Juan Miguel Aguilera

La locura de Dios


Ilustraciones de Rafa Fonteriz


Este libro está dedicado

a mi hermana M.ª Carmen

La locura de Dios es más sabia

que la sabiduría de los hombres.

(1 Corintios 1, 25)



Incipit

<p id="_Toc95721644">Incipit</p>

El cuatro de abril del año de nuestro Señor de mil trescientos cuarenta y ocho, fray Nicolau Eimeric visitó a su maestro, fray Gerónimo, que había enfermado de la Peste. Las bubas de su cuello y axilas eran de gran tamaño y feo color cárdeno. A pesar de eso, el aspecto de aquel anciano fraile parecía tranquilo y relajado. Fray Alessio acababa de oírle en confesión y, después de darle la absolución, se quedó sentado en su lecho durante unos instantes más. Fray Gerónimo había empeorado y, sin duda, agradecería la presencia de este religioso que había acompañado su crecimiento espiritual desde hacía tanto tiempo, y la de fray Nicolau, su discípulo preferido.

Cuando fray Alessio abandonó la celda de fray Gerónimo, fray Nicolau se acercó hasta la cama. Su maestro estaba ojeando unos pergaminos, mientras los dos físicos que le cuidaban se afanaban en la preparación de emplastos de mirra, azafrán y pimienta.

El resto de los frailes de la comunidad de Santo Domingo se encontraba en el rezo del oficio de vísperas. El canto del Magníficat se escuchaba perfectamente desde la celda. ¡Cuántas veces había cantado fray Nicolau las vísperas en aquella capilla del Santísimo, en este mismo convento que le aceptó, a la edad de catorce años, como novicio en la orden de Santo Domingo! Ahora estaba de paso, camino de Aviñón, donde debía reunirse con el Santo Padre. El viaje desde Mallorca hasta Girona había sido muy fatigoso y había tenido que desviarse para llegar hasta allí, pero no podía faltar a esta cita tan importante.

Junto a la cama de fray Gerónimo había un viejo arcón, lleno de rollos de pergamino y un montón de legajos, perfectamente apilados uno sobre otro, atados y lacrados con el sello del Tribunal de la Santa Inquisición de la Corona de Aragón -que de inmediato reconoció fray Nicolau-. Parecía evidente que el anciano había estado releyendo todos aquellos papeles, antes de poner en paz su alma.

Fray Nicolau Eimeric recordaría durante años la plácida mirada de su maestro cuando se aproximó a su lecho y las palabras que le dirigió, con su habitual calma y serenidad. Le dijo que estaba esperando con ansia aquel encuentro, porque al parecer, Dios nuestro Señor había dispuesto el final de su peregrinación por este mundo y, antes de partir en paz, deseaba confiarle su más íntimo y terrible secreto.

Fray Nicolau le respondió que ahora tan sólo debía preocuparse de su pronta recuperación, y el anciano sonrió con tristeza. Ambos frailes pertenecían a la orden de los frailes predicadores. Fray Gerónimo había sido Comisario de la Inquisición; acompañando como escribano a su Eminencia Reverendísima, Nicolau Rosell, Inquisidor General de la Corona de Aragón.

Fray Gerónimo había sido algo más que un padre para fray Nicolau Eimeric. El fue quien recibió sus primeros votos de consagración al Señor y quien le acompañó en el camino de formación hasta su ordenación sacerdotal. Muchas veces, Nicolau Eimeric daba gracias a Dios por haberlo tenido como maestro. Fray Gerónimo siempre quiso transmitirle seguridad; una seguridad que fray Nicolau siempre percibió ausente en el anciano, a pesar de que se esforzaba en disimularlo. Es muy probable que tan sólo fray Nicolau, que había tenido ocasión de conocerlo más de cerca, adivinara el drama interior que atormentó a fray Gerónimo durante toda su vida… aunque nunca lo dijera directamente. Aquellos ojos grises y fríos del anciano, tan hábiles para ocultar sus pensamientos y pasiones, siempre habían impresionado a fray Nicolau Eimeric.

En su juventud, fray Gerónimo había sido profesor en Valencia. Disfrutaba enseñando; escuchándole, la página más difícil y oscura de la Escritura se convertía en sus labios en un texto diáfano y sin secretos. Aparte de ser un apasionado amante del hebreo, era además un experto conocedor de la cultura semítica y de la religión judía -cosa que nunca agradó demasiado a sus superiores en Roma y en Aragón-. Y fue, precisamente, su gran conocimiento de las Sagradas Escrituras lo que le llevó a ocupar el puesto de comisario de la Santa Inquisición; oficio que jamás hubiera querido desempeñar y que, seguro, nunca imaginó para él. Fray Nicolau Rosell lo quería a su lado y tuvo que aceptar el cargo por obediencia del legado pontificio. Habían sido vanas todas las objeciones e impedimentos del prior provincial de Aragón, a quien fray Gerónimo había acudido con la esperanza de poder seguir desempeñando su humilde servicio académico en Valencia. Pero la corte pontificia tenía las ideas muy claras y había tomado ya una resolución, y los dominicos -al contrario que los franciscanos, con los que Roma siempre había tenido mayores problemas de orden disciplinario- siempre se habían caracterizado por su obediencia ciega a los dictámenes pontificios. Y así, sin quererlo, fray Gerónimo se encontró formando parte de este Santo Tribunal, durante tanto tiempo. Sólo él sabía cuántos problemas de conciencia le iba a ocasionar el haber aceptado por obediencia aquel oficio.

Y ahora, Dios había querido que también sufriera por aquella nueva y terrible enfermedad…

Uno de los físicos se inclinó sobre el anciano y le practicó una incisión en su delgado brazo derecho. Después colocó una escudilla bajo el corte, y dejó que la oscura sangre que manaba de la herida la fuera llenando lentamente.

Fray Nicolau Eimeric apartó brevemente los ojos. Ambos sabían que nadie sale con vida de este mal, y que era tan sólo cuestión de días el que Dios tuviera a bien llamarle a su lado. Sin embargo, antes de que esto sucediera, había algo importante que fray Gerónimo debía confiar a su discípulo, a pesar del parecer contrario de su buen amigo fray Alessio, a quien había consultado antes de hablar con él. Se trataba de un asunto que había estado atormentando su alma durante los últimos treinta años de su vida, y que necesitaba compartir con alguien de su confianza, con su juventud y su ánimo, que quizá lograra hallar respuestas allí donde él sólo había encontrado misterios e interrogantes.

Fray Gerónimo le tendió el pergamino que estaba consultando, y fray Nicolau Eimeric lo leyó:

Sancho, por la gracia de Dios Rey de Mallorca, a todos sus súbditos y cada uno de sus oficiales ¡salud y dilección!

Nuestro querido hermano fray Nicolau Rosell, dominico, doctor en teología, Inquisidor General de la Corona de Aragón, especialmente enviado por la Sede Apostólica a nuestras tierras y posesiones para el servicio de Dios y de su culto, para la exaltación de la fe católica, y para arrancar el detestable crimen de herejía de nuestro reino si floreciera y enraizase. Se dirige hacia las tierras bajo vuestra tutela para investigar al llamado Doctor Iluminado, Ramón Llull. Nosotros, como príncipe católico consciente de haber recibido de manos del Altísimo grandes bienes e innumerables honores, deseamos por encima de todo placer en todo, y particularmente en lo que atañe a su culto, a Dios, nuestro Creador. Por lo tanto queremos proteger en todo al inquisidor, como enviado especial de Dios, y pretendemos favorecerle continuamente. Por ello decimos a cada uno de vosotros, y a cada uno de vosotros ordenamos, bajo pena de nuestro rigor, que ayudéis al Inquisidor General, Nicolau Rosell y a su Comisario, fray Gerónimo de Játiva, todas las veces que, para ejercer su misión, se dirija a vuestras tierras y pida ayuda al brazo secular. Os ordenamos que acojáis favorablemente al inquisidor; prender o mandar arrestar a todos los que el inquisidor os designe por sospechosos del crimen de herejía, por difamados de herejía o por herejes, y conducirlos, bajo vigilancia, al lugar que os indique el inquisidor; aplicarles las penas merecidas según él lo estime y con arreglo a las costumbres. Os ordenamos secundar al inquisidor siempre que lo solicite y sean cuales fueren sus motivos. Y, para que el inquisidor pueda cumplir su cometido con toda seguridad y con toda libertad, por el presente documento tomamos bajo la protección de nuestra real clemencia a él, a su comisario, su notario, su escolta y sus bienes. Os ordenamos observar de modo inviolable esta real protección del inquisidor, de los suyos y de sus bienes, de poner cuidado en que nadie les ataque en modo alguno ni en persona ni en sus bienes. Asegurad sus desplazamientos y su paso cada vez que el inquisidor os lo requiera.

Dado en Montpellier con nuestro sello real, en el año de la encarnación de Nuestro Señor Jesucristo mil trescientos doce, en el día veintitrés del mes de febrero.

Fray Nicolau Eimeric se santiguó incrédulo ante lo que acababa de leer.

Después volvió a enrollar cuidadosamente aquel pergamino que había sido escrito por el propio rey de Mallorca hacía treinta y seis años. Se trataba de una orden para investigar al «Doctor Iluminado»; ¡al mismísimo Ramón Llull!

Fray Nicolau Eimeric desconocía que tal investigación hubiese sido nunca llevada a cabo a pesar de haber dedicado durante los dos últimos años algunos estudios teológicos a la vida y obra del Doctor Iluminado, tal vez influenciado por el ambiente lulista que se respiraba en Mallorca, ciudad natal de Ramón y donde residía fray Nicolau en aquel momento.

Lo cierto es que aquella investigación sí que tuvo lugar y fray Gerónimo se dispuso a contarle cómo en aquellos lejanos tiempos, durante el segundo año del reinado de Sancho I de Mallorca, se presentó con el séquito del Inquisidor ante las puertas de la finca del muy conocido Ramón Llull, situada a dos millas de la ciudad de Palma. Siguiendo las indicaciones de su eminencia reverendísima, fray Nicolau Rosell -Inquisidor General-, ordenó que Ramón permaneciese retenido durante dos semanas en su propia finca, sin poder comunicarse ni pedir auxilio ni consejo a ningún conocido; sin que pudiera huir a algún lejano país y situarse así fuera del alcance de la justicia inquisitorial. Dado que ésta era una vista previa, y no una sesión oficial del Santo Tribunal, no se juzgó necesaria la presencia de testigos y se instalaron allí mismo, en la hacienda de micer Llull. Se habilitó para la entrevista la biblioteca de la casa, disponiendo una banqueta plana en el centro de la estancia, frente a la mesa y los sillones ocupados por el Inquisidor, el notario real, y por fray Gerónimo como Comisario. Ramón contaba entonces con la asombrosa edad de ochenta años, aunque, por su aire recio y enhiesto, más bien parecía un joven que un hombre de su edad. Vestía una almeixa de lino, con amplia capucha tirada hacia atrás, larga hasta los tobillos y holgada; los pies calzados con chinelas bordadas, y su cabeza tocada con una especie de bonete de fieltro verde. A los ojos de la más pura ortodoxia, cualquiera diría que vestía como un infiel; detalle que no pasó desapercibido y que, debidamente, se hizo registrar al notario.

Su cabeza estaba rapada -costumbre también ésta sarracena-; su cráneo era de huesos delicados como los de un pájaro, pero su nariz era larga y curvada como el pico de un ave de presa. Su barba, generosa y ensortijada, se derramaba como una cascada de espuma blanca sobre su pecho. Destacaban en su rostro, por su intensidad, unos ojos oscuros, hundidos profundamente en sus cuencas, bajo unas cejas espesas y negras que contrastaban de forma extraña con la blancura de su barba.

Las primeras palabras que salieron de su boca dejaban traslucir claramente que llevaba años esperando la visita del Santo Tribunal. Lo cierto es que Ramón había eludido hasta ese momento esta investigación gracias a la protección de su fallecido señor, Jaime II de Mallorca, y de la amistad que disfrutó durante años con la Santa Sede. Ahora las cosas habían cambiado, y esta vista pretendía tan sólo dilucidar si había existido o no desviación herética en sus estudios y apostolado; si en sus numerosos y repetidos contactos con los infieles había o no indicios de apostasía; si en sus amplios trabajos científicos había hecho uso o no de artes mágicas con invocación o concurso del maligno.

En ningún momento se atribuyó Ramón el mérito de su Arte. Más bien afirmaba que lo concibió como una revelación divina. Dios le mostró su Ars Magna para conocerle y amarle, y para convertir a los infieles por medio de la razón y no de la espada. Durante la mayor parte de su vida, todo su empeño había consistido en demostrar las verdades de la fe, por medio de un método que estuviese al alcance de cada cual, y fuera evidente para todos. Su deseo consistía en proponer una conversión a través del conocimiento de algo que fuese verdadero, necesario e imposible de rechazar por medios racionales. Todos sus esfuerzos estaban orientados a probar que es posible una demostración de la fe mediante la inteligencia científica; para aquel hombre era evidente que la existencia del Ser Supremo podía demostrarse… ¡Probar la existencia de Dios!… Ni siquiera fray Tomás de Aquino, se había atrevido a tanto; él nunca habló de «pruebas», sino de «vías» que conducen a la afirmación racional de la existencia de Dios.

Este tipo de afirmaciones tan aventuradas parecía debilitar el valor y el mérito de la fe, le señaló el Inquisidor: Si Dios es una evidencia demostrada por la razón y la ciencia, la fe se hace superflua, pues no se necesita creer en algo que es evidente.

Pero Ramón negó con firmeza esta argumentación, diciendo que la fe siempre permanecería intacta a la luz de la ciencia.

El presidente del Santo Tribunal le preguntó entonces si se arrepentía de algo, y éste fue el momento de la gran revelación que todos esperaban: Ramón confesó no haber encontrado nunca a Dios, pero sí a Satanás. Manifestó haberse enfrentado a sus obras y a sus siervos en un lugar que ninguno de los que estaban allí presentes podría jamás imaginar que pudiera existir sobre la faz de la tierra.

Estas palabras impresionaron profundamente a fray Gerónimo, quien, contraviniendo lo que era su costumbre en los interrogatorios del Tribunal, preguntó por el nombre de ese lugar y si se hallaba en este o en otro mundo. A lo que Ramón contestó que el nombre que se le diera al infierno no era, ciertamente, lo más importante. Lo decisivo era su realidad… Según sus palabras, el Imperio del Mal era tan vasto como un océano sin fin y sin orilla.

El Inquisidor le invitó a que siguiera hablando, y así fue cómo Ramón Llull se dispuso a relatar la historia de su último viaje…


principia relativa

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<p id="_Toc95721645">principia relativa</p>
Differentia, Concordantia, Contrarietas, Principium, Medium, Finis, Majoritas, Aequalitas, Minoritas
<p>1</p>

El Palacio Imperial de Constantinopla tenía la brutal suntuosidad de una alucinación. Todo en él era rebuscado y desorbitado, con gigantescas salas de mármol, jaspes y cuarzos contrastando con la brillante policromía de los mosaicos de fondo azul y motivos dorados en lucha cromática; matizados por la luz filtrada por el alabastro, que impregnaba todo de un tono ocre mate. Los techos de las salas, recargados, castigados por el peso de los adornos, se desplomaban sobre columnas con bellos capiteles.

Chambelanes y altos dignatarios, embutidos en seda y envueltos en bordados de oro, se arrastraban chispeantes, como gusanos luminosos, por sus salones y pasillos.

Aquella mañana del año de Nuestro Señor de mil trescientos dos, yo, Ramón Llull había atravesado las calles de Constantinopla escoltado por una docena de fieros almogávares, vestidos con pieles de bestias y cargados de armas.

El contraste podía resultar divertido.

Constantinopla era una abigarrada aglomeración, con una saturada y penetrante mezcla de olores; una enorme ciudad retorcida y cenagosa, con viejas y miserables chozas de madera recostadas contra las paredes de impresionantes palacios de mármol. Con una absurda mezcla de refinamiento y suciedad, la brillante seda de los trajes de los cortesanos que detenían su paso para observarnos, estaba salpicada, en sus bajos, de barro y de las heces de los perros vagabundos que nos ladraban lúgubremente.

Un tieso chambelán me esperaba en una de las entradas del Palacio, y me guió, en silencio, a través de aquellos enormes cajones arquitectónicos.

En la desproporción de líneas y de perspectivas, aquel servidor imperial que me precedía, autocomplacido y emperifollado, era sólo una brizna rutilante, una piedrecita del enorme mosaico que me rodeaba.

Descendimos a través de unas escalinatas cada vez más oscuras hasta el último y más profundo socavón lateral del Palacio. Nos vimos rodeados por paredes mohosas, rezumantes de humedad y olor a fiebre. Pregunté al chambelán dónde me conducía; a lo que él respondió simplemente:

– Ya estamos cerca, protosebasto [1]. El condotiero aguarda…

Quise saber por qué el capitán Roger de Flor me había citado en tan apartado lugar: Y se limitó a responder que «así lo había ordenado el condotiero en persona».

Todo aquello era muy extraño; pero qué podía hacer yo excepto seguir dócilmente al chambelán que portaba la única fuente de luz.

Ya era tarde para lamentaciones, pero ¿cómo me había metido en algo así?

Había pasado un año olvidado en Chipre, intentando encontrar una nave que me condujera a Tierra Santa, cuando un almogávar se presentó en la fortaleza de la Orden del Temple en Limasol, donde yo era huésped, y me transmitió la invitación de su señor, el megaduque Roger de Flor, de asistir a su boda con la princesa doña María, sobrina de xor Andrónico Paleólogo, Emperador del Sacro Imperio Romano.

Yo rehusé, alegando asuntos de mayor interés que requerían mi atención más inmediata, pero el almogávar sacudió torvamente la cabeza y dijo: «Vendrás con nosotros a Constantinopla. Mi señor es conocedor de tu deseo de viajar a Tierra Santa, y me ha puesto a mí, y a su nave insignia, la Oliveta , a tu servicio. Te conduciremos a donde desees y te daremos escolta y protección en tu viaje. A cambio, mi señor tan sólo desea tenerte junto a él durante el breve espacio de tiempo que dure la ceremonia. Tan sólo eso, y luego podrás encaminarte hacia tu destino…».

– Hemos llegado -anunció, de repente el chambelán.

Se habían detenido frente a una enorme y vieja puerta de roble montada sobre mohosos goznes de hierro toscamente trabajados. Sobre el arco de la puerta distinguí una inscripción tallada en piedra y casi borrada por el paso de los años. Estaba escrita en dialecto jonio, y decía:

«Tú has respondido a los que te han llamado. Tú has visto la altura y la profundidad, lo lejano y lo cercano, lo escondido y lo evidente. Y ellos conocen bien la utilidad de tus cálculos».

Sentí un estremecimiento que recorría todo mi cuerpo; como si aquellas palabras tocaran alguna profunda fibra de mi alma. De algún modo era como si el desconocido autor de aquellas frases, muerto quizá siglos atrás, me hablara desde la distancia del tiempo.

Sobre esta inscripción, había sido tallada una media luna y una estrella de siete puntas encerradas dentro de un círculo.

El chambelán empujó la hoja de la puerta, y se abrió sin demasiados chirridos, lo que parecía indicar que había sido usada recientemente. Observé que el suelo, a los pies del umbral, estaba limpio del polvo que cubría con fina capa el resto de aquel sótano. Había luz al otro lado de la puerta. Una luz limpia e inesperadamente potente.

El chambelán se hizo a un lado, franqueándome el paso, y dijo:

– El condotiero os aguarda en el interior.

Atravesé el umbral sintiéndome más tranquilo y confiado; aquella luz tan nítida y brillante era la que había espantado los temores de mi mente.

Pero abría un nuevo misterio, pues era difícil imaginar de dónde provendría y cuál sería su fuente de combustión.

Entonces vi algo todavía más asombroso, que me dejó completamente desconcertado: dos pequeños árboles crecían de sendos jarrones a ambos lados del umbral. A partir de ese punto los arbustos se extendían trepando por las paredes hasta casi alcanzar el techo abovedado. ¿Cómo era posible que aquellos arbustos sobrevivieran en aquella remota covacha sepultada en el más profundo sótano del Palacio Imperial?

En mis estudios había comprobado cómo las plantas verdes necesitan de la luz del astro solar para mantener su vida y desarrollo, y no les es suficiente para esta función la pobre iluminación proporcionada por candiles o velas. «La virtud que da el Sol a la flor es cuestión de lugar, porque su fuego calienta el aire y le da calor al agua, y ésta se lo da a la flor.»

El techo era una amplia bóveda que se cimbraba sobre aquella sala de planta circular, y en él se había pintado, en fuerte albayalde, un extraño firmamento, síntesis de la ciencia astrológica, y semejante al catálogo de estrellas de Ptolomeo trazado por Hiparco de Alejandría. Allí estaban mis viejas amigas; la Ursa Major, el Canes Venatici, la Corona Borealis, Cepheus, Orión y el pentágono del Boyero, rotulando ese planisferio entre mitológico y cabalístico.

El vértice de la cúpula era un gran ojo por el que se colaba la luz para rebotar en un complejo juego de grandes espejos lenticulares que colgaban bajo éste, sujetos por unos intrincados mecanismos de metal, que distribuían la luz por el interior de la sala.

¿Qué lugar era aquél? Las paredes curvas estaban cubiertas de estantes, y estos estantes estaban repletos de libros y de redomas de vidrio, alambiques de cobre, morteros de porcelana, y panzudos frascos que almacenaban líquidos de colores.

En medio de la extraña biblioteca-laboratorio, una gran esfera de unas tres varas [2] de diámetro, de color azul brillante, soportada por una estructura de madera tallada. Y tras la esfera, un hombre aún más impresionante. Zanquilargo y huesudo, con ojos grises de acero un poco hundidos, barba rala y movimientos sedosos y gráciles como los de un gato. Observaba con atención, bañado por la luz teñida de azul que se derramaba desde lo alto, la gran esfera metálica. El reflejo de cobalto de la esfera ponía tonos mágicos en sus pómulos descarnados; el fondo de sus pupilas fosforecía. Su sombra, alargada y descoyuntada, lamía el muro del fondo.

Parecía un galgo, curtido tras abrirse camino en la vida a dentelladas y zarpazos.

Era Roger de Flor.


Parecía un galgo curtido tras abrirse camino

en la vida a dentelladas y zarpazos. Era Roger de Flor…

<p>2</p>

– Acércate, doctor iluminado -proclamó Roger de Flor con una voz acerada-. Te agradezco que hayas aceptado mi invitación.

Caminé hasta situarme a un par de pasos frente a aquel hombre impresionante. Iba perfectamente armado con una ancha espada que pendía desafiante de su cinturón de piel, como si esperara entrar en combate de un momento a otro. Incluso vestía una mohosa cota de malla bajo su lujosa sobrevesta a la francesa, de brillante seda negra, adornada con una gran flor bordada en oro sobre el pecho.

Su rostro era agreste y anguloso, como si hubiera sido tallado a machetazos sobre un bloque de madera. Señalando la gran esfera azul junto a la que estaba plantado, preguntó qué me parecía que era. Extrañado, la observé con cuidado.

La esfera no era completamente azul, tenía unas amplias manchas de color cobre distribuidas por su superficie. El bastidor de madera sobre el que estaba montada le permitía girar en todas las direcciones, y se deslizaba tan suavemente, sobre sus ejes bien engrasados, que era posible moverla con apenas el roce de una mano.

– ¡Dios Todopoderoso! -musité al comprender lo que tenía bajo mis dedos.

Sonriendo satisfecho, Roger dijo:

– Doña Irene me aseguró que eres el más inteligente de los hombres. Me alegro de haberle dado crédito.

Me sentía tan confuso por todo aquello que creía estar viviendo un sueño. Pregunté quién era aquella «doña Irene», a lo que Roger respondió que se trataba de su futura madre política; la hermana del Emperador Andrónico. Y que era una de esas mujeres griegas a las que les gusta leer. Ella le habló de mí al megaduque, afirmando que era cuanto necesitaba y que mi inteligencia le guiaría.

Llevé mis manos a las sienes, e intenté contener la ansiedad que latía en mi mente.

¿Qué era todo esto? ¿En qué lugar me hallaba?

Ignorando mis cuestiones, Roger volvió a preguntarme por la esfera. Volví a mirarla. Era maravillosa, como la más preciosa de las joyas, algo que nunca hubiera soñado ver. Acaricié con mi mano la estrecha mancha azul del Mediterráneo, la deslicé sobre las llanuras de cobre de Argelia y Libia, y situé mi dedo índice sobre la península Ibérica. Allí estaba todo, pero con una proporción extraña y a la vez maravillosa. El tamaño de la península itálica y griega parecía diminuto comparado con las vastas regiones de África y Asia. Los océanos ocupaban la mayor parte de la superficie de la esfera, y en comparación con ellos el Mare Nostrum apenas parecía un pequeño lago. Y desde luego no ocupaba el centro de…

– El Orbis Terrae; magníficamente representado.

– Eso mismo afirma doña Irene, pero no le creí -dijo el guerrero, y me preguntó sobre cómo algo redondo como una bola podía representar la Tierra.

– ¿Y qué forma esperabas que tuviera? Como marino que eres, ¿acaso no has observado que los barcos desaparecen poco a poco en la lejanía, ocultados por la curvatura del horizonte?

Roger me miró con sus ojos grises, pequeños y desconfiados, y afirmó que el Mundo no podía ser redondo.

– ¿Cómo viviría entonces la gente que estaba al otro lado? -dijo-. ¿Boca abajo?

Y, a continuación, me dijo cómo él siempre había oído decir que la Tierra era un elemento situado en el centro del Mundo, como la yema en el centro de un huevo. A su alrededor se encontraba el agua, como la clara que rodea la yema. Por fuera estaba el aire, como la membrana del huevo, y rodeándolo todo el fuego, que encerraba el mundo como la cáscara al huevo.

– No seguiré hablando contigo -le interrumpí- si antes no me explicas cuáles han sido tus verdaderas intenciones al traerme a Constantinopla, y qué lugar es éste.

El guerrero asintió en silencio, como si meditara sus siguientes palabras. Se apartó levemente de la esfera azul, y señaló:

– Es evidente que sabes quién soy.

Por supuesto; su nombre llevaba muchos años resonando por todo el Mediterráneo.

Lo último que había oído decir sobre Roger de Flor era que, el antaño gran héroe de la orden de los caballeros templarios, había sido expulsado con deshonor acusado de haber robado el tesoro que custodiaba durante la evacuación de Acre. Que salvó muchas vidas cristianas al acudir al rescate con su famosa nave el Halcón, pero que el tesoro nunca había aparecido.

Sobre cómo había acabado liderando a los feroces almogávares, como mercenario en la decadente ciudad de Constantinopla, era una historia que desconocía.

– Yo, en cambio, nunca había oído hablar de ti… -me confesó-. Mi vida ha sido muy azarosa, y nunca dispuse de tiempo para el estudio. Por eso te necesito, necesito a un hombre de ciencia en quien pueda confiar. El Emperador pretende imponerme a su físico, Misser Samuel, pero sospecho que éste es un espía a las órdenes de su estúpido hijo Miguel.

Le dije que no entendía de qué me estaba hablando, ni por qué necesitaba a un hombre de ciencia.

Roger me miró; parecía asombrado de que yo no lo hubiera deducido:

– Para que me ayude a encontrar el reino del Preste Juan, por supuesto.

– ¿El reino del Preste Juan? -repetí estúpidamente.

– ¿No te parece fascinante? Preparo una expedición al Oriente Asiático, donde se encuentra la ciudad del Preste Juan, con sus infinitas riquezas y sus calles adoquinadas de oro. Una fortaleza inexpugnable, poblada de cristianos descendientes de los que evangelizara el apóstol santo Tomás; próxima a las tierras de Gog y Magog y a otros lugares habitados por criaturas monstruosas.

Le miré atónito, y le pregunté por el motivo de un viaje tan increíble.

La situación en Romania [3] era desesperada, me confesó con seriedad; tras la caída de Acre, ya nada se interponía entre los turcos y las murallas de Constantinopla. Los otomanos correteaban impunemente por toda Anatolia, saqueando las ciudades griegas sin que nadie pudiera mover un dedo en su defensa. Habían sitiado Artaki, y cuando cayera esa plaza, cruzarían el estrecho mar de Mármara y llamarían a las puertas de la ciudad.

– Y en toda ella no queda ya ni ímpetu ni valor para defenderla -concluyó.

Repetí que seguía sin entender por qué me había llamado; y me habló del misterio que rodeaba aquel lugar. Un misterio que, al parecer, doña Irene pensaba que sólo yo podía resolver.

Intrigado al fin, le animé a que siguiera hablando.

Entonces Roger me contó cómo seiscientos años atrás Constantinopla se encontraba en una situación tan apurada como la actual. Los musulmanes habían llegado hasta sus mismas puertas y era cuestión de tiempo su caída.

Pero fueron salvados, casi en el último momento, por un milagro.

Un pequeño grupo de hombres, llegados de remotas tierras, lograron eludir el cerco y entregaron a los defensores algo maravilloso: el fuego griego. Y Roger no se refería a ese fuego griego que hoy en día todo el mundo conoce y usa; al parecer, aquello era algo especial, mágico; una substancia blanca y gelatinosa que era arrojada por sifones con forma de bocas de dragón y que ardía incluso bajo el agua.

– Esos hombres se instalaron aquí -concluyó-, en esta Sala Armilar que fue su laboratorio, y produjeron esa maravillosa mixtura en cantidades suficientes como para repeler a los sitiadores y salvar la ciudad. Cumplida su misión desaparecieron, y con los años la fórmula del fuego griego original se fue perdiendo.

Miré nuevamente a mi alrededor; contemplando la asombrosa cúpula estrellada.

¿Qué clase de hombres pudieron construir esto? ¿Cuánta verdad había en las palabras de Roger?

– ¿Y por qué piensas que ese reino sigue existiendo? -le pregunté.

Me mostró entonces una carta que el propio Preste Juan envió al Emperador; fechada en el año de Nuestro Señor de mil ciento sesenta y cinco.

Le hice ver que de eso hacía más de ciento treinta años; a lo que Roger respondió que tanto el Preste Juan como su pueblo son inmortales; y que, entre las muchas glorias de su ciencia estaba el secreto de la piedra filosofal, es decir, la coagulación del mercurio en oro, y la vida eterna.

Yo nunca he creído en la alquimia, pues pienso que los principios naturales son más fuertes en el apetito natural, que en el artificial del alquimista por el oro.

Así se lo hice ver, y Roger dijo:

– Pues ahora creerás, anciano; el secreto está guardado entre estos libros, en estos mapamundis; yo no sé interpretarlos, pero tú sí, y lo harás para mí, porque Constantinopla agoniza, y ésta puede ser su última esperanza. Xor Andrónico quiere que encuentre para él la tierra del Preste Juan; y yo estoy de acuerdo, si esta aventura va a reportarme riquezas sin fin y una vida tan larga como la de los antiguos dioses. Escucha, anciano, ésta es una ciudad hueca, sin tuétanos. Los genoveses en el interior y los turcos en el exterior, exprimen hasta la última gota de las ubres de su decadencia. Algún día no muy lejano todo se derrumbará, esto será tan sólo un solar, pero me creo capaz de saber aprovechar algunas vigas de buena madera vieja tras el derribo. Creo que he encontrado aquí mi destino, pero debo ser cauto. Este lugar apesta a conjuras y traiciones y me he ganado el odio del primogénito del Emperador. Mis catalanes me protegen, y en toda Romania no existe una fuerza capaz de oponérseles, pero necesito a un hombre sabio en el que confiar. ¿Te atreverás a acompañarme en mi aventura?

Dudé. Todo aquello había logrado estimular mi curiosidad, pero aquel cenagoso ambiente cortesano me repelía casi tanto como debía de repeler al propio Roger.

– ¿Y si no deseara hacerlo?

El guerrero se encogió de hombros.

– No puedo asegurarme tu lealtad mediante amenazas. Eres un hombre de ciencia y tus valores se escapan a mi entendimiento… Serás mi invitado hasta que se celebre la ceremonia de boda, y después, si así lo deseas, podrás marchar. Cumpliré mi promesa, y pondré a tú disposición la Oliveta. Pero permanece aquí hasta el día de mi boda, estudia estos libros, estos mapas, y decide después…

<p>3</p>

La Sala Armilar se convirtió en mi hogar, y la fascinante bóveda luminosa en mi techo y mi fuente de luz.

Aquella luz casi mágica alimentaba la vitalidad de los dos arbustos que crecían en jarrones a ambos lados de la entrada. Quién sabe desde cuándo; un ingenioso artilugio semejante a una clepsidra se ocupaba de mantener la humedad de los dos maceteros. Una humedad que sin duda llegaba del exterior, al igual que la luz, y era recogida y reconducida hasta aquel remoto sótano.

¿Qué extraordinaria Ciencia era esta que se permitía desafiar a la naturaleza y al Principio de la Oscuridad, reconduciendo la fertilidad del mundo exterior hasta donde la voluntad de los hombres que construyeron aquella Sala Armilar deseara?

Los dos árboles crecían gracias a este milagro; a la derecha de la puerta, según se entraba, los nervios foliáceos del pistacio therebintus. A la izquierda, un perfume de auras mitológicas; un myrthus latifolia, la planta de Venus. En la isla de Citérea, avergonzada por su desnudez, se ocultó la diosa de la belleza detrás de un mirto. Las dos plantas crecían exuberantes a partir de esos dos puntos, a ambos lados de la entrada, tapizando casi completamente los muros curvos de la Sala, enredándose la una con la otra una y mil veces, en una extraña y onírica comunión.

Observé con cuidado el artilugio que sujetaba las lentes que distribuían la luz por la Sala. Una gran lente convexa ocupaba el centro de la bóveda; pero no estaba fija, sino que colgaba, sujeta por unos tensores, de un gran anillo de cobre de más de cinco varas de diámetro, que estaba a su vez sujeto al techo por unas finas varillas de cobre. A medida que transcurrían las horas en el exterior, estas varillas parecían encogerse y dilatarse, obligando al anillo, y a la gran lente central, a bascular. Muy levemente, pero lo suficiente como para que la luz blancoamarillenta del Sol recorriera lentamente las paredes de la sala y distribuyera la ración de luz sobre la vegetación que las cubría.

Sin embargo, la gran esfera que representaba la Tierra, siempre estaba bañada de luz azul; y esto era porque en el gran anillo de cobre se había introducido un pequeño espejo cóncavo, de no más de dos palmos de diámetro, teñido de azogue de cobalto, que recogía la luz rebotada por el lado superior de la gran lente central, y lo dirigía, con una perfección matemática, hacia la esfera terráquea.

La sorpresa de Roger ante aquella esfera estaba más que justificada. Como marino no habría visto otra cosa que los mapamundis T-O y los portulanos convencionales. En ellos, el mundo es una plancha plana circular, una «O», con los tres continentes dispuestos en forma de «T», alrededor del Mediterráneo central; el Orbis Terrae Tripartitus. Arriba: Asia, con el presunto emplazamiento del Paraíso, más allá de Mesopotamia, donde nacen los cuatro grandes ríos de Asia, y de donde procede la Luz. Aproximadamente en el centro, Jerusalén. En el mango de la «T», el Mediterráneo con sus islas perfectamente alineadas: Chipre, Sicilia, Cerdeña, Mallorca… Abajo, a la izquierda, Europa; África, a la derecha. Finalmente, sobre el tenebroso océano periférico, enrojecido por el mar Rojo, los doce vientos son orientados según los puntos cardinales.

¡Qué distinta era aquella maravillosa esfera que tenía delante!

¿Quién había representado nuestro mundo con tanta belleza y precisión, recuperando así los conocimientos casi perdidos de los antiguos?

Alrededor de la base de la bóveda había un anillo adornado con inscripciones doradas. Surgían de él unas finas varillas metálicas que se curvaban suavemente hasta unirse al gran anillo de cobre en el ápice de la cúpula. Estas varillas estaban entrelazadas de finos cables dorados sobre los que se movían, casi inapreciablemente, pequeños discos planos que representaban a los planetas. Era como si toda la bóveda fuera una gran maquinaria de relojería, elaborando una maravillosa y compleja danza.

Reconocí como arcaicos caracteres jonios los símbolos que se dibujaban sobre el anillo dorado. Casi se habían borrado, pero logré leer:

«En la Nueva Luna de Shebat del año 673, Calínico, hijo de A[indescifrable], erigió esta cúpula y orientó el anillo graduado hacia los lejanos planetas, aquellos a quien mi Señor alimenta [o aquel cuyo pastor es mi Señor]. Él será recordado en presencia del Señor. Y si retuviere el fuego, el anillo será arruinado. Él es el dios que nos conoce».

No estaba muy seguro de esta última frase. También podría traducirse como: «Él es el dios del conocimiento», o «Él es el dios de la ciencia».

¿Pero cuál era el origen de ese tal Calínico y del resto de los hombres que, llegados de Oriente, construyeron aquel fantástico lugar?

Quizás en alguno de los ejemplares de aquella inmensa biblioteca estaba la respuesta de aquel enigma. Pero muchos de aquellos libros habían sido apresados en sus estantes por la vegetación, que había crecido sobre ellos, pudriéndolos y haciendo imposible su lectura. Era como si aquellas raíces se alimentaran, ávidas, del saber encerrado en aquellos tomos; o como si quisieran guardar sus misterios para siempre.

En una ocasión, al intentar extraer un ejemplar de su anaquel, una sección entera de estantes basculó con un sordo chasquido hacia atrás. Extrañado, cargué mi peso contra esos estantes y empujé… ¡Había encontrado una puerta secreta, y tras ella un estrecho pasadizo de piedra! Recogí una linterna, y me introduje en el pasadizo. Los falsos estantes se cerraron tras de mí, pero yo continué mi camino sin inmutarme.

La curiosidad dominaba cualquier temor que pudiera sentir en aquellos momentos.

El pasadizo ascendía por unas escalinatas estrechas y desgastadas que giraban una y otra vez sobre sí mismas como la concha de un caracol. Éstas desembocaron en una amplia plataforma bañada de luz solar. Parpadeé ante aquella inesperada luminosidad y dejé a un lado la linterna; un extraordinario espectáculo se presentaba ante mis ojos medio cegados.

Una compleja y maravillosa maquinaria dorada ejecutaba una asombrosa danza lenta y majestuosa iluminada como un sueño por la luz del sol. Miré hacia arriba y vi, a unos diez codos [4] sobre mi cabeza, el final de un gran cilindro de cobre de cinco codos de diámetro, cerrado por una brillante esfera de cristal de ese mismo diámetro. Ese tubo conducía la luz desde el exterior ayudado por espejos y lentes perfectas como aquélla, de la misma forma que una cañería transportaría el agua. Esto era evidente, pero, ¿qué maravilloso artesano podría haber tallado lentes tan enormes con una perfección semejante [5]? Aquella maquinaria que parecía moverse alimentada sólo por el calor desprendido por la luz solar, como el artilugio inventado por Herón de Alejandría que abría las puertas de un templo al encender fuego sobre el altar [6].

Me sentía como una diminuta pulga en el interior de un gran reloj dorado.

Una pasarela de madera comunicaba la plataforma sobre la que se encontraba con un orificio o pozo situado bajo la sección central de la maquinaria. A partir de ese punto se curvaba el suelo formando la cúpula de la Sala Armilar , que ahora veía desde arriba; y aquel orificio era el que permitía el paso de la luz que luego iba a ser distribuida por el interior de la sala. Y, sin duda, aquella maquinaria maravillosa y dorada era el secreto del movimiento de los astros simulados del interior. Pero ni siquiera Herón, ni ningún otro antiguo tratadista griego, ni el oriental Banu Musa, ni el moro español Ahmad al-Muradi, podrían haber concebido mecanismos autómatas como aquéllos, capaces de moverse con tanta suavidad y perfección.

La técnica de los constructores de aquella Sala estaba más allá de todo lo concebido alguna vez por el género humano.

<p>4</p>

La ceremonia de la boda de Roger y la princesa doña María, se celebró en el mismo Palacio Imperial, una semana después de mi llegada a Constantinopla.

La novia era casi una niña, pero muy hermosa, con un adorable rostro ovalado alto y fino, de línea precisa, una frente bien encuadrada por unos cabellos intensamente negros de brillo azulado y unos chispeantes ojos color de aceituna, llenos de vida.

Me pregunté qué pensamientos vivirían tras aquellos ojos en ese instante. Ante la obligación impuesta por razones de Estado de contraer matrimonio con un latino, con un bárbaro, ¿se sentiría como una víctima propiciatoria de buenos augurios camino del altar de sacrificio? ¿O como un cachorro al que sus padres abandonaran para ponerse a salvo de los lobos?

Era difícil decirlo contemplando aquellos ojos que tan sólo reflejaban una leal conformidad.

Esa tarde, bajo la mirada del Emperador y de su hermana doña Irene, se iniciaron los festejos del acontecimiento en los jardines orientales del Palacio Imperial. Viandas fuertemente especiadas; volatería exótica; pescados del mar negro; frutas azucaradas de Morea. Y vino, mucho vino… [7] Malvasía, Chipre, Chío, Siracusa, Esmirna…

Situados en el centro de la ceremonia, Roger y sus almocadenes [8] se asombraban del progresivo arrugamiento de los griegos, desbaratados por el vino. Entre el refulgir del oro y la pedrería, las sedas de las casacas chambelanas se impregnaron en poco tiempo de un olor mixto de resudación y de la acidez fétida del vómito.

Abriéndose paso entre los cada vez más ruidosos convidados y los atildados servidores, llegó hasta mí la princesa doña Irene, la ahora suegra de Roger.

– Llevo años deseando conocer al hombre que escribió el Ars inveniendi veritatem -me dijo esbozando una amplia y cordial sonrisa.

Era una mujer verdaderamente hermosa, a pesar de su edad, con unos ojos negros e intensos y una frente altiva e inteligente, enmarcada por unos cabellos también negros que apenas empezaban a encanecer.

Le pregunté si lo había leído, puesto que no es un libro sencillo para…

Iba a decir «para una mujer», pero me detuve a tiempo. Los griegos tenían una larga tradición de mujeres sabias.

– He leído todos vuestros libros; incluso las novelas y los tratados de caballería -me dijo-. Algunos he tenido que hacerlos traducir al latín para poder entenderlos… Decidme, Ramón, ¿por qué ese deseo de escribir en lengua vulgar?

Me encogí de hombros. No era la primera vez que me hacían esa pregunta.

Todos hablamos normalmente en una lengua, y escribimos en otra diferente; en latín. Me pregunté por qué tenía que ser así, por qué no era posible algo tan aparentemente lógico como escribir en la misma lengua en la que hablamos.

Se acercó un poco más a mí, y me recitó con voz suave:

– Cantaben los aucells l'alba, e despertà's l'amic, qui és l'alba; e los aucells feniren lur cant, e l'amic morí per l'amat, en l'alba… [9]

– El Libre d'Amic e Amat -asentí.

– Son extrañas y turbadoras estas palabras para hablar de Dios…

– Quizá las únicas adecuadas para transmitir lo sublime de la experiencia mística…

Con una sonrisa afirmó que no iba a discutirme esto.

– Por favor, continuad -repliqué-. No soy tan engreído ni tan sabio como para no poder soportar que mis ideas se cuestionen.

Doña Irene me ofreció entonces su brazo, y me invitó a pasear por la zona más alejada del jardín; a salvo del bullicio de la celebración.

Caminamos entre naranjos de redonda copa y olivos venerables roídos por los años. Las lindes del paseo estallaban de flores silvestres; amapolas, lirios y lentiscos en flor. Las estrellas empezaban a despuntar tímidamente en el cielo púrpura y violeta. Mirándolas con respeto, afirmó que eran hermosas; y añadió poco después con aire soñador:

– De niña pasé muchas horas admirando la cúpula pintada de estrellas de la Sala Armilar. No era un lugar donde te permitieran ir, pero yo siempre me las arreglaba para escapar a él. Para mí, aquella cúpula, con su luminoso centro, tenía una extraña cualidad mágica. ¿Sabéis?, las estrellas y la media luna son el símbolo de Constantinopla. Hace muchos siglos, Filipo de Macedonia fracasó en un ataque nocturno a la ciudad al ser descubierto por la luna. Los antiguos lo atribuyeron a la diosa patrona de la luna, Hécate, cuya luz les había ayudado tanto.

Aventuré que quizás el origen de esos símbolos fuese otro. Ella preguntó por el significado de mis palabras, y si ya había resuelto el misterio del origen de los hombres que trajeron el fuego griego.

– Me temo que no -dije-. Quizá yo no sea tan sabio como le habéis asegurado al megaduque.

Le pregunté a continuación si recordaba la estrella de siete puntas y la media luna grabadas sobre la puerta que daba acceso a la Sala. Ella respondió afirmativamente, y yo le mostré que representan a Ishtar y a Sin; es decir, a Venus y a la Luna.

– ¿En qué culto? -quiso saber ella.

– En uno que tiene su origen en la antigua Mesopotamia y que perduró, al menos, hasta la época en la que fue construida la Sala Armilar.

Doña Irene me miró extrañada y recordó que había visitado aquella Sala en infinidad de ocasiones, y que siempre pensó que la estrella y la luna grabadas sobre la puerta eran las de Constantinopla, y que las estrellas que brillaban pintadas en la cúpula eran las mismas que habían descubierto el ataque de Filipo, que eran sus aliadas y que permanecían allí ocultas.

– Quizás existe una relación entre todo esto. Pero aún no he sido capaz de descubrirla -admití-. Todo es tan misterioso…

– Roger afirma que las gentes del reino del Preste Juan viven jóvenes para siempre. ¿Creéis eso?

Me encogí de hombros, y le dije que las leyendas eran también hermosas, como las estrellas; y que solían ser tan inalcanzables como éstas. Y que, en cualquier caso, lo que yo creyera significaba muy poco.

A lo lejos la celebración proseguía, atenuada por la distancia. Delante de los novios, un brillante grupo de danzantes que ejecutaban viejos pasos casi paganos, los cantores entonaban el epitalamio; armónicamente pausado, extraído instrumentalmente del octoechos, los ocho tonos en que se cantan los himnos en las grandes solemnidades.

Los ecos de la melodía nos llegaban como retazos de un sueño casi olvidado.

– Se aman -musitó doña Irene casi para sí.

Desde luego, comprendí; Roger amaba a la joven doña María. De una forma básica, quizá, pero aceptaba sin rechistar aquello que la vida le regalaba.

Pero, ¿sentía lo mismo la joven y hermosa princesa? No debería haberme resultado tan extraño; Roger era un hombre fuerte y atractivo, y sin duda estaba rodeado de una aureola romántica a los ojos de una jovencita como doña María que apenas había abandonado el palacio durante toda su vida. Siempre pensé que aquel matrimonio había sido una imposición de Estado y me parecía lógico que la joven se sintiera infeliz al verse unida para siempre a un latino, es decir, a un bárbaro.

<p>5</p>

La boda de Roger y la princesa iba a quedar señalada por una ancha cicatriz.

Doña Irene y yo continuábamos nuestro paseo conversando, cuando una súbita algarabía nos hizo callar. Ambos miramos desconcertados, buscando el origen de aquel griterío. En las calles colindantes al Palacio, frente a las puertas que daban acceso a los jardines, se escuchaban gritos furiosos.

El Gran Drungario se acercó a la entrada para averiguar qué estaba pasando, e inmediatamente las puertas se abrieron para dejar pasar a un pequeño grupo de hombres que vestían el llamativo uniforme verde y naranja de las tropas genovesas.

Un capitán, no muy alto y algo obeso, iba en cabeza.

Pregunté a doña Irene sobre ese hombre, y ella respondió que se trataba de Rosso de Finar, capitán de la guardia genovesa que era financiada directamente por las donaciones de la mahona [10].

Rosso de Finar cruzó con paso decidido los jardines reales, y se situó frente a Roger en la mesa presidencial. Iba escoltado por diez guardias genoveses perfectamente armados. Las naves genovesas eran, en su mayoría, las velas del comercio pontificio en aquellos mares. Y el Papa era enemigo de Aragón.

Doña Irene y yo nos acercamos a ver qué estaba pasando.

– Capitán Roger de Flor -estaba diciendo el genovés con voz altiva y desafiante-, en nombre de la Señoría genovesa, te conmino a que me acompañes hasta el barrio de Pera para responder de los cargos de piratería.

– Capitán -le cortó xor Andrónico, exasperado. Las venas de su flaco cuello parecían a punto de estallar-. Éste no es el momento ni el lugar.

Miré a Roger. Sentado tranquilo junto al Emperador; sonreía como si realmente estuviera disfrutando de la ocasión. Le aconsejó al genovés, dirigiéndose a él en su lengua, que se marchara, que allí no iba a obtener nada, «excepto un buen palmo de acero catalán dentro de sus intestinos».

El capitán genovés cruzó sus ojos llenos de odio con los de Roger. Al ver la mirada de los dos hombres empecé a temer lo peor, pero ni por un momento imaginé lo que iba a suceder a continuación. Rosso de Finar extrajo de su casulla un trapo cuidadosamente doblado, y lo desplegó. Era la Señera de Aragón; y la arrojó sobre el mantel, frente a Roger y doña María, volcando copas y jarras de vino.

– Tus hombres colgaron esta enseña en la puerta de Blanquernas, pero eres tú quien la debería llevar siempre encima, puesto que haces uso de ella en todas tus incursiones piratas.

La sonrisa no abandonó los labios de Roger, pero un velo de furia asesina cubrió sus ojos grises. En un momento estuvo en pie, con su espada desenvainada en la mano, derribando la mesa del banquete; al momento siguiente, su espada se había hundido en el vientre del capitán genovés, tal y como había prometido.

¡Desperta ferro!, gritaron entonces los almocadenes de Roger.

Curtidos en hacer rápidamente cara a todas las sorpresas, pasaron rápidamente del blando amodorramiento festivo a la más brutal agresividad, y la guardia que acompañaba a Rosso de Finar fue también rápidamente abatida, ante el asombro impotente del Emperador y de todos los presentes.

Por el griterío que nos llegó del exterior comprendimos todos que los genoveses que habían acompañado al desdichado grupo de guardias, habían sido testigos de su rápida ejecución. Las puertas de barrotes de hierro empezaron a doblarse bajo el peso de la furia de los genoveses; y la caballería almogávar, apostada por Roger junto a las puertas para asegurar la tranquilidad durante la ceremonia, comprendiendo el peligro, cerró contra los desordenados genoveses…

Las atormentadas puertas de los jardines palaciegos cedieron al fin, vomitando un torrente de cuerpos humanos y relinchantes caballos. El caos se adueñó de todo; mesas tumbadas, encumbradas damas y altos dignatarios pisoteados, gritos de terror y dolor resonando en la hasta entonces apacible noche veraniega.

Vi cómo Roger de Flor acompañaba a la princesa y a su madre, doña Irene, a alguna de las habitaciones alejadas de Palacio. Y la guardia personal de xor Andrónico me condujo también a la seguridad de una sala situada sobre el jardín.

La revuelta estaba tomando proporciones insospechadas.

De uno y otro bando afluía la gente de armas. Gritos, sangre y confusión…

Los enfurecidos caballos de los almogávares habían abierto una brecha en las filas genovesas y por ella, en aluvión, entraron los catalanes espada en mano, en los jardines del Palacio, tajando y degollando. Los restos del banquete y las guirnaldas festivas fueron aplastados y macerados por los cascos de los caballos.

Los genoveses, embotellados frente a los muros del Palacio, entre silbidos de venablos que surcaban el aire y el chirriar de las espadas, fueron liquidados por los catalanes que saldaban de este modo recibos y pagarés. Algunos, desarmados o mutilados, se arrastraban implorantes. Y antes de que la súplica brotara de sus labios, un espadazo de los catalanes los degollaba.

El terror se reflejaba en el enjuto rostro de xor Andrónico. La sangre amenazaba con anegar el Imperio. ¿Hasta dónde pensaban llegar los catalanes?, se debía de preguntar, y temblaba por los genoveses y por sí mismo.

Roger de Flor regresó entonces con su espada en la mano. Ansioso por unirse a la lucha, se dirigió hacia las escalinatas que conducían al jardín.

Xor Andrónico le ordenó que cesase la lucha.

«¡Hay que dar cuartel a los vencidos, megaduque!», le dijo entre muchas otras cosas. Pero Roger, que parecía desconocer la autoridad del Emperador, le preguntó si no creía preferible asegurarse de que los genoveses no volvieran a molestar nunca más en lo sucesivo. Descendió por las escalinatas de mármol, y sus catalanes le saludaron victoriosos:

– ¡A Pera, a Pera!

Xor Miguel Paleólogo se encaró con su padre. Era un hombre alto, de porte elegante y rostro moreno y atractivo; pero había algo que enturbiaba su naturaleza, velando sus ojos de algo indefinible y enfermizo. De él había oído decir cosas terribles; que era un depravado al que gustaba infligir dolor a sus amantes, y que era un cobarde que en Artaki, ante la presencia del turco enemigo, se había descompuesto y había huido vergonzosamente. También había oído decir que había sido un niño enfermizo y melancólico en quien su padre jamás confiaría lo suficiente como para entregarle completamente el trono.

Instó a su padre y emperador a que no permitiese que aquello continuase; que el barrio de Pera era también Constantinopla, y que si se cruzaba de brazos, el pueblo griego se alzaría contra su cobardía.

– ¡No olvides -concluyó- que Romania entera se sonroja insultada por la presencia y la barbarie de esos latinos aventureros!

Pero xor Andrónico parecía incapaz de escuchar otra cosa que el estrépito de un íntimo derrumbamiento. Se revolvió hacia su hijo punzado por las vacilaciones, y le preguntó cómo podía evitar aquella matanza.

– Yo la detendré -me escuché decir. Tan sólo pensaba en las familias genovesas que iban a ser masacradas. Era evidente que los almogávares no iban a respetar ni a niños ni a mujeres si llegaban hasta el barrio de Pera en su actual estado de excitación.

Xor Andrónico me dirigió una mirada entre suplicante y agradecida. Es posible que no me reconociese, pero, en aquellos momentos, le importaba muy poco de dónde pudiera llegarle la ayuda. Descendí por las escalinatas que desembocaban en los sangrientos jardines.

Roger de Flor repartía órdenes a sus almocadenes no muy lejos de allí, y me dirigí en línea recta hacia ellos.

Distinguí entonces, a lo lejos, el cuerpo de Rosso, caballero de la Señoría y capitán de acreedores, rodando entre las patas de los caballos almogávares. Su aspecto era verdaderamente lamentable, apenas un guiñapo ensangrentado, empapado de barro y desperdicios del banquete tan salvajemente interrumpido. Y sus hombres, aterrorizados, corrían abandonando el cadáver. Necesitaban de toda su agilidad para sustraerse del abrazo mortal de aquellos hombres sucios que proferían extraños alaridos y los acosaban tenaz y bárbaramente, como una jauría irritada.

Algo me golpeó entonces, y di con mis espaldas contra los duros adoquines de granito. Un caballo almogávar, obligado a encabritarse por su jinete, parecía dispuesto a aplastarme bajo sus cascos. Me cubrí el rostro con ambas manos, y esperé el golpe.

– ¡Alto! -Era la firme voz de Roger-. ¡Detente!

El megaduque había sujetado al caballo por las bridas, y le preguntó a gritos al jinete si no me había reconocido.

Luego me ayudó a levantarme, y preguntó qué pretendía hacer; y si deseaba morir esa misma noche.

– ¡Sujeta a tus hombres! -le dije apenas pude recuperar el aliento-. ¡Van a saquear el barrio de Pera!

Preguntó sobre qué tenía eso que ver conmigo. Yo le respondí que Génova era amiga del Imperio, y que pedirían cuentas de esta masacre.

Dijo que Génova significaba muy poco para sus catalanes; pero aquello no podía continuar, y le aseguré que jamás le acompañaría en su viaje tras el reino del Preste Juan si no detenía esa matanza de inmediato.

Roger me observó, evaluándome con una fría sonrisa en sus labios.

– ¿Me estás diciendo que me acompañarás…?

– Si sujetas ahora mismo a tus hombres -le respondí.

Sin decir una palabra más, se volvió y caminó hacia ellos, maza en mano, flanqueado por sus más fieles almocadenes. «¡A mí, almogávares!», gritó, pero su voz se perdió, aplastándose contra el brutal forcejeo. Y Roger empezó a golpear furiosamente a sus propios hombres mientras bramaba:

– ¡Hola, valientes! ¡Atrás mis fieras! ¡Quietos todos!

Se produjo un movimiento de estupor. Las líneas almogávares se fueron curvando hacia fuera trituradas por Roger y sus capitanes. Dejaron de soplar los venablos y de tajar las pesadas espadas. Allí estaba Roger de Flor, el megaduque, imponiendo a golpes sus órdenes. Y en los brutales rostros de los mercenarios no había un solo gesto de agresividad. En cambio brotó su saludo guerrero:

– ¡Aragón, Aragón!

Roger se detuvo admirado por el valor y la fidelidad de sus hombres.

– ¡Recoged vuestros muertos y regresad a los cuarteles!

– ¿Y Pera, Capitán?

– ¡A los cuarteles!

Las callejuelas que serpenteaban en los aledaños de Palacio se fueron quedando silenciosas. Los gorjeos estentóreos de algunos heridos abandonados añadían una nota lúgubre que no permitía olvidar lo que allí acababa de pasar. Se amontonaban cadáveres en macabra confusión. Un último grupo de rezagados almogávares fueron despojando cuidadosamente a los caídos.

<p>6</p>

Mientras amanecía en el Bósforo, las galeras de la Gran Compañía Catalana, treinta y dos navíos que transportaban a más de ocho mil hombres, abandonaron los muelles de Constantinopla, majestuosas y espumeando sobre un mar tranquilo navegaron hacia el alba azul oscura.

Eran los primeros días de otoño. Las naves renqueaban, suavemente empujadas por vientos blandos. Se movían con torpe lentitud, estibadas atropelladamente poco antes de partir y aparejadas con demasiado poco cuidado. La carga se bamboleaba y castigaba las cuadernas de las naves, haciéndolas crujir lastimeramente y hundiendo demasiado la línea de flotación. En las sentinas, los caballos habían sido colocados demasiado juntos unos de otros, y relinchaban inquietos.

Huyendo del excesivo ruido bajo cubierta, me envolví en mi jubón de viaje y, a pesar del frío que cortaba aquella mañana otoñal, salí para contemplar el amanecer.

Afuera, los hombres trabajaban sujetando las maniobras marineras, arracimándose en las cofas, mientras atravesábamos el estrecho del Bósforo, rompiendo el silencio las voces de los capitanes de Roger. Las galeras catalanas restregaban sus flancos contra los festones del paisaje costero. Costas de caliza blanca que disparaban hacia las naves reflejos lívidos y rosáceos cuando los rayos de sol incidían en ellas. Una maraña de olivos, naranjos, mirtos, laurel y terebintos, saludaban nuestro paso. Vides silvestres, cipreses, enebros y encinas formaban grutas verdes suspendidas sobre los acantilados. Un paisaje domesticado que había conocido milenios de civilización y cultivos.

Al frente de la expedición estaban los almocadenes: Fernando de Galcerán, Corberán de Alet, Fernando de Arenós, y Ricard de Ca n'.

Marulli, capitán de los griegos, y George, jefe de los alanos; eran huéspedes de honor en la Oliveta , en cuyo mástil la Señera de Aragón flameaba rutilante.

Nos dirigíamos hacia el cabo Artaki, para enfrentarnos al caudillo turco Osmán, a quien los griegos llamaban Otomán, un bastardo reyezuelo de una de las siete tribus turcas que se habían alzado en Asia, para arrebatarle al imperio los últimos despojos de su antigua gloria. Artaki era el último baluarte griego antes de que los turcos se decidiesen a cruzar el Bósforo y desafiaran la propia garganta del Imperio.

La Historia se repetía.

Hacia el año seiscientos sesenta de Nuestro Señor, desde su capital en La Meca, el califa Mu'âwiya dominaba Arabia, Persia, Siria y Egipto, cuando cruzó aquel mismo estrecho, y puso sitio a Constantinopla.

De haber caído la ciudad, los entonces poderosos y fanáticos ejércitos islámicos habrían tenido abiertas las puertas de toda Europa, donde no había nadie capaz de hacerles frente. Si esto hubiera sucedido, tal vez la cristiandad entera habría sucumbido… Pero esto, gracias a Dios, no sucedió.

«Los salvó un milagro», me había dicho Roger de Flor. Un milagro que llegó en el último momento, cuando la ciudad hambrienta por el largo asedio estaba a punto de rendirse; un pequeño grupo de hombres, comandados por el tal Calínico, logró eludir el cerco y entrar en la ciudad. Pero no eran militares mercenarios, sino físicos y hombres de ciencia llegados de algún remoto lugar, los que fabricaron para los angustiados griegos una poderosa y mortífera nueva arma: el fuego griego.

Lanzado a chorros desde lo alto de las murallas de Constantinopla, flotaba hasta las naves sarracenas y las envolvía en llamas, aniquilando a los poderosos sitiadores.

¿Era posible que Calínico y sus hombres proviniesen del reino del Preste Juan?

Y, en ese caso, ¿dónde estaba situado dicho reino?

Amarramos en el cabo Artaki, no lejos de las ruinas de la antigua Cícico. El cabo tenía forma de sartén calentándose en el mar de Mármara. El mango de la sartén era un cuello ístmico muy estrecho, de media milla de anchura, amurallado desde un extremo al otro con un gran paredón defensivo. Dentro del recinto aún perduraban las ruinas de Cícico; con su anfiteatro elíptico, su grandioso teatro desconchado por los siglos, y su neumaquia, un estanque gigantesco donde se simulaban batallas navales. Contra el muro careado que cerraba la garganta de Artaki, protegido por una avanzada de griegos, se habían estrellado los turcos en sucesivas embestidas, sin conseguir profanar las ruinas de Cícico. Pero no por el coraje defensivo de los hombres de Andrónico, sino por el macizo paredón construido por los antiguos romanos.

Roger tomó rápidamente el mando del destacamento, y envió a Ricard de Ca n' al frente de las patrullas exploradoras tierra adentro.

Regresó un día después.

– Están acampados a sólo dos leguas [11] de aquí -expuso Ricard con voz tranquila y precisa-; en una faja de terreno situada entre el río Gránico y un cauce seco. Deben de ser unos diez mil, acompañados de sus mujeres e hijos…

Roger salió al exterior del anfiteatro que había convertido en su puesto de mando improvisado. Sus hombres se habían congregado fuera; la llegada de los exploradores había supuesto una conmoción en el campamento almogávar.

Roger se subió sobre el tambor de una columna truncada, decorada con hojas de parra y racimos de uvas, y pregonó con voz templada:

– Al amanecer marcharemos contra el enemigo; estad prevenidos para seguir a la Señera, mis bravos -y añadió al cabo de un instante-: Mañana atacaremos su campamento, entraremos en sus alojamientos y acabaremos con ellos antes de que sepan lo que les está sucediendo. Mañana alcanzaremos la gloria y demostraremos, a los turcos y a los griegos, lo que vale un catalán.

Observé la expresión de Marulli y sus hombres, que también habían acudido, y concluí que no parecían muy felices.

Roger prosiguió con su plática, y dijo a sus hombres que eran las primeras batallas las que decidían el curso de las guerras y que, de su actuación durante la siguiente jornada frente al enemigo, nacería el miedo o la confianza que nos tuviera el turco a partir de ese momento. Y añadió con gran énfasis:

– Nuestra buena o mala reputación depende exclusivamente de lo que mañana hagamos en el campo de batalla. Si mañana vencemos, esto será tan sólo el principio de nuestra aventura; después tendremos que seguir peleando mientras nos internamos cada vez más en el territorio enemigo. Será duro para todos, pero al final nos espera la gloria y la riqueza.

Ésta es mi promesa si me seguís hasta el final, y todos sabéis que jamás os he hecho una promesa que no haya cumplido debidamente. Si mañana vencemos, nos espera la misma ruta gloriosa que una vez recorrió Alejandro el Grande, pero no podemos mostrarnos débiles o misericordes; no podemos hacer prisioneros que entorpezcan nuestro avance; debemos ganarnos el miedo y el respeto de nuestros enemigos en esta primera batalla. Mañana no perdonaréis más vida que la de los niños, para que esto cause el temor entre los infieles y nosotros peleemos sin ninguna esperanza de que si somos vencidos podamos quedar con vida. ¡Así debe ser!

Roger elevó su puño desafiante sobre su cabeza y gritó con fuerza:

– ¡Aragón! ¡Aragón!

«¡Aragón! ¡Aragón!», respondieron sus hombres como uno solo, pero griegos y alanos se retiraban hacia sus tiendas con un semblante silencioso y hosco.

Me acerqué entonces a Roger, que estaba rodeado por el entusiasmo incondicional de sus hombres, y le dije que si hacía semejante villanía, si asesinaba a las mujeres y ancianos turcos, toda Asia se levantaría contra nosotros, y el pueblo turco no descansaría hasta que el último de sus catalanes hubiera muerto.

Él me respondió, con fría tranquilidad, que nunca había habido rescate para los templarios. Había aprendido esto de ellos; que el vencido lo es totalmente, con absoluta anulación moral y vital, que la rendición no puede ser un escamoteo a la muerte.

Fue lo primero que Vassaill, su tutor templario que le enseñó a navegar en el mar y en la guerra, le inculcó: «el guerrero debe poner a su espalda una barrera de muerte como meta de cualquier retroceso».

Después, uno de los almogávares llamado Fabra, que afirmaba ser hom d'ordre [12], colocó una sucia y deshilachada casulla sobre sus bárbaros ropajes de piel, y celebró una torpe misa en la que pidió a Jesucristo que les concediera derramar la sangre de muchos infieles. La madrugada iluminaba la muralla de Artaki con sus primeras luces cuando la Gran Compañía Catalana cruzó sus puertas. El megaduque, en vanguardia, mandaba la caballería. A ella se habían incorporado los catafractos [13] de Marulli que cabalgaban con todos los honores. La Señera era doble; el estandarte de Aragón y el de Romania conjugaban sus colores y la hermandad guerrera entre los catalanes, cetrinos y acortezados, y los griegos, atildados y gesticulantes. Detrás gente de a pie; catalanes y alanos sin mezclarse. Corberán de Alet, senescal de la Compañía, encabezaba los cuadros conducidos a su vez por dos señeras; la de don Jaime de Aragón y la de don Fadrique, rey de Sicilia, ondeando juntas en el umbral de Asia.

Los turcos apenas empezaban a despertarse. Rudas tiendas de pieles de carnero junto a las de rica seda de los jefes de tribu; empalizadas donde se apelotonaba el ganado, piedras ahumadas bajo trípodes oxidados de cuyos vértices colgaban tajadas de carne chamuscadas; toscos cacharros de alfarería; bestias de carga y caballos de batalla pastando juntos; carros extraños y desvencijados sirviendo de armazón a las tiendas familiares; mujeres greñudas caminando junto a las bellezas de los harenes, cubiertas de oro y pedrerías; perros hambrientos y chiquillos desarrapados.

Toda resistencia fue inútil contra el temible ímpetu de los almogávares que pronto ocuparon su campamento de un extremo a otro; profiriendo alaridos guerreros, aplastando, volcando e incendiando cuanto se les ponía por delante.

Tan sólo ocho días después del desembarco catalán en Artaki se había aflojado la soga turca en torno al cuello de Romania. Los cadáveres de más de diez mil turcos, hombres, mujeres, ancianos, quedaron como testimonio del nuevo poder griego.

<p>7</p>

El mes de noviembre trajo un otoño duro, golpeado por ventiscas y lluvias de aguanieve bajo un cielo plomizo y opaco, cubierto de nubes bajas que se espesaban y amorataban sobre los Dardanelos y la Prepóntide. Vientos fríos y ríos crecidos por las lluvias, imposibles de vadear. Y las aves viajeras cruzando sobre nuestras cabezas en inmensas bandadas rumbo a Palestina.

Roger, que esperaba noticias de Constantinopla, decidió invernar en el cabo Artaki, y las ruinas de Cícico fueron la guarida más abrigada que descubrieron los exploradores almogávares. Pero sin duda fueron mal escogidas y atropelladamente acondicionadas. Para un isleño como yo, aquél podría ser el lugar más frío del mundo, con sus furiosas ventiscas que parecían querer arrancarte las ropas del cuerpo.

Y durante la invernada los alanos desertaron de la Gran Compañía Catalana.

Al parecer todo empezó con una discusión entre dos alanos y varios almogávares. No tengo una idea clara de las causas; cada uno de los bandos acusaba al otro de haber intentado forzar a una joven lugareña. Quizá fue sólo una discusión de cantina por una furcia, pero trajo unas consecuencias terribles. Amparados por la noche, los almogávares entraron en el campamento alano y poco bastó para que los degollaran a todos.

Centenares de alanos fueron sorprendidos y asesinados en el transcurso de esa terrible noche de Cícico. Una de las víctimas fue Alejo, el joven hijo de George, que murió como un ternero, maniatado y sacrificado en medio de aquella locura homicida.

Para empeorar las cosas Roger quiso aplacar con oro a George por la muerte de su hijo; pero éste despreció el dinero y al agravio del hijo muerto se añadió la afrenta del intento de soborno.

Los alanos se marcharon y el invierno pasó; y al llegar la primavera emprendimos la antigua ruta que, haciendo vértice en Afium Karahissar, la Fortaleza Negra, y atravesando el golfo de Esmirna, dejaba al norte la ciudad de Magnesia y cruzaba junto a Filadelfia, para internarse cada vez más en los desconocidos territorios asiáticos.

La ciudad de Filadelfia era de una gran importancia táctica en las rutas de las caravanas de comercio con Oriente. Desde hacía tiempo soportaba el acoso de las tribus de Otomán, quien finalmente le había puesto sitio. Los últimos despachos indicaban que la ciudad no resistiría mucho tiempo más. Su caída era inminente.

Dejamos atrás las ruinas de Troya, y atravesamos el ancho valle que delimitaban el río Gránico y el monte Olimpo. Los turcos se replegaban ante nuestro avance, rehuyendo todo contacto con nosotros, dejando tan sólo tierra quemada tras de sí.

Los almogávares avanzaban pisoteando firmemente el polvo del camino. Nunca he visto hombres como éstos; cubrían sus cabezas con una red de hierro que bajaba en forma de sayo como las antiguas capelinas, llevaban los pies envueltos en abarcas y pieles de fieras que les servían de antiparras en las piernas; y en un zurrón, también de piel, que les cubría las espaldas guardaban sus víveres y escasos efectos personales. En contraste con las aparatosas y ruidosas armaduras de los catafractos griegos, no se protegían con escudos ni adargas, limitándose a la espada sujeta al talle por un ancho tabalate, la azcona [14], y un par de dardos.

Pero no había guerreros más temibles.

En una plaza fuerte, abandonada recientemente por los turcos, llamada Germe, establecimos contacto con Sausi Crisanislao y los restos maltrechos y hambrientos de su ejército. Sausi era un gigantesco capitán de origen búlgaro, al servicio del Imperio; sus hombres no eran mercenarios, sino soldados leales al Emperador.

Su alivio al encontrarnos enrojeció los ojos de aquel fiero guerrero, y nos narró con emoción sus últimas vicisitudes:

– Las tribus otomanas cayeron sobre nosotros sin previo aviso, en mitad de un verano largo y tranquilo; nos embistieron con una fiereza animal, exterminando a todo cristiano que hallaban a su paso…

Sausi hablaba con moderados gestos de sus grandes manos. Ahora estaba muy delgado, pero era un gigante de constitución recia. Su rostro estaba centrado por una ancha nariz y unos ojos azules y muy separados. Sus cejas casi parecían fundirse con la melena que nacía de sus sienes. Nunca había visto a un hombre tan peludo; su melena rubia se derramaba sobre su espalda como la crin de un caballo salvaje.

Estaba de pie, en el centro de la tienda del megaduque. Roger sentado en una ancha y lujosa silla, casi un trono, que alguien había encontrado en algún lugar de la plaza, cruzaba sus brazos sobre su pecho, y observaba al búlgaro con expresión escéptica.

– Y te retiraste -dijo muy serio.

– Nos retiramos, sí -admitió el búlgaro-. Devolvimos algunos golpes, pero no pudimos frenar el alud; apenas éramos cuatrocientos contra un ejército de miles…

Sausi nos contó, con todo lujo de detalles, su hábil y metódica retirada que dejó patente su capacidad como guerrillero; manejando con cuidada técnica a sus trescientos o cuatrocientos hombres, sin vituallas, pegándose al terreno, fue salvando peligros y desviando zarpazos y dentelladas de los turcos de Caramano, gateó hacia Lidia, en busca del enlace con las unidades norteñas de los griegos.

La parte mediterránea de Asia que comprendía Frigia hasta Cilicia y Filadelfia, estaba en poder de Caramano, uno de los siete capitanes turcos que había repartido las antiguas provincias romanas.

– Se ha rebelado contra Otomán -nos desveló Sausi-, y éste aún no ha sido capaz de sojuzgarlo, atareado como está haciéndole frente a tu avance, megaduque. Caramano ha aprovechado esta coyuntura para afianzarse en Frigia.

– Pero te retiraste -repitió Roger como si no hubiera escuchado nada de lo que el búlgaro le había dicho.

Según sus informes, Roger le había supuesto escalonado a mitad de camino entre Germe y Filadelfia. Contaba con Sausi como primer peldaño de su vanguardia, y ahora lo encontraba mucho más cerca de Germe de lo previsto.

– Compruebo que los aledaños de Filadelfia han sido dejados por ti al libre avance del turco -siguió diciendo Roger-. Eres un punto de apoyo que me falla, y no puedo permitirme esa debilidad entre mis hombres. Llevadle afuera y degolladle.

Las últimas palabras de Roger fueron tan inesperadas y pronunciadas en un tono tan similar al resto, que ni Galcerán ni Ricard de Ca n', los dos almocadenes presentes, cogidos desprevenidos, hicieron la mínima intención de obedecer la terrible orden.

Pero el búlgaro había entendido perfectamente la intención de Roger.

– ¿Qué? -exclamó con un gesto de asombro indignado.

– Ya lo habéis oído, Galcerán, Ricard, ¡obedeced!

Galcerán intentó sujetar a Sausi por la manga, pero el búlgaro logró zafarse y preguntó a Roger qué esperaba que hiciera. Los turcos les superaban por veinte a uno. No era posible oponerles resistencia alguna.

– En ese caso deberías haber sabido morir cuando te correspondía -le replicó Roger con frialdad.

Sausi alegó que no era merecedor de semejante trato tras haber servido fielmente al Emperador durante tantos años; y mientras decía esto desenvainó su espada.

– ¿Y quién eres tú, latino, para juzgarme o condenarme? -dijo mientras lanzaba una rápida estocada a Roger, apuntando a su corazón.

Roger se puso en pie, impulsado por sus reflejos de gato, derribando estruendosamente el dorado trono sobre el que se sentaba, y desenvainando su espalda paró el golpe en el último instante. Con habilidad, el enorme búlgaro fintó su hierro, y lo descargó sobre la parte desprotegida del brazo de Roger, atravesando limpiamente su brazo. Todo esto sucedió con tanta celeridad que ni Ricard, ni Galcerán, ni la guardia personal de Roger, tuvieron tiempo de intervenir. Al ver correr la sangre del megaduque, Ricard saltó como un león sobre la espalda del búlgaro, derribándolo de bruces. Levantó su propia espada para asestarle el golpe mortal, cuando la voz y el gesto de Roger le detuvieron. Galcerán y los guardias se habían ubicado entre el búlgaro y Roger.

– ¡Lo quiero vivo, Ricard! -gritó Roger apretándose el brazo para contener la hemorragia-. ¡Quiero verle colgando como a un perro, junto a sus doce mejores hombres, de la rama más alta que podáis encontrar!

Ricard descargó su espada sobre la cabeza de Sausi, pero no le golpeó con el filo, sino con la hoja plana, y dejó inconsciente al búlgaro.

Roger fue entonces atendido por sus hombres que desgarraron su camisa para evaluar la importancia de la herida. Y mientras el inconsciente búlgaro era arrastrado por los pies hacia el exterior de la tienda, vi brillar algo en su pecho. Ordené a los guardias que se detuvieran, y me incliné sobre él; era una joya extraña y preciosa, colgando de una cadena de oro. Se la arranqué, y Fernando de Galcerán me miró con una expresión extraña; como si pensara: «¿También tú saqueas a los moribundos?»

Observé la joya en la palma de mi mano; un disco de oro con el grabado de una media luna y una estrella de siete puntas encerradas dentro de un círculo.

– No has sido justo con ese hombre -estaba diciendo Ricard de Ca n'.

Ricard era corto de talla y sus delgados brazos parecían estar formados por manojos de fuertes nervios trenzados; pero tenía la altiva prestancia de los hombres de baja estatura, y sus ojos, diminutos y negros, llameaban inteligentes.

– No pretendo ser justo -le replicó Roger-; tan sólo eficaz en mi cometido.

– Los griegos no admitirán un nuevo insulto -insistió Ricard-; y menos si con él va el sacrificio estéril de uno de los mejores capitanes de Andrónico. Si cuelgas a ese hombre, las tropas de Marulli te abandonarán igual que hicieron las de George.

– ¡No te metas en esto, Ricard…! -le gritó Roger a su almocadén, apretando los dientes de dolor mientras le era cauterizada la herida-. ¡No es de tu incumbencia!

Pero Ricard no cejó en su empeño y siguió atravesando argumentos. Le recordó cómo él mismo había llamado «pirata» a Roger, muchos años atrás, después de caer prisionero suyo; y que hoy su lealtad le había hecho sitio entre el círculo de amigos más íntimos de Roger. Quizá por esto Ricard comprendía la situación del capitán búlgaro.

No escuché más. Abandoné la tienda de Roger, y me dirigí a la ocupada por el prisionero. Sausi Crisanislao estaba de rodillas, atado al mástil central de la tienda. Había recuperado el conocimiento y un hilillo de sangre resbalaba por su frente. Sus ojos estaban llenos de ira y no de temor. Me senté en un taburete frente a él y le pregunté, mostrándole el disco de oro que antes le había arrebatado, que dónde había obtenido esa joya.

Él me replicó, a su vez, qué me importaba eso y, en cualquier caso, ¿por qué tendría que decírmelo?

– Porque esto te puede salvar la vida -le dije, ganándome su interés.

Quiso entonces saber quién era yo; pero cuando le dije mi nombre vi que no había oído hablar de mí, de modo que añadí:

– Soy el consejero del megaduque. Si intercedo por ti, y por tus hombres, salvaréis la vida.

– ¿Y qué quieres saber?

– Esta joya -le señalé el dibujo del círculo y los rayos-. Éstos son los símbolos de Ishtar y Sin; Venus y la diosa Luna. ¿Acaso eres un pagano? No temas, no es mi cometido juzgarte por esto; tan sólo deseo saber dónde obtuviste este medallón.

Me contó, entonces, cómo sus antepasados habían luchado como mercenarios en los valles de Mesopotamia, y él había sido educado en la religión y los misterios de aquellas tierras. Luego, cayó prisionero en la campaña de Chana, luchando contra los hombres de Miguel Paleólogo, el padre de xor Andrónico, y purgó su derrota en un largo cautiverio en el que abrazó la religión de Cristo.

Un día abandonó la prisión investido como jefe de una fortaleza griega en Frigia.

– Xor Andrónico me adelantó, como buen conocedor de aquellas tierras, como capitán de su confianza. -Y añadió, resentido por el trato que le había dispensado Roger-: Nunca defraudé esa confianza.

– ¿Sigues adorando a los planetas del cielo? -quise saber.

El me miró escandalizado.

– Nunca he adorado a los planetas; pues el Zodiaco y los siete planetas son obra de los malos espíritus.

La religión que Sausi había aprendido en su infancia creía que el mundo superior se hallaba representado por el Gran Rey de la Luz, la Gran Vida, cuyo símbolo era el que adornaba el medallón que yo le había quitado.

Por debajo de él había innumerables seres espirituales, unos benéficos, otros demoníacos. El Conocimiento de la Vida y los poderes dadores de luz trataban de dirigir a los hombres y a las mujeres hacia las buenas acciones; los planetas y el espíritu de la vida física los inducían a extraviarse.

– ¿En qué lugar de Oriente entraste en contacto con esas creencias?

– En la región de pantanos que se extiende entre los márgenes inferiores de los ríos Tigris y Eufrates, que son dos de los ríos que nacen en el Paraíso.

– ¿Nunca conociste a quienes adoran los planetas?

Meditó durante un instante antes de responder que, en una ocasión, él y su gente atacaron el templo de unos adoradores de demonios, cerca de Harrán.

– ¿Quieres decir que adoraban a los planetas?

– Así es.

Esto era muy común; los dioses de una civilización suelen convertirse en los demonios de sus vecinos. Pero, ¿de dónde había surgido toda esa extraña mitología?

– ¿Dónde estaba situado ese templo? -le pregunté.

– Junto a la falda de los montes Tektek, a una jornada a jaloque [15] de la ciudad de Urfa, y a una jornada a cauro [16] de Harrán.

– Me has sido de gran utilidad -dije-. Me ocuparé personalmente de que Roger te libere a ti y a tus capitanes.

Ricard no había cejado en su empeño de salvar al búlgaro, pero Roger aceptó perdonarle la vida sólo cuando le conté que Sausi era buen conocedor de la región a la que nos dirigíamos y que podría sernos de utilidad como guía.

Admirado por la nobleza demostrada por Ricard de Ca n', le pregunté más tarde por su lugar de origen, respondiéndome que había nacido en las tierras altas de los Pirineos, como gran parte de la almogavaría; y añadió con orgullo:

– Por mis venas corre la sangre del linaje del gran Carlomagno, y mi familia fue en tiempos poderosa en el Valle de Andorra, y combatió contra la casa de Foix al lado del obispo de Urgel, y fuimos desahuciados de nuestras tierras cuando yo era apenas un crío que casi no sabía sujetar una espada entre sus manos. No me quedó otra salida que la del campo de batalla; la almogavaría: los mejores soldados de fortuna al servicio de quien pueda pagar nuestro precio, que no es bajo. Pero ahora que con la caída de Acre la cruzada parece haber concluido y nuestro futuro es incierto, sin guerras ni tierras que conquistar, pronto no quedará un lugar en el mundo para guerreros como nosotros.

Le miré con tristeza y dije:

– En este mundo siempre habrá un lugar para la guerra y la violencia.

<p>8</p>

Seguimos nuestro camino hacia Oriente, para encontrarnos con las avanzadas de Caramano, tal y como Sausi Crisanislao nos había advertido. Eran muy superiores en número a los almogávares, pero inferiores en valor, disciplina y sabiduría militar.

Para un ojo poco entrenado como el mío en contemplar batallas, todo se redujo a una horrible confusión de hombres, hierros y caballos. Los almogávares cargaron con su habitual crueldad, derribando los estandartes turcos, saltando por encima de los cadáveres, degollando, tajando, destrozando a los turcos.

Cuando todo acabó, al final del día, los cadáveres de hombres y bestias se amontonaban desordenados, empapando la arena de sangre; las lanzas y los estandartes destrozados apuntaban hacia el cielo aquí y allá en apretados manojos.

La luz del atardecer le confería a todo un carácter de irrealidad y de locura.

Atravesamos victoriosos una de las imponentes puertas de la muralla que tan bien habían resistido el asedio turco. Las trancas de hierro que ceñían y reforzaban las puertas de pernio a pernio, se abrieron al fin para franquearnos el paso.

Filadelfia era una plaza fuerte y populosa, con una población ocre y sin personalidad que se amontonaba, deslumbrada por nuestro paso: aceros brillantes, carros de guerra, caballos bien enjaezados, guerreros vestidos con pieles de fieras. Y en medio, en dolorosa fila, los vencidos. Mujeres y chiquillos de ojos saltones y desorbitados por el terror; guerreros turcos encadenados, mulas cargadas de botín.

Roger, asqueado por la empalagosa mansedumbre, sin acidez ni belicosidad, de aquellas gentes, ordenó decapitar, por cobarde y traidor, al gobernador de Filadelfia y colgar al capitán de la guardia de la ciudad. Y al pueblo de Filadelfia, que no supo resistir con más valor, le impuso una multa de veinte mil libras de plata. Pero, días después, un correo almogávar llegó hasta las puertas de Filadelfia e inmediatamente fue conducido ante Roger de Flor. Traía noticias de extraordinaria importancia y gravedad.

La guarnición alana que custodiaba Magnesia; la caja fuerte del cuantioso botín almogávar, se había rebelado. Los alanos habían pasado a cuchillo a todos los catalanes que guardaban el tesoro almogávar, y habían tomado como rehenes a las princesas doña Irene y doña María. Al parecer la rebelión había sido instigada por el propio George.

Roger paseó de un lado a otro como un animal enjaulado. La ira nublaba sus ojos y estrangulaba su voz. Preguntó al correo cómo era posible todo esto si tras abandonar Cícico había ordenado a Ahonés que las condujera hasta Constantinopla.

Doña Irene y doña María habían pasado los últimos días del invierno con Roger, en Cícico. Después, el megaduque había confiado las dos damas a su almirante. Pero, al parecer, la marejada les impidió hacerse a la mar y el almirante había decidido esperar en Magnesia a que el mar se calmara.

– Pero, mientras tanto -concluyó el correo-, los alanos se rebelaron.

– ¿Y Ahonés? -preguntó Roger.

– El almirante no estaba en la ciudad en ese momento, sino al cuidado de la flota. Es él quien me envía, megaduque, y espera tus órdenes.

Roger apretó los puños y dijo entre dientes:

– ¡Mis órdenes son sangre y muerte para esos traidores!

Sin esperar más, abandonamos Filadelfia, dejando allí a Marulli y sus griegos para guardar la plaza, y nos pusimos en marcha hacia Magnesia.

Roger, actuando como un poseído, puso sitio a la plaza fuerte; ordenó a Ahonés que desembarcara y dispusiera las máquinas de asedio y los maganeles que aún no habían tenido ocasión de usarse, y las dirigió contra los muros de la ciudad.

El ataque fue precipitado y mal concebido. Los alanos rechazaron a los nuestros sin demasiada dificultad, arrojando aceite y azufre caliente desde las murallas de la ciudad, incendiando los artefactos que tan inconscientemente Roger había dirigido contra ellos, descubriéndolas sin precaución alguna.

Gran parte de los mejores hombres de Roger quedaron allí, a los pies de las murallas, aplastados por rocas o abrasados por azufre ardiente. Mientras los supervivientes se retiraban, arrastrando con ellos a los heridos, tuvieron que soportar la mofa y el escarnio de los sitiados, que les increpaban gritando victoriosos desde las almenas.

Roger apretó los puños y tragó saliva.

El trenzado victorioso que nos había llevado hasta allí empezaba a deshilacharse.

En el décimo día de asedio, una de las puertas de la ciudad se abrió y dejó salir a tres grandes carros tirados por acémilas y a varias mujeres. Cuando los carros y las mujeres avanzaron por campo abierto en nuestra dirección, Roger reconoció entre ellas a su joven esposa y a doña Irene, acompañadas de sus sirvientas.

El reencuentro con la princesa doña María, sobre cuyo destino Roger sin duda había sufrido en silencio, emocionó al duro guerrero.

Pero se cuidó mucho de demostrar esta emoción delante de sus hombres.

Roger abrazó a su esposa, rodeándola con sus fuertes brazos como si quisiera protegerla del resto del mundo, y dejó que ella llorara abrazada a él.

– Los alanos afirmaban ser fieles al Imperio y actuar en defensa de Andrónico -estaba diciendo doña Irene mientras tanto-. Y acusaban a Roger de traición.

– ¿Acusaban a Roger de traición? -exclamó Ricard de Ca n'-. ¿Ellos? ¿Cómo se atreven a tanto cinismo?

– George afirma que os habéis rebelado contra el Imperio -le respondió doña Irene-, que habéis asesinado al gobernador de Filadelfia y que habéis saqueado la ciudad.

– ¡Eso es falso! -gritó Ricard.

– ¿Falso? -pregunté alzando una ceja.

– ¿Por qué os han permitido salir en este preciso momento? -le preguntó Roger a doña Irene sin apenas apartarse de la princesa.

– Según George, nunca hemos sido sus prisioneras. Nos retenían dentro de la ciudad para impedir que pudierais tomarnos como rehenes para conseguir la rendición de la plaza. Pero yo amenacé al mesageta [17] con pedirle a mi hermano su cabeza en una bandeja si no nos dejaba abandonar la ciudad inmediatamente. George accedió entonces a dejarnos marchar, y a llevarnos con nosotras tu parte del botín.

– ¿Es eso lo que hay en el interior de esos carros? -preguntó Roger señalándolos.

– Así es, están cargados de oro. George quiere dejar muy claro que actúa sólo en defensa de los intereses de Andrónico. Quiere que tomes tu oro y te marches.

– ¿Creen que vamos a conformarnos con eso, a dar media vuelta y olvidar que él ha degollado a traición a nuestros compañeros? -dijo Ricard rojo de ira.

– ¿Ha muerto toda la guarnición catalana de la ciudad? -preguntó Roger manteniendo la calma-. ¿Estás segura de eso?

– Sí. Vi sus cuerpos en la plaza, y sus cabezas ensartadas en picas.

– ¡Venganza!

– ¡Ya basta, Ricard! -gritó Roger a su almocadén-. ¡No estás resultando de ninguna ayuda aquí!

– Pero, Capitán…

– ¡Lárgate; desaparece de mi vista!

Ricard de Ca n' apretó los puños, parecía que iba a decir algo, pero finalmente dio media vuelta y se marchó de nuestro lado.

Roger esperó a que se alejara, y preguntó a su suegra si pensaba que su hermano estaría detrás de todo esto. A lo que ella respondió que no albergaba ninguna duda sobre ese punto, lo que provocó un gesto de abatimiento en el duro rostro de Roger.

Se preguntó por qué; había combatido fielmente, contra los turcos, para recuperar territorios que unir nuevamente al Imperio. ¿Por qué esta traición?

– Ya te lo advertí -dijo doña Irene-. Es la forma de actuar de los griegos, y tú eres ajeno a todo.

– ¿Tú lo entiendes, Ramón? -me preguntó Roger.

– El Imperio se sabe débil -le respondí-, y tu fuerza hace más evidente su debilidad. Quizás Andrónico está considerando que ha hecho un mal negocio al cambiar a los turcos por los catalanes.

– Regresa a Aragón, Roger -le imploró doña María-. Regresa a tu patria y yo iré contigo, renunciaré a mi sangre y a mi tierra por ti.

– Aragón no es mi patria -exclamó Roger-; ni Sicilia, ni Génova, ni Brindissi… Soy el hijo de un halconero germánico, criado por los rudos monjes templarios. La tierra que piso en cada momento es mi patria, querida niña.

– ¿Qué va a suceder ahora? -preguntó doña Irene.

Roger dijo que, de momento, se mantendría el asedio sobre Magnesia.

– Más adelante Dios dirá -concluyó.

Varios días después, los centinelas dieron la voz de alarma al ver formarse a lo lejos la polvareda que caracteriza el avance de un ejército numeroso. Esto produjo en todo el campamento almogávar un movimiento nervioso, de avispero alertado.

Roger de Flor salió precipitadamente de su tienda y oteó el horizonte, haciendo de visera con sus manos para protegerse del sol.

– ¿Que sucede? -pregunté, alterado por todo el movimiento que se estaba formando a nuestro alrededor.

– Un ejército se acerca desde Poniente -me respondió secamente Roger.

Doña Irene y doña María también habían salido de las tiendas y se acercaron con expresión preocupada en sus rostros. Ricard de Ca n' corrió hasta nosotros, esperando órdenes; mientras el ejército, del que pude distinguir los estandartes que se afirmaban y coloreaban entre las capas de aire y polvo, avanzaba hacia nuestras posiciones.

– ¡Son los pendones de Aragón y Sicilia! -exclamó Ricard asombrado. Su vista era mejor que la de ninguno de nosotros, pero pronto pudimos comprobar la certeza de sus palabras.

Doña Irene preguntó a Roger sobre qué podía significar eso.

– No lo sé -respondió el extemplario-. ¿Una añagaza turca o alana? Tal vez tu hermano pretende sorprendernos.

– No le creo capaz de tanto atrevimiento -respondió la mujer.

– Quizá sí, o quizá no; pero no puedo arriesgarme. Ricard, llama inmediatamente a zafarrancho.

El almogávar así lo hizo, e inmediatamente el campamento entero se tensó preparándose para la batalla; presintiendo la desagradable posibilidad de convertirse de sitiadores en sitiados. Las mujeres y los chiquillos ocuparon el sitio que la defensa les asignó, preparándose para llevar las flechas y las vituallas a los combatientes. Los carros fueron dispuestos en círculo, y sus lonas empapadas de agua para prevenir las flechas incendiarias. Ricard y Galcerán fueron así dando cuerpo a las instrucciones de Roger.

Un par de exploradores del ejército que se acercaba, cabalgando sendos murtats [18], llegaron hasta la línea de defensa almogávar. Roger reconoció a uno de aquellos hombres y ordenó inmediatamente levantar el estado de zafarrancho.

Los catalanes enfundaron sus dardos y devolvieron al tahalí sus hachas. El grito de victoria almogávar retumbó por todo el campamento; y lo que fue señal de zafarrancho se trocó en caliente y afectuoso recibimiento a los compatriotas que quedaron en Sicilia; los almogávares de Berenguer de Rocafort.

Uno de los dos jinetes que se acercaba era nada menos que Joanot de Curial.

<p>9</p>

Roger y Joanot se abrazaron y besaron como dos hermanos que no se hubieran visto en muchos años.

Joanot era un héroe casi legendario, como Roger, y ambos eran camaradas desde los valerosos últimos días de Acre, donde Roger había salvado la vida a Joanot en más de una ocasión. Lo que fue correspondido por Joanot cuando salvó a Roger de una muerte casi cierta en las mazmorras de la orden del Temple, en Marsella; hechos éstos que me serían narrados poco después, con más detalle, por el propio Joanot de Curial.

Joanot era algo más joven que Roger. Tenía un rostro agradable y bien parecido, dominado por unos grandes ojos castaños, sombreados por unas cejas espesas y oscuras, que hacían que su frente no pareciese demasiado ancha. Su perfil, de nariz recta y labios delgados, recordaba a la imagen de una antigua moneda romana. Su pelo era negro como las plumas de los cuervos, y caía lacio y desordenado sobre sus hombros. Era musculoso y de gran estatura, aunque no tanta como para que le hiciera parecer desgarbado. Vestía una larga gonela color zafre sobre su cota de malla, y en su pecho estaban bordadas las cuatro barras rojas de Aragón. De su cinto colgaba una espada tan ancha y pesada que pocos hombres podrían manejar con soltura.

Más tarde, durante la comida de bienvenida, Roger preguntó a Berenguer de Rocafort sobre las circunstancias de su llegada a Asia.

– Me mandó llamar Andrónico -dijo Berenguer sin dejar de masticar.

Era un hombre tosco, de gestos ampulosos y ojos hundidos, muy peludo de cuerpo y barba, pero completamente calvo en la cabeza. Hablaba, comía y bebía como si le faltara tiempo en la vida para hacer todas estas cosas con calma. Se limpiaba de vez en cuando en la piel de armiño de su capa.

Había llegado con doscientos hombres a caballo y mil infantes almogávares; además de su hermano Gisbert de Rocafort y su tío, Dalmau de San Martín, y Joanot de Curial, que también se sentaban a la mesa. Aquél era un refuerzo que a Roger, ahora que había perdido el apoyo de los alanos y de los griegos de Marulli, le iba a venir muy bien. Pero había cosas que el extemplario aún no veía claras.

– ¿Qué hay de tu problema con el rey? -preguntó Roger a Berenguer.

– Solucionado -respondió éste, realizando la proeza de comer, beber vino y hablar a la vez-. Ese bastardo soltó por fin los veinte mil carlís [19] que me debía, y me ha restituido los castillos de Calabria que mantenía en su poder; pero no me preguntes cómo hice para convencerle.

– Y después decidiste, al fin, acompañarme en mi aventura -concluyó Roger.

– Lo consideré, pero antes de que tomara una decisión recibí un correo del mismísimo xor Andrónico. Me invitaba para que acudiera con mis hombres a Constantinopla; al parecer, deseaba contratar mis servicios y me prometía el título de megaduque.

Roger le miró atónito.

– ¿Cómo?

Berenguer dejó de masticar y le devolvió una sonrisa a Roger.

– Oh, sí. El título ya estaba ocupado por ti. Así se lo hice ver a xor Andrónico en cuanto me presenté ante él en su palacio de Constantinopla. Por cierto, me contaron lo que habías hecho con los genoveses… -rió.

– ¿Qué te dijo entonces Andrónico? -preguntó Roger impaciente.

Berenguer rebuscó en un bolsillo en el dobladillo de su capa, extrajo un rollo de pergamino lacrado con el sello imperial, y lo arrojó sobre la mesa, junto a los montones de huesos de pollo que había ido dejando.

– Tú ya no eres megaduque -dijo Berenguer, encogiéndose de hombros-. Has sido ascendido, amigo; ahora eres César. Felicidades.

Roger de Flor rompió los sellos imperiales, y desenrolló el documento.

– Es mi nombramiento como César del Imperio -dijo tras leerlo rápidamente.

– ¿Qué quiere mi hermano a cambio? -preguntó doña Irene, sin demostrar ninguna felicidad por el reciente encumbramiento de su yerno.

Rocafort observó a la hermana de Andrónico sin responder. En sus ojos había una evidente desconfianza hacia la mujer. El silencio se alargó hasta que el joven Joanot fue quien respondió a doña Irene:

– El Emperador desea que Roger y su ejército levanten inmediatamente el sitio a Magnesia, y abandonen Asia -dijo.

Berenguer de Rocafort explicó a continuación que xor Andrónico ordenaba a Roger dirigirse con urgencia hacia Bulgaria, donde debería acudir en auxilio del esposo de doña Irene, porque un hermano suyo se había levantado contra él y contaba con el apoyo de gran parte del ejercito búlgaro.

– Eso no es cierto -dijo Irene con firmeza-. No existen esa clase de asuntos en Bulgaria.

Rocafort volvió a encogerse de hombros.

– Fue vuestro propio hermano quien me pidió que le transmitiera estas órdenes a Roger de Flor.

– Es un ardid -exclamó Irene-. Andrónico tan sólo desea sacarte de Asia por el método que sea. El título de César es la zanahoria, y el pretendido levantamiento en Bulgaria, la vara.

– ¿Qué piensas tú, Joanot? -preguntó Roger a su amigo.

– Creo que la señora está en lo cierto -dijo el joven caballero-. Xor Andrónico está obsesionado con que abandones inmediatamente Anatolia. No sé por qué.

– Te teme más que a los turcos – dijo Gisbert, el hermano de Berenguer, riendo.

– Sí -añadió Berenguer, palmeando el hombro de Roger-. Eso pienso yo también.

Roger dirigió una mirada alrededor de la mesa, y les dijo a Rocafort y Joanot que le acompañasen, que deseaba hablar con ellos en privado.

Berenguer asintió, levantándose, y limpiándose la boca con la manga.

– Ven tú también, Ramón -me dijo.

Ninguno de nosotros entendió entonces cuáles eran la intenciones de Roger, pero los cuatro entramos en su tienda. Una vez en el interior, Roger preguntó a Berenguer:

– ¿Qué tienes previsto hacer tú?

Rocafort meditó un instante antes de contestar, y al hacerlo miró directamente a los ojos de Roger:

– Son éstos unos extraños tiempos, amigo. Tras la caída de Acre es como si nos hubiéramos dado por vencidos en el empeño de recuperar Tierra Santa. Quizás es mejor así, no lo sé; pero lo que ahora sobra en Europa son ejércitos. Se está licenciando a mucha gente y cada vez es más difícil encontrar a alguien que esté dispuesto a pagar el precio de unos soldados de fortuna tan buenos como nosotros -rió-. La verdad, no sé dónde vamos a ir a parar si los reyes y nobles dejan de apreciar el auténtico valor de unos combatientes de calidad. Se acercan tiempos difíciles; quizá sea ésta nuestra última oportunidad de enriquecernos con un botín cuantioso. Tú y yo hemos compartido aventuras, y hemos repartido el producto del saqueo infinidad de veces; y tú y yo podemos entender mejor que nadie la oportunidad que tenemos aquí. ¡Por Dios, Roger, estas tierras rezuman oro que sólo espera ser recolectado por nuestras manos! Entiendo perfectamente por qué Andrónico me ha hecho venir y por qué me ha mandado a tu encuentro. Pero si lo que buscaba era provocar el enfrentamiento entre tú y yo, despertar la envidia entre nosotros, es que se trata de un viejo chocho que no conoce lo que vale un catalán o un almogávar… Mandémosle al diablo, Roger, a él y toda su corte de entorchados decadentes. Quedémonos por aquí una temporada, cojamos cuanto queramos, sea griego o turco. ¿Qué más nos da una cosa u otra? Para mí, tan paganos son los unos como los otros…

Roger asintió en silencio, y me presentó a sus dos camaradas de armas.

– Conozco los grandes logros del doctor iluminado -dijo entonces Joanot-; para unos eres un genio y para otros un loco. Para unos un santo, y para otros un hereje. Imagino que estás al corriente de todo esto.

– Estoy al corriente -admití. Desde luego, aquel hombre no se andaba por las ramas.

Roger les preguntó si Andrónico les había revelado el verdadero objetivo de nuestra expedición, la búsqueda del reino del Preste Juan. Y así era, pero ambos le explicaron a Roger que, ahora que la amenaza turca sobre Constantinopla se había aflojado, Andrónico había perdido todo interés en esa expedición.

– Quizás él sí -replicó Roger-, pero no yo. La sabiduría de Ramón Llull puede conducirnos hasta ese reino. ¿No es así, Ramón? -me preguntó, pero continuó hablando sin darme ocasión de responderle-, y tú, Joanot, conoces mi anhelo de encontrar ese reino pletórico de riquezas, con sus calles adoquinadas con oro. Imagínatelo, Bernard.

– Puede que sí, y puede que no -replicó éste-. Yo prefiero el pájaro en mano.

– Pero esto es así de seguro -insistió Roger. Y, a continuación, les contó con detalle lo de la Sala Armilar y lo del origen del fuego griego-. Esta gente poderosa, que ya ayudó a la cristiandad en el pasado, se aprestará a apoyarnos ahora, y juntos derrotaremos para siempre a los turcos. Y nosotros ganaremos más poder y riqueza de los que ningún emperador del pasado haya disfrutado nunca.

Rocafort sacudió la cabeza.

– Despierta, Roger. Ya no tienes el apoyo del Imperio; Andrónico quiere que abandones Asia inmediatamente. No puedes realizar una expedición de ese calibre sin contar con ningún respaldo en tu retaguardia.

– No sería la primera vez -se defendió Roger-; los diez mil de Jenofonte ya cruzaron esas tierras sin que ningún ejército les detuviera… Y el gran Alejandro…

– Oh, ya estamos de nuevo con esas viejas historias… Tú no eres Jenofonte, ni Alejandro; ni estos tiempos son iguales a aquéllos.

– Pero no me daré por vencido tan fácilmente. Vuestra llegada ha sido providencial, amigos míos, porque ahora podré acatar obedientemente las órdenes de esa serpiente de Andrónico; levantaré el asedio sobre Magnesia, tal y como él quiere, y mi ejército viajará hasta Bulgaria, siguiendo su voluntad.

Todos le devolvimos una mirada de incomprensión a Roger.

– ¿Cómo dices? -preguntó Joanot.

– Tú hallarás por mí el reino del Preste Juan -dijo Roger mirando fijamente al joven caballero-. Es un viejo sueño, y no debemos renunciar a los viejos sueños.

Y a continuación, Roger dijo que iba a devolverles a los griegos un poco de su talante intrigante, que estaba cansado de comportarse con rectitud cuando ellos sólo conocían caminos sinuosos.

– Fingiremos que acatamos las órdenes de Andrónico, pero seguiremos nuestra propia voluntad -explicó Roger-. Tú, Joanot, mi buen amigo, con quien he compartido tantos sueños en el pasado, viajarás hacia Oriente en compañía de Ramón Llull junto con un pequeño y escogido grupo de almogávares, hasta encontrar el reino del Preste Juan. Después… bueno, después importará todo muy poco. Aragón tiene hambre de imperio, y nosotros vamos a ser sus dientes afilados y cortantes para sujetar un imperio como el que el mundo conoció en los tiempos del Gran Alejandro. Y quizá decidamos que el trono de Constantinopla debería ser ocupado por un hombre de más valor que Andrónico. Por un catalán quizá.

Rocafort echó su cabeza hacia atrás, y soltó una larga carcajada.

– Sigues siendo el de siempre, Roger -dijo al cabo de un rato-. A ambición no hay quien te gane.

El joven Joanot, que permanecía serio y en actitud introspectiva, preguntó cuánta gente llevaría con él.

– No más de trescientos almogávares -dijo Roger sin dudar-, de los mejores y más fieles. Un grupo lo bastante pequeño como para que pueda moverse con flexibilidad por terrenos desconocidos, y avanzar con rapidez.

Joanot asintió en silencio, y Roger le preguntó a su vez:

– ¿Deseas hacerlo, amigo mío? ¿Deseas emprender esta aventura?

– No me lo perdería por nada del mundo -respondió el joven guerrero.

Y así se hizo. Levantamos el sitio a Magnesia, con gran asombro de los sitiados, y nos dirigimos hacia el norte, hacia Bulgaria. Pero, antes de haber caminado muchas millas, el ejército se dividió.

Joanot de Curial fue nombrado adalid [20] de los almogávares escogidos por Roger, todos exploradores y guerrilleros expertos. Sausi Crisanislao aceptó voluntariamente acompañarnos en calidad de explorador, pues aquéllas eran tierras que él conocía bien por haberse criado en ellas.

Nos hizo una primera sugerencia:

– Trescientos guerreros armados tienen pocas posibilidades de cruzar con éxito esas regiones. Demasiados como para pasar inadvertidos, y demasiado pocos para defenderse del ataque de un ejército enemigo.

– ¿Qué propones? -le preguntó entonces Joanot.

– Las gentes de esas tierras están acostumbradas al paso de grandes caravanas de comerciantes. Son algo común por esos caminos desde los tiempos de los antiguos romanos que establecieron la primera ruta con la remota India. Una caravana con trescientos comerciantes, perfectamente pertrechados para el camino, con sus carromatos, sus acémilas y sus camellos, no despertaría el mínimo interés entre aquellas gentes.

– No me seduce la idea de disfrazarme como un vulgar ladrón -dijo Ricard que también nos acompañaría-, y si es a los turcos a quien temes, no debes preocuparte, pues ya los hemos derrotado en repetidas y continuas ocasiones.

Intervine para sugerir que quizás encontráramos enemigos mucho más formidables que los turcos.

– ¿Qué quieres decir? -me preguntó Ricard, extrañado.

– Sólo que deberíamos tomar precauciones tal y como Sausi propone.

– Que así sea -dijo Roger dando por terminada la discusión.

Los rudos almogávares se despojaron de sus vestiduras de piel, y se cubrieron, entre risas y chanzas, con los ricos ropajes de seda y lino provenientes del saqueo de Filadelfia; ocultando, bajo aquellas túnicas bordadas, sus pesadas armas de acero.

Al separarnos, Roger nos dijo que tenía por muy cierto que ese levantamiento en Bulgaria había sido fingido por Andrónico, para tener alguna razón para sacar a los almogávares de Asia. No debíamos preocuparnos entonces por nada, excepto por encontrar las tierras del Preste Juan. Y dijo por último:

– Que piense que me callo y me someto.

Y no se habló más. Nos separamos del grueso de la tropa almogávar, y tomamos caminos divergentes. La extraña aventura hacia lugares perdidos se abría ante nosotros.


Differentia, Concordantia, Contrarietas, Principium, Medium, Finis, Majoritas, Aequalitas, Minoritas

1

<p>1</p>

El Palacio Imperial de Constantinopla tenía la brutal suntuosidad de una alucinación. Todo en él era rebuscado y desorbitado, con gigantescas salas de mármol, jaspes y cuarzos contrastando con la brillante policromía de los mosaicos de fondo azul y motivos dorados en lucha cromática; matizados por la luz filtrada por el alabastro, que impregnaba todo de un tono ocre mate. Los techos de las salas, recargados, castigados por el peso de los adornos, se desplomaban sobre columnas con bellos capiteles.

Chambelanes y altos dignatarios, embutidos en seda y envueltos en bordados de oro, se arrastraban chispeantes, como gusanos luminosos, por sus salones y pasillos.

Aquella mañana del año de Nuestro Señor de mil trescientos dos, yo, Ramón Llull había atravesado las calles de Constantinopla escoltado por una docena de fieros almogávares, vestidos con pieles de bestias y cargados de armas.

El contraste podía resultar divertido.

Constantinopla era una abigarrada aglomeración, con una saturada y penetrante mezcla de olores; una enorme ciudad retorcida y cenagosa, con viejas y miserables chozas de madera recostadas contra las paredes de impresionantes palacios de mármol. Con una absurda mezcla de refinamiento y suciedad, la brillante seda de los trajes de los cortesanos que detenían su paso para observarnos, estaba salpicada, en sus bajos, de barro y de las heces de los perros vagabundos que nos ladraban lúgubremente.

Un tieso chambelán me esperaba en una de las entradas del Palacio, y me guió, en silencio, a través de aquellos enormes cajones arquitectónicos.

En la desproporción de líneas y de perspectivas, aquel servidor imperial que me precedía, autocomplacido y emperifollado, era sólo una brizna rutilante, una piedrecita del enorme mosaico que me rodeaba.

Descendimos a través de unas escalinatas cada vez más oscuras hasta el último y más profundo socavón lateral del Palacio. Nos vimos rodeados por paredes mohosas, rezumantes de humedad y olor a fiebre. Pregunté al chambelán dónde me conducía; a lo que él respondió simplemente:

– Ya estamos cerca, protosebasto [1]. El condotiero aguarda…

Quise saber por qué el capitán Roger de Flor me había citado en tan apartado lugar: Y se limitó a responder que «así lo había ordenado el condotiero en persona».

Todo aquello era muy extraño; pero qué podía hacer yo excepto seguir dócilmente al chambelán que portaba la única fuente de luz.

Ya era tarde para lamentaciones, pero ¿cómo me había metido en algo así?

Había pasado un año olvidado en Chipre, intentando encontrar una nave que me condujera a Tierra Santa, cuando un almogávar se presentó en la fortaleza de la Orden del Temple en Limasol, donde yo era huésped, y me transmitió la invitación de su señor, el megaduque Roger de Flor, de asistir a su boda con la princesa doña María, sobrina de xor Andrónico Paleólogo, Emperador del Sacro Imperio Romano.

Yo rehusé, alegando asuntos de mayor interés que requerían mi atención más inmediata, pero el almogávar sacudió torvamente la cabeza y dijo: «Vendrás con nosotros a Constantinopla. Mi señor es conocedor de tu deseo de viajar a Tierra Santa, y me ha puesto a mí, y a su nave insignia, la Oliveta , a tu servicio. Te conduciremos a donde desees y te daremos escolta y protección en tu viaje. A cambio, mi señor tan sólo desea tenerte junto a él durante el breve espacio de tiempo que dure la ceremonia. Tan sólo eso, y luego podrás encaminarte hacia tu destino…».

– Hemos llegado -anunció, de repente el chambelán.

Se habían detenido frente a una enorme y vieja puerta de roble montada sobre mohosos goznes de hierro toscamente trabajados. Sobre el arco de la puerta distinguí una inscripción tallada en piedra y casi borrada por el paso de los años. Estaba escrita en dialecto jonio, y decía:

«Tú has respondido a los que te han llamado. Tú has visto la altura y la profundidad, lo lejano y lo cercano, lo escondido y lo evidente. Y ellos conocen bien la utilidad de tus cálculos».

Sentí un estremecimiento que recorría todo mi cuerpo; como si aquellas palabras tocaran alguna profunda fibra de mi alma. De algún modo era como si el desconocido autor de aquellas frases, muerto quizá siglos atrás, me hablara desde la distancia del tiempo.

Sobre esta inscripción, había sido tallada una media luna y una estrella de siete puntas encerradas dentro de un círculo.

El chambelán empujó la hoja de la puerta, y se abrió sin demasiados chirridos, lo que parecía indicar que había sido usada recientemente. Observé que el suelo, a los pies del umbral, estaba limpio del polvo que cubría con fina capa el resto de aquel sótano. Había luz al otro lado de la puerta. Una luz limpia e inesperadamente potente.

El chambelán se hizo a un lado, franqueándome el paso, y dijo:

– El condotiero os aguarda en el interior.

Atravesé el umbral sintiéndome más tranquilo y confiado; aquella luz tan nítida y brillante era la que había espantado los temores de mi mente.

Pero abría un nuevo misterio, pues era difícil imaginar de dónde provendría y cuál sería su fuente de combustión.

Entonces vi algo todavía más asombroso, que me dejó completamente desconcertado: dos pequeños árboles crecían de sendos jarrones a ambos lados del umbral. A partir de ese punto los arbustos se extendían trepando por las paredes hasta casi alcanzar el techo abovedado. ¿Cómo era posible que aquellos arbustos sobrevivieran en aquella remota covacha sepultada en el más profundo sótano del Palacio Imperial?

En mis estudios había comprobado cómo las plantas verdes necesitan de la luz del astro solar para mantener su vida y desarrollo, y no les es suficiente para esta función la pobre iluminación proporcionada por candiles o velas. «La virtud que da el Sol a la flor es cuestión de lugar, porque su fuego calienta el aire y le da calor al agua, y ésta se lo da a la flor.»

El techo era una amplia bóveda que se cimbraba sobre aquella sala de planta circular, y en él se había pintado, en fuerte albayalde, un extraño firmamento, síntesis de la ciencia astrológica, y semejante al catálogo de estrellas de Ptolomeo trazado por Hiparco de Alejandría. Allí estaban mis viejas amigas; la Ursa Major, el Canes Venatici, la Corona Borealis, Cepheus, Orión y el pentágono del Boyero, rotulando ese planisferio entre mitológico y cabalístico.

El vértice de la cúpula era un gran ojo por el que se colaba la luz para rebotar en un complejo juego de grandes espejos lenticulares que colgaban bajo éste, sujetos por unos intrincados mecanismos de metal, que distribuían la luz por el interior de la sala.

¿Qué lugar era aquél? Las paredes curvas estaban cubiertas de estantes, y estos estantes estaban repletos de libros y de redomas de vidrio, alambiques de cobre, morteros de porcelana, y panzudos frascos que almacenaban líquidos de colores.

En medio de la extraña biblioteca-laboratorio, una gran esfera de unas tres varas [2] de diámetro, de color azul brillante, soportada por una estructura de madera tallada. Y tras la esfera, un hombre aún más impresionante. Zanquilargo y huesudo, con ojos grises de acero un poco hundidos, barba rala y movimientos sedosos y gráciles como los de un gato. Observaba con atención, bañado por la luz teñida de azul que se derramaba desde lo alto, la gran esfera metálica. El reflejo de cobalto de la esfera ponía tonos mágicos en sus pómulos descarnados; el fondo de sus pupilas fosforecía. Su sombra, alargada y descoyuntada, lamía el muro del fondo.

Parecía un galgo, curtido tras abrirse camino en la vida a dentelladas y zarpazos.

Era Roger de Flor.


Parecía un galgo curtido tras abrirse camino

en la vida a dentelladas y zarpazos. Era Roger de Flor…


2

<p>2</p>

– Acércate, doctor iluminado -proclamó Roger de Flor con una voz acerada-. Te agradezco que hayas aceptado mi invitación.

Caminé hasta situarme a un par de pasos frente a aquel hombre impresionante. Iba perfectamente armado con una ancha espada que pendía desafiante de su cinturón de piel, como si esperara entrar en combate de un momento a otro. Incluso vestía una mohosa cota de malla bajo su lujosa sobrevesta a la francesa, de brillante seda negra, adornada con una gran flor bordada en oro sobre el pecho.

Su rostro era agreste y anguloso, como si hubiera sido tallado a machetazos sobre un bloque de madera. Señalando la gran esfera azul junto a la que estaba plantado, preguntó qué me parecía que era. Extrañado, la observé con cuidado.

La esfera no era completamente azul, tenía unas amplias manchas de color cobre distribuidas por su superficie. El bastidor de madera sobre el que estaba montada le permitía girar en todas las direcciones, y se deslizaba tan suavemente, sobre sus ejes bien engrasados, que era posible moverla con apenas el roce de una mano.

– ¡Dios Todopoderoso! -musité al comprender lo que tenía bajo mis dedos.

Sonriendo satisfecho, Roger dijo:

– Doña Irene me aseguró que eres el más inteligente de los hombres. Me alegro de haberle dado crédito.

Me sentía tan confuso por todo aquello que creía estar viviendo un sueño. Pregunté quién era aquella «doña Irene», a lo que Roger respondió que se trataba de su futura madre política; la hermana del Emperador Andrónico. Y que era una de esas mujeres griegas a las que les gusta leer. Ella le habló de mí al megaduque, afirmando que era cuanto necesitaba y que mi inteligencia le guiaría.

Llevé mis manos a las sienes, e intenté contener la ansiedad que latía en mi mente.

¿Qué era todo esto? ¿En qué lugar me hallaba?

Ignorando mis cuestiones, Roger volvió a preguntarme por la esfera. Volví a mirarla. Era maravillosa, como la más preciosa de las joyas, algo que nunca hubiera soñado ver. Acaricié con mi mano la estrecha mancha azul del Mediterráneo, la deslicé sobre las llanuras de cobre de Argelia y Libia, y situé mi dedo índice sobre la península Ibérica. Allí estaba todo, pero con una proporción extraña y a la vez maravillosa. El tamaño de la península itálica y griega parecía diminuto comparado con las vastas regiones de África y Asia. Los océanos ocupaban la mayor parte de la superficie de la esfera, y en comparación con ellos el Mare Nostrum apenas parecía un pequeño lago. Y desde luego no ocupaba el centro de…

– El Orbis Terrae; magníficamente representado.

– Eso mismo afirma doña Irene, pero no le creí -dijo el guerrero, y me preguntó sobre cómo algo redondo como una bola podía representar la Tierra.

– ¿Y qué forma esperabas que tuviera? Como marino que eres, ¿acaso no has observado que los barcos desaparecen poco a poco en la lejanía, ocultados por la curvatura del horizonte?

Roger me miró con sus ojos grises, pequeños y desconfiados, y afirmó que el Mundo no podía ser redondo.

– ¿Cómo viviría entonces la gente que estaba al otro lado? -dijo-. ¿Boca abajo?

Y, a continuación, me dijo cómo él siempre había oído decir que la Tierra era un elemento situado en el centro del Mundo, como la yema en el centro de un huevo. A su alrededor se encontraba el agua, como la clara que rodea la yema. Por fuera estaba el aire, como la membrana del huevo, y rodeándolo todo el fuego, que encerraba el mundo como la cáscara al huevo.

– No seguiré hablando contigo -le interrumpí- si antes no me explicas cuáles han sido tus verdaderas intenciones al traerme a Constantinopla, y qué lugar es éste.

El guerrero asintió en silencio, como si meditara sus siguientes palabras. Se apartó levemente de la esfera azul, y señaló:

– Es evidente que sabes quién soy.

Por supuesto; su nombre llevaba muchos años resonando por todo el Mediterráneo.

Lo último que había oído decir sobre Roger de Flor era que, el antaño gran héroe de la orden de los caballeros templarios, había sido expulsado con deshonor acusado de haber robado el tesoro que custodiaba durante la evacuación de Acre. Que salvó muchas vidas cristianas al acudir al rescate con su famosa nave el Halcón, pero que el tesoro nunca había aparecido.

Sobre cómo había acabado liderando a los feroces almogávares, como mercenario en la decadente ciudad de Constantinopla, era una historia que desconocía.

– Yo, en cambio, nunca había oído hablar de ti… -me confesó-. Mi vida ha sido muy azarosa, y nunca dispuse de tiempo para el estudio. Por eso te necesito, necesito a un hombre de ciencia en quien pueda confiar. El Emperador pretende imponerme a su físico, Misser Samuel, pero sospecho que éste es un espía a las órdenes de su estúpido hijo Miguel.

Le dije que no entendía de qué me estaba hablando, ni por qué necesitaba a un hombre de ciencia.

Roger me miró; parecía asombrado de que yo no lo hubiera deducido:

– Para que me ayude a encontrar el reino del Preste Juan, por supuesto.

– ¿El reino del Preste Juan? -repetí estúpidamente.

– ¿No te parece fascinante? Preparo una expedición al Oriente Asiático, donde se encuentra la ciudad del Preste Juan, con sus infinitas riquezas y sus calles adoquinadas de oro. Una fortaleza inexpugnable, poblada de cristianos descendientes de los que evangelizara el apóstol santo Tomás; próxima a las tierras de Gog y Magog y a otros lugares habitados por criaturas monstruosas.

Le miré atónito, y le pregunté por el motivo de un viaje tan increíble.

La situación en Romania [3] era desesperada, me confesó con seriedad; tras la caída de Acre, ya nada se interponía entre los turcos y las murallas de Constantinopla. Los otomanos correteaban impunemente por toda Anatolia, saqueando las ciudades griegas sin que nadie pudiera mover un dedo en su defensa. Habían sitiado Artaki, y cuando cayera esa plaza, cruzarían el estrecho mar de Mármara y llamarían a las puertas de la ciudad.

– Y en toda ella no queda ya ni ímpetu ni valor para defenderla -concluyó.

Repetí que seguía sin entender por qué me había llamado; y me habló del misterio que rodeaba aquel lugar. Un misterio que, al parecer, doña Irene pensaba que sólo yo podía resolver.

Intrigado al fin, le animé a que siguiera hablando.

Entonces Roger me contó cómo seiscientos años atrás Constantinopla se encontraba en una situación tan apurada como la actual. Los musulmanes habían llegado hasta sus mismas puertas y era cuestión de tiempo su caída.

Pero fueron salvados, casi en el último momento, por un milagro.

Un pequeño grupo de hombres, llegados de remotas tierras, lograron eludir el cerco y entregaron a los defensores algo maravilloso: el fuego griego. Y Roger no se refería a ese fuego griego que hoy en día todo el mundo conoce y usa; al parecer, aquello era algo especial, mágico; una substancia blanca y gelatinosa que era arrojada por sifones con forma de bocas de dragón y que ardía incluso bajo el agua.

– Esos hombres se instalaron aquí -concluyó-, en esta Sala Armilar que fue su laboratorio, y produjeron esa maravillosa mixtura en cantidades suficientes como para repeler a los sitiadores y salvar la ciudad. Cumplida su misión desaparecieron, y con los años la fórmula del fuego griego original se fue perdiendo.

Miré nuevamente a mi alrededor; contemplando la asombrosa cúpula estrellada.

¿Qué clase de hombres pudieron construir esto? ¿Cuánta verdad había en las palabras de Roger?

– ¿Y por qué piensas que ese reino sigue existiendo? -le pregunté.

Me mostró entonces una carta que el propio Preste Juan envió al Emperador; fechada en el año de Nuestro Señor de mil ciento sesenta y cinco.

Le hice ver que de eso hacía más de ciento treinta años; a lo que Roger respondió que tanto el Preste Juan como su pueblo son inmortales; y que, entre las muchas glorias de su ciencia estaba el secreto de la piedra filosofal, es decir, la coagulación del mercurio en oro, y la vida eterna.

Yo nunca he creído en la alquimia, pues pienso que los principios naturales son más fuertes en el apetito natural, que en el artificial del alquimista por el oro.

Así se lo hice ver, y Roger dijo:

– Pues ahora creerás, anciano; el secreto está guardado entre estos libros, en estos mapamundis; yo no sé interpretarlos, pero tú sí, y lo harás para mí, porque Constantinopla agoniza, y ésta puede ser su última esperanza. Xor Andrónico quiere que encuentre para él la tierra del Preste Juan; y yo estoy de acuerdo, si esta aventura va a reportarme riquezas sin fin y una vida tan larga como la de los antiguos dioses. Escucha, anciano, ésta es una ciudad hueca, sin tuétanos. Los genoveses en el interior y los turcos en el exterior, exprimen hasta la última gota de las ubres de su decadencia. Algún día no muy lejano todo se derrumbará, esto será tan sólo un solar, pero me creo capaz de saber aprovechar algunas vigas de buena madera vieja tras el derribo. Creo que he encontrado aquí mi destino, pero debo ser cauto. Este lugar apesta a conjuras y traiciones y me he ganado el odio del primogénito del Emperador. Mis catalanes me protegen, y en toda Romania no existe una fuerza capaz de oponérseles, pero necesito a un hombre sabio en el que confiar. ¿Te atreverás a acompañarme en mi aventura?

Dudé. Todo aquello había logrado estimular mi curiosidad, pero aquel cenagoso ambiente cortesano me repelía casi tanto como debía de repeler al propio Roger.

– ¿Y si no deseara hacerlo?

El guerrero se encogió de hombros.

– No puedo asegurarme tu lealtad mediante amenazas. Eres un hombre de ciencia y tus valores se escapan a mi entendimiento… Serás mi invitado hasta que se celebre la ceremonia de boda, y después, si así lo deseas, podrás marchar. Cumpliré mi promesa, y pondré a tú disposición la Oliveta. Pero permanece aquí hasta el día de mi boda, estudia estos libros, estos mapas, y decide después…


3

<p>3</p>

La Sala Armilar se convirtió en mi hogar, y la fascinante bóveda luminosa en mi techo y mi fuente de luz.

Aquella luz casi mágica alimentaba la vitalidad de los dos arbustos que crecían en jarrones a ambos lados de la entrada. Quién sabe desde cuándo; un ingenioso artilugio semejante a una clepsidra se ocupaba de mantener la humedad de los dos maceteros. Una humedad que sin duda llegaba del exterior, al igual que la luz, y era recogida y reconducida hasta aquel remoto sótano.

¿Qué extraordinaria Ciencia era esta que se permitía desafiar a la naturaleza y al Principio de la Oscuridad, reconduciendo la fertilidad del mundo exterior hasta donde la voluntad de los hombres que construyeron aquella Sala Armilar deseara?

Los dos árboles crecían gracias a este milagro; a la derecha de la puerta, según se entraba, los nervios foliáceos del pistacio therebintus. A la izquierda, un perfume de auras mitológicas; un myrthus latifolia, la planta de Venus. En la isla de Citérea, avergonzada por su desnudez, se ocultó la diosa de la belleza detrás de un mirto. Las dos plantas crecían exuberantes a partir de esos dos puntos, a ambos lados de la entrada, tapizando casi completamente los muros curvos de la Sala, enredándose la una con la otra una y mil veces, en una extraña y onírica comunión.

Observé con cuidado el artilugio que sujetaba las lentes que distribuían la luz por la Sala. Una gran lente convexa ocupaba el centro de la bóveda; pero no estaba fija, sino que colgaba, sujeta por unos tensores, de un gran anillo de cobre de más de cinco varas de diámetro, que estaba a su vez sujeto al techo por unas finas varillas de cobre. A medida que transcurrían las horas en el exterior, estas varillas parecían encogerse y dilatarse, obligando al anillo, y a la gran lente central, a bascular. Muy levemente, pero lo suficiente como para que la luz blancoamarillenta del Sol recorriera lentamente las paredes de la sala y distribuyera la ración de luz sobre la vegetación que las cubría.

Sin embargo, la gran esfera que representaba la Tierra, siempre estaba bañada de luz azul; y esto era porque en el gran anillo de cobre se había introducido un pequeño espejo cóncavo, de no más de dos palmos de diámetro, teñido de azogue de cobalto, que recogía la luz rebotada por el lado superior de la gran lente central, y lo dirigía, con una perfección matemática, hacia la esfera terráquea.

La sorpresa de Roger ante aquella esfera estaba más que justificada. Como marino no habría visto otra cosa que los mapamundis T-O y los portulanos convencionales. En ellos, el mundo es una plancha plana circular, una «O», con los tres continentes dispuestos en forma de «T», alrededor del Mediterráneo central; el Orbis Terrae Tripartitus. Arriba: Asia, con el presunto emplazamiento del Paraíso, más allá de Mesopotamia, donde nacen los cuatro grandes ríos de Asia, y de donde procede la Luz. Aproximadamente en el centro, Jerusalén. En el mango de la «T», el Mediterráneo con sus islas perfectamente alineadas: Chipre, Sicilia, Cerdeña, Mallorca… Abajo, a la izquierda, Europa; África, a la derecha. Finalmente, sobre el tenebroso océano periférico, enrojecido por el mar Rojo, los doce vientos son orientados según los puntos cardinales.

¡Qué distinta era aquella maravillosa esfera que tenía delante!

¿Quién había representado nuestro mundo con tanta belleza y precisión, recuperando así los conocimientos casi perdidos de los antiguos?

Alrededor de la base de la bóveda había un anillo adornado con inscripciones doradas. Surgían de él unas finas varillas metálicas que se curvaban suavemente hasta unirse al gran anillo de cobre en el ápice de la cúpula. Estas varillas estaban entrelazadas de finos cables dorados sobre los que se movían, casi inapreciablemente, pequeños discos planos que representaban a los planetas. Era como si toda la bóveda fuera una gran maquinaria de relojería, elaborando una maravillosa y compleja danza.

Reconocí como arcaicos caracteres jonios los símbolos que se dibujaban sobre el anillo dorado. Casi se habían borrado, pero logré leer:

«En la Nueva Luna de Shebat del año 673, Calínico, hijo de A[indescifrable], erigió esta cúpula y orientó el anillo graduado hacia los lejanos planetas, aquellos a quien mi Señor alimenta [o aquel cuyo pastor es mi Señor]. Él será recordado en presencia del Señor. Y si retuviere el fuego, el anillo será arruinado. Él es el dios que nos conoce».

No estaba muy seguro de esta última frase. También podría traducirse como: «Él es el dios del conocimiento», o «Él es el dios de la ciencia».

¿Pero cuál era el origen de ese tal Calínico y del resto de los hombres que, llegados de Oriente, construyeron aquel fantástico lugar?

Quizás en alguno de los ejemplares de aquella inmensa biblioteca estaba la respuesta de aquel enigma. Pero muchos de aquellos libros habían sido apresados en sus estantes por la vegetación, que había crecido sobre ellos, pudriéndolos y haciendo imposible su lectura. Era como si aquellas raíces se alimentaran, ávidas, del saber encerrado en aquellos tomos; o como si quisieran guardar sus misterios para siempre.

En una ocasión, al intentar extraer un ejemplar de su anaquel, una sección entera de estantes basculó con un sordo chasquido hacia atrás. Extrañado, cargué mi peso contra esos estantes y empujé… ¡Había encontrado una puerta secreta, y tras ella un estrecho pasadizo de piedra! Recogí una linterna, y me introduje en el pasadizo. Los falsos estantes se cerraron tras de mí, pero yo continué mi camino sin inmutarme.

La curiosidad dominaba cualquier temor que pudiera sentir en aquellos momentos.

El pasadizo ascendía por unas escalinatas estrechas y desgastadas que giraban una y otra vez sobre sí mismas como la concha de un caracol. Éstas desembocaron en una amplia plataforma bañada de luz solar. Parpadeé ante aquella inesperada luminosidad y dejé a un lado la linterna; un extraordinario espectáculo se presentaba ante mis ojos medio cegados.

Una compleja y maravillosa maquinaria dorada ejecutaba una asombrosa danza lenta y majestuosa iluminada como un sueño por la luz del sol. Miré hacia arriba y vi, a unos diez codos [4] sobre mi cabeza, el final de un gran cilindro de cobre de cinco codos de diámetro, cerrado por una brillante esfera de cristal de ese mismo diámetro. Ese tubo conducía la luz desde el exterior ayudado por espejos y lentes perfectas como aquélla, de la misma forma que una cañería transportaría el agua. Esto era evidente, pero, ¿qué maravilloso artesano podría haber tallado lentes tan enormes con una perfección semejante [5]? Aquella maquinaria que parecía moverse alimentada sólo por el calor desprendido por la luz solar, como el artilugio inventado por Herón de Alejandría que abría las puertas de un templo al encender fuego sobre el altar [6].

Me sentía como una diminuta pulga en el interior de un gran reloj dorado.

Una pasarela de madera comunicaba la plataforma sobre la que se encontraba con un orificio o pozo situado bajo la sección central de la maquinaria. A partir de ese punto se curvaba el suelo formando la cúpula de la Sala Armilar , que ahora veía desde arriba; y aquel orificio era el que permitía el paso de la luz que luego iba a ser distribuida por el interior de la sala. Y, sin duda, aquella maquinaria maravillosa y dorada era el secreto del movimiento de los astros simulados del interior. Pero ni siquiera Herón, ni ningún otro antiguo tratadista griego, ni el oriental Banu Musa, ni el moro español Ahmad al-Muradi, podrían haber concebido mecanismos autómatas como aquéllos, capaces de moverse con tanta suavidad y perfección.

La técnica de los constructores de aquella Sala estaba más allá de todo lo concebido alguna vez por el género humano.


4

<p>4</p>

La ceremonia de la boda de Roger y la princesa doña María, se celebró en el mismo Palacio Imperial, una semana después de mi llegada a Constantinopla.

La novia era casi una niña, pero muy hermosa, con un adorable rostro ovalado alto y fino, de línea precisa, una frente bien encuadrada por unos cabellos intensamente negros de brillo azulado y unos chispeantes ojos color de aceituna, llenos de vida.

Me pregunté qué pensamientos vivirían tras aquellos ojos en ese instante. Ante la obligación impuesta por razones de Estado de contraer matrimonio con un latino, con un bárbaro, ¿se sentiría como una víctima propiciatoria de buenos augurios camino del altar de sacrificio? ¿O como un cachorro al que sus padres abandonaran para ponerse a salvo de los lobos?

Era difícil decirlo contemplando aquellos ojos que tan sólo reflejaban una leal conformidad.

Esa tarde, bajo la mirada del Emperador y de su hermana doña Irene, se iniciaron los festejos del acontecimiento en los jardines orientales del Palacio Imperial. Viandas fuertemente especiadas; volatería exótica; pescados del mar negro; frutas azucaradas de Morea. Y vino, mucho vino… [7] Malvasía, Chipre, Chío, Siracusa, Esmirna…

Situados en el centro de la ceremonia, Roger y sus almocadenes [8] se asombraban del progresivo arrugamiento de los griegos, desbaratados por el vino. Entre el refulgir del oro y la pedrería, las sedas de las casacas chambelanas se impregnaron en poco tiempo de un olor mixto de resudación y de la acidez fétida del vómito.

Abriéndose paso entre los cada vez más ruidosos convidados y los atildados servidores, llegó hasta mí la princesa doña Irene, la ahora suegra de Roger.

– Llevo años deseando conocer al hombre que escribió el Ars inveniendi veritatem -me dijo esbozando una amplia y cordial sonrisa.

Era una mujer verdaderamente hermosa, a pesar de su edad, con unos ojos negros e intensos y una frente altiva e inteligente, enmarcada por unos cabellos también negros que apenas empezaban a encanecer.

Le pregunté si lo había leído, puesto que no es un libro sencillo para…

Iba a decir «para una mujer», pero me detuve a tiempo. Los griegos tenían una larga tradición de mujeres sabias.

– He leído todos vuestros libros; incluso las novelas y los tratados de caballería -me dijo-. Algunos he tenido que hacerlos traducir al latín para poder entenderlos… Decidme, Ramón, ¿por qué ese deseo de escribir en lengua vulgar?

Me encogí de hombros. No era la primera vez que me hacían esa pregunta.

Todos hablamos normalmente en una lengua, y escribimos en otra diferente; en latín. Me pregunté por qué tenía que ser así, por qué no era posible algo tan aparentemente lógico como escribir en la misma lengua en la que hablamos.

Se acercó un poco más a mí, y me recitó con voz suave:

– Cantaben los aucells l'alba, e despertà's l'amic, qui és l'alba; e los aucells feniren lur cant, e l'amic morí per l'amat, en l'alba… [9]

– El Libre d'Amic e Amat -asentí.

– Son extrañas y turbadoras estas palabras para hablar de Dios…

– Quizá las únicas adecuadas para transmitir lo sublime de la experiencia mística…

Con una sonrisa afirmó que no iba a discutirme esto.

– Por favor, continuad -repliqué-. No soy tan engreído ni tan sabio como para no poder soportar que mis ideas se cuestionen.

Doña Irene me ofreció entonces su brazo, y me invitó a pasear por la zona más alejada del jardín; a salvo del bullicio de la celebración.

Caminamos entre naranjos de redonda copa y olivos venerables roídos por los años. Las lindes del paseo estallaban de flores silvestres; amapolas, lirios y lentiscos en flor. Las estrellas empezaban a despuntar tímidamente en el cielo púrpura y violeta. Mirándolas con respeto, afirmó que eran hermosas; y añadió poco después con aire soñador:

– De niña pasé muchas horas admirando la cúpula pintada de estrellas de la Sala Armilar. No era un lugar donde te permitieran ir, pero yo siempre me las arreglaba para escapar a él. Para mí, aquella cúpula, con su luminoso centro, tenía una extraña cualidad mágica. ¿Sabéis?, las estrellas y la media luna son el símbolo de Constantinopla. Hace muchos siglos, Filipo de Macedonia fracasó en un ataque nocturno a la ciudad al ser descubierto por la luna. Los antiguos lo atribuyeron a la diosa patrona de la luna, Hécate, cuya luz les había ayudado tanto.

Aventuré que quizás el origen de esos símbolos fuese otro. Ella preguntó por el significado de mis palabras, y si ya había resuelto el misterio del origen de los hombres que trajeron el fuego griego.

– Me temo que no -dije-. Quizá yo no sea tan sabio como le habéis asegurado al megaduque.

Le pregunté a continuación si recordaba la estrella de siete puntas y la media luna grabadas sobre la puerta que daba acceso a la Sala. Ella respondió afirmativamente, y yo le mostré que representan a Ishtar y a Sin; es decir, a Venus y a la Luna.

– ¿En qué culto? -quiso saber ella.

– En uno que tiene su origen en la antigua Mesopotamia y que perduró, al menos, hasta la época en la que fue construida la Sala Armilar.

Doña Irene me miró extrañada y recordó que había visitado aquella Sala en infinidad de ocasiones, y que siempre pensó que la estrella y la luna grabadas sobre la puerta eran las de Constantinopla, y que las estrellas que brillaban pintadas en la cúpula eran las mismas que habían descubierto el ataque de Filipo, que eran sus aliadas y que permanecían allí ocultas.

– Quizás existe una relación entre todo esto. Pero aún no he sido capaz de descubrirla -admití-. Todo es tan misterioso…

– Roger afirma que las gentes del reino del Preste Juan viven jóvenes para siempre. ¿Creéis eso?

Me encogí de hombros, y le dije que las leyendas eran también hermosas, como las estrellas; y que solían ser tan inalcanzables como éstas. Y que, en cualquier caso, lo que yo creyera significaba muy poco.

A lo lejos la celebración proseguía, atenuada por la distancia. Delante de los novios, un brillante grupo de danzantes que ejecutaban viejos pasos casi paganos, los cantores entonaban el epitalamio; armónicamente pausado, extraído instrumentalmente del octoechos, los ocho tonos en que se cantan los himnos en las grandes solemnidades.

Los ecos de la melodía nos llegaban como retazos de un sueño casi olvidado.

– Se aman -musitó doña Irene casi para sí.

Desde luego, comprendí; Roger amaba a la joven doña María. De una forma básica, quizá, pero aceptaba sin rechistar aquello que la vida le regalaba.

Pero, ¿sentía lo mismo la joven y hermosa princesa? No debería haberme resultado tan extraño; Roger era un hombre fuerte y atractivo, y sin duda estaba rodeado de una aureola romántica a los ojos de una jovencita como doña María que apenas había abandonado el palacio durante toda su vida. Siempre pensé que aquel matrimonio había sido una imposición de Estado y me parecía lógico que la joven se sintiera infeliz al verse unida para siempre a un latino, es decir, a un bárbaro.


5

<p>5</p>

La boda de Roger y la princesa iba a quedar señalada por una ancha cicatriz.

Doña Irene y yo continuábamos nuestro paseo conversando, cuando una súbita algarabía nos hizo callar. Ambos miramos desconcertados, buscando el origen de aquel griterío. En las calles colindantes al Palacio, frente a las puertas que daban acceso a los jardines, se escuchaban gritos furiosos.

El Gran Drungario se acercó a la entrada para averiguar qué estaba pasando, e inmediatamente las puertas se abrieron para dejar pasar a un pequeño grupo de hombres que vestían el llamativo uniforme verde y naranja de las tropas genovesas.

Un capitán, no muy alto y algo obeso, iba en cabeza.

Pregunté a doña Irene sobre ese hombre, y ella respondió que se trataba de Rosso de Finar, capitán de la guardia genovesa que era financiada directamente por las donaciones de la mahona [10].

Rosso de Finar cruzó con paso decidido los jardines reales, y se situó frente a Roger en la mesa presidencial. Iba escoltado por diez guardias genoveses perfectamente armados. Las naves genovesas eran, en su mayoría, las velas del comercio pontificio en aquellos mares. Y el Papa era enemigo de Aragón.

Doña Irene y yo nos acercamos a ver qué estaba pasando.

– Capitán Roger de Flor -estaba diciendo el genovés con voz altiva y desafiante-, en nombre de la Señoría genovesa, te conmino a que me acompañes hasta el barrio de Pera para responder de los cargos de piratería.

– Capitán -le cortó xor Andrónico, exasperado. Las venas de su flaco cuello parecían a punto de estallar-. Éste no es el momento ni el lugar.

Miré a Roger. Sentado tranquilo junto al Emperador; sonreía como si realmente estuviera disfrutando de la ocasión. Le aconsejó al genovés, dirigiéndose a él en su lengua, que se marchara, que allí no iba a obtener nada, «excepto un buen palmo de acero catalán dentro de sus intestinos».

El capitán genovés cruzó sus ojos llenos de odio con los de Roger. Al ver la mirada de los dos hombres empecé a temer lo peor, pero ni por un momento imaginé lo que iba a suceder a continuación. Rosso de Finar extrajo de su casulla un trapo cuidadosamente doblado, y lo desplegó. Era la Señera de Aragón; y la arrojó sobre el mantel, frente a Roger y doña María, volcando copas y jarras de vino.

– Tus hombres colgaron esta enseña en la puerta de Blanquernas, pero eres tú quien la debería llevar siempre encima, puesto que haces uso de ella en todas tus incursiones piratas.

La sonrisa no abandonó los labios de Roger, pero un velo de furia asesina cubrió sus ojos grises. En un momento estuvo en pie, con su espada desenvainada en la mano, derribando la mesa del banquete; al momento siguiente, su espada se había hundido en el vientre del capitán genovés, tal y como había prometido.

¡Desperta ferro!, gritaron entonces los almocadenes de Roger.

Curtidos en hacer rápidamente cara a todas las sorpresas, pasaron rápidamente del blando amodorramiento festivo a la más brutal agresividad, y la guardia que acompañaba a Rosso de Finar fue también rápidamente abatida, ante el asombro impotente del Emperador y de todos los presentes.

Por el griterío que nos llegó del exterior comprendimos todos que los genoveses que habían acompañado al desdichado grupo de guardias, habían sido testigos de su rápida ejecución. Las puertas de barrotes de hierro empezaron a doblarse bajo el peso de la furia de los genoveses; y la caballería almogávar, apostada por Roger junto a las puertas para asegurar la tranquilidad durante la ceremonia, comprendiendo el peligro, cerró contra los desordenados genoveses…

Las atormentadas puertas de los jardines palaciegos cedieron al fin, vomitando un torrente de cuerpos humanos y relinchantes caballos. El caos se adueñó de todo; mesas tumbadas, encumbradas damas y altos dignatarios pisoteados, gritos de terror y dolor resonando en la hasta entonces apacible noche veraniega.

Vi cómo Roger de Flor acompañaba a la princesa y a su madre, doña Irene, a alguna de las habitaciones alejadas de Palacio. Y la guardia personal de xor Andrónico me condujo también a la seguridad de una sala situada sobre el jardín.

La revuelta estaba tomando proporciones insospechadas.

De uno y otro bando afluía la gente de armas. Gritos, sangre y confusión…

Los enfurecidos caballos de los almogávares habían abierto una brecha en las filas genovesas y por ella, en aluvión, entraron los catalanes espada en mano, en los jardines del Palacio, tajando y degollando. Los restos del banquete y las guirnaldas festivas fueron aplastados y macerados por los cascos de los caballos.

Los genoveses, embotellados frente a los muros del Palacio, entre silbidos de venablos que surcaban el aire y el chirriar de las espadas, fueron liquidados por los catalanes que saldaban de este modo recibos y pagarés. Algunos, desarmados o mutilados, se arrastraban implorantes. Y antes de que la súplica brotara de sus labios, un espadazo de los catalanes los degollaba.

El terror se reflejaba en el enjuto rostro de xor Andrónico. La sangre amenazaba con anegar el Imperio. ¿Hasta dónde pensaban llegar los catalanes?, se debía de preguntar, y temblaba por los genoveses y por sí mismo.

Roger de Flor regresó entonces con su espada en la mano. Ansioso por unirse a la lucha, se dirigió hacia las escalinatas que conducían al jardín.

Xor Andrónico le ordenó que cesase la lucha.

«¡Hay que dar cuartel a los vencidos, megaduque!», le dijo entre muchas otras cosas. Pero Roger, que parecía desconocer la autoridad del Emperador, le preguntó si no creía preferible asegurarse de que los genoveses no volvieran a molestar nunca más en lo sucesivo. Descendió por las escalinatas de mármol, y sus catalanes le saludaron victoriosos:

– ¡A Pera, a Pera!

Xor Miguel Paleólogo se encaró con su padre. Era un hombre alto, de porte elegante y rostro moreno y atractivo; pero había algo que enturbiaba su naturaleza, velando sus ojos de algo indefinible y enfermizo. De él había oído decir cosas terribles; que era un depravado al que gustaba infligir dolor a sus amantes, y que era un cobarde que en Artaki, ante la presencia del turco enemigo, se había descompuesto y había huido vergonzosamente. También había oído decir que había sido un niño enfermizo y melancólico en quien su padre jamás confiaría lo suficiente como para entregarle completamente el trono.

Instó a su padre y emperador a que no permitiese que aquello continuase; que el barrio de Pera era también Constantinopla, y que si se cruzaba de brazos, el pueblo griego se alzaría contra su cobardía.

– ¡No olvides -concluyó- que Romania entera se sonroja insultada por la presencia y la barbarie de esos latinos aventureros!

Pero xor Andrónico parecía incapaz de escuchar otra cosa que el estrépito de un íntimo derrumbamiento. Se revolvió hacia su hijo punzado por las vacilaciones, y le preguntó cómo podía evitar aquella matanza.

– Yo la detendré -me escuché decir. Tan sólo pensaba en las familias genovesas que iban a ser masacradas. Era evidente que los almogávares no iban a respetar ni a niños ni a mujeres si llegaban hasta el barrio de Pera en su actual estado de excitación.

Xor Andrónico me dirigió una mirada entre suplicante y agradecida. Es posible que no me reconociese, pero, en aquellos momentos, le importaba muy poco de dónde pudiera llegarle la ayuda. Descendí por las escalinatas que desembocaban en los sangrientos jardines.

Roger de Flor repartía órdenes a sus almocadenes no muy lejos de allí, y me dirigí en línea recta hacia ellos.

Distinguí entonces, a lo lejos, el cuerpo de Rosso, caballero de la Señoría y capitán de acreedores, rodando entre las patas de los caballos almogávares. Su aspecto era verdaderamente lamentable, apenas un guiñapo ensangrentado, empapado de barro y desperdicios del banquete tan salvajemente interrumpido. Y sus hombres, aterrorizados, corrían abandonando el cadáver. Necesitaban de toda su agilidad para sustraerse del abrazo mortal de aquellos hombres sucios que proferían extraños alaridos y los acosaban tenaz y bárbaramente, como una jauría irritada.

Algo me golpeó entonces, y di con mis espaldas contra los duros adoquines de granito. Un caballo almogávar, obligado a encabritarse por su jinete, parecía dispuesto a aplastarme bajo sus cascos. Me cubrí el rostro con ambas manos, y esperé el golpe.

– ¡Alto! -Era la firme voz de Roger-. ¡Detente!

El megaduque había sujetado al caballo por las bridas, y le preguntó a gritos al jinete si no me había reconocido.

Luego me ayudó a levantarme, y preguntó qué pretendía hacer; y si deseaba morir esa misma noche.

– ¡Sujeta a tus hombres! -le dije apenas pude recuperar el aliento-. ¡Van a saquear el barrio de Pera!

Preguntó sobre qué tenía eso que ver conmigo. Yo le respondí que Génova era amiga del Imperio, y que pedirían cuentas de esta masacre.

Dijo que Génova significaba muy poco para sus catalanes; pero aquello no podía continuar, y le aseguré que jamás le acompañaría en su viaje tras el reino del Preste Juan si no detenía esa matanza de inmediato.

Roger me observó, evaluándome con una fría sonrisa en sus labios.

– ¿Me estás diciendo que me acompañarás…?

– Si sujetas ahora mismo a tus hombres -le respondí.

Sin decir una palabra más, se volvió y caminó hacia ellos, maza en mano, flanqueado por sus más fieles almocadenes. «¡A mí, almogávares!», gritó, pero su voz se perdió, aplastándose contra el brutal forcejeo. Y Roger empezó a golpear furiosamente a sus propios hombres mientras bramaba:

– ¡Hola, valientes! ¡Atrás mis fieras! ¡Quietos todos!

Se produjo un movimiento de estupor. Las líneas almogávares se fueron curvando hacia fuera trituradas por Roger y sus capitanes. Dejaron de soplar los venablos y de tajar las pesadas espadas. Allí estaba Roger de Flor, el megaduque, imponiendo a golpes sus órdenes. Y en los brutales rostros de los mercenarios no había un solo gesto de agresividad. En cambio brotó su saludo guerrero:

– ¡Aragón, Aragón!

Roger se detuvo admirado por el valor y la fidelidad de sus hombres.

– ¡Recoged vuestros muertos y regresad a los cuarteles!

– ¿Y Pera, Capitán?

– ¡A los cuarteles!

Las callejuelas que serpenteaban en los aledaños de Palacio se fueron quedando silenciosas. Los gorjeos estentóreos de algunos heridos abandonados añadían una nota lúgubre que no permitía olvidar lo que allí acababa de pasar. Se amontonaban cadáveres en macabra confusión. Un último grupo de rezagados almogávares fueron despojando cuidadosamente a los caídos.


6

<p>6</p>

Mientras amanecía en el Bósforo, las galeras de la Gran Compañía Catalana, treinta y dos navíos que transportaban a más de ocho mil hombres, abandonaron los muelles de Constantinopla, majestuosas y espumeando sobre un mar tranquilo navegaron hacia el alba azul oscura.

Eran los primeros días de otoño. Las naves renqueaban, suavemente empujadas por vientos blandos. Se movían con torpe lentitud, estibadas atropelladamente poco antes de partir y aparejadas con demasiado poco cuidado. La carga se bamboleaba y castigaba las cuadernas de las naves, haciéndolas crujir lastimeramente y hundiendo demasiado la línea de flotación. En las sentinas, los caballos habían sido colocados demasiado juntos unos de otros, y relinchaban inquietos.

Huyendo del excesivo ruido bajo cubierta, me envolví en mi jubón de viaje y, a pesar del frío que cortaba aquella mañana otoñal, salí para contemplar el amanecer.

Afuera, los hombres trabajaban sujetando las maniobras marineras, arracimándose en las cofas, mientras atravesábamos el estrecho del Bósforo, rompiendo el silencio las voces de los capitanes de Roger. Las galeras catalanas restregaban sus flancos contra los festones del paisaje costero. Costas de caliza blanca que disparaban hacia las naves reflejos lívidos y rosáceos cuando los rayos de sol incidían en ellas. Una maraña de olivos, naranjos, mirtos, laurel y terebintos, saludaban nuestro paso. Vides silvestres, cipreses, enebros y encinas formaban grutas verdes suspendidas sobre los acantilados. Un paisaje domesticado que había conocido milenios de civilización y cultivos.

Al frente de la expedición estaban los almocadenes: Fernando de Galcerán, Corberán de Alet, Fernando de Arenós, y Ricard de Ca n'.

Marulli, capitán de los griegos, y George, jefe de los alanos; eran huéspedes de honor en la Oliveta , en cuyo mástil la Señera de Aragón flameaba rutilante.

Nos dirigíamos hacia el cabo Artaki, para enfrentarnos al caudillo turco Osmán, a quien los griegos llamaban Otomán, un bastardo reyezuelo de una de las siete tribus turcas que se habían alzado en Asia, para arrebatarle al imperio los últimos despojos de su antigua gloria. Artaki era el último baluarte griego antes de que los turcos se decidiesen a cruzar el Bósforo y desafiaran la propia garganta del Imperio.

La Historia se repetía.

Hacia el año seiscientos sesenta de Nuestro Señor, desde su capital en La Meca, el califa Mu'âwiya dominaba Arabia, Persia, Siria y Egipto, cuando cruzó aquel mismo estrecho, y puso sitio a Constantinopla.

De haber caído la ciudad, los entonces poderosos y fanáticos ejércitos islámicos habrían tenido abiertas las puertas de toda Europa, donde no había nadie capaz de hacerles frente. Si esto hubiera sucedido, tal vez la cristiandad entera habría sucumbido… Pero esto, gracias a Dios, no sucedió.

«Los salvó un milagro», me había dicho Roger de Flor. Un milagro que llegó en el último momento, cuando la ciudad hambrienta por el largo asedio estaba a punto de rendirse; un pequeño grupo de hombres, comandados por el tal Calínico, logró eludir el cerco y entrar en la ciudad. Pero no eran militares mercenarios, sino físicos y hombres de ciencia llegados de algún remoto lugar, los que fabricaron para los angustiados griegos una poderosa y mortífera nueva arma: el fuego griego.

Lanzado a chorros desde lo alto de las murallas de Constantinopla, flotaba hasta las naves sarracenas y las envolvía en llamas, aniquilando a los poderosos sitiadores.

¿Era posible que Calínico y sus hombres proviniesen del reino del Preste Juan?

Y, en ese caso, ¿dónde estaba situado dicho reino?

Amarramos en el cabo Artaki, no lejos de las ruinas de la antigua Cícico. El cabo tenía forma de sartén calentándose en el mar de Mármara. El mango de la sartén era un cuello ístmico muy estrecho, de media milla de anchura, amurallado desde un extremo al otro con un gran paredón defensivo. Dentro del recinto aún perduraban las ruinas de Cícico; con su anfiteatro elíptico, su grandioso teatro desconchado por los siglos, y su neumaquia, un estanque gigantesco donde se simulaban batallas navales. Contra el muro careado que cerraba la garganta de Artaki, protegido por una avanzada de griegos, se habían estrellado los turcos en sucesivas embestidas, sin conseguir profanar las ruinas de Cícico. Pero no por el coraje defensivo de los hombres de Andrónico, sino por el macizo paredón construido por los antiguos romanos.

Roger tomó rápidamente el mando del destacamento, y envió a Ricard de Ca n' al frente de las patrullas exploradoras tierra adentro.

Regresó un día después.

– Están acampados a sólo dos leguas [11] de aquí -expuso Ricard con voz tranquila y precisa-; en una faja de terreno situada entre el río Gránico y un cauce seco. Deben de ser unos diez mil, acompañados de sus mujeres e hijos…

Roger salió al exterior del anfiteatro que había convertido en su puesto de mando improvisado. Sus hombres se habían congregado fuera; la llegada de los exploradores había supuesto una conmoción en el campamento almogávar.

Roger se subió sobre el tambor de una columna truncada, decorada con hojas de parra y racimos de uvas, y pregonó con voz templada:

– Al amanecer marcharemos contra el enemigo; estad prevenidos para seguir a la Señera, mis bravos -y añadió al cabo de un instante-: Mañana atacaremos su campamento, entraremos en sus alojamientos y acabaremos con ellos antes de que sepan lo que les está sucediendo. Mañana alcanzaremos la gloria y demostraremos, a los turcos y a los griegos, lo que vale un catalán.

Observé la expresión de Marulli y sus hombres, que también habían acudido, y concluí que no parecían muy felices.

Roger prosiguió con su plática, y dijo a sus hombres que eran las primeras batallas las que decidían el curso de las guerras y que, de su actuación durante la siguiente jornada frente al enemigo, nacería el miedo o la confianza que nos tuviera el turco a partir de ese momento. Y añadió con gran énfasis:

– Nuestra buena o mala reputación depende exclusivamente de lo que mañana hagamos en el campo de batalla. Si mañana vencemos, esto será tan sólo el principio de nuestra aventura; después tendremos que seguir peleando mientras nos internamos cada vez más en el territorio enemigo. Será duro para todos, pero al final nos espera la gloria y la riqueza.

Ésta es mi promesa si me seguís hasta el final, y todos sabéis que jamás os he hecho una promesa que no haya cumplido debidamente. Si mañana vencemos, nos espera la misma ruta gloriosa que una vez recorrió Alejandro el Grande, pero no podemos mostrarnos débiles o misericordes; no podemos hacer prisioneros que entorpezcan nuestro avance; debemos ganarnos el miedo y el respeto de nuestros enemigos en esta primera batalla. Mañana no perdonaréis más vida que la de los niños, para que esto cause el temor entre los infieles y nosotros peleemos sin ninguna esperanza de que si somos vencidos podamos quedar con vida. ¡Así debe ser!

Roger elevó su puño desafiante sobre su cabeza y gritó con fuerza:

– ¡Aragón! ¡Aragón!

«¡Aragón! ¡Aragón!», respondieron sus hombres como uno solo, pero griegos y alanos se retiraban hacia sus tiendas con un semblante silencioso y hosco.

Me acerqué entonces a Roger, que estaba rodeado por el entusiasmo incondicional de sus hombres, y le dije que si hacía semejante villanía, si asesinaba a las mujeres y ancianos turcos, toda Asia se levantaría contra nosotros, y el pueblo turco no descansaría hasta que el último de sus catalanes hubiera muerto.

Él me respondió, con fría tranquilidad, que nunca había habido rescate para los templarios. Había aprendido esto de ellos; que el vencido lo es totalmente, con absoluta anulación moral y vital, que la rendición no puede ser un escamoteo a la muerte.

Fue lo primero que Vassaill, su tutor templario que le enseñó a navegar en el mar y en la guerra, le inculcó: «el guerrero debe poner a su espalda una barrera de muerte como meta de cualquier retroceso».

Después, uno de los almogávares llamado Fabra, que afirmaba ser hom d'ordre [12], colocó una sucia y deshilachada casulla sobre sus bárbaros ropajes de piel, y celebró una torpe misa en la que pidió a Jesucristo que les concediera derramar la sangre de muchos infieles. La madrugada iluminaba la muralla de Artaki con sus primeras luces cuando la Gran Compañía Catalana cruzó sus puertas. El megaduque, en vanguardia, mandaba la caballería. A ella se habían incorporado los catafractos [13] de Marulli que cabalgaban con todos los honores. La Señera era doble; el estandarte de Aragón y el de Romania conjugaban sus colores y la hermandad guerrera entre los catalanes, cetrinos y acortezados, y los griegos, atildados y gesticulantes. Detrás gente de a pie; catalanes y alanos sin mezclarse. Corberán de Alet, senescal de la Compañía, encabezaba los cuadros conducidos a su vez por dos señeras; la de don Jaime de Aragón y la de don Fadrique, rey de Sicilia, ondeando juntas en el umbral de Asia.

Los turcos apenas empezaban a despertarse. Rudas tiendas de pieles de carnero junto a las de rica seda de los jefes de tribu; empalizadas donde se apelotonaba el ganado, piedras ahumadas bajo trípodes oxidados de cuyos vértices colgaban tajadas de carne chamuscadas; toscos cacharros de alfarería; bestias de carga y caballos de batalla pastando juntos; carros extraños y desvencijados sirviendo de armazón a las tiendas familiares; mujeres greñudas caminando junto a las bellezas de los harenes, cubiertas de oro y pedrerías; perros hambrientos y chiquillos desarrapados.

Toda resistencia fue inútil contra el temible ímpetu de los almogávares que pronto ocuparon su campamento de un extremo a otro; profiriendo alaridos guerreros, aplastando, volcando e incendiando cuanto se les ponía por delante.

Tan sólo ocho días después del desembarco catalán en Artaki se había aflojado la soga turca en torno al cuello de Romania. Los cadáveres de más de diez mil turcos, hombres, mujeres, ancianos, quedaron como testimonio del nuevo poder griego.


7

<p>7</p>

El mes de noviembre trajo un otoño duro, golpeado por ventiscas y lluvias de aguanieve bajo un cielo plomizo y opaco, cubierto de nubes bajas que se espesaban y amorataban sobre los Dardanelos y la Prepóntide. Vientos fríos y ríos crecidos por las lluvias, imposibles de vadear. Y las aves viajeras cruzando sobre nuestras cabezas en inmensas bandadas rumbo a Palestina.

Roger, que esperaba noticias de Constantinopla, decidió invernar en el cabo Artaki, y las ruinas de Cícico fueron la guarida más abrigada que descubrieron los exploradores almogávares. Pero sin duda fueron mal escogidas y atropelladamente acondicionadas. Para un isleño como yo, aquél podría ser el lugar más frío del mundo, con sus furiosas ventiscas que parecían querer arrancarte las ropas del cuerpo.

Y durante la invernada los alanos desertaron de la Gran Compañía Catalana.

Al parecer todo empezó con una discusión entre dos alanos y varios almogávares. No tengo una idea clara de las causas; cada uno de los bandos acusaba al otro de haber intentado forzar a una joven lugareña. Quizá fue sólo una discusión de cantina por una furcia, pero trajo unas consecuencias terribles. Amparados por la noche, los almogávares entraron en el campamento alano y poco bastó para que los degollaran a todos.

Centenares de alanos fueron sorprendidos y asesinados en el transcurso de esa terrible noche de Cícico. Una de las víctimas fue Alejo, el joven hijo de George, que murió como un ternero, maniatado y sacrificado en medio de aquella locura homicida.

Para empeorar las cosas Roger quiso aplacar con oro a George por la muerte de su hijo; pero éste despreció el dinero y al agravio del hijo muerto se añadió la afrenta del intento de soborno.

Los alanos se marcharon y el invierno pasó; y al llegar la primavera emprendimos la antigua ruta que, haciendo vértice en Afium Karahissar, la Fortaleza Negra, y atravesando el golfo de Esmirna, dejaba al norte la ciudad de Magnesia y cruzaba junto a Filadelfia, para internarse cada vez más en los desconocidos territorios asiáticos.

La ciudad de Filadelfia era de una gran importancia táctica en las rutas de las caravanas de comercio con Oriente. Desde hacía tiempo soportaba el acoso de las tribus de Otomán, quien finalmente le había puesto sitio. Los últimos despachos indicaban que la ciudad no resistiría mucho tiempo más. Su caída era inminente.

Dejamos atrás las ruinas de Troya, y atravesamos el ancho valle que delimitaban el río Gránico y el monte Olimpo. Los turcos se replegaban ante nuestro avance, rehuyendo todo contacto con nosotros, dejando tan sólo tierra quemada tras de sí.

Los almogávares avanzaban pisoteando firmemente el polvo del camino. Nunca he visto hombres como éstos; cubrían sus cabezas con una red de hierro que bajaba en forma de sayo como las antiguas capelinas, llevaban los pies envueltos en abarcas y pieles de fieras que les servían de antiparras en las piernas; y en un zurrón, también de piel, que les cubría las espaldas guardaban sus víveres y escasos efectos personales. En contraste con las aparatosas y ruidosas armaduras de los catafractos griegos, no se protegían con escudos ni adargas, limitándose a la espada sujeta al talle por un ancho tabalate, la azcona [14], y un par de dardos.

Pero no había guerreros más temibles.

En una plaza fuerte, abandonada recientemente por los turcos, llamada Germe, establecimos contacto con Sausi Crisanislao y los restos maltrechos y hambrientos de su ejército. Sausi era un gigantesco capitán de origen búlgaro, al servicio del Imperio; sus hombres no eran mercenarios, sino soldados leales al Emperador.

Su alivio al encontrarnos enrojeció los ojos de aquel fiero guerrero, y nos narró con emoción sus últimas vicisitudes:

– Las tribus otomanas cayeron sobre nosotros sin previo aviso, en mitad de un verano largo y tranquilo; nos embistieron con una fiereza animal, exterminando a todo cristiano que hallaban a su paso…

Sausi hablaba con moderados gestos de sus grandes manos. Ahora estaba muy delgado, pero era un gigante de constitución recia. Su rostro estaba centrado por una ancha nariz y unos ojos azules y muy separados. Sus cejas casi parecían fundirse con la melena que nacía de sus sienes. Nunca había visto a un hombre tan peludo; su melena rubia se derramaba sobre su espalda como la crin de un caballo salvaje.

Estaba de pie, en el centro de la tienda del megaduque. Roger sentado en una ancha y lujosa silla, casi un trono, que alguien había encontrado en algún lugar de la plaza, cruzaba sus brazos sobre su pecho, y observaba al búlgaro con expresión escéptica.

– Y te retiraste -dijo muy serio.

– Nos retiramos, sí -admitió el búlgaro-. Devolvimos algunos golpes, pero no pudimos frenar el alud; apenas éramos cuatrocientos contra un ejército de miles…

Sausi nos contó, con todo lujo de detalles, su hábil y metódica retirada que dejó patente su capacidad como guerrillero; manejando con cuidada técnica a sus trescientos o cuatrocientos hombres, sin vituallas, pegándose al terreno, fue salvando peligros y desviando zarpazos y dentelladas de los turcos de Caramano, gateó hacia Lidia, en busca del enlace con las unidades norteñas de los griegos.

La parte mediterránea de Asia que comprendía Frigia hasta Cilicia y Filadelfia, estaba en poder de Caramano, uno de los siete capitanes turcos que había repartido las antiguas provincias romanas.

– Se ha rebelado contra Otomán -nos desveló Sausi-, y éste aún no ha sido capaz de sojuzgarlo, atareado como está haciéndole frente a tu avance, megaduque. Caramano ha aprovechado esta coyuntura para afianzarse en Frigia.

– Pero te retiraste -repitió Roger como si no hubiera escuchado nada de lo que el búlgaro le había dicho.

Según sus informes, Roger le había supuesto escalonado a mitad de camino entre Germe y Filadelfia. Contaba con Sausi como primer peldaño de su vanguardia, y ahora lo encontraba mucho más cerca de Germe de lo previsto.

– Compruebo que los aledaños de Filadelfia han sido dejados por ti al libre avance del turco -siguió diciendo Roger-. Eres un punto de apoyo que me falla, y no puedo permitirme esa debilidad entre mis hombres. Llevadle afuera y degolladle.

Las últimas palabras de Roger fueron tan inesperadas y pronunciadas en un tono tan similar al resto, que ni Galcerán ni Ricard de Ca n', los dos almocadenes presentes, cogidos desprevenidos, hicieron la mínima intención de obedecer la terrible orden.

Pero el búlgaro había entendido perfectamente la intención de Roger.

– ¿Qué? -exclamó con un gesto de asombro indignado.

– Ya lo habéis oído, Galcerán, Ricard, ¡obedeced!

Galcerán intentó sujetar a Sausi por la manga, pero el búlgaro logró zafarse y preguntó a Roger qué esperaba que hiciera. Los turcos les superaban por veinte a uno. No era posible oponerles resistencia alguna.

– En ese caso deberías haber sabido morir cuando te correspondía -le replicó Roger con frialdad.

Sausi alegó que no era merecedor de semejante trato tras haber servido fielmente al Emperador durante tantos años; y mientras decía esto desenvainó su espada.

– ¿Y quién eres tú, latino, para juzgarme o condenarme? -dijo mientras lanzaba una rápida estocada a Roger, apuntando a su corazón.

Roger se puso en pie, impulsado por sus reflejos de gato, derribando estruendosamente el dorado trono sobre el que se sentaba, y desenvainando su espalda paró el golpe en el último instante. Con habilidad, el enorme búlgaro fintó su hierro, y lo descargó sobre la parte desprotegida del brazo de Roger, atravesando limpiamente su brazo. Todo esto sucedió con tanta celeridad que ni Ricard, ni Galcerán, ni la guardia personal de Roger, tuvieron tiempo de intervenir. Al ver correr la sangre del megaduque, Ricard saltó como un león sobre la espalda del búlgaro, derribándolo de bruces. Levantó su propia espada para asestarle el golpe mortal, cuando la voz y el gesto de Roger le detuvieron. Galcerán y los guardias se habían ubicado entre el búlgaro y Roger.

– ¡Lo quiero vivo, Ricard! -gritó Roger apretándose el brazo para contener la hemorragia-. ¡Quiero verle colgando como a un perro, junto a sus doce mejores hombres, de la rama más alta que podáis encontrar!

Ricard descargó su espada sobre la cabeza de Sausi, pero no le golpeó con el filo, sino con la hoja plana, y dejó inconsciente al búlgaro.

Roger fue entonces atendido por sus hombres que desgarraron su camisa para evaluar la importancia de la herida. Y mientras el inconsciente búlgaro era arrastrado por los pies hacia el exterior de la tienda, vi brillar algo en su pecho. Ordené a los guardias que se detuvieran, y me incliné sobre él; era una joya extraña y preciosa, colgando de una cadena de oro. Se la arranqué, y Fernando de Galcerán me miró con una expresión extraña; como si pensara: «¿También tú saqueas a los moribundos?»

Observé la joya en la palma de mi mano; un disco de oro con el grabado de una media luna y una estrella de siete puntas encerradas dentro de un círculo.

– No has sido justo con ese hombre -estaba diciendo Ricard de Ca n'.

Ricard era corto de talla y sus delgados brazos parecían estar formados por manojos de fuertes nervios trenzados; pero tenía la altiva prestancia de los hombres de baja estatura, y sus ojos, diminutos y negros, llameaban inteligentes.

– No pretendo ser justo -le replicó Roger-; tan sólo eficaz en mi cometido.

– Los griegos no admitirán un nuevo insulto -insistió Ricard-; y menos si con él va el sacrificio estéril de uno de los mejores capitanes de Andrónico. Si cuelgas a ese hombre, las tropas de Marulli te abandonarán igual que hicieron las de George.

– ¡No te metas en esto, Ricard…! -le gritó Roger a su almocadén, apretando los dientes de dolor mientras le era cauterizada la herida-. ¡No es de tu incumbencia!

Pero Ricard no cejó en su empeño y siguió atravesando argumentos. Le recordó cómo él mismo había llamado «pirata» a Roger, muchos años atrás, después de caer prisionero suyo; y que hoy su lealtad le había hecho sitio entre el círculo de amigos más íntimos de Roger. Quizá por esto Ricard comprendía la situación del capitán búlgaro.

No escuché más. Abandoné la tienda de Roger, y me dirigí a la ocupada por el prisionero. Sausi Crisanislao estaba de rodillas, atado al mástil central de la tienda. Había recuperado el conocimiento y un hilillo de sangre resbalaba por su frente. Sus ojos estaban llenos de ira y no de temor. Me senté en un taburete frente a él y le pregunté, mostrándole el disco de oro que antes le había arrebatado, que dónde había obtenido esa joya.

Él me replicó, a su vez, qué me importaba eso y, en cualquier caso, ¿por qué tendría que decírmelo?

– Porque esto te puede salvar la vida -le dije, ganándome su interés.

Quiso entonces saber quién era yo; pero cuando le dije mi nombre vi que no había oído hablar de mí, de modo que añadí:

– Soy el consejero del megaduque. Si intercedo por ti, y por tus hombres, salvaréis la vida.

– ¿Y qué quieres saber?

– Esta joya -le señalé el dibujo del círculo y los rayos-. Éstos son los símbolos de Ishtar y Sin; Venus y la diosa Luna. ¿Acaso eres un pagano? No temas, no es mi cometido juzgarte por esto; tan sólo deseo saber dónde obtuviste este medallón.

Me contó, entonces, cómo sus antepasados habían luchado como mercenarios en los valles de Mesopotamia, y él había sido educado en la religión y los misterios de aquellas tierras. Luego, cayó prisionero en la campaña de Chana, luchando contra los hombres de Miguel Paleólogo, el padre de xor Andrónico, y purgó su derrota en un largo cautiverio en el que abrazó la religión de Cristo.

Un día abandonó la prisión investido como jefe de una fortaleza griega en Frigia.

– Xor Andrónico me adelantó, como buen conocedor de aquellas tierras, como capitán de su confianza. -Y añadió, resentido por el trato que le había dispensado Roger-: Nunca defraudé esa confianza.

– ¿Sigues adorando a los planetas del cielo? -quise saber.

El me miró escandalizado.

– Nunca he adorado a los planetas; pues el Zodiaco y los siete planetas son obra de los malos espíritus.

La religión que Sausi había aprendido en su infancia creía que el mundo superior se hallaba representado por el Gran Rey de la Luz, la Gran Vida, cuyo símbolo era el que adornaba el medallón que yo le había quitado.

Por debajo de él había innumerables seres espirituales, unos benéficos, otros demoníacos. El Conocimiento de la Vida y los poderes dadores de luz trataban de dirigir a los hombres y a las mujeres hacia las buenas acciones; los planetas y el espíritu de la vida física los inducían a extraviarse.

– ¿En qué lugar de Oriente entraste en contacto con esas creencias?

– En la región de pantanos que se extiende entre los márgenes inferiores de los ríos Tigris y Eufrates, que son dos de los ríos que nacen en el Paraíso.

– ¿Nunca conociste a quienes adoran los planetas?

Meditó durante un instante antes de responder que, en una ocasión, él y su gente atacaron el templo de unos adoradores de demonios, cerca de Harrán.

– ¿Quieres decir que adoraban a los planetas?

– Así es.

Esto era muy común; los dioses de una civilización suelen convertirse en los demonios de sus vecinos. Pero, ¿de dónde había surgido toda esa extraña mitología?

– ¿Dónde estaba situado ese templo? -le pregunté.

– Junto a la falda de los montes Tektek, a una jornada a jaloque [15] de la ciudad de Urfa, y a una jornada a cauro [16] de Harrán.

– Me has sido de gran utilidad -dije-. Me ocuparé personalmente de que Roger te libere a ti y a tus capitanes.

Ricard no había cejado en su empeño de salvar al búlgaro, pero Roger aceptó perdonarle la vida sólo cuando le conté que Sausi era buen conocedor de la región a la que nos dirigíamos y que podría sernos de utilidad como guía.

Admirado por la nobleza demostrada por Ricard de Ca n', le pregunté más tarde por su lugar de origen, respondiéndome que había nacido en las tierras altas de los Pirineos, como gran parte de la almogavaría; y añadió con orgullo:

– Por mis venas corre la sangre del linaje del gran Carlomagno, y mi familia fue en tiempos poderosa en el Valle de Andorra, y combatió contra la casa de Foix al lado del obispo de Urgel, y fuimos desahuciados de nuestras tierras cuando yo era apenas un crío que casi no sabía sujetar una espada entre sus manos. No me quedó otra salida que la del campo de batalla; la almogavaría: los mejores soldados de fortuna al servicio de quien pueda pagar nuestro precio, que no es bajo. Pero ahora que con la caída de Acre la cruzada parece haber concluido y nuestro futuro es incierto, sin guerras ni tierras que conquistar, pronto no quedará un lugar en el mundo para guerreros como nosotros.

Le miré con tristeza y dije:

– En este mundo siempre habrá un lugar para la guerra y la violencia.


8

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Seguimos nuestro camino hacia Oriente, para encontrarnos con las avanzadas de Caramano, tal y como Sausi Crisanislao nos había advertido. Eran muy superiores en número a los almogávares, pero inferiores en valor, disciplina y sabiduría militar.

Para un ojo poco entrenado como el mío en contemplar batallas, todo se redujo a una horrible confusión de hombres, hierros y caballos. Los almogávares cargaron con su habitual crueldad, derribando los estandartes turcos, saltando por encima de los cadáveres, degollando, tajando, destrozando a los turcos.

Cuando todo acabó, al final del día, los cadáveres de hombres y bestias se amontonaban desordenados, empapando la arena de sangre; las lanzas y los estandartes destrozados apuntaban hacia el cielo aquí y allá en apretados manojos.

La luz del atardecer le confería a todo un carácter de irrealidad y de locura.

Atravesamos victoriosos una de las imponentes puertas de la muralla que tan bien habían resistido el asedio turco. Las trancas de hierro que ceñían y reforzaban las puertas de pernio a pernio, se abrieron al fin para franquearnos el paso.

Filadelfia era una plaza fuerte y populosa, con una población ocre y sin personalidad que se amontonaba, deslumbrada por nuestro paso: aceros brillantes, carros de guerra, caballos bien enjaezados, guerreros vestidos con pieles de fieras. Y en medio, en dolorosa fila, los vencidos. Mujeres y chiquillos de ojos saltones y desorbitados por el terror; guerreros turcos encadenados, mulas cargadas de botín.

Roger, asqueado por la empalagosa mansedumbre, sin acidez ni belicosidad, de aquellas gentes, ordenó decapitar, por cobarde y traidor, al gobernador de Filadelfia y colgar al capitán de la guardia de la ciudad. Y al pueblo de Filadelfia, que no supo resistir con más valor, le impuso una multa de veinte mil libras de plata. Pero, días después, un correo almogávar llegó hasta las puertas de Filadelfia e inmediatamente fue conducido ante Roger de Flor. Traía noticias de extraordinaria importancia y gravedad.

La guarnición alana que custodiaba Magnesia; la caja fuerte del cuantioso botín almogávar, se había rebelado. Los alanos habían pasado a cuchillo a todos los catalanes que guardaban el tesoro almogávar, y habían tomado como rehenes a las princesas doña Irene y doña María. Al parecer la rebelión había sido instigada por el propio George.

Roger paseó de un lado a otro como un animal enjaulado. La ira nublaba sus ojos y estrangulaba su voz. Preguntó al correo cómo era posible todo esto si tras abandonar Cícico había ordenado a Ahonés que las condujera hasta Constantinopla.

Doña Irene y doña María habían pasado los últimos días del invierno con Roger, en Cícico. Después, el megaduque había confiado las dos damas a su almirante. Pero, al parecer, la marejada les impidió hacerse a la mar y el almirante había decidido esperar en Magnesia a que el mar se calmara.

– Pero, mientras tanto -concluyó el correo-, los alanos se rebelaron.

– ¿Y Ahonés? -preguntó Roger.

– El almirante no estaba en la ciudad en ese momento, sino al cuidado de la flota. Es él quien me envía, megaduque, y espera tus órdenes.

Roger apretó los puños y dijo entre dientes:

– ¡Mis órdenes son sangre y muerte para esos traidores!

Sin esperar más, abandonamos Filadelfia, dejando allí a Marulli y sus griegos para guardar la plaza, y nos pusimos en marcha hacia Magnesia.

Roger, actuando como un poseído, puso sitio a la plaza fuerte; ordenó a Ahonés que desembarcara y dispusiera las máquinas de asedio y los maganeles que aún no habían tenido ocasión de usarse, y las dirigió contra los muros de la ciudad.

El ataque fue precipitado y mal concebido. Los alanos rechazaron a los nuestros sin demasiada dificultad, arrojando aceite y azufre caliente desde las murallas de la ciudad, incendiando los artefactos que tan inconscientemente Roger había dirigido contra ellos, descubriéndolas sin precaución alguna.

Gran parte de los mejores hombres de Roger quedaron allí, a los pies de las murallas, aplastados por rocas o abrasados por azufre ardiente. Mientras los supervivientes se retiraban, arrastrando con ellos a los heridos, tuvieron que soportar la mofa y el escarnio de los sitiados, que les increpaban gritando victoriosos desde las almenas.

Roger apretó los puños y tragó saliva.

El trenzado victorioso que nos había llevado hasta allí empezaba a deshilacharse.

En el décimo día de asedio, una de las puertas de la ciudad se abrió y dejó salir a tres grandes carros tirados por acémilas y a varias mujeres. Cuando los carros y las mujeres avanzaron por campo abierto en nuestra dirección, Roger reconoció entre ellas a su joven esposa y a doña Irene, acompañadas de sus sirvientas.

El reencuentro con la princesa doña María, sobre cuyo destino Roger sin duda había sufrido en silencio, emocionó al duro guerrero.

Pero se cuidó mucho de demostrar esta emoción delante de sus hombres.

Roger abrazó a su esposa, rodeándola con sus fuertes brazos como si quisiera protegerla del resto del mundo, y dejó que ella llorara abrazada a él.

– Los alanos afirmaban ser fieles al Imperio y actuar en defensa de Andrónico -estaba diciendo doña Irene mientras tanto-. Y acusaban a Roger de traición.

– ¿Acusaban a Roger de traición? -exclamó Ricard de Ca n'-. ¿Ellos? ¿Cómo se atreven a tanto cinismo?

– George afirma que os habéis rebelado contra el Imperio -le respondió doña Irene-, que habéis asesinado al gobernador de Filadelfia y que habéis saqueado la ciudad.

– ¡Eso es falso! -gritó Ricard.

– ¿Falso? -pregunté alzando una ceja.

– ¿Por qué os han permitido salir en este preciso momento? -le preguntó Roger a doña Irene sin apenas apartarse de la princesa.

– Según George, nunca hemos sido sus prisioneras. Nos retenían dentro de la ciudad para impedir que pudierais tomarnos como rehenes para conseguir la rendición de la plaza. Pero yo amenacé al mesageta [17] con pedirle a mi hermano su cabeza en una bandeja si no nos dejaba abandonar la ciudad inmediatamente. George accedió entonces a dejarnos marchar, y a llevarnos con nosotras tu parte del botín.

– ¿Es eso lo que hay en el interior de esos carros? -preguntó Roger señalándolos.

– Así es, están cargados de oro. George quiere dejar muy claro que actúa sólo en defensa de los intereses de Andrónico. Quiere que tomes tu oro y te marches.

– ¿Creen que vamos a conformarnos con eso, a dar media vuelta y olvidar que él ha degollado a traición a nuestros compañeros? -dijo Ricard rojo de ira.

– ¿Ha muerto toda la guarnición catalana de la ciudad? -preguntó Roger manteniendo la calma-. ¿Estás segura de eso?

– Sí. Vi sus cuerpos en la plaza, y sus cabezas ensartadas en picas.

– ¡Venganza!

– ¡Ya basta, Ricard! -gritó Roger a su almocadén-. ¡No estás resultando de ninguna ayuda aquí!

– Pero, Capitán…

– ¡Lárgate; desaparece de mi vista!

Ricard de Ca n' apretó los puños, parecía que iba a decir algo, pero finalmente dio media vuelta y se marchó de nuestro lado.

Roger esperó a que se alejara, y preguntó a su suegra si pensaba que su hermano estaría detrás de todo esto. A lo que ella respondió que no albergaba ninguna duda sobre ese punto, lo que provocó un gesto de abatimiento en el duro rostro de Roger.

Se preguntó por qué; había combatido fielmente, contra los turcos, para recuperar territorios que unir nuevamente al Imperio. ¿Por qué esta traición?

– Ya te lo advertí -dijo doña Irene-. Es la forma de actuar de los griegos, y tú eres ajeno a todo.

– ¿Tú lo entiendes, Ramón? -me preguntó Roger.

– El Imperio se sabe débil -le respondí-, y tu fuerza hace más evidente su debilidad. Quizás Andrónico está considerando que ha hecho un mal negocio al cambiar a los turcos por los catalanes.

– Regresa a Aragón, Roger -le imploró doña María-. Regresa a tu patria y yo iré contigo, renunciaré a mi sangre y a mi tierra por ti.

– Aragón no es mi patria -exclamó Roger-; ni Sicilia, ni Génova, ni Brindissi… Soy el hijo de un halconero germánico, criado por los rudos monjes templarios. La tierra que piso en cada momento es mi patria, querida niña.

– ¿Qué va a suceder ahora? -preguntó doña Irene.

Roger dijo que, de momento, se mantendría el asedio sobre Magnesia.

– Más adelante Dios dirá -concluyó.

Varios días después, los centinelas dieron la voz de alarma al ver formarse a lo lejos la polvareda que caracteriza el avance de un ejército numeroso. Esto produjo en todo el campamento almogávar un movimiento nervioso, de avispero alertado.

Roger de Flor salió precipitadamente de su tienda y oteó el horizonte, haciendo de visera con sus manos para protegerse del sol.

– ¿Que sucede? -pregunté, alterado por todo el movimiento que se estaba formando a nuestro alrededor.

– Un ejército se acerca desde Poniente -me respondió secamente Roger.

Doña Irene y doña María también habían salido de las tiendas y se acercaron con expresión preocupada en sus rostros. Ricard de Ca n' corrió hasta nosotros, esperando órdenes; mientras el ejército, del que pude distinguir los estandartes que se afirmaban y coloreaban entre las capas de aire y polvo, avanzaba hacia nuestras posiciones.

– ¡Son los pendones de Aragón y Sicilia! -exclamó Ricard asombrado. Su vista era mejor que la de ninguno de nosotros, pero pronto pudimos comprobar la certeza de sus palabras.

Doña Irene preguntó a Roger sobre qué podía significar eso.

– No lo sé -respondió el extemplario-. ¿Una añagaza turca o alana? Tal vez tu hermano pretende sorprendernos.

– No le creo capaz de tanto atrevimiento -respondió la mujer.

– Quizá sí, o quizá no; pero no puedo arriesgarme. Ricard, llama inmediatamente a zafarrancho.

El almogávar así lo hizo, e inmediatamente el campamento entero se tensó preparándose para la batalla; presintiendo la desagradable posibilidad de convertirse de sitiadores en sitiados. Las mujeres y los chiquillos ocuparon el sitio que la defensa les asignó, preparándose para llevar las flechas y las vituallas a los combatientes. Los carros fueron dispuestos en círculo, y sus lonas empapadas de agua para prevenir las flechas incendiarias. Ricard y Galcerán fueron así dando cuerpo a las instrucciones de Roger.

Un par de exploradores del ejército que se acercaba, cabalgando sendos murtats [18], llegaron hasta la línea de defensa almogávar. Roger reconoció a uno de aquellos hombres y ordenó inmediatamente levantar el estado de zafarrancho.

Los catalanes enfundaron sus dardos y devolvieron al tahalí sus hachas. El grito de victoria almogávar retumbó por todo el campamento; y lo que fue señal de zafarrancho se trocó en caliente y afectuoso recibimiento a los compatriotas que quedaron en Sicilia; los almogávares de Berenguer de Rocafort.

Uno de los dos jinetes que se acercaba era nada menos que Joanot de Curial.


9

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Roger y Joanot se abrazaron y besaron como dos hermanos que no se hubieran visto en muchos años.

Joanot era un héroe casi legendario, como Roger, y ambos eran camaradas desde los valerosos últimos días de Acre, donde Roger había salvado la vida a Joanot en más de una ocasión. Lo que fue correspondido por Joanot cuando salvó a Roger de una muerte casi cierta en las mazmorras de la orden del Temple, en Marsella; hechos éstos que me serían narrados poco después, con más detalle, por el propio Joanot de Curial.

Joanot era algo más joven que Roger. Tenía un rostro agradable y bien parecido, dominado por unos grandes ojos castaños, sombreados por unas cejas espesas y oscuras, que hacían que su frente no pareciese demasiado ancha. Su perfil, de nariz recta y labios delgados, recordaba a la imagen de una antigua moneda romana. Su pelo era negro como las plumas de los cuervos, y caía lacio y desordenado sobre sus hombros. Era musculoso y de gran estatura, aunque no tanta como para que le hiciera parecer desgarbado. Vestía una larga gonela color zafre sobre su cota de malla, y en su pecho estaban bordadas las cuatro barras rojas de Aragón. De su cinto colgaba una espada tan ancha y pesada que pocos hombres podrían manejar con soltura.

Más tarde, durante la comida de bienvenida, Roger preguntó a Berenguer de Rocafort sobre las circunstancias de su llegada a Asia.

– Me mandó llamar Andrónico -dijo Berenguer sin dejar de masticar.

Era un hombre tosco, de gestos ampulosos y ojos hundidos, muy peludo de cuerpo y barba, pero completamente calvo en la cabeza. Hablaba, comía y bebía como si le faltara tiempo en la vida para hacer todas estas cosas con calma. Se limpiaba de vez en cuando en la piel de armiño de su capa.

Había llegado con doscientos hombres a caballo y mil infantes almogávares; además de su hermano Gisbert de Rocafort y su tío, Dalmau de San Martín, y Joanot de Curial, que también se sentaban a la mesa. Aquél era un refuerzo que a Roger, ahora que había perdido el apoyo de los alanos y de los griegos de Marulli, le iba a venir muy bien. Pero había cosas que el extemplario aún no veía claras.

– ¿Qué hay de tu problema con el rey? -preguntó Roger a Berenguer.

– Solucionado -respondió éste, realizando la proeza de comer, beber vino y hablar a la vez-. Ese bastardo soltó por fin los veinte mil carlís [19] que me debía, y me ha restituido los castillos de Calabria que mantenía en su poder; pero no me preguntes cómo hice para convencerle.

– Y después decidiste, al fin, acompañarme en mi aventura -concluyó Roger.

– Lo consideré, pero antes de que tomara una decisión recibí un correo del mismísimo xor Andrónico. Me invitaba para que acudiera con mis hombres a Constantinopla; al parecer, deseaba contratar mis servicios y me prometía el título de megaduque.

Roger le miró atónito.

– ¿Cómo?

Berenguer dejó de masticar y le devolvió una sonrisa a Roger.

– Oh, sí. El título ya estaba ocupado por ti. Así se lo hice ver a xor Andrónico en cuanto me presenté ante él en su palacio de Constantinopla. Por cierto, me contaron lo que habías hecho con los genoveses… -rió.

– ¿Qué te dijo entonces Andrónico? -preguntó Roger impaciente.

Berenguer rebuscó en un bolsillo en el dobladillo de su capa, extrajo un rollo de pergamino lacrado con el sello imperial, y lo arrojó sobre la mesa, junto a los montones de huesos de pollo que había ido dejando.

– Tú ya no eres megaduque -dijo Berenguer, encogiéndose de hombros-. Has sido ascendido, amigo; ahora eres César. Felicidades.

Roger de Flor rompió los sellos imperiales, y desenrolló el documento.

– Es mi nombramiento como César del Imperio -dijo tras leerlo rápidamente.

– ¿Qué quiere mi hermano a cambio? -preguntó doña Irene, sin demostrar ninguna felicidad por el reciente encumbramiento de su yerno.

Rocafort observó a la hermana de Andrónico sin responder. En sus ojos había una evidente desconfianza hacia la mujer. El silencio se alargó hasta que el joven Joanot fue quien respondió a doña Irene:

– El Emperador desea que Roger y su ejército levanten inmediatamente el sitio a Magnesia, y abandonen Asia -dijo.

Berenguer de Rocafort explicó a continuación que xor Andrónico ordenaba a Roger dirigirse con urgencia hacia Bulgaria, donde debería acudir en auxilio del esposo de doña Irene, porque un hermano suyo se había levantado contra él y contaba con el apoyo de gran parte del ejercito búlgaro.

– Eso no es cierto -dijo Irene con firmeza-. No existen esa clase de asuntos en Bulgaria.

Rocafort volvió a encogerse de hombros.

– Fue vuestro propio hermano quien me pidió que le transmitiera estas órdenes a Roger de Flor.

– Es un ardid -exclamó Irene-. Andrónico tan sólo desea sacarte de Asia por el método que sea. El título de César es la zanahoria, y el pretendido levantamiento en Bulgaria, la vara.

– ¿Qué piensas tú, Joanot? -preguntó Roger a su amigo.

– Creo que la señora está en lo cierto -dijo el joven caballero-. Xor Andrónico está obsesionado con que abandones inmediatamente Anatolia. No sé por qué.

– Te teme más que a los turcos – dijo Gisbert, el hermano de Berenguer, riendo.

– Sí -añadió Berenguer, palmeando el hombro de Roger-. Eso pienso yo también.

Roger dirigió una mirada alrededor de la mesa, y les dijo a Rocafort y Joanot que le acompañasen, que deseaba hablar con ellos en privado.

Berenguer asintió, levantándose, y limpiándose la boca con la manga.

– Ven tú también, Ramón -me dijo.

Ninguno de nosotros entendió entonces cuáles eran la intenciones de Roger, pero los cuatro entramos en su tienda. Una vez en el interior, Roger preguntó a Berenguer:

– ¿Qué tienes previsto hacer tú?

Rocafort meditó un instante antes de contestar, y al hacerlo miró directamente a los ojos de Roger:

– Son éstos unos extraños tiempos, amigo. Tras la caída de Acre es como si nos hubiéramos dado por vencidos en el empeño de recuperar Tierra Santa. Quizás es mejor así, no lo sé; pero lo que ahora sobra en Europa son ejércitos. Se está licenciando a mucha gente y cada vez es más difícil encontrar a alguien que esté dispuesto a pagar el precio de unos soldados de fortuna tan buenos como nosotros -rió-. La verdad, no sé dónde vamos a ir a parar si los reyes y nobles dejan de apreciar el auténtico valor de unos combatientes de calidad. Se acercan tiempos difíciles; quizá sea ésta nuestra última oportunidad de enriquecernos con un botín cuantioso. Tú y yo hemos compartido aventuras, y hemos repartido el producto del saqueo infinidad de veces; y tú y yo podemos entender mejor que nadie la oportunidad que tenemos aquí. ¡Por Dios, Roger, estas tierras rezuman oro que sólo espera ser recolectado por nuestras manos! Entiendo perfectamente por qué Andrónico me ha hecho venir y por qué me ha mandado a tu encuentro. Pero si lo que buscaba era provocar el enfrentamiento entre tú y yo, despertar la envidia entre nosotros, es que se trata de un viejo chocho que no conoce lo que vale un catalán o un almogávar… Mandémosle al diablo, Roger, a él y toda su corte de entorchados decadentes. Quedémonos por aquí una temporada, cojamos cuanto queramos, sea griego o turco. ¿Qué más nos da una cosa u otra? Para mí, tan paganos son los unos como los otros…

Roger asintió en silencio, y me presentó a sus dos camaradas de armas.

– Conozco los grandes logros del doctor iluminado -dijo entonces Joanot-; para unos eres un genio y para otros un loco. Para unos un santo, y para otros un hereje. Imagino que estás al corriente de todo esto.

– Estoy al corriente -admití. Desde luego, aquel hombre no se andaba por las ramas.

Roger les preguntó si Andrónico les había revelado el verdadero objetivo de nuestra expedición, la búsqueda del reino del Preste Juan. Y así era, pero ambos le explicaron a Roger que, ahora que la amenaza turca sobre Constantinopla se había aflojado, Andrónico había perdido todo interés en esa expedición.

– Quizás él sí -replicó Roger-, pero no yo. La sabiduría de Ramón Llull puede conducirnos hasta ese reino. ¿No es así, Ramón? -me preguntó, pero continuó hablando sin darme ocasión de responderle-, y tú, Joanot, conoces mi anhelo de encontrar ese reino pletórico de riquezas, con sus calles adoquinadas con oro. Imagínatelo, Bernard.

– Puede que sí, y puede que no -replicó éste-. Yo prefiero el pájaro en mano.

– Pero esto es así de seguro -insistió Roger. Y, a continuación, les contó con detalle lo de la Sala Armilar y lo del origen del fuego griego-. Esta gente poderosa, que ya ayudó a la cristiandad en el pasado, se aprestará a apoyarnos ahora, y juntos derrotaremos para siempre a los turcos. Y nosotros ganaremos más poder y riqueza de los que ningún emperador del pasado haya disfrutado nunca.

Rocafort sacudió la cabeza.

– Despierta, Roger. Ya no tienes el apoyo del Imperio; Andrónico quiere que abandones Asia inmediatamente. No puedes realizar una expedición de ese calibre sin contar con ningún respaldo en tu retaguardia.

– No sería la primera vez -se defendió Roger-; los diez mil de Jenofonte ya cruzaron esas tierras sin que ningún ejército les detuviera… Y el gran Alejandro…

– Oh, ya estamos de nuevo con esas viejas historias… Tú no eres Jenofonte, ni Alejandro; ni estos tiempos son iguales a aquéllos.

– Pero no me daré por vencido tan fácilmente. Vuestra llegada ha sido providencial, amigos míos, porque ahora podré acatar obedientemente las órdenes de esa serpiente de Andrónico; levantaré el asedio sobre Magnesia, tal y como él quiere, y mi ejército viajará hasta Bulgaria, siguiendo su voluntad.

Todos le devolvimos una mirada de incomprensión a Roger.

– ¿Cómo dices? -preguntó Joanot.

– Tú hallarás por mí el reino del Preste Juan -dijo Roger mirando fijamente al joven caballero-. Es un viejo sueño, y no debemos renunciar a los viejos sueños.

Y a continuación, Roger dijo que iba a devolverles a los griegos un poco de su talante intrigante, que estaba cansado de comportarse con rectitud cuando ellos sólo conocían caminos sinuosos.

– Fingiremos que acatamos las órdenes de Andrónico, pero seguiremos nuestra propia voluntad -explicó Roger-. Tú, Joanot, mi buen amigo, con quien he compartido tantos sueños en el pasado, viajarás hacia Oriente en compañía de Ramón Llull junto con un pequeño y escogido grupo de almogávares, hasta encontrar el reino del Preste Juan. Después… bueno, después importará todo muy poco. Aragón tiene hambre de imperio, y nosotros vamos a ser sus dientes afilados y cortantes para sujetar un imperio como el que el mundo conoció en los tiempos del Gran Alejandro. Y quizá decidamos que el trono de Constantinopla debería ser ocupado por un hombre de más valor que Andrónico. Por un catalán quizá.

Rocafort echó su cabeza hacia atrás, y soltó una larga carcajada.

– Sigues siendo el de siempre, Roger -dijo al cabo de un rato-. A ambición no hay quien te gane.

El joven Joanot, que permanecía serio y en actitud introspectiva, preguntó cuánta gente llevaría con él.

– No más de trescientos almogávares -dijo Roger sin dudar-, de los mejores y más fieles. Un grupo lo bastante pequeño como para que pueda moverse con flexibilidad por terrenos desconocidos, y avanzar con rapidez.

Joanot asintió en silencio, y Roger le preguntó a su vez:

– ¿Deseas hacerlo, amigo mío? ¿Deseas emprender esta aventura?

– No me lo perdería por nada del mundo -respondió el joven guerrero.

Y así se hizo. Levantamos el sitio a Magnesia, con gran asombro de los sitiados, y nos dirigimos hacia el norte, hacia Bulgaria. Pero, antes de haber caminado muchas millas, el ejército se dividió.

Joanot de Curial fue nombrado adalid [20] de los almogávares escogidos por Roger, todos exploradores y guerrilleros expertos. Sausi Crisanislao aceptó voluntariamente acompañarnos en calidad de explorador, pues aquéllas eran tierras que él conocía bien por haberse criado en ellas.

Nos hizo una primera sugerencia:

– Trescientos guerreros armados tienen pocas posibilidades de cruzar con éxito esas regiones. Demasiados como para pasar inadvertidos, y demasiado pocos para defenderse del ataque de un ejército enemigo.

– ¿Qué propones? -le preguntó entonces Joanot.

– Las gentes de esas tierras están acostumbradas al paso de grandes caravanas de comerciantes. Son algo común por esos caminos desde los tiempos de los antiguos romanos que establecieron la primera ruta con la remota India. Una caravana con trescientos comerciantes, perfectamente pertrechados para el camino, con sus carromatos, sus acémilas y sus camellos, no despertaría el mínimo interés entre aquellas gentes.

– No me seduce la idea de disfrazarme como un vulgar ladrón -dijo Ricard que también nos acompañaría-, y si es a los turcos a quien temes, no debes preocuparte, pues ya los hemos derrotado en repetidas y continuas ocasiones.

Intervine para sugerir que quizás encontráramos enemigos mucho más formidables que los turcos.

– ¿Qué quieres decir? -me preguntó Ricard, extrañado.

– Sólo que deberíamos tomar precauciones tal y como Sausi propone.

– Que así sea -dijo Roger dando por terminada la discusión.

Los rudos almogávares se despojaron de sus vestiduras de piel, y se cubrieron, entre risas y chanzas, con los ricos ropajes de seda y lino provenientes del saqueo de Filadelfia; ocultando, bajo aquellas túnicas bordadas, sus pesadas armas de acero.

Al separarnos, Roger nos dijo que tenía por muy cierto que ese levantamiento en Bulgaria había sido fingido por Andrónico, para tener alguna razón para sacar a los almogávares de Asia. No debíamos preocuparnos entonces por nada, excepto por encontrar las tierras del Preste Juan. Y dijo por último:

– Que piense que me callo y me someto.

Y no se habló más. Nos separamos del grueso de la tropa almogávar, y tomamos caminos divergentes. La extraña aventura hacia lugares perdidos se abría ante nosotros.


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Avaritia, Gula, Luxuria, Superbia, Acidia, Invidia, Ira, Mendacium, lnconstantia
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El enorme espacio asiático nos absorbía como una esponja, nos empequeñecía y anulaba. La inmensidad quieta y serena de millas y millas serpenteantes por los duros y polvorientos caminos de aquella geografía atormentada.

Los turcos, avisados de nuestra fiereza y crueldad, abandonaban sus hogares y huían ante nuestro avance, sin presentar batalla, dejando tan sólo desolación a nuestro paso. Comarcas quemadas y cosechas arruinadas. El extraño mundo asiático parecía agazaparse, enarcar el lomo y contener la respiración en postura precursora de zarpazo.

Cruzamos así junto a una ciudad, apresuradamente abandonada por sus gentes, llamada Calmarin, que estaba situada a sólo siete leguas del monte Ararat, en cuya cima atracó Noé tras el Diluvio. La montaña Ararat era muy alta, y tenía sus cumbres nevadas y cubiertas de niebla; a sus pies se extendía una gran llanura cruzada tan sólo por el río Corras, que nacía del deshielo de aquellas nieves y que fertilizaba aquellas tierras cuadriculadas de huertas de frutales, viñas y rosales. Calmarin había sido la primera ciudad edificada por el linaje de Noé, y había estado poblada desde entonces, hasta el día de la llegada de los catalanes.

Aquellas tierras nos recordarían durante muchos años.

Mi carromato era similar a una galera valenciana; es decir, tenía cuatro grandes ruedas atrás y dos de menor tamaño delante, sujetas a un eje móvil del que surgían las limoneras y que podía ser dirigido con ayuda de un pesado timón. Al abrigo de su lona, impermeabilizada con brea, había establecido mi biblioteca ambulante y mi sala cartográfica. Pasaba los días en su interior, consultando los mapas y leyendo los libros; ajeno por completo al desolado paisaje que nos rodeaba, donde no se podía percibir más movimiento que el de las nubes y el paseo de sus sombras.

Apenas intercambié unas pocas palabras durante el viaje. Me deslizaba como un espectro entre aquellos rudos hombres, presenciaba sus juegos de dados, sus danzas y sus peleas, sin implicarme jamás en ninguna de estas actividades. Me sentía tan distanciado de los almogávares que su presencia me afectaba menos que viejas historias que hubiera leído hacía mucho tiempo.

Ricard, Fabra, Jaume, Pero, Ferrán, Guillem… eran nombres que, en aquellos momentos, nada significaban para mí; pero en un futuro cercano vería morir a muchos de aquellos almogávares, alguno incluso cambiaría su vida por la mía, y yo lamentaría no haber aprovechado aquellas jornadas tranquilas, las últimas que viviríamos en nuestro camino, para conocerlos mejor.

Pero de quien sí deseaba saber más era de su joven líder; Joanot de Curial, y en una ocasión le invité a mi carromato donde le mostré los mapas y las cartas que nos guiarían en nuestro viaje. Muchos de los libros que llevaba provenían de los estantes de la Sala Armilar. Entre los mapas que consultaba para establecer nuestra ruta estaban las Estaciones de Partia, opúsculo redactado por Isidoro de Cárax; el Itinerario Antonino, o la Peregrinación de Eteria; así como la antigua Geografía de Estrabón, o la famosa Guía geográfica de Tolomeo. Acompañado todo esto por cartas de rutas, muy útiles, desarrolladas en longitud sin preocuparse de la configuración de las tierras, de modo que formaban una banda plegable que podía ser guardada en el bolsillo o en un saco de viaje. Todo lo cual fue observado por Joanot con detenimiento, dando muestras de una gran curiosidad e inteligencia y formulando multitud de preguntas.

Yo también sentía curiosidad por conocer con detalle las circunstancias en las que Roger y él se habían conocido.

La familia de Joanot pertenecía a la pequeña nobleza valenciana, beneficiada con un señorío en la comarca de L'Horta, concedido por el propio Jaume I como pago de servicios de conquista. Joanot de Curial, nacido de la primera generación de valencianos auténticos tras el repoblament, se sentía como tal, y había ganado fama de caballero noble y valeroso en las cruzadas. Había participado en la desesperada defensa final de Acre, antes de que el beauseant [21] cayera en manos de los sarracenos. Como ya he dicho, fue allí donde Roger salvó su vida y se convirtió para siempre en su amigo.

Poco después fray sargento (Roger), caería en desgracia y fue el propio Gran Maestre del Temple, Monecho Gardini, quien lo denunció ante el papa Nicolás IV, que mandó prenderle para que bajo tortura revelara el paradero del tesoro de los templarios. Pero Joanot logró liberarle, y juntos huyeron de la fortaleza del Temple en Marsella, donde Roger había sido retenido por la guardia pontificia.

– Nuestra huida nos llevó hasta Génova -dijo Joanot-, donde ambos entramos al servicio de la familia Doria.

– ¿Qué hiciste para liberar a Roger de su prisión?

El valenciano sonrió maliciosamente, y dijo:

– El destino fue mi aliado.

Según Joanot me explicó, la inesperada muerte de Nicolás IV provocó un estado de confusión tal que él supo muy bien aprovechar; y se presentó en la fortaleza de Marsella con una falsa orden de libertad para el extemplario.

– Roger de Flor me fue entregado amablemente por sus propios guardias -dijo.

Yo me sentí bastante turbado por esta narración, que me llevó a meditar sobre lo complejo que es el destino de los hombres; porque estos hechos sucedieron en la primavera del año de Nuestro Señor de mil doscientos noventa y dos. Yo me había entrevistado entonces con el Santo Padre, a quien había logrado convencer de mi idea de recobrar Tierra Santa con la fuerza de la razón, y no por la razón de la fuerza. La reciente toma de Acre por los sarracenos señalaba el fin del último bastión cristiano en Tierra Santa y demostraba nuestra incapacidad para imponernos por las armas a los infieles. Mi propuesta de una nueva cruzada, armados únicamente con ideas y no con acero, recobró entonces nueva fuerza, y el Papa parecía dispuesto a apoyarla firmemente. Pero murió antes de que pudiera llevarse a cabo mi proyecto de creación de misiones en Tierra Santa. De modo que, lo que para mí supuso una terrible desgracia, la muerte del Pontífice, resultó ser la providencial salvación para Roger de Flor.

Nuestro viaje continuó sin incidentes, y tras cuatro semanas de marcha llegamos al lugar del que Sausi me había hablado; el templo de adoradores de demonios cercano a Sumatar, a sólo una jornada al cauro de la bíblica ciudad de Harrán.

Un grupo de siete edificios de piedra en ruinas parecían contemplarnos como centinelas petrificados. Un impresionante silencio había caído sobre las tropas catalanas ante la presencia de aquellas moles polvorientas, dispuestas en semicírculo a intervalos irregulares alrededor de un montículo central. Eran de varias formas: uno redondo; otro, cuadrado; un tercero, redondo sobre una base cuadrada. Al norte del montículo central, y a cierta distancia, se levantaba la gigantesca estatua de piedra sin cabeza de un hombre, vestido con una especie de toga que le llegaba a las rodillas. El viento, al levantar remolinos de polvo en torno a la estatua, pareció animar momentáneamente los pliegues pétreos de sus ropajes. Creo que todos nos estremecimos.

– ¿Es este lugar? -le susurré a Sausi Crisanislao, y él respondió afirmativamente.

Se escuchó entonces la poderosa voz de Joanot de Curial, imponiéndose al silencio; advirtiendo a los almogávares de que estábamos en territorio enemigo y ordenándoles disponer un campamento defensivo. Los guerreros disfrazados de comerciantes se pusieron inmediatamente al trabajo y la desolada llanura sobre la que se levantaban aquellos extraños edificios se llenó inmediatamente de los bulliciosos sonidos y el caos de los almogávares trabajando.

Después, Fabra celebró una torpe misa para alejar los malos espíritus del lugar.

Aquel almogávar, alto y grueso, de largas melenas grises, había nacido en la Cataluña del otro lado de los Pirineos, y afirmaba haber sido ordenado sacerdote y haber llevado una vida muy azarosa antes de entrar a formar parte de la almogavaría. Sobre esto último no me cabía duda alguna, pero cuando le preguntaba detalles sobre cómo y cuándo había sido ordenado, se volvía tremendamente impreciso. Al contrario que el resto de los almogávares, que tenían muy claro que iban a la guerra tan sólo por el botín y el beneficio que pudieran obtener de esto, Fabra afirmaba haber tenido una revelación divina en la que el Señor le habló, y le animó a acabar con la vida de cuantos infieles se pusieran en su camino.

Y este deseo lo formuló nuevamente en el transcurso de la misa.

Cansado de su ignorante letanía, me dirigí en solitario hacia las ruinas. Caminé lentamente hasta el montículo central y lo contemplé con un respetuoso silencio. Era evidente que se trataba de un lugar sagrado; pero, ¿de qué religión? En el flanco septentrional del montículo había un relieve que representaba otra figura humana ataviada con el mismo tipo de levita que la gran estatua descabezada. Junto a este relieve, otro representaba el busto de un personaje masculino que llevaba el pelo sujeto con cintas y tenía, a ambos lados de la cabeza, una estrella y una media luna.

Bajo estos dos relieves había una breve inscripción en dialecto jonio que no tardé en traducir; declaraba simplemente que aquellos relieves habían sido dedicados al dios Sin. Una segunda inscripción más abajo me resultó en parte indescifrable; creo que de nuevo mencionaba a Sin, el dios lunar, y la dedicación de un tesoro; quizás el tesoro que estuvo a su cargo.

Trepé, no sin dificultad, hasta la cima del montículo, que estaba rematado por una gran roca pelada y casi esférica. En su superficie aparecían, profundamente incisas, cierto número de inscripciones jonias que traduje. Una de ella decía:

«Que Calínico, hijo de Aristarco, que partió de la ciudad Sagrada en el Desierto de Cristal, sea recordado. Que sea recordado en presencia de Sin…».

De nuevo Calínico. Aquél era el hombre que había estado al frente del grupo de sabios que llevó la salvación a Constantinopla. ¿Era el mismo hombre del que hablaba aquella inscripción? ¿La «ciudad Sagrada en el Desierto de Cristal», se referiría al reino ocupado por los cristianos del Preste Juan?

Descendí del montículo y caminé hasta la entrada de uno de los templos. El edificio era redondo y estaba construido sobre un alto estilóbato circular; sus muros exteriores eran una sucesión de medias columnas adosadas por pares, yendo las cúspides de cada par unidas entre sí por un pequeño arco. Esto sujetaba la cornisa sobre la que se asentaba una cúpula semiesférica. Parecía sólido y ligero a la vez. La cúpula estaba construida con ladrillos de adobe rectangulares, típicos de aquellas regiones sin canteras, protegidos de la intemperie por un duro caparazón de barro vitrificado de brillante color azul celeste. En los muros se había usado ladrillo en forma de planchas, incrustadas en el enlucido con cuñas de vitrificado de brillantes tonos anaranjados.

Me detuve frente al umbral que era oscuro como la entrada a una cueva, y decidí regresar al campamento en busca de alguna luz que me guiara en el interior del templo.

Allí me crucé con Sausi Crisanislao, y le pedí que me acompañara. De mi carro recogí una lámpara de aceite, y nos plantamos frente a la entrada del templo. Con aquel guerrero armado junto a mí, y con el candil brillando en mis manos, me sentía más capaz para enfrentarme a los misterios que encerraba aquel lugar.

– Tú estuviste aquí hace veinte años -le dije al búlgaro-. ¿Crees que notarás si este templo ha sido habitado desde entonces?

Él me respondió que habían dejado muchos cadáveres de monjes en su interior, y que si seguían allí, si nadie los había sepultado, significaría que, efectivamente nadie había regresado a este lugar.

Encontramos el primer cadáver apenas nos internamos unos pasos en el túnel abovedado que era la entrada. Casi tropecé con él; la luz de mi lámpara me mostró una momia horrible, envuelta aún con los restos de su túnica ceremonial.

– Recuerdo a éste -dijo Sausi, agitando su melena de león en la cambiante luz de mi linterna-; lo degollé yo mismo. Era un sacerdote; nos descubrió e iba a avisar a sus compañeros, pero no le di ocasión de hacerlo.

Reconocí en los restos de aquellas ropas una levita muy parecida a la que vestía la gigantesca estatua descabezada del exterior. Junto al cadáver había un extraño gorro o tocado de forma cónica. En ninguno de mis viajes había visto unas ropas parecidas.

Sorteamos el cadáver, y seguimos caminando por el túnel. Este desembocó en una amplia sala circular. La luz entraba por un orificio situado justo en el vértice de la cúpula por lo que ya no era necesaria la lámpara de aceite. En la gran bóveda estaban pintadas con exquisito cuidado las estrellas y constelaciones.

– Es igual a la del Palacio de Constantinopla -musité; y, ante la mirada de incomprensión del búlgaro, le expliqué que en los sótanos del Palacio del Emperador había una sala gemela a ésta. Por lo que ya no cabía duda alguna: el Calínico de Constantinopla era el mismo Calínico que visitó este lugar.

Pero la bóveda no era exactamente igual. También era una media esfera sobre la que se habían pintado los principales astros del cielo, pero ésta estaba atravesada por un eje polar, de bronce, que llegaba hasta el suelo, en el centro de la sala; éste quedaba sujeto a una armilla graduada, también de bronce, que debía de corresponder al meridiano de aquel lugar. Esta armilla, a su vez, se asentaba sobre un soporte horizontal cuya apertura circular superior representaba el horizonte. Era evidente que, en algún tiempo, la armilla pudo moverse por las guías situadas en el cimborrio de la cúpula, de tal forma que el polo podía formar con el horizonte ángulos iguales a cualquier latitud. Una segunda armilla, cuyo eje coincidía con los polos de la eclíptica, servía para determinar las coordenadas de longitud y latitud de cualquier estrella pintada en la esfera.

Todo más tosco, pero más comprensible para mí que los sofisticados artilugios que había visto en la Sala Armilar de Constantinopla, pues yo conocía instrumentos similares, aunque no de ese tamaño, de mis viajes por los reinos moros. Los infieles los denominaban alcoras y los usaban habitualmente para sus cálculos astrológicos.

La sala era una vasta pieza circular que mediría unas veinticinco varas de diámetro; poyos de adobe compactado se extendían pegados a la pared, e inmediatamente sobre éstos empezaban las pinturas y llegaban hasta el mismo cimborrio, situado a diez varas de altura.

Por el suelo estaban diseminados los restos de doce sacerdotes más. Me acerqué a uno de los muros; una enredadera trepaba por él, medio cubriendo unos maravillosos frescos, una composición con numerosos personajes que representaba un gran ejército que avanzaba hacia el sol.

Aquellos frescos habían sido realizados por un gran artista. Sorprendía su maestría e ingenio en el manejo de su técnica para representar los cabellos, las barbas, los vestidos y adornos personales con la máxima economía de trazos, mediante algunos rasgos atrevidos y, sin embargo, extraordinariamente expresivos. Las figuras destacaban en tonos naranja y dorado sobre un fondo azul cobalto. Eran hoplitas griegos, vistiendo armaduras de planchas y yelmos empenachados; y al frente de ellos, cabalgando un carro decorado con perlas y placas de oro, un joven general cubierto con una armadura dorada, armado con una espada y un puñal metidos en sus lujosas vainas. Su cabeza noble y hermosa estaba levemente inclinada sobre su hombro izquierdo; tal y como describió Plutarco. Yo había visto muchas representaciones de aquel hombre y de aquella armadura, por lo que no tuve ninguna dificultad en leer la inscripción bajo el carro. Decía simplemente: «Alejandro Magno». Junto a él, viajando en el mismo carro, un hombre anciano y barbudo, vestido con una toga y que llevaba un instrumento en sus manos. Era un astrolabio llano; una proyección estereográfica de la esfera celeste sobre el plano del Ecuador. Un instrumento muy popular en nuestros días para quienes solemos estudiar los cielos, pero que tiene su origen en la Antigua Grecia.

¿Quién era entonces aquel hombre que parecía guiar el camino del gran Alejandro?

Visitamos el resto de los templos; el de planta cuadrada rematado también en bóveda, decorada con estrellas y planetas, y pinturas en los muros. Así mismo, encontramos momias de sacerdotes acurrucados en el suelo como centinelas dormidos.

En esta ocasión la cúpula no tenía una abertura cenital, sino que le faltaba todo un segmento longitudinal, como el gajo de una naranja. La cúpula entera parecía haber sido montada sobre un artilugio mecánico, realizado en bronce o cobre, cuya función parecía ser la de posibilitarle girar horizontalmente. Pero estos engranajes estaban tan inutilizados por el orín y la arena acumulada durante siglos como los del primer templo.

Me acerqué a uno de los frescos que mostraba al mismo anciano, de aspecto sabio. Aquí sujetaba un radiante sol con su mano derecha y la Tierra con la izquierda. Sobre su cabeza un detallado dibujo representaba un eclipse lunar, con los conos de sombra marcados por finas líneas. La inscripción decía:

«El tamaño de la sombra de la Tierra sobre la Luna demuestra que el Sol tiene que ser mucho mayor que la Tierra, y que debe de estar situado a una gran distancia».

– Aristarco de Samos, por supuesto -comprendí.

Sausi, mirando extrañado a su alrededor, preguntó si había pasado algo, y le expliqué que aquel hombre de las barbas era Aristarco de Samos, un gran sabio jónico; pero que creía erróneamente que el Sol ocupaba el centro del universo, que la Tierra giraba sobre su eje una vez al día, y que orbitaba el Sol una vez al año.

El búlgaro me miró sin entender nada. Quizá pensó que me había vuelto loco.

Pero yo sentí la excitación ascender por mi pecho mientras comprendía que las respuestas estaban ya al alcance de mis manos. Tan sólo debía unir cada uno de los elementos en su orden correcto, y entonces la verdad se haría elemental para mí.

No parecía haber ningún peligro en aquel lugar, de modo que le di permiso a Sausi para que regresara a sus quehaceres en el campamento.

Quedé nuevamente solo, contemplando aquellos frescos y meditando sobre el significado de aquellos templos y el extraño culto a los planetas.

En la piedra que remataba el montículo exterior se afirmaba que Calínico era hijo de Aristarco. Ahora sabía a qué Aristarco se refería, pero, evidentemente, era imposible que Calínico, el hombre que llevó el fuego griego a los asediados ciudadanos de Constantinopla, fuera hijo de Aristarco de Samos, que vivió mil años antes que Calínico y que fue contemporáneo de Alejandro Magno. En realidad, Aristarco debía de ser todavía un niño cuando Alejandro murió en el trescientos veintitrés antes de Nuestro Señor Jesucristo. No estaba seguro, y tendría que consultar esas fechas…

La cuestión, entonces, se planteaba con una rotunda evidencia: ¿por qué se afirmaba, en dos lugares tan distantes, que Calínico era hijo de Aristarco? Hijo de sus enseñanzas, sin duda. A eso debían de referirse ambas inscripciones.

Hice un esfuerzo para recordar cuanto sabía sobre Aristarco de Samos. Lo había estudiado hacía mucho, al igual que a los otros científicos jonios, mientras exploraba los orígenes del saber humano…

Algunos jonios practicaban una extraña filosofía materialista que afirmaba que la materia proporcionaba por sí sola el sostén del mundo; sin el concurso de los dioses para ello. Llevado por este método equivocado de razonamiento, Aristarco llegó a afirmar que era el Sol y no la Tierra quien ocupaba el centró de la Creación; y que las estrellas podían ser otros soles iguales al nuestro, pero mucho más distantes, con su propia cohorte de planetas. Una idea que resultó tan escandalosa entonces como sin duda lo sería hoy en día si alguien se atreviese a pronunciarla. Por lo que él, y sus discípulos de Samos, fueron perseguidos por sus contemporáneos hasta ser completamente exterminados, y sus ideas fueron olvidadas.

Me acerqué a una de las paredes. El fresco de ésta representaba a unos hombres ancianos, vestidos con togas, apedreados por una multitud enfurecida. A mi pesar, pues los sabía equivocados, no pude evitar cierto sentimiento de simpatía por aquellos locos discípulos de Aristarco. Yo también había sufrido situaciones semejantes y mis argumentos dialécticos habían sido respondidos con piedras, lo que me había obligado a correr para salvar mi vida, sobreviviendo en ocasiones con graves heridas en mi cuerpo.

Bien, pensé, ¿qué habían hecho a continuación los discípulos de Aristarco, es decir, sus hijos intelectuales?

Se habían ocultado, pero no habían desaparecido, pues tenía pruebas de que ese tal Calínico seguía considerándose discípulo de Aristarco, mil años después de que la secta fuera perseguida y presuntamente exterminada.

La pregunta era: ¿dónde se habían ocultado?

Pero había algo que no encajaba aún en todo este razonamiento. Los jonios se creían capaces de explicar el mundo de una forma materialista. Decían: «Si llamamos divino a todo aquello que no entendemos, realmente las cosas divinas no tendrán fin».

Pero en la Sala Armilar , como en estos templos en cuyo interior me encontraba, había hallado pruebas de una adoración pagana por los planetas. Y Sausi me había hablado del pueblo que habitó de niño, cerca de la confluencia del Tigris y el Eufrates, donde se consideraba a los planetas como entidades maléficas.

Esto parecía una contradicción; a no ser… Sí, a no ser que los discípulos de Aristarco, en su huida, marcaran su itinerario con pequeñas colonias en las que construirían observatorios astronómicos. En el transcurso de los siglos el conocimiento que albergaban esas colonias de jonios materialistas se fue pervirtiendo y, al igual que les pasó a los israelitas durante la ausencia de Moisés, cayeron de nuevo en la idolatría. Para ellos debió de ser natural considerar a los planetas como dioses o demonios, cuando tenían a su alcance instrumentos tan perfectos para su observación.

Pero eso significaba que el camino hacia la ciudad en la que se ocultaron finalmente los hijos de Aristarco debía pasar por aquellos dos puntos.

¿Qué otro itinerario pasaba por esos mismos puntos, que fuera conocido en aquella remota época? Por supuesto, se trataba del camino trazado por Alejandro en su avance imparable hacia la conquista de Asia. Los jonios se habían limitado a seguir sus pasos.

En el exterior había oscurecido, y ya no entraba luz por la abertura vertical de la cúpula. Volví a encender el candil, y abandoné meditabundo el templo. Una idea había empezado a formarse en mi mente. En mi carromato, recogí una azafea y el Mapamundi de Eratóstenes de Cirene. Y con todo esto en una bolsa de cuero, regresé al primer templo.

El anciano que acompañaba a Alejandro en el carro parecía mirarme divertido ante mi incapacidad para resolver el enigma. La fluctuante luz de mi candil parecía animar muecas burlonas en su venerable rostro. El astrolabio seguía en sus manos maravillosamente esbozado. Me acerqué a él, y lo iluminé con cuidado.

La esfera celeste estaba allí perfectamente representada en dos dimensiones, tomando como centro de proyección el Polo Sur: Tres círculos concéntricos representaban la proyección del trópico de Capricornio -el más externo-, el Ecuador -el círculo intermedio-, y el trópico de Cáncer -el círculo interno-; la proyección del cénit del lugar de observación y, en torno a él, una red de almucantarates o círculos de altura que llegaban hasta la proyección del horizonte. Y la araña o red, es decir, la proyección de la eclíptica que surgía como un círculo excéntrico con respecto al centro del instrumento, y la de una serie de estrellas importantes; esto giraba en torno al centro de la lámina permitiendo poner el instrumento en posición. Para hacerlo, el astrónomo, debía simplemente observar la altura de una estrella que estuviese representada en la red y hacerla girar ésta hasta que el almucantarat correspondiente coincida con la proyección de la estrella. Todo esto estaba representado en el fresco con finos y precisos trazos; el desconocido artista debía de ser también un experto conocedor del astrolabio, pensé, y en ese momento hubo algo en el dibujo que llamó poderosamente mi atención.

Extrañado me alejé un poco de la pintura, y miré a través de la abertura cenital de la cúpula. Apagué el candil, y observé detenidamente las estrellas, brillando silenciosas y majestuosas a través del orificio circular.

– ¡Dios mío! -musité en la casi absoluta oscuridad que me rodeaba.

Tenía la respuesta. Era como si aquellos sacerdotes muertos que me rodeaban me la hubieran susurrado al oído; como si el desconocido, y lejano en el tiempo, artista que había pintado aquellos frescos me hubiera dejado un mensaje a través de los siglos.

Encendí nuevamente la luz y volví a acercarme a los frescos pintados en el muro. No había duda; la disposición del horizonte del astrolabio no se correspondía con la latitud en la que nos encontrábamos.

En un astrolabio de proyección polar, el horizonte es un círculo y, por consiguiente, la lámina que representa éste sirve únicamente para una latitud determinada, y debe cambiarse por otra si quiere utilizarse el instrumento en otro lugar. Éste es el principal inconveniente del astrolabio estereográfico convencional; si el astrónomo desea trabajar con su instrumento en distintos lugares, o mientras viaja, se ve obligado a llevar consigo una serie de láminas intercambiables que representan el horizonte en diferentes latitudes. Por ese motivo utilizo una azafea de Azarquiel en lugar del clásico astrolabio.

Había traído conmigo uno de esos instrumentos, y lo saqué con presteza de la bolsa de cuero. En la azafea la proyección estereográfica se hace sobre el plano del coluro de los solsticios, tomando el punto vernal como centro de proyección. El ecuador, la eclíptica y el horizonte se proyectan como líneas rectas que pasan por el centro de la lámina. Una alidada móvil hace las veces de horizonte giratorio, que puede adaptarse a cualquier latitud. La hice coincidir entonces con la disposición del horizonte representado en el astrolabio del fresco, y esto me dio rápidamente la latitud en la que supuestamente se encontraba el anciano de la pintura. No era la nuestra, como ya había advertido, sino que estaba situado a varios grados al norte de nuestra posición.

Extendí en el suelo el Mapamundi de Eratóstenes, y tracé sobre él la línea de latitud que había obtenido. Si mi razonamiento había sido correcto hasta ese momento, sólo me faltaba determinar la longitud para conocer la situación exacta de la ciudad de la que partió Calínico; aquella ciudad en un «desierto de cristal».

¿El reino del Preste Juan?

Pero esto representaba una nueva dificultad.

Eratóstenes había adoptado el paralelo de referencia determinado por Dicearco, que pasaba por Tapsaco, no muy lejos del lugar donde ahora me encontraba, y que cortaba el meridiano de Alejandría; que iba desde Tule hasta Etiopía, pasando por Olbia, a la tramontana [22] del mar Negro, Lisimaquia, en los Dardanelos, la isla de Rodas, Alejandría, Siena y Meroe. Había estimado que la anchura total del mundo habitado, de Tule al país de los sembritas, era de 38.000 estadios, es decir, unas mil leguas. Esto ha demostrado ser bastante exacto; pero, por desgracia, no existe un método tan preciso para el cálculo de las longitudes. Se necesitaría un reloj de gran precisión, y algún sistema para confrontar la hora local de diferentes y distantes ciudades en un mismo momento. Lo cual, como es evidente, es imposible. Hay que atenerse, por tanto, a las evaluaciones forzosamente aproximadas de los marinos, comerciantes y… militares.

Tenía, pues, la línea exacta de latitud donde estaba situada la ciudad, ¿pero cómo determinar la longitud? Deslicé mi dedo sobre esta línea, de Oriente a Occidente, buscando una solución. De nuevo los frescos que me rodeaban vinieron en mi ayuda.

Algunos de los hoplitas de Alejandro parecían estar en marcha en su camino hacia Oriente, pero otros, situados entre las filas de sus compañeros, parecían quietos, con sus armas dispuestas. Consideré que cada uno de aquellos hoplitas guardaba un puesto en el itinerario de Alejandro.

Hice memoria de mis conocimientos de historia antigua. Puesto que he pasado la mayor parte de mi vida viajando, aprendí pronto a memorizar el contenido de los libros, para evitar el tener que cargar siempre con una pequeña biblioteca.

No me costó mucho recordar aquellos datos: las tropas de Alejandro pasaron por la región en la que ahora me encontraba hacia el trescientos treinta y uno antes de Nuestro Señor; por Ecbatana en el trescientos treinta y por Ariana en el invierno del trescientos veintinueve, ambas situadas un poco más al mediodía [23]. Tracé, guiándome sólo por mi memoria, la ruta de Alejandro sobre el Mapamundi de Eratóstenes.

Tan sólo en un punto la ruta de su ejército cortaba la línea de latitud que antes había marcado. Era el punto situado más al norte en toda la ruta del general macedonio, en la región de Sogdiana; a tramontana de una ciudad llamada Marakanda por Alejandro y que actualmente es conocida como Samarcanda.

En aquel lugar estaba el reino que buscábamos.

Le señalé la ruta que debíamos tomar a Joanot de Curial, y vi dudar al guerrero. Me preguntó que si estaba seguro de que era allí, en Samarcanda, donde se encontraba el reino del Preste Juan. Y tuve que admitir que no; que en realidad no había encontrado ninguna referencia a él, pero de lo que sí estaba convencido era de que en algún lugar al norte de la ciudad de Samarcanda se encontraba el reino de los hombres que llevaron el fuego griego a Constantinopla. En una ciudad situada en el desierto de cristal.

– Quizás es la misma ciudad de Juan, aunque sus habitantes no la conozcan por ese nombre -aventuró Joanot, y yo no pude menos que estar de acuerdo con él.

Joanot me contó entonces cómo en Génova, Roger y él, habían entrado al servicio de la familia Doria, de cuyos astilleros salió la nueva nave de Roger: la Oliveta.

En aquellos años, Tesidio Doria había promovido una expedición para buscar una ruta marina hasta el reino del Preste Juan. Los hermanos Vadino y Ugolino Vivaldi, miembros como los Doria de una antigua familia de navegantes, fueron puestos al mando de las dos naves que zarparon de Génova.

Tras hacer escala en Mallorca, cruzaron el estrecho de Gibraltar, bordearon Marruecos y el cabo Juby, al sur del Atlas. A partir de lo cual se perdió todo contacto con la expedición de la que no volvió a saberse nada; aunque se creía que lograron llegar a las tierras del Preste Juan, de donde no quisieron, o no les fue permitido, regresar.

– Tesidio Doria nos contagió de su afán de encontrar el reino del Preste Juan -dijo Joanot-; un sueño que Roger y yo hemos compartido desde entonces.

– Me resulta extraño pensar que un hombre como Roger pueda tener sueños como ése -le dije a Joanot.

– Quizá porque no le conociste lo suficiente.

<p>2</p>

La noche antes de nuestra partida hacia Oriente, me vi asaltado por terribles y premonitorios sueños. No eran más que formas negras y sinuosas que ondeaban en torno mío como raíces de plantas acuáticas, y ojos vidriosos que emitían en la oscuridad destellos venenosos.

Desperté en mitad de la noche bañado en sudor, y salí de mi tienda en busca de aire fresco. La noche estallaba en estrellas. Una inmensa explosión de polvo plateado congelada sobre nuestras cabezas. Un grupo de almogávares estaban reunidos en torno al fuego, cantando viejas canciones catalanas.

A lo lejos distinguí el perfil armónico de los siete templos, iluminados por la tenue luz de las estrellas. Sentí el irrefrenable deseo de visitar por última vez aquellos templos, y caminé hasta el límite del campamento. Un guardia almogávar me franqueó el paso tras comprobar mi identidad. Atravesé en silencio el desolado espacio que separaba el campamento almogávar del círculo de templos paganos. La pálida luz de las estrellas le confería a todo un halo de fosforescente irrealidad.

Mis ojos se habían acostumbrado a aquella escasa luz y podía distinguir las enormes moles de los templos levantarse ante mí como leviatanes dormidos.

Ante la vista de aquellos observatorios consideré cómo, desde la noche de los tiempos, los hombres se habían esforzado en conocer el movimiento y el curso de los astros, y penetrar, si esto fuera posible, en los misterios de su esencia y estructura. Y es curioso que primero se estudiara el mundo de los cielos, antes que el de la tierra; dejando de lado lo cierto por lo dudoso, lo fácil por lo difícil, lo cercano por lo remoto, lo propio por lo ajeno.

¿Qué misterios nos aguardaban en el largo camino que íbamos a emprender?

A pesar de la confianza que había intentado demostrarle a Joanot, tenía dudas. Para empezar, ahora sabía que los habitantes de la «ciudad en el desierto de cristal» no eran cristianos convertidos por el apóstol santo Tomás, sino descendientes de una secta de antiguos griegos paganos, que habían escapado de la persecución ocultándose en el remoto Oriente. Se habían servido, por lo tanto, de las rutas marcadas por el ejército victorioso del Gran Alejandro, y en aquel remoto lugar se habían dedicado al estudio de la naturaleza siguiendo la filosofía materialista de Aristarco de Samos. En su camino hacia Oriente habían establecido colonias que pronto habían abandonado el sendero de Aristarco para perderse en la idolatría y el culto a los planetas.

Quizá la misma «ciudad en el desierto» se había perdido ya en esas prácticas, pues no teníamos noticias ciertas de ella desde que Calínico viajara hasta la sitiada Constantinopla, hacía ya tantos siglos de eso. No lo sabía y mi mente era un torbellino cuando consideraba todas esas cuestiones.

La noche me contempló indiferente y espléndida, con sus miles de ojos pálidos y brillantes; recreando los ensueños que envuelven las vísperas de todos los viajes.

Puesto de pie ante aquellos templos, no podía dirigir la vista más que hacia adelante y hacia el cielo, enmudecido ante la magnificencia de la noche.

A la hora prima del día siguiente, el campamento fue levantado y la tropa se puso en marcha en medio de un silencio extraño y cargado de temores.

La primera meseta que atravesamos, tras dejar atrás los siete templos, fue descendiendo hasta prolongarse en una inmensa llanura de lodo que nos llevó a las orillas del río Tigris, uno de los cuatro ríos del Paraíso, al que los naturales de la región llamaban Digilah o Diguylah. Lo remontamos y, media milla más arriba, encontramos las ruinas de los pilares de un puente antiguo; una muralla gris que a partir de ambas orillas del río se prolongaba indefinidamente en la llanura, era lo que quedaba del inmenso viaducto por el que cruzaron mil años antes las caravanas que se dirigían a las Indias. A partir de ese punto, todos los puentes que íbamos encontrando estaban derruidos y habían sido arrastrados por las aguas del río Tigris.

No teníamos forma de cruzar, y Recorrimos ociosamente las márgenes de la enorme corriente de agua durante un par de jornadas, hasta llegar a las proximidades de Bagdad, lugar al que en ningún caso queríamos aproximarnos más, para evitar encontrarnos con contingentes que pudieran hacernos frente.

Desesperado, Joanot busco mi ayuda, y yo le pedí que mandara a sus almogávares por las aldeas cercanas y que consiguieran varios centenares de odres de piel, cuantos más, mejor. Ellos no encontraron los odres, pero sí muchos animales que eran cuidados por los nativos; ovejas, cabras, bueyes y asnos; que fueron rápidamente muertos, desollados, y sus pieles infladas. Algunas fueron cortadas en tiras y trenzadas para formar correas, con las que fueron atados los odres entre sí. Unas gruesas piedras, atadas también con correas y arrojadas al agua, hicieron las veces de anclas para los odres.

Ricard pudo cruzar entonces sobre ellos, arrastrando una larga cuerda que tensó entre las dos orillas. Finalmente, los odres fueron cubiertos con ramas de árboles y tierra, para afianzarlos y evitar que resultaran resbaladizos para los animales.

Sobre este improvisado puente cruzamos todos, hombres, carromatos y bestias.

Dejamos atrás el río Tigris y nos adentramos en una vasta región pantanosa, cubierta de interminables laberintos de acequias y riachos pegajosos y resbaladizos a causa de la arcilla mojada, que hacía dar de bruces a los asnos y nos obligaba a cargarlos de nuevo. El veterano Guzmán caminaba junto a mi carromato con su lujoso disfraz empapado, procurando mantener las acémilas en línea, golpeándolas con un palo y lanzando gritos nasales para hacerlas marchar más deprisa.

Mientras estuvimos en aquella zona vimos pasar a muchos pastores turcos con gruesos hatos de carneros de Iazirey, de la región de Xam, que llevaban a vender a Damasco, Trípoli, Aleppo y hasta la mismísima Constantinopla.

En una ocasión, Fabra se acercó a su camarada y dijo señalando a los pastores:

– Deberíamos acabar con esos pobres.

Guzmán no respondió de momento; siguió enfrascado en su labor de dirigir a las acémilas durante al menos una legua más; y cuando Fabra debía de haber olvidado su comentario, le preguntó de improviso:

– ¿Por qué dices eso?

El veterano almogávar tardó un poco en recordar a qué se refería su amigo, y luego dijo en tono homilético:

– La muerte puede ser hermosa. Incluso puede ser dulce -añadió elevando la voz como si saborease la palabra «dulce»-. Fíjate en esos pastores; están condenados a ignorar para siempre el mensaje del Señor. ¿Qué clase de vida es ésa?

– ¿Acaso les aguardaría algo mejor en el otro mundo? -dijo Guzmán encogiéndose de hombros-. No están bautizados; se irían de cabeza al infierno.

– Por supuesto -admitió Fabra-; pero al menos sabrían cuál es la Verdad…

Siguieron así hablando durante muchas leguas, mientras yo intentaba cerrar mis oídos a sus simplezas y concentrarme en la lectura de un libro.

Guzmán era muy diferente a su viejo camarada Fabra. Era pequeño y oscuro, con poco pelo en la cabeza y en el rostro.

Al parecer, ambos se conocían desde hacía más de veinte años. Guzmán formaba parte de la flota aragonesa armada contra el sultán de Túnez, Abú Isaac, cuando ésta fue desviada y dirigida a Sicilia.

– Éramos más de quince mil almogávares en ciento cincuenta barcos -me contó en una ocasión-. Derrotamos a los angevinos cerca de Trápani, en el día más jodidamente caluroso de mi vida. Hacía un calor del infierno para pelear; pero vencimos.

– ¿Conociste al almirante Roger de Lauria? -le pregunté.

– Sí -dijo-; pero era distante y altivo, muy al contrario que el Capitán.

Se refería a Roger de Flor, por quién Guzmán sentía veneración. Al parecer, aquel viejo almogávar era de origen castellano, y en veinte años no había conseguido hablar el catalán lo bastante bien como para no provocar las risas y burlas de sus compañeros. Excepto Roger y Fabra, que le respetaban por su valentía.

Dejamos a la espalda la red de canales que fertilizaban aquellas tierras y subimos por la sierra, que era más áspera que alta, y tras andar una legua de difícil camino, dimos con una tierra algo más llana pero no más fecunda, donde encontramos un abrevadero en el que las caravanas solían parar, cosa que nosotros no hicimos por encontrarse seco en esos momentos.

Al atardecer, después de caminar ese día más de ocho leguas, acampamos en un llano de hierba seca, al que los sarracenos llaman Mekaçar Iubab, donde había muchos hatos de carneros pastando, pero no se veía ningún pastor a la vista, y el almogávar llamado Guillem se entretuvo haciendo puntería en aquellas pobres bestias con su arco. Era una arco largo de tejo inglés, que había conseguido hacía mucho, y al que cuidaba con esmero y dedicación. Poseía una gran habilidad con esta arma, y era capaz de introducir la punta de acero de una flecha en la cuenca del ojo de una oveja situada a más de trescientas varas de distancia.

Pocos almogávares usaban arco, arma que consideraban poco digna para un hombre; pero Guillem se reía en la cara de sus compañeros diciendo:

– Los poderosos os hacen creer eso porque es a ellos a quienes no conviene que los siervos dispongamos de armas capaces de atravesar sus armaduras; y vosotros repetís esta estupidez como si fuera la palabra de Dios.

Se decía que Guillem era un pagés que se había unido a los almogávares tras haber degollado a su señor cuando éste intentaba hacer efectivo el cobro de una qüestia [24]; y siempre andaba a vueltas con estas curiosas historias de siervos y señores.

Guillem era un hombre de aspecto turbio y mandíbula prominente; cargado de espaldas y con mal carácter; pero era el mejor arquero que yo haya conocido jamás.

Al día siguiente, levantamos el campamento a la salida del sol, y caminamos hacia el cauro por diferentes tierras hasta dar con una enorme ribera seca, cuyo fondo era todo de piedra blanca y dura como el mármol, tan perfectamente igualada como si se tratara de una carretera hecha por gigantes. Encontramos allí agua al fin, concentrada en grandes albercas formadas sobre aquellas losas blancas. Bebieron de ellas hombres y bestias, y recogimos cuanta pudimos en odres, pues temíamos no poder encontrar más por aquellos parajes cada vez más áridos.

Poco a poco, nos hundíamos más y más en el desierto.

A distancias regulares de tres millas, encontrábamos ruinas de abrevaderos construidos en la época de la Antigua Roma para abastecer a las caravanas que viajaban hacia la India. Si había agua en los pozos pasábamos la noche en las ruinas; en caso contrario, seguíamos adelante hasta dar con una en donde sí la hubiese. En ocasiones el agua estaba contaminada por pájaros y ratas muertas que flotaban pudriéndose en ella. En una ocasión, el cadáver de un asno formaba una pequeña isla en el centro del pozo, rodeado de una mancha de agua verde y viscosa.

Las grandes montañas que se extendían perpendiculares eran pálidas, desoladas, estériles y descoloridas por el ardiente sol.

Aunque las jornadas eran duras, encontrábamos plena compensación en las tardes y las noches. Con los últimos rayos del sol poniente, algunas colinas casi invisibles sobre el fondo del cielo se tornaban ondulantes pirámides de aromático espliego; las murallas de arenisca se transformaban en rojos cortinajes que se difuminaban en el suave resplandor del desierto, y cuando aquella abundante ostentación de colorido empezaba a desvanecerse en la oscuridad, centelleaban las legiones de mis viejas amigas las estrellas, en el fresco ambiente de la noche.

Echado sobre mi cama, que era sólo una manta tendida sobre un cajón de madera lleno de nudos, a la luz de la luna que se filtraba por los desgarrones de la lona de mi carromato, me olvidaba por completo del cansancio de mis huesos. Trataba de recordar alguna melodía que guardase relación con la belleza de aquellas noches y expresase la inexorable rudeza de aquellas tierras durante el día, la indecible magnificencia de las puestas de sol y la infinita suavidad de la noche.

Un atardecer, Joanot se acercó hasta mi carromato, mientras yo contemplaba el espectáculo de la luz cambiante tiñendo el desierto y las montañas.

– ¿Te importuno, Ramón? -me preguntó.

Me volví hacia él, como si despertara de un sueño, y le respondí que no. Trepó entonces al carromato, y tomando asiento junto a mí, examinó el cielo de color lavanda.

– Mañana nos aguarda un día de calor -dijo.

Le pregunté al valenciano si no le emocionaba la belleza de este cielo, y él volvió a examinar el firmamento, pero no dijo nada.

El sol ya se había ocultado, y sus brillantes colores se difuminaban rápidamente.

– Hay gentes que jamás abandonan su pueblo, su comarca -dije extendiendo los brazos y señalando a mi alrededor-, y esto es como permanecer ciego ante lo que la obra de Dios puede ofrecernos. Para los franciscanos el amor de Dios es la explicación del Universo. Dios crea para participar algo de sí a otros seres y ser glorificado mediante el amor de hombres curiosos de conocer su Gloria.

– Tú estuviste casado, Ramón, y renunciaste a tu familia. ¿Por qué?

– Por Dios -dije.

– ¿Es posible amar tanto a Dios? -me preguntó el valenciano.

Yo le respondí sin mirarle, sin apartar mis ojos de las estrellas.

– ¿Acaso tú no le amas? -dije.

El dudó un instante, y dijo al fin:

– No de esa forma.

– ¿Por qué estás aquí, entonces? ¿Por qué peleas en una guerra tras otra?

– No lo sé, Ramón -me dijo el valenciano con voz abatida-. No sé por qué estoy aquí, ni por qué lucho y mato infieles. Avanzo por mi camino, mirando hacia delante, y nunca vuelvo sobre mis pasos.

– ¿Nunca has sentido remordimientos de alguna acción pasada?

– Soy un guerrero -razonó-; y la guerra es la guerra. Matamos o nos matan. En ocasiones la sangre anega nuestro espíritu como un pesado manto que intentara asfixiarnos, pero no piensas demasiado en ello, te sacudes de encima todos esos sentimentalismos, y te adelantas hacia tu próximo enemigo. Así ha sido siempre…

Ojalá estuviera todo tan claro para mí.

¿Por qué abandoné a mi esposa y a mis hijos? Era una buena pregunta, pero la respuesta no resultaba tan sencilla, como le había hecho ver a Joanot.

Aquella mujer… Mi Amada… Muchas noches su rostro hermosísimo cobraba forma frente a mí en la oscuridad, como si estuviera acostada a mi lado, en mi lecho. Por ella lo habría abandonado todo sin dudarlo, a mi mujer y a mis hijos, mis tierras y toda mi fortuna; por ella hubiera entregado gustosamente la vida. Pero ella no me amó jamás y siempre le fue fiel a su esposo; hasta que Dios se la llevó.

No pude compartir su dolor ni sus alegrías; jamás me permitió entrar en su vida.

La visión de su pecho enfermo y marchito convulsionó mi vida entera y me abrió los ojos a las cosas que realmente importaban. Había abandonado a mi familia, había ingresado como terciario en los frailes menores, y había ido a predicar a los infieles una y otra vez, exponiendo temerariamente mi vida.

Porque para entonces ya creía saber dónde estaba el auténtico valor de las cosas.

<p>3</p>

Nos internábamos en terreno desconocido. Cada vez más profundamente.

Seguíamos encontrando ruinas de abrevaderos cada tres millas, pero las grises cúpulas de sus pozos no daban sombra más que a un lodo reseco y cuarteado. Por los desfiladeros de las montañas corrían innumerables riachuelos de agua, pero toda ella era salada y amarga. Aquellas montañas no eran más que gigantescas masas de conchas de ostras y corales petrificados.

Caminábamos por el fondo de lo que había sido un inmenso mar durante el Diluvio Universal y no encontrábamos más que polvo gris y agua salada. El viento era como un cálido aliento que Dios me lanzaba al rostro, y el sol reflejado por las rocas y la blanca arena me envolvía en una atmósfera de calor. Siguiendo el ejemplo de Sausi y de los almogávares, me cubrí la cabeza con un lienzo cuando caminaba a pie, y cuando iba sobre el carromato me envolvía en una pesada manta, que me llegaba hasta los pies, y me veía obligado a volverla y revolverla de vez en cuando para no quemarme hasta los huesos.

En aquellas tierras desoladas parecía no haber llovido nunca y el polvo tenía un brillo alcalino y de sal. El último abrevadero que encontramos no era más que un patético montón de piedras, que apenas se distinguía entre la escabrosidad de la llanura, y no parecía probable que encontrásemos agua hasta que llegásemos al otro lado de las montañas. Las acémilas no habían bebido desde el día anterior y, sin embargo, las hicimos seguir adelante sin descanso, dirigiéndonos al desfiladero, escudriñando con atención todas las depresiones de los valles que teníamos en frente.

Nunca había considerado, con tanta claridad como entonces, el inestimable valor del agua. Me sujeté un lienzo a la boca, para preservarla del polvo alcalino, pero me lo tuve que arrancar en seguida por la sensación de asfixia que me produjo.

Subían bandadas de codornices de todos los arroyos secos y por todas partes aparecían y desaparecían rápidamente los blancos lomos de las gacelas. En aquel calor asfixiante los indicios de vida se mostraban y extinguían rápidamente, como argentinas escamas lanzadas a los rayos del sol.

A media tarde noté que se me iba inflamando la lengua hasta el punto de que me parecía tener en la boca un grueso trozo de cacto, y cuando entreabría los labios para respirar, el aire me quemaba la garganta. A la puesta del sol habíamos perdido casi por completo la esperanza de encontrar agua. Éramos trescientos hombres sedientos avanzando con torpes pasos y tambaleándonos agotados.

Matamos varias acémilas, las que tenían peor aspecto y parecían a punto de morir de todas formas, y (Dios nos perdone) bebimos su sangre.

Cuando desperté, a la mañana siguiente, me encontré en un magnífico anfiteatro de montañas de un color rojo sangre, con manchas de arenisca purpúrea y amarilla. Seguimos un desfiladero, que fue ensanchándose hasta convertirse en una planicie que se alzaba como si pretendiese llegar a los picos de las lejanas montañas. Nos íbamos aproximando a un risco, y poco después pude contemplar, desde una pequeña altura, un gran valle desierto, de tal extensión que las montañas que los circundaban parecían tener la misma altura que los montículos de arena que forman los niños.

Sobre el valle flotaba una misteriosa niebla parduzca.

Ningún panorama hubiera podido causarme mayor impresión; ninguna alucinación producida por alguna bebida espirituosa sería comparable a la imponente magnificencia que se ofrecía a mis ojos. Las colinas que tenía a mi derecha mostraban un colorido que tendía a un rojo pomposo, y las de mi izquierda eran de un verde mate ahumado; bordeaban un mar de rutilante arena, sobre el cual las oleadas de calor se extendían por encima de una especie de bruma oscura y fantasmagórica.

¿Qué clase de niebla podría formarse en aquel ambiente extremadamente seco, bajo un sol abrasador que era incapaz de disolverla? Parecía algo mágico y maléfico.

En medio de aquella llanura, divisé dos oscuras torres destacando sobre la bruma.

Los trescientos hombres, agotados y sedientos, descendimos, como uno solo, por el desfiladero hacia aquellas torres, describiendo amplias espirales para sortear las titánicas rocas que entorpecían nuestro paso.

La bruma nos envolvió poco a poco, enturbiando el sol. Conforme avanzábamos por el valle se iba espesando, tomaba un color más oscuro y transmitía un extraño y penetrante aroma. Un perfume que parecía penetrar por la nariz hasta clavarse en el cerebro. Los almogávares miraban a un lado y a otro cada vez más nerviosos.

Fueron apareciendo más torres, como pálidas sombras entre la niebla, a lo lejos, y un gran arco adornado con las impresionantes figuras de dos toros alados. Cualquiera de los bloques de piedra que formaba aquel arco podría, por sí solo, ser el monumento de un gran conquistador. Ahora, los ciclópeos toros de piedra que acechaban desde sus dovelas parecían mirarnos con hostilidad, como a un ejército invasor.

El aroma de pura maldad que nos rodeaba era tan penetrante como aquel extraño perfume que nos traía la niebla.

El sol era apenas una mancha brillante y difusa en el cielo.

Vi cómo el explorador que marchaba delante regresaba a galope con el rostro demudado por el terror, detenía su caballo junto al de Joanot, y hablaba brevemente con él, aunque no pude escuchar nada de lo que decían.

La tensión empezaba a crecer a mi alrededor, y los almogávares, cansados y sedientos, murmuraban nerviosos.

Joanot tiró de las riendas de su montura y se acercó a mi carromato.

– Necesito que me acompañes -me dijo con voz lúgubre.

– ¿Qué sucede?

– ¿Es que tienes que preguntarlo todo? -exclamó furioso. Espoleó su montura, y desapareció entre la niebla.

El explorador que había hablado con Joanot me acercó un caballo, y me ayudó a montar en él. Su nombre era Jaume; era muy joven, y en sus ojos, que miraban huidizos y asustados a un lado y a otro, parecía haberse cristalizado alguna imagen horrorosa.

Cabalgamos tras Joanot, aunque era evidente que aquello era lo último que aquel joven almogávar hubiera deseado hacer.

– ¿Qué es lo que has visto? -quise saber.

El muchacho me miró brevemente con la vista perdida por el terror, y me dijo que estas tierras eran de Satanás, y que deberíamos dar media vuelta y abandonar rápidamente aquel lugar malsano.

Nos encontramos con Joanot unos pasos más adelante. Había detenido su caballo, y lo palmeaba en el cuello para tranquilizar al animal. Frente a él se alzaba un imponente ángulo de piedra, como la proa de un buque hundido. Era el resto de una muralla tan enorme que su mayor parte desaparecía entre los jirones de niebla.

Me preguntó sin mirarme, seguro de que yo estaría ahí.

– ¿Puedes explicar esta bruma, Ramón? ¿Y su olor? Jamás he olido nada parecido.

– Yo tampoco -admití.

Seguimos avanzando, lentamente. Aquel paredón daba acceso a una fantasmagórica ciudad en ruinas. Pero, ¿de qué ciudad se trataba? Según mis cálculos podía ser tanto Rages como Tabas, y en aquellas montañas que nos rodeaban podía situarse la puerta al país de los Jázaros; pero no podía afirmarlo con certeza.

Aquellas ruinas se descubrieron ante mis ojos tan súbitamente que no pude coordinar mis ideas y necesité algún tiempo para adaptar mi mente a aquel espectáculo. El aspecto de la ciudad parecía cambiar a cada instante, en cuanto apartabas la vista un momento de un rincón, de una pared, éstos parecían mudar y recuperar, por un instante, su antigua gloria. Quizás era un efecto del sol enturbiado por la niebla, pero era estremecedor. Las gigantescas columnas que me rodeaban eran repentinamente embellecidas por lívidos reflejos, con los espacios oscuros entre los muros que parecían haber sido cubiertos de nuevo por los tapices de los arquemeneos.

– ¿Dónde está eso de lo que me has hablado? -le preguntó Joanot al explorador.

– Unos pasos más adelante, Adalid, pero…

– Vamos.

Joanot espoleó su caballo y éste avanzó al trote. Le seguimos. Una de las torres que había visto a lo lejos, levantándose entre la niebla, apareció frente a nosotros. Nos acercamos al paso, lentamente, mientras absorbíamos el horror que se presentaba frente a nuestros atónitos ojos.

La torre estaba hecha con cabezas humanas.

Tenía una base de piedra en la que había sido tallada una inscripción en alguna lengua extraña; después un primer piso de rostros momificados por el sol y la sequedad del ambiente unidos con cemento de forma que sólo los torturados rostros sobresalían, las cuencas vacías, las bocas dilatadas en un último grito desgarrador. Sobre este primer círculo de rostros se asentaba un segundo, y sobre este un tercero, así hasta alcanzar la considerable altura que habíamos visto descollar de la niebla desde lejos.


Miles de rostros que miraban aterrorizados hacia fuera,

con sus cuencas vacías y un grito silencioso en todas

y en cada una de las bocas…


Había tantas cabezas humanas amontonadas en aquel lugar que resultaba imposible contarlas; miles de rostros que miraban aterrorizados hacia afuera, con sus cuencas vacías y un grito silencioso en todas y cada una de las bocas. Un grito que casi creí oír en aquel instante.

Algo que había estado agazapado tras la torre saltó en ese momento, y empezó a correr hacia uno de los edificios. Nuestros caballos, asustados, se encabritaron, y el mío a punto estuvo de hacerme caer al suelo. Pero Joanot logró recuperar rápidamente el control de su montura, y corrió en pos de la figura que huía.

Vi cómo le daba alcance antes de que se perdiera entre las callejuelas de la ciudad abandonada, y cómo derribaba al fugitivo con un golpe de su puño.

Jaume y yo nos acercamos. Joanot había descendido de su montura, y forcejeaba con un joven vestido con harapos cuyos ojos estaban desencajados por el más puro horror. El joven gritaba, gemía e imploraba misericordia en sarraïnesc.

Descendí de mi caballo y me acerqué al joven al que Joanot no había tenido dificultad en inmovilizar.

– ¡Piedad, piedad, oh nobles señores! ¡Soltadme! ¡No me toquéis! -decía mientras sus ojos saltaban de uno a otro de nosotros como esferas locas de cristal; su rostro estaba retorcido en una horrible mueca de pavor.

Mientras Joanot lo sujetaba, Jaume lo abofeteó violentamente un par de veces. El muchacho se derrumbó entonces en brazos de Joanot, pero pareció sentirse algo más calmado. El valenciano lo depositó entonces en el suelo y yo me senté en el polvo frente a él. Intenté transmitirle tranquilidad con mi voz mientras le decía que no pretendíamos hacerle mal alguno. No le conocíamos, y no teníamos nada contra él. Podía hablar con nosotros y contarnos los terribles acontecimientos que habían sucedido en aquel lugar.

El muchacho me miró como si me viera por primera vez. No contaría con más de dieciocho años. Sólo musitó una palabra: «piedad».

– ¿Era ésta tu ciudad? -le pregunté.

– Sí -susurró-. Rai…

– ¿Esta ciudad se llama Rai?

– Sí.

– ¿Qué ha pasado aquí?

– ¡Los demonios…! -dijo, con una expresión de su rostro tan intensa que Joanot y Jaume comprendieron lo que estaba diciendo a pesar de que hablaba en sarraïnesc.

– ¿A qué te refieres? -le pregunté-. ¿Has visto cosas sobrenaturales?

– Los demonios llegaron durante la noche -empezó a decir como en trance-… horribles, pequeños y oscuros… atacaron sin piedad y eran muchos, incontables… corriendo por las calles, sacando a las gentes de sus casas, degollando a niños y a mujeres… mataron a casi todo el mundo, y cortaron sus cabezas… las cabezas se amontonaban cubiertas por una nube de moscas… y el zumbido de las moscas… sólo unos pocos sobrevivimos, y fuimos atados unos a otros con tiras de cuero… los demonios nos llevaron con ellos al desierto… caminamos tras sus monturas, sin agua, con el cuero de las ligaduras cortando nuestras venas… caí y me levanté, una y otra vez… una y otra vez… y nos dirigimos hacia la torre de fuego… quemaba incluso en la distancia… los demonios arrojaron al fuego a aquellos de nosotros que parecían más débiles… me quitaron las correas… creían que estaba moribundo, pero sólo fingía… sólo fingía… corrí… escapé del demonio que me llevaba hacia el fuego… rodeé la torre de fuego… quemaba mi rostro y mis brazos… corrí… no miraba atrás… no sabía si me perseguían o no…

– ¿Escapaste de ellos?

Me miró, con una especie de triste orgullo.

– Sí, fui más listo que ellos. No pudieron cogerme…

– ¿Y qué hiciste?

– Regresé aquí, pero no quedaba nada vivo ya… sólo bandadas de cuervos que planeaban sobre esas horribles torres, y que se estaban dando un festín con los ojos… Un día, incluso los cuervos se marcharon, y quedé solo.

Apoyé una mano sobre su hombro, para tranquilizarlo, y traduje el relato de aquel desdichado a Joanot. Luego le pregunté por su nombre, y él me dijo que era Alí Ahmed.

– Ya no estás solo, Ahmed -le dije.

<p>4</p>

Ahmed fue de gran ayuda para nosotros, pues nos indicó el lugar donde estaba el único pozo potable que quedaba en toda la ciudad. El resto había sido emponzoñado por aquellos demonios que habían arrojado camellos y ovejas muertas a su interior.


Con nuestras reservas de agua repletas, abandonamos aquella ciudad maldita y seguimos nuestro camino a través del desierto, cegados por aquella niebla oscura y maléfica; por lo que Joanot había dado orden de que nadie se separase mucho de sus camaradas y de que nadie se rezagase y durmiera solo en el camino, pues aquel paisaje de cambiantes dunas de arena hacía imposible toda orientación. Yo apenas lograba calcular aproximadamente nuestra posición por el lugar que ocupaba en el cielo el enturbiado resplandor del sol, por lo que debía ayudarme de un extraordinario artefacto proveniente también del remoto Oriente. Se trata de un imán cubierto de pequeñas asperezas rojizas, que atrae al hierro y se une a él, por eso es llamado vulgarmente «piedra que aspira el hierro»; pues bien, cuando se frota con el imán una pequeña aguja de hierro, ésta recibe la asombrosa propiedad de señalar el norte. Si se coloca esta punta sobre un pedazo de caña que flota sobre el agua, gira rápidamente para indicar dónde está el norte, la estrella polar; que era invisible en aquellas turbias noches.

En la oscuridad de esas terribles noches escuchábamos las voces de los demonios que llamaban a los hombres por sus nombres; de modo que algunos almogávares, pensando que alguien conocido les llamaba por estar en apuros, se alejaba del grupo a pesar de las órdenes de Joanot, y se perdía irremisiblemente. En otras ocasiones se escuchaba el sonido de instrumentos musicales, y de tambores.

Joanot me preguntó en una ocasión si entendía toda aquella magia.

– Hay una gran diferencia de calor entre el día y la noche en este desierto -le expliqué-. Las piedras se llenan de la esencia del calor, y gimen durante la noche mientras se enfrían. En el silencio y la oscuridad de la noche los hombres creen oír voces en el gemido de las rocas. Fíjate en toda esa arena; ¿de dónde crees que proviene?

– ¿Tú lo sabes? -Se encogió de hombros.

– Las rocas torturadas por el calor del día y el intenso frío de la noche, acaban por deshacerse en minúsculos granos de arena.

– ¿Siempre buscas una razón a todo? -me preguntó extrañado.

– Dios es la primera razón de todas las cosas -le aseguré-; pero se sirve de los mecanismos de la naturaleza para ejecutar sus obras. Dios es inmenso e impenetrable, pero los hombres podemos estudiar sus obras, más cercanas a nuestra naturaleza.

Alí Ahmed viajaba conmigo, en mi carromato. Su expresión y limpia mirada me recordaban intensamente a un joven musulmán que adquirí en el mercado de esclavos y que durante nueve años compartió casa conmigo, enseñándome su idioma y sus costumbres. Llegué a trabar una buena amistad con aquel hombre al que pronto consideré como un hijo más, aunque a menudo nuestras horas de estudios desembocaban en violentas discusiones religiosas, pues yo pretendía demostrarle, ensayando así los argumentos y razonamientos que alguna vez pensaba llevar a las tierras de sus correligionarios, los errores y falsedades de su fe.

En una ocasión, a altas horas de la noche, empezó una disputa entre nosotros que terminó cuando él me atacó con un cuchillo, hiriéndome en el brazo. Apenas vio correr la sangre, soltó asustado su arma y corrió a esconderse. Le denuncié a los alguaciles y esa misma noche fue encontrado y encerrado en una mazmorra.

A la mañana siguiente desperté con mi furia completamente diluida. Observé mi improvisado vendaje con una sonrisa conmiserativa y, tras vestirme y desayunar, me dirigí a la prisión para rescatar de ella a mi díscolo e impetuoso amigo.

Me entregaron su cuerpo.

Se había ahorcado esa misma noche, en la soledad de su celda, ante el temor de ser torturado y ajusticiado por las palabras que me había dicho en contra de nuestra fe.

Un día se disipó un poco la niebla y pudimos ver, brevemente, el sol por vez primera en muchas jornadas; era un sol vaporoso y grisáceo, que nos contemplaba como pudiera hacerlo un tigre enjaulado, pero que nos llenó de esperanza de que pronto terminara aquel desierto embrujado.

Estábamos acampando, a la caída de aquel día, cuando aparecieron, aparentemente salidos de la nada, cinco jinetes pequeños y oscuros, cabalgando unas monturas igualmente oscuras y diminutas, como caballos enanos, nerviosos y de patas muy cortas.

Al verlos, Alí Ahmed, palideció y su ánimo se descompuso. Vi cómo el terror controlaba nuevamente su cuerpo, y le llevaba a un estado lastimoso, cómo balbuceando como un niño asustado, corría a guarecerse en el interior de mi carromato.

Los cinco jinetes, avanzaron tranquilamente hasta nosotros, sin demostrar ningún temor ni preocupación, a pesar de nuestro elevado número y de ser ellos sólo cinco. Miré a lo lejos, tanto como pude, sospechando que si tal era su tranquilidad, eso significaba que podían haber muchos más de aquellos hombrecillos ocultos entre la bruma, esperando una señal de aquéllos para caer contra nosotros. Algunos almogávares tomaron sus armas nerviosos, y se interpusieron entre aquellos hombrecillos y Joanot de Curial; pero éste les ordenó que se apartaran. Sin inmutarse los cinco guerreros oscuros se plantaron frente a nuestro estandarte, no muy lejos del cual estábamos Joanot de Curial y yo. Los cinco vestían una especie de cota de malla de algún metal negro, y llevaban un casco que parecía hecho de cuero y latón y forrado de piel de oveja, que les cubría casi completamente los ojos. Lo poco que podía verse de su piel estaba tan sucia y cubierta de pelo que casi parecía negra, y unos mostachos negros y aceitosos se derramaban como babosas sobre sus labios marrones.

Sus pequeños caballos también estaban protegidos por una coraza de cuero entretejido con latón, que al parecer era muy ligera pues no impedía los movimientos rápidos y nerviosos del animal. Una horrible testera de cuero y huesos cubría casi completamente las cabezas de los caballos, en medio de las cuales brillaban unos ojillos malignos. Dos aljabas situadas a la grupa contenían flechas largas y cortas. Los guerreros llevaban un arco corto y sinuoso como una serpiente a la espalda, y de sus sillas de montar colgaban racimos de cráneos humanos, tan pequeños que debían de haber pertenecido a niños. Los cinco se habían parado en torno a nuestra Señera y la miraban con expresión entre divertida e interesada, y susurraban comentarios entre ellos como si los trescientos hombres que les rodeaban, cada vez más enfurecidos, no existieran en absoluto.

Quizá temiendo que los almogávares no iban a aguantar aquello durante mucho tiempo más, Joanot se adelantó y saludó a los cinco elevando su mano derecha a modo de bienvenida.

– Hombres de estas tierras -dijo Joanot de Curial-; venid en paz con nosotros, y aceptad nuestra comida y nuestra hospitalidad.

Ante las palabras de Joanot, los cinco dejaron de susurrar entre ellos en su extraña lengua gutural, y uno de ellos avanzó lentamente hacia el valenciano. Caminó hacia él con la misma naturalidad que hubiera empleado un hombre que usara sus piernas para desplazarse. Fue muy extraño, como si aquel hombre y su montura estuvieran unidos mentalmente, y los pensamientos de uno activaran las patas de la otra. Sentí, durante un instante, que me encontraba ante algún tipo de criatura sobrenatural, semejante en esencia a un centauro. ¿O eran aquéllos los míticos habitantes de las tierras de Gog y Magog, en cuyo territorio sin duda habíamos penetrado muchas jornadas atrás; de los que se decía que no tenían más de veintisiete pulgadas de altura, la cara redonda, y se les suponía cubiertos de vello y portadores de grandes orejas redondas y colgantes?

Pero nada de esto era cierto; aquellos hombres, aunque de pequeña estatura, sin duda debían de medir más de veintisiete pulgadas; y si bien sus rostros parecían cubiertos de pelo con excepción de pequeñas zonas alrededor de los ojos, nariz y boca, yo había visto a occidentales tan hirsutos como ellos.

Sólo son tártaros montados a caballo, me aseguré.

El hombrecillo le dijo algo a Joanot, con una voz de tono alto y desafiante. Pero no pudimos entender ni una sola de sus palabras. Volvió a repetir lo dicho, con una entonación incluso más desafiante e insolente si esto era posible. Su voz era gutural, y la lengua que hablaba era muy extraña y la pronunciaba con mucha rapidez. Comprendí que aquel tártaro se estaba enfureciendo ante la incapacidad de Joanot de entender lo que le decía, y me adelanté hacia ellos, y le dije en sarraïnesc:

– Sed bienvenidos, dueños de estas tierras. Aceptad nuestra comida y nuestra hospitalidad.

Entonces el tártaro elevó su mirada hacia mí, y me observó con aquellos ojos brillantes, medio ocultos por el casco. Siempre caminando con su caballo que parecía una prolongación de su persona, sorteó a Joanot y se acercó hasta mí.

Un collar de orejas humanas adornaba su cota de malla.

– Puedo entender tus palabras -me dijo arrastrando penosamente las sílabas en sarraïnesc-, pero tú no pareces turco.

– No lo soy -repliqué rápidamente-. Somos viajeros, hijos de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo. Atravesamos estas tierras en paz.

El tártaro ladeó la cabeza, tal y como haría un perro extrañado, y me contempló con detenimiento antes de continuar hablando:

– ¿Qué buscáis aquí?

– Somos comerciantes en camino hacia Oriente. No os molestaremos con nuestro paso. Permaneceremos esta noche aquí acampados, y partiremos al alba.

– Esos no son comerciantes -dijo el tártaro señalando con un dedo acusador hacia los almogávares-. Son guerreros; y aquí ocultáis a un esclavo de nuestra propiedad. Ese hombre nos pertenece, y al protegerle nos desafiáis de forma intolerable.

Tragué saliva, y vi que Joanot me hacía gestos impacientes. No entendía una palabra de nuestra conversación. Traduje, y su impaciencia se transformó en preocupación.

– Dile que eso no es cierto -dijo Joanot-, que aquí no hay ningún esclavo.

Así lo hice, sabiendo de antemano que no iba a servir de nada, pues el tártaro parecía estar muy seguro de sus palabras. Me escuchó con una sonrisa maligna en sus labios, y se volvió brevemente hacia los otros cuatro tártaros que seguían esperando junto a la Señera. Después, él y su montura avanzaron hacia mi carromato y con su espada levantó la lona descubriendo al pobre Ahmed. Éste gritó aterrorizado y los cinco tártaros rieron como niños tras hacer una travesura.

El musulmán saltó del carromato y se escabulló entre las patas de las acémilas, intentando huir, pero los tártaros le cerraron el paso, rodeándolo sin dejar de reír. Al ver esto, los almogávares tomaron decididamente sus armas, y avanzaron resueltos hacia los cinco tártaros. Me puse frente a ellos, y abrí los brazos implorándoles que se detuvieran. Ricard de Ca n' y Sausi Crisanislao, también tomaron posiciones.

Pero eran sólo cinco hombres diminutos montados en caballos no menos insignificantes. Aquello empezaba a tomar un aspecto entre ridículo y peligroso.

– Joanot -grité, sin apartarme-, estos hombres no pueden haber venido solos.

– Es posible -me respondió el valenciano con voz tranquila-, pero, ¿qué podemos hacer? No podemos permitirles entrar en nuestro campamento y llevarse a ese hombre.

– Tan sólo pretenden provocarnos -razoné.

– Pues, amigo mío, lo están haciendo maravillosamente.

Me introduje en el círculo que formaban los tártaros rodeando al tembloroso Ahmed, y me dirigí a ellos en sarraïnesc:

– Podemos pagaros por este hombre. Nos es de utilidad.

– No es de vuestra propiedad -me replicó el del collar de orejas, quizás era el único capaz de hablar sarraïnesc-. Al esconderlo nos insultáis.

– No, no, no -dije rápidamente-, no queremos insultaros, tan sólo hemos sido hospitalarios con este hombre. Para vosotros no significa nada. Os daremos oro.

Uno de los tártaros cogió a Ahmed por el pescuezo, y con un movimiento rápido y violento lo subió al lomo de su caballo, dejándolo tumbado boca abajo. El musulmán no intentó zafarse; tenía los ojos cerrados, apretados con fuerza, y le rezaba a Alá sin descanso. Me pregunté cuánto iban a aguantar los almogávares sin reaccionar.

– No queremos vuestro oro -dijo el tártaro escurriendo las palabras entre sus dientes amarillentos-. No de momento. Nos vamos.

Era evidente que los almogávares no les iban a dejar marchar.

– ¡Esperad! -dije desesperado. La imagen de un joven moro, colgando de la cuerda de su cinturón en una celda, se me presentó en ese preciso instante-. Permitidme acompañaros y negociar la compra de este esclavo directamente con vuestro caudillo.

La expresión de los tártaros cambió; me miraron interesados.

– ¿Qué sucede? -preguntó Joanot, mirando consecutivamente a los tártaros y a mí-. ¿Qué estás negociando ahora?

– Les he propuesto ir yo en lugar de Ahmed.

El valenciano enrojeció de ira. Me preguntó si me había vuelto loco, y afirmó que no iba a consentir semejante cosa.

Yo le respondí rápidamente en catalán; le dije que ésta era una buena oportunidad para aprender algo sobre esos hombres, que no eran cristianos, ni musulmanes.

No sabíamos nada sobre su vida o sus costumbres, ni teníamos experiencia alguna en su trato.

– No permitiré que te pongas en peligro para salvar a un turco. ¡Que se lo lleven!

– No -le repliqué-; tenías razón, no podemos darles esa ventaja, pero si les acompaño voluntariamente la ventaja será nuestra.

– No te arriesgarás de esa forma.

– Por Dios, Joanot, soy un anciano; ¿por qué iban a querer causarme algún mal?

Mientras hablábamos, yo no dejaba de mirar a los tártaros, y de mantener una sonrisa de tranquilidad en mi rostro.

– De acuerdo -dijo el tártaro que hablaba sarraïnesc-; vendrás también con nosotros. ¿Eres capaz de montar un caballo?

– No, no -le aclaré rápidamente-, no lo has entendido. Yo iré en lugar de vuestro esclavo, y negociaré su precio con tu jefe.

Entonces el tártaro me dijo que ambos le acompañaríamos hasta su ciudad.

– Si logras comprar al esclavo, podréis regresar juntos. ¡Basta de hablar!

Se lo expliqué a Joanot.

– No se saldrán con la suya -dijo el valenciano con las mandíbulas apretadas-. Mis arqueros los tienen a tiro, a los cinco; un gesto mío, y están todos muertos.

Intentando ocultar mi nerviosismo a los tártaros, le rogué a Joanot que no hiciera tal cosa, que estábamos en su tierra y que debíamos saber más de ellos antes de provocar un enfrentamiento. Esto pareció convencer de momento a Joanot. Pero al cabo de un instante dijo:

– De acuerdo, pero Sausi te acompañará.

Sin esperar a recibir la orden, Sausi Crisanislao montó en un caballo, tomó a otro por las riendas, y se acercó al grupo que formábamos los tártaros y yo mismo.

– Monta en éste, Ramón -me dijo.

Así lo hice.

Uno de los tártaros le gritó algo a Sausi en su incomprensible lengua. El búlgaro lo ignoró y el tártaro se colocó frente a él, interceptando su paso.

Pregunté al tártaro que hablaba sarraïnesc cuál era el problema.

– El guerrero no viene -dijo-. Sólo tú y el esclavo.

Sausi intentó esquivar al tártaro que tenía frente a él, y acercarse de nuevo a mí, pero éste, haciendo gala una vez más de un perfecto dominio de su montura, se colocó una y otra vez frente a él. Hastiado de aquel juego, Sausi descargó una patada contra el tártaro y su pequeño caballo, y a punto estuvo de derribarlos a ambos. Inmediatamente el hombrecillo se revolvió contra Sausi, y sacando una corta espada curva, intentó golpear con ella al búlgaro. Demasiado lento, el gigantesco Sausi lo sujetó por la muñeca, y lo hizo caer del caballo sin ninguna dificultad.

El tártaro se levantó rápidamente del polvo, y atacó a Sausi con su espada mientras lanzaba un horrible aullido. El búlgaro lo detuvo con una nueva patada, esta vez en el centro del pecho del hombre, que hizo caer al tártaro de espaldas.

Los otros cuatro tártaros observaban la escena con interés y expresión divertida.

Sausi desmontó, y se acercó a pie al hombrecillo que empezaba a levantarse de nuevo. No tuvo la oportunidad de hacerlo; el búlgaro le propinó un puñetazo en pleno rostro que lo lanzó rodando hacia atrás. Sausi llevaba puestos sus guanteletes de hierro, y cuando el tártaro levantó la cabeza del polvo, todos vimos cómo sangraba abundantemente por nariz y boca. El hombrecillo realizó un titánico esfuerzo por levantarse nuevamente, pero se derrumbó inconsciente de bruces en el polvo.

Uno de los tártaros había sujetado las bridas del caballo del caído, y se acercó a su compañero desvanecido. Desmontó, y con tranquilidad pasó frente a Sausi, levantó al tártaro del suelo, y lo subió a la montura. El hombre estaba medio inconsciente, pero se sujetó como pudo al cuello del animal. La sangre que manaba abundante de su nariz manchó la coraza de cuero y latón del animal.

El tártaro que hablaba sarraïnesc se había acercado a mi costado mientras todos permanecíamos atentos a la pelea, sacó su espada curva, y la apoyó en mis costillas.

– Tú vienes solo -me dijo-. Ordénale a tu compañero que se aparte y que nos deje pasar, o ahora mismo mueres.

Traduje sus palabras y Joanot ordenó a Sausi que se hiciera a un lado, lo que hizo el búlgaro a regañadientes. Sausi respiraba profundamente y tenía el rostro encendido, parecía sonreír, pero yo había aprendido que aquella mueca suya que mostraba los dientes nunca era una sonrisa.

Los cinco tártaros, el aterrorizado turco y yo, cruzamos frente a los impotentes almogávares y nos dirigimos hacia la niebla. Mis ojos se encontraron durante un breve instante con los de Joanot, y pude captar la mirada de furia contenida de éste. Yo no tenía ninguna duda de que si Joanot ordenaba atacar a sus catalanes, mi fin se iba a producir en ese mismo instante; pero era evidente que Joanot era consciente de eso mismo, y que de momento no iba a emprender ninguna acción contra los tártaros.

Nos alejamos al galope del campamento almogávar. Ya era noche cerrada y la tenue luminosidad de la luna apenas podía atravesar la niebla que nos envolvía.

Mientras cabalgábamos los tártaros permanecieron en silencio y yo sólo escuchaba, además del sonido de los cascos de los animales, el intermitente gemido y los rezos mahometanos de Ahmed, que tumbado sobre su vientre, en la grupa de uno de los pequeños caballos tártaros, debía de sentirse incómodo, dolorido y lleno de terror.

Una creciente y extraña luminosidad rojiza fue formándose frente a nosotros, enturbiada por los velos de niebla que se interponían en nuestro camino. Ante esta visión, los tártaros apresuraron el paso, y el turco empezó a llorar y a gritar con un temor creciente. Yo empezaba a sentirme tan aterrorizado como él, aunque ignoraba la naturaleza de aquella luz roja. Comprobé que mientras nos acercábamos a ella, la niebla se volvía más espesa, y su olor más penetrante. Un extraño y horroroso rugido, como el que proferiría alguna bestia maligna, nos llegaba precisamente de la dirección de aquel resplandor rojo. Mientras avanzábamos, el rugido aumentaba y se tornaba más ominoso.

Finalmente se descubrió ante nosotros una impresionante columna de fuego que parecía elevarse hasta tocar el cielo. Las llamas rojas se retorcían en enormes burbujas flamígeras que ascendían hacia lo alto filtrando un espeso humo negro. Aquel fuego parecía algo dotado de vida y entendimiento maléfico que ejecutara una obscena danza ante nosotros. Podía sentir el calor sofocante en pleno rostro y mis ropas eran agitadas por la presión que aquellos borbotones llameantes ejercían en el aire que lo circundaba. El horrible rugido, como de bestia enloquecida, también provenía de aquellas feroces llamas, recordándome las palabras del Apocalipsis que acudieron entonces a mi mente:

«…Y vi una estrella que caía del cielo sobre la tierra y le fue dada la llave del pozo del abismo; y abrió el pozo del abismo, y subió del pozo humo, como el humo de un gran horno, y se oscureció el sol y el aire a causa del humo del pozo…».

Los tártaros descabalgaron con lentitud casi ceremoniosa, sin apartar sus ojos de aquel fuego maléfico, y en aquel momento tuve la seguridad de que aquellas llamas señalaban la entrada del infierno y de que aquellos hombrecillos oscuros eran fieles servidores de Satán, príncipe de los demonios.

Descendí a mi vez de mi montura, y di un par de cautelosos pasos hacia delante. La columna de fuego estaba rodeada por una especie de pantano de un líquido negro y brillante que empapaba las arenas del desierto tiñéndolas de un color oscuro. Las llamas se reflejaban en la superficie de aquel líquido, surcándolo como si se tratara de espíritus animados. No parecía agua, y el penetrante olor que emanaba del líquido negro era el mismo que llevaba consigo la niebla que nos había envuelto durante tantas jornadas. Me acerqué al borde de aquella ciénaga y toqué su superficie con la mano. Era una especie de aceite muy viscoso que se quedó pegado a la yema de mis dedos. Acerqué mis dedos a mi rostro y olí aquella mixtura. Sí, era el mismo olor de la niebla, y aquel humo negro y espeso que surgía de las llamas podría muy bien haber formado la bruma. Desde luego debían de haber muchos más lagos ardientes como aquél para justificar la enorme extensión de terreno oscurecida por aquel humo, pero no dudaba ya de su origen.

¿Por qué no ardía todo el lago negro? Era evidente que las llamas surgían sólo del centro, y que el resto apenas era incendiado brevemente por efímeras llamaradas que se extinguían rápidamente. La respuesta parecía ser que el aceite que rodeaba el centro empapaba la arena del desierto, y no poseía la suficiente substancia como para formar una columna de fuego como la que ocupaba el centro del lago. Eso podría significar que allí la profundidad del líquido era mucho mayor, y que si había ardido durante días sin extinguirse, debía de ser continuamente alimentada por más aceite que debía surgir de las profundidades de la tierra.

¡Una fuente de aceite que nacía de la tierra y que era capaz de arder sin descanso! Quizás allí estaba el origen del componente principal del fuego griego.

Estaba tan maravillado por aquel descubrimiento que no advertí cómo los tártaros se acercaban por mi espalda, arrastrando al desdichado turco. Sus gemidos me hicieron volverme al fin, y me vi enfrentado a ellos. A la luz cambiante de aquellas llamas, sus pequeños rostros tenían un aspecto verdaderamente maléfico.

Ahmed lloraba al borde de la locura, sujeto por dos de aquellos hombrecillos oscuros. Extendió sus manos implorantes hacia mí, pero no llegó a pronunciar ni una palabra más. Uno de los tártaros llevaba su espada desenvainada, se acercó al turco y la clavó profundamente en su vientre, tajó hacia arriba y hacia la derecha con estremecedora calma y precisión, y los intestinos del desdichado Ahmed se derramaron sobre la arena con un sonido húmedo y viscoso.

Yo quedé petrificado en mi posición, incapaz de moverme o hablar, paralizado por la sorpresa y el horror. Los ojos de Ahmed seguían fijos en los míos, y su boca se cerró y abrió varias veces seguidas sin emitir sonido alguno. Era como la boca de un pez en una playa que buscara desesperadamente respirar en un medio en el que ya le era imposible hacerlo.

Los tártaros arrastraron a Ahmed por los hombros en dirección al lago de aceite. Sus tripas se desenredaron por el suelo, contaminándose de arena y piedrecitas, dejando un rastro sanguinolento. Al llegar al borde, los tártaros, entre risas, balancearon un par de veces al turco, y lo arrojaron dentro del líquido negro y viscoso.

Contemplé impotente cómo Ahmed, aún con vida, se hundía en él. Los tártaros se acercaron entonces a mí, y tuve la seguridad de que mi momento había llegado.

Pero no fue así. Los hombrecillos me empujaron hacia el lugar donde estaban los caballos. Tomado por sorpresa caí de espaldas en una postura bastante indigna, lo que arrancó un nuevo coro de risas de aquellos bárbaros. Uno de ellos me dio una patada y me gritó algo en su lengua. El que hablaba sarraïnesc me tradujo:

– Ponte en pie. Nos vamos.

No nos alejamos mucho de aquel horrible lugar, aunque el estado de horror y confusión en el que estaba sumida mi mente me impedía calcular cuánto habíamos cabalgado en la oscuridad, iluminados por aquel resplandor infernal a nuestra espalda. Cuando al fin nos detuvimos, la columna de fuego seguía siendo claramente visible, pero su calor y rugido ya no eran insoportables.

Los tártaros establecieron un rápido campamento en aquel lugar. Encendieron un fuego en el centro, y lanzaron sobre él algunas tajadas de carne seca para que se asara. Uno de ellos, el que había recibido la paliza a manos de Sausi, regresó de su montura con una especie de odre hecho con la piel de algún pequeño animal, quizás un perro. Bebió un largo trago de su contenido, y pasó el odre al siguiente tártaro sentado alrededor del fuego. Todos iban bebiendo, y pasándose el cada vez más deshinchado pellejo, y a cada trago su euforia y salvajes risas aumentaba. En un momento dado, el que hablaba sarraïnesc, tomó el odre y se acercó a mí riendo y babeando como un imbécil.

– ¡Bebe! -me ordenó tendiéndome el cuero-. Es ayrag [25], muy bueno.

Intenté rehusar, pero aquel salvaje me derribó de espaldas contra el suelo, y derramó aquel apestoso líquido sobre mi cara. Se inclinó sobre mí, y con sus dedos grasientos me obligó a abrir la boca y a tragar algo de aquel brebaje. Sabía a leche agria y estuve a punto de vomitar.

Empecé a toser violentamente y el líquido escapó por mi nariz.

El tártaro se puso en pie, dijo algo en su extraña lengua, y me dio una patada en las costillas que me hizo doblarme de dolor. Derramó un poco más de aquel licor sobre mi rostro, y regresó junto a sus compañeros para seguir emborrachándose.

Aquello duró varias horas, al final de las cuales los cinco hombres estaban completamente borrachos y adormilados. Parecían haberse olvidado de mí y consideré la posibilidad de escapar. Pero, ¿adónde podría ir en medio de aquella oscuridad embozada por la niebla? Mi único punto de referencia era la columna de fuego infernal que bramaba a lo lejos, y sabía que si escapaba, aquellas llamas me atraerían como la luz de una vela atrae a una polilla. Y que allí acudirían ellos a buscarme, y quizás a darme el mismo final que le habían dado al desdichado de Ahmed.

No me sentía con fuerzas para intentar aquella aventura, y permanecí inmóvil donde estaba, acurrucado sobre mis viejas y doloridas piernas, demasiado aterrorizado para pensar siquiera en dormir a pesar del agotamiento que entumecía mi cuerpo.

Pero aquella noche no había terminado y me tenía reservado un nuevo horror.

Uno de los tártaros, el más corpulento, despertó bruscamente de su sueño ebrio y miró alrededor con ojos salvajes y llameantes. Su mirada se fijó durante un instante en uno de sus compañeros, que roncaba plácidamente, boca arriba, al otro lado de los rescoldos de la hoguera. Silencioso, gateó hacia él rodeando las brasas. Con una mano le dio la vuelta, situándolo de bruces al suelo, con la espalda mirando al cielo. El tártaro dormido despertó cuando el corpulento la bajó sus extraños pantalones de cuero. Intentó volverse, y empezó a protestar en su lengua, pero el corpulento le propinó un puñetazo en el rostro que a punto estuvo de devolverle al mundo de los sueños del que acababa de salir. Y entonces sucedió algo tan horroroso que incluso ahora mi mente se estremece al recordarlo. El corpulento se desnudó, mostrando su cuerpo musculoso y completamente cubierto de pelo negro ante mis aterrorizados ojos. Sentí deseos de gritar de puro terror ante aquella visión; aquello no podía ser una criatura de Dios, sino un engendro del diablo. Extrajo su enorme y peludo miembro viril y, a la manera de los antiguos sodomitas, penetró una y otra vez a su desdichado compañero que gemía débilmente ante sus embates. Ante mis horrorizados ojos, aquellos dos seres inhumanos se enzarzaron en una danza diabólica, sincronizando sus cuerpos y sus gemidos, con el resplandor de las ascuas de la hoguera silueteando sus figuras.

En aquel momento deseé gritar a Dios, con todas las fuerzas de mis pulmones, que abriera los cielos y descargara su castigo sobre aquellos seres infernales, pero permanecí atónito, mirando hipnotizado cómo se ejecutaba aquella aberración. Finalmente, los dos seres detuvieron sus movimientos, y se durmieron el uno junto al otro.

¿Qué eran? No podían ser humanos. Yo había oído hablar de tártaros blancos y tártaros amarillos; ¿era ésta una nueva raza, o se trataba más bien de los inhumanos monstruos que habitaban las tierras del Gog y Magog?

Esa noche estuvo llena de horror y sueños febriles que asaltaron mi conciencia entumecida. Mis antiguos fantasmas se mezclaron aquella fatídica noche con los horribles monstruos recién conocidos.

Y en medio de tanto horror, soñé con mi Amada, hermosa como la noche, cubierta con un velo mientras se dirigía hacia la catedral acompañada de sus damas de compañía.

Yo amé a esa mujer con todas mis fuerzas. Mi amor por ella era un recuerdo mucho más sólido y certero que el recuerdo de mi esposa o mis hijos. Pero mi Amada era una mujer casada, y era virtuosa. Siempre rechazó mis insinuaciones y ofrecimientos.

En mi sueño, mi Amada se giró y me vio. Apretó el paso, y atravesó las puertas de la catedral. Yo no me detuve por esto; la seguí, entrando a galope tras ella en el santo lugar. Fui detenido por un grupo de indignados y furiosos fieles que me empujaron afuera golpeando a mi caballo con sus bastones, mientras mi Amada lloraba avergonzada rodeada por las miradas y las murmuraciones de sus vecinos.

Regresé a mi casa y me encerré en mi habitación. Extendí sobre mi escritorio papel, y afilé una pluma. Mi mente estaba ocupada por una única idea; iba a escribir el más hermoso de los poemas de amor, una composición tan perfecta que ella, al leerla, no podría más que caer rendida a mis pies.

Apenas llevaba unas estrofas cuando fui interrumpido por uno de mis criados. Traía una nota de la dama. Le hice salir, y desdoblé la nota mientras mi corazón latía desbocado. La leí lentamente, una y otra vez, saboreando cada palabra escrita por ella:

«Debemos vernos esta misma noche, Ramón -decía-. Has vencido».

Esa noche salté la valla de su casa como un ladrón. Me sentía fuerte y poderoso; tenía treinta arios y el deseo había dotado de una fuerza extraordinaria a mis músculos. Sentía que ya nada podía detenerme, me veía arrastrado por una sensación de euforia y de triunfo casi animal. Si en ese momento me hubiera encontrado con su marido, lo hubiera despachado de una cuchillada, y hubiera seguido, inmutable, hacia delante.

Ella había señalado su habitación con un candil encendido. Trepé por una enredadera hasta la ventana, y me introduje en su alcoba. Ella me esperaba junto a la cama, cubierta tan sólo por un sutil camisón. El corazón latía feroz en mis sienes.

– Aquí estoy -le dije-. No puedes imaginar cuántas veces he soñado con vivir este momento.

– Lo sé -respondió ella-; acerca esa luz, ¿quieres, Ramón?

Tomé el candil, y lo acerqué a su rostro. ¡Dios, qué hermosa era!

– Te amo -murmuré con el deseo estrangulando mi voz.

Ella desabrochó su camisón, y empezó a bajarlo por sus hombros. Yo no podía apartar mis ojos de los suyos.

– Mírame bien, Ramón… -dijo-. Mírame bien.

Yo sonreí lascivo. Mis ojos descendieron por su rostro perfecto, sus labios, su delgado y hermoso cuello; hasta sus pechos…

Sus pechos…

Retrocedí horrorizado, la luz casi escapó de mis manos.

– ¡Dios! -exclamé. Su pecho izquierdo era apenas un despojo consumido por el cáncer. Era como una flor reseca y marchita aplastada entre las páginas de un libro. El tejido negro, corrupto, se extendía destructor hasta su axila. Quizá no le quedaban muchos meses de vida. Sentí pena por ella y por mí. Todo giraba a mi alrededor.

– ¡Fíjate, Ramón -exclamó entre sollozos-, en la vileza de este cuerpo por el que estabas dispuesto a condenarte!

Desperté en medio de un grito, empapado por un ácido sudor helado.

Los gog dormían a mi alrededor, roncando como puercos. A lo lejos aquel fuego infernal seguía ardiendo. Pensé en el cuerpo del pobre Ahmed consumiéndose lentamente en aquel aceite ardiente. Todo había acabado para él; dolorosamente, con horror; pero quizás había sido más afortunado que yo.

Saludé al nuevo día como a un resplandor divino que tuviera el poder de limpiar mi alma y mis ojos de todo cuanto había contemplado.

Pero, pobre de mí, aquellos nauseabundos horrores no habían hecho más que empezar, el futuro me deparaba cosas mucho peores.

<p>5</p>

A la hora prima levantamos el campamento, y seguimos nuestro camino hacia el Levante. Al cabo de unas horas, la humedad empezó a reverdecer el suelo y supuse que andábamos cerca de un oasis, cuando alcanzamos la ciudad de los gog.

Era una enorme ciudad nómada, con más de quinientas tiendas de fieltro negro a las que los tártaros llamaban yurtas. Todas estaban dispuestas de la misma manera, con las entradas de las tiendas orientadas hacia el mediodía, tensadas con cuerdas, y rodeadas de campos y riachuelos, sin ninguna empalizada que las protegiera.

Muchos gog, machos y hembras, deambulaban entre las tiendas ocupándose de sus faenas, ajenos a nuestra presencia. Las hembras vestían con paños de colores claros y sus cuerpos debían de estar tan cubiertos de pelo como el de los machos; ascendía por sus cuellos hasta enmarcar el óvalo de sus rostros oscuros, y descendía por sus piernas hasta los tobillos. Rostro, manos y pies parecían casi completamente desprovistos de pelo negro y tenían unos rasgos simiescos. Eran incluso más menudas que los machos, pero cabalgaban sus pequeños caballos con la misma habilidad, y parecían ocuparse del cuidado de los rebaños de ovejas y camellos que pastaban tranquilamente entre las yurtas. Vi cómo las hembras también limpiaban y curtían las pieles de perros y ovejas, extendiéndolas al sol en unos bastidores de madera, y cómo preparaban el fieltro con pelo, leche y grasa de animales. Los machos fabricaban flechas y arcos y templaban el acero en pequeñas hogueras encendidas aquí y allá.

La primera sensación que me produjo aquella ciudad-campamento era la de un inmenso hormiguero con todos sus miembros atrapados por una febril actividad. Ni uno de ellos levantó la cabeza a nuestro paso, ni apartó la mirada de lo que estaba haciendo; ni siquiera las jaurías de cachorros sucios y andrajosos, que correteaban como pequeños simios, saltando con habilidad los riachuelos entre las yurtas. Aquel comportamiento subrayaba el carácter inhumano de aquellos seres, pues es bien sabido que la curiosidad es la primera característica de toda criatura humana. Cruzamos como espectros ante aquellos seres laboriosos pero de miradas vacías y nos encaminamos hacia el centro de la ciudad donde se asentaban las yurtas de la nobleza.

El olor de aquel lugar era nauseabundo; un penetrante hedor a cuero mal curtido, sebo y putrefacción. Y aumentaba conforme nos íbamos internando en los círculos centrales de tiendas. Entonces vi una gran jaula de hierro a mi derecha, y sentí que gran parte del olor a corrupción provenía de aquel lugar. Un grupo de perros negros y feroces ladraban y se peleaban en el mismo borde de la jaula.

Me acerqué con precaución a ella, y mis guardianes no trataron de impedírmelo.

En el interior de la jaula, hacinados como alimañas, al menos un centenar de hombres extendieron sus manos implorantes hacia mí suplicándome ayuda. Aquellos desdichados se mantenían de pie en un espacio diminuto, apretados unos contra otros, levantándose y resbalando sobre los cadáveres putrefactos de sus compañeros que habían ido muriendo incapaces de resistir aquel horroroso tormento. Los perros introducían sus hocicos a través de los barrotes de la jaula y arrancaban los miembros de los cadáveres para luego disputárselos unos a otros con ferocidad.

Estuve a punto de dar la vuelta y alejarme lo antes posible de aquel nuevo horror, pero uno de aquellos desdichados, uno que parecía un anciano marchito, pero que por su voz deduje que no debía de contar con más de treinta años, me gritó en sarraïnesc:

– ¡Hermano del Libro, no nos abandones, ten piedad de nosotros!

Me volví hacia aquel hombre sin poder apartar el horror de mis ojos, pues me costaba respirar el aire corrompido que provenía de aquel lugar, y le pregunté si eran turcos. Él me respondió llamándome nuevamente hermano del Libro y rogándome que les ayudara o les diera, al menos, una muerte digna. Yo sólo pude decir, conteniendo el llanto que atenazaba mi garganta, que rezaría por ellos.

– Rezaré por vosotros -repetí mientras obligaba a mi montura a dar media vuelta y me alejaba al trote de aquel lugar de muerte. Mis peludos captores me siguieron silenciosos y sonrientes en todo momento.

Aquellos hombres, adoradores de Mahoma, habían sido nuestros enemigos durante incontables generaciones. Habíamos luchado encarnizadamente contra ellos, y ellos contra nosotros, nos habíamos infligido mutuamente terribles torturas y sufrimientos, pero nada podía compararse a lo que sucedía en aquel lugar.

¿De dónde había salido aquella raza espantosa de seres impíos, de monstruos que no tenían nada de humano?

Frente a ellos, los turcos parecían más humanos, y las diferencias de nuestras razas y nuestra fe me parecían ahora ridículas y fútiles disputas entre hermanos. Aquellos seres eran ajenos a toda humanidad; eran algo más que maléficos, estaban poseídos por una maldad que sólo podía describirse como enfermiza. En aquellos momentos no tuve ninguna duda de estar rodeado de demonios surgidos de las profundidades de la Tierra.

Con mi mente nublada por estos y otros pensamientos fui conducido como un pelele por aquellos seres hasta el centro mismo del campamento. Una yurta enorme, cubierta de pieles de león y leopardo, y con las cuerdas hechas de seda trenzada, ocupaba la amplia explanada central, elevándose sobre una sólida tarima de madera.

Nueve tridentes de los que colgaban nueve colas de algún gran animal, estaban clavados frente a la entrada. Mis captores me obligaron entonces a desmontar de mi caballo y arrodillarme frente a aquellos tridentes cuyo significado desconocía. Después subimos las escalinatas hasta lo alto de la tarima, y me arrastraron al interior de la tienda. Era amplia, de cincuenta codos o más de diámetro; en su centro ardía una hoguera cuyo humo escapaba por una abertura situada en el ápice de la yurta, donde se cruzaban las maderas que eran el esqueleto sustentador de la tienda. A pesar de ese orificio, el interior de la yurta estaba enturbiado por el humo y el aire era sofocante y levemente narcótico.

La cabeza empezó a dolerme casi al instante de penetrar en aquel ambiente denso.

Siempre arrastrado por dos de mis captores, rodeé el fuego central, y me dirigí al estrado situado en el otro extremo de la tienda. El suelo estaba alfombrado con pieles de armiño y marta, y alrededor de aquel estrado brillaban lámparas de oro que quemaban incienso. Un gog enorme se sentaba en un trono dorado presidiendo aquel lugar.

Era gigantesco, mayor y más pesado que dos hombres juntos (lo que resultaba extraño cuando todos los miembros de su raza que yo había visto eran tan diminutos), e iba completamente vestido de seda y adornos dorados, con sus manos y su rostro cubiertos de pelo negro e hirsuto. La expresión de sus ojillos era verdaderamente maligna. Sujetaba entre sus manos una pierna de carnero, casi cruda, que chorreaba sangre y grasa sobre su pecho, arrancándole grandes pedazos de carne a dentelladas, que tragaba rápidamente.

A su alrededor, y a sus pies, habría unas veinte hembras completamente desnudas, sin otra cosa sobre sus peludos cuerpos que algunos collares y diademas de oro y piedras preciosas. Las hembras se contoneaban indecentemente en alguna especie de danza blasfema que hacía sonar sus adornos dorados. Tan sólo sus rostros, sus manos y pies, y una zona alrededor de los pezones, estaban libres de aquel vello oscuro que las cubría completamente.

Aparté mis ojos de aquellos cuerpos indecentes sólo para ver algo que, de alguna forma, me resultó aún más repulsivo.

Era tan humano como yo, pero su cuerpo gordo y blanco parecía encontrarse en las últimas etapas de la más profunda degeneración. Vestía los harapos de lo que en alguna ocasión debió de ser una rica túnica bordada en oro, pero que ahora estaba destrozada y deshilachada. Su rostro era abotargado y sus grotescos y gruesos labios se abrían en una boca oscura y desdentada; sólo poseía una aureola de largos y grasientos mechones de pelo en torno a la cúpula calva de su cráneo, y éstos se derramaban sobre lo que quedaba de las hombreras doradas de su túnica. Me miró con sus ojos saltones y enrojecidos, parpadeando lentamente como si dudara de que yo fuera real.

El cacique gog le increpó con su bárbaro idioma gutural, y el gordo y pálido humano le miró con atención mientras hablaba; después se volvió hacia mí y pronunció algunas palabras con una voz afeminada e insegura, en algún idioma que yo no conocía pero cuyo acento no me resultaba completamente extraño. Pensé que quizás era siríaco. Yo le respondí en sarraïnesc, en griego y en latín que no podía comprenderle, y los ojos del hombre se agrandaron por la sorpresa.

– Jesús-Cristo es nuestro Señor -pronunció el hombre en un correcto griego.

– Él es nuestro Salvador -repliqué, inclinando levemente la cabeza-. ¿Eres cristiano católico?

– Por favor, atiéndeme -dijo él con su melosa voz-. Estás en presencia del Señor de todas estas tierras, cuyo nombre es Dorga. Debes guardarle el respeto que merece, y no apartar tus indignos ojos del suelo. No le mires directamente, porque al hacerlo le desafías, y en ese caso me temo que tu vida no durará mucho.

Bajé rápidamente mis ojos, y pregunté nuevamente al intérprete:

– Dime, ¿quién eres tú?

– Un humilde servidor de Cristo, tan indigno como tú -respondió él-; pero que hace mucho viajó hasta lejanas tierras para extender la Verdadera Fe de Nuestro Señor el Hijo de María…

Y utilizó la palabra griega Khristotókos, es decir, la «Madre de Cristo»; y no Theotókos, que hubiera significado: «La Madre de Dios», lo que era más correcto.

– ¡Eres un sacerdote nestoriano! -comprendí.

El hereje me sonrió con su boca desdentada.

– Así es, pero no estás aquí para hablar de teología, sino para responder a las preguntas de mi señor Dorga.

Intenté arrinconar en mi mente la aversión que aquel tipo me producía. Miembro de un clero ignorante, supersticioso, simoníaco y blasfemo; que toleraba la poligamia y ordenaba sacerdotes a los niños desde la cuna. Peor aún, la Iglesia nestoriana se había dejado contaminar por los groseros ídolos de aquellas naciones bárbaras.

– Adelante -le dije-, he venido hasta aquí en paz. Dile esto a tu señor.

– No creo que ese detalle le preocupe lo más mínimo -replicó-; sí le interesa saber, en cambio, cuál es la naturaleza de tu viaje.

– Somos comerciantes; y sólo estamos de paso por estas tierras pues nuestro destino es mucho más lejano. Podemos pagaros generosamente por el derecho de cruzar.

El nestoriano tradujo mis palabras haciendo sonar en su garganta las gorjeantes sílabas del idioma gog.

Uno de mis captores, que había permanecido tras de mí en silencio hasta ese momento, habló rápidamente apenas el nestoriano terminó de traducir.

Entonces el gordo hereje se volvió hacia mí y dijo con evidente satisfacción:

– Yeda dice que mientes, que tus compañeros de viaje son lobos ocultos en pieles de comerciantes.

Así que el gog que hablaba sarraïnesc se llamaba Yeda.

– No queremos nada contra vuestro pueblo -dije con la voz más implorante que fui capaz de pronunciar. Al mismo tiempo le mostré al gordo caudillo mis manos desnudas, en lo que consideré que sería un aceptable gesto de buena voluntad.

Pero esto pareció, en cambio, enfurecerle. Dorga, arrojó a un lado lo poco que quedaba de la pierna de carnero, se puso en pie, y avanzó hacia mí profiriendo horribles gritos. Yo continué con la cabeza agachada, sin atreverme a mirarle, y él descargó una salvaje patada contra mis viejas costillas.

Durante un momento permanecí en el suelo cubierto de pieles, tumbado de costado, luchando por superar el dolor que sentía e inhalar una bocanada más de aire.

– Te aconsejo que no dirijas gestos hacia mi señor, ni le mires directamente.

– Acepto el consejo -tosí.

Dorga se plantó junto a mí, y me gritó con todas las fuerzas de sus pulmones. Yo me acurruqué aún más en el suelo, y cerré los ojos esperando un nuevo golpe en mis costillas. Pero el golpe no llegó, y el caudillo gog repitió su grito.

– Mi señor Dorga pregunta sobre tu papel en esa expedición. Dice que, desde luego, tú no pareces un guerrero; ni un comerciante.

Abrí los ojos, y vi el peludo pie del gordo caudillo a menos de un palmo de mi rostro. Estaba tan cerca, que pude distinguir las pulgas rojizas que correteaban por entre el pelo de sus tobillos.

– Soy un hombre de ciencia… y de Dios -dije sin atreverme a alzar la vista.

El nestoriano tradujo mis palabras, y luego se volvió hacia mí, evidentemente interesado, y me preguntó si era un sacerdote. Le respondí que pertenecía a la orden de los frailes menores, en su tercera regla.

– Un franciscano, ¡por supuesto! -exclamó-. He oído hablar de vosotros. La vuestra debe de ser una orden muy atrevida para enviar a sus hijos a las mismísimas puertas del Averno. -Y añadió-: En estas tierras puedes perder algo más que la vida.

– Luego admites que estás entre criaturas satánicas.

El nestoriano rió con su horrible boca desdentada y fatua, y dijo:

– Ni siquiera Dios logra distinguir con claridad los imprecisos límites entre el Bien y el Mal. ¿Quién eres tú para intentarlo?

– ¡Blasfemo! -le grité.

Dorga, harto de aquella discusión que no entendía entre el nestoriano y yo, dio una furiosa patada en el suelo, justo frente a mi rostro, e increpó a su esbirro. El hereje palideció más de lo que parecía posible, y se apresuró a traducir nerviosamente nuestras palabras. Por supuesto no pude ver la expresión del gog al escuchar la traducción, pero su reacción hizo evidente que todo aquel asunto estaba perdiendo interés para él. El caudillo regresó a su trono dorado, y profirió unas rápidas y guturales órdenes. Yeda y mis otros captores habían permanecido junto a la entrada de la tienda, guardando un respetuoso silencio, y al escuchar las órdenes de Dorga, se pusieron rápidamente en marcha. Me sujetaron por las axilas, y me pusieron de pie con un tirón brusco y doloroso. Sin demasiados miramientos, empezaron a arrastrarme hacia la salida.

– ¿Qué sucede ahora? -le pregunté desesperado al nestoriano.

Él ejecutó unos heréticos signos de bendición, y me dijo compungido:

– Te llevan ante la presencia del chamán. La deidad suprema de estas gentes es el cielo mismo, con todos sus astros, y los chamanes son los únicos capaces de comunicarse directamente con él. Te compadezco, terciario, porque nada de lo que puedas haber contemplado en toda tu vida puede haber preparado tu alma para lo que ahora vas a ver.

Y no dijo nada más, porque en ese momento mis captores atravesaron la entrada de la tienda, y me encontré, arrastrado por ellos, de nuevo en el exterior.

<p>6</p>

La yurta del chamán estaba situada en un extremo de la explanada central, a unos pocos pasos de la del caudillo que acababa de abandonar.

Esta vez, Yeda y los otros gog que se habían convertido en mis atentos vigilantes, no me acompañaron hasta el interior de la tienda. Se limitaron a apartar la piel de camello que cerraba la entrada, y empujarme dentro.

Caí de bruces en el oscuro interior, iluminado tan sólo por unas débiles brasas centrales. El suelo estaba cubierto por miles de pequeños huesecillos y plumas de palomo. A un extremo y a otro se amontonaban, unas encima de otras, jaulas de bambú repletas de aquellas aves que revoloteaban espantadas por mi entrada, levantando al hacerlo un nauseabundo polvillo que no era otra cosa que los restos resecos de sus excrementos.

Tosí, y tapé mi boca con una mano como si ésta pudiera evitarme el tener que respirar aquella porquería. Me incorporé lentamente y sentí, antes que vi, la presencia de la fantasmal figura que se acurrucaba al fondo de la tienda.

Caminé hacia ella con pasos cortos.

El chamán debía de ser la criatura más vieja que viviera sobre la Tierra. Eso fue lo que pensé mientras me acercaba a él. Tan vieja como un árbol reseco y arrugado.

Estaba tumbado sobre su costado, apoyado sobre su codo, sobre una especie de litera de piel. Estaba completamente desnudo y el color y la textura de su pellejo reseco era similar al cuero de la litera. Aquella piel desnuda y sin pelo se estiraba como un pergamino sobre sus huesos deformes. Tenía dos testículos atrofiados, pero su pene debía de haberle sido amputado hacía mucho, y tan sólo quedaba un orificio rodeado de cicatrices. Sujetaba un palomo entre sus dedos retorcidos por la artritis, y el pobre animal aleteaba desesperado. Aún no le había visto el rostro porque estaba inclinado sobre el ave.

De repente se acercó el palomo a la boca, y le arrancó la cabeza de un mordisco.

Elevó entonces su rostro hacia mí, y me sonrió con su boca manchada de rojo por la sangre del palomo.

– Te doy la bienvenida, extranjero -dijo en perfecto sarraïnesc-. Nuestras esferas se han mezclado como el fuego y el aire. Cada elemento se mueve inevitablemente hacia su lugar específico; el fuego sube a lo alto y el aire, más lento, viene después.

Retrocedí espantado. Su rostro era un absoluto horror. Su cara estaba carcomida en todo su lado izquierdo hasta el extremo de que el hueso amarillento de su cráneo y pómulo quedaba expuesto en ese lado. Sus labios también desaparecían en esa mitad de su cara, frunciéndose en una especie de mueca horrible que parecía una media sonrisa sardónica. No tenía oreja en ese lado, y su ojo izquierdo era una bolsa arrugada y sin color, medio traslúcida, como la crisálida abandonada de un insecto.

¿Qué extraña magia dominaba aquel lugar perdido?

El monstruoso anciano volvió a acercar el cadáver del palomo a sus labios, y bebió su sangre durante unos instantes, con evidente placer. Luego arrojó a un lado los restos del ave, y limpió la sangre de su boca con el dorso de la mano.

– Un estómago tan viejo como el mundo apenas acepta ya otra cosa que la sangre y la leche. -Su voz era sorprendentemente agradable. Grave y pausada, pronunciando las sílabas con cuidado y perfección, a pesar de sus deformados labios.

Le pregunté qué quería de mí.

– Quiero información, sólo eso -respondió mirándome intensamente con su único ojo sano-. Sabía que vendrías, pero no esperaba tan pronto tu llegada. Ha sido un afortunado azar el que cinco de mis cazadores te encontraran.

– ¿Quién eres?

Su único ojo brilló de leve ira y dijo:

– No estás aquí para formularme preguntas, sino para responder a las mías. Viajas hacia Oriente en compañía de trescientos asesinos. Todo viaje tiene un destino, y ese destino es lo que deseo conocer.

– Si eres quien creo que eres -dije-, entonces no puedes ignorar cuál es nuestro destino.

La criatura se incorporó hasta quedar sentada en la litera de cuero, extendió su mano derecha y sus dedos se engarfiaron en el pecho de mi gonela; tiró de mí con una fuerza inusitada hasta que mi rostro quedó a pocas pulgadas del suyo.

– Hablarás, esclavo -dijo, y sentí su aliento en mi cara como una bocanada de aire que escapara al abrir una tumba.

Era como si su disfraz de viejo marchito se hubiera difuminado por unos instantes para mostrarme su verdadera naturaleza de bestia maligna y llena de ira.

Entonces, en su proximidad, vi algo que me llenó de horror y repulsión; su ojo marchito y traslúcido se animó durante un breve instante como si algo se moviera dentro de él.

Con morbosa fascinación miré el interior de aquella cuenca, a través de la fina telilla que era todo lo que quedaba del ojo original, y vi algo semejante a un gordo gusano blanco retorciéndose en aquel estrecho espacio. He visto parásitos introducir sus huevos en el interior de insectos, y éstos ser devorados por los retoños recién nacidos hasta sólo dejar su caparazón, como un fantasma repleto de gusanos.

El chamán me soltó entonces, y yo me aparté rápidamente de su horror y su pestilencia. De repente parecía muy cansado, y volvió a tumbarse en su litera.

– Hablarás, esclavo -repitió con voz débil-, suplicarás por hacerlo.

No vi que hiciera señal alguna, ni pronunciara otra palabra más, pero en ese momento, como respondiendo a una orden silenciosa, Yeda y el gog corpulento entraron y me sacaron de allí.

Me empujaron dentro de otra yurta cuyo suelo estaba cubierto de paja, y cerraron la entrada tras de mí. Una gran jarra de barro en el centro era el único objeto en toda la tienda. La levanté, y derramé algo de su contenido sobre el suelo de paja. Mojé mis dedos y lo probé con precaución; era agua. Tenía sed y bebí hasta casi agotar su contenido. Estaba solo por primera vez desde que había abandonado el campamento almogávar, y me sentía agotado en cuerpo y alma por todo lo que había visto y por todo lo que mi corazón había sentido.

Me tumbé en el suelo e intenté dormir. Pero no pude hacerlo, obsesionado por las palabras del chamán. Tenía la seguridad de que había estado en presencia del mismísimo Maligno.

Esa noche las cigarras no cesaban en su monótono canto, y una enorme luciérnaga se movía por uno de los palos que sujetaban la yurta, como un navío lejano navegando durante la noche. Apenas podía escuchar a mis guardianes gog hablando entre sí, en voz baja, frente a la entrada de la yurta, cuando de repente turbó aquel silencio casi perfecto una extraña mezcla de sonidos musicales, que vibró un momento y se disipó.

Antes de que tuviera tiempo de incorporarme, resonó de nuevo la música, entremezclándose los sonidos, formando unos compases extraños y agradables, como si un niño jugara con las teclas de un manubrio. Escuché atentamente, conteniendo la respiración, aquel extraño ritmo que a veces se detenía para volver a empezar y detenerse con igual presteza. Poco a poco, y casi sin percibirse iba llegando hasta la entrada de la yurta el ruido de numerosas pisadas en el suelo blando.

La entrada se descubrió en ese momento, mostrando un grupo de oscuras formas que se destacaban contra el fondo formado por la luz de las antorchas. Los mangos de marfil de sus espadas relucían al describir curvas en el aire cuando los guerreros gog alzaban y bajaban los brazos siguiendo el ritmo de la danza. De repente, los danzantes desaparecieron en la oscuridad para reaparecer de nuevo, momentos después, ante la luz de las antorchas que proyectaba sus oscuras siluetas. Ahora cuatro de ellos llevaban sobre sus hombros una plataforma sobre la que se sentaba la cadavérica figura del chamán. Su silueta retorcida destacó como una sombra de profunda negrura contra la turbia niebla que oscurecía la noche.

Los guerreros volvieron a danzar al compás de las extrañas melodías de un sonoro instrumento y de las débiles palmadas que salían de los porches de las yurtas que producían un sonido parecido al de las olas.

Mis guardianes me ordenaron que saliera, y yo me acerqué lentamente a aquel cuadro y distinguí que los danzarines y el chamán ocupaban el centro de un semicírculo presidido por Dorga y el hereje nestoriano, y que había muchos más gog sentados en la oscuridad. El terreno frente a las yurtas estaba lleno de viejos de ambos sexos y niños de todas las edades. Apareció una vez más la fila de danzarines ante la luz de las antorchas, y el que iba delante, llevaba un calabacín del que sobresalían unos juncos; soplaba por uno de ellos al mismo tiempo que pasaba los dedos por los otros, como si se tratase de una flauta, y su pecho se dilataba y contraía normalmente, a pesar del soplar continuo que iba convirtiendo en embriagadora música.

Cesó de repente la danza y la música, y se fue estrechando el semicírculo de indígenas, que se arrastraron boca abajo sobre el polvo, alrededor de la plataforma del chamán, mientras proferían alaridos espantosos y lúgubres que resonaron en la noche.

El anciano se puso en pie, apoyándose en los fuertes y peludos brazos de dos de sus acólitos, y me llamó con un hipnótico gesto de su mano. Sentí entonces cómo, por primera vez, toda la atención de aquellas gentes se concentraba en mí. Uno de los acólitos se situó a mi espalda y vendó mis ojos con una gruesa tela de lino.

Momentáneamente cegado, fui obligado por ese mismo acólito, a avanzar unos pasos en dirección al aullante semicírculo en cuyo centro estaba el chamán, y me vi rodeado al instante de una espectral luz cenicienta, que no proyectaba sombras, y que iluminaba el espacio central del semicírculo, permitiéndome ver mágicamente a través de la venda. Era como si las luces de las antorchas se hubieran convertido en oscuridad, y las sombras de la noche en luces. Las piedras del suelo fosforecían en violento contraste con las estrellas del cielo que ahora parecían simples puntos negros, como partículas de carbón. Uno de los acólitos, convertido ahora en una imagen espectral de sí mismo, con los tonos y colores de su cuerpo invertidos, colocó un taburete de madera frente a mí, y me indicó con un gesto que me sentara. Cosa que hice, como si algo impulsara mis acciones por encima de mi voluntad y raciocinio.

La pegajosa fosforescencia que me rodeaba se fue haciendo más espesa hasta que no pude ver más allá de cinco codos por delante de mí. Era como una niebla luminosa, que hacía daño a los ojos y me obligaba a entrecerrarlos. Mis ojos lagrimeaban y mis párpados temblaban por el esfuerzo de mantenerse entrecerrados. Podía estar en el interior de una estrecha habitación, o en el centro de un inmenso desierto, imposible saberlo pues era incapaz de distinguir distancia alguna a través del irreal resplandor que me envolvía. Un mefítico olor a corrupción que me rodeó, haciéndose más intenso a cada instante, y llenando, asfixiante, mis narices obligándome a respirar por la boca.

Entonces escuché un ruido terrible y vi unas formas vagamente humanas aparecer entre la luz y adquirir rápidamente una esencia sólida.

Avanzaron hacia mí envueltas por jirones de niebla. Siete jinetes de largos cabellos negros, llevando armaduras de combate, con dos alas como dos escudos metálicos a la espalda. Agitaban estas alas y producían un ruido ensordecedor mientras se acercaban a mí. Las armaduras, también tenían colas semejantes a las colas de un escorpión, pero de metal brillante. Las colas se agitaban a la espalda de los jinetes como si tuvieran voluntad propia. Avanzaban lentamente, abriendo la niebla con sus cuerpos, como si ésta se apartara para no tocarles. Sus monturas también llevaban armadura, con una pequeña corona dorada sobre cada una de las cabezas de los caballos.

Se detuvieron a unos pocos pasos frente a mí. El más cercano sonrió mirándome a los ojos. Era la sonrisa de un carnívoro de dientes largos y afilados. Su cola de escorpión restalló en el aire y me golpeó en el cuello. Un golpe que a punto estuvo de derribarme al suelo, y que me provocó un inmediato e intenso dolor.

Grité, e intenté apartarme de su contacto; pero el anciano y esquelético chamán apareció a mi lado y me retuvo apretando mi brazo con firmeza. Sus dedos eran como garfios de acero, y se clavaban en mi antebrazo a través de mis ropas.

– ¡Soltadme! -grité, zafándome de aquellas garras.

Con dedos nerviosos, deshice los nudos de la venda en mi nuca, y la aparté de mis ojos. La espectral luz desapareció al instante, y la oscuridad de la noche apenas iluminada por las antorchas me rodeó de nuevo.

Mientras retiraba la venda de mis ojos, no dejaba de mirar la terrible figura del chamán que seguía plantado ante mí; pero cuando el velo cayó por fin, el cuerpo del anciano se transformó en algo diferente y mucho más horrible. Algo abominable e inhumano que escapaba a mi entendimiento y a la capacidad de mi mente y mi lengua de definirlo.

Apenas recuerdo un atisbo de execrables formas serpentinas retorciéndose lujuriosas, como las siete cabezas del dragón, antes de perder el sentido.

<p>7</p>

Cuando fui despertado por aquella fuerte mano que me sacudía, el sol todavía no había salido y sólo una tenue luz rojiza se filtraba por la abertura cenital de la yurta.

Miré aturdido la melena rubia y el amplio y barbudo rostro del hombre al que pertenecía aquella mano, y al reconocerlo estuve a punto de gritar de alegría.

Pero Sausi Crisanislao tapó mi boca con su manaza gigantesca, y me hizo un gesto de que guardara silencio.

Entonces vi aparecer, en el umbral de la yurta, a la pequeña y esbelta figura de Ricard de Ca n'. Llevaba en sus manos una espada que goteaba sangre. Ambos vestían como almogávares, con sus bragas de piel, el zurrón a la espalda, y la red de acero protegiéndoles la cabeza, abandonado ya el lujoso disfraz de comerciante. Me hicieron señas para que les siguiera afuera, en silencio, e intenté ponerme en pie.

A punto estuve de derrumbarme. Todo me daba vueltas y sentí deseos de vomitar. Me sentía muy débil y noté una extraña palpitación en el cuello. Al llevarme la mano a ese lugar palpé un bulto bajo mi oreja izquierda, tan grueso como el huevo de una paloma. Dolía y sentí la carne hinchada e irritada en aquel punto.

Sausi me sujetó para evitarme caer, después pasó mi brazo izquierdo por encima de su hombro, y sosteniéndome así en pie, casi en vilo, me arrastró afuera.

Los veteranos Guzmán y Fabra guardaban la entrada, espalda contra espalda, sus sentidos afinados para el combate. En el suelo, degollados como bestias, yacían Yeda y mi otro guardián gog. Amanecía. Ricard salió de la tienda tras nosotros.

– Vámonos antes de que todos despierten -dijo-. Joanot y los demás rodean la aldea. Sólo intervendrán si empieza el jaleo.

– No -musité. ¡Dios mío, me sentía tan débil!

Ricard de Ca n' preguntó qué sucedía.

– Debemos ayudarles -dije con un hilo de voz.

– ¿Qué?

– Tienen prisioneros. No podemos abandonarles…

Ricard maldijo en voz baja. Miró a un lado y a otro, nervioso, después interrogó al búlgaro con la mirada

«¿qué hacemos?». Sausi, hombre de pocas palabras, asintió con un enérgico cabezazo. Ricard volvió a maldecir entre dientes.

– Está bien -masculló-. Vamos.

– Seguidme -dije. Pero esto era más sencillo de decir que de hacer; si Sausi me soltaba me derrumbaría como un monigote-. Es hacia allí -señalé con un desmayado gesto de mi mano.

Nos pusimos en marcha, entre las yurtas de fieltro, esquivando las cuerdas que las tensaban y los riachuelos malolientes que discurrían entre ellas. Yo era llevado en volandas por el forzudo búlgaro, Ricard corría delante, saltando como un ágil zorro, blandiendo su ensangrentada espada. Los otros dos veteranos guardaban nuestra espalda. Nos detuvimos junto a una tienda, protegidos por ella de la vista del guardia que dormitaba junto a la jaula. El nauseabundo olor nos llegó al instante.

– Dios misericordioso -murmuró Fabra-. ¿Qué es eso?

– El infierno -dije.

Uno de los mastines negros que deambulaba alrededor de la jaula se volvió en nuestra dirección; las orejas levantadas y expectantes.

– Silencio -susurró Ricard alzando una mano.

El perro estiró el cuello en nuestra dirección, y dio un par de prudentes pasos. Su hocico parecía vibrar de puro nervio contenido. Empezó a gruñir, mostrando sus grandes dientes amarillentos. Otro perro que dormitaban con sus blanda barriga apuntando al cielo, abrió los ojos y se incorporó.

El primer perro se lanzó hacia nosotros. Ricard le salió al paso, y lo ensartó limpiamente con su espada mientras el mastín saltaba hacia él. No se detuvo, dejó la espada clavada en el cuerpo del animal, y siguió corriendo hacia la jaula. El guardia había despertado por los ladridos del otro perro, que parecía más prudente que el primero, y reculaba hacia la jaula. El gog se puso en pie, y abrió la boca para gritar pidiendo ayuda. Ricard sacó sus dos dardos del tabalate, y en un movimiento continuo, lanzó uno hacia el gog. El dardo le entró por la boca, y su punta salió por detrás de su oreja izquierda. El guardia emitió sólo una especie de gorgojeo, y cayó hacia atrás, pataleando estertóreamente. El segundo perro ladraba fuera de sí, lanzando espuma por la boca; reculó un poco más hasta dar con su trasero con los barrotes de la jaula. Varios brazos sucios y esqueléticos surgieron entre los barrotes y atraparon al animal; por la cola, por el cuello y por las patas; y el animal fue arrastrado al interior de la jaula donde fue silenciado rápidamente. Los brazos delgados, sucios ahora con la sangre del perro, volvieron a salir entre los barrotes. Esta vez implorando ayuda.

Llegamos junto a Ricard, y Guzmán comentó que si no se habían despertado todos con este escándalo es que debían de seguir muy borrachos por la fiesta de la pasada noche.

– ¿Ya estabais aquí anoche? -les pregunté.

Ricard respondió que estuvieron esperando a que acabara toda esa brujería.

– Yo no contaría con que todos están borrachos -gruñó Sausi-. Salgamos de aquí cuanto antes, o este lugar se puede convertir en una trampa mortal.

Tras los barrotes, aquellos hombres como espectros, gimieron pidiendo ayuda.

– ¡Son turcos! -exclamó Ricard al escuchar sus voces.

– Son hombres como nosotros -dije-. Saquémosles de ahí.

Sausi se adelantó hacia la puerta de la jaula, e introdujo la hoja de su espada entre los eslabones de la cadena que la cerraba. Un brusco movimiento, con toda la fuerza de sus enormes brazos, y la cadena cayó al suelo partida en dos.

Abrió la puerta dejando salir a los cautivos. Serían apenas unos cincuenta; muchos más cadáveres quedaron aplastados en el suelo de la jaula.

Aquellos hombres parecían náufragos, con sus ropas hechas jirones, colgándoles de sus miembros esqueléticos. Los restos de sus ropas, su piel y su pelo parecían tener un mismo color ocre y sucio.

Ricard ordenó a Guzmán y Fabra que acompañaran a los sarracenos hasta la salida del poblado, pero el que había hablado conmigo a mi llegada, el joven que parecía un anciano, se recuperó rápidamente; se puso en pie y corrió junto al primer perro que había matado Ricard. Extrajo la espada del almogávar del cuerpo del animal, y la blandió en el aire frente a sí.

Ricard dio un paso hacia él, y dijo:

– Devuélveme el arma.

El turco interpuso la hoja desafiante.

– ¿Qué sucede ahora? -le pregunté-. No es momento para eso. Tenemos que salir de aquí.

– Hermano del Libro -me dijo, pero sin apartar sus enrojecidos ojos de Ricard-; nos has salvado, y por ello te estoy agradecido, os estamos agradecidos a todos, seáis quienes seáis, pero no puedo abandonar este lugar, en el que habita la Bestia, sin antes haberme enfrentado a ella. Mi nombre es Ibn-Abdalá Mohamed; no lo olvidéis nunca.

Dio media vuelta, y echó a correr en dirección al centro del poblado.

Durante un instante Ricard dudó en perseguirle o no. Luego se volvió hacia mí, y me preguntó qué había dicho el sarraceno.

– Satán está aquí -dije estremeciéndome por mis propias palabras.

– ¿Qué? -Ricard y Sausi también se estremecieron.

Les expliqué que sus demonios eran los mismos que los nuestros y que ahora, aquel sarraceno, corría a enfrentarse con uno de ellos.

– Debemos seguirle.

– ¿Estás loco, anciano? -exclamó Ricard-. Apenas puedes tenerte en pie. Y mira, el sol está completamente fuera.

Era cierto. Nuestras sombras se recortaban ya nítidas y alargadas contra la arena. Nuestra buena suerte no podía durar mucho tiempo más. Los otros sarracenos liberados ya corrían tanto como les permitían sus mermadas fuerzas, conducidos por los dos veteranos almogávares hacia las afueras del poblado.

Sentí una punzada de dolor en el cuello, y llevé mi mano instintivamente al bulto que se había formado bajo mi oreja. Dolía al tocarlo y estaba caliente y tumefacto.

– Debemos seguirle -insistí casi sin fuerzas-. Debemos ayudarle a acabar con esa criatura; no podemos marcharnos de aquí dejándola con vida.

– Vamos -decidió el búlgaro, cargando nuevamente con mi peso-; hagamos lo que dice el anciano.

Ricard dio una patada contra el suelo y dijo: «¡Mierda!», pero se puso en marcha tras los pasos del turco.

Llegamos a la explanada central, y vimos cómo Ibn-Abdalá penetraba en la tienda del chamán.

– Es en ese lugar -dije.

Entramos en su ominosa y maloliente penumbra.

Las palomas revoloteaban asustadas. Ibn-Abdalá estaba plantado en silencio frente al lecho del chamán; la espada de Ricard quieta en su mano. El anciano estaba tendido cuan largo era, con la boca abierta y los delgados miembros rígidos.

Ricard apartó al sarraceno, y tocó el cuello del chamán.

– Está muerto -dijo al cabo de un instante-; y por su aspecto parece como si llevara muerto varios meses.

– No es así -dije-. Yo hablé con él anoche.

– Pues ahora está muerto -insistió Ricard-. ¿Lo has matado tú? -Le preguntó a Ibn-Abdalá.

– No.

Me zafé de Sausi que me sujetaba, y me acerqué con paso torpe al lecho.

– Anoche vivía -dije contemplando con repulsión el cuerpo del anciano-, y no creo que un demonio pueda morir tan fácilmente.

– Podemos asegurarnos de que este muerto nunca se remueva en su tumba -dijo Ibn-Abdalá, y atravesó con su espada el reseco pecho del anciano muerto.

– Ya basta -dijo Ricard, enfurecido, arrebatándole la espada al turco-. Salgamos de aquí. Puede que éste haya muerto, pero quedan muchos vivos que pueden complicarnos la vida.

Mientras abandonábamos la siniestra yurta, dirigí una última mirada al cuerpo tendido sobre el lecho y recordé con un estremecimiento los acontecimientos de las dos últimas noches. Yo también deseaba abandonar aquel lugar cuanto antes.

<p>8</p>

Desperté en el conocido interior de mi carromato, zarandeado por el rítmico balanceo de la marcha. Asomé la cabeza fuera de la lona, y vi la espalda del almogávar que conducía el carromato. De nuevo era de noche, por lo que mi sueño-desmayo, había durado, al menos, todo un día. Era evidente que si Joanot había decidido viajar en la oscuridad, era con la intención de alejarse cuanto antes del poblado gog, y eludir así la batalla contra aquellos pequeños y diabólicos guerreros. Pero yo dudaba que esto fuera posible y tenía por cierto que por mucho que lográramos alejarnos, aquellos demonios nos encontrarían. ¿No era aquélla su tierra y sus caminos? No tardarían en dar con nuestro rastro, y el dejado por el paso de trescientas personas no podía ser, en ningún caso, sutil. ¿Qué ganaba entonces Joanot con aquella apresurada huida? Quizás el joven caballero, tan sólo deseaba encontrar un terreno más propicio para la lucha.

Recordé nuestra salida del poblado, y la extraña fortuna que nos había protegido para salir con vida de aquel lugar. Eso me llevó a pensar en los cautivos turcos y preguntarme qué habría sido de ellos. Sabía que Joanot había ordenado ir encadenando a los turcos conforme éstos salían del poblado gog para caer en manos de los almogávares. Cuando llegamos, ordenó hacer lo propio con Ibn-Abdalá, y yo me sentía demasiado débil como para interceder eficazmente por el sarraceno, pues prácticamente me desmayé al verme al fin rodeado de amigos y a salvo.

Temiéndome lo peor, y rezando a la Virgen Santísima para que mi intervención no resultase ser demasiado tarde, pedí al almogávar que detuviera el carromato.

Al saltar a tierra, noté una punzada de dolor en el cuello, y todo pareció girar a mi alrededor como si estuviera ebrio. El bulto había crecido aún más, y me presionaba la garganta dificultándome tragar. Dolía horriblemente y sentía latir el pulso en las venas hinchadas de aquella zona.

Pero no disponía de tiempo para preocuparme por eso cuando, quizás, aquellos pobres desgraciados turcos estarían a punto de ser ajusticiados por los catalanes.

Si no lo habían sido ya.

Esperé en el borde del camino, tragando el polvo levantado por las acémilas, hasta que vi llegar a Joanot. Me saludó, y comentó que me veía bastante recuperado.

Le dije que teníamos que hablar; y él me respondió que Ricard y el búlgaro ya le habían contado la extraña historia. También me dijo que no tenía nada que temer, que nos estábamos alejando de aquellas bestias lo bastante rápido como para que no pudieran dar con nosotros.

Repliqué que estábamos inmersos en sus tierras y que no era posible correr lo bastante rápido como para alejarnos de aquello que nos rodeaba por todas partes. Necesitábamos a los turcos; ellos conocían estas tierras y podían sernos de gran ayuda.

– Son indignos de confianza -dijo él-. Como todos los adoradores de Mahoma.

Suspiré con alivio. Al menos aún estaban con vida.

– A pesar de todo -dije-, deseo hablar con ellos.

Joanot se encogió de hombros.

– No veo para qué. Pero si ése es tu deseo… Están en la cola de la caravana.

Joanot siguió su camino, y yo esperé la llegada de los sarracenos. Caminaban lentamente, con el paso entorpecido por las cadenas que colgaban de sus tobillos; tal y como Joanot dijo, iban casi al final de la caravana, tragando el polvo levantado por las acémilas y los camellos. Su situación desde que habían salido del poblado gog había mejorado sin duda, pero no completamente.

Distinguí la delgada figura de Ibn-Abdalá entre el grupo de prisioneros, y llamé a uno de los almogávares que los custodiaban.

– ¿Ves a ese hombre de ahí? -dije señalando al sarraceno.

– Sí.

– Deseo interrogarlo. Sepáralo del resto, y condúcelo hasta mi carromato.

– ¿Tu carromato? -preguntó el guerrero.

– Sí, mi carromato. ¿Acaso no sabes quién soy?

– Claro que sí -me respondió él con expresión burlona. Le ordené entonces que me obedeciera y, sin darle oportunidad a seguir discutiendo, di media vuelta y caminé hasta mi carromato aparentando toda la seguridad en mí mismo que me era posible.

Esperé en su interior hasta que el encadenado Ibn-Abdalá fue empujado dentro.

El pobre me miró con expresión desolada; llené una escudilla con agua, y se la ofrecí. El no rehusó; tomándola con ambas manos, bebió hasta agotar su contenido.

Después me tendió la escudilla sin soltarla y pidió más agua. Escancié el líquido, y esperé pacientemente a que terminara de beber.

Realmente aquel hombre parecía tan viejo como yo; tenía las mejillas hundidas y le faltaban casi todos los dientes de la parte de arriba de la boca, su piel estaba arrugada y curtida y sus ojos eran los ojos de alguien que ha vivido mucho. Su mirada era extraña e indefinible, y contenía un sentimiento que no fui capaz de precisar. Pero el pelo de su cabeza y barba eran abundantes y de color negro, aunque ahora estaban completamente cubiertos de polvo y arena.

– ¿Mejor? -le pregunté.

– Sí, y si me libraras de estas cadenas -dijo alzándolas para que pudiera verlas-, la cosa mejoraría aún más.

– Temo que eso no esté en mis manos.

– ¿Por qué nos hacéis arrastrar estas cadenas? Mi gente está débil.

– Somos enemigos, y tenemos nuestras normas sobre cómo tratar a los enemigos.

– Nunca he visto a infieles como vosotros. ¿De qué parte del mundo sois?

– De Poniente.

Él preguntó extrañado:

– ¿De Al-Andalus?

– Estos hombres provienen del norte de Al-Andalus -le expliqué con cuidado-; de las montañas que limitan con el país de los francos.

Asintió de nuevo, y dijo que él no nos consideraba sus enemigos. Les habíamos salvado de los demonios y nos estaba agradecido. Ejecutó un saludo musulmán con sus manos encadenadas.

Le dije que, en ese caso, no le importaría responder a alguna de mis preguntas, y él me invitó con sus expresivos ojos a que preguntara.

– ¿Sabes lo que es esto? -dije tocando apenas el bulto de mi cuello. Cada vez dolía más; dolía sólo con rozarlo.

– Sí. Estás infectado por el Mal.

Le miré atónito.

– ¿Qué?

– El Mal está dentro de ti. No tardará en apoderarse de todo tu cuerpo.

– ¿De qué me estás hablando? ¿De una enfermedad? -No pude evitar un temblor en mi voz al preguntar.

– No -me miró directamente a los ojos-; hablo del Mal en esencia.

Le pregunté qué iba a ser de mí.

– Afortunadamente eres muy viejo -dijo-; el Mal no tendrá tiempo de apoderarse de tu alma, tu cuerpo degenerará y se marchitará mucho antes de que esto suceda.

Yo sólo podía comprender parcialmente lo que el sarraceno me estaba contando, pero una cosa estaba bastante clara a pesar de todo: mi vida estaba a punto de terminar. Y entonces comprendí el significado de su mirada; era misericordia, piedad, ¡aquel sarraceno encadenado y famélico sentía pena por mí!

Le pregunté si existía alguna posible cura, y él me dijo que, desafortunadamente, no; y su tono era el de quien pronuncia una sentencia de muerte.

– Mi nombre es Ramón Llull -le dije, intentando conservar la calma-, y soy muy viejo y ya he vivido más que suficiente. Hace mucho tiempo tuve una familia y disfruté de una buena situación mundana. A todo esto renuncié de buen grado a fin de honrar a Dios y exaltar nuestra santa fe. Aprendí el árabe, y muchas veces prediqué entre los sarracenos. Fui detenido, encarcelado y flagelado por la fe; no una, sino muchas veces. Aceptaré entonces cualquier destino que Dios tenga a bien enviarme.

El inclinó levemente la cabeza en una especie de saludo respetuoso, y dijo:

– Que Dios te proteja entonces, hermano del Libro.

Le pregunté cómo había llegado el Mal a estas tierras, y él respondió, mirando hacia un lado, que era una larga historia.

– Te puedo dedicar todo el tiempo que me quede -dije, mientras esbozaba una amarga sonrisa.

– Bien, te lo contaré entonces, pero me siento muy incómodo con estas cadenas y con toda la suciedad que se ha pegado a mi cuerpo.

Asentí. Gracias a los años que pasé con mi desafortunado esclavo moro, sabía la importancia que los sarracenos le daban a la higiene personal. Una importancia que para muchos cristianos es incomprensible pero que, debo admitir, se me ha contagiado en parte. Llamé al almogávar del exterior y pedí que nos proporcionara un barreño lleno de agua, cosa que hizo al instante, y le solicité que librara a Ibn-Abdalá de sus cadenas, a lo que se negó rotundamente.

El sarraceno se encogió de hombros, y aceptó aquello que había conseguido; se lavó lo mejor que pudo y me pidió algo para recortarse la barba y el pelo. Le di unas tijeras, sin pensar ni por un momento que aquel hombre pudiera usarlas como arma. Y no lo hizo. Después de lavarse y afeitarse, su aspecto había mejorado lo suficiente como para que empezara a mostrar la edad que auténticamente tenía.

Mientras se aseaba me dijo que él no había nacido en Rai, sino en Tánger.

– En el Lejano Poniente, como tú -añadió.

De joven estudió las leyes de Alá y de los hombres, y lleno del deseo de visitar los santuarios ilustres, dejó a su padre, madre y amigos y a los veintidós años partió hacia Oriente, solo, sin compañero con el que pudiera vivir familiarmente, sin caravana de la que formar parte. Fue vendedor de dátiles en Arabia, y traficó con esclavos en Kipchak. De los doctores de Damasco obtuvo la licencia para juzgar, y se convirtió en cadí al servicio del sultán de Delhi. La desgracia no se olvidó de él, ni las intemperies, ni los bandidos; varias veces lo perdió todo, su equipaje y su dinero…

– Pero nunca me detuve… hasta que esos demonios llegaron a estas tierras.

– ¿Quiénes son?, ¿de dónde vienen?

– Quién sabe. Una raza de criaturas bestiales. Viajan con los tártaros y tienen algunas de sus mismas costumbres, pero en otras cosas son muy diferentes.

Un anciano de Delhi le había contado la caída de Bagdad; como una nube negra apareció al este de la ciudad y la cubrió por completo. Al momento se originó un gran griterío; la gente trepaba a los terrados y a los alminares para intentar averiguar el origen de esa polvareda. Al fin descubrieron al ejército tártaro llegar oculto por esa niebla, su caballería, sus impedimentas y todo el convoy de equipajes que venía detrás; la faz de la tierra parecía en aquel momento totalmente cubierta de tártaros. Al frente de ellos, como punta de flecha, avanzaban los demonios peludos.

– Me los describió con detalle, pero no quise creerle… hasta que sitiaron Rai, donde yo me encontraba comerciando. Llegaron del mismo modo que el anciano me había narrado, envueltos en una nube pestilente y sometieron la ciudad por el hambre; fui testigo de cosas horribles durante aquellos meses de asedio; vi a mujeres disputarse la piel de un caballo muerto hacía semanas y a la gente arrollarse por beber la sangre de un buey al que se daba muerte, y a un hombre devorar un pie humano. Finalmente la ciudad, exhausta, se rindió al poder de esos monstruos y éstos, al penetrar por sus calles, cometieron las mayores atrocidades que la mente humana puede concebir.

– Dices que viajan con los tártaros, ¿pero acaso no lo son ellos mismos?

– Conozco a los tártaros y son temibles, casi inhumanos. Exterminan poblaciones enteras y esclavizan a los niños, haciéndoles trabajar hasta morir. Pero esas criaturas son mucho peores; llevan el Mal consigo, y eso, además de su aspecto, es lo que las hace diferentes.

Le pregunté qué era eso que él llamaba el Mal, e Ibn-Abdalá señaló el bulto en mi cuello y dijo que había visto a muchos hombres atrapados por él. Cambiaban lentamente y olvidaban su fe y sus recuerdos. Los demonios peludos les obedecían, aunque antes de ser infectados por el Mal, estos hombres fueran sus esclavos. Durante una ceremonia demoníaca, siempre en la oscuridad, el Mal les era transmitido y ocupaba el cuerpo del desgraciado enturbiando su alma y sus ideas.

Yo no deseaba seguir hablando de eso, por lo que pregunté a Ibn-Abdalá:

– ¿Conoces bien estas tierras?

– He pasado mi vida recorriéndolas, he atravesado Anatolia, y navegado por el mar de los Jázaros, cruzando la estepa y llegando hasta Urgandi, Bujara y Samarcanda.

– ¿Conoces el camino hasta Samarcanda?

– Tanto como la palma de mi mano; ¿es ése vuestro destino?

– No exactamente. ¿Sabes de un lugar llamado «desierto de cristal»?

– Conozco un lugar que muy bien podría recibir ese nombre.

Le pedí que me hablara de él, e Ibn-Abdalá me dijo que se trataba del lecho seco del mar de Caspia [26].

En aquel lugar la sal se había mezclado con la arena y cuando el sol incidía en ellas brillaban desde muy lejos, como una enorme superficie cristalina.

– Es un lugar terrible -concluyó-, y nada vive allí; ¿por qué os interesa saber de él?

– Ése es nuestro destino.

– ¿Por qué? ¿Qué buscáis allí?

Le dije que de momento no podía contarle nada más, y él respondió que no importaba; y añadió con indiferencia que, si ése era nuestro deseo, él podía guiarnos hasta allí.

– ¿Es un lugar cercano de la ciudad de Samarcanda?

– Relativamente -dudó Ibn-Abdalá-; está al norte, a muchas millas de la ciudad, pero se puede llegar hasta el desierto salino siguiendo, desde Samarcanda, el cauce del río Oxus que acaba extraviándose en sus arenas. Pero no os aconsejo esa ruta.

– ¿Por qué no?

– Porque he oído contar que los tártaros se están concentrando por miles en torno a Samarcanda. Se dice que los campos alrededor de la ciudad han sido completamente cubiertos por sus yurtas.

¿Y qué importaba eso?, me pregunté. No me cabía duda alguna de que si los tártaros, o los gog, lo desearan ya habrían caído sobre nosotros.

Pero le pregunté al sarraceno:

– ¿Tienes otra idea?

– Las orillas del mar de los Jázaros, que algunos conocen como el mar de Tabaristán, no están lejos de aquí. A pesar de lo que muchos creen, es un mar aislado y sin comunicación con el mar Negro o con el mar de Caspia, como lo demuestra el hecho de que este último se haya secado por completo a pesar de lo cercanos que están en algún punto ambos mares. Si bordeamos la costa del mar de los Jázaros, llegaremos hasta el mar de Caspia sin peligro de encontrarnos con los tártaros de Samarcanda.

Transmití rápidamente esta información a Joanot, y aproveché la ocasión para pedirle a Ibn-Abdalá como mi esclavo asistente, dado sus amplios conocimientos sobre la geografía de aquellas regiones.

Después, emprendimos la ruta que Ibn-Abdalá nos había descrito.

<p>9</p>

Desperté. Estaba en una habitación bastante amplia, de paredes de madera, con un gran ventanal a la derecha. Las paredes estaban recubiertas de un tapiz de lana decorado con franjas de colores y la rosa blanca de la Virgen María. Mi lecho tenía dosel y cortinas de lino, y olía bien; al espliego, tanaceto y rubia, que debían de haber añadido a la paja del colchón. Hacía calor. ¿Qué lugar era éste? La luz que penetraba a través de las placas de cuerno pulimentado de las ventanas era cálida y suave.

Una mujer dormía en mi lecho de espaldas a mí. Su pelo se derramaba como una impla negra sobre la almohada. Acaricié su sedosidad con mi mano.

– Qué hermosa eres, Amada mía -susurré.

– Vuelve a dormir, Ramón -dijo ella sin volverse; con voz soñolienta.

– Ya ha amanecido -dije.

– No importa. Duerme.

– He tenido un sueño muy desconcertante. Era viejo y caminaba por lejanas tierras, tenebrosas y diabólicas, en compañía de fieros guerreros…

Ella se volvió entonces hacia mí y me dirigió una sonrisa cadavérica con sus labios carcomidos. Sentí el hedor de la podredumbre junto a mi rostro; una fetidez que parecía haber quedado en mis narices desde mi paso por el poblado gog.

– Sólo ha sido un sueño, Ramón -dijo con una voz que era como un eco en una tumba-; vuelve a dormir…

Y soñé de nuevo que era un anciano, poseído por un espíritu maléfico, caminando sin recordar cómo ni por qué, por la orilla de un mar de aguas oscuras.

La niebla espesa y maloliente que había rodeado el asentamiento gog se había ido diluyendo conforme nos acercábamos a las agrestes costas del mar de los Jázaros. Pero el Sol no brilló nunca con excesiva fuerza sobre nuestras cabezas.

Cruzado el equinoccio de otoño, los días se fueron endureciendo como acero gris, anunciando el inminente invierno.

Se desencadenó una temible tormenta que fuimos viendo formarse a lo lejos, en el mar, rozando la curva del horizonte. Llegaban violentas ráfagas del cauro que nos calaban con el agua que arrastraban las crestas de las olas. Se oscureció intensamente el firmamento, y se formó una gran muralla de tinieblas en el centro del mar, que vimos abalanzarse a gran velocidad contra nosotros. El furor de la tormenta fue en aumento y sólo al atardecer consiguieron los almogávares resguardarnos de ella, en un barranco, después de luchar desesperadamente contra un viento impetuoso. Las aguas que penetraban tierra adentro en aquella ensenada estaban casi tranquilas, pero a lo lejos formaban las olas una larga cadena de espuma, y el viento doblaba los árboles a su alrededor. Al día siguiente amaneció lloviendo, y la atmósfera estaba tan densa que no se veían las copas de los árboles alrededor del campamento. La mañana parecía un sombrío crepúsculo acompañado por el incesante estruendo de las olas chocando contra las rocas.

Tras haber visto brevemente el sol, esta repentina oscuridad nos llenó a todos de desánimo, pues era como si los elementos, y la propia naturaleza, se empeñara en enfrentarse a nuestro avance. Un temor supersticioso se había extendido por el campamento, y los almogávares hablaban entre ellos, en voz alta incluso en presencia de Joanot o de alguno de sus almocadenes, de la necesidad de regresar cuanto antes a tierras más hospitalarias. Pero ese día parecía cada vez más lejano, y ahora que tenían a los gog a la espalda, seguir avanzando parecía la única opción.

Y así lo hicimos apenas cesó la lluvia; los almogávares recogieron las empapadas tiendas, las cargaron sobre las acémilas, y nos pusimos en marcha, siempre hacia oriente, siempre bordeando la costa de rocas afiladas y negras.

Nos encontramos con varias aldeas de nativos. Pequeñas aldeas de miserables pescadores que contemplaron el paso de aquellos guerreros disfrazados de mercaderes con apática indiferencia. Hombres pequeños, con barbas y largos cabellos que caían sueltos sobre los hombros, cuya piel recordaba al cuero arrugado y pulido por el uso prolongado, salpicadas de tatuajes azules. No se veían niños ni mujeres por ningún lado, pero era evidente que éstos se ocultaban en el interior de las cabañas, que estaban hechas de paja y arcilla prensada, y se extendían casi hasta la misma orilla del mar, sostenidas a unos seis codos de la arena por anchas estacas de palo. Los troncos ranurados que daban acceso a las cabañas estaban casi lisos por el continuo uso; unas plataformas toscamente construidas se extendían sobre las estacas y sobre ellas se asentaban las cabañas. De los costados de las empalizadas colgaban las redes y aparejos de pesca, y las barcas, estrechas y afiladas como piraguas, dormían bajo la plataforma, a la sombra de las cabañas. Era evidente que aquellas gentes eran demasiado insignificantes como bocado para que ni tan siquiera los salvajes gog se fijaran en ellos.

Aquellos delgados pilares y carcomidos tablados estaban llenos de harapientos pescadores, semejando una bandada de mirlos descansando, y desde allí contemplaban indolentes nuestro paso como si de espectros se tratara.

Yo me se sentía cada vez más como tal. La realidad se diluía día tras día ante mis ojos y penetraba en silencio en un mundo horrible pero sorprendentemente fascinante. El bulto de mi cuello había dejado de dolerme, y casi había acabado por olvidarme de él. No me sentía enfermo ni cansado, pero mis ojos registraban imágenes febriles, que parecían escapar de las más oscuras alucinaciones. Incapaz de controlarlas, incapaz de diferenciar la realidad de aquellos espejismos. Pasaba mucho tiempo a solas, en el interior de mi carromato, concentrado con mis libros y mis instrumentos de medición, donde sólo Ibn-Abdalá me visitaba de vez en cuando.

– Hemos cambiado de dirección -le dije al cadí en una ocasión, tras consultar mi aguja magnética-; ahora viajamos hacia la tramontana.

– Así es -me aclaró Ibn-Abdalá-; bordearemos la costa del mar de los Jázaros hasta llegar a la altura del mar de Caspia. Será fácil determinar el punto exacto porque allí el terreno se vuelve más árido; luego viajaremos unas jornadas hacia el Oriente, y daremos con tu desierto de cristal.

Asentí, y aparté rápidamente la mirada.

Durante un instante había creído ver crecer tentáculos, retorciéndose como víboras, directamente en el centro del rostro de Ibn-Abdalá.

– ¿Has tenido una visión? -me preguntó el sarraceno.

– Sí -dije, tapándome el rostro con ambas manos-. Vete, por favor.

– No deberías quedarte solo.

– Lo que debería hacer es acabar de una vez con todo…

– Pero no lo harás.

– Mi fe no lo permite.

El sarraceno asintió con gravedad.

– En ese caso debes tener valor.

Aparté las manos de mi cara, y volví a mirar al cadí. El flaco rostro del sarraceno me sonrió, y me preguntó si me encontraba mejor.

Apreté las manos del cadí con un mudo agradecimiento en mis ojos. Hacía mucho que había comprendido la fortuna de tener a alguien como Ibn-Abdalá a mi lado en aquellos momentos. Culto e instruido, no era un hombre que se dejara llevar fácilmente por la superstición. Poco a poco había ido confiando más en él de lo que nunca lo había hecho con Joanot o con los otros almogávares. A pesar de la diferencia de nuestras creencias religiosas, y de nuestras diferentes edades, ambos compartíamos un mismo amor por el conocimiento, y una misma curiosidad insaciable por las obras de Dios.

Llevado por esta confianza le mostré, en una ocasión, mi más preciado tesoro.

Rebusqué en el arcón que estaba situado al fondo del carromato, y coloqué uno de los discos de mi Ars Magna sobre la tabla de madera que me servía tanto de mesa como de lecho. Ibn-Abdalá lo miró asombrado, levantó la vista y quiso saber qué era.

El disco estaba fabricado en fina chapa de bronce, y dividido en cuatro figuras; tres circulares y una triangular. Las tres primeras formaban otros tantos discos concéntricos, unos con otros, movibles y giratorios mediante un eje de latón.

Estaban pintados en vivos colores para distinguir las diferentes subdivisiones de los términos que contenían.

Le expliqué que cada rama del saber descansa sobre un número relativamente pequeño de principios evidentes por sí mismos, que forman la estructura de todo conocimiento. En cada uno de los sectores iluminados con distinto color de mis discos estaban trazados estos principios, divididos en dos órdenes absolutos y relativos, al propio tiempo que las cuestiones posibles, los sujetos generales, las virtudes, los vicios; con nueve términos en cada columna, y a cada una de las cuales le correspondía uno de los radios o casillas del círculo. Estos, en sus posiciones respectivas, al colocarse frente a los términos, según las diferentes correlaciones que se conseguían al girar los discos, producían toda clase de propuestas interesantes. Agotando todas las posibles combinaciones de estos principios podíamos explorar todo el conocimiento que nuestras mentes eran capaces de comprender.

– Las vueltas de las figuras emblemáticas de este artificio -dije- son como las meditaciones del espíritu y suplen, incluso, el conocimiento de los hechos.

La última figura, o instrumental del Arte, se componía de tres triángulos; rojo, verde y amarillo; que servían para bajar de los conceptos universales a los particulares.

– ¿Y cuál es la función de todo eso? -me preguntó, mirando fascinado los discos de latón.

– Es una máquina para ayudar a la mente -exclamé con satisfacción-. A través de la combinación mecánica de estos términos se pueden descubrir los elementos constructivos necesarios a partir de los cuales elaborar razonamientos válidos e inteligentes. Dios me dio el Ars Magna para conocerle y amarle y durante la mayor parte de los años de mi vida mi empeño ha sido demostrar las verdades de la fe, por medio de un método que estuviese al alcance de cada cual y fuera evidente para todos. Mi deseo era convertir a la fe de Cristo mediante un conocimiento de algo que fuese verdadero, necesario, e imposible de rechazar por medios racionales, y no por simple cambio de creencias, por conveniencia o por persuasión. Me he esforzado en probar que es posible una demostración de la fe mediante la inteligencia científica; porque ciertamente se puede demostrar que Dios existe, y que tiene tales o cuales perfecciones.

Él me contempló escéptico, y dijo:

– Si lo que afirmas fuera cierto, ¿qué mérito tendría la fe?

– La fe permanece intacta frente a toda inteligencia científica -dije-, ya como base, ya como extremo de la ciencia; porque sobresale de todo pensamiento puramente lógico, como el aceite mezclado con el agua.

Aquella conversación me había llevado a los lejanos tiempos en los que yo era joven e intentaba convencer a mi esclavo sarraceno. Empujado por este recuerdo me ocupé de que los que habían sido sus compañeros de encierro, en aquella horrorosa jaula del poblado gog, fueran liberados de sus cadenas y entraran al servicio de los almocadenes almogávares, respondiendo yo mismo de la fidelidad de aquellos hombres.

Era todo lo que podía hacer. Ahora tan sólo me quedaba esperar el final, y rezarle a la Santísima Trinidad para que dicho fin me alcanzara cuanto antes.

Pero las alucinaciones no cesaban.

En una ocasión, tras atravesar una de aquellas miserables aldeas de pescadores, escuché una voz que me llamaba. Su tono apenas se diferenciaba del bramar continuo de las olas que de tan habitual como se había convertido para mis oídos, apenas escuchaba ya, pero se superponía a éste, y pronunciaba mi nombre con claridad.

Estaba sólo en mi carromato, con un paño húmedo sobre mis ojos. Lo aparté y me incorporé en el camastro, escuchando con atención.

«¡Ramón Llull!», y era como un rugido. Descendí del carromato y caminé hacia aquella voz extraña y temible, dejando a mi espalda la larga caravana de almogávares.

Tras unas rocas negras, cubiertas de líquenes y guano de las gaviotas, vi aparecer la cabeza de un león de melenas negras como la noche. El león me miró con unos ojos inteligentes y ávidos, y yo no parpadeé. Deseé con todas mis fuerzas que aquel animal saltara sobre mí y acabara para siempre con mis sufrimientos. Pero el león dio media vuelta, y con su oscura melena azotada por el viento, se alejó por entre las rocas.

Le seguí con pasos cortos que hacían crujir los guijarros desmenuzados por las olas. Busqué al león por el laberinto de piedras afiladas. Las gaviotas gritaban a gran altura sobre mi cabeza y, al alzar la vista, vi cómo se estaba formando una nueva tormenta. Pronto empezaría a llover, y consideré que lo más prudente sería regresar a la caravana; pero de nuevo escuché pronunciar mi nombre; a mi espalda.

Giré sobre mis talones, y me vi nuevamente enfrentado a los ojos del león. El animal descansaba medio tumbado sobre una roca plana; las patas delanteras paralelas, en una posición similar a la de la Esfinge. La melena, azotada por el viento, vibraba como una aureola de serpientes en torno a su feroz rostro.

– ¿Dónde está la ciudad del fuego simple? -preguntó el animal-. No puedes imaginarlo porque la esencia del lugar no es visible; y por tanto no es imaginable.

El animal me había hablado. Sus labios no se habían movido, y aquellas palabras parecían haber resonado directamente en mi mente, pero yo no dudé, ni por un instante, que era el animal el que se había dirigido a mí. Las rodillas me temblaron.

– Y es porque los ojos no alcanzan ni tocan la esencia del lugar -siguió diciendo-; y por eso la imaginación imagina las semejanzas del lugar que tocan y alcanzan los ojos, pero el entendimiento toca y alcanza sobre la imaginación.

– ¿Qué quieres de mí? -susurré.

– Tu ayuda -respondió el animal-. Tu imaginación. Tu entendimiento. Soy un náufrago perdido en una isla remota.

El animal saltó de su piedra y paseó tranquilamente frente a mí, agitando su cola como una serpiente a su espalda.

– Durante mil años he buscado sin descanso la esencia del lugar; el paradero de la ciudad de mis enemigos -dijo el animal-. He rastreado el mundo buscando las huellas de su presencia, sin ningún resultado; pero donde yo fracasé, y donde todos mis esclavos fracasaron, tú has triunfado.

– ¡No puedo ayudarte! -le grité a la bestia-. ¡No puedo seguir soportando esto! ¡Desaparece para siempre, o acaba conmigo de una vez!

La bestia giró sobre sí misma mostrándome sus fauces abiertas.

– ¡No deseo causarte ningún mal! -rugió-; un hombre como tú es como una joya rarísima que aparece una vez cada mil años y que ilumina por completo a su especie durante generaciones. Te reservo un puesto a mis pies, en el trono de este mundo.

Me tapé los oídos con ambas manos, y grité:

– ¡Márchate!

Un relámpago restalló en el cielo y, como si esto fuera una señal, una cortina de lluvia se derramó sobre la tierra, con tanta fuerza como para resultar dolorosa.

Intenté protegerme el rostro con las manos, y al hacerlo perdí de vista al león durante un único instante. Cuando volví a mirar, el animal había desaparecido.

Regresé tan rápido como pude a la caravana, y tuve que correr para alcanzar mi carromato, en cuyo interior me refugié.

No cambié mis ropas empapadas, ni intenté dormir. Estaba solo en la oscuridad, con los ojos cerrados, temblando de frío y de miedo, cuando sentí la velocidad en mi cuerpo, un extraño vértigo similar a la sensación de caída, tan repentina que me obligó a abrir los brazos intentando asirme a algo. Pero mis brazos no tocaron nada.

Abrí los ojos y sólo vi oscuridad, y pequeños puntos luminosos semejantes a estrellas, pero que me rodeaban por todas partes y no tintineaban. Pequeños puntos de una luz tan dura que parecía capaz de perforarme los ojos. Mi estómago me decía que estaba cayendo a gran velocidad, pero mi cuerpo parecía flotar en el agua.

Entonces giré mi cabeza y la vi. Era una enorme esfera luminosa de color azul; semejante a la que había en la Sala Armilar , pero mucho más hermosa y brillante. Parecía algo vivo, y era tan bello que las lágrimas enturbiaron mis ojos al mirarla.

– Ese es mi mundo, Ramón -resonó la voz del león en sus oídos-; mi cuna.

Tapé mis oídos con las manos, y grité con toda la fuerza de mis pulmones:

– ¡Sal de mi mente!

Sentí una mano fuerte sobre mi hombro, y cómo esa mano me sacudía como si fuera un muñeco de trapo.

– Ramón… despierta. ¿Estás bien?

Abrí los ojos, y vi el conocido rostro de Joanot de Curial frente a mí, rodeado por varios almogávares.

– Apártate de mí, Joanot -le dije-, estoy poseído por un demonio.

Uno de los almogávares dio un paso atrás, y se santiguó espantado, pero Joanot no apartó su mano de mi hombro.

– No es cierto, viejo -dijo-. Sólo estás enfermo.

En ese momento entró Ibn-Abdalá en el carromato. Llevaba una humeante jarra que sin duda contenía una infusión de hierbas medicinales.

– Tuvisteis una pesadilla esta noche, señor -dijo el sarraceno-. Esto os tranquilizará el espíritu.

– Nada puede tranquilizar mi espíritu -dije, apartando la jarra-. Ya no me pertenece.

– ¡Basta! -gritó Joanot-. Salid todos de aquí. Dejadnos solos.

Después permaneció en silencio hasta que los almogávares y el sarraceno abandonaron el interior de mi carromato. Sólo entonces empezó a hablar:

– ¿Qué pretendes hacer, viejo? Los hombres ya están bastante nerviosos caminando solos por una tierra extraña y rodeados de enemigos. El invierno corre rápido por estas latitudes, y pronto no encontraremos nada que comer. Si el desánimo prende entre la tropa, si abandonan la búsqueda del reino del Preste Juan, entonces, la próxima primavera no hallarán de nosotros más que nuestros esqueletos y los de nuestras acémilas.

Inspiré profundamente antes de hablar y le dije, con voz entrecortada, que Ibn-Abdalá conocía el camino mejor que yo; ya no les era de ninguna utilidad y, además, entorpecía su avance.

– He traído la desdicha sobre esta expedición; un demonio habita dentro de mí. ¡No puedo seguir entre vosotros!

Joanot miró hacia las cortinas de lana que protegían el interior del carromato de la luz, para asegurarse de que no había nadie escuchando, luego se volvió hacia mí y me dijo muy serio:

– Nunca le he hablado de esto a nadie antes de ahora. Ni a mis mujeres, ni a mis mejores camaradas; pero debes saber, Ramón, que creo que Dios es sólo un mito inventado por los hombres para procurarse, a la vez, la tranquilidad y la desdicha.

– ¿De qué estás hablando? -le pregunté.

– Tampoco creo que exista Satanás, ni su ejército de ángeles caídos.

Miré atónito a Joanot. No daba crédito a lo que había escuchado.

– ¿Cómo puedes… -empecé, pero las palabras no acudieron fácilmente a mis labios- negar… negar lo que te rodea, lo que te hace vivir?

– ¿Por qué crees tú? Porque así te lo han enseñado. Te han enseñado a temer al pecado y a alabar la virtud; a esperar el castigo o la recompensa. Pero yo he visto a hombres virtuosos sufrir los peores castigos, y a pecadores convertirse en reyes, e incluso en papas.

Durante toda mi vida había escuchado multitud de herejías, y comprobado que existían multitud de formas equivocadas de interpretar a Dios, pero jamás había conocido a nadie que afirmara algo como lo que Joanot acababa de decirme.

– No quiero seguir escuchando -dije.

– Pues lo harás -dijo Joanot-. No creo que el demonio esté dentro de ti, Ramón. Estás enfermo, y te recuperarás. Eso es todo.

Le dije que se había vuelto loco.

– Sí, y tú eres el más cuerdo de los hombres -sonrió Joanot con cinismo-. Ahora duerme, viejo, descansa, y olvida tus temores. Olvida también esa idea de que vamos a abandonarte aquí. Vendrás con nosotros hasta el final.

Después de estas palabras, Joanot abandonó el carromato; y yo, solo una vez más, me tumbé de espaldas y tapé mis ojos con mi brazo. Intenté hacer lo que Joanot me había recomendado: dormir.

No quería pensar en nada; más tarde ya habría tiempo. Ahora sólo quería dormir.


Avaritia, Gula, Luxuria, Superbia, Acidia, Invidia, Ira, Mendacium, lnconstantia

1

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El enorme espacio asiático nos absorbía como una esponja, nos empequeñecía y anulaba. La inmensidad quieta y serena de millas y millas serpenteantes por los duros y polvorientos caminos de aquella geografía atormentada.

Los turcos, avisados de nuestra fiereza y crueldad, abandonaban sus hogares y huían ante nuestro avance, sin presentar batalla, dejando tan sólo desolación a nuestro paso. Comarcas quemadas y cosechas arruinadas. El extraño mundo asiático parecía agazaparse, enarcar el lomo y contener la respiración en postura precursora de zarpazo.

Cruzamos así junto a una ciudad, apresuradamente abandonada por sus gentes, llamada Calmarin, que estaba situada a sólo siete leguas del monte Ararat, en cuya cima atracó Noé tras el Diluvio. La montaña Ararat era muy alta, y tenía sus cumbres nevadas y cubiertas de niebla; a sus pies se extendía una gran llanura cruzada tan sólo por el río Corras, que nacía del deshielo de aquellas nieves y que fertilizaba aquellas tierras cuadriculadas de huertas de frutales, viñas y rosales. Calmarin había sido la primera ciudad edificada por el linaje de Noé, y había estado poblada desde entonces, hasta el día de la llegada de los catalanes.

Aquellas tierras nos recordarían durante muchos años.

Mi carromato era similar a una galera valenciana; es decir, tenía cuatro grandes ruedas atrás y dos de menor tamaño delante, sujetas a un eje móvil del que surgían las limoneras y que podía ser dirigido con ayuda de un pesado timón. Al abrigo de su lona, impermeabilizada con brea, había establecido mi biblioteca ambulante y mi sala cartográfica. Pasaba los días en su interior, consultando los mapas y leyendo los libros; ajeno por completo al desolado paisaje que nos rodeaba, donde no se podía percibir más movimiento que el de las nubes y el paseo de sus sombras.

Apenas intercambié unas pocas palabras durante el viaje. Me deslizaba como un espectro entre aquellos rudos hombres, presenciaba sus juegos de dados, sus danzas y sus peleas, sin implicarme jamás en ninguna de estas actividades. Me sentía tan distanciado de los almogávares que su presencia me afectaba menos que viejas historias que hubiera leído hacía mucho tiempo.

Ricard, Fabra, Jaume, Pero, Ferrán, Guillem… eran nombres que, en aquellos momentos, nada significaban para mí; pero en un futuro cercano vería morir a muchos de aquellos almogávares, alguno incluso cambiaría su vida por la mía, y yo lamentaría no haber aprovechado aquellas jornadas tranquilas, las últimas que viviríamos en nuestro camino, para conocerlos mejor.

Pero de quien sí deseaba saber más era de su joven líder; Joanot de Curial, y en una ocasión le invité a mi carromato donde le mostré los mapas y las cartas que nos guiarían en nuestro viaje. Muchos de los libros que llevaba provenían de los estantes de la Sala Armilar. Entre los mapas que consultaba para establecer nuestra ruta estaban las Estaciones de Partia, opúsculo redactado por Isidoro de Cárax; el Itinerario Antonino, o la Peregrinación de Eteria; así como la antigua Geografía de Estrabón, o la famosa Guía geográfica de Tolomeo. Acompañado todo esto por cartas de rutas, muy útiles, desarrolladas en longitud sin preocuparse de la configuración de las tierras, de modo que formaban una banda plegable que podía ser guardada en el bolsillo o en un saco de viaje. Todo lo cual fue observado por Joanot con detenimiento, dando muestras de una gran curiosidad e inteligencia y formulando multitud de preguntas.

Yo también sentía curiosidad por conocer con detalle las circunstancias en las que Roger y él se habían conocido.

La familia de Joanot pertenecía a la pequeña nobleza valenciana, beneficiada con un señorío en la comarca de L'Horta, concedido por el propio Jaume I como pago de servicios de conquista. Joanot de Curial, nacido de la primera generación de valencianos auténticos tras el repoblament, se sentía como tal, y había ganado fama de caballero noble y valeroso en las cruzadas. Había participado en la desesperada defensa final de Acre, antes de que el beauseant [21] cayera en manos de los sarracenos. Como ya he dicho, fue allí donde Roger salvó su vida y se convirtió para siempre en su amigo.

Poco después fray sargento (Roger), caería en desgracia y fue el propio Gran Maestre del Temple, Monecho Gardini, quien lo denunció ante el papa Nicolás IV, que mandó prenderle para que bajo tortura revelara el paradero del tesoro de los templarios. Pero Joanot logró liberarle, y juntos huyeron de la fortaleza del Temple en Marsella, donde Roger había sido retenido por la guardia pontificia.

– Nuestra huida nos llevó hasta Génova -dijo Joanot-, donde ambos entramos al servicio de la familia Doria.

– ¿Qué hiciste para liberar a Roger de su prisión?

El valenciano sonrió maliciosamente, y dijo:

– El destino fue mi aliado.

Según Joanot me explicó, la inesperada muerte de Nicolás IV provocó un estado de confusión tal que él supo muy bien aprovechar; y se presentó en la fortaleza de Marsella con una falsa orden de libertad para el extemplario.

– Roger de Flor me fue entregado amablemente por sus propios guardias -dijo.

Yo me sentí bastante turbado por esta narración, que me llevó a meditar sobre lo complejo que es el destino de los hombres; porque estos hechos sucedieron en la primavera del año de Nuestro Señor de mil doscientos noventa y dos. Yo me había entrevistado entonces con el Santo Padre, a quien había logrado convencer de mi idea de recobrar Tierra Santa con la fuerza de la razón, y no por la razón de la fuerza. La reciente toma de Acre por los sarracenos señalaba el fin del último bastión cristiano en Tierra Santa y demostraba nuestra incapacidad para imponernos por las armas a los infieles. Mi propuesta de una nueva cruzada, armados únicamente con ideas y no con acero, recobró entonces nueva fuerza, y el Papa parecía dispuesto a apoyarla firmemente. Pero murió antes de que pudiera llevarse a cabo mi proyecto de creación de misiones en Tierra Santa. De modo que, lo que para mí supuso una terrible desgracia, la muerte del Pontífice, resultó ser la providencial salvación para Roger de Flor.

Nuestro viaje continuó sin incidentes, y tras cuatro semanas de marcha llegamos al lugar del que Sausi me había hablado; el templo de adoradores de demonios cercano a Sumatar, a sólo una jornada al cauro de la bíblica ciudad de Harrán.

Un grupo de siete edificios de piedra en ruinas parecían contemplarnos como centinelas petrificados. Un impresionante silencio había caído sobre las tropas catalanas ante la presencia de aquellas moles polvorientas, dispuestas en semicírculo a intervalos irregulares alrededor de un montículo central. Eran de varias formas: uno redondo; otro, cuadrado; un tercero, redondo sobre una base cuadrada. Al norte del montículo central, y a cierta distancia, se levantaba la gigantesca estatua de piedra sin cabeza de un hombre, vestido con una especie de toga que le llegaba a las rodillas. El viento, al levantar remolinos de polvo en torno a la estatua, pareció animar momentáneamente los pliegues pétreos de sus ropajes. Creo que todos nos estremecimos.

– ¿Es este lugar? -le susurré a Sausi Crisanislao, y él respondió afirmativamente.

Se escuchó entonces la poderosa voz de Joanot de Curial, imponiéndose al silencio; advirtiendo a los almogávares de que estábamos en territorio enemigo y ordenándoles disponer un campamento defensivo. Los guerreros disfrazados de comerciantes se pusieron inmediatamente al trabajo y la desolada llanura sobre la que se levantaban aquellos extraños edificios se llenó inmediatamente de los bulliciosos sonidos y el caos de los almogávares trabajando.

Después, Fabra celebró una torpe misa para alejar los malos espíritus del lugar.

Aquel almogávar, alto y grueso, de largas melenas grises, había nacido en la Cataluña del otro lado de los Pirineos, y afirmaba haber sido ordenado sacerdote y haber llevado una vida muy azarosa antes de entrar a formar parte de la almogavaría. Sobre esto último no me cabía duda alguna, pero cuando le preguntaba detalles sobre cómo y cuándo había sido ordenado, se volvía tremendamente impreciso. Al contrario que el resto de los almogávares, que tenían muy claro que iban a la guerra tan sólo por el botín y el beneficio que pudieran obtener de esto, Fabra afirmaba haber tenido una revelación divina en la que el Señor le habló, y le animó a acabar con la vida de cuantos infieles se pusieran en su camino.

Y este deseo lo formuló nuevamente en el transcurso de la misa.

Cansado de su ignorante letanía, me dirigí en solitario hacia las ruinas. Caminé lentamente hasta el montículo central y lo contemplé con un respetuoso silencio. Era evidente que se trataba de un lugar sagrado; pero, ¿de qué religión? En el flanco septentrional del montículo había un relieve que representaba otra figura humana ataviada con el mismo tipo de levita que la gran estatua descabezada. Junto a este relieve, otro representaba el busto de un personaje masculino que llevaba el pelo sujeto con cintas y tenía, a ambos lados de la cabeza, una estrella y una media luna.

Bajo estos dos relieves había una breve inscripción en dialecto jonio que no tardé en traducir; declaraba simplemente que aquellos relieves habían sido dedicados al dios Sin. Una segunda inscripción más abajo me resultó en parte indescifrable; creo que de nuevo mencionaba a Sin, el dios lunar, y la dedicación de un tesoro; quizás el tesoro que estuvo a su cargo.

Trepé, no sin dificultad, hasta la cima del montículo, que estaba rematado por una gran roca pelada y casi esférica. En su superficie aparecían, profundamente incisas, cierto número de inscripciones jonias que traduje. Una de ella decía:

«Que Calínico, hijo de Aristarco, que partió de la ciudad Sagrada en el Desierto de Cristal, sea recordado. Que sea recordado en presencia de Sin…».

De nuevo Calínico. Aquél era el hombre que había estado al frente del grupo de sabios que llevó la salvación a Constantinopla. ¿Era el mismo hombre del que hablaba aquella inscripción? ¿La «ciudad Sagrada en el Desierto de Cristal», se referiría al reino ocupado por los cristianos del Preste Juan?

Descendí del montículo y caminé hasta la entrada de uno de los templos. El edificio era redondo y estaba construido sobre un alto estilóbato circular; sus muros exteriores eran una sucesión de medias columnas adosadas por pares, yendo las cúspides de cada par unidas entre sí por un pequeño arco. Esto sujetaba la cornisa sobre la que se asentaba una cúpula semiesférica. Parecía sólido y ligero a la vez. La cúpula estaba construida con ladrillos de adobe rectangulares, típicos de aquellas regiones sin canteras, protegidos de la intemperie por un duro caparazón de barro vitrificado de brillante color azul celeste. En los muros se había usado ladrillo en forma de planchas, incrustadas en el enlucido con cuñas de vitrificado de brillantes tonos anaranjados.

Me detuve frente al umbral que era oscuro como la entrada a una cueva, y decidí regresar al campamento en busca de alguna luz que me guiara en el interior del templo.

Allí me crucé con Sausi Crisanislao, y le pedí que me acompañara. De mi carro recogí una lámpara de aceite, y nos plantamos frente a la entrada del templo. Con aquel guerrero armado junto a mí, y con el candil brillando en mis manos, me sentía más capaz para enfrentarme a los misterios que encerraba aquel lugar.

– Tú estuviste aquí hace veinte años -le dije al búlgaro-. ¿Crees que notarás si este templo ha sido habitado desde entonces?

Él me respondió que habían dejado muchos cadáveres de monjes en su interior, y que si seguían allí, si nadie los había sepultado, significaría que, efectivamente nadie había regresado a este lugar.

Encontramos el primer cadáver apenas nos internamos unos pasos en el túnel abovedado que era la entrada. Casi tropecé con él; la luz de mi lámpara me mostró una momia horrible, envuelta aún con los restos de su túnica ceremonial.

– Recuerdo a éste -dijo Sausi, agitando su melena de león en la cambiante luz de mi linterna-; lo degollé yo mismo. Era un sacerdote; nos descubrió e iba a avisar a sus compañeros, pero no le di ocasión de hacerlo.

Reconocí en los restos de aquellas ropas una levita muy parecida a la que vestía la gigantesca estatua descabezada del exterior. Junto al cadáver había un extraño gorro o tocado de forma cónica. En ninguno de mis viajes había visto unas ropas parecidas.

Sorteamos el cadáver, y seguimos caminando por el túnel. Este desembocó en una amplia sala circular. La luz entraba por un orificio situado justo en el vértice de la cúpula por lo que ya no era necesaria la lámpara de aceite. En la gran bóveda estaban pintadas con exquisito cuidado las estrellas y constelaciones.

– Es igual a la del Palacio de Constantinopla -musité; y, ante la mirada de incomprensión del búlgaro, le expliqué que en los sótanos del Palacio del Emperador había una sala gemela a ésta. Por lo que ya no cabía duda alguna: el Calínico de Constantinopla era el mismo Calínico que visitó este lugar.

Pero la bóveda no era exactamente igual. También era una media esfera sobre la que se habían pintado los principales astros del cielo, pero ésta estaba atravesada por un eje polar, de bronce, que llegaba hasta el suelo, en el centro de la sala; éste quedaba sujeto a una armilla graduada, también de bronce, que debía de corresponder al meridiano de aquel lugar. Esta armilla, a su vez, se asentaba sobre un soporte horizontal cuya apertura circular superior representaba el horizonte. Era evidente que, en algún tiempo, la armilla pudo moverse por las guías situadas en el cimborrio de la cúpula, de tal forma que el polo podía formar con el horizonte ángulos iguales a cualquier latitud. Una segunda armilla, cuyo eje coincidía con los polos de la eclíptica, servía para determinar las coordenadas de longitud y latitud de cualquier estrella pintada en la esfera.

Todo más tosco, pero más comprensible para mí que los sofisticados artilugios que había visto en la Sala Armilar de Constantinopla, pues yo conocía instrumentos similares, aunque no de ese tamaño, de mis viajes por los reinos moros. Los infieles los denominaban alcoras y los usaban habitualmente para sus cálculos astrológicos.

La sala era una vasta pieza circular que mediría unas veinticinco varas de diámetro; poyos de adobe compactado se extendían pegados a la pared, e inmediatamente sobre éstos empezaban las pinturas y llegaban hasta el mismo cimborrio, situado a diez varas de altura.

Por el suelo estaban diseminados los restos de doce sacerdotes más. Me acerqué a uno de los muros; una enredadera trepaba por él, medio cubriendo unos maravillosos frescos, una composición con numerosos personajes que representaba un gran ejército que avanzaba hacia el sol.

Aquellos frescos habían sido realizados por un gran artista. Sorprendía su maestría e ingenio en el manejo de su técnica para representar los cabellos, las barbas, los vestidos y adornos personales con la máxima economía de trazos, mediante algunos rasgos atrevidos y, sin embargo, extraordinariamente expresivos. Las figuras destacaban en tonos naranja y dorado sobre un fondo azul cobalto. Eran hoplitas griegos, vistiendo armaduras de planchas y yelmos empenachados; y al frente de ellos, cabalgando un carro decorado con perlas y placas de oro, un joven general cubierto con una armadura dorada, armado con una espada y un puñal metidos en sus lujosas vainas. Su cabeza noble y hermosa estaba levemente inclinada sobre su hombro izquierdo; tal y como describió Plutarco. Yo había visto muchas representaciones de aquel hombre y de aquella armadura, por lo que no tuve ninguna dificultad en leer la inscripción bajo el carro. Decía simplemente: «Alejandro Magno». Junto a él, viajando en el mismo carro, un hombre anciano y barbudo, vestido con una toga y que llevaba un instrumento en sus manos. Era un astrolabio llano; una proyección estereográfica de la esfera celeste sobre el plano del Ecuador. Un instrumento muy popular en nuestros días para quienes solemos estudiar los cielos, pero que tiene su origen en la Antigua Grecia.

¿Quién era entonces aquel hombre que parecía guiar el camino del gran Alejandro?

Visitamos el resto de los templos; el de planta cuadrada rematado también en bóveda, decorada con estrellas y planetas, y pinturas en los muros. Así mismo, encontramos momias de sacerdotes acurrucados en el suelo como centinelas dormidos.

En esta ocasión la cúpula no tenía una abertura cenital, sino que le faltaba todo un segmento longitudinal, como el gajo de una naranja. La cúpula entera parecía haber sido montada sobre un artilugio mecánico, realizado en bronce o cobre, cuya función parecía ser la de posibilitarle girar horizontalmente. Pero estos engranajes estaban tan inutilizados por el orín y la arena acumulada durante siglos como los del primer templo.

Me acerqué a uno de los frescos que mostraba al mismo anciano, de aspecto sabio. Aquí sujetaba un radiante sol con su mano derecha y la Tierra con la izquierda. Sobre su cabeza un detallado dibujo representaba un eclipse lunar, con los conos de sombra marcados por finas líneas. La inscripción decía:

«El tamaño de la sombra de la Tierra sobre la Luna demuestra que el Sol tiene que ser mucho mayor que la Tierra, y que debe de estar situado a una gran distancia».

– Aristarco de Samos, por supuesto -comprendí.

Sausi, mirando extrañado a su alrededor, preguntó si había pasado algo, y le expliqué que aquel hombre de las barbas era Aristarco de Samos, un gran sabio jónico; pero que creía erróneamente que el Sol ocupaba el centro del universo, que la Tierra giraba sobre su eje una vez al día, y que orbitaba el Sol una vez al año.

El búlgaro me miró sin entender nada. Quizá pensó que me había vuelto loco.

Pero yo sentí la excitación ascender por mi pecho mientras comprendía que las respuestas estaban ya al alcance de mis manos. Tan sólo debía unir cada uno de los elementos en su orden correcto, y entonces la verdad se haría elemental para mí.

No parecía haber ningún peligro en aquel lugar, de modo que le di permiso a Sausi para que regresara a sus quehaceres en el campamento.

Quedé nuevamente solo, contemplando aquellos frescos y meditando sobre el significado de aquellos templos y el extraño culto a los planetas.

En la piedra que remataba el montículo exterior se afirmaba que Calínico era hijo de Aristarco. Ahora sabía a qué Aristarco se refería, pero, evidentemente, era imposible que Calínico, el hombre que llevó el fuego griego a los asediados ciudadanos de Constantinopla, fuera hijo de Aristarco de Samos, que vivió mil años antes que Calínico y que fue contemporáneo de Alejandro Magno. En realidad, Aristarco debía de ser todavía un niño cuando Alejandro murió en el trescientos veintitrés antes de Nuestro Señor Jesucristo. No estaba seguro, y tendría que consultar esas fechas…

La cuestión, entonces, se planteaba con una rotunda evidencia: ¿por qué se afirmaba, en dos lugares tan distantes, que Calínico era hijo de Aristarco? Hijo de sus enseñanzas, sin duda. A eso debían de referirse ambas inscripciones.

Hice un esfuerzo para recordar cuanto sabía sobre Aristarco de Samos. Lo había estudiado hacía mucho, al igual que a los otros científicos jonios, mientras exploraba los orígenes del saber humano…

Algunos jonios practicaban una extraña filosofía materialista que afirmaba que la materia proporcionaba por sí sola el sostén del mundo; sin el concurso de los dioses para ello. Llevado por este método equivocado de razonamiento, Aristarco llegó a afirmar que era el Sol y no la Tierra quien ocupaba el centró de la Creación; y que las estrellas podían ser otros soles iguales al nuestro, pero mucho más distantes, con su propia cohorte de planetas. Una idea que resultó tan escandalosa entonces como sin duda lo sería hoy en día si alguien se atreviese a pronunciarla. Por lo que él, y sus discípulos de Samos, fueron perseguidos por sus contemporáneos hasta ser completamente exterminados, y sus ideas fueron olvidadas.

Me acerqué a una de las paredes. El fresco de ésta representaba a unos hombres ancianos, vestidos con togas, apedreados por una multitud enfurecida. A mi pesar, pues los sabía equivocados, no pude evitar cierto sentimiento de simpatía por aquellos locos discípulos de Aristarco. Yo también había sufrido situaciones semejantes y mis argumentos dialécticos habían sido respondidos con piedras, lo que me había obligado a correr para salvar mi vida, sobreviviendo en ocasiones con graves heridas en mi cuerpo.

Bien, pensé, ¿qué habían hecho a continuación los discípulos de Aristarco, es decir, sus hijos intelectuales?

Se habían ocultado, pero no habían desaparecido, pues tenía pruebas de que ese tal Calínico seguía considerándose discípulo de Aristarco, mil años después de que la secta fuera perseguida y presuntamente exterminada.

La pregunta era: ¿dónde se habían ocultado?

Pero había algo que no encajaba aún en todo este razonamiento. Los jonios se creían capaces de explicar el mundo de una forma materialista. Decían: «Si llamamos divino a todo aquello que no entendemos, realmente las cosas divinas no tendrán fin».

Pero en la Sala Armilar , como en estos templos en cuyo interior me encontraba, había hallado pruebas de una adoración pagana por los planetas. Y Sausi me había hablado del pueblo que habitó de niño, cerca de la confluencia del Tigris y el Eufrates, donde se consideraba a los planetas como entidades maléficas.

Esto parecía una contradicción; a no ser… Sí, a no ser que los discípulos de Aristarco, en su huida, marcaran su itinerario con pequeñas colonias en las que construirían observatorios astronómicos. En el transcurso de los siglos el conocimiento que albergaban esas colonias de jonios materialistas se fue pervirtiendo y, al igual que les pasó a los israelitas durante la ausencia de Moisés, cayeron de nuevo en la idolatría. Para ellos debió de ser natural considerar a los planetas como dioses o demonios, cuando tenían a su alcance instrumentos tan perfectos para su observación.

Pero eso significaba que el camino hacia la ciudad en la que se ocultaron finalmente los hijos de Aristarco debía pasar por aquellos dos puntos.

¿Qué otro itinerario pasaba por esos mismos puntos, que fuera conocido en aquella remota época? Por supuesto, se trataba del camino trazado por Alejandro en su avance imparable hacia la conquista de Asia. Los jonios se habían limitado a seguir sus pasos.

En el exterior había oscurecido, y ya no entraba luz por la abertura vertical de la cúpula. Volví a encender el candil, y abandoné meditabundo el templo. Una idea había empezado a formarse en mi mente. En mi carromato, recogí una azafea y el Mapamundi de Eratóstenes de Cirene. Y con todo esto en una bolsa de cuero, regresé al primer templo.

El anciano que acompañaba a Alejandro en el carro parecía mirarme divertido ante mi incapacidad para resolver el enigma. La fluctuante luz de mi candil parecía animar muecas burlonas en su venerable rostro. El astrolabio seguía en sus manos maravillosamente esbozado. Me acerqué a él, y lo iluminé con cuidado.

La esfera celeste estaba allí perfectamente representada en dos dimensiones, tomando como centro de proyección el Polo Sur: Tres círculos concéntricos representaban la proyección del trópico de Capricornio -el más externo-, el Ecuador -el círculo intermedio-, y el trópico de Cáncer -el círculo interno-; la proyección del cénit del lugar de observación y, en torno a él, una red de almucantarates o círculos de altura que llegaban hasta la proyección del horizonte. Y la araña o red, es decir, la proyección de la eclíptica que surgía como un círculo excéntrico con respecto al centro del instrumento, y la de una serie de estrellas importantes; esto giraba en torno al centro de la lámina permitiendo poner el instrumento en posición. Para hacerlo, el astrónomo, debía simplemente observar la altura de una estrella que estuviese representada en la red y hacerla girar ésta hasta que el almucantarat correspondiente coincida con la proyección de la estrella. Todo esto estaba representado en el fresco con finos y precisos trazos; el desconocido artista debía de ser también un experto conocedor del astrolabio, pensé, y en ese momento hubo algo en el dibujo que llamó poderosamente mi atención.

Extrañado me alejé un poco de la pintura, y miré a través de la abertura cenital de la cúpula. Apagué el candil, y observé detenidamente las estrellas, brillando silenciosas y majestuosas a través del orificio circular.

– ¡Dios mío! -musité en la casi absoluta oscuridad que me rodeaba.

Tenía la respuesta. Era como si aquellos sacerdotes muertos que me rodeaban me la hubieran susurrado al oído; como si el desconocido, y lejano en el tiempo, artista que había pintado aquellos frescos me hubiera dejado un mensaje a través de los siglos.

Encendí nuevamente la luz y volví a acercarme a los frescos pintados en el muro. No había duda; la disposición del horizonte del astrolabio no se correspondía con la latitud en la que nos encontrábamos.

En un astrolabio de proyección polar, el horizonte es un círculo y, por consiguiente, la lámina que representa éste sirve únicamente para una latitud determinada, y debe cambiarse por otra si quiere utilizarse el instrumento en otro lugar. Éste es el principal inconveniente del astrolabio estereográfico convencional; si el astrónomo desea trabajar con su instrumento en distintos lugares, o mientras viaja, se ve obligado a llevar consigo una serie de láminas intercambiables que representan el horizonte en diferentes latitudes. Por ese motivo utilizo una azafea de Azarquiel en lugar del clásico astrolabio.

Había traído conmigo uno de esos instrumentos, y lo saqué con presteza de la bolsa de cuero. En la azafea la proyección estereográfica se hace sobre el plano del coluro de los solsticios, tomando el punto vernal como centro de proyección. El ecuador, la eclíptica y el horizonte se proyectan como líneas rectas que pasan por el centro de la lámina. Una alidada móvil hace las veces de horizonte giratorio, que puede adaptarse a cualquier latitud. La hice coincidir entonces con la disposición del horizonte representado en el astrolabio del fresco, y esto me dio rápidamente la latitud en la que supuestamente se encontraba el anciano de la pintura. No era la nuestra, como ya había advertido, sino que estaba situado a varios grados al norte de nuestra posición.

Extendí en el suelo el Mapamundi de Eratóstenes, y tracé sobre él la línea de latitud que había obtenido. Si mi razonamiento había sido correcto hasta ese momento, sólo me faltaba determinar la longitud para conocer la situación exacta de la ciudad de la que partió Calínico; aquella ciudad en un «desierto de cristal».

¿El reino del Preste Juan?

Pero esto representaba una nueva dificultad.

Eratóstenes había adoptado el paralelo de referencia determinado por Dicearco, que pasaba por Tapsaco, no muy lejos del lugar donde ahora me encontraba, y que cortaba el meridiano de Alejandría; que iba desde Tule hasta Etiopía, pasando por Olbia, a la tramontana [22] del mar Negro, Lisimaquia, en los Dardanelos, la isla de Rodas, Alejandría, Siena y Meroe. Había estimado que la anchura total del mundo habitado, de Tule al país de los sembritas, era de 38.000 estadios, es decir, unas mil leguas. Esto ha demostrado ser bastante exacto; pero, por desgracia, no existe un método tan preciso para el cálculo de las longitudes. Se necesitaría un reloj de gran precisión, y algún sistema para confrontar la hora local de diferentes y distantes ciudades en un mismo momento. Lo cual, como es evidente, es imposible. Hay que atenerse, por tanto, a las evaluaciones forzosamente aproximadas de los marinos, comerciantes y… militares.

Tenía, pues, la línea exacta de latitud donde estaba situada la ciudad, ¿pero cómo determinar la longitud? Deslicé mi dedo sobre esta línea, de Oriente a Occidente, buscando una solución. De nuevo los frescos que me rodeaban vinieron en mi ayuda.

Algunos de los hoplitas de Alejandro parecían estar en marcha en su camino hacia Oriente, pero otros, situados entre las filas de sus compañeros, parecían quietos, con sus armas dispuestas. Consideré que cada uno de aquellos hoplitas guardaba un puesto en el itinerario de Alejandro.

Hice memoria de mis conocimientos de historia antigua. Puesto que he pasado la mayor parte de mi vida viajando, aprendí pronto a memorizar el contenido de los libros, para evitar el tener que cargar siempre con una pequeña biblioteca.

No me costó mucho recordar aquellos datos: las tropas de Alejandro pasaron por la región en la que ahora me encontraba hacia el trescientos treinta y uno antes de Nuestro Señor; por Ecbatana en el trescientos treinta y por Ariana en el invierno del trescientos veintinueve, ambas situadas un poco más al mediodía [23]. Tracé, guiándome sólo por mi memoria, la ruta de Alejandro sobre el Mapamundi de Eratóstenes.

Tan sólo en un punto la ruta de su ejército cortaba la línea de latitud que antes había marcado. Era el punto situado más al norte en toda la ruta del general macedonio, en la región de Sogdiana; a tramontana de una ciudad llamada Marakanda por Alejandro y que actualmente es conocida como Samarcanda.

En aquel lugar estaba el reino que buscábamos.

Le señalé la ruta que debíamos tomar a Joanot de Curial, y vi dudar al guerrero. Me preguntó que si estaba seguro de que era allí, en Samarcanda, donde se encontraba el reino del Preste Juan. Y tuve que admitir que no; que en realidad no había encontrado ninguna referencia a él, pero de lo que sí estaba convencido era de que en algún lugar al norte de la ciudad de Samarcanda se encontraba el reino de los hombres que llevaron el fuego griego a Constantinopla. En una ciudad situada en el desierto de cristal.

– Quizás es la misma ciudad de Juan, aunque sus habitantes no la conozcan por ese nombre -aventuró Joanot, y yo no pude menos que estar de acuerdo con él.

Joanot me contó entonces cómo en Génova, Roger y él, habían entrado al servicio de la familia Doria, de cuyos astilleros salió la nueva nave de Roger: la Oliveta.

En aquellos años, Tesidio Doria había promovido una expedición para buscar una ruta marina hasta el reino del Preste Juan. Los hermanos Vadino y Ugolino Vivaldi, miembros como los Doria de una antigua familia de navegantes, fueron puestos al mando de las dos naves que zarparon de Génova.

Tras hacer escala en Mallorca, cruzaron el estrecho de Gibraltar, bordearon Marruecos y el cabo Juby, al sur del Atlas. A partir de lo cual se perdió todo contacto con la expedición de la que no volvió a saberse nada; aunque se creía que lograron llegar a las tierras del Preste Juan, de donde no quisieron, o no les fue permitido, regresar.

– Tesidio Doria nos contagió de su afán de encontrar el reino del Preste Juan -dijo Joanot-; un sueño que Roger y yo hemos compartido desde entonces.

– Me resulta extraño pensar que un hombre como Roger pueda tener sueños como ése -le dije a Joanot.

– Quizá porque no le conociste lo suficiente.


2

<p>2</p>

La noche antes de nuestra partida hacia Oriente, me vi asaltado por terribles y premonitorios sueños. No eran más que formas negras y sinuosas que ondeaban en torno mío como raíces de plantas acuáticas, y ojos vidriosos que emitían en la oscuridad destellos venenosos.

Desperté en mitad de la noche bañado en sudor, y salí de mi tienda en busca de aire fresco. La noche estallaba en estrellas. Una inmensa explosión de polvo plateado congelada sobre nuestras cabezas. Un grupo de almogávares estaban reunidos en torno al fuego, cantando viejas canciones catalanas.

A lo lejos distinguí el perfil armónico de los siete templos, iluminados por la tenue luz de las estrellas. Sentí el irrefrenable deseo de visitar por última vez aquellos templos, y caminé hasta el límite del campamento. Un guardia almogávar me franqueó el paso tras comprobar mi identidad. Atravesé en silencio el desolado espacio que separaba el campamento almogávar del círculo de templos paganos. La pálida luz de las estrellas le confería a todo un halo de fosforescente irrealidad.

Mis ojos se habían acostumbrado a aquella escasa luz y podía distinguir las enormes moles de los templos levantarse ante mí como leviatanes dormidos.

Ante la vista de aquellos observatorios consideré cómo, desde la noche de los tiempos, los hombres se habían esforzado en conocer el movimiento y el curso de los astros, y penetrar, si esto fuera posible, en los misterios de su esencia y estructura. Y es curioso que primero se estudiara el mundo de los cielos, antes que el de la tierra; dejando de lado lo cierto por lo dudoso, lo fácil por lo difícil, lo cercano por lo remoto, lo propio por lo ajeno.

¿Qué misterios nos aguardaban en el largo camino que íbamos a emprender?

A pesar de la confianza que había intentado demostrarle a Joanot, tenía dudas. Para empezar, ahora sabía que los habitantes de la «ciudad en el desierto de cristal» no eran cristianos convertidos por el apóstol santo Tomás, sino descendientes de una secta de antiguos griegos paganos, que habían escapado de la persecución ocultándose en el remoto Oriente. Se habían servido, por lo tanto, de las rutas marcadas por el ejército victorioso del Gran Alejandro, y en aquel remoto lugar se habían dedicado al estudio de la naturaleza siguiendo la filosofía materialista de Aristarco de Samos. En su camino hacia Oriente habían establecido colonias que pronto habían abandonado el sendero de Aristarco para perderse en la idolatría y el culto a los planetas.

Quizá la misma «ciudad en el desierto» se había perdido ya en esas prácticas, pues no teníamos noticias ciertas de ella desde que Calínico viajara hasta la sitiada Constantinopla, hacía ya tantos siglos de eso. No lo sabía y mi mente era un torbellino cuando consideraba todas esas cuestiones.

La noche me contempló indiferente y espléndida, con sus miles de ojos pálidos y brillantes; recreando los ensueños que envuelven las vísperas de todos los viajes.

Puesto de pie ante aquellos templos, no podía dirigir la vista más que hacia adelante y hacia el cielo, enmudecido ante la magnificencia de la noche.

A la hora prima del día siguiente, el campamento fue levantado y la tropa se puso en marcha en medio de un silencio extraño y cargado de temores.

La primera meseta que atravesamos, tras dejar atrás los siete templos, fue descendiendo hasta prolongarse en una inmensa llanura de lodo que nos llevó a las orillas del río Tigris, uno de los cuatro ríos del Paraíso, al que los naturales de la región llamaban Digilah o Diguylah. Lo remontamos y, media milla más arriba, encontramos las ruinas de los pilares de un puente antiguo; una muralla gris que a partir de ambas orillas del río se prolongaba indefinidamente en la llanura, era lo que quedaba del inmenso viaducto por el que cruzaron mil años antes las caravanas que se dirigían a las Indias. A partir de ese punto, todos los puentes que íbamos encontrando estaban derruidos y habían sido arrastrados por las aguas del río Tigris.

No teníamos forma de cruzar, y Recorrimos ociosamente las márgenes de la enorme corriente de agua durante un par de jornadas, hasta llegar a las proximidades de Bagdad, lugar al que en ningún caso queríamos aproximarnos más, para evitar encontrarnos con contingentes que pudieran hacernos frente.

Desesperado, Joanot busco mi ayuda, y yo le pedí que mandara a sus almogávares por las aldeas cercanas y que consiguieran varios centenares de odres de piel, cuantos más, mejor. Ellos no encontraron los odres, pero sí muchos animales que eran cuidados por los nativos; ovejas, cabras, bueyes y asnos; que fueron rápidamente muertos, desollados, y sus pieles infladas. Algunas fueron cortadas en tiras y trenzadas para formar correas, con las que fueron atados los odres entre sí. Unas gruesas piedras, atadas también con correas y arrojadas al agua, hicieron las veces de anclas para los odres.

Ricard pudo cruzar entonces sobre ellos, arrastrando una larga cuerda que tensó entre las dos orillas. Finalmente, los odres fueron cubiertos con ramas de árboles y tierra, para afianzarlos y evitar que resultaran resbaladizos para los animales.

Sobre este improvisado puente cruzamos todos, hombres, carromatos y bestias.

Dejamos atrás el río Tigris y nos adentramos en una vasta región pantanosa, cubierta de interminables laberintos de acequias y riachos pegajosos y resbaladizos a causa de la arcilla mojada, que hacía dar de bruces a los asnos y nos obligaba a cargarlos de nuevo. El veterano Guzmán caminaba junto a mi carromato con su lujoso disfraz empapado, procurando mantener las acémilas en línea, golpeándolas con un palo y lanzando gritos nasales para hacerlas marchar más deprisa.

Mientras estuvimos en aquella zona vimos pasar a muchos pastores turcos con gruesos hatos de carneros de Iazirey, de la región de Xam, que llevaban a vender a Damasco, Trípoli, Aleppo y hasta la mismísima Constantinopla.

En una ocasión, Fabra se acercó a su camarada y dijo señalando a los pastores:

– Deberíamos acabar con esos pobres.

Guzmán no respondió de momento; siguió enfrascado en su labor de dirigir a las acémilas durante al menos una legua más; y cuando Fabra debía de haber olvidado su comentario, le preguntó de improviso:

– ¿Por qué dices eso?

El veterano almogávar tardó un poco en recordar a qué se refería su amigo, y luego dijo en tono homilético:

– La muerte puede ser hermosa. Incluso puede ser dulce -añadió elevando la voz como si saborease la palabra «dulce»-. Fíjate en esos pastores; están condenados a ignorar para siempre el mensaje del Señor. ¿Qué clase de vida es ésa?

– ¿Acaso les aguardaría algo mejor en el otro mundo? -dijo Guzmán encogiéndose de hombros-. No están bautizados; se irían de cabeza al infierno.

– Por supuesto -admitió Fabra-; pero al menos sabrían cuál es la Verdad…

Siguieron así hablando durante muchas leguas, mientras yo intentaba cerrar mis oídos a sus simplezas y concentrarme en la lectura de un libro.

Guzmán era muy diferente a su viejo camarada Fabra. Era pequeño y oscuro, con poco pelo en la cabeza y en el rostro.

Al parecer, ambos se conocían desde hacía más de veinte años. Guzmán formaba parte de la flota aragonesa armada contra el sultán de Túnez, Abú Isaac, cuando ésta fue desviada y dirigida a Sicilia.

– Éramos más de quince mil almogávares en ciento cincuenta barcos -me contó en una ocasión-. Derrotamos a los angevinos cerca de Trápani, en el día más jodidamente caluroso de mi vida. Hacía un calor del infierno para pelear; pero vencimos.

– ¿Conociste al almirante Roger de Lauria? -le pregunté.

– Sí -dijo-; pero era distante y altivo, muy al contrario que el Capitán.

Se refería a Roger de Flor, por quién Guzmán sentía veneración. Al parecer, aquel viejo almogávar era de origen castellano, y en veinte años no había conseguido hablar el catalán lo bastante bien como para no provocar las risas y burlas de sus compañeros. Excepto Roger y Fabra, que le respetaban por su valentía.

Dejamos a la espalda la red de canales que fertilizaban aquellas tierras y subimos por la sierra, que era más áspera que alta, y tras andar una legua de difícil camino, dimos con una tierra algo más llana pero no más fecunda, donde encontramos un abrevadero en el que las caravanas solían parar, cosa que nosotros no hicimos por encontrarse seco en esos momentos.

Al atardecer, después de caminar ese día más de ocho leguas, acampamos en un llano de hierba seca, al que los sarracenos llaman Mekaçar Iubab, donde había muchos hatos de carneros pastando, pero no se veía ningún pastor a la vista, y el almogávar llamado Guillem se entretuvo haciendo puntería en aquellas pobres bestias con su arco. Era una arco largo de tejo inglés, que había conseguido hacía mucho, y al que cuidaba con esmero y dedicación. Poseía una gran habilidad con esta arma, y era capaz de introducir la punta de acero de una flecha en la cuenca del ojo de una oveja situada a más de trescientas varas de distancia.

Pocos almogávares usaban arco, arma que consideraban poco digna para un hombre; pero Guillem se reía en la cara de sus compañeros diciendo:

– Los poderosos os hacen creer eso porque es a ellos a quienes no conviene que los siervos dispongamos de armas capaces de atravesar sus armaduras; y vosotros repetís esta estupidez como si fuera la palabra de Dios.

Se decía que Guillem era un pagés que se había unido a los almogávares tras haber degollado a su señor cuando éste intentaba hacer efectivo el cobro de una qüestia [24]; y siempre andaba a vueltas con estas curiosas historias de siervos y señores.

Guillem era un hombre de aspecto turbio y mandíbula prominente; cargado de espaldas y con mal carácter; pero era el mejor arquero que yo haya conocido jamás.

Al día siguiente, levantamos el campamento a la salida del sol, y caminamos hacia el cauro por diferentes tierras hasta dar con una enorme ribera seca, cuyo fondo era todo de piedra blanca y dura como el mármol, tan perfectamente igualada como si se tratara de una carretera hecha por gigantes. Encontramos allí agua al fin, concentrada en grandes albercas formadas sobre aquellas losas blancas. Bebieron de ellas hombres y bestias, y recogimos cuanta pudimos en odres, pues temíamos no poder encontrar más por aquellos parajes cada vez más áridos.

Poco a poco, nos hundíamos más y más en el desierto.

A distancias regulares de tres millas, encontrábamos ruinas de abrevaderos construidos en la época de la Antigua Roma para abastecer a las caravanas que viajaban hacia la India. Si había agua en los pozos pasábamos la noche en las ruinas; en caso contrario, seguíamos adelante hasta dar con una en donde sí la hubiese. En ocasiones el agua estaba contaminada por pájaros y ratas muertas que flotaban pudriéndose en ella. En una ocasión, el cadáver de un asno formaba una pequeña isla en el centro del pozo, rodeado de una mancha de agua verde y viscosa.

Las grandes montañas que se extendían perpendiculares eran pálidas, desoladas, estériles y descoloridas por el ardiente sol.

Aunque las jornadas eran duras, encontrábamos plena compensación en las tardes y las noches. Con los últimos rayos del sol poniente, algunas colinas casi invisibles sobre el fondo del cielo se tornaban ondulantes pirámides de aromático espliego; las murallas de arenisca se transformaban en rojos cortinajes que se difuminaban en el suave resplandor del desierto, y cuando aquella abundante ostentación de colorido empezaba a desvanecerse en la oscuridad, centelleaban las legiones de mis viejas amigas las estrellas, en el fresco ambiente de la noche.

Echado sobre mi cama, que era sólo una manta tendida sobre un cajón de madera lleno de nudos, a la luz de la luna que se filtraba por los desgarrones de la lona de mi carromato, me olvidaba por completo del cansancio de mis huesos. Trataba de recordar alguna melodía que guardase relación con la belleza de aquellas noches y expresase la inexorable rudeza de aquellas tierras durante el día, la indecible magnificencia de las puestas de sol y la infinita suavidad de la noche.

Un atardecer, Joanot se acercó hasta mi carromato, mientras yo contemplaba el espectáculo de la luz cambiante tiñendo el desierto y las montañas.

– ¿Te importuno, Ramón? -me preguntó.

Me volví hacia él, como si despertara de un sueño, y le respondí que no. Trepó entonces al carromato, y tomando asiento junto a mí, examinó el cielo de color lavanda.

– Mañana nos aguarda un día de calor -dijo.

Le pregunté al valenciano si no le emocionaba la belleza de este cielo, y él volvió a examinar el firmamento, pero no dijo nada.

El sol ya se había ocultado, y sus brillantes colores se difuminaban rápidamente.

– Hay gentes que jamás abandonan su pueblo, su comarca -dije extendiendo los brazos y señalando a mi alrededor-, y esto es como permanecer ciego ante lo que la obra de Dios puede ofrecernos. Para los franciscanos el amor de Dios es la explicación del Universo. Dios crea para participar algo de sí a otros seres y ser glorificado mediante el amor de hombres curiosos de conocer su Gloria.

– Tú estuviste casado, Ramón, y renunciaste a tu familia. ¿Por qué?

– Por Dios -dije.

– ¿Es posible amar tanto a Dios? -me preguntó el valenciano.

Yo le respondí sin mirarle, sin apartar mis ojos de las estrellas.

– ¿Acaso tú no le amas? -dije.

El dudó un instante, y dijo al fin:

– No de esa forma.

– ¿Por qué estás aquí, entonces? ¿Por qué peleas en una guerra tras otra?

– No lo sé, Ramón -me dijo el valenciano con voz abatida-. No sé por qué estoy aquí, ni por qué lucho y mato infieles. Avanzo por mi camino, mirando hacia delante, y nunca vuelvo sobre mis pasos.

– ¿Nunca has sentido remordimientos de alguna acción pasada?

– Soy un guerrero -razonó-; y la guerra es la guerra. Matamos o nos matan. En ocasiones la sangre anega nuestro espíritu como un pesado manto que intentara asfixiarnos, pero no piensas demasiado en ello, te sacudes de encima todos esos sentimentalismos, y te adelantas hacia tu próximo enemigo. Así ha sido siempre…

Ojalá estuviera todo tan claro para mí.

¿Por qué abandoné a mi esposa y a mis hijos? Era una buena pregunta, pero la respuesta no resultaba tan sencilla, como le había hecho ver a Joanot.

Aquella mujer… Mi Amada… Muchas noches su rostro hermosísimo cobraba forma frente a mí en la oscuridad, como si estuviera acostada a mi lado, en mi lecho. Por ella lo habría abandonado todo sin dudarlo, a mi mujer y a mis hijos, mis tierras y toda mi fortuna; por ella hubiera entregado gustosamente la vida. Pero ella no me amó jamás y siempre le fue fiel a su esposo; hasta que Dios se la llevó.

No pude compartir su dolor ni sus alegrías; jamás me permitió entrar en su vida.

La visión de su pecho enfermo y marchito convulsionó mi vida entera y me abrió los ojos a las cosas que realmente importaban. Había abandonado a mi familia, había ingresado como terciario en los frailes menores, y había ido a predicar a los infieles una y otra vez, exponiendo temerariamente mi vida.

Porque para entonces ya creía saber dónde estaba el auténtico valor de las cosas.


3

<p>3</p>

Nos internábamos en terreno desconocido. Cada vez más profundamente.

Seguíamos encontrando ruinas de abrevaderos cada tres millas, pero las grises cúpulas de sus pozos no daban sombra más que a un lodo reseco y cuarteado. Por los desfiladeros de las montañas corrían innumerables riachuelos de agua, pero toda ella era salada y amarga. Aquellas montañas no eran más que gigantescas masas de conchas de ostras y corales petrificados.

Caminábamos por el fondo de lo que había sido un inmenso mar durante el Diluvio Universal y no encontrábamos más que polvo gris y agua salada. El viento era como un cálido aliento que Dios me lanzaba al rostro, y el sol reflejado por las rocas y la blanca arena me envolvía en una atmósfera de calor. Siguiendo el ejemplo de Sausi y de los almogávares, me cubrí la cabeza con un lienzo cuando caminaba a pie, y cuando iba sobre el carromato me envolvía en una pesada manta, que me llegaba hasta los pies, y me veía obligado a volverla y revolverla de vez en cuando para no quemarme hasta los huesos.

En aquellas tierras desoladas parecía no haber llovido nunca y el polvo tenía un brillo alcalino y de sal. El último abrevadero que encontramos no era más que un patético montón de piedras, que apenas se distinguía entre la escabrosidad de la llanura, y no parecía probable que encontrásemos agua hasta que llegásemos al otro lado de las montañas. Las acémilas no habían bebido desde el día anterior y, sin embargo, las hicimos seguir adelante sin descanso, dirigiéndonos al desfiladero, escudriñando con atención todas las depresiones de los valles que teníamos en frente.

Nunca había considerado, con tanta claridad como entonces, el inestimable valor del agua. Me sujeté un lienzo a la boca, para preservarla del polvo alcalino, pero me lo tuve que arrancar en seguida por la sensación de asfixia que me produjo.

Subían bandadas de codornices de todos los arroyos secos y por todas partes aparecían y desaparecían rápidamente los blancos lomos de las gacelas. En aquel calor asfixiante los indicios de vida se mostraban y extinguían rápidamente, como argentinas escamas lanzadas a los rayos del sol.

A media tarde noté que se me iba inflamando la lengua hasta el punto de que me parecía tener en la boca un grueso trozo de cacto, y cuando entreabría los labios para respirar, el aire me quemaba la garganta. A la puesta del sol habíamos perdido casi por completo la esperanza de encontrar agua. Éramos trescientos hombres sedientos avanzando con torpes pasos y tambaleándonos agotados.

Matamos varias acémilas, las que tenían peor aspecto y parecían a punto de morir de todas formas, y (Dios nos perdone) bebimos su sangre.

Cuando desperté, a la mañana siguiente, me encontré en un magnífico anfiteatro de montañas de un color rojo sangre, con manchas de arenisca purpúrea y amarilla. Seguimos un desfiladero, que fue ensanchándose hasta convertirse en una planicie que se alzaba como si pretendiese llegar a los picos de las lejanas montañas. Nos íbamos aproximando a un risco, y poco después pude contemplar, desde una pequeña altura, un gran valle desierto, de tal extensión que las montañas que los circundaban parecían tener la misma altura que los montículos de arena que forman los niños.

Sobre el valle flotaba una misteriosa niebla parduzca.

Ningún panorama hubiera podido causarme mayor impresión; ninguna alucinación producida por alguna bebida espirituosa sería comparable a la imponente magnificencia que se ofrecía a mis ojos. Las colinas que tenía a mi derecha mostraban un colorido que tendía a un rojo pomposo, y las de mi izquierda eran de un verde mate ahumado; bordeaban un mar de rutilante arena, sobre el cual las oleadas de calor se extendían por encima de una especie de bruma oscura y fantasmagórica.

¿Qué clase de niebla podría formarse en aquel ambiente extremadamente seco, bajo un sol abrasador que era incapaz de disolverla? Parecía algo mágico y maléfico.

En medio de aquella llanura, divisé dos oscuras torres destacando sobre la bruma.

Los trescientos hombres, agotados y sedientos, descendimos, como uno solo, por el desfiladero hacia aquellas torres, describiendo amplias espirales para sortear las titánicas rocas que entorpecían nuestro paso.

La bruma nos envolvió poco a poco, enturbiando el sol. Conforme avanzábamos por el valle se iba espesando, tomaba un color más oscuro y transmitía un extraño y penetrante aroma. Un perfume que parecía penetrar por la nariz hasta clavarse en el cerebro. Los almogávares miraban a un lado y a otro cada vez más nerviosos.

Fueron apareciendo más torres, como pálidas sombras entre la niebla, a lo lejos, y un gran arco adornado con las impresionantes figuras de dos toros alados. Cualquiera de los bloques de piedra que formaba aquel arco podría, por sí solo, ser el monumento de un gran conquistador. Ahora, los ciclópeos toros de piedra que acechaban desde sus dovelas parecían mirarnos con hostilidad, como a un ejército invasor.

El aroma de pura maldad que nos rodeaba era tan penetrante como aquel extraño perfume que nos traía la niebla.

El sol era apenas una mancha brillante y difusa en el cielo.

Vi cómo el explorador que marchaba delante regresaba a galope con el rostro demudado por el terror, detenía su caballo junto al de Joanot, y hablaba brevemente con él, aunque no pude escuchar nada de lo que decían.

La tensión empezaba a crecer a mi alrededor, y los almogávares, cansados y sedientos, murmuraban nerviosos.

Joanot tiró de las riendas de su montura y se acercó a mi carromato.

– Necesito que me acompañes -me dijo con voz lúgubre.

– ¿Qué sucede?

– ¿Es que tienes que preguntarlo todo? -exclamó furioso. Espoleó su montura, y desapareció entre la niebla.

El explorador que había hablado con Joanot me acercó un caballo, y me ayudó a montar en él. Su nombre era Jaume; era muy joven, y en sus ojos, que miraban huidizos y asustados a un lado y a otro, parecía haberse cristalizado alguna imagen horrorosa.

Cabalgamos tras Joanot, aunque era evidente que aquello era lo último que aquel joven almogávar hubiera deseado hacer.

– ¿Qué es lo que has visto? -quise saber.

El muchacho me miró brevemente con la vista perdida por el terror, y me dijo que estas tierras eran de Satanás, y que deberíamos dar media vuelta y abandonar rápidamente aquel lugar malsano.

Nos encontramos con Joanot unos pasos más adelante. Había detenido su caballo, y lo palmeaba en el cuello para tranquilizar al animal. Frente a él se alzaba un imponente ángulo de piedra, como la proa de un buque hundido. Era el resto de una muralla tan enorme que su mayor parte desaparecía entre los jirones de niebla.

Me preguntó sin mirarme, seguro de que yo estaría ahí.

– ¿Puedes explicar esta bruma, Ramón? ¿Y su olor? Jamás he olido nada parecido.

– Yo tampoco -admití.

Seguimos avanzando, lentamente. Aquel paredón daba acceso a una fantasmagórica ciudad en ruinas. Pero, ¿de qué ciudad se trataba? Según mis cálculos podía ser tanto Rages como Tabas, y en aquellas montañas que nos rodeaban podía situarse la puerta al país de los Jázaros; pero no podía afirmarlo con certeza.

Aquellas ruinas se descubrieron ante mis ojos tan súbitamente que no pude coordinar mis ideas y necesité algún tiempo para adaptar mi mente a aquel espectáculo. El aspecto de la ciudad parecía cambiar a cada instante, en cuanto apartabas la vista un momento de un rincón, de una pared, éstos parecían mudar y recuperar, por un instante, su antigua gloria. Quizás era un efecto del sol enturbiado por la niebla, pero era estremecedor. Las gigantescas columnas que me rodeaban eran repentinamente embellecidas por lívidos reflejos, con los espacios oscuros entre los muros que parecían haber sido cubiertos de nuevo por los tapices de los arquemeneos.

– ¿Dónde está eso de lo que me has hablado? -le preguntó Joanot al explorador.

– Unos pasos más adelante, Adalid, pero…

– Vamos.

Joanot espoleó su caballo y éste avanzó al trote. Le seguimos. Una de las torres que había visto a lo lejos, levantándose entre la niebla, apareció frente a nosotros. Nos acercamos al paso, lentamente, mientras absorbíamos el horror que se presentaba frente a nuestros atónitos ojos.

La torre estaba hecha con cabezas humanas.

Tenía una base de piedra en la que había sido tallada una inscripción en alguna lengua extraña; después un primer piso de rostros momificados por el sol y la sequedad del ambiente unidos con cemento de forma que sólo los torturados rostros sobresalían, las cuencas vacías, las bocas dilatadas en un último grito desgarrador. Sobre este primer círculo de rostros se asentaba un segundo, y sobre este un tercero, así hasta alcanzar la considerable altura que habíamos visto descollar de la niebla desde lejos.


Miles de rostros que miraban aterrorizados hacia fuera,

con sus cuencas vacías y un grito silencioso en todas

y en cada una de las bocas…


Había tantas cabezas humanas amontonadas en aquel lugar que resultaba imposible contarlas; miles de rostros que miraban aterrorizados hacia afuera, con sus cuencas vacías y un grito silencioso en todas y cada una de las bocas. Un grito que casi creí oír en aquel instante.

Algo que había estado agazapado tras la torre saltó en ese momento, y empezó a correr hacia uno de los edificios. Nuestros caballos, asustados, se encabritaron, y el mío a punto estuvo de hacerme caer al suelo. Pero Joanot logró recuperar rápidamente el control de su montura, y corrió en pos de la figura que huía.

Vi cómo le daba alcance antes de que se perdiera entre las callejuelas de la ciudad abandonada, y cómo derribaba al fugitivo con un golpe de su puño.

Jaume y yo nos acercamos. Joanot había descendido de su montura, y forcejeaba con un joven vestido con harapos cuyos ojos estaban desencajados por el más puro horror. El joven gritaba, gemía e imploraba misericordia en sarraïnesc.

Descendí de mi caballo y me acerqué al joven al que Joanot no había tenido dificultad en inmovilizar.

– ¡Piedad, piedad, oh nobles señores! ¡Soltadme! ¡No me toquéis! -decía mientras sus ojos saltaban de uno a otro de nosotros como esferas locas de cristal; su rostro estaba retorcido en una horrible mueca de pavor.

Mientras Joanot lo sujetaba, Jaume lo abofeteó violentamente un par de veces. El muchacho se derrumbó entonces en brazos de Joanot, pero pareció sentirse algo más calmado. El valenciano lo depositó entonces en el suelo y yo me senté en el polvo frente a él. Intenté transmitirle tranquilidad con mi voz mientras le decía que no pretendíamos hacerle mal alguno. No le conocíamos, y no teníamos nada contra él. Podía hablar con nosotros y contarnos los terribles acontecimientos que habían sucedido en aquel lugar.

El muchacho me miró como si me viera por primera vez. No contaría con más de dieciocho años. Sólo musitó una palabra: «piedad».

– ¿Era ésta tu ciudad? -le pregunté.

– Sí -susurró-. Rai…

– ¿Esta ciudad se llama Rai?

– Sí.

– ¿Qué ha pasado aquí?

– ¡Los demonios…! -dijo, con una expresión de su rostro tan intensa que Joanot y Jaume comprendieron lo que estaba diciendo a pesar de que hablaba en sarraïnesc.

– ¿A qué te refieres? -le pregunté-. ¿Has visto cosas sobrenaturales?

– Los demonios llegaron durante la noche -empezó a decir como en trance-… horribles, pequeños y oscuros… atacaron sin piedad y eran muchos, incontables… corriendo por las calles, sacando a las gentes de sus casas, degollando a niños y a mujeres… mataron a casi todo el mundo, y cortaron sus cabezas… las cabezas se amontonaban cubiertas por una nube de moscas… y el zumbido de las moscas… sólo unos pocos sobrevivimos, y fuimos atados unos a otros con tiras de cuero… los demonios nos llevaron con ellos al desierto… caminamos tras sus monturas, sin agua, con el cuero de las ligaduras cortando nuestras venas… caí y me levanté, una y otra vez… una y otra vez… y nos dirigimos hacia la torre de fuego… quemaba incluso en la distancia… los demonios arrojaron al fuego a aquellos de nosotros que parecían más débiles… me quitaron las correas… creían que estaba moribundo, pero sólo fingía… sólo fingía… corrí… escapé del demonio que me llevaba hacia el fuego… rodeé la torre de fuego… quemaba mi rostro y mis brazos… corrí… no miraba atrás… no sabía si me perseguían o no…

– ¿Escapaste de ellos?

Me miró, con una especie de triste orgullo.

– Sí, fui más listo que ellos. No pudieron cogerme…

– ¿Y qué hiciste?

– Regresé aquí, pero no quedaba nada vivo ya… sólo bandadas de cuervos que planeaban sobre esas horribles torres, y que se estaban dando un festín con los ojos… Un día, incluso los cuervos se marcharon, y quedé solo.

Apoyé una mano sobre su hombro, para tranquilizarlo, y traduje el relato de aquel desdichado a Joanot. Luego le pregunté por su nombre, y él me dijo que era Alí Ahmed.

– Ya no estás solo, Ahmed -le dije.


4

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Ahmed fue de gran ayuda para nosotros, pues nos indicó el lugar donde estaba el único pozo potable que quedaba en toda la ciudad. El resto había sido emponzoñado por aquellos demonios que habían arrojado camellos y ovejas muertas a su interior.


Con nuestras reservas de agua repletas, abandonamos aquella ciudad maldita y seguimos nuestro camino a través del desierto, cegados por aquella niebla oscura y maléfica; por lo que Joanot había dado orden de que nadie se separase mucho de sus camaradas y de que nadie se rezagase y durmiera solo en el camino, pues aquel paisaje de cambiantes dunas de arena hacía imposible toda orientación. Yo apenas lograba calcular aproximadamente nuestra posición por el lugar que ocupaba en el cielo el enturbiado resplandor del sol, por lo que debía ayudarme de un extraordinario artefacto proveniente también del remoto Oriente. Se trata de un imán cubierto de pequeñas asperezas rojizas, que atrae al hierro y se une a él, por eso es llamado vulgarmente «piedra que aspira el hierro»; pues bien, cuando se frota con el imán una pequeña aguja de hierro, ésta recibe la asombrosa propiedad de señalar el norte. Si se coloca esta punta sobre un pedazo de caña que flota sobre el agua, gira rápidamente para indicar dónde está el norte, la estrella polar; que era invisible en aquellas turbias noches.

En la oscuridad de esas terribles noches escuchábamos las voces de los demonios que llamaban a los hombres por sus nombres; de modo que algunos almogávares, pensando que alguien conocido les llamaba por estar en apuros, se alejaba del grupo a pesar de las órdenes de Joanot, y se perdía irremisiblemente. En otras ocasiones se escuchaba el sonido de instrumentos musicales, y de tambores.

Joanot me preguntó en una ocasión si entendía toda aquella magia.

– Hay una gran diferencia de calor entre el día y la noche en este desierto -le expliqué-. Las piedras se llenan de la esencia del calor, y gimen durante la noche mientras se enfrían. En el silencio y la oscuridad de la noche los hombres creen oír voces en el gemido de las rocas. Fíjate en toda esa arena; ¿de dónde crees que proviene?

– ¿Tú lo sabes? -Se encogió de hombros.

– Las rocas torturadas por el calor del día y el intenso frío de la noche, acaban por deshacerse en minúsculos granos de arena.

– ¿Siempre buscas una razón a todo? -me preguntó extrañado.

– Dios es la primera razón de todas las cosas -le aseguré-; pero se sirve de los mecanismos de la naturaleza para ejecutar sus obras. Dios es inmenso e impenetrable, pero los hombres podemos estudiar sus obras, más cercanas a nuestra naturaleza.

Alí Ahmed viajaba conmigo, en mi carromato. Su expresión y limpia mirada me recordaban intensamente a un joven musulmán que adquirí en el mercado de esclavos y que durante nueve años compartió casa conmigo, enseñándome su idioma y sus costumbres. Llegué a trabar una buena amistad con aquel hombre al que pronto consideré como un hijo más, aunque a menudo nuestras horas de estudios desembocaban en violentas discusiones religiosas, pues yo pretendía demostrarle, ensayando así los argumentos y razonamientos que alguna vez pensaba llevar a las tierras de sus correligionarios, los errores y falsedades de su fe.

En una ocasión, a altas horas de la noche, empezó una disputa entre nosotros que terminó cuando él me atacó con un cuchillo, hiriéndome en el brazo. Apenas vio correr la sangre, soltó asustado su arma y corrió a esconderse. Le denuncié a los alguaciles y esa misma noche fue encontrado y encerrado en una mazmorra.

A la mañana siguiente desperté con mi furia completamente diluida. Observé mi improvisado vendaje con una sonrisa conmiserativa y, tras vestirme y desayunar, me dirigí a la prisión para rescatar de ella a mi díscolo e impetuoso amigo.

Me entregaron su cuerpo.

Se había ahorcado esa misma noche, en la soledad de su celda, ante el temor de ser torturado y ajusticiado por las palabras que me había dicho en contra de nuestra fe.

Un día se disipó un poco la niebla y pudimos ver, brevemente, el sol por vez primera en muchas jornadas; era un sol vaporoso y grisáceo, que nos contemplaba como pudiera hacerlo un tigre enjaulado, pero que nos llenó de esperanza de que pronto terminara aquel desierto embrujado.

Estábamos acampando, a la caída de aquel día, cuando aparecieron, aparentemente salidos de la nada, cinco jinetes pequeños y oscuros, cabalgando unas monturas igualmente oscuras y diminutas, como caballos enanos, nerviosos y de patas muy cortas.

Al verlos, Alí Ahmed, palideció y su ánimo se descompuso. Vi cómo el terror controlaba nuevamente su cuerpo, y le llevaba a un estado lastimoso, cómo balbuceando como un niño asustado, corría a guarecerse en el interior de mi carromato.

Los cinco jinetes, avanzaron tranquilamente hasta nosotros, sin demostrar ningún temor ni preocupación, a pesar de nuestro elevado número y de ser ellos sólo cinco. Miré a lo lejos, tanto como pude, sospechando que si tal era su tranquilidad, eso significaba que podían haber muchos más de aquellos hombrecillos ocultos entre la bruma, esperando una señal de aquéllos para caer contra nosotros. Algunos almogávares tomaron sus armas nerviosos, y se interpusieron entre aquellos hombrecillos y Joanot de Curial; pero éste les ordenó que se apartaran. Sin inmutarse los cinco guerreros oscuros se plantaron frente a nuestro estandarte, no muy lejos del cual estábamos Joanot de Curial y yo. Los cinco vestían una especie de cota de malla de algún metal negro, y llevaban un casco que parecía hecho de cuero y latón y forrado de piel de oveja, que les cubría casi completamente los ojos. Lo poco que podía verse de su piel estaba tan sucia y cubierta de pelo que casi parecía negra, y unos mostachos negros y aceitosos se derramaban como babosas sobre sus labios marrones.

Sus pequeños caballos también estaban protegidos por una coraza de cuero entretejido con latón, que al parecer era muy ligera pues no impedía los movimientos rápidos y nerviosos del animal. Una horrible testera de cuero y huesos cubría casi completamente las cabezas de los caballos, en medio de las cuales brillaban unos ojillos malignos. Dos aljabas situadas a la grupa contenían flechas largas y cortas. Los guerreros llevaban un arco corto y sinuoso como una serpiente a la espalda, y de sus sillas de montar colgaban racimos de cráneos humanos, tan pequeños que debían de haber pertenecido a niños. Los cinco se habían parado en torno a nuestra Señera y la miraban con expresión entre divertida e interesada, y susurraban comentarios entre ellos como si los trescientos hombres que les rodeaban, cada vez más enfurecidos, no existieran en absoluto.

Quizá temiendo que los almogávares no iban a aguantar aquello durante mucho tiempo más, Joanot se adelantó y saludó a los cinco elevando su mano derecha a modo de bienvenida.

– Hombres de estas tierras -dijo Joanot de Curial-; venid en paz con nosotros, y aceptad nuestra comida y nuestra hospitalidad.

Ante las palabras de Joanot, los cinco dejaron de susurrar entre ellos en su extraña lengua gutural, y uno de ellos avanzó lentamente hacia el valenciano. Caminó hacia él con la misma naturalidad que hubiera empleado un hombre que usara sus piernas para desplazarse. Fue muy extraño, como si aquel hombre y su montura estuvieran unidos mentalmente, y los pensamientos de uno activaran las patas de la otra. Sentí, durante un instante, que me encontraba ante algún tipo de criatura sobrenatural, semejante en esencia a un centauro. ¿O eran aquéllos los míticos habitantes de las tierras de Gog y Magog, en cuyo territorio sin duda habíamos penetrado muchas jornadas atrás; de los que se decía que no tenían más de veintisiete pulgadas de altura, la cara redonda, y se les suponía cubiertos de vello y portadores de grandes orejas redondas y colgantes?

Pero nada de esto era cierto; aquellos hombres, aunque de pequeña estatura, sin duda debían de medir más de veintisiete pulgadas; y si bien sus rostros parecían cubiertos de pelo con excepción de pequeñas zonas alrededor de los ojos, nariz y boca, yo había visto a occidentales tan hirsutos como ellos.

Sólo son tártaros montados a caballo, me aseguré.

El hombrecillo le dijo algo a Joanot, con una voz de tono alto y desafiante. Pero no pudimos entender ni una sola de sus palabras. Volvió a repetir lo dicho, con una entonación incluso más desafiante e insolente si esto era posible. Su voz era gutural, y la lengua que hablaba era muy extraña y la pronunciaba con mucha rapidez. Comprendí que aquel tártaro se estaba enfureciendo ante la incapacidad de Joanot de entender lo que le decía, y me adelanté hacia ellos, y le dije en sarraïnesc:

– Sed bienvenidos, dueños de estas tierras. Aceptad nuestra comida y nuestra hospitalidad.

Entonces el tártaro elevó su mirada hacia mí, y me observó con aquellos ojos brillantes, medio ocultos por el casco. Siempre caminando con su caballo que parecía una prolongación de su persona, sorteó a Joanot y se acercó hasta mí.

Un collar de orejas humanas adornaba su cota de malla.

– Puedo entender tus palabras -me dijo arrastrando penosamente las sílabas en sarraïnesc-, pero tú no pareces turco.

– No lo soy -repliqué rápidamente-. Somos viajeros, hijos de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo. Atravesamos estas tierras en paz.

El tártaro ladeó la cabeza, tal y como haría un perro extrañado, y me contempló con detenimiento antes de continuar hablando:

– ¿Qué buscáis aquí?

– Somos comerciantes en camino hacia Oriente. No os molestaremos con nuestro paso. Permaneceremos esta noche aquí acampados, y partiremos al alba.

– Esos no son comerciantes -dijo el tártaro señalando con un dedo acusador hacia los almogávares-. Son guerreros; y aquí ocultáis a un esclavo de nuestra propiedad. Ese hombre nos pertenece, y al protegerle nos desafiáis de forma intolerable.

Tragué saliva, y vi que Joanot me hacía gestos impacientes. No entendía una palabra de nuestra conversación. Traduje, y su impaciencia se transformó en preocupación.

– Dile que eso no es cierto -dijo Joanot-, que aquí no hay ningún esclavo.

Así lo hice, sabiendo de antemano que no iba a servir de nada, pues el tártaro parecía estar muy seguro de sus palabras. Me escuchó con una sonrisa maligna en sus labios, y se volvió brevemente hacia los otros cuatro tártaros que seguían esperando junto a la Señera. Después, él y su montura avanzaron hacia mi carromato y con su espada levantó la lona descubriendo al pobre Ahmed. Éste gritó aterrorizado y los cinco tártaros rieron como niños tras hacer una travesura.

El musulmán saltó del carromato y se escabulló entre las patas de las acémilas, intentando huir, pero los tártaros le cerraron el paso, rodeándolo sin dejar de reír. Al ver esto, los almogávares tomaron decididamente sus armas, y avanzaron resueltos hacia los cinco tártaros. Me puse frente a ellos, y abrí los brazos implorándoles que se detuvieran. Ricard de Ca n' y Sausi Crisanislao, también tomaron posiciones.

Pero eran sólo cinco hombres diminutos montados en caballos no menos insignificantes. Aquello empezaba a tomar un aspecto entre ridículo y peligroso.

– Joanot -grité, sin apartarme-, estos hombres no pueden haber venido solos.

– Es posible -me respondió el valenciano con voz tranquila-, pero, ¿qué podemos hacer? No podemos permitirles entrar en nuestro campamento y llevarse a ese hombre.

– Tan sólo pretenden provocarnos -razoné.

– Pues, amigo mío, lo están haciendo maravillosamente.

Me introduje en el círculo que formaban los tártaros rodeando al tembloroso Ahmed, y me dirigí a ellos en sarraïnesc:

– Podemos pagaros por este hombre. Nos es de utilidad.

– No es de vuestra propiedad -me replicó el del collar de orejas, quizás era el único capaz de hablar sarraïnesc-. Al esconderlo nos insultáis.

– No, no, no -dije rápidamente-, no queremos insultaros, tan sólo hemos sido hospitalarios con este hombre. Para vosotros no significa nada. Os daremos oro.

Uno de los tártaros cogió a Ahmed por el pescuezo, y con un movimiento rápido y violento lo subió al lomo de su caballo, dejándolo tumbado boca abajo. El musulmán no intentó zafarse; tenía los ojos cerrados, apretados con fuerza, y le rezaba a Alá sin descanso. Me pregunté cuánto iban a aguantar los almogávares sin reaccionar.

– No queremos vuestro oro -dijo el tártaro escurriendo las palabras entre sus dientes amarillentos-. No de momento. Nos vamos.

Era evidente que los almogávares no les iban a dejar marchar.

– ¡Esperad! -dije desesperado. La imagen de un joven moro, colgando de la cuerda de su cinturón en una celda, se me presentó en ese preciso instante-. Permitidme acompañaros y negociar la compra de este esclavo directamente con vuestro caudillo.

La expresión de los tártaros cambió; me miraron interesados.

– ¿Qué sucede? -preguntó Joanot, mirando consecutivamente a los tártaros y a mí-. ¿Qué estás negociando ahora?

– Les he propuesto ir yo en lugar de Ahmed.

El valenciano enrojeció de ira. Me preguntó si me había vuelto loco, y afirmó que no iba a consentir semejante cosa.

Yo le respondí rápidamente en catalán; le dije que ésta era una buena oportunidad para aprender algo sobre esos hombres, que no eran cristianos, ni musulmanes.

No sabíamos nada sobre su vida o sus costumbres, ni teníamos experiencia alguna en su trato.

– No permitiré que te pongas en peligro para salvar a un turco. ¡Que se lo lleven!

– No -le repliqué-; tenías razón, no podemos darles esa ventaja, pero si les acompaño voluntariamente la ventaja será nuestra.

– No te arriesgarás de esa forma.

– Por Dios, Joanot, soy un anciano; ¿por qué iban a querer causarme algún mal?

Mientras hablábamos, yo no dejaba de mirar a los tártaros, y de mantener una sonrisa de tranquilidad en mi rostro.

– De acuerdo -dijo el tártaro que hablaba sarraïnesc-; vendrás también con nosotros. ¿Eres capaz de montar un caballo?

– No, no -le aclaré rápidamente-, no lo has entendido. Yo iré en lugar de vuestro esclavo, y negociaré su precio con tu jefe.

Entonces el tártaro me dijo que ambos le acompañaríamos hasta su ciudad.

– Si logras comprar al esclavo, podréis regresar juntos. ¡Basta de hablar!

Se lo expliqué a Joanot.

– No se saldrán con la suya -dijo el valenciano con las mandíbulas apretadas-. Mis arqueros los tienen a tiro, a los cinco; un gesto mío, y están todos muertos.

Intentando ocultar mi nerviosismo a los tártaros, le rogué a Joanot que no hiciera tal cosa, que estábamos en su tierra y que debíamos saber más de ellos antes de provocar un enfrentamiento. Esto pareció convencer de momento a Joanot. Pero al cabo de un instante dijo:

– De acuerdo, pero Sausi te acompañará.

Sin esperar a recibir la orden, Sausi Crisanislao montó en un caballo, tomó a otro por las riendas, y se acercó al grupo que formábamos los tártaros y yo mismo.

– Monta en éste, Ramón -me dijo.

Así lo hice.

Uno de los tártaros le gritó algo a Sausi en su incomprensible lengua. El búlgaro lo ignoró y el tártaro se colocó frente a él, interceptando su paso.

Pregunté al tártaro que hablaba sarraïnesc cuál era el problema.

– El guerrero no viene -dijo-. Sólo tú y el esclavo.

Sausi intentó esquivar al tártaro que tenía frente a él, y acercarse de nuevo a mí, pero éste, haciendo gala una vez más de un perfecto dominio de su montura, se colocó una y otra vez frente a él. Hastiado de aquel juego, Sausi descargó una patada contra el tártaro y su pequeño caballo, y a punto estuvo de derribarlos a ambos. Inmediatamente el hombrecillo se revolvió contra Sausi, y sacando una corta espada curva, intentó golpear con ella al búlgaro. Demasiado lento, el gigantesco Sausi lo sujetó por la muñeca, y lo hizo caer del caballo sin ninguna dificultad.

El tártaro se levantó rápidamente del polvo, y atacó a Sausi con su espada mientras lanzaba un horrible aullido. El búlgaro lo detuvo con una nueva patada, esta vez en el centro del pecho del hombre, que hizo caer al tártaro de espaldas.

Los otros cuatro tártaros observaban la escena con interés y expresión divertida.

Sausi desmontó, y se acercó a pie al hombrecillo que empezaba a levantarse de nuevo. No tuvo la oportunidad de hacerlo; el búlgaro le propinó un puñetazo en pleno rostro que lo lanzó rodando hacia atrás. Sausi llevaba puestos sus guanteletes de hierro, y cuando el tártaro levantó la cabeza del polvo, todos vimos cómo sangraba abundantemente por nariz y boca. El hombrecillo realizó un titánico esfuerzo por levantarse nuevamente, pero se derrumbó inconsciente de bruces en el polvo.

Uno de los tártaros había sujetado las bridas del caballo del caído, y se acercó a su compañero desvanecido. Desmontó, y con tranquilidad pasó frente a Sausi, levantó al tártaro del suelo, y lo subió a la montura. El hombre estaba medio inconsciente, pero se sujetó como pudo al cuello del animal. La sangre que manaba abundante de su nariz manchó la coraza de cuero y latón del animal.

El tártaro que hablaba sarraïnesc se había acercado a mi costado mientras todos permanecíamos atentos a la pelea, sacó su espada curva, y la apoyó en mis costillas.

– Tú vienes solo -me dijo-. Ordénale a tu compañero que se aparte y que nos deje pasar, o ahora mismo mueres.

Traduje sus palabras y Joanot ordenó a Sausi que se hiciera a un lado, lo que hizo el búlgaro a regañadientes. Sausi respiraba profundamente y tenía el rostro encendido, parecía sonreír, pero yo había aprendido que aquella mueca suya que mostraba los dientes nunca era una sonrisa.

Los cinco tártaros, el aterrorizado turco y yo, cruzamos frente a los impotentes almogávares y nos dirigimos hacia la niebla. Mis ojos se encontraron durante un breve instante con los de Joanot, y pude captar la mirada de furia contenida de éste. Yo no tenía ninguna duda de que si Joanot ordenaba atacar a sus catalanes, mi fin se iba a producir en ese mismo instante; pero era evidente que Joanot era consciente de eso mismo, y que de momento no iba a emprender ninguna acción contra los tártaros.

Nos alejamos al galope del campamento almogávar. Ya era noche cerrada y la tenue luminosidad de la luna apenas podía atravesar la niebla que nos envolvía.

Mientras cabalgábamos los tártaros permanecieron en silencio y yo sólo escuchaba, además del sonido de los cascos de los animales, el intermitente gemido y los rezos mahometanos de Ahmed, que tumbado sobre su vientre, en la grupa de uno de los pequeños caballos tártaros, debía de sentirse incómodo, dolorido y lleno de terror.

Una creciente y extraña luminosidad rojiza fue formándose frente a nosotros, enturbiada por los velos de niebla que se interponían en nuestro camino. Ante esta visión, los tártaros apresuraron el paso, y el turco empezó a llorar y a gritar con un temor creciente. Yo empezaba a sentirme tan aterrorizado como él, aunque ignoraba la naturaleza de aquella luz roja. Comprobé que mientras nos acercábamos a ella, la niebla se volvía más espesa, y su olor más penetrante. Un extraño y horroroso rugido, como el que proferiría alguna bestia maligna, nos llegaba precisamente de la dirección de aquel resplandor rojo. Mientras avanzábamos, el rugido aumentaba y se tornaba más ominoso.

Finalmente se descubrió ante nosotros una impresionante columna de fuego que parecía elevarse hasta tocar el cielo. Las llamas rojas se retorcían en enormes burbujas flamígeras que ascendían hacia lo alto filtrando un espeso humo negro. Aquel fuego parecía algo dotado de vida y entendimiento maléfico que ejecutara una obscena danza ante nosotros. Podía sentir el calor sofocante en pleno rostro y mis ropas eran agitadas por la presión que aquellos borbotones llameantes ejercían en el aire que lo circundaba. El horrible rugido, como de bestia enloquecida, también provenía de aquellas feroces llamas, recordándome las palabras del Apocalipsis que acudieron entonces a mi mente:

«…Y vi una estrella que caía del cielo sobre la tierra y le fue dada la llave del pozo del abismo; y abrió el pozo del abismo, y subió del pozo humo, como el humo de un gran horno, y se oscureció el sol y el aire a causa del humo del pozo…».

Los tártaros descabalgaron con lentitud casi ceremoniosa, sin apartar sus ojos de aquel fuego maléfico, y en aquel momento tuve la seguridad de que aquellas llamas señalaban la entrada del infierno y de que aquellos hombrecillos oscuros eran fieles servidores de Satán, príncipe de los demonios.

Descendí a mi vez de mi montura, y di un par de cautelosos pasos hacia delante. La columna de fuego estaba rodeada por una especie de pantano de un líquido negro y brillante que empapaba las arenas del desierto tiñéndolas de un color oscuro. Las llamas se reflejaban en la superficie de aquel líquido, surcándolo como si se tratara de espíritus animados. No parecía agua, y el penetrante olor que emanaba del líquido negro era el mismo que llevaba consigo la niebla que nos había envuelto durante tantas jornadas. Me acerqué al borde de aquella ciénaga y toqué su superficie con la mano. Era una especie de aceite muy viscoso que se quedó pegado a la yema de mis dedos. Acerqué mis dedos a mi rostro y olí aquella mixtura. Sí, era el mismo olor de la niebla, y aquel humo negro y espeso que surgía de las llamas podría muy bien haber formado la bruma. Desde luego debían de haber muchos más lagos ardientes como aquél para justificar la enorme extensión de terreno oscurecida por aquel humo, pero no dudaba ya de su origen.

¿Por qué no ardía todo el lago negro? Era evidente que las llamas surgían sólo del centro, y que el resto apenas era incendiado brevemente por efímeras llamaradas que se extinguían rápidamente. La respuesta parecía ser que el aceite que rodeaba el centro empapaba la arena del desierto, y no poseía la suficiente substancia como para formar una columna de fuego como la que ocupaba el centro del lago. Eso podría significar que allí la profundidad del líquido era mucho mayor, y que si había ardido durante días sin extinguirse, debía de ser continuamente alimentada por más aceite que debía surgir de las profundidades de la tierra.

¡Una fuente de aceite que nacía de la tierra y que era capaz de arder sin descanso! Quizás allí estaba el origen del componente principal del fuego griego.

Estaba tan maravillado por aquel descubrimiento que no advertí cómo los tártaros se acercaban por mi espalda, arrastrando al desdichado turco. Sus gemidos me hicieron volverme al fin, y me vi enfrentado a ellos. A la luz cambiante de aquellas llamas, sus pequeños rostros tenían un aspecto verdaderamente maléfico.

Ahmed lloraba al borde de la locura, sujeto por dos de aquellos hombrecillos oscuros. Extendió sus manos implorantes hacia mí, pero no llegó a pronunciar ni una palabra más. Uno de los tártaros llevaba su espada desenvainada, se acercó al turco y la clavó profundamente en su vientre, tajó hacia arriba y hacia la derecha con estremecedora calma y precisión, y los intestinos del desdichado Ahmed se derramaron sobre la arena con un sonido húmedo y viscoso.

Yo quedé petrificado en mi posición, incapaz de moverme o hablar, paralizado por la sorpresa y el horror. Los ojos de Ahmed seguían fijos en los míos, y su boca se cerró y abrió varias veces seguidas sin emitir sonido alguno. Era como la boca de un pez en una playa que buscara desesperadamente respirar en un medio en el que ya le era imposible hacerlo.

Los tártaros arrastraron a Ahmed por los hombros en dirección al lago de aceite. Sus tripas se desenredaron por el suelo, contaminándose de arena y piedrecitas, dejando un rastro sanguinolento. Al llegar al borde, los tártaros, entre risas, balancearon un par de veces al turco, y lo arrojaron dentro del líquido negro y viscoso.

Contemplé impotente cómo Ahmed, aún con vida, se hundía en él. Los tártaros se acercaron entonces a mí, y tuve la seguridad de que mi momento había llegado.

Pero no fue así. Los hombrecillos me empujaron hacia el lugar donde estaban los caballos. Tomado por sorpresa caí de espaldas en una postura bastante indigna, lo que arrancó un nuevo coro de risas de aquellos bárbaros. Uno de ellos me dio una patada y me gritó algo en su lengua. El que hablaba sarraïnesc me tradujo:

– Ponte en pie. Nos vamos.

No nos alejamos mucho de aquel horrible lugar, aunque el estado de horror y confusión en el que estaba sumida mi mente me impedía calcular cuánto habíamos cabalgado en la oscuridad, iluminados por aquel resplandor infernal a nuestra espalda. Cuando al fin nos detuvimos, la columna de fuego seguía siendo claramente visible, pero su calor y rugido ya no eran insoportables.

Los tártaros establecieron un rápido campamento en aquel lugar. Encendieron un fuego en el centro, y lanzaron sobre él algunas tajadas de carne seca para que se asara. Uno de ellos, el que había recibido la paliza a manos de Sausi, regresó de su montura con una especie de odre hecho con la piel de algún pequeño animal, quizás un perro. Bebió un largo trago de su contenido, y pasó el odre al siguiente tártaro sentado alrededor del fuego. Todos iban bebiendo, y pasándose el cada vez más deshinchado pellejo, y a cada trago su euforia y salvajes risas aumentaba. En un momento dado, el que hablaba sarraïnesc, tomó el odre y se acercó a mí riendo y babeando como un imbécil.

– ¡Bebe! -me ordenó tendiéndome el cuero-. Es ayrag [25], muy bueno.

Intenté rehusar, pero aquel salvaje me derribó de espaldas contra el suelo, y derramó aquel apestoso líquido sobre mi cara. Se inclinó sobre mí, y con sus dedos grasientos me obligó a abrir la boca y a tragar algo de aquel brebaje. Sabía a leche agria y estuve a punto de vomitar.

Empecé a toser violentamente y el líquido escapó por mi nariz.

El tártaro se puso en pie, dijo algo en su extraña lengua, y me dio una patada en las costillas que me hizo doblarme de dolor. Derramó un poco más de aquel licor sobre mi rostro, y regresó junto a sus compañeros para seguir emborrachándose.

Aquello duró varias horas, al final de las cuales los cinco hombres estaban completamente borrachos y adormilados. Parecían haberse olvidado de mí y consideré la posibilidad de escapar. Pero, ¿adónde podría ir en medio de aquella oscuridad embozada por la niebla? Mi único punto de referencia era la columna de fuego infernal que bramaba a lo lejos, y sabía que si escapaba, aquellas llamas me atraerían como la luz de una vela atrae a una polilla. Y que allí acudirían ellos a buscarme, y quizás a darme el mismo final que le habían dado al desdichado de Ahmed.

No me sentía con fuerzas para intentar aquella aventura, y permanecí inmóvil donde estaba, acurrucado sobre mis viejas y doloridas piernas, demasiado aterrorizado para pensar siquiera en dormir a pesar del agotamiento que entumecía mi cuerpo.

Pero aquella noche no había terminado y me tenía reservado un nuevo horror.

Uno de los tártaros, el más corpulento, despertó bruscamente de su sueño ebrio y miró alrededor con ojos salvajes y llameantes. Su mirada se fijó durante un instante en uno de sus compañeros, que roncaba plácidamente, boca arriba, al otro lado de los rescoldos de la hoguera. Silencioso, gateó hacia él rodeando las brasas. Con una mano le dio la vuelta, situándolo de bruces al suelo, con la espalda mirando al cielo. El tártaro dormido despertó cuando el corpulento la bajó sus extraños pantalones de cuero. Intentó volverse, y empezó a protestar en su lengua, pero el corpulento le propinó un puñetazo en el rostro que a punto estuvo de devolverle al mundo de los sueños del que acababa de salir. Y entonces sucedió algo tan horroroso que incluso ahora mi mente se estremece al recordarlo. El corpulento se desnudó, mostrando su cuerpo musculoso y completamente cubierto de pelo negro ante mis aterrorizados ojos. Sentí deseos de gritar de puro terror ante aquella visión; aquello no podía ser una criatura de Dios, sino un engendro del diablo. Extrajo su enorme y peludo miembro viril y, a la manera de los antiguos sodomitas, penetró una y otra vez a su desdichado compañero que gemía débilmente ante sus embates. Ante mis horrorizados ojos, aquellos dos seres inhumanos se enzarzaron en una danza diabólica, sincronizando sus cuerpos y sus gemidos, con el resplandor de las ascuas de la hoguera silueteando sus figuras.

En aquel momento deseé gritar a Dios, con todas las fuerzas de mis pulmones, que abriera los cielos y descargara su castigo sobre aquellos seres infernales, pero permanecí atónito, mirando hipnotizado cómo se ejecutaba aquella aberración. Finalmente, los dos seres detuvieron sus movimientos, y se durmieron el uno junto al otro.

¿Qué eran? No podían ser humanos. Yo había oído hablar de tártaros blancos y tártaros amarillos; ¿era ésta una nueva raza, o se trataba más bien de los inhumanos monstruos que habitaban las tierras del Gog y Magog?

Esa noche estuvo llena de horror y sueños febriles que asaltaron mi conciencia entumecida. Mis antiguos fantasmas se mezclaron aquella fatídica noche con los horribles monstruos recién conocidos.

Y en medio de tanto horror, soñé con mi Amada, hermosa como la noche, cubierta con un velo mientras se dirigía hacia la catedral acompañada de sus damas de compañía.

Yo amé a esa mujer con todas mis fuerzas. Mi amor por ella era un recuerdo mucho más sólido y certero que el recuerdo de mi esposa o mis hijos. Pero mi Amada era una mujer casada, y era virtuosa. Siempre rechazó mis insinuaciones y ofrecimientos.

En mi sueño, mi Amada se giró y me vio. Apretó el paso, y atravesó las puertas de la catedral. Yo no me detuve por esto; la seguí, entrando a galope tras ella en el santo lugar. Fui detenido por un grupo de indignados y furiosos fieles que me empujaron afuera golpeando a mi caballo con sus bastones, mientras mi Amada lloraba avergonzada rodeada por las miradas y las murmuraciones de sus vecinos.

Regresé a mi casa y me encerré en mi habitación. Extendí sobre mi escritorio papel, y afilé una pluma. Mi mente estaba ocupada por una única idea; iba a escribir el más hermoso de los poemas de amor, una composición tan perfecta que ella, al leerla, no podría más que caer rendida a mis pies.

Apenas llevaba unas estrofas cuando fui interrumpido por uno de mis criados. Traía una nota de la dama. Le hice salir, y desdoblé la nota mientras mi corazón latía desbocado. La leí lentamente, una y otra vez, saboreando cada palabra escrita por ella:

«Debemos vernos esta misma noche, Ramón -decía-. Has vencido».

Esa noche salté la valla de su casa como un ladrón. Me sentía fuerte y poderoso; tenía treinta arios y el deseo había dotado de una fuerza extraordinaria a mis músculos. Sentía que ya nada podía detenerme, me veía arrastrado por una sensación de euforia y de triunfo casi animal. Si en ese momento me hubiera encontrado con su marido, lo hubiera despachado de una cuchillada, y hubiera seguido, inmutable, hacia delante.

Ella había señalado su habitación con un candil encendido. Trepé por una enredadera hasta la ventana, y me introduje en su alcoba. Ella me esperaba junto a la cama, cubierta tan sólo por un sutil camisón. El corazón latía feroz en mis sienes.

– Aquí estoy -le dije-. No puedes imaginar cuántas veces he soñado con vivir este momento.

– Lo sé -respondió ella-; acerca esa luz, ¿quieres, Ramón?

Tomé el candil, y lo acerqué a su rostro. ¡Dios, qué hermosa era!

– Te amo -murmuré con el deseo estrangulando mi voz.

Ella desabrochó su camisón, y empezó a bajarlo por sus hombros. Yo no podía apartar mis ojos de los suyos.

– Mírame bien, Ramón… -dijo-. Mírame bien.

Yo sonreí lascivo. Mis ojos descendieron por su rostro perfecto, sus labios, su delgado y hermoso cuello; hasta sus pechos…

Sus pechos…

Retrocedí horrorizado, la luz casi escapó de mis manos.

– ¡Dios! -exclamé. Su pecho izquierdo era apenas un despojo consumido por el cáncer. Era como una flor reseca y marchita aplastada entre las páginas de un libro. El tejido negro, corrupto, se extendía destructor hasta su axila. Quizá no le quedaban muchos meses de vida. Sentí pena por ella y por mí. Todo giraba a mi alrededor.

– ¡Fíjate, Ramón -exclamó entre sollozos-, en la vileza de este cuerpo por el que estabas dispuesto a condenarte!

Desperté en medio de un grito, empapado por un ácido sudor helado.

Los gog dormían a mi alrededor, roncando como puercos. A lo lejos aquel fuego infernal seguía ardiendo. Pensé en el cuerpo del pobre Ahmed consumiéndose lentamente en aquel aceite ardiente. Todo había acabado para él; dolorosamente, con horror; pero quizás había sido más afortunado que yo.

Saludé al nuevo día como a un resplandor divino que tuviera el poder de limpiar mi alma y mis ojos de todo cuanto había contemplado.

Pero, pobre de mí, aquellos nauseabundos horrores no habían hecho más que empezar, el futuro me deparaba cosas mucho peores.


5

<p>5</p>

A la hora prima levantamos el campamento, y seguimos nuestro camino hacia el Levante. Al cabo de unas horas, la humedad empezó a reverdecer el suelo y supuse que andábamos cerca de un oasis, cuando alcanzamos la ciudad de los gog.

Era una enorme ciudad nómada, con más de quinientas tiendas de fieltro negro a las que los tártaros llamaban yurtas. Todas estaban dispuestas de la misma manera, con las entradas de las tiendas orientadas hacia el mediodía, tensadas con cuerdas, y rodeadas de campos y riachuelos, sin ninguna empalizada que las protegiera.

Muchos gog, machos y hembras, deambulaban entre las tiendas ocupándose de sus faenas, ajenos a nuestra presencia. Las hembras vestían con paños de colores claros y sus cuerpos debían de estar tan cubiertos de pelo como el de los machos; ascendía por sus cuellos hasta enmarcar el óvalo de sus rostros oscuros, y descendía por sus piernas hasta los tobillos. Rostro, manos y pies parecían casi completamente desprovistos de pelo negro y tenían unos rasgos simiescos. Eran incluso más menudas que los machos, pero cabalgaban sus pequeños caballos con la misma habilidad, y parecían ocuparse del cuidado de los rebaños de ovejas y camellos que pastaban tranquilamente entre las yurtas. Vi cómo las hembras también limpiaban y curtían las pieles de perros y ovejas, extendiéndolas al sol en unos bastidores de madera, y cómo preparaban el fieltro con pelo, leche y grasa de animales. Los machos fabricaban flechas y arcos y templaban el acero en pequeñas hogueras encendidas aquí y allá.

La primera sensación que me produjo aquella ciudad-campamento era la de un inmenso hormiguero con todos sus miembros atrapados por una febril actividad. Ni uno de ellos levantó la cabeza a nuestro paso, ni apartó la mirada de lo que estaba haciendo; ni siquiera las jaurías de cachorros sucios y andrajosos, que correteaban como pequeños simios, saltando con habilidad los riachuelos entre las yurtas. Aquel comportamiento subrayaba el carácter inhumano de aquellos seres, pues es bien sabido que la curiosidad es la primera característica de toda criatura humana. Cruzamos como espectros ante aquellos seres laboriosos pero de miradas vacías y nos encaminamos hacia el centro de la ciudad donde se asentaban las yurtas de la nobleza.

El olor de aquel lugar era nauseabundo; un penetrante hedor a cuero mal curtido, sebo y putrefacción. Y aumentaba conforme nos íbamos internando en los círculos centrales de tiendas. Entonces vi una gran jaula de hierro a mi derecha, y sentí que gran parte del olor a corrupción provenía de aquel lugar. Un grupo de perros negros y feroces ladraban y se peleaban en el mismo borde de la jaula.

Me acerqué con precaución a ella, y mis guardianes no trataron de impedírmelo.

En el interior de la jaula, hacinados como alimañas, al menos un centenar de hombres extendieron sus manos implorantes hacia mí suplicándome ayuda. Aquellos desdichados se mantenían de pie en un espacio diminuto, apretados unos contra otros, levantándose y resbalando sobre los cadáveres putrefactos de sus compañeros que habían ido muriendo incapaces de resistir aquel horroroso tormento. Los perros introducían sus hocicos a través de los barrotes de la jaula y arrancaban los miembros de los cadáveres para luego disputárselos unos a otros con ferocidad.

Estuve a punto de dar la vuelta y alejarme lo antes posible de aquel nuevo horror, pero uno de aquellos desdichados, uno que parecía un anciano marchito, pero que por su voz deduje que no debía de contar con más de treinta años, me gritó en sarraïnesc:

– ¡Hermano del Libro, no nos abandones, ten piedad de nosotros!

Me volví hacia aquel hombre sin poder apartar el horror de mis ojos, pues me costaba respirar el aire corrompido que provenía de aquel lugar, y le pregunté si eran turcos. Él me respondió llamándome nuevamente hermano del Libro y rogándome que les ayudara o les diera, al menos, una muerte digna. Yo sólo pude decir, conteniendo el llanto que atenazaba mi garganta, que rezaría por ellos.

– Rezaré por vosotros -repetí mientras obligaba a mi montura a dar media vuelta y me alejaba al trote de aquel lugar de muerte. Mis peludos captores me siguieron silenciosos y sonrientes en todo momento.

Aquellos hombres, adoradores de Mahoma, habían sido nuestros enemigos durante incontables generaciones. Habíamos luchado encarnizadamente contra ellos, y ellos contra nosotros, nos habíamos infligido mutuamente terribles torturas y sufrimientos, pero nada podía compararse a lo que sucedía en aquel lugar.

¿De dónde había salido aquella raza espantosa de seres impíos, de monstruos que no tenían nada de humano?

Frente a ellos, los turcos parecían más humanos, y las diferencias de nuestras razas y nuestra fe me parecían ahora ridículas y fútiles disputas entre hermanos. Aquellos seres eran ajenos a toda humanidad; eran algo más que maléficos, estaban poseídos por una maldad que sólo podía describirse como enfermiza. En aquellos momentos no tuve ninguna duda de estar rodeado de demonios surgidos de las profundidades de la Tierra.

Con mi mente nublada por estos y otros pensamientos fui conducido como un pelele por aquellos seres hasta el centro mismo del campamento. Una yurta enorme, cubierta de pieles de león y leopardo, y con las cuerdas hechas de seda trenzada, ocupaba la amplia explanada central, elevándose sobre una sólida tarima de madera.

Nueve tridentes de los que colgaban nueve colas de algún gran animal, estaban clavados frente a la entrada. Mis captores me obligaron entonces a desmontar de mi caballo y arrodillarme frente a aquellos tridentes cuyo significado desconocía. Después subimos las escalinatas hasta lo alto de la tarima, y me arrastraron al interior de la tienda. Era amplia, de cincuenta codos o más de diámetro; en su centro ardía una hoguera cuyo humo escapaba por una abertura situada en el ápice de la yurta, donde se cruzaban las maderas que eran el esqueleto sustentador de la tienda. A pesar de ese orificio, el interior de la yurta estaba enturbiado por el humo y el aire era sofocante y levemente narcótico.

La cabeza empezó a dolerme casi al instante de penetrar en aquel ambiente denso.

Siempre arrastrado por dos de mis captores, rodeé el fuego central, y me dirigí al estrado situado en el otro extremo de la tienda. El suelo estaba alfombrado con pieles de armiño y marta, y alrededor de aquel estrado brillaban lámparas de oro que quemaban incienso. Un gog enorme se sentaba en un trono dorado presidiendo aquel lugar.

Era gigantesco, mayor y más pesado que dos hombres juntos (lo que resultaba extraño cuando todos los miembros de su raza que yo había visto eran tan diminutos), e iba completamente vestido de seda y adornos dorados, con sus manos y su rostro cubiertos de pelo negro e hirsuto. La expresión de sus ojillos era verdaderamente maligna. Sujetaba entre sus manos una pierna de carnero, casi cruda, que chorreaba sangre y grasa sobre su pecho, arrancándole grandes pedazos de carne a dentelladas, que tragaba rápidamente.

A su alrededor, y a sus pies, habría unas veinte hembras completamente desnudas, sin otra cosa sobre sus peludos cuerpos que algunos collares y diademas de oro y piedras preciosas. Las hembras se contoneaban indecentemente en alguna especie de danza blasfema que hacía sonar sus adornos dorados. Tan sólo sus rostros, sus manos y pies, y una zona alrededor de los pezones, estaban libres de aquel vello oscuro que las cubría completamente.

Aparté mis ojos de aquellos cuerpos indecentes sólo para ver algo que, de alguna forma, me resultó aún más repulsivo.

Era tan humano como yo, pero su cuerpo gordo y blanco parecía encontrarse en las últimas etapas de la más profunda degeneración. Vestía los harapos de lo que en alguna ocasión debió de ser una rica túnica bordada en oro, pero que ahora estaba destrozada y deshilachada. Su rostro era abotargado y sus grotescos y gruesos labios se abrían en una boca oscura y desdentada; sólo poseía una aureola de largos y grasientos mechones de pelo en torno a la cúpula calva de su cráneo, y éstos se derramaban sobre lo que quedaba de las hombreras doradas de su túnica. Me miró con sus ojos saltones y enrojecidos, parpadeando lentamente como si dudara de que yo fuera real.

El cacique gog le increpó con su bárbaro idioma gutural, y el gordo y pálido humano le miró con atención mientras hablaba; después se volvió hacia mí y pronunció algunas palabras con una voz afeminada e insegura, en algún idioma que yo no conocía pero cuyo acento no me resultaba completamente extraño. Pensé que quizás era siríaco. Yo le respondí en sarraïnesc, en griego y en latín que no podía comprenderle, y los ojos del hombre se agrandaron por la sorpresa.

– Jesús-Cristo es nuestro Señor -pronunció el hombre en un correcto griego.

– Él es nuestro Salvador -repliqué, inclinando levemente la cabeza-. ¿Eres cristiano católico?

– Por favor, atiéndeme -dijo él con su melosa voz-. Estás en presencia del Señor de todas estas tierras, cuyo nombre es Dorga. Debes guardarle el respeto que merece, y no apartar tus indignos ojos del suelo. No le mires directamente, porque al hacerlo le desafías, y en ese caso me temo que tu vida no durará mucho.

Bajé rápidamente mis ojos, y pregunté nuevamente al intérprete:

– Dime, ¿quién eres tú?

– Un humilde servidor de Cristo, tan indigno como tú -respondió él-; pero que hace mucho viajó hasta lejanas tierras para extender la Verdadera Fe de Nuestro Señor el Hijo de María…

Y utilizó la palabra griega Khristotókos, es decir, la «Madre de Cristo»; y no Theotókos, que hubiera significado: «La Madre de Dios», lo que era más correcto.

– ¡Eres un sacerdote nestoriano! -comprendí.

El hereje me sonrió con su boca desdentada.

– Así es, pero no estás aquí para hablar de teología, sino para responder a las preguntas de mi señor Dorga.

Intenté arrinconar en mi mente la aversión que aquel tipo me producía. Miembro de un clero ignorante, supersticioso, simoníaco y blasfemo; que toleraba la poligamia y ordenaba sacerdotes a los niños desde la cuna. Peor aún, la Iglesia nestoriana se había dejado contaminar por los groseros ídolos de aquellas naciones bárbaras.

– Adelante -le dije-, he venido hasta aquí en paz. Dile esto a tu señor.

– No creo que ese detalle le preocupe lo más mínimo -replicó-; sí le interesa saber, en cambio, cuál es la naturaleza de tu viaje.

– Somos comerciantes; y sólo estamos de paso por estas tierras pues nuestro destino es mucho más lejano. Podemos pagaros generosamente por el derecho de cruzar.

El nestoriano tradujo mis palabras haciendo sonar en su garganta las gorjeantes sílabas del idioma gog.

Uno de mis captores, que había permanecido tras de mí en silencio hasta ese momento, habló rápidamente apenas el nestoriano terminó de traducir.

Entonces el gordo hereje se volvió hacia mí y dijo con evidente satisfacción:

– Yeda dice que mientes, que tus compañeros de viaje son lobos ocultos en pieles de comerciantes.

Así que el gog que hablaba sarraïnesc se llamaba Yeda.

– No queremos nada contra vuestro pueblo -dije con la voz más implorante que fui capaz de pronunciar. Al mismo tiempo le mostré al gordo caudillo mis manos desnudas, en lo que consideré que sería un aceptable gesto de buena voluntad.

Pero esto pareció, en cambio, enfurecerle. Dorga, arrojó a un lado lo poco que quedaba de la pierna de carnero, se puso en pie, y avanzó hacia mí profiriendo horribles gritos. Yo continué con la cabeza agachada, sin atreverme a mirarle, y él descargó una salvaje patada contra mis viejas costillas.

Durante un momento permanecí en el suelo cubierto de pieles, tumbado de costado, luchando por superar el dolor que sentía e inhalar una bocanada más de aire.

– Te aconsejo que no dirijas gestos hacia mi señor, ni le mires directamente.

– Acepto el consejo -tosí.

Dorga se plantó junto a mí, y me gritó con todas las fuerzas de sus pulmones. Yo me acurruqué aún más en el suelo, y cerré los ojos esperando un nuevo golpe en mis costillas. Pero el golpe no llegó, y el caudillo gog repitió su grito.

– Mi señor Dorga pregunta sobre tu papel en esa expedición. Dice que, desde luego, tú no pareces un guerrero; ni un comerciante.

Abrí los ojos, y vi el peludo pie del gordo caudillo a menos de un palmo de mi rostro. Estaba tan cerca, que pude distinguir las pulgas rojizas que correteaban por entre el pelo de sus tobillos.

– Soy un hombre de ciencia… y de Dios -dije sin atreverme a alzar la vista.

El nestoriano tradujo mis palabras, y luego se volvió hacia mí, evidentemente interesado, y me preguntó si era un sacerdote. Le respondí que pertenecía a la orden de los frailes menores, en su tercera regla.

– Un franciscano, ¡por supuesto! -exclamó-. He oído hablar de vosotros. La vuestra debe de ser una orden muy atrevida para enviar a sus hijos a las mismísimas puertas del Averno. -Y añadió-: En estas tierras puedes perder algo más que la vida.

– Luego admites que estás entre criaturas satánicas.

El nestoriano rió con su horrible boca desdentada y fatua, y dijo:

– Ni siquiera Dios logra distinguir con claridad los imprecisos límites entre el Bien y el Mal. ¿Quién eres tú para intentarlo?

– ¡Blasfemo! -le grité.

