Jessica Hart

Una mujer Interesada


Título origina Wife-to-be (1995)


CAPÍTULO 1

<p>CAPÍTULO 1</p>

0 DIO LAS bodas!

Serena se llevó la copa a los labios, deseando que Leo Kerslake se marchara y la dejara tranquila de una vez. Había algo en él que la ponía nerviosa; quizás fuera su altura, su tez morena o su forma de ser distante. Quizás, su se había preparado para que odiarlo, hasta que lo vio en la iglesia y se descubrió admirándolo.

Su cabello era tan oscuro que Serena pensó que sus ojos lo serían también, pero se equivocaba; eran de color gris claro, tan brillantes como la plata.

A pesar de su confusión ante una presencia tan atrayente como la de Leo, y notando sus fríos ojos sobre ella, Serena se encargó de colocar a las niñas que hacían las veces de damas de honor detrás de la novia y comenzó el servicio.

Las palabras del sacerdote se hicieron interminables y apenas pudo concentrarse en lo que decía. Su atención se encontraba focalizada en Leo, que ocupaba con dignidad el puesto de padrino. Su cuerpo era perfecto y esbelto: su nariz aguileña le confería un aire masculino y una personalidad fuerte. Su traje era de un gris inmaculado, lo mismo que su camisa blanca, en contraste con el moreno de su piel.

Justo en aquel momento, Leo dirigió su mirada hacia ella y esbozó una sonrisa al darse cuenta de que ella lo había estado observando. Humillada y mortificada, Serena lo ignoró el resto de la ceremonia. Ni siquiera lo miró durante la firma de los novios en el registro, ni durante la sesión fotográfica fuera de la iglesia.

Más tarde, en el banquete, tampoco tuvo mucho problema con las miradas, pues Leo parecía mucho más diestro que ella en evitarlas. No le hizo el menor caso y Serena observó cómo se movía de un grupo de invitados a otro y cómo las mujeres le rodeaban, atraídas por el magnetismo que ella misma sentía.

Cuando, por fin, se dignó a acercarse a ella, lo hizo sin que Serena se diera cuenta, mientras se llevaba a la boca una pequeña salchicha. El momento tan poco oportuno y el sobresalto provocaron la cólera de Serena.

– ¿Siempre está de mal humor o es que algo va mal?

Sorprendida, Serena se atragantó y tuvo que toser por más que le pesara. Miró a Leo con una mezcla de resentimiento y vergüenza, incapaz de decir nada hasta que pudo tragar la mayor parte de la salchicha.

Él, sin embargo, parecía divertirse con los apuros de Serena.

– Me ha dado un susto -dijo ella por fin, acalorada.

– Lo siento -contestó él y, con la mayor naturalidad, limpió un trozo minúsculo de carne del hombro de Serena-. Se le ha escapado un poco -añadió con una sonrisa burlona.

Serena contuvo la respiración al notar el tacto de los dedos de Leo sobre su piel y dio un paso hacia atrás de forma instintiva.

– ¿Qué hace? -preguntó ella en un tono gélido.

– Tan sólo quería ser amable -dijo él sorprendido ante su reacción.

– Pues tiene una forma un poco especial de serlo, sobre todo, cuando no hemos sido presentados -explicó ella, sintiéndose muy incómoda.

– No creo que las presentaciones formales sean necesarias, ¿no le parece? Sé perfectamente quién es usted y usted sabe quién soy yo. Después de todo, estamos aquí por la misma razón, para apoyar a Candace y a Richard.

– Pues casi me engaña -dijo ella sin dejar mostrar frialdad-. Lo he visto todo el tiempo con las chicas más bonitas de la boda. No sé si eso también estará incluido en las obligaciones del padrino.

Serena se arrepintió enseguida de sus palabras, de la arrogancia en su tono de voz y de que el comentario no venía a cuento. Leo así se lo demostró con un gesto de burla.

– Por lo menos no ando por ahí con el ceño fruncido como otros -replicó-. Y todavía no ha contestado a mi pregunta.

– ¿Qué pregunta? -preguntó ella, mientras tomaba otra copa de champán de la bandeja que sostenía un camarero.

– Me pregunto por qué está tan de mal humor. -No estoy de mal humor.

– Pues lo parece -dijo Leo-. La he estado observando toda la tarde y no parece que esté pasándoselo muy bien.

– Es que odio las bodas -explicó ella, sorprendida por sus palabras-. No soporto tanto follón-añadió y sintió, muy a su pesar, que el alcohol estaba haciendo su efecto-. Supongo que lo que merece la pena son los votos que se han hecho Candace y Richard, porque todo esto -dijo y gesticuló con las manos-… todo esto no son más que tonterías.

– Muy elocuente -dijo Leo, dirigiéndole una mirada irónica-. Pero me temo que estaría más inclinado a creerla si no hubiera visto ya a otras mujeres perder sus principios cuando un hombre las lleva ante el altar.

– Yo no soy «otras mujeres» -señaló Serena. mirándolo con disgusto-. Y si no es partidario del matrimonio, ¿por qué ha sido el padrino de Richard?

– Soy partidario de esta boda -dijo él-. Sólo he visto una vez a Candace, pero creo que Richard y ella se complementan muy bien. Por cierto, usted también es un poco crítica con el matrimonio, ¿no cree? Si ha aceptado ser madrina, debía, por lo menos, mostrarse feliz.

– ¿Sería usted feliz vestido con un traje como éste? -dijo ella e hizo un gesto con la mano, de arriba a abajo.

Leo recorrió su cuerpo desde la cabeza a los zapatos de tacón azules y luego, volvió a mirarla a los ojos. Su rostro no era precisamente de los que levantan tempestades y, de no ser por ciertos rasgos algo duros, habría sido una mujer muy bella. Sus cejas estaban muy marcadas de tal forma que le daban un aspecto duro, lo mismo que su barbilla y la desafiante mirada de sus ojos verdes. -Horrible, ¿no es cierto'?

– Al vestido no le pasa nada, pero no es su estilo, nada más. De todas formas, no importa hacer un poco de esfuerzo por Candace.

– ¡Es que ya he hecho muchos esfuerzos! -exclamó-. No he hecho otra cosa que sonreír, hablar con los parientes de Candace y Richard y aguantar bromas y conversaciones estúpidas. Les prometí que sería amable con la gente y lo he sido.

Un sonrisa asomó a los labios de Leo.

– Conmigo no lo ha sido todavía.

– ¡No he tenido oportunidad de serlo! -replicó ella, pensando en la cantidad de mujeres a las que él había atendido en toda la tarde-. ¿O es que hay que hacer cola?

Leo no contestó directamente y reflexionó unos instantes.

– Ahora entiendo lo que Richard me contaba so

bre usted. La describe copio un carácter interesante. Serena fue incapaz de discernir si aquellas palabras escondían una crítica o un piropo.

– La gente dice esas cosas cuando no tienen el valor suficiente de decir que no les gustas.

– Pues usted, desde luego, lo tiene -dijo él. -Tan sólo digo lo que pienso -señaló ella con agresividad-. ¡Y si ahora me va a decir lo poco que me pega mi nombre. ahórreselo, por favor!

– No se me había ocurrido -dijo él-. Imagino que tener un nombre como el de Serena Sweeting es curioso.

– Sí, sobre todo cuando no soy ni serena ni dulce -dijo ella, malhumorada.

– Debo confesarle que no es usted como esperaba -comentó Leo, tras unos instantes.

– ¡No me lo diga! Creyó que sería una monada menudita, de las que se apartan constantemente los rizos de los hombros y no paran de sonreír, ¿verdad?

– Más o menos -señaló él con una sonrisa que Serena contestó con otra.

– Entonces, estará decepcionado.

– ¿Quién ha dicho eso? -preguntó con tanta calma que Serena dejó de reír y lo miró directamente a los ojos.

Hubiese querido decir algo inteligente, algo ingenioso que le dejara claro que no iba a caer en sus redes; pero le costó un esfuerzo tremendo apartar los ojos de él.

– Está equivocada con respecto a Richard -dijo Leo, cambiando de tono-. La aprecia mucho, aunque supongo que la encuentra algo agresiva. Cree que usted no aprueba su matrimonio con Candace.

Serena había hecho lo posible por disimular ante su amiga Candace sus dudas con respecto al matrimonio, pero Candace conocía los verdaderos pensamientos de Serena y, como eran amigas desde hacía mucho tiempo, no se lo tomó mal y le aseguró que, en cuanto lo conociera, le caería mejor.

Sin embargo, Serena no estaba convencida.

– Tan sólo pienso que han precipitado mucho las cosas -dijo a Leo-. Richard le pidió a Candace que se casara con él después de dos días y se conocen de preparar la boda. No es mucho tiempo para decidir si es la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida, ¿,no?

– ¿Tampoco cree en el amor a primera vista? -preguntó Leo con el mismo cinismo en su tono de voz.

– No -dijo ella, tras unos segundos de vacilación-. No -corroboró más segura.

– Es usted del tipo precavido -señaló Leo.

Serena pensó en su madre, cuando su se divorció de su padre; en Madeleine, mientras lloraba al teléfono al contarle que su marido la había abandonado; y por último pensó en Alex. Alex, con sus ojos azules, su sonrisa y sus mentiras.

– He aprendido a serlo por el camino.

Leo bebió un sorbo de champán sin dejar de mirarla.

– El amor es un negocio arriesgado, ¿verdad? -señaló él-. Richard y Candace han decidido arriesgarse; hay veces en que hay que hacerlo.

– No hay necesidad -replicó ella, mostrando su desacuerdo.

– Yo no me he arriesgado con el matrimonio-explicó él-. No he encontrado a la mujer que esté dispuesta a arriesgarse más conmigo que con mi dinero.

– Es usted un cínico.

– Lo he aprendido también en el camino -dijo él, repitiendo las palabras de Serena.

– Parece que no nos vamos a acercar al altar más de lo que lo hemos hecho hoy, ¿,verdad? -dijo ella, pensativa.

– Para mí, ya es demasiado cerca -señaló él con gesto sombrío-. No estoy dispuesto a perder mi libertad otra vez.

Serena lo observó detenidamente, intrigada. Momentos antes, mientras hablaba con otras mujeres en la recepción, no le había parecido un hombre tan misterioso. El silencio que les envolvía, se rompió cuando un camarero se acercó con una bandeja de canapés.

– Richard me ha dicho que usted y Candace trabajan juntas -dijo por fin Leo.

– Trabajábamos -corrigió ella-. Montamos un negocio de catering y nos iba bien. Nos costó cinco años hacernos una reputación y nos salía mucho trabajo entre fiestas y recepciones. Y entonces, un buen día, Candace conoció a Richard.

– ¿Y qué pasó?

– Candace quiso vender su parte del negocio para poder comprar entre ella y Richard su nueva casa, pero yo no tenía dinero para comprar su parte…

– ¿Y no podría haber encontrado otro socio que comprara la parte de Candace? -preguntó Leo, frunciendo el ceño.

Ella sacudió la cabeza.

– Lo intentamos, pero, al final, fue más fácil venderle a un empresario el negocio entero -explicó ella, mientras jugaba con la copa de champán entre sus dos manos.

– ¿Y qué proyectos tiene ahora?

– Me gustaría abrir mi propio restaurante, pero no rne lo puedo permitir por el momento. Si tuviera algo de dinero…

Serena hablaba para sus adentros, pero la expresión de Leo se endureció.

– Todo se reduce siempre a una cuestión de dinero, ¿no? -dijo en tono burlón-. Supongo que ésa es la razón por la cual no le gusta este matrimonio. No es por Richard, ni porque se vayan a llevar mal en el futuro, sino porque ha perdido dinero con el matrimonio de su socia.

– ¡Eso no es cierto! -exclamó Serena con expresión furiosa-. Candace es muy buena amiga mía; si no lo fuera, no me habría vestido de esta forma tan ridícula.

– Si realmente fuera su amiga, no estaría pensando en el dinero. La verdad es que, a veces, me pregunto si las mujeres pueden pensar en otra cosa.

– A veces, no nos dejan otra opción -replicó Serena con enfado-. No todos tenernos la suerte de heredar una gran fortuna -añadió-. Algunas personas tenemos que salir a la calle a ganarnos la vida y, por eso, empiezo con un nuevo trabajo el lunes. Juré que no volvería a cocinar para nadie, pero no tengo más remedio si quiero conseguir algo de dinero para montar mi propio negocio.

– ¿Y no ha intentado nunca encontrar a un hombre rico que pueda apoyarla? -preguntó Leo con cinismo-. Eso es lo que haría la mayoría de las mujeres. ¡Es mucho más fácil que trabajar!

– Ya le he dicho que yo no soy como otras mujeres -dijo Serena con frialdad.

– ¿Es usted precavida o simplemente está asustada?

– Soy sensata -corrigió ella de nuevo, levantando la barbilla.

– A mí no me parece que sea del tipo de las sensatas -dijo él, sonriendo de una forma que desarmó a Serena.

– ¿Y de qué tipo le parezco? -preguntó ella con arrogancia, sin saber que no estaría preparada para la respuesta.

– De las apasionadas -señaló él y sostuvo su mirada-. ¡Sí, apasionada!


– ¿Qué te parece Leo?

Serena observó cómo Leo hailaha en mitad del salón con tina guapa rubia.

– Creo que es un tipo arrogante, presumido y muy prepotente.

– ¿De veras? -dijo Candace, mirando a su amiga con sorpresa-. Yo creo que es encantador y debes admitir que tiene una conversación muy entretenida -explicó Candace.

– Bueno, no está mal -concedió Serena-. La verdad es que no esperaba que viniera a la boda -añadió-. ¿No se suponía que estaba muy ocupado y que, inmediatamente después de la ceremonia, tomaría de nuevo el avión a Nueva York?

– Ése era su primer plan, pero parece ser que le ha dicho a Richard que se queda para no perderse los bailes.

– Y adivino bien la razón -señaló Serena al verle abrazado a la rubia.

– Es muy atractivo, ¿verdad? -dijo Candace, observando la misma escena que Serena.

Serena se dio media vuelta para no delatar el interés que Leo había despertado en ella.

– Es un poco creído -replicó tratando de no dar importancia a sus palabras.

– Vaya, vaya, ¡por lo que veo te parece atractivo! -exclamó Candace, que conocía bien a su amiga.

– De acuerdo, es bastante guapo -admitió Serena-, pero eso no significa que me guste.

– Qué pena -dijo Candace-. Nosotros creímos que iba a gustarte. De hecho -dijo confidencialmente-, Richard y yo pensábamos que podías llegar a salir juntos.

– ¿Cómo? -exclamó Serena-. No lo dirás en serio, ¿verdad?

– ¿Por qué no? -protestó Candace-. Yo creo que sois una pareja perfecta. Richard dice que, desde que Leo heredó su fortuna, ha estado rodeado de mujeres, pero que lo que realmente necesita es alguien fuerte que le apoye, y tú necesitas un hombre al que no intimides, como es el caso de Leo.

– Yo no necesito a nadie -dijo Serena con énfasis.

– Sí, claro que sí -protestó de nuevo Candace-. No todos los hombres son como Alex. No puedes dejar que una experiencia negativa arruine tu vida sentimental.

– No ha sido sólo una experiencia -puntualizó Serena-. Mi hermana también creía que necesitaba a un hombre y fíjate lo que le ha pasado. Se marchó a Florida para seguir a Chris y él la deja sola con tres hijos que criar. ¡Tienes un marido y se te va con su secretaria!

– Madeleine tuvo mala suerte -dijo Candace-. Pero a ti no tiene por qué pasarte lo mismo. Richard y yo somos felices, aunque a ti te parezca que nos conocemos desde hace poco. Estoy segura de que encontrarás al hombre de tu vida, Serena. Tú siempre has apoyado a tu familia, apoyaste a tu madre y a tu hermana después. Ya es hora de que encuentres a alguien en quien apoyarte y que descubra lo divertida y cariñosa que eres.

– Leo no me parece el hombre más indicado para descubrir esas virtudes -dijo Serena con cierta amargura.

Leo había desaparecido con la rubia y Serena no dudó un instante en que se habrían marchado a algún lugar más íntimo.

– ¡Y aunque tuviera interés por mí, no me interesa lo más mínimo! -exclamó-. Tendrás que encontrarme otra pareja, Candace. ¡Leo Kerslake es el último hombre del que me enamoraría!

– ¿Por qué dice eso? -preguntó un voz detrás de ella.

Candace y Serena se dieron media vuelta, las dos demudadas y pálidas, al comprobar que Leo estaba detrás de ellas y que había escuchado lo que habían hablado. El nuevo sobresalto hizo que Serena derramara champán sobre su vestido y lo intentó limpiar rápidamente.

– ¡Ésta es la segunda vez que me hace esto hoy! -exclamó disgustada.

– No es culpa mía que estuvierais tan concentradas en la conversación que no me vierais llegar.

– No he nacido con ojos en la espalda -señaló Serena con ironía-. Y además, no pensaba volver a verlo. No es de buena educación escuchar las conversaciones ajenas.

– Lo único que he oído es que no te enamorarías de mí por nada del mundo -dijo él, tuteándola.

Leo miró significativamente a Candace, que le sonreía con expresión de culpabilidad. Más tarde, Candace ayudó a su amiga a terminar de limpiarse el vestido. El pelo de Serena caía por sus hombros, ya liberado de los lazos y la guirnalda de flores que había exigido la ceremonia.

Su cabello era su única vanidad. Era largo, denso y brillante; su color era cobrizo.

– La verdad es que no te había reconocido -dijo él-. Sólo cuando te oí mostrar tus opiniones en voz tan alta, me di cuenta de que eras tú.

Serena alzó la cabeza y se encontró con los ojos de Leo admirando su nuevo traje. Había cambiado de atuendo y ya no llevaba el traje de dama de honor, sino un vestido pegado al cuerpo de color fuego. El corte y el color enfatizaban la delgadez de su cuerpo y la originalidad de sus facciones.

La extraña de expresión de Leo hizo que Serena perdiera la noción de la realidad durante unos instantes.

– Estás tan distinta -dijo él por fin después de una tensa pausa.

– Lo único que he hecho ha sido cambiarme de vestido -dijo ella-. ¿Es algo tan asombroso?

Serena vio cómo su amiga levantaba las cejas por el tono con el que se dirigía a Leo, pero Leo parecía estar divirtiéndose.

– El cambio es considerable -respondió él.

– ¿Por qué no bailáis? -sugirió Candace de pronto-. Hay mucha gente con la que todavía no he hablado, así que debo dejaros solos -señaló sin hacer caso de la mirada de angustia que su amiga le dirigía.

Candace se marchó y Serena se quedó paralizada mirando el salón de baile y aislada en una burbuja de nerviosismo. Entonces, se atrevió a mirarlo y lo hizo directamente a sus ojos grises. Eran fríos y de un color claro que contrastaba con el moreno de su piel y, durante unos instantes, Serena sintió un estremecimiento placentero y aterrorizador al mismo tiempo.

– ¿Y bien? -dijo Leo-. ¿Bailamos como ha sugerido Candace?

– Sería mejor que se lo pidieras a otra -dijo ella con beligerancia, pues creía que Leo quería burlarse de ella-. No sé bailar…

Sin decir una palabra, Leo le quitó la copa de la mano y la dejó en una mesa cercana.

– Entonces, sólo tendremos que abrazarnos -dijo él y la agarró la de la mano antes de que ella pudiera protestar.

Otras parejas bailaban al ritmo de la música, unos agarrados y otros sueltos, pero Leo no la soltó, sino que, colocando una mano en.su cintura, la atrajo hacia él. Instintivamente, Serena trató de apartarse, aunque sólo consiguió que él aumentara la fuerza con que la agarraba.

– Relájate -ordenó él.

– No puedo -murmuró Serena-. Ya te lo he dicho, no sé bailar.

– No te estoy pidiendo que te comportes como una campeona de baile -señaló él con la misma ironía-. Todo lo que tienes que hacer es dejarte llevar por el ritmo de la música. No te estoy pidiendo algo tan difícil, ¿verdad?

Con aquel comentario, Leo la atrajo hacia él sin ceremonias y la agarró tan fuerte que ella no tuvo más remedio que dejarse balancear al ritmo de su vigoroso cuerpo.


CAPÍTULO 2

<p>CAPÍTULO 2</p>

SFRENA no podía respirar. Su corazón latía al ritmo que tocaba la banda. Quizás, Leo pudiera escuchar los latidos; se encontraban tan cerca el uno del otro. que Serena tuvo que cerrar los ojos para no mirar constantemente el rostro de Leo. Si se acercaba un poco más, su sien se apoyaría contra la mejilla de Leo; un poco más, y podría descansar la cabeza en su cuello.

– Todavía no me has dicho por qué no podrías enamorarte de mí -dijo Leo al oído de Serena.

Serena alzó la vista sobresaltada.

– ¿Por qué habría de enamorarme de ti? -preguntó volviendo a la realidad.

– Por nada; sólo quiero saber por qué te gusta tan poco la idea.

Serena miró por encima del hombro de Leo.

– Candace está intentando hacer de casamentera; ahora que ella está casada, quiere que los demás lo hagamos también. Richard y ella piensan que tú y yo haríamos una buena pareja.

– Intuyo por el tono irónico de tu voz que la idea no te parece muy buena -preguntó Leo, mientras seguía dirigiendo a Serena a lo largo del salón de baile.

– ¡Por supuesto que no! Aparte de que no eres el tipo de hombre que me parece atractivo. Yo tampoco soy tu tipo de todas formas.

– ¿Oh? ¿Y qué te hace decir eso?

– La observación -dijo Serena-. Me he fijado que te gustan las rubias explosivas.

Leo la miró con satisfacción.

– Me siento halagado al ver que me has estado observando, pero creo que te equivocas. No hay nadie entre las personas con las que he bailado esta tarde que concuerden con esa descripción. Ni siquiera tú y, ya me ves, aquí bailando contigo.

– Porque te has visto forzado. Si Candace no lo llega a decir, no estaríamos aquí los dos.

– De nuevo te equivocas, Serena. Quería ver si estás a la altura del vestido que llevas.

Serena lo miró confusa.

– ¿Qué quieres decir?

– Te has vestido así como un reto -dijo Leo-. Quieres ver si existe algún hombre que se atreva a descubrir si eres tan fiera como aparentas. Así los cobardes no se atreven a acercarse a ti, ¿verdad?

Serena quiso decirle que se equivocaba, que era a los hombres valientes a los que quería evitar. Su aspecto agresivo y fiero era tan sólo una coraza, una máscara que la protegía. Había dejado caer sus defensas con Alex y Alex la había engañado y herido. No iba a dejarse herir una vez más.

– Pues yo creo que es obvio -señaló mientras se recuperaba-. Apenas te conozco.

– Me conoces lo suficiente corno para decir que nunca te enarnorarías de mí -señaló él con una lógica aplastante.

– No puedo ir por ahí besando a desconocidos. Es demasiado peligroso; además, aquí hay mucha gente.

– Podemos ir a la terraza -sugirió él-. ¿O es que verdaderamente me tienes miedo?

– Eres muy bueno confundiendo a ¡agente con las palabras -dijo ella al verse perdida-. Yo creo que el cobarde eres tú; tú eres el que has dicho que no te arriesgarías a casarte.

– No estarnos hablando de matrimonio. Serena. Igual que tú, soy demasiado sensato como para casarme. pero eso no quiere decir que tenga miedo de mis propios sentimientos.

– ¡Ni yo tampoco!

– No puedes esperar que crea algo que no me has demostrado -insistió él.

– ¡De acuerdo! -exclamó ella por fin-. Te lo demostrare.

– Vamos -dijo él y la soltó.

– ¿Ahora?

A su alrededor varias parejas los observaban pues habían dejado de bailar y se miraban el uno al otro sin moverse.

– Vamos a la terraza -dijo él.

– No puedo creer lo que estoy haciendo -dijo Serena, una vez que salieron de salón de baile.

– ¿Y bien? -preguntó él.

Serena tragó saliva y se reprochó el haber caído fácilmente en una situación tan ridícula. Sin embargo, suspiró y decidió acabar con aquel trance lo antes posible. Caminó hacia él y, dejando sus manos sobre los hombros de Leo, lo besó furtivamente en la comisura de la boca.

– Ya está. ¿Contento?

Leo sacudió la cabeza lentamente.

– Cobarde.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó ella-. ¡Me has obligado a besarte y lo he hecho!

– ¿A esto le llamas un beso? Por un momento, creí que me besarías como es debido, pero veo que me he equivocado.

– De acuerdo -dijo ella furiosa-. ¡Veamos si esto te convence más!

Serena se acercó de nuevo a él y tomó su rostro entre las manos. Se sentía demasiado enfadada como para estar nerviosa; Leo, por su parte, no hizo ningún esfuerzo por atraerla hacia sí y dejó sus brazos relajados a ambos lados del cuerpo. Serena lo miró a los ojos con el rostro iluminado por la luz de la luna y unió sus labios a los de Leo.

Y entonces, se produjo una transformación en Serena; sintió que lo conocía desde hacía mucho tiempo y que lo había besado cientos de veces. La sensualidad de su beso fue tal que Leo la agarró por la cintura y la apretó contra él.

Estaba perdida. había olvidado que acababa de conocerlo, que, en realidad, no le gustaba y que él la había provocado deliberadamente. Caía en un océano de placer y su cuerpo respondía descontrolado ante la llama que Leo había encendido en ella.

– Estoy convencido -murmuró Leo, cuando Serena se apartó de él lentamente.

– ¿Convencido? -repitió ella, que había olvidado la causa de aquel beso.

– Retiro todo lo que he dicho antes -añadió Leo y acarició el cabello de Serena-. Creo que me has demostrado con creces que no me tienes miedo y que tampoco te asustan tus sentimientos.

La realidad golpeó a Serena de pronto como un jarro de agua fría. Se sintió ridícula por haber besado a un extraño y estar aún abrazada a él en aquella terraza.

– Tú… tú -tartamudeó de forma incoherente.

– Yo, ¿qué?

– Espero que estés satisfecho ahora -pudo decir al fin.

– Oh, lo estoy, lo estoy -dijo Leo-. Prefiero mil veces más tu pasión que tu mal humor, Serena.

– Esto no ha sido pasión -corrigió ella no muy segura de sus palabras-. Te he besado tan sólo para hacerte callar.

– Si besas asi por compromiso, ¿cómo serán tus besos cuan estés verdaderamente enamorada?

Leo estaba peligrosamente cerca y mantenía la barbilla de Serena entre sus dedos. Ella pudo lil rape con un movimiento brusco.

– Eso es algo que no podras comprobar- dijo dando media vuelta para salir de la terraza.

Serena cerro la puerta de su rurgoneta con violencia y se agachó para recoger sus tres bolsas de la compra. Llevaba tan sólo tres semanas en Erskine Brookes y todo le había salido mal.

La culpa de todo la tenía Leo Kerslake ya que, desde la escena de la terraza, había sido incapaz de olvidarse de él y con demasiada frecuencia su imagen volvía a su memoria.

No había vuelto a tener noticias de Leo desde la boda de Candace y ya habían pasado dos semanas. Se imaginaba que habría vuelto a los Estados Unidos y que no habría dedicado ni un sólo instante a pensar en ella.

Haciendo un gran esfuerzo por apartarle de sus pensamientos, Serena se había concentrado en su nuevo trabajo, pero cocinar para unos cuantos directivos todos los días era algo demasiado fácil nara una cocinera tan sofisticada y experta como ella. Erskine Brookes era un banco regentado por directivos de gustos muy conservadores.

En aquellos momentos, lo único que deseaba era un trabajo que representara un reto y que la hiciera olvidar a Leo; sin embargo, no podía dejar a la banca Brookes, ya que era la única fuente de ingresos con la que contaba. Si alguna vez podía montar su propio restaurante, tendría que trabajar durante bastante tiempo para gente tan aburrida como aquella, pero que, al menos, pagaba bien.

Además, tenía que pensar también en su hermana Madeleine. La pobre Madeleine se había quedado sola con sus tres hijos y un montón de deudas. Poco después, su ex-marido y su nueva esposa se mataron en un accidente y el mundo se le vino encima. A pesar de ser la mayor, Madeleine siempre se había apoyado en Serena en los malos momentos. Lo único que deseaba era saldar algunas de las deudas de su hermana y conseguir que trabajara en algo. Después de conseguir un futuro para su hermana, comenzaría a ahorrar para el suyo.

Madeleine la había llamado como cada semana y le había dicho que seguía buscando trabajo, a pesar de ser difícil cuidar a tres hijos y trabajar al mismo tiempo. Serena había sugerido a su hermana que regresara a Inglaterra. pero ella se había negado ya que sus hijos eran americanos como lo había sido su padre: su hogar estaba ya en los Estados Unidos.


Cuando miraba hacia el pasado, a Serena no le extrañaba que el matrimonio de su hermana hubiera fracasado como el de su propia madre. Tanto su padre como el marido de su hermana había tratado de privar a sus mujeres de la confianza en sí mismas; por aquella razón, sabía que, si Madeleine encontraba un trabajo, su autoestima se increnmentaría y podría ser una mujer más segura e independiente.

– ¿Has conocido a alguien interesante? -había preguntado su hermana en la última conversación.

A Serena le asombraba la capacidad que tenía su hermana de interesarse por los asuntos del corazón, a pesar del fracaso de su matrimonio. Pero lo que más le molestó fue el comprobar que el recuerdo de Leo volvía a su memoria y que su imagen la hacía estremecerse.

– No -había mentido.

Sin embargo, el mal estaba hecho y, desde aquel instante, no había podido deshacerse del pensamiento de Leo Kerslake. Incluso aquella misma noche, no pudo conciliar el sueño hasta las tres de la mañana. A la mañana siguiente, se levantó temprano para ir a trabajar a la banca Brookes y, desde el primer momento, todo le fue saliendo mal. Perdió el tren que la llevaba hasta la City londinense y más tarde, no encontró los ingredientes del menú que había previsto para aquel día. Tuvo que cambiar sus planes y comprar otros alimentos. Cuando por fin llegó al banco, el ascensor del personal de servicios estaba estropeado y tuvo que cruzar el vestíbulo con las bolsas de la compra ante la mirada horrorizada del recepcionista del banco. Serena se dirigía a los ascensores principales pensando que, por una vez que incumpliera las normas, no pasaría nada. Además, llegaba tarde al trabajo y le habían dejado muy claro que no podía retrasarse con los almuerzos.

Al entrar en el ascensor, que afortunadamente tan sólo ocupaba el botones, Serena suspiró aliviada y se apoyó contra la pared esperando a que se cerrara la puerta de un momento a otro. En el último instante, un hombre se coló por el pequeño espacio que quedaba.

Se trataba de Leo Kerslake.

– Hola, Serena -dijo él.

Serena creyó que el suelo del ascensor cedía bajo sus pies y se sintió desfallecer. Su vista no le estaba jugando una mala pasada. Ante sí tenía a Leo y por mucho que había tratado de olvidar sus facciones, cada ángulo de su cuerpo, allí lo tenía ante ella. Sus ojos eran aún más claros de lo que los recordaba, su mirada más intensa y su pelo más oscuro. Parecía más alto, más fuerte. más arrebatador. Tan sólo su boca permanecía como la recordaba: fría, firme, atractiva, burlona.

– Creí que estabas en los Estados Unidos -dijo ella, pues fue lo primero que se le ocurrió.

– Volví el fin de semana.

Leo no parecía en absoluto sorprendido de verla y, según creyó Serena, más bien parecía resignado o irritado.

– ¿Estás aquí por negocios? -preguntó ella en un tono algo brusco.

Él levantó las cejas sorprendido.

– Sí -contestó y advirtió que llevaba bolsas de la compra-. ¿Qué estás haciendo aquí?

– Trabajando.

– ¿Siempre usas este ascensor cuando vienes con la compra?

– ¿Y a ti qué te importa?

– No da una buena imagen ante los clientes del banco -señaló él.

– No todos los clientes del banco tienen que ser tan exigentes como tú -dijo ella de mal humor-. No hay duda de que siempre es mejor no tenerse que mezclar con la clase trabajadora -añadió con ironía-, pero el ascensor del personal de servicios está estropeado y no creo que tenga que subir nueve pisos cargada con bolsas tan sólo por no poder usar este ascensor. Aunque la verdad, si hubiera sabido que me iba a encontrar contigo, habría subido andando.

Leo sacudió la cabeza.

– ¡Siempre tan encantadora! Debías ser cuidadosa con tus palabras, Serena; puede que no sepas con quién estás hablando.

Serena sabía que Leo estaba en lo cierto, pero aquella mañana todo le había salido mal y estaba dispuesta a terminar de estropearlo.

– Bueno, bueno, vamos y me lo quito de encima cuanto antes -cedió por fin Serena.

– Er… llevas puesto el delantal -señaló Lindy-. ¿No te gustaría quitártelo?

– No, claro que no -dijo Serena-. Ya sabe que soy la cocinera, ¿no? Supongo que no esperará un pase de modelos.

– Bueno, no…, claro, pero es el presidente -dijo Lindy con seriedad.

– ¿Y qué? -replicó Serena sin dejarse impresionar-. Eso no hace que sea un dios y, además, no tengo por qué arreglarme.

Lindy se dio por vencida, pues, en realidad, como el resto del personal del banco, no sabía qué pensar sobre Serena. Los que la conocían poco, se llevaban una impresión equivocada pues, en general, intimidaba a la gente. Sin embargo, aquellos que tenían la posibilidad de hablar más con ella, se daban cuenta de que sus palabras, aunque bruscas, nunca eran malintencionadas. En el fondo, era una mujer amable y encantadora.

El despacho del presidente estaba un piso por debajo de la cocina y Serena se alegró de no tener que montar en el ascensor, por si volvía a encontrarse con Leo Kerslake. Esperaba que hubiera terminado el asunto que le había conducido al banco y que se hubiera marchado.

Lindy, al ver que Serena iba derecha al despacho sin siquiera llamar a la puerta, corrió para ade

lantarse y abrió ella misma la puerta después de llamar.

– Serena Sweeting, señor Kerslake.

Serena se quedó petrificada en la antesala del despacho sin dar crédito a lo que había oído. Era imposible que el destino le hubiese jugado tan mala pasada.

– ¿Cómo? -dijo de forma estúpida-. ¿Qué nombre es el que he oído?

– Has oído bien -dijo Leo, mientras se levantaba de su sillón-. Gracias, Lindy -añadió, despidiendo a su secretaria con una mirada.

Lindy abandonó el despacho con una expresión de sorpresa en su rostro.

– Tú no eres el presidente -dijo Serena parpadeando, como si tuviera que convencerse de lo que tenía ante sus ojos.

– Es curioso, pero eso es lo que muchos de mis directivos querrían -replicó él, bromeando-. Desgraciadamente para ti y para ellos, soy el presidente de Erskine Brookes.


CAPÍTULO 3

<p>CAPÍTULO 3</p>

P ERO…-dijo Serena todavía de pie junto a la puerta-. ¿Por qué no me lo dijiste'? Él se encogió de hombros. -No es un secreto. Si te hubieras fijado un poco, habrías visto mi nombre en el vestíbulo del banco y en el papel timbrado. La verdad es que creí que trabajando para esta empresa, te interesaría saber quién era su presidente. Es de profesionales el saber con quién se está tratando.

– Yo soy una profesional en lo que me incumbe que es la cocina -aseguró ella, sin que Leo pareciera impresionado.

– Pues perdona que te diga que no pareces muy profesional en estos momentos -dijo él, mirándola de arriba a abajo.

La mirada de Leo hizo que Serena recordara que llevaba el delantal, el pelo recogido con una cuerda que había encontrado por la cocina. y que, probablemente, tendría manchas de harina en las mejillas.

Leo tendió la mano hacia una de las sillas que había en el despacho.

– Será mejor que te sientes -dijo y ella obedeció-. ció-. Debo también decirte que tampoco te comportas como una profesional. En este banco, los empleados no pueden entrar a trabajar con vaqueros y una camiseta, o con el pelo despeinado, y menos aún utilizar los ascensores de los clientes con bolsas de la compra.

– ¿Acaso en Erskine Brookes se deja a los empleados respirar sin tu penniso'? -replicó ella.

Sabía que él llevaba razón y que le estaba bien empleada la recriminación, pero Serena era demasiado testaruda y no iba a dejar que le echara un sermón sin protestar.

– Si recuerdas lo que pasó esta mañana, subí en el ascensor porque el de servicio está estropeado y las bolsas estaban llenas de comida para alimentar a tus directivos. No las llevaba por diversión. Y en cuanto a mis ropas, no veo qué puede importar lo que lleve en la cocina. Tengo que vestirme con ropa informal y cómoda, no querrás que me vista de largo por si el ministro de Economía aparece para probar mis pastelillos, ¿verdad'?

– Lo único que espero de ti es que te comportes de forma educada y profesional mientras estés en el banco -dijo Leo-. Si vuelves a hablarle a alguien como me has hablado a mí esta mañana, te despediré inmediatamente. Afortunadamente, hay dos factores a tu favor: el primero es que eres una excelente cocinera y el segundo que, por lo que he hablado con otros empleados, puedes llegar a ser encantadora. Me han dicho que hiciste un pastel especial para celebrar el cumpleaños de una de las empleadas de la limpieza y que ayudaste a la secretaria de Bob Chambers a preparar un postre para una cena en su casa a la que llegaba tarde por quedarse a trabajar más de la cuenta…

– Sí, lo sé, pero lo hice en horas extras; al banco no le perjudicó en absoluto -comenzó Serena a la defensiva.

– Oh, sí, te creo -dijo él-. Lo único que siento es que mantengas tu forma de ser encantadora tan escondida la mayor parte del tiempo. Quieres dar la impresión de que eres dura, pero no eres ni la mitad de dura de lo que pretender ser. Después de todo -continuó sin apartar la mirada de los labios de Serena-, tengo más razones que cualquiera para saber lo dulce y lo cariñosa que puedes ser cuando lo intentas.

Serena se sonrojó y se puso en pie por un acto casi reflejo al recordar el beso que los unió durante unos breves minutos. Incapaz de mirarlo, Serena se dirigió hacia una de las ventanas y rodeó su cintura con los brazos.

– ¿Sabías en la boda que trabajaría para ti? -preguntó.

– No. Lo he descubierto al volver este fin de semana y mirar los papeles que tenía pendientes.

– No podía imaginar que eras el dueño de este banco -dijo Serena, malhumorada-. Richard tan sólo me dijo que habías heredado una fortuna.

– Sí, heredé las participaciones de mi madre,

que al ser la última de los Erskine, me lo dejó toda, a mí. Eso me ha hecho ser el presidente de Erskinf Brookes y la verdad es que no ha sido un cambia muy bien recibido entre algunos directivos y I. cocinera, pero no pienso abandonar el cargo par. haceros felices -dijo irónico-. Eso significa que si quieres quedarte a trabajar aquí, tendrás que ha cerlo a mi manera. Y ahora, siéntate otra vez Quiero discutir contigo cómo vas a trabajar.

Serena levantó la barbilla en un gesto de testa rudez.

– Yo decidiré cómo voy a trabajar -afirmó.

– No, Serena -dijo Leo con una expresión im placable-. Éste es mi banco y tú trabajas para mí Si quieres el puesto, tendrás que aceptar que soN yo el que toma las decisiones y, aunque te parezcÍ mentira, sé distinguir entre un buen paté y comid, para perros, así que quiero que me muestres lo menús que vas planificando para cada semana.

– ¿Es que no tienes cosas más importantes quf hacer? -preguntó ella con impaciencia-. No tiene sentido que me hayas contratado para planificar menús, si quieres hacerlo conmigo. ¿Acaso vas preparar la comida tú también?

– Espero no tener que cambiar nada de tus plainificaciones -dijo Leo con frialdad-Pero me gusta saber qué es lo que sucede en el banco desde la cocina hasta la sala de operaciones. Eso significa que sabré en todo momento cómo trabaja mi personal.

– Me pagan por cocinar, no por hacer la vida agradable a la gente -dijo Serena-. Si no te gusta mi forma de cocinar, sólo tienes que decírmelo y encontrar a alguien que me sustituya.

Leo suspiró.

– De verdad, debes aprender a no ser tan brusca, Serena. ¿Dejarías un trabajo en el que se te paga estupendamente sólo por salirte con la tuya?

Serena deseó decirle lo que podía hacer con su maravilloso trabajo, pero se acordó de Madeleine. Le había prometido mandarle algo de dinero para que los niños pudieran ir a un campamento de verano.

– No -dijo-, pero lo hago porque necesito el dinero. ¡No sabía que pelotear al presidente fuera parte de mis obligaciones!

– ¿Quieres que te pague un poco más por ser amable?

– Me vendría bien -dijo ella, ignorando deliberadamente el sarcasmo en el tono de Leo-. ¿Cuánto me ofreces?

Serena se arrepintió inmediatamente de sus palabras.

– Eso depende de lo amable que estés preparada a ser -dijo Leo y Serena se acaloró en pocos segundos.

Se arrepentía de lo que había dicho y se reprochaba el no pensar dos veces las cosas que decía.

De pronto, apartó la vista de Leo y se levantó una vez más.

– Debo volver a la cocina.

– Por supuesto -dijo él sin perder la compostura-. Oh, puede que necesites esto -añadió y abrió un cajón del que sacó la diadema que Serena llevaba el día de la boda de Candace.

Serena tomó la diadema como si estuviera al rojo vivo.

– ,De dónde la has sacado? -preguntó al reconocer que era la suya.

Sin embargo, antes de que él pudiera contestar, Serena supo la respuesta.

– Te la dejaste en la terraza. Se te cayó mientras…bueno mientras estaba ocupada.

– ¿Mientras me besabas? -continuó ella, mirándolo a los ojos con firmeza.

– Tal y como yo lo recuerdo, tú eras la que me besabas.

– ¡Claro, porque me provocaste!

– Y fue muy agradable -señaló Leo sonriendo y se acercó a ella para limpiarle el rastro de la harina de su mejilla-. Eso sí que valdría un aumento.

Serena se sintió horrorizada ante la reacción de su cuerpo a la caricia de Leo. Su rostro se estremeció y tuvo que dar un paso atrás para no caer en el juego de su cercanía.

– Puede que esté desesperada por el dinero, pero no tanto -dijo ella, conservando su dignidad-. ¡Puedes quedarte con tu maravilloso trabajo si eso significa que tengo que ser amable contigo! -exclamó.

Serena se dio media vuelta y salió del despacho con un fuerte portazo.


La expresión de incredulidad en el rostro de Lindy cuando vio salir a Serena como una exhalación del despacho se tornó en compasión. La gente que osaba enfadar a Leo Kerslake no duraba mucho en el banco Erskine Brookes y, cuando Serena se calmó, se dio cuenta de que recibiría la notificación del despido en cualquier momento.

Sin embargo, no sucedió nada ni aquella tarde, ni al día siguiente y, poco a poco, Serena se fue relajando. Al fin y al cabo, Leo no la había tomado en serio y habría pensado que no iba a dejar su trabajo por un absurdo pique entre los dos.

Durante las dos siguientes semanas, Serena no vio mucho a Leo. De vez en cuando, lo veía en el comedor, pero estaba tan ocupado hablando con los directivos, que apenas advertía su presencia. Otras veces, lo veía de refilón montando en el ascensor y, cuando sucedía, su corazón latía con fuerza.

Un martes por la tarde, Serena esperaba en su furgoneta para salir del aparcamiento, cuando vio a Leo abandonando el banco acompañado por una bella jovencita rubia que le llevaba del brazo. La joven le sonreía y sus cabellos brillaban como el

oro bajo el sol del atardecer. Vestía un elegante traje de color rosa y unos zapatos de tacón; toda ella irradiaba riqueza y glamour.

Súbitamente, se dio cuenta su propio aspecto, vestida con vaqueros y una camiseta vieja y apretó el volante al verlos cruzar la calle, charlando animadamente y riendo.

Tan sólo el claxon del coche que se encontraba detrás, hizo que Serena volviera a la realidad. Salió en dirección contraria a la de Leo y la joven, diciéndose una y otra vez que no era asunto suyo con quién saliera Leo. Sin embargo, aquella tarde tampoco pudo olvidar la imagen de Kerslake acompañado de la joven rubia. Afortunadamente, Candace la llamó y, de aquella forma, distrajo su atención.

– Vente a cenar mañana por la noche -dijo Candace que acaba de volver de su luna de miel en las Maldivas-. Podremos hablar y verás las fotos de la boda.

Serena no estaba segura de querer pasar la noche viendo fotos que le recordarían a Leo, pero el plan era más alentador que una velada sola en su casa y pensando en lo mismo.

– Me encantaría -contestó.

Al día siguiente, Serena se encontraba de mejor humor y contenta de salir de casa aquella noche. Sin embargo, su buen humor se vio empañado cuando vio a Leo y a su novia rubia en el comedor del banco. Aunque la mesa en la que estaban sentados estaba ocupada también por otros ejecutivos, la joven no tenía ojos más que para Leo.

Como no le habían dado la orden de que sirviera un menú especial, se dispuso a servir el menú del día. Se acercó a la mesa para colocar unos rollitos de aperitivo y su nerviosismo le jugó una mala pasada. Consciente de que Leo la observaba, a Serena se le cayó la cesta en la que llevaba el aperitivo, que se desparramó por toda la mesa. Ante el desastre, se apresuró a limpiarlo, pero tiró un vaso de agua y tuvo que deshacerse en disculpas.

Roja de vergüenza, Serena arregló el desastre y se retiró, advirtiendo que Leo no apartaba la vista de ella. Podía imaginar la sonrisa de sarcasmo que cruzaría su rostro al ver que él era la causa de su turbación.

Fue un alivio cuando su jornada laboral terminó y pudo montar en un taxi con dirección a la nueva casa de Richard y Candace. Lo único que necesitaba era una copa que la animara y la hiciera olvidar la vergüenza que había pasado por la mañana.

Candace estaba guapa y morena y, cuando vio a Serena, la abrazó rebosante de felicidad.

– ¡No sabes lo maravillosa que es la vida de casada! -exclamó mientras la dirigía al salón.

Pero Serena se quedó paralizada en la misma puerta al ver que Leo se encontraba en la misma habitación hablando con Richard. En cuanto se

percató de la presencia de Serena, guardó silenc y la miró.

– ¡No sabía que ibas a estar aquí! -dijo ella s pensar.

– Para mí también es una sorpresa tu presenc en esta casa -señaló él con frialdad.

Sus ojos grises mostraban una extraña expr sión, una mezcla de diversión, irritación ante constante antagonismo de Serena e, incluso, apr cio ante el aspecto de Serena. Llevaba, como sier pre, sus vaqueros, pero, en aquella ocasión, los h bía conjuntado con una camiseta de color ver, esmeralda que contrastaba con el cobre de su pel

– Nos pareció una buena idea el que estuviera los dos aquí -dijo Richard con cierto nervi sismo-. El padrino y la dama de honor junte Además, supongo que querréis ver el vídeo de boda.

Serena no pudo imaginar ni una sola cosa q le apeteciera menos.

– Estábamos allí, Richard -señaló-. Ya sabemos lo que pasó. ¿Podemos ver las fotos de las Mato vas?

– Puedes verlas después -señaló Candace, q ya estaba acostumbrada a la forma de ser de amiga-. El vídeo es muy divertido -añadió y tendió a Serena una copa de vino-. Ponlo, cariño.

Leo Y Serena fueron colocados juntos en frente de la television mientras Richard preparaba el video.

– Te encantará -dijo Richard a Serena.

Richard conectó el vídeo y se fueron sucediendo las imágenes de la ceremonia y de la recepción posterior. Apareció en él, Leo con su expresión ausente y Serena, con su horrible vestido y su aspecto de encontrarse fuera de lugar. Más tarde se sucedieron las escenas del baile y Serena tembló ante la idea de que la hubieran filmado bailando con Leo. Desgraciadamente, así había sido y se vio en brazos de Leo, como si se encontrara en los del hombre de su vida, relajada y con los ojos cerrados. El rostro de Leo no podía verse, pues el cabello de Serena lo tapaba.

Serena sintió que no sabía si pegar a Richard, a Leo o marcharse de allí inmediatamente. ¿Y si habían filmado el beso?

– Vaya forma de bailar -señaló Richard, mirando pícaramente a Leo.

Leo no se inmutó, sentado en el sofá y tan sólo una sonrisa irónica apareció su rostro.

– ¿Pero qué dices, Richard? ¡Sólo es un baile! -se apresuró a decir Serena, abochornada.

Por fin, el vídeo terminó y Serena pudo respirar aliviada. Candace se aclaró la garganta, decidiendo que había que cambiar de tema.

– Cuéntanos algo sobre tu nuevo trabajo, Serena. ¿Estás trabajando para alguien agradable?

Serena miró de reojo a Leo y se enfureció al ver que él parecía estar divirtiéndose con todo aquello.

– No creo que «amable» sea la palabra mas adecuada para describirle -dijo ella.

– Serena está trabajando para mí -desveló Leo.

– ¿De veras? -preguntó Candace, sorprendida-.¡Qué coincidencia tan alucinante!

– Alucinante -repitió Serena.

Richard miró a Leo con complicidad. -¡Apuesto a que no es la empleada más fácil de llevar! ¿Cómo demonios puedes dominarla?

Leo miró a Serena, que le devolvió la mirada con la agresividad de sus ojos verdes.

– Con mucho cuidado -señaló él.


A Serena la velada le pareció interminable y, cuando por fin terminaron de ver las fotos y de contar lo sucedido en la luna de miel, respiró aliviada. Apreciaba mucho a su amiga Candace, pero todo aquel revuelo de recién casados la aburría.

Cuando Leo explicó que, a la mañana siguiente, tenía que trabajar temprano y que debía retirarse, se ofreció para llevar a Serena a su casa y tal era su agotamiento, que aceptó.

– Gracias -dijo una vez en el coche-. Lo único que saco en claro de estas cosas es que no quiero casarme.

– Desde luego, no tenías aspecto de divertirte mucho -dijo Leo, mientras ponía en marcha el coche.

– La boda ya fue suficiente como para aguantar encima un vídeo -protestó ella-. ¡Qué raro que no hayan hecho camisetas de la boda! -bromeó-. ¿Y por qué Candace empieza ahora todas sus frases con «Richard dice», «Richard piensa»'? ¡Ella solía pensar por sí misma antes!

– Ésa no es la razón por la que estás en contra del matrimonio, ¿verdad? -dijo Leo, mirándola de vez en cuando.

– ¿Qué quieres decir?

– He hablado con Candace antes de que llegaras y me ha contado lo de Alex -explicó él-. Dice que te rompió el corazón.

– Lo hizo en su momento, pero ahora, cuando vuelvo la vista atrás, creo que recibí una buena lección -señaló ella sin dejar de mirar al frente-. ¿Te dijo que era un hombre casado?

– Sí, y que tú eras muy joven.

– Tenía veintiún años y era demasiado tonta como para darme cuenta de por qué era tan poco claro en algunas respuestas. Más tarde, su mujer se enteró y vino a verme. Fue horrible -explicó Serena-. La mujer se encontraba destrozada por el engaño de Alex y, además, él la hizo creer que yo era la que le había manipulado y la que le estaba obligando a abandonarla para que se casara conmigo.

Durante unos instantes, Serena guardó silencio y pensó en lo mucho que la mujer de Alex le recordaba a su propia madre. Su padre nunca la había engañado, pero sí humillado de otras maneras.

Le hubiera gustado recordarlo antes de conocer a Alex, pero no lo olvidaría nunca más.

– No sé por qué Candace tiene que hablar de mí contigo -señaló con cierto disgusto Serena.

– Se preocupa por ti -dijo Leo inesperadamente-. Me ha contado que tú la ayudaste con otros problemas en el pasado y que nunca le has reprochado el haber tenido que vender el negocio, aunque sabe lo mucho que representaba para ti.

– Oh, bueno -comenzó ella un poco avergonzada de lo mucho que Candace le había contado-… Supongo que todo ha sido para bien. Por lo menos, eso me ha dado la oportunidad de poder ahorrar para mi propio restaurante. Es lo que en realidad deseo.

– ¿Ah sí? -dijo Leo y la miró aprovechando un semáforo en rojo-. ¿Estás segura de que no albergas un secreto deseo de casarte como ha hecho Candace?

Serena contempló el magnífico perfil de Leo y sus fuertes manos al volante del coche. Su corazón llevaba la contraria a su razón.

– Estoy segura -dijo por fin con más ahínco del necesario.

– En ese caso, creo que puedo ayudarte.

– ¿Ayudarme? -preguntó ella, mirándolo perpleja-. No necesito ninguna ayuda.

– Tengo que hacerte una proposición -dijo él.

– Una de tipo financiero

– ¿Un trabajo?

– Algo así. ¿Está muy lejos tu apartamento? -En el próximo cruce -dijo Serena, sorprendida. -En ese caso, ¿puedo explicártelo cuando lleguemos? Es un poco complicado.

– De acuerdo -concedió ella.

Minutos más tarde, en el apartamento, Serena se dirigió a la cocina para preparar un café y tras ella caminaba Leo.

– ¿Y bien? -dijo ella con nerviosismo-. ¿Me vas a contar algo más de la misteriosa proposición?

– Es sencillo -dijo él con calma-. Necesito una novia.

Serena sintió que el corazón le daba un vuelco y derramó el café sobre la encimera. -¿Que necesitas una qué?

– Una novia.

– ¡Pero yo creía que no querías casarte!

– No quiero. He dicho que necesito una novia, no una esposa.

Completamente perdida, Serena puso la cafetera en el fuego.

– No entiendo -dijo.

– Te lo explicaré, aunque va a ser un poco largo -señaló y se apartó de la nevera para meter las manos en los bolsillos de su pantalón y mirar al suelo.

– Sabes que he heredado todas las participaciones del banco de mi madre -dijo por fin-. Lo que, probablemente, no sabrás es que mis padres se mataron cuando yo tenía dieciséis años, así que no tuvieron tiempo para dejar nada dispuesto de mi herencia. Como resultado, yo no he podido heredar hasta cumplidos los treinta años.

La cafetera marcó que el café estaba listo y Serena lo apartó del fuego de forma automática.

– No sabía nada de eso -dijo ella muy pendiente de lo que él explicaba-. Creí que llevabas mucho tiempo en Erskine Brookes.

– Que va. Podría haberlo hecho, pero preferí esperar y saborear un poco mi libertad antes de asumir tanta responsabilidad. He crecido con la presión de saber lo que me esperaba.

Leo se detuvo unos instantes para retomar el hilo de sus pensamientos.

– Después de que mis padres se mataran, todo empeoró, pues la presión se hizo aún mayor; todos me decían cómo debía actuar y lo que debía hacer. pues era lo que mis padres habrían querido. Terminé los estudios como un niño bueno y fui a la universidad, porque era lo que se esperaba de mí, y más tarde, descubrí, que si quería saber lo que era la libertad, tenía que aprovechar aquel momento, ya que debía incorporarme al banco tan pronto como terminara la carrera. Cuando anuncié que iba a darme una vuelta por el mundo, en lugar de incorporarme al banco, el resto de los socios se llevaron las manos a la cabeza.

¿Encontraste lo que buscabas? -preguntó ella.

Leo hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

– Encontré mucho más de lo que esperaba. La libertad fue un descubrimiento maravilloso; vi que podía hacer lo que me quisiera, en el momento en que yo eligiera y sin tener que pensar en el banco o en lo que esperaban de mí -explicó y de pronto se detuvo para mirarla-. Supongo que estarás preguntándote qué tiene todo esto que ver contigo, ¿no?

– Parece que va a ser una larga historia -dijo ella, colocando la cafetera y unas tazas en una bandeja para llevarlo todo al salón-. Creo que debemos ponernos cómodos. Sigue -añadió-. ¿Qué te hizo volver al banco si lo odiabas tanto?

– Una vez que fui libre para vivir mi propia vida, olvidé el odio y fui necesitando algo en qué ocuparme, un reto y eso es lo que Erskine Brookes representa para mí. Supongo que siempre supe que el banco sería mío y, en el fondo, nunca he querido defraudar a mis padres. Pero quiero hacer que el banco sea mío, hacer las cosas a mi manera y no a la de mi abuelo -señaló él y aceptó la taza que Serena le tendía desde el otro lado del sofá.

– Así que decidiste dar por terminado el período de libertad, ¿no?

– Sólo en la medida en que fuera necesario -dijo Leo-. Sabía que, si quería llevar con éxito el banco, tendría que comprometerme hasta cierto punto, pero todavía sé que soy libre, porque puedo

dejarlo todo si quiero. Mañana podría Levantarme y volver a la vida que llevaba antes, porque no tengo ningún compromiso personal, no tengo mujer, ni hijos, en mi vida no hay nada que me ate. Ésa es la auténtica libertad, y es la única para la que no estoy preparado a renunciar.

– Entiendo -dijo Serena, tratando de evitar la desilusión que provocaban sus palabras-. ¿Y qué pasó cuando decidiste regresar y reclamar tu herencia?

– Pues no fui recibido con los brazos abiertos, precisamente. Los socios y la directiva se habían acostumbrado a hacer las cosas de una determinada forma y se horrorizaron al ver que yo quería enterarme de todo lo que se hacía en el banco. Son demasiado tradicionales. ¿Te has fijado en lo anticuado que es el vestíbulo? -preguntó él y Serena afirmó con la cabeza-. Supongo que es una demostración más de una forma de pensar. No les gustan los cambios, así que tengo que hacer las cosas con mucho cuidado.

Leo se levantó del sofá con la taza de café entre sus manos y siguió contándole a Serena sus planes futuros para el banco. Hablaba como para sí mismo.

– Quisiera que el banco se expandiera y he estado estableciendo otros contactos para tantear la posibilidad de una absorción. Naturalmente, con la absorción veré quién tiene el poder, si la junta directiva o yo. Si no lo consigo, ellos lo entenderan como una victoria de las ideas tradicionales, y yo tendré que luchar con más fuerza si quiero cambiar algo.

– ¿Y por qué no les presionas como haces con el resto de la gente? -preguntó Serena-. ¿Cuál es el problema?

– Redmayne y Cía es un banco de tipo familiar como el mío, y Bill Redmayne, el presidente, quiere que el banco se quede en el patrimonio familiar. Sus hijos, sin embargo, están deseosos de vender parte de sus acciones.

– Pues si quieren vender, ¿por qué no les dices que convenzan a su padre?

– Esa era la idea original -dijo Leo-; desgraciadamente, he descubierto otro problema. -¿Oh? ¿Cuál?

El vaciló unos instantes y colocó la taza sobre la mesa.

– El verdadero problema es Noelle Redmayne.


CAPÍTULO 4

<p>CAPÍTULO 4</p>

LENTAMENTE, Serena dejó la taza sobre la mesa tal y como había hecho Leo. -¿Noelle? -preguntó, aunque tenía la sensación de saber perfectamente de quién se trataba.

– Puede que te fijaras en ellas en la comida de hoy -dijo Leo-. Es una joven muy atractiva.

– Sí, me he fijado -dijo ella fríamente-. Pero por tu forma de tratarla yo no diría que representa un problema para ti.

– Noelle y su hermano son mis contactos con Bill Redinayne -explicó Leo-. Como es natural, he tenido que citarme con ellos frecuentemente para que no pierdan la sensación de que nos interesa mutuamente esta operación y así, tengo tiempo de que su padre ceda por el bien de todos.

– No creo que entretener a alguien corno Noelle sea una tarea desagradable -señaló Serena-. ¿O me vas a decir que tu relación con Noelle es estrictamente profesional?

Leo cambió de expresión y pareció contener un su ira con cierta dificultad.

– Así me gustaría que fuera -dijo con el ceño fruncido-. Mi prioridad en estos momentos es la fusión de los dos bancos, aunque, desgraciadamente, Noelle parece estar interpretando erróneamente mis intenciones. Cree que la unión es tanto personal como financiera y ése es el problema.

Creo que está interesada en el matrimonio.

– ¿Y no le has dicho que tú no lo estás? ¡No lo mantienes en secreto con nadie más! -dijo Serena, dejando entrever que estaba celosa.

– No puedo arriesgarme a enfrentarme con Noelle en estos momentos. Necesito su voto a favor y su influencia sobre su padre. Bill Redmayne hará lo que ella diga. Si le digo directamente que no estoy interesado en casarme con ella, puede retirarme su apoyo; y si espero a que la unión de los bancos se haya efectuado, su padre puede decirme después que engatusar a su hija ha sido una maniobra para conseguir nm¡ propósito.

– Sí, entiendo que la situación es problemática -concedió Serena, al reflexionar sobre el tema más fríamente.

– Lo único que tengo que demostrar a Noelle es que está perdiendo el tiempo conmigo. No sabía cómo hacerlo, pero se me ha ocurrido la forma cuando veíamos el vídeo esta noche.

– ¡Me alegro de que lo hayas encontrado revelador!

– ¿No te diste cuenta de que parecíamos un par de enamorados? -preguntó él.

Serena se sonrojó.

– Pero no lo somos.

– No, pero podríamos haber engañado a cual quiera; el mismo Richard hizo un comentario sobre ello.

– ¿Qué es exactamente lo que estás sugiriendo? -preguntó ella.

– Te estoy ofreciendo un trato. Yo te pagaría una suma considerable, digamos cinco mil libras, si te haces pasar por mi novia mientras duren las negociaciones sobre la unión de los dos bancos y así convencer a Noelle de que no estoy disponible para casarme. Será cuestión de pocas semanas; creo que la oferta es bastante generosa.

– Esa unión debe ser muy importante para ti -señaló ella, tratando de comprender bien lo que le había propuesto.

– Mi libertad también -dijo Leo-. Me importan ambas cosas.

– ¿Y por qué me lo has pedido a mí?

– Creo que la respuesta es sencilla. Podría habérselo pedido a muchas mujeres. pero sólo tú me has dejado bien claro que no te interesa el matrimonio y no eres hipócrita con el tema del dinero.

Te estoy ofreciendo la oportunidad de ganar una importante suma para tus ahorros. No es muy probable que ganes cinco mil libras tan fácilmente.

– ¡Yo no creo que fingir que estoy enamorada de ti sea cosa fácil! -exclamó ella.

– Pues no tuviste muchas dificultades en fingirlo en la boda -señaló él.

– ¡No estaba fingiendo!

Leo mostró su sorpresa con un gesto burlón. -No querrás decirme que estabas enamorada de mí, ¿verdad?

– Sabes perfectamente que no -replicó ella inmediatamente-. Sólo te besé porque tú me provocaste.

– Fuiste muy convincente -dijo Leo-. Por eso creo que no tendrás dificultades en fingir que me quieres y menos aún sabiendo lo que voy a pagarte.

Aquel último comentario hirió la sensibilidad de Serena y apartó toda tentación de aceptar aquel trabajo.

– Me temo que tendrás que encontrar a otra persona que esté dispuesta a representar ese papel. A mí no me interesa.

– Eres demasiado testaruda, Serena. Ya te he dicho que puedes arrepentirte alguna vez de tu forma de ser.

– ¿Quieres decir que estoy despedida?

– No, sólo quiero que lo pienses un poco más. Puede que cambies de opinión.

– Nunca cambio de idea.

Leo sonrió y se terminó su café.

– Ya veremos -dijo dejando la taza sobre la bandeja.

– ¿Serena?

Con el auricular junto al oído, Serena luchaba contra las sábanas y la almohada para incorporarse sobre la cama. Con los ojos medio cerrados, miró torpemente el despertador y comprobó que eran las cuatro y cuarto de la madrugada. El insistente timbre del teléfono había interrumpido sus sueños sobre Leo.

– ¿Madeleine? -dijo adormilada, al reconocer vagamente la voz de su hermana-. Madeleine, ¿qué pasa?

– Se trata de Bobby -respondió su hermana quien rompió a llorar amargamente.

Tardó varios minutos en reponerse y, por fin, le contó a Serena que Bobby, su hijo menor, había tenido que ser hospitalizado al haber sufrido un ataque indeterminado mientras desayunaba. Al parecer, los médicos no sabían cuál era la causa y tenían que someterle a varias pruebas.

– ¿Qué es lo que voy a hacer, Serena? Las facturas del hospital son tan elevadas…

Serena todavía pensaba en su hermana como la niña pequeña que necesitaba ser protegida. Desde que su marido, Chris, se divorció, ella había sido el único apoyo de Madeleine, así que, si necesitaba dinero, lo conseguiría y sabía cómo hacerlo. Por mucho que hubiera rechazado la oferta de Leo, en aquellos momentos, tenía una buena razón para aceptarlo y solucionar él problema de su hermana.

– Creo que sé lo que vamos a hacer -dijo a su hermana-. Tú sólo ocúpate de cuidar a Bobby y yo me encargaré del dinero. Con un poco de suerte, podré hacerte un giro hoy mismo a última hora.

– Pero, Serena, es que va a ser muy caro -protestó Madeleine con nerviosismo-… y a ti tampoco te sobra.

Serena cruzó los dedos.

Dentro de pocas horas me sobrará.


Vacilante, Serena se frotaba las pianos sudorosas en sus vaqueros mientras se debatía frente a la puerta del despacho de Lindy. Se preguntaba si Leo habría cambiado de idea o si habría encontrado a alguien mejor.

Decidida, por fin, a disipar todas sus dudas, abrió la puerta esperando encontrar a Lindy sentada junto a su mesa; sin embargo, encontró a Leo al lado de su secretaria, dictándole una carta.

– Serena -dijo él con cierta expectación-. ¿Querías verme?

– Sí -dijo ella.

– Entra a mi despacho.

El rostro de Lindy mostraba una indecible curiosidad cuando Leo abrió la puerta de su despacho y dejó pasar primero a Serena. Más tarde, cerró la puerta tras ella.

– ¿No quieres sentarte? -preguntó él, después de unos tensos minutos de silencio en los que ambos se miraron sin saber qué decir.

– Oh, sí, sí -dijo ella con precipitación.

– ¿Y bien? -preguntó Leo con impaciencia al ver que Serena no decía nada

– Es sobre la oferta que me hiciste ayer por la noche -replicó ella con brusquedad.

– ¿La que rechazaste? -señaló él en un tono distendido, pero con la mirada fija en ella.

– Sí… yo… he cambiado de idea.

– ¿No decías que nunca cambiabas de idea? -recordó Leo.

Serena humedeció sus labios y se dio cuenta de que aquella conversación no le iba a resultar en absoluto fácil.

– Bueno, pues he cambiado de idea, pero me gustaría hablar otra vez del precio.

– Sorpresa, sorpresa -dijo él con sarcasmo y se retrepó en su sillón de cuero-. ¿Y cuánto crees que vales. Serena?

– Veinte mil libras.

Leo se incorporó inmediatamente sin disimular su sorpresa.

– ¿Cómo?

– En efectivo -siguió Serena con calma-. Ycinco mil por adelantado.

Se produjo un incómodo silencio.

– Creí haber conocido a mujeres mercenarias pero tú las has superado a todas con creces -dijc él-. Sé que te valoras mucho, pero no sabía qui tanto. ¡Esto se parece más a una extorsión!

– Puedes permitírtelo -dijo Serena con resolución-. Si la unión de los bancos y tu libertad son tan importantes, yo valgo veinte mil libras.

– ¡Tendrás que resultar muy convincente por esa suma tan enorme de dinero!

Serena levantó la barbilla con arrogancia y lo miró directamente a los ojos.

– Lo seré.

– Me pregunto… -comenzó Leo, levantándose de su sillón y acercándose a ella lentamente y con las manos en los bolsillos del pantalón.

Su figura, de considerable estatura, la cubrió por completo de forma amenazadora y Serena se levantó vacilante. Ambos se miraron y en el rostro moreno de Leo sólo resaltaba la claridad plateada de sus ojos, frente a la viveza del verde de los de Serena. La luz que entraba por el ventanal, de espaldas a ella, dotaba a su cabello largo de un fuerte color cobrizo que la rodeaba como un aura. Llevaba la melena recogida en la nuca y Leo, de manera impersonal, la soltó extendiendo la mata de cabellos sobre sus hombros. Después, sus dedos recorrieron el* rostro de Serena desde la sien, siguiendo el ángulo de sus mejilla, hasta sostenerla por el cuello, alzando así su barbilla.

– Creo que tendrás que demostrarme lo convincente que vas a ser -murmuró.

Serena encontró, entonces, dificultades para respirar. Todos sus sentidos se alertaron bajo su caricia, tan cálida y a la vez tan firme. Sabía que tenía que decir algo, que tenía que recordarle que su contacto no era sino una transacción económica, pero se encontraba aturdida bajo aquella mirada de plata y enmudeció.

– Si no fuera porque veo el dinero asomar en tus hermosos ojos verdes, creería en tu palabra -dijo Leo-, pero tal y como están las cosas, creo que debo comprobar si merece la pena lo que voy a desembolsar.

Serena abrió la boca, pero nunca supo lo que podría haber dicho, ya que, inmediatamente después, los labios de Leo cubrieron los suyos. En aquel instante, Serena olvidó el lugar en el que se encontraba bajo una fuerte sensación de placer.

Con un gemido como respuesta instintiva, Serena se unió a él y dejó que sus manos exploraran su torso y su espalda, sintiendo la musculatura bajo la suave textura de su camisa.

Leo la abrazó con fuerza y con un movimiento decidido sacó la blanca camiseta de Serena del vaquero, para acariciar directamente su piel.

Serena se estremeció ante el excitante contacto de su mano en su espalda y se arqueó de placer, hasta que perdió el control.

Fue Leo el que de pronto se detuvo. Arrastrada por el placer, Serena había olvidado todo menos la necesidad de saciar su deseo; por ello, cuando él apartó la mano de su espalda y le colocó de nuevo la camiseta, se quedó perpleja mientras ambos trataban de recobrar el ritmo normal de sus respiraciones.

– Creo que podemos cerrar el trato -dijo él por fin.

– ¿Trato? ¿Qué trato? -preguntó ella, sintiendo que sus piernas le fallaban.

El beso había sido tan arrebatador y tan apasionado, que a Serena le costó trabajo volver a la realidad y recordar que todo aquello lo estaba haciendo para pagar las facturas médicas de su hermana.

– ¿Qué es lo que pasa? -preguntó ella, vacilante. Leo metió las manos en los bolsillos de su pantalón y se dirigió hacia el ventanal.

– Lo que pasa es que tenemos que ir de comprar como primer punto en nuestro plan -dijo él. -¿De compras? -dijo ella sorprendida. -Necesitas ropa nueva.

– ¿Para qué? ¿Qué hay de malo en la ropa que llevo?

Leo se dio la vuelta y volvió a mirarla.

– Los vaqueros y las camisetas no dan la impresión adecuada -dijo-. Por lo que recuerdo, no debes tener más que vaqueros y camisetas, así que necesitas un toque de elegancia.

– ¡Yo no quiero ningún toque de elegancia!

– Si quieres parecer mi novia, tendrás que parecerlo.

– Tengo mi vestido rojo -dijo ella con mal humor.

– No puedes llevar ese vestido todos los días.

– ¡Todos los días! ¿Cuántas veces voy a tener que representar el papel?

– Tantas como sea necesario -dijo con frialdad-. Y por el precio que voy a pagar, creo que será muy a menudo.

– Entiendo -señaló ella con una mirada de resentimiento.

Serena no entendía cómo era posible que se besaran con tanta pasión y después, las cosas siguieran igual entre ellos.

– Bueno, si me vas a pagar, creo que deberíamos repasar las obligaciones a las que me vas a someter. ¿Puedes concretar un poco más lo que incluye el servicio por el que me pagas?

– Te pago por estar disponible -dijo Leo con brutal franqueza-. Esta noche tengo que asistir a un cóctel, así que puedes venir conmigo. Noelle estará allí y, por lo tanto, será un buen sitio para presentártela. Después, tendrás que estar disponible por las noches en caso de que te necesite para alguna otra función. Una vez que se corra el rumor de que estamos comprometidos, estoy seguro de que se te incluirá en muchas invitaciones.

– ¿Y cómo vamos a explicarles nuestro compromiso a los amigos? -preguntó ella-. Gente como Richard y Candace saben perfectamente lo que opino sobre el matrimonio. No me van a creer si de pronto les digo que estoy comprometida contigo, ¿no te parece?

– Sí te creerán, si les haces ver que estás locamente enamorada de mí.

– ¿Y qué pasará cuando consigas la unión de los bancos y no tengamos que fingir más? ¿Dejamos de amarnos después?

– ¿Por qué no? -dijo él, encogiéndose de hombros-. Pasa con frecuencia. Puedes decirle a tus amigos que has cambiado de idea, aunque ahora recuerdo que tú nunca cambias de idea. ¿no es así?

Serena se enfureció al escuchar aquellas irónicas palabras.

– ¿Puedo por lo menos decirle a Candace la verdad?

– No -respondió él con firmeza-. Veinte mil libras son cantidad suficiente como para compensar una merma en tu orgullo. Nadie debe saber de nuestro pacto, ¿está claro?

Serena hizo un gesto afirmativo con reticencia.

– Si me entero de que alguien sospecha de que lo nuestro es un fraude, el trato queda automáticamente anulado y puedes despedirte de las veinte mil libras. Te daré cinco mil por adelantado, ya que me lo has dejado muy claro, pero el resto no te lo daré hasta que el trato con Redmayne haya quedado cerrado y Noche haya conocido a alguien más. Vas a ganarte cada libra de

las veinte mil, Serena -añadió-. Quiero que representes tu papel cada minuto que estemos juntos en público.

– ¿Y en privado? -preguntó ella.

Leo sonrió.

– Eso depende de ti.


– ¡No puedo entrar ahí vestida con vaqueros! -exclamó Serena en la puerta de una de las tiendas más elegantes de Londres.

Leo la había requerido inmediatamente después de que ella terminara de recoger las mesas del almuerzo en el banco. Anteriormente, habían tenido una discusión bastante acalorada, sobre si Serena debía seguir cocinando o no. Ella quería hacerlo, pero Leo pretendía que se quedara todo el día sin hacer nada esperando a que él la necesitara. Serena no podía explicarle a Leo que las cinco mil libras del adelanto no eran para ella sino para su hermana y que, por lo tanto, seguía necesitando los ingresos de su trabajo. Leo, por supuesto, había sacado sus propias conclusiones y la había tachado de avariciosa.

– ¿Que no te dejarán? -dijo él, abriendo la puerta del establecimiento para que entrara-. Enseguida comprenderán que lo que queremos es que te transformen.

Y, efectivamente, Serena salió de la tienda cargada de elegantes bolsas en las que llevaba un nuevo vestuario completo. Incluso, Leo la había obligado a desembarazarse de los vaqueros y a comprarse un vestido sencillo de manga corta y cuello redondo, con el que salió del establecimiento. Él apenas había reparado en el total, pero ella sabía que se había gastado una fortuna.

– Los vaqueros y la camiseta son exactamente el disfraz de tu carácter malhumorado -había dicho Leo, al verla reflejada en los espejos de la tienda-. Este vestido es el que de verdad te identifica con la mujer que llevas dentro, apasionada y seductora.

– Estás equivocado -dijo ella-. Los vaqueros reflejan mi auténtica personalidad -señaló-. Este vestido no es más que el disfraz del papel que tengo que representar.

– En ese caso -dijo Leo al ver que no podía hacerla cambiar-, espero que tu representación sea convincente.

Ya en la calle, el fresco aire de mayo presagiaba la llegada del verano y el cielo se extendía azul sobre los edificios de Londres.

– ¿Dónde vamos ahora? -preguntó ella, tratando de seguir el paso de Leo.

– A Burlington Arcade.

– ¿Para qué?

– Supongo que una mujer inteligente corno tú, debería saberlo, ya que se supone que estamos comprometidos.

– Pero, ¿cómo voy a averiguarlo? -dijo ella y se quedó pensativa unos instantes-. ¿Un anillo?

– Un anillo -confirmó Leo-. Un anillo para la mujer a la que amo.

Sus palabras resonaron como un eco en la mente de Serena mientras contemplaba extasiada los anillos de diamantes en una lujosa joyería.

– ¿Qué te parece este? -preguntó él.

Serena tomó el anillo formado por un enorme diamante central y otros más pequeños rodeándolo y se lo puso en el dedo corazón.

– Es demasiado ostentoso -señaló.

El joyero se dio cuenta de que Leo se impacientaba.

– ¿Tiene algo más sencillo? -preguntó con resignación-. ¿Qué es lo que haces? -preguntó Leo a Serena cuando el joyero se retiró para buscar nuevos modelos.

Serena se encontraba sentada en una silla y se revolvía cada dos por tres para taparse las piernas, apenas cubiertas por el vestido.

– No estoy acostumbrada a enseñar tanta pierna -protestó ella en voz baja.

Leo recorrió con la mirada sus largas piernas y luego la miró a los ojos con una sonrisa.

– Tienes unas piernas preciosas -dijo-. Y debías enseñarlas más a menudo en lugar de esconderlas todo el tiempo.

Por fin, el joyero regresó con otros anillos y los extendió ante su vista.

Se trataba de un sencillo diamante engastado en oro, sin nada que pudiera distraer la atención de su magnífico brillo.

– Es precioso -dijo ella, colocándose el solitario.

– Nos lo llevamos -concluyó Leo.

El joyero se quedó mirando a la pareja esperando que Serena diera muestras de gratitud al que parecía su prometido. Ella, al darse cuenta de que algo pasaba, cayó en la cuenta y miró a Leo, que estaba esperando lo mismo que el dependiente.

– Gracias -dijo ella con voz quebrada y se acercó a Leo para darle un tímido beso en la mejilla.

Antes de que pudiera apartarse de él. con movimiento rápido, Leo hizo que Serena volviera el rostro hacia él para encontrarse con sus labios. Por un instante, pareció que ambos se olvidaron de la comedia que estaban representando. Fue tan sólo un beso breve, pero tan dulce que las lágrimas brillaron en los ojos de Serena cuando él la soltó.


CAPÍTULO 5

<p>CAPÍTULO 5</p>

EL PORTERO del banco no la reconocio cuando, aquella misma tarde a las seis, Serena se presentó en Brookes tal y como le había dicho Leo. Después de las compras, Serena había tratado por todos los medios de olvidar la huella que el último beso había dejado en su memoria.

Con la melena al viento y un elegante traje de chaqueta color azul marino, subió las escaleras ante la mirada atónita del portero.

– ¡No la he reconocido! ¡Creí que era usted una modelo, o algo así!

Serena sonrió. -No, soy yo, Fred.

– Hoy no cocina, ¿verdad?

– No -dijo ella vacilante-. Yo… he venido a encontrarme con el señor Kerslake.

– ¡Oh! -exclamó Fred y silbó por lo bajo al verla dirigirse a los ascensores.

La noticia de su cita con Kerslake se conocería al día siguiente en todo el banco.

Leo estaba dictando unas notas a Lindy cuando Serena entró en el despacho. A pesar de que había decidido no dejarse atrapar por el encanto de Leo, su corazón se sobresaltó nada más verlo. Él alzó la vista y la recibió con una expresiva sonrisa. Serena se recordó que tan sólo fingía y que, en realidad, no se alegraba tanto de verla.

Un sonoro suspiro hizo que ambos dirigieran sus miradas hacia Lindy.

– Lo siento, es que es tan romántico -murmuró Lindy.

– ¿El qué? -preguntó Serena, desconcertada.

– Le acabo de contar a Lindy la buena noticia -dijo Leo, recordándole así a Serena su parte en la representación.

– Estoy tan contenta por los dos… -añadió Lindy.

– Oh, gracias -dijo ella apresuradamente.

– Vamos, cariño, será mejor que nos vayamos ya -señaló él y agarró a Serena del brazo para salir del despacho-. Tendrás que hacerlo mejor -dijo él con acritud cuando cerró la puerta.

– Es que no sé cómo actúa una mujer comprometida -murmuró ella torpemente.

– ¡Todo lo que tienes que hacer es aparentar felicidad cada vez que me ves!

– Supongo que tendré que besarte cada vez que nos encontremos, ¿no? -replicó ella sin querer admitir que en realidad sí era feliz al verle.

– Sería un bonito detalle por tu parte -dijo Leo.

– ¡Pues vaya! ¡No puedo pasarme todo el tiempo en tus brazos! -protestó ella.

Leo hizo un gesto de infinita paciencia.

– Pero bueno, no te pido que me montes una orgía -señaló él, exagerando-. Sólo te digo que, de

vez en cuando, un gesto cariñoso sería muy apropiado.

– Ya te dije que haría cuanto pudiese y cumpliré mi palabra -dijo ella más calmada y mirando hacia abajo-. Pero soy cocinera, no actriz, así que no esperes una representación de Oscar de Hollywood.

– Oh, no sé qué decir -replicó Leo con ironía-. Por tu actuación en la joyería, te merecerías una nominación. El beso que me diste fue realmente convincente.

Serena no quiso mirarlo a los ojos y sintió que el rubor volvía a sus mejillas, mientras su garganta quedaba atenazada por el recuerdo de aquel beso.

– Era lo que querías, ¿no? ¿De qué te quejas?

– No me estoy quejando. Tan sólo quiero decirte que, si pudiste hacerlo antes, también podrás hacerlo ahora. Noelle estará allí esta noche, así que tendrás que esforzarte por resultar igual de convincente -explicó mientras las puertas del ascensor se abrían en el vestíbulo del banco-. También habrá bastante gente importante, por lo que te agradecería que fueras discreta con tus comentarios irónicos. ¡Un poco de dulzura y serenidad por tu parte no te vendría mal!

Serena refunfuñó durante todo el camino hacia uno de los más elegantes hoteles de Londres en el que se celebraba el cóctel. Cuando llegaron, bajaron del coche, conducido por el chófer de Leo y se dirigieron agarrados de la mano hacia el vestíbulo del hotel.

Serena advirtió entonces la seguridad que sentía junto a Leo. Enseguida notó que era un personaje popular y que se movía de grupo en grupo con extremada facilidad; por primera vez, tuvo que rendirse a la evidencia de su carisma, que tantas veces había tratado de negar.

En un principio. Serena se sintió incómoda y fuera de lugar, hasta que, poco a poco, fue relajándose e, incluso, comenzó a divertirse. Estaba segura de que las ropas que llevaba, producían un efecto deslumbrante y que la compañía de Leo acentuaba su atractivo.

Gradualmente, su encanto e ingenio naturales empezaron a hacer acto de presencia y, sin soltar la mano de Leo, conversaba con los amigos y conocidos de Kerslake. De vez en cuando, Leo apretaba su mano para indicarle que estaba yendo demasiado lejos con sus palabras, y la miraba con una expresión que indicaba diversión y sorpresa.

Todo marchaba sobre ruedas, cuando, de pronto, Serena se dio cuenta de que su amiga Candace y Richard se encontraban en aquella fiesta. El corazón le dio un vuelco pues, aunque su amiga era bastante alocada, conocía a Serena lo suficiente como para advertir una mentira.

– Candace y Richard nos han visto -murmuró disimuladamente a Leo.

– Alguna vez tenía que pasar -dijo él. después de que se retiraran del grupo en el que conversaban-. Mejor ahora que en otra parte.

– ¡Serena! -exclamó Candace, corriendo hacia ellos acompañada de Richard-. ¡No p que fueras tú! ¡Estás guapísima!

Serena se dio cuenta de que su mano seguía en la de Leo y trató de liberarse siguiendo un impulso inconsciente, pero Leo no se lo permitió.

– Hola, Candace -dijo vacilante-. ¿Qué estás haciendo aquí?

– Oh, Richard tiene que llevarse bien con la gente de este mundillo y hoy no está siendo muy aburrido -dijo Candace y besó a Leo en la mejilla-. ¿Y vosotros? ¿Qué hacéis aquí? Serena, creía que odiabas este tipo de fiestas, ¿no?

– Ya se acostumbrará -intervino Leo y rodeó a Serena por la cintura-. ¿Verdad, cariño?

Candace miraba a uno y otro alternativamente con expresión de sorpresa y felicidad.

– ¿Cuándo ha sucedido todo esto? -preguntó Candace, esperando una respuesta rápida.

– La otra noche -dijo Leo-. Estarás orgullosa de lo bien que ha salido tus planes para unirnos.

– ¡Lo sabía! -exclamó Candace, encantada-. ¡Lo sabía! ¿No te dije que Leo era perfecto para ti, Serena? Anoche me di cuenta de que estabais enamorados.

– ¿No me digas? -dijo Serena con desmayo.

– Oh, sí -aseguró Candace-. Incluso Richard notó la forma en que os mirabais cuando el otro no os veía.

Serena se debatió para desembarazarse del brazo de Leo, pero no pudo.

– ¡Qué listos! -dijo Leo-. Nosotros no lo supimos hasta que llevé a Serena a su casa.

– Richard y yo sabíamos que no os habíais dado cuenta y creíamos que ibais a tardar más, pero todo ha sido muy rápido -explicó Candace y miró a Serena-. ¡Oh, estoy tan contenta por ti!

– ¡Felicidades! -dijo Richard.

– ¡Serena! -exclamó otra vez Candace fuera de sí-. ¡Debes estar tan feliz!

Ante la euforia de Candace, Leo se puso tenso, esperando que Serena cumpliera con su palabra y resultara convincente. Si conseguía convencer a su amiga, convencería a cualquiera.

– Sí, sí, lo estoy -dijo Serena-. Es que cuesta un poco acostumbrarse.

– ¡Me lo imagino! -dijo Candace.

Serena sintió que Leo volvía a relajarse.

– No puedo creer que esto haya pasado en las

últimas veinticuatro horas -continuó Serena.

– No te preocupes, a mí me sucedió lo mismo-dijo Candace.

– ¿Querrás disculparnos, Candace? -dijo Leo de pronto-. Estoy viendo a alguien que quiero que

Serena conozca -añadió y se apartaron de Richard y Candace-. Estabas algo tensa, ¿no?

– Sólo un poco cansada, pero me encuentro bien. Esta noche no he dormido bien pensando en tu oferta.

– Y calculando cuánto podrás sacarme. ¿no? -dijo él en tono cortante.

Desgraciadamente para Serena, así había sido, dadas las circunstancias en las que se encontraba, pero no replicó.

– ¿A quién vamos a ver? -preguntó para cambiar de tema.

– A Oliver Redmayne, el hermano de Noelle, así que ten cuidado con lo que dices y, por Dios, sé simpática.

Oliver Redmayne era alto y rubio, como su hermana. Era un hombre atractivo, aunque mostraba cierta altivez y suficiencia que desmerecía su atractivo.

– Creo que debo felicitaron -dijo Oliver, cuando Leo terminó con las presentaciones-. Toda la fiesta lo sabe ya, Leo, y eso que creíamos que eras un solterón empedernido.

– Eso pensaba yo también -dijo Leo.

Serena advirtió que el tono de Leo era demasiado frío, teniendo en cuenta que Oliver era una pieza importante en el asunto de la unión de los bancos.

– ¿Y qué te hito cambiar de idea? -preguntó Oliver, observando a Serena con detenimiento-.¿O tal vez lo adivino? -dijo al finalizar el recorrido por sus hermosas piernas.

Leo apretó a Serena por la cintura con más fuerza.

– Serena es una mujer especial -respondió sin más.

– Tan especial que no pretenderás que esté toda la noche contigo, ¿verdad? -dijo Oliver y tomó la mano de Serena con maestría-. Ve a darte un paseo, Leo, y yo cuidaré de Serena. Cuando vuelvas a por ella, la habré convencido para que no se pierda en tus brazos.

Leo sonrió y vaciló unos instantes.

– ¿Estarás bien con Oliver? -preguntó a Serena-. Necesito hablar con un par de personas sobre temas de negocios que te aburrirían.

– Estaré bien -dijo ella con la barbilla muy alta. Antes moriría que reconocer que se encontraba mejor con él.

– Volveré en unos instantes -dijo Leo quien rozó con su mano la mejilla de Serena-. No creas todo lo que te dice Oliver, ¿de acuerdo?

– ¡Vaya, vaya! -exclamó Oliver, cuando Leo se alejó-. Por fin alguien ha atrapado a Leo. He conocido a muchas mujeres que lo han intentado y, al final, descubrían que no podían llevarle al altar. Incluso, se lo advertí a mi hermana; le dije que perdía el tiempo con Leo, pero veo que mis razones no eran las acertadas -explicó Oliver-. Eres muy hermosa; no me extraña que Leo te mantuviera en secreto.

Serena descubrió, a medida que avanzaba la conversación, que Oliver era un agradable conversador y decidió estar atenta por si podía sacarle alguna información que fuera provechosa para Leo.

– Mi padre no está muy orgulloso de mí -confesó-. No puede entender por qué la banca Redmayne debe fusionarse a la Ersike Brookes. Cree que debemos luchar por conservar el banco en la familia para que algún día pueda pasar a un hijo mío.

– ¿Y tú no quieres eso?

– ¡Claro que no! -exclamó Oliver, horrorizado-. ¡No sometería a un hijo mío a semejante castigo!

– Entonces, ¿no trabajarás con Leo si el asunto sale bien?

Oliver sonrió.

– Estoy ansioso por liberarme del banco. Quisiera comenzar con algo distinto; a pesar de mi apariencia, soy un chico de campo. Tenemos una finca en Yorkshire y muchas veces he pensado en abrir un club de campo allí, un club con clase, por supuesto, cerca de Leeds y Sheffield.

– Eso podrías hacerlo de todas formas, ¿no? -preguntó Serena-. Con un banco en la familia, no es precisamente el dinero lo que falta.

– Te sorprenderías de muchas cosas -señaló Oliver, taciturno-. A mi padre no le gusta la idea y mi dinero está comprometido en las participaciones del banco. No me sirve de nada hasta que no se produzca la fusión. Entonces sí tendré dinero contante y sonante, pero hasta entonces, nada de nada.

– Ya veo -dijo Serena y suspiró.

– Tú no tendrás que preocuparte del dinero nunca más si te casas con Leo -señaló Oliver.

– ¿Qué me dices de tu hermana? -preguntó Serena para cambiar de tema-. ¿Quiere ella quedarse en el banco?

– Si quieres que te diga la verdad, Serena, creo que mi hermana está más interesada en Leo Kerslake que en el banco, pero ahora que sabemos que está comprometido, querrá vender cuanto antes.

En aquel preciso momento, un hombre que estaba situado cerca de ambos, se movió de tal forma que Serena pudo ver lo que sucedía en el otro extremo de la sala. Leo estaba hablando con una mujer vestida de blanco; Serena aguzó la vista y vio que se trataba de Noelle, quien, aparte de vestir un traje de lo más atrevido, gesticulaba y sonreía mostrando claramente su interés por Leo.

Súbitamente sintió un ataque se celos y quiso acercarse a la pareja y arrebatar a Leo de su compañía. Con sus brillantes ojos verdes, lo observó durante un cierto tiempo y Leo captó que alguien lo miraba fijamente. Se dio media vuelta y advirtió que era Serena quien lo miraba.

Con deliberación, Serena decidió prestarle más atención a Oliver y fingir que flirteaba con él. Su

actitud sorprendió al hermano de Noelle, pero la aceptó con gusto.

A los pocos segundos, Leo apareció junto a ambos en compañía de Noelle.

– Oh, hola -dijo Serena, tratando de no parecer afectada-. ¿Ya has vuelto?

– Espero no estar interrumpiendo nada -dijo Leo, quien había advertido la conducta de Serena.

– ¿El qué? -dijo Serena con cinismo-. Oliver ene ha cuidado perfectamente y me lo he pasado muy bien -añadió mirando a Oliver resplandeciente.

Leo la taladró con la mirada, tal vez celoso de sus atenciones con Oliver.

– Te presento a Noelle Redmayne -dijo Leo-. Noelle, ésta es mi prometida, Serena Sweeting.

– ¡Qué nombre tan bonito! -exclamó Noelle y dejó escapar una delicada risa-. ¿Eres tan serena y dulce como indica tu nombre'? -preguntó con malicia.

Serena se sintió capaz de seguirle el juego.

– Serena no sé, pero dulce desde luego, ¿verdad, cariño'? -dijo dirigiéndose a Leo.

– Así es -respondió él, quien se arrepintió de haberlas presentado, pues ambas se miraban con desagrado.

– Leo me ha contado que habéis tenido un romance muy rápido -señaló Noelle, que quería dar la impresión de que Leo le confiaba sus más profundos secretos-. Eres muy valiente al prometerte con alguien al que conoces tan poco.

– ¿Tú crees? -replicó Serena con el mismo cinismo-. A mí no me lo parece; al fin y al cabo, ¿en cuánto tiempo uno se enamora'? -señaló y miró a Leo, quien permanecía petrificado-. En el mismo instante en que conocí a Leo supe que era el hombre de mi vida -dijo e hizo un rápido movimiento de su mano para que Noche viera su anillo de compromiso-. Ahora me parece que lo conozco de toda la vida. No sientes tú igual, ¿cariño? -añadió provocadora.

– A veces -dijo Leo con una mirada furiosa-. ¡Y otras veces me parece que no te conozco de nada!

– Tenemos el resto de nuestras vidas para conocernos -señaló Serena-, en todos los aspectos -añadió con segunda intención.

Serena advirtió que Noelle se resentía ante sus comentarios y sintió un estremecimiento de placer. Para derrotarla todavía más, se acercó a Leo y le dio un beso rápido en el cuello. Estaba comenzando a disfrutar de su papel.

– Leo me ha contado muchas cosas sobre ti, Noelle; deberías venir a nuestra boda.

Noelle no pareció precisamente agradecida por la invitación.

– Oliver, ¿estás listo? -preguntó Noelle de pronto-. Tenemos que irnos.

– Oh, ¿de veras? -dijo Serena con falsa pena.

– Y nosotros también -dijo Leo antes de que Serena continuara avasallando a Noelle-. Adiós, Oliver…, te veré mañana, ¿de acuerdo, Noelle?

Noelle dirigió una mirada triunfante a Serena.

– Lo estoy deseando -dijo Noelle, sonriendo exclusivamente a Leo.


CAPÍTULO 6

<p>CAPÍTULO 6</p>

S ERENA se quedó lívida.

– ¿Qué quieres decir con eso de que la verás mañana? -preguntó mientras Leo la arrastraba fuera de la sala.

– Tengo que discutir cosas del banco con ella -dijo él con cara de pocos amigos.

– Oh, ¿no me digas? Y vuestras cosas os las decís como esta noche, al oído y con sonrisas acarameladas, ¿no? -dijo ella con rabia.

Leo no se molestó en contestar mientras esperaban a que el chófer apareciera en la puerta del hotel.

– Mira, ya te dije que es importante que Noelle esté contenta -explicó por fin.

– Una cosa es que esté contenta y otra que la seduzcas; te he visto actuar con ella -replicó Serena fuera de sí.

– ¡No seas ridícula! -exclamó él.

– No soy ridícula; ¡pero me has hecho parecer tonta!

– ¿Que yo te he hecho parecer tonta? -repitió él y se echó a reír-. ¡Vaya! ¡Tú eres la que te has esr.auo en parecerlo con tu representado cree que soy dulce» -dijo haciendo una parodia de sus palabras ante Noelle-. ¡Dulce! ¡Eres tan dulce como un limón!

– Tú eres el que querías que fingiera y es lo que he hecho. Y quiero que sepas que había convencido totalmente a Noelle de que no tenía nada que hacer contigo, hasta que tú tuviste que citarte con ella mañana.

– No es una cita -dijo Leo-. Y quiero que entiendas que Noelle es una baza muy importante en este asunto y que lo último que deseo es enfrentarme a ella. Lo único que pretendo es que no ponga sus ojos en mí de forma personal, y, ahora, gracias a ti, voy a tener que esforzarme un poco más para no tenerla en contra.

– Pues no entiendo cómo quieres que no se fije en ti con esa forma que tienes de mirarla y de hablar con ella -dijo Serena sin dar su brazo a torcer.

– ¿Y qué me dices de ti? -continuó él-. Tampoco parecías una hermanita de la caridad con Oliver.

– Creo que Oliver es encantador -replicó ella.

– Claro, claro, encantador; eres mi prometida y te permites el lujo de flirtear con el hermano de Noelle. ¿Cómo quieres que se crea lo de nuestro noviazgo?

– ¿Y cómo se lo va a creer si tú tampoco te has portado como un novio enamorado? -preguntó ella con la misma decisión.

– ¿Y qué querías que hiciera si te he visto casi encima de Oliver? Si realmente estuviera enamorado de ti, le habría pegado un buen puñetazo.

– No estaba encima de él. Sólo hablábamos; ¿no me dijiste que fuera amable con él? -preguntó Serena.

– ¡No tan amable!

Serena se dio por vencida al ver que aquella discusión no conducía a ninguna parte. Se limitó a mirar por la ventana del coche que les conducía hacia su casa.

– No hace falta que me acompañes a la puerta -dijo ella cuando al fin llegaron.

Leo se bajó y fue abrir la puerta de Serena. Ella salió y comenzó a caminar por el camino que llevaba a su puerta.

– Desgraciadamente, tengo que hacerlo -dijo Leo caminando tras ella-. Harry sabe que nos hemos peleado y quiero que mañana todo el mundo;epa que hemos hecho las paces.

– Pero, ¿a quién demonios va a interesarle eso? -preguntó ella con desprecio, mientras buscaba as llaves en el bolso.

– Te sorprenderías. Entre Lindy, Harry y Fred,.odo el banco sabrá que estamos comprometidos mañana por la mañana.

– Si tanto te importa lo que Harry oiga, puedes iecirme que lo sientes desde el coche -sugirió Serena-. ¿Dónde están mis llaves?

– No es así como hacen las paces los amantes, ›crena, y io sanes niel

– ¿Tienes una idea mejor?

– Sí -dijo él-. Voy a besarte.

Serena encontró por fin sus llaves y las agarró con fuerza. Levantó la vista y lo miró enfurecida.

– ¡De eso nada!

– Si no te gusta la idea, mejor será que cierres los ojos y pienses en el dinero -aconsejó Leo, quien le apartó el bolso y lo dejó caer en un escalón-. De todas formas, lo harás sin que yo te lo diga.

– No quiero besarte -dijo ella sin aliento y dio un paso más hacia atrás.

– Pues lo siento -murmuró él y la acorraló contra la puerta de su casa-, porque voy a besarte de todas formas y tú vas a responder, para que Harry lo vea bien.

– ¡No lo haré! -protestó ella.

Sin embargo, de nada le valió forcejear, pues Leo la tomó en sus brazos y la besó en los labios.

– Maldita seas, Serena -murmuró él, separando ligeramente sus labios de los de ella-… maldita seas…

Leo volvió a besarla y Serena no volvió a forcejear. Incapaz de reaccionar a otra cosa que no fueran los labios y la lengua de Leo, Serena se abandonó y se abrazó a él con pasión creciente, hasta que el deseo la hizo gemir.

Leo debió interpretar que su gemido era de protesta y la soltó lentamente. Con suavidad, deslizó sus manos por el cabello de Serena y la miró con una expresión que ella jamás había visto en sus ojos.

– Supongo que Harry se habrá enterado bien -dijo ella, agitada.

– Seguro que sí -dijo Leo y, de pronto, pareció como si quisiera decir algo más, pero no lo hizo-. Te veré mañana -concluyó y caminó hacia el coche, mientras Serena se quedaba todavía aturdida apoyada contra la puerta.


Leo tenía razón al decir que la noticia de su compromiso correría por el banco como la pólvora. Al día siguiente, muchas personas pasaron por la cocina para hablar con Serena y felicitarla, pero, cuando la décima secretaria se acercó a ella para admirar su anillo, el ánimo de Serena estaba al rojo vivo.

No lo había visto en toda la mañana y ni tan siquiera apareció a la hora de comer, tal y como pensó, estaría con Noelle y, si no hubiera sido por los problemas de su hermana Madeleine, Serena le habría dicho a Leo lo que podía hacer con su compromiso.

Desgraciadamente, Madeleine había llamado la noche anterior y le había comunicado, llorando, que su hijo no mejoraba, aunque esperaba que con el dinero que les había enviado, se pudieran intentar más cosas.

Por fin, mientras preparaba la comida para el almuerzo del día siguiente, Leo se dignó a aparecer en la cocina. Como siempre que lo veía. Serena sintió un nudo en el estómago y en la garganta.

– ¿Habéis comido bien tú y Noelle? -preguntó con cierta ironía.

– Sí, todo estaba delicioso, Serena -dijo él-. Ha estado Oliver, como carabina.

Serena se encogió de hombros.

– A mí no me importa lo que hagas con Noelle.

– No fue ésa la impresión que causaste ayer -dijo Leo, mientras curioseaba en las cacerolas-. ¿Qué es esto?

– Sopa -dijo ella-. Si quieres hacer el tonto con Noelle, a mí me da igual, pero no me dejes en ridículo.

– Supongo que te agradará saber que he hecho ciertos progresos. Noelle ha convencido a su padre de que me conozca personalmente. Si le agrado, entonces comenzaremos entrevistas formales y espero que todo esto acabe lo antes posible. En cuanto Bill Redmayne acepte la fusión de los bancos, podemos acabar con nuestro compromiso.

– Cuanto antes, mejor -dijo ella-. Esta mañana ha venido a verme medio banco. He tenido suerte de poder trabajar.

– Tú eres la que te has empeñado en trabajar -señaló él.

– Quiero cocinar, no estarme en mi casa sin hacer nada.

Leo se apoyó en la encimera y se cruzó de brazos.

– He invitado a los Redmayne a casa a cenar el próximo jueves y creo que sería muy interesante que tú hicieras la cena para impresionar a Bill.

– Bien; creo que Bill es un hombre tradicional, por lo que me ha contado Oliver, así que puedo preparar una cena típica inglesa.

– Muy bien -dijo Leo, mirándola con respeto profesional-. Decide lo que creas conveniente.

– ¿Vas a necesitarme este fin de semana? -preguntó ella, manipulando sus sartenes-, para hacer de novia, por supuesto -aclaró.

– ¿De qué otra cosa iba a ser? -replicó él con ironía-. Hay una fiesta esta noche y una cena mañana. Iba a ir yo solo, pero Mary se enteró de lo nuestro y me llamó para decirme que vinieras sin falta. Son buenos amigos míos, así que no repitas las escenitas de ayer con Noelle. No te necesitaré el domingo -explicó.

– ¡Oh, gracias, señor! -exclamó ella con exagerada gratitud.

– Te recogeré a las siete y media -dijo Leo y salió de la cocina.


Serena se sorprendió de lo mucho que disfrutó de la cena del sábado por la noche. Nick y Mary le ofrecieron un recibimiento tan bueno que se sintió culpable de asistir a la fiesta bajo falsas razones. Tan sólo acudieron otros cuatro invitados, todos ellos amigos de Leo y la aceptaron como su novia sin ningún problema.

Según pudo apreciar Serena, Leo también pareció pasárselo bien y se mostró mucho más relajado que de costumbre. Reía y conversaba de tal forma que apenas podía reconocer en él al banquero frío y cruel al que estaba acostumbrada a tratar.

Ella, por su parte, estaba igualmente encantada, pues, por fin, podía hablar sin miedo a que sus palabras provocaran miradas entrecruzadas, sino más bien todo lo contrario, la gente reía con ella y apreciaban su ingenio.

Terminada la velada, Leo acompañó a Serena a su casa y, ya en la puerta, ella esperó que la besara, pero no ocurrió así. Leo le deseó las buenas noches, se dio media vuelta y volvió a su coche y ella quedó con una sensación de fracaso y decepción.

Aquella sensación duró todo el domingo. Normalmente, le gustaba disfrutar de su independencia los domingos y aprovechaba para hacer muchas cosas pendientes en la casa. Sin embargo, se dio cuenta de que estaba acostumbrándose a su nuevo papel de prometida de Leo y, en el fondo, esperaba tener noticias de él.

Cuando el teléfono sonó, pensó con agitación ue se trataría de Leo, pero su decepción se redobló al ver que se trataba de su hermana.

Controlando sus sentimientos, Serena escuchó a Madeleine durante media hora y se alegró al comprobar que su hermana estaba mucho más contenta, pues su hijo estaba mejor y, además, había conocido a un vecino que le estaba prestando todo su apoyo.

El lunes por la mañana se alegró de volver al trabajo y pensó en planificar complicados menús que la mantuvieran entretenida toda la semana.

El martes, Leo la llevó a otra fiesta y, cuando llegó al miércoles, Serena respiró aliviada por tener la noche libre. Necesitaba más tiempo para ultimar los detalles de la cena del jueves, que era la realmente importante.

Se decidió por un menú típicamente inglés, compuesto por mousse de salmón, ternera en salsa y puddings individuales de postre. Mientras trabajaba en ello, en la cocina del banco, no hacía sino pensar en Leo. Desde el día de la cena en casa de Mary y Nick, su relación había mejorado y, cuando no tenía que pensar en si lo besaba o no, era capaz de mantener con él una conversación muy natural.

Lo malo era que, en realidad, pasaba demasiado tiempo pensando en sus besos y en sus caricias, en la forma en que la miraba o en que sonreía y aquello era lo que la hacía esperar que volviera a besarla.

Cuando quiso darse cuenta de la hora, eran las nueve de la noche y le dolían los pies de estar de pie todo el día. Incluso los más adictos al trabajo se habían marchado del banco y todo estaba en silencio. Se estiró y miró su reloj; lo único que le quedaba por hacer era comprobar que no le faltaba ningún ingrediente y preparar el equipo que debía llevar con ella a casa de Leo al día siguiente.

Mientras elegía las cacerolas más apropiadas, oyó que la puerta de la cocina se abría inesperadamente. Asustada, dejó caer una de las tapas metálicas que chocó contra el suelo con estruendo.

Leo estaba allí, en la puerta, mirándola tan sorprendido como ella.

– ¿Qué haces a estas horas en la cocina'?

– Estoy preparando las cosas para mañana -dijo ella y se agachó para recoger la tapa.

– No creí que tuvieras que trabajar hasta tan tarde -dijo él, frunciendo el ceño.

Leo vestía una camisa de rayas finas azules y blancas y había aflojado el nudo de su corbata. Llevaba las mangas remangadas hasta el codo.

– No me importa -señaló ella-. ¿Querías algo?

– He bajado para hacerme un bocadillo; me he pasado el día en reuniones y no he podido comer a mediodía, así que estoy hambriento, pero no me quiero ir sin terminar la propuesta que voy a hacerle mañana a Bill Redmayne.

– Creí que lo de mañana era tan sólo un encuentro de tipo social.

– Lo es, pero si todo va bien y Bill propone una reunión de negocios, quiero estar preparado -explicó y dejó escapar un bostezo.

– Pareces cansado -dijo ella y Leo suspiró.

– Sí; estoy deseando que todo esto termine -señaló y miró a Serena significativamente-. Imagino que tú también.

Ella miró el anillo que adornaba su mano y pensó que, cuando todo se resolviera, tendría que devolvérselo y salir de su vida como si nada hubiera sucedido.

– Sí -dijo ella-. Supongo que sí -añadió y guardó un incómodo silencio durante unos segundos-. Te prepararé algo de comer.

– Puede que no sea buen cocinero, pero puedo hacerme un bocadillo -dijo Leo-. Vete a casa.

– Si no has comido en todo el día, necesitarás algo de alimento -dijo ella con testarudez y abrió la nevera para ver qué podía hacerle-. ¿Te gustan las tortillas?

– Sí, pero de verdad que puedo hacerme un bocadillo…

– Voy a hacerte una tortilla -interrumpió ella, sacando ya la sartén-. Piensa que lo único que estoy haciendo es ganarme el sueldo.

– Ya te lo has ganado con creces -indicó él, inesperadamente-. Ya son muchos los que me han felicitado por haber encontrado una novia tan encantadora.

– ¿Encantadora? -dijo ella y se echó a reír-. ¡Esa no soy yo!

– Oh, no lo sé -dijo Leo, que se acomodó en una silla junto a la mesa-. Puedes resultar muy atractiva cuando no estás de mal humor y tu sinceridad gusta más que atemoriza. La verdad es que lo estás haciendo muy bien; creo que nadie sospecha que nuestro compromiso no es cierto.

Serena sintió el rubor en sus mejillas.

– ¿También Noelle?

– Creo que ella piensa que estamos comprometidos de verdad; pero, a veces, me he visto en algún apuro con ella -señaló él-. No va a dejar de intentarlo hasta que nos vea casados.

– Supongo que no tendremos que ir tan lejos, ¿verdad? -preguntó ella con una sonrisa.

– Por supuesto que no -respondió él. tras una breve pausa-. Eso me costaría mucho más, ¿no?

Serena no pudo mirarlo.

– Quizás mañana se dé cuenta de que pierde el tiempo -sugirió ella.

– Eso espero.

Mientras Serena preparaba la tortilla, batiendo huevos y añadiendo hierbas aromáticas, Leo la observaba con detenimiento. La tortilla resultó perfecta, ligera y esponjosa, y Leo se la comió encantado, mientras ella preparaba algo de café para los dos.

– Estaba estupenda. gracias -dijo él.

Apartó el plato y alzó su taza de café. Más relajado, cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared. Serena observó su rostro cansado y, de pronto, descubrió que le amaba.

Su corazón se resintió cuando lo miró al otro lado de la mesa; estaba demasiado cerca; deseaba tocarlo, acariciar su rostro y desdibujar con sus manos los signos de cansancio que aparecían en sus ojos. Si se encontraran en su casa, se levantaría y le daría un masaje, lo besaría en el cuello y le persuadiría para subir al dormitorio…

De pronto, Leo abrió los ojos y Serena no tuvo tiempo de desviar la mirada. Durante unos instantes que se hicieron eternos, se miraron a los ojos; aquello no era su casa, era el banco y, cuando Leo se iba a la cama no lo hacía, desde luego, con ella.

– Deberías irte a casa -sugirió ella, después de aclararse la voz.

Leo vaciló y la miró como si la idea le tentara; pero por fin sacudió la cabeza.

– Hay demasiadas cosas que hacer aquí -dijo. -¿Tan importante es la absorción del banco? -preguntó ella.

– Sí. Es una prueba más de mi autoridad profesional. Si sale bien, toda la junta de accionistas me apoyará en el cargo. Estoy cansado de guardarme siempre las espaldas y de negociar con mis propios directivos. Si sale bien, tendré la libertad de dedicarme a las cosas que realmente importan.

– Es tu libertad lo que en último extremo te importa, ¿no es cierto?

– Lo mismo que a ti -replicó él-. Tú eres la

única persona que lo entiende; te gusta tu independencia tanto como a mí la mía.

Leo no le decía nada que ella no le hubiera confesado anteriormente, sin embargo, lo que él no sabía era que su ambición de abrir un restaurante se había hecho pedazos al descubrir lo que de verdad le importaba en la vida. Todo lo que deseaba era estar con él y, en un momento de lucidez, había descubierto que sus sueños de independencia y libertad se habían transformado en soledad y desesperación.

Se levantó bruscamente y llevó el plato al fregadero. No podía confesarle la verdad y aguantar el que la mirara con desprecio. Mucho mejor sería seguir creyendo que lo único que le importaba era su libertad.

– Sí -dijo ella-. Lo entiendo, claro que sí.


CAPITULO 7

<p>CAPITULO 7</p>

S FRENA había imaginado que Leo vivía en un apartamento moderno o en un piso del centro de la ciudad, sin embargo, la dirección que le había dado la conducía hacia una hermosa casa blanca rodeada de jardín y a orillas del río.

– Ésta es una casa muy grande para un hombre que no está interesado en el matrimonio ni en tener hijos -dijo ella, cuando Leo salió a recibirla.

El se encogió de hombros y la ayudó con todo el material que traía.

– Heredé la casa junto con las participaciones del banco. Podría haberla vendido, pero me gusta el espacio; no soporto sentirme agobiado.

Serena pensó inmediatamente que el matrimonio agobiaría a Leo tanto como las habitaciones pequeñas y sintió tristeza.

En el interior, las habitaciones estaban muy bien iluminadas y decoradas con gusto y elegancia, pero la que más gustó a Serena fue la cocina. Era muy grande y sus amplios ventanales se abrían al jardín. Desde la ventana que había sobre el fregadero, podía verse el río teñido de oro a la caída de la tarde. Los muebles eran de madera y el suelo de terracota y el conjunto parecía sacado de una revista de decoración.

Sin embargo, la cocina no tenía vida, se veía que no había nadie que se ocupara de ella; no había libros de cocina apilados en alguna estantería, listas de alimentos que faltaran en la nevera, cajas metálicas de galletas… Todo estaba guardado en los armarios y todo relucía de extrema limpieza.

– ¡Qué desperdicio de cocina! -exclamó ella.

– ¿Qué le pasa'? -preguntó él, perplejo.

– No le pasa nada malo, sólo que nadie se ocupa de ella; una cocina necesita un cocinero. Es un lugar que hay que vivir como cualquier otro de la casa y se ve que no pasas mucho tiempo en ella.

Leo miró a su alrededor como si advirtiera el vacío por primera vez.

– Casi nunca utilizo la cocina -afirmó él-. La reformé con el resto de la casa, pero la verdad es que la decoradora hizo lo que quiso.

– ¡Qué lástima! -dijo ella de nuevo-. Daría cualquier cosa por una cocina como ésta.

– ¿Cualquier cosa? -preguntó Leo en un tono extraño.

Serena alzó la vista de la encimera y lo miró sonriendo.

– Casi cualquier cosa -respondió-. Más vale que empiece. ¿A qué hora llegan?

– A las siete y media. ¿Quieres que te ayude a hacer algo?

– No -dijo ella, mientras se ponía el delantal-. Tan sólo quiero que te quites de en medio.

Leo sonrió y Serena se puso inmediatamente a trabajar. La tarde pasó y Serena, por fin, terminó los preparativos y puso la mesa con los más finos manteles que Leo tenía en la casa y la cubertería de plata.

Una vez terminado todo, Leo la condujo al piso de arriba para que se cambiara.

– Puedes usar mi habitación -dijo él. abriendo la puerta de su dormitorio-. Hay un baño ahí -añadió señalando con el dedo-. No importa que pongas tus cosas sobre la cama, así daremos la impresión de que usas la casa, por si acaso a Noelle se le ocurre cotillear.

Serena se quedo sola en la habitación de Leo. Estaba decorada en color marfil y negro y era muy grande también. Sin embargo, era un dormitorio que mostraba la frialdad del carácter de Leo. No había fotos ni nada que indicara lazos sentimentales con otras personas. Se preguntó si aquella forma de ser se debería a algún desengaño amoroso; si habría sufrido como ella la experiencia de un amor decepcionante.

Fijó su atención en la cama y pensó que era el

único lugar en el que podría descubrirse al auténtico Leo. Sintió un súbito deseo de echarse en ella y descansar su espalda contra la suavidad del edredón. Miró su reloj y comprobó que eran las seis. Todavía le quedaba tiempo y pensó que podría descansar un rato antes de arreglarse. Veinte minutos la relajarían y la prepararían contra los nervios que iba a pasar en aquella cena.

El sol del atardecer iluminaba su rostro y su calor la adormeció. Su mente voló lejos, aunque Leo era parte de unos sueños en los que ambos estaban unidos, amándose, besándose…

– ¿Serena?

Serena sintió que alguien sacudía su hombro y apartaba algunos cabellos de su rostro. Lentamente abrió los ojos para ver el rostro de Leo junto al suyo. ¿Acaso seguía soñando?

– Hola -dijo adormilada y con una sonrisa de placidez.

– Creo que será mejor que te levantes -señaló él-, o no respondo de las consecuencias…

Serena recuperó la noción de la realidad y se incorporó.

– ¿Qué ha pasado?

– Te has quedado dormida -explicó Leo.

Leo ya se había puesto unos pantalones negros y una camisa blanca sin abrochar. El pelo lo tenía húmedo pues estaba recién duchado. Se había afeitado y Serena advirtió el fresco aroma de su colonia. Quiso entonces acercarse a él y besarlo. desabrocharle la camisa y tenderle sobre la cama.

– ¿Qué hora es? -preguntó tratando de disipar sus fantasías.

– Las siete menos cuarto.

– ¿Las siete menos cuarto? -repitió ella-. ¿Por qué no me has despertado antes?

– Estabas profundamente dormida y pensé que te vendría bien descansar -dijo él.

– No era mi intención quedarme dormida -dijo sintiéndose culpable-. Sólo quería descansar un poco.

– No importa -señaló él-… para eso están las:amas, entre otras cosas -añadió y recorrió las piernas de Serena con la mirada.

Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que,staba medio desnuda.

– Será mejor que me duche -dijo estirando la:amiseta hacia abajo, pues se había quitado los valueros.

– ¿Puedes ponerme los gemelos? -preguntó él.

Serena se puso en pie, consciente de lo embaraoso de la situación, pues la camiseta apenas taiaba sus braguitas. Con las manos temblorosas y ratando de dominar su deseo. Serena obedeció..as manos de Leo se extendieron firmes, sin tem-lor, por lo que Serena confirmó que él no se sen'a turbado ante ella.

– Ya está -indicó por fin.

– Serena, se hace tarde; date prisa, por favor -insistió él, antes de salir del dormitorio.

Ella se fue corriendo a la ducha y se vistió. Se puso un vestido negro, uno de sus favoritos entre los que le regaló Leo. Era sencillo, pero el corte y la calidad de la tela hacían que le sentara perfectamente. Se maquilló y recogió la larga melena cobriza en un moño alto. Terminó con unas gotas de perfume y una última mirada en el espejo. Se encontró rabiosamente hermosa.

Leo había contratado a una joven, Jill, para que se ocupara de la cocina durante la velada, así, Serena podría encargarse de los invitados sin preocuparse de nada. Cuando bajó las escaleras, se dirigió a la cocina para darle a Jill las instrucciones de lo que debía hacer y después, fue en busca de Leo.

Lo encontró en el salón, de pie junto a una ventana mirando al río. Sus manos estaban escondidas en los bolsillos del pantalón y se balanceaba con cierto nerviosismo. Cuando se volvió para recibir a Serena, su aspecto era tan atractivo que a Serena le costó disimular la impresión.

Durante unos instantes, ambos se miraron sin decir nada.

– ¿Está todo listo?

Ella hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

– Ven aquí -dijo él, al ver que Serena no se apartaba de la puerta-. Tengo algo para ti -añadió y sacó una cajita de uno de los bolsillos de la chaqueta.

– ¿Qué es? -preguntó ella con curiosidad, aunque con reticencia.

– Ábrelo -ordenó él, entregándole la caja de cuero.

Serena se humedeció los labios y abrió la tapa para descubrir un collar de diamantes y unos pendientes a juego. Las piedras brillaban sobre el terciopelo rojo y Serena alzó la mirada perpleja.

– ¿No te lo vas a poner?

– No puedo ponerme esto -dijo ella con la voz temblorosa-. Es demasiado valioso.

– No digas tonterías -señaló Leo, haciendo un esfuerzo por aparentar rudeza-. Tan sólo son parte del disfraz. Con un poco de suerte, Oliver se dará cuenta de que eres mi prometida, no la suya -añadió irónico-. Venga, póntelo todo.

Serena se colocó los pendientes con nerviosismo y sin dejar de decirse que aquello era, como había dicho Leo, parte del disfraz, era un falso regalo de amor y no debía confundirse.

– Muy bien -dijo Leo, admirándola-. Date la vuelta para que te ponga el collar -añadió.

Serena obedeció y se imagen se reflejó en el espejo que había tras ella. Sintió las manos de Leo en su cuello y en la nuca mientras le abrochaba el collar.

– Ya está. ¿qué te parece?

Leo se había quedado tras ella y ambos se reflejaban en el espejo.

– Son preciosos -dijo ella con un hilo de voz. -Tú también… -murmuró él.

La mano de Leo acarició el hombro de Serenay, con un suave movimiento, la atrajo hacia él y la beso en el cuello.

Ella sintió una sacudida electrizante recorriendo su cuerpo y se puso tensa.

– No… no hace falta que finjamos en privado…

Leo alzó la vista y la miró a los ojos a través del espejo.

– No, claro que no, ¿acaso lo estamos haciendo? -dijo él y continuó besándola en el cuello y en el hombro.

Serena cerró los ojos y trató por todos los medios no perder el control. Un suspiro escapó de sus

labios.

– Preciosa -susurró él a su oído.

Leo la abrazó y ella, que seguía de espaldas, le agarró por las mangas de la chaqueta. Sentía los labios húmedos de Leo en la nuca y el deseo acabó

por vencer; sus piernas vacilaron y se apretó contra él con todas sus fuerzas.

Cuando el timbre de la puerta sonó, ninguno de los dos reaccionaron (le inmediato. Los labios de Leo continuaron jugueteando sobre la piel de Serena y ella abrió los ojos para verse reflejada en el espejo.

El timbre sonó de nuevo y, en aquella ocasión, Leo se apartó lentamente.

– Creo que nuestros invitados han llegado en el momento oportuno.

Bill Redmayne era un hombre corpulento y de aspecto colérico. La observó con el ceño fruncido cuando ella fue a saludarle y Serena temió que se diera cuenta de su temblor y precipitación.

Oliver le tendió la mano afectuosamente y le dio un beso en la mejilla, pero ella apenas se enteró, como tampoco lo hizo cuando Noelle la saludó fríamente.

La velada pasó rápida y Serena se sintió ausente o alejada de lo que estaba sucediendo. Hablaba, reía y trataba de esquivar los intentos de Oliver por flirtear con ella, pero parecía estar viendo una película en lugar de vivir una realidad.

La cena fue perfecta y Bill parecía encantado, con lo cual podía darse por satisfecha. Cuando Serena apareció con el postre, Bill se frotó las manos.

– Mi favorito -dijo-. No puedo aguantar los pudding que hacen hoy en día. Oliver quiere abrir un restaurante en el que sirvan ese tipo de comida basura y le he dicho que no funcionará.

– Un club de campo, papá, no un restaurante -corrigió Oliver.

– Como sea que lo llames; si tienes un poco de cabeza, llamarás a Serena para que te dé buenos consejos en cuanto a la cocina.

– Quizás debieras llevarte a Serena como consejera, Oliver -sugirió Noelle y sonrió.

– ¡Qué gran idea! ¿Qué te parece Serena?

Serena miró a Leo mientras él servía más vino en la copa de Noelle. Ambos se miraron a través de la luz de las velas que decoraban el centro de la mesa.

– Creo que tengo mi agenda cubierta por el momento -se disculpó ella.

Bill se echó a reír.

– Hablas como una mujer sensata. Haces bien en quedarte junto a Leo en lugar de unirte a las locuras de mi hijo.

A pesar de lo que decía la gente, Serena pensó que Bill era un hombre con un corazón más cálido de lo que se creía. Su imagen feroz escondía a un hombre franco con sentido del humor.

Noche y Oliver observaban perplejos el desarrollo de la conversación al ver a su padre tan relajado. Leo fue el que tuvo que ocuparse de los hijos del banquero, ya que Bill conversaba agradablemente con Serena.

Pensó que no se irían jamás; Jill había recogido la cocina y, cuando Serena fue a la cocina a preparar la tercera cafetera, el tema de la unión tan sólo se había mencionado una vez. Incluso comenzó a temer que Bill hubiera olvidado para qué se habían reunido aquella noche. Sin embargo, cuando ya se marchaban, justo en la puerta, Bill se volvió hacia Leo.

– No me gustaba la idea de la unión de los dos bancos. He oído que eres un operador frío y que te gusta el riesgo y no quisiera echar a perder la banca Redmayne. Sin embargo, he visto que has sido lo suficientemente sensato como para encontrar una mujer estupenda, así que, dile a tu secretaria que me llame para fijar una reunión la semana que viene. Con esto no te prometo nada, recuérdalo -explicó con el dedo índice levantado mientras Oliver y Noelle se miraban entusiasmados-, pero, al menos, escucharé lo que tengas que decirme y puede, solo puede, que considere tu propuesta.

Por fin se marcharon y Serena se sintió súbitamente muy nerviosa. Fue a la cocina corriendo para ponerse el delantal y comenzó a recoger las tazas del café a toda prisa.

– Creo que todo ha salido bien, ¿no te parece? -preguntó animada sin poder mirarlo.

– Gracias a ti -dijo Leo que la observaba mientras recogía-. El viejo tirano ha comido de tu mano y la cena estaba deliciosa. Si sale el trato, será gracias al pudding que has preparado.

– Oh, no creo; estoy segura de que tu propuesta le convencerá y, cuando vea que sus hijos están a favor…

– No -dijo él interrumpiéndola-. Si accede, habrá sido gracias a ti -añadió y la besó en la comisura de los labios-. Gracias -murmuró.

– Me alegro de que sientas que todo tu dinero ha merecido la pena -replicó ella con enorme dificultad y a punto de llorar.

– He recibido más de lo que esperaba -dijo él mirándola intensamente-. Mucho más…

– Voy a lavar estas copas -comenzó Serena, mientras caminaba hacia la cocina.

– Déjalo. Jill vendrá mañana y lo terminará todo.

– No me importa -insistió ella, pero Leo la alcanzó y la obligó a detenerse-. No creo que sea una buena idea -dijo vacilante cuando Leo la atrajo hacia él.

El sonrió.

– ¿No me digas? Pues a mí me parece estupenda. He estado pensando en ello toda la noche y tú también. ¡Quítate ese delantal y ven aquí!

El corazón de Serena comenzó a latir con fuerza y lo miró indefensa, atrapada en una espiral de deseo y pasión. Se preguntó si sería capaz de sacrificar su orgullo en aquel momento, pero pronto olvidó aquellos reparos, pues Leo era todo lo que ambicionaba.

El la esperaba sin hacer un solo movimiento para persuadirla y Serena sintió que se encontraba

a los pies de un abismo. Un paso más y caería fasta el fondo.

Muy lentamente se desabrochó el delantal y lo lejó sobre una silla.

– Ven aquí -dijo él sonriendo.

Serena suspiró, vaciló un instante, pero sucumiió ante una orden tan dulce.


CAPÍTULO 8

<p>CAPÍTULO 8</p>

LEO ACARICIÓ su rostro con ternura sin dejar de mirarla a los ojos. -No me mires así, Serena -dijo él. interpretando erróneamente su vacilación-. No te estás comprometiendo para siempre. Ninguno de los dos espera una promesa; tengamos al menos el recuerdo de esta noche.

Sin compromisos, sin promesas, sin futuro. No era aquello lo que Serena quería escuchar, pero, al mirar a Leo, supo que no le importaba el futuro con tal de ser suya aquella noche.

– Sí, quedémonos con esta noche… -susurró ella.

Leo la agarró de la mano y ambos subieron al dormitorio. Una vez allí, Serena se quitó los zapatos mientras él encendía la luz de la mesilla de noche. En silencio, Leo le quitó los pendientes y el collar y los dejó junto a la cama.

Todavía en silencio y sin dejar de mirarla, Leo desabrochó la cremallera de su vestido y lo dejó caer al suelo. Sus ojos siguieron el recorrido de la tela y recorrieron hambrientos el cuerpo de Serena. Ella creyó perder el sentido al ver la expresión de placer en el rostro de Leo.

La tomó por la cintura y la apretó contra sí. Ella sonrió y lo besó por primera vez en el cuello; aquel beso inflamó la pasión que existía entre ambos y Leo comenzó a besarla en los labios.

– Serena… -murmuraba entre beso y beso mientras le quitaba las horquillas del moño para liberar la melena cobriza.

Serena, a su vez, fue desabrochándole la corbata y la camisa hasta que cayeron a sus pies. Cuando se abrazaron, la sensación de piel contra piel, hizo que ambos suspiraran de placer.

Mientras la pasión crecía, se acariciaban con mayor deseo y, por fin, se deshicieron de la ropa que aún vestían. Riendo ante la inflamada desesperación que se había apoderado de ellos, se tendieron en la cama. Leo se colocó sobre ella y besó todo su cuerpo antes de poseerla con tanta maestría que Serena perdió el miedo. Se abandonó al placer que el cuerpo de Leo le daba con sus movimientos rítmicos y, por fin, sintió olas de fuego recorriendo su cuerpo. Después, él continuó hasta que ambos se abrazaron en una explosión de júbilo al saber que se pertenecían el uno al otro.

Mucho tiempo después, Serena abrió los ojos y lo primero que vio fue su mano adornada con el diamante de su anillo sobre el hombro de su amante. El rostro de Leo estaba hundido en su cuello y notaba su respiración sobre el pecho.

Contenta de haberse entregado a él, Serena lo besó y sintió que él sonreía.

– ¿Sigues pensando que no ha sido una buena idea'? -bromeó él, alzando la cabeza.

– Bueno… ¡desde luego ha sido mejor que fregar las tazas!

Leo se echó a reír, pero su sonrisa se desdibujó de pronto.

– Todavía luchas contra la pasión que llevas dentro de ti, Serena.

Ella cerró los ojos, pues Leo acariciaba sus senos con intensidad.

– No -murmuró y tomó el rostro de Leo entre sus manos-. Ya no


Al día siguiente, Leo se levantó antes que Serena y le preparó una taza de té. Se la llevó a la cama y la despertó dulcemente para despedirse. Prometieron verse en el banco horas más tarde y Serena se quedó sola en casa de Leo. Poco después, se levantó de muy buen humor y se vistió.

De camino a su casa, se sentía la mujer más feliz del mundo; el recuerdo de aquella noche de amor la hacía ruborizarse cada vez que la revivía en su mente y, cuando llegó a su apartamento, creyó que nada podría enturbiar su felicidad. Sin embargo, se equivocaba.Después de ducharse, se dirigió al salón para escuchar los posibles mensajes del contestador. Lo conectó y escuchó la voz de su hermana que, llorando, le pedía que la llamara urgentemente.

Con manos temblorosas, Serena marcó el número que Madeleine le había dejado en la grabación y, aunque debía ser de madrugada en los Estados Unidos, la voz de su hermana parecía indicar que la situación era extremadamente grave. Madeleine respondió con rapidez a la llamada, ya que debía estar sentada junto al teléfono.

– Estoy en el hospital -dijo con voz cansada y tensa-. Bobby se puso peor de repente, así que tuve que utilizar el dinero que me enviaste para traerle al mejor hospital. Ahora, los médicos dicen que hay que operar, pero que costará mucho dinero. No creo que tenga suficiente y Bobby está tan enfermo…

Madeleine se echó a llorar y Serena trató de tranquilizarla como pudo.

– Mira, creo que sé de dónde sacar el dinero -dijo por fin.

La idea de pedirle el dinero a Leo, después de lo que había pasado entre ellos, no le hacía ninguna gracia, pero no tenía elección. No podía dejar que su sobrino luchara por su vida, sólo porque ella no quería recordarle a Leo que su relación era tan sólo comercial.

– No te preocupes, Madeleine. Lo más importante ahora es que operen a Bobby cuanto antes. Yo consecuiré el dinero de una forma u otra. Diles a los médicos que tendrás el dinero hoy mism última hora.

Madeleine se deshizo en palabras de gratitutud.

– Me siento fatal -dijo llorando-. Ya me m daste mucho, y parece que sólo te llamo para pedirte más, pero es que no sé a quién acudir…

– Para eso está la familia -dijo Serena con firmeza.

– Pero, ¿de dónde estás sacando tanto dinero?

Serena sonrió con tristeza.

– Es una larga historia -explicó-. Ya te la contaré algún día; por el momento, lo único que importa es Bobby.


Leo abrió la puerta de su despacho cuando Lindy le dijo que Serena estaba allí y que quería hablar con él.

– ¡Serena! Creí que te vería más tarde.

– Necesito hablar contigo -dijo ella-. Es muy importante. ¿Tienes unos minutos?

– Por supuesto -señaló él con la puerta abierta todavía-. No me pases llamadas, Lindy.

Serena se colocó junto a una de las ventanas del despacho jugueteando nerviosa con el anillo. Leo se acercó a ella, pero Serena no quería ni mirarlo, por miedo a echarse en sus brazos y llorar. Durante tantos años había cargado sobre sus hombros con la responsabilidad de su hermana y de su madre, que ya no sabía cómo pedir ayuda.

– No pareces la misma mujer que dejé en casa esta mañana -dijo él al observar la alteración de Serena-. ¿Qué pasa?

Explicarlo no iba a ser fácil, así que decidió ir al grano.

– Necesito dinero -dijo directamente. Leo se quedó paralizado.

– ¿Cómo? -preguntó él y se quedó callado sin entender qué estaba pasando o quizás entendiendo demasiado.

– No sé si podrás adelantarme algo del dinero… Leo dio un paso hacia atrás indignado, pero sin perder el control.

– Todavía no he cerrado el trato.

– Sí, pero ha pasado una semana y pensé que… -Que como hemos llegado muy lejos, podrías

pedirme algo más. ¿no?

– ¡No! -exclamó ella con desesperación-. ¡No es eso!

– ¿Ah no? Creo que eres una mujer muy fría. La mayoría de las mujeres habría esperado unos días antes de pedir el dinero; ¡las sábanas están todavía calientes y ya me estás exigiendo que te pague! ¡Eres buena, pero no tanto!

Serena se mantuvo impasible. -No entiendes nada.

– Oh, claro que entiendo. Anoche casi logras engañarme; ahora veo claramente lo que significó para ti. ¡Y pensar que yo creí que tu profesión era la cocina!

– ¿Cómo te atreves? -preguntó ella lívida-. ¡Lo de anoche no tuvo nada que ver con el dinero y lo sabes bien!

– ¿No me digas?

– No entiendes nada, deja que te lo explique…

– ¡No quiero que me expliques nada! -exclamó él muy enérgico.

– Leo, por favor…

– He dicho que no quiero escuchar nada -murmuró entre dientes-. Eres como todas. Anoche dijiste que me deseabas, pero debí darme cuenta de que lo único que querías era mi dinero.

– ¡Pues sí, debiste darte cuenta! -dijo ella, despechada-. ¿Por qué te extraña tanto si me has comprado? Sabías que el dinero era la única razón por la que accedí a hacer el paripé.¿O es que crees que quiero engañar a mis amigos diciéndoles que soy tu novia? ¿Crees que me gusta que me traten como a una mujer objeto, que me gusta que me vistan, que me enjoyen y que luego me tiren a la basura? ¡Por supuesto que lo hago por dinero! Me lo he ganado, ¿o es que crees que tengo que acostarme contigo unas cuantas veces más?

– Ya me pediste un adelanto -señaló él con los labios blancos y un ligero temblor en la comisura de la boca-. El trato era que te pagaría el resto al final.

– Necesito el dinero ahora -insistió ella.

– ¿Porqué?

– No te importa -dijo ella al fin, sin considerarle ya merecedor de contarle la verdad. -¿Y si no te lo doy?

– Le diré a todo el mundo que nuestro compromiso es falso -amenazó ella.

– ¡Vaya, vaya! ¡Ahora me chantajeas!

– No te estoy pidiendo nada que no hayamos pactado -dijo ella-. Yo he cumplido mi parte: Noelle piensa que estamos comprometidos y Bill Redmayne quiere seguir hablando contigo del tema. Todo lo que quiero es que me adelantes el dinero que de todas formas me darás al final. Anoche me dijiste que me estabas agradecido.

– Anoche dije muchas cosas que no quería decir -dijo Leo que caminó hacia su mesa y sacó una chequera-. ¿Cuánto crees que vale una noche contigo, Serena?

Serena calculó lo que podría valer la operación de Bobby.

– Cinco mil libras -dijo ante el asombro de Leo. -Ningún revolcón en la oscuridad vale eso -dijo él con desprecio.

Serena sintió un nudo en la garganta al escuchar aquellas palabras, pero no se dejó atropellar.

– ¿Crees que me acostaría contigo por menos?

– Toma -dijo Leo, después de firmar un cheque-. Esto es un adelanto, no una gratificación. Dado que el sexo no estaba contemplado en nuestro trato, parece como si fuera yo el que ha recibido la gratificación.

– Piensa así si te place, pero no creas que recibirás otra. A partir de ahora, no quiero que me toques.

Se produjeron unos instantes de silencio y Leo puso su rostro muy cerca del de Serena.

– Jamás lo haría -dijo con voz firme-. Me gusta esta situación tanto como a ti, pero te aseguro que estoy haciendo todo lo posible para que acabe cuanto antes. De esa forma, no tendré que verte nunca más. Hasta entonces, cumplirás tu parte del trato, aunque trataré de excusarte de muchas invitaciones, para que no tengamos que vernos tanto. Pero, si alguien sospecha de lo que ha pasado hoy entre tú y yo, tendrás que devolverme mi dinero. ¿Está claro?

– Sí -respondió ella con el corazón hecho pedazos.

– Entonces, lo primero que tienes que hacer es salir por esa puerta sonriendo para que Lindy no sospeche.

Sin una palabra más, Serena se dio media vuelta y salió del despacho. No supo cómo pudo hacerlo, pero sonrió y siguió con la misma sonrisa estúpida en su rostro hasta que llegó a la cocina. Una vez allí, cerró la puerta y se echó a llorar amargamente. Se preguntó cómo podía amar tanto a Leo y odiarlo al mismo tiempo. Lo que más le dolía fue que Leo no le concedió ni siquiera el beneficio de la duda, sino que la trató desde el primer momento como escoria. Un hombre que la amara no habría reaccionado así, la habría confortado sin exigirle explicación alguna.

Llegó a la conclusión de que Leo no la amaba.

Durante las tres semanas siguientes, Serena mantuvo su estado de cólera contra Leo en su punto más álgido y, de aquella forma, intentaba contrarrestar lo mucho que lo quería.

Por su parte, Leo le mandó una nota breve en la que le explicaba que no quería verla el fin de semana y que le diría a todo el mundo que tenía la gripe. Aquello obligó a Serena a quedarse en casa y lo hizo encantada. Preparó litros de sopa, que era lo que de verdad la relajaba, y pasó largas horas hablando con su hermana. Sin embargo, nada podía calmar su ansiedad.

El lunes volvió al trabajo, pues Leo no había indicado lo contrario, pero no lo vio en el almuerzo. Hasta el miércoles por la tarde no volvió a verlo y apareció en la cocina sin previo aviso.

Serena estaba fregando unas cacerolas con la misma fuerza con la que querría lavar para siempre sus recuerdos. Alzó la vista ante el portazo de la puerta y lo miró sin dejar que a su rostro asomara expresión alguna.

– Bill Redmayne y yo nos hemos reunido esta mañana -dijo Leo-. Me ha prometido que considerará mi propuesta.

– Supongo que no esperarás que me alegre -replicó ella, mientras manipulaba las cacerolas sin ningún cuidado.

– Esto te interesa, así que escucha bien -dijo él fríamente-. Bill me dirá su respuesta dentro de tres semanas.

– ¿Así que sólo nos quedan tres semanas de aguantarnos mutuamente'?

– Exacto -dijo él-. Desgraciadamente, ha decidido que quiere verme antes de tomar la decisión. Nos ha invitado a los dos a su casa de Yorkshire a pasar el fin de semana y ha insistido en que quiere que vayas -explicó-. He aceptado en nombre de los dos, así que será tu última aparición como mi prometida. Sea lo que sea lo que decida Bill, podemos seguir cada uno nuestro camino. Diremos que hemos cambiado de idea sobre el matrimonio.

– ¿Y ése será el final'?

– Ése será el final -Corroboró él y salió sin decir ni una palabra más.

Serena no supo si estaba deseando que pasara el fin de semana o que no llegara nunca. Si pasaba no volvería a ver a Leo, pues también dejaría su trabajo en el banco. De hecho, ya se sabía que iba a dejarlo puesto que iba a casarse con él.

Durante el resto de la semana, salieron alguna vez evitando siempre los roces y las miradas. Nadie sospechó, pues tampoco se esperaba mucho de ella, mientras fuera decorativa y no desentonara.

Sin embargo, una noche. Candace y Richard se empeñaron en salir con ellos a cenar y Serena no pudo engañar a su amiga.

– ¿Habéis discutido Leo y tú? -preguntó Can

dace en el servicio de señoras del restaurante. Serena estaba concentrada cepillándose el pelo. -¿Por qué lo dices?

– Por la forma en que os miráis.

– No lo miro de forma especial.

– Sí que lo haces y Leo lo mismo. No sabe muy bien si besarte o pegarte un bofetón -dijo Candace-. Estar enamorado no es siempre tan fácil como parece, ¿verdad?

– No -dijo Serena, sintiéndose morir-. No es fácil.

– No te preocupes -dijo Candace, mirando a su amiga a través del espejo-. Todo saldrá bien. Está clarísimo que Leo está loco por ti. Os besaréis y haréis las paces esta noche.

No sucedió así. Leo la acompañó a su casa como siempre, pero en silencio. Ni siquiera la miró cuando ella bajó del coche y Serena se acostó torturada por el recuerdo de aquella noche de intimidad, de caricias, suspiros y sollozos de placer, frente a las lágrimas que cayeron lentas y amargas sobre su almohada.


CAPÍTULO 9

<p>CAPÍTULO 9</p>

C DANDO por fin partieron hacia Yorkshire, Serena estaba tan desesperada que cualquier cosa le parecía mejor que continuar con aquella situación. Salieron de Londres a las tres de la tarde del viernes y lo hicieron directamente desde el banco, hecho que no impidió el que se toparan con los embotellamientos del fin de semana. El viaje que les quedaba por delante fue mucho peor, pues las obras sembraban las carreteras y para colmo se puso a llover.

Tardaron cinco horas en llegar a Leeds y, durante aquellas horas, no intercambiaron ni una sola palabra. Una vez en Leeds, tomaron carreteras comarcales para llegar a la mansión de Coggleston Hall, residencia de los Redmayne.

– No vayas a estropearlo todo ahora -dijo Leo, frente a la puerta de la mansión-. Todo lo que tenemos que hacer es pasar como podamos este fin de semana. ¡Recuerda que estamos enamorados!

– ¡Oh. calla! -dijo ella, justo antes de que la puerta se abriera.

Bill Redmayne abrió en persona.

– Veo que estamos teniendo el típico verano inglés -señaló Bill al ver que ambos llegaban empapados-. ¿Habéis tenido buen viaje? Por vuestra cara parece que no.

– Digamos que pasable -dijo Leo-. Siento que hayamos llegado un poco tarde, pero había mucho tráfico en todas las carreteras.

– Bueno, os sentiréis mejor después de tomar una copa y de cenar en condiciones. Seguro que primero querréis refrescaron, así que Dorothy os enseñará vuestra habitación; cuando estéis listos, nos reuniremos todos.

Bill llamó al ama de llaves a quien encargó que los condujera a su dormitorio.

– Puede que sea un viejo anticuado, pero sé cómo son las cosas hoy en día, así que os he puesto en la misma habitación. Estáis enamorados y no hay nada más molesto que los huéspedes corriendo de una habitación a otra por las noches. Despierta a los perros -explicó Bili, antes de que la pareja siguiera a Dorothy.

Serena evitó mirar a Leo mientras se dejaban conducir al piso de arriba. La habitación era grande y lujosa; tenía su propio cuarto de baño y la cama era doble, cosa que paralizó a Serena.

Fue Leo el primero en reaccionar quitándose la cazadora y colgándola en el armario.

– Será mejor que bajemos cuanto antes.

– ¿Qué vas a hacer con la cama? -preguntó ella torturada por la idea de tener que dormir con él.

– ¿Y qué quieres que haga? -dijo Leo-. Baja y dile a Bill que no quieres dormir conmigo y que prefieres una habitación para ti sola, sonaría estupendamente.

– No es algo tan raro -dijo Serena con dignidad-. Podrías decirle que me respetas demasiado como para dormir conmigo antes de casarnos o algo así.

– ¡Ja, Ja! -rió él-. ¡Muy convincente!

– Bueno, ¿y qué sugieres?

– Te sugiero que pienses en el dinero y que le saques el máximo partido. No pienso hacer el ridículo delante de Bill Redmayne a estas alturas. Los dos vamos a dormir en esta habitación y yo, desde luego, voy a dormir en la cama. Si la quieres compartir conmigo, bien, si no, ya sabes que puedes dormir en el suelo.

– ¡Qué caballeroso! -replicó ella.

Leo se dirigió al baño.

– No sé por qué debo pasar una noche de rayos sólo porque has desarrollado de repente escrúpulos virginales. Antes no te importó dormir conmigo -añadió él con crueldad.

– Era distinto -dijo ella, después de una pausa.

– ¿Lo era?

– Sabes que sí.

– Pues quiero que sepas que te he pagado para las dos ocasiones, así que tendrás que aguantarte. Si te sirve de consuelo, te diré que a mí tampoco me apetece dormir contigo.

Serena dejó su maleta sobre la cama y la abrió con violencia, para buscar su bolsa de aseo.

– ¡Qué error cometí al aceptar esto!

– Pero ha funcionado -dijo él, desde el servicio. Se había quitado la camisa y se estaba lavando-. Noelle parece haber captado el mensaje, la unión de los bancos parece prometedora y tú estás recibiendo tu dinero. No sé de qué te quejas. Muy pocas personas tienen la posibilidad de ganar tanto dinero de forma tan fácil.

– ¡Fácil! ¡Yo no diría que es fácil convivir con tu arrogancia y tu crueldad! -señaló ella, mientras colgaba la ropa en el armario-. Me he tragado recepciones aburridas y he sido amable con gente aburrida que no hacía más que hablar del maldito dinero, eso tampoco es fácil. Tampoco es divertido ir en un coche bajo la lluvia con un maniático que no abre la boca y tener encima que compartir la cama con el ser más egoísta, inflexible y… repugnante del mundo.

Leo salió del servicio refunfuñando mientras secaba su rostro con una toalla. El pelo, húmedo, se le había puesto hacia arriba y tenía un aspecto algo cómico. Serena quiso colocárselo bien, pero se reprimió. En su lugar, recogió su bolsa de aseo y se metió en el cuarto de baño cerrando con un portazo.

– ¿No crees que te estás portando de manera infantil'? -preguntó él a través de la puerta.

– ¡No! Ya he aguantado bastante para que encima me des consejos. ¡Si tengo ganas de protestar, lo haré!

– Bueno, pues no protestes demasiado. Nos están esperando abajo y tengo hambre.

Serena lo único que quería era que la dejaran sola con su mal humor y un buen baño de agua caliente; sin embargo, tuvo que conformarse con lavarse la cara y cepillarse los dientes. Cuando salió del baño, Leo se ajustaba la corbata frente al espejo y parecía que había conseguido mejor que ella controlar su humor.

Con un gesto de desprecio, Serena se dio media vuelta y se puso de espaldas a él para cambiarse de ropa. Se quitó la camisa y la falda de ante y se puso unos pantalones de seda negra que estilizaron mucho más sus largas piernas. En la parte superior se colocó un top blanco y se lo ajustó a la cintura con un cinturón dorado. Cuando se lo estaba abrochando, se dio cuenta de que Leo la observaba a través del espejo, mientras él se colocaba los gemelos.

El cruce de sus miradas hizo saltar chispas en tre los dos, pero Serena colocó bruscamente la ca beza boca abajo para cepillarse la melena cobriza Cuando terminó y la alzó de nuevo, sus cabello flotaron sobre sus hombros brillantes y espectacu lares. Leo se estaba colocando la chaqueta de traje y su expresión seguía fría y distante, aunque no desviaba la atencion de ella.

Serena remató su atuendo con unos pendientes de oro y lápiz de labios rojo.

Abajo, encontraron a los demás en el salón tomando unas copas y hablando animadamente. Oliver se levantó enseguida y fue a saludar a Serena como si se tratara de una vieja amiga, mientras Noelle la trataba con mucha más frialdad. Fue Noelle quien les presentó a un agente de bolsa llamado Philip. Era moreno, muy atractivo e irradiaba un inconfundible aroma a riqueza, aunque le faltaba el magnetismo de Leo. Serena pensó que era como conocer una mala copia de Kerslake y que Noelle no había tardado mucho tiempo en reemplazarle.

Sin embargo, conforme avanzaba la velada, Serena observó que la misma Noelle parecía haberse dado cuenta de que todo parecido con el original era pura coincidencia, así que, toda la atención de la hija del banquero se centró en Leo, quien no hacía ningún esfuerzo por desanimarla. Quizás pensaba que, como la unión de los bancos estaba prácticamente hecha, podía permitirse el lujo de flirtear en serio con Noelle.

No fue ella la única en advertir el interés de Noelle. Una o dos veces, Serena captó que Philip la miraba descorazonado y ella sabía muy bien cómo debía sentirse. Leo no dejaba de sonreír y de hacerse el encantador y Serena no lo perdía de vista a pesar de sus esfuerzos por entablar una conversación agradable con Oliver y Bit¡. No dejaba de

pensar en sus labios, en sus manos y en la sensación de estar cerca de él, y más que nada otra cosa en el mundo, temía que su cuerpo la traicionara aquella noche y acabara en sus brazos.

Aquel mismo pensamiento fue el que tuvo cuando Leo encendió la luz de la habitación cuando subieron para acostarse.

– Ve tú primero al baño -dijo él, después de cerrar la puerta del dormitorio.

Serena se encerró en el baño y trató por todos los medios que sus manos dejaran de temblar. No tenía por qué estar nerviosa, ya que Leo debía estar planificando la seducción de Noelle, así que no era muy probable que la tocara. Todo lo que tenía que hacer era meterse en la cama, ignorarlo y dormirse.

El camisón que había elegido para pasar aquella noche era de lo más correcto y tapaba la mayor parte de su cuerpo, de tal forma que Leo no podía acusarla de tentarle. Sin embargo, era ella la que notaba su temperatura corporal cada vez más alta y sólo pensar que tenía que meterse en la cama con él, la hacía estremecer.

Se refrescó la cara para disipar las fantasías que acudían a su mente y salió del baño. Al hacerlo, vio a Leo sentado en el borde de la cama con los pantalones puestos, pero se había quitado la camisa, los zapatos y los calcetines. Observó con mirada irónica cómo Serena apartaba el edredón y se metía en el interior, ocupando un lado de la cama.

Cuando Leo salió del baño, Serena se puso tensa y cerró los ojos para fingir que estaba dormida. Advirtió cómo encendía la luz de su mesilla y se sentaba en el borde de la cama. Más tarde, apagó la luz y se colocó cómodamente entre las sábanas, sin importarle lo más mínimo que ella estuviera también. Al poco rato, Serena se dio cuenta de que el ritmo de su respiración cambiaba y, asombrada, comprobó que estaba profundamente dormido.

Aquello la indignó terriblemente, pues ella pasó horas sin poder conciliar el sueño, mientras que él no le había costado el más mínimo esfuerzo.

A la mañana siguiente, Serena notó que Leo se movía muy cerca de ella. En algún momento de la noche debían haberse abrazado, buscando sin duda el calor, y habían amanecido muy juntos. Leo tenía el rostro apoyado en el cuello de Serena y uno de sus brazos sobre ella. Serena también había pasado su brazo por debajo del cuello de Leo, así que presentaban un aspecto muy diferente al que mostraban durante el día.

Serena parpadeó y Leo suspiró y le dio un beso en el cuello antes de alzar su cabeza y mirarla directamente a los ojos. Pudo comprobar entonces cómo cambiaba su expresión al ser consciente de la realidad y cómo su mirada se trasformaba en un gesto frío y despreciativo. Se levantó rápidamente y se metió en el baño sin cruzar una palabra con ella.

Serena se quedó en la cama y se hizo un ovillo en una de las esquinas luchando por reprimir sus lágrimas.

Durante el desayuno, Bill anunció su intención de hablar con Leo.

– Oliver, ¿te ocuparás de Serena? -preguntó Bill a su hijo.

– Será un placer -dijo Oliver, solícito-. Hace un día tan espléndido que podíamos caminar hasta Malham y comer en el pub. Estos dos estarán hablando todo el día de negocios. ¿Qué te parece?

Serena miró a Leo y le vió sonreír a Nocile por algo que ella había dicho.

– Me parece estupendo -respondió.

– Bien -dijo Oliver-. ¿Y vosotros, Noelle? ¿Vendréis con nosotros?

– Oh, no, no creo -dijo Noelle sin dar más explicaciones-. Id vosotros dos.

Leo desapareció con Bill en el despacho del banquero sin molestarse en despedirse de Serena.

La admiración de Oliver por Serena fue como un bálsamo para sus heridos sentimientos. Convencido de que su padre aceptaría la propuesta de Leo, Oliver le contó a Serena sus planes para el club de campo y le sugirió que fuera su consejera en cuanto al tema gastronómico y que lo ayudara a encontrar una buena cocinera o un buen cocinero.

Mientras comían en la terraza del pub, Serena se dijo una y otra vez que no echaba de menos a Leo y que Oliver era un hombre encantador que nada tenía que envidiarle. Era atento, amable y estaba interesado en ella a todas luces.

Regresaron a Coggleston Hall antes de las cinco y no había rastro de Noelle o de Leo en la casa.

– Han ido a dar un paseo -dijo Philip, intentando aparentar que no le importaba-. Noelle dijo que quería discutir unos temas de negocios con él.

Serena imaginó qué negocios eran los que quería discutir y se encerró malhumorada en el dormitorio. Se dio una ducha y trató de fingir indiferencia. Mientras se cepillaba el pelo junto a la ventana, vio cómo regresaban, caminando los dos por el sendero que terminaba en la puerta principal. Caminaban lentamente y se notaba que iban muy concentrados en la conversación. Serena apretó el mango del cepillo con fuerza. Si Leo quería olvidar el pacto que había hecho con ella, que lo hiciera. Ya le daba todo igual.


Serena se las ingenió para no estar a solas con él en toda la noche. Mientras se servían unas copas, Bill anunció su decisión de aceptar la propuesta de Leo, lo cual provocó la alegría entre sus hijos. Oliver y Noelle se acercaron a su padre y lo besaron efusivamente. Serena miró a Leo y advirtió que para ser un hombre que acababa de conseguir algo importante en su vida, su sonrisa era rígida y forzada. Fue Serena la que hizo el esfuerzo de aparentar la misma alegría que los hijos del banquero.

– ¡Qué noticia tan maravillosa!

La cena se hizo eterna. Oliver le contó a su padre todos los planes del club de campo y los consejos que Serena le había dado. Leo no parecía muy contento ante el entusiasmo de Oliver con Serena, pero ella se sintió orgullosa al observar alguna reacción en él. Al fin y al cabo, Leo ya había elegido y, si quería intentarlo con Noelle, que lo hiciera, pues ella también tenía dónde elegir. Sin embargo, lo que le dolía era que se suponía que todavía estaban comprometidos y su actitud hacia Noelle era demasiado íntima.

Cuanto más malhumorado parecía Leo, más encantadora se mostraba Serena, ya que estaba dispuesta a demostrarle que su comportamiento hacia Noche no le importaba lo más mínimo. Serena mantuvo la conversación en un tono tan distendido y entretenido que hasta el mismo Philip pareció renacer. Cuando llegó al momento de tomar el café, se encontraba agotada, pero merecía la pena contemplar la disimulada expresión de fastidio de Leo. Serena le había visto dedicarse toda la cena a Noel le, pero sabía que había estado escuchando la conversación que ella lideraba con el resto de los hombres.

– Supongo que estarás avergonzada de tu representación de esta noche -dijo él de muy mal humor cuando estuvieron solos en el dormitorio.

– ¿Qué representación? -preguntó ella.

– ¡Lo sabes perfectamente! Te has estado haciendo la interesante, has coqueteado descaradamente con Oliver, ¡horrible! ¡Se supone que eres mi prometida! ¿Acaso te has olvidado?

– ¡Claro. soy tu prometida cuando a ti te conviene! Tú también eres mi prometido, pero nadie lo habría dicho por la forma en que te has comportado hoy. Ni siquiera me has dirigido la palabra en el desayuno y no has mostrado interés alguno por mí a lo largo del día. Ni siquiera estabas aquí cuando he vuelto del paseo con Oliver, y ¿dónde estabas? ¡De paseíto con Noelle! ¡Te quejas de mi comportamiento, pero deberías avergonzarte del tuyo!

– Hablábamos de negocios.

– ¡Oh, claro! -exclamó Serena, que daba vueltas por la habitación sin saber qué hacer.

– Es cierto, quería saber si habría un sitio para ella en el nuevo banco.

– Sí, en tu cama, supongo.

– No seas grosera, Serena, no es tu estilo.

– Nada de lo que está pasando es de mi estilo. Pero creí que lo que querías era quitártela de encima y ya que se había fijado en Philip, lo menos que podías haber hecho era no tener tanta confianza con ella. No has hablado con nadie más que

– ¿Y de quién es la culpa? -preguntó él, mientras se cepillaba los dientes-. No has parado de hablar y ni siquiera dejabas que la gente participara. Incluso has atraído la atención de Philip para fastidiarla a ella.

– ¿Cómo? -replicó Serena, perpleja. Ya se había colocado el camisón y se preparaba para cepillarse el pelo-. ¿De qué estás hablando?

– Lo sabes muy bien -dijo Leo, desabrochándose la camisa al salir del baño-. He visto cómo sonreías y le has tenido encandilado toda la noche. No te conformabas con Oliver y tenías que coquetear también con Philip. ¡Me extraña que no lo hayas intentado con Bili! El tiene mucho más dinero que cualquiera de nosotros y parece uno de tus más fieles admiradores, ¡Dios sabe por qué!

Serena se metió en la cama.

– ¡Quizás él me ve como a una persona y no como un medio para conseguir un fin!

– ¡No te des tantos aires! -espetó Leo, que se metió en la cama con ella. Ambos se miraron bajo la tenue luz de la mesilla de noche-. Por la forma en que te has comportado, dudo mucho que ninguno de ellos estuviera pensando precisamente en tu intelecto.

– ¿Y tú? ¿Estás tú fascinado por el intelecto de Noelle?

– Por lo menos, ella no pretende hacer de sí misma un espectáculo.

Serena lo miró furiosa.

– Si ella es tan maravillosa, ¿qué haces aquí? -Sabes por qué.

– Después de verte con ella ya no estoy tan segura -dijo Serena y colocó una de las almohadas entre los dos-. ¡Pareces tener extrañas razones para acostarte conmigo!

– ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó él. Serena, que le había dado la espalda, se volvió para mirarlo.

– ¿Por qué te has acostado conmigo antes? Porque no tenías nada que hacer aquella noche, ¿verdad? Porque pensaste que de esa forma me tendrías más controlada, ¿no?

– Porque ambos nos deseábamos -dijo.

Serena advirtió que Leo estaba demasiado quieto y aquello era un signo de peligro. Tal vez había ido demasiado lejos.

– Oh, ¿no me digas? -dijo con sarcasmo-. ¡Qué interesante! Creí que te había seducido por dinero.

– No creo que lo del dinero se te ocurriera hasta la mañana siguiente; era una oportunidad demasiado buena como para desaprovecharla, pero me deseabas. Eso dijiste.

– ¡En ese caso, mentí! -declaró ella, furiosa.

– No, no mentiste. Por una vez me dijiste la verdad. Me deseabas entonces y lo que es más -dijo y apartó la almohada que los separaba-, me deseas ahora.

– ¡Eso es lo que tú crees!

Serena quiso incorporarse, pero Leo se lo impidió colocándose sobre ella.

– ,Por qué no te lo demuestro? -sugirió.

Si Leo se hubiera comportado con rudeza, ella habría podido resistirse. Si hubiera tratado de forzarla, habría luchado contra él hasta el final. Sin embargo, no lo hizo. Comenzó a besarla en el rostro con breves y dulces besos hasta que llegó a sus labios y. en todo momento, ella habría podido rechazarle.

Pero Serena se deshizo bajo el contacto de sus labios y, cuando Leo advirtió que había conseguido traspasar la barrera de su resistencia, comenzó a desabrocharle los lazos del camisón.

Mientras la besaba, acariciaba sus piernas levantando el camisón, hasta que fue la misma Serena la que se lo quitó, quedando desnuda bajo el cuerpo de Leo. Fue ella la que le tendió los brazos para que la poseyera y ella la que gritó cuando lo hizo, dejándose llevar por las manos de Leo, quien la condujo por senderos de placer hasta el éxtasis que les esperaba a los dos al final del camino.


CAPÍTULO 10

<p>CAPÍTULO 10</p>

EL SOL DE la mañana despertó a Serena. La discusión de la noche anterior les había hecho olvidar las cortinas, que habían quedado abiertas de par en par. Serena se quedó inmóvil en la cama observando las motas de polvo flotar a contraluz y saboreando el aroma del cuerpo de Leo a su lado.

El todavía dormía y tenía un brazo cruzado sobre el cuerpo de Serena, quien poco a poco a lo fue echando a un lado para incorporarse de la cama. De pie, Serena lo observó a cierta distancia y advirtió que dormido tenía un aspecto menos arrogante e invulnerable. Deseó poder meterse en la cama de nuevo y besarlo hasta que se despertara, pero no lo hizo, pues estaba decidida a dejar de hacerse ilusiones. Lo que había sucedido aquella noche entre los dos no era sino la expresión de un deseo físico, no de amor por parte de Leo y ella consideraba que el deseo sin amor no merecía la pena.

Pensó que lo que debía hacer era fingir que no había sucedido nada, que Leo la llevaría a su casa de vuelta y que allí terminaría todo; tendría que aprender a vivir sin él y, cuanto antes empezara, tanto mejor.

Con lentitud, se agachó y le dio un beso en la comisura de los labios; tal vez fuera la última vez en que podría decirle adiós de la manera que ella quería.

Era muy temprano y el rocío extendía su manto sobre el césped y las plantas. Serena caminó hacia la colina que había detrás de la casa. Se sentó allí durante un rato y comenzó a recordar cómo Leo le había hecho el amor. Había sido tan dulce y tan intenso que le parecía extraño que no sintiera nada

por ella.

Sin embargo, sabía que no podían pasarse la vida en la cama y, aunque el sexo fuera satisfactorio, había muchas cosas que los separaban y no podía vivir de la esperanza de que Leo algún día decidiera comprometerse con ella. Era más prudente considerar que aquél era el último día.

Cuando regresaba de su camino desde la colina, se encontró con Oliver.

– Te has levantado muy temprano -dijo él.

– Tú también -respondió ella con una sonrisa algo fingida.

– No podía dormir -explicó él-. Tengo demasiados planes en la cabeza y se me han ocurrida nuevas ideas esta misma noche.

Ambos regresaban a la casa y Serena asentía con la cabeza tratando de apartar el pensamiento de Leo.

– Me gustaría haberte conocido antes que Leo -dijo de pronto Oliver y Serena lo miró perpleja-. Necesito alguien como tú -añadió algo avergonzado-. Alguien fuerte, práctico y divertido. A mi padre no le gusta nadie y tú pareces encantarle. Sé que quiere que me case con alguien como tú…Oh, no te preocupes -se apresuró a decir cuando vio que ella abría la boca para hablar-. Ya sé que no tienes ojos para otra persona que no sea Leo. Incluso cuando no os miráis, se nota que hay algo entre los dos. Lo advertí la primera vez que te vi. Noelle se imaginó que podía ser la señora Kerslake al principio, pero pronto se dio cuenta de que no tenía nada que hacer frente a ti. Por eso volvió con Philip. Ha estado revoloteando alrededor de mi hermana desde hace años, esperando que ella se fijara en él, así que el que Leo estuviera comprometido contigo es lo mejor que les puede haber pasado a los dos

– De todas formas, ella y Leo parece que se llevan muy bien -señaló Serena, ocultando sus celos.

– Eso es porque ella ha decidido que quiere un trabajo en el banco. Noelle es más lista de lo que parece y sabe que Leo no se fijará en ella ahora que está contigo. Creo, que durante un tiempo, pensó que yo podía hacerte olvidar a Leo, pero no puedo, ¿verdad? -preguntó él con cierta esperanza en sus ojos.

– Lo siento -dijo ella. turbada.

– No te preocupes. Siempre lo he sabido -señaló él-. Bueno, si no te puedes enamorar de mí, ¿podrás hacerme un favor'?

– Por supuesto… si está en mi mano.

– Creo que he encontrado el lugar perfecto para el club de campo y me gustaría que me acompañaras ahora a verlo.

– ¿Ahora?

– Tan sólo está a diez minutos de aquí. Estaremos de vuelta antes de que nadie se despierte.

Serena no tenía ganas de ir, pero no supo cómo rechazar la sugerencia de Oliver. Además, se sentía un poco culpable por la forma en que le había utilizado para provocar los celos de Leo.

El lugar al que la condujo Oliver estaba más lejos de lo que él había dicho y transcurrieron al menos treinta minutos hasta que llegaron a la casa. Resultó ser una vieja mansión destruida por el fuego y Oliver le enseñó las ruinas a Serena como si fueran un auténtico monumento. Advirtió que allí habría que trabajar una barbaridad, pero aquello no parecía detener a Oliver, y Serena tuvo que admitir finalmente que el emplazamiento era magnífico.

Cuando regresaron a Coggleston Hall, los demás estaban sentados alrededor de la mesa desayunando. Todos miraron a Oliver y a Serena excepto Leo, quien continuó extendiendo la mantequilla sobre una tostada. Serena lo advirtió y se dijo que le estaba bien empleado ya que si no estaba enamorado de ella, qué más le daba con quién estuviera.

Se sentó en el otro extremo de la mesa y dejó que Noelle le sirviera una taza de café.

Su presunta rival se mostraba más cordial que de costumbre, quizás por el paseo que había dado con Leo el día anterior. Serena se bebió su café entristecida ante el aspecto de una Noelle que entraba en la vida de Leo, mientras ella salía.

Oliver se sirvió cereales y comenzó a hablar entusiasmado sobre el lugar que había encontrado y sobre la aprobación de Serena.

– ¡Es maravillosa! -dijo dirigiéndose a Leo-. Me dado unos consejos estupendos esta mañana. Le he dicho que, si se aburre cuando se case contigo, no dude en hacerse mi socia -bromeó Oliver, tratando de atraer a Leo en la conversación.

Pero Leo no estaba de humor para bromas.

– ¿De veras? -señaló con tal frialdad que produjo unos instantes de silencio.

Bill fue el que rompió el hielo.

– Bueno, ¿qué es lo que vais a hacer hoy?

– Me temo que nosotros nos marchamos ya-dijo Leo con brusquedad.

– Pero os quedaréis para comer, ¿no?

– Tenemos que volver -insistió Leo casi al borde de la descortesía.

Avergonzada, Serena se sintió obligada a mostrarse agradecida con sus anfitriones.

– Hemos pasado un fin de semana estupendo -dijo a Bill.

– Habrá muchos más fines de semana como éste -dijo él-. Espero que podamos veros por aquí a menudo.

Bill abrazó a Serena cuando ya se marchaban y volvió repetirle la invitación de que volviera pronto. Noelle, según advirtió Serena, se alegró al ver que ella y Philip se despedían y a Leo se lo llevaron los demonios cuando vio que Oliver besaba a Serena al entrar en el coche.

– Gracias por todo, Serena y vuelve pronto.

Leo no esperó a salir de los dominios de los Redmayne para discutir con Serena.

– ¡Pensé que tendrías la decencia de esperar un día más antes de buscarte un nuevo plan! -exclamó con furia.

– ¿Tengo que adivinar lo que te pasa o me vas a contar de qué estás hablando?

– Hablo de la forma tan astuta que has tenido de hacerte con Oliver -respondió él-. He sido yo el que te dije lo rico que era Bill, así que. ¿en quién ibas a poner los ojos más que en su hijo'? ¡Estoy convencido de que no te costará mucho montar tu restaurante en el maldito club de campo de Oliver!

– ¡No tengo el menor interés en el club de campo de Oliver! -exclamó ella.

– Es el dinero, ¿verdad? -dijo él-. Quizás estaba equivocado. Quizás, tu interés por el club de campo sea una tapadera para acercarte cada vez más a su cuenta corriente. ¡El muy idiota!

– Si lo que te molesta es que haya ido con Oliver a ver el club de campo, te diré que no fue idea mía, que me lo encontré por casualidad en el jardín y me pidió que le acompañara. No supe qué excusa ponerle.

– ¿Acaso crees que me voy a creer eso? Estuviste con él todo el día de ayer y flirteaste toda la noche en la cena y esta mañana resulta que te lo has encontrado de casualidad. ¿Cómo quieres que te crea?

– ¡Me importa un comino si me crees o no!

– ¡Eso ya lo sé! -dijo él, mientras conducía con concentrada cólera-. Si apreciara a Oliver lo más mínimo le diría lo peligrosa que eres; ¡y encima quiere que seas su socia! ¡Será estúpido! pasarías por encima de él, le utilizarías para tus propios fines, ¡igual que has hecho conmigo!

– ¡Contigo! -exclamó Serena, tratando de encontrar las palabras que mostraran su perplejidad-. ¡No me puedo creer lo que estoy oyendo! Tú sabes más de utilizar a la gente que ninguna otra persona que yo conozca. ¿Cómo llamarías a la forma en que me has tratado?

– Teníamos un trato -dijo Leo-. Te has metido en esto consciente de lo que te esperaba, así que, teniendo en cuenta la cantidad de dinero que me has sacado, yo no diría que te he utilizado, pero Oliver sí puede serlo si te asocias con él.

– Pero, ¿quién dice que me vaya a asociar con él?

– ¿Lo harás? -preguntó él y la miró brevemente para fijar de nuevo la vista en la carretera.

– Puede que sí -respondió ella para provocarle. Tengo que hacer algo ya que he perdido mi trabajo en Erskine Brookes.

– ¡Me has sacado tanto dinero que no necesitarás un trabajo!

– ¿Quién habla ahora de dinero? Estoy refiriéndome a un trabajo estimulante, de trabajar con alguien tan agradable y considerado como Oliver.

– ¡Te cansarás de él a los cinco minutos!

– Oh, no sé… piensa lo bien que nos lo podemos pasar gastándonos tu dinero -dijo ella para herirle.

El comentario había ido demasiado lejos y le valió a Serena el discurso encendido y colérico de Leo sobre las mujeres avariciosas, así que, cuando llegaron a Leeds, Serena no tuvo ganas de seguir aguantando.

– Tuerce allí -interrumpió ella al ver una señal que indicaba el centro de la ciudad.

– ¿Para qué? ¿Por qué?

– Porque ya no aguanto más. Llévame a la estación; voy a tomar el próximo tren de Londres. -¡No seas ridícula!

– Nunca he hablado tan en serio -dijo ella-. Aparte del hecho de que no tengo ganas de pasar las próximas tres horas escuchándote, estás conduciendo demasiado rápido. Prefiero llegar en tren.

Leo agarró el volante con más fuerza y no la miró.

– De acuerdo -dijo con frialdad-. Si eso es lo que quieres…

– Lo es.

Leo torció hacia el centro de la ciudad y la llevó hasta la estación en silencio.

– Supongo que querrás la última parte de tu dinero, ¿no?-dijo por fin aparcó.

Serena había olvidado el tema del pago y. si no hubiera sido por su hermana, se lo habría tirado a la cara.

– Por supuesto que te exigiré la parte que me corresponde -dijo ella, mientras se quitaba el cinturón-. Pero puedo esperar hasta la semana que viene.

– No, acabemos con esto -dijo Leo y sacó su chequera-. Así no tendré que volver a verte o saber de ti -dijo y le extendió el cheque.

– Exacto -dijo ella con frialdad y metió el cheque en su bolso.

Serena salió del coche y sacó su equipaje del maletero del coche. Después, se acercó a la ventanilla de Leo.

– Casi me olvido de esto -dijo y arrojó el anillo de compromiso al asiento del copiloto-. Estoy segura de que lo podrás vender y recuperar algo de lo que te has gastado conmigo -explicó antes de darse la vuelta y desaparecer en la estación sin mirar atrás.

Con el corazón destrozado y culpándose a sí misma por no haber podido arreglar la situación, dado su terrible carácter, Serena llegó a Londres en las peores condiciones. Los dos días siguientes pasaron como en una pesadilla. No tenía trabajo al que acudir ni actividad que pudiera distraerla de los remordimientos por haber dejado escapar a última posibilidad de aclarar todo con Leo. Se entretuvo empaquetando la ropa que le había comprado, preparada para enviársela y el cheque permanecía sobre el paquete de ropa. No deseaba ingresarlo en su cuenta a menos que fuera necesa

rio, pero tendría que hacer algo con él.

Llamó a su hermana y comprobó que Madeleine era otra persona distinta a la de la última vez.

– ¡Iba a llamarte esta noche! -exclamó-,i Bobby ya está en casa!; todavía tiene que recuperarse, pero los médicos han dicho que lo peor ha pasado ya.

– Oh, Madeleine, ¡qué noticia tan maravillosa! -dijo Serena, olvidando su tristeza al escuchar a su hermana tan feliz.

– Y todavía tengo más. He de decirte algo, Serena… ¡me caso otra vez!

– ¿Cómo?

Madeleine se echó a reír.

– ¡Ya sabía que te sorprendería! ¿No te acuerdas que te hablé de mi vecino? Oh, Serena, John es tan buena persona, me ha ayudado tanto y me hace tan feliz… Por favor, dime que te alegras.

– Por supuesto que sí -dijo ella, aunque Madeleine advirtió cierta duda en su voz.

– Sé que estás pensando en que puede salirme otra vez mal, pero el matrimonio no tiene por qué ser siempre un desastre. John me hace sentir otra mujer y adora a los niños. Ya le he contado todo lo que has hecho por mí y quiere devolverte el dinero ya que él puede ocuparse de nosotros. Así podrás abrir tu restaurante.

– Qué amable -dijo Serena, parpadeando emocionada-. Pero no dejes que lo haga, Madeleine. Haz que te lleve de vacaciones con ese dinero. ¡Os lo merecéis después de lo mal que lo habéis pasado!

– Bueno, ya lo discutirás con él cuando lo veas -dijo Madeleine-. Lo único que quisiera es que tú encontraras a alguien. ¡No sabes lo maravilloso que es enamorarse de alguien que te quiere!

Serena no lo sabía; lo único que sabía era lo

amargo que resultaba enamorarse de un sueño imposible. Se alegraba de la felicidad de su hermana, pero, cuando colgó el teléfono, se sintió mucho peor que antes.

Tomó el cheque y lo rompió en mil pedazos. Los colocó en un sobre y puso el nombre de Leo en él, con la aclaración de «Personal» para que no lo abriera su secretaria. Bajó a la calle y lo echó al correo; de aquella forma, dio por terminada la mentira en la que se había convertido su vida en las últimas semanas. Todo lo que tenía que hacer era apartarle de su vida y comenzar de nuevo.


Pasados unos días, Serena preparaba una de sus sopas en la cocina, cuando sonó el timbre de la puerta. No tenía ganas de contestar a la llamada, pero, al escuchar que insistían, dejó la cuchara sobre la tapa de la cacerola y se limpió las manos en el delantal, antes de caminar decidida hacia la puerta.

Pensó que se trataría de algún vendedor y ya tenla una respuesta preparada, cuando al abrir la puerta se encontró con un Leo desmejorado y tenso.

Perpleja y sin saber si debía desesperarse o alegrarse. Serena se agarró bien a la puerta para no desfallecer.

– ¿Qué… qué estás haciendo aquí? -murmuró con un hilo de voz.

– Vengo a devolverte el dinero que te ganaste -dijo él con un nuevo cheque en la mano y sin apartar la mirada cansada y abatida de Serena.

Ella cerró los ojos y luchó contra la tentación de echarse en sus brazos y pedirle que no se marchara.

– No quiero tu dinero -dijo ella.

– Lo querías antes -replicó él-. Ya te he dado diez mil libras, así que, ¿por qué cambias de parecer ahora que puedes tener otras diez mil?

– Porque ahora no lo necesito -respondió ella-. No necesito tu dinero ni te necesito a ti, como tú no me necesitas a mí.

Leo miró al suelo y vaciló unos instantes antes de hablar.

– Pero es que yo sí te necesito a ti -corrigió. Serena no lo creyó y pensó que quería utilizarla de nuevo para algún otro plan.

– ¿Qué es lo que ocurre? -preguntó sin casi poder sostenerse sobre las piernas-. ¿Es que Noelle te sigue presionando para que te cases con ella?

– No -dijo él, negando con la cabeza-. Acaba de comprometerse con Philip.

– Entonces, ¿por qué necesitas una novia?

– No necesito una novia -dijo él-. Te necesito a ti. Necesito a una mujer con los ojos verdes de una gata y la sonrisa de un ángel; necesito a la mujer

que ha cambiado mi vida -explicó sin moverse del quicio de la puerta y sin hacer ningún ademán por tocarla-. Te echo de menos -dijo por fin.

– Pero, pero -comenzó ella. incrédula-… tú me desprecias -dijo sin querer hacerse ilusiones y volviendo a la realidad.

– He fingido despreciarte; era más fácil que admitir que deseo pasar el resto de mi vida con una mujer que me desprecia a mí.

– Yo nunca te he despreciado -señaló recuperando la fuerza en sus piernas.

– Pues te he dado muchas razones para que lo hicieras; he sido horroroso contigo; me portado fatal, pero ha sido por los celos y por la desesperación de pensar que nunca me amarías como yo a ti.

– ¿Tú rne quieres? -repitió ella en un susurro-. ¿Me quieres?

– Sí; te quiero, te necesito y te deseo y haré lo que me pidas, Serena, tan sólo para compensar lo mal que me he portado contigo -confesó-. ¿No me odias?

Serena negó con la cabeza y sonrió débilmente mientras el último resquicio de tristeza desaparecía ante la confesión de Leo.

– Sólo lo fingía -admitió ella y sonrió con mayor intensidad-. Yo también me enamoré ti.

– Serena, Serena, ¿de veras me amas?

– Sí -dijo ella con los ojos inundados en lágrimas-. Oh, sí, te amo, te amo… ¡no puedo decirte lo mucho que te quiero!

– Entonces, tendrás que demostrármelo -murmuró él, sonriendo.

A pesar de que se encontraban en la puerta de la casa, Serena y Leo se unieron en un beso lleno de promesas y de felicidad tras la reconciliación.

– Serena -dijo él por fin con la mejilla apoyada en los cabellos de Serena-, creí que no podría besarte jamás.

– Lo sé… lo sé -dijo ella con felicidad indescriptible-. Me he sentido tan mal sin ti…¿Qué es lo que te ha hecho venir hoy?

– Lo he pasado muy mal desde el fin de semana y, al ver tu cheque en el correo hecho pedazos, ya no supe qué pensar -explicó y de pronto alzó la cabeza-. Oye, huele a quemado.

– ¡Ay! ¡Mi sopa de cebolla! -exclamó ella y salió corriendo hacia la cocina.

Desgraciadamente llegó tarde, pues la cacerola entera estaba negra, pero no le importó. La apartó del fuego y volvió a sonreír a Leo. El olor a quemado de las cebollas era tan intenso que cerró la puerta de la cocina y buscaron refugio en el salón. Leo se sentó en el sofá y colocó a Serena sobre sus piernas.

– ¿Por qué me enviaste el cheque, Serena?

– Porque ya no necesitaba el dinero -dijo y le explicó todo el problema que había tenido su hermana-. Tan sólo acepté el cheque por Bobby -concluyó-. Nunca lo habría utilizado en mi beneficio.

Leo se quedó horrorizado.

– ¿Quieres decirme que has estado preocupada por tu hermana todo este tiempo? ¿Me dejase acusarte de mercenaria cuando lo único que hiciste fue apoyar a tu familia? ¿,Por qué no me lo contaste?

– Debí hacerlo, lo sé -reconoció ella-. Pero ha sido por mi estúpido orgullo.

– Yo sí que he sido estúpido al juzgarte como al resto de las mujeres. He creído que lo único que te interesaba era el dinero y lo que iba ocurriendo entre los dos, corroboraba mis prejuicios sobre las mujeres.

– ¿Porqué eres tan duro con nosotras? -preguntó ella-. No todas las mujeres somos iguales.

– Durante cierto tiempo, creí que lo erais -señaló él-. Volver para hacerme cargo del banco me ha enseñado muchas cosas. Cuando viajaba alrededor del mundo, las mujeres no se detenían a mirarme ni dos minutos.

– ¿Ha habido alguien especial? -preguntó ella con curiosidad.

– Creí que era especial hasta que te conocí a ti -dijo él, mientras le acariciaba el pelo-. En aquel entonces, creía que estaba enamorado de Donna. La conocí en los Estados Unidos y me enamoré de ella al instante. Me pareció una mujer hermosísima, pero como ella misma me dijo, yo no era nada especial y me explicó que estaba buscando a un hombre rico y poderoso -explicó-. Le pedí que se casara conmigo y se rió en mi cara. Ahora me doy cuenta de que me libré de una buena, pero entonces sufrí mucho y de ahí nació mi prevención contra las mujeres. Para olvidarme de ella, volví a casa y me hice cargo del banco, y con éxito. La última vez que la vi yo ya era el presidente de Brookes y estaba en Nueva York en una visita de negocios. Donna vino a mi hotel y me dijo que estaba disponible si tenía algo que ofrecerle. Aquello debió ser mi momento de triunfo, pero…

– Pero,,,qué? -interrumpió ella.

Leo se encogió de hombros.

– De pronto, ya no me pareció tan hermosa. Todo aquel incidente me dejó un mal sabor de boca y me ratificó aún más en mis ideas. Cuantas más mujeres conocía, más firme me encontraba en mis convicciones… hasta que te conocí a ti -dijo y sonrió-. ¡La primera vez que miré esos ojos verdes que tienes me di cuenta de que estaba perdido!

– ¡No pudiste enamorarte de mí con aquel vestido tan horrible! -protestó ella.

– Ni siquiera me fije en tu vestido -dijo él-. Todo lo que vi fueron tus ojos y tu pelo -explicó y le dio cortos besos en la mejillas-. Lo único que siento en este momento es no haber hecho las cosas de otra manera, pero como no me explicaste nada, ¡yo creí que eras otra persona!

– No te preocupes ya -dijo ella-. Yo también quisiera haber confiado más en ti para poder haberte dicho la verdad, pero estaba tan convencida de que no me querías, que daba igual. Además, no hacías sino decir que no te comprometerías con nadie.

– Eso era antes de conocerte -dijo él-. Pero, ¿qué querías que dijera si tú también decías que nunca te casarías?

– Bueno, he…he cambiado de idea -dijo ella tímidamente.

– Entonces. ¿te casarás conmigo?

– Sí -respondió Serena y lo besó con dulzura en los labios.

– Mira lo que he traído conmigo -señaló él y sacó el solitario que había comprado a Serena-. Lo he llevado conmigo todo este tiempo, pues era lo único que me quedaba de ti. ¿Estás segura. Serena? -preguntó mirándola a los ojos.

– Estoy segura -dijo ella-. Ser independiente no significa nada a menos que pueda ser independiente contigo. Ser tu esposa no quiere decir que no siga siendo la que soy. Seré como siempre, aunque mucho más feliz.

– ¿Quiere eso decir que volverás a cocinar para un puñado de directivos de banca que no distinguen el paté de la carne de perro? -preguntó él, bromeando.

– Creo que podrán pasar sin mí, ¿no te parece?

– Ellos podrán -dijo Leo-. Yo no.

– Pero sería una pena no utilizar tu maravillosa cocina -dijo ella y le dio unas palmaditas en la solapa de su chaqueta-. Mientras estés en el banco, yo me puedo dedicar a sacarle provecho, en lugar de hacer otras travesuras…

– ¡Mientras no estés demasiado cansada para nuestras travesuras cuando vuelva del banco!

– ¿Estás seguro, mi amor? -preguntó ella-. ¿Y tu libertad? ¿No seré para ti una terrible atadura?

– Me sido libre desde que te dejé en la estación de Leeds -dijo Leo-, y me ha servido para darme cuenta de que la libertad no significa nada si no la compartes conmigo. Quiero tenerte tan atada que no vuelva a pasarlo tan mal como lo pasé en Yorkshire. ¡Qué celos me diste con Oliver! ¡No me vuelvas a hacer eso, Serena! -exclamó él sin abandonar su sonrisa.

– No lo haré; nunca te dejaré -señaló ella, abrazándose a él.

– Y tampoco a ti; ya hemos perdido demasiado tiempo.

– ¡Es maravilloso no tener que fingir más! -indicó ella, mientras contemplaba el diamante de nueve en su mano.

– Sólo hay una cosa que me sigue preocupando…

– ¿Qué? -preguntó ella con cierto sobresalto. -Que odias las bodas -recordó él.

Serena sonrió y volvió a besarle en los labios. -¡Creo que en eso también voy a cambiar de parecer y muy pronto!


Jessica Hart

<p>Jessica Hart</p>
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