José Javier Abasolo

Lejos De Aquel Instante



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Tomás Zubia observó nostálgico su despacho. Apenas le quedaban dos horas para abandonarlo definitivamente. En el futuro sólo volvería allí para saludar a su sucesor. Había recorrido un camino muy largo, casi cincuenta años, desde que salió de su tierra para afincarse en Estados Unidos. Si en su juventud le hubieran pronosticado que se jubilaría siendo un alto cargo de los servicios de inteligencia norteamericanos, lo que actualmente se conoce por las siglas CIA, habría pensado que quien se lo decía estaba loco, y sin embargo eso era lo que había ocurrido.

La causa de todo, como de otras muchas biografías truncadas, había sido la guerra, la maldita guerra. Aunque era joven para alistarse como soldado cuando estalló la guerra civil española, al final de la misma se incorporó a los núcleos de resistentes que bajo la bandera del Gobierno vasco participaron junto a los aliados en la segunda guerra mundial. Pronto se le asignó destino en los servicios de información, en los que acabó por hacerse notar, y, casi sin darse cuenta, se acopló perfectamente a las estructuras del servicio de información norteamericano, como antes que él habían hecho, si bien mayoritariamente en los servicios británicos, otros compatriotas suyos.

Al principio se trataba de una situación que se consideraba meramente transitoria. Tomás Zubia, como la mayoría de los antiguos combatientes y simpatizantes de la República, pensaba que con la derrota de las potencias fascistas vendría también el derrumbe del régimen que había surgido en España tras la victoria del general Franco en la guerra y, como consecuencia, la democracia para toda España y la recuperación de las libertades para el pueblo vasco, pero pronto comprendió que eso no iba a suceder. El enemigo de ayer podía ser un excelente aliado en la nueva situación surgida con la implantación del comunismo en la Europa del Este y su más lógica e inmediata consecuencia, la guerra fría, y así lo entendió el Departamento de Estado norteamericano. Cuando Tomás Zubia comprendió las exigencias de la nueva situación estaba ya definitivamente integrado en los servicios afines a ese Departamento y había hecho, de lo que en un primer momento no era sino un voluntariado con el objetivo de luchar por la causa en la que creía, una profesión, su profesión. Por eso, pese a su decepción inicial, se adaptó a la nueva realidad y cuando los servicios en los que desempeñaba su trabajo se transformaron en la Agencia Central de Inteligencia, él fue uno de los que se quedaron.

Después de cuarenta años, en el día de su jubilación, seguía pensando que había hecho lo correcto. Hay momentos en la vida en los que es necesario decidirse, optar, y él tomó su decisión con pleno conocimiento de causa y sin volver nunca la vista atrás. Ni siquiera había vuelto a visitar España en esos años; su vida había transcurrido casi al margen de lo que habían sido sus raíces. Sólo dos cosas mantenían en pie el cordón umbilical que le unía a la tierra que le vio nacer. La primera era su pertenencia al centro cultural vasco del estado de Idaho, pero incluso esa afiliación era meramente simbólica, ya que se ceñía a pagar una cuota anual y a asistir, de vez en cuando pero sin regularidad, a las reuniones anuales que celebraba la federación de centros vascos norteamericanos. La segunda era una pequeña joya, sin un valor económico muy elevado: un broche con los colores de la ikurriña, la bandera vasca, y las siglas JEL, el anagrama del partido fundado por Sabino Arana, al que había estado adscrito en su juventud. Pertenecía a un lote de veinticinco broches encargados por otros tantos miembros de las juventudes de su partido para regalar a sus novias con motivo del día de San Valentín. Incluso en plena guerra querían mantener esa costumbre, para darse moral y soñar con un futuro incierto; pero Begoña, la mujer con la que pensaba casarse, nunca pudo lucirlo.

Una bomba acabó con su vida. Cuando los aviones alemanes sobrevolaron Gernika no sólo destrozaron una ciudad, sino que cambiaron radicalmente la vida de Tomás Zubia. Posiblemente, si Begoña hubiera vivido él no se habría quedado en América, habría vuelto a Euskadi, pero con ella muerta el regreso ya no tenía sentido. Unos años después se casó con una norteamericana de origen irlandés que le dio tres hijos y a la que fue fiel hasta el mismo día de su muerte; pero siempre conservó consigo aquel broche que nunca pudo entregar a su primera novia. Y ahora, cuando faltaban tan sólo dos horas para jubilarse, para abandonar definitivamente su despacho, todo el pasado que creía haber enterrado volvía a cruzarse en su camino con una fuerza tal que era imposible resistirse.

Por todo el enmoquetado suelo de su despacho podían verse, desordenadamente apiladas, las cajas en las que había metido sus pertenencias personales, todos los objetos que habían conseguido, con el paso de los años, que la fría oficina desde la que Tomás Zubia impartía sus órdenes se convirtiera en un lugar cálido y acogedor. A partir del día siguiente empezaría a llenarse con otro tipo de objetos, y con el tiempo su huella desaparecería por completo para convertirse en el reducto inexpugnable de alguien ajeno a él, pero hasta que eso llegara, aunque sólo fuera durante dos horas, todavía le pertenecía.

Revisó los cajones y comprobó, satisfecho, que todo estaba en orden. Su sucesor no podría quejarse del modo en que se iba a proceder a la transmisión de funciones. Tan sólo una carpeta estaba aún fuera de su sitio, encima de la mesa. Durante unos minutos la hojeó parsimoniosamente, como si quisiera reafirmarse en una decisión ya tomada. Cuando revisó hasta su último folio, se levantó y se acercó hasta la fotocopiadora que tenía instalada en el despacho, y la fotocopió por entero. Hecho esto, guardó el original en la estantería correspondiente e introdujo las copias en su maletín.

Por primera vez en su vida había roto el reglamento al fotocopiar subrepticiamente documentación confidencial y guardarla para sí, pero en ningún momento se sintió un traidor ni un delincuente. Aquel expediente, al que había tenido acceso por primera vez hacía escasamente dos meses, le había devuelto, con toda la carga de dolor y nostalgia que ello conllevaba, a la época en la que él era un joven luchador por la democracia y le había hecho volver los ojos hacia la ciudad que le vio nacer.

Se trataba de un informe elaborado por la Agencia para la Lucha contra la Droga, más conocida por las siglas DEA, acerca de una trama de narcotraficantes ubicada en el norte de España y controlada desde Bilbao. No era extraño que en ciertos casos en los que se detectaba este tipo de redes mafiosas la agencia antidroga en lugar de intervenir para desarticularlas pasara la información a sus colegas de la CIA, sobre todo en los casos en los que los presuntos cabecillas tenían alguna significación política o social que los hacía susceptibles de ser chantajeados por la agencia para mayor honra y gloria del Departamento de Estado. El informe que acababa de ser fotocopiado pertenecía a esa serie, aunque oficialmente se había desechado por no estimarse excesivamente interesante, pero Tomás Zubia, rompiendo una norma no escrita de no involucrarse en asuntos personales, no se había olvidado del asunto, y aprovechando que tras su jubilación iba a disfrutar de una buena pensión y mucho tiempo libre, decidió encargarse personalmente del caso.

Era una decisión largamente meditada, pese a quebrantar su tradicional norma de conducta. Nunca, desde que tras finalizar la guerra mundial se instaló en Washington, se había ocupado de asuntos españoles, ni siquiera había vuelto como un turista de vacaciones, siempre se había alejado lo más posible de su antigua patria, pero ahora era diferente. Ahora estaba libre, y, además, aquel informe no hablaba genéricamente de asuntos españoles, sino que mencionaba a alguien a quien había conocido en su juventud. Sin trabajo, viudo y con sus hijos haciendo su vida, nada le retenía ya en Estados Unidos. Después de cuarenta y cinco años se cerraba el ciclo y volvía a su país natal.

Todavía le quedaba oficialmente hora y media para acceder a la condición de jubilado, pero no tenía sentido consumirlas dentro de su despacho mirando fijamente la puerta o el techo, así que recogió su maletín -las cajas ya se las llevarían a su domicilio dentro de pocos días- y salió de allí para siempre.


2

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El café era un infecto líquido de frenos y el bollo de mantequilla estaba más seco que la momia de un faraón, pero pese a ello los dos hombres correctamente trajeados que oteaban el panorama a través de la vidriera de la cafetería sorbían el uno y mordisqueaban el otro sin hacer grandes aspavientos de repugnancia.

El más bajo de la pareja observaba cómo la lluvia de aquel ventoso día de marzo golpeaba contra el cristal, no porque ningún especial hálito poético conmoviera su alma, sino porque estaba vigilando el portal de enfrente, mientras el más alto no perdía ojo a un coche que estaba aparcado a pocos metros del mismo portal.

– Ahí está -dijo el primero cuando vio cómo del interior del portal salía una mujer morena y menudita, de unos treinta años de edad, y se acercaba hasta el coche que estaban vigilando.

– Espera un momento -contestó su compañero.

Poco después vieron cómo se abría la puerta delantera derecha del automóvil y entraba un chaval de unos siete años que acababa de salir velozmente del portal.

– Te habías olvidado del chiquillo.

El primer hombre aceptó la recriminación de su compañero con un leve movimiento de hombros, y los dos, con la compenetración que da el haber trabajado muchas veces juntos, salieron al unísono del local con paso tranquilo, más bien cansino, como si la prisa fuera algo ajeno a ellos. Nada los distinguía de la multitud de trabajadores que a esa misma hora hacían lo mismo: abandonar el agradable refugio en el que habían tomado el primer café del día mientras remolonamente se acercaban hasta su lugar de trabajo. Nadie se fijó en ellos y nadie los recordaría en el supuesto de que hubiera algo que recordar.

Era miércoles y los dos hombres habían podido comprobar que todos los miércoles se enceraba el suelo del portal. Desde la cafetería habían observado con satisfacción que, cumpliendo con la rutina semanal, diez minutos antes habían entrado con sus máquinas los empleados de una compañía de limpieza y habían dejado la puerta abierta, para no tener que estar llamando constantemente cada vez que entraban y salían. Todo ello facilitaba la labor de los dos compañeros, que pudieron entrar sin ninguna dificultad. Por mera rutina comprobaron en los buzones que la persona que buscaban vivía en la quinta planta y subieron hasta allí en el ascensor.

Cuando Andoni Ferrer, un periodista casado con la mujer que acababan de ver entrar en el coche que estaban vigilando, abrió la puerta, no supo reaccionar al ver que los dos hombres que acababan de tocar el timbre le encañonaban con sendas pistolas.

– ¿Qué significa esto? -balbuceó con total carencia de originalidad.

– No se preocupe, señor Ferrer -contestó el hombre más bajo, que era quien llevaba la voz cantante-, sólo queremos charlar un rato con usted. Por favor, ¿nos permite pasar al interior de su hogar? No es por mí, que me acomodo en cualquier sitio, pero mi compañero se pone nervioso cuando tiene que permanecer en el rellano de una escalera.

Incapaz de protestar, el propietario de la vivienda los condujo hasta el salón y se sentó en una butaca aparentemente cómoda, aunque su aspecto envarado demostraba que era incapaz de relajarse. Sus dos acompañantes, por el contrario, se acomodaron en un sofá con tal naturalidad que a ojos de un extraño hubieran parecido ser ellos los dueños de la casa.

– Me imagino que sabe usted quiénes somos, señor Ferrer.

– N…n…no, creo que no.

– ¡Qué lástima, señor Ferrer, es una verdadera lástima! Pensábamos que un periodista listo y hábil como usted se haría cargo inmediatamente de la situación. Eso nos va a obligar a explicárselo todo desde el principio, con lo difícil que puede ser para alguien como nosotros, que no tenemos facilidad de palabra. ¡Qué se le va a hacer, pequeños inconvenientes de nuestro trabajo! -dijo el más bajo de los visitantes en un tono que desmentía sus palabras. Le gustaba hablar y lo demostraba con creces.

– Lo primero que podrían explicarme es por qué han entrado así en mi casa -replicó Andoni Ferrer, haciendo un gran esfuerzo para tranquilizarse.

– ¿Lo dice por esto? -comentó el portavoz de sus visitantes señalando las pistolas-. Es sólo la fuerza de la costumbre, pero si lo prefiere las guardaremos -añadió escondiéndola bajo la chaqueta y ordenando a su compañero que hiciera lo mismo-. La verdad es que nos encontramos a gusto con ellas en la mano, pero comprendemos que la gente se ponga nerviosa. ¿Mejor así?

– Sí -respondió el periodista-, pero sigo sin comprender el motivo de su actitud.

– Sinceramente lamento decirle que tiene muy poca imaginación. Es lógico que acudamos hasta usted teniendo en cuenta que está escribiendo sobre nosotros; sobre nuestros negocios, sería más adecuado decir.

– ¿Que estoy escribiendo sobre ustedes? No entiendo; creo que se equivocan.

– Por favor, señor Ferrer, nos decepciona. Pensábamos que era más inteligente. O quizá nos subestime. Eso estaría muy mal, señor Ferrer; nosotros en nuestro trabajo somos tan buenos como usted en el suyo. Queremos jugar limpio con usted, así que correspóndanos del mismo modo.

– No sé qué es lo que quieren.

– Mire, dejémonos de cuentos -habló por primera vez, y en tono irritado, el segundo de los visitantes-. Lo sabemos todo sobre usted: que se llama Andoni Ferrer Lamikiz, que tiene cuarenta y dos años y está casado con Nekane Larrondo Igartua, enfermera. Hasta sabemos la dirección del ginecólogo para el que trabaja su mujer. Tienen un hijo de siete años llamado Asier que estudia en el colegio de los padres escolapios, a cuya capilla suelen acudir los sábados por la tarde para asistir a misa. ¿Quiere que siga y enumere sus propiedades, coches y otros extremos, como el txoko [1] en el que se junta con los amigos todos los jueves, o ya tiene suficiente?

Tenía más que suficiente; estaba claro que esos dos hombres conocían a Andoni Ferrer mejor que su propia madre, así que cabizbajo admitió su derrota e invitó a los dos hombres a que siguieran hablando.

– Hay otra cosa muy importante, señor Ferrer -retomó la palabra el más bajo de sus visitantes-. Ya le hemos dicho que sabemos que es usted periodista, pero no se dedica a hacer la crónica de fútbol ni la crítica de cine o los ecos de sociedad, ni siquiera agudas e incisivas entrevistas al campeón provincial de tiro con arco; lo suyo es el periodismo de investigación. Si no recuerdo mal fue usted quien destapó el escándalo del Banco Navarro-Aragonés; un gran trabajo, todo hay que decirlo, pero desgraciadamente nos hemos enterado de que en los últimos tiempos está realizando una investigación sobre nuestras actividades, y eso no nos gusta. Somos personas tímidas y sencillas que amamos la tranquilidad y el sosiego por encima de todo, por eso preferimos que ni la prensa ni nadie se ocupe de nosotros, ¿comprende lo que le quiero decir?

– Creo que sí. Ustedes son…

– No lo diga -le interrumpió su interlocutor-, no hace falta. Lo somos. Y queremos que no siga adelante, que se olvide del asunto.

– Si creen que con amenazas van a conseguir…

– Claro que lo creemos -volvió a ser interrumpido-, a no ser que prefiera usted convertirse en mártir de la libertad de prensa. Esto que ve en mi mano -añadió sacando de nuevo la pistola y enseñándosela ostentosamente- no es un juguete que haya comprado en unos grandes almacenes para regalar a un sobrino. Esto que ve en mi mano mata. Y si a usted no le importa dar su vida por la libertad de expresión, le recuerdo que tiene una preciosa mujer que trabaja en la consulta del doctor Amorrortu en Barakaldo y que dentro de una hora y media más o menos -dijo tras consultar su reloj- bajará a desayunar al bar Ría de Arosa. Y también le recuerdo que su hijo Asier se encuentra en estos momentos en el colegio de los padres escolapios, aprendiendo a ser un buen hombre como su valeroso padre. No creo que desee ponerlos en peligro, señor Ferrer.

– No se atreverán a…

– Sí nos atreveremos, señor Ferrer, claro que nos atreveremos. Y usted debiera saberlo. Es más, creo que lo sabe pero intenta engañarse a sí mismo. Sea realista. Renuncie a escribir ese reportaje aunque sólo sea por el bien de su familia, y si no, hágalo por mí. Me repugna matar niños, pero soy un profesional, un excelente profesional, y si me ordenan hacerlo lo haré. De usted depende.

– De acuerdo, ustedes ganan. Díganme qué quieren que haga.

– Es usted listo. Empiece a hablar, cuéntenos todo lo que sepa.

Lo dijo todo. Cómo estaba su investigación, quién estaba al tanto de la misma, cómo y dónde había averiguado ciertas cosas, mostró notas y borradores, incluso parte del reportaje ya escrito. Todo, en definitiva. Cuando acabó de hablar le acompañaron hasta una sucursal bancaria en la que tenía a su nombre una caja de seguridad y le requisaron todo el material que tenía allí custodiado. No intentó engañarlos, sabía que no tenía sentido, les entregó todo, les confesó todo. Andoni Ferrer no era un cobarde. A lo largo de su carrera periodística había soportado amenazas y presiones. Había sido despedido de varias empresas. Había sufrido golpes y agresiones. Le habían sido sustraídos misteriosamente importantes documentos, e incluso reportajes que había vendido a muy buen precio no habían sido editados por la publicación compradora, pero estaba hecho a ello y seguía en la pelea, a veces con suerte y otras sin. Así es la vida, solía reflexionar filosóficamente. Pero esta situación era diferente: estaba tratando, no le cabía la menor duda, con auténticos asesinos, matones que sabían lo que se traían entre manos. No podía resistirse o su familia sufriría las consecuencias, así que no se resistió.

Pasada la una del mediodía llegó el momento de la despedida.

– Esperemos por su bien y el de los suyos -dijo de nuevo el portavoz de la pareja- que no haya intentado engañarnos. Piense que si lo hace podrá esconderse de nosotros algunos días, tal vez unas semanas, quizá, y con mucha suerte, unos cuantos meses o años, pero no podrá ocultarse toda la vida. Antes o después le encontraríamos, a usted y a su familia, no lo olvide.

– Les he dicho todo lo que querían saber y he hecho todo lo que querían que hiciera. ¿No pueden dejarme en paz? ¡Vayanse de una maldita vez! -estalló Ferrer, descargando la tensión nerviosa acumulada durante toda la mañana.

– Tranquilícese, está usted muy tenso, aunque dada la situación no se lo podemos reprochar; además, en el fondo tiene razón: es hora de irnos. Pero antes, como regalo de la casa, queremos hacerle probar algo que sin duda le hubiera venido muy bien para el desarrollo de su extinto reportaje.

Mientras el más bajo de los dos hombres pronunciaba esas palabras su compañero fue preparando, con manos acostumbradas a hacerlo, una goma y una jeringuilla. Ferrer se revolvió inquieto en su asiento al verlo.

– Estése quieto, por favor, no nos obligue a ser violentos. Sólo queremos que se evada durante un rato de la realidad. ¿O prefiere que usemos métodos más contundentes? No sea tonto y aprovéchese de la ocasión, le vamos a proporcionar gratis algo por lo que muchos matarían para conseguirlo.

Quizá la alusión a la muerte no fue muy tranquilizadora, pero el periodista comprendió que no tenía ninguna posibilidad de zafarse de sus visitantes y optó por dejar actuar al hombre alto, que, con hábiles movimientos, localizó en seguida la vena y le inyectó con la jeringuilla en el punto adecuado.

– Adiós, señor Ferrer. Quizá recuerde que los adictos a cierto tipo de drogas decían que con ellas hacían un viaje a otras dimensiones; pues bien, usted también va a experimentar un viaje fuera de lo corriente, pero no se levante para darnos las gracias, no es necesario, lo hemos hecho desinteresadamente.

Andoni Ferrer no respondió. El viaje que había iniciado era un viaje sin retorno.


3

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No es mucha la distancia física entre la Gran Vía bilbaína y la calle de las Cortes; apenas unos minutos andando separan la calle que representa el centro del poder financiero y económico de lo más característico del barrio chino de Bilbao. Antonio Jalón iba a recorrer pronto ese camino, pero no se perdía en disquisiciones sociales y económicas; para él la distancia entre esas dos calles eran tan sólo la distancia entre el lugar en el que podía conseguir dinero para sus necesidades y el lugar en el que se refugiaría para disfrutar de su dosis diaria de heroína, a la que estaba enganchado desde hacía más tiempo del que podía recordar.

Antonio Jalón había nacido en el mismo barrio donde vivía y se sentía a gusto en él tal y como era; la lucha de los vecinos por dignificar la zona y convertirla en un lugar en el que sus hijos pudieran crecer y criarse sin la compañía de la droga, la prostitución y la delincuencia le eran totalmente indiferente. Él amaba a su barrio precisamente en su aspecto más marginal y desgarrado. Era el lugar en el que podía juntarse con los colegas, encontrar su dosis diaria y vender a un perista, que le pagaba miserablemente, la mercancía que conseguía birlar. Hijo de un albañil extremeño que había fallecido de cirrosis hacía catorce años, cuando él solo tenía cinco, y de una inmigrante gallega analfabeta que sin pensión alguna ni capacitación laboral sólo pudo ganarse la vida follando con viejos borrachos y niñatos que querían estrenarse, por unas pocas pesetas, había heredado de sus padres el piso en el que vivía y el convencimiento de que no existía otra forma de vida, al menos para la gente como él.

Acerca del piso no estaba convencido totalmente de que fuera suyo. Había pertenecido a su madre antes de morir -tenía cuarenta y tres años, aunque todo el mundo le echaba más de sesenta-, pero un amigo enterado le había dicho que para que estuviera a su nombre tenía que andar entre abogados, notarios y juzgados. Bueno, pues él pasaba de todo ese rollo. El piso era suyo y basta. Además, ¿quién coño iba a querer quitárselo? Y si ese momento llegaba, entonces decidiría qué hacer.

En lo tocante a su vida personal no envidiaba ni añoraba otra. Sumido en su marginación, se había acomodado a esa manera de ser y estar. Su mundo se limitaba a beber con los colegas, echar algún que otro polvo rápido y frustrante con su chica, una adicta que se prostituía a cambio de dinero para su dosis, y la droga, sobre todo la droga. Si conseguía pincharse, no necesitaba nada más. En una ocasión un sacerdote había intentado convencerle para que participara en un programa de desintoxicación, pero él se había negado. En el supuesto de que efectivamente consiguiera desengancharse, ¿qué iba a hacer luego? ¿Intentar trabajar de albañil, como su padre? ¿Casarse con una mujer que acabaría amargada y ajada a base de pobreza e hijos? ¿Marchar, como un iluso, tras unas banderas que le prometerían a cambio de su sacrificio un mundo mejor? No, gracias. Para muchos quizá su vida fuese horrible, pero para él era su vida, la mejor a la que podía aspirar.

Por eso se encontraba aquella mañana en la Gran Vía, junto a una de las puertas que daban acceso a El Corte Inglés, sobre una motocicleta de escasa cilindrada, embutido en un traje negro que le daba aspecto de mensajero. Buscaba nerviosamente una víctima, alguien a quien poder desvalijar, ya que acababa de quedarse al mismo tiempo sin papelinas y sin pasta para obtenerlas. Y necesitaba dinero porque los camellos no le fiaban.

Pronto halló lo que buscaba. Una mujer gorda y rubia, posiblemente teñida, de mediana edad, que salía cargada de paquetes. Parecía como si le hubieran anunciado el fin del mundo y hubiera decidido liquidar ese día su cuenta corriente. Un gran bolso le colgaba del hombro izquierdo. Antonio esperó a que el semáforo que daba paso a los vehículos se pusiera en rojo y arrancó su motocicleta. Con un tirón de experto agarró el bolso y giró velozmente hacia la Alameda de Urkijo, sin oír los gritos de dolor de la señora, que había caído al suelo como consecuencia del golpe, ni los de indignación de la gente que había presenciado el hecho.

Desde la Alameda de Urkijo volvió a girar hacia Hurtado de Amézaga y muy pronto estuvo a resguardo en su casa, donde procedió a comprobar lo que contenía el bolso. Unos pañuelos de papel, un lápiz de labios, una fotografía familiar, una estampa de la Virgen de Begoña, otra de san Valentín de Be-rrio-Otxoa y doscientas noventa y tres pesetas en monedas. También una cartera con un calendario de un bar de Santutxu, el documento nacional de identidad, la tarjeta de El Corte Inglés, la de la caja de ahorros, tres billetes de dos mil pesetas y otros tres de mil. En total, dinero, que era lo que a él le interesaba, nueve mil doscientas noventa y tres pesetas. Una miseria, pero que le sacaría del apuro por el momento.

Sin ser una maravilla, no había sido un mal palo. Muchos le habían visto, pero nadie le había seguido y nadie podría identificarle.

En eso se equivocaba.

Dos hombres, que estaban en el interior de un coche mal aparcado junto a los grandes almacenes, le habían visto. No le habían seguido porque no lo estimaban necesario. Sabían dónde encontrarle, y mientras él contaba el dinero, se dirigían a su casa.

El conductor, un hombre algo más alto que su acompañante, preguntó:

– ¿Tú crees que nos servirá?

– Seguro -contestó su compañero-, no podrá negarse.

– ¿Y por qué él?

– ¿Y por qué no?

– Hay cientos como él.

– Por supuesto, pero sólo podíamos escoger uno, y éste es perfecto. Poco inteligente, drogadicto perdido, sin familia, casi sin amigos y sin ninguna conexión con nosotros. Es el hombre perfecto.

Aparcaron frente al portal de la casa de Antonio, subiéndose a la estrecha acera. Aunque aún era temprano, dos mujeres llenas de carne por todas partes se les acercaron, pero inmediatamente desaparecieron al observar el gesto hosco con que les obsequiaba el hombre alto.

El piso era el segundo derecha, cosa que agradecieron ya que la vivienda no disponía de ascensor. La puerta estaba cerrada sin llave, ¿quién iba a querer entrar allí? La cerradura no era nada difícil. Un palanquetazo seco y se abrió con más facilidad que las dos putas que se les habían ofrecido en el portal.

Entraron con las pistolas en las manos extendidas gritando ostensiblemente.

– ¡Policía! Ven hacia nosotros con las manos en la cabeza.

Antonio no se lo hizo repetir dos veces. Ni siquiera protestó por el modo de entrar en su domicilio, claramente ilegal. Conocía a la pasma y sabía que toda discusión sería inútil. Quizá más tarde, en comisaría, un abogado de oficio protestaría por ese hecho, pero entre tanto era mejor obedecer. Con las pistolas golpeándole el pecho le empujaron a la habitación en la que dormía, y sus visitantes se quedaron de pie mientras él se sentaba sobre el camastro.

– Antonio Jalón López -dijo el más bajo de los hombres. No era una pregunta, era una afirmación.

– Sí, soy yo.

– ¿Hay alguien más en la casa? -preguntó el hombre alto. Al parecer se turnaban a la hora de hablar.

– No, estoy solo.

– Así que solo; pues dentro de poco estarás rodeado de gentuza como tú, detrás de unos barrotes.

– No entiendo qué quieren decir.

– Se te ha caído el pelo, chaval.

– Y de qué manera.

– Drogadicto.

– Y ladrón.

– Una pena.

– Sí, una pena.

– Esta vez no te salva nadie.

– Al trullo derecho.

– Y por unos cuantos años.

– Les repito que no entiendo nada. ¿De qué me están hablando?

– ¿Eres idiota o piensas que lo somos nosotros? -preguntó el hombre alto mientras le retorcía un brazo-. ¿De verdad crees que nos chupamos el dedo?

Antonio intentó hablar, pero el dolor se lo impedía. Con un gesto casi imperceptible el hombre bajo consiguió que su colega aflojara la presión, aunque sin soltarle. Su protector se erigió de nuevo en portavoz de la pareja.

– Mira, hijo, no queremos hacerte daño -hablaba suavemente, como aquel cura que una vez intentó desengancharle-, pero estás en una situación difícil. Traficas…

– Eso no es cierto, yo no trafico, sólo soy consumidor.

– Da igual, si nosotros decimos que traficas es que traficas. No nos sería muy difícil inventar las pruebas necesarias. Y en el peor de los casos, aunque al final no pudiera demostrarse del todo, te habrías tirado unos cuantos meses de preventiva. O sea, que traficas. Y como no trabajas ni tienes bienes de fortuna personales, te dedicas a robar. Y eso sí que no nos lo puedes negar. Acabas de robar a una señora hace tan sólo media hora en la Gran Vía. Robo con violencia y con resultado de lesiones. Han tenido que trasladarla al hospital de Basurto.

– Yo no quería hacerle daño.

– Así que lo admites, eso está bien. Y seguro que no querías hacerle daño. Tú no eres un mal chico, en realidad eres una buena persona que no quiere lastimar nunca a nadie, es sólo la necesidad de droga lo que te incita a robar, ¿verdad?

– Sí, eso es.

– Lo sabemos, ¿ves como te comprendemos? Dar con alguien como tú nos parte el corazón, pero somos policías y nuestra obligación es detenerte. Aunque podríamos cambiar de opinión. De ti depende.

– ¿Qué es lo que depende de mí?

– Quizá haya otra solución. Si quisieras ayudarnos…

– No soy ningún chivato, si es eso lo que esperan de mí.

– No digas tonterías, chico; claro que lo eres, o puedes serlo. Todos lo sois si se os trabaja lo suficiente, pero no se trata de eso, sino de una cosa bien diferente… ¡Échale un vistazo a esto!

El hombre bajo sacó de un bolsillo de su chaqueta un paquete pequeño y lo lanzó en dirección a Antonio. Éste lo cogió al vuelo y vio lo que contenía. Auténtico polvo blanco, heroína.

– Para ti. Y si llegamos a un acuerdo habrá mucha más.

Antonio nunca fue un buen estudiante de matemáticas, por eso no hizo ningún cálculo, pero pensó que esa bolsita valía mucho dinero. Y acababan de regalársela. Esos dos no podían ser de la bofia. Ningún madero, por pringado que estuviera, iba por el mundo regalando caballo en esas cantidades.

– Entonces, ¿llegamos a un acuerdo?

Llegaron a un acuerdo. Como había pronosticado el hombre bajo a su compañero, no fue nada difícil.

– ¿Le has dado de la buena? -preguntó el hombre alto al bajo cuando salieron de la casa.

– Sí, claro, no podía darle de la ful. La palmaría antes de hacer el trabajo, y no sólo él, sino más gente, ya que seguramente trapichearía con ella. Y en estos momentos no nos interesa una cadena de muertes; alguien podría empezar a sospechar cosas raras. La droga en malas condiciones puede ser un arma de lo más eficaz, pero como todas las armas, hay que saber usarla adecuadamente y en el momento oportuno.


4

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Aquella mañana, como todas las mañanas en los últimos meses, Manuel Rojas, inspector de policía destinado en el Grupo de Homicidios de la Jefatura Superior de Policía de Bilbao, se encontraba totalmente aburrido y al borde de la depresión. Llevaba ocho meses en ese destino y hasta el momento no se le había asignado ningún trabajo de cierta envergadura. La ilusión con la que había solicitado su traslado a Homicidios había desaparecido hacía tiempo, cuando empezó a notar que le usaban como un mero chico de los recados. Su trabajo más excitante había consistido en la detención de una anciana que, harta de aguantar durante más de cuarenta años las palizas proporcionadas por su marido, le había clavado unas afiladas tijeras de cocina por todo el cuello. Ése era el único homicidio auténtico en el que había intervenido, recordaba nostálgicamente mientras acababa de tomar declaración a un chaval que, ofendido al observar que un compañero de instituto se reía de él, le había cambiado la mandíbula de sitio con una patada aprendida, posiblemente, tras ver más de mil películas chinas de kárate. Trabajos rutinarios que alguien tenía que hacer, no cabía la menor duda, pero que siempre le tocaban a él. Por eso, nada más empezar a repiquetear el teléfono que tenía instalado en el cuchitril que pomposamente llamaba oficina, no tardó ni un segundo en coger el auricular. Cuando adivinó a quién pertenecía la voz que se oía en el otro lado, no pudo evitar un gesto de sorpresa. Su jefe, el propio comisario Manrique, le llamaba en persona, sin usar intermediarios, por primera vez desde que se había incorporado al grupo. Le pedía por favor -aunque sonaba muy educado era una auténtica orden- que acudiera a su despacho en cuanto tuviera un rato libre. El inspector Rojas no perdió ni un instante y según colgó el teléfono subió los dos tramos de escaleras que le separaban de su jefe. Era una situación bastante rara, pensaba, pero quizá por fin se le iba a encomendar un caso importante; así que, algo más animado, aunque sin hacerse muchas ilusiones para no tener que lamentar posibles nuevas decepciones, se personó ante el jefe supremo del Grupo de Homicidios.

El despacho del comisario se parecía al de Rojas lo mismo que una castaña a un huevo. Espacioso y bien ventilado, con una hermosa mesa de maderas nobles y acogedores butacones para su ocupante y las visitas, sólo la bandera española que en él hallaba cobijo indicaba su carácter de despacho oficial, pero el mismo aspecto de Fernando Manrique Alarcón, comisario de Homicidios de Bilbao, alto y atildado, bien rasurado, cincuentón, elegantemente trajeado, inducía a pensar más en el despacho de un subsecretario del Ministerio de Industria que en el de un comisario de policía. Para Rojas era difícil imaginar al comisario de joven inspector, deteniendo chorizos y negociando con macarras y putas para obtener sus confidencias. Nadie nace siendo comisario, pero parecía imposible que Fernando Manrique hubiera pasado por lo anterior antes de llegar a serlo.

Incluso el gesto indolente con el que ordenó a Rojas tomar asiento era más propio de un director general de Hacienda que de un jefe del Ministerio del Interior. De un cajón de la mesa sacó un paquete de Winston, «seguro que de contrabando», pensó Rojas, que sólo fumaba Ducados, y encendió un cigarrillo con lo que parecía ser un Dupont de oro. No ofreció tabaco a Rojas, pero no porque supiera que sólo fumaba negro, sino porque nunca lo hacía con quienes estaban debajo de él en la cadena de mando. Cuando hubo expulsado hacia el techo la primera bocanada de humo se dignó hablar.

– ¿Has acabado ya el asunto que tenías en marcha? -preguntó. Tenía la costumbre de tutear al personal a sus órdenes como democrática muestra de compañerismo, exigiendo en justa reciprocidad a su condescendencia un respetuoso tratamiento de usted.

– Sí, justo antes de venir a verle.

– En ese caso podrás dedicarte a otro asunto que acaba de surgir. Hemos sido avisados hace unos pocos minutos del descubrimiento de un cadáver, y quiero que te presentes junto a una patrulla uniformada en el lugar de los hechos. El Juzgado ya está en camino.

– ¿Hay indicios de muerte violenta?

– Aún no lo sabemos con absoluta seguridad, pero parece ser que no. Es más bien el típico caso en el que, al no haber un médico que certifique la defunción, se avisa al Juzgado y el Juzgado nos avisa a nosotros.

– Conozco el procedimiento, lo que no entiendo es por qué tiene que acudir un inspector de Homicidios. Normalmente, en estos casos suele ser suficiente con que vaya una patrulla al mando de un cabo.

– Así suele ser, pero esta vez es diferente. Al parecer, el fallecido es un conocido periodista. Mira, la jueza de guardia ha decidido ir ella en persona, así que no estará de más que uno de los nuestros aparezca por allí. Por si acaso. Debido a la personalidad del muerto cabe que, aunque según las primeras impresiones no haya nada raro, se le dé publicidad, y en ese caso ni el Juzgado ni la Jefatura queremos que se nos tache de negligentes. ¿Vas comprendiendo?

– Sí, está claro. Ventajas de ser famoso. Me pondré en marcha ahora mismo, en cuanto me diga adonde debo ir y qué coche me va a llevar.

– Una última cosa, Rojas. Vas tan sólo en calidad de representante de Homicidios, para que se sepa que nos hemos interesado por el asunto, pero ¡ojo!, si observas algo raro, que no creo, no actúes por tu cuenta. Si observas algo raro, me lo transmites a mí y ya tomaré las decisiones oportunas. Has entendido, ¿no? En ese caso ya puedes irte, te están esperando en el garaje.


El periodista muerto se llamaba Andoni Ferrer Lamikiz y vivía en la calle Rodríguez Arias. Aunque Rojas no hubiera sabido el número exacto, el corrillo de curiosos que siempre se forma en los lugares donde ha habido un accidente, incluso aunque segundos antes hubiera podido parecer un desierto, delataba sin duda alguna su ubicación. Rojas ordenó a los números que le acompañaban que se quedaran junto al portal para alejar a los posibles curiosos y subió acompañado por el cabo.

Una joven pelirroja le abrió la puerta y le invitó a pasar a la sala en la que aún se encontraba tendido el cadáver.

– El inspector Rojas, ¿no? Acaba de avisarnos el comisario Manrique. Soy Josune Larrazabal, la jueza de guardia. Le presento a Javier Valbuena, nuestro secretario, y a Mikel Arriaga, el médico forense. El secretario y yo tenemos que regresar ahora mismo al Juzgado para redactar la diligencia de inspección ocular y levantamiento de cadáver, así como para resolver otros asuntos de trámite, pero el señor Arriaga se quedará aquí por si usted cree conveniente hacerle algunas preguntas, aunque mi primera impresión es que no hay nada excepcional. Ah, otra cosa. El cadáver lo ha descubierto su mujer, pero no podrá hablar con ella en este momento; se encuentra descansando en casa de los vecinos de la puerta B. Bueno, adiós, espero que nos veamos pronto.

Se despidió de Rojas, del forense y del cabo sonriendo y agitando la mano. Era muy joven y su desenvoltura apenas hacía otra cosa que intentar ocultar su nerviosismo; tal vez fuera el primer levantamiento al que asistía. Cuando se quedaron solos los tres hombres, el médico mostró a los policías el cadáver. Rojas se acercó lentamente. Aunque era policía desde hacía bastante tiempo, no acababa de acostumbrarse a los vidriosos ojos de los muertos, a esa expresión -o quizá sea más correcto decir inexpresión- vacía y sin futuro, al hedor que se desprendía de lo que antes había sido un organismo vivo. La descomposición había comenzado y, si bien no estaba muy avanzada, empezaba a notarse en el ambiente su olor dulzón. A simple vista, Rojas no distinguió señales de violencia.

– ¿Se conoce ya la causa de la muerte? -preguntó al forense.

– Habrá que esperar a hacerle la autopsia, pero en principio parece que se ha producido un paro cardíaco.

– ¿Cuánto tiempo lleva muerto?

– Posiblemente cinco o seis horas, es difícil precisar más.

– Conque paro cardíaco. ¿Se podría saber qué es lo que ha causado ese paro?

– En este caso creo que sí -contestó el médico acercándose al cadáver. Se agachó sobre él y levantó la manga izquierda de la camisa-. Observe -añadió.

Rojas se agachó a su vez, su mejilla casi rozando la del forense. En una vena de la muñeca podían vislumbrarse las huellas de un pinchazo. Sólo uno.

– Sobredosis.

– ¿Está usted seguro? No hay más que esa marca, no parece lógico pensar que fuera adicto, quizá esa señal haya sido producida por una vacuna o cualquier otra cosa -contestó Rojas-. ¿Ha encontrado algo más que avale su teoría?

El médico introdujo una mano en el bolsillo interior de su americana y sacó un sobre amarillo con el membrete del Juzgado de Instrucción nº 1. Lo sopesó unos momentos antes de entregárselo al policía.

– Su Señoría me ha dicho que se lo entregue por si quieren estudiarlo, pero tendrán que devolverlo cuanto antes, junto al atestado que nos remitan. Seguramente contendrá las huellas de la mujer del señor Ferrer, que es quien la ha encontrado. Es una jeringuilla normal como las que pueden comprarse en cualquier farmacia, y posiblemente sólo haya sido usada una vez.

– ¿Está seguro de que es esto lo que ha causado la muerte?

– Al ciento por ciento, no, pero sí estoy razonablemente seguro. Habrá que esperar a la autopsia y al análisis de la jeringuilla, ya que contiene algunos residuos, pero sinceramente no creo equivocarme.

– No parece que haya señales de violencia.

– No las hay. O se inyectó él mismo o no se opuso a que le inyectaran.

– ¿Suicidio, entonces?

– Suicidio, accidente, asesinato. Usted tendrá que averiguarlo y la jueza tomar la decisión final. ¿Suicidio? Pudiera ser, aunque el difunto no ha tenido la delicadeza de dejar ninguna nota aclaratoria. ¿Asesinato? Su Señoría no lo cree.

– El comisario, desde su despacho, tampoco.

– Es lo más sencillo, ¿no es cierto? Pero posiblemente tengan razón.

– ¿Y la posibilidad de accidente?

– Perfectamente factible. Usted ya ha indicado que no era adicto, y sin embargo parece que ha sido un pico lo que le ha originado el paro cardíaco. Tal vez al querer probarlo y no conocer bien el ambiente, le hayan proporcionado caballo en mal estado y le han causado la muerte. Pensándolo bien, es la solución más lógica.

– Ideal para el comisario Manrique, así no estará en el punto de mira de los periodistas, aunque admito que es una hipótesis bastante razonable. Una última cosa: ¿cuándo estará en condiciones de prestar declaración la mujer del muerto?

– Me temo que ahora va a ser imposible, inspector. Se encontraba en un estado de fuerte agitación nerviosa y he tenido que administrarle un sedante. Pero si no tiene inconveniente, la jueza la ha citado mañana a las doce en su despacho del Juzgado y me ha pedido que le diga que podrá usted estar presente si así lo desea.

– Procuraré asistir. Por favor, ¿puede indicarme dónde está el teléfono?

El médico le acompañó al vestíbulo. Rojas marcó el número de Jefatura y habló durante unos segundos con su superior. Al colgar volvió a cruzar unas palabras con el médico.

– Van a enviar dentro de unos minutos a un par de compañeros del Gabinete de Identificación. No creo que encuentren nada, pero es mejor no dejar ningún rincón sin barrer.

– ¿Se va a quedar a esperarlos?

– Sí.

– De acuerdo. Si le parece bien, cuando baje avisaré a los empleados de la funeraria, que están esperando en una calle cercana, para que suban a recoger el cadáver.

– Por mí no hay ningún inconveniente.

– En ese caso así lo haré. -Estrechó la mano del inspector y añadió-: Perdone que me meta en lo que no me importa, pero como no nos conocíamos he supuesto que es usted algo novato en estas lides, así que le ruego que acepte un consejo dado de buena fe. No se rompa la cabeza. Ya sé que puede llegar a ser frustrante admitirlo, pero cuando un juez y un comisario están de acuerdo en considerar que no hay nada raro en un asunto, suelen tener razón. No siempre, por supuesto, pero sí la mayoría de las veces. Bueno, perdone y hasta luego.


5

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Llovía en Bilbao, pero Tomás Zubia no llevaba paraguas. No se le había olvidado en la pensión, sino que había salido sin él aposta. Quería sentir cómo el ya escaso pelo se le encrespaba al contacto con el sirimiri. Otros turistas americanos cuando salen de su país buscan el sol. Él buscaba la lluvia. Sus recuerdos de Bilbao eran básicamente de días lluviosos, de esa lluvia fina sin la cual su ciudad natal no sería la misma.

Hacía diez días que había aterrizado en el aeropuerto de Sondika. Diez intensos días. Aunque su regreso al lugar del que había salido hacía varias décadas respondía a un motivo concreto, aprovechó su estancia para rememorar todo aquello que creía perdido en el fondo de su mente pero que de repente había surgido con fuerza. Ciudades, paisajes, incluso olores, le devolvían a su infancia, a su juventud perdida, aunque ya nada fuera igual. Durante una semana tuvo unas auténticas vacaciones en las que penas y alegrías se repartieron equitativamente. Había vuelto a saludar en Gernika al viejo árbol que cantara Iparragirre y visitado la Casa de Juntas. En Elantxobe se había extasiado contemplando su puerto. Comió sardinas en Santurtzi y besugo en Getaria. Pudo comprobar cómo Vitoria, designada capital de Euskadi, había crecido. Pisó la arena de la Concha y paseó por la Taconera en Pamplona. Había merecido la pena volver a casa, aunque a los ojos de las personas con las que se cruzaba pareciera un turista más y no un exiliado que tras jubilarse volvía a su país.

Fueron diez días intensos, pero Tomás Zubia no era, nunca lo había sido, una persona que disfrutara sin más con el ocio. Cuando consideró que su cupo de añoranza estaba cubierto, volvió sus ojos a la misión que le había traído hasta su antigua patria, hacia lo que iba a ser su último trabajo, aunque esta vez trabajaría por cuenta propia. Como no quería que su estancia en su ciudad natal fuera conocida por sus antiguos compañeros, actuaba en solitario, lo que le obligaba a ser extremadamente cauto, ya que no se sentía seguro en el Bilbao actual. ¡Era tan diferente al entrañable bocho [2] que él había conocido y vivido! Aun así, había avanzado. Con prudencia, pero había avanzado. Entre los informes que le había proporcionado la DEA y lo que él había averiguado e intuido, pronto podría destapar el escándalo. Su única preocupación ahora era cómo hacerlo.

No sabía si acudir a la Policía Nacional o a la Ertzaintza, la nueva policía autonómica vasca, pero seguramente no iría a ninguna de las dos. Prefería el camino de la prensa. Mientras trabajaba para el Gobierno de Washington procuraba mantenerse siempre lo más alejado posible de los periodistas, pero ahora que iba por libre era diferente. Ahora necesitaba contactar con algún periodista inquieto y valiente que no tuviera miedo a informar de un asunto escabroso. Le habían hablado muy bien de un tal Andoni Ferrer, pero había fallecido semanas antes de que él llegara a Bilbao. Mala suerte. Tendría que buscar otro, pero no se inquietaba por ello. Seguro que existía, era cuestión de paciencia.

Tomás Zubia había aceptado con buena cara su jubilación, consciente de que había cumplido un ciclo vital en la agencia y debía dar paso a savia nueva y joven, pero aún se consideraba en plena forma, no sólo mental sino física. Todavía se sentía capaz de doblegar en una pelea a alguien mucho más joven que él pese a que afortunadamente el tiempo de la acción directa estaba felizmente periclitado, pero no contaba con que su regreso al útero materno le iba a hacer bajar la guardia. El soldado que había sobrevivido a dos atroces guerras, el espía que había salido incólume de sus actividades detrás del antiguo Telón de Acero, no imaginaba que iba a ser su ciudad, aquella que le había visto abrir por primera vez los ojos, la que iba a presenciar el fin de su ciclo vital. Si Tomás Zubia hubiera sido un romántico tal vez habría pensado que había en ello algún tipo de justicia poética, aunque es más probable que se hubiera limitado a cerrar los ojos con dolor maldiciendo lo grotesco y paradójico de acabar siendo asesinado no por un soldado o un agente enemigo, sino por un yonqui desesperado ansioso por sentir correr en sus venas el flujo de la heroína.

Eran las doce de la noche y Tomás Zubia regresaba andando desde el barrio de Deusto hasta la pensión de la calle María Díaz de Haro en la que se había instalado. No se veía pasear a la gente, ya retirada en sus hogares, pero aun así el ex agente caminaba tranquilo. Bilbao, por lo que había sabido, no era una ciudad especialmente insegura y, por otra parte, sabía manejarse en las peores situaciones; sin embargo, tal vez su exceso de preparación le hizo confiarse, o fue tan sólo el instinto atávico que nos hace pensar que cuando la tierra madre nos acoge no hay ya nada que temer, lo que le hizo caer como un pardillo en la trampa que le habían preparado.

Cuando acababa de cruzar el puente de Deusto y empezaba a bajar las escaleras que conducían al parque, se cruzó con un joven aparentemente borracho que trastabilló yendo a caerse junto a él, casi a sus pies. Tomás Zubia dio un rodeo para apartarse de él y, en ese momento, quedó de espaldas. El joven borracho, en realidad un drogadicto llamado Antonio Jalón, aprovechó la oportunidad, y sacando una navaja que llevaba escondida en el bolsillo de su pantalón, se la clavó repetidas veces en la espalda, y cuando su víctima cayó al suelo, con un movimiento certero le rebanó el cuello.

Un trabajo algo sucio pero eficaz, como estaba previsto. No había ningún testigo cercano, pero a lo lejos se veían unas cuantas personas que por lógica tenían que haber sido espectadoras de la acción. Testigos lejanos, incapaces de reconocer al asesino, pero lo suficientemente cercanos para explicar a la policía que era evidente que había sido un robo, un navajero sin más, un muerto de hambre posiblemente drogado. Son todos iguales, señor comisario, gentuza que habría que eliminar, señor juez, seguramente mató por unas míseras pesetas. Sí, eso dirían los testigos. Un trabajo perfecto.

Para ahondar más en esa idea, Antonio Jalón registró a su víctima en busca de la cartera y se guardó todo el dinero que encontró en el bolsillo de su chamarra, así como un broche de oro que llevaba el muerto. Los dos hombres que le habían contratado no sólo no le disuadieron de hacerlo, sino que le animaron. Así se reforzaría la idea de que la muerte había sido consecuencia del ánimo de robo.

Antes de que los testigos se acercaran más de lo aconsejable, arrastró el cuerpo hacia el paso subterráneo que une el puente con el parque. Realizada esa operación y habiendo limpiado la navaja en los pantalones del muerto, se dirigió hacia el paso cebra de Máximo Agirre. Cruzó la calle rápidamente y torció hacia Juan de Ajuriagerra. Junto a la esquina se encontraba estacionado un Opel Kadett con matrícula de Valencia. Abrió la puerta delantera de la derecha y se introdujo en él.

– ¿Todo bien? -preguntó el hombre alto, que se hallaba recostado en el asiento del conductor.

– De puta madre.

– Los documentos y la navaja -le exigió el hombre bajo desde detrás de su asiento-. Venga, dámelos.

Antonio Jalón entregó al hombre bajo lo que éste le había pedido. Una vez en su poder lo metió en un sobre blanco grande y bajó del automóvil. Muy cerca había un contenedor de basura. Lo abrió y arrojó el sobre al interior. Luego se acercó de nuevo a la portezuela del copiloto y la abrió.

– Ya puedes irte. ¡Largo!

– ¿No podéis llevarme hasta casa?

– ¡Que te largues he dicho! Y sin coñas. Si queremos algo más de ti ya te avisaremos. Mientras tanto, ni existimos siquiera. Así que puedes irte sin decirnos adiós. Entre gente que no se conoce, y nosotros no nos conocemos, no hay que andarse con formalidades. Y mucho cuidado con lo que haces de ahora en adelante. Recuerda que lo sabemos todo sobre ti, mientras que tú no sabes nada sobre nosotros. Pórtate bien y disfrutarás de la vida. Pórtate mal y no habrá más vida para ti.


6

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Cuando Iñaki Artetxe salió de la cárcel no hubo periodistas ni grandes recibimientos; apenas un puñado de familiares y amigos se habían concentrado en las inmediaciones de la prisión de Basauri para esperarle, pero él lo prefería así. Cinco años antes su detención había tenido más publicidad de la deseada. En aquella época era miembro de la Ertzaintza, la policía autonómica vasca, y una noche un antiguo amigo de su cuadrilla apareció por su domicilio rogándole que le diera refugio, ya que la Guardia Civil le perseguía al considerarle cómplice de un atentado efectuado en la provincia vecina de Cantabria. En la lucha que Artetxe sostuvo en su interior, entre el policía y el amigo triunfó el segundo y le dio asilo por aquella noche, no sin advertirle de que era la primera y última vez que lo hacía. Tres días más tarde su antiguo amigo era detenido tras una persecución desencadenada al atentar contra el retén del Cuerpo Nacional de Policía que custodiaba la comisaría de San Ignacio. De repente el ertzaina se convirtió en colaborador del terrorismo y huésped forzoso de las prisiones españolas.

Habían transcurrido cinco años y por fin estaba libre. Cinco años duros y difíciles, no tanto por el hecho de estar encarcelado, ya duro de por sí, sino por la leyenda que en los primeros momentos se tejió en torno a él. Considerado de los suyos por los sectores radicales y demonizado por el resto, poco a poco se fue desmarcando de ambos sambenitos. Era, tan sólo, un pobre estúpido al que un equivocado sentido de la amistad le había metido en un buen lío. Cuando esta idea fue calando en la opinión pública, dejó de ser noticia y por fin le llegó la tranquilidad. No se le podía considerar ni un activista, puesto que nunca militó en ETA, ni un reinsertado o arrepentido, por la misma razón. Por eso, cuando se acogió a los beneficios penitenciarios que la ley otorga a los presos, ni los unos le llamaron traidor ni los otros le pusieron como ejemplo. Por fin había conseguido el anonimato, de ahí que su salida no tuviera la más mínima publicidad.

Muchas veces había pensado en cómo sería el momento de su salida, qué sensaciones sentiría, cómo reaccionaría, y ahora estaba allí, abrazando y besando a su llorosa madre y saludando al resto de los familiares que habían acudido. No se diferenciaba en mucho de las veces que había regresado de un largo viaje, salvo por las lágrimas de su madre y la ausencia de regalos. Supuso que eso no era más que el impacto del momento; cuando transcurriera un tiempo se daría cuenta mejor de cuál era su nueva situación. El único que se mantenía totalmente consciente de lo que sucedía, tal vez por haberlo vivido más veces, era su abogado. Fue él quien le hizo la pregunta decisiva.

– ¿Qué vas a hacer ahora?

– Aún no lo sé -respondió Artetxe-. De momento ir a comer con la familia y luego descansar. Todavía no tengo nada claro qué es lo que voy a hacer en el futuro.

– Si no te viene mal, pásate mañana por mi despacho, a eso de las siete de la tarde. Tal vez podamos hablar más a fondo de ese asunto.

Iñaki Artetxe miró a su abogado, intentando profundizar en su interior. Era un buen letrado, famoso como penalista y profesor de la Universidad de Deusto. Con él se había portado muy bien, así que decidió que no tenía nada que perder si conversaban un rato sobre algo tan etéreo como su futuro.

– No hay ningún inconveniente, allí estaré -dijo.


Una de las cualidades que más valoraba Artetxe en su abogado era la puntualidad. Le había citado a las siete en su despacho y a las siete le recibió en el bufete que compartía con cinco letrados más, cada uno de ellos puntero en su especialidad. Al abogado no le gustaba perder el tiempo, se lo había demostrado más de una vez, así que sin perderse en preámbulos, nada más tenerle sentado enfrente volvió a proferir la pregunta que le había hecho cuando salió de la cárcel.

– ¿Has pensado ya a qué te vas a dedicar en el futuro?

– Todavía no -respondió Artetxe-. Me rondan algunas ideas en la cabeza, pero nada concreto por ahora. Necesito tiempo para acostumbrarme a la libertad y, sobre todo, para asimilar que nada volverá a ser como antes. Tenía un buen trabajo pero lo perdí. Supongo que no me va a quedar más remedio que buscar algo, no voy a estar comiendo de mis padres toda la vida, pero tengo un dinero ahorrado y lo que más quiero en estos momentos es descansar. No sé cuánto, una semana, quince días, tal vez un mes, no creo que mucho más, pero necesito descansar.

– Es una época difícil laboralmente. Encontrar trabajo no es nada sencillo -contestó el abogado.

– Lo sé, pero tengo confianza en que me salga algo, y en caso contrario, ya tendré tiempo de deprimirme.

– ¿Te gustaba tu trabajo?

– ¿Cuál, el de ertzaina?

– Sí, a eso me refería.

