo, reposando en el lecho profundo y rocoso de la gran cúpula de piedra.

– Fíjate -dijo el anciano alzando la antorcha.

El andalusí miró hacia arriba y distinguió cientos de cables que descendían rectos, como líneas perfectamente trazadas, desde la bóveda rocosa hasta la superficie del agua.

– ¿Qué es eso? -preguntó.

– Silencio -ordenó el Uija-tao-. Es ahora cuando debes comer el kuuxum. ¡Hazlo!

– ¿Qué?

Con un gesto teatral, el anciano dejó caer la antorcha. Ésta descendió flameando y se apagó al tocar la superficie líquida. Quedaron en la más absoluta oscuridad, en medio de aquel incierto puente de palos y con el abismo bajo ellos.

Lisán, aterrorizado, maldijo al anciano. Sintió la vibración del puente a través de sus pies y dedujo que aquel loco estaba caminando en la oscuridad. El puente se bamboleaba bajo él y sus rodillas temblaron.

– ¡Ya basta! -gritó-. ¡Detente!

– No hay otra luz, dzul -dijo el Uija-tao soltando una carcajada-. Será mejor que comas el kuuxum.

– ¡Estás loco! ¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¿Cómo vamos a encontrar la salida en medio de esta oscuridad?

– No hay oscuridad. Son tus ojos los que no pueden ver, pero tu visión se basa en un engaño de tus sentidos. Únicamente si comes el kuuxum verás el Mundo Real.

En medio de aquella negrura total, colgado sobre un abismo, Lisán creyó que iba a empezar a gritar de terror. Intentó desesperadamente conservar la calma, y a su mente acudió una antigua oración sufí:

El Mundo que concebimos como exterior a nosotros existe tanto dentro de nosotros como fuera. Porque sólo hay Un Mundo y es Allah.

Lo que vemos como el Mundo Sensible o el Mundo Finito no son más que un conjunto de velos que ocultan el Mundo Real. Son los velos de nuestros propios sentidos: los ojos son los velos de la verdadera visión, los oídos son los velos de la verdadera audición…

Para tomar conciencia del Mundo Real es necesario que apartemos esos velos…

Incluso en su terror no pudo dejar de advertir la similitud entre las palabras de sus maestros y las de aquel anciano enloquecido. Y eso tenía algún significado, sin duda. Pero no se sentía con ánimo para buscarlo.

Con resignación, se llevó a la boca aquel repugnante trozo de hongo y empezó a masticar.

<p>11</p>

Pasó un tiempo. No podía calcular cuánto, estando como estaba plantado en medio de la oscuridad. Pero empezaron a suceder cosas. Sensaciones…

Al principio fueron náuseas y extrañas impresiones físicas. Frío. Calor. Sentía que su piel se estaba transmutando en un humor viscoso. Que las proporciones de su cuerpo experimentaban distorsiones, de modo que las manos y los pies parecían estar cada vez más alejados del torso. Sus dedos extendidos se retorcían como los pámpanos de una vid…

No pudo contener la orina y ésta resbaló suavemente entre sus piernas. Tuvo una erección y al instante un orgasmo interminable que, en lentas pulsaciones, fue vaciando su cuerpo de semen. Se estaba hundiendo dentro de sí mismo, como si su cabeza cayera lentamente hacia el interior de sus intestinos y rebotara contra ellos.

Entonces empezó a ver pequeños chispazos de colores que flotaban frente a sus ojos e iluminaban poco a poco la oscuridad de la caverna. Aquellos átomos fueron formando un mosaico de destellos rojos, verdes y azules, como una malla fina superpuesta a su campo visual. Empezaron a agruparse para formar imágenes y descubrió que podía ver de nuevo.

El Uija-tao caminaba tranquilamente delante de él, por el puente, y su trayectoria dejaba estelas de gran colorido. Sin volverse dijo:

– Vamos, dzul.

Lisán lo siguió como en un sueño, abstraído por todo lo que veía. Llegaron a suelo firme. Pero a su alrededor todo se distorsionaba, fluía y ondulaba en una especie de danza pulsante y sensual. Apenas quedaban ya unas pocas zonas oscuras en aquella inmensa caverna, pero incluso las sombras mostraban su propio tipo de luz, que parecía emanar de ellas.

Veía la nuca del anciano frente a él. Un grueso tentáculo luminoso surgía entre los hombros del anciano y se perdía en el suelo de la caverna.

Partículas diminutas, siguiendo un patrón que parecía vivo, como hormigas rojas ardientes, circulaban a toda velocidad desde el suelo de roca hasta la espalda del Uija-tao, y lo envolvían por completo en una compleja red de vasos sanguíneos que bombeaban la sangre por el interior de su cuerpo y su cerebro. Era bastante terrorífico, pero tan fascinante que no podía dejar de mirar. No lograba imaginar lo que eran. En un principio pensó que se trataba de algún tipo de insecto, pero eran demasiado pequeñas.

Acercó su propia mano a sus ojos y escrutó detenidamente la palma. Brillaba. Pequeños puntitos de luz, casi inapreciables, se escurrían por entre sus dedos. Se trataba de las mismas criaturas minúsculas que también correteaban por toda la piel del anciano. Eran menores que las ínfimas impurezas que rodeaban sus poros, pero sin duda se movían como lo hacen los insectos. ¿Acaso eran los átomos de los que hablaban los griegos? Giró su cabeza todo lo que pudo. Un tentáculo semejante al que llevaba prendido el Uija-tao también surgía de su espalda, y aquellas motas luminosas iban y venían frenéticas por él.

– ¿Qué son estas cosas? -preguntó estremeciéndose.

El Uija-tao se volvió y Lisán observó que la sangre que fluía de la herida en su pene -que seguía abierta gracias a la mecha de algodón- era tan brillante que lastimaba los ojos al mirarla directamente. La sangre resbalaba por las piernas del anciano trazando ríos de luz y se amontonaba en charquitos refulgentes en el suelo.

– La vida no se detiene al nivel que pueden distinguir tus ojos. La vida sigue y sigue, en una complejidad creciente hasta conformar la propia textura de la realidad -dijo-. Eso que puedes ver ahora es el chu'lel.

Lisán desconocía la palabra.

– ¿El chu'lel? ¿Esa especie de tentáculo prendido a nuestra espalda… y esas… esas motas luminosas que circulan por su interior? ¿Qué son?

– Son los restos del cuerpo del Dios Que Descendió. Ahora puedes verlo por primera vez en tu vida.

– ¿El Dios Que Descendió?

La calavera del anciano, con la mandíbula inferior moviéndose mientras hablaba, era claramente visible bajo la carne translúcida de su rostro.

– Nun-Yal-He. [24] Su organismo está dividido en millones de fragmentos diminutos, tan pequeños que el ojo no los alcanza a distinguir en condiciones normales, y están esparcidos por toda la Tierra. Pero si todos ellos se reunieran en un solo cuerpo, éste sería mayor y más pesado que todos los hombres y todos los animales y todas las plantas juntas. En realidad, absolutamente todo lo que nos rodea está constituido por la esencia que emana de su chu'lel. Formas parte de él. Todos estamos constituidos por una pequeña porción del Dios Que Descendió, que está envuelta en la delgada membrana de nuestro cuerpo físico. Tu conciencia es el resultado de la interacción entre las sensaciones del exterior con las del interior de esa membrana. Y el chu'lel tiene una clara conciencia del interior y el exterior de todas las cosas que hay sobre este mundo. Por eso ahora puedes ver en la oscuridad.

– ¿Quieres decir que lo que ahora estoy viendo es real?

– Que no te quepa la menor duda, dzul. Imagina que fueras consciente de todas y cada una de las señales que recibe tu cuerpo en un momento dado, de las sensaciones que recibe cada uno de tus pelos, de tu lengua dentro de tu boca, del susurro de la sangre al fluir por tus venas o del sonido del aire rozando contra tu piel. Por eso, desde tu infancia, has debido aprender a filtrar lo que percibían tus sentidos y a reducirlo a una ínfima parte de la realidad. Sin embargo, el Universo es mucho más complejo: en cada átomo danzan millares de soles, asómate al corazón de una sola gota de agua y cien océanos repletos de vida aflorarán ante tus ojos.

– Cuando pase el efecto del hongo, ¿todo volverá a ser igual que antes? -preguntó el andalusí, sin dejar de mirar fascinado a un lado y otro.

– Beey. Algunos hombres son Perceptores, es decir, pueden interpretar continuamente el Mundo Real. Pero para eso, en el mejor de los casos, se requiere una vida entera de aprendizaje, aunque un centenar de vidas es lo habitual. Al comer el kuuxum entras en contacto con el Conocimiento que emana del chu'lel, pero durante un tiempo limitado. Debemos aprovecharlo, porque quiero que comprendas algo.

El anciano se detuvo y miró hacia los pies de Lisán. Éste también bajó la vista y descubrió que estaba hundido hasta los tobillos en el agua del cenote. Frente a él vio los cables que bajaban desde la cúpula rocosa de la caverna. Gracias a su nueva capacidad de visión pudo recorrer uno de esos tendones desde su extremo superior hasta el punto en el que se hundía en el agua. Ahora comprendía que estaban formados por un trenzado de miles de raíces que se ensanchaba en su extremo final hasta formar una gran bola absorbente. Esta esfera de raicillas recogía el agua del cenote y los cables la elevaban hacia las alturas. El andalusí podía ver fluir el líquido por su interior.

– No hay ríos en la superficie de esta tierra -le explicó el Uija-tao-. Toda el agua se filtra por la roca porosa hasta los cenotes y la selva debe beber de ellos. El chu'lel se alimenta a través de nosotros de una forma muy parecida a ésta.

Todo era muy extraño, y Lisán sentía la mente embotada por el efecto del hongo. Sacudió la cabeza y se dijo que ya pensaría en todo eso más tarde. Se volvió hacia el anciano:

– ¿Qué quieres mostrarme?

– Tú mismo debes verlo. Camina hacia el interior del cenote.

– ¿Por qué debo hacer eso?

– Preguntas demasiado, dzul. Hazlo o da media vuelta y sal de aquí. Cualquiera de las dos acciones darán una respuesta a mis propias preguntas.

Bueno, hagámoslo, decidió Lisán al cabo de un rato. Veamos adónde me lleva todo esto.

Le dio la espalda al Uija-tao y avanzó un par de pasos con el agua por los tobillos.

Vio que algo se arrastraba junto a su pie derecho. Se agachó para observarlo mejor. Era una especie de cangrejo con el caparazón dividido en tres lóbulos. Metió la mano en el agua y lo recogió. Inmediatamente la criatura se enrolló sobre sí misma hasta formar una bola. Con ella en la mano, Lisán se volvió para preguntar de nuevo al Uija-tao. Pero éste había desaparecido. En realidad no había nada tras él, tan sólo una turbia niebla un poco luminosa.

Dejó a la criatura-bola en el agua y descubrió que otras muchas, semejantes a ella, se arrastraban ahora por el lecho arenoso. Una pequeña ola se estrelló contra sus piernas. Alzó la vista y pronunció una exclamación de asombro. Ya no estaba en la caverna. Se encontraba en el exterior y era de noche. Sin luna y con un cielo coagulado de estrellas que eran como polvo luminoso. Estaba en una playa, a la orilla de un mar tranquilo, un espejo negro y perfecto. Las aguas reflejaban la cúpula de estrellas y algo más… Centenares de espinas luminosas que surgían del agua y se elevaban hasta una altura increíble. Comprendió que estaban formadas por las mismas partículas vivientes que había descubierto en el interior de la caverna, pero allí se amontonaban hasta formar unos afilados pináculos que parecían querer taladrar la bóveda celeste. Se dispersaban en la distancia y los más lejanos sólo se distinguían como diminutas agujas de luz brillando en el horizonte.

Aquel extraordinario paisaje le provocó una intensa melancolía que oprimió su pecho por un momento. No podía comprender el origen de este sentimiento tan fuerte, pero era una sensación de pérdida absoluta, en el tiempo y en la memoria. Dio un paso más hacia el interior del cenote y las espinas de luz cambiaron de forma. Algunas desaparecieron, otras se hicieron mayores y desarrollaron estrechos puentes que las unían con las más cercanas. Otras nuevas surgieron lentamente desde el lecho marino.

Siguió avanzando y aquellos pináculos se derrumbaron súbitamente, hasta que no quedó en pie ni uno de ellos. De repente se vio rodeado por una selva de árboles tan gruesos como torres alminares, cuyas raíces se hundían en las aguas que ya le llegaban por la cintura.

Una criatura gigantesca empezó a cobrar forma frente a él. A falta de otro referente, Lisán la tomó por un dragón. Atónito, miró hacia arriba; la cabeza del monstruo se cernía a una gran altura sobre él. Era relativamente pequeña y continuaba con un cuello largo y flexible como una serpiente. El cuerpo de la criatura era mayor que el de un elefante y estaba hundido hasta la mitad en el agua. Creyó que había otra criatura tras él, una serpiente gigante que estaba a punto de atacar al monstruo por su retaguardia. Pero se trataba de la cola del animal, que era tan larga como su cuello y se agitaba lentamente rompiendo la superficie.

El andalusí miró a su alrededor sin saber qué hacer. Dar media vuelta y regresar a toda velocidad hacia la orilla parecía lo más sensato. Pero aquel monstruo apenas tenía que estirar hacia él su larguísimo cuello para atraparlo entre sus dientes sin ninguna dificultad.

– No es real -musitó-. Nada de esto puede ser real. Debo de estar soñando.

Intentó dar un tímido paso hacia atrás, con la esperanza de que aquel ser estremecedor desapareciera, pero descubrió que ya no hacía pie en el fondo del cenote, playa, pantano, o lo que fuera. Un abismo líquido se había abierto bajo él y empezaba a hundirse hacia sus profundidades. El agua helada, transparente como el cristal más perfecto, lo envolvió.

Contuvo la respiración. Mientras su cuerpo caía hacia la negrura, sintió que un intenso helor penetraba en sus huesos…

De repente, se vio rodeado por montañas de hielo que giraban lentamente sobre sí mismas. El agua había desaparecido, aunque no así el frío y la oscuridad. De alguna forma que no podía comprender, supo que estaba rodeado por el vacío más absoluto. Supo que estaba en el al-falak al atlas: «el Cielo sin estrellas». Ésta era la región que marcaba el fin del espacio, mucho más allá de las esferas de los planetas. Sin saber cómo, había viajado hasta «el Cielo que escapa a la visión común», el 'âlam al-ghaïb, donde se difuminaba la Realidad. Su cuerpo, o quizá su alma, se hallaba perdido en algún lugar entre «la Esfera del Pedestal Divino» y «el Cielo de las Estrellas Fijas». [25]

En aquel remoto confín del universo, flotaban millares de moles blancas semejantes a montañas de hielo, esparciéndose hasta perderse en la distancia, como pálidos copos de nieve, separadas unas de otras por distancias inconcebibles, trazando una silenciosa danza en medio de la nada. Y estaban vivas. Cubiertas de aquellas motas rojas, pulsantes y luminosas, las mismas partículas que había empezado a ver por todas partes después de ingerir el hongo. Trazaban circuitos de sangre sobre el hielo blanco hasta formar una compleja filigrana roja, como las venas de un gigante.

Algo estaba desarrollándose en la montaña de hielo más cercana a él. Por toda su pálida superficie, los flujos de partículas rojas empezaban a concentrarse en diversos puntos, creando pequeños y vibrantes conos luminosos, como aquellos que había visto en medio del mar negro. Crecían lentamente. Agujas de fuego que atravesaban la corteza de hielo. Sobre su superficie cambiante se formaron racimos de esferas lechosas, cada una con un diminuto punto negro que giraba enloquecido en su interior.

Lisán se estremeció de terror al comprender que eran ojos. ¡Ojos! Lo supo con toda seguridad. Ojos extraños que espiaban su entorno con una malévola curiosidad. Y él estaba solo, en medio de aquellas criaturas inconcebibles, rodeado por un mudo abismo negro. Hacían girar los racimos de esferas de un lado a otro y escrutaban ansiosas el vacío… De repente, todos aquellos ojos inhumanos se volvieron a la vez hacia él. Sintió su fría mirada y la insolente curiosidad de sus mentes extrañas. Intentó huir, apartarse de aquellas criaturas, pero no tenía forma de moverse. Sólo pudo agitar los brazos y volver su rostro con espanto. Aquella estremecedora sensación apenas duró un instante, porque de inmediato los seres se derritieron, disgregándose sobre la superficie helada en millones de partículas de luz.

La montaña de hielo empezó a moverse entonces. Poco a poco fue apartándose de sus compañeras.

Los cuerpos celestes son eternos e incorruptibles, recordó Lisán. Estaban dotados de un movimiento perpetuo, circular y perfecto, que era comunicado por el Primer Motor a la totalidad de la esfera que lo contenía. Por lo tanto, un cambio de movimiento como el que ahora estaba presenciando era imposible. Aquella esfera de hielo no podía ser otra cosa que un astro innoble, capaz de movimientos mixtos y sometido a cambios imperfectos. Se dirigía a toda velocidad hacia una de las estrellas que salpicaban la negrura. Era la más brillante de todas, y fue creciendo ante sus ojos hasta transformarse en el deslumbrante disco del Sol.

Lisán viajaba remolcado por aquella montaña flotante, que tiraba de él como un barco que al hundirse arrastrara a los desdichados que nadaran cerca.

El Sol brillaba cegador en un cielo absolutamente negro, al que era incapaz de iluminar. Su diámetro aumentaba mientras se acercaban a él. La nieve empezó a humear y el vapor que desprendía fue empujado por la luz del Sol, de forma semejante a como el viento arrastra el humo de una hoguera, hasta formar una larga cola de luz que se deshilachaba en la distancia. Eso le recordó una parábola atribuida a 'Alî, el yerno y heredero espiritual del Profeta: Sin la irradiación del Sol que cae sobre ellas, las partículas de polvo suspendidas en el aire no serían visibles y, sin éstas, los propios rayos del Sol no se distinguirían en el aire.

Sin el reflejo de la luz divina, la propia materia carece de entidad…

De repente, Lisán comprendió que aquella esfera blanca era un cometa. Un cometa como el que les había acompañado en su viaje y había desaparecido del cielo hacía más de un año. El andalusí contempló la montaña de hielo, fascinado por la sorprendente perspectiva desde la que ahora veía aquel astro. Era un cometa, ahora estaba seguro de ello. Su cola blanca se estiró hasta una distancia inconcebible mientras seguían acercándose al Sol.

Una tercera figura luminosa apareció contra el fondo de negrura. Una preciosa bola de luz azul. Una esfera perfecta, tal y como habían supuesto los antiguos griegos; la propia Tierra vista desde los cielos.

Aristóteles se había equivocado por completo. Séneca, en cambio, había deducido que la verdadera naturaleza de los cometas era ajena a la atmósfera terrestre. Pero ninguno de ellos pudo imaginar que este fenómeno sería observado algún día como él lo estaba haciendo en esos momentos, para dirimir de una vez por todas aquella vieja controversia.

La esfera azul que era la Tierra siguió creciendo ante sus ojos. El andalusí intentaba no perder detalle de aquella fantástica visión. Las manchas de nubes que salpicaban la atmósfera, formando delicados remolinos blancos. El preciso dibujo de los límites entre la tierra y el mar. La línea de sombra que marcaba el paso del día a la noche…

Y, mientras contemplaba todo esto, sucedió algo estremecedor.

El cometa continuó imperturbable su camino y Lisán comprendió que iba a chocar contra la superficie del mundo. Y así fue. El impacto se produjo casi al instante. No se oyó ningún ruido cuando la montaña de hielo estalló en una inmensa bola de fuego.

Con el corazón acelerado por lo que acababa de suceder, el andalusí vio cómo la luminosa esfera de luz azul quedaba pronto cubierta por un sucio velo gris oscuro. Recordó la destrucción de Thera y su Imperio del Mar: una bola de fuego caída del cielo los había aniquilado.

Recordó las palabras del sagrado Corán:

Cuando el Cielo se hienda,

cuando las estrellas se dispersen,

cuando los mares sean desbordados…

Cuando el Cielo se desgarre

y escuche a su Señor -como debe ser-,

cuando la tierra sea allanada,

y vomite su contenido, vaciándose…

– ¡En el nombre de Allah, el Compasivo, el Misericordioso!

El andalusí abrió la boca para gritar y engulló un trago de agua. Tosió y se debatió desesperado en la oscuridad, sin saber dónde estaba el «arriba» ni el «abajo», completamente desorientado. El líquido lo abrazaba y tiraba de él hacia el fondo, donde un ejército de muertos lo esperaba ansioso, con los brazos descarnados tendidos hacia él, intentando sujetarlo por las piernas.

Entonces, todo había sido un sueño, una alucinación de la mente, y ahora estaba de nuevo en las negras aguas del cenote… Y se estaba ahogando. Tras tantos meses de penalidades, su destino lo había alcanzado al fin. O quizá la realidad era que aún seguía junto a la Taqwa, en el momento justo de su hundimiento, en medio de la tormenta, y su infierno consistiría en revivir el horror de la muerte por toda la Eternidad.

Pero no. Estaba en el fondo del cenote, rodeado de cadáveres que se habían corrompido en aquellas aguas. Sin duda, los restos de aquellos que habían sido sacrificados antes que él y que llevaban mucho tiempo olvidados allá abajo, aunque las manos sin carne ni tendones de muchos de ellos todavía se abrían, implorantes, hacia una luz a la que ya no podrían regresar jamás. Había cráneos grandes y otros que parecían de niño, algunos reventados por el impacto contra las paredes de la oquedad. Sobre el pecho de uno de los cadáveres distinguió un medallón de jade, donde uno de sus monstruosos dioses sacaba la lengua.

El Uija-tao no le había dicho toda la verdad cuando le aseguró que aquel camino hacia el interior de la caverna sólo lo recorría él. Sin duda, siempre había descendido acompañado por una víctima para el sacrificio y luego había regresado solo. Tal y como había hecho con él. Y allí estaban sus predecesores. Mientras se hundía de nuevo hacia el fondo, vio las macabras carcajadas en cada una de aquellas bocas y la mirada burlona de sus cuencas vacías.

Unas manos lo sujetaron por el pelo. Un cuerpo vivo se pegó al suyo, notó su calor a través de la ropa mientras lo arrastraba con él hacia la superficie. Al fin logró sacar la cabeza y aspiró una bocanada de aire que se mezcló con el agua de sus pulmones. Empezó a toser de un modo angustioso, como si el pecho se le estuviera desgarrando por dentro. Su salvador estaba sujeto por una cuerda. Tiró de ella y lo remolcó hacia la orilla del cenote. Lisán no dejaba de toser, tenía la vista nublada y sólo alcanzó a distinguir unos ojos negros rodeados de sombras. Pero fue suficiente para reconocerla.

– Sac Nicte… -musitó antes de perder el sentido.

<p>12</p>

– ¿Cómo estás, faquih?

Lisán parpadeó varias veces seguidas, intentando centrar las imágenes que danzaban frente a sus ojos.

Baba estaba frente a él.

– ¿Estoy muerto y esto es el infierno? -preguntó.

– Ni una cosa ni la otra.

Al respirar profundamente sintió una punzada de dolor en las costillas, y recordó la agonía de notar sus pulmones llenos de agua.

– Si estoy a tu lado, esto puede ser sólo el Yahannam.

– Hieres mis sentimientos, faquih. Y ya te he dicho que no estás muerto.

Lisán miró a su alrededor y comprobó que se encontraba en el interior de la choza que Sac Nicte le había mostrado a su llegada a Uucil Abnal. Estaba tumbado sobre la litera, así que se incorporó y se enfrentó a Baba.

– Entonces tú eres un espectro.

El aspecto de Baba había cambiado. Ahora lucía una melena que le llegaba hasta los hombros y una barba tupida; y no llevaba otra cosa sobre el cuerpo que uno de aquellos taparrabos de algodón adornados con plumas.

– No, faquih, sobreviví al naufragio, igual que tú, junto a Piri, Dragut y Jabbar. Al parecer, nosotros cinco somos los únicos que quedamos de la desdichada tripulación de la Taqwa.

– Piri y… ¿también viven?

– Sí.

– ¿Dónde están?

– Oh -Baba agitó una mano, señalando hacia el exterior-, por ahí andan. Ya tendrás oportunidad de verlos.

– Pero ¿dónde habéis estado durante todo este tiempo? -preguntó Lisán-. ¿Cómo llegasteis hasta aquí?

– El Uija-tao mandó buscarnos, igual que hizo contigo. Pero tu rescate fue muy difícil, porque ya eras prisionero de los cocom, y hubo que esperar uno de sus años sagrados de doscientos sesenta días a que la disposición de los cielos fuera propicia para celebrar el sacrificio gladiatorio, la única forma en que podían sacarte de allí.

El recuerdo de sus compañeros asesinados hizo que Lisán se sintiera mareado de nuevo. Se inclinó a un lado como si fuera a vomitar, pero sólo eran arcadas. El esfuerzo hizo que el dolor de sus costillas se intensificara.

– Ahora debes descansar, faquih -dijo Baba mirándolo con expresión preocupada-, estuviste a punto de ahogarte…

– Lo recuerdo. -Lisán se pasó una mano por el rostro-. Y también recuerdo otras cosas… Me siento muy extraño, pero…

– Lo sé. Ya he pasado por eso.

– También viste…

– Sí. Y los turcos también. Pero creo que tu experiencia resultó más larga de lo normal.

– El fondo estaba lleno de cadáveres… -Lisán aún tenía en la mente esos últimos y agónicos instantes-. ¿Qué pretendían con todo eso?

– Creo que la idea al arrojar a alguien a un Cenote Sagrado, es que los dioses lo devuelvan con algún mensaje importante. Pero si éstos no están muy habladores, el sujeto se ahoga…

¡Habían intentado sacrificarlo! Como a sus compañeros, aunque por un sistema distinto. Pero lo importante era que aquella gente también había intentado acabar con su vida para satisfacer sus demenciales rituales de idólatras. Su situación no había mejorado, seguía prisionero de unos seres sanguinarios que acabarían con su vida tarde o temprano.

¿Jugáis el juego de los dioses?, le había preguntado la sacerdotisa. Y ahora esa pregunta parecía cargada de amenazas. El juego de los dioses…

– Dime -siguió diciendo Baba-, ¿llegaste a ver algo?

– No lo sé. Todo era muy confuso.

– Los efectos te van a durar unos días. Durante ese tiempo te va a resultar difícil concentrarte en las cosas y evitar que tu mente se disperse.

– ¿Es lo que vosotros sentisteis?

– Sí. En tu caso puede que sea incluso peor, pues estuviste más tiempo ahí abajo.

Lisán quiso ponerse en pie. Pero se sentía demasiado mareado y volvió a sentarse sobre la litera.

– Quizá sólo hemos tenido alucinaciones por culpa de ese maldito hongo. ¿Qué fue lo que visteis tú y los turcos?

– Vi animales fabulosos, gigantescos dragones y monstruos como murciélagos gigantes con una cabeza de lagarto… Y de repente, todo fue borrado por una ola de fuego y la oscuridad lo cubrió todo. Entonces aparecieron unos pequeños seres cubiertos de pelo que construyeron los templos y las pirámides, trabajando la piedra en la más completa oscuridad. Dragut y Piri vieron aproximadamente lo mismo. Por supuesto, Jabbar lo olvidó todo a la mañana siguiente. ¿Qué viste tú?

Lisán le habló del abismo de oscuridad donde flotaban los cometas como grandes montañas de hielo, y de las criaturas que surgieron de él.

– Allí estaban, en medio de la negrura del cielo -dijo-, pendientes de lo que sucede en este mundo. Y de repente acabó. El cometa se lanzó contra la Tierra y todo fue arrasado.

– La ola de fuego que vimos nosotros.

El faquih se presionó las sienes con los dedos. En aquel momento la cabeza empezó a dolerle. Había estado a punto de ahogarse y su vida seguía amenazada.

– ¿Cuándo se han visto cosas como ésas? Hombres que se transforman en bestias. Seres que habitan en montañas de hielo que flotan en los cielos… La Tierra tal y como la contemplaría Allah desde las alturas.

– Es un aviso, faquih. Como el que recibieron tantos profetas de la Antigüedad. El mundo está amenazado por los ÿinn.

– ¿Crees que lo que vimos tiene alguna relación con ellos?

– ¿Qué otra cosa pueden ser esas criaturas que viste aparecer sobre el hielo?

– No lo sé. La verdad es que no lo sé.

Lisán cerró los ojos y volvió a tumbarse sobre la litera. Su viejo deseo de despertar en su casa de al-Andalus y descubrir que todo había sido una pesadilla acudió de nuevo a su mente, como cada vez que la realidad se le hacía insoportable.

– Aún no me encuentro bien -dijo.

– Hablaremos más tarde -dijo Baba mientras se dirigía hacia la puerta-. Descansa ahora.

Le fue imposible conciliar el sueño.

El silencio de la noche acrecentaba los rumores de la jungla; el croar de una rana, el aullido lejano de un mono, o el roce contra la hierba de un jaguar. Sus oídos captaban estos y otros sonidos, por sutiles que fueran, y le venían a la mente imágenes como las que había contemplado en el fondo del cenote. Y todas estas sensaciones se le presentaban con una nitidez estremecedora que lo mantenía despierto y con el cuerpo cubierto de sudor.

Cuando ya no pudo aguantar más, abandonó su choza y se dirigió hacia la Gran Ceiba.

Al llegar al pie del Yaxcheelcab, vio que había una luz en la plataforma de piedra encaramada entre sus ramas. Trepó por la escalerilla de cuerda que colgaba a un lado.

A una altura de unos cincuenta codos se detuvo para recuperar el aliento. Desde allí contempló las interminables copas de los árboles iluminadas por la luna llena que cubrían como una manta de hierba los cuatro puntos cardinales, interrumpida sólo por las cúspides de blanco reluciente de las pirámides y templos tragados por la selva. Una línea perfectamente recta dividía el azul oscuro del cielo con el límite de la jungla. Bandadas de murciélagos revoloteaban alrededor de la Ceiba, manchando el cielo como sombras nerviosas que se rompieran y se rehicieran continuamente.

– Ni una montaña, ni una pequeña colina… -musitó.

Entonces vio algo. El viento agitaba las copas de los árboles y sus hojas temblaban formando hondas como la hierba en un prado… y de repente se formó una imagen. Eran grupos de hojas alineadas por el viento, que reflejaban con precisión la luz de la luna para dibujar varios círculos de gran tamaño. Éstos cubrían una gran extensión de selva, pegados unos a otros como las cuentas de un collar y con otros círculos menores intersecándolos. El dibujo sólo duró un instante y de inmediato se difuminó, para acabar de desaparecer completamente mientras el viento seguía agitando la selva. Todo fue tan breve que Lisán se quedó pensando si habría sido fruto de su imaginación. Porque él había reconocido esos dibujos; eran los mismos que decoraban el disco de oro que colgaba de su pecho.

Siguió subiendo y llegó a la amplia plataforma de piedra que se había elevado por el crecimiento del árbol. Un sacerdote estaba sentado al borde de ésta, con un pincel en una mano y una especie de libro forrado con piel de jaguar sobre sus rodillas. Ni siquiera lo miró. Sus ojos estaban fijos en la selva y Lisán logró distinguir el dibujo de círculos intersecados que había copiado cuidadosamente. No había sido una alucinación.

En el centro geométrico de la plataforma había una humilde choza de palos y techo de paja. Y, frente a ella, estaba el Uija-tao. Lisán caminó hacia él.

– Te esperaba -dijo el anciano.

Estaba tirado sobre el suelo de piedra, con las manos cruzadas contra el pecho y la cabeza girada hacia la selva. Miraba hacia lo lejos por encima de la manta de árboles. Respiraba lentamente, como si tragar cada bocanada de aire representara un gran esfuerzo.

– ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo? -le preguntó Lisán.

– Estoy llegando al final de este cuerpo, pero no te preocupes, mi alma permanecerá en el mundo y quizá volvamos a encontrarnos algún día.

– ¿Cómo puede ser eso?

El anciano suspiró y dijo:

– El chu'lel es nuestro origen y nuestro destino. De él derivan los hombres y las cosas, y todo retorna a él indefinidamente. Tras la muerte el alma regresa al chu'lel y pierde su identidad, como un cuenco de agua vertido en el mar… Pero algunos hemos aprendido a preservar nuestras almas íntegras. De ese modo podemos regresar una y otra vez a este mundo, siempre con los mismos recuerdos.

– ¿Tú recuerdas otras vidas?

– Sí. -El anciano sonrió con su boca rígida y desdentada-. Y tú también lo harás, si verdaderamente eres un Perceptor.

– ¿Tú crees que lo soy?

– Eso ya se verá.

– ¿Por qué siempre eludes darme respuestas claras?

– No aprenderás nada haciendo preguntas.

– ¿Cómo entonces?

– Debes experimentar el Verdadero Conocimiento, como hiciste en el fondo del cenote.

– ¿Debo morir? Porque eso fue lo que pretendías cuando me llevaste allí.

– Tu vida está en manos de los dioses, como la de todos nosotros en estos tiempos de transición, a medio camino entre la predestinación y el libre albedrío. Pero las visiones que obtuviste son de un gran valor y hubieran justificado tu sacrificio.

– ¿Acaso tú sabes qué fue lo que vi?

– Apenas has rozado la verdadera piel del Universo. Y el chu'lel te mostró algo… ¿No es así? ¿Qué crees que era eso que viste?

– El futuro. El Fin del Mundo.

El Uija-tao torció el gesto y se echó un poco hacia atrás. Se diría que Lisán le había dado una respuesta realmente estúpida y se sintiera decepcionado. Sin embargo, al hablar sus palabras fueron suaves:

– Ma'. No es exacto. El futuro no está escrito y nadie puede verlo. Tan sólo es posible inferirlo. Y lo que viste fue el fin de uno de los cuatro mundos que existieron antes que el nuestro. El pasado, no el futuro. Esos acontecimientos sucedieron muy cerca de aquí. -El Uija-tao señaló hacia el horizonte plano-. Fíjate en que todo lo que nos rodea estuvo una vez bajo el mar y emergió cuando la roca caída de los cielos golpeó la piel de la Tierra, sacudiéndola como a una manta vieja. Fue una gran catástrofe, que acabó con casi toda la vida, con las enormes bestias que entonces habitaban aquí. Está escrito: «Como ya aconteció en el pasado remoto, los dioses lo destruirán todo y todo volverá a empezar en un nuevo mundo».

– ¿Por qué? -preguntó Lisán-. ¿Qué sentido tiene tanta muerte?

– Muerte y resurrección, ése es el principio básico del Universo. El mundo inanimado avanza irremediablemente hacia el caos. Ésta es una fuerza imparable que hace girar los engranajes del tiempo y que arrastra al Universo hacia su destrucción. Y sólo la vida es capaz de remontar esa catarata, de obligarla a fluir hacia arriba.

– ¿La vida?

– Beey, dzul. La vida ha creado el Universo a su imagen y conveniencia, y lo mantiene… Es la fuerza más poderosa y la más compleja… -El Uija-tao arrancó un trocito de piedra de una de las losas del suelo y lo desmenuzó entre sus dedos-. Fíjate, dzul, la piedra se degrada y se convierte en polvo. Hasta el Sol se transformará algún día en cenizas, pero la vida permanecerá, como este árbol que ha crecido a través de las viejas piedras, creando orden a partir del caos. La fuente trascendente de la vida es la energía que proviene del Gran Todo.

– ¿Estás hablando de Allah?

– ¿Allah?

– Es el nombre que le damos a Dios en mi mundo.

El Uija-tao le dirigió una desdentada sonrisa de complicidad.

– No lo sé. Ni siquiera yo sé tanto. Pero Dios, o Allah, o Hunab Ku, son sólo palabras que inventamos los humanos para describir ese poder autotrascendente que obligó al Universo a conformarse de tal manera que permitiera la existencia de la vida.

– Vi el confín del cielo sin estrellas, donde la oscuridad es eterna… -dijo Lisán mientras cerraba con fuerza los ojos para volver a recrear aquella fantástica visión-. Allí flotaban miles y miles de montañas de hielo, ejecutando una extraña danza… Y cada una de estas islas estaba habitada por una criatura que no acierto a describir… Sus cuerpos…

– Sus cuerpos están formados por el chu'lel en estado puro.

– Pero… ¿qué es el chu'lel?

– Es, a la vez, la propia actividad de la vida y la consecuencia de ese poder autotrascendente que constantemente eleva a la vida más allá de sus límites. Toda la superficie de esos pequeños mundos helados está cubierta por los minúsculos granos vivientes del chu'lel, para así absorber cada partícula de calor del lejano Sol… En un tiempo, Nun-Yal-He habitó en uno de esos cometas y fue uno más de ellos, pero un día descubrió que en la Tierra hay luz y calor en abundancia y que la vida podría prosperar aquí a toda velocidad. Por eso él quiso venir. Sólo faltaba algo para que éste fuera un mundo perfecto: el agua. No había agua en la Tierra, pero él la trajo desde su confín helado. Y con ella inundó todos los mares…

– El Dios que Descendió.

– Beey. Porque eso fue lo que hizo: descender. Pero al hacerlo despertó las envidias de sus hermanos y también su miedo.

– ¿Por qué?

– Se había vuelto demasiado poderoso. En el hielo la vida discurre con tranquilidad, las reacciones son torpes y los pensamientos se arrastran tan lentos como un liquen. Desde su punto de vista, Nun-Yal-He se había transformado en un monstruo capaz de desarrollar un poder inconcebible. Durante un tiempo fingieron seguir siendo sus aliados, pero ya esperaban el momento oportuno para atacar. Y así fue. Arrojaron una de sus islas heladas contra la Tierra y provocaron una catástrofe que a punto estuvo de acabar con toda la nueva vida que apenas estaba germinando. La mente de Nun-Yal-He fue destruida en ese Primer Mundo, pero de su cuerpo fragmentado, del chu'lel, volvió a surgir la vida.

– ¿Qué clase de vida?

– Los habitantes del Segundo Mundo. Fueron seres muy poderosos porque nacieron con parte de la memoria de Nun-Yal-He y eran capaces de hacer grandes prodigios. Los mexica los llaman teules, y muchos los toman por dioses, pues tal era su poder.

– Nosotros los llamamos «ÿinn». Dime, ¿qué pasó con ellos?

– Los seres del hielo destruyeron también su mundo. Pero unos pocos teules sobrevivieron y han permanecido ocultos hasta nuestros días. Hubo un Tercer Mundo, cubierto por bosques y en el que los hombres nacían de grandes vainas que colgaban de ellos. Y un Cuarto, habitado por lagartos gigantescos y por los enanos ajustadores. Ambos destruidos también.

– ¿Y todas las criaturas que han poblado cada uno de esos mundos han surgido del chu'lel?

– Todas. Y también nosotros, que vivimos en el Quinto Mundo. El chu'lel es casi indestructible. Vuelve a resurgir de las cenizas y ellos intentan arrasarlo todo de nuevo. Una y otra vez. El mundo es como un gran tablero de patolli y los dioses luchan a través de nosotros.

– ¿Y los nahual luchan a favor de los demonios del hielo?

El Uija-tao lo miró sorprendido y dijo:

– ¿Es que no has entendido nada de lo que te he dicho? No hay demonios. Quiero que metas esto en tu extraña cabeza: no hay demonios. Los nahual han abrazado la oscuridad, pero en la oscuridad también hay sabiduría. El bien y el mal son igualmente divinos. Los aliados del bien están en constante lucha con los aliados del mal, pero son tan inseparables unos de otros como el día y la noche.

Lisán meditó un momento y preguntó:

– ¿Y cuál es mi papel en todo esto? ¿Por qué consideraste que era importante rescatarme de los cocom?

– Tenochtitlán -dijo el adivino alzando las cejas.

– ¿Qué?

– Es la capital de los mexica, el lugar donde se manifiesta la confluencia de las dos energías opuestas; la energía axial del chu'lel y la energía oscura que mana desde las más profundas tinieblas. Tenochtitlán es un nudo entre ambas, allí donde el Mundo se salvará o se destruirá. Y tú decidirás en ese último enfrentamiento.

El andalusí contempló pensativo al Uija-tao y dijo:

– Yo no soy un guerrero.

El hombrecillo hizo sonar sus cascabeles antes de responder:

– La vida entera depende de que tomes conciencia de tu ser y de tu verdadera responsabilidad como intermediario entre el Inframundo y el Supramundo. Únicamente entonces, y bajo esa luz, tú mismo emularás las cualidades de los dioses.

<p>13</p>

Soñó que era un ser diminuto, un piojo sobre la piel cubierta de plumas de una serpiente gigantesca…

En una ocasión, un viajero le contó que los hombres de Catai consideraban que la propia Tierra era un ser vivo, y que sus venas cubrían toda la superficie terrestre. «Las Venas del Dragón», las llamaban, y dividían esos trazados de fuerza en dos clases, negativas y positivas, que eran representadas por un tigre blanco y un dragón azul… El jaguar y la serpiente emplumada en aquel Otro Mundo…

Entre el sueño y la vigilia, imaginó innumerables círculos concéntricos, extendiéndose hasta el infinito. Imaginó también numerosos radios de luz que, partiendo del centro, cortaban los círculos. El Gran Todo, el espíritu universal o intellectus primus, el al-'aql al-awwal, que iluminaba todos los grados de la existencia y se reflejaba en cada una de sus criaturas.

El espíritu que produce todo conocimiento, le decía su murshid, que ilumina toda conciencia y que se manifiesta en toda inteligencia, es esencialmente uno; múltiples y diferentes son las almas individuales, pero no el espíritu, por más que se refleje en cada una de ellas.

La puerta de la choza se abrió y apareció Sac Nicte. Lisán parpadeó; a través de los palos atados que formaban las paredes de la vivienda entraba una luz bastante intensa.

– Es muy tarde, ¿no? -dijo. Se sentía hambriento.

Ella llevaba un cuenco de barro envuelto en unos trapos de algodón, atole y tortillas recién hechas que se mantenían calientes en el interior de una calabaza.

– Has dormido dos días enteros -le explicó Sac Nicte, mientras descubría el cuenco que contenía habichuelas y carne.

– ¿Dos… días? -Le costaba creerlo.

– Es normal después de haber viajado con el kuuxum. Ahora debes alimentarte bien y recuperar tus fuerzas.

El estómago se le estremeció ante el delicioso olor de aquella comida. Sac Nicte rellenó una de las tortillas con el guiso y se la tendió a Lisán. Él dudó un momento y le preguntó:

– ¿Qué clase de carne es ésta?

– Guajolote.

Era una de aquellas aves grandes y de aspecto un poco repulsivo que correteaban por todas partes. Lisán la probó y la encontró deliciosa, con un sabor que estaba entre el pollo y el faisán. De vez en cuando tomaba un sorbo de atole, una bebida que consistía en una especie de gachas claras de maíz.

– El Uija-tao me ha pedido que te acompañe al Templo de los Escribas. Quería avisarte para que estés preparado.

– ¿Qué asunto tengo yo allí?

– Él quiere que conozcas el Códice de la Vida. Quiere saber si te inspira alguna revelación.

– De acuerdo -dijo Lisán sin dejar de comer-. Iremos más tarde, ¿no?

Ella se levantó y se dirigió hacia la puerta de la choza. Pero antes de salir se detuvo y se volvió de nuevo hacia el andalusí.

– ¿Cómo te encuentras, Lisán al-Aysar?

– Bien. Creo que debo agradecerte eso. Me salvaste la vida.

– Sin embargo, noto que tu actitud hacia mí ha cambiado. ¿Por qué?

Lisán alzó la vista hacia ella.

– Tú me llevaste hasta allí… Vi todos esos cadáveres en el fondo del cenote… Todas esas vidas destruidas inútilmente…

– Ma'. No inútilmente.

– ¿Cómo podéis hacer algo así? -le preguntó él.

– Atravesamos la tierra con nuestros palos y ella nos entrega el maíz. El sacrificio es necesario para que la tierra nos siga concediendo su alimento. Es necesario para devolverle una parte de lo que ella nos da.

– Lo siento -dijo Lisán, bajando la vista para que ella no pudiera ver el odio en su mirada-. Es sólo que pensé que erais diferentes de los cocom.

– No somos diferentes de los cocom, ni de los mexica, ni siquiera de vosotros los dzul, porque todos somos parte del chu'lel.

El andalusí sacudió la cabeza y apartó el cuenco vacío.

– Nada justifica el sacrificio humano.

Ella se sentó frente a él y buscó que sus miradas se encontraran.

– Dijiste que me recordabas… -musitó.

Lisán alzó el rostro y contempló a la mujer.

– Eso es lo que creí. Pero es evidente que mis sentidos me engañaron. A veces, cuando deseas algo con mucha fuerza tus ojos te muestran lo que querías ver. Yo estaba aterrorizado y necesitaba estar frente a un rostro amigo. Y eso fue lo que vi, pero no era real.

Ella colocó su mano sobre los labios del andalusí y cerró los ojos.

– Un rostro amigo. Escúchame. Yo también te recuerdo… girando alrededor de un santuario, un templo de forma cúbica, cubierto por una tela negra… En una de sus esquinas hay un trozo de roca caída de los cielos…

Lisán se apartó un poco, hasta que su espalda chocó con la pared de la choza. Sac Nicte estaba frente a él, la luz que penetraba entre los palos dibujaba líneas brillantes sobre su rostro. Sus ojos estaban totalmente iluminados.

– Tú…

– Dijiste: «Aun perdiendo la vida, mi amor permanecería…». ¿No fue eso lo que dijiste entonces?

– ¿Cómo es posible?

Sus ojos… Ahora volvía a estar todo tan claro… Ella siguió hablando:

– Y también dijiste: «Mi corazón quedó atado a la madeja de tu cabello desde antes de la Eternidad. Nunca se rebelará, ni aun después de la Eternidad; nunca romperá su pacto…».

– Tú estabas allí, en el otro lado del mundo… No es posible…

– Ma', nunca estuve en tu tierra, y esa visión fue siempre un enigma para mí. ¿Qué era ese edificio cuadrado? ¿Por qué tantos hombres caminaban a su alrededor? Todo era extraño y seguramente lo hubiera desechado como un sueño absurdo si no hubiera descubierto tu rostro entre toda esa gente.

– ¿Lo soñaste?

– Beey. Todo era inconcebible, pero tan real… Me costaba seguirte entre aquella muchedumbre, hasta que tú te apartaste de ellos y tomaste un sendero más tranquilo. Entonces te vi con toda claridad, en mi sueño, y escuché tus palabras: «Aun perdiendo la vida, mi amor permanecería…».

Lisán intentó recordar. ¿Él también lo había soñado? ¿Había hablado realmente con la mujer? Recordaba haberse encontrado con ella en aquel callejón, mientras paseaba ensimismado con la casida. ¿De verdad recitaba en voz alta? ¿Ella le había respondido?

Entonces supo cómo había sucedido todo. En su memoria alzó los ojos y éstos se encontraron con los de una mujer cubierta con el velo. No eran los ojos de Sac Nicte y apenas se desviaron hacia él. La mujer siguió apresuradamente su camino, quizás asustada por aquel loco que hablaba solo. Luego sus sueños habían embellecido el recuerdo y habían colocado a Sac Nicte en él. A la mujer a la que no conocería hasta muchos años después, en el otro lado del mundo, en una tierra desconocida.

– No puede ser -musitó-. No puede ser.

– El Mundo es el cuerpo de Nun-Yal-He -dijo ella-. Los dos somos parte de él, y los dos estábamos unidos desde el mismo día de nuestro nacimiento… Desde antes incluso, como Hunahpu y Xbalanque, los Gemelos Héroes, que se enfrentaron a los Señores de la Muerte y fueron cortados en mil pedazos para luego ser restaurados a la vida… ¿Acaso no lo sientes así?

Lo sentía exactamente así. Lo había vivido en el interior del cenote y ahora tenía la prueba. Era imposible que alguien conociera su sueño más querido y oculto… A no ser… Había dormido durante dos días enteros como consecuencia de aquel hongo que había comido… ¿Es posible que hubiera hablado en sueños revelando así todos sus secretos? Se decía que el hachís, utilizado de una forma determinada, podía convertir a los hombres en esclavos. ¿Cuáles serían los poderes de aquella sustancia que había ingerido?

Pero no. No era posible. La mujer que tenía ante él era la mujer soñada. Estaba seguro de esto, tanto como de que se conocían desde siempre. Era difícil de explicar, pero cada partícula de su cuerpo experimentaba una intensa sensación de reconocimiento.

– Beey -dijo emocionado.

Ella introdujo los cinco dedos de su mano derecha en el cuenco de atole. Cuando retiró un poco la mano, aquellas gachas siguieron pegadas a sus dedos y se formaron cinco protuberancias en la superficie blanca del atole.

– Fíjate, así somos todos los humanos. Formamos parte de una misma sustancia, el chu'lel, de la que nacen nuestras almas individuales. Por eso tú y yo podemos compartir nuestros sueños, a pesar de la distancia en el mundo real.

En árabe, el «alma individual» se denomina nafs. Pero Lisán comprendió que el término ruh se ajustaba más a lo que la sacerdotisa estaba tratando de explicarle. El ruh era el principio vital en general, mientras que el nafs era principio vital ya individualizado.

El ruh fecunda el cuerpo, y cada cuerpo genera su nafs.

Es el soplo de vida en el hombre, solía decir su murshid, pertenece a Allah pero vivifica al hombre mientras dura su estancia temporal en el mundo. Pero nunca pasa a ser parte del hombre. Es como la lluvia que cae del cielo y fecunda la tierra a su paso, pero que a su tiempo se evapora de nuevo sin llevarse nada de la tierra que irrigó.

¿Es posible que el chu'lel sea lo que nosotros conocemos como ruh?, se preguntó el andalusí.

– Pero si eso es algo común para todos los humanos, como dices, ¿por qué ese recuerdo está sólo en nosotros dos?

– No sólo en nosotros, Lisán al-Aysar. Hombres, animales y árboles, todo crece a partir del chu'lel hasta formar una gran pirámide. En su base se encuentran muchas almas con pequeños deseos terrenales: una vida confortable, comida, sueño, sexo. El nivel siguiente contiene las almas de aquellos que dedican la vida a enriquecerse y el siguiente el de los que harían cualquier cosa para alcanzar posiciones de poder… En el vértice de la pirámide hay un pequeño número de almas poseídas por el deseo de aprender y de alcanzar el mundo espiritual. Todos los seres de este mundo están incluidos en la pirámide, pero tan sólo estos últimos son capaces de perdurar y reconocerse a través del espacio y del tiempo. Tú y yo, Lisán al-Aysar, hemos estado juntos en el pasado y lo volveremos a estar más allá de la muerte.

– Los hombres no regresan una y otra vez al mundo para repetir los mismos errores -replicó él-. No puedo creer en algo así. Con la muerte, la ilusión de la vida se diluye en la nada y el arrogante es vencido por la realidad de Allah.

– ¿Estás seguro? Mírame y dime si estás seguro de eso.

No. Ya no lo estaba en absoluto. Desafiando el espacio y el tiempo, incluso la lógica, estaban juntos. Porque era «ella»; ya no albergaba ninguna duda al respecto. Toda su vida había sido una constante búsqueda; del Conocimiento, del Amor, de la Verdad… Y su búsqueda había terminado en aquel Otro Mundo. Su vida entera, cada decisión que había tomado, lo había conducido hasta aquel lugar remoto para encontrarse con aquella mujer. Y todo eso debía de tener un sentido. Sintió un fuerte deseo de abrazarla, de cobijarla entre sus brazos, pero no lo hizo, al recordar cómo ella lo había rechazado aquella noche en la selva.

– Eres la mujer de Koos Ich -comprendió.

Sac Nicte lo miró fijamente.

– Beey -asintió.

– ¿Qué sientes por él?

– Cualquier mujer sería dichosa de tener a un hombre como él. Noté muchas miradas de envidia cuando Na Xtol me tomó como esposa. Yo era muy joven, tenía doce años y hasta unos días antes había llevado la concha atada bajo la cintura…

En Amanecer, Lisán había visto a las niñas con ese adorno. Eran las dos valvas de un molusco, atadas con un cordón rojo que hacía las veces de cinturón. Representaba la virginidad, y lo correcto era llevarla hasta que los padres empezaran a negociar la boda.

– ¿Lo amabas?

– Eso importaba poco, porque entre familias como las nuestras el matrimonio es algo decidido por los sacerdotes casamenteros.

– ¿Los sacerdotes?

– Así es, Lisán al-Aysar. Ellos examinaron nuestros calendarios y los astros del cielo, para verificar que la unión era adecuada y que no había problemas para la procreación de nuestro clan.

– Pero vosotros no habéis tenido hijos.

– Ma'. Como ves, ellos tampoco son infalibles. -Sonrió muy brevemente-. Pero ésa no es la cuestión, porque sé que Koos Ich influyó en los sacerdotes. Gracias a su poder, y a la intervención del propio Uija-tao, se decidió que nuestro destino era contraer matrimonio.

– ¿Por qué?

– Ésa fue su voluntad y así lo hizo.

– ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer ahora?

– Es difícil. En circunstancias normales le pediría que dejáramos de estar casados, y él tendría que aceptar esta situación. Pero en estos momentos es un hombre sagrado, un nacom, y la guerra está cerca. No puedo hacer nada hasta que pasen los tres años y vuelva a ser mi esposo. Si lo abandono ahora, perderá su dignidad. ¿Lo entiendes?

– Beey -asintió cansado-. Eso es algo que entiendo perfectamente.

En ese momento sentía su mente vacía, como un odre que perdiera vino.

– Vamos -suspiró Sac Nicte-, te acompañaré hasta el Templo de los Escribas.

Koos Ich y Na Itzá estaban sentados juntos, compartiendo unos tazones de pulque caliente, a la luz de la llama de un brasero, como dos viejos amigos, aunque ni en sus palabras ni en sus expresiones había amistad alguna.

– Siempre te has inmiscuido en mis planes -decía el Ahau Canek-, sin otro derecho que esos sueños que sólo tú y el Uija-tao conocéis. Tomaste a mi hija por esposa sólo para impedir que la alianza con los mexica se cerrara. Siempre has hecho tu voluntad sin importarte el bien de tu pueblo… de mi pueblo, pues soy el único que legítimamente puede conducir a los itzá por el camino de la paz. Tú no conoces otro camino que el de la guerra y nos arrastras ciegamente hacia la destrucción. Tú y ese viejo loco que te protege desde lo alto de su árbol sagrado.

– No lo entiendes, porque no estuviste allí, en Chichén Itzá, el día en que la ciudad cayó.

– Tú tampoco. Esas cosas sucedieron hace incontables katunes [26] Ningún hombre que viviera entonces puede seguir hoy con vida. Es imposible.

Hacía mucho que Na Itzá había dejado de creer en los dioses y en las profecías. En un buen gobierno, en unas lluvias oportunas y una cosecha abundante… en esas cosas creía. Sin embargo, consideraba que la fe en los dioses era útil para su pueblo y jamás había hecho nada para oponerse a ella. Pero ahora esas mismas creencias los arrastraban a todos al desastre si los obligaba a enfrentarse a los mexica. Na Itzá pensaba que la paz era posible entre sus naciones, pues los mexica eran los lejanos hermanos de raza de los itzá. Un día ellos también llegaron del Norte, de la ciudad que ahora los mexica conocían como Teotihuacan.

– Llevas el título de Ahau Canek -le estaba diciendo Koos Ich-, pero yo habitaba el cuerpo del auténtico Canek y lideraba la defensa de Chichén Itzá. Recuerdo con claridad el rostro empapado de lágrimas de los niños, pues no había nadie que pudiera consolar su miedo. A las mujeres que besaban a sus esposos con los labios amoratados de terror, mientras éstos se dirigían hacia el campo de batalla. Todos presentíamos que una amenaza imparable se iba aproximando a nuestra hermosa ciudad. También los hombres que formaban junto a mí en orden de batalla; no eran grandes guerreros, pero estaban dispuestos a morir para defender a su pueblo, a sus hijos y a sus mujeres. Al caer la noche el aire se llenó de gritos cuando los nahual aparecieron frente a nosotros con las fauces ensangrentadas, las pieles moteadas y las manos terminadas en garras. Frente a ellos caminaba un ser poderoso, extraño, que vestía una túnica de piel humana. Era muy alto, de miembros largos y fuertes; su rostro relucía en la noche con una asombrosa blancura, como tallado en hielo, y estaba orlado por una barba negra que el viento agitaba. Los propios nahual, a pesar de su ferocidad, lo obedecían con temor, pues aquel ser era Tezcatlipoca, Espejo Humeante. Entonces las estrellas fueron eclipsadas por una nube de fuego. Flechas incendiarias, lanzadas por los arqueros toltecas que habían quedado en la retaguardia, se clavaron en el pecho de mis hombres y alcanzaron los tejados de nuestras chozas. Fuimos encerrados en un gran anillo de llamas que se elevaron hacia el cielo. Bajo su aterradora luz los nahual cargaron contra nosotros profiriendo salvajes aullidos de jaguar que se confundieron con los lamentos humanos hasta formar un estruendo enloquecedor. En su sangriento delirio esas bestias no respetaron ni el coraje de mis hombres, ni la dignidad de las mujeres, ni las lágrimas de nuestros hijos. Ése fue el terrible desenlace de la batalla, el fin de nuestra ciudad y el inicio de nuestro exilio… Hasta ahora, cuando un nuevo enfrentamiento se avecina. Y esta vez será nuestro final o el de Tezcatlipoca.

– No tiene por qué suceder algo así. Los mexica son poderosos, pero su ciudad está muy lejos. Necesitan aliados en esta costa, no enemigos.

– Y los tienen, como ya te he dicho. En Amanecer vi a los nahual y a varios sacerdotes mexica. Pero tampoco habrá esperanza para los cocom. Cuando acaben con nosotros los obligarán a pelear es sus guerras floridas, hasta que agoten la última gota de su sangre.

– Tú sólo deseas la gloria de la guerra.

– Te equivocas -dijo el nacom con amargura-. Pero ojalá fuera yo el equivocado.

Koos Ich dejó su cuenco, vacío ya de pulque. Se puso en pie y, sin añadir nada más, se alejó en dirección al Templo de las Águilas.

Na Itzá siguió bebiendo en silencio, con su mente confusa por el miedo y el alcohol.

Lisán y Sac Nicte salieron juntos de la choza. Caminaron entre los árboles hasta uno de los edificios de piedra y sombras que formaba parte del complejo del Templo. Era una torre rematada por una cúpula semiesférica. Sus cuatro puertas, le explicó Sac Nicte, señalaban los cuatro ángulos del Mundo. Atravesaron la entrada que se encaraba al mediodía y accedieron a un corredor circular, donde otras cuatro puertas alineadas con los puntos cardinales conducían al núcleo interno. Éste había sido construido con ladrillo rojo, y por su interior se entrelazaban, una alrededor de la otra, dos escaleras de caracol que desembocaban en la parte superior del edificio. Tomaron una de ellas y Lisán caminó en silencio detrás de la sacerdotisa. La sensación de ahogo que le causó la estrechez de las paredes se vio aumentada por la oscuridad y el halo de misterio que envolvía el lugar.

Llegaron a una amplia sala circular. Los códices de papel plegado se amontonaban en apretadas pilas junto a las paredes. Un sacerdote solitario estaba sentado en el suelo, con las piernas dobladas frente a un códice en blanco que iba desplegando lentamente como un biombo. Tenía otro al lado, también abierto, con las tapas de piel de jaguar; sus hojas estaban cubiertas de diminutos caracteres que iba copiando en el códice en blanco.

Lisán se acercó a él y observó su trabajo. Su maestría era asombrosa. Manejaba un pincel bastante grueso, pero era capaz de trazar con él caracteres diminutos con los que llenaba una página tras otra a gran velocidad. De repente, se dio cuenta de algo: siempre dibujaba los mismos cuatro símbolos. Sólo cuatro círculos intersecados en diferentes ángulos por otros tantos círculos menores, repetidos una y otra vez a lo largo de las páginas, en diferente orden. No eran exactamente iguales, pero sí muy parecidos a los cuatro que estaban grabados en una de las caras del medallón de oro que le había entregado Baba.

– ¿Qué es esto? -preguntó.

– Es el Códice de la Vida. Un fragmento de él, pues está formado por muchos ejemplares, guardados en archivos situados bajo tierra. También he observado la semejanza entre los caracteres del Códice y los de tu amuleto de oro. Quizás eso explique por qué los cocom te dejaron vivir.

El andalusí tomó el recipiente de jade que contenía la tinta con la que el sacerdote iba dibujando esos símbolos. Lo acercó a su nariz y olió.

– ¿Podéis decirme la composición de esta tinta?

El sacerdote interrumpió su trabajo y dijo:

– Está hecha con pelo de venado calcinado y…

– Rocío recogido al amanecer -concluyó Lisán.

– Beey. Conocéis el procedimiento…

Sac Nicte también lo miró asombrada.

– En mi mundo la hacemos con lana de cordero previamente impregnada de rocío. Y llamamos a esta tinta «almásiga». Según la tradición sufí, es la única adecuada para escribir versículos de nuestro Libro Sagrado.

– Tú eras un sufí, ¿no es así? -le preguntó Sac Nicte-. ¿Qué significa esa palabra?

– Significa «lana». Porque el pelo de los animales es un imán que puede atraer la virtud del cielo.

– ¿Vuestro libro también fue dictado por Dios?

– Beey. A través de uno de sus arcángeles.

Lisán se inclinó sobre el códice y lo observó nuevamente, con una actitud que ahora era más respetuosa. Le preguntó al sacerdote si podía tocarlo y éste le hizo un gesto invitándolo a hacerlo. El andalusí estudió las páginas, una tras otra: los mismos cuatro símbolos repetidos de forma interminable a lo largo del papel. ¿Era posible una escritura basada en un alfabeto de cuatro letras?

– ¿Podéis leerlo? -preguntó.

– Aún no. Cada generación de Uija-taos ha transcrito, a lo largo de su vida, un fragmento del Libro. Pensamos que cuando esté terminado, dentro de muchas generaciones, recibiremos las claves para descifrarlo.

– Pero… ¿tenéis alguna idea de lo que significa?

– Es la escritura de los dioses -dijo ella-. El poder para crear vida, tal y como Nun-Yal-He hace.

Fueron interrumpidos por la llegada de varios sacerdotes que saludaron con respeto al andalusí.

– El Uija-tao nos ha enviado para que te enseñemos la cuenta de los años, meses y días, las fiestas y ceremonias, las fechas fatales, y el remedio para los males -dijo uno de ellos, inclinándose ceremoniosamente.

<p>14</p>

Las palmadas casi continuas con que las mujeres amasaban las tortillas de maíz eran el habitual sonido de fondo de Uucil Abnal al amanecer.

Y, como cada día, Lisán se encontró con Piri Muhyi en el Templo de los Escribas.

Durante los últimos meses, el aprendizaje había marcado sus jornadas, con tanta exactitud como el sonido de las palmadas o las fases de la luna, estableciendo el paso de un estado de conocimiento a otro, de una forma de ver el mundo a otra de entenderlo. Pero si Lisán había llegado a pensar que el Uija-tao lo había considerado especial, pronto comprendió su error. Los cinco náufragos habían recibido un trato semejante y a todos se les había ofrecido la oportunidad de aprender de los sacerdotes. Pero únicamente él y Piri acudían diariamente al Templo, pues el joven turco estaba fascinado con los mapas y las cartas que había encontrado en sus anaqueles.

– No entiendo el significado de gran parte de esto -le confesó a Lisán, mientras los sacerdotes continuaban con su trabajo sin prestar atención al recién llegado-. Los conocimientos que posee esta gente sobre las cosas del cielo y de los astros van mucho más allá de lo que nuestros filósofos hayan podido soñar jamás. Fíjate en esos ventanucos, por ejemplo. Se asoman directamente al mediodía y al poniente, y la visual de las diagonales que van de una ventana a otra, marcan con precisión la posición de un suceso astronómico en el horizonte… ¡Todo el edificio es una máquina para observar los cielos! ¿No te parece asombroso?

Lisán sonrió ante el entusiasmo de su joven amigo. Para él, el conocimiento de las cosas era siempre una experiencia emocionante, y demasiadas veces despreciaba su posible sentido práctico. Pero no era el caso de Piri. El turco se acercó a uno de los silenciosos sacerdotes y le pidió el códice en el que éste trabajaba. Con cuidado, lo desplegó ante Lisán, quien observó los símbolos y anotaciones que llenaban la larga tira de papel.

– Fíjate, aquí está todo -dijo Piri-. Cientos de años de observaciones celestes minuciosamente anotadas y registradas. Una carta de navegación de los itzá. Observa qué cosa tan maravillosa; aquí están señaladas las poblaciones de la costa, y aquí los pasos en la barrera de arrecife. Nosotros estamos aquí, este punto es Uucil Abnal.

Asombrado por la perfección de aquel mapa, Lisán siguió el trazado de la costa con su dedo.

– Pero…

– Efectivamente, amigo mío -rió Piri-. No estamos en una isla, sino en un continente inmenso. Y mira esto… al otro lado del océano están nuestras tierras, nuestro mar y nuestras costas… ¿Las reconoces?

– Sí. Aunque nunca había visto un mapa tan detallado.

– Observa esta otra tierra ignota… -Piri pasó las páginas plegadas como un biombo del códice-. Un inmenso continente al sur, cubierto por completo de hielo.

– Es asombroso.

– ¿Puedes imaginar el valor de estas cartas para un navegante? En la práctica, esto representa tener el mundo en tus manos. No hay nada que no pudiera hacer un buen piloto con mapas como éstos, ni lugares que no pudiera alcanzar.

– Estás muy emocionado, amigo mío -dijo Lisán-, pero debo recordarte que somos prisioneros de estas tierras y que sin una nave adecuada de nada nos valen todas esas cartas.

Piri lo miró fijamente y dijo:

– No tengo intención de quedarme aquí para siempre. Estos hombres son expertos navegantes, conocen esta costa como la palma de su mano…

– ¿No pretenderás que crucemos el mar Océano a bordo de uno de esos troncos ahuecados?

– Escucha, esto es más importante que tu vida o que la mía. ¿Es que no lo ves?

– No entiendo a qué te refieres.

Piri golpeó el primer códice con el dorso de la mano.

– Esto, faquih. debes comprenderlo mejor que nadie. Esto va a cambiar las artes de navegar. Nuestras naves recorrerán el mundo entero, conquistándolo e incorporando tierras sin fin a la Verdadera Fe. Ninguna nación de infieles podrá oponérsenos. El dominio del mar será nuestro para siempre…

– Pero… ¿cómo esperas regresar a nuestro mundo? ¿Has pensado en eso?

– Construiremos un barco. Un barco de verdad. Estas gentes saben trabajar la madera, hagamos que ensamblen una nave de tablas, algo menor que un jabeque si quieres, pero lo bastante grande para que nos transporte con seguridad a través del mar.

– ¿Tú conoces los procedimientos? Yo no. No sabría por dónde empezar. No soy carpintero y necesitaríamos uno bastante bueno, con el gálibo necesario para construir un batel o una chalupa.

Piri miró con asombro al andalusí. Se había acostumbrado a consultarle cada vez que se tropezaba con algo que no comprendía, y había llegado a creer que no existían límites para su ciencia. Pero, en aquel momento, Lisán advirtió la decepción en el rostro del turco y recordó el día que se habían reencontrado, poco después de su experiencia en el cenote. Dragut y Piri le pidieron que les contara cómo habían muerto el resto de los náufragos de la Taqwa. Pero, mientras les relataba el sacrificio, Lisán se sintió sobrecogido por aquel terrorífico recuerdo, se derrumbó y empezó a llorar ante los dos asombrados turcos, que no supieron cómo reaccionar. Desde su punto de vista, el hecho de que un hombre hiciera semejante demostración era incomprensible y les resultaba turbador. Pero los andalusíes no parecían sentir ningún pudor en mostrar sus sentimientos.

Los turcos habían aceptado el naufragio, y su experiencia en el cenote, como un descenso al infierno del que habían conseguido salir milagrosamente con vida. El mundo era diferente de lo que siempre habían supuesto y ellos no tenían palabras para definir lo que habían visto, ni emociones para sentir aquel abismo que se había abierto con su pasado. Eran conscientes de que, para la tierra de la que procedían, cuantos habían tenido la desdicha de viajar a bordo de la Taqwa estaban muertos y olvidados.

A Lisán le hubiera gustado saber lo que opinaba Baba de todo esto, pero él era cada día más difícil de ver. Solía permanecer encerrado en su choza durante semanas, visitado sólo por las mujeres que le llevaban la comida. Seguramente era mejor así, pues los turcos siempre parecían nerviosos en su presencia. Era evidente que ahora lo odiaban y que sólo su condición de huéspedes de los itzá había impedido que la venganza se consumara.

– Él no es mejor que los que asesinaron y devoraron a nuestros hermanos -le dijo Piri al andalusí en una ocasión.

Lisán no había oído hablar nunca del voivoda Kazikli y de sus innumerables crímenes, pero el joven corsario se ocupó de explicárselos minuciosamente.

– ¿De verdad que deseas regresar? -preguntó Lisán sin apartar su vista de aquellos asombrosos mapas-. En ocasiones, cuando recuerdo nuestro mundo me parece aún más extraño que todo lo que nos rodea ahora.

Aquel Otro Mundo los estaba transformando poco a poco. A todos menos a Jabbar, que seguía viviendo en ese mismo día de la batalla de Negroponto.

– Es posible -admitió Piri-, pero sigue siendo nuestro mundo.

– ¿Crees que también lo sigue siendo de Dragut?

Piri no respondió. Todos estaban cambiando, pero la transformación más inesperada se estaba produciendo en Dragut. A diferencia del resto de los náufragos, que habían escogido las ropas nativas que más se asemejaban a aquellas a las que estaban acostumbrados, Dragut llevaba el taparrabos al que los itzá llamaban ex, perfectamente anudado a la cintura. Se adornaba con plumas y brazaletes de cuero, y había cubierto su piel con aquellas cicatrices coloreadas con las que los guerreros-águila decoraban sus cuerpos.

Cuando Lisán le preguntó por qué hacía todo eso, él respondió simplemente:

– Aquí no hay nada escrito sobre nosotros. Nada.

En ocasiones, Lisán lo envidiaba. El destino les había venido de cara, pero él parecía haberse adaptado perfectamente bien a los cambios. Sin duda, Dragut era un superviviente.

Se apartó de Piri y de los mapas, y se sentó en el suelo, frente a uno de aquellos códices. Estaba decidido a concentrarse en sus propios estudios, pero no podía dejar de pensar en Sac Nicte. Si el proyecto de Piri salía adelante y lograba construir ese improbable navío con que regresar a su mundo… ¿lo seguiría? Le pareció asombroso que se le planteara una duda como ésa, cuando estaba tan cerca el momento en que había deseado despertar en su casa de Granada y que todo aquel viaje hubiera sido una horrible pesadilla. Pero ahora Sac Nicte había aparecido en ese sueño y lo había transformado en algo muy distinto. Aunque no sabía exactamente en qué.

Pero había algo más, ¿no es cierto? Algo que tenía que ver con su descenso al interior del cenote, y con las imágenes que había visto allí. Y con los códices y la sabiduría que se guardaba en ellos. Tenía la sensación de que allí estaba en contacto con el Verdadero Conocimiento, algo que en su mundo apenas era un recuerdo enturbiado y que allí brillaba con una desconcertante pureza.

Consideró que, quizá, Dragut no había sido el único de ellos con capacidad para adaptarse a aquel Otro Mundo.

Esa misma tarde, Lisán se dirigió al templo de los guerreros-águila, adonde Dragut solía acudir de vez en cuando para contemplar sus entrenamientos.

Era un edificio de piedra, profusamente labrada con estrafalarias decoraciones. Con muchas salas y aposentos, donde se recogían y ofrendaban los sahumerios a los dioses. Todos los guerreros-águila estaban casados, tenían sus viviendas y haciendas particulares en Uucil Abnal, pero el templo era como una casa comunal, donde también disponían de aposentos privados y donde eran servidos por un gran número de mancebos que profesaban la vocación de tomar los votos en aquella extraña orden de caballeros.

Mientras durase su período como nacom, sería también la vivienda habitual de Koos Ich. Lisán lo vio al fondo de la sala de entrenamiento, cubierto sólo por un ex y con los músculos brillantes de sudor, mientras se ejercitaba con una pesada macana.

En la cocina, dos de los sacerdotes que servían en el Templo de las Águilas terminaban de preparar un curioso mejunje. A Lisán le llamó la atención de inmediato y les preguntó sobre su elaboración. Los sacerdotes le explicaron que extraían las raíces de una planta, a la que llamaban «yerba xulub», y la colocaban sobre una gran piedra ahuecada, donde la golpeaban con palos durante horas. Lavaban la piedra constantemente y recogían el agua en un caldero de barro que ponían al fuego. Dejaban que hirviera hasta evaporarse y, en el fondo, siempre quedaba una capa muy fina de una grasa amarillento-verdosa. Su olor y textura le recordaron a Lisán la pócima que le habían aplicado en Amanecer en las ingles y los sobacos.

Los sacerdotes salieron de la cocina con un cuenco repleto de aquella grasa y se dirigieron a la sala común. Los guerreros-águila se practicaron pequeños cortes por todo el cuerpo, luego tomaron aquella sustancia con las manos y se la frotaron sobre sus heridas sangrantes. Cuando Lisán preguntó por qué hacían esto, uno de los sacerdotes le explicó que la yerba xulub les daba grandes poderes, los volvía más fuertes y les permitía desplegar sus alas y elevarse hacia los cielos como un águila.

Pero el andalusí no pudo ver que sucediera nada semejante. Después de embadurnarse con aquella grasa, simplemente empezaron a entrenarse en el patio central del templo. Todos formaban un círculo alrededor de dos de ellos que se enfrentaban con sus armas de madera y sílex. Pero sus movimientos no parecían más vigorosos ni les crecían alas en la espalda.

Lisán intentó pasar lo más inadvertido posible y se sentó en una esquina del patio para observar los combates. Koos Ich luchaba contra otro guerrero águila en el centro del círculo. Los dos vestían únicamente el taparrabos ritual y sus cuerpos estaban engrasados por la sustancia mágica. Se lanzaban golpes y fintaban con maestría.

Acosado por Koos Ich, el otro guerrero retrocedió jadeante hasta el límite del círculo. Allí intentó contraatacar, pero el nacom lo desarmó con un seco cintarazo. Entonces, respirando pesadamente por el esfuerzo del combate, Koos Ich se volvió para mirar a Lisán. Sus ojos parecían enturbiados, como los de un hombre que hubiera tomado demasiado hachís. Le sonrió y, con el pie, empujó hacia él la macana rendida de su contrincante. Lisán miró el arma, pero no hizo el menor movimiento para recogerla. Apartó la vista y se volvió hacia los guerreros allí reunidos.

– Si he interrumpido vuestro entrenamiento… -se disculpó-, lo siento.

El andalusí se dirigió hacia la salida del templo, mientras los guerreros-águila reían a su espalda. Koos Ich alzó una mano pidiéndoles silencio.

– Dime, hombre de madera -dijo-. ¿Eras un guerrero en tu mundo?

Lisán se detuvo y se volvió para mirar a los ojos del impresionante nativo.

– Ma' -dijo-. No soy un guerrero.

– ¿Pertenecías a una familia noble?

– Beey.

– En ese caso… ¿Cómo es que no escogiste el arte de las armas? ¿Tan distinto es tu mundo del nuestro? ¿O eres tú quien es diferente?

– Yo escogí el arte de la ciencia y la búsqueda del conocimiento.

– Pero tampoco eras un sacerdote…

– Ma'. Era un faquih, un erudito, y mi único interés era aprender.

– Entonces deberías aprender a luchar. Para defenderte y defender a los que amas.

– Ya sé lo suficiente sobre eso.

– Quizá con las armas de tu mundo, pero no con las nuestras. Recoge la macana, hombre de madera.

A regañadientes, Lisán obedeció la orden del guerrero. Se agachó y la aferró en su mano. Apretó la empuñadura hasta que los nudillos se le pusieron blancos y estudió su extraño aspecto, sin saber qué haría con ella. Era extraordinariamente pesada e incómoda. Se consideraba muy bueno con el alfanje, incluso, durante el viaje, había experimentado un poco con las cimitarras de abordaje, pero comprendió que nada de lo que sabía le serviría para manejar aquel pesado trozo de madera con piedras incrustadas.

Sin embargo, alzó su arma e hizo un gesto desafiante hacia Koos Ich, que sonrió ante el ingenuo descaro del extranjero. Agitó su macana frente a él, mientras decía:

– Todos nosotros hemos jurado morir en defensa de nuestra tierra. Y hemos hecho voto de no huir jamás, aunque estemos desarmados y nos acometan diez o doce enemigos a la vez. El Sol es nuestro dios, nuestro caudillo y nuestro patrón. He visto cómo le rezas, hombre de madera, pero nosotros somos los guerreros-águila, los fieles Señores del Sol. Cuando partamos hacia la guerra te será fácil reconocernos, porque siempre verás nuestra divisa alada avanzar al frente de todas las demás.

– Si conocieras mis pensamientos -dijo Lisán-, sabrías que no le temo a la muerte, pues yo también tengo un Dios, y a Él es a quien rezo cada día.

El guerrero itzá se puso en guardia y gritó:

– ¡En ese caso, atácame ahora, hombre de madera! ¡Venga, atácame!

Lisán miró a su alrededor y únicamente encontró miradas hoscas por parte de los nativos que lo rodeaban. Comprendió que no le quedaba más remedio que seguir su juego, fuera éste el que fuera.

– De acuerdo -dijo-, si con eso me gano el privilegio de que dejes de llamarme «hombre de madera».

Lanzó un grito y cargó contra Koos Ich. Éste lo esperó, agazapado como un jaguar a punto de saltar, y detuvo su golpe sin dificultad. Luego giró sobre sí mismo y alcanzó a Lisán en un costado, con el plano de su macana.

El andalusí retrocedió un par de pasos. Por un momento sintió que se le nublaba la vista. Se llevó la mano a la zona dolorida y comprobó que no estaba herido. Koos Ich podría haberlo partido en dos si ése hubiera sido su deseo, pero se había contentado con humillarlo.

Bueno, pensó mientras la rabia se apoderaba de su ánimo. No creas que esto va a ser tan fácil para ti. Ahora tendrás que decidir si realmente quieres herirme.

Sujetando la macana sobre su cabeza, tal y como haría con una cimitarra de abordaje, se lanzó contra el itzá como un lobo furibundo y le descargó un golpe frenético tras otro, sin tomarse la molestia de protegerse, dejando tantos espacios abiertos en su defensa que el contraataque del guerrero águila hubiera podido reducirlo a pulpa en un instante. Pero Koos Ich se limitó a ir parando sus golpes, mientras retrocedía poco a poco. Lisán lanzaba machetazos, el guerrero los rechazaba sin dificultad, y el andalusí volvía al ataque. Animado por el terreno ganado, se abalanzó ciegamente hacia delante, agitando frente a sí aquel pesado bastón de combate como si del palo de un ciego se tratara. Pero lo cierto era que su oponente tan sólo estaba jugando con él mientras probaba su habilidad. Cuando ya tuvo la información que deseaba, empezó a responder de verdad a sus ataques. Entonces su macana se abatió con fuerza contra el arma de Lisán. Una y otra vez, haciendo saltar astillas. Un golpe, otro, mientras el andalusí retrocedía, forzado a devolver rápidamente lo ganado.

– La única pauta del guerrero es ser siempre implacable -le dijo Koos Ich con voz solemne-. Cuando luchas tienes la obligación de ser libre, de ser fluido, de ser imprevisible. Como un recién nacido. Sin rutinas… Sin historia… Sin apegos… Sin amores…

Con cada frase, mascullada entre sus dientes apretados, el itzá descargaba un mazazo salvaje, que obligaba a Lisán a retroceder. Éste, sin embargo, disputaba con inusitada fiereza cada paso que daba hacia atrás, hasta que tropezó con la base de una columna y cayó de espaldas, despatarrado, frente a Koos Ich. Los otros guerreros-águila que observaban el enfrentamiento estallaron en risas ante su rápido desenlace.

El andalusí arrojó a un lado la macana y se puso en pie furioso. Se dio la vuelta, sacudiéndose el polvo de la ropa, dispuesto a marcharse de inmediato. Pero Koos Ich recogió rápidamente el arma tirada en el suelo y se la devolvió a su oponente.

– Debes tener paciencia, Lisán al-Aysar -dijo, llamándolo por su nombre por primera vez. Al faquih le extrañó que lo supiera-. En la guerra debes perseguir tu objetivo, pero sin presentir demasiadas cosas de antemano. Un guerrero no puede tener futuro, de la misma forma en la que no puede tener pasado. Sólo un eterno presente en el que está siempre preparado para morir. Por eso el nacom tiene que renunciar a todo aquello que lo ata a la vida, aunque sea lo que más ama y por lo que está dispuesto a sacrificarse. ¿Lo entiendes?

Lisán, con la macana nuevamente entre sus manos, asintió lentamente.

– Lo entiendo.

– Te aseguro que aprenderás a manejar nuestras armas… -dijo Koos Ich señalando la que el faquih sujetaba-. Yo me ocuparé de que aprendas a luchar, para que puedas proteger a quien amas… si yo no puedo hacerlo.

Lisán alzó la macana y se la llevó a la frente, con el mismo gesto que hubiera empleado con una espada de acero, y musitó el juramento dhihar ante Koos Ich. Éste lo miró sorprendido, y le preguntó qué era lo que decía en un idioma que no podía entender.

El andalusí se abstuvo de aclarárselo, dijo que se trataba de una oración de su mundo, como las que le dirigía al Sol cada día. Pero el dhihar era el solemne juramento que un hombre le hacía a otro: A partir de ahora, tu esposa será para mí como la espalda de mi padre.

Es decir, las relaciones sexuales con Sac Nicte se habían convertido en haram, la más absoluta de las prohibiciones.

<p>15</p>

La interminable rueda de los años había dado una vuelta más. Llegó el día del ah tooc, y la maleza de la milpa, el campo de maíz que los nativos habían trabajado durante tanto tiempo, fue quemada. Entre las llamas, los sacerdotes invocaron a sus dioses silbando constantemente una tonada que parecía el canto de una lechuza y que hablaba de ciclos, de vueltas de noria dentro de vueltas de noria, de círculos que se consumaban y nuevos círculos que se abrían. Después, llegó el momento de la siembra sobre el campo cubierto de cenizas. En cada una de las cuatro esquinas de la milpa, un sacerdote enterró semillas, copal, ollas con miel y figuras de arcilla que representaban a los dioses de la naturaleza.

Lisán se había ofrecido voluntario para ayudar a los nativos. Pero su único anhelo era alejarse un tiempo de Sac Nicte y de los turbadores deseos que ella le despertaba, y que le estaban vedados por el sagrado juramento que había pronunciado. Iba ataviado como los campesinos, con taparrabos y sandalias de piel de venado seca. Sembró el maíz en agujeros abiertos en aquella tierra pedregosa con un palo de punta afilada, imitando los precisos movimientos de los itzá. Seguían una fila más o menos recta y dejaban caer de tres a seis granos de maíz en cada agujero, para luego taparlo con el palo. Fue agotador, pero al concluir el primer día de trabajo se sentía bien por el ejercicio físico y por el descanso de su mente.

A su regreso a Uucil Abnal descubrió que se había producido un gran revuelo en los márgenes del poblado. Intrigado, Lisán dejó su vara de cavar y sus sacos de semillas, y acudió rápidamente al lugar. Se encontró con una escena sorprendente.

Un nutrido grupo de nativos, vestidos de forma extraña y ostentosa, caminaban entre las chozas como si fueran los auténticos dueños de aquellas tierras. Abrían el paso unos esclavos que cargaban bultos envueltos en mantas de algodón, sobre una escalerilla de palos sujeta a la espalda. Tras ellos, en el centro de la comitiva, iban tres hombres ricamente vestidos, con bragueros bordados de oro y mantas decoradas con franjas de ojos dibujados con plumas azul cobalto y piedras preciosas entretejidas.

– ¿Quiénes son esos hombres? -preguntó Lisán a un nativo.

– Mexica -respondió.

Cada uno de ellos lucía un dibujo distinto en el centro de su manto: uno llevaba un sol de oro, otro la imagen de una jarra, el tercero una figura de aspecto demoníaco. Sus cabellos eran negros como el azabache, brillantes, sujetos con tiras de cuero rojas y blancas, y alzados en un complejo peinado. Rostros orgullosos, con rasgos muy marcados y labios gruesos, adornados con bezotes de ámbar engarzados en oro.

– Asombroso -musitó Lisán.

Se apoyaban en bordones con empuñadura de jade y piedras preciosas, y llevaban en las manos grandes flores blancas que iban oliendo mientras caminaban displicentemente, escoltados por los mosqueadores que agitaban sus grandes abanicos de plumas. Pasaron frente a Lisán sin prestarle ninguna atención y se dirigieron hacia Na Itzá. Éste, alertado por sus consejeros, les salía al paso mientras se ajustaba atropelladamente su tocado y se envolvía con su túnica de ceremonia. Frente a los mexica su aspecto era de extremo desaliño.

Koos Ich apareció en ese instante, al frente de varios de sus guerreros ataviados como águilas que rodearon a su señor. Los mexica lo observaron con detenimiento. Era evidente que habían oído hablar de él y de su hazaña en la piedra gladiatoria.

Lisán también vio llegar a Sac Nicte, junto a un grupo de sacerdotes. Se acercó a ella y le preguntó por los visitantes.

– Son cacalpixque, embajadores mexica -respondió la mujer-. Y pertenecen a la alta nobleza. Fíjate en cómo aspiran el aroma de xochitl, su flor sagrada, algo que está reservado a las clases más altas.

– Son impresionantes -comentó Lisán.

– Sí lo son -admitió la mujer-. Nada en su atuendo ni en sus gestos es casual. No todos pueden lucir esos bordados, son distintivos de rango y sólo pueden ser otorgados por su rey, el tlatoani; expresan los méritos de quienes los usan o la posición a la que se ha llegado dentro de su jerarquía.

Tras los cacalpixque caminaba un apretado y siniestro grupo de sacerdotes. Tétricos como los de Amanecer, con sus sienes manchadas de rojo, vestidos con túnicas negras y llevando pequeñas calabazas colgando a la espalda, adornadas con borlas y atadas con cintas. Algunos eran mujeres, tal y como Lisán había tenido la oportunidad de ver antes, aunque su aspecto en nada se diferenciaba de los hombres.

– Son los tlamacazqui, «los que ofrecen sacrificios a los dioses» -le explicó Sac Nicte-. Y ellas son teohua, que significa «las que tienen a un dios a su cuidado». Esas manchas en las sienes señalan el estado de sus penitencias. En el interior de las calabazas guardan pastillas de tabaco y calcio molido, que es lo que usan para entrar en trance y comunicarse con sus dioses.

Na Itzá ejecutó el gesto ritual de sumisión cruzando el brazo derecho sobre el pecho y recibió con regalos a los cacalpixque: flores, tiras de carne de guajolote y chocolate frío servido en unas vasijas preciosamente decoradas. Después, dijo algo en la lengua náhuatl que Sac Nicte tradujo para Lisán:

– Señores nuestros, os habéis fatigado, os habéis dado cansancio. Ya a nuestra tierra habéis llegado; ya habéis arribado a nuestra ciudad; a vuestro merecido descanso.

Los mexica no hicieron caso alguno de los regalos y pronunciaron con fría altivez unas breves palabras en su idioma.

– ¿Qué es lo que han dicho? -preguntó Lisán, que no había entendido una palabra.

– Quieren sangre, pero esto es lo único que mi padre no puede ofrecerles ahora.

– ¿Qué va a suceder?

– Los mexica se sentirán ofendidos, a no ser…

La mujer le pidió a Lisán que aguardara allí. Habló con unas mujeres y les ordenó que trajeran tortillas calientes. Luego se acercó en silencio al grupo de dignatarios y a Na Itzá. Al pasar junto a uno de los guerreros-águila tomó una flecha de su carcaj. Cuando llegaron las tortillas, Sac Nicte se atravesó la lengua con la punta del dardo y escupió la sangre sobre ellas.

– Tlaxcalli -dijo, ofreciéndoselas a los visitantes.

Los mexica le dirigieron una reverencia llena de respeto, tomaron las tortillas manchadas de rojo y las comieron con ceremoniosa lentitud.

La cena fue un acontecimiento extraño. Se inició a medianoche, con la llegada de los invitados. La «mesa» del banquete era una enorme manta extendida sobre la hierba, grande como una de las velas de la Taqwa. En un extremo se sentaron Lisán y los turcos, sobre gruesos rollos de carrizos amarrados. Baba no había acudido.

Una hermosa joven, ataviada como una princesa, se encargó de ofrecer agua en jícaras a los mexica, para que éstos se lavaran ceremoniosamente las manos. Lisán advirtió que Piri estaba muy impresionado por la belleza de aquella muchacha. Cuando Koos Ich pasó junto a ellos, el turco lo aferró del brazo y le preguntó por ella.

– Utz Colel es hija de Na Itzá -dijo el guerrero inclinándose-, y éste siempre deseó que ella aprendiera las costumbres y el protocolo de los mexica

Vestida con una túnica blanca de algodón, que llevaba anudada sobre el hombro derecho, y con el pelo adornado con flores, Utz Colel se desenvolvía con seguridad y ceremoniosa dulzura entre los imperturbables cacalpixque. Aunque a Lisán no le parecía tan hermosa como su hermana Sac Nicte, a la que intentaba evitar mirar. Sabía que pensar en lo que sentía por ella sólo aumentaría su dolor, ya que tras haber pronunciado el juramento dhihar la sacerdotisa estaba realmente fuera de su alcance.

Poco a poco fueron llegando todos los invitados, el resto del consejo de Uucil Abnal y algunos sacerdotes, pero no el Uija-tao. Lisán alzó la vista hacia la Gran Ceiba y vio la silueta del templo enredado entre sus ramas. Se preguntó si el Uija-tao los observaría desde lo alto o permanecería ajeno a todo, confundido por nuevas visiones provocadas por el kuuxum.

El batab, un viejo guerrero que era co-nacom de Koos Ich, se les acercó cojeando. Una de sus piernas estaba atrofiada por alguna herida en un antiguo combate y se apoyaba en su macana.

– Escuchad -dijo huraño a los extranjeros-, permaneced sentados y no hagáis excentricidades de ningún tipo. Los mexica tienen un amplio sentido de lo que puede ser considerado como un insulto.

Reposó su macana en el suelo e inclinó la cabeza hacia su co-nacom para decirle:

– Tú y yo debemos ocupar ahora nuestro sitio.

Koos Ich se apartó de ellos y siguió al anciano para tomar asiento junto a él.

A diferencia del nacom, el cargo de batab era hereditario. Los dos compartirían el mando del ejército durante tres años y todas las decisiones y estrategias tendrían que ser consensuadas entre ambos. Lisán observó la conversación entre los dos hombres y las miradas que dirigían a la cabecera de la «mesa». No podía escucharlos, pero estaba bastante claro que evaluaban las posibilidades de que pronto se produjera la guerra con los mexica.

En ese momento, Na Itzá hizo una señal y los sirvientes empezaron a traer las bandejas con comida. Sobre la gran manta del banquete fueron acumulándose los manjares: maíz, frijoles, fruta del zapote, semillas de amaranto endulzadas con miel, chiles, huevos de mosquitos de las marismas, tomates, de ochenta a cien guajolotes asados, una veintena de perros también asados o hervidos y condimentados con salsas picantes a base de chiles, además de cacao endulzado con miel y aromatizado con vainilla.

Koos Ich y el batab eran servidos por hombres, y Lisán imaginó que su comida también habría sido preparada por ellos. Al otro extremo de la gran manta, Sac Nicte comía junto a un grupo de sacerdotes de Uucil Abnal. Se volvió hacia la cabecera, donde Na Itzá se sentaba a la izquierda de los mexica. Éstos eran atendidos por sus propios sirvientes y el andalusí observó que apenas habían probado bocado de aquellos manjares cocinados en su honor. Los tétricos tlamacazqui, en pie tras ellos, aguardaban en silencio.

– Esos espantajos pueden hacer que se te quite el apetito -dijo Piri.

Dragut y Jabbar también estudiaban a los mexica a través del vapor desprendido por los alimentos. Pero lo sorprendente es que éstos no miraron ni una sola vez hacia los dzul, quienes deberían resultarles mucho más extraños que cualquier otra cosa en el poblado. Lisán se preguntaba si no se habrían vuelto invisibles de repente.

Incapaces de distinguir lo que era halal de lo que no, los musulmanes habían decidido comer aquellos manjares que no resultaran demasiado extraños. Aunque Jabbar preguntaba qué era cada cosa que se llevaba a la boca.

– Huevas de mosquito -le dijo Dragut cuando su compañero alzó un cuenco repleto de una gelatina lechosa y grumos.

De vez en cuando, unas mujeres traían más agua para lavarse las manos y la boca, mantas para protegerse de la humedad de la noche, y flores aromáticas para todos los comensales. Otras mujeres danzaban o cantaban poemas náhuatl en honor de los invitados, a los sones de unas vibrantes flautas y pequeños tambores de uno o dos tonos.

Los itzá parecían cada vez más alegres y embriagados por la cantidad de octli [27] que se estaba consumiendo allí, pero los mexica no habían probado ni una gota del licor y miraban con desprecio a sus cada vez más ruidosos y expresivos anfitriones. Al parecer, su concepto del hombre civilizado implicaba el autocontrol y el no hacer ostentación de los sentimientos.

En un momento dado, Utz Colel se puso en pie y empezó a recitar un largo poema en aquel lenguaje extrañamente musical en los mexica. Cuando terminó, fue Sac Nicte quien se acercó al grupo de Lisán.

– ¿Disfrutáis de la comida? -les preguntó a los dzul. Su mirada estaba ligeramente enturbiada por el octli.

Lisán la miró durante un instante, luego respondió afirmativamente y comentó:

– He observado que los mexica no han probado ni una gota de licor.

– No pueden hacerlo, es decir, no deben… -explicó Sac Nicte-. Para ellos la embriaguez es un pecado horrible, origen de todas las aberraciones cometidas por los hombres. Sólo a los muy viejos les es permitido beber licores; los jóvenes que se embriagan sufren una horrible muerte a garrotazos en público, para dar ejemplo. Son gente extraña, sin duda; para nosotros la embriaguez nos acerca a los dioses.

A los turcos no les pareció tan extraño, pero Dragut preguntó:

– ¿De dónde vienen esos mexica? ¿Dónde está su capital?

– Tenochtitlán. Está muy lejos, al norte… -le respondió la mujer- a muchas jornadas de camino.

Piri, que había permanecido embelesado, escuchando atento mientras Utz Colel recitaba su poema, preguntó:

– No entendí una sola palabra de lo que decían esos versos, pero sonaba muy bello…

– El náhuatl es una lengua hermosa -admitió Sac Nicte-, y su estilo poético extrae el máximo efecto de sus recursos. Es una pena que no podáis entenderlo.

– ¿Puedes traducirlo para nosotros? -pidió Piri.

Sac Nicte hizo un gesto de desánimo:

– Me temo que no es posible hacerlo correctamente, pues la riqueza del náhuatl permite acumular palabras muy parecidas, separadas apenas por ligeros matices, para describir una misma cosa. La traducción os daría una falsa sensación monótona y reiterativa que no existe en el original…

– Por favor, inténtalo -le rogó el turco, que ni sabía ni le importaban esas cosas. Tan sólo deseaba saber lo que Utz Colel había dicho.

– De acuerdo -aceptó Sac Nicte-. El poema dice: «Subo, llego hasta aquí; el inmenso lago azul verdoso, ya permanece apacible, ya se agita, ya hace espuma y canta entre las piedras; yo ando volando sobre él, cual ave de bello plumaje azul…». -Se interrumpió desanimada-. Es inútil, la Lengua Sencilla no puede reflejar la belleza de esas palabras…

– Continúa, te lo ruego -insistió Piri-. A mí me parece muy hermoso.

– «Llego hasta la mitad de las aguas: aguas de flores, aguas de oro, aguas de esmeralda, por donde va y viene nadando, graznando, el ánade reluciente, que pasa ondeando su brillante cola…»

– ¿Qué significa?

– Habla de Tenochtitlán, la ciudad de los mexica que está construida sobre una inmensa laguna, rodeada de montañas que arrojan fuego. El poema está destinado a traerles gratos recuerdos a nuestros invitados.

– Pareces conocer bien a los mexica.

– Es una vieja idea de mi padre. Siempre ha tenido el deseo de alcanzar un acuerdo pacífico con ellos. Desde pequeña aprendí su idioma, su música y la poesía náhuatl. -Sonrió con tristeza.

– ¿Con qué objeto?

– Mi padre pensaba ofrecerme en matrimonio a algún Señor Principal de Tenochtitlán. Mi matrimonio me liberó de esa obligación.

– Koos Ich te salvó de casarte con un mexica -comprendió Lisán.

La expresión de ella no dejó traslucir nada, excepto cierto grado de resignación. Lisán alzó la vista y sus ojos se encontraron con los de Koos Ich. Los apartó rápidamente. Pensó que el guerrero, al influir en la decisión de los sacerdotes, había evitado el matrimonio de Sac Nicte con un extranjero que algún día podría convertirse en enemigo de su pueblo.

– ¡Tanto mejor entonces! -dijo Piri con súbita devoción-. ¡No necesitáis sacrificaros entregándoos a esas fieras! Nosotros estamos aquí para evitar que los mexica representen alguna amenaza para vosotros.

Lisán miró perplejo al joven corsario y éste se limitó a encogerse de hombros.

Mientras tanto, uno de los dignatarios mexica se había puesto en pie con solemnidad. Empezó a hablar. Una interminable retahíla de palabras incomprensibles pero musicales.

– Es mucha vuestra amabilidad -dijo Sac Nicte, traduciendo-. Grande es la hospitalidad de que hacéis gala. A vosotros llegamos cansados; a vuestras tierras llegamos agotados del camino y nos habéis dado cobijo, y nos habéis dado alimento. Deseamos agradeceros vuestra bondad para con nosotros…

El embajador mexica hizo un gesto hacia los tlamacazqui y uno de ellos se adelantó arrastrando a uno de los esclavos que habían traído con ellos. El desdichado estaba completamente desnudo, con el cuerpo y el rostro pintado con franjas horizontales blancas y negras. Uno de los sacerdotes lo sujetó por los pelos, tiró con violencia de su cabeza hacia atrás, y, con un cuchillo de obsidiana que de repente brilló en su mano, lo degolló con limpieza.

El sacerdote siguió sujetando al esclavo por el pelo mientras éste se estremecía y con los espasmos arrojaba borbotones de sangre sobre la manta y los alimentos que había sobre ella. La música cesó de repente y hubo un estremecedor silencio sólo roto por los estertores del moribundo. El embajador mexica se situó junto al impasible sacerdote y se dirigió a la enmudecida audiencia. Los musicales sonidos del náhuatl sonaron ahora siniestros y amenazantes a los oídos del andalusí.

Sac Nicte, impresionada por lo que acababa de suceder, se olvidó de la traducción hasta que Lisán se lo recordó con un gesto.

– Está diciendo: «La sangre es el único regalo precioso, lo único que ansían los dioses para seguir viviendo, para seguir manteniendo el Sol en el cielo, para que el Fin del Mundo no nos alcance a todos. Todos tenemos el deber sagrado de procurarle alimento a los dioses, todos tenemos el deber sagrado de mantener el mundo con vida, pero vosotros os desperdiciáis con ociosas fiestas llenas de lujuria y embriaguez mientras los mexica amamantamos con nuestra propia sangre al Sol para que siga caminando por el cielo. ¿No sería más sencillo y más justo que vuestro soberano admitiera la amistad y protección de la Triple Alianza?».

El mexica enmudeció por un momento. El tiempo parecía haberse detenido. El esclavo recién sacrificado había dejado por fin de moverse, colgaba, sujeto por los pelos por el sacerdote, como una marioneta con los hilos enredados. De repente, la cabeza del cacalpixque giró y sus ojos, por primera vez, se cruzaron con los de Lisán. No había ninguna expresión en aquel rostro altivo, sólo la evidencia de que era consciente de la presencia de los dzul. Y el andalusí sintió cómo se le erizaban los pelos de la nuca. El mexica desvió la vista de inmediato y siguió hablando. Sac Nicte tradujo:

– Para satisfacernos debéis aceptar en vuestro templo las imágenes de nuestros dioses, Huitzilopochtli y Tezcatlipoca, y situarlas en plano de igualdad con vuestro supremo dios local. También debéis enviar a Tenochtitlán un regalo anual en forma de cacao, que es abundante en vuestras tierras, pedrería, plumas y mantas de calidad…

Na Itzá se puso dificultosamente en pie. Su voz temblaba ligeramente:

– Nobles señores, amables invitados nuestros, será muy grato para mi pueblo enviar esos regalos para nuestros hermanos de Tenochtitlán, pero debéis entender que esto es una muestra de nuestra buena voluntad, sin que aceptemos ninguna obligación al respecto. En cuanto a vuestros dioses, Huitzilopochtli y Tezcatlipoca… Bueno, ésta no es una decisión que yo pueda tomar. Antes tendría que consultar con mis sacerdotes…

El cacalpixque alzó una mano y dijo:

– Nuestro ciclo ya cumplió su tiempo. El final tuvo que llegar pero no llegó, los dioses aceptaron los ruegos de los mexica para que la vida siguiera existiendo. A fin de que el sol prosiga su marcha por el cielo, para que las tinieblas no queden pesando definitivamente sobre los cuatro ángulos del mundo, es necesario procurarles cada día a los dioses su alimento, «el líquido precioso», el chalchihuatl, la sangre humana. Lo que es verdadero para el Sol lo es también para la tierra, para la lluvia, incluso para vuestros árboles sagrados… para todas las fuerzas de la creación. Nada nace, nada vive si no es por la sangre de los sacrificados. Los itzá debéis colaborar con vuestra sangre para satisfacer el hambre de los dioses. Eso es lo justo.

El cacalpixque hizo una pausa en su discurso, para lanzar una mirada desafiante a su alrededor, y continuó:

– Nosotros también os hemos traído regalos.

A una señal suya, los porteadores que habían llegado con ellos atravesando las marismas, se aproximaron y extendieron en el suelo, frente a Na Itzá, los bultos envueltos en tela de algodón. Con cuidado y precisión los desempaquetaron descubriendo su contenido: rodelas, macanas y diversas armas guerreras. Entonces, uno de los sacerdotes mexica se acercó a Na Itzá con un frasco de jade en una mano. Al llegar frente a él, embadurnó su otra mano con el ungüento blanco que contenía el frasco y dibujó unas líneas paralelas y horizontales en el pecho del Ahau Canek.

– Señor, te ungimos con blanco tizatl, que es el color de los huesos, para simbolizar que ya te damos por muerto.

Otro de los cacalpixque tomó una rodela, adornada con un precioso penacho de plumería, y se la ofreció a Na Itzá, diciéndole:

– Al hacer la guerra los hombres sólo obedecemos la voluntad de los dioses. Que ésta no quede alterada porque no disponéis de armas o no estáis apercibidos de la inminencia de nuestro ataque. Aquí tenéis macanas y escudos para defenderos si persistís en no aceptar la gracia y la amistad de las Tres Cabezas del Imperio.

Algunos guerreros itzá asintieron con la cabeza, satisfechos de que, al fin, llegase la guerra, pero Na Itzá apretó los labios y no dijo nada.

Empezaba a amanecer. Los mexica saludaron a sus anfitriones y se retiraron en silencio. Dejaron sus regalos esparcidos por el suelo.


Y los hicimos dormir en la caverna por muchos años.

Al kahf, 11



1

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Un hombre solitario atravesaba la playa en dirección a la ciudad que sus habitantes llamaban «Amanecer». Era un guerrero poderoso y la fama que había dado a su nombre lo precedía. Y éste no era un asunto trivial para los itzá, pues llegaban a tener hasta cuatro nombres diferentes conforme iban transcurriendo las distintas etapas de su existencia.

El curso de su vida había quedado determinado en el momento mismo de nacer, cuando su padre lo entregó a un sacerdote. Éste dio las siete vueltas rituales alrededor de una mesa, en la que habían sido dispuestos diferentes objetos, colocando la manita del bebé sobre cada uno de ellos. De inmediato escogió el xtol che', y sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de la macana, el símbolo de la fuerza y la capacidad militar. No dudó ni un instante y esto confirmó la sospecha del sacerdote, que aseguró a su padre:

– Este niño ya ha vivido antes. Y fue un gran guerrero.

Así obtuvo su paal kaba, su primer nombre. Cuando llegó a la pubertad, se le permitió llevar el apellido de su padre, «Chel». Cuando contrajo matrimonio éste fue modificado de nuevo y tuvo el naal kaba, que se componía del prefijo «Na» más el apellido de su madre, seguido por el de su padre. Como muchos itzá tenía un cuarto nombre, el coco kaba, que había ganado gracias a una hazaña guerrera: Koos Ich. Ojo de águila.

Él era todos y cada uno de esos nombres. Su vida se había desarrollado y su cuerpo había cambiado a la vez que sus nombres, para ajustarse al destino que los cielos habían trazado para él. Un destino al que pronto iba a enfrentarse.

Koos Ich se plantó frente a la puerta de la ciudad amurallada de los cocom, dispuesto para cumplir con su misión. Dos guardias situados ante el arco le cerraron el paso.

– Vengo aquí por la voluntad de los dioses, para ofrecer un sacrificio.

Uno de los cocom empezó a reír.

– ¿Eres itzá? -le preguntó-. En ese caso puedes quemar una de tus apestosas bolas de puk ak [15] aquí mismo…

El cocom se detuvo al cruzarse sus ojos con los del recién llegado. No era un estúpido, e inmediatamente comprendió que con aquel hombre no era saludable bromear. Koos Ich sobrepasaba por una cabeza la estatura del guardia. Sus brazos eran musculosos, casi dos veces más gruesos que los de un hombre común, y su pecho estaba labrado con emblemas que lo señalaban como un gran guerrero curtido en muchas batallas. Sin embargo, no llevaba armadura ni aparejos de combate. Tan sólo un sencillo taparrabos de algodón y una macana adornada con plumas que apretaba en su mano derecha. Pero el guardia cocom se equivocaba al temer que sus burlas pudieran ofender a un verdadero guerrero. Mientras Koos Ich sintiera que estaba actuando de acuerdo con su propósito, no encontraría nada ofensivo en sus palabras.

– ¿Qué es lo que buscas aquí? -le preguntó el otro cocom.

– Ya os lo he dicho, vengo a ofrecer un sacrificio… Un sacrificio humano.

Los guardias giraron los ojos a un lado y a otro.

– Y… en ese caso, ¿dónde está tu prisionero?

– Yo soy el sacrificado. Yo me voy a ofrecer a los dioses sobre la piedra de los gladiadores.

Los dos cocom lo contemplaron, asombrados, durante un instante.

Al fin uno de ellos dijo:

– Sígueme.

Mientras su compañero permanecía en la puerta, condujo al itzá a través de la ciudad de piedra hasta uno de los templos, donde fue recibido por el propio Ahuacán. [16]

– No pretendo ofenderte -le dijo Koos Ich al anciano sacerdote-, pero no es a ti a quien vengo a entregar mi sacrificio.

– ¿A quién entonces? -le preguntó el Ahuacán.

– Al Halach Uinich [17] Es con él con quien deseo hablar.

El anciano aceptó, pero dijo que el sol empezaba ya a ocultarse y era demasiado tarde para molestarlo. Por tanto, ordenó al guardia que le diera cobijo y alimento hasta que llegara la hora en que el señor de la ciudad de Amanecer pudiera recibirlo. De esta forma, Koos Ich fue conducido hasta una choza del poblado situado en el exterior de la zona amurallada. Por el camino se cruzó con varios nahual y desvió rápidamente la vista. La noche estaba cercana y ésta les pertenecía. Koos Ich no quería enfrentarse a los engendros allí, no en ese momento. Algún día no muy lejano llegaría esa oportunidad, era inevitable.

Pero no esa noche.

En la choza, varias mujeres le llevaron tortillas de maíz y carne de perro cocinada con flor de calabaza. Luego se retiraron y lo dejaron solo. Koos Ich se sentó en el suelo. Cruzó las piernas bajo él. De una bolsa de cuero extrajo un diminuto trozo de hongo que se llevó a la boca. Cerró los ojos y dejó que su conciencia localizara su punto de anclaje.

Allí estaba. Un tentáculo de luz lechosa surgía del suelo y se introducía en su cuerpo. Con exquisito cuidado, fue envolviendo el engrosamiento del tentáculo, allí donde se fusionaba con su alma individual, con diferentes capas de membranas luminiscentes. Sus recuerdos. Su fe. Su amor… Todo aquello que lo hacía ser una criatura única.

Fue muy cuidadoso, al día siguiente iba a enfrentarse con la muerte y de la precisión con la que realizara aquellas operaciones dependía la permanencia de su ser sobre la Tierra.

Cuando hubo terminado, cortó el enlace y abrió los ojos. El efecto del hongo siempre le dejaba la misma sensación de vacío en su estómago y los alimentos traídos por las mujeres cocom le parecían ahora más apetitosos que antes. Comió hasta sentirse satisfecho, luego se tumbó para esperar la llegada del próximo día.


2

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Poco antes de que asomara el sol en el borde del mundo, el Halach Uinich contemplaba pensativo cómo las olas chocaban contra los acantilados que sujetaban su ciudad. La parte posterior de la pirámide truncada colgaba sobre el mar, elevándose sobre el borde de un peñasco alto y áspero, y presentaba una magnifica vista del océano.

Entre sus dedos sujetaba un cigarro que se llevaba a la boca de vez en cuando, para exhalar a continuación una gran vaharada de humo. Distraídamente, vio llegar al Ahuacán acompañado por el guerrero itzá del que ya le habían hablado. Sin hacer demasiado caso a las reverencias que el protocolo marcaba al sacerdote, volvió a concentrarse en el paisaje.

– Es asombroso cómo los dioses mantienen el mundo en funcionamiento -dijo dirigiéndose al Ahuacán-. Si reflexionas un momento, en seguida comprendes cuántos minúsculos detalles es necesario tener en cuenta. Fíjate en esos pájaros que vuelan bajo, casi rozando las olas, y en la marea que sigue su ciclo lunar, y en todos los astros del cielo que acompañan a la luna en sus movimientos. Es turbador pensar en todo eso…

– Beey [18] -le respondió el sacerdote-. Los dioses mantienen el mundo, y nuestro sagrado deber es mantener a los dioses. Con nuestra sangre y con nuestra carne.

Era un hombre viejo, tan delgado y reseco como una momia, pero sus palabras y sus gestos estaban cargados de vigor y certeza. Siguió hablando mientras miraba al guerrero itzá:

– Este hombre ha venido a ofrecerse en sacrificio, Halach Uinich, pero desconfío de él. Su pueblo es bárbaro. Los itzá queman puk ak para alimentar a los dioses, un humo miserable, mientras que ellos se atracan de manjares y se embotan la mente con el licor de pulque. El sacrificio es un deber sagrado, sin él la vida misma del universo se detiene.

El «Hombre Verdadero» alzó una mano para pedir a su sacerdote que guardara silencio y se dirigió al guerrero:

– Habla, itzá. Cuéntame qué es lo que te ha traído hasta aquí.

– Yo soy Koos Ich -dijo el gigante-. Soy un guerrero famoso entre los míos. Mi xtol che' jamás ha rehuido beber la sangre de un enemigo.

– He oído hablar de ti y de tus hazañas -dijo el Halach Uinich-. Por favor, acepta mi hospitalidad.

Invitó al guerrero a sentarse junto a él y pidió a las mujeres que le trajeran otro cigarro encendido. Era una delgada caña rematada por un nudo de hojas de tabaco bien apretadas a la que los mexica llamaban acáyetl. Las mujeres trajeron también un gran tazón de fresco chocolatl, con casi dos dedos de espuma. Pero Koos Ich rechazó aquellas golosinas extranjeras y permaneció en pie.

– Halach Uinich -dijo-. He venido libremente para luchar sobre la piedra de los gladiadores. No soy un prisionero de guerra, por tanto, tengo derecho a elegir la forma y el momento del sacrificio.

– Beey. Ésa es tu prerrogativa.

– Hoy mismo, al mediodía, pues los dioses así me lo han demandado. Si su voluntad es que sobreviva al combate, deseo que me entreguéis al lo'k'in putum que tenéis prisionero.

– ¿Esperas sobrevivir al sacrificio, gladiador? -le preguntó el Halach Uinich, algo irritado por la presunción del guerrero.

– Con la ayuda de Itzamna. Pero debo enfrentarme a tus guerreros y no a los mercenarios mexica que ya he visto que habitan en esta ciudad de piedra. ¿Encontrarás guerreros entre los tuyos con suficiente valor como para luchar contra un itzá desnudo y desarmado?

El Halach Uinich sonrió con desdén y se volvió hacia el sacerdote:

– ¿Qué opinas tú de la extraña petición de este bravo?

El Ahuacán soportó sin pestañear la mirada de su señor. Le estaba demandando una profecía, la obligación formal para iniciar sus acciones. El anciano sacerdote llamó a uno de sus acólitos y le pidió que registrara sobre papel sagrado sus palabras. Cortó un pequeño fragmento de una de sus orejas, dejó que la sangre goteara sobre el papel y dijo:

– El Universo se muere, el Sol agoniza, y el lo'k'in putum, es el mensajero del final. La sangre debe correr para que el Universo siga existiendo y vosotros, los itzá, debéis colaborar con vuestra carne y vuestra sangre para satisfacer el hambre de los dioses. Quizás el sacrificio de un solo itzá ya no sea suficiente, pero es aceptado.

Koos Ich se mostró impasible ante la amenaza del sacerdote, e hizo una petición más:

– Deseo ver al lo'k'in putum antes del combate.

– ¿Por qué motivo? -preguntó el Halach Uinich.

– Así debe ser. Estoy en mi derecho.

El señor de Amanecer se volvió entonces hacia su sacerdote y ordenó que se cumpliera la petición del guerrero.

Cuando el itzá se hubo marchado, el Halach Uinich volvió a concentrarse en el impresionante panorama. El sol trepaba por la pirámide del cielo e iluminaba el mundo. No podía comprender los mecanismos de los que se servían los dioses para mantenerlo en lo alto, pero tampoco había podido descubrir en qué consistía la naturaleza de aquellos extraños que habían sido empujados hasta su costa. El día que llegaron, los estudió con frialdad y atención, pero no supo decidir si eran animales de dos patas, con falso aspecto de hombres, o seres de madera o de maíz blanco como los que habían habitado los mundos anteriores al suyo. Intentó interrogarlos, pero en seguida comprendió que no hablaban una palabra de su idioma. Repitió sus preguntas en la lengua secreta Zuyua, con el mismo resultado descorazonador. No entendían, y esto era en sí mismo asombroso. ¿Mandarían los dioses como mensajeros a hombres de madera, salvajes, extraños, incultos, bárbaros, incapaces de comunicarse de alguna forma? Quizá sí, hacía mucho tiempo que él había renunciado a comprender a los dioses.

Pero en ningún caso osaría enfrentarse a sus designios.

Lo'k'in putum, «hombres de madera». Porque, como se lee en los textos antiguos, en el tercero de los mundos los hombres fueron creados de madera. No sabían pronunciar palabras y por eso mismo fueron destruidos por el Gran Formador. Entonces le mostraron el disco de oro que llevaba uno de ellos, grabado con los caracteres de los dioses, y comprendió el significado de todo aquello, antes incluso de que el Ahuacán se lo interpretara: los dioses habían enviado a aquellos hombres extraños como víctimas para el sacrificio, pero habían preservado a uno de ellos para que les comunicara su voluntad.

Cosa que haría, sin duda, cuando él quisiera.

Había pasado un año tzolkín desde entonces, y el lo'k'in putum aún no había dicho nada de interés, pero la llegada del guerrero itzá abría nuevos interrogantes.

– ¿Qué opinas de ese guerrero? -preguntó al Ahuacán cuando éste regresó.

– Es un hombre osado y valeroso…

– Es un guerrero águila. Un luchador del Sol.

– Eso es evidente, Halach Uinich.

– ¿Qué puede buscar aquí?

– La muerte. Sin duda resulta una víctima muy apropiada para la piedra de los gladiadores. Dejémosle que muera en ella.

– ¿Y si sobrevive? ¿Debemos entregarle al lo'k'in putum?

El anciano hizo un gesto de distensión acariciando los abalorios de jade de su collar, y dijo lentamente:

– Dejemos que los dioses hablen.


3

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– Yo soy Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin al-Jatib.

Cada día se obligaba a pronunciar su nombre en voz alta, pues el temor de olvidarse de quién era, de su pasado, era cada vez mayor.

Sus maestros decían que el hombre fuerte es aquel que se regocija de ver cómo su mundo se le escapa entre las manos.

Él no se sentía fuerte en absoluto, pero seguía viviendo.

Los primeros días parecían haberse estirado hasta el infinito. ¿De verdad habían sido días? A Lisán le habían parecido meses, años… En realidad tenía un recuerdo muy vago de ellos. Después de la ceremonia lo habían encerrado, solo, en una choza. Recordaba haber pasado las horas tumbado sobre la paja que cubría el suelo y las lágrimas escurriéndose sin ningún esfuerzo de sus ojos. Habían entrado en la choza para traerle comida en cuencos de barro que habían dejado frente a su rostro. Luego habían regresado a retirar los cuencos, que no había tocado. Y apenas se había movido, con la mejilla pegada al suelo, respirando el polvo mezclado con sus lágrimas y rogándole a Dios que lo librara de una vida que ya no deseaba seguir viviendo. No con el recuerdo de ese día…

– ¡Sobrevive!

Lo había oído con claridad. No podía ser un sueño, Lisán aún sentía en sus oídos el eco de la voz de Ahmed gritándole:

– Sobrevive, hermano. ¡Sobrevive!

Lisán se había incorporado un poco y había aguzado el oído. El interior de la choza seguía oscuro y sólo unos trazos de luz se colaban entre los palos que formaban las paredes. A lo lejos se oían algunas voces parloteando en aquel idioma incomprensible y el cloqueo de las aves gordas que correteaban libres por el poblado… No, él lo había oído claramente. A Ahmed, a su hermano…

¡Sobrevive! Era una señal de Dios, no podía ser otra cosa. Se acercó a uno de los cuencos y estudió su contenido. Introdujo los dedos en él. Era una especie de gacha fría, amarilla y espesa. Se la llevó a los labios y sintió un sabor dulzón, muy aromático, que le pareció delicioso. ¿Cuánto tiempo llevaba sin comer? Rápidamente dio cuenta del contenido de aquel cuenco y tomó otro. Estaba cubierto con una tapa, para que mantuviera el calor. Se lo llevó a la nariz para olerlo. El vientre se le estremeció con una arcada. Arrojó el cuenco bien lejos, que se estrelló contra una de las paredes y se rompió, derramando su contenido. Se tapó la nariz con ambas manos para no olerlo. Era carne. Carne asada. Debía de ser la carne de uno de aquellos pajarracos gordos, pero en realidad a Lisán no le importaba. El olor a la carne humana asándose al fuego se había pegado al interior de su nariz como una costra endurecida. Seguía sintiéndolo, cada vez que respiraba, y el hedor de aquella carne que estaba ahora derramada por el suelo de la choza le parecía insoportable. Intentó taparla, arrojándole puñados de paja, pero seguía oliéndola. Volvió a hacerse un ovillo y a pegar el rostro contra el suelo.

«Sobrevive», le había dicho su hermano.

– De acuerdo, lo haré. Pero dame un poco de tiempo.

Una semana después, los sacerdotes lo condujeron a un edificio anexo a uno de los grandes templos de la ciudad, donde imaginó que iban a prepararlo para su inevitable sacrificio. Caminó con dificultad, pues el golpe que había recibido en los riñones le había hecho orinar sangre durante días, y seguía sintiéndose muy débil. Al atravesar sus puertas de piedra se vio en el interior de un amplio espacio casi vacío. Allí no había muebles de ningún tipo, tan sólo esterillas de algodón donde, como silenciosos buitres, se sentaban otros sacerdotes de rostro arrugado y mirada perdida. Sólo unas tablas de madera decoradas con plumas repartían el espacio interno. El suelo era de tierra rojiza apisonada, y las paredes estaban blanqueadas con cal y decoradas con frescos. A través de las pequeñas ventanas cuadradas apenas entraba la luz, y uno de los rincones estaba iluminado gracias a unas antorchas de madera resinosa. Un sacerdote, casi tan anciano como el Ahuacán, lo esperaba en aquel rincón, sentado tranquilamente sobre una estera. Vestía de negro y tenía los cabellos enmarañados por la sangre seca.

Obligaron a Lisán a sentarse frente a él. El viejo sacerdote tenía en sus manos el disco de oro que un día le diera Baba y que los hombres-tigre le habían arrebatado. Se inclinó hacia Lisán y colgó nuevamente el disco de su cuello. Sin comprender nada de lo que estaba pasando, el andalusí permaneció sentado sobre la estera, con el torso erguido. El sacerdote tenía junto a él un cesto lleno de flores de corola amarilla. Levantó una de ellas ante el rostro del andalusí y dijo, pronunciando muy lentamente, tal y como alguien le hablaría a un niño sordo:

– Lool.

Lisán asintió.

– Lool… Entiendo que significa algo así como «flor»… o quizá «amarillo»… ¿Qué es lo que pretendes hacer? ¿Enseñarme tu idioma?

No podía imaginar para qué, si su destino era el sacrificio. Pero tampoco era comprensible por qué sus hermanos habían sido cuidadosamente curados para luego ser cortados en trozos por aquellos mismos sacerdotes.

– Lool -repitió el anciano. Y con paciencia fue colocando una a una las flores frente al extraño mientras recitaba-: Hun lool, ka'lool, óox lool, kan lool…

Al colocar la quinta se detuvo. Observó el rostro del extraño para comprobar que éste permanecía atento y usó el extremo del mango de su abanico para trazar una línea recta en la arena, bajo las flores.

Y cinco, comprendió Lisán. Bajó la vista hacia su pecho y comprobó que ésos eran precisamente los símbolos grabados junto a las perforaciones del disco de oro. Un punto significaba «uno» y cada raya horizontal tenía un valor de cinco. Miró al anciano y asintió para indicarle que había entendido. El viejo sacerdote apartó las flores y borró con la mano la línea trazada en la arena. Luego, dibujó cuidadosamente una concha y el faquih dedujo, admirado, que aquel símbolo significaba «cero».

Habían empezado a comunicarse.

Más tarde supo que el nombre del viejo sacerdote era Namux, y que era el chilán, el encargado de oficiar las ceremonias de sacrificio. Aquel que embadurnaba con sangre la cara del dios al que se honraba, aquel que tenía derecho a las manos y los pies del sacrificado. Namux pertenecía a la etnia xiu, por lo que a pesar de su gran sabiduría jamás podría llegar a convertirse en Señor Serpiente, ni ocupar un puesto en el Ah Cuh Caboob, el consejo de ancianos. Sin embargo, había sido maestro del propio Halach Uinich, por lo que era respetado por todos. También, y esto era lo extraño, por Lisán, que poco a poco lo fue considerando como una persona llena de dignidad, como un viejo y sabio qadi, que se esforzaba en hacer bien su trabajo. Con el paso de los días, Namux lo fue instruyendo en aquella milagrosa matemática como primer paso para que aprendiera su lengua.

Lisán se entregó en cuerpo y alma a las lecciones. Sobreviviré, Ahmed. Por un tiempo al menos. Mientras estuvieran ocupados enseñándole no lo sacrificarían.

Empezó a vislumbrar el mundo en el que vivían aquellos hombres, y éste era mucho más complejo de lo que pudiera haber imaginado. ¿Cómo había surgido una cultura tan extraña como aquélla? Temible y sanguinaria y, a la vez, sabia y refinada. La sorpresa continuada de aquel mundo le hacía deducir que se hallaba en una tierra desquiciada, donde convivían hallazgos contrapuestos. No había visto, por ejemplo, más que herramientas de piedra, propias de los salvajes más primitivos. Parecían desconocer los metales, excepto el cobre de los collares con que se decoraban. Tampoco había visto ruedas, ni carruajes, ni animales de tiro: los fardos más pesados eran transportados directamente sobre las espaldas. Como sistema de iluminación usaban antorchas, en vez de velas o candiles de aceite. Al mismo tiempo, eran capaces de levantar aquellas increíbles construcciones que desafiaban los secretos de los arquitectos del antiguo Egipto, y sus matemáticas les permitían resolver operaciones que habrían amedrentado a los más sabios de su país.

Además, estaba el recuerdo de lo sucedido aquella noche, tras el sacrificio de sus hermanos, cuando contempló cómo uno de aquellos guerreros cubiertos con la piel de un tigre se transformaba, ante sus ojos, en una bestia. Lisán dudaba de ese recuerdo, no podía creer que fuera otra cosa que una alucinación producida por el terror y la fiebre. Pero si había sido una pesadilla, era tan horriblemente real que esa imagen había quedado marcada en su mente. Casi podía volver a verla cada vez que cerraba los ojos. Empezaba a considerar que quizá fuese cierto todo lo que le había contado Baba sobre demonios que convivían con los hombres.

Y, cuando hubo aprendido lo suficiente de aquel idioma, pudo al fin descifrar las misteriosas palabras que habían sido pronunciadas ante la vista del disco dorado y que él había guardado en su mente. H-uuch-been uinicoob: «Es de los Hombres Antiguos».

El nombre de la ciudad en la que estaba prisionero era Zama, una palabra que significaba «Amanecer»; no en la lengua que estaba aprendiendo, sino en otra más antigua. «Zama» le recordaba el nombre de una ciudad de al-Andalus, pero los hermosos amaneceres que se podían contemplar desde los acantilados le daban la única alegría que tenía cada día: la salida del sol, que le indicaba dónde estaba su mundo, su casa y sus lugares sagrados. El resto del día, las semanas, los meses, se iban desgranando como elotes en las manos de las mujeres nativas. Perdida la esperanza de regresar a su mundo, se fue hundiendo en la monotonía de la existencia. Su mente desconcertada veía pasar los días con indiferencia y aceptaba las lecciones de aquel viejo sacerdote. A veces pensaba en escapar, aunque no podía imaginar cómo. ¿Qué podría conseguir si lograba robar una canoa de entre las muchas que descansaban en la playa? ¿Volver a estar a merced de las olas, cocerse los sesos al sol y morir a la deriva? ¿O escapar hacia la jungla y perderse solo en aquel sudario verde? El mar a la espalda, la selva delante. De aquí no hay huida posible que me asegure el sobrevivir, hermano.

Koos Ich había entrado en la suave penumbra de la choza del lo'k'in putum y lo observaba con detenimiento. Estaba sentado en un rincón, con la espalda contra una de las paredes de palos, la cabeza inclinada sobre el pecho, donde brillaba el disco con los caracteres mágicos. El guerrero descubrió que era más extraño de lo que hubiera podido imaginar. Tenía, en efecto, el cuerpo pálido y cubierto de pelo como un animal, su cara era afilada y sus cabellos desgreñados, de tonos diversos que iban del marrón al blanco. En sus ojos, también de un color imposible, había un odio y un temor que Koos Ich no supo interpretar. Desprendía un olor desconcertante que impregnaba el interior de la choza.

– ¿Puedes entender mis palabras? -le preguntó el guerrero en la Lengua Sencilla.

Lisán alzó la vista y lo miró.

Tenía ante sí a un hombre de impresionante musculatura, mucho más alto que cualquier nativo que hubiera visto hasta ese momento. Su porte era orgulloso y, en cierta manera, distinguido. Como todos los nativos, llevaba el cabello muy largo y muy negro, con una zona desprovista de pelo en la parte alta de la cabeza y el resto cuidadosamente trenzado y enrollado como una corona de la que colgaba una larga cola por detrás. Su pecho estaba decorado con complejos dibujos de color negro y cicatrices coloreadas con alguna tinta grababa su piel. Las palabras sonaban extrañas en sus labios. Hablaba un dialecto ligeramente distinto del conocido por Lisán.

– Te entiendo… -le respondió, poniendo en práctica lo aprendido-. Si hablas lentamente…

– Yo soy Koos Ich -dijo el gigante llevándose la mano al pecho-. Y he venido para sacarte de aquí.


4

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Dos horas antes del mediodía, los cocom se presentaron ante la choza de Koos Ich y sacaron de ella al guerrero. Lo sentaron en una silla con andas y lo llevaron en procesión, rodeado por el estruendo de los tambores y el humo del copal.

En la explanada situada frente a la pirámide, los sacerdotes habían colocado una gran piedra de unos diez codos de anchura. Tenía forma de rosquilla y en su gran agujero central encajaba un tronco petrificado, tallado y adornado con plumas, como un pájaro gigante que vigilara los danzantes movimientos de los hombres situados a su alrededor. No eran muchos pues, dado lo apresurado de la ceremonia, apenas se habían reunido allí algunas decenas de guerreros y unos cuantos sacerdotes.

El fuerte ritmo del Holkan Okot marcaba el paso de los cocom, retumbaba continuamente en la tierra y contagiaba el frenesí del baile. Los sacerdotes arrojaban al fuego de un brasero corazones hechos de sangre humana amasada con maíz y resinas aromáticas, mientras invocaban por sus nombres a los dioses del inframundo y el supramundo. Varios nahual contemplaban la ceremonia desde cierta distancia. Koos Ich observó que el lo'k'in putum estaba en medio de ellos. Dos sacerdotes se acercaron al guerrero itzá y pintaron su cuerpo con una espesa tintura azul. Esparcieron flores de balché sobre su pelo, mientras cantaban:

Ah'papal h'muukan uinic ppizan chimalil'

c-yooc loob t-chumuc c'ki uic ut-tial u-h'

ppizu u muukoob-t X-Kolom-ché Okoot.

Tu chumuc c'ki uic yam un-ppel xiib

kaxan tu chum ocom tuniich cici bonan

yetel x-ciihchpam h'ch'oo. [19]

Luego lo condujeron hasta la piedra del sacrificio, ante la que danzaban dos nativos ataviados con una camisa y un calzón cubiertos de plumas de hermosos colores. Eran los gladiadores elegidos por el Ahuacán. Uno lucía sobre la cabeza un tocado que representaba el pico y la cola de un pájaro quetzal de color verde, el otro el de un pájaro azul. Iban armados con macanas y se protegían con rodelas tan pequeñas que apenas cubrían la mano y la muñeca.

Los sacerdotes ataron a la cintura de Koos Ich una larga soga, que estaba sujeta al tronco decorado como un pájaro y le entregaron la macana ritual, en la que los filos de sílex habían sido sustituidos por inofensivas plumas blancas. El itzá pasó un dedo sobre éstas y se permitió una mueca irónica. El combate no iba a ser muy equilibrado; la cuerda limitaba sus movimientos y su arma era prácticamente inofensiva. Por el contrario, los dos gladiadores estaban libres y era de suponer que eran los mejores guerreros de Amanecer. Todo aquello podía tener la apariencia de un duelo, pero no era otra cosa que una forma más de sacrificio.

Hacía calor. El guerrero itzá hincó una rodilla al borde de la piedra en forma de disco y dejó pasar unos instantes para sentir el sol en la cara, abrir los brazos e invocar a sus propios dioses. Sintió que su alma estaba bien amarrada a aquella realidad. Si moría en el combate, regresaría tarde o temprano, eso no le preocupaba; pero sí la posibilidad de fracasar en su misión y que el extraño se perdiera. Los dos cocom disfrazados de pájaros se movían lentamente a su alrededor, expectantes como fieras ansiosas de sangre. Koos Ich los observó con calma y pensó que todo era una ilusión. En realidad estaban tan atados como él, e imaginó los largos y flexibles tendones del chu'lel surgiendo del suelo y extendiéndose hasta el punto de anclaje de cada uno de los gladiadores. Por supuesto, esto era invisible en el plano que percibían los sentidos comunes y un guerrero jamás cometería la locura de tomar el kuuxum antes de un enfrentamiento. Pero estaban allí. Tuvo esa imagen a la vez que comprendía que había llegado el momento. Medita, calcula, reza… y, al final, lánzate hacia la muerte sin que te importe nada, excepto vencer. Se puso en pie, asió con fuerza la empuñadura de la macana, echó la cabeza hacia atrás e hizo una señal para indicar que ya estaba listo para combatir.

El Ahuacán sacrificó a un perro y arrojó su corazón a las llamas. El sonido de una caracola fue la señal de que ya podía comenzar la lucha.

Los gladiadores atacaron a la vez, silenciosos, desde dos direcciones distintas. Koos Ich oyó el susurro de sus plumas mientras se movían y el roce de sus pies contra la arena. Sintió su corazón latiéndole en las sienes. Tenía cierta ventaja por su posición elevada sobre el disco del sacrificio, pero no le iba a resultar fácil mantenerla.

El primer golpe del gladiador azul arrancó astillas del arma ritual de Koos Ich, pero consiguió pararlo. Por el rabillo del ojo vio al verde blandiendo con las dos manos su macana y le lanzó una patada que a punto estuvo de alcanzarlo en pleno rostro. Lo que sin duda lo hubiera puesto fuera de combate.

Así acabó el primer contacto. Los dos cocom retrocedieron unos pasos, agazapados como dos leones hambrientos frente a una presa que parecía peligrosa, a la que era necesario estudiar con más calma para descubrir su flanco más desprotegido antes de volver a atacar.

Pero Koos Ich los sorprendió.

Brincó fuera de la piedra del sacrificio, por encima de sus cabezas, un salto impresionante que lo llevó a aterrizar sobre la arena de la plaza, justo detrás de ellos. Sin detenerse, se lanzó hacia delante hasta que el salvaje tirón de la cuerda al tensarse lo retuvo.

El gladiador del tocado de quetzal fue el primero en reaccionar. Giró sobre sus talones y cargó contra Koos Ich. Una borrosa figura de rutilantes plumas verdes que descargó un feroz mazazo en cuanto lo tuvo a su alcance. El itzá intentó desesperadamente pararlo, interponiendo su macana de madera y plumas, pero el golpe fue tan violento que el arma rebotó contra ella y únicamente consiguió desviar un poco su trayectoria. Los filos de sílex lo alcanzaron y le abrieron varios tajos paralelos, muy profundos, en el pecho.

La primera sangre salpicó y se oyó un alarido de júbilo surgir de los presentes al ver al extranjero herido. Sin embargo, Koos Ich había conseguido lo que buscaba a cambio de esa sangre. Ahora estaba en la posición correcta para realizar la maniobra que había planeado. Esquivó sin dificultad un nuevo golpe lanzado por su atacante verde y, sin molestarse en responderle, giró a su alrededor, lo enredó con la cuerda y lo derribó.

El júbilo de los espectadores se transformó en un murmullo de sorpresa. El otro gladiador tardó un instante en reaccionar. Perdió un tiempo valiosísimo intentando advertir a su compañero cuando comprendió lo que el itzá se proponía. Más que suficiente para que Koos Ich rodeara el cuello del guerrero verde con la soga y lo obligara a ponerse en pie. Se apretó contra su espalda e interpuso su cuerpo como escudo frente al azul.

El cocom que se había transformado tan inesperadamente en prisionero del hombre que pretendía sacrificar parecía desesperado. Soltó la rodela y la macana y se llevó las manos a la garganta intentando introducir los dedos entre cuerda y piel para aflojar el lazo y respirar.

– Relájate -le susurró Koos Ich al oído-. Esto va a acabar pronto.

La tranquilidad de sus palabras aun enfureció más al gladiador, que se debatió con todas sus fuerzas y lanzó patadas hacia atrás intentando alcanzar las espinillas de Koos Ich.

El gladiador azul miraba a los dos hombres, pegados uno contra otro en una extraña danza que parecía casi obscena. No sabía qué hacer. Cómo enfrentarse a aquella situación tan inesperada. Lanzaba titubeantes golpes con su arma, pero Koos Ich interponía con destreza el cuerpo del gladiador verde. A la vez, retrocedía lentamente y obligaba a su presa a seguirlo alrededor del disco de piedra, al que seguía unido por la soga. Los dos gladiadores cocom sentían la mirada de todos los presentes, y la vergüenza y la rabia de haber sido puestos en esa situación.

Hubo un largo intervalo de silencio en el que nadie parecía saber qué hacer a continuación. Todo se había detenido de momento. Koos Ich podía oír la sangre de su pecho salpicando sobre la arena, como las primeras gotas de un chaparrón.

De repente, un feroz alarido de guerra rompió aquel momento de silencio y el gladiador azul arremetió lleno de rabia. Descargó un golpe salvaje, que buscaba partir en dos el cráneo de Koos Ich. Pero éste interpuso a su prisionero y fue él quien lo recibió entre el cuello y el hombro. Un solo golpe, pero que le desgarró las arterias e hizo brotar de ellas un violento chorro de sangre.

El guerrero itzá tuvo una breve visión mientras aquel hombre moría entre sus brazos, lo había visto en un par de ocasiones y lo imaginó allí mismo con nitidez: el tentáculo del chu'lel soltándose de su punto de anclaje en la espalda del agonizante y replegándose a toda velocidad como un luminoso miembro amputado.

El gladiador azul dio un respingo y retrocedió, asombrado por lo que acababa de pasar. Su compañero arrojaba sangre por la boca y su vida se extinguía ante sus ojos. No podía ser. Se quedó mirando el cuerpo derribado, temblando de rabia. La multitud también miraba asombrada, casi en silencio. La respiración agitada de los dos combatientes y el jadeo del moribundo eran el sonido más fuerte.

Koos Ich se deshizo del cuerpo inerte y reculó alrededor del disco de piedra. El gladiador azul saltó sobre el cadáver y se abalanzó tras él. Le dio alcance y le atravesó con un golpe de derecha a izquierda. Los dientes apretados, la hiel en la garganta: ¡Muere!

El itzá levantó la mano izquierda y contuvo el descenso del arma en el aire, sujetándola por el mango. Al mismo tiempo, golpeó con la derecha el costado de su enemigo, con la mísera macana de plumas, por lo que no consiguió hacerle ningún daño. El gladiador se zafó y, con toda la rabia acumulada empujando su brazo, descargó un nuevo machetazo directamente en la garganta del extranjero. La pala de madera trazó un arco silbante y se estrelló contra la macana de plumas interpuesta como escudo.

Esta vez el choque fue tan violento que el arma del itzá se partió en dos. Koos Ich se deshizo de aquel trozo de madera astillado y siguió retrocediendo hasta que sus piernas tropezaron con el borde de la piedra del sacrificio y no pudo seguir haciéndolo. El cocom embistió entonces, con el rostro desencajado. Sus ojos relucían con una maníaca alegría tras la máscara de plumas azules. Había comprendido que el itzá ya no tenía escapatoria.

– ¡Ahora muere, maldito! -gritó.

Pero Koos Ich no estaba dispuesto a ponérselo tan fácil. Se inclinó hacia un lado y dejó que la macana pasara rozándole el costado desnudo. Luego, flexionó las piernas para tomar impulso y dio un espectacular salto. El siguiente tajo del gladiador sólo pudo cortar el aire, mientras el itzá, desequilibrado, caía de espaldas sobre la superficie plana de piedra.

Inmediatamente, rodó para alejarse de su enemigo que ya estaba sobre el disco del sacrificio, dispuesto a perseguirlo hasta el fin. Mostrando los dientes con un gruñido y con los ojos llameantes, el cocom lanzaba machetazos que arrancaban esquirlas de la piedra. Golpe. Golpe. Intentaba cazar a su escurridizo y desarmado oponente, que giraba sobre sí mismo, a toda velocidad, para esquivarlos.

Koos Ich alcanzó el otro extremo del disco y se dejó caer al suelo. Se arrastró frenético sobre el polvo. Su objetivo era la macana con filos del gladiador muerto. La tenía casi al alcance de la mano. Estiró un brazo todo lo que pudo… pero era imposible. No llegaba. Por sólo un palmo, la cuerda se lo impedía.

Tras él aterrizó su implacable perseguidor. Avanzó lentamente, sin prisas, con cierta solemnidad. Sabía que esta vez el itzá iba a morir y quería recuperar un poco de la dignidad que había perdido durante aquel estrafalario combate.

El cocom estaba casi sobre él. Koos Ich se volvió y lo miró directamente a los ojos. Pudo ver los restos de la furia irracional que se había apoderado de aquel hombre, que no esperaba ver morir a su compañero a manos de un sacrificado. Y también observó otra cosa: la cuerda que ataba su cintura estaba ahora entre las piernas del cocom…

La ira te reduce a un ciego manojo de reflejos.

Agarró la soga con las dos manos y tiró de ella con todas sus fuerzas.

La cuerda se tensó y golpeó al gladiador en los testículos. Paralizado por el dolor, cayó de rodillas, sin respiración, con los dientes apretados y las dos manos en la zona dolorida.

Koos Ich se incorporó con calma. El gladiador se retorcía en el suelo. Le robó su macana y de un tajo puso fin a su sufrimiento. Después, cortó la soga que todavía lo mantenía unido a la piedra del sacrificio y se volvió hacia sus enemigos, desafiante, con el arma firme entre sus manos.

A su alrededor se había producido un silencio mortal. Nadie quería creer lo que acababa de suceder. El guerrero itzá no soltó la macana. Avanzó con ella en la mano, lentamente, entre las filas de nativos que se apartaban a su paso, y se dirigió a donde estaban los nahual. La sangre le resbalaba por el pecho hacia el estómago. Ni siquiera miró a los engendros cuando le hizo una seña a lo'k'in putum y le dijo:

– Vamos, estás libre. Puedes seguirme.

Lisán parecía perdido en medio de los nahual, los tétricos guerreros cubiertos con la piel de un jaguar. Dio un tímido paso hacia Koos Ich.

– Ven -lo apremió éste.

El andalusí caminó hasta situarse junto al guerrero itzá. Notaba a su espalda la tensión de los nahual, que vibraban de rabia y ganas de saltar sobre él. Pero ninguno de ellos hizo el menor movimiento para detenerlo.

– Estás… herido -le dijo al guerrero.

– No te preocupes por eso. Ahora sígueme en silencio y no apartes los ojos del suelo. ¿Me has entendido?

– Beey!

De esta forma, el guerrero y el faquih dejaron atrás a los nahual y caminaron juntos entre los atónitos nativos que se habían congregado para presenciar el sacrificio.

Cuando llegaron frente al Halach Uinich y el Ahuacán, este último les dijo:

– Los dioses te han favorecido hoy, guerrero.

Koos Ich se detuvo pero no miró al sacerdote.

– Su voluntad es que me dejéis marchar con el lo'k'in putum.

– ¿Conoces tú la voluntad de los dioses?

Lisán apenas notaba la ansiedad en las voces. Se obligó a hacer lo que el guerrero le había indicado y no levantó los ojos del polvo del suelo.

– La conozco a través de los sacerdotes de mi pueblo -dijo Koos Ich-. Ellos me dijeron que vencería en esta batalla y que permitiríais que el lo'k'in putum viniera conmigo.

– Entonces, ¿quiénes son los hombres para oponerse a su voluntad? Ve, guerrero, porque lo que hoy has hecho aquí será largamente recordado.

Koos Ich no miró en ningún momento al sacerdote ni al Halach Uinich. Al escuchar las últimas palabras del Ahuacán, asintió con humildad y empujó suavemente a Lisán para que siguiera caminando. Los dos hombres alcanzaron la puerta de la muralla y salieron de la ciudad.

El Halach Uinich contempló cómo desaparecían y luego se volvió hacia el Ahuacán.

– Los dioses nos enviaron al lo'k'in putum con algún propósito -dijo-. No me gusta verlo marchar sin saber cuál era.

El Ahuacán se volvió hacia el Halach Uinich.

– La guerra de los dioses empezó antes de que el propio mundo existiera -dijo-. Esto es un pequeño acontecimiento en su devenir. Hoy, el final de los itzá está definitivamente más cerca.


5

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Salieron de la ciudad de Amanecer y, tras rodear su muralla, llegaron a la playa. La recorrieron en silencio. Durante un trecho fueron seguidos por un grupo de jóvenes guerreros cocom que los increpaban, desafiando a Koos Ich a pelear, aunque éste no hizo el menor caso de estas provocaciones. Finalmente se cansaron, dieron media vuelta y regresaron a su ciudad.

Lisán llevaba horas caminando bajo el sol, junto a aquel nativo que había luchado para rescatarlo y no había cruzado una palabra con él. Marchaba como un autómata, clavando un pie tras otro en la arena, y sin levantar apenas los ojos del suelo, mirando un par de pasos por delante de él, como si allí estuviera dibujado todo su futuro. El camino místico tal y como lo concibe el sufismo es aquel en que el hombre muere a su naturaleza carnal a fin de renacer in divinis y así llegar a estar unido con la Verdad. Quizás él había realizado ya ese camino, aunque más bien sentía que Allah lo había arrojado de cabeza a él.

¿Qué quedaba en ese momento del Lisán al-Aysar ibn Barrayan que había vivido en Granada? Muy poco, a juzgar por lo que le indicaban sus sentidos, apenas unos pies avanzando por la arena… Sentía haber estado dormido durante un año entero y empezar ahora a despertar, lenta y dolorosamente.

– Ahmed, hermano -musitó-, ojalá estuvieras ahora a mi lado…

Koos Ich se detuvo, sorprendido por aquellas palabras que no pudo comprender.

– ¿Qué te pasa? -le preguntó.

De repente, los huesos de sus piernas parecían haberse transformado en sebo tibio. Lisán se dejó caer de bruces sobre la arena y empezó a llorar de forma desesperada, permitiendo que sus sentimientos, después de tanto tiempo contenidos, aflorasen al fin. El itzá lo contempló en silencio, asombrado por la reacción del lo'k'in putum, pero respetándola.

– Todos mis hermanos -sollozó mientras golpeaba la arena con el puño- fueron asesinados por esos salvajes. Malditos… Malditos sean…

– No debes odiarlos -le dijo Koos Ich-, porque ellos no odiaron a tus amigos. Les dieron la muerte de un guerrero, algo que está cargado de honor.

Lisán alzó el rostro lleno de arena y se quedó mirando a aquel hombre. No estaba seguro de haber comprendido sus palabras.

– ¿Qué dices? ¿Honor? Los mataron como a animales. Los descuartizaron ante mis ojos, y devoraron su carne como si no fueran más que ganado.

– Los hombres somos el alimento de los dioses, y eso es algo sagrado para los mexica y sus aliados cocom. Tus amigos fueron tratados como guerreros o como hombres santos.

– ¿Y por qué no acabaron también conmigo?

– No lo sé exactamente, hombre de madera. Están sucediendo cosas sorprendentes y no soy yo quien debe interpretarlas. Ahora debemos seguir caminando, porque nos esperan y debemos llegar antes de que caiga la noche.

Pero Lisán no se movió de donde estaba.

– ¿Quién me espera? ¿Qué es todo esto? ¿Quiénes eran esas gentes que sacrificaron a mis hermanos? ¿Quién eres tú? No voy a dar un paso más si no me aclaras adónde me llevas. Respóndeme o tendrás que arrastrarme por toda la playa.

– Podría hacerlo, hombre de madera, pero no lo deseo.

– Habla entonces.

Lisán seguía tumbado sobre la arena y el itzá se acuclilló frente a él.

– Tú ya has visto a los nahual -le dijo al andalusí.

– ¿Los nahual?

– Los engendros. Tú los viste en la ciudad amurallada, los hombres-jaguar que deben obediencia a Espejo Humeante, y que al llegar la oscuridad adquieren el poder de transformarse en fieras.

– Entonces es cierto lo que vi -se estremeció Lisán-. No fue una alucinación.

– ¿Viste cómo los nahual se transformaban?

– Beey. Uno de ellos.

– No es extraño. Los nahual, al igual que su señor, Espejo Humeante, son hechiceros. Hace incontables generaciones que su señor, al que ellos conocen como Tezcatlipoca, fue derrotado en… -Koos Ich dudó en usar el término en la antigua lengua Zuyua, y finalmente decidió traducirlo-: La-batalla-al-borde-del-mar, por una coalición itzá liderada por el héroe Itzamna. Tezcatlipoca fue vencido, pero no destruido, y liberó su venganza en la forma de miles de jaguares que dominaron la noche. Ahora una nueva guerra está a punto de comenzar, los dioses están sedientos de sangre y los nahual han regresado a nuestras selvas.

– ¿Y cómo encajo yo en todo esto? ¿Por qué los sacerdotes de la ciudad amurallada no me sacrificaron? ¿Por qué luchaste tú para salvarme?

– Soy un guerrero, no un sacerdote. No puedo resolver todas tus cuestiones porque hay muchas cosas que ignoro. Pero alguien te responderá si vienes conmigo. Vamos, ponte en pie y sígueme… o los nahual nos darán caza cuando llegue la oscuridad.


6

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El sol se hundía en el mar. Teñía de rojo las piedras de un pequeño y solitario templo que se divisaba a lo lejos, en medio de la playa. Lisán distinguió dos estrechas canoas descansando sobre la arena. Junto a ellas, una decena de hombres los esperaban. Salieron a su encuentro y se arrodillaron respetuosamente frente a Koos Ich. Todos iban armados con macanas, vestían taparrabos y petos de algodón y lucían una tonsura semejante en el cráneo.

Cumpliendo con algún ritual, cambiaron el calzado del gigante por unas sandalias hechas de piel seca sin curtir, que quedaron sujetas con dos cuerdas, una que pasaba entre el primero y segundo dedo del pie y otra que lo hacía entre el tercero y el cuarto. Luego le colocaron un nuevo taparrabos cuyos extremos colgaban por delante y por detrás, hasta las rodillas. Estaba ricamente adornado con plumas de colores, y la parte que se enrollaba en torno a su cintura llevaba incrustados ornamentos de jade.

Lisán contempló todas estas acciones con asombro.

– ¿Qué eres? -preguntó-. ¿Una especie de rey o algo así?

El guerrero señaló hacia el templo y Lisán se volvió a tiempo de ver a una figura femenina salir de su interior.

– Ella es una sacerdotisa -dijo- y sabrá responder a tus preguntas.

Mientras la mujer se acercaba a ellos con pasos cortos y elegantes, Koos Ich se anudó una gran manta de algodón alrededor de los hombros y, caminando solo por la orilla, se apresuró a apartarse del grupo. La sacerdotisa se detuvo un momento, para darle tiempo al guerrero de alejarse. Luego avanzó en línea recta hasta el andalusí. Sus movimientos eran suaves y felinos, llenos de gracia y fuerza a la vez. Llevaba el rostro orgullosamente alzado y vestía una sencilla camisa blanca de algodón bordada con flores rojas en el pecho.

– Tú eres el dzul [20] que ha llegado desde el otro lado del mar -dijo-. ¿Eres hombre de madera o dios?

Vive en este mundo como un extranjero o un viajero, aconsejaba un viejo dicho sufí, pero él jamás hubiera podido imaginar una sensación de extrañeza tan absoluta como la que sentía desde su llegada a aquel Otro Mundo. ¿Quién era realmente?

– Soy Lisán al-Aysar ibn Barrayan ibn Xahin -dijo-. Un hombre, señora, pues sólo hay un Dios Único y Verdadero.

La mujer estudió detenidamente su insólito aspecto. Los sacerdotes de Amanecer le habían dado una túnica negra, larga y algo desgastada, que se confundía con el pelo oscuro que le cubría el rostro. Sus ojos, por contraste, eran de un increíble color azul.

– ¿Un dios para controlar todo el Universo y le rezas a él?

– Beey.

– Pues debe de estar muy ocupado, Lisán al-Aysar. No creo que tenga mucho tiempo para atender tus plegarias.

Lisán guardó silencio. Qué distinta le parecía aquella mujer de las hembras que había visto en Amanecer, siempre con los ojos bajos, encorvadas sobre el xamach caliente en el que cocían las tortillas de maíz. Ella lo tomó por el brazo y lo condujo hasta la puerta del pequeño templo. Tenía una planta rectangular, con su puerta principal dividida por tres columnas, y sobre éstas un nicho que contenía una figura tallada. En un brasero ardían formas antropomórficas, hechas con incienso y resinas, y su luz iluminaba la talla de piedra; una monstruosidad con forma vagamente humana pero con cola y alas de águila, representada cabeza abajo, como dispuesta a saltar sobre ellos mientras descendía de los cielos.

Al verlo, Lisán saltó hacia atrás como tocado por un resorte.

– No -dijo.

Ella lo miró extrañada.

– ¿Qué es lo que temes?

– No me vais a sacrificar a uno de vuestros dioses paganos. No voy a aceptar mi destino como hicieron mis hermanos. -Se agachó y recogió una piedra del suelo.

La sacerdotisa alzó la vista y vio que los guerreros habían advertido la actitud agresiva de Lisán. Alzó una mano para calmarlos.

– Nadie va a sacrificarte, Lisán al-Aysar -le dijo la sacerdotisa.

Señaló el ídolo e intentó acercarse a Lisán, que retrocedió un paso pero no soltó la piedra.

– Fíjate -siguió diciendo ella-, él es el Dios Que Descendió. De sus órbitas fluyen dos fuentes de lágrimas que caen al suelo y se extienden a derecha e izquierda. En su corriente crecen las plantas y las flores, la vida vegetal, los peces, los animales de la tierra y el hombre. El Creador llora para engendrar la variedad de los seres que habitan el mundo, llora con dolor cósmico porque toda creación es un acto de dolor y de sacrificio. Y nosotros debemos devolver una parte de ese sufrimiento… Pero no ahora, no en este momento.

Lisán dejó caer la piedra y se sentó en el suelo. Sentía que sus piernas se doblaban. Una vez más, el recuerdo de aquel día le produjo arcadas. Se inclinó hacia delante como si fuera a vomitar. Pero no lo hizo.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó la sacerdotisa.

Miró a su alrededor. Sentía que acababa de despertar de un sueño. Ya era de noche y las olas rompían contra la playa. Qué extraño le pareció estar hablando sobre dioses paganos con aquella mujer vestida de blanco.

– Mis amigos fueron sacrificados -musitó.

Con expresión triste, la mujer lo miró a los ojos y le dijo:

– Lo sé. Ahora es importante que descanses.

Lisán despertó en mitad de la noche. Como tantas otras veces, durante un instante, creyó que todo había sido una horrible pesadilla, que estaba en su habitación, en su casa, y que Ahmed pronto vendría a visitarlo. Pero estaba durmiendo a la intemperie, tumbado junto a una canoa en una playa de la Otra Tierra.

La sacerdotisa estaba frente a él, sentada sobre la arena, con los brazos relajados a ambos lados del cuerpo. Sus ojos eran muy negros y él sintió que su mirada lo llenaba de paz.

– ¿Cuál es tu nombre, señora? -le preguntó.

– Sac Nicte -dijo ella, y empezó a canturrear con una voz muy hermosa:

Desprecia lo que temas y duerme tranquilamente,

porque la alegría se ha presentado en medio de la triste noche.

Ya conoces tu lugar en el horizonte del cielo…

– ¿Eres real? -preguntó él antes de volver a cerrar los ojos. Durmió de un tirón el resto de la noche. Al despertar con las primeras luces del día se sintió hambriento. Recordó que no había probado bocado desde la mañana anterior. Koos Ich y los otros guerreros cocinaban unas tortillas de maíz sobre unas piedras calientes. Se le hizo la boca agua, pero antes debía cumplir con la primera oración del día. Durante los últimos tiempos de su cautiverio la había olvidado en ocasiones, tal era el estado de confusión de su mente. Se acercó a los guerreros y les pidió agua pura. Uno de ellos le entregó una calabaza que llevaba al cinto y Lisán se lavó cuidadosamente la boca, las manos y el resto del cuerpo, de acuerdo con las normas del wudú. Todo esto ante la atenta y asombrada mirada de los guerreros. Luego se volvió hacia donde el sol estaba naciendo y rezó.

Al terminar, orinó en el mar. Los guerreros seguían preparando las tortillas y se acercó para observar lo que hacían. Uno de ellos llevaba consigo una bola de pozol envuelta en una gran hoja verde. El pozol era semejante al zacán, la masa de maíz que se empleaba para hacer tortillas, sólo que la dejaban hervir hasta que se endurecía y formaba una pasta espesa a la que le daban forma de bola. Luego, bastaba disolver la pelota de pozol en un cuenco con agua para conseguir una bebida blanca con aspecto de leche. Cuando estuvo todo preparado, un guerrero se levantó y llevó una ración a Sac Nicte, que seguía en el interior del templo.

Mientras comían, Lisán interrogó a Koos Ich acerca de la sacerdotisa.

– Vosotros cocináis mientras ella reza -dijo-. Es extraño. ¿Acaso en tu tierra las mujeres gozan de más privilegios que los hombres?

– Ésa es la costumbre, porque la sangre se transmite por la madre y no por el padre.

Lisán consideró el asunto, mientras masticaba una tortilla.

– Curioso, sin duda -dijo al cabo de un rato-, pero imagino que tan lógico o ilógico como cualquier costumbre que puedan adoptar los hombres del otro extremo del mundo.

Koos Ich terminó su desayuno y se puso en pie.

– Hoy vamos a emprender un largo viaje a través del mar, hombre de madera, hasta la región de los itzá.

Lisán miró a un lado y a otro, y preguntó:

– ¿Cómo? No veo ningún… -No conocía la palabra para referirse a un barco-. ¿Cómo vamos a viajar?

Koos Ich palmeó una de las canoas y dijo:

– Estos hombres son guerreros-comerciantes; conocen bien la costa y son navegantes muy expertos, por lo que no tienes nada que temer.

Lisán asintió, nada convencido por las palabras del guerrero. Vio que la sacerdotisa había salido del templo y caminaba hacia ellos.

De inmediato, Koos Ich se alejó por la playa. Al observar esto, el andalusí especuló que quizás había algún problema entre ellos y estaban molestos el uno con el otro… En cualquier caso, eso no era asunto suyo.

Sac Nicte se sentó sobre la arena, con la espalda apoyada contra la canoa, y le dijo:

– Desde el templo vi que adoptabas diferentes posturas y que pronunciabas repetidamente unas palabras. Supuse que rezabas.

– Rezaba, en efecto. Y las palabras eran: La ilaha illa-Llah, que significan que no hay más Dios que Allah. Y yo lo recuerdo cada vez que pronuncio esta frase, con la contemplación de su significado, con el corazón despierto, purificado y limpio de todo excepto de Él.

– Perdona mi curiosidad, pero… ¿tu dios es el Sol?

Lisán negó con rapidez.

– No. Dios lo es todo, no sólo el Sol. El mundo existe en la medida que existe en Dios, porque Él forma parte de todas las cosas. Pero debemos rezarle con el cuerpo vuelto a un determinado punto de la tierra. Como está situado hacia el Levante, en esa dirección he rezado.

– ¿Por qué, si dices que está en todas partes?

Lisán dudó.

– Bueno, es así como debe hacerse.

– ¿Tienes alguna imagen de tu dios a la que rezarle? ¿Puedes mostrármela?

– Ma'. [21] Eso no estaría bien. No existen imágenes de Él.

– ¿Por qué?

– Una figura tallada por el hombre no podría representarlo correctamente -dijo.

La mujer miró pensativa hacia el templo.

– Quizá no tenéis buenos artistas en tu mundo -dijo.

Lisán se negó a seguir por ese camino.

– Quiero saber por qué fueron sacrificados mis hermanos y a mí me dejaron vivir. El guerrero me dijo que tú me aclararías esas cuestiones. Y también por qué acudió a rescatarme.

Sac Nicte recapacitó un instante antes de responder. Comprendía que los conceptos que manejaba podían ser incomprensibles para aquel hombre. Ignoraba demasiadas cosas que para ella eran algo habitual.

– Dices que crees en un dios único. Mi pueblo también; su nombre es Hunab Ku, que significa precisamente eso: «Uno Dios». Pero él no se ocupa personalmente de las cosas de este mundo. El Universo es demasiado grande y él tiene otros asuntos que atender, por lo que ha delegado en seres que son muy poderosos, tanto que algunos los llaman «dioses», aunque todos fueron creados por Hunab Ku, al igual que los hombres.

Lisán creyó encontrar un paralelismo entre lo que la sacerdotisa le estaba contando y sus propios conceptos sobre ángeles y ÿinns.

– Beey, eso lo entiendo -dijo.

– Bueno, es posible comunicarse con estos seres poderosos, con esos «dioses», de muchas formas. La sangre es una de ellas. El ahogamiento es otra… Pero también es posible que envíen una imagen suya para que hable en su nombre.

– ¿Una imagen suya?

– Mírate. Tu aspecto es prodigioso, tienes pelo en la cara y los rasgos de un dios llamado Kukulcán. Quizá los sacerdotes de Amanecer decidieron reservar a uno de vosotros como mediador con los dioses.

– Mis compañeros también tenían barba y rasgos parecidos a los míos. Sigues sin explicarme por qué sólo yo me salvé.

– No lo sé, Lisán al-Aysar, quizá tuviste suerte, quizá vieron algo en ti que te diferenciaba de los demás.

El andalusí se llevó la mano al disco de oro que guardaba bajo su túnica y comprendió que eso era precisamente lo que lo había salvado. Pero ¿por qué? ¿Qué significado tenía?

– Ese guerrero, Koos Ich, puso en juego su vida para rescatarme…

Sac Nicte entrecerró los ojos.

– Beey -dijo-, y no sabes hasta qué punto lo que hizo fue memorable. No hay muchas noticias de hombres que hayan sobrevivido al duelo gladiatorio.

– No me sorprende -dijo Lisán-, pero, en ese caso, ¿por qué se arriesgó por mí?

– Nuestros sacerdotes también hablan con los dioses -dijo la mujer-. Cuando lleguemos a nuestra ciudad, a Uucil Abnal, todos sabremos por qué era tan importante que vivieras, Lisán al-Aysar. De momento, alégrate de tu buena fortuna y dale gracias a ese dios tuyo.


7

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Antes de partir, Sac Nicte celebró un breve sacrificio. Sobre una de las canoas, quemó incienso de copal en honor al dios negro Ek Chuah, el protector de los viajeros y de la estrella polar. Después todos ocuparon su lugar en las estrechas embarcaciones.

Lisán se aferró con ambas manos a la quilla tallada en curva. Aquello le parecía tan inseguro como cruzar el mar Tenebroso a bordo de un barril de cerveza. Koos Ich se colocó tras él y tomó uno de los remos.

– No sientas temor, hombre de madera. Sólo mantente dentro de la embarcación.

Sac Nicte abordó la otra canoa. Cuando los remeros se pusieron en pie para iniciar la marcha, se volvió brevemente y sus ojos se cruzaron con los del aterrorizado Lisán, que ni siquiera intentó disimular el miedo que aquellas barquichuelas le producían. La mirada de la mujer fue fría, como la de quien se asegura de que una valiosa pieza de su equipaje está en su lugar.

Los itzá acompasaron con habilidad los rítmicos chasquidos de los remos. La brisa marina alejó los mosquitos que infestaban la playa cuando las canoas empezaron a alejarse de la orilla. Aquellas embarcaciones eran lentas y pesadas, pero sorprendentemente estables. Estaban construidas con un único tronco ahuecado de madera brillante y roja. Parecían más una escultura tallada por un artista que una barca.

– Cada una de ellas es una ceiba sagrada -le explicó Koos Ich sin dejar de remar-. Es necesario buscar los mayores árboles para obtener troncos aprovechables como éstos.

El andalusí iba a preguntar cómo se las arreglaban para talarlos sin herramientas de metal. Pero las olas rompiendo contra unos arrecifes frente a ellos hicieron que su atención se concentrara en lo que tenían delante. El agua parecía tranquila, pero en realidad aún no estaban en mar abierto. Una extensa barrera de coral corría paralela a la costa, protegiéndolos de las olas y encerrando esa zona que era semejante a una gran laguna. Había albergado la esperanza de que fuera posible realizar todo el viaje al abrigo de aquel parapeto, pero ahora observaba que esto era imposible. El espacio entre la línea de arrecifes y la costa era demasiado angosto. Además, en algunos puntos, los corales se fundían con los bancos de arena de algún cabo y cortaban cualquier posible paso. Comprendió que era necesario atravesarlos para poder navegar libremente por alta mar, y ésa parecía ser la intención de los remeros que se dirigían en línea recta hacia la barrera. Lisán se incorporó un poco en su sitio para ver mejor. Las olas rompían frente a ellos contra los arrecifes y no se distinguía ningún paso.

Cuando estaba seguro de que la canoa se iba a estrellar contra el coral, cruzaron milagrosamente por una abertura estrecha y casi invisible para él.

Tal y como había afirmado Koos Ich, aquellos hombres parecían conocer cada palmo de la costa. Tras atravesar el estrecho canal entre los corales, el andalusí observó cómo el agua cambiaba bajo ellos de la tonalidad gris amarillenta al azul profundo del abismo. Ahora no había duda de que estaban en alta mar. Fueron alcanzados por una serie de olas gigantescas que las canoas remontaron con desenvoltura, subiendo y bajando de aquellas colinas líquidas.

La canoa donde viajaba Sac Nicte se perdía de vista una y otra vez para aparecer al cabo de un instante en lo alto de una onda, cabalgando con elegancia sobre la espuma. El mar estaba algo picado y, una tras otra, las olas se precipitaban contra ellos. Pero los itzá remaban sin descanso, puestos en pie, con una perfecta sincronía que no se veía alterada por los embates del mar ni por lo precario de las plataformas sobre las que se mantenían.

Así transcurrió el día y, al atardecer, Lisán distinguió de nuevo la línea azul de la costa. Se estaban acercando a tierra. Atravesaron sobre las espumosas olas que rompían contra la barrera de coral, por un paso que seguía siendo perfectamente invisible para él, y se encaminaron hacia un litoral rebosante de mangles blancos. Aquellos árboles tendrían más de cuarenta codos de altura y sus raíces asomaban rectas sobre la superficie del agua, como un enrejado que formara una barricada infranqueable para las canoas. Unas cintas de algodón rojo estaban atadas a una de aquellas raíces, y el andalusí comprendió que era una señal dispuesta por los itzá para encontrar el paso a un canal que conducía a tierra firme.

Acamparon sobre una tierra viscosa, rezumante de humedad. El aire estaba repleto de mosquitos, que se abalanzaron de inmediato sobre la tierna piel de Lisán. Éste empezó a darse palmadas y bofetones a sí mismo, mientras los itzá no podían parar de reír al ver la irritación que aquellos seres minúsculos le causaban al hombre de madera.

La cena estuvo compuesta principalmente por frutos de los mangles recién recogidos por los guerreros itzá. Lisán sostuvo uno en su mano durante un buen rato, mirándolo con escepticismo. Era una vaina alargada llena de una pulpa amarillenta. Comió un poco y le pareció que era la cosa más amarga y asquerosa que hubiera probado nunca.

– ¡Esto es repugnante! -exclamó.

– Es bueno -le dijo Koos Ich-. Cómelo, porque no hay otra cosa.

– Eso no es cierto -protestó el andalusí-. Tenemos las canoas cargadas de provisiones.

Koos Ich masticó un trozo de pulpa de mangle y dijo:

– Olvídate de ellas. La costumbre es reservarlas mientras vayamos encontrando alimentos frescos.

– ¿A esto le llamas alimento? En ese caso debes saber que mi costumbre es no comer algo con un sabor tan horrible.

– No hay otra cosa, hombre de madera. Lo tomas o lo dejas.

Lisán arrojó a un lado el fruto y se tumbó sobre el lecho de húmedas hojas muertas. Para protegerse de los mosquitos, que zumbaban sin descanso junto a sus orejas, intentó meter la cabeza en el interior de su túnica. Se sentía cansado y miserable. Dio media vuelta e intentó dormir.

Mientras dos itzá establecían un perímetro de guardia, Lisán no dejaba de girar a un lado y a otro, acosado por los mosquitos. Finalmente, comprendió que le iba a ser imposible descansar y se puso en pie. Los guardias lo observaron con curiosidad mientras caminaba hacia la linde del campamento, pero no dijeron nada.

Buscando un poco de soledad, y también para comprobar hasta qué punto se estiraban los límites de su libertad, se internó en la selva. Al alejarse un poco de los mangles el aire empezó a oler mejor y despejó un poco su cabeza. La luna asomaba entre las copas de los árboles y Lisán añoró su lejana ciudad de Granada. Consideró todas las circunstancias que lo seguían arrastrando por una aventura cuyo curso no acertaba a predecir. Se preguntaba si era ya dueño de su destino o si seguía siendo un esclavo con unos dueños distintos, pero no menos crueles. Consideró la posibilidad de huir hacia el sur en una de aquellas canoas. Quizás él fuera capaz de gobernarla en solitario, pero únicamente si podía permanecer al abrigo de la barrera de arrecifes. Enfrentado a las olas de alta mar no duraría ni un instante.

Un suave roce contra las hojas lo hizo volverse rápidamente y vio a alguien acercándose desde la oscuridad. La luz de la luna le descubrió que era la sacerdotisa.

– ¿Los hombres de allí de donde vienes no necesitan dormir? -preguntó Sac Nicte con un susurro.

– Necesitamos dormir, igual que aquí. Pero a veces el sueño nos rehúye…

La sacerdotisa llegó a su altura y se detuvo. Su rostro estaba medio en sombras y sólo se distinguían claramente sus ojos, que parecían sonreír. La luz de la luna creaba una especie de aureola al iluminar sus cabellos.

– Hubo una época en la que no había noche en el mundo -dijo-, hasta que un sabio soñó con la noche porque su corazón necesitaba reposo. Entonces una lechuza le trajo una semilla de cacao y le dijo: «Aquí está encerrado lo que deseas. Arroja la semilla a un cenote y así, por una sola vez, vendrá la noche». Pero el sabio abrió la semilla de cacao para descubrir su secreto y las tinieblas se extendieron por todo el Mundo. Entonces, al verse rodeado de oscuridad, deseó que volviera el día. Se dice que así es la vida de los hombres: viven en el día y sueñan con la noche; tienen la noche y sueñan con el día.

Lisán sonrió.

– A menudo yo también pienso que todo es un sueño -dijo- del que habré de despertar en algún momento para encontrarme de nuevo en mi mundo.

– ¿Cómo es tu mundo, Lisán al-Aysar?

Había una sincera curiosidad en su voz. El andalusí inspiró profundamente aquel aire húmedo, cargado de aromas extraños. Señaló hacia el oriente.

– Mi mundo está en esa dirección. Tiene la forma de un mar ovalado, en cuyas costas han nacido y muerto civilizaciones desde que los hombres tienen memoria. Las aguas de ese mar son cruzadas en todas direcciones por canoas que son mayores que uno de vuestros templos. Porque sobre las aguas de ese mar, y en sus costas, comerciamos, vivimos y luchamos. Sobre todo luchamos, porque, ciertamente, la guerra no es extraña en mi mundo.

– ¿Jugáis al juego de los dioses?

Lisán hizo un gesto de desconcierto.

– Perdona, no te entiendo.

– ¿Peleáis por vuestros dioses?

– Beey. En cierto modo. Las playas del sur de ese mar están ocupadas por los creyentes y las playas del norte por infieles que quisieran vernos desaparecer. También hay otros mundos y otras gentes de costumbres casi incomprensibles, pero es posible llegar a ellos tras largos y peligrosos viajes por tierra. El comercio con esos lejanos países ha sido la riqueza para las naciones que bordean nuestro mar. Pero nunca hubiera imaginado un lugar como éste, de no haberlo visto con mis propios ojos. Aquí todo es insólito. El color de los lagartos que corren entre las piedras o el olor de la tierra o el de las diferentes maderas. Nada es lo que te esperas, lo que ya dabas por sentado. Y en mi mundo, millones de personas viven sus vidas sin saber que esto existe, ajenos por completo a esta tierra. Es… desconcertante…

Mientras hablaba, Lisán frotaba una de sus manos contra el costado de su camisola. Notaba desde hacía rato una comezón bastante fuerte en la palma. La alzó a la altura de sus ojos y vio que estaba roja y algo hinchada. Se palpó la inflamación con cuidado.

– Has tocado el árbol del fuego -le dijo la mujer al ver su gesto.

– Beey. Algo he tocado, sin duda. La mano entera me arde.

Sac Nicte caminó hacia dos árboles de la jungla. Uno era de corteza rojiza y el otro la tenía de color claro.

– Ése es el «árbol del fuego» -dijo mientras señalaba el rojo-. Debes evitarlo. Y éste -señaló el otro- siempre crece a su lado.

Usando un pequeño cuchillo de sílex, Sac Nicte arrancó un trozo de corteza del árbol claro y se acercó de nuevo al andalusí.

– Déjame que frote con esto la palma de tu mano…

El andalusí la extendió dócilmente.

– ¿Qué es?

– Siempre crecen juntos. Uno es el veneno, el otro es la cura. Todo tiene aquí un lugar decidido y ajustado por los dioses. ¿Tú sabes cuál es tu lugar, Lisán al-Aysar?

Sac Nicte retuvo la mano del extranjero mientras la frotaba con la corteza.

– Ma' -admitió Lisán, disfrutando de la suave calidez de aquel roce-. Eso es algo que no he sabido nunca.

Un contacto humano que no le asustaba o repugnaba. Sin duda que era algo que representaba un avance en su recuperación. Porque Lisán así lo sentía; que había estado muy enfermo, a las puertas de la muerte, y que un milagro le estaba devolviendo poco a poco la salud. Pero era consciente de que una pequeña zona de su alma seguía dañada, como una mancha en la retina de un ojo que hubiera mirado directamente al sol. Era una zona que se había vuelto dura e insensible, y lo sobresaltaba cada vez que palpaba en ella para comprobar cómo progresaba la cicatrización.

– Dime una cosa, Lisán al-Aysar -dijo Sac Nicte, sin soltar su mano-, las mujeres de tu mundo… ¿tienen el rostro cubierto de pelos como tú?

La sonrisa del faquih se ensanchó y acabó riendo de buena gana.

– ¿Cómo dices? No. Las mujeres no tienen barba… Bueno, casi ninguna la tiene…

– ¿Estás seguro?

– Mi abuela tenía un buen bigote, pero… -No podía dejar de reír. Hizo un esfuerzo por serenarse-. Lo cierto es que muchas sí que lucirían una buena barba, si no tuvieran mucho cuidado en quitarse los pelos de la cara… Y de otras partes del cuerpo…

Ella lo estudió con atención, como si lo viera por primera vez, y dijo:

– Los dioses crearon al primer hombre con maíz rojo, pero a los de tu tierra debieron de crearlos con maíz blanco.

– Conozco otras tierras, habitadas por gentes que sin duda nacieron de maíz negro… Si tal cosa existe…

– Beey. Existe. Maíz rojo, negro, blanco y amarillo.

El andalusí observó cómo el largo cabello negro de la mujer reflejaba la luz plateada y vio sus ojos enmarcados por las sombras. Lo comprendió todo, de repente, con un estremecimiento que sintió en las tripas, no en la mente o en el corazón.

– Es extraño… -dijo lentamente-. Tus ojos…

Sac Nicte cambió su expresión. Su sonrisa se esfumó y dio media vuelta. Iba a marcharse, pero Lisán la detuvo.

– ¡Espera! Yo te conozco… ¡No es posible!

La cabeza le daba vueltas. Sabía que era imposible, pero allí estaba, y lo que le sorprendía era que no lo hubiese advertido antes. Hasta ese punto su mente seguía ofuscada.

– Sé que te conozco… desde hace mucho tiempo…

Aquella mujer cuyo rostro cubierto por un velo no había visto, pero sus ojos… Quizás estaba enloqueciendo por la soledad, el dolor, el miedo a la muerte… Ahora se abría una esperanza ante él y quizás eso enturbiaba aún más sus sentidos y hacía que lo confundiera y lo mezclara todo. Igual que él y sus compañeros confundieron sus intenciones cuando los pajes de los hombres-tigre les cosieron y curaron las heridas.

Alargó su mano libre y acarició los cabellos de la mujer. Ella permaneció muy quieta durante un momento, mirándolo con aire desafiante. Luego se apartó un poco.

Avergonzado de su reacción, Lisán retiró la mano y dijo:

– Lo siento… Quizá sólo fue un sueño.

– Sí -dijo ella-, pero su significado oculto ya me ha sido revelado. Te conozco, sí, desde hace mucho. La diosa Ixchel me mostró el futuro en un sueño y desde entonces sé quién eres y cómo nos íbamos a encontrar.

Lisán la miró fascinado.

– ¿Quién crees que soy? -preguntó.

Pero Sac Nicte no dijo nada más. Dio media vuelta y regresó al campamento, dejando a Lisán solo y confundido. Alzó la vista hacia el cielo. La luna acababa de ser cegada por nubes empujadas por vientos que olían a tormenta y que aullaban entre los mangles.

La noche sufrió entonces un cambio notable, una tempestad se levantó por oriente y la lluvia azotó con fuerza, empapando la tierra. La oscuridad, el bramido del viento, el chasquido de los árboles y el choque furioso de las olas contra la costa, hicieron que el andalusí se sintiera de nuevo perdido en un mundo remoto y olvidado.


8

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El viento aún no había amainado a la mañana siguiente, cuando el campamento se despertó. Mientras los itzá lanzaban al mar sus canoas, Lisán observó con preocupación cómo rompían las olas contra los arrecifes, invisibles y cortantes como navajas de barbero.

Las dos canoas se encaminaron lentamente hacia la muralla de coral. Las olas se estrellaban contra ella y lanzaban surtidores de espuma hacia lo alto. Tras cruzarla se vieron sacudidos por el enloquecedor caos de un mar que atacó las frágiles canoas haciéndolas oscilar y cabecear. Las olas los empujaban hacia atrás, obligándolos a retroceder hacia los afilados y amenazadores dientes de los arrecifes.

Lisán estaba harto de hacer el papel de pasajero en aquella embarcación y pidió a gritos que le dieran un remo. Hincó una rodilla en el fondo de la canoa y empezó a paletear con furia y determinación, intentando seguir el ritmo salvaje que marcaban los nativos.

Con un esfuerzo sobrehumano, se encaminaron hacia el mar profundo para evitar los arrecifes que trazaban una paralela a la línea del litoral. A partir de ese momento, y durante las jornadas que duraría el viaje, se verían obligados a navegar a esa distancia de la costa, sin la posibilidad de refugiarse en tierra firme en caso de que la tormenta empeorara repentinamente. Los pasos de la barrera eran muy pocos y estaban cada vez más espaciados. Los itzá los conocían bien, y sabían del peligro que representaba acercarse a aquellos dientes de coral azotados por el viento y el oleaje. El único refugio de los navegantes era la alta mar, allí aquellas embarcaciones parecían insumergibles. Las olas pasaban sobre ellos o las canoas las traspasaban como una flecha atravesaría el vientre de un hombre.

Durante días navegaron resistiendo olas de una altura impresionante, o al menos eso le parecía a Lisán al contemplarlas desde su posición a ras del agua. Llegaban desde detrás, eclipsando el horizonte tras una montaña de agua, y los empujaban hacia su destino. Sólo en dos ocasiones lograron atravesar la barrera de arrecifes para ir a pernoctar en la costa cubierta de mangles. Y a la mañana siguiente, antes de que asomaran las primeras luces, volvían a enfrentar sus canoas con el mar.

Siempre hacia el suroeste, calculaba Lisán. Nubes plomizas ennegrecían el cielo, las olas parecían colinas verdes y cambiantes. Las canoas se deslizaban por sus pendientes para inmediatamente ascender hacia la cresta, desde donde a veces era posible contemplar la línea de árboles de la costa. Muy a menudo la lluvia acribillaba la superficie del agua, pero los itzá y el andalusí seguían remando con tozudo estoicismo. Tenían la única compañía de grandes pájaros, de vuelo algo torpe y con una especie de bolsa bajo el pico, que volaban en formación y se zambullían en picado cerca de las canoas, para emerger al cabo de un instante con un pez debatiéndose en el interior de sus bolsas.

Un día el tiempo mejoró un poco y se vieron remando entre extraños grumos que flotaban por todas partes. Lisán atrajo uno con su remo hasta el borde de la canoa y lo observó con curiosidad. Era una sustancia grasa y gomosa de color gris con estrías rojas.

– ¿Qué es? -preguntó. Aquél era mayor que una cabeza humana, pero los había de todos los tamaños y formas. Su aspecto era poroso y despedía un intenso olor dulzón que no le era desconocido. Intentó recordar dónde había olido algo así antes.

– Espuma de mar solidificada por el sol -dijo uno de los itzá-. A veces aparece por estas aguas… Se dice que posee poderes mágicos.

Lisán arrancó un pedazo con la uña y asomó la punta de un enorme pico, incrustado en aquella sustancia. Intentó imaginar el ave capaz de poseer un pico de ese tamaño y comprendió que podía tratarse del monstruoso pájaro roc, lo que le hizo estremecerse. Un roc no tendría ninguna dificultad en atrapar una de las canoas y echarse a volar hasta su nido, donde servirían de alimento a sus polluelos. Interrogó a Koos Ich acerca de la presencia de aves gigantes en aquellos parajes, pero él no había oído hablar nunca de algo semejante.

Siguieron remando en silencio entre aquellos grumos flotantes, y entonces vieron al primero de los monstruos. Divisaron un surtidor de espuma y vapor surgir directamente frente a ellos en medio del mar. Los nativos dejaron inmediatamente de remar, elevaron sus remos hacia el cielo y permanecieron inmóviles. Lisán no daba crédito a sus ojos cuando vio aparecer un ancho espinazo negro en medio de las dos canoas. Recordó la ballena que había nadado alrededor de la Taqwa y en cuyo lomo el desdichado Yusuf ibn Sarray