Dorga, harto de aquella discusión que no entendía entre el nestoriano y yo, dio una furiosa patada en el suelo, justo frente a mi rostro, e increpó a su esbirro. El hereje palideció más de lo que parecía posible, y se apresuró a traducir nerviosamente nuestras palabras. Por supuesto no pude ver la expresión del gog al escuchar la traducción, pero su reacción hizo evidente que todo aquel asunto estaba perdiendo interés para él. El caudillo regresó a su trono dorado, y profirió unas rápidas y guturales órdenes. Yeda y mis otros captores habían permanecido junto a la entrada de la tienda, guardando un respetuoso silencio, y al escuchar las órdenes de Dorga, se pusieron rápidamente en marcha. Me sujetaron por las axilas, y me pusieron de pie con un tirón brusco y doloroso. Sin demasiados miramientos, empezaron a arrastrarme hacia la salida.

– ¿Qué sucede ahora? -le pregunté desesperado al nestoriano.

Él ejecutó unos heréticos signos de bendición, y me dijo compungido:

– Te llevan ante la presencia del chamán. La deidad suprema de estas gentes es el cielo mismo, con todos sus astros, y los chamanes son los únicos capaces de comunicarse directamente con él. Te compadezco, terciario, porque nada de lo que puedas haber contemplado en toda tu vida puede haber preparado tu alma para lo que ahora vas a ver.

Y no dijo nada más, porque en ese momento mis captores atravesaron la entrada de la tienda, y me encontré, arrastrado por ellos, de nuevo en el exterior.


6

<p>6</p>

La yurta del chamán estaba situada en un extremo de la explanada central, a unos pocos pasos de la del caudillo que acababa de abandonar.

Esta vez, Yeda y los otros gog que se habían convertido en mis atentos vigilantes, no me acompañaron hasta el interior de la tienda. Se limitaron a apartar la piel de camello que cerraba la entrada, y empujarme dentro.

Caí de bruces en el oscuro interior, iluminado tan sólo por unas débiles brasas centrales. El suelo estaba cubierto por miles de pequeños huesecillos y plumas de palomo. A un extremo y a otro se amontonaban, unas encima de otras, jaulas de bambú repletas de aquellas aves que revoloteaban espantadas por mi entrada, levantando al hacerlo un nauseabundo polvillo que no era otra cosa que los restos resecos de sus excrementos.

Tosí, y tapé mi boca con una mano como si ésta pudiera evitarme el tener que respirar aquella porquería. Me incorporé lentamente y sentí, antes que vi, la presencia de la fantasmal figura que se acurrucaba al fondo de la tienda.

Caminé hacia ella con pasos cortos.

El chamán debía de ser la criatura más vieja que viviera sobre la Tierra. Eso fue lo que pensé mientras me acercaba a él. Tan vieja como un árbol reseco y arrugado.

Estaba tumbado sobre su costado, apoyado sobre su codo, sobre una especie de litera de piel. Estaba completamente desnudo y el color y la textura de su pellejo reseco era similar al cuero de la litera. Aquella piel desnuda y sin pelo se estiraba como un pergamino sobre sus huesos deformes. Tenía dos testículos atrofiados, pero su pene debía de haberle sido amputado hacía mucho, y tan sólo quedaba un orificio rodeado de cicatrices. Sujetaba un palomo entre sus dedos retorcidos por la artritis, y el pobre animal aleteaba desesperado. Aún no le había visto el rostro porque estaba inclinado sobre el ave.

De repente se acercó el palomo a la boca, y le arrancó la cabeza de un mordisco.

Elevó entonces su rostro hacia mí, y me sonrió con su boca manchada de rojo por la sangre del palomo.

– Te doy la bienvenida, extranjero -dijo en perfecto sarraïnesc-. Nuestras esferas se han mezclado como el fuego y el aire. Cada elemento se mueve inevitablemente hacia su lugar específico; el fuego sube a lo alto y el aire, más lento, viene después.

Retrocedí espantado. Su rostro era un absoluto horror. Su cara estaba carcomida en todo su lado izquierdo hasta el extremo de que el hueso amarillento de su cráneo y pómulo quedaba expuesto en ese lado. Sus labios también desaparecían en esa mitad de su cara, frunciéndose en una especie de mueca horrible que parecía una media sonrisa sardónica. No tenía oreja en ese lado, y su ojo izquierdo era una bolsa arrugada y sin color, medio traslúcida, como la crisálida abandonada de un insecto.

¿Qué extraña magia dominaba aquel lugar perdido?

El monstruoso anciano volvió a acercar el cadáver del palomo a sus labios, y bebió su sangre durante unos instantes, con evidente placer. Luego arrojó a un lado los restos del ave, y limpió la sangre de su boca con el dorso de la mano.

– Un estómago tan viejo como el mundo apenas acepta ya otra cosa que la sangre y la leche. -Su voz era sorprendentemente agradable. Grave y pausada, pronunciando las sílabas con cuidado y perfección, a pesar de sus deformados labios.

Le pregunté qué quería de mí.

– Quiero información, sólo eso -respondió mirándome intensamente con su único ojo sano-. Sabía que vendrías, pero no esperaba tan pronto tu llegada. Ha sido un afortunado azar el que cinco de mis cazadores te encontraran.

– ¿Quién eres?

Su único ojo brilló de leve ira y dijo:

– No estás aquí para formularme preguntas, sino para responder a las mías. Viajas hacia Oriente en compañía de trescientos asesinos. Todo viaje tiene un destino, y ese destino es lo que deseo conocer.

– Si eres quien creo que eres -dije-, entonces no puedes ignorar cuál es nuestro destino.

La criatura se incorporó hasta quedar sentada en la litera de cuero, extendió su mano derecha y sus dedos se engarfiaron en el pecho de mi gonela; tiró de mí con una fuerza inusitada hasta que mi rostro quedó a pocas pulgadas del suyo.

– Hablarás, esclavo -dijo, y sentí su aliento en mi cara como una bocanada de aire que escapara al abrir una tumba.

Era como si su disfraz de viejo marchito se hubiera difuminado por unos instantes para mostrarme su verdadera naturaleza de bestia maligna y llena de ira.

Entonces, en su proximidad, vi algo que me llenó de horror y repulsión; su ojo marchito y traslúcido se animó durante un breve instante como si algo se moviera dentro de él.

Con morbosa fascinación miré el interior de aquella cuenca, a través de la fina telilla que era todo lo que quedaba del ojo original, y vi algo semejante a un gordo gusano blanco retorciéndose en aquel estrecho espacio. He visto parásitos introducir sus huevos en el interior de insectos, y éstos ser devorados por los retoños recién nacidos hasta sólo dejar su caparazón, como un fantasma repleto de gusanos.

El chamán me soltó entonces, y yo me aparté rápidamente de su horror y su pestilencia. De repente parecía muy cansado, y volvió a tumbarse en su litera.

– Hablarás, esclavo -repitió con voz débil-, suplicarás por hacerlo.

No vi que hiciera señal alguna, ni pronunciara otra palabra más, pero en ese momento, como respondiendo a una orden silenciosa, Yeda y el gog corpulento entraron y me sacaron de allí.

Me empujaron dentro de otra yurta cuyo suelo estaba cubierto de paja, y cerraron la entrada tras de mí. Una gran jarra de barro en el centro era el único objeto en toda la tienda. La levanté, y derramé algo de su contenido sobre el suelo de paja. Mojé mis dedos y lo probé con precaución; era agua. Tenía sed y bebí hasta casi agotar su contenido. Estaba solo por primera vez desde que había abandonado el campamento almogávar, y me sentía agotado en cuerpo y alma por todo lo que había visto y por todo lo que mi corazón había sentido.

Me tumbé en el suelo e intenté dormir. Pero no pude hacerlo, obsesionado por las palabras del chamán. Tenía la seguridad de que había estado en presencia del mismísimo Maligno.

Esa noche las cigarras no cesaban en su monótono canto, y una enorme luciérnaga se movía por uno de los palos que sujetaban la yurta, como un navío lejano navegando durante la noche. Apenas podía escuchar a mis guardianes gog hablando entre sí, en voz baja, frente a la entrada de la yurta, cuando de repente turbó aquel silencio casi perfecto una extraña mezcla de sonidos musicales, que vibró un momento y se disipó.

Antes de que tuviera tiempo de incorporarme, resonó de nuevo la música, entremezclándose los sonidos, formando unos compases extraños y agradables, como si un niño jugara con las teclas de un manubrio. Escuché atentamente, conteniendo la respiración, aquel extraño ritmo que a veces se detenía para volver a empezar y detenerse con igual presteza. Poco a poco, y casi sin percibirse iba llegando hasta la entrada de la yurta el ruido de numerosas pisadas en el suelo blando.

La entrada se descubrió en ese momento, mostrando un grupo de oscuras formas que se destacaban contra el fondo formado por la luz de las antorchas. Los mangos de marfil de sus espadas relucían al describir curvas en el aire cuando los guerreros gog alzaban y bajaban los brazos siguiendo el ritmo de la danza. De repente, los danzantes desaparecieron en la oscuridad para reaparecer de nuevo, momentos después, ante la luz de las antorchas que proyectaba sus oscuras siluetas. Ahora cuatro de ellos llevaban sobre sus hombros una plataforma sobre la que se sentaba la cadavérica figura del chamán. Su silueta retorcida destacó como una sombra de profunda negrura contra la turbia niebla que oscurecía la noche.

Los guerreros volvieron a danzar al compás de las extrañas melodías de un sonoro instrumento y de las débiles palmadas que salían de los porches de las yurtas que producían un sonido parecido al de las olas.

Mis guardianes me ordenaron que saliera, y yo me acerqué lentamente a aquel cuadro y distinguí que los danzarines y el chamán ocupaban el centro de un semicírculo presidido por Dorga y el hereje nestoriano, y que había muchos más gog sentados en la oscuridad. El terreno frente a las yurtas estaba lleno de viejos de ambos sexos y niños de todas las edades. Apareció una vez más la fila de danzarines ante la luz de las antorchas, y el que iba delante, llevaba un calabacín del que sobresalían unos juncos; soplaba por uno de ellos al mismo tiempo que pasaba los dedos por los otros, como si se tratase de una flauta, y su pecho se dilataba y contraía normalmente, a pesar del soplar continuo que iba convirtiendo en embriagadora música.

Cesó de repente la danza y la música, y se fue estrechando el semicírculo de indígenas, que se arrastraron boca abajo sobre el polvo, alrededor de la plataforma del chamán, mientras proferían alaridos espantosos y lúgubres que resonaron en la noche.

El anciano se puso en pie, apoyándose en los fuertes y peludos brazos de dos de sus acólitos, y me llamó con un hipnótico gesto de su mano. Sentí entonces cómo, por primera vez, toda la atención de aquellas gentes se concentraba en mí. Uno de los acólitos se situó a mi espalda y vendó mis ojos con una gruesa tela de lino.

Momentáneamente cegado, fui obligado por ese mismo acólito, a avanzar unos pasos en dirección al aullante semicírculo en cuyo centro estaba el chamán, y me vi rodeado al instante de una espectral luz cenicienta, que no proyectaba sombras, y que iluminaba el espacio central del semicírculo, permitiéndome ver mágicamente a través de la venda. Era como si las luces de las antorchas se hubieran convertido en oscuridad, y las sombras de la noche en luces. Las piedras del suelo fosforecían en violento contraste con las estrellas del cielo que ahora parecían simples puntos negros, como partículas de carbón. Uno de los acólitos, convertido ahora en una imagen espectral de sí mismo, con los tonos y colores de su cuerpo invertidos, colocó un taburete de madera frente a mí, y me indicó con un gesto que me sentara. Cosa que hice, como si algo impulsara mis acciones por encima de mi voluntad y raciocinio.

La pegajosa fosforescencia que me rodeaba se fue haciendo más espesa hasta que no pude ver más allá de cinco codos por delante de mí. Era como una niebla luminosa, que hacía daño a los ojos y me obligaba a entrecerrarlos. Mis ojos lagrimeaban y mis párpados temblaban por el esfuerzo de mantenerse entrecerrados. Podía estar en el interior de una estrecha habitación, o en el centro de un inmenso desierto, imposible saberlo pues era incapaz de distinguir distancia alguna a través del irreal resplandor que me envolvía. Un mefítico olor a corrupción que me rodeó, haciéndose más intenso a cada instante, y llenando, asfixiante, mis narices obligándome a respirar por la boca.

Entonces escuché un ruido terrible y vi unas formas vagamente humanas aparecer entre la luz y adquirir rápidamente una esencia sólida.

Avanzaron hacia mí envueltas por jirones de niebla. Siete jinetes de largos cabellos negros, llevando armaduras de combate, con dos alas como dos escudos metálicos a la espalda. Agitaban estas alas y producían un ruido ensordecedor mientras se acercaban a mí. Las armaduras, también tenían colas semejantes a las colas de un escorpión, pero de metal brillante. Las colas se agitaban a la espalda de los jinetes como si tuvieran voluntad propia. Avanzaban lentamente, abriendo la niebla con sus cuerpos, como si ésta se apartara para no tocarles. Sus monturas también llevaban armadura, con una pequeña corona dorada sobre cada una de las cabezas de los caballos.

Se detuvieron a unos pocos pasos frente a mí. El más cercano sonrió mirándome a los ojos. Era la sonrisa de un carnívoro de dientes largos y afilados. Su cola de escorpión restalló en el aire y me golpeó en el cuello. Un golpe que a punto estuvo de derribarme al suelo, y que me provocó un inmediato e intenso dolor.

Grité, e intenté apartarme de su contacto; pero el anciano y esquelético chamán apareció a mi lado y me retuvo apretando mi brazo con firmeza. Sus dedos eran como garfios de acero, y se clavaban en mi antebrazo a través de mis ropas.

– ¡Soltadme! -grité, zafándome de aquellas garras.

Con dedos nerviosos, deshice los nudos de la venda en mi nuca, y la aparté de mis ojos. La espectral luz desapareció al instante, y la oscuridad de la noche apenas iluminada por las antorchas me rodeó de nuevo.

Mientras retiraba la venda de mis ojos, no dejaba de mirar la terrible figura del chamán que seguía plantado ante mí; pero cuando el velo cayó por fin, el cuerpo del anciano se transformó en algo diferente y mucho más horrible. Algo abominable e inhumano que escapaba a mi entendimiento y a la capacidad de mi mente y mi lengua de definirlo.

Apenas recuerdo un atisbo de execrables formas serpentinas retorciéndose lujuriosas, como las siete cabezas del dragón, antes de perder el sentido.


7

<p>7</p>

Cuando fui despertado por aquella fuerte mano que me sacudía, el sol todavía no había salido y sólo una tenue luz rojiza se filtraba por la abertura cenital de la yurta.

Miré aturdido la melena rubia y el amplio y barbudo rostro del hombre al que pertenecía aquella mano, y al reconocerlo estuve a punto de gritar de alegría.

Pero Sausi Crisanislao tapó mi boca con su manaza gigantesca, y me hizo un gesto de que guardara silencio.

Entonces vi aparecer, en el umbral de la yurta, a la pequeña y esbelta figura de Ricard de Ca n'. Llevaba en sus manos una espada que goteaba sangre. Ambos vestían como almogávares, con sus bragas de piel, el zurrón a la espalda, y la red de acero protegiéndoles la cabeza, abandonado ya el lujoso disfraz de comerciante. Me hicieron señas para que les siguiera afuera, en silencio, e intenté ponerme en pie.

A punto estuve de derrumbarme. Todo me daba vueltas y sentí deseos de vomitar. Me sentía muy débil y noté una extraña palpitación en el cuello. Al llevarme la mano a ese lugar palpé un bulto bajo mi oreja izquierda, tan grueso como el huevo de una paloma. Dolía y sentí la carne hinchada e irritada en aquel punto.

Sausi me sujetó para evitarme caer, después pasó mi brazo izquierdo por encima de su hombro, y sosteniéndome así en pie, casi en vilo, me arrastró afuera.

Los veteranos Guzmán y Fabra guardaban la entrada, espalda contra espalda, sus sentidos afinados para el combate. En el suelo, degollados como bestias, yacían Yeda y mi otro guardián gog. Amanecía. Ricard salió de la tienda tras nosotros.

– Vámonos antes de que todos despierten -dijo-. Joanot y los demás rodean la aldea. Sólo intervendrán si empieza el jaleo.

– No -musité. ¡Dios mío, me sentía tan débil!

Ricard de Ca n' preguntó qué sucedía.

– Debemos ayudarles -dije con un hilo de voz.

– ¿Qué?

– Tienen prisioneros. No podemos abandonarles…

Ricard maldijo en voz baja. Miró a un lado y a otro, nervioso, después interrogó al búlgaro con la mirada

«¿qué hacemos?». Sausi, hombre de pocas palabras, asintió con un enérgico cabezazo. Ricard volvió a maldecir entre dientes.

– Está bien -masculló-. Vamos.

– Seguidme -dije. Pero esto era más sencillo de decir que de hacer; si Sausi me soltaba me derrumbaría como un monigote-. Es hacia allí -señalé con un desmayado gesto de mi mano.

Nos pusimos en marcha, entre las yurtas de fieltro, esquivando las cuerdas que las tensaban y los riachuelos malolientes que discurrían entre ellas. Yo era llevado en volandas por el forzudo búlgaro, Ricard corría delante, saltando como un ágil zorro, blandiendo su ensangrentada espada. Los otros dos veteranos guardaban nuestra espalda. Nos detuvimos junto a una tienda, protegidos por ella de la vista del guardia que dormitaba junto a la jaula. El nauseabundo olor nos llegó al instante.

– Dios misericordioso -murmuró Fabra-. ¿Qué es eso?

– El infierno -dije.

Uno de los mastines negros que deambulaba alrededor de la jaula se volvió en nuestra dirección; las orejas levantadas y expectantes.

– Silencio -susurró Ricard alzando una mano.

El perro estiró el cuello en nuestra dirección, y dio un par de prudentes pasos. Su hocico parecía vibrar de puro nervio contenido. Empezó a gruñir, mostrando sus grandes dientes amarillentos. Otro perro que dormitaban con sus blanda barriga apuntando al cielo, abrió los ojos y se incorporó.

El primer perro se lanzó hacia nosotros. Ricard le salió al paso, y lo ensartó limpiamente con su espada mientras el mastín saltaba hacia él. No se detuvo, dejó la espada clavada en el cuerpo del animal, y siguió corriendo hacia la jaula. El guardia había despertado por los ladridos del otro perro, que parecía más prudente que el primero, y reculaba hacia la jaula. El gog se puso en pie, y abrió la boca para gritar pidiendo ayuda. Ricard sacó sus dos dardos del tabalate, y en un movimiento continuo, lanzó uno hacia el gog. El dardo le entró por la boca, y su punta salió por detrás de su oreja izquierda. El guardia emitió sólo una especie de gorgojeo, y cayó hacia atrás, pataleando estertóreamente. El segundo perro ladraba fuera de sí, lanzando espuma por la boca; reculó un poco más hasta dar con su trasero con los barrotes de la jaula. Varios brazos sucios y esqueléticos surgieron entre los barrotes y atraparon al animal; por la cola, por el cuello y por las patas; y el animal fue arrastrado al interior de la jaula donde fue silenciado rápidamente. Los brazos delgados, sucios ahora con la sangre del perro, volvieron a salir entre los barrotes. Esta vez implorando ayuda.

Llegamos junto a Ricard, y Guzmán comentó que si no se habían despertado todos con este escándalo es que debían de seguir muy borrachos por la fiesta de la pasada noche.

– ¿Ya estabais aquí anoche? -les pregunté.

Ricard respondió que estuvieron esperando a que acabara toda esa brujería.

– Yo no contaría con que todos están borrachos -gruñó Sausi-. Salgamos de aquí cuanto antes, o este lugar se puede convertir en una trampa mortal.

Tras los barrotes, aquellos hombres como espectros, gimieron pidiendo ayuda.

– ¡Son turcos! -exclamó Ricard al escuchar sus voces.

– Son hombres como nosotros -dije-. Saquémosles de ahí.

Sausi se adelantó hacia la puerta de la jaula, e introdujo la hoja de su espada entre los eslabones de la cadena que la cerraba. Un brusco movimiento, con toda la fuerza de sus enormes brazos, y la cadena cayó al suelo partida en dos.

Abrió la puerta dejando salir a los cautivos. Serían apenas unos cincuenta; muchos más cadáveres quedaron aplastados en el suelo de la jaula.

Aquellos hombres parecían náufragos, con sus ropas hechas jirones, colgándoles de sus miembros esqueléticos. Los restos de sus ropas, su piel y su pelo parecían tener un mismo color ocre y sucio.

Ricard ordenó a Guzmán y Fabra que acompañaran a los sarracenos hasta la salida del poblado, pero el que había hablado conmigo a mi llegada, el joven que parecía un anciano, se recuperó rápidamente; se puso en pie y corrió junto al primer perro que había matado Ricard. Extrajo la espada del almogávar del cuerpo del animal, y la blandió en el aire frente a sí.

Ricard dio un paso hacia él, y dijo:

– Devuélveme el arma.

El turco interpuso la hoja desafiante.

– ¿Qué sucede ahora? -le pregunté-. No es momento para eso. Tenemos que salir de aquí.

– Hermano del Libro -me dijo, pero sin apartar sus enrojecidos ojos de Ricard-; nos has salvado, y por ello te estoy agradecido, os estamos agradecidos a todos, seáis quienes seáis, pero no puedo abandonar este lugar, en el que habita la Bestia, sin antes haberme enfrentado a ella. Mi nombre es Ibn-Abdalá Mohamed; no lo olvidéis nunca.

Dio media vuelta, y echó a correr en dirección al centro del poblado.

Durante un instante Ricard dudó en perseguirle o no. Luego se volvió hacia mí, y me preguntó qué había dicho el sarraceno.

– Satán está aquí -dije estremeciéndome por mis propias palabras.

– ¿Qué? -Ricard y Sausi también se estremecieron.

Les expliqué que sus demonios eran los mismos que los nuestros y que ahora, aquel sarraceno, corría a enfrentarse con uno de ellos.

– Debemos seguirle.

– ¿Estás loco, anciano? -exclamó Ricard-. Apenas puedes tenerte en pie. Y mira, el sol está completamente fuera.

Era cierto. Nuestras sombras se recortaban ya nítidas y alargadas contra la arena. Nuestra buena suerte no podía durar mucho tiempo más. Los otros sarracenos liberados ya corrían tanto como les permitían sus mermadas fuerzas, conducidos por los dos veteranos almogávares hacia las afueras del poblado.

Sentí una punzada de dolor en el cuello, y llevé mi mano instintivamente al bulto que se había formado bajo mi oreja. Dolía al tocarlo y estaba caliente y tumefacto.

– Debemos seguirle -insistí casi sin fuerzas-. Debemos ayudarle a acabar con esa criatura; no podemos marcharnos de aquí dejándola con vida.

– Vamos -decidió el búlgaro, cargando nuevamente con mi peso-; hagamos lo que dice el anciano.

Ricard dio una patada contra el suelo y dijo: «¡Mierda!», pero se puso en marcha tras los pasos del turco.

Llegamos a la explanada central, y vimos cómo Ibn-Abdalá penetraba en la tienda del chamán.

– Es en ese lugar -dije.

Entramos en su ominosa y maloliente penumbra.

Las palomas revoloteaban asustadas. Ibn-Abdalá estaba plantado en silencio frente al lecho del chamán; la espada de Ricard quieta en su mano. El anciano estaba tendido cuan largo era, con la boca abierta y los delgados miembros rígidos.

Ricard apartó al sarraceno, y tocó el cuello del chamán.

– Está muerto -dijo al cabo de un instante-; y por su aspecto parece como si llevara muerto varios meses.

– No es así -dije-. Yo hablé con él anoche.

– Pues ahora está muerto -insistió Ricard-. ¿Lo has matado tú? -Le preguntó a Ibn-Abdalá.

– No.

Me zafé de Sausi que me sujetaba, y me acerqué con paso torpe al lecho.

– Anoche vivía -dije contemplando con repulsión el cuerpo del anciano-, y no creo que un demonio pueda morir tan fácilmente.

– Podemos asegurarnos de que este muerto nunca se remueva en su tumba -dijo Ibn-Abdalá, y atravesó con su espada el reseco pecho del anciano muerto.

– Ya basta -dijo Ricard, enfurecido, arrebatándole la espada al turco-. Salgamos de aquí. Puede que éste haya muerto, pero quedan muchos vivos que pueden complicarnos la vida.

Mientras abandonábamos la siniestra yurta, dirigí una última mirada al cuerpo tendido sobre el lecho y recordé con un estremecimiento los acontecimientos de las dos últimas noches. Yo también deseaba abandonar aquel lugar cuanto antes.


8

<p>8</p>

Desperté en el conocido interior de mi carromato, zarandeado por el rítmico balanceo de la marcha. Asomé la cabeza fuera de la lona, y vi la espalda del almogávar que conducía el carromato. De nuevo era de noche, por lo que mi sueño-desmayo, había durado, al menos, todo un día. Era evidente que si Joanot había decidido viajar en la oscuridad, era con la intención de alejarse cuanto antes del poblado gog, y eludir así la batalla contra aquellos pequeños y diabólicos guerreros. Pero yo dudaba que esto fuera posible y tenía por cierto que por mucho que lográramos alejarnos, aquellos demonios nos encontrarían. ¿No era aquélla su tierra y sus caminos? No tardarían en dar con nuestro rastro, y el dejado por el paso de trescientas personas no podía ser, en ningún caso, sutil. ¿Qué ganaba entonces Joanot con aquella apresurada huida? Quizás el joven caballero, tan sólo deseaba encontrar un terreno más propicio para la lucha.

Recordé nuestra salida del poblado, y la extraña fortuna que nos había protegido para salir con vida de aquel lugar. Eso me llevó a pensar en los cautivos turcos y preguntarme qué habría sido de ellos. Sabía que Joanot había ordenado ir encadenando a los turcos conforme éstos salían del poblado gog para caer en manos de los almogávares. Cuando llegamos, ordenó hacer lo propio con Ibn-Abdalá, y yo me sentía demasiado débil como para interceder eficazmente por el sarraceno, pues prácticamente me desmayé al verme al fin rodeado de amigos y a salvo.

Temiéndome lo peor, y rezando a la Virgen Santísima para que mi intervención no resultase ser demasiado tarde, pedí al almogávar que detuviera el carromato.

Al saltar a tierra, noté una punzada de dolor en el cuello, y todo pareció girar a mi alrededor como si estuviera ebrio. El bulto había crecido aún más, y me presionaba la garganta dificultándome tragar. Dolía horriblemente y sentía latir el pulso en las venas hinchadas de aquella zona.

Pero no disponía de tiempo para preocuparme por eso cuando, quizás, aquellos pobres desgraciados turcos estarían a punto de ser ajusticiados por los catalanes.

Si no lo habían sido ya.

Esperé en el borde del camino, tragando el polvo levantado por las acémilas, hasta que vi llegar a Joanot. Me saludó, y comentó que me veía bastante recuperado.

Le dije que teníamos que hablar; y él me respondió que Ricard y el búlgaro ya le habían contado la extraña historia. También me dijo que no tenía nada que temer, que nos estábamos alejando de aquellas bestias lo bastante rápido como para que no pudieran dar con nosotros.

Repliqué que estábamos inmersos en sus tierras y que no era posible correr lo bastante rápido como para alejarnos de aquello que nos rodeaba por todas partes. Necesitábamos a los turcos; ellos conocían estas tierras y podían sernos de gran ayuda.

– Son indignos de confianza -dijo él-. Como todos los adoradores de Mahoma.

Suspiré con alivio. Al menos aún estaban con vida.

– A pesar de todo -dije-, deseo hablar con ellos.

Joanot se encogió de hombros.

– No veo para qué. Pero si ése es tu deseo… Están en la cola de la caravana.

Joanot siguió su camino, y yo esperé la llegada de los sarracenos. Caminaban lentamente, con el paso entorpecido por las cadenas que colgaban de sus tobillos; tal y como Joanot dijo, iban casi al final de la caravana, tragando el polvo levantado por las acémilas y los camellos. Su situación desde que habían salido del poblado gog había mejorado sin duda, pero no completamente.

Distinguí la delgada figura de Ibn-Abdalá entre el grupo de prisioneros, y llamé a uno de los almogávares que los custodiaban.

– ¿Ves a ese hombre de ahí? -dije señalando al sarraceno.

– Sí.

– Deseo interrogarlo. Sepáralo del resto, y condúcelo hasta mi carromato.

– ¿Tu carromato? -preguntó el guerrero.

– Sí, mi carromato. ¿Acaso no sabes quién soy?

– Claro que sí -me respondió él con expresión burlona. Le ordené entonces que me obedeciera y, sin darle oportunidad a seguir discutiendo, di media vuelta y caminé hasta mi carromato aparentando toda la seguridad en mí mismo que me era posible.

Esperé en su interior hasta que el encadenado Ibn-Abdalá fue empujado dentro.

El pobre me miró con expresión desolada; llené una escudilla con agua, y se la ofrecí. El no rehusó; tomándola con ambas manos, bebió hasta agotar su contenido.

Después me tendió la escudilla sin soltarla y pidió más agua. Escancié el líquido, y esperé pacientemente a que terminara de beber.

Realmente aquel hombre parecía tan viejo como yo; tenía las mejillas hundidas y le faltaban casi todos los dientes de la parte de arriba de la boca, su piel estaba arrugada y curtida y sus ojos eran los ojos de alguien que ha vivido mucho. Su mirada era extraña e indefinible, y contenía un sentimiento que no fui capaz de precisar. Pero el pelo de su cabeza y barba eran abundantes y de color negro, aunque ahora estaban completamente cubiertos de polvo y arena.

– ¿Mejor? -le pregunté.

– Sí, y si me libraras de estas cadenas -dijo alzándolas para que pudiera verlas-, la cosa mejoraría aún más.

– Temo que eso no esté en mis manos.

– ¿Por qué nos hacéis arrastrar estas cadenas? Mi gente está débil.

– Somos enemigos, y tenemos nuestras normas sobre cómo tratar a los enemigos.

– Nunca he visto a infieles como vosotros. ¿De qué parte del mundo sois?

– De Poniente.

Él preguntó extrañado:

– ¿De Al-Andalus?

– Estos hombres provienen del norte de Al-Andalus -le expliqué con cuidado-; de las montañas que limitan con el país de los francos.

Asintió de nuevo, y dijo que él no nos consideraba sus enemigos. Les habíamos salvado de los demonios y nos estaba agradecido. Ejecutó un saludo musulmán con sus manos encadenadas.

Le dije que, en ese caso, no le importaría responder a alguna de mis preguntas, y él me invitó con sus expresivos ojos a que preguntara.

– ¿Sabes lo que es esto? -dije tocando apenas el bulto de mi cuello. Cada vez dolía más; dolía sólo con rozarlo.

– Sí. Estás infectado por el Mal.

Le miré atónito.

– ¿Qué?

– El Mal está dentro de ti. No tardará en apoderarse de todo tu cuerpo.

– ¿De qué me estás hablando? ¿De una enfermedad? -No pude evitar un temblor en mi voz al preguntar.

– No -me miró directamente a los ojos-; hablo del Mal en esencia.

Le pregunté qué iba a ser de mí.

– Afortunadamente eres muy viejo -dijo-; el Mal no tendrá tiempo de apoderarse de tu alma, tu cuerpo degenerará y se marchitará mucho antes de que esto suceda.

Yo sólo podía comprender parcialmente lo que el sarraceno me estaba contando, pero una cosa estaba bastante clara a pesar de todo: mi vida estaba a punto de terminar. Y entonces comprendí el significado de su mirada; era misericordia, piedad, ¡aquel sarraceno encadenado y famélico sentía pena por mí!

Le pregunté si existía alguna posible cura, y él me dijo que, desafortunadamente, no; y su tono era el de quien pronuncia una sentencia de muerte.

– Mi nombre es Ramón Llull -le dije, intentando conservar la calma-, y soy muy viejo y ya he vivido más que suficiente. Hace mucho tiempo tuve una familia y disfruté de una buena situación mundana. A todo esto renuncié de buen grado a fin de honrar a Dios y exaltar nuestra santa fe. Aprendí el árabe, y muchas veces prediqué entre los sarracenos. Fui detenido, encarcelado y flagelado por la fe; no una, sino muchas veces. Aceptaré entonces cualquier destino que Dios tenga a bien enviarme.

El inclinó levemente la cabeza en una especie de saludo respetuoso, y dijo:

– Que Dios te proteja entonces, hermano del Libro.

Le pregunté cómo había llegado el Mal a estas tierras, y él respondió, mirando hacia un lado, que era una larga historia.

– Te puedo dedicar todo el tiempo que me quede -dije, mientras esbozaba una amarga sonrisa.

– Bien, te lo contaré entonces, pero me siento muy incómodo con estas cadenas y con toda la suciedad que se ha pegado a mi cuerpo.

Asentí. Gracias a los años que pasé con mi desafortunado esclavo moro, sabía la importancia que los sarracenos le daban a la higiene personal. Una importancia que para muchos cristianos es incomprensible pero que, debo admitir, se me ha contagiado en parte. Llamé al almogávar del exterior y pedí que nos proporcionara un barreño lleno de agua, cosa que hizo al instante, y le solicité que librara a Ibn-Abdalá de sus cadenas, a lo que se negó rotundamente.

El sarraceno se encogió de hombros, y aceptó aquello que había conseguido; se lavó lo mejor que pudo y me pidió algo para recortarse la barba y el pelo. Le di unas tijeras, sin pensar ni por un momento que aquel hombre pudiera usarlas como arma. Y no lo hizo. Después de lavarse y afeitarse, su aspecto había mejorado lo suficiente como para que empezara a mostrar la edad que auténticamente tenía.

Mientras se aseaba me dijo que él no había nacido en Rai, sino en Tánger.

– En el Lejano Poniente, como tú -añadió.

De joven estudió las leyes de Alá y de los hombres, y lleno del deseo de visitar los santuarios ilustres, dejó a su padre, madre y amigos y a los veintidós años partió hacia Oriente, solo, sin compañero con el que pudiera vivir familiarmente, sin caravana de la que formar parte. Fue vendedor de dátiles en Arabia, y traficó con esclavos en Kipchak. De los doctores de Damasco obtuvo la licencia para juzgar, y se convirtió en cadí al servicio del sultán de Delhi. La desgracia no se olvidó de él, ni las intemperies, ni los bandidos; varias veces lo perdió todo, su equipaje y su dinero…

– Pero nunca me detuve… hasta que esos demonios llegaron a estas tierras.

– ¿Quiénes son?, ¿de dónde vienen?

– Quién sabe. Una raza de criaturas bestiales. Viajan con los tártaros y tienen algunas de sus mismas costumbres, pero en otras cosas son muy diferentes.

Un anciano de Delhi le había contado la caída de Bagdad; como una nube negra apareció al este de la ciudad y la cubrió por completo. Al momento se originó un gran griterío; la gente trepaba a los terrados y a los alminares para intentar averiguar el origen de esa polvareda. Al fin descubrieron al ejército tártaro llegar oculto por esa niebla, su caballería, sus impedimentas y todo el convoy de equipajes que venía detrás; la faz de la tierra parecía en aquel momento totalmente cubierta de tártaros. Al frente de ellos, como punta de flecha, avanzaban los demonios peludos.

– Me los describió con detalle, pero no quise creerle… hasta que sitiaron Rai, donde yo me encontraba comerciando. Llegaron del mismo modo que el anciano me había narrado, envueltos en una nube pestilente y sometieron la ciudad por el hambre; fui testigo de cosas horribles durante aquellos meses de asedio; vi a mujeres disputarse la piel de un caballo muerto hacía semanas y a la gente arrollarse por beber la sangre de un buey al que se daba muerte, y a un hombre devorar un pie humano. Finalmente la ciudad, exhausta, se rindió al poder de esos monstruos y éstos, al penetrar por sus calles, cometieron las mayores atrocidades que la mente humana puede concebir.

– Dices que viajan con los tártaros, ¿pero acaso no lo son ellos mismos?

– Conozco a los tártaros y son temibles, casi inhumanos. Exterminan poblaciones enteras y esclavizan a los niños, haciéndoles trabajar hasta morir. Pero esas criaturas son mucho peores; llevan el Mal consigo, y eso, además de su aspecto, es lo que las hace diferentes.

Le pregunté qué era eso que él llamaba el Mal, e Ibn-Abdalá señaló el bulto en mi cuello y dijo que había visto a muchos hombres atrapados por él. Cambiaban lentamente y olvidaban su fe y sus recuerdos. Los demonios peludos les obedecían, aunque antes de ser infectados por el Mal, estos hombres fueran sus esclavos. Durante una ceremonia demoníaca, siempre en la oscuridad, el Mal les era transmitido y ocupaba el cuerpo del desgraciado enturbiando su alma y sus ideas.

Yo no deseaba seguir hablando de eso, por lo que pregunté a Ibn-Abdalá:

– ¿Conoces bien estas tierras?

– He pasado mi vida recorriéndolas, he atravesado Anatolia, y navegado por el mar de los Jázaros, cruzando la estepa y llegando hasta Urgandi, Bujara y Samarcanda.

– ¿Conoces el camino hasta Samarcanda?

– Tanto como la palma de mi mano; ¿es ése vuestro destino?

– No exactamente. ¿Sabes de un lugar llamado «desierto de cristal»?

– Conozco un lugar que muy bien podría recibir ese nombre.

Le pedí que me hablara de él, e Ibn-Abdalá me dijo que se trataba del lecho seco del mar de Caspia [26].

En aquel lugar la sal se había mezclado con la arena y cuando el sol incidía en ellas brillaban desde muy lejos, como una enorme superficie cristalina.

– Es un lugar terrible -concluyó-, y nada vive allí; ¿por qué os interesa saber de él?

– Ése es nuestro destino.

– ¿Por qué? ¿Qué buscáis allí?

Le dije que de momento no podía contarle nada más, y él respondió que no importaba; y añadió con indiferencia que, si ése era nuestro deseo, él podía guiarnos hasta allí.

– ¿Es un lugar cercano de la ciudad de Samarcanda?

– Relativamente -dudó Ibn-Abdalá-; está al norte, a muchas millas de la ciudad, pero se puede llegar hasta el desierto salino siguiendo, desde Samarcanda, el cauce del río Oxus que acaba extraviándose en sus arenas. Pero no os aconsejo esa ruta.

– ¿Por qué no?

– Porque he oído contar que los tártaros se están concentrando por miles en torno a Samarcanda. Se dice que los campos alrededor de la ciudad han sido completamente cubiertos por sus yurtas.

¿Y qué importaba eso?, me pregunté. No me cabía duda alguna de que si los tártaros, o los gog, lo desearan ya habrían caído sobre nosotros.

Pero le pregunté al sarraceno:

– ¿Tienes otra idea?

– Las orillas del mar de los Jázaros, que algunos conocen como el mar de Tabaristán, no están lejos de aquí. A pesar de lo que muchos creen, es un mar aislado y sin comunicación con el mar Negro o con el mar de Caspia, como lo demuestra el hecho de que este último se haya secado por completo a pesar de lo cercanos que están en algún punto ambos mares. Si bordeamos la costa del mar de los Jázaros, llegaremos hasta el mar de Caspia sin peligro de encontrarnos con los tártaros de Samarcanda.

Transmití rápidamente esta información a Joanot, y aproveché la ocasión para pedirle a Ibn-Abdalá como mi esclavo asistente, dado sus amplios conocimientos sobre la geografía de aquellas regiones.

Después, emprendimos la ruta que Ibn-Abdalá nos había descrito.


9

<p>9</p>

Desperté. Estaba en una habitación bastante amplia, de paredes de madera, con un gran ventanal a la derecha. Las paredes estaban recubiertas de un tapiz de lana decorado con franjas de colores y la rosa blanca de la Virgen María. Mi lecho tenía dosel y cortinas de lino, y olía bien; al espliego, tanaceto y rubia, que debían de haber añadido a la paja del colchón. Hacía calor. ¿Qué lugar era éste? La luz que penetraba a través de las placas de cuerno pulimentado de las ventanas era cálida y suave.

Una mujer dormía en mi lecho de espaldas a mí. Su pelo se derramaba como una impla negra sobre la almohada. Acaricié su sedosidad con mi mano.

– Qué hermosa eres, Amada mía -susurré.

– Vuelve a dormir, Ramón -dijo ella sin volverse; con voz soñolienta.

– Ya ha amanecido -dije.

– No importa. Duerme.

– He tenido un sueño muy desconcertante. Era viejo y caminaba por lejanas tierras, tenebrosas y diabólicas, en compañía de fieros guerreros…

Ella se volvió entonces hacia mí y me dirigió una sonrisa cadavérica con sus labios carcomidos. Sentí el hedor de la podredumbre junto a mi rostro; una fetidez que parecía haber quedado en mis narices desde mi paso por el poblado gog.

– Sólo ha sido un sueño, Ramón -dijo con una voz que era como un eco en una tumba-; vuelve a dormir…

Y soñé de nuevo que era un anciano, poseído por un espíritu maléfico, caminando sin recordar cómo ni por qué, por la orilla de un mar de aguas oscuras.

La niebla espesa y maloliente que había rodeado el asentamiento gog se había ido diluyendo conforme nos acercábamos a las agrestes costas del mar de los Jázaros. Pero el Sol no brilló nunca con excesiva fuerza sobre nuestras cabezas.

Cruzado el equinoccio de otoño, los días se fueron endureciendo como acero gris, anunciando el inminente invierno.

Se desencadenó una temible tormenta que fuimos viendo formarse a lo lejos, en el mar, rozando la curva del horizonte. Llegaban violentas ráfagas del cauro que nos calaban con el agua que arrastraban las crestas de las olas. Se oscureció intensamente el firmamento, y se formó una gran muralla de tinieblas en el centro del mar, que vimos abalanzarse a gran velocidad contra nosotros. El furor de la tormenta fue en aumento y sólo al atardecer consiguieron los almogávares resguardarnos de ella, en un barranco, después de luchar desesperadamente contra un viento impetuoso. Las aguas que penetraban tierra adentro en aquella ensenada estaban casi tranquilas, pero a lo lejos formaban las olas una larga cadena de espuma, y el viento doblaba los árboles a su alrededor. Al día siguiente amaneció lloviendo, y la atmósfera estaba tan densa que no se veían las copas de los árboles alrededor del campamento. La mañana parecía un sombrío crepúsculo acompañado por el incesante estruendo de las olas chocando contra las rocas.

Tras haber visto brevemente el sol, esta repentina oscuridad nos llenó a todos de desánimo, pues era como si los elementos, y la propia naturaleza, se empeñara en enfrentarse a nuestro avance. Un temor supersticioso se había extendido por el campamento, y los almogávares hablaban entre ellos, en voz alta incluso en presencia de Joanot o de alguno de sus almocadenes, de la necesidad de regresar cuanto antes a tierras más hospitalarias. Pero ese día parecía cada vez más lejano, y ahora que tenían a los gog a la espalda, seguir avanzando parecía la única opción.

Y así lo hicimos apenas cesó la lluvia; los almogávares recogieron las empapadas tiendas, las cargaron sobre las acémilas, y nos pusimos en marcha, siempre hacia oriente, siempre bordeando la costa de rocas afiladas y negras.

Nos encontramos con varias aldeas de nativos. Pequeñas aldeas de miserables pescadores que contemplaron el paso de aquellos guerreros disfrazados de mercaderes con apática indiferencia. Hombres pequeños, con barbas y largos cabellos que caían sueltos sobre los hombros, cuya piel recordaba al cuero arrugado y pulido por el uso prolongado, salpicadas de tatuajes azules. No se veían niños ni mujeres por ningún lado, pero era evidente que éstos se ocultaban en el interior de las cabañas, que estaban hechas de paja y arcilla prensada, y se extendían casi hasta la misma orilla del mar, sostenidas a unos seis codos de la arena por anchas estacas de palo. Los troncos ranurados que daban acceso a las cabañas estaban casi lisos por el continuo uso; unas plataformas toscamente construidas se extendían sobre las estacas y sobre ellas se asentaban las cabañas. De los costados de las empalizadas colgaban las redes y aparejos de pesca, y las barcas, estrechas y afiladas como piraguas, dormían bajo la plataforma, a la sombra de las cabañas. Era evidente que aquellas gentes eran demasiado insignificantes como bocado para que ni tan siquiera los salvajes gog se fijaran en ellos.

Aquellos delgados pilares y carcomidos tablados estaban llenos de harapientos pescadores, semejando una bandada de mirlos descansando, y desde allí contemplaban indolentes nuestro paso como si de espectros se tratara.

Yo me se sentía cada vez más como tal. La realidad se diluía día tras día ante mis ojos y penetraba en silencio en un mundo horrible pero sorprendentemente fascinante. El bulto de mi cuello había dejado de dolerme, y casi había acabado por olvidarme de él. No me sentía enfermo ni cansado, pero mis ojos registraban imágenes febriles, que parecían escapar de las más oscuras alucinaciones. Incapaz de controlarlas, incapaz de diferenciar la realidad de aquellos espejismos. Pasaba mucho tiempo a solas, en el interior de mi carromato, concentrado con mis libros y mis instrumentos de medición, donde sólo Ibn-Abdalá me visitaba de vez en cuando.

– Hemos cambiado de dirección -le dije al cadí en una ocasión, tras consultar mi aguja magnética-; ahora viajamos hacia la tramontana.

– Así es -me aclaró Ibn-Abdalá-; bordearemos la costa del mar de los Jázaros hasta llegar a la altura del mar de Caspia. Será fácil determinar el punto exacto porque allí el terreno se vuelve más árido; luego viajaremos unas jornadas hacia el Oriente, y daremos con tu desierto de cristal.

Asentí, y aparté rápidamente la mirada.

Durante un instante había creído ver crecer tentáculos, retorciéndose como víboras, directamente en el centro del rostro de Ibn-Abdalá.

– ¿Has tenido una visión? -me preguntó el sarraceno.

– Sí -dije, tapándome el rostro con ambas manos-. Vete, por favor.

– No deberías quedarte solo.

– Lo que debería hacer es acabar de una vez con todo…

– Pero no lo harás.

– Mi fe no lo permite.

El sarraceno asintió con gravedad.

– En ese caso debes tener valor.

Aparté las manos de mi cara, y volví a mirar al cadí. El flaco rostro del sarraceno me sonrió, y me preguntó si me encontraba mejor.

Apreté las manos del cadí con un mudo agradecimiento en mis ojos. Hacía mucho que había comprendido la fortuna de tener a alguien como Ibn-Abdalá a mi lado en aquellos momentos. Culto e instruido, no era un hombre que se dejara llevar fácilmente por la superstición. Poco a poco había ido confiando más en él de lo que nunca lo había hecho con Joanot o con los otros almogávares. A pesar de la diferencia de nuestras creencias religiosas, y de nuestras diferentes edades, ambos compartíamos un mismo amor por el conocimiento, y una misma curiosidad insaciable por las obras de Dios.

Llevado por esta confianza le mostré, en una ocasión, mi más preciado tesoro.

Rebusqué en el arcón que estaba situado al fondo del carromato, y coloqué uno de los discos de mi Ars Magna sobre la tabla de madera que me servía tanto de mesa como de lecho. Ibn-Abdalá lo miró asombrado, levantó la vista y quiso saber qué era.

El disco estaba fabricado en fina chapa de bronce, y dividido en cuatro figuras; tres circulares y una triangular. Las tres primeras formaban otros tantos discos concéntricos, unos con otros, movibles y giratorios mediante un eje de latón.

Estaban pintados en vivos colores para distinguir las diferentes subdivisiones de los términos que contenían.

Le expliqué que cada rama del saber descansa sobre un número relativamente pequeño de principios evidentes por sí mismos, que forman la estructura de todo conocimiento. En cada uno de los sectores iluminados con distinto color de mis discos estaban trazados estos principios, divididos en dos órdenes absolutos y relativos, al propio tiempo que las cuestiones posibles, los sujetos generales, las virtudes, los vicios; con nueve términos en cada columna, y a cada una de las cuales le correspondía uno de los radios o casillas del círculo. Estos, en sus posiciones respectivas, al colocarse frente a los términos, según las diferentes correlaciones que se conseguían al girar los discos, producían toda clase de propuestas interesantes. Agotando todas las posibles combinaciones de estos principios podíamos explorar todo el conocimiento que nuestras mentes eran capaces de comprender.

– Las vueltas de las figuras emblemáticas de este artificio -dije- son como las meditaciones del espíritu y suplen, incluso, el conocimiento de los hechos.

La última figura, o instrumental del Arte, se componía de tres triángulos; rojo, verde y amarillo; que servían para bajar de los conceptos universales a los particulares.

– ¿Y cuál es la función de todo eso? -me preguntó, mirando fascinado los discos de latón.

– Es una máquina para ayudar a la mente -exclamé con satisfacción-. A través de la combinación mecánica de estos términos se pueden descubrir los elementos constructivos necesarios a partir de los cuales elaborar razonamientos válidos e inteligentes. Dios me dio el Ars Magna para conocerle y amarle y durante la mayor parte de los años de mi vida mi empeño ha sido demostrar las verdades de la fe, por medio de un método que estuviese al alcance de cada cual y fuera evidente para todos. Mi deseo era convertir a la fe de Cristo mediante un conocimiento de algo que fuese verdadero, necesario, e imposible de rechazar por medios racionales, y no por simple cambio de creencias, por conveniencia o por persuasión. Me he esforzado en probar que es posible una demostración de la fe mediante la inteligencia científica; porque ciertamente se puede demostrar que Dios existe, y que tiene tales o cuales perfecciones.

Él me contempló escéptico, y dijo:

– Si lo que afirmas fuera cierto, ¿qué mérito tendría la fe?

– La fe permanece intacta frente a toda inteligencia científica -dije-, ya como base, ya como extremo de la ciencia; porque sobresale de todo pensamiento puramente lógico, como el aceite mezclado con el agua.

Aquella conversación me había llevado a los lejanos tiempos en los que yo era joven e intentaba convencer a mi esclavo sarraceno. Empujado por este recuerdo me ocupé de que los que habían sido sus compañeros de encierro, en aquella horrorosa jaula del poblado gog, fueran liberados de sus cadenas y entraran al servicio de los almocadenes almogávares, respondiendo yo mismo de la fidelidad de aquellos hombres.

Era todo lo que podía hacer. Ahora tan sólo me quedaba esperar el final, y rezarle a la Santísima Trinidad para que dicho fin me alcanzara cuanto antes.

Pero las alucinaciones no cesaban.

En una ocasión, tras atravesar una de aquellas miserables aldeas de pescadores, escuché una voz que me llamaba. Su tono apenas se diferenciaba del bramar continuo de las olas que de tan habitual como se había convertido para mis oídos, apenas escuchaba ya, pero se superponía a éste, y pronunciaba mi nombre con claridad.

Estaba sólo en mi carromato, con un paño húmedo sobre mis ojos. Lo aparté y me incorporé en el camastro, escuchando con atención.

«¡Ramón Llull!», y era como un rugido. Descendí del carromato y caminé hacia aquella voz extraña y temible, dejando a mi espalda la larga caravana de almogávares.

Tras unas rocas negras, cubiertas de líquenes y guano de las gaviotas, vi aparecer la cabeza de un león de melenas negras como la noche. El león me miró con unos ojos inteligentes y ávidos, y yo no parpadeé. Deseé con todas mis fuerzas que aquel animal saltara sobre mí y acabara para siempre con mis sufrimientos. Pero el león dio media vuelta, y con su oscura melena azotada por el viento, se alejó por entre las rocas.

Le seguí con pasos cortos que hacían crujir los guijarros desmenuzados por las olas. Busqué al león por el laberinto de piedras afiladas. Las gaviotas gritaban a gran altura sobre mi cabeza y, al alzar la vista, vi cómo se estaba formando una nueva tormenta. Pronto empezaría a llover, y consideré que lo más prudente sería regresar a la caravana; pero de nuevo escuché pronunciar mi nombre; a mi espalda.

Giré sobre mis talones, y me vi nuevamente enfrentado a los ojos del león. El animal descansaba medio tumbado sobre una roca plana; las patas delanteras paralelas, en una posición similar a la de la Esfinge. La melena, azotada por el viento, vibraba como una aureola de serpientes en torno a su feroz rostro.

– ¿Dónde está la ciudad del fuego simple? -preguntó el animal-. No puedes imaginarlo porque la esencia del lugar no es visible; y por tanto no es imaginable.

El animal me había hablado. Sus labios no se habían movido, y aquellas palabras parecían haber resonado directamente en mi mente, pero yo no dudé, ni por un instante, que era el animal el que se había dirigido a mí. Las rodillas me temblaron.

– Y es porque los ojos no alcanzan ni tocan la esencia del lugar -siguió diciendo-; y por eso la imaginación imagina las semejanzas del lugar que tocan y alcanzan los ojos, pero el entendimiento toca y alcanza sobre la imaginación.

– ¿Qué quieres de mí? -susurré.

– Tu ayuda -respondió el animal-. Tu imaginación. Tu entendimiento. Soy un náufrago perdido en una isla remota.

El animal saltó de su piedra y paseó tranquilamente frente a mí, agitando su cola como una serpiente a su espalda.

– Durante mil años he buscado sin descanso la esencia del lugar; el paradero de la ciudad de mis enemigos -dijo el animal-. He rastreado el mundo buscando las huellas de su presencia, sin ningún resultado; pero donde yo fracasé, y donde todos mis esclavos fracasaron, tú has triunfado.

– ¡No puedo ayudarte! -le grité a la bestia-. ¡No puedo seguir soportando esto! ¡Desaparece para siempre, o acaba conmigo de una vez!

La bestia giró sobre sí misma mostrándome sus fauces abiertas.

– ¡No deseo causarte ningún mal! -rugió-; un hombre como tú es como una joya rarísima que aparece una vez cada mil años y que ilumina por completo a su especie durante generaciones. Te reservo un puesto a mis pies, en el trono de este mundo.

Me tapé los oídos con ambas manos, y grité:

– ¡Márchate!

Un relámpago restalló en el cielo y, como si esto fuera una señal, una cortina de lluvia se derramó sobre la tierra, con tanta fuerza como para resultar dolorosa.

Intenté protegerme el rostro con las manos, y al hacerlo perdí de vista al león durante un único instante. Cuando volví a mirar, el animal había desaparecido.

Regresé tan rápido como pude a la caravana, y tuve que correr para alcanzar mi carromato, en cuyo interior me refugié.

No cambié mis ropas empapadas, ni intenté dormir. Estaba solo en la oscuridad, con los ojos cerrados, temblando de frío y de miedo, cuando sentí la velocidad en mi cuerpo, un extraño vértigo similar a la sensación de caída, tan repentina que me obligó a abrir los brazos intentando asirme a algo. Pero mis brazos no tocaron nada.

Abrí los ojos y sólo vi oscuridad, y pequeños puntos luminosos semejantes a estrellas, pero que me rodeaban por todas partes y no tintineaban. Pequeños puntos de una luz tan dura que parecía capaz de perforarme los ojos. Mi estómago me decía que estaba cayendo a gran velocidad, pero mi cuerpo parecía flotar en el agua.

Entonces giré mi cabeza y la vi. Era una enorme esfera luminosa de color azul; semejante a la que había en la Sala Armilar , pero mucho más hermosa y brillante. Parecía algo vivo, y era tan bello que las lágrimas enturbiaron mis ojos al mirarla.

– Ese es mi mundo, Ramón -resonó la voz del león en sus oídos-; mi cuna.

Tapé mis oídos con las manos, y grité con toda la fuerza de mis pulmones:

– ¡Sal de mi mente!

Sentí una mano fuerte sobre mi hombro, y cómo esa mano me sacudía como si fuera un muñeco de trapo.

– Ramón… despierta. ¿Estás bien?

Abrí los ojos, y vi el conocido rostro de Joanot de Curial frente a mí, rodeado por varios almogávares.

– Apártate de mí, Joanot -le dije-, estoy poseído por un demonio.

Uno de los almogávares dio un paso atrás, y se santiguó espantado, pero Joanot no apartó su mano de mi hombro.

– No es cierto, viejo -dijo-. Sólo estás enfermo.

En ese momento entró Ibn-Abdalá en el carromato. Llevaba una humeante jarra que sin duda contenía una infusión de hierbas medicinales.

– Tuvisteis una pesadilla esta noche, señor -dijo el sarraceno-. Esto os tranquilizará el espíritu.

– Nada puede tranquilizar mi espíritu -dije, apartando la jarra-. Ya no me pertenece.

– ¡Basta! -gritó Joanot-. Salid todos de aquí. Dejadnos solos.

Después permaneció en silencio hasta que los almogávares y el sarraceno abandonaron el interior de mi carromato. Sólo entonces empezó a hablar:

– ¿Qué pretendes hacer, viejo? Los hombres ya están bastante nerviosos caminando solos por una tierra extraña y rodeados de enemigos. El invierno corre rápido por estas latitudes, y pronto no encontraremos nada que comer. Si el desánimo prende entre la tropa, si abandonan la búsqueda del reino del Preste Juan, entonces, la próxima primavera no hallarán de nosotros más que nuestros esqueletos y los de nuestras acémilas.

Inspiré profundamente antes de hablar y le dije, con voz entrecortada, que Ibn-Abdalá conocía el camino mejor que yo; ya no les era de ninguna utilidad y, además, entorpecía su avance.

– He traído la desdicha sobre esta expedición; un demonio habita dentro de mí. ¡No puedo seguir entre vosotros!

Joanot miró hacia las cortinas de lana que protegían el interior del carromato de la luz, para asegurarse de que no había nadie escuchando, luego se volvió hacia mí y me dijo muy serio:

– Nunca le he hablado de esto a nadie antes de ahora. Ni a mis mujeres, ni a mis mejores camaradas; pero debes saber, Ramón, que creo que Dios es sólo un mito inventado por los hombres para procurarse, a la vez, la tranquilidad y la desdicha.

– ¿De qué estás hablando? -le pregunté.

– Tampoco creo que exista Satanás, ni su ejército de ángeles caídos.

Miré atónito a Joanot. No daba crédito a lo que había escuchado.

– ¿Cómo puedes… -empecé, pero las palabras no acudieron fácilmente a mis labios- negar… negar lo que te rodea, lo que te hace vivir?

– ¿Por qué crees tú? Porque así te lo han enseñado. Te han enseñado a temer al pecado y a alabar la virtud; a esperar el castigo o la recompensa. Pero yo he visto a hombres virtuosos sufrir los peores castigos, y a pecadores convertirse en reyes, e incluso en papas.

Durante toda mi vida había escuchado multitud de herejías, y comprobado que existían multitud de formas equivocadas de interpretar a Dios, pero jamás había conocido a nadie que afirmara algo como lo que Joanot acababa de decirme.

– No quiero seguir escuchando -dije.

– Pues lo harás -dijo Joanot-. No creo que el demonio esté dentro de ti, Ramón. Estás enfermo, y te recuperarás. Eso es todo.

Le dije que se había vuelto loco.

– Sí, y tú eres el más cuerdo de los hombres -sonrió Joanot con cinismo-. Ahora duerme, viejo, descansa, y olvida tus temores. Olvida también esa idea de que vamos a abandonarte aquí. Vendrás con nosotros hasta el final.

Después de estas palabras, Joanot abandonó el carromato; y yo, solo una vez más, me tumbé de espaldas y tapé mis ojos con mi brazo. Intenté hacer lo que Joanot me había recomendado: dormir.

No quería pensar en nada; más tarde ya habría tiempo. Ahora sólo quería dormir.


questiones

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<p id="_Toc95721647">questiones</p>
Utrum?, Quid?, De quo?, Quare?, Quantum?, Quale?, Quando?, Ubi?, Quomodo?
<p>1</p>

– Ahí tienes tu desierto de cristal, Ramón -dijo Ibn-Abdalá.

Abandoné el oscuro interior de mi carromato, y parpadeé por la fuerte luz del mediodía al mirar a lo lejos. Un fulgor blanco en el mismo filo del horizonte, como si el sol se reflejara contra una gigantesca superficie de vidrio.

Un resplandor casi mágico señalaba nuestro destino.

– Hemos llegado -musité con lágrimas en los ojos, preguntándome si aquello sería real o se trataba tan sólo de una nueva alucinación.

Me sentía inmensamente cansado; agotado del viaje y de la vida. Y, ahora que el final de nuestro camino estaba al alcance de la vista, pensé en Moisés contemplando la Tierra Santa que nunca llegaría a pisar.

Joanot se colocó junto a mí, y contempló el fulgor lejano durante unos instantes, haciendo visera con su mano para que el sol no le cegara. Todos los almogávares estaban, en ese momento, en una posición similar.

Después, Joanot, se volvió hacia mí y me preguntó por mi enfermedad. Palpé brevemente la buba de mi cuello -no me dolía y parecía más deshinchada y menos congestionada-, y le respondí que mejor. Pero no podía sentirme ya seguro; y no podía confiar en mis sentidos. Realidad y alucinación se mezclaban turbulentamente confundiendo mi entendimiento.

Como en un sueño seguimos nuestro camino olvidándonos del cansancio. Después de tantas vicisitudes nuestras fuerzas se habían visto reforzadas por la visión de la cercanía de su destino.

Tras atravesar una árida y pedregosa lengua de terreno intermedio, empezamos a encontrarnos con aislados montículos de arena y sal, que salpicaban la periferia de aquel mar seco como charcos dejados atrás por la marea. Al atardecer, mientras el sol enrojecía el horizonte ponentino, alcanzamos la costa desolada de aquel antiguo mar. Una playa infinita, donde ya no morían las olas.

Las palabras de san Juan acudieron de nuevo a mi mente:

«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, y el mar no existía ya…»

Sin detenernos, avanzamos por la fina arena. Los cristales de sal brillaban como diamantes abandonados entre los granos de arena. Muchos eran de gran tamaño, y algunos hombres se agachaban a recogerlos pensando quizá que se trataba de joyas.

Yo también recogí cosas de la arena; conchas y estrellas de mar calcinadas por el sol. Era evidente que todo aquello había estado sumergido hasta hacía muy poco tiempo. Pero ahora parecía el más árido de los lugares.

Afortunadamente, tras las últimas lluvias en la costa del mar de los Jázaros, nuestras reservas de agua estaban repletas, porque la presencia de agua entre aquellas arenas salinas me parecía tan improbable como el hielo en el infierno.

Uno de los exploradores gritó señalando algo a lo lejos. Parecía un monumento extraño y de una blancura reluciente, como si fuera algo que no perteneciera a este mundo, apenas teñido de rojo por el sol del atardecer.

Cuando llegamos hasta él, vi que se trataba de una antiguo barco de tres palos y afilada quilla. Tenía un boquete cerca de la proa, que sin duda había sido la causa de su hundimiento. Todo él, los mástiles, el casco, las pocas cuerdas que le quedaban, estaba cubierto por una capa de blanquísima y reluciente sal, lo que le daba aquel aspecto de joya mágica y enorme. Me pregunté cuánto tiempo habría permanecido hundido aquel barco antes de que las aguas se retiraran, dejándolo convertido en aquella mágica estatua de sal. No mucho, sin duda, pues conservaba intactos algunos de sus aparejos; si hubiera permanecido mucho tiempo sumergido hasta el último de ellos se habría corrompido en el agua. Ahora la sal preservaría la integridad de aquel viejo casco durante mucho tiempo.

Empezaba a oscurecer, pero Joanot no se decidía a dar la orden de acampar. Parecía confuso e indeciso, aquel extraño y árido lugar no parecía el más indicado para establecer un campamento. Pero finalmente, la inminente oscuridad le obligó a tomar una decisión. Los almogávares acamparon junto aquel casco petrificado, y pasaron una noche helada, insomne y llena de presagios, bajo un cielo sin luna cuyas estrellas reflejaban su brillo en los granos de sal que recubrían aquella planicie que ahora parecía infinita.

A la hora prima del día siguiente, nos pusimos nuevamente en marcha y seguimos avanzando por el lecho seco.

Esta vez fue Ricard el que encontró algo semienterrado por la arena.

Joanot y yo nos acercamos al lugar donde el almogávar se ponía en cuclillas para examinar su hallazgo. Con sumo cuidado, apartaba con la mano la arena que lo cubría.

«¡Qué cosa tan extraña!», me dije.

Eran dos gruesas barras de hierro negro dispuestas paralelas entre sí a unas dos varas una de otra, con unos tablones de madera situados entre ellas. Las barras estaban sujetas mediante gruesos clavos remachados a las maderas, y éstas estaban separadas entre sí algo más de una vara. Conté cinco de estos tablones en el espacio que Ricard ya había desenterrado, pero a medida que apartaban la arena aparecían muchos más, y sobre ellas las barras de hierro parecían extenderse como una carretera hacia el horizonte.

– ¿Qué es eso, Ramón? -preguntó Joanot-, nunca he visto nada igual.

– Yo tampoco -admití.

Ricard llamó a voces a un grupo de almogávares que le ayudaron a ir desenterrando aquel extraño camino de hierro y madera. No estaba a mucha profundidad, y bastaba apartar la fina arena con el pie para sacarlo a la luz. Joanot y yo caminábamos tras los almogávares mientras éstos se afanaban en su tarea.

El sol se elevaba rápidamente en el firmamento.

– Esos hierros deberían estar cubiertos de orín -dije-. Y no es así.

Joanot me preguntó por esto.

– Ese artefacto nunca ha estado sumergido -le expliqué-. Ha sido construido después de que el mar se secara.

– ¿Con qué propósito?

– No puedo imaginarlo. Parece un camino; pero ¿por qué iba alguien a construir un camino de hierro en mitad del lecho de un mar seco?

Me detuve agotado. Los ojos me dolían de tenerlos entrecerrados, pero sólo así podía soportar el fulgor de los granos de sal reflejando la luz solar. Si se levantaba viento aquello iba a ser un infierno.

Le hice una señal a Ibn-Abdalá que nos contemplaba desde lo lejos, y el sarraceno corrió hacia nosotros cargado con un odre lleno de agua. Tras beber, le pasé el cuero a Joanot y le pregunté a Ibn-Abdalá señalando el camino de hierro y madera:

– ¿Sabes lo que es eso?

El sarraceno lo contempló durante un instante, y caminó por él, sobre los tablones de madera.

– Parece una escalera capaz de llegar hasta el cielo; si alguien fuera capaz de ponerla en pie, claro -fue su respuesta.

Observé al cadí admirado. Era sorprendente que a mí mismo no se me hubiera ocurrido ese concepto. En ocasiones había definido mi Ars Magna como una escala conceptual para conducir al hombre hasta las mismas puertas del cielo; un saber ascensional para encontrar las verdades más encumbradas. Pero, por supuesto, aquello había sido una metáfora, pero lo que ahora tenía a mis pies era real y sólido. Y su construcción, si había sido realizada por hombres, debía de haber supuesto un esfuerzo enorme.

¿Intentaría algún pueblo seguir la idea de los babilonios y tender una escalera entre la tierra y el cielo?

No, era absurdo.

– ¿Habías oído hablar a alguien alguna vez de eso? -le pregunté a Ibn-Abdalá. Y él me respondió que nunca había conocido a nadie que se hubiera internado en ese lecho seco más que unos pocos pasos.

– ¿Por qué? ¿Acaso es un lugar maldito?

El cadí me miró divertido.

– Oh, no; en absoluto -dijo-. Pero, ¿por qué iba a querer alguien adentrarse en un lugar como éste?

Asentí. Era lógico, aquello era un desierto de sal donde nadie podía vivir, ni planta alguna crecer. Si alguien hubiera intentado ocultar algo, aquél era, sin duda alguna, el lugar ideal.

Ricard, que estaba en la vanguardia de los almogávares que iban desenterrando el camino de hierro, nos llamó con un grito excitado. Había encontrado algo más.

Junto a Joanot e Ibn-Abdalá caminé hacia allí. Ricard nos hacía señas con los brazos. Tras él se recortaba, contra el cielo azul, una extraña silueta negra.

Conforme íbamos llegando a la altura del almogávar, fuimos descubriendo los asombrosos detalles de aquel nuevo y sorprendente objeto.

Era un gigantesco carro de hierro negro de más de diez varas de longitud, que descansaba sobre cuatro grandes ruedas de hierro, cada una de las cuales tendría la altura de un hombre. Aquellas ruedas descansaban sobre las barras de hierro paralelas que los almogávares estaban desenterrando. Comprendí entonces la utilidad de aquel camino metálico; era evidente que sin él, aquel gigantesco y pesado carromato, se hundiría irremisiblemente en el suelo. Pero, ¿qué utilidad podría tener un carro que sólo podía moverse por un estrecho camino prefijado?

Contemplamos admirados aquella mole de hierro, mientras el resto de los hombres se acercaban. ¿Cuántos caballos o acémilas serían necesarios para arrastrarlo?

Tres de las cuatro ruedas, las delanteras, estaban unidas entre sí por cadenas metálicas. Una cadena unía las tres entre sí; una segunda unía la tercera rueda con un cilindro dentado de metal situado sobre la primera. ¿Cuál sería la función de aquello?, me pregunté, observándolo con cuidado. Parecía un sistema de transmisión, como el mecanismo de un reloj, pero ¿qué hacía algo así en un carro de hierro tan enorme?

Sobre las ruedas, el cuerpo principal del carro era un grueso cilindro sujeto a la plataforma donde estaban los ejes de las ruedas por unos adornos dorados que representaban las alas abiertas de un pájaro. Había oído hablar de armas que, con esa forma de tubo de hierro, y cargadas con polvo negro explosivo, eran capaces de arrojar una piedra a gran distancia y con tanta fuerza como para derribar una muralla. En el sitio de Niebla habían sido usadas estas armas, aunque no habían sido muy efectivas. Me pregunté si no estaría frente a uno de esos artilugios de guerra, pero mucho más perfeccionado, y montado sobre un carro. Quizás eso explicaría que estuviera situado sobre un camino prefijado, si su utilidad era defender un perímetro de terreno, y era necesario desplazarlo de un lugar a otro continuamente.

Había una escalerilla en la parte posterior del carro. Trepé por ella y me encontré en una especie de plataforma relativamente estrecha, dado el tamaño completo de aquel artefacto. Había palancas que surgían del suelo de aquella plataforma, y relojes de bronce y cristal finísimo, situados en su pared frontal.

Joanot, que había subido detrás de mí, se quedó admirando todo aquello.

Pasó una mano sobre aquellos relojes, y dijo:

– Todo esto parece de gran valor. Sus constructores deben de ser gente muy rica para dejarlo abandonado aquí sin vigilancia.

No pude por menos que estar de acuerdo con él. Todo lo que se veía estaba perfectamente manufacturado, todas las piezas encajaban entre sí con una perfección asombrosa, incluso las más pequeñas y delicadas. Resultaba difícil entender cómo podría haber sido construido aquello, y qué clase de artesanos habían intervenido.

Joanot estaba estudiando la expresión de mi rostro.

– Tú siempre tienes respuesta para todo, anciano -me dijo el valenciano-. Debes de tener una idea sobre lo que es esto.

Pero yo sólo podía especular:

– Esto es un carro de guerra. Es tan pesado que podría derribar una muralla con sólo chocar contra ella, por eso necesita de ese camino de hierro; se hundiría en el suelo sin él.

Joanot miró a su alrededor escéptico, y dijo que yo sabía mucho de mis cosas, pero muy poco de la guerra. Aquel artefacto le parecía demasiado pesado y aparatoso; no resultaría efectivo en mitad de una batalla.

– ¿Has calculado cuántos caballos harían falta para arrastrarlo?

– Muchos, sin duda.

– No, demasiado aparatoso y vulnerable… ¿Qué haces?

Había sujetado con ambas manos una rueda dorada que había bajo los relojes; siguiendo un impulso, intenté girarla, pero no lo conseguí.

Joanot quiso saber qué intentaba hacer.

– Creo que algo con esta forma está hecho para girar, pero… -le dio otro fuerte tirón-; no logro moverla.

Joanot me hizo a un lado, y sujetó él la rueda. Enrojeció por el esfuerzo, pero al cabo de un instante, con un largo chirrido del metal, la rueda giró. No pasó nada. Joanot se apartó y me cedió nuevamente el sitio frente a la rueda dorada. Esta vez sí pude hacerla girar sin dificultad.

– ¿Crees que eso puede tener alguna función? -me preguntó el valenciano.

– No lo sé, pero… -tiré de la rueda hacia mí, y una pequeña tronera de hierro, y de forma redonda, se abrió tras ella.

Cogido por sorpresa, a punto estuve de caer de espaldas, pero Joanot me sujetó. Abrí completamente la tronera y oteé su negro y angosto interior.

– ¡Eh! -grité acercándome, y al instante recibí un eco de mi voz.

Impaciente, Joanot quiso saber qué era eso. Le miré divertido. Me sentía como un niño que acabara de encontrar un juguete nuevo.

– No tengo la menor idea -dije.

– Bien -Joanot asintió despacio-. Bien. Estúdialo entonces cuanto quieras; vamos a establecer aquí el campamento.

El valenciano descendió de la plataforma, y gritó las órdenes a sus almocadenes.

Yo volví a inclinarme sobre el orificio. Introduje una mano, y palpé las paredes interiores. Al sacarla, mi mano estaba negra. Esto me sobresaltó, hasta que comprobé que se trataba de hollín. De modo que allí dentro había ardido un fuego, consideré mientras, pensativo, me limpiaba la palma de la mano en el costado de mi túnica de lino.

Me incorporé y miré por encima de los relojes dorados. Sobre la curva del gran cilindro horizontal que era el cuerpo principal del carro, se levantaba otro cilindro de menor tamaño, vertical, y situado cerca de su extremo delantero. Lo había visto desde el principio, pero no había sabido interpretar su utilidad. Ahora, en cambio, parecía bastante clara: se trataba de una chimenea.

¿Sería posible que todo aquel artefacto no fuera más que un fogón o una especie de estufa? Esta posibilidad me parecía bastante decepcionante.

Volví a la tronera e intenté distinguir algo en su oscuro interior.

Mientras permanecía agachado, estudiando minuciosamente el lugar donde había ardido el fuego, un grito de sorpresa y terror salió de la garganta de todos y cada uno de los trescientos almogávares que rodeaban aquel artefacto.

Quedé unos instantes paralizado por la sorpresa. Conocía a aquellos hombres y sabía de su valor. No podía imaginar qué podía haberles hecho gritar así.

Levanté la cabeza y vi a Joanot, a unos pasos del carro de hierro, paralizado por el terror, miraba hacia arriba y gritaba como casi todos sus hombres. Algunos se habían tirado sobre la arena salina, y tapaban sus cabezas con los brazos, como si pretendieran protegerse de algo gigantesco que se abatiera sobre ellos.

Siguiendo la mirada de Joanot, elevé la vista hacia el cielo… Y sentí cómo el terror paralizaba mi cuerpo.

Cerré con fuerza los ojos y los volví a abrir. Seguía allí; una enorme criatura, del tamaño de una montaña, que flotaba lentamente hacia nosotros, proyectando su larga sombra sobre las dunas, y sobre los aterrorizados almogávares.

Caí de rodillas, y junté mis manos para rezar, para pedirle a Dios que pasara aquella horrible y nueva visión.

Pero esta vez no se trataba de una de mis alucinaciones. Todos los almogávares, incluso el cadí Ibn-Abdalá, lo estaban viendo al mismo tiempo que yo. Si era una pesadilla, aquélla era sin duda la más real y terrible de todas. Podía incluso notar cómo el aire vibraba al acercarse aquella cosa, que eclipsaba ya completamente el sol.

De repente mi cabeza empezó a dolerme de una forma horrible, y sentí que mi cuerpo se ponía tenso. Caí de espaldas, con las extremidades rígidas como palos, los ojos abiertos mirando desorbitados aquella especie de gigantesco pez volador de brillante y tersa panza, que tenía el tamaño del leviatán.

<p>2</p>

Había perdido el sentido, y desperté brevemente de mi sueño de inconsciencia. Estaba tumbado sobre una amplia litera de lona, cubierto con una suave sábana de un tejido finísimo. La litera estaba situada junto a un gran ventanal por el que entraba la luz. A través del ventanal, la arena del desierto se deslizaba a gran velocidad muy abajo. Volaba sobre ella como lo haría un espíritu o una bruja.

La segunda vez, mi despertar fue más breve. Un solo parpadeo somnoliento.

Vi la ciudad acercarse a gran velocidad; un mar de relucientes tiendas cónicas; sujetas cada una por un único mástil en su centro y tensadas por un anillo de cuerdas, finas como hilos, que se clavaban en las arenas del desierto. De lejos parecía un campo de pequeñas setas blancas; al acercarse recordé con horror las yurtas de los gog.

Pero mi sentido de la proporción estaba equivocado, confundido por la inmensidad del desierto que rodeaba la ciudad, donde no era posible establecer la escala de aquellas tiendas con nada. Hasta que vi a los pájaros volar libremente bajo aquellas cúpulas cónicas, y a las palmeras crecer como hierbajos a su sombra.

Una de las cuerdas, que yo había considerado tan delgada como un hilo, cruzó entonces frente al ventanal, y pude apreciar sus verdaderas dimensiones. Estaba constituida por al menos una decena de fibras trenzadas. Y cada una de aquellas fibras sería tan gruesa como el tronco de una palmera.

Me dije que, sin duda, aquélla era la ciudad de Dios; y que yo iba, al fin, camino de reunirme con Él.

«Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo del lado de Dios.»

Luego volví a desmayarme.

Cuando uno decide que ya está muerto, despertar con un fuerte dolor de cabeza es todavía más duro. Estaba tumbado boca arriba sobre un colchón tan suave que bien podría haberse tratado de una nube. Me habían quitado las ropas y me encontraba vestido únicamente con una larga camisola de un blanco azulado.

Me incorporé, y vi que mi lecho era cuadrado y carecía de dosel; y era tan amplio que podrían dormir diez hombres, uno junto a otro, sin molestarse. La tersa suavidad de aquel colchón era una experiencia nueva para mí.

Un muchachito hacía guardia junto a la cama. Tendría apenas doce o trece años, los ojos muy negros y la cabeza afeitada; su única vestimenta era un diminuto taparrabos blanco y su piel era de un tono bronce, como la de los campesinos.

Al ver cómo me incorporaba, los ojos del muchacho se agrandaron por la sorpresa, pero no dijo nada; dio media vuelta y salió corriendo. Lo vi desaparecer por una puerta muy alta y muy estrecha, sin que sus pies desnudos hicieran el menor ruido al correr sobre aquel suelo que parecía un espejo.

Estando solo, sentado en mitad de aquella cama desproporcionada, me dediqué a admirar con cuidado la extraña e inmensa habitación en la que había despertado.

Sin duda me encontraba en un templo o en un palacio, pero yo nunca había visto un lugar tan limpio como aquel en el que me hallaba. Las paredes parecían de mármol blanco, y unas columnas del mismo material, de fuste estriado, adornaban las esquinas, y ascendían hasta un arquitrabe de tres bandas sobre el que descansaba el techo. Los capiteles estaban adornados con hojas de palma, representadas de una forma muy sencilla. En realidad todo era estilizado y limpio, sin adornos inútiles.

Me deslicé hasta el borde de la cama, y puse mis pies en el suelo. Parecía estar hecho con el mismo material que las paredes, pero allí era de un tono gris con vetas más oscuras. Froté mis pies desnudos por aquel suelo tan pulido y limpio que podría pasar por un espejo. Aquello no era mármol, no tenía su textura ni su tacto; más bien parecía cristal, vidrio teñido, como el de las catedrales. Estaba cortado en grandes losas de más de una vara de ancho, engarzadas en una retícula cuadrada de metal dorado, tal y como en una vidriera estarían sujetos entre sí los cristales coloreados con láminas de plomo.

Mi imagen se reflejaba en aquel suelo cristalino. Parecía mucho más viejo y mi pelo y mi barba habían crecido desordenados.

Un vendaje blanco rodeaba mi cuello. Llevé la mano a él y descubrí que la dolorosa buba había desaparecido por completo. El vendaje no estaba muy apretado y decidí dejarlo de momento.

Me puse en pie, notando el agradable frescor del cristal en mis pies, y caminé hasta un enorme ventanal que ocupaba completamente la pared a la izquierda del lecho. Además de aquella cama, no había ningún otro mueble a la vista, excepto un gran macetero rectangular en el que crecían unos arbustos salpicados de flores blancas.

La luz entraba incontenible por aquel ventanal, y yo avancé decidido hacia él.

Mi cabeza rebotó contra un muro invisible, y el golpe fue tan violento que a punto estuvo de hacerme caer de espaldas. Me llevé un mano a mi dolorida nariz, y con la otra tanteé hacia delante. Era un cristal; la ventana estaba cerrada con un vidrio tan limpio y transparente que era casi invisible. No había visto jamás nada semejante, ni siquiera entre las más perfectas vidrieras que alguna vez tuve ocasión de contemplar.

Contemplé el exterior a través de aquel muro purísimo.

«Ven y te mostraré la novia, la esposa del Cordero. Me llevó en espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad Santa…»

No podía encontrar mejores palabras para describir lo que estaba viendo que las escritas por san Juan en la última parte de su Apocalipsis:

«Su brillo era semejante a la piedra más preciosa, como la piedra de jaspe pulimentado…»

Con el rostro pegado al cristal de la ventana, miraba hacia un lado y otro, con movimientos cortos y nerviosos. La belleza de lo que veía me emocionó hasta el punto de hacerme saltar las lágrimas…

«Su muro era de jaspe, y la ciudad de oro puro, semejante al vidrio puro… y la plaza… como vidrio transparente…»

Toda la ciudad parecía estar hecha de cristal, como aquella habitación; y los edificios eran esbeltos y desafiantes como las agujas de las catedrales, combinando el blanco traslúcido con el cristal transparente engarzado en delicadas estructuras de metal dorado; tan fino como un encaje, pero lo suficientemente resistente como para permitir que los edificios alcanzasen la altura de las más altas catedrales que yo hubiera visto nunca. Más arriba se cernían las cúpulas cónicas que cubrían la ciudad y la protegían del abrasador rigor del sol. Y allá en lo alto, casi rozando aquellas cúpulas, creí ver condensaciones de vapor, y bandadas de pájaros, y un racimo de formas esféricas y otras alargadas, semejantes al leviatán volador que me había llevado hasta allí, pero empequeñecidas por la distancia.

Roger de Flor había creído en una ciudad del Preste Juan adoquinada de oro, y lo que yo ahora contemplaba era algo mucho más valioso e impresionante; ¡una ciudad de cristal! El cristal era tan precioso como el oro, y además la luz lo atravesaba.

Estrechos y largos puentes unían los edificios a diferentes alturas, se distinguían cientos de personas deambulando por aquellas pasarelas, conversando entre sí, y viviendo tras aquellos muros de cristal. Por todas partes asomaba la vegetación; plantas encerradas en urnas cristalinas creciendo de forma exuberante…

Sonó una voz femenina a mi espalda.

Me volví rápidamente. El muchachito había regresado, acompañado por una mujer de edad madura. La mujer me sonrió con delicadeza y dijo algo en un idioma que no pude entender. Pero, por la inflexión que le había dado a su voz, supuse que era una pregunta. Me encogí de hombros y dije:

– No entiendo tus palabras.

La mujer era de pequeña estatura y muy delgada. Su pelo era castaño salpicado por hebras grises, y lo llevaba sujeto con un moño a la nuca. Su rostro moreno estaba surcado de finas arrugas y reflejaba una hermosa serenidad. Se cubría únicamente con una toga ligera, de un material semejante a la gasa, que envolvía su pequeño y delicado cuerpo.

Le calculé unos cuarenta años de edad. Me repitió la pregunta.

Seguía sin entenderla, aunque el idioma me resultaba tremendamente familiar.

Hizo un nueva pregunta, pronunciando ahora muy lentamente.

Por supuesto que sí, me dije.

La mujer me había preguntado: ¿No puedes hablar mi idioma?

Hablaba griego jonio; el mismo que usó Aristarco de Samos en sus escritos, mil seiscientos años antes. Yo conocía aquel dialecto, pero me había confundido en un principio la forma en que la mujer unía las sílabas.

– Te entiendo perfectamente -respondí en la misma lengua, pronunciando las palabras muy lentamente.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó la mujer inclinando levemente su frágil cabeza y señalando su cuello-. ¿Te duele aquí?

Le respondí que no; que me encontraba perfectamente. Y ella dijo que yo era un hombre muy fuerte; y preguntó que cuántos años había vivido.

– Más de setenta -le respondí.

Ella dijo que nunca había conocido a alguien del Mundo Exterior con una edad tan avanzada; aunque, en ocasiones, el cuerpo humano es capaz de realizar proezas mayores. Me sorprendió la forma en la que se había referido al Mundo Exterior, como si se tratara de algo lejano y misterioso.

Le pregunté entonces por el paradero de mis compañeros. Y respondió que algunos aguardaban en un local de ese mismo edificio; pero que la mayor parte caminaba hacia aquí, guiados por sus hombres a través del desierto.

– ¿Sois hombres o ángeles?

– Hombres como tú -me respondió.

Señalé hacia el exterior y dije:

– Una ciudad de cristal, tal y como describe san Juan que será la ciudad de Dios.

La mujer me pidió que tuviera calma con un gesto de sus manos. Me llamaron la atención; eran muy hermosas, con unos dedos largos y elegantes, y unas uñas tan perfectas que no parecían humanas.

Entonces la mujer me dijo:

– Tus amigos nos han dicho que tu nombre es Ramón Llull, y que eres un sabio, un hombre de ciencia, y por lo tanto comprenderás que existen realidades que no son fáciles de interpretar correctamente con una primera visión.

Después añadió, con una sonrisa, que su nombre era Neléis, y era consejera de esa ciudad a la que llamó «Apeiron». Sus dientes eran blancos y perfectos; como los dientes de una adolescente y no de una mujer de su edad.

Le pregunté si ésta era la ciudad fundada por los discípulos de Aristarco de Samos, tres siglos antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Y ella respondió que poco a poco lo iría comprendiendo todo. Volvió a ejecutar aquel gesto de paz con sus bellas manos y quiso saber si me encontraba bien y si deseaba acompañarle.

Respondí que hacía tiempo que no me sentía tan bien, pero entonces reparé en mis exiguas vestiduras. Bajé la vista hacia mis piernas delgadas y desnudas y le pedí que me devolviera mis ropas.

– No debes preocuparte por eso -dijo ella-. Aquí nadie usa mucha ropa, como comprobarás; hace demasiado calor.

– Bien -acepté. A lo largo de mi vida he viajado tanto, y he visto costumbres lo bastante diferentes como para que nada me sorprenda demasiado.

Abandonamos la habitación en la que había despertado y caminamos por un amplio pasillo abovedado, construido con los mismos materiales; cristal coloreado sobre una estructura metálica que se doblaba y retorcía formando arcos y simulando formas vegetales muy hermosas.

Nos cruzamos con hombres y mujeres vestidos con togas tan exiguas y transparentes como la que Neléis llevaba, que nos miraron con una inocente curiosidad. Aquella gente era muy hermosa, con la piel curtida por el sol, y unos cuerpos que se asemejaban a las representaciones de los atletas de la antigua Grecia.

Neléis me condujo por el pasillo hasta una gran sala circular, cuyo techo era una bóveda transparente. Las columnas que sujetaban la bóveda imitaban a cinco delgados troncos de árbol hechos de metal verde, que ascendían rectos hacia la bóveda, y una vez allí se diversificaban en multitud de finos ramizos que se enredaban elegantemente entre sí. Estas ramas de metal sujetaban la cristalera que formaba la bóveda, y a través de ésta se contemplaba, espectacularmente, la ciudad.

Inmediatamente recordé la Sala Armilar del Palacio de Constantinopla. Los dos arbustos que crecían junto a su puerta parecían un reflejo de esto. Pero en ésta había una especie de lecho en el centro de la sala, iluminado perfectamente por la luz que penetraba por la cúpula. El lecho era estrecho, y estaba sujeto por una base de finas varillas metálicas articuladas, que parecían las patas de un insecto, y que podrían orientar o inclinar el lecho en cualquier dirección. A su alrededor había multitud de mesas y estanterías repletas de frascos y redomas de cristal que parecían constituir el laboratorio de un alquimista.

Neléis señaló mi cuello y preguntó si notaba alguna molestia.

Llevé mi mano al vendaje y respondí que no. Pregunté si ellos me habían curado.

Neléis respondió afirmativamente, y me contó cómo, mientras estaba inconsciente, cirujanos de Apeiron me habían operado y me habían extraído el rexinoos.

– ¿Cómo le has llamado? -pregunté.

– Rexinoos -dijo ella-. La piedra de la locura; aquel que corrompe el alma.

Neléis se acercó a uno de los estantes repletos de frascos de cristal, y me señaló uno semejante al vaso alquímico.

¿Cómo encontrar un vaso capaz de contener un espíritu?

Aquello era algo repugnante; una masa central bulbosa, como pequeños racimos pegados con gelatina, de no más de una pulgada de diámetro, rodeada por un halo de fibras blancas y retorcidas, como largos gusanos delgados y viscosos.

– Durante las primeras semanas permanece casi inactivo bajo la piel, adaptándose al cuerpo de su huésped -me explicó la mujer mientras yo observaba el contenido de aquella redoma con una mezcla de fascinación y repugnancia-. Luego sus pseudópodos penetran en la cabeza, y el rexinoos crece en torno al cerebro, mezclando su mente con la del huésped. Cuando te encontramos estaba al inicio de esa fase; unos días más y no hubiéramos podido hacer nada.

No entendía nada. Miré aquella cosa y luego a la mujer buscando respuesta. Pero ella me preguntó sobre las circunstancias en las que había recibido al rexinoos.

– En el poblado de los gog… -empecé a decir.

– ¿Los gog? -se extrañó ella-. ¿Te refieres a los protohombres?

Hice un gesto de confusión. Creía estar viviendo un sueño.

– Los gog y las «langostas»… y una de ellas me picó en el cuello.

Neléis me pidió entonces que le describiera el aspecto de las «langostas».

Dije que sólo las había visto durante un instante, antes de que una de ellas me hiriera con su cola de escorpión. Y que iban montadas en caballos y llevaban armaduras plateadas, y grandes alas plegadas a la espalda…

– ¡Los Kauli! -exclamó Neléis-. Pero no puede haber kauli en estas latitudes; debiste de sufrir una alucinación.

Miré perplejo a la mujer. ¿De qué estaba hablando? ¿En qué nuevo y extraño mundo había penetrado?

Los persas afirmaban que habiendo rehusado Abraham adorar al fuego, Nembroth lo mandó morir en una hoguera, cuyo fuego fue imposible de encender. Los verdugos se disculparon afirmando que sobre la hoguera había un ángel que impedía encenderse el fuego, y que no era posible apartarlo de allí a no ser que alguien cometiera ante su vista algún crimen execrable; como cometer un incesto por un hermano con su hermana. El primero se llamaba Kau, la otra Li, y de este enlace blasfemo salió el tronco de una raza abominable que se llamó «Kauli». Pero el ángel se mantuvo allí, al lado de Abraham, y Nembroth, confuso y furioso, arrojó al patriarca de su presencia y de su reino.

Un hereje nestoriano me había contado esta historia en una ocasión. Los nestorianos habían permitido que los mitos persas contaminaran su culto degenerado, y yo no le había dado mayor importancia a las palabras de aquel hombre, pero al escuchar a Neléis referirse a las langostas como kauli, recordé al sacerdote nestoriano del poblado gog; y aquel recuerdo le estremeció.

– Estás en un error -le dije a la mujer-. Lo que yo vi eran langostas surgidas del infierno, y eran tal y como las describe el Apocalipsis de Juan.

Un joven musculoso, con su cráneo perfectamente afeitado, entró en la sala y se dirigió a Neléis:

– Señora -dijo-, los guerreros están en las puertas occidentales de la ciudad.

Neléis le agradeció el mensaje al joven, y me dijo:

– Ésos son tus compañeros de viaje. ¿Quieres acompañarme para recibirlos? Más tarde continuaremos con esta conversación.

Seguí a la mujer hasta el exterior, y entonces me di cuenta de que debía de ser una hora avanzada de la tarde. El cielo parecía enrojecer a través del blanco velo tensado de las cúpulas cónicas. Pronto sería de noche en Apeiron.

<p>3</p>

«La ciudad no había menester de sol ni de luna que la iluminasen… sus puertas no se cerrarán de día, pues noche allí no habrá…»

Esto era lo que afirmaba el Apocalipsis y esto era lo que yo estaba viendo en esos momentos. Mientras el atardecer teñía de rojo las fachadas de cristal de los edificios, presencié cómo diminutas luces aparecían por doquier, iluminando las calles y convirtiendo los edificios en impresionantes torres de luz, como joyas de fuego que se elevaran hacia el cielo.

Habíamos salido al exterior y caminábamos por uno de los estrechos puentes que unía los edificios entre sí. Me quedé inmóvil cuando los globos de cristal que adornaban el puente se iluminaron mágicamente, uno tras otro, con una viva luz amarillenta.

Entonces me detuve fascinado, señalando a Neléis una nueva maravilla.

Era un hombre con un arnés de cuero rodeándole el pecho. Este arnés le unía, mediante unas cuerdas, a un enorme balón de unas diez varas de diámetro. El hombre volaba como un ángel colgado de aquel balón. Otra cuerda que salía de su arnés le unía al suelo varios piso más abajo, donde un segundo hombre manejaba un torno que le daba o quitaba cuerda, haciéndole subir y bajar.

Este fue sólo el primero de aquellos aeronautas, pronto vi a muchos más hasta que se convirtieron en un elemento común del paisaje. Sujetos por aquellas largas cuerdas, subían y bajaban pegados a los esbeltos edificios, ocupados en las cristaleras.

– Limpiacristales -me explicó Neléis con indiferencia.


Mientras el atardecer teñía de rojo las fachadas

de cristal de los edificios, presencié cómo diminutas

luces aparecían por doquier…


Recorrimos el puente hasta una plataforma circular rodeada de una barandilla metálica que simulaba una enredadera, con hojas de parra y delgados zarcillos, colgando de ella. Junto a la plataforma, en una especie de embarcadero, esperaba uno de aquellos balones flotantes, pero éste era mucho mayor que los que sujetaban a los limpiacristales; era tan grande como la Oliveta , y de él pendía una pequeña barca de madera.

Neléis subió a esta barca y me hizo un gesto invitándome a que hiciera lo mismo.

Yo contemplé inseguro el enorme balón flotante.

– No hay otra forma de ir hasta donde tus amigos nos esperan -me dijo la mujer.

– Sólo las brujas y brujos tienen el poder de volar -repliqué.

– No hay nada mágico en este artilugio. Tan sólo el sabio aprovechamiento de una característica que nos da la naturaleza; los gases más ligeros ascienden, al igual que las burbujas de aire buscan la superficie del agua. Si encerramos una gran cantidad de un gas realmente ligero -la mujer señaló el balón-, podremos aprovechar su fuerza ascensorial para sujetarnos en el aire.

Subí a la barcaza, no muy seguro. Inmediatamente el vehículo se puso en marcha con una suave sacudida. Nos apartamos del embarcadero, y empezamos a deslizamos por una de las amplias avenidas de aquella fantástica ciudad.

El vehículo volador se dirigió en línea recta hacia uno de los puentes que saltaban de un edificio a otro. Durante un instante tuve por seguro que íbamos a chocar contra él y, asustado, alcé los brazos para protegerme la cara. Pero noté un tirón, y el vehículo descendió suavemente para así pasar por debajo del puente.

Sujetándome con ambas manos a la barandilla de la barcaza, me incliné para mirar hacia abajo. Entonces, mientras luchaba contra el vértigo de aquella visión, descubrí qué era lo que impulsaba aquel enorme balón. Mucho más abajo, un carruaje de metal semejante al que los almogávares habían encontrado en el desierto, se movía por uno de aquellos caminos de hierro y tiraba de unas sogas que arrastraban tras de sí el balón y la barcaza en la que viajábamos.

Todo el espacio entre los edificios estaba entrecruzado por infinidad de aquellas vías, y un sistema de poleas alargaba o acortaba la longitud de los cables que nos sujetaban, lo que permitía al balón subir y bajar, evitando así los puentes.

Pero había algo que no encajaba en todo aquel razonamiento, y era el importante detalle de que no había nada que tirase del carro de hierro. Ni caballos, ni bueyes, ni acémilas; el carro parecía moverse por sí mismo.

Acudieron a mi mente las palabras del franciscano inglés Roger Bacon, al que no había tenido la fortuna de conocer personalmente, pero había leído con deleite sus múltiples escritos cargados de sabiduría e imaginación; especialmente su Opus Maius, que parecía adivinar lo que ahora yo estaba contemplando, y en el que Bacon había descrito «naves que se movían con suma celeridad, aun cuando un solo hombre las dirige»; y carros que, «no siendo tirados por ningún animal», se desplazaban también rapidísimamente; y naves que «vuelan por el aire»; como ésta sobre la que yo me encontraba.

Le hablé de Bacon a Neléis, y me dijo que no sabía nada de él, pero que algunos de los exploradores de Apeiron se habían adentrado muy lejos en el Mundo Exterior, y que quizás alguno de ellos sí le habría conocido.

Mareado, me aparté del borde de la barcaza y le pregunté a Neléis cómo era posible que el carro de hierro que tiraba de nosotros avanzara sin que nada lo arrastrase.

La sorprendente respuesta de ella fue que se arrastraba a sí mismo, gracias a la poderosa fuerza que impulsaba toda actividad en Apeiron: el vapor.

En un manuscrito leído por mí hacía muchos años, llamado las Pneumáticas de Herón [27], se hablaba de un ingenioso artefacto que usaba el poder del vapor para moverse. Muy ingenioso, pero consideré que era apenas un juguete para embobar a los crédulos, sin ninguna utilidad práctica; pero ahora, aquella mujer afirmaba que toda esa maravillosa ciudad era animada por ese mismo principio.

Apeiron me recordaba poderosamente otra ciudad maravillosa que yo conocía bien: Venecia. Pero una Venecia del aire en lugar de una Venecia del agua. Las calles de Apeiron eran semejantes a los canali venecianos, pero allí el tráfico se movía a muchos niveles, cruzándose entre sí aquellos vehículos voladores con lenta majestuosidad y evitando los puentes con la precisión de un buen navegante.

En ocasiones, dos de aquellos vehículos flotantes se acercaban tanto al cruzarse que parecía inminente un choque en el aire, pero sus pilotos utilizaban unos sifones, que arrojaban aire a presión, para apartar los balones entre sí.

La barcaza siguió su camino, y ambos permanecimos en silencio, hasta que alcanzó una plataforma en cuyo muelle atracó. Joanot, Sausi Crisanislao nos esperaban en ella y salieron a mi encuentro. El joven caballero se interesó por mi estado de salud, y al responderle yo que me encontraba perfectamente, preguntó si había sido curado por los médicos de aquella ciudad maravillosa.

Le tranquilicé nuevamente sobre mi salud, y Joanot contempló durante un momento mi ridículo atuendo con una sonrisa en los labios, pero no hizo ningún comentario. Después saludó en griego a Neléis, y acto seguido me arrastró hasta el borde de la plataforma, que estaba situada sobre una de las puertas que se abría en la muralla de la ciudad.

«Midió su muro, que tenía ciento cuarenta y cuatro codos, medida humana, que era la del ángel…»

Eso era lo que afirmaba san Juan, y aunque yo no disponía de una caña dorada para confirmarlo, estaba seguro de que aquel muro tenía una altura impresionante.

Pero siempre me había preguntado por qué la ciudad de Dios necesitaba tener un muro de aquella altura si al final del Apocalipsis, en el momento en el que aparecía la ciudad, todo enemigo y todo Mal habían desaparecido para siempre y sólo quedaban los justos. ¿Contra qué serviría de defensa aquel enorme muro del que hablaba San Juan?

¿Contra quién serviría de defensa el muro, no menos impresionante, de Apeiron? ¿Contra los gog? ¿Contra el propio Satanás?

Los trescientos almogávares cruzaban entonces, en perfecta formación, bajo el gran arco dorado que era la puerta de la ciudad. Eran guiados por jinetes ataviados con brillantes armaduras rojas que supuse que formarían parte de la guardia de la ciudad.

– ¿Desde cuándo hablas griego? -le pregunté a Joanot.

– Mi padre era un hombre instruido, a diferencia mía; y leía habitualmente a los clásicos -respondió sin apartar la vista de los almogávares que iban entrando-; me obligó a aprender la lengua griega, pero al principio me costó entender el acento de esta gente… -Y añadió al cabo de un rato-: Hemos vencido, Ramón, ¿no es cierto?

– Eso parece -respondí.

– Ha sido un largo y duro camino hasta aquí -dijo-, pero hemos alcanzado la meta que Roger de Flor nos marcó. Cuando te vi caer, junto al carro de hierro, cuando apareció ese dragón en el cielo, temí por tu vida, anciano. Temí de verdad por tu vida; por eso te acompañé personalmente hasta aquí; viajé en el estómago de aquel dragón sólo para seguir a tu lado. Pensé que ibas a morir sin terminar esta aventura. Y eso no puede ser; no me harías eso, ¿verdad anciano? ¿Qué haría yo aquí sin ti? ¿Qué haríamos ninguno de nosotros? Yo apenas chapurreo unas pocas palabras de griego, y tengo que admitir que no entiendo casi nada de lo que veo a mi alrededor. Porque ésta es la ciudad del Preste Juan, ¿verdad?

Hice un gesto de abatimiento. Podía comprender el estado de ánimo de Joanot, pero mi propio ánimo no andaba mucho mejor. Aquello nos superaba a todos por igual; al guerrero y al científico, y nos igualaba en ignorancia y en la capacidad de asombro que todas aquellas maravillas que nos rodeaban podían provocarnos. ¿Cómo decirle a Joanot de Curial que yo mismo me sentía asustado y desorientado por todo aquello?

– Creo que éste es el final de nuestro camino. La ciudad que andábamos buscando, aunque sus habitantes, sin duda, no han oído hablar nunca del Preste Juan. Ellos llaman Apeiron a su ciudad, y creen ser descendientes de una secta de filósofos materialistas griegos, que huyeron de la isla de Samos hace más de mil quinientos años.

Joanot me miró confuso durante un instante. Luego dijo:

– En realidad no me importa demasiado cómo diablos llaman ellos a su ciudad. Tan sólo me importa si tiene oro y poder, tal y como afirma la leyenda, y a la vista está que deben poseer ambas cosas.

Neléis se acercó a nosotros y nos indicó que los almogávares ya estaban en el interior de la ciudad.

– ¿Queréis acompañarme? -dijo-; os conduciré hasta ellos.

Descendimos por unas escaleras metálicas, que se enroscaban sobre sí mismas como la concha de un caracol, hasta una plataforma inferior, y de nuevo allí pudimos ser testigos de la magia de Apeiron. La plataforma estaba sujeta por unos cables, y éstos se tensaban contra unas enormes poleas; con un suave chirrido las poleas giraron y la plataforma fue descendiendo lentamente hasta llegar al nivel del suelo.

Los rudos almogávares formaban un apretado grupo bajo las enormes hojas dobles de la puerta de la ciudad. Ariscos y desconfiados se protegían las espaldas unos a otros mientras sus manos no se apartaban mucho de la empuñadura de sus espadas. Estaban aterrorizados por todo lo que les rodeaba, y yo no podía reprochárselo.

– ¡Adalid! -era Ricard, que había detectado la presencia de Joanot y salía a su paso para devolverle el mando de la tropa.

Mientras los dos guerreros hablaban, me acerqué a mi viejo carromato, y saludé a mis acémilas palmeando con cariño el cuello de los animales.

Ibn-Abdalá descendió entonces del carro.

– Me alegra verte con tan buen aspecto, Ramón -dijo el sarraceno entrecerrando sus ojos-. Es milagroso. Cuando te vi partir no pensé que te recuperarías de una forma tan rápida. -Y repitió-:… Es verdaderamente milagroso.

– Todo lo que nos rodea en esta ciudad maravillosa parece producto de un milagro -dije lleno de alegría. Pero la expresión de Ibn-Abdalá hizo que la sonrisa se helase en mis labios-. ¿Sucede algo, amigo?

– Lo que nos rodea puede ser obra de Dios, pero también puede ser obra de Satán -replicó el sarraceno con una mirada huidiza.

Sin comprender completamente al cadí, volví junto a Ricard y Joanot.

– Hemos caminado hasta aquí conducidos por esos hombres -Ricard señaló a los guerreros de rojo-; y a cada paso que dimos temimos caer en una emboscada. Y ahora esto -el almogávar hizo un amplio gesto con sus manos-. ¿Qué clase de lugar es éste, Adalid?

– Esto es la respuesta a nuestras oraciones -le dijo Joanot a Ricard-. Acabáis de atravesar las puertas de la gloria y de la riqueza, tal y como Roger nos prometió.

La gente había ido congregándose en los balcones y plataformas que daban a aquella puerta. Una pequeña multitud de apeironitas nos observaba ahora con una especie de fría curiosidad. Ni vítores ni aplausos; aquello no se parecía mucho a una entrada triunfal. Probablemente los almogávares tampoco la deseaban, pues todos parecían agotados tras la larga marcha, y la tensión vivida durante las últimas semanas.

Joanot, que entendía perfectamente el ánimo de sus hombres, se acercó a Neléis y le dijo con su torpe griego:

– Mis hombres necesitan descanso.

– Por supuesto -dijo la consejera-. Os estamos preparando unas habitaciones en un barrio de la zona este de la ciudad.

– Sea donde sea -dijo Joanot-, deberemos permanecer juntos.

Neléis dudó durante un instante antes de decir:

– No lo habíamos previsto así, pero si ése es vuestro deseo, creo que no tendremos muchas dificultades para encontrar un local lo suficientemente grande…

– No debes preocuparte por eso -dijo Joanot señalando con su dedo por encima del hombro de la mujer-; acamparemos ahí mismo.

Neléis se volvió, y vio lo que Joanot le señalaba. Yo también miré hacia allí, y reí divertido por la expresión de azoramiento de la mujer.

Lo que Joanot señalaba era una amplia plataforma que se elevaba un par de pisos por encima del nivel del suelo. Estaba rodeada por una baranda dorada y cubierta por una tupida y cuidada hierba de la que sobresalían plantas con flores y árboles frutales.

– Eso no va a ser posible -empezó la mujer bastante contrariada por la petición de Joanot-. Es un parque público; los niños van a jugar ahí.

– Nos arreglaremos -sonrió Joanot-; personalmente, me gustan los niños. ¿Y a ti, Ramón?

– No me desagradan -respondí.

– Ningún problema entonces. ¡Ricard!

– ¿Sí, Adalid?

– Acamparemos en esa… especie de loma. Conduce hasta allí a los hombres.

– Sí, Adalid. ¡En marcha, almogávares!

Y ante la mirada de asombro de la consejera y de los ciudadanos que se habían congregado, los catalanes se dirigieron hacia la plataforma.

<p>4</p>

Tan sólo unas horas después, los catalanes se encontraban allí como en casa; habían plantado sus tiendas en el rico humus cultivable, aplastando al hacerlo los macizos de flores, y reorganizando el terreno de aquel jardín. Los árboles fueron rápidamente despojados de sus frutos y sus troncos convertidos en leña. Alrededor de la fuente central se habían establecido los comedores y las tiendas de cocina.

Uno de los ciudadanos de Apeiron se había aventurado hasta el campamento almogávar y admiraba asombrado el marcial desastre que los extranjeros habían establecido en lo que había sido un precioso jardín hasta su llegada. Yo lo había visto dar vueltas por el campamento, desorientado, hasta que Joanot le salió al paso.

– ¿Joanot? -preguntó el ciudadano, mirando al joven caballero con los ojos entrecerrados como si no estuviera seguro de reconocerle-. ¿Joanot de Curial?

El hombre era de escasa estatura, y la piel de su rostro era oscura y muy curtida, con profundas arrugas en torno a los ojos. Su barba era negra, así como los escasos cabellos de su ancha cabeza. Vestía como los apeironitas, con una corta y ligera túnica de tejido blanquísimo, pero al hablar lo hizo en lengua italiana.

– Joanot de Curial -dijo-; no puedo creer lo que ven mis ojos.

El adalid se volvió hacia él, y su rostro expresó la misma sorpresa que parecía embargar a aquel hombre. Ambos se abrazaron llenos de alegría, y luego Joanot nos lo presentó. Era Vadinio Vivaldi; uno de los dos hermanos que habían comandado, doce años antes, la expedición de Tesidio Doria a la búsqueda del reino del Preste Juan.

– Luego lo conseguisteis -dijo Joanot.

El hombre bajó los ojos con pesar, y dijo:

– Sólo yo. Mi hermano Ugolino no sobrevivió al viaje.

Nos contó cómo la nave en la que había viajado su hermano naufragó en las costas del mediodía ethiope, y cómo perdió la vida en ese desastre. Parte de la tripulación de la nave siniestrada se acomodó en la otra nave, y el resto quedó en aquellas tierras.

Vadinio prosiguió entonces su viaje y, tras innumerables aventuras por mar y por tierra, que serían muy largas de relatar aquí, llegó hasta la ciudad de Apeiron.

Joanot se extrañó de que no se hubieran decidido a regresar, a pesar de los años transcurridos. Vadinio sonrió y dijo:

– No conoces esta ciudad -respondió enigmáticamente-, o no te sorprenderías de eso. Ni siquiera mantengo contacto con mi antigua tripulación; a muchos de ellos no los he visto desde hace años.

– ¿Es éste, entonces, el reino del Preste Juan? -le preguntó Joanot.

Vadinio asintió.

– Así lo denominamos en Occidente -explicó-; pero estas gentes llaman «Apeiron» a su ciudad, que significa algo así como el principio fundamental del que derivan todas las cosas. Es un lugar verdaderamente mágico, pero habéis llegado a él en un momento difícil. -Se volvió hacia las tropas de Joanot, y señalándolas preguntó-: ¿Son almogávares?

– Así es -le respondió Joanot.

– Buenos guerreros -dijo.

– Los mejores -replicó Joanot.

– Pues van a ser muy apreciados por aquí -concluyó Vadinio-. Vuestra llegada puede haber sido providencial para estas gentes.

Joanot quiso saber a qué se refería, pero Vadinio contestó nuevamente de una forma enigmática y dijo que pronto lo averiguaríamos.

Esa misma tarde recibimos la visita de la consejera Neléis, comunicándonos que la Asamblea que dirigía la ciudad iba a reunirse de forma extraordinaria, y que Joanot y yo estábamos invitados a la reunión.

– Veo que no habéis tenido problemas para instalaros -dijo después.

– Este es un lugar extraño -le respondí-. Al poco tiempo de estar en él es fácil sentirse seguro, a pesar de estar rodeado por toda esa muchedumbre; pero es casi imposible dormir por las noches con toda esa luz y todo ese ruido.

– Hemos despejado un gran estadio deportivo cubierto, en el lado norte de la ciudad; sin duda allí estaríais más cómodos y el ruido os llegaría más amortiguado.

– Es posible -dije-; pero dudo que Joanot acepte cambiar de lugar.

La consejera hizo un gesto de indiferencia; aquel tema ya no parecía preocuparle demasiado. Pero no era lógico; para cualquier nación los almogávares eran un ejército pequeño pero muy bien armado y con un evidente espíritu combativo. Al abrirles las puertas de su ciudad, los apeironitas, habían demostrado una confianza extraordinaria en aquellos bárbaros extranjeros. Una confianza que podría parecer temeraria.

– No sois el enemigo -dijo Neléis cuando yo le expresé estos pensamientos-; conocemos a nuestro Adversario, y no podríamos confundirlo con vosotros.

– ¿Cómo podéis estar tan seguros de nuestras buenas intenciones, de que no somos aliados de vuestros oponentes? -le pregunté.

La mujer dijo entonces que el enemigo de la ciudad no es un hombre como nosotros, aunque podía servirse de hombres para sus fines.

– He visto algunas señales -le confié entonces-; los ejércitos gog, y el fuego y el humo surgiendo del abismo; y a las langostas cabalgar como jinetes diabólicos. Y esta ciudad de luz y cristal, brillando como una novia engalanada. Vuestro enemigo es, por tanto, el adversario de todo hombre.

– Es una forma de ver las cosas -dijo la mujer dudando-. Pero no es del todo correcta. Nuestro enemigo es una criatura muy poderosa, mucho más de lo que podáis imaginar, pero no hay nada de sobrenatural en él; nada que la ciencia y las armas no sean capaces de derrotar y destruir.

Cuando se hubo marchado la consejera, Ibn-Abdalá se acercó a mí. Era evidente que había estado escuchando nuestra conversación porque dijo:

– Se saben superiores a nosotros y confían en que, llegado el caso, podrían aplastarnos como a moscas.

Me resultaba difícil creer esto.

– Parecen muy pacíficos, y nos han ayudado.

– ¿Piensas que te ayudaron al librarte del Mal? -preguntó el sarraceno.

– Sí -afirmé.

– ¿Y cómo puedes tener la certeza de que eso es así?

– ¿Qué quieres decir? -pregunté extrañado. Desde que había llegado a la ciudad, Ibn-Abdalá tenía aquella extraña actitud. Era evidente que aquel lugar le asustaba, pero era incapaz de enfrentarse a ese miedo o de compartirlo con alguien; también era evidente que el sarraceno ya no confiaba en mí; nuestra buena relación se había enfriado.

– Nunca he visto a nadie sobrevivir al Mal. ¿Cómo sabes que ellos te lo han sacado de dentro?

– Lo vi con mis propios ojos; en el interior de un vaso hermético.

– Viste lo que ellos te enseñaron; pero debes confiar en su palabra. Y vuestra confianza es excesiva. La tuya, y la de tus amigos guerreros. -Ibn-Abdalá bajó el tono de su voz antes de seguir hablando-. Para vosotros este lugar es el Paraíso, para mí se parece mucho al Infierno. Hay cosas que vosotros, los ponentinos, desconocéis. ¿Acaso no habéis oído hablar del anciano que habita en las montañas? Rapta a jóvenes muchachos y los lleva a su ciudad maravillosa donde les hace experimentar los más delicados placeres. Luego, un día, los duerme y los saca de la ciudad; les hace creer que han visitado el Paraíso, al que sólo podrán regresar si mueren sirviéndole fielmente. Los convierte así en esclavos suyos de cuerpo y alma, y los utiliza para sus más oscuros fines.

– ¿Y crees que éste es ese mismo lugar?

– No. Pero hay muchos lugares oscuros y temibles en el mundo; obras de Satán ocultas bajo una fachada engañosa. Y hay muchas maneras de poseer el alma de un hombre. La magia que nos rodea es poderosa, pero todos habéis aceptado sin discusión que se trata de una magia beneficiosa. ¿Por qué?

A mi pesar, y mientras me dirigía a bordo de uno de aquellos aparatos voladores hacia la sala de la Asamblea, no podía apartar las palabras del cadí de mi mente.

Joanot, que se encontraba sentado junto a mí, en la barcaza voladora, miraba tranquilo hacia abajo. Tan sólo nos acompañaba Sausi, como guardia personal de Joanot.

– ¿No te asusta este lugar? -le pregunté a Joanot.

– No. -El valenciano se encogió de hombros-. ¿Tendría que hacerlo?

– El cadí opina que este lugar es obra de Satanás.

Joanot me miró divertido.

– Pero yo no creo en Satanás, ¿recuerdas?

Le rogué que no empezara de nuevo con eso.

– Te hablo en serio, Ramón -replicó él-. Yo puedo ver que este lugar está lleno de magia. No se necesita más que tener ojos en la cara para hacerlo, pero se trata de magia positiva, eso es evidente.

– ¿Por qué?

– Aquí la gente es feliz; toda esta magia, la que ahora nos hace volar, contribuye a hacer más cómoda y agradable la vida de esos ciudadanos. Yo sabía ya que en el reino del Preste Juan iba a encontrar magia; e incluso confío en ver mayores prodigios.

– No crees en Dios ni en el demonio, pero sí que crees en la magia -observé.

– Por supuesto. ¿Me tomas tú ahora el pelo? ¿Acaso no crees tú, que la practicas?

Le hice ver que estaba en un error, que yo no practicaba magia, sino la ciencia y la matemática [28]; y que tampoco creía en la alquimia.

– En cualquier caso -concluí-, Dios está en otro plano diferente.

– Puede que sí y puede que no -dijo Joanot encogiéndose nuevamente de hombros-; pero este lugar es mágico. Para algunos de mis almogávares, Constantinopla ya era un lugar lleno de misterio; y esta ciudad es simplemente fascinante. Haber llegado hasta aquí es todo un premio.

El edificio de la Asamblea era una gran pirámide tetraédrica, rodeada por un amplio espacio verde, cubierto de árboles. La cúspide de la pirámide casi rozaba los gigantescos toldos que filtraban la luz solar y aislaban la ciudad de la terrible sequedad de aquel desierto salino. Toda la pirámide rezumaba vapor blanco que se elevaba y condensaba contra los toldos, creando una extraña nubosidad en torno a la cúspide.

Como el resto de los edificios de Apeiron, la Asamblea estaba construida completamente con cristal purísimo. Tras pensarlo encontré bastante lógico que los apeironitas utilizaran el cristal como base de sus edificaciones. El cristal nace de la arena, y en aquel enorme desierto la arena era la materia prima más abundante y fácilmente disponible. Pero esto no explicaba la asombrosa pureza que lograban darle a aquel cristal.

La barcaza atracó en un muelle situado cerca de la cima de la pirámide, y sus ocupantes cruzamos la plataforma que conducía al interior de la sala de la Asamblea. Ésta era también un tetraedro, pero de menor tamaño, insertado en el pico del edificio de la Asamblea. Un tetraedro formado por la base y las tres paredes que eran triángulos equiláteros de unas veinte varas de lado.

Pegados a dos de estas paredes había dos filas de seis butacas acolchadas en terciopelo rojo, doce asientos para doce consejeros. Eran seis mujeres y cinco hombres; y era asombroso que la mayor parte de la Asamblea, que tomaba decisiones que afectaban a muchos hombres, estuviera compuesta por mujeres. Pero Neléis nos había adelantado que la Asamblea elegía a sus consejeros en virtud de su talento y capacidad política, sin tener en cuenta otras consideraciones.

Todos los consejeros vestían una larga levita de color gris y llevaban una especie de gorro cónico, del mismo color, sobre sus cabezas. Vi la expresión de Sausi al ver este tocado, pero yo estaba tan asombrado como el búlgaro; era el mismo vestuario que habían llevado los sacerdotes muertos del templo cercano a Harrán. Aparentaban tener una edad que estaría entre la de Joanot y la mía, excepto uno de los consejeros, que parecía tan anciano como yo. Éste era un hombrecillo menudo, muy moreno, con la cabeza completamente afeitada, y llevaba un par de lentes dorados permanentemente frente a sus ojos. Apenas retuve en la memoria los nombres de los otros consejeros conforme Neléis nos los iba presentando, pero el de aquel hombrecillo sí conseguí retenerlo; se llamaba Nyayam.

Una vez terminadas las presentaciones, Neléis pasó a ocupar su asiento junto al resto de los consejeros. Un par de sirvientes trajeron sendos asientos para Joanot y para mí, que colocaron frente a los de los consejeros. Otro trajo un asiento para Sausi, pero el búlgaro lo rechazó con un seco gesto de su gran mano, y permaneció en pie detrás del asiento de Joanot.

– Antes que nada, sed bienvenidos a nuestra ciudad -dijo una de las consejeras; una atractiva mujer de rasgos intensos y pelo muy negro-. ¿Vuestros hombres están bien instalados?

– Perfectamente -dijo Joanot con una amplia sonrisa.

– La consejera Neléis nos ha hablado mucho de vosotros -siguió diciendo la mujer tras devolverle a Joanot la sonrisa-. Os agradecemos vuestro esfuerzo por llegar hasta nosotros.

– Traemos saludos y una carta personal del Emperador del Imperio Romano, el gran Andrónico Paleólogo.

Joanot entregó el rollo de pergamino lacrado que xor Andrónico le había confiado a Roger; y, tras abrirlo, la consejera lo leyó con detenimiento. No tuvo problemas pues estaba escrito en griego clásico. Después, tras agradecernos el amable saludo de nuestro Emperador, lo pasó al resto de los consejeros que lo leyeron con solemnidad.

Durante las horas siguientes, los consejeros se fueron interesando por diferentes asuntos referentes al estado de las cosas en el Imperio. Todos ellos intranscendentes, y que fueron cuidadosamente respondidos por Joanot o por mí. Tuve la sensación de que todo aquello era un procedimiento habitual de las normas de su protocolo por el que todos teníamos que pasar. Pero resultó bastante tedioso.

Contaré aquí algunos aspectos de la organización política de la ciudad de Apeiron.

De la misma forma que el cuerpo humano posee cabeza, pecho, y abdomen, Apeiron disponía de gobernantes, militares y obreros. La política de la ciudad se caracterizaba por su racionalismo, por lo que la Asamblea de gobernantes estaba compuesta principalmente por científicos y filósofos.

Los soldados que guardaban y protegían la ciudad de los peligros del exterior eran aquellos guerreros de armadura carmesí que había visto acompañando a los almogávares en su llegada a la ciudad. Eran llamados dragones, pues su arma principal era un tubo de bronce, tallado con la esfinge de un dragón, que arrojaba bolas de fuego por las fauces. No eran muchos, pero estaban muy bien entrenados y concienciados.

Gobernantes y soldados no teman otra meta que la de procurar la dicha y la seguridad de los obreros de Apeiron. Éstos formaban la inmensa mayoría de la población, y se trataba de la gente más feliz que había conocido a lo largo de mis viajes, pues la vida del más humilde de ellos era superior en calidad a la del más encumbrado de nuestros príncipes.

Las hambrunas eran desconocidas en aquella ciudad, las cosechas siempre eran suficientes y un sistema de rotación de cultivos aseguraba la fertilidad del suelo.

Desde el momento mismo de su nacimiento, las vidas de toda aquella gente eran cuidadosamente tuteladas por la ciudad. Pues, para que las mujeres de Apeiron pudieran tener las mismas oportunidades de aprender y progresar que los hombres, eran liberadas muy pronto de la carga que representaba cuidar y criar a sus hijos; y, a partir del primer año, la ciudad se encargaba del cuidado de los niños mediante un sistema público de guarderías y colegios. Se consideraba además entre los ciudadanos que la educación de los niños era algo tan importante que no podía ser confiada a cualquiera, y era responsabilidad de la ciudad ocuparse de ella.

Los apeironitas, hombres y mujeres por igual, pasaban su infancia y su primera juventud en las escuelas públicas de la ciudad, y al abandonarlas iban a ocuparse de la labor para la que habían sido preparados desde su nacimiento. Ningún ciudadano, excepto los miembros de la Asamblea y los militares, trabajaba más de cinco horas al día; pero ninguno trabajaba menos. La pereza era casi el único crimen de la ciudad, y se castigaba con dureza. Otros crímenes más graves como el robo o el asesinato eran prácticamente desconocidos en Apeiron, y sólo había un castigo para ellos: el destierro de por vida. En esos extraños casos, al criminal se le daba una poción que borraba su memoria, y era abandonado lejos de la ciudad para que emprendiera una nueva vida.

Pude escuchar numerosas leyendas que afirmaban que muchos de estos condenados alcanzaron en el exterior una gran fama y poder, quizá aguijoneados por el enturbiado recuerdo de las riquezas y la felicidad que una vez disfrutaron en Apeiron; y que muchos de ellos se convirtieron en generales victoriosos o en despiadados tiranos.

<p>5</p>

Al concluir la asamblea, Nyayam y Neléis me pidieron que les acompañara.

Descendimos por una escalera metálica, que se doblaba en espiral sobre sí misma, hasta un amplio piso inferior, donde me vi rodeado por una maravillosa maquinaria que trabajaba incesantemente entre nubes de vapor. Grandes ruedas dentadas, haces de finísimas varillas metálicas que transmitían, rítmicamente, fuerzas y movimientos, engranajes, correas transmisoras. Todas estas piezas eran sencillas y hermosas a la vez como el mecanismo de un reloj, pero mucho más preciso y limpio.

Un grupo de hombres y mujeres, ataviados con largos blusones grises, se ocupaban del mantenimiento de aquella maquinaria. Algunos llevaban recipientes con grasa que aplicaban a los engranajes en movimiento. Concentrados en su trabajo, apenas levantaron la mirada a nuestro paso.

Caminamos hasta la pared del fondo, en la que había un artilugio extraordinario.

Me acerqué a él y rocé las teclas y manivelas de bronce con los dedos. Parecía el órgano de una iglesia, pero su aspecto era mucho más complejo que cualquier otra cosa que yo hubiera visto nunca. Unos tubos y conducciones que surgían del suelo se incrustaban en el aparato y exudaban vapor. El lugar que en un órgano correspondería a las teclas y a los botones de registro contenía también un gran número de teclas, pero de forma redonda, con símbolos numéricos y caracteres griegos grabados en ellas.

Al acercarme, un ruidoso repiqueteo surgió de un extremo del órgano y un mazo de láminas de cartón cayó sobre una bandeja. Neléis cogió una y me la mostró; parecía un gran naipe lleno de perforaciones rectangulares. Me explicó que, si la Sala de la Asamblea era el corazón de Apeiron, esta máquina era su cerebro; la inteligencia que mantenía unida la ciudad: las guías de los transportes voladores, el suministro de agua a las casas, la iluminación nocturna…

– Esta máquina analítica es capaz de realizar los cálculos necesarios para dirigir toda esa actividad -dijo la consejera.

– ¡Una máquina capaz de ayudar a la mente humana! -exclamé.

– Exacto -dijo ella, sorprendida de que yo hubiera captado tan rápidamente la idea. No sabía que yo llevaba toda mi vida trabajando en algo similar-, por eso queríamos que la vieras funcionar. De alguna forma, representa nuestro esfuerzo continuado por mantener el orden en este apartado lugar del mundo.

Yo estaba más interesado por saber cómo funcionaba.

– Con vapor -explicó Neléis-, como el resto de la ciudad. Todo este edificio, desde el sótano hasta este piso, está en su mayor parte ocupado por toda su compleja maquinaria. Éste es también un lugar simbólico para nosotros, por ese motivo se reúne aquí la Asamblea.

– Todo esto es maravilloso -dije-; como caminar por el interior de una mente.

Nyayam sonrió y dijo.

– No tanto, amigo mío. Es sólo una máquina capaz de hacer cálculos a gran velocidad, y de guardar una memoria de ellos; pero resulta muy útil para nosotros, sin ella no podríamos mantener Apeiron en funcionamiento. Tú lo has dicho antes: «una máquina para auxiliar a la mente humana». Sólo eso.

– Sólo eso -dije pensativo-. Yo también intenté construir algo así; pero no contaba con vuestros medios. Tampoco entiendo completamente las razones matemáticas que hacen posible esta máquina, pero creo que buscaba lo mismo que vosotros.

– ¿Y cuál era tu búsqueda? -me preguntó el anciano.

– Llegar a comprender la lógica de Dios -dije.

Sí, la lógica de Dios; si los astros y el mundo realizan complejos movimientos siguiendo la lógica matemática elaborada por Dios; si las mareas se suceden una tras otra siguiendo el influjo del Sol y de la Luna, tal y como Dios dispuso desde el principio; si las estaciones llegan una tras otra, año tras año, con perfecta regularidad, y si las cosas siempre caen hacia abajo, y el fuego siempre da calor al arder… si todas estas cosas han sido decididas e impulsadas por Dios, que es el gran relojero y arquitecto de esta maravillosa obra, ¿por qué el hombre creado por Él a su imagen, recorre caminos tan absurdos durante su permanencia en este mundo?

Concebí mis discos del Ars Magna para que me ayudaran a interpretar y a descifrar la mente de Dios, pues supuse que la pequeñez de la mente humana sería incapaz de hacerlo por sí sola. Necesitaba ayuda, y ésta sólo podía provenir de un ingenio creado por mi propia mente, pero que fuera capaz de multiplicar su capacidad, como una palanca es capaz de multiplicar la fuerza de un brazo.

Nyayam se interesó por saber si había logrado algún resultado. Ojalá lo supiera, pensé. Pero le dije:

– En parte sí. Pero nunca logré ir más allá de agotar todas las posibles combinaciones de los principios, y explorar así todas las posibles estructuras de la Verdad.

Neléis me preguntó si no era eso lo que había buscado desde el primer momento.

– Creía que era eso, pero ahora, al ver vuestra máquina, sé que estaba en un error. Cuando intenté aplicar mis círculos a problemas mundanos éstos me condujeron una y otra vez a demostraciones circulares, sin ninguna posibilidad de aplicación práctica. Comprendí que el error era más profundo de lo que yo creía, y que me faltaba algún tipo de herramienta matemática para fundar esta lógica. Pero ahora -extendí los brazos como si quisiera abarcar toda la maquinaria que me rodeaba- veo que el problema tiene una solución, y que vosotros habéis dado con ella, y doy gracias a Dios por haberme permitido visitar esta ciudad antes del día de mi muerte. Debo… es necesario para mí entender cómo funciona esta máquina.

Nyayam apoyó una mano sobre mi hombro y me pidió calma.

– Somos enanos subidos a las espaldas de gigantes -dijo-; no intentes comprenderlo todo inmediatamente, porque cada paso hacia adelante, cada avance tecnológico, lleva consigo una implacable lección de humildad.

Les miré confundido, sin entender completamente lo que querían decir. ¿Cómo podría el avance del conocimiento humano tener consecuencias negativas? Sólo la ignorancia puede ser mala, el conocimiento del mundo sólo nos hará mejores y más felices.

Nyayam y Neléis me miraron significativamente, durante un largo instante, antes de que la mujer dijera:

– ¿Y qué sucedería si ese conocimiento te demostrara que el mundo no es tal y como creías que era? Que es mucho más extraño y complejo de lo que imaginabas.

Me estremecí ante aquellas palabras, y sentí una especie de vértigo, como si mi alma estuviera colgando al borde de un abismo. Les aseguré que no sabía de qué estaban hablando, y ellos me condujeron hasta un extremo de aquella gran sala, donde estaba arrinconada una mesa de gruesa madera repleta de papeles. Sobre ella descansaba una compleja figura; nueve esferas de cobre estaban sujetas a una delicada armilla, y sobre cada una de estas esferas estaba grabado el nombre de un planeta.

– En ocasiones me gusta retirarme aquí para meditar -dijo Nyayam, sonriendo como si quisiera alejar aquella turbación de mi mente-. Sé que esto puede resultar sorprendente, rodeado por todo ese ruido, pero el chasquido de esos engranajes, su monótono repiqueteo, suele ayudarme a disciplinar mi mente. En otras ocasiones, debo advertirte, su efecto es el contrario.

– ¿Qué es esto? -pregunté observando la armilla-. ¿Es un juego?

Neléis quiso saber por qué decía esto, y yo tomé la armilla entre mis manos.

– Sólo existen seis planetas -dije-, contando la Tierra que debería estar situada en el centro. ¿De dónde han salido esos otros nombres? Rea, Océano y Tártaro… Esos nombres no pueden corresponder a planetas.

– ¿Por qué pareces tan seguro de eso? -me preguntó Neléis.

– He estudiado los cielos durante toda mi vida -dije-, y jamás vi más que cinco planetas, además del Sol y la Luna, moviéndose por los cielos.

En realidad, recordé, los pitagóricos afirmaban que los astros del Universo deberían completar el número mágico de diez, y como sea que sólo conocían nueve: Sol, Mercurio, Venus, Tierra, Luna, Marte, Júpiter, Saturno y Estrellas-fijas, tuvieron la osadía de añadir la Antitierra.

Nyayam se acercó a la esfera armilar, y la hizo girar levemente.

– ¿Y si esos otros mundos fueran invisibles para los ojos desnudos, y sólo se descubrieran al hacerlo con potentes instrumentos ópticos? ¿Cambiaría eso tu concepción del mundo? Y si esos mismos instrumentos te demostraran que, efectivamente, la Tierra no ocupa el centro del mundo, ¿lo creerías? ¿Aceptarías lo que esos instrumentos te dicen o en cambio los destruirías afirmando que son obras del demonio?

De nuevo Roger Bacon, el doctor admirable, acudió a mi mente. ¡Qué feliz se habría sentido aquel franciscano inglés de haber llegado a una ciudad como aquélla, y ver todos sus sueños realizados! Su pasión era el conocimiento de la naturaleza, tanto en relación con el contenido de las ciencias como en cuanto al método para investigarlas. Y, como hijo de San Francisco, Bacon transformó su amor hacia las creaturas en observación científica. Tenía una fe exuberante, no sólo en Dios, sino también en la naturaleza, en los hombres, y en sí mismo. Sentía el universo rico de infinitos secretos:

«Ve, observa, experimenta, aplica». El saber para él era acción y sentía la necesidad de los hechos y de las pruebas. Nunca le asustó la Verdad. ¿A mí sí?

– No lo sé -reconocí-; no sé lo que haría, lo que creería, si tuviera que enfrentarme a una realidad distinta de la que creo. -Alcé los ojos y miré desafiante al anciano consejero-. Pero sé que siempre intentaría guiarme por la razón y la lógica, que nunca utilizaría argumentos irracionales o fanáticos para defender a ultranza mis creencias.

La sonrisa de Nyayam se amplió.

– Estupendo, amigo mío, porque si es así, sin duda que nuestra relación será fructífera. Eres una persona de gran importancia para nosotros.

– No entiendo por qué -dije-. Es evidente que podéis aprender muy pocas cosas de mí, siendo como son vuestros conocimientos tan vastos.

– Hay dos grandes motivos por los que tu presencia entre nosotros es tan importante -me explicó Neléis-; el primero es que estamos viviendo tiempos de crisis; nuestra ciudad está amenazada por el mismo Mal que intentó poseerte. Se avecina un gran enfrentamiento y tus amigos guerreros bien podrían ser el grano de arena que decidiera la balanza a nuestro favor. Pero no confiamos en los mercenarios y carecemos de experiencia en tratar con ellos. Preferimos hablar con un hombre de ciencia como tú; por quien, sorprendentemente, el líder de los mercenarios parece sentir un profundo respeto. Es una situación muy afortunada para nosotros.

– ¿Y el segundo motivo? -pregunté.

– Yo no nací en esta ciudad -dijo Nyayam-; mi origen está en la remota India, y durante una parte de mi vida mis creencias, y mí concepción del mundo, fueron muy diferentes a los que ahora profeso. Me encontré en mi juventud con unos exploradores de Apeiron y me uní a ellos. Una decisión que jamás lamenté; esta ciudad siempre ha tenido sus puertas abiertas, para todo aquel cuya mente esté también abierta, pues ella misma se alimenta y engrandece gracias a la sangre nueva que llega a sus venas. Tener una única visión del mundo es casi peor que ser completamente ciego, y Apeiron necesita nuevas mentes del Mundo Exterior que nos recuerden constantemente que nuestra realidad no es la única posible o deseable.

– Soy viejo -dije-, y también tengo experiencia en eso de cambiar de vida y de creencias y -añadí en un tono que era casi de súplica-… quiero aprender. Quiero comprender el mundo y todas las obras de Dios. Quiero conocer todas las realidades y empaparme de toda vuestra sabiduría.

– Te buscaremos un alojamiento más adecuado -dijo Neléis, asintiendo complacida-; y te procuraremos un sirviente que se ocupe de ti y que responda tus preguntas.

– No es un camino fácil -concluyó el anciano Nyayam-; hay un gran abismo entre tu pueblo y el mío, pero tu voluntad, y tu sincero deseo de saber, pueden colmar ese abismo y descubrir la auténtica riqueza del mundo que supera las más locas especulaciones y fantasías del hombre.

<p>6</p>

Yo estaba seguro de haber despertado en el Paraíso.

Me había trasladado inmediatamente a una vivienda, cercana al edificio de la Asamblea, cuyas paredes estaban llenas de estantes repletos de libros.

Nunca en mi vida he visto tantos libros juntos, ni creo volver a verlos.

Y me sumergí en la lectura de aquellos volúmenes que fui amontonando, poco a poco, a mi alrededor. Era como un niño incapaz de decidir qué comer, perdido en una tienda de golosinas. Tomaba uno de aquellos libros de su anaquel, lo ojeaba pasando rápidamente las páginas, lo dejaba a un lado, tomaba otro y repetía la operación. Mi cabeza giraba de un lado a otro, y mi hambre de conocimientos se estaba transformando rápidamente en una especie de gula incontrolada.

Aquellos libros, por ejemplo, eran muy extraños; y, como objetos, eran tan maravillosos como las maravillas de las que hablaban. Durante horas, estudié los pequeños y precisos caracteres que los llenaban. No había duda, en un libro determinado, la letra «a» era siempre igual, así como la «e» y cualquier otra letra. Ninguna mano humana sería capaz de caligrafiar con tanta precisión, y la única explicación que pude encontrar era que aquellos libros habían sido realizados con alguna especie de sello o impronta para cada uno de los caracteres. Las posibilidades de ese sistema de reproducir los libros, cautivaron rápidamente mi imaginación; sin duda el primer libro sería muy costoso de elaborar, pero a partir de ahí, las cosas se precipitarían; podrían hacerse miles de copias y hacerlas llegar hasta el más humilde de los hombres.

La incultura y la ignorancia, simplemente, desaparecerían.

Pero esto era sólo una pequeña maravilla entre las muchas que llenaban aquella ciudad. Había tantas a mi alrededor que la mente saltaba de una a otra, incapaz de repartir adecuadamente su capacidad de asombro. La misma máquina analítica era algo cuya existencia apenas había vislumbrado como posible mientras trabajaba en el diseño de mis discos. Dediqué muchas horas a hacer croquis de los mecanismos de la máquina, y al complicado entramado de palancas y ruedas dentadas, perfectamente ajustadas que formaban los diferenciales, el alma de las unidades de cálculo; unos ingeniosos mecanismos que enlazaban entre sí conjuntos de engranajes móviles, imponiendo entre sus velocidades simultáneas la condición de que cada una de ellas fuera proporcional a la suma o a la diferencia de las otras. Pura magia matemática.

Todas mis mañanas en aquel fantástico lugar empezaban de la misma forma; al amanecer llegaba Ácalo, el sirviente de la consejera Neléis; un joven delgado, de pelo negro rizado y rasgos inteligentes; y me despertaba con suavidad. Después me conducía a una habitación contigua que estaba revestida completamente de una porosa piedra blanca, y allí recibía un baño de vapor. Ácalo me entregaba una rasqueta de madera para que frotara con ella mi piel, y él mismo me ayudaba frotando en aquellas partes del cuerpo a las que yo no llegaba bien. A continuación me llevaba a una estrecha cabina, y tras girar una pequeña rueda pegada a una de las paredes, una suave y continua lluvia de agua se derramaba sobre mi cuerpo. Así de sencillo; giraba una pequeña llave, y el agua fluía, la giraba en dirección contraria, y el chorro cesaba. Junto a Ácalo, realicé largos paseos por las plataformas y terrazas de Apeiron, mezclándome entre aquellas gentes y aprendiendo sus costumbres, y había visto trozos de tubo con llaves como aquélla repartidos por todas partes en la ciudad, y todos daban agua al girar las manivelas. Para los apeironitas aquello parecía natural, pero yo me quedaba mirando asombrado cada vez que esto sucedía. Lo que más me admiraba no era lo extraño de aquel artilugio, cuyo funcionamiento podía comprender mucho mejor que el de los balones voladores o la máquina analítica, sino la naturalidad con la que los ciudadanos se tomaban aquel incesante fluir de agua en medio de un desierto.

Tras secarme, me tumbaba sobre un banco de piedra, y Ácalo me daba un masaje que hacía revivir y parecía tonificar mis viejos músculos.

Todos los días empezaban así, y tras esto, me sentía preparado para enfrentarme a los gruesos volúmenes de aquella inmensa biblioteca. Y para conocer a los sabios maestros de Apeiron, con los que tuve ocasión de disfrutar de largas charlas que abrieron mis viejos ojos a un nuevo y maravilloso mundo.

Todos aquellos nobles eruditos se sentían discípulos del Gran Aristarco, que había vivido en el siglo III antes de Nuestro Señor Jesucristo en Jonia, un pequeño e inconexo reino formado por sólo un puñado de islas. Pero desde entonces la ciencia de la ciudad había avanzado mucho, y aquellos sabios me hablaron de la inmensidad del universo; en el que se había formado, espontáneamente (según ellos), a partir de la materia difusa del espacio, un gran número de mundos, destinados a evolucionar y más tarde a decaer. Me contaron que estos mundos erraban solos por la oscuridad del espacio, mientras otros iban acompañados por una cohorte de soles y lunas; y que en ocasiones podían colisionar entre sí; y que algunos estaban habitados, mientras que en otros no había ni plantas ni animales. Creían que las formas simples de la vida nacieron del cieno primordial y evolucionaron por sí mismas hasta formas más complejas; al igual que los átomos, que ya fueron predichos en la Antigüedad, pero que los sabios de Apeiron se habían ocupado de analizar y demostrar.

Pero yo no podía aceptar fácilmente algunas de su ideas.

Discutí largamente con ellos su certeza de que la Tierra no era el centro del universo, y que nuestro mundo giraba alrededor del sol; al igual las estrellas, que eran soles distantes, semejantes al nuestro, tenían sus propios planetas girando a su alrededor.

Para mí era evidente que la Tierra estaba inmóvil. Y no comprendía cómo esto no resultaba tan claro como para mí a aquellos sabios de Apeiron, que afirmaban que el único método seguro de llegar a conocer la verdad era el experimento.

Es fácil hacer un experimento que consiste simplemente en dejar caer al suelo un gran peso; podemos medir su trayectoria cuantas veces queramos y comprobaremos que ésta es siempre una línea perfectamente recta. Si la Tierra girara sobre sí misma, para producir el efecto de los días y las noches ante un sol inmóvil, tendría que girar a una enorme velocidad y en ese caso la trayectoria de caída de cualquier objeto nunca sería una línea recta. Hasta un niño podría demostrar esto. Y además, como tan acertadamente señaló el gran Aristóteles, si la Tierra se moviese, la distancia a las estrellas variaría al cabo del tiempo, como cambia entre los planetas, y si esto no sucede es porque nuestro mundo está absolutamente inmóvil.

Así lo creía entonces y así lo creo ahora, pues aquellos hombres tan sabios no fueron capaces de proporcionarme argumentos para convencerme de lo contrario.

Ácalo también me ayudaba y me acompañaba en mi formación, buscando las citas y referencias que yo le pedía en las entrañas de aquella maravillosa máquina analítica, cuyo lenguaje de tarjetas perforadas Ácalo entendía.

Nunca había conocido a un esclavo tan bueno como aquel joven, de modo que un día le pregunté si había nacido esclavo o había sido capturado hacía mucho tiempo. Ante esta pregunta, Ácalo, me miró entre divertido y escandalizado, y dijo:

– No soy esclavo, Ramón, no hay esclavos en Apeiron.

Me era difícil creer que esto pudiera ser real.

– ¿Quién hace el trabajo pesado entonces? -le pregunté-. ¿Quién acarrea el agua caliente, o enciende las calderas, o se cuida de que las calles estén limpias?

– Hombres libres, ayudados por máquinas como la que nos rodea.

El constante murmullo de la máquina analítica al funcionar, me recordó dónde estaba, lo extraordinario que era aquel lugar. Pero todo era demasiado extraño y no podía aceptarlo; ¡una sociedad sin esclavos! En toda la historia de la humanidad jamás había existido nada semejante. Los problemas prácticos parecían insalvables.

– ¿A qué te dedicas? -le pregunte al joven.

– Soy estudiante, Ramón -dijo-, me presenté voluntario para servirte.

– ¿Por qué?

– Eres un sabio del Mundo Exterior. Es posible aprender mucho de tu experiencia y sabiduría, y para mí es un honor servirte.

Un honor, pensé con cinismo. ¿Qué podía aprender aquel brillante joven de mí, excepto que para los hombres del Mundo Exterior, la mera existencia de una sociedad sin esclavos parecía algo inadmisible?

¿Cuánta distancia había entre la limpia mente de aquel joven y mi propia mente, enturbiada por la repetida visión de la injusticia y la maldad?

Dieciséis siglos de búsqueda incesante del Conocimiento basado en hechos, demostraciones o experimentos irrecusables, habían producido las maravillas que ahora me rodeaban. Aquella ciudad era como una isla de razón y de lógica rodeada por un océano de locura. Y los consejeros me habían dicho que estaban en peligro, amenazada por el mismo Mal que había estado a punto de apoderarse de mí.

Se preparaba entonces una gran batalla. La batalla definitiva entre la razón y la locura. La propia historia de la ciudad, que ahora estaba aprendiendo de los libros, parecía definida por una serie de escaramuzas en el transcurso de esa guerra.

Mientras leía la historia de Apeiron, y sentía cómo las mareas de siglos pasaban sobre la ciudad, encontraba vagas referencias al Adversario, aquí y allá. A veces le llamaban la Criatura , a veces el Adversario. Nunca se le describía con precisión, ni se explicaba cuáles eran sus intenciones, pero era evidente que a lo largo de los tiempos estaba siempre ahí, acechando en algún lugar desconocido y horrible.

Las pequeñas colonias y observatorios astronómicos que la ciudad había ido fundando a lo largo de los siglos, como simientes de nuevas Apeiron, destinadas a extender su ciencia y su criterio a la hora de interpretar la naturaleza, se habían perdido una tras otra; como zarpazos dados por el Adversario.

Pero nunca había encontrado la ciudad original, aunque era evidente que los apeironitas siempre se habían sentido amenazados, obligados a permanecer ocultos, a reducir al mínimo sus contactos con lo que ellos llamaban el Mundo Exterior.

Ácalo apenas pudo aclararme algo sobre el Adversario.

– Sabemos que vive en el Remoto Norte -me dijo en una ocasión-. Y es muy viejo, tan viejo como las estrellas. Su raza proviene de otro mundo y tuvo un gran poder en el pasado, pero ahora el Adversario está solo y sabe que nosotros somos los únicos que podríamos destruirle. Por eso nos odia y desea nuestro final.

Oyéndole hablar, y leyendo los crípticos comentarios sobre la Criatura dispersos por los textos históricos de la ciudad, me preguntaba por qué aquellas gentes tan perspicaces para otras cosas no alcanzaban a comprender, tan claramente como yo lo hacía, la verdadera naturaleza de aquel Ser; auténtica encarnación del Mal del mundo.

En una ocasión en la que Joanot vino a visitarme, comenté con él todas estas cuestiones, y el caballero me escuchó sonriente y satisfecho de sí mismo.

– No es un ser sobrenatural -me dijo-; esta gente está perfectamente de acuerdo sobre ese punto. Es un hechicero de una raza muy antigua, y cuya vida ha sido tan larga como la vida de los antiguos patriarcas. Posee el poder mágico de absorber el alma de la gente y transformarlos en sus siervos, como estuvo a punto de sucederte a ti, como dicen que hace el líder de la secta los asesinos, gracias al poder del humo de una hierba mágica. Pero esta gente prepara una expedición hasta su cubil para acabar de una vez por siempre con su amenaza. Una batalla más para los almogávares.

En la cabeza de Joanot se mezclaban sin problemas la superstición más ingenua con el escepticismo más recalcitrante.

– Y los almogávares participaréis en la lucha… -le dije- por oro.

– No por oro -replicó el valenciano-; sino por mucho oro. Diez carros cargados hasta los topes para ser preciso.

– Esta será una batalla sagrada, amigo mío -le dije-; el esperado momento de la lucha entre la ciudad de Dios y la ciudad terrena, donde todo se decidirá.

Tal y como san Agustín había predicho, la lucha entre el Bien y el Mal se libraría en el mundo real; en la Historia. Porque Dios necesitó de la Historia del Hombre, desde Adán hasta el momento presente, para que su ciudad dispusiera de tiempo para realizarse, para educar a aquel pequeño grupo de hombres y otorgarles el destino de destruir el Mal; o como dijo san Agustín: «La providencia divina conduce la Historia de la humanidad como si se tratara de la historia de un solo individuo que se desarrolla gradualmente desde la infancia hasta la vejez».

Pero las debilidades humanas estaban destinadas a empañar la gloria de aquel momento. La consejera Neléis vino un día a verme, y los sentimientos que afloraban en su rostro me resultaron indescifrables. Le pregunté qué había sucedido.

– Varios almogávares salieron durante la pasada noche de su campamento y atacaron, violaron y asesinaron a tres ciudadanas -respondió.

La noticia golpeó mi conciencia como un mazazo, y apenas logré preguntar por el paradero de aquellos hombres y si Joanot conocía ya los hechos.

Neléis me respondió que los almogávares estaban retenidos por los dragones, y que alguien había ido en busca de Joanot.

Neléis y yo nos trasladamos en una de aquellas barcazas voladoras hasta el cuartel de dragones en el que estaban encerrados los almogávares. Eran cuatro, pero sólo conocía bien a dos de ellos; se trataba de Jaume, el joven explorador que se había internado en la tétrica ciudad de Rai, y de Fabra, el veterano hom d'ordre almogávar.

Jaume no contaría mucho más de dieciocho años, y siempre me había parecido un joven discreto y tímido; lo que resultaba poco habitual en un almogávar. Por eso no era capaz de comprender el sinsentido y la maldad de aquella acción.

Joanot llegó poco después, y escuchó, con semblante impasible, el relato de lo sucedido de boca de un capitán de dragones. Al parecer, los cuatro almogávares habían abandonado el campamento en mitad de la noche y habían deambulado por la ciudad provistos de una buena cantidad de alcohol. Habían destrozado a pedradas varios globos luminosos y varias cristaleras sin que nadie hiciera nada por detenerlos. Después habían forzado la entrada de una vivienda de estudiantes y habían atacado a las tres muchachas que la ocupaban. La más joven de ellas apenas tenía catorce años.

Joanot se volvió entonces hacia Fabra y le pidió que nos diera su versión. Fabra se sorbió los mocos; tenía los ojos enrojecidos, y era evidente que estaba muy alterado, pero no tenía señales de haber recibido ningún castigo por parte de los dragones.

– Nos alegramos de verte, Adalid -empezó-; todo el mundo está bastante loco por aquí. Deberíamos marcharnos de este país de brujos y regresar a nuestra tierra…

– Cuéntame lo sucedido -le cortó Joanot.

– Sí, Adalid… -Fabra miró a un lado y a otro, como si buscara apoyo en sus tres compañeros, pero éstos tenían sus ojos clavados en el suelo. El joven Jaume se retorcía las manos y mordía sus labios como si luchara para que sus emociones no afloraran. Fabra siguió diciendo-: Esas mujeres… se pasean ante nuestras narices casi desnudas, luciendo sus cuerpos como furcias… Esas tres estuvieron por la tarde cerca del campamento, y una de ellas parecía haberse encaprichado de Jaume. Estuvo hablando con él durante horas, y le invitó a visitarla en su vivienda. ¿Qué mujer sino una puta haría eso? Así se lo dijimos a Jaume, pero el muy tonto no quería ir… -Fabra se permitió entonces una risita y dijo-: Al parecer el muchacho estaba sin estrenar; ¿entiendes lo que quiero decir, Adalid?

– Te entiendo -dijo Joanot-. Sigue hablando.

– Bien, al final le convencimos, y fuimos a ver a las chicas -dijo Fabra, elevando sus ojos desafiantes hacia Neléis y el resto de los apeironitas presentes-; ¿quieres que siga dando detalles, Adalid?

– No es necesario -dijo Joanot.

– Esos canallas se ensañaron con las tres jóvenes -dijo el capitán de dragones, temblando de ira-; las mataron después de haberlas torturado durante horas. Nadie en esta ciudad ha nacido para sufrir tanto horror. Nadie aquí está preparado para esto.

Joanot hizo una mueca de cínico desprecio, y dijo:

– ¿Y los del Mundo Exterior sí estamos destinados a sufrir? ¿Acaso nuestras carnes son de una naturaleza diferente a las vuestras?

Neléis se interpuso entre los dos hombres.

– El capitán no pretendía decir eso, Joanot -dijo-; debemos tranquilizar los ánimos y buscar una salida justa a este problema. Hay demasiado en juego para que iniciemos aquí un enfrentamiento entre nosotros.

Pregunté a la consejera cuál sería el castigo de la ciudad para un crimen así.

– El destierro. Pero primero debemos juzgar a estos hombres…

– Son mis hombres -le cortó Joanot- y serán juzgados de acuerdo con nuestras costumbres.

Neléis aceptó esto, afirmando que siempre había tenido a Joanot por un hombre justo, y silenció las protestas del capitán de dragones ordenándole que dejara a los cuatro almogávares bajo la custodia del valenciano.

Mientras regresábamos al campamento con los cuatro almogávares, Fabra se disculpó ante Joanot por todo lo sucedido, diciendo que había sido una consecuencia del vino y del nerviosismo que todos sentían ante un lugar tan extraño como la ciudad.

«Nada demasiado grave, y nada que precisara de un rigor exagerado», comentó Joanot. Le bastó con adornar los ángulos del campamento con unos leños cruzados y colgar de ellos a aquellos cuatro almogávares ariscos y asesinos.

Los cuerpos permanecieron allí suspendidos durante varios días, pudriéndose en el limpio aire de Apeiron, rodeados por una muchedumbre que contemplaba con morbosa fascinación tanto horror y tanta brutalidad por parte de aquellos extranjeros.

<p>7</p>

– Preparamos una expedición a Marakanda -me anunció la consejera Neléis una semana después del ajusticiamiento de los cuatro almogávares-. Nuestro deseo es que tú, y algunos de los guerreros de Joanot, vayáis en ella.

Levantando la mirada de los libros que estaba estudiando en esos momentos, le pregunté cuál era el objetivo del viaje. Debía de tener los ojos enrojecidos y el gesto huraño típico de los momentos en los que era interrumpido durante el estudio.

– Uno de los musulmanes que os acompaña nos informó que antes de ser capturado por los protohombres había presenciado una gran concentración de guerreros tártaros en los alrededores de Marakanda.

Era así como los antiguos griegos llamaban a Samarcanda.

– ¿Creéis que preparaban un ataque contra vosotros? -pregunté.

Neléis y el resto de la Asamblea estaban bastante seguros de esto. Lo que necesitaban evaluar era la verdadera dimensión de la amenaza. Ibn-Abdalá afirmaba que los enemigos podían contarse por centenares de miles, y la Asamblea quería confirmar esto y prepararse para lo que se avecinaba.

Yo no entendía del todo la situación:

– ¿Estáis seguros de que el Adversario conoce la situación de esta ciudad?

– Sin ninguna duda.

– Pero -reflexioné-, durante siglos ha estado buscándoos sin ningún resultado. ¿Por qué creéis que ahora, precisamente, sí sabe de vuestro emplazamiento?

– Él sabe dónde estamos. Pero, afortunadamente, nosotros ya conocemos con exactitud dónde se oculta él.

– No lo entiendo -admití.

La consejera me explicó entonces que yo había entrado en Apeiron con una parte del Adversario en mi interior; el rexinoos, la pequeña y horrible criatura que los cirujanos de la ciudad me habían extirpado.

Me revolví nervioso en la silla al recordarlo.

– Precisamente por eso -siguió diciendo la consejera- él conoce ahora nuestra localización. Sin ningún género de duda.

– Sigo sin comprender por qué.

Neléis miró a su alrededor buscando la mejor forma de explicarse. Abrió una ventana y señaló los haces de luz que, gracias al polvo que iluminaban, aparecían nítidamente dibujados. Casi parecían barras sólidas de luz.

La mujer me pidió que me concentrara en aquellos haces luminosos, señalándome que no podríamos ver los rayos de luz a no ser que chocasen o se reflejasen contra algo; y, sin embargo, siempre estaban a nuestro alrededor. Tampoco podíamos ver el calor, de ninguna forma, pero sí sentir su presencia. La luz [29] y el calor, me explicó, eran dos calidades de los cuerpos; pero existían muchas otras, la mayoría invisibles para nuestros ojos. Era posible usar la luz para comunicarse, encendiendo y apagando una linterna en la noche, por ejemplo; y si fuera posible modular esas calidades invisibles de los cuerpos, también podríamos usarlas para la comunicación.

Esto era algo en lo que trabajaban los científicos de Apeiron, pero que el Adversario podía hacer de forma innata.

– ¿Puede comunicarse usando rayos de luz invisibles? -pregunté. Parecía un contrasentido; si eran invisibles, ¿qué utilidad podían tener para la comunicación?

La mujer me miró desanimada. Era evidente que, a pesar del esfuerzo y el tiempo que yo dedicaba al estudio, el abismo de conocimientos entre nosotros dos era enorme.

Neléis me pidió entonces que le acompañara; abandonamos la vivienda y transportados por uno de aquellos grandes balones flotantes nos dirigimos al hospital-laboratorio donde yo había despertado al llegar a la ciudad. Allí, la consejera, me mostró los vasos herméticos que contenían los cadáveres repugnantes de los rexinoos.

Eran tres redomas, y todas estaban etiquetadas. Pude leer mi propio nombre en uno de aquellos vasos, y el pelo se erizó en mi nuca al recordar que aquella asquerosa piltrafa había habitado en mi interior no hacía mucho. Para mí era evidente que eran auténticos demonios, aunque su aspecto no fuera el que comúnmente era representado por los artistas. Demonios como el que el propio Jesucristo había expulsado de las entrañas de un hombre con sólo su voluntad.

Neléis me había dicho que aquél me había sido extraído mediante métodos quirúrgicos, y yo no tenía ningún motivo para dudar de esto. En Apeiron coexistían dos realidades que aparentaban ser opuestas pero que se complementaban perfectamente entre sí.

– Cada una de esas criaturas -me explicó Neléis- era una parte viviente del Adversario, de igual forma que cada uno de tus brazos forma parte de ti; él puede usar sus rexinoos como tú utilizarías tus miembros para interactuar con tu entorno.

– Pero mis brazos están unidos a mi cuerpo -repliqué-; por lo cual es fácil de ver y de comprender cómo los uso y los domino, pues forman parte de mí.

La consejera me explicó que los rexinoos también estaban unidos con el tronco central del Adversario, a pesar de la enorme distancia que los separaba. Gracias a esa substancia invisible y etérea de la que me había hablado, el Adversario controlaba esos tentáculos suyos a distancia como yo controlaría los dedos de mi mano.

– Para que esto resulte efectivo -conjeturé-, el Adversario deberá conocer en cada momento dónde están situados sus miembros; pues de nada me serviría mover una mano si no pudiera saber cuál es su posición en cada instante. No tendría sentido.

Neléis asintió, y me invitó a que siguiera hablando.

– Por lo tanto -seguí reflexionando-, cuando ingresé en la ciudad, enfermo y con ese ser repugnante en mi interior, señalé involuntariamente al Adversario cuál era la situación exacta de Apeiron.

– Así es -dijo Neléis, acercándose a uno de los grandes vasos herméticos-; hemos abierto esos rexinoos y estudiado sus entrañas. No tienen ojos, ni narices, ni oídos. Interiormente son tan sencillos como un dedo cortado, por lo que pensamos que obtienen todos estos sentidos del propio huésped en el que se alojan. Dentro de ellos tan sólo hay un órgano claramente definido; esa especie de racimo envuelto en gelatina. En realidad es una colonia de seres microscópicos, invisibles para nuestros ojos, que generan un aliento eléctrico.

Yo había leído sobre esta electricidad en uno de los volúmenes de la librería que Neléis me había procurado. Se trataba del mismo vigor que hay en los relámpagos durante las tormentas, y que el ámbar adquiere cuando es frotado con un paño.

– Sabemos que este órgano es el responsable de generar la substancia etérea que mantiene la comunicación entre el rexinoos y el cuerpo del Adversario -siguió diciendo la mujer-, y hemos sido capaces de captar esa substancia y medir su potencia.

Neléis dio un paso hacia atrás y señaló uno tras otro los tres vasos herméticos, y dijo que cada una de aquellas criaturas había sido capturada en un lugar distinto de la Tierra. La primera, por uno de los científicos de Apeiron durante una expedición al norte de la India. La segunda fue extraída del cuerpo de un moribundo en algún lugar de Bulgaria. Y la última, la que había habitado en mi interior, en Apeiron, como yo bien sabía. El vigor eléctrico de cada una era diferente y generaba diferente potencia, tal y como los científicos de Apeiron pudieron medir antes de que las criaturas murieran.

– Gracias a este último -concluyó Neléis-, hemos triangulado el lugar exacto donde debe de estar oculto el Adversario.

De una de las paredes del laboratorio colgaban diferentes láminas multicolores; me acerqué a la primera de ellas y comprobé que se trataba de un mapa tan preciso y detallado como la esfera azul que yo había visto en los sótanos del Palacio de Constantinopla. Tres grandes círculos rojos centrados en un punto de la India, en Bulgaria y en Apeiron, se intersectaban en un lugar situado muy a la tramontana, en una región completamente desconocida para mí o para cualquier hombre occidental.

– ¿El Adversario vive ahí? -pregunté a la consejera.

– El Adversario sabe dónde estamos nosotros -dijo Neléis-, y nosotros sabemos dónde se oculta él.

Un enfrentamiento que se ha estado demorando durante quince siglos es ya inminente.

Otro de los grabados, situado a la derecha del mapa, mostraba un cuerpo humano cubierto por una armadura reluciente, unas alas de plata a la espalda y la cola de escorpión que parecía hecha con metal dotado de vida. El rostro de la langosta era hermoso, como el de una muchacha de pelo largo y negro, pero quedaba deformado por una boca semejante a la de una fiera, repleta de dientes largos, afilados y amarillentos.

El grabado lo mostraba de frente y de perfil, y había una línea acotada junto a él que indicaba su altura. Neléis había denominado kauli a aquella criatura.

– ¿Es ése el ser que viste en tu sueño? -me preguntó la mujer.

– No creo que fuera un sueño.

– Lo era, aunque inducido por la presencia del rexinoos dentro de ti. Sin duda tuviste visiones que te mostraron cosas reales, aunque lejanas.

– ¿Por qué lejanas?

– Los kauli no pueden sobrevivir tan al sur, en un ambiente tan cálido y bajo un sol tan brillante. Son criaturas del frío y la oscuridad y, aunque sus armaduras les protegen, tan sólo en el Remoto Norte pueden mantenerse activos. Hay quien piensa que vienen de otro mundo; un planeta frío y seco opinan algunos, pero en realidad nadie sabe nada con certeza.

Le pregunté si los había visto en alguna ocasión con sus propios ojos.

– Nunca -admitió ella-. Pero muchos otros sí los han visto. Y algunos, muy pocos, han tenido la suficiente fortuna como para sobrevivir. Los kauli son unos seres repugnantes cuyo alimento es casi exclusivamente la sangre humana.

Junto al dibujo del kauli había una serie de grabados que mostraba a los gog en diferentes posturas. Allí no había duda, los dibujos representaban a los repugnantes seres que me habían mantenido prisionero en su campamento.

La consejera dijo que creían que se trataba de dos razas esclavas del Adversario, a las que usaba según su conveniencia en un lugar u otro del mundo. Una teoría decía que el Adversario era miembro de una raza de esclavistas; seres solitarios y malvados que, degenerados por su dependencia de los esclavos, permanecían ocultos y casi inmóviles.

No había más grabados.

– ¿No tenéis ni idea de cuál es su aspecto?

– No -respondió la mujer-. Tenemos muchas descripciones, pero ninguna coincide. Se diría que cada persona que lo ha visto ha creído ver algo distinto.

Esto no resultaba extraño, pues se sabe que el Mal es eterno y polimorfo.

Estudié el mapa, pensativo; comprobando la enorme distancia que separaba el desierto salino y la ciudad de Apeiron de Constantinopla; distancia que habíamos recorrido en los últimos meses. Pero el Adversario estaba mucho más lejos. Era, por lo menos, tres veces esa distancia; a través de territorios desconocidos y seguramente plagados de enemigos y criaturas hostiles como los kauli y los gog.

– Parece un camino demasiado largo para que pueda cruzarlo en lo que me queda de vida -comenté.

– No lo haremos a pie, si es en eso en lo que estás pensando -dijo la mujer.

Y, ante mi mirada desorientada, añadió:

– Debo mostrarte más cosas.

<p>8</p>

Tomamos un transporte volador que se dirigía hacia la zona norte de Apeiron. Había mucha vegetación por todas partes, hasta el punto de que muchas calles desaparecían bajo ella, y por todos lados sobresalían enormes torres humeantes de ladrillo cuyos remates se ensanchaban para contener complicadas decoraciones geométricas; eran simplemente chimeneas que exudaban vapor desde el subsuelo de la ciudad, pero me parecían tan hermosas como las agujas de una catedral.

Estaba anocheciendo y la iluminación nocturna de la ciudad se estaba activando, confiriéndole a todo el aspecto de joya mágica que tanto me maravillaba.

– ¿Hemos llegado? -le pregunté a la mujer cuando el transporte se detuvo en una plataforma.

– No -respondió Neléis-; pero se ha hecho tarde y, según me dijo Ácalo, hace muchas horas que no has comido nada. Mi hogar está aquí mismo y he pensado que podríamos cenar antes de continuar.

Yo sentía una gran curiosidad por saber más cosas de Neléis y del resto de los consejeros. La idea de una mujer que ocupara un cargo tan importante en la ciudad me seguía fascinando. Su hogar era una pequeña casa de dos plantas con un amplio jardín frente a ella; similar a las otras casas que se levantaban a ambos lados de la calle.

Atravesamos un estrecho camino de losas de piedra incrustadas en la hierba perfectamente recortada, y llegamos frente a una puerta de madera con algunos adornos multicolores grabados en ella. Quizá hubiera esperado que la vivienda de un alto dignatario fuera algo más parecido a un palacio, pero tenía que admitir que el lugar era agradable. En el jardín había multitud de casitas de madera para pájaros y palomares que despedían un característico olor, y de los que llegaba un continuo murmullo de aves que se preparaban para pasar la noche.

La consejera abrió la puerta y una mujer joven, a quien Neléis me presentó como su compañera, salió a recibirnos.

Cenamos en el jardín, en una mesa atendida por un par de muchachas a las que ya no me atreví a considerar esclavas. Quizá también eran estudiantes como Ácalo.

La compañera de Neléis se llamaba Eritea, y le calculé unos veinte años. Tenía el pelo largo, de color castaño oscuro. Sus rasgos eran equilibrados y apacibles, y sonreía con sinceridad. Era una buena conversadora, al igual que Neléis, pero al mismo tiempo parecía ser, de las dos, la que estaba más pendiente del desarrollo de la cena, ordenando a las dos sirvientas que sacaran uno u otro plato, que retiraran esto o lo otro, o que escanciaran más vino; por lo que me pregunté si sería una especie de dueña, o ama de llaves que se ocupaba de la casa mientras Neléis se dedicaba a sus tareas en la Asamblea. Pero ambas mujeres se trataban con una familiaridad sorprendente.

La comida era deliciosa, como toda la que había probado en Apeiron; pero durante mi tiempo de estudio en la vivienda cercana a la Pirámide de la Asamblea, había estado tan enfrascado en los libros que apenas había percibido lo excelente que era.

Sabores ricos y sutiles en las verduras perfectamente especiadas, y una carne fresca y llena de jugo, como si siempre perteneciera a un animal recién sacrificado. Y el vino era el mejor que jamás hubiera tomado, incluso en la mesa de algún papa. Pero, como tantas otras cosas, aquel lujo allí parecía cosa normal.

Sirvieron una verdura con aspecto de flor, semejante a la alcachofa, pero de un color verde más intenso, hervida y aromatizada con hebras de azafrán, y una carne cortada muy gruesa y apenas pasada por el fuego, pero asombrosamente tierna. Pregunté de qué animal se trataba, y Eritea dijo una palabra que no entendí pero que después de una larga explicación interpreté que se trataba de carne de avestruz.

Yo sólo había visto avestruces en las ilustraciones de un libro sarraceno de un tal El-Kasvini [30], y me había parecido un animal tan mítico como el mismísimo unicornio; un pájaro tan grande como un caballo, de plumas blancas y negras. Me parecía imposible estar comiéndolo en esos momentos; Eritea me podía haber dicho que se trataba de carne de roc y me hubiera resultado igual de extraño.

Pero tenía que admitir que era sabrosísima.

Los dulces consistieron en una multitud de pequeños y sabrosísimos pasteles, de diferentes tamaños y sabores, pero en los que la miel parecía ser el ingrediente principal. Ya había observado el gusto que los apeironitas tenían por la miel, y pregunté por su procedencia. Neléis explicó que algunos de los grandes edificios de cristal no estaban habitados por personas, sino por plantas, flores y abejas. Eran llamados estos edificios palacios de cristal, y la miel era recolectada por unos ciudadanos que penetraban en estos edificios con trajes protectores.

Mientras comíamos, Neléis me contó que Eritea era ingeniera, y que había aportado importantes mejoras al trazado del alcantarillado y al sistema de irrigación de los jardines. La mujer joven sonrió con modestia mientras la consejera decía esto; pero yo seguía sintiéndome confuso. Me preguntaba cuál sería la relación entre las dos mujeres, pues no parecían hermanas ni madre e hija; y consideré si existiría entre ambas alguna especie de vínculo monástico que las obligara a vivir solas sin compañía masculina.

Aquella ciudad y sus gentes me desconcertaban por completo.

Tras la cena, Eritea me condujo al interior de la vivienda donde me mostró su colección de objetos del Mundo Exterior: Frascos egipcios, con esfinges policromadas rematando sus tapas; curvados cuchillos de acero turco, y llaves de hierro romanas; la multitud de pequeños objetos se completaba con minuciosos grabados colgados de las paredes que mostraban estampas de Alejandría, Constantinopla y Roma.

Otro grupo de grabados, que Eritea exhibió con el cuidado de quien enseñaría su más preciada joya, representaban escenas repletas de hombres y mujeres extraños, desnudos o con apenas un pequeño taparrabos cubriendo sus partes pudendas. Eran hombres oscuros, con el cuerpo ilustrado con exóticos tatuajes y espectaculares adornos de plumas sobre sus cabezas. Otro mostraba a un grupo de personajes de ojos rasgados, ricamente vestidos y en actitud hierática; el grabado reproducía con minuciosa perfección los complejos bordados de sus túnicas que recordaban algo a las vestiduras de los nobles de Constantinopla. Otro representaba una ciudad con aire oriental, con hermosas mujeres asomadas a las ventanas, por cuya calle principal discurría una comitiva de guerreros cabalgando sobre elefantes; uno de los cuales estaba ricamente engalanado y llevaba una especie de palio bajo el que había un hombre de aspecto majestuoso.

Había incontables grabados, y algunos mostraban escenas tan extrañas que yo no sabía cómo interpretarlas, pero el conjunto era fascinante y extrañamente evocador.

– Nunca he salido de Apeiron -me confesó Eritea mientras contemplaba las láminas-, pues siempre ha habido asuntos que me han mantenido dentro de sus murallas, y no tengo más conocimiento sobre el maravilloso Mundo Exterior que estos hermosos grabados.

– No te gustaría -le dije mirándola-. El Mundo Exterior no es tan hermoso como estas láminas parecen indicar, pues no muestran la suciedad, ni la podredumbre, ni la miseria que anega lo que vosotros llamáis el Mundo Exterior. Esta imagen de Constantinopla, por ejemplo. Es cierto que Hagia Sofía posee una arquitectura tan bella como la que describe el grabado, pero aquí, en primer término, faltan las legiones de mendigos pidiendo para comer, y los mutilados arrastrándose por el suelo, y los niños turcos esclavizados, transportando grandes pesos y vestidos sólo con harapos; y, por supuesto, no podemos sentir el olor de las basuras amontonadas por todas partes, pudriéndose al sol. El artista ha preferido olvidar esos detalles, pero están ahí, siempre, al menos en el Mundo Exterior que yo conozco. Tu ciudad sí que es verdaderamente hermosa, Eritea, no lamentes no haberla abandonado nunca.

Horas después, de nuevo a bordo de un transporte volador que se deslizaba silenciosamente en medio de la más absoluta oscuridad, mientras las brillantes luces de Apeiron iban quedado muy atrás, Neléis dijo:

– Creo que Eritea quedó muy impresionada por tu descripción del Mundo Exterior. Esta noche has destruido uno de sus más queridos sueños.

– Lo siento -dije-. No era ésa mi intención.

– No te disculpes, Ramón, es evidente que tu experiencia es muy distinta a la nuestra, y que tú has vivido tu vida de una forma mucho más intensa que nosotros.

– Eso me resulta difícil de creer.

– ¿Por qué?

– Cualquiera de tu pueblo puede aprender más en un solo día que un hombre del exterior en toda su vida. Con todos esos libros y esos conocimientos al alcance de la totalidad de los ciudadanos, tu pueblo debe ser el más sabio de la tierra.

Ella sonrió y dijo:

– No te dejes engañar por las apariencias. Que el conocimiento esté al alcance de todos no significa que todo el mundo vaya a transformarse en sabio. Creo que tenemos la misma proporción de genios y de gente común que vosotros.

– Pues no logro entenderlo, con toda esa información a vuestro alcance.

– En realidad, la gente como tú no abunda precisamente en Apeiron.

– Tú eres muy inteligente.

Neléis se frotó la barbilla, y dijo:

– He cumplido ya los cuarenta años; y, al igual que Eritea, jamás he abandonado los seguros muros de Apeiron. Esta actitud no favorece la creatividad, amigo mío. A veces pienso que mi pueblo desaparecerá en la historia sin dejar el menor rastro; que las arenas de este desierto nos cubrirán, o que nuestros huesos yacerán en el fondo del mar sin que nadie de las razas venideras sepa nunca de nuestra existencia.

– Eso no sucederá -le dije-. La gente hablará de nuestros tiempos por vosotros, y no por las guerras y calamidades que llenan lo que tu compañera llama el maravilloso Mundo Exterior.

– Me temo que Eritea es demasiado romántica para algunas cosas.

– La miseria no tiene nada de romántico -dije, hablando con tono severo-. Tu ciudad disfruta de tantas cosas de las que el resto del mundo carece que es casi…

– ¿Inmoral?

– Sí, ésa es la palabra; inmoral. Yo creo que la grandeza no sólo está en conseguir grandes logros, sino también en saber cómo compartirlos con los menos afortunados.

– ¿Y crees que ésa no es nuestra voluntad? -preguntó la mujer.

– Es evidente que no. No pretendo juzgaros, ni en realidad sabría cómo hacerlo, pues sois tan divinos y tan humanos a la vez que me desorientáis por completo; pero de una cosa sí estoy seguro, y es de que podríais ayudar a la gente del exterior, con vuestra ciencia, para que tantas vidas humanas no fueran tan miserables.

Por primera vez, Neléis parecía molesta. Me contó que, a pesar de lo que yo pudiera creer, la ciencia de la ciudad estaba muy atrasada, y apenas había presentado algún avance importante en los últimos siglos. Constreñidos por su obligado encierro y por la falta de ideas y perspectiva de las cosas. Por eso agradecían cualquier aportación de sangre nueva; la llegada de nuevos miembros desde el Mundo Exterior.

– ¿Crees que no deseamos expandirnos y crecer fuera de estas murallas? -me preguntó-. Ya lo intentamos en el pasado, y cada intervención nuestra fuera de las murallas de la ciudad, fue un paso más hacia la confrontación que ahora está a punto de suceder, y que quizá marque nuestro final.

Se refería a Calínico, tal y como ya había supuesto; y cuando le pregunté por él me contó la extraña historia de aquel ciudadano.

Calínico era un personaje curioso; a caballo entre la realidad y el mito. Incluso en la actualidad los apeironitas usaban su nombre para referirse a cualquier persona que estuviera dispuesta a arriesgarlo todo para demostrar alguna idea absurda.

En la época de Calínico la ciudad había empezado a fundar colonias más allá de los límites del desierto que la rodeaba. Era un joven brillante, que sin duda habría acabado formando parte de la Asamblea de consejeros, pero tuvo una arriesgada inspiración: consideró que existía una especie de fuerza maligna controlando los azares de la historia. Una idea que no entraba en contradicción con las de San Agustín.

– Podía explicar el curso de la historia como una continua intervención de este Ente maligno y los esfuerzos del hombre para superarlo.

– Parece razonable -dije.

– Sobre todo si conocemos la existencia del Adversario; pero entonces, hace seiscientos años, no la conocíamos. Y me temo que en más de una ocasión Calínico se dejó llevar por su poderosa imaginación, y sus convicciones personales, para explicar con ayuda de este ente misterioso, situaciones que no precisaban en absoluto de su intervención para ser explicadas.

Esta actitud suya le llevó pronto a caer en desgracia dentro de la Academia Científica de la ciudad, y Calínico se aisló, rodeado por un pequeño grupo de partidarios, cada vez más apasionado en sus ideas.

Pensaba, por ejemplo, que la persecución de Aristarco y sus discípulos, y el triunfo de la Escuela de Atenas y de las ideas antiempíricas de pitagóricos y platonianos, que acabaron con el brillante método científico jonio, eran una consecuencia directa de la intervención de este ente maligno. Que la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, un par de siglos antes de su nacimiento, y la muerte de su último gran científico, una bella mujer llamada Hipatia, que fue asesinada por orden de Cirilo, el patriarca de Alejandría, era otra intervención de esta entidad que buscaba retrasar el avance de la humanidad. Justificaba así cualquier acontecimiento que le resultara desagradable.

Y cuando le llegó la noticia del asedio a Constantinopla por parte de los miembros de una fanática y recién nacida religión, Calínico no dudó; reunió a sus escasos partidarios, y cuantas armas logró reunir, y partió hacia Constantinopla.

Un viaje del que nunca regresaría.

– Pero ahora sabéis que estaba en lo cierto -dije-; esa entidad maligna de la que Calínico hablaba existe realmente.

Neléis me miró con el ceño fruncido y dijo:

– Como en cualquier cosa hay una parte de verdad y una gran parte de falsedad. Los musulmanes eran entonces unos recién llegados; salieron de sus desiertos de origen sin más equipaje que su religión, su lengua, y su música. Su violento proselitismo era ciertamente preocupante: creer en su dios, o morir; mientras que Constantinopla parecía la única oportunidad de recuperar en Europa el antiguo orden y la seguridad establecida por los griegos. Pero si Calínico hubiera vivido unos siglos más tarde, cuando los musulmanes cultivaban las ciencias asimiladas del mundo helénico, y los europeos se preparaban para la locura que fue la Primera Cruzada… su opinión hubiera sido ciertamente distinta. No es posible juzgar los acontecimientos cuando estás inmerso en ellos, y ése fue el error de Calínico.

– Afortunadamente -repliqué-; porque ese error nos salvó.

– Sí, es cierto, pero al mismo tiempo le descubrió al Adversario nuestra existencia. Y si hasta ese momento no teníamos ninguna certeza de que hubiera intervenido activamente, a partir de entonces su presencia se hizo evidente. Atacó nuestras colonias en Mesopotamia y emprendió la búsqueda de nuestra ciudad que ha durado hasta ahora.

Conté a la consejera cómo las colonias de Mesopotamia, y los observatorios astronómicos cerca de Harrán, habían sido transformados en templos para adorar los planetas.

– Lo sabemos -dijo la mujer con resignación-. Perdimos el contacto con ellos hace más de quinientos años. No mucho después de la expedición de Calínico.

– Si era vuestro hombre, entonces todos nosotros os debemos la vida. El evitó que los musulmanes invadieran toda Europa.

Yo creía con firmeza que Calínico estaba en lo cierto; que la única forma de vencer al Mal era hacerle frente. Y esto es algo a lo que, tarde o temprano, los ciudadanos de Apeiron estaban destinados. Un destino que ya había llegado.

<p>9</p>

Nos deslizábamos rodeados de oscuridad, sin más ruido que el resoplar de la máquina de vapor que arrastraba nuestra barcaza. La vía que recorríamos se extendía fuera de la ciudad al igual que la primera que habíamos hallado, medio enterrada, en las arenas del desierto.

Y mis pensamientos parecían empapados de la oscuridad que nos rodeaba.

Era injusto, me repetía una y otra vez. Apeiron me había demostrado que la vida puede ser hermosa en sí misma, y no sólo un mero lugar de tránsito. Si alguna vez regresaba a mi tierra, ¿cómo podría soportar el sufrimiento que me rodeaba tras haber conocido un mundo como el que se agazapaba tras los muros de Apeiron?

Fuera sólo había oscuridad.

Apeiron había quedado reducida a un resplandor a nuestra espalda, cuando Neléis me señaló las potentes luces que se descubrían, tras una loma, frente a nosotros.

Una vez más, me asombró la increíble luminosidad que eran capaces de crear aquellas gentes para desafiar incluso la profunda oscuridad de una noche sin luna en mitad del desierto. La zona frente a nosotros relumbraba como oro fundido.

Aquella luz nos mostró un edificio enorme y solitario de hierro y cristal, surgiendo de las arenas como si hubiera nacido a partir de ellas. Era una gran bóveda sin paredes, como un cilindro enterrado en la arena de forma que sólo sobresaliera una tercera parte de éste por encima de la superficie.

Pero su tamaño era descomunal, como bien pude comprobar cuando el vehículo que nos llevaba se detuvo junto a él. Miré asombrado a un lado y a otro, intentando calcular mentalmente el tamaño de aquella construcción; pero esto era del todo imposible allí en mitad del desierto, sin más puntos de referencia que las suaves y cambiantes lomas de las dunas. De lo que sí estaba seguro es de que era mayor que ningún otro edificio que hubiera visto en el interior de Apeiron.

Descendimos del vehículo a una plataforma, y de ella, gracias a una amplia escalera metálica, al suelo. Me detuve nuevamente para mirar hacia arriba.

– Es grande -señaló Neléis, de forma innecesaria.

Pregunté qué era, y la consejera respondió que aquel lugar era llamado el tinglado.

La mujer me condujo al interior y quedé paralizado mientras intentaba asimilar la compleja escena que se presentaba ante mis ojos.

Bajo la bóveda de cristal y vigas de hierro, siete enormes leviatanes parecían dormir plácidamente; rodeados por un pequeño ejército de obreros que, como pulgas sobre un perro, corrían por sus abultados lomos, realizando múltiples -e incomprensibles para mí- actividades. Unos se descolgaban con cuerdas desde los costados de los monstruos, otros fundían metal en un extremo y arrastraban las delgadas vigas al rojo con ayuda de garfios y tenazas, otros barrían tranquilamente la arena de sus lomos.

Recordé que, el día que había perdido el sentido en el desierto, antes de mi llegada a la ciudad, había visto uno de esos leviatanes.

No eran seres vivos ni monstruos, a pesar de que ésa había sido mi primera impresión, aunque sus formas eran parecidas a las de los peces; pero ahora había visto multitud de objetos similares en Apeiron, aunque no de ese tamaño; como el vehículo que nos había llevado hasta allí.

Calculé que cada uno de aquellos leviatanes debía de medir trescientas varas de longitud. Tenían forma de huso, como un pez; y como un pez, también, estaban dotadas de una especie de amplia cola plana en su extremo posterior. Su diámetro sería de unas setenta varas.

– Vamos, Ramón -dijo Neléis empujándome suavemente-, te mostraré el interior de uno de los aeróstatos.

– No debes temer nada -dijo una voz masculina a mi espalda, hablando el griego con un fuerte acento genovés-, pues tú ya has viajado en uno de ellos.

Me volví para ver llegar a Vadinio Vivaldi. El genovés vestía una especie de ajustado blusón gris, con pantalones del mismo color, y me saludó alzando su mano.

– Lo sé; lo recuerdo -le dije.

– ¿Lo recuerdas? -se extrañó Neléis-; me dijeron que habías estado sin sentido durante todo el trayecto. Era el primer viaje de prueba; tuvimos suerte de encontraros.

Vadinio Vivaldi era el capitán de uno de los aeróstatos pues, tal y como me dijo Neléis, nadie en Apeiron tenía su experiencia como navegante. Había rodeado el Mundo buscando el reino del Preste Juan, y ahora dirigiría uno de aquellos leviatanes hasta el Remoto Norte, para enfrentarse al Adversario en su propia guarida.

Pero aquel pequeño italiano calvo no parecía conocer el miedo a nada.

Los tres caminamos hasta el costado del leviatán más cercano. Vadinio ordenó a uno de los trabajadores que hiciera descender una pequeña escalera metálica, y mientras subíamos por ella señaló los dos grandes objetos cilíndricos que sobresalían de la estructura principal del aeróstato, sujetando unas grandes aspas semejantes a las de los molinos de viento, pero de madera sólida y suavemente torneada.

El genovés llamó a esto hélices, y afirmó que eran lo que impulsaba el aeróstato.

Accedimos al interior del leviatán, a una amplia cubierta rodeada por grandes portillas rectangulares, cerradas con cristal e inclinadas unos treinta grados hacia abajo.

Era curioso, pensé mirando a mi alrededor, pero todo aquello se había borrado de mi memoria, y no así la primera visión de la ciudad de Apeiron que sin duda había realizado desde una de aquellas portillas.

Vadinio me explicó que la principal diferencia entre el aeróstato y los balones que yo había visto en Apeiron era que éste poseía una estructura rígida; es decir, su forma no venía dada por la presión interna de un gas, sino por un armazón de viguetas de metal ligero.

– Esto nos permite construirlos mucho mayores, como puedes ver -dijo Neléis.

– ¿Para qué necesitáis algo tan grande? -pregunté.

– Para transportar a mucha gente -fue su respuesta-; lejos de la ciudad.

Yo empezaba a comprender el objetivo de aquellos enormes vehículos.

– Esto es la bodega -siguió diciendo el genovés-, una vez montadas las literas, aquí podremos albergar a cien infantes, con todas sus armas y equipamientos. Ven.

Vadinio abrió una trampilla en el suelo y vi otra escalerilla metálica extendiéndose hacia abajo. El genovés descendió por ella, y Neléis y yo le seguimos.

Estábamos en una sala de menor tamaño, con las paredes completamente cubiertas de cristales engarzados en delgadas guías metálicas. Vista desde el exterior, era como una barcaza, con el suelo de madera, que colgaba debajo de la curva del leviatán. Estaba llena de complejos instrumentos de metal dorado.

– Éste es el puente -me explicó el marino, sin poder ocultar su emoción ante todo aquello-; cada aeróstato puede ser gobernado desde aquí por sólo diez aeronautas.

A través de los cristales que nos rodeaban, se tenía una perfecta visión del interior del tinglado; los otros leviatanes alineados, y los obreros trabajando. Pasé mi mano por aquellos cristales y descubrí que su tacto era extraño.

– Son de materia sintética -explicó Neléis-; una solución de nitrato de celulosa en alcanfor… bueno, eso no importa, lo interesante es que tiene las mismas características de transparencia que el cristal, pero son mucho más ligeros y resistentes.

Aquello me sonaba a alquimia; y si era así, si era posible transformar mediante combinaciones químicas unos materiales en otros, eso representaría un nuevo revés a mis creencias. Pero estaba dispuesto a aceptarlo; intentaba mantener mi mente abierta a todo lo que veía, pues veía que todo aquello tenía un único objetivo. Y éste era combatir contra el Mal. Una nueva cruzada hasta el Remoto Norte a bordo de estos leviatanes, como si de galeras voladoras se tratase, con un ejército de setecientos hombres en su interior.

Recorrimos el puente, observando con cuidado cada uno de los instrumentos allí reunidos. Reconocí una preciosa brújula con la rosa de los vientos pintada, y una gran rueda de timón, sin duda para dirigir el aeróstato como si se tratara de un navío en el mar. Pero uno de los aparatos no supe reconocerlo, y pregunté de qué se trataba.

Era una gran caja de metal negro. De la que sobresalían cordones y tubos dorados.

Neléis se acercó, y tomando una especie de orejeras, unidas a la máquina por un cordón, me las entregó indicándome que las colocase sobre mis oídos.

Extrañado, obedecí; y la consejera tomó entonces un manubrio situado a un lado de la máquina, y lo hizo girar varias veces. La mujer acercó su boca a una trompetilla que también se unía a la máquina con un grueso cordón, y dijo:

– Atención. Alguien que me dé una señal de respuesta.

Y una voz sonó directamente en mis oídos:

– Se te escucha fuerte y claro, consejera.

Aparté asustado aquellas orejeras, y casi di un salto hacia atrás.

– He oído una voz salir del interior de eso -dije. Escuchar voces salidas de la nada tenía un nuevo significado para mí después de mi experiencia con el rexinoos.

Neléis contuvo la risa, y me explicó que se trataba del mismo principio que comunicaba al rexinoos con el Adversario. Y que los científicos de Apeiron aprendieron a construir esas máquinas estudiando el funcionamiento interno de los rexinoos.

– Entonces debe de ser un instrumento básicamente malvado -aseguré.

– Sólo es un telecomunicador; nos permite hablar a distancia -dijo-, sólo eso.

Abandonamos el puente, atravesamos la cubierta de la bodega, y, tras subir otra escalerilla, desembocamos en un gran espacio, de trescientas varas de longitud, repleto de un confuso entramado de viguetas y cables metálicos. Diez enormes balones se alineaban a cada lado de una estrecha pasarela central. Cada uno de ellos sería tan grande como el que sustentaba el vehículo volador que nos había llevado hasta allí, y estaban aprisionados por una densa red de finísimos tubos.

– A este lugar le llamamos la sentina -explicó Vadinio-; siguiendo la idea de que el aeróstato es como un barco invertido, ésta es la parte más alta. Quiero mostrarte algo que te agradará, especialmente a ti que sientes un gran interés por las máquinas.

Caminamos por la pasarela que era tan estrecha que dos personas no podían situarse una junto a otra y que tenía una barandilla con pasamanos a ambos lados.

Al llegar al centro de la sentina, la pasarela se dividía en dos para rodear una enorme máquina de aspecto pesado. Era una caldera de vapor como las que yo había visto trabajando en la ciudad; reconocí los quemadores y las chimeneas por la que escapaban los humos, que eran dos tubos de metal oscuro que atravesaban la piel de lona del leviatán. Pero había un entramado mucho más complejo de tubos y conducciones entrando y saliendo de la máquina de vapor.

– Fíjate en esas correas -dijo Vadinio señalando unas gruesas cintas de cuero que salían de la máquina de vapor y atravesaban las dos paredes laterales de la sentina-; su función es transmitir la fuerza del motor a las dos hélices que están en el exterior.

El genovés rodeó la máquina de vapor y se acercó al lugar por el que desaparecía una de las correas. Allí la pared era sólo una especie de cortina de lona. Tiró de unas cuerdas y una sección de la pared se plegó mostrando una de las hélices que habíamos visto desde el exterior. La correa salía, rodeaba el cilindro que sujetaba la hélice, y regresaba a las grandes ruedas de la máquina de vapor.

Vadinio me explicó que, puesto que aquellas naves habían sido diseñadas para funcionar durante mucho tiempo lejos de la ciudad, su sistema de impulsión tuvo que ser cuidadosamente estudiado para conseguir una mayor autonomía.

– Fíjate en esos tubos, Ramón.

El genovés me señalaba unas gruesas mangueras que salían desde unos grandes depósitos de cobre laterales, y entraban en la máquina de vapor.

– Esos depósitos contienen agua, que sirve tanto para alimentar la caldera de vapor, como para ser usada como lastre. Y fíjate en todo ese circuito -Vadinio lo señaló cuidadosamente-; el agua se transforma en vapor al pasar por la caldera y, tras ser usada su fuerza para impulsar las hélices, se hace discurrir el vapor por esas redes de tubos que rodean los balones de gas.

Se trataba de un gas más ligero que el aire al que Vadinio llamó gas del Sol, o algo así. Era ésta una substancia muy difícil de conseguir, y Vadinio me explicó que los apeironitas se veían obligados a viajar hasta un desconocido continente situado en las mismísimas antípodas para conseguir aquel gas del Sol.

El vapor de agua calentaba el gas en el interior de los balones y, puesto que el gas caliente pesa aún menos que el frío, le transmitía su fuerza ascensorial a los aeróstatos. Tras cederle su calor a los balones, el vapor volvía a transformarse en agua, y como tal regresaba nuevamente a los depósitos de cobre para reiniciar el ciclo. El combustible era aquel aceite de piedra del que la ciudad parecía tener una reserva inagotable, y que estaba contenido en grandes depósitos metálicos.

– Aunque no lo creas -intervino Neléis-, hemos probado muchos otros métodos antes de decidirnos por éste. Intentamos calentar los balones directamente con el aire expulsado por el motor de aceite, sin necesidad de usar agua y vapor, pero resultó menos efectivo porque el circuito de vapor-agua mantiene mejor el calor, y comprobamos que era posible recorrer más millas con menos combustible.

Yo escuchaba atentamente las palabras de ambos, admirado por todo el ingenio que los apeironitas habían empleado en la construcción de aquellos navíos voladores.

Sería inconcebible que tanto esfuerzo no fuera a servir para algo.

Abandonamos el leviatán por el mismo lugar por el que habíamos entrado, y Neléis recitó los nombres de cada una de las siete naves señalándolas: Teógides, Ieragogol, Demetrio, Paraliena, Salaminia, Delíaca y Ammón.

Todo estaba dispuesto para el gran viaje.


Utrum?, Quid?, De quo?, Quare?, Quantum?, Quale?, Quando?, Ubi?, Quomodo?

1

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– Ahí tienes tu desierto de cristal, Ramón -dijo Ibn-Abdalá.

Abandoné el oscuro interior de mi carromato, y parpadeé por la fuerte luz del mediodía al mirar a lo lejos. Un fulgor blanco en el mismo filo del horizonte, como si el sol se reflejara contra una gigantesca superficie de vidrio.

Un resplandor casi mágico señalaba nuestro destino.

– Hemos llegado -musité con lágrimas en los ojos, preguntándome si aquello sería real o se trataba tan sólo de una nueva alucinación.

Me sentía inmensamente cansado; agotado del viaje y de la vida. Y, ahora que el final de nuestro camino estaba al alcance de la vista, pensé en Moisés contemplando la Tierra Santa que nunca llegaría a pisar.

Joanot se colocó junto a mí, y contempló el fulgor lejano durante unos instantes, haciendo visera con su mano para que el sol no le cegara. Todos los almogávares estaban, en ese momento, en una posición similar.

Después, Joanot, se volvió hacia mí y me preguntó por mi enfermedad. Palpé brevemente la buba de mi cuello -no me dolía y parecía más deshinchada y menos congestionada-, y le respondí que mejor. Pero no podía sentirme ya seguro; y no podía confiar en mis sentidos. Realidad y alucinación se mezclaban turbulentamente confundiendo mi entendimiento.

Como en un sueño seguimos nuestro camino olvidándonos del cansancio. Después de tantas vicisitudes nuestras fuerzas se habían visto reforzadas por la visión de la cercanía de su destino.

Tras atravesar una árida y pedregosa lengua de terreno intermedio, empezamos a encontrarnos con aislados montículos de arena y sal, que salpicaban la periferia de aquel mar seco como charcos dejados atrás por la marea. Al atardecer, mientras el sol enrojecía el horizonte ponentino, alcanzamos la costa desolada de aquel antiguo mar. Una playa infinita, donde ya no morían las olas.

Las palabras de san Juan acudieron de nuevo a mi mente:

«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, y el mar no existía ya…»

Sin detenernos, avanzamos por la fina arena. Los cristales de sal brillaban como diamantes abandonados entre los granos de arena. Muchos eran de gran tamaño, y algunos hombres se agachaban a recogerlos pensando quizá que se trataba de joyas.

Yo también recogí cosas de la arena; conchas y estrellas de mar calcinadas por el sol. Era evidente que todo aquello había estado sumergido hasta hacía muy poco tiempo. Pero ahora parecía el más árido de los lugares.

Afortunadamente, tras las últimas lluvias en la costa del mar de los Jázaros, nuestras reservas de agua estaban repletas, porque la presencia de agua entre aquellas arenas salinas me parecía tan improbable como el hielo en el infierno.

Uno de los exploradores gritó señalando algo a lo lejos. Parecía un monumento extraño y de una blancura reluciente, como si fuera algo que no perteneciera a este mundo, apenas teñido de rojo por el sol del atardecer.

Cuando llegamos hasta él, vi que se trataba de una antiguo barco de tres palos y afilada quilla. Tenía un boquete cerca de la proa, que sin duda había sido la causa de su hundimiento. Todo él, los mástiles, el casco, las pocas cuerdas que le quedaban, estaba cubierto por una capa de blanquísima y reluciente sal, lo que le daba aquel aspecto de joya mágica y enorme. Me pregunté cuánto tiempo habría permanecido hundido aquel barco antes de que las aguas se retiraran, dejándolo convertido en aquella mágica estatua de sal. No mucho, sin duda, pues conservaba intactos algunos de sus aparejos; si hubiera permanecido mucho tiempo sumergido hasta el último de ellos se habría corrompido en el agua. Ahora la sal preservaría la integridad de aquel viejo casco durante mucho tiempo.

Empezaba a oscurecer, pero Joanot no se decidía a dar la orden de acampar. Parecía confuso e indeciso, aquel extraño y árido lugar no parecía el más indicado para establecer un campamento. Pero finalmente, la inminente oscuridad le obligó a tomar una decisión. Los almogávares acamparon junto aquel casco petrificado, y pasaron una noche helada, insomne y llena de presagios, bajo un cielo sin luna cuyas estrellas reflejaban su brillo en los granos de sal que recubrían aquella planicie que ahora parecía infinita.

A la hora prima del día siguiente, nos pusimos nuevamente en marcha y seguimos avanzando por el lecho seco.

Esta vez fue Ricard el que encontró algo semienterrado por la arena.

Joanot y yo nos acercamos al lugar donde el almogávar se ponía en cuclillas para examinar su hallazgo. Con sumo cuidado, apartaba con la mano la arena que lo cubría.

«¡Qué cosa tan extraña!», me dije.

Eran dos gruesas barras de hierro negro dispuestas paralelas entre sí a unas dos varas una de otra, con unos tablones de madera situados entre ellas. Las barras estaban sujetas mediante gruesos clavos remachados a las maderas, y éstas estaban separadas entre sí algo más de una vara. Conté cinco de estos tablones en el espacio que Ricard ya había desenterrado, pero a medida que apartaban la arena aparecían muchos más, y sobre ellas las barras de hierro parecían extenderse como una carretera hacia el horizonte.

– ¿Qué es eso, Ramón? -preguntó Joanot-, nunca he visto nada igual.

– Yo tampoco -admití.

Ricard llamó a voces a un grupo de almogávares que le ayudaron a ir desenterrando aquel extraño camino de hierro y madera. No estaba a mucha profundidad, y bastaba apartar la fina arena con el pie para sacarlo a la luz. Joanot y yo caminábamos tras los almogávares mientras éstos se afanaban en su tarea.

El sol se elevaba rápidamente en el firmamento.

– Esos hierros deberían estar cubiertos de orín -dije-. Y no es así.

Joanot me preguntó por esto.

– Ese artefacto nunca ha estado sumergido -le expliqué-. Ha sido construido después de que el mar se secara.

– ¿Con qué propósito?

– No puedo imaginarlo. Parece un camino; pero ¿por qué iba alguien a construir un camino de hierro en mitad del lecho de un mar seco?

Me detuve agotado. Los ojos me dolían de tenerlos entrecerrados, pero sólo así podía soportar el fulgor de los granos de sal reflejando la luz solar. Si se levantaba viento aquello iba a ser un infierno.

Le hice una señal a Ibn-Abdalá que nos contemplaba desde lo lejos, y el sarraceno corrió hacia nosotros cargado con un odre lleno de agua. Tras beber, le pasé el cuero a Joanot y le pregunté a Ibn-Abdalá señalando el camino de hierro y madera:

– ¿Sabes lo que es eso?

El sarraceno lo contempló durante un instante, y caminó por él, sobre los tablones de madera.

– Parece una escalera capaz de llegar hasta el cielo; si alguien fuera capaz de ponerla en pie, claro -fue su respuesta.

Observé al cadí admirado. Era sorprendente que a mí mismo no se me hubiera ocurrido ese concepto. En ocasiones había definido mi Ars Magna como una escala conceptual para conducir al hombre hasta las mismas puertas del cielo; un saber ascensional para encontrar las verdades más encumbradas. Pero, por supuesto, aquello había sido una metáfora, pero lo que ahora tenía a mis pies era real y sólido. Y su construcción, si había sido realizada por hombres, debía de haber supuesto un esfuerzo enorme.

¿Intentaría algún pueblo seguir la idea de los babilonios y tender una escalera entre la tierra y el cielo?

No, era absurdo.

– ¿Habías oído hablar a alguien alguna vez de eso? -le pregunté a Ibn-Abdalá. Y él me respondió que nunca había conocido a nadie que se hubiera internado en ese lecho seco más que unos pocos pasos.

– ¿Por qué? ¿Acaso es un lugar maldito?

El cadí me miró divertido.

– Oh, no; en absoluto -dijo-. Pero, ¿por qué iba a querer alguien adentrarse en un lugar como éste?

Asentí. Era lógico, aquello era un desierto de sal donde nadie podía vivir, ni planta alguna crecer. Si alguien hubiera intentado ocultar algo, aquél era, sin duda alguna, el lugar ideal.

Ricard, que estaba en la vanguardia de los almogávares que iban desenterrando el camino de hierro, nos llamó con un grito excitado. Había encontrado algo más.

Junto a Joanot e Ibn-Abdalá caminé hacia allí. Ricard nos hacía señas con los brazos. Tras él se recortaba, contra el cielo azul, una extraña silueta negra.

Conforme íbamos llegando a la altura del almogávar, fuimos descubriendo los asombrosos detalles de aquel nuevo y sorprendente objeto.

Era un gigantesco carro de hierro negro de más de diez varas de longitud, que descansaba sobre cuatro grandes ruedas de hierro, cada una de las cuales tendría la altura de un hombre. Aquellas ruedas descansaban sobre las barras de hierro paralelas que los almogávares estaban desenterrando. Comprendí entonces la utilidad de aquel camino metálico; era evidente que sin él, aquel gigantesco y pesado carromato, se hundiría irremisiblemente en el suelo. Pero, ¿qué utilidad podría tener un carro que sólo podía moverse por un estrecho camino prefijado?

Contemplamos admirados aquella mole de hierro, mientras el resto de los hombres se acercaban. ¿Cuántos caballos o acémilas serían necesarios para arrastrarlo?

Tres de las cuatro ruedas, las delanteras, estaban unidas entre sí por cadenas metálicas. Una cadena unía las tres entre sí; una segunda unía la tercera rueda con un cilindro dentado de metal situado sobre la primera. ¿Cuál sería la función de aquello?, me pregunté, observándolo con cuidado. Parecía un sistema de transmisión, como el mecanismo de un reloj, pero ¿qué hacía algo así en un carro de hierro tan enorme?

Sobre las ruedas, el cuerpo principal del carro era un grueso cilindro sujeto a la plataforma donde estaban los ejes de las ruedas por unos adornos dorados que representaban las alas abiertas de un pájaro. Había oído hablar de armas que, con esa forma de tubo de hierro, y cargadas con polvo negro explosivo, eran capaces de arrojar una piedra a gran distancia y con tanta fuerza como para derribar una muralla. En el sitio de Niebla habían sido usadas estas armas, aunque no habían sido muy efectivas. Me pregunté si no estaría frente a uno de esos artilugios de guerra, pero mucho más perfeccionado, y montado sobre un carro. Quizás eso explicaría que estuviera situado sobre un camino prefijado, si su utilidad era defender un perímetro de terreno, y era necesario desplazarlo de un lugar a otro continuamente.

Había una escalerilla en la parte posterior del carro. Trepé por ella y me encontré en una especie de plataforma relativamente estrecha, dado el tamaño completo de aquel artefacto. Había palancas que surgían del suelo de aquella plataforma, y relojes de bronce y cristal finísimo, situados en su pared frontal.

Joanot, que había subido detrás de mí, se quedó admirando todo aquello.

Pasó una mano sobre aquellos relojes, y dijo:

– Todo esto parece de gran valor. Sus constructores deben de ser gente muy rica para dejarlo abandonado aquí sin vigilancia.

No pude por menos que estar de acuerdo con él. Todo lo que se veía estaba perfectamente manufacturado, todas las piezas encajaban entre sí con una perfección asombrosa, incluso las más pequeñas y delicadas. Resultaba difícil entender cómo podría haber sido construido aquello, y qué clase de artesanos habían intervenido.

Joanot estaba estudiando la expresión de mi rostro.

– Tú siempre tienes respuesta para todo, anciano -me dijo el valenciano-. Debes de tener una idea sobre lo que es esto.

Pero yo sólo podía especular:

– Esto es un carro de guerra. Es tan pesado que podría derribar una muralla con sólo chocar contra ella, por eso necesita de ese camino de hierro; se hundiría en el suelo sin él.

Joanot miró a su alrededor escéptico, y dijo que yo sabía mucho de mis cosas, pero muy poco de la guerra. Aquel artefacto le parecía demasiado pesado y aparatoso; no resultaría efectivo en mitad de una batalla.

– ¿Has calculado cuántos caballos harían falta para arrastrarlo?

– Muchos, sin duda.

– No, demasiado aparatoso y vulnerable… ¿Qué haces?

Había sujetado con ambas manos una rueda dorada que había bajo los relojes; siguiendo un impulso, intenté girarla, pero no lo conseguí.

Joanot quiso saber qué intentaba hacer.

– Creo que algo con esta forma está hecho para girar, pero… -le dio otro fuerte tirón-; no logro moverla.

Joanot me hizo a un lado, y sujetó él la rueda. Enrojeció por el esfuerzo, pero al cabo de un instante, con un largo chirrido del metal, la rueda giró. No pasó nada. Joanot se apartó y me cedió nuevamente el sitio frente a la rueda dorada. Esta vez sí pude hacerla girar sin dificultad.

– ¿Crees que eso puede tener alguna función? -me preguntó el valenciano.

– No lo sé, pero… -tiré de la rueda hacia mí, y una pequeña tronera de hierro, y de forma redonda, se abrió tras ella.

Cogido por sorpresa, a punto estuve de caer de espaldas, pero Joanot me sujetó. Abrí completamente la tronera y oteé su negro y angosto interior.

– ¡Eh! -grité acercándome, y al instante recibí un eco de mi voz.

Impaciente, Joanot quiso saber qué era eso. Le miré divertido. Me sentía como un niño que acabara de encontrar un juguete nuevo.

– No tengo la menor idea -dije.

– Bien -Joanot asintió despacio-. Bien. Estúdialo entonces cuanto quieras; vamos a establecer aquí el campamento.

El valenciano descendió de la plataforma, y gritó las órdenes a sus almocadenes.

Yo volví a inclinarme sobre el orificio. Introduje una mano, y palpé las paredes interiores. Al sacarla, mi mano estaba negra. Esto me sobresaltó, hasta que comprobé que se trataba de hollín. De modo que allí dentro había ardido un fuego, consideré mientras, pensativo, me limpiaba la palma de la mano en el costado de mi túnica de lino.

Me incorporé y miré por encima de los relojes dorados. Sobre la curva del gran cilindro horizontal que era el cuerpo principal del carro, se levantaba otro cilindro de menor tamaño, vertical, y situado cerca de su extremo delantero. Lo había visto desde el principio, pero no había sabido interpretar su utilidad. Ahora, en cambio, parecía bastante clara: se trataba de una chimenea.

¿Sería posible que todo aquel artefacto no fuera más que un fogón o una especie de estufa? Esta posibilidad me parecía bastante decepcionante.

Volví a la tronera e intenté distinguir algo en su oscuro interior.

Mientras permanecía agachado, estudiando minuciosamente el lugar donde había ardido el fuego, un grito de sorpresa y terror salió de la garganta de todos y cada uno de los trescientos almogávares que rodeaban aquel artefacto.

Quedé unos instantes paralizado por la sorpresa. Conocía a aquellos hombres y sabía de su valor. No podía imaginar qué podía haberles hecho gritar así.

Levanté la cabeza y vi a Joanot, a unos pasos del carro de hierro, paralizado por el terror, miraba hacia arriba y gritaba como casi todos sus hombres. Algunos se habían tirado sobre la arena salina, y tapaban sus cabezas con los brazos, como si pretendieran protegerse de algo gigantesco que se abatiera sobre ellos.

Siguiendo la mirada de Joanot, elevé la vista hacia el cielo… Y sentí cómo el terror paralizaba mi cuerpo.

Cerré con fuerza los ojos y los volví a abrir. Seguía allí; una enorme criatura, del tamaño de una montaña, que flotaba lentamente hacia nosotros, proyectando su larga sombra sobre las dunas, y sobre los aterrorizados almogávares.

Caí de rodillas, y junté mis manos para rezar, para pedirle a Dios que pasara aquella horrible y nueva visión.

Pero esta vez no se trataba de una de mis alucinaciones. Todos los almogávares, incluso el cadí Ibn-Abdalá, lo estaban viendo al mismo tiempo que yo. Si era una pesadilla, aquélla era sin duda la más real y terrible de todas. Podía incluso notar cómo el aire vibraba al acercarse aquella cosa, que eclipsaba ya completamente el sol.

De repente mi cabeza empezó a dolerme de una forma horrible, y sentí que mi cuerpo se ponía tenso. Caí de espaldas, con las extremidades rígidas como palos, los ojos abiertos mirando desorbitados aquella especie de gigantesco pez volador de brillante y tersa panza, que tenía el tamaño del leviatán.


2

<p>2</p>

Había perdido el sentido, y desperté brevemente de mi sueño de inconsciencia. Estaba tumbado sobre una amplia litera de lona, cubierto con una suave sábana de un tejido finísimo. La litera estaba situada junto a un gran ventanal por el que entraba la luz. A través del ventanal, la arena del desierto se deslizaba a gran velocidad muy abajo. Volaba sobre ella como lo haría un espíritu o una bruja.

La segunda vez, mi despertar fue más breve. Un solo parpadeo somnoliento.

Vi la ciudad acercarse a gran velocidad; un mar de relucientes tiendas cónicas; sujetas cada una por un único mástil en su centro y tensadas por un anillo de cuerdas, finas como hilos, que se clavaban en las arenas del desierto. De lejos parecía un campo de pequeñas setas blancas; al acercarse recordé con horror las yurtas de los gog.

Pero mi sentido de la proporción estaba equivocado, confundido por la inmensidad del desierto que rodeaba la ciudad, donde no era posible establecer la escala de aquellas tiendas con nada. Hasta que vi a los pájaros volar libremente bajo aquellas cúpulas cónicas, y a las palmeras crecer como hierbajos a su sombra.

Una de las cuerdas, que yo había considerado tan delgada como un hilo, cruzó entonces frente al ventanal, y pude apreciar sus verdaderas dimensiones. Estaba constituida por al menos una decena de fibras trenzadas. Y cada una de aquellas fibras sería tan gruesa como el tronco de una palmera.

Me dije que, sin duda, aquélla era la ciudad de Dios; y que yo iba, al fin, camino de reunirme con Él.

«Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo del lado de Dios.»

Luego volví a desmayarme.

Cuando uno decide que ya está muerto, despertar con un fuerte dolor de cabeza es todavía más duro. Estaba tumbado boca arriba sobre un colchón tan suave que bien podría haberse tratado de una nube. Me habían quitado las ropas y me encontraba vestido únicamente con una larga camisola de un blanco azulado.

Me incorporé, y vi que mi lecho era cuadrado y carecía de dosel; y era tan amplio que podrían dormir diez hombres, uno junto a otro, sin molestarse. La tersa suavidad de aquel colchón era una experiencia nueva para mí.

Un muchachito hacía guardia junto a la cama. Tendría apenas doce o trece años, los ojos muy negros y la cabeza afeitada; su única vestimenta era un diminuto taparrabos blanco y su piel era de un tono bronce, como la de los campesinos.

Al ver cómo me incorporaba, los ojos del muchacho se agrandaron por la sorpresa, pero no dijo nada; dio media vuelta y salió corriendo. Lo vi desaparecer por una puerta muy alta y muy estrecha, sin que sus pies desnudos hicieran el menor ruido al correr sobre aquel suelo que parecía un espejo.

Estando solo, sentado en mitad de aquella cama desproporcionada, me dediqué a admirar con cuidado la extraña e inmensa habitación en la que había despertado.

Sin duda me encontraba en un templo o en un palacio, pero yo nunca había visto un lugar tan limpio como aquel en el que me hallaba. Las paredes parecían de mármol blanco, y unas columnas del mismo material, de fuste estriado, adornaban las esquinas, y ascendían hasta un arquitrabe de tres bandas sobre el que descansaba el techo. Los capiteles estaban adornados con hojas de palma, representadas de una forma muy sencilla. En realidad todo era estilizado y limpio, sin adornos inútiles.

Me deslicé hasta el borde de la cama, y puse mis pies en el suelo. Parecía estar hecho con el mismo material que las paredes, pero allí era de un tono gris con vetas más oscuras. Froté mis pies desnudos por aquel suelo tan pulido y limpio que podría pasar por un espejo. Aquello no era mármol, no tenía su textura ni su tacto; más bien parecía cristal, vidrio teñido, como el de las catedrales. Estaba cortado en grandes losas de más de una vara de ancho, engarzadas en una retícula cuadrada de metal dorado, tal y como en una vidriera estarían sujetos entre sí los cristales coloreados con láminas de plomo.

Mi imagen se reflejaba en aquel suelo cristalino. Parecía mucho más viejo y mi pelo y mi barba habían crecido desordenados.

Un vendaje blanco rodeaba mi cuello. Llevé la mano a él y descubrí que la dolorosa buba había desaparecido por completo. El vendaje no estaba muy apretado y decidí dejarlo de momento.

Me puse en pie, notando el agradable frescor del cristal en mis pies, y caminé hasta un enorme ventanal que ocupaba completamente la pared a la izquierda del lecho. Además de aquella cama, no había ningún otro mueble a la vista, excepto un gran macetero rectangular en el que crecían unos arbustos salpicados de flores blancas.

La luz entraba incontenible por aquel ventanal, y yo avancé decidido hacia él.

Mi cabeza rebotó contra un muro invisible, y el golpe fue tan violento que a punto estuvo de hacerme caer de espaldas. Me llevé un mano a mi dolorida nariz, y con la otra tanteé hacia delante. Era un cristal; la ventana estaba cerrada con un vidrio tan limpio y transparente que era casi invisible. No había visto jamás nada semejante, ni siquiera entre las más perfectas vidrieras que alguna vez tuve ocasión de contemplar.

Contemplé el exterior a través de aquel muro purísimo.

«Ven y te mostraré la novia, la esposa del Cordero. Me llevó en espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad Santa…»

No podía encontrar mejores palabras para describir lo que estaba viendo que las escritas por san Juan en la última parte de su Apocalipsis:

«Su brillo era semejante a la piedra más preciosa, como la piedra de jaspe pulimentado…»

Con el rostro pegado al cristal de la ventana, miraba hacia un lado y otro, con movimientos cortos y nerviosos. La belleza de lo que veía me emocionó hasta el punto de hacerme saltar las lágrimas…

«Su muro era de jaspe, y la ciudad de oro puro, semejante al vidrio puro… y la plaza… como vidrio transparente…»

Toda la ciudad parecía estar hecha de cristal, como aquella habitación; y los edificios eran esbeltos y desafiantes como las agujas de las catedrales, combinando el blanco traslúcido con el cristal transparente engarzado en delicadas estructuras de metal dorado; tan fino como un encaje, pero lo suficientemente resistente como para permitir que los edificios alcanzasen la altura de las más altas catedrales que yo hubiera visto nunca. Más arriba se cernían las cúpulas cónicas que cubrían la ciudad y la protegían del abrasador rigor del sol. Y allá en lo alto, casi rozando aquellas cúpulas, creí ver condensaciones de vapor, y bandadas de pájaros, y un racimo de formas esféricas y otras alargadas, semejantes al leviatán volador que me había llevado hasta allí, pero empequeñecidas por la distancia.

Roger de Flor había creído en una ciudad del Preste Juan adoquinada de oro, y lo que yo ahora contemplaba era algo mucho más valioso e impresionante; ¡una ciudad de cristal! El cristal era tan precioso como el oro, y además la luz lo atravesaba.

Estrechos y largos puentes unían los edificios a diferentes alturas, se distinguían cientos de personas deambulando por aquellas pasarelas, conversando entre sí, y viviendo tras aquellos muros de cristal. Por todas partes asomaba la vegetación; plantas encerradas en urnas cristalinas creciendo de forma exuberante…

Sonó una voz femenina a mi espalda.

Me volví rápidamente. El muchachito había regresado, acompañado por una mujer de edad madura. La mujer me sonrió con delicadeza y dijo algo en un idioma que no pude entender. Pero, por la inflexión que le había dado a su voz, supuse que era una pregunta. Me encogí de hombros y dije:

– No entiendo tus palabras.

La mujer era de pequeña estatura y muy delgada. Su pelo era castaño salpicado por hebras grises, y lo llevaba sujeto con un moño a la nuca. Su rostro moreno estaba surcado de finas arrugas y reflejaba una hermosa serenidad. Se cubría únicamente con una toga ligera, de un material semejante a la gasa, que envolvía su pequeño y delicado cuerpo.

Le calculé unos cuarenta años de edad. Me repitió la pregunta.

Seguía sin entenderla, aunque el idioma me resultaba tremendamente familiar.

Hizo un nueva pregunta, pronunciando ahora muy lentamente.

Por supuesto que sí, me dije.

La mujer me había preguntado: ¿No puedes hablar mi idioma?

Hablaba griego jonio; el mismo que usó Aristarco de Samos en sus escritos, mil seiscientos años antes. Yo conocía aquel dialecto, pero me había confundido en un principio la forma en que la mujer unía las sílabas.

– Te entiendo perfectamente -respondí en la misma lengua, pronunciando las palabras muy lentamente.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó la mujer inclinando levemente su frágil cabeza y señalando su cuello-. ¿Te duele aquí?

Le respondí que no; que me encontraba perfectamente. Y ella dijo que yo era un hombre muy fuerte; y preguntó que cuántos años había vivido.

– Más de setenta -le respondí.

Ella dijo que nunca había conocido a alguien del Mundo Exterior con una edad tan avanzada; aunque, en ocasiones, el cuerpo humano es capaz de realizar proezas mayores. Me sorprendió la forma en la que se había referido al Mundo Exterior, como si se tratara de algo lejano y misterioso.

Le pregunté entonces por el paradero de mis compañeros. Y respondió que algunos aguardaban en un local de ese mismo edificio; pero que la mayor parte caminaba hacia aquí, guiados por sus hombres a través del desierto.

– ¿Sois hombres o ángeles?

– Hombres como tú -me respondió.

Señalé hacia el exterior y dije:

– Una ciudad de cristal, tal y como describe san Juan que será la ciudad de Dios.

La mujer me pidió que tuviera calma con un gesto de sus manos. Me llamaron la atención; eran muy hermosas, con unos dedos largos y elegantes, y unas uñas tan perfectas que no parecían humanas.

Entonces la mujer me dijo:

– Tus amigos nos han dicho que tu nombre es Ramón Llull, y que eres un sabio, un hombre de ciencia, y por lo tanto comprenderás que existen realidades que no son fáciles de interpretar correctamente con una primera visión.

Después añadió, con una sonrisa, que su nombre era Neléis, y era consejera de esa ciudad a la que llamó «Apeiron». Sus dientes eran blancos y perfectos; como los dientes de una adolescente y no de una mujer de su edad.

Le pregunté si ésta era la ciudad fundada por los discípulos de Aristarco de Samos, tres siglos antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Y ella respondió que poco a poco lo iría comprendiendo todo. Volvió a ejecutar aquel gesto de paz con sus bellas manos y quiso saber si me encontraba bien y si deseaba acompañarle.

Respondí que hacía tiempo que no me sentía tan bien, pero entonces reparé en mis exiguas vestiduras. Bajé la vista hacia mis piernas delgadas y desnudas y le pedí que me devolviera mis ropas.

– No debes preocuparte por eso -dijo ella-. Aquí nadie usa mucha ropa, como comprobarás; hace demasiado calor.

– Bien -acepté. A lo largo de mi vida he viajado tanto, y he visto costumbres lo bastante diferentes como para que nada me sorprenda demasiado.

Abandonamos la habitación en la que había despertado y caminamos por un amplio pasillo abovedado, construido con los mismos materiales; cristal coloreado sobre una estructura metálica que se doblaba y retorcía formando arcos y simulando formas vegetales muy hermosas.

Nos cruzamos con hombres y mujeres vestidos con togas tan exiguas y transparentes como la que Neléis llevaba, que nos miraron con una inocente curiosidad. Aquella gente era muy hermosa, con la piel curtida por el sol, y unos cuerpos que se asemejaban a las representaciones de los atletas de la antigua Grecia.

Neléis me condujo por el pasillo hasta una gran sala circular, cuyo techo era una bóveda transparente. Las columnas que sujetaban la bóveda imitaban a cinco delgados troncos de árbol hechos de metal verde, que ascendían rectos hacia la bóveda, y una vez allí se diversificaban en multitud de finos ramizos que se enredaban elegantemente entre sí. Estas ramas de metal sujetaban la cristalera que formaba la bóveda, y a través de ésta se contemplaba, espectacularmente, la ciudad.

Inmediatamente recordé la Sala Armilar del Palacio de Constantinopla. Los dos arbustos que crecían junto a su puerta parecían un reflejo de esto. Pero en ésta había una especie de lecho en el centro de la sala, iluminado perfectamente por la luz que penetraba por la cúpula. El lecho era estrecho, y estaba sujeto por una base de finas varillas metálicas articuladas, que parecían las patas de un insecto, y que podrían orientar o inclinar el lecho en cualquier dirección. A su alrededor había multitud de mesas y estanterías repletas de frascos y redomas de cristal que parecían constituir el laboratorio de un alquimista.

Neléis señaló mi cuello y preguntó si notaba alguna molestia.

Llevé mi mano al vendaje y respondí que no. Pregunté si ellos me habían curado.

Neléis respondió afirmativamente, y me contó cómo, mientras estaba inconsciente, cirujanos de Apeiron me habían operado y me habían extraído el rexinoos.

– ¿Cómo le has llamado? -pregunté.

– Rexinoos -dijo ella-. La piedra de la locura; aquel que corrompe el alma.

Neléis se acercó a uno de los estantes repletos de frascos de cristal, y me señaló uno semejante al vaso alquímico.

¿Cómo encontrar un vaso capaz de contener un espíritu?

Aquello era algo repugnante; una masa central bulbosa, como pequeños racimos pegados con gelatina, de no más de una pulgada de diámetro, rodeada por un halo de fibras blancas y retorcidas, como largos gusanos delgados y viscosos.

– Durante las primeras semanas permanece casi inactivo bajo la piel, adaptándose al cuerpo de su huésped -me explicó la mujer mientras yo observaba el contenido de aquella redoma con una mezcla de fascinación y repugnancia-. Luego sus pseudópodos penetran en la cabeza, y el rexinoos crece en torno al cerebro, mezclando su mente con la del huésped. Cuando te encontramos estaba al inicio de esa fase; unos días más y no hubiéramos podido hacer nada.

No entendía nada. Miré aquella cosa y luego a la mujer buscando respuesta. Pero ella me preguntó sobre las circunstancias en las que había recibido al rexinoos.

– En el poblado de los gog… -empecé a decir.

– ¿Los gog? -se extrañó ella-. ¿Te refieres a los protohombres?

Hice un gesto de confusión. Creía estar viviendo un sueño.

– Los gog y las «langostas»… y una de ellas me picó en el cuello.

Neléis me pidió entonces que le describiera el aspecto de las «langostas».

Dije que sólo las había visto durante un instante, antes de que una de ellas me hiriera con su cola de escorpión. Y que iban montadas en caballos y llevaban armaduras plateadas, y grandes alas plegadas a la espalda…

– ¡Los Kauli! -exclamó Neléis-. Pero no puede haber kauli en estas latitudes; debiste de sufrir una alucinación.

Miré perplejo a la mujer. ¿De qué estaba hablando? ¿En qué nuevo y extraño mundo había penetrado?

Los persas afirmaban que habiendo rehusado Abraham adorar al fuego, Nembroth lo mandó morir en una hoguera, cuyo fuego fue imposible de encender. Los verdugos se disculparon afirmando que sobre la hoguera había un ángel que impedía encenderse el fuego, y que no era posible apartarlo de allí a no ser que alguien cometiera ante su vista algún crimen execrable; como cometer un incesto por un hermano con su hermana. El primero se llamaba Kau, la otra Li, y de este enlace blasfemo salió el tronco de una raza abominable que se llamó «Kauli». Pero el ángel se mantuvo allí, al lado de Abraham, y Nembroth, confuso y furioso, arrojó al patriarca de su presencia y de su reino.

Un hereje nestoriano me había contado esta historia en una ocasión. Los nestorianos habían permitido que los mitos persas contaminaran su culto degenerado, y yo no le había dado mayor importancia a las palabras de aquel hombre, pero al escuchar a Neléis referirse a las langostas como kauli, recordé al sacerdote nestoriano del poblado gog; y aquel recuerdo le estremeció.

– Estás en un error -le dije a la mujer-. Lo que yo vi eran langostas surgidas del infierno, y eran tal y como las describe el Apocalipsis de Juan.

Un joven musculoso, con su cráneo perfectamente afeitado, entró en la sala y se dirigió a Neléis:

– Señora -dijo-, los guerreros están en las puertas occidentales de la ciudad.

Neléis le agradeció el mensaje al joven, y me dijo:

– Ésos son tus compañeros de viaje. ¿Quieres acompañarme para recibirlos? Más tarde continuaremos con esta conversación.

Seguí a la mujer hasta el exterior, y entonces me di cuenta de que debía de ser una hora avanzada de la tarde. El cielo parecía enrojecer a través del blanco velo tensado de las cúpulas cónicas. Pronto sería de noche en Apeiron.


3

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«La ciudad no había menester de sol ni de luna que la iluminasen… sus puertas no se cerrarán de día, pues noche allí no habrá…»

Esto era lo que afirmaba el Apocalipsis y esto era lo que yo estaba viendo en esos momentos. Mientras el atardecer teñía de rojo las fachadas de cristal de los edificios, presencié cómo diminutas luces aparecían por doquier, iluminando las calles y convirtiendo los edificios en impresionantes torres de luz, como joyas de fuego que se elevaran hacia el cielo.

Habíamos salido al exterior y caminábamos por uno de los estrechos puentes que unía los edificios entre sí. Me quedé inmóvil cuando los globos de cristal que adornaban el puente se iluminaron mágicamente, uno tras otro, con una viva luz amarillenta.

Entonces me detuve fascinado, señalando a Neléis una nueva maravilla.

Era un hombre con un arnés de cuero rodeándole el pecho. Este arnés le unía, mediante unas cuerdas, a un enorme balón de unas diez varas de diámetro. El hombre volaba como un ángel colgado de aquel balón. Otra cuerda que salía de su arnés le unía al suelo varios piso más abajo, donde un segundo hombre manejaba un torno que le daba o quitaba cuerda, haciéndole subir y bajar.

Este fue sólo el primero de aquellos aeronautas, pronto vi a muchos más hasta que se convirtieron en un elemento común del paisaje. Sujetos por aquellas largas cuerdas, subían y bajaban pegados a los esbeltos edificios, ocupados en las cristaleras.

– Limpiacristales -me explicó Neléis con indiferencia.


Mientras el atardecer teñía de rojo las fachadas

de cristal de los edificios, presencié cómo diminutas

luces aparecían por doquier…


Recorrimos el puente hasta una plataforma circular rodeada de una barandilla metálica que simulaba una enredadera, con hojas de parra y delgados zarcillos, colgando de ella. Junto a la plataforma, en una especie de embarcadero, esperaba uno de aquellos balones flotantes, pero éste era mucho mayor que los que sujetaban a los limpiacristales; era tan grande como la Oliveta , y de él pendía una pequeña barca de madera.

Neléis subió a esta barca y me hizo un gesto invitándome a que hiciera lo mismo.

Yo contemplé inseguro el enorme balón flotante.

– No hay otra forma de ir hasta donde tus amigos nos esperan -me dijo la mujer.

– Sólo las brujas y brujos tienen el poder de volar -repliqué.

– No hay nada mágico en este artilugio. Tan sólo el sabio aprovechamiento de una característica que nos da la naturaleza; los gases más ligeros ascienden, al igual que las burbujas de aire buscan la superficie del agua. Si encerramos una gran cantidad de un gas realmente ligero -la mujer señaló el balón-, podremos aprovechar su fuerza ascensorial para sujetarnos en el aire.

Subí a la barcaza, no muy seguro. Inmediatamente el vehículo se puso en marcha con una suave sacudida. Nos apartamos del embarcadero, y empezamos a deslizamos por una de las amplias avenidas de aquella fantástica ciudad.

El vehículo volador se dirigió en línea recta hacia uno de los puentes que saltaban de un edificio a otro. Durante un instante tuve por seguro que íbamos a chocar contra él y, asustado, alcé los brazos para protegerme la cara. Pero noté un tirón, y el vehículo descendió suavemente para así pasar por debajo del puente.

Sujetándome con ambas manos a la barandilla de la barcaza, me incliné para mirar hacia abajo. Entonces, mientras luchaba contra el vértigo de aquella visión, descubrí qué era lo que impulsaba aquel enorme balón. Mucho más abajo, un carruaje de metal semejante al que los almogávares habían encontrado en el desierto, se movía por uno de aquellos caminos de hierro y tiraba de unas sogas que arrastraban tras de sí el balón y la barcaza en la que viajábamos.

Todo el espacio entre los edificios estaba entrecruzado por infinidad de aquellas vías, y un sistema de poleas alargaba o acortaba la longitud de los cables que nos sujetaban, lo que permitía al balón subir y bajar, evitando así los puentes.

Pero había algo que no encajaba en todo aquel razonamiento, y era el importante detalle de que no había nada que tirase del carro de hierro. Ni caballos, ni bueyes, ni acémilas; el carro parecía moverse por sí mismo.

Acudieron a mi mente las palabras del franciscano inglés Roger Bacon, al que no había tenido la fortuna de conocer personalmente, pero había leído con deleite sus múltiples escritos cargados de sabiduría e imaginación; especialmente su Opus Maius, que parecía adivinar lo que ahora yo estaba contemplando, y en el que Bacon había descrito «naves que se movían con suma celeridad, aun cuando un solo hombre las dirige»; y carros que, «no siendo tirados por ningún animal», se desplazaban también rapidísimamente; y naves que «vuelan por el aire»; como ésta sobre la que yo me encontraba.

Le hablé de Bacon a Neléis, y me dijo que no sabía nada de él, pero que algunos de los exploradores de Apeiron se habían adentrado muy lejos en el Mundo Exterior, y que quizás alguno de ellos sí le habría conocido.

Mareado, me aparté del borde de la barcaza y le pregunté a Neléis cómo era posible que el carro de hierro que tiraba de nosotros avanzara sin que nada lo arrastrase.

La sorprendente respuesta de ella fue que se arrastraba a sí mismo, gracias a la poderosa fuerza que impulsaba toda actividad en Apeiron: el vapor.

En un manuscrito leído por mí hacía muchos años, llamado las Pneumáticas de Herón [27], se hablaba de un ingenioso artefacto que usaba el poder del vapor para moverse. Muy ingenioso, pero consideré que era apenas un juguete para embobar a los crédulos, sin ninguna utilidad práctica; pero ahora, aquella mujer afirmaba que toda esa maravillosa ciudad era animada por ese mismo principio.

Apeiron me recordaba poderosamente otra ciudad maravillosa que yo conocía bien: Venecia. Pero una Venecia del aire en lugar de una Venecia del agua. Las calles de Apeiron eran semejantes a los canali venecianos, pero allí el tráfico se movía a muchos niveles, cruzándose entre sí aquellos vehículos voladores con lenta majestuosidad y evitando los puentes con la precisión de un buen navegante.

En ocasiones, dos de aquellos vehículos flotantes se acercaban tanto al cruzarse que parecía inminente un choque en el aire, pero sus pilotos utilizaban unos sifones, que arrojaban aire a presión, para apartar los balones entre sí.

La barcaza siguió su camino, y ambos permanecimos en silencio, hasta que alcanzó una plataforma en cuyo muelle atracó. Joanot, Sausi Crisanislao nos esperaban en ella y salieron a mi encuentro. El joven caballero se interesó por mi estado de salud, y al responderle yo que me encontraba perfectamente, preguntó si había sido curado por los médicos de aquella ciudad maravillosa.

Le tranquilicé nuevamente sobre mi salud, y Joanot contempló durante un momento mi ridículo atuendo con una sonrisa en los labios, pero no hizo ningún comentario. Después saludó en griego a Neléis, y acto seguido me arrastró hasta el borde de la plataforma, que estaba situada sobre una de las puertas que se abría en la muralla de la ciudad.

«Midió su muro, que tenía ciento cuarenta y cuatro codos, medida humana, que era la del ángel…»

Eso era lo que afirmaba san Juan, y aunque yo no disponía de una caña dorada para confirmarlo, estaba seguro de que aquel muro tenía una altura impresionante.

Pero siempre me había preguntado por qué la ciudad de Dios necesitaba tener un muro de aquella altura si al final del Apocalipsis, en el momento en el que aparecía la ciudad, todo enemigo y todo Mal habían desaparecido para siempre y sólo quedaban los justos. ¿Contra qué serviría de defensa aquel enorme muro del que hablaba San Juan?

¿Contra quién serviría de defensa el muro, no menos impresionante, de Apeiron? ¿Contra los gog? ¿Contra el propio Satanás?

Los trescientos almogávares cruzaban entonces, en perfecta formación, bajo el gran arco dorado que era la puerta de la ciudad. Eran guiados por jinetes ataviados con brillantes armaduras rojas que supuse que formarían parte de la guardia de la ciudad.

– ¿Desde cuándo hablas griego? -le pregunté a Joanot.

– Mi padre era un hombre instruido, a diferencia mía; y leía habitualmente a los clásicos -respondió sin apartar la vista de los almogávares que iban entrando-; me obligó a aprender la lengua griega, pero al principio me costó entender el acento de esta gente… -Y añadió al cabo de un rato-: Hemos vencido, Ramón, ¿no es cierto?

– Eso parece -respondí.

– Ha sido un largo y duro camino hasta aquí -dijo-, pero hemos alcanzado la meta que Roger de Flor nos marcó. Cuando te vi caer, junto al carro de hierro, cuando apareció ese dragón en el cielo, temí por tu vida, anciano. Temí de verdad por tu vida; por eso te acompañé personalmente hasta aquí; viajé en el estómago de aquel dragón sólo para seguir a tu lado. Pensé que ibas a morir sin terminar esta aventura. Y eso no puede ser; no me harías eso, ¿verdad anciano? ¿Qué haría yo aquí sin ti? ¿Qué haríamos ninguno de nosotros? Yo apenas chapurreo unas pocas palabras de griego, y tengo que admitir que no entiendo casi nada de lo que veo a mi alrededor. Porque ésta es la ciudad del Preste Juan, ¿verdad?

Hice un gesto de abatimiento. Podía comprender el estado de ánimo de Joanot, pero mi propio ánimo no andaba mucho mejor. Aquello nos superaba a todos por igual; al guerrero y al científico, y nos igualaba en ignorancia y en la capacidad de asombro que todas aquellas maravillas que nos rodeaban podían provocarnos. ¿Cómo decirle a Joanot de Curial que yo mismo me sentía asustado y desorientado por todo aquello?

– Creo que éste es el final de nuestro camino. La ciudad que andábamos buscando, aunque sus habitantes, sin duda, no han oído hablar nunca del Preste Juan. Ellos llaman Apeiron a su ciudad, y creen ser descendientes de una secta de filósofos materialistas griegos, que huyeron de la isla de Samos hace más de mil quinientos años.

Joanot me miró confuso durante un instante. Luego dijo:

– En realidad no me importa demasiado cómo diablos llaman ellos a su ciudad. Tan sólo me importa si tiene oro y poder, tal y como afirma la leyenda, y a la vista está que deben poseer ambas cosas.

Neléis se acercó a nosotros y nos indicó que los almogávares ya estaban en el interior de la ciudad.

– ¿Queréis acompañarme? -dijo-; os conduciré hasta ellos.

Descendimos por unas escaleras metálicas, que se enroscaban sobre sí mismas como la concha de un caracol, hasta una plataforma inferior, y de nuevo allí pudimos ser testigos de la magia de Apeiron. La plataforma estaba sujeta por unos cables, y éstos se tensaban contra unas enormes poleas; con un suave chirrido las poleas giraron y la plataforma fue descendiendo lentamente hasta llegar al nivel del suelo.

Los rudos almogávares formaban un apretado grupo bajo las enormes hojas dobles de la puerta de la ciudad. Ariscos y desconfiados se protegían las espaldas unos a otros mientras sus manos no se apartaban mucho de la empuñadura de sus espadas. Estaban aterrorizados por todo lo que les rodeaba, y yo no podía reprochárselo.

– ¡Adalid! -era Ricard, que había detectado la presencia de Joanot y salía a su paso para devolverle el mando de la tropa.

Mientras los dos guerreros hablaban, me acerqué a mi viejo carromato, y saludé a mis acémilas palmeando con cariño el cuello de los animales.

Ibn-Abdalá descendió entonces del carro.

– Me alegra verte con tan buen aspecto, Ramón -dijo el sarraceno entrecerrando sus ojos-. Es milagroso. Cuando te vi partir no pensé que te recuperarías de una forma tan rápida. -Y repitió-:… Es verdaderamente milagroso.

– Todo lo que nos rodea en esta ciudad maravillosa parece producto de un milagro -dije lleno de alegría. Pero la expresión de Ibn-Abdalá hizo que la sonrisa se helase en mis labios-. ¿Sucede algo, amigo?

– Lo que nos rodea puede ser obra de Dios, pero también puede ser obra de Satán -replicó el sarraceno con una mirada huidiza.

Sin comprender completamente al cadí, volví junto a Ricard y Joanot.

– Hemos caminado hasta aquí conducidos por esos hombres -Ricard señaló a los guerreros de rojo-; y a cada paso que dimos temimos caer en una emboscada. Y ahora esto -el almogávar hizo un amplio gesto con sus manos-. ¿Qué clase de lugar es éste, Adalid?

– Esto es la respuesta a nuestras oraciones -le dijo Joanot a Ricard-. Acabáis de atravesar las puertas de la gloria y de la riqueza, tal y como Roger nos prometió.

La gente había ido congregándose en los balcones y plataformas que daban a aquella puerta. Una pequeña multitud de apeironitas nos observaba ahora con una especie de fría curiosidad. Ni vítores ni aplausos; aquello no se parecía mucho a una entrada triunfal. Probablemente los almogávares tampoco la deseaban, pues todos parecían agotados tras la larga marcha, y la tensión vivida durante las últimas semanas.

Joanot, que entendía perfectamente el ánimo de sus hombres, se acercó a Neléis y le dijo con su torpe griego:

– Mis hombres necesitan descanso.

– Por supuesto -dijo la consejera-. Os estamos preparando unas habitaciones en un barrio de la zona este de la ciudad.

– Sea donde sea -dijo Joanot-, deberemos permanecer juntos.

Neléis dudó durante un instante antes de decir:

– No lo habíamos previsto así, pero si ése es vuestro deseo, creo que no tendremos muchas dificultades para encontrar un local lo suficientemente grande…

– No debes preocuparte por eso -dijo Joanot señalando con su dedo por encima del hombro de la mujer-; acamparemos ahí mismo.

Neléis se volvió, y vio lo que Joanot le señalaba. Yo también miré hacia allí, y reí divertido por la expresión de azoramiento de la mujer.

Lo que Joanot señalaba era una amplia plataforma que se elevaba un par de pisos por encima del nivel del suelo. Estaba rodeada por una baranda dorada y cubierta por una tupida y cuidada hierba de la que sobresalían plantas con flores y árboles frutales.

– Eso no va a ser posible -empezó la mujer bastante contrariada por la petición de Joanot-. Es un parque público; los niños van a jugar ahí.

– Nos arreglaremos -sonrió Joanot-; personalmente, me gustan los niños. ¿Y a ti, Ramón?

– No me desagradan -respondí.

– Ningún problema entonces. ¡Ricard!

– ¿Sí, Adalid?

– Acamparemos en esa… especie de loma. Conduce hasta allí a los hombres.

– Sí, Adalid. ¡En marcha, almogávares!

Y ante la mirada de asombro de la consejera y de los ciudadanos que se habían congregado, los catalanes se dirigieron hacia la plataforma.


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Tan sólo unas horas después, los catalanes se encontraban allí como en casa; habían plantado sus tiendas en el rico humus cultivable, aplastando al hacerlo los macizos de flores, y reorganizando el terreno de aquel jardín. Los árboles fueron rápidamente despojados de sus frutos y sus troncos convertidos en leña. Alrededor de la fuente central se habían establecido los comedores y las tiendas de cocina.

Uno de los ciudadanos de Apeiron se había aventurado hasta el campamento almogávar y admiraba asombrado el marcial desastre que los extranjeros habían establecido en lo que había sido un precioso jardín hasta su llegada. Yo lo había visto dar vueltas por el campamento, desorientado, hasta que Joanot le salió al paso.

– ¿Joanot? -preguntó el ciudadano, mirando al joven caballero con los ojos entrecerrados como si no estuviera seguro de reconocerle-. ¿Joanot de Curial?

El hombre era de escasa estatura, y la piel de su rostro era oscura y muy curtida, con profundas arrugas en torno a los ojos. Su barba era negra, así como los escasos cabellos de su ancha cabeza. Vestía como los apeironitas, con una corta y ligera túnica de tejido blanquísimo, pero al hablar lo hizo en lengua italiana.

– Joanot de Curial -dijo-; no puedo creer lo que ven mis ojos.

El adalid se volvió hacia él, y su rostro expresó la misma sorpresa que parecía embargar a aquel hombre. Ambos se abrazaron llenos de alegría, y luego Joanot nos lo presentó. Era Vadinio Vivaldi; uno de los dos hermanos que habían comandado, doce años antes, la expedición de Tesidio Doria a la búsqueda del reino del Preste Juan.

– Luego lo conseguisteis -dijo Joanot.

El hombre bajó los ojos con pesar, y dijo:

– Sólo yo. Mi hermano Ugolino no sobrevivió al viaje.

Nos contó cómo la nave en la que había viajado su hermano naufragó en las costas del mediodía ethiope, y cómo perdió la vida en ese desastre. Parte de la tripulación de la nave siniestrada se acomodó en la otra nave, y el resto quedó en aquellas tierras.

Vadinio prosiguió entonces su viaje y, tras innumerables aventuras por mar y por tierra, que serían muy largas de relatar aquí, llegó hasta la ciudad de Apeiron.

Joanot se extrañó de que no se hubieran decidido a regresar, a pesar de los años transcurridos. Vadinio sonrió y dijo:

– No conoces esta ciudad -respondió enigmáticamente-, o no te sorprenderías de eso. Ni siquiera mantengo contacto con mi antigua tripulación; a muchos de ellos no los he visto desde hace años.

– ¿Es éste, entonces, el reino del Preste Juan? -le preguntó Joanot.

Vadinio asintió.

– Así lo denominamos en Occidente -explicó-; pero estas gentes llaman «Apeiron» a su ciudad, que significa algo así como el principio fundamental del que derivan todas las cosas. Es un lugar verdaderamente mágico, pero habéis llegado a él en un momento difícil. -Se volvió hacia las tropas de Joanot, y señalándolas preguntó-: ¿Son almogávares?

– Así es -le respondió Joanot.

– Buenos guerreros -dijo.

– Los mejores -replicó Joanot.

– Pues van a ser muy apreciados por aquí -concluyó Vadinio-. Vuestra llegada puede haber sido providencial para estas gentes.

Joanot quiso saber a qué se refería, pero Vadinio contestó nuevamente de una forma enigmática y dijo que pronto lo averiguaríamos.

Esa misma tarde recibimos la visita de la consejera Neléis, comunicándonos que la Asamblea que dirigía la ciudad iba a reunirse de forma extraordinaria, y que Joanot y yo estábamos invitados a la reunión.

– Veo que no habéis tenido problemas para instalaros -dijo después.

– Este es un lugar extraño -le respondí-. Al poco tiempo de estar en él es fácil sentirse seguro, a pesar de estar rodeado por toda esa muchedumbre; pero es casi imposible dormir por las noches con toda esa luz y todo ese ruido.

– Hemos despejado un gran estadio deportivo cubierto, en el lado norte de la ciudad; sin duda allí estaríais más cómodos y el ruido os llegaría más amortiguado.

– Es posible -dije-; pero dudo que Joanot acepte cambiar de lugar.

La consejera hizo un gesto de indiferencia; aquel tema ya no parecía preocuparle demasiado. Pero no era lógico; para cualquier nación los almogávares eran un ejército pequeño pero muy bien armado y con un evidente espíritu combativo. Al abrirles las puertas de su ciudad, los apeironitas, habían demostrado una confianza extraordinaria en aquellos bárbaros extranjeros. Una confianza que podría parecer temeraria.

– No sois el enemigo -dijo Neléis cuando yo le expresé estos pensamientos-; conocemos a nuestro Adversario, y no podríamos confundirlo con vosotros.

– ¿Cómo podéis estar tan seguros de nuestras buenas intenciones, de que no somos aliados de vuestros oponentes? -le pregunté.

La mujer dijo entonces que el enemigo de la ciudad no es un hombre como nosotros, aunque podía servirse de hombres para sus fines.

– He visto algunas señales -le confié entonces-; los ejércitos gog, y el fuego y el humo surgiendo del abismo; y a las langostas cabalgar como jinetes diabólicos. Y esta ciudad de luz y cristal, brillando como una novia engalanada. Vuestro enemigo es, por tanto, el adversario de todo hombre.

– Es una forma de ver las cosas -dijo la mujer dudando-. Pero no es del todo correcta. Nuestro enemigo es una criatura muy poderosa, mucho más de lo que podáis imaginar, pero no hay nada de sobrenatural en él; nada que la ciencia y las armas no sean capaces de derrotar y destruir.

Cuando se hubo marchado la consejera, Ibn-Abdalá se acercó a mí. Era evidente que había estado escuchando nuestra conversación porque dijo:

– Se saben superiores a nosotros y confían en que, llegado el caso, podrían aplastarnos como a moscas.

Me resultaba difícil creer esto.

– Parecen muy pacíficos, y nos han ayudado.

– ¿Piensas que te ayudaron al librarte del Mal? -preguntó el sarraceno.

– Sí -afirmé.

– ¿Y cómo puedes tener la certeza de que eso es así?

– ¿Qué quieres decir? -pregunté extrañado. Desde que había llegado a la ciudad, Ibn-Abdalá tenía aquella extraña actitud. Era evidente que aquel lugar le asustaba, pero era incapaz de enfrentarse a ese miedo o de compartirlo con alguien; también era evidente que el sarraceno ya no confiaba en mí; nuestra buena relación se había enfriado.

– Nunca he visto a nadie sobrevivir al Mal. ¿Cómo sabes que ellos te lo han sacado de dentro?

– Lo vi con mis propios ojos; en el interior de un vaso hermético.

– Viste lo que ellos te enseñaron; pero debes confiar en su palabra. Y vuestra confianza es excesiva. La tuya, y la de tus amigos guerreros. -Ibn-Abdalá bajó el tono de su voz antes de seguir hablando-. Para vosotros este lugar es el Paraíso, para mí se parece mucho al Infierno. Hay cosas que vosotros, los ponentinos, desconocéis. ¿Acaso no habéis oído hablar del anciano que habita en las montañas? Rapta a jóvenes muchachos y los lleva a su ciudad maravillosa donde les hace experimentar los más delicados placeres. Luego, un día, los duerme y los saca de la ciudad; les hace creer que han visitado el Paraíso, al que sólo podrán regresar si mueren sirviéndole fielmente. Los convierte así en esclavos suyos de cuerpo y alma, y los utiliza para sus más oscuros fines.

– ¿Y crees que éste es ese mismo lugar?

– No. Pero hay muchos lugares oscuros y temibles en el mundo; obras de Satán ocultas bajo una fachada engañosa. Y hay muchas maneras de poseer el alma de un hombre. La magia que nos rodea es poderosa, pero todos habéis aceptado sin discusión que se trata de una magia beneficiosa. ¿Por qué?

A mi pesar, y mientras me dirigía a bordo de uno de aquellos aparatos voladores hacia la sala de la Asamblea, no podía apartar las palabras del cadí de mi mente.

Joanot, que se encontraba sentado junto a mí, en la barcaza voladora, miraba tranquilo hacia abajo. Tan sólo nos acompañaba Sausi, como guardia personal de Joanot.

– ¿No te asusta este lugar? -le pregunté a Joanot.

– No. -El valenciano se encogió de hombros-. ¿Tendría que hacerlo?

– El cadí opina que este lugar es obra de Satanás.

Joanot me miró divertido.

– Pero yo no creo en Satanás, ¿recuerdas?

Le rogué que no empezara de nuevo con eso.

– Te hablo en serio, Ramón -replicó él-. Yo puedo ver que este lugar está lleno de magia. No se necesita más que tener ojos en la cara para hacerlo, pero se trata de magia positiva, eso es evidente.

– ¿Por qué?

– Aquí la gente es feliz; toda esta magia, la que ahora nos hace volar, contribuye a hacer más cómoda y agradable la vida de esos ciudadanos. Yo sabía ya que en el reino del Preste Juan iba a encontrar magia; e incluso confío en ver mayores prodigios.

– No crees en Dios ni en el demonio, pero sí que crees en la magia -observé.

– Por supuesto. ¿Me tomas tú ahora el pelo? ¿Acaso no crees tú, que la practicas?

Le hice ver que estaba en un error, que yo no practicaba magia, sino la ciencia y la matemática [28]; y que tampoco creía en la alquimia.

– En cualquier caso -concluí-, Dios está en otro plano diferente.

– Puede que sí y puede que no -dijo Joanot encogiéndose nuevamente de hombros-; pero este lugar es mágico. Para algunos de mis almogávares, Constantinopla ya era un lugar lleno de misterio; y esta ciudad es simplemente fascinante. Haber llegado hasta aquí es todo un premio.

El edificio de la Asamblea era una gran pirámide tetraédrica, rodeada por un amplio espacio verde, cubierto de árboles. La cúspide de la pirámide casi rozaba los gigantescos toldos que filtraban la luz solar y aislaban la ciudad de la terrible sequedad de aquel desierto salino. Toda la pirámide rezumaba vapor blanco que se elevaba y condensaba contra los toldos, creando una extraña nubosidad en torno a la cúspide.

Como el resto de los edificios de Apeiron, la Asamblea estaba construida completamente con cristal purísimo. Tras pensarlo encontré bastante lógico que los apeironitas utilizaran el cristal como base de sus edificaciones. El cristal nace de la arena, y en aquel enorme desierto la arena era la materia prima más abundante y fácilmente disponible. Pero esto no explicaba la asombrosa pureza que lograban darle a aquel cristal.

La barcaza atracó en un muelle situado cerca de la cima de la pirámide, y sus ocupantes cruzamos la plataforma que conducía al interior de la sala de la Asamblea. Ésta era también un tetraedro, pero de menor tamaño, insertado en el pico del edificio de la Asamblea. Un tetraedro formado por la base y las tres paredes que eran triángulos equiláteros de unas veinte varas de lado.

Pegados a dos de estas paredes había dos filas de seis butacas acolchadas en terciopelo rojo, doce asientos para doce consejeros. Eran seis mujeres y cinco hombres; y era asombroso que la mayor parte de la Asamblea, que tomaba decisiones que afectaban a muchos hombres, estuviera compuesta por mujeres. Pero Neléis nos había adelantado que la Asamblea elegía a sus consejeros en virtud de su talento y capacidad política, sin tener en cuenta otras consideraciones.

Todos los consejeros vestían una larga levita de color gris y llevaban una especie de gorro cónico, del mismo color, sobre sus cabezas. Vi la expresión de Sausi al ver este tocado, pero yo estaba tan asombrado como el búlgaro; era el mismo vestuario que habían llevado los sacerdotes muertos del templo cercano a Harrán. Aparentaban tener una edad que estaría entre la de Joanot y la mía, excepto uno de los consejeros, que parecía tan anciano como yo. Éste era un hombrecillo menudo, muy moreno, con la cabeza completamente afeitada, y llevaba un par de lentes dorados permanentemente frente a sus ojos. Apenas retuve en la memoria los nombres de los otros consejeros conforme Neléis nos los iba presentando, pero el de aquel hombrecillo sí conseguí retenerlo; se llamaba Nyayam.

Una vez terminadas las presentaciones, Neléis pasó a ocupar su asiento junto al resto de los consejeros. Un par de sirvientes trajeron sendos asientos para Joanot y para mí, que colocaron frente a los de los consejeros. Otro trajo un asiento para Sausi, pero el búlgaro lo rechazó con un seco gesto de su gran mano, y permaneció en pie detrás del asiento de Joanot.

– Antes que nada, sed bienvenidos a nuestra ciudad -dijo una de las consejeras; una atractiva mujer de rasgos intensos y pelo muy negro-. ¿Vuestros hombres están bien instalados?

– Perfectamente -dijo Joanot con una amplia sonrisa.

– La consejera Neléis nos ha hablado mucho de vosotros -siguió diciendo la mujer tras devolverle a Joanot la sonrisa-. Os agradecemos vuestro esfuerzo por llegar hasta nosotros.

– Traemos saludos y una carta personal del Emperador del Imperio Romano, el gran Andrónico Paleólogo.

Joanot entregó el rollo de pergamino lacrado que xor Andrónico le había confiado a Roger; y, tras abrirlo, la consejera lo leyó con detenimiento. No tuvo problemas pues estaba escrito en griego clásico. Después, tras agradecernos el amable saludo de nuestro Emperador, lo pasó al resto de los consejeros que lo leyeron con solemnidad.

Durante las horas siguientes, los consejeros se fueron interesando por diferentes asuntos referentes al estado de las cosas en el Imperio. Todos ellos intranscendentes, y que fueron cuidadosamente respondidos por Joanot o por mí. Tuve la sensación de que todo aquello era un procedimiento habitual de las normas de su protocolo por el que todos teníamos que pasar. Pero resultó bastante tedioso.

Contaré aquí algunos aspectos de la organización política de la ciudad de Apeiron.

De la misma forma que el cuerpo humano posee cabeza, pecho, y abdomen, Apeiron disponía de gobernantes, militares y obreros. La política de la ciudad se caracterizaba por su racionalismo, por lo que la Asamblea de gobernantes estaba compuesta principalmente por científicos y filósofos.

Los soldados que guardaban y protegían la ciudad de los peligros del exterior eran aquellos guerreros de armadura carmesí que había visto acompañando a los almogávares en su llegada a la ciudad. Eran llamados dragones, pues su arma principal era un tubo de bronce, tallado con la esfinge de un dragón, que arrojaba bolas de fuego por las fauces. No eran muchos, pero estaban muy bien entrenados y concienciados.

Gobernantes y soldados no teman otra meta que la de procurar la dicha y la seguridad de los obreros de Apeiron. Éstos formaban la inmensa mayoría de la población, y se trataba de la gente más feliz que había conocido a lo largo de mis viajes, pues la vida del más humilde de ellos era superior en calidad a la del más encumbrado de nuestros príncipes.

Las hambrunas eran desconocidas en aquella ciudad, las cosechas siempre eran suficientes y un sistema de rotación de cultivos aseguraba la fertilidad del suelo.

Desde el momento mismo de su nacimiento, las vidas de toda aquella gente eran cuidadosamente tuteladas por la ciudad. Pues, para que las mujeres de Apeiron pudieran tener las mismas oportunidades de aprender y progresar que los hombres, eran liberadas muy pronto de la carga que representaba cuidar y criar a sus hijos; y, a partir del primer año, la ciudad se encargaba del cuidado de los niños mediante un sistema público de guarderías y colegios. Se consideraba además entre los ciudadanos que la educación de los niños era algo tan importante que no podía ser confiada a cualquiera, y era responsabilidad de la ciudad ocuparse de ella.

Los apeironitas, hombres y mujeres por igual, pasaban su infancia y su primera juventud en las escuelas públicas de la ciudad, y al abandonarlas iban a ocuparse de la labor para la que habían sido preparados desde su nacimiento. Ningún ciudadano, excepto los miembros de la Asamblea y los militares, trabajaba más de cinco horas al día; pero ninguno trabajaba menos. La pereza era casi el único crimen de la ciudad, y se castigaba con dureza. Otros crímenes más graves como el robo o el asesinato eran prácticamente desconocidos en Apeiron, y sólo había un castigo para ellos: el destierro de por vida. En esos extraños casos, al criminal se le daba una poción que borraba su memoria, y era abandonado lejos de la ciudad para que emprendiera una nueva vida.

Pude escuchar numerosas leyendas que afirmaban que muchos de estos condenados alcanzaron en el exterior una gran fama y poder, quizá aguijoneados por el enturbiado recuerdo de las riquezas y la felicidad que una vez disfrutaron en Apeiron; y que muchos de ellos se convirtieron en generales victoriosos o en despiadados tiranos.


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Al concluir la asamblea, Nyayam y Neléis me pidieron que les acompañara.

Descendimos por una escalera metálica, que se doblaba en espiral sobre sí misma, hasta un amplio piso inferior, donde me vi rodeado por una maravillosa maquinaria que trabajaba incesantemente entre nubes de vapor. Grandes ruedas dentadas, haces de finísimas varillas metálicas que transmitían, rítmicamente, fuerzas y movimientos, engranajes, correas transmisoras. Todas estas piezas eran sencillas y hermosas a la vez como el mecanismo de un reloj, pero mucho más preciso y limpio.

Un grupo de hombres y mujeres, ataviados con largos blusones grises, se ocupaban del mantenimiento de aquella maquinaria. Algunos llevaban recipientes con grasa que aplicaban a los engranajes en movimiento. Concentrados en su trabajo, apenas levantaron la mirada a nuestro paso.

Caminamos hasta la pared del fondo, en la que había un artilugio extraordinario.

Me acerqué a él y rocé las teclas y manivelas de bronce con los dedos. Parecía el órgano de una iglesia, pero su aspecto era mucho más complejo que cualquier otra cosa que yo hubiera visto nunca. Unos tubos y conducciones que surgían del suelo se incrustaban en el aparato y exudaban vapor. El lugar que en un órgano correspondería a las teclas y a los botones de registro contenía también un gran número de teclas, pero de forma redonda, con símbolos numéricos y caracteres griegos grabados en ellas.

Al acercarme, un ruidoso repiqueteo surgió de un extremo del órgano y un mazo de láminas de cartón cayó sobre una bandeja. Neléis cogió una y me la mostró; parecía un gran naipe lleno de perforaciones rectangulares. Me explicó que, si la Sala de la Asamblea era el corazón de Apeiron, esta máquina era su cerebro; la inteligencia que mantenía unida la ciudad: las guías de los transportes voladores, el suministro de agua a las casas, la iluminación nocturna…

– Esta máquina analítica es capaz de realizar los cálculos necesarios para dirigir toda esa actividad -dijo la consejera.

– ¡Una máquina capaz de ayudar a la mente humana! -exclamé.

– Exacto -dijo ella, sorprendida de que yo hubiera captado tan rápidamente la idea. No sabía que yo llevaba toda mi vida trabajando en algo similar-, por eso queríamos que la vieras funcionar. De alguna forma, representa nuestro esfuerzo continuado por mantener el orden en este apartado lugar del mundo.

Yo estaba más interesado por saber cómo funcionaba.

– Con vapor -explicó Neléis-, como el resto de la ciudad. Todo este edificio, desde el sótano hasta este piso, está en su mayor parte ocupado por toda su compleja maquinaria. Éste es también un lugar simbólico para nosotros, por ese motivo se reúne aquí la Asamblea.

– Todo esto es maravilloso -dije-; como caminar por el interior de una mente.

Nyayam sonrió y dijo.

– No tanto, amigo mío. Es sólo una máquina capaz de hacer cálculos a gran velocidad, y de guardar una memoria de ellos; pero resulta muy útil para nosotros, sin ella no podríamos mantener Apeiron en funcionamiento. Tú lo has dicho antes: «una máquina para auxiliar a la mente humana». Sólo eso.

– Sólo eso -dije pensativo-. Yo también intenté construir algo así; pero no contaba con vuestros medios. Tampoco entiendo completamente las razones matemáticas que hacen posible esta máquina, pero creo que buscaba lo mismo que vosotros.

– ¿Y cuál era tu búsqueda? -me preguntó el anciano.

– Llegar a comprender la lógica de Dios -dije.

Sí, la lógica de Dios; si los astros y el mundo realizan complejos movimientos siguiendo la lógica matemática elaborada por Dios; si las mareas se suceden una tras otra siguiendo el influjo del Sol y de la Luna, tal y como Dios dispuso desde el principio; si las estaciones llegan una tras otra, año tras año, con perfecta regularidad, y si las cosas siempre caen hacia abajo, y el fuego siempre da calor al arder… si todas estas cosas han sido decididas e impulsadas por Dios, que es el gran relojero y arquitecto de esta maravillosa obra, ¿por qué el hombre creado por Él a su imagen, recorre caminos tan absurdos durante su permanencia en este mundo?

Concebí mis discos del Ars Magna para que me ayudaran a interpretar y a descifrar la mente de Dios, pues supuse que la pequeñez de la mente humana sería incapaz de hacerlo por sí sola. Necesitaba ayuda, y ésta sólo podía provenir de un ingenio creado por mi propia mente, pero que fuera capaz de multiplicar su capacidad, como una palanca es capaz de multiplicar la fuerza de un brazo.

Nyayam se interesó por saber si había logrado algún resultado. Ojalá lo supiera, pensé. Pero le dije:

– En parte sí. Pero nunca logré ir más allá de agotar todas las posibles combinaciones de los principios, y explorar así todas las posibles estructuras de la Verdad.

Neléis me preguntó si no era eso lo que había buscado desde el primer momento.

– Creía que era eso, pero ahora, al ver vuestra máquina, sé que estaba en un error. Cuando intenté aplicar mis círculos a problemas mundanos éstos me condujeron una y otra vez a demostraciones circulares, sin ninguna posibilidad de aplicación práctica. Comprendí que el error era más profundo de lo que yo creía, y que me faltaba algún tipo de herramienta matemática para fundar esta lógica. Pero ahora -extendí los brazos como si quisiera abarcar toda la maquinaria que me rodeaba- veo que el problema tiene una solución, y que vosotros habéis dado con ella, y doy gracias a Dios por haberme permitido visitar esta ciudad antes del día de mi muerte. Debo… es necesario para mí entender cómo funciona esta máquina.

Nyayam apoyó una mano sobre mi hombro y me pidió calma.

– Somos enanos subidos a las espaldas de gigantes -dijo-; no intentes comprenderlo todo inmediatamente, porque cada paso hacia adelante, cada avance tecnológico, lleva consigo una implacable lección de humildad.

Les miré confundido, sin entender completamente lo que querían decir. ¿Cómo podría el avance del conocimiento humano tener consecuencias negativas? Sólo la ignorancia puede ser mala, el conocimiento del mundo sólo nos hará mejores y más felices.

Nyayam y Neléis me miraron significativamente, durante un largo instante, antes de que la mujer dijera:

– ¿Y qué sucedería si ese conocimiento te demostrara que el mundo no es tal y como creías que era? Que es mucho más extraño y complejo de lo que imaginabas.

Me estremecí ante aquellas palabras, y sentí una especie de vértigo, como si mi alma estuviera colgando al borde de un abismo. Les aseguré que no sabía de qué estaban hablando, y ellos me condujeron hasta un extremo de aquella gran sala, donde estaba arrinconada una mesa de gruesa madera repleta de papeles. Sobre ella descansaba una compleja figura; nueve esferas de cobre estaban sujetas a una delicada armilla, y sobre cada una de estas esferas estaba grabado el nombre de un planeta.

– En ocasiones me gusta retirarme aquí para meditar -dijo Nyayam, sonriendo como si quisiera alejar aquella turbación de mi mente-. Sé que esto puede resultar sorprendente, rodeado por todo ese ruido, pero el chasquido de esos engranajes, su monótono repiqueteo, suele ayudarme a disciplinar mi mente. En otras ocasiones, debo advertirte, su efecto es el contrario.

– ¿Qué es esto? -pregunté observando la armilla-. ¿Es un juego?

Neléis quiso saber por qué decía esto, y yo tomé la armilla entre mis manos.

– Sólo existen seis planetas -dije-, contando la Tierra que debería estar situada en el centro. ¿De dónde han salido esos otros nombres? Rea, Océano y Tártaro… Esos nombres no pueden corresponder a planetas.

– ¿Por qué pareces tan seguro de eso? -me preguntó Neléis.

– He estudiado los cielos durante toda mi vida -dije-, y jamás vi más que cinco planetas, además del Sol y la Luna, moviéndose por los cielos.

En realidad, recordé, los pitagóricos afirmaban que los astros del Universo deberían completar el número mágico de diez, y como sea que sólo conocían nueve: Sol, Mercurio, Venus, Tierra, Luna, Marte, Júpiter, Saturno y Estrellas-fijas, tuvieron la osadía de añadir la Antitierra.

Nyayam se acercó a la esfera armilar, y la hizo girar levemente.

– ¿Y si esos otros mundos fueran invisibles para los ojos desnudos, y sólo se descubrieran al hacerlo con potentes instrumentos ópticos? ¿Cambiaría eso tu concepción del mundo? Y si esos mismos instrumentos te demostraran que, efectivamente, la Tierra no ocupa el centro del mundo, ¿lo creerías? ¿Aceptarías lo que esos instrumentos te dicen o en cambio los destruirías afirmando que son obras del demonio?

De nuevo Roger Bacon, el doctor admirable, acudió a mi mente. ¡Qué feliz se habría sentido aquel franciscano inglés de haber llegado a una ciudad como aquélla, y ver todos sus sueños realizados! Su pasión era el conocimiento de la naturaleza, tanto en relación con el contenido de las ciencias como en cuanto al método para investigarlas. Y, como hijo de San Francisco, Bacon transformó su amor hacia las creaturas en observación científica. Tenía una fe exuberante, no sólo en Dios, sino también en la naturaleza, en los hombres, y en sí mismo. Sentía el universo rico de infinitos secretos:

«Ve, observa, experimenta, aplica». El saber para él era acción y sentía la necesidad de los hechos y de las pruebas. Nunca le asustó la Verdad. ¿A mí sí?

– No lo sé -reconocí-; no sé lo que haría, lo que creería, si tuviera que enfrentarme a una realidad distinta de la que creo. -Alcé los ojos y miré desafiante al anciano consejero-. Pero sé que siempre intentaría guiarme por la razón y la lógica, que nunca utilizaría argumentos irracionales o fanáticos para defender a ultranza mis creencias.

La sonrisa de Nyayam se amplió.

– Estupendo, amigo mío, porque si es así, sin duda que nuestra relación será fructífera. Eres una persona de gran importancia para nosotros.

– No entiendo por qué -dije-. Es evidente que podéis aprender muy pocas cosas de mí, siendo como son vuestros conocimientos tan vastos.

– Hay dos grandes motivos por los que tu presencia entre nosotros es tan importante -me explicó Neléis-; el primero es que estamos viviendo tiempos de crisis; nuestra ciudad está amenazada por el mismo Mal que intentó poseerte. Se avecina un gran enfrentamiento y tus amigos guerreros bien podrían ser el grano de arena que decidiera la balanza a nuestro favor. Pero no confiamos en los mercenarios y carecemos de experiencia en tratar con ellos. Preferimos hablar con un hombre de ciencia como tú; por quien, sorprendentemente, el líder de los mercenarios parece sentir un profundo respeto. Es una situación muy afortunada para nosotros.

– ¿Y el segundo motivo? -pregunté.

– Yo no nací en esta ciudad -dijo Nyayam-; mi origen está en la remota India, y durante una parte de mi vida mis creencias, y mí concepción del mundo, fueron muy diferentes a los que ahora profeso. Me encontré en mi juventud con unos exploradores de Apeiron y me uní a ellos. Una decisión que jamás lamenté; esta ciudad siempre ha tenido sus puertas abiertas, para todo aquel cuya mente esté también abierta, pues ella misma se alimenta y engrandece gracias a la sangre nueva que llega a sus venas. Tener una única visión del mundo es casi peor que ser completamente ciego, y Apeiron necesita nuevas mentes del Mundo Exterior que nos recuerden constantemente que nuestra realidad no es la única posible o deseable.

– Soy viejo -dije-, y también tengo experiencia en eso de cambiar de vida y de creencias y -añadí en un tono que era casi de súplica-… quiero aprender. Quiero comprender el mundo y todas las obras de Dios. Quiero conocer todas las realidades y empaparme de toda vuestra sabiduría.

– Te buscaremos un alojamiento más adecuado -dijo Neléis, asintiendo complacida-; y te procuraremos un sirviente que se ocupe de ti y que responda tus preguntas.

– No es un camino fácil -concluyó el anciano Nyayam-; hay un gran abismo entre tu pueblo y el mío, pero tu voluntad, y tu sincero deseo de saber, pueden colmar ese abismo y descubrir la auténtica riqueza del mundo que supera las más locas especulaciones y fantasías del hombre.


6

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Yo estaba seguro de haber despertado en el Paraíso.

Me había trasladado inmediatamente a una vivienda, cercana al edificio de la Asamblea, cuyas paredes estaban llenas de estantes repletos de libros.

Nunca en mi vida he visto tantos libros juntos, ni creo volver a verlos.

Y me sumergí en la lectura de aquellos volúmenes que fui amontonando, poco a poco, a mi alrededor. Era como un niño incapaz de decidir qué comer, perdido en una tienda de golosinas. Tomaba uno de aquellos libros de su anaquel, lo ojeaba pasando rápidamente las páginas, lo dejaba a un lado, tomaba otro y repetía la operación. Mi cabeza giraba de un lado a otro, y mi hambre de conocimientos se estaba transformando rápidamente en una especie de gula incontrolada.

Aquellos libros, por ejemplo, eran muy extraños; y, como objetos, eran tan maravillosos como las maravillas de las que hablaban. Durante horas, estudié los pequeños y precisos caracteres que los llenaban. No había duda, en un libro determinado, la letra «a» era siempre igual, así como la «e» y cualquier otra letra. Ninguna mano humana sería capaz de caligrafiar con tanta precisión, y la única explicación que pude encontrar era que aquellos libros habían sido realizados con alguna especie de sello o impronta para cada uno de los caracteres. Las posibilidades de ese sistema de reproducir los libros, cautivaron rápidamente mi imaginación; sin duda el primer libro sería muy costoso de elaborar, pero a partir de ahí, las cosas se precipitarían; podrían hacerse miles de copias y hacerlas llegar hasta el más humilde de los hombres.

La incultura y la ignorancia, simplemente, desaparecerían.

Pero esto era sólo una pequeña maravilla entre las muchas que llenaban aquella ciudad. Había tantas a mi alrededor que la mente saltaba de una a otra, incapaz de repartir adecuadamente su capacidad de asombro. La misma máquina analítica era algo cuya existencia apenas había vislumbrado como posible mientras trabajaba en el diseño de mis discos. Dediqué muchas horas a hacer croquis de los mecanismos de la máquina, y al complicado entramado de palancas y ruedas dentadas, perfectamente ajustadas que formaban los diferenciales, el alma de las unidades de cálculo; unos ingeniosos mecanismos que enlazaban entre sí conjuntos de engranajes móviles, imponiendo entre sus velocidades simultáneas la condición de que cada una de ellas fuera proporcional a la suma o a la diferencia de las otras. Pura magia matemática.

Todas mis mañanas en aquel fantástico lugar empezaban de la misma forma; al amanecer llegaba Ácalo, el sirviente de la consejera Neléis; un joven delgado, de pelo negro rizado y rasgos inteligentes; y me despertaba con suavidad. Después me conducía a una habitación contigua que estaba revestida completamente de una porosa piedra blanca, y allí recibía un baño de vapor. Ácalo me entregaba una rasqueta de madera para que frotara con ella mi piel, y él mismo me ayudaba frotando en aquellas partes del cuerpo a las que yo no llegaba bien. A continuación me llevaba a una estrecha cabina, y tras girar una pequeña rueda pegada a una de las paredes, una suave y continua lluvia de agua se derramaba sobre mi cuerpo. Así de sencillo; giraba una pequeña llave, y el agua fluía, la giraba en dirección contraria, y el chorro cesaba. Junto a Ácalo, realicé largos paseos por las plataformas y terrazas de Apeiron, mezclándome entre aquellas gentes y aprendiendo sus costumbres, y había visto trozos de tubo con llaves como aquélla repartidos por todas partes en la ciudad, y todos daban agua al girar las manivelas. Para los apeironitas aquello parecía natural, pero yo me quedaba mirando asombrado cada vez que esto sucedía. Lo que más me admiraba no era lo extraño de aquel artilugio, cuyo funcionamiento podía comprender mucho mejor que el de los balones voladores o la máquina analítica, sino la naturalidad con la que los ciudadanos se tomaban aquel incesante fluir de agua en medio de un desierto.

Tras secarme, me tumbaba sobre un banco de piedra, y Ácalo me daba un masaje que hacía revivir y parecía tonificar mis viejos músculos.

Todos los días empezaban así, y tras esto, me sentía preparado para enfrentarme a los gruesos volúmenes de aquella inmensa biblioteca. Y para conocer a los sabios maestros de Apeiron, con los que tuve ocasión de disfrutar de largas charlas que abrieron mis viejos ojos a un nuevo y maravilloso mundo.

Todos aquellos nobles eruditos se sentían discípulos del Gran Aristarco, que había vivido en el siglo III antes de Nuestro Señor Jesucristo en Jonia, un pequeño e inconexo reino formado por sólo un puñado de islas. Pero desde entonces la ciencia de la ciudad había avanzado mucho, y aquellos sabios me hablaron de la inmensidad del universo; en el que se había formado, espontáneamente (según ellos), a partir de la materia difusa del espacio, un gran número de mundos, destinados a evolucionar y más tarde a decaer. Me contaron que estos mundos erraban solos por la oscuridad del espacio, mientras otros iban acompañados por una cohorte de soles y lunas; y que en ocasiones podían colisionar entre sí; y que algunos estaban habitados, mientras que en otros no había ni plantas ni animales. Creían que las formas simples de la vida nacieron del cieno primordial y evolucionaron por sí mismas hasta formas más complejas; al igual que los átomos, que ya fueron predichos en la Antigüedad, pero que los sabios de Apeiron se habían ocupado de analizar y demostrar.

Pero yo no podía aceptar fácilmente algunas de su ideas.

Discutí largamente con ellos su certeza de que la Tierra no era el centro del universo, y que nuestro mundo giraba alrededor del sol; al igual las estrellas, que eran soles distantes, semejantes al nuestro, tenían sus propios planetas girando a su alrededor.

Para mí era evidente que la Tierra estaba inmóvil. Y no comprendía cómo esto no resultaba tan claro como para mí a aquellos sabios de Apeiron, que afirmaban que el único método seguro de llegar a conocer la verdad era el experimento.

Es fácil hacer un experimento que consiste simplemente en dejar caer al suelo un gran peso; podemos medir su trayectoria cuantas veces queramos y comprobaremos que ésta es siempre una línea perfectamente recta. Si la Tierra girara sobre sí misma, para producir el efecto de los días y las noches ante un sol inmóvil, tendría que girar a una enorme velocidad y en ese caso la trayectoria de caída de cualquier objeto nunca sería una línea recta. Hasta un niño podría demostrar esto. Y además, como tan acertadamente señaló el gran Aristóteles, si la Tierra se moviese, la distancia a las estrellas variaría al cabo del tiempo, como cambia entre los planetas, y si esto no sucede es porque nuestro mundo está absolutamente inmóvil.

Así lo creía entonces y así lo creo ahora, pues aquellos hombres tan sabios no fueron capaces de proporcionarme argumentos para convencerme de lo contrario.

Ácalo también me ayudaba y me acompañaba en mi formación, buscando las citas y referencias que yo le pedía en las entrañas de aquella maravillosa máquina analítica, cuyo lenguaje de tarjetas perforadas Ácalo entendía.

Nunca había conocido a un esclavo tan bueno como aquel joven, de modo que un día le pregunté si había nacido esclavo o había sido capturado hacía mucho tiempo. Ante esta pregunta, Ácalo, me miró entre divertido y escandalizado, y dijo:

– No soy esclavo, Ramón, no hay esclavos en Apeiron.

Me era difícil creer que esto pudiera ser real.

– ¿Quién hace el trabajo pesado entonces? -le pregunté-. ¿Quién acarrea el agua caliente, o enciende las calderas, o se cuida de que las calles estén limpias?

– Hombres libres, ayudados por máquinas como la que nos rodea.

El constante murmullo de la máquina analítica al funcionar, me recordó dónde estaba, lo extraordinario que era aquel lugar. Pero todo era demasiado extraño y no podía aceptarlo; ¡una sociedad sin esclavos! En toda la historia de la humanidad jamás había existido nada semejante. Los problemas prácticos parecían insalvables.

– ¿A qué te dedicas? -le pregunte al joven.

– Soy estudiante, Ramón -dijo-, me presenté voluntario para servirte.

– ¿Por qué?

– Eres un sabio del Mundo Exterior. Es posible aprender mucho de tu experiencia y sabiduría, y para mí es un honor servirte.

Un honor, pensé con cinismo. ¿Qué podía aprender aquel brillante joven de mí, excepto que para los hombres del Mundo Exterior, la mera existencia de una sociedad sin esclavos parecía algo inadmisible?

¿Cuánta distancia había entre la limpia mente de aquel joven y mi propia mente, enturbiada por la repetida visión de la injusticia y la maldad?

Dieciséis siglos de búsqueda incesante del Conocimiento basado en hechos, demostraciones o experimentos irrecusables, habían producido las maravillas que ahora me rodeaban. Aquella ciudad era como una isla de razón y de lógica rodeada por un océano de locura. Y los consejeros me habían dicho que estaban en peligro, amenazada por el mismo Mal que había estado a punto de apoderarse de mí.

Se preparaba entonces una gran batalla. La batalla definitiva entre la razón y la locura. La propia historia de la ciudad, que ahora estaba aprendiendo de los libros, parecía definida por una serie de escaramuzas en el transcurso de esa guerra.

Mientras leía la historia de Apeiron, y sentía cómo las mareas de siglos pasaban sobre la ciudad, encontraba vagas referencias al Adversario, aquí y allá. A veces le llamaban la Criatura , a veces el Adversario. Nunca se le describía con precisión, ni se explicaba cuáles eran sus intenciones, pero era evidente que a lo largo de los tiempos estaba siempre ahí, acechando en algún lugar desconocido y horrible.

Las pequeñas colonias y observatorios astronómicos que la ciudad había ido fundando a lo largo de los siglos, como simientes de nuevas Apeiron, destinadas a extender su ciencia y su criterio a la hora de interpretar la naturaleza, se habían perdido una tras otra; como zarpazos dados por el Adversario.

Pero nunca había encontrado la ciudad original, aunque era evidente que los apeironitas siempre se habían sentido amenazados, obligados a permanecer ocultos, a reducir al mínimo sus contactos con lo que ellos llamaban el Mundo Exterior.

Ácalo apenas pudo aclararme algo sobre el Adversario.

– Sabemos que vive en el Remoto Norte -me dijo en una ocasión-. Y es muy viejo, tan viejo como las estrellas. Su raza proviene de otro mundo y tuvo un gran poder en el pasado, pero ahora el Adversario está solo y sabe que nosotros somos los únicos que podríamos destruirle. Por eso nos odia y desea nuestro final.

Oyéndole hablar, y leyendo los crípticos comentarios sobre la Criatura dispersos por los textos históricos de la ciudad, me preguntaba por qué aquellas gentes tan perspicaces para otras cosas no alcanzaban a comprender, tan claramente como yo lo hacía, la verdadera naturaleza de aquel Ser; auténtica encarnación del Mal del mundo.

En una ocasión en la que Joanot vino a visitarme, comenté con él todas estas cuestiones, y el caballero me escuchó sonriente y satisfecho de sí mismo.

– No es un ser sobrenatural -me dijo-; esta gente está perfectamente de acuerdo sobre ese punto. Es un hechicero de una raza muy antigua, y cuya vida ha sido tan larga como la vida de los antiguos patriarcas. Posee el poder mágico de absorber el alma de la gente y transformarlos en sus siervos, como estuvo a punto de sucederte a ti, como dicen que hace el líder de la secta los asesinos, gracias al poder del humo de una hierba mágica. Pero esta gente prepara una expedición hasta su cubil para acabar de una vez por siempre con su amenaza. Una batalla más para los almogávares.

En la cabeza de Joanot se mezclaban sin problemas la superstición más ingenua con el escepticismo más recalcitrante.

– Y los almogávares participaréis en la lucha… -le dije- por oro.

– No por oro -replicó el valenciano-; sino por mucho oro. Diez carros cargados hasta los topes para ser preciso.

– Esta será una batalla sagrada, amigo mío -le dije-; el esperado momento de la lucha entre la ciudad de Dios y la ciudad terrena, donde todo se decidirá.

Tal y como san Agustín había predicho, la lucha entre el Bien y el Mal se libraría en el mundo real; en la Historia. Porque Dios necesitó de la Historia del Hombre, desde Adán hasta el momento presente, para que su ciudad dispusiera de tiempo para realizarse, para educar a aquel pequeño grupo de hombres y otorgarles el destino de destruir el Mal; o como dijo san Agustín: «La providencia divina conduce la Historia de la humanidad como si se tratara de la historia de un solo individuo que se desarrolla gradualmente desde la infancia hasta la vejez».

Pero las debilidades humanas estaban destinadas a empañar la gloria de aquel momento. La consejera Neléis vino un día a verme, y los sentimientos que afloraban en su rostro me resultaron indescifrables. Le pregunté qué había sucedido.

– Varios almogávares salieron durante la pasada noche de su campamento y atacaron, violaron y asesinaron a tres ciudadanas -respondió.

La noticia golpeó mi conciencia como un mazazo, y apenas logré preguntar por el paradero de aquellos hombres y si Joanot conocía ya los hechos.

Neléis me respondió que los almogávares estaban retenidos por los dragones, y que alguien había ido en busca de Joanot.

Neléis y yo nos trasladamos en una de aquellas barcazas voladoras hasta el cuartel de dragones en el que estaban encerrados los almogávares. Eran cuatro, pero sólo conocía bien a dos de ellos; se trataba de Jaume, el joven explorador que se había internado en la tétrica ciudad de Rai, y de Fabra, el veterano hom d'ordre almogávar.

Jaume no contaría mucho más de dieciocho años, y siempre me había parecido un joven discreto y tímido; lo que resultaba poco habitual en un almogávar. Por eso no era capaz de comprender el sinsentido y la maldad de aquella acción.

Joanot llegó poco después, y escuchó, con semblante impasible, el relato de lo sucedido de boca de un capitán de dragones. Al parecer, los cuatro almogávares habían abandonado el campamento en mitad de la noche y habían deambulado por la ciudad provistos de una buena cantidad de alcohol. Habían destrozado a pedradas varios globos luminosos y varias cristaleras sin que nadie hiciera nada por detenerlos. Después habían forzado la entrada de una vivienda de estudiantes y habían atacado a las tres muchachas que la ocupaban. La más joven de ellas apenas tenía catorce años.

Joanot se volvió entonces hacia Fabra y le pidió que nos diera su versión. Fabra se sorbió los mocos; tenía los ojos enrojecidos, y era evidente que estaba muy alterado, pero no tenía señales de haber recibido ningún castigo por parte de los dragones.

– Nos alegramos de verte, Adalid -empezó-; todo el mundo está bastante loco por aquí. Deberíamos marcharnos de este país de brujos y regresar a nuestra tierra…

– Cuéntame lo sucedido -le cortó Joanot.

– Sí, Adalid… -Fabra miró a un lado y a otro, como si buscara apoyo en sus tres compañeros, pero éstos tenían sus ojos clavados en el suelo. El joven Jaume se retorcía las manos y mordía sus labios como si luchara para que sus emociones no afloraran. Fabra siguió diciendo-: Esas mujeres… se pasean ante nuestras narices casi desnudas, luciendo sus cuerpos como furcias… Esas tres estuvieron por la tarde cerca del campamento, y una de ellas parecía haberse encaprichado de Jaume. Estuvo hablando con él durante horas, y le invitó a visitarla en su vivienda. ¿Qué mujer sino una puta haría eso? Así se lo dijimos a Jaume, pero el muy tonto no quería ir… -Fabra se permitió entonces una risita y dijo-: Al parecer el muchacho estaba sin estrenar; ¿entiendes lo que quiero decir, Adalid?

– Te entiendo -dijo Joanot-. Sigue hablando.

– Bien, al final le convencimos, y fuimos a ver a las chicas -dijo Fabra, elevando sus ojos desafiantes hacia Neléis y el resto de los apeironitas presentes-; ¿quieres que siga dando detalles, Adalid?

– No es necesario -dijo Joanot.

– Esos canallas se ensañaron con las tres jóvenes -dijo el capitán de dragones, temblando de ira-; las mataron después de haberlas torturado durante horas. Nadie en esta ciudad ha nacido para sufrir tanto horror. Nadie aquí está preparado para esto.

Joanot hizo una mueca de cínico desprecio, y dijo:

– ¿Y los del Mundo Exterior sí estamos destinados a sufrir? ¿Acaso nuestras carnes son de una naturaleza diferente a las vuestras?

Neléis se interpuso entre los dos hombres.

– El capitán no pretendía decir eso, Joanot -dijo-; debemos tranquilizar los ánimos y buscar una salida justa a este problema. Hay demasiado en juego para que iniciemos aquí un enfrentamiento entre nosotros.

Pregunté a la consejera cuál sería el castigo de la ciudad para un crimen así.

– El destierro. Pero primero debemos juzgar a estos hombres…

– Son mis hombres -le cortó Joanot- y serán juzgados de acuerdo con nuestras costumbres.

Neléis aceptó esto, afirmando que siempre había tenido a Joanot por un hombre justo, y silenció las protestas del capitán de dragones ordenándole que dejara a los cuatro almogávares bajo la custodia del valenciano.

Mientras regresábamos al campamento con los cuatro almogávares, Fabra se disculpó ante Joanot por todo lo sucedido, diciendo que había sido una consecuencia del vino y del nerviosismo que todos sentían ante un lugar tan extraño como la ciudad.

«Nada demasiado grave, y nada que precisara de un rigor exagerado», comentó Joanot. Le bastó con adornar los ángulos del campamento con unos leños cruzados y colgar de ellos a aquellos cuatro almogávares ariscos y asesinos.

Los cuerpos permanecieron allí suspendidos durante varios días, pudriéndose en el limpio aire de Apeiron, rodeados por una muchedumbre que contemplaba con morbosa fascinación tanto horror y tanta brutalidad por parte de aquellos extranjeros.


7

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– Preparamos una expedición a Marakanda -me anunció la consejera Neléis una semana después del ajusticiamiento de los cuatro almogávares-. Nuestro deseo es que tú, y algunos de los guerreros de Joanot, vayáis en ella.

Levantando la mirada de los libros que estaba estudiando en esos momentos, le pregunté cuál era el objetivo del viaje. Debía de tener los ojos enrojecidos y el gesto huraño típico de los momentos en los que era interrumpido durante el estudio.

– Uno de los musulmanes que os acompaña nos informó que antes de ser capturado por los protohombres había presenciado una gran concentración de guerreros tártaros en los alrededores de Marakanda.

Era así como los antiguos griegos llamaban a Samarcanda.

– ¿Creéis que preparaban un ataque contra vosotros? -pregunté.

Neléis y el resto de la Asamblea estaban bastante seguros de esto. Lo que necesitaban evaluar era la verdadera dimensión de la amenaza. Ibn-Abdalá afirmaba que los enemigos podían contarse por centenares de miles, y la Asamblea quería confirmar esto y prepararse para lo que se avecinaba.

Yo no entendía del todo la situación:

– ¿Estáis seguros de que el Adversario conoce la situación de esta ciudad?

– Sin ninguna duda.

– Pero -reflexioné-, durante siglos ha estado buscándoos sin ningún resultado. ¿Por qué creéis que ahora, precisamente, sí sabe de vuestro emplazamiento?

– Él sabe dónde estamos. Pero, afortunadamente, nosotros ya conocemos con exactitud dónde se oculta él.

– No lo entiendo -admití.

La consejera me explicó entonces que yo había entrado en Apeiron con una parte del Adversario en mi interior; el rexinoos, la pequeña y horrible criatura que los cirujanos de la ciudad me habían extirpado.

Me revolví nervioso en la silla al recordarlo.

– Precisamente por eso -siguió diciendo la consejera- él conoce ahora nuestra localización. Sin ningún género de duda.

– Sigo sin comprender por qué.

Neléis miró a su alrededor buscando la mejor forma de explicarse. Abrió una ventana y señaló los haces de luz que, gracias al polvo que iluminaban, aparecían nítidamente dibujados. Casi parecían barras sólidas de luz.

La mujer me pidió que me concentrara en aquellos haces luminosos, señalándome que no podríamos ver los rayos de luz a no ser que chocasen o se reflejasen contra algo; y, sin embargo, siempre estaban a nuestro alrededor. Tampoco podíamos ver el calor, de ninguna forma, pero sí sentir su presencia. La luz [29] y el calor, me explicó, eran dos calidades de los cuerpos; pero existían muchas otras, la mayoría invisibles para nuestros ojos. Era posible usar la luz para comunicarse, encendiendo y apagando una linterna en la noche, por ejemplo; y si fuera posible modular esas calidades invisibles de los cuerpos, también podríamos usarlas para la comunicación.

Esto era algo en lo que trabajaban los científicos de Apeiron, pero que el Adversario podía hacer de forma innata.

– ¿Puede comunicarse usando rayos de luz invisibles? -pregunté. Parecía un contrasentido; si eran invisibles, ¿qué utilidad podían tener para la comunicación?

La mujer me miró desanimada. Era evidente que, a pesar del esfuerzo y el tiempo que yo dedicaba al estudio, el abismo de conocimientos entre nosotros dos era enorme.

Neléis me pidió entonces que le acompañara; abandonamos la vivienda y transportados por uno de aquellos grandes balones flotantes nos dirigimos al hospital-laboratorio donde yo había despertado al llegar a la ciudad. Allí, la consejera, me mostró los vasos herméticos que contenían los cadáveres repugnantes de los rexinoos.

Eran tres redomas, y todas estaban etiquetadas. Pude leer mi propio nombre en uno de aquellos vasos, y el pelo se erizó en mi nuca al recordar que aquella asquerosa piltrafa había habitado en mi interior no hacía mucho. Para mí era evidente que eran auténticos demonios, aunque su aspecto no fuera el que comúnmente era representado por los artistas. Demonios como el que el propio Jesucristo había expulsado de las entrañas de un hombre con sólo su voluntad.

Neléis me había dicho que aquél me había sido extraído mediante métodos quirúrgicos, y yo no tenía ningún motivo para dudar de esto. En Apeiron coexistían dos realidades que aparentaban ser opuestas pero que se complementaban perfectamente entre sí.

– Cada una de esas criaturas -me explicó Neléis- era una parte viviente del Adversario, de igual forma que cada uno de tus brazos forma parte de ti; él puede usar sus rexinoos como tú utilizarías tus miembros para interactuar con tu entorno.

– Pero mis brazos están unidos a mi cuerpo -repliqué-; por lo cual es fácil de ver y de comprender cómo los uso y los domino, pues forman parte de mí.

La consejera me explicó que los rexinoos también estaban unidos con el tronco central del Adversario, a pesar de la enorme distancia que los separaba. Gracias a esa substancia invisible y etérea de la que me había hablado, el Adversario controlaba esos tentáculos suyos a distancia como yo controlaría los dedos de mi mano.

– Para que esto resulte efectivo -conjeturé-, el Adversario deberá conocer en cada momento dónde están situados sus miembros; pues de nada me serviría mover una mano si no pudiera saber cuál es su posición en cada instante. No tendría sentido.

Neléis asintió, y me invitó a que siguiera hablando.

– Por lo tanto -seguí reflexionando-, cuando ingresé en la ciudad, enfermo y con ese ser repugnante en mi interior, señalé involuntariamente al Adversario cuál era la situación exacta de Apeiron.

– Así es -dijo Neléis, acercándose a uno de los grandes vasos herméticos-; hemos abierto esos rexinoos y estudiado sus entrañas. No tienen ojos, ni narices, ni oídos. Interiormente son tan sencillos como un dedo cortado, por lo que pensamos que obtienen todos estos sentidos del propio huésped en el que se alojan. Dentro de ellos tan sólo hay un órgano claramente definido; esa especie de racimo envuelto en gelatina. En realidad es una colonia de seres microscópicos, invisibles para nuestros ojos, que generan un aliento eléctrico.

Yo había leído sobre esta electricidad en uno de los volúmenes de la librería que Neléis me había procurado. Se trataba del mismo vigor que hay en los relámpagos durante las tormentas, y que el ámbar adquiere cuando es frotado con un paño.

– Sabemos que este órgano es el responsable de generar la substancia etérea que mantiene la comunicación entre el rexinoos y el cuerpo del Adversario -siguió diciendo la mujer-, y hemos sido capaces de captar esa substancia y medir su potencia.

Neléis dio un paso hacia atrás y señaló uno tras otro los tres vasos herméticos, y dijo que cada una de aquellas criaturas había sido capturada en un lugar distinto de la Tierra. La primera, por uno de los científicos de Apeiron durante una expedición al norte de la India. La segunda fue extraída del cuerpo de un moribundo en algún lugar de Bulgaria. Y la última, la que había habitado en mi interior, en Apeiron, como yo bien sabía. El vigor eléctrico de cada una era diferente y generaba diferente potencia, tal y como los científicos de Apeiron pudieron medir antes de que las criaturas murieran.

– Gracias a este último -concluyó Neléis-, hemos triangulado el lugar exacto donde debe de estar oculto el Adversario.

De una de las paredes del laboratorio colgaban diferentes láminas multicolores; me acerqué a la primera de ellas y comprobé que se trataba de un mapa tan preciso y detallado como la esfera azul que yo había visto en los sótanos del Palacio de Constantinopla. Tres grandes círculos rojos centrados en un punto de la India, en Bulgaria y en Apeiron, se intersectaban en un lugar situado muy a la tramontana, en una región completamente desconocida para mí o para cualquier hombre occidental.

– ¿El Adversario vive ahí? -pregunté a la consejera.

– El Adversario sabe dónde estamos nosotros -dijo Neléis-, y nosotros sabemos dónde se oculta él.

Un enfrentamiento que se ha estado demorando durante quince siglos es ya inminente.

Otro de los grabados, situado a la derecha del mapa, mostraba un cuerpo humano cubierto por una armadura reluciente, unas alas de plata a la espalda y la cola de escorpión que parecía hecha con metal dotado de vida. El rostro de la langosta era hermoso, como el de una muchacha de pelo largo y negro, pero quedaba deformado por una boca semejante a la de una fiera, repleta de dientes largos, afilados y amarillentos.

El grabado lo mostraba de frente y de perfil, y había una línea acotada junto a él que indicaba su altura. Neléis había denominado kauli a aquella criatura.

– ¿Es ése el ser que viste en tu sueño? -me preguntó la mujer.

– No creo que fuera un sueño.

– Lo era, aunque inducido por la presencia del rexinoos dentro de ti. Sin duda tuviste visiones que te mostraron cosas reales, aunque lejanas.

– ¿Por qué lejanas?

– Los kauli no pueden sobrevivir tan al sur, en un ambiente tan cálido y bajo un sol tan brillante. Son criaturas del frío y la oscuridad y, aunque sus armaduras les protegen, tan sólo en el Remoto Norte pueden mantenerse activos. Hay quien piensa que vienen de otro mundo; un planeta frío y seco opinan algunos, pero en realidad nadie sabe nada con certeza.

Le pregunté si los había visto en alguna ocasión con sus propios ojos.

– Nunca -admitió ella-. Pero muchos otros sí los han visto. Y algunos, muy pocos, han tenido la suficiente fortuna como para sobrevivir. Los kauli son unos seres repugnantes cuyo alimento es casi exclusivamente la sangre humana.

Junto al dibujo del kauli había una serie de grabados que mostraba a los gog en diferentes posturas. Allí no había duda, los dibujos representaban a los repugnantes seres que me habían mantenido prisionero en su campamento.

La consejera dijo que creían que se trataba de dos razas esclavas del Adversario, a las que usaba según su conveniencia en un lugar u otro del mundo. Una teoría decía que el Adversario era miembro de una raza de esclavistas; seres solitarios y malvados que, degenerados por su dependencia de los esclavos, permanecían ocultos y casi inmóviles.

No había más grabados.

– ¿No tenéis ni idea de cuál es su aspecto?

– No -respondió la mujer-. Tenemos muchas descripciones, pero ninguna coincide. Se diría que cada persona que lo ha visto ha creído ver algo distinto.

Esto no resultaba extraño, pues se sabe que el Mal es eterno y polimorfo.

Estudié el mapa, pensativo; comprobando la enorme distancia que separaba el desierto salino y la ciudad de Apeiron de Constantinopla; distancia que habíamos recorrido en los últimos meses. Pero el Adversario estaba mucho más lejos. Era, por lo menos, tres veces esa distancia; a través de territorios desconocidos y seguramente plagados de enemigos y criaturas hostiles como los kauli y los gog.

– Parece un camino demasiado largo para que pueda cruzarlo en lo que me queda de vida -comenté.

– No lo haremos a pie, si es en eso en lo que estás pensando -dijo la mujer.

Y, ante mi mirada desorientada, añadió:

– Debo mostrarte más cosas.


8

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Tomamos un transporte volador que se dirigía hacia la zona norte de Apeiron. Había mucha vegetación por todas partes, hasta el punto de que muchas calles desaparecían bajo ella, y por todos lados sobresalían enormes torres humeantes de ladrillo cuyos remates se ensanchaban para contener complicadas decoraciones geométricas; eran simplemente chimeneas que exudaban vapor desde el subsuelo de la ciudad, pero me parecían tan hermosas como las agujas de una catedral.

Estaba anocheciendo y la iluminación nocturna de la ciudad se estaba activando, confiriéndole a todo el aspecto de joya mágica que tanto me maravillaba.

– ¿Hemos llegado? -le pregunté a la mujer cuando el transporte se detuvo en una plataforma.

– No -respondió Neléis-; pero se ha hecho tarde y, según me dijo Ácalo, hace muchas horas que no has comido nada. Mi hogar está aquí mismo y he pensado que podríamos cenar antes de continuar.

Yo sentía una gran curiosidad por saber más cosas de Neléis y del resto de los consejeros. La idea de una mujer que ocupara un cargo tan importante en la ciudad me seguía fascinando. Su hogar era una pequeña casa de dos plantas con un amplio jardín frente a ella; similar a las otras casas que se levantaban a ambos lados de la calle.

Atravesamos un estrecho camino de losas de piedra incrustadas en la hierba perfectamente recortada, y llegamos frente a una puerta de madera con algunos adornos multicolores grabados en ella. Quizá hubiera esperado que la vivienda de un alto dignatario fuera algo más parecido a un palacio, pero tenía que admitir que el lugar era agradable. En el jardín había multitud de casitas de madera para pájaros y palomares que despedían un característico olor, y de los que llegaba un continuo murmullo de aves que se preparaban para pasar la noche.

La consejera abrió la puerta y una mujer joven, a quien Neléis me presentó como su compañera, salió a recibirnos.

Cenamos en el jardín, en una mesa atendida por un par de muchachas a las que ya no me atreví a considerar esclavas. Quizá también eran estudiantes como Ácalo.

La compañera de Neléis se llamaba Eritea, y le calculé unos veinte años. Tenía el pelo largo, de color castaño oscuro. Sus rasgos eran equilibrados y apacibles, y sonreía con sinceridad. Era una buena conversadora, al igual que Neléis, pero al mismo tiempo parecía ser, de las dos, la que estaba más pendiente del desarrollo de la cena, ordenando a las dos sirvientas que sacaran uno u otro plato, que retiraran esto o lo otro, o que escanciaran más vino; por lo que me pregunté si sería una especie de dueña, o ama de llaves que se ocupaba de la casa mientras Neléis se dedicaba a sus tareas en la Asamblea. Pero ambas mujeres se trataban con una familiaridad sorprendente.

La comida era deliciosa, como toda la que había probado en Apeiron; pero durante mi tiempo de estudio en la vivienda cercana a la Pirámide de la Asamblea, había estado tan enfrascado en los libros que apenas había percibido lo excelente que era.

Sabores ricos y sutiles en las verduras perfectamente especiadas, y una carne fresca y llena de jugo, como si siempre perteneciera a un animal recién sacrificado. Y el vino era el mejor que jamás hubiera tomado, incluso en la mesa de algún papa. Pero, como tantas otras cosas, aquel lujo allí parecía cosa normal.

Sirvieron una verdura con aspecto de flor, semejante a la alcachofa, pero de un color verde más intenso, hervida y aromatizada con hebras de azafrán, y una carne cortada muy gruesa y apenas pasada por el fuego, pero asombrosamente tierna. Pregunté de qué animal se trataba, y Eritea dijo una palabra que no entendí pero que después de una larga explicación interpreté que se trataba de carne de avestruz.

Yo sólo había visto avestruces en las ilustraciones de un libro sarraceno de un tal El-Kasvini [30], y me había parecido un animal tan mítico como el mismísimo unicornio; un pájaro tan grande como un caballo, de plumas blancas y negras. Me parecía imposible estar comiéndolo en esos momentos; Eritea me podía haber dicho que se trataba de carne de roc y me hubiera resultado igual de extraño.

Pero tenía que admitir que era sabrosísima.

Los dulces consistieron en una multitud de pequeños y sabrosísimos pasteles, de diferentes tamaños y sabores, pero en los que la miel parecía ser el ingrediente principal. Ya había observado el gusto que los apeironitas tenían por la miel, y pregunté por su procedencia. Neléis explicó que algunos de los grandes edificios de cristal no estaban habitados por personas, sino por plantas, flores y abejas. Eran llamados estos edificios palacios de cristal, y la miel era recolectada por unos ciudadanos que penetraban en estos edificios con trajes protectores.

Mientras comíamos, Neléis me contó que Eritea era ingeniera, y que había aportado importantes mejoras al trazado del alcantarillado y al sistema de irrigación de los jardines. La mujer joven sonrió con modestia mientras la consejera decía esto; pero yo seguía sintiéndome confuso. Me preguntaba cuál sería la relación entre las dos mujeres, pues no parecían hermanas ni madre e hija; y consideré si existiría entre ambas alguna especie de vínculo monástico que las obligara a vivir solas sin compañía masculina.

Aquella ciudad y sus gentes me desconcertaban por completo.

Tras la cena, Eritea me condujo al interior de la vivienda donde me mostró su colección de objetos del Mundo Exterior: Frascos egipcios, con esfinges policromadas rematando sus tapas; curvados cuchillos de acero turco, y llaves de hierro romanas; la multitud de pequeños objetos se completaba con minuciosos grabados colgados de las paredes que mostraban estampas de Alejandría, Constantinopla y Roma.

Otro grupo de grabados, que Eritea exhibió con el cuidado de quien enseñaría su más preciada joya, representaban escenas repletas de hombres y mujeres extraños, desnudos o con apenas un pequeño taparrabos cubriendo sus partes pudendas. Eran hombres oscuros, con el cuerpo ilustrado con exóticos tatuajes y espectaculares adornos de plumas sobre sus cabezas. Otro mostraba a un grupo de personajes de ojos rasgados, ricamente vestidos y en actitud hierática; el grabado reproducía con minuciosa perfección los complejos bordados de sus túnicas que recordaban algo a las vestiduras de los nobles de Constantinopla. Otro representaba una ciudad con aire oriental, con hermosas mujeres asomadas a las ventanas, por cuya calle principal discurría una comitiva de guerreros cabalgando sobre elefantes; uno de los cuales estaba ricamente engalanado y llevaba una especie de palio bajo el que había un hombre de aspecto majestuoso.

Había incontables grabados, y algunos mostraban escenas tan extrañas que yo no sabía cómo interpretarlas, pero el conjunto era fascinante y extrañamente evocador.

– Nunca he salido de Apeiron -me confesó Eritea mientras contemplaba las láminas-, pues siempre ha habido asuntos que me han mantenido dentro de sus murallas, y no tengo más conocimiento sobre el maravilloso Mundo Exterior que estos hermosos grabados.

– No te gustaría -le dije mirándola-. El Mundo Exterior no es tan hermoso como estas láminas parecen indicar, pues no muestran la suciedad, ni la podredumbre, ni la miseria que anega lo que vosotros llamáis el Mundo Exterior. Esta imagen de Constantinopla, por ejemplo. Es cierto que Hagia Sofía posee una arquitectura tan bella como la que describe el grabado, pero aquí, en primer término, faltan las legiones de mendigos pidiendo para comer, y los mutilados arrastrándose por el suelo, y los niños turcos esclavizados, transportando grandes pesos y vestidos sólo con harapos; y, por supuesto, no podemos sentir el olor de las basuras amontonadas por todas partes, pudriéndose al sol. El artista ha preferido olvidar esos detalles, pero están ahí, siempre, al menos en el Mundo Exterior que yo conozco. Tu ciudad sí que es verdaderamente hermosa, Eritea, no lamentes no haberla abandonado nunca.

Horas después, de nuevo a bordo de un transporte volador que se deslizaba silenciosamente en medio de la más absoluta oscuridad, mientras las brillantes luces de Apeiron iban quedado muy atrás, Neléis dijo:

– Creo que Eritea quedó muy impresionada por tu descripción del Mundo Exterior. Esta noche has destruido uno de sus más queridos sueños.

– Lo siento -dije-. No era ésa mi intención.

– No te disculpes, Ramón, es evidente que tu experiencia es muy distinta a la nuestra, y que tú has vivido tu vida de una forma mucho más intensa que nosotros.

– Eso me resulta difícil de creer.

– ¿Por qué?

– Cualquiera de tu pueblo puede aprender más en un solo día que un hombre del exterior en toda su vida. Con todos esos libros y esos conocimientos al alcance de la totalidad de los ciudadanos, tu pueblo debe ser el más sabio de la tierra.

Ella sonrió y dijo:

– No te dejes engañar por las apariencias. Que el conocimiento esté al alcance de todos no significa que todo el mundo vaya a transformarse en sabio. Creo que tenemos la misma proporción de genios y de gente común que vosotros.

– Pues no logro entenderlo, con toda esa información a vuestro alcance.

– En realidad, la gente como tú no abunda precisamente en Apeiron.

– Tú eres muy inteligente.

Neléis se frotó la barbilla, y dijo:

– He cumplido ya los cuarenta años; y, al igual que Eritea, jamás he abandonado los seguros muros de Apeiron. Esta actitud no favorece la creatividad, amigo mío. A veces pienso que mi pueblo desaparecerá en la historia sin dejar el menor rastro; que las arenas de este desierto nos cubrirán, o que nuestros huesos yacerán en el fondo del mar sin que nadie de las razas venideras sepa nunca de nuestra existencia.

– Eso no sucederá -le dije-. La gente hablará de nuestros tiempos por vosotros, y no por las guerras y calamidades que llenan lo que tu compañera llama el maravilloso Mundo Exterior.

– Me temo que Eritea es demasiado romántica para algunas cosas.

– La miseria no tiene nada de romántico -dije, hablando con tono severo-. Tu ciudad disfruta de tantas cosas de las que el resto del mundo carece que es casi…

– ¿Inmoral?

– Sí, ésa es la palabra; inmoral. Yo creo que la grandeza no sólo está en conseguir grandes logros, sino también en saber cómo compartirlos con los menos afortunados.

– ¿Y crees que ésa no es nuestra voluntad? -preguntó la mujer.

– Es evidente que no. No pretendo juzgaros, ni en realidad sabría cómo hacerlo, pues sois tan divinos y tan humanos a la vez que me desorientáis por completo; pero de una cosa sí estoy seguro, y es de que podríais ayudar a la gente del exterior, con vuestra ciencia, para que tantas vidas humanas no fueran tan miserables.

Por primera vez, Neléis parecía molesta. Me contó que, a pesar de lo que yo pudiera creer, la ciencia de la ciudad estaba muy atrasada, y apenas había presentado algún avance importante en los últimos siglos. Constreñidos por su obligado encierro y por la falta de ideas y perspectiva de las cosas. Por eso agradecían cualquier aportación de sangre nueva; la llegada de nuevos miembros desde el Mundo Exterior.

– ¿Crees que no deseamos expandirnos y crecer fuera de estas murallas? -me preguntó-. Ya lo intentamos en el pasado, y cada intervención nuestra fuera de las murallas de la ciudad, fue un paso más hacia la confrontación que ahora está a punto de suceder, y que quizá marque nuestro final.

Se refería a Calínico, tal y como ya había supuesto; y cuando le pregunté por él me contó la extraña historia de aquel ciudadano.

Calínico era un personaje curioso; a caballo entre la realidad y el mito. Incluso en la actualidad los apeironitas usaban su nombre para referirse a cualquier persona que estuviera dispuesta a arriesgarlo todo para demostrar alguna idea absurda.

En la época de Calínico la ciudad había empezado a fundar colonias más allá de los límites del desierto que la rodeaba. Era un joven brillante, que sin duda habría acabado formando parte de la Asamblea de consejeros, pero tuvo una arriesgada inspiración: consideró que existía una especie de fuerza maligna controlando los azares de la historia. Una idea que no entraba en contradicción con las de San Agustín.

– Podía explicar el curso de la historia como una continua intervención de este Ente maligno y los esfuerzos del hombre para superarlo.

– Parece razonable -dije.

– Sobre todo si conocemos la existencia del Adversario; pero entonces, hace seiscientos años, no la conocíamos. Y me temo que en más de una ocasión Calínico se dejó llevar por su poderosa imaginación, y sus convicciones personales, para explicar con ayuda de este ente misterioso, situaciones que no precisaban en absoluto de su intervención para ser explicadas.

Esta actitud suya le llevó pronto a caer en desgracia dentro de la Academia Científica de la ciudad, y Calínico se aisló, rodeado por un pequeño grupo de partidarios, cada vez más apasionado en sus ideas.

Pensaba, por ejemplo, que la persecución de Aristarco y sus discípulos, y el triunfo de la Escuela de Atenas y de las ideas antiempíricas de pitagóricos y platonianos, que acabaron con el brillante método científico jonio, eran una consecuencia directa de la intervención de este ente maligno. Que la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, un par de siglos antes de su nacimiento, y la muerte de su último gran científico, una bella mujer llamada Hipatia, que fue asesinada por orden de Cirilo, el patriarca de Alejandría, era otra intervención de esta entidad que buscaba retrasar el avance de la humanidad. Justificaba así cualquier acontecimiento que le resultara desagradable.

Y cuando le llegó la noticia del asedio a Constantinopla por parte de los miembros de una fanática y recién nacida religión, Calínico no dudó; reunió a sus escasos partidarios, y cuantas armas logró reunir, y partió hacia Constantinopla.

Un viaje del que nunca regresaría.

– Pero ahora sabéis que estaba en lo cierto -dije-; esa entidad maligna de la que Calínico hablaba existe realmente.

Neléis me miró con el ceño fruncido y dijo:

– Como en cualquier cosa hay una parte de verdad y una gran parte de falsedad. Los musulmanes eran entonces unos recién llegados; salieron de sus desiertos de origen sin más equipaje que su religión, su lengua, y su música. Su violento proselitismo era ciertamente preocupante: creer en su dios, o morir; mientras que Constantinopla parecía la única oportunidad de recuperar en Europa el antiguo orden y la seguridad establecida por los griegos. Pero si Calínico hubiera vivido unos siglos más tarde, cuando los musulmanes cultivaban las ciencias asimiladas del mundo helénico, y los europeos se preparaban para la locura que fue la Primera Cruzada… su opinión hubiera sido ciertamente distinta. No es posible juzgar los acontecimientos cuando estás inmerso en ellos, y ése fue el error de Calínico.

– Afortunadamente -repliqué-; porque ese error nos salvó.

– Sí, es cierto, pero al mismo tiempo le descubrió al Adversario nuestra existencia. Y si hasta ese momento no teníamos ninguna certeza de que hubiera intervenido activamente, a partir de entonces su presencia se hizo evidente. Atacó nuestras colonias en Mesopotamia y emprendió la búsqueda de nuestra ciudad que ha durado hasta ahora.

Conté a la consejera cómo las colonias de Mesopotamia, y los observatorios astronómicos cerca de Harrán, habían sido transformados en templos para adorar los planetas.

– Lo sabemos -dijo la mujer con resignación-. Perdimos el contacto con ellos hace más de quinientos años. No mucho después de la expedición de Calínico.

– Si era vuestro hombre, entonces todos nosotros os debemos la vida. El evitó que los musulmanes invadieran toda Europa.

Yo creía con firmeza que Calínico estaba en lo cierto; que la única forma de vencer al Mal era hacerle frente. Y esto es algo a lo que, tarde o temprano, los ciudadanos de Apeiron estaban destinados. Un destino que ya había llegado.


9

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Nos deslizábamos rodeados de oscuridad, sin más ruido que el resoplar de la máquina de vapor que arrastraba nuestra barcaza. La vía que recorríamos se extendía fuera de la ciudad al igual que la primera que habíamos hallado, medio enterrada, en las arenas del desierto.

Y mis pensamientos parecían empapados de la oscuridad que nos rodeaba.

Era injusto, me repetía una y otra vez. Apeiron me había demostrado que la vida puede ser hermosa en sí misma, y no sólo un mero lugar de tránsito. Si alguna vez regresaba a mi tierra, ¿cómo podría soportar el sufrimiento que me rodeaba tras haber conocido un mundo como el que se agazapaba tras los muros de Apeiron?

Fuera sólo había oscuridad.

Apeiron había quedado reducida a un resplandor a nuestra espalda, cuando Neléis me señaló las potentes luces que se descubrían, tras una loma, frente a nosotros.

Una vez más, me asombró la increíble luminosidad que eran capaces de crear aquellas gentes para desafiar incluso la profunda oscuridad de una noche sin luna en mitad del desierto. La zona frente a nosotros relumbraba como oro fundido.

Aquella luz nos mostró un edificio enorme y solitario de hierro y cristal, surgiendo de las arenas como si hubiera nacido a partir de ellas. Era una gran bóveda sin paredes, como un cilindro enterrado en la arena de forma que sólo sobresaliera una tercera parte de éste por encima de la superficie.

Pero su tamaño era descomunal, como bien pude comprobar cuando el vehículo que nos llevaba se detuvo junto a él. Miré asombrado a un lado y a otro, intentando calcular mentalmente el tamaño de aquella construcción; pero esto era del todo imposible allí en mitad del desierto, sin más puntos de referencia que las suaves y cambiantes lomas de las dunas. De lo que sí estaba seguro es de que era mayor que ningún otro edificio que hubiera visto en el interior de Apeiron.

Descendimos del vehículo a una plataforma, y de ella, gracias a una amplia escalera metálica, al suelo. Me detuve nuevamente para mirar hacia arriba.

– Es grande -señaló Neléis, de forma innecesaria.

Pregunté qué era, y la consejera respondió que aquel lugar era llamado el tinglado.

La mujer me condujo al interior y quedé paralizado mientras intentaba asimilar la compleja escena que se presentaba ante mis ojos.

Bajo la bóveda de cristal y vigas de hierro, siete enormes leviatanes parecían dormir plácidamente; rodeados por un pequeño ejército de obreros que, como pulgas sobre un perro, corrían por sus abultados lomos, realizando múltiples -e incomprensibles para mí- actividades. Unos se descolgaban con cuerdas desde los costados de los monstruos, otros fundían metal en un extremo y arrastraban las delgadas vigas al rojo con ayuda de garfios y tenazas, otros barrían tranquilamente la arena de sus lomos.

Recordé que, el día que había perdido el sentido en el desierto, antes de mi llegada a la ciudad, había visto uno de esos leviatanes.

No eran seres vivos ni monstruos, a pesar de que ésa había sido mi primera impresión, aunque sus formas eran parecidas a las de los peces; pero ahora había visto multitud de objetos similares en Apeiron, aunque no de ese tamaño; como el vehículo que nos había llevado hasta allí.

Calculé que cada uno de aquellos leviatanes debía de medir trescientas varas de longitud. Tenían forma de huso, como un pez; y como un pez, también, estaban dotadas de una especie de amplia cola plana en su extremo posterior. Su diámetro sería de unas setenta varas.

– Vamos, Ramón -dijo Neléis empujándome suavemente-, te mostraré el interior de uno de los aeróstatos.

– No debes temer nada -dijo una voz masculina a mi espalda, hablando el griego con un fuerte acento genovés-, pues tú ya has viajado en uno de ellos.

Me volví para ver llegar a Vadinio Vivaldi. El genovés vestía una especie de ajustado blusón gris, con pantalones del mismo color, y me saludó alzando su mano.

– Lo sé; lo recuerdo -le dije.

– ¿Lo recuerdas? -se extrañó Neléis-; me dijeron que habías estado sin sentido durante todo el trayecto. Era el primer viaje de prueba; tuvimos suerte de encontraros.

Vadinio Vivaldi era el capitán de uno de los aeróstatos pues, tal y como me dijo Neléis, nadie en Apeiron tenía su experiencia como navegante. Había rodeado el Mundo buscando el reino del Preste Juan, y ahora dirigiría uno de aquellos leviatanes hasta el Remoto Norte, para enfrentarse al Adversario en su propia guarida.

Pero aquel pequeño italiano calvo no parecía conocer el miedo a nada.

Los tres caminamos hasta el costado del leviatán más cercano. Vadinio ordenó a uno de los trabajadores que hiciera descender una pequeña escalera metálica, y mientras subíamos por ella señaló los dos grandes objetos cilíndricos que sobresalían de la estructura principal del aeróstato, sujetando unas grandes aspas semejantes a las de los molinos de viento, pero de madera sólida y suavemente torneada.

El genovés llamó a esto hélices, y afirmó que eran lo que impulsaba el aeróstato.

Accedimos al interior del leviatán, a una amplia cubierta rodeada por grandes portillas rectangulares, cerradas con cristal e inclinadas unos treinta grados hacia abajo.

Era curioso, pensé mirando a mi alrededor, pero todo aquello se había borrado de mi memoria, y no así la primera visión de la ciudad de Apeiron que sin duda había realizado desde una de aquellas portillas.

Vadinio me explicó que la principal diferencia entre el aeróstato y los balones que yo había visto en Apeiron era que éste poseía una estructura rígida; es decir, su forma no venía dada por la presión interna de un gas, sino por un armazón de viguetas de metal ligero.

– Esto nos permite construirlos mucho mayores, como puedes ver -dijo Neléis.

– ¿Para qué necesitáis algo tan grande? -pregunté.

– Para transportar a mucha gente -fue su respuesta-; lejos de la ciudad.

Yo empezaba a comprender el objetivo de aquellos enormes vehículos.

– Esto es la bodega -siguió diciendo el genovés-, una vez montadas las literas, aquí podremos albergar a cien infantes, con todas sus armas y equipamientos. Ven.

Vadinio abrió una trampilla en el suelo y vi otra escalerilla metálica extendiéndose hacia abajo. El genovés descendió por ella, y Neléis y yo le seguimos.

Estábamos en una sala de menor tamaño, con las paredes completamente cubiertas de cristales engarzados en delgadas guías metálicas. Vista desde el exterior, era como una barcaza, con el suelo de madera, que colgaba debajo de la curva del leviatán. Estaba llena de complejos instrumentos de metal dorado.

– Éste es el puente -me explicó el marino, sin poder ocultar su emoción ante todo aquello-; cada aeróstato puede ser gobernado desde aquí por sólo diez aeronautas.

A través de los cristales que nos rodeaban, se tenía una perfecta visión del interior del tinglado; los otros leviatanes alineados, y los obreros trabajando. Pasé mi mano por aquellos cristales y descubrí que su tacto era extraño.

– Son de materia sintética -explicó Neléis-; una solución de nitrato de celulosa en alcanfor… bueno, eso no importa, lo interesante es que tiene las mismas características de transparencia que el cristal, pero son mucho más ligeros y resistentes.

Aquello me sonaba a alquimia; y si era así, si era posible transformar mediante combinaciones químicas unos materiales en otros, eso representaría un nuevo revés a mis creencias. Pero estaba dispuesto a aceptarlo; intentaba mantener mi mente abierta a todo lo que veía, pues veía que todo aquello tenía un único objetivo. Y éste era combatir contra el Mal. Una nueva cruzada hasta el Remoto Norte a bordo de estos leviatanes, como si de galeras voladoras se tratase, con un ejército de setecientos hombres en su interior.

Recorrimos el puente, observando con cuidado cada uno de los instrumentos allí reunidos. Reconocí una preciosa brújula con la rosa de los vientos pintada, y una gran rueda de timón, sin duda para dirigir el aeróstato como si se tratara de un navío en el mar. Pero uno de los aparatos no supe reconocerlo, y pregunté de qué se trataba.

Era una gran caja de metal negro. De la que sobresalían cordones y tubos dorados.

Neléis se acercó, y tomando una especie de orejeras, unidas a la máquina por un cordón, me las entregó indicándome que las colocase sobre mis oídos.

Extrañado, obedecí; y la consejera tomó entonces un manubrio situado a un lado de la máquina, y lo hizo girar varias veces. La mujer acercó su boca a una trompetilla que también se unía a la máquina con un grueso cordón, y dijo:

– Atención. Alguien que me dé una señal de respuesta.

Y una voz sonó directamente en mis oídos:

– Se te escucha fuerte y claro, consejera.

Aparté asustado aquellas orejeras, y casi di un salto hacia atrás.

– He oído una voz salir del interior de eso -dije. Escuchar voces salidas de la nada tenía un nuevo significado para mí después de mi experiencia con el rexinoos.

Neléis contuvo la risa, y me explicó que se trataba del mismo principio que comunicaba al rexinoos con el Adversario. Y que los científicos de Apeiron aprendieron a construir esas máquinas estudiando el funcionamiento interno de los rexinoos.

– Entonces debe de ser un instrumento básicamente malvado -aseguré.

– Sólo es un telecomunicador; nos permite hablar a distancia -dijo-, sólo eso.

Abandonamos el puente, atravesamos la cubierta de la bodega, y, tras subir otra escalerilla, desembocamos en un gran espacio, de trescientas varas de longitud, repleto de un confuso entramado de viguetas y cables metálicos. Diez enormes balones se alineaban a cada lado de una estrecha pasarela central. Cada uno de ellos sería tan grande como el que sustentaba el vehículo volador que nos había llevado hasta allí, y estaban aprisionados por una densa red de finísimos tubos.

– A este lugar le llamamos la sentina -explicó Vadinio-; siguiendo la idea de que el aeróstato es como un barco invertido, ésta es la parte más alta. Quiero mostrarte algo que te agradará, especialmente a ti que sientes un gran interés por las máquinas.

Caminamos por la pasarela que era tan estrecha que dos personas no podían situarse una junto a otra y que tenía una barandilla con pasamanos a ambos lados.

Al llegar al centro de la sentina, la pasarela se dividía en dos para rodear una enorme máquina de aspecto pesado. Era una caldera de vapor como las que yo había visto trabajando en la ciudad; reconocí los quemadores y las chimeneas por la que escapaban los humos, que eran dos tubos de metal oscuro que atravesaban la piel de lona del leviatán. Pero había un entramado mucho más complejo de tubos y conducciones entrando y saliendo de la máquina de vapor.

– Fíjate en esas correas -dijo Vadinio señalando unas gruesas cintas de cuero que salían de la máquina de vapor y atravesaban las dos paredes laterales de la sentina-; su función es transmitir la fuerza del motor a las dos hélices que están en el exterior.

El genovés rodeó la máquina de vapor y se acercó al lugar por el que desaparecía una de las correas. Allí la pared era sólo una especie de cortina de lona. Tiró de unas cuerdas y una sección de la pared se plegó mostrando una de las hélices que habíamos visto desde el exterior. La correa salía, rodeaba el cilindro que sujetaba la hélice, y regresaba a las grandes ruedas de la máquina de vapor.

Vadinio me explicó que, puesto que aquellas naves habían sido diseñadas para funcionar durante mucho tiempo lejos de la ciudad, su sistema de impulsión tuvo que ser cuidadosamente estudiado para conseguir una mayor autonomía.

– Fíjate en esos tubos, Ramón.

El genovés me señalaba unas gruesas mangueras que salían desde unos grandes depósitos de cobre laterales, y entraban en la máquina de vapor.

– Esos depósitos contienen agua, que sirve tanto para alimentar la caldera de vapor, como para ser usada como lastre. Y fíjate en todo ese circuito -Vadinio lo señaló cuidadosamente-; el agua se transforma en vapor al pasar por la caldera y, tras ser usada su fuerza para impulsar las hélices, se hace discurrir el vapor por esas redes de tubos que rodean los balones de gas.

Se trataba de un gas más ligero que el aire al que Vadinio llamó gas del Sol, o algo así. Era ésta una substancia muy difícil de conseguir, y Vadinio me explicó que los apeironitas se veían obligados a viajar hasta un desconocido continente situado en las mismísimas antípodas para conseguir aquel gas del Sol.

El vapor de agua calentaba el gas en el interior de los balones y, puesto que el gas caliente pesa aún menos que el frío, le transmitía su fuerza ascensorial a los aeróstatos. Tras cederle su calor a los balones, el vapor volvía a transformarse en agua, y como tal regresaba nuevamente a los depósitos de cobre para reiniciar el ciclo. El combustible era aquel aceite de piedra del que la ciudad parecía tener una reserva inagotable, y que estaba contenido en grandes depósitos metálicos.

– Aunque no lo creas -intervino Neléis-, hemos probado muchos otros métodos antes de decidirnos por éste. Intentamos calentar los balones directamente con el aire expulsado por el motor de aceite, sin necesidad de usar agua y vapor, pero resultó menos efectivo porque el circuito de vapor-agua mantiene mejor el calor, y comprobamos que era posible recorrer más millas con menos combustible.

Yo escuchaba atentamente las palabras de ambos, admirado por todo el ingenio que los apeironitas habían empleado en la construcción de aquellos navíos voladores.

Sería inconcebible que tanto esfuerzo no fuera a servir para algo.

Abandonamos el leviatán por el mismo lugar por el que habíamos entrado, y Neléis recitó los nombres de cada una de las siete naves señalándolas: Teógides, Ieragogol, Demetrio, Paraliena, Salaminia, Delíaca y Ammón.

Todo estaba dispuesto para el gran viaje.


virtutes

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<p id="_Toc95721648">virtutes</p>
Iustitia, Prudentia, Fortinudo, Temperantia, Fides, Spes, Charitas, Patientia, Pietas
<p>1</p>

La Salaminia había sido cuidadosamente pertrechada para el viaje hacia el mediodía, hasta la ciudad de Samarcanda. Aquélla iba a ser la prueba de fuego para los aeróstatos, que hasta entonces se habían limitado a cortos vuelos por los alrededores de Apeiron, sin alejarse nunca más de unas decenas de leguas de la ciudad.

En esta ocasión el vuelo duraría varias horas, para recorrer una distancia que a pie nos hubiera llevado varias jornadas.

Diez almocadenes almogávares, entre los que estaban Sausi Crisanislao y Ricard de Ca n', realizarían el vuelo junto a una pequeña falange formada por veinte dragones de la ciudad. Aquél era un viaje de reconocimiento, para comprobar la información dada por Ibn-Abdalá sobre la concentración de tártaros en los alrededores de Samarcanda, por lo que los ocupantes del aeróstato se habían reducido al mínimo.

Viajarían también el propio Ibn-Abdalá, y cinco sarracenos que afirmaban conocer la región tan bien como el cadí. Y también iría yo.

– La idea -me había explicado Neléis-, es experimentar las reacciones de los hombres al viajar a bordo de una nave voladora, además de comprobar el funcionamiento y la respuesta de la propia Salaminia.

Es posible, y yo no dudaba de que aquello tuviera su lógica, pero hubiera deseado no ir. Aún me asustaban aquellos gigantescos leviatanes voladores y, lo que era más importante, llevaba varios días estudiando y dibujando uno a uno todos los componentes de la maravillosa máquina analítica, y sentía que estaba cercano al momento en que podría comprender perfectamente su funcionamiento. No deseaba embarcarme precisamente entonces en un nuevo viaje, aunque fuera a durar sólo unas horas.

Pero Joanot me convenció:

– Los almocadenes que irán a bordo de ese barco volador te necesitan, Ramón.

– ¿A mí? -Me extrañaron sus palabras.

– Precisamente a ti. Tú nos has traído hasta aquí; eso lo saben todos y confían en ti, anciano. Son unos hombres valientes, bien lo sabes, pero no es un secreto que ese viaje les asusta mortalmente.

– Lo entiendo, porque a mí también me asusta.

– Es normal, no parece una forma natural de viajar, parece cosa de brujas, pero si no es con esos navíos mágicos, no podremos alcanzar el Remoto Norte de ninguna forma. En un futuro, Ricard y los demás almocadenes, insuflarán valor al resto de los almogávares para que monten en esos aparatos, pero ahora necesitan de tu guía para tener la suficiente confianza como para ir ellos.

– ¿Aunque esté completamente aterrorizado?

Joanot de Curial rió con ganas.

– Tú siempre pareces mortalmente asustado, anciano, pero te meterías de cabeza en un volcán si creyeras que eso iba a servir para algo.

De modo que no tenía muchas opciones, pensé mientras me echaba hacia atrás para contemplar la enorme envergadura del aeróstato.

Había sido sacado del interior del tinglado por un numeroso grupo de hombres que lo sujetaban y dirigían con ayuda de unas largas cuerdas, hasta que su proa quedó sujeta a una especie de torreta de madera. Estaban probando la máquina de vapor, y pude ver los dobles chorros de vapor surgir de los costados de la nave, exactamente igual que si de un leviatán se tratase.

Tenía que admitirlo una vez más: aquella máquina me daba pavor. Vi entonces al grupo de almogávares con Ricard y Sausi a la cabeza. Aunque intentaban demostrar valor, los conocía lo suficiente como para ver el miedo que les embargaba. Miraban la gigantesca nave flotante y hacían chistes para ahuyentar sus temores. Llegué a oír a uno de ellos comparar el tamaño de la Salaminia con el tamaño de su pene, y todos estallaron en carcajadas.

Los sarracenos formaban un compacto grupo un poco más allá. También observaban el aeróstato, pero ninguno de ellos reía. Hablaban su lengua en voz baja, y cuando me acerqué, enmudecieron. Ibn-Abdalá me salió al paso.

– ¿Tú también vendrás con nosotros? -me preguntó el cadí.

– Eso parece -le respondí, mirando de reojo a los otros cinco sarracenos. Y añadí al cabo de un instante-: tu información sobre los tártaros en Samarcanda ha resultado valiosa para los ciudadanos. Te están muy agradecidos.

Ibn-Abdalá hizo un gesto de desinterés.

– Tan sólo dije la verdad.

– ¿Has cambiado de opinión sobre los apeironitas?

– Sólo intento colaborar -dijo rápidamente el cadí-. No me gusta esta gente, pero los tártaros y los gog son los enemigos de mi pueblo.

– No pareces preocupado por subir a bordo de esa máquina -observé.

El sarraceno se volvió a mirarla antes de contestar.

– No va a ser la primera vez, hermano del Libro; yo viajaba a tu lado cuando inconsciente te llevaban hacia la ciudad. Entonces me sacié de todo el miedo posible.

Amanecía cuando llegó un vehículo de vapor arrastrando un flotador con los dragones a bordo. Descendieron por la escalerilla, cargados con todos sus pertrechos, y tuve entonces la oportunidad de observarlos de cerca por primera vez.

Sus armaduras les cubrían todo el cuerpo y eran de un vivo color escarlata. No parecían estar hechas de metal, sino de algún material semejante a la cerámica o al cristal, pero tan fuerte como el acero y tan ligero como la madera. Cuando pregunté sobre este material a la capitana de la falange -una altísima mujer de nombre Mirina-, ésta me explicó que, al igual que los falsos cristales de los aeróstatos, se trataba de un material sintetizado a partir del aceite de piedras.

El yelmo de aquellos soldados parecía una cabeza de dragón con las fauces abiertas. La visera era de un material semejante al del resto de la armadura, pero transparente también como el cristal. Según afirmaba Mirina, protegía perfectamente los ojos del fuego y el calor.

Los dragones cargaban a su espalda dos grandes depósitos cilíndricos. Uno contenía aceite de piedras, y el otro un componente que, combinado con este aceite, se inflamaba al instante. Los dos líquidos pasaban por dos delgados tubos que iban a desembocar a los lados de una pieza metálica sobre la que estaba tallada la esfinge de un dragón, y que recordaba a las gárgolas de las catedrales. Al accionar un mecanismo situado en la panza del dragón, los dos líquidos se combinaban y la gárgola arrojaba un largo chorro de fuego por la boca.

Pero ésta no era la única arma de los dragones. Todos llevaban además una especie de lanza corta y gruesa, de sólo un par de varas de longitud, con un afilado cuchillo sujeto a un extremo. El otro extremo era de madera, y su forma se adaptaba perfectamente a la mano del que lo empuñaba. La parte central de la lanza era un tubo hueco de metal de más de una pulgada de diámetro.

Pregunté a Mirina por la utilidad de aquellas lanzas, y la capitana preparó cuidadosamente su arma y, dirigiendo el extremo del cuchillo hacia arriba, hizo fuego.

El estampido sobresaltó a los almogávares y a los sarracenos, pero no a mí que durante los preparativos del disparo había adivinado de qué se trataba. ¡Por fin algo cuyo origen podía comprender! Aquella lanza era una especie de diminuto trueno [31] de pólvora. Yo mismo había conseguido la fórmula de aquel polvo negro explosivo, y había fabricado una pequeña cantidad de él en el patio de mi alquería de Mallorca. Después había hecho un agujero en el suelo, lo había llenado con aquel polvo, y lo había tapado con una piedra. Al hacerlo estallar con una mecha, la piedra había salido disparada a más de veinte varas de altura. Y al caer estuvo a punto de alcanzarme.

– A esto lo llamamos pyreions explosivos -me dijo Mirina-; o simplemente pyreions; por la piedra que genera la chispa en su interior.

Mirina tendría poco más de treinta años. Alta, fuerte y silenciosa, como casi todos los apeironitas que había conocido hasta entonces. Lucía una corta melena negra al estilo griego, y parecía una amazona salida de algún antiguo poema. El resto de los dragones que formaban la falange, hombres y mujeres por igual, tenían una complexión similar a la de su capitana. Aquella gente conocía perfectamente sus cuerpos, y sabían cómo cuidarlos y desarrollarlos. A su lado, los almogávares parecían canijos y contrahechos; pero, como se vio más adelante, no todo está en el aspecto físico.

Ordenadamente, todos subimos a bordo del aeróstato. Dragones, sarracenos y almogávares se mezclaron por la bodega. A través de las portillas vimos cómo las hélices empezaban a girar. Todo el aeróstato vibró y un murmullo temeroso corrió por entre los almogávares y los sarracenos. Yo intenté demostrar calma y confianza en aquella máquina, pero mi frente se estaba cubriendo de sudor.

Uno de los aeronautas, que vestían una especie de largo guardapolvo gris, vino a mi encuentro y me invitó a presenciar el desamarre desde el puente.

Seguí al hombre de gris a través de la bodega y descendí por la escalerilla hasta la barcaza situada bajo la proa de la Salaminia , el puente, donde Vadinio me esperaba.

En el puente, Vadinio me fue presentando al segundo capitán, que era una mujer joven cuyo nombre era Calionira; al piloto, un muchacho llamado Melampo; y al operador del telecomunicador, un hombre de edad madura, con pelo y barba completamente blancos pero de complexión recia, de nombre Frixo.

Los otros seis aeronautas de la Salaminia eran los mecánicos del motor de vapor, y su lugar estaba en la sentina.

– Es un momento emocionante -me dijo Vadinio-, pero no hay motivos para la preocupación; estos aparatos están sobradamente probados.

Yo fingí que estas palabras me habían tranquilizado por completo, y me concentré en las maniobras de desamarre. A través de las amplias cristaleras del puente vi cómo un hombre, que se había encaramado en la torre de madera, desenganchaba la proa de la Salaminia. La nave dio un pequeño brinco pero seguía sujeta por los fuertes músculos de al menos medio centenar de hombres que mantenían aún las cuerdas de amarre entre sus manos. A una señal de Vadinio estos cabos fueron largados y la Salaminia empezó a elevarse rápidamente hacia el cielo.

Sentí la desagradable sensación de que mi estómago se había escurrido hasta mis pies, y busqué desesperadamente un punto de apoyo al que agarrarme. El murmullo de angustia que me llegó desde la bodega me demostró que, al menos almogávares y sarracenos, estaban pasando por la mismas sensaciones que yo.

Tragándome el miedo, ojeé a través de los ventanales. El suelo del desierto, y el techo curvo del tinglado, se alejaban a toda velocidad. Tragué saliva.

– Si Dios hubiese querido que el hombre volara… -empecé a decir.

– Nos habría dado alas -completó Vadinio con una sonrisa. Para el genovés todo aquello debía de ser muy divertido, consideré-. Pero nosotros somos ahora más ligeros que el aire, no te preocupes porque no podemos caer.

El genovés le ordenó al timonel que sobrevolara Apeiron, y la nave empezó a girar elegantemente en el cielo.

Vimos acercarse la ciudad desde lo lejos, como un puñado de joyas derramadas sobre las arenas del desierto. Los grandes toldos cónicos brillaban al temprano sol con una blancura deslumbrante, y sus sombras se alargaban sobre las dunas.

Distinguí el estrecho camino de hierro, delgado como una línea, que llevaba hasta el tinglado; y por él vi circular uno de los vehículos de vapor, arrastrando un flotador, que ahora parecía diminuto, de camino hacia la ciudad. Debía de ser el que había llevado a los dragones hasta el tinglado, que ya estaba de regreso.

Apeiron estaba rodeada por un cinturón de campos de cultivo que desde el aire destacaban como una diana de verde violento sobre las arenas amarillas. El verde no era uniforme, sino que formaba parches de diferente tonalidad dependiendo del tipo de cultivo que se desarrollaba en cada zona. Dispuestos en círculos concéntricos en torno a la ciudad, protegidos por aquellos enormes toldos y cuidados por una legión de campesinos que utilizaban carros, impulsados por vapor, para labrar la tierra; y que eran regados por un sistema maravilloso en el que miles de delgadas conducciones de cobre llevaban el agua, gota a gota, hasta las mismas raíces de las plantas, sin que se perdiera ni se desperdiciara nada; sin que crecieran malas hierbas entre ellas.

La Salaminia sobrevoló después el mar de toldos cónicos que formaban la cúpula de la ciudad, y se alineó con un estrecho camino de tonos verdes que trazaba una delgada línea sobre las pálidas arenas del desierto, alejándose cada vez más de Apeiron.

Observé la brújula, y comprobé que nuestra dirección era jaloque.

– ¿Qué es eso? – pregunté a Vadinio, señalando el sendero verde.

– Las conducciones del suministro de agua discurren por ahí -me explicó el viejo navegante-. Esos hierbajos crecen gracias a la humedad que escapa de las tuberías. Son hierbajos muy resistentes, capaces de medrar en esas arenas salinas.

Pregunté de dónde venían esas conducciones, pues era evidente que en Apeiron se consumía una enorme cantidad de agua, no sólo para el uso personal de los ciudadanos, sino para mantener en marcha todas aquellas máquinas de vapor. Pero yo había pensado, desde un primer momento, que el agua provendría de algún pozo subterráneo situado bajo la ciudad, y nunca me había vuelto a plantear aquella cuestión.

– De la Represa , por supuesto -respondió Vadinio-. ¿La consejera Neléis no te habló de la Represa del río Oxón?

– No -negué.

– En ese caso te asombrará verla. Es la obra de ingeniería de la que los apeironitas se sienten más orgullosos.

Y por el tono que Vadinio había empleado pensé que, quizá, después de todo, el viaje iba a valer la pena.

<p>2</p>

La Represa empezó a dibujarse a lo lejos, como una delgada línea que iba de un extremo a otro del horizonte.

Contemplé boquiabierto aquella nueva demostración del poder y del ingenio de los apeironitas, mientras la Salaminia se aproximaba a ella como a una muralla que cerrara el mundo entero, dividiéndolo en dos realidades opuestas; la arena reseca y salina del desierto y el agua.

Las arenas se estrellaban contra el pie de aquella muralla que se alejaba del punto donde la Salaminia se encontraba, por babor y estribor, hasta empequeñecer y desaparecer en la distancia. Sin embargo, hierbajos y matorrales crecían al pie de las murallas, alimentados por la humedad que escapaba a través de los enormes bloques de piedra que formaban el gigantesco muro.

Porque lo que había al otro lado de las piedras era un inmenso y reluciente mar.

– Los apeironitas desecaron esta zona -comprendí-. ¡Todo este desierto estaba sumergido hasta que ellos construyeron esa muralla! Pero, ¿cómo es posible? ¿Cómo pudieron dominar y contener toda esa enorme cantidad de agua?

Para Vadinio aquella obra era tan asombrosa como para mí, a pesar de que el genovés llevaba doce años en Apeiron, asimilando sus muchas maravillas, aún no se había acostumbrado a la Represa. Pero, según me dijo, los apeironitas actuales también se maravillaban con su contemplación, pues aquella ingente obra había sido realizada hacía más de mil años, cuando Apeiron era joven y llena de vitalidad.

Vadinio dudó que hoy en día pudiera ser realizada una obra de ese calibre.

La Salaminia sobrevoló la muralla. Era una gruesa masa de piedra, sin adornos ni detalles, casi vertical por el lado del desierto, y que se curvaba suavemente por el lado del mar. Continuas secuencias de olas se formaban y rompían incesantemente contra el muro, que en algunos sitios parecía muy desgastado. Mirando hacia atrás, y al ver cómo la inmensidad azul de aquel mar se cortaba bruscamente para dar paso a las polvorientas llanuras del desierto, sentí acelerarse mi corazón. El vértigo de aquella inmensa obra, el mismo concepto de dominio de la naturaleza que conllevaba, me aturdía.

– La Represa se extiende entre las desembocaduras de los ríos Oxus e Iaxartes -me explicaba el genovés-. Es un enorme espacio embalsado, y cuesta mucho mantener la Represa en perfectas condiciones, pero puede cubrir todas las necesidades de agua de Apeiron hasta el final de los tiempos. Este territorio es muy extraño, parece plano, pero en realidad se hunde suavemente, como un cuenco, hasta la ciudad, cuyo nivel está situado incluso por debajo del Mediterráneo.

– ¿Y toda el agua de la ciudad proviene de aquí?

– Prácticamente toda. Tenemos algunos pozos subterráneos, pero están casi agotados. Hay otras muchas conducciones como la que has visto, pero situadas mucho más a tramontana.

Durante las siguientes horas sobrevolamos aquel enorme mar encerrado por los apeironitas; pero, poco a poco el nivel del agua fue bajando, y el mar se transformó en un pantano por el que se arrastraban los innumerables meandros del río Oxus.

El Oxus serpenteaba perezosamente en aquella inmensa llanura empapada de agua, anegaba los campos y rodeaba las colinas. El terreno estaba sembrado de pequeños lagos, y una vegetación exuberante cubría las suaves colinas con un ondulado manto esmeralda, que se extendía hasta las blancas nubes que cubrían el cielo frente a nosotros. Supuse que en algún lugar, allí donde las nubes se fundían con el horizonte, estaba Samarcanda. A nuestros pies se veían zonas brillantes que eran recodos del río Oxus.

Las pequeñas manchas blancas que se divisaban, pegadas al cauce del río, debían de ser casas de los lugareños.

Las casas siguieron apareciendo cada vez más frecuentes, creando pequeñas agrupaciones y ocasionales poblachos. Aquella zona, sin duda gracias al continuo suministro de agua del río Oxus, estaba muy poblada. Vimos también algunos barcos pescando en el río, y barcazas transportando mercancías por él. Era extraño cruzar sobre las cabezas de aquellas gentes, contemplar sus vidas y su actividad sin conocer sus rostros, como si fuéramos espíritus del cielo sin contacto alguno con las debilidades humanas.

Aquellas casitas fueron cada vez más numerosas, hasta que descubrimos que se fundían con los suburbios de Samarcanda.

Samarcanda estaba asentada en mitad de aquella gran llanura, no muy lejos del cauce del río Oxus, y enmarcada por una cordillera montañosa azulada por la distancia. La ciudad estaba rodeada por un muro de barro prensado, y no parecía muy grande; pero fuera de aquellas murallas, Samarcanda se extendía por una gran superficie de terreno gracias a innumerables casitas blancas, semejantes a las que habíamos visto junto al río, que rebosaban a partir de ella. Estas casitas estaban rodeadas de huertas, y rodeaban la ciudad hasta una distancia de unas dos leguas. Entre las huertas había calles y plazas muy pobladas, formando pequeños núcleos de actividad como si fueran otras tantas ciudades independientes. Por la ciudad, y por entre estas huertas, discurrían innumerables acequias plateadas.

Todo esto lo sobrevoló la Salaminia , lentamente, mientras los hombrecillos que habitaban aquellas casitas blancas, salían a sus portales y señalaban el aeróstato llenos de terror supersticioso. Algunos se arrojaban al suelo tapándose la cabeza con las manos, y otros se arrodillaban y rezaban.

A una orden de Vadinio, el piloto hizo girar el timón maniobrando la Salaminia en un estrecho círculo que rodeó las terrazas de Samarcanda, y se dirigió hacia occidente.

Me sujeté a una barra de metal, para no caer al suelo del puente mientras la nave viraba. La segundo, que oteaba el horizonte con un catalejo doble, exclamó:

– ¡Por el perro! Acabo de descubrir el campamento de los tártaros. -Giró sobre sí misma, y miró en otra dirección-. Están por todas partes, Capitán.

Le entregó el catalejo a Vadinio que, tras observar lo que Calionira le indicaba, ordenó al piloto dirigirse hacia aquel lugar.

Más allá de la última de las casitas blancas, y de los últimos campos cultivados, se abría una inmensa explanada situada a jaloque de la ciudad de Samarcanda. Aquel lugar parecía ahora un inmenso mar de yurtas, las tiendas cónicas de los gog.

Sentí cómo el pelo de mi nuca se erizaba al recordar las horas pasadas en aquel inmundo campamento de los gog. Pero lo que ahora teníamos bajo nosotros era un inmenso hormiguero humano; tártaros de piel blanca o amarillenta, aunque su estilo de vida no parecía diferir mucho de los peludos y malévolos gog.

– Deben de ser más de un millón -dijo Vadinio, casi para sí-; me pregunto cómo habrán podido reunirse tantos en tan escaso margen de tiempo.

Los tártaros y los gog se hacinaban ocupando el espacio entre las tiendas, junto con los bueyes, los camellos y los caballos. Y descubrimos algo aún más sorprendente: una empalizada hecha con gruesos troncos de palmera, encerrando a toda una manada de elefantes de color gris sucio y largas trompas agitándose hacia nosotros.

Algunos tártaros habían montado rápidamente en sus diminutos y nerviosos caballos, y corrían tras la Salaminia , dirigiendo sus monturas sólo con las piernas mientras empleaban sus brazos para disparar flechas contra el aeróstato.

Algunas golpearon, con un seco trallazo, contra la base del puente.

– ¡Vamos a muy poca altura! -exclamó Vadinio, y ordenó soltar lastre.

Melampo accionó una manivela, y dos chorros de agua surgieron por los dos lados opuestos de la Salaminia. El agua fue a dar de lleno contra los jinetes que corrían tras el aeróstato, derribándolos, más por la sorpresa que por la fuerza del impacto.

La Salaminia ganó lentamente altura, y vi cómo los tártaros derribados se ponían en pie, furiosos y humillados, y agitaban sus puños hacia el aeróstato.

Casi todos eran gog.

– Ya hemos visto suficiente -dijo el genovés-; regresemos.

La brújula giró lentamente, hasta quedar alineada en dirección tramontana, y la Salaminia emprendió el camino de regreso a Apeiron.

Mucho más abajo, un grupo de tártaros, reducidos al tamaño de pequeños insectos por la distancia, seguían obstinadamente a la máquina voladora.

Bien -pensé-, que lo hagan hasta que revienten sus caballos.

Toda la nave empezó entonces a traquetear con una vibración sorda y continua.

– ¿Qué sucede? -preguntó Vadinio, con voz alarmada.

Melampo, el piloto, consultó los instrumentos; la vibración hacía difícil leer las esferas indicadoras, pero dijo:

– Perdemos potencia, Capitán. El motor tiene dificultades.

Me volví hacia Vadinio, a tiempo para ver cómo el viejo marino palidecía.

– ¿Cómo has dicho? -preguntó.

– Algo le pasa al motor -repitió Melampo-; no transmite suficiente fuerza a las hélices, se están deteniendo, Capitán.

Vadinio descolgó uno de los comunicadores internos del aeróstato -una especie de boca de trompeta unida a una manguera de cobre y lona- y llamó a la sentina.

– Atención ahí -dijo-: ¿qué está sucediendo? Perdemos potencia.

No hubo respuesta.

Y la vibración aumentaba. La nave protestaba por todas sus juntas; parecía a punto de descuadernarse. Una de las portillas de falso cristal se agrietó.

– Calionira -dijo Vadinio dirigiéndose a su segundo-. ¿Quiere ir a la sentina a ver qué sucede?

– Sí, Capitán.

Yo dudé un instante y dije:

– Yo le acompañaré. -Una desagradable idea había empezado a formarse en mi mente. Deseé con todas mis fuerzas equivocarme.

<p>3</p>

En la bodega los diez almogávares nos rodearon asaltándonos con preguntas. Los dragones tampoco parecían muy tranquilos por la situación, pues la vibración seguía intensificándose. Algunos de los falsos cristales de las portillas se desprendieron, y cayeron al vacío.

– Un momento -dije alzando las manos para pedir calma. En realidad no podía culpar a aquellos hombres por su miedo ante algo que ni comprendían ni controlaban-. Ricard, ¿dónde están los sarracenos?

La pregunta sorprendió al almogávar.

– ¿Cómo has dicho, Ramón? -preguntó mirando a un lado y a otro desconcertado.

– Ibn-Abdalá y los demás -señalé, sintiendo que mis temores se confirmaban-; no los veo entre vosotros.

Ajena a todo esto, Calionira había empezado a ascender por la escalerilla de metal que llevaba a la sentina; y yo le grité que se detuviera.

La mujer me miró extrañada, con sus dos manos sujetas a la escalerilla, y me preguntó qué sucedía. Yo le pedí que dejara a uno de los almogávares ir en primer lugar.

Mirina, la capitana de los dragones, se acercó a nosotros.

Ricard tampoco entendía gran cosa, pero esto no le importaba demasiado; sabía detectar perfectamente cuándo la situación exigía despertar los hierros.

– No te preocupes -dijo apoyando su mano en el peto rojo de la armadura de Mirina-; nosotros nos ocuparemos de esto; Sausi, Pero, Ferrán y Guillem: seguidme.

Ricard y Sausi desenvainaron sus espadas, y los otros tres blandieron sus azconas y prepararon su dardos. Calionira, que ya había descendido, le cedió el sitio en la escalerilla metálica a Ricard, que iba en primer lugar.

Los cinco almogávares treparon lentamente hasta la sentina.

Calionira y yo les seguimos poco después.

Al asomar la cabeza por la trampilla, tuve una primera y desagradable sensación del calor infernal que allí había y de la confusa maraña de alambres que eran el soporte estructural de la Salaminia. La sentina era un bosque de finas viguetas de metal entrecruzándose, donde era fácil emboscarse.

Distinguí a los almogávares, unos pasos más allá, sobre el cuerpo caído de uno de los mecánicos. El pecho del mecánico estaba partido en dos por una cuchillada, y la sangre empapaba su uniforme gris.

Calionira, que subía detrás de mí, me empujó y corrió junto a su compañero muerto. Elevó sus ojos hacia los almogávares y dijo:

– ¡Lo habéis asesinado vosotros!

– Te equivocas -le respondió Ricard-. Lo encontramos ahí.

En ese momento, a. pesar de la desconcertante vibración que lo llenaba todo, escuché claramente un chasquido a mi espalda, y me giré hacia él.

Durante un eterno instante, en el que el mismo tiempo parecía haberse detenido, contemplé, con una nitidez diabólica, al sarraceno agazapado entre las viguetas de metal, con su arco tensado y una flecha cargada lista para ser disparada.

Grité al ver partir la flecha hacia mí.

Uno de los almogávares también había escuchado el chasquido y se había vuelto hacia el arquero sarraceno. Saltó entonces hacia mí, que había quedado paralizado, me empujó a un lado, y recibió el flechazo en mitad de su pecho.

Era uno de los almocadenes más jóvenes de Joanot, un almogávar llamado Ferrán con quien yo apenas había cruzado un par de palabras; ¡y sin embargo acababa de cambiar su vida por la mía!

– ¡Al suelo, Ramón! -me gritó Ricard.

Pero y Guillem arrojaron a la vez sus dardos hacia el sarraceno. Pero rebotaron inútilmente contra la maraña de viguetas. Ricard empujó a la mujer hacia delante por la pasarela, para dejar sitio a sus compañeros para luchar.

– ¿Qué sucede ahí arriba? -resonó la voz de Mirina a través de la trampilla.

– ¡Quedaos todos ahí abajo! -le gritó Ricard-. ¡Los moros nos han traicionado!

Tres sarracenos saltaron entonces sobre Pero y Guillem. Debían de haberse apostado sobre uno de los balones de aire caliente, en la parte superior de la sentina, esperando el momento oportuno para atacar. El lugar era demasiado estrecho para pelear. Los dos almogávares vieron cómo sus azconas se trababan inútiles entre los cables y viguetas.

Los tres sarracenos iban armados sólo con sus cuchillos curvos, mucho más efectivos en aquella angosta pasarela. El primero, cayó sobre la espalda de Pero, y en un instante degolló limpiamente al catalán. Guillem clavó uno de sus dardos en la espalda del sarraceno, vengando así a su amigo, y recibió a su vez una cuchillada en su costado, propinada por el segundo sarraceno. Apretándose la herida con una mano, desvió un segundo golpe con su arco de tejo.

Sausi le lanzó una estocada al tercer sarraceno, pero este fintó y apartó la hoja del búlgaro con su cuchillo. Sausi retrocedió un poco y volvió a alzar su espada, sujetándola con ambas manos esta vez. Y descargó entonces su arma sobre el sarraceno, con toda la fuerza de sus grandes brazos. El sarraceno intentó protegerse nuevamente, colocando su cuchillo en la trayectoria de la espada, pero el ímpetu de la espada del búlgaro partió en dos el cuchillo y el cráneo del musulmán.

Yo, que había permanecido agazapado durante todo el combate, escuché gritar a Calionira y me arrastré entre las piernas de los combatientes hacia la mujer y Ricard. Asombrado, vi cómo ambos forcejeaban.

– ¡No, suéltame! -gritaba la mujer-. ¡Va a estallar!

Miré hacia adelante y, a través de la pasarela central de la sentina, vi los cuerpos sin vida de los otros cinco mecánicos. También vi la máquina de vapor, vibrando en el centro, y a uno de los sarracenos que, haciendo uso de una de las herramientas arrebatadas a los mecánicos, apretaba una de las piezas de la máquina.

Ibn-Abdalá estaba plantado al otro lado de la máquina, envuelto por las nubes de vapor que escapaban por todas las juntas de ésta; sonriendo demoníacamente.

La mujer intentaba ser razonable con el almogávar que la sujetaba por las muñecas.

– Están cerrando la salida de vapor -le dijo-; la máquina explotará en unos instantes y moriremos todos.

¿Cómo podían los sarracenos conocer tan perfectamente el funcionamiento de la máquina de vapor para saber cómo inutilizarla?, me pregunté.

Pero ya sabía la respuesta.

– Las cosas nunca son lo que parecen, ¿verdad Ramón? -dijo Ibn-Abdalá, por encima de la vibración y del silbido del vapor.

El otro sarraceno seguía apretando aquella junta…

Calionira logró al fin zafarse de Ricard y, sin pensarlo dos veces, corrió hacia los sarracenos atravesando la pasarela central.

La explosión la lanzó hacia atrás, rebotando contra las viguetas, hasta casi caer de nuevo en los brazos de Ricard. Toda la parte frontal de su cuerpo estaba abrasada por la explosión de vapor hirviente.

Retrocedí, ensordecido y medio cegado por el estallido. Sintiendo cómo el viento lo azotaba todo, e intentaba derribarme con su ímpetu. Dos grandes secciones de la pared de la sentina habían desaparecido, y vi el cielo a través de los enormes agujeros; los bordes desgarrados de la lona flameaban al viento. Las viguetas de metal de la estructura habían sido dobladas hacia afuera por la explosión, y las dos grandes hélices, giraban sólo por la fuerza del viento.

Al poco tiempo, una de ellas se desprendió de sus sujeciones y, rebotando contra los restos de la estructura metálica, se precipitaba al vacío.

Era como si a la Salaminia le hubiese estallado el corazón en el pecho.

La máquina de vapor había reventado por su parte central, y el metal se había desgarrado como la piel de una granada. El sarraceno que había manipulado la salida de vapor, provocando la explosión, había quedado destrozado por ella. Vi algunos de sus miembros y trozos de su carne colgando de las viguetas retorcidas.

Hubo un instante de incrédulo silencio por lo que acababa de pasar. La lucha entre almogávares y sarracenos se había detenido, y sólo se escuchaba el retumbar de la lona desgarrada al ser vapuleada por el viento.

Entonces el vapor se disipó, y pude distinguir entre los jirones la figura de Ibn-Abdalá, impertérrito y con su espantosa sonrisa deformándole el rostro.

Una flecha cruzó el espacio y fue a clavarse en el costado del cadí.

Me volví para ver que había sido uno de los sarracenos el que había disparado.

– Él nos mintió -dijo-; no nos advirtió de esto, y de que Ibraim moriría.

Se refería al sarraceno que había estado manipulando la salida de vapor.

Casi con gesto cansado, Sausi alzó su espada para acabar con la vida del arquero.

– Alto -le detuve-, quizá necesitemos a estos dos hombres.

Mirina y algunos dragones subieron entonces por la trampilla, con sus pyreions listos para disparar; y quedaron paralizados por el desastre que allí se había producido.

Atravesé con cuidado la zona destrozada, y me acerqué a Ibn-Abdalá.

El cadí estaba tumbado de espaldas, con la flecha firmemente clavada en su costado izquierdo, a la altura de sus pulmones. Tenía la boca llena de sangre y respiraba con dificultad. Seguía sonriendo.

– Eres muy inteligente -le dije-, mientras todos estaban pendientes de mí, tú te introdujiste en Apeiron. Tus acciones son siempre ingeniosas, pero a veces no alcanzo a comprender el sentido de ellas. Pareces actuar movido sólo por un ímpetu demencial y destructivo. ¿Qué es lo que pretendes?

Ibn-Abdalá no contestó. Sausi y Ricard llegaron junto a nosotros.

– Permaneced a su lado -les dije-, y que no sufra ningún daño; pero no lo toquéis ni permitáis que él os toque. Si muere, empujad su cadáver al vacío, pero usad vuestras espadas para hacerlo. Que ninguno de los dos se quede a solas con él.

<p>4</p>

En el puente la situación no era precisamente feliz.

– Perdemos altura con rapidez -nos explicó Vadinio-. La explosión destrozó cuatro de los balones de aire caliente, pero eso importa poco, porque el resto se están enfriando con rapidez. Hemos soltado todo el lastre, pero es inútil, caemos; y lo peor es eso… -Vadinio señaló hacia lo lejos, en la dirección de popa. Una polvareda indicaba el lugar donde los jinetes gog proseguían con su persecución.

– Unos tipos insistentes -dijo Mirina.

Comenté que, quizás, ellos ya sabían que esto iba a pasar, y que ahora sólo querían recoger a su hombre. Pregunté qué íbamos a hacer a continuación.

– Prepararnos para luchar -respondió la capitana de los dragones.

Le señalé que nuestros perseguidores debían de ser un centenar, o más.

– Pero nosotros tenemos armas mejores -replicó ella.

Vadinio nos informó que Apeiron ya había sido avisada de lo sucedido. Quise saber cómo era esto posible, y el genovés me recordó aquella maravilla que era el telecomunicador y que les permitía hablarse a aquellas enormes distancias.

– Mandarán otro de los aeróstatos a rescatarnos -dijo-; pero tardarán varias horas en llegar hasta aquí. Mientras tanto intentaremos mantenernos en el aire todo el tiempo posible. El puente ya no sirve para nada; nos desharemos de él, y también de la bodega. Eso aligerará nuestro peso lo suficiente como para poder volar algunas millas más. Afortunadamente, tenemos el viento a favor. Recemos para que éste no cambie.

Todo el mundo se trasladó a la sentina, y empezamos a trabajar cortando los cables y las viguetas de metal para desprender la sección inferior del aeróstato. Usamos cualquier cosa para hacerlo: espadas, cuchillos o tenazas. No era difícil porque el metal de las viguetas era tan delgado que podía doblarse con la mano; la nave mantenía su rigidez gracias a la estudiada tensión que los cables de hierro ejercían sobre la estructura de viguetas. Poco después, la mitad inferior de la Salaminia se desprendió y chocó contra el suelo, que ya estaba desagradablemente cerca.

Mientras tanto, Frixo y Melampo cortaron cuidadosamente los cables del timón, y los tensaron para que la posición de los alerones favoreciera el planeo de la nave.

Le pedí a Vadinio su catalejo, y con él observé cómo los jinetes llegaban hasta el amasijo de hierros, y lo rodeaban sin detenerse.

– Esos perros saben cuál es la presa que buscan -comenté devolviéndole el instrumento óptico al genovés.

Llamé a dos almogávares, les repetí cuidadosamente las mismas indicaciones que les había dado a Sausi y Ricard sobre cómo tratar a Ibn-Abdalá, y les ordené que fueran a revelarlos. Uno de ellos era Guillem, que había envuelto la herida de su costado con un sucio vendaje y se había olvidado de ella.

Poco después, Sausi y Ricard se sentaron junto a mí sobre los restos de la pasarela.

El suelo, árido y lleno de matojos, corría bajos nuestros pies, cada vez más cerca.

– Escuchad -les dije a los dos guerreros-, ambos me habéis demostrado ser valientes y dignos de confianza, por eso quiero pediros algo.

– Lo que quieras, Ramón -dijo Ricard.

– Espera hasta que escuches lo que quiero pedirte -le corté; y señalé hacia los jinetes gog-. Esos lobos nos van a alcanzar muy pronto, y quiero que me juréis que no vais a permitir que me cojan con vida. No quiero pasar otra vez por el mismo horror.

Ricard y el búlgaro me miraron aterrorizados.

– No podemos hacer eso -protestó Ricard-. Juramos a Roger, antes de separarnos de él, que protegeríamos tu vida con la nuestra. No puedes pedirnos eso.

– Lo haremos -dijo Sausi Crisanislao.

Ricard levantó la cabeza hacia el enorme búlgaro y dijo:

– ¡Maldito seas! ¿Por qué dices eso?

– Porque es verdad. Y tú harás lo mismo por mí… Y yo por ti.

– Pero Roger nos ordenó…

– Roger no está aquí -concluyó Sausi que era hombre de pocas palabras.

Ricard rezongó un poco, pero acabó por aceptar mi juramento.

– Dime una cosa -me preguntó, al cabo de un rato-, ¿por qué no nos dejaste acabar con las vidas de esos perros traidores de sarracenos?

– Fueron engañados por Ibn-Abdalá.

– ¿Y eso qué importa? -protestó Ricard-. ¡Pretendían traicionarnos!

– Es posible, pero si los matamos, y si por ventura conseguimos regresar a la ciudad, sus compañeros nunca creerán la verdad de lo sucedido.

– ¿Y qué? -Ricard se encogió de hombros-; los liquidamos a todos y en paz.

Yo sonreí y dije:

– No creo que las gentes de Apeiron te permitieran hacer eso.

– Puede que sí y puede que no…

Ricard se detuvo en mitad de su frase. Un nuevo estallido había hecho crujir horriblemente la estructura de metal haciendo saltar trozos de vigueta por todos lados.

¿Qué había sucedido? Nuestra altura era ya tan escasa que nos habíamos estrellado contra las ramas más altas de un árbol reseco y solitario.

La estructura gimió, y lo que quedaba de la nave dio un violento bandazo.

Yo perdí mi punto de apoyo, y caí al vacío.

Sausi intentó cogerme, estirando su enorme cuerpo cuanto pudo, pero no le fue posible.

Rodé por el suelo, que era bastante plano y lleno de matorrales que amortiguaron el impacto. Pero mis huesos eran ya tan débiles como el cristal, y mientras rodaba noté claramente cómo mi antebrazo se partía con un chasquido.

Vi lucecitas bailando frente a mis ojos, y apenas logré ponerme en pie con dificultad, sujetándome con la mano mi brazo herido y apretando los dientes para soportar el dolor, notando las aristas de hueso arañándome la carne desde dentro.

A lo lejos, la nube de polvo indicaba dónde estaban los jinetes, y pude distinguir ya sus negras siluetas.

Una mano se posó en mi hombro. Me volví, para encontrarme enfrentado al enorme torso del búlgaro.

– ¡Sausi! -exclamé.

Por encima del hombro del gigante, los lastimosos restos de la Salaminia se alejaban arrastrados por el viento, y vi a Ricard en el mismo borde de la pasarela mirarnos indeciso.

Finalmente saltó, y tras él saltaron varias figuras con armadura roja. Liberada del peso de aquellos valientes, los restos de la nave se elevaron un poco y siguieron alejándose de nosotros.

Ricard llegó el primero, sonriente, cortando los matorrales con su espada. Tras él iban Mirina y diez de los dragones rojos de la ciudad.

– Ellos son un centenar o más -dije con expresión abatida. El dolor del brazo estaba a punto de hacerme perder el sentido-. No habéis actuado con inteligencia dividiendo vuestras tropas, capitán.

Mirina se encogió de hombros y dijo:

– Cualquier sitio es bueno para morir.

Dos de los dragones les ofrecieron a Ricard y Sausi sus pyreions; pero éstos las rechazaron.

Me llevaron junto al tronco reseco del árbol contra el que habíamos chocado, donde podría protegerme de las flechas de los gog. Los dragones formaron un semicírculo defensivo a mi alrededor, mientras Ricard y Sausi se situaban a mis flancos, con sus espadas desenvainadas y trazando amenazadoras líneas en el aire.

Agotado, me dejé caer de rodillas. Alcé la vista y sentí como si las retorcidas ramas del árbol, las nubes, y el cielo giraran locamente en torno a mí. ¿Era ése el lugar elegido por el Señor para mi final?

A través de las piernas sentí ascender la vibración creciente del centenar de jinetes diabólicos que se nos venían encima. Luego escuché claramente sus aullidos de guerra.

– Ahí los tenemos -dijo Mirina con asombrosa tranquilidad.

Junto a mí, Ricard, gritó con fuerza:

– ¡Desperta ferro! ¡Aragón, Aragón!

Con su habitual flema, Sausi no dijo nada, pero su cuerpo se tensó como el de un león dispuesto para la lucha.

A lo lejos se distinguía ya una primera línea de jinetes gog; erguidos sobre sus pequeñas monturas, sus retorcidos arcos listos para ser disparados.

Siguieron avanzando, durante un interminable instante, antes de que una lengua de fuego surgiera de las armas de los dragones y se estrellara como una ola flamígera contra los jinetes.

Escuché el horrible aullido agónico de los gog y sus bestias mezclarse; y vi cómo aquella primera fila de jinetes gog continuaba su carrera envuelta en llamas, con el pelo de los caballos y el que cubría sus cuerpos ardiendo salvajemente. Las flechas que estaban preparadas para ser disparadas antes de que la llamarada les alcanzase, salieron erráticas de los arcos llameantes, como flechas de fuego, dejando tras de sí un rastro de humo negro. Algunas se clavaron en el tronco del árbol, y allí siguieron consumiéndose.

La carrera de los jinetes envueltos en llamas no se detenía, y me pregunté por qué. Los pobres animales siguieron trotando hacia nosotros, movidos por la loca inercia de su larga carrera, mientras los tendones de sus patas se carbonizaban. Finalmente, la mayoría se derrumbó a un par de varas frente a la fila de dragones, y allí formaron grandes montones llameantes que soltaban un humo negro y aceitoso, con un repulsivo olor a carne quemada que llegó rápidamente hasta mis narices.

La segunda fila de jinetes, aprendida la lección del tipo de enemigo que tenían delante, hizo un quiebro, y mantuvo las distancias con el semicírculo de dragones.

Empezaron a cabalgar alrededor del árbol reseco, dirigiendo sus monturas sólo con las piernas, y con las manos libres tensaban sus arcos y disparaban.

Los dragones extendieron su fila hasta convertir el semicírculo defensivo en un círculo completo en torno al árbol y proteger así a los tres que no llevábamos armadura.

Una flecha rebotó inútil contra la coraza roja de uno de los dragones. Como respuesta, otro de los dragones apuntó con su pyreion e hizo fuego. Un gog cayó entonces de su montura, y rebotó aparatosamente contra el suelo.

El tanteo concluyó así. Los gog habían aprendido que desde aquella distancia no podían atravesar las armaduras de los dragones, y que ellos, en cambio, sí que podían alcanzarles con sus armas de pólvora. Si realizaban otra carga, se expondrían a morir achicharrados por el fuego griego, igual que sus compañeros.

¿Qué iban a hacer a continuación?

Tuve la respuesta al instante; con un aullido bestial, todos los jinetes gog se lanzaron a la vez, ciegamente, al ataque.

Chorros de líquido ardiente volvieron a surgir de la fila de dragones para ir a estrellarse contra la vanguardia de los gog, que rodó por el suelo envuelta en llamas. Pero la segunda fila de jinetes saltó sobre los cadáveres llameantes de sus compañeros y recibió su propia ración de fuego griego.

Pero ya estaban muy cerca de los dragones. Contemplé horrorizado cómo un gog y su caballo, convertidos en una bola de fuego, se estrellaron contra el centro de la fila de dragones, derribando y envolviendo en llamas a varios de éstos. Los dragones alcanzados se pusieron de pie aturdidos, convertidos en antorchas humanas.

Aunque sus armaduras les protegían del fuego, braceaban incapaces de librarse de las llamas.

Entonces la reserva de pólvora de uno de los dragones estalló violentamente.

La explosión casi partió al hombre en dos y destrozó los dos cilindros que llevaba a la espalda. Una segunda explosión sucedió casi instantáneamente a la primera, esparció una lluvia de líquido llameante y trozos de armadura roja a más de cincuenta varas de distancia. Los almogávares y yo nos vimos rodeados por una cortina de fuego, aislados visualmente de los dragones supervivientes.

El árbol reseco a nuestra espalda nos había protegido de recibir de lleno el chorro de fuego, pero ahora se había convertido en una gigantesca antorcha. Ricard y Sausi me arrastraron lejos de él. A nuestro alrededor llovían sin cesar fragmentos ardientes, y nos protegíamos como podíamos el pelo de la cabeza con los brazos.

El velo llameante que se alzaba ante nosotros fue entonces atravesado por tres jinetes gog. Su aspecto era horroroso; sus pobres monturas relinchaban de dolor con los extremos de sus patas abrasadas y el pelo de sus abdómenes chamuscado. Ellos, envueltos en humo y rodeados de llamas, parecían más que nunca criaturas recién salidas del infierno. Cargaron a la vez lanzando aullidos demenciales y blandiendo sus lanzas con aspecto de tridente. Sausi y Ricard les salieron al paso.

Ricard esquivó las puntas del tridente de uno de los gog, y rodó por el suelo pasando por entre las patas de su montura, desgarrando con su espada las entrañas del animal. Al derrumbarse el caballo atrapó una de las piernas de su jinete bajo él.

Sausi fue atacado por los otros dos demonios. El búlgaro apenas logró esquivar el tridente del primero, que le arañó el pecho marcándole tres profundos surcos rojos y le arrancó la gonela de piel, y se vio enfrentado a la carga del segundo gog. Esta vez, Sausi fue más rápido de reflejos y atrapó el tridente con sus enormes manos. Sin esfuerzo, arrancó al gog de su cabalgadura y lo mandó rodando por el suelo, hacia la cortina de llamas. Mientras intentaba levantarse, con sus ropas y su pelo prendido, el búlgaro se plantó frente a él y lo clavó al suelo con su espada.

Ricard había saltado por encima del caballo agonizante, partiendo de un machetazo el cráneo del gog mientras éste intentaba liberarse del peso del animal. El almogávar giró rápidamente buscando otra presa, y vio con horror que el único gog que seguía sobre su montura se había lanzado contra mi indefensa persona.

Ricard gritó impotente; yo estaba demasiado lejos y no parecía capaz de hacer nada para evitar que el gog me ensartara con su tridente. Sonó un estampido, y el gog cayó hacia atrás como si hubiera chocado contra una rama invisible.

Mirina arrojó a un lado su pyreion recién disparado y caminó hacia nosotros acompañada por tres dragones.

– ¿Habéis acabado con todos? -le preguntó Ricard.

– Reagrupémonos -dijo Mirina con expresión cansada, sin hablar a nadie en particular-, preparémonos para su próxima carga.

A nuestro alrededor, las llamas empezaban a extinguirse, mostrando las filas de todavía numerosos demonios oscuros avanzando hacia nosotros.

Los cuatro dragones y los dos almogávares formaron un apretado círculo en torno a mí. Sausi deslizó su cuchillo hasta tocar mi nuca.

Le miré con los ojos turbios a causa del dolor del brazo.

– No te preocupes -me dijo Sausi.

Pero los gog no atacaron. En vez de eso, vimos asombrados cómo sus monturas reculaban poco a poco, mientras los ojos de los jinetes parecían fijos en algo situado a nuestra espalda. Algo enorme y de gran altura.

Me volví y vi un aeróstato llenando todo mi campo visual. Flotando a unas quince varas del suelo. Las hélices girando muy lentamente.

Aturdidos por las explosiones y el fragor de la batalla, ninguno de nosotros había detectado el característico sonido de las hélices mientras el aeróstato se acercaba.

Los dragones alzaron sus puños mientras gritaban triunfantes. Un par de bolas de fuego surgieron de la proa del leviatán, cruzaron por encima de nuestras cabezas y fueron a estrellarse en mitad de las filas gog; esparciendo llamas y muerte entre los oscuros jinetes que, sorprendidos y aterrorizados por la repentina aparición del aeróstato, se dispersaron rápidamente.

El leviatán se situó sobre el apretado grupo que formábamos los supervivientes, y uno de sus aeronautas nos lanzó una escalera de cuerda. Pero yo, con mi brazo herido, no pude subir por ella, y tuve que ser izado con ayuda de un arnés.

Mirina subió en último lugar, y al no ver a Vadinio ni al resto de sus hombres en la bodega, preguntó por ellos a uno de los aeronautas.

– Ellos nos indicaron vuestra posición; y que, muy probablemente, estaríais en dificultades, por lo que debíamos ir a recogeros en primer lugar.

– ¿Están muy lejos de aquí?

– A menos de una milla hacia la tramontana.

Aquella nave era la Delíaca y tras recoger a Vadinio y al resto de los aeronautas de la Salaminia , regresó a Apeiron.

<p>5</p>

La medicina era quizás el logro más maravilloso de la ciencia de Apeiron. Durante toda mi vida había visto infinidad de hombres mutilados, perdidos o condenados a una vida de miseria por la más pequeña herida infligida a sus cuerpos.

Una incisión con un cuchillo y unas triscadas con una sierra eran más que suficientes para librar a un hombre de una pierna o un brazo herido; y yo, que notaba cómo las astillas del hueso de mi antebrazo habían rasgado una y otra vez la carne mientras éramos atacados por los gog, sabía que no podía esperar más que eso.

Pero no fue así. Los cirujanos de la ciudad se empeñaron en salvar mi brazo, y para ello limpiaron de astillas la herida, y encararon cuidadosamente las dos partes del hueso roto. Puesto que mi avanzada edad dificultaba la soldadura del mismo, utilizaron una prótesis metálica atornillada a las dos mitades. Todo esto lo pude ver con mis propios ojos, sin sentir dolor alguno, gracias a una milagrosa substancia que los médicos me habían inyectado en el brazo y que lo insensibilizaba al dolor completamente.

Una vez más, me pregunté cuánto dolor y sufrimiento podría evitarse la humanidad si la ciencia de Apeiron fuera conocida por todos.

Después de la operación, el brazo me fue entablillado y cubierto de yeso para inmovilizarlo. Y mientras me recuperaba, fui visitado por la consejera Neléis.

– Lamento profundamente lo sucedido -dijo la mujer.

– Yo soy el único culpable -dije. Aún me sentía algo narcotizado-; tendría que haber sospechado hace mucho de Ibn-Abdalá, pero mis sentimientos de simpatía hacia el sarraceno me confundieron. ¿Dónde está ahora?

– No muy lejos de aquí. En un departamento de este mismo hospital. Encerrado.

Dije a la mujer que deseaba hablar con él, y ella respondió que cuando me encontrara en mejores condiciones. Y eso fue sólo dos días después. La consejera me acompañó a través de los pasillos del hospital hasta una habitación cerrada por una gruesa puerta de metal y vigilada por dos dragones. Miré por una ventanilla y vi a Ibn-Abdalá sentado en el suelo. Desnudo, y con su pecho rodeado por un vendaje.

– Se niega a hablar con nadie -me dijo Neléis-. Pero quizá…

– Lo intentaré -dije.

– Un dragón entrará contigo.

– No -me opuse-. Ibn-Abdalá ha tenido todas las ocasiones para hacerme daño, si ése hubiera sido su deseo. No entraré ahí con un hombre armado.

– De acuerdo -aceptó la consejera-. Pero estaremos pendientes de sus acciones.

Uno de los dragones abrió la puerta y me franqueó el paso al interior de la celda.

El lugar estaba muy limpio, las paredes eran blancas y todo el techo parecía irradiar luz, quizá del exterior. Ibn-Abdalá disponía incluso de una silla y una litera de aspecto cómodo; si se sentaba en el suelo era porque él así lo quería.

Pero, en lo esencial, aquella habitación no se diferenciaba de cualquier otra mazmorra; una puerta cerrada y guardias armados vigilándole desde el otro lado.

Ibn-Abdalá levantó los ojos del suelo y me miró.

No fui capaz de interpretar la expresión de su rostro. Parecía aburrido, triste o cansado. Arrastré la silla hasta colocarla frente a él y me senté. Yo sí que me sentía fatigado; llevaba el brazo apretado contra el pecho con una cinta de tela. Y me dolía a pesar de todas las drogas que me habían dado.

– Tengo la sensación de haberte encontrado varias veces en diferentes etapas de mi viaje -empecé-. Y en cada ocasión tu aspecto era distinto.

Una chispa de interés cruzó por los ojos de Ibn-Abdalá.

– Esa impresión es básicamente correcta -dijo.

Asentí, y seguí hablando:

– Tú eras ese decrépito anciano en el poblado gog, y el león que me habló junto a la costa del mar de los Jázaros. Y ahora eres un culto viajero sarraceno. Eres todos ellos y no eres ninguno; dime, ¿queda algo de la auténtica persona que fue Ibn-Abdalá antes de que el Mal lo poseyera?

– Muy poco, me temo. Tan sólo datos de interés para mí; hechos y vivencias.

– Y ése podría haber sido también mi final. ¿O no lo tenías planeado así?

Ibn-Abdalá chasqueó la lengua.

– Eres demasiado viejo; tu cuerpo no habría sobrevivido en ningún caso a la transformación, pero yo sabía que ellos no buscarían más una vez sacaran el rexinoos de tu interior.

– ¿Quién eres? -pregunté conteniendo mi horror.

Ibn-Abdalá sonrió.

– Me preguntas algo que crees saber con certeza.

– ¿Puedes leer mis pensamientos?

– No sin el vínculo que te fue extirpado. Pero me hablaste en muchas ocasiones sobre quién pensabas que yo era; Satanás, ¿no es así?

– ¿O tan sólo un demonio secundario? -dije.

Ibn-Abdalá se encogió de hombros.

– ¿Eso es importante para ti? ¿Te sentirías decepcionado si así fuese?

– ¿Por qué hablas conmigo?

Ibn-Abdalá me miró impasible.

– Me resulta agradable tu persona. Tuve ocasión de echar un vistazo a todos tus recuerdos cuando estuve dentro de ti. Amaste a una mujer, y eso cambió tu vida. Esto es muy extraño, porque las hembras parecen tener muy poca importancia en tu sociedad. ¿Puedes explicármelo?

Yo no estaba dispuesto a seguir por ahí.

– Admites entonces que eres un ser infernal -dije.

– Ahora mismo pareces más interesado que horrorizado -dijo Ibn-Abdalá observándome con interés-. Vuestros antepasados simiescos han dotado a tu raza de una característica curiosidad innata; pero en tu caso ese rasgo es especialmente destacado. Dime, Ramón, ¿qué no harías por aprender algo nuevo?

– No te vendería mi alma.

Ibn-Abdalá sonrió.

– No se me había pasado por la cabeza, la verdad. Puedes quedártela toda para ti. -Y añadió a continuación-: ¿Te han contado los ciudadanos lo que piensan que soy?

– Ellos te consideran un ser nacido en otro mundo.

– Pero tú no les crees, por supuesto. No te has dejado impresionar por toda esta maravillosa ciudad, ¿verdad? Ellos no pueden saberlo todo; porque, si así fuera, no estarían ahora tras esa puerta, escuchando con interés cada palabra que decimos. Y tú sientes curiosidad, pero tampoco dudas sobre cuál es mi verdadera naturaleza; ya has decidido que soy la mismísima encarnación del Mal, y que sólo merezco la destrucción. Pero te equivocas tanto como ellos; todos os equivocáis.

Me esforcé en sonreír con cinismo.

– ¿Quién eres entonces; nuestro benefactor?

– Vuestro bien me interesa tan poco como vuestra condena; os he visto medrar; reproduciros como gusanos, llenar mi mundo con vuestra descendencia bastarda.

– ¿Tu mundo?

– No soy una criatura sobrenatural como tú crees. Tampoco un ser de otro planeta, como afirma la gente de Apeiron. Llevo mucho más tiempo que vosotros en este mundo. Antes de que el más remoto de tus antepasados se arrastrara por él, mi raza ya era poderosa y viajaba entre las estrellas. Gestionábamos cientos de mundos vivero como éste, criábamos esclavos y los usábamos en nuestras guerras.

»Yo tenía poder, pero sufrí la más humillante de las derrotas y mis esclavos fueron perseguidos y exterminados como alimañas. Hace un millón de años que sobrevivo encerrado aquí; sin tecnología y sin esperanzas. Tan sólo me queda esperar el fin, pero me resisto a aceptarlo a manos de unos esclavos que han olvidado su origen. Lucharé hasta el final, hasta mi último aliento, y cuando yo muera, morirá tu planeta.

Cuando terminó de hablar, vi con sorpresa cómo las lágrimas resbalaban por las mejillas de Ibn-Abdalá. Su rostro no reflejaba ninguna emoción.

– Eres astuto -dije, levantándome-; pero ya no puedes engañarme.

Ibn-Abdalá asintió con gesto cansado.

– Por supuesto -dijo-, no esperaba hacerlo.

Abandoné la celda y le pregunté a la consejera si había estado escuchando; y si había creído algo de lo que el demonio me había contado.

– No necesariamente -dijo Neléis-. Tiene muchos motivos para mentirnos y ninguno para decirnos la verdad; pero es interesante saber que intenta que creamos una historia como ésa, y pensar en cuáles pueden ser sus motivaciones para contárnosla.

– Ha dicho que con él moriría nuestro mundo -le recordé con temor.

– Intenta sembrar la duda en nosotros y colocarnos en una posición de desventaja antes de atacar -dijo la consejera-, lo que tememos que será muy pronto.

– ¿Qué vais a hacer con Ibn-Abdalá? -quise saber.

– El hombre que fue ya no existe -lamentó ella-; el rexinoos ha devorado su cerebro. Si se lo quitásemos, moriría o quedaría convertido en un vegetal. Tampoco podemos mantenerle con vida porque ahora es los ojos y los sentidos del Adversario, y aunque ha permanecido aislado desde vuestro regreso, no podremos estar del todo seguros mientras viva. Tampoco creo que podamos sacarle ya más información.

La consejera hizo entonces una señal a uno de los dragones y éste abrió la puerta de la celda. Ibn-Abdalá seguía sentado en el suelo, con los ojos bajos.

No los levantó siquiera cuando el otro dragón entró en la celda y le apuntó con su pyreion. No hizo el menor gesto cuando el arma disparó y la bala atravesó su pecho.

Ibn-Abdalá cayó de lado, y quedó inmóvil.

– Le sacaremos el rexinoos -dijo Neléis, apartando la vista de la escena-, y esto nos ayudará a confirmar lo que ya sabemos; la posición exacta de su guarida.

Asentí. Ibn-Abdalá habría ardido en una hoguera de haber sido capturado en mi país; comparado con eso, aquel fin había sido casi misericordioso.

Los otros sarracenos conocieron pronto la noticia de la muerte de Ibn-Abdalá, pero no demostraron emoción alguna. Los dos sarracenos supervivientes de la expedición a Samarcanda habían contado a sus compañeros la verdad de lo sucedido y cómo Ibn-Abdalá les había traicionado para conseguir sus propios fines. Unos consideraban que su antiguo camarada era un agente de los tártaros, otros que estaba endemoniado.

Pero lo que sí tenían claro los sarracenos es que no deseaban seguir en Apeiron. Habían llegado allí como esclavos de los almogávares, pero la esclavitud no existía en la ciudad, y los sarracenos eran libres de abandonarla cuando quisieran. Para ellos, aquella ciudad seguía siendo un lugar maléfico, a pesar de que quien les había metido estas ideas en la cabeza había resultado ser, para algunos, un siervo de Satán.

Neléis intentó convencerles de que se quedaran; de que la ciudad necesitaba de todos los brazos posibles para defenderla; pero ellos no estaban dispuestos a luchar por esos infieles, y le reiteraron sus deseos de marcharse.

Mientras salían, por una de las puertas occidentales, con cuatro carros cargados de agua y los víveres que los ciudadanos les habían provisto, y unas cuantas acémilas, Ricard me dijo sin apartar de ellos su mirada de odio:

– Deberíamos haber degollado a esas sabandijas cuando tuvimos oportunidad de hacerlo.

No le respondí; recordaba la matanza de Artaki que Roger había ordenado tan despiadadamente. Por un tiempo había creído que, ante un ser tan maligno como el Adversario, sarracenos y almogávares se unirían para combatirlo, comprendiendo que sus diferencias eran ridículas cuando se enfrentaban ante un enemigo común a todo hombre. Pero me había equivocado. El odio entre los hombres parecía ser mucho más fuerte y persistente que el odio a una criatura infernal.

Quizás ésa era nuestra debilidad, aquella en la que el Adversario confiaba para su victoria.

<p>6</p>

Me sentía como un viejo inválido con mi brazo inmovilizado y sin nada que hacer hasta que llegara el día del ataque gog.

Que éste iba a producirse era algo en lo que nadie en Apeiron dudaba ya.

Neléis me había expresado su preocupación por esto, pues no se consideraban un pueblo guerrero. Durante cientos de años habían permanecido tras las murallas de Apeiron, silenciosos y ocultos, evitando emprender cualquier acción bélica que pudiera llamar la atención del Adversario sobre ellos. Y desde la invención del fuego griego, apenas se habían producido avances en su tecnología militar, y jamás habían tenido ocasión de probarlos en una situación de fuego real. Sus generales eran apenas buenos teóricos.

– Es posible -repliqué-; pero aun así vuestras armas son formidables.

– Nuestro poder -me confesó-, el maravilloso poder de esta ciudad, puede ser también nuestra principal debilidad. No soportaríamos un largo asedio. No somos una aldea de campesinos; nuestras necesidades de energía son enormes, y si nos fuera cortado el suministro de agua para producir vapor, Apeiron moriría rápidamente.

– ¿Qué haríais entonces?

– No lo sé; pero debemos evitar esa posibilidad a toda costa. Si los tártaros atacan, debemos derrotarlos y destruirlos antes de que tengan la posibilidad de poner cerco a la ciudad y cortar todas sus vías de suministro. Nuestras murallas soportarían cualquier ataque, pero en su interior los ciudadanos se derrumbarían con rapidez.

Estas palabras causaron una gran preocupación en mi ánimo. Yo había visto lo numerosos que eran los efectivos gog acampados cerca de Samarcanda. La ciudad no contaría con más de tres mil dragones, además de los trescientos almogávares de Joanot. Eso hacía una proporción de quizá doscientos a uno.

Demasiados para ser detenidos en un único choque frontal; por muy buenas que fueran las armas de Apeiron.

Mientras llegaba ese temido momento, solía acudir al campo de entrenamiento, situado en el exterior del perímetro de la ciudad, junto a los concéntricos de cultivo.

Los almogávares se entrenaban con las armas de pólvora de los dragones. Los sifones de fuego griego eran, a juicio de los soldados de Apeiron, demasiado peligrosos para ser dejados en manos de unos bárbaros. Pero los pyreions parecían más sencillos de manejar que un arco largo o una ballesta.

Los catalanes habían empezado a entrenarse usando los pyreions, que iban provistos de un afilado cuchillo sujeto a un extremo, como si se tratara de sus azconas. Eran más pesados y voluminosos que sus famosas lanzas cortas, pero no les resultó difícil hacerse con su manejo, y trasladar a su uso en la lucha cuerpo a cuerpo, la habilidad que ya tenían con las azconas.

El segundo paso fue aprender a hacer fuego con estas nuevas armas.

No resultó fácil para los almogávares acostumbrarse al estrépito que producían los pyreions al ser disparados. Un estampido que lanzaba los proyectiles de plomo de dos onzas con una fuerza suficiente para perforar una armadura de hierro a doscientas varas de distancia; tal y como nos mostraron los instructores de Apeiron.

Pero el arma tenía algunos inconvenientes; como bien le explicaba Guillem al sargento instructor de dragones llamado Amfimaro; su rendimiento dejaba mucho que desear. Le demostró que un buen arquero como él podía disparar más de treinta flechas, con una precisión razonable hasta las cuatrocientas varas, en el tiempo necesario para volver a cargar el pyreion una vez disparado.

Amfimaro tenía el pelo rubio, muy fino y escaso y su constitución era delicada, con unas piernas cortas y muy delgadas, llenas de cicatrices. Al parecer había nacido con problemas y había sufrido múltiples operaciones. Su deseo de entrar a formar parte del ejército de dragones sólo había podido verse cumplido en un puesto de instructor.

– La idea es que cada unidad de cincuenta almogávares armados con pyreions cuente con diez dragones con sifones de fuego griego para su protección.

– No, gracias -dijo entonces Ricard-. Ya he visto cuáles pueden ser los resultados de combinar el Juego griego con la pólvora. Me sentiría mas tranquilo, y protegido, si unos cuantos de los almogávares fueran armados con picas. Una proporción de cuatro a uno sería suficiente para mantener alejados a los caballos gog.

Yo estuve cronometrando el tiempo de la cadencia de fuego de los almogávares con sus nuevas armas. En las mejores condiciones podían efectuar un disparo desde el momento en el que el gog entraba dentro del alcance eficaz de los pyreions hasta que comenzaba la lucha cuerpo a cuerpo.

– Sólo hay dos modos de modificar esta situación -le indiqué a Amfimaro días después-; uno es modificar la precisión de los pyreions. Los que nos habéis dado sólo son efectivos a una distancia de ciento cincuenta varas. Es preciso aumentar esa distancia.

– Podemos -dijo Amfimaro-; pero no funcionaría. Ya lo hemos probado, con cañones con el ánima rayada, pero requieren mucho más tiempo de recarga, porque es más difícil introducir el proyectil y la carga de pólvora hasta el fondo de un ánima rayada. Por eso lo descartamos. ¿Cuál es la otra opción?

Le conté a Amfimaro la descripción hecha por Aelio de la instrucción que practicaban las antiguas legiones romanas para conseguir una lluvia continua de jabalinas y proyectiles de hondas, sobre sus enemigos:

– Formaban seis filas de legionarios en fondo disparando alternativamente. La primera fila disparaba una sola vez, y se retiraba a la última posición, mientras que las filas siguientes avanzaban y repetían la operación.

Yo había calculado que, tratándose de los pyreions, serían necesarias diez filas de hombres armados para mantener un fuego ininterrumpido. Amfimaro consideró muy valiosa mi idea, y se propuso llevarla inmediatamente a la práctica.

Mientras tanto, la consejera Neléis iba a mostrarme la fabulosa nueva arma de Apeiron, a la que llamó: el caballero caminante.

Estaban produciéndola en unos talleres situados a jaloque de la ciudad; y cuando vi aparecer el prototypos por las grandes puertas del taller quedé sin habla.

Vi a un gigante de cuatro varas de altura, completamente cubierto por una armadura, y un enorme espadón en la mano, avanzar hacia nosotros. Mientras caminaba lanzaba mandobles a diestro y siniestro, agitando el aire como lo harían las aspas de un molino, y sus pies hacían retumbar el suelo al clavarse en él. Llevaba la celada bajada y, a través de sus rendijas, surgían chorros gemelos de vapor a presión.

Asustado, intenté retroceder, pero la consejera me retuvo sujetándome por el brazo, y me señaló la retaguardia de aquel gigante acorazado. Otro caballero cubierto por una armadura caminaba tras el gigante, pero éste tenía el tamaño y las proporciones de un hombre de altura normal. Observé que las armaduras del gigante y la del caballero estaban unidas por manojos de varillas metálicas; y que cada movimiento del caballero era transmitido por estas varillas y reproducido fielmente por el gigante.

Cuando el pequeño avanzaba una pierna, el gigante adelantaba la suya; cuando alzaba un brazo el gigante hacía lo propio.

– ¡Es un títere! -comprendí.

– Algo más que eso -me corrigió la consejera-; el caballero caminante multiplica por diez la fuerza y el poder de un hombre. ¡Mira eso!

El gigante avanzó hacia un grupo de gruesos troncos de árbol alineados en el centro de la calle, y con certeros y violentos mandobles los partió en dos uno tras otro.

– Todavía se está perfeccionando el modelo -siguió explicándome la mujer-; queremos incorporarle un sifón de fuego griego, lo que lo haría casi invulnerable.

Pero en aquellos momentos el caballero caminante efectuó un extraño paso, y saltó hacia arriba sin control. El hombre que lo manejaba cayó de espaldas, y el gigante se estrelló aparatosamente contra el suelo. Por todas las juntas de su armadura escaparon chorros de vapor hirviente, y los mecánicos de Apeiron corrieron para liberar al hombre que había quedado atrapado en el interior de la armadura pequeña.

– Como ves -me dijo Neléis mientras los mecánicos lo sacaban-, aún hay que resolver muchos detalles, en especial en lo que respecta a la estabilidad del caballero.

Le pregunté si estaría listo para la llegada de los gog y la consejera respondió que era difícil decirlo, pero que los mecánicos trabajarían día y noche para lograrlo.

Mientras tanto el entrenamiento de los almogávares continuaba.

La puesta en práctica del fuego por descargas propuesto por mí, había obligado a replantearse todas las tácticas de combate ensayadas hasta ese momento.

Los almogávares tendrían que desplegarse lo máximo posible durante la batalla; tanto para hacer mayor el efecto de los propios disparos, como para reducir el blanco presentado a las flechas de los gog. La idea era formar filas tan largas y poco profundas como fuera posible. Los almogávares estaban acostumbrados a atacar en grupos de hasta cincuenta hombres en fondo. Con sólo diez en fondo era mayor el número de hombres que se verían enfrentados a la vez con el cuerpo a cuerpo contra la vanguardia gog, lo que exigía a cada combatiente más habilidad y disciplina. En segundo lugar, cobraba mayor importancia la capacidad de cada unidad de almogávares para efectuar con rapidez y simultáneamente los movimientos necesarios para el fuego por descargas.

La solución a ambos problemas era, por supuesto, el entrenamiento, cada vez más duro y preciso. Había que instruir a los almogávares sobre cómo debían disparar, efectuar contramarcha, cargar y maniobrar todos a la vez.

Y esto parecía algo substancialmente contrario al espíritu salvaje de aquellos hombres llegados de las tierras altas de Aragón.

Joanot dividió a sus catalanes en tres compañías de cien hombres y diez almocadenes cada una. Tuvo que nombrar a nuevos almocadenes para que esto fuera posible, pero lo hizo escogiendo a aquellos hombres que a lo largo del viaje habían destacado por su aspereza y capacidad de disciplina.

Amfimaro analizó cada uno de los treinta y dos movimientos necesarios para cargar y disparar los pyreions, y preparó para los almogávares cuidadosos dibujos sobre cómo debían realizarse cada uno y en qué orden.

Joanot ordenó a sus almogávares que la última cosa que debían ver sus ojos antes de irse a dormir y la primera al despertar, eran esos croquis; hasta que quedaran grabados indeleblemente en sus mentes.

Y así se hizo; hasta que llegó el temido día en el que los exploradores de Apeiron anunciaron que las tropas enemigas habían sido avistadas avanzando hacia nosotros.

<p>7</p>

La Asamblea de consejeros se reunió en la cúspide de la pirámide de cristal con carácter urgente. Uno de los aeróstatos, el Ammán, había realizado un viaje de exploración y había regresado con heliografías tomadas desde gran altura que mostraban el imparable avance del ejército gog.

Las heliografías habían sido expuestas en el centro de la sala, sobre unos caballetes. Las observé con cuidado, pues ya conocía aquella técnica que usaba la misma luz del sol para crear unos grabados de una asombrosa nitidez y precisión, había visto numerosos ejemplos -que al principio me causaron gran admiración- en libros y adornando las paredes de las casas; pero lo que me asombraba en aquel momento era la inmensa muchedumbre en movimiento que componía la horda gog. Aquellas imágenes tomadas desde el aire les hacía semejarse a un ejército de hormigas avanzando sobre la arena.

Joanot de Curial, y el jefe de los dragones de la ciudad, el general Esténtor, también observaban con atención las heliografías.

Era un hombre grueso y no muy alto, con un inmenso cuello de toro y unas pequeñas orejas que sobresalían casi perpendicularmente de un masivo cráneo pelado.

– ¿Han hecho un recuento del número de combatientes? -preguntó.

El capitán del Ammán carraspeó; al contrario que su general era joven, alto y bien musculado, como casi todos los dragones que yo había visto.

Señaló una de las heliografías y dijo:

– Creemos que sólo este grupo de aquí son guerreros, cabalgando sobre caballos entrenados para el combate. El resto, son mujeres, niños, carros de suministros y carros transportando las yurtas y los carros ceremoniales con sus chamanes y sus ídolos.

– Y el número de guerreros es… -insistió el general.

– Unos doscientos mil -dijo el capitán.

– Contamos muchos más acampados alrededor de Samarcanda -señalé.

– Es evidente que os equivocasteis al hacer vuestro recuento -dijo uno de los consejeros-. Es normal, si tenemos en cuenta cómo se complicaron las cosas entonces.

– Es posible -admití-, pero no veo en esas imágenes a los elefantes de batalla, ni las máquinas de asedio. Y, ¿qué significa esta cola?

Señalaba una de las heliografías que mostraba la retaguardia del ejército gog. Allí el grupo parecía estrecharse y alargarse hasta desaparecer por la parte inferior de la imagen. Era como si aquel enjambre de gente dejara un reguero tras él.

– Creemos que son las caravanas de suministros -explicó el capitán-. El abastecimiento de un ejército de ese tamaño es tan impresionante como el propio ejército en sí. Quizás esas caravanas llegan hasta tierras mejor provistas que el desierto en el que los gog se están internando, y se ocupan de mantener un continuo flujo de vituallas.

– Es también posible -indiqué- que un segundo grupo, más lento y pesado, en el que irían los elefantes y las máquinas de asedio, avance detrás de la vanguardia de jinetes ligeros, y que esa caravana sea el nexo de unión entre los dos grupos.

– Creo que Ramón está en lo cierto -dijo el anciano consejero Nyayam-. Los tártaros pretenden sorprendernos con un primer y rápido ataque. Evidentemente no contaban con nuestros espías aéreos.

– Quizás ésta sea nuestra oportunidad, consejero -le dijo Neléis-; si han sido tan estúpidos e impulsivos como para dividir sus tropas…

– ¿Dividir…? -preguntó Joanot volviéndose hacia la Asamblea con una sonrisa cínica pintada en su rostro-. ¿Ha dicho dividir, consejera?

– Así es -le respondió la mujer.

– Debéis bromear entonces -replicó Joanot, y señaló con su índice la más cercana heliografía-. ¡Estamos hablando de un ejército de doscientos mil jinetes!

Jamás se ha visto nada igual en todo el mundo conocido. ¿Qué podemos enfrentar contra eso? ¿Con cuántos dragones cuenta, general?

– Tres mil, perfectamente armados -dijo Esténtor-. Además de ustedes, claro.

– Claro -Joanot hizo una mueca-; trescientos locos catalanes. Nadie me habló de que tendríamos que enfrentarnos a un ejército de doscientos mil hombres.

– ¿Le asusta esa posibilidad? -preguntó la consejera más joven.

Joanot contempló a la mujer, de forma descarada, antes de contestar:

– No, pero pienso que debería haber pedido más. Diez carros cargados de oro pueden parecerme muy poca cosa en estos momentos.

– ¿Y de qué te servirá el oro cuando mueras? -pregunté a Joanot-; porque no creo que exista posibilidad alguna de enfrentarse a una horda semejante y salir con vida.

– Nadie os retiene aquí -dijo Neléis mirándome con dureza-; todos habéis visto cómo los sarracenos partieron sin que nadie se lo impidiera. Las puertas de Apeiron están abiertas para vosotros.

– No estoy hablando de abandonar -dije-, en absoluto; pero me gustaría saber si existe alguna oportunidad de victoria en un choque frontal cuando la desproporción de combatientes es de sesenta a uno.

– No podemos permitir que la ciudad sea asediada -dijo Neléis.

– Pues tendréis que haceros a la idea, porque no creo que exista otra forma de resistir. ¿Cuánta gente hay en Apeiron capaz de empuñar un arma?

La mujer dudó un instante, y dijo:

– Quizá cien mil adultos.

– Estupendo -exclamó Joanot-; porque con esto sí que podemos pelear.

Neléis negó firmemente, sacudiendo su cabeza, y dijo que toda esa gente no sabía luchar, ni se había planteado tener que hacerlo nunca; serían más un inconveniente que una ayuda.

– Tonterías -replicó Joanot-, dadles unos cuantos de esos pyreions, y veremos si saben usarlos cuando los demonios gog se les vengan encima. Todo hombre lleva dentro un guerrero; ésta es una realidad que hace mucho que aprendí.

– Si Apeiron es finalmente asaltada -intervino el general-, ten por seguro que cada ciudadano se convertirá en un guerrero para defender a sus familias, pero hasta ese momento, ellos confían en nosotros para defenderlos.

Joanot se mesó los cabellos.

– Pero es que esta ciudad tiene un estómago muy grande para un pecho tan pequeño. ¡Tres mil infantes! ¿Cómo vamos a luchar contra doscientos mil jinetes?

– Con nuestras armas, Joanot -dijo Neléis sonriéndole apaciblemente-; y con vuestra ayuda. Si aún queréis prestárnosla.

El caballero se dejó caer en una silla.

– Nadie podrá decir nunca que Joanot de Curial rehuyó jamás un combate.

– Estupendo -asintió Neléis-. Fuimos afortunados el día que llegasteis.

Me volví a un lado y a otro, apesadumbrado; aquello iba a ser una masacre.

Ya había estado frente a un ataque gog, y sabía que no eran un puñado de desarrapados cabalgando viejos jamelgos. Eran tan fieros como lobos, y los dragones de la ciudad, además de ser tan pocos, estaban demasiado civilizados y ablandados como para ser enemigo para un gog o un almogávar. Sus poderosas armas quizá les dieran una ventaja, pero no duraría mucho tiempo.

Mis ojos se encontraron entonces con los de Nyayam, y vi en los cansados ojos del anciano reflejarse mi propio miedo. Los consejeros no eran estúpidos, comprendí, sabían perfectamente a qué se enfrentaban, pero no creían que hubiera otra salida.

Y eso era terrible, porque yo muy bien podía haber conducido a Joanot y a los almogávares, durante tan largo y penoso camino, sólo para morir allí.

Recordé todos los extraños acontecimientos que le habían ido empujando hasta aquel lugar, hasta aquel momento en que debatían sobre la vida y la muerte en la cúspide de una enorme pirámide de cristal.

Recordé la Sala Armilar , enterrada en los sótanos del Palacio Imperial, y a Ibn-Abdalá, el cadí sarraceno poseído por un demonio que yo mismo había llevado en mi interior. ¿Había muerto ese demonio cuando los dragones ajusticiaron al pobre Ibn-Abdalá? Según los científicos de Apeiron, no. Los rexinoos, como ellos los llamaban, eran sólo extensiones de la criatura principal que estaba oculta en algún lugar del Remoto Norte. Cuando tuve una de aquellas horrendas criaturas bajo la piel del cuello, abriéndose camino hacia mi cerebro, había tenido visiones en las que aquel demonio, al que los ciudadanos llamaban simplemente el Adversario, se había presentado como un león ofreciéndome compartir el mundo con él.

Y ahora dirigía su ejército de inhumanos gog contra las puertas de la ciudad.

¿Valía la pena morir por Apeiron? Ya había llegado a la conclusión, tras las semanas transcurridas desde mi llegada, de que aquélla no era la ciudad de Dios. Era un lugar de hombres, con todos sus defectos y virtudes, y la única diferencia entre ellos, y las gentes de Europa que conocía, era que ellos tenían ciencia. La habían desarrollado durante dieciséis siglos, y ésta les daba un poder y una perspectiva del mundo completamente diferente a la del resto de la humanidad. Pero su pequeño mundo estaba lejos de ser perfecto.

¿Valía la pena morir por él? Quizá sí. Quizás, aunque aquella no fuera la auténtica ciudad de Dios, sí tendría un papel decisivo en el desarrollo de la lucha contra el Mal. Quizás era sólo una pequeña aportación, pero yo debía dar gracias al Altísimo si me había permitido participar en algo así.

En un segundo vuelo de reconocimiento, el Ammán descubrió que a un par de jornadas tras los primeros jinetes gog, venían las máquinas de asalto, los elefantes, y trescientos mil jinetes más.

La ciudad empezó a prepararse para el asedio que, según los consejeros, era una posibilidad inaceptable. Los víveres guardados en almacenes y graneros del exterior, fueron trasladados al interior de la ciudad. Los viejos pozos de suministro de agua fueron nuevamente abiertos, y llenados hasta sus topes. Los seis aeróstatos fueron conducidos desde el tinglado y amarrados a los mástiles de las torres más altas de Apeiron. El suministro de vapor y agua fue racionado y reducido al mínimo imprescindible.

Los sistemas defensivos que circulaban sobre las murallas fueron revisados y puestos a punto.

Las murallas eran enormes, y a mí me parecían infranqueables. Su parte superior era tan amplia que permitía el trazado de dos vías de hierro paralelas por las que discurrían vehículos de vapor cargados de sifones de fuego griego. Gracias a aquellas vías, podían concentrarse rápidamente en cualquier punto de las murallas que estuviera siendo atacado. Y, para encerrar el terreno de las afueras situado dentro del alcance efectivo de los sifones, fue rápidamente construida una antemuralla de ladrillo cocido, de cuatro varas de altura, que formaba una línea de circunvalación situada a ochenta varas de la muralla principal.

Todo estaba dispuesto cuando la vanguardia de los gog acampó un par de millas delante de la puerta mediodía de Apeiron.

<p>8</p>

A la hora prima del día de la batalla, cinco embajadores de la ciudad acudieron al campamento tártaro escoltados por sólo una docena de dragones.

Yo iba con ellos, así como la consejera Neléis. Al principio, había intentado disuadir a los consejeros de que expusiéramos nuestras vidas colocándonos nuevamente al alcance de esos demonios, pero la Asamblea no estaba dispuesta a empezar la lucha sin antes darle una oportunidad al diálogo. Ésa era la forma de ver las cosas de la ciudad.

Acepté que, en la mayor parte de los casos, ésa sería una actitud correcta.

– Sabemos que los protohombres, es decir, los gog, que es como vosotros los llamáis -me explicó Neléis-, son esclavos del Adversario; con ellos no hay posibilidad de dialogar. Pero junto a los gog viaja un gran número de tártaros, completamente humanos, y sin duda engañados por los gog que han copiado sus costumbres y estilo de vida. Para ellos esto es sólo una incursión más, y no comprenden el alcance de lo que están haciendo, ni las auténticas intenciones de sus aliados.

Había oído contar historias terribles sobre los auténticos tártaros antes de haber visto ningún gog. Si la consejera creía que eran gentes razonables se equivocaba. Pero, como bien decía Neléis, eran humanos y, aunque aliados del Mal, quizás hubiera alguna oportunidad para ellos. Tal vez valía la pena intentarlo.

Sentados bajo un inmenso parasol, presidido por el horrible emblema tártaro -los nueve tridentes y las nueve colas de yak-, nos esperaban los líderes de la horda.

Tres tártaros blancos, cuatro tártaros amarillos y dos gordos gog.

Reconocí en el bestial y gigantesco Dorga a uno de los dos jefes gog. Sentado a sus pies estaba, mirándole con unos ojos vacunos, el repugnante sacerdote nestoriano.

Era evidente que aquellos demonios me habían dejado salir con vida de su campamento tan sólo porque el poseído Ibn-Abdalá me acompañaba. Después, habían levantado su campamento y se habían dirigido a Samarcanda, para reunirse con el resto de aquel ejército diabólico.

Neléis y los otros tres embajadores ofrecieron la paz a cambio de oro a los tártaros; sin mirar ni una sola vez a los dos gog.

– Lo que deberíais preguntaros -dijo Neléis hablando en siríaco, de modo que apenas pude entender una parte de sus palabras, aunque más tarde ella me describiría con detalle la conversación- es cuánto podéis perder al atacarnos y cuánto podéis ganar al no hacerlo; y sobre todo, cuál es el objetivo de vuestro ataque. Nuestra ciudad se levanta en medio de un árido desierto y no tiene más riquezas que las que ahora os ofrecemos. ¿Por qué arriesgaros a sufrir numerosas bajas por nada?

Otros sacerdotes nestorianos, que también acompañaban a los tártaros blancos y amarillos, se apresuraron a traducir las palabras de los embajadores a la gutural lengua de aquellos hombres.

– Volvemos a encontrarnos, anciano -dijo alguien, hablando en griego. Me volví y comprobé que era el gordo nestoriano de Dorga quien se había dirigido a mí. Me estremecí de ira, pero, siguiendo las indicaciones de Neléis le ignoré.

– ¿Ya no me recuerdas, idólatra? -me sonrió sardónicamente el nestoriano-. ¿Qué sentiste cuando contemplaste cara a cara el rostro del Señor de este Mundo?

Hubiera deseado poder cerrar mis oídos para dejar de escuchar a aquel ser embebido por el Mal. Intenté concentrarme en lo que los tártaros respondían a Neléis, pero, por supuesto, no logré entender nada de las palabras de los herejes nestorianos.

Pero la expresión de Neléis y los demás no me gustó nada.

– ¿Qué sucede? -pregunté.

– Nos vamos -dijo la mujer-. No hay nada más que hablar aquí.

– ¿Qué han respondido a vuestra propuesta de oro a cambio de paz?

– Regresamos a la ciudad, Ramón -me susurró la mujer-. Pero muy lentamente.

Los embajadores y los dragones que nos acompañaban se dieron la vuelta, y empezaron a caminar en dirección a Apeiron. Percibí claramente el sutil movimiento de los dragones con el que desbloqueaban los seguros de sus armas.

– No hay negociación posible, Ramón -me dijo la consejera sin dejar de mirar hacia delante-. Son fanáticos. Ellos piensan que los demonios somos nosotros y que nuestra Apeiron es la ciudad del Mal… ¡No te vuelvas!

Había girado la cabeza levemente al percibir el movimiento de los tártaros. Un numeroso grupo de jinetes, todos gog, habían salido del campamento y se habían situado a ambos lados de los embajadores, como si de una escolta se tratase. Pero las expresiones de sus bestiales rostros no eran nada amigables.

– Mira hacia delante, Ramón -insistió la consejera.

Obedecí, y los dragones nos rodearon protegiéndonos con sus cuerpos, y con sus armas ya claramente preparadas en sus manos. Avanzamos así un largo trecho por las afueras, pisoteando la arena del desierto, los caballos gog al paso, manteniendo la distancia. Pero las puertas de la falsabraga de ladrillo rojo parecían estar desesperadamente lejos.

Un aeróstato descendió directamente frente a nosotros. Los caballos gog se encabritaron, y a punto estuvieron algunos de derribar a sus jinetes. Neléis tiró de la manga de mi túnica para que no me detuviera ni redujera el paso.

Una escalerilla descendió por un lado del puente. Los embajadores y yo nos apresuramos a subir por ella, sin que los sorprendidos gog intentaran impedírnoslo. Después, el aeróstato se elevó majestuosamente, y regresamos a Apeiron.

Al mediodía, con un aire frío y seco levantando la arena del desierto, los defensores de la ciudad se habían desplegado por las afueras, formando una figura semejante a la de una gigantesca águila con las alas abiertas. Mil dragones ocupaban el ala derecha, muy separados entre sí, para oponer la máxima superficie de fuego al enemigo. Otros mil dragones, con una disposición similar, dibujaban el ala izquierda. Los trescientos almogávares formaban el pecho del águila; estaban divididos en tres compañías de cien hombres cada una, al mando del adalid Joanot, y los almocadenes Ricard y Sausi.

Las puntas de las alas del águila se curvaban ligeramente hacia delante, formando una suave media luna. La idea era que los jinetes que atravesaran la zona central para enfrentarse a los almogávares tendrían que soportar antes una lluvia de fuego lanzada por los dragones. Así mismo, los almogávares estarían en disposición de acudir a reforzar las alas, en caso de que fueran atacadas por los gog.

El plan había sido diseñado por el general Esténtor, que dirigiría la batalla desde su puesto de mando en el aeróstato Teógides. Esténtor usaría el telecomunicador para enviar sus órdenes a los capitanes de los dragones. Joanot, Ricard y Sausi también tenían receptores, semejantes a un botón que se introducía en la oreja, unido por un cable a una pequeña caja de metal. Desde su privilegiado puesto de mando en las alturas, Esténtor tendría una visión del campo de batalla que ningún general en la historia había tenido jamás, y gracias al telecomunicador, podría hacer reaccionar a sus tropas en consecuencia y con rapidez.

Los otros dos aeróstatos; el Ieragogol y el Demetrio, iban cargados de bombas y de suministros para los combatientes, y en un momento dado también podrían arrojar sus bombas contra los gog.

Yo iba en el Teógides, junto al general Esténtor, y desde el cielo pude ver la impresionante alfombra negra que cubría el desierto frente a la pequeña águila formada por los defensores de la ciudad. Iban a necesitar de todos aquellos recursos si querían sobrevivir a una batalla tan desigual como la que se avecinaba.

El combate empezó.

Los tártaros cargaron sobre el ala izquierda de los dragones. Dos asaltos sucesivos no lograron atravesar las barreras de fuego que los dragones levantaron frente a sus caballos, pero la violencia de sus ataques casi suicidas hizo retroceder a los dragones. Joanot envió a Ricard y a su compañía a apoyarlos. Una tercera carga, con quizá un millar de gog, se enfrentaron a los cien catalanes de Ricard.

Presencié cómo los mejores jinetes tártaros, ante una fuerza numéricamente muy inferior, se batían en retirada bajo el fuego de los pyreions almogávares.

En el aeróstato todo el mundo vitoreó aquella primera victoria. Pero era demasiado pronto para alegrarse, pues casi inmediatamente, las tropas de la ciudad sufrieron un duro revés, que hubiera podido resultar desastroso de no ser por el valor que demostraron los hombres de Joanot.

Los tártaros habían penetrado profundamente en el ala derecha de los hombres de la ciudad. Habían saltado con sus caballos por encima de la ardiente barrera de cadáveres gog que habían ido amontonándose frente a la línea de dragones, impidiendo la visión de lo que sucedía delante. Sorprendidos por el nuevo frente que iba hacia ellos, se los vieron encima demasiado pronto como para hacer un correcto uso de los sifones de fuego griego. Una andanada de flechas disparadas a cortísima distancia atravesó las armaduras rojas de los dragones.

Desde su puesto de mando en el Teógides, el general ordenó a Joanot que acudiera en auxilio del ala derecha de los dragones. Aunque él mismo se encontraba en dificultades, y acababa de rechazar una carga de los gog, obedeció. Los almogávares llegaron a tiempo para sorprender a los jinetes tártaros por detrás, y cogidos entre dos fuegos, fueron rápidamente exterminados.

Cuatro horas después del inicio del combate, las cosas parecían estar como al principio. Almogávares y dragones habían conseguido estabilizar sus alas y desalojar a los tártaros atacantes que dejaron tras de sí las arenas del desierto ennegrecidas de cadáveres calcinados. Calculé que los gog habrían tenido ya unas cinco mil bajas, pero eso no parecía importarles mientras reagrupaban sus fuerzas y se preparaban para un nuevo asalto. Era apenas una gota de agua en el mar. Comprendí entonces lo desesperado de aquella lucha; almogávares y dragones no podían vencer contra una fuerza tan infinitamente superior; al final caerían agotados, cada hombre rodeado de montículos de cadáveres gog, sin fuerzas en los brazos para seguir disparando.

Entonces, un mínimo de cien mil jinetes gog se lanzaron a la vez contra el frente formado por los dragones y los almogávares. Contemplé con horror cómo aquella inmensa formación atravesaba a toda velocidad las afueras. Una cortina de polvo se elevó hacia el cielo del desierto, a la vez que el estruendo de la carga nos llegaba a los ocupantes del Teógides como si se tratara de un súbito terremoto. Decenas de miles de pezuñas pateando contra la arena; cien mil gargantas aullando salvajes gritos de guerra.

Me pregunté cómo verían Joanot y los demás aquella marabunta que se les venía encima. El efecto debía de ser aterrador contemplado desde el suelo. O quizá no. Pocos soldados pueden ver una batalla como yo la estaba viendo ahora, o comprender lo que realmente está sucediendo mientras se desarrolla la lucha; cada almogávar estaría aislado en el reducido y frenético entorno de su propia experiencia inmediata; morir o matar, y repetir esto una y otra vez.

Joanot y sus almocadenes apenas tuvieron tiempo de disponer a los almogávares en sus puestos antes de que los gog se les vinieran encima. Aguardaron hasta que los jinetes de vanguardia estuvieron a cincuenta pasos, y abrieron fuego.

Los jinetes gog cabalgaron en línea recta hacia las bocas de los pyreions almogávares, antes de caer o volver grupas. Los que daban vueltas en torno a los cuadros buscando abrir brechas por los flancos, pronto se vieron rociados por los chorros cruzados de líquido ardiente enviados por los dragones; y al girar para atacar de nuevo, sus monturas aterradas y abrasadas por las llamas iban de aquí para allá, de un ala a otra, para acabar cayendo en confusos montones humeantes.

Pero, tal y como yo había supuesto, eran demasiados para ser contenidos.

Los almogávares ejecutaron a la perfección los muy ensayados movimientos de fuego por descargas, pero fue como disparar proyectiles contra una inmensa ola marina que se les viniera encima.

Los gog los rebasaron, dejando tras de sí la arena empapada por la sangre de los almogávares. Los dragones no podían acudir a ayudar a los catalanes, pues ellos mismos estaban soportando un ataque masivo de los gog. Los almogávares atacaron entonces a los jinetes con los cuchillos sujetos al extremo de sus pyreions, pasando a un sangriento y desesperado cuerpo a cuerpo, pero el combate ya estaba decidido.

Esténtor gritó a través del telecomunicador, a sus capitanes y a los almogávares que retrocedieran hacia la ciudad; pero abajo la confusión era tan enorme que nadie hizo ningún movimiento organizado hacia ningún lado.

El general de los dragones ordenó entonces a los otros dos aeróstatos que iniciaran su ataque con bombas contra la retaguardia de los tártaros. Las dos naves picaron hacia el campamento enemigo, y dejaron caer una lluvia de pellas sobre las picudas tiendas de los tártaros.

Las pellas estaban compuestas por dos semiesferas de cristal unidas entre sí de diez pulgadas de ancho cada una. Cada una de las semiesferas estaba herméticamente cerrada y contenía uno de los dos componentes que formaban el fuego griego; al estrellarse contra el suelo las esferas se rompían, y los componentes se mezclaban. Cada una de las dos naves dejó caer un millar de aquellas bolas de fuego sobre las yurtas de los gog, y el resultado fue la más gigantesca y satisfactoria llamarada que jamás hubiera contemplado. La combustión fue tan súbita y violenta que el aire desplazado por el calor hizo tambalearse al Teógides, y una enorme seta de fuego se elevó desde el centro del campamento gog.

Los gog atacantes quedaron sobrecogidos y paralizados por aquella deflagración a sus espaldas, y los supervivientes almogávares y dragones aprovecharon su momento de confusión para retroceder hacia las antemurallas de Apeiron.

– Bien -dijo el general-; creo que van a aprender la lección y no volverán a acampar con sus tiendas tan cerca unas de otras.

Me sentía tan feliz por ver que algunos de mis compañeros habían logrado salvarse, que ni siquiera me cuestioné el hecho de que los que ocupaban aquellas tiendas en aquel momento eran las mujeres y los hijos de los guerreros gog.

Las puertas de la antemuralla se habían abierto, y los supervivientes entraban rápidamente en su interior. Los tres aeróstatos se situaron entre las puertas y los gog que, pasada su sorpresa, parecían estar reorganizándose para lanzar un nuevo ataque.

A una orden del general, las tres naves soltaron todas las pellas que les quedaban, creando un muro de fuego frente a los gog. Éstos respondieron lanzando flechas contra los aeróstatos. Algunas atravesaron el suelo de madera del puente del Teógides, y Esténtor ordenó que la naves se elevaran. Aprovechando esto los gog se lanzaron como bestias rabiosas hacia los defensores que huían, atravesando sin inmutarse la cortina flamígera que les separaba.

Las puertas de Apeiron estaban abiertas de par en par y si los gog rebasaban la línea de ladrillo rojo de la antemuralla, penetrarían en la ciudad de cristal como una avalancha de muerte. Pero, mientras los dragones y almogávares cruzaban el terreno abierto entre la muralla y la falsabraga, cinco gigantescas figuras abandonaron la ciudad y les hicieron frente a los enloquecidos gog.

Eran cinco caballeros caminantes, que avanzaron firmemente hacia la vanguardia de atónitos gog. Los sifones de fuego griego aún no habían podido ser instalados, y cada uno de los titiriteros que manejaban a los gigantes era protegido por dos dragones.

Los gog cargaron contra aquellos cinco gigantes acorazados que lanzaban chorros de vapor por las viseras. Pero los caballeros caminantes partieron en dos a cuantos jinetes se les fueron aproximando. Los gog no tenían nada que hacer contra la inhumana fuerza de aquellos gigantes, y lanzaban flechas que rebotaban inútilmente contra sus petos. A cada mandoble, los caballeros caminantes partían en dos a un gog o a su montura, y en ocasiones a ambos de un solo tajo. Los dragones protegían los flancos de los titiriteros y rociaban con fuego griego a los gog que intentaban atacarles. De esta forma, los caballeros caminantes penetraron en las filas de los gog, dejando cinco surcos de demonios peludos muertos y horriblemente mutilados.

Pero la buena suerte no iba a durar para siempre, y los gog tenían a su favor el enorme poder de su número. Ver a los caballeros caminantes avanzar entre los gog, era como ver a cinco escarabajos atravesar un hormiguero. Las hormigas saltaban inútilmente sobre ellos, intentaban perforar sus gruesas armaduras sin conseguirlo; pero al final las hormigas siempre vencen, y los aparentemente invulnerables escarabajos acaban aplastados por una masa de diminutos y frágiles insectos.

Algo similar sucedió allí. Uno de los caballeros quedó repentinamente inmóvil, sin que supiéramos por qué, con su espada alzada sin acabar de descargar su golpe. Los dragones que escoltaban al titiritero se vieron pronto abrumados por la masa de demonios gog que se les echaron encima. Fueron abatidos, y tras ellos, inmediatamente, el titiritero fue arrancado de su armadura y destrozado.

Los otros cuatro avanzaron unos pasos más; en el centro de cinco círculos que eran como burbujas en un negro mar de gogs. Los demonios se mantenían prudentemente fuera del alcance del acero de los caballeros, y lanzaban una andanada tras otra de flechas contra los dragones, que fueron abatidos uno tras otro. Después, los gog se lanzaron contra los titiriteros y acabaron rápidamente con ellos, dejando a los caballeros caminantes convertidos en inútiles estatuas de aspecto desafiante.

Pero, para entonces, almogávares y dragones ya estaban a salvo en el interior de Apeiron, y las puertas de la ciudad habían sido cerradas y aseguradas.

Las baterías defensivas situadas sobre el muro se habían agrupado para proteger también la puerta del ataque de los gog.

Pero los jinetes no atacaron. Retrocedieron hacia su campamento en llamas, dejando en la arena de las afueras a más de treinta mil de los suyos.

Mil dragones, y más de un centenar de almogávares habían quedado también tirados en medio del terreno que separaba las puertas de Apeiron del campamento gog.

No había forma de comparar las pérdidas de los dos bandos; aquello había sido un desastre para los dragones que habían perdido una tercera parte del total de sus fuerzas, y para Joanot, que había visto morir a la mitad de sus camaradas.

Una tragedia si, tal y como habían anunciado los exploradores, otros quinientos mil tártaros se dirigían hacia aquel lugar, provistos de máquinas de asedio y elefantes.

Ricard había resultado herido con una flecha gog en el abdomen y Sausi había tenido que arrastrarle hasta el interior de la ciudad. Pero los médicos de Apeiron me aseguraron que el almogávar se recuperaría. Un flechazo en el vientre solía ser una herida mortal en cualquier parte del mundo menos en Apeiron.

Era una pena, pensé, que entre sus muchas habilidades no estuviera también la de resucitar a los muertos, porque sólo así tendrían los defensores una oportunidad.

<p>9</p>

El resto del ejército del Adversario se reunió con su vanguardia en el transcurso de esa noche. Los ciudadanos de Apeiron abrieron las conducciones que llevaban agua desde la Represa a la ciudad y el terreno situado entre la muralla y la falsabraga se convirtió en un enorme barrizal.

Al amanecer del día siguiente el enorme ejército sitiador avanzó en bloque hacia las murallas de Apeiron.

El aire de la mañana era frío, y me estremecí dentro de mi viejo jubón de viaje. Pero aquel temblor no era sólo causado por la baja temperatura. La masa viviente que se nos venía encima era impresionante; como si la arena del desierto se fuera, poco a poco, transformándose en enemigos frente a nosotros. A mi lado, Joanot dijo:

– Creo que no vamos a sobrevivir a esto, anciano.

Una montaña de arena parecía estar formándose al frente de la horda invasora. Era como una gigantesca duna que crecía más y más a cada instante que pasaba. El viento del amanecer arrastraba la arena de la cúspide de aquella duna creando una impresionante columna de polvo.

– ¿Qué es eso? -pregunté.

– No lo sé -dijo Joanot-; jamás vi nada igual.

Recordé el relato de Ibn-Abdalá sobre la toma de Bagdad por los gog, la niebla que avanzó hasta cubrir la ciudad, y la masacre que se produjo a continuación, y me pregunté si eso mismo es lo que iba a suceder allí, sin que todo el poder de la ciudad pudiera impedirlo. Al imaginar a los civilizados y amables ciudadanos de Apeiron en manos de aquellas bestias, sentí cómo mis entrañas se estremecían.

Cuatro de los seis aeróstatos de la ciudad; el Teógides, el Ieragogol, el Demetrio, y el Paraliena, iban a participar en el combate desde el aire; habían sido cargados de bombas y sifones de fuego griego. Se soltaron de sus mástiles de sujeción y, sobrevolando la ciudad, se dirigieron hacia el ejército invasor.

La enorme duna que avanzaba en la vanguardia gog, crecía a cada momento. La arena debía de ser empujada por una fuerza enorme para apilarse de esa forma; era como una gran ola que lentamente se acercaba a la primera línea defensiva.

Tras la arena, empujándola y apilándola, estaba la más gigantesca máquina de guerra que jamás se hubiera visto: Una enorme pala formada por innumerables tablones de madera entrecruzados con vigas de hierro forjado, ligeramente curvados hacia afuera, arrastraba la arena del desierto apilándola frente a ella, creando la inmensa duna que avanzaba hacia la ciudad. Tras la pala, había una compleja estructura de hierro y madera que era en realidad un gigantesco arnés para, al menos, un centenar de elefantes, que servían de fuerza motriz para aquel ingenio.

Tras aquel primer maganel, avanzaban diez más que habían permanecido ocultos por la columna de polvo que levantaba el paso de los elefantes.

La primera duna se estrelló contra la falsabraga de ladrillo rojo y la destrozó sin apenas detener su avance hacia las puertas de Apeiron.

La Ieragogol bombardeó con pellas el primer maganel, pero los tártaros ya habían previsto esta posibilidad y la coyunda de elefantes estaba protegida por un mantelete de pieles. Al menos un centenar de gog corrían sobre esta cubierta y arrojaban cubos de agua, que les iban pasando los de abajo, para mantener las pieles empapadas.

El Ieragogol dejó caer un racimo de esferas de fuego sobre el maganel, y los gog del mantelete saltaron por los aires envueltos en llamas.

Pero el fuego no prendió en las pieles húmedas.

Otros gog treparon al mantelete y apagaron los restos del fuego con cubos llenos de arena. Después arrojaron más agua sobre las pieles.

El Ieragogol seguía sobre el maganel, suspendido en el aire a unas doscientas varas de altura, cuando una lanza de fuego cruzó el espacio que la separaba de suelo y se clavó en el centro de la estructura que sujetaba el puente, que estalló violentamente lanzando pedazos de su estructura de metal y madera en todas direcciones. Dos nuevas lanzas de fuego saltaron hacia el aeróstato dejando tras de sí un reguero de chispas amarillentas. Una falló y rebotó inútilmente contra su costado de lona, y la otra le dio de lleno; estalló, y la nave empezó a arder.

Los dragones que se encontraban en la bodega de la nave saltaron al vacío desesperados, envueltos en llamas. La segunda lanza de fuego debía de haber alcanzado las esferas de cristal que contenían el Juego griego, y aquel incendio pronto inflamaría la pólvora de las bombas.

Varias violentas explosiones consecutivas en la barriga del aeróstato me hicieron parpadear. El Ieragogol empezó a arder rápidamente, con unas llamas altas como torres que parecían correr por su casco de lona como almas en pena. El aeróstato se dobló por la mitad, y se precipitó contra la arena donde siguió ardiendo.

Mientras las otras naves que se situaban rápidamente a más altura, más lanzas de fuego surgieron del suelo e intentaron alcanzar a los aeróstatos.

Afortunadamente, todas fallaron.

Con un catalejo logré distinguir la máquina que disparaba aquellas lanzas de fuego: Un armazón de madera arrastrado por acémilas, con un travesero horizontal que podía ser orientado con precisión como una ballesta romana. Sobre este travesero, los gog colocaban unas gruesas y largas cañas terminadas en una especie de descomunal punta de flecha. Con una tea encendían una mecha que salía de estas puntas y, al cabo de unos instantes, el objeto se inflamaba y salía disparado a gran velocidad dejando un rastro de chispas llameantes.

Una decena más de estos artefactos, medio ocultos por el polvo, estaban preparados para ser disparados contra los aeróstatos, que se habían situado ya a más de trescientas varas de altura, donde parecían estar seguras fuera del alcance efectivo de aquellos ingenios.

El primer maganel empujado por elefantes había llegado a la zona inundada alrededor de la ciudad, y la duna de arena se había derramado sobre el barro. Se hizo a un lado para dejar pasar al segundo maganel que lanzó más arena sobre la zona encharcada, y éste dejó paso a un tercero que cruzó sobre el barro y derramó la mayor parte de la arena contra las murallas de Apeiron.

Mientras tanto, los defensores lanzaban chorros de fuego griego y bombas contra los maganeles cuyos manteletes parecían tan duros y resistentes al fuego como el caparazón de una tortuga. Cientos de gog eran barridos e incinerados en ellas cada vez, pero eran rápidamente substituidos por otros que seguían apagando el fuego y manteniendo húmedas las pieles de los manteletes.

Los aeróstatos lanzaban bombas de pólvora y esferas de fuego griego contra los elefantes, pero al tenerse que mantener a tan gran altura por los coets, sus blancos resultaban muy poco efectivos. Tan sólo en una ocasión, el Demetrio lanzó varias bombas de acción retardada que fueron a caer junto a uno de los maganeles y rodaron bajo los pies de los elefantes. Las bombas estallaron entre las patas de los animales, despertándoles de su extraña indiferencia hacia todo lo que pasaba a su alrededor. El maganel fue despedazado cuando los elefantes que lo empujaban, y que estaban sujetos entre sí, intentaron huir en todas direcciones atropelladamente. Los gog que estaban sobre su techo, cayeron al suelo y fueron pisoteados, así como los asistentes que corrían junto a la máquina cargados con cubos de agua.

El ejército del Adversario había encontrado todas las conducciones de agua, y las había destruido una tras otra, por lo que el foso que rodeaba Apeiron pronto empezaría a secarse. Intentaban extender el frente alrededor de la ciudad, realizando ataques simultáneos a diferentes sectores de la muralla. Los vehículos que corrían por las vías que rodeaban las murallas iban de un lado a otro, arrojando chorros de fuego griego hasta que la ciudad pareció estar situada en el centro de un gran lago de lava.

Pero, a pesar de todos los esfuerzos de los defensores, en varios puntos de la muralla, los terraplenes iban creciendo poco a poco.

Este pulso continuó hasta el anochecer. Una noche sin estrellas, con el cielo enturbiado por todo el humo desprendido por los incendios que rodeaban la ciudad.

Los aeróstatos regresaron entonces a sus puntos de amarre a repostar combustible y armamento. Con su iluminación reducida al mínimo imprescindible, Apeiron parecía un fantasma de la ciudad que había sido. Sus altas torres de cristal parecían ahora un bosque de tétricas agujas negras, ocupadas por hombres y mujeres asustados, que especulaban sobre cuánto tiempo les quedaba antes de que el ataque final llenara sus calles de aquellos demonios peludos y ululantes.

Mientras tanto, los ingenieros de la ciudad trabajaban a contrarreloj para fabricar una bomba que estallara horizontalmente y alcanzar así las patas de los elefantes por debajo del mantelete protector. Pero alguien descubrió que ya tenían a su disposición otro tipo de bombas, mucho más efectivas contra los elefantes, y que además no era necesario fabricarlas.

Varios cajones grandes de madera, de una vara y media de ancho cada uno, fueron cuidadosamente cargados en los cinco aeróstatos supervivientes. Un horrible zumbido llegaba desde el interior de cada uno de ellos.

Con la fantasmagórica iluminación que producían los incendios, vimos a las cinco naves dirigirse hacia los nueve maganeles que seguían apilando arena contra las murallas de la ciudad. No distinguimos caer la primera caja junto a uno de los maganeles, pero observamos inmediatamente la reacción de los elefantes que, barritando doloridos y asustados por el ataque y el zumbido de las abejas, se volvieron contra los gog que los guiaban, y despedazaron el maganel como si estuviera construido con débiles cañas, y no con duro hierro y gruesos maderos.

Esto se repitió nueve veces, y en todas el resultado fue el mismo. Los aeróstatos no tenían que descender demasiado para dejar caer las cajas llenas de abejas, lo que les evitaba el riesgo de ser alcanzados por los coets de los tártaros.

A la mañana siguiente, contemplamos los restos destrozados de los maganeles diseminados por las afueras de la ciudad. Y también los miles de cadáveres gog, esparcidos por la arena, que pronto empezarían a pudrirse al sol.

El ejército del Adversario había retrocedido hasta establecer un cerco a una milla de Apeiron.

Había dejado de amontonar arena contra las murallas, y había renunciado a un ataque masivo. En cambio, parecían prepararse para un largo sitio.

Lo que Neléis y el resto de consejeros más habían temido.

– Esas bestias ni siquiera retiran a sus muertos -dije.

– ¿Para qué? -se preguntó Neléis con gesto desolado-. Si consiguen provocar una peste en la ciudad, habrán vencido.

Joanot y el general Esténtor llegaron en ese momento a la torre donde se había reunido la Asamblea. Ambos estaban cubiertos de polvo y cenizas arrastradas por el viento desde los múltiples incendios. El gesto de ambos era de infinito cansancio.

El anciano consejero Nyayam, tras saludar a los dos guerreros, afirmó que no les sería posible esperar eternamente, tras las murallas de Apeiron, a que los gog se cansasen y abandonaran, porque mientras existiera el Adversario jamás se retirarían.

Uno de los consejeros le preguntó qué quería decir, y el anciano dijo que éste era el momento de pasar a la acción, mientras aún nos quedaran fuerzas.

Quise saber si eso significaba que la expedición prevista para llegar hasta su guarida en el Remoto Norte se iba a realizar entonces.

– Sólo le vamos a devolver algo del daño que él nos ha causado -dijo Nyayam.

Esténtor protestó, diciendo que si enviaban todos los aeróstatos al Remoto Norte la ciudad quedaría completamente desprotegida frente a otro ataque de los gog.

– Sólo viajarán dos naves al encuentro del Adversario -replicó Nyayam-. Las otras tres se quedarán en la ciudad.

– Sólo dos naves para enfrentarse al Adversario… -musitó Neléis.

– Dos naves y doscientos hombres -insistió el anciano consejero-. Debemos aceptar las cosas tal y como vienen, y recomponer nuestros planes de acuerdo con las circunstancias que nos dominan.

– ¿Creéis que si destruimos al Adversario -pregunté- el asedio a la ciudad terminará?

Nyayam negó con su delgada y oscura cabeza y dijo:

– No podemos estar seguros de eso. Probablemente no. Después de todo, por lo que sabemos, el Adversario tan sólo controla directamente a un puñado de sus esclavos. El resto siguen fanáticamente las ordenes de éstos, pero también actúan por voluntad propia. Quién sabe qué harán si el Adversario muere.

– Si la muerte del Adversario no aleja a los tártaros y a los gog de los alrededores de Apeiron -intervino Joanot-, hay seis mil guerreros almogávares, a las órdenes del gran Roger de Flor, esperando en Anatolia.

Y podríamos conseguir algo más de ayuda del Imperio Romano; pues, a fin de cuentas, Constantinopla está en deuda con vosotros.

Nyayam asintió con sobriedad.

– Sí, es posible que haya llegado el momento de salir a la luz; de que los logros que hemos conseguido alcanzar en Apeiron sean compartidos por toda la humanidad. Esto marcará, sin duda, el inicio de una nueva época. Pero antes tendremos que acabar con la amenaza del Adversario…

Iba a empezar entonces la parte más extraña de mi aventura; un viaje de locura que me haría dudar de mi razón cada vez que intentara revivirlo.


Iustitia, Prudentia, Fortinudo, Temperantia, Fides, Spes, Charitas, Patientia, Pietas

1

<p>1</p>

La Salaminia había sido cuidadosamente pertrechada para el viaje hacia el mediodía, hasta la ciudad de Samarcanda. Aquélla iba a ser la prueba de fuego para los aeróstatos, que hasta entonces se habían limitado a cortos vuelos por los alrededores de Apeiron, sin alejarse nunca más de unas decenas de leguas de la ciudad.

En esta ocasión el vuelo duraría varias horas, para recorrer una distancia que a pie nos hubiera llevado varias jornadas.

Diez almocadenes almogávares, entre los que estaban Sausi Crisanislao y Ricard de Ca n', realizarían el vuelo junto a una pequeña falange formada por veinte dragones de la ciudad. Aquél era un viaje de reconocimiento, para comprobar la información dada por Ibn-Abdalá sobre la concentración de tártaros en los alrededores de Samarcanda, por lo que los ocupantes del aeróstato se habían reducido al mínimo.

Viajarían también el propio Ibn-Abdalá, y cinco sarracenos que afirmaban conocer la región tan bien como el cadí. Y también iría yo.

– La idea -me había explicado Neléis-, es experimentar las reacciones de los hombres al viajar a bordo de una nave voladora, además de comprobar el funcionamiento y la respuesta de la propia Salaminia.

Es posible, y yo no dudaba de que aquello tuviera su lógica, pero hubiera deseado no ir. Aún me asustaban aquellos gigantescos leviatanes voladores y, lo que era más importante, llevaba varios días estudiando y dibujando uno a uno todos los componentes de la maravillosa máquina analítica, y sentía que estaba cercano al momento en que podría comprender perfectamente su funcionamiento. No deseaba embarcarme precisamente entonces en un nuevo viaje, aunque fuera a durar sólo unas horas.

Pero Joanot me convenció:

– Los almocadenes que irán a bordo de ese barco volador te necesitan, Ramón.

– ¿A mí? -Me extrañaron sus palabras.

– Precisamente a ti. Tú nos has traído hasta aquí; eso lo saben todos y confían en ti, anciano. Son unos hombres valientes, bien lo sabes, pero no es un secreto que ese viaje les asusta mortalmente.

– Lo entiendo, porque a mí también me asusta.

– Es normal, no parece una forma natural de viajar, parece cosa de brujas, pero si no es con esos navíos mágicos, no podremos alcanzar el Remoto Norte de ninguna forma. En un futuro, Ricard y los demás almocadenes, insuflarán valor al resto de los almogávares para que monten en esos aparatos, pero ahora necesitan de tu guía para tener la suficiente confianza como para ir ellos.

– ¿Aunque esté completamente aterrorizado?

Joanot de Curial rió con ganas.

– Tú siempre pareces mortalmente asustado, anciano, pero te meterías de cabeza en un volcán si creyeras que eso iba a servir para algo.

De modo que no tenía muchas opciones, pensé mientras me echaba hacia atrás para contemplar la enorme envergadura del aeróstato.

Había sido sacado del interior del tinglado por un numeroso grupo de hombres que lo sujetaban y dirigían con ayuda de unas largas cuerdas, hasta que su proa quedó sujeta a una especie de torreta de madera. Estaban probando la máquina de vapor, y pude ver los dobles chorros de vapor surgir de los costados de la nave, exactamente igual que si de un leviatán se tratase.

Tenía que admitirlo una vez más: aquella máquina me daba pavor. Vi entonces al grupo de almogávares con Ricard y Sausi a la cabeza. Aunque intentaban demostrar valor, los conocía lo suficiente como para ver el miedo que les embargaba. Miraban la gigantesca nave flotante y hacían chistes para ahuyentar sus temores. Llegué a oír a uno de ellos comparar el tamaño de la Salaminia con el tamaño de su pene, y todos estallaron en carcajadas.

Los sarracenos formaban un compacto grupo un poco más allá. También observaban el aeróstato, pero ninguno de ellos reía. Hablaban su lengua en voz baja, y cuando me acerqué, enmudecieron. Ibn-Abdalá me salió al paso.

– ¿Tú también vendrás con nosotros? -me preguntó el cadí.

– Eso parece -le respondí, mirando de reojo a los otros cinco sarracenos. Y añadí al cabo de un instante-: tu información sobre los tártaros en Samarcanda ha resultado valiosa para los ciudadanos. Te están muy agradecidos.

Ibn-Abdalá hizo un gesto de desinterés.

– Tan sólo dije la verdad.

– ¿Has cambiado de opinión sobre los apeironitas?

– Sólo intento colaborar -dijo rápidamente el cadí-. No me gusta esta gente, pero los tártaros y los gog son los enemigos de mi pueblo.

– No pareces preocupado por subir a bordo de esa máquina -observé.

El sarraceno se volvió a mirarla antes de contestar.

– No va a ser la primera vez, hermano del Libro; yo viajaba a tu lado cuando inconsciente te llevaban hacia la ciudad. Entonces me sacié de todo el miedo posible.

Amanecía cuando llegó un vehículo de vapor arrastrando un flotador con los dragones a bordo. Descendieron por la escalerilla, cargados con todos sus pertrechos, y tuve entonces la oportunidad de observarlos de cerca por primera vez.

Sus armaduras les cubrían todo el cuerpo y eran de un vivo color escarlata. No parecían estar hechas de metal, sino de algún material semejante a la cerámica o al cristal, pero tan fuerte como el acero y tan ligero como la madera. Cuando pregunté sobre este material a la capitana de la falange -una altísima mujer de nombre Mirina-, ésta me explicó que, al igual que los falsos cristales de los aeróstatos, se trataba de un material sintetizado a partir del aceite de piedras.

El yelmo de aquellos soldados parecía una cabeza de dragón con las fauces abiertas. La visera era de un material semejante al del resto de la armadura, pero transparente también como el cristal. Según afirmaba Mirina, protegía perfectamente los ojos del fuego y el calor.

Los dragones cargaban a su espalda dos grandes depósitos cilíndricos. Uno contenía aceite de piedras, y el otro un componente que, combinado con este aceite, se inflamaba al instante. Los dos líquidos pasaban por dos delgados tubos que iban a desembocar a los lados de una pieza metálica sobre la que estaba tallada la esfinge de un dragón, y que recordaba a las gárgolas de las catedrales. Al accionar un mecanismo situado en la panza del dragón, los dos líquidos se combinaban y la gárgola arrojaba un largo chorro de fuego por la boca.

Pero ésta no era la única arma de los dragones. Todos llevaban además una especie de lanza corta y gruesa, de sólo un par de varas de longitud, con un afilado cuchillo sujeto a un extremo. El otro extremo era de madera, y su forma se adaptaba perfectamente a la mano del que lo empuñaba. La parte central de la lanza era un tubo hueco de metal de más de una pulgada de diámetro.

Pregunté a Mirina por la utilidad de aquellas lanzas, y la capitana preparó cuidadosamente su arma y, dirigiendo el extremo del cuchillo hacia arriba, hizo fuego.

El estampido sobresaltó a los almogávares y a los sarracenos, pero no a mí que durante los preparativos del disparo había adivinado de qué se trataba. ¡Por fin algo cuyo origen podía comprender! Aquella lanza era una especie de diminuto trueno [31] de pólvora. Yo mismo había conseguido la fórmula de aquel polvo negro explosivo, y había fabricado una pequeña cantidad de él en el patio de mi alquería de Mallorca. Después había hecho un agujero en el suelo, lo había llenado con aquel polvo, y lo había tapado con una piedra. Al hacerlo estallar con una mecha, la piedra había salido disparada a más de veinte varas de altura. Y al caer estuvo a punto de alcanzarme.

– A esto lo llamamos pyreions explosivos -me dijo Mirina-; o simplemente pyreions; por la piedra que genera la chispa en su interior.

Mirina tendría poco más de treinta años. Alta, fuerte y silenciosa, como casi todos los apeironitas que había conocido hasta entonces. Lucía una corta melena negra al estilo griego, y parecía una amazona salida de algún antiguo poema. El resto de los dragones que formaban la falange, hombres y mujeres por igual, tenían una complexión similar a la de su capitana. Aquella gente conocía perfectamente sus cuerpos, y sabían cómo cuidarlos y desarrollarlos. A su lado, los almogávares parecían canijos y contrahechos; pero, como se vio más adelante, no todo está en el aspecto físico.

Ordenadamente, todos subimos a bordo del aeróstato. Dragones, sarracenos y almogávares se mezclaron por la bodega. A través de las portillas vimos cómo las hélices empezaban a girar. Todo el aeróstato vibró y un murmullo temeroso corrió por entre los almogávares y los sarracenos. Yo intenté demostrar calma y confianza en aquella máquina, pero mi frente se estaba cubriendo de sudor.

Uno de los aeronautas, que vestían una especie de largo guardapolvo gris, vino a mi encuentro y me invitó a presenciar el desamarre desde el puente.

Seguí al hombre de gris a través de la bodega y descendí por la escalerilla hasta la barcaza situada bajo la proa de la Salaminia , el puente, donde Vadinio me esperaba.

En el puente, Vadinio me fue presentando al segundo capitán, que era una mujer joven cuyo nombre era Calionira; al piloto, un muchacho llamado Melampo; y al operador del telecomunicador, un hombre de edad madura, con pelo y barba completamente blancos pero de complexión recia, de nombre Frixo.

Los otros seis aeronautas de la Salaminia eran los mecánicos del motor de vapor, y su lugar estaba en la sentina.

– Es un momento emocionante -me dijo Vadinio-, pero no hay motivos para la preocupación; estos aparatos están sobradamente probados.

Yo fingí que estas palabras me habían tranquilizado por completo, y me concentré en las maniobras de desamarre. A través de las amplias cristaleras del puente vi cómo un hombre, que se había encaramado en la torre de madera, desenganchaba la proa de la Salaminia. La nave dio un pequeño brinco pero seguía sujeta por los fuertes músculos de al menos medio centenar de hombres que mantenían aún las cuerdas de amarre entre sus manos. A una señal de Vadinio estos cabos fueron largados y la Salaminia empezó a elevarse rápidamente hacia el cielo.

Sentí la desagradable sensación de que mi estómago se había escurrido hasta mis pies, y busqué desesperadamente un punto de apoyo al que agarrarme. El murmullo de angustia que me llegó desde la bodega me demostró que, al menos almogávares y sarracenos, estaban pasando por la mismas sensaciones que yo.

Tragándome el miedo, ojeé a través de los ventanales. El suelo del desierto, y el techo curvo del tinglado, se alejaban a toda velocidad. Tragué saliva.

– Si Dios hubiese querido que el hombre volara… -empecé a decir.

– Nos habría dado alas -completó Vadinio con una sonrisa. Para el genovés todo aquello debía de ser muy divertido, consideré-. Pero nosotros somos ahora más ligeros que el aire, no te preocupes porque no podemos caer.

El genovés le ordenó al timonel que sobrevolara Apeiron, y la nave empezó a girar elegantemente en el cielo.

Vimos acercarse la ciudad desde lo lejos, como un puñado de joyas derramadas sobre las arenas del desierto. Los grandes toldos cónicos brillaban al temprano sol con una blancura deslumbrante, y sus sombras se alargaban sobre las dunas.

Distinguí el estrecho camino de hierro, delgado como una línea, que llevaba hasta el tinglado; y por él vi circular uno de los vehículos de vapor, arrastrando un flotador, que ahora parecía diminuto, de camino hacia la ciudad. Debía de ser el que había llevado a los dragones hasta el tinglado, que ya estaba de regreso.

Apeiron estaba rodeada por un cinturón de campos de cultivo que desde el aire destacaban como una diana de verde violento sobre las arenas amarillas. El verde no era uniforme, sino que formaba parches de diferente tonalidad dependiendo del tipo de cultivo que se desarrollaba en cada zona. Dispuestos en círculos concéntricos en torno a la ciudad, protegidos por aquellos enormes toldos y cuidados por una legión de campesinos que utilizaban carros, impulsados por vapor, para labrar la tierra; y que eran regados por un sistema maravilloso en el que miles de delgadas conducciones de cobre llevaban el agua, gota a gota, hasta las mismas raíces de las plantas, sin que se perdiera ni se desperdiciara nada; sin que crecieran malas hierbas entre ellas.

La Salaminia sobrevoló después el mar de toldos cónicos que formaban la cúpula de la ciudad, y se alineó con un estrecho camino de tonos verdes que trazaba una delgada línea sobre las pálidas arenas del desierto, alejándose cada vez más de Apeiron.

Observé la brújula, y comprobé que nuestra dirección era jaloque.

– ¿Qué es eso? – pregunté a Vadinio, señalando el sendero verde.

– Las conducciones del suministro de agua discurren por ahí -me explicó el viejo navegante-. Esos hierbajos crecen gracias a la humedad que escapa de las tuberías. Son hierbajos muy resistentes, capaces de medrar en esas arenas salinas.

Pregunté de dónde venían esas conducciones, pues era evidente que en Apeiron se consumía una enorme cantidad de agua, no sólo para el uso personal de los ciudadanos, sino para mantener en marcha todas aquellas máquinas de vapor. Pero yo había pensado, desde un primer momento, que el agua provendría de algún pozo subterráneo situado bajo la ciudad, y nunca me había vuelto a plantear aquella cuestión.

– De la Represa , por supuesto -respondió Vadinio-. ¿La consejera Neléis no te habló de la Represa del río Oxón?

– No -negué.

– En ese caso te asombrará verla. Es la obra de ingeniería de la que los apeironitas se sienten más orgullosos.

Y por el tono que Vadinio había empleado pensé que, quizá, después de todo, el viaje iba a valer la pena.


2

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La Represa empezó a dibujarse a lo lejos, como una delgada línea que iba de un extremo a otro del horizonte.

Contemplé boquiabierto aquella nueva demostración del poder y del ingenio de los apeironitas, mientras la Salaminia se aproximaba a ella como a una muralla que cerrara el mundo entero, dividiéndolo en dos realidades opuestas; la arena reseca y salina del desierto y el agua.

Las arenas se estrellaban contra el pie de aquella muralla que se alejaba del punto donde la Salaminia se encontraba, por babor y estribor, hasta empequeñecer y desaparecer en la distancia. Sin embargo, hierbajos y matorrales crecían al pie de las murallas, alimentados por la humedad que escapaba a través de los enormes bloques de piedra que formaban el gigantesco muro.

Porque lo que había al otro lado de las piedras era un inmenso y reluciente mar.

– Los apeironitas desecaron esta zona -comprendí-. ¡Todo este desierto estaba sumergido hasta que ellos construyeron esa muralla! Pero, ¿cómo es posible? ¿Cómo pudieron dominar y contener toda esa enorme cantidad de agua?

Para Vadinio aquella obra era tan asombrosa como para mí, a pesar de que el genovés llevaba doce años en Apeiron, asimilando sus muchas maravillas, aún no se había acostumbrado a la Represa. Pero, según me dijo, los apeironitas actuales también se maravillaban con su contemplación, pues aquella ingente obra había sido realizada hacía más de mil años, cuando Apeiron era joven y llena de vitalidad.

Vadinio dudó que hoy en día pudiera ser realizada una obra de ese calibre.

La Salaminia sobrevoló la muralla. Era una gruesa masa de piedra, sin adornos ni detalles, casi vertical por el lado del desierto, y que se curvaba suavemente por el lado del mar. Continuas secuencias de olas se formaban y rompían incesantemente contra el muro, que en algunos sitios parecía muy desgastado. Mirando hacia atrás, y al ver cómo la inmensidad azul de aquel mar se cortaba bruscamente para dar paso a las polvorientas llanuras del desierto, sentí acelerarse mi corazón. El vértigo de aquella inmensa obra, el mismo concepto de dominio de la naturaleza que conllevaba, me aturdía.

– La Represa se extiende entre las desembocaduras de los ríos Oxus e Iaxartes -me explicaba el genovés-. Es un enorme espacio embalsado, y cuesta mucho mantener la Represa en perfectas condiciones, pero puede cubrir todas las necesidades de agua de Apeiron hasta el final de los tiempos. Este territorio es muy extraño, parece plano, pero en realidad se hunde suavemente, como un cuenco, hasta la ciudad, cuyo nivel está situado incluso por debajo del Mediterráneo.

– ¿Y toda el agua de la ciudad proviene de aquí?

– Prácticamente toda. Tenemos algunos pozos subterráneos, pero están casi agotados. Hay otras muchas conducciones como la que has visto, pero situadas mucho más a tramontana.

Durante las siguientes horas sobrevolamos aquel enorme mar encerrado por los apeironitas; pero, poco a poco el nivel del agua fue bajando, y el mar se transformó en un pantano por el que se arrastraban los innumerables meandros del río Oxus.

El Oxus serpenteaba perezosamente en aquella inmensa llanura empapada de agua, anegaba los campos y rodeaba las colinas. El terreno estaba sembrado de pequeños lagos, y una vegetación exuberante cubría las suaves colinas con un ondulado manto esmeralda, que se extendía hasta las blancas nubes que cubrían el cielo frente a nosotros. Supuse que en algún lugar, allí donde las nubes se fundían con el horizonte, estaba Samarcanda. A nuestros pies se veían zonas brillantes que eran recodos del río Oxus.

Las pequeñas manchas blancas que se divisaban, pegadas al cauce del río, debían de ser casas de los lugareños.

Las casas siguieron apareciendo cada vez más frecuentes, creando pequeñas agrupaciones y ocasionales poblachos. Aquella zona, sin duda gracias al continuo suministro de agua del río Oxus, estaba muy poblada. Vimos también algunos barcos pescando en el río, y barcazas transportando mercancías por él. Era extraño cruzar sobre las cabezas de aquellas gentes, contemplar sus vidas y su actividad sin conocer sus rostros, como si fuéramos espíritus del cielo sin contacto alguno con las debilidades humanas.

Aquellas casitas fueron cada vez más numerosas, hasta que descubrimos que se fundían con los suburbios de Samarcanda.

Samarcanda estaba asentada en mitad de aquella gran llanura, no muy lejos del cauce del río Oxus, y enmarcada por una cordillera montañosa azulada por la distancia. La ciudad estaba rodeada por un muro de barro prensado, y no parecía muy grande; pero fuera de aquellas murallas, Samarcanda se extendía por una gran superficie de terreno gracias a innumerables casitas blancas, semejantes a las que habíamos visto junto al río, que rebosaban a partir de ella. Estas casitas estaban rodeadas de huertas, y rodeaban la ciudad hasta una distancia de unas dos leguas. Entre las huertas había calles y plazas muy pobladas, formando pequeños núcleos de actividad como si fueran otras tantas ciudades independientes. Por la ciudad, y por entre estas huertas, discurrían innumerables acequias plateadas.

Todo esto lo sobrevoló la Salaminia , lentamente, mientras los hombrecillos que habitaban aquellas casitas blancas, salían a sus portales y señalaban el aeróstato llenos de terror supersticioso. Algunos se arrojaban al suelo tapándose la cabeza con las manos, y otros se arrodillaban y rezaban.

A una orden de Vadinio, el piloto hizo girar el timón maniobrando la Salaminia en un estrecho círculo que rodeó las terrazas de Samarcanda, y se dirigió hacia occidente.

Me sujeté a una barra de metal, para no caer al suelo del puente mientras la nave viraba. La segundo, que oteaba el horizonte con un catalejo doble, exclamó:

– ¡Por el perro! Acabo de descubrir el campamento de los tártaros. -Giró sobre sí misma, y miró en otra dirección-. Están por todas partes, Capitán.

Le entregó el catalejo a Vadinio que, tras observar lo que Calionira le indicaba, ordenó al piloto dirigirse hacia aquel lugar.

Más allá de la última de las casitas blancas, y de los últimos campos cultivados, se abría una inmensa explanada situada a jaloque de la ciudad de Samarcanda. Aquel lugar parecía ahora un inmenso mar de yurtas, las tiendas cónicas de los gog.

Sentí cómo el pelo de mi nuca se erizaba al recordar las horas pasadas en aquel inmundo campamento de los gog. Pero lo que ahora teníamos bajo nosotros era un inmenso hormiguero humano; tártaros de piel blanca o amarillenta, aunque su estilo de vida no parecía diferir mucho de los peludos y malévolos gog.

– Deben de ser más de un millón -dijo Vadinio, casi para sí-; me pregunto cómo habrán podido reunirse tantos en tan escaso margen de tiempo.

Los tártaros y los gog se hacinaban ocupando el espacio entre las tiendas, junto con los bueyes, los camellos y los caballos. Y descubrimos algo aún más sorprendente: una empalizada hecha con gruesos troncos de palmera, encerrando a toda una manada de elefantes de color gris sucio y largas trompas agitándose hacia nosotros.

Algunos tártaros habían montado rápidamente en sus diminutos y nerviosos caballos, y corrían tras la Salaminia , dirigiendo sus monturas sólo con las piernas mientras empleaban sus brazos para disparar flechas contra el aeróstato.

Algunas golpearon, con un seco trallazo, contra la base del puente.

– ¡Vamos a muy poca altura! -exclamó Vadinio, y ordenó soltar lastre.

Melampo accionó una manivela, y dos chorros de agua surgieron por los dos lados opuestos de la Salaminia. El agua fue a dar de lleno contra los jinetes que corrían tras el aeróstato, derribándolos, más por la sorpresa que por la fuerza del impacto.

La Salaminia ganó lentamente altura, y vi cómo los tártaros derribados se ponían en pie, furiosos y humillados, y agitaban sus puños hacia el aeróstato.

Casi todos eran gog.

– Ya hemos visto suficiente -dijo el genovés-; regresemos.

La brújula giró lentamente, hasta quedar alineada en dirección tramontana, y la Salaminia emprendió el camino de regreso a Apeiron.

Mucho más abajo, un grupo de tártaros, reducidos al tamaño de pequeños insectos por la distancia, seguían obstinadamente a la máquina voladora.

Bien -pensé-, que lo hagan hasta que revienten sus caballos.

Toda la nave empezó entonces a traquetear con una vibración sorda y continua.

– ¿Qué sucede? -preguntó Vadinio, con voz alarmada.

Melampo, el piloto, consultó los instrumentos; la vibración hacía difícil leer las esferas indicadoras, pero dijo:

– Perdemos potencia, Capitán. El motor tiene dificultades.

Me volví hacia Vadinio, a tiempo para ver cómo el viejo marino palidecía.

– ¿Cómo has dicho? -preguntó.

– Algo le pasa al motor -repitió Melampo-; no transmite suficiente fuerza a las hélices, se están deteniendo, Capitán.

Vadinio descolgó uno de los comunicadores internos del aeróstato -una especie de boca de trompeta unida a una manguera de cobre y lona- y llamó a la sentina.

– Atención ahí -dijo-: ¿qué está sucediendo? Perdemos potencia.

No hubo respuesta.

Y la vibración aumentaba. La nave protestaba por todas sus juntas; parecía a punto de descuadernarse. Una de las portillas de falso cristal se agrietó.

– Calionira -dijo Vadinio dirigiéndose a su segundo-. ¿Quiere ir a la sentina a ver qué sucede?

– Sí, Capitán.

Yo dudé un instante y dije:

– Yo le acompañaré. -Una desagradable idea había empezado a formarse en mi mente. Deseé con todas mis fuerzas equivocarme.


3

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En la bodega los diez almogávares nos rodearon asaltándonos con preguntas. Los dragones tampoco parecían muy tranquilos por la situación, pues la vibración seguía intensificándose. Algunos de los falsos cristales de las portillas se desprendieron, y cayeron al vacío.

– Un momento -dije alzando las manos para pedir calma. En realidad no podía culpar a aquellos hombres por su miedo ante algo que ni comprendían ni controlaban-. Ricard, ¿dónde están los sarracenos?

La pregunta sorprendió al almogávar.

– ¿Cómo has dicho, Ramón? -preguntó mirando a un lado y a otro desconcertado.

– Ibn-Abdalá y los demás -señalé, sintiendo que mis temores se confirmaban-; no los veo entre vosotros.

Ajena a todo esto, Calionira había empezado a ascender por la escalerilla de metal que llevaba a la sentina; y yo le grité que se detuviera.

La mujer me miró extrañada, con sus dos manos sujetas a la escalerilla, y me preguntó qué sucedía. Yo le pedí que dejara a uno de los almogávares ir en primer lugar.

Mirina, la capitana de los dragones, se acercó a nosotros.

Ricard tampoco entendía gran cosa, pero esto no le importaba demasiado; sabía detectar perfectamente cuándo la situación exigía despertar los hierros.

– No te preocupes -dijo apoyando su mano en el peto rojo de la armadura de Mirina-; nosotros nos ocuparemos de esto; Sausi, Pero, Ferrán y Guillem: seguidme.

Ricard y Sausi desenvainaron sus espadas, y los otros tres blandieron sus azconas y prepararon su dardos. Calionira, que ya había descendido, le cedió el sitio en la escalerilla metálica a Ricard, que iba en primer lugar.

Los cinco almogávares treparon lentamente hasta la sentina.

Calionira y yo les seguimos poco después.

Al asomar la cabeza por la trampilla, tuve una primera y desagradable sensación del calor infernal que allí había y de la confusa maraña de alambres que eran el soporte estructural de la Salaminia. La sentina era un bosque de finas viguetas de metal entrecruzándose, donde era fácil emboscarse.

Distinguí a los almogávares, unos pasos más allá, sobre el cuerpo caído de uno de los mecánicos. El pecho del mecánico estaba partido en dos por una cuchillada, y la sangre empapaba su uniforme gris.

Calionira, que subía detrás de mí, me empujó y corrió junto a su compañero muerto. Elevó sus ojos hacia los almogávares y dijo:

– ¡Lo habéis asesinado vosotros!

– Te equivocas -le respondió Ricard-. Lo encontramos ahí.

En ese momento, a. pesar de la desconcertante vibración que lo llenaba todo, escuché claramente un chasquido a mi espalda, y me giré hacia él.

Durante un eterno instante, en el que el mismo tiempo parecía haberse detenido, contemplé, con una nitidez diabólica, al sarraceno agazapado entre las viguetas de metal, con su arco tensado y una flecha cargada lista para ser disparada.

Grité al ver partir la flecha hacia mí.

Uno de los almogávares también había escuchado el chasquido y se había vuelto hacia el arquero sarraceno. Saltó entonces hacia mí, que había quedado paralizado, me empujó a un lado, y recibió el flechazo en mitad de su pecho.

Era uno de los almocadenes más jóvenes de Joanot, un almogávar llamado Ferrán con quien yo apenas había cruzado un par de palabras; ¡y sin embargo acababa de cambiar su vida por la mía!

– ¡Al suelo, Ramón! -me gritó Ricard.

Pero y Guillem arrojaron a la vez sus dardos hacia el sarraceno. Pero rebotaron inútilmente contra la maraña de viguetas. Ricard empujó a la mujer hacia delante por la pasarela, para dejar sitio a sus compañeros para luchar.

– ¿Qué sucede ahí arriba? -resonó la voz de Mirina a través de la trampilla.

– ¡Quedaos todos ahí abajo! -le gritó Ricard-. ¡Los moros nos han traicionado!

Tres sarracenos saltaron entonces sobre Pero y Guillem. Debían de haberse apostado sobre uno de los balones de aire caliente, en la parte superior de la sentina, esperando el momento oportuno para atacar. El lugar era demasiado estrecho para pelear. Los dos almogávares vieron cómo sus azconas se trababan inútiles entre los cables y viguetas.

Los tres sarracenos iban armados sólo con sus cuchillos curvos, mucho más efectivos en aquella angosta pasarela. El primero, cayó sobre la espalda de Pero, y en un instante degolló limpiamente al catalán. Guillem clavó uno de sus dardos en la espalda del sarraceno, vengando así a su amigo, y recibió a su vez una cuchillada en su costado, propinada por el segundo sarraceno. Apretándose la herida con una mano, desvió un segundo golpe con su arco de tejo.

Sausi le lanzó una estocada al tercer sarraceno, pero este fintó y apartó la hoja del búlgaro con su cuchillo. Sausi retrocedió un poco y volvió a alzar su espada, sujetándola con ambas manos esta vez. Y descargó entonces su arma sobre el sarraceno, con toda la fuerza de sus grandes brazos. El sarraceno intentó protegerse nuevamente, colocando su cuchillo en la trayectoria de la espada, pero el ímpetu de la espada del búlgaro partió en dos el cuchillo y el cráneo del musulmán.

Yo, que había permanecido agazapado durante todo el combate, escuché gritar a Calionira y me arrastré entre las piernas de los combatientes hacia la mujer y Ricard. Asombrado, vi cómo ambos forcejeaban.

– ¡No, suéltame! -gritaba la mujer-. ¡Va a estallar!

Miré hacia adelante y, a través de la pasarela central de la sentina, vi los cuerpos sin vida de los otros cinco mecánicos. También vi la máquina de vapor, vibrando en el centro, y a uno de los sarracenos que, haciendo uso de una de las herramientas arrebatadas a los mecánicos, apretaba una de las piezas de la máquina.

Ibn-Abdalá estaba plantado al otro lado de la máquina, envuelto por las nubes de vapor que escapaban por todas las juntas de ésta; sonriendo demoníacamente.

La mujer intentaba ser razonable con el almogávar que la sujetaba por las muñecas.

– Están cerrando la salida de vapor -le dijo-; la máquina explotará en unos instantes y moriremos todos.

¿Cómo podían los sarracenos conocer tan perfectamente el funcionamiento de la máquina de vapor para saber cómo inutilizarla?, me pregunté.

Pero ya sabía la respuesta.

– Las cosas nunca son lo que parecen, ¿verdad Ramón? -dijo Ibn-Abdalá, por encima de la vibración y del silbido del vapor.

El otro sarraceno seguía apretando aquella junta…

Calionira logró al fin zafarse de Ricard y, sin pensarlo dos veces, corrió hacia los sarracenos atravesando la pasarela central.

La explosión la lanzó hacia atrás, rebotando contra las viguetas, hasta casi caer de nuevo en los brazos de Ricard. Toda la parte frontal de su cuerpo estaba abrasada por la explosión de vapor hirviente.

Retrocedí, ensordecido y medio cegado por el estallido. Sintiendo cómo el viento lo azotaba todo, e intentaba derribarme con su ímpetu. Dos grandes secciones de la pared de la sentina habían desaparecido, y vi el cielo a través de los enormes agujeros; los bordes desgarrados de la lona flameaban al viento. Las viguetas de metal de la estructura habían sido dobladas hacia afuera por la explosión, y las dos grandes hélices, giraban sólo por la fuerza del viento.

Al poco tiempo, una de ellas se desprendió de sus sujeciones y, rebotando contra los restos de la estructura metálica, se precipitaba al vacío.

Era como si a la Salaminia le hubiese estallado el corazón en el pecho.

La máquina de vapor había reventado por su parte central, y el metal se había desgarrado como la piel de una granada. El sarraceno que había manipulado la salida de vapor, provocando la explosión, había quedado destrozado por ella. Vi algunos de sus miembros y trozos de su carne colgando de las viguetas retorcidas.

Hubo un instante de incrédulo silencio por lo que acababa de pasar. La lucha entre almogávares y sarracenos se había detenido, y sólo se escuchaba el retumbar de la lona desgarrada al ser vapuleada por el viento.

Entonces el vapor se disipó, y pude distinguir entre los jirones la figura de Ibn-Abdalá, impertérrito y con su espantosa sonrisa deformándole el rostro.

Una flecha cruzó el espacio y fue a clavarse en el costado del cadí.

Me volví para ver que había sido uno de los sarracenos el que había disparado.

– Él nos mintió -dijo-; no nos advirtió de esto, y de que Ibraim moriría.

Se refería al sarraceno que había estado manipulando la salida de vapor.

Casi con gesto cansado, Sausi alzó su espada para acabar con la vida del arquero.

– Alto -le detuve-, quizá necesitemos a estos dos hombres.

Mirina y algunos dragones subieron entonces por la trampilla, con sus pyreions listos para disparar; y quedaron paralizados por el desastre que allí se había producido.

Atravesé con cuidado la zona destrozada, y me acerqué a Ibn-Abdalá.

El cadí estaba tumbado de espaldas, con