– Sí, me gustaba. Tenía sus inconvenientes, pero si lo pienso detenidamente no me queda más remedio que reconocer que me gustaba; de todos modos, no sirve de nada pensar en ello; una de las condenas que recibí en la sentencia fue precisamente la de inhabilitación, así que no merece la pena pensar en lo que pudo haber sido y no fue.

– Lo sé, pero no quería hablarte de la posibilidad de que reingreses en la Ertzaintza, sino de que puedas utilizar de otra manera lo que aprendiste trabajando como policía.

– No entiendo.

– Me refiero a la posibilidad de que trabajes como detective, o investigador privado, si te gusta más esta palabra.

– ¿Trabajar como detective? La verdad es que si lo pienso a fondo la idea me atrae, pero no lo veo factible. No creo que me den nunca la licencia necesaria.

– Escúchame con atención. Sobre la cuestión de la licencia no hay nada que hacer por ahora, aunque no descarto que eso cambie en un futuro no muy lejano, pero te aseguro que no tiene gran importancia. Mira, este bufete se ocupa de un gran número de asuntos no sólo penales, sino civiles, mercantiles y laborales, y a menudo necesitamos recurrir a investigadores privados. ¿Te interesaría trabajar para nosotros?

– No lo entiendo, estoy seguro de que pueden pagar a las mejores agencias de detectives del país. ¿Qué tengo yo que pueda interesarles?

– Experiencia como policía e independencia. Antes has dicho que no posees licencia, y tienes razón, pero eso es un punto a tu favor. Los detectives con licencia suelen andar con miedo a perderla, cosa que no ocurre con los indocumentados.

– Suena como si me estuviera ofreciendo que me haga cargo de los asuntos sucios del bufete.

– No necesariamente, aunque entiendo tus suspicacias; quizá me haya explicado mal. Escucha, cuando te digo que trabajes para nosotros no te estoy ofreciendo un contrato laboral y una nómina, te estoy preguntando si estás dispuesto a aceptar los encargos que te hagamos, tanto directamente como en nombre de nuestros clientes. Se te pagaría por encargo efectuado y no tendrías una relación de dependencia directa en ningún caso. Ya te he dicho que no estarías en nómina, pero puedo asegurarte que tus ingresos serían continuos y generosos.

– Por lo que me está diciendo debo suponer que trabajaría sin red.

– Oficialmente no tendrás nada que ver con nosotros, pero extraoficialmente te apoyaríamos, si fuese necesario, con toda nuestra influencia, y tú ya sabes que éste es uno de los bufetes más importantes de Bilbao. ¿Qué me dices?

– ¿Cuánto tiempo tengo para decidirme?

– No hay tiempo, tengo a un posible cliente esperando en el despacho de al lado si decides aceptar nuestra oferta.

– ¿Significa eso que tengo que aceptar todos los trabajos que se me ofrezcan?

– No necesariamente. Algunos sí, algunos tendrías que aceptarlos sin poner ninguna pega, aquellos que sean de interés directo para el bufete, pero los demás, aquellos en los que actuamos como meros intermediarios de clientes que necesitan un detective para algún asunto personal, ésos eres libre de rechazarlos. Concretamente, el cliente del que te he hablado te necesita para un asunto personal, pero te recomiendo que aceptes. Te pagará bien y empezará de algún modo tu colaboración con nosotros. Tú decides.

– En los largos ratos que pasaba a solas en mi celda nunca pensé que acabaría trabajando como detective, pero qué demonios, he hecho tantas cosas que nunca creí que haría, que por probar una más no va a pasar nada. Hablaré con su cliente.

El abogado le acompañó hasta una espaciosa sala de reuniones donde los esperaba, sentado junto a la cabecera de una mesa tallada en roble capaz de albergar un cónclave cardenalicio y hojeando con cara de aburrimiento un periódico de color salmón, el cliente del que le había hablado.

– Carlos -dijo el abogado nada más llegar-, éste es Iñaki Artetxe, el hombre del que te he hablado. Iñaki, Carlos Arróniz, cliente y amigo, y confío en que, dentro de poco, también cliente tuyo. Bueno, os dejo para que podáis hablar con más tranquilidad. Si queréis algo no tenéis más que llamar por ese timbre -dijo señalando uno que se encontraba disimulado junto al interruptor de la luz- e inmediatamente acudirá uno de los empleados para atenderos.

Cuando se quedaron a solas, Artetxe escudriñó durante unos segundos al hombre que acababa de estrecharle la mano. Al principio había esperado encontrarse con otro tipo de persona, por eso se sorprendió al verle. Sin ser un chiquillo, Carlos Arróniz era un hombre joven. Artetxe no le echaba más allá de treinta años. Debe de ser uno de esos, ¿cómo se llaman?, ah, sí, yuppies, pensó, aunque después de cinco años quizá esa palabra no estuviera ya de moda. Sí, tenía un aspecto juvenil, e incluso mientras le invitaba a tomar asiento en una cómoda silla que había junto a la mesa sonrió de un modo que le hacía parecer un veinteañero. Debe de ser el squash, pensó de nuevo Artetxe. Tendré que hacer caso a mi hermano Andoni y empezar a jugar también. Según parece, obra milagros.

– ¿Señor Artetxe? Encantado de conocerle. El señor Uribe me ha hablado muy bien de usted.

– Gracias, pero supongo que si le ha hablado de mí le habrá contado el motivo de que nos conociéramos. Fue mi abogado en el proceso que tuve por colaboración con banda armada y mientras he estado ingresado en prisión. Precisamente ayer mismo quedé en libertad.

– Lo sé, y no niego que me desconcertó al principio, pero el bufete del señor Uribe nos lleva representando, tanto a mi empresa como a mí personalmente, desde hace muchos años y confío en su buen criterio, así que cuando me dijo que usted era el hombre indicado no dudé ni un segundo en pedirle que concertara una cita.

– Me alegra que las cosas estén claras desde un principio, pero debo avisarle de que aún no me he comprometido a nada, salvo a aceptar reunirme con usted. Por otra parte, el propio señor Uribe me ha comentado que se trata de un asunto personal suyo, no relacionado con nada en lo que estén trabajando él o sus compañeros del bufete.

– Así es, pero por sus palabras deduzco que no le ha contado nada.

– En efecto.

– Casi mejor, porque de ese modo todo lo que tiene que saber lo conocerá de mi propia boca. Señor Artetxe, usted ha sido policía.

– Lo fui, pero me inhabilitaron para el ejercicio de la profesión; supongo que es una de las cosas que le habrá explicado el señor Uribe.

– Tiene usted razón, pero si le he preguntado eso no es por confirmar lo que me contó el abogado, sino por intentar centrarme desde el principio en lo que tengo que decirle. Quiero contratarle en calidad de detective; no, no hace falta que me diga nada -añadió Arróniz al observar que Iñaki Artetxe quería hablar-, ya sé que usted no tiene licencia para actuar como tal, pero eso no tiene para mí la menor importancia. El señor Uribe me ha explicado que era usted muy bueno en lo suyo y que aún conserva la capacidad y los contactos suficientes para llevar a buen puerto una investigación; por eso he decidido contratarle.

– Me halagan sus palabras, pero cinco años son muchos años; el tiempo no pasa en balde.

– En ese caso piense que le estoy dando la oportunidad de recuperar ese tiempo perdido, y hay algo más. Le ofrezco dos millones de pesetas, uno que le pagaría en este instante y otro tras la realización del trabajo.

– ¿Dos millones? Usted está loco -dijo Artetxe removiéndose inquieto en su silla-; nadie tira el dinero de ese modo, y mucho menos para dárselo a alguien que acaba de salir de la cárcel, salvo que quiera matar a una persona. No me gustaría decepcionar al señor Uribe, pero me extraña que estuviera al tanto de esta oferta tan insólita.

– Por favor, le ruego que me conceda unos minutos de su tiempo. Es cierto que he empezado un tanto bruscamente, pero eso se debe a que no estoy acostumbrado a tratar estas situaciones. Puede ser descabellado ofrecerle dos millones de pesetas, pero dirijo una empresa y sé que las cosas, independientemente de su valor intrínseco, valen lo que una persona está dispuesta a pagar por ellas, y yo estoy dispuesto a pagarle ese dinero por hacer algo que ni es ilegal ni es imposible, pero que para mí es de vital importancia. ¿Por qué no me da una oportunidad y escucha con tranquilidad mi historia? Luego, si quiere irse y no volver más, en fin, lo lamentaría, pero está en su derecho.

Artetxe asintió en silencio. En el fondo admitía que su contestación había sido extemporánea, pero no es fácil pedirle a un ex policía que acaba de salir de la cárcel que asimile la oferta recibida con tranquilidad. Escuchar no le comprometía a nada y, por otra parte, dos millones de pesetas era una cantidad que no le compensaría si le hiciera correr el riesgo de volver a la cárcel, pero que le vendría muy bien para asentarse en su nueva vida, así que dulcificó su tono y dijo a su acompañante que estaba dispuesto a escucharle.

– Gracias. No me resulta fácil pero intentaré ser lo más conciso posible. En el fondo se trata de una historia norma una chica a la que conozco durante unas vacaciones en Ibiza, nos enrollamos, lo pasamos bien juntos y se acabó, o eso era lo que pensábamos entonces, pero al poco tiempo volvimos a encontrarnos en Bilbao por sorpresa, ya que ninguno de los dos sabíamos que éramos convecinos. Volvimos a quedar de vez en cuando, al principio sin mucha asiduidad pero más tarde casi diariamente, hasta que comprendimos que lo nuestro se estaba convirtiendo en una relación seria. Es curioso, lo que había empezado como una simple relación sexual plenamente satisfactoria para ambas partes en Ibiza y había proseguido esporádicamente en nuestro lugar de residencia se había convertido en una relación nueva, más tranquila y profunda, incluso podría ser calificada de convencional. En el fondo se trata de una historia como miles que suceden continuamente, nada excepcional por lo tanto. ¿Cómo llegamos a ello? No lo sé ni me importa. Nunca puede uno saber la causa de que esté enamorado. Lo está y punto.

»Nuestra relación era de lo más normal, como la de las demás parejas que se encuentran en nuestra situación, supongo. Con momentos mejores y peores, buenos y malos, sin que estos últimos llegaran a empañar nuestro entendimiento.

»Teníamos nuestros problemas, como todo el mundo, pero no nos quitaban el sueño. Quizá el más importante, no porque consiguiera herir nuestra relación, sino porque disgustaba afectivamente a Begoña, ése es su nombre, lo constituía la actitud de su padre.

»Usted conoce sin duda el nombre del padre, y tal vez a él. Se llama Jaime González Caballer, empresario conocido no sólo en el País Vasco, sino en el resto de España, vicepresidente de la Diputación de Bizkaia durante el franquismo, líder de un partido reformista durante la transición, aunque nunca consiguiera el escaño de diputado, y hombre de fuerte personalidad. Se opuso desde el primer momento a nuestras relaciones, si bien, como persona educada que aparentaba ser, no nos armó ningún escándalo ni nos puso en ninguna situación violenta.

»¿Por qué esta oposición? No lo sé, señor Artetxe, juro que no lo sé. ¿Prejuicios económicos o sociales? La idea es ridicula. Ya le he dicho antes que económicamente no tengo ningún problema, puedo proporcionar a Begoña el mismo tren de vida que lleva con su padre. Y en cuanto a la posición social, en mi tierra natal, Extremadura, mi familia es harto conocida. ¿Prejuicios por ser de fuera? Sería absurdo. El padre de Begoña es valenciano, y con la familia de su madre siempre me he llevado perfectamente, no con una cordialidad producida por la mera educación, sino con auténtico cariño y amistad. ¿Quizá un desmedido amor de padre según el cual nadie es merecedor de su hija? O más sencillamente, ¿una de esas primeras impresiones que hacen que alguien a quien acabas de ser presentado te caiga mal, sin motivo alguno, pero que no se pueden evitar por más que lo intentemos? Puede ser. En el fondo, una causa u otra lo mismo da. Me hubiera gustado cambiar esa situación, pero no conseguirlo no me traumatizó. Mientras Begoña y yo tuviéramos las ideas claras, la actitud de su padre no nos preocupaba. Eso pensábamos antes. Ahora, en cambio, he empezado a pensar de otro modo.

Llegado a este punto de su monólogo, Arróniz calló, tal vez esperando que Artetxe hiciera algún comentario o pregunta, pero éste no abrió la boca. Intuía que era más positivo permitir que Arróniz continuara su historia. Hasta el momento su cliente -pues así lo consideraba ya- había hablado todo el rato en pasado, pero había un presente que antes o después tendría que salir a relucir, y su silencio le obligaría a emerger lo más pronto posible.

– Procuraré ir al grano después de este preámbulo. Hace ya dos meses y medio que no sé nada de ella. Exactamente desde el diecisiete de junio. Nos habíamos citado en el Dantxarinea, un bar cercano a Lurmetalsa, la empresa en la que trabajo, a las siete de la tarde, mi hora de salida, pero no apareció. Me cabreé por lo que yo suponía una falta de formalidad, pero no me inquieté. Esas cosas pasan de vez en cuando; no era la primera ocasión en que ella o yo nos dábamos plantón. No era algo habitual, claro, pero tampoco inconcebible. Me limité a esperarla durante casi una hora y luego me fui a mi apartamento. Suponía que, como solía suceder en estos casos, acabaría llamándome, pero me equivoqué. Al día siguiente, bastante enfadado a decir verdad, intenté ponerme en contacto telefónico con ella sin lograrlo. Ni esa vez ni las posteriores. Siempre que llamaba a su casa me decían que no estaba y que no sabían dónde podía localizarla. Por lo menos, las primeras veces. Posteriormente me comunicaron que Begoña no quería hablar conmigo, que no quería saber nada de mí. Fui varias veces a su casa, pero no me permitieron entrar. Incluso me amenazaron. Hace ocho días cumplieron sus amenazas.

– ¿Qué sucedió?

– El chófer de González Caballer, que por lo visto se gana un sobresueldo como matón, se presentó en mi despacho y me dio una paliza.

– ¿Denunció usted el hecho?

– Quise hacerlo, pero en el Juzgado de Guardia me dijeron que no serviría de nada. No había testigos y ni siquiera me produjo lesiones visibles, así que el caso se sobreseería indefectiblemente por falta de pruebas. El chófer sabía lo que se hacía. Por eso he recurrido a usted.

– ¿Qué es exactamente lo que quiere que yo haga?

– Ni yo mismo lo sé. Como primera medida que localice a Begoña, y luego… en fin, quiero que descubra si hay algo más en todo esto que una simple ruptura sentimental. Mire, señor Artetxe, quizá me esté volviendo paranoico, pero me parece que tras todo esto subyace algo raro. Algo muy raro. No soy tan tonto o ingenuo como para creer que es imposible que Begoña no quiera saber nada más de mí. Me dolería pero acabaría resignándome, qué remedio. No sería el primero ni el último hombre sobre la tierra al que le sucediera tal cosa. Imagino que estaría jodido durante un tiempo y luego me recuperaría. El problema estriba en que no tengo la certeza de que vayan por ahí los tiros. Si se trata de eso, ¿por qué no me lo dice ella directamente, bien por teléfono o en persona?

– Quizá no se haya atrevido a hacerlo. Esas cosas suelen suceder.

– Es posible, pero no lo creo. No encaja con su forma de ser.

– Nunca conocemos del todo a las personas.

– En eso lleva usted razón. Sin embargo, hay cosas que a simple vista parecen turbias. ¿A qué viene enviarme un matón, por ejemplo? ¿Sabe ella lo que está ocurriendo o, por el contrario, es ajena a todo? No lo sé, pero quiero saberlo, y estoy dispuesto a pagar dos millones de pesetas por esa información. Por eso le he llamado a usted. Para que averigüe lo que está pasando. Quiero saber la verdad, aunque no me guste. La oferta anterior es firme, aunque lo solucione chasqueando los dedos. Dos millones. ¿Acepta encargarse del caso?

– Acepto -contestó Artetxe.


7

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Ante Su Señoría y con mi asistencia, el secretario, comparece quien debidamente identificada resulta ser Nekane Larrondo Igartua, nacida en Durango (Bizkaia) el 21 de agosto de 1955, hija de Félix y de Mª Dolores, de profesión ATS, domiciliada en Bilbao (Bizkaia), calle Rodríguez Arias nº 37, número de Documento Nacional de Identidad 14.222.715, quien previo juramento de decir verdad, a preguntas de S. S.ª declara:

Que conoce el motivo de haber sido citada en este Juzgado para prestar declaración.

Que es la viuda de don Andoni Ferrer Lamikiz, por cuya muerte se han incoado las presentes diligencias, como demuestra presentando el Libro de Familia, el cual le será devuelto una vez testimoniado en Autos, según indicación de S. S.ª

Que el día de ayer volvió del trabajo a casa hacia las tres y cuarto de la tarde, como lo hace habitualmente.

Que al entrar en el salón vio a su marido sentado en una butaca, la misma en que se hallaba al llegar al lugar de los hechos la Comisión Judicial, en postura extraña, ladeado hacia la izquierda.

Que en un primer momento pensó que estaba dormido, por lo que fue a despertarle.

Que al intentar hacerlo, vio en el suelo una goma y una jeringuilla. Entonces comprendió que pasaba algo raro.

Que llena de nerviosismo recogió los objetos antes citados y los depositó sobre la mesilla que hay junto a la butaca. Hecho esto zarandeó repetidamente a su marido, en un intento de reanimarle, hasta que comprendió que estaba muerto.

Que no sabiendo qué hacer fue a buscar a sus vecinos del 5° B, con quienes le une cierta amistad, siendo ellos quienes se encargaron de avisar al Juzgado de Guardia y a la policía.

Que no recuerda nada más, sabiendo, porque se lo han contado sus vecinos, que el médico forense le inyectó un tranquilizante, así como que la habían citado para declarar hoy en el Juzgado.

A nuevas preguntas de S. S.ª declara:

Que su marido trabajaba como periodista independiente, si bien últimamente los medios en que más publicaba eran los diarios Deia y El País y las revistas Tiempo e Interviú, aunque no eran los únicos.

Que actualmente se encontraba preparando un reportaje sobre el mundo de las drogas.

En este acto, por la declarante se entrega lo que examinado resulta ser un esquema, del puño y letra del fallecido a tenor de la declaración de su esposa, que le iba a servir de guión para la realización de su trabajo, escrito en tres hojas de tipo DIN A-4.

Asimismo declara que no le consta que hubiera sido amenazado.

Que de todos modos no descarta totalmente que si hubiera recibido amenazas no se lo habría dicho para no intranquilizarla, aunque le hubiera extrañado tal actitud ya que en situaciones anteriores en que sí había sido objeto de amenazas no se lo había ocultado. Por otra parte, en ningún momento dio muestras de intranquilidad o nerviosismo.

Que aunque no le gustaba hablar de sus trabajos hasta que estaban terminados, sí le había comentado que no estaba investigando sobre los traficantes de droga, sino sobre los efectos de la misma en el modo de vida de los adictos y su entorno familiar y social.

Que hacía unas semanas, sin ser capaz de concretar cuándo exactamente, le había comunicado su decisión de inyectarse una vez heroína para saber, por experiencia directa, qué es lo que se sentía. Ella había intentado convencerle de que no lo hiciera, por considerarlo peligroso, sin conseguirlo, ya que era muy testarudo y cuando había tomado una decisión no había fuerza humana capaz de revocarla.

Que la semana anterior le comentó que ya había conseguido la heroína, así como lo necesario para inyectarse.

Que como habían pasado ya varios días pensaba que o bien había realizado ya el experimento o bien había renunciado a hacerlo, pues no habían vuelto a hablar de ello ni había visto en casa la droga.

Que desconoce dónde pudo obtener la droga o a través de quién.

Que es imposible creer que hubiera querido suicidarse, ya que amaba en extremo la vida y estaban llenos de planes e ilusiones, pensando más bien que había sido un desgraciado accidente.

Que no tenía nada más que añadir.

Leídas que le son sus declaraciones, se ratifica en ellas firmándolas en prueba de conformidad junto a S. S.ª y en mi presencia, de lo que doy fe en la Villa de Bilbao, a 15 de junio de 1993.


En el despacho de la magistrada se encontraban solos ésta y el inspector Rojas.

– ¿Ha tomado ya alguna decisión?

– Sí. Voy a dictar auto de sobreseimiento. Creo que ha sido una muerte claramente accidental. La declaración de la viuda es concluyente. ¿No está usted de acuerdo?

– Si quiere que le sea sincero, tengo mis dudas. Sé que no es la primera muerte, ni desgraciadamente será la última, causada por un uso indebido de drogas, pero me parece que todavía hay puntos oscuros. El muerto era un periodista que estaba escribiendo un reportaje sobre el mundo de los yonquis. Alguien pudo molestarse y matarle.

– Me parece que está usted influido por su punto de vista profesional, inspector. Andoni Ferrer estaba escribiendo, le recuerdo, sobre los adictos, no sobre los traficantes.

– ¿Y usted cree que se puede hablar de los unos sin mencionar a los otros?

– No soy periodista, pero sé que sobre un mismo tema puede haber múltiples y variados enfoques. Además, en este caso tenemos las declaraciones de la viuda, que son suficientemente explícitas, sin olvidarnos tampoco del borrador escrito por el mismo Ferrer en el que se ve cómo su trabajo va a ser, en efecto, meramente descriptivo de los motivos que inducen a la gente a drogarse y cómo transforma este hecho sus vidas. De todos modos, la decisión final la tomaré dentro de unos días. ¿Sabe cuándo tendrá preparado su informe el Gabinete de Identificación?

– Me dijeron que mañana estará listo.

– Estupendo, ya que con él sobre mi mesa espero poder tomar una decisión definitiva. No me gustaría demorarla mucho. Como máximo, dos semanas. Y mucho tienen que cambiar las cosas en dos semanas, inspector, para que no decida sobreseer las diligencias.

Si la señora magistrada-jueza hubiera asistido por la mañana a una conversación a tres bandas no le habría hablado así al inspector Rojas. Pero la ilustrísima señora magistrada-jueza desconocía que, una hora antes de personarse en el Juzgado, Nekane Larrondo había sido abordada por dos hombres que le habían recordado que tenía un hijo pequeño y que para evitarle problemas no debía creárselos tampoco a ellos.

Josune Larrazabal, la joven magistrada-jueza del Juzgado nº 1, había intentado consolar a la declarante cuando delante de ella se puso a llorar, pero su voluntarioso gesto no había prosperado, quizá porque no sabía que cuando Nekane Larrondo sollozaba en su Juzgado no lo hacía en memoria de su difunto marido. Lloraba porque había visto a sus asesinos cara a cara y no se atrevía a denunciarlos, no podía denunciarlos.


8

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James Goldsmith estaba habituado, por razón de su profesión, a introducirse en ambientes muy diferentes, así como a adaptarse a cualquier tipo de situación que se le presentara, pero mientras franqueaba la puerta de aquel lujoso club privado de Washington no podía evitar sentirse intimidado. Aunque se había puesto su mejor traje y la corbata menos chillona que había encontrado en su vestuario, la despectiva mirada que le había dirigido el portero negro del club desde su elegante librea colonial le indicaba a las claras que su sitio no era aquél y que tan sólo por unos momentos, gracias a su bondad y conmiseración, se le había permitido acceder al sacrosanto recinto donde se refugiaba la élite de la sociedad, lejos de insectos como el propio Goldsmith y demás gente de su calaña. Una vez en el interior del club su desasosiego fue en aumento según iba vislumbrando los retratos colgados en el vestíbulo de quienes tenían todo el aspecto de haber sido auténticos proceres de la patria. Daba la sensación de que las miradas ceñudas y patibularias que podían observarse en la mayoría de los cuadros iban dirigidas a él por atreverse a violar la intimidad del recinto.

Un anciano que parecía salir de uno de esos cuadros, incluyendo la corbata de lazo negra, le rescató proporcionándole una calurosa bienvenida.

– Señor Goldsmith, me alegra que sea usted puntual. Es un buen comienzo, ¿no le parece? ¿Qué opina de nuestro pequeño club? No es de los más lujosos, pero en él se respira sosiego y tranquilidad, que es a lo más que puede aspirar un anciano como yo. Pero, por favor, acompáñeme, he reservado un pequeño saloncito para que podamos hablar con total tranquilidad.

James Goldsmith no había coincidido nunca con su anfitrión, pero le conocía sobradamente de referencias. El anciano obsequioso que le había recibido se llamaba Cameron DeFargo, y aunque nunca había sido mencionado por las revistas financieras como uno de los hombres más ricos del planeta, lo era, pero al modo de los antiguos patricios de Nueva Inglaterra, sin ostentaciones ni alharacas. Sabía asimismo que el hombre que acababa de saludarle no le había invitado para deslumhrarle con su magnificencia, sino por un motivo muy diferente. Cameron DeFargo había sido fundador y jefe máximo de la Agencia Central de Inteligencia, organización más conocida internacionalmente por sus siglas en inglés, CIA, en la que pese a sus maneras aristocráticas y refinadas había ejercido el control con mano dura y despiadada, y conservaba aún gran parte de su influencia. De él se decía que no había nombramiento en la Agencia que no recibiera previamente su visto bueno. Y ese hombre, esa leyenda más bien, era quien le había citado y quien, mientras Goldsmith se entregaba a esos pensamientos, le hacía pasar a lo que pese a haber sido calificado de saloncito era una estancia en la que cabía todo un regimiento de marines y le invitaba a tomar asiento en una butaca que en aparente contradicción con su aspecto del siglo pasado resultó ser la más cómoda de todas las que había disfrutado Goldsmith en su vida.

– ¿Desea beber algo, señor Goldsmith? -preguntó DeFargo haciendo honor a la hospitalidad que se supone a los de su clase-. Le recomiendo un whisky de Kentucky elaborado en una destilería clandestina de mi propiedad. Sí, ya sé que suena raro, pero no es sino el capricho de un viejo al que se le aguantan displicentemente sus rarezas. Privilegios de la edad. Estoy convencido de que la policía local está al tanto de la existencia de la destilería, pero cierran los ojos por respeto a mis canas.

Goldsmith sabía que quien decía eso tenía participaciones e incluso el control de una de las más importantes fábricas de licores del país, pero no hizo ningún comentario, limitándose a aceptar la invitación de su anfitrión. DeFargo sirvió dos generosos tragos en unas copas hermosamente talladas de cristal de Bohemia (eso al menos suponía Goldsmith, intimidado por el ambiente, ya que de hecho no distinguía el cristal de Bohemia del de cualquier otro lugar del mundo) y después de paladearlo con satisfacción y comprobar que su invitado hacía lo mismo, volvió a hablar.

– Odio los preámbulos tediosos, señor Goldsmith, así que doy por supuesto que usted sabe quién soy y la posición que he desempeñado en la organización a la que usted pertenece.

– Así es, señor DeFargo.

– Bien, en ese caso me imagino que estará al tanto de los rumores que circulan acerca de mi influencia actual en la misma.

– Algo he oído decir, sí -contestó Goldsmith dubitativo, sin comprometerse excesivamente.

– Son rumores algo exagerados, pero que quizá tengan algún punto de verdad. Debo reconocer que a menudo el presidente, en consideración a los servicios prestados y a la amistad que tuve con su padre, me consulta de modo protocolario sobre algunas decisiones y nombramientos, y yo procuro asesorarle lealmente. Una de las últimas veces que hablé con él fue cuando hubo que elegir al sustituto de su antiguo jefe, Tomás Zubia. ¿Se extrañaría si le dijera que uno de los nombres que se barajaron fue el suyo?

– Sinceramente, no sé qué decir a eso -contestó azorado Goldsmith, que había estado al tanto de ciertos rumores y que había aspirado a sentarse en el sillón de Zubia, ya que consideraba que contaba con méritos suficientes para ello.

– Por favor, señor Goldsmith, no me decepcione, le he invitado para hablar con total sinceridad. Usted estaba al corriente de esa posibilidad y deseaba fervientemente ocupar el cargo. No tiene que negarlo ni disculparse por ello; encuentro totalmente legítimo que alguien de su valía quiera acceder a un puesto para el que se considera totalmente capacitado. De hecho, quien debe pedir disculpas soy yo, porque si no hubiera sido por mí usted tal vez estaría hoy en el lugar de su antiguo jefe. ¿Se sorprende quizá?

– La verdad es que no esperaba esto -dijo Goldsmith mientras su cara reflejaba la sinceridad de sus palabras.

– Lo supongo. Tiene que ser difícil admitir que alguien le diga que ha estado a punto de acceder a un cargo importante y que por su culpa no lo ha conseguido; pero al tiempo que le reitero mis disculpas, quiero asegurarle que no ha habido ningún tipo de maldad en mi acción, todo lo contrario, e incluso le aseguro que ese puesto va a ser para usted en un corto plazo de tiempo, seis u ocho meses como máximo.

– Sinceramente tengo que decirle, con todo el respeto posible, que esas afirmaciones me están dejando totalmente estupefacto.

– Lo comprendo, pero si usted ha oído hablar de mí sabrá que nunca digo nada a tontas ni a locas. En confianza, y con esa sinceridad de la que antes ha hecho gala, ¿qué piensa de su nuevo jefe?

– Bueno, todavía acaba de aterrizar, como quien dice; aún es pronto para juzgarle.

– No está siendo sincero, señor Goldsmith. En realidad usted sabe, lo mismo que yo, que es un desastre sin paliativos, cosa que por otra parte ya sabía cuando propuse su nombramiento. Sí, no me mire tan extrañado, parece mentira que con el trabajo que desempeña sea usted tan ingenuo a veces. La política es así, y en muchas ocasiones los objetivos que se persiguen se consiguen indirectamente. Aunque tengo una pequeña influencia en las decisiones presidenciales, no soy la única persona a la que la Casa Blanca debe contentar. Concretamente, una persona que había colaborado generosamente en la campaña electoral presionó para que ese puesto lo ocupara alguien de su confianza y presentó tres candidatos. En lugar de luchar porque designaran a mi candidato, que era usted precisamente, decidí cambiar de táctica e intervine para que fuera nombrado el más incapaz de los tres candidatos que había presentado el otro asesor presidencial. De ese modo mataba dos pájaros de un tiro: el presidente había cumplido con su desprendido patrocinador y yo conseguía que se designara a alguien tan incompetente que dentro de poco tiempo no habrá más remedio que destituirle. Entonces será mi turno, es decir, su turno, si le sigue interesando ocupar el puesto.

– Por supuesto que sí -contestó Goldsmith entre admirado y extrañado-, pero me gustaría saber por qué me está ofreciendo ese puesto y a cambio de qué.

– Es usted desconfiado, y no se lo reprocho ya que en su profesión es una buena cualidad -contestó DeFargo-, pero no hay nada oculto en mi propuesta. En realidad sé quién es usted y que está preparado para el cargo, y, además de eso, el propio Tomás Zubia, con el que tenía una gran amistad, me había comentado más de una vez que usted sería su perfecto sucesor. De hecho, la maniobra que acabo de explicarle contaba con el beneplácito de su ex jefe.

Goldsmith, para disimular su turbación, dio un nuevo sorbo a su vaso de whisky ilegal, mientras rebuscaba en su mente alguna palabra con la que poder contestar a DeFargo sin conseguirlo. Fue su anfitrión quien tras imitarle volvió a tomar la palabra.

– Está bueno, ¿verdad? -dijo sonriente mientras señalaba su vaso-. Si lo desea, daré órdenes para que le envíen unas cuantas botellas a su domicilio. Bueno, antes le he dicho que no le iba a pedir nada por impulsar su nombramiento, y eso era cierto en el momento en que su jefe se jubiló, pero en el momento actual las cosas han cambiado de tal manera que me temo que sí tendrá que hacer algo por mí.

– ¿De qué se trata? -preguntó Goldsmith.

Curiosamente, las palabras que acababa de pronunciar Cameron DeFargo le habían animado. Si había una oferta, unas condiciones, podría hablar de tú a tú con su interlocutor, se encontraría en el terreno de los hechos, y ése era un terreno en el que nunca se había sentido intimidado. Como para reafirmarse en la serenidad adquirida, tomó entre las manos la botella de whisky y llenó de nuevo su vaso.

– Supongo que ya conocerá usted la noticia de la muerte de su ex jefe, Tomás Zubia, en Bilbao, la ciudad en la que había nacido y a la que había regresado tras su jubilación.

– Así es.

– Y sabrá también cómo murió.

– En efecto: al parecer fue apuñalado por un yonqui. Según parece, la droga hace estragos en todos los países y ninguna ciudad está libre de la lacra de la inseguridad ciudadana.

– ¿Eso es lo que usted cree? Yo no estaría tan seguro; por lo menos parece bastante raro que quien ha sobrevivido a dos guerras y a los momentos más álgidos de la guerra fría en primera línea de combate acabe muriendo por culpa de un desgraciado que sólo piensa en la heroína.

– Estoy de acuerdo, pero no parece que pueda ser otra cosa. Tomás Zubia nunca, desde que ingresó en la Agencia, se ocupó de asuntos españoles. Alguna vez me comentó que se había autoimpuesto esa norma para no involucrarse sentimentalmente en los trabajos encomendados, ya que eso disminuiría su rendimiento y podía poner en peligro no sólo su vida, sino la de sus compañeros. Además, y de un modo rutinario, al enterarnos de lo sucedido echamos un vistazo a los asuntos en los que había estado ocupado antes de su jubilación y no encontramos nada que le relacionara con España.

– No dudo de su eficacia -replicó DeFargo-, en caso contrario no se me hubiera ocurrido ofrecerle el puesto de su antiguo jefe, pero a veces conviene fijarse no tanto en lo que está a la vista como en lo que no lo está.

– ¿Qué quiere decir con eso? -preguntó Goldsmith cada vez más interesado.

Por toda contestación, DeFargo se levantó de la butaca que ocupaba y acercándose hasta una de las paredes laterales de la estancia retiró un cuadro que representaba al general George Washington subido a caballo. Detrás del cuadro había una caja fuerte. DeFargo, con dedos ágiles, manipuló la cerradura y la caja se abrió. De su interior sacó unos legajos que traspasó inmediatamente a Goldsmith.

– Admito que al tener aquí esta documentación he transgredido las normas de seguridad más elementales y alguna que otra ley federal -comentó risueño-, pero como le he explicado anteriormente, los ancianos nos solemos permitir muchas libertades. Por otra parte, puedo asegurarle que este pequeño club es mucho más seguro que el propio Fort Knox. Pero le ruego que no haga caso a mi estúpida chachara y hojee los documentos. Supongo que sabe de qué se trata.

– En efecto -contestó Goldsmith-, es uno de los expedientes que de vez en cuando nos transmite la Agencia para la Lucha contra la Droga, la DEA. Cuando a lo largo de sus investigaciones encuentran que algún personaje importante de un país aliado, preferentemente del mundo de la política o de la economía, está involucrado en el narcotráfico, nos suelen pasar el dato por si nos puede servir para nuestro propio trabajo.

– Para hacerles chantaje en beneficio del Departamento de Estado.

– Nosotros no utilizamos esa terminología, pero la idea es correcta -admitió Goldsmith-. Los documentos que usted acaba de mostrarme son posiblemente copia de unos que nos proporcionó la DEA sobre una banda dedicada al tráfico de drogas en el norte de España, pero en ningún momento consideramos interesante su utilización, así que devolvimos el material a la propia DEA comentándoles que no era necesario que nos siguieran facilitando datos sobre esa red.

– Esa fue la postura oficial, pero lo que usted no sabe es que el propio Tomás Zubia solicitó a Alvin Delano, su homólogo en la DEA, que con total y absoluto secreto le siguiera teniendo al corriente de las novedades sobre ese asunto.

– No sabía nada de eso -contestó sinceramente sorprendido Goldsmith.

– Me lo imagino, pero estoy en condiciones de asegurarle que lo que acabo de relatarle es totalmente cierto; el mismo Alvin Delano me lo ha confirmado. Es fácil comprender que eso lo cambia todo. Si Tomás Zubia volvió a Bilbao, ciudad que no visitaba desde hacía más de cincuenta años, movido por la lectura de unas informaciones referentes a una red de traficantes que actuaba en su tierra natal, no es descabellado pensar que su asesinato no fue un desgraciado accidente, sino algo deliberado, y si fue como yo pienso, señor Goldsmith, no quiero que esa muerte quede impune, por dos razones: la primera, por la amistad que nos unía a los dos, y la segunda, porque no acepto que nadie pueda matar a un hombre de nuestros servicios de inteligencia y quedar impune. Supongo que estará de acuerdo conmigo.

– Totalmente -contestó Goldsmith.

– Me alegra que sintonicemos -respondió con semblante alegre DeFargo- porque la misión que quiero encomendarle es precisamente ésa. Que investigue las causas de su muerte y, si se confirman mis sospechas, tome las determinaciones necesarias para que el criminal sea castigado. Aunque en estos momentos, como usted sabe, no tengo ningún puesto oficial en la Agencia, he podido arreglar las cosas necesarias para que desde este mismo instante cese en el resto de sus actividades y pueda dedicarse, con la cobertura de costumbre, a esta nueva misión.

DeFargo hizo una pausa para dar un nuevo trago a su vaso y que sus palabras calaran en su interlocutor, y tras limpiarse los labios con una servilleta que llevaba bordadas sus iniciales volvió a tomar la palabra.

– Como desde este momento usted queda liberado de cualquier otro trabajo y asignado a esta nueva misión, considero imprescindible ponerle en antecedentes. Es posible que me extienda demasiado, aunque me imagino que usted ya conoce la tendencia de los viejos a contar batallitas, por lo que le ruego que me disculpe de antemano, pero creo imprescindible retrotraerme a la época de la segunda guerra mundial, mucho antes de que usted hubiera nacido, porque si mi tesis es exacta, la muerte de Tomás Zubia está íntimamente relacionada con los sucesos en los que estuvo implicado.

»Es posible que ya conozca el modo en que fue captado para nuestros servicios. Tras finalizar la guerra civil española y estallar casi simultáneamente la guerra mundial con la invasión de Polonia por el ejército de Hitler, Tomás Zubia se incorporó a los grupos de resistentes que colaboraban con los países democráticos en su lucha contra los nazis y sus aliados. Pronto destacó por su capacidad para el trabajo clandestino y de información, en el que se movía como pez en el agua, así que decidimos incorporarle formalmente a nuestra incipiente organización. Como primera medida le enviamos a Nueva York, donde estuvo muy poco tiempo, lo suficiente para realizar un cursillo intensivo como agente especial. Aunque las técnicas actuales son mucho más avanzadas que las usadas en nuestra época, no fanfarroneo cuando le digo que nuestra preparación no tenía nada que envidiar a la que se proporciona hoy en día. Hay que comprender que en tiempos de guerra no se hacen prisioneros a los espías ni se los intercambia, sino que se los fusila directamente después de haberlos estrujado al máximo para obtener información, y si no estás bien preparado pronto pasas a engrosar la lista de cadáveres.

»Tras su estancia en Nueva York su primer destino fue México, aunque ahí no tenía que desarrollar ninguna actividad, sólo esperar a que transcurriera el tiempo suficiente para crear la cobertura necesaria para su posterior viaje a España, que era el destino definitivo. En México debía hacerse pasar por Javier de Ithurbide, sobrino de un tal Agustín de Ithurbide, millonario hombre de negocios que se hacía pasar por descendiente del caudillo del mismo nombre que, una vez conseguida la independencia, se autoproclamó emperador de México. Por este motivo reivindicaba su derecho a la Corona azteca y había creado un partido político para perseguir dicho fin. No dejaba de ser una extravagancia que se le permitía tan sólo por su condición de multimillonario, una de las diez fortunas más grandes de ese país, pero que nos fue muy útil.

»Investigaciones previas nos habían hecho saber que su imperio económico era tan ficticio como su corona imperial, así que no nos fue difícil llegar a un trato con él. Los dólares de Washington apuntalarían su grupo empresarial, y él reconvertiría su minúsculo grupo político en un partido de carácter fascista. No fue fácil. Por un lado, su carácter monárquico, con ciertas ínfulas de imitación de la monarquía británica, así como su sentimiento católico, le alejaban del nacionalsocialismo ideológico, pero esos mismos carácter y sentimiento le aproximaban al fascismo italiano (la Italia del Duce, no lo olvide, era nominalmente una monarquía y firmó un concordato con la Santa Sede), con lo que la evolución, sin ser fácil, se hizo de un modo natural. El mismo nombre de su organización, Partido Monárquico Católico de México, se transformó en Movimiento Nacionalista Revolucionario Mexicano. La finalidad era conseguir, por un lado, que los posibles sectores de esa ideología que hubiera en México (poco importantes en sí, pero con el inconveniente de ser un país fronterizo con Estados Unidos) estuvieran controlados y, por otra parte, a través de ese partido iniciar relaciones de colaboración y ganarse la confianza de los movimientos nazis y fascistas que sí tenían influencia en el resto del mundo.

»Ithurbide fue pronto separado de la dirección política del movimiento, ya que ni por edad ni por inclinación natural estaba capacitado para regirlo, y fueron hombres de nuestra total confianza quienes pasaron a ocupar los cargos ejecutivos. El papel de Zubia en el partido no fue de dirigente, sino de simpatizante. En su ficticia y nueva personalidad se aunaban dos factores: ser el sobrino del fundador, que a su vez era una de las más grandes fortunas nacionales, y demostrar simpatía por el nuevo giro que había tomado ese partido. Por otra parte, se creó la leyenda de que desde pequeño le habían enviado a estudiar a España y otros países europeos, para disculpar su acento, que no era totalmente mexicano.

»Siete meses después de su llegada a México Distrito Federal, consideramos que estaba preparado para intentar afrontar con éxito su nuevo destino, por lo que tomó un avión que le llevó de regreso a España, pero esa parte de la historia quizá sea mejor que se la cuente el propio Zubia.

Siempre con la sonrisa en los labios, DeFargo se levantó de su asiento y volvió a acercarse a la caja fuerte, que aún continuaba abierta. De ella sacó un disco y lo introdujo en un ordenador que se encontraba disimulado en el interior de un mueble que aparentaba haber sido utilizado por la reina Victoria en persona.

– Corríjame si me equivoco, lo cual es muy posible porque a los perros viejos nos suele ser difícil aprender trucos nuevos, pero creo que esto se llama CD-Rom. Parece ser que enchufado a un ordenador puede hacer maravillas; eso por lo menos me dicen mis nietos, que me han enseñado lo poco que sé de informática. Aunque me cuesta creerlo, ese minúsculo disco contiene toda la información disponible acerca de su antiguo jefe, mi viejo y difunto amigo Tomás Zubia. Supongo que estará aburrido de la charla de un viejo, por eso le voy a abandonar durante un rato y le sugiero que lea, no estoy seguro de que sea la expresión adecuada pero usted ya me entiende, la información que considere más interesante. Junto a su historial profesional podrá encontrar varios documentos curiosos, entre ellos las actas de las reuniones que tuvimos en Washington para estudiar las operaciones que teníamos que llevar a cabo en España en la época de la que le acabo de hablar, informes oficiales y alrededor de siete cartas que me escribió mientras estaba destinado en España. Estas últimas no son escuetos informes profesionales, sino auténticas cartas personalizadas que me enviaba como manera aconsejada por nuestros psicólogos para, además de transmitir la información precisa, poder desahogarse de la tensión vivida en momentos tan difíciles y permitirnos evaluar su grado de estabilidad emocional, necesaria para llevar a buen fin su misión. Como usted puede comprobar, la psicología no es una ciencia recién inventada hoy en día precisamente, pero creo que he vuelto a ser demasiado prolijo en mis palabras, así que le dejo solo para que pueda trabajar a sus anchas. Cuando haya acabado no tiene más que marcar el número ocho en el teléfono que está junto al ordenador y volveré para reunirme con usted.

Antes de que DeFargo saliera definitivamente de la estancia, Goldsmith ya estaba manipulando el ordenador. Al contrario que para su anciano interlocutor, aunque en el fondo no se creía la historia de que era un ignorante en esos temas, para Goldsmith la informática no tenía ningún secreto, así que manejar un CD-Rom era un simple juego de niños, tan sencillo como hojear las páginas de un libro. Intrigado por las palabras de DeFargo, buscó, en primer lugar, las cartas que Zubia le había enviado mientras estaba en España. Eran francamente interesantes y se zambulló en ellas con gran excitación. La primera y la cuarta, sobre todo, narraban hechos que parecían importantes. Hasta que no llegara al final de sus investigaciones no podría saberse si tenían relación con su muerte en Bilbao y la red de narcotráfico que había investigado la DEA, pero decidió imprimirlas para poder releerlas cuantas veces fuese necesario. Afortunadamente, el viejo DeFargo pensaba en todo y junto al ordenador había una impresora de la última generación que en muy poco tiempo le proporcionó los documentos solicitados. Cuando tuvo los folios en sus manos, Goldsmith se sirvió una buena ración de ese whisky que el viejo fabricaba clandestinamente y que estaba buenisimo y se puso a leer con tranquilidad las cartas numeradas con los guarismos 1 y 4.


CARTA Nº 1 (REMITENTE: TOMAS ZUBIA. DESTINATARIO: CAMERON DEFARGO)

Estimado Cameron:

Aunque hasta ahora he sido reacio, más por motivos de pudor que de seguridad, a seguir tu consejo y escribirte una carta para contarte, más allá de las informaciones que voy consiguiendo, cómo me encuentro de ánimos y qué opino de la operación en marcha, por fin me he decidido a hacerlo porque creo que tienes razón cuando afirmas que de este modo puedo aliviar, en parte, mi soledad.

Supongo que lo comprenderás si te digo que cuando llegué a Madrid el corazón me dio un vuelco. Llegaba a una ciudad vencida disfrazado de triunfador. Por todos los rincones podían verse las señales de la devastadora guerra que ha finalizado no hace mucho con el triunfo de los fascistas. Las ruinas se han adueñado de la ciudad y un halo de tristeza lo impregna todo y me ha contagiado, aunque yo deba fingir que me encuentro totalmente a gusto; se supone que soy uno de los hombres más felices del mundo, un rico heredero mexicano simpatizante del victorioso III Reich.

La vida da muchas vueltas y las perspectivas personales suelen cambiar rápidamente, sobre todo en estos tiempos de sufrimiento que nos está tocando vivir. Sabes que no me gusta mucho hablar de estos temas, pero debo reconocer que cuando en Euskadi luchaba por los derechos de mi pueblo, Madrid era una referencia negativa, el centralismo, la negación de esos derechos; pero ahora, si bien no renuncio a mis más íntimos principios y deseos, no puedo ni quiero evitar sentir un hondo respeto y admiración por esta ciudad que tan ejemplar y heroicamente ha resistido el embate de las milicias facciosas y que ha sucumbido con honor. Nada más llegar hubiera deseado despojarme del esmoquin con el que había subido al avión y ponerme un mono para colaborar en la faena de reconstrucción, pero por suerte o por desgracia no es ésa la misión que me ha conducido hasta aquí, aunque confío en que la labor que estoy desempeñando sirva también para su liberación.

Al pie de la escalinata del avión me esperaba Werner Haupt, miembro de la embajada alemana, hombre ceremonioso y campechano, el típico alemán aficionado a la cerveza y las juergas, el cual, según mis informes, ocupa un lugar insignificante en el organigrama de las SS en España.

– Herr De Ithurbide -afirmó, más que preguntó, al verme bajar del avión.

– Javier de Ithurbide, a su servicio. ¡Heil Hitler! -añadí mientras alzaba el brazo a la romana intentando, con éxito, disimular mi repugnancia.

– ¡Heil! -contestó-. Acompáñeme, por favor. Tengo el coche aparcado muy cerca de la pista.

Supongo que al estar en tierra conquistada no necesitan disimular, porque el Mercedes no ocultaba quiénes eran sus dueños. El banderín con la esvástica lo adornaba de un modo siniestro. Pensaba que iba a ser conducido a la embajada directamente, pero me llevaron a una casona en las afueras de Madrid. No sé en qué pueblo estaba, pero creo que podría encontrarlo con los ojos cerrados.

En la casa me presentaron a un hombre que vestía el uniforme de coronel de las SS. Aunque no hubiera llevado uniforme ni galones, no habría dudado ni un minuto en señalarle como el jefe de todos los que estaban allí reunidos. Con un simple gesto hizo que quienes le acompañaban salieran del salón al que había sido conducido.

– ¿Señor De Ithurbide? Permítame presentarme. Coronel Rainer Vonderschmidt, de las SS. Encantado de conocerle.

– Lo mismo digo. Me habían asegurado que iba a ser bien acogido en España, pero nunca imaginé que iba a tener el honor de ser recibido por un coronel del más digno cuerpo que sirve a nuestro glorioso Führer.

– No son necesarias las adulaciones, amigo mío. Sé quién es usted y conozco su dedicación y la de su familia a la causa, aunque tiene que admitir que su partido no ha obtenido unos resultados muy positivos en las últimas elecciones.

– Nunca hemos creído en las elecciones.

– Nosotros tampoco, pero no olvide que conseguimos el poder de ese modo.

– Nuestro caso es distinto. En México abunda la población de origen indio, por eso la causa de la raza no puede avanzar lo que muchos quisiéramos. Somos pocos los blancos de pura estirpe e incontaminados. Desgraciadamente, nuestros antepasados no fueron capaces, como hicieron los ingleses en el norte, de exterminar a las tribus de indios desharrapados que se encontraron por esas tierras, sino que, más bien al contrario, se dedicaron a fornicar todo lo que pudieron con las indígenas y crearon la impura raza mestiza que es mayoría en mi patria. No obstante, si bien es cierto que no tenemos el poder oficial en nuestras manos, nuestra influencia, no tanto como movimiento sino como dirigentes de la economía nacional, es muy grande. Y estamos orgullosos de poner esa influencia y poder al servicio del III Reich.

Como verás, me había aprendido de memoria el discurso que habíamos ensayado y lo dije de corrido sin equivocarme en nada, aunque me sentía muy extraño al pronunciarlo, como si no fuera yo sino otra persona quien hablara con mi voz.

– Gracias, amigo mío, no esperaba menos de usted -me contestó, evidentemente complacido, el coronel-. Además, tengo que decirle que el servicio a la patria no está reñido con las posibilidades de obtener beneficios económicos, y este país en el que estamos nos puede ser propicio a los dos. ¿Sabe lo que le quiero decir?

– Sin ningún género de dudas, mi coronel, y le aseguro que por mi parte no va a haber ninguna oposición a esa idea. Como usted ha dicho, nadie puede dudar de mi lealtad a la causa; mejor dicho, de la lealtad de ambos a nuestro gran ideal, pero estoy de acuerdo en que no es incompatible rendir importantes servicios a nuestra bandera y nuestro Führer con incrementar nuestro patrimonio. Ésa es otra de las razones de que haya venido a España. Un país recién salido de una guerra y donde todo está por reconstruir es un país en el que se pueden realizar grandes negocios si se tienen los contactos adecuados y la inteligencia suficiente para no pasar por alto las oportunidades.

– También es necesario no tener muchos escrúpulos.

– Herr coronel, quienes hemos dedicado nuestra vida a la causa no podemos dejarnos dominar por las estrecheces de la moral pequeñoburguesa. Sí, creo y deseo que haremos grandes negocios juntos.

– Me gustaría brindar por ello, pero desgraciadamente no he acondicionado lo suficiente este caserón. Si no tiene inconveniente en acompañarme le podré llevar a un sitio donde dan las mejores bebidas que se pueden obtener en estos tiempos. Ha tenido un viaje muy largo y no es justo que empecemos ya a hablar de trabajo.

– Vuelvo a estar de acuerdo con usted.

– Por cierto, respecto a lo que me ha dicho antes sobre el mestizaje en su país, espero que no tenga ningún escrúpulo por compartir el lecho con unas hermosas mujeres sólo por el hecho de ser judías. Le aseguro que son mujeres de lo más exquisitas y apetecibles, y por otra parte, para gente como nosotros, el morbo de su raza multiplica el placer que se puede obtener de ellas.

– No he criticado el disfrutar de las mujeres pertenecientes a razas inferiores, todo lo contrario; si algo justifica su miserable existencia es precisamente el ponerlas a nuestro servicio en todos los sentidos, sexual incluido. Tan sólo me parece mal tener hijos con ellas.

– Me alegra comprobar que no posee los prejuicios sexuales heredados de la cultura pequeñoburguesa y judeo-cristiana. En cuanto al peligro de dejarlas embarazadas, por eso no se preocupe, querido amigo. Las furcias de las que le hablo ya no podrán tener hijos con nadie, nunca.

Bueno, Cameron, espero que me excuses cuando compruebes que con estas últimas palabras cierro la que ha sido mi primera carta. Aunque admito que escribir me ha servido de catarsis, cuando pienso en lo que tuve que hacer esa noche junto al coronel me doy asco a mí mismo, no tanto por lo que hice en sí, ¿a quién no le gusta pasar la noche con una guapa mujer?, sino porque era consciente de que las mujeres con las que estábamos eran simples esclavas sexuales de los odiados jerarcas nazis y, en esos momentos, estaban sometidas a mi propio servicio. Espero que lo que estoy haciendo sirva para algo; quizá eso no lo justifique del todo, pero siempre me quedará la satisfacción de que no ha sido en vano.


CARTA Nº 4 (REMITENTE: TOMÁS ZUBÍA. DESTINATARIO: CAMERON DEFARGO)


Estimado Cameron:

Aunque como tú bien sabes al principio fui reacio a contarte por carta mis intimidades, no me queda más remedio que admitir que le estoy cogiendo gusto, me sirve como válvula de escape, y a falta de una persona de carne y hueso con la que desahogarme, el papel en blanco es un sustituto que sin llenarme del todo palia hasta cierto punto mis ansiedades; por eso te envío la que, si no me equivoco en las cuentas, es mi cuarta carta.

Lo primero que quiero confesarte es que en estos cinco primeros meses de mi estancia en Madrid he llegado a tener una relación muy amistosa con el coronel Vonderschmidt. Incluso se podría decir que nos hemos convertido en amigos íntimos, si no fuese porque me repugna usar el elevado concepto de la amistad para referirme a ese cerdo, pero es cierto que cualquiera que no conozca mis objetivos (y espero que no los conozca nadie) estará pensando que nuestro trato es casi de hermanos más que de amigos.

En realidad, si no fuese porque estoy en Madrid destinado para cumplir una misión, y porque creo en esa misión, no me quedaría más remedio que reconocer que mi vida es de lo más placentera. Cuando en toda España apenas hay para comer e incluso el pan negro se ve difícilmente en las mesas, yo no me privo de nada. Mi relación con el representante oficial de las SS es totalmente provechosa para ambos desde un punto de vista económico y los negocios de mi falso tío van viento en popa; sus beneficios crecen hasta límites insospechados. Cuando mi trabajo acabe, el viejo nostálgico de la corona imperial mexicana habrá incrementado su fortuna hasta límites que jamás se atrevió a imaginar.

El coronel Vonderschmidt también tiene motivos más que sobrados para sentirse contento. Aunque en todos los negocios que tenemos a medias es tan sólo el representante de las SS y del Gobierno del III Reich, no me cabe duda de que su bolsillo crece al mismo ritmo que el mío. Incluso a veces he renunciado a mis comisiones para que el alemán incrementara las suyas, táctica quizá algo burda pero que está produciendo espléndidos resultados. El coronel come en la palma de mi mano.

Una noche, después de haber realizado una de las suculentas operaciones comerciales con las que nos hemos venido lucrando desde que iniciamos nuestra relación, fuimos al burdel al que me había llevado el día de mi llegada a Madrid, el de las mujeres judías de las que te hablé en mi primera carta. No sé si me estoy endureciendo más de lo debido, pero ya no me cuesta hablar sobre ello como me ocurría al principio, aunque repito que pongo en duda que ese sentimiento sea positivo. En fin, vuelvo al meollo de la historia. El coronel estaba eufórico y borracho y me propuso que nos encerráramos los dos con una de las pupilas llamada Sarah, posiblemente la más hermosa de las mujeres que allí había. No te voy a contar lo que hicimos porque te lo puedes imaginar sin mi ayuda; al fin y al cabo escribo esta carta para desahogarme yo, no para excitarte a ti. Tal vez se debiera a su borrachera o, más seguramente, a su absoluta carencia de valores morales, el caso es que cuando estábamos los tres totalmente exhaustos, tendidos sobre la inmensa cama de la habitación, Vonderschmidt se levantó de improviso, como impulsado por una idea repentina, y cogiendo su pistola reglamentaria me la tendió.

– Algunos sibaritas dicen que el sexo es la otra cara de la muerte y que si juntamos ambos, el placer se centuplica, y tienen razón. Lo sé por experiencia. Toma -añadió mientras ponía su arma en mi mano-. Acabas de follarte a Sarah, ahora debes conocer el otro aspecto del placer. Tienes que matarla. Te aseguro que sentirás el mayor de los orgasmos y que será inmensa tu dicha cuando liquides a esta perra judía. Hazlo por mí y por el Führer.

Una cosa es acostumbrarte a ir de juerga con un nazi de mierda e incluso participar en sus orgías sexuales, depravadas desde el momento en que se juega con el terror de quienes están a tu servicio como meras esclavas sexuales, y otra cosa es matar a sangre fría a alguien inocente, cuyo único crimen era pertenecer a otra raza; pero me habían lanzado un desafío y tenía que recoger el guante.

¿Qué era más importante? ¿Preservar mi cobertura, para lo cual tendría que disparar contra la mujer con la que acababa de acostarme, o negarme a hacerlo y correr el riesgo de que todo se fuera al garete?

Sinceramente, Cameron, aunque admito que en Nueva York me proporcionasteis una gran preparación, no me sentía con fuerzas para afrontar esta prueba. Todavía me entran escalofríos cuando lo recuerdo. No sabía qué hacer, así que decidí improvisar y jugármelo el todo por el todo.

– Lo siento -contesté en el más arrogante tono de emperador azteca que fui capaz de expresar-. Los Ithurbide no hemos nacido para matarifes, sino para dar órdenes de vida y muerte. Es nuestro derecho y nuestro privilegio. Quien está acostumbrado a que le obedezcan no necesita manchar sus manos con sangre de lacayos. No niego la veracidad de lo que me has dicho, pero mi rango me impide complacerte.

No sé si Vonderschmidt iba de farol o si eran tan sólo los efluvios alcohólicos que le atenazaban los que marcaban su pauta de conducta, el caso es que echándose a reír a carcajadas me abrazó diciéndome que era todo un hombre y que conmigo se podía ir al fin del mundo.

– Además -añadió guiñándome un ojo-, creo que estás preparado para empezar a hacer cosas serias. Pero éste no es el sitio adecuado. Ven mañana a mi despacho en la embajada y te hablaré de nuestros nuevos proyectos.

Sobre la conversación que tuve al día siguiente envío un informe anexo, ya que considero que tiene suficiente importancia para darle un tratamiento más oficial, por lo que no me extenderé de nuevo en esta carta sobre ese asunto, así que enviándote un fuerte abrazo y esperando noticias tuyas, me despido por hoy.

Mientras estaba escribiendo ha caído la noche sobre Madrid y me he dado cuenta de que necesito descansar más que cualquier otra cosa en este mundo. La cama me espera, aunque últimamente mis sueños suelen convertirse en pesadillas.


9

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Cuando aceptó hacerse cargo del asunto, Iñaki Artetxe no tenía ninguna idea preconcebida acerca de cómo lo llevaría, pero no se inquietó por ello. En principio no parecía difícil averiguar un hecho tan sencillo como el de si una joven aún seguía residiendo en su domicilio y, si así fuera, conseguir una entrevista con ella. En caso contrario la cosa le causaría más quebraderos de cabeza, pero aunque en cinco años es fácil anquilosarse confiaba en recuperar su capacidad para trabajar como policía -bueno, detective sería más correcto decir, pensó- y encontrar a la chica.

Como primera medida llamó a Gerardo Aresti, un compañero de la Ertzaintza con el que pese a todo lo ocurrido aún conservaba cierta amistad, y le pidió que averiguara, gracias a los contactos que tenía con inspectores de la Brigada de Documentación del Cuerpo Nacional de Policía, el domicilio que constaba oficialmente en el Documento Nacional de Identidad de la novia de su cliente. Aresti no tardó en realizar la gestión y decirle que Begoña González conservaba su mismo domicilio, por lo menos en los papeles. Por ahí las cosas estaban claras aunque no significaran nada, ya que podía haber cambiado de domicilio sin regularizar los datos de su documentación personal. En caso contrario el dato sí hubiera sido alentador, pero en el presente servía tan sólo para descartar una posibilidad en la que no tenía mucha confianza previa, pero que había que explorar.

Solventada esa posibilidad, llamó por teléfono haciéndose pasar por un amigo. La señorita Begoña no estaba en ese momento. No, no sabía cuándo iba a volver, si quería dejarle algún recado… Sí, por supuesto que la señorita Begoña seguía viviendo allí, y naturalmente que le comunicaban las llamadas que había recibido; si no tenían contestación, eso era cosa de la señorita Begoña.

Se apostó durante dos semanas cerca de la residencia de González Caballer. No fue fácil. La casa del industrial se encontraba en Algorta, en la cima de un alto que coronaba el Puerto Viejo. Era harto complicado vigilar sin ser visto, pero lo consiguió. En esas dos semanas no hubo rastro alguno de la chica. Para él, como si no existiera, pero no era suficiente. El no verla durante catorce días no tenía que significar necesariamente que Begoña González ya no viviera allí, aunque no dejaba de ser un indicio importante.

Como último recurso intentó el método directo. Se identificó y solicitó una entrevista al padre de la joven. Le mandaron a la mierda. De un modo elegante, eso sí, que no en balde eran gente bien, pero en resumidas cuentas, le mandaron a la mierda.

Fue entonces cuando decidió solicitar la ayuda de Miren.

La citó en la cervecería de Deusto, enfrente de los antiguos astilleros de la compañía Euskalduna, desaparecidos para mayor gloria de la reconversión industrial y el ministro Solchaga. Iñaki recordaba cómo de pequeño, cuando vivía en Deusto, su padre le llevaba a ver botar los barcos. Ya no los vería nunca más, pensó con tristeza. Quizá su vida no fuera más que eso, una sensación continua de pérdida de todo aquello que más había querido. Su infancia, su trabajo, ¿a Miren también?; pronto lo sabría, pensó mientras saboreaba una de las últimas jarras que iba a tomar en aquel lugar. También la cervecería estaba condenada a la extinción como consecuencia de los planes que había para revitalizar y transformar de raíz su ciudad natal. Suponía que eso iba a ser beneficioso, pero no dejaba de ser una nueva pérdida que añadir al debe de su existencia. Siempre le había gustado la cervecería, uno de los pocos lugares en los que poder tomarse una bebida al aire libre que quedaban en Bilbao. Se había sentado de espaldas a la caseta, junto a la ría, mirándola fijamente. Un observador imparcial no hubiera vislumbrado un átomo de belleza en sus mugrientas aguas, pero a él, como a muchos de sus paisanos, le atraían irremisiblemente. Por eso y por las dos cervezas que había tomado pausadamente, la espera transcurrió rápida.

Por todo eso y por Miren, la mujer a la que más de una vez había pedido que se casara con él, sin obtener un sí por respuesta. Miren Arruti había sido compañera suya de promoción en la Ertzaintza, aunque había abandonado el cuerpo para ingresar en una empresa privada de seguridad poco antes de que él hiciera el gilipollas y se cayera con todo el equipo. Miren Arruti, la mujer de la que había estado enamorado y que a su vez había estado enamorada de él, pero a la que echó de su vida cuando ingresó en prisión porque no quería hacerla sufrir, decía, aunque la verdad es que era él quien no quería sufrir viéndola al otro lado del locutorio; por eso se negó siempre a recibirla cuando iba a visitarle y por eso prohibió a sus familiares y abogado que le dijeran cuándo salía de prisión. No estaba seguro de haber hecho lo correcto, porque no había podido evitar el seguir enamorado de ella, pero suponía que era tarde para recomponer lo que él mismo había roto. Ahora su única pretensión era recuperar su amistad y tal vez obtener su colaboración en el presente trabajo, aunque cuando analizaba a fondo sus sentimientos comprobaba que después de esos cinco años de aislamiento no habían variado ni un ápice.

Todo lo que pensaba desapareció de su mente cuando ella llegó. No dijo nada, sino que le abrazó fuertemente y se puso a llorar.

– Lo siento, soy una tonta -dijo Miren al separarse de él mientras recomponía su cara anegada en lágrimas-, pero hacía tanto tiempo que no nos veíamos… ¿Acaso ya no quieres casarte conmigo? -intentó bromear.

– Exactamente. Tú lo has dicho.

– Me alegro -contestó riendo-, no sea que algún día se me ocurriera decirte que sí y la armáramos parda. Ha pasado tanto, tanto tiempo…

– Lo siento, sé que no me he portado bien, pero hice lo que consideré mejor para los dos.

– Lo que era mejor para los dos teníamos que decidirlo entre los dos.

– Supongo que tienes razón, pero las cosas se ven muy diferentes aquí, al aire libre, tomándonos unas cervezas, que tras los muros de una prisión.

– Tuvo que ser horrible -le dijo dulcemente Miren, mientras le revolvía el pelo con gesto cariñoso.

– Sí, fue horrible, pero la cárcel no era lo más horrible. Lo peor era el pensar que había destrozado mi vida, que todo se desmoronaba alrededor por mi culpa, que no te vería más, que te había perdido. No estoy muy seguro de querer conocer la respuesta, pero necesito saber si tienes pareja.

– No me has perdido -contestó Miren volviendo a besarle-. Tengo muchos reproches que hacerte y te los voy a hacer, de eso puedes estar seguro, pero no me has perdido. Y no salgo con nadie en estos momentos. Durante unos meses lo intenté con diversos amigos pero no funcionó, siempre acababa pensando en ti.

– Lo siento.

– No era culpa tuya.

– Deberías haberte olvidado de mí. No se puede vivir asido a una sombra ni recuperar el tiempo transcurrido -contestó tristemente Artetxe.

– Pues no intentes recuperarlo. Olvídate de él y piensa en el tiempo futuro. Yo soy ese tiempo futuro.

– Ojalá sea así, pero tengo miedo. He hecho tantas cosas mal en la vida que cuando se me presenta algo bueno temo no ser capaz de reconocerlo. Necesitaremos tiempo.

– Tenemos mucho tiempo -respondió Miren-, aunque estos cinco últimos años tenían que haber dejado las cosas suficientemente claras.

– Lo sé, pero antes necesito asentar mi vida y recuperar mi propia estima. Perdí mi trabajo y tengo que pensar en el futuro. En parte por eso te he llamado. Cuando salí de la cárcel me hicieron una oferta que he aceptado.

– ¿De qué se trata?

– Un trabajo similar al de un detective, vinculado extraoficialmente con el bufete de mi antiguo abogado.

– Parece interesante y, además, estás preparado para ello. Eras de los mejores de nuestra promoción.

– Sí, y de los de menos cabeza.

– No vuelvas a empezar con eso y cuéntamelo todo desde el principio.

– En estos momentos estoy con el primer caso que me ha venido a través del bufete y creo que me vendría bien tu ayuda.

– Puedes contar con ella, pero déjate de rodeos y dime de qué se trata.

Iñaki le repitió, casi literalmente, lo dicho en la reunión que había tenido con Carlos Arróniz en el despacho del abogado y le explicó las gestiones que había realizado hasta el momento. Cuando acabó su exposición le dijo qué era lo que podía hacer ella para ayudarle.

– ¿Podrás hacerlo?

– ¿Bromeas? -contestó ella-. Será coser y cantar. ¿O qué piensas, que eres el único que no ha perdido cualidades?

– No se trata de eso, pero no quisiera que por mi culpa te metieras en líos.

– Descuida, ya me conoces y sabes que sólo me meto en los líos que quiero.

– Quería decirte una última cosa.

– ¿De qué se trata?

– Bueno, quiero que sepas que si hubiera sido tan sólo para pedirte este favor no te habría llamado.

– Lo sé -contestó Miren sonriendo.


10

<p id="_Toc139691824">10</p>

No había caso, pensaba Rojas. El comisario opinaba que todo había sido un accidente y la jueza iba a corroborar esa opinión dando carpetazo al asunto o, por decirlo más técnicamente, dictando auto de sobreseimiento. Ni siquiera la mujer de Andoni Ferrer estaba dispuesta a admitir la hipótesis del asesinato. Quizá porque no había habido asesinato y sus deseos de trabajar en algo importante le habían jugado una mala pasada.

¿Pueden equivocarse un comisario y una magistrada? Claro que sí, pero ¿al unísono? ¿No sería más lógico pensar que era él quien se equivocaba? Después de todo, era el neófito del Grupo de Homicidios y sus propios compañeros se inclinaban a pensar que ahí no había nada.

Volvió a leer el informe que acababan de traerle del Gabinete de Identificación. Nada. O mejor dicho, mucho; sus colegas habían hecho un trabajo concienzudo, pero nada que avalara la tesis de que se había producido un homicidio. Dejó los papeles encima de su mesa y se levantó. Se ahogaba en ese cuartucho. Le vendría bien salir un poco. Además, tenía otras cosas que hacer, y como las abandonara durante mucho tiempo iba a recibir una sonora bronca del atildado Manrique.

En las escaleras se encontró con Javier Moro, un antiguo compañero de la Academia de Policía destinado en el Grupo B de Estupefacientes. Conservaban una buena amistad de su época de aprendices de policía; por eso se entretuvieron un rato charlando. En un momento de la conversación Moro le preguntó por el caso que estaba llevando.

– Me parece que no hay caso, Javier. Y si lo hay, todavía peor, porque no tengo por dónde agarrarlo. Ni el comisario, ni el Juzgado, ni siquiera la familia me apoyan. Y el informe del laboratorio les da la razón a ellos, no a mí. Quizá sea porque no la tengo.

– Bueno, eso nos ocurre a todos y a todas horas. Yo que tú no me comería el tarro. De todas maneras, ¿por qué no hablas con Dios?

– Déjate de chorradas, que con este asunto no estoy para bromas. Sin pruebas, ni Dios ni toda su corte celestial conseguirían que Manrique me respaldara -respondió, taciturno, Rojas.

– No, hombre, no, no me refería a eso, te tiene atontado el caso -dijo, entre carcajadas, Moro-, aunque de vez en cuando no nos vendría nada mal que nos echara una mano. Te estoy hablando de Luis de Dios; ¿no sabes quién es?, el jefe del Grupo A de Estupefacientes.

– Sí, es verdad, perdona, no había caído, para que veas cómo estoy por culpa del dichoso asunto, pero ¿crees que podría ayudarme?

– Hombre, hasta que no hables con él no lo sabrás; lo que sí puedo decirte es que estuvo conversando hace unos días con ese tal Ferrer. Estuvo en el grupo nuestro, porque quería efectuar una entrevista con un inspector destinado en Estupefacientes, así que se lo pasamos a De Dios, que es el único que tiene paciencia con los periodistas, y le atendió al momento. Entre nosotros, ese cabrón de Luis hará carrera, te lo digo yo. Es mejor relaciones públicas que tu jefe, que ya es decir. Bueno, Manolo, te dejo que voy con prisa, y no te olvides de hablar con Dios. Igual no resuelves el caso, pero seguro que vas al cielo -concluyó entre grandes risotadas.


La oficina del Grupo A se parecía a la suya lo mismo que un mormón de esos que vienen desde Salt Lake City -no se sabe si a convertirnos o a vendernos un cursillo para triunfar en la vida- a otro mormón. Y Luis de Dios se parecía al comisario Manrique como el mormón anterior a su hermano gemelo, con la diferencia de que De Dios era más joven y afectuoso. Le estrechó con fuerza la mano, le palmeó repetidamente la espalda y por último le invitó a sentarse.

– Sí, hombre, Manuel Rojas, naturalmente que sé quién eres, aunque hasta ahora nunca hayamos coincidido. Estás en Homicidios, ¿verdad? Ése sí que es un buen trabajo. Cuando yo era pequeño quería ser poli para descubrir asesinos, como Hércules Poirot. ¿Has leído a Agatha Christie? Yo tengo todas sus novelas. La gente piensa que nosotros no leemos esa cosas porque estamos saturados. Paparruchas. De los únicos crímenes que disfrutamos es precisamente de los que son ficticios, aquellos que leemos en casa con la bata puesta, sentados en un confortable sofá junto a la chimenea, con el perro a nuestros pies y un vaso de buen whisky en la mano, ¿no estás de acuerdo? Pues claro que sí, hombre; mejor eso que tener que patearte la ciudad un día de lluvia, con ocho grados bajo cero, para detener a un tío que muchas veces no sabe ni sorberse los mocos solo. La verdad es que yo no tengo perro ni chimenea, pero lo demás lo disfruto a tope. Aunque ya sabes, yo propongo y el otro Dios dispone. -Se rió de su propio chiste, lo solía contar unas veinte veces al día-. Así que aquí me ves, zambullido de lleno en el mundo de la droga en vez de investigando asesinatos de calidad, como en la novela de John Le Carré. Los de Homicidios sí que vivís bien. Trabajo bonito y la fama para vosotros. Ojo, no te mosquees, la verdad es que me gusta ser estupa. Conoces gente muy interesante y encantadora -volvió a reírse- pero bueno, hombre, perdona que me enrolle así, es mi modo de ser, seguro que te estoy aturdiendo. Dime qué necesitas.

– Se trata del caso en que estoy trabajando. El posible asesinato de un periodista, Andoni Ferrer.

Ante las palabras «posible asesinato» y «Andoni Ferrer», De Dios reaccionó como lo que era: un buen policía. Aparentemente nada había cambiado en su actitud, pero en sus ojos Rojas adivinó que a partir de ese instante su interlocutor iba a olvidarse de la chachara superficial y de las estentóreas risotadas e iba a poner una extremada atención a sus palabras.

– Estoy en un callejón sin salida. Creo que ha habido asesinato, pero no veo el modo de demostrarlo. No se trata ya de encontrar al asesino, sino tan sólo de conseguir que se considere el hecho como asesinato y se me apoye en la investigación.

– Murió al tomar una dosis, ¿no? Podría ser perfectamente asesinato. Una jeringuilla puede ser un arma tan mortal como un hacha o una recortada.

– Sí, con la diferencia de que si encontramos algún día un tipo con un hacha incrustada en mitad del cráneo no habrá juez o comisario que se atreva a aventurar que ha sido un accidente.

– Ése es el problema por lo que veo. La jueza y Manrique creen que no hay asesinato, que lo que tienes entre manos es un accidente.

– Así es.

– ¿Y cuál es tu opinión?

– Al principio creía firmemente que se trataba de un asesinato, como ya te he comentado, pero no sé qué pensar, aunque continúo aferrado a esa idea. Es algo más instintivo que real. En el fondo, Manrique y la jueza tienen razón cuando alegan que no hay pruebas suficientes que avalen el inicio de una investigación, pero me resisto a abandonar, siento en las tripas que no debo abandonar, que ahí tiene que haber algo.

– Las tripas, como tú dices, el instinto, no lo es todo en un policía, incluso a veces puede llevar a resultados erróneos, pero tampoco es desdeñable. Más de una vez en el grupo nos hemos dejado llevar por corazonadas y hemos acertado, aunque también ha habido algún que otro fracaso, sólo que de éstos no hablamos. Pero no estás aquí para oírme fanfarronear sobre nuestros éxitos. ¿En qué puedo ayudarte?

– Por lo que sabemos, Ferrer murió a consecuencia de una sobredosis aparentemente inyectada por él mismo en un estúpido intento de comprobar qué efectos tenía la heroína en su organismo para así ambientar mejor su reportaje sobre el mundo de la droga.

– Es una teoría perfectamente factible.

– Sí, no niego que pueda tener cierta lógica, aunque me siga pareciendo estúpido arriesgarse a jugar con estas cosas, pero ¿y si hubiera algo más? Quiero decir, está escribiendo un reportaje sobre las drogas y aparece muerto. No puede ser una fatal coincidencia o un accidente desgraciado. Tiene que haber algo más y yo quiero saber en qué consiste ese algo más. Necesito saber qué tipo de reportaje estaba haciendo en realidad. Quizá tú puedas ayudarme con eso. Javier Moro me ha comentado que hace unos días Andoni Ferrer estuvo hablando contigo, que te hizo una entrevista.

De Dios miró fijamente a Rojas, intentando penetrar en su interior, queriendo averiguar si había un doble sentido en sus palabras, con esa paranoia que a veces les entra a los policías y les hace desconfiar de todo el mundo. Él sabía que Rojas era un poli honrado, pero no estaba seguro de que Rojas pensara lo mismo acerca de él, trabajando en Estupefacientes. Cuando se es jefe de un grupo antinarcóticos en una época de abundantes escándalos por actuaciones de grupos mafiosos policiales, se establece una doble paranoia. Los ciudadanos desconfían de sus guardianes del orden y éstos se muestran sumamente irritables ante ciertas actitudes de los ciudadanos -o de colegas suyos, como en este caso-, que en otros momentos pudieran considerarse normales e inocentes. En breves segundos dictaminó que podía confiar en Rojas.

– Sí, estuve hablando con él hará unos quince días, aunque no fue una entrevista al uso, para ser publicada, sino una conversación para comentar ideas que él tenía, concretar aspectos técnicos, ese tipo de cosas. Buscaba más asesoramiento que declaraciones espectaculares o noticias.

– Y en el transcurso de esa charla, ¿surgió algo que pudiera estar relacionado con su muerte?

– No. Lamento decírtelo así, pero no hay nada que te pueda ayudar. Y no pienses que es una respuesta precipitada. Al enterarme de su muerte, aunque la investigación os correspondiera a los de Homicidios, intenté fijar mis recuerdos e impresiones por si os servían de algo, pero no encontré nada. Lo siento.

– ¿Qué opinas de la versión aceptada oficialmente? En tu entrevista con Ferrer, ¿sacaste también la misma impresión?

– Sí y no. Me explico. Eso es lo que a mí me contó Ferrer, lo que pasa es que no le creí.

– ¿Por qué no?

– En parte por ese órgano que hemos citado antes, por instinto. Andoni Ferrer era un periodista conocido como investigador, no hacía crónica social, aunque fuera la del submundo de los yonquis. No, no me lo creí. Por otra parte, consideraba totalmente lógico que en el supuesto de que estuviera investigando el tema, no me lo confesara. Sabía que no nos gustan los periodistas con ínfulas de detectives, en gran parte por envidia. -Sonrió al decir esto último-.¿Sabes que algunos de los escándalos más importantes de los últimos tiempos han sido resueltos, para vergüenza nuestra, por periodistas? Y tiene su explicación. Ellos están apoyados por unos directores y editores cuyo fin es, entre otros, por supuesto, vender más ejemplares, mientras que nosotros sufrimos la remora de unos comisarios y unos políticos contemporizadores que nos apremian para que metamos en el talego a pobres desgraciados sin oficio ni beneficio, pero no nos permiten que hinquemos el diente en los negocios de los amigos que suelen salir en las revistas del corazón. Por eso no nos gustan los periodistas, porque hacen el trabajo que nos correspondería hacer a nosotros dejándonos en evidencia. ¡Joder!, hoy me ha dado por filosofar, deben de ser los biorritmos. El asunto es que estaba seguro de que me mentía, aunque ahora tengo mis dudas.

– ¿Por qué?

– Me pasa como a ti. Las tripas me siguen diciendo que Ferrer estaba metido hasta las cachas en un trabajo de investigación, pero los hechos no han confirmado esta opinión. Mira, la gente suele tener razón en parte cuando dice que nosotros conocemos a los camellos y no los detenemos. Es verdad, pero es una verdad muy simplificada. ¿De qué sirve detener a un vendedor cuando al día siguiente otro ocupa su puesto? Muchas veces es preferible darles carrete y ver hasta dónde pueden llevarnos, aunque en cantidad de ocasiones investigaciones fructíferas son paralizadas por órdenes superiores. Eso sí, cada cierto tiempo, y previo aviso a bombo y platillo en los telediarios, se produce una operación Primavera, o Verano, o como coño quieran llamarla, por la que se nos obliga a hacer unas redadas absurdas a fin de detener a miles de infelices que no sirven ni para tacos de escopeta y de los que no vamos a sacar nada en limpio. Quiero recalcarte con esto que, como ya supondrás, conocemos muy bien el mundillo de la droga. Pues bien, en este mundillo Andoni Ferrer no era conocido, y eso no es normal. Cuando en ciertos ambientes aparece un extraño, en seguida es avistado y catalogado. Sin embargo, nadie ha visto u oído a Andoni Ferrer, y eso no es lógico si ha estado interesado en el tema.

– De modo que vosotros tampoco podéis ayudarme. ¡Qué se le va a hacer! No voy a tener más remedio que cerrar el caso.

– Nunca se cierra un caso, y tú debieras saberlo. En lo que a mí concierne no está cerrado. Sigue habiendo cosas extrañas que aún no puedo explicar, ni siquiera me atrevo a afirmar que estén relacionadas con la muerte de Ferrer.

– ¿Como cuáles?

– De un tiempo a esta parte, dos o tres años a lo sumo, hemos observado un aumento del consumo en nuestra zona; sin embargo, no se han abierto, o no los hemos detectado, nuevos canales de abastecimiento. Sospechamos que algún nuevo distribuidor, posiblemente un mero intermediario en la sombra, se ha introducido en el mercado, pero se lo ha debido montar tan bien que estamos in albis, y no sólo eso, sino que tampoco se ha producido ningún conflicto o guerra entre clanes. Es un asunto francamente raro y sobre el que no tenemos información. Supongo que los de la DEA, que son como Dios, por su poder y porque están en todas partes, sabrán lo que se cuece, pero esos cabrones nunca facilitan información de balde y nosotros no tenemos con qué pagarles. La verdad es que si esto se supiera íbamos a parecer el grupo antidroga más incompetente de toda España, cuando, modestia aparte, siempre hemos sido de lo más efectivo. Pues bien, alguna que otra vez he fantaseado con la posibilidad de que Ferrer hubiera contactado con ese nuevo grupo distribuidor, pero me temo que no sea más que una fantasía sin fundamento.

– Tal vez, pero no es una idea desdeñable. Podría ser un punto de partida.

– No lo pongo en duda, pero si Ferrer está muerto y de ese hipotético grupo no sabemos nada, estamos como estábamos: con el cielo arriba, la tierra debajo y el culo al aire.

– Entonces no hay nada que hacer.

– Sí, lo de siempre. Tomárselo con calma, con mucha calma, y trabajar. La rutina diaria. Hablando de eso, no creo que sirva para nada, pero podíamos ir a visitar a un confidente al que no he visto desde la muerte de Ferrer. ¿Te viene bien esta noche a las diez?

– Si puede ayudarme en algo me viene bien a cualquier hora.

– ¡Ojo!, no te prometo nada, más bien lo contrario, pero por intentarlo que no quede. Entonces, a las diez aquí mismo. ¿De acuerdo?

– Estaré contando las horas.


11

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Pese a que la noche era fresca, en la frente de Miren se vislumbraban unas rebeldes gotas de sudor. La culpa la tenían, posiblemente, tanto la cinta elástica roja que le sujetaba el pelo por encima de las cejas, como la mochila que acarreaba penosamente su espalda, la cual soportaba un peso mayor de lo aconsejable. Con evidente gesto de alivio se desprendió de ella al llegar junto a la puerta de un chalet. En la vivienda, al fondo, brillaban unas luces, signo inequívoco de que había aún gente despierta. Cerca de la cancela había un timbre que Miren usó para anunciar su presencia.

Antes de que en la casa pudiera observarse el más leve movimiento, como salidos de la nada aparecieron dos enormes perros: un doberman y un pastor alemán. No ladraban. Se limitaban a mirarla fijamente, emitiendo unos roncos jadeos, poniéndola de este modo mucho más nerviosa que si hubieran emitido estruendosos aullidos. Apenas un minuto más tarde, por un pequeño camino de grava roja que a través del jardín unía la vivienda con la puerta de la finca, apareció un hombre. Con un simple silbido aquietó a los perros, que se colocaron detrás de él.

– Buenas noches. ¿Qué desea?

– Buenas noches. Soy Natalia. Me están esperando -dijo haciendo un gesto, con la mano derecha, en dirección a la casa.

– Lo siento, pero tiene que haber algún error. No esperábamos a nadie hoy.

– No es posible -contestó con total aplomo-, estoy segura de que me esperan. Un momento. ¡A ver si me he vuelto a confundir! Con lo despistada que soy no sería nada raro. ¿Es éste el domicilio de Begoña González? No recuerdo muy bien su segundo apellido.

– Sí, vive aquí, pero tiene que haber algún malentendido. No creo que la señorita Begoña la esté esperando. De hecho, la señorita Begoña no está esperando a nadie. No está en casa y no vendrá en toda la noche.

– Pero, pero no es posible eso. ¡Oh, Dios! Si habíamos quedado en que iba a venir hoy mismo, para pasar una semana con ella.

– Quizá se ha equivocado de fecha.

– No lo creo -contestó Miren aparentando ingenuidad-. Nos conocimos en París durante las últimas vacaciones de Semana Santa. Coincidimos en el mismo hotel e hicimos una buena amistad, de ahí que me dijera que viniera a verla. Yo soy de Zaragoza, ¿sabe? Y no me dijo que viniera de un modo vago, como cuando se dice «ven cuando quieras», por compromiso, sino que fijamos fecha, ya que le comenté que por estos días estaría yo de vacaciones. Por eso me ha extrañado escuchar que no se encontraba en casa. Bueno, qué se le va a hacer. Supongo que habrá surgido algo a última hora y no habrá podido avisarme. Aunque para mí es una faena. Oiga, quizá le parezca algo atrevida, pero ¿podría hacerme un favor?

– ¿De qué se trata?

– Me avergüenza comentárselo, pero como confiaba en encontrarme con Begoña no he reservado alojamiento en ningún sitio. Y a estas horas y sin coche, porque he venido en tren, no me va a ser fácil encontrarlo. Si estuviera algún familiar de Begoña en la casa, ¿podría explicarle la situación para que me permitieran pasar sólo esta noche aquí? Si Begoña estuviera… -acabó sin completar la frase.

El hombre frunció el ceño en actitud pensativa, pero pronto tomó una resolución.

– Espere un momento, por favor -dijo alejándose hacia la vivienda y llevándose tras de sí los perros. Regresó al cabo de cinco minutos. Abrió la puerta e invitó a Miren a entrar-. Acompáñeme, por favor. El padre de la señorita Begoña, don Jaime, la está esperando.

La vivienda tenía dos plantas. En la primera, entrando a mano izquierda, se hallaba una hermosa habitación que González Caballer había habilitado como despacho. Estaba amueblada con buen gusto pero, sobre todo, con comodidad. Jaime González la recibió afectuosamente, como correspondía hacerlo con una buena amiga de su única hija.

– Siéntate, supongo que no te importará que nos tuteemos. Siendo amiga de mi hija me parece lo más natural.

– Sí, por supuesto. Lamento causar tantas molestias pero al no encontrarme con Begoña me he visto sin un lugar adonde ir. Me siento totalmente ridicula.

– No es ninguna molestia, sino todo lo contrario. Andrés me ha contado lo que te ha sucedido y me parece no ya un favor, sino una obligación, acogerte en casa. Y no sólo por esta noche, sino por todo el tiempo que tuvieras previsto quedarte entre nosotros. Es lo menos que podemos hacer por ti. Además, en todo caso, de tener que echar la culpa a alguien, ese alguien debiera ser Begoña, por no avisarte. ¿Te apetece tomar algo? ¿Has cenado ya? ¿O prefieres quizá un café?

– No, gracias, ya he cenado, y el café no me dejaría dormir probablemente.

– ¿Una copa entonces?

– No, gracias, no acostumbro beber.

– Una buena costumbre. Eso decimos siempre, al menos, los que sí bebemos de vez en cuando. -Terminó la frase riendo.

Para unir los hechos a las palabras, González Caballer pidió un café solo para él, y de un mueble-bar que tenía en el despacho sacó una botella de Chivas. Se escanció una buena copa y conversó con Miren durante un largo rato. La ex compañera y actual colaboradora de Iñaki Artetxe se llevaba la lección bien aprendida y en ningún instante titubeó. Fechas y hechos auténticos junto a anécdotas inventadas pero coherentes convencieron a su predispuesto anfitrión de que era amiga de su hija. Incluso le mostró unas fotografías en las que podía verse a las dos en alegre compañía mutua. La propia Miren había hecho el montaje y se encontraba sumamente satisfecha de su obra. A simple vista era prácticamente imposible notar el engaño. Había llevado varias copias para regalárselas a Begoña.

– Espero poder dárselas mañana -dijo.

– Desgraciadamente, me temo que eso no va a ser posible -respondió el padre-. Lamento decirte que mañana no podrás ver a Begoña.

– ¿Mañana tampoco? ¡Pues menuda faena! No te enfades por lo que voy a decirte, pero creo que Begoña es una informal de tomo y lomo. ¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Está de viaje o algo parecido? Lo digo porque a pesar de todo me gustaría ponerme en contacto con ella.

– No lo sé.

– ¿Que no lo sabes? No te entiendo.

– Mira, no quería decírtelo porque no lo llevo muy bien, pero me has causado buena impresión y creo que eres una buena amiga de Begoña, así que me confesaré contigo -añadió González Caballer con un tono de tristeza en la voz-. Begoña ya no vive aquí. Se ha ido.

– ¿Cómo que se ha ido?

– Sí, se ha ido. Podría decirte que se ha fugado, pero como es mayor de edad y tiene derecho a hacerlo, simplemente hay que decir que se ha ido.

– ¿Y no te ha dejado su nueva dirección?

– No, no lo ha hecho. Me gustaría saberla para poder hablar con ella y conocer cómo se encuentra. No para decirle que vuelva, aunque ella sabe que puede hacerlo cuando quiera, sino sencillamente para saber que está todo en regla. Y también para pedirle perdón. Hubo cosas… pero en fin, permíteme que a tanto no llegue mi confesión.

– Comprendo perfectamente.

– Quizá se ponga en contacto contigo. Si es así, me harías feliz si hablaras conmigo y me contaras cómo y dónde está. Es posible que haya sido un mal padre, pero sigo siendo su padre, y eso tiene que significar algo.

– Descuida que así lo haré.

– Me encuentro muy solo, ¿sabes? La marcha de mi hija ha sido como una puñalada para mí; las amistades dicen que me han caído unos cuantos años encima. ¿A ti qué te parece? -añadió con un gesto pretendidamente seductor.

– No puedo opinar, ten en cuenta que acabo de conocerte, aunque es normal que con lo que ha sucedido cualquier persona sufra las consecuencias e incluso se le note físicamente, pero si no hubieras comentado nada, en ningún momento habría pensado en ello, desde luego.

– Tal vez una mujer joven y hermosa como tú pudiera aliviar mis penas -dijo González Caballer mientras, levantándose, se acercaba hasta Miren e intentaba agarrarla por la cintura.

– No entiendo -contestó Miren zafándose del abrazo de su anfitrión-, ¿se puede saber a qué viene esto?

– Claro que lo entiendes, lo entiendes perfectamente. ¿O acaso pensabas que ibas a tener alojamiento gratis? ¿Me tomas por tonto? ¿Crees que no sé lo que busca una chica joven y guapa que se acerca a la mansión de un hombre mayor y millonario haciéndose pasar por amiga de su hija? Vamos, nena, no te hagas la estrecha y no te arrepentirás. Te lo juro.

Mientras decía esto se había vuelto a aproximar a Miren y, tomándola entre sus brazos, había intentado besarla. Miren, con un puñetazo asestado en pleno estómago de su atacante, seguido de una fuerte patada en los genitales, pudo escapar de la acometida.

– ¡No me toques, cabrón! -gritó, sacando de la mochila una pistola y apuntándole-, te has equivocado conmigo, no soy una muñequita con la que se pueda jugar, cerdo.

– ¿Quién eres? -preguntó entrecortadamente González Caballer, todavía sin recuperarse de los golpes recibidos y al que la presencia de la pistola en manos de Miren había generado una pronunciada lividez.

– Eso a ti no te importa. ¡Vuelve a sentarte, que todavía no hemos acabado de hablar!

– ¿Quieres dinero? ¿Se trata de eso?

– Métase su dinero en el culo -respondió Miren-. Quiero saberlo todo acerca de su hija Begoña y sus relaciones con su novio. ¿Dónde está ella? ¿Por qué no se le ha contado la verdad a Carlos Arróniz? ¿Por qué envió un matón para darle una paliza?

– Así que se trata de eso -rugió González Caballer-; el hijoputa de Carlos quiere vengarse por los golpes recibidos. Muy propio de él. Le advierto, señorita, que puede ser acusada de allanamiento de morada y amenazas, así que será mejor que deponga su actitud.

– Y usted de intento de violación -respondió Miren.

– No me haga reír, por favor. ¿Cree usted que algún juez se tragaría esa historia? ¿De verdad piensa que alguien va a aceptar que yo he intentado violarla cuando no tiene usted ninguna señal de ello y, además, se encontraba en mi domicilio, de noche y a solas, después de haber venido voluntariamente hasta aquí y haber conseguido entrar engañándome? Porque en ningún momento me he creído esa historia tan absurda acerca de que era amiga de mi hija. Así que ya ve cómo están las cosas. No tiene nada que hacer.

Miren sabía que González Caballer estaba en lo cierto, pero decidió no rendirse.

– Tal vez tenga razón, pero eso no tiene la menor importancia. Usted no me conoce, no sabe quién soy, así que puedo irme en cualquier momento y no podrá localizarme. Además, nadie, salvo algunos buenos y escogidos amigos, sabe que estoy aquí y a qué he venido, por lo que si me decidiera poner en funcionamiento este cacharro -añadió señalando la pistola- me temo que saldría usted perdiendo de todas todas.

– No creo que un asunto sentimental sea para ponerse así -contestó González Caballer-. Si lo que desea es hablar sobre mi hija y su novio no veo la necesidad de que saque la pistola y profiera esas amenazas.

– No ha sido por eso por lo que la he sacado, cerdo.

– Lo sé y le pido disculpas; me he comportado como un sinvergüenza, lo admito. No quiero que lo considere una excusa, pero la tensión que estoy sufriendo me lleva a cometer tonterías imperdonables. Lo siento y le ruego, por favor, que guarde su arma. No la va a necesitar.

– De acuerdo -dijo Miren guardándola de nuevo en la mochila abierta, a su alcance como medida de precaución-, pero a cambio de eso me tendrá que explicar, con pelos y señales, todo lo que ha ocurrido con su hija desde el día en que no acudió a su cita con Carlos Arróniz.

– Así lo haré -contestó sonriente González Caballer, que no había dejado en ningún momento, desde que reinició su conversación con Miren, de juguetear con un pisapapeles que tenía sobre la mesa-, aunque quizá debamos posponerlo para otra ocasión más favorable.

– No, será ahora -contestó, airada, Miren.

– Me temo que no, señorita, y si no está de acuerdo vuélvase y mire hacia atrás.

Miren obedeció cautamente la sugerencia de su interlocutor y pudo ver cómo detrás de ella se encontraba el hombre que la había recibido en la entrada de la vivienda. Se había introducido tan sigilosamente en la estancia que no se había percatado de su presencia. Posiblemente, pensó utilizando su experiencia en sistemas de seguridad, el maldito pisapapeles contenía algún dispositivo capaz de avisar al empleado de que había alguna emergencia grave. Esto último lo deducía del hecho de que el nuevo inquilino del despacho llevara en sus manos una pistola.

– ¿Qué hago con ella, jefe? -preguntó.

– Échala -fue la última palabra que Miren oyó decir, antes de que un golpe dado en la cabeza con la pistola le hiciera perder el conocimiento.


Dos días después, Iñaki Artetxe ocupaba toda la tarde practicando un exhaustivo seguimiento de Andrés Ramírez, que así se llamaba el chófer de González Caballer. Debía de ser su día libre, pues prácticamente durante casi todo el tiempo estuvo con un amigo rubio, de aspecto nórdico, dedicándose al copeo en la zona de Telesforo de Aranzadi y Galerías Urkijo.

Cuando el vigilado se despidió de su acompañante ya había anochecido, cosa que favorecía los planes de Artetxe, consistentes, básicamente, en devolver golpe por golpe, corregidas y aumentadas, las palizas que había propinado a su cliente y a Miren, sobre todo a Miren. Antes de ser expulsada de la casa, el chófer se había regodeado en el castigo, aunque ninguna de las heridas recibidas era irreversible ni dejaría secuelas. Parecía claro que el supuesto chófer era un auténtico profesional, y no del volante precisamente. Artetxe sabía que no era ése el mejor modo de actuación, pero no podía evitar sus sentimientos ni sus ganas de darle caña al cuerpo.

La ocasión surgió al cruzar junto a un solar en obras en la calle Euskalduna, que a esas horas se encontraba totalmente despoblada. Artetxe se colocó justo detrás de su objetivo y le puso una pistola en la nuca, al tiempo que en susurros le apercibía para que no se moviera. Le cacheó a conciencia, encontró otra pistola y una navaja que se guardó, y le obligó a entrar en el solar. Una vez dentro le golpeó con la culata del arma en la cabeza, haciéndole retorcerse de dolor y enviándole de bruces contra el suelo, y le pateó sin ningún tipo de escrúpulos hasta que comprobó que empezaba a sangrar por la nariz y por la boca. No había igualdad de condiciones entre los dos, pero eso no le importaba para nada a Artetxe. Él no era ninguno de esos falsos héroes de película que se despojan de sus armas y renuncian a su ventaja para enfrentarse al «malo» noblemente, en equilibrada lid. En las películas los «buenos» acostumbran ganar porque tienen al guionista de su parte, pero en la vida real cada uno tiene que hacerse su propio guión. Y en el de Artetxe no entraba la posibilidad de dar facilidades a su contrincante.

Con sus propias manos izó a Andrés Ramírez. Después de haberse desahogado, se serenó e inició el interrogatorio.

– ¿Dónde está Begoña, cabrón? -le espetó con la pistola en la mano, con la intención de mantener su ventaja y el desconcierto en su interlocutor.

– ¿De qué Begoña me hablas? -respondió entrecortadamente, apenas con un hilillo de voz-. No entiendo qué es lo que quieres.

– Te estoy preguntando por la hija de tu patrón.

– No sé dónde está, juro que no lo sé. Es la verdad. ¿Sólo para saber eso me has montado este show? -contestó con una mezcla de estupefacción y duda, de la que no se hallaba exento el odio naciente.

– Por eso sólo, no. Ayer golpeaste a una amiga mía que fue a casa de tu patrón a preguntar por su hija, y a mí no me gusta nada que golpeen a mis amigas; no lo considero precisamente un síntoma de buena educación.

– Me limitaba a cumplir órdenes. Además, había apuntado con una pistola al jefe; no me quedaba más remedio que intervenir y, después de todo, no le hice mucho daño.

– Si apuntaba con una pistola a tu jefe sus razones tendría y, por lo demás, en lo que a mí respecta estamos en paz. Tú cumplías órdenes de tu jefe y yo cumplo las mías propias para demostrarte que nadie golpea a mis amistades impunemente. ¿Está claro o continuamos?

– Está claro -contestó el chófer.

– En ese caso te voy a soltar, pero me llevo tu cacharrería por precaución ya que no me pareces muy de fiar. Te la devolveré mañana por la tarde, porque mañana -dijo recalcando las palabras- seré yo, y no mi amiga, quien visite al señor González Caballer. Díselo a tu jefe.


– Su desfachatez no tiene límites. Le da una paliza brutal a mi chófer y después de eso se presenta ante mí, como quien no ha roto un plato en su vida, para hablar conmigo. Creo que me debe una explicación.

– Yo no le debo nada a usted. Será al revés, en todo caso. ¿O me equivoco y no estoy hablando con la persona que hace unos días intentó abusar de una joven que se hallaba sentada en el mismo lugar en el que me siento yo ahora?

Iñaki Artetxe se hallaba en el despacho de González Caballer, hablando con el propietario de la casa. Su sistema para conseguir citas no era muy normal, pero había funcionado.

– Sí, es usted quien debiera darme una explicación -repitió.

– ¿Qué dice? ¿Yo, darle una explicación? Está usted loco.

– Bueno, no voy a enfadarme por eso. Incluso pudiera usted tener razón. Ya se sabe que los niños y los locos suelen decir la verdad. Es cierto que ayer golpeé con ganas a su chófer, pero es mucho más cierto que se lo tenía merecido, aunque quizá fuera usted quien más se lo mereciera por ser quien dio las órdenes y quien previamente había intentado violarla. Así que no va a tener más remedio que aguantarme. Es lo mínimo que me debe.

González Caballer miraba fijamente a Artetxe mientras jugueteaba con un lapicero. Era hombre acostumbrado a mandar y a dominar las situaciones, por lo que durante breves segundos se produjo un silencioso enfrentamiento entre dos fuertes voluntades, siendo por fin el anfitrión quien pronunció la siguiente frase.

– Le escucho.

– Hace tan sólo dos semanas mi cliente, Carlos Arróniz, vino aquí porque quería tener noticias de la joven con la que pensaba casarse, y lo único que consiguió fueron insultos y una serie de golpes propinados por su chófer, su matón sería más adecuado decir. Hace tres días la historia se repitió, esta vez con una colaboradora mía de protagonista. Hoy he venido yo y la historia no volverá a repetirse o, por lo menos, ése es mi deseo y consejo. No me gusta que golpeen a mis clientes ni a mis colaboradores; es malo para el negocio porque genera cierta desmoralización, ¿comprende?

– Parece ser que Andrés encontró la horma de su zapato.

– Tómeselo como quiera. Por supuesto, él podría denunciarme, pero usted sabe que ése no es un buen camino.

– Así es. De todos modos, aunque su relato me parece muy interesante, le ruego que entre en materia ya que me imagino que el motivo de su visita no es explicarme por qué agredió ayer a mi empleado.

– Por supuesto que no, aunque hay una relación evidente. Un hombre viene a ver a su novia y acaba de mala manera. Lo mismo le ocurre a una investigadora que aparece unos días más tarde. No es una situación normal, ¿de qué tiene miedo usted?

– ¿Por qué habría de tener yo miedo? -respondió González Caballer mientras partía en dos trozos el lápiz con el que había estado jugueteando-. Creo que esta vez se ha apresurado en su juicio.

– Quizá, pero no deja de ser raro que las dos veces que alguien ha venido aquí preguntando por su hija usted haya perdido los estribos hasta el punto de verse obligado a usar métodos violentos.

González Caballer se quedó pensativo durante un corto espacio de tiempo que aprovechó para sacar otro lápiz de un portalápices y ponerse a jugar con él de nuevo. Luego, como saliendo de su ensimismamiento, se acercó al mueble-bar y sacando dos copas las llenó, de coñac la suya y de ginebra la que ofreció a Artetxe tras indagar sus preferencias. Como si cumpliera con un antiquísimo ritual entornó los ojos y dio un pequeño trago a la copa. Hecho esto, la depositó suavemente sobre la mesa y observó con ojos vivaces a Artetxe.

– ¿No se le ha ocurrido pensar que no hay nada extraño, que es simplemente cuestión de carácter? Tengo un genio difícil, no voy a negarlo, y me cabreo con facilidad. Es posible que en otra situación este modo de ser me hubiera creado muchas dificultades, pero como soy rico y poderoso todo se me perdona. Lo que en cualquier otra persona se considera intolerable, cuando lo hago yo se despacha con una frase del tipo de «son las cosas de Jaime, ya sabéis cómo es», así que nunca he tenido la necesidad de cambiar. La necesidad ni tampoco las ganas; soy feliz siendo así aunque a los demás les joda. Mire, por lo general odio dar explicaciones a nadie, pero con usted voy a modificar esa arraigada costumbre.

»Usted, señor Artetxe, con toda seguridad habrá oído hablar de mí mucho antes de iniciar su investigación. ¿Quién no ha oído hablar de Jaime González Caballer?, y perdone la petulancia. Además, normalmente se habla mal de mí. Lo sé, no soy tan tonto como para creer que la gente me quiere y me aprecia. Soy millonario, he tenido cargos políticos en la época de Franco, y cuando alguna de mis empresas ha ido mal he echado a la calle a todos los trabajadores que he podido. Los asesores de imagen lo tienen muy jodido conmigo, no me duelen prendas reconocerlo. Resumiendo: tengo enemigos, muchos enemigos, pero eso no me ha impedido vivir feliz y realizando siempre mi sacrosanta voluntad. No está nada mal, pienso yo. Pero no siempre he sido el González Caballer que usted conoce. Yo soy lo que los americanos llaman un self made man, un hombre que se ha hecho a sí mismo. Algunos resentidos que se las dan de irónicos quizá digan que me he hecho a mí mismo pero me he hecho mal. Sinceramente, esas opiniones me la traen floja, hablando en plata. Siempre he hecho lo que quería hacer y he conseguido lo que me propuse conseguir. ¿Sabe usted lo que es pasar hambre? No, por supuesto. Pues yo sí, así que a vivir que son tres días y el que venga detrás que arree, como arreé yo. Tuve que emigrar y trabajar duramente, pero hice fortuna y me casé. Mi mujer murió al mes de nacer mi hija. Una infección postparto que hoy en día no tendría ninguna importancia, pero que entonces era mortal. A pesar de todo he continuado trabajando y luchando, ya no sólo por mí sino por mi hija. Todo lo que tengo algún día estará en sus manos.

»Quizá haya sido un mal padre, pero lo habré sido involuntariamente; puede que en ello haya influido el que lo fui a una edad madura, cuando acababa de cumplir los cincuenta años. En cuanto a su novio, tal vez me obcequé, no quería que se casara con Arróniz, no me gustaba y sigue sin gustarme, las cosas como son. No por nada especial, sino porque me entró por el ojo izquierdo. Soy muy visceral en mis reacciones, ya se lo he explicado. Y tal vez por eso, un día Begoña se fue. No estoy acostumbrado a que me den con la puerta en las narices, así que el que mi propia hija lo hiciera fue muy duro para mí.

– ¿Por qué no avisó a la policía?

– No vi la necesidad de mezclarla en esto; es un asunto estrictamente familiar, y ella, por otra parte, es mayor de edad. Además, sabía que se encontraba bien, me llamó al día siguiente de irse. Me dijo que quería vivir su vida y tuve que aceptarlo. Mis errores hicieron que se marchara, así que, aunque tarde, he aprendido la lección y procuro no volver a cometerlos. Volverá cuando ella quiera.

– ¿No le dijo adonde iba, su dirección, qué se proponía hacer?

– No, no me dijo nada. Al principio pensé que seguramente se había ido con Carlos, pero luego comprobé que estaba equivocado.

– ¿Sabe de qué está viviendo?

– Tiene su propio dinero, que heredó de su madre. Hasta hace poco tiempo se lo administraba yo, pero ahora es mayor de edad y puede disponer de él a su antojo.

– ¿Cuánto dinero posee en total?

– No lo sé con exactitud, aunque sí lo suficiente para vivir unos cuantos años sin tener que trabajar.

– ¿Por qué ocultó o trató de ocultar la fuga de su hija?

– «Fuga» es una palabra que no me gusta, es mejor decir marcha, ¿no cree?, pero le contestaré. Ya le he dicho que tengo enemigos, alguno poderoso. Cuando Begoña se marchó estaba interesado en unos negocios delicados e importantes con un consorcio árabe. Cualquier sombra de escándalo, por leve que fuera, podía hacer que todo el asunto se fuera al traste. Ésa es la principal razón, aparte de que, en el fondo, espero que regrese, si no a mi casa sí a mi vida.

– Eso no explica el trato dado al señor Arróniz ni a mi colaboradora.

– Son cosas diferentes. En el caso de Carlos aproveché la situación para darme una pequeña satisfacción, ya ve que admito que soy muy radical en mis enemistades, y para conseguir que se olvidara de mi hija, aunque esto último, por lo que se ha visto, no funcionó. En cuanto a su colaboradora, lamento lo sucedido, pero al saber que me estaba engañando pensé que había venido por otra cosa y luego, cuando comprendí que estaba equivocado y que seguramente tenía otras intenciones, me cegué y actué del modo que usted ya conoce. La verdad es que, según hablo con usted, no acabo de explicarme a mí mismo mi comportamiento, por eso le reitero mi pesar y le ruego que le transmita mis más sinceras disculpas.

– ¿Por qué me está contando todo esto?

– Es lo que usted deseaba, si no me equivoco. Ha venido aquí a pedirme una explicación y se la estoy dando, ¿no es suficiente?

– No del todo. Quisiera saber a qué viene este cambio de actitud. No soy tan estúpido como para pensar que mi presencia le haya conmovido ni que le haya afectado un ápice lo que ocurrió ayer con su chófer.

– Tiene usted razón, no me ha afectado para nada. Es usted muy desconfiado. Inteligente y desconfiado. No me parece mal, yo también, cuando estoy metido hasta el cuello en algún negocio, desconfío sistemáticamente de todo el mundo, así que no le haré ningún reproche. En efecto, no me ha conmovido, como ha aludido usted burlonamente, pero sí me ha hecho reflexionar. Sé controlar mis negocios, pero esto se me está yendo de las manos y, si no actúo con inteligencia, la bola de nieve se hará tan grande que acabaré por perder del todo a mi hija, así que no me queda más remedio que serenarme. Sigue sin gustarme Carlos, pero estoy dispuesto a transigir; al fin y al cabo es muy posible que si se casan, al cabo de poco tiempo acabe por cansarse de él y pedir el divorcio; por eso estoy dispuesto a olvidar mis desavenencias con él y unirnos en la búsqueda de Begoña. No por afecto, sino por necesidad. Quiero que le diga a Carlos que siento todo lo pasado y que estoy dispuesto a dar mi consentimiento, simbólico por supuesto, ya que no estoy en condiciones de imponer nada, para que se casen. ¿Le transmitirá usted esto en mi nombre?

– Siempre informo de todo lo que ocurre a mis clientes.

– En ese caso le quedaré eternamente agradecido. Debería haberlo hecho antes, pero más vale tarde que nunca. A propósito, no sé cuánto le pagará Carlos, pero si necesita dinero no deje de pedírmelo.

– No hará falta. Estoy bien remunerado y además mi cliente sigue siendo el señor Arróniz.

– Comprendo, no he querido ofenderle, sólo colaborar.

– No se preocupe, no tiene importancia, pero sí me podría ayudar de otro modo.

– Usted dirá.

– Me gustaría hablar con los empleados que tiene en el chalet. Quizá sepan algo, y si digo que voy de parte suya tal vez se muestren más proclives a colaborar. También quisiera ver la habitación de Begoña.

– Como usted desee, aunque dudo que tengan algo interesante que decirle. En cuanto a lo otro, yo mismo le acompañaré hasta su habitación -añadió levantándose de la silla y conduciendo a Artetxe hasta el dormitorio de su hija.


12

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La habitación de Begoña, en contraste con el resto de la vivienda, era pequeña y sencilla, con una ventana que daba a la parte trasera del jardín, un par de armarios empotrados, una cama plegable y una mesa de estudio sobre la cual podía observarse un jarrón sin flores, como imagen simbólica y desoladora de su propia ausencia. Un póster colocado junto a la ventana mostraba sus aficiones cinematográficas y, más concretamente, que ella también había sucumbido a los encantos de Antonio Banderas.

Artetxe escudriñó todos los rincones de la habitación intentando encontrar algún indicio de la situación de su usufructuaria, pero no halló nada que pudiera servirle, así que se dedicó a hojear los libros que tenía esparcidos por las estanterías que completaban la decoración. Junto a los libros de texto abundaban los de poesía y narrativa, sobre todo novelas de ciencia ficción; quizá soñara con otros tiempos y otros mundos, pero por mucho que uno huya siempre acaba encontrándose con el mismo mundo en la misma época, pensó con tristeza Artetxe. En un cajón de la mesa encontró una agenda y un álbum de fotos. Se guardó la agenda en un bolsillo, con la esperanza de que alguna de las direcciones allí apuntadas pudiera aportarle algún dato de interés. Después de hacer esto requisó dos instantáneas del álbum fotográfico; una de ellas era un primer plano de Begoña y la otra, una fotografía de un grupo en la playa, en la que podía vérsela junto a otros ocho amigos y amigas. Finalizada la inspección ocular dio aviso de que llamaran al primer miembro del servicio doméstico con quien tenía pensado hablar, Alicia Gómez, una joven de poco más de veinte años que oficiaba como doncella.

– Don Jaime me ha dicho que desea hablar conmigo -fue lo primero que dijo según entró en la habitación-. ¿Qué es lo que desea saber?

– Estoy buscando a Begoña, la hija de su patrón, en nombre de su novio, don Carlos Arróniz-. El cliente le había autorizado a usar su nombre, lo que facilitaba las gestiones, sobre todo con Alicia, que, según palabras del propio Arróniz, «simpatizaba» con su causa.

– ¡Pobre idiota! Todavía sigue enamorado de ella -comentó de un modo menos respetuoso de lo esperado.

– ¿Por qué dice eso?

– Bueno, no me corresponde a mí meterme en la vida privada de mis jefes -dijo con un brillo en los ojos que desmentía sus palabras y denotaba sus ganas de contarlo todo-, pero teniendo en cuenta que el propio don Jaime me ha recomendado que hable con usted, creo que estoy autorizada para expresarme con total sinceridad. Mire, no quiero que piense que es una crítica, ya que todo el mundo tiene derecho a hacer lo que quiera, pero la señorita es un auténtico conejo caliente, ¿me explico? Vamos, que le gusta montárselo con los tíos, lo cual no me parece mal, yo tampoco soy precisamente una puritana -añadió de una manera que parecía una clara invitación a comprobarlo-, pero creo que las cosas deben estar siempre claras y con don Carlos no lo estaban.

– ¿A qué se refiere?

– Le usaba. Le gustaba ir con él; supongo que así intentaba engañarnos, como si tuviera una especie de doble vida. Él, de todos modos, no sabía nada.

– En ese caso, parece evidente que no tenía intención de casarse con él.

– De eso nada, por supuesto que quería casarse. Por un lado, estar casada tendría para ella un aspecto positivo, sería la abnegada esposa y madre y tendría a alguien de quien colgarse del brazo cuando fuera a cierto tipo de fiestas y actos, ya sabe, la ópera y los festivales de baile, esa clase de cosas que le pirra a la gente rica. Además, para ella el cambio sería insignificante ya que seguiría haciendo su santa voluntad porque el matrimonio no le supondría ninguna barrera. Y por otra parte, disgustaría a su padre, que se opone a esa boda, lo que también la haría feliz.

– Por lo que me está diciendo, las relaciones entre padre e hija no son muy cordiales precisamente.

– Son francamente malas diría yo.

– ¿Y a qué se debe ese distanciamiento?

– No lo sé, esa situación ya existía cuando empecé a trabajar en esta casa, hace un par de años. Lo que sí he comprobado es que no han hecho nunca ningún intento por mejorarlas y da la impresión de que incluso intentan hacerse daño mutuamente.

– En ese caso, ¿por qué se opone su jefe a las relaciones de su hija con el señor Arróniz?

– Por lo mismo que le he dicho. Si don Jaime piensa que a su hija le gusta don Carlos, intentará desbaratar esa relación, y la señorita al contrario, como piensa que su padre se opone a su noviazgo, insiste en él.

– Si fuera así no tendría sentido que no se pusiera en contacto con su novio.

– Sobre eso no le puedo decir nada, quizá se hartó de todo y de todos -respondió encogiéndose de hombros.

– ¿Sabe si su padre ha hecho algo para encontrarla?

– Creo que no, pero no estoy segura.

– Entonces, ¿no sabe dónde se esconde?

– No tengo ni la más remota idea.

– ¿De verdad? De otras cosas parece muy enterada.

– No le estoy mintiendo -respondió con un mohín de enfado que sí parecía de mentiras-, usted me cae muy simpático y me gustaría ayudarle. Podríamos vernos más tarde.

– Sí, tal vez más tarde, pero ahora tengo que continuar con mi trabajo. ¿Le importaría avisar al matrimonio Gutiérrez? Me gustaría hablar con ellos.

– Ahora mismo, pero no se olvide de mí -le contestó Alicia entornando los ojos de una manera capaz de derretir el más sólido iceberg.


Cinco minutos después, Francisco y María Gutiérrez se encontraban junto a Artetxe en la habitación de Begoña. Ambos habían cruzado el límite de la sesentena y no lo ocultaban. Francisco Gutiérrez era un hombre achaparrado y robusto, calvo, aunque todavía le sobrevivían algunos pelos blancos, e iba vestido con un mono azul. Su esposa era una mujeruca de aspecto insignificante y pelo ya ceniciento, que parecía tremendamente asustadiza. Iba vestida con un traje casero que debió de ser viejo diez años atrás. Artetxe los invitó a sentarse, pero prefirieron permanecer de pie.

– Supongo que el señor González Caballer les habrá explicado lo que deseo de ustedes.

– Algo nos ha comentado, pero no mucho -respondió el marido, que parecía llevar la voz cantante.

– Soy detective -explicó Artetxe, que poco a poco había ido asimilando su nuevo estatus- y estoy investigando la desaparición de Begoña, la hija de su patrón, que me ha dado permiso para interrogarlos por si ustedes supieran algo sobre ese asunto.

María miró a su marido, como esperando que éste tomara la iniciativa para contestar, cosa que hizo frunciendo el ceño y con un gesto brusco en la cara que Artetxe no supo interpretar si era de hostilidad a su persona o se debía simplemente al modo de ser de su interlocutor.

– No sabemos nada, ¿por qué íbamos a saber algo? Sólo somos dos empleados, dos trabajadores; los asuntos personales de los patrones no nos interesan para nada -respondió chillando, como si pensara que cuanto más alto hablara mejor convencería a Artetxe de la veracidad de sus palabras.

– Entiendo -contestó sosegadamente Artetxe, intentando calmar la situación-, tan sólo había pensado que tal vez ella tenía confianza con alguno de ustedes o que quizá hubiera comentado algo sin importancia que pudiera darme una pista. En fin, ese tipo de cosas.

– Pues se ha equivocado. No sabemos nada de nada, ni queremos saberlo -apostilló, siempre con gesto hosco y agresivo.

– ¿Usted tampoco puede decirme nada, señora? -preguntó Artetxe a la mujer, pero fue el marido quien contestó de nuevo.

– Ella tampoco sabe nada, acabo de decírselo.

– De acuerdo, de acuerdo, pero por lo menos quizá tengan alguna sospecha sobre el motivo de su desaparición.

– Por qué va a ser, por lo que se van hoy en día todos los jóvenes de sus casas, porque son unos golfos y unos desagradecidos. Mucho vicio es lo que hay, eso es lo que pasa. La señorita Begoña, con todos los respetos, es una golfa. Es lo que le ocurre a toda esta gente de dinero, que no sabe qué hacer y se dedica a la golfería. Si tuvieran que trabajar para ganarse la vida seguramente actuarían de otro modo, o quizá no, esta juventud lleva la maldad en la sangre. Antes había un respeto por los padres, pero ahora todo se ha perdido. La gente joven quiere vivir sin trabajar, estar todo el día de juerga y así está España, que nos estamos yendo a la mierda. Eso es lo que pasa.

Artetxe, viendo que no iba a sacar nada en limpio, intentó aplacar el chaparrón verbal que le estaba viniendo encima. Le faltaba entrevistar a la cocinera, pero al no hallarse en ese momento en la residencia optó por despedirse. Sorprendentemente cuando ya se iba habló la mujer.

– Nosotros también tenemos una hija que desapareció -dijo con una voz increíblemente dulce-, pero nunca hemos tenido el dinero suficiente para contratar a un detective.


13

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Esa misma tarde, en su domicilio, Artetxe tuvo la oportunidad de entrevistarse con el miembro que quedaba del servicio doméstico de González Caballer. Fue la propia cocinera quien le llamó por teléfono para concertar la cita, que fue fijada para las siete de la tarde.

Doce minutos antes de la hora acordada, una señora de unos setenta años de edad, baja y encorvada, con el pelo recogido en un moño, vistiendo un abrigo marrón desgastado por el uso y apretando un gran bolso negro contra su pecho, tocó el timbre de la puerta. Artetxe la hizo pasar a la sala, donde tomaron asiento. La visitante no perdió el tiempo y antes de que Artetxe le hiciera alguna pregunta empezó a hablar.

– Me llamo Karmele Ugarte y trabajo como cocinera en la residencia de don Jaime González Caballer. Me ha dicho el señor que quería usted hablar conmigo. Bueno, pues aquí estoy, aunque no entiendo qué es lo que usted desea de mí.

– Supongo que ya se lo habrán dicho: estoy buscando a Begoña. Me gustaría saber si puede ayudarme a encontrarla.

La señora Ugarte no contestó directamente a Artetxe, sino que se lo quedó mirando fijamente durante unos cuantos segundos hasta que, de modo brusco, rompió su silencio.

– ¿Por qué está buscando a Begoña?

– Porque me han contratado para que la encuentre.

– ¿Quién le ha contratado?

– El novio de Begoña, Carlos Arróniz.

– ¿Y don Jaime qué participación tiene? ¿También le ha contratado?

– No, el señor González Caballer no me ha contratado, yo sólo tengo un cliente: el señor Arróniz. Es verdad que su jefe me ha ofrecido ayuda y dinero, pero sólo he aceptado lo primero, no lo segundo. Por cierto, creo que se están invirtiendo nuestros papeles, es a mí a quien corresponde hacer las preguntas -añadió sonriendo, con la intención de distender el ambiente.

– ¿Cómo puedo estar segura de que usted trabaja para el señor Arróniz y no para don Jaime? -dijo Karmele Ugarte con el tono de quien no se deja convencer fácilmente.

– Si usted conoce lo que sucede en casa de su patrón sabrá seguramente que una joven que fue allí por indicación mía para averiguar si Begoña aún vivía en el chalet fue golpeada brutalmente por orden del señor González Caballer.

– Algo de eso he oído, sí.

– Y tal vez sepa que Andrés Ramírez, el chófer que golpeó a mi colaboradora, fue pagado con la misma moneda.

– Sí, también lo sé.

– Bueno, pues yo fui quien le endosó ese cheque al portador. He aceptado la colaboración del señor González Caballer porque conviene a mis intereses, pero no olvido lo que ha hecho; no ha conseguido ganarse mi simpatía. Por otra parte, si es ése su deseo, puede llamar al señor Arróniz y le confirmará que trabajo para él.

– No será necesario, le creo -dijo Karmele Ugarte con el tono de quien hace algo a disgusto, pero sabe que no tiene más remedio que hacerlo-. Sobre la desaparición de Begoña lamento decirle que no sé dónde se encuentra en este momento, pero sí sé el motivo de su huida.

– Eso podría ser importante.

– ¿Sabe usted cómo hizo su fortuna don Jaime?

– Me temo que lo desconozco por completo.

– Pues es fundamental en esta historia; si tiene tiempo se lo contaré.

– En estos momentos tengo todo el tiempo del mundo.

– La historia empieza unos años después de acabar la guerra civil. Don Jaime no participó en la guerra porque era un niño, pero algunos familiares suyos habían luchado junto a Franco, por eso consiguieron ciertos privilegios, y cuando su pariente se hizo mayor le hicieron entrar en las filas de la policía. Una vez dentro, don Jaime consiguió relacionarse con gente influyente y fue adquiriendo cada vez más poder. En realidad estuvo trabajando muy poco tiempo como policía porque en seguida pasó a tener un alto cargo en lo que entonces era la Falange, que luego se llamó el Movimiento, creo recordar, el partido de Franco, para que me entienda. Usted es muy joven y no conoció aquello, pero fue una época muy dura. Yo nunca he entendido de negocios, pero sí me enteré de lo suficiente para saber que los de la familia Larrabide, a cuyo servicio yo estaba también en aquellos tiempos, iban muy mal, se encontraban al borde de la ruina. Por esos días don Jaime estaba destinado en Bilbao, como ayudante del jefe provincial del Movimiento, aunque se decía que era él quien tenía el mando efectivo. Y vio su oportunidad. Él podía lograr que desaparecieran todas las dificultades con las que se encontraban los negocios de la familia Larrabide e incluso con sus influencias obtener sustanciosas ventajas, pero impuso dos condiciones. La primera fue el participar al cincuenta por ciento en todas las empresas familiares. Era una condición muy dura, pero no aceptar significaba la quiebra, así que el difunto señor Larrabide aceptó. La segunda condición fue todavía peor. Don Jaime pidió la mano de Begoña Larrabide, la hija de mi jefe, a la que yo había visto nacer y que era casi veinte años más joven que él. Aunque el señor Larrabide se resistía a admitir esa condición no tuvo más remedio que aceptarla también, y don Jaime y la madre de la señorita Begoña se casaron. Fue una boda por todo lo alto, aunque no hizo feliz a casi nadie.

– Es una historia interesante y conmovedora, lo reconozco, pero me gustaría saber qué relación tiene con la desaparición de Begoña.

– Déjeme continuar, por favor. Begoña Larrabide no estaba enamorada de don Jaime, sino de otro hombre. Su marido lo sabía y con falsos pretextos lo mandó arrestar ya que seguía teniendo influjo y mando en la policía. Luego nos enteramos de que murió en prisión.

– ¿Adonde quiere llegar contándome todo esto?

– La madre de Begoña murió al nacer su hija. No tenía voluntad de vivir. Yo la quería muchísimo, señor Artetxe, y el amor que tenía por la madre lo volqué en la hija, por eso no quiero que le pase nada malo y tampoco quiero que si la encuentra se lo comunique a don Jaime, porque él… -titubeó durante unos breves instantes antes de proseguir- porque él no es su padre, señor Artetxe.

Al oír estas últimas palabras, Iñaki Artetxe no pudo evitar hacer esa pregunta estúpida que siempre se hace cuando se ha entendido bien, pero se pretende ganar tiempo para reordenar las ideas.

– ¿Qué significa eso?

– El padre de Begoña no es don Jaime, sino el novio que había tenido antes su mujer. Ésa fue la razón de que él se vengara enviándole a la cárcel y seguramente a la muerte. Porque no tengo la menor duda de que lo supo desde el primer momento. Es posible que ante usted haya aparecido como un padre solícito y amante, pero es todo fachada. Si la ha mantenido junto a él hasta hoy es porque no quiere que la gente se entere, para no quedar en vergüenza ante los demás, no porque la haya aceptado como hija.

– ¿Begoña lo sabía?

– Sí, se enteró hará tres meses más o menos. Se lo conté yo.

– ¿Por qué se lo dijo después de tanto tiempo?

– Al principio no quería decírselo, pero no tuve más remedio. Hubiera preferido olvidar toda la historia y eso es lo que habría hecho si don Jaime se hubiera comportado con ella como un auténtico padre o, por lo menos, la hubiera aceptado de algún modo, pero él la odia y no lo oculta. Por eso al final me decidí a contarle toda la verdad. Creía mejor decírselo para que no viviera angustiada por el rechazo de quien consideraba que era su padre. Y supongo que por eso se marchó.

– Sí, parece que es un buen motivo.

– Quisiera pedirle una cosa, señor Artetxe.

– Usted dirá.

– Si localiza a Begoña no le diga nada a don Jaime. Al señor Arróniz sí, es una buena persona y seguramente la hará feliz, pero a su falso padre, no.

– Si se trata de eso puede usted estar tranquila, mi cliente es don Carlos Arróniz y por tanto sólo estoy obligado a informarle a él. Pero me gustaría conocer otra cosa: por lo que me ha parecido entender, Begoña tardó dos meses en abandonar el hogar desde que usted le contó toda la historia. ¿A qué se debe esa tardanza?, ¿hubo algún hecho especial que sirviera de catalizador para tomar esa decisión?

– Que yo sepa no. Tan sólo puedo decir que cada día que pasaba se encontraba más nerviosa e intranquila. Supongo que un día llegó al límite y explotó, decidiendo marcharse.

– ¿Habló con usted antes de hacerlo?

– No, no lo hizo, pero si me hubiera pedido consejo la habría animado a escaparse. Me duele lo que estará sufriendo, pero pienso que ha hecho lo correcto. Y ahora, señor Artetxe, si no desea nada más de mí, me gustaría despedirme.

– Sólo una cosa más, por favor. Alguien me ha dicho que quizá pudiera haberse ido con otro hombre que no fuera Carlos Arróniz.

– ¿Quién le ha insinuado eso? Seguro que ha sido la zorra de Alicia, esa mala pécora que de doncella no tiene nada. Ella sí que es más puta que las gallinas, y que la Virgen Santísima me perdone, pero si usted quiere encontrarla no la busque en la cocina, sino en la cama de don Jaime. Mi Begoña es una muchacha íntegra, se lo aseguro, señor Artetxe; íntegra y muy honrada. No niego que como joven que es tiene una mentalidad diferente a la que había en mi época, pero de ahí a decir lo que acaba de decir usted hay una gran diferencia. Si se ha escapado de casa es por lo que le he dicho y por nada más -finalizó con una no disimulada indignación antes de irse apresuradamente, sin esperar siquiera a que Iñaki Artetxe la acompañara hasta la puerta.

Cuando Karmele Ugarte salió dejó tras de sí a un pensativo Iñaki Artetxe. Cada persona con la que contactaba le mostraba una pieza diferente del rompecabezas, algunas de ellas contradictorias. ¿Cuál era la auténtica Begoña: la ninfómana, la rebelde, la joven rica y frivola, la chica formal y honrada? Posiblemente todas juntas, pero seguía como al principio: sin ningún indicio sobre su actual paradero.


14

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El bar era un local lóbrego y oscuro, decorado con envejecidos carteles de grupos de rock duro y ambientado con una música capaz de derribar nuevamente las murallas de Jericó en caso de ser estrictamente necesario. Pese a ello, el inspector jefe De Dios se encontraba allí a sus anchas, como si ése fuera su auténtico habitat natural, pensaba en esos momentos su acompañante, el también inspector de policía Manuel Rojas. Hacía tan sólo media hora que se habían reunido en los locales de la Jefatura Superior y ésa era la tercera taberna que visitaban.

De Dios se acercó a la barra. Un joven, al que entre la poblada barba y la inmensa melena que lucía era imposible verle la cara, acudió a preguntarle qué deseaba tomar.

– Dos cañas y un poco de conversación.

El camarero manipuló un barril de cerveza y extendió sobre el mostrador dos jarras que contenían más espuma que líquido.

– Aquí están las cañas. Son cuatrocientas pesetas. Para la conversación tendrá que ir a otro local. En esta cafetería no nos gusta intimar con los clientes.

– ¿Cuatrocientas pesetas por dos vasos de espuma con un poco de cerveza? ¿Y te atreves a llamar cafetería a este tugurio infecto? No me hagas reír, Angelito, que no estoy de buen humor. Por cierto, ¿desde cuándo no te gusta dar palique a los clientes? Yo pensaba que te encantaba, sobre todo con los de tu mismo sexo.

– ¿Y eso a usted qué cojones le importa, inspector? Cada uno puede hacer con su cuerpo lo que quiera. ¿No dicen ustedes que ahora se estudia la Constitución en la Escuela de Policía? Vivimos en una democracia, no en un Estado policial, y los derechos a la plena realización sexual están reconocidos y son totalmente respetables.

– Veo que me has reconocido pero, por favor, no te marques el mitin reivindicativo conmigo, Angelito. Me importa un bledo con quién te lo montes, y si por casualidad te salen almorranas pues miel sobre hojuelas, ¿vale? Por mí puedes hacer con tu hermoso culo lo que te plazca, como si se te ocurre subastarlo para conseguir fondos en pro de la obra benéfica de la madre Teresa de Calcuta. No he venido para oírte decir chorradas, sino para otros asuntos.

– ¿De qué asuntos se trata, inspector? -preguntó el camarero tras decidir, inteligentemente, no volver a replicar los comentarios del inspector.

– ¿Sigues enrollado con el Gabacho?

– ¿Con ese degenerado? Con el Gabacho no iría ni a heredar. No sabe usted lo que dice, inspector. Le prohibí incluso que pusiera los pies en el bar.

– Al menos sabrás por dónde para actualmente.

– Ni lo sé ni quiero saberlo.

– Pues es una verdadera lástima porque yo sí quiero saberlo, y no me creo que no estés al tanto de sus andanzas. Ya conoces el dicho: los grandes amores siempre dejan huella.

– No me molesta que se burle de mí, señor inspector, pero le juro por mi madre que no sé dónde anda ese julái.

– Deja en paz a tu madre, Angelito, que bastante desgracia le ha caído en suerte teniendo un hijo como tú. Ya sabes que siempre me he portado bien contigo y me imagino que querrás seguir teniendo el mismo trato.

– Ahora las cosas son diferentes, inspector. Usted me ha ayudado, de acuerdo, pero yo le he correspondido siempre. Ya no le debo nada. Además, tanto yo como mi bar estamos totalmente limpios, así que no puede chantajearme.

– Eres más gilipollas de lo que pareces. ¿Cuándo he necesitado chantajearte para que me cuentes lo que quiero saber?

– No se atreverá a incriminarme con pruebas falsas.

– Angelito, coño, no vayas de virgen inocente por la vida, que ningún director de cine con dos dedos de frente te daría nunca ese papel. Pues claro que lo haría si lo considerara imprescindible, pero no es mi estilo aunque, ¿qué te parecería si tu posmoderno y posmugriento chiringuito empezara a llenarse continuamente de maderos, como decís vosotros? No te molestarían para nada, se limitarían a tomar sus consumiciones tranquilamente, sin meterse con nadie. Claro que en este mundo no hay nada perfecto y, como se suele decir, nunca llueve a gusto de todos, así que es posible que tu selecta clientela habitual se retrajera ante esta situación. Debes creerme que lamentaría desde lo más profundo de mi alma que eso sucediera pues siempre he sido un acérrimo defensor del pequeño comercio.

– De acuerdo, inspector, usted gana, como siempre. Le contaré todo lo que sé sobre el Gabacho, pero, por favor, olvídese de mí durante una larga temporada.

– ¿Olvidarte? Imposible, Angelito, eso que me pides es totalmente imposible. Como ya te he dicho, los grandes amores siempre dejan huella.


El lugar que les había indicado Angelito era la primera planta de un edificio semiderruido de Bilbao la Vieja. La puerta estaba entornada y De Dios la abrió sin llamar, con la confianza que da el estar habituado a esos ambientes. Cuando Rojas le insinuó la conveniencia de llamar con antelación, para cumplir lo previsto en las leyes, se echó a reír y le comentó que allí posiblemente ni siquiera funcionara el timbre.

Según entraron vieron a una viejuca que posiblemente había sobrevivido a la primera guerra mundial, sentada en un desvencijado sofá de color desconocido viendo una enorme televisión en blanco y negro.

– Venimos en busca del Gabacho -dijo De Dios en el tono seco y cortante de quien hace eso todos los días del año.

– La segunda habitación a la izquierda, según entran por el pasillo -contestó la contemporánea, de Matusalén con un hilo de voz que parecía salir de ultratumba, pero sin mostrar sorpresa alguna, acostumbrada como estaba a tratar con maderos más duros que el propio De Dios.

Cuando los policías entraron en la habitación, el Gabacho se encontraba en plena faena, si consideramos que lo que tenía en la boca no era un polo de fresa precisamente. Al honrado ciudadano que estaba disfrutando de las habilidades bucales del Gabacho se le cortó la erección al momento e incluso se quedó mudo, ya que ambos policías pudieron observar el extraño efecto de una boca que se abría y cerraba espasmódicamente, como afectada por un tic, pero sin articular palabra ninguna.

– Señor inspector, qué alegría verle por aquí -dijo el Gabacho, más acostumbrado a estas escenas que su cliente.

– ¿Son ustedes policías? -balbuceó más que dijo el honrado ciudadano-. No me detendrán por esto, ¿verdad? Es la primera vez que hago algo así, ¿saben? Estoy casado y tengo tres hijos, por favor, el escándalo… Es el estrés, los nervios, no sé por qué lo he hecho.

– Corte el rollo y largúese cuanto antes, que por nosotros como si se la mete a un burro. Venga, fuera, largo, antes de que nos arrepintamos.

– De eso nada, señor inspector. No se puede ir así como así, todavía no me ha pagado -dijo chillando el Gabacho.

– De acuerdo, hombre, de acuerdo. ¿Cuánto te debe?

– Diez mil púas.

– ¿Diez mil? Tú no has visto juntas en tu vida nunca ni siquiera cinco mil. Bueno, déle quince mil -dijo mirando al cliente- y asunto zanjado.

– ¿Está usted loco? ¿Así nos protege la policía de los delincuentes? -se indignó el cliente, asumiendo la pose de ciudadano intachable de clase media-. ¿Cómo es posible que un policía me obligue a dar dinero a un delincuente? Es vergonzoso. Si se enteraran sus jefes se metería usted en un buen lío.

– No me cabe duda, y si se enteran su mujer y sus hijos usted no lo iba a pasar muy bien, así que déjese de chorradas y pague. Su compañero ha cumplido, ¿no? Pues ahora cumpla usted, y rápido, que no tenemos tiempo que perder.

El honrado ciudadano comprendió que una vez perdidos los principios en el terreno sexual no era tan grave perderlos también en el económico, por lo que con gran dolor de corazón sacó tres billetes de su cartera y le dio al Gabacho su salario.

– Gracias, jefe, vuelva cuando quiera. El próximo mes voy a estar de oferta, dos por el precio de uno, como en las rebajas de enero.

– Bueno, Gabacho, ya has cobrado, así que podemos empezar a hablar.

– De lo que usted quiera, inspector; tendría que contratarle, me ha salido divino el negocio y se lo debo a usted. Si no supiera que no es usted propenso a las efusiones, le daría un beso. Pero pregunte lo que quiera, ya sabe que siempre le he tenido cariño -dijo en tono zalamero.

– Andoni Ferrer. ¿Te suena este nombre?

– Para nada, inspector.

– Nunca has sabido fingir, Gabacho. ¿Cómo puedes decir que no sabes nada de él? ¿Acaso has perdido facultades? Te refrescaré la memoria. Es un periodista que apareció muerto por sobredosis en su casa, no hará todavía ni un mes. Es imposible que no sepas nada. No me mientas, Gabacho; no me mientas o lo pasarás mal.

– Se lo juro por los hijos que nunca pariré, inspector.

– ¿De qué tienes miedo, Gabacho?

– Ni siquiera sé eso, inspector.

– ¿Hay algún grupo nuevo distribuyendo droga por esta zona?

– Así es, pero no sé quiénes son.

– Me la quieres meter doblada, Gabacho. ¿De verdad piensas que me voy a tragar que no sabes nada? Resulta que hay una nueva gente introduciendo mercancía por Bilbao y aledaños y tú no sabes nada ni ningún otro camello con los que te tratas. Hace ya mucho tiempo que hice la primera comunión, Gabacho. Me parece que vamos a dejar de ser colegas.

– Tiene que creerme, inspector, porque le estoy diciendo la verdad. Nadie sabe quiénes son ni ha intentado averiguarlo. Son totalmente desconocidos, actúan clandestinamente. Mire, le contaré todo lo que sé, pero tiene que creerme aunque lo que le cuente parezca rarísimo.

– Desembucha, y cuando acabes sabremos a qué atenernos.

– Es cierto que algo nuevo se está moviendo. Hará unos tres años empezaron a pasar cosas muy raras. Unos cuantos camellos fueron secuestrados por desconocidos que no se dejaban ver. Les ofrecieron droga para vender y les dijeron que se pondrían en contacto con ellos del mismo modo para recoger su parte y proporcionarles más mercancía. Algunos intentaron jugársela y sufrieron las consecuencias. No mataron a ninguno, se ve que no querían armar mucho ruido, pero después de las represalias que los desconocidos tomaron nadie se salió del buen camino. El modo de actuar es el que ya le he dicho. Se presentan de improviso, nunca con los mismos coches ni el mismo aspecto, cobran su parte y si no la llevas encima te acompañan a por el dinero. Siempre saben cuándo y dónde lo tienes, no hay escapatoria posible. Son un misterio para todo el mundo, pero funcionan, y muy bien.

– ¿No hay ningún modo de ponerse en contacto con ellos?

– Imposible, inspector. Aparecen sólo cuando ellos mismos lo desean, nadie sabe dónde encontrarlos.

– ¿Y si algún camello se queda sin mercancía? No parece lógico ese modo de operar.

– Si alguien se queda sin mercancía se jode. Las condiciones son tan buenas y el miedo tan grande que nadie se atreve a dejar de trabajar para ellos. Además, es raro que ocurra; sólo pasó eso los primeros meses. Luego se ve que aprendieron a calcular cuánto le duraba a cada uno el material proporcionado y siempre se adelantan antes de que se les acabe. Parece un cuento de hadas, lo sé, pero tiene que creerme, inspector. Es un sistema bastante extraño, lo admito, y es la primera vez que yo conozca que se ha utilizado, pero funciona, y muy bien además.

– Te creo, Gabacho, ahora sí te creo, lo malo es que a excepción mía y quizá de mi compañero -añadió señalando a Rojas, que había estado mudo hasta ese momento- nadie más se lo va a creer en Jefatura. Así que de verdad existe un nuevo y misterioso grupo distribuidor. Tiene que haber un medio de intentar llegar hasta ellos.

– Imposible, inspector. Los que lo han intentado nunca más repetirán el intento. Y esto es todo lo que sé. Por mucho que insista no le puedo decir nada más.

– Todavía no hemos hablado de Andoni Ferrer, el periodista muerto por sobredosis. Tomó un caballo tan puro que le mató en el acto. Cuéntame lo que sepas y sabré agradecértelo.

– Es muy poco lo que sé. Durante un tiempo algunos colegas hablaban de un tipo raro, un periodista, que estaba incordiándolos para que le introdujeran en el ambiente. Cuando murió se comentó que quizá se había introducido demasiado, pero a nadie le preocupó que un julái que no sabía de la misa la mitad la palmara.

– A nosotros sí nos preocupa, Gabacho. ¿Pudo haber llegado a contactar con el grupo misterioso?

– Eso es lo que se comentaba, inspector, pero nadie sabe nada concreto. No le puedo decir más, porque no sé más.

– De acuerdo, Gabacho; por el momento te dejaré en paz, pero si me entero de que sabes algo más y no vienes a contármelo, te arrancaré la piel a tiras de tal modo que nunca más te volverán a contratar para posar en revistas pornográficas.

– ¿Ha visto las fotos, inspector? -preguntó su interlocutor, más relajado, con un mohín de labios que pretendía ser sexy.

– Tengo toda la colección, cariño, pero me sigue gustando más Robert Redford.

– ¿Y su amigo, inspector? Parece buen mozo, ¿no le gustaría jugar un poquito con el Gabacho?

– Quizá el mes que viene -contestó Rojas-. Cuando empiecen las ofertas.


15

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A Iñaki Artetxe no le fue difícil conseguir una entrevista con la familia de Begoña. En realidad no tenía muchos parientes: su tío Jesús Larrabide y su prima Pilar. La madre de esta última hacía varios años que se había divorciado de su marido y vivía en las Islas Canarias con un ex hippy reciclado en empresario hostelero y promotor inmobiliario quince años más joven que ella.

Quedaron un domingo, ya que durante la semana el señor Larrabide no tenía tiempo para nada; «los problemas de la integración en la Unión Europea y la competitividad de nuestras empresas me traen todo el día de cabeza, señor Artetxe, ya que además de mis propios negocios soy miembro ejecutivo de Confebask y la CEOE; ustedes, los autónomos, no saben la suerte que tienen en el fondo, sin todos estos líos que acaban por producirnos úlceras sangrantes, así que lo siento pero el único día que puedo recibirle es el próximo domingo y me temo que no le concederé mucho tiempo».

Larrabide había huido de Neguri, pero no había disminuido de estatus. Tenía un chalet en los terrenos de la Sociedad Bilbaína, en Laukariz, encima del embalse. Un chalet individual, separado de las urbanizaciones de viviendas unifamiliares adosadas que habían proliferado en los últimos tiempos, pero no muy alejado de las dependencias del Club de Campo. Pese a lo mal señalizado de la zona, Artetxe había recibido unas indicaciones muy concretas y no tuvo dificultad en llegar hasta la vivienda.

Un guarda jurado le preguntó el motivo de su visita.

– Estoy citado con el señor Larrabide.

– ¿Es usted el señor Artetxe?

– En efecto.

– ¿Le importaría enseñarme su documentación?

Aunque el vigilante no tenía ninguna autoridad o jurisdicción para solicitar la documentación, Artetxe se la enseñó. Al fin y al cabo aquello era una propiedad particular y si quería entrar, tenía que acceder a los deseos de sus propietarios. Por otra parte, ya que el dueño de la mansión no le había puesto ninguna objeción al solicitarle la entrevista, sería un detalle feo que él se pusiera borde con quien no hacía más que obedecer las órdenes recibidas.

– Aquí está -dijo enseñando el carnet de conducir-. ¿Es suficiente?

– Todo bien, señor Artetxe, disculpe las molestias. -Quizá la urbanidad no formara parte de la preparación de los guardas jurados, pero éste había asimilado la de sus patronos-. Siga por el camino que empieza detrás de la barrera, por el jardín, y llegará a la vivienda. No tiene pérdida -añadió mientras desde la garita accionaba el mecanismo que levantaba la barrera.

El camino a la vivienda tenía la anchura necesaria para que se cruzaran dos vehículos sin ninguna dificultad, y su firme era mejor que el de muchas carreteras. Si todo estaba en consonancia -y lógicamente debía estarlo-, Artetxe pensó que no iba a interrogar a alguien con muchos millones de pesetas, sino con miles de millones de ecus, marcos o dólares, no estaba muy seguro de cuál debiera ser la referencia.

Junto al porche que había en la entrada de la casa se hallaba un mayordomo con inequívoco aspecto de estar esperándole. Cuando detuvo el coche, se acercó a él para hablarle.

– ¿Señor Artetxe? El señor Larrabide le está esperando. Si tiene la bondad de seguirme, por favor. Por el coche no se preocupe; uno de los criados lo aparcará convenientemente.

Larrabide le estaba esperando en un jardín que había en la parte posterior de la vivienda, dentro del cual podía vislumbrarse una piscina de tamaño olímpico. Cuatro jóvenes presumiblemente desconocedoras de la utilidad de los trajes de baño, dignas de aparecer en la portada de la revista Play-Boy y que parecían haberse criado a base de yogures, estaban sentadas al sol, aprovechando que aquel domingo de mediados de julio lucía excepcionalmente hermoso. Junto a una mesa circular se hallaban sentados tres hombres que rebasaban cada uno la sesentena.

– Señor -dijo el mayordomo dirigiéndose a uno de los tres hombres-, el señor Artetxe.

– Gracias, Esteban, puedes retirarte, pero antes, señor Artetxe, ¿qué desea tomar? Whisky, coñac, ginebra, pacharán, lo que quiera.

– Whisky estará bien, gracias.

Nada más oír lo anterior, Esteban se acercó a un pequeño ambigú que había en el jardín y le trajo una copa y una botella de whisky escocés.

– ¿Hielo, señor? -preguntó, cogiendo la cubitera que había sobre la mesa.

– Con dos será suficiente.

Una vez servida la bebida y acomodado Artetxe en una silla junto a los otros tres hombres, el dueño de la casa tomó la palabra.

– Señor Artetxe, permítame que le presente. Don José Ignacio Urazurrutia y don Ricardo Albizuribe. Don Iñaki Artetxe-. Mientras se estrechaban las manos calurosamente, el ordenador que había en la cabeza de Artetxe le informaba de que los visitantes de Larrabide no tenían nada que envidiar a su anfitrión, por lo menos en el aspecto económico. -Antes que nada quiero disculparme con usted. Sé que le había prometido concederle una entrevista para hablar sobre los temas que a usted le interesan, y que lógicamente esperaría tenerla a solas. No se preocupe que así se hará, pero le ruego que nos conceda un rato de su tiempo, siempre que no tenga otra cita dentro de poco.

– Nada que no pueda esperar -contestó.

– Estupendo, señor Artetxe, ya que no es nuestra intención producirle ninguna extorsión. Todos los domingos nos reunimos aquí cuatro amigos para echar una partida de mus, pero hoy nos ha fallado el cuarto, así que nos haría un favor si se nos une a nosotros. ¿Sabe usted jugar al mus, me imagino?

– Bueno, no lo hago del todo mal, aunque hay que pararme, ya que soy propenso a dar y admitir ordagos.

– En ese caso, será mi pareja. Y si perdemos, no se preocupe, que yo me haré cargo de las pérdidas.

– ¿Qué es lo que se juegan? -preguntó Artetxe.

– Ahí lo puede usted ver -contestó entre risotadas y señalando a las cuatro jóvenes sentadas junto a la piscina, el hombre al que le habían presentado como Ricardo Albizuribe-. No pensará usted que son nuestras legítimas esposas, supongo -añadió consiguiendo sacar una estruendosa carcajada de las gargantas de sus dos compañeros.

La primera partida se la llevaron de calle, tres a cero. En la segunda, Urazurrutia y Albizuribe cogieron mejores cartas y les ganaron tres a uno. La buena, en cambio, estaba más disputada. Iban empatados a dos y a falta de dos piedras Artetxe y Larrabide, y de un amarreco sus contrincantes, para acabar. A Artetxe, que era mano, le salieron de primeras dos reyes y dos caballos. Cuando pasó a la mayor, Albizuribe, que era postre, dio un ordago que no fue aceptado. Larrabide envidó a la pequeña, sin obtener respuesta positiva de los contrincantes, por lo que se pusieron a una piedra de la victoria final. Los cuatro tenían pares. Artetxe pasó, Urazurrutia y Larrabide hicieron lo mismo. Albizuribe, en cambio, pegó un ordago. Artetxe sabía que no debía aceptarlo, pero era mano, tenía dos reyes y dos caballos, no se había dado mus y no había detectado ninguna seña entre Urazurrutia y Albizuribe, así que sin decir nada, con el simple gesto de echar las cartas boca arriba, sobre la mesa, aceptó. Albizuribe tenía cuatro reyes. Juego, set y partida para Urazurrutia y Albizuribe.

– El que no se arriesga no pasa la mar -comentó sentenciosamente Larrabide, intentando quitar hierro al fallo de Artetxe-. Otra vez será. Ahora, si quiere, puede unirse a nosotros tres para pasar un rato agradable -sonrió con picardía- o me acompaña a mi despacho para sostener la entrevista. Estoy seguro de que cualquiera de las cuatro chicas preferiría estar con usted que no con estos dos carcamales.

– ¡Mira quién fue a hablar! -contestaron los aludidos casi al unísono.

– Se lo agradezco mucho, pero me gustaría liquidar lo nuestro cuanto antes.

– Como usted prefiera. Esperadme, chicos -dijo a los dos amigos-, que vuelvo en seguida, y como no está mi pareja, no me quedará más remedio que atender yo sólito a dos de las chavalillas. ¡Menuda envidia vais a tener!


El despacho era sobrio pero cómodo. Estaba claro que cuando Larrabide lo calificaba de despacho se refería a él en el sentido de lugar para trabajar. No había en su interior ninguno de los toques de lujo que se podían observar en el resto de la casa. A una indicación de su anfitrión, Artetxe se sentó en una silla que había frente a la mesa que había ocupado aquél.

– Bueno, señor Artetxe. Estoy a su disposición. Por teléfono me comentó que estaba buscando a mi sobrina Begoña, ¿me equivoco?

– En absoluto. He sido comisionado por su novio, Carlos Arróniz, para que la busque.

– ¿Significa eso, por tanto, que Begoña ha desaparecido?

– Desaparecer es un término quizá inadecuado para una persona que es mayor de edad. Digamos que se ha ido de casa sin dar noticias a nadie, ni familia ni novio, de su nueva dirección.

– Entiendo. Entonces, ¿debemos interpretar que esa desaparición, permítame que por comodidad siga denominándola así, ha sido voluntaria?

– Nunca se puede estar seguro. Puede ser voluntaria o bien inducida por terceras personas. Incluso podría tratarse de un secuestro, pero esto hay que descartarlo por la propia actitud de su entorno más próximo y porque esas cosas acaban saliendo a la luz, antes o después.

– En ese caso, ¿dónde está el problema?

– Eso es lo que deseo averiguar. No es que se trate de algo insólito, pero sí parece un tanto raro que desaparezca sin que nadie sepa nada: ni padre, ni novio, ni amigos. Incluso ha habido actitudes por parte del padre de la joven un tanto sospechosas.

– ¿Sospechosas? ¿En qué sentido?

– Digamos que algo violentas.

– Sí, eso es muy típico de él, pero en definitiva, ¿en qué puedo ayudarle?

– En primer lugar quisiera saber si se ha puesto en contacto con usted o su hija.

– En lo que a mí respecta la respuesta es negativa, lo lamento. En cuanto a mi hija, si le parece bien podrá hablar con ella cuando acabemos, ya que le comenté que quizá usted quisiera charlar también con ella y me dijo que se quedaría en casa, pero de todos modos no creo que sepa gran cosa.

– ¿No recurrirá a ustedes, en algún momento, por falta de dinero tal vez?

– Si, como me dijo por teléfono, usted ya ha hablado con mi cuñado, ya sabrá que tiene dinero suficiente para vivir de modo independiente. Por manirrota que fuera, tardaría muchísimo tiempo en necesitar recurrir a la familia.

– ¿Conoce algún lugar en el que pudiera haberse refugiado?

– Su padre tiene casas en Marbella, las dos Bayonas, la gallega y la del País Vascofrancés, y en Nueva York, que ahora recuerde. Supongo que tiene algunas más, pero es improbable que haya aparecido por ninguna, ya que en todas tiene gente a su servicio que le hubieran informado. Posiblemente se haya ido lejos, de viaje, o haya alquilado algún apartamento en cualquier sitio.

– Por lo que me dice, su lugar de refugio puede ser el mundo entero.

– Ése es uno de los privilegios de tener dinero, señor Artetxe.

– Ya veo. Lamento tener que hacerle una pregunta delicada, pero creo que puede ser importante. ¿Cómo eran las relaciones entre Begoña y su padre?

– Creo que correctas; aunque vivían en la misma casa (por cierto, ¿se ha dado cuenta de que estamos hablando en pasado?), funcionaban de modo bastante independiente.

– He oído decir que Begoña no era hija, en realidad, del señor González Caballer.

– Escuche, señor Artetxe, no voy a hacerme el mojigato. Ya ha comprobado usted mismo que me permito todos los placeres que puedo, sin recatarme para nada, pero no me ha gustado esa observación. Mi hermana era muy joven cuando se casó y estaba recién salida de un colegio de monjas; me atrevo a decir que su moralidad era irreprochable. No es concebible que hubiera engañado a su marido.

– Tal vez sí en el caso de que no estuviera enamorada de él, sino de otro, y que hubiera tenido que casarse impulsada por las circunstancias. ¿Pondría usted la mano en el fuego por ello?

– En mi caso no pondría mi mano derecha en el fuego ni siquiera por mi mano izquierda, pero aun admitiendo esta hipótesis, ¿qué consecuencias podría haber tenido?

– Hubiera podido ser el detonante de su marcha. Por lo que sé ésta se produjo al cabo de un mes de enterarse de la noticia.

– Pudiera ser como usted dice, pero en ese caso lo lógico hubiera sido separarse tan sólo de su supuesto padre, ¿por qué iba a alejarse también del novio o del resto de la familia?

– Bueno, ésa es una de las cosas que tengo que averiguar.

Acabada la entrevista, el propio dueño de la casa le acompañó hasta el dormitorio de su hija Pilar.

– Pili, éste es el detective del que te hablé. Os dejo solos para que habléis con más comodidad.

Pilar Larrabide no tenía nada que ver con su prima. Divorciada y con cuarenta y dos años, era un exponente perfecto de las mujeres que habían decidido manejar con uñas y dientes su propio destino. Su aspecto parecía conjugar una serena madurez con una belleza que le daba un curioso toque juvenil. Artetxe pensó que posiblemente metía muchas horas en salones de belleza. Todo en ella conspiraba para delatar la clase social a la que pertenecía, incluso su pelo rubio y sus ojos azules parecían indicar que había una diferencia genética entre ricos y pobres. Aunque vestía de un modo informal, no parecía que hubiera nada dejado al azar: ni su apretada minifalda, ni su ceñida blusa blanca en la que se podían vislumbrar bien marcados los pezones de unos pechos que no necesitaban usar sujetador. Estaba tumbada indolentemente sobre un sofá escuchando música.

– Ponte cómodo -dijo a Artetxe una vez desaparecido su padre, palmeando con su mano el cojín del sofá contiguo al suyo, aunque el detective prefirió mantener las distancias y sentarse en una butaca.

– Si prefieres quedarte ahí no me importa, pero te aviso que no te voy a comer -añadió.

– Espero que no pero, por si ha pensado intentarlo, le advierto que soy bastante correoso.

– De tú, hombre, de tú. Si quieres que seamos amigos, debemos dejarnos de ceremonias. Además, no pareces demasiado viejo.

No era ésa precisamente la intención de Artetxe, al que no le gustaba tutear sin más ni más a la gente, pero si quería información no podía permitirse el lujo de enfadar a la prima de Begoña.

– Como quieras -respondió con una sonrisa-. No sé si tu padre te habrá contado algo, pero estoy buscando a tu prima Begoña.

– ¿Y se puede saber por qué la buscas o es un secreto profesional?

– Podría haberlo sido, pero estoy autorizado para desvelar el misterio. La busco por encargo de Carlos.

– ¿Del bueno de Carlos? ¡Pobre idiota!

– ¿Por qué dices eso?

– Menudo detective eres si tienes que hacerme esa pregunta.

– Precisamente haciendo preguntas es como nos enteramos de las cosas.

– Touché -dijo riéndose-. Se nota que eres un tío listo. Me quería referir a que Carlos tenía que estar contento por perderla de vista.

– ¿Por qué? Según él estaban muy enamorados y pensaban en casarse.

– Según él sí, pero según ella no. Le gustaban los hombres más que a mí, y a mí me gustan una barbaridad -añadió en tono insinuante-, y le ha puesto a Carlos más cuernos que los que puede haber en todas las ganaderías de Andalucía juntas. Hombre del que se encaprichaba, hombre con el que se encamaba. Quizá sea la carencia de la madre, porque a mí me pasa prácticamente lo mismo, pero soy feliz así y no pienso ir a consultar a ningún psiquiatra para que me lo aclare, no sea que me cure y entonces sí que la habremos jodido.

– En ese caso, ¿crees que ha podido irse con otro hombre?

– Sinceramente no. Aunque no está enamorada de Carlos dudo mucho que se enconara con otro lo suficiente como para fugarse. Ella es así. Le gusta follar con los tíos, pero sin comprometerse. De hecho, posiblemente acabe casándose con Carlos, aunque cuando se case seguramente no cambiará de vida, pero alguna vez me ha comentado que sí, que se casará con él, ya que le puede dar un toque de estabilidad y seguridad que, aunque no lo necesita, puede hacerla sentir más cómoda en el ambiente en que nos movemos. ¿Te escandaliza lo que estoy contándote?

– Hace tiempo que he superado la edad de los escándalos y sólo me interesan los hechos.

– Me alegra que no te escandalices por nada. Puede ser muy estimulante.

– ¿Has tenido alguna noticia de Begoña en los últimos días?

– Lo siento, pero no.

– ¿Qué tal os lleváis?

– ¿Begoña y yo? Divinamente. Incluso nos intercambiábamos tíos; así que ya ves, es algo francamente estimulante. Ella me pasa jovencitos impetuosos y yo le proporciono maduros experimentados; como verás, muy satisfactorio para ambas, pero no he sabido nada de ella últimamente. Es más, la primera noticia de su desaparición me la dio hace unos días mi padre, que se enteró al hablar contigo.

– ¿Sabes de alguien que pudiera conocer dónde se esconde?

– Quizá, no estoy muy segura. Tenía su grupo de amigos, pero el trato era muy superficial. Se juntaban para ir de vacaciones, a fiestas o de copeo, incluso a veces se iba a la cama con alguno, pero por lo que yo conozco, no creo que haya dicho a ninguno de ellos dónde está. Puede haberles pedido, en algún momento, ayuda si la necesitaba, aunque es dudoso, pero en todo caso no diría a nadie dónde está si quiere esconderse. Es gente que va a lo suyo, nada leal, aunque hago mal en criticarlos, porque yo soy como ellos, tal vez algo peor porque tengo más años. Ya ves que hablo con sinceridad.

– Entonces, ¿no hay nadie con quien tuviera la suficiente confianza?

– Que yo sepa, si excluimos lógicamente a Carlos, sólo una persona, su ama de cría, Karmele Ugarte, que en la actualidad trabaja como cocinera de mi tío. Es la única persona a la que se lo diría, exceptuándome a mí, naturalmente.

– Ya he hablado con ella y dice que no sabe dónde está.

– Podría estar mintiendo.

– Sí, podría estar mintiendo, como todo el mundo.

– Yo no te miento, sobre todo cuando digo que te encuentro muy interesante -respondió, provocadora, Pilar.

– Antes has dicho que aparte de Karmele Ugarte, en ti sería en la única persona que confiaría Begoña -dijo Artetxe pasando por alto el último comentario de su interlocutora.

– Así es. Ya te he dicho antes que nos llevamos divinamente. Además, somos primas, y pese a la diferencia de edad tenemos los mismos gustos, ya me entiendes. Sí, no te miento cuando te digo que ella confía en mí, o eso es lo que he pensado hasta ahora, ya que ni me dijo que pensaba escaparse ni se ha puesto en contacto conmigo después de hacerlo. Si quieres, te avisaré en el caso de que se ponga en contacto conmigo.

– Te estaría infinitamente agradecido.

– Eso de infinitamente agradecido es algo muy etéreo. ¿Por qué no me lo agradeces ahora? -respondió Pilar, quitándose la blusa y dejando al aire libre dos hermosas e insinuantes tetas-. Yo he colaborado en todo lo que me has pedido, ¿qué te parece si tú colaboras conmigo para pasar un rato divertido? Tienes que admitir que, por esperarte para hablar contigo, me he quedado un domingo estupendo sin salir de casa -añadió quitándose la minifalda y demostrando que tampoco usaba bragas, pero sí un coño perfectamente afeitado.

– Creo que no es una idea sensata. Estamos en casa de tu padre…

– Mi padre lleva un rato retozando con una chica que podría ser mi hija, no seas gilipollas. ¿Tan mal estoy?

Artetxe iba a contestar que no, que estaba muy buena, pero que en esos momentos estaba intentando rehacer su vida con la mujer a la que amaba y que había decidido serle fiel, pero le fue imposible articular tan atinadas palabras. Para cuando iba a abrir la boca, Pilar ya le había desabrochado la bragueta y le había empezado a lamer lo que hasta ese momento había intentado esconder. Si no puedes con tu enemigo únete a él, pensó, y se resignó a pasar el resto de la tarde de un modo que no había imaginado. Además, no era cuestión de ir a una comisaría para denunciar que había sido violado por una cuarentona de buen ver, admitió filosóficamente en el momento de cambiar de postura para poder saborear convenientemente los placeres escondidos en el afeitado sexo de la moza.


16

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Le dieron el aviso por el transmisor del coche camuflado, cuando volvía de un trabajo en Ortuella. El comisario Manrique quería verle inmediatamente; se podían separar las sílabas: in-me-dia-ta-men-te. Si los ruegos de Manrique solían ser órdenes, cuando lo conminaba de tal manera estaba claro que había que dejar de lado todo lo que se tuviera entre manos y acudir a su presencia antes de que acabara de hablar, así que el inspector Rojas rompió todos los límites establecidos en el código de circulación y en menos de diez minutos entró en la Jefatura. Quizá no tuviera una opinión muy elevada de su jefe, pero mientras mandase, no le quedaba más remedio que aguantar y obedecerle.

Además, presagiaba que no le convocaba para nada bueno. Desde la muerte de Andoni Ferrer no le había encomendado ningún trabajo de interés y, por otra parte, los superiores nunca exigen velocidad cuando se trata de condecorarte, sino cuando quieren que te comas un marrón. O algo peor.

Aparcó el coche donde pudo -total, no se lo va a llevar la grúa, dijo para sí- y subió las escaleras del edificio de la calle Gordóniz de tres en tres. Llamó a la puerta y sólo cuando oyó decir «pase» se atrevió a entrar. Sentado tras, la mesa de su despacho estaba Manrique, impecable y atildado como siempre, en su línea habitual. Leía lo que parecía ser un expediente, y encima de la mesa, como descuidadamente, reposaban dos ejemplares de El País y de Le Monde, respectivamente, aunque todo el que conocía al comisario sabía que jamás se permitía el más mínimo descuido.

– ¿Me ha mandado llamar, señor comisario? -preguntó en tono humilde el inspector Manuel Rojas.

– En efecto -contestó su superior, sin indicarle que podía sentarse, y no se atrevió a hacerlo por propia iniciativa-. ¿Cuánto tiempo llevas en el grupo, Rojas?

– Todavía no he cumplido un año, señor comisario.

– ¿Y estás contento entre nosotros?

– Bueno, sí, por supuesto, señor comisario.

– Parece que vacilas al contestar.

– No, no es eso. Estoy muy contento de pertenecer al Grupo de Homicidios, lo que ocurre es que no se me han asignado, hasta el momento, trabajos muy interesantes.

– Eso qué significa, ¿que prefieres dejarnos, acaso?

– No, señor comisario, no me interprete mal, ni mucho menos. Comprendo que hay una división del trabajo hecha y que he sido el último en llegar, sólo que me gustaría poder ir haciendo, poco a poco, otro tipo de cosas -respondió por decir algo, ya que no podía contestar que estaba hasta el culo de sentirse aherrojado y marginado.

– Nunca he puesto en duda tus cualidades -contestó el comisario, aparentemente sin ironía-, pero me parece que tú sí cuestionas las mías, ya que soy yo quien dirige este grupo y quien distribuye los trabajos, y dos de las cualidades que exijo son paciencia y disciplina, pero da la impresión de que tú no las posees. Si tienes paciencia llegará tu oportunidad, y si eres disciplinado se podrá confiar en ti; en cambio, has desobedecido mis órdenes, y has intentado, por afán de protagonismo, crear tu propio caso. Sabrás de qué estoy hablando, supongo…

– No estoy seguro.

– Déjate de chorradas. He dicho que eres indisciplinado e impaciente, no idiota. Claro que sabes de qué hablo: de la muerte de Andoni Ferrer, ¿está claro?

– Sí, señor comisario.

– Se te dijo que dejaras la investigación, que no había lugar a una intervención policial. La propia magistrada-jueza dictó auto de sobreseimiento por muerte accidental, pero tú no has hecho ni puñetero caso. Al parecer, el señorito se cree más inteligente que la jueza, el comisario y el médico forense juntos.

– No se trata de eso, señor comisario, pero me pareció que había indicios suficientes para continuar las gestiones.

– ¡Aquí el único que dice si hay indicios o no para reabrir un caso soy yo! -replicó Manrique dando un fuerte puñetazo en la mesa. Aunque parecía congestionado de furia, seguía sin despeinarse y sin perder la compostura-. Te lo advierto por última vez: olvídate de Andoni Ferrer.

– Así lo haré, señor comisario.

– Me alegro, y espero que seas sincero. Además, no vas a tener mucho tiempo de ahora en adelante para trabajar en ese asunto porque te voy a encargar otro trabajo muy delicado.

– ¿De qué se trata, señor? -preguntó Rojas, que estaba bastante escéptico pero no perdía la esperanza de que por fin se le asignara un caso de interés.

– Se trata de un asesinato, pero dentro de poco te enterarás de todo. -Dicho esto cogió el interfono y habló a través de él-: Martínez, haz pasar a mi despacho a míster Gómez.

«¿Míster Gómez?», pensó Rojas, extrañado. Tenía que tratarse de un extranjero pese al apellido, un inglés o un norteamericano seguramente. Cuando vio entrar a Gómez se cercioró de que era norteamericano, aunque le extrañó el apellido. Seguramente en su caso habían influido más los genes de la madre de Oklahoma que los del padre hispano, porque era la caricatura del yanqui típico: alto, rubio y con el aspecto ingenuo de un miembro del Ejército de Salvación, aunque sus ojos, vivos y escrutadores, desmentían esa primera impresión de ingenuidad.

– Míster Gómez, quiero presentarle al inspector Rojas. Rojas, éste es Frank Gómez. Pertenece al Departamento de Estado de Estados Unidos.

«O sea, que es de la CIA», pensó Rojas.

– Dejémonos de eufemismos, señor comisario -habló Gómez en un perfecto castellano con acento mexicano-, porque no creo que el inspector, que supongo que goza de su confianza o en otro caso no le hubiera asignado para este asunto, se vaya a confundir respecto a lo que soy. Míster Rojas, soy agente de la CIA y he venido a España para pedir su colaboración en la investigación de un asesinato. No sé si el señor comisario le habrá puesto al corriente de todo.

– Todavía no -respondió el comisario-. He preferido que hablara con usted antes de pasarle toda la documentación referente al caso.

– Entonces, se lo explicaré brevemente. No hace mucho ha sido asesinado en esta ciudad un compatriota mío, compatriota y ex compañero, ya que acababa de jubilarse. Era de origen vasco, así que regresó a pasar sus años de retiro en Bilbao. No estaba, por supuesto, en misión oficial.

– Y si lo hubiera estado, ustedes lo negarían rotundamente.

– ¡Rojas! -tronó Manrique.

– No se excite, comisario, su inspector tiene razón, pero en este caso estoy diciendo la verdad. Era un hombre jubilado, de setenta y cinco años de edad, que hacía mucho tiempo que tan sólo se dedicaba a labores meramente burocráticas. Pero no dejaba de ser un compañero y, en mi caso, un amigo, así que cuando nos enteramos de su muerte pensamos que no sería mala idea venir aquí para conocer lo que había ocurrido.

– ¿Está el Ministerio de Asuntos Exteriores enterado de su presencia en España? -preguntó Rojas, consiguiendo un clamoroso fruncimiento de ceño por parte del comisario.

– Por supuesto, míster Rojas, no se olvide que somos países aliados. Tengo todos los permisos necesarios del Ministerio y del CESID, pero no es mi intención interferir, tan sólo nos gustaría que el departamento encargado de las investigaciones, y usted como persona que las va a dirigir, nos tenga informados de los puntos de interés que vayan surgiendo.

– Me extrañaría que ustedes no tuvieran ninguna idea sobre lo ocurrido que puedan transmitirme.

– Le aseguro que no. Nuestro interés en el asunto es, digámoslo de esta manera, estrictamente humano. Era un compañero nuestro y lo han asesinado. Nos gustaría que se detuviera al culpable, no hay más misterio.

– ¿Y no podrían haberle asesinado por motivos relacionados con su pertenencia al Departamento de Estado, como decía el señor comisario?

– Nunca se puede estar completamente seguro -respondió Gómez con un ostensible encogimiento de hombros-, pero tenemos la sospecha razonable de que no hay relación alguna. Ya le he dicho que en los últimos años sus labores eran meramente burocráticas, y en la época en que estaba más activo, su ámbito de actuación era Sudamérica y, aunque en menor medida, Oriente Medio. No; pensamos, como creo que usted aceptará cuando lea los informes del comisario, que ha sido un desafortunado crimen común. Desgraciadamente, la violencia callejera no es patrimonio de mi país, como a veces se deja entrever en las películas, sino que se ha enseñoreado del mundo. Ha sido un placer conocerle, míster Rojas- acabó estrechándole con fuerza la mano -pero tengo que marcharme ya. En caso de necesidad puede ponerse en contacto conmigo a través del señor comisario.

– Bueno, Rojas, ya tienes un caso en el que lucirte -dijo el comisario después de que se hubiera marchado el agente de la CIA.

– Eso parece -contestó Rojas, sin mucha convicción-. Lo que no entiendo es para qué ha venido el yanqui. No ha dicho nada, se ha limitado a repetir que no están involucrados como organización y que su interés es meramente personal y humano. ¿Usted se lo cree?

– Yo ni creo ni dejo de creer nada de nada. Esta mañana recibí una orden del CESID, avalada por el propio ministro de Defensa en persona, para que atendiéramos al señor Gómez y le tuviéramos informado de nuestras indagaciones. Y eso es lo que harás, siempre bajo mis órdenes, por supuesto. No quiero más indisciplinas.

– Así lo haré, señor comisario, pero no me ha gustado el tío éste. Le repito que me ha producido una impresión bastante extraña. No nos ha dicho nada y cuando he querido obtener algún dato adicional, ha alegado que tenía prisa y me ha dejado con la palabra en la boca.

– Todos los datos adicionales que necesitas están aquí -contestó su jefe alargándole unas carpetas con el sello del Grupo de Homicidios-. Estudíatelo y ayer mejor que hoy ponte a trabajar.


DILIGENCIA INICIAL/ Se extiende en las Dependencias de la Brigada Regional de Policía Judicial, de la Jefatura Superior de Policía de Bilbao, siendo las tres horas veinte minutos del día 20 de septiembre de 1993, por los inspectores del Cuerpo Nacional de Policía, afectos a la precitada Brigada, titulares de los carnés profesionales números 14.009 y 14.099, que actúan respectivamente como instructor y secretario habilitados para la práctica de las presentes PARA HACER CONSTAR:

Que cuando estaban patrullando por el centro de Bilbao, por la calle Alameda de Urquijo junto a la Gran Vía, recibieron el aviso de que en el Puente de Deusto había una persona al parecer muerta.

Que personados en el lugar de los hechos, el pasadizo subterráneo que une el Parque de Doña Casilda Iturrízar con el citado puente, observaron tendido en el suelo, en posición decúbito supino, lo que parecía ser el cadáver de un hombre de edad avanzada, que vestía pantalón vaquero sin etiqueta identificativa alguna, camisa blanca con finas rayas rojas, jersey azul abierto de marca Lacoste y chamarra de cuero. En el suelo, junto a la víctima, se encontró una boina negra, en cuyo interior junto a un escudo del País Vasco se leía la inscripción «Basque House. Idaho».

Que, examinados los bolsillos del cadáver y sus pertenencias en general, no se halló documentación identificativa de ningún tipo ni tampoco dinero, por lo que se desconocen sus datos de filiación.

Que avisado el Juzgado de Guardia se personó a la una hora cuarenta minutos la Comisión Judicial, dictaminando el médico forense que, a expensas del resultado de la autopsia, la muerte se debía a un acto violento causado con arma blanca, ordenándose por el señor magistrado-juez de guardia el levantamiento del cadáver.

Que en el lugar de los hechos se encontraba un testigo presencial de los mismos, el cual a requerimiento nuestro accede a acompañarnos a las dependencias de esta Jefatura para declarar. Se trata de Ramón Muguruza Obieta, mayor de edad, con D.N.I. número 14.444.897, domiciliado en Bilbao, calle Heliodoro de la Torre, 5.

En virtud de todo lo expuesto, el señor instructor comisiona a los inspectores del Cuerpo Nacional de Policía adscritos al Grupo de Homicidios titulares de los carnés profesionales números 13.240 y 14.141, para que realicen cuantas gestiones sean necesarias para el total esclarecimiento de los hechos. CONSTE Y CERTIFICO.


COMPARECENCIA/ Siendo las cinco horas del día de la iniciación de las presentes, y ante la misma presencia, comparecen los inspectores comisionados en la diligencia inicial y MANIFIESTAN:

Que en el momento de la presente comparecencia ha finalizado la declaración del testigo mencionado en la presencia inicial, al cual, por no estar inculpado, no se le han leído los derechos prescritos en el artículo 520 de la vigente Ley de Enjuiciamiento Criminal, habiéndosele explicado que su declaración sería, en todo caso, voluntaria, accediendo a prestarla.

Que adjuntan la citada declaración y, no teniendo más que manifestar, firman esta comparecencia, una vez leída y encontrada conforme, en unión del señor instructor, de todo lo que como secretario CERTIFICO.


ACTA DE DECLARACIÓN/ Se extiende en las Dependencias de la Brigada Regional de Policía Judicial, siendo las cuatro horas del día 20 de septiembre de 1993, ante los inspectores del Cuerpo Nacional de Policía adscritos a la precitada Brigada, Grupo de Homicidios, titulares de los carnés profesionales números 13.240 y 14.141, que actúan, respectivamente, como instructor y secretario para la presente ACTA, se procede a oír en declaración a D. Ramón Muguruza Obieta, mayor de edad, con Documento Nacional de Identidad número 14.444.897, cuyos restantes datos de filiación son: nacido en Bilbao, el 2 de septiembre de 1946, casado, tornero, con domicilio en Bilbao, calle Heliodoro de la Torre nº 5, quien libre y voluntariamente MANIFIESTA:

Que más o menos a las doce de la noche cuando él iba caminando por el puente de Deusto para volver a su domicilio, por la acera que desemboca en la Universidad, si bien todavía muy cerca de la Alameda de Mazarredo, vio cerca del quiosco a un hombre de unos sesenta o setenta años, no precisando más ya que no es muy hábil para distinguir las edades, que caminaba en dirección Bilbao.

Que antes de que la persona citada bajara hacia las escaleras que conducen al parque, se le acercó un muchacho joven, de unos veinticinco años, moreno, de pelo largo, que se acercó y habló con él.

Que aunque es difícil asegurarlo por la distancia, piensa que seguramente le preguntó la hora, por el gesto de muñeca que hizo el hombre mayor, y que en ese momento el joven sacó un instrumento afilado, cuchillo o navaja, que introdujo en el cuerpo del otro hombre, cayéndose éste al suelo.

Que antes de salir corriendo pudo observar cómo el joven registraba el cuerpo del caído, quitándole una cartera, el reloj y algún que otro objeto personal que no puede precisar.

Que lo último que vio fue cómo el joven cruzaba corriendo Máximo Aguirre para meterse por Juan de Ajuriaguerra, perdiéndole de vista.

Que cree que reconocería al joven, ya que se considera buen fisonomista, pero no está completamente seguro porque era de noche y había una buena distancia.

Que no tiene más que manifestar, firmándola en prueba de su conformidad, una vez leída esta su declaración, en unión del señor instructor, de todo lo que como secretario CERTIFICO.


DILIGENCIA/ Se extiende para hacer constar que habiendo sido examinados los archivos de esta Brigada por el testigo arriba epigrafiado, no reconoce ninguna de las fotografías que se le han mostrado como pertenecientes a la persona que mató a un hombre inidentificado en el Puente de Deusto. CONSTE Y CERTIFICO.


DILIGENCIA DE TERMINACIÓN Y REMISIÓN/ En este estado las presentes, y no habiendo otras de carácter urgente que practicar, se dan por concluidas a las cinco horas veinticuatro minutos de la fecha de su iniciación, remitiéndose las mismas al ilustrísimo señor magistrado-juez del Juzgado de Instrucción nº 3, remitiéndose asimismo copia de lo actuado al Ministerio Fiscal. CONSTE Y CERTIFICO.


TRANSCRIPCIÓN DE LA CONVERSACIÓN TELEFÓNICA DEL DÍA 3 DE OCTUBRE DE 1993 ENTRE EL INSPECTOR CON NÚMERO DE CARNÉ PROFESIONAL 13.240 Y EL TENIENTE DE LA POLICÍA DE BOISE (IDAHO) CLARK O'MALLEY

/ Se extiende por el inspector a que se refiere el título, para su unión provisional a las diligencias hasta la recepción oficial de la documentación pertinente. La traducción del idioma inglés en el que se ha realizado originalmente la conversación, la ha efectuado el propio inspector.

– ¿El señor Merino? ¿Inspector Merino? Soy Clark O'Malley, de la policía de Boise.

– Encantado de saludarle. Ha llamado más pronto de lo que esperaba.

– Es lo menos que podemos hacer entre compañeros. Además ha habido suerte, porque creo que hemos conseguido lo que usted nos pedía. Hoy mismo les enviaremos copia de toda la documentación que obra en nuestro poder, pero si lo prefiere le digo ahora, por teléfono, los datos más interesantes.

– Se lo agradecería enormemente.

– Para ser rápido, ya que andamos con problemas presupuestarios y el teléfono es caro, supongo que a ustedes les pasará lo mismo, querido amigo, tengo que admitir que fue bien fácil, gracias a la etiqueta del gorro que llevaba. Nos personamos en la Basque House de nuestra ciudad y, aunque no era residente, le reconocieron en seguida. Su nombre era Tomás Zubia, aunque tenía nacionalidad norteamericana, y había nacido en Bilbao el 4 de febrero de 1918. Estaba jubilado y había trabajado como profesor de español en un colegio privado de Nueva York, donde residía. Si quiere más datos se los puedo dar.

– No, gracias, por ahora no es necesario. Con esto es suficiente para empezar a trabajar. ¿Cuándo cree que nos llegará la documentación?

– Supongo que esta misma semana.

– En ese caso sólo me queda agradecerle sinceramente sus gestiones y ofrecerme por si necesita algo.

– No hay nada que agradecer, ya le he dicho que es lo menos que se puede hacer entre compañeros. Hasta la próxima y, como dicen en México, quede usted con Dios.

– Lo mismo le deseo y, de nuevo, gracias.


Cuando Rojas acabó de leer el expediente pensó que el comisario era un auténtico cabrón. Una oportunidad de lucimiento, había dicho. ¡Valiente oportunidad! No había nada que hacer. O efectivamente había sido un navajero, un macarra de mierda, o si había sido asesinado por motivos relacionados con su profesión, nunca conseguiría descubrirlo. Pero le habían ordenado encargarse del caso y obedecería las órdenes, con paciencia y disciplina; sobre todo, con mucha disciplina.


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Cuando abandonó la Jefatura Superior de Policía de Bilbao, Frank Gómez, convertido de nuevo en James Goldsmith, regresó al caserón en el que había establecido su base de operaciones. Había grabado sus conversaciones con el comisario Manrique y el inspector Rojas y tenía prisa por volcarlas al ordenador. Una vez hecho esto las repasó con calma y observó, con satisfacción, que sus nuevos colaboradores no sabían nada de nada. El comisario estaba dispuesto a comer en su mano, y el inspector, aunque tal vez fuera más hostil y perspicaz, se veía maniatado por su superior. Tendría que controlarle, pero no era verosímil que le planteara muchos problemas. Todo lo contrario, se le veía lo suficientemente inteligente como para desbrozarle el camino. Luego, una vez cumplida su función, ya se encargaría él de reconducir, en caso de necesidad, la situación.

Feliz y relajado con estos pensamientos volvió a sumergirse en el CD-Rom que le había proporcionado Cameron DeFargo. Ahí debía de estar la solución al asesinato de Tomás Zubia si, como sospechaba el viejo aristócrata sureño, su muerte no había sido un simple accidente. A Goldsmith le hubiera gustado conocer qué opinaría Rojas en caso de tener acceso a esa información, pero nunca sabría la respuesta. Ésa era información confidencial a la que, por el momento, nadie más que él tenía acceso. Sí, ahí debía de estar la solución y, sin embargo, tenía la sensación de que faltaba algo, como si el viejo y zorruno dirigente de la CIA no le hubiera proporcionado todos los datos.

Introdujo de nuevo el disquete en su ordenador y buscó la entrevista que Tomás Zubia había tenido en Nueva York con el alto mando del ejército y del espionaje de Estados Unidos en los momentos más álgidos de la guerra. Constituía un documento sonoro por el que más de un periodista e investigador hubiera ofrecido media vida. El compact-disc reproducía con fidelidad absoluta y con un sonido mucho más depurado la conversación sostenida entre Tomás Zubia y varios representantes del Gobierno de Washington. Goldsmith reconoció la voz del general Eisenhower y asimismo escuchó las del subsecretario de Estado Vernon Oaks, la de Glenn Connor, un oficial de inteligencia sin cargo específico alguno, que era la conexión entre el poder político y los servicios de información, la del doctor Randoll, un psicólogo especialista en contrainteligencia y la del propio Cameron DeFargo, que al parecer se limitó a presentar a Tomás Zubia a sus interlocutores y mantuvo posteriormente un absoluto silencio. Goldsmith lamentaba que no se hubiera filmado aquella entrevista porque estaba seguro de que los silencios de DeFargo habían sido mucho más expresivos que las palabras de los asistentes.

Sumido en esos pensamientos conectó el audio y se puso a escuchar, por enésima vez, la cinta de aquella reunión, intentando comprender qué tenía que ver la segunda guerra mundial con la muerte, a manos de un navajero, de su antiguo jefe.


ENTREVISTA EFECTUADA A TOMAS ZUBIA, AGENTE DE CAMPO EN MADRID (ESPAÑA), POR EXPERTOS DEL EJÉRCITO Y DEL SERVICIO DE INTELIGENCIA. CINTA Nº 1.


Cameron DeFargo: Buenos días, señor Zubia. Póngase cómodo. Tal vez conozca a alguno de los presentes, pero por si acaso no fuera así me voy a permitir el placer de presentarlos. Junto a mí está el general Eisenhower, al que indudablemente habrá reconocido. Estos caballeros son, respectivamente, los señores Vernon Oaks, Allister Randoll y Glenn Connor. Los otros tres caballeros que están a su espalda son, como ya se habrá imaginado, hombres de Seguridad. Sabemos que no es necesaria su presencia, pero las normas son las normas.

Tomás Zubia: Lo entiendo perfectamente, señor.

General Eisenhower: Aunque todos los presentes hemos tenido acceso al informe en el que narra las peticiones que le hizo el coronel Vonderschmidt no hace mucho, nos gustaría que nos contara de viva voz la reunión, por si alguno de los presentes considera útil hacer algún tipo de pregunta o acotación.

Tomás Zubia: Como usted ordene, mi general. No sé si ustedes estarán enterados del incidente que tuve con el coronel Vonderschmidt cuando me propuso que asesinara a una de las prostitutas con las que habitualmente manteníamos relaciones. Bueno, el caso es que salí bastante airoso del problema, y el coronel aprovechó para manifestarme, de un modo un tanto misterioso e intrigante, que ya era el momento de hacer cosas más serias, y me citó para el día siguiente en su despacho de la embajada alemana, a la que, hasta el momento, nunca había acudido. Intrigado por esta novedad y considerando que seguramente asistir era vital para poder cumplir con la misión que se me había asignado, a las nueve en punto de la mañana del día fijado entraba por la puerta de la embajada. Todo el personal debía de estar al tanto de mi visita, pues se me trató con una deferencia inhabitual. Sólo les faltó extender una alfombra roja a mi paso. No sé qué habría dicho sobre mí el coronel, pero estaba claro que el efecto de sus palabras había sido totalmente favorable.

»Cuando entré en su oficina, Reiner Vonderschmidt se encontraba hojeando unos papeles. Su atuendo y su aspecto eran impecables. Nada en su aspecto de oficial prusiano delataba que la noche anterior había trasnochado y bebido en exceso. Ni el más mínimo atisbo de ojeras o resaca se traslucía en su cara. Al verme, su adusto aspecto natural se transformó y esbozó lo que quería ser una sonrisa.

«-Siéntate, querido amigo -dijo mientras posaba sobre la mesa los papeles que había tenido en la mano-. Ayer no te dije gran cosa porque no era el lugar indicado, pero no te engañé al comentarte que ya era hora de que trabajáramos en serio.

»-Yo siempre he trabajado en serio -repliqué al tiempo que tomaba asiento- y a las pruebas me remito. Todos los negocios que hemos emprendido en común han sido un rotundo éxito.

»-En ningún momento he dicho lo contrario, pero comerciar en carne o vinos, sin estar mal y ser necesario, no es lo que más contribuye a la gloria y fortaleza del Reich. Ha llegado el momento de pasar a hacer cosas más interesantes.

»-Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras.

»-¿Qué es lo que sabes acerca del uranio?

»-Nada de nada, ¿por qué?

»-El uranio -respondió Vonderschmidt- es un producto escaso y, cuando está enriquecido, de composición inestable, que hasta ahora no ha tenido una utilidad excesiva, pero recientemente se han descubierto sus posibilidades para usos industriales. Con su ayuda, el esfuerzo bélico podría mejorar bastante y acercar el final de nuestra ineludible victoria.

»-Parece interesante. ¿Cuál sería nuestra función?

»-Como te he dicho antes, es un bien escaso que, desgraciadamente, no se encuentra en los territorios del Reich ni de sus aliados y al que las potencias enemigas están bloqueándonos el acceso.

»-Comprendo.

»-Según tengo entendido, el consorcio que maneja tu tío tiene participación, e incluso mayoría, en empresas radicadas en Estados Unidos y otros países con los que estamos en guerra. Además, por lo que alguna vez me has explicado, en muchas de esas empresas es casi imposible detectar quiénes son sus verdaderos dueños.

»-Todo eso es cierto.

»-Pues bien, aquí es donde tú puedes intervenir. Tienes que conseguir, a través de alguna de esas sociedades como tapadera, que se nos facilite el acceso a las fuentes del uranio.

»-No va a ser fácil. Si con ello se puede colaborar en los esfuerzos bélicos, no creo que las autoridades de las potencias aliadas permitan que ponga mis manos en ese producto.

»-No te he dicho que sea fácil, pero tienes que intentarlo. El futuro del Reich podría estar en juego -dijo en tono solemne el coronel de las SS.

»Éste fue, más o menos, el tenor de nuestra conversación. No puedo asegurar que sea una repetición literal y exacta de lo hablado, pero sí que el contenido concuerda totalmente con lo que acabo de decirles y que hace unos días expresé en el informe que envié a mis superiores.

General Eisenhower: Hemos leído con mucho detenimiento sus informes, joven, y tenemos que felicitarle. Ha hecho usted un buen trabajo.

Tomás Zubia: Gracias, señor.

General Eisenhower: Su hoja de servicios es intachable y su dedicación al triunfo, en esta maldita guerra, de los valores democráticos, evidente. Sin embargo, en su último informe ha mencionado algo que puede ser trascendental para la finalización de la contienda: el deseo de los alemanes de obtener uranio. ¿Qué sabe usted sobre el uranio, señor Zubía?

Tomás Zubía: Nada, mi general. Era desconocido para mí hasta que me habló de ello el coronel Vonderschmidt.

Vernon Oaks: ¿Simpatiza usted con ese coronel?

Tomás Zubía: Para nada, señor. La índole de mi trabajo ha hecho que esté en la necesidad de tener muy buenas relaciones con él, de amistad incluso, pero eso no es más que una tapadera. No tengo nada que ver con esa gentuza.

Allister Randol Estése tranquilo, señor Zubía. El señor Oaks ha sido informado de su absoluta lealtad y dedicación, y en ningún momento ha querido insinuar lo contrario.

Vernon Oaks: Por supuesto que no, sólo quería conocer hasta qué punto ha entrado usted en la personalidad del coronel.

Tomás Zubía: Es difícil describirlo. Quizá si no fuera nazi sería una persona tratable, pero su ideología lo impregna todo en su vida. Está entregado a su causa con furor. Aunque no tiene título, es descendiente de la pequeña nobleza prusiana y alardea de ello.

Allister Randol ¿Es corrupto?

Tomás Zubía: En todos los negocios que hemos realizado se ha beneficiado personalmente, pero si se refiere usted a si se le puede atraer a nuestro lado, creo que no, yo por lo menos no me arriesgaría a intentarlo. Cuando dice que daría a gusto su vida por su Führer y por su Reich es totalmente sincero.

General Eisenhower: ¿Y confía en usted?

Tomás Zubía: Creo que sí, por lo menos todo lo que él puede confiar en alguien que ha tenido la desgracia de no ser alemán.

General Eisenhower: Cuando le propuso que les proporcionara una partida de uranio, ¿no le explicó para qué lo querían?

Tomás Zubía: Todo lo que me contó está en el informe, mi general. Me dijo que era un producto que contribuiría al esfuerzo bélico, pero insinuando que su aplicación era meramente industrial.

Allister Randol ¿Ha oído usted hablar del Proyecto Manhattan alguna vez?

Tomás Zubía: Nunca, señor.

Allister Randol ¿Tampoco de labios del coronel Vonderschmidt?

Tomás Zubía: Tampoco, señor.

General Eisenhower: Bien, señores, por mi parte creo que nuestro interlocutor está siendo sincero y que se puede confiar en él, ¿no les parece? Señor Zubía, dentro de diez días volverá a Madrid. Lo que ha hecho hasta ahora no tiene nada que ver con lo que tendrá que hacer de ahora en adelante. El peligro que va a sufrir es inmenso, pero es usted la única persona que puede enfrentarse a la misión que le vamos a encomendar con un mínimo de posibilidades de éxito. Si fracasa, su muerte es segura, pero si triunfa, cambiará el curso de la guerra. Ahora, acompañe al señor DeFargo, que le pondrá al corriente de todo. acompañe¡Y que Dios le bendiga!


18

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Artetxe no esperaba recibir tan pronto la llamada de Pilar. Incluso al principio temió que ella quisiera repetir los juegos practicados el día en que se habían entrevistado en la mansión de La Bilbaína. Nunca le habían desagradado ese tipo de escarceos, pero en esos momentos estaba reconstruyendo su relación con Miren y no deseaba complicarse en exceso la vida.

– ¿Iñaki? Soy Pilar Larrabide. Supongo que no te habrás olvidado de mí, campeón. Yo te recuerdo a todas horas.

– Yo también, pero últimamente ando muy ocupado.

– ¡Qué suspicaz estás! ¿Tan mal te traté? Pero tranquilo, que no te llamo para lo que estás pensando. Al menos por ahora. Aunque estás muy ocupado, ¿podrías sacar un poquito de tiempo para visitar a mi prima Begoña?

– ¿Begoña? ¿Ha dado señales de vida?

– Me llamó ayer. Le expliqué la situación y que había hablado contigo y accedió a verte. Ya ves que yo también cumplo lo que prometo.

– Eres maravillosa, Pilar, totalmente maravillosa. ¿Cuándo podemos verla?

– ¿Tienes el coche disponible y puedes venir a recogerme ahora mismo?

– La respuesta a ambas preguntas es afirmativa.

– Entonces pasa a buscarme. Estoy sentada en el velador de una cafetería de la plaza Campuizano, en lndautxu. Supongo que sabrás llegar. No esperaba menos de ti. Hasta luego, ciao.

No tardó ni diez minutos en recogerla y a indicaciones suyas encarriló el coche hacia el barrio de San Ignacio.

– ¿Dónde habéis quedado? -preguntó.

– Tranquilo que yo te guío.

Pasaron San Ignacio y la curva de Elorrieta. Cuando enfilaban Lutxana, Pilar le dijo que fuera despacio, que era por allí. No parecía el lugar más idóneo para una joven como Begoña.

– Aquí es. El número coincide.

Artetxe aparcó el coche enfrente del portal que Pilar Larrabide había señalado y miró el edificio. Estaba totalmente en ruinas, las paredes con grietas y desconchones causados por la humedad, la desidia y la mala construcción. Era un edificio como muchos otros de ese barrio de Erandio, levantados a pocos metros de la ría en la época de auge industrial, cuando había que meter a los trabajadores llegados al calor de la industrialización en cualquier sitio, a ser posible no muy lejos de las fábricas. No parecía que nadie pudiera habitar allí. Se veían desde fuera cristales de las ventanas rotos e incluso ventanas sin cristales, pero también había otras en las que habían colgado ropa para secar. La puerta del portal estaba abierta y un rápido examen de la misma le indicó a Artetxe que la cerradura de la misma no funcionaba. En el interior del portal no se vislumbraba ningún rincón libre de mugre y unas brasas esparcidas delataban que la noche anterior se había encendido en su interior una hoguera.

– Éste es el sitio, estoy segura, pero no lo comprendo. Por lo que comentó, se supone que está viviendo aquí -dijo Pilar.

El edificio no tenía ascensor. En la tercera planta se detuvo y, señalando a mano izquierda, fue a llamar a la puerta. El timbre no funcionaba así que golpeó la aldaba que sobresalía del marco. Nadie respondió.

– ¿Estás segura de que es aquí? ¿No te habrás equivocado?

– Completamente. Me repitió tres veces la dirección, pero ahora tengo que admitir que no entiendo nada. ¿Cómo es posible que esté viviendo aquí pudiendo hacerlo en cualquier otro sitio?

– No lo sé, tendremos que preguntárselo si conseguimos hablar con ella. Parece que no está -dijo tras volver a aporrear la aldaba sin respuesta- pero quizá podamos entrar. Esta puerta no parece muy segura.

Al tiempo que decía esto último, Artetxe la iba empujando. Sin necesidad de utilizar ningún instrumento la puerta cedió y se abrió de par en par.

– Si está viviendo aquí no se ha molestado para nada en acondicionarlo -comentó Artetxe observando que la suciedad también era dueña del pasillo-. Entremos.

Había tres huecos en el lado derecho del pasillo y uno en el lado izquierdo, que a tenor de su tamaño debía de ser el salón, aunque estaba completamente vacío, sin mueble alguno, ni siquiera una silla. A la derecha, en la primera puerta había una cocina que parecía no haber sido usada desde los tiempos en que Franco era cabo. La segunda era una habitación en la que se veía un camastro con las sábanas revueltas y una butaca sobre la que había amontonada una pila de ropa. En el suelo, debajo de la butaca, podía verse un desvencijado tocadiscos en el que estaba girando un disco al parecer rayado, ya que emitía un chirriante sonido. Artetxe movió la aguja y sonó una vieja canción de amor en la voz de Los Cinco Bilbaínos:

«Lejos de aquel instante

lejos de aquel lugar

el corazón amante

siento resucitar.

Vuelve tu imagen bella

en mi memoria a ser

como un fulgor de estrellas

muerto al amanecer.

Maite, yo no te olvido

y nunca nunca te he de olvidar

aunque de mí te alejes

leguas de tierra, de tierra y mar.

Maite, si un día sabes

que muero ausente de tu querer

del sueño de la muerte

para adorarte

despertaré».

Artetxe se sorprendió al escuchar la canción. No se hubiera imaginado a Begoña oyéndola.

¿Cuál sería su instante lejano, su amor capaz de hacerla resucitar? ¿Por qué se había refugiado allí para escuchar tristes canciones de amor? Apagó el tocadiscos y salió de la habitación.

La tercera era un pequeño retrete. En la taza había una mujer sentada, con los ojos totalmente vidriosos abiertos en vacua expresión. En la muñeca derecha tenía colocada una goma y a sus pies había una jeringuilla. Pilar lanzó un grito que retumbó en el silencio de la casa. Artetxe se acercó a la mujer y le buscó el pulso. Al tocarla cayó al suelo como si de un pesado fardo se tratara.

– ¿Es ella? -preguntó, aunque sabía la respuesta. Begoña estaba ya lejos de todo instante y lugar, y ningún fulgor de estrellas ni ningún corazón amante conseguirían que resucitara.

Pilar respondió que sí agitando varias veces la cabeza. Luego, con voz entrecortada, preguntó:

– ¿Está muerta?

– Sí, está muerta. Me temo que hemos llegado tarde.

– ¿Qué vamos a hacer ahora? -volvió a preguntar.

– Habrá que llamar a la policía.

– ¿La policía? ¿No podemos quedamos al margen de todo?

– No digas insensateces -respondió Artetxe, malhumorado-. A mí tampoco me agrada enfrentarme a ellos en esta situación, pero no nos queda más remedio. Antes o después alguien más hallará el cadáver y empezarán a investigar. No les será difícil averiguar quién era y que se la estaba buscando. Además, mi coche está ahí fuera aparcado y, aunque no nos hemos cruzado con nadie, estoy seguro de que más de uno y de dos vecinos nos han visto y podrían describimos e identificamos, así que más nos vale cumplir como buenos ciudadanos y llamar al 091.

En la casa no había teléfono, por lo que fueron a llamar desde un bar cercano. Quince minutos después se acercaron un furgón de la Policía Nacional al mando de un cabo y un vehículo camuflado con dos inspectores, Manuel Rojas y un compañero suyo apellidado Merino.

– Inspectores Merino y Rojas. ¿Son ustedes los que nos han llamado? -dijo Merino nada más bajar del coche.

– En efecto, hemos sido nosotros -dijo Artetxe.

– ¿Dónde está el cadáver?

– Aquí al lado -contestó Artetxe señalando el portal más próximo al bar-, en el tercero izquierda. Tendrán que subir andando, porque no hay ascensor.

– Nunca nos han asustado las escaleras -respondió abruptamente Merino, para añadir-: ¿A qué se ha debido el hallazgo?

– La muerta es prima mía, veníamos a visitada -respondió Pilar tomando por primera vez la palabra.

– ¿Y usted? -se dirigió Merino a Artetxe-, ¿también es familiar de la difunta?

– En realidad no, podría decirse que soy un conocido de la familia.

Mientras el inspector Merino los interrogaba, habían subido hasta la vivienda. Una vez en ella los dos policías inspeccionaron la casa y el cadáver. Cuando hubieron escudriñado todos los rincones, el inspector Merino, que tácitamente había asumido el mando, lanzó al aire un comentario aparentemente inocente.

– Para ser familiar suya -dijo mirando a Pilar-, no parece que tuvieran el mismo nivel de vida. No me la imagino a usted viviendo en este tugurio.

– Era de la rama pobre de la familia -respondió cándidamente Pilar.

– Más vale que no me tomen el pelo -voceó el inspector Merino-, no hace falta ser muy sagaz para comprobar que éste no era el ambiente habitual de su prima.

– Y no lo era, señor inspector -dijo Artetxe. Sabía que tardarían poco tiempo en averiguar todo sobre ambos y prefirió sincerarse, ya que enfrentarse a los policías no le traería más que complicaciones-. Es cierto que la señorita es prima de la fallecida, pero no estábamos aquí simplemente de visita. Estábamos buscándola ya que había desaparecido de su casa.

– Entiendo, ¿se había denunciado la desaparición?

– No, ya que era mayor de edad y todo el mundo pensaba que se había escapado voluntariamente.

– ¿Y usted qué pinta en todo esto?, ¿es detective?

– No, un conocido del novio que me pidió que le echara una mano, nada más que eso.

– Su historia suena falsa.

– Lamento que se lo parezca, pero es la verdad.

– Así es -añadió, entusiasta, Pilar.

– Bueno, ya tendremos la oportunidad de comprobado en Jefatura -replicó, enigmático, Merino-; ahora me gustaría saber cómo han entrado.

– La puerta estaba abierta.

– Abierta o rota.

– Nosotros no la hemos roto. De hecho, habíamos sido citados por la difunta, por eso nos habíamos acercado hasta aquí.

– No habrán tocado nada, supongo.

– Nada de nada. Tan sólo hice lo imprescindible para comprobar si vivía todavía o estaba muerta.

– Bien, bien -contestó, ceñudo, Merino. Luego, dirigiéndose a Rojas, añadió-. ¿Están avisados el Juzgado de Guardia y el Gabinete de Identificación?

– Vendrán en cualquier momento -dijo Rojas.

– En ese caso, que se queden a esperarlos el cabo y los números, y volvamos nosotros a Jefatura. Me temo que hay algunas partes de su historia que necesitan aclararse -añadió mirando a sus dos testigos-, así que espero que no pongan ningún impedimento y nos acompañen voluntariamente a Jefatura para efectuar las oportunas diligencias.

– Estamos a su disposición -dijo Artetxe, sabiendo que de nada serviría oponerse a la amable invitación.


Cuando le separaron de Pilar y le llevaron hasta una celda en la que no había nadie, Iñaki Artetxe comprendió que habían averiguado sus antecedentes, y por si hubiera albergado alguna duda la llegada de dos conocidos suyos, los inspectores Romero y Castrofuerte, de la Brigada Antiterrorista, la disipó por completo.

– Mira a quién tenemos aquí -exclamó Castrofuerte haciendo como que se dirigía a Romero-, nuestro buen amigo Iñaki Artetxe, el policía que cobija a terroristas movido por su gran corazón.

– Tengo entendido que ahora ya no se dedica a eso, creo que ahora se dedica a las jovencitas -respondió, jubiloso, Romero-. Las conduce a tugurios infectas, las mata y luego nos llama a nosotros para que recojamos los restos.

– ¿Por qué no me dejáis en paz? -contestó Artetxe. Sabía que lo único que podía conseguir era exasperarlos aún más, pero también sabía que si habían venido con alguna idea preconcebida nada que dijera u omitiera les iba a torcer el rumbo-. Cometí un error y pagué por ello. He cumplido mi condena, así que soy un hombre libre. No tenéis nada contra mí, lo único que he hecho es cumplir con mi deber de ciudadano al avisar a la policía de que había encontrado un cadáver.

– Me partes el corazón -dijo Castrofuerte-, un hombre tan bueno como tú asediado injustamente por unos malos policías. ¿Qué dirían los de Amnistía Internacional si lo supieran?

– Iros a tomar por el culo -respondió Artetxe-; ni siquiera sois policías, sólo sabéis torturar. Si tuvierais un terrorista delante de vuestras narices ni lo oleríais, así que dejadme en paz, salvo que tengáis algo contra mí y, en ese caso, sólo hablaré delante de un abogado.

– ¿Has oído lo que ha dicho? -le preguntó Castrofuerte a Romero.

– Lo he oído, pero no acabo de entenderlo. ¿Nos ha mandado a tomar por el culo?

– Me parece que sí -respondió Castrofuerte.

– Y nos ha llamado torturadores.

– Sí, como si no supiera que la Constitución nos prohíbe ese tipo de prácticas.

– Y nosotros somos muy cumplidores de la Constitución.

– Más que si la hubiéramos escrito en persona.

– También ha dicho que somos incapaces de distinguir a un terrorista aunque le tuviéramos delante de nuestras mismas narices.

– Mira, yo creo que en eso se equivoca, porque ahora mismo tengo uno delante de mí y le he reconocido.

– ¿Sí?, ¿de quién se trata?

– Del señorito Iñaki Artetxe, aquí junto a nosotros.

– ¿Por qué no dejáis de hacer el payaso? Sé que os resulta muy difícil, pero podríais intentarlo -volvió a hablar Artetxe.

– Parece que el terrorista tiene prisa por acabar -comentó Castrofuerte.

– No le decepcionemos entonces -respondió Romero, quien uniendo la acción a la palabra dio un fuerte puñetazo en el abdomen de Artetxe.

Iñaki Artetxe se encogió en un gesto instintivo, intentando coger aire, momento que aprovechó Castrofuerte para agarrarle del pelo y tirarle al suelo. Una vez allí le pateó las costillas, sin excesiva violencia, tan sólo la suficiente para hacer daño.

– Tranquilo -le comentó sonriente-, que no te van a quedar marcas. Nada afeará tu bonito cuerpo de terrorista; hemos aprendido mucho desde la última vez que estuvimos juntos. Ya ves que no somos tan incapaces como crees.

Durante un buen rato continuó el castigo, que sólo cesó cuando Artetxe se desvaneció. Le despertó el contenido de una jarra de agua que alguien había echado sobre su cabeza. Cuando recobró la visibilidad comprobó que quien le había espabilado de ese modo tan húmedo era uno de los dos inspectores que habían acudido a la casa en la que había fallecido Begoña.

– ¿Cómo se encuentra? -le preguntó Rojas, que era el policía que había escanciado el agua de modo tan generoso.

– ¿Cómo quiere que me encuentre? Jodido, muy jodido.

– Lamento lo ocurrido, pero debe entender que no ha sido premeditado, sino motivado por unas desgraciadas circunstancias. Está usted fichado como colaborador de banda armada y hace tan sólo tres días que han asesinado a un compañero de los dos policías que le han visitado hace un rato.

– Lo siento mucho, pero no tengo nada que ver con ese suceso. Yo ya he cumplido mi condena y estoy limpio.

– Lo sé, hemos comprobado a fondo su historia y sabemos para quién está trabajando. ¿Desea poner una denuncia contra los policías que le han maltratado?

– Para qué vay a ponerla.

– Necesitamos la colaboración ciudadana para acabar con cierto tipo de prácticas que la mayoría de los policías rechazamos.

– Venga, hombre, no me haga reír, que si me muevo me duele todo el cuerpo. ¿Para eso ha venido, para hacer el papel de poli bueno? Le advierto que esa película ya me la conozco.

– Estaba hablando completamente en serio, pero quizá sea mejor así. Por lo que sabemos ha sido usted ertzaina.

– Lo fui, pero uno de los extremos de mi condena consistió, precisamente, en la inhabilitación total para el ejercicio de mi profesión.

– También lo sé del mismo modo que sé que en estos momentos está trabajando de detective. Sin licencia -añadió.

– Sí, soy un hombre sin licencia -Artetxe sonrió tristemente- y ya se sabe que en esta sociedad andar por la vida sin licencias es como estar muerto civilmente. ¿Cuál es mi castigo?, ¿me van a poner una multa o tal vez me devolverán a la prisión acusado de ser un terrorista por trabajar sin el debido permiso de la autoridad competente?

– Deje de decir chorradas durante un momento -gruñó Rojas-, me importa una mierda que usted no tenga licencia. He estado hablando con su abogado y me ha confirmado su historia. Por suerte o por desgracia tiene usted fuertes agarraderas donde asirse y, por otra parte, estoy de acuerdo con que ya ha cumplido su condena y que los hechos pasados no tienen que influir en las situaciones actuales.

– Muy amable por su parte -ironizó Artetxe.

– Le repito que deje de quedarse conmigo. Usted ha sido policía, así que tiene que saber que no todos somos tontos. Sé por qué se le acusó de colaboración con banda armada, conozco a fondo su caso y he sacado mis propias conclusiones; creo que hasta cierto punto puede ser una persona de confianza. Sé también que está trabajando como detective, pese a no estar autorizado para ello, y sinceramente le digo que esa falta de permiso, al menos para mí, no significa nada. Si yo no tomo en cuenta esos datos no sé por qué tiene que mencionarlos usted constantemente. Deje ya de hacerse la víctima y atiéndame durante unos minutos.

– De acuerdo, admito que me estoy pasando, pero sinceramente lo que me ha ocurrido no es como para echar cohetes. De todos modos le escucharé, aunque no sé exactamente a qué viene todo este rollo paternalista.

– Es muy sencillo: quiero ofrecerle la posibilidad de que colaboremos en beneficio mutuo.

– Últimamente voy de sorpresa en sorpresa. ¿He entendido bien, quiere que colaboremos nosotros dos? ¿Una persona que acaba de cumplir condena por ayudar a un terrorista huido y un policía?

– Eso es lo que he dicho. Ya le he comentado que he analizado su caso y creo que puedo confiar en que estoy haciendo lo correcto al darle un voto de confianza. Usted ha sido ertzaina y, según mis informes, no precisamente de los peores. En estos momentos está trabajando como detective pese a no tener autorización para ello y aunque, como ya le he dicho, sé que cuenta con la protección de uno de los bufetes más influyentes de Bilbao, no estaría de más que contara también con cierto tipo de protección policial.

– Me parece que poco a poco voy comprendiendo. Si usted me ofrece su protección, ¿qué debo hacer yo en contraprestación?

– Usted sabe que muchas veces, debido a las presiones y reglamentos a los que estamos sujetos, los policías no podemos llegar a todos los sitios que estimamos convenientes. Ahí sería donde usted podría ayudarme.

– Entiendo, necesita alguien que pueda hacerle los trabajos sucios.

– No más sucios que los que pueda encargarle el señor Uribe. ¿Qué me contesta?

– ¿Por qué no? Si vay a ganarme la vida con este oficio, no me vendrá nada mal tener un contacto con la policía.

– Es usted inteligente, señor Artetxe, y me alegra su decisión. Además, quiero comunicarle que nuestra colaboración empieza ahora mismo.

– Me lo estaba imaginando, ¿de qué se trata?

– Como usted ya sabe, estoy destinado en el Grupo de Homicidios. Recientemente me han retirado de un caso al que han considerado muerte por accidente. Un periodista que murió como consecuencia de inyectarse una dosis de caballo en mal estado.

– Sí, leí algo en los periódicos.

– Y ahora aparece muerta esta joven que, según todas las apariencias, ha fallecido también por sobredosis.

– Habrá que esperar el informe de la autopsia, pero creo que tiene razón. De todos modos, ¿adónde le lleva eso? Desgraciadamente, todos los años mueren jóvenes por ese motivo, sin que haya nada raro ni se produzca ninguna conexión entre unas muertes y otras.

– Lo sé, pero se me ha prohibido seguir con la anterior investigación y esto es lo más cercano que tengo. El periodista muerto, Andoni Ferrer, no era drogadicto. Esta joven, en cambio, por las marcas que tenía en el cuerpo, parece que sí, lo que los diferencia algo más todavía, pero pudiera haber ocurrido que les hubiera suministrado la droga la misma persona.

– Sí, podría haber ocurrido.

– En ese caso, ¿por qué ha habido sólo dos muertes en este plazo de tiempo? Se supone que el camello en cuestión tendrá más clientes, pero no sólo no ha habido más muertes, cosa que nadie desea, sino que ni siquiera ha habido gente en coma o que haya detectado algo extraño.

– No es normal, lo admito, pero ¿qué es lo que puedo hacer yo?

– Usted fue contratado por el novio de la chica para encontrarla. Lo ha hecho, pero no tiene por qué dejar el caso. Siga en él e intente averiguar si hay alguna conexión.

– Para eso necesitaría que mi cliente quisiera proseguir las investigaciones.

– Por supuesto, pero confío en su capacidad de convicción.

– Además, es una mera hipótesis. Quizá no haya ninguna conexión, después de todo. Mientras el forense no emita su informe estaremos en blanco.

– De acuerdo, pero en el caso de que haya una posibilidad, por mínima que sea, de que ambos asuntos estén relacionados, ¿cuento con su ayuda?

– No tengo ninguna alternativa, ya le he dicho que colaboraré con usted, aunque no sé si soy muy prudente al aceptar su oferta.

– Tal vez no, pero es su oportunidad de volver a hacer un trabajo policial. ¿Tiene alguna idea de por dónde empezar?

– Supongo que lo primero de todo es redactar el informe para mi cliente y posteriormente intentaré conseguir su apoyo para continuar con las indagaciones.


19

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Había sido duro, pero entraba en su salario. Acababa de dar a Carlos Arróniz la noticia de la muerte de su novia. Si ya la muerte en sí es una desgracia, la sordidez que la acompañaba en este caso hacía aún más difícil superar el trago.

– No lo entiendo, señor Artetxe. Es imposible que Begoña se drogara.

– Sobre ese aspecto no hay ninguna duda posible. No sólo murió como consecuencia de una dosis en mal estado, sino que había en sus brazos señales clarísimas de que lo hacía habitualmente.

– ¡Cómo he podido estar tan ciego! -se lamentó Arróniz.

– No se culpe -contestó Artetxe-. Estas cosas pasan y no hay que darles más vueltas. Es duro, pero es así.

– Le agradezco sus palabras, pero no conseguirá hacer que me sienta bien.

– Lo sé. Por desgracia tengo cierta experiencia y sé que lleva tiempo. El tiempo todo lo cura. Suena a tópico, pero es cierto.

– No se puede cambiar el pasado, señor Artetxe, lo sé de sobra yo también, pero me gustaría poder hacer algo, no sé, no quedarme aquí, llorando y gimoteando, sin hacer nada.

– Pero es que ya no se puede hacer nada.

– No estoy de acuerdo, señor Artetxe. Aunque su misión ha terminado, ¿querría seguir trabajando para mí?

– Depende de en qué esté usted pensando.

– Mire, aunque he resultado ser tan ciego que teniendo el problema junto a mí no me he percatado de su existencia, sí creo que los problemas no surgen de la nada. En algún momento empezaría a drogarse, alguien la pondría en contacto con un suministrador, alguien se lucraría al venderle ese veneno. Me gustaría que indagara por ahí. Quiero que encarcelen al hijo de puta que le proporcionaba la droga.

– Eso es más bien labor de la policía.

– ¡No me venga con hostias, Artetxe! -respondió Arróniz vehementemente-. No quiero denigrar a nuestra policía, pero todos sabemos que por el motivo que sea no es un prodigio de eficacia en estos asuntos.

– Hacen lo que pueden con unos medios muy limitados si los comparamos con los de los narcotraficantes.

– De acuerdo, no se lo discuto. Que la policía actúe por su cuenta, pero ¿por qué no podemos nosotros intentarlo por la nuestra?

– En primer lugar porque nuestra legislación no lo permite.

– ¿Cómo que no lo permite?

– Los detectives en España no pueden actuar ante delitos perseguibles de oficio, es decir, les está vedada la investigación de robos, asesinatos, secuestros, tráfico de estupefacientes, etc. Si eso es así con los detectives que poseen la correspondiente licencia, imagínese lo que podría ocurrir en mi caso.

– No creo que eso constituya ningún problema. El señor Uribe me ha explicado que aunque no le puedan conceder durante un tiempo el permiso, extraoficialmente le han asegurado que si actúa dentro de unos cauces de, digamos, colaboración con las autoridades no tendrá ningún problema. Y según parece algún inspector de la Jefatura Superior le ha puesto bajo su protección.

El inspector Rojas se estaba moviendo, pensó Artetxe. Debía de estar muy interesado en que se reabriera el caso del periodista.

– Si me lo plantea de ese modo no me queda más remedio que contestarle afirmativamente, pero por mucha vista gorda que haga la policía, un asunto en el que confluyen las drogas y una muerte antes o después acaba por estallar.

– Si tiene que estallar que estalle -contestó, furioso, Arróniz-, pero las cosas no pueden quedar como están.

– Que estalle entonces -respondió Artetxe-, pero más vale que rece para que el estallido no nos pille en medio.


El resultado de la autopsia confirmó que Andoni Ferrer y Begoña González habían fallecido como consecuencia de una sobredosis de droga en mal estado perteneciente a la misma partida, le reveló Rojas a Artetxe en una cafetería de Deusto en la que se habían citado. Artetxe le enseñó al inspector una carta firmada por Carlos Arróniz en la que le solicitaba que investigara lo que había hecho Begoña en los dos últimos meses, ya que le preocupaba el no encontrar una serie de monedas de plata de la época de Isabel II pertenecientes a su madre y que su difunta novia pensaba enmarcar. Era un asunto baladí comparado con la muerte de la propia Begoña, decía Arróniz en su carta, pero su madre se llevaría un gran disgusto si desaparecieran, ya que habían pertenecido a su bisabuela.

– No está mal -comentó Rojas-. Todo el mundo sabrá en qué estás metido de verdad -los dos, una vez establecida su colaboración, habían pasado al tuteo de un modo natural-, pero como excusa para meter tus narices en la vida de Begoña sin que se te acuse instantáneamente de interferir en una investigación criminal es verosímil.

– Con eso será suficiente por ahora -dijo Artetxe-. Aparte de la confirmación de que Ferrer y la chica se inyectaron la misma mierda, ¿has avanzado algo más en el asunto?

– Nada de nada. Hay que tener en cuenta que estoy con las manos atadas. Además, me han encargado de otro caso que me va a llevar bastante tiempo, me temo que para nada.

– Pues estamos como queremos, según parece, porque la conexión entre el periodista y la joven no es tan evidente. El que hayan tomado la misma droga sólo demuestra que han tenido el mismo proveedor.

– Hay un dato que quizá sea interesante tener en cuenta y en el que tú, según parece, no te has fijado.

– Venga, lúcete.

– La novia de tu cliente desapareció de casa justo en las mismas fechas en que se publicó en los periódicos la noticia de la muerte de Andoni Ferrer.

– Podría ser una coincidencia.

– Sí, claro, la segunda coincidencia del caso. Por otra parte, tú mismo te extrañaste de que la muchacha se escondiera en una casa en ruinas de Lutxana, cuando por su dinero podría haber ido a vivir a los mejores hoteles o apartamentos. Da la impresión de que no quería dejar ninguna pista tras de sí. ¿De verdad piensas que ahí no se encierra algo raro?

– No sé qué pensar, pero es lo único que tenemos, así que habrá que trabajar con la hipótesis de que hay alguna relación, a expensas de lo que podamos averiguar investigando qué hizo Begoña durante el tiempo que estuvo escondida. ¿Se te ocurre alguna idea para empezar?

– Me gustaría que hablaras con la viuda de Ferrer. Tendría que ser yo quien lo hiciera, pero estoy caminando sobre un cable sin red, así que hasta que no haya algo más concreto me tendré que mantener al margen.

– De acuerdo. Proporcióname teléfono y dirección y procuraré entrevistarme con ella.


20

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La documentación recibida de Boise no ampliaba gran cosa lo transmitido telefónicamente por el teniente O'Malley al inspector Merino. Alguna que otra fotografía, los datos de su última residencia, grupo sanguíneo, etc., pero no se mencionaba la pertenencia de Tomás Zubía a los Servicios de Inteligencia. Sobre el motivo de su venida a España no había nada, excepto si se daba por buena la explicación de unas vacaciones nostálgicas después de su jubilación como profesor de idiomas.

El inspector O'Malley había adjuntado al suyo copia de otro informe del Departamento de Policía de Nueva York, ciudad de residencia de Zubía, pero tampoco aclaraba gran cosa. Tomás Zubía era un ciudadano ejemplar que pagaba puntualmente sus impuestos, nunca había sido detenido ni procesado y ni siquiera tenía una multa de tráfico impagada, que vivía solo desde que se había quedado viudo. Tenía dos hijos y una hija, los tres casados, con los que se veía muy poco ya que residían en estados diferentes, dos en California y la mujer en Illinois, ninguno de los cuales pudo aportar nada sobre el asesinato de su padre. La conclusión, tanto del teniente O'Malley como de su homólogo neoyorquino, era que parecía un estúpido y trágico accidente, como muchos de los que se producían diariamente en el país americano.

Si tanto la policía de Nueva York como la de Boise desconocían las actividades de Zubía, ¿por qué a él se lo habían mencionado tan claramente? ¿Era una advertencia para que si en el transcurso de la investigación encontraba algo extraño mirara para otro lado o una simple intervención amistosa de quienes, por motivos personales, querían saber qué es lo que había ocurrido con su ex compañero? Rojas no se imaginaba un espíritu tan angelical por parte de la CIA. Había otra posibilidad. Que no estuvieran seguros de la causa de la muerte y dudaran entre un trágico accidente, como lo habían calificado los policías americanos, u otro tipo de acción criminal más relacionada con su antiguo puesto. Si esta posibilidad fuera la buena, y Rojas se inclinaba a apostar por ella, la gente a la que representaba Frank Gómez preferiría dejarle trabajar, pero siempre cerca de él, para poder estar informada. Rojas no dudaba de que informe que pasara al comisario Manrique, informe que llegaría a las manos de mister Gómez. El hecho de darse a conocer significaría, en ese caso, un aviso a Rojas para que, llegado el caso, no se desmandara.

Para Manuel Rojas, si no se hubiera producido esa intervención, el caso habría estado claro. Un navajero al que se le va la mano en un atraco -posiblemente por estar bajo el síndrome de abstinencia-, con el fatal resultado del fallecimiento de su víctima. En ese caso, sólo cabía esperar. Antes o después el asesino se delataría de algún modo y antes o después algún confidente o compañero del asesino, con tal de conseguir algún beneficio, piaría lo que sabía. Era cuestión de echar las redes al agua y observar lo que caía dentro de ellas. Pero aunque ése era el sistema, tenía que justificar su horario laboral y conseguir los suficientes datos para rellenar un farragoso informe en honor del aliado americano, así que sin fe en que sirviera para nada, encaminó sus pasos hacia la pensión de la calle María Díaz de Haro en la que había estado residiendo el difunto, según habían comprobado sus compañeros de Establecimientos.

La pensión era espaciosa y limpia. Estaba regentada por una mujer de edad madura que tenía aspecto, como muchas dueñas de pensiones, de ser viuda de guardia civil o militar. Cuando Rojas mencionó su condición de policía, la patrona le dijo que podía mirar en todos los rincones de la casa, incluso en aquellos que estaban ocupados por huéspedes que se encontraban en ese momento fuera de la pensión.

– Al que no tiene nada que ocultar, no tiene por qué importarle -respondió candorosamente cuando Rojas le insinuó que aceptar ese ofrecimiento supondría un quebranto de la legalidad.

La habitación que había ocupado Zubía aún estaba vacía. Era una estancia pequeña, con una cama, un armario empotrado, una mesa y una silla. Todos muebles viejos en los que la limpieza reinante no conseguía disimular que habían tenido mejores épocas. Como única decoración podía verse un crucifijo de estilo barroco en la cabecera de la cama y un calendario de la Caja Rural Vasca en una de las paredes. Cuando Rojas consiguió, procurando no ofenderla, que la solícita mujer comprendiera que prefería estar solo y se despidiera alegando que en la cocina había mucho que hacer, procedió a escudriñar todos los rincones de la habitación.

No había en realidad mucho para registrar. Algo de ropa, algunos periódicos y revistas retrasados en inglés, varios diarios españoles de las fechas en que residió en Bilbao, un marco con la fotografía de una mujer y tres niños y una carpeta de piel que no contenía nada en su interior. Ni anotaciones ni agendas de ningún tipo. Ningún detalle personal que delatara que ahí había vivido un ser humano llamado Tomás Zubía.

Salió de la habitación y se dirigió a la cocina. La patrona de la pensión se encontraba allí, frotando con la toalla enérgicamente unos vasos que parecían bastante secos.

– ¿Qué, ha terminado ya? -preguntó campechanamente.

– Casi -respondió Rojas-, pero antes de irme me gustaría hacerle algunas preguntas.

– Las que usted desee -contestó la señora, deseosa de colaborar con las fuerzas del orden.

– ¿Sabe si durante el tiempo que estuvo aquí hospedado recibió el señor Zubía alguna visita?

– No, ninguna. Era un hombre muy solitario.

– ¿Y llamadas telefónicas o correspondencia?

– Tampoco, nada de nada.

– Supongo que controlará el teléfono.

– Por supuesto. Todos mis huéspedes son buena gente, pero una no puede fiarse de nadie y menos en estos tiempos en que las tarifas telefónicas se han puesto por las nubes.

– ¿Hacía el señor Zubía llamadas telefónicas?

– De vez en cuando. Hubo un par de ellas que debieron de ser al extranjero, porque hablaba en un idioma que yo no entendía, inglés o francés me imagino, y porque sobrepasaron ambas las dos mil pesetas. También hacía, aunque pocas, llamadas locales, en las que hablaba en euskera. Se lo digo porque me chocó mucho que un señor con acento americano hablara en vasco, aunque él había nacido aquí.

– No sabrá con quién hablaba.

– Claro que no -respondió sonrojándose-, no me gusta meterme en las conversaciones ajenas, aunque sin querer se me quedó algo. Me parece que alguna vez llamó a un periódico de Bilbao, pero no recuerdo a cuál. Lo siento, pero entonces no se me ocurrió que pudiera ser importante.

– No se preocupe, no tiene importancia. ¿Me permite usar durante un rato la habitación del difunto?

– Por supuesto, úsela cuanto desee -fue la respuesta. Rojas salió de la cocina y en la recepción cogió las guías telefónicas correspondientes a ese año. Aunque estaba claro que no había obtenido ninguna información, quería hacer un último intento antes de salir de allí. Era una idea tonta, pero lo único que podía perder era tiempo. Si Zubía llevaba más de cuarenta años sin pisar Bilbao seguramente tendría que recurrir a la guía para conseguir cualquier teléfono y, conociendo el estilo americano, no hubiera sido raro que arrancara las páginas en las que venían los números que le interesaban para no tener que andar pidiendo constantemente una guía. Era una idea tal vez absurda, de las que no se aprenden en la Escuela de Policía sino viendo películas hechas en Hollywood, pero extrañamente funcionó. Tardó en localizarla, porque estaba en la letra te, pero al final observó que faltaba una página.

En un bar cercano consultó la hoja que había desaparecido del listín de la pensión. La mayoría de los nombres no le decía nada, pero había uno que le sonaba, Iñaki Telletxea Zubieta. No sabía por qué pero no le era del todo desconocido, aunque quizá no tuviera nada que ver con el asunto, podría tratarse de un futbolista o un cantante, pero de entre todos los nombres que aparecían en la página por alguno tenía que empezar. Si no servía, tendría que continuar con los demás, uno por uno. Posiblemente Iñaki Artetxe, que había sido ertzaina y había vivido toda su vida en Bilbao, supiera de quién se trataba. Llamó por teléfono y tuvo la suerte de localizarle a la primera.

– Artetxe, soy el inspector Rojas. Quería hacerte una pregunta.

– A ver, dispara.

– ¿Te suena de algo el nombre de Iñaki Telletxea?

– Sí, por supuesto, ¿qué pasa con él?

– Ya te contaré, pero dime primero quién es.

– Un periodista del diario Deia especializado en temas históricos del País Vasco, sobre todo de lo que concierne a este siglo.

– ¿Tú le conoces?

– Es amigo de mi hermano Andoni.

– Me gustaría hablar con él.

– No creo que tenga inconveniente en concederte una hora, pero me tendrás que tener al corriente. Te llamaré esta noche a tu casa para confirmártelo.


Iñaki Telletxea era un hombre delgado, calvo y de rubio y poblado bigote, que usaba unas gafas redondas tras cuyos cristales se escondían unos ojos perpetuamente curiosos. Se encontraba sentado en su despacho de la redacción del periódico, examinando inquisitivamente al inspector Rojas.

– Le he recibido porque me lo ha pedido Andoni Artetxe y, también, porque me he informado sobre usted y sé que no tiene nada que ver con los tiempos pasados aunque sea policía, pero no entiendo en qué puedo servirle -dijo intentando dominar la situación desde el primer momento y dejar clara la relación entre ambos.

– Me han dicho que es usted un periodista especializado en la historia de este siglo.

– En la historia de Euskadi -puntualizó-, aunque no podamos descontextualizarla del resto del Estado y de Europa.

Rojas prefirió no preguntar el significado de esa palabra, desconnosequé o algo parecido, y pasó directamente al grano.

– Según tengo entendido, ha escrito varios artículos y un libro sobre los antiguos combatientes del ejército vasco durante la guerra civil.

– Así es, creo que fue un momento importante y trágico para nuestro pueblo que merece la pena recordar y homenajear, pero todavía no veo la relación posible entre esa historia y su labor policial.

– He leído algo sobre el tema, artículos suyos y de otros especialistas, en los que se indica que ex combatientes vascos sirvieron a los aliados en la segunda guerra mundial, algunos incluso como espias.

– Así es. Muchos gudaris pensaron que apoyando la causa aliada quizá consiguieran debilitar el régimen de Franco. Luego resultó que no fue así, pero su aportación a la causa de la democracia fue muy valiosa en esa guerra, aunque no ha sido reconocida a nivel popular ni oficial.

– Creo que usted conoce a algunos de esos hombres que fueron espías.

– Conozco a muchos de referencia y a bastantes personalmente, en efecto.

– ¿Entre esos conocidos suyos está Tomás Zubía?

– Pues sí -asintió Telletxea-, aunque es de los más recientes. Hasta no hace mucho tiempo no le conocía en persona. Había oído hablar de él, pero tenía muy pocos datos suyos, ya que fue de los que no volvieron a Euskadi tras la finalización de la guerra mundial. -Hablaba sin inmutarse. Si Rojas pensaba que la mención de ese nombre iba a causar algún tipo de conmoción en su interlocutor, se había equivocado-. ¿Es de él de quien quería hablarme?

– Sí, así es. Ha sido asesinado.

Tras escuchar estas palabras sí cambió la expresión del rostro del periodista. Parecía que se había quedado sin sangre en la cara.

– Asesinado -repitió con voz entrecortada-. No sabía nada.

– Aunque la noticia apareció en los periódicos, en ese momento se desconocía su identidad.

– Comprendo. ¿En qué le puedo ayudar, inspector?

– Creo entender que se conocieron ustedes dos en persona hace relativamente poco tiempo.

– Sí, eso es lo que antes he dicho.

– ¿En qué circunstancias se conocieron?

– Me llamó un día por teléfono al periódico y me explicó quién era.

– Perdone, pero ¿en qué idioma hablaron?

– No sé qué importancia puede tener, pero en euskera, hablábamos en euskera. En su boca sonaba de un modo muy gracioso, ya que con el transcurso del tiempo había adquirido un fuerte acento yanqui que conservaba incluso al hablar en su idioma materno.

– Gracias, no se preocupe por eso, sólo quería confirmar un dato. Prosiga, por favor.

– Bueno, como le he dicho me explicó quién era y me dijo que le gustaría hablar conmigo. No me negué ya que vi la posibilidad de aumentar mis conocimientos, y tal vez mis archivos, sobre la época de la que hemos hablado. Pocos días después de la conversación telefónica estaba ahí sentado, en la misma butaca que usted ocupa ahora. Fue una charla muy, pero que muy interesante. Tomás Zubía había sido uno de los gudaris que durante la guerra civil trabajaron para los Servicios de Inteligencia norteamericanos. La mayor parte de ellos lo dejaron al acabar la guerra, pero él no.

– ¿Hablaron acerca de eso?

– Muy por encima, no me contó nada especialmente interesante sobre el trabajo que realizó una vez acabada la guerra, aunque siendo los tiempos más duros de la guerra fría y trabajando para quien trabajaba, es fácil suponer qué tipo de historias podría haber contado. No, de lo que me habló básicamente fue de nuestra guerra. Era muy ameno conversando, se notaba que en Estados Unidos no tenía muchas oportunidades de usar su lengua vernácula y quería desquitarse. Me proporcionó también una documentación muy interesante referente al batallón en el que combatió durante la contienda, pero le repito que sobre los hechos posteriores su mutismo fue casi absoluto.

– ¿En algún momento le vio inquieto o preocupado?

– Creo que no, pero no podría asegurárselo. Se le veía excitado, eso sí, pero me parecía completamente normal en alguien que vuelve a su tierra después de cincuenta años y que tiene, posiblemente por primera vez en mucho tiempo, la oportunidad de hablar en su idioma y sobre sus vivencias y recuerdos. Desde luego, si es lo que quiere saber, en ningún momento actuó como una persona que sabe que va a morir o que piensa que corre algún tipo de peligro.

– ¿Le dijo por qué había vuelto al País Vasco?

– Tan sólo que se había jubilado y que quería ver de nuevo su país antes de morir, pero esto último no lo dijo como si estuviera pensando en que su muerte era inminente, sino como un comentario nostálgico de alguien que ha entrado en la setentena.

– ¿Le comentó en algún momento si se había entrevistado con alguien más o si había realizado algún tipo de actividades que se salieran de lo habitual?

– Lo siento pero no. Quizá, hubo algo…

– ¿Sí?

– No sé qué importancia puede tener. En su momento no se la di porque convivo con ello, pero me dijo que le gustaría tener una conversación con algún compañero que se dedicara al periodismo de investigación.

– ¿Le dijo por qué?

– Simplemente que siempre había admirado el trabajo que hacía ese tipo de periodistas y como tenía la oportunidad de estar en una redacción, le apetecía charlar con alguno. Al principio sonaba raro en una persona que por su profesión seguramente había convivido con todo tipo de gente, periodistas incluidos, pero pensé que, por otra parte, la discreción que le imponía precisamente su trabajo le habría impedido intimar con alguno, así que intenté complacerle sin hacerme mayores disquisiciones. Desgraciadamente no pudo ser, ya que ninguno de los compañeros que se dedican a esos asuntos se encontraba en ese momento aquí. De todos modos le dije que podía volver cuando quisiera, pero no lo hizo. Ahora comprendo por qué.

– ¿No le insinuó en ningún momento si tenía alguna historia que contar?

– Eso mismo le pregunté yo, pero me dijo que no. Que era simple y llana curiosidad y, en ese momento, le creí.

– ¿Y ahora qué piensa?

– Está muerto. Puede ser casualidad o puede no serlo, pero no tengo nada que le pueda ayudar a decidir cuál de las hipótesis es la buena.


21

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No fue fácil para Iñaki Artetxe conseguir una entrevista con la viuda de Andoni Ferrer, pero la mención de problemas con la compañía de seguros le abrió las puertas. No se podía dudar del sincero dolor que sentía Nekane Larrondo por la muerte de su marido, pero tenía también un hijo pequeño por el que luchar y además, pensaba sensatamente, si su marido había estado abonando una jugosa prima en concepto de seguro de vida, no lo había hecho para beneficio de la compañía, sino para que su familia se quedara en mejor posición económica tras su muerte.

Rojas no había podido acompañarle, ya que hubiera incurrido en las iras de su superior, con lo cual, además de poner en peligro su propio puesto y posición, tampoco podría proteger a Artetxe, pero eso no significaba que estuviera ausente de la entrevista. Un diminuto e incómodo micrófono instalado en la oreja derecha de Iñaki Artetxe le permitía estar al tanto de lo que se hablara así como transmitir al antiguo ertzaina sus impresiones e indicaciones.

Nekane Larrondo recibió a Artetxe sentada en la misma butaca en la que había encontrado fallecido a su marido y le invitó a tomar asiento.

– Antes de nada quiero agradecerle su amabilidad al atenderme -dijo Artetxe-. Sé que para usted será doloroso recordar la muerte de su marido y más cuando, como en el caso presente, tenemos que hablar de la cuantía de la indemnización, enelcasopresente,pero es algo que no nos queda más remedio que solucionar.

– Gracias. Comprendo su situación, pero me parece muy extraño que a estas alturas se empiece a remover de nuevo el asunto.

– Es la maldita burocracia, ya sabe, que hace que todo se atrase. La compañía está dispuesta a pagar, pero como usted tal vez desconozca, su sede está en Zurich y siempre que una posible indemnización excede de cinco millones de pesetas tenemos que enviar un informe lo más exhaustivo posible a las oficinas centrales. Ya se sabe lo puntillosos que son los suizos.

Nekane no sabía si los suizos eran más puntillosos que los keniatas, pero aceptó en silencio la explicación de Artetxe, con la esperanza de acabar la entrevista cuanto antes.

– Siempre que se produce una muerte extraña, y lamento la expresión pero no podemos andarnos con tapujos -continuó explicándose Artetxe-,las posibilidades se reducen a tres: accidente, suicidio o asesinato. En este caso el suicidio sería la hipótesis más desfavorable para usted, ya que la compañía no abonaría ninguna cantidad; en cambio, en caso de haber sido asesinado, su póliza tenía una cláusula según la cual la indemnización se duplicaría.

– Mi marido no se suicidó -respondió Nekane-. Fue un simple accidente, un desgraciado accidente. Quería probar la droga para sentir en su propio cuerpo las reacciones que producía y la dosis que se inyectó causó, por desconocimiento, un efecto letal. Eso es lo que ocurrió y lo que expliqué a la policía y en el Juzgado.

– Aunque es una de las hipótesis de trabajo, nosotros también hemos descartado por ahora el suicidio, pero nos gustaría explorar la posibilidad de un asesinato ¿Se mostró en algún momento preocupado, o tuvo algún tipo de amenazas?

– Lo siento, pero ya dije en su momento que eso me parecía absurdo. Fue un accidente y, la verdad, no tengo ninguna gana de hablar de nuevo sobre la cuestión.

– Lo comprendo, pero era necesario que hablara con usted para completar nuestros archivos. De todos modos, si no le importa, antes de finalizar nuestra entrevista me gustaría hacerle unas pocas preguntas más -añadió Artetxe después de que Rojas le susurrara, a través del micrófono, las preguntas que quería que hiciera.

– De acuerdo, pero vuelvo a rogarle que sea breve.

– Lo entiendo y le prometo que le robaré poco tiempo. En primer lugar me gustaría saber si le habló alguna vez su marido de una tal Begoña González Larrabide.

– No, no me suena ese nombre -respondió, titubeante, Nekane.

– Hemos tenido acceso a los informes policiales y parece ser que la misma remesa de droga que causó el fallecimiento de su marido fue también la causante de la muerte de la mujer que le hemos mencionado.

– Supongo que será una desgraciada coincidencia -comentó encogiéndose de hombros-. Me imagino que esa remesa se habrá vendido a muchos drogadictos.

– Quizá sí, pero sólo ha habido dos muertes.

– Es más que suficiente, ¿no cree? -replicó, con un deje de amargura en su voz, la viuda de Andoni Ferrer.

– Señora, me gustaría ser sincero con usted. Creemos que las dos muertes, la de su marido y la de la mujer, han sido producidas voluntariamente, pero sin su colaboración no va a ser posible llegar al fondo del asunto.

– Ya le he dicho que no creo en eso, pero aunque estuviera de acuerdo con usted no tengo nada que decirle. No entiendo el interés de una compañía de seguros por este asunto, sobre todo si, como me ha dicho al principio, eso significa que tendrían que doblar la indemnización. Por favor, no me considere una maleducada, pero le ruego que salga de mi casa, estoy muy cansada.

– Lo entiendo, señora, y no es mi intención molestarla, por eso ahora mismo me voy, pero antes de salir me gustaría darle un pequeño consejo. Tiene usted razón, esta investigación es más propia de las fuerzas policiales que de una compañía de seguros; por eso estimo que, si se da el caso de que recordara algo, debiera ponerse en contacto con la policía, concretamente con el inspector Rojas, de Homicidios, que es quien ha llevado el asunto hasta su archivo. Cualquier detalle, por insignificante que parezca, puede ser importante -finalizó Artetxe, repitiendo casi textualmente, aunque de un modo un tanto forzado, lo que acababa de transmitirle a través del micrófono el inspector.

Nada más traspasar el umbral del portal de la vivienda de Nekane Larrondo, Iñaki Artetxe se acercó hasta un vehículo aparcado sobre un paso de cebra desde el que Manuel Rojas había seguido la conversación, para devolverle el micrófono y cambiar impresiones. Ambos coincidieron al analizar la situación: no habían avanzado gran cosa y la viuda del periodista sabía mucho más de lo que decía.


22

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Iñaki Artetxe estaba aburrido. Se había pasado toda la mañana interrogando a los amigos más próximos a Begoña González Larrabide sin sacar nada en claro. Ninguno había sido capaz de aportar algún dato de interés sobre la muerta, ninguno parecía haber llegado a un grado de intimidad suficiente, como si se hubieran limitado a tener una relación meramente superficial. Además, hacía uno de esos inaguantables días de calor que soporta Bilbao tan sólo tres o cuatro veces al año pero que, cuando toca, dejan a todo el mundo totalmente barrido y sin ganas de hacer nada. Mientras conducía en dirección a su domicilio por Enekuri empezó a pensar en lo agradable que sería llegar a casa, desnudarse y ducharse. Una idea empezó a sobrevolarle a raíz de esos pensamientos. Casa, ducharse, desnudarse. Eso era, ¡desnudarse! Parecía algo traído por los pelos, pero podría ser. Algo relativo a uno de los amigos de Begoña, un tal Antonio Alférez, sí, lo tenía que comprobar aunque tuviera que renunciar a la ducha, ya que si estaba en lo cierto no tenía tiempo que perder.

Allí estaba, archivada en la carpeta que había abierto tras su conversión en detective y la aceptación del caso, la fotografía que había sustraído de la habitación de Begoña. Se trataba de un grupo de ocho amigos y amigas que estaban disfrutando del sol en una playa que parecía ser la de Bakio. Todos estaban en traje de baño menos Antonio Alférez, que cubría su torso con una camisa oscura de manga larga. También esa mañana, mientras charlaba con él en las piscinas del club que la Sociedad Bilbaína tenía en Laukariz, llevaba encima del cuerpo una camisa de manga larga. ¿Sería una simple manía u ocultaba algo? ¿Marcas de jeringuilla, tal vez?

De nuevo cogió el coche para dirigirse a Mungia, con la esperanza de que los amigos de Begoña, sobre todo Antonio, continuasen disfrutando de aquel soleado día de finales de verano en las piscinas. Había acertado: todos los componentes del grupo seguían tumbados indolentemente en sus sillas aba-tibles. Cuando vieron a Artetxe le saludaron alegremente, como el contrapunto a su rutina que les había alegrado la mañana.

– Hombre, Marlowe de nuevo -comentó uno de los listillos de la panda-. ¿Se le había olvidado acaso hacemos alguna pregunta trascendental o acaso va a señalar teatralmente quién es el asesino? Si es esto último lo siento mucho, pero el mayordomo acaba de marcharse

– Más bien lo primero -contestó sonriente el detective para no desentonar del falso ambiente de alegría que se había creado a su alrededor-. Quería hablar contigo -añadió dirigiéndose a Antonio Alférez.

– Estoy a su disposición. Nada me haría más feliz que colaborar con nuestras bienamadas Fuerzas del Orden, aunque no sé si a un aprendiz de Sherlock Holmes se le puede considerar de tal guisa -replicó haciendo juego con la jocosidad de su amigo-. Pregunte lo que quiera que su humilde servidor contestará.

– A solas. Prefiero que hablemos a solas.

La respuesta de Artetxe no debió de ser del agrado de su interlocutor, ya que se transformó su semblante. Del risueño y despreocupado joven que bromeaba con el detective ya no quedaba nada y el ceño adusto que surgió en su cara delataba una fuerte contrariedad.

– No creo que sea necesario -contestó.

– Va a ser sólo un momento.

– Ni un momento ni pollas -replicó totalmente irritado-. No tiene usted ningún derecho a interrogarme como si fuera un detective de película.

– De acuerdo, de acuerdo -contestó, conciliador, Artetxe-, ni puedo ni quiero obligarte a contestar, pero como me interesa mucho obtener ciertos datos no tendré más remedio que dejarlo en manos de la policía. Ha habido una muerte debido a la droga y la policía suele interesarse por los amigos de la víctima, sobre todo si parece que quieren ocultar algo.

– Yo no tengo nada que ocultar.

– Entonces no debieras tener inconveniente en hablar conmigo.

– Venga, Toni, habla con él y que se vaya de una puta vez -irrumpió en la conversación el listillo-. Y no te preocupes por si intenta violarte, tú ya sabes, en caso de necesidad silba. ¿Sabes cómo se silba? Se unen los labios así -dijo haciendo el gesto de silbar que fue cortado por su propia risa- y acudiremos al rescate más raudos que el 7º de caballería.

– De acuerdo, hablaremos a solas -cedió Antonio.

Se dirigieron a los vestuarios, que en esos momentos estaban vacíos. Cuando se acomodaron en los bancos, un resignado Antonio preguntó de nuevo qué deseaba saber.

«Duro y al esternón», dijo para sí Artetxe cuando efectuó su pregunta.

– Tú también te drogas, ¿no es cierto?

– ¿Está usted loco? ¿Y para decirme esa chorrada me ha traído hasta aquí? ¡Vayase a la mierda y déjeme en paz! -contestó al tiempo que se levantaba para salir de los vestuarios.

– Todavía no -respondió el ex ertzaina-.Antes de salir tenemos que aclararlo todo.

Comoúnica respuesta, Antonio Alférez se abalanzó sobre Iñaki Artetxe, intentando vanamente agredirle. El puño derecho de Antonio fue detenido por el brazo izquierdo de Artetxe a pocos centímetros de su cara mientras simultáneamente le asestaba un fuerte golpe en el estómago. Nada que le dejara secuelas, pero suficiente para obligarle a encorvarse y mantenerse en esa postura un buen rato. Aprovechándose del estado de su oponente, Artetxe le subió las mangas. Ahí, al aire, en las muñecas, aparecían las señales inequívocas de su adicción.

– ¿Hablamos con tranquilidad o prefieres que te saque así ahí fuera y todo el mundo sepa lo bajo que has caído?

– Hablaré, hablaré. De acuerdo, soy un adicto, pero no tengo nada que ver con la muerte de Begoña.

– ¿La introdujiste tú en el mundo de la droga?

– No, no creo, es decir, nos metimos juntos más o menos, ¿comprende?

– No, si no me lo explicas.

– Bueno, nosotros éramos amigos y, aunque no teníamos una relación de pareja, de vez en cuando hacíamos cosas juntos, nos acostábamos, por ejemplo. Supongo que uno de esos días, cualquiera de los dos decidiría que podría ser interesante probar, ¿me entiende? Es el morbo de lo prohibido lo que nos atrae y luego, pues eso, nos enganchamos los dos, no hay más historias.

– ¿Erais los únicos de vuestra cuadrilla con este problema?

– Que yo sepa sí, y supongo que lo sabría en caso de que hubiera alguno más cogido.

– Os iniciasteis juntos, ¿y luego? ¿Continuasteis juntos?

– Ya le he dicho que no teníamos relación de pareja, pero de vez en cuando nos relacionábamos.

– ¿Eso incluía el compartir droga?

– Sí, así es. Muchas veces, cuando uno tenía la compartía con el otro y viceversa.

– ¿Teníais el mismo proveedor?

– Así es.

– Y durante el tiempo que estuvo desaparecida, ¿contactó contigo para obtener droga?

– No, no supe nada de ella en ese tiempo.

– ¿Crees posible que haya cambiado de proveedor mientras estuvo fuera de casa?

– Podría ser, pero no lo creo. Begoña era muy especial, incluso para estas cosas. Además, tampoco se trata de ir al supermercado y pedir una papelina de heroína; tienes que tener contactos antes de entrar en el juego. No, yo creo que no tuvo tiempo para hacer nada de eso. Además, si continuaba viviendo en Bizkaia, lo más lógico es pensar que seguía con la misma rutina, es más seguro. Por lo menos eso es lo que yo hubiera hecho.

Artetxe se abstuvo de comentar que a la vista de lo sucedido no estaba tan claro que eso fuera lo más seguro, para no aumentar el nerviosismo de su interlocutor, ya que quería hacer una última y definitiva pregunta.

– ¿Ves como no ha sido para tanto? Una pregunta más y podrás volver a la piscina, con tus amigos.

– ¿De qué se trata?

– Quiero saber el nombre y la dirección del camello que os vendía la droga.


23

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Casi a la misma hora en que Iñaki Artetxe se entrevistaba por segunda vez con el amigo de Begoña, un furgón de la Guardia Civil se acercaba a una fábrica de armas de Gernika con el objeto de dar escolta a un cargamento que se dirigía al puerto de Bilbao.

– Es la hostia -iba comentando en su interior un guardia civil recién salido de la Academia, que efectuaba ese día su primer servicio-. Quién me iba a decir a mí, en el pueblo, que iba a acabar escoltando un cargamento de armas con destino a Ruanda.

– ¿Y a ti qué coño te importa adónde vaya el cargamento? -contestó su compañero, un cincuentón barrigudo con muchos años de rondas encima.

– Hombre, no sé, pero tal como están las cosas por allí me imagino que no las usarán para nada bueno. ¿No te has enterado de las matanzas que ha habido entre gente de diferentes tribus? Es alucinante ver de qué modo se masacran unos a otros, y nosotros vamos a aportar nuestro granito de arena.

– Déjate de chorradas y de política, que a nosotros nos toca obedecer y a otros mandar.

– ¡Joder!, pero ¿acaso no te importa lo que pasa en el mundo?

– Cuando lleves treinta años en esta jodida profesión, tú también pensarás como yo. O lo habrás dejado -añadió pensativo. Luego volvió a dirigirse a su joven compañero, pero en esta ocasión de un modo paternal-. Tengo entendido que eres un listillo, que fuiste el número uno de tu promoción.

– El número dos. Y no soy ningún listillo, tan sólo me tomé el curso en serio.

– Vale, vale, no hay que enfadarse. Lo que no entiendo es cómo con ese puesto, pudiendo haber elegido cualquier destino, has acabado aquí, en las Vascongadas.

– Lo pedí yo.

– Chaval, serás muy listo y muy responsable, pero eres un auténtico mamonazo. ¿Cómo se te ocurre venir aquí pudiendo ir a cualquier otro sitio? ¡Hace falta estar loco!

– Bueno, la paga es mejor.

– Sí, pero te aseguro que no compensa.

– En ese caso, ¿por qué no te has marchado tú?

– Lo he pensado muchas veces, no creas, pero aquí mis hijos tienen más oportunidades de estudiar una carrera; el mayor está en Deusto haciendo Derecho y la pequeña estudia COU, aunque ten por seguro que si lograra solucionar eso, me iba de aquí como que me llamo Andrés García Santos.

– No puede ser tan malo, los vascos son buena gente.

– ¿Buena gente? Tú estás agilipollado, chaval. No digo que entre ellos no se las arreglen bien, pero para nosotros nunca habrá no ya un mínimo de consideración, sino simplemente ni siquiera un trato correcto o una palabra amable. Estamos aquí peor que tus ruandeses, totalmente olvidados de la mano de Dios, en un gueto, aunque mejor olvidados y marginados que muertos, por lo menos de lo primero se sale. ¿Vascos? ¡Me cago mil veces en los vascos y en la madre que los parió a todos, cabrones!

– Mi opinión es diferente. En realidad no pedí este destino sólo por la pasta como te he dicho antes, aunque todo influye, no se puede negar, sino porque quería venir expresamente a esta zona. En mi pueblo suele veranear mucha gente vasca y, aunque a veces hay roces o piques, en general nos llevamos bien, sobre todo si no se habla de política, por supuesto, y eso que a veces comprendo muchas de las cosas que dicen porque a mi abuelo materno lo mataron en la guerra los falangistas por ser miembro del Partido Comunista.

– De rojo a verde, sí que ha habido cambios en tu familia, coño.

– Son otros tiempos -respondió filosóficamente el joven-. Pero a lo que iba, mi visión es totalmente diferente de la tuya porque he hecho muy buenas amistades con gente vasca, sobre todo de Bilbao. De hecho, una de las cosas que me animaron a venir aquí fue una bilbaína.

– ¡No jodas!, no me digas que te has echado una novia de Bilbao.

– Novia no, pero casi -respondió, ruborizándose, el joven-. Nos entendemos bastante bien y creo que podemos llegar a algo serio como pareja.

– ¿La has llamado?

– Todavía no, no he tenido tiempo.

– En ese caso escucha el consejo de un perro viejo. No te hagas ilusiones. Es muy diferente ir a tomar unas copas, o incluso hacer otras cosas en un pajar, cuando estáis en tu pueblo, que aquí. Quizá la mayoría de los vascos no nos odien, tengo mis dudas aunque estoy dispuesto a admitido, pero lo que ninguno o muy pocos harán será dejarse ver en su ambiente con un guardia civil. Mucho te tendrá que querer esa chica para aceptar salir contigo.

– Tantos años aquí te han amargado, pero no me vas a desanimar. Soy optimista por naturaleza.

– Pues conserva intacto ese optimismo porque necesitarás todo el posible para aguantar en este puto país.

No muy lejos de ellos otro joven también recién salido del cascarón se hacía unas reflexiones parecidas a las del guardia viejo, pero en otra dirección. Acababa de regresar de Euskadi Norte, donde había estado recibiendo entrenamiento militar y se sentía eufórico por intervenir en la lucha de liberación de su patria, oprimida por un Estado central fascista que, aunque se recubría con una falsa fachada democrática, no respetaba los derechos a la soberanía de su pueblo. Y uno de los factores más importantes en esa opresión que sufrían las buenas y honradas gentes de Euskal Herria era la Guardia Civil. Por eso estaba aún más feliz, porque iba a dar caña a los picoletos.

Se encontraba resguardado junto al peaje de Amorebieta. Desde allí esperaba con un lanzagranadas la llegada del furgón de la Guardia Civil. Cuando se detuviera frente al propio peaje sería un blanco perfecto. El plan no podía fallar. Se había asegurado, sin dejar el mínimo resquicio para la duda, de la llegada del objetivo, gracias a un contacto de la organización que trabajaba en la fábrica de armas, y también había estudiado cuidadosamente el modo de escapar. Él era un militante de la causa, no un suicida. Si esos hijos de puta con tricornio eran puntuales, dentro de dos horas podría estar tomando una cerveza en la parte de Euskadi oprimida por los franceses.

El furgón, efectivamente, enfiló el peaje con suma puntualidad. Cuando lo vio llegar, la excitación del etarra subió más enteros de lo conveniente durante un segundo, pero en seguida comprobó que su entrenamiento había sido de lo más eficaz al conseguir dominarse y esperar con total sangre fría la aparición del objetivo. Cuando por fin estuvo a la altura de las barreras del peaje, accionó el lanzagranadas. Ni un segundo antes ni un segundo después de lo planeado. Una acción perfecta que causaría admiración entre sus camaradas del movimiento de liberación nacional.

No hubo fallo alguno en la ejecución de la acción, pero sí en su planificación. Según parece, quienes tenían la obligación de informar a la organización sobre las costumbres y peculiaridades del objetivo, no incluyeron entre sus observaciones una muy importante. Cuando el furgón estaba a punto de llegar a la barrera del peaje solía transmitir por radio a la cabina correspondiente su llegada para que aquélla se abriera automáticamente y pudiera pasar sin detenerse. El militante de ETA disparó en el momento apropiado y hacia el punto apropiado, pero para sorpresa suya el objetivo no se detuvo, sino que continuó su camino.

El disparo, no obstante, no se perdió en el vacío. Dio de lleno en el camión cargado de explosivos que era objeto de escolta, y convirtió el peaje y sus aledaños en la viva representación de una pesadilla. No sólo quedaron destrozados el camión y sus dos ocupantes, sino que también el furgón de la Guardia Civil saltó por los aires y la expansión de todos los explosivos afectó a una gran cantidad de vehículos. Tres trabajadores de la autopista murieron en el acto, así como los ocupantes de otros tres vehículos, incluyendo un marroquí que volvía de vacaciones desde Bélgica en dirección a su país con su mujer y sus cuatro hijos, y que había tenido la doble mala suerte de coger sus vacaciones fuera de temporada para evitarse aglomeraciones en Algeciras y de confundirse en una salida e intentar retomar su dirección originaria.

El aguerrido gudari escapó del lugar sin detenerse a evaluar los efectos de su acción; eso ya lo haría alguien con más autoridad en Iparralde. Aunque no del modo esperado, se habían cumplido los objetivos. Unos cuantos txakurras menos en Euskadi que ya no oprimirían más al Pueblo Trabajador Vasco. En cuanto al resto de los muertos, eran dignos de lástima y así lo sentía en su fuero más íntimo, pese a la propaganda fascista que intentaba presentar a los luchadores del pueblo como asesinos sin corazón, pero en todas las guerras hay víctimas colaterales e inocentes que no se pueden evitar. Lo prioritario era el triunfo del pueblo y con él llegaría esa paz que todos querían, aunque sólo los más concienciados de los militantes sabían de verdad lo que significaba. Sólo habría paz cuando por fin las fuerzas más comprometidas de Euskadi consiguieran sus últimos objetivos políticos, pensó sin poder recordar exactamente a qué le sonaba esta última frase. De todos modos tampoco convenía hacerse muchas pajas mentales. Dentro de pocos días podría leer en el Egin los motivos exactos de su acción y la valoración, netamente positiva, de la misma.


24

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Aunque en un primer momento Antonio Alférez se negó a dar la información requerida, Artetxe consiguió los datos solicitados sin mucho esfuerzo. Cuando salió del club dejó tras de sí a un joven totalmente derrumbado y anegado en lágrimas, pero que le había proporcionado lo que podría llegar a ser el hilo que deshiciera el ovillo.

El fulano que trapicheaba con Antonio y Begoña tenía un caserío en Bakio. No le pillaba muy lejos de Laukariz así que decidió ir ese mismo día, pero, al oír el ruido que hacían sus tripas, antes de visitarle paró en Mungia para comer. Cuando se levantó de la mesa estaba totalmente amodorrado y sin ganas de hacer nada. La combinación de buena comida y sol otoñal suele hacer estragos en mucha gente, e Iñaki Artetxe no era ninguna excepción. Aun así se mantuvo en su idea originaria, no por un calvinista exceso de amor al trabajo, sino por la pereza que le entró al pensar que al día siguiente tendría que hacer el mismo recorrido.

No tardó mucho en llegar a Bakio ya que apenas había circulación por su carril. Le costó algo más encontrar el caserío. Por fin, tras introducirse por dos caminos equivocados, un baserritarra [3] le indicó el correcto. Un pedregoso y serpenteante camino, por el que apenas cabía un vehículo, le condujo hasta una explanada sobre la que se alzaba el caserío, de construcción típica de madera. Algunas personas se encontraban tumbadas en plena campa, disfrutando del sol del atardecer. Parecían extraídas de un cómic underground, pensó Artetxe. Eran una mezcla de hippies de los sesenta y de hare-krishnas con melena. Todo ello olía a secta, cosa que no le importaba lo más mínimo al tolerante espíritu en materia religiosa de Artetxe, salvo que sirviera como medio de anulación de la personalidad de sus adeptos o, como podía ocurrir en ese caso, de tapadera para el tráfico de estupefacientes.

Cuando se aproximó a los congregados y observó la expresión bovina de su cara, comprendió que, además de ser la tapadera que pensaba, tenía que ser también una secta de las llamadas destructivas, a no ser que desde el primer momento sólo admitiera a personas de cuya cara hubiera desaparecido todo rasgo de inteligencia.

Buscó a alguien que pareciera capaz de mantener una mínima conversación y le preguntó por el paradero de Marcos Ruiz.

– ¿Marcos? -respondió con un gran esfuerzo de vocalización-. No sé quién es; cuando entramos en la Casa de la Luz nos olvidamos de nuestros arcaicos y burgueses nombres para adoptar los que en sueños nos envía el Señor de la Eterna Luz. El mío es Ranjhapendraj, que en sánscrito significa «el elegido de los dioses del amor puro». Esto último lo dijo con inusitada rapidez, como si a la hora de lanzar su mensaje desapareciera todo signo de cretinismo intelectual y el propio Señor de la Eterna Luz le concediera el don de la oratoria.

– ¿Para qué quiere hablar con el Líder Excelso? -preguntó una vivaracha morena de ojos verdes, sobresaltando a Artetxe. No esperaba que en ese ambiente hubiera nadie capaz de hablarle directamente, y menos, interrogándole. Cuando se fijó más a fondo en la chica, le pareció que era la única del grupo que no estaba totalmente atontada.

– Si el Líder Excelso es Marcos Ruiz, tenemos una amiga común. Me gustaría hablar sobre ella con él.

– No sé si será posible. En estos momentos se encuentra meditando en la capilla.

– Dile que es importante.

– No hay nada más importante que el contacto íntimo con el Señor de la Eterna Luz, pero veré qué puedo hacer -dijo mientras se alejaba hacia la entrada del caserío con un contoneo más propio de una vedette que de una hija de la Eterna Luz, fuera eso lo que fuese.

Mientras esperaba la vuelta de la chica, intentó pegar la hebra con el resto de los presentes, pero fue en vano. La única persona a la que el Señor de la Eterna Luz había favorecido con el don de la inteligencia había desaparecido. Desesperado tras el infructuoso intento, se sentó sobre la hierba. Diez minutos más tarde salió del caserío la chica y le invitó a acompañarle al interior.

En la primera planta se había habilitado una oficina. El bucolismo que desprendían tanto el caserío como sus habitantes desaparecía en ese recinto. Teléfono, televisión, equipo de música, fax. Parecían objetos discordantes. Detrás de una mesa se veía la figura regordeta de un hombre sonriente que vestía la misma túnica de color azul y verde que el resto de sus compañeros, pero bajo cuyos pliegues se adivinaba el dibujo de una corbata. Dos congregantes, cuyas medidas de estatura y peso doblaban las de sus compañeros que pacían sobre la hierba, le flanqueaban. El hombre que estaba detrás de la mesa invitó a sentarse a Artetxe.

– El Líder Excelso, supongo -dijo Artetxe mientras se sentaba.

– Me quiere usted tomar el pelo, por lo visto. Ya sé que algunos de mis discípulos siguen pecando al ofender mi modestia, pero por más que quiero evitarlo no consigo erradicar esa expresión referente a mi humilde persona. Me resigno a ello pensando que si así son más felices y, por tanto, más capaces de unirse íntimamente a la Eterna Luz, ese ataque a la humildad del más abyecto siervo de la Luz está justificado. Pero como veo que a usted le preocupan esos detalles mundanos como la identidad, no me importa decirle que mi antiguo nombre era Marcos Ruiz, aunque ahora me llamo Siwidrevanantha, que significa «el más humilde servidor de los humildes servidores del Señor de la Eterna Luz».

– En sánscrito, por supuesto.

– Me temo que no -respondió Marcos Ruiz entre grandes risotadas-. Entre los dones que diariamente nos envía el Señor de la Eterna Luz no se encuentra, por desgracia, el de las lenguas, así que soy yo quien se inventa los nombres y sus significados, pero no piense que es un fraude, sino todo lo contrario. Cuando vienen aquí, los novicios renacen a una nueva vida, más limpia, pura y desprendida que la anterior. El nombre en sí no significa nada, pero es un lazo de unión con su antigua y corrompida existencia; por eso, cuando les doy uno nuevo con un significado místico no los engaño, sino que contribuyo a que sus espíritus fluyan en la nueva vida que nos proporciona la Eterna Luz. Pero soy un desconsiderado, no le he presentado a mis dos acompañantes. El siervo que está a mi izquierda se llama Andraghomparg, «brazo de hierro de la Eterna Luz» en falso sánscrito, y su compañero es Sandreerranch, «el que castiga a los enemigos de los servidores de la Eterna Luz».

Si los falsos nombres hindúes significaban algo, en el caso de los dos mastodontes estaban más que justificados. Si Marcos Ruiz le hubiera dicho que trabajaban como matones a su servicio, el efecto habría sido el mismo. Quizá fuera injusto dudar de la devoción mística de los compañeros del Líder Excelso, pero lo que era indudable es que con toda seguridad practicaban el «a Dios rogando y con el mazo dando».

– De todos modos, supongo que usted no quiere hablar sobre el significado de los nombres que por intermediación mía impone el Señor de la Eterna Luz a sus acólitos, sino sobre una amiga que parece ser que tenemos en común.

– Así es. Begoña González.

– Lo lamento, pero no caigo.

– Su segundo apellido es Larrabide y es hija de un conocido hombre de empresa, el señor González Caballero

– No me es desconocido ese personaje. En mi vida anterior me ocupaba de los asuntos mundanos y solía leer las noticias periodísticas sobre temas económicos y políticos, pero hoy en día, afortunadamente, me he liberado de esas miserias para poder dedicarme exclusivamente a la mística contemplación de la Eterna Luz.

A Artetxe se le ocurrió pensar un chiste malo acerca de que mejor que mirara con gafas de sol para evitar el efecto perjudicial de los rayos emitidos por el astro rey, pero se contuvo y no lo mencionó. Aunque los dos -los cuatro si se incluía a los gorilas- sabían que todo era una pantomima, convenía mantener las formas.

– Créame si le digo que le envidio, pero me gustaría saber si, aunque sólo fuera en su vida anterior, ha conocido usted a Begoña.

– Lo siento, pero ni en mi vida anterior ni en ésta he tenido trato con esa joven.

– Es raro, porque la última vez que la vi me comentó que estaba decidida a acabar con su vida corrupta y miserable y entrar en la Casa de la Luz.

– Pues si le dijo eso, sólo podemos sacar dos conclusiones: o a última hora se echó atrás, o bien en un primer momento le mintió.

– Supongo que tiene usted razón, pero en definitiva eso no es lo más importante. En realidad buscaba a Begoña para otra cosa pero, si tampoco me mintió en ello, quizá usted pueda solucionármelo.

– Nada me causaría mayor placer. Los siervos de la Eterna Luz estamos para ayudar a los demás a encontrar su camino.

– Yo no quiero encontrar ningún camino, ya lo siento. Lo mío es más prosaico. Begoña me dijo que usted podría proporcionarme unas cuantas papelinas de heroína.

– ¿Heroína? ¿Se refiere usted a esa droga que se consume por vía intravenosa? Me confunde y ofende. La única relación que tenemos aquí con las drogas es que a menudo el templo sirve como centro de desintoxicación para jóvenes con problemas.

– Escuche, Líder Excelso o como quiera que se llame. Los dos somos adultos y sabemos a qué jugamos, así que olvídese de su estúpida túnica y hablemos con sensatez. Comprendo que mi proposición le ha pillado de sopetón, pero estoy dispuesto a hacer negocios con usted, negocios que nos pueden favorecer a los dos; no estoy hablando de menudeo, sino de grandes cantidades. Ya sé que no me conoce, pero estoy dispuesto a que me investigue y se cerciore de que voy en serio, sin trampas, así como de que poseo la infraestructura y los contactos necesarios. Piénselo bien. Podría ser una buena oportunidad para los dos. Hable con Begoña, sí, ya sé que no la conoce, pero en el caso de que alguien se la presentara o, de repente, recordara quién es, ella podría avalarme.

– Creo que ha leído usted muchas cosas raras sobre quienes tenemos por único fin el amor de la Luz Divina y eso ha obnubilado su mente, pero no se lo tomaré en cuenta porque uno de nuestros preceptos es perdonar a quien por maldad o ignorancia nos ofende. No obstante, tengo que suplicarle humildemente que se marche, ya que su hostil presencia distorsiona el ambiente de recogimiento necesario para nuestra unión mística con la Eterna Luz. Por favor -dijo a los guardaespaldas-, acompañad al señor hasta la salida.

– No será necesario, conozco el camino -respondió, levantándose, Artetxe-. Tome mi tarjeta por si quiere llamarme. Estoy seguro de que cuando reflexione y hable con Begoña comprenderá que mi oferta puede ser muy interesante para ambos.

Artetxe comprobó con alivio cómo los dos servidores de la Luz se quedaban quietos tras pararlos su jefe con un gesto. No había llevado muy bien el asunto; se ve que el ocio forzoso había disminuido sus facultades, y además le había sorprendido toda la parafernalia que le rodeaba. De todos modos, tan sólo había echado la red; era pronto para adivinar qué tipo de pez pescaría. Fuera de la habitación vio a la morenita de ojos verdes que le había conducido hasta allí.

– ¿Ha visto por fin la Luz? -le preguntó dulcemente.

– Me temo que no -contestó educadamente Artetxe.

– Oh, es una pena, un hombre tan simpático como usted… Pero no importa, el Señor de la Eterna Luz sabe cómo llegar al corazón y a los ojos de sus criaturas -replicó mientras de entre los pliegues de su túnica sacaba un aerosol y rociaba los ojos del detective.


Cuando despertó tenía los ojos totalmente enrojecidos y un desagradable picor le hacía lagrimear continuamente. Se encontraba enclaustrado en lo que parecía ser un recinto cerrado y en movimiento que identificó, sin duda alguna, como el maletero de un coche. Buscó en el interior algo que le pudiera servir para salir de allí, pero sus secuestradores eran cuidadosos y no habían dejado ninguna herramienta que pudiera serle útil. Por otra parte, el vehículo parecía desplazarse a una velocidad que desaconsejaba por el momento cualquier intento de fuga en marcha.

No sabía cuánto tiempo llevaba dentro cuando oyó lo que parecía ser una explosión. En ese mismo instante el coche pareció perder el control y empezó a girar sobre sí mismo. Su último recuerdo antes de perder el sentido fue el sonido de un golpe seco y unos escalofriantes alaridos.

Lo primero que vio cuando el dolor le hizo reaccionar fue una masa informe verde que se acercaba hacia él. Según se le fue aclarando la vista comprendió que se trataba de un guardia civil. Un teniente, como señalaban los galones que lucía en el uniforme.

– ¿Cómo se encuentra? -le preguntó solícito.

– Estoy vivo por lo que parece, así que no me puedo quejar. ¿Qué ha sucedido?

– Somos nosotros quienes tendríamos que hacer las preguntas, ¿no le parece? En primer lugar, ¿qué hacía usted dentro del maletero de un coche? Porque me imagino que no será su método habitual de viajar.

«El picoleto [4] nos ha salido irónico», pensó Artetxe, pero se abstuvo de proferir ningún comentario desabrido. Al fin y al cabo quizá le hubieran salvado la vida y, por otra parte, con sus antecedentes y en su actual actividad convenía estar a bien con las fuerzas policiales. Además, no le cabía la menor duda de que a esas alturas el teniente lo conocía todo sobre él y su trabajo.

– Soy abogado y esta mañana acudí a un caserío de Bakio ya que me habían dicho que allí podía conseguir cierta información sobre unos problemas que afectan a un cliente. Parece ser que a las personas que debían darme la información no les gustó mi presencia e, incomprensiblemente, me agredieron. Ya no recuerdo nada hasta este momento.

– Sí, y yo me chupo el dedo. Mire, señor Artetxe, usted y yo sabemos que no se mete a nadie en el maletero de un coche porque moleste la presencia de alguien, ni siquiera aunque esa persona ejerza de abogado, lo cual no es su caso, pero ha tenido suerte porque no tenemos mucho tiempo para perder con usted. Si se compromete a ir mañana a primera hora a la Comandancia de La Salve y prestar declaración, le dejaremos en libertad. Sabemos quién es y dónde encontrarIe, así que mejor que acepte el trato, señor detective sin licencia -pronunció esta última palabra en el tono inequívoco de quien sabe de qué está hablando-. Tiene usted un amigo en Jefatura de Policía, y eso le avala por el momento, pero sólo por el momento.

– Puede usted estar seguro de que acudiré, pero antes de irme me gustaría saber el resto de la historia.

– Bueno, es fácil de explicar. Podríamos decir que la desgracia de otras personas ha labrado su suerte. No hace mucho ha habido un atentado terrorista a consecuencia del cual ha muerto un número de personas todavía sin identificar, entre ellas cuatro compañeros nuestros. -Se le endureció el gesto al decir esto último-. Inmediatamente se han establecido controles en todas las carreteras principales de la zona. El coche en el que usted iba tan cómodamente ubicado no se ha detenido en el control, y el resto lo dejo a su imaginación.

– ¿Qué ha ocurrido con los ocupantes del vehículo?

– Los detalles son innecesarios, pero puedo asegurarle que no secuestrarán a nadie nunca más.


25

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Lo primero que hizo Manuel Rojas cuando escuchó el tintineo del despertador fue mirar el reloj y soltar un juramento. Eran las tres de la madrugada. ¡Sólo él podía ser tan imbécil como para confundirse al poner en marcha el despertador! Después de casi una semana sin poder dormir cinco horas seguidas, el único día que había decidido olvidarse de todo y dedicarlo íntegramente a la almohada le ocurría eso. Apagó violentamente el reloj y se dio media vuelta, dispuesto a hacerse uno con Morfeo. Entonces se percató de que no era el injustamente denostado reloj el que le había despertado, sino otro aparato infernal denominado teléfono.

La llamada procedía de Jefatura y al otro lado del teléfono se encontraba el inspector Merino, uno de los favoritos de Manrique. Según su interlocutor -Rojas se lo imaginaba sonriéndose despectivamente-, un chaval se había escapado de casa y había preguntado por él. Cualquier número de la Policía Nacional podía haberse ocupado de la vuelta a casa del crío, pero Merino disfrutaba jodiéndole y qué mejor cosa para ello que despertarle a esas horas. Totalmente desvelado, accedió a presentarse en las dependencias de la calle Gordóniz.

El crío se encontraba sentado en una silla del Grupo Operativo. No se hallaba trasteando ni jugueteando, como había esperado encontrarlo Rojas, sino muy formalito y erecto en su silla.

– Éste es -le dijo Merino con el tonillo de quien acaba de descubrir el mar Mediterráneo-. No nos ha dicho cómo se llama ni dónde vive; parece ser que sólo confía en ti.

– Bueno, vale, así que quieres hablar conmigo, ¿no?

– Sí, pero a solas -respondió el niño.

– No sé si dejaros solos, podría ser peligroso. ¿Estás seguro de que podrás manejarlo? -comentó Merino partiéndose de risa.

Rojas pensó seriamente en mandarle a tomar por el culo, si bien se reprimió a duras penas en atención al chaval. No obstante, le indicó con la cabeza que se alejara y esperó a que se hubiera ido para retomar la conversación.

– Creo que has preguntado por mí, pero no recuerdo quién eres. ¿Nos conocemos de algo?

– No, usted a mí no me conoce y yo a usted sólo de oídas. Soy el hijo de Andoni Ferrer. Hace unos días un detective estuvo hablando con mi madre y le dijo que aita había sido asesinado.

Rojas no pudo evitar un gesto de sorpresa al oír las palabras del niño. Su entereza y frialdad eran inhabituales en un crío de su edad, aunque posiblemente la extraña muerte de su padre le había hecho madurar antes de tiempo. Artetxe le había dicho que había estado hablando a solas con Nekane Larrondo, pero seguramente el chico había estado escuchándolo todo detrás de la puerta.

– El detective le dijo que si sabía alguna cosa más viniera a ver al inspector Rojas para contárselo y por eso estoy aquí.

– Te agradezco tu visita, pero ¿sabe tu madre lo que estás haciendo? No son unas horas muy normales para venir hasta aquí.

– Mi madre no sabe nada, me he escapado. He esperado a que estuviera totalmente dormida y he salido de casa para venir hasta aquí.

– Tendremos que llamarla. Si se levanta y ve que no estás se va a llevar un susto de muerte.

– Lo sé y no quiero que lo pase mal. Desde que vino a casa el detective no para de llorar durante todo el día. Tiene mucho miedo, está segura de que alguien asesinó a mi padre pero no quiere decir nada por miedo a que nos pase algo, pero yo creo que se equivoca. No podemos dejar que todo quede así, con los asesinos sueltos, ¿no tengo razón?

– Sí, tienes razón, pero antes que nada vamos a llamar a tu madre.


Media hora más tarde, una mujer demacrada se sentaba en otra silla libre que Rojas había habilitado en la oficina. Su hijo no había exagerado nada. Los surcos que habían aparecido bajo sus ojos delataban que Nekane Larrondo pasaba gran parte de su tiempo llorando. Discretamente se alejó de la oficina y permitió que madre e hijo hablaran a solas. Al poco rato la mujer salió y le pidió que entrara.

– Mi hijo me ha contado todo lo que le ha dicho. También me ha asegurado que usted no ha intentado, en ningún momento, hacerle hablar. Se lo agradezco.

– No hay de qué. No me parecía oportuno ni… ético -vaciló al añadir esto último.

– Gracias de todos modos. Mi hijo me ha contado que ha venido aquí para informarle de que sabía que su padre había sido asesinado.

– Así es, y quiero decirle que no es una novedad para mí. Pese al archivo de las actuaciones siempre he pensado que no había sido un accidente.

– Y tiene usted razón, pero tenía miedo, mucho miedo, no sólo por mí sino, sobre todo, por mi hijo, pero él con su acción me ha abierto los ojos y enseñado el camino a seguir. No se puede vivir con esta angustia eternamente. Quizá sea mejor contar todo lo que sabemos y esperar a que se haga justicia.

– No quiero forzada, pero pienso que ésa es la postura correcta y se lo digo no sólo como policía, que por supuesto lo soy y con todas las consecuencias, sino como hombre. Me sería de gran ayuda, para reabrir el caso, todo lo que usted pudiera contarme.

– Directamente no sé gran cosa, tan sólo que Andoni estaba muy inquieto los días anteriores a su muerte y que creía que se había metido en un avispero; pensaba que había encontrado algo gordo. Lo único que he sufrido directamente son las amenazas que me profirieron dos hombres el día que fui a declarar al Juzgado. Poco puedo decirle, por lo tanto, pero tengo un modo de ayudarle.

– ¿Cuál es?

– Andoni me dijo que había tomado precauciones adicionales. Concretamente me explicó que había guardado toda la documentación original que poseía en una caja de seguridad de la sucursal del Banco Bilbao Vizcaya en Andorra. No sé qué es lo que habrá exactamente, pero estoy dispuesta a ir hasta allí y traérselo.

– Podría ser peligroso, y yo no puedo ofrecede protección, ya que el caso, oficialmente, no existe.

– No me importa, he cambiado de opinión y pienso que merecerá la pena arrostrar los peligros que surjan. Además, nadie conoce la existencia de esa caja y yo todos los años visito Andorra, así que iré y se lo traeré.


26

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A Antonio Jalón se le había acabado tanto la droga que le habían proporcionado los extraños hombres que le habían contratado para que asesinara a Tomás Zubía como el dinero que le había robado a éste. Sólo le quedaba el broche que también le había quitado y que parecía bueno, aunque él de esas cosas no entendía. Afectado por los primeros síntomas del síndrome de abstinencia decidió vendérselo a un perista que conocía del barrio, pero no le encontró. No le quedaba más remedio que buscarse la vida, ya que los camellos hacía tiempo que habían dejado de fiarle.

Serían las diez de la noche cuando se acercó a la Policlínica San Antón, en la calle Pérez Galdós. Nunca había trabajado allí, pero dos días antes había cruzado por esa zona y pensó que sería un buen sitio para dar un palo. Era una zona poco conflictiva, por lo que no había excesiva vigilancia policial; una zona tranquila, por la que a esas horas apenas transitaba nadie y, además, quienes salían de la clínica posiblemente se encontraran, debido a lo que deprime a la gente estar en ese tipo de recintos, psicológicamente -aunque Antonio desconocía este vocablo- más indefensos ante cualquier ataque dirigido a aliviarles el bolsillo de la pesada carga dineraria.

La idea en sí no era mala y demostraba que, dentro de sus limitaciones, Antonio Jalón era capaz de pensar cuando de buscar dinero se trataba pero, desgraciadamente para él, eligió la víctima equivocada. Miren Goiburu no estaba deprimida, sino francamente enfadada. Su hija mayor acababa de dar a luz y tenía la impresión de que esos médicos no sabían nada de recién nacidos. ¿Cómo se habían atrevido a aconsejar a su hija que alimentara a la nieta con biberón en vez de darle el pecho? Todas las mujeres de su familia habían criado a sus hijos sin esos inventos modernos, y bien sanos y pocholos que se habían desarrollado todos. No quería ni pensar en lo que le iban a decir sus amigas en Bermeo cuando se enteraran de eso; ellas que, como la propia Miren, llevaban media vida haciendo tareas que ni el más capaz de los hombres podía igualar. Por eso, cuando Antonio Jalón, navaja en ristre, le exigió la entrega de todo su dinero, vio la oportunidad de descargar toda la adrenalina que llevaba encima -ella lo llamaba mala leche- y arremetió contra él usando su bolso como arma -dentro llevaba una plancha de viaje que su hija había considerado innecesaria quedársela, ya que las jóvenes de ahora cuando estaban internadas en una clínica eran incapaces de hacer nada que no fuera quejarse-, lo tiró al suelo y lo pateó. A Antonio Jalón le salvó de unas graves lesiones la intervención de algunos pacíficos ciudadanos que, procedentes tanto del interior de la policlínica como de un bar cercano, aparecieron de repente. Le salvaron de los perjuicios físicos, pero no le dejaron en libertad. La llamada de uno de los camareros del bar al 091 posibilitó el que pasara esa noche en los calabozos de Jefatura.

Dos días después, un ciudadano de nombre Juan Etxaburu Lejarza subía las escalinatas del edificio de la Jefatura Superior de Policía. Le habían llamado para que reconociera a Antonio Jalón como autor de un atraco que había sufrido tres semanas antes. La policía se basaba en la única posesión que habían requisado al detenido: un broche de oro con el dibujo de un árbol y los colores de la ikurriña y las iniciales JEL, que correspondían con su nombre y dos primeros apellidos.

– Lo siento, pero no es él.

– ¿No es él o no está seguro de conocerle?

– Reconocería al cabrón que me atracó hasta en una habitación a oscuras. Lo siento, pero éste no es el tipo que me robó. Y el broche tampoco es mío aunque, efectivamente, lleve mis iniciales.

Juan Etxaburu Lejarza salió de Jefatura una hora después de haber entrado, sin que su presencia hubiera sido útil para las investigaciones policiales, pero sí había observado algo curioso. Vaciló un momento pensando si era oportuno comunicarlo a la policía o no, pero al final calló. Era un buen ciudadano, un cincuentón honrado padre de familia que nunca se metía en líos, mucho menos en actos delictivos, pero que todavía se mostraba remiso a colaborar con las Fuerzas del Orden. Sabía, o se lo imaginaba, que el amable inspector de la Brigada Antiatracos que le había atendido no tenía nada que ver con los que habían machacado a su difunto padre cuando estuvo preso después de la guerra, pero aun así le costaba hacer ciertas confesiones, sobre todo si se tenía en cuenta que podían estar relacionadas, precisamente, con su entorno familiar. No obstante, tampoco podía callar del todo. Sabía adónde tenía que ir para dar cuenta de sus sospechas.


Pocos días más tarde, un sorprendido Manuel Rojas recibía una llamada de Iñaki Telletxea. Le preguntaba si tenía la tarde libre y si, en ese caso, podía pasarse por la redacción. Rojas contestó afirmativamente a ambas preguntas, un tanto intrigado. La única relación que había mantenido con ese periodista había sido como consecuencia de la investigación del asesinato de Tomás Zubía, pero tanto si había sido producto del exceso profesional de un navajero como de alguna oscura venganza relacionada con su pasado como espía, no sabía qué podría decirle.

Tomó asiento en el mismo lugar que la vez anterior y, tras los saludos protocolarios, le preguntó a su interlocutor por el motivo de la llamada.

– Creo que puedo ayudarle a resolver el asesinato de Tomás Zubía. Podría haberse producido una extraña coincidencia, pero creo que tengo una pista.

– ¿De qué se trata? -preguntó, expectante, Rojas, extrañado y sorprendido a partes iguales.

– Lo primero que tiene que hacer es prometerme que no habrá ningún tipo de problemas para la persona que está implicada en lo que voy a contarle.

– No puedo prometérselo rotundamente sin conocer la historia, pero intentaré ser lo más benévolo posible.

– Con eso será suficiente por ahora, ya que en el fondo tampoco ha hecho nada excesivamente reprobable y, a través de mí, está colaborando con ustedes. La historia es la siguiente. Hace unos días, por miembros de la Policía Nacional, se procedió a la detención de un yonqui que, en pleno mono, estaba atracando a una señora. Tuvo la mala suerte de que esa señora tuviera un temple y una fuerza que para sí quisieran muchos de los geos, así que si no es por la intervención de terceras personas, que le rescataron y llamaron a la policía, hubiera salido muy malparado.

»Los policías se lo llevaron detenido y al registrarle encontraron un broche con las iniciales JEL. Guiados por esto último citaron en las dependencias de la Brigada Antiatracos a un ciudadano de nombre Juan Etxaburu Lejarza, que había sufrido un atraco similar, pensando, con total lógica, que pudiera ser el propietario del broche.

»El señor Etxaburu no reconoció ni al detenido ni el broche. Mejor dicho, no reconoció como suyo el broche, pero sí lo reconoció porque su madre tenía uno igual, que estaba en poder de su hermana mayor. Ese mismo día telefoneó a su hermana y ésta le tranquilizó diciéndole que seguía teniéndolo en su poder.

»Cuando hubo confirmado lo anterior me llamó a mí. Sabía que estaba interesado en la historia del nacionalismo vasco anterior a la guerra civil así como en los hechos producidos en ésta, y pensó que pudiera interesarme y, tal vez, encontrar al auténtico propietario.

»Creo que es el momento de añadir que el broche en cuestión, aparte de que es de oro, tiene para sus poseedores un elevado valor sentimental. Pertenece a una partida de veinticinco que otros tantos jóvenes, afiliados a la Juventud Vasca de Bilbao, organización juvenil relacionada con el PNV, encargaron para regalar a sus novias con motivo del primer día de San Valentín que se celebró en plena guerra. Un gesto cursi visto con ojos actuales, pero que en aquella situación tenía un significado muy diferente del que hoy se puede dar a un acto así.

»Aunque sólo eran veinticinco los broches, no me ha sido posible seguirles la pista a todos, y más si se tiene en cuenta que no se trata directamente de mi especialidad; por eso no estoyo seguro al ciento por ciento de a quién pudiera pertenecer el broche que se requisó al detenido sobre el que le he hablado anteriormente, pero una cosa sí puedo asegurarle. Uno de los broches lo encargó Tomás Zubía, la persona cuyo asesinato está usted investigando. Quizá sea una pista falsa, pero tal vez valga la pena considerarla.


Esa misma tarde, tras comprobar que el juez de guardia había dejado en libertad a Antonio Jalón, se dio orden de busca y captura. Una semana después, ya detenido, confesó su participación en la muerte de Tomás Zubía, pero no pasó directamente a las dependencias judiciales. Llamado por el comisario Manrique, Frank Gómez se personó en Jefatura y solicitó que se le entregara al detenido. Las protestas de Rojas sobre el atentado a la soberanía nacional fueron calladas tras enseñarle una orden firmada por el propio ministro del Interior.

Frank Gómez sabía lo que quería y tenía paciencia. En el caserío que había alquilado en Sopelana y que se encontraba totalmente insonorizado sólo tuvo que esperar a que el síndrome de abstinencia se le hiciera insoportable a Antonio Jalón para que éste contara todo lo sucedido, incluyendo la historia de los dos hombres que le contrataron para matar al viejo aquél.

Cuando oyó esto último, el americano acercó dos fotografías a Antonio y le preguntó si los reconocía.

– Sí, son ellos; son los tíos que me dieron el caballo con la condición de que matara al viejo. Es la verdad, le he dicho todo lo que sé, ahora, por favor, por favor, no aguanto más… -finalizó retorciéndose bajo los efectos del mono.

– Tranquilo, chaval, tranquilo, que tus problemas se van a acabar -dijo con su fuerte acento yanqui Frank Gómez mientras le acercaba una pistola a la nuca y apretaba el gatillo.


Goldsmith-Gómez aprovechó la oscuridad de la noche y el aislamiento del caserío para enterrar el cuerpo de Antonio Jalón. No se consideraba un asesino, pero asumía que en su trabajo tenía que hacer, de vez en cuando, ciertas cosas que horrorizarían a los burgueses bienpensantes. Entró en la vivienda y se sirvió una generosa ración del whisky que destilaba clandestinamente Cameron DeFargo. Acababa de ejecutar al asesino material de Tomás Zubía, a la persona que había empuñado la navaja, pero todavía no estaba cerrado el caso, aún quedaba arreglar cuentas con los inductores. La clave estaba ahí, en el CD-Rom que le había dado DeFargo. El viejo aristócrata no había podido sobreponerse, pese a sus alegaciones acerca de que era analfabeto en ese aspecto, a la vanidad de grabar sus palabras informáticamente. Goldsmith lo había descubierto al acceder a una de las cartas que Tomás Zubía había dirigido al propio DeFargo. Cogió los auriculares y se puso a escuchar la voz del hombre que le había dado la orden de vengar a su antiguo jefe.


INTRODUCCIÓN A LA CARTA Nº 5 REMITIDA POR TOMÁS ZUBÍA A CAMERON DEFARGO. HABLA CAMERON DEFARGO.


Estimado James:

Si sospechas que te oculto algo, tienes razón en cierto modo, pero te aseguro que lo fundamental del caso se encuentra aquí, en este CD-Rom inventado por el diablo pero que tiene su utilidad, no lo niego, y que me permite esta pequeña travesura: la de hablarte a través de un disquete que se supone que te tiene que informar básicamente sobre Tomás Zubía. Aunque puedes saltar de una información a otra a tu libre albedrío, sé que eres extremadamente ordenado y concienzudo y que, por lo menos en una primera lectura, irás recabando la información en su orden cronológico. Por eso, antes de que leas la quinta carta personal que me envió, quiero hacerte un breve comentario sobre el asunto. Tal vez te parezca que está de más, y posiblemente tengas razón, pero quizá este añadido aclare cosas que hoy, por sabidas y evidentes, nos parecen tremendamente obvias y poco importantes, pero que en aquella época, en la que ignorábamos cuál sería el devenir de los acontecimientos, cobraban otro significado.

Cuando Zubía regresó a Madrid sabía más de lo que nunca había pensado que llegaría a saber, aunque eso no le llenaba de felicidad. Desde el instante en que aceptó trabajar para nosotros como agente infiltrado en las filas enemigas -o, dicho sin eufemismos, como espía-, sabía a lo que se arriesgaba, pero no le importó. Solía decirme que hay momentos en la vida en los que es necesario tomar decisiones drásticas y él nunca evadió esos momentos. Pero aquello era mucho peor. Su fracaso podía significar la pérdida de la guerra o, en el mejor de los casos, su prolongación, con la consecuente extensión de los sufrimientos de la población y de los desastres y horrores que toda guerra origina. Parece una exageración pero ahora, con el transcurso de los años que siempre sosiegan los pensamientos, estoy convencido de que las palabras que estoy pronunciando en estos momentos son totalmente fieles a la realidad, por lo menos a la realidad que nosotros vivimos.

Debo reconocer que hizo un amago de renuncia, pero sabía de antemano que no se le iba a admitir. En aquellos momentos era el único agente que había conseguido contactar y ganarse la confianza de los alemanes en Madrid. Porque en Madrid estaba la clave del futuro de la contienda bélica o, por lo menos, una de las claves más importantes.

Hoy en día todo el mundo conoce, o puede conocer, lo que fue el Proyecto Manhattan y lo que supuso para los esfuerzos bélicos, pero entonces era uno de los secretos de Estado mejor guardados. Muy poca gente tenía acceso no ya a lo que significaba, sino a su propia existencia siquiera, y para quien revelaba algo, por mínimo que fuera, no había detención y juicio. Se le ejecutaba al momento sin más dilación. Así estaban las cosas y, sin embargo, quienes teníamos el poder de decisión, y,en mi caso un poder más bien limitado como puedes comprender, echaron sobre sus hombros la carga de ese secreto, con libertad absoluta para administrarlo en el caso de que lo considerara necesario para el triunfo de su misión.

La clave estaba en quién conseguiría llevar a cabo con anterioridad la construcción de una bomba basada en la fusión del uranio, lo que popularmente se conoció como bomba atómica y que posteriormente ha generado el horror del armamento nuclear. En aquellos años había muy pocos científicos capacitados para trabajar en estas cuestiones y la mayoría de ellos, incluyendo a quien ha sido considerado como el genio científico del siglo XX, trabajaban para los aliados, pero se creía que un físico belga de origen flamenco, Ronatd De Schöenmaker, si no afín a los nazis sí totalmente indiferente a la política, estaba trabajando también en su desarrollo con el apoyo del régimen hitleriano. Si esto era así, neutralizarlo se convertía en un objetivo prioritario, pero antes, costara lo que costase, había que localizarle.

La revelación hecha por Zubía, acerca de la petición efectuada por el coronel Vonderschmidt con el fin de que participara en una operación para conseguir uranio, avaló esa sospecha de los altos mandos ya que se suponía, con buen y lógico criterio, que el coronel de las SS no necesitaba ese producto para su propio uso, sino para el del gobierno al que servía. Otro dato importante era que el coronel estaba destinado como jefe y enlace de sus servicios en Madrid.

Si los alemanes estaban intentando superar a los aliados en la carrera para obtener ese armamento que parecía un contrasentido calificarlo de vital, aunque lo fuera, precisamente por ser letal, España era, como todos los indicios parecían señalar, el lugar idóneo para ubicar las instalaciones adecuadas. Por razones de seguridad, no podían establecerse en Alemania ni en ninguno de los países del Eje que participaban en la contienda a su favor, en unos momentos en que los aliados habían tomado la iniciativa y no eran infrecuentes los bombardeos de objetivos e instalaciones militares. Por otra parte, necesitaban contar con la complacencia de un régimen político afín y que les debiera favores, pero que no participara en la guerra y que tuviera la ventaja de no estar demasiado alejado territorialmente de la propia Alemania. Portugal estaba descartado porque, pese a ser una dictadura conservadora, Salazar no era germanófilo, sino más bien anglófilo, en la línea tradicional de su país. Sólo quedaba como opción válida el régimen del general Franco, que de este modo se haría perdonar su negativa a entrar de lleno en la guerra.

Por lo tanto, parecía evidente que si los alemanes habían levantado una fábrica para construir la bomba definitiva, esa fábrica estaba en España, y si la fábrica estaba en España ahí es donde había que buscar al doctor De Schöenmaker y a todo su equipo. Ése iba a ser, a partir de entonces, el objetivo de Tomás Zubía, y todo quedaba supeditado a su consecución. Pero voy a dejar de grabar en esta máquina infernal porque me estoy volviendo ronco, así que si quieres más información pulsa el ratón; por cierto, menuda palabra que usan para denominar este artefacto, uno de los más asquerosos mamíferos que creó Dios, y pasa, si lo crees conveniente, a leer la quinta carta que me envió tu antiguo jefe.


CARTA Nº 5 (REMITENTE: TOMÁS ZUBÍA. DESTINATARIO: CAMERON DEFARGO)


Estimado Cameron:

A pesar de mis dudas y, ¿por qué no admitido?, de mis miedos, creo que estamos en el buen camino. Como ya conoces, al día siguiente de mi vuelta a España concerté una entrevista con el coronel Vonderschmidt. No sé cómo tendría la agenda de repleta, pero accedió a reunirse conmigo a la hora que yo mismo fijé. Cuando entré en su despacho me recibió sonriendo. Después de saludarme e interesarse por mi estado de salud y por lo aburrido del largo viaje, entró en materia.

– ¿Cómo ha ido todo? ¿Puedo llamar a Berlín para decirles que te condecoren por el resultado de tu misión o es aún prematuro?

– Aún es prematuro, pero que vayan grabando mis iniciales en la medalla porque he dejado las cosas bien encaminadas. Sin embargo, puede haber problemas.

– ¿Problemas? ¿Qué tipo de problemas? -preguntó Vonderschmidt sin perder su presencia de ánimo.

– De ese tipo de problemas que te llevan a la tumba. Cuando regresé a México inicié mis contactos a través de las empresas que controla mi familia -le dije, ocultando cuál era mi «familia» en este asunto, lógicamente-, utilizando aquellas que pensé que serían las adecuadas. Pese a que me habías apercibido de lo importante de la misión y a que tomé extremadas precauciones, la persona que elegí para que iniciara las gestiones pertinentes, un mexicano indígena de etnia tzotzil, es decir, alguien no sospechoso de simpatizar con la causa, pareció muerto con un orificio de bala en la cabeza. La policía no pudo averiguar nada y, según mis contactos, tampoco los servicios de inteligencia del gobierno, aunque de todos modos no había ningún dato que pudiera relacionarme con un indio llamado Fidel Ruiz Sánchez, pero eso me obligó a extremar aún más mis precauciones.

»A pesar del peligro evidente, decidí llevar las gestiones en persona y, para eso, abandoné México y me fui a Canadá, donde también tenemos intereses económicos. Los estadounidenses se fían más de los canadienses que de los mexicanos, así que tienen la guardia más baja frente a ellos, por lo que a través de mis testaferros en ese país, entre ellos, un alto cargo del gobierno, conseguí introducirme en los círculos convenientes. Ahora sólo nos queda esperar que nos avisen para proceder al intercambio. Te advierto que he tenido que adelantar dinero, mucho dinero.

– Ya sabes que eso no constituye ningún problema. Se te devolverá todo y por triplicado además.

– No, no se trata de eso. Me gusta el dinero, como a todo el mundo, y quizá más que a muchos, pero puedo desprenderme con facilidad de cantidades que no juntarían mil personas en toda una vida de trabajo. Así que, por esta vez y sin que sirva de precedente, podéis considerar que los gastos que he realizado son un donativo para el triunfo de la causa. Es otro el pensamiento que me preocupa.

– Dime.

– Creo que no me dijiste toda la verdad. Escúchame un momento antes de decir nada -añadí al ver que se disponía a hablar-. No te lo digo como un reproche porque posiblemente yo en tu caso habría hecho lo mismo, pero estoy convencido de que hay algo más de lo que me comentaste. Tras la muerte de mi colaborador, muerte que por otra parte no he llorado, hice unas averiguaciones por mi cuenta y he llegado a saber o adivinar que si el uranio es necesario no se debe a sus aplicaciones industriales, sino más bien a otras implicaciones relacionadas directamente con el esfuerzo bélico.

Sabía que me la estaba jugando, pero creí conveniente actuar con audacia para conseguir estrechar cada vez más los lazos que me unían al coronel, y mi experiencia anterior me indicaba que el alemán era susceptible a esos gestos, aunque seguramente más que admiración ante mi insolencia lo que había en el interior de Reiner Vonderschmidt era una lucha entre el deseo de pegarme un tiro allí mismo y la opción de escucharme hasta el final y pegarme el tiro cuando acabara. Sin esperar a que tomara una decisión, continué deslizándome por la cuerda floja y seguí con mi discurso.

– A pesar del peligro evidente -le dije-, proseguí mis esfuerzos para coronar con éxito la misión. Y lo he conseguido, por eso estimo que estoy en el derecho de hablarte como te estoy hablando. Sin ninguna vanidad por mi parte, tienes que reconocer que mi trabajo ha sido importantísimo para que, por fin, podamos triunfar en esta guerra. Y esto es lo que quiero que se me reconozca. Quiero participar en esta nueva fase de la guerra. No quiero dinero ni otro tipo de prebendas u honores. Quiero que dentro de unos años, cuando los libros de historia hablen del final de la guerra, se diga que sin la colaboración de Javier de Ithurbide, heredero de la corona imperial mexicana, no hubiera sido posible el triunfo de los valores del nacionalsocialismo. ¡Es mi derecho y por eso lo exijo!, porque también para mí el honor se llama lealtad.

Cuando cerré la boca la sentía reseca y pastosa. Tenía mis dudas sobre si había actuado cuerdamente o no, pero la apuesta estaba encima de la mesa y no podía retroceder. Ahora era Vonderschmidt quien tenía que decidir si estaba jugando de farol o tenía todos los ases en mis manos, y reaccionó de un modo silencioso pero elocuente. Se levantó de su silla y, acercándose a mí, me dio un abrazo de oso que duró por lo menos cinco minutos. Acababa de obtener mi primera victoria en ese juego, pero el miedo no ha abandonado todavía mi cuerpo. Sé que de nada me habrá servido ganar esta batalla si perdemos la guerra y pienso que habéis echado sobre mis frágiles hombros una gran responsabilidad, Cameron. Pero el baile se ha iniciado y no me queda más remedio que seguir el compás. Quiera Dios que las cosas no se tuerzan y al final logremos nuestro objetivo.

Mientras tanto, recibe un fuerte abrazo de alguien que está solo y al que sólo el recuerdo de sus amigos y seres queridos, de su patria y sus ideales, le dan la fuerza necesaria para aguantar sin desfallecer.


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Cuando Iñaki Artetxe fue a buscar su automóvil no quedaba nadie en el caserío. Efectuado un examen minucioso, tanto del edificio como de los alrededores, parecía como si en mucho tiempo no hubiera andado nadie por allí, mucho menos una secta al completo. Si no hubiera estado en ese lugar el día anterior, él mismo pensaría que su relato era una alucinación o un sueño.

Una vez recuperado el vehículo, pasó por la Comandancia de la Guardia Civil. Dos horas de interrogatorio le aumentaron la jaqueca que había empezado a notar nada más despertarse, pero por lo menos prometieron dejarle momentáneamente en paz, aunque «si recuerda algo que no nos ha dicho, convendría que nos llamara».

Una cosa buena había salido de su aventura del día anterior: su convencimiento de que estaba en el buen camino. En caso contrario, ¿a qué venía el maniatarle y llevarle de paseo dentro del maletero de un coche? El problema era retomar la pista.

Antonio Alférez no estaba en el club, pero le informaron de dónde podía encontrarle a esas horas. La Universidad de Deusto apenas había cambiado desde que él iniciara sus nunca acabados estudios de Filosofía, antes de que decidiera ingresar en la policía autónoma, y en los merenderos, como se denominaba a una de las áreas preparadas teóricamente para el silencioso estudio, seguía habiendo numerosas tertulias que ayudaban a mantener un agradable ambiente académico. El amigo de Begoña estaba sentado con un libro abierto entre las manos mientras intentaba convencer a una compañera de que, por un día de estudio que perdieran, no iban a verse afectados los resultados de los exámenes. Cuando notó posarse sobre su hombro la mano de Artetxe y volvió la cara hacia él se le petrificaron los ojos.

– Hombre, mi amigo Antonio -dijo Artetxe-. Te he visto de lejos y me he dicho a mí mismo: ¿Qué mejor momento que éste para pagarle la cerveza que le debo? Venga, deja de estudiar y acompáñame al bar. Los dos solitos -añadió.

Como un cordero al que conducen al matadero, Antonio Alférez siguió mansamente a Iñaki Artetxe hasta el bar de la Universidad. La mayoría de las mesas estaban desocupadas, así que tomaron asiento en la que estaba más alejada tanto de la puerta como de la barra. Con sus dos jarras sobre la mesa parecían ser dos viejos conocidos que charlaban sobre lo divino y lo humano.

– Estuve viendo a tu amigo Marcos Ruiz, ¿sabes?, y por poco me mata.

– Yo no sé nada de eso, se lo juro.

– Bueno, no tiene importancia. Igual le avisaste de mi llegada o igual no tienes nada que ver, pero me da exactamente lo mismo. Tú, para mí, no eres más que una mierda pinchada en un palo de la que si me es útil me olvidaré cuanto antes mejor, pero sólo si me es útil. ¿Me entiendes?

– Ya le dije todo lo que sé.

– Nadie dice nunca todo lo que sabe -respondió Artetxe meneando tristemente la cabeza-, todo el mundo deja siempre algo en su armario, pero te repito que lo que pasó ayer no importa, importa lo que me puedes decir hoy. Marcos Ruiz ha desaparecido del caserío, pero sigo necesitando encontrarle. ¿Qué me puedes decir?

– Nada.

– Mira, Antonio, yo te comprendo; si estuviera en tu lugar también lo negaría todo, pero no estoy en tu lugar, ¿comprendes? He sido ertzaina y ahora trabajo como detective y, a pocas novelas policíacas que hayas leído, sabrás que los detectives caemos muy mal a la policía oficial; por eso, para congraciarnos con ellos, de vez en cuando les pasamos información para que detengan a delincuentes y se luzcan. Si yo hubiera sacado algo en claro de Marcos Ruiz, habría entregado su cabeza puesta sobre una bandeja de plata al Grupo de Estupefacientes de Bilbao y todos me habrían dado una palmadita en la espalda, pero, como por lo que parece ser, Marcos Ruiz se me ha escapado, tú eres lo único que tengo. Ayer, un comandante de la Guardia Civil me amenazó con sacarme de la circulación, y si eso ocurre, ¿de qué van a comer mis tres ex mujeres y mis siete hijos? Así que tú verás. O les entrego a Marcos Ruiz o les entrego a Antonio Alférez.

– Eso es un vulgar chantaje.

– En efecto, así que tú decides. La cabeza de Marcos Ruiz o la cabeza de Antonio Alférez.

– Siempre se sale con la suya, ¿verdad?

– ¡Ojalá fuera eso cierto! Simplemente me limito a hacer mi trabajo.


Antonio Alférez no sabía dónde encontrar a Marcos Ruiz, pero sí sabía dónde encontrar a su novia -o lo que sea de él, añadió-, que vivía en Las Arenas, en un ático de la calle Santa Ana. El edificio era nuevo y los materiales con los que había sido construido, de primera. Seguramente el ático había costado un pastón. El gurú de Bakio debía de codearse con gente importante.

El ascensor hacía menos ruido al moverse que el que podía escucharse en un monasterio cartujo, y en su interior podría haberse celebrado una boda. La vivienda de la novia de Marcos Ruiz ocupaba todo el ala derecha y hacia allí encaminó sus pasos Iñaki Artetxe cuando salió de él. Desde que pulsó el timbre hasta que la puerta se abrió transcurrieron escasos segundos. En el interior de la casa, una mujer totalmente desnuda y con la mirada extraviada le agarró de la mano y, casi a la fuerza, le obligó a entrar.

Dentro, el olor a marihuana era asfixiante, superaba con creces al del incienso en los templos hindúes. Después de su primera sorpresa, Artetxe reconoció a la chica. Era la morenita de ojos verdes que le había recibido en el caserío y que luego le había rociado los ojos con aerosol. Tenía un cuerpo menudito pero apetecible, con el negro pelo cortito y unos pechos pequeños pero erectos. Además, estaba totalmente fumada. Artetxe no sabía qué hacer, si volver en otro momento o quedarse a ver cómo evolucionaban los acontecimientos. Iba a elegir lo segundo, pero no fue necesario, ya que la morenita decidió por él al empujarle contra un mullido sofá y montar encima de él, mientras le abría la bragueta.

– Héctor, mi amor, sabía que eras tú; sabía que ibas a venir, mi amor, amor, amor, amor, amor… Héctor, mi amor, dámelo todo, mi amor, amor, amor…

Si algo tenía claro en ese momento Iñaki Artetxe es que Héctor no era su segundo nombre de pila y, aunque no estaba muy seguro de ello, posiblemente tampoco lo era de Marcos Ruiz. Cuando su músculo más juguetón estaba entre las manos de la morenita dio un salto y se zafó de su suave presa. Estaba sudando pese a que no se había movido. Indudablemente este recibimiento era mejor que la despedida del otro día, pero le había entrado miedo. No estaba allí para hacer el amor con una mujer drogada, sino para averiguar los motivos últimos de la muerte de Begoña González. Además, podía ser una trampa. Sólo faltaría que le acusaran de violación. No pensaba en esto último seriamente, ya que la chica tendría que ser muy buena actriz para aparentar, sin estarlo, el grado de intoxicación que llevaba encima, pero más le valía prevenir que lamentar.

Cuando golpearon la puerta y oyó gritar «policía», el corazón le dio un vuelco. Como pudo la enfundó en una bata de seda que encontró en un armario y fue a abrir la puerta. El ver a la policía municipal le tranquilizó un poco.

– ¿Qué desean? -preguntó.

– Lamentamos molestarle -contestó uno de los dos policías, el de más rango-, pero hemos recibido una denuncia por escándalo y ruidos superiores a lo tolerable.

– Entiendo, miren, mi novia acaba de recibir una mala noticia por teléfono y se está comportando de un modo extraño. Quizá de ahí provenga la confusión.

No había acabado de pronunciar estas palabras cuando la morenita, que se había desprendido de la bata, se acercó a la puerta.

– ¿Qué ocurre, cariño? Di a esos hombres que se vayan y cógeme entre tus brazos.

– En seguida, espera un momento. Mira, hablo un poco con los señores y ahora vuelvo. Vete abriendo la cama -añadió con lo que pretendía ser un guiño erótico. Luego, dirigiéndose a los municipales-: Lamento lo que ocurre. Si lo prefieren, me traslado con ustedes a la comisaría y allí me explico mejor.

– No es mala idea, pero ¿será prudente dejar sola en casa a su novia?

– Sí, no habrá ningún problema. Como consecuencia de la noticia se ha tomado tres cubalibres seguidos, así que lo más probable es que en cuanto abra la cama se quede totalmente dormida.

– De acuerdo, entonces. Acompáñenos, por favor.

La estancia en comisaría no se prolongó demasiado. El sargento de los municipales le dijo que no era nada raro que una de las vecinas de la chica pusiera denuncias a todo el mundo y por cualquier motivo.

– Pero es tía de un concejal, así que denuncia que pone, denuncia que tenemos que atender. Lo lamento, y estése tranquilo. Si no le importa pasamos a máquina la declaración, nos la firma, la archivamos y hasta otra.

Mientras el sargento e Iñaki Artetxe esperaban a que se transcribiera la declaración, un policía irrumpió en la oficina y preguntó al primero si era él quien acababa de venir de un ático de la calle Santa Ana.

– Sí, en efecto. ¿Por qué?

– La chica que vivía allí acaba de saltar por la terraza. Ha muerto al instante.


28

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Aquella mañana del mes de octubre no se presentaba muy gratificante para el inspector Rojas. Por de pronto, nada más llegar a las oficinas del Grupo, tuvo que pelearse con la máquina de escribir para redactar un aburrido informe sobre un asunto rutinario. No había acabado de redactar el escrito cuando entró, todo sonrisas, la rutilante estrella del Grupo, el protegido del comisario Manrique, el inspector Merino, en suma.

– Caramba, Manolo, qué madrugador te veo, y convertido en un auténtico chupatintas, por ende.

El «grrr» que recibió por contestación, seguido de un igualmente expresivo «brmmm», no desanimaron a Merino, imbuido totalmente del espíritu de alma de la fiesta.

– Tranquilo, chaval, que vengo a rescatarte. Levanta el culo de ese polvoriento asiento y sal a la calle, que el crimen nos espera. Se ha cometido un asesinato y tienes que hacerte cargo del caso.

– Bueno, ¿de qué se trata? -preguntó Rojas, dejando de teclear en la máquina e interesándose, muy a su pesar, por las últimas palabras de Merino.

– Una mujer que acaba de matar a su marido, la muy bestia. Como sigamos dejando que las feministas hagan lo que les sale de los ovarios no sé hasta dónde vamos a llegar, y que conste que no soy machista, ¿eh? Ha ocurrido esta mañana, en Orduña. La Guardia Civil se ha ocupado del caso, pero desde el Gobierno Civil nos han dicho que hagamos nosotros las diligencias. Últimamente se han vuelto muy formalistas, ya sabes.

– Sí, ya sé.

Claro que sabía. En vez de trabajar en aquello que era interesante y prioritario, le seguían enviando a realizar trabajos aburridos en los que lo único que podía demostrar era que hacía muy bien los recados. Pero era su trabajo y no le quedaba más remedio que hacerlo. Además, para acabar de rematar la faena, ese día había huelga en el transporte de pasajeros, por lo que la carretera estaba colapsada. Tardó tres veces más de lo habitual en llegar a su destino, con una mala leche considerable y un gasto de gasolina que intuía irrecuperable.

En el cuartelillo de los civiles estaban esperando su llegada. El sargento Arjona, su panzudo comandante de puesto, le hizo pasar al cuchitril que tenía por oficina y le hizo un breve resumen de lo ocurrido.

– Como ves -dijo para finalizar-, el asunto está claro. Una señora que se ha hartado de su marido y en lugar de divorciarse, cosa que no está bien vista por la Iglesia -añadió entre grandes risotadas-, decidió acabar con él de una santa vez. Yo casi prefiero el divorcio.

– Me gustaría ver las diligencias que habéis hecho y entrevistarme con la mujer.

– Por supuesto, lo tenía todo previsto. Aquí tienes las diligencias; en cuanto a la mujer, está aquí mismo, en nuestros calabozos. Cuando acabes la lectura te llevaremos junto a ella. Tengo que salir, así que quédate en el despacho con toda tranquilidad. No hay ninguna prisa por nuestra parte.

Rojas agradeció la invitación y, tomando posesión de la silla del sargento, que era mucho más cómoda de lo que sus costurones sugerían, se puso a leer las diligencias llevadas a cabo por los efectivos de la Guardia Civil.


En Orduña, provincia de Vizcaya, siendo las seis treinta horas del día de la fecha, se recibió en este puesto de la Guardia Civil una llamada telefónica de quien dijo llamarse Presentación Aldana Cuenca, quien comunicó que su marido yacía muerto y asesinado. Personados en el domicilio de la susodicha el sargento Ceferino Arjona Gutiérrez y los guardias Andrés Gómez López, Nicasio Torres Rey y Ángel Cabrero Pérez, comprobaron cómo en el dormitorio principal de la vivienda se encontraba el cadáver de quien resultó ser don Eladio Ortiz Ortiz, marido de la denunciante, el cual tenía la cabeza destrozada y empapada en sangre. Junto al cadáver, aunque tirado en el suelo, se hallaba un garrote de madera lleno de sangre, que al parecer había sido el arma utilizada para causar la muerte del finado. Avisado el señor juez de paz de Orduña, a las siete horas y cinco minutos se procedió al levantamiento del cadáver, ordenándose por Su Señoría la confiscación del arma homicida así como la detención y puesta a su disposición en los calabozos de este puesto de doña Presentación Aldana Cuenca. Firman el presente atestado el sargento Ceferino Arjona Gutiérrez como instructor y el guardia Andrés Gómez López como secretario, en Orduña, provincia de Vizcaya, a 3 de octubre de 1993.


Se detuvo un momento para prepararse un café en la mugrienta cafetera del sargento Arjona -por lo menos tenía cafetera- y continuó leyendo.


Acta de ampliación de diligencias. En Orduña, provincia de Vizcaya, siendo las siete horas y cincuenta minutos del día de la fecha, en las dependencias de este cuartel de la Guardia Civil, y actuando como instructor el sargento Ceferino Arjona Gutiérrez y el guardia Andrés Gómez López como secretario, a la vista de lo actuado en la diligencia de inspección ocular ya reseñada, se considera pertinente interrogar a la viuda del fallecido, la cual voluntariamente declara lo que sigue:

Que su nombre y filiación completa es Presentación Aldana Cuenca, natural de Quintana Martín Galíndez, en la provincia de Burgos, nacida el 13 de enero de 1945, hija de Ambrosio y María, de profesión sus labores, con domicilio en Orduña, provincia de Vizcaya, calle Mayor, nº 3, 2º izquierda.

Que ha sido ella la causante del fallecimiento de su difunto marido, don Eladio Ortiz Ortiz.

Que los hechos sucedieron alrededor de las diez de la noche del día anterior.

Que ella se encontraba en la cocina, planchando, cuando entró su marido, borracho como era habitual en él, insultándola y golpeándola en la cabeza y otras partes del cuerpo.

Que al verla caída en el suelo como consecuencia de los golpes la arrastró hacia el dormitorio matrimonial donde, a la fuerza, intentó que la declarante cumpliera con el débito conyugal.

Que al negarse la declarante a satisfacer los deseos de su marido, volvió a ser golpeada con saña por éste.

Que desesperada e histérica, sin darse cuenta ni comprender muy bien lo que hacía, cogió un garrote que su marido guardaba en la habitación por miedo a los ladrones y empezó a golpearle con él.

Que cuando paró de golpearle se dio cuenta de que le había matado, aunque nunca fue ésa su intención.

Que si no llamó antes a este puesto de la Guardia Civil no fue para ocultar nada, sino porque perdió la razón como consecuencia del hecho y hasta el momento en que ha procedido a efectuar la llamada no se había recuperado.

Que todo lo que ha dicho es la verdad, no teniendo nada que añadir.

Cerrada que es la declaración estampa en la misma su huella digital, por no saber firmar, en conformidad con lo transcrito, en compañía de los señores instructor y secretario, en Orduña, provincia de Vizcaya, a 3 de octubre de 1993.


Aprovechando que el sargento Arjona no había vuelto de efectuar su ronda -posiblemente había muchos bares en los que parar-, Rojas habló a solas con la detenida, que confirmó lo ya declarado, sin añadir ni quitar una coma. Examinó también el arma con la que se había perpetrado el crimen. Era un garrote fuerte y sólido. Parecía mentira que la acusada hubiera podido blandirlo hasta causar la muerte de su marido, pero no era tan extraño que alguien poseído por la ira y la exasperación sacara más fuerzas de las que aparentemente cualquiera le hubiera adjudicado. Continuaba bañado en sangre y no había ninguna duda acerca de su utilización en el asesinato. Posteriormente se acercó al Juzgado, donde también le permitieron leer las diligencias. Todavía no se había practicado la autopsia al cadáver, pero el informe previo del médico corroboraba las causas de la muerte apuntadas en el atestado. El propio juez le indicó que ese mismo día iba a enviar las diligencias al juez de Instrucción competente, pero que parecía un asunto bastante claro. Antes de despedirle le pidió un favor.

– El fallecido tenía un hijo, Antoñito, y todavía no hemos tenido tiempo de comunicarle lo sucedido. Bueno, en realidad sí hemos tenido tiempo -sonrió avergonzado-, pero todavía no se lo hemos dicho, es un asunto tan delicado y le conocemos desde hace tanto tiempo… Ya sé que es mucho pedir, pero como usted es un inspector de Homicidios y no tiene ninguna relación de amistad con el chico, quizá no le importe decírselo.

Sí le importaba, ya que esas situaciones no eran plato de buen gust,o para nadie, pero se hizo cargo de los razonamientos de su interlocutor y accedió. El juez le dijo que el muchacho salía todas las mañanas temprano de casa para trabajar en un pueblo cercano, en un taller de carpintería propiedad de un amigo de la familia, Efrén Ruigómez. El pobre Antoñito, le aclaró el juez, era deficiente psíquico, pero su atraso mental no le impedía tener cierta habilidad manual de la que estaba orgulloso y que le permitía ser útil de alguna manera, además de ganarse unas escasas pesetas. Trabajaba de sol a sol y, aunque posiblemente le engañaban en el sueldo, su madre pensaba que era mejor eso a que anduviera haraganeando por el pueblo sin hacer nada y siendo objeto de la burla de sus paisanos. Por lo menos, al ser capaz de trabajar, sus vecinos, aunque no le consideraran del todo normal, sí le tenían cierto afecto.

Antoñito, según el juez, era de costumbres fijas, así que Rojas se acercó al bar Kepa, donde seguramente estaría jugando al billar y bebiendo Fanta de naranja. Si el juez de paz hubiera descrito físicamente a Antoñito, Rojas no habría necesitado preguntar por él como hizo, ya que el tal Antoñito, como se le llamaba en el pueblo, era un hombretón de metro noventa de estatura y ciento veinte kilos de peso. Con paso lento y cansino, Rojas se aproximó al objetivo, dispuesto a cumplir la difícil misión encomendada.

– Hola, tú eres Antoñito, ¿verdad? -preguntó sabiendo que lo era, pero de algún modo tenía que romper el hielo.

– ¿Quién es usted? ¿Le envía el señor Efrén? Dígale que lo siento mucho, que me perdone, que no lo volveré a hacer más.

– ¿Qué es lo que no vas a volver a hacer?

– Faltar al trabajo. Mire, señor, dígale que mañana trabajaré todo el día, pero que no me castigue, por favor -dijo mientras por sus ojos de niño asustado empezaban a correrle dos rebeldes lagrimones.

– Tranquilo, soy amigo tuyo y nadie te va a castigar, pero dime: ¿por qué no has ido hoy a trabajar?

– Pues porque estaba celebrándolo, por qué va a ser -comentó extrañado de que su nuevo amigo fuera tan poco espabilado y añadiendo con un brillo infantil en la mirada-: ¿Sabes?, me he tomado siete fantas. Yo solo.

– ¿Y qué estás celebrando?

– Pues qué va a ser, pareces tonto. Que ya no va a haber más golpes. Papá ya no va a pegar más ni a mamá ni a Antoñito.

Rojas le volvió a mirar, pensando que por momentos se desmoronaba el caso sólidamente construido por el sargento Arjona. Antoñito, un hombre con mentalidad de niño que medía un metro noventa y pesaba ciento veinte kilos, tenía unas manos como palas de excavadora. Para esas manos, manejar un recio garrote era tan fácil como para las del inspector agarrar un palillo.

– Quieres mucho a tu mamá, ¿no es así, Antoñito?

– Sí, mucho, mucho.

– Por eso, cuando viste que tu papá la golpeaba cogiste el garrote y la defendiste. -Se sintió como un canalla al decirle esto, pero ya no podía echarse atrás.

– Sí, eso es lo que hice, aunque mamá se asustó y se echó a llorar -respondió entristecido-. Pero yo lo hice por su bien, ¿sabes? Ella, algunas veces, cuando me echa una bronca, me dice que es por mi bien y yo la creo, porque es una mamá muy buena. Por eso creo que se le pasará el enfado. ¿Tú crees que se le pasará?

– Seguro que sí. Mira, vamos a hacer una cosa. Mamá ha tenido que salir de casa, así que si quieres puedes acompañarme a la del sargento Arjona. ¿Conoces al sargento Arjona?

– Claro que sí -dijo palmoteando feliz-. Es un guardia civil muy raro porque nunca me ha pegado, aunque me suele gastar bromas, pero también me suele dar galletas de chocolate.

– ¡Vamos, vamos pronto! -añadió tirándole de la manga de la chaqueta.

El sargento Arjona cumplió con su obligación soltando a la madre y encarcelando al hijo, pero la mirada con la que despidió al policía era de las que taladraban el alma. ¿Quién era Rojas para interferir en el sacrificio de una madre que había intentado proteger a su hijo inválido? «¡Mierda! -pensó Rojas-, soy policía y mi trabajo es detener a los asesinos, no juzgarlos.» Sí, era policía, pero a veces su trabajo le parecía muy amargo.

Intentando olvidar lo ocurrido puso la radio de su vehículo. Estaban dando las noticias del mediodía y la engolada voz del locutor iba desgranándolas una por una, con la misma entonación para un triunfo deportivo del Athlétic que para un terremoto en Colombia. Sin darle un énfasis especial comentó que la carretera se había vuelto a cobrar, ese fin de semana, la vida de dos ciudadanos vascos.

«Una mujer residente en Bilbao y su hijo de corta edad, que volvían de pasar el fin de semana en Andorra, a donde habían ido a esquiar, fallecieron ayer de madrugada al despeñarse su vehículo por un barranco. Los fallecidos son Nekane Larrondo y su hijo Asier Ferrer. Nekane Larrondo era viuda del periodista recientemente fallecido Andoni Ferrer. Familiares con los que ha podido hablar nuestra redacción manifestaron que la señora Ferrer aún no había superado la trágica muerte de su marido y que quizá eso le quitara concentración a la hora de conducir, ya que la carretera estaba en buen estado y el accidente se produjo al invadir el carril contrario y golpear frontalmente con un camión.»

Cuando a Rojas le felicitaron sus compañeros por el trabajo realizado en Orduña, todos se extrañaron de que los mandara a la mierda mientras se encerraba en su cubículo para preparar el informe.


29

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Iñaki Artetxe no podía afirmar que la chica de la secta que le había rociado los ojos con un aerosol irritante le cayera bien, pero su muerte había sido un mazazo. En primer lugar, por el simple hecho de su fallecimiento, qúe, aunque parecía accidental -él mismo había declarado ante la policía que tal y como estaba de drogada no era extraño que hubiera dado voluntariamente el salto fatal-, venía a sumarse a las muertes que directa o indirectamente relacionadas con el caso parecían surgir a su alrededor. En segundo lugar, porque se había truncado otra pista. Estaba convencido de que la chica sabía algo, pero con su muerte nunca podría conocer qué era exactamente ese algo. Quedaba su supuesto jefe, guía espiritual o novio, el mandamás de la Eterna Luz, pero en estos momentos estaría lejos de su alcance. Rojas le había dicho que se había comunicado su orden de busca y captura, pero eso no significaba nada. Antes o después le encontrarían, de eso estaba seguro, pero el cuándo era impredecible. Lo mismo le echaban el guante al cabo de tres días que de siete años, así que no merecía la pena pensar en ello por ahora.

Lo único que se le ocurría era hablar con la señora que los había denunciado por escándalo. Según los municipales con los que estuvo hablando, era muy conocida por su afición a poner denuncias a diestro y siniestro. Le falta un tornillo pero es inofensiva, añadieron. Iñaki Artetxe había conocido a más de una persona de esas características y sabía cómo tratarlas. Se imaginaba que sería una vieja entrometida y gruñona a la que presumiblemente le ahogara la soledad. Si la trataba con inteligencia, no dudaba de que le contaría todo lo que supiera.

Mirando los buzones del portal comprobó el piso en que vivía. En la cartulina podía leerse Rosario Aurtenetxe, viuda de Txomin Galparsoro. La lectura confirmó sus ideas: posiblemente sería mayor -no todas las viudas son de avanzada edad, pero hay más posibilidades a favor que en contra de que lo sean- y seguramente vivía sola.

Un desabrido «¿quién es?» sonó detrás de la puerta blindada pocos segundos después de que Artetxe pulsara el timbre.

– Soy un colaborador de la policía -contestó el detective-. Si no le produce mucho trastorno me gustaría hablar con usted sobre su vecina del piso de abajo.

– ¿Y qué quiere saber de ella? -volvió a escucharse a través de la puerta cerrada.

– Pensamos que quizá fuera una delincuente habitual y quisiéramos saber la opinión de una vecina como usted, que seguramente no aprobaba el tipo de vida de esa drogadicta.

– Tiene usted mucha razón, toda la razón del mundo -contestó doña Rosario abriendo la puerta-. Más de una vez les he llamado para decírselo, pero no me han hecho ustedes mucho caso, joven.

– Lo siento mucho, pero estamos dispuestos a enmendar nuestro error, aunque para ello necesitamos su colaboración.

– Naturalmente que sí, pero pase, pase, no se quede ahí fuera. Venga conmigo, por favor.

La dueña de la casa condujo a Artetxe por un largo pasillo hasta que llegaron a un salón en cuyo interior cabía un apartamento entero. Estaba decorado con un gusto algo antiguo: figuras de angelitos imitando el estilo rococó y todo así, pero los muebles eran de textura castellana, recios y sobrios. Artetxe se sentó en una butaca ajada por el tiempo pero totalmente cómoda.

– ¿Le apetece un té? Cuando ha sonado el timbre me estaba preparando uno precisamente.

Aunque el té no era la bebida preferida de Artetxe, asintió solemnemente al ofrecimiento, no en balde el trato con su tía Gotzone le había acostumbrado a estas circunstancias.

– Me ha comentado que es usted colaborador de la policía, ¿qué quiere decir eso? ¿Que no es usted policía?

– Sí y no -replicó Artetxe ambiguamente, mientras le enseñaba la fotocopia de su antiguo nombramiento como funcionario de la Ertzantza-. En estos momentos no estoy en nómina, pero colaboro en asuntos delicados.

– Así que ertzaina, ¿eh? Pues me alegro. Mi difunto marido, cuando la guerra, fue también ertzaina. He pedido una pensión, pero me han contestado negativamente, porque dicen que ya tengo una muy elevada de viudedad, pero a mí no me importa el dinero, sino la memoria de mi marido. ¿No podría usted hacer algo al respecto?

– Tal vez sí. Los mandos son muy receptivos con los ciudadanos que colaboran con nosotros -mintió Artetxe sin ningún rubor.

– No sabe usted lo agradecida que le quedaría si me moviera el asunto. Pero bueno, supongo que querrá explicarme lo que desea de mí, joven -dijo la señora mientras servía un humeante té en sendas tazas.

– Tenemos sospechas de que su vecina, la que falleció al tirarse por la ventana, no era trigo limpio.

– Claro que no lo era. La de cosas que podría contade yo sobre ella… -respondió como en un suspiro.

– Estoy dispuesto a escucharla -contestó Artetxe mientras se arrebujaba en su butaca, como si lanzara un inequívoco mensaje de que era todo oídos.

– Pues mire usted, esa chica, que en paz descanse y Dios sabe bien que no me gusta hablar mal de los muertos, era una auténtica viciosa. ¡A saber de dónde sacaría el dinero para el tren de vida que llevaba! No era raro verla drogada o bebida por la escalera. ¿Y los escándalos que montaba? Música a tope, tan fuerte que no me dejaba descansar, y un tránsito de gente por su piso enorme. No era nada raro verla con hombres de lo más estrafalarios. Hasta con negros la he visto. Y no me cabe duda de que hacía inmoralidades con ellos. Los tabiques de esta edificación son sólidos, pero con el triquitraque que solían tener ella y sus amiguitos se escuchaba todo. Casi ninguna noche dormía sola, la muy zorrita, y que Dios me perdone por esto último.

– No se preocupe, a la policía hay que contárselo todo.

– Sí, eso es cierto. Pues lo que le iba diciendo: le gustaba la buena vida, drogas, alcohol, hombres, música. Una vez coincidí con ella en el vídeo club y vi cómo cogía una película que tenía en la portada la foto de dos mujeres desnudas que se estaban abrazando. Desde luego, una película autorizada no era.

– Seguro que no.

– Así que no me extraña su trágico fin, y que conste que nunca le he deseado mal a nadie, pero está claro que quien la hace la paga.

– Eso mismo pensamos nosotros, señora, por eso queremos saber más de ella, sobre todo de sus amigos. Me ha dicho que solía cambiar mucho de pareja, pero ¿había alguno que la visitara con más asiduidad que los demás?

– Sí, había dos, más concretamente. Lo que no sé es si se conocían entre sí, aunque no me extrañaría nada, porque los jóvenes de ahora son así, ¿cómo se lo diría?, no les importa nada el qué dirán, no tienen ningún tipo de vergüenza y no les parece mal compartir una mujer. La verdad es que estos tiempos son un asco. Mire, joven, no es por ponerme medallas pero yo, con mi marido, hemos estado toda la vida luchando contra la dictadura de Franco, por la libertad de Euskadi, nuestra patria. Más de una vez pasamos la frontera llevando propaganda clandestina y libros prohibidos, pero esto de ahora no es lo que quería Sabina Arana, eso seguro que no. Por lo menos con Franco los vascos estábamos oprimidos, pero éramos gente decente y religiosa, aunque esta juventud de ahora me da qué pensar. ¿La chica ésa era vasca?

– No, claro que no lo era -respondió Artetxe, que no tenía ni idea del origen de la discípula de la secta de la Eterna Luz.

– Eso me imaginaba yo, aunque no crea, nuestros jóvenes tampoco llevan muy buen camino. Si nuestro lehendakari Aguirre levantara la cabeza…

– No debe desanimarse, al final las cosas volverán a su cauce y para conseguirlo necesitamos ahora más que nunca su ayuda, no puede abandonar en estos momentos-. Decididamente era idéntica a su tía Gotzone. -Ha dicho que había dos hombres que la visitaban con más frecuencia que los demás. ¿Podría describírmelos?

– Uno era un tipo muy extravagante, que decía que era sacerdote de un culto raro, el Eterno Rayo o algo así. Era un tipo más bien gordito pero sin pasarse, con marcadas entradas en la cabeza y moreno. Normalmente iba vestido con chaqueta y corbata, pero una vez le vi con una túnica de colorines muy rara, aunque no era idéntica a la de esa gente del Tíbet que a veces sale por televisión. Siempre que coincidíamos me saludaba, parecía muy simpático aunque, claro, siendo amigo de esa pajarraca, supongo que él tampoco será una joya de hombre.

Más o menos la descripción se correspondía con Marcos Ruiz, alias el Líder Excelso, jefe y señor de la secta de la Eterna Luz, pensó Artetxe, pero en ese momento no tenía ningún interés para él.

– ¿Y el segundo hombre? -preguntó.

– A ése le veía mucho menos, era más discreto. Las pocas veces que le vi (supongo que era él por la voz), estaba también correctamente trajeado y llevaba gafas oscuras. Era más alto que el anterior y llevaba gafas de sol incluso aunque lloviera. Era totalmente rubio, cosa bastante rara.

– ¿Rara? ¿Por qué?

– Por su acento. No era de aquí, vasco quiero decir, pero tampoco español aunque hablaba perfectamente nuestro idioma.

– ¿Europeo, tal vez? ¿Francés, alemán, inglés?

– No, no. Yo creo que era sudamericano, aunque no sabría decirle de qué país. Por eso me extrañaba tanto que fuera rubio, los sudamericanos suelen ser más bien morenos y atezados, y tampoco suelen ser muy altos, pero bueno, supongo que habrá de todo -añadió encogiéndose de hombros.

– ¿Tenía alguna otra característica especial?

– No sabría decirle. Yo creo que ella le tenía miedo.

– ¿Por qué piensa eso?

– Bueno, a veces los oía. No es que me pase el día poniendo las orejas donde no me importa -mintió descaradamente la anfitriona de Artetxe-, pero sin querer muchas veces me llegaban trozos de conversación. Cuando él hablaba en tono enfadado ella solía callarse. Una vez incluso llegó a golpearla. Eso me imaginé al oír el ruido que hacían, y al día siguiente, lo confirmé, Tuve que ir a pedirle un poco de aceite y cuando me abrió la puerta, por cierto, sólo llevaba encima del cuerpo un camisón totalmente transparente y abrió sin siquiera preguntar quién era; bueno, lo que le iba diciendo: cuando me abrió la puerta vi que tenía un ojo completamente morado.

– ¿Sabe usted cuál fue el motivo de que él le pegara?

– Sí, porque me extrañó un montón. Fue porque ella le llamó a él capitán.

– ¿Capitán?

– Sí, capitán. Yo pienso que ser capitán de lo que sea, del ejército o de la policía, si uno es honrado, es un orgullo, no una indignidad, y que conste que lo digo porque nunca he sido una fanática ya que, como usted imaginará por lo que le he dicho antes, en mi familia nunca ha habido militares ni policías españoles. Gudaris sí, hubo unos cuantos durante la guerra, pero nunca fueron capitanes.

– No sabrá quizá el nombre de ese capitán.

– Espere un momento… no, no estoy segura. Algo así como Eladio, o Heriberto. No. ¿Herminio? Creo que tampoco.

– ¿Podría ser Héctor?

– Eso es, Héctor. Mira que haber dicho Herminio, aunque algún parecido sí que tienen. Héctor, ése es el nombre, seguro. Lo tenía en la punta de la lengua y al mencionármelo usted me he acordado.

Artetxe pensó que tal vez la mujer le estaba confirmando el nombre tan sólo para quedar bien, para impresionarle con su colaboración, pero se arriesgó a creerla. No tenía más remedio, pero de todos modos la historia era verosímil. Los mismos nombres que había mencionado previamente doña Rosario, si no eran exactamente idénticos, sí eran los que podrían haberle surgido en la mente mientras intentaba recordar el auténtico nombre. Por otra parte, Héctor, aunque no era un nombre desconocido en España, tampoco era de uso muy corriente, por lo que cabía la posibilidad de que perteneciera a un sudamericano. De hecho, a Artetxe el único Héctor que le venía a la cabeza así de repente, aparte del héroe griego, era el ex presidente argentino Héctor J. Cámpora.

Todavía estuvo hablando un cuarto de hora más con la señora, pero no obtuvo ningún dato añadido que le fuera de alguna utilidad. Volviendo a prometerle que indagaría sobre su pensión, se despidió con la sensación de que su visita no había sido baldía. Ahora lo que necesitaba era encontrar al tal Héctor, pero desgraciadamente su dirección no vendría en las páginas amarillas, de eso estaba seguro.


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La primera medida que tomó Artetxe para intentar localizar a Héctor fue pasarle el dato al inspector Rojas para ver qué podía averiguar éste a través del Grupo de Extranjeros de la Jefatura Superior, pero no se consiguió nada.

– Hay más de un Héctor sudamericano e incluso un filipino -les comentó Roberto Salcedo, compañero de Rojas e inspector-jefe del Grupo de Extranjeros-, pero ninguno encaja en el perfil que buscamos. Eso no significa que no exista, sino que en una primera búsqueda no hemos podido encontrarlo. Puede ser que Héctor no sea un nombre, sino un alias que no tengamos recogido. Otra posibilidad que intentaré investigar, aunque tardaré en sacar algo en claro porque requiere mucha discreción, es que efectivamente el tal Héctor sea capitán, bien de algún ejército o de algún cuerpo policial latinoamericano que, tras la caída de alguna dictadura, haya decidido refugiarse en España. En ese caso, aparte de que por nuestras autoridades hay más tolerancia que ante otros refugiados, podrían no estar inscritos en nuestros archivos ya que, seguramente, contarán con una auténtica falsa documentación.

– ¿Una auténtica falsa documentación? -preguntó Artetxe.

– Creía que tu amigo no era ningún pipiolo -dijo Salcedo mirando a Manuel Rojas. Luego, sonriendo hacia donde estaba Artetxe añadió-: ¿No te imaginas qué es eso?

– Supongo que sí. Documentación expedida con todos los requisitos legales por quien tiene la capacidad de hacerla, pero con los datos de filiación falsos.

– ¡Bingo! -exclamó Salceda-. Has dado en el clavo. Si ése es el caso, y el enfado del tal Héctor al ser llamado capitán es un indicio a favor, la cosa está jodida. Procuraré investigarlo, pero no os prometo resultados a corto plazo.

A Artetxe no se le había ocurrido considerar esa última posibilidad, pero mientras más pensaba en ella más posibilidades vislumbraba de que fuera cierta. Y aunque confiaba en las gestiones del inspector Salceda, decidió iniciar por su cuenta una línea de investigación.

Según salió de Jefatura se dirigió al barrio de Santutxu. La parroquia de San Francisquito estaba abierta, aunque en ese momento no se estaba celebrando ningún oficio. Se reclinó junto a una viejecita que estaba orando y casi entre suspiros inició una conversación con ella.

– Perdone, pero ¿sería tan amable de indicarme si sigue destinado en esta parroquia el padre Arbulu?

– ¿Don Imanol Arbulu? ¿Un jovencito de barbas que no va vestido como un cura?

Artetxe pensó que Arbulu, coetáneo suyo, no era precisamente un jovencito, pero teniendo en cuenta la edad de la señora respondió afirmativamente.

– Sí, anda por aquí. Precisamente hace muy poquito ha celebrado una misa y acaba de entrar en la sacristía.

– ¿El padre Arbulu? -preguntó Artetxe asomando la cabeza por la puerta de la sacristía.

Del fondo de la estancia salió un vozarrón que solicitaba un momento, por favor, antes de atenderle.

– ¡Tú! -exclamó un sorprendido Imanol Arbulu cuando vio, frente a él, a Iñaki Artetxe.

– Sí, yo. ¿No te alegras de verme?

– ¿Se puede saber a qué has venido? -replicó el sacerdote, que repentinamente había olvidado las cristianas virtudes de la caridad y la templanza.

– Soy católico, ¿no lo sabías? ¿Y qué cosa más normal que el hecho de que un católico entre en una iglesia?

– Déjate de chorradas; serás todo lo católico que digas, pero la última vez que has entrado en una iglesia seguro que ha sido para asistir a una boda o un bautizo.

– O a un funeral, amigo mío, o a un funeral.

– A lo que más te guste, pero di a qué has venido y vete. Cuanto antes mejor.

Artetxe miró al que hacía años había sido amigo y compañero de lucha. No había transcurrido tanto tiempo, aunque parecían siglos. En aquella época eran los dos estudiantes, Artetxe de Filosofía y Arbulu de Teología y Sociología. El tiempo los separó y posteriormente, al ser detenido Artetxe por colaborar con un activista de ETA, su antiguo amigo volvió a acercársele para ofrecerle su apoyo y solidaridad. El desmarque de Artetxe de la organización armada volvió a enfriar las relaciones, esta vez irremisiblemente. Si se hubiera declarado ateo militante no habría pasado nada, pero su defección política era imperdonable a ojos de quien tenía por una de sus funciones precisamente la de perdonar.

– Necesito tu ayuda. ¿Sigues siendo presidente de zona de la Asociación de Ayuda Internacionalista a los Pueblos Oprimidos?

– Sí, lo soy. ¿Qué ocurre, vas a pedir el ingreso?

– Tal vez, ya sabes que siempre he estado a favor de las causas nobles. Otra cosa son los prejuicios que los fundamentalistas tengan contra las personas que no piensan como ellos.

– No me jodas, Iñaki, sabes que eso que dices no es cierto.

– Bueno, vale, dejémoslo. Mira, estoy buscando a un tipo que es, presumiblemente, sudamericano y atiende al nombre de Héctor o Capitán Héctor.

– O sea que, encima de todo lo que pasó, ahora quieres convertirme en un chivato de la policía.

– Déjate de hostias por muy cura que seas y olvida por una vez esas expresiones de chavales jugando en el patio del colegio, que ya no tenemos edad para ello. Mira -Artetxe sacó de su cartera sendas fotografías: una de Begoña González y otra de la devota de la Eterna Luz, ambas cuando ya estaban muertas-, esto es lo que ha hecho la persona a la que quieres proteger contra mi posible represión. Un asesino de jovencitas. Y, casi con toda seguridad, de miles de personas en el Cono Sur si mi intuición es acertada. No pretendo que delates a un refugiado, sino todo lo contrario, a un represor.

– ¿Y qué es exactamente lo que quieres que haga?

– Me imagino que entre los miembros de tu asociación habrá más de un sudamericano y quizá alguno de ellos habrá oído hablar de un tal Capitán Héctor. En ese caso me gustaría que se pusiera en contacto conmigo.

– De acuerdo, procuraré ayudarte.

– Gracias. Bueno, no quiero imponerte más mi presencia, así que me largo.

– Iñaki -dijo el padre Arbulu poniendo su mano derecha sobre el hombro izquierdo del detective.

– ¿Qué?

– No, nada -contestó el sacerdote volviendo a su posición anterior-. Quizá en otro momento… Bueno, vete con Dios. Te llamaré si me entero de algo.

Cuando salió de la sacristía todavía estaba allí la viejecita.

– ¿Qué, encontró al padre Arbulu?

– Sí, muchas gracias.

– ¿Qué es lo que quería de él? Lo pregunto porque aquí es muy raro que entre gente con corbata.

«Sí, y porque te mueres de ganas por saberlo», pensó Artetxe, que en el fondo sentía ternura por las viejas cotillas.

– Tenía que solucionar un pequeño problema personal. Ha dejado embarazada a mi hermana la pequeña, ¿sabe?, pero a partir de ahora todo irá bien. Me ha prometido que se hará cargo de los costes económicos del aborto.

Luego, cuando estuvo de nuevo en la calle, se arrepintió de haberse inventado esa historia, sobre todo teniendo en cuenta que su antiguo amigo había tenido un gesto hasta cierto punto conciliador, y que le iba a ayudar en su investigación, pero ¡qué coño!, de vez en cuando viene bien desahogarse y hacía tiempo que le tenía ganas.


El padre Arbulu demostró, en los días siguientes, ser más efectivo que el inspector Salceda o, por lo menos, que tenía mejores contactos. Eso pensó Iñaki Artetxe al recibir su mensaje. Le había citado en su parroquia a las siete de la mañana. Le había dicho que ésa era la hora que mejor le venía porque a las seis y media oficiaba su primera misa, pero Artetxe sospechaba con fundamento que el móvil principal era joderle, ya que desde sus tiempos de estudiante sabía lo poco que le gustaba madrugar.

Entró directamente en la sacristía, sin preguntar a nadie por el párroco. Su ex amigo debía de ser partidario de las misas ultrarrápidas porque ya se encontraba esperándole, acompañado de un hombre joven que se hallaba sentado a su lado, junto a una desvencijada mesa camilla.

– Bueno, aquí estoy. Puntual como nunca en tu vida te lo hubieras imaginado.

– Ya veo, ya. Por cierto, muy bueno el cuento que largaste el otro día a una de mis feligresas. Veo que tu capacidad de manipulación y desinformación continúa siendo de primera.

– No te lo tomes a mal, hombre; fue sólo una broma, aunque reconozco que me pasé un poco. Lo siento, de verdad que lo siento.

– Bueno, no hablemos más de eso y siéntate aquí -dijo señalando una silla-. Te presento a Ernesto Dabormida, un compañero argentino que quizá pueda darte alguna información -añadió mientras Dabormida y Artetxe se estrechaban la mano.

– Si pudiera decirme algo le quedaría profundamente agradecido.

– Tal vez sí -contestó el sudamericano con su agradable acento porteño-. En los años duros de la represión videlista yo formaba parte de un grupo de universitarios demócratas y fui encarcelado y torturado. Afortunadamente tuve suerte y me soltaron, aunque mi suerte no es sino una expresión más del tipo de régimen que era el de los milicos. Quedé libre gracias a la fortuna y posición social de mi familia, no por otra cosa, pero qué quiere que le diga, me alegro de estar vivo. Por mi militancia, y también gracias a mis contactos familiares, conocí ciertos datos sobre las fuerzas represivas; por eso creo que sé quién es, o quién puede ser, el Capitán Héctor, si la persona que usted busca es la que yo he conocido.

»Capitán Héctor era el nombre de guerra de un capitán de la Marina destinado en la famosa EMA, la Escuela de Mecánica de la Armada, la mayor central de tortura y represión de los militares argentinos. Quien pasaba por allí raramente salía con vida o intacto. No creo necesario extenderme más sobre el asunto, porque es sobradamente conocido y cuando me acuerdo de ello lo paso mal, lo siento.

– Lo comprendo perfectamente -le habló Artetxe en tono amable.

– Gracias. Pues bueno, el hombre que usted busca no es de los oficiales más conocidos de los que pasaron por la EMA, pero sí uno de los más sádicos y efectivos. Su auténtico nombre es Raúl Villeneuve Svenson y sus crímenes fueron tan horribles que prefirió escapar del país a la caída de la dictadura, pese a que como es bien sabido a ninguno de los militares que ejercieron el poder se les tocó ni un pelo. Le he traído una fotografía suya para que compruebe si es el hombre que busca.

– La verdad es que yo no le he visto en persona, pero uno de los testigos sí, así que si no tiene usted inconveniente me gustaría guardada para que me confirmaran si es él efectivamente.

– No hay problemas, la he traído para eso. Aquí la tiene -contestó el sudamericano entregando una ampliación de una fotografía tipo carnet a Artetxe.

El detective sólo necesitó décimas de segundo para recordar que conocía a ese hombre y apenas dos segundos más para saber de qué. El día que había estado siguiendo al chófer de González Caballer, el padre de la desaparecida Begoña, aquél había pasado la tarde con un amigo alto y rubio. Ese hombre alto y rubio era el que le estaba sonriendo desde la fotografía. Por eso su testigo le había dicho que era un sudamericano raro. Posiblemente fuera descendiente de franceses y suecos, de ahí que tampoco él lo catalogara como latinoamericano el día que le vio, pero tenía que ser el hombre que estaba buscando; de ese modo todas las piezas del rompecabezas iban encajando. Necesitaba confirmado hablando con la anciana, aunque estaba prácticamente seguro de ello. Y además estaba relacionado de algún modo con González Caballer, eso era evidente. Se estaba cerrando el círculo, pero todavía no sabía quién se iba a quedar dentro. Tendría que hablar con Rojas y contárselo todo, con pelos y señales. El asunto se estaba haciendo demasiado grande para un detective que actuaba sin red. O intervenía la policía o él quedaría incluido en ese círculo que se iba estrechando cada vez más. Pero todavía tenía que intentar averiguar algunos datos adicionales.

– ¿Sería posible localizar de algún modo a ese tal Capitán Héctor?

– Observo que todavía no le ha dado tiempo a leer el periódico y que no tiene la costumbre de poner la radio cuando usa el carro -contestó, sonriente, Dabormida.

– ¿Qué quiere decirme con eso? -se extrañó Artetxe.

Como respuesta, el argentino sacó de un portafolios un ejemplar de El Correo Español-El Pueblo Vasco y se lo entregó a Artetxe. La noticia venía en portada, con grandes alardes tipográficos.


ASESINADO EN SU DOMICILIO EL CONOCIDO EMPRESARIO JAIME GONZÁLEZ CABALLER.

A las once de la noche del día de ayer fue asesinado, en su domicilio de Algorta, el conocido hombre público Jaime González Caballer, que obtuvo cierto renombre en la época de la transición como dirigente del Partido Democrático Foral de Vizcaya y que tras sus sucesivos fracasos electorales había abandonado la política activa para volcarse exclusivamente en su actividad empresarial. (Más información en páginas 8 y 9, editorial en páginas centrales.)


Tras su primera sorpresa, Artetxe recorrió ávidamente el periódico en busca de las páginas mencionadas en la portada.


GETXO. Ayer, a las once de la noche, de nuevo un trágico suceso en forma de muerte violenta se abatió sobre Euskadi. Jaime González Caballer, polémico político de la transición e importante hombre de empresa, miembro del Comité Ejecutivo de Confebask, la Confederación de Empresarios Vascos, fue asesinado en su propio domicilio junto a su chófer y hombre de confianza, Andrés Ramírez Alcántara, que llevaba dieciséis años a su servicio.

Según se nos ha indicado de fuentes policiales, basadas en la declaración de un miembro del servicio doméstico del fallecido, a las diez y cuarto de la noche un hombre que se identificó como Alfonso García de Diego llamó por el portero automático del chalet en que aquél residía solicitando ser recibido por el dueño de la casa, a lo que no se puso ningún impedimento.

Se desconoce el motivo, pero al poco rato de estar conversando el recién llegado y el señor González Caballer en el despacho de este último, se inició una fuerte discusión y se oyó de repente el sonido de un disparo. Cuando el chófer se acercó para ver qué había ocurrido recibió un disparo en la espalda que le causó la muerte instantánea lo mismo que a su jefe, que lo había recibido en el corazón.

Tras comprobar que el visitante había salido de la casa, el miembro del servicio doméstico, del cual la policía no nos ha proporcionado su identidad, llamó al 091 para denunciar los hechos, dándose inmediatamente la orden de practicar los controles previstos para estas situaciones. Un vehículo que estaba de patrulla por las inmediaciones, al recibir la noticia y observar un automóvil que iba a velocidad inadecuada y acababa de saltarse dos semáforos rojos, procedió a darle el alto, lo que fue respondido desde el interior del automóvil con una ráfaga procedente de una ametralladora.

Por parte de la patrulla agredida se contestó inmediatamente abriendo fuego a su vez, resultando como consecuencia muerto el conductor y único ocupante del vehículo que parece ser, según avalan todos los indicios, el asesino del señor González Caballer y su chófer.


Como no había más datos acerca del asesinato y había que llenar páginas, el artículo continuaba con una semblanza biográfica del asesinado. En el editorial, aunque se descartaba que fuera un crimen político, se relacionaba el caso con la ola de violencia que estaba sufriendo el país. Artetxe pasó rápidamente las páginas y se fijó en un recuadro escondido en la última.


BILBAO. ÚLTIMA HORA. Fuentes de toda solvencia procedentes de la Jefatura Superior de Policía de Bilbao han identificado al presunto asesino de Jaime González Caballero. Se trata de Raúl Villeneuve Svenson, alias Capitán Héctor, alias Capitán Villanueva, antiguo militar argentino retirado, del que se presume que tenía relación con las mafias iberoamericanas que controlan el narcotráfico y la prostitución en España, y que usaba también los nombres de Alfonso García de Diego y Héctor Sepúlveda Gómez. En estos momentos continúa abierta la investigación para esclarecer los motivos del crimen.


Lo primero que hizo Artetxe, nada más salir de la parroquia, fue llamar a Rojas, pero le fue imposible localizarlo. Todos los efectivos de la Jefatura de Bilbao se hallaban en plena ebullición. Aunque dejó varias veces recado, hasta que no pasaron cinco días no consiguió contactar con el inspector. Durante ese tiempo Artetxe se abstuvo de hacer ningún movimiento, teniendo en cuenta cómo había evolucionado el caso. Tal y como estaban las cosas, sin el apoyo de Rojas no era más que un detective sin licencia y con un historial conflictivo, expuesto a que cualquier policía malhumorado le llevara esposado al Juzgado de Guardia acusado de obstrucción a la justicia o cosas peores.

Cuando al quinto día recibió la invitación de Rojas para que fuera a tomar un whisky a su casa, comprendió que, efectivamente, su papel en la función había terminado. Un exultante inspector de Homicidios rehabilitado se lo explicó con todo lujo de detalles.

– Tenía razón, Iñaki, tenía razón. -Hablaba en primera persona, excluyendo expresamente a su interlocutor de cualquier mérito en el éxito de su trabajo. Aunque Artetxe captó el mensaje subliminal que había en esa frase, intentó sonsacar al policía.

– ¿Me puedes decir qué es exactamente lo que ha ocurrido?

– Que hemos solucionado los asesinatos de Andoni Ferrer Lamikiz y de Begoña González Larrabide.

– Entonces, ¿no hay duda de que fueron asesinados?

– Yo nunca la tuve y los hechos han acabado por darme la razón. Tanto el periodista como la chica fueron asesinados por el Capitán Héctor y Andrés Ramírez, el chófer. Y no sólo eso, hemos desarticulado el grupo de narcotraficantes del que me habló el inspector De Dios. Su jefe máximo era el propio Jaime González Caballero. Tanto en su domicilio como en el del difunto Villeneuve hemos encontrado documentación que, aunque todavía está siendo examinada, avala todo esto. Por cierto, que también hemos arrestado a unos cuantos miembros de la secta de la Eterna Luz, excepto a su jefe, pero esto último no nos preocupa demasiado, es tan sólo cuestión de tiempo. Lo más importante es que hemos tenido un éxito como no se recuerda en los últimos años. Ha sido un auténtico bombazo, aunque por lo delicado del asunto se va a procurar que todo esto no llegue a manos de la prensa.

– Te veo cada vez más integrado en el sistema.

– El que no apruebe ciertas prácticas no significa que no comprenda que muchas veces es necesaria cierta tranquilidad y sosiego en el tratamiento de las cuestiones que llevamos entre manos. Además -añadió alborozado-, todo este asunto va a reforzar mi posición en el Departamento. Ya no soy un recién llegado al que se manda a por el café, sino que no les ha quedado más remedio que reconocer mis méritos. Por primera vez en mucho tiempo veo un futuro luminoso ante mí.

– Pues me alegro mucho por ti, pero sigue contándome. ¿Dónde encajan la muerte del periodista y de la hija de Caballer? ¿En qué os basáis para pensar que fueron efectivamente asesinados?

– Acerca de eso no tenemos más que indicios y suposiciones, tal vez no suficientes ante un juez, lo que no supone ningún problema ya que los posibles encausados están muertos, pero que nos parecen concluyentes del todo. En primer lugar, hemos encontrado una partida de heroína no comercializada que, debidamente analizada, ha resultado ser la misma que se administró a Andoni Ferrer y a Begoña González. Está además el hecho de las coincidencias de fechas. Begoña González desapareció pocos días después de que el periodista fuera asesinado y se publicara en la prensa la noticia de su fallecimiento. Todo nos hace pensar que la joven era la informante de aquél para su reportaje. Sobre este aspecto nos ha sido de mucha ayuda una de tus averiguaciones. Creemos que Begoña González estaba al tanto de los manejos de su padre, pero sólo al enterarse de que éste no lo era de verdad se decidió a delatarle. Por lo que sabemos, las revelaciones que le hizo Karmele Ugarte a este respecto coinciden con la época en que Andoni Ferrer empezó a elaborar su nonato reportaje. Quizá sea poca cosa para conseguir, en caso de que hubiera habido necesidad, una sentencia de culpabilidad por asesinato, pero si lo juntamos todo con la certeza de que los tres muertos eran piezas importantes en el tráfico de drogas, encaja perfectamente.

– ¿Sabéis por qué el argentino decidió acabar con González Caballer y su chófer?

– No con certeza absoluta, pero parece lógico pensar que se trataba de algún ajuste de cuentas por motivos que desconocemos, aunque imaginamos que referentes al control del negocio. De hecho, si no hubiéramos tenido la suerte de que en ese momento estuviera un coche de patrulla por esa zona y pudiera acudir rápidamente al lugar de los hechos quizá nunca se habrían resuelto los crímenes ni desmantelado la organización.

– Sí, fue una inmensa suerte. Y una extraña coincidencia, ¿no te parece?

– Coincidencia sí, pero ¿extraña? ¿Por qué? Esas cosas suceden, no hay que darle más vueltas, no te me vayas a volver ahora paranoico, Iñaki. Bien está lo que bien acaba. Bueno para la sociedad, que ve cómo unos traficantes de muerte han sido puestos fuera de circulación; bueno para la policía, que ha resuelto dos asesinatos; bueno para mí, que por fin voy a estar donde me corresponde, e incluso bueno para ti, que podrás pasar una buena minuta a tu cliente, aparte de que no debes olvidar tu situación. Con tu historial sólo nuestra benevolencia y gratitud permitirá en el futuro que puedas seguir trabajando sin problemas, así que deja a un lado esas suspicacias sin fundamento y alégrate de que, por una vez, hayan ganado los buenos.

– Supongo que tienes razón. Alegrémonos -respondió Artetxe.


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Agazapado tras los ventanales de un ático de la Alameda de Mazarredo, James Goldsmith observaba el barullo que se había formado debajo de él, en el solar sobre el que se iba a construir el futuro Museo Guggenheim de Bilbao. Altos cargos del país en el que estaba residiendo desde hacía unas pocas semanas se congregaban allí, junto a los directivos de la fundación venidos expresamente desde Nueva York para asistir a la colocación de la primera piedra del museo. Entre ellos estaba Cameron DeFargo, miembro del consejo asesor de la fundación y amigo íntimo de su presidente, Thomas Krens.

La tarde anterior había tenido que ir a recogerle al aeropuerto de Sondika. Cameron DeFargo, elegante e irónico como siempre, le felicitó por el trabajo realizado.

– Gracias, aunque no ha sido excesivamente difícil -respondió Goldsmith-. Sinceramente, el matar a un pobre drogadicto no es un trabajo muy complicado.

– Pareces decepcionado. Según tengo entendido, también han muerto los inductores del asesinato de Tomás Zubía.

– Así es. Por lo que he leído en la prensa y me ha contado el comisario Manrique, un cúmulo de casualidades ha hecho que hayan salido a la luz los manejos del hombre que en los últimos tiempos movía el tráfico de drogas en esta zona. Al parecer, él y su chófer murieron asesinados, en un presumible ajuste de cuentas, por uno de sus colaboradores, quien, a su vez, fue abatido a tiros por la policía.

– Me gustaría hacerte una pregunta, James. ¿Después de tantos años en la organización crees, de verdad, en las casualidades?

– Para nada.

– Yo tampoco.

– Entonces, ¿usted también cree que el caso no está cerrado?

– El caso no está cerrado, pero va a cerrarse muy pronto; para eso he venido, no para la inauguración de un museo que no me interesa lo más mínimo. Dime, James, ¿qué es lo que sabes de economía?

– Me temo que no es mi especialidad. Ni la economía en general ni la mía en particular. Tal como me viene se me va el dinero.

– Habrá que arreglar eso último, ya te pondré en contacto con uno de mis asesores bursátiles, pero lo que te ocurre a ti es algo que, desgraciadamente, ocurre muy a menudo. Salvo por parte de algunos contingentes muy especializados, las fuerzas policiales de cualquier país no están preparadas para enfrentarse a ciertos casos en los que el tema fundamental es el dinero y su movimiento. El comisario Manrique y su hostil inspector han hecho un buen trabajo, pero si hubieran profundizado se habrían percatado de que el señor González Caballer no tenía la capacidad suficiente para manejar todo el tinglado en el que estaba metido. Es cierto que era un hombre rico y poderoso, pero hacía tiempo que había perdido el control efectivo de sus empresas. En estos momentos era tan sólo el testaferro de alguien inmensamente más poderoso que él. Ni siquiera tenía un personal de confianza digno de tal nombre. Su chófer y guardaespaldas no estaba a su servicio, sino al del hombre que controlaba a González Caballer, aunque finalmente también él haya sido sacrificado. Supongo que hace ya tiempo que te habrás dado cuenta de que he hecho trampas contigo. Bueno, hacer trampas quizá no sea la palabra indicada, pero en el CD-Rom que te proporcioné no estaba toda la información. Faltaba lo más importante: el final.

– Eso me ha parecido.

– No lo hice de mala fe, sino pensando que así era mejor para evitar que tuvieras ideas preconcebidas, pero ahora que todo va a acabar, y tú vas a ser parte primordial en el final, creo que tienes derecho a saberlo todo o, por lo menos, a saber tanto como yo.


Ya sabes, porque lo has visto en el ordenador, la tensión a la que estuvo sometido Tomás Zubía cuando volvió a España después de entrevistarse con el general Eisenhower y otros peces gordos de Washington. Durante unos meses trabajó con el coronel Vonderschmidt en el filo de la navaja. Era una carrera infernal en la que, para que ganara nuestro equipo, tenía que proporcionar al equipo contrario una serie de herramientas gracias a las cuales, si todo salía mal, nos podrían sobrepasar. Lo dramático era que el premio último no consistía en una medalla de oro y la izada de la bandera nacional en el pódium, sino el arma definitiva con la que uno de los dos acabaría triunfando en la guerra.

Fueron meses de tensión, desánimo y nervios, pero al fin, un día, la espera produjo resultados. Era el aniversario de la ascensión de Adolf Hitler al poder y se celebró una fiesta por todo lo alto. Asistieron los alemanes residentes en Madrid y también gente de otras nacionalidades con régimen afín o militantes de organizaciones nazis y fascistas. Había varios italianos, dos húngaros de las Cruces Flechadas, un rumano seguidor de Codreanu y dos belgas adictos al movimiento rexista que dirigía Léon Degrelle, así como unos cuantos españoles. De los dos belgas, uno de ellos, de edad avanzada, alto y con el pelo blanco y de aspecto taciturno, era muy parecido a la persona que se veía en una fotografía que le habíamos proporcionado correspondiente a Ronald De Schöenmaker. Aunque el flamenco no era muy amistoso, Tomás Zubía intentó pegar la hebra con él y lo consiguió, avalado como estaba por Vonderschmidt. Cuando salieron de la fiesta, De Schöenmaker estaba completamente borracho, así que no tuvo más remedio que permitir a Zubía que le llevara al hotel de Madrid en el que se alojaba.

Al día siguiente ya no se hospedaba en ese hotel. Según le comunicaron a Zubía en recepción, no vivía habitualmente allí, sino que reservaba habitación tan sólo de vez en cuando, bajo el nombre de Jean Duchesne. Eso parecía indicar que posiblemente vivía en el mismo lugar en que trabajaba.

La misión de Zubía consistía, como ya habrás averiguado, en liquidarle, pero sólo en último lugar. No se podía descartar que el doctor De Schoenmaker hubiera preparado a algún otro científico para sucederle, aunque no tuviera su capacidad. Por eso, el objetivo prioritario era destruir las instalaciones en las que se estaba intentando fabricar el arma y luego, para impedir su reconstrucción, matarle. Sabíamos la tensión que esto último iba a producir en Zubía. En la guerra había tenido que matar enemigos, pero ésta sería la primera vez que, a sangre fría, quitaría la vida a alguien, a otro ser humano en suma. Visto en la distancia parece paradójico, pero entonces pedíamos a Dios que no le temblara el pulso a la hora de cumplir con su misión. ¡Rogar al Señor para que uno de los nuestros fuera capaz de asesinar!, no sé lo que diría un teólogo sobre esa petición de auxilio divino y, sinceramente, en estos momentos no me importa mucho. Dentro de poco, cuando mi ciclo vital haya acabado, tendré todas las respuestas a esas preguntas.

No servía de nada forzar las cosas, así que no le quedó más remedio que armarse de paciencia. Las visitas a Madrid de De Schoenmaker no eran muy frecuentes, pero, día arriba día abajo, tenían periodicidad mensual. Poco a poco, gracias sobre todo a que le avalaba el coronel Vonderschmidt, fue entrando en su círculo de confianza, tanto que fue uno de los invitados a su fiesta de cumpleaños. Cumplía setenta años y quería celebrarlo por todo lo alto. Desde Berlín, donde residían por motivos de seguridad, vinieron su hija -él era viudo- y su nieta. Zubía me reveló que los alemanes, al principio, habían sido remisos a traerlas, por motivos de seguridad, pero el doctor insistió y presionó tanto, que no pudieron negarse.

– No hay mayor tristeza que estar separado mucho tiempo de la familia -solía decir el doctor De Schoenmaker con su corazoncito nazi.

La fiesta fue todo un éxito. Comieron, bebieron y cantaron y, al finalizar, casi todos estaban borrachos. Vonderschmidt y Zubía, junto a cuatro fornidos miembros de las SS, escoltaron al científico belga y a su familia al hotel. Los cuatro alemanes se quedaron haciendo guardia junto a la puerta, lo cual era inhabitual. Quizá fuera una simple coincidencia, en honor a su familia, o quizá significara que los trabajos estaban próximos a finalizar y se extremaban las precauciones.

Zubía se despidió de De Schoenmaker y familia en la puerta de su habitación y se dirigió, aparentemente, a su domicilio, pero en lugar de ir al lujoso palacete que ocupaba en la calle de Alcalá se encaminó a la Puerta del Sol. En una pensión fuera de toda sospecha pero controlada por nosotros, se hospedaban tres estudiantes bilbaínos, paisanos suyos por tanto, con los que había hecho amistad. Eran los tres de ideología carlista, pero de total confianza. No quiero aburrirte con los entresijos de la política vasca y española de aquella época, pero para que te hagas una idea: esa gente había luchado en la guerra civil en el bando fascista, sólo que, cuando el general Franco unificó a todas las fuerzas conservadoras en un partido único, algunos carlistas no aceptaron el pensamiento nacionalsocialista, que consideraban ateo, pagano y alejado de sus costumbres, por lo que empezaron a tomar posturas disidentes o de oposición al dictador. Como monárquicos y tradicionalistas, se inclinaban más por Gran Bretaña que por la República alemana, totalitaria y revolucionaria. Aquellos tres jóvenes, que no estaban fichados por la policía secreta del régimen, fueron captados por miembros de nuestra embajada y pronto se vio que podían sernos extremadamente útiles.

Pese a que no le conocían de nada, los tres jóvenes carlistas se pusieron inmediatamente a las órdenes de Tomás Zubía, siguiendo instrucciones de los agentes de nuestra embajada. Cuando les explico lo que tenían que hacer, no pusieron objeción alguna a su plan. Los tres eran católicos convencidos y llevaban prendido del pecho un escapulario con el Sagrado Corazón de Jesús y la inscripción «Deténte, bala». Estaban convencidos de que nada les podía ocurrir, algo así como los fundamentalistas islámicos de hoy en día.

El plan era arriesgado, pero tenía que llevarse a cabo si no queríamos perder la que quizá fuera la única oportunidad para neutralizar al científico belga. Tomás Zubía y sus tres acompañantes acudieron al hotel donde aquél se alojaba vestidos con uniforme de la policía española y, una vez allí, ordenó a los agentes de las SS apostados en la puerta del flamenco que fueran con ellos para participar en una importante misión. Como estaba previsto, los alemanes se negaron ya que tenían un estricto mandato de no separarse del lugar en que hacían guardia. Zubía juró en varios idiomas, incluido el escaso alemán que conocía, y procuró mostrarse enérgico, mientras los supuestos policías españoles asistían impasibles a su actuación. Los alemanes, aunque no admitían sus órdenes, le trataban con deferencia, ya que habían sido testigos de cómo le agasajaba Vonderschmidt y cómo se le había permitido acompañar hasta allí al belga y su familia. Por eso mismo permitieron que sus acompañantes se acercaran más de la cuenta, y cuando más confiados estaban, de las manos de los falsos policías surgieron cuatro cuchillos que, silenciosamente, se clavaron en la garganta de los confiados guardias nazis. Excuso contarte los detalles más escabrosos, pero esa acción, que era totalmente necesaria y, por otra parte, la más arriesgada de todo el plan, se saldó con gran éxito.

El siguiente punto era, en principio, más fácil. Tenían que introducirse en la habitación y secuestrar a De Schoenmaker y familia. Aunque seguramente el profesor le hubiera abierto voluntariamente la puerta a Zubía, decidieron entrar a la fuerza, imbuidos por la excitación del momento. La entrada, derribando la puerta y con las armas en la mano, debió de ser espectacular y, sobre todo, paralizante. Sus ocupantes, que estaban durmiendo se despertaron instantáneamente aunque sin capacidad de reacción.

– ¿Qué es lo que pretende, herr De lthurbide? -le preguntó el belga con gran serenidad de ánimo. No dijo eso tan socorrido de ¿qué es esto?, ya que saltaba a la vista, sino que quería saber exactamente cuáles eran sus pretensiones. Era un hombre valiente ese nazi.

Antes de contestar, Tomás Zubía ordenó a sus acompañantes que encerraran en una de las habitaciones de la suite a la hija y la nieta del belga, así como a la criada que los acompañaba. Cuando estuvieron los dos solos contestó a su pregunta.

– Sé a qué se dedica usted, profesor, y pretendo destruir su obra. Pero para eso necesitaré su ayuda.

– No sé de qué me está usted hablando. Creo que se ha vuelto loco.

– Para su desgracia, profesor, no me he vuelto loco, sino que estoy terriblemente lúcido. y muy bien informado además. Que es usted simpatizante de Hitler no me lo puede discutir.

– Lo mismo que usted -le interrumpió indignado.

– Sí, bueno, lo admitiré por el momento, ya que no tengo ninguna intención de explicarle mis ideas políticas. Mire, profesor, para que vea que sé de qué estoy hablando, no sólo es usted un fiel admirador del Führer, sino que está trabajando en un proyecto ultrasecreto para conseguir desarrollar una bomba basada en la fusión o fisión, lamento mi ignorancia técnica, del uranio. Esa fábrica se encuentra ubicada aquí, en España, presumiblemente no muy lejos de Madrid, incluso me atrevería a decir que en la provincia de Guadalajara, aunque de eso no estoy muy seguro, ya ve que soy sincero. Y para seguir siendo sincero, voy a contestar a su pregunta de nuevo. Pretendo destruir la fábrica en la que se está construyendo la bomba.

– Quizá esté usted bien informado, es posible, pero lo que sí está con toda seguridad es rematadamente loco. En el hipotético caso de que esa fábrica existiera, ¿cree usted que sería tan sencillo destruirla?

– Por supuesto que no; estoy algo loco para hacer lo que hago, pero no tanto como usted supone. Sin embargo, ése es un asunto que no me preocupa porque no voy a ser yo quien destruya la fábrica, sino usted mismo en persona.

– ¿Yo en persona? Nunca jamás; podrá matarme si quiere, pero jamás traicionaré la confianza que el Führer me ha otorgado.

– No se preocupe por eso, no tengo intención de matarle, me es usted más útil vivo que muerto, pero, por el contrario, su hija y su nieta no poseen ninguna utilidad para mí. Bueno, ninguna, ninguna, no es del todo cierto, creo que me pueden servir para algo: para ajustarle a usted las clavijas, por ejemplo.

– ¿Qué está insinuando con eso? -preguntó con un estremecimiento.

– ¿Insinuar, herr profesor? Yo no insinúo nada. Le digo claramente que si no colabora, tanto su hija como su nieta morirán. En sus manos está, por lo tanto, la vida o la muerte de sus familiares más directos.

Debo añadir, James, que cuando Zubía me contó esta parte de su conversación todavía temblaba el hombre. Tener que proferir esas amenazas parecía algo superior a sus fuerzas. Sin embargo, lo hizo y pasó la prueba con éxito, pero puedo asegurarte que nunca lo olvidó. Incluso mucho más tarde, cuando por desgracia se había habituado a ciertas actitudes, la rememoración de aquella conversación le producía escalofríos.

– Es usted un canalla y un mal nacido -le contestó el profesor después de escuchar sus amenazas.

– Bueno, no me pienso enfadar por esas palabras, aunque lo que están haciendo ustedes no es precisamente de bien nacidos, pero sintiéndolo mucho no hay tiempo para charlar, así que decídase pronto: o colabora o mataremos primero a su hija y luego a su nieta, a no ser que usted prefiera invertir el orden.

– No hará lo que me está diciendo -bramó el científico.

– Mire, no tengo mucho tiempo. ¿A quién ejecutamos primero?

– A nadie. No se atreverá a cumplir su amenaza -intentó rebatirle, con los ojos inyectados de furia.

– No entiendo su actitud -contestó suavemente Zubía, percatándose de que el tono sosegado que estaba utilizando le ponía mucho más nervioso que si estuviera dando grandes voces-. Tengo que confesarle una cosa: no soy mexicano, soy vasco, y a los vascos siempre nos han gustado las apuestas. No es raro que cuando dos paisanos míos se juntan, apuesten sobre cualquier cosa: quién levanta más veces una piedra pesada, qué buey arrastrará más lejos la misma piedra, qué equipo de fútbol ganará el partido del próximo domingo, o si la próxima chica que va a cruzar la calle es rubia o morena. Las posibilidades, como verá, son inmensas, y lo que se pone en juego también. Lo mismo puede tratarse de unos pocos céntimos que de la propia casa. Con esto que le estoy diciendo no pretendo darle una lección de etnografía vasca, sino decirle que a mí también me gusta apostar y si ahora mismo usted está pensando que las amenazas que le he hecho no son más que una apuesta, tiene razón, pero el premio es la vida de sus seres queridos. Usted también tiene que apostar. Si se niega a proporcionarme lo que le pido y yo voy de farol, ha ganado usted, pero ¿y si voy totalmente en serio? En ese caso la pérdida de su apuesta conlleva la simultánea pérdida de la vida de sus seres queridos. Usted decide, y rápido, porque no tenemos tiempo.

– Es una apuesta fuerte. La más fuerte de mi vida.

– Lo es.

– Está bien, gana usted. ¿Cómo lo hacemos?


Goldsmith abandonó en una esquina de la terraza el catalejo con el que había estado oteando la muchedumbre congregada en el solar del futuro museo y entró en el interior de la vivienda. Al cabo de pocos instantes volvió a salir con un fusil de último modelo que había recibido tres días antes a través de la valija diplomática. Acercó el ojo derecho a la mira telescópica del arma y comprobó con satisfacción que podía ver cualquier objeto o persona con la misma nitidez con la que podía ver sus propios zapatos. Acarició suavemente el gatillo e indolentemente, a modo de entretenimiento, fue apuntando a algunos de los asistentes a la inauguración. Durante unos segundos tuvo en su punto de mira la cabeza de un hombre con gafas que era el presidente de aquella comunidad, un poco más tarde estaba en posición de partir en dos el bigote del alcalde de la ciudad y así, poco a poco, fue haciendo un repaso de los asistentes.


Las horas que siguieron fueron las más intensas de su vida, me confesó posteriormente Zubía. Lo primero que hicieron él y sus hombres fue ir a un piso franco que teníamos a las afueras de Madrid. Ahí dejó a uno de los tres carlistas enemigos del nacionalsocialismo custodiando a las belgas. Luego, de otro piso clandestino, recogieron una cantidad de explosivos suficiente como para llevarse por delante medio Madrid. Por último, con los explosivos y el profesor, los tres componentes del grupo que quedaban pusieron rumbo hacia la fábrica, siguiendo las indicaciones del rehén.

Como ya había supuesto la Agencia, la fábrica estaba no muy lejos de la capital de España, en un villorrio de Guadalajara. Era una pequeña fábríca dedicada a la producción galletera, que aún funcionaba como tal, en la que se había habilitado uno de sus sótanos, de considerable extensión, para las necesidades del profesor y sus ayudantes. Pasar de lo que era estrictamente la galletera al laboratorio, me dijo Zubía, era como pasar de un mundo a otro totalmente diferente. Frente a la precariedad y obsolescencia de la maquinaria utilizada para la producción alimentaría, la limpieza, orden y modernidad de los elementos usados por los servidores del III Reich era casi obscena.

La seguridad estaba asignada a efectivos españoles de la Guardia Civil, ya que un exceso de personal germánico en ese villorrio hubiera levantado sospechas no deseadas por los jefes del coronel Vonderschmidt. Gracias a su falsa personalidad policial y a que estaban acostumbrados a acatar las órdenes de Ronald De Schoenmaker, los dejaron entrar sin problemas y andar por el interior como si fueran sus legítimos propietarios. Con un elaborado pretexto, el belga hizo que los guardias que estaban de turno se alejaran y pudieron quedarse absolutamente solos, dueños totales de la fábrica y lo que contenía.

De Schoenmaker fue indicando los puntos más vulnerables del recinto, y Zubía y sus hombres los adornaron con los explosivos que habían llevado para ello. Asimismo regaron el recinto con gasolina, una gasolina que en esos tiempos de escasez y racionamiento se pagaba como oro en el mercado negro, pero de la que la Embajada les había abastecido abundantemente.

Al salir fueron dejando un extenso rastro de pólvora con la misma alegría con la que Pulgarcito lo dejaba de pan, y un puro a medio fumar -que Zubía casi consumió con sólo dos caladas- puso en funcionamiento todo el invento. La fábrica y su contenido ardieron como el mismísimo infierno, pero no se quedaron a ver el espectáculo. Como alma que lleva el diablo subieron de nuevo al coche y se dirigieron a Madrid antes de que se diera el aviso de lo ocurrido y se establecieran controles y patrullas en la carretera.

Entonces no lo sospechábamos, por desconocimiento, pero me temo que aquella acción, de la que yo soy tan responsable como el propio Zubía, tuvo que dejar tras de sí un ambiente de contaminación peligrosísimo y que la salud de los moradores del villorrio y cercanías se resentiría gravemente. Ya sabes: muertes, malformaciones en recién nacidos y horrores por el estilo. Ésa es al menos mi opinión, aunque, si te soy sincero, nunca me ha preocupado lo suficiente como para moverme a investigar la situación en que quedó el pueblucho.

Desde su atalaya, Goldsmith observó la llegada del director de la Fundación Guggenheim. Junto a él descendieron de su vehículo dos personas más. Una de ellas era Cameron DeFargo. Sin apenas pérdida de tiempo, la gran mayoría de los personajes que pululaban por el solar se acercaron al patrón, intentando hacerse una fotografía con él, aunque fueron pocos, en palabras bíblicas, los escogidos. Goldsmith observó cómo Cameron DeFargo y Thomas Krens posaban en primer lugar junto al presidente de la comunidad y el de la diputación, para cumplimentar posteriormente a otros prohombres. Aunque había estado a punto desde el mismo momento en que había agarrado el fusil, la llegada de sus compatriotas le obligó a estar aún más atento. La solución del caso, como le dijera DeFargo en el trayecto del aeropuerto al hotel, estaba próxima, muy próxima.


Después de comprobar que la fábrica había quedado totalmente destruida, Tomás Zubía y sus dos acólitos regresaron en busca del tercer miembro del comando carlista y de las mujeres. Al llegar encontraron a su compañero sentado en una butaca del salón con una botella de vino en la mano y una pistola en la otra, completamente borracho y en calzoncillos.

– ¿Dónde están las mujeres? -gritó Zubía.

El hombre al que se le había hecho esa pregunta no contestó, se limitó a hacer un gesto ambiguo con los hombros. Zubía recorrió el piso y en una de las habitaciones las encontró tumbadas sobre la cama. Estaban desnudas y muertas, con evidentes señales de asfixia. Sobreponiéndose a las náuseas que le entraron se acercó a ellas y las examinó más detenidamente. Habían sido violadas antes de morir.

Eso no había entrado en sus cálculos ni tampoco, debo admitirlo, en los de quienes, desde Washington, dirigíamos la operación. Tu antiguo jefe me confesó que estaba dispuesto a matar al profesor por necesidades de la guerra y quizá, nunca supo cuál hubiera sido su reacción en caso necesario, tanto a su hija como a su nieta, pero aquello, aquello era lo más abyecto que había visto nunca, y eso que desde 1936 no había hecho más que participar en las dos guerras. Lleno de furia regresó al salón y se encaró con el autor de aquel crimen.

– Hijo de puta, cabrón, ¿qué es lo que has hecho? Te voy a matar con mis propias manos -exclamó totalmente excitado.

– Fue un accidente, intentaron escapar y al impedírselo se me escapó la situación de las manos -gimoteó en su defensa el pervertido.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó el profesor, que al ver la reacción de Zubía y escuchar las palabras del guardián de su hija y de su nieta se había empezado a poner histérico-. Me prometieron que no se les iba a hacer daño, ¿qué es lo que ha pasado?

Al no obtener respuesta intentó zafarse de sus captores, pero cuando estaba junto a la puerta del salón un disparo seco retumbó por toda la estancia mientras caía al suelo, con un boquete abierto en el centro de la espalda por el que se deslizaba aparatosamente la sangre. Tomás Zubía miró y observó cómo el hombre que había dejado para que custodiara a las mujeres tenía su pistola humeante.

En su excitación no se había dado cuenta de que el hijo de puta, no merece otro calificativo aunque a mi educación bostoniana le repugne usar esa palabra, todavía empuñaba su arma. Los otros dos componentes del comando miraron extrañados a Zubía, ya que desconocían lo que había ocurrido, pero comprendían que algo no funcionaba bien.

– Hay que acabar con él -gritó Zubía, y en ese momento empezó el tiroteo.

Tu antiguo jefe nunca se explicó el motivo de su buena suerte, pero fue el único que salió indemne. Los carlistas leales estaban abatidos con inequívocas señales de haber sido acertados en puntos vitales. El violador de las belgas estaba también caído en el suelo, aullando lastimeramente, señal inequívoca de que estaba herido. Zubía, por el contrario, no tenía ni el más leve rasguño. Se acercó para rematar al violador, cuando oyó las sirenas de un coche policial. Abandonando sus ideas de venganza, escapó como pudo y se refugió en la Embajada. Tres semanas después salió rumbo a Washington y se olvidó -es un modo de hablar, ya que esas cosas nunca se olvidan- de su aventura. Una bonita medalla y una sustanciosa recompensa en metálico, así como entrar definitivamente a formar parte de nuestros servicios fueron su recompensa. Desde entonces y hasta que se jubiló, nunca regresó, ni siquiera como turista, a España.


Goldsmith observó cómo el director de la Fundación Guggenheim se retiraba para hablar más íntimamente con el presidente de la comunidad y otras dos personas de las cuales desconocía el nombre. Tras esa retirada sólo quedaban dos personas para atender a las autoridades y personalidades locales, Cameron DeFargo y el otro americano que acompañaba al patrón de la fundación. Goldsmith se olvidó del tercer americano y fijó su atención exclusivamente en el viejo aristócrata, que, incansablemente, saludaba a unos y otros con una facilidad y naturalidad hijas del hábito. Había estrechado la mano de alrededor de una decena de personas cuando se quitó las gafas y las guardó en su chaqueta. Después de hacer esto saludó a otro de los invitados, con el que estuvo hablando durante cinco minutos y del que se despidió cordialmente. Nada más darle la espalda volvió a sacar las gafas del bolsillo interior de la chaqueta y se las colocó sobre la nariz. Goldsmith apuntó con mano firme y apretó el gatillo. La persona que hacía escasos segundos había estado hablando con DeFargo murió en el mismo instante en que la bala salida del fusil de Goldsmith le penetró por la frente. Pese a la distancia, no había ninguna duda de que había fallecido, así que Goldsmith volvió al interior de la vivienda, donde desmontó y guardó el fusil. Sabía que nadie le molestaría por eso; con toda la tranquilidad del mundo, se sirvió un whisky de la botella que le había regalado DeFargo en su primera entrevista. Comprobó con tristeza que le quedaba muy poco. «Tendré que pedirle otra botella», pensó mientras recordaba el final de la conversación que habían sostenido en el coche.


Tomás Zubía, le había contado DeFargo, acabó por olvidarse del carlista felón, o muy pocas veces pensó en él. Siempre supuso que, o bien había muerto desangrado como consecuencia de las heridas sufridas en el tiroteo, o bien la policía española, con la inestimable ayuda de la alemana, le habría ajustado, y de qué modo, las cuentas. Poco a poco desapareció de su memoria hasta que alguien dejó sobre su mesa el informe de la DEA referente al tráfico de drogas en su tierra natal, y pudo leer, con sorpresa y horror, que aquel bastardo todavía vivía, y no sólo eso, sino que era el jefe máximo de la red detectada por nuestros colegas de la Agencia Antinarcóticos. Por eso, al jubilarse, decidió regresar a Bilbao para cerrar definitivamente lo que durante muchos años había pensado que era un caso ya archivado en los más recónditos recovecos de su memoria. Desgraciadamente, subestimó a su adversario con las fatales consecuencias que ya conocemos. Nunca debió haber despreciado a alguien capaz de escabullirse, estando herido, de la policía política franquista y de las SS, alguien capaz de llegar a controlar el mayor movimiento de drogas en todo el norte de España sin dejar apenas rastro de su posición, alguien capaz de levantar un imperio económico que había estado en ruinas, manipulando a la gente y consiguiendo, de hecho, el control de las empresas que aparentemente su familia había cedido a su cuñado, el hombre del que todos pensarían, al conocer su historial, que era el auténtico responsable de sus actos delictivos, como así ocurrió cuando, siguiendo órdenes suyas, los hombres que tenía a su servicio le asesinaron. No, nunca debió subestimar a don Jesús Larrabide, cuñado, dueño y en última instancia asesino del infeliz Jaime González Caballero. Jesús Larrabide, que de carlista opositor a Franco pasó a violador de mujeres belgas, gran empresario y, por último, jefe de la más importante organización dedicada al narcotráfico en este país. Un hombre intachable, apreciado y querido por todo el mundo. Seguramente su muerte producirá una fuerte conmoción en todos los ámbitos. Querido James, añadió, cuento contigo para que pasado mañana, mientras se ponga la primera piedra del nuevo museo que la fundación va a instalar en esta ciudad, el caso se cierre, y esta vez sin duda alguna, definitivamente.