Juan G. Atienza

La Maquina De Matar


LA MAQUINA DE MATAR

<p>LA MAQUINA DE MATAR</p>

Por fin, después de tantos años de hambre y de privaciones, granaron unas pocas espigas de maíz.

Toda la comunidad de las cuevas acudió a ver el milagro. Un centenar de personas andrajosas, de niños desnudos y famélicos, de hombres barbudos en estado próximo al salvajismo, de mujeres enflaquecidas por el hambre bajaron desde las cavernas de la ladera del cañón, cuando Hank gritó desde el fondo del valle, haciendo que el eco repitiera su grito por las abruptas paredes de roca.

Se aproximaron lentamente, unidos por el miedo y la emoción ante lo a un tiempo desconocido y ansiado. Todos habían oído una y otra vez, de labios del Viejo, la descripción de lo que había sido el maíz en otras épocas, del aspecto dorado de las mazorcas, del dulzor de los granos; pero nunca, hasta ahora, habían podido contemplar juntas cinco espigas que el año próximo podrían convertirse en un campo entero, con mazorcas suficientes para no pasar hambre en todo el invierno, si además se daba bien la caza de lagartos y roedores que los jóvenes traerían del otro lado de los montes. Ahora, mientras bajaban, vivían todos intensamente la vida pequeña de aquellos cereales, que había sido seguida por la comunidad, día a día, desde que las primeras hierbecillas brotaron raquíticas de la tierra seca. Y aquello era sólo el principio.

Habían sido cincuenta años de vivir en las cavernas del valle, cincuenta años de comer lagartos y raíces, cincuenta años de no poder trasponer los muros de roca de aquella garganta donde se habían refugiado los primeros. Cincuenta años de temor constante a que las radiaciones les alcanzasen.

Pero ahora, si el maíz había logrado granar, aquello significaba que la mazorca que los jóvenes trajeron el invierno anterior del otro lado de las rocas no estaba tampoco contaminada, que la radiactividad comenzaba a desaparecer lentamente, ¡que la vida podría salir de nuevo de las cavernas y expandirse por la superficie de la Tierra…!

Entre los que ahora formaban la comunidad de las cuevas, quedaban ya muy pocos que hubieran conocido otro mundo distinto al Valle de las Rocas y sus alrededores. El Viejo, que desde el más remoto recuerdo de todos había ostentado el mando único de aquella débil agrupación de seres hambrientos, tenía ya más de ochenta años y todos sabían que, si no sus días, sus meses estaban contados. Había resistido ya bastante tiempo, a pesar del hambre y de todas las privaciones, manteniendo la unidad de su gente, librándoles a lo largo de los años, una y otra vez, de las tentaciones de suicidio o de la locura, ayudándoles y enseñándoles, a medida que nacían los nuevos, a formar un mundo del que todo, absolutamente todo, estaba aún por hacer, porque lo demás, lo de afuera, había sido totalmente destruido por las bombas de hidrógeno.

Para los jóvenes, el mundo que fue era ya casi una leyenda. El Viejo, a lo largo de innumerables noches de frío y de hambre, pasadas al amor de una hoguera raquítica -porque hasta la leña debía racionarse para sobrevivir- les había hablado de ciudades de millones de habitantes, de potentes máquinas voladoras, de extrañas comodidades cuya utilidad apenas alcanzaban a comprender. Y les había hablado también de la ambición sin límites de los hombres que provocaron la destrucción, de su creciente sabiduría técnica y del paulatino olvido en que habían caído, año tras año, antes de la gran Catástrofe, las cosas del alma, hasta que ya nada hubo que les pudiera contener y se arrojaron unos contra otros, medio mundo contra el otro medio, con toda la potencia ofensiva que habían ido acumulando a lo largo de años, quemando hasta las raíces toda la vida sobre la superficie del planeta, borrando hasta el último vestigio de aquella civilización que se había convertido en maldita para los pocos supervivientes que ahora tenían que esconderse en las entrañas de la tierra, en valles aislados que se habían librado milagrosamente de las radiaciones nucleares, como la comunidad del Valle de las Rocas, que ignoraba siquiera si otras comunidades como aquella se habrían librado también del Gran Desastre.

– Pero no podemos ser los únicos -les había repetido, una y otra vez.

Ahora podrían comprobarlo. Mientras la comunidad contemplaba con arrobo el primer fruto del maíz, Hank apretó fuertemente la mano de Hilla y dejó escapar para ella sus intenciones.

– Ahora podremos salir de aquí… Buscaremos a los otros, a quienes se hayan salvado y…

– Pero puede ser peligroso… -interrumpió Hilla, alzando su rostro delgado hacia él-. El suelo puede estar aún contaminado…

Hank negó con la cabeza.

– Si el maíz ha crecido, no. Eso quiere decir que puede haber vida más allá del valle. Y, si hay vida, debemos ir en su busca…

Hilla tuvo miedo por Hank. Tuvo miedo, pero un nudo en la garganta le impidió hablar. Hank se desprendió de su mano y corrió entre la gente que se apretaba para poder contemplar el milagro del maíz. Al otro lado del denso grupo había adivinado la presencia de sus amigos y quería comunicarles lo que había pensado, lo que había decidido al ver las mazorcas nuevas. Sabía que Phil y Rad y Wil y tal vez algún otro, querrían seguirle.

Phil era un poco mayor que Hank, pero ambos, como Rad y Wil, habían nacido ya en el Valle de las Rocas y todos ellos eran hijos de los que se salvaron de la catástrofe siendo aún niños. Pero sus padres habían sabido muy poco de lo que fue el mundo anterior. Les habían contado únicamente las visiones de horror y la larga huida hasta el valle y, luego, la penuria, la miseria, el hambre, la muerte lenta de los que llegaron contaminados, el frío horroroso de los inviernos… y el miedo. Sobre todo les habían trasmitido el miedo, el gran miedo que hoy ahogaba a toda la comunidad y que le impedía trasponer las cumbres para enfrentarse con lo que había más allá, con lo desconocido, con la muerte del mundo.

Y fue así como, en la comunidad, el amor se había convertido en un afán de supervivencia y la vida en un vegetar casi animal, en lucha constante contra todas las fuerzas de la naturaleza, sin armas, sin casi utensilios, sólo con la fe ancestral en la propia fuerza. Era esa fe y esa necesidad de protección las que habían hecho que Hilla se acercase a Hank, como había acercado a los hombres y a las mujeres desde que se constituyó la comunidad del Valle de las Rocas. Hilla veía en Hank al hombre fuerte que sucedería sin duda al Viejo cuando el Viejo abandonase la vida. Hank significaba para ella la protección y el sobrevivir, la seguridad de tener a su lado al hombre que un día no lejano sería el jefe de todos. Y eso mismo había hecho que la muchacha se apartase del mejor amigo de Hank. Y Wil había comprendido que una mujer no podía ni debía ser nunca entre ellos motivo de rivalidades, porque había muchas cosas más importantes que la enemistad provocada por una mujer. Y así, Hilla estaba destinada a Hank y Wil, aun sin poder apartar muchas veces sus ojos codiciosos de ella, había aceptado como irreversible la suerte adversa.

Y ahora, Hank se acercaba a ellos y les gritaba:

– ¡Phil!… ¡Rad, Wil!… ¿Os dais cuenta?… Esto significa que podremos salir de aquí…

Los otros se miraron un instante. No habían pensado en esa eventualidad. Sus pensamientos se habían limitado a la alegría inmediata de un invierno sin hambre, ya no muy lejano, o a la remota intuición de un futuro en el que tal vez la lucha por la subsistencia se haría más llevadera.

Pero salir del valle…

– ¿Salir? ¿Para qué? -preguntó Phil.

– !Para saber qué hay más allá!… Para buscar a los otros, a los que se hayan refugiado en otros valles…

Rad rió, incrédulo:

– ¡Pero eso son monsergas del Viejo!… Si hubiera alguien más, lo habríamos sabido, ¿no?…

– Bien… Tal vez sean monsergas, pero… digo yo: no vamos a pasar aquí dentro toda nuestra vida, sin saber qué hay más allá…

El entusiasmo de Hank prendió pronto en Rad y en Wil. Los tres miraron a Phil, que se mantenía en silencio.

– ¿Y tú, qué piensas?

Phil miró hacia su mujer y su hijo de corta edad, que contemplaban las mazorcas unos metros más lejos.

– No lo sé…

– Has de venir -casi ordenó Hank. Y Phil asintió en silencio. Y, mientras la comunidad celebraba con canciones malamente aprendidas o peor recordadas la fiesta del maíz granado, los cuatro compañeros subieron hasta la caverna del Viejo.

El Viejo, aquel día, tampoco había salido de su cueva, ni siquiera al saber la buena nueva. Había dejado que se la contasen y se alegró con todos, pero no salió. Quedó pensativo, con la mente fija en el pasado y sintiendo en los pulsos su vieja vida escapándose lentamente. Ahora, al menos, tenía la alegría de saber que, en adelante, las cosas irían mejor para todos y que, cuando él no estuviera entre ellos, ya no sería tan necesaria su presencia como hasta entonces. Los suyos, poco a poco, habían aprendido a sobrevivir y él había sabido inculcarles el horror a la violencia y hacia las formas de vida que habían originado el Gran Caos. Más adelante, con los jóvenes como Hank, aquello ya no había sido necesario. La lucha por la vida fue lo bastante dura para ellos, desde el día mismo de su nacimiento y así pudieron ver con sus propios ojos que la violencia entre ellos era inútil, porque cada uno necesitaba de todos los demás para sobrevivir. Lo ocurrido era para ellos apenas una leyenda en boca de los más viejos, pero la lección les había sido trasmitida por el Viejo, día a día. Y, sobre todo, aquella existencia era la única que conocían y su intuición les decía sin lugar a dudas que la fraternidad tenía que ser su única guía.

El Viejo acogió a los jóvenes con una sonrisa. Apreciaba especialmente a Hank y, desde que el muchacho tuvo discernimiento, había visto en él madera de jefe y sabía que se podría contar con él para regir a la comunidad del valle cuando su vida se apagase. Ahora, al verles, adivinó la idea que les traía a su presencia.

– Queréis salir del valle, ¿no es cierto?

Hank le miró con asombro:

– ¿Cómo lo has sabido?

– Porque también yo siento el mismo deseo, sólo que mis fuerzas ya no me lo permitirían…

– Pero el maíz granado significa que es posible, ¿verdad?

El Viejo meditó un instante:

– Tal vez… De todos modos, no es seguro.

– ¿Podemos intentarlo? -le preguntó Hank, pisándole las palabras.

– Ten calma, Hank…

El Viejo se incorporó lentamente de su jergón, rebuscó entre las viejas mantas deshilachadas que eran toda su hacienda y extrajo de entre ellas una caja metálica a la que iba adherido un hilo y un tubo brillante. Los jóvenes lo habían visto en sus manos más de una vez, cuando les contaba cómo aquel aparato les ayudó a encontrar el Valle de las Rocas.

– Recordáis lo que es, ¿no es así, Hank?…

Hank afirmó, mientras decía:

– Un contador Geyger… Pero no sé cómo funciona…

– Yo tampoco sé por qué funciona -contestó el Viejo-, pero sólo él os podrá indicar si hay peligro en vuestro camino. Colgó del hombro de Hank la correa que sujetaba la caja y añadió:

– Debéis llevar el tubo siempre delante de vosotros, de tal modo que no piséis más que los sitios que hayan sido detectados. El tubo trasmite a la caja la presencia de radiactividad y, cuando pasa sobre una zona peligrosa, se enciende esta luz. En los primeros años de vida en el valle, nos sirvió para encontrar alimentos. Cada vez que cazábamos un lagarto o un conejo, el contador nos decía si podíamos comerlo… Mirad aquí -y señaló los diales-. Esta flecha indica la cantidad de peligro. Porque puede haber radiactividad y no ser peligrosa… Sólo lo es si la flecha traspone esta señal roja… Si es así, no sigáis adelante.

Hank y sus compañeros pasaron el resto de la noche en vela con el Viejo, estudiando los caminos posibles que podrían seguir y lo que debían buscar si hallaban ruinas en alguna parte. A tres días de marcha hacia el Norte hubo una ciudad que ahora estaría totalmente asolada. Probablemente, quedarían restos de caminos que les harían más accesible la marcha. Les indicó que hubo otra ciudad mucho más lejos, hacia el Este, y algunos núcleos de población a mitad del camino. Pero el Viejo sabía que sólo encontrarían ruinas y, entre las ruinas…

– … Buscad arados, y azadones, y todo cuanto pueda seros luego útil para sembrar semillas y hacer que germinen los campos en los próximos años… ¡Algo tiene que haberse salvado del desastre! Y necesitamos tantas cosas que no pudimos traer entonces…

Sobre un papel amarillento por los años trazó unas líneas convencionales e inseguras que les llevarían hacia su destino. Fijaron los puntos donde debían encontrarse las ruinas y las rayas aproximadas de los caminos que conducirían hasta ellas.

– ¿Y… si encontramos a otros hombres?

– Si sucediera, que no es probable, decidles dónde estamos… y ofrecedles nuestra amistad. Siempre seremos más fuertes si somos muchos…

Los preparativos de la marcha les ocuparon un día más. Hank dejó que Hilla dispusiese el saco de provisiones que llevaría durante la marcha y luego, al atardecer, cansado de una noche entera sin dormir, se tumbó junto al cauce del riachuelo mientras Hilla meditaba, la mirada perdida en una lejanía que traspasaba las rocas desnudas del valle. Lejos se escuchaban las voces de los niños y tres cazadores descendían la pendiente sur con las escasas piezas que habían logrado cobrar aquel día.

– Hank…

– Sí -rumió Hank, casi entre sueños.

– ¿Regresaréis pronto?

– Supongo…

– Tengo miedo…

– Bah…

– Eres lo único que tengo…

– Regresaremos, déjame dormir…

Transcurrió un silencio pesado. Una escolopendra surgió de entre las piedrecillas y sus cuarenta tentáculos la arrastraron hasta la tierra removida de más allá. Las escolopendras se habían salvado también del desastre, pero no servían para comer y nadie reparaba en ellas.

Al amanecer del tercer día, acompañados hasta la desembocadura del valle por la mujer de Phil y por Hilla, los cuatro hombres emprendieron la marcha, siguiendo el curso del riachuelo. Hank y Wil volvieron la cabeza por última vez y la visión que ambos se llevaron consigo fue la misma: Hilla.


***

Rad dio un grito de alegría que resonó kilómetros y kilómetros en torno de ellos:

– ¡¡Libres!!…

Y comenzó a saltar entre los matojos resecos, adelantándose inconscientemente a Hank, que llevaba al hombro el contador Geyger. En su alegría no veía más que el inmenso horizonte que se abría ante él, invitándole a correr hasta alcanzar la línea más lejana. A Rad no le había crecido aún el pelo de la cara y su vitalidad rebasaba cualquier prudencia. Hank sabía que había que tratarle a gritos:

– ¡Rad!… ¡Vuelve aquí!…

Había dado orden de que los otros tres siguieran siempre detrás de él, para que ninguno de ellos se adelantase a las señales del contador.

Rad volvió, pidiendo perdón y, durante horas, caminaron en silencio. De tiempo en tiempo, Rad y Phil se detenían para contemplar un nuevo camino en ruinas, un cambio imperceptible del paisaje, un árbol muerto o el esqueleto de una res, calcinado por el sol de largos años. Ellos nunca habían visto animales mayores que los conejos y los lagartos que cazaban con piedras en los límites del valle y aquellos esqueletos de animales que sólo conocían por referencias, les parecieron monstruosos.

Phil, por el contrario, caminaba con la cabeza baja. Seguía a sus compañeros porque sentía que debía hacerlo, porque se había visto envuelto en el viaje y no había encontrado palabras para negarse. Pero Phil habría preferido quedarse en el valle, junto a su mujer y su chico.

– Si quieres, puedes regresar -le había dicho Hank, cuando estaban a la salida del valle y Phil contemplaba a lo lejos todo lo que dejaba, con ojos brillantes.

Pero Phil negó fuertemente con la cabeza. No habría podido responder, aunque tenía como un nudo en la garganta que no lograba hacerle pronunciar ni una palabra. Desde entonces, caminó en silencio, sin mirar en torno más que lo estrictamente necesario, con sus pensamientos vueltos hacia lo que dejaba atrás.

Cuando el sol estaba en lo más alto alcanzaron el gran camino, la destrozada carretera que se extendía como una cinta interminable, hasta perderse más allá de las colinas de arena y rocas desnudas que dominaban el horizonte. El contador señaló que la carretera estaba libre de radiactividad, pero los cuatro hombres, tras haberlo hollado durante un trecho optaron por caminar por el borde, porque la cinta de asfalto quemaba como brasas sus pies aun a través del gastado calzado de goma deshilachada, impidiéndoles dar un paso.

Así siguieron hasta que la noche les cubrió, sin detenerse más que el tiempo imprescindible para comer unas pocas provisiones. Estaban habituados al hambre y con muy poco les bastaba. Cuando el sol se ocultó detrás del lejano horizonte monótono, buscaron un lugar resguardado, recogieron ramas secas de un arbusto muerto y, con pedernal y yesca, tal como el Viejo les había enseñado tantos años antes, encendieron una fogata.

Los cuatro se sintieron intimidados ante lo desconocido que les rodeaba. Algo -ninguno de ellos habría sabido decir qué- les transmitía una sensación de inseguridad, como si la lejanía del valle y de sus gentes les dejase indefensos en medio de un mundo hostil y muerto que les amenazaba con su sequedad y su silencio. Ahora, el fuego y la mutua compañía, unidos a la excitación de todo lo nuevo que habían contemplado a lo largo del día, les había quitado el sueño. Hank consultó largo rato el mapa rudimentario que trazaron con la ayuda del Viejo y pudo comprobar que habían avanzado mucho más de lo previsto.

– Si seguimos al ritmo de hoy -dijo-, antes de que se ponga el sol mañana habremos llegado a la ciudad.

Rad levantó la cabeza, ansioso de saber.

– ¿Cómo será la ciudad?

Wil se encogió de hombros.

– Ya puedes imaginarlo: un montón de piedras y arena.

– Tal vez haya aún muertos.

– Huesos -dijo, sordamente, Hank.

– Ni eso siquiera -completó Wil.

Pero Rad era muy joven y aquello de los muertos se le olvidó pronto, ante la excitación por lo desconocido.

– A lo mejor encontramos una de aquellas máquinas voladoras de que nos hablaba el Viejo, ¿no?… ¡Me gustaría contemplar la Tierra desde arriba… como las águilas!

Hank se tumbó junto al fuego y lo avivó con una rama.

– Del cielo vino la muerte y la destrucción… Eran máquinas malditas…

– Eran máquinas -completó Phil-. Y nunca hemos visto una de cualquier clase. Si las tuviéramos, no sabríamos ni cómo manejarlas…

Rad guardó silencio un instante muy corto. Luego siguió soñando.

– Pero las máquinas daban poder…

– Y muerte.

– Y había miles de personas en una ciudad… Millones… Y todas tenían máquinas… para hacerlo todo.

Calló de nuevo. Sus compañeros dormían o parecían dormir. En cualquier caso, nadie le atendía. Se echó junto al fuego a su vez y respiró hondo, completando para sí su pensamiento.

– Y las máquinas servían a la gente… y les daban una fuerza que nunca tendremos nosotros… Bueno, al fin y al cabo, no les sirvió de nada… Todos han muerto.

– Tal vez no -musitó Wil, desde su rincón entre las rocas.

Wil había vivido siempre solo. Su madre sobrevivió al desastre apenas el tiempo suficiente para echarle al mundo. Wil se había criado entre los demás chicos de la comunidad del valle, pero, mientras los otros tenían una madre hacia quien correr cuando barruntaban peligro, Wil tenía que buscar solo un saliente de roca donde ocultarse. Toda su vida la había pasado buscando a alguien a quien amar y, cuando había encontrado a Hilla, la muchacha le había postergado prefiriendo a Hank, que un día -nadie lo dudaba -sería el jefe de la comunidad. Wil había sido siempre el más atento oyente del Viejo, cuando reunía en torno suyo a los niños y a los jóvenes para contarles del mundo pasado, de aquel mundo del que, probablemente, ya nada quedaba en pie más que la colonia de seres famélicos del Valle de las Rocas. Y Wil había asimilado en su interior todos los conocimientos que para muchos otros pasaban desapercibidos y que el Viejo les transmitía, como leyendas, sin que para nadie más que para él -y, tal vez, para Hank, pero eso él mismo lo ignoraba- tuvieran un sentido. Wil, inconscientemente, estaba seguro de que un día habría de volver a existir aquel mundo remoto, con sus gentes por las calles, sus vehículos automóviles, sus casas construidas con cemento para preservar del frío y de la canícula, los alimentos variados en las tiendas… la fruta… el pescado… y hasta aquello que nunca había llegado a comprender totalmente, el dinero, que servía para tener cosas y para pagarse comodidades… Tal vez para tener también a Hilla, pensó alguna vez, aunque tenía que rechazar aquel pensamiento, convencido de que Hilla prefería a Hank porque tenía que ser así y no de otro modo…

– Sí, tal vez encontremos a alguien más… -murmuraba Hank en aquel momento, desde su puesto en la orilla de la fogata.

Todo quedó luego en silencio en torno a ellos. El silencio de la muerte del mundo, apenas turbado por el crepitar de los rescoldos.


***

Con las primeras luces del alba se adentraron nuevamente por el camino de asfalto, que ahora comenzaba a serpentear hacia un valle profundo donde crecían algunos matojos de jara y unos cardos amarillentos. Un tramo de la carretera se internaba en el valle; el otro brazo seguía hacia la derecha, y según el mapa tosco que habían trazado, pronto alcanzarían una aldea derruida.

Llegaron cuando el sol comenzaba a hacer arder el asfalto. Y tuvieron que detenerse, súbitamente aterrados por el espectáculo insólito que se les ofreció. Ya antes habían visto la tierra muerta, como un inmenso desierto calvo; estaban casi acostumbrados a aquella visión. Pero el desierto podría haber estado siempre muerto, desde el principio del mundo, sin que nada cambiase sobre sus rocas ardientes o sobre sus arenas lunares. En cambio, ahora, la aldea les ofrecía la muerte horrible del hombre y de sus cosas: las paredes desmoronadas, reventadas, con las vigas de madera podridas, saliendo como huesos negros de entre los escombros, como brazos esqueléticos que asomaban por encima de los tejados hundidos. Cristales reducidos a polvo brillante, enormes postes metálicos doblados, como de cera; los restos informes de lo que debieron ser máquinas y cuya utilidad, entre el orín y los hierros retorcidos, escapaba a la comprensión de los cuatro hombres.

Y, sobre todo, el hedor. No el hedor de cuerpos podridos, porque ya la podredumbre lo había deshecho todo. Era algo más penetrante, el hedor horrible de la muerte remota. Y la visión esporádica de los cráneos mondos, confundidos con los escombros.

Wil y Rad, dominando su terror, quisieron lanzarse a la carrera, para ver desde cerca todo aquello. Pero Hank les detuvo.

– Esperad…

El contador marcaba una radiactividad que no llegaba a ser peligrosa. Los cuatro avanzaron lentamente detrás del tubo de acero. Sus pasos resonaron en la soledad de la aldea muerta, donde cada piedra y cada ladrillo reventado parecían subsistir por el milagro silencioso de la muerte y se desmoronaban y se convertían en polvo al contacto de sus pies. Recorrieron las calles como sombras llegadas de otro planeta imposible de seres todavía vivos. Rad se llenaba los ojos de todo lo desconocido y no cesaba de preguntar:

– ¿Y eso?… ¿Y eso otro?…

Y Hank, o Wil, trataban de explicárselo, con los recuerdos informes amontonados en las largas noches de recuerdos del Viejo:

– Cables eléctricos. Una corriente daba la luz… Ahí.

– ¿A esos palos? ¿Los encendía?

– Encendía unas cápsulas de cristal que había en el extremo, que estaban llenas de un gas que se encendía.

Rad meditaba profundamente:

– Bueno… No lo entiendo…

– Tampoco yo… -asentía Hank, sonriendo-. Era otro mundo y ya no existe…

A veces, en su lenta marcha, un ladrillo o una piedra deslizándose bajo sus pies resonaba con un eco seco. A veces también, ese mismo eco hacía derrumbarse una pared mantenida milagrosamente derecha y una nube de polvo negruzco se levantaba tras ellos, haciéndoles volver la cabeza horrorizados.

Una de aquellas veces, Phil salió de su silencio mirando en torno, anhelante.

– ¿No habéis sentido?

– ¿Qué hay que sentir? -preguntó Hank en voz baja.

– Nos miran… ¡Hay algo que nos está mirando!…

A lo largo de los años, los instintos y los sentidos les habían enseñado a sentir la presencia viva en torno, aunque no pudieran verla. Ahora, los otros se volvieron, buscando por todas partes.

– Está todo muerto… -murmuró Hank, casi sintiendo él también lo que Phil había dicho.

– Tal vez hayan sido los muertos…

Pero, de todos modos, apresuraron el paso hacia la salida de la aldea en ruinas. La cinta negra del camino se estrechaba para atravesar un farallón desgajado. Phil marchaba junto a Hank y se detuvo de pronto, tomándole por el brazo para señalar hacia la roca más alfa.

– ¡Allí!…

Hank volvió la mirada hacia donde señalaba Phil, pero no vio nada de pronto. E iba a preguntarle qué había visto, cuando, precisamente desde aquel sitio, llegó el seco estallido de una explosión y unas esquirlas de cemento saltaron al mismo tiempo a los pies de Hank. Los cuatro hombres se detuvieron, mirando asustados hacia el lugar de donde había partido el estallido, que ahora se perdía en ecos por todos los muros derruidos de la aldea. Pasó un instante en que el silencio volvió a enseñorearse de la zona muerta y, luego, de detrás del farallón, surgió la figura de un hombre que cubría su cabeza con un casco metálico casi totalmente oxidado y llevaba entre sus manos un extraño tubo metálico que de ninguna manera podría haberse confundido con un contador como el que ellos llevaban. Casi al mismo tiempo, otro hombre con un tubo igual al primero surgió detrás de la otra roca. Los tubos de ambos apuntaban hacia Hank y Phil, que marchaban delante del grupo.

Hank tuvo un ligero estremecimiento al verles, pero se sobrepuso ante la alegría de encontrar seres vivos.

– ¡Son gente! -dijo en voz baja a los otros-.¡Eh!… |Eh, vosotros!…

Y dio un paso hacia ellos. Pero el primer hombre, rápidamente, se echó el tubo sobre el hombro y apuntó directamente a Hank.

– ¡Quieto!… No te muevas…-¿Por qué?

– Esta zona es nuestra… ¡No hay bastante comida para todos!

– Pero nosotros no queremos comida… ¡Venimos de allá! -y Hank señaló a sus espaldas-. Nos hemos salvado también…

– ¡Volved al sitio de donde vinisteis!… ¿Sois muchos?

– Cien… Más…

– No hay comida para todos aquí…

– Pero no has entendido. Nosotros…

– ¡Sí he entendido!… ¡Largo de aquí!

Hank negó con la cabeza, impotente para hacerse entender. Fue Phil quien le gritó entonces al hombre de la roca:

– ¡Pero no lo veis!… ¡Somos hermanos vuestros!… ¡Hermanos!… Tenemos nuestra comunidad a día y medio de camino y…

Dio unos pasos hacia la roca donde se ocultaba el hombre. Y, de pronto, del tubo salió una llamarada y sonó un estallido como el que antes les había puesto en guardia y Hank pudo ver horrorizado cómo la cabeza de Phil se sacudía violentamente y cómo su cuerpo perdía fuerza y caía al suelo como un trapo mojado. El hombre de la roca bajó el tubo:

– ¡Llevaos eso!… Que se pudra lejos de aquí… ¡ Vamos, de prisa!…

Hank se inclinó sobre Phil, inmóvil en el suelo, retorcido caprichosamente como un muñeco deforme, con los ojos abiertos de asombro y, entre sus cejas, un agujero diminuto del que manaba un hilillo de sangre. Los tres se arrodillaron instintivamente sobre el muerto, sin darse entera cuenta de lo que había sucedido. La voz del hombre se dejo oír nuevamente, seca como un trallazo:

– ¡Largo con el muerto, de prisa!…

Hank tuvo súbitamente una reacción de rabia y estuvo a punto de lanzarse a la carrera contra la roca. Pero Wil le detuvo, adivinando su pensamiento:

– No lo intentes… No llegarías hasta él. Vamonos.

Y, mirando a sus espaldas, hacia el hombre de la roca, cargaron entre los tres el cuerpo de Phil y volvieron sobre sus pasos hasta la salida del pueblo.

Les llevó el resto del día transportar el cadáver hasta el cruce de caminos. El sol comenzó a apretar y Phil comenzaba a descomponerse. Cavaron con piedras afiladas una fosa profunda en la arena y le enterraron. Cuando la arena hubo cubierto el cuerpo de Phil, se miraron los tres como si aquélla fuera la primera vez que se vieran realmente. Como desconocidos.

– ¿Por qué lo ha hecho?… Phil no le había amenazado…

Rad quería saber, pero Hank no le contestó. Su pensamiento iba mucho más allá de las eventuales razones que aquel hombre había tenido para matar a Phil. Dejó transcurrir un momento antes de hablar y, cuando lo hizo, habló más para sí mismo que para sus compañeros.

– Aquello que tenía en la mano… debe de ser una de aquellas máquinas de matar de que nos hablaba el Viejo… Estábamos lejos… y el tubo arrojó fuego y algo más que atravesó a Phil, un proyectil…

– ¿Pero… cómo?…

Hank continuó monologando, sin hacer caso a Rad:

– Mató a Phil sólo porque nosotros no teníamos una máquina como esa… La máquina le daba poder, ¡Dios, qué poder!… Nadie puede ser vencido con un arma como esa… ¿os dais cuenta?

Seguramente no sabían siquiera por qué lo hicieron, pero dejaron una señal de pedruscos amontonados sobre la arena en el lugar donde estaba enterrado Phil y echaron a andar en silencio, siguiendo la otra carretera, la que entraba en el valle de los cactos, descendiendo entre rocas de arenisca y riachuelos resecados siglos atrás. Hank caminaba unos pasos delante de sus compañeros, de prisa, con el tubo del contador Geyger delante de él, como empujado por la inercia, metido en sus propios pensamientos. Sus compañeros no lograron hacerle hablar hasta que, llegada la noche, encendieron una nueva fogata lejos del valle. No habían vuelto a encontrar señales de vida y la sombra siniestra de la muerte de Phil se cernió sobre ellos, como una presencia invisible. Hank se mantuvo separado de los otros dos, siempre pensativo. Y sólo levantó la cabeza cuando, en el silencio de la noche, oyó la voz de Rad hablando consigo mismo.

– Con una máquina como la que mató a Phil, uno podría ser el amo de muchas comunidades…

– Matando -susurró Wil.

– No hay necesidad de matar.

– Es lo mismo… Se amenaza primero y se mata después, tú mismo lo has dicho: se es el amo, ¿no?…

– ¡Queréis callar! -aulló Hank.

Los otros dos callaron. Hank se arrastró hasta el fuego, desplegó el viejo papel en el que estaban trazados los signos que les servían de guía y lo estudió un instante. Luego movió la cabeza, alzándola hacia sus compañeros, que le miraban especiantes.

– Mañana tendremos que ir de prisa. Por este camino se tarda más en llegar a la ciudad…

Rad estaba cansado. Las emociones de aquel día le habían agotado. Se tendió sobre la arena, bostezando:

– ¿Y por qué de prisa? Hay tiempo…

– No, no hay tiempo… Tenemos que encontrar en la ciudad una máquina de matar. Quiero volver y hacer con ese hombre lo que él hizo con Phil.

Wil fijó su mirada en la fogata que comenzaba a apagarse.

– El Viejo decía de la guerra: ojo por ojo y diente por diente… ¿Por qué lo diría?…

– Porque los dos bandos se destrozaron mutuamente con tal de devolver golpe por…

Hank se detuvo sin terminar lo que estaba diciendo. De pronto se había dado cuenta de que él se hallaba metido hasta los huesos en un engranaje de odio.


***

El sol brillaba fuertemente en lo alto.

– Hank, vamos a descansar un momento… -suplicaba Rad, que se había quedado atrás.

Hank ni siquiera se volvió. Seguía caminando y era como si sus pies se hubieran acostumbrado al ardor del asfalto. A uno y otro lado, troncos de árboles convertidos en montones de polvo seco, que se introducía por las narices hasta obstruirlas, cuando soplaba el viento caliente del sur.

No se habían detenido desde antes de la salida del sol. Hank les había hecho levantar con la primera luz del alba y, sin esperarles, se había echado al camino, dando largas zancadas. Sin duda no durmió en toda la noche, pero era como si una fuerza ajena le mantuviese erguido y moviera sus pies una vez y otra, en una marcha que Wil malamente podía seguir y que agotó a Rad hasta el desfallecimiento.

– Espera, Hank… Rad no puede más…

Hank se volvió. Su rostro estaba cubierto de polvo pegado al sudor, como una máscara. Les distinguió muy atrás. Rad había caído al suelo y Wil se inclinaba sobre él.

– Está bien… -les dijo, sin retroceder-. Yo sigo. Os esperaré en la entrada de la ciudad… Esperadme vosotros, si no me veis.

Contemplaron cómo se alejaba y se perdía detrás de las colinas calvas, sin volver la cabeza. Wil se volvió hacia Rad, preocupado:

– Nadie podría detenerle ya…

– ¿Sabes que me da miedo?

– No, miedo no… -respondió Wil-. Hank se ha cegado con la muerte de Phil y quiere vengarse. Sólo es eso…

– También yo querría vengarme. Pero ni eso me da fuerzas para seguir… -Rad sonreía.

Hank siguió caminando sin detenerse, hasta que tuvo el sol frente a los ojos, al borde de las colinas suaves que cubrían el horizonte. No sabía dónde se encontraba, no sabía siquiera si la ciudad estaba aún lejos, o si la tendría al alcance de sus pasos cansados.

De pronto, en la penumbra del atardecer, traspuesta la colina más alta, creyó ver algo entre las nubes de polvo: un punto que parecía brillar en la lejanía, detrás del siguiente peralte del camino. Arrastró los pies llagados hasta lo más alto y la vio.

Como un fantasma.

Muerta. Confundiéndose casi con la arena espesa que la rodeaba y la invadía. Extendida kilómetros y kilómetros al pie de las colinas que la encajonaban y atravesada por el hilo brillante del río. Fantasmas. Fantasmas de calles, de plazas, escombros fantasmales hasta perderse de vista. Y aún más allá. Y un silencio absoluto de muerte, roto apenas por el vientecillo suave de la noche cercana.

Hank se escondió entre un macizo de arbustos. Ahora quería esperar, asegurarse de que la ciudad estaba efectivamente desierta. Desde su escondíte dominaba una gran extensión de la ciudad y sus ojos fueron recorriendo lentamente cuanto abarcaba su mirada, buscando una sombra que se moviera, escuchando si, a través de la brisa, llegaba hasta él el ruido tenue de un paso.

Esperó luego, hasta que la noche se hubo enseñoreado de todo. Sólo había escuchado el rumor del viento y no había visto más que el fantasma inmóvil de la gran ciudad muerta. Salió entonces de entre los arbustos y avanzó despacio, sin hacer ruido, lejos de la carretera que podía destacar su silueta contra el cielo nocturno.

Pronto, los fantasmas surgieron ante él, poderosos en su inmensa muerte. Los muros quebrados, el asfalto reducido a polvo en las calles cubiertas por la arena del desierto atómico. El contador, en la oscuridad, marcaba el límite de radiactividad permitida; aún la ciudad estaba contaminada, después de pasados cincuenta años. Pero podía entrar en ella, perderse en sus calles destrozadas y buscar.

Sin embargo, al dar los primeros pasos dentro de esas calles, se detuvo aterrado. Algo le estaba diciendo que la ciudad estaba habitada. Miró en torno, a un ruido casi inaudible que le estaba rodeando por momentos y las vio. De los pozos inmensos de los viejos colectores salían ahora las ratas, a cientos, a millares. Ratas flacas, rabiosas, que se abalanzaron sobre él y tuvo que comenzar a matarlas a puntapiés, a pisotones, estrujándolas, reventándolas entre sus dedos hasta que pudo encontrar un palo mohoso entre las ruinas oscuras. Pero el palo se rompió a los primeros golpes y Hank tuvo que correr entre las ruinas, tropezando y pisando ratas rabiosas que le devoraban los pies. Vio un muro que parecía más firme que los otros y trepó a él, agazapándose entre los restos de una ventana. Ahora oía a sus pies el incesante correr de las ratas, sus chillidos, como si se trasmitieran unas a otras la noticia de que el hombre estaba allí arriba y que había que esperarle.

El cansancio le fue dejando dormido. Las mordeduras de las ratas no le dolían. Sus piernas tumefactas estaban ahora insensibilizadas por el incesante caminar de todo el día.

Pero el despertar fue espantoso. Sus piernas y sus brazos eran llagas purulentas y las señales de los mordiscos apenas habían dejado un centímetro de piel sana. Desde lo alto del muro en el que se había encaramado, miró hacia abajo y le pareció imposible haber subido allí de un salto la noche anterior. A sus pies, a más de cinco metros, estaba la calle enarenada y del ejército de ratas no quedaba más que las señales de las patitas, profundamente grabadas, a millones, en la arena.

Hank tuvo sed. Sentía la lengua gruesa en la boca, como si le estuviera a punto de estallar. Pensó que tenía que encontrar agua. La noche anterior había vislumbrado el río al otro lado de la ciudad, deslizándose silencioso entre las sombras de las ruinas. Ahora debía alcanzar ese río, si no quería morir ahogado por su propia lengua.

El salto que dio hasta el suelo le despertó, de pronto, todo el dolor rabioso de las mordeduras. Le dejó acurrucado en la arena, retorcido como un ovillo, y pasaron varios minutos antes de que pudiera sobreponerse. Entonces se incorporó y echó a andar, casi arrastrándose.

Paso a paso, mirando hacia todos lados con el temor de que las ratas volvieran a salir de entre los escombros, cruzó calles y plazas muertas. Los roedores habían desaparecido, como si hubieran sido solamente fantasmas nocturnos. De no haber sido por las piernas llagadas y por el dolor cada vez más fuerte, habría llegado a creer que nunca existieron. Y, sin embargo, cada vez que pasaba junto a la boca rota de un colector, oía muy hondos los chillidos y los mordiscos. Las ratas se mataban entre ellas en la oscuridad de las cloacas, ahora que no tenían un hombre a quien morder.

Caminó más confiado e incluso se atrevió a asomarse al agujero oscuro de alguna ruina, ya cerca del río. Pero no halló nada, como si todo se hubiera descompuesto, o como si la arena se hubiera comido los restos, enterrándolos en su barriga inmensa, taladrándolos con sus granos invisibles. Sólo se veía la ruina total, la madera podrida, el metal negro de óxido, los restos de tuberías como tripas fósiles, levantándose en forma de culebras paralíticas; los restos irreconocibles de antiguos vehículos despanzurrados contra las paredes. Y, de vez en vez, un cráneo mondo y un montón de huesos casi convertidos en polvo.

Restos de carteles que Hank apenas se detuvo a leer, recuerdos de antiguos comercios que se esfumaron con los hombres. Y, a veces, cruzando la calle como un obstáculo infranqueable, vigas de hierro retorcido que se desmoronaban en polvo a la menor presión.

A medida que andaba, el dolor se agudizaba y la sed se hacía más y más desesperante. El sol se había levantado sobre las ruinas y su calor hacía revivir en la carne los mordiscos. Además, a medida que se adentraba en la ciudad, las ruinas iban siendo más planas, hasta que en el centro, ya cerca del río, el recuerdo de lo que un día vivió era sólo una sucesión de montículos informes, como si una montaña hubiera caído arrasándolo todo, convirtiendo en polvo a hombres y hierro y cemento y cristal y madera. Sólo colinas desnudas y desierto de muerte. Ni siquiera viento. Como si no hubiese atmósfera. Como si, de pronto, se hallase en la luna.

Pero el río estaba allí, arrastrándose como barro lento. Y Hank se sumergió en él vestido y bebió de aquella agua embarrada hasta que sintió náuseas, como si hubiera bebido aceite. Luego se revolvió en el río y el fango depositado en el fondo le rodeó de una nube viscosa. Pero sintió que el dolor quemante de las heridas se calmaba poco a poco y que las fuerzas le volvían.

Salió despacio del agua, chorreando barro y fue a tenderse en la arena, junto a la corriente lentísima. Cerró los ojos, rendido y respiró despacio, profundamente.


***

Le despertó la luz del sol atravesando sus párpados. Levantó lentamente la cabeza y se miró los brazos y las piernas. Las heridas, libres de la sangre seca, dejaban claramente a la vista su forma lunar, como las bocas rabiosas de los roedores que las habían causado: aquellas ratas que habían desaparecido en los albañales, con la luz del día, como el espíritu hediondo de la ciudad muerta.

Hank recordó de pronto que había venido a la ciudad en busca de algo muy determinado. Se incorporó despacio, anquilosado, con un dolor agudo recorriéndole el cuerpo. Bebió de nuevo en las aguas fangosas y volvió lentamente hacia la zona de la ciudad donde aún quedaban restos remotos de lo que fue un día lejano.

La marcha le hizo bien. La búsqueda le ayudó a olvidar sus heridas tumefactas y el esfuerzo por identificar a través de restos de carteles los lugares que podían interesarle -por una lectura precaria y más intuida que conocida, recuerdo rudo de las letras que, muchos años antes, les había enseñado a descifrar el Viejo- fue excitándole hasta convertir su recorrido por las calles desiertas en una carrera febril y desesperada en pos de lo que no parecía estar en ninguna parte. Además, el chillido constante de las ratas, que se dejaba oír cada vez que pasaba junto al negro agujero de un colector, le ponía nervioso y le hacía sentir en ellas el odio que había acumulado contra el hombre que mató a Phil.

Probablemente nunca habría sabido decir cómo encontró, de pronto, aquel extraño arco de piedras que se había mantenido milagrosamente en pie. Cada sillar parecía sostenerse en equilibrio inestable sobre las siluetas mohosas de dos grandes tubos cubiertos de orín y sostenidos por restos de ruedas metálicas casi convertidas en polvo. Sobre el gran arco distinguió las pinturas borrosas de un casco semejante al que vio el día anterior -¿o fue dos días antes?- sobre la cabeza de aquel hombre de las rocas. Hank intuyó que allí, precisamente allí, al otro lado del arco, en algún sitio, tenía que estar lo que estaba buscando. Atravesó el arco y miró en torno suyo: ruinas, ruinas por todas partes, techos abovedados que se habían venido abajo, convirtiendo el suelo en un montón de escombros. Restos de maderas viejas, podridas. Restos de cal en los muros. Restos de vigas inestables sobre su cabeza, amenazando con caerle encima de un momento a otro.

Pero Hank no reparó en aquello. Vio entre los cascotes algunos restos de lo que debieron ser, mucho antes, máquinas de matar como la que había visto. Restos, restos, restos todo. Tubos oxidados, pedazos de culata, restos de proyectiles desperdigados, reducidos casi a polvo. Hank comenzó a separar cascotes despellejándose las manos, levantando el polvo fino que lo cubría todo. Tenía que ser allí, estaba seguro.

Y, de pronto, en medio de aquella febril excavación,sus dedos tropezaron con algo nuevo. Hurgó y arañó con las uñas roídas hasta hacer aparecer, entre la tierra, la punta de una especie de tela trasparente y aceitosa. Tiró fuertemente de aquel extremo y la tela cedió y fue saliendo lentamente, dejando ver una especie de saco que contenía, celosamente guardadas a través de los años de ruina y de muerte, tres máquinas de matar. Hank las sacó despacio del saco que las protegía.

Una a una, salieron aceitosas y brillantes de su envoltura y Hank las acarició como podría haber acariciado a Hilla, en la soledad del lejano valle: amoroso, con los ojos brillantes de un deseo en el que el amor y la muerte se confundían de un modo extraño e incomprensible en una amalgama de deseos oscuros. Vio; cómo los mecanismos engrasados cedían suavemente a la presión de sus dedos desgarrados, igual que cede la carne a la caricia amorosa.

Miró las máquinas por todos lados, despacio, conteniendo el aliento, mientras procuraba mantener lejos de su cuerpo el extremo del tubo, por el que sabía que salía la muerte. Claro que ignoraba qué había que hacer para que esto sucediera, pero sabía que él lograría hacer funcionar aquello y que conseguiría que la máquina se plegase a sus deseos. Sí, lo aprendería.

Primero, con girones de su ropa, limpió cuidadosamente la grasa que cubría la máquina y el interior del tubo. Uno de los mecanismos cedió de pronto, con un chasquido seco y dejó al descubierto una recámara vacía. Debajo de esa recámara descubrió una lengüeta que, al ser oprimida, hacía saltar un resorte y aparecía sobre la recámara un punzón corto. Entonces, Hank se dio cuenta de que allí faltaba algo, que la máquina de matar -aquella, al menos -no estaba completa. Tomó una de las otras dos y después la otra y repitió lentamente la operación que había efectuado antes con la primera, pero el resultado fue el mismo. Faltaba algo para que las máquinas cumplieran su deber.

Entonces miró de nuevo hacia el saco que había dejado abandonado entre los cascotes. Había aún algo dentro. Rebuscó y sacó de él una caja metálica. La abrió. Dentro de la caja había unas cápsulas. Cien, tal vez doscientas cápsulas doradas, largas, no más grandes que su dedo meñique, puntiagudas en uno de sus extremos y chatas por el lado contrario. Con manos temblonas por una emoción creciente, sabiendo que estaba ya cerca de conseguirlo, metió una de las cápsulas en el interior del tubo y apretó la lengüeta que había descubierto debajo de la recámara. Cerró los ojos, creyendo que iba a sonar el estallido, pero no sucedió nada tampoco esta vez.

Siguió intentándolo nervioso. Tres, cuatro veces más, colocando las cápsulas de distintos modos y en diferentes lugares de la máquina. Y por fin, al apretar nuevamente la lengüeta, un estallido seco y horrendo pobló de ecos el aire silencioso de la ciudad muerta, y dos muros cercanos se derrumbaron con la explosión y el impacto del proyectil arrancó un trozo de viga oxidada del techo derruido, con un seco golpe metálico.

¡ Lo había conseguido!… La máquina de matar funcionaba. Y era suya. ¡Suya!… Una máquina, dos, tres máquinas de matar. Hank olvidó la fiebre, el dolor de los mordiscos purulentos, olvidó a sus compañeros que le estarían seguramente esperando y que, sin duda, habrían oído el estallido de la máquina. Lo olvidó todo para saber únicamente que tenía entre sus dedos temblones la máquina de matar. Lloró de alegría sobre el reluciente tubo de acero pavonado.

Luego, despacio, se levantó de entre los cascotes, tomó las tres máquinas y se las echó sobre el hombro. Sólo entonces se dio cuenta de lo que pesaban: demasiado para su cuerpo debilitado y herido. Pero Hank era poderoso y se sentía todavía más fuerte con aquella posesión. Vació todas las cápsulas en la bolsa que le servía para almacenar la comida y volvió sobre sus pasos, inseguro del camino que tendría que seguir para encontrar de nuevo la salida de la ciudad, donde Wil y Rad tendrían que estar esperándole.

– ¡Hank!… ¡Hank! -oyó que le gritaban, desde muy lejos, desde más allá de las ruinas.

Hank no respondió. Sabía que eran ellos, sus amigos. Probablemente habían oído el estallido de la máquina y temerían que hubiera surgido otro asesino para matarle a él. Hank sonrió: ¡a él!… Ya no temía a ningún asesino, incluso deseaba poderle encontrar pronto, porque ahora él tenía también una de aquellas máquinas de matar.

Desde lo alto de la colina que debió albergar en otros tiempos la plaza de la catedral -aún se veían los inmensos pilares de piedra rojiza y el arranque truncado de una voluta- Hank contempló a sus pies la extensión de las ruinas y vio a sus amigos allá abajo. Oyó también nuevamente su voz, llamándole. Y tuvo una idea que le hizo reír para sí mismo. Se ocultó detrás de un muro de cemento y mármol, cargó una de las máquinas y la hizo estallar al aire. Oculto como estaba, mientras los ecos del disparo se extendían por la extensión muerta, les vio correr como locos y ocultarse, muertos de miedo, mientras buscaban afanosos con la mirada, tratando de localizar el sitio de donde había salido la explosión de muerte.

Hank se quedó quieto y su rostro, poco a poco, se volvió serio. Miró una y otra vez las otras dos máquinas que estaban a sus pies. Sentía muy adentro que algo no estaba conforme en los planes que se había trazado y ahora comenzaba a darse cuenta de qué se trataba. Antes de dejarse ver de sus compañeros, comenzó a escarbar un agujero en la arena para enterrarlas. Ya estaba. Ya no había más máquina de matar que la suya, la que él tenía. Ahora ya podía salir.

Y salió, con un grito salvaje que hizo que a sus compañeros se les helara la sangre, hasta que le reconocieron mientras bajaba alocado por la pendiente sin dejar de chillar:

– ¡La tenemos!… ¡La tenemos!… ¡Mirad! Rad y Wil se acercaron temerosos. Observaron la máquina a distancia, sin atreverse a tocarla, como si les fuera a estallar en las manos si se acercaban demasiado. Además, en manos de Hank, era aún más temible, porque se leía la furia en los ojos del hombre, una furia que no cesaría más que con la muerte para la que la había destinado.

– Es mía… -dijo lentamente Hank. Y sus ojos se encontraron alternativamente con los de Rad y Wil-.Y mataré con ella al hombre que mató a Phil… y a todos sus compañeros.

Wil tuvo un estremecimiento, consciente de pronto de lo que aquello estaba significando.

– ¿Sabes ya cómo manejarla?

– Sé cómo hacerla estallar. Y voy a aprender el modo de dirigir el disparo para que mate donde yo quiera. Y…

– ¡Hank! -exclamó de pronto Rad, mirando las piernas de su compañero-. ¿Qué es eso?

– Ratas… Las hay a millares en las cloacas. Hay una red de pozos que debió atravesar la ciudad antes de todo esto. Ahora, las ratas los llenan, y salen de noche para devorar lo que pueden. De día se devoran entre ellas. Ven, mira…

Llevó a sus compañeros junto a uno de los pozos más cercanos y les hizo guardar silencio para escuchar el chillido constante de las ratas. Hank rió de pronto. Cargó una de las cápsulas en la máquina de matar y apuntó el tubo hacia el fondo del pozo. La explosión hizo derrumbarse parte de las paredes y los chillidos cesaron un segundo para recrudecerse en el siguiente. Rad y Wil dieron un salto atrás, cuando unas cuantas ratas aterradas saltaron del pozo. Hank cargó de nuevo el arma y la disparó, casi a ciegas, contra el montón de ratas súbitamente cegadas por el sol. El montón se dispersó, dejando en el centro unos cuantos animales destripados y sanguinolentos en sus últimos estertores. Hank los miró, con una mirada que reflejaba toda su satisfacción. Sí, la máquina era perfecta, cumplía maravillosamente con la misión que tenía encomendada. Mataba.

Wil le estuvo observando un instante, preocupado, desde la prudente distancia a que le había empujado el horror de las ratas. Vio la risa silenciosa de Hank y el placer que sentía ante la muerte de los roedores. Se estremeció: -Hank… Hank se volvió.

– Hank… Tenemos que echar una mirada a las ruinas. Tal vez encontremos cosas útiles para los nuestros…

Hank rió de nuevo, ahora abiertamente. -La ciudad está tan vacía de cosas útiles como la palma de mi mano… Ya miré…

– Y encontraste la máquina, ¿no?… Puede haber otras cosas, si buscamos…

– No hay…

– ¿Cómo lo sabes? No te has ocupado más que de buscar la máquina… Tiene que haber recipientes de metal… y tal vez semillas para el campo…

– ¡No buscaremos! -exclamó Hank, hosco-. Hemos de regresar en busca de los hombres que mataron a Phil.

Y, apenas lo hubo dicho, se arrepintió y lo pensó mejor. Su rostro se distendió en una sonrisa superficial. -Bien, en cualquier caso… id vosotros. Tal vez tengáis más suerte que yo. Os esperaré aquí.

Los dos compañeros se fueron. Y Hank pasó el resto del tiempo, hasta su regreso, aprendiendo a utilizar la máquina de matar con puntería. Apoyó la culata contra su hombro, como había visto hacer al hombre de la roca. El primer disparo le echó al suelo, pero aprendió pronto a mantenerse firme. Y, cuando Rad y Wil regresaron, tenía el hombro dolorido, como si lo hubiera cargado con una tonelada de peso. Pero era capaz de acertarle a una rata a diez metros. En la bolsa quedaban veinte cápsulas de muerte.

Rad y Wil habían estado escuchando los disparos en la distancia, cada vez más rápidos, indicando la seguridad del que manejaba la máquina. Una vez, Wil se volvió a Rad, preocupado. -Me da miedo Hank… Rad le miró a su vez:

– ¿Por qué? -preguntó ingenuo-. No va a disparar contra nosotros. Tiene la máquina para el hombre que mató a Phil…

– La tiene para él, Rad. Para ser más poderoso que nadie en la comunidad. Se ha dado cuenta de eso sin saberlo siquiera.

– Pero Hank nunca…

– ¿Le viste cuando mató a la rata? ¡Sentía placer de matar!… ¿Y ahora, le escuchas?…

Los disparos se oían seguidos, como lanzados con rabia. Rad se calló. El sol caminaba de prisa hacia el ocaso y las sombras de la ciudad en ruinas se alargaban. Hacía tiempo que Hank había terminado su entrenamiento y se había sentado a esperar a sus compañeros, cuando sintió pasos a su espalda. Se volvió como una flecha, encañonándoles con la máquina. Rad y Wil se detuvieron asustados. Hank bajó la máquina al reconocerles, pero les gritó:

– Podríais haber avisado… ¡Y llegar antes!… Tenemos que salir de la ciudad inmediatamente. Si llega la noche antes de que hayamos salido, las ratas nos comerán…

– Pero aún falta… -apuntó Wil. -¡Las ratas salen en la sombra, Wil!… ¿Qué habéis encontrado?

– Poco…

Le mostraron dos ollas de acero y un saquillo con semillas.

– ¿De qué son? -preguntó Hank, mirándolas en su palma.

– No lo sabemos. El Viejo nos lo dirá…

– ¡El Viejo!… El Viejo ha olvidado ya hasta su nombre…

Cargó la máquina de matar sobre su hombro izquierdo y el contador, ya inútil, del otro brazo. Entonces les hizo señas para que le siguieran.

Y, cuando las sombras cubrieron la tierra, la ciudad fantasma había quedado muy atrás y sus muros se destacaban como siluetas de ahorcados sobre un cielo cada vez más negro. El silencio -un silencio más agudo aún, cuando el chillido constante de las ratas había desaparecido- les envolvía cuando se tendieron en torno a la fogata. Comieron lo mismo que habían comido a lo largo de todo el camino: carne de lagarto seca y raíces. Rad, tendido ya sobre la arena, se palpó el estómago casi vacío y soñó en voz alta:

– El próximo año comeremos maíz…

Los otros no le respondieron. Hank se había echado con la máquina de matar fuertemente abrazada. Wil le miró desde el otro lado de la fogata.

– ¿Por qué no la dejas, Hank?… Podría estallar durante la noche y matarte…

– No estallará, sé cómo hay que hacer para que no estalle.

– ¿Y si te duermes, Hank?

– Aunque me duerma… -y Hank se incorporó ligeramente, mirando a su compañero con una extraña fijeza-. ¿Qué querrías hacer, quitármela?

– No quiero quitarte nada, Hank… Quiero sólo que no te pase algo malo.

Hank rió y las llamas rojas le tiñeron el rostro.

– ¡Que no me pase algo malo!.,. Apostaría cualquier cosa a que te gustaría presentarte en la comunidad con mi máquina, en vez de esas ollas sucias que habéis encontrado.

Wil no respondió. Volvió la espalda a Hank y trató de dormirse. Pero era difícil, sabiendo que a pocos pasos estaba la máquina en las manos de su compañero.


***

Imperceptiblemente, el orden de la marcha cambió a lo largo del día siguiente. Hank no caminaba delante, sino detrás de sus dos compañeros, como si quisiera tenerles constantemente a tiro de su máquina. Los otros no habían dicho nada, pero sabían que, ahora más que nunca, tenían que obedecerle, que tenían que inclinarse inexorablemente ante ese nuevo y terrible poder mucho más de lo que antes habían acatado su inteligencia y su mayor edad. La atmósfera había refrescado con los nubarrones que, desde la mañana temprana, habían cubierto el cielo. Y, a mediodía, gruesas gotas de lluvia se convirtieron en vapor ardiente al tocar el asfalto del camino. Y Hank escondió la máquina entre los restos de sus ropas, como pudo, para ocultarla de la lluvia.

Cuando llegaron al cruce de caminos, Hank ordenó:

– Os quedaréis aquí, hasta que yo regrese. Buscad refugio del agua y no os mováis. Cuando escuchéis los disparos es que he matado a esos hombres.

– Déjame acompañarte -suplicó Rad, y su sangre joven deseaba ardientemente la vista de otra sangre humana.

Pero Hank no le dejó. Se rió de él y le ordenó que se refugiase con Wil. Luego se alejó. Wil y Rad se metieron en una hondonada entre rocas y se decidieron a aguardar allí, mientras la sombra se hacía más densa en el cielo cubierto de nubarrones.

Rad movía la cabeza de un lado a otro:

– ¿Por qué no ha querido que le acompañara?

– Hank no es el mismo desde ayer… Tiene en sus manos la máquina y se ha convertido casi en un hombre como el que mató a Phil.

– ¿Por qué?

– Porque… -Wil se detuvo un instante, intentando escrutar los pensamientos ocultos del muchacho-. Porque esa máquina parece rodear de odio y de afán de poder a quien la tiene.

– ¿Y… si tú la tuvieras?

Wil se encogió de hombros, indiferente.

– Nunca la he tenido en las manos, no lo sé… Debe de sentirse algo muy raro aquí dentro, cuando se la posee.

– Es cierto… Bueno, quiero decir que a mí me habría gustado tener una…

– Bah… Olvídalo.

Y Wil se recostó en una roca, dispuesto tranquilamente a dormir. Pronto, su respiración se acompasó y Rad, levantándose sobre sus brazos y sus rodillas, comprobó que su compañero dormía. Entonces salió de la especie de covacha que les protegía y corrió silenciosamente bajo la lluvia. Las ruinas de la aldea quedaron a un lado, porque Rad dio un rodeo para no seguir adelante por la carretera, para no encontrarse con Hank o con los hombres que mataron a Phil.

De pronto, entre la lluvia densa, distinguió a lo lejos una figura agazapada. Se trataba sin ninguna duda de Hank, que esperaba el momento propicio. Rad se escondió a su vez, manteniéndose lejos de su compañero, a la espectativa.

Hank, detrás de un montón de ruinas, tenía al alcance de su máquina la roca por detrás de la cual había aparecido el hombre. Ahora, ese hombre estaría seguramente allí. Y él, Hank, había venido dispuesto a esperarle y matarle en cuanto asomara la cabeza. El cabello se le había pegado al rostro, todo él estaba empapado y la lluvia seguía cayendo. Pero tenía que esperar. No podía siquiera mostrarse, no debía salir a campo descubierto, si quería matar al hombre. En un momento u otro asomaría y, entonces…

Pero pasaba el tiempo, la lluvia arreciaba y la oscuridad dominaba completamente el paisaje muerto. Hank se decidió a actuar. Si el hombre no asomaba, tendría que ir en su busca. Reptando como los lagartos verdes que cazaba en las laderas del Valle de las Rocas -esos lagartos a los que mataban aplastándoles la cabeza con un pedrusco- Hank se deslizó, sosteniendo la máquina en la mano derecha. Pasó por detrás de los últimos muros desmoronados de la aldea y se acercó, siempre ocultándose, hasta el pie de las rocas.

Desde su escondite lejano, Rad vio su silueta arrastrarse y desaparecer tras un saliente. Se preguntó si Hank tendría la intención de buscar al hombre en su propia guarida.

Pero Hank tenía otro plan. Metió una de las cápsulas en el tubo de la máquina, apuntó al aire y disparó. Mientras los ecos de la explosión se mezclaban rápidamente con el manso caer de la lluvia, Hank detuvo la respiración y cargó de nuevo el arma. Su mirada no se apartaba de lo alto de la roca por donde el hombre tenía que aparecer. Ahora, ¡ahora tenía que hacerlo! Y, sin embargo…

No fue Hank quien se dio cuenta, sino Rad, desde el escondite por el que atisbaba los movimientos de su amigo. Vio salir entre la lluvia, por detrás de las rocas, una, dos, hasta seis cabezas de hombres armados con máquinas de matar. Y vio que si, ciertamente, el hombre en lo alto de la roca nunca habría podido descubrir el escondite de Hank, cualquiera de aquellos le tenía bajo el fuego de su máquina. Y no tardarían en descubrirle.

En un instante, antes siquiera de que hubiera tenido tiempo de pensar en aquella certeza que intuía, el aire se pobló de estallidos y luces fugaces y gritos. Hank se vio rodeado por aquellos hombres que le disparaban desde detrás de las rocas. Saltaban esquirlas de piedras a su alrededor, junto a su cabeza. Y el zumbido de los proyectiles se perdía en la distancia, después del rebote.

Hank disparó a ciegas, sin ver a los que le atacaban. Y, probablemente, no tuvo siquiera tiempo de cargar el arma de nuevo. Tenía que huir. Tenía que escapar de la ratonera donde se había metido. Hank salió deslizándose. De pronto, al echar a correr para cubrir el trecho de espacio abierto que le separaba de las ruinas, sintió en su espalda la quemadura de mil llamas y un empujón terrible que le lanzó cinco metros hacia delante. Cayó de bruces sobre la tierra mojada y sintió que la lluvia fría se mezclaba con la humedad caliente de la sangre que le corría por la espalda. En torno suyo saltaba el barro al impacto de los disparos incesantes y los gritos de los hombres que salían de sus madrigueras para rematarle.

Haciendo un esfuerzo tremendo, se incorporó y se lanzó nuevamente a la carrera, sosteniendo aún la máquina. Sintió una vez más, dos veces, los impactos sobre su cuerpo y sobre su pierna, pero tenía que escapar, como fuera. En la carrera pensaba por qué no habría conservado las otras dos máquinas, en lugar de haberlas enterrado para que no cayeran en manos de sus compañeros… Ahora, ellos podrían estar disparandolas, conteniendo seguramente la avalancha de disparos que sonaban sobre su cabeza.

Con el resto de sus fuerzas atravesó el pueblo derruido a la carrera, dando traspiés que, a cada instante, amenazaban lanzarle contra los muros. Pero los disparos y los gritos se oían cada vez más lejos y Hank fue cediendo la velocidad de su carrera, jadeante, en el límite de sus fuerzas, sintiendo que cada paso le hacía levantar una tonelada de carne muerta. Se detuvo. Miró en torno suyo. Estaba en una especie de plazuela que marcaba la salida de la aldea. La vista se le estaba nublando y sólo el peso de la máquina le hacía ya caer, caer… Hank se desplomó como una masa inerte en medio del asfalto mojado. Ya todo, incluso la lluvia, era silencio a su alrededor. Silencio total.

Los hombres de las máquinas de matar tuvieron miedo a salir de sus escondrijos. La oscuridad era casi completa y temían una emboscada. Rad, desde el muro donde se había ocultado, les vio durante largo rato asomar medrosos las cabezas y atisbar entre las sombras. Todavía esperó un largo rato antes de decidirse a salir.

Luego, deslizándose entre las ruinas de la aldea, se dirigió hacia donde había visto correr vacilante a Hank. Le encontró -casi tropezó con él- tendido en el suelo, inmóvil, con el rostro hundido en un charco y la sangre manándole abundante de las heridas de la espalda. La máquina estaba a un costado, aún fuertemente sujeta por la mano rígida. Rad se inclinó lentamente, hasta tocar el cuerpo de su compañero. Sin duda, debía de estar muerto. Y allí, junto a él, estaba la máquina de matar: ahora podía ser suya. Pero tenía que darle vuelta al cuerpo y apoyar su mano en el corazón de Hank y comprobar que había dejado de latir. Y, si latía, debía llevarle consigo, cargar con él hasta donde aguardaba Wil aunque, de todos modos, aquellas heridas en la espalda de Hank significaban su muerte. O estaba muerto o iba a morir en unos instantes. Pero debía volverle y comprobarlo…

Sus ojos pasaron dudosos del cuerpo a la máquina fuertemente agarrada en la mano rígida. Tan fuertemente sujeta que sólo con un tremendo esfuerzo consiguió arrancarla. Pero ahora, bajo la lluvia, contempló por primera vez la máquina entre sus manos. Suya. Era suya. La máquina de matar sería ahora para él, y él, Rad, sería el todopoderoso, el amo de la comunidad del Valle de las Rocas y de otras comunidades. Con aquella máquina en sus manos iniciaría la conquista. Y luego, el Mundo… Rebuscó en la bolsa que Hank tenía colgada al hombro. Tuvo que mover un poco el cuerpo para poderla sacar. Pero el cuerpo pesaba mucho, Hank debía de estar muerto. Registró en la bolsa, sacó las veinte cápsulas que quedaban y las metió en su propia bolsa. Luego echó a correr sin mirar atrás.

El cuerpo inmóvil de Hank se empapaba lentamente de lluvia y se hundía en el charco.

– ¿Dónde está Hank? -Muerto. Lo han matado. -¿Dónde?

– Junto a las rocas. Salieron muchos hombres con máquinas de matar… No tuvo tiempo de dispararles… -Pero tú… Tú sí has podido escapar. -No sé cómo pude. He corrido…

– Con la máquina de Hank. -Pude recogerla antes de huir. -Estabas con él, entonces… -Cerca… -Y tuviste tiempo de…

– Vamonos. Nos perseguirán en cuanto despunte el día.

– ¿Quiénes?

– Los de las rocas. Eran muchos. ¡Vamos, Wil!…

Luego, la larga noche de camino. La lluvia incesante. Las continuas miradas atrás de Wil, dominado por la oscura esperanza de ver aparecer a Hank entre las sombras. La mano de Rad aferrada a la máquina, como si la máquina hubiera pasado a formar parte de su cuerpo. Y la marcha continua, pesada, entre los charcos formados en el viejo cemento saltado de la carretera. Y el barro. Y los ojos de Rad que, inconscientemente, se apartaban de los de Wil cada vez que Wil le lanzaba una mirada muda e interrogante. ¿Qué había hecho con Hank?…

– ¡Está muerto!… ¡Muerto, me entiendes!… -gritó, sin poder contenerse.

Luego, con la amanecida, las nubes se disiparon y salió un sol caliente, dispuesto a secar los cuerpos ateridos de los dos caminantes.

En cuanto hubo luz suficiente para ver, Rad se dedicó, sin abandonar su paso rápido, a comprobar el funcionamiento de la máquina, tal como, desde lejos, en la ciudad, había visto hacer a Hank. ¡Hank, Hank, siempre Hank volviendo a apoderarse de sus pensamientos!… Pero ahora la máquina era suya y tenía que aprender a utilizarla.

Sin detenerse, observó luego el contenido de la bolsa, las escasas veinte cápsulas que quedaban. Veinte cápsulas de matar eran pocas. Durarían… Rad no lo sabía. Pensaba que tendría que matar a alguien, siquiera fuera para demostrar el poder que tenía. Pero matar… Se había detenido sin darse cuenta, contemplando las cápsulas atentamente. De pronto, sintió que le miraban. Levantó los ojos y vio a Wil frente a él, preocupado.

– ¿Qué miras? -Te miro a ti, ya lo ves…

– ¿Y qué? -preguntó de nuevo Rad, amenazador. -Nada… Ahora tienes tú la máquina. Eres el más fuerte, ¿qué quieres que diga? -Nada, claro…

– ¿Qué piensas hacer ahora? Con esas cápsulas puedes matar veinte veces…

– ¿Quién ha hablado de matar? -Nadie… Te lo digo sólo… ¿Sabes ya cómo hacerlo?

Rad asintió con la sangre golpeándole las venas a borbotones. Apretó fuertemente los dientes e hizo una rápida señal hacia adelante. – ¡Vamos!… -Lo que tú digas…

Volvieron a caminar en silencio durante toda la mañana. Wil delante, inseguro, con miedo a aquella máquina que llevaba Rad y que, insensiblemente, sentía fija en su espalda. Sin volverse, procurando no hacer ningún movimiento que pudiera poner en sospechas a Rad, le dijo:

– Rad, yo no quiero quitarte la máquina… -Por lo menos -contestó Rad-, procuraré que no lo hagas.

– No, no… No quiero hacerlo. La máquina es tuya. -Eso, al menos, es cierto.

– Te lo digo para que no estés en continua sospecha conmigo.

– Ya sé que lo dices por eso. Para que me confíe…

– Sí.

– …y quitármela entonces…

– No, Rad… Sólo quiero saber qué piensas hacer con ella.

Hubo un silencio largo. Wil no se atrevía a detenerse, ni a volver la cabeza y mirar por encima del hombro a su compañero. Pero sentía cada vez más evidente el cañón del arma sobre su espalda. Dejó trascurrir un instante.

– ¿Quieres que nos detengamos a comer? Estoy cansado.

– Yo también. Vamos ahí, detrás de las jaras.

Se detuvieron a la sombra de unos arbustos casi secos que habían comenzado a rebrotar. Una hondonada daba sombra y relativo frescor. Comieron en silencio, dirigiéndose rápidas miradas que se apartaban cada vez que los ojos de uno y otro se encontraban. Se hablaron apenas lo suficiente para indicar su lamentable estado físico, después de toda la noche de marcha incesante.

– ¿Quieres que durmamos un rato? -apuntó Wil-. Así podremos caminar luego toda la noche y llegar al valle al amanecer.

Rad se estremeció imperceptiblemente. La decisión tenía que ser suya, porque él, el amo de la máquina, era el jefe.

– Sí, descansaremos…

Wil fue a tumbarse lejos de su compañero. Cerró los ojos. El sueño le había abandonado, a pesar de la noche de marcha incesante. Su cerebro había entrado en fase de absoluta actividad. «Rad es muy joven. Demasiado. No puede. No puede ser jefe. Aunque tenga la máquina. La máquina mata. Y Rad matará, no podrá evitarlo, no sabrá contenerse. Gobernará con el miedo en las manos. Con la amenaza. Matará al Viejo, seguro, y a quien se le oponga. Hasta que se le agoten las cápsulas y le maten entonces a él. Con piedras o con palos, no lo sé. Pero habrá que matarle y tal vez sea yo quien tenga que hacerlo. No quiero. Rad no es malo. Es la máquina, la máquina de matar. Como Hank. Hank habría sido un buen jefe. El Viejo lo decía. Pero encontró la máquina y no pensó, desde entonces, más que en matar, para probar que él podía hacerlo. Y, sin embargo… Ahora, Rad y yo solos. Phil fue muerto por las máquinas. Y Hank. Y tal vez yo, si Rad sigue con ella en las manos. Tengo que quitársela. Quitársela y enterrarla muy hondo en el suelo, donde no pueda encontrarla nadie. Solo yo… ¡no, no!… Yo tampoco. Yo tampoco quiero nada de la máquina, sólo que desaparezca, para siempre.»

Abrió lentamente un ojo. Allá, al otro lado de la hondonada, lejos, estaba sentado Rad.

Rad, tratando de no dormir. Tenía la máquina sobre sus rodillas, firmemente sujeta. Una cápsula en el tubo. Y los pensamientos confusos de la duermevela. «Hank está muerto… No podía vivir con aquellas heridas en la espalda, aunque yo le hubiera arrastrado hasta la cueva. Pero Wil no me cree. ¡No me cree!… Y tendré que matarle, como tendré que matar a quien se me oponga. No, no se opondrán… En todo caso, tal vez el Viejo, pero el Viejo vivirá poco… Tienen que reconocerme… Yo soy mejor que Hank. Al fin y al cabo, Hank vivía sólo para vengarse del hombre de la roca… Pero me quedan veinte cápsulas. Una para Wil, otra para el Viejo, serán suficientes… O tal vez otra para Rick, que querrá apoderarse del mando, y para sus hermanos, para David, para Isaac, para Gorel… ¿Cuántas van? Cinco… No, seis; seis cápsulas solamente, si acierto a la primera con cada uno, aún me quedarán… ¿O son siete? No, no, seis… Me quedarán catorce cápsulas, que ya no serán necesarias más que para que sepan que las tengo… ¡Y otra para Law!… Siempre creyó que, por ser un año mayor que yo, podría conmigo… Yo le demostraré que… Wil se ha dormido, pero yo no debo dormirme. Puede despertar antes que yo y, entonces… No, no despertará antes, porque antes de que despierte… Pero ha pensado en quitarme la máquina y, si le mato dormido, nunca sabrá que yo lo sabía… No, no dormiré y, cuando despierte… No dormiré, no, no quiero dormir, tengo que mantenerme despierto y…»

La cabeza le cayó pesadamente sobre el pecho, incapaz de sostenerse alerta. Wil esperó unos instantes que le parecieron largos como años, hasta convencerse de que, efectivamente, Rad se había quedado dormido a la sombra de las jaras. Entonces, con movimientos tan lentos que se hicieron eternos, comenzó a arrastrarse hacia su compañero. La arena, tras él, formaba un surco como la huella de un gran lagarto. Despacio, tan despacio que parecía inmóvil, traspirando de miedo por cualquier ruido que pusiera en guardia a su compañero dormido, Wil se aproximó a él, conteniendo el aliento para no ser delatado.

Ya estaba cerca, tan cerca que, con sólo alargar la mano, podría haber alcanzado la máquina en las manos de Rad. Las suyas temblaban, presas de un horrible pánico a la muerte que significaba la máquina, pero tenía que hacerlo, tenía que hacerlo… ¡ahora!

Rad abrió los ojos. La máquina estaba fuertemente apresada por cuatro manos crispadas. Hubo una lucha. Una lucha breve y brutal, porque era la lucha de dos hombres por su propia vida. Rodaron por el suelo, levantando nubes de arena en torno suyo, revolviendo y arañándose los cuerpos, las ropas, sin soltar el arma ninguno de los dos. Sucios, sudorosos, crispados, los ojos de ambos llenos de espanto, sabían sin decírselo que la lucha terminaría sólo con la muerte de uno de los dos. Y la máquina, entre ambos, se pegaba alternativamente al cuerpo de uno o del otro.

De pronto, en medio de los dos, en medio de los cuerpos unidos por el abrazo de muerte, sonó el estallido de la máquina. Un estallido seco, sin ecos, casi sordo por la presión de los dos hombres.

Unas manos se aflojaron lentamente, deshaciendo su férreo abrazo sobre la máquina y sobre el cuello. Unas manos que habían dejado para siempre de oprimir.

Wil se levantó jadeando. En sus manos estaba la máquina y, a sus pies, con las últimas convulsiones de la muerte, hecho un ovillo trágico, Rad. El espanto asomó a los ojos de Wil, un horrible espanto ante la vista horrenda de aquella gran herida abierta en el vientre del muchacho, por la que se escapaba toda su sangre caliente, ante aquella mirada perdida en el aire del moribundo, incapaz de pronunciar una sola palabra, vueltos los ojos sobre sí mismo… hasta quedar inmóvil… con un último estertor y la ligerísima sacudida del cuerpo antes de la inmovilidad total.

Luego, el silencio. Y el jadeo aterrador de Wil, los ojos fijos en el cadáver, sucio de sangre y de tierra, torcido sobre sí mismo. Y la máquina de matar en sus manos, en las manos de Wil, que había matado a Rad.

Tenía que actuar rápidamente, ahora. Los ojos se le nublaron, porque él no había querido hacer aquello. Pero tenía que terminar. Cavó con las manos un hoyo profundo en la arena y enterró en él a Rad.

Después, lejos de donde reposaba el cadáver del muchacho, comenzó a cavar otro agujero menor. Tenía que enterrar allí la máquina de matar. La máquina tenía que desaparecer, porque había causado ya bastante daño. Y, sin embargo, cuando ya estaba hecho el profundo hoyo y empuñaba fuertemente la máquina entre sus manos, la miró fijamente… y miró también las cápsulas de muerte que estaban esparcidas por el suelo…

Wil tapó rápidamente el agujero que había hecho en la arena y se alejó guardando en su bolsa de viaje las cápsulas. Sus manos empuñaban febriles la máquina de matar.

Primero fue un ligerísimo estremecimiento de la mano bajo el calor del sol. Un temblor imperceptible. Un esfuerzo sobrehumano. La cabeza, levantándose pesadamente. Los labios secos, la garganta que se negaba a tragar.

Y, de pronto, la mirada rápida en torno, la mirada aún nebulosa y la búsqueda con los ojos. Con las manos.

Fue la primera sensación de Hank al volver en sí, cuando los rayos del sol daban de plano sobre el asfalto, evaporando el agua en vaharadas calientes: ¡No tenía la máquina de matar! Se la habían arrebatado.

Le dolía la herida de la espalda, pero la sangre se había coagulado, formando una costra tirante contra la piel y los restos de ropa. Sentía sed, una sed ardiente e incontenible. Sus ojos empañados buscaron en torno suyo un instante. A pocos metros, un charco de lluvia estaba aún intacto. Hank se arrastró lentamente hasta él, reptando sobre sus codos. Hundió la cabeza en el charco. El agua estaba caliente y sucia, olía mal, como a muerto. Hank, después de beber, contuvo una arcada. Trató de incorporarse, pero era difícil, casi imposible. Reptando siempre sobre los codos, huyó del sol y se refugió en una rinconada, entre las ruinas. Allí volvió a mirar en torno tuyo y, por primera vez, comenzó a darse cuenta de la situación. Sus compañeros habían huido y le habían dejado solo y malherido. Y, al rebuscar en su bolsa y no hallar las cápsulas, supo que se habían llevado con ellos la máquina de matar, su máquina. Tal vez le tomaron por muerto, pero él, ahora, se sentía vivo. Y hambriento.

En la mochila encontró restos de comida. Los devoró, como si alguien fuera a venir a quitárselos. Luego, haciendo un tremendo esfuerzo, pudo incorporarse. Al hacerlo, una de las heridas de la espalda se le abrió y le hizo torcerse de dolor y sujetarse a una roca para no caer. Esperó un instante y consiguió dar unos pasos lentos e inseguros. La línea de la vieja carretera se extendía frente a él, inmensa, infinita bajo el sol, como si rodease en toda su extensión el planeta muerto. Las fuerzas le fallaban, pero sabía que tenía que caminar, que tenía que regresar al valle, que únicamente allí podría sobrevivir a las espantosas heridas de las máquinas de muerte y a los mordiscos tumefactos de las ratas. Allí, donde el Viejo sabía los remedios que habían salvado a muchos de ellos de caídas y mordiscos de lagartos en los peores tiempos de hambre.

Se lanzó carretera adelante, haciendo avanzar penosamente su cuerpo herido, como una pesada mole vacilante, a punto de desplomarse a cada paso.

Cayendo y levantándose, sacando fuerzas de donde no las tenía, Hank anduvo penosamente hasta que la luz del sol comenzó a alargar las sombras, hasta que el yermo paisaje a ambos lados de la carretera se invadió de penumbras. Hank estaba al borde de su escasa resistencia. La herida que se había abierto seguía manando sangre y agua y, a trechos, iba dejando un breve reguero de sangre que se secaba inmediatamente en una mancha negruzca.

Veía mal. Su vista se nublaba por momentos a causa del esfuerzo sobrehumano que estaba realizando al caminar. Pero, de pronto, su olfato percibió algo que le hizo detenerse. El ambiente, en aquel lugar junto a las jaras, delataba olor a muerte. Se olió las ropas, temeroso de ser él mismo quien despedía ya ese olor hediondo. Pero no, no era él. El hedor provenía de las jaras y lo traía hasta él la brisa refrescante del anochecer.

Sus pasos le condujeron hasta allí. Vio tierra removida, rastro de una lucha feroz. Y el olor a muerte llegaba precisamente de un montón de arena. Comenzó a escarbar con sus manos yertas y, de pronto, lanzó un grito.

Era el rostro de Rad, con los ojos abiertos cubiertos de tierra, que le miraban fijamente.

Hank lloró.

El Viejo, desde su camastro, supo muy pronto que Wil había regresado solo. Y le dijeron también que había traído consigo una máquina de matar.

– ¿Una máquina de matar? ¿Qué clase de máquina? -el muchachito que se lo explicó le hizo un resumen de lo que era-. Un fusil… -quedó pensativo unos instantes, luego añadió tristemente, dirigiéndose al muchacho: -Dile a Wil que quiero verle…

Wil tardó en llegar. Llevaba firmemente sujeta en la mano la máquina y Hilla, la que había estado destinada a ser la mujer de Hank, le seguía mansamente, con una especie de orgullo por seguir perteneciendo al más poderoso. El Viejo adivinó la mirada súbitamente insolente de Wil. Le pidió humildemente, en el límite de sus fuerzas de jefe, que le contase cuanto había sucedido y cómo haba sido la muerte de Phil y de Hank y de Rad. Wil le contó la verdad… hasta donde pudo. Al llegar a la muerte de Rad, sus palabras se hicieron vacilantes y sintió que el sudor no le obedecía y le brotaba de las axilas y que la boca se le secaba. El Viejo le dejaba hablar y le observaba en silencio.

– Trató… de limpiarla, ¿sabes? La máquina estaba llena de arena y él no la había… no la había tenido nunca entre las manos. Me crees, ¿verdad?

– ¿Y por qué no tendría que creerte?

– El no sabía cómo funcionaba y… estalló entre sus manos.

Se quedó en silencio, respirando entrecortadamente y procurando que sus ojos no se encontrasen con aquellos ojillos firmes y punzantes del Viejo, que parecían atravesarle hasta lo más hondo. Pasó un instante antes que el Viejo hablase. Y Wil sintió largo ese instante y su mano apretó la de Hilla, tratando de cobrar ánimos en la mano cálida y sumisa de la mujer.

– Debiste enterrar el arma…

– Pensé en hacerlo, Viejo… pero luego… creí que podría sernos útil aquí, para…

– Sólo para matar, Wil… Sólo para matar. La máquina de matar, esta u otra cualquiera, qué más da, ha matado ya a tres hombres. Y seguirá matando, si no se la destruye. Tú debiste hacerlo entonces… Debes hacerlo ahora.

– ¡No!…

– ¿Por qué?

– No podemos quedarnos ahora… indefensos… Pueden venir los hombres de las rocas…

– No vinieron hasta ahora…

– Porque ignoraban nuestra existencia.

El Viejo mantuvo silencio un segundo. Y añadió, tranquilo:

– Aunque vinieran, no tendrían por qué hacernos…

– ¡He estado fuera del valle. Viejo!… He sabido que los que quedan, matan para sobrevivir. Nosotros tendremos que hacer lo mismo, si no queremos desaparecer.

– Los hombres inventaron grandes medios para matar y hemos terminado aquí, destrozados.

– ¡Por eso, precisamente!… Tenemos que ser fuertes y no dejarnos vencer…

– No, Wil, tenemos que ser humanos…

– ¡Fuertes, te digo, Viejo!… Sólo se salvará quien lo sea. La ley es la de matar o dejarse matar…

El Viejo negaba mansamente con la cabeza.

– No sabes nada, Viejo… No has salido de este valle y has olvidado ya lo que son los seres humanos…

– No puedo olvidarlo; te veo a ti…

– … ¡y has pasado hambre, pero has vivido en paz!… ¡Y la paz es una mentira, Viejo, me entiendes!… ¡Una mentira!… Tú ya no sirves para mandar la comunidad. Viejo…

– ¿Quién sirve, Wil?… ¿Tú, acaso?

Y el Viejo negaba apaciblemente con la cabeza y veía mansamente cómo se avecinaba el final inevitable, a medida que las respuestas de Wil se hacían más tajantes y observaba su mano crispada sobre la máquina.

– ¡No, Wil!… -gritó Hilla.

Un segundo después, desde las entradas de las cuevas, desde el fondo del valle, desde lo alto de los riscos de piedra, donde los jóvenes buscaban lagartos para la comida diaria, desde el lecho del río, donde los niños se bañaban al sol caliente, se escuchó el estallido y los ecos lo repitieron por las peñas, haciendo levantar todas las miradas de la comunidad hacia la entrada de la cueva del jefe. Y todos pudieron ver a Wil cuando salía, seguido de Hilla. Vieron a Wil con los ojos fuera de las órbitas, dejando ver la máquina fuertemente asida entre las manos. Buscaba un enemigo, alguien que se le opusiera, para matarle también. Pero nadie -¡nadie!- dio un paso hacia él. Wil era el vencedor, el jefe a quien nadie discutiría el poder.


***

La boca seca, las heridas parcialmente abiertas, despidiendo sangre mezclada con pus, los pasos inseguros, los pies abiertos por la marcha penosa e incesante, unas fuerzas sostenidas apenas por el odio y el deseo de llegar y curar aquel dolor lacerante que acababa con su vida. Eso era Hank cuando, al cabo de cuatro días de marcha inconcebible, llegó hasta las aguas claras del riachuelo que salía del Valle de las Rocas. Se dejó caer destrozado junto a la corriente. Calmó su sed con su agua y remojó en la misma agua sus heridas ardientes. Luego se tendió un instante a la sombra de una roca, para tomar fuerzas que le permitieran llegar. Quería estar descansado cuando apareciera en el valle.

Tendido indolente en la sombra, ardiendo de fiebre, recordó con una sonrisa mortecina lo que había sido hasta entonces su vida entre aquellos roquedales: la lucha constante contra todo, sólo con la ayuda de las manos y de las piedras, sin un arma con qué defenderse o atacar, aparte de las piedras y las rudimentarias azagayas que únicamente servían para cazar lagartos. Ahora, en algún lugar del valle, había un hombre, Wil, que poseía una máquina de matar. Una máquina que le pertenecía a él.

Tenía fiebre muy alta que le quemaba las entrañas. Le subía hasta la boca el gusto salado de la sangre. Escupió y vio un coágulo de sangre en la roca. Se levantó asustado. No podía esperar un segundo más, tenía que entrar en el valle y hacer que el Viejo le curara y destruir el arma. Después del descanso, las heridas le dolieron como si le hubieran clavado en ellas tizones encendidos. Pero contrajo los dientes para emprender la subida del empinado sendero que conducía a la entrada del valle. Más de una vez se detuvo a escuchar. Se escondió, sin saber por qué, al ver pasar a lo lejos a tres muchachos en busca de caza.

Tardó en llegar a la cima del collado el tiempo que el sol tardó en alcanzar el cénit. El calor, la fiebre y la sangre le empapaban la ropa y las gotas de sudor le escocían en los ojos. Se restregó con el dorso de la mano y levantó la mirada: en lo alto distinguió la silueta de un hombre, inmóvil. No sabía quién era, pero gritó con la esperanza de ser auxiliado. El hombre que estaba en lo alto no se movió de su posición extrañamente inclinada. Hank siguió reptando hacia él, gritándole de vez en vez, sin obtener nunca respuesta. Y, al llegar cerca de él, se pudo dar cuenta de la razón de aquel silencio. El hombre estaba atado a un palo y su cuerpo se inclinaba como un peso muerto hacia donde las ligaduras de lianas le permitían. En su frente se abría, horrible, el orificio causado por una cápsula de la máquina de matar. Aquel hombre -lo vio- había sido muerto a sangre fría, atado concienzudamente para que no pudiera huir de su horrible suerte.

Hank le reconoció y los músculos de su rostro se contrajeron.

– Ya ha comenzado… -murmuró, dejando caer la cabeza rígida sobre el pecho. Y entró en el valle.

Para los hombres y las mujeres de la comunidad que encontró en el fondo del valle, la visión apocalíptica de Hank, pálido, sudoroso y ensangrentado, cubierto de polvo negro y al límite de su fuerza, fue como un grito mudo de espanto. Todos le habían creído muerto y ahora, de pronto, al verle de nuevo, creyeron firmemente en la resurrección macabra de los cadáveres. Porque aquellos ojos hundidos en las órbitas eran ya ojos de muerto, porque aquella piel embarrada y escamosa era la piel de un muerto. Y la barba cerrada que crecía a corros sobre su rostro era la misma barba que les crece a los muertos. Sólo su mirada era viva, buscando, entre los hombres, a alguien que le ayudase, sin darse cuenta de que todos habían dado un paso atrás cuando se les acercó:

– El Viejo… -murmuró-. Llevadme al Viejo… El puede curarme…

– El Viejo ha muerto…

Hank se incorporó pesadamente.

– ¿Ha sido… él también… con su máquina?

Una afirmación muda le corroboró lo que sospechaba

– ¿A cuántos más?… ¿A cuántos más ha matado?

El silencio le rodeó, un silencio de miedo que atenazaba a todos, por su visión y por el recuerdo de lo que habían presenciado. Un chiquillo murmuró:

– A Rick… Y a David…

– ¿Y cuántas veces disparó?

– Tres…

– Cuatro… -corrigió otro.

Cuatro veces. Y una vez más para matar a Rad: cinco veces. Han de quedarle quince cápsulas. Tendría que disparar quince veces antes de que las cápsulas se terminasen. Quince veces y no quedaría una sola cápsula en la máquina. Y, entonces…

– ¿Dónde está?…

Los hombres se miraron, dudando de todo, de Hank y de aquel jefe que les mataría a ellos si le delataban. Se cambiaron miradas temerosas y, en esas miradas, estaba reflejado todo un mundo de miedo y de muerte que podía alcanzarles a todos, como había alcanzado a aquel moribundo a quien únicamente parecía mantener en vida el odio. El más viejo de los hombres señaló hacia lo alto, hacia la cueva que había pertenecido al Viejo:

– Allá…

Hank miró hacia lo alto.

El sol daba de lleno en la boca de la cueva. Para llegar hasta ella, el angosto caminillo subía en zig-zag entre las peñas, ofreciendo escondrijos en cada esquina. La cueva parecía carente de vida.

Hank sintió que las fuerzas le estaban volviendo, tal vez por última vez, pero se sentía fuerte y capaz de gritar con toda su alma:

– ¡¡Wil!!…

La voz se repitió por el valle una y otra vez.

– ¡¡Wil!!…

Nadie asomaba en la puerta de la cueva. Los hombres y las mujeres se apartaron prudentemente del lado de Hank. Sabían que la máquina podía matar a uno de ellos y que Wil había necesitado dos disparos para terminar con Rick.

Hank dio unos pasos renqueantes hacia el senderillo entre las rocas. Llamó de nuevo:

– ¡¡Wil!!… ¡Sal a matarme a mí!… ¡Te estoy esperando!… ¡Mátame o voy a matarte yo!…

En lo alto distinguió de pronto la silueta del hombre que salía de la caverna. Llevaba en su mano la máquina. Hank se había ocultado tras una peña y, desde allí, observó los movimientos de su enemigo.

Vio cómo Wil oteaba en el valle, buscándole; casi le vio un temblor de miedo en el rostro. La máquina se movía en la misma dirección que los ojos, buscando un blanco: él. Pero Hank sabía también que la máquina no dispararía si él no se mostraba. Miró frente a sí, la senda que ascendía lentamente hacia la caverna y calculó las fuerzas que necesitaría para alcanzar la roca más próxima. De pronto, se levantó de un salto y se mostró entero ante el lejano Wi

– ¡Estoy vivo, Wil!… Y he venido a que me des la máquina.

!Bang¡…

El disparo se repitió mil veces a lo largo y ancho del valle. El proyectil silbó cerca de Hank, mientras corría hasta la próxima peña. Hank sonrió. Un disparo menos. Catorce le quedaban. La idea le hizo adquirir más fuerzas. Con un impulso superior a sus escasas posibilidades, se lanzó hacia el siguiente escondrijo:

¡Bang!… Trece.

Hank tropezó su pie desnudo contra una piedra y cayó sobre el suelo de tierra.

¡Bang!… Doce. ¡Bang!… Once.

Hank se arrastró hasta la próxima roca. La gente, en el valle, se desperdigaba corriendo y las paredes de roca repetían los disparos y los multiplicaban hasta convertirlos en un aterrador trueno sin fin.

Hank tomó aliento detrás de la roca. Poco a poco, los ecos se amortiguaban y volvía el silencio. Hank se inclinaba bajo el dolor de todas sus heridas abiertas. Era como si las balas volvieran a meterse en sus carnes, como si las ratas estuvieran otra vez hincándole sus dientecillos agudos en las piernas. Se miró las manos. Estaban amoratadas y la sangre seca se mezclaba con la tierra y con la carne que asomaba. Los dedos tumefactos parecían gusanos incapaces de articularse. Si hubiera alcanzado el arma, habría sido incapaz de hacer uso de ella.

Pero el arma, la máquina de matar, estaba aún muy lejos, en manos de Wil y con once cápsulas que le esperaban. Hank jadeaba detrás de las rocas. Le separaba de Wil una distancia que, de no haber estado herido, habría podido franquear apenas en cincuenta, pasos. Así, en su estado…

Sintió fluirle la sangre a la boca, al tiempo que le venía una necesidad rabiosa de atacar y morder. Se limpió con el dorso de las manos tumefactas la comisura de los labios y vio que no era sangre, sino espuma. Y sintió dentro de él la rabia, matándole y dándole al mismo tiempo unas fuerzas titánicas.

Súbitamente, todo ocurrió como una exhalación. Hank se levantó y mostró su cuerpo. Las piernas le obedecieron dóciles y se lanzó a la carrera hacia lo alto, como un poseso.

Wil le vio acercarse y apuntó con cuidado.

¡Bang!… Diez.

El impacto en el vientre obligó a Hank a detenerse un segundo en su carrera. Pero solamente un segundo. Sus ojos despedían llamas y, con las manos tumefactas, se sujetaba el vientre herido, mientras seguía cuesta arriba la carrera en busca de su presa.

Wil le vio acercarse. Sabía que le había alcanzado, pero era como si ahora Hank fuera invulnerable a los proyectiles. Wil comenzó a meter las últimas cápsulas en la máquina. Apuntó de nuevo a la figura trepidante que se le venía encima y disparó dos veces más. Hank acusó los disparos, pero no había ya nada, ni siquiera la muerte, que pudiera detenerle. Wil volvió a disparar. Falló. Dos, tres veces más. Cuatro. La última cápsula se estrelló contra una roca y una esquirla rasgó una ceja y cerró definitivamente el ojo izquierdo de Hank, ya a pocos pasos de él. Disparó de nuevo, furioso y aterrado a un tiempo, pero la máquina no respondió al disparo y sobre Wil se lanzaba la masa furiosa de Hank como un huracán. Un hombre muerto que vivía únicamente para matar, ahora.

El choque fue espantoso. El impulso de Hank hizo que Wil cayera derribado sin ninguna resistencia. La cabeza le rebotó contra las piedras de la entrada de la cueva y quedó inmóvil, como herido por un súbito rayo.

Hank, de pronto, no se dio cuenta. Golpeaba, muerto, un cuerpo casi tan muerto como el suyo propio. Pero vio, súbitamente, que su enemigo -y pensó, ¿su enemigo?- no respondía a los golpes. Estaba allí, tendido debajo de él, inmóvil, y el rostro le adquiría una palidez de cera. Hank sintió desaparecer su odio al mismo tiempo que sentía extinguirse su propia vida. Con su última fuerza buscó con mirada turbia el arma que yacía cerca, entre el polvo. Su mano hinchada la tomó como habría podido apresar un lagarto repugnante, empujó lentamente hacia la pared enhiesta del farallón y la dejó caer en el vacío. Se asomó y creyó ver cómo la máquina se estrellaba y se partía entre las rocas. Ya no tuvo fuerzas para más. Cayó junto a Wil y su mano, en un último estertor, trató de encontrar la de su amigo muerto. Su amigo otra vez. Ahora sí. Muertos los dos.

Pasó un tiempo antes de que la gente se atreviera a acercarse a los dos cuerpos. La primera fue Hilla, que se había mantenido encogida en el interior de la cueva. Y luego, lentamente, todos los demás, sin que el eco de sus pasos rompiera la calma que se había apoderado del valle después del tiroteo.

Contemplaron a prudente distancia los dos cuerpos, aún vagamente sacudidos por espasmos de muerte. Apartaron a los niños de la visión horrenda de la sangre.

Luego, alguien encargó a los jóvenes que cavasen una sola fosa, lo bastante profunda para contener los dos cuerpos, y el resto de la comunidad volvió lentamente al trabajo en el campo de maíz que estaba en barbecho. La futura cosecha no podía esperar. Los muertos, sí.

Y hubo muchos que pensaron que tendrían que elegir un nuevo jefe.


PREVISTOS 50 MUERTOS

<p>PREVISTOS 50 MUERTOS</p>

Catorce muertos de los cincuenta “previstos”,

un éxito más de la operación “Steel Pike 7”.

(Titular de la prensa diaria.)


– Enhorabuena, almirante Badel -sonrió el general Klump, estrechando firmemente la mano del jefe de las maniobras.

– Gracias, mi general -aceptó, emocionado, el almirante.

– Todos los objetivos cubiertos en un tiempo menor que el previsto y todos los servicios funcionando en perfectas condiciones. Realmente, nada mejor podía pedirse.

– Efectivamente, mi general -asintió Badel, henchido de satisfacción. En realidad, aquel éxito había sido obra totalmente suya. El Alto Estado Mayor le había confiado toda la responsabilidad de la operación y, durante los siete días de maniobras, había vivido pendiente de que todo estuviera a punto y de que no hubiera ni un segundo de retraso sobre los tiempos previstos y sobre los objetivos que tenían que ser alcanzados. Hoy, las metas alcanzadas y la operación convertida en un alarde de fuerza y precisión para el ejército más poderoso de la Tierra, Badel estaba seguro de que la trascendencia de aquel éxito le reportaría algo más práctico que la simple felicitación del general jefe del Alto Estado Mayor. Sólo tenía que esperar.

Volvió lentamente a su oficina provisional en el crucero insignia, gozando por primera vez de la brisa marina que en los días anteriores le había resultado tan insoportable como una atmósfera saturada de gases fétidos. Abrió todos los ojos de buey del camarote lleno de mesas cubiertas de planos y números, mapas a alta escala y modelos minúsculos de las unidades que intervinieron en las maniobras. Sus ojos tropezaron insensiblemente con la lista de las bajas sufridas: un papel con catorce nombres sujeto por un pisapapeles -una vieja espoleta de mortero- y sonrió de nuevo, satisfecho. Realmente, había sido una suerte, casi un milagro podría decirse, si el almirante Badel creyera en los milagros. Porque la operación era peligrosa, muy peligrosa. Y el fuego real, aunque sirve para entrenar bien a los muchachos, ofrece esos inconvenientes siempre fastidiosos. Recordó que, cuando recibió las instrucciones del Alto Estado Mayor y se le dijo que los muertos previstos eran cincuenta, había sonreído pensando que las altas jerarquías militares se habían quedado cortas en su previsión. Ahora, con esa victoria, las cosas volvían a su cauce y Badel estaba seguro de su próximo ascenso.

Pulsó el timbre que había sobre su mesa y, un segundo después, unos golpes suaves en la puerta le hicieron levantar la cabeza.

– Pase…

El ayudante se cuadró en el umbral. El almirante Badel le tendió la hoja de bajas.

– ¿Han dado el aviso oficial a las familias?

– Todavía no, señor. Esperábamos su visto bueno.

– Está bien. Cúrselo usted mismo.

– ¿Nada más, señor?

– Nada más, gracias…

Se quedó solo de nuevo y se acercó a la gran mesa central, en la que aún estaban colocadas las unidades en el lugar que ocuparon al final de la operación. Sí, había sido algo muy semejante a un milagro. Sólo catorce muertos. Treinta y seis hombres se habían librado de la muerte, tal vez sin saberlo. No, tal vez, no: ¡seguro que ignoraban que habían estado condenados!… ¿Pero cómo?…


***

El cabo Ross tenía que obedecer. Había estado obedeciendo durante diez años y sabía que no hacía falta pensar; gracias a eso había obtenido los galones. Por eso, cuando el teniente le indicó el camino a seguir con sus cinco hombres, Ross no dudó ni un segundo, a pesar de que había visto un instante antes cómo las granadas batían el sector por donde ahora tendrían que pasar. Sabía que todo estaba previsto y que, cuando ellos llegasen, el fuego cesaría, o se desplazaría, o cambiarían el fuego real por proyectiles de fogueo. Cualquier cosa.

El objetivo era rodear la colina, atravesar el barranco y reunirse con el resto de la unidad al otro lado, en la pista provisional de aterrizaje. La suya, le dijo el teniente, era una misión de limpieza: terminar con el supuesto enemigo que en ese sector se hubiera librado del bombardeo. Ross se sintió henchido de satisfacción porque, en su larga carrera militar, nunca se le había encomendado una parte tan responsable. Ahora podría demostrar lo que era. Llamó a sus hombres, los colocó en fila y colgó de su hombro derecho el ligero subfusil.

– ¡Andando!…

– Mi cabo… -se oyó una voz al final de la fila.

Ross miró con ojos torvos al que le había llamado. Era Goy, el estudiante. Ross le tenía una rabia especial, aunque nunca supo definirse a sí mismo las razones que le impulsaban a llamarle cerdo, o intelectual, o chismoso, según la ocasión.

– ¿Qué te pica?

– ¿Ha visto usted cómo zumban por ese lado?

– ¿Qué quiere decir eso, insubordinación?

– No, mi cabo, yo…

– Cierra el pico. ¡Hala, en marcha!

El muchacho que había junto a Goy estaba pálido y se persignó antes de ponerse en marcha. Era un campesino del interior y se llamaba Trepp. Gulian, el último de la fila, se rió de él.

– ¡Pronto te encomiendas a los santos, Trepp!…

– No te encomiendes y verás…

– ¡Silencio! -ordenó el cabo Ross.

La escuadra caminó un trecho por el sendero sin que nada más que el roce de las pesadas botas contra el suelo de tierra rompiera el silencio. Aunque hablar de silencio era en esos instantes una pura entelequia. Los estallidos de las granadas sonaban cada vez más cerca. Ross llegó a pensar, por un instante, que el teniente les había dado la orden de marcha con un poco de anticipación. Dentro de cinco minutos, a mucho tardar, estarían en el lado batido de la colina y, para entonces…

Alrededor de ellos, el paisaje comenzó a hacerse extraño. El bombardeo había arrancado árboles de cuajo y había removido la tierra y esparcido las plantas silvestres. Un olor acre a atmósfera saturada de dinamita comenzó a envolverles.

Y, cada vez más cercanas, las explosiones.

Gulian tocó levemente en el hombro a Goy, el estudiante.

– ¿Te has dado cuenta, tú?…

– ¿De qué?

– No sé… Será mi oído, pero me parece como si los pepinazos se oyeran a través de un cristal…

Goy atendió un instante.

– Sí, parece… Raro, ¿no?…

– ¡Silencio! -se oyó de nuevo la voz de Ross. Los dos hombres se miraron y encogieron los hombros en silencio.

Y, de pronto, fue el desastre.

Una granada de gran calibre se oyó silbar sobre sus cabezas y el horrendo estallido se produjo casi entre las mismas filas. Por un instante, el polvo y el fuego y los cascotes cegó a los hombres. Ross, como por instinto, se echó a tierra de bruces. Apenas comenzó a disiparse el humo, levantó la cabeza y miró. Había cinco cuerpos echados en tierra. Pensó por un instante: “Están todos muertos. Me he salvado de chiripa”. Pero, al incorporarse, se dio cuenta de que también los cinco hombres comenzaban a ponerse de pie.

– ¡Vaya, menos mal!… ¿Algún herido?

Los hombres se miraron unos a otros. No, no había ningún herido. Trepp se persignó de nuevo.

– Milagro, seguro…

Pero no pudo seguir. Un nuevo proyectil se acercaba silbando. Ross se echó a tierra, gritando:

– ¡Al suelo!… ¡Buscar refugio!…

Entonces comenzó el infierno. Durante diez minutos, el terreno que habían estado pisando fue machacado, sin que un solo centímetro cuadrado pareciera librarse de la metralla. Ross, metido en un agujero causado por alguna bomba caída anteriormente, trató de comunicar por radioteléfono con la unidad. Pero el teléfono no funcionó. “Bien, pensó, se acabó mi carrera militar”, y trató de recordar, por si las moscas, alguna de las oraciones que le había enseñado su madre en la infancia. Pero fue imposible.

Trepp apretó convulsamente el rosario que siempre llevaba metido en el bolsillo y sollozaba. A pocos pasos, casi totalmente cubierto de tierra, con las manos cubriendo el casco, estaba Daniev, casi un chiquillo, agitando con su temblequera la tierra que le había caído encima. No lograba ver más allá, porque el polvo lo cubría todo.

“¡Maldito sea Trepp!”, susurró Gulian para sus adentros, acurrucado bajo el tronco arrancado de un árbol. “Seguro que se salva con sus rezos, y nosotros a pudrir tierra. De esta no salgo”…

Su bota tropezó con algo blando, se volvió y vio junto a él a Flesher. Pálido, con los ojos fuertemente cerrados, seguramente estaba ya muerto.

“Como yo, dentro de un rato. Como todos. No vamos a salir ni uno vivo. Bueno, tal vez Trepp, que tiene influencia en el cielo.”

Goy, el estudiante, entretuvo sus últimos minutos en analizar aquella extraña sensación de estar rodeado por una bovedilla de cristal transparente. Los estallidos sonaban cercanos, casi sobre su cabeza, pero llegaban a sus oídos con el ligero tamiz de un muro invisible. “Debe ser la muerte, debo estar herido, tan grave que ya no siento nada.” Un obús estalló a medio metro de él y le cegó. Abrió la boca cuanto pudo, para evitar, al menos, que le saltaran los tímpanos.

Luego, con la misma violencia de muerte que había surgido, el bombardeo cesó. Ross se dio cuenta de ello al volver lentamente el silencio y disiparse el humo. Las explosiones se alejaban y, poco a poco, como fantasmas, seis hombres surgieron de entre la nube de polvo acre que les rodeaba. Daniev había vomitado su propia muerte y Gulian se palpaba todo el cuerpo, buscándose la herida mortal. Trepp temblaba de pies a cabeza y Goy miraba en torno suyo, sintiendo que aquella extraña sensación de estar bajo una bóveda desaparecía lentamente. Flesher, de rodillas, lloraba como un chiquillo. Ross le dio una patada:

– ¡Arriba, imbécil!… Vamos, a formar, seguimos camino…

Los seis hombres echaron a andar. Ross volvió a sumirse en sus pensamiento a la cabeza de la columna de resucitados. Sí, ahora era un héroe. Había resistido con sus hombres un bombardeo espantoso y no habían echado a correr. Los jefes se darían cuenta de su espíritu. Dentro de unos días le esperaban los nuevos galones.


***

– Cota 32, cota 32, cota 32, y a la cota 32 se llega por este caminillo de mierda que hace que las narices se llenen de polvo. ¿Quién me metería a mí a decir que sabía manejar una motocicleta? Podría haberme quedado en servicios auxiliares, o en cualquier otra cosa y ahora estaría tranquilamente pegando tiros o en el fondo de una lancha de desembarco o cualquier otro sitio, y no subido en este chisme y dedicado a ir de la Ceca a la Meca llevando papelitos que no lee nadie. ¡Enlace! Y pensar que me sonó a bonito, cuando me lo dijeron… Un casco, unas gafas polarizadas, una guerrera de cuero y un saco para la correspodencia… ¡Bueno, la verdad es que no puedo quejarme!… Unas maniobras duran dos días, o tres. ¡O una semana!… Pero el resto del tiempo, uno tiene su motocicleta y puede ir por ahí, o dedicarse a limpiarla y así librarse de cualquier otro servicio. Pero estos días… Por cierto, ¿cuándo me licencian?… A ver, me incorporé en febrero, estamos a julio, ¡calor!, suda uno debajo de esta chaqueta de cuero. Si estuviéramos en el frente de verdad, me la podría quitar, porque allí todo marcha manga por hombro y cada uno hace de su capa un sayo. Pero ahora… Julio, sí, cuatro meses, hasta dieciocho, van… Si el coronel se llega a dar cuenta de lo que tardo en echar una resta, me manda a la escuela como primera providencia y luego, ¡a saber!… Catorce, eso es, catorce meses más y… ¡hala, a casita! Buena falta está haciendo que se acabe todo esto. Padre no puede llevar él solo el taller y Bet es demasiado pequeña para echarle una mano… Y el caso es que yo debería haberlo alegado, cuando me hicieron aquellas preguntas. Sólo que entonces yo estaba demasiado harto de casa para… ¿Qué ruido es ese? ¡Tendría gracia que hubiera algún movimiento de tropas por este sector! Bien, si lo hay, apretaré el acelerador, y a ver qué capitán es capaz de detenerme. ¡Un momento, que soy el enlace y tengo que!… No, no es gente, debe de ser un coche, un jeep o algo… Si es eso, tendré que apartarme yo, aunque con estos taludes vamos a tener que hacer maniobra; un poco difícil lo veo… ¡Jo!… Vaya ruido para ser un jeep! A la vuelta de la esquina lo ve… ¡Dios!… ¡Un carro! ¡Un carro de combate y a ciegas y sin poderle decir que se pare ni poderme volver yo para alejarme!…

¡Ay, madre, papá, que me pilla, que no puedo subir la cuesta, que me resbalo y no voy a!… Soy enlace, y tendría que terminar el servicio… ¡Catorce meses!… Me aplasta, me aplasta, me aplasta, ¡Dios!…

No…

No puede ser…

Ha pasado por ¡encima! de mí sin rozarme… Tendría que haberme dejado hecho un sello de correos. ¡No!… He vomitado de miedo, la moto está destrozada… No puede ser. Ha aplastado la moto y luego se ha elevado sobre el suelo el espacio suficiente para no hacerme una papilla… No hay duda, las huellas se elevan por el aire, justo encima de mi cuerpo y… Seguro. Seguro que madre estaba rezando por mí…


***

Desde arriba, parece siempre que haya paz en la tierra. Desde arriba, las nubéculas de las explosiones son como flores en el paisaje árido y las balas trazadoras son puntos luminosos de unos fuegos de artificio inofensivos. Las lanchas de desembarco parecen yates de recreo y los cruceros, barquitas de pescadores puestas al pairo. El motor del helicóptero y sus aspas cortando el viento ahogaban cualquier otro ruido, el de las explosiones allá abajo y el de los supersónicos por encima de las cabezas. Por eso, cuando uno se acostumbra al ruido del motor, ese mismo ruido le parece silencio y ese silencio ruidoso apaga los demás ruidos, hasta hacer creer que uno flota en una nube.

Hacía un instante que se habían elevado en un simulacro de recogida de heridos en el frente de combate. El “herido” charlaba ahora con el radiotelegrafista y el “muerto” se había quedado dormido, después de una jornada incesante de ataques y sudor. El camillero había venido a sentarse junto al piloto y, juntos, miraban el apacible paisaje que se extendía quinientos metros por debajo de ellos.

– Se acabó por hoy, supongo…

El piloto miró al cielo:

– Vete a saber… Por de pronto, una ducha y que se chinchen los de tierra.

– Yo lo que tengo es sed… ¿Tú no, Tob?… -se volvió hacia el radio.

– Estoy más seco que un desierto de arena en agosto.

El “muerto” se levantó un poco y miró a través de los vendajes ficticios que le ocultaban casi todo el rostro.

– ¿Tenéis bar en los L. S. D.?

– El más surtido de toda la flota. Pero no sirven a los muertos. Está prohibido.

– ¿Pues qué hacéis con ellos?

– Los tiramos al agua.

– Menos mal. Yo soy muerto simbólico.

– Te echaremos simbólicamente, no te preocupes…

– ¡Callad! -gritó, de pronto, el piloto.

Todos se volvieron a mirarle. El piloto escuchaba atentamente el zumbido del motor, como si algo le hubiera alarmado.

– ¿Algo que no va bien?

– No sé… ¡Callad!

– Tú, no asustes, Bud… Ahora que íbamos a bañarnos…

Pero la broma del radio no tuvo efecto. Los demás seguían ansiosos, a quinientos metros sobre la tierra, los mínimos movimientos de un piloto alarmado. Por fin le vieron bufar.

– ¡Estos trastos!… Se descacharran en dos años.

– ¿Pero qué le pasa?

– No lo sé. Le falla algo…

El “muerto” se levantó de un salto de su camilla.

– Mi teniente, si quiere, yo salgo a ver qué pasa.

Pero nadie rió la broma. El “herido” y el camillero miraban la altura de vértigo a sus pies. De pronto, el zumbido del motor se convirtió en una tos convulsa y sobrevino el silencio. Los ojos de todos se volvieron a las aspas, que se habían detenido.

iAfuera!… -gritó el piloto, levantándose de su asiento y ajustándose el paracaídas. Pero, súbitamente, al volverse, se dio cuenta de que sólo la tripula ción poseía paracaídas. El “muerto” y el “herido” les miraban aterrados, como viendo ya la muerte ante sus ojos. Ese segundo de vacilación hizo sentir al piloto algo extrañísimo: el helicóptero no caía, ¡y tenía que estar cayendo! Seguía su rumbo como si el motor funcionase, aunque las aspas que le mantenían en el aire permanecieran inmóviles.

– ¡Un momento! ¿Qué es esto?

No habían perdido altura y el helicóptero se dirigía, solemne y silencioso, hacia el buque L. S. D. que tenía que albergarle.

Salieron a cubierta las unidades contra incendio y los equipos de camilleros, pero no hicieron falta ni unas ni otros. De un modo que nadie -y mucho menos el mismo piloto- logró explicar, el aparato voló quince kilómetros con los motores parados y sin perder un centímetro de altura.

Se encontraron luego cinco hombres en el bar del buque y brindaron por el feliz término de su aventura.

El “muerto” estaba pálido y nadie habría podido decir si esa palidez estaba causada por la presión de las vendas que tuvo que soportar o por el miedo que pasó en los quince kilómetros de vuelo hasta que el helicóptero aterrizó en la cubierta del barco.

– ¿Cómo lo consiguió usted, mi teniente?…

El piloto se encogió de hombros, miró al radio y se dio cuenta de que podía contar con él como cómplice.

– Bueno… Es cuestión de práctica…


***

Sonó la corneta, llamando a los hombres al rancho. Los hombres se distribuyeron en grupos de siete. Cada uno recibió su ración de pan y de vino del país, un plato frío y un postre. Cada grupo de siete recibió una lata de carne.

Siete hombres se sentaron tranquilamente debajo de unos olivos, dispuestos a consumir la comida. Estaban silenciosos, cansados del duro bregar desde la madrugada. Estaban cansados de tres días de dormir sobre colchonetas neumáticas con escapes que les obligaban a hincharlas dos o tres veces a lo largo de la noche. Tenían una hora de descanso. Luego seguiría la operación.

Lejos se escuchaban los estampidos de los cañones. Algunas unidades seguían el gran espectáculo de las maniobras.

Las manos endurecidas y sucias empuñaban las cucharas o los cuchillos. Las bocas se movían a buen ritmo y los siete hombres, perfectamente desconocidos unos para otros diez minutos antes, seguían siéndolo, quizá más, ahora. La lata de carne de siete raciones descansaba en medio del grupo y los ojos de cada uno, casi por orden riguroso y en espacios de tiempo medidos, se fijaban en el próximo objetivo.

El primero en terminar se levantó de la piedra donde había estado sentado. Las miradas de todos se fijaron en él por un instante.

– Bueno, si queréis yo mismo… ¿eh?…

Y acercó la mano al lugar donde debería haber estado la lata que un segundo antes todos habían visto… Pero la lata había desaparecido.

– ¿Quién ha sido? -dijo el hambriento, mirando a todos con mirada de lobo.

No había sido nadie y cualquiera lo habría podido demostrar, porque cualquiera tendría que haberse puesto en pie para alcanzar la lata y todos habían permanecido sentados.

Simplemente, una lata de carne de siete raciones había desaparecido.


***

El sargento Carlyn había nacido para hombre de mar, aunque las circunstancias le habían limitado a pertenecer a la Infantería de Marina. Pero, cuando se encontraba de pie en la popa de un lanchón de desembarco se sentía, por lo menos, tan lobo marino como el legendario capitán Kidd. Presumía de conocer los vientos, pero tenía en cambio la imaginación opturada para los puntos cardinales. Consecuencia: que jamás acertaba cuando a un soplo de aire lo llamaba alisio o monzón. Claro que esto no le impedía gritar mentalmente: ¡ al abordaje! cada vez que el lanchón tocaba tierra con los bajos y se abrían las compuertas para vomitar hombres armados sobre las playas.

Ahora, arrostrando las olas y el mar que él llamaba encrespado, a veinticinco kilómetros del barco más próximo, el sargento Carlyn era nuevamente el comandante del buque, nombre que él daba al lanchón siempre que lo mandaba. Nueve hombres cansados se habían tumbado en el fondo y se dejaban balancear por las olas, contentos de tener siquiera media hora de descanso antes de comenzar de nuevo. Sobre sus cabezas cruzaban rápidos los cazas reactores y, dominando de vez en vez el rumor del mar, se escuchaban lejanos estampidos de los cañones antiaéreos, detrás de las colinas que había junto a la playa.

La guerra. La guerra y el mar. La felicidad absoluta para el sargento Carlyn, aunque el mar fuera sólo un golfo tranquilo y la guerra tan de mentirijillas como aquella.

– Sargento -llamó soñoliento uno de los hombres. Y Carlyn deseó, al menos, ser llamado general. ¡Si era él el comandante de aquella fuerza! Incluso se sintió paternal.

– ¿Qué hay, muchacho?

– Esto, que hace agua…

Carlyn miró el fondo del lanchón. Había una capa de agua de algunos centímetros. Fue como un descubrimiento. Los demás hombres se dieron entonces cuenta de que, efectivamente, se estaban mojando, aunque el calor sólo había hecho, hasta entonces, que sintieran agradable el frescorcillo del agua empapándoles las espaldas.

El sargento descendió de su puesto de mando e inspeccionó el piso de la nave. El agua, antes de que descubriera el agujero, le cubría casi las botas.

– ¿ Dónde hay bombas de achique? -preguntó uno de los hombres.

– ¿Bombas? Aquí no hay de eso… ¡Con los cascos!

Los nueve hombres, sin encomendarse al sargento, se quitaron los cascos de combate y comenzaron a tirar el agua por la borda. Sólo que entraba mucha más de la que podían achicar. Antes de cinco minutos, el lanchón corría serio peligro de zozobra. Carlyn miró en torno suyo. Los barcos más próximos se encontraban a más de veinte kilómetros todavía. Con la esperanza de contribuir en algo a aquello, se quitó la guerrera y trató de taponar con ella el agujero que -¿cómo podría haberse producido?- se abría en el fondo del lanchón.

«No llegaremos, no llegaremos… Y esta gente no podrá nadar hasta ninguno de los barcos. Se ahogarán»…

Ni él mismo se planteaba la terrible realidad de que tampoco él, el lobo marino, era capaz de nadar cuatro brazadas sin sentirse rendido. Pero, de pronto, se dio cuenta. No, no era solamente la vida de los muchachos, ¡era la suya propia! La distancia que tendría que vencer a nado se le apareció súbitamente como espantosa, insalvable, como un agujero hondo de miles de metros de profundidad, un abismo en el que estaba a punto de caer.

Con el agua cubriéndole las rodillas, se detuvo un segundo en el trabajo de achique. Aquello era tan inútil como echar en una trilladora el trigo grano a grano, espiga a espiga. No, no llegarían.

Los motores se detuvieron, anegados por el agua. Carlyn sintió que la sangre comenzaba a bandonar su corazón a chorros, dejándolo seco. La garganta estaba seca. Y sus piernas hundidas en el agua hasta… ¡hasta los muslos!

– ¡Sal… Sálvese quien pueda!… -gritó. Y se subió como un poseso a la borda, dispuesto a lanzarse al agua… a lo que fuera, a morir más rápidamente, a tragar agua para aquella garganta reseca.

El pánico cundió. Tres hombres lograron lanzarse al aguia antes de que el sargento se decidiera. Trataban de vencer a las olas con unas brazadas torponas que sólo servían para hacerles tragar más agua de la que su estómago podía soportar. No habían logrado apartarse más de una decena de metros del lanchen a la deriva, medio hundido, cuando se oyó la voz:

– ¡Eh, un momento!… Que se va el agua. ¡Volved!…

El sargento Carlyn, que todavía no se había decidido a saltar, encomendándose a los dioses del mar cuyos nombres nunca recordaba, se volvió. Y lo que pudieron ver sus ojos lo desmintió su inteligencia embotada por el pánico. El mismo agujero que había estado dejando entrar el agua la sorbía ahora con un torbellino, vaciando el lanchón más rápidamente de lo que lo había llenado, como el agua tragada por el desagüe.

– ¡No!… ¡No es posible!…

Y, sin embargo, lo era. Tan posible como aquella dulce realidad del motor del lanchón que volvió a ponerse en marcha cuando dejó de anegarlo el agua. Tan verdad como aquella visión antinatural del agua vista a través del espantoso agujero, como si súbitamente un grueso cristal invisible lo hubiera taponado por arte de magia.

Carlyn lo pensó luego, con su habitual lentitud de pensamiento. Sí, debía de ser eso, magia. La magia de los dioses del mar a los que se habían encomendado. Indudablemente, Carlyn era considerado por ellos como digno de los mismos milagros que ayudaban a los lobos de mar. Así lo explicó a sus muchachos, cuando todos estuvieron de nuevo sobre el lanchón y, naturalmente, nunca vio las sonrisas que se lanzaban unos a otros a través de sus rostros pálidos de miedo. Nunca lo vio porque había vuelto a tomar su puesto de comandante del buque y estaba demasiado alto para fijarse en minucias.


***

– ¡Las coordenadas!… ¡¡Las coordenadas!!… -gritó fuera de sí el capitán Hals a los artilleros de la batería-. ¡Ni un impacto en el objetivo! ¿ Pero es que no saben ustedes calcular, cuando se les da las coordenadas de un objetivo?… ¡A ver, los artilleros jefes de cada pieza!… ¡Aquí!

Cinco hombres llegaron corriendo en la incierta luz de la tarde y se cuadraron en fila ante el capitán.

– ¡Sus cálculos!… ¡Rápido!… Les di órdenes concretas de batir la cota 13-A-5. ¡La 13-A-5, me entienden!… Y todos los impactos están situados tres kilómetros a la derecha… ¡Vamos, los cálculos!…

Los cinco artilleros tendieron al capitán las tablillas de cálculo. El capitán Hals las observó una por una, tratando de encontrar inmediatamente el error que hacía que las cinco piezas de la batería se desviasen tres kilómetros a la derecha del objetivo. Pero los cálculos parecían ser totalmente correctos. El capitán tardó un instante en darse cuenta de que allí no había error alguno. Les devolvió las tablillas de cálculo a los artilleros y quedó pensativo.

– Bien… No parece que haya error y, sin embargo… -Meditó la orden tres segundos exactamente-. ¡Coloquen una carga de proyectiles trazadores!

Los artilleros corrieron a sus puestos. Dos minutos después, los cinco se cuadraban en la distancia, indicando que las órdenes habían sido cumplidas.

– ¡Fuego!… -ordenó el capitán.

Los cinco cañones de la batería rugieron y las balas trazadoras señalaron con su surco la trayectoria, en línea recta hacia la cota 13-A-5… para desviarse en ángulo recto, contra toda lógica, cien metros antes de caer sobre el objetivo. Las explosiones se registraron, como las veces anteriores, tres kilómetros a la derecha de la cota.

El capitán Hals se rascó la cabeza. No, no cabía pensar. Las cosas eran así y no cabía discusión. Pero eso le removía los intestinos. Gritó:

– ¡Calculen un objetivo tres kilómetros a la izquierda de la cota!…

Tres minutos más y los artilleros habían emplazado las bocas de los cañones.

– ¡Fuego!…

Las balas trazadoras marcaron su surco en el cielo entre estampidos de la batería. Y, justo como había ocurrido anteriormente, cien metros antes de llegar al objetivo, se desviaron limpiamente en ángulo recto… para caer seis kilómetros a la derecha, es decir, como antes, tres kilómetros a la derecha de la cota 13-A5.

La cota 13-A-5 se llamaba normalmente la colina del Águila. Y al abrigo de unos matorrales se encontraban gozando del frescor de la tarde los tres muchachos de Servicios Auxiliares y su jeep. Stele, el más joven de los tres, se desperezó y bostezó ruidosamente:

– ¿Qué, nos vamos? El teniente debe de estar esperándonos desde hace una hora…

– Espera un poco, hombre -musitó entre sueños Pigger.

– Tú, que a lo mejor se da cuenta y nos la cargamos…

– Bueno, anda, vamonos…

Despacio, como si las piernas les pesasen una tonelada, los tres hombres subieron al jeep. Pigger lo puso en marcha, chascando la lengua reseca.

– En cuanto me licencien, me dedico a no tocar un automóvil en lo que me queda de vida… ¡Jurado!

El jeep se alejó colina abajo.

Tres minutos después, la batería alcanzó por fin el objetivo señalado por el mando. La cota 13-A-5 quedó convertida en una criba.


***

Sobre el mar, los cazas reactores se deslizaban a quince mil metros de altura y a dos veces la velocidad del sonido. El MA-67 volaba en línea recta de este a oeste. El sonido quedaba atrás y el piloto contemplaba el cielo del atardecer sobre su cabeza. Era un poeta. Se llamaba Praxer.

De pronto distinguió algo con una claridad que a él mismo le sorprendió. Dos o trescientos metros sobre el avión se deslizaba silenciosamente un platillo volante. Nunca lo había visto y jamás nadie le había hecho creer en platillos. Pero ahora no cabía duda. ¡Era un platillo, un platillo de verdad!… La N. A. S. A. le premiaría si lograba…

– ¡Wad!… ¡¡Wa!!

– Dime…

– La máquina… ¿Has traído la máquina fotográfica?

– ¿A dónde?… ¡Tú estás loco!… ¿A unas maniobras una máquina fotográfica?

– ¡Mira!…

El radio miró hacia lo alto, hacia donde señalaba Praxer. Los dos se extasiaron en la contemplación del platillo durante dos segundos y tres décimas.

A la cuarta décima de segundo sobrevino el choque. Se estrellaron en pleno vuelo contra un bombardero tipo WTX-34 con doce hombres a bordo, que volaba sobre las mismas coordenadas en dirección oeste a este.

Catorce hombres perdieron la vida, instantáneamente. Los dos monstruos del aire, convertidos en un amasijo informe de chatarra, se precipitaron ardiendo contra el suelo.

Y no hubo cuatro víctimas más porque, cien metros antes de alcanzar el suelo, una violenta corriente de aire desvió los restos carbonizados a cinco kilómetros del puesto de mando desde el que el propio almirante Badel dirigía las operaciones con sus tres ayudantes de campo.


***

Se abrió la esclusa de la nave estelar y apareció en el umbral la silueta verdosa e iridiscente del contramaestre Prtt. El contramaestre agitó los pedúnculos en señal de respeto.

– Misión cumplida, profesor Trrf.

El profesor Trrf se incorporó de su yintsa y contrajo satisfecho los bulbos olfatorios.

– ¿Hubo dificultades, contramaestre?

El contramaestre hizo un ademán, asintiendo con sus antenas retráctiles. Se deslizó silenciosamente hacia el profesor y se dejó caer sobre la sulwimak que había frente a la escotilla.

– Bastantes… Hubo que recurrir a la ionización y a toda la energía antigravitatoria disponible… Pero lo más difícil fue localizar la lata de alimentos podrida. ¡Ni siquiera la visión esplónica de Wllt consiguió atravesar el metal oxidado!

Guardó silencio y la iridiscencia le disminuyó con la relajación. El profesor dio una vuelta en torno a él, respetuoso con su cansancio. El mismo le libró de los pesados xutros antes de decirle:

– Bien, Prrt… Ha hecho casi un buen trabajo…

El contramaestre bajó sorprendido sus anillos.

– ¿Casi, profesor?

– Casi, amigo… No le dije nada, porque no podía decírselo. Pero su misión era doble… Salvar a esos pobres terrestres era sólo una parte. La otra era eliminar a los que estuvieron a punto de llevarles a la muerte… ¡Y esos seres siguen vivos!…

El profesor meditó un momento y se le hincharon las agallas mientras aspiraba ávidamente el fresco metano de la atmósfera de la nave.

– ¡En fin!-… Habrá que esperar a otra ocasión…

Tres cuadrantes después, a velocidad superlumínica, la nave espacial abandonaba la atmósfera del Planeta Guerrero y se perdía en el hiperespacio. Los únicos hombres que lograron distinguirla estaban convertidos en haces de carbón retorcido y ya se había pasado aviso a sus familiares de la heroica muerte que sufrieron. ¡Muertos en acto de servicio por la Paz de la Tierra!…


LOS ADIVINOS

<p>LOS ADIVINOS</p>

Seis años habían tardado, pero allí estaba.

Seis años de prisas frenéticas, de continuos cálculos, de pruebas sin fin; seis años de agotamiento. Y todo aquello, ¿para qué? El ingeniero Pragüe se limpió el sudor que le bañaba el rostro, después de la noche pasada en vela ajustando las últimas series de transistores en el nuevo computador. Levantó los ojos cansados hacia su ayudante, que verificaba las pruebas finales y dejaba vagar la mirada mortecina de unas luces a otras, de las cintas magnéticas a las memorias, a los circuitos de transistores, a los termostatos.

– ¿Todo en orden? -le preguntó.

– Eso parece, al menos.

– ¿Ha telefoneado?

– ¿Quién, el profesor? -sonrió Dugall a través de su sueño invencible-. Hace apenas diez minutos. Estaba nervioso.

Pragüe se encogió de hombros. Ya estaba acostumbrado. Desde la primera visita al profesor, seis años atrás, el nerviosismo constante había sido la tónica que había distinguido al viejo catedrático. Tal vez a causa de ese nerviosismo le habrían hecho caso en los organismos gubernamentales cuando había exigido perentoriamente que le fuera facilitada una máquina computadora especial y que ésta fuera instalada en los sótanos del Instituto de Historiografía.

El Gobierno había hablado con la Casa. Y la Casa había designado a Pragüe para que fuera a entrevistarse con el profesor Granz.

¡Nervioso!… ¡Si lo sabría él!…

– ¿Sólo nervioso? -preguntó.

– Bueno, quiero decir… Mucho más que de ordinario. Parecía que le iba a faltar tiempo, no sé… Dijo, que estaría aquí a las nueve en punto, pero que si podía venir antes…

– Le dirías que no, claro.

– ¡Por supuesto!

Tenían media hora. Media hora durante la cual no serían molestados absolutamente por nadie. Porque a aquel sótano del Instituto de Historiografía únicamente tenían acceso cuatro personas: él y su ayudante, el profesor Granz y el mismísimo Ministro de Defensa.

Pragüe se había preguntado muchas veces por qué. Tuvo seis años por delante para preguntárselo y, a lo largo de esos años, encontró centenares de soluciones posibles y aun probables. Pero, con la mano en el corazón, ninguna de ellas llegaba a convencerle. Eran demasiado inútiles, demasiado infantiles, demasiado faltas de ese interés táctico que suponía el hecho de que el propio ministro de la Defensa tuviera acceso -él y no otra persona- a los sótanos del Instituto. En realidad, Pragüe tenía motivos para estar desolado porque, al cabo de seis años de trabajar constantemente en la construcción de la más poderosa computadora electrónica existente hasta el momento, no sabía de ella más de lo que supo el primer día, cuando fue a ver al profesor Granz a su destartalado despacho de la Universidad Autónoma, donde actuaba como una especie de dictador. En la Casa le habían advertido:

– Lleva cuidado con él. Tiene más agallas que un pez. Y nos ha venido muy recomendado. No hagas una de las tuyas.

Pragüe estaba considerado en la Casa como el ingeniero más capaz entre los que trabajaban allí. Y eso significaba que era también uno de los ingenieros más capaces del país, porque la Casa pagaba sueldos lo suficientemente importantes para proporcionarse las cabezas más privilegiadas. Pero todo el mundo sabe cómo la mente de un ingeniero y la de un historiador son casi tan dispares como la de dos habitantes de polos opuestos en la Tierra. Por eso el Jefe, aun confiando plenamente en la capacidad de Pragüe, se permitió el lujo de hacerle unas advertencias que, al principio, le parecieron inútiles al propio ingeniero.

– No le contradigas, ni te esfuerces en demostrarle que no sabe nada de computadoras. Probablemente tendrás razón, pero nos estamos jugando algo que creo que va a ser bastante importante. Y no olvides que, a pesar de todo, la competencia aún no ha desaparecido.

Con esas recomendaciones, Pragüe había llegado un poco cohibido al despacho del profesor Granz. Por supuesto, los pasillos inhóspitos y la falta de luz contribuyeron a bajar su ánimo a la altura de los talones, mientras se acercaba al lugar donde los ujieres la indicaron que se encontraban los dominios del Viejo. Prague se preguntaba por qué las facultades de historia seguirían aferradas a los viejos edificios que las habían albergado cien años antes. Era como si la historia necesitase de polvo y miasmas para subsistir o para tener todavía una vigencia en medio de una sociedad que había evolucionado hasta el punto de volver el calcetín de las costumbres del revés. Las palabras ampulosas de antaño se habían olvidado y las antiguas guerras eran apenas un capítulo intrascendente en las historietas animadas que presentaba la televisión para esparcimiento de los chicos los domingos por la tarde.

Delante de Pragüe se levantaba una puerta enorme, de cedro. Un ujier que debía de tener pasada la edad de la jubilación se le acercó de puntillas.

– ¿El profesor Granz? -preguntó Pragüe, e inmediatamente se dio cuenta de que había hablado demasiado alto, que en aquel antro había que hablar en un susurro. El ujier abrió los ojos como asustado y murmuró en voz baja:

– ¿Le espera?…

– Creo que sí -bajó la voz hasta hacerla casi inaudible y le entregó su tarjeta.

El ujier desapareció tras una cortina, moviendo lentamente la cabeza y pasó un largo instante antes de que se abriera el portón de cedro y apareciese de nuevo su rostro asustado por el respeto y una mano cuyo índice le hacía señas para que pasase al interior.

Pragüe entró en el sancta sanctorum. Al principio no vio más que libros y polvo por todas partes. En aquel lugar no había entrado un aspirador desde épocas remotas. ¡Qué diferencia con la Casa, donde los ventanales comían el espacio a las paredes y donde no se filtraba ni un átomo de suciedad!

Cuando los ojos de Pragüe se acostumbraron a la falta de luz, distinguió una mesa al fondo y, sentado detrás de ella, al profesor Granz, encaramado casi en su sillón y haciéndole señas nerviosas con los brazos, mientras casi le gritaba:

– ¡Vamos, pase, no se quede ahí asustado!…

Pragüe hizo un esfuerzo y se acercó con la mano tendida al profesor. Pero Granz no pareció verla. Acercaba sus ojillos miopes a la tarjeta y, con la otra mano, le hacía señas perentorias para que tomase asiento en la silla desvencijada que estaba al otro lado de la mesa. Pragüe, convencido de que se hallaba ante un perfecto grosero, tomó asiento y esperó. Granz levantó la cabeza de pelos desordenados y fijó por fin su mirada en él, como si quisiera traspasarle:

– Ingeniero Pragüe, ¿no?…

– Sí, profesor. Me envían…

– ¡Ya sé, ya sé!… -Interrumpió Granz. Pragüe decidió callar hasta que le preguntaran. Tuvo que soportar aún un momento la mirada escrutadora de Granz, que terminó sonriendo con una sonrisa que a Pragüe le pareció aún más grosera que la inspección ocular que la había precedido. Decidió contener sus deseos de salir corriendo de allí, pero no pudo evitar removerse inquieto en la silla. Granz pareció adivinar sus pensamientos:

– Respira usted mal aquí, ¿eh?…

– No…

– Y, además, miente… -le interrumpió de nuevo. Pragüe dio un salto en su asiento, poniéndose de pies.

– Profesor, he venido aquí porque me han rogado en la Casa que lo hiciera. Pero soportar sus…

– ¡Bah, bah, bah!… Vamos, siéntese y no siga diciendo tonterías. Si vamos a trabajar juntos, mejor será que aprenda a soportarme.

Pragüe se dejó caer de nuevo en la silla, asombrado.

– ¿Trabajar juntos?

– No se lo imaginaba usted, ¿verdad?…

– Pues, la verdad, yo…

– No creía usted que fuera posible que un profesor de historia y un ingeniero electrónico pudieran colaborar. ¡Bien! Pues vaya haciéndose a la idea. Y no me hable en términos técnicos de los que emplean ustedes, porque me obligará a emplear términos de los míos y no llegaríamos a entendernos nunca.

El ingeniero se reclinó todo lo que su silla le permitía, dispuesto a todo y ya riéndose para sus adentros.

– Usted dirá entonces, profesor.

– Muy bien. Vamos a ver, ustedes construyen cerebros electrónicos, ¿no es eso?

– Sí, señor. Sólo que los llamamos computadoras.

– Cerebros. ¿Y cómo funcionan?

Pragüe estuvo a punto de saltar nuevamente en su silla. ¡Un profesor de historia pretendía saber cómo funcionaba una computadora! Aquello era…

– Le parece a usted absurda la pregunta, ¿verdad?… No, no pretendo que me cuente usted ningún secreto. Sólo quiero saber, a ojo de buen cubero, su fundamento. -Se detuvo y, al ver dudar todavía a Pragüe, sus manos se movieron nerviosas sobre la mesa llena hasta rebosar de papeles polvorientos-. ¡Se lo aclararé! No crea que soy tan ignorante… en la materia que usted domina. Esos cerebros almacenan datos, ¿no es así?

– En cierto sentido, sí…

– ¿Las almacenan, sí o no? -casi gritó Granz.

– Bien… Sí, los almacenan.

– ¿Cuántos?

– Depende de su potencia, de su memoria.

– Los más potentes.

– Unos treinta mil.

El profesor apartó su mirada del ingeniero y la fijó ante sí, en la mesa, pensativo durante un instante. Luego, más para él mismo que dirigiéndose a su interlocutor, murmuró:

– Me lo figuraba… -E inmediatamente volvió los ojos hacia Pragüe de nuevo, para añadir, con una seguridad temeraria: -Habrá que construir otro mucho más potente…

Pragüe estaba decidido a no dejarse asustar por nada. Y así reaccionó ante las nerviosas palabras del viejo profesor con una pregunta tajante:

– ¿Cuántos más?

– Unos cinco millones.

Aquello era demasiado, incluso para una conciencia como la de Pragüe, que se había preparado a escucharlo todo sin pestañear.

– ¡Eso es imposible!

– Ah, de modo que ustedes también tienen límites -sonrió el viejo Granz.

– Profesor… -Pragüe respiró tres veces antes de continuar hablando-. Si una calculadora con capacidad para cinco millones de datos fuera necesaria, nosotros la habríamos construido. Pero eso…

– ¿Cómo dijo?… ¿Que la habrían construido si fuera necesaria?… ¡Pues por eso precisamente está usted aquí!… Porque ahora es necesaria. ¡Y mucho!

– ¿Para qué? -preguntó Pragüe, sin comprender.

– Para meter en ella toda la Historia. Día a día. Desde aproximadamente el año diez mil antes de Jesucristo. Exactamente… exactamente… -se puso a revolver entre los papeles, levantando volutas de polvo que se fijaban al rayo de sol que entraba por la ventana que había tras él. Finalmente sacó una hoja llena de números y leyó: -Exactamente cuatro millones, trescientos setenta y cuatro mil, doscientos setenta y seis días, que son los que en el Instituto de Historiografía hemos llegado a clasificar.

– ¿Día a día?

– Y casi hora a hora, señor ingeniero.

Pragüe tragó saliva. De pronto saltaron por su imaginación las horas inútiles pasadas por los historiadores para hacer aquella labor de chinos, tan minuciosa como innecesaria. ¡Y ahora querían que todo aquello fuera registrado por la memoria de una computadora que ni siquiera existía, que costaría millones, decenas de millones y el esfuerzo de días y meses continuos de un trabajo que podría ser empleado en cosas realmente útiles! Y todo…

– ¿Para qué?

Granz sonrió nervioso detrás de sus gafas, apartó el papel que aún sostenía entre sus dedos temblorosos y susurró:

– Señor ingeniero Pragüe… ¿Le he preguntado yo acaso cómo funcionan sus cerebros electrónicos? ¿He tratado de meterme en el terreno de ustedes? Yo sólo le he preguntado si eso es posible. No se preocupe de lo que cueste ni de su utilidad. El presupuesto es cosa del Gobierno. Su utilidad es cosa mía.

De modo que en aquello intervenía el Gobierno. Pragüe comenzó a sufrir los días de mayor confusión mental de toda su vida. Pasaba por la locura de que todo un equipo de historiadores hubieran desempolvado archivos y manuscritos hasta saber lo que ocurrió día a día desde doce mil años antes. Pasaba por la locura de que, luego, hubieran tenido la humorada de meter todo aquel material en una computadora. Pasaba incluso por la idea de que los historiadores considerasen su labor como digna de la mayor atención. ¡Pero que el propio Gobierno les respaldase con un presupuesto cien veces superior a lo que nunca habían gastado en sus cálculos comerciales, en sus estadísticas y en sus presupuestos de defensa!… Sinceramente, todo aquello estaba muy por encima de su capacidad de comprensión.

– Sin embargo, esa es la realidad y tendrás que plegarte a ella -le dijo el Jefe-. Ya han estado aquí los secretarios del ministerio de Defensa y nos han dado carta blanca. La máquina ha de ser construida. ¿Cuánto tardarás en diseñarla?

Pragüe no se había formulado esa pregunta. Pensó que todo quedaría en nada después de su entrevista con el profesor Granz y había dejado que el tiempo borrase las locuras del viejo. Pero ahora, apenas tres días después de su visita a la Universidad Autónoma, la realidad estaba allí, con su magnitud de locura que -lo estaba comprobando- se había convertido en una demencia colectiva en la que incluso el Gobierno estaba implicado. Y el Jefe, al que precisamente ahora tenía que contestar.

– Bien… Por lo menos diez meses.

– ¿Y en construirla? Piensa que solamente vas a tener un ayudante.

– ¿Por qué?

– Ordenes del Gobierno.

– ¡Jefe, esto es demasiado! Yo no…

– Déjate, Pragüe, no hay lugar a discusión. Esas son las órdenes y hay que plegarse a ellas. Decías que diez meses para diseñarla… ¿Y para construirla e instalarla?

Pragüe se sintió súbitamente vencido.

– Por lo menos… cuatro años.

– Está bien. Comienza a contar el tiempo a partir de este momento. Y acórtalo todo lo posible.

– ¿Acortarlo? Eso es pedir peras al olmo. Vamos a quemar etapas, ¿no te das cuenta?… Vamos a construir una máquina que, de haber estado en nuestros cálculos, no nos habría sido necesaria hasta dentro de un centenar de años. Y ahora ¡hay que hacerla… de la nada!

– Mira, Pragüe -dijo el Jefe, con toda su paciencia-. El Gobierno paga, ¿no es eso?… Y el que paga exige.

– Pero cuando quien exige es un loco de atar…

– Te refieres a ese Granz, claro…

– ¿Y a quién si no?

– Granz será tan loco como tú dices, pero te aseguro que nunca he oído hablar de nadie con tanto respeto como de él en boca de los delegados del ministerio.


***

– ¡Dugall!…

El ayudante apareció con ojos soñolientos por detrás del cuerpo principal de la monstruosa calculadora. Pragüe agitaba su reloj de pulsera, que se había detenido durante la noche. Desde donde estaba no alcanzaba a ver el cronógrafo electrónico.

– ¿Qué hora es? Este maldito se me ha…

– Las nueve menos veinte. Aún tenemos un rato de tranquilidad hasta que aparezca el abuelo.

Sí, un rato de tranquilidad todavía hasta las nueve. El profesor Granz no se retrasaría. Imposible que se retrasase. No lo había hecho nunca y no iba a hacerlo hoy, precisamente el día en que la computadora estaba a punto, después de seis años de trabajo.

– Debiste decirle que no estaría listo hasta mañana…

– Si usted me hubiera advertido…

– Claro…

No lo había advertido, desde luego. Y había hecho mal, muy mal. Porque el profesor Granz llegaría puntual y habría que ponerse inmediatamente al trabajo. ¿A qué trabajo? Pragüe no lo sabía, aun después de haber estado trabajando durante seis años en aquel monstruo que se había convertido en la pesadilla de su existencia.

Pero hoy… ¡precisamente hoy!… Tenía que ver a Kunner en el bar de Las Columnas, a las diez. Estaba prevista la reunión y, si Granz quería comenzar con el trabajo inmeditamente, no habría modo de llegar a tiempo. No, no llegaría y tenía que llegar, ¡como fuera! Porque hoy, Kunner había citado a todos para algo tan importante que la falta de uno solo de ellos podría llevar al fracaso de todos los planes que habían ido forjando con tanta paciencia.

La existencia de Kunner en la vida de Pragüe iba ligada a la lenta construcción de la computadora. De hecho, tal vez Kunner no habría significado nada sin aquel trabajo, sin aquella continua dedicación a lo inútil durante seis años.

Kunner había surgido de la nada. Había aparecido como una consecuencia lógica del vacío mental que se originó poco a poco en Prague desde que tuvo que aceptar, sin posibilidad de restricciones, el encargo de diseñar y construir el ordenador.

Eran ya meses y meses de cálculos incesantes. Meses enteros de estar casi a término y de volver a empezar, gracias a los “profundos” conocimientos matemáticos de Granz. Meses de conversaciones telúricas con el historiador, que parecía cambiar de opinión a cada día que transcurría. Porque, lo que en un principio se había planteado como una calculadora con una memoria de unos cinco millones de datos, luego tuvo que ser ampliado a más de diez millones, a medida que Granz especificaba qué era lo que quería meter en la memoria electrónica.

– Sí, señor Pragüe, naturalmente, cada día… ¡y lo que sucedió cada uno de esos días!… ¡Y dónde sucedió! ¿Pero no se da cuenta? Es lógico, me parece a mí. Un día, en sí, como tal fecha, no significa nada. Pero un día en que ocurre una cosa en un lugar determiando de la tierra… ¡ese día tiene una importancia fundamental, llámese anteayer o el veintiuno de octubre de 1563!…

Fueron diez meses durante los cuales Pragüe estuvo a punto de volverse loco. Diez meses de hacer y deshacer. Y todo a marchas forzadas, trabajando veinte horas al día y con la conciencia fija en la total inutilidad de aquel trabajo de titanes.

Pragüe comenzó a abandonar a su familia. Pasaba los días y las noches junto a las calculadoras, buscando datos y cifras con las que construir el nuevo monstruo que iba a salir de sus manos, cambiando continuamente de ayudantes, porque ninguno rendía lo bastante como para servirle de colaborador único, aquel colaborador único que tendría que estar con él a partir del momento en que cada uno de aquellos números, de aquellas medidas, tuviera que convertirse en un objeto: en una cinta magnética, en un circuito de transistores, en un elemento de la colosal memoria electrónica que habría de instalarse en un lugar que, por el momento, permanecía aún para él en el más absoluto secreto.

El secreto: eso era lo más horrible, lo más endemoniadamente enloquecedor. Porque en los días que siguieron a la conversación primera con Granz, fue la entrevista con el mismo ministro de Defensa, que le llamó a su despacho y le habló. Sí, le habló, porque él, Pragüe, no había tenido ocasión de decir nada ante el imponente ministro.

– Supongo que se da usted cuenta, señor Pragüe… Este trabajo exige el más riguroso secreto por parte de usted… -¿por qué, por qué riguroso secreto en torno a la más monumental locura de la Humanidad? -Todos sus cálculos deberán estar hechos sin copia… cada día, al término de su trabajo, tendrá usted a su disposición una caja acorazada donde guardará hasta el día siguiente toda la labor, ¿me entiende?

¡Naturalmente que le entendía!… Del mismo modo que entendía que estaba sumergido en un universo de locos integrales, como si la locura de un profesor aquejado de demencia senil se hubiera contagiado hasta las más altas esferas del Gobierno. Pero él, por lo visto, no era nadie, aunque en su fuero interno tuviese la convicción absoluta de que, en realidad, era el único cuerdo entre todos cuantos estaban constantemente a su alrededor.

Luego -y esto constituyó la parte peor y más absurda de toda aquella sucesión de incoherencias -vino la seguridad absoluta de ser vigilado. Cada mañana, al entrar en su estudio de trabajo, encontraba gente nueva en la antesala. Gente que fingía trabajar y que, en realidad, estaba allí para controlarle cada paso, cada mirada, cada movimiento que hacía. Por las calles, su automóvil era seguido siempre por otro, cada vez distinto. Poco a poco, supo que sus ayudantes, los ayudantes que había ido desechando por ineficaces, eran detenidos. Uno fue encontrado borracho a altas horas de la madrugada. Anteriormente, había sido un muchacho absolutamente abstemio. Otro fue acusado de proxenetismo, y Pragüe creía recordar haberle conocido siempre rodeado de las muchachas más bonitas de la Casa. A un tercero, precisamente el que entró a trabajar con él con las máximas garantías de honradez, parece ser que le descubrieron robando en un apartamento. Lo cierto es que todos, a medida que Pragüe los iba desechando por ineficaces, desaparecían de la circulación como si la tierra los hubiera tragado. Dándose cuenta de que aquellas detenciones eran intencionadas, Pragüe decidió conservar a toda costa a Dugall, el último ayudante que le había sido encomendado, aunque se daba cuenta de que no iba a ser tan eficaz como habría sido necesario en aquel trabajo.

Una mañana, Dugall -estaban entonces por su sexto mes de trabajo y el muchacho colaboraba con él desde unas tres semanas atrás- llegó un poco tarde al estudio. Venía pálido y asustado.

– Perdóneme, señor Pragüe -le dijo con voz entrecortada-, pero no me han soltado hasta ahora.

– ¿Soltado? ¿Quién?

– No lo sé. Del Ministerio de Justicia, por lo visto. Vinieron anoche a buscarme a casa. Me han preguntado… todo.

– ¿Todo?…

– ¡Sí, todo!… Algo así como si hubieran sido siquiatras, no sé… O como si yo fuera un criminal sospechoso. Luego, al soltarme, me han recomendado que no dijera nada, pero yo creo que, a usted al menos…

Otro día, al regresar a su casa casi de madrugada, después de haber estado trabajando durante todo el día, Ida, su esposa, le confirmó que habían estado allí también.

– Fueron muy correctos, eso sí -le dijo ella, aún atemorizada-. Pero lo han querido ver todo, hasta tu agenda con las direcciones de nuestros amigos. Han tomado nota de todo cuanto les dije… y han fotografiado cada papel de tu escritorio.

Pragüe estalló. Pasaba por todo, aun a riesgos de que le tomasen por tan loco como aquellos para quienes estaba trabajando. Por todo, menos por ser objeto de la constante vigilancia y la sospecha. Renunciaría, ¡vaya si lo iba a hacer! No estaba dispuesto a sentirse prisionero de una locura y consentir además que los locos le gobernasen a él e hicieran de él cuanto quisieran.

Al día siguiente, en lugar de dirigirse a su trabajo, se encaminó -siempre perseguido por otro automóvil- a la Universidad Autónoma. Atravesó los pasillos sin darse cuenta de que otros pasos le seguían, y entró en el despacho de Granz sin dar tiempo al ujier para anunciarle. El viejo profesor pareció sorprendido al verle.

– Caramba, el ingeniero Pragüe… No esperaba su visita, de veras… ¿Alguna dificultad?

– Ninguna, profesor. Salvo que renuncio.

Granz no pareció comprender. Se le quedó mirando con su sempiterna sonrisa nerviosa.

– ¿Por qué?

– Porque no estoy dispuesto a ser tratado como un sospechoso, profesor. Porque además estoy totalmente convencido de la inutilidad de este encargo, ¿me entiende? y porque no sé a dónde quieren ir ustedes a parar.

Granz pareció calmarse súbitamente.

– ¡Ah, era eso!… Oiga, Pragüe… ¿Saben sus manos por qué hacen lo que su cerebro les ordena? No, ¿verdad?… Lo hacen porque tienen que hacerlo, sin preguntarse el porqué…

– Pero yo no soy unas manos en este caso.

– No se ofenda, era un símil.

– Un sofisma. Ustedes aún los emplean, por lo visto, pero, para mí, ya no sirven. No quiero seguir en esto. Notifíquelo usted a quien…

– No será necesario -se oyó una voz a espaldas de Pragüe. El ingeniero se volvió precipitadamente. Junto a la puerta había dos hombres embutidos en impermeables negros. Donde ellos estaban, la luz llegaba muy difusa y era casi imposible distinguir los rasgos de sus rostros, pero Pragüe habría jurado que a uno de ellos, por lo menos, lo había visto anteriormente fingiendo trabajar en la antesala de su estudio. Fue el otro, el que aparentemente era más fornido, quien avanzó unos pasos hasta que la luz tamizada del ventanal polvoriento hizo aparecer su rostro aceitunado.

– ¿Quién es usted? -preguntó el ingeniero.

– No se preocupe… Formo parte… del Gobierno, si es eso lo que le intriga… Y puedo tomar nota de su decisión, si quiere… Aunque, de todas formas, me parece algo tarde…

– ¿Por qué?

– Porque sabe usted demasiado, señor Pragüe… Y no conviene que este proyecto trascienda…

– ¿Que sé demasiado?… ¿Quiere usted decirme qué es lo que sé?… Aparte, claro, de la convicción de estar trabajando en una locura insensata…

El hombre de rostro oliváceo sonrió, pero más que sonrisa era una mueca de mal agüero. Pragüe se sintió más indignado por ella que por su mismo encontrarse metido en una trampa sin salida. Apeló a su raciocinio:

– Vivimos en una democracia, ¿no es eso?… Cada hombre es libre de elegir su trabajo y su ocio…

– Y usted está colaborando a que eso sea posible, si es eso lo que le interesa saber.

– ¡No, no y no!… Eso no son más que palabras, y ya no me sirven. -Se acercó al hombre del impermeable negro. El hombre dio un paso atrás-. Escúcheme usted bien, amigo… Yo puedo continuar, pero con una condición.

– No se admiten condiciones, señor Pragüe… Ha de ser su colaboración, o…

– O la cárcel, ¿no es eso?

– Llámelo así, si prefiere…

Pragüe no era valiente. Nunca lo había sido ni tenía por qué mostrar ahora un valor que no sentía. Ante aquel hombre supo que tenía que claudicar, que no le facilitaría ni un átomo de posibilidades por escapar a todo aquello. Sin embargo, hizo un último esfuerzo.

– Admítanme un trato, entonces…

– Hable.

– Su confianza, a cambio de mi trabajo.

– Nunca hemos desconfiado de usted, señor Pragüe.

– Entonces, demuéstrenmelo. Dejen de perseguirme como a un sospechoso. Dejen en paz a mis colaboradores. Y a mi mujer.

Pragüe se calló. El hombre del impermeable negro volvió a sonreír.

– ¿Nada más, señor Pragüe?

– Nada más.

– Puedo anticiparle que está concedido.

Fue como una liberación. Como desprenderse de un peso terrible. Dejar de ver rostros escrutadores a su alrededor, no sentirse ya perseguido, observado, olisqueado, escuchado. Porque era cierto que ellos habían cumplido.

Aquella tarde, Pragüe abandonó pronto su trabajo. Antes de la puesta del sol. Sentía deseos de abandonar su estudio y estar solo. Deseos de recorrer los parques, de mezclarse con la gente y olvidarse de números y fórmulas. De todos modos, las luces de la ciudad ya estaban encendidas cuando salió del estudio, cansado, ardiéndole los ojos por haber tenido la vista constantemente fija en las cuartillas y en el papel mi-limetrado. Había dejado el encargo a Dugall para que revisase algunas fórmulas que habían quedado incompletas.

Se mezcló primero con la gente del parque que estaba situado frente a la Casa. Jugaban los últimos niños y se escuchaban los gritos de las madres para recuperarlos y regresar a casa. Hacía fresco. Un constante rumor de automóviles llegaba hasta Pragüe, desde el otro lado del parque, por donde se extendía la arteria principal de aquel sector de la ciudad. Podría haber atravesado el parque en línea recta, pero prefirió rodearlo por los senderos semioscurecidos, por donde a aquellas horas ya sólo deambulaban algunas parejas de enamorados. Pragüe sintió a la vista de las parejas cómo había estado perdiendo el tiempo durante gran parte de su vida. Posiblemente, apenas recordaba uno o dos paseos por el parque hechos como aquellos muchachos. Incluso su matrimonio con Ida había sido casi un contrato, uno de tantos contratos que había tenido que firmar en su vida. Un matrimonio alternado con fórmulas y proyectos. Hasta el punto de que su hija, Bessy, le parecía un proyecto más, un proyecto que se convertiría un día en la realidad de una mujer. Las amaba a las dos, de eso no tenía duda. Pero su amor estaba condicionado por su vida junto a las computadoras y ese amor, como cada reacción sensitiva o vital, venía prácticamente convertida en una fórmula.

“No la he hallado, pero existe. Existe esa fórmula matemática del amor, como existe la del odio, la de las calorías y la de las proteínas. Una fórmula para la vida y una fórmula para la muerte. Todo fórmulas o ecuaciones. Nuestra sociedad misma es una fórmula, tal vez una fórmula de locura, una fórmula para enloquecer despacio, una constante de enloquecimiento. Habría que hallar la ecuación de la locura. Tendría aplicación para Granz. Y para mí, dentro de unos meses. Y para el Gobierno, que ha enloquecido también. Debería callarme, debería dejar de pensar en todo eso, pero no puedo. Si ellos quieren enloquecer y pagan, ¡que enloquezcan, qué importa! Vivimos en un país libre, ¿no es eso? ¡Libre! Cada uno es libre de enloquecer como le guste. A eso se llama democracia.”

Pensó en sus ingresos, en su vida acomodada, si pudiera disfrutar de ella. En su conciencia que iba convirtiéndose poco a poco en una conciencia cibernética, como las propias calculadoras que diseñaba. Un hombre para cada cosa y todo cosas para el consumo humano. La calculadora era una cosa, ni más ni menos, para el consumo particular de Granz, que había logrado convencer -¿cómo podría ser posible?- a un Gobierno entero, para que le facilitase su capricho demente. Si un Gobierno era capaz de llegar a eso, el siguiente paso sería el caos.

El caos, se repitió a sí mismo. Había llegado al otro lado del parque y ante él desfilaba la procesión interminable de automóviles, un constante rumor de motores, de frenos, de pitos, de timbres, de voces, de músicas, como la savia sonora de la ciudad.

– Será el caos -oyó que decían junto a él. Y aquella voz que sonaba, de pronto, distinta del rumor total le hizo volverse hacia su izquierda. Junto al bordillo de la acera, a su lado, un hombre esperaba el cambio de luz del semáforo para cruzar la calle. Prague le sobrepasaba casi la cabeza. Y, sin embargo, el hombrecillo volvió sus ojos hacia él y Pragüe sintió como si de ellos emanase una fuerza especial. Mucho tiempo después sabría el nombre de esa fuerza: una fuerza mesiánica. Sólo que, en aquel instante, no podía darse cuenta aún de lo que significaría en su vida. Sólo se dio cuenta del extraño magnetismo que parecía envolverle al sentir sobre él la mirada del desconocido. Tuvo que sonreírle.

– Probablemente.

– ¿También usted lo ha notado?

– Sí… Pensaba precisamente en eso…

– Ya lo sabía. Bien… quiero decir, casi lo sabía.

– ¿Por qué?

El hombrecillo soltó una carcajada.

– ¡Es lógico!… Cualquiera pensaría lo mismo -y señalaba ampliamente la calle barrida por los automóviles.- El caos, ¿no lo está usted viendo?… -Luego cambió súbitamente de expresión y se tornó serio, al tiempo que extendía su mano para estrechar la de Prague-. Me llamo Kunner. Y por un azar de mi existencia, en este instante no tengo nada que hacer y tomaría a gusto un café, si usted me permite invitarle.

Prague sintió su mano húmeda y pegajosa, pero aceptó la invitación. En realidad, habría aceptado cualquier cosa que le hiciera olvidar fórmulas y ecuaciones. Le dejó hablar cuanto quiso. Y Kunner se explayó. A veces, entre sorbo y sorbo de café, Prague creía sentirse como flotando en una nube sonora de charla. Y era que casi ni atendía a las palabras de Kunner, que únicamente oía el murmullo de su voz chillona, que parecía exaltarse y aquietarse como el flujo y el reflujo de un océano. Apenas nada de todo cuanto decía el hombrecillo se le quedó en la mente. Sólo retazos:

– Democracia, así la llaman. Y no es más que dar paso a la escoria, a los inferiores, a los locos, a los semitas… Cualquier ideal del mundo carecerá de fuerza para la vida de la tierra hasta que no se haga de sus principios la base de un movimiento combativo, ¿me entiende?… -Prague no creía entender nada, pero, de pronto, sentía placer escuchando a alguien que parecía rebelarse contra lo establecido, contra la comodidad, contra la vida demasiado fácil.

Y Kunner continuaba:

– Hasta que no se haga desaparecer de la faz de la tierra a toda esa escoria, nunca habrá orden… ¿Y sabe por qué? Porque el mundo no es de todos, ¡porque lo ocupa demasiada gente que debería haber desaparecido hace siglos, como desaparece la podredumbre al llegar la primavera!…

Prague, lentamente, levantó los ojos hacia aquel exaltado.

– ¿Pero usted, realmente, cree en eso?

– ¿Y por qué otra cosa se puede creer? ¿No está usted viendo los resultados de eso que llaman libertad? ¡Nada más que eso: desorden y caos! ¡Caos!… ¿Desde cuándo siguen las guerras parciales? Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Y seguirán, ¿entiende? ¡Seguirán!… Al menos, hasta que el mundo comprenda que hay que administrar la libertad a dosis homeopáticas… ¡Sí, homeopáticas! Un centesimo del centesimo del centesimo del centesimo… Una vez al día y basla. Sólo así llegaría a comprender el hombre alguna vez -los hombres que queden, la raza que sobreviva- lo que significa un centesimo de opinión propia…

Fue una tarde que Pragüe recordó luego como una pesadilla. Las palabras de Kunner o, al menos, las palabras que se le habían quedado grabadas en la mente, eran palabras horrendas. Ideas monstruosas que atacaban directamente los conceptos que le enseñaron del hombre, de los valores del hombre, de la libertad del hombre. Y, sin embargo, ¿acaso él mismo, en su fuero interno, no estaba atacando esa misma libertad desde que había comenzado a trabajar en el monstruoso proyecto de aquella calculadora? ¿Acaso no había renegado él mismo de todo cuanto significaba el régimen en el que estaba viviendo, que permitía que él, un ingeniero electrónico, tuviera que estar a las órdenes directas de un profesor de historia chiflado? ¡Por dinero! Por el dinero y por el miedo a una cárcel que no se sentía de ningún modo dispuesto a soportar, como ahora tendrían que soportarla sus ayudantes, a los que había rechazado por ineptos y que habían caído inmediatamente bajo la férula de un Gobierno que no perdonaba que otros conocieran impunemente las locuras que permitía hacer.

Ahora, en su mente bailaban los conceptos que había expresado Kunner y que no eran, al fin y al cabo, más que la materialización de sus propias ideas confusas. Eso creyó, al menos…

¿Pero es que él, Pragüe, efectivamente pensaba eso? No lo sabía. Ni realmente lo supo en mucho tienpo, a pesar de que, a lo largo de años enteros, siguió viendo a Kunner regularmente, le siguió paso a paso en la materialización de sus ideas mesiánicas y hasta llegó a formar parte de la organización secreta que casi llegó a crear con él.

Primero fueron las palabras. Pero las palabras de Kunner exigían hechos para tener un sentido. No eran una filosofía, eran una acción velada e interna que tenía que exteriorizarse, de un momento a otro. Era, tal vez, otro tipo de locura, pero una locura que arrastraba aun sin quererlo. Igual que Pragüe se dejó arrastrar por él, sin comprenderle realmente, sólo electrizado por sus palabras, hubo otros. Les fue conociendo poco a poco. Comenzaron siendo tres, luego diez y, al cabo de un año, eran cerca de cincuenta los que se reunían en torno a Kunner para escucharle. Algunos eran incluso hombres clave en la administración; terratenientes -de los pocos que aún quedaban- o funcionarios. Todos de un modo u otro descontentos del actual estado de cosas, como Pragüe mismo, o descontentos de los que creían que su talento tendría que haberles proporcionado posibilidades que no habían logrado alcanzar. La mayor parte eran de estos últimos: hombres que se creían mucho más valiosos de lo que realmente eran y, por lo tanto, hombres aptos para que la palabra fácil de Kunner les diera un valor y una esperanza que, de otro modo, nunca habrían alcanzado. Porque Kunner hablaba siempre. Y nunca hablaba de entelequias, sino de posibilidades reales, aunque más o menos remotas. Hablaba de exterminio de dirigentes y de razas inferiores, pero esta palabra -exterminio -nunca aparecía más que envuelta en otras que, para todos, tenían más importancia: poder, destino, escala de valores y límite de humanidad. Kunner les convencía fácilmente. Ellos, los que le rodeaban, eran elegidos, elegidos por una circunstancia que en ningún caso podía ser casual. Tenían un destino trazado y había que cumplirlo. Por la fuerza, si era necesario.

La fuerza vino, poco a poco. Fue llegando despacio, a lo largo de años, trascendiendo las reuniones periódicas de los mesiánicos -como ya se llamaban a sí mismos- mientras Kunner, de un modo que nadie se habría explicado, reclutaba adeptos que ocupaban, tal vez sin saberlo, puntos importantes en lugares fundamentales para sus intereses

Gentes como Darían, director de un periódico de escasa tirada que, de pronto, vio incrementado su capital hasta poderlo convertir en el segundo rotativo del país. Gentes como Rumig, redactor jefe de una de las emisoras más importantes; como Gadarz, subdirector del Banco de Crédito Económico. Todos ellos hombres que no habían llegado a la cumbre de su profesión pero cuya ambición les podía conducir a no reparar en los medios de conseguirlo. De todos ellos se aprovechó Kunner para incorporarlos a su movimiento, haciéndoles concebir la esperanza del día en que el poder pudiera pasar a sus manos por los medios que fuera.

Las reuniones periódicas de los mesiánicos hicieron que Pragüe pudiera soportar mejor el trabajo lento y agotador del montaje de la monstruosa calculadora. Tal vez sin darse él mismo perfecta cuenta, aquel trabajo, con toda su minuciosidad y las horas que tenía que dedicarle diariamente, pasó a ser un elemento secundario en su vida. Lo importante venía luego, cuando encontraba a Kunner y a los compañeros y, juntos, daban forma a ese mundo que Kunner les había convencido de que sería mejor para todos. Más justo, más cruel también, tal vez, pero con un conocimiento común y ciego de que las cosas y los hombres deberían ocupar el lugar que les correspondía en su orden preestablecido de valores. Unos valores que, además -y esto es lo que atraía más a Pragüe y a muchos de los otros, sin saberlo- no estaban designados por un azar de la técnica, sino siguiendo una escala esotérica, casi mágica. Unos -ellos- eran los elegidos, los que serían poderosos, los que gobernarían. Los otros -la gran masa- los que serían gobernados, los que no tendrían posibilidad de elegir, porque los mesiánicos habrían ya elegido por ellos. Y, por último, los que quedarían automáticamente borrados de la sociedad, los seres inferiores, los amarillos, los negros, los semitas, los gitanos, los enfermos, a los que la estructura de ese mundo futuro con que soñaban les tenía reservada la lenta desaparición. Kunner lo había dicho claramente: -Quedan aún en el mundo grandes extensiones de terreno baldío… Las convertiremos en reservas, para que la escoria se autoaniquile en ellas, sin posibilidades de reproducción…


***

El ordenador comenzó a instalarse en los sótanos del Instituto de Historiografía. Tardaron mucho tiempo en encontrar el lugar idóneo para su emplazamiento. Tenía que ser una sala enorme, porque las dimensiones de la máquina serían muy superiores a las de todas las computadoras que se habían construido hasta entonces. Necesitaba igualmente unas condiciones constantes de temperatura y humedad, cuya mínima variación podría alterar la eficacia de los millones de circuitos. Por último, por las exigencias conjuntas del Gobierno y del profesor Granz, la máquina debía instalarse en un lugar cuyo acceso permaneciera vedado a todos aquellos que no formasen parte de su estructura. Naturalmente, todos aquellos factores eran dificilísimos de conjuntar y, cuando finalmente se eligió aquella sala de los sótanos del instituto de Historiografía, hubo que adaptarla aislando totalmente los muros e instalando en las cercanías varios termostatos que mantendrían la gran sala en condiciones constantes de temperatura y humedad.

Pragüe y Dugall trabajaron en aquella sala durante seis años. La monstruosa estructura del computador exigió que cada elemento fuera construido por separado, porque todo él constituyó un diseño totalmente distinto a cuantas calculadoras se habían construido hasta la fecha. Las mismas cintas magnéticas tuvieron que hacerse de un tamaño fuera del standard, para que pudieran albergar con comodidad y en el mínimo espacio la cantidad ingente de datos que constituiría la memoria electrónica de la máquina. Millones de circuitos de transistores repartirían los datos de la memoria en doce cajas metálicas, cada una de las cuales albergaría toda la información correspondiente a un milenio. Estas cajas metálicas tardaron, cada una, cuatro meses en ser instaladas a lo largo de la pared frontal del sótano del Instituto. Y, cuando la estructura de la memoria estuvo colocada, Pragüe y Dugall tardaron aún un año más en conectar todos sus circuitos a la gran central distribuidora de la memoria.

Cada cierto tiempo, siempre corto y siempre molesto, Granz o algún alto miembro del Ministerio de Defensa aparecían por el sótano -siempre guardado por fuerzas de la Seguridad del Gobierno, ante las que cada vez se tenían que exhibir los documentos- y esas visitas suponían para Pragüe un alto en el trabajo y una molestia, por la costumbre de fisgonear que, pasado el tiempo, se iba haciendo constante, sobre todo en el viejo historiador, que no veía el momento en que su Obra -como la llamaba ya, adjudicándose casi su construcción -se viera terminada. Las preguntas impertinentes de Granz eran siempre las mismas y Pragüe aprendió a lo largo de años que era mejor contestarlas que perder la paciencia con aquel hombre que, ya de por sí, aparecía como el más impaciente de cuantos, con relación a la máquina, se mantenían en contacto más o menos constante con el ingeniero.

– ¿Cuánto falta?

– No estará listo antes de dos años, profesor…

– Debería usted quemar etapas…

– No quedan etapas por quemar…

Y siempre la salida del profesor era una salida preocupada, como si temiera no llegar a tiempo de algo de suma importancia para él.

– ¿Pero por qué esa impaciencia? -preguntó Dugall.

Pragüe había tenido tiempo de formar su composición de lugar. Para él, ahora, después de haber cambiado impresiones con Kunner sobre aquel misterio que envolvía la construcción del computador electrónico, las cosas estaban claras.

– Es una medida propagandística del Gobierno. Se trata de dar un elemento colosal de cultura y se trata, al mismo tiempo, de no mostrar la tremenda cantidad de dinero que va a costar. Manteniendo el secreto de su construcción, se le dará publicidad cuando esté en funcionamiento y entonces, nadie preguntará cuánto tiempo y dinero costó la computadora. La computadora estará ahí, al servicio de lo que ellos llaman cultura y el Gobierno habrá ganado una baza inmensa ante sus electores…

Dugall se encogió de hombros.

– Pero el profesor Granz… ¡Es él el verdadero dueño de esto!…

– El lo disfrutará, ciertamente. Y, a su muerte, lo disfrutarán otros. Su impaciencia viene precisamente de esto. El viejo Granz teme no llegar a tiempo de gozar de su juguete…

Y Pragüe paseó la mirada por la alucinante red de colores que llenaban el piso y el techo, esperando el momento de entrar en los cubiles de las cajas. Habría querido tener su pequeña venganza en aquello, precisamente: en que el profesor Granz hubiera muerto antes de que la mastodóntica computadora estuviera terminada. Pero la salud del viejo parecía estar tan fuera de dudas como la inexorable realidad de que la computadora, lentamente, iba tomando forma. Y, con ella, tomaba forma igualmente el odio de Pragüe hacia una forma de gobierno que permitía aquel gasto de tiempo y dinero en cantidades astronómicas para servir a una ciencia tan caduca como la historia.

Confesó a Kunner el odio que iba acumulando y Kunner rió con aquella risa casi sádica que había enervado a Pragüe la primera vez que la escuchó:

– ¡Pero Pragüe, camarada!… ¡No estás haciendo un trabajo inútil!… La computadora podrá tener otros empleos, ¿no es cierto?

– Podría emplearse en mil cosas más importantes que aquella a que la han destinado. Prácticamente, con la red de circuitos y la memoria que tendrá, podría regir sin fallos a todo el país.

– ¡Magnífico! También nosotros emplearemos máquinas, ¿por qué no?… Emplearemos cualquier cosa que nos sea útil. Y tu computadora lo será, Pragüe… ¡lo será!

La extraña comunidad mesiánica de Kunner creció con la computadora de Pragüe y estuvo lista para entrar en acción al mismo tiempo que la máquina.

Faltaban diez minutos para las nueve. Y una hora y diez minutos para la cita con Kunner. La cita en la que tendría que decidirse si, en aquel mismo instante, se pasaba definitivamente a la acción directa que el mesiánico jefe había estado preconizando durante años y aplazado día a día, hasta que el momento propicio hubiera llegado.

Ahora, el momento era propicio, efectivamente. Tenían la seguridad de que, en media hora, podrían controlar los puntos clave de la capital. Y que, con un golpe de fuerza espectacular -una fuerza que habían ido reuniendo en el más absoluto secreto- caería el Gobierno y comenzaría una nueva vida que el mismo Pragüe no sabía exactamente en qué iba a consistir, pero que significaría, al menos, un cambio fundamental frente a lo que se había estado soportando hasta el momento. Habría muertes -nadie lo dudaba y el mismo Kunner lo había avisado con una especie de regocijo que a Pragüe le había revuelto el estómago-, pero esas muertes eran necesarias, como sería necesaria la violencia y el arrancar de raíz todo cuanto conectase eventualmente el mundo antiguo con el que ellos se proponían crear. En ese nuevo mundo no habría sitio para muchos, de eso no cabía duda. Habría que exterminar de un modo u otro a una parte considerable de la humanidad y a otra habría que aislarla para que su funesta influencia no se siguiera extendiendo entre la élite, o para que no constituyese élite por sí misma, como ahora constituía.

El momento era propicio, Pragüe se había dado perfecta cuenta de ello. El Gobierno, pasado aquel instante histérico en el que, aún no sabía por qué, había desencadenado la secreta ola de persecuciones en torno a la construcción de la computadora gigantesca que hoy estaba terminada, había vuelto a la molicie de la paz total, una vez asegurado el secreto por parte de los que intervenían en el proyecto y que, salvo las lucubraciones lógicas de Pragüe y de Dugall, no sabían de él más que su inmediata realidad, ignorando cuanto pudiera afectar a su futura aplicación. La vida y el trabajo cotidiano habían hecho que se convirtiera en una costumbre la presencia de la Policía de Seguridad que seguía guardando desde el exterior la sala donde se construía la computadora, las visitas periódicas de Granz acompañado de miembros del ministerio de Defensa, las preguntas siempre iguales… Habían sido seis años ininterrumpidos de trabajo, seis años a lo largo de los cuales los misterios se habían convertido en hábitos y la curiosidad se había adormecido. Seis años en los que el odio por un trabajo hecho a ciegas se había convertido en Pragüe en un convencimiento total e igualmente ciego de la necesidad del cambio que preconizaba Kunner y aceptaban los exaltados mesiánicos.

Dugall apareció por detrás de la distribuidora nuevamente. Sin duda, se había adormilado. Venía restregándose los ojos y murmurando entre un bostezo y otro;

– Son casi las nueve… No se retrasarán, supongo…

Pragüe sonrió, levantándose.

– ¿Se han retrasado alguna vez?

– No, que yo recuerde…

– Y lo malo es que pretenderán ponerse hoy mismo en marcha, ¿no?…

– Tenlo por seguro…

– Pues con el sueño que tengo… -Dugall se interrumpió y se encogió de hombros-. Bueno, afortunadamente no podrán trabajar mucho, porque…

– ¿Tú crees? -le interrumpió Pragüe-. Hace dos meses que los ayudantes de Granz están repartidos en todas las máquinas taladradoras de la Casa confeccionando las fichas de información.

– ¡No!…

– Por desgracia, es cierto… Más de doce millones de tarjetas.

Dugall se encogió de hombros, calculando mentalmente.

– Bueno, eso es trabajo para una hora.

– Una hora para llenar la memoria. Luego…

– Claro, según le dé al viejo por preguntar, ¿no?…

Fue de una exactitud matemática. Mientras el reloj eléctrico que estaba instalado en la sala hacía sonar las nueve, se abrió la puerta acorazada y entró el profesor Granz, seguido por una extraña comitiva. Inmediatamente detrás de él venía el propio Ministro de Defensa, luego cinco ayudantes provistos de enormes carteras de cuero repletas, a continuación dos agentes de la Seguridad Internacional, que se apresuraron a instalar un equipo de radioteléfono, mientras los ayudantes del historiador iban colocando en orden, sobre la mesa vecina al Distribuidor, los millones de tarjetas perforadas en las que habían estado trabajando desde meses atrás. Los preparativos duraron un cuarto de hora y, durante él, apenas si se cambiaron las palabras más necesarias. El profesor Granz daba indudables muestras de excitación nerviosa. Miraba el computador, como si quisiera desentrañar el secreto de su funcionamiento, miraba a sus ayudantes, dándoles prisa con su impaciencia y miraba a los dos agentes que terminaban de instalar el radioteléfono. Las voces, siempre escasas, se dejaban oír tenuemente, como si los asistentes estuvieran concentrados en una operación casi religiosa. Pragüe observaba a unos y a otros y únicamente en Dugall encontraba respuesta al cúmulo de preguntas que se estaba haciendo. La respuesta muda de Dugall era un incontenible deseo de echarse a reír, ante la solemnidad inusitada que estaba tomando el acto.

Los ayudantes de Granz terminaron con su labor y se retiraron, cambiando un saludo en voz baja con el viejo catedrático. Por su parte, los dos agentes terminaron de instalar el radioteléfono y uno de ellos salió, quedándose el otro para hacerlo funcionar.

Quedaban cinco personas en la sala. La puerta acorazada se cerró, aislándoles del exterior, excepto por el tenue cable que estaba al mando del agente de la Seguridad. El profesor Granz cambió una mirada con el Ministro, una mirada en la que parecía pedir su gran oportunidad. El Ministro se sentó junto al agente de la Seguridad e hizo una seña con la cabeza. Entonces el profesor se volvió a Pragüe, al que no había mirado más que de reojo desde que entraron.

– Bien, señor Pragüe… ¿Podemos empezar?

– Cuando usted quiera, profesor…

– Primero… -señaló los montones ordenados de las tarjetas perforadas, repitiendo:- Primero habrá que meter todo eso en la memoria, me imagino…

– Eso es…

– Las tiene usted distribuidas por su orden: fechas y acontecimientos históricos, con precisión de su naturaleza y del lugar exacto en que ocurrieron.

Pragüe dio un respingo:

– ¡Pero profesor Granz!… La máquina no puede… ¡no puede localizar el lugar, sin tener en la memoria el más exacto mapamundi!… Y no ha sido construida para eso…

El profesor negó nerviosamente con la cabeza, como si quisiera apartar las dificultades.

– ¡No hace falta ningún mapa!… Están los lugares expresados por sus coordenadas geográficas… ¡y eso son números, señor Pragüe!… He estado informándome sobre esto, no crea que me he dedicado a esperar durante estos seis años… Supongo que bastarán las coordenadas, ¿no es eso?…

Pragüe afirmó con la cabeza. El profesor indicó nuevamente las tarjetas, impaciente.

– Entonces…

Fue una hora de silencio en los cinco hombres que ocupaban la sala de la máquina. Una hora durante la cual sólo se escuchó el breve rumor de la impresora y del complejo aparato distribuidor de las tarjetas. Pragüe y Dugall fueron introduciéndolas una a una. Una hora de labor continua y monótona, casi convertidos los dos hombres en parte constitutiva de la enorme máquina. El profesor y el ministro permanecían mudos, sentados en los sillones que se habían apropiado. El agente encargado del radioteléfono observaba curioso el funcionamiento de aquella máquina extraña, seguía con los ojos el constante parpadeo de las lucecillas de colores que se encendían y apagaban en torno suyo, el movimiento mecánico de las cintas magnéticas acumulando información que luego transmitirían a las memorias electrónicas.

Mientras introducían en la Distribuidora las últimas tarjetas, Pragüe levantó la mirada hacia el reloj. Pasaban pocos minutos de las diez. Pensó que Kunner y los demás compañeros ya estarían reunidos en los sótanos de Las Columnas, esperando su llegada para tomar la decisión final. Tal vez aún podría llegar a tiempo… si el profesor se conformaba con un ensayo de las posibilidades del computador.

Las últimas tarjetas desaparecieron por un instante en la garganta de la máquina, para volver a aparecer un minuto después por los pequeños vomitorios que las devolvían, una vez memorizadas por la computadora. Pragüe desconectó los mandos y se volvió. A diez centímetros de su rostro estaban los ojos cansados y miopes del profesor Granz. Pragüe contuvo un sobresalto.

– Ya está, profesor…

Granz afirmó con la cabeza. Cambió una mirada rápida con el Ministro y nuevamente se volvió hacia Pragüe.

– Bien, señor Pragüe… Supongo que ya es hora de que conozca usted el destino de nuestra computadora… -hablaba con la voz agitada, como si sintiera que iba a faltarle tiempo para lo que deseaba hacer-. Esta máquina, contra lo que usted habrá podido suponer, no obedece a ningún capricho… Ni siquiera fui yo quien tuvo la idea de que se construyera… En el fondo, yo mismo tengo mis dudas respecto a su eficacia… pero espero que su trabajo habrá sido tan completo como he tenido ocasión de ir comprobando. La idea partió del mismo señor Ministro de Defensa, en combinación con la Dirección de la Seguridad Internacional… Usted ya conoce la máquina computadora que emplea nuestro cuerpo de policía…

– La construí yo mismo, profesor -dijo Pragüe, impaciente.

– Lo sabía. Por eso fue usted el encargado de construir esta. Recapitulemos: la máquina computadora del cuerpo de Policía ha ido reuniendo en su memoria todos los delitos que han tenido lugar en el país desde hace diez años. Y ha sido tan eficaz su labor, que hoy la policía puede prevenir los delitos que van a suceder. Se pensó, por lo tanto, en una máquina mucho más potente, con una finalidad mucho más amplia… y también infinitamente más importante para la Humanidad.

Se aclaró la garganta y señaló el computador.

– Aquí han sido introducidos con la máxima exactitud todos los acontecimientos históricos que, en uno u otro sentido, han marcado fechas de extrema violencia para la Humanidad. Con una exactitud absoluta en el tiempo y en el espacio han sido consignados en las tarjetas perforadas. Ahí, señor Pragüe, están las fechas exactas de las matanzas de semitas por los egipcios; los lugares exactos de los emplazamientos de los circos romanos en las fechas justas en que fueron martirizados los primeros cristianos; la fecha y el lugar del asesinato de Julio César; de Miguel Servet; el lugar donde se fraguó la Revolución Francesa y cada uno de los síntomas que llevaron a su explosión y al Terror; la fecha y el lugar del asesinato de Lincoln, de Kennedy; el lugar del emplazamiento de los campos de exterminio, de Auschwitz y de Buchenwald, la fecha de las matanzas de Katyn; las fechas y los lugares de todas las batallas de la Humanidad; el emplazamiento exacto de las matanzas de Sharpeville; el incendio del Reichstag; la revolución rusa; las fechas y la situación de todas las manifestaciones racistas de la Humanidad, desde la época sumeria hasta la White Defence League; las explosiones antinegras de los Estados Unidos del Sur, con determinación del día exacto y del lugar donde sucedieron…

El profesor se detuvo y señaló ampliamente las secciones de la computadora, ahora en silencio.

– Eso es todo, señor Pragüe.

Nuevamente cambió una mirada con el Ministro, el cual, a su vez, hizo una seña al agente de la Seguridad Internacional. El agente asintió y puso en contacto el radioteléfono. Pragüe, sin comprender aún, miró alternativamente al ministro y a Granz, que en este momento extraía de su bolsillo interior una nueva tarjeta. Su mano temblaba al tendérsela a Pragüe.

– Aquí, señor Pragüe, está la única pregunta que le haremos hoy a la computadora. Probablemente tardaremos mucho tiempo en poder comprobar la autenticidad de su respuesta, pero nos servirá de pauta para nuestro futuro trabajo. La pregunta es: ¿ cuándo y dónde se manifestará el próximo estallido de violencia totalitaria en el mundo?… Plantee la pregunta, señor Pragüe.

Por un momento, la tarjeta vaciló en manos del ingeniero. No, no podía ser. La máquina no sería nunca capaz de ser adivina. El la había construido y lo sabía, ¡lo sabía con exactitud! Pero, en la fracción de un segundo, su mano había temblado. Sus ojos trataron de evitar en ese segundo los ojillos miopes de Granz, pero se repuso inmediatamente. La máquina nunca podría prevenir el curso de la Historia, a menos que la Historia fuera un encadenamiento de acontecimientos unidos por un destino inexorable.

Pragüe introdujo la tarjeta-pregunta en el ordenador. Conectó. Por un instante que a Pragüe se le hizo largo como una hora más, las luces de la computadora se encendieron y se apagaron, las cintas magnéticas buscaron el lugar exacto de la memoria que tenían que sacar a la luz. Y, en el interior los circuitos se pusieron en funcionamiento.

Los ojos de todos se volvieron insensiblemente hacia la máquina grabadora de las respuestas. Pragüe dio unos pasos hacia ella y su hombro tropezó con el hombro de Granz, que se estaba acercando en silencio.

De pronto, las teclas de la grabadora se movieron rápidamente, imprimiendo sobre el papel continuo primero una fecha: veintisiete de octubre de…

– ¡Es hoy mismo… -gritó el profesor. El ministro se lanzó sobre la grabadora, mirando el siguiente dato que iba a ser impreso.

La grabadora marcó unas cifras: grados, minutos, segundos y décimas de segundo de longitud Norte. Grados, minutos, segundos de latitud Oeste.

E inmediatamente una hora: 10'45 a.m.

Pragüe sintió que las piernas le flojeaban, mientras el Ministro arrancaba violentamente el trozo de papel y se lanzaba hacia el agente gritando:

– ¡Es aquí mismo, en la ciudad!… Rápido, comunique usted estas coordenadas y que se localice el lugar. Que esté preparada la fuerza de Seguridad: queda media hora escasa para…

Pragüe estaba junto a él y con su mano impidió que el agente descolgase aún el microteléfono. Tenía un nudo en la garganta al decir lentamente:

– No se molesten en buscar el lugar, yo se lo diré: los sótanos del bar Las Columnas, en la intersección de la calle veintiocho y la novena avenida…


LO PUESTO Y UN PARAGUAS

<p>LO PUESTO Y UN PARAGUAS</p>

Jan Harzog, conocido en el mundo del hampa por El Castañas, salió del penal el 8 de mayo, después de haber cumplido cinco años, convicto -y nunca confeso- de haber participado en el robo con escalo de unos grandes almacenes de la capital.

Y nunca confesó su participación en el robo porque sabía que él no había tenido nada que ver con aquello, aunque le fue imposible probarlo y sus supuestos cómplices se negaron a eximirle de la responsabilidad que sólo a ellos atañía. Jan El Castañas fue declarado culpable y purgó una pena por algo que no había cometido. Pero lo tomó con resignación, porque no era la primera vez que le sucedía. A los siete años le dejó su padre sordo de una paliza por algo que había hecho su hermano. A los quince, le metieron en un correccional por haber violado a una muchacha con la que no había estado nunca y de la que sabía positivamente que coqueteaba -con todas sus consecuencias- con el primero que le enseñaba un billete. A los veinticinco tuvo que pasar dos años escondido en una buhardilla porque los amigos del barrio le acusaban de haber dado el soplo de un golpe del que no tenía la menor idea, y le perseguían con el propósito de cortarle algún miembro. Entre los veintisiete y los cuarenta conoció a toda la gente del Hampa de la capital y, gracias a esos conocimientos, pudo ir malviviendo al tiempo que perdía la poca fe que le quedaba en la Humanidad. Tres días después de su cuadragésimo aniversario le pescó la policía, y ahora, un día antes de cumplir los cuarenta y seis, le dejaron en la calle de nuevo, le devolvieron sus ropas y el viejo paraguas que eran toda su pertenencia en este mundo, y le entregaron un certificado en el que se hacía constar que, durante sus cinco años de estancia en el penal, había observado una conducta intachable.

A la puerta del penal, el Castañas observó durante largo rato la carretera, pensativo. Hacia el este, conducía a la capital. Hacia el oeste, se alejaba de ella. Y Jan decidió alejarse de cuanto había sido su vida con anterioridad a los cinco años pasados en el penal. Estaba harto de los que había tenido por amigos, estaba harto de los tugurios de mala muerte donde se pasaban las horas preparando golpes que nunca le habían sacado de la miseria. Estaba harto de las callejuelas de malos olores y de todos sus habitantes. Estaba harto del mundo, tan harto, que se habría tendido en la carretera para esperar el paso de un camión que terminase de una vez con todo. Pero prefirió por fin concederse una última oportunidad y echó a andar apoyándose en su viejo paraguas en la dirección que le alejaba de la capital.

Durmió en la cuneta de la carretera y pasó frío. Y, a la mañana siguiente, sintió un hambre que le corroía el estómago. Caminó de prisa durante una hora, para darse calor y, al cabo de ese tiempo, recordó que aquel era el día de su cumpleaños -cuarenta y seis- y vio la cerca de una granja y un hombre que trabajaba solo la huerta frontera a golpes de azadón.

Se acercó a él y, con la cara más alegre que pudo recordar, le comunicó dos cosas: que cumplía los cuarenta y seis aquel día y que tenía hambre. Y añadió:

– ¿No podría ayudarle en algo, a cambio de un poco de comida?

Al hombre le hizo tanta gracia escuchar algo tan absurdo que le dio trabajo.

– Mire, amigo: allá atrás, en la colina, ¿lo ve?…

– Sí, señor…

– Bien, hace así como cuatro años que no siembro. Hay que remover la tierra cosa de medio metro, desmenuzarla y nivelarla. Cuando haya terminado me avisa.

Y allá a la colina se fue Jan el Castañas, dispuesto a ganarse el sustento. Cavó la tierra durante dos horas y comió con apetito el plato de gachas que le trajo el campesino. Mientras comía, el hombre miró el trabajo y le indicó:

– Luego comience por ese lado… – señalando hacia la parte de la colina que quedaba oculta desde la casa de labor.

Jan comió con hambre de lechoncillo. Estaba ahito y eructó, no con satisfacción, sino como venganza al plato de gachas y a toda la comida hedionda que había tenido que soportar durante cinco años en el penal.

La parte trasera de la colina presentaba una zona chamuscada de unos cinco o seis metros de diámetro. Allí comenzó a cavar el Castañas de mala gana, ¡qué más le daba comenzar por un lado o por otro!

A la media hora de estar trabajando, le pareció notar algo duro bajo al azada. Se inclinó, dispuesto a quitar la piedra molesta y se dio cuenta de que el golpe había arrancado una esquirla de algo que parecía hueso. Una superficie blancuzca aparecía casi cubierta de tierra. Escarbó con las manos y puso al descubierto un cráneo. Era un cráneo grande, de bóveda muy levantada, como si su difunto propietario hubiese tenido la cabeza en forma de torre. El Castañas tuvo un sobresalto, miró por encima de la colina y comprobó que el campesino estaba muy lejos y no se ocuparía de él. Siguió escarbando con las manos y quedó al descubierto todo el esqueleto. Pertenecía a alguien que, en vida, no tuvo más allá de un metro treinta de estatura. Una parte de la columna vertebral, a la altura occipucio, aparecía hundida. Probablemente la muerte le había sobrevenido por un golpe muy fuerte recibido en aquella parte. Cuánto tiempo hacía de aquello, Jan no podía saberlo, naturalmente. Pero el esqueleto conservaba todavía algún resto de vestidura, como de tejido plástico. Junto al esqueleto descubrió una libreta de plástico con números escritos. Jan el Castañas pensó:

“Aquí se ha cometido un asesinato. Y este patrón eventual que me ha hecho venir a cavar aquí para que sea yo quien encuentre el fiambre y cargue con el si la policía lo descubre. Naturalmente, entre un honrado campesino y un preso que acaba de salir de la cárcel, no habría duda”.

Por supuesto, Jan el Castañas fue incapaz de pensar con lógica. El únicamente sabía de palos que había recibido y la suprema razón de que quien ha tenido que ver con la justicia será siempre un sospechoso a los ojos de la ley. Sabía que la proximidad de los hombre le había sido fatal durante toda su vida y sabía también que nunca podría encontrar un rincón donde vivir en paz. Lo sabía ahora más que nunca.

Instintivamente se apoderó de la libreta de plástico y se la echó al bolsillo. Luego, recogiendo su viejo paraguas, se alejó de allí por un sitio donde no pudo ser visto por su patrón. Previamente había tapado con tierra el esqueleto.

Dos días después, sin que pasara por su estómago más comida que el plato de gachas que le había dado el campesino, Jan el Castañas regresó a la capital, subió al piso más alto del edificio más alto, dejó su paraguas en una esquina de la gran terraza desierta, se subió al pretil y se lanzó al vacío. Su cuerpo se estrelló contra la calzada y, cuando el juez ordenó el levantamiento del cadáver y éste fue trasladado al depósito municipal, le desnudaron, le registraron los bolsillos de su viejo traje y sólo encontraron en ellos el certificado de buena conducta del penal y la extraña libreta de plástico llena de números. En lo alto del edificio, días después, hallaron el paraguas destrozado y alguien lo echó en un cubo de desperdicios.


***

– ¿Tú entiendes esto?

– ¿Números? ¡Nada!

– Yo saqué sobresaliente en matemáticas en la escuela secundaria, pero esto no lo entiendo…

– ¡Bah, tíralo por ahí!…

– ¿Y si fuera algo interesante?

– ¿En el bolsillo de un presidiario suicida? ¡Anda ya!…

– Hay dibujos también.

– Sería aficionado. Allí tenía tiempo para todo.

– Yo me lo llevo. Conozco a alguien que…

– Cuidado, ¿eh?… Forma parte del sumario.

– ¡Bah!… Iría al archivo, como todo.


***

– Oye, cuñado, tú que sabes de números, ¿qué te parece esto?

Silencio. Luego:

– ¡Hmmm!…

– ¿Qué es?

– ¡Hmmm!…

– ¿Pero lo entiendes?

– No, pero…

– ¿Qué podrá ser?

– Parece el diseño de una máquina…

– ¿De qué?

– No sé… Estas integrales parecen… Pero no.

– ¿No?

– Las series de las órbitas de electrones son parecidas, pero no son iguales… Más bien…

– ¡Sí!…

– No, nada…

– ¡Dilo!

– No sé, tendría que estudiarlo…

– ¿Pero tú crees que?…

– ¿De dónde lo sacaste?

– Del bolsillo de un suicida.

– O sea de nadie que pueda reclamarlo…

– Pues… no.

– Entonces, me lo llevaré al laboratorio y lo miraré en los ratos perdidos.


***

El profesor Griffin se asomó por la espalda encorvada de su ayudante y miró durante un momento, en silencio, los números y las fórmulas que éste trataba de descifrar. El profesor pudo observarle a sus anchas, porque su ayudante estaba tan abstraído que no se dio cuenta de su presencia. De pronto, algo le hizo dar un respingo. Se quedó sin habla por un instante. Luego trató de sobreponerse y de dar a su voz un aire intrascendente.

– ¿Qué hace, Max?…

– Ah, era usted, profesor… Nada, trataba de descifrar esto.

– ¿Qué es?

– Un cuaderno de notas que encontró mi cuñado. Ya sabe, el policía…

– Ya…¿Y por qué se entretiene usted con eso? ¿Por qué no está usted vigilando el reactor?

– Lo vi hace un momento.

– No hay que descuidarlo, Max… Vaya, vaya a ver…

Una media hora después, Max estaba todavía junto al reactor, cuando llegó junto a él el profesor Griffin, con el cuadernillo de tapas de plástico en la mano.

– Curioso, esto…

– ¿Verdad?…

– Sí… Inútil, claro, pero curioso… ¿Ha sacado usted algo en limpio?

– Nada… A decir verdad, no lo he entendido muy bien…

– No tiene nada que entender. Son sucesiones de órbitas paranormales… De todos modos, déjemelo…

– Como quiera…


***

Max olvidó el cuadernillo. Y su cuñado el policía, también. Y nadie asoció el cuadernillo con el gran descubrimiento que el profesor Griffin sacó a la luz seis meses después. El descubrimiento más importante de los últimos cien años; el que iba a permitir nuestros viajes interplanetarios y ha revolucionado toda nuestra industria y hasta nuestra vida: El reactor Griffin, productor de iones antigravitatorios.

Nuestra existencia ha entrado en una nueva fase y se anuncian grandes progresos que revolucionarán la vida humana en el Cosmos. El profesor Griffin ha sido propuesto para el premio Nobel por diez de los países beneficiaros y nadie duda que lo obtendrá.

Jan Harzog, alias el Castañas, reposa el sueño eterno en una fosa común del cementerio municipal. Probablemente, si hubiera conocido las propiedades de los números que estaban escritos en el cuadernillo, no se habría estrellado contra la calzada al arrojarse desde el piso cincuenta. Por muchas razones.


JUEGOS

<p>JUEGOS</p>

– ¿ Suicidio? -preguntó.

– No lo creo… Podrían haber encontrado un modo más ingenioso de hacerlo -se encogió de hombros, preocupado, el comisario.

Afuera, en el jardín, se escuchaba el inconsciente canturreo de la niña, acunando a su muñeca. La pequeña no se había dado cuenta aún de la tragedia que había caído sobre ella. Era difícil hacerle comprender a una niñita de cuatro años que no volvería a ver nunca más a sus padres. Su canto monótono resonaba extrañamente en el silencio que aquella mañana, especialmente, parecía haberse apoderado de toda la zona del barrio residencial en torno a los laboratorios de genética.

La ambulancia estaba esperando a la puerta del jardín y algunos curiosos se habían congregado en silencio, atisbando a través de la verja.

– ¿Los sacan ya?… -murmuró una mujer.

– Tardan mucho -comentó alguien que estaba allí desde la llegada, una hora antes, del coche sanitario.

– ¿A qué esperan?

Uno de los enfermeros arrojó lejos la colilla de su cigarrillo:

– ¡Bah, cosas de la poli!… Quieren saber no sé qué.

Dentro de la casa, el comisario le enseñaba minuciosamente al doctor Dener todas las circunstancias del extraño suceso que había causado la muerte a la pareja.

– Mire usted, no tomaron precauciones para impedir que el gas se escapase por las rendijas de las puertas y ventanas. Cualquier suicida lo hace. Simplemente… Fíjese.

Le señaló la llave del gas en la cocina y luego, con un amplio ademán, abarcó todo el pasillo y la sala que había entre ese lugar y la habitación donde habían sido hallados muertos dos horas antes el profesor Wiener y su esposa. El comisario añadió:

– Quedó abierta la llave, el gas se expandió por la cocina, por el pasillo, por la sala y llegó al dormitorio, ¿se da cuenta?… -el doctor Dener asintió-. ¡Debieron pasar horas enteras hasta que el gas llegado al dormitorio pudiera matarles!… Eso es lo que más me ha extrañado…

Caminó a grandes zancadas hacia la sala, seguido siempre por el doctor Dener. Allí, entre la sala y el dormitorio, algunos agentes verificaban las últimas bus quedas. El comisario se sentó en uno de los sillones e indicó otro cercano al suyo para que lo ocupase el médico, que le seguía extrañado y sin comprender aún en qué punto había sentido aquel policía la necesidad de buscarle. Pero tuvo aún paciencia para seguir escuchando las lentas y seguras palabras del comisario.

– He tenido que descartar la posibilidad del suicidio por eso. Nadie quiere matarse a largo plazo, con una muerte tan lenta como la que han sufrido estos dos seres… La muerte les tuvo que sorprender dormidos. Además… y aquí entra usted, doctor -Dener se incorporó un poco en su asiento-, creo que cualquier psicosis suicida implica el asesinato de toda la familia… o el suicidio simple del enfermo, ¿no es así?

Dener asintió con la cabeza, pensativo.

– Sí, generalmente sucede así… El suicida piensa que debe librar de la vida a todos sus familiares, al mismo tiempo que se libera él. Este es uno de los casos. El otro, como usted decía, es la muerte individual.

– Pero nunca el suicidio de la pareja librando a la hija de la muerte -corroboró el policía, esperando el asentimiento del médico.

– Eso es… -Dener dudó un momento-. Claro, a no ser que la pareja decidiera el suicidio conjuntamente y…

– Ya le entiendo. Quiere usted decir por unos motivos determinados, al margen de cualquier manifestación psicopática. También pensé en eso…

– ¿Y…?

– Efectivamente, en un caso así habrían tratado de librar a la niña de la muerte que iban a sufrir ellos. La habrían sacado de la casa con cualquier motivo, la habrían llevado con algún pariente… o habrían aislado convenientemente el dormitorio de la pequeña, aunque ese último caso habría sido bastante arriesgado, porque la niña podría haberse despertado por la noche y haber salido a la sala saturada de gas.

– Sin embargo, la niña pasó la noche en la casa.

– Y con todas las junturas de puertas y ventanas taponadas para impedir la entrada del gas.

– Entonces…

– Venga, doctor -el comisario se levantó de un salto de su asiento y se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta que había al otro lado de la sala. El doctor Dener le siguió a corto trecho. Vio cómo el policía abría la puerta de la habitación y cómo encendía la luz, porque las ventanas estaban totalmente cerradas.

Luego le señaló las tiras de papel engomado que cerraban herméticamente todas las junturas de las ventanas y los restos de otras tiras que habían taponado todas las rendijas de la puerta.

El doctor Dener abrió los brazos, como corroborando sus sospechas.

– Bien, esto parece aclararlo todo…

– ¡ Pero doctor, no se ha dado usted cuenta!… Las tiras de papel están colocadas por la parte de dentro del dormitorio de la niña… ¡Y no había nadie más que ella cuando abrimos la puerta!… ¡Nadie más que ella las pudo colocar ahí!…


***

La pequeña jugaba con su muñeca, ajena totalmente a cuanto ocurría a su alrededor. Los curiosos seguían arremolinándose en silencio más allá de la verja y sólo la señora Spiros, la vecina de los Wiener y esposa de un compañero del difunto en los laboratorios de genética, había osado atravesar la puertecilla del jardín y observaba de lejos a la pequeña, incapaz de acercarse a ella, como si temiera que la niña adivinase en sus ojos enrojecidos y en el pañuelo histéricamente apretado contra los labios la tragedia que no había sabido captar.

La niña, vuelta de espaldas a la gente, como si nada le importase, tiraba eventualmente de la cuerdecilla de nylon que sobresalía con una anilla en la espalda de la muñeca. Y, con cada tirón, el juguete dejaba escapar una de las frases de su escaso repertorio de muñeca parlante: «Tengo sueño… ¡Prrrrip!»… «Llévame a dormir… ¡ Prrrip!… Y la niña contestaba seria, como una madrecita cuidadosa, a los lamentos mecánicos de su juguete.

– Ya vamos, cariño… Ahora iremos a acostarte…

En la puerta de la casa aparecieron el doctor Dener y el comisario. Mientras el policía hacía señas a los camilleros para que entrasen en la casa, el doctor se acercó a la pequeña con aire preocupado. La niña no advirtió su presencia hasta que el médico estuvo muy cerca de ella y, entonces, levantó sus ojos negros hacia él, no con miedo, sino con la extrañeza de sentir tan próxima la presencia de un desconocido.

– Hola… -dijo el doctor, con voz familiar, confiada.

La niña sonrió. No apartaba los ojos negros y francos del rostro de Dener.

– ¿Cómo te llamas?…

– Judith… Mi mamá me llama Jud.

– ¿Puedo llamarte así?

La mirada de la niña expresó el absurdo que le parecía aquella pregunta. Dener apartó sus ojos de los de ella y vio que la puerta de la casa se abría nuevamente para dejar paso a los camilleros y su fúnebre carga. Inconscientemente, se interpuso en la visión de la niña y se agachó junto a ella, mirando la muñeca.

– ¿Es tuya?

– Claro.

– ¿Te la regaló papá?

Judith negó vivamente con la cabeza, sonriendo y encogiéndose de hombros.

– Mamá, entonces.

– Tampoco…

– Ven… -Dener tomó por el hombro a la chiquilla y la guió fuera de las miradas de los curiosos y de la misma señora Spiros, que se había acercado a través de su llanto contenido para escuchar la conversación. Detrás de la casa se abría otra puertecilla pequeña en la verja, que daba a los desmontes del otro lado y al riachuelo que marcaba el límite de los terrenos de los grandes laboratorios. Había allí, en aquella parte posterior del jardín, un invernadero para plantas y algunas jaulas con cobayas de experimentación, que el profesor Wiener había preferido tener siempre al alcance de su mirada.

Judith, sin hacer mayor caso del doctor Dener, se acercó a la jaula y, a través de la malla metálica, acercó un poco de hierba a los cobayas, que se apelotonaron para comerla. Dener estuvo observando largamente a la chiquilla, sus movimientos y todo su aire de perfecta inocencia que ignoraba la monstruosidad cometida… si es que, efectivamente la había cometido, porque el doctor lo dudaba seriamente. Sin embargo, las pruebas halladas por la policía parecían tan con0cluyentes que él no tendría más remedio que escarbar cuanto fuera posible para esclarecer el origen de todo aquello. Por supuesto, era evidente el hecho de que, si la niña había matado a sus padres -y esta era la conclusión monstruosa a que la policía había llegado- en estos instantes no recordaba absolutamente nada. Sin embargo, Dener trató de sonsacar aún algo más. Se sentó en el suelo y llamó:

– ¡Judith!

La pequeña se volvió, abandonando el resto de la hierba en el enrejado metálico. Dener tenía el extraño poder de hacerse familiar inmediatamente a los niños. Tal vez por eso había dedicado todos sus esfuerzos a la siquiatría infantil y hoy era considerado en todo el mundo, a pesar de su corta carrera, como uno de los primeros especialistas.

– ¿Qué quieres?

– Oye, Jud… ¿Sabes dónde han ido papá y mamá?

– ¿Has venido a buscarles?

– Sí…

– Aún no se han levantado… ¿Has visto mis conejos?

– Son muy bonitos… ¿Te acuestas muy tarde por las noches?

– No sé… Mamá me da la cena y me acuesta… Luega cenan mamá y papá…

– ¿Anoche también?

Jud no contestó, se limitó a mirar a Dener como si le hubieran preguntado algo tan obvio que no mereciera respuesta. Tiró nuevamente de la cuerda que asomaba en la espalda de la muñeca y la muñeca graznó: «;Te quiero mucho!… ¡Prrrit!». La niña levantó la cabeza hacia el médico.

– Dice muchas cosas…

– Me gustaría escucharlas…

– Mira… -tiró nuevamente de la cuerda. La muñeca dijo: «Dame de comer… ¡prrit!». Luego tiró de nuevo. El mecanismo de la muñeca emitió una serie de ruidos agudos: «¡Prrrit… prit, prit!… ¡Tictictic!… ¡Prrrit!». La niña se encogió de hombros y sonrió-. Ahí se atasca. Pero dice más cosas, ¿quieres oírlas?

– Otro día… -Dener tuvo repentinamente una idea. Se levantó y tomó a Jud de la mano-. ¿Te gustaría venirte conmigo?

– ¿A dónde?

– A mi casa…

Jud pareció pensarlo un instante.

– Pero se lo dirás a mamá, ¿verdad?… Si no, me buscaría.

– ¡Claro que se lo diremos!… Bien, la verdad es que ya se lo he dicho yo… -¿Y qué te contestó?

– Que sí, que podías venir y estar unos días conmigo…

– Bueno…

A lo largo de una semana, Dener convivió con Jud en su casa, jugó con ella y supo de la niña todo cuanto un padre podría haber sabido. Notó que la pequeña añoraba la presencia de sus padres, pero que con una inconsciencia propia de su corta edad, esperaba verlos aparecer de un instante a otro. Notó su carácter de niña mimada e inteligente, probó su índice de inteligencia a través de tests e hizo que la chiquilla le contase todos sus sueños, sus vivencias y sus aficiones, sus deseos y sus juegos preferidos. Lo supo todo menos cualquier cosa que pudiera ponerle sobre la pista de aquel hecho monstruoso que la policía parecía dispuesta a achacarle a toda costa. Nada de cuanto la niña decía o hacía podía llevar a tal conclusión. Y Dener quedó convencido de la inocencia de Judith. Por eso decidió, al cabo de una semana de intentos inútiles, ponerse en contacto con la policía. Quería romper una lanza por la inocencia de aquella chiquilla encantadora que, al cabo de los días pasados en su casa de solterón empedernido, perdida la novedad, comenzaba a añorar a sus padres desaparecidos.

Dejó a la pequeña dormida, abrazada a la muñeca que parecía ser su única compañera en la soledad y, ya entrada la noche, salió de su casa y se encaminó al despacho del comisario que le había encargado la investigación. El comisario escuchó pacientemente todos los argumentos de Dener, mezclados con disertaciones técnicas que querían demostrar precisamente que ellos, ¡ellos, la policía!, estaban equivocados. Movió la cabeza negativamente y este gesto hizo que el doctor se detuviera en su ardorosa defensa.

– Es inútil, doctor… Yo ignoro los motivos y, de hecho, ésta es la primera vez que nos hemos tropezado con una monstruosidad semejante. Pero, por desgracia, todas las pruebas están en contra de la niña.

Y volvió a enumerar todas aquellas que el doctor ya conocía, más las que posteriormente habían sido reunidas: las huellas de los piececillos en lo alto de la escalera que debió servirle para abrir la llave del gas; las tiras de papel engomado en el armario de sus juguetes; las muestras de saliva analizadas en el laboratorio policial, que coincidían con la de Judith; la ausencia de huellas que no fueran las de la pequeña o sus padres en la casa.

Todo era abrumador. Y Dener no podía argüir más que razonamientos mentales, cuando las pruebas que se le presentaban en contra eran de una materialidad tan real que no cabía ante ellas la controversia. Por otro lado, el comisario no era el absoluto profano que Dener había supuesto en un principio y así, fue el primer sorprendido cuando le oyó decir:

– Además, doctor… Usted me ha hablado de conversaciones y actitudes naturales… Pero no ha probado usted con otros… métodos.

Dener se sobresaltó:

– ¡Pero eso, en una niña de cuatro años, sería monstruoso!

– Lo reconozco. Monstruoso, esa es la palabra. Pero también necesario. Existe la hipnosis y, si la hipnosis no es su fuerte, existe también la escopolamina, doctor… Nosotros no podemos emplearla con un delincuente… pero usted sí puede utilizarla con un paciente que le haya sido confiado.

Dener observaba con horror al comisario, que guardó silencio un momento para continuar:

– Todo el misterio puede estar en el subconsciente de la pequeña, doctor… La justicia necesita comprobar esto. Piense que la policía podría buscar a un culpable y detener a un inocente. Y todo por unos instantes malos para la pequeña; unos instantes de los que ni siquiera iba a darse cuenta.

No cabía otra solución, hasta el mismo Dener tuvo que darse cuenta. Pero aun así, prefirió intentar la hipnosis antes que la droga. Judith fue fácil de hipnotizar; su mente virgen no ofreció ninguna resistencia y, en pocos segundos, estuvo dormida en el sofá, abrazando débilmente a su muñeca. Dener se acercó a ella, le quitó suavemente el juguete de entre los brazos y la llamó:

– Jud… ¡Jud!…

La niña abrió los ojos.

– Jud, ¿ sabes dónde están papá y mamá?

La niña afirmó con la cabeza, con un rostro inexpresivo y unos ojos que parecían mirar mucho más allá de Dener, hacia el infinito.

– ¿Dónde están?

– Han muerto…

¡Luego era cierto!… La niña sabía cuál había sido la suerte de sus padres. El subconsciente lo sabía. Dener sintió un escalofrío correrle por la espalda. Si lo sabía, no era tan inocente, al menos, como él había supuesto.

– ¿Cómo han muerto, Jud?… ¿Lo sabes?

– Han muerto… -repitió la niña, con un tono monocorde.

– ¿Quién los ha matado?

– No lo sé… Han muerto… Tenían que morirse…

– ¿Por qué? -tembló la voz de Dener.

La niña tardó un momento en contestar, como si su mente buscase en lo más recóndito la respuesta.

– Lo dijo Miggy… Me lo decía siempre…

– ¿Quién es Miggy?

– Mi muñeca… Me lo decía siempre, cada vez…

– ¿Quién te dio a Miggy, Jud?… ¿Quién te la dio?

– Nadie… La encontré en el río, junto al brocal del pozo.

– ¿Y no había nadie cuando la encontraste?

– El señor… Pero estaba lejos, pescando…

– ¿Qué señor?

– El señor que me hablaba sin decir nada…

– ¿Y qué era lo que te decía Miggy?

– Muchas cosas… Me enseñó a abrir la llave de la cocina… Y me dijo que comprara el papel de pegar, para ponerlo de noche en las ventanas…

Dener sentía el sudor correrle por la espalda, aterrado. Decidió cortar rápidamente la sesión y, después de guardar la muñeca en uno de los cajones de su escritorio, despertó suavemente a Jud. La niña abrió los ojos despacio, contenta.

– iUy, me he dormido!…

– Sí, Jud, te has dormido… Anda, vete a jugar… Dile a la señora Plan que tienes hambre, que te dé algo de comer…

Esperó a que la pequeña hubiera salido y cerró con llave la puerta de su despacho. Nervioso, con la conciencia sobreexcitada por lo que comenzaba ahora a ver claro, abrió el cajón de su mesa y sacó de él a Miggy. En aquella muñeca que la niña había tenido siempre consigo como su único tesoro estaba -¡tenía que estar!- la clave de aquel misterio. Primero observó atentamente la muñeca. Se dio cuenta de que su aspecto no era tan corriente como había supuesto. Estaba construida con un material extraño, como si fuera piel suave, una piel sedosa y de tacto casi humano, caliente. Los ojos brillaban más de lo que habría sido lógico en un juguete, en una bolita de cristal pintado. Y la tela de que estaban construidos los vestidos era una tela demasiado sutil para lo que es corriente en la construcción de juguetes. Sin embargo, a pesar de su aparente fragilidad, no estaba rota. Y la niña había estado jugando con ella el tiempo suficiente para haber destrozado aquellos tejidos tan finos como papel de fumar.

Dener tiró suavemente de la cuerda de nylon que sobresalía en la espalda de la muñeca. La cuerda volvió a su sitio y del interior del juguete salió la voz metálica: «¡Ponme el vestido nuevo!»… «¡Prrrit!»… Tiró de nuevo: «¡Quiero ir a pasear!… ¡Prrit!»… Un nuevo tirón: «¡Prrrit!… Estoy cansada… ¡Prrrit!».

Aquellos extraños chasquidos que sonaban junto a las frases de la muñeca… Trató de distinguir en ellos algún sonido, pero era imposible. No parecían ser más que eso: chasquidos de la cinta o del hilo magnético. Y, sin embargo, ahí o en algún punto cercano podía estar la solución a aquellas pretendidas palabras de Miggy que Jud había escuchado.

El doctor tuvo una idea. No sabía si sería eficaz, pero tenía que probarla. Sacó de su estuche el magnetofón que utilizaba algunas veces para registrar las sesiones de sus pacientes y lo puso sobre la mesa, enchufándolo. Calibró el registro para impresionar la cinta a alta velocidad y lo puso en marcha. Durante un cuarto de hora estuvo tirando de la cuerda de nylon y registrando todas las frases y chasquidos del aparato sonoro de la muñeca. Luego volvió atrás la cinta, comprobó que el registro había sido correcto y calibró la velocidad del magnetofón al mínimo. Entonces lo puso en marcha de nuevo.

Comenzó a escucharse una lentísima voz de ultratumba, que repetía, despacio hasta la exasperación, las frases rutinarias de la muñeca. Pero, de pronto, sonó una voz agudísima y muy rápida -como si el magnetofón se hubiera puesto a velocidad superior a la normal- que decía claramente: «¡Tienen que morir!…». Luego nuevamente la frase mortecina de la muñeca, durante unos segundos interminables y, coincidiendo con lo que antes había sido el chasquido, otra vez la voz mecánica, aguda y rapidísima: «¡Tienen que morir los dos, papá y mamá!»… Y, al cabo de otra lenta frase mortecina: «¡Ve a abrir la llave del gas!»… Y luego: «¡Las tiras de papel de goma están en el armario de la cocina!»… Y así, una frase de la muñeca y una intervención de la voz metálica, que iba contando todo el proceso que llevó hasta la muerte del profesor Wiener y de su mujer, a manos de una hija de cuatro años que había sido solamente un instrumento de algo monstruoso que la utilizó para sus fines macabros.

Dener tardó un largo instante en reaccionar. Luego, lentamente, marcó el número de teléfono de la comisaría.


***

– De modo que era eso… -murmuró el comisario, igualmente asustado, al escuchar la cinta que había grabado el doctor Dener-. Una muñeca que dicta órdenes de muerte y un extraño ser que habla sin pronunciar palabra… Pero, ¿por qué todo eso?…

Guardaron los dos silencio durante unos instantes. Ese por qué estaba fuera de su alcance. Dener levantó los ojos hacia el comisario.

– ¿Cuáles eran concretamente los trabajos a que se dedicaba el profesor Wiener?

El comisario se encogió de hombros:

– Genética, ya sabe… Para mí, como si fuera sánscrito o teoría de la relatividad.

– ¿Y no ha pensado en la posibilidad de que, precisamente en los trabajos de Wiener estuviera la causa de su muerte?

– ¿Qué quiere decir? -sonrió incrédulo el policía.

– Realmente, no lo sé… Pero pienso ahora en todo lo que me dijo usted mismo: que el matrimonio no tenía dinero para que alguien le envidiase… No se les conocía ningún enemigo, ni nadie parecía desearles nada malo, ¿no es eso?… Sin embargo, este artilugio no ha sido hecho por un loco, al menos eso se me ocurre pensar… Parece haber sido construido por alguien que conoce los efectos de los ultrasonidos en el subconsciente y que sabe cómo aplicarlos. Lo ha hecho alguien que sabe que una niña de cuatro años ignora aún una serie de reglas morales que un subconsciente adulto rechazaría. En fin, que tengo la impresión de que todo esto ha sido planeado por una mente superior… Es más, muy superior a lo corriente, porque yo mismo no conozco de ninguna experiencia aproximada antes de ahora.

El comisario no respondió inmediatamente. Pasó un momento de silencio, contemplando con atención la muñeca y tocó un timbre. Al agente que apareció inmediatamente en la puerta le entregó la muñeca, diciéndole:

– Entregue esto en el laboratorio… Que la despedacen con cuidado, que miren su funcionamiento y \s. materia con que ha sido construida. Todo.

Al salir el agente, el comisario se volvió a Dener:

– Doctor Dener, yo querría pedirle a usted un favor…

– Usted dirá.

– Usted es hombre de ciencia, aunque no se dedique a la genética… Podría sernos de mucha utilidad si colaborase todavía con nosotros…

– No sé cómo.

– Interrogando hábilmente a alguno de sus compañeros de trabajo, al profesor Spiros, por ejemplo, que era además vecino de los Wiener. Naturalmente, ocultaremos aún lo que sabemos, ¿me comprende?… No conviene sembrar la alarma, sobre todo si no hay motivo para ello. Spiros no sabe nada, únicamente que Wiener ha muerto y que sospechamos un suicidio. Fue eso lo que dijimos. Usted podría, como siquiatra, sacarle los motivos de ese pretendido suicidio, si es que está relacionada su muerte con el trabajo…


***

– ¿Suicidio?… ¿También usted cree en eso?… Bien, allá usted. Yo conocí a Wiener desde que llegué a los laboratorios, y de eso hace ya más de quince años. Ni él ni yo nos habíamos casado. Pero no, eso de suicidio nunca, ¿me entiende? ¡No se le habría pasado siquiera por la imaginación!… Era un hombre totalmente entregado a su trabajo, con una alegría por lo que estaba haciendo que se contagiaba a cuantos colaborábamos con él. Le diré más, nos contagió hasta tal punto que todos, ¿me entiende? ¡todos! llegamos a creer que nuestros trabajos serían coronados por el éxito, aunque de todas partes nos decían que eso era quemar etapas… ¡Eso nos decían! Quemar etapas con el tiempo… La gente es absurda. ¡Como si se pudiera ir en contra de la ciencia!… Se trabaja, se trabaja con un estímulo y eso es todo. Y si los propios científicos se han equivocado, ¡qué le vamos a hacer!… Ellos decían: ¡No, eso es imposible!… No se puede crear la vida artificial… Tendríamos que tener una preparación que no lograremos alcanzar hasta dentro de doscientos o trescientos años… Y con eso pretendían ya quemar nuestras naves y que dejásemos el trabajo, cuando Wiener y todos los que confiábamos en él estábamos seguros de que llegaríamos en unos meses más a buen puerto… Bien, Wiener ha muerto. Y, si ustedes creen que fue suicidio, allá ustedes… Pero Wiener no habría dejado por nada del mundo su trabajo a medio terminar. Sí, por supuesto, nos ha dejado suficientes datos de sus estudios como para que yo ahora pueda continuar su camino con buenas posibilidades de éxito, naturalmente… pero tardaré mucho más de lo que habría tardado él, porque él tenía en la mente todo el proceso que yo ahora tendré que reconstruir lentamente a partir de sus notas… Claro que lo haré, aunque se nos echen encima todos los científicos que no ven más allá de sus narices y que discuten el orden de las cosas… Mire, amigo, usted es siquiatra y a un siquiatra se le pueden contar muchas cosas, porque se convierte en una especie de sacerdote, aunque yo a los sacerdotes no les tenga mucha simpatía… Yo tengo mi teoría. A Wiener lo ha matado la envidia, ¿me entiende? Alguien que sabía lo que estaba haciendo y que no quería de ningún modo que llegase donde estaba a punto de llegar. A la policía no se le puede decir eso, pero a usted sí… Mire, mire usted este libro. Es de un escritor científico, uno de los más relevantes… ¡Mire lo que dice!… Y se llama avanzado… “La vida artificial no será obtenida antes del año 2070, una vez que haya sido alcanzado el total control de la herencia y el “engineering biológico”… Se llaman avanzados y caminan con los pies atados por el orden que ellos mismos han establecido… Wiener no era así. No publicaba cada uno de sus descubrimientos, ni se vanagloriaba por lo que iba a hacer… ¡pero iba a conseguirlo!… Y le aseguro a usted que, de hecho, estaba conseguido… Déme usted un plazo: tres, cuatro años a lo sumo. Verá cómo demuestro que Wiener tenía razón. Ahora bien: no crea usted que yo me voy a suicidar… Si alguna vez me ocurre algo, no crea lo que diga la policía… Le juro que no tengo ninguna intención de suicidarme… Es más, le diré que mi mujer y yo hemos estado esperando inútilmente un hijo durante mucho tiempo y que, por fin, ese hijo vendrá de un momento a otro… ¡Si le parece que no tengo bastantes motivos para seguir viviendo!…


***

Dener salió de la casa de Spiros convencido de la sinceridad de aquel interlocutor locuaz que había tenido. Spiros y su mujer, en avanzado estado de gravidez ésta, salieron a despedirle a la puerta del hotelito que estaba situado junto al que ahora estaba cerrado y que hasta una semana antes había pertenecido a los Wiener. Se alejó lentamente por la calleja que separaba el conjunto de las casitas del gran complejo de los laboratorios y, al terminar la calle, dobló casi sin darse cuenta hacia los desmontes que limitaban la parte trasera de la colina. Aquél no parecía que pudiera ser nunca camino de paso para nadie; simplemente, la ciudad había terminado y comenzaba el campo tras la breve montaña de escoria procedente de las calderas de calefacción del laboratorio. Un riachuelo rodeado de álamos era el paisaje que se extendía inmediatamente detrás de las casas. Un paraje pacífico, apenas turbado por el lejano rumor de la ciudad que se levantaba al otro lado de la mole de los laboratorios, pero tan lejano que más parecía el recuerdo de la ciudad que su propia expresión sonora. Allí, junto al riachuelo, sin darse cuenta del porqué, Dener se sintió en otro mundo. El mundo de los niños de la colonia, que lo tomaban como campo de juegos cuando las horas de estudio se habían agotado.

Jud había jugado allí. Cerca del lejano brocal del pozo, que podía ver desde el lugar donde se encontraba, había hallado la muñeca. Y junto al riachuelo había visto a aquel hombre que, según decía, hablaba sin decir nada. En aquella pequeña extensión de campo libre, junto a las casas y a dos pasos de la ciudad, se había fraguado el asesinato más diabólico que Dener nunca pudo imaginar. Avanzó unos pasos, pisando la hierba fresca de la orilla del arroyo, pensando si tal vez en medio del sitio donde todo había comenzado encontraría la luz suficiente para saber sus causas. ¿Por qué? Eso ni el propio Dener habría sabido explicarlo. Simplemente estaba allí y la paz que se respiraba en torno invitaba a pensar.

Llegó junto al brocal del pozo abandonado con una sensación de embotamiento en la cabeza. Al principio no llegó a darse cuenta de esa especie de nube que comenzaba a apoderarse de su mente, pero, junto al pozo, tuvo que agarrarse casi para no caer al suelo. Dener sintió como si le estuvieran hipnotizando a él, aunque no era exactamente ésa la sensación. No, decididamente nunca había experimentado nada semejante. Como si en su mente estuviera introduciéndose otra mente extraña, ajena a él mismo y compartiendo con él, por un instante, su mismo cerebro, como dos personas ocupando una caja que tuviera lugar suficiente para una sola de ellas.

De pronto, la cabeza pareció que iba a estallarle. Una presión inusitada hizo que la sangre abandonase el cráneo y notó una sensación profunda de frío. Sus ojos conservaban la lucidez de mirada, hasta habría podido asegurar que veía más lúcido que de costumbre. Pero las perspectivas se le ensanchaban y todo cuanto estaba a su alrededor parecía, poco a poco, tomar dimensiones extraordinarias y profundidades increíbles. Lo veía todo muy lejano. El río mismo, que un momento antes había estado al alcance de su mano, parecía ahora alejarse hasta el infinito.

Entonces creyó ver al hombre. Pero no habría podido asegurarlo. Le vio al otro lado del arroyo, sentado sobre una caja negra y en una actitud como si pescara, aunque no tenía en sus manos ninguna caña. Al menos, Dener no logró verla. Pero aquel hombre debía ser el mismo de que hablaba Jud. Trató de llamarle:

– ¡Eh, oiga!… -pero su propia voz salió artificialmente de su garganta, como si la hubiera pronunciado otra persona. Y, casi al mismo tiempo, oyó en su propio cerebro otra voz que le decía, tranquila:

“No grite, doctor Dener No es necesario. Le entiendo”.

Dener sacudió la cabeza, sus piernas estaban flojas y tuvo que sentarse apoyándose en el brocal del pozo. El hombre, al otro lado del arroyo, le parecía cada vez más lejano y su voz llegaba cada vez más próxima, como si partiera del propio cerebro embotado del médico.

– ¿Quién es usted?

“El que usted imagina”, volvió a escuchar dentro de él mismo. “El hombre que impulsó a matar a la niña”.

– Pero usted…

“No soy un asesino, doctor Dener. Sabía que usted iba a venir y sabía también que sólo a usted podría hablarle, aun a riesgo de que usted, si repite lo que ocurre ahora, no sea creído por nadie”.

– Pero usted… ¿cómo sabe quién soy? “Por la misma razón que he tenido que hacer lo que hice. No vengo de este mundo”.

– ¿De dónde viene, entonces?

“Mejor debería usted de haberme preguntado de cuándo vengo. Mi mundo está bastante alejado del de usted en lo que ustedes llaman tiempo. Un centenar de años, no crea que mucho más. En mi mundo, hoy es el tres de diciembre del dos mil setenta y seis”.

Dener sacudió la cabeza, pensando de pronto que pudiera estar un poco mareado, pero la voz que resonaba en el interior de su cerebro pareció reír al continuar:

“No, doctor Dener, no está usted delirando. Déjeme que le cuente a usted los hechos y luego trate de comprobarlos. El doctor Wiener era como yo. También él había viajado a través del tiempo. En realidad, fue uno de los primeros en aventurarse en la máquina. Nosotros la hemos inventado recientemente. Fue obra del profesor Kaurish, y el doctor Wiener era muy amigo suyo, a pesar de que sus actividades eran completamente distintas. Por eso, Wiener fue uno de los primeros hombres que viajaron a través del tiempo. Influencias, ¿comprende?… Bien, en cualquier caso, su experimento nos ha servido a los demás. Ya no volveremos a dejar que viaje a través del tiempo nadie que pueda trastorcarlo. El doctor Wiener lo hizo. Vino a la época de usted, le gustó, quiso quedarse y, al mismo tiempo, intentó seguir unas experiencias que estaba llevando a cabo en su otro mundo. Todo eso no podía trastocarse, ¿se da usted cuenta? Teníamos que hacerle volver… o eliminarle. Hacerle regresar fue imposible. Encontró aquí a una mujer y se casó con ella. En cuanto a la solución que hemos tenido que adoptar, fue la única que podíamos llevar a cabo sin mancharnos las manos de sangre”.

Dener apretó fuertemente los ojos. No podía permitirse siquiera el lujo de dudar de las palabras que le llegaban a través de su propio cerebro. La voz del hombre -¿o era acaso la suya propia?- continuó hablando:

“Wiener no podía descubrir la vida artificial en esta época. Eso habría sido algo demasiado peligroso para ustedes y para nosotros mismos: un arma más mortífera que la fisión atómica en un mundo que no está aún preparado para recibirla como fuente de ciencia. ¿Se da usted cuenta? Nuestra elección era entre la vida de Wiener y la de todos nosotros. Por eso tuvimos que hacerlo, doctor Dener. Por eso tuvimos que hacer que la pequeña asesinase a su padre”.

– Pero, ¿por qué no lo hicieron ustedes mismos?

“No podíamos trastocar la historia, doctor Dener, ni podíamos hacer que uno de nosotros interviniera directamente en los sucesos. Compréndalo, era cruel, pero Wiener no sufrió, ni su esposa… En cuanto a la niña… Jud nunca sabrá lo que hizo, a no ser que usted mismo se lo diga. Lo hemos planeado todo con el mayor cuidado y, aunque le parezca ahora monstruoso, ha sido lo menos cruel que hemos podido hallar…”

Dener, ya casi familiarizado con aquella aparición que en un principio había atribuido a su subconsciente abotargado, se encogió de hombros: ¡valiente salida!… ¡Y para eso iba a servir el futuro!…, pensó; pero la voz interior -transmisión de pensamiento, sin duda- le interrumpió en sus propias preguntas:

“Creí que usted sería capaz de comprenderlo, pero ya veo que nuestra moral y la suya son bastante dispares… Déjeme que le diga aún una cosa, doctor… Nosotros hemos evolucionado bastante, aunque nuestra distancia en años de su tiempo sea relativamente corta… Y todo cuanto en nuestra época se ha descubierto nos ha llevado a una conclusión que a usted, como hombre, no le ha de parecer absurda, aunque en su interior la rechace: para nosotros, la Humanidad es lo primero, a despecho de los mismos hombres, ¿me comprende?… La Humanidad, la comunidad de todos los hombres. Por eso, cuando en algún lugar o en cualquier momento, uno de los hombres, sea quien sea, no cumple con las leyes de la comunidad, lo eliminamos, del mismo modo que ustedes extirpan un miembro que se ha gangrenado, o un órgano que ha contraído un cáncer. Y ustedes no comprenderían que la mano izquierda protestase por haber amputado la derecha que estaba podrida y que amenazaba pudrir todo el organismo, ¿verdad?…”

La voz se interrumpió un momento. Luego, como mucho más lejana, se dejó oír de nuevo:

“Gracias, doctor Dener… Diga usted a quien pueda creerle lo que le he dicho. Y advierta que actuaremos del mismo modo siempre que la necesidad nos obligue a ello…”

Dener sintió como si la diminuta figura del otro lado del arroyo se fuera empequeñeciendo, o como si se alejase a velocidad vertiginosa… sin moverse del sitio. Súbitamente, las proporciones y las perspectivas parecieron adquirir otra vez sus dimensiones normales y, mirando a su alrededor, se encontró sentado junto al brocal del pozo, solo y con la mente más despejada de lo que la había tenido en muchos días.

– Claro… -dudó el comisario, observando a Dener como podría éste haber mirado a uno de sus enfermos-. No pretenderá usted que le crea…

Dener ya esperaba aquello y se limitó a sonreír.

– Naturalmente que no… Sería absurdo intentarlo siquiera… Tendría usted que haber pasado por lo mismo que yo pasé para poderlo creer. Sin embargo… ¿tiene usted ahí los resultados del laboratorio?… ¿Han investigado a Miggy?

– Bueno, precisamente eso es lo extraño… -el comisario pasó al otro lado de su mesa y revolvió brevemente entre los papeles hasta encontrar uno-. Han analizado el plástico con que fue construida. Aquí es totalmente desconocida esa modalidad. Es más, ni siquiera está fabricado a base de polivinilo, sino a partir de una aleación extraña de bórax que, según el informe, es o debería ser imposible de obtener…

– ¿Y… en cuanto al mecanismo parlante?

– Dice aquí que un extraño procedimiento que consiste en células fotoeléctricas adaptadas a pilas de uranio 235 totalmente aislado para evitar la exteriorización de la radiactividad…

– Y dígame, comisario, ¿no se le ha ocurrido pensar en el dinero que costaría hoy esa muñeca puesta a la venta en un bazar?

El comisario señaló el informe del laboratorio.

– En el laboratorio han tenido la curiosidad de presupuestarla. Con precios de mercado, habría costado algo más de tres millones…

Dener se levantó, indignado ante la sangre fría del comisario.

– ¿Pero no se da usted cuenta?… ¡Ese juguete no puede estar a la venta!… Es… ¡es prohibitivo hasta para los más potentes multimillonarios!…

– ¿Y quién le dice a usted que no, amigo?… Esto no hace más que confirmar mi teoría… Una potencia extranjera ha utilizado este método para asesinar a un hombre que les resultaba peligroso… ¡No me venga usted con cuentos de fantasía científica!… ¡Si todo tiene explicación en este mundo!…

Dener salió desolado de la comisaría. Con esto no había contado… O, al menos, no había contado con tan brutal cerrazón. Lo mismo le había ocurrido horas antes, cuando fue a visitar por segunda vez a Spiros. Spiros se había reído de él, aunque tuvo que convenir en que el pasado del profesor Wiener era bastante oscuro. Pero también había encontrado una explicación a aquello:

– ¿Y qué quiere usted? En una época de persecuciones como la que estamos viviendo, los hombres sin patria abundan como las moscas. ¡Vaya usted a saber! Yo nunca se lo pregunté, ¡faltaría más!… Para mí, si era un judío alemán o un anticomunista ruso o un progresista americano, todo es lo mismo. Era un hombre de ciencia, y la ciencia no tiene patria… Tampoco yo la tengo, y es probable que mi hijo carezca de ella, cuando venga al mundo…


***

– ¡Mamá!… ¡Mamá!…

La señora Spiros se asomó a la ventana de la cocina. El pequeño Tab venía de la parte trasera de la casa jugueteando con algo que llevaba entre las manos.

– ¿Qué quieres?

– ¿Puedo quedarme con esto?

– ¿Qué es?…

– No sé, una caja de música, ¿no?…

– A ver…

El niño mostró a su madre lo que llevaba en las manos. Era una caja con un muñeco encima, un muñeco que, al apretar un botón azul que estaba disimulado entre las flores pintadas, se ponía en movimiento bailando una especie de alegre rigodón, acompañado por la musiquilla que salía de la caja. La señora Spiros miró al pequeño con un enfado divertido:

– ¿De dónde has sacado eso?

– Del pozo.

– ¿Y no había nadie?

– No…

– Se lo habrá olvidado algún niño, Tab… No es tuyo…

– ¿De quién es, entonces?…

La madre trató de decirlo, pero, en realidad, lo ignoraba totalmente. Se limitó a encogerse de hombros, volviendo a sus quehaceres de la cocina.

– Está bien, puedes quedártelo… ¡Pero se lo devolverás a su dueño, si aparece!…

– Sí, mamá…

Y el chiquillo, feliz como unas castañuelas, corrió hacia el jardín y se tumbó en la hierba. Nunca había tenido un juguete tan maravilloso. Apretó el botón y la musiquilla hizo bailar al muñeco. De vez en vez, entre las alegres notas del rigodón, se oyeron unos extraños chasquidos: “¡Prrrip!… ¡Prrrip!… ¡Prrip, prip!… ¡Prrrripl”…


ESPACIO VITAL

<p>ESPACIO VITAL</p>

Lo peor era que aquello estaba ocurriendo en las noches más húmedas y pegajosas de agosto.

Intentaba conciliar el sueño manteniendo la ventana abierta de par en par. Pero aun así, junto con los ruidos nocturnos y las vaharadas de calor húmedo que subían desde la calle, los recuerdos se convertían en sensaciones y se encontraba de nuevo frente a la mesa de mármol, la luz cegadora de las lámparas fluorescentes sobre su cabeza… y el hedor insoportable de los cuerpos putrefactos. Y la sangre, sobre todo la sangre: pegajosa, medio coagulada, entremezclada con pelos rubios y fragmentos de cerebro, convirtiendo las cabezas destrozadas en guiñapos negruzcos de forma indescriptible.

Dio una vuelta en la cama y sintió náuseas. Imposible dormir. A lo lejos, el viejo reloj de la Universidad dio cuatro campanadas. Se levantó y tomó un somnífero. Pero sabía que, si las otras noches le habían hecho efecto las pastillas, esta noche sería inútil. Trató de quedarse quieto durante diez minutos, pero le era imposible relajarse. Se dio la vuelta, encendió la luz junto a la mesilla de noche y buscó los cigarrillos. El humo corrió caliente por su garganta, y los pies, en contacto con el suelo, refrescaron su cerebro embotado por el insomnio.

Cuando sonó el teléfono ya había adivinado que el comisario Kraut estaba al otro lado. Y sabía tambien por qué le llamaba. Las piernas le temblaban cuando descolgó el auricular y sintió en su garganta el gusto dulzón de la náusea, otra vez.

– Lebeau… -dijo, con un hilo de voz.

– Hola, doctor… Aquí Kraut… Le necesitamos.

– Ha… ha sucedido otra vez, ¿verdad?

– Sí…

– Como las otras veces…

– Exactamente igual… Bien, de todos modos, sólo le llamaba por avisarle… Si prefiere usted hacer la autopsia mañana temprano…

– No… En cualquier caso, no podía dormir. Voy ahora mismo…

– Está bien. Le esperaré…

Mientras se vestía, el doctor Lebeau maldijo el día y la hora en que tuvo la humorada de pedir plaza de médico forense adscrito a la comisaría del barrio de la Universidad. Ciertamente, las cosas no habían ido mal hasta entonces. Lo clásico: contusiones, informes, alguna que otra autopsia y un continuo experimentar sobre la psicología de los delincuentes, aunque aquella no era su labor específica. Pero ahora, desde que apareció el primer cadáver con el cráneo destrozado a golpes, una semana antes, su cargo se había convertido en una constante pesadilla. Desde entonces, la visión de aquellos cadáveres se había repetido hasta cuatro veces; hoy era la quinta. Y siempre había sucedido igual, como si cada uno de los cuatro crímenes misteriosos no hubiera sido más que un calco del primero. Siempre se había tratado de hombres de la misma edad aproximada: unos treinta años. Musculosos, de más de uno ochenta de estatura y cabellos rubios. Sus rostros habían sido siempre imposibles de identificar, pero Lebeau habría jurado que los cuatro hombres, cuando vivían, se parecían como gotas de agua. En cualquier caso, sus cuerpos eran muy semejantes y la extraña señal tatuada sobre el antebrazo era idéntica en cada uno de ellos. Los cuatro habían sido hallados en los estercoleros que rodeaban los antiguos edificios de los servicios de la Universidad, ahora abandonados. Y todos ellos mostraban señales de haber sido asesinados entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas antes de su hallazgo por la patrulla de seguridad nocturna. Sobre sus ropas no se había encontrado ningún documento o papel que pudiera arrojar la menor luz sobre su personalidad, pero esas ropas, de buena calidad, aunque de corte bastante burdo, daban la impresión de que sus propietarios habían sido en vida hombres con dinero pero sin tiempo para procurarse un buen sastre.

Lebeau no pudo reprimir una sonrisa al descubrirse con semejante pensamiento. ¡Estaba en contacto con cadáveres horriblemente destrozados y se le ocurría recordar unas características absurdas que, en todo caso, únicamente podrían haber interesado a la policía! A él le habría bastado con certificar, una vez más, que la causa de la muerte se debía a la destrucción total del cráneo, con aplastamiento de la masa cerebral y de todos los órganos vitales. Y ahora, otra vez: la quinta.

El aire de la noche entrando por la ventanilla de su automóvil le despejó y, por unos momentos, le hizo pensar que la cosa no era tan grave. Hasta se rió un poco de sí mismo, por las horas de insomnio que le había estado costando aquella ristra de muertos espantosos. Luego, subiendo las escaleras blancas que conducían a su departamento, se sorprendió a sí mismo silbando una cancioncilla. El somnífero le había servido de sedante y, si no le había permitido dormir, al menos le ayudaría a mantener firme el pulso cuando tuviera que empuñar el bisturí.

El pasillo estaba totalmente iluminado y, al fondo, en la antesala del cuarto de autopsias, vio sentada la figura oscura y rechoncha del comisario Kraut. El comisario se levantó al oír sus pasos y trató de sonreír a través de aquella palidez verdosa que proclamaba la visión desagradable que había tenido que soportar algún tiempo antes. Los dos hombres se estrecharon las manos como autómatas.

– Gracias por haber venido…

– No tiene importancia. De todos modos, no lograba dormir…

– Yo tampoco, Lebeau…

– ¿Alguna cosa especial?

– Nosotros no hemos descubierto ninguna… Todo es exactamente igual que las otras veces, al parecer. Todo.

El auxiliar sanitario se acercó al forense, le ayudó a quitarse la chaqueta y comenzó a ponerle la bata verde.

– Pero tendrán ustedes algún indicio.

– Ojalá… Hasta ahora, nada. Hemos movilizado a las comisarías de todo el país, dando los datos que hemos podido reunir. En ninguna parte se ha notado la desaparición de nadie que responda a las características de… nuestros hombres. Y ése era el único método que teníamos para haber hecho algún progreso. Ni siquiera la policía de fronteras ha registrado desde hace un año ninguna entrada de nadie que pudiera tener las características de éstos…

Y, al decirlo, señaló con el pulgar a sus espaldas, hacia la puerta que daba entrada al cuarto de las autopsias. Lebeau se puso lentamente los guantes de goma y se ajustó el bonete verde y la máscara. Luego se volvió al auxiliar, que le miraba con ojos casi suplicantes. El forense sonrió y le dio una amistosa palmada en el hombro.

– ¡Animo, muchacho!… Es el oficio…

– Ya sé, doctor. Pero de todos modos…

El comisario trató de reír ante el asco de aquel rostro que parecía acostumbrado a las visiones más horripilantes. Pero la mirada del viejo auxiliar le cortó la risa. El hombre dio un paso hacia el comisario, casi con odio.

– No se ría… Usted ha terminado de mirar… eso. Nosotros empezamos ahora…

– Vamos, Fred, si quieres, te sustituyo…

– Si lo dijera usted en serio…

– No. No lo digo en serio. Perdona…

Lebeau y Fred cruzaron sus miradas. Tenían que ir. El médico avanzó con paso firme hacia la puerta del cuarto de autopsias. Fred le siguió, remolón y, unos pasos antes de la puerta, se adelantó para abrírsela a su jefe y dejarle paso. Lebeau se detuvo en el umbral. El cuarto estaba fuertemente iluminado con la luz blanca de los tubos fluorescentes, que parecían reverberar en los azulejos de las paredes. Daba sensación de frío y, sin embargo, al entrar, el olor caliente del formol mezclado con el dulzón de la carne putrefacta le volvió a la horrible realidad de lo que tenía que hacer. Y allí, sobre la losa de mármol, estaba aquello. Otra vez.


***

A las seis y media de la madrugada, las nubes acumuladas durante el calor asfixiante de la noche habían cubierto totalmente el cielo, retrasando el alba y tiñendo las calles del barrio universitario con sombríos ocres. Lebeau dejó su coche frente a la entrada de la comisaría de policía y regresó a pie, para aprovechar el frescor de la madrugada. El barrio estaba a aquellas horas casi enteramente desierto y, cuando abandonó la calleja en la que estaba enclavado el puesto policial, y por la cual llegaban las parejas de agentes de la vigilancia nocturna de regreso al retén, se encontró solo entre aquellas casas que, en su mayor parte, eran pensiones destinadas a estudiantes y que ahora, en época de verano, se encontraban casi totalmente abandonadas.

Sentía la necesidad absoluta de estar solo, de recorrer despacio las callejas desiertas y olvidar, si podía, el espectáculo que había vivido unos momentos antes y que, después de haberse repetido por quinta vez en una semana, se estaba convirtiendo en una obsesión imposible de rechazar de la mente.

Aquello tenía que ser obra de un odio total, un odio que el pensamiento de Lebeau no lograba alcanzar en su absoluta integridad. Únicamente un odio más allá de toda medida humana podía ensañarse de aquel modo con sus víctimas, hasta deshacer en ellas el más remoto recuerdo de lo que habían sido en vida. Aquellos cráneos destrozados clamaban en la cabeza del forense con gritos de rabia. El asesino, quienquiera que fuese, había borrado brutalmente del mundo a aquellos seres, haciéndolos desaparecer y convertirse únicamente en una incompleta ficha policial. Ni rastro de quienes fueron, ni el recuerdo de alguien que pudiera conocer siquiera a uno de ellos, ni una fotografía que les representase en vida, ni un nombre. Nada, absolutamente nada, como si nunca hubieran existido, como si desde el principio del mundo hubieran sido únicamente unos cadáveres putrefactos, destrozados, irreconocibles. La única pista -si es que pista podía llamarse a aquel indicio sin pies ni cabeza- era la comunidad de aquellos hombres, la característica física que los hermanaba: aquella estatura superior, aquella pelambre rubia apenas entrevista entre la sangre coagulada, su edad… y el modo como habían sido asesinados.

Sumido en sus pensamientos, Lebeau apenas se dio cuenta de la figura pequeña y atlética que avanzaba lentamente unos pasos delante de él y que se detenía al escuchar los suyos. Tal vez por eso, tuvo un sobresalto involuntario al oírse llamar por su nombre:

– Buenos días, doctor Lebeau…

La voz tímida y apagada del hombrecillo le hizo volver en sí. Ante él estaba sonriendo, arrugada su nariz aguileña y brillante el cráneo rapado a la apagada luz del amanecer. Lebeau trató de plegarse a la realidad y sonrió con una mueca cansada.

– Buenos días…

– Temprano se levanta usted, doctor…

Lebeau no pudo contener ahora una sonrisa.

– ¿Y usted, profesor Braunstein?… Yo vengo de trabajar…

– Bien, yo voy ahora…

Echaron a andar los dos hombres por la acera, despacio, hacia la plaza de la Universidad. El profesor Braunstein trató de adaptar su paso corto a las zancadas lentas de Lebeau. El viejo tenía ganas de charla, no cabía duda.

– Da gusto entregarse en verano al trabajo, doctor… Ahora es mucho más fructífero, porque no tiene uno que estar pendiente de los muchachos que preguntan y preguntan y no dejan de preguntar en todo el día… Ahora me encierro en el laboratorio y el tiempo es mío… ¡Totalmente mío!

– ¿Y no se toma usted vacaciones, profesor?…

– ¿Vacaciones?… ¿Quiere usted más vacaciones que estar haciendo lo que uno desea?… ¡Estas son mis vacaciones!…

Lebeau fijó su mirada franca en el anciano pequeño y musculoso que caminaba a pasitos rápidos a su lado. Sentía simpatía por aquel antiguo exiliado judío que se había adaptado como un guante a la vida universitaria de la vieja ciudad. Sentía simpatía por él y sabía que era el ídolo de sus alumnos y uno de los cerebros importados más valiosos del país. Más de una vez el profesor Braunstein había tenido que interrumpir sus clases universitarias para incorporarse a alguna tarea especial encargada por el Gobierno, pero sabía igualmente que el viejo Braunstein sólo se sentía feliz entre las paredes de su laboratorio de física, al que el propio Gobierno había dotado de todos los adelantos que el viejo profesor tuvo la ocurrencia de pedir. Sí, sin duda el Gobierno sabía que cualquier capricho de Braunstein era una buena inversión en el futuro, aunque ignorase absolutamente el destino que Braunstein daría a cada nueva instalación. En el fondo, Lebeau envidiaba al profesor, con una envidia sana que no era más que reconocimiento de sus propias limitaciones profesionales.

Ahora, al fijar su mirada en el rostro de Braunstein, se dio cuenta de las contusiones y verdugones que surcaban su mejilla y se extrañó.

– ¿Qué le ha ocurrido, profesor?

– ¿Lo dice usted por esto? -preguntó a su vez el viejo, señalando las cicatrices-. Nada… Gajes del oficio. Hay veces que los electrones causan más daño que un sádico…

– ¿Pues qué está usted haciendo ahora? -volvió a preguntar Lebeau, más curioso.

Braunstein levantó hacia él unos ojillos irónicos sin malicia. La pregunta debió parecerle tan ingenua como difícil la contestación a un profano. Lebeau se dio cuenta y trató de suplir su falta de tacto.

– Perdone, profesor. Me imagino que, aunque usted accediera a contármelo, para mí sería como si me hablase en sánscrito.

– ¡No, por qué!… En el fondo, los trabajos de física son sencillos de comprender… Lo difícil es el método, los pasos que hay que dar hasta conseguir lo que uno se propone… Y aun entonces… se equivoca uno tantas veces…

– Eso forma parte de la experiencia…

– Naturalmente… Pero a veces, una equivocación puede resultar fatal… Mire, si no… -y se señalaba con el dedo las cicatrices amoratadas de su cara.

Dejó pasar unos segundos, mirando a Lebeau con una expresión de lástima y luego trató de animarle.

– No crea que todo son rosas en mi profesión, doctor… También usted tendrá sus satisfacciones, supongo…

Lebeau le miró asombrado. ¡Satisfacciones, él!… La visión de los cráneos destrozados volvió a subirle garganta arriba con su sabor dulzón de náusea. Se llevó la mano a la boca, para contenerla. Braunstein se dio cuenta de que algo no marchaba bien en el ánimo de Lebeau y le golpeó amistosamente en un hombro.

– Y los momentos malos son para todos, también…

El forense le miró asombrado.

– ¿Cómo sabe que?…

Braunstein soltó una risa aguda.

– Es usted muy mal simulador, doctor… -y se puso serio inmediatamente para añadir-. ¡Pero usted debería mirar más allá de sus propios momentos desagradables!… Está usted sirviendo a la justicia y todavía en el mundo la justicia es lo más importante para que podamos seguir viviendo… Yo, en cierto sentido, soy deudor de usted…

– No le entiendo…

– ¡Naturalmente!… Si la justicia no existiera, ¿cree que habría lugar para el progreso, para la investigación, para seguir cada día unos pasos más adelante?…

– No lo sé. Supongo que tiene usted razón, profesor… Pero hay veces que el servicio de la justicia nos lleva a pensar que el mundo es mucho más brutal de lo que cabría suponer desde fuera…

– ¡Bah!… Piense usted lo que sería el mundo si cada ciudadano tuviera que implantar la justicia por sí mismo… Afortunadamente, eso ocurre pocas veces…

Las últimas palabras habían sido dichas en un tono que a Lebeau le sonó extraño.

– ¿Pocas veces, profesor?…

– Muy pocas… Ya ha pasado el tiempo de las incredulidades. Hoy, la policía está preparada para entenderlo casi todo. El ciudadano, generalmente, puede confiar en ella con la seguridad de que será comprendido…

– Pero cree usted que hay excepciones -y Lebeau, al afirmarlo, fijó su mirada en los ojillos ahora huidizos del profesor.

Braunstein se dio cuenta y se encogió de hombros.

– Algunas habrá, supongo…

Habían llegado frente al portón de la Universidad.

Braunstein se detuvo y extendió la mano para estrechar la del médico.

– Bien, doctor, no me haga mucho caso. A veces divagamos, sobre todo cuando estamos preocupados por otras cosas… Y usted, trate de descansar. ¡Deje a la policía que resuelva las cosas!… Usted, a lo suyo.

– Pero, profesor, ¿cómo sabe usted que estoy preocupado por algo?…

– Es usted joven, amigo… Y a los jóvenes se les refleja en la cara todo cuanto sienten y piensan… En las manos de ustedes está el futuro y ustedes se dedican a malgastarlo en divagaciones. ¿Me permite un consejo?… No vuelva atrás la mirada nunca, doctor Lebeau…

El convencimiento absoluto de que el profesor Braunstein sabía algo de todo aquel misterio que la policía estaba tratando de desentrañar se hizo a cada minuto más fuerte en la conciencia del doctor Lebeau. No es que pensase en la responsabilidad directa del viejo profesor de física. Más bien se inclinaba a suponer que Braunstein había tenido ocasión de ver algo y que su cerebro había fabricado toda una teoría de la justicia particular ante un hecho que, en su conciencia, podría haber despertado, con toda su brutalidad, un sentimiento de solidaria compasión.


***

Ya había llegado casi a la altura de su apartamento, cuando Lebeau, sin idea fija de lo que podría ver u oír, volvió sobre sus pasos, se metió en el intrincado laberinto de callejuelas que rodeaban los edificios de la Universidad y fue a rodear la zona de derribos que, en tanto esperaban el momento de su edificación, servían de estercolero y almacén de desperdicios de todo cuanto se tiraba en las aulas y en los laboratorios.

Entre la basura acumulada en uno de aquellos inmensos montones de porquería habían sido hallados, día tras día, los cuerpos horrorosamente mutilados de aquellos seres que habían formado en su mente la imagen del horror y de la repugnancia. Ahora, una patrulla de agentes, con perros policía, escarbaban entre los escombros y las basuras, tratando de encontrar algún indicio o cualquier objeto que pudiera servirles de pista en sus ciegas investigaciones. Un trabajo manso, lento y silencioso bajo el cielo nublado de la mañana temprana. Los perros parecían darse cuenta de la preocupación reinante y escarbaban y olfateaban por todas partes en silencio, sin soltar un solo ladrido.

Los agentes, enfebrecidos en la inútil búsqueda, no repararon siquiera en la presencia de Lebeau y solamente, pasado un largo instante de mirar hacia las lejanas ventanas de las aulas y los laboratorios de la Universidad, tratando de saber cuál de aquellos mil agujeros pertenecería al profesor Braunstein, se electrizó al sentir una mano sobre su hombro. Al volverse vio la cara preocupada del comisario Kraut.

– ¿No duerme, doctor?

Lebeau negó con la cabeza y miró fijamente a Kraut, dudoso de contarle los pensamientos desordenados que pasaban desde hacía una hora por su cerebro.

– ¿Qué le ocurre? -oyó que le preguntaba, curioso-. Debería usted dormir y dejar esto por un rato.

– ¿No… no han encontrado nada?

Kraut negó lentamente y añadió:

– Debieron traerlos después… No hay señales de lucha, aunque, con toda esta porquería…

– Un asesino inteligente, entonces…

– Todo lo contrario… Un aficionado… Son los peores. Busque usted a una bestia dañina entre tres millones de habitantes de una ciudad y verá usted lo difícil que es descartar a todos menos uno…

– Sin embargo, el hecho de que todos los cadáveres se encontrasen precisamente aquí…

– ¿Qué?

– ¿No significa nada?

– Podría significar… y podría no suponer más que una manía del asesino…

– ¿Uno, entonces?…

– ¡Cualquiera lo sabe!… Uno, suponemos… Pero todo está totalmente a oscuras. Usted sabe de eso tanto como yo mismo. Nadie ha escuchado nada… -añadió, señalando ampliamente la multitud de ventanas que rodeaban la zona-. Nadie vio nada, nadie sabe quiénes pudieran ser. Como si hubieran aparecido de la nada sólo para ser brutalmente asesinados.

Lebeau se volvió al comisario, súbitamente interesado.

– Habló usted antes de lucha, ¿no?…

– Tal vez… Debió haberla. No se dejan matar cinco hombres fornidos como eran estos sin ofrecer resistencia, ¿no cree usted?

– No lo sé, por eso se lo preguntaba… Los cuerpos no ofrecían ninguna señal, ya se lo consigné en el informe…

– Pudieron no tener tiempo de defenderse…

– O pudieron hacerle algo al asesino antes de que él lograse matarles…

– Tal vez… ¿por qué?

– Porque, en ese caso, el asesino tendría señales que…

Le interrumpió la carcajada de Kraut.

– ¡No sueñe, Lebeau!… ¡Tres millones de habitantes, piénselo!… Treinta mil accidentes diarios, doscientas riñas callejeras por término medio, cuatrocientos quince atropellos. ¡Busque usted un asesino entre todos!…

– Un asesino que mata hombres de más de uno ochenta de estatura, rubios y de treinta años.

Kraut se le quedó mirando un instante, sosteniendo la mirada angustiosa de Lebeau.

– Oiga, Lebeau… Ha tenido usted una idea…

– ¿Yo?…

– Sí, usted… ¿Por qué no hemos de ponerle un cebo a ese maníaco?

En los días siguientes, diez agentes escogidos entre los que tenían unas características físicas más o menos idénticas a los hombres asesinados se pasearon día y noche por la ciudad, procurando pasar lo menos inadvertidos posible y recorrieron todos los barrios, cafés de mala nota y prostíbulos en los que, de un modo u otro, cupiera la posibilidad de encontrar a un asesino.

Transcurrió una semana totalmente inútil. Una semana en la que los agentes seleccionados pudieron revolver la ciudad y hacerse ver, en una u otra ocasión, por cada uno de sus tres millones de habitantes. Una semana en la que, además, no volvió a aparecer ningún nuevo asesinado.

Habría parecido que los temores de la policía no iban a confirmarse. La vida en la comisaría resbalaba lenta y pegajosa, como la de toda la ciudad inundada de calor. Los informes sobre los cinco extraños asesinatos fueron acumulándose, sin que nada pudiera sobrepasar las sospechas de una porción de testigos que, en su mayoría, trataban únicamente de hacerse notar por su celo ante la justicia, sin que nada interesante respaldase sus oscuras declaraciones insensatas.

Los informes pedidos a los distintos organismos judiciales no arrojaron tampoco ninguna luz. Se analizaron las ropas de los muertos y la conclusión que sacaron los peritos, después de consultar con los más importantes fabricantes de tejidos, era que aquellas prendas parecían de artesanía y que, probablemente, ninguno de los grandes telares industriales del país las había confeccionado.

Se consultó igualmente a los pocos tatuadores profesionales que aún subsistían miserablemente en su negocio. Ninguno de ellos pudo haber hecho el tatuaje cuidadosísimo que apareció en los brazos de los muertos. Y en ninguna parte se pudo saber lo que significaba. Porque aquel trabajo parecía deberse, más que a un capricho, a alguna señal distintiva de rango o de profesión.

Parecía… Todo parecía y en nada se asentaba una absoluta seguridad. Por eso el mismo Lebeau no había sido capaz de exteriorizar ante el comisario ni ante nadie el recóndito temor que le atenazaba desde el día en que tropezó al amanecer con la silueta pequeña y fornida del viejo físico. Aquello tenía que saberlo por sí mismo, y las razones que tenía para que fuera así eran poderosas. En primer lugar, él no era un investigador profesional y sus relaciones con la justicia eran puramente empíricas, sin que nada ni nadie tuviera que darle crédito por una sospecha sin fundamento. Pero, además, se trataba del profesor Braunstein y había que pensarlo muchas veces antes de ponerle la mano encima a una eminencia que se entregaba en cuerpo y alma al servicio incondicional del país, hasta constituir prácticamente su gloria más brillante. Ya nadie recordaba la época, treinta años antes, en que Braunstein llegó refugiado desde su lejana patria de la Europa Oriental, perseguido por la furibunda oleada de racismo. Nadie recordaba que llegó solo, con todos sus parientes y amigos asesinados en nombre de una extraña definición de la palabra “raza”. Sabían sólo que Braunstein se debía a su patria adoptiva y que cada paso de su investigación llevaba a esa patria un paso más adelante sobre el nivel del progreso de los demás países. Eso era lo que importaba, lo que hacía del profesor Braunstein un intocable, a pesar de todo cuanto Lebeau sospechase que podía haber hecho.

Sin embargo, no osó dar un solo paso hasta que, diez días después de haber sido hallado el último cadáver, apareció otro, en el mismo lugar y en las mismas circunstancias que los anteriores. El hallazgo se efectuó a plena luz del día y, si con los anteriores logró la policía que la prensa se mantuviera absolutamente ignorante de los hechos, de tal modo que ningún periódico había dado la menor noticia de los anteriores hallazgos, esta vez los grandes titulares rompieron ruidosamente el secreto y pusieron en entredicho la eficacia de la policía nacional. La amenaza se cernía sobre todos sus componentes y las razones que sacó a relucir la prensa no permitían la menor excusa: seis cadáveres en dos semanas; ninguno de ellos identificado; la policía no logra saber ni siquiera quiénes eran esos hombres, ni de dónde venían. Se dudaba de que algún día se llegase a averiguar la identidad de su asesino. Atención: el pueblo está en peligro, en manos de un peligroso sádico asesino que la misma policía se declara incapaz de identificar.


***

– ¿Pero por qué dirán eso, Dios?… -Kraut arrojó desesperado el periódico sobre su mesa-. ¡Si creerán que así facilitan las cosas!…

– En cualquier caso, sólo los hombres rubios de treinta años pueden sentirse en peligro, ¿no cree usted? -preguntó Lebeau.

– Ni aún esos… ¿Qué ocurrió con nuestros cebos?… ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Se metieron desarmados en la misma boca del lobo, se codearon con todo el mundo a todas horas del día y de la noche… ¡y no corrieron el menor peligro, se lo aseguro a usted, Lebeau!… ¡Si lográramos saber de dónde han salido los muertos!…

El siguiente paso de aquella policía desorientada fue el control total de todos los puestos fronterizos. Se trasmitieron órdenes tendientes a localizar y seguir a todos los extranjeros que entrasen en el país y que reuniesen las características físicas requeridas. En diez días más, mientras la prensa desataba su bilis contra las instituciones, veintinueve extranjeros fueron localizados, seguidos día y noche y controlados en cualquier movimiento. Aquellos hombres, ignorantes de la persecución de que eran objeto, hicieron turismo o se dedicaron impunemente a sus negocios. Y ninguno de ellos corrió el menor peligro durante su estancia en el país. Ninguno de los que les siguieron advirtieron nunca que les amenazase nada ni nadie.

Fue entonces cuando Lebeau decidió actuar por su cuenta.


***

Una cosa era cierta, ante todo: él, Lebeau, un médico forense sin amigos influyentes no podía ser tomado en cuenta si formulaba una acusación que, por lo demás -él mismo lo reconocía- era totalmente gratuita y sin más base que unas palabras cabalísticas sin apariencia de sentido. Jugaba su baza sobre una sospecha sin fundamento y sobre su corazonada. No había siquiera pensado en circunstancias, motivos, ocasiones, agravantes o atenuantes. Simplemente, se dejaba guiar por su instinto. Y él mismo sabía que su instinto nunca había sido nada especial en lo que pudiera confiar ni siquiera para una sospecha. Mucho menos para una acusación. Pero la visión de los cadáveres destrozados que él mismo había tenido que diseccionar estaba clavada en su mente. Y el hecho horrendo de aquellas muertes espantosas le llevaba directamente a sospechar de la ineficacia de la misma policía para la que estaba trabajando y, por aquel camino, al convencimiento de que aquella misma policía se vería con las manos atadas para actuar con libertad si llegaba a comprobarse que Braunstein tenía algo que ver con la muerte de seis hombres rubios de treinta años. Sabía también que, si llegaba a dar un paso en falso, no solamente pondría en peligro su reputación, sino su puesto y aun -le gustaba regodearse con el autosentimiento del martirio- su propia vida. Porque, si se hallaba sobre una pista cierta, él mismo podría ser la siguiente víctima. Todo esto le produjo una sensación de lástima por sí mismo y se sintió a gusto con ella, una vez que tomó media botella de ginebra pura para darse ánimos.

Estaba decidido y, con esa decisión, logró conciliar el sueño después de quince noches de insomnio.

Se levantó tarde a la mañana siguiente y comenzó a elaborar su plan con todo detalle. Su primera sorpresa fue darse cuenta de que, después de años de trabajo rutinario, sin mirar más allá de lo inmediato, era aún capaz de concentrarse en una cuestión que le fascinaba. Más aún, se alegró dándose cuenta de que había algo -siquiera fuese aquella búsqueda de la que no saldría probablemente nada- que fuera capaz de despertar su entusiasmo hasta absorber totalmente su interés, por encima de la rutina diaria.

En primer lugar, los contactos entre él y Braunstein habían sido hasta entonces únicamente esporádicos y se habían limitado a una lejana presentación en no recordaba qué fiesta municipal y a algunos encuentros callejeros como el que le había abierto el camino de la sospecha que ahora quería comprobar. Lebeau recurrió discretamente a unos amigos comunes, el matrimonio Lind, él profesor adjunto de biología en la Universidad, ella encargada de un seminario de historia. La pareja, joven, había constituido para Braunstein en los últimos años una especie de sucedáneo de la familia perdida tanto tiempo atrás y el viejo profesor, según los mismos Lind le habían contado a Lebeau alguna vez, se escapaba muy a menudo de su trabajo diario para tomar con ellos una taza de té o un ponche caliente en las noches de invierno.

Lebeau se las ingenió lo mejor que supo para fomentar la esporádica amistad que le unía con los Lind y les visitó durante algunos días en su viejo apartamento cercado a la Universidad. El recuerdo de pasados tiempos de escuela secundaria sirvió fácilmente de pretexto y la soledad de Lebeau ayudó largamente a encontrarse a gusto entre sus amigos, hasta el día en que, casualmente, en una de sus ahora frecuentes visitas, se encontró con Braunstein y tuvo ocasión de departir largamente con él. No era difícil esto, por otro lado, puesto que Braunstein, acostumbrado a la soledad de su laboratorio, agradecía -como había agradecido ya en otra ocasión, al encontrarle en la calle- cualquier ocasión de hablar por los codos, con un humor que a Lebeau, de no tener tan arraigada su sospecha, le habría confirmado abiertamente la absoluta inocencia del profesor de física. En cualquier caso, le hizo pensar más bien que, si alguna culpabilidad había en Braunstein, se debería más al silencio por lo que pudiera saber que a una acción directa.

Lebeau, deseoso de escarbar en la vida anterior del profesor, habría querido que aquella conversación hubiera girado en torno a la vida del anciano treinta años antes, porque suponía que, si había en el algún odio recóndito, debería proceder de aquellas lejanas fechas. Sin embargo, Archibald Lind, seguramente sabedor de que a Braunstein le desagradaban o le entristecían aquellos viejos recuerdos, desvió las sugerencias de Lebeau hacia sus actuales trabajos de investigación física, en los que el viejo se sentía más a sus anchas. Braunstein, entusiasmado, se explayó en términos que a Lebeau le parecieron extraños e incomprensibles, muy lejanos de sus posibilidades de entendimiento y más lejanos aún de sus intenciones respecto al viejo investigador.

Pero, de pronto, como si el mismo Braunstein se hubiera dado cuenta de que tenía que ponerse al nivel científico de sus interlocutores, se puso a hablar de algo que hizo levantar el interés de Lebeau:

– … Por eso he querido mantener el secreto ante el gobierno, al menos por ahora…

– ¿Qué quiere usted decir, profesor? Esa distorsión del tiempo de la que hablaba…

– Justamente… -vaciló súbitamente Braunstein, como si se diera cuenta de que había dicho algo más de lo que él mismo habría querido.

– ¿Se puede acaso trastocar el tiempo?

– En teoría, se pudo hacer ya hace muchos años. En la realidad, es precisamente lo que he intentado ahora…

– Cambiar entonces el curso de la historia…

– ¡No!… Esa es nuestra equivocación de seres tridimensionales… La historia, el devenir del hombre no se puede distorsionar, ¡está ya distorsionado en cada segundo!… La historia que nosotros conocemos es una, pero la real es una serie infinita de posibilidades que se realizan en cada instante.

– Pero se realizan de un modo.

– Nosotros no conocemos más que una de sus realizaciones, pero eso no quiere decir que no existan más. De hecho, hay una sucesión infinita de mundos paralelos, dentro de nuestro mismo mundo, pero fuera de cualquier posibilidad física de entreverlos.

Braunstein comenzó a entusiasmarse, viendo el interés efectivo que ahora estaba despertando en sus interlocutores y se olvidó momentáneamente del secreto que parecía haberse juramentado a guardar.

– Pero la historia es una sola…

– La Historia es como un árbol que bifurca sus ramas a cada segundo. A Julio César le asesinaron, pero en otro lugar y en otra dimensión, su asesinato fracasó y pudo cumplir sus planes de conquista. ¿Se imagina usted cómo será la historia en esa otra dimensión?… ¿O en la dimensión en la que Hitler, precisamente por no haber seguido los consejos de Hanussen, consiguió la fisión atómica en Peenemünde?…

Y al decir esto, Braunstein cerró involuntariamente los ojos, presa de un terror momentáneo.

– Profesor, ¿quiere usted decir que hay un mundo en el que esto ocurrió?

– Hay mundos infinitos, tantos mundos como segundos tuvo la historia del Universo.

– ¿Y usted puede captarlos?

– Sería imposible captarlos todos. En cada uno de esos segundos, la energía se retrató en ondas magnéticas. Y nunca podríamos captar todas esas ondas.

– Pero alguna de ellas sería suficiente para demostrar que está usted en lo cierto.

– Sí, sería suficiente…

– Eso es entonces lo que usted busca…

– Lo estuve buscando hasta hace muy poco tiempo…

– ¿Y lo ha conseguido?

– No… Al menos no como yo habría querido… Las matemáticas son puras y nunca se equivocan… Pero la técnica del hombre está sujeta a taras tan sutiles que una desviación mínima o cualquier condicionamiento sin importancia pueden trastocarlo todo… para siempre.

Braunstein se detuvo un instante para añadir, casi para su coleto:

– Y, a veces, los resultados son tan horribles, que es preferible abandonar, si queremos que el mundo siga existiendo… tal como lo conocemos, o como nuestro camino histórico nos ha trazado.

Lebeau no consiguió más información del profesor Braunstein. El viejo se obstinó en su silencio después de aquella criptología de las palabras y sus esfuerzos no fueron tampoco secundados por los Lind, que respetaban demasiado al anciano para desviarle u obligarle con insistencias.

Y, sin embargo, el médico tuvo, más que nunca, la seguridad de que en aquellas palabras, en aquella conversación sostenida con Braunstein como una charada pluridimensional, estaba el secreto del enigma que toda la policía del país no había logrado descubrir.

Ya solo nuevamente, se trazó las posibilidades de su sospecha. Y esa sospecha, que en su mente no tenía fundamento, se aferraba a su subconsciente con una seguridad que él mismo no habría querido admitir por nada del mundo. Llegó a pensar que podía haber detrás de todo aquello una cuestión internacional en la que el propio Gobierno estuviera implicado y de la que ni siquiera la policía hubiera podido tener noticia. Pero aquella suposición le pareció tan absurda como el razonamiento de su propia sospecha, sin base sobre la que sustentarse.

Lebeau se aferró a su idea absurda como a la única salida para aquel misterio nauseabundo que le estaba rompiendo a tiras la existencia. Y el llegar al fin, aunque ese fin significase el fracaso, se estaba convirtiendo, sin él mismo darse cuenta, en la razón principal de su existencia. El, que no había cumplido con sus aspiraciones juveniles, se estaba ahora lanzando ciegamente sobre algo cuya finalidad no veía, pero que estaba cubriendo con creces una necesidad vital, una justificación del amor propio que ahora sentía por primera vez en su vida. Y, en el fondo también -aunque nunca se lo podría confesar abiertamente a sí mismo- una venganza contra el hombre que representaba, en cierto sentido, el triunfo que él habría deseado y al que había tenido que renunciar por no ser intelectualmente capaz de alcanzarlo. Su venganza sería descubrir – ¡y tenía que descubrirlo!- el punto flaco del hombre intocable, del viejo científico mimado del Gobierno y reconocido mundialmente como una de las máximas autoridades en el mundo de la investigación física; sacar a la luz que ese hombre respetado de todos no dudaba en colaborar en un asesinato tan horrible como el que estaba ahora sobresaltando a la opinión pública.


***

Se sorprendió a sí mismo caminando en torno a los edificios de la vieja Universidad, con la cabeza embotada de pensamientos inespecíficos y una extraña ansia de venganza sorda contra lo desconocido. Su reloj marcaba las cuatro y media, pero las lejanas campanadas de las cinco le indicaron que había olvidado darle cuerda y lo tenía detenido desde media hora antes, como su propia conciencia. Estaba solo. Tres parejas de agentes de la patrulla nocturna le habían encontrado y le habían saludado amablemente, pero él no se había dado cuenta siquiera. Sentía frío en pleno mes de agosto. Un frío que sólo se llegaba a alcanzar en la madrugada. Una luz muy tenue comenzaba ahora a siluetear los perfiles de la ciudad por el Este y la luz fluorescente de los viejos faroles de gas adaptados a las nuevas necesidades urbanas palidecían despacio.

Sus ojos se alzaron, escrutadores, hacia las ventanas sin luz de los laboratorios. Una sucesión de agujeros negros incógnitos que, una vez más, le hicieron preguntarse cuál de ellos escondería en su oscuridad el laboratorio de Braunstein. Las ventanas más cercanas de un segundo piso se encendieron entonces. Tres ventanas sucesivas. A través de ellas, Lebeau creyó distinguir una maraña de cables que bajaban desde el techo y que se agrupaban en haces en torno a una especie de campana con techo metálico y paredes de vidrio trasparente. Una silueta cruzó frente a las ventanas, una silueta que delataba los hombros anchos y la corta estatura del profesor Braunstein. Lebeau se detuvo. Vio -o creyó ver- cómo el viejo se dirigía a uno de los muros del laboratorio y conectaba lo que parecía ser un interruptor de gran potencia. Inmediatamente, algo comenzó a zumbar con un ruido sordo y continuo junto a Lebeau. El médico dio un respingo y volvió la cabeza; se había colocado junto a un potente trasformador que ahora estaba en funcionamiento. Los cables del trasformador subían directamente hasta las ventanas que ahora estaban iluminadas.

Lebeau dio despacio la vuelta al edificio, buscando una puerta de acceso. Por supuesto, la principal permanecía cerrada, pero encontró únicamente entornada la puerta por la que, unas semanas antes, había entrado el mismo Braunstein, cuando le acompañó en una amanecida semejante después de una noche de náusea. Entró por aquella puertecilla de hierro forjado y se encaminó despacio por el largo pasillo oscuro, en busca de las escaleras que le habrían de conducir hasta el segundo piso. De pronto, se volvió sobresaltado, al oír una voz a sus espaldas:

– ¿A quién busca?

– Al profesor Braunstein.

– Está ocupado. No recibe a nadie, a estas horas.

– A mí sí… Me citó él…

El conserje, en mangas de camisa, le miró de arriba abajo, extrañado.

– ¿Le citó él?

Lebeau estuvo a punto de confesar su intrusión, pero se contuvo y afirmó con seguridad. El conserje le indicó la escalera y le encendió una luz para que no tropezase.

– Es en el segundo…

– Ya lo sé…

Subió despacio por aquellas escaleras angostas de piedras desgastadas, temiendo tropezar a cada paso y romperse la crisma. Temiendo también ser seguido por aquel conserje que, no sabía por qué, le había parecido siniestro. Se asomó al hueco de la escalera y le vio abajo, mirándole con ojos pequeños y escrutadores, como si temiera que fuera a meterse en otro sitio y no en el que había prometido. Lebeau se sintió obligado a decir algo:

– ¿Es… aquí?

El conserje, desde abajo, asintió y estuvo esperando hasta que el forense se metió por el oscuro pasillo. Debajo de una de las puertas había luz. Tenía que ser allí. Además, a través de la madera se escuchaba el zumbido continuo de algún condensador o cualquier aparato semejante que estaba en funcionamiento. Lebeau estuvo a punto de empujar la puerta sin llamar, pero se contuvo cuando ya tenía la mano sobre el pomo. Casi inconscientemente, había ya encontrado la excusa que le serviría para justificar su presencia en aquel lugar y a aquellas horas pero ahora, apenas separado por una puerta del profesor Braunstein, todo cuanto había pensado se le antojaba falso. Sin embargo, estaba allí y tenía que hacerlo. Llamó con los nudillos.

Dentro no varió nada. El mismo zumbido y ningún otro ruido que pudiera revelar la presencia de nadie. Golpeó más fuertemente, con el mismo resultado. A la tercera vez llamó con la palma de la mano abierta y, antes de que transcurriera un segundo, el zumbido del interior cesó y oyó unos pasos cautelosos que se aproximaban a la puerta.

– ¿Quién es? -se escuchó dentro la voz de Braunstein.

– Soy yo, profesor… Lebeau…

– ¡Espere!… -se volvió a escuchar dentro. Y Lebeau pudo oír inmediatamente como un arrastrar de algo blando por el piso del laboratorio, acompañado de los pasos precipitados de Braunstein, que luego se desplazaron más lentamente, como si empujasen algo pesado que parecía desplazarse sobre el piso con un chirrido metálico. Todavía trascurrieron algunos segundos, durante los cuales se escuchó ruido de agua, como de un trapo removido en un cubo. Luego, la puerta se abrió lentamente y en el quicio asomó el rostro sudoroso de Braunstein. Tenía la respiración agitada y se secaba la palma de la mano derecha en el fondillo del pantalón. Sin embargo, su mirada se fijó en Lebeau escrutadora, como si quisiera atravesar sus pensamientos.

– ¿Qué ha venido a hacer aquí?

– Regresaba de la comisaría y vi la luz en…

– ¿De la comisaría? ¿Qué ha hecho, otra autopsia? -preguntó Braunstein súbitamente, como si intentase pescar a Lebeau en falta. Aquella seguridad de la pregunta desconcertó a Lebeau, que estuvo a punto de contestar afirmativamente. Pero se contuvo.

– No… Sólo unos trámites. Pero, al ver la luz, me dije que…

– … que vendría a ver si pillaba a Braunstein con las manos en la masa, ¿no es cierto?

Las últimas palabras dejaron confuso a Lebeau. Aquel hombre estaba casi leyendo en su pensamiento. O es que ese pensamiento era tan evidente que podía ser leído por cualquiera. Intentó contestar, pero el viejo no le dio tiempo. Abrió bruscamente la puerta dejando a la vista toda la instalación del interior y, con una sonrisa nerviosa, se hizo a un lado e hizo un amplio ademán:

– ¡Adelante, doctor, ha sido usted oportuno!… Me ha pillado.

– Pero yo no…

– ¡Adelante!… No se detenga…

Lebeau dio unos pasos hacia el interior del laboratorio. La luz intensa de los tubos fluorescentes dejaba ver toda la extraña instalación que había entrevisto desde la calle. Se multiplicaban los haces de cables y una estructura extraña de vidrio y metal que terminaba, casi en el centro de la gran sala, en la cúpula metálica con paredes de plástico trasparente que había confundido con una campana. Los grandes haces de cables quedaban conectados en la cima de la cúpula y en una especie de pantalla de televisión que estaba adosada a un intrincado panel de instrumentos y botones.

Pero lo primero que apareció a los ojos asombrados de Lebeau fue una reciente mancha de agua sobre el suelo del laboratorio. La estaba mirando, cuando la puerta se cerró tras él y oyó la risa nerviosa de Braunstein. Lebeau se volvió a él precipitadamente, aun desconcertado por lo que veía y por aquella reacción imprevista del viejo. El profesor, evidentemente nervioso, se había apoyado contra la puerta recién cerrada y su risa se estaba extinguiendo sobre el rostro sudoroso. Lebeau sintió con evidencia que se encontraba ante el culpable descubierto. Pero aún quiso disimular un momento:

– ¿Qué le ocurre, profesor?

Braunstein no respondió. Insensiblemente, su rostro iba adquiriendo una tonalidad pálida, como si el sudor se le enfriase en las sienes. Y, al mismo tiempo, sus ojos se tranquilizaron.

– Nada… Nada…

– ¿No se encuentra bien?

– No, no es nada.

Lebeau se acercó a él rápidamente, justo a tiempo de impedir que el profesor cayera al suelo. Le sostuvo como pudo y le llevó hasta un sillón próximo. El profesor había cerrado los ojos y Lebeau, tomándole por desmayado, buscó con la mirada algún lugar donde hubiera agua para darle de beber. En un rincón del cuarto adivinó un lavabo y, al pie del lavabo, un cubo grande de plástico. Se acercó rápidamente, tomó un vaso y fue a llenarlo. Fue entonces cuando sus ojos se fijaron en el contenido del cubo que estaba a sus pies. El agua estaba fuertemente teñida de rojo. El médico dio un respingo. Su cabeza giró violentamente hacia donde estaba sentado el profesor, que había abierto de nuevo sus ojos cansados y le miraba esperando:

– ¿Qué es esto, profesor?…

– Es… sangre, ¿no lo ha adivinado?

– ¿Sangre?…

Sus ojos, ahora, siguieron la mirada de Braunstein, que se desplazaba por el cuarto hasta otro de los rincones, oculto por un armario metálico blanco y apaisado. Y, obedeciendo a la voz cansada y ahora vencida del viejo, que le indicaba: “Ahí”, se acercó y contuvo apenas el vómito al asomarse detrás del armario.


***

– Ahora… ahora ya lo ha visto. ¿Es eso lo que buscaba?

– Sí… -respondió Lebeau, con un hilo de voz.

– ¿Qué piensa hacer?

Lebeau movió la cabeza:

– ¿Qué haría usted en mi lugar?

La voz de Braunstein había recobrado su tranquilidad casi científica. Como si con el descubrimiento de su crimen hubiera vuelto a él la paz.

– Supongo que lo mismo que piensa usted hacer… Es natural. Pero quiero pedirle un favor… Siéntese aquí, a mi lado.

Lebeau obedeció maquinalmente. Se sentó en el borde de un sillón de cuero que había cerca del que sostenía el cuerpo cansado del profesor de física.

– ¿Está dispuesto a escucharme?

– Naturalmente… -Lebeau pensó para sus adentros que debería tener miedo y, sin embargo, no lo sentía. Más aún, que estaba asistiendo a una liberación auténtica de aquel hombre rendido que tenía sentado frente a él y que era el asesino de siete hombres. En su fuero interno, necesitaba ahora escuchar la justificación a esa necesidad.

– ¿Sabe usted de dónde salió ese hombre… y los demás?

Lebeau, progresivamente intrigado, negó con la cabeza.

Braunstein señaló hacia la campana de plástico trasparente bajo la cúpula de metal.

– De ahí…

– ¿Quiere usted decir… que eran creación suya?

Braustein sonrió levemente.

– Yo soy incapaz de crear seres humanos… Ni siquiera monstruos, como eran… estos.

– ¿Monstruos?

– Monstruos, Lebeau… Y no se lo digo para justificar mi crimen. Pero sí le digo que volvería a hacerlo… si tuviera otra ocasión. ¿No le importa escucharme un rato?

Lebeau negó con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra y más curioso que justiciero.

– Esos hombres… de algún modo hay que llamarlos… vinieron a nuestro mundo por una equivocación mía. Usted recuerda que le hablé en casa de Lind de mis experimentos sobre mundos paralelos y sobre las infinitas ramificaciones de la historia humana -Lebeau asintió en silencio-… Bien, yo quería ver alguno de esos otros mundos, ¿me entiende?… Yo quería contemplar los mil caminos que había seguido el mundo a partir de un momento cualquiera. Para eso hice construir despacio este laboratorio. Sólo yo sabía el fin a que lo iba a destinar. Durante dos años estuve haciendo cálculos y construyendo todo este mecanismo, a sabiendas de que ignoraba a qué punto de esa intrincada ramificación histórica podía llegar. Tal vez vería un mundo en el que América hubiera descubierto Europa, miles de años atrás… O un mundo en el que Napoleón no hubiera existido… ¡o cualquier otro!… Por esa pantalla tendría que observarlo… Las radiaciones de cada espacio temporal tendrían que haberse reflejado ahí y nosotros, desde nuestro pedazo de momento histórico, podríamos haber contemplado miles de evoluciones distintas y miles de mundos que coexisten con nosotros sin que nunca hayamos llegado a alcanzarlos… Evoluciones dispares a la nuestra que nos habrían permitido estudiarnos y mejorar nuestro mundo… No sabía a dónde llegaría… Incluso había construido ese otro sector con la esperanza de haber podido desplazarme a otros mundos paralelos, una vez que éstos hubieran sido observados concienzudamente… Pero me equivoqué. Jugaba con tal número de posibilidades, que era prácticamente imposible predecir cuál de esos mundos surgiría en la pantalla…

Se interrumpió un instante y se secó el sudor que bañaba su frente.

– El día que hice el primer intento… de esto hace un mes… vi algo que me llenó de horror. Fue… como si me hubiera despertado a una pesadilla vivida muchos años atrás. Vi miles de hombres uniformados, con cascos de acero y uniformes negros, que marchaban por una gran avenida al son de una marcha militar de acordes secos. Les vi en la más correcta formación de máquinas humanas que nadie podría imaginar… de no haber visto las cosas que yo contemplé treinta años atrás. Sin duda, algo había hecho que aquellos hombres, en lugar de ser vencidos, hubieran conquistado brutalmente el mundo entero. Algún acontecimiento situado en algún punto de la historia de los últimos treinta años había sido distinto y había un mundo paralelo al nuestro en el que reinaba un horror racista del que difícilmente pudimos librarnos nosotros. Algo que, aún hoy, estaba fuera de mis posibilidades estudiar, porque los controles que actualmente posee este disyuntor no me permiten explorar el tiempo, sino únicamente los espacios correspondientes a nuestro presente, al momento actual paralelo al que nosotros estamos viviendo. Por eso, fui recorriendo con los diales el mundo entero, un mundo que, se habría usted horrorizado como me ocurrió a mí, estaba totalmente dominado por una raza cuyos ideales exclusivistas habían reducido a todas las demás a la nada. ¡Un mundo de arios, doctor Lebeau! No hallé en mi recorrido ni rastro de negros, ni de asiáticos, ni de nadie que no fuera alto y rubio, como proclamaban los cánones de la propaganda hitleriana. Esos hombres habían conseguido su propósito, habían ensanchado su Lebensraum, su espacio vital, hasta ocupar enteramente el mundo. Esas muchedumbres arias que yo estaba contemplando en la pequeña pantalla ¡habían eliminado a lo largo de treinta años a todas las razas del planeta!…

Un día, en mi lento recorrido por ese planeta sembrado de muertos que yo no podía ver, la pantalla me llevó a un lugar que estaría situado donde hoy el Capitolio de Washington. Vi un edificio que, por supuesto, no era el Capitolio. Un edificio de grandes masas rectas y pesadas y, con la pantalla, entré en él. Había una reunión de elegidos, supongo. Todos iban uniformados con las guerreras negras que ya vi el primer día. Y escuchaban el informe que, desde la tribuna presidencial, les lanzaba uno de sus líderes. El idioma, ya se puede usted figurar cuál era. El informe estaba basado en las cifras de población y proclamaba que el mundo estaba habitado por cinco mil millones de arios v que esa superpoblación exigía la búsqueda urgente de nuevos espacios vitales. El líder hizo una señal y en una pantalla que había tras él comenzó a aparecer, ¡nuestro propio mundo!… De algún modo que yo aún ignoro, nos han estado observando como yo les estaba observando a ellos y sabían de nuestra existencia… ¡Y éramos nosotros, precisamente nosotros, el próximo objetivo de su espacio vital! Los planes militares de conquista estaban trazados y millones de hombres dispuestos a atravesar la barrera espacio-temporal para conquistarnos. ¡Ellos tienen los secretos de la fisión nuclear y los secretos de incontaminación de la atmósfera, para que el mundo pueda ser ocupado apenas nosotros hayamos muerto víctimas de las explosiones atómicas!…

Mi intención, al conocer estos hechos, fue dar cuenta inmediata al Gobierno, pero habría sido bastante difícil hacerles creer que aquella monstruosidad era posible… Dirá usted que podría haberles mostrado en la pantalla lo que yo mismo había visto… Pero dígame, ¿lo creería usted?… ¿Lo cree?…

Lebeau había estado escuchando la larga disertación de Braunstein con una mezcla de incredulidad y de asombro. Ahora, la inesperada pregunta de Braunstein le dejó sin posibilidades de evadirse de la respuesta. El anciano insistió:

– ¿Lo cree usted, Lebeau?… ¿Lo creería, aunque lo viera?

– No lo sé…

Con una rapidez que a Lebeau le pareció asombrosa, Braunstein se levantó, y se dirigió al gran tablero metálico de mandos y diales y conectó la corriente. El zumbido que había escuchado antes de trasponer la puerta envolvió nuevamente la habitación. Lebeau se levantó a su vez, se acercó al físico por su espalda y le observó en su febril actividad de conectar las corrientes de energía que alimentarían la pequeña pantalla. Pasó un momento antes de que ésta comenzase a iluminarse lentamente. Luego, poco a poco, la luz de la pantalla comenzó a diferenciarse en claros y sombras y a la vista de Lebeau comenzaron a aparecer figuras. Sobre una planicie seca y árida, calcinada de sol, había una formación compacta de miles y miles de hombres inmóviles como figuras de cera. Escuchaban -o parecían escuchar- la arenga muda de otro, que gesticulaba subido en un alto podio situado frente a la inmensa formación de uniformes negros. Braunstein accionó un dial con la mano izquierda y, lentamente, comenzó a surgir la voz de aquel hombre gesticulante, sus gritos secos como trallazos, el eco de su voz chillona extendiéndose por los grandes altavoces por toda la llanura. Lebeau no entendió sus palabras, pero Braunstein le musitó:

– Les está hablando de la invasión… -y no pudo contener una sonrisa.

– ¿Qué invasión?

– La invasión de nuestro mundo, la conquista de nuestro espacio vital.

Lebeau apartó los ojos de la pantalla, inquieto. Aquellas imágenes parecían extraídas de un noticiero cinematográfico de treinta años atrás.

– Y eso, según usted… ¿está ocurriendo… ahora? -Ahora, en un mundo paralelo al nuestro dominado por los arios puros.

Lebeau dudó de la buena intención de Braunstein. Aquello que contemplaba era una visión del pasado, él las había visto semejantes cuando era niño, cuando en la escuela les hablaban del horror de la guerra. Aquello tenía que ser una patraña de Braunstein y él estaba dispuesto a develarla.

– Pero profesor… Ellos viven en otro mundo, en otra… dimensión, ¿no es eso?

– Efectivamente, pero han encontrado un agujero para penetrar en la nuestra.

– ¿ Cómo?

Braunstein señaló la cúpula de vidrio trasparente.

– Ahí… Y, en cierta forma, esa es nuestra suerte.

Este aparato es todavía demasiado reducido. Ellos, para llegar aquí, han de hacerlo uno a uno. Quieren enviar así a sus mejores hombres, para conquistar un pequeño sector y construir un aparato capaz de permitir la entrada, desde su mundo, de hombres y material de guerra que terminará con todos nosotros… Pero yo lo he impedido hasta ahora.

Lebeau tuvo un sobresalto, a pesar de la incredulidad.

– ¿Quiere usted decir… que esos hombres… esos seres que han aparecido muertos… eran… ellos?

Braunstein afirmó en silencio, totalmente convencido.

– Eran… la avanzadilla. No pueden pasar más que de uno en uno… y eso únicamente cuando yo mismo he dispuesto la energía espacio-temporal de un modo adecuado… Intentan servirse de mí para sus planes de conquista… ¿Se da usted cuenta, Lebeau?…

Lebeau le miraba fijamente y la incredulidad estaba retratada en su mirada.

– No me cree… -musitó lentamente Braunstein-. No me cree y pretende obligarme a que descubra mi patraña, ¿verdad?

– Profesor… ¿Me creería usted si yo le contase algo semejante? Esas imágenes pueden ser…

– ¿Pueden ser, dice usted? -le interrumpió con un grito-. ¡Mire!… ¡Mire!…

La acción de los diales desvió la imagen de la pequeña pantalla. Braunstein estuvo buscando en los controles, mientras un remolino de luces y sombras acompañaba en el visor a su búsqueda.

– ¡Aquí!… ¡Mire!…

La imagen comenzó a hacerse más nítida, de nuevo. Lebeau miró en el visor. Comenzó viendo torres. Torres de madera y una puerta muy ancha que atravesaba una vía de ferrocarril. Los diales que manejaba Braunstein fueron haciendo que la imagen de la pequeña pantalla avanzase sobre aquellos raíles y penetrase en el recinto amurallado flanqueado de torres. Hombres armados con uniformes negros montaban la guardia desde las torres y junto a las puertas. Detrás de la muralla, una fila interminable de barracones de madera colocados en medio de un barro que parecía putrefacto. Los diales corrigieron la marcha de la imagen en la pequeña pantalla. Quedaron centradas las ventanucas de los barracones. A través de ellas aparecieron rostros casi humanos. Ojos muy abiertos por el terror y el hambre, cráneos calvos, con mechones de pelo que se resistían a caer, barbas hirsutas, suciedad, horror, hambre, peste. Los guardianes de uniformes negros abrieron el gran portón. Salió por él, a golpes de látigo y gritos, aquel despojo humano, en un simulacro de formación de seis en fondo. Esqueletos cubiertos de piel que apenas podían tenerse sobre sus piernas convertidos en frágiles palos. Los hombres -serían más de un millar, cuando todos hubieron salido del barracón- fueron empujados brutalmente a través del campo embarrado, hasta una instalación que parecía nueva, recién pintada, un enorme barracón de adobe, aséptico y funcional, con una gran puerta por la que fueron empujados los esqueletos vivientes. Cuando todos estuvieron dentro, los hombres de uniforme negro cerraron las grandes compuertas de acero y los gritos de los que quedaron dentro fueron ahogados por el zumbido que se produjo cuando uno de los guardianes accionó una especie de grifo que se encontraba junto a la puerta. Pasó un minuto, contado por uno de los que parecían ser oficiales. El hombre que había contado el tiempo lanzó un grito hacia los otros. Se accionó otro grifo, algo así como una palanca de escape. Algunos hombres se colocaron sobre sus rostros mascarillas antigás antes de comenzar a abrir las puertas de nuevo. Al separar las pesadas batientes de acero, los cuerpos gaseados comenzaron a desplomarse, amontonados y el oficial que había estado contando con el reloj, se apartó con un gesto mezcla de asco y de satisfacción. Lebeau cerró los ojos ante la visión de horror que estaba contemplando y oyó a su lado la voz emocionada de Braunstein que le musitaba:

– Quedan pocos grupos como estos… Ya han terminado con todos los no arios del planeta y, si llegan a nosotros, seguirá la matanza sin fin… ¿Necesita usted más pruebas?

El médico se resistía aún. Algo dentro de él le hablaba de superchería.

– Esas mismas imágenes las vi hace treinta años. Y aquello terminó.

– Terminó en nuestro mundo, pero siguió ahí, por un acontecimiento que les hizo vencer en lugar de ser derrotados.

La incredulidad no abandonaba a Lebeau:

– En cualquier caso… ¿cómo pueden venir, profesor?

– Porque las ondas que emite este disyuntor complementan las del suyo y en el espacio temporal se produce como un agujero que les permite atravesarlo.

– Como podríamos atravesarlo nosotros.

– Sí, si las fases estuvieran invertidas. En eso consistió mi error.

– Pero bastaría que usted cortase la corriente para que el paso de esos hombres fuera imposible…

Las labios de Braunstein temblaron imperceptiblemente, sus ojos se nublaron y Lebeau pudo ver, por fin, la flaqueza que había estado esperando en él.

– Si usted hubiera visto con sus propios ojos los horrores que ha contemplado por la pantalla, odiando y sin poder hacer nada por impedirlo, sufriendo en su propia piel y en la vida de todos los suyos el espanto de ese mundo de locos asesinos, ¿habría desaprovechado la oportunidad de la venganza?

Lebeau abrió los ojos horrorizado. Braunstein no parecía dirigirse ahora a él, sino a unos jueces que estuvieran decidiendo su destino.

– Yo no he podido, doctor… Ahora puede usted hacer lo que quiera de mí. No podré reprochárselo, porque he hecho, yo solo, actos tan brutales como los que hicieron ellos con los míos… Treinta años de espera son muchos para poderse contener, cuando la ocasión se nos presenta como se me presentó a mí, hace un mes, cuando esos hombres se materializaron desde su mundo debajo de la campana magnética, aturdidos por el extraño viaje que acababan de realizar… Dirá usted que pude evitar su llegada… o que pude entregarles uno a uno a la policía o a las autoridades… Debí hacerlo, doctor, pero todos llevamos dentro de nosotros un asesino en potencia, un vengador brutal como el que ha aparecido en mí… Y, después del primero… ¡Aquella vez me resultó espantoso!… Pero luego… -Braunstein se tapó los ojos con las manos- luego despertó la bestia dormida que había en mí… y llegué a gozar casi del espectáculo… Y, si me faltaban los ánimos, sólo tenía que ajustar la visión sobre uno de los campos de exterminio para que el odio y las ansias de matar se apoderasen de nuevo de mí…

Se extendió el silencio entre los dos, por un instante. Braunstein, rendido sobre el sillón, con el rostro oculto entre las manos, había olvidado momentáneamente la presencia del único hombre que sabía que él era un asesino. Sólo cuando Lebeau se acercó a él y le puso la mano suavemente sobre el hombro, levantó su mirada seca y febril hacia él y musitó:

– ¿ Quiere que le acompañe a la comisaría de policía?

Lebeau tardó un instante en negar con la cabeza. Luego, sus ojos se volvieron despacio hacia el rincón donde yacía el cadáver con la cabeza destrozada.

– Le… le ayudaré a hacerlo desaparecer, profesor… No conviene que aparezca otro en los vertederos… Alguien podría sospechar lo que yo sospeché y, entonces… No sé, creo que las cosas serían más difíciles…


SIETE VIDAS DE GATO

<p>SIETE VIDAS DE GATO</p>

16 de setiembre de 1965.

– Doctor, he venido a verle porque soy el hombre más rico del mundo.

– ¿De veras?… Créame que me alegra, señor Yannakopoulos. Pero, de todos modos…

– Estoy seguro, doctor. Lo han dicho mis computadores electrónicos, y usted sabe que los computadores nunca se equivocan.

– No me refería a eso… Quería decirle únicamente que la riqueza no es aún una enfermedad, así que no sé qué tiene que ver conmigo…

– La riqueza, no. Mi cáncer, sí…

– Tiene usted cáncer, entonces. ¡En fin!… Puede no ser…

– Estoy seguro, doctor. Un adenocarcinoma renal en estado muy avanzado. Inoperable. Aquí tiene usted: análisis, biopsias y radiografías. He convencido a los médicos que me trataban y me han dicho la verdad: no me dan más de tres meses de vida.

El doctor guardó silencio. Observaba atentamente las radiografías.

– ¿De acuerdo, doctor?… ¿Está usted de acuerdo con el diagnóstico?

– ¡Hmmm!…

– ¡Diga, diga lo que sea!…

– ¿Toda la verdad?

– Toda, naturalmente.

– Han sido optimistas. Tres meses es mucho tiempo.

– Por eso he venido a usted.

– ¡Yo no soy oncólogo, señor Yannakopoulos!…

– Ya lo sé… Pero me han leído sus progresos en el campo de la hibernación.

– Sa ha avanzado mucho en los últimos años, es cierto…

– Usted ha experimentado con toda clase de animales. Les ha detenido la vida por el tiempo que ha querido y luego les ha hecho volver del estado letal y han seguido viviendo.

– Conoce usted muy bien mis trabajos…

– He procurado informarme.

– Bien, ¿y qué pretende usted?

– Que me hiberne a mí. Que detenga mi vida durante el tiempo que sea necesario, hasta que haya una posibilidad de curar mi cáncer. ¿Puede usted hacerlo, doctor?

– ¿Sabe usted a lo que se expone?

– Eso es cuenta mía. ¿Podría hacerlo, sí o no?

– Podría intentarse, pero resultaría peligroso… y, sobre todo, muy caro.

– Le dije antes que soy el hombre más rico del mundo… ¿Cuánto podría costar?

El doctor pensó un momento y comenzó a escribir cifras en una libreta que tenía sobre la mesa. Se le habría podido ver dudar, pero Yannakopoulos no quería verlo y paseaba tranquilamente por la estancia, observando los cuadros con mirada de experto. Pasaron diez minutos en silencio. El multimillonario esperaba. El médico levantó la mirada un instante.

– ¿Cuántos años tiene usted?

– Setenta y ocho…

– ¿Y de veras no preferiría dejar las cosas arregladas… y esperar tranquilamente el final?

– No tengo herederos. Podría destinar mi dinero a obras de caridad, pero soy demasiado caritativo… conmigo mismo.

– Como quiera…

El doctor siguió escribiendo números. Yannakopoulos dejó nuevamente de hacerle caso. Pasaron otros diez minutos.

– Bien… -musitó el doctor.

El viejo millonario regresó frente a la mesa.

– ¿Cuánto?

– Trescientos mil dólares para la construcción de la bañera de helio; mil doscientos cincuenta dólares para la congelación primera, incluido el helio y las serpentinas especiales; unos quinientos dólares anuales para la conservación y reposición del helio evaporado… y mis honorarios.

El viejo se calló un instante. Hizo unos rápidos cálculos mentales y sonrió.

– ¿Cuándo?

– No hay mucho tiempo… ¿Diez días?

– De acuerdo. Son suficientes para que pueda dejar todos mis asuntos en orden… En realidad, a la altura de mi fortuna, los asuntos casi marchan solos. Soy una sociedad anónima en la que el Consejo de administración y la Junta general están unidos en una sola persona: yo.


***

15 de enero de 1980.

Círculos de colores que se mueven rítmicamente en torno a un camino brillante que se extiende hasta el infinito. Al fondo, la luz. Los círculos se acercan, pasan. Y, a medida que se avanza por el camino brillante, el zumbido inconexo se va haciendo distinto. Los sonidos comienzan a diferenciarse; hay un lejano campaneo, el rumor de la brisa y el rítmico golpear de las bombas de oxígeno, formando una sinfonía de vida.

Los ojos se abren lentamente. Hay una luz que ciega. Hay sombras que se mueven. Hay recuerdos remotos que se van haciendo realidad. Es… la vida. Otra vez. Yannakopoulos respira hondamente. Cree que hace apenas unos segundos que el pentotal le durmió.

Las voces apagadas se van haciendo audibles. Entre la luz de la lámpara y sus ojos se interpone la figura de cabello entrecano del médico. ¡Cómo ha envejecido en unos segundos!…

– Ya está… Ya revive…

Las gotas de sudor cubren su frente. Una mano enguantada de goma azul se la limpia cuidadosamente. Yannakopoulos sonríe.

– ¿Tan pronto? ¿Y mi cáncer?

– Extirpado. Está usted curado…

– ¿Puedo levantarme?

– Pronto… Mañana, tal vez.

Dos horas después, despierto totalmente y con la sensación de haber vuelto a nacer, Yannakopoulos pide los periódicos. Mientras espera, observa la asepsia del cuarto en que está metido. Paredes plásticas, dos vídeos al pie de la cama, los mandos a su alcance, sobre la mesilla de noche de metal bruñido. Viste una especie de pijama casi transparente.

Los periódicos traen noticias increíbles. Las noticias meteorológicas llegan desde los observatorios lunares. La electricidad ha sido totalmente domada y se almacena en stocks inmensos. La gravitación ha sido domesticada. Lee la noticia de la señora Flapper, esposa del Presidente de la Confederación Mundial, que ha ido a Brasilia a ver a su hijo, recién nacido en las incubadoras Wrener. Se anuncia una huelga de los aerotaxis y hay noticias alentadoras sobre la baja del precio de los helicópteros de propulsión atómica.

El viejo millonario busca la página de valores. Aquello ha cambiado poco, a no ser las cifras. Encuentra la casilla de la Yannakmond Inc. Su sonrisa se hace abierta. Las acciones están en alza; el capital social se ha quintuplicado en quince años. Compara con las demás sociedades mundiales: Yannakopoulos sigue siendo el hombre más rico del mundo. En primera página de todos los diarios, en grandes caracteres, viene la noticia de su resurrección. Tiene -ahora se da cuenta, sólo ahora que lo está leyendo- noventa y tres años. Pero se siente fuerte y joven.

Se enciende una luz y se escucha la voz bien timbrada de una mujer que le anuncia la presencia de periodistas de todo el planeta, que quieren entrevistarle.

– No quiero ver a nadie…

– Está también aquí su secretario, señor…

– Déjele pasar. ¡Pero sólo a él!…

Llaman suavemente a la puerta transcurridos cinco minutos. Entra un muchacho de apenas treinta años. Yannakopoulos se incorpora en la cama.

– ¿Quién es usted?

– Su secretario, señor…

– No le conozco

El muchacho sonríe.

– Bien… Soy su secretario por herencia. Mi padre fue contratado por usted, pero murió hace siete años y me dejó el encargo de seguir con sus asuntos hasta que usted… regresase.

El viejo le mira de arriba abajo. Le satisface el muchacho. Además…

– Ha cuidado usted bien de mis bienes; le recompensaré por su eficacia.

– Gracias, señor… En realidad, me he preocupado de mantener el capital…

– ¿Mantenerlo? ¡Se ha quintuplicado!

– Efectivamente, señor. Pero, según los cálculos que han aparecido, la moneda se ha depreciado a una quinta parte en los últimos quince años.

Yannakopoulos tuerce el gesto. No contesta. El muchacho sigue hablando.

– De todos modos, he procurado trasladar sus acciones a negocios más a tono con… con el tiempo. Por ejemplo, ya no existen minas de uranio ni pozos de petróleo. Los dos productos se consiguen sintéticos. La navegación marítima es ya sólo un deporte y la unidad de moneda es un hecho incontrovertible en el mundo. Ahora es usted el mayor propietario de fábricas de helio líquido y en sus laboratorios se investiga sobre el futuro de la antimateria.

– ¿Y qué es eso?

– Trataré de explicárselo luego, señor. Pero quería comunicarle antes un problema bastante grave. Hay peligro de guerra…

– ¿Guerra? ¿Y el gobierno mundial?

– Quería decir guerra civil, naturalmente. Los siberianos quieren unas reivindicaciones imposibles y están dispuestos a lo que sea… Claro que, por otro lado, la superpoblación del planeta aconseja que una guerra diezme a los ochenta mil millones de habitantes, de modo…

– Llame usted al doctor.

– ¿Cómo?

– Llame usted al doctor, le digo.

Aquello era monstruoso. Yannakopoulos había sido propuesto quince años antes para el premio Nobel de la paz -que se lo arrebató un líder africano, porque convenía tener a todos contentos- ¡y ahora el mundo aconsejaba una guerra!…

– ¡Monstruos!… ¡En eso se han convertido ustedes!… ¡Ojalá la guerra termine con todos ustedes!

El doctor le miró como quien mirase a una reliquia de civilizaciones pretéritas.

– La guerra es una cuestión… digamos terapéutica, señor Yannakopoulos. El servicio de Inteligencia es el encargado de provocarlas periódicamente, para que el mundo pueda seguir viviendo…

– ¡Pues yo no quiero ver esto!… ¿Me ha entendido? ¡Duérmame otra vez y haga que me despierte cuando el mundo quiera vivir efectivamente en paz!

– Para entonces, yo puedo estar muerto.

– ¡Hibérneme!

– No tengo suficiente dinero para eso, señor… Hoy por hoy, sigue siendo usted el único hombre que puede permitirse ese lujo…

Yannakopoulos pensó un instante.

– Está bien… Deje entonces sus instrucciones a quien le suceda.

Puso en orden sus asuntos -que pudo comprobar que se encontraban en buenas manos- y se dispuso a dormir unos cuantos años más.


***

7 de mayo de 1993.

– ¡Vaya, me alegro! -fueron sus primeras palabras, al abrir los ojos-. Sigue usted siendo mi secretario.

– En efecto, señor…

– ¿Dónde estamos, si puede saberse?

– En su propia casa, señor… Hace tres años hicimos instalar su cámara de hibernación en la nueva casa que me permití el lujo de hacer construir para usted.

– ¡Vaya, eso es comodidad!…

– ¿Quiere usted verla?

– Naturalmente.

Se levantó y se sintió joven. Los ciento seis años no parecían pesarle más que los ligeros zapatos de cuero sintético con que le calzó su secretario. Incluso llegó a sentir…

Bien, pero eso fue luego de visitar la casa, el extraordinario palacio que le habían hecho construir. Lo encontró, ¿cómo diríamos?, un poco vacío. Salones y más salones, jardines y piscinas, huertos hidropónicos y máquinas cibernéticas para cubrir todas sus necesidades… menos una.

Una mujer. ¡Eso! Necesitaba una mujer, para compartir aquellas maravillas. Sólo que no podía hacer la petición así, de repente. Le parecía un poco impropio.

– Supongo que terminaron las guerras.

– Afortunadamente, señor… Ahora hemos resuelto el asunto de un modo más humano. La gente emigra.

– ¿A dónde?

– A Venus, a Marte… Se está instalando una ciudad de emigrantes en Júpiter.

– Me alegro… ¿Y nuestros negocios?

– Inmejorables. Somos nosotros, la Yannakmond ínc. quienes estamos encargados de construir esa ciudad.

– ¿Beneficios?

– Unos ochenta mil millones de dólares. Estamos haciendo también la campaña de emigración. Y tenemos la exclusiva de venta de toda la materia prima y de todos los productos que se exporten a Jupiter-ville.

– ¡Espléndido! Le subiré el sueldo.

– Ya me lo subí yo mismo, señor, gracias…

– ¿Vive usted bien? ¿Necesita algo que yo pueda?…

– Nada, señor, gracias…

– Yo, en cambio…

– Diga, señor…

– No sé, creo que esta casa está muy solitaria. Necesitaría…

– ¿Una esposa, señor?

– ¡Eso!… ¡Ha tenido usted una buena idea! Habrá que salir, conocer gente…

– Si usted quiere, señor, eso no será necesario. Podemos ponernos inmediatamente en comunicación con nuestra agencia total.

– ¿Nuestra?

– Es uno de nuestros negocios.

– Está bien, veamos.

Por los vídeos estereoscópicos se pusieron en comunicación con las oficinas de la Yannagenz Ltd. en Leopoldville. Los agentes fueron extremadamente amables con el jefe máximo y desearon complacerle en todo.

– Digamos cómo la desea, señor…

– Bien… No sé… Joven, bonita, complaciente…

– ¿Grupo sanguíneo?

– No importa, no voy a bebérmela.

– Creo que tenemos lo que usted necesita. Una pregunta, ¿matrimonio temporal o permanente?

Yannakopoulos había nacido en 1887 y era un hombre de costumbres. Por eso contestó inmediatamente, casi enfadado:

– i Permanente, claro!

– Yo le aconsejaría, señor… -dijo el secretario.

– ¡No me aconseje!

Tres días después, los médicos analizaron y repusieron la cantidad de hormonas necesarias para que Yannakopoulos pudiera ser un esposo feliz a sus ciento seis años.

Y una semana después, la esposa -que el millonario había contemplado por la pantalla en todas sus facetas, con todos sus vestidos y aun sin vestidos- llegó en el cohete de Kiel y se celebró la boda.

Quince días después, Rossie comenzó a mostrar su carácter. Un mes después, Yannakopoulos hizo llamar a su secretario.

– Anúleme el matrimonio.

– ¡Pero señor, eso es imposible!…

– ¿Quiere decir que no puedo?

– Usted mismo lo eligió, señor. Lo dijo bien claro: permanente. Quise advertirle.

– Un momento. ¿Me protegen las leyes o no?

– No, señor. En esto, no.

– Muy bien, amigo. Yo no soporto más a esta mujer. Voy a hibernarme. Cuando las leyes protejan mi situación, despiérteme.

– Haré lo que pueda, señor…


***

23 de noviembre de 2020.

– ¡No puede ser! ¡Veintisiete años para conseguir una reforma de la ley…

– No se ha reformado, señor -interrumpió el anciano secretario-. Simplemente, tardé veintisiete años en convencer a Rossie, ¡a la señora, perdón!, para que emigrase a nuestras posesiones de Plutón… Se aferraba a la vida en la Tierra, hasta que comprobó que la casa estaba pasada de moda…

– Pasada de moda, ¿eh?… ¿Y por qué no la ha mandado reformar usted? ¿Por qué no la ha puesto al día?

– Por dos motivos, señor… Primero, porque ya soy viejo y me aferro a las tradiciones. ¡No puedo acostumbrarme a los robots que lo hacen todo! ¡No puedo dejar de hacer siquiera sea algo sin importancia!…

– Tiene usted mis negocios. Hay que cuidarlos…

El anciano secretario apartó la mirada de los ojos de Yannakopoulos.

– ¿Qué ocurre con mis negocios?

– Está usted…

– ¡No! iArruinado, no!

– Bien, señor, no precisamente arruinado… Sólo que su fortuna está totalmente fuera de control.

– Explíqueme eso.

– Verá usted, señor… En mil novecientos noventa y nueve, seis años después de su última hibernación, el Gobierno interplanetario prohibió las fugas de capital y el control de aquellos intereses que se encontrasen fuera del área de fiscalización cibernética.

– No le entiendo.

– Es muy fácil, señor… Las áreas de control se encuentran bajo el dominio de las entidades bancarias reboticas de cada sector llamado financiarlo, dentro del sistema solar…

– ¿Y eso qué es?

– Una inflación controlada, para evitar la convertibilidad de divisas. En un principio, se estableció para contener la bancarrota de Venus, en manos de la milicia comercial transplanetaria. Sus gastos eran tan elevados, que amenazaban la misma naturaleza gaseosa de la moneda de curso legal.

– ¿Moneda gaseosa?

– Es un modo de contar. En realidad, la moneda se ha convertido en una simple capacidad de crédito, de acuerdo con los análisis genéticos personales de sus propietarios.

– ¡Basta!…

De pronto, se había dado cuenta del retraso que llevaba su cerebro y le aterró. No sabía nada. Los principios que habían regido sus negocios cincuenta y cinco años antes estaban totalmente pasados. Tenía que empezar desde cero y, si era posible, recuperar lo que ahora, a través de aquella palabrería incomprensible, se le aparecía como remotamente perdido en las inmensidades siderales. ¡Su dinero en los cielos!

– Tengo que hacer un curso de economía. ¿Cree usted que podré matricularme?

– No será necesario, señor… Podemos pedir los cursos a la Hipnofón y la misma sociedad le dará el diploma que necesite. ¿Qué desea?

– ¿Cómo que qué deseo? Poder controlar mis negocios, naturalmente.

– ¡Hmmm!…

– ¿Qué es eso? ¿Imposible?

– No, señor. Hoy, según dicen los jóvenes, no hay nada imposible. Sólo es más o menos difícil. Y le aseguro que su deseo será muy difícil de cumplir. Para lo que usted desea, hoy se emplean sólo máquinas controladas por el Gobierno.

– ¡No quiero controles! Quiero saberlo todo por mí mismo.

– Lo intentaremos, señor.

La Hipnofón remitió los cursos completos de economía, puestos al día por sus computadoras. Según las instrucciones, harían falta unos treinta años de sueño hipnótico para asimilar todas las enseñanzas, que se habían ramificado y complicado hasta límites increíbles.

Yannakopoulos pensó largo rato. Treinta años más era mucho tiempo. Cuando terminase tendría ciento sesenta y tres años.

– ¡Pero merece la pena!…


***

18 de julio de 2048.

– Un espécimen de la misma edad sería imposible de encontrar. Este fue el primer hombre que se sometió voluntario a la hibernación, en mil novecientos sesenta y cinco, cuando contaba setenta y ocho años de edad. Hoy, con su aspecto de hombre sesentón, cuenta ciento sesenta y un años y es, a no dudarlo, el hombre más viejo del sistema solar. Observen el funcionamiento natural de sus visceras.

Los estudiantes se aproximaron a la corriente anular de antiprotones que convertía en trasparente la epidermis del durmiente. El corazón marchaba a ritmo lentísimo, una pulsación cada seis o siete minutos. El estómago y todo el sistema digestivo se había aletargado y la sangre circulaba como barro espese por sus venas.

– Observen ustedes cómo esa misma lentitud ha provocado la destrucción de los síntomas de esclerosis que habrían aparecido hace mucho tiempo en un hombre de su edad. Sus funciones, cuando vuelva a la vida, serán completamente normales y, les diré más, ¡más normales que las de un hombre de la edad que él tenía cuando se sometió por primera vez al proceso de hibernación! Fíjense ustedes ahora cómo vuelve lentamente a normalizar sus funciones vitales…

El profesor movió lentamente el dial que tenía a su derecha y saltó una única chispa que atravesó limpiamente el cuerpo inmóvil de Yannakopoulos.

Pasó un minuto escaso, mientras la sangre se aceleraba en las arterias y el corazón tomaba su ritmo. Un termómetro fue registrando la elevación progresiva de la temperatura, desde los 30° C a los 36'5° C. Al llegar a ese punto se detuvo.

Yannakopoulos abrió los ojos, miró a su alrededor comprobó dos cosas importantes: la primera, que se hallaba tendido en el aire. La segunda, que le rodeaban sesenta muchachos con cara de curiosidad.

– ¡Un momento! ¿Qué es esto?

El profesor continuaba:

– Observen ustedes ahora, por la utilidad que pueda serles en su clase de Historiografía comparada, las reacciones psíquicas del espécimen.

– ¿Qué está usted diciendo? -rugió el vejeta-. ¿Eso de espécimen va conmigo?

– Ignorará su función de ente integrante de la sociedad y se aferrará a su individualismo -continuó el profesor, impasible, mientras los chicos y chicas le miraban.

– ¡Oiga, que estoy desnudo!

– Observen ustedes sus reacciones individualistas. El sentirse desnudo provoca en él una cadena de prejuicios que eran llamados morales; sentirá vergüenza y tratará de cubrirse.

Los alumnos lanzaron a coro una carcajada. Yannakopoulos se sentó en el aire.

– ¡Un momento! -gritó, dominando las risas y sin cuidarse de su desnudez blanca como la leche-. Soy Stephanos Yannakopoulos ¡y no tolero ser tratado como un objeto!

– ¿Qué dice, profesor?

– Nada de importancia. Recuerda el nombre específico y personal que se acostumbraba a llevar en su época. Probablemente recordará también su idioma y hablará con palabras.

La risa se hizo más fuerte. Yannakopoulos se levantó, dio un salto en el vacío y se quedó de pies entre los estudiantes. Le envolvían las carcajadas y su rostro comenzó a congestionarse con la ira. Inconscientemente, le salieron las palabras que el sueño hipnótico le había enseñado en su reciente y larga hibernación:

– ¡Basta!… ¡Basta, o haré que les sean incrementados a todos los niveles económicos potenciales!… ¡Les arruinaré!… ¡Soy Stephanos Yannakopoulos!…Todas las factorías de helio me pertenecen… ¡Y es mía Jupiterville!… ¡Mía, me entienden!…

Sus gritos, repentinamente, apagaron las carcajadas y la curiosidad se apoderó de todos. El viejo, más calmado, se enfrentó con el profesor:

– ¿Puede usted darme una explicación a esta actitud?

– Con mucho gusto… Está usted sirviendo a la ciencia.

– ¿Yo? ¿Y con qué permiso, si puede saberse?

– Con la obligación que tiene cada ciudadano de colaborar en el bienestar de todos los demás.

– ¿Cómo dice usted, obligación? ¿Es este un país libre o no?

El profesor tuvo una leve sonrisa e inició una inclinación burlona ante él.

– Este es un planeta libre, señor… Si lo desea, puede negar su colaboración, naturalmente… Pero no podrá pedir a su vez colaboración a los demás.

– ¡Mis ropas!

Alguien puso en sus manos algo que debían de ser ropas. Parecía una túnica de tejido sintético, muy liviana. Yannakopoulos metió la cabeza por el agujero que parecía servir para el cuello y, al asomarla de nuevo, se vio solo, despeinado y con las piernas tambaleantes por la larga postración. Pensó que tenía que encontrar el camino de su casa, pero había algo familiar en el ambiente, cuando traspuso la sala donde habían estado los estudiantes, que le hizo darse cuenta inmediatamente de que estaba efectivamente en su domicilio. Las paredes estaban viejas, las pantallas de vídeo cubiertas de polvo, el suelo lleno de papeles, bolsas de plástico y desperdicios de comida sintética. ¡Habían tomado su casa, su propia casa, por asalto! Se habían aprovechado de su sueño para abusar de él y de sus propiedades. Llamó fuertemente:

– ¡Eh!… ¡Gavin! -Gavin había sido su secretario, pero ahora, al contrario de lo que había ocurido las otras veces, no respondía a su llamada. Sólo los ecos de su propia voz, expandiéndose por las paredes sucias y las puertas que se abrían a su paso gracias a las células fotoeléctricas instaladas tantos años atrás.

De pronto, al abrirse una puerta ante él, escuchó voces y pasos:

– Esta era la sala de reposo… Su propietario se sentaba en estos extraños modelos de sillones, desconocedor de las ventajas de la antigravitación, y contemplaba ¡durante horas enteras! los espectáculos audiovisuales primitivos. Observen ustedes las formas arcaicas de estos modelos de servidores electrónicos. Respondían únicamente a la voz, sin células telepáticas que les hicieran adelantarse a los deseos del propietario, lo que suponía, como es lógico, un gasto extra de energía que invalidaba muchas acciones.

Yannakopoulos se asomó a la puerta. Un grupo de gente vestida con túnicas tan livianas como la que él llevaba, seguía dócilmente a un hombre alto y uniformado que parecía ser el guía de la extraña procesión. ¡Una visita turística a su propia casa! Yannakopoulos salió como una fiera, rojo de ira:

– ¿Qué hacen ustedes en mi casa?… ¿Desde cuándo les sirve.a ustedes de museo de antigüedades?… ¡Vamos, quién les ha dado permiso para venir aquí!… Los turistas volvieron la cabeza y le miraron asombrados. El viejo, pálido todo su cuerpo y el rostro encendido, se abalanzaba sobre ellos. Cuando estaba a cinco metros, el guía se volvió a los turistas:

– Será mejor que sigamos la lección en otro sitio. Vengan conmigo, por favor.

Y, ante sus propias narices, ¡todos aquellos seres repugnantes que habían tomado su casa por asalto, se desvanecieron! Por un instante, Yannakopoulos se sintió desorientado. Luego, despacio y sin fuerzas para caminar -las emociones le estaban estropeando el sistema nervioso, tan largo tiempo sometido a la inactividad- se dirigió a una de las grandes ventanas de la casa. La ventana se abrió sola cuando estuvo cerca. Entró la luz del sol. Brillante, molesta, como más pura que cuando la abandonó ya no sabía cuánto tiempo antes. Miró hacia la calle que se extendía más allá del jardín hidropónico. Llegaban hasta él voces, risas, rumor de multitud. Vio las verjas ionizadas que había mandado poner su secretario y, tras las rejas, una multitud de hombres y mujeres. Le estaban mirando. Y, cuando se asomó más, ofreciéndose involuntariamente a la vista de los otros, el rumor creció y muchas manos, desde lejos, le señalaron. Estaba siendo un objeto de curiosidad, el Hombre-Más-Viejo-Del-Mundo. Oía sus voces y sus gritos, destacándose sobre el rumor genera

– ¡Ahí está!… ¡Miradle!…

Yannakopoulos se retiró de la ventana. La ventana se cerró y oyó un prolongado y múltiple silbido en la calle, un silbido de desilusión en muchas gargantas. Se dirigió a uno de los botones de llamada de los criados electrónicos. Lo pulsó. No contestaba nadie.

– Estoy solo… Me han dejado solo, como a una reliquia. Solo totalmente. Los otros y yo ya no tenemos nada en común. Tengo ciento sesenta y un años. ¡No soy tan viejo! Me siento joven. Pero soy otro. ¡Otro!… Entre ellos y yo no hay casi nada en común. He regresado en un mal momento, seguramente… Tendría que haber esperado, hasta que me olvidasen… hasta que hubiera podido recorrer las calles sin que nadie se fijase en mí… Las calles y el mundo… Con mi… ¿con mi dinero?… ¿Tengo acaso dinero?… ¿Soy el hombre más rico del mundo?…

Mientras descendía lentamente las escaleras que conducían al sótano, a la cámara de hibernación, el aire se llenó del rugido de los cohetes interestelares que surcaban el espacio sideral en busca de otras galaxias. Yannakopoulos pensó para sí:

– Cuando despierte de nuevo, viajaré hacia las estrellas…


***

16 de marzo de 2148.

Tentó las paredes y tuvo el convencimiento de que se encontraba metido en una pecera. Oyó un ruido en lo alto y vio el tubo por el que entraba el oxígeno que le permitía respirar. A través del cristal espeso que le separaba del resto del mundo, a una incierta luz que le pareció de amanecer, vio otras peceras semejantes a aquella en la que se encontraba él metido. En la más próxima paseaba tranquilamente un orangután. En otra caminaba un león. Zonas de hierba rojiza y reseca separaban unas peceras de otras. En la que estaba próxima a sus espaldas había tres pájaros, de una especie que no habría sabido definir, porque él nunca estuvo demasiado enterado del mundo de los pájaros. Serían gorriones, o golondrinas;o cualquiera sabe qué!…

Recorrió su pecera. Podía dar seis pasos de lado a lado. Comenzó a inquietarse. Quiso salir de allí. Buscó algún botón que pulsar, pero no había ninguno. Entonces, golpeó con las palmas el cristal que le envolvía. Una vez, dos, muchas veces, cada vez con más fuerza, como un salvaje.

A través del cristal oyó como unos pasos metálicos que se aproximaban rápidamente. Se volvió hacia donde los oía y vio acercarse un robot pulido y brillante, de forma asombrosamente antropomorfa. Las células que le servían de ojos despedían reflejos azules. Y Yannakopoulos le oyó decir con voz metálica:

– ¿Qué quieres, Homo Sapiens?

– ¡Sácame de aquí! -le ordenó, como ordenaba a sus servidores electrónicos.

Pero el robot se mantuvo impertérrito. Sólo la luz azul de sus células ópticas se trocó en verde.

– No puedes salir. Homo Sapiens… No hay atmósfera para que puedas respirar… ¿No ves la luz? Este planeta no tiene oxígeno. Sólo puedes respirar ahí dentro…

– ¡Llama a un hombre!… ¡Hazle venir!

– No hay ninguno, Homo Sapiens… Tú eres el único ejemplar que queda sobre la tierra… Los demás la abandonaron ya hace mucho tiempo…

– ¡No!… ¿Dónde están?

– En los planetas… En alguna parte de la Galaxia, no sé…

– ¡Quiero ir con ellos!

– No podemos llevarte. Nosotros no tenemos cohetes…

– ¿Vosotros? ¿Quienes… sois vosotros?

– Los Homo Sapiens nos dejaron aquí… Nosotros ocupamos ahora todo el Planeta, nos construimos unos a otros y el mundo es nuestro…

– ¿Y este lugar?

– Lo conservamos para Museo de la Universidad Planetaria… Hemos tratado de conservar convenientemente un ejemplar de cada especie celular que hubo antes de nosotros… Desde la ameba hasta ti mismo… Toda la serie vegetal y animal… Sois el más completo museo del Planeta. Estamos orgullosos de él.

El robot se retiró lentamente, y Yannakopoulos vio desfilar durante todo el largo día, hasta que el sol se ocultó, una interminable procesión de robots, todos iguales, todos pulidos, todos brillantes, que se detenían a mirarle fijamente, igual que se detenían ante las demás peceras que contenían a los otros animales. El viejo se sintió animal durante todo el día.

Por la noche, cuando ya no quedaban visitantes y los demás animales se habían retirado a sus cubiles, Yannakopoulos golpeó nuevamente el cristal con las palmas de las manos. Apareció de nuevo el robot, caminando lentamente. No supo si sería el mismo u otro cualquiera. Todos, absolutamente todos los que había visto durante el día le parecieron iguales. El robot despedía luz rosada por sus células ópticas.

– ¿Qué quieres, Homo Sapiens?… Es hora de dormir.

– Oye, amigo… ¿Cómo te llamas?

– 3-XV-575-A-3.

– ¿Puedo pedirte un favor?

– Supongo, si está en mi mano…

– Quiero morir, amigo… He vivido demasiados años y estoy cansado… Tú puedes hacer algo para matarme…

El robot retrocedió un paso y sus pupilas cambiaron de color al rojo vivo.

– ¡No!…

– ¿No te atreves?…

– No puedo, Homo Sapiens… Eres una pieza de Museo, una pieza valiosísima… Te hemos preparado el organismo celular para que vivas siempre, ¿no te das cuenta? Eres el único Homo Sapiens que nos queda. ¡No podemos perderte!

– ¡Pero yo quiero morirme!…

– No puedes, Homo Sapiens… ¡No podrás nunca!…