Jeffrey Archer

Juego Del Destino


Sons of Fortune, 2002



Para Alison



Libro primero

Génesis

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<p id="_Toc320818440">Libro primero</p> <br /> <p id="_Toc320818441">Génesis</p>
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Susan aplastó firmemente el helado en la cabeza de Michael Cartwright. Era la primera vez que se veían, o eso al menos era lo que afirmaba el padrino de Michael cuando los dos se casaron veintiún años más tarde.

Ambos tenían tres años en aquel entonces y cuando Michael se echó a llorar, la madre de Susan se acercó a la carrera para averiguar cuál era el problema. Lo único que Susan se mostró dispuesta a decir sobre el tema, y lo repitió varias veces, fue: «Bueno, él se lo ha buscado, ¿no?». Susan acabó recibiendo una azotaina. No era el mejor comienzo para una relación sentimental.

El siguiente encuentro del que se tiene constancia, siempre según el padrino, se produjo cuando ambos fueron a la escuela de primaria. Susan declaró con aire de conocedora que Michael era un llorica, aún peor, un chivato. Michael dijo a los otros chicos que compartiría sus galletas con cualquiera que estuviese dispuesto a tirar de las trenzas de Susan Illingworth. Muy pocos lo intentaron una segunda vez.

Al final de su primer curso, Susan y Michael compartieron el premio de la clase. La maestra consideró que era la decisión más acertada si de ese modo conseguía evitar la repetición del episodio del helado. Susan dijo a sus amigas que la madre de Michael le hacía los deberes, a lo que Michael replicó que él al menos escribía los suyos.

La rivalidad continuó con fiereza curso tras curso, hasta que finalmente cada uno se marchó a su respectiva universidad: Michael a la Estatal de Connecticut y Susan a Georgetown. Durante los siguientes cuatro años, hicieron todo lo posible para evitarse mutuamente. De hecho, la siguiente ocasión en que se cruzaron sus caminos fue, irónicamente, en casa de Susan, cuando sus padres organizaron una fiesta sorpresa para celebrar la graduación de su hija. Lo sorprendente no fue que Michael aceptara la invitación, sino que se presentara.

Susan no reconoció a su antiguo rival inmediatamente, en parte porque él había aumentado diez centímetros de estatura y era, por primera vez, más alto que ella. Hasta que le ofreció una copa de vino y Michael comentó: «Al menos esta vez no me la has tirado encima», no se dio cuenta de quién era el joven alto y apuesto.

– Dios, creo que me comporté de una manera horrible -dijo Susan, con la ilusión de que él lo negara.

– Sí, lo hiciste, pero supongo que me lo merecía.

– Puedes estar seguro de ello -afirmó ella, y se mordió la lengua.

Hablaron como viejos amigos y Susan se sorprendió al percibir cierta decepción cuando una compañera de Georgetown se reunió con ellos y comenzó a coquetear con Michael. Aquella noche no volvieron a cruzar palabra.

Michael la llamó al día siguiente para invitarla a ir a ver La costilla de Adán, de Spencer Tracy y Katharine Hepburn. Susan ya la había visto, pero se oyó a sí misma decir que sí; después le costó creer que hubiese dedicado tanto tiempo a probarse vestidos antes de que Michael llegara para aquella primera cita.

Susan disfrutó con la película, aunque era la segunda vez que la veía, y se preguntó si Michael le pasaría el brazo sobre los hombros cuando Spencer Tracy le daba un beso a Katharine Hepburn. No lo hizo. Pero cuando salieron del cine, él la cogió de la mano en el momento de cruzar la calle y no la soltó hasta que llegaron a la cafetería. Allí fue donde tuvieron su primera pelea, bueno, digamos desacuerdo. Michael confesó que votaría a Thomas Dewey en noviembre, mientras que Susan dejó bien claro su deseo de que Harry Truman continuara en la Casa Blanca. El camarero dejó la copa de helado delante de Susan. Ella la miró.

– Ni se te ocurra -le advirtió Michael.

Susan no se sorprendió cuando él la llamó al día siguiente, aunque había permanecido sentada junto al teléfono durante más de una hora, con la excusa de que estaba leyendo.

Michael le había comentado a su madre aquella mañana mientras desayunaban que se trataba de un caso de amor a primera vista.

– Pero si conoces a Susan desde que era una niña -observó su madre.

– No, mamá, no es así -replicó él-. La conocí ayer.

Los padres de ambos se mostraron encantados, pero no sorprendidos, cuando se prometieron un año más tarde; después de todo, apenas habían pasado un día separados desde la fiesta de graduación de Susan. Los dos consiguieron un empleo a los pocos días de acabar los estudios, Michael como ayudante en la Hartford Life Insurance Company y Susan como profesora de historia en el instituto Jefferson, así que decidieron casarse durante las vacaciones de verano.

Algo con lo que no habían contado era que Susan se quedara embarazada mientras estaban de luna de miel. Michael no podía ocultar su alegría al pensar que sería padre y cuando el doctor Greenwood les informó a los seis meses de que tendrían mellizos su gozo fue doble.

– Bueno, al menos eso solucionará un problema -dijo Michael como primera reacción a la noticia.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Susan.

– Uno podrá ser republicano y el otro demócrata.

– No si yo lo puedo evitar -proclamó Susan y se acarició la barriga.

Susan continuó con las clases hasta el octavo mes de embarazo, que coincidió felizmente con las vacaciones de Pascua. Se presentó en el hospital al vigésimo octavo día del noveno mes con una pequeña maleta. Michael salió del trabajo más temprano y se reunió con ella unos minutos más tarde, con la noticia de que le habían ascendido a ejecutivo de cuentas.

– ¿Y eso qué significa? -quiso saber Susan.

– Es un nombre rimbombante para un vendedor de seguros -le informó Michael-. Pero incluye un pequeño aumento de sueldo, cosa que nos vendrá de perlas ahora que tendremos que alimentar a dos bocas más.

Después de que Susan se instalara en su habitación, el doctor Greenwood le pidió a Michael que esperara fuera durante el parto, dado que cuando se trataba de mellizos podía surgir alguna complicación.

Michael se entretuvo en caminar por el largo pasillo. Cada vez que llegaba al retrato de Josiah Preston colgado en la pared del fondo, se volvía y vuelta a empezar. En los primeros recorridos, Michael no se detuvo a leer la larga biografía impresa debajo del retrato del fundador del hospital. Para el momento en que el doctor apareció por las puertas batientes, Michael se sabía de pe a pa toda la historia del hombre.

La figura vestida de verde caminó lentamente hacia él antes de quitarse la mascarilla. Michael intentó adivinar la expresión en su rostro. En su trabajo era una ventaja ser capaz de descifrar las expresiones y adivinar los pensamientos, porque cuando se trataba de vender seguros de vida tenías que anticiparte a cualquier duda que pudiera tener el posible cliente. Sin embargo, en el caso de esta póliza de seguro de vida, el rostro del médico no daba información alguna. Cuando se encontraron cara a cara, el médico sonrió y le dijo:

– Mis felicitaciones, señor Cartwright. Es usted padre de dos hijos sanos.

Susan había dado a luz a dos varones, Nathaniel a las 16.37 y Peter a las 16.43. Durante la hora siguiente, los padres se turnaron para mimarlos, hasta que el doctor Greenwood indicó que la madre y los bebés sin duda necesitaban descansar.

– Amamantar a dos niños ya será bastante agotador. Ahora los enviaré a la nursería para que pasen la noche allí -añadió el médico-. No se trata de nada especial, porque es algo que siempre hacemos cuando son mellizos.

Michael acompañó a sus dos hijos hasta la nursería, donde una vez más le pidieron que esperara en el pasillo. El orgulloso padre apretó la nariz contra el cristal que separaba el pasillo de las hileras de cunas y miró a los bebés que dormían, mientras deseaba decirles a todos los que pasaban: «Los dos son míos». Le sonrió a la enfermera que se encontraba junto a las cunas, atenta a las nuevas llegadas. En ese momento, les estaba colocando las pulseras de identificación en sus diminutas muñecas.

Michael era incapaz de recordar el tiempo que había estado allí antes de volver junto al lecho de su esposa. Cuando abrió la puerta, le complació ver que Susan dormía profundamente. La besó con mucho cariño en la frente. «Amor mío, te veré mañana por la mañana, antes de ir al trabajo», le dijo, sin importarle el hecho de que ella no podía escucharle. Michael salió de la habitación y caminó por el pasillo hasta el ascensor, donde se encontró con el doctor Greenwood, que se había quitado la bata verde y vestía una americana y pantalón grises.

– No sabe lo mucho que desearía que todos los partos fueran tan sencillos -le comentó al orgulloso padre cuando el ascensor llegó a la planta baja-. En cualquier caso, señor Cartwright, vendré a última hora para ver cómo están su esposa y los mellizos. No es que espere ninguna complicación.

– Muchas gracias, doctor -contestó Michael-. Muchas gracias.

El doctor Greenwood sonrió, y ya se disponía a salir del hospital para regresar a su casa cuando vio entrar a una señora muy elegante. Se apresuró a cruzar el vestíbulo para ir al encuentro de Ruth Davenport.

Michael Cartwright miró atrás y vio al médico que mantenía abierta la puerta del ascensor para que entraran dos mujeres, una de ellas en un estado de gestación muy avanzado. Una expresión de ansiedad había reemplazado a la cordial sonrisa del doctor Greenwood. Michael rogó que la nueva paciente del médico tuviese un parto tan sencillo como el de Susan. Caminó hasta su coche con una sonrisa de oreja a oreja, mientras intentaba pensar en las cosas que debía hacer.

Lo primero era llamar a sus padres… los abuelos.

<p id="_Toc320818443">2</p>

Ruth Davenport ya había aceptado que esa sería su última oportunidad. El doctor Greenwood, por razones profesionales, no lo hubiese dicho tan claramente, aunque después de dos abortos, no podía recomendarle a su paciente que corriera el riesgo de volver a quedarse embarazada.

Robert Davenport, en cambio, no estaba ligado por las mismas reglas profesionales y, cuando se enteró de que su esposa estaba embarazada por tercera vez, había actuado con su brusquedad habitual. Sencillamente le dio un ultimátum: «Esta vez te lo tomarás con mucha calma», un eufemismo que equivalía a «no hagas nada que pueda perjudicar el nacimiento de nuestro hijo». Robert Davenport daba por hecho que su primer hijo sería un varón. También tenía claro que sería difícil, si no imposible, que su esposa se lo tomara con calma. Al fin y al cabo, era la hija de Josiah Preston y a menudo se decía que de haber sido Ruth un chico, ella, y no su marido, hubiese acabado dirigiendo Farmacéutica Preston. Ruth había tenido que conformarse con el premio de consolación cuando sustituyó a su padre como presidenta de la Fundación del Hospital San Patricio, una causa a la que la familia Preston llevaba vinculada cuatro generaciones.

Si bien algunos de los miembros más antiguos de la fundación tuvieron que ser convencidos de que Ruth Davenport era de la misma pasta que su padre, apenas transcurrieron unas semanas para que aceptaran la evidencia de que ella no solo había heredado la energía y el empuje del viejo, sino que él le había transmitido todo su considerable conocimiento y sabiduría, que con harta frecuencia se vuelca en el hijo único.

Ruth no se había casado hasta cumplir los treinta y tres años. Desde luego no había sido por falta de pretendientes, muchos de los cuales habían hecho lo indecible para declarar su amor eterno a la heredera de los millones de Preston. Josiah Preston no había necesitado explicarle a su hija el significado de la palabra «cazadotes», porque la verdad era que ella sencillamente no se enamoró de ninguno de ellos. De hecho, Ruth había comenzado a creer que nunca se enamoraría. Hasta que conoció a Robert.

Robert Preston había llegado a Farmacéutica Preston de Roche tras pasar por la Johns Hopkins y la Harvard Business School, lo que el padre de Ruth describió como la «vía rápida». Que Ruth recordara, había sido lo más cerca que el viejo había estado de utilizar una expresión moderna. Robert había sido nombrado vicepresidente a los veintisiete años; a los treinta y tres se convirtió en el presidente delegado más joven en la historia de la empresa y batió el récord que había fijado el propio Josiah. Esta vez Ruth se enamoró de un hombre que no se sentía abrumado o intimidado por el apellido Preston y sus millones. Cuando Ruth insinuó que quizá debía adoptar el nombre de la señora Preston-Davenport, Robert se había limitado a preguntarle: «¿Cuándo conoceré al tal Preston-Davenport que pretende impedirme que me convierta en tu marido?».

Ruth anunció que estaba embarazada pocas semanas después de la boda y el aborto había sido la única mancha en una vida conyugal maravillosa. Sin embargo, el episodio no tardó en parecer una nube pasajera en un resplandeciente cielo azul, cuando volvió a quedar embarazada once meses más tarde.

Ruth había estado presidiendo una reunión de la junta en el hospital cuando comenzaron las contracciones, así que solo tuvo que subir dos pisos en el ascensor para presentarse en la consulta del doctor Greenwood. No obstante, ni toda su experiencia, ni la dedicación de su equipo o los aparatos más modernos pudieron salvar al bebé prematuro. Kenneth Greenwood recordó a su pesar que cuando era un médico muy joven se había enfrentado al mismo problema en el nacimiento de Ruth, y durante toda una semana nadie en el hospital creyó que la niña sobreviviría. Ahora, treinta y cinco años más tarde, la familia estaba pasando por el mismo calvario.

El doctor Greenwood decidió tener una conversación privada con el señor Davenport y le sugirió que quizá había llegado el momento de pensar en la adopción. Robert había aceptado de mala gana y dijo que le plantearía el tema a su esposa en cuanto considerara que se encontraba lo bastante fuerte.

Pasó otro año antes de que Ruth accediera a visitar una agencia de adopciones y por una de esas coincidencias del destino, y que a los novelistas no se les permite considerar, se quedó embarazada el mismo día que iba a visitar el orfanato de la ciudad. Esta vez Robert estaba decidido a evitar que un error humano fuese la razón para que su hijo no llegara al mundo.

Ruth aceptó el consejo de su marido y renunció a su cargo de presidenta de la fundación del hospital. Incluso estuvo de acuerdo en que debían contratar a una enfermera para que -en palabras de Robert- la vigilara todo el día. El señor Davenport entrevistó a varias aspirantes al puesto y tomó nota de aquellas que reunían los requisitos profesionales necesarios. Pero su decisión final estaría basada exclusivamente en si la aspirante tenía la fuerza de carácter suficiente para asegurarse de que Ruth mantendría su palabra de «tomárselo con calma» y vigilar que no recayera en los viejos hábitos de querer organizar todo lo que ocurría a su alrededor.

Después de una tercera ronda de entrevistas, Robert se decidió por la señorita Heather Nichol, que era una de las enfermeras mejor valoradas en la sala de maternidad del San Patricio. Le gustó su evidente sentido común y el hecho de que fuese soltera y careciera de los encantos físicos que pudieran hacer variar dicha condición en un futuro previsible. No obstante, lo que inclinó la balanza en favor de la señorita Nichol fue que hubiese ayudado a traer al mundo a más de mil bebés.

Robert se mostró encantado al ver lo rápido que la señorita Nichol se acomodó al ritmo de la familia, y, a medida que transcurrían los meses, incluso él comenzó a creer que no se enfrentarían al mismo problema por tercera vez. Cuando pasó el quinto, el sexto y el séptimo mes sin incidentes, Robert planteó por primera vez el tema de los nombres: Fletcher Andrew si era un niño, Victoria Grace si era una niña. Ruth solo expresó una preferencia: si era un niño le llamarían por el segundo nombre, pero en realidad solo deseaba que el bebé naciera sano.

Robert se encontraba en unas jornadas médicas en Nueva York cuando la señorita Nichol le hizo salir de una conferencia para informarle de que habían comenzado las contracciones. Él le aseguró que regresaría en tren inmediatamente y luego cogería un taxi en la estación para ir al hospital.

El doctor Greenwood salía del edificio después del feliz parto de los mellizos Cartwright cuando vio a Ruth Davenport que entraba por la puerta giratoria acompañada por la señorita Nichol. Dio media vuelta y alcanzó a las dos mujeres antes de que se cerraran las puertas del ascensor.

En cuanto instaló a su paciente en una habitación privada, el doctor Greenwood reunió rápidamente al mejor equipo de tocólogos que podía ofrecer el hospital. De haber sido la señora Davenport una paciente normal, él y la señorita Nichol podrían haberse encargado del parto sin la necesidad de buscar más ayuda. Sin embargo, después de la revisión, comprendió que a Ruth tendrían que hacerle una cesárea si no querían tener problemas con el parto. Alzó la mirada y rezó para sus adentros, muy consciente de que esa sería la última oportunidad para la mujer.

La intervención duró poco más de cuarenta minutos. En cuanto vio asomar la cabeza del bebé, la señorita Nichol exhaló un suspiro de alivio, pero hasta que el médico no cortó el cordón umbilical no añadió: «Aleluya». Ruth, que continuaba bajo los efectos de la anestesia general, no tuvo ocasión de ver la sonrisa de tranquilidad en el rostro del doctor Greenwood. El médico salió inmediatamente del quirófano para comunicarle al padre: «Es un niño».

Mientras Ruth dormía beatíficamente, fue la señorita Nichol quien llevó a Fletcher Andrew a la nursería, donde compartiría sus primeras horas de vida con los demás recién nacidos. En cuanto acabó de acomodar al bebé en la cuna, le encomendó a la enfermera que lo vigilara y regresó a la habitación de Ruth. La señorita Nichol se acomodó en una confortable butaca en una esquina de la habitación e intentó mantenerse despierta.

Faltaban un par de horas para el amanecer cuando la señorita Nichol se despertó sobresaltada. Oyó que le decían:

– ¿Puedo ver a mi hijo?

– Por supuesto que sí, señora Davenport -respondió la señorita Nichol al tiempo que se levantaba apresuradamente-. Ahora mismo iré a buscar al pequeño Andrew. -Mientras cerraba la puerta, añadió-: Solo tardaré un par de minutos.

Ruth se incorporó en la cama, acomodó la almohada, encendió la lámpara de la mesita de noche y esperó ansiosa la llegada de su hijo.

Mientras la señorita Nichol caminaba por el pasillo, miró la hora. Eran las 4.31 de la mañana. Bajó las escaleras hasta el quinto piso y se dirigió a la nursería. La señorita Nichol abrió la puerta sigilosamente para no despertar a ninguno de los bebés. Lo primero que hizo al entrar en la sala iluminada por un pequeño tubo fluorescente fue buscar a la enfermera de guardia. La vio dormida en un rincón. Decidió no despertarla porque probablemente esos serían los pocos minutos de descanso de los que podría disfrutar en su turno de ocho horas.

La señorita Nichol caminó de puntillas entre las dos hileras de cunas y solo se detuvo un momento para contemplar a los mellizos que se encontraban en una cuna doble instalada junto a la de Fletcher Andrew Davenport.

Miró al bebé al que nunca le faltaría de nada durante el resto de su vida. Cuando fue a inclinarse para coger a la criatura de la cuna, se detuvo bruscamente. Después de asistir a un millar de partos, se está perfectamente capacitado para distinguir la muerte. La palidez de la piel y la inmovilidad de los ojos hicieron innecesario que le buscara el pulso.

A menudo es una de esas decisiones que se toman sin más, algunas veces tomadas por otros, la que puede cambiar toda nuestra vida.

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En el momento que al doctor Greenwood lo despertaron en plena madrugada para comunicarle que uno de sus nuevos pacientes había muerto, supo exactamente de qué niño se trataba. También comprendió que debía regresar al hospital inmediatamente.

Kenneth Greenwood siempre había querido ser médico. Después de unas semanas en la facultad, había tenido claro cuál sería su especialidad. Todos los días daba gracias a Dios por haberle permitido seguir su vocación. Pero también de vez en cuando, como si se tratara de algo que el Todopoderoso considerara necesario para equilibrar la balanza, se veía obligado a decirle a una madre que había perdido a su hijo. Nunca resultaba fácil, pero tener que decirle a Ruth Davenport por tercera vez…

Había muy pocos coches en la carretera a las cinco de la mañana cuando, veinte minutos más tarde, el doctor Greenwood aparcó el coche en su plaza delante del hospital. Entró en el vestíbulo, pasó por delante del mostrador de la recepción y se metió en el ascensor antes de que nadie del personal pudiera dirigirle la palabra.

– ¿Quién se lo dirá? -le preguntó la enfermera que le estaba esperando cuando las puertas del ascensor se abrieron en la quinta planta.

– Yo lo haré -respondió el doctor Greenwood-. Después de todo, soy amigo de la familia desde hace muchos años -añadió.

La enfermera lo miró un tanto sorprendida.

– Supongo que debemos agradecer que el otro niño esté vivo -dijo.

El comentario sacó al doctor Greenwood de su ensimismamiento; el médico se quedó paralizado.

– ¿El otro niño? -repitió.

– Sí, Nathaniel está perfectamente. El que ha muerto es Peter.

El doctor Greenwood permaneció en silencio durante unos momentos mientras intentaba asimilar esta información.

– ¿Cómo está el bebé de los Davenport? -preguntó.

– Bien que yo sepa -contestó la enfermera-. ¿Por qué lo pregunta?

– Fue el último parto que atendí antes de marcharme a casa -dijo; confió en que la enfermera no hubiese advertido la vacilación en su voz.

El doctor Greenwood caminó lentamente entre las hileras de cunas, donde muchos de los bebés dormían profundamente y otros berreaban como si quisieran demostrar la capacidad de sus pulmones. Se detuvo cuando llegó delante de la cuna doble donde había dejado a los mellizos pocas horas antes. Nathaniel dormía plácidamente mientras que su hermano permanecía inmóvil. Miró la cuna de al lado para comprobar el nombre que figuraba en la cabecera: Davenport, Fletcher Andrew. También este bebé dormía como un ángel y su respiración era absolutamente normal.

– Por supuesto no podía mover al bebé hasta que llegara el médico que atendió el parto… -comenzó a explicar la enfermera.

– No es necesario que me recuerde el procedimiento hospitalario -le interrumpió el doctor Greenwood, con una brusquedad muy poco habitual en él-. ¿A qué hora comenzó su turno?

– Unos minutos después de la medianoche.

– ¿Ha estado aquí desde entonces?

– Sí, doctor.

– ¿Entró alguien en la sala durante estas horas?

– No, doctor -contestó la enfermera.

La mujer decidió no mencionar que alrededor de una hora antes le había parecido escuchar que la puerta se cerraba, o al menos no hacerlo hasta que al médico se le hubiese pasado el enojo. El doctor Greenwood miró la cuna doble con los nombres de Nathaniel y Peter Cartwright. Sabía muy bien cuál era su obligación.

– Lleve al bebé al depósito -ordenó en voz baja-. Escribiré el informe inmediatamente, pero no se lo comunicaré a la madre hasta la mañana. No serviría de nada despertarla a estas horas.

– Sí, doctor -asintió la enfermera, con un tono sumiso.

El doctor Greenwood salió de la sala; caminó lentamente por el pasillo y se detuvo delante de la puerta de la habitación de la señora Cartwright. La abrió sin hacer ruido y se tranquilizó al ver que su paciente dormía como una bendita. Subió por las escaleras hasta la sexta planta, donde hizo lo mismo cuando llegó a la habitación privada de la señora Davenport. Ruth también dormía. Miró al otro extremo de la habitación donde se encontraba sentada la señorita Nichol en una postura nada cómoda. Hubiese jurado que ella había abierto los ojos, pero decidió no molestarla. Cerró la puerta y se escabulló por las escaleras de incendio que conducían directamente hasta el aparcamiento. No quería que el personal de servicio en la recepción le viera marcharse. Necesitaba un poco de tiempo para pensar.

El doctor Greenwood volvió a meterse en la cama al cabo de veinte minutos, pero no se durmió.

A las siete, cuando sonó el despertador, continuaba despierto. Sabía exactamente qué debía hacer, aunque temía que las repercusiones se mantendrían durante muchos años.


El doctor Greenwood tardó considerablemente más en volver al hospital por segunda vez aquella mañana y no solo porque el tráfico fuera más denso. Le espantaba la idea de tener que decirle a Ruth Davenport que su hijo había muerto durante la noche y solo podía rogar que no se produjera un escándalo cuando lo hiciera. Era consciente de que debía ir a la habitación de Ruth sin más demora y explicarle lo que había sucedido; de lo contrario, ya nunca sería capaz de hacerlo.

– Buenos días, doctor Greenwood -le saludó la enfermera de la recepción, sin obtener respuesta.

Cuando salió del ascensor en la sexta planta y comenzó a caminar hacia la habitación de la señora Davenport, vio que instintivamente sus pasos se hacían cada vez más lentos. Se detuvo al llegar a la puerta y deseó encontrar dormida a la mujer. Al abrirla vio a Robert Davenport sentado junto a su esposa. Ruth sostenía a un bebé en sus brazos. La señorita Nichol no estaba con ellos.

Robert se levantó de un salto.

– Kenneth -dijo, y le estrechó la mano-, le estaremos eternamente agradecidos.

– No me deben nada -manifestó el médico con voz queda.

– Por supuesto que sí -declaró Robert. Se volvió para mirar a su esposa-. ¿Le decimos la decisión que hemos tomado, Ruth?

– Por qué no, así todos tendremos algo que celebrar -respondió ella y besó la frente del bebé.

– Primero tengo que decirles… -comenzó el médico.

– Nada de peros -le interrumpió Robert-, porque quiero que sea el primero en saber que he decidido pedirle a la junta de Preston que financie la nueva ala de maternidad que usted siempre ha esperado acabar antes de su retiro.

– Pero… -repitió el doctor Greenwood.

– Creía que habíamos quedado de acuerdo en que nada de peros. Después de todo, los planos están preparados desde hace años -señaló Robert, con la mirada puesta en su hijo-, así que no se me ocurre ningún motivo para que no comencemos la construcción ahora mismo. -Miró al jefe de obstetricia del hospital-. A menos, por supuesto, que…

El doctor Greenwood permaneció en silencio.

Cuando la señorita Nichol vio salir de la habitación de la señora Davenport al doctor Greenwood, el corazón le dio un vuelco. El médico llevaba al bebé en brazos y caminaba hacia el ascensor que lo llevaría a la nursería. En el momento en que se cruzaron en el pasillo, sus miradas se encontraron y aunque él no dijo nada, la enfermera comprendió que Greenwood sabía lo que había hecho.

La señorita Nichol se dio cuenta de que si quería escapar, debía hacerlo sin dilación. Después de llevar al niño de vuelta a la nursería, había permanecido despierta en un rincón de la habitación de la señora Davenport durante toda la noche, sin dejar de preguntarse si la descubrirían. Había procurado no moverse cuando el doctor Greenwood había asomado la cabeza. No había sabido la hora que era porque no se atrevió a mirar su reloj. Había esperado que él la hiciera salir de la habitación para decirle que sabía la verdad, pero él se había marchado con el mismo sigilo con que había entrado, y por tanto seguía sin saberlo.

Heather Nichol continuó caminando hacia la habitación mientras su mirada seguía fija en la salida de emergencia al final del pasillo. En cuanto dejó atrás la puerta de la señora Davenport intentó no acelerar el paso. Solo le faltaban unos cinco pasos para llegar a la salida cuando escuchó una voz que decía: «Señorita Nichol…» y la reconoció inmediatamente. Se quedó de una pieza, siempre atenta a la salida de emergencia, mientras consideraba sus opciones. Se volvió para mirar al señor Davenport.

– Creo que usted y yo debemos mantener una conversación en privado -dijo él.

El señor Davenport entró en una salita al otro lado del pasillo, seguro de que ella le seguiría. La señorita Nichol creyó que las piernas le fallarían mucho antes de dejarse caer en una de las sillas. No podía saber por la expresión de su rostro si él también sabía que era la culpable, pero con el señor Davenport era imposible saberlo. Era de aquellas personas que nunca traslucían nada, algo que le resultaba difícil de cambiar, incluso en su vida privada. La enfermera se sentía incapaz de mirarle a la cara, así que fijó la vista por encima del hombro izquierdo de su patrón y observó cómo se cerraban las puertas del ascensor que había cogido el doctor Greenwood.

– Sospecho que ya sabrá lo que voy a preguntarle -dijo el ejecutivo.

– Sí, lo sé -admitió la señorita Nichol, al tiempo que se preguntaba si alguien volvería alguna vez a contratar sus servicios, o incluso si no acabaría en la cárcel.

La enfermera sabía exactamente lo que le sucedería y dónde acabaría cuando el doctor Greenwood reapareció diez minutos más tarde.

– Espero que lo medite con tranquilidad, señorita Nichol, y cuando haya tomado la decisión tenga la bondad de llamarme a mi despacho. Si su respuesta es afirmativa, entonces tendré que hablar con mis abogados.

– Ya lo he decidido -manifestó la señorita Nichol. Esta vez miró al señor Davenport sin vacilaciones-. La respuesta es que sí. Estaré encantada de continuar trabajando para su familia como niñera.

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Susan retuvo a Nat en sus brazos incapaz de ocultar su angustia. Estaba cansada de que los amigos y parientes le dijeran que debía dar gracias a Dios de que uno de los mellizos hubiese sobrevivido. ¿Acaso no comprendían que Peter estaba muerto, que había perdido a un hijo? Michael había confiado en que su esposa comenzaría a recuperarse de la pérdida en cuanto saliera del hospital y regresara a casa, pero no había sido así. Susan no dejaba de hablar de su otro hijo y tenía una foto de los dos niños en la mesilla de noche junto a su cama.

La señorita Nichol observó la foto cuando fue publicada en el Hartford Courant. Se sintió más tranquila al ver que, si bien los dos chicos habían heredado la mandíbula cuadrada del padre, Andrew tenía los cabellos rubios rizados, mientras que los de Nathan eran lacios y comenzaban a oscurecerse. Pero fue Josiah Preston quien solucionó el problema, al comentar con harta frecuencia que su nieto había heredado su nariz y la despejada frente, rasgos tradicionales de todos los Preston. La niñera no se cansaba de repetir dichos comentarios a los aduladores parientes y serviles empleados, precedidos por las palabras: «El señor Preston a menudo señala…».

Dos semanas después de regresar a su hogar, Ruth había vuelto a asumir la presidencia de la fundación y sin pérdida de tiempo hizo honor a la promesa de su marido de financiar la construcción de la nueva sala de maternidad del San Patricio.

Mientras tanto la señorita Nichol se hacía cargo de cualquier tarea, por insignificante que fuera, para permitir que Ruth continuara con sus actividades fuera de la casa mientras ella se hacía cargo de Andrew. Se convirtió en niñera, mentora, guardiana y gobernanta del chico, pero no pasaba ni un solo día sin experimentar el miedo de que la verdad acabara por descubrirse.

La primera preocupación real de la señorita Nichol apareció cuando la señora Cartwright llamó por teléfono para decir que celebraría una fiesta de cumpleaños para su hijo y como Andrew había nacido el mismo día, había pensado en invitarlo.

– Es muy amable de su parte -contestó la señorita Nichol, sin alterarse en lo más mínimo-, pero Andrew también celebra su cumpleaños y la verdad es que lamento mucho que Nat no pueda reunirse con nosotros.

– Por favor, transmítale mis saludos a la señora Davenport y dígale que le agradecemos mucho que nos haya invitado a la inauguración de la nueva ala de maternidad el mes que viene.

Una invitación que la señorita Nichol no podía cancelar. Cuando Susan colgó el teléfono, su único pensamiento fue cómo era posible que la señorita Nichol supiera el nombre de su hijo.

Aquella tarde, en cuanto la señora Davenport regresó a casa, la señorita Nichol le propuso organizar una fiesta de cumpleaños para Andrew. A Ruth le pareció una idea excelente y no tuvo el menor reparo en dejar todos los preparativos, incluida la lista de invitados, en manos de la niñera. Organizar una fiesta de cumpleaños donde se podía controlar a quién invitar y a quién no es una cosa, pero asegurarse de que su patrona y la señora Cartwright no coincidieran en la inauguración del ala de maternidad Preston era otra muy distinta.

Fue precisamente el doctor Greenwood quien presentó a las dos mujeres mientras acompañaba a un grupo en la visita a las nuevas instalaciones. Al médico le parecía imposible que nadie se fijara en el extraordinario parecido de los niños. La señorita Nichol se volvió cuando él miró en su dirección. Se apresuró a cubrir la cabeza de Andrew con una gorra que le hizo parecer una niña y antes de que Ruth pudiera hacer cualquier comentario, le explicó:

– Comienza a refrescar y no quiero que Andrew se resfríe.

– ¿Se quedará en Hartford cuando se jubile, doctor Greenwood? -preguntó la señora Cartwright.

– No, mi esposa y yo hemos decidido que nos iremos a la casa de la familia en Ohio -contestó el médico-, pero estoy seguro de que vendremos de visita a Hartford de vez en cuando.

La señorita Nichol hubiera suspirado de satisfacción de no haber sido porque el médico la miró con toda intención. Sin embargo, con el doctor Greenwood fuera de la ciudad, resultaría más difícil que alguien descubriera su secreto.

Cada vez que Andrew era invitado a cualquier actividad, a convertirse en miembro de un grupo, a participar en algún deporte o sencillamente apuntarse para el desfile del verano, la primera prioridad de la señorita Nichol era asegurarse de que el niño no entrara en contacto con ningún miembro de la familia Cartwright. Esto lo consiguió con gran éxito durante los años de crianza del niño, sin despertar las sospechas del señor y la señora Davenport.


Las dos cartas que llegaron en el reparto de la mañana convencieron por fin a la señorita Nichol de que podía olvidarse de sus aprensiones. La primera iba dirigida al padre de Andrew y confirmaba que el chico había sido admitido en Hotchkiss, la escuela privada más antigua y reputada de Connecticut. La segunda, que llevaba el matasellos de Ohio, la abrió Ruth.

– Qué pena -comentó mientras leía la carta manuscrita-. Era una excelente persona.

– ¿Quién? -preguntó Robert, que interrumpió por un momento la lectura del New England Journal of Medicine.

– El doctor Greenwood. La carta es de su esposa. Dice que falleció el viernes pasado. Tenía setenta y cuatro años.

– Era un buen hombre -convino Robert-. Quizá tendrías que asistir a su funeral.

– Sí, por supuesto que iré -dijo Ruth-, y Heather quizá quiera acompañarme. Después de todo, trabajó varios años con él.

– Desde luego -afirmó la señorita Nichol y confió en que su expresión transmitiera la pena adecuada.


Susan releyó la carta, entristecida por la noticia. Siempre recordaría el interés personal demostrado por el doctor Greenwood cuando murió Peter, casi como si él hubiese sido el responsable. Quizá debería ir al funeral del médico. Se disponía a informar a Michael de la noticia de la muerte, cuando su marido dio un salto y gritó:

– ¡Bien hecho, Nat!

– ¿Qué pasa? -preguntó Susan, sorprendida por esa nada habitual euforia.

– Nat ha ganado la beca para ir a Taft -le respondió su marido mientras agitaba la carta en el aire.

Susan no compartía el entusiasmo de su marido en el asunto de enviar a Nat cuando apenas era un adolescente a un internado con chicos cuyos padres pertenecían a un mundo diferente. Cómo podría un chico de catorce años llegar a comprender que ellos no podían permitirse muchas de las cosas que para sus compañeros de colegio no tenían nada de particular. Siempre había sido partidaria de la idea de que Nathaniel debía seguir los pasos de Michael y estudiar en el instituto Jefferson. Si era lo bastante bueno como para que ella enseñara allí, ¿por qué no podía ser el sitio adecuado para educar a su hijo?

Nat se encontraba sentado en su cama, muy entretenido en releer su novela favorita cuando escuchó el estallido de su padre. Había llegado al capítulo donde la ballena estaba a punto de escaparse de nuevo. Se levantó de la cama sin muchos ánimos y asomó la cabeza para averiguar el motivo de la conmoción. Sus padres discutían con pasión -nunca se peleaban a pesar del muy cacareado incidente con el helado- sobre el colegio al que iría. Escuchó a su padre en mitad de una frase: «… la oportunidad de su vida», y después siguió:

– Nat podrá tratar con chicos que acabarán siendo líderes en todos los campos y por consiguiente serán una buena influencia para el resto de su vida.

– ¿Más que ir al instituto Jefferson y tratar con chicos a los que puede acabar dirigiendo e influyendo el resto de sus vidas?

– Ha ganado una beca, así que no tendremos que pagar ni un penique.

– Tampoco tendríamos que pagar ni un penique si fuese al Jefferson.

– Debemos pensar en el futuro de Nat. Si va a Taft, quizá después podría entrar en Harvard o Yale…

– En el instituto también hemos tenido a varios alumnos que han ido a Harvard y a Yale.

– Si tuviese que suscribir una póliza de seguro sobre cuál de las dos escuelas tiene más…

– Es un riesgo que estoy dispuesta a correr.

– Pues yo no -señaló Michael-, y dedico todos los días de mi vida al intento de eliminar esa clase de riesgos.

Nat escuchaba atentamente mientras sus padres continuaban la discusión, sin alzar la voz ni enfadarse ni una sola vez.

– Prefiero que mi hijo acabe la escuela como un igualitarista y no como un patricio -replicó Susan con pasión.

– ¿Por qué tienen que ser incompatibles? -preguntó Michael.

Nat se metió en su habitación sin esperar a oír la respuesta de su madre. Ella le había enseñado a buscar inmediatamente en el diccionario cualquier palabra que no hubiese escuchado antes; después de todo, había sido un hombre de Connecticut quien había reunido la mayor lexicografía del mundo. Después de buscar las tres palabras en su Webster’s, Nat decidió que su madre era más igualitarista que su padre, pero ninguno de los dos era un patricio. El no tenía muy claro si quería ser un patricio.

Cuando acabó de releer el capítulo de la novela, volvió a salir de su habitación. La situación parecía haberse calmado, así que bajó las escaleras para reunirse con sus padres.

– Quizá tendríamos que dejar que Nat decidiera -dijo su madre.

– Ya lo he hecho -respondió Nat. Se sentó entre los dos-. Después de todo, siempre me habéis enseñado a escuchar las dos partes de cualquier debate antes de llegar a una conclusión.

Ambos padres se quedaron mudos mientras Nat desplegaba el periódico de la tarde con total tranquilidad, conscientes de que seguramente había escuchado su conversación.

– ¿Cuál es la decisión que has tomado? -preguntó la madre en voz baja.

– Prefiero ir a Taft más que al Jefferson -respondió Nat sin vacilar.

– ¿Podemos saber qué te ha ayudado a llegar a esa conclusión? -preguntó el padre.

Nat, al ver que había captado toda la atención de su público, demoró la respuesta.

– Moby Dick -contestó, después de buscar las páginas de deportes. Luego esperó a ver cuál de sus padres sería el primero en repetir sus palabras.

– ¿Moby Dick? -repitieron al unísono.

– Así es. Después de todo, las buenas gentes de Connecticut consideraban a la gran ballena como la patricia del mar.

<p id="_Toc320818446">5</p>

– Todo un hombre de Hotchkiss de pies a cabeza -afirmó la señorita Nichol mientras comprobaba el aspecto de Andrew en el espejo del vestíbulo. Camisa blanca, americana azul y pantalones de pana color avellana. La señorita Nichol le enderezó el nudo de la corbata a rayas blancas y azules y quitó una mota de polvo de la camisa-. Todo un hombre de Hotchkiss hasta el último centímetro -repitió.

«Solo mido uno cincuenta y siete», iba a decirle Andrew cuando su padre apareció en el vestíbulo. El muchacho miró su reloj, un regalo de su abuelo materno, un hombre que todavía despedía a los empleados por llegar tarde.

– He metido tus maletas en el coche -anunció su padre, con una mano en el hombro de su hijo. Andrew se quedó helado al oír aquello. El despreocupado comentario solo le recordaba que su marcha de la casa era una realidad-. Faltan menos de tres meses para el día de Acción de Gracias -añadió su padre.

Andrew quiso recordarle que tres meses eran la cuarta parte de un año, un porcentaje nada insignificante de tu vida cuando solo tienes catorce años.

Andrew salió por la puerta principal y cruzó el patio de grava, decidido a no mirar atrás a la casa que tanto quería y que no volvería a ver durante un cuarto de año. Cuando llegó al coche, mantuvo la puerta trasera abierta para que subiera su madre. Luego le dio la mano a la señorita Nichol como si fuese una vieja amiga y le dijo que esperaba volver a verla el día de Acción de Gracias. No estaba muy seguro, pero le pareció que la mujer había estado llorando. Miró hacia la entrada, agitó una mano para despedirse del ama de llaves y la cocinera y subió al coche.

Mientras recorrían las calles de Farmington, Andrew contempló los edificios del que hasta aquel momento había considerado como el centro del mundo entero.

– No te olvides de escribir a casa todas las semanas -le dijo su madre.

Él no hizo caso del consejo redundante, porque la señorita Nichol le había insistido en lo mismo al menos dos veces al día durante todo el último mes.

– Si necesitas dinero, no dudes en llamarme -añadió su padre.

Otro más que no había leído el reglamento. Andrew no le recordó a su padre que en Hotchkiss a los alumnos de primer curso solo les permitían disponer de diez dólares al trimestre. Lo ponía bien claro en la página siete y la señorita Nichol lo había subrayado en rojo.

Nadie habló durante el breve trayecto hasta la estación, cada uno absorto en sus propias preocupaciones. Su padre aparcó el coche delante de la estación y se apeó. Andrew permaneció sentado, poco dispuesto a abandonar la seguridad del coche, hasta que su madre abrió la puerta de su lado. Andrew se reunió con ella sin demora, dispuesto a que nadie se diera cuenta de lo nervioso que estaba. Ella intentó cogerle la mano, pero él corrió al maletero para ayudar a su padre a descargar el equipaje.

Un mozo de cordel llegó junto al coche con un carretón. En cuanto cargó las maletas, los guió hasta el andén y se detuvo ante el vagón número ocho. Andrew se volvió para despedirse de su padre mientras el mozo subía las maletas al vagón. Había insistido en que solo uno de sus progenitores le acompañara en el viaje hasta Lakeville, y como su padre era un hombre de Taft, su madre parecía la elección obvia. En esos momentos comenzaba a lamentar la decisión.

– Que tengas un buen viaje -le deseó su padre y acompañó la despedida con un fuerte apretón de manos. Qué cosas más ridículas decían los padres en las estaciones, pensó Andrew; sin duda era mucho más importante que se dedicara con ahínco a sus estudios cuando estuviera allí-. Y no te olvides de escribirnos.

Andrew subió al vagón con su madre y cuando el tren se puso en marcha no miró ni una vez a su padre en el andén, en la idea de que esto le haría parecer mayor.

– ¿Quieres desayunar? -le preguntó su madre mientras el revisor colocaba las maletas en el portaequipajes.

– Sí, por favor -respondió Andrew, que se animó por primera vez aquella mañana.

Un camarero les acompañó hasta una mesa en el vagón restaurante. Andrew leyó el menú y se preguntó si su madre le permitiría pedir el desayuno completo.

– Pide lo que quieras -le dijo ella, como si le hubiese leído el pensamiento.

Andrew sonrió cuando reapareció el camarero.

– Patatas, dos huevos fritos, beicon y tostadas. -No pidió champiñones porque no quería que el camarero creyera que su madre no le daba de comer.

– ¿Y usted, señora? -preguntó el camarero.

– Solo café y una tostada, gracias.

– ¿Es el primer día del chico? -añadió el camarero.

La señora Davenport asintió sonriente.

¿Cómo lo ha sabido?, se preguntó Andrew.

Andrew tomó su desayuno un tanto nervioso, porque no tenía muy claro si le volverían a dar de comer durante aquel día. En la guía de la escuela no había encontrado mención alguna a las comidas y el abuelo le había comentado que durante sus estudios en Hotchkiss, solo les daban de comer una vez al día. Su madre le repitió cien veces que dejara los cubiertos mientras masticaba.

– Los cuchillos y los tenedores no son aviones y no deben permanecer en el aire más tiempo del necesario -le recordó.

Andrew no sabía que ella estaba casi tan nerviosa como él.

Cada vez que otro chico, vestido con el mismo elegante uniforme, pasaba junto a su mesa, Andrew miraba a través de la ventanilla y rogaba que no se fijaran en él, porque ninguno de los uniformes que vestían se veía nuevo como el suyo. Su madre ya iba por la tercera taza de café cuando el tren entró en la estación.

– Ya hemos llegado -anunció ella sin que hiciera falta.

Andrew permaneció sentado con la mirada puesta en el cartel lakeville del andén mientras varios chicos saltaban del tren y se saludaban los unos a los otros con un «Eh, hola, ¿cómo estás? ¿Qué tal las vacaciones?» seguido de muchos apretones de manos. Por fin miró a su madre y deseó que desapareciera en una nube de humo. Las madres no eran más que otro anuncio de que se trataba de su primer día.

Dos muchachos altos vestidos con americanas cruzadas azules y pantalones grises comenzaron a conducir a los nuevos hacia el autocar que les esperaba. Andrew rezó para que a los padres no les permitieran subir al autocar; de lo contrario, todos se darían cuenta de que era uno de los nuevos.

– ¿Nombre? -le preguntó uno de los muchachos de la americana azul cuando Andrew bajó del tren.

– Davenport, señor -respondió Andrew, con la cabeza un poco echada hacia atrás para poder mirarlo a la cara. ¿Llegaría él alguna vez a ser tan alto?

El muchacho esbozó una sonrisa.

– No me llames señor. No soy maestro, sino solo un monitor del último curso. -Andrew agachó la cabeza. Las primeras palabras que había dicho y ya había quedado como un tonto-. ¿Han cargado tus maletas en el autocar, Fletcher?

¿Fletcher?, pensó Andrew. Por supuesto, Fletcher Andrew Davenport; no corrigió el error del muchacho alto por miedo a equivocarse de nuevo.

– Sí -contestó Andrew.

El dios volvió su atención hacia la madre de Andrew.

– Muchas gracias, señora Davenport -le dijo después de consultar la lista-. Le deseo que tenga un agradable viaje de regreso a Farmington. No se preocupe, Fletcher estará bien atendido -añadió bondadosamente.

Andrew tendió una mano, dispuesto a evitar que su madre le abrazara. Como si las madres pudieran leer el pensamiento. Se estremeció cuando ella lo rodeó con sus brazos. Claro que él no podía comprender lo que Ruth estaba pasando. Cuando su madre por fin lo soltó, Andrew se unió apresuradamente al grupo de chicos que subía al autocar. Vio a un chico, incluso más pequeño que él, sentado solo que miraba a través de la ventanilla. No tardó ni un segundo en sentarse a su lado.

– Soy Fletcher -se presentó con el nombre que le había impuesto el dios-. ¿Cómo te llamas?

– James -le contestó el otro-, pero mis amigos me llaman Jimmy.

– ¿Eres uno de los nuevos? -le preguntó Fletcher.

– Sí -respondió Jimmy en voz baja, sin mirarlo.

– Yo también -le informó Fletcher.

Jimmy sacó un pañuelo y simuló sonarse la nariz, antes de volverse finalmente para mirar a su nuevo compañero.

– ¿De dónde eres?

– De Farmington.

– ¿Dónde está?

– Bastante cerca de West Hartford.

– Mi padre trabaja en Hartford -dijo Jimmy-. Está en la administración municipal. ¿A qué se dedica el tuyo?

– Vende medicamentos -respondió Fletcher.

– ¿Te gusta el fútbol? -preguntó Jimmy.

– Sí -contestó Fletcher, pero solo porque sabía que Hotchkiss permanecía imbatido durante los últimos cuatro años, otra cosa que la señorita Nichol había subrayado en la guía.

El resto de la conversación consistió en una serie de preguntas deshilvanadas de las que ninguno de los dos conocía la respuesta correcta. Fue un extraño comienzo para una amistad que duraría toda la vida.

<p id="_Toc320818447">6</p>

– Impecable -afirmó su padre mientras comprobaba el uniforme del chico en el espejo del vestíbulo. Michael Cartwright arregló el nudo de la corbata azul de su hijo y le quitó un cabello de la americana-. Impecable -repitió.

Nathaniel solo pensaba en los cinco dólares que había costado el pantalón de pana, a pesar de que su padre había dicho que valían cada centavo.

– Date prisa, Susan, o llegaremos tarde -gritó su padre, con la mirada puesta en el rellano.

Michael aún tuvo tiempo para guardar la maleta en el maletero y sacar el coche del garaje antes de que Susan hiciera su aparición para desearle suerte a su hijo en su primer día en el internado. Ella le abrazó y le besó y Nathaniel agradeció que no hubiera ningún otro hombre de Taft a la vista para presenciarlo. Esperaba que su madre superara la desilusión de que no hubiese escogido el instituto Jefferson, aunque él ya comenzaba a replanteárselo. Después de todo, de haber optado por el instituto podría haber vuelto a casa todas las noches.

Nathaniel se acomodó en el asiento del acompañante y miró la hora en el reloj del salpicadero. Eran casi las siete.

– Venga, papá, vamos -apremió, desesperado por no llegar tarde en su primer día y quedar marcado para siempre por haber cometido una falta.

En cuanto entraron en la autopista, su padre buscó el carril de la izquierda y aceleró hasta alcanzar una velocidad de cien kilómetros por hora, diez kilómetros por encima del límite, confiando en que las posibilidades de que lo pillaran a aquella hora de la mañana eran mínimas. Aunque Nathaniel ya había estado en Taft para la entrevista, no pudo evitar sentir pánico cuando su padre cruzó la impresionante verja de hierro con el viejo Studebaker y avanzó lentamente por el camino de casi dos kilómetros que llevaba hasta el edificio. Se tranquilizó un poco al ver que otros dos o tres coches los seguían, aunque dudaba de que fueran alumnos nuevos. Su padre siguió a una hilera de coches Cadillac y Buick que entraban en el aparcamiento, sin tener muy claro dónde debía aparcar; después de todo, él era un padre nuevo. Nathaniel salió del coche, incluso antes de que su padre pusiera el freno de mano. Pero luego vaciló. ¿Debía seguir a la riada de chicos que se dirigían al edificio principal o los nuevos debían ir a alguna otra parte?

Su padre no dudó en sumarse a la multitud y solo se detuvo cuando un joven alto y de aspecto decidido que llevaba una lista en la mano miró a Nathaniel y le preguntó:

– ¿Eres uno de los nuevos?

Nathaniel no respondió, así que su padre lo hizo por él.

– Sí.

La mirada del joven no se desvió.

– ¿Nombre?

– Cartwright, señor -contestó Nathaniel.

– Ah, sí. Te han asignado al señor Haskins, así que debes ser inteligente. Todas las lumbreras comienzan con el señor Haskins. -Nathaniel bajó la cabeza mientras su padre sonreía-. Cuando entres en el salón de actos -añadió el joven-, puedes sentarte donde quieras en las tres primeras filas del lado izquierdo. En el momento en que escuches las campanadas de las nueve, no hablarás y permanecerás en silencio hasta que el director y el resto de los profesores hayan dejado la sala.

– ¿Qué hago entonces? -preguntó Nathaniel, que procuró disimular que estaba temblando.

– Recibirás instrucciones del profesor de tu clase -le informó el joven que dirigió su atención al padre nuevo-. Nat estará perfectamente, señor Cartwright. Espero que tenga un feliz viaje de regreso a casa, señor.

Justo en ese momento Nathaniel decidió que en el futuro siempre se haría llamar Nat, si bien era consciente de que a su madre no le gustaría.

Cuando entró en el salón de actos, Nat agachó la cabeza y caminó rápidamente por el largo pasillo central, con la ilusión de que nadie repararía en él. Vio un sitio libre al final de la segunda fila y se sentó. Miró al chico a su izquierda, que se sujetaba la cabeza con las manos. ¿Estaría rezando o era posible que estuviese más aterrorizado que Nat?

– Me llamo Nat.

– Yo soy Tom -dijo el otro, sin levantar la cabeza.

– ¿Qué pasará ahora?

– No lo sé, pero desearía saberlo -respondió Tom.

El reloj dio las nueve y todos guardaron silencio.

En fila de uno, como una formación, los maestros avanzaron por el pasillo; Nat comprobó que no había maestras. Su madre no lo aprobaría. Subieron al estrado y ocuparon sus asientos; solo quedaron dos sillas vacías. El cuerpo docente comenzó a hablar en voz baja entre ellos mientras los alumnos permanecían en silencio.

– ¿A qué estamos esperando? -susurró Nat.

Al cabo de un momento su pregunta fue contestada cuando todos se levantaron, incluidos los profesores. Nat se atrevió a mirar cuando escuchó los pasos de dos hombres que caminaban por el pasillo. Unos segundos más tarde, el capellán de la escuela, seguido por el director, pasaron junto a él en su camino hacia las dos sillas vacías. Todos permanecieron de pie mientras el capellán se adelantaba para celebrar un breve oficio religioso, que incluyó el padrenuestro y acabó con todos los reunidos cantando el Himno de Batalla de la República.

El capellán tomó asiento y el director ocupó su lugar. Alexander Inglefield hizo una pausa muy corta antes de mirar al auditorio; luego levantó las manos, con las palmas hacia abajo, y todos se sentaron. Trescientos ochenta pares de ojos miraron al hombre de un metro ochenta y cinco de estatura con las cejas muy pobladas y la mandíbula cuadrada, que ofrecía una figura tan impresionante que Nat confió en que nunca se encontraran. El director cogió los bordes de la larga toga negra a la altura del pecho antes de dirigirse a los presentes durante un cuarto de hora. Comenzó por llevar a los alumnos en un largo paseo por la historia de la escuela y destacó los méritos académicos y los éxitos deportivos de Taft. Miró a los nuevos alumnos y les recordó el lema de la escuela: «Non ut sibi ministretur sed ut ministret».

– ¿Qué significa? -susurró Tom.

– Que no te sirvan, sino servir -le respondió Nat.

El director concluyó el largo discurso con el anuncio de que había dos cosas en las que un Bearcat nunca se podía permitir el fracaso: un examen o un partido contra Hotchkiss, y, como si quisiera dejar bien claras las prioridades, prometió medio día de fiesta si Taft derrotaba a Hotchkiss en el partido de fútbol anual. Esta noticia fue recibida inmediatamente con grandes aclamaciones por todos los allí reunidos, aunque los chicos sentados a partir de la tercera fila sabían que esto no se había conseguido en los últimos cuatro años.

En cuanto acabaron los aplausos, el director abandonó el estrado, seguido por el capellán y el resto del profesorado. Tras su marcha, resurgieron las conversaciones mientras los alumnos de los últimos cursos comenzaban a desfilar hacia la salida. Solo los chicos de las tres primeras filas permanecieron sentados, porque no sabían adónde tenían que ir.

Noventa y cinco chicos continuaron sentados, atentos a lo que sucedería después. No tuvieron que esperar mucho para saberlo, porque un maestro mayor (en realidad solo tenía cincuenta y un años, pero Nat consideró que parecía mucho más viejo que su padre) se plantó delante de los alumnos. Era un hombre bajo, fornido, con un semicírculo de cabellos grises en la cabeza calva. Mientras hablaba, se sujetaba las solapas de la americana, en una imitación de las maneras del director.

– Me llamo Haskins -anunció-. Soy el maestro del primer curso -añadió con una sonrisa desabrida-. Comenzaremos el día con una visita por las instalaciones de la escuela, que durará hasta el recreo de la mañana a las diez y media. A las once, asistiréis a clase. La primera será de historia de Estados Unidos. -Nat frunció el entrecejo, porque la historia no era una de sus materias preferidas-. Luego iréis a comer. No os hagáis muchas ilusiones. -El señor Haskins lo dijo con la misma sonrisa de antes. Algunos chicos se echaron a reír-. Claro que esa es otra de las tradiciones de Taft -les aseguró el señor Haskins- y seguramente cualquiera de vosotros que esté siguiendo los pasos de vuestros padres ya estará debidamente advertido.

Un par de chicos, entre ellos Tom, sonrieron.

Comenzaron el recorrido por las instalaciones y Nat no se separó de Tom ni un momento. Su condiscípulo parecía tener un conocimiento previo de todo lo que Haskins iba a decir. Nat no tardó en enterarse de que no solo el padre de Tom había sido un alumno, sino que también lo había sido su abuelo.

Para la hora en que acabó el recorrido lo había visto todo, desde el lago a la enfermería, y él y Tom eran íntimos amigos. Cuando volvieron al aula veinte minutos más tarde, automáticamente se sentaron juntos.

El señor Haskins entró puntualmente en el aula con las campanadas de las once. Un chico lo siguió en su estela. Tenía una forma de andar que transmitía tan profunda confianza en sí mismo que consiguió llamar la atención de los demás chicos. La mirada del maestro también siguió al nuevo alumno cuando se sentó en el único pupitre vacío.

– ¿Nombre?

– Ralph Elliot.

– Esta será la única y última vez que llegarás tarde a mis clases mientras estés en Taft -dijo Haskins. Hizo una pausa-. ¿Me he expresado con claridad, Elliot?

– Desde luego que sí. -El chico hizo una pausa, antes de añadir-: Señor.

El señor Haskins miró al resto de la clase.

– Nuestra primera clase, como ya os había avisado, será de historia de Estados Unidos, algo muy apropiado, si recordamos que esta escuela fue fundada por el hermano de un antiguo presidente. -Con el retrato de William H. Taft en el vestíbulo principal y una estatua de su hermano en el cuadrángulo, resultaría difícil que incluso el alumno menos espabilado no se hubiera dado cuenta.

»¿Quién fue el primer presidente de Estados Unidos? -preguntó el señor Haskins.

Se alzaron todas las manos. El maestro señaló a un chico de la primera fila.

– George Washington, señor.

– ¿El segundo? -preguntó Haskins.

Esta vez fueron menos las manos alzadas y el seleccionado fue Tom.

– John Adams, señor.

– Correcto. ¿El tercero?

Solo dos manos permanecieron levantadas. Una era la de Nat, la otra del chico que había llegado tarde. Haskins señaló a Nat.

– Thomas Jefferson, mil ochocientos a mil ochocientos ocho.

El señor Haskins asintió, atento a que el chico también sabía las fechas correctas.

– ¿El cuarto?

– James Madison, mil ochocientos nueve a mil ochocientos diecisiete -respondió Elliot.

– ¿El quinto, Cartwright?

– James Monroe, mil ochocientos diecisiete a mil ochocientos veinticinco.

– ¿El sexto, Elliot?

– John Quincy Adams, mil ochocientos veinticinco a mil ochocientos veintinueve.

– ¿El séptimo, Cartwright?

Nat se devanó los sesos.

– No lo recuerdo, señor.

– ¿No lo recuerdas, Cartwright, o sencillamente no lo sabes? -El profesor hizo una pausa-. Hay una considerable diferencia -señaló. Volvió su atención a Elliot.

– William Henry Harrison, creo, señor.

– No, él fue el noveno presidente, Elliot, en mil ochocientos cuarenta y uno, pero como murió de neumonía solo un mes después de jurar el cargo, no le dedicaremos mucho tiempo. Quiero que mañana por la mañana todos podáis decirme el nombre del séptimo presidente. Ahora volvamos a los padres fundadores. Podéis tomar apuntes porque os pediré que escribáis una redacción de tres páginas sobre el tema para la próxima clase.

Nat tomó tres páginas de notas antes de que acabara la lección, mientras que Tom a duras penas consiguió acabar una. Cuando salieron del aula al finalizar la clase, Elliot pasó junto a ellos a toda prisa.

– Tiene toda la pinta de ser un digno adversario -comentó Tom.

Nat se reservó la opinión.

Lo que no podía saber era que Ralph Elliot y él serían adversarios durante el resto de sus vidas.

<p id="_Toc320818448">7</p>

El partido de fútbol anual entre Hotchkiss y Taft constituía el acontecimiento deportivo del semestre. A la vista de que ambos equipos continuaban invictos en la temporada, no se hablaba de otra cosa desde que acabó el trimestre, y para muchos incluso antes.

Fletcher se dejó llevar por la expectación general y en su carta semanal a su madre le citó por el nombre a todos los jugadores del equipo, aunque comprendió que ella no tenía idea de quiénes eran.

El partido se jugaría el último sábado de octubre y en cuanto se pitara el final del encuentro, todos los alumnos tendrían libre el fin de semana y un día más en el caso de que ganaran.

El lunes anterior al partido, la clase de Fletcher realizó sus exámenes parciales, precedidos por el discurso del director, que sentenció en la reunión de la mañana: «La vida consiste en una serie de pruebas y exámenes; por esa razón en Hotchkiss los hacemos al final de cada semestre».

El martes por la noche Fletcher llamó a su madre para decirle que creía que le había ido bien.

El miércoles le comentó a Jimmy que no estaba muy seguro.

El jueves comprobó todas las cosas que no había incluido y se preguntó si conseguiría un aprobado.

El viernes por la mañana se colocaron las listas con los resultados en el tablón de anuncios de la escuela y el nombre de Fletcher aparecía en primer lugar. Corrió sin demora al teléfono más cercano y llamó a su madre. Ruth no disimuló su alegría cuando escuchó las noticias de su hijo, pero no le dijo que no le sorprendían.

– Tienes que celebrarlo -afirmó.

Fletcher lo hubiese hecho, pero consideraba que no podía cuando vio quién estaba en el último lugar de la clase.

El sábado por la mañana, con todo el alumnado reunido, el capellán dirigió las oraciones «por nuestro invicto equipo de fútbol, que solo juega por la gloria de Nuestro Señor». Se le comunicó a Nuestro Señor el nombre de todos los jugadores y se le preguntó si el Espíritu Santo podría acompañar a todos y cada uno de ellos. Aparentemente el director no tenía ninguna duda sobre el equipo que tendría a Dios de su parte el sábado por la tarde.

En Hotchkiss, todo se decidía por la antigüedad, incluso los lugares de los alumnos en las tribunas. Durante el primer semestre, los nuevos quedaban relegados al extremo más lejano del campo, así que Fletcher y Jimmy se sentaban todos los sábados en la esquina derecha de la portería y observaban a sus héroes ganar un partido tras otro, un récord que, lo tenían muy claro, también compartía Taft.

Como el partido en el campo de Taft coincidía con un fin de semana en que los alumnos podían ir a sus casas, los padres de Jimmy invitaron a Fletcher a unirse a ellos para una comida a pie de coche antes de que comenzara el encuentro. Fletcher no se lo mencionó a ninguno de los otros compañeros, porque le pareció que provocaría sus celos. Ya era bastante malo ser el primero de la clase, para que encima le invitaran a presenciar el partido con un insigne antiguo alumno que tenía asientos en el centro de las gradas.

– ¿Qué tal es tu padre? -preguntó Jimmy, después de que apagaran las luces la noche anterior al partido.

– Es fantástico -dijo Fletcher-, pero debo advertirte que es un hombre de Taft y republicano. ¿Qué tal es el tuyo? Nunca he conocido antes a un senador.

– Es un político hasta la médula, o al menos así lo describen en los periódicos -comentó Jimmy-. No tengo muy claro qué significa.

La mañana del partido nadie fue capaz de concentrarse en la clase de química, a pesar del entusiasmo del señor Bailey por demostrar los efectos del ácido en el cinc, y también porque Jimmy había cerrado la llave principal del gas, así que el profesor ni siquiera había podido encender los mecheros Bunsen.

A las doce sonó la campana y trescientos cincuenta chicos que gritaban a voz en cuello salieron al patio. Parecían una tribu en pie de guerra mientras coreaban sin cesar: «Hotchkiss, Hotchkiss, Hotchkiss ganará, muerte a todos los Bearcats».

Fletcher corrió todo el camino hasta el punto de reunión para recibir a sus padres, mientras los coches y los taxis desfilaban junto al lago. Miró cada vehículo, atento a la aparición de sus padres.

– ¿Cómo estás, Andrew, cariño? -le preguntó su madre en cuanto salió del coche.

– Fletcher, en Hotchkiss soy Fletcher -susurró, al tiempo que rogaba que ninguno de sus compañeros hubiese escuchado la palabra «cariño». Estrechó la mano de su padre, antes de añadir-: Debemos ir al campo ahora mismo, porque estamos invitados por el senador y la señora Gates a una comida a pie de coche.

El padre de Fletcher enarcó una ceja.

– Si no recuerdo mal, el senador Gates es demócrata -comentó con un desdén burlón.

– Además de ser un antiguo capitán del equipo de fútbol de Hotchkiss -señaló Fletcher-. Su hijo Jimmy y yo estamos en la misma clase, es mi mejor amigo, así que, mamá, lo mejor será que tú te sientes junto al senador, y si tú crees, papá, que no podrás soportarlo, puedes ir a sentarte al otro lado del campo con los seguidores de Taft.

– No, creo que podré tolerar al senador. Será magnífico estar junto a él cuando Taft marque el tanto ganador.

Era un precioso día de otoño y los tres caminaron por el manto de hojas secas hasta el campo. Ruth intentó coger la mano de su hijo, pero Fletcher se mantuvo apartado lo necesario para impedírselo. Mucho antes de que llegaran al campo, escucharon los gritos que calentaban el ambiente previo al partido.

Fletcher vio a Jimmy junto a un Oldsmobile familiar. Habían bajado la puerta trasera para convertirla en una mesa donde se amontonaban las más exquisitas viandas que había visto en los últimos dos meses. Un hombre alto y elegante se adelantó.

– Hola, soy Harry Gates. -El senador tendió la mano con la dilatada práctica de un político para saludar a los padres de Fletcher.

El padre de Fletcher se la estrechó.

– Buenas tardes, senador. Soy Robert Davenport y esta es mi esposa Ruth.

– Llámeme Harry. Esta es Martha, mi primera esposa. -La señora Gates se acercó para saludarlos-. Digo que es mi primera esposa para que se mantenga alerta.

– ¿Les apetece una copa? -preguntó Martha, sin reírse de un chiste que seguramente había escuchado infinidad de veces antes.

– Tendrá que ser rápido -dijo el senador, con la mirada puesta en el reloj-, si pretendemos comer antes de que comience el partido. Permítame que le sirva, Ruth, y dejaremos que su marido se las apañe por su cuenta. Huelo a un republicano a cien pasos.

– Me temo que es mucho peor que eso -comentó Ruth.

– No me diga que es un viejo Bearcat porque estoy pensando en declararlo en este estado. -Ruth asintió-. Entonces, Fletcher, será mejor que vengas y hables conmigo, porque tengo la intención de no hacer ningún caso a tu padre.

Fletcher se sintió halagado por la invitación y muy pronto comenzó a acribillar al senador con sus preguntas sobre el funcionamiento del cuerpo legislativo de Connecticut.

– Andrew -dijo Ruth.

– Fletcher, mamá.

– Fletcher, ¿no crees que al senador quizá le agradaría hablar de otra cosa que no sea de política?

– No, a mí me parece bien, Ruth -la tranquilizó Harry-. Los votantes pocas veces hacen preguntas tan inteligentes y confío en que quizá se le pegue algo a Jimmy.

Después de comer el grupo caminó rápidamente hasta las gradas y ocuparon sus asientos solo unos momentos antes del comienzo del partido. Los asientos privilegiados superaban cualquier cosa soñada por cualquiera de los nuevos alumnos, pero el senador Gates no se había perdido ni uno solo de los encuentros contra Taft desde su graduación. Fletcher no podía contener la emoción cuando las manecillas del reloj en el tablero se acercaron a las dos. Miró al otro extremo del campo donde el enemigo coreaba: «Dame una T, dame una A, dame una…» y se enamoró.


La mirada de Nat permaneció fija en el rostro encima de la letra A.

– Nat es el chico más inteligente de nuestra clase -le comentó Tom al padre de su amigo.

Michael sonrió.

– Solo por muy poco -replicó Nat, un poco a la defensiva-. No te olvides de que solo superé a Ralph Elliot por un punto.

– ¿Es posible que sea el hijo de Max Elliot? -dijo el padre de Nat casi para él mismo.

– ¿Quién es Max Elliot?

– En mi ramo, él es lo que se conoce como un riesgo inaceptable.

– ¿Por qué? -le preguntó Nat.

Su padre no amplió su suave comentario y se tranquilizó cuando su hijo se distrajo con las animadoras, que llevaban grandes borlas azules y blancas atadas a las muñecas y estaban ejecutando la típica danza guerrera. La mirada de Nat no se apartaba de la segunda chica por la izquierda, que parecía estar sonriéndole, aunque comprendió que para ella no era más que una mota en el fondo de las gradas.

– Has crecido, si no me equivoco -manifestó el padre de Nat, al ver que al pantalón de su hijo le faltaban casi tres centímetros para tocar los zapatos. Se preguntó con qué frecuencia tendría que comprarle prendas nuevas.

– Pues está claro que la responsable no puede ser la comida de la escuela -apuntó Tom, que seguía siendo el más bajito de la clase.

Nat no respondió. Solo tenía ojos para el conjunto de animadoras.


Tom le golpeó en el brazo para llamarle la atención.

– ¿Cuál de ellas te ha flechado?

– ¿Qué?

– Me has oído perfectamente.

Nat se volvió para evitar que su padre escuchara la respuesta.

– La segunda por la izquierda, la que lleva la A en el jersey.

– Diane Coulter -dijo Tom, complacido al descubrir que sabía algo que su amigo ignoraba.

– ¿Cómo es que sabes su nombre?

– Porque es la hermana de Dan Coulter.

– Pero si es el jugador más feo de todo el equipo -protestó Nat-. Tiene la nariz rota y las orejas como una coliflor.

– También las tendría Diane si hubiese jugado en el equipo todas las semanas durante los últimos cinco años -replicó Tom con una carcajada.

– ¿Qué más sabes de ella? -le preguntó Nat a su amigo con aire de conspirador.

– Ah, así que es serio -exclamó Tom. Esta vez fue Nat quien golpeó a su amigo-. Tenemos que recurrir a la violencia física, ¿no? No creo que sea parte del código de Taft -añadió Tom-. Derrota a un hombre con la fuerza de tus argumentos, no con la fuerza de tu brazo; Oliver Wendell Holmes, si recuerdo correctamente.

– Oh, acaba con la cháchara y responde a la pregunta.

– No sé mucho más de ella, de verdad. Todo lo que recuerdo es que va a Westover y que juega de alero derecho en el equipo de hockey.

– ¿Qué estáis murmurando vosotros dos? -quiso saber el padre de Nat.

– Hablamos de Dan Coulter -contestó Tom, impávido-, uno de nuestros zagueros. Le estaba diciendo a Nat que se come ocho huevos en el desayuno todas las mañanas.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó la madre de Nat.

– Porque uno de los huevos siempre es el mío -respondió Tom, desconsolado.

Mientras sus padres se reían, Nat continuó mirando a la A de taft. Era la primera vez que se fijaba de verdad en una chica. Su concentración fue interrumpida por una tremenda ovación, cuando todos en su lado del estadio se pusieron de pie para saludar al equipo de Taft en su entrada al campo. Unos momentos más tarde, los jugadores de Hotchkiss aparecieron por el otro lado y sus seguidores se levantaron como un solo hombre para aclamarlos.


Fletcher también estaba de pie, pero sus ojos no se desviaban ni un instante de la animadora con la A en el jersey. Se sintió culpable al comprobar que la primera chica de la que se enamoraba era una seguidora de Taft.

– No pareces estar muy atento a nuestro equipo -le susurró el senador al oído.

– Oh, sí que lo estoy, señor -replicó Fletcher y de inmediato volvió su atención a los jugadores de Hotchkiss que realizaban los ejercicios de calentamiento.

Los capitanes de ambos equipos corrieron a través del campo para reunirse con el árbitro principal, que los esperaba en la línea de las cincuenta yardas. El árbitro lanzó al aire una moneda de plata que resplandeció a la luz del sol antes de caer en el césped. Los Bearcats se palmearon los unos a los otros cuando vieron el perfil de Washington.

– Tendría que haber pedido cara -dijo Fletcher.


Nat continuó mirándola mientras Diane subía a las gradas. Se preguntó cómo podría hacer para conocerla. No sería cosa fácil. Dan Coulter era un dios. ¿Cómo podía uno de los chicos nuevos escalar al Olimpo?

– ¡Buena carrera! -gritó Tom.

– ¿Quién ha sido? -preguntó Nat.

– Coulter, por supuesto. Acaba de hacer el primer down.

– ¿Coulter?

– ¡No me digas que todavía estabas mirando a su hermana cuando los Kissies perdieron la pelota!

– No, no lo estaba.

– Entonces podrás decirme cuántas yardas hemos ganado -dijo Tom, que miró a su amigo-. Ya me lo parecía, ni siquiera estabas mirando. -Exhaló un exagerado suspiro-. Creo que ha llegado el momento de aliviarte de tus sufrimientos.

– ¿A qué te refieres?

– Tendré que arreglar un encuentro.

– ¿Puedes hacerlo?

– Claro, su padre tiene un concesionario de coches y nosotros siempre le compramos los coches a él, así que solo tienes que venir y quedarte conmigo durante las vacaciones.

Tom no escuchó si su amigo había aceptado la invitación, porque su respuesta quedó ahogada por otra estruendosa ovación de los seguidores de Taft cuando los Bearcats consiguieron una intercepción.

Cuando sonó el silbato que marcaba el final del primer cuarto, Nat gritó entusiasmado, sin recordar que su equipo iba perdiendo. Permaneció de pie con la ilusión de que la chica de los cabellos rubios rizados y la más cautivadora de las sonrisas quizá se fijara en él. Pero cómo podía hacerlo si estaba saltando como una posesa para animar a los seguidores de Taft para que gritaran todavía más fuerte.

El silbato que indicó el inicio del segundo cuarto sonó demasiado pronto y cuando A desapareció entre la multitud de las gradas para ser reemplazada por treinta musculosos muchachos, Nat volvió a sentarse muy a su pesar y simuló concentrarse en el partido.


– ¿Me permite los prismáticos, señor? -le preguntó Fletcher al padre de Jimmy en el medio tiempo.

– Por supuesto, muchacho -respondió el senador y se los entregó-. Devuélvemelos cuando se reanude el partido.

Fletcher no percibió el tonillo en la voz de su anfitrión mientras enfocaba a la muchacha con la A en el jersey y deseó que se volviera para mirar a la parte contraria más a menudo.

– ¿Cuál es la que te interesa? -le susurró el senador.

– Solo miraba a los jugadores del Taft, señor.

– Si ni siquiera están en el campo -le advirtió el senador. A Fletcher se le subieron los colores-. ¿T, A, F o T? -preguntó el padre de Jimmy.

– La A, señor -admitió Fletcher.

El senador se hizo con los prismáticos, enfocó a la segunda chica por la izquierda y esperó a que se volviera.

– Apruebo tu elección, muchacho. ¿Qué pretendes hacer al respecto?

– No lo sé, señor -manifestó Fletcher, apenado-. A decir verdad, ni siquiera sé su nombre.

– Diane Coulter -le informó el senador.

– ¿Cómo lo sabe, señor? -preguntó Fletcher. Quizá, pensó, los senadores lo sabían todo.

– La investigación, muchacho. ¿Todavía no te lo han enseñado en Hotchkiss? -Fletcher lo miró, desconcertado-. Todo lo que necesitas saber está en la página once del programa -añadió el senador y le pasó el programa abierto.

La página once estaba dedicada a las animadoras de ambos equipos.

– Diane Coulter -repitió Fletcher, que miró embobado la foto.

Era un año más joven que Fletcher -las mujeres todavía están dispuestas a confesar su edad cuando tienen trece años- y tocaba el violín en la orquesta de su escuela. Cuánto lamentó no haber seguido el consejo de su madre y haber aprendido a tocar el piano.


Después de ganar con mucho esfuerzo y sufrimiento una yarda tras otra, Taft consiguió llegar a la línea, marcar el touchdown y situarse por delante. Como estaba mandado, Diane reapareció en el campo para hacer su número.

– Lo tuyo es grave -opinó Tom-. Supongo que tendré que presentártela.

– ¿Es verdad que la conoces? -le preguntó Nat, incrédulo.

– Claro que sí. Hemos estado yendo a las mismas fiestas desde que teníamos dos años.

– Me pregunto si tendrá novio.

– ¿Cómo puedo saberlo? ¿Por qué no pasas una semana con nosotros durante las vacaciones y me dejas a mí que me encargue del resto?

– ¿Puedes hacerlo?

– Te costará.

– ¿Qué tienes pensado?

– Asegúrate de acabar los deberes de las vacaciones antes de venir; así no tendré que preocuparme de repasarlo todo dos veces.

– Trato hecho -dijo Nat.


Sonó el silbato del tercer cuarto y después de una serie de pases brillantes, fue el turno de Hotchkiss de marcar un touchdown que les devolvió la delantera, a la que se aferraron hasta el final del cuarto.

– Hola, Taft, hola, Taft, estáis otra vez donde os merecéis -cantó el senador con voz desafinada, mientras los equipos marchaban al descanso.

– Todavía queda el último cuarto -le recordó Fletcher mientras el senador le pasaba los prismáticos.

– ¿Has decidido a cuál de los dos equipos apoyas, muchacho, o sigues hechizado por la Mata Hari de Taft? -Fletcher lo miró, intrigado. Tendría que averiguar quién era Mata Hari en cuanto volviera a su habitación-. Es probable que viva en la ciudad -añadió el senador-, en tal caso cualquiera de mi equipo tardará dos minutos en averiguar todo lo que necesitas saber de ella.

– ¿Incluso su dirección y el número de teléfono? -preguntó Fletcher.

– Incluso si tiene novio -replicó el senador.

– ¿No será un abuso de su posición? -quiso saber Fletcher.

– Por supuesto que sí -convino el senador Gates-, pero cualquier político haría lo mismo si con ello pudiera asegurarse otros dos votos más en futuras elecciones.

– En cualquier caso, eso no solucionaría el problema de encontrarme con ella mientras estoy encerrado en Farmington.

– Eso lo podrías resolver si vinieras a pasar algunos días con nosotros después de Navidad; luego me ocuparé de que a ella y a sus padres los inviten a algún acto en el Capitolio.

– ¿Puede hacer eso por mí?

– Claro que sí, pero en algún momento tendrás que aprenderte el tema de los pactos si tienes que tratar con un político.

– ¿Qué es un pacto? -preguntó Fletcher-. Haré lo que sea.

– Nunca digas eso, muchacho, porque te encontrarás inmediatamente en desventaja para negociar. Sin embargo, todo lo que quiero a cambio en esta ocasión es que tú te las apañes para que Jimmy consiga no ser el último de la clase. Esa será tu parte del pacto.

– Trato hecho, senador -dijo Fletcher y le estrechó la mano.

– Me alegra escucharte -manifestó el senador-, porque Jimmy parece muy dispuesto a seguir tu liderato.

Era la primera vez que alguien mencionaba que Fletcher pudiese ser un líder. Hasta aquel momento ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Pensó en las palabras del senador y no se dio cuenta de que Taft acababa de marcar el touchdown de la victoria hasta que Diane bajó de las gradas y comenzó a interpretar algo que lamentablemente se parecía mucho al festejo de la victoria. Ese año se había quedado sin un día de fiesta.


Al otro lado del estadio, Nat y Tom permanecieron fuera de los vestuarios, junto con una multitud de seguidores de Taft, quienes, con una única excepción, esperaban para vitorear a sus héroes. Nat le dio un codazo a su amigo cuando ella salió. Tom se adelantó rápidamente.

– Hola, Diane -dijo y, sin esperar la respuesta, añadió-: Quiero presentarte a mi amigo Nat. La verdad es que él quería conocerte. -Nat se sonrojó y no solo porque Diane le pareció incluso más bonita que en la foto-. Nat vive en Cromwell -añadió Tom con la mejor intención-, pero vendrá a pasar unos días con nosotros después de Navidad para que así puedas conocerlo mejor.

Nat solo tuvo clara una cosa después de esta presentación: Tom no había nacido para hacer carrera en el cuerpo diplomático.

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Nat hizo todo lo posible por concentrarse en la Gran Depresión. Consiguió leer media página y luego se distrajo. Recordó el breve encuentro que había tenido con Diane, una y otra vez. No tardaba mucho porque ella apenas si había dicho una palabra antes de que apareciera su padre y le comentara que debían marcharse.

Había recortado su foto del programa del partido y la llevaba encima a todas partes. Comenzaba a lamentar no haber cogido por lo menos otros tres programas, porque el recorte estaba a punto de romperse de tanto manoseo. Había llamado a Tom a su casa a la mañana siguiente al partido con la excusa de hablar del crac de Wall Street y después preguntó sin darle mucha importancia:

– ¿Diane dijo algo de mí después de marcharme?

– Dijo que eras un encanto.

– ¿Nada más?

– ¿Qué más podía decir? Solo estuvisteis dos minutos juntos antes de que apareciera tu padre.

– ¿Le gusté?

– Dijo que eras un encanto y, si no recuerdo mal, mencionó algo de James Dean.

– No me lo creo. ¿Eso dijo?

– No, tienes razón, no lo dijo.

– Eres una rata.

– Muy cierto, pero una rata con un número de teléfono.

– ¿Tienes su número de teléfono? -preguntó Nat, incrédulo.

– Veo que te espabilas rápido.

– Dámelo.

– ¿Has acabado el trabajo sobre la Gran Depresión?

– Todavía no, pero lo tendré listo para el fin de semana. Espera mientras busco un lápiz. -Nat escribió el número en el dorso de la foto de Diane-. ¿Crees que se sorprenderá si la llamo?

– Creo que se sorprenderá si no lo haces.


– Hola, soy Nat Cartwright. Supongo que no te acuerdas de mí.

– No. ¿Quién eres?

– Soy el que conociste después del partido contra Hotchkiss y que se parece a James Dean.

Nat se miró al espejo. Nunca se había preocupado antes por su aspecto. ¿De verdad se parecía a James Dean?

Hicieron falta otros dos días y varios ensayos más antes de que Nat reuniera el coraje para marcar el número. En cuanto acabó el trabajo sobre la Gran Depresión, preparó una lista de frases que variaban de acuerdo con la persona que se pusiera al teléfono. Si se trataba del padre, diría: «Buenos días, señor, me llamo Nat Cartwright. Por favor, ¿puedo hablar con su hija?». Si era la madre, diría: «Buenos días, señora Coulter, me llamo Nat Cartwright. Por favor, ¿puedo hablar con su hija?». Si era la propia Diane la que atendía el teléfono, tenía preparadas diez frases, dispuestas en un orden lógico. Colocó las tres hojas de papel en la mesa junto al teléfono, inspiró a fondo y marcó el número con mucho cuidado. Daba la señal de comunicar. Quizá estaba hablando con algún otro chico. ¿Ya le había cogido de la mano, incluso lo había besado? ¿Salían juntos desde hacía tiempo? Un cuarto de hora más tarde llamó de nuevo. Continuaba comunicando. ¿Se había colado algún otro pretendiente? Esta vez solo esperó diez minutos antes de intentarlo de nuevo. En el momento en que escuchó la señal de llamada notó que el corazón se le desbocaba y a punto estuvo de colgar sin más demoras. Miró la lista de frases. Se interrumpió la señal. Alguien había cogido el teléfono.

– Hola -dijo una voz profunda. No necesitaba que le dijeran que era Dan Coulter.

Nat dejó caer el teléfono al suelo. Sin duda los dioses no atendían el teléfono, y en cualquier caso, no tenía preparada ninguna frase para el hermano de Diane. Se apresuró a recoger el aparato y colgó.

Nat releyó el trabajo escolar antes de marcar por cuarta vez. Por fin escuchó la voz de una chica.

– ¿Diane?

– No, soy su hermana Tricia -respondió una voz que sonaba mayor-. Diane no está en casa, pero supongo que volverá más o menos dentro de una hora. ¿Quién la llama?

– Nat. ¿Podrías decirle que la volveré a llamar dentro de una hora?

– Por supuesto -dijo la joven.

– Muchas gracias. -Nat colgó el teléfono. No tenía preparada ninguna pregunta o respuesta para una hermana mayor.

Nat debió de mirar su reloj unas sesenta veces durante la hora siguiente, pero así y todo dejó pasar un cuarto de hora de más antes de marcar el número. Era algo que había leído en la revista Teen: si te gusta una chica, no te muestres ansioso; las espanta. Por fin atendieron la llamada.

– Hola -dijo una voz juvenil.

Nat miró el guión.

– Hola, ¿puedo hablar con Diane?

– Hola, Nat, soy Diane. Tricia me dijo que habías llamado. ¿Cómo estás?

«Cómo estás» no figuraba en el guión. Tuvo que improvisar.

– Estoy bien -consiguió decir-. ¿Cómo estás tú?

– Bien -contestó ella.

Siguió otro largo silencio mientras Nat rumiaba la pregunta o frase adecuada.

– La semana que viene iré a Simsbury para pasar unos días con Tom -leyó al fin con voz monótona.

– Eso es fantástico -exclamó Diane-, entonces espero que nos topemos en algún momento.

Nat estaba seguro de que no había nada en el guión respecto a toparse en algún momento. Intentó leer todas las frases de un tirón.

– Nat, ¿estás ahí? -le preguntó Diane.

– Sí. ¿Hay alguna posibilidad de que nos veamos mientras estoy en Simsbury? -frase número nueve.

– Sí, por supuesto. Me encantaría.

– Adiós -dijo Nat con la mirada puesta en la frase número diez.

Durante el resto de la tarde, Nat intentó recordar toda la conversación en detalle, e incluso la transcribió línea por línea. Subrayó tres veces la frase: «Sí, por supuesto. Me encantaría». Como todavía faltaban cuatro días para ir a casa de Tom, se preguntó si debía llamar de nuevo a Diane, solo para confirmar. Buscó la revista Teen para recabar su consejo, a la vista de que parecían haberse anticipado a todos sus anteriores problemas. Teen no decía nada sobre una segunda llamada, pero sí recomendaba que en la primera cita se debía vestir de manera informal, mostrarse relajado y cada vez que surgiera la oportunidad mencionar a las otras chicas con las que se había salido. Él no había salido nunca con otras chicas y, todavía peor, no tenía prendas informales, aparte de una camisa a cuadros que había escondido en el último cajón de la cómoda media hora después de haberla comprado. Nat contó el dinero que había ahorrado de la paga por repartir periódicos -siete dólares con veinte centavos- y se preguntó si eso bastaría para comprar una camisa y unos pantalones informales. Lamentó no tener un hermano mayor.

Dio los últimos retoques a su trabajo escolar unas pocas horas antes de que se presentara su padre para llevarlo a Simsbury.

Mientras viajaban hacia el norte, Nat no dejó de preguntarse por qué no había llamado a Diane para acordar una hora y el lugar de la cita. Quizá se había marchado o decidido quedarse en casa de un amigo, un novio. ¿A los padres de Tom les molestaría que usara su teléfono en cuanto llegara?

– Oh, Dios mío -exclamó Nat cuando su padre entró con el coche por un camino particular y pasó por delante de una cuadra llena de caballos.

El padre de Nat le hubiese reprochado por blasfemar, pero él también estaba un tanto impresionado. Recorrieron casi dos kilómetros antes de llegar al patio de una magnífica casa colonial con columnas blancas y rodeada de árboles.

– Oh, Dios mío -repitió Nat. Esta vez no se libró de la reprimenda de su padre-. Lo siento, papá, pero Tom nunca mencionó que vivía en un palacio.

– ¿Por qué iba a hacerlo? -replicó su padre-. Cuando es algo por lo que le conocen. Por cierto, no es tu amigo íntimo por el tamaño de su casa, y si lo hubiese considerado necesario para impresionarte, lo hubiese mencionado hace tiempo. ¿Sabes a qué se dedica su padre? Porque una cosa está muy clara, no vende seguros de vida.

– Creo que es banquero.

– Tom Russell, por supuesto. El banco Russell -dijo su padre cuando aparcaron delante de la casa.

Tom les esperaba al pie de la escalinata de la galería.

– Buenas tardes, señor, ¿cómo está usted? -preguntó, mientras abría la puerta del conductor.

– Muy bien, gracias, Tom -respondió Michael, al tiempo que su hijo se apeaba del coche, con su vieja maleta con las iniciales M.C. grabadas junto a la cerradura.

– ¿Se reunirá con nosotros para tomar una copa, señor?

– Es muy amable de tu parte -dijo el padre de Nat-, pero mi esposa me espera para cenar, así que debo emprender el regreso inmediatamente.

Nat agitó una mano en el aire mientras su padre daba la vuelta en el patio y emprendía el viaje de vuelta a Cromwell.

Miró la casa y vio a un mayordomo que esperaba en lo alto de la escalinata. Se ofreció a llevarle la maleta, pero Nat se aferró a ella. El criado le condujo por una magnífica escalera circular hasta el segundo piso y le hizo pasar al dormitorio de los invitados. En casa de Nat solo tenían un dormitorio de invitados, que en esa casa hubiese sido un trastero. En cuanto salió el mayordomo, Tom le dijo:

– Acomódate a tu gusto y después baja, que conocerás a mi madre. Estaremos en la cocina.

Nat se sentó en una de las camas gemelas y con todo el dolor del alma se dijo que nunca podría invitar a Tom a que pasara unos días en su casa.

Tardó unos tres minutos en sacar de la maleta todo lo que había traído: dos camisas, un par de pantalones y una corbata. Dedicó un buen rato a inspeccionar el baño antes de dar algunos saltos en la cama. Era muy mullida. Aún esperó unos minutos antes de salir de la habitación y bajar las escaleras. Se preguntó si sería capaz de encontrar la cocina. El mayordomo le esperaba abajo y lo escoltó por el pasillo. Nat aprovechó para echar un rápido vistazo a cada habitación por la que pasaba.

– ¿Qué? -preguntó Tom-. ¿Está bien tu habitación?

– Sí, es fantástica -le respondió Nat, consciente de que su amigo no le estaba tomando el pelo.

– Mamá, este es Nat. Es el chico más inteligente de la clase, maldita sea.

– Por favor, Tom, habla bien -le amonestó la señora Russell-. Hola, Nat, encantada de conocerte.

– Buenas tardes, señora Russell, lo mismo digo. Tiene usted una casa muy bonita.

– Gracias, Nat. Estamos encantados de que puedas pasar unos días con nosotros. ¿Te apetece una Coca-Cola?

– Sí, por favor.

Una criada de uniforme fue a la nevera, sacó una botella de Coca-Cola y se la sirvió en un vaso con hielo.

– Gracias.

Nat observó a la criada, que volvió junto al fregadero para seguir pelando patatas. Pensó en su madre en Cromwell. También estaría pelando patatas, pero después de haber dado clases durante todo el día en la escuela.

– ¿Quieres que te enseñe la casa? -le preguntó Tom.

– Estupendo, pero ¿puedo hacer antes una llamada?

– No será necesario. Diane ya ha llamado.

– ¿Ya ha llamado?

– Sí, llamó esta mañana para preguntar a qué hora llegarías. Me rogó que no te lo dijera, así que podemos dar por sentado que está interesada.

– Entonces lo mejor será que la llame inmediatamente.

– No, eso es lo último que debes hacer -replicó Tom.

– Dije que lo haría.

– Sí, sé que lo dijiste, pero creo que antes debemos dar una vuelta por la casa.


Cuando la madre de Fletcher lo dejó en la casa del senador y la señora Gates en East Hartford, fue Jimmy quien abrió la puerta.

– Ahora no te olvides de que debes dirigirte al señor Gates como senador o señor.

– Sí, mamá.

– No le molestes con excesivas preguntas.

– No, mamá.

– Recuerda que una conversación entre dos personas debe ser cincuenta por ciento hablar y el otro cincuenta escuchar.

– Sí, mamá.

– Hola, señora Davenport, ¿cómo está usted? -preguntó Jimmy cuando abrió la puerta.

– Muy bien, gracias, Jimmy, ¿y tú?

– Estupendamente. Mamá y papá están en algún acto, pero ¿puedo ofrecerle una taza de té?

– No, muchas gracias. Tengo que llegar a tiempo para presidir una reunión de la junta de la fundación. Por favor, no olvides de darles mis saludos a tus padres.

Jimmy cargó con una de las maletas de Fletcher hasta el cuarto de invitados.

– Te he puesto en la habitación contigua a la mía, así que tendremos que compartir el baño.

Fletcher dejó su otra maleta sobre la cama, antes de observar los cuadros en las paredes: litografías de la guerra civil, por si acaso venía a alojarse algún sureño que no recordara quién había ganado. Los cuadros le recordaron a Jimmy que debía preguntarle a Fletcher si había acabado su redacción sobre Lincoln.

– Sí. ¿Tú has conseguido el número de teléfono de Diane?

– Tengo algo mucho mejor. He descubierto la cafetería donde va casi todas las tardes. Así que podríamos dejarnos caer por allí, a eso de las cinco, y si falla, mi padre ha invitado a los suyos a una recepción en el Capitolio mañana por la tarde.

– Quizá no vayan.

– Lo he mirado en la lista de invitados. Confirmaron su asistencia.

Fletcher recordó súbitamente el pacto que tenía con el senador.

– ¿Cómo llevas los deberes?

– Ni siquiera he empezado a hacerlos -confesó Jimmy.

– Jimmy, si no apruebas los parciales del próximo semestre, el señor Haskins te mandará a la clase de refuerzo y entonces no podré ayudarte.

– Lo sé; también estoy al corriente del pacto que has hecho con mi padre.

– Así pues, si quiero cumplirlo, tendremos que poner manos a la obra mañana mismo. Dedicaremos dos horas todas las mañanas.

– ¡Sí, señor! -gritó Jimmy y chocó los talones-. Pero antes de preocuparnos por el mañana, quizá quieras cambiarte.

Fletcher había traído media docena de camisas y dos pantalones, pero seguía sin tener idea de cómo vestirse en su primera cita. Estaba a punto de pedirle consejo a su amigo, cuando Jimmy le dijo:

– Después de que acabes con las maletas, baja y reúnete con nosotros en la sala. El baño está al final del pasillo.

Fletcher se puso una camisa y el pantalón que había comprado el día anterior en una sastrería que le había recomendado su padre. Se miró en el espejo de cuerpo entero. No sabía qué aspecto tenía, porque nunca se había interesado por la ropa. «Tranquilo y con buena pinta», le había oído decir a un pinchadiscos a sus radioyentes, pero eso ¿qué quería decir? Ya se preocuparía más tarde. Mientras bajaba las escaleras, escuchó unas voces en la sala, una de las cuales no conocía.

– Mamá, recuerdas a Fletcher, ¿no? -dijo Jimmy al ver entrar a su amigo.

– Sí, por supuesto. Mi marido no deja de comentarle a todo el mundo la fascinante conversación que mantuvisteis en el partido de Taft.

– Es muy amable de su parte recordarla -manifestó Fletcher, sin mirarla.

– Sé que tiene muchas ganas de volver a verte.

– Es muy amable de su parte -repitió Fletcher.

– Esta es mi hermanita, Annie.

Annie se sonrojó y no solo porque detestaba que Jimmy la mencionara siempre como su hermanita; su amigo no le había quitado la vista de encima desde el momento en que entró en la habitación.

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– Buenas tardes, señora Coulter, es un placer conocerla a usted y a su marido, y esta debe de ser su hija, Diane, si no recuerdo mal. -El señor y la señora Coulter estaban impresionados porque nunca habían tenido ocasión de conocer al senador; no solo su hijo había marcado el touchdown de la victoria contra Hotchkiss, sino que además eran notorios republicanos-. Escucha, Diane -continuó el senador-, hay alguien que quiero presentarte. -La mirada de Harry Gates recorrió el salón en busca de Fletcher, que un momento antes había estado a su lado-. Qué curioso, pero no debes marcharte sin conocerlo. De lo contrario, no podré mantener mi parte del pacto -añadió sin dar más explicaciones.

»¿Dónde se ha metido Fletcher? -le preguntó Harry Gates a su hijo después de que los Coulter fueran a reunirse con los demás invitados.

– Si consigues ver a Annie, encontrarás a Fletcher que le pisa los talones. No se ha separado de ella desde que llegó a Hartford. La verdad es que estoy pensando en comprar una correa y llamarlo Fletch.

– ¿Es cierto eso? Espero que no crea que eso le libera de nuestro pacto.

– Puedes estar tranquilo -le informó Jimmy-. Esta mañana estudiamos Romeo y Julieta durante dos horas y adivina en quién se ve reflejado.

El senador sonrió.

– ¿En qué personaje te ves reflejado tú?

– Creo que soy Mercucio.

– No -le corrigió el padre-, solo podrías ser Mercucio si comienza a perseguir a Diane.

– No lo entiendo.

– Pregúntale a Fletcher. Él te lo explicará.


Tricia abrió la puerta. Iba vestida con un conjunto de tenis.

– ¿Está Diane en casa? -le preguntó Nat.

– No, ha ido con mis padres a una recepción en el Capitolio. Estará aquí dentro de una hora. Soy Tricia, tú y yo hablamos por teléfono. Iba a tomar una Coca-Cola. ¿Quieres una?

– ¿Tu hermano está en casa?

– No, hoy tiene entrenamiento.

– Sí, gracias.

Tricia llevó a Nat hasta la cocina y le señaló un taburete al otro lado de la mesa. Nat se sentó y no dijo nada mientras Tricia abría la puerta de la nevera. Cuando se agachó para coger las dos botellas, se le levantó la minúscula falda. Nat miró embelesado las bragas blancas.

– ¿A qué hora esperas que vuelvan tus padres? -le preguntó mientras ella le echaba unos cubitos de hielo en el vaso.

– No lo sé, así que por el momento, te toca aguantarme.

Nat bebió un trago, sin saber qué decir, porque creía que él y Diane habían quedado para ir a ver Matar a un ruiseñor.


– No sé qué ves en ella -le confesó Jimmy.

– Tiene todo lo que a ti te falta -replicó Fletcher, con una sonrisa-. Es brillante, inteligente, divertida y…

– ¿Estás seguro de que hablamos de mi hermana?

– Sí, no en vano eres tú quien tiene que llevar gafas.

– Por cierto, Diane Coulter acaba de llegar con sus padres. Papá quiere saber si todavía deseas conocerla.

– No tengo un interés especial. Ha bajado de la A a la Z, así que ahora es la chica ideal para ti.

– No, gracias. No necesito que me des tus sobras. A propósito, le hablé a papá de Romeo y Julieta; le comenté que me veía en el personaje de Mercucio.

– Solo si comienzo a salir con la hermana de Dan Coulter, pero ya no estoy interesado en la hija de dicha casa.

– Sigo sin comprenderlo.

– Te lo explicaré mañana por la mañana -le dijo Fletcher, cuando la hermana de Jimmy reapareció con dos botellas de Coca-Cola. Annie frunció el entrecejo al ver a su hermano y él se marchó inmediatamente.

Los dos permanecieron en silencio hasta que Annie preguntó:

– ¿Quieres que te enseñe la sala del Senado?

– Sí, me parece fenomenal -respondió Fletcher.

Ella se volvió para caminar hacia la puerta, con Fletcher un paso atrás.

– ¿Tú ves lo mismo que yo? -le dijo Harry Gates a su esposa mientras Fletcher y su hija abandonaban el salón.

– Por supuesto que sí -contestó Martha Gates-, pero no me preocuparía demasiado, porque dudo mucho que cualquiera de ellos sea capaz de seducir al otro.

– A mí no me impidió intentarlo a su edad, como estoy seguro que recordarás.

– Muy típico de los políticos. Es otra historia que has embellecido con el paso de los años. Porque si no recuerdo mal, fui yo quien te sedujo.


Nat bebía tranquilamente su Coca-Cola cuando sintió el contacto de una mano en el muslo. Se sonrojó, aunque no hizo nada por apartarla. Tricia le sonrió desde el otro lado de la mesa.

– Puedes poner tu mano sobre mi pierna si quieres.

Nat pensó que si no lo hacía ella podía interpretarlo como una descortesía, así que metió una mano debajo de la mesa y la apoyó en el muslo de la muchacha.

– Muy bien -dijo Tricia; bebió un trago-, es más amistoso. -Nat no hizo ningún comentario mientras la mano de la chica se movía más arriba por la pernera-. Tú sígueme -añadió ella.

Así que Nat también movió la mano pero se detuvo al llegar al borde de la falda. Tricia no se detuvo hasta llegar a la entrepierna.

– Tendrás que subir un poco más si quieres alcanzarme -afirmó Tricia y le desabrochó el botón de la cintura-. Por debajo de la falda, no por encima -añadió, sin el menor rubor.

Nat deslizó la mano por debajo de la falda y ella continuó desabrochándole los botones de la bragueta. Titubeó una vez más cuando llegó a las bragas. No recordaba que la revista Teen explicara cosa alguna sobre lo que debía hacer a continuación.


– Esta es la sala del Senado -le dijo Annie mientras miraban desde la galería el semicírculo de escaños azules.

– Es muy impresionante -opinó Fletcher.

– Papá dice que acabarás aquí algún día, o quizá incluso llegues más alto. -Fletcher no le contestó, porque no tenía idea de las pruebas que debía aprobar para convertirse en un político-. Le escuché decirle a mi madre que nunca había conocido a un chico más brillante.

– Bueno, ya sabes lo que dicen de los políticos -replicó Fletcher.

– Sí, lo sé, pero siempre sé cuándo papá no lo dice de verdad porque sonríe al mismo tiempo; esta vez no sonrió.

– ¿Dónde se sienta tu padre? -le preguntó Fletcher, en un intento por cambiar de tema.

– Como jefe de la mayoría se sienta en el tercer escaño por la izquierda en la primera fila. -Annie le señaló el asiento-. No te diré mucho más porque sé que él quiere enseñarte todo el Capitolio. -Le tocó la mano.

– Lo siento -se disculpó Fletcher, que apartó rápidamente la mano, convencido de que había sido un accidente.

– No seas tonto -dijo Annie. Le cogió la mano y esta vez no la soltó.

– ¿No crees que deberíamos volver a la fiesta? -preguntó Fletcher-. De lo contrario comenzarán a preguntarse dónde nos hemos metido.

– Supongo que sí -asintió Annie, pero no se movió-. Fletcher, ¿alguna vez has besado a una chica? -le preguntó en voz baja.

– No, nunca -confesó él, ruborizado hasta las cejas.

– ¿Quieres hacerlo?

– Sí, me gustaría.

– ¿Quieres besarme?

Fletcher asintió. Vio cómo Annie cerraba los ojos y le ofrecía los labios. Él comprobó que todas las puertas estuviesen cerradas, antes de inclinarse y besarla suavemente en la boca. Cuando él se apartó, Annie abrió los ojos.

– ¿Sabes qué es el beso francés? -preguntó.

– No, no lo sé -contestó Fletcher.

– Yo tampoco -reconoció Annie-. Si lo averiguas, ¿me lo dirás?

– Sí, lo haré.


1

<p id="_Toc320818442">1</p>

Susan aplastó firmemente el helado en la cabeza de Michael Cartwright. Era la primera vez que se veían, o eso al menos era lo que afirmaba el padrino de Michael cuando los dos se casaron veintiún años más tarde.

Ambos tenían tres años en aquel entonces y cuando Michael se echó a llorar, la madre de Susan se acercó a la carrera para averiguar cuál era el problema. Lo único que Susan se mostró dispuesta a decir sobre el tema, y lo repitió varias veces, fue: «Bueno, él se lo ha buscado, ¿no?». Susan acabó recibiendo una azotaina. No era el mejor comienzo para una relación sentimental.

El siguiente encuentro del que se tiene constancia, siempre según el padrino, se produjo cuando ambos fueron a la escuela de primaria. Susan declaró con aire de conocedora que Michael era un llorica, aún peor, un chivato. Michael dijo a los otros chicos que compartiría sus galletas con cualquiera que estuviese dispuesto a tirar de las trenzas de Susan Illingworth. Muy pocos lo intentaron una segunda vez.

Al final de su primer curso, Susan y Michael compartieron el premio de la clase. La maestra consideró que era la decisión más acertada si de ese modo conseguía evitar la repetición del episodio del helado. Susan dijo a sus amigas que la madre de Michael le hacía los deberes, a lo que Michael replicó que él al menos escribía los suyos.

La rivalidad continuó con fiereza curso tras curso, hasta que finalmente cada uno se marchó a su respectiva universidad: Michael a la Estatal de Connecticut y Susan a Georgetown. Durante los siguientes cuatro años, hicieron todo lo posible para evitarse mutuamente. De hecho, la siguiente ocasión en que se cruzaron sus caminos fue, irónicamente, en casa de Susan, cuando sus padres organizaron una fiesta sorpresa para celebrar la graduación de su hija. Lo sorprendente no fue que Michael aceptara la invitación, sino que se presentara.

Susan no reconoció a su antiguo rival inmediatamente, en parte porque él había aumentado diez centímetros de estatura y era, por primera vez, más alto que ella. Hasta que le ofreció una copa de vino y Michael comentó: «Al menos esta vez no me la has tirado encima», no se dio cuenta de quién era el joven alto y apuesto.

– Dios, creo que me comporté de una manera horrible -dijo Susan, con la ilusión de que él lo negara.

– Sí, lo hiciste, pero supongo que me lo merecía.

– Puedes estar seguro de ello -afirmó ella, y se mordió la lengua.

Hablaron como viejos amigos y Susan se sorprendió al percibir cierta decepción cuando una compañera de Georgetown se reunió con ellos y comenzó a coquetear con Michael. Aquella noche no volvieron a cruzar palabra.

Michael la llamó al día siguiente para invitarla a ir a ver La costilla de Adán, de Spencer Tracy y Katharine Hepburn. Susan ya la había visto, pero se oyó a sí misma decir que sí; después le costó creer que hubiese dedicado tanto tiempo a probarse vestidos antes de que Michael llegara para aquella primera cita.

Susan disfrutó con la película, aunque era la segunda vez que la veía, y se preguntó si Michael le pasaría el brazo sobre los hombros cuando Spencer Tracy le daba un beso a Katharine Hepburn. No lo hizo. Pero cuando salieron del cine, él la cogió de la mano en el momento de cruzar la calle y no la soltó hasta que llegaron a la cafetería. Allí fue donde tuvieron su primera pelea, bueno, digamos desacuerdo. Michael confesó que votaría a Thomas Dewey en noviembre, mientras que Susan dejó bien claro su deseo de que Harry Truman continuara en la Casa Blanca. El camarero dejó la copa de helado delante de Susan. Ella la miró.

– Ni se te ocurra -le advirtió Michael.

Susan no se sorprendió cuando él la llamó al día siguiente, aunque había permanecido sentada junto al teléfono durante más de una hora, con la excusa de que estaba leyendo.

Michael le había comentado a su madre aquella mañana mientras desayunaban que se trataba de un caso de amor a primera vista.

– Pero si conoces a Susan desde que era una niña -observó su madre.

– No, mamá, no es así -replicó él-. La conocí ayer.

Los padres de ambos se mostraron encantados, pero no sorprendidos, cuando se prometieron un año más tarde; después de todo, apenas habían pasado un día separados desde la fiesta de graduación de Susan. Los dos consiguieron un empleo a los pocos días de acabar los estudios, Michael como ayudante en la Hartford Life Insurance Company y Susan como profesora de historia en el instituto Jefferson, así que decidieron casarse durante las vacaciones de verano.

Algo con lo que no habían contado era que Susan se quedara embarazada mientras estaban de luna de miel. Michael no podía ocultar su alegría al pensar que sería padre y cuando el doctor Greenwood les informó a los seis meses de que tendrían mellizos su gozo fue doble.

– Bueno, al menos eso solucionará un problema -dijo Michael como primera reacción a la noticia.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Susan.

– Uno podrá ser republicano y el otro demócrata.

– No si yo lo puedo evitar -proclamó Susan y se acarició la barriga.

Susan continuó con las clases hasta el octavo mes de embarazo, que coincidió felizmente con las vacaciones de Pascua. Se presentó en el hospital al vigésimo octavo día del noveno mes con una pequeña maleta. Michael salió del trabajo más temprano y se reunió con ella unos minutos más tarde, con la noticia de que le habían ascendido a ejecutivo de cuentas.

– ¿Y eso qué significa? -quiso saber Susan.

– Es un nombre rimbombante para un vendedor de seguros -le informó Michael-. Pero incluye un pequeño aumento de sueldo, cosa que nos vendrá de perlas ahora que tendremos que alimentar a dos bocas más.

Después de que Susan se instalara en su habitación, el doctor Greenwood le pidió a Michael que esperara fuera durante el parto, dado que cuando se trataba de mellizos podía surgir alguna complicación.

Michael se entretuvo en caminar por el largo pasillo. Cada vez que llegaba al retrato de Josiah Preston colgado en la pared del fondo, se volvía y vuelta a empezar. En los primeros recorridos, Michael no se detuvo a leer la larga biografía impresa debajo del retrato del fundador del hospital. Para el momento en que el doctor apareció por las puertas batientes, Michael se sabía de pe a pa toda la historia del hombre.

La figura vestida de verde caminó lentamente hacia él antes de quitarse la mascarilla. Michael intentó adivinar la expresión en su rostro. En su trabajo era una ventaja ser capaz de descifrar las expresiones y adivinar los pensamientos, porque cuando se trataba de vender seguros de vida tenías que anticiparte a cualquier duda que pudiera tener el posible cliente. Sin embargo, en el caso de esta póliza de seguro de vida, el rostro del médico no daba información alguna. Cuando se encontraron cara a cara, el médico sonrió y le dijo:

– Mis felicitaciones, señor Cartwright. Es usted padre de dos hijos sanos.

Susan había dado a luz a dos varones, Nathaniel a las 16.37 y Peter a las 16.43. Durante la hora siguiente, los padres se turnaron para mimarlos, hasta que el doctor Greenwood indicó que la madre y los bebés sin duda necesitaban descansar.

– Amamantar a dos niños ya será bastante agotador. Ahora los enviaré a la nursería para que pasen la noche allí -añadió el médico-. No se trata de nada especial, porque es algo que siempre hacemos cuando son mellizos.

Michael acompañó a sus dos hijos hasta la nursería, donde una vez más le pidieron que esperara en el pasillo. El orgulloso padre apretó la nariz contra el cristal que separaba el pasillo de las hileras de cunas y miró a los bebés que dormían, mientras deseaba decirles a todos los que pasaban: «Los dos son míos». Le sonrió a la enfermera que se encontraba junto a las cunas, atenta a las nuevas llegadas. En ese momento, les estaba colocando las pulseras de identificación en sus diminutas muñecas.

Michael era incapaz de recordar el tiempo que había estado allí antes de volver junto al lecho de su esposa. Cuando abrió la puerta, le complació ver que Susan dormía profundamente. La besó con mucho cariño en la frente. «Amor mío, te veré mañana por la mañana, antes de ir al trabajo», le dijo, sin importarle el hecho de que ella no podía escucharle. Michael salió de la habitación y caminó por el pasillo hasta el ascensor, donde se encontró con el doctor Greenwood, que se había quitado la bata verde y vestía una americana y pantalón grises.

– No sabe lo mucho que desearía que todos los partos fueran tan sencillos -le comentó al orgulloso padre cuando el ascensor llegó a la planta baja-. En cualquier caso, señor Cartwright, vendré a última hora para ver cómo están su esposa y los mellizos. No es que espere ninguna complicación.

– Muchas gracias, doctor -contestó Michael-. Muchas gracias.

El doctor Greenwood sonrió, y ya se disponía a salir del hospital para regresar a su casa cuando vio entrar a una señora muy elegante. Se apresuró a cruzar el vestíbulo para ir al encuentro de Ruth Davenport.

Michael Cartwright miró atrás y vio al médico que mantenía abierta la puerta del ascensor para que entraran dos mujeres, una de ellas en un estado de gestación muy avanzado. Una expresión de ansiedad había reemplazado a la cordial sonrisa del doctor Greenwood. Michael rogó que la nueva paciente del médico tuviese un parto tan sencillo como el de Susan. Caminó hasta su coche con una sonrisa de oreja a oreja, mientras intentaba pensar en las cosas que debía hacer.

Lo primero era llamar a sus padres… los abuelos.


2

<p id="_Toc320818443">2</p>

Ruth Davenport ya había aceptado que esa sería su última oportunidad. El doctor Greenwood, por razones profesionales, no lo hubiese dicho tan claramente, aunque después de dos abortos, no podía recomendarle a su paciente que corriera el riesgo de volver a quedarse embarazada.

Robert Davenport, en cambio, no estaba ligado por las mismas reglas profesionales y, cuando se enteró de que su esposa estaba embarazada por tercera vez, había actuado con su brusquedad habitual. Sencillamente le dio un ultimátum: «Esta vez te lo tomarás con mucha calma», un eufemismo que equivalía a «no hagas nada que pueda perjudicar el nacimiento de nuestro hijo». Robert Davenport daba por hecho que su primer hijo sería un varón. También tenía claro que sería difícil, si no imposible, que su esposa se lo tomara con calma. Al fin y al cabo, era la hija de Josiah Preston y a menudo se decía que de haber sido Ruth un chico, ella, y no su marido, hubiese acabado dirigiendo Farmacéutica Preston. Ruth había tenido que conformarse con el premio de consolación cuando sustituyó a su padre como presidenta de la Fundación del Hospital San Patricio, una causa a la que la familia Preston llevaba vinculada cuatro generaciones.

Si bien algunos de los miembros más antiguos de la fundación tuvieron que ser convencidos de que Ruth Davenport era de la misma pasta que su padre, apenas transcurrieron unas semanas para que aceptaran la evidencia de que ella no solo había heredado la energía y el empuje del viejo, sino que él le había transmitido todo su considerable conocimiento y sabiduría, que con harta frecuencia se vuelca en el hijo único.

Ruth no se había casado hasta cumplir los treinta y tres años. Desde luego no había sido por falta de pretendientes, muchos de los cuales habían hecho lo indecible para declarar su amor eterno a la heredera de los millones de Preston. Josiah Preston no había necesitado explicarle a su hija el significado de la palabra «cazadotes», porque la verdad era que ella sencillamente no se enamoró de ninguno de ellos. De hecho, Ruth había comenzado a creer que nunca se enamoraría. Hasta que conoció a Robert.

Robert Preston había llegado a Farmacéutica Preston de Roche tras pasar por la Johns Hopkins y la Harvard Business School, lo que el padre de Ruth describió como la «vía rápida». Que Ruth recordara, había sido lo más cerca que el viejo había estado de utilizar una expresión moderna. Robert había sido nombrado vicepresidente a los veintisiete años; a los treinta y tres se convirtió en el presidente delegado más joven en la historia de la empresa y batió el récord que había fijado el propio Josiah. Esta vez Ruth se enamoró de un hombre que no se sentía abrumado o intimidado por el apellido Preston y sus millones. Cuando Ruth insinuó que quizá debía adoptar el nombre de la señora Preston-Davenport, Robert se había limitado a preguntarle: «¿Cuándo conoceré al tal Preston-Davenport que pretende impedirme que me convierta en tu marido?».

Ruth anunció que estaba embarazada pocas semanas después de la boda y el aborto había sido la única mancha en una vida conyugal maravillosa. Sin embargo, el episodio no tardó en parecer una nube pasajera en un resplandeciente cielo azul, cuando volvió a quedar embarazada once meses más tarde.

Ruth había estado presidiendo una reunión de la junta en el hospital cuando comenzaron las contracciones, así que solo tuvo que subir dos pisos en el ascensor para presentarse en la consulta del doctor Greenwood. No obstante, ni toda su experiencia, ni la dedicación de su equipo o los aparatos más modernos pudieron salvar al bebé prematuro. Kenneth Greenwood recordó a su pesar que cuando era un médico muy joven se había enfrentado al mismo problema en el nacimiento de Ruth, y durante toda una semana nadie en el hospital creyó que la niña sobreviviría. Ahora, treinta y cinco años más tarde, la familia estaba pasando por el mismo calvario.

El doctor Greenwood decidió tener una conversación privada con el señor Davenport y le sugirió que quizá había llegado el momento de pensar en la adopción. Robert había aceptado de mala gana y dijo que le plantearía el tema a su esposa en cuanto considerara que se encontraba lo bastante fuerte.

Pasó otro año antes de que Ruth accediera a visitar una agencia de adopciones y por una de esas coincidencias del destino, y que a los novelistas no se les permite considerar, se quedó embarazada el mismo día que iba a visitar el orfanato de la ciudad. Esta vez Robert estaba decidido a evitar que un error humano fuese la razón para que su hijo no llegara al mundo.

Ruth aceptó el consejo de su marido y renunció a su cargo de presidenta de la fundación del hospital. Incluso estuvo de acuerdo en que debían contratar a una enfermera para que -en palabras de Robert- la vigilara todo el día. El señor Davenport entrevistó a varias aspirantes al puesto y tomó nota de aquellas que reunían los requisitos profesionales necesarios. Pero su decisión final estaría basada exclusivamente en si la aspirante tenía la fuerza de carácter suficiente para asegurarse de que Ruth mantendría su palabra de «tomárselo con calma» y vigilar que no recayera en los viejos hábitos de querer organizar todo lo que ocurría a su alrededor.

Después de una tercera ronda de entrevistas, Robert se decidió por la señorita Heather Nichol, que era una de las enfermeras mejor valoradas en la sala de maternidad del San Patricio. Le gustó su evidente sentido común y el hecho de que fuese soltera y careciera de los encantos físicos que pudieran hacer variar dicha condición en un futuro previsible. No obstante, lo que inclinó la balanza en favor de la señorita Nichol fue que hubiese ayudado a traer al mundo a más de mil bebés.

Robert se mostró encantado al ver lo rápido que la señorita Nichol se acomodó al ritmo de la familia, y, a medida que transcurrían los meses, incluso él comenzó a creer que no se enfrentarían al mismo problema por tercera vez. Cuando pasó el quinto, el sexto y el séptimo mes sin incidentes, Robert planteó por primera vez el tema de los nombres: Fletcher Andrew si era un niño, Victoria Grace si era una niña. Ruth solo expresó una preferencia: si era un niño le llamarían por el segundo nombre, pero en realidad solo deseaba que el bebé naciera sano.

Robert se encontraba en unas jornadas médicas en Nueva York cuando la señorita Nichol le hizo salir de una conferencia para informarle de que habían comenzado las contracciones. Él le aseguró que regresaría en tren inmediatamente y luego cogería un taxi en la estación para ir al hospital.

El doctor Greenwood salía del edificio después del feliz parto de los mellizos Cartwright cuando vio a Ruth Davenport que entraba por la puerta giratoria acompañada por la señorita Nichol. Dio media vuelta y alcanzó a las dos mujeres antes de que se cerraran las puertas del ascensor.

En cuanto instaló a su paciente en una habitación privada, el doctor Greenwood reunió rápidamente al mejor equipo de tocólogos que podía ofrecer el hospital. De haber sido la señora Davenport una paciente normal, él y la señorita Nichol podrían haberse encargado del parto sin la necesidad de buscar más ayuda. Sin embargo, después de la revisión, comprendió que a Ruth tendrían que hacerle una cesárea si no querían tener problemas con el parto. Alzó la mirada y rezó para sus adentros, muy consciente de que esa sería la última oportunidad para la mujer.

La intervención duró poco más de cuarenta minutos. En cuanto vio asomar la cabeza del bebé, la señorita Nichol exhaló un suspiro de alivio, pero hasta que el médico no cortó el cordón umbilical no añadió: «Aleluya». Ruth, que continuaba bajo los efectos de la anestesia general, no tuvo ocasión de ver la sonrisa de tranquilidad en el rostro del doctor Greenwood. El médico salió inmediatamente del quirófano para comunicarle al padre: «Es un niño».

Mientras Ruth dormía beatíficamente, fue la señorita Nichol quien llevó a Fletcher Andrew a la nursería, donde compartiría sus primeras horas de vida con los demás recién nacidos. En cuanto acabó de acomodar al bebé en la cuna, le encomendó a la enfermera que lo vigilara y regresó a la habitación de Ruth. La señorita Nichol se acomodó en una confortable butaca en una esquina de la habitación e intentó mantenerse despierta.

Faltaban un par de horas para el amanecer cuando la señorita Nichol se despertó sobresaltada. Oyó que le decían:

– ¿Puedo ver a mi hijo?

– Por supuesto que sí, señora Davenport -respondió la señorita Nichol al tiempo que se levantaba apresuradamente-. Ahora mismo iré a buscar al pequeño Andrew. -Mientras cerraba la puerta, añadió-: Solo tardaré un par de minutos.

Ruth se incorporó en la cama, acomodó la almohada, encendió la lámpara de la mesita de noche y esperó ansiosa la llegada de su hijo.

Mientras la señorita Nichol caminaba por el pasillo, miró la hora. Eran las 4.31 de la mañana. Bajó las escaleras hasta el quinto piso y se dirigió a la nursería. La señorita Nichol abrió la puerta sigilosamente para no despertar a ninguno de los bebés. Lo primero que hizo al entrar en la sala iluminada por un pequeño tubo fluorescente fue buscar a la enfermera de guardia. La vio dormida en un rincón. Decidió no despertarla porque probablemente esos serían los pocos minutos de descanso de los que podría disfrutar en su turno de ocho horas.

La señorita Nichol caminó de puntillas entre las dos hileras de cunas y solo se detuvo un momento para contemplar a los mellizos que se encontraban en una cuna doble instalada junto a la de Fletcher Andrew Davenport.

Miró al bebé al que nunca le faltaría de nada durante el resto de su vida. Cuando fue a inclinarse para coger a la criatura de la cuna, se detuvo bruscamente. Después de asistir a un millar de partos, se está perfectamente capacitado para distinguir la muerte. La palidez de la piel y la inmovilidad de los ojos hicieron innecesario que le buscara el pulso.

A menudo es una de esas decisiones que se toman sin más, algunas veces tomadas por otros, la que puede cambiar toda nuestra vida.


3

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En el momento que al doctor Greenwood lo despertaron en plena madrugada para comunicarle que uno de sus nuevos pacientes había muerto, supo exactamente de qué niño se trataba. También comprendió que debía regresar al hospital inmediatamente.

Kenneth Greenwood siempre había querido ser médico. Después de unas semanas en la facultad, había tenido claro cuál sería su especialidad. Todos los días daba gracias a Dios por haberle permitido seguir su vocación. Pero también de vez en cuando, como si se tratara de algo que el Todopoderoso considerara necesario para equilibrar la balanza, se veía obligado a decirle a una madre que había perdido a su hijo. Nunca resultaba fácil, pero tener que decirle a Ruth Davenport por tercera vez…

Había muy pocos coches en la carretera a las cinco de la mañana cuando, veinte minutos más tarde, el doctor Greenwood aparcó el coche en su plaza delante del hospital. Entró en el vestíbulo, pasó por delante del mostrador de la recepción y se metió en el ascensor antes de que nadie del personal pudiera dirigirle la palabra.

– ¿Quién se lo dirá? -le preguntó la enfermera que le estaba esperando cuando las puertas del ascensor se abrieron en la quinta planta.

– Yo lo haré -respondió el doctor Greenwood-. Después de todo, soy amigo de la familia desde hace muchos años -añadió.

La enfermera lo miró un tanto sorprendida.

– Supongo que debemos agradecer que el otro niño esté vivo -dijo.

El comentario sacó al doctor Greenwood de su ensimismamiento; el médico se quedó paralizado.

– ¿El otro niño? -repitió.

– Sí, Nathaniel está perfectamente. El que ha muerto es Peter.

El doctor Greenwood permaneció en silencio durante unos momentos mientras intentaba asimilar esta información.

– ¿Cómo está el bebé de los Davenport? -preguntó.

– Bien que yo sepa -contestó la enfermera-. ¿Por qué lo pregunta?

– Fue el último parto que atendí antes de marcharme a casa -dijo; confió en que la enfermera no hubiese advertido la vacilación en su voz.

El doctor Greenwood caminó lentamente entre las hileras de cunas, donde muchos de los bebés dormían profundamente y otros berreaban como si quisieran demostrar la capacidad de sus pulmones. Se detuvo cuando llegó delante de la cuna doble donde había dejado a los mellizos pocas horas antes. Nathaniel dormía plácidamente mientras que su hermano permanecía inmóvil. Miró la cuna de al lado para comprobar el nombre que figuraba en la cabecera: Davenport, Fletcher Andrew. También este bebé dormía como un ángel y su respiración era absolutamente normal.

– Por supuesto no podía mover al bebé hasta que llegara el médico que atendió el parto… -comenzó a explicar la enfermera.

– No es necesario que me recuerde el procedimiento hospitalario -le interrumpió el doctor Greenwood, con una brusquedad muy poco habitual en él-. ¿A qué hora comenzó su turno?

– Unos minutos después de la medianoche.

– ¿Ha estado aquí desde entonces?

– Sí, doctor.

– ¿Entró alguien en la sala durante estas horas?

– No, doctor -contestó la enfermera.

La mujer decidió no mencionar que alrededor de una hora antes le había parecido escuchar que la puerta se cerraba, o al menos no hacerlo hasta que al médico se le hubiese pasado el enojo. El doctor Greenwood miró la cuna doble con los nombres de Nathaniel y Peter Cartwright. Sabía muy bien cuál era su obligación.

– Lleve al bebé al depósito -ordenó en voz baja-. Escribiré el informe inmediatamente, pero no se lo comunicaré a la madre hasta la mañana. No serviría de nada despertarla a estas horas.

– Sí, doctor -asintió la enfermera, con un tono sumiso.

El doctor Greenwood salió de la sala; caminó lentamente por el pasillo y se detuvo delante de la puerta de la habitación de la señora Cartwright. La abrió sin hacer ruido y se tranquilizó al ver que su paciente dormía como una bendita. Subió por las escaleras hasta la sexta planta, donde hizo lo mismo cuando llegó a la habitación privada de la señora Davenport. Ruth también dormía. Miró al otro extremo de la habitación donde se encontraba sentada la señorita Nichol en una postura nada cómoda. Hubiese jurado que ella había abierto los ojos, pero decidió no molestarla. Cerró la puerta y se escabulló por las escaleras de incendio que conducían directamente hasta el aparcamiento. No quería que el personal de servicio en la recepción le viera marcharse. Necesitaba un poco de tiempo para pensar.

El doctor Greenwood volvió a meterse en la cama al cabo de veinte minutos, pero no se durmió.

A las siete, cuando sonó el despertador, continuaba despierto. Sabía exactamente qué debía hacer, aunque temía que las repercusiones se mantendrían durante muchos años.


El doctor Greenwood tardó considerablemente más en volver al hospital por segunda vez aquella mañana y no solo porque el tráfico fuera más denso. Le espantaba la idea de tener que decirle a Ruth Davenport que su hijo había muerto durante la noche y solo podía rogar que no se produjera un escándalo cuando lo hiciera. Era consciente de que debía ir a la habitación de Ruth sin más demora y explicarle lo que había sucedido; de lo contrario, ya nunca sería capaz de hacerlo.

– Buenos días, doctor Greenwood -le saludó la enfermera de la recepción, sin obtener respuesta.

Cuando salió del ascensor en la sexta planta y comenzó a caminar hacia la habitación de la señora Davenport, vio que instintivamente sus pasos se hacían cada vez más lentos. Se detuvo al llegar a la puerta y deseó encontrar dormida a la mujer. Al abrirla vio a Robert Davenport sentado junto a su esposa. Ruth sostenía a un bebé en sus brazos. La señorita Nichol no estaba con ellos.

Robert se levantó de un salto.

– Kenneth -dijo, y le estrechó la mano-, le estaremos eternamente agradecidos.

– No me deben nada -manifestó el médico con voz queda.

– Por supuesto que sí -declaró Robert. Se volvió para mirar a su esposa-. ¿Le decimos la decisión que hemos tomado, Ruth?

– Por qué no, así todos tendremos algo que celebrar -respondió ella y besó la frente del bebé.

– Primero tengo que decirles… -comenzó el médico.

– Nada de peros -le interrumpió Robert-, porque quiero que sea el primero en saber que he decidido pedirle a la junta de Preston que financie la nueva ala de maternidad que usted siempre ha esperado acabar antes de su retiro.

– Pero… -repitió el doctor Greenwood.

– Creía que habíamos quedado de acuerdo en que nada de peros. Después de todo, los planos están preparados desde hace años -señaló Robert, con la mirada puesta en su hijo-, así que no se me ocurre ningún motivo para que no comencemos la construcción ahora mismo. -Miró al jefe de obstetricia del hospital-. A menos, por supuesto, que…

El doctor Greenwood permaneció en silencio.

Cuando la señorita Nichol vio salir de la habitación de la señora Davenport al doctor Greenwood, el corazón le dio un vuelco. El médico llevaba al bebé en brazos y caminaba hacia el ascensor que lo llevaría a la nursería. En el momento en que se cruzaron en el pasillo, sus miradas se encontraron y aunque él no dijo nada, la enfermera comprendió que Greenwood sabía lo que había hecho.

La señorita Nichol se dio cuenta de que si quería escapar, debía hacerlo sin dilación. Después de llevar al niño de vuelta a la nursería, había permanecido despierta en un rincón de la habitación de la señora Davenport durante toda la noche, sin dejar de preguntarse si la descubrirían. Había procurado no moverse cuando el doctor Greenwood había asomado la cabeza. No había sabido la hora que era porque no se atrevió a mirar su reloj. Había esperado que él la hiciera salir de la habitación para decirle que sabía la verdad, pero él se había marchado con el mismo sigilo con que había entrado, y por tanto seguía sin saberlo.

Heather Nichol continuó caminando hacia la habitación mientras su mirada seguía fija en la salida de emergencia al final del pasillo. En cuanto dejó atrás la puerta de la señora Davenport intentó no acelerar el paso. Solo le faltaban unos cinco pasos para llegar a la salida cuando escuchó una voz que decía: «Señorita Nichol…» y la reconoció inmediatamente. Se quedó de una pieza, siempre atenta a la salida de emergencia, mientras consideraba sus opciones. Se volvió para mirar al señor Davenport.

– Creo que usted y yo debemos mantener una conversación en privado -dijo él.

El señor Davenport entró en una salita al otro lado del pasillo, seguro de que ella le seguiría. La señorita Nichol creyó que las piernas le fallarían mucho antes de dejarse caer en una de las sillas. No podía saber por la expresión de su rostro si él también sabía que era la culpable, pero con el señor Davenport era imposible saberlo. Era de aquellas personas que nunca traslucían nada, algo que le resultaba difícil de cambiar, incluso en su vida privada. La enfermera se sentía incapaz de mirarle a la cara, así que fijó la vista por encima del hombro izquierdo de su patrón y observó cómo se cerraban las puertas del ascensor que había cogido el doctor Greenwood.

– Sospecho que ya sabrá lo que voy a preguntarle -dijo el ejecutivo.

– Sí, lo sé -admitió la señorita Nichol, al tiempo que se preguntaba si alguien volvería alguna vez a contratar sus servicios, o incluso si no acabaría en la cárcel.

La enfermera sabía exactamente lo que le sucedería y dónde acabaría cuando el doctor Greenwood reapareció diez minutos más tarde.

– Espero que lo medite con tranquilidad, señorita Nichol, y cuando haya tomado la decisión tenga la bondad de llamarme a mi despacho. Si su respuesta es afirmativa, entonces tendré que hablar con mis abogados.

– Ya lo he decidido -manifestó la señorita Nichol. Esta vez miró al señor Davenport sin vacilaciones-. La respuesta es que sí. Estaré encantada de continuar trabajando para su familia como niñera.


4

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Susan retuvo a Nat en sus brazos incapaz de ocultar su angustia. Estaba cansada de que los amigos y parientes le dijeran que debía dar gracias a Dios de que uno de los mellizos hubiese sobrevivido. ¿Acaso no comprendían que Peter estaba muerto, que había perdido a un hijo? Michael había confiado en que su esposa comenzaría a recuperarse de la pérdida en cuanto saliera del hospital y regresara a casa, pero no había sido así. Susan no dejaba de hablar de su otro hijo y tenía una foto de los dos niños en la mesilla de noche junto a su cama.

La señorita Nichol observó la foto cuando fue publicada en el Hartford Courant. Se sintió más tranquila al ver que, si bien los dos chicos habían heredado la mandíbula cuadrada del padre, Andrew tenía los cabellos rubios rizados, mientras que los de Nathan eran lacios y comenzaban a oscurecerse. Pero fue Josiah Preston quien solucionó el problema, al comentar con harta frecuencia que su nieto había heredado su nariz y la despejada frente, rasgos tradicionales de todos los Preston. La niñera no se cansaba de repetir dichos comentarios a los aduladores parientes y serviles empleados, precedidos por las palabras: «El señor Preston a menudo señala…».

Dos semanas después de regresar a su hogar, Ruth había vuelto a asumir la presidencia de la fundación y sin pérdida de tiempo hizo honor a la promesa de su marido de financiar la construcción de la nueva sala de maternidad del San Patricio.

Mientras tanto la señorita Nichol se hacía cargo de cualquier tarea, por insignificante que fuera, para permitir que Ruth continuara con sus actividades fuera de la casa mientras ella se hacía cargo de Andrew. Se convirtió en niñera, mentora, guardiana y gobernanta del chico, pero no pasaba ni un solo día sin experimentar el miedo de que la verdad acabara por descubrirse.

La primera preocupación real de la señorita Nichol apareció cuando la señora Cartwright llamó por teléfono para decir que celebraría una fiesta de cumpleaños para su hijo y como Andrew había nacido el mismo día, había pensado en invitarlo.

– Es muy amable de su parte -contestó la señorita Nichol, sin alterarse en lo más mínimo-, pero Andrew también celebra su cumpleaños y la verdad es que lamento mucho que Nat no pueda reunirse con nosotros.

– Por favor, transmítale mis saludos a la señora Davenport y dígale que le agradecemos mucho que nos haya invitado a la inauguración de la nueva ala de maternidad el mes que viene.

Una invitación que la señorita Nichol no podía cancelar. Cuando Susan colgó el teléfono, su único pensamiento fue cómo era posible que la señorita Nichol supiera el nombre de su hijo.

Aquella tarde, en cuanto la señora Davenport regresó a casa, la señorita Nichol le propuso organizar una fiesta de cumpleaños para Andrew. A Ruth le pareció una idea excelente y no tuvo el menor reparo en dejar todos los preparativos, incluida la lista de invitados, en manos de la niñera. Organizar una fiesta de cumpleaños donde se podía controlar a quién invitar y a quién no es una cosa, pero asegurarse de que su patrona y la señora Cartwright no coincidieran en la inauguración del ala de maternidad Preston era otra muy distinta.

Fue precisamente el doctor Greenwood quien presentó a las dos mujeres mientras acompañaba a un grupo en la visita a las nuevas instalaciones. Al médico le parecía imposible que nadie se fijara en el extraordinario parecido de los niños. La señorita Nichol se volvió cuando él miró en su dirección. Se apresuró a cubrir la cabeza de Andrew con una gorra que le hizo parecer una niña y antes de que Ruth pudiera hacer cualquier comentario, le explicó:

– Comienza a refrescar y no quiero que Andrew se resfríe.

– ¿Se quedará en Hartford cuando se jubile, doctor Greenwood? -preguntó la señora Cartwright.

– No, mi esposa y yo hemos decidido que nos iremos a la casa de la familia en Ohio -contestó el médico-, pero estoy seguro de que vendremos de visita a Hartford de vez en cuando.

La señorita Nichol hubiera suspirado de satisfacción de no haber sido porque el médico la miró con toda intención. Sin embargo, con el doctor Greenwood fuera de la ciudad, resultaría más difícil que alguien descubriera su secreto.

Cada vez que Andrew era invitado a cualquier actividad, a convertirse en miembro de un grupo, a participar en algún deporte o sencillamente apuntarse para el desfile del verano, la primera prioridad de la señorita Nichol era asegurarse de que el niño no entrara en contacto con ningún miembro de la familia Cartwright. Esto lo consiguió con gran éxito durante los años de crianza del niño, sin despertar las sospechas del señor y la señora Davenport.


Las dos cartas que llegaron en el reparto de la mañana convencieron por fin a la señorita Nichol de que podía olvidarse de sus aprensiones. La primera iba dirigida al padre de Andrew y confirmaba que el chico había sido admitido en Hotchkiss, la escuela privada más antigua y reputada de Connecticut. La segunda, que llevaba el matasellos de Ohio, la abrió Ruth.

– Qué pena -comentó mientras leía la carta manuscrita-. Era una excelente persona.

– ¿Quién? -preguntó Robert, que interrumpió por un momento la lectura del New England Journal of Medicine.

– El doctor Greenwood. La carta es de su esposa. Dice que falleció el viernes pasado. Tenía setenta y cuatro años.

– Era un buen hombre -convino Robert-. Quizá tendrías que asistir a su funeral.

– Sí, por supuesto que iré -dijo Ruth-, y Heather quizá quiera acompañarme. Después de todo, trabajó varios años con él.

– Desde luego -afirmó la señorita Nichol y confió en que su expresión transmitiera la pena adecuada.


Susan releyó la carta, entristecida por la noticia. Siempre recordaría el interés personal demostrado por el doctor Greenwood cuando murió Peter, casi como si él hubiese sido el responsable. Quizá debería ir al funeral del médico. Se disponía a informar a Michael de la noticia de la muerte, cuando su marido dio un salto y gritó:

– ¡Bien hecho, Nat!

– ¿Qué pasa? -preguntó Susan, sorprendida por esa nada habitual euforia.

– Nat ha ganado la beca para ir a Taft -le respondió su marido mientras agitaba la carta en el aire.

Susan no compartía el entusiasmo de su marido en el asunto de enviar a Nat cuando apenas era un adolescente a un internado con chicos cuyos padres pertenecían a un mundo diferente. Cómo podría un chico de catorce años llegar a comprender que ellos no podían permitirse muchas de las cosas que para sus compañeros de colegio no tenían nada de particular. Siempre había sido partidaria de la idea de que Nathaniel debía seguir los pasos de Michael y estudiar en el instituto Jefferson. Si era lo bastante bueno como para que ella enseñara allí, ¿por qué no podía ser el sitio adecuado para educar a su hijo?

Nat se encontraba sentado en su cama, muy entretenido en releer su novela favorita cuando escuchó el estallido de su padre. Había llegado al capítulo donde la ballena estaba a punto de escaparse de nuevo. Se levantó de la cama sin muchos ánimos y asomó la cabeza para averiguar el motivo de la conmoción. Sus padres discutían con pasión -nunca se peleaban a pesar del muy cacareado incidente con el helado- sobre el colegio al que iría. Escuchó a su padre en mitad de una frase: «… la oportunidad de su vida», y después siguió:

– Nat podrá tratar con chicos que acabarán siendo líderes en todos los campos y por consiguiente serán una buena influencia para el resto de su vida.

– ¿Más que ir al instituto Jefferson y tratar con chicos a los que puede acabar dirigiendo e influyendo el resto de sus vidas?

– Ha ganado una beca, así que no tendremos que pagar ni un penique.

– Tampoco tendríamos que pagar ni un penique si fuese al Jefferson.

– Debemos pensar en el futuro de Nat. Si va a Taft, quizá después podría entrar en Harvard o Yale…

– En el instituto también hemos tenido a varios alumnos que han ido a Harvard y a Yale.

– Si tuviese que suscribir una póliza de seguro sobre cuál de las dos escuelas tiene más…

– Es un riesgo que estoy dispuesta a correr.

– Pues yo no -señaló Michael-, y dedico todos los días de mi vida al intento de eliminar esa clase de riesgos.

Nat escuchaba atentamente mientras sus padres continuaban la discusión, sin alzar la voz ni enfadarse ni una sola vez.

– Prefiero que mi hijo acabe la escuela como un igualitarista y no como un patricio -replicó Susan con pasión.

– ¿Por qué tienen que ser incompatibles? -preguntó Michael.

Nat se metió en su habitación sin esperar a oír la respuesta de su madre. Ella le había enseñado a buscar inmediatamente en el diccionario cualquier palabra que no hubiese escuchado antes; después de todo, había sido un hombre de Connecticut quien había reunido la mayor lexicografía del mundo. Después de buscar las tres palabras en su Webster’s, Nat decidió que su madre era más igualitarista que su padre, pero ninguno de los dos era un patricio. El no tenía muy claro si quería ser un patricio.

Cuando acabó de releer el capítulo de la novela, volvió a salir de su habitación. La situación parecía haberse calmado, así que bajó las escaleras para reunirse con sus padres.

– Quizá tendríamos que dejar que Nat decidiera -dijo su madre.

– Ya lo he hecho -respondió Nat. Se sentó entre los dos-. Después de todo, siempre me habéis enseñado a escuchar las dos partes de cualquier debate antes de llegar a una conclusión.

Ambos padres se quedaron mudos mientras Nat desplegaba el periódico de la tarde con total tranquilidad, conscientes de que seguramente había escuchado su conversación.

– ¿Cuál es la decisión que has tomado? -preguntó la madre en voz baja.

– Prefiero ir a Taft más que al Jefferson -respondió Nat sin vacilar.

– ¿Podemos saber qué te ha ayudado a llegar a esa conclusión? -preguntó el padre.

Nat, al ver que había captado toda la atención de su público, demoró la respuesta.

– Moby Dick -contestó, después de buscar las páginas de deportes. Luego esperó a ver cuál de sus padres sería el primero en repetir sus palabras.

– ¿Moby Dick? -repitieron al unísono.

– Así es. Después de todo, las buenas gentes de Connecticut consideraban a la gran ballena como la patricia del mar.


5

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– Todo un hombre de Hotchkiss de pies a cabeza -afirmó la señorita Nichol mientras comprobaba el aspecto de Andrew en el espejo del vestíbulo. Camisa blanca, americana azul y pantalones de pana color avellana. La señorita Nichol le enderezó el nudo de la corbata a rayas blancas y azules y quitó una mota de polvo de la camisa-. Todo un hombre de Hotchkiss hasta el último centímetro -repitió.

«Solo mido uno cincuenta y siete», iba a decirle Andrew cuando su padre apareció en el vestíbulo. El muchacho miró su reloj, un regalo de su abuelo materno, un hombre que todavía despedía a los empleados por llegar tarde.

– He metido tus maletas en el coche -anunció su padre, con una mano en el hombro de su hijo. Andrew se quedó helado al oír aquello. El despreocupado comentario solo le recordaba que su marcha de la casa era una realidad-. Faltan menos de tres meses para el día de Acción de Gracias -añadió su padre.

Andrew quiso recordarle que tres meses eran la cuarta parte de un año, un porcentaje nada insignificante de tu vida cuando solo tienes catorce años.

Andrew salió por la puerta principal y cruzó el patio de grava, decidido a no mirar atrás a la casa que tanto quería y que no volvería a ver durante un cuarto de año. Cuando llegó al coche, mantuvo la puerta trasera abierta para que subiera su madre. Luego le dio la mano a la señorita Nichol como si fuese una vieja amiga y le dijo que esperaba volver a verla el día de Acción de Gracias. No estaba muy seguro, pero le pareció que la mujer había estado llorando. Miró hacia la entrada, agitó una mano para despedirse del ama de llaves y la cocinera y subió al coche.

Mientras recorrían las calles de Farmington, Andrew contempló los edificios del que hasta aquel momento había considerado como el centro del mundo entero.

– No te olvides de escribir a casa todas las semanas -le dijo su madre.

Él no hizo caso del consejo redundante, porque la señorita Nichol le había insistido en lo mismo al menos dos veces al día durante todo el último mes.

– Si necesitas dinero, no dudes en llamarme -añadió su padre.

Otro más que no había leído el reglamento. Andrew no le recordó a su padre que en Hotchkiss a los alumnos de primer curso solo les permitían disponer de diez dólares al trimestre. Lo ponía bien claro en la página siete y la señorita Nichol lo había subrayado en rojo.

Nadie habló durante el breve trayecto hasta la estación, cada uno absorto en sus propias preocupaciones. Su padre aparcó el coche delante de la estación y se apeó. Andrew permaneció sentado, poco dispuesto a abandonar la seguridad del coche, hasta que su madre abrió la puerta de su lado. Andrew se reunió con ella sin demora, dispuesto a que nadie se diera cuenta de lo nervioso que estaba. Ella intentó cogerle la mano, pero él corrió al maletero para ayudar a su padre a descargar el equipaje.

Un mozo de cordel llegó junto al coche con un carretón. En cuanto cargó las maletas, los guió hasta el andén y se detuvo ante el vagón número ocho. Andrew se volvió para despedirse de su padre mientras el mozo subía las maletas al vagón. Había insistido en que solo uno de sus progenitores le acompañara en el viaje hasta Lakeville, y como su padre era un hombre de Taft, su madre parecía la elección obvia. En esos momentos comenzaba a lamentar la decisión.

– Que tengas un buen viaje -le deseó su padre y acompañó la despedida con un fuerte apretón de manos. Qué cosas más ridículas decían los padres en las estaciones, pensó Andrew; sin duda era mucho más importante que se dedicara con ahínco a sus estudios cuando estuviera allí-. Y no te olvides de escribirnos.

Andrew subió al vagón con su madre y cuando el tren se puso en marcha no miró ni una vez a su padre en el andén, en la idea de que esto le haría parecer mayor.

– ¿Quieres desayunar? -le preguntó su madre mientras el revisor colocaba las maletas en el portaequipajes.

– Sí, por favor -respondió Andrew, que se animó por primera vez aquella mañana.

Un camarero les acompañó hasta una mesa en el vagón restaurante. Andrew leyó el menú y se preguntó si su madre le permitiría pedir el desayuno completo.

– Pide lo que quieras -le dijo ella, como si le hubiese leído el pensamiento.

Andrew sonrió cuando reapareció el camarero.

– Patatas, dos huevos fritos, beicon y tostadas. -No pidió champiñones porque no quería que el camarero creyera que su madre no le daba de comer.

– ¿Y usted, señora? -preguntó el camarero.

– Solo café y una tostada, gracias.

– ¿Es el primer día del chico? -añadió el camarero.

La señora Davenport asintió sonriente.

¿Cómo lo ha sabido?, se preguntó Andrew.

Andrew tomó su desayuno un tanto nervioso, porque no tenía muy claro si le volverían a dar de comer durante aquel día. En la guía de la escuela no había encontrado mención alguna a las comidas y el abuelo le había comentado que durante sus estudios en Hotchkiss, solo les daban de comer una vez al día. Su madre le repitió cien veces que dejara los cubiertos mientras masticaba.

– Los cuchillos y los tenedores no son aviones y no deben permanecer en el aire más tiempo del necesario -le recordó.

Andrew no sabía que ella estaba casi tan nerviosa como él.

Cada vez que otro chico, vestido con el mismo elegante uniforme, pasaba junto a su mesa, Andrew miraba a través de la ventanilla y rogaba que no se fijaran en él, porque ninguno de los uniformes que vestían se veía nuevo como el suyo. Su madre ya iba por la tercera taza de café cuando el tren entró en la estación.

– Ya hemos llegado -anunció ella sin que hiciera falta.

Andrew permaneció sentado con la mirada puesta en el cartel lakeville del andén mientras varios chicos saltaban del tren y se saludaban los unos a los otros con un «Eh, hola, ¿cómo estás? ¿Qué tal las vacaciones?» seguido de muchos apretones de manos. Por fin miró a su madre y deseó que desapareciera en una nube de humo. Las madres no eran más que otro anuncio de que se trataba de su primer día.

Dos muchachos altos vestidos con americanas cruzadas azules y pantalones grises comenzaron a conducir a los nuevos hacia el autocar que les esperaba. Andrew rezó para que a los padres no les permitieran subir al autocar; de lo contrario, todos se darían cuenta de que era uno de los nuevos.

– ¿Nombre? -le preguntó uno de los muchachos de la americana azul cuando Andrew bajó del tren.

– Davenport, señor -respondió Andrew, con la cabeza un poco echada hacia atrás para poder mirarlo a la cara. ¿Llegaría él alguna vez a ser tan alto?

El muchacho esbozó una sonrisa.

– No me llames señor. No soy maestro, sino solo un monitor del último curso. -Andrew agachó la cabeza. Las primeras palabras que había dicho y ya había quedado como un tonto-. ¿Han cargado tus maletas en el autocar, Fletcher?

¿Fletcher?, pensó Andrew. Por supuesto, Fletcher Andrew Davenport; no corrigió el error del muchacho alto por miedo a equivocarse de nuevo.

– Sí -contestó Andrew.

El dios volvió su atención hacia la madre de Andrew.

– Muchas gracias, señora Davenport -le dijo después de consultar la lista-. Le deseo que tenga un agradable viaje de regreso a Farmington. No se preocupe, Fletcher estará bien atendido -añadió bondadosamente.

Andrew tendió una mano, dispuesto a evitar que su madre le abrazara. Como si las madres pudieran leer el pensamiento. Se estremeció cuando ella lo rodeó con sus brazos. Claro que él no podía comprender lo que Ruth estaba pasando. Cuando su madre por fin lo soltó, Andrew se unió apresuradamente al grupo de chicos que subía al autocar. Vio a un chico, incluso más pequeño que él, sentado solo que miraba a través de la ventanilla. No tardó ni un segundo en sentarse a su lado.

– Soy Fletcher -se presentó con el nombre que le había impuesto el dios-. ¿Cómo te llamas?

– James -le contestó el otro-, pero mis amigos me llaman Jimmy.

– ¿Eres uno de los nuevos? -le preguntó Fletcher.

– Sí -respondió Jimmy en voz baja, sin mirarlo.

– Yo también -le informó Fletcher.

Jimmy sacó un pañuelo y simuló sonarse la nariz, antes de volverse finalmente para mirar a su nuevo compañero.

– ¿De dónde eres?

– De Farmington.

– ¿Dónde está?

– Bastante cerca de West Hartford.

– Mi padre trabaja en Hartford -dijo Jimmy-. Está en la administración municipal. ¿A qué se dedica el tuyo?

– Vende medicamentos -respondió Fletcher.

– ¿Te gusta el fútbol? -preguntó Jimmy.

– Sí -contestó Fletcher, pero solo porque sabía que Hotchkiss permanecía imbatido durante los últimos cuatro años, otra cosa que la señorita Nichol había subrayado en la guía.

El resto de la conversación consistió en una serie de preguntas deshilvanadas de las que ninguno de los dos conocía la respuesta correcta. Fue un extraño comienzo para una amistad que duraría toda la vida.


6

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– Impecable -afirmó su padre mientras comprobaba el uniforme del chico en el espejo del vestíbulo. Michael Cartwright arregló el nudo de la corbata azul de su hijo y le quitó un cabello de la americana-. Impecable -repitió.

Nathaniel solo pensaba en los cinco dólares que había costado el pantalón de pana, a pesar de que su padre había dicho que valían cada centavo.

– Date prisa, Susan, o llegaremos tarde -gritó su padre, con la mirada puesta en el rellano.

Michael aún tuvo tiempo para guardar la maleta en el maletero y sacar el coche del garaje antes de que Susan hiciera su aparición para desearle suerte a su hijo en su primer día en el internado. Ella le abrazó y le besó y Nathaniel agradeció que no hubiera ningún otro hombre de Taft a la vista para presenciarlo. Esperaba que su madre superara la desilusión de que no hubiese escogido el instituto Jefferson, aunque él ya comenzaba a replanteárselo. Después de todo, de haber optado por el instituto podría haber vuelto a casa todas las noches.

Nathaniel se acomodó en el asiento del acompañante y miró la hora en el reloj del salpicadero. Eran casi las siete.

– Venga, papá, vamos -apremió, desesperado por no llegar tarde en su primer día y quedar marcado para siempre por haber cometido una falta.

En cuanto entraron en la autopista, su padre buscó el carril de la izquierda y aceleró hasta alcanzar una velocidad de cien kilómetros por hora, diez kilómetros por encima del límite, confiando en que las posibilidades de que lo pillaran a aquella hora de la mañana eran mínimas. Aunque Nathaniel ya había estado en Taft para la entrevista, no pudo evitar sentir pánico cuando su padre cruzó la impresionante verja de hierro con el viejo Studebaker y avanzó lentamente por el camino de casi dos kilómetros que llevaba hasta el edificio. Se tranquilizó un poco al ver que otros dos o tres coches los seguían, aunque dudaba de que fueran alumnos nuevos. Su padre siguió a una hilera de coches Cadillac y Buick que entraban en el aparcamiento, sin tener muy claro dónde debía aparcar; después de todo, él era un padre nuevo. Nathaniel salió del coche, incluso antes de que su padre pusiera el freno de mano. Pero luego vaciló. ¿Debía seguir a la riada de chicos que se dirigían al edificio principal o los nuevos debían ir a alguna otra parte?

Su padre no dudó en sumarse a la multitud y solo se detuvo cuando un joven alto y de aspecto decidido que llevaba una lista en la mano miró a Nathaniel y le preguntó:

– ¿Eres uno de los nuevos?

Nathaniel no respondió, así que su padre lo hizo por él.

– Sí.

La mirada del joven no se desvió.

– ¿Nombre?

– Cartwright, señor -contestó Nathaniel.

– Ah, sí. Te han asignado al señor Haskins, así que debes ser inteligente. Todas las lumbreras comienzan con el señor Haskins. -Nathaniel bajó la cabeza mientras su padre sonreía-. Cuando entres en el salón de actos -añadió el joven-, puedes sentarte donde quieras en las tres primeras filas del lado izquierdo. En el momento en que escuches las campanadas de las nueve, no hablarás y permanecerás en silencio hasta que el director y el resto de los profesores hayan dejado la sala.

– ¿Qué hago entonces? -preguntó Nathaniel, que procuró disimular que estaba temblando.

– Recibirás instrucciones del profesor de tu clase -le informó el joven que dirigió su atención al padre nuevo-. Nat estará perfectamente, señor Cartwright. Espero que tenga un feliz viaje de regreso a casa, señor.

Justo en ese momento Nathaniel decidió que en el futuro siempre se haría llamar Nat, si bien era consciente de que a su madre no le gustaría.

Cuando entró en el salón de actos, Nat agachó la cabeza y caminó rápidamente por el largo pasillo central, con la ilusión de que nadie repararía en él. Vio un sitio libre al final de la segunda fila y se sentó. Miró al chico a su izquierda, que se sujetaba la cabeza con las manos. ¿Estaría rezando o era posible que estuviese más aterrorizado que Nat?

– Me llamo Nat.

– Yo soy Tom -dijo el otro, sin levantar la cabeza.

– ¿Qué pasará ahora?

– No lo sé, pero desearía saberlo -respondió Tom.

El reloj dio las nueve y todos guardaron silencio.

En fila de uno, como una formación, los maestros avanzaron por el pasillo; Nat comprobó que no había maestras. Su madre no lo aprobaría. Subieron al estrado y ocuparon sus asientos; solo quedaron dos sillas vacías. El cuerpo docente comenzó a hablar en voz baja entre ellos mientras los alumnos permanecían en silencio.

– ¿A qué estamos esperando? -susurró Nat.

Al cabo de un momento su pregunta fue contestada cuando todos se levantaron, incluidos los profesores. Nat se atrevió a mirar cuando escuchó los pasos de dos hombres que caminaban por el pasillo. Unos segundos más tarde, el capellán de la escuela, seguido por el director, pasaron junto a él en su camino hacia las dos sillas vacías. Todos permanecieron de pie mientras el capellán se adelantaba para celebrar un breve oficio religioso, que incluyó el padrenuestro y acabó con todos los reunidos cantando el Himno de Batalla de la República.

El capellán tomó asiento y el director ocupó su lugar. Alexander Inglefield hizo una pausa muy corta antes de mirar al auditorio; luego levantó las manos, con las palmas hacia abajo, y todos se sentaron. Trescientos ochenta pares de ojos miraron al hombre de un metro ochenta y cinco de estatura con las cejas muy pobladas y la mandíbula cuadrada, que ofrecía una figura tan impresionante que Nat confió en que nunca se encontraran. El director cogió los bordes de la larga toga negra a la altura del pecho antes de dirigirse a los presentes durante un cuarto de hora. Comenzó por llevar a los alumnos en un largo paseo por la historia de la escuela y destacó los méritos académicos y los éxitos deportivos de Taft. Miró a los nuevos alumnos y les recordó el lema de la escuela: «Non ut sibi ministretur sed ut ministret».

– ¿Qué significa? -susurró Tom.

– Que no te sirvan, sino servir -le respondió Nat.

El director concluyó el largo discurso con el anuncio de que había dos cosas en las que un Bearcat nunca se podía permitir el fracaso: un examen o un partido contra Hotchkiss, y, como si quisiera dejar bien claras las prioridades, prometió medio día de fiesta si Taft derrotaba a Hotchkiss en el partido de fútbol anual. Esta noticia fue recibida inmediatamente con grandes aclamaciones por todos los allí reunidos, aunque los chicos sentados a partir de la tercera fila sabían que esto no se había conseguido en los últimos cuatro años.

En cuanto acabaron los aplausos, el director abandonó el estrado, seguido por el capellán y el resto del profesorado. Tras su marcha, resurgieron las conversaciones mientras los alumnos de los últimos cursos comenzaban a desfilar hacia la salida. Solo los chicos de las tres primeras filas permanecieron sentados, porque no sabían adónde tenían que ir.

Noventa y cinco chicos continuaron sentados, atentos a lo que sucedería después. No tuvieron que esperar mucho para saberlo, porque un maestro mayor (en realidad solo tenía cincuenta y un años, pero Nat consideró que parecía mucho más viejo que su padre) se plantó delante de los alumnos. Era un hombre bajo, fornido, con un semicírculo de cabellos grises en la cabeza calva. Mientras hablaba, se sujetaba las solapas de la americana, en una imitación de las maneras del director.

– Me llamo Haskins -anunció-. Soy el maestro del primer curso -añadió con una sonrisa desabrida-. Comenzaremos el día con una visita por las instalaciones de la escuela, que durará hasta el recreo de la mañana a las diez y media. A las once, asistiréis a clase. La primera será de historia de Estados Unidos. -Nat frunció el entrecejo, porque la historia no era una de sus materias preferidas-. Luego iréis a comer. No os hagáis muchas ilusiones. -El señor Haskins lo dijo con la misma sonrisa de antes. Algunos chicos se echaron a reír-. Claro que esa es otra de las tradiciones de Taft -les aseguró el señor Haskins- y seguramente cualquiera de vosotros que esté siguiendo los pasos de vuestros padres ya estará debidamente advertido.

Un par de chicos, entre ellos Tom, sonrieron.

Comenzaron el recorrido por las instalaciones y Nat no se separó de Tom ni un momento. Su condiscípulo parecía tener un conocimiento previo de todo lo que Haskins iba a decir. Nat no tardó en enterarse de que no solo el padre de Tom había sido un alumno, sino que también lo había sido su abuelo.

Para la hora en que acabó el recorrido lo había visto todo, desde el lago a la enfermería, y él y Tom eran íntimos amigos. Cuando volvieron al aula veinte minutos más tarde, automáticamente se sentaron juntos.

El señor Haskins entró puntualmente en el aula con las campanadas de las once. Un chico lo siguió en su estela. Tenía una forma de andar que transmitía tan profunda confianza en sí mismo que consiguió llamar la atención de los demás chicos. La mirada del maestro también siguió al nuevo alumno cuando se sentó en el único pupitre vacío.

– ¿Nombre?

– Ralph Elliot.

– Esta será la única y última vez que llegarás tarde a mis clases mientras estés en Taft -dijo Haskins. Hizo una pausa-. ¿Me he expresado con claridad, Elliot?

– Desde luego que sí. -El chico hizo una pausa, antes de añadir-: Señor.

El señor Haskins miró al resto de la clase.

– Nuestra primera clase, como ya os había avisado, será de historia de Estados Unidos, algo muy apropiado, si recordamos que esta escuela fue fundada por el hermano de un antiguo presidente. -Con el retrato de William H. Taft en el vestíbulo principal y una estatua de su hermano en el cuadrángulo, resultaría difícil que incluso el alumno menos espabilado no se hubiera dado cuenta.

»¿Quién fue el primer presidente de Estados Unidos? -preguntó el señor Haskins.

Se alzaron todas las manos. El maestro señaló a un chico de la primera fila.

– George Washington, señor.

– ¿El segundo? -preguntó Haskins.

Esta vez fueron menos las manos alzadas y el seleccionado fue Tom.

– John Adams, señor.

– Correcto. ¿El tercero?

Solo dos manos permanecieron levantadas. Una era la de Nat, la otra del chico que había llegado tarde. Haskins señaló a Nat.

– Thomas Jefferson, mil ochocientos a mil ochocientos ocho.

El señor Haskins asintió, atento a que el chico también sabía las fechas correctas.

– ¿El cuarto?

– James Madison, mil ochocientos nueve a mil ochocientos diecisiete -respondió Elliot.

– ¿El quinto, Cartwright?

– James Monroe, mil ochocientos diecisiete a mil ochocientos veinticinco.

– ¿El sexto, Elliot?

– John Quincy Adams, mil ochocientos veinticinco a mil ochocientos veintinueve.

– ¿El séptimo, Cartwright?

Nat se devanó los sesos.

– No lo recuerdo, señor.

– ¿No lo recuerdas, Cartwright, o sencillamente no lo sabes? -El profesor hizo una pausa-. Hay una considerable diferencia -señaló. Volvió su atención a Elliot.

– William Henry Harrison, creo, señor.

– No, él fue el noveno presidente, Elliot, en mil ochocientos cuarenta y uno, pero como murió de neumonía solo un mes después de jurar el cargo, no le dedicaremos mucho tiempo. Quiero que mañana por la mañana todos podáis decirme el nombre del séptimo presidente. Ahora volvamos a los padres fundadores. Podéis tomar apuntes porque os pediré que escribáis una redacción de tres páginas sobre el tema para la próxima clase.

Nat tomó tres páginas de notas antes de que acabara la lección, mientras que Tom a duras penas consiguió acabar una. Cuando salieron del aula al finalizar la clase, Elliot pasó junto a ellos a toda prisa.

– Tiene toda la pinta de ser un digno adversario -comentó Tom.

Nat se reservó la opinión.

Lo que no podía saber era que Ralph Elliot y él serían adversarios durante el resto de sus vidas.


7

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El partido de fútbol anual entre Hotchkiss y Taft constituía el acontecimiento deportivo del semestre. A la vista de que ambos equipos continuaban invictos en la temporada, no se hablaba de otra cosa desde que acabó el trimestre, y para muchos incluso antes.

Fletcher se dejó llevar por la expectación general y en su carta semanal a su madre le citó por el nombre a todos los jugadores del equipo, aunque comprendió que ella no tenía idea de quiénes eran.

El partido se jugaría el último sábado de octubre y en cuanto se pitara el final del encuentro, todos los alumnos tendrían libre el fin de semana y un día más en el caso de que ganaran.

El lunes anterior al partido, la clase de Fletcher realizó sus exámenes parciales, precedidos por el discurso del director, que sentenció en la reunión de la mañana: «La vida consiste en una serie de pruebas y exámenes; por esa razón en Hotchkiss los hacemos al final de cada semestre».

El martes por la noche Fletcher llamó a su madre para decirle que creía que le había ido bien.

El miércoles le comentó a Jimmy que no estaba muy seguro.

El jueves comprobó todas las cosas que no había incluido y se preguntó si conseguiría un aprobado.

El viernes por la mañana se colocaron las listas con los resultados en el tablón de anuncios de la escuela y el nombre de Fletcher aparecía en primer lugar. Corrió sin demora al teléfono más cercano y llamó a su madre. Ruth no disimuló su alegría cuando escuchó las noticias de su hijo, pero no le dijo que no le sorprendían.

– Tienes que celebrarlo -afirmó.

Fletcher lo hubiese hecho, pero consideraba que no podía cuando vio quién estaba en el último lugar de la clase.

El sábado por la mañana, con todo el alumnado reunido, el capellán dirigió las oraciones «por nuestro invicto equipo de fútbol, que solo juega por la gloria de Nuestro Señor». Se le comunicó a Nuestro Señor el nombre de todos los jugadores y se le preguntó si el Espíritu Santo podría acompañar a todos y cada uno de ellos. Aparentemente el director no tenía ninguna duda sobre el equipo que tendría a Dios de su parte el sábado por la tarde.

En Hotchkiss, todo se decidía por la antigüedad, incluso los lugares de los alumnos en las tribunas. Durante el primer semestre, los nuevos quedaban relegados al extremo más lejano del campo, así que Fletcher y Jimmy se sentaban todos los sábados en la esquina derecha de la portería y observaban a sus héroes ganar un partido tras otro, un récord que, lo tenían muy claro, también compartía Taft.

Como el partido en el campo de Taft coincidía con un fin de semana en que los alumnos podían ir a sus casas, los padres de Jimmy invitaron a Fletcher a unirse a ellos para una comida a pie de coche antes de que comenzara el encuentro. Fletcher no se lo mencionó a ninguno de los otros compañeros, porque le pareció que provocaría sus celos. Ya era bastante malo ser el primero de la clase, para que encima le invitaran a presenciar el partido con un insigne antiguo alumno que tenía asientos en el centro de las gradas.

– ¿Qué tal es tu padre? -preguntó Jimmy, después de que apagaran las luces la noche anterior al partido.

– Es fantástico -dijo Fletcher-, pero debo advertirte que es un hombre de Taft y republicano. ¿Qué tal es el tuyo? Nunca he conocido antes a un senador.

– Es un político hasta la médula, o al menos así lo describen en los periódicos -comentó Jimmy-. No tengo muy claro qué significa.

La mañana del partido nadie fue capaz de concentrarse en la clase de química, a pesar del entusiasmo del señor Bailey por demostrar los efectos del ácido en el cinc, y también porque Jimmy había cerrado la llave principal del gas, así que el profesor ni siquiera había podido encender los mecheros Bunsen.

A las doce sonó la campana y trescientos cincuenta chicos que gritaban a voz en cuello salieron al patio. Parecían una tribu en pie de guerra mientras coreaban sin cesar: «Hotchkiss, Hotchkiss, Hotchkiss ganará, muerte a todos los Bearcats».

Fletcher corrió todo el camino hasta el punto de reunión para recibir a sus padres, mientras los coches y los taxis desfilaban junto al lago. Miró cada vehículo, atento a la aparición de sus padres.

– ¿Cómo estás, Andrew, cariño? -le preguntó su madre en cuanto salió del coche.

– Fletcher, en Hotchkiss soy Fletcher -susurró, al tiempo que rogaba que ninguno de sus compañeros hubiese escuchado la palabra «cariño». Estrechó la mano de su padre, antes de añadir-: Debemos ir al campo ahora mismo, porque estamos invitados por el senador y la señora Gates a una comida a pie de coche.

El padre de Fletcher enarcó una ceja.

– Si no recuerdo mal, el senador Gates es demócrata -comentó con un desdén burlón.

– Además de ser un antiguo capitán del equipo de fútbol de Hotchkiss -señaló Fletcher-. Su hijo Jimmy y yo estamos en la misma clase, es mi mejor amigo, así que, mamá, lo mejor será que tú te sientes junto al senador, y si tú crees, papá, que no podrás soportarlo, puedes ir a sentarte al otro lado del campo con los seguidores de Taft.

– No, creo que podré tolerar al senador. Será magnífico estar junto a él cuando Taft marque el tanto ganador.

Era un precioso día de otoño y los tres caminaron por el manto de hojas secas hasta el campo. Ruth intentó coger la mano de su hijo, pero Fletcher se mantuvo apartado lo necesario para impedírselo. Mucho antes de que llegaran al campo, escucharon los gritos que calentaban el ambiente previo al partido.

Fletcher vio a Jimmy junto a un Oldsmobile familiar. Habían bajado la puerta trasera para convertirla en una mesa donde se amontonaban las más exquisitas viandas que había visto en los últimos dos meses. Un hombre alto y elegante se adelantó.

– Hola, soy Harry Gates. -El senador tendió la mano con la dilatada práctica de un político para saludar a los padres de Fletcher.

El padre de Fletcher se la estrechó.

– Buenas tardes, senador. Soy Robert Davenport y esta es mi esposa Ruth.

– Llámeme Harry. Esta es Martha, mi primera esposa. -La señora Gates se acercó para saludarlos-. Digo que es mi primera esposa para que se mantenga alerta.

– ¿Les apetece una copa? -preguntó Martha, sin reírse de un chiste que seguramente había escuchado infinidad de veces antes.

– Tendrá que ser rápido -dijo el senador, con la mirada puesta en el reloj-, si pretendemos comer antes de que comience el partido. Permítame que le sirva, Ruth, y dejaremos que su marido se las apañe por su cuenta. Huelo a un republicano a cien pasos.

– Me temo que es mucho peor que eso -comentó Ruth.

– No me diga que es un viejo Bearcat porque estoy pensando en declararlo en este estado. -Ruth asintió-. Entonces, Fletcher, será mejor que vengas y hables conmigo, porque tengo la intención de no hacer ningún caso a tu padre.

Fletcher se sintió halagado por la invitación y muy pronto comenzó a acribillar al senador con sus preguntas sobre el funcionamiento del cuerpo legislativo de Connecticut.

– Andrew -dijo Ruth.

– Fletcher, mamá.

– Fletcher, ¿no crees que al senador quizá le agradaría hablar de otra cosa que no sea de política?

– No, a mí me parece bien, Ruth -la tranquilizó Harry-. Los votantes pocas veces hacen preguntas tan inteligentes y confío en que quizá se le pegue algo a Jimmy.

Después de comer el grupo caminó rápidamente hasta las gradas y ocuparon sus asientos solo unos momentos antes del comienzo del partido. Los asientos privilegiados superaban cualquier cosa soñada por cualquiera de los nuevos alumnos, pero el senador Gates no se había perdido ni uno solo de los encuentros contra Taft desde su graduación. Fletcher no podía contener la emoción cuando las manecillas del reloj en el tablero se acercaron a las dos. Miró al otro extremo del campo donde el enemigo coreaba: «Dame una T, dame una A, dame una…» y se enamoró.


La mirada de Nat permaneció fija en el rostro encima de la letra A.

– Nat es el chico más inteligente de nuestra clase -le comentó Tom al padre de su amigo.

Michael sonrió.

– Solo por muy poco -replicó Nat, un poco a la defensiva-. No te olvides de que solo superé a Ralph Elliot por un punto.

– ¿Es posible que sea el hijo de Max Elliot? -dijo el padre de Nat casi para él mismo.

– ¿Quién es Max Elliot?

– En mi ramo, él es lo que se conoce como un riesgo inaceptable.

– ¿Por qué? -le preguntó Nat.

Su padre no amplió su suave comentario y se tranquilizó cuando su hijo se distrajo con las animadoras, que llevaban grandes borlas azules y blancas atadas a las muñecas y estaban ejecutando la típica danza guerrera. La mirada de Nat no se apartaba de la segunda chica por la izquierda, que parecía estar sonriéndole, aunque comprendió que para ella no era más que una mota en el fondo de las gradas.

– Has crecido, si no me equivoco -manifestó el padre de Nat, al ver que al pantalón de su hijo le faltaban casi tres centímetros para tocar los zapatos. Se preguntó con qué frecuencia tendría que comprarle prendas nuevas.

– Pues está claro que la responsable no puede ser la comida de la escuela -apuntó Tom, que seguía siendo el más bajito de la clase.

Nat no respondió. Solo tenía ojos para el conjunto de animadoras.


Tom le golpeó en el brazo para llamarle la atención.

– ¿Cuál de ellas te ha flechado?

– ¿Qué?

– Me has oído perfectamente.

Nat se volvió para evitar que su padre escuchara la respuesta.

– La segunda por la izquierda, la que lleva la A en el jersey.

– Diane Coulter -dijo Tom, complacido al descubrir que sabía algo que su amigo ignoraba.

– ¿Cómo es que sabes su nombre?

– Porque es la hermana de Dan Coulter.

– Pero si es el jugador más feo de todo el equipo -protestó Nat-. Tiene la nariz rota y las orejas como una coliflor.

– También las tendría Diane si hubiese jugado en el equipo todas las semanas durante los últimos cinco años -replicó Tom con una carcajada.

– ¿Qué más sabes de ella? -le preguntó Nat a su amigo con aire de conspirador.

– Ah, así que es serio -exclamó Tom. Esta vez fue Nat quien golpeó a su amigo-. Tenemos que recurrir a la violencia física, ¿no? No creo que sea parte del código de Taft -añadió Tom-. Derrota a un hombre con la fuerza de tus argumentos, no con la fuerza de tu brazo; Oliver Wendell Holmes, si recuerdo correctamente.

– Oh, acaba con la cháchara y responde a la pregunta.

– No sé mucho más de ella, de verdad. Todo lo que recuerdo es que va a Westover y que juega de alero derecho en el equipo de hockey.

– ¿Qué estáis murmurando vosotros dos? -quiso saber el padre de Nat.

– Hablamos de Dan Coulter -contestó Tom, impávido-, uno de nuestros zagueros. Le estaba diciendo a Nat que se come ocho huevos en el desayuno todas las mañanas.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó la madre de Nat.

– Porque uno de los huevos siempre es el mío -respondió Tom, desconsolado.

Mientras sus padres se reían, Nat continuó mirando a la A de taft. Era la primera vez que se fijaba de verdad en una chica. Su concentración fue interrumpida por una tremenda ovación, cuando todos en su lado del estadio se pusieron de pie para saludar al equipo de Taft en su entrada al campo. Unos momentos más tarde, los jugadores de Hotchkiss aparecieron por el otro lado y sus seguidores se levantaron como un solo hombre para aclamarlos.


Fletcher también estaba de pie, pero sus ojos no se desviaban ni un instante de la animadora con la A en el jersey. Se sintió culpable al comprobar que la primera chica de la que se enamoraba era una seguidora de Taft.

– No pareces estar muy atento a nuestro equipo -le susurró el senador al oído.

– Oh, sí que lo estoy, señor -replicó Fletcher y de inmediato volvió su atención a los jugadores de Hotchkiss que realizaban los ejercicios de calentamiento.

Los capitanes de ambos equipos corrieron a través del campo para reunirse con el árbitro principal, que los esperaba en la línea de las cincuenta yardas. El árbitro lanzó al aire una moneda de plata que resplandeció a la luz del sol antes de caer en el césped. Los Bearcats se palmearon los unos a los otros cuando vieron el perfil de Washington.

– Tendría que haber pedido cara -dijo Fletcher.


Nat continuó mirándola mientras Diane subía a las gradas. Se preguntó cómo podría hacer para conocerla. No sería cosa fácil. Dan Coulter era un dios. ¿Cómo podía uno de los chicos nuevos escalar al Olimpo?

– ¡Buena carrera! -gritó Tom.

– ¿Quién ha sido? -preguntó Nat.

– Coulter, por supuesto. Acaba de hacer el primer down.

– ¿Coulter?

– ¡No me digas que todavía estabas mirando a su hermana cuando los Kissies perdieron la pelota!

– No, no lo estaba.

– Entonces podrás decirme cuántas yardas hemos ganado -dijo Tom, que miró a su amigo-. Ya me lo parecía, ni siquiera estabas mirando. -Exhaló un exagerado suspiro-. Creo que ha llegado el momento de aliviarte de tus sufrimientos.

– ¿A qué te refieres?

– Tendré que arreglar un encuentro.

– ¿Puedes hacerlo?

– Claro, su padre tiene un concesionario de coches y nosotros siempre le compramos los coches a él, así que solo tienes que venir y quedarte conmigo durante las vacaciones.

Tom no escuchó si su amigo había aceptado la invitación, porque su respuesta quedó ahogada por otra estruendosa ovación de los seguidores de Taft cuando los Bearcats consiguieron una intercepción.

Cuando sonó el silbato que marcaba el final del primer cuarto, Nat gritó entusiasmado, sin recordar que su equipo iba perdiendo. Permaneció de pie con la ilusión de que la chica de los cabellos rubios rizados y la más cautivadora de las sonrisas quizá se fijara en él. Pero cómo podía hacerlo si estaba saltando como una posesa para animar a los seguidores de Taft para que gritaran todavía más fuerte.

El silbato que indicó el inicio del segundo cuarto sonó demasiado pronto y cuando A desapareció entre la multitud de las gradas para ser reemplazada por treinta musculosos muchachos, Nat volvió a sentarse muy a su pesar y simuló concentrarse en el partido.


– ¿Me permite los prismáticos, señor? -le preguntó Fletcher al padre de Jimmy en el medio tiempo.

– Por supuesto, muchacho -respondió el senador y se los entregó-. Devuélvemelos cuando se reanude el partido.

Fletcher no percibió el tonillo en la voz de su anfitrión mientras enfocaba a la muchacha con la A en el jersey y deseó que se volviera para mirar a la parte contraria más a menudo.

– ¿Cuál es la que te interesa? -le susurró el senador.

– Solo miraba a los jugadores del Taft, señor.

– Si ni siquiera están en el campo -le advirtió el senador. A Fletcher se le subieron los colores-. ¿T, A, F o T? -preguntó el padre de Jimmy.

– La A, señor -admitió Fletcher.

El senador se hizo con los prismáticos, enfocó a la segunda chica por la izquierda y esperó a que se volviera.

– Apruebo tu elección, muchacho. ¿Qué pretendes hacer al respecto?

– No lo sé, señor -manifestó Fletcher, apenado-. A decir verdad, ni siquiera sé su nombre.

– Diane Coulter -le informó el senador.

– ¿Cómo lo sabe, señor? -preguntó Fletcher. Quizá, pensó, los senadores lo sabían todo.

– La investigación, muchacho. ¿Todavía no te lo han enseñado en Hotchkiss? -Fletcher lo miró, desconcertado-. Todo lo que necesitas saber está en la página once del programa -añadió el senador y le pasó el programa abierto.

La página once estaba dedicada a las animadoras de ambos equipos.

– Diane Coulter -repitió Fletcher, que miró embobado la foto.

Era un año más joven que Fletcher -las mujeres todavía están dispuestas a confesar su edad cuando tienen trece años- y tocaba el violín en la orquesta de su escuela. Cuánto lamentó no haber seguido el consejo de su madre y haber aprendido a tocar el piano.


Después de ganar con mucho esfuerzo y sufrimiento una yarda tras otra, Taft consiguió llegar a la línea, marcar el touchdown y situarse por delante. Como estaba mandado, Diane reapareció en el campo para hacer su número.

– Lo tuyo es grave -opinó Tom-. Supongo que tendré que presentártela.

– ¿Es verdad que la conoces? -le preguntó Nat, incrédulo.

– Claro que sí. Hemos estado yendo a las mismas fiestas desde que teníamos dos años.

– Me pregunto si tendrá novio.

– ¿Cómo puedo saberlo? ¿Por qué no pasas una semana con nosotros durante las vacaciones y me dejas a mí que me encargue del resto?

– ¿Puedes hacerlo?

– Te costará.

– ¿Qué tienes pensado?

– Asegúrate de acabar los deberes de las vacaciones antes de venir; así no tendré que preocuparme de repasarlo todo dos veces.

– Trato hecho -dijo Nat.


Sonó el silbato del tercer cuarto y después de una serie de pases brillantes, fue el turno de Hotchkiss de marcar un touchdown que les devolvió la delantera, a la que se aferraron hasta el final del cuarto.

– Hola, Taft, hola, Taft, estáis otra vez donde os merecéis -cantó el senador con voz desafinada, mientras los equipos marchaban al descanso.

– Todavía queda el último cuarto -le recordó Fletcher mientras el senador le pasaba los prismáticos.

– ¿Has decidido a cuál de los dos equipos apoyas, muchacho, o sigues hechizado por la Mata Hari de Taft? -Fletcher lo miró, intrigado. Tendría que averiguar quién era Mata Hari en cuanto volviera a su habitación-. Es probable que viva en la ciudad -añadió el senador-, en tal caso cualquiera de mi equipo tardará dos minutos en averiguar todo lo que necesitas saber de ella.

– ¿Incluso su dirección y el número de teléfono? -preguntó Fletcher.

– Incluso si tiene novio -replicó el senador.

– ¿No será un abuso de su posición? -quiso saber Fletcher.

– Por supuesto que sí -convino el senador Gates-, pero cualquier político haría lo mismo si con ello pudiera asegurarse otros dos votos más en futuras elecciones.

– En cualquier caso, eso no solucionaría el problema de encontrarme con ella mientras estoy encerrado en Farmington.

– Eso lo podrías resolver si vinieras a pasar algunos días con nosotros después de Navidad; luego me ocuparé de que a ella y a sus padres los inviten a algún acto en el Capitolio.

– ¿Puede hacer eso por mí?

– Claro que sí, pero en algún momento tendrás que aprenderte el tema de los pactos si tienes que tratar con un político.

– ¿Qué es un pacto? -preguntó Fletcher-. Haré lo que sea.

– Nunca digas eso, muchacho, porque te encontrarás inmediatamente en desventaja para negociar. Sin embargo, todo lo que quiero a cambio en esta ocasión es que tú te las apañes para que Jimmy consiga no ser el último de la clase. Esa será tu parte del pacto.

– Trato hecho, senador -dijo Fletcher y le estrechó la mano.

– Me alegra escucharte -manifestó el senador-, porque Jimmy parece muy dispuesto a seguir tu liderato.

Era la primera vez que alguien mencionaba que Fletcher pudiese ser un líder. Hasta aquel momento ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Pensó en las palabras del senador y no se dio cuenta de que Taft acababa de marcar el touchdown de la victoria hasta que Diane bajó de las gradas y comenzó a interpretar algo que lamentablemente se parecía mucho al festejo de la victoria. Ese año se había quedado sin un día de fiesta.


Al otro lado del estadio, Nat y Tom permanecieron fuera de los vestuarios, junto con una multitud de seguidores de Taft, quienes, con una única excepción, esperaban para vitorear a sus héroes. Nat le dio un codazo a su amigo cuando ella salió. Tom se adelantó rápidamente.

– Hola, Diane -dijo y, sin esperar la respuesta, añadió-: Quiero presentarte a mi amigo Nat. La verdad es que él quería conocerte. -Nat se sonrojó y no solo porque Diane le pareció incluso más bonita que en la foto-. Nat vive en Cromwell -añadió Tom con la mejor intención-, pero vendrá a pasar unos días con nosotros después de Navidad para que así puedas conocerlo mejor.

Nat solo tuvo clara una cosa después de esta presentación: Tom no había nacido para hacer carrera en el cuerpo diplomático.


8

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Nat hizo todo lo posible por concentrarse en la Gran Depresión. Consiguió leer media página y luego se distrajo. Recordó el breve encuentro que había tenido con Diane, una y otra vez. No tardaba mucho porque ella apenas si había dicho una palabra antes de que apareciera su padre y le comentara que debían marcharse.

Había recortado su foto del programa del partido y la llevaba encima a todas partes. Comenzaba a lamentar no haber cogido por lo menos otros tres programas, porque el recorte estaba a punto de romperse de tanto manoseo. Había llamado a Tom a su casa a la mañana siguiente al partido con la excusa de hablar del crac de Wall Street y después preguntó sin darle mucha importancia:

– ¿Diane dijo algo de mí después de marcharme?

– Dijo que eras un encanto.

– ¿Nada más?

– ¿Qué más podía decir? Solo estuvisteis dos minutos juntos antes de que apareciera tu padre.

– ¿Le gusté?

– Dijo que eras un encanto y, si no recuerdo mal, mencionó algo de James Dean.

– No me lo creo. ¿Eso dijo?

– No, tienes razón, no lo dijo.

– Eres una rata.

– Muy cierto, pero una rata con un número de teléfono.

– ¿Tienes su número de teléfono? -preguntó Nat, incrédulo.

– Veo que te espabilas rápido.

– Dámelo.

– ¿Has acabado el trabajo sobre la Gran Depresión?

– Todavía no, pero lo tendré listo para el fin de semana. Espera mientras busco un lápiz. -Nat escribió el número en el dorso de la foto de Diane-. ¿Crees que se sorprenderá si la llamo?

– Creo que se sorprenderá si no lo haces.


– Hola, soy Nat Cartwright. Supongo que no te acuerdas de mí.

– No. ¿Quién eres?

– Soy el que conociste después del partido contra Hotchkiss y que se parece a James Dean.

Nat se miró al espejo. Nunca se había preocupado antes por su aspecto. ¿De verdad se parecía a James Dean?

Hicieron falta otros dos días y varios ensayos más antes de que Nat reuniera el coraje para marcar el número. En cuanto acabó el trabajo sobre la Gran Depresión, preparó una lista de frases que variaban de acuerdo con la persona que se pusiera al teléfono. Si se trataba del padre, diría: «Buenos días, señor, me llamo Nat Cartwright. Por favor, ¿puedo hablar con su hija?». Si era la madre, diría: «Buenos días, señora Coulter, me llamo Nat Cartwright. Por favor, ¿puedo hablar con su hija?». Si era la propia Diane la que atendía el teléfono, tenía preparadas diez frases, dispuestas en un orden lógico. Colocó las tres hojas de papel en la mesa junto al teléfono, inspiró a fondo y marcó el número con mucho cuidado. Daba la señal de comunicar. Quizá estaba hablando con algún otro chico. ¿Ya le había cogido de la mano, incluso lo había besado? ¿Salían juntos desde hacía tiempo? Un cuarto de hora más tarde llamó de nuevo. Continuaba comunicando. ¿Se había colado algún otro pretendiente? Esta vez solo esperó diez minutos antes de intentarlo de nuevo. En el momento en que escuchó la señal de llamada notó que el corazón se le desbocaba y a punto estuvo de colgar sin más demoras. Miró la lista de frases. Se interrumpió la señal. Alguien había cogido el teléfono.

– Hola -dijo una voz profunda. No necesitaba que le dijeran que era Dan Coulter.

Nat dejó caer el teléfono al suelo. Sin duda los dioses no atendían el teléfono, y en cualquier caso, no tenía preparada ninguna frase para el hermano de Diane. Se apresuró a recoger el aparato y colgó.

Nat releyó el trabajo escolar antes de marcar por cuarta vez. Por fin escuchó la voz de una chica.

– ¿Diane?

– No, soy su hermana Tricia -respondió una voz que sonaba mayor-. Diane no está en casa, pero supongo que volverá más o menos dentro de una hora. ¿Quién la llama?

– Nat. ¿Podrías decirle que la volveré a llamar dentro de una hora?

– Por supuesto -dijo la joven.

– Muchas gracias. -Nat colgó el teléfono. No tenía preparada ninguna pregunta o respuesta para una hermana mayor.

Nat debió de mirar su reloj unas sesenta veces durante la hora siguiente, pero así y todo dejó pasar un cuarto de hora de más antes de marcar el número. Era algo que había leído en la revista Teen: si te gusta una chica, no te muestres ansioso; las espanta. Por fin atendieron la llamada.

– Hola -dijo una voz juvenil.

Nat miró el guión.

– Hola, ¿puedo hablar con Diane?

– Hola, Nat, soy Diane. Tricia me dijo que habías llamado. ¿Cómo estás?

«Cómo estás» no figuraba en el guión. Tuvo que improvisar.

– Estoy bien -consiguió decir-. ¿Cómo estás tú?

– Bien -contestó ella.

Siguió otro largo silencio mientras Nat rumiaba la pregunta o frase adecuada.

– La semana que viene iré a Simsbury para pasar unos días con Tom -leyó al fin con voz monótona.

– Eso es fantástico -exclamó Diane-, entonces espero que nos topemos en algún momento.

Nat estaba seguro de que no había nada en el guión respecto a toparse en algún momento. Intentó leer todas las frases de un tirón.

– Nat, ¿estás ahí? -le preguntó Diane.

– Sí. ¿Hay alguna posibilidad de que nos veamos mientras estoy en Simsbury? -frase número nueve.

– Sí, por supuesto. Me encantaría.

– Adiós -dijo Nat con la mirada puesta en la frase número diez.

Durante el resto de la tarde, Nat intentó recordar toda la conversación en detalle, e incluso la transcribió línea por línea. Subrayó tres veces la frase: «Sí, por supuesto. Me encantaría». Como todavía faltaban cuatro días para ir a casa de Tom, se preguntó si debía llamar de nuevo a Diane, solo para confirmar. Buscó la revista Teen para recabar su consejo, a la vista de que parecían haberse anticipado a todos sus anteriores problemas. Teen no decía nada sobre una segunda llamada, pero sí recomendaba que en la primera cita se debía vestir de manera informal, mostrarse relajado y cada vez que surgiera la oportunidad mencionar a las otras chicas con las que se había salido. Él no había salido nunca con otras chicas y, todavía peor, no tenía prendas informales, aparte de una camisa a cuadros que había escondido en el último cajón de la cómoda media hora después de haberla comprado. Nat contó el dinero que había ahorrado de la paga por repartir periódicos -siete dólares con veinte centavos- y se preguntó si eso bastaría para comprar una camisa y unos pantalones informales. Lamentó no tener un hermano mayor.

Dio los últimos retoques a su trabajo escolar unas pocas horas antes de que se presentara su padre para llevarlo a Simsbury.

Mientras viajaban hacia el norte, Nat no dejó de preguntarse por qué no había llamado a Diane para acordar una hora y el lugar de la cita. Quizá se había marchado o decidido quedarse en casa de un amigo, un novio. ¿A los padres de Tom les molestaría que usara su teléfono en cuanto llegara?

– Oh, Dios mío -exclamó Nat cuando su padre entró con el coche por un camino particular y pasó por delante de una cuadra llena de caballos.

El padre de Nat le hubiese reprochado por blasfemar, pero él también estaba un tanto impresionado. Recorrieron casi dos kilómetros antes de llegar al patio de una magnífica casa colonial con columnas blancas y rodeada de árboles.

– Oh, Dios mío -repitió Nat. Esta vez no se libró de la reprimenda de su padre-. Lo siento, papá, pero Tom nunca mencionó que vivía en un palacio.

– ¿Por qué iba a hacerlo? -replicó su padre-. Cuando es algo por lo que le conocen. Por cierto, no es tu amigo íntimo por el tamaño de su casa, y si lo hubiese considerado necesario para impresionarte, lo hubiese mencionado hace tiempo. ¿Sabes a qué se dedica su padre? Porque una cosa está muy clara, no vende seguros de vida.

– Creo que es banquero.

– Tom Russell, por supuesto. El banco Russell -dijo su padre cuando aparcaron delante de la casa.

Tom les esperaba al pie de la escalinata de la galería.

– Buenas tardes, señor, ¿cómo está usted? -preguntó, mientras abría la puerta del conductor.

– Muy bien, gracias, Tom -respondió Michael, al tiempo que su hijo se apeaba del coche, con su vieja maleta con las iniciales M.C. grabadas junto a la cerradura.

– ¿Se reunirá con nosotros para tomar una copa, señor?

– Es muy amable de tu parte -dijo el padre de Nat-, pero mi esposa me espera para cenar, así que debo emprender el regreso inmediatamente.

Nat agitó una mano en el aire mientras su padre daba la vuelta en el patio y emprendía el viaje de vuelta a Cromwell.

Miró la casa y vio a un mayordomo que esperaba en lo alto de la escalinata. Se ofreció a llevarle la maleta, pero Nat se aferró a ella. El criado le condujo por una magnífica escalera circular hasta el segundo piso y le hizo pasar al dormitorio de los invitados. En casa de Nat solo tenían un dormitorio de invitados, que en esa casa hubiese sido un trastero. En cuanto salió el mayordomo, Tom le dijo:

– Acomódate a tu gusto y después baja, que conocerás a mi madre. Estaremos en la cocina.

Nat se sentó en una de las camas gemelas y con todo el dolor del alma se dijo que nunca podría invitar a Tom a que pasara unos días en su casa.

Tardó unos tres minutos en sacar de la maleta todo lo que había traído: dos camisas, un par de pantalones y una corbata. Dedicó un buen rato a inspeccionar el baño antes de dar algunos saltos en la cama. Era muy mullida. Aún esperó unos minutos antes de salir de la habitación y bajar las escaleras. Se preguntó si sería capaz de encontrar la cocina. El mayordomo le esperaba abajo y lo escoltó por el pasillo. Nat aprovechó para echar un rápido vistazo a cada habitación por la que pasaba.

– ¿Qué? -preguntó Tom-. ¿Está bien tu habitación?

– Sí, es fantástica -le respondió Nat, consciente de que su amigo no le estaba tomando el pelo.

– Mamá, este es Nat. Es el chico más inteligente de la clase, maldita sea.

– Por favor, Tom, habla bien -le amonestó la señora Russell-. Hola, Nat, encantada de conocerte.

– Buenas tardes, señora Russell, lo mismo digo. Tiene usted una casa muy bonita.

– Gracias, Nat. Estamos encantados de que puedas pasar unos días con nosotros. ¿Te apetece una Coca-Cola?

– Sí, por favor.

Una criada de uniforme fue a la nevera, sacó una botella de Coca-Cola y se la sirvió en un vaso con hielo.

– Gracias.

Nat observó a la criada, que volvió junto al fregadero para seguir pelando patatas. Pensó en su madre en Cromwell. También estaría pelando patatas, pero después de haber dado clases durante todo el día en la escuela.

– ¿Quieres que te enseñe la casa? -le preguntó Tom.

– Estupendo, pero ¿puedo hacer antes una llamada?

– No será necesario. Diane ya ha llamado.

– ¿Ya ha llamado?

– Sí, llamó esta mañana para preguntar a qué hora llegarías. Me rogó que no te lo dijera, así que podemos dar por sentado que está interesada.

– Entonces lo mejor será que la llame inmediatamente.

– No, eso es lo último que debes hacer -replicó Tom.

– Dije que lo haría.

– Sí, sé que lo dijiste, pero creo que antes debemos dar una vuelta por la casa.


Cuando la madre de Fletcher lo dejó en la casa del senador y la señora Gates en East Hartford, fue Jimmy quien abrió la puerta.

– Ahora no te olvides de que debes dirigirte al señor Gates como senador o señor.

– Sí, mamá.

– No le molestes con excesivas preguntas.

– No, mamá.

– Recuerda que una conversación entre dos personas debe ser cincuenta por ciento hablar y el otro cincuenta escuchar.

– Sí, mamá.

– Hola, señora Davenport, ¿cómo está usted? -preguntó Jimmy cuando abrió la puerta.

– Muy bien, gracias, Jimmy, ¿y tú?

– Estupendamente. Mamá y papá están en algún acto, pero ¿puedo ofrecerle una taza de té?

– No, muchas gracias. Tengo que llegar a tiempo para presidir una reunión de la junta de la fundación. Por favor, no olvides de darles mis saludos a tus padres.

Jimmy cargó con una de las maletas de Fletcher hasta el cuarto de invitados.

– Te he puesto en la habitación contigua a la mía, así que tendremos que compartir el baño.

Fletcher dejó su otra maleta sobre la cama, antes de observar los cuadros en las paredes: litografías de la guerra civil, por si acaso venía a alojarse algún sureño que no recordara quién había ganado. Los cuadros le recordaron a Jimmy que debía preguntarle a Fletcher si había acabado su redacción sobre Lincoln.

– Sí. ¿Tú has conseguido el número de teléfono de Diane?

– Tengo algo mucho mejor. He descubierto la cafetería donde va casi todas las tardes. Así que podríamos dejarnos caer por allí, a eso de las cinco, y si falla, mi padre ha invitado a los suyos a una recepción en el Capitolio mañana por la tarde.

– Quizá no vayan.

– Lo he mirado en la lista de invitados. Confirmaron su asistencia.

Fletcher recordó súbitamente el pacto que tenía con el senador.

– ¿Cómo llevas los deberes?

– Ni siquiera he empezado a hacerlos -confesó Jimmy.

– Jimmy, si no apruebas los parciales del próximo semestre, el señor Haskins te mandará a la clase de refuerzo y entonces no podré ayudarte.

– Lo sé; también estoy al corriente del pacto que has hecho con mi padre.

– Así pues, si quiero cumplirlo, tendremos que poner manos a la obra mañana mismo. Dedicaremos dos horas todas las mañanas.

– ¡Sí, señor! -gritó Jimmy y chocó los talones-. Pero antes de preocuparnos por el mañana, quizá quieras cambiarte.

Fletcher había traído media docena de camisas y dos pantalones, pero seguía sin tener idea de cómo vestirse en su primera cita. Estaba a punto de pedirle consejo a su amigo, cuando Jimmy le dijo:

– Después de que acabes con las maletas, baja y reúnete con nosotros en la sala. El baño está al final del pasillo.

Fletcher se puso una camisa y el pantalón que había comprado el día anterior en una sastrería que le había recomendado su padre. Se miró en el espejo de cuerpo entero. No sabía qué aspecto tenía, porque nunca se había interesado por la ropa. «Tranquilo y con buena pinta», le había oído decir a un pinchadiscos a sus radioyentes, pero eso ¿qué quería decir? Ya se preocuparía más tarde. Mientras bajaba las escaleras, escuchó unas voces en la sala, una de las cuales no conocía.

– Mamá, recuerdas a Fletcher, ¿no? -dijo Jimmy al ver entrar a su amigo.

– Sí, por supuesto. Mi marido no deja de comentarle a todo el mundo la fascinante conversación que mantuvisteis en el partido de Taft.

– Es muy amable de su parte recordarla -manifestó Fletcher, sin mirarla.

– Sé que tiene muchas ganas de volver a verte.

– Es muy amable de su parte -repitió Fletcher.

– Esta es mi hermanita, Annie.

Annie se sonrojó y no solo porque detestaba que Jimmy la mencionara siempre como su hermanita; su amigo no le había quitado la vista de encima desde el momento en que entró en la habitación.


9

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– Buenas tardes, señora Coulter, es un placer conocerla a usted y a su marido, y esta debe de ser su hija, Diane, si no recuerdo mal. -El señor y la señora Coulter estaban impresionados porque nunca habían tenido ocasión de conocer al senador; no solo su hijo había marcado el touchdown de la victoria contra Hotchkiss, sino que además eran notorios republicanos-. Escucha, Diane -continuó el senador-, hay alguien que quiero presentarte. -La mirada de Harry Gates recorrió el salón en busca de Fletcher, que un momento antes había estado a su lado-. Qué curioso, pero no debes marcharte sin conocerlo. De lo contrario, no podré mantener mi parte del pacto -añadió sin dar más explicaciones.

»¿Dónde se ha metido Fletcher? -le preguntó Harry Gates a su hijo después de que los Coulter fueran a reunirse con los demás invitados.

– Si consigues ver a Annie, encontrarás a Fletcher que le pisa los talones. No se ha separado de ella desde que llegó a Hartford. La verdad es que estoy pensando en comprar una correa y llamarlo Fletch.

– ¿Es cierto eso? Espero que no crea que eso le libera de nuestro pacto.

– Puedes estar tranquilo -le informó Jimmy-. Esta mañana estudiamos Romeo y Julieta durante dos horas y adivina en quién se ve reflejado.

El senador sonrió.

– ¿En qué personaje te ves reflejado tú?

– Creo que soy Mercucio.

– No -le corrigió el padre-, solo podrías ser Mercucio si comienza a perseguir a Diane.

– No lo entiendo.

– Pregúntale a Fletcher. Él te lo explicará.


Tricia abrió la puerta. Iba vestida con un conjunto de tenis.

– ¿Está Diane en casa? -le preguntó Nat.

– No, ha ido con mis padres a una recepción en el Capitolio. Estará aquí dentro de una hora. Soy Tricia, tú y yo hablamos por teléfono. Iba a tomar una Coca-Cola. ¿Quieres una?

– ¿Tu hermano está en casa?

– No, hoy tiene entrenamiento.

– Sí, gracias.

Tricia llevó a Nat hasta la cocina y le señaló un taburete al otro lado de la mesa. Nat se sentó y no dijo nada mientras Tricia abría la puerta de la nevera. Cuando se agachó para coger las dos botellas, se le levantó la minúscula falda. Nat miró embelesado las bragas blancas.

– ¿A qué hora esperas que vuelvan tus padres? -le preguntó mientras ella le echaba unos cubitos de hielo en el vaso.

– No lo sé, así que por el momento, te toca aguantarme.

Nat bebió un trago, sin saber qué decir, porque creía que él y Diane habían quedado para ir a ver Matar a un ruiseñor.


– No sé qué ves en ella -le confesó Jimmy.

– Tiene todo lo que a ti te falta -replicó Fletcher, con una sonrisa-. Es brillante, inteligente, divertida y…

– ¿Estás seguro de que hablamos de mi hermana?

– Sí, no en vano eres tú quien tiene que llevar gafas.

– Por cierto, Diane Coulter acaba de llegar con sus padres. Papá quiere saber si todavía deseas conocerla.

– No tengo un interés especial. Ha bajado de la A a la Z, así que ahora es la chica ideal para ti.

– No, gracias. No necesito que me des tus sobras. A propósito, le hablé a papá de Romeo y Julieta; le comenté que me veía en el personaje de Mercucio.

– Solo si comienzo a salir con la hermana de Dan Coulter, pero ya no estoy interesado en la hija de dicha casa.

– Sigo sin comprenderlo.

– Te lo explicaré mañana por la mañana -le dijo Fletcher, cuando la hermana de Jimmy reapareció con dos botellas de Coca-Cola. Annie frunció el entrecejo al ver a su hermano y él se marchó inmediatamente.

Los dos permanecieron en silencio hasta que Annie preguntó:

– ¿Quieres que te enseñe la sala del Senado?

– Sí, me parece fenomenal -respondió Fletcher.

Ella se volvió para caminar hacia la puerta, con Fletcher un paso atrás.

– ¿Tú ves lo mismo que yo? -le dijo Harry Gates a su esposa mientras Fletcher y su hija abandonaban el salón.

– Por supuesto que sí -contestó Martha Gates-, pero no me preocuparía demasiado, porque dudo mucho que cualquiera de ellos sea capaz de seducir al otro.

– A mí no me impidió intentarlo a su edad, como estoy seguro que recordarás.

– Muy típico de los políticos. Es otra historia que has embellecido con el paso de los años. Porque si no recuerdo mal, fui yo quien te sedujo.


Nat bebía tranquilamente su Coca-Cola cuando sintió el contacto de una mano en el muslo. Se sonrojó, aunque no hizo nada por apartarla. Tricia le sonrió desde el otro lado de la mesa.

– Puedes poner tu mano sobre mi pierna si quieres.

Nat pensó que si no lo hacía ella podía interpretarlo como una descortesía, así que metió una mano debajo de la mesa y la apoyó en el muslo de la muchacha.

– Muy bien -dijo Tricia; bebió un trago-, es más amistoso. -Nat no hizo ningún comentario mientras la mano de la chica se movía más arriba por la pernera-. Tú sígueme -añadió ella.

Así que Nat también movió la mano pero se detuvo al llegar al borde de la falda. Tricia no se detuvo hasta llegar a la entrepierna.

– Tendrás que subir un poco más si quieres alcanzarme -afirmó Tricia y le desabrochó el botón de la cintura-. Por debajo de la falda, no por encima -añadió, sin el menor rubor.

Nat deslizó la mano por debajo de la falda y ella continuó desabrochándole los botones de la bragueta. Titubeó una vez más cuando llegó a las bragas. No recordaba que la revista Teen explicara cosa alguna sobre lo que debía hacer a continuación.


– Esta es la sala del Senado -le dijo Annie mientras miraban desde la galería el semicírculo de escaños azules.

– Es muy impresionante -opinó Fletcher.

– Papá dice que acabarás aquí algún día, o quizá incluso llegues más alto. -Fletcher no le contestó, porque no tenía idea de las pruebas que debía aprobar para convertirse en un político-. Le escuché decirle a mi madre que nunca había conocido a un chico más brillante.

– Bueno, ya sabes lo que dicen de los políticos -replicó Fletcher.

– Sí, lo sé, pero siempre sé cuándo papá no lo dice de verdad porque sonríe al mismo tiempo; esta vez no sonrió.

– ¿Dónde se sienta tu padre? -le preguntó Fletcher, en un intento por cambiar de tema.

– Como jefe de la mayoría se sienta en el tercer escaño por la izquierda en la primera fila. -Annie le señaló el asiento-. No te diré mucho más porque sé que él quiere enseñarte todo el Capitolio. -Le tocó la mano.

– Lo siento -se disculpó Fletcher, que apartó rápidamente la mano, convencido de que había sido un accidente.

– No seas tonto -dijo Annie. Le cogió la mano y esta vez no la soltó.

– ¿No crees que deberíamos volver a la fiesta? -preguntó Fletcher-. De lo contrario comenzarán a preguntarse dónde nos hemos metido.

– Supongo que sí -asintió Annie, pero no se movió-. Fletcher, ¿alguna vez has besado a una chica? -le preguntó en voz baja.

– No, nunca -confesó él, ruborizado hasta las cejas.

– ¿Quieres hacerlo?

– Sí, me gustaría.

– ¿Quieres besarme?

Fletcher asintió. Vio cómo Annie cerraba los ojos y le ofrecía los labios. Él comprobó que todas las puertas estuviesen cerradas, antes de inclinarse y besarla suavemente en la boca. Cuando él se apartó, Annie abrió los ojos.

– ¿Sabes qué es el beso francés? -preguntó.

– No, no lo sé -contestó Fletcher.

– Yo tampoco -reconoció Annie-. Si lo averiguas, ¿me lo dirás?

– Sí, lo haré.


Libro segundo

Éxodo

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– ¿Te presentarás para representante de los estudiantes? -preguntó Jimmy.

– Aún no lo he decidido -le respondió Fletcher.

– Todos esperan que lo hagas.

– Ese es uno de los problemas.

– Mi padre quiere que te presentes.

– Pues mi madre no -dijo Fletcher.

– ¿Por qué no? -preguntó Jimmy.

– Cree que debo dedicar mi último curso a asegurarme de que conseguiré una plaza en Yale.

– Si te nombran representante de los estudiantes, será un punto más a tu favor en la solicitud de ingreso. Soy yo quien lo tendrá muy difícil.

– Estoy seguro de que tu padre tiene varios contactos a quienes llamar si es necesario -comentó Fletcher con una sonrisa.

– ¿Qué opina Annie al respecto? -quiso saber Jimmy, sin hacer caso del comentario.

– Está totalmente dispuesta a aceptar lo que yo decida.

– Entonces quizá me corresponde a mí ser quien incline la balanza.

– ¿Qué se te ha ocurrido?

– Si esperas ganar, tendrás que nombrarme director de tu campaña.

– Eso desde luego serviría para hundirme -manifestó Fletcher. Jimmy cogió uno de los cojines del sofá y se lo arrojó a su compañero-. La verdad es que si quieres garantizar mi victoria -continuó Fletcher, que atrapó el cojín al vuelo-, tendrías que ofrecer tus servicios como director de campaña a mi mayor rival.

Las pullas se interrumpieron cuando el padre de Jimmy entró en la habitación.

– Fletcher, ¿podrías concederme unos minutos?

– Por supuesto, señor.

– Quizá podríamos tener una charla en mi despacho.

Fletcher se levantó en el acto y siguió al senador. Antes de salir miró a Jimmy, pero su amigo se limitó a encogerse de hombros. Se preguntó si habría hecho algo mal.

– Siéntate -le dijo Harry Gates al tiempo que se sentaba al otro lado de la mesa. Guardó silencio durante unos segundos y luego añadió-: Fletcher, necesito un favor.

– Lo que usted quiera, señor. Nunca podré pagarle todo lo que ha hecho por mí.

– Has cumplido más que sobradamente con nuestro acuerdo -señaló el senador-. Durante los últimos tres años, Jimmy ha conseguido mantenerse por encima de la media; nunca lo hubiese hecho de no haber sido por tu apoyo.

– Es muy amable de su parte, pero…

– No es más que la verdad. Ahora lo único que quiero para el chico es asegurarme de que tenga posibilidades de que lo admitan en Yale.

– ¿Cómo puedo ayudarle si ni siquiera yo tengo una plaza segura?

El senador no hizo caso del comentario.

– Trapicheos políticos, muchacho.

– Creo que no le entiendo, señor.

– Si te nombran representante de los estudiantes, como estoy seguro que pasará, lo primero que deberás hacer es designar a un delegado. -Fletcher asintió-. Eso bastaría para inclinar la balanza a favor de Jimmy cuando la oficina de admisiones de Yale decida quiénes ocuparán las últimas plazas.

– Creo que también acaba de inclinar la balanza para mí, señor.

– Gracias, Fletcher, te lo agradezco, pero por favor no le digas nada a Jimmy de esta conversación.


Lo primero que hizo Fletcher al levantarse a la mañana siguiente fue ir a la habitación contigua y sentarse a los pies de la cama de Jimmy.

– Tendrás que tener un muy buen motivo para venir a despertarme -le amenazó Jimmy-, porque estaba soñando con Daisy Hollingsworth.

– Sigue soñando, chico. Medio equipo de fútbol está enamorado de ella.

– Si es así, ¿por qué me has despertado?

– He decidido presentarme para el cargo de representante estudiantil y no me conviene un director de campaña que se pase toda la mañana en la cama.

– ¿Es por algo que te dijo mi padre?

– Indirectamente. -Fletcher se calló un momento-. ¿Quién crees tú que será mi principal contrincante?

– Steve Rodgers -contestó Jimmy sin vacilar.

– ¿Por qué Steve?

– Porque está en el equipo y es un tipo divertido, así que intentarán presentarlo como el chico popular enfrentado al austero académico. Ya sabes, Kennedy contra Stevenson.

– No tenía idea de que conocieras el significado de la palabra austero.

– Basta de bromas, Fletcher -dijo Jimmy y se levantó de la cama-. Si quieres ganarle a Rodgers, tendrás que estar preparado para todo lo que te echen y más. Creo que debemos comenzar por tener un desayuno de trabajo con papá; siempre tiene desayunos de trabajo antes del comienzo de una campaña.


– ¿Hay alguien que pueda querer enfrentarse a ti? -preguntó Diane Coulter.

– Nadie a quien no pueda derrotar.

– ¿Qué me dices de Nat Cartwright?

– No podrá ganarme mientras se sepa que es el favorito del director y que si lo eligen no hará otra cosa que seguir sus órdenes; al menos, eso es lo que mis partidarios le están diciendo a todo el mundo.

– No nos olvidemos de la manera que trató a mi hermana.

– Creía que habías sido tú quien le dio puerta. Ni siquiera sabía que conocía a Tricia.

– No la conocía, pero eso no le impidió intentar propasarse con ella cuando fue a casa para verme.

– ¿Alguien más está enterado de esto?

– Sí, mi hermano Dan. Lo pilló en la cocina con la mano debajo de su falda. Mi hermana se quejó amargamente de que no había podido impedírselo.

– ¿Se quejó? -El joven guardó silencio unos instantes-. ¿Crees que tu hermano estaría dispuesto a respaldarme en las elecciones para representante estudiantil?

– Sí, aunque no creo que pueda hacer gran cosa mientras esté en Princeton.

– Oh, sí que puede -afirmó Elliot-. Para empezar…


– ¿Quién es mi principal contrincante? -preguntó Nat.

– Ralph Elliot, ¿quién si no? -respondió Tom-. Ha estado trabajando en su campaña desde que comenzó el último semestre.

– Eso va contra las reglas.

– No creo que Elliot se haya preocupado mucho nunca de las reglas. Además, y como sabe que tú eres mucho más popular que él, nos podemos esperar una campaña muy sucia.

– Pues yo no pienso seguir ese camino…

– Por tanto, seguiremos el camino Kennedy.

– ¿A qué te refieres?

– Tendrás que abrir tu campaña desafiando a Elliot a un debate.

– No lo aceptará.

– Entonces, ganarás pase lo que pase. Si acepta, lo dejarás como un felpudo. Si no lo hace, diremos que se ha acobardado.

– ¿Cómo plantearías tú el desafío?

– Envíale una carta, ya me encargaré yo de colgar una copia en el tablón de anuncios.

– No puedes poner nada en el tablón sin el permiso del director.

– Para cuando la quiten, la mayoría de la gente la habrá leído; aquellos que no lleguen a tiempo, querrán saber qué decía.

– Para entonces ya me habrán descalificado.

– No mientras el director crea que Elliot puede ganar.


– Perdí mi primera campaña -comentó el senador Gates después de escuchar las noticias de Fletcher-, así que nos aseguraremos de que no cometerás los mismos errores. Para empezar, ¿quién es tu director de campaña?

– Jimmy, por supuesto.

– Nunca «por supuesto»; solo elige a alguien que estés convencido de que es capaz de hacer el trabajo, aunque no seáis íntimos amigos.

– Estoy absolutamente convencido de que puede hacer el trabajo -afirmó Fletcher.

– Muy bien. Ahora, Jimmy, no le serás de ninguna utilidad al candidato -era la primera vez que Fletcher se veía a sí mismo de esa manera- a menos que siempre seas claro y sincero con Fletcher, por muy desagradable que pueda resultar. -Jimmy asintió-. ¿Cuál de tus rivales es el más importante?

– Steve Rodgers.

– ¿Qué sabemos del muchacho?

– Es un buen tipo, pero sin mucha cosa entre las orejas -le informó Jimmy.

– Excepto un rostro apuesto -intervino Fletcher.

– Y varios touchdowns en la última temporada, si la memoria no me falla -añadió el senador-. Ahora que ya sabemos quién es el enemigo, comenzaremos a trabajar con los amigos. Primero, debes escoger un círculo íntimo, digamos seis, ocho como mucho. Solo necesitan tener dos cualidades: energía y lealtad; si además tienen cerebro, mejor que mejor. ¿Cuánto dura la campaña?

– Poco más de una semana. La escuela abre a las nueve de la mañana del lunes y la votación tiene lugar la mañana del martes de la semana siguiente.

– No pienses en semanas -le indicó el senador-, piensa en horas. Dispones de ciento noventa y dos, y todas y cada una de ellas cuentan.

Jimmy comenzó a tomar notas.

– ¿Quiénes tienen derecho a voto? -fue la siguiente pregunta del senador.

– Todos los alumnos.

– Entonces asegúrate de pasar el mismo tiempo con los chicos de los primeros cursos que con los de los cursos superiores. Se sentirán halagados si ven que demuestras un gran interés por ellos. Jimmy, consigue una lista de votantes actualizada, así tendrás la certeza de que podrás ponerte en contacto con todos ellos antes del día de las elecciones. Hay una cosa que debes tener muy presente: los chicos nuevos votarán por la última persona que haya hablado con ellos.

– Hay un total de trescientos ochenta alumnos -dijo Jimmy. Desplegó una hoja de papel de gran tamaño en el suelo-. He marcado en rojo a todos los que ya conocemos, a todos los que creo que votarán a Fletcher en azul, a los chicos nuevos en amarillo y el resto está en blanco.

– Si tienes cualquier duda -le recomendó el senador-, déjalos en blanco, y no te olvides de los hermanos menores.

– ¿Los hermanos menores? -preguntó Fletcher.

– Están marcados en verde -respondió Jimmy-. Uno de los hermanos menores de nuestros partidarios que esté en los primeros cursos será designado como delegado. Su único trabajo consistirá en reunir las firmas de apoyo en su clase y después informar a sus hermanos.

Fletcher lo miró con franca admiración.

– No sé si no tendrías que presentarte tú como candidato a representante estudiantil -dijo-. Es algo que se te da muy bien.

– No, lo que se me da bien es ser director de campaña. Eres tú quien debe ser representante.

El senador, aunque estaba de acuerdo con la opinión de su hijo, se cuidó mucho de decir palabra.


Eran las seis y media de la mañana del primer día del semestre y Nat y Tom ya se encontraban en el aparcamiento desierto. El primer coche en aparecer fue el del director.

– Buenos días, Cartwright -tronó, mientras se bajaba del coche-. Por su exceso de entusiasmo a esta temprana hora, ¿debo deducir que se presentará para representante estudiantil?

– Sí, señor.

– Excelente; y ¿quién es su principal contrincante?

– Ralph Elliot.

El director frunció el entrecejo.

– Entonces será una competición muy dura, porque Elliot no es de los que se rinden fácilmente.

– Es verdad -admitió Tom, mientras el director se marchaba a su despacho y los dejaba para que recibieran al segundo coche.

El ocupante resultó ser un chico nuevo, que echó a correr aterrorizado cuando Nat se le acercó; peor todavía, el tercero lo ocupaban partidarios de Elliot, que rápidamente se dispersaron por todo el aparcamiento, en una maniobra que evidentemente habían planificado.

– Maldita sea -exclamó Tom-, nuestra primera reunión del equipo será durante el recreo de las diez. Es obvio que Elliot ha preparado a su equipo durante las vacaciones.

– No te preocupes -le dijo Nat-. Coge a los nuestros en cuanto bajen de los coches y ponlos a trabajar inmediatamente.

Para el momento en que el último coche descargó a sus ocupantes, Nat ya había respondido a casi un centenar de preguntas y estrechado las manos de más de trescientos chicos, pero solo un hecho estaba claro: Elliot no tenía el menor reparo en prometer cualquier cosa a cambio de su voto.

– ¿No tendríamos que informarles a todos de la clase de sabandija que es Elliot?

– ¿Qué se te ha ocurrido? -le preguntó Nat.

– Cómo amenaza a los chicos nuevos para quedarse con su dinero.

– Nunca se ha podido demostrar.

– Pero hay un millón de denuncias.

– Si hay tantas, entonces sabrán dónde tienen que poner la cruz en la papeleta, ¿no te parece? En cualquier caso, no quiero llevar la campaña por esos derroteros. Prefiero creer que los votantes son capaces de decidir por su cuenta cuál de nosotros merece su confianza.

– No deja de ser una idea original -opinó Tom.

– Al menos el director ha dejado claro que no quiere a Elliot como representante estudiantil -comentó Nat.

– No me parece conveniente que se lo digamos a nadie -replicó Tom-. Podría darle unos cuantos votos más a Elliot.


– ¿Cómo crees que va la campaña? -preguntó Fletcher mientras caminaban alrededor del lago.

– No está muy claro -le respondió Jimmy-. Hay muchos de los cursos superiores que les están diciendo a los dos bandos que apoyarán a su candidato, sencillamente porque quieren aparecer respaldando al vencedor. Tienes que dar gracias de que las elecciones no tengan lugar el sábado por la tarde -añadió.

– ¿Por qué?

– Porque el sábado por la tarde jugamos contra Kent. Si Steve Rodgers marca el touchdown ganador, ya podemos despedirnos de cualquier posibilidad de que llegues a representante estudiantil. Es una pena que el partido se juegue en casa. Si hubieses nacido un año antes o después, no hubiese importado y el efecto hubiese sido mínimo. Pero tal como están las cosas, todos los votantes estarán en el estadio para presenciar el encuentro, así que reza para que perdamos, o al menos para que Rodgers tenga un mal día.

A las dos de la tarde del sábado, Fletcher estaba sentado en las gradas, dispuesto a presenciar los cuatro cuartos que serían los más largos de su vida. Pero ni siquiera él podía haber adivinado las consecuencias.


– Maldita sea, ¿cómo lo ha conseguido? -se quejó Nat.

– Diría que con sobornos y amenazas -contestó Tom-. Elliot siempre ha sido un jugador mediocre, sin méritos para formar parte del equipo de la escuela.

– ¿Crees que se arriesgarán a que juegue?

– ¿Por qué no? St. George a menudo deja que los jugadores más flojos jueguen unos minutos si están seguros de que no afectará al resultado. Luego Elliot se pasará el resto del partido corriendo por las bandas, muy ocupado en saludar a los votantes, mientras que nosotros no podremos hacer otra cosa que mirarlo desde las gradas.

– Entonces tendremos que asegurarnos de que todos nuestros colaboradores estén en sus puestos fuera del estadio unos minutos antes de que acabe el partido, así como no permitir que nadie vea nuestras pancartas hasta el sábado por la tarde. De esa manera, Elliot no tendrá tiempo para preparar las suyas.

– Aprendes deprisa -se admiró Tom.

– Cuando Elliot es tu oponente, no puedes hacer otra cosa.


– No estoy muy seguro de cómo afectará a las votaciones -señaló Jimmy mientras ambos corrían hacia la salida para unirse al resto del equipo-. Al menos Steve Rodgers no podrá estrechar las manos de todos cuando salgan del estadio.

– Me pregunto cuánto tiempo tendrá que estar en el hospital.

– Tres días es todo lo que necesitamos -contestó Jimmy.

Su amigo se echó a reír.

Fletcher no disimuló su satisfacción al ver que su equipo ya estaba bien situado cuando se unió a ellos y varios chicos se acercaron para decirle que votarían por él, aunque así y todo las cosas estaban muy equilibradas. No se apartó de la salida principal, atento a estrechar las manos de todos los chicos de entre catorce y diecinueve años, incluidos, sospechó, algunos partidarios del equipo visitante. Fletcher y Jimmy no se marcharon hasta estar absolutamente seguros de que en el estadio no quedaba nadie más que el personal de mantenimiento.

Mientras caminaban de regreso a sus habitaciones, Jimmy reconoció que nadie podía haber previsto un empate, o que Rodgers estaría camino del hospital antes de que acabara el primer cuarto del partido.

– Si las elecciones se celebraran esta noche ganaría por solidaridad. Si nadie le vuelve a ver antes de las nueve de la mañana del martes, entonces serás el representante estudiantil.

– ¿La capacidad para hacer bien el trabajo no entra en la ecuación?

– Por supuesto que no, idiota. Esto es política.


Las pancartas se veían por todas partes cuando Nat llegó al estadio y los partidarios de Elliot no pudieron hacer otra cosa que acusarlos de juego sucio. Nat y Tom no disimularon las sonrisas mientras se sentaban en las gradas. Las sonrisas se hicieron más grandes cuando St. George marcó en los minutos iniciales del primer cuarto. Nat no quería que Taft perdiera, pero ningún entrenador podía arriesgarse a poner a Elliot en el campo mientras el equipo rival los aventajara; por tanto no hubo cambios hasta que se jugó el último cuarto.

Nat estrechó las manos de todos a la salida del estadio, pero tenía claro que la victoria de Taft sobre St. George en los últimos minutos no favorecía su causa, a pesar de que Elliot había tenido que conformarse con correr por las bandas hasta que los últimos espectadores abandonaron las gradas.

– No te quejes y da gracias de que no lo hicieran entrar en el campo -le recomendó Tom.


El domingo por la mañana, Fletcher fue el alumno encargado de leer el pasaje de la Biblia en la capilla, cosa que dejó sobradamente claro quién era el favorito del director. Al mediodía, él y Jimmy visitaron los alojamientos para preguntar a los estudiantes qué opinaban de la comida. «Es algo infalible para ganar votos -les había asegurado el senador-, incluso si no haces nada al respecto.» Aquella noche, cuando se metieron en la cama, estaban agotados. Jimmy puso el despertador a las cinco y media. Fletcher gimió lastimeramente.

– Una jugada maestra -afirmó Jimmy a la mañana siguiente mientras esperaban que los chicos salieran del salón para ir a las aulas.

– Brillante -admitió Fletcher.

– Eso parece. No es que me queje, porque te hubiese recomendado que hicieras lo mismo, dadas las circunstancias.

Los dos muchachos miraron a Steve Rodgers, que se apoyaba en las muletas, mientras los chicos firmaban sus autógrafos en la pierna enyesada.

– Una jugada maestra -repitió Jimmy-. Da un nuevo sentido al voto solidario. Quizá tendríamos que preguntar: ¿Queréis a un minusválido como representante?

– Uno de los más grandes presidentes en la historia de este país era un minusválido -le recordó Fletcher a su director de campaña.

– Entonces solo nos queda una cosa por hacer. Tendrás que pasar las próximas veinticuatro horas en una silla de ruedas.


Durante el fin de semana, los colaboradores de Nat intentaron transmitir una impresión de absoluta confianza, aunque eran conscientes de que las elecciones serían muy reñidas. Ninguno de los candidatos dejó de sonreír hasta el lunes por la tarde, cuando la campana de la escuela tocó las seis.

– Volvamos a mi habitación -propuso Tom-. Contaremos historias de la muerte de los reyes.

– Historias tristes -opinó Nat.

Todo el equipo se apretujó en la pequeña habitación de Tom; se entretuvieron con el relato de las anécdotas vividas durante la campaña y riéndose de chistes que no eran divertidos, mientras esperaban impacientes conocer los resultados. Una sonora llamada a la puerta interrumpió el bullicio.

– Adelante -dijo Tom.

Todos se pusieron de pie al ver quién era la persona que había llamado.

– Buenas tardes, señor Anderson -saludó Nat.

– Buenas tardes, Cartwright -respondió el jefe de estudios-. Como presidente de la junta electoral en las elecciones para elegir al representante de los estudiantes, debo informarte que debido a la igualdad en el resultado, dispondré un segundo recuento. Por consiguiente, el acto de proclamación de los resultados queda postergado hasta las ocho.

– Muchas gracias, señor Anderson -fue todo lo que Nat pudo decir.

El salón de actos estaba lleno cuando el reloj marcó las ocho. Todos los chicos se levantaron cuando el jefe de estudios entró en la sala. Nat intentó adivinar cuál sería el resultado por la expresión de su rostro, pero hasta los japoneses se hubieran mostrado complacidos con la inescrutabilidad del señor Anderson.

El jefe de estudios se situó en el centro del escenario y les indicó con un gesto que podían sentarse. Había un silencio poco habitual en el salón de actos.

– Debo deciros -comenzó el jefe de estudios- que estas han sido las elecciones más reñidas en los setenta y cinco años de historia de la escuela. -Nat advirtió que le sudaban las palmas de las manos, a pesar de sus esfuerzos por mantener la calma-. El resultado de las elecciones para representante del claustro de estudiantes es el siguiente: Nat Cartwright, ciento setenta y ocho votos. Ralph Elliot, ciento ochenta y uno.

La mitad de los reunidos se levantó como un solo hombre y comenzó a dar vítores, mientras que la otra mitad permanecía sentada y en silencio. Nat abandonó su asiento y se acercó a Elliot con la mano extendida.

El nuevo representante estudiantil no le hizo el menor caso.


Si bien todos sabían que el resultado no se daría a conocer hasta las nueve, el salón de actos se llenó mucho antes de que el director hiciera su entrada.

Fletcher estaba sentado en la última fila, con la cabeza gacha. Jimmy miraba al frente.

– Tendría que haber madrugado mucho más -se lamentó.

– Tendría que haberte roto una pierna -replicó Jimmy.

El director, acompañado por el capellán, apareció por el pasillo como si quisiera demostrar que Dios estaba de alguna manera implicado en la elección del representante de los estudiantes en Hotchkiss. Subió al estrado y se aclaró la garganta.

– El resultado de las elecciones a representante del claustro de estudiantes -anunció el señor Fleming- es el siguiente: Fletcher Davenport, doscientos siete votos; Steve Rodgers, ciento setenta y tres votos. Por tanto, proclamo a Fletcher Davenport representante estudiantil.

Fletcher no perdió ni un segundo en acercarse a Steve y estrecharle la mano. Su oponente le agradeció el gesto con una cálida sonrisa y una expresión casi de alivio. Fletcher vio a Harry Gates junto a la entrada del salón. El senador se inclinó respetuosamente ante el nuevo representante estudiantil.

– Nunca olvidarás tu primera victoria electoral -se limitó a decirle.

Ambos hicieron caso omiso de Jimmy, que no dejaba de dar brincos para celebrar la victoria.

– Creo que ya conoce usted a mi delegado, señor -respondió Fletcher.

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La madre de Nat parecía ser una de las pocas personas que no lamentaba que a su hijo no le hubiesen elegido representante estudiantil. Creía que a partir de entonces dispondría de más tiempo para concentrarse en su trabajo. Si Susan Cartwright hubiese tenido la oportunidad de ver la cantidad de horas que Nathaniel dedicaba a sus estudios, sus preocupaciones se hubieran esfumado en el acto. Incluso a Tom le resultaba difícil apartar a Nat de los libros durante más de unos minutos, a menos que se tratara de su carrera diaria de ocho kilómetros. Ni siquiera cuando batió el récord de la escuela en la carrera a campo través se permitió más de un par de horas para celebrarlo.

La Nochebuena, la Navidad y el Año Nuevo pasaron sin apenas celebraciones. Nat permaneció encerrado en su habitación, con la cabeza metida en los libros. Su madre solo podía confiar en que cuando se marchara a pasar un fin de semana largo en Simsbury con Tom, se tomara un descanso de verdad. Así fue. Nat redujo las horas de estudio a dos por la mañana y otras dos por la tarde. Tom agradeció que su amigo le obligara a mantener la misma rutina, si bien declinó la invitación de acompañarle en el entrenamiento. A Nat le divertía el hecho de que podía correr los ocho kilómetros sin salir de la finca de Tom.

– ¿Alguna de tus muchas conquistas? -le preguntó Nat a su amigo durante el desayuno cuando le vio abrir una carta.

– Ojalá -respondió Tom-. No, es del señor Thompson. Pregunta si me interesaría interpretar uno de los personajes de Noche de Reyes.

– ¿Te interesa?

– No. Es más tu mundo que el mío. Soy un productor nato, no un intérprete.

– Yo no tendría ningún inconveniente en apuntarme para un papel si estuviese seguro de mi solicitud de ingreso en Yale, pero ni siquiera he acabado de redactar el trabajo obligatorio.

– Pues yo ni siquiera he empezado el mío -confesó Tom.

– ¿Cuál de los cinco temas has escogido?

– El control del bajo Mississippi durante la guerra civil -contestó Tom-. ¿Y tú?

– Clarence Darrow y su influencia en el movimiento sindicalista.

– Sí, tuve en cuenta al señor Darrow, pero no me vi capaz de escribir cinco mil palabras sobre el tema. Seguramente tú ya habrás escrito unas diez mil.

– No, pero ya casi tengo terminado el primer borrador y espero tener la redacción definitiva para cuando volvamos en enero.

– El plazo límite para Yale es en febrero; bien podrías considerar la posibilidad de intervenir en la obra. Al menos podrías ir a la prueba. Después de todo, no tiene por qué ser el papel principal.

Nat pensó en el consejo de su amigo mientras untaba una buena cantidad de mantequilla en una tostada. Tom tenía razón, por supuesto, pero Nat creía que aquello podría distraerlo de su principal objetivo: conseguir una beca para Yale. Contempló a través de la ventana la amplia extensión de terreno de la finca y se preguntó cómo sería tener a unos padres para quienes no fueran motivo de preocupación pagar las mensualidades de la escuela, darle dinero para sus gastos o si su hijo podría conseguir un empleo durante las vacaciones de verano.


– ¿Te interesa leer la parte de algún personaje en particular, Nat? -preguntó el señor Thompson mientras miraba al muchacho de un metro ochenta y cinco de estatura, abundante cabellera negra y cuyos pantalones siempre parecían quedarle cortos.

– Antonio, o posiblemente Orsino -contestó Nat.

– Orsino es perfecto para ti -opinó el señor Thompson-, pero había pensado en tu amigo, Tom Russell, para ese personaje.

– Difícilmente podría hacer de Malvolio -señaló Nat, y se echó a reír.

– No, Elliot sería mi candidato para Malvolio -afirmó el señor Thompson con una sonrisa desabrida. El señor Thompson, como muchos otros en Taft, había deseado que Nat fuera el representante de los estudiantes-. Lamentablemente no estaba disponible, mientras que a ti, en realidad, lo que mejor te va es el personaje de Sebastián.

Nat quiso protestar, aunque en su primera lectura de la obra había visto que la interpretación del personaje sería todo un desafío. Sin embargo, la longitud de los parlamentos le exigiría horas de estudio, por no mencionar el tiempo dedicado a los ensayos. El señor Thompson percibió la reticencia del alumno.

– Creo que es el momento de apelar al soborno, Nat.

– ¿Soborno, señor?

– Sí, muchacho. Verás, el director de admisiones en Yale es uno de mis más viejos amigos. Estudiamos juntos humanidades en Princeton y todos los años pasa un fin de semana conmigo. Creo que este año lo invitaré a que venga el fin de semana que representaremos la obra. -Hizo una pausa-. Eso, claro está, contando con que estés dispuesto a interpretar a Sebastián. -Nat no respondió-. Ah, veo que el soborno no es suficiente con alguien con unos muy elevados principios morales, así que me veré obligado a rebajarme a la corrupción.

– ¿La corrupción, señor?

– Sí, Nat, la corrupción. Habrás visto que hay tres personajes femeninos en la obra: la hermosa Olivia, su hermana gemela Viola y la gruñona María, aparte de las secundarias, y no olvidemos que todas se enamoran de Sebastián. -Nat se mantuvo en silencio-. Y mi colega en la escuela Miss Porter -añadió el señor Thompson, que enseñó su carta de triunfo- me ha propuesto que vaya allí el sábado con un chico para que lea las partes masculinas mientras nosotros decidimos quiénes participarán en la selección de los personajes femeninos. -Hizo otra pausa-. Ah, veo que finalmente he conseguido captar tu atención.


– ¿Crees que es posible amar a una misma persona durante toda tu vida? -preguntó Annie.

– Si eres lo bastante afortunado como para encontrar a la persona adecuada, ¿por qué no? -replicó Fletcher.

– Sospecho que cuando te marches a Yale en el otoño te verás rodeado de tantas mujeres inteligentes y hermosas, que te olvidarás de mí.

– Ni hablar -dijo Fletcher. Se sentó a su lado en el sofá y le rodeó los hombros con el brazo-. En cualquier caso, no tardarán mucho en descubrir que estoy enamorado de otra; cuando tú vayas a Vassar, sabrán el motivo.

– Pero para eso todavía falta un año -protestó Annie-, y para entonces…

– Calla. ¿No te has dado cuenta de que todos los hombres que te conocen inmediatamente tienen celos de mí?

– No, no me he dado cuenta -respondió ella sinceramente.

Fletcher miró a la chica de la que se había enamorado cuando ella tenía el pecho plano y un aparato en los dientes. Incluso entonces había sido incapaz de resistirse al encanto de su sonrisa, los cabellos negros, heredados de una abuela irlandesa, y los ojos azul acero de la rama sueca de la familia. En la actualidad, cuatro años más tarde, el tiempo había añadido una grácil silueta y unas piernas que hacían que Fletcher agradeciera la nueva moda de las minifaldas. Annie apoyó una mano en el muslo de Fletcher.

– ¿Estás enterado de que la mitad de las chicas de mi curso ya no son vírgenes?

– Eso me ha dicho Jimmy.

– Es el más indicado para saberlo. -Annie guardó silencio un momento-. Cumpliré los diecisiete el mes que viene y tú nunca has hablado…

– Lo he pensado infinidad de veces, claro que sí -afirmó Fletcher mientras ella movía el cuerpo de forma tal que su mano le tocara los pechos-, pero cuando ocurra, quiero que sea fantástico para los dos y no un motivo de arrepentimiento.

Annie apoyó la cabeza en su hombro.

– Para mí nunca será un motivo de arrepentimiento.

Ella subió un poco más la mano y Fletcher la abrazó.

– ¿A qué hora regresarán tus padres?

– Alrededor de la medianoche. Están en una de esas recepciones interminables que tanto les gustan a los políticos.

Fletcher no se movió mientras Annie comenzaba a desabrocharse la blusa. Cuando llegó al último botón, la deslizó por los hombros y dejó que cayera al suelo.

– Creo que es tu turno -le dijo Annie.

Fletcher se desabrochó rápidamente la camisa y se la quitó. Annie se puso de pie y lo miró, encantada al descubrir el súbito poder que parecía ejercer sobre él. Se bajó la cremallera sin prisas como había visto hacer a Julie Christie en Darling. Como la señorita Christie, no se había preocupado en ponerse una enagua.

– Creo que es tu turno -repitió Annie.

«Oh, Dios mío -pensó Fletcher-. No me atrevo a quitarme los pantalones.» Se quitó los zapatos y los calcetines.

– Eso es hacer trampas -exclamó Annie, que ya se había quitado los zapatos incluso antes de que Fletcher supiera lo que se traía entre manos.

Él se quitó los pantalones y la muchacha se echó a reír. Fletcher se ruborizó cuando miró hacia abajo.

– Es muy agradable saber que puedo hacer eso por ti -añadió Annie.


– ¿Sería posible que te concentraras en el diálogo, Nat? -preguntó el señor Thompson, sin preocuparse en disimular el sarcasmo-. Comienza por «Pero aquí llega la dama».

Rebecca, incluso vestida con el uniforme escolar, destacaba entre todas las chicas que el señor Thompson había reunido para la prueba. La alta y delgada joven con una larga cabellera rubia que le caía sobre los hombros mostraba una confianza en sí misma que cautivó a Nat y una sonrisa que provocó una respuesta instantánea. Cuando ella le devolvió la sonrisa, el muchacho desvió la mirada, avergonzado de haberse extralimitado. Todo lo que sabía de ella era su nombre.

– «¿Qué hay en un nombre?» -dijo.

– Te equivocas de obra, Nat. Inténtalo de nuevo.

Rebecca Armitage esperó mientras Nat se liaba con las palabras.

– «Pero aquí llega la dama…»

Rebecca estaba sorprendida porque cuando le había escuchado antes desde el fondo de la sala, él había parecido muy seguro de sí mismo. Miró su texto y leyó:

– «No me culpes por mis prisas. Si me quieres bien, ven ahora conmigo y este hombre santo a la capilla: allí, ante él y debajo del techo consagrado, júrame toda la seguridad de tu fe; que mi muy celosa y muy desconfiada alma podrá vivir en paz. Él la ocultará mientras tú estés dispuesto a que se vea, cuál será la hora de nuestra celebración de acuerdo con mi nacimiento. ¿Qué dices?».

Nat no dijo nada.

– Nat, ¿has pensado en intervenir? -preguntó el señor Thompson-. ¿No crees que deberías darle la oportunidad a Rebecca de por lo menos leer algunas líneas más? Admito que la mirada de adoración es perfecta y que algunos creerían que eso es actuar, pero en este caso lo nuestro no es una obra para mimos. Quizá haya una o dos personas entre el público que incluso asistan con la intención de escuchar las conocidas palabras del señor Shakespeare.

– Sí, señor, lo siento, señor -respondió Nat y volvió a mirar el texto-. «Seguiré a este hombre santo e iré contigo, y después de jurar la verdad, siempre será la verdad.»

– «Entonces enséñanos el camino, mi buen padre; y que el cielo resplandezca, para que ellos tomen buena nota de mis actos.»

– Muchas gracias, señorita Armitage, no creo que necesite escuchar nada más.

– Pero si ha estado maravillosa -protestó Nat.

– Ah, veo que puedes decir una frase entera sin pausas -dijo el señor Thompson-. Es muy satisfactorio descubrirlo a estas alturas; claro que no tenía idea de que quisieras ser el director además de interpretar al personaje central. Sin embargo, Nat, creo que ya he decidido quién interpretará a la hermosa Olivia.

Nat observó a Rebecca que abandonaba el escenario a toda prisa.

– ¿Qué le parece como Viola? -insistió el muchacho.

– No, si he comprendido la trama correctamente, Nat, Viola es tu hermana melliza y afortunada o desafortunadamente, Rebecca no se parece en nada a ti.

– Entonces María. Podría ser una María maravillosa.

– No lo dudo, pero Rebecca es demasiado alta para interpretar a María.

– ¿Ha pensado en representar a Festo como una mujer? -preguntó Nat.

– No, Nat, sinceramente no lo he pensado, en parte porque no tengo tiempo de reescribir todo el texto.

Nat no advirtió que Rebecca se había ocultado detrás de una columna, en un intento por disimular su vergüenza mientras él continuaba insistiendo.

– ¿Qué le parece como la doncella en la casa de Olivia?

– ¿Qué pasa con ella?

– Rebecca podría ser una doncella fantástica.

– Estoy seguro, pero no puede interpretar a Olivia y ser su doncella al mismo tiempo. Alguno de los espectadores podría darse cuenta. -Nat abrió la boca pero no dijo nada-. Ah, al fin un poco de silencio, aunque tengo plena confianza en que esta noche reescribirás toda la obra para asegurarte de que Olivia tenga varias escenas nuevas con Sebastián que el señor Shakespeare ni siquiera se planteó. -Nat oyó una risita detrás de la columna-. ¿Tienes alguna otra propuesta para la doncella, Nat, o puedo continuar con la selección de los actores?

– Lo siento, señor -dijo Nat-. Lo siento.

El señor Thompson subió al escenario, le sonrió a Nat y luego le susurró:

– Si pensabas hacerte el duro, Nat, debo decirte que la has fastidiado. Te has mostrado más dispuesto que una prostituta en un casino de Las Vegas. Te interesará saber que la obra escogida para el año que viene es La fierecilla domada, cuya historia me parece más adecuada para tu caso. Cuán diferente hubiese sido tu vida de haber nacido un año más tarde… Así y todo, buena suerte con la señorita Armitage.


– El chico debe ser expulsado -manifestó el señor Fleming-. No hay ningún otro castigo más apropiado.

– Señor, Pearson solo tiene quince años -alegó Fletcher- y se disculpó con la señora Appleyard inmediatamente.

– Era lo mínimo que podía hacer -señaló el capellán, quien hasta el momento no había dado su opinión.

– En cualquier caso -añadió el director, mientras se levantaba-, ¿te imaginas el efecto en la disciplina de la escuela si se llegara a saber que puedes insultar a la esposa de un maestro y salir bien librado?

– ¿Es posible que decir «condenada tía» condicione todo el futuro del chico?

– Esa es la consecuencia de los malos modales -replicó el director-; así al menos estaremos seguros de que aprenderá la lección.

– ¿Qué es lo que aprenderá? -preguntó Fletcher-. ¿Que en la vida se cometen errores o que nunca se debe insultar a nadie?

– ¿Por qué lo defiendes con tanta vehemencia?

– En la primera lección que le oí dar, señor, nos dijo que no levantarse y protestar cuando se cometía una injusticia era un acto de cobardía.

El señor Fleming miró al capellán, quien no hizo comentario alguno. Recordaba la clase muy bien. Después de todo, repetía invariablemente el mismo texto todos los años.

– ¿Puedo hacerle una pregunta impertinente? -le preguntó Fletcher al capellán.

– Sí -respondió el doctor Wade, un poco a la defensiva.

– ¿No ha sentido usted nunca el deseo de maldecir a la señora Appleyard? Porque yo sí, varias veces.

– Esa es la cuestión, Fletcher, tú has sabido contenerte. Pearson no lo hizo y por tanto debe ser castigado.

– Si el castigo tiene que ser la expulsión, señor, entonces me veo en la obligación de dimitir como representante de los estudiantes, porque la Biblia nos dice que el pensamiento es tan malo como el hecho.

Los dos hombres lo miraron, incrédulos.

– ¿Por qué, Fletcher? Sin duda eres consciente de que si dimites podrías poner en peligro tus posibilidades de ingreso en Yale.

– La clase de persona capaz de permitir que algo así le influya no se merece ocupar una plaza en Yale.

La afirmación los dejó tan pasmados que tardaron unos momentos en reaccionar.

– ¿No te parece una actitud un tanto radical? -quiso saber el capellán.

– No lo es para el chico en cuestión, doctor Wade, y no estoy dispuesto a quedarme de brazos cruzados mientras sacrifican a ese alumno en aras de una mujer a quien le divierte mortificar a los chicos más pequeños.

– ¿Estás dispuesto a dimitir de tu cargo de representante estudiantil solo para demostrar que tienes razón? -le preguntó el director.

– No hacerlo, señor, sería casi repetir lo que hizo su generación en los años de McCarthy.

Otro largo silencio siguió a estas palabras; de nuevo fue el capellán quien lo rompió.

– ¿El chico se disculpó personalmente con la señora Appleyard?

– Sí, señor, y después le envió una carta en el mismo sentido.

– Entonces quizá estar a prueba durante el resto del semestre podría ser más adecuado -dictaminó el director con una mirada al capellán.

– Junto con la pérdida de todos los privilegios, incluidos los permisos de fin de semana, hasta nuevo aviso -añadió el doctor Wade.

– ¿Consideras que es un acuerdo justo, Fletcher? -El director lo miró con las cejas enarcadas.

Esta vez le tocó a Fletcher permanecer en silencio.

– Tendrás que aprender a negociar en la vida, Fletcher -intervino el capellán-, si esperas ser un político de éxito.

Fletcher no respondió inmediatamente, sino que se tomó un momento de reflexión.

– Acepto su juicio, doctor Wade -manifestó. Después miró al director y añadió-: Muchas gracias por su indulgencia, señor.

– Gracias a ti, Fletcher -respondió el señor Fleming cuando el representante de los estudiantes se levantó para abandonar el despacho.

– Sabiduría, coraje y convicción son virtudes poco habituales en un adulto -comentó el director en voz baja cuando se cerró la puerta-, pero verlas todas en un muchacho…


– ¿Cuál es su explicación, señor Cartwright? -preguntó el decano de la junta de admisiones de Yale.

– No tengo ninguna, señor -admitió Nat-. Tiene que tratarse de una coincidencia.

– Es demasiada coincidencia -señaló el decano de temas académicos- que gran parte de su trabajo sobre Clarence Darrow sea idéntico palabra por palabra con el de otro alumno de su clase.

– ¿Cuál es su explicación?

– Dado que presentó su trabajo una semana antes que el suyo y que estaba manuscrito mientras que el suyo estaba mecanografiado, no hemos considerado necesario pedirle una explicación.

– ¿Por casualidad su nombre no será Ralph Elliot? -preguntó Nat.

Ninguno de los miembros de la junta respondió a la pregunta.

– ¿Cómo consiguió hacerlo? -le preguntó Tom cuando Nat regresó a Taft a última hora de la tarde.

– Tuvo que copiar mi trabajo mientras yo estaba en los ensayos de Noche de Reyes en Miss Porter.

– Así y todo, necesitaría sacar el trabajo de tu habitación.

– Algo que no debió de ser muy difícil -opinó Nat-. Si no lo cogió de la mesa, lo sacó del archivador. Estaba guardado en una carpeta con el nombre de Yale.

– Lo que tú quieras, pero se arriesgó mucho si entró en tu habitación mientras estabas ausente.

– No, si eres el representante de los estudiantes. No olvides que está a cargo del lugar, nadie le pregunta lo que hace. Tuvo tiempo más que sobrado para copiar el texto y devolver el original a mi habitación sin que nadie lo advirtiera.

– ¿Qué ha decidido la junta?

– Gracias a que el director me brindó todo su apoyo y más, Yale ha decidido aplazar mi solicitud para el año que viene.

– O sea, que Elliot se ha salido con la suya una vez más.

– No, te equivocas -replicó Nat, con voz firme-. El director dedujo lo que tuvo que ocurrir, porque Yale también le ha negado la plaza a Elliot.

– Eso solo posterga el problema para el año que viene -opinó Tom.

– Afortunadamente no es así -manifestó Nat, que sonrió por primera vez-. El señor Thompson también decidió tomar cartas en el asunto y llamó al jefe de admisiones, con el resultado de que Yale no le volverá a ofrecer a Elliot la oportunidad de inscribirse.

– El bueno de Thomo -exclamó Tom-. ¿Qué piensas hacer con el año que tienes por delante? ¿Te unirás al Cuerpo de Paz?

– No, tengo la intención de pasarlo en la Universidad de Connecticut.

– ¿Qué se te ha perdido allí? -preguntó Tom-. Podrías…

– Es la primera opción de Rebecca.

<p id="_Toc320818455">12</p>

El rector de Yale miró al millar de nuevos alumnos. En el plazo de un año, algunos de ellos descubrirían que los estudios eran demasiado arduos y se trasladarían a otras universidades; otros sencillamente renunciarían a sus carreras. Fletcher Davenport y Jimmy Gates estaban en la sala y escuchaban con atención todas y cada una de las palabras que les dirigía el rector Waterman.

– No desperdiciéis ni un solo momento de vuestro tiempo mientras estéis en Yale, o lamentaréis durante el resto de vuestras vidas no haber aprovechado todas las ventajas que os ofrece esta universidad. Los tontos se marchan de Yale solo con un título debajo del brazo, el hombre sabio lo hará con los conocimientos necesarios para enfrentarse a cualquier obstáculo que le presente la vida. Aprovechad todas las oportunidades que se os ofrecen. No tengáis miedo a ningún desafío y si fracasáis, no hay ninguna razón para sentirse avergonzado. Aprenderéis mucho más de vuestros errores que de vuestros triunfos. No tengáis miedo de vuestro destino. No tengáis miedo a nada. Poned en cuestión cualquier autoridad y no dejéis que se diga de vosotros: «Caminé por un sendero pero nunca dejé ninguna huella».

El rector de Yale volvió a su asiento después de casi una hora de discurso y todos los alumnos se pusieron de pie para dedicarle una estruendosa ovación. Trent Waterman, que no era partidario de tales efusiones, abandonó el estrado inmediatamente.

– Creía que tú no te sumarías a la ovación -le comentó Fletcher a su amigo mientras salían de la sala-. Si no recuerdo mal tus palabras fueron: «Solo porque todo el mundo lo ha hecho durante los últimos diez años, eso no quiere decir que deba sumarme a la tropa».

– Lo admito. Estaba en un error -respondió Jimmy-. Fue incluso más impresionante de lo que mi padre dijo que sería.

– Estoy seguro de que tu respaldo le quitará un peso de encima al señor Waterman -le dijo Fletcher.

Jimmy apenas le escuchó, atento como estaba a la presencia de una joven cargada con un montón de libros que caminaba unos pocos pasos por delante de ellos.

– Aprovecha todas las oportunidades -le susurró Jimmy al oído.

Fletcher se preguntó si debía evitar que su amigo hiciera el ridículo más total, o dejarlo abandonado a su suerte.

– Hola, soy Jimmy Gates. ¿Me permites que te ayude con los libros?

– ¿Qué tiene pensado, señor Gates? ¿Llevarlos o leérmelos? -le contestó la mujer sin detenerse.

– Para empezar pensaba en llevarlos y después ¿por qué no dejamos que las cosas sigan su curso?

– Señor Gates, tengo dos normas que cumplo a rajatabla: no salir con un nuevo estudiante ni con un pelirrojo.

– ¿No crees que ha llegado el momento de saltarte las dos? Después de todo, el rector acaba de decirnos que nunca debemos tener miedo a un nuevo desafío.

– Jimmy -intervino Fletcher-, creo…

– Ah, sí, este es mi amigo Fletcher Davenport. Es un tipo muy listo, así que él podría ayudarte con la lectura.

– No lo creo, Jimmy.

– Como puedes ver, también es muy modesto.

– Un problema que a usted no le afecta, señor Gates.

– Desde luego que no. Por cierto, ¿cómo te llamas?

– Joanna Palmer.

– Es evidente que tú no eres una de las nuevas alumnas, Joanna.

– No, no lo soy.

– Entonces eres la persona ideal para ayudarme y socorrerme.

– ¿Qué tiene pensado? -preguntó la señorita Palmer, mientras subían las escalinatas de Sudler Hall.

– ¿Qué te parece invitarme a cenar esta noche? Así me pones al corriente de todo lo que debo saber de Yale -propuso Jimmy, cuando se detuvieron delante de la puerta del anfiteatro-. Eh. -Se volvió hacia Fletcher-. ¿No es aquí donde teníamos que venir?

– Así es. Intenté advertirte.

– ¿Advertirme? ¿De qué? -preguntó Jimmy, mientras abría la puerta para que entrara la señorita Palmer.

La siguió sin perder un segundo con la intención de sentarse a su lado. El súbito silencio de los alumnos que ya se encontraban en el recinto sorprendió a Jimmy.

– Le pido disculpas en nombre de mi amigo, señorita Palmer -susurró Fletcher-. Le aseguro que tiene un corazón de oro.

– Y por lo que se ve, empuje no le falta -replicó Joanna-. Por cierto, no se lo diga, pero me halagó muchísimo que me confundiera con una alumna.

Joanna Palmer dejó la pila de libros en la mesa y se volvió para mirar el abarrotado anfiteatro.

– La Revolución francesa marca el inicio de la historia moderna europea -comenzó mientras los alumnos la miraban embelesados-. Estados Unidos ya había destronado a un monarca -hizo una pausa-, sin tener que cortarle la cabeza… -Su mirada recorrió los bancos mientras los alumnos se reían, hasta que dio con Jimmy Gates. Él le guiñó un ojo.


Cruzaron el campus para asistir a su primera clase, cogidos de la mano. Se habían hecho amigos durante los ensayos de la obra, inseparables en la semana de representaciones y ambos perdieron juntos la virginidad en las vacaciones de primavera. Cuando Nat le dijo a su amante que no iría a Yale, sino que estaría con ella en la Universidad de Connecticut, Rebecca se sintió culpable por la felicidad que le produjo la noticia.

A Susan y Michael Cartwright les gustó Rebecca desde el momento que la vieron y su desilusión ante el hecho de que Nat tendría que esperar un año para ser admitido en Yale se aminoró al ver a su hijo tan tranquilo por primera vez en su vida.

La primera clase en Buckley Hall era de literatura norteamericana y la daba el profesor Hayman. Durante las vacaciones de verano, Nat y Rebecca habían leído a todos los autores citados en la lista: James, Faulkner, Hemingway, Fitzgerald y Bellow, y después hablaron ampliamente de Washington Square, Las uvas de la ira, Por quién doblan las campanas, El gran Gatsby y Herzog. Por tanto, el martes por la mañana, cuando ocuparon sus asientos en el aula, estaban seguros de estar bien preparados. En cuanto el profesor Hayman comenzó sus explicaciones, ambos comprendieron que solo habían leído los textos y poco más. No habían tenido en cuenta las diferentes influencias que el nacimiento, la crianza, la educación, la religión y las puras circunstancias habían ejercido en sus obras, ni tampoco habían pensado para nada en el hecho de que el don de la narración no era algo reservado a ninguna clase social, raza o credo particular.

– Tomemos, por ejemplo, a Scott Fitzgerald -continuó el profesor-, en el cuento «Bernice se corta los cabellos»…

Nat apartó un momento la mirada de sus apuntes y vio la nuca. Le entraron náuseas. Dejó de escuchar las opiniones del profesor Hayman referentes a Fitzgerald y continuó mirando durante algún tiempo antes de que el alumno se volviera para hablar con su vecino. Los peores temores de Nat se vieron confirmados. Ralph Elliot no solamente se encontraba en la misma universidad, sino que incluso asistía al mismo curso. Casi como si hubiese tenido el presentimiento de que le observaban, Elliot se volvió súbitamente. No hizo ningún caso de Nat, porque toda su atención parecía concentrada en Rebecca. Nat la miró, pero ella estaba demasiado atenta a las notas que tomaba referentes a los graves problemas con la bebida que había tenido Fitzgerald durante su estancia en Hollywood como para darse cuenta del muy claro interés de Elliot.

Nat esperó a que Elliot abandonara el aula antes de recoger sus libros y levantarse.

– ¿Quién era ese que no dejaba de volverse para mirarte? -le preguntó Rebecca cuando se dirigían al comedor.

– Se llama Ralph Elliot. Estábamos en el mismo curso en Taft y creo que te miraba a ti, no a mí.

– Es muy guapo -opinó Rebecca con una amplia sonrisa-. Me recuerda un poco a Jay Gatsby. ¿Es él el chico que según el señor Thompson hubiese sido un buen Malvolio?

– A su medida, creo que fueron las palabras exactas de Thomo.

Durante la comida, Rebecca insistió para que Nat le contara más cosas de Elliot, pero él le contestó que no había gran cosa que decir e intentó inútilmente cambiar de tema.

Si disfrutar de la compañía de Rebecca significaba estar en la misma universidad con Ralph Elliot, entonces tendría que aprender a soportarlo.

Elliot no asistió a la clase de la tarde sobre la influencia española en las colonias y cuando llegó la hora de acompañar a Rebecca hasta su habitación, Nat prácticamente se había olvidado de la desagradable presencia de su viejo rival.

Los dormitorios de las chicas estaban en el campus sur y el consejero de los estudiantes de primero le había advertido a Nat que iba contra las normas la presencia de los varones en los dormitorios después del anochecer.

– El tipo que redactó las normas -comentó Nat, mientras yacía junto a Rebecca en la cama individual- debía de creer que los estudiantes solo podían disfrutar del sexo en la oscuridad.

Rebecca soltó una carcajada y se puso el jersey.

– Eso significa que durante el semestre de primavera no tendrás que volver a tu habitación hasta las nueve -señaló la muchacha.

– Quizá las normas me permitirán quedarme contigo después del semestre de verano -dijo Nat, sin dar más explicaciones.

Durante el primer semestre, Nat apenas tuvo ningún contacto con Ralph Elliot. Resultó un alivio comprobar que su rival no tenía ningún interés por las carreras a campo través, el teatro o la música. Por tanto, se sorprendió cuando lo vio conversando con Rebecca delante de la capilla el último domingo del semestre. Elliot se alejó rápidamente en cuanto vio que Nat se aproximaba.

– ¿Qué quería? -preguntó Nat a la defensiva.

– Solo me hablaba de sus ideas para mejorar el claustro de estudiantes. Se presentará para delegado de los estudiantes de primero y quería saber si tú tenías la intención de presentarte.

– No, no pienso hacerlo -contestó Nat muy decidido-. Ya he tenido más que suficiente con una campaña.

– Creo que es una lástima -señaló Rebecca; apretó la mano de Nat-. Sé de muchos de nuestro curso que confían en que te presentarás.

– No mientras él concurra a las elecciones.

– ¿Por qué le odias tanto? -le preguntó Rebecca-. ¿Solo porque te derrotó en aquellas ridículas elecciones en la secundaria? -Nat miró a Elliot, que mantenía una conversación muy animada con un grupo de alumnos, con la misma sonrisa falsa de siempre y sin duda haciendo las mismas imposibles promesas-. ¿No crees posible que quizá haya cambiado?

Nat no se molestó en responderle.


– Muy bien -anunció Jimmy-, las primeras elecciones en las que te puedes presentar serán para elegir a los delegados estudiantiles, en el claustro de Yale.

– Esperaba no tener que participar en ninguna campaña durante mi primer curso -protestó Fletcher- y concentrarme en los estudios.

– Es algo que no te puedes permitir -declaró Jimmy.

– ¿Se puede saber por qué no?

– Porque las estadísticas demuestran que todo aquel que es elegido para formar parte del claustro en su primer curso tiene casi todas las probabilidades de convertirse en representante tres años más tarde.

– Quizá no quiera ser el representante del claustro -manifestó Fletcher, con una amplia sonrisa.

– Quizá Marilyn Monroe no quería ganar un Oscar -replicó Jimmy, y sacó un libro de su cartera.

– ¿Qué es eso?

– Las fotos de los alumnos de primero; los mil veintiuno que hay.

– Ya veo que una vez más has comenzado la campaña sin consultar con el candidato.

– Tenía que hacerlo, porque no me puedo permitir esperar cruzado de brazos a que tú acabes de decidirte. He estado haciendo algunas averiguaciones y he descubierto que casi no tienes ninguna posibilidad de ser considerado como candidato al claustro si no eres uno de los oradores en el debate de los alumnos de primero que tiene lugar en la sexta semana.

– ¿Cómo es eso?

– Porque es la única ocasión en que todos los alumnos de primero se reúnen en una misma sala y tienen la oportunidad de escuchar a los posibles candidatos.

– ¿Qué hay que hacer para que te seleccionen como orador en el debate?

– Depende del lado de la moción que quieras apoyar.

– Sí, muy bien. ¿Cuál es la moción?

– Me complace ver que por fin comienza a interesarte el desafío, porque ahí tenemos el segundo problema. -Jimmy sacó una octavilla de uno de los bolsillos interiores de la americana y leyó el tema del debate: Estados Unidos debería retirarse de la guerra de Vietnam.

– No veo cuál es el problema -opinó Fletcher-. Estoy más que dispuesto a oponerme a esa moción.

– Ese es el problema -exclamó Jimmy-. Cualquiera que se oponga es historia, incluso si tiene la pinta de Kennedy y la labia de Churchill.

– Si soy capaz de presentar un buen alegato, quizá consideren que soy la persona adecuada para representarlos en el consejo.

– Por muy persuasivo que seas, Fletcher, seguirá siendo un suicidio, porque casi todos los estudiantes están contra la guerra. ¿Por qué no dejar que lo haga algún loco que nunca quiso que lo eligieran?

– Eso me recuerda a mí mismo -replicó Fletcher- y en cualquier caso, quizá crea…

– No me importa lo que creas -le interrumpió Jimmy-. Mi único interés es que salgas elegido.

– Jimmy, ¿careces de escrúpulos morales?

– ¿Cómo podría tenerlos? -respondió Jimmy en el acto-. Mi padre es un político y mi madre agente de la propiedad inmobiliaria.

– A pesar de tu pragmatismo, no me veo capaz de hablar en favor de esa moción.

– Entonces estás condenado a una vida de incesantes estudios y tener a mi hermana de la manita.

– No me parece nada mal, sobre todo cuando tú pareces del todo incapaz de mantener una relación seria con una mujer durante más de veinticuatro horas.

– Esa no es la opinión de Joanna Palmer -afirmó Jimmy, para gran diversión de su compañero.

– ¿Qué hay de tu otra amiga, Audrey Hepburn? Hace tiempo que no la veo por el campus.

– Yo tampoco, pero solo es cuestión de tiempo que acabe conquistando el corazón de la señorita Palmer.

– Solo en tus sueños, Jimmy.

– A su debido momento vendrás a pedirme perdón de rodillas, hombre de poca fe, y te aviso que será antes de tu desastrosa aportación al debate de los alumnos de primero.

– No me harás cambiar de opinión, Jimmy, porque si tomo parte en el debate, me opondré a la moción.

– Te gusta ponerme las cosas difíciles, ¿no es así, Fletcher? Por lo menos, hay una cosa clara: los organizadores agradecerán tu participación.

– ¿Cómo es eso?

– Porque no han encontrado a nadie con aspiraciones a candidato dispuesto a hablar en contra de la retirada.


– ¿Estás segura? -preguntó Nat, en voz baja.

– Sí, del todo -contestó Rebecca.

– Entonces tendremos que casarnos lo antes posible.

– ¿Por qué? Estamos en los sesenta, la era de los Beatles, la marihuana y el amor libre. Por tanto, ¿por qué no puedo abortar?

– ¿Es eso lo que quieres? -replicó Nat, incrédulo.

– No sé lo que quiero -admitió Rebecca-. Acabo de enterarme esta mañana. Necesito un poco más de tiempo para pensarlo.

– Me casaré contigo hoy mismo si me aceptas. -Nat le cogió una mano.

– Sé que lo harías -dijo Rebecca, y le apretó la mano-, pero debemos enfrentarnos al hecho de que esta decisión afectará al resto de nuestras vidas. No es algo que debamos decidir a la ligera.

– Tengo una responsabilidad moral contigo y con el bebé.

– Pues yo tengo que pensar en mi futuro -replicó Rebecca.

– Quizá tendríamos que contárselo a nuestros padres y ver cómo reaccionan.

– Eso es lo último que se me ocurriría hacer. Tu madre querría que nos casáramos esta misma tarde y mi padre se presentaría en el campus con una escopeta debajo del brazo. No, quiero que me prometas que no le dirás a nadie que estoy embarazada y mucho menos a nuestros padres.

– ¿Por qué? -quiso saber Nat.

– Porque hay otro problema.


– ¿Qué tal va el discurso?

– Acabo de terminar el tercer borrador -respondió Fletcher alegremente- y te hará muy feliz saber que probablemente me convertirá en el estudiante más impopular del campus.

– Está visto que te gusta complicarme la faena.

– Imposible es mi objetivo final -admitió Fletcher-. Por cierto, ¿contra quién nos enfrentamos?

– Un tipo llamado Tom Russell.

– ¿Qué has averiguado de él?

– Fue a Taft.

– Eso significa que tenemos una ventaja -manifestó Fletcher, con una sonrisa.

– No, me temo que no. Lo conocí anoche en Mory’s y te puedo decir que es brillante y popular. Le cae bien a todo el mundo.

– ¿Tenemos algo que nos pueda ayudar?

– Sí, confesó que no le entusiasma el debate. Preferiría dar su apoyo a otro candidato, si aparece alguno adecuado. Se ve más a él mismo como director de campaña que como líder.

– Entonces quizá tendríamos que pedirle a Tom que se una a nuestro equipo -opinó Fletcher-. Todavía estoy buscando un director de campaña.

– Por divertido que te resulte, me ofrecía a mí el trabajo.

Fletcher miró a su amigo.

– ¿Hizo tal cosa?

– Sí.

– Por lo que se ve, tendré que tomármelo en serio, ¿no? -Fletcher guardó silencio unos instantes-. Quizá tendríamos que comenzar con un repaso de mi discurso esta misma noche y luego tú me dirás si…

– Esta noche, imposible -le interrumpió Jimmy-. Joanna me ha invitado a cenar en su casa.

– Ah, sí, eso me recuerda que yo tampoco puedo. Jackie Kennedy me ha pedido que la acompañe esta noche al Met. [1]

– Ahora que lo mencionas, Joanna quiere saber si tú y Annie querríais venir a tomar una copa con nosotros el próximo jueves. Le dije que mi hermana vendría desde New Haven para asistir al debate.

– ¿Hablas en serio?

– Si decides venir, por favor, dile a Annie que no se enrolle demasiado, porque a Joanna y a mí nos gusta estar en la cama a las diez.


Nat encontró la nota manuscrita que Rebecca había pasado por debajo de la puerta de su habitación y sin perder ni un segundo, cruzó el campus a la carrera, mientras se preguntaba cuál sería el motivo de la urgencia.

Cuando entró en su habitación, ella se apartó para impedir que la besara y sin dar ninguna explicación cerró la puerta con llave. Nat se sentó junto a la ventana y Rebecca en los pies de la cama.

– Nat, tengo que decirte algo que he estado evitando durante los últimos días. -Nat solo asintió, al ver lo mucho que le costaba hablar a Rebecca. Siguió un silencio que se le hizo interminable-. Nat, sé que me odiarás por esto…

– Soy incapaz de odiarte -afirmó Nat y la miró directamente a los ojos.

Ella le sostuvo la mirada, pero luego agachó la cabeza.

– No estoy segura de que tú seas el padre.

Nat se sujetó a los bordes de la silla con tanta fuerza que se le agarrotaron las manos.

– ¿Cómo es posible? -acabó por preguntar.

– Aquel fin de semana que fuiste a Pensilvania para participar en la carrera, acabé en una fiesta y creo que bebí demasiado. -La joven hizo otra pausa-. Ralph Elliot apareció en la fiesta y no recuerdo gran cosa después de aquello, excepto que me desperté por la mañana y me lo encontré durmiendo a mi lado.

Esta vez le tocó a Nat no hablar durante unos minutos.

– ¿Le has dicho que estás embarazada?

– No. ¿Para qué? Apenas me ha dirigido la palabra desde entonces.

– Mataré a ese cabrón -exclamó Nat y se levantó de la silla.

– No creo que eso sea de mucha ayuda -opinó Rebecca, en voz baja.

– En cualquier caso, lo sucedido no cambia nada -afirmó Nat, que se acercó para abrazarla-, porque todavía quiero casarme contigo. Piensa que es mucho más probable que sea hijo mío.

– Nunca estarás seguro.

– Eso no representa ningún problema para mí.

– Pero sí lo es para mí -replicó Rebecca-, porque hay algo más que no te he dicho.


Nada más entrar en Woolsy Hall, que estaba lleno hasta los topes, Fletcher lamentó no haber hecho caso del consejo de Jimmy. Ocupó su lugar en la silla opuesta a la de Tom, quien lo saludó con una afectuosa sonrisa, mientras un millar de estudiantes comenzaba a cantar: «Eh, eh, L.B.J., ¿a cuántos chicos has matado hoy?».

Fletcher miró a su oponente cuando Russell se levantó para abrir el debate. Tom fue saludado con una estruendosa ovación incluso antes de que abriera la boca. Para su gran sorpresa parecía estar tan nervioso como él; las gotas de sudor perlaban su frente.

La multitud guardó silencio en el momento que Tom comenzó su discurso, pero no había dicho más de dos palabras cuando estallaron los gritos de protesta.

– Lyndon Johnson… -esperó-. Lyndon Johnson nos ha dicho que es el deber de Estados Unidos derrotar a los norvietnamitas y salvar al mundo del avance comunista. Yo digo que es el deber del presidente no sacrificar la vida de ni un solo norteamericano en aras de una doctrina que, con el tiempo, acabará por derrotarse a sí misma.

Una vez más la multitud estalló, esta vez en una sonora ovación, y Tom tuvo que esperar casi un minuto antes de poder continuar. En realidad el resto de su discurso se vio interrumpido tantas veces por las ovaciones que no había llegado ni a la mitad cuando se le acabó el tiempo asignado.

Los aplausos dieron paso a la rechifla en el momento que Fletcher se levantó de la silla. Ya había decidido que ese sería el primer y último discurso en público. Esperó en vano a que se hiciera el silencio y cuando alguien le gritó: «Venga, comienza de una vez», pronunció las primeras palabras.

– Griegos, romanos e ingleses… todos asumieron, cuando fue su momento, la responsabilidad del liderazgo mundial.

– ¡Ese no es motivo para que lo hagamos nosotros! -gritó alguien desde el fondo de la sala.

– Después de la descomposición del Imperio británico al finalizar la Segunda Guerra Mundial -continuó Fletcher-, dicha responsabilidad pasó a Estados Unidos. La más grande de las naciones sobre la tierra. -Se escuchó una salva de aplausos-. Por supuesto, podemos echarnos atrás y reconocer que no somos dignos de tal responsabilidad, o podemos ser los líderes para millones de personas en todo el mundo que admiran nuestro ideal de libertad y desean emular nuestra manera de vida. También podríamos abandonar la lucha y dejar que esos mismos millones se vean sometidos al yugo del comunismo a medida que se engulle al mundo libre, o darles nuestro apoyo mientras ellos también intentan vivir en democracia. Solo quedará la historia para registrar la decisión que tomamos, y la historia no debe dejar constancia de que no estuvimos a la altura.

Jimmy se sorprendió al ver que los estudiantes habían escuchado hasta el momento casi sin ninguna interrupción; también le sorprendió el respetuoso aplauso que recibió Fletcher cuando volvió a sentarse veinte minutos más tarde. Al final del debate, todos admitieron que Fletcher había sido el verdadero ganador, aunque fue Tom quien ganó la moción con más de doscientos votos.

Jimmy consiguió mantener una expresión animada después de que anunciaran el resultado a una multitud delirante.

– Es casi un milagro -opinó.

– Vaya milagro -protestó Fletcher-. ¿No has visto que hemos perdido por doscientos veintiocho votos?

– Pues yo esperaba que nos barrieran del mapa y por tanto considero que doscientos veintiocho votos es todo un milagro. Nos quedan cinco días para cambiar la opinión de ciento catorce votantes, porque la mayoría de los chicos aceptan que tú eres el candidato ideal para representarlos en el consejo de estudiantes -comentó Jimmy mientras salían de Woolsey Hall.

Fueron varios los estudiantes que al pasar le susurraron a Fletcher: «¡Bien hecho!» y «Buena suerte».

– Creo que Tom Russell habló muy bien -declaró Fletcher-, y lo que es más importante, representa sus puntos de vista.

– Él no hará más que mantener la silla caliente para ti.

– No estés tan seguro. A Tom bien podría gustarle la idea de ser el representante de los estudiantes.

– No tendrá ninguna posibilidad con el plan que he puesto en práctica.

– ¿Puedo saber qué te traes entre manos?

– Tengo a alguien de nuestro equipo presente cada vez que da un discurso. Durante la campaña ha hecho cuarenta y tres promesas, la mayoría de las cuales no podrá mantener. Nuestro hombre se las recuerda veinte veces al día. No creo que su nombre aparezca en las papeletas de las elecciones para representante estudiantil.

– Jimmy, ¿has leído El príncipe de Maquiavelo?

– No. ¿Crees que debería leerlo?

– No, no te preocupes, no puede enseñarte nada. ¿Qué cenaremos esta noche? -le preguntó Fletcher, al ver que se acercaba Annie.

Los jóvenes se abrazaron.

– Tu discurso ha sido brillante. Has estado muy bien -afirmó Annie.

– Es una pena que doscientos chicos no hayan estado de acuerdo contigo.

– Lo estuvieron, pero la mayoría de ellos ya habían decidido el voto mucho antes de entrar en la sala.

– Eso es precisamente lo que he estado intentando decirle. -Jimmy se volvió hacia Fletcher-. Mi hermanita tiene razón y lo que es más…

– Jimmy, cumpliré los dieciocho en menos de un mes -le interrumpió Annie, enfadada-, por si acaso no te has dado cuenta.

– Me he dado cuenta; algunos de mis amigos incluso me dicen que no eres fea, algo que sigo sin ver.

Fletcher se echó a reír.

– ¿Vendréis con nosotros a Dino’s?

– No. Ya veo que has olvidado que Joanna y yo os invitamos a cenar en su casa.

– No lo había olvidado y me muero de impaciencia por conocer a la mujer que ha conseguido retener a mi hermano durante más de una semana.

– No he mirado a otra mujer desde el día que la conocí -afirmó Jimmy en voz baja.


– Así y todo, sigo queriendo casarme contigo -dijo Nat, sin soltarla.

– ¿Aunque no puedas estar seguro de quién es el padre?

– Esa es la razón más importante para que nos casemos, así no tendrás ninguna duda de mi compromiso.

– Nunca lo he puesto en duda -replicó Rebecca-; sé bien que eres un hombre bueno y sincero, pero ¿no has considerado la posibilidad de que no te ame hasta el punto de querer pasar el resto de mi vida contigo? -Nat apartó los brazos y la miró a los ojos-. Le pregunté a Ralph qué haría si resultaba ser su hijo y estuvo de acuerdo conmigo en que debería abortar. -Rebecca apoyó una mano en la mejilla de Nat-. No abundan las personas lo bastante dignas para vivir con Sebastián y desde luego yo no soy Olivia. -Apartó la mano y salió rápidamente de la habitación sin decir palabra.

Nat se tendió en la cama sin darse cuenta de que anochecía. Le resultaba imposible no pensar en su amor por Rebecca y el odio que le profesaba a Elliot. Se quedó dormido y solo se despertó cuando sonó el teléfono.

Nat escuchó la voz de su viejo amigo y lo felicitó cuando se enteró de la noticia.

<p id="_Toc320818456">13</p>

Nat fue a la oficina del estudiante a recoger el correo; no ocultó su placer cuando se encontró con tres cartas: toda una cosecha. Una de ellas mostraba la inconfundible letra de su madre. La segunda llevaba matasellos de New Haven, así que supuso que sería de Tom. El tercero era un sobre de papel manila con el cheque mensual de la beca. Lo cobraría inmediatamente porque andaba escaso de fondos.

Entró en McConaughy y se sirvió un cuenco de copos de maíz y un par de tostadas; ese día no le apetecían los huevos revueltos. Se sentó en un extremo del local y abrió la carta de su madre. Se sentía un tanto culpable por no haberle escrito desde hacía dos semanas. Solo faltaban unos días para las vacaciones de Navidad y esperaba que ella le comprendiera si no le contestaba inmediatamente. Había mantenido una larga conversación telefónica con su madre el día que rompió con Rebecca. No le había mencionado el embarazo ni tampoco le dio ninguna razón de la ruptura.

«Mi querido Nathaniel»; ella nunca le llamaba Nat. Si alguien alguna vez leía una carta de su madre, estaba seguro de que no tardaría en saber todo lo necesario sobre ella. Pulcra, precisa, informativa, solícita, aunque de un modo u otro transmitía la impresión de que llegaría tarde a su próxima cita. Siempre acababa con las mismas palabras: «Tengo que dejarte, cariños, mamá». La única noticia que le ofrecía esta vez era el ascenso de su padre a director regional; esto significaba que ya no tendría que pasarse horas en la carretera, sino que en el futuro trabajaría en Hartford.

«Papá está encantado con el ascenso y el aumento de sueldo, cosa que nos permitirá comprar un segundo coche. Sin embargo, comienza a echar de menos el contacto personal con los clientes.»

Nat comió un par de cucharadas de copos antes de abrir la carta de New Haven. La misiva de Tom estaba mecanografiada y presentaba algunos errores de ortografía que probablemente se debían al entusiasmo a la hora de describir su victoria electoral. Con su habitual sinceridad, Tom informaba que había ganado solo porque su oponente había dado un apasionado discurso en defensa de la participación norteamericana en la guerra de Vietnam, cosa que no había ayudado a su causa cuando llegó la hora de ir a las urnas. A Nat le agradó la descripción que hacía de Fletcher Davenport y comprendió que quizá hubiese sido él su oponente de haber estado en Yale. Mordió la tostada mientras continuaba con la lectura: «Lamenté mucho enterarme de la ruptura con Rebecca. ¿Es definitiva?». Nat dejó la carta a un lado sin tener clara la respuesta a la pregunta, aunque se daba cuenta de que su amigo no se sentiría sorprendido en cuanto supiera que Ralph Elliot estaba implicado.

Untó de mantequilla la segunda tostada y, por un momento, consideró si todavía era posible una reconciliación, pero inmediatamente volvió al mundo real. Después de todo, mantenía el plan de ingresar en Yale el curso siguiente.

Finalmente Nat se ocupó de la tercera carta y decidió que pasaría por el banco para ingresar el cheque antes de la primera clase; a diferencia de algunos de sus compañeros, no podía permitirse el lujo de esperar hasta el último momento para cobrar su magra asignación. Abrió el sobre, y para su gran sorpresa descubrió que no se trataba del cheque sino que era una carta. Desplegó la hoja y cuando la leyó se quedó de piedra.



Nat dejó la carta sobre la mesa y pensó en las consecuencias. Aceptaba que el reclutamiento era una lotería y había salido su número. ¿Era moralmente correcto solicitar una exención solo porque estaba cursando estudios superiores, o, como había hecho su padre en 1942, debía alistarse y servir a su país? Su padre había pasado dos años en Europa con la octogésima división antes de regresar a casa con el Corazón Púrpura. Veinticinco años después era un firme partidario de que Estados Unidos debía intervenir con contundencia en Vietnam. ¿Dichos sentimientos solo eran válidos para los norteamericanos sin estudios a quienes no se le daba ninguna opción?

Llamó inmediatamente a su casa y no se sorprendió cuando sus padres mantuvieron una de sus muy poco frecuentes discusiones sobre el tema. Su madre tenía muy claro que debía acabar los estudios y luego reconsiderar su situación; para entonces quizá la guerra habría terminado. ¿No lo había prometido el presidente Johnson durante la campaña electoral? Su padre, por su parte, estaba convencido de que si bien se podía considerar como algo desafortunado, el deber de Nat era responder a la llamada. Si todos decidían quemar las tarjetas de reclutamiento, reinaría la anarquía, fue la opinión final de su padre.

Luego llamó a Tom a Yale para averiguar si él había recibido la notificación.

– Sí, la recibí -dijo Tom.

– ¿La quemaste?

– No llegué tan lejos, aunque sé de muchos estudiantes que lo han hecho.

– ¿Eso quiere decir que te alistarás?

– No, carezco de tu fuerza moral, Nat. Voy a seguir el camino legal. Mi padre ha establecido contacto con un abogado en Washington especializado en exenciones; está seguro de que podrá conseguirme una prórroga, por lo menos hasta que acabe la carrera.

– ¿Qué hay del tipo que fue tu rival en las elecciones y que defendió con tanta convicción la responsabilidad de nuestro país hacia aquellos «que desean vivir en democracia»? ¿Cuál ha sido su decisión?

– No lo sé, pero si lo han llamado, es probable que te lo encuentres en primera línea.


A medida que pasaban los meses y el sobre de papel manila seguía sin aparecer en su casilla, Fletcher comenzó a creer que estaba entre los afortunados cuyo número no había salido en el sorteo. Sin embargo, ya había decidido cuál sería la respuesta si finalmente recibía la carta.

Cuando llamaron a filas a Jimmy, su amigo consultó inmediatamente con su padre, quien le aconsejó que solicitara una exención mientras cursaba sus estudios, pero que debía dejar clara su voluntad de reconsiderar su situación al cabo de unos años. También le recordó a Jimmy que para entonces bien podía haber un nuevo presidente, un cambio en la legislación y la posibilidad muy verosímil de que los norteamericanos ya no estuviesen en Vietnam. Jimmy siguió el consejo de su padre y acabó derrotado cuando discutió el aspecto moral del caso con Fletcher.

– No tengo la menor intención de arriesgar mi vida contra el ejército del Vietcong, que, al final, sucumbirán al capitalismo, incluso si a corto plazo no se doblegan ante la superioridad militar.

Annie compartía el punto de vista de su hermano y se tranquilizó al ver que Fletcher no había recibido la tarjeta de reclutamiento. No tenía ninguna duda de cuál sería la respuesta.


El 5 de enero de 1967, Nat se presentó en la junta de reclutamiento local.

Después de un riguroso examen médico, fue entrevistado por el comandante Willis. El comandante estaba impresionado; después de pasar toda una mañana con jóvenes que pretextaban mil y una razones por las que debía declararlos ineptos para el servicio, aquí tenía uno con una calificación de 9,2 en el examen físico previo. Por la tarde, hizo la prueba de clasificación general y sacó una nota de 9,7.

A la noche siguiente, junto con otros cincuenta reclutas, Nat subió a un autocar con destino a New Jersey. Durante el lento e interminable viaje a través de los estados, Nat se entretuvo jugando con los pequeños recipientes de plástico en los que había comido, antes de sumirse en un sueño intranquilo.

El autocar llegó a Fort Dix de madrugada. Los reclutas se apearon del vehículo en medio de los gritos de los encargados de la tropa. Los llevaron rápidamente hasta unos alojamientos prefabricados y luego los dejaron dormir durante un par de horas.

Nat se levantó a la mañana siguiente -no le dieron otra opción- a las cinco, y después de que lo raparan, le entregaron la ropa de faena. A continuación ordenaron a los cincuenta nuevos reclutas que escribieran una carta a sus padres y devolvieran sus prendas civiles y todas las demás pertenencias a sus casas.

Después de esto, Nat fue entrevistado por el especialista de cuarta clase Jackson, quien, tras consultar la documentación, solo le formuló una pregunta.

– ¿Eres consciente, Cartwright, de que podrías haber solicitado la exención?

– Sí, señor.

El especialista Jackson enarcó una ceja.

– ¿Has tomado la decisión de no hacerlo después de ser asesorado?

– No necesité que nadie me asesorara, señor.

– De acuerdo, estoy seguro de que querrás presentar la solicitud de ingreso en la academia de oficiales en cuanto acabes con el entrenamiento básico, soldado Cartwright. -Guardó silencio un momento-. Lo consiguen dos de cada cincuenta, así que no te hagas muchas ilusiones. Por cierto, no me llames señor. Ya vale con especialista de cuarta clase.

Después de años de participar en las carreras de campo a través, Nat se consideraba en una excelente forma física, pero muy pronto descubrió que el ejército daba un significado muy diferente a la palabra entrenamiento, que no aparecía explicado en el Webster’s. En cuanto a la otra palabra -básico-, todo era básico: la comida, la ropa, la calefacción y sobre todo la cama donde se suponía que debía dormir. Nat llegó a la conclusión de que el ejército importaba los colchones directamente de Vietnam del Norte, para que pasaran por los mismos sufrimientos que el enemigo.

Durante las ocho semanas siguientes se levantó todas las mañanas a las cinco, se duchaba con agua fría -caliente era un vocablo desconocido en el léxico militar-, se vestía, desayunaba y tenía las prendas correctamente ordenadas a los pies de la cama antes de formar a las seis en el patio de armas con todos los demás integrantes del segundo pelotón de la compañía Alfa.

La primera persona que se dirigía a él por la mañana era el sargento mayor Al Quamo, siempre tan impecable que Nat no dudaba que se levantaba a las cuatro para plancharse el uniforme. Si Nat intentaba hablar con cualquiera durante las catorce horas siguientes, Quamo quería saber quién era y por qué. Aunque el sargento mayor tenía la misma estatura que Nat, ahí se acababa cualquier parecido. Nat nunca tenía tiempo para contar las medallas del sargento.

– Soy vuestra madre, vuestro padre y vuestro mejor amigo -vociferaba a todo pulmón-. ¿Está claro?

– Sí, señor -gritaban los treinta y seis novatos del segundo pelotón-. Es nuestra madre, nuestro padre y nuestro mejor amigo, señor.

La mayoría del pelotón había solicitado la exención sin conseguirla. Muchos de ellos consideraban que Nat estaba loco al presentarse voluntario y tardaron varias semanas en cambiar la opinión que tenían del muchacho de Cromwell. Mucho antes de que acabaran la etapa del entrenamiento básico, Nat se había convertido en el consejero del pelotón, el escriba y confidente. Incluso le enseñó a leer a un par de reclutas. Prefirió no contarle a su madre lo que ellos le habían enseñado a cambio.

Al final de los dos meses, Nat era el primero en todo lo relacionado con la escritura. También sorprendió a sus compañeros al derrotarlos a todos en la carrera a campo través y aunque nunca había disparado un arma antes del entrenamiento básico, superó incluso a los muchachos de Queens en el manejo de la ametralladora M60 y el lanzagranadas M70. Ellos tenían más práctica con las armas cortas.

Quamo no tardó ocho semanas en cambiar de opinión en lo referente al ingreso de Nat en la escuela de oficiales. A diferencia de la mayoría de los «zánganos» que enviaban a Vietnam, vio que Nat era un líder nato.

– Te lo advierto -le dijo a Nat-, un subteniente de pacotilla tiene las mismas probabilidades que un soldado raso de que le vuelen el culo, porque hay una cosa muy clara: el Vietcong no conoce la diferencia.

El sargento no se había equivocado. Solo dos reclutas fueron seleccionados para ir a Fort Benning. El otro era un estudiante universitario del tercer pelotón llamado Dick Tyler.


La principal actividad al aire libre durante las tres primeras semanas en Fort Benning la desarrolló junto a los cascos negros. Los instructores paracaidistas se ocuparon de enseñarles a los nuevos reclutas las técnicas de aterrizaje, primero desde lo alto de una pared de diez metros y luego desde la temida torre de cien metros de altura. De los doscientos soldados que habían comenzado el curso, menos de un centenar pasaron a la siguiente etapa. Nat estuvo entre los diez escogidos para llevar el casco blanco durante la semana de saltos. Quince saltos más tarde, fue su turno de recibir las alas de plata de los paracaidistas que llevaría prendidas en la camisa.

Cuando Nat regresó a casa para disfrutar de una semana de permiso, su madre apenas reconoció al chico que se había despedido de ella tres meses antes. Se había convertido en todo un hombre, tres centímetros más alto y cinco kilos menos, con un corte de pelo que le recordó a su padre los años pasados en Italia.

Acabado el permiso, Nat volvió a Fort Benning, se calzó una vez más las brillantes botas Corcoran, se echó el macuto al hombro y abandonó la escuela de paracaidismo para ir al otro lado de la carretera.

Allí comenzó su preparación como oficial de infantería. Si bien tenía que levantarse a la misma hora todas las mañanas, entonces pasaba mucho más tiempo en el aula para estudiar la historia militar, la interpretación de mapas y tácticas y estrategias de mando, junto con otros setenta futuros oficiales que se estaban preparando para ir a Vietnam. La única estadística que nadie citaba era que más de la mitad de ellos volvería metido en una bolsa para cadáveres.


– Joanna tendrá que enfrentarse a una comisión disciplinaria -le dijo Jimmy mientras se sentaba a los pies de la cama de Fletcher-. Cuando tendría que ser yo quien se enfrentara a la furia del comité de ética -añadió.

Fletcher intentó calmar a su amigo, porque nunca lo había visto enfadado hasta tales extremos.

– ¿Por qué no comprenden que no es un delito enamorarse? -gritó Jimmy.

– Creo que si lo pensaras un poco verías que les preocupan mucho más las consecuencias si ocurriera a la inversa -señaló Fletcher.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Jimmy, muy atento.

– Sencillamente a que a la administración le preocupa mucho que los profesores se aprovechen de su posición para ligar con las alumnas.

– ¿Es que no son capaces de entender que lo nuestro es sincero? -replicó Jimmy-. Cualquiera puede ver que adoro a Joanna y que ella corresponde a mis sentimientos.

– Quizá hubiesen hecho la vista gorda en tu caso si ambos hubieseis sido más discretos.

– Creía que tú más que cualquier otro respetaría a Joanna por su decisión de no andar con subterfugios.

– La respeto, pero no les ha dejado a las autoridades otra opción que responder a esa sinceridad, a la vista de las normas universitarias.

– Entonces es necesario que cambien las normas. Joanna cree que, como profesora, no tiene que ocultar sus verdaderos sentimientos. Quiere asegurarse de que la próxima generación nunca tenga que pasar por la misma situación.

– Jimmy, no estoy en desacuerdo contigo y conociendo a Joanna, no dudo que habrá analizado cuidadosamente las normas, y que debe de tener una opinión bien fundada de la importancia de la norma diecisiete b.

– Por supuesto que sí, pero Joanna no quiere que formalicemos nuestras relaciones, solo para que la junta se despreocupe del tema.

– Menuda mujer a la que se te ocurrió decirle que le llevarías los libros.

– No me lo recuerdes -replicó Jimmy-. Aunque no te lo creas, los alumnos la vitorean al principio y al final de cada una de sus clases.

– ¿Cuándo se reúne el comité de ética para tomar la decisión?

– El miércoles a las diez. Los periodistas se lo pasarán en grande. Solo lamento que mi padre tenga que presentarse a la reelección en otoño.

– Yo no me preocuparía por tu padre. Estoy seguro de que encontrará la manera de utilizar todo este asunto en su beneficio.


Nat nunca había imaginado que tendría la ocasión de hablar con su comandante en jefe, y no lo hubiese hecho de no haber sido porque su madre aparcó el coche en la plaza del coronel. En cuanto el padre de Nat vio el cartel con la palabra comandante le aconsejó que diera marcha atrás inmediatamente. Susan realizó la maniobra sin mirar por el espejo retrovisor y colisionó con el jeep del coronel Tremlett, que llegaba en ese momento.

– Oh, Dios -exclamó Nat, que se apeó del coche en el acto.

– Yo no llegaría tan alto -dijo Tremlett-. Me conformo con coronel.

Nat saludó mientras su padre aprovechaba para mirar subrepticiamente las condecoraciones del comandante.

– Tuvimos que servir juntos -comentó al ver una cinta roja y verde entre las medallas. El coronel, que inspeccionaba la abolladura en el parachoques lo miró-. Estuve en Italia con la octogésima -le explicó el padre de Nat.

– Pues espero que maniobrara los Sherman mucho mejor que como conduce un coche -manifestó el coronel. Los dos hombres se estrecharon las manos. Michael no mencionó que era su esposa quien conducía el coche. Tremlett miró a Nat-. Cartwright, ¿no es así?

– Sí, señor -contestó Nat, sorprendido de que el comandante supiera su nombre.

– Su hijo parece estar destinado a ser el primero de su curso cuando acaben la próxima semana -le comentó Tremlett al padre de Nat-. Quizá tenga un destino para él -añadió sin dar más explicaciones-. Preséntese en mi despacho mañana por la mañana a las ocho, Cartwright. -El coronel le sonrió a la madre de Nat y volvió a estrechar la mano de Michael, antes de mirar de nuevo a Nat-. Si cuando me marche esta noche, Cartwright, veo la más mínima marca en el parachoques, ya se puede olvidar de su próximo permiso. -El coronel le dedicó un guiño a la madre de Nat mientras el muchacho le saludaba.

Nat se pasó la tarde de rodillas con un martillo y un bote de pintura caqui.

A la mañana siguiente, Nat se presentó en el despacho del coronel a las ocho menos cuarto y se sorprendió cuando le hicieron pasar inmediatamente a su presencia. El comandante le señaló una silla delante de su mesa escritorio.

– Así que se presentó voluntario y le aceptaron, Nat -fueron las primeras palabras del coronel cuando echó una ojeada a su expediente-. ¿Qué ha pensado para el futuro?

Nat miró al coronel Tremlett, un hombre con cinco hileras de condecoraciones en la pechera. Había estado en Italia y Corea y hacía poco que había regresado de una temporada de servicio en Vietnam. Le habían puesto el apodo de Terrier, porque le gustaba tanto acercarse al enemigo que hubiese podido morderle los tobillos. El joven respondió a la pregunta en el acto.

– Espero estar entre aquellos destinados a Vietnam, señor.

– No es necesario que sirva en el sector asiático -dijo el comandante-. Ya ha demostrado su valía y hay otros destinos que le puedo recomendar, desde Berlín a Washington, de forma tal que cuando finalice los dos años de servicio pueda regresar a la universidad.

– Eso echaría por tierra el propósito, ¿no es así, señor?

– Algo que casi nunca se hace es enviar a un oficial que no sea de carrera a Vietnam -manifestó el coronel-, sobre todo a alguien con sus méritos.

– Entonces quizá haya llegado el momento de cambiar la costumbre. Después de todo, usted mismo no ha dejado de repetirnos que esa es la base del liderazgo.

– ¿Cuál sería su respuesta si le pidiera que completase su período de servicio como oficial de mi plana mayor? Así podría ayudarme en la academia con los nuevos alumnos.

– ¿Para que ellos sí vayan a Vietnam a que los maten? -Nat miró a su comandante en jefe y en el acto lamentó haberse pasado de la raya.

– ¿Sabe quién fue la última persona que se sentó en esa misma silla y me dijo que estaba absolutamente decidido a ir a Vietnam y que nada que yo pudiera decir le haría cambiar de opinión?

– No, señor.

– Mi hijo, Daniel -dijo Tremlett-, y en aquella ocasión no tuve otro remedio que aceptarlo. -El coronel guardó silencio y miró la foto que tenía en la mesa que Nat no podía ver-. Sobrevivió once días.


profesora seduce al hijo de un senador, proclamaba el titular de primera plana del New Haven Register.

– Eso es una condenada mentira -afirmó Jimmy.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Fletcher.

– Fui yo quien la sedujo a ella.

Fletcher se echó a reír y luego continuó con la lectura de la noticia:


Joanna Palmer, profesora de historia europea en Yale, ha visto rescindido su contrato por decisión del comité de ética de la universidad, después de que la profesora admitiera que mantenía una relación sentimental con James Gates, uno de sus alumnos del primer curso durante los últimos seis meses. El señor Gates es hijo del senador Gates. Anoche, desde su casa en East Hartford…


– ¿Cómo se lo ha tomado tu padre?

– Me dijo que ganará las elecciones de calle. Los grupos proderechos femeninos respaldan a Joanna y todos los hombres creen que soy el tío con más suerte desde Dustin Hoffman en El graduado. Papá también cree que al comité no le quedará otra opción que rectificar la decisión mucho antes de que acabe el curso.

– ¿Qué pasará si no lo hacen? -preguntó Fletcher-. ¿Qué posibilidades tiene Joanna de que le ofrezcan otro empleo?

– Ese es el menor de sus problemas, porque el teléfono no ha dejado de sonar desde que el comité anunció su decisión. Tanto Radcliffe, donde se licenció, como Columbia, donde hizo la tesis doctoral, le han ofrecido un empleo, y eso antes de que la encuesta de opinión realizada por Today Show mostrara que el ochenta y dos por ciento de los telespectadores creían que debían rectificar.

– ¿Qué se propone hacer ahora?

– Apelará y me juego lo que quieras a que el comité no podrá pasar por alto la opinión pública.

– ¿Cómo quedas tú en todo este baile?

– Yo insisto en casarme con Joanna, pero no quiere ni oír hablar del tema hasta que no se conozca el resultado de la apelación. Se niega a formalizar nuestra relación ante la posibilidad de que eso influya al comité a su favor. Está decidida a ganar el caso por sus propios méritos, no echando mano de la sensiblería.

– La verdad es que te has enamorado de una mujer notable.

– Estoy absolutamente de acuerdo y eso que tú no sabes ni la mitad.

<p id="_Toc320818457">14</p>

En la puerta de su pequeño despacho en el cuartel general del MACV [2] habían puesto el rótulo teniente nat cartwright incluso antes de que llegara a Saigón. Nat no tardó mucho en darse cuenta de que estaría atado a su mesa durante todo el período de servicios y que ni siquiera le permitirían saber dónde estaba el frente. Cuando se presentó, no le enviaron con su regimiento que estaba en el frente, sino que lo destinaron al servicio de intendencia. Los despachos del coronel Tremlett habían llegado a Saigón mucho antes que él.

Nat aparecía en el boletín como intendente, cosa que permitía a los de arriba pasarle todo el papeleo y a los de abajo tomarse su tiempo para cumplir sus órdenes. Todos parecían estar compinchados en una conjura, con el resultado de que se pasaba las horas de servicio rellenando formularios para material diverso que iba desde los botes de alubias a helicópteros Chinook. Todas las semanas llegaban por vía aérea a la capital setecientas veintidós toneladas de suministros y la obligación de Nat era ocuparse de que llegaran al frente. En un mes podía enviar más de nueve mil artículos. Todos y cada uno de ellos conseguían llegar allí menos él. Incluso probó a acostarse con la secretaria del comandante, pero no tardó en descubrir que Mollie no tenía ninguna influencia sobre su jefe, aunque sí demostró ser una experta en el combate cuerpo a cuerpo.

Nat se marchaba del despacho cada día más tarde, e incluso comenzó a preguntarse si de verdad estaba en un país extranjero. Cuando comías un Big Mac y una Coca-Cola, cenabas Kentucky Fried Chiken con una Budweiser y volvías a la residencia de oficiales para ver el ABC News y reposiciones de 77 Sunset Strip, ¿qué pruebas tenías de que te habías marchado de casa?

Hizo algunos intentos subrepticios para unirse a su regimiento en el frente, pero acabó comprendiendo que la influencia del coronel Tremlett llegaba a todas partes; sus solicitudes reaparecían sobre su mesa al cabo de un mes, con un sello que decía: «Rechazada; puede presentarla de nuevo dentro de un mes».

Cada vez que Nat solicitaba una entrevista para discutir el tema con algún oficial de campo, nunca conseguía pasar más allá de este o aquel comandante. En cada ocasión, un oficial diferente dedicaba media hora a intentar convencerlo de que hacía un muy valioso y digno trabajo en la intendencia. Su hoja de servicios era la más delgada de todo Saigón.

Comenzó a comprender que su alistamiento por «cuestión de principios» no había servido de nada. Al cabo de un mes, Tom comenzaría su segundo curso en Yale y él no tenía nada para demostrar sus esfuerzos salvo la cabeza rapada y la información certera de la cantidad de clips mensuales que necesitaba el ejército en Vietnam.

Se encontraba en su oficina, ocupado en disponer los alojamientos para una compañía de reemplazos que llegaría el lunes siguiente, cuando todo aquello cambió.

Las diligencias de alojamiento, vestuarios y documentos de viaje lo habían tenido ocupado todo el día y hasta bien entrado el anochecer. Varios de los documentos llevaban el sello de urgente, porque el comandante en jefe siempre quería estar bien informado de los antecedentes de las compañías de reemplazo antes de que aterrizaran en Saigón. Nat no se había dado cuenta de lo tarde que era, así que cuando acabó con el último formulario, decidió dejarlos en el despacho del adjunto antes de ir a comer un bocado en el comedor de oficiales.

Al pasar por delante de la sala de operaciones, le dominó la furia; todo el entrenamiento que había recibido en Fort Dix y Fort Benning había sido una absoluta pérdida de tiempo y dinero. Aunque eran casi las ocho, aún quedaban una docena o más de operadores, algunos de los cuales conocía, que atendían los teléfonos y actualizaban el enorme mapa de Vietnam del Norte.

Al volver del despacho del adjunto, Nat entró en la sala de operaciones para ver si había alguien libre para acompañarle a cenar y se encontró escuchando los movimientos de tropas del segundo batallón del 503 regimiento de infantería paracaidista. De no haber sido porque se trataba de su regimiento, no habría vacilado en marcharse al comedor solo. El segundo batallón estaba soportando un duro ataque de morteros del Vietcong y se había atrincherado en el lado peligroso del río Dyng, para protegerse de una matanza. El teléfono rojo sobre la mesa delante de Nat comenzó a sonar con insistencia. Nat no movió ni un músculo.

– No se quede ahí sin hacer nada, teniente. Coja el teléfono y averigüe lo que quieren -le ordenó el jefe de operaciones.

Nat se apresuró a atender la llamada.

– Llamando a la base, situación crítica, soy el capitán Tyler, ¿me recibe?

– Sí, capitán, soy el teniente Cartwright. ¿Cómo puedo ayudarle, señor?

– Victor Charlie [3] ha tendido una emboscada a mi pelotón un poco más arriba del río Dyng, coordenadas SE42 NNE71. Necesito una formación de Hueys con equipo médico. Tengo noventa y seis hombres, once bajas, tres muertos y ocho heridos.

– ¿Cómo me pongo en contacto con el equipo de rescate de emergencia? -le preguntó Nat a un sargento que acababa de colgar el teléfono.

– Llame a la base Blackbird en el campamento Eisenhower. Coja el teléfono blanco y comuníquele las coordenadas al oficial de guardia.

Nat cogió el teléfono blanco y una voz somnolienta atendió la llamada.

– Soy el teniente Cartwright. Tenemos una emergencia. Dos pelotones atrapados en el lado norte del río Dyng, coordenadas SE42 NNE71: han caído en una emboscada y requieren asistencia inmediata.

– Dígales que estaremos en vuelo dentro de cinco minutos -le informó la voz ya absolutamente alerta.

– ¿Puedo ir con ustedes? -preguntó Nat que se tapó la boca con la mano mientras se preparaba para la inevitable negativa.

– ¿Está autorizado para volar en misiones de rescate con helicópteros?

– Lo estoy -mintió Nat.

– ¿Experiencia con paracaídas?

– Hice el curso de entrenamiento en Fort Benning. Dieciséis saltos desde doscientos metros en S-123; en cualquier caso, se trata de mi regimiento.

– Entonces si consigue llegar a tiempo, queda invitado.

Nat colgó el teléfono blanco y cogió de nuevo el rojo.

– Están de camino, capitán -le comunicó, y colgó.

Nat salió corriendo de la sala de operaciones y fue hasta el aparcamiento. Un cabo dormitaba sentado al volante de un jeep. Saltó al asiento del acompañante, hizo sonar la bocina y le ordenó:

– Lléveme a la base Blackbird en cinco minutos.

– Pero si está a ocho kilómetros de aquí, señor -replicó el conductor.

– Razón de más para que no pierda un segundo, cabo -le gritó Nat.

El cabo arrancó el motor y se puso en marcha, con los faros encendidos, con una mano en el volante y la otra en la bocina.

– Deprisa, deprisa -repitió Nat, mientras aquellos que todavía estaban en las calles de Saigón después del toque de queda se apartaban corriendo junto con varias gallinas espantadas.

Tres minutos más tarde, Nat vio a una docena de helicópteros Huey aparcados en la pista. Los rotores de uno de ellos ya estaban en marcha.

– Pise a fondo -insistió Nat.

– Ya toca el suelo, señor -replicó el cabo cuando apareció a la vista la entrada del campo.

Nat volvió a contar: en esos momentos eran siete los aparatos con los rotores en marcha.

– ¡Maldición! -gritó al ver que despegaba uno de los helicópteros.

El jeep frenó en seco delante de la garita de la guardia. Un policía militar les pidió las tarjetas de identificación.

– Me queda un minuto para subir a uno de esos helicópteros -vociferó Nat al tiempo que le daba su tarjeta-. ¿No puede darse prisa?

– Solo hago mi trabajo, señor -le respondió el policía militar.

En cuanto le devolvieron las tarjetas y levantaron la barrera, Nat señaló al único helicóptero que aún tenía los rotores parados y el cabo volvió a acelerar. Se detuvo con gran estrépito de los frenos a un paso de la cabina cuando los rotores comenzaron a girar. El piloto sonrió al ver a Nat.

– Justo por los pelos, teniente. Suba. -El aparato despegó antes incluso de que Nat pudiera abrocharse el arnés de seguridad-. ¿Quiere escuchar las malas noticias o las peores? -le preguntó el piloto.

– Lo que usted quiera.

– La regla en cualquier emergencia es siempre la misma. El último que despega es el primero que aterriza en territorio enemigo.

– ¿Cuál es la mala noticia?


– ¿Te casarás conmigo? -preguntó Jimmy.

Joanna se volvió para mirar al hombre que en el último año la había hecho más feliz de lo que hubiese podido imaginar.

– Si todavía quieres hacerme la misma pregunta cuando acabes los estudios, pipiolo, mi respuesta será que sí, pero hoy la respuesta sigue siendo que no.

– ¿Por qué? ¿Qué podría cambiar en un año o dos?

– Serás algo mayor y con un poco de suerte incluso una pizca más sabio -replicó Joanna, con una sonrisa-. Tengo veinticinco años y tú no has cumplido los veinte.

– ¿Qué importancia puede tener si queremos pasar el resto de nuestra vida juntos?

– Pues quizá que tú no creas lo mismo cuando yo tenga cincuenta y tú cuarenta y cinco.

– Estás en el más completo error -afirmó Jimmy-. A los cincuenta estarás en tu plenitud y yo seré un libertino en las últimas, así que más te valdrá que me pilles cuando todavía me quede algo de fuerza.

Joanna se echó a reír al escuchar el comentario.

– Procura no olvidar, jovencito, que todo lo que hemos pasado durante las últimas semanas puede estar afectando a tu razonamiento.

– No estoy de acuerdo. Creo que la experiencia solo puede haber fortalecido nuestra relación.

– Es posible -admitió Joanna-, pero siempre es mejor no tomar una decisión irreversible a caballo de una buena o mala noticia, porque es posible que uno de los dos pueda ver las cosas de otra manera cuando todo esto se acabe.

– ¿Tú lo ves de otra manera? -preguntó Jimmy en voz baja.

– No, yo no -respondió Joanna sin vacilar. Le acarició la mejilla-. Mis padres llevan casados casi treinta años y mis abuelos han celebrado sus bodas de oro, así que cuando me case quiero que sea para toda la vida.

– Razón de más para que nos casemos cuanto antes -afirmó Jimmy-. Después de todo, tendré que vivir hasta los setenta si esperamos celebrar nuestras bodas de oro.

Joanna se echó a reír.

– Estoy segura de que tu amigo Fletcher estará de acuerdo conmigo.

– No lo niego, pero no vas a casarte con Fletcher. De todas maneras, creo que él y mi hermana estarán juntos como mínimo durante cincuenta años.

– Jimmy, no podría amarte más aunque quisiera, pero recuerda que el otoño que viene estaré en Columbia y tú continuarás en Yale.

– Bien podrías cambiar de parecer respecto a lo de aceptar el empleo en Columbia.

– No, la junta revocó su decisión solo por la presión de la opinión pública. Si hubieses visto la expresión de sus rostros cuando dieron a conocer la resolución, te hubieses dado cuenta de que no veían la hora de que me largara. Ya hemos dejado bien sentados nuestros principios, así que a mi juicio lo mejor para todos será que me marche.

– No para todos -manifestó Jimmy en voz baja.

– Tienes que entenderlo. En cuanto no esté por aquí para tocarles las narices, les resultará mucho más sencillo cambiar las normas -dijo Joanna, sin hacer caso del comentario-. Dentro de veinte años, los estudiantes no se podrán creer que existiera alguna vez una norma así de ridícula.

– Pues entonces tendré que sacarme un abono de tren para Nueva York, porque no pienso perderte de vista.

– Estaré esperándote siempre en la estación, pipiolo, pero mientras esté lejos, espero que salgas con otras chicas. Entonces, si todavía sientes lo mismo cuando acabes la carrera, me sentiré muy feliz de casarme contigo -añadió Joanna cuando sonó el despertador.

– ¡Demonios! -exclamó Jimmy, y se levantó en el acto-. ¿Te importa si utilizo el baño primero? Tengo una clase a las nueve y ni siquiera sé cuál es el tema de hoy.

– Napoleón y su influencia en el desarrollo de las leyes estadounidenses -contestó Joanna.

– Pensaba que nos habías dicho que nuestras leyes habían estado influidas más por el derecho romano y el inglés que por cualquier otra nación.

– No está mal, pipiolo, pero así y todo tendrás que asistir a mi clase de las nueve si esperas saber la razón. Por cierto, ¿crees que podrías hacer dos cosas por mí?

– ¿Solo dos? -replicó Jimmy, camino de la ducha.

– ¿Podrías dejar de poner cara de cordero degollado cada vez que doy una clase?

Jimmy asomó la cabeza por la puerta del baño.

– No -contestó mientras miraba cómo Joanna se quitaba el camisón-. ¿Cuál es la segunda?

– La segunda es que por lo menos podrías mostrar algo de interés en lo que digo y tomar apuntes de vez en cuando.

– ¿Por qué voy a molestarme en tomar apuntes cuando tú eres quien pone las notas a mis trabajos?

– Porque no te gustará nada ver la nota que te he puesto en el último -replicó Joanna y se metió con él en la ducha.

– Vaya, y yo que esperaba haber sacado un sobresaliente con mi obra maestra. -Jimmy comenzó a enjabonarle los pechos.

– Solo por curiosidad, ¿recuerdas a quién mencionaste como la persona con más influencia sobre Napoleón?

– Josefina -afirmó Jimmy sin vacilar.

– Esa incluso podría haber sido la respuesta correcta, pero no fue lo que escribiste en el trabajo.

Jimmy salió de la ducha y cogió la toalla.

– ¿Qué escribí? -preguntó mientras la miraba embelesado.

– Joanna.


En cuestión de minutos, los doce helicópteros volaban en una formación en V. Nat miró a los dos artilleros a popa que observaban atentamente en la oscuridad de la noche sin una nube en el cielo. Se puso los auriculares y escuchó al teniente de vuelo.

– Blackbird Uno al grupo, saldremos del espacio aéreo aliado dentro de cuatro minutos. Espero un informe de la situación a las veintiuna horas.

Nat se sentó muy erguido en cuanto escuchó las palabras del joven piloto. Contempló a través de la ventanilla las estrellas que eran invisibles en el continente americano. Sentía los efectos de la adrenalina que le corría por las venas mientras volaban cada vez más cerca de las líneas enemigas. Por fin se sentía partícipe de esa condenada guerra. La única sorpresa era que no tenía miedo. Quizá aparecería después.

– Entramos en territorio enemigo -anunció el piloto como quien cruza una carretera con mucho tráfico-. ¿Me recibe, líder tierra?

Se oyó una descarga de estática antes de la respuesta.

– Le recibo, Blackbird Uno. ¿Cuál es su posición?

Nat reconoció el acento sureño del capitán Dick Tyler.

– Nos encontramos aproximadamente a unos ochenta kilómetros.

– Copiado. Les espero dentro de quince minutos.

– Roger. No nos verá hasta el último momento, porque volamos con todas las luces de posición apagadas.

– Copiado.

– ¿Han escogido la zona de aterrizaje?

– Hay un pequeño sector protegido en una cresta un poco más abajo de donde estoy -le informó Tyler-, pero solo hay sitio para un helicóptero a la vez y debido a la lluvia, por no hablar del fango, el aterrizaje será algo infernal.

– ¿Cuál es su actual posición?

– Continúo en las mismas coordenadas un poco al norte del río Dyng. -Tyler guardó silencio unos instantes-. Creo que el VC [4] ha comenzado a cruzar el río.

– ¿Cuántos hombres tiene?

– Setenta y ocho.

Nat sabía que el número total de dos pelotones era de noventa y seis.

– ¿Cuántos cadáveres? -preguntó el piloto, como si le preguntara al capitán cuántos huevos quería para desayunar.

– Dieciocho.

– Bien. Prepárese para cargar seis hombres y dos cadáveres en cada helicóptero; asegúrese de que podrá subir a bordo en cuanto me vea.

– Estaremos preparados -respondió el capitán-. ¿Qué hora tiene?

– Las veinte y treinta y tres -dijo el piloto.

– Entonces, a las veinte y cuarenta y ocho, encenderé una bengala roja.

– A las veinte y cuarenta y ocho, una bengala roja -repitió el piloto-. Roger.

Nat estaba impresionado por la aparente tranquilidad del piloto, cuando él, su copiloto y los dos artilleros de popa podían estar muertos al cabo de veinte minutos. No obstante, como el coronel Tremlett había repetido hasta el cansancio, los hombres tranquilos salvaban muchas más vidas que los impacientes. Nadie dijo ni una palabra durante el siguiente cuarto de hora. Nat tuvo tiempo para pensar en la decisión que había tomado; ¿él también estaría muerto al cabo de veinte minutos?

Vivió el cuarto de hora más largo de su vida, entretenido en observar la extensión de la selva alumbrada por la media luna mientras mantenían escrupulosamente el silencio radiofónico. Echó un vistazo a los artilleros de popa mientras el helicóptero volaba casi a ras de las copas de los árboles. Habían comprobado el funcionamiento de las armas y desde entonces permanecían concentrados con el dedo en el gatillo, alertas a cualquier peligro. Nat miraba por la ventanilla lateral cuando súbitamente vio que una bengala roja brillaba en el cielo. Pensó que en ese mismo momento hubiese estado tomando café en el comedor de oficiales.

– Blackbird Uno a formación -llamó el piloto-. No encendáis los focos de abajo hasta que estemos a treinta segundos del encuentro y recordad que yo voy primero.

Una ráfaga de balas trazadoras color verde pasó por delante del aparato y los artilleros contestaron al fuego inmediatamente.

– El VC nos acaba de identificar -informó el piloto, impávido.

Inclinó el aparato hacia la derecha y Nat vio al enemigo por primera vez. Los soldados avanzaban colina arriba, a pocos centenares de metros del terreno donde el helicóptero intentaría aterrizar.


Fletcher leyó el artículo en el Washington Post. Había sido un acto de heroísmo que había captado la atención del público norteamericano hacia una guerra de la que nadie quería saber nada. Un grupo de setenta y ocho soldados de infantería paracaidista, cercados en la selva de Vietnam del Norte, superados ampliamente en número por el Vietcong, había sido rescatado por una escuadrilla de helicópteros que había volado por una zona de grandes peligros, sin poder aterrizar en medio del fuego enemigo. Fletcher observó con atención el detallado esquema de la página opuesta. El teniente de vuelo Chuck Philips había sido el primero en descender para rescatar a media docena de los hombres atrapados. Se había mantenido a medio metro del suelo mientras se realizaba la operación. No se había dado cuenta de que otro oficial, el teniente Cartwright, había saltado del aparato en el preciso momento que se elevaba para dar paso al segundo helicóptero.

Entre los cadáveres cargados en el tercer helicóptero estaba el del oficial al mando, el capitán Dick Tyler. El teniente Cartwright había tomado el mando para dirigir el contraataque al tiempo que coordinaba el rescate de los soldados restantes. Había sido el último en abandonar el campo de batalla y en subir al último helicóptero de rescate. Los doce aparatos emprendieron el vuelo de regreso a Saigón, pero solo once aterrizaron en la base Eisenhower.

El general de brigada Hayward envió sin demora un equipo de rescate y los mismos once pilotos y sus tripulaciones se ofrecieron voluntarios para buscar el Huey desaparecido, pero a pesar de los repetidos vuelos por territorio enemigo, no encontraron ninguna señal del Blackbird Doce. En rueda de prensa, Hayward describió a Nat Cartwright -un recluta, que había dejado la Universidad de Connecticut donde cursaba el primer año para alistarse- como un ejemplo para todos sus compatriotas de alguien que, en palabras de Lincoln, había dado «el más completo testimonio de patriotismo». «Vivo o muerto, lo encontraremos», prometió Hayward.

Fletcher buscó en todos los periódicos los artículos que mencionaban a Nat Cartwright después de leer una nota biográfica donde se recogía que había nacido el mismo día, en la misma ciudad y el mismo hospital que él.


Nat saltó del primer helicóptero en cuanto el aparato llegó a un metro del suelo. Ayudó al capitán Tyler a enviar al primer grupo a bordo del Huey, sin preocuparse de las bombas de mortero y las ráfagas de las ametralladoras.

– Hágase cargo de esta parte de la operación -le ordenó Tyler-, mientras me ocupo de organizar a mis hombres. Se los enviaré de seis en seis.

– Adelante -gritó Nat en el momento en que el primer helicóptero se inclinaba hacia la izquierda hasta remontar el vuelo.

En cuanto apareció el segundo, a pesar del incesante fuego enemigo, Nat organizó con serenidad al segundo grupo para que subieran al aparato. Miró por un instante colina abajo donde Dick Tyler dirigía a sus hombres en la defensa de la retaguardia al tiempo que enviaba al siguiente grupo para que se reuniera con Nat. Cuando Nat se volvió, el tercer helicóptero ya estaba en posición sobre el pequeño cuadrado de suelo fangoso. Un cabo primero y cinco soldados se acercaron a la carrera dispuestos a subir.

– ¡Maldita sea! -gritó el cabo primero al mirar atrás-. Le han dado al capitán.

Nat vio a Tyler tumbado boca abajo en el fango y a los dos soldados que lo levantaban. Sin perder ni un segundo llevaron el cadáver hasta el helicóptero.

– Le cedo el mando, primero -dijo Nat.

Echó a correr hacia el risco. Cogió el M60 del capitán, buscó una posición y comenzó a disparar contra el enemigo. Sin saber cómo, se las arregló para enviar a otros seis hombres que corrieran colina arriba para montarse en el cuarto helicóptero. Solo estuvo en aquel risco durante unos veinte minutos, dedicado a repeler a las oleadas de vietcongs, mientras su propio grupo de apoyo se iba reduciendo cada vez más porque no dejaba de enviar a sus soldados en busca del refugio de los siguientes helicópteros.

Los últimos seis defensores no abandonaron sus puestos hasta no ver que aparecía el Blackbird Doce. Nat se volvió y echó a correr con todas sus fuerzas cuando una bala le alcanzó en una pierna. Era consciente de que debía de sentir dolor, pero no por eso dejó de correr como nunca lo había hecho antes. Cuando llegó a la escotilla abierta del helicóptero, sin dejar de disparar la ametralladora, escuchó al cabo primero que le gritaba:

– ¡Por Dios, señor, suba de una puñetera vez!

El cabo le ayudó a subir y el helicóptero se elevó bruscamente, escorado a estribor, lo que hizo que Nat rodara por el suelo.

– ¿Está bien? -le preguntó el piloto.

– Eso creo -jadeó Nat, tumbado sobre el cadáver de un soldado raso.

– Típico del ejército -comentó el piloto-, ni siquiera saben si están vivos. Con un poco de suerte y viento de popa -añadió-, estaremos de regreso a tiempo para el desayuno.

Nat miró el cuerpo del soldado, que unos minutos antes había estado a su lado. La familia podría asistir a su funeral, en lugar de tener que conformarse con la escueta información de que el enemigo se había encargado de enterrarlo sin ninguna ceremonia.

– Maldita sea -oyó que gritaba el piloto.

– ¿Algún problema?

– Ya lo puede decir. Estamos perdiendo combustible muy rápidamente; los muy cabrones le han dado al depósito.

– Creía que estos aparatos tenían dos depósitos.

– ¿Cuál cree que utilicé para venir hasta aquí, soldado?

El piloto dio unos golpecitos en el medidor de combustible y después comprobó el odómetro. El parpadeo de una luz roja le indicó que podría recorrer unos cincuenta kilómetros antes de verse forzado a aterrizar. Volvió la cabeza y miró a Nat, que continuaba tumbado sobre el soldado muerto.

– Tendré que buscar algún lugar donde aterrizar.

Nat miró a través de la escotilla abierta, pero lo único que se veía era la extensión de la selva.

El piloto encendió los reflectores, atento a la aparición de algún claro entre los árboles; entonces Nat sintió las sacudidas del aparato.

– Voy a bajar -anunció el piloto con la misma serenidad que había demostrado a lo largo de toda la operación-. Supongo que tendremos que postergar el desayuno.

– A la derecha -gritó Nat al ver un claro en la selva.

– Ya lo veo. -El piloto intentó que el helicóptero pusiera rumbo al claro, pero los mandos no le respondieron-. Bajamos, nos guste o no.

Los rotores giraron cada vez más lentamente hasta que se detuvieron del todo; Nat tuvo la sensación de que planeaban. Pensó en su madre y le dolió no haber respondido a su última carta y luego en su padre, quien sin duda se sentiría muy orgulloso, en Tom y su triunfo como delegado de los alumnos de primero en el consejo de Yale; ¿llegaría a ser el representante? Pensó también en Rebecca, a quien todavía amaba y seguramente continuaría amando. Mientras se aferraba a los enganches en el suelo, Nat se sintió de pronto muy joven; después de todo, solo tenía diecinueve años. Más tarde se enteraría de que el piloto, al que conocía como Blackbird Doce, solo era un año mayor que él.

En el momento en que los rotores dejaron de girar y el helicóptero planeó silenciosamente hacia los árboles, el cabo primero le dijo:

– Por si no volvemos a vernos, señor, mi nombre es Speck Foreman. Ha sido un placer conocerlo.

Se dieron las manos, como se hace al final de cualquier encuentro.


Fletcher miró la foto de Nat en la primera página del New York Times debajo del titular a toda plana: un héroe americano. Un hombre que en cuanto había recibido la carta de reclutamiento la había firmado, aunque podría haber alegado tres razones diferentes para solicitar una exención. Había ascendido a teniente y más tarde, como oficial de intendencia, había tomado el mando de una operación para rescatar a un pelotón cercado en el lado peligroso del río Dyng. Nadie parecía tener una explicación referente a qué podía estar haciendo un oficial de intendencia en un helicóptero durante una operación de combate.

Fletcher era consciente de que se pasaría el resto de su vida preguntándose cuál hubiese sido su decisión en el caso de haber recibido la carta de reclutamiento, una pregunta que solo podían responder correctamente aquellos que habían pasado por la prueba. Incluso Jimmy había reconocido que el teniente Cartwright debía de ser un hombre extraordinario.

– Si esto hubiese ocurrido una semana antes de las elecciones -le dijo a Fletcher-, quizá hubieses podido derrotar a Tom Russell; todo se reduce al momento oportuno.

– No hubiese ganado -afirmó Fletcher.

– ¿Por qué no?

– Eso es lo más extraño de todo -replicó Fletcher-. Resulta ser que es el mejor amigo de Tom.


Una formación de once helicópteros se había dedicado a buscar a los hombres desaparecidos, pero lo único que encontraron después de una semana fueron los restos de un aparato que seguramente había estallado en el momento de estrellarse contra los árboles. Habían identificado a tres cadáveres, uno de ellos el del teniente aviador Carl Mould, pero a pesar de la búsqueda en una amplia zona selvática, no encontraron ni un solo rastro del teniente Cartwright y del cabo primero Speck Foreman.

Henry Kissinger, el consejero de Seguridad Nacional, pidió a la nación que honrara la memoria de unos hombres que ejemplificaban el coraje de los soldados en el frente de batalla.

– No tendría que haber dicho que honraran la memoria -comentó Fletcher.

– ¿Por qué no? -quiso saber Jimmy.

– Porque Cartwright todavía está vivo.

– ¿Cómo puedes saberlo con tanta certeza?

– No me preguntes cómo lo sé -replicó Fletcher-, pero te aseguro que todavía está vivo.


Nat no recordaba el choque contra los árboles ni que saliera despedido del helicóptero. Cuando recuperó el conocimiento, el sol ardiente le abrasaba el rostro ensangrentado. Permaneció tumbado y se preguntó dónde estaba; luego, el recuerdo de lo ocurrido reapareció en toda su fiereza.

Durante unos momentos el hombre que ni siquiera estaba seguro de la existencia de Dios, rezó con todas sus fuerzas. Después levantó el brazo derecho. Se movió como debía moverse un brazo, así que abrió y cerró los dedos, los cinco. Bajó el brazo derecho y levantó el izquierdo. Este también obedeció la orden de su cerebro, así que movió los dedos y, una vez más, todos respondieron. Bajó el brazo y esperó. Levantó lentamente la pierna derecha y realizó el mismo ejercicio con los dedos del pie. Bajó la pierna antes de levantar la otra y entonces sintió el dolor.

Movió la cabeza a un lado y a otro y a continuación apoyó las palmas de las manos en el suelo. Rezó una vez más y luego hizo fuerza para incorporarse; se mareó en el acto. Esperó durante unos momentos hasta que los árboles dejaran de dar vueltas a su alrededor y después intentó levantarse. En cuanto lo consiguió, adelantó un pie con mucho cuidado, de la misma manera que haría un niño que comienza a caminar, y cuando no se desplomó, probó a mover el otro pie en la misma dirección. Sí, sí, sí, gracias a Dios, sí, y entonces de nuevo sintió el dolor, casi como si hasta aquel momento hubiese estado bajo los efectos de la anestesia.

Se dejó caer de rodillas y se miró la pantorrilla. El proyectil la había atravesado limpiamente. Las hormigas entraban y salían del orificio, sin preocuparse de que ese ser humano aún se consideraba vivo. Nat tardó unos minutos en quitarlas una a una, antes de vendarse la herida con la manga de la camisa. Vio que el sol comenzaba a desaparecer detrás de las colinas. Disponía de muy poco tiempo para averiguar si alguno de sus compañeros había sobrevivido.

Se levantó de nuevo y realizó una vuelta completa; solo se detuvo cuando vio una columna de humo que se elevaba entre los árboles. Caminó a la pata coja en aquella dirección y le fue imposible contener el vómito cuando se encontró con el cadáver carbonizado del joven piloto, cuyo nombre desconocía, con la casaca del uniforme colgada de una rama. Solo las barras de teniente en la solapa indicaban quién había sido. Nat se ocuparía más tarde de su sepultura, pero en esos momentos tenía que correr contra el sol. Entonces escuchó un gemido.

– ¿Dónde está? -gritó. El gemido se repitió un poco más fuerte. Nat se volvió. El corpachón del cabo primero Foreman estaba enganchado en unas ramas, a poco más de un metro por encima de los restos del helicóptero. Cuando tendió las manos para sujetar al herido, los gemidos subieron de volumen-. ¿Puede escucharme? -El hombre abrió y cerró los ojos mientras Nat lo bajaba hasta el suelo-. No se preocupe, lo llevaré de regreso a casa -se oyó decir a sí mismo como un héroe de tebeo.

Nat cogió la brújula del cinto del cabo Foreman, miró la posición del sol y fue entonces cuando vio un objeto en un árbol. Sería fantástico si encontraba la manera de recuperarlo. Caminó lentamente hasta el árbol. Comenzó a saltar con la pierna sana hasta que consiguió sujetar la rama y la sacudió con la intención de que se desprendiera de su carga. Ya estaba a punto de renunciar al esfuerzo cuando se movió unos centímetros. Sacudió la rama con renovados bríos; se movió un poco más y súbitamente, sin previo aviso, cayó sin más. Hubiese caído directamente sobre la cabeza de Nat de no haberse él apartado con presteza, a la vista de que no podía saltar.

Nat descansó unos momentos; luego, movió poco a poco al cabo Foreman y lo colocó en la camilla. Después se sentó en el suelo y contempló cómo el sol desaparecía detrás del árbol más alto, tras completar su tarea del día en aquella zona del planeta.

Había leído en alguna parte sobre una madre que consiguió mantener vivo a su hijo después de un accidente de tráfico, gracias a que estuvo hablándole toda la noche. Nat le habló al cabo Foreman durante toda la noche.


Fletcher leyó, dominado por la incredulidad más absoluta, cómo con la ayuda de los campesinos, el teniente Nat Cartwright había transportado la camilla de aldea en aldea en un recorrido de trescientos treinta y siete kilómetros y había visto salir y ponerse el sol diecisiete veces antes de llegar a las afueras de la ciudad de Saigón, donde los dos hombres fueron trasladados al hospital de campaña más cercano.

El cabo primero Speck Foreman murió tres días más tarde, sin llegar a saber el nombre del teniente que lo había rescatado y que entonces luchaba por salvar su propia vida.

Fletcher buscó todas las noticias que mencionaban al teniente Cartwright, con la más absoluta seguridad de que viviría.

Una semana más tarde trasladaron a Nat por vía aérea al campamento Zama en Japón, donde fue sometido a una intervención quirúrgica que le salvó la pierna. Al mes lo trasladaron al centro médico Walter Reed en la ciudad de Washington para completar la recuperación.

La siguiente vez que Fletcher vio a Nat Cartwright fue en la primera plana del New York Times. Aparecía estrechando la mano del presidente Johnson en la rosaleda de la Casa Blanca.

Le habían otorgado la medalla al honor.

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Michael y Susan Cartwright se quedaron anonadados con su visita a la Casa Blanca para presenciar la ceremonia en la rosaleda durante la cual su único hijo recibió la medalla al honor. Después de la ceremonia, el presidente Johnson escuchó atentamente al padre de Nat, que le explicó los problemas a los que se enfrentarían los norteamericanos si todos vivían hasta los noventa sin contar con un seguro de vida. «Durante el siglo venidero, los norteamericanos vivirán jubilados el mismo tiempo que ahora dedican al trabajo», fueron las palabras que Lyndon B. Johnson repitió a los miembros de su gabinete a la mañana siguiente.

En el viaje de regreso a Cromwell, la madre de Nat le preguntó cuáles eran sus planes para el futuro.

– No estoy muy seguro, porque es algo que no depende de mí -le respondió él-. Tengo órdenes de presentarme el lunes en Fort Benning. Entonces sabré qué es lo que el coronel Tremlett me tiene preparado.

– Otro año desperdiciado -se lamentó su madre.

– Fortalecerá su carácter -manifestó el padre, rebosante de entusiasmo después de su larga charla con el presidente.

– No creo que a Nat le haga mucha falta -replicó la madre.

Nat sonrió mientras miraba a través de la ventanilla el paisaje de Connecticut. Durante los diecisiete días con sus correspondientes noches que había arrastrado la camilla casi sin comer ni dormir, se había preguntado si alguna vez vería de nuevo su tierra natal. Pensó en las palabras de su madre y estuvo de acuerdo con ella. Le enfurecía la idea de desperdiciar otro año sin hacer otra cosa que rellenar formularios y saludar a sus superiores mientras preparaba a su sustituto. Los jefes habían dejado claro que no le permitirían regresar a Vietnam y arriesgar así la vida de uno de los grandes héroes norteamericanos.

Aquella noche mientras cenaban su padre, después de repetir varias veces la conversación que había mantenido con el presidente, le pidió a Nat que les contara más cosas de Vietnam.

Nat dedicó más de una hora a describirles Saigón, el campo y sus pobladores, sin hacer casi ninguna referencia a su trabajo como oficial de intendencia.

– Los vietnamitas son personas amistosas y muy trabajadoras -les dijo a sus padres-. Parecen sinceros cuando dicen que les gusta tenernos allí, pero nadie, ni aquí ni allá, cree que podamos quedarnos para siempre. Mucho me temo que la historia considere todo el episodio como algo inútil y que en cuanto se acabe se borrará rápidamente de la memoria nacional. -Miró a su padre-. Al menos tu guerra tenía un sentido.

La madre asintió y Nat se sorprendió al ver que su padre no le respondía inmediatamente con una opinión contraria.

– ¿Hay alguna cosa que te llamara especialmente la atención y que guardas en tus recuerdos? -le preguntó su madre, en la ilusión de que su hijo le hablaría de su experiencia en el frente.

– Sí. La desigualdad entre los hombres.

– Estamos haciendo todo lo posible para ayudar a los vietnamitas.

– No me refiero al pueblo vietnamita, papá. Hablo de aquello que Kennedy describió como «mis compañeros norteamericanos».

– ¿Mis compañeros norteamericanos? -repitió la madre.

– Sí, porque lo que nunca olvidaré es el trato que damos a las minorías, sobre todo a los negros. La mayoría de los soldados en el campo de batalla son negros por la única y sencilla razón de que no pueden permitirse contratar a un buen abogado que les diga cómo librarse del reclutamiento.

– Tu mejor amigo…

– Lo sé -dijo Nat-, y me alegra que Tom pidiera una prórroga, porque bien podría haber corrido la misma suerte de Dick Tyler.

– O sea, que te arrepientes de tu decisión -afirmó su madre en voz baja.

Nat se tomó unos momentos antes de responder.

– No, pero muy a menudo pienso en Speck Foreman, en su esposa y sus tres hijos en Alabama; me pregunto para qué sirvió su muerte.


Nat se levantó temprano a la mañana siguiente para coger el primer tren con destino a Fort Benning. Miró la hora cuando el tren entró en la estación de Columbus. Todavía disponía de una hora antes de su cita con el coronel, así que decidió recorrer a pie los poco más de tres kilómetros que había hasta la academia. Mientras caminaba, el verse obligado a responder a los saludos de cualquiera por debajo del rango de capitán le recordó que se encontraba en una ciudad cuya vida se desarrollaba alrededor de la guarnición. Algunas personas le sonrieron al ver la medalla al honor, como si se hubiesen cruzado con una estrella deportiva.

Se presentó en la antesala del despacho del coronel Tremlett quince minutos antes de la hora convenida.

– Buenos días, capitán Cartwright -le saludó un ayudante de campo, todavía más joven que él-. El coronel me dijo que le hiciera pasar en cuanto llegara.

Nat entró en el despacho del coronel y se cuadró para saludarlo militarmente. Tremlett se levantó en el acto y se acercó para abrazarlo con grandes muestras de afecto. El ayudante de campo no disimuló su sorpresa porque hasta entonces había creído que solo los oficiales franceses se saludaban de esa guisa. El coronel le señaló una silla a Nat, y luego volvió a su asiento. Abrió un grueso expediente que estaba encima de la mesa y echó una ojeada a varias páginas.

– ¿Tiene alguna idea de lo que quiere hacer durante el año que viene, Nat?

– No, señor, pero a la vista de que no se me permite que vuelva a Vietnam, estoy más que dispuesto a aceptar su oferta anterior y permanecer en la academia para ayudarle con los nuevos alumnos.

– Ese trabajo ha sido asignado a otro -dijo Tremlett-; ya no tengo muy claro de que a largo plazo fuese lo más conveniente para usted.

– ¿Ha pensado en alguna otra cosa, señor?

– Ahora que lo menciona, así es -admitió el coronel-. En cuanto me confirmaron que regresaba a casa, llamé a los mejores abogados de la academia para que me aconsejaran. Por norma, desprecio a los abogados, unos tipejos que solo libran sus batallas en los juzgados, pero debo reconocer que en esta ocasión a uno de ellos se le ha ocurrido un plan verdaderamente genial. -Nat no hizo comentario alguno, porque quería saber cuanto antes qué se traía el coronel entre manos-. Las normas y los reglamentos se pueden interpretar de muchas maneras. ¿Cómo si no podrían los abogados conservar su trabajo? -comentó-. Hace un año, usted firmó el reclutamiento y después de recibir sus galones lo enviaron a Vietnam, donde, gracias a Dios, demostró que me había equivocado.

Nat quería decirle al coronel que dejara de andarse por las ramas, pero se contuvo.

– Por cierto, Nat, me he olvidado de preguntarle si le apetece un café.

– No, muchas gracias, señor -contestó Nat, que hizo todo lo posible por no mostrarse impaciente.

– Pues creo que yo me tomaré uno. -El coronel sonrió, mientras cogía el teléfono-. Prepáreme un café, Dan, y también un par de donuts. -Miró a Nat-. ¿Está seguro de que no cambiará de opinión?

– Se lo está pasando en grande, ¿no es así, coronel? -replicó Nat, con otra sonrisa.

– Para serle sincero, sí. Verá, me ha costado varias semanas conseguir que Washington aceptara mi propuesta y por tanto espero que me perdone si me divierto durante unos minutos más.

Nat mostró una expresión resignada y se acomodó en la silla.

– Por lo que se ve, hay muchas puertas abiertas a su disposición, aunque desde mi punto de vista casi todas ellas son una pérdida de tiempo. Podría, por ejemplo, solicitar la baja por las heridas en el campo de batalla. Si siguiésemos por ese camino, se le concedería una pequeña pensión y se podría marchar de aquí dentro de unos seis meses; después de sus servicios como oficial de intendencia no es necesario que le diga lo lento que es el papeleo. También podría, por supuesto, acabar su período de servicio aquí mismo, en la academia, pero la verdad sea dicha, ¿quiero a un lisiado a mi servicio? -preguntó el coronel, muy complacido consigo mismo, cuando el ayudante de campo entró en el despacho con una cafetera y dos tazas-. Por otro lado, podría aceptar un destino en un entorno mucho más agradable, pongamos Honolulú, aunque supongo que no necesita ir hasta allí para conseguirse a una bailarina. Sin embargo, por lo que se ve cualquier oferta solo serviría para que continúe dando taconazos durante otro año. Así que ahora me veo en la necesidad de formularle una pregunta, Nat. ¿Qué tiene planeado hacer, después de terminar los dos años de servicio?

– Volver a la universidad, señor, y continuar con mis estudios.

– Esa es exactamente la respuesta que esperaba -afirmó el coronel-, así que eso es justo lo que hará.

– El nuevo curso comienza la semana que viene -le recordó Nat-; usted mismo ha dicho que el papeleo tardará como…

– A menos que quiera firmar por otros seis años. Entonces verá cómo el papeleo se soluciona con una rapidez sorprendente.

– ¿Firmar por otros seis años? -repitió Nat, dominado por la incredulidad más absoluta-. Confiaba en abandonar el ejército, no en quedarme.

– Se marchará -replicó el coronel-, pero solo si firma por otros seis años. Verá, con sus calificaciones, Nat -añadió mientras se levantaba para pasearse por el despacho-, puede solicitar inmediatamente el ingreso en cualquier clase de estudios superiores; lo que es más, el ejército se los pagará.

– Ya tengo una beca -le recordó Nat a su comandante.

– Soy muy consciente de ello, está todo aquí -dijo el coronel y le señaló el expediente abierto-. Pero la universidad no le ofrece además la paga de capitán.

– ¿Me pagarán por ir a la universidad?

– Sí, recibirá la paga íntegra de capitán, además de una asignación por servicios en ultramar.

– ¿Servicios en ultramar? No pienso solicitar una plaza en la universidad de Vietnam. Quiero ir a Connecticut y después a Yale.

– Es lo que hará, porque la reglamentación estipula que si, y solo si, ha servido en el extranjero, en una zona de combate, y, cito textualmente -el coronel buscó la página en el expediente-, «entonces la solicitud para cursar estudios superiores recibirá el mismo trato que el de su último destino». He decidido que los abogados son merecedores de mi estimación -añadió-, porque aunque no se lo crea, han dado con algo todavía mejor. -Tremlett bebió un trago de café mientras Nat permanecía en silencio-. No solo recibirá la paga completa de capitán y la asignación por servicios en el extranjero, sino que debido a su herida, al final de los seis años, pasará automáticamente a la reserva y estará en condiciones de solicitar la pensión de capitán.

– ¿Cómo consiguieron colarle algo así al Congreso? -preguntó Nat.

– Supongo que nunca se les ocurrió pensar que alguien podría entrar en las cuatro categorías al mismo tiempo -contestó el coronel.

– En alguna parte tiene que estar la trampa.

– Sí, hay una -comentó el comandante con una expresión seria-, porque incluso el Congreso tiene que protegerse la retaguardia. -Nat esperó a que se la dijera-. En primer lugar, tendrá que presentarse en Fort Benning todos los años para dos semanas de entrenamiento intensivo.

– Eso es algo que me encanta -afirmó Nat.

– Luego, cuando pasen los seis años -continuó el coronel sin hacer caso de la interrupción-, permanecerá en la lista de servicio activo hasta que cumpla los cuarenta y cinco años, así que si hay alguna otra guerra, podrían llamarle a filas.

– ¿Eso es todo? -preguntó Nat, incrédulo.

– Eso es todo -le confirmó el coronel.

– ¿Qué tengo que hacer ahora?

– Firmar los seis documentos que han redactado los abogados; después le enviaremos de vuelta a la Universidad de Connecticut de aquí a una semana. Por cierto, ya he hablado con el secretario y me ha dicho que le esperan para las clases del lunes. Me pidió que le comunicara que la primera clase es a las nueve de la mañana. A mí me parece un poco tarde.

– Usted ya sabía cuál sería mi respuesta, ¿no es así, señor?

– Debo reconocer que me pareció que lo consideraría una alternativa mejor a la de tener que prepararme el café durante los próximos doce meses. ¿Está seguro de que no quiere acompañarme? -preguntó el coronel, mientras se servía una segunda taza.


– ¿Aceptas a esta mujer como tu legítima esposa? -preguntó el obispo de Connecticut.

– Sí -respondió Jimmy.

– ¿Aceptas a este hombre como tu legítimo esposo?

– Sí -contestó Joanna.

– ¿Aceptas a esta mujer como tu legítima esposa? -repitió el obispo.

– Sí -respondió Fletcher.

– ¿Aceptas a este hombre como tu legítimo esposo?

– Sí -contestó Annie.

Los casamientos dobles eran un acontecimiento muy poco frecuente en Hartford y el obispo declaró que eran los primeros que había oficiado.

El senador Gates ocupaba el primer lugar en la fila de la recepción y le dedicaba una sonrisa a cada uno de los invitados que llegaba. Los conocía a casi todos ellos. Después de todo, eran sus dos hijos quienes se casaban el mismo día.

– ¿Quién hubiese dicho que Jimmy acabaría casándose con la chica más brillante de su clase? -comentaba Harry, con orgullo.

– ¿Por qué no? -replicó Martha-. Tú lo hiciste y no te olvides de que, gracias a Joanna, consiguió acabar cum laude.

– Cortaremos la tarta en el momento en que todos estén sentados a la mesa -anunció el jefe del comedor-. Necesito que los recién casados se coloquen delante y los padres detrás de la tarta cuando se hagan las fotos.

– No tendrá que preocuparse de mi marido -le dijo Martha Gates-. En cuanto aparezca la primera cámara, Harry estará delante en menos que canta un gallo; es deformación profesional.

– Una verdad como un templo -admitió el senador. Se volvió hacia Ruth Davenport, quien miraba con expresión pensativa a su nuera.

– Hay momentos en los que me pregunto si ambos no son demasiado jóvenes.

– Tienen veinte años -afirmó el senador-. Martha y yo nos casamos cuando ella tenía la misma edad.

– Pero Annie aún no ha terminado la carrera.

– ¿Importa mucho eso? Han estado juntos durante los últimos seis años. -El senador se volvió para saludar a un nuevo invitado.

– Algunas veces desearía… -comenzó Ruth.

– ¿Qué es lo que algunas veces deseas? -le preguntó Robert, que se encontraba junto a su esposa.

Ruth se giró para que el senador no oyera su respuesta.

– Nadie quiere a Annie más que yo, pero algunas veces lamento que… -titubeó- no hubiesen salido más con otros chicos y chicas.

– Fletcher conoce a muchísimas chicas, pero sencillamente no ha querido salir con ninguna. -Robert se mantuvo callado mientras el camarero le llenaba de nuevo la copa de champán-. Por cierto, ¿cuántas veces he ido contigo de compras, para que después acabaras comprando el primer vestido que te habías probado?

– Eso es algo que no me impidió considerar a otros hombres antes de que me decidiera por ti -le recordó Ruth.

– Sí, pero aquello fue diferente, porque ninguno de ellos te quería.

– Robert Davenport, te diré que…

– Ruth, ¿has olvidado cuántas veces te pedí que te casaras conmigo antes de que me aceptaras? Incluso traté de dejarte embarazada.

– Nunca me lo dijiste -exclamó Ruth, con una mirada de sorpresa.

– Es evidente que has olvidado los años que pasaron antes de que naciera Fletcher.

Ruth volvió a mirar de nuevo a su nuera.

– Confiemos en que ella no tenga que enfrentarse al mismo problema.

– No hay ningún motivo para suponerlo. No es Fletcher quien dará a luz. Yo diría que Fletcher, como yo, nunca volverá a mirar a otra mujer durante el resto de su vida.

– ¿Nunca has vuelto a mirar a otra mujer desde que nos casamos? -le preguntó Ruth después de estrechar las manos de otros dos invitados.

– No -contestó Robert antes de beber otro trago de champán-. Me he acostado con varias, pero nunca las miré.

– Robert, ¿cuánto has bebido?

– No he contado las copas -admitió Robert, mientras Jimmy se apartaba de la fila.

– ¿De qué se ríen ustedes dos, señor Davenport?

– Le hablaba a Ruth de mis muchas conquistas, pero se niega a creerme. Dime una cosa, Jimmy, ¿a qué te dedicarás cuando te gradúes?

– Me uniré a Fletcher para estudiar derecho. Es probable que no me resulte algo sencillo, pero con su hijo para que me saque adelante durante el día y Joanna por la noche, quizá lo consiga. Seguramente están muy orgullosos de él.

– Magna cum laude y representante del claustro de estudiantes -manifestó Robert-. Claro que lo estamos. -Levantó la copa vacía para que el camarero la volviera a llenar.

– Estás borracho -le reprochó Ruth, divertida.

– Como siempre, querida, tienes toda la razón, pero eso no impedirá que me sienta tremendamente orgulloso de mi único hijo.

– Pues nunca hubiese llegado a representante estudiantil sin la colaboración de Jimmy -afirmó Ruth rotundamente.

– Es muy amable de su parte decirlo, señora Davenport, pero no olvide que Fletcher obtuvo una victoria aplastante.

– Así es, pero solo después de que tú convencieras a Tom… como se llame, que debía retirarse y respaldar a Fletcher.

– Quizá fue una ayuda. Así y todo, Fletcher fue quien propuso los cambios que afectarán a las futuras generaciones de estudiantes de Yale -dijo Jimmy. Annie se reunió con ellos-. Hola, hermanita.

– Cuando sea presidenta de la General Motors, ¿continuarás llamándome de esa manera tan absurda?

– Claro que sí, y lo que es más, nunca volveré a conducir un Cadillac.

Annie estaba a punto de golpearlo, cuando el jefe de comedor les anunció que había llegado el momento de cortar la tarta.

Ruth cogió a su nuera por el talle.

– No hagas el más mínimo caso de tu hermano -le dijo-, porque en cuanto acabes la carrera, le habrás puesto en su lugar.

– No tengo nada que demostrarle a mi hermano -replicó Annie-. Es su hijo quien siempre ha marcado el paso.

– Creo que también podrás ganarle a él -afirmó Ruth.

– No estoy muy segura de querer hacerlo -opinó Annie-. Dice que quiere dedicarse a la política en cuanto sea abogado.

– Eso no tendría que impedirte acabar tus estudios universitarios.

– No, pero tampoco soy tan orgullosa como para no hacer los sacrificios que sean si con ello le ayudo a realizar sus ambiciones.

– Tienes todo el derecho a tener tu propia profesión -proclamó Ruth.

– ¿Por qué? ¿Porque de pronto se ha puesto de moda? Quizá no soy como Joanna -señaló la joven mientras miraba a su cuñada-. Sé lo que quiero, Ruth, y haré todo lo que sea necesario para conseguirlo.

– ¿Qué es lo que deseas? -le preguntó Ruth en voz baja.

– Apoyar al hombre que amo durante el resto de mi vida, criar a sus hijos, disfrutar con sus éxitos, y a la vista de todas las presiones de los setenta, eso puede resultar mucho más duro que obtener un magna cum laude de Vassar -dijo Annie mientras cogía el cuchillo de plata con el mango de marfil-. Sospecho que celebraremos muchas menos bodas de oro en el siglo veintiuno que en este.

– Eres un hombre afortunado, Fletcher -le comentó su madre en el momento que Annie empezaba a cortar la tarta.

– Lo sé incluso desde antes de que le quitaran el aparato de ortodoncia -afirmó Fletcher.

Annie le pasó el cuchillo a Joanna.

– Pide un deseo -le susurró Jimmy.

– Ya lo he hecho, pipiolo -replicó ella-, y lo que es más: se me ha concedido.

– Ah, ¿te refieres al privilegio de casarte conmigo?

– Dios bendito, no, es muchísimo más importante que eso.

– ¿Qué puede haber que sea más importante?

– Vamos a tener un hijo.

Jimmy abrazó a su esposa.

– ¿Cuándo sucedió?

– No sé el momento exacto, pero dejé de tomar la píldora en cuanto me convencí de que te licenciarías.

– Eso es maravilloso. Venga, vamos a compartir la noticia con nuestros invitados.

– Si les dices una sola palabra, te clavaré el cuchillo a ti en lugar de cortar la tarta. Siempre he sabido que sería un error casarme con un pipiolo pelirrojo.

– Estoy seguro de que el bebé será pelirrojo.

– No estés tan seguro, jovenzuelo, porque si se lo dices a alguien, declararé no saber quién es el padre.

– Damas y caballeros -gritó Jimmy, mientras su esposa levantaba el cuchillo-, quiero comunicarles algo. -El silencio se impuso en la sala-. Joanna y yo vamos a tener un bebé.

El silencio se prolongó una fracción de segundo y luego los quinientos invitados comenzaron a aplaudir con entusiasmo.

– Estás muerto, pipiolo -afirmó Joanna y clavó el cuchillo en la tarta.

– Lo supe desde el momento en que te conocí, señora Gates, pero creo que debemos tener por lo menos tres hijos antes de que me mates.

– Bueno, senador, está usted camino de convertirse en abuelo -comentó Ruth-. Le felicito. No veo la hora de ser abuela, aunque sospecho que pasará algún tiempo antes de que Annie tenga su primer hijo.

– Estoy seguro de que ni siquiera pensará en el tema hasta que acabe los estudios -respondió Harry Gates-, sobre todo cuando se enteren de lo que tengo pensado para Fletcher.

– ¿No podría ocurrir que Fletcher no quiera seguir sus planes? -indicó Ruth.

– No mientras Jimmy y yo consigamos hacerle sentir desde el primer momento que ha sido idea suya.

– ¿No cree que en estos momentos quizá ya sepa qué se trae usted entre manos?

– Ha sido capaz de hacerlo desde el día que le conocí en el partido de Hotchkiss contra Taft hace casi diez años. En aquel momento tuve claro que él sería capaz de poner el listón mucho más alto que yo. -El senador rodeó la cintura de Ruth con el brazo-. Sin embargo, hay un problema y quizá pueda necesitar su ayuda.

– ¿De qué se trata?

– No creo que Fletcher haya decidido todavía si es demócrata o republicano, y sé la opinión de su marido…

– ¿No es una noticia maravillosa que Joanna esté embarazada? -le dijo Fletcher a su suegra.

– Desde luego que sí -admitió Martha-. Harry ya está contando la renta de votos que tendrá en cuanto se convierta en abuelo.

– ¿Por qué cree que ganará votos?

– Las personas de la tercera edad son el sector del electorado que más crece, así que puede representar un porcentaje de un punto el que vean a Harry pasear a su nieto en el cochecito.

– Si Annie y yo tenemos un hijo, ¿también representará un punto más?

– No, no, todo es cuestión del momento oportuno. Recuerda que Harry se presentará a la reelección dentro de dos años.

– ¿No cree que podríamos planear el nacimiento de nuestro hijo para que coincida con la fecha de las elecciones?

– Te sorprendería saber cuántos políticos lo hacen -replicó Martha.

– Enhorabuena, Joanna -dijo el senador y abrazó a su nuera.

– ¿Cree que su hijo será alguna vez capaz de guardar un secreto? -le susurró ella mientras sacaba el cuchillo de la tarta.

– No lo hará si así consigue hacer felices a sus amigos -admitió el senador-, pero si creyera que podría dañar a alguien que quiere, se llevaría el secreto a la tumba.

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El profesor Karl Abrahams entró en el aula cuando el reloj marcaba las nueve en punto. El profesor daba ocho conferencias por semestre y se decía que nunca había faltado a ninguna en treinta y siete años. Muchos otros comentarios referentes a Karl Abrahams no tenían ningún fundamento, así que él los descartaba como rumores y, por tanto, inadmisibles.

Sin embargo, dichos comentarios habían persistido hasta convertirse en parte de la leyenda del personaje. No había ninguna duda de que poseía un ingenio sardónico, como bien podían testimoniar los alumnos que habían sido sus víctimas. Si era verdad que tres presidentes lo habían invitado a formar parte del Tribunal Supremo solo los tres dirigentes lo sabían. No obstante, había constancia de que al responder a una pregunta sobre este tema, Abrahams había manifestado que el mejor servicio que podía dar a la nación era formar a la siguiente generación de abogados y conseguir que fuesen honrados y sinceros, más que ocuparse de arreglar los desaguisados cometidos por tantos malos letrados.

El Washington Post, en una nota biográfica no autorizada, señalaba que Abrahams había sido profesor de dos jueces del actual Tribunal Supremo, veintidós jueces federales y varios de los decanos de las principales facultades de derecho.

Cuando Fletcher y Jimmy asistieron a la primera de las ocho conferencias de Abrahams, no se habían llevado a engaño respecto al duro trabajo que tenían por delante. Así y todo, Fletcher creía que durante su último año de estudios había dedicado horas más que suficientes, y en muchas ocasiones se había ido a dormir bien pasada la medianoche. Al profesor Abrahams le llevó alrededor de una semana habituarle a trabajar en las horas que antes dedicaba al sueño.

El profesor Abrahams recordaba constantemente a sus alumnos de primero que no todos asistirían a su última conferencia dirigida a los licenciados en derecho al final del curso. Jimmy agachó la cabeza. Fletcher comenzó a dedicar tantas horas al trabajo de documentación que Annie casi nunca lo veía antes de que las puertas de la biblioteca estuvieran cerradas a cal y canto. Jimmy a veces se marchaba un poco antes para estar con Joanna, pero casi nunca lo hacía sin cargar con varios libros. Fletcher le comentó a Annie que nunca había visto a su cuñado trabajar tanto.

– No lo tendrá nada fácil cuando nazca el bebé -le recordó Annie a su marido uno de los días en que fue a buscarlo a la biblioteca.

– Joanna lo ha organizado de manera que el bebé nazca durante las vacaciones y así volver al trabajo cuando comience el curso.

– No quiero que nuestro hijo crezca de esa manera -le comentó Annie-. Quiero criar a mis hijos en nuestra casa; que tengan una madre dedicada exclusivamente a ellos y un padre que regrese del trabajo lo bastante temprano como para leerles un cuento antes de que se vayan a la cama.

– Por mí de acuerdo -dijo Fletcher-. Pero si cambias de opinión y decides llegar a dirigir la General Motors, no tendré el menor inconveniente en cambiarles los pañales.


Lo primero que sorprendió a Nat cuando regresó a la universidad fue lo inmaduros que parecían sus antiguos compañeros. Tenía créditos suficientes para pasar a segundo curso, pero los estudiantes que había frecuentado antes de alistarse seguían interesados por los grupos musicales o las estrellas de cine que estaban de moda; él ni siquiera había escuchado a los Doors. Hasta que no asistió a la primera clase no comprendió del todo lo mucho que la experiencia de Vietnam había cambiado su vida.

También se dio cuenta de que sus compañeros no lo trataban como si fuese uno de ellos y que algunos de los profesores se mostraban un tanto impresionados. Nat disfrutaba del respeto que le otorgaban, pero descubrió muy pronto que no siempre lo miraban con buenos ojos. Discutió el tema con Tom durante las vacaciones de Navidad y su amigo le dijo que era hasta cierto punto lógico que algunos le vieran con cierto recelo: después de todo, creían que él había matado por lo menos a un centenar de soldados del Vietcong.

– ¿Por lo menos un centenar? -repitió Nat.

– Mientras que otros han leído artículos sobre el trato que las mujeres vietnamitas les dispensan a nuestros soldados.

– Pues no he sido yo uno de los afortunados; de no haber sido por Mollie, me hubiese mantenido célibe.

– Mi consejo es que no les saques del error -afirmó Tom-, porque no dudo que los hombres te envidian y las mujeres se sienten intrigadas. Lo que menos te interesa es que descubran que eres un ciudadano respetuoso de las leyes como cualquier otro.

– Algunas veces me gustaría que recordaran que yo también tengo diecinueve años -replicó Nat.

– El problema es que el capitán Cartwright, distinguido con la medalla al honor, no da la impresión de tener diecinueve años; además, mucho me temo que la cojera es un recuerdo permanente.

Nat siguió el consejo de su amigo y decidió consumir sus energías en el aula, el gimnasio y las carreras campo a través. Los médicos le habían advertido que tardaría por lo menos un año en estar en condiciones de correr, si es que llegaba a poder hacerlo. Después de tan pesimista pronóstico, nunca dedicó menos de una hora al día a ejercitarse en el gimnasio: trepaba por las cuerdas, hacía pesas y de cuando en cuando jugaba un partido de paddle. Para finales del primer semestre ya podía recorrer la pista a buen paso, aunque tardaba una hora y veinte minutos en cubrir los nueve kilómetros. Miró su viejo horario de entrenamiento y vio que su marca cuando estaba en primero aún se mantenía en treinta y cuatro minutos dieciocho segundos. Se prometió a sí mismo que la batiría antes de acabar el segundo curso.

Otro problema al que se enfrentó Nat fue la respuesta que escuchaba cada vez que quería salir con una chica. Algunas solo pretendían acostarse con él en el acto, mientras que otras lo rechazaban de mala manera. Tom le había advertido que llevárselo a la cama era algo así como un trofeo que se disputaban muchas estudiantes y Nat no tardó mucho en descubrir que había algunas que se jactaban falsamente de haberlo conseguido.

– La fama tiene sus desventajas -comentó Nat.

– Si quieres cambiamos -le replicó Tom.

La única excepción resultó ser Rebecca, quien dejó claro desde el día que Nat regresó al campus que deseaba una segunda oportunidad. Nat se mostró algo escéptico en el tema de reavivar la vieja llama y llegó a la conclusión de que si querían reanudar la relación, tendría que ser poco a poco. Rebecca, en cambio, tenía otros planes.

Después de la segunda cita, lo invitó a su habitación para tomar un café e intentó desnudarlo apenas cerró la puerta. Nat se apartó y lo único que se le ocurrió dar como excusa fue que al día siguiente tenía programada una carrera. Rebecca no se dio por vencida y cuando reapareció unos minutos más tarde con dos tazas de café, llevaba como única prenda un camisón casi transparente. Nat comprendió de pronto que no sentía nada por ella, así que se bebió el café de un trago y volvió a decirle que necesitaba irse a dormir temprano.

– En el pasado los entrenamientos no te preocupaban en lo más mínimo -se burló Rebecca.

– Entonces tenía un buen par de piernas -le replicó Nat.

– Quizá lo que ocurre es que ya no estoy a tu altura -señaló Rebecca-, ahora que todo el mundo te considera un héroe.

– No tiene nada que ver con eso. Solo…

– Solo es que Ralph acertó contigo desde el primer momento.

– ¿Qué quieres decir? -le preguntó Nat vivamente.

– Que sencillamente eres inferior a él. -Rebecca guardó silencio un momento-. Dentro o fuera de la cama.

Nat iba a responderle, pero decidió que no valía la pena. Se marchó sin decir palabra. Más tarde, mientras estaba en la cama, se dio cuenta de que Rebecca, como muchas otras cosas, formaba parte de su pasado.

Uno de los descubrimientos más sorprendentes que hizo Nat a su regreso a la universidad fue ver el número de condiscípulos que le presionaban para que fuese el rival de Elliot en las elecciones para representante del claustro de estudiantes. Pero Nat dejó bien claro que no tenía el menor interés en presentarse a unas elecciones cuando todavía necesitaba hacer grandes esfuerzos para recuperar el tiempo perdido.

Cuando regresó a casa al final de su segundo curso, Nat le comentó a su padre que estaba tan satisfecho con que su tiempo en la carrera de campo a través hubiera bajado de una hora como por haber terminado el curso entre los seis primeros de la clase.


Nat y Tom viajaron a Europa durante el verano. Nat descubrió que una de las muchas ventajas del sueldo de capitán era que le permitía acompañar a su amigo íntimo sin tener la sensación de que no podía permitirse ese lujo.

La primera escala fue Londres, donde presenciaron el desfile de la guardia por Whitehall. Nat se dijo a sí mismo que hubiesen sido una fuerza formidable en Vietnam. En París, pasearon por los Campos Elíseos y lamentaron tener que recurrir al diccionario cada vez que veían a una mujer hermosa. Luego viajaron a Roma, donde en los pequeños restaurantes de callejuelas perdidas descubrieron el verdadero sabor de la pasta; juraron que nunca más volverían a comer en un McDonald’s.

Pero hasta que no llegaron a Venecia Nat no cayó rendido del todo; en un santiamén se convirtió en un joven promiscuo y sus gustos iban desde los desnudos a las vírgenes. Todo comenzó con Da Vinci, seguido por Bellini y luego Luini. Tal era la intensidad de su emoción que Tom estuvo de acuerdo en que pasarían algunos días más en Italia y que añadirían Florencia a su itinerario. En cada esquina se encontraba con una nueva amante: Miguel Ángel, Caravaggio, Canaletto, Tintoretto. Prácticamente cualquiera con una o al final del apellido era digno de figurar en el harén de Nat.


El profesor Karl Abrahams llegó puntualmente para dar su quinta clase del semestre y miró a los alumnos que llenaban el aula.

Comenzó la clase sin un libro, una carpeta o siquiera una nota delante, mientras les explicaba el caso de Carter contra Amalgamated Steel, que hizo historia.

– El señor Carter -comenzó el profesor- perdió un brazo en un accidente laboral en mil novecientos veintitrés y fue despedido sin recibir ni un céntimo como indemnización. Estaba incapacitado para buscar un nuevo empleo en su ramo, dado que ninguna otra siderúrgica le hubiera dado trabajo a un hombre manco, y cuando no le aceptaron para trabajar como portero en un hotel local, comprendió que no volvería a trabajar nunca más. La ley de indemnizaciones laborales no se aprobó hasta mil novecientos veintisiete, así que el señor Carter decidió dar el paso nada habitual y casi desconocido en aquel entonces de demandar a sus patronos. No podía permitirse contratar a un abogado, eso es algo que no ha cambiado con los años, pero un joven estudiante de derecho, que consideraba que el señor Carter no había recibido la indemnización que se merecía, se ofreció voluntario para representarlo en el juzgado. Ganó el caso y Carter fue indemnizado con cien dólares, una cantidad que seguramente ustedes considerarán como mínimo exigua para la lesión sufrida. No obstante, la actuación de estos dos hombres fue la responsable de que se modificara la ley. Confiemos en que alguno de ustedes pueda hacer en algún momento futuro que se modifique una ley para reparar una injusticia. Un inciso: el joven abogado se llamaba Theo Rampleiri. Se libró por los pelos de que no le echaran de la facultad por dedicar tanto tiempo al caso Carter. Más tarde, años después, fue designado como miembro del Tribunal Supremo.

Abrahams se calló un momento y frunció el entrecejo.

– El año pasado la General Motors le pagó al señor Cameron cinco millones de dólares por la pérdida de una pierna. Esto a pesar de que la empresa demostró que la lesión se había debido a la negligencia del señor Cameron. -Abrahams les explicó paso a paso el juicio, antes de añadir-: La ley es muy a menudo, como el señor Charles Dickens deseaba hacernos creer, una bestia, y quizá todavía más importante, indiscriminadamente imperfecta. No tengo palabras para el abogado que solo busca la manera de saltarse las leyes, sobre todo cuando saben exactamente qué pretendían el Senado y el Congreso cuando las aprobaron. Habrá aquellos entre vosotros que olvidarán estas palabras en cuanto entren en alguna ilustre firma de abogados, cuyo único interés es ganar como sea. Pero habrá otros, quizá no muchos, que recordarán las palabras de Lincoln: «Que se haga justicia».

Fletcher dejó de tomar apuntes por un momento y miró a su profesor.

– Para la clase siguiente -dijo Abrahams-, espero que hayan buscado los cinco casos que siguieron al de Carter contra Amalgamated Steel, hasta Demetri contra Demetri, todos los cuales dieron pie a modificaciones en la ley. Podrán trabajar en parejas, pero las parejas no se podrán consultar entre ellas. Espero que haya quedado claro. -El reloj marcó las once-. Buenos días, damas y caballeros.

Fletcher y Jimmy compartieron el trabajo de buscar documentación de los casos y para el final de la semana, habían encontrado tres que eran relevantes. Joanna recordó por casualidad un cuarto que había oído mencionar en Ohio durante la infancia, aunque rehusó darles cualquier otra pista.

– ¿Qué hay de aquello de obedecerás, honrarás y respetarás? -le recriminó Jimmy.

– Nunca prometí obedecerte, jovenzuelo -se limitó a decir ella-. Por cierto, si Elizabeth se despierta durante la noche te toca a ti cambiarle el pañal.

– Sumner contra Sumner -exclamó Jimmy con tono triunfal cuando se acostó pasada la medianoche.

– No está mal, pipiolo, pero aún tienes que encontrar el quinto para las diez de la mañana del lunes si confías en arrancarle una sonrisa al profesor Abrahams.

– Creo que necesitaremos bastante más que eso para mover los labios de ese bloque de piedra -replicó Jimmy.


Nat la vio correr delante de él mientras subía la colina y calculó que la adelantaría en la pendiente de bajada. Controló el tiempo cuando llegó a la mitad del recorrido. Diecisiete minutos y nueve segundos. Estaba seguro de que superaría su mejor marca personal y que volvería a formar parte del equipo en los primeros juegos de la temporada.

Se sentía pletórico de energía cuando superó la cima de la colina y entonces maldijo en voz alta. Aquella estúpida mujer había tomado por el camino erróneo. Tenía que ser una estudiante de primero. Comenzó a gritarle, pero no le respondió. Volvió a maldecir, cambió de dirección y fue tras ella. En el momento que bajaba la pendiente, la muchacha se volvió súbitamente y pareció sorprenderse.

– Vas en la dirección equivocada -le gritó Nat, dispuesto a dar media vuelta para seguir con el recorrido cuanto antes, pero entonces decidió acercarse para verla mejor. Corrió hasta llegar junto a ella y se mantuvo en movimiento para no enfriarse.

– Muchas gracias. Es la segunda vez que recorro el circuito y no recordaba cuál era el camino correcto en la cima de la colina.

– Tienes que seguir el sendero más angosto. -Nat le sonrió-. El más ancho te lleva directamente al bosque.

– Muchas gracias -repitió ella, y echó a correr ladera arriba sin añadir nada más.

Nat la persiguió y en cuanto le dio alcance, corrió a su lado hasta que llegaron a la cima. Se despidió de ella después de asegurarse de que esta vez seguía el camino correcto.

– Nos veremos más tarde -le dijo, pero si ella respondió a la despedida, Nat no la escuchó.

Volvió a controlar el tiempo cuando cruzó la línea de meta. Cuarenta y tres minutos cincuenta y un segundos. Maldijo una vez más mientras calculaba cuánto tiempo había perdido en acompañar a la muchacha. No le importaba. Comenzó con los ejercicios de enfriamiento y les dedicó más tiempo del habitual, mientras esperaba la llegada de la muchacha.

La joven no tardó mucho en aparecer en la cima y bajó la ladera hacia la línea de meta, sin darse mucha prisa.

– Lo has conseguido -comentó Nat con una sonrisa mientras se acercaba sin dejar de correr. Ella no le devolvió la sonrisa-. Soy Nat Cartwright.

– Sé quién eres -replicó la muchacha secamente.

– ¿Nos conocemos?

– No. Solo te conozco por tu reputación.

Acto seguido, la joven se alejó corriendo hacia el vestuario de mujeres sin darle más explicaciones.


– De pie todos aquellos que han encontrado los cinco casos.

Fletcher y Jimmy se levantaron con sendas expresiones de triunfo, algo que les duró muy poco cuando vieron que por lo menos un setenta por ciento de la clase se había levantado también.

– ¿Cuatro? -preguntó el profesor que procuró no parecer demasiado desdeñoso. La mayoría de los que habían permanecido sentados se levantaron y solo quedó un diez por ciento sin moverse de sus asientos. Fletcher se preguntó cuántos de ellos acabarían el curso-. Pueden sentarse -dijo Abrahams-. Comenzaremos con el caso de Maxwell River Gas contra Pennstone. ¿Cuáles fueron los cambios que se introdujeron en la ley a partir de este caso en particular? -Señaló a un alumno de la tercera fila.

– En mil novecientos treinta y dos se convirtió en responsabilidad de las empresas asegurar que la maquinaria cumpliera con las normas de seguridad y que los empleados aprendieran los procedimientos de emergencia.

El profesor señaló a otro alumno.

– Se dispuso que se colocarían instrucciones escritas para que todos los trabajadores pudieran leerlas.

– ¿Cuándo se convirtió en redundante dicha disposición?

El dedo se movió y respondió otra voz.

– Reynolds contra McDermond Timber.

– Correcto. -Otro alumno-. ¿Por qué?

– Reynolds sufrió la amputación de tres dedos mientras aserraba un tronco. Su defensa demostró que no sabía leer y que no le habían dado ninguna instrucción oral referente al manejo de la máquina.

– ¿Cuál fue el fundamento de la nueva ley? -El dedo se movió de nuevo.

– La ley laboral de mil novecientos treinta y cuatro, cuando se convirtió en responsabilidad del patrono enseñar a todo el personal, oralmente y por escrito, cómo utilizar las máquinas.

– ¿Cuándo fue necesario introducir nuevas modificaciones? -El profesor señaló a otro alumno.

– Rush contra el gobierno.

– Correcto. Pero ¿por qué el gobierno ganó el caso a pesar de ser culpable? -Otra selección.

– No lo sé, señor.

El dedo se desvió despectivamente y buscó a algún otro que sí lo supiera.

– El gobierno defendió su posición cuando se demostró que Rush había firmado una declaración donde se decía… -El dedo se movió.

– … que había recibido todas las instrucciones estipuladas por la ley.

El dedo se movió otra vez.

– Además, había continuado en su trabajo una vez transcurrido el período de tres años.

El dedo siguió moviéndose.

– … pero el gobierno demostró que no era una empresa en el sentido literal de la palabra, dado que la ley había sido mal redactada por los políticos.

– No culpen a los políticos -les advirtió Abrahams-. Son los abogados quienes redactan las leyes, así que deben asumir la responsabilidad. Los políticos no fueron los culpables en esta ocasión y, por tanto, después de que el tribunal aceptara que el gobierno no estaba obligado a cumplir su propia legislación, ¿cuál fue la causa de que se volviera a modificar la ley? -Señaló a otro alumno aterrorizado.

– Demetri contra Demetri -respondió el alumno.

– ¿Cuál fue la diferencia con las leyes anteriores? -El dedo señaló a Fletcher.

– Fue la primera vez que un miembro de una familia demandó a otro por negligencia mientras aún estaban casados, además de ser propietarios al cincuenta por ciento de la empresa en cuestión.

– ¿Por qué no prosperó la demanda? -preguntó Abrahams, sin desviar la mirada.

– Porque la señora Demetri se negó a testificar contra su marido.

El dedo señaló a Jimmy.

– ¿Por qué se negó? -quiso saber Abrahams.

– Porque era estúpida.

– ¿Por qué era estúpida? -preguntó el profesor.

– Porque probablemente el marido se acostó con ella la noche anterior o le dio una paliza, o las dos cosas a la vez, y la mujer decidió cerrar el pico.

Se escucharon algunas risas.

– ¿Fue usted testigo del acto amoroso, señor Gates, o de la paliza? -preguntó Abrahams, y las risas sonaron más con más fuerza.

– No, señor, pero estoy seguro de que ocurrió algo parecido.

– Puede que tenga usted razón, señor Gates, pero no hubiese podido probar lo que tuvo lugar aquella noche en el dormitorio a menos de que dispusiera de un testigo ocular. De haber hecho una declaración de ese calibre en el juicio, el abogado de la otra parte habría protestado, el juez habría admitido la protesta y el jurado le habría tomado por un tonto, señor Gates. Pero todavía más importante es que le hubiese fallado a su cliente. Nunca confíe en lo que quizá pasó, por muy probable que parezca, a menos que pueda demostrarlo. Si no puede, guarde silencio.

– Pero… -comenzó Fletcher.

Varios alumnos se apresuraron a agachar la cabeza, otros contuvieron la respiración, mientras que los restantes miraban a Fletcher, estupefactos.

– ¿Nombre?

– Davenport, señor.

– ¿Por casualidad está usted en condiciones de explicarnos qué ha querido decir con ese «pero», señor Davenport?

– La señora Demetri fue informada por su abogado de que si ganaba el caso, dado que ninguno de los dos era el socio mayoritario, la empresa cesaría su actividad económica. La ley Kendall de mil novecientos cuarenta y uno. Entonces ella puso a la venta sus acciones, que fueron adquiridas por el principal competidor de su marido, un tal señor Canelli, por cien mil dólares. No puedo probar que el señor Canelli se estuviera, o no, acostando con la señora Demetri, pero sí sé que la empresa se declaró en quiebra un año más tarde; entonces ella recompró las acciones a diez centavos cada una, por un monto de siete mil trescientos dólares, y a continuación formó una nueva sociedad con su marido.

– ¿El señor Canelli pudo demostrar que los Demetri habían actuado en complicidad?

Fletcher pensó la respuesta a fondo. ¿Abrahams le estaba tendiendo una trampa?

– ¿Por qué vacila? -le preguntó Abrahams.

– No constituye una prueba, profesor.

– No importa. ¿Qué es lo que quiere decirnos?

– La señora Demetri tuvo su segundo hijo un año más tarde y en la partida de nacimiento consta como padre el señor Demetri.

– Tiene usted razón, no es una prueba. Entonces, ¿cuál fue la acusación?

– Ninguna. La verdad es que la nueva empresa fue todo un éxito.

– Si fue así, ¿cómo fue que contribuyeron a la modificación de la ley?

– El juez puso el caso en manos del fiscal general de aquel estado para que lo estudiara.

– ¿Qué estado?

– El estado de Ohio y la consecuencia fue que aprobaron la ley de sociedades matrimoniales.

– ¿En qué año?

– En mil novecientos cuarenta y nueve.

– ¿Cuáles fueron los cambios relevantes?

– Los cónyuges no pueden recomprar las acciones vendidas de una antigua sociedad de la que fueron socios, si eso les beneficia directamente como individuos.

– Muchas gracias, señor Davenport -dijo el profesor, en el momento en que el reloj marcaba las once-. Su «pero» ha estado bien explicado. -Se escucharon algunos aplausos-. Pero no hasta ese extremo -añadió Abrahams mientras abandonaba el aula.


Nat se sentó a la sombra delante del edificio del comedor y esperó pacientemente. Después de haber visto salir del comedor a unas quinientas chicas, llegó a la conclusión de que la delgadez extrema de la muchacha se debía pura y simplemente al hecho de que no comía. Entonces la vio salir a la carrera por la puerta giratoria. El joven había tenido tiempo más que suficiente para ensayar sus palabras, pero le dominaron los nervios cuando la alcanzó.

– Hola, soy Nat. -Ella lo miró sin sonreír-. Nos conocimos el otro día.

Ella siguió sin responder.

– En la cumbre de la colina.

– Sí, lo recuerdo.

– No me dijiste tu nombre.

– No, no te lo dije.

– ¿He hecho algo que te ha enfadado?

– No.

– Entonces, ¿puedo preguntarte qué querías decir con «tu reputación»?

– Cartwright, quizá te sorprenda saber que en esta universidad hay algunas mujeres a las que no les parece correcto que te creas con el derecho automático a reclamar su virginidad solo porque hayas ganado la medalla al honor.

– Nunca he creído tal cosa.

– Pues en ese caso deberías saber que la mitad de las mujeres del campus afirman haberse acostado contigo.

– Pueden decir lo que quieran -replicó Nat-. La verdad es que solo hay dos que pueden demostrarlo.

– Todo el mundo sabe la cantidad de chicas que te persiguen.

– Pues si lo hacen, no parecen capaces de alcanzarme, como estoy seguro de que recordarás. -Se echó a reír, pero ella no le secundó-. ¿Por qué no puede gustarme una chica como a todos los demás?

– Porque no eres como los demás -respondió ella en voz baja-. Eres un héroe de guerra que cobras la paga de capitán y como tal esperas que los demás te obedezcan.

– ¿Quién te ha dicho eso?

– Alguien que te conoce desde el instituto.

– ¿Me equivoco si digo que se trata de Ralph Elliot?

– No, no te equivocas. El mismo a quien intentaste robarle el cargo de representante del claustro de estudiantes en Taft…

– ¿Que yo hice qué? -exclamó Nat.

– … y después copiaste su trabajo para presentarlo en Yale -acabó ella, sin hacer caso de la interrupción.

– ¿Es eso lo que te dijo?

– Sí -contestó la muchacha tranquilamente.

– En ese caso, quizá tendrías que preguntarle cómo es que no está en Yale.

– Me explicó que tú le acusaste a él de lo mismo, así que rechazaron su solicitud. -Nat ya iba a estallar de nuevo, cuando ella añadió-: Ahora pretendes ser el representante del claustro de estudiantes y al parecer tu única estrategia consiste en conseguir los votos que necesitas en la cama.

Nat hizo lo imposible por dominarse.

– En primer lugar, no quiero presentarme como candidato a representante estudiantil, y segundo, solo me he acostado con tres mujeres en mi vida: una estudiante de aquí que conocí en el instituto, una secretaria en Vietnam y una cita de una noche que ahora lamento. Si te enteras de alguna más, por favor, preséntamela porque me gustaría conocerla. -La muchacha se detuvo y miró a Nat por primera vez-. La que sea -repitió él-. ¿Ahora puedo saber cuál es tu nombre?

– Su Ling -contestó ella con voz muy suave.

– Su Ling, si te prometo que no intentaré seducirte hasta después de haber pedido tu mano en matrimonio, conseguir el permiso de tus padres, comprar la alianza, reservar la iglesia y publicar los edictos, ¿aceptarás que te invite a cenar?

Su Ling se echó a reír.

– Me lo pensaré. Perdona que me marche, pero es que llego tarde a clase.

– ¿Cómo haré para dar contigo? -le preguntó Nat, desesperado.

– Si pudiste dar con el Vietcong, capitán Cartwright, ¿crees que te resultará muy difícil dar conmigo?

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– Todos en pie. El estado contra la señora Anita Kirsten. Preside su señoría el juez Abernathy.

El juez ocupó su sitio y miró hacia la mesa de la defensa.

– ¿Cómo se declara, señora Kirsten?

Fletcher se levantó detrás de la mesa de la defensa.

– Mi cliente se declara inocente, su señoría.

– ¿Representa usted a la acusada? -preguntó el magistrado.

– Sí, su señoría.

El juez Abernathy echó una ojeada al pliego de cargos.

– No creo haberle visto antes, señor Davenport.

– No, su señoría, esta es mi primera intervención en su juzgado.

– ¿Quiere acercarse al estrado, señor Davenport?

– Sí, señor. -Fletcher abandonó su sitio y se acercó al estrado.

El fiscal se reunió con ellos.

– Buenos días, caballeros -dijo el juez Abernathy-. ¿Puedo saber si tiene la titulación necesaria para que sea reconocido en mi juzgado, señor Davenport?

– No, su señoría.

– Comprendo. ¿Su cliente lo sabe?

– Sí, señor, lo sabe.

– Así y todo, ¿está dispuesta a que la represente, a pesar de que se la acusa de un crimen capital?

– Sí, señor.

El juez miró al fiscal general de Connecticut.

– ¿Tiene usted alguna objeción a que el señor Davenport represente a la señora Kirsten?

– Ninguna en absoluto, su señoría; el estado lo agradece.

– No me cabe duda -manifestó el juez-. Aun así, debo preguntarle, señor Davenport, si tiene algún tipo de experiencia en leyes.

– Muy poca, su señoría -admitió Fletcher-. Estoy cursando el segundo curso de derecho en Yale y este será mi primer caso.

El juez y el fiscal sonrieron al escucharle.

– ¿Puedo preguntarle quién es su director de estudios? -dijo el juez.

– El profesor Karl Abrahams, su señoría.

– Entonces es para mí un orgullo presidir su primer caso, señor Davenport, porque eso es algo que usted y yo tenemos en común. ¿Qué dice usted, señor Stamp?

– Yo me licencié en Carolina del Sur.

– Aunque esto no deja de ser muy irregular, quien tiene la última palabra es el acusado, así que comencemos con el caso.

El fiscal y Fletcher volvieron a sus asientos. El juez miró a Fletcher.

– ¿Solicitará la libertad bajo fianza, señor Davenport?

Fletcher se levantó para responder.

– Sí, su señoría.

– ¿Qué alega?

– La señora Kirsten carece de antecedentes delictivos y no representa amenaza alguna para la comunidad. Es madre de dos hijos: Alan, de siete años, y Della, de cinco, quienes en estos momentos están al cuidado de su abuela en Hartford.

El juez miró al fiscal.

– ¿La fiscalía tiene alguna objeción a la libertad bajo fianza, señor Stamp?

– Por supuesto que sí, su señoría. Nos oponemos a la fianza no solo sobre la base de que este es un delito capital, sino porque el asesinato fue premeditado. Por tanto, consideramos que la señora Kirsten representa un peligro para la sociedad y que podría intentar huir de la jurisdicción del estado.

Fletcher se levantó en el acto.

– Debo protestar, su señoría.

– ¿Cuál es el motivo de la protesta, señor Davenport?

– Que siendo esta efectivamente una acusación capital, salir del estado es irrelevante, su señoría, y en cualquier caso, la casa de la señora Kirsten está en Hartford, donde se gana la vida como empleada de la limpieza en el hospital de Santa María, y que sus dos hijos asisten a clase en una escuela local.

– ¿Alguna cosa más, señor Davenport?

– No, su señoría.

– Se rechaza la fianza -anunció el juez. Golpeó con el mazo-. Se levanta la sesión hasta el lunes diecisiete. Todos en pie.

El juez Abernathy le guiñó un ojo a Fletcher mientras salía de la sala.


Treinta y cuatro minutos y diez segundos. Nat no podía disimular su satisfacción al ver que no solo había superado su mejor marca personal, sino que había acabado sexto en las pruebas de clasificación y por tanto era seguro que formaría parte del equipo en los juegos contra la Universidad de Boston.

Tom se le acercó mientras Nat hacía la habitual tanda de ejercicios de estiramiento para enfriarse.

– Enhorabuena. Estoy convencido de que antes del final de la temporada habrás bajado otro minuto de la marca.

Nat se miró la profunda cicatriz roja de la pantorrilla y acabó de ponerse el pantalón del chándal.

– ¿Qué te parece si esta noche salimos a cenar y lo celebramos? -añadió Tom-. Hay algo que quiero discutir contigo antes de regresar a Yale.

– Esta noche no puedo -respondió Nat. Los dos amigos caminaron en dirección a los vestuarios-. Tengo una cita.

– ¿Alguien que yo conozca?

– No, y es mi primera cita en varios meses. Debo admitir que estoy algo nervioso.

– ¿El capitán Cartwright nervioso? Venga ya -se burló Tom.

– Te lo juro. Ella cree que soy una mezcla de don Juan y Al Capone.

– Por lo que parece, es alguien que sabe juzgar a las personas -opinó Tom-. Cuéntamelo todo.

– No hay gran cosa que contar. Nos cruzamos en lo alto de la colina mientras corríamos. Es brillante, apasionada, muy hermosa, y cree que soy un malnacido. -Nat le relató la conversación que habían mantenido delante del comedor.

– Es evidente que Ralph Elliot tuvo la oportunidad de dar primero su versión.

– Al demonio con Elliot. ¿Crees que debo llevar americana y corbata?

– No me habías pedido esa clase de consejos desde que estábamos en Taft.

– En aquellos días tenía que pedirte prestada la americana y la corbata. ¿Qué me recomiendas?

– El uniforme de gala con todas las medallas.

– Hablo en serio.

– Creo que confirmaría totalmente la opinión que tiene de ti.

– Eso es precisamente lo que pretendo evitar.

– Pues, en ese caso, intenta mirarlo desde su punto de vista.

– Te escucho.

– ¿Cómo crees que se vestirá ella?

– No tengo ni idea. Solo la he visto dos veces en mi vida y en una de esas ocasiones llevaba pantalones cortos salpicados de barro.

– Dios, eso tuvo que ser muy sexy, pero supongo que no se presentará vestida con un chándal. ¿Qué llevaba en la otra ocasión?

– Iba elegante y discreta.

– Entonces sigue su estilo, cosa que no te será nada fácil, porque no tienes nada de elegante, y por lo que dices, tampoco cree que puedas ser discreto.

– Responde a la pregunta.

– Yo me inclinaría por lo informal -respondió Tom-. Camisa, no camiseta, pantalón y un jersey. Yo podría, por supuesto, acompañaros en la cena en calidad de tu asesor de imagen.

– No quiero verte a menos de un kilómetro del lugar, porque acabarías enamorándote de ella.

– Esa chica te interesa mucho, ¿no es así? -preguntó Tom en voz baja.

– Creo que es divina, pero eso no impide que tenga serias dudas respecto a mí.

– Lo importante es que ha aceptado cenar contigo, o sea, que no puede pensar que seas detestable del todo.

– Sí, pero para conseguirlo hemos tenido que llegar a un acuerdo con unas cláusulas no muy habituales -replicó Nat y le contó a Tom lo que le había propuesto antes de que ella aceptara la invitación.

– Es evidente que te ha dado muy fuerte, pero eso no cambia el hecho de que necesito hablar contigo. ¿Qué te parece si desayunamos juntos? ¿O es que también piensas compartir los huevos fritos y el beicon con la misteriosa dama oriental?

– Me sorprendería mucho que lo aceptara -manifestó Nat con tono de anhelo- y también me desilusionaría.


– ¿Cuánto crees tú que durará el juicio? -le preguntó Annie.

– Si rechazamos el cargo de asesinato, pero se declara culpable de homicidio sin premeditación, se podría acabar en una mañana y quizá haya que ir otro día para saber la sentencia.

– ¿Es eso posible? -quiso saber Jimmy.

– Sí, la fiscalía me ofrece un trato.

– ¿Qué clase de trato? -preguntó Annie.

– Si acepto la acusación de homicidio sin premeditación, Stamp solicitará una pena de tres años, no más, lo que significa que con la reducción por buena conducta y la libertad condicional, Anita Kirsten podría estar fuera en dieciocho meses. De lo contrario, el fiscal la acusará de asesinato en primer grado y pedirá la pena de muerte.

– En este estado jamás enviarían a una mujer a la silla eléctrica por matar a su marido.

– Estoy de acuerdo -manifestó Fletcher-, pero un jurado duro podría condenarla a noventa y nueve años y como la acusada solo tiene veinticinco, debo aceptar el hecho de que le convendría más aceptar los dieciocho meses; al menos de esa manera podría pasar el resto de su vida con la familia.

– Muy cierto -señaló Jimmy-. Sin embargo, ¿por qué el fiscal te ofrece tres años si cree que tiene un caso absolutamente sólido? No olvides que es una mujer negra, acusada de asesinar a un blanco, y que al menos dos miembros del jurado serán negros. Si juegas bien tus cartas, podrían ser tres, y entonces casi podrías garantizar un jurado dividido.

– Además del hecho de que mi cliente tiene buena reputación, es responsable en su trabajo y carece de antecedentes. Eso tendría que bastar para influir a cualquier jurado, con independencia del color de su piel.

– Yo no me fiaría mucho de eso -opinó Annie-. Tu cliente envenenó a su marido con una sobredosis de curare, que paraliza los músculos, y luego se sentó en la escalera a esperar que se muriera.

– Llevaba años dándole una paliza tras otra y también maltrataba a sus hijos -señaló Fletcher.

– ¿Tienes alguna prueba de eso, letrado? -le preguntó Jimmy.

– No muchas, pero el día que aceptó contratarme, saqué varias fotos de los golpes que tenía por todo el cuerpo y de la quemadura en la palma de la mano que conservará durante el resto de sus días.

– ¿Cómo se la hizo? -preguntó Annie.

– El malnacido del marido le aplastó la mano contra el fogón de la cocina y no la soltó hasta que ella perdió el conocimiento.

– Un tipo encantador -opinó Annie-. En ese caso, ¿qué te impide no aceptar el cargo de homicidio sin premeditación e insistir con las circunstancias atenuantes?

– Solo el miedo de perder el caso y que la señora Kirsten pase el resto de su vida en la cárcel.

– ¿Cómo es que te pidió a ti que fueses su abogado defensor? -intervino Jimmy.

– No había nadie más que quisiera el trabajo -le contestó Fletcher-. Además, mis honorarios le parecieron irresistibles.

– Te enfrentas al fiscal general del estado.

– Cosa que también resulta un misterio, porque no acabo de entender por qué se molesta a representar al estado en un caso como este.

– La respuesta es muy sencilla -dijo Jimmy-. Una mujer negra mata a un hombre blanco en un estado donde solo un veinte por ciento de la población es negra, más de la mitad de ellos no se molestan en votar y, sorpresa, sorpresa, hay elecciones en mayo.

– ¿Cuánto tiempo te ha dado Stamp para que le comuniques tu decisión? -le preguntó Annie.

– El juicio se reanuda el próximo lunes.

– ¿Puedes permitirte el tiempo que te requeriría un juicio largo? -le interrogó Annie.

– No, pero no puedo convertir eso en una excusa para aceptar el trato de buenas a primeras.

– Por tanto, pasaremos las vacaciones en el juzgado número tres, ¿no es así? -Annie sonrió.

– Bien podría ser que nos tocara el número cuatro -contestó Fletcher y cogió a su esposa por la cintura.

– ¿Se te ha ocurrido pedirle al profesor Abrahams que te aconseje sobre qué debería hacer tu cliente?

Jimmy y Fletcher la miraron, incrédulos.

– Él aconseja a presidentes y jefes de Estado -señaló Fletcher.

– Y quizá a algún gobernador -añadió Jimmy.

– Entonces quizá le ha llegado el momento de que comience a aconsejar a un alumno de segundo de derecho. Después de todo, para eso le pagan.

– No sabría ni por dónde empezar -protestó Fletcher.

– Podrías coger el teléfono y preguntarle si te puede recibir -dijo Annie-. Estoy segura de que se sentirá halagado.


Nat llegó a Mario’s quince minutos antes de la hora. Había escogido ese restaurante porque era sencillo: manteles a cuadros rojos y blancos, flores frescas en las mesas y fotos de Florencia en blanco y negro en las paredes. Tom le había dicho que la pasta era casera y que la cocinaba la esposa del dueño; esto le había recordado su viaje a Roma. Había seguido el consejo de Tom y se había vestido con una camisa azul, pantalones grises y un jersey azul marino. Nada de americana y corbata. Tom le había dado su aprobación.

Nat habló con Mario, quien le ofreció una mesa discreta al fondo del local. Leyó el menú varias veces y consultó su reloj otras tantas, cada vez más nervioso. Comprobó una docena de veces que llevaba dinero suficiente por si no aceptaban tarjetas de crédito. Quizá tendría que haber dado unas vueltas a la manzana antes de entrar.

En el momento que la vio, se dio cuenta de que había metido la pata. Su Ling vestía un impecable traje chaqueta azul, blusa de color crema y zapatos azules. Nat se levantó y la llamó con un gesto. Ella sonrió; una sonrisa que no había visto hasta entonces y que la hizo parecer todavía más seductora. Su Ling se acercó.

– Tengo que pedirte disculpas -dijo Nat, mientras le acercaba la silla.

– ¿Por qué? -replicó ella, intrigada.

– Mi ropa. Confieso que dediqué mucho tiempo a pensar cómo me vestiría y veo que me equivoqué por completo.

– Yo también -admitió Su Ling-. Supuse que te presentarías con el uniforme cubierto de medallas. -Se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de la silla.

Nat se echó a reír y les resultó imposible dejar de hacerlo durante las dos horas siguientes, hasta que él le preguntó si quería café.

– Sí, solo, por favor.

– Te he hablado de mi familia, ahora háblame de la tuya -dijo Nat-. ¿Tú también eres hija única?

– Sí, mi padre era brigada en Corea cuando conoció a mi madre. Se casaron solo unos pocos meses antes de que lo mataran en la batalla de Yudam-ni.

Nat sintió el deseo de cogerle la mano.

– Lo siento.

– Muchas gracias -respondió ella sencillamente-. Mamá decidió venir a Estados Unidos para que nos reuniéramos con mis abuelos. Pero nunca dimos con su paradero. -Esta vez sí le cogió la mano-. Yo era muy pequeña para saber lo que pasaba, pero mi madre no es de las que se rinden fácilmente. Encontró un empleo en la lavandería Storrs, cerca de la librería, y el propietario nos dejó ocupar las habitaciones de encima del local.

– Conozco la lavandería -afirmó Nat-. Mi padre lleva allí las camisas. Lo hacen muy bien y…

– … y ha sido desde que mi madre se hizo cargo, pero tuvo que sacrificarlo todo para darme una buena educación.

– Tu madre se parece mucho a la mía -señaló Nat en el momento en que Mario se acercaba a la mesa.

– ¿Todo a su gusto, señor Cartwright?

– Una cena excelente, muchas gracias, Mario. Ya puede traer la cuenta.

– Desde luego, señor Cartwright, y permítame decirle que ha sido un honor para nosotros tenerle en nuestro restaurante.

– Muchas gracias -respondió Nat, que hizo todo lo posible por disimular la vergüenza.

– ¿Cuánto le has dado de propina para que dijera eso? -le preguntó Su Ling.

– Diez dólares; siempre lo dice a la perfección.

– ¿Sale a cuenta?

– Por supuesto. La mayoría de las chicas comienzan a desnudarse antes de que lleguemos al coche.

– O sea, ¿que siempre las traes aquí?

– No. Si creo que solo será cosa de una noche, las llevo al McDonald’s y luego a un motel; si es algo más serio, entonces vamos al hostal Altnaveigh.

– Así pues, ¿cuál es el grupo escogido para Mario’s? -preguntó Su Ling.

– Es una pregunta que no te puedo responder, porque nunca había traído a nadie a Mario’s hasta ahora.

– Me siento halagada -comentó Su Ling mientras él la ayudaba a ponerse la chaqueta. Cuando salieron del restaurante, la muchacha le cogió de la mano-. En realidad eres muy tímido, ¿no es así?

– Sí, supongo que sí -respondió Nat.

– A diferencia de tu enemigo número uno, Ralph Elliot. -Nat no dijo nada-. Me invitó a salir a los pocos minutos de conocernos.

– Si quieres saber la verdad, yo también lo hubiese hecho, pero te marchaste.

– Si no recuerdo mal, salí corriendo. -Nat sonrió-. Lo interesante de verdad es saber cuánto tiempo te llevó convertirte en un héroe nacional. -Nat se disponía a protestar cuando ella añadió-: Una media hora.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque te he estado investigando, capitán Cartwright, y para citar a Steinbeck, «estás navegando con falsos colores». Aprendí la cita hoy mismo -le aclaró-. No vayas a creer que soy muy leída. Cuando subiste al helicóptero, ni siquiera llevabas un arma. Eras un oficial de intendencia que nunca tendría que haber estado a bordo de aquel aparato. En realidad, ya fue bastante malo que subieras al helicóptero sin permiso, pero es que también te bajaste sin autorización. Por cierto, que si no lo hubieses hecho podrías haber acabado ante un consejo de guerra.

– Una verdad como un templo -afirmó Nat-. Por favor, no se lo digas a nadie más, o me quedaré sin mis habituales tres chicas por noche.

Su Ling se llevó la mano a la boca para disimular la risa.

– Pero seguí leyendo y vi que tu comportamiento después de que el helicóptero se estrellara en la selva fue el de un hombre de extraordinario coraje. Haber arrastrado a aquel pobre soldado en una camilla con una pierna casi destrozada tuvo que ser una auténtica proeza y luego saber que había muerto sin duda te ha dejado una cicatriz para toda la vida. -Nat permaneció callado-. Lo siento -añadió ella cuando ya entraban en el recinto universitario-. El último comentario ha estado fuera de lugar.

– Ha sido muy amable de tu parte buscar la verdad -manifestó Nat con la mirada puesta en sus hermosos ojos castaño oscuro-. Muy pocos se han tomado la molestia.

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– Miembros del jurado, en la mayoría de los juicios por asesinato es responsabilidad del estado, y es correcto que así sea, demostrar que el acusado es culpable de homicidio. Esto no ha sido necesario en el caso que nos ocupa. ¿Por qué? Porque la señora Kirsten firmó una confesión cuando aún no había transcurrido ni una hora del brutal asesinato de su marido. Incluso ahora, ocho meses más tarde, habrán tomado debida nota de que su abogado no ha planteado ni una sola vez durante este juicio que su cliente no cometiera el crimen, o haya puesto en duda cómo lo hizo.

»Por consiguiente, consideremos los hechos de este caso, puesto que no se trata de lo que podríamos entender como un acto de protección de la propia vida donde una mujer busca defenderse con la primera arma que tiene a mano. No, a la señora Kirsten no le interesaba un arma cualquiera, ya que dedicó varias semanas a planear este asesinato a sangre fría, absolutamente consciente de que la víctima no tendría la más mínima oportunidad de defenderse.

»¿Qué hizo la señora Kirsten para ejecutar su plan? A lo largo de casi tres meses, se hizo con varias ampollas de curare que compró a los traficantes de drogas que se mueven en los bajos fondos de Hartford. La defensa intentó alegar que las declaraciones de los traficantes no son fiables, algo que podría haberles influido de no haber confirmado la propia señora Kirsten desde el banquillo que todos ellos decían la verdad.

»Después de reunir las ampollas durante varias semanas, ¿qué hizo después la señora Kirsten? Esperó hasta un sábado por la noche, cuando sabía que su marido saldría de copas con sus amigos, abrió media docena de botellas de cerveza, vertió el veneno en las seis y las volvió a tapar. Luego dejó las botellas en la mesa de la cocina y sin apagar la luz, se fue a la cama. Incluso dejó un abridor y un vaso junto a las botellas. Lo hizo todo excepto servirle la cerveza.

»Damas y caballeros del jurado, este fue un asesinato bien planeado e impecablemente ejecutado. Sin embargo, aunque les resulte increíble, lo que siguió fue mucho peor.

»Cuando su marido regresó a su casa aquella noche, cayó en la trampa. Primero fue a la cocina, probablemente para apagar la luz, y cuando vio las botellas encima de la mesa, Alex Kirsten se sintió tentado de beberse una cerveza antes de irse a la cama. Incluso antes de que pudiera acercar la segunda a los labios, el veneno ya había comenzado a hacer su efecto. Cuando pidió ayuda, su esposa salió del dormitorio y bajó tranquilamente hasta el vestíbulo, donde se escuchaban claramente los gritos de dolor de su marido. ¿Llamó para pedir una ambulancia? No, no lo hizo. ¿Se acercó para prestarle asistencia? No, no lo hizo. Se sentó en los escalones y esperó pacientemente hasta que se acallaron los gritos de agonía y estuvo segura de que había muerto. Entonces, y solo entonces, dio la voz de alarma.

»¿Cómo podemos estar seguros de que fue así como ocurrió? No solo porque los vecinos se despertaron al oír los desesperados gritos del marido que pedía ayuda, sino porque cuando uno de los vecinos se presentó para ver si podía ayudar, la señora Kirsten se dejó llevar por el pánico y olvidó vaciar el contenido de las otras cuatro botellas. -El fiscal hizo una larga pausa-. Cuando se analizó la bebida, se vio que había curare suficiente para matar a todo un equipo de fútbol.

»Miembros del jurado, el único argumento que el señor Davenport ha ofrecido para exculpar a su defendida es que el marido de esta le daba palizas con frecuencia. Si este es el caso, ¿por qué no lo denunció a la policía? Si es verdad, ¿por qué no se fue a vivir con su madre que reside al otro lado de la ciudad? Si hemos de creer en su historia, ¿por qué no le dejó? Les diré por qué. Porque cuando muriera su marido, se convertiría en propietaria de la casa donde vivían y cobraría la pensión de la empresa para la que el difunto había trabajado, cosa que le permitiría vivir con cierta holgura durante el resto de su vida.

»En circunstancias normales, el estado no vacilaría en solicitar la pena de muerte por un crimen realmente espantoso, pero consideramos que no es apropiado en esta ocasión. No obstante, tarea de ustedes es enviar un mensaje bien claro a cualquier persona que crea que puede cometer un asesinato y salir bien librada. En algunos otros estados un crimen de esta clase puede que sea tratado con ligereza, pero no queremos que se cometan en Connecticut. ¿Queremos que se nos conozca como el estado que no castiga el asesinato?

El fiscal general bajó la voz hasta convertirla en un susurro y miró directamente al jurado.

– Cuando sientan compasión por la señora Kirsten, y estoy seguro de que la sentirán, aunque solo sea porque son seres humanos piadosos, pónganla en uno de los platillos de la balanza llamada justicia. En el otro, coloquen los hechos: el asesinato a sangre fría de un hombre de cuarenta y dos años que hoy estaría vivo si no fuese por un crimen premeditado y astutamente ejecutado por una mujer malvada. -Se volvió para señalar a la acusada-. El estado no vacila a la hora de pedirles que declaren culpable a la señora Kirsten y le impongan una pena de acuerdo con la ley.

El señor Stamp volvió a su asiento, con la sombra de una sonrisa en su rostro.

– Señor Davenport -dijo el juez-. Dispondré un receso para comer. Cuando volvamos, podrá hacer su alegato.


– Pareces muy complacido contigo mismo -comentó Tom mientras se sentaban a desayunar en la cocina.

– Fue una velada inolvidable.

– ¿Debo entender que tuvo lugar la consumación?

– No, no puedes deducir nada de eso. Pero te diré que le cogí la mano.

– ¿Hiciste qué?

– Le cogí la mano -repitió Nat.

– Eso no es nada bueno para tu reputación.

– Confío en que la deje por los suelos de una vez para siempre -afirmó Nat. Echó leche en el cuenco de copos de cereales-. ¿Qué me dices de ti?

– Si te refieres a mi vida sexual, en la actualidad es inexistente, aunque no por falta de ofertas, una incluso pertinaz. Pero la verdad es que no me interesa. -Nat miró a su amigo y enarcó una ceja-. Rebecca Armitage ha dejado muy claro que está disponible.

– Creía que…

– ¿Que estaba otra vez con Elliot?

– Sí.

– Es posible, pero cada vez que la veo, prefiere hablar de ti, diría que en términos muy halagadores, aunque me han dicho que cuenta una historia diferente cuando está con Elliot.

– Si es así, ¿por qué crees que se toma la molestia de perseguirte?

Tom apartó el cuenco vacío y se concentró en los dos huevos pasados por agua que tenía delante. Quitó un trozo de cáscara y miró la yema antes de responder.

– Si se sabe que eres hijo único y tu padre tiene millones, la mayoría de las mujeres te miran de una manera muy distinta. Así que nunca puedo estar seguro de si les intereso yo o mi dinero. Da gracias de que no padezcas del mismo problema.

– Lo sabrás cuando des con la persona adecuada -dijo Nat.

– ¿Tú crees? No lo sé. Tú eres una de las pocas personas que nunca ha demostrado el más mínimo interés por mi fortuna y casi eres el único que siempre insistes en pagar tu parte. Te sorprendería saber cuántos creen que debo pagar la cuenta solo porque me lo puedo permitir. Desprecio a esas personas y eso hace que mi círculo de amigos acabe siendo muy pequeño.

– Pues mi última amiga es muy pequeña -comentó Nat, en un intento por sacar a Tom de su malhumor-; sé que te gustará.

– ¿La chica a quien le cogiste la mano?

– Sí, Su Ling. Calculo que mide un metro cincuenta y ocho y ahora que está de moda ser delgada, será la mujer más buscada de toda la universidad.

– ¿Su Ling? -dijo Tom.

– ¿La conoces? -le preguntó Nat.

– No, pero mi padre me ha dicho que ella se ha hecho cargo del nuevo centro informático que ha fundado su empresa y que los profesores prácticamente han desistido de enseñarle nada.

– Anoche no mencionó nada sobre ordenadores -replicó Nat.

– Pues más te vale que actúes deprisa, porque papá también mencionó que el MIT y Harvard intentan llevársela de aquí. Ya estás avisado, hay un gran cerebro en ese pequeño cuerpo.

– Una vez más me he comportado como un verdadero imbécil -comentó Nat-, porque incluso me burlé de ella por su inglés, cuando es capaz de dominar un nuevo lenguaje que todo el mundo desea conocer. Por cierto, ¿esta es la razón por la que querías verme?

– No, no tenía idea de que salieras con un genio.

– No salgo con ella -replicó Nat-. Es una mujer amable, inteligente y hermosa, que piensa que cogerse de la mano es el paso previo a la promiscuidad. -Se calló un momento-. Por tanto, si no ha sido para discutir mi vida sexual, ¿se puede saber a qué viene este desayuno casi de trabajo?

Tom renunció a los huevos y los apartó.

– Antes de regresar a Yale, quiero saber si te presentarás para representante estudiantil. -Esperó las frases habituales: «No cuentes conmigo», «No me interesa», «Te has equivocado de persona», pero Nat no dijo nada por el estilo.

– Anoche lo hablé con Su Ling -respondió finalmente-, y a su manera deliciosamente encantadora, me comentó que no era que yo les entusiasmara, sino que no querían a Elliot. «El menos malo», fueron sus palabras exactas, si no recuerdo mal.

– Estoy seguro de que tiene razón -manifestó Tom-, pero eso podría cambiar si les dieras una oportunidad para que te conocieran mejor. Has llevado una vida casi de recluso desde que has vuelto a la universidad.

– Tenía que ponerme al día -se defendió Nat.

– Pues ese ya no es el caso, como bien demuestran las notas que has sacado, así como que te hayan seleccionado para correr en el equipo de la universidad.

– Si tú estuvieses aquí, Tom, no vacilaría en presentarme como candidato a representante de los estudiantes, pero mientras estés en Yale…


Fletcher se levantó para enfrentarse al jurado y, en su imaginación, vio en los rostros de todos la sentencia: noventa y nueve años. Si en ese momento hubiese podido dar marcha atrás, hubiera aceptado la oferta de los tres años de condena sin vacilar. En cambio, ya solo le quedaba una tirada de dados para conseguirle la libertad a la señora Kirsten. Tocó por un segundo el hombro de su clienta y se volvió para buscar la sonrisa de Annie, que le apoyaba totalmente en la defensa de la mujer. La sonrisa desapareció en cuanto vio quién estaba sentado dos filas más atrás. El profesor Karl Abrahams le dedicó una inclinación de cabeza. Al menos Jimmy sabría por fin lo que hacía falta para conseguir un saludo del dios.

– Miembros del jurado -comenzó Fletcher con un leve temblor en la voz-. Han escuchado ustedes las persuasivas palabras del fiscal general mientras dirigía su ponzoña contra mi clienta, así que quizá este sea el momento de demostrar dónde tendría en realidad que volcar su inquina. Pero primero deseo dedicar unos momentos a hablar de ustedes. Los periódicos han mencionado hasta el cansancio que no he puesto objeción alguna en la selección de los miembros de raza blanca y, como se puede comprobar, son ustedes diez. La prensa, además, señaló que si hubiese conseguido un jurado con mayoría de mujeres negras, eso hubiese sido un gran paso para asegurarme de que la señora Kirsten fuera absuelta. Pero no quise que fuese así. Apoyé la elección de cada uno de ustedes por otra razón.

Los miembros del jurado lo miraron, intrigados.

– Tampoco el fiscal general ha conseguido averiguar por qué no he planteado ninguna objeción -añadió Fletcher, que se volvió por un instante para mirar al señor Stamp-. Crucé los dedos para que tampoco ninguno de los miembros de su considerable equipo adivinara por qué los había seleccionado. Por consiguiente, ¿qué es lo que todos ustedes tienen en común? -El fiscal general tenía en ese momento la misma expresión de desconcierto que los jurados. Fletcher señaló a la señora Kirsten-. Como la acusada, todos ustedes llevan casados más de nueve años. -El joven volvió a mirar al jurado-. No hay entre ustedes solteros ni solteras sin experiencia en la vida conyugal, o de lo que ocurre entre dos personas detrás de una puerta cerrada. -Fletcher vio a una mujer en la segunda fila del jurado que se estremeció. Recordó el comentario de Abrahams referente a que en un jurado de doce personas, es muy probable que haya por lo menos una que haya pasado por la misma experiencia del acusado. Acababa de identificarla-. ¿Quién entre ustedes se estremece al pensar que su pareja regresará pasada la medianoche, borracho perdido y dispuesto a descargar su violencia? Para la señora Kirsten, esto se convirtió en algo habitual seis noches de cada siete, durante nueve años. Miren a esta frágil mujer y pregúntense: ¿qué posibilidades tenía de enfrentarse a un hombretón de casi un metro noventa de estatura y ciento diez kilos de peso?

Fletcher hizo una pausa, sin apartar la mirada de la mujer que se había estremecido.

– ¿Quién de ustedes llega a su casa por la noche y teme que su marido coja un rodillo de amasar, un rallador o incluso un cuchillo, no con la intención de utilizarlo en la cocina en la preparación de la comida, sino en el dormitorio para desfigurar a su esposa? ¿De qué disponía la señora Kirsten para defenderse, esta mujer que mide un metro cincuenta y cinco de estatura y pesa cincuenta kilos? ¿Una almohada? ¿Una toalla? ¿Un matamoscas quizá? -Fletcher hizo otra pausa-. Es algo que ninguno de ustedes ha considerado, ¿no es así? -Miró a los demás jurados-. ¿Por qué? Porque sus esposas y maridos no son malvados. Damas y caballeros, ¿cómo pueden llegar siquiera a entender lo que ha soportado esta mujer un día sí y otro también?

»No satisfecho con semejantes agresiones, una noche ese matón regresó a su casa borracho, subió las escaleras, cogió a su esposa por los cabellos y la arrastró escaleras abajo hasta la cocina; ya estaba aburrido de golpearla. -Fletcher caminó hacia su clienta-. Necesitaba probar algo nuevo que lo excitara, y ¿qué vio Anita Kirsten en el momento en que su marido la arrastraba a la cocina? Uno de los fogones de la cocina está al rojo vivo y espera a su víctima. -Se volvió bruscamente para enfrentarse al jurado-. ¿Pueden ustedes imaginar cuál fue su pensamiento cuando vio aquel anillo de fuego? Él le sujetó la mano como si fuese un bistec y la aplastó contra el fogón durante quince segundos. -Fletcher cogió la mano de la señora Kirsten y se la levantó para que los jurados vieran la terrible huella de la cicatriz en la palma, miró su reloj y contó quince segundos, antes de añadir-: Entonces ella perdió el conocimiento.

»¿Quién entre ustedes puede imaginar este horror? ¿Quién entre ustedes sería capaz de soportarlo? Entonces, ¿por qué el fiscal general solicita una pena de noventa y nueve años? Porque, según dice, el asesinato fue premeditado. Nos asegura que no se trató de un crimen perpetrado en un momento de desesperación con el único propósito de acabar con la tortura. -Fletcher se encaró entonces con el fiscal-. Por supuesto que fue premeditado y por supuesto que ella sabía exactamente lo que hacía. Si usted midiese un metro cincuenta y cinco, y se viera atacado por un hombretón de casi un metro noventa, ¿confiaría en poder defenderse con un cuchillo, un revólver o algún instrumento romo que el matón podría arrebatarle sin problemas y utilizar contra usted? -Fletcher caminó lentamente hacia el jurado-. ¿Quién entre ustedes cometería semejante estupidez? ¿Quién entre ustedes, de haber pasado por lo mismo que ella, no lo planearía? Piensen en esta pobre mujer la próxima vez que tengan una pelea con su pareja. Después de algunas palabras agrias, ¿recurrirían a un fogón al rojo vivo para demostrar que tienen razón? -Miró uno a uno a los siete hombres del jurado-. ¿Un hombre así merece compasión alguna?

»Si esta mujer es culpable de asesinato, ¿quién de ustedes no hubiese hecho lo mismo en el caso de haber tenido la desgracia de casarse con Alex Kirsten? -les preguntó esta vez a las cinco mujeres-. Sé que me dirían: “Yo no lo hice. Me casé con un hombre honrado y trabajador”. Por tanto, ahora ya estamos de acuerdo en el delito de la señora Kirsten. Se casó con un hombre malvado.

Fletcher se apoyó en la barandilla que separaba los asientos del jurado.

– Solicito la indulgencia del jurado por mi pasión juvenil, porque no es otra cosa. Acepté este caso ante el temor de que no se hiciera justicia con la señora Kirsten y en mi entusiasmo juvenil me sentí con fuerzas para convencer a doce ciudadanos justos de que lo vieran a mi manera y que decidieran no condenar a esta mujer a pasar el resto de sus días en la cárcel.

»Como final de mi alegato, les repetiré las palabras que pronunció la señora Kirsten cuando nos entrevistamos esta mañana en su celda: “Señor Davenport, aunque solo tengo veinticinco años, prefiero mil veces pasar el resto de mi vida en la cárcel que aguantar una sola noche más bajo el mismo techo con ese monstruo”.

»Gracias a Dios, ya no tiene que regresar a su casa y encontrarse con él. Está en el poder de ustedes, como miembros del jurado, dejar que esta mujer vuelva esta noche a su casa para ocuparse de sus hijos, con la ilusión de que podrán reconstruir sus vidas, porque doce personas justas comprendieron la diferencia entre el bien y el mal. -Fletcher bajó la voz hasta que sonó como un susurro-. Cuando esta noche ustedes vuelvan a sus casas donde les esperan sus parejas, díganles lo que hicieron hoy en nombre de la justicia, porque estoy seguro de que si el veredicto es de inocencia, sus parejas no encenderán el fogón sencillamente porque no están de acuerdo. La señora Kirsten ya ha cumplido una pena de nueve años. ¿Creen que se merece otros noventa?

Fletcher volvió a su mesa, pero no se giró para mirar a Annie por miedo a que Karl Abrahams viera cómo luchaba por contener las lágrimas.

<p id="_Toc320818462">19</p>

– Hola, me llamo Nat Cartwright.

– ¿No será usted el capitán Cartwright?

– Sí, el héroe que mató a todos aquellos guerrilleros del Vietcong a mano limpia porque se olvidó de llevar clips.

– No me lo puedo creer -exclamó Su Ling con burlona admiración-. ¿El mismo que voló solo en un helicóptero a través de una selva infestada de enemigos cuando no tenía licencia de piloto?

– El mismo que viste y calza. Mató a tantos enemigos que se cansaron de contarlos y al mismo tiempo rescató a todo un pelotón al que tenían rodeado.

– Y como premio a tanto bulo, no solo le condecoraron sino que también le entregaron una considerable recompensa y cien vestales.

– Solo me dan cuatrocientos dólares al mes y nunca he conocido a una vestal.

– Ahora ya conoces a una -replicó Su Ling con una sonrisa.

– En ese caso, dile que me han escogido para correr contra el equipo de la Universidad de Boston.

– Sin duda esperas que ella soporte la lluvia y aguarde tu llegada el último, como harán todas tus admiradoras, ¿no es así?

– No. La verdad es que necesito lavar el chándal y me han dicho que su madre es lavandera. -Su Ling se echó a reír-. Por supuesto que me encantará verte en Boston -añadió Nat y la cogió en brazos.

– Tengo reservado un asiento en el autocar de la comitiva.

– Tom y yo iremos en coche el día antes. ¿Por qué no vienes con nosotros?

– ¿Dónde me alojaría?

– Una de las muchas tías de Tom tiene una casa en Boston y nos ha invitado a alojarnos con ella. -Su Ling vaciló-. Me han dicho que tiene nueve dormitorios, e incluso un ala separada, pero si con eso no basta, siempre puedo dormir en el coche.

Su Ling no le respondió porque en aquel momento apareció Mario con el café.

– Este es mi amigo Mario -dijo la muchacha-. Ha sido muy amable al reservarme mi mesa habitual.

– ¿Siempre traes aquí a todas tus conquistas?

– No. Prefiero seleccionar un restaurante distinto cada vez, para que de esa manera nadie se entere de mi reputación de vestal.

– ¿Como tu reputación de genio de la informática?

Su Ling se sonrojó hasta las cejas.

– ¿Cómo te has enterado?

– ¿Qué quieres decir con cómo me he enterado? Al parecer, era el único tipo en toda la universidad que no lo sabía. Me lo dijo mi mejor amigo y él está en Yale.

– Estaba dispuesta a decírtelo, pero nunca hiciste la pregunta correcta.

– Su Ling, puedes decirme lo que sea sin necesidad de que te haga la pregunta correcta.

– Entonces debo preguntarte si también te has enterado de que Harvard y el MIT me han invitado a unirme a sus departamentos de informática.

– Sí, pero no sé cuál ha sido tu respuesta.

– Dime una cosa, capitán, ¿puedo preguntarte algo yo primero?

– Una vez más intentas cambiar de tema, Su Ling.

– Así es, Nat, porque necesito que respondas a mi pregunta antes de contestar a la tuya.

– Muy bien, ¿cuál es la pregunta?

Su Ling agachó la cabeza como hacía cada vez que se sentía avergonzada.

– ¿Cómo pueden dos personas absolutamente diferentes… -titubeó-… acabar apreciándose tanto?

– Creo que intentas decir enamorándose. Si supiera la respuesta a tu pregunta, Pequeña Flor, sería profesor de filosofía y no estaría sufriendo por los exámenes de final de curso.

– En mi país -replicó Su Ling-, el amor es algo de lo que no se habla hasta que no se conoce a la otra persona de muchos años.

– Entonces te prometo no volver a mencionar el tema durante muchos años, con una condición.

– ¿De qué se trata?

– Que aceptes venir con nosotros a Boston el viernes.

– Sí, siempre que me facilites el número de teléfono de la tía de Tom.

– Por supuesto, pero ¿por qué?

– Mi madre querrá hablar con ella. -Su Ling levantó el pie derecho debajo de la mesa y lo apoyó en el pie izquierdo de Nat.

– No sé por qué, pero estoy seguro de que eso que haces tiene algún significado en tu país.

– Así es. Significa que quiero caminar contigo por algún lugar donde no haya mucha gente.

Nat apoyó el pie derecho en el pie izquierdo de la muchacha.

– ¿Qué significa esto?

– Que aceptas mi petición. -Vaciló un momento-. No podía hacerlo primero, porque entonces sería considerada como una mujer casquivana. -Nat se apresuró a retirar el pie y luego lo apoyó de nuevo-. Salvado el honor -dijo Su Ling.

– Después de que demos nuestro paseo por algún lugar donde no haya mucha gente, ¿qué sigue?

– Tendrás que esperar la invitación para tomar el té con mi familia.

– ¿Cuánto tiempo se tarda?

– En circunstancias normales, un año sería lo apropiado.

– ¿No podríamos acelerar un poco el proceso? -preguntó Nat-. ¿Qué te parece la semana que viene?

– De acuerdo. Te invitaremos a tomar el té el domingo por la tarde, porque el domingo es el día señalado por la tradición para que el hombre comparta su primera comida con la mujer ante la atenta mirada de la familia.

– Ya hemos comido juntos varias veces.

– Lo sé y por tanto debes venir a tomar el té antes de que mi madre lo descubra. Si no lo haces, me desheredará y me echará de casa.

– En ese caso no aceptaré la invitación para tomar el té -manifestó Nat.

– ¿Por qué no?

– Me instalaré delante de la puerta de tu casa y te cogeré al vuelo cuando tu madre te eche; así no tendré que esperar otros dos años. -Nat apoyó los dos pies en los de ella y la muchacha se apartó en el acto-. ¿Qué he hecho de malo esta vez?

– Dos pies significan algo completamente diferente.

– ¿Qué? -preguntó Nat.

– No te lo diré, pero a la vista de que has sido capaz de averiguar la traducción correcta de Su Ling, estoy segura de que descubrirás el significado de los dos pies y que nunca más lo volverás a hacer, a menos…


El viernes por la tarde, Tom llevó a Nat y Su Ling en su coche a la casa de su tía, en uno de los arbolados barrios residenciales de Boston. Era evidente que la señorita Russell había hablado con la madre de Su Ling, porque la instaló en un dormitorio en la planta alta, contiguo al suyo, y a Nat y Tom los envió al ala este.

A la mañana siguiente, después del desayuno, Su Ling se marchó a la entrevista que tenía con el profesor de estadística de Harvard, mientras que Nat y Tom recorrían el circuito de la carrera, algo que Nat siempre hacía cuando tenía que correr en un terreno que no conocía. Comprobaba todos los senderos más trillados y cada vez que llegaba a un arroyo, un muro o un desnivel, practicaba cruzarlo varias veces.

En el camino de regreso a través del campo, Tom le preguntó qué haría si Su Ling aceptaba la oferta de Harvard.

– Pues yo también vendré. Me matricularé en empresariales.

– ¿Hasta ese punto estás enamorado?

– Sí, y no puedo correr el riesgo de que algún otro apoye los dos pies en los de ella.

– ¿De qué estás hablando?

– Te lo explicaré en alguna otra ocasión. -Nat se detuvo en la orilla de una corriente de agua-. ¿Cómo crees que lo cruzarán?

– No lo sé, pero parece demasiado ancho para saltarlo.

– Estoy de acuerdo, así que supongo que intentarán alcanzar el área de cantos rodados que aflora en el centro.

– ¿Qué harás si no estás seguro? -preguntó Tom.

– Me pegaré a los talones de uno de su equipo, porque harán lo correcto sin pensarlo.

– ¿En qué puesto crees que quedarás? Recuerda que es el inicio de la temporada.

– Me daré por satisfecho si estoy en el grupo de los que cuentan.

– No te entiendo. ¿Es que no cuentan todos?

– No. Hay ocho corredores en cada equipo, pero solo cuentan seis para el resultado final. Si entro entre los doce primeros, cuento.

– ¿Cómo se hace la cuenta?

– El primero en cruzar cuenta como uno, el segundo dos, y así los demás. Cuando acaba la carrera, se suman los puntos de los seis primeros de cada equipo, y el equipo que menos puntos suma se proclama ganador. De esta manera, el séptimo y el octavo solo pueden contribuir si se sitúan por delante de cualquiera de los seis primeros del otro equipo. ¿Lo entiendes ahora?

– Sí, me parece que sí. -Tom miró su reloj-. Me voy. Le prometí a la tía Abigail que comería con ella. ¿Vienes?

– No. Comeré con el resto del equipo: un plátano, una hoja de lechuga y un vaso de agua. ¿Podrías recoger a Su Ling y ocuparte de que llegue a tiempo para que vea la carrera?

– No será necesario que se lo recuerde.

Cuando llegó a la casa, Tom se encontró a Su Ling y a su tía enfrascadas en una conversación mientras compartían un cuenco de sopa de almejas. Tom se dio cuenta de que su tía había cambiado de tema en el instante en que él había entrado en la habitación.

– Será mejor que comas algo -le dijo la tía-, si quieres llegar a tiempo para presenciar la salida.

Después de un segundo cuenco de sopa de almejas, Tom acompañó a Su Ling a través del circuito. Le explicó que Nat les había buscado un lugar desde donde verían a todos los participantes durante al menos un par de kilómetros y que si después cogían un atajo, llegarían a tiempo para ver al vencedor cruzar la línea de meta.

– ¿Tú entiendes lo que es un «contador»? -le preguntó Tom.

– Sí, Nat me lo explicó; es un sistema muy ingenioso que consigue que el ábaco parezca absolutamente moderno -respondió la muchacha-. ¿Quieres que te lo explique?

– Me parece una excelente idea.

Llegaron al lugar que les había indicado Nat y no tuvieron que esperar mucho para ver al primer corredor en la cumbre de la colina. Observaron al capitán del equipo de Boston pasar como una exhalación; otros diez competidores pasaron y se perdieron en la distancia antes de que apareciera Nat. Les dedicó un saludo mientras pasaba.

– Es el último contador -dijo Su Ling mientras se encaminaban hacia el atajo que los llevaría a la línea de meta.

– Calculo que mejorará dos o tres puestos ahora que sabe que estás tú aquí para ver la llegada.

– ¡Qué halagador! -exclamó Su Ling.

– ¿Aceptarás la oferta de Harvard? -le preguntó Tom en voz baja.

– ¿Nat te pidió que lo averiguaras? -replicó ella.

– No, aunque casi es de lo único que habla.

– He dicho que sí, pero con una condición.

Tom permaneció en silencio. Su Ling no le dijo cuál era la condición, así que él no preguntó.

Casi tuvieron que correr los últimos doscientos metros para asegurarse de que llegarían a tiempo para ver cómo el capitán del equipo de Boston levantaba los brazos en señal de triunfo al cruzar la meta. Tom no se equivocó, porque Nat acabó noveno y fue el cuarto contador de su equipo. Ambos corrieron a felicitarlo como si hubiese sido el vencedor. Nat se tumbó en el suelo agotado y se llevó una desilusión al saber que Boston había ganado por 31 a 24.

Después de cenar con la tía Abigail, emprendieron el largo viaje de regreso a Storrs. Nat apoyó la cabeza en la falda de Su Ling y se quedó profundamente dormido.

– No quiero pensar en lo que diría mi madre sobre nuestra primera noche juntos -le susurró la joven a Tom, que permanecía atento a la conducción.

– ¿Por qué no le cuentas toda la verdad y le dices que fue un ménage à trois?


– Mamá opina que eres maravilloso -le dijo Su Ling mientras caminaban lentamente hacia el campus sur después de tomar el té.

– Qué mujer -exclamó Nat-. Sabe cocinar, lleva la casa y es una empresaria de éxito.

– No te olvides -señaló Su Ling- que fue rechazada en su propia tierra por dar a luz a la hija de un extranjero y que ni siquiera fue bien recibida en este país cuando llegó, que es la razón para que me criara de una manera tan estricta. Como muchos hijos de inmigrantes, no soy más inteligente que mi madre, pero al sacrificarlo todo para darme una educación de primera clase, me ha proporcionado unas oportunidades que ella nunca tuvo. Quizá ahora comprendas por qué siempre intento respetar sus deseos.

– Lo comprendo -dijo Nat-, y ahora que conozco a tu madre, quiero que tú conozcas a la mía, porque estoy muy orgulloso de ella.

Su Ling se echó a reír.

– ¿De qué te ríes, Pequeña Flor? -le preguntó Nat.

– En mi país, cuando el hombre conoce a la madre de una mujer es que admite la relación. Si el hombre después te pide que conozcas a su madre, eso significa casamiento. Si a continuación él no se casa con la chica, ella será una solterona durante el resto de su vida. Así y todo, asumiré el riesgo, porque ayer Tom me pidió que me casara con él mientras tú estabas corriendo.

Nat se inclinó para besarla en los labios y después apoyó los dos pies muy suavemente en los de ella. Su Ling sonrió.

– Yo también te quiero -dijo.

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– ¿A ti qué te parece? -preguntó Jimmy.

– No tengo ni la menor idea -respondió Fletcher, que miró hacia la mesa del fiscal general, pero los representantes del estado no parecían preocupados ni complacidos.

– Siempre le podrías pedir su opinión al profesor Abrahams -dijo Annie.

– ¿Todavía está por aquí?

– Le vi rondando por los pasillos hace solo unos momentos.

Fletcher se levantó, abrió la portezuela de la barandilla que separaba a los asistentes y salió rápidamente de la sala. Miró a un lado y a otro del gran pasillo de mármol, pero no vio al profesor hasta que un nutrido grupo que aguardaba al pie de las escaleras comenzó a subirlas y dejó a la vista a un hombre de aspecto distinguido que estaba sentado en un banco, muy atareado en escribir en un cuaderno. Los funcionarios y la gente pasaban a toda prisa sin advertir su presencia. Fletcher se acercó un tanto intranquilo y aguardó mientras Abrahams continuaba escribiendo. Le pareció que no debía interrumpirle y esperó pacientemente hasta que el profesor lo miró.

– Ah, Davenport. -El profesor dio unos golpes en el banco-. Siéntese. Veo una expresión interrogativa en su rostro. ¿En qué puedo ayudarle?

Fletcher se sentó a su lado.

– Solo quería preguntarle si sabe usted la razón por la que el jurado lleva reunido tanto tiempo. ¿Cómo debo interpretarlo?

– Solo llevan poco más de cinco horas -respondió Abrahams, después de consultar su reloj-. No, yo no diría que es mucho para un caso de asesinato. A los jurados les gusta que los demás vean que se toman sus responsabilidades muy en serio, a menos que sea un caso donde no haya ninguna duda, y este no entra en esa categoría.

– ¿Tiene usted alguna impresión referente al fallo? -preguntó Fletcher, inquieto.

– Nunca se sabe qué decidirá un jurado, señor Davenport; doce personas escogidas al azar, con poco o nada en común, aunque con un par de excepciones, parecen personas sensatas. ¿Cuál es su siguiente pregunta?

– No lo sé, señor. ¿Cuál es mi siguiente pregunta?

– ¿Qué debe hacer si el veredicto es contrario? -El profesor Abrahams guardó silencio un momento-. Es una posibilidad para la que debe estar preparado. -Fletcher asintió-. ¿Respuesta? Tendrá que solicitar inmediatamente al juez un plazo para la apelación. -El profesor arrancó una de las hojas amarillas de su cuaderno y se la entregó a su alumno-. Espero que no lo considere como un atrevimiento de mi parte, pero he escrito algunas frases para cualquier circunstancia.

– ¿Incluida la de culpable? -le preguntó Fletcher.

– No es todavía el momento para mostrarse pesimista. Primero debemos considerar todas las posibilidades. He visto en el centro de la última fila a un jurado que no miró a la acusada ni una sola vez mientras estuvo en el banquillo. Pero he observado que usted también se fijó en la mujer sentada en el extremo de la primera fila que agachó la cabeza cuando levantó la mano quemada de la señora Kirsten.

– ¿Qué haré si es un jurado despiadado?

– Nada. El juez, aunque no sea una de las mentes brillantes de la profesión, es meticuloso y justo cuando se trata de aplicar la ley, así que le preguntará al jurado si el veredicto ha sido aprobado por mayoría.

– Que en este estado es de diez a dos.

– Como lo es en otros cuarenta y tres estados -le recordó el profesor.

– ¿Qué pasará si no se ponen de acuerdo en un veredicto mayoritario?

– Al juez no le quedará más alternativa que disolver el jurado y preguntarle al fiscal general si quiere solicitar la repetición del juicio. Antes de que me lo pregunte, le diré que no sé cuál será la reacción del señor Stamp si ese es el caso.

– Al parecer ha tomado muchas notas -comentó Fletcher, mientras echaba una ojeada a la hoja llena.

– Sí, tengo la intención de referirme a este caso el próximo semestre en la clase sobre la diferencia legal entre el homicidio sin premeditación y el asesinato. Será en el curso de los alumnos de tercero, así que no pasará mucha vergüenza.

– ¿Debí aceptar la oferta del fiscal general de homicidio sin premeditación y una condena de tres años?

– Sospecho que no tardaremos mucho en conocer la respuesta a esa pregunta.

– ¿He cometido muchos errores? -quiso saber Fletcher.

– Unos pocos -manifestó el profesor, que pasó las páginas del cuaderno.

– ¿Cuál ha sido el peor?

– El único error craso, en mi opinión, fue no llamar a un médico para que describiera de la manera más gráfica posible, algo que a los médicos les encanta hacer, cómo se produjeron los moratones en los brazos y las piernas de la señora Kirsten. Los jurados admiran a los médicos. Suponen que son personas honradas y la mayoría lo son. Pero como cualquier otro grupo de profesionales, si se les hacen las preguntas correctas, y después de todo son los abogados quienes seleccionan las preguntas, tienden a la exageración como cualquiera de nosotros.

Fletcher se sintió culpable por haber pasado por alto una estratagema absolutamente obvia y lamentó no haber hecho caso a la recomendación de Annie de buscar antes del juicio el asesoramiento del profesor.

– No se preocupe -añadió Abrahams-. Al estado aún le quedan por salvar algunos obstáculos, porque el juez nos concederá una demora en la ejecución.

– ¿Nos concederá?

– Sí -respondió el profesor tranquilamente-, aunque hace muchos años que no intervengo en un juicio y quizá esté un poco desentrenado. Confiaba en que quizá me permitiría asistirle en esta ocasión.

– ¿Quiere ser mi ayudante? -le preguntó Fletcher, incrédulo.

– Sí, Davenport -dijo Abrahams-, porque creo que me ha convencido de una cosa. Su clienta no debería pasar el resto de su vida en la cárcel.

– El jurado vuelve a la sala -gritó una voz que resonó por todo el pasillo.

– Buena suerte, Davenport -añadió el profesor-. Quiero decirle antes de escuchar el veredicto, que para ser solo un alumno de segundo, su defensa ha sido francamente meritoria.


Nat se dio cuenta de cómo la inquietud de Su Ling crecía por momentos a medida que se aproximaban a Cromwell.

– ¿Estás seguro de que tu madre aprobará la manera como voy vestida? -le preguntó ella, mientras intentaba bajarse la falda un poco más.

El muchacho desvió la mirada por un instante de la carretera para admirar el sencillo pero muy elegante vestido amarillo que había escogido Su Ling y que insinuaba toda la gracia de su figura.

– Mi madre lo aprobará y mi padre será incapaz de quitarte el ojo de encima.

Su Ling le apretó el muslo cariñosamente.

– ¿Cómo crees que reaccionará tu padre cuando sepa que soy coreana?

– Le hablaré de tu padre irlandés -replicó Nat-. En cualquier caso, se ha pasado toda la vida entre números, así que solo tardará unos minutos en darse cuenta de lo brillante que eres.

– Todavía estamos a tiempo de volvernos -dijo Su Ling-. Podríamos venir a visitarles el próximo domingo.

– Ya es demasiado tarde -afirmó Nat-. De todas maneras, ¿se te ha ocurrido pensar en lo nerviosos que estarán mis padres? Después de todo, ya les he dicho que estoy perdidamente enamorado de ti.

– Sí, pero el caso es que mi madre te adora.

– La mía te adorará a ti.

Su Ling permaneció en silencio hasta que Nat le anunció que estaban llegando a la periferia de Cromwell.

– No sé qué voy a decirles -protestó la muchacha.

– Su Ling, este no es un examen que debas aprobar.

– Sí que lo es, no es otra cosa.

– Esta es la ciudad donde nací -le explicó Nat, en un intento por conseguir que se tranquilizara mientras recorrían la calle principal-. Cuando era pequeño creía que era una gran metrópoli. Claro que para ser sincero, también creía que Hartford era la capital del mundo.

– ¿Cuánto falta para que lleguemos?

Nat miró a través de la ventanilla.

– Diría que unos diez minutos. Por favor, no esperes encontrarte con nada extraordinario, vivimos en una casa pequeña.

– Mi madre y yo vivimos encima de la lavandería -le recordó Su Ling.

Nat se echó a reír.

– También Harry Truman.

– Pues ya has visto de qué le sirvió -replicó ella.

Nat tomó por Cedar Avenue.

– La nuestra es la tercera casa a mano derecha.

– ¿No podríamos dar unas cuantas vueltas a la manzana? Necesito tiempo para pensar en lo que voy a decir.

– De ninguna manera -respondió Nat con voz firme-. Intenta recordar cómo reaccionó el profesor de estadística de Harvard cuando te conoció.

– Sí, pero no quería casarme con su hijo.

– Estoy seguro de que no hubiese puesto el más mínimo inconveniente si con ello conseguía que te unieras a su equipo.

Su Ling se echó a reír por primera vez en más de una hora, justo en el momento en que Nat detenía el coche delante de la casa. Se bajó y corrió a abrirle la puerta a la muchacha. Su Ling salió del coche con tan mala fortuna que el tacón del zapato se enganchó en la rejilla de una boca de desagüe.

– Lo siento, lo siento -dijo ella mientras recuperaba el zapato y se calzaba-. Lo siento.

Nat se echó a reír y la abrazó.

– No, no -protestó Su Ling-, tu madre podría vernos.

– Eso espero -afirmó Nat.

El joven sonrió y la cogió de la mano mientras recorrían el corto sendero que llevaba hasta el porche.

La puerta se abrió mucho antes de que llegaran y Susan corrió a recibirles. Abrazó a Su Ling inmediatamente y exclamó:

– Nat no ha exagerado ni un ápice. Eres muy hermosa.


Fletcher no se dio mucha prisa en volver a la sala y se sorprendió al ver que el profesor seguía a su lado mientras caminaban por el pasillo. Cuando llegaron a la barandilla, el joven supuso que su mentor ocuparía su asiento un par de filas detrás de Annie y Jimmy, pero no fue así sino que continuó para ir a sentarse junto a Fletcher. Annie y Jimmy apenas podían disimular el asombro. El ujier anunció:

– Todos en pie. Preside su señoría el juez Abernathy.

En cuanto ocupó su lugar en el estrado, el juez saludó al fiscal general y luego dirigió su atención al equipo de la defensa; por segunda vez durante el juicio, en su rostro apareció una expresión de sorpresa.

– Veo que ha conseguido un ayudante, señor Davenport. ¿Debo consignar su nombre en las actas antes de que llame al jurado?

Fletcher miró al profesor, quien se levantó para responder:

– Ese es mi deseo, su señoría.

– ¿Su nombre? -preguntó el juez, como si no le hubiese visto en toda su vida.

– Karl Abrahams, su señoría.

– ¿Está usted cualificado para intervenir ante mi tribunal? -preguntó el juez con voz solemne.

– Creo que sí, señor -contestó Abrahams-. Soy miembro del colegio de abogados de Connecticut desde mil novecientos treinta y siete, aunque nunca he tenido el privilegio de intervenir delante de su señoría.

– Muchas gracias, señor Abrahams. Si el fiscal general no tiene ninguna objeción, consignaré su nombre en las actas como ayudante del señor Davenport.

El fiscal general se levantó, saludó al profesor con una leve inclinación y manifestó:

– Es un privilegio estar en la misma sala con el ayudante del señor Davenport.

– Entonces creo que no debemos esperar más para llamar al jurado -señaló el juez.

Fletcher observó atentamente los rostros de los siete hombres y cinco mujeres mientras ocupaban sus asientos. El profesor le había advertido que estuviese atento a los miembros del jurado que miraran directamente a su clienta, porque eso podría indicar un veredicto de inocencia. Le pareció que dos o tres lo hacían, pero no podía estar seguro.

El portavoz del jurado se levantó.

– ¿Han llegado ustedes aun veredicto en este caso? -preguntó el magistrado.

– No, su señoría, no hemos podido hacerlo -respondió el portavoz.

Fletcher notó que le sudaban las manos todavía más que en su primer discurso al jurado. El juez probó una segunda vez:

– ¿Han podido llegar a un veredicto mayoritario?

– No, no hemos podido, su señoría.

– ¿Creen que, si disponen de más tiempo, podrían llegar a un veredicto mayoritario?

– No lo creo, su señoría. Hemos estado divididos por partes iguales durante las últimas tres horas.

– Entonces no tengo más opción que declarar nulo el juicio y disolver el jurado. En nombre del estado, les doy las gracias por sus servicios.

El juez ya se dirigía al fiscal general, cuando el señor Abrahams se levantó.

– Me pregunto, su señoría, si podría solicitar su consejo en una pequeña cuestión técnica.

El juez lo miró intrigado y lo mismo hizo el fiscal general.

– Estoy impaciente por escuchar esa pequeña cuestión técnica.

– Permítame primero preguntarle a su señoría si me equivoco al creer que, en caso de celebrarse un nuevo juicio, los representantes de la defensa deben ser anunciados dentro de un plazo de catorce días.

– Esa es la práctica habitual, señor Abrahams.

– Entonces colaboraré con el tribunal al comunicar que si se presenta dicha situación, el señor Davenport y yo continuaremos representando a la acusada.

– Le doy las gracias por su pequeña cuestión técnica -manifestó el juez, que ya no parecía intrigado. Se dirigió al fiscal general-. Debo preguntarle ahora, señor Stamp, si tiene usted la intención de solicitar un nuevo juicio.

La atención de todos los presentes se centró en los cinco abogados del estado, que mantenían una animada conversación con las cabezas muy juntas. El juez Abernathy no hizo nada por meterles prisa y esperó pacientemente hasta que el señor Stamp se levantó.

– Consideramos, su señoría, que no beneficiará al interés del estado solicitar la celebración de un nuevo juicio.

El público aplaudió con entusiasmo mientras el profesor arrancaba una hoja de su cuaderno y se la pasaba a su alumno. Fletcher le echó un vistazo, se levantó una vez más y leyó textualmente:

– Su señoría, dadas las circunstancias, solicito la inmediata puesta en libertad de mi cliente. -Miró la siguiente frase del profesor y continuó con la lectura-: Quiero manifestar, además, mi agradecimiento por la corrección y la profesionalidad demostradas por el señor Stamp y su equipo durante todo el juicio.

El juez asintió y el señor Stamp se puso de pie.

– A mi vez felicito al señor letrado y a su ayudante por su labor en este su primer caso delante de su señoría. Asimismo, le deseo al señor Davenport todos los éxitos en la que estoy seguro será una brillante carrera.

Fletcher miró a Annie con una sonrisa de felicidad mientras el profesor Abrahams se levantaba.

– Protesto, su señoría.

Todos se volvieron para mirar al profesor.

– Yo no lo afirmaría con tanto convencimiento. Creo que aún le queda mucho trabajo por delante antes de que veamos realizada esa promesa.

– Se admite la protesta -dijo el juez Abernathy.


– Mi madre me enseñó los dos idiomas hasta que cumplí nueve años y para entonces ya estaba preparada para introducirme en el sistema escolar de Storrs.

– Allí fue donde di mis primeras clases -comentó Susan.

– No tardé en descubrir que me sentía mucho más a gusto con los números que con las palabras. -Michael Cartwright asintió, comprensivo-. Fui muy afortunada al tener a una maestra de matemáticas aficionada a la estadística y que además estaba fascinada por la importancia que tendrían los ordenadores en el futuro.

– Cada día dependemos más de ellos en las empresas de seguros -comentó Michael, mientras cargaba la pipa.

– ¿Qué tamaño tiene el ordenador de su empresa, señor Cartwright? -le preguntó Su Ling.

– Aproximadamente el tamaño de esta habitación.

– La próxima generación de estudiantes trabajará con ordenadores que no serán más grandes que las tapas de sus pupitres; la generación siguiente podrá tenerlos en la palma de la mano.

– ¿Crees realmente que eso es posible? -preguntó Susan, fascinada.

– La tecnología avanza a mucha velocidad y la demanda alcanzará unos niveles que obligará a bajar los precios rápidamente. En cuanto eso ocurra, los ordenadores serán como los teléfonos y los televisores en los años cuarenta y cincuenta. A medida que aumente el número de usuarios, más baratos y pequeños serán.

– Así y todo, habrá algunos ordenadores que continuarán siendo grandes -opinó Michael-. Piensa que mi empresa tiene más de cuarenta mil clientes.

– No necesariamente -replicó la muchacha-. El ordenador que llevó al primer hombre a la luna era más grande que esta casa, pero viviremos para ver cómo una nave espacial llega a Marte controlada por un ordenador no más grande que esta mesa de cocina.

– ¿No más grande que esta mesa? -repitió Susan, que intentaba hacerse a la idea.

– Silicon Valley, en California, se ha convertido en la nueva meca de la tecnología. IBM y Hewlett Packard comienzan a darse cuenta de que sus últimos modelos se quedan anticuados en cuestión de meses; en cuanto los japoneses se lancen a toda marcha, quizá será cuestión de semanas.

– ¿Qué tendrán que hacer las empresas como la mía para mantenerse al día? -preguntó Michael.

– Sencillamente tendrá que cambiar de ordenador con la misma frecuencia que un coche; en un futuro no muy lejano, podrá llevar en su bolsillo la información detallada de cada uno de sus clientes.

– Te lo repito -insistió Michael-, mi empresa tiene en la actualidad cuarenta y dos mil clientes.

– Aunque tenga cuatrocientos veinte mil, señor Cartwright, un ordenador que podrá llevar en la mano le informará de todo lo que necesita.

– Piensa en las consecuencias -apuntó Susan.

– Son muy emocionantes, señora Cartwright -dijo Su Ling. Se calló un momento con el rostro arrebolado-. Perdón, he hablado demasiado.

– No, no -la tranquilizó Susan-, es fascinante, pero quería preguntarte cosas de Corea, un país que siempre he deseado visitar. Si no es una pregunta ridícula, ¿os parecéis más a los chinos o a los japoneses?

– A ninguno de los dos -la informó Su Ling-. Somos tan diferentes como un ruso de un italiano. La nación coreana estaba formada por tribus y probablemente comenzó a existir por el siglo segundo…


– Pensar que les dije que eras tímida -comentó Nat mientras se acostaba junto a Su Ling, pasada la medianoche.

– Lo siento mucho -se disculpó ella-. No respeté la regla de oro de tu madre.

– ¿Cuál de ellas?

– Aquella que cuando dos personas se encuentran, la conversación se repartirá por partes iguales; tres personas, un tercio; cuatro, el veinticinco por ciento. Yo estuve hablando durante casi un noventa por ciento del tiempo. Me siento avergonzada por haberme comportado de una manera absolutamente incorrecta. No sé lo que me pasó. Supongo que habrá sido cosa de los nervios. Estoy segura de que no les haría gracia tenerme como nuera.

– Te adoran -replicó Nat, muy contento-. Mi padre se quedó hipnotizado con tus conocimientos de informática y mi madre fascinada con las costumbres coreanas, aunque no le comentaste nada de lo que ocurre si una muchacha coreana toma el té con los padres de su pretendiente.

– Eso no se aplica a una norteamericana de primera generación, como es mi caso.

– Que se pinta con lápiz de labios rosa y viste minifaldas -dijo Nat, que cogió un pintalabios rosa y lo agitó en el aire.

– No sabía que te pintaras los labios, Nat. ¿Otra moda que adoptaste en Vietnam?

– Solo durante las operaciones nocturnas. Ahora date la vuelta.

– ¿Darme la vuelta?

– Sí -dijo Nat, con un tono firme-. Creía que las mujeres coreanas eran obedientes, así que haz lo que te digo y date la vuelta.

Su Ling se puso boca abajo y apoyó la cabeza en la almohada.

– ¿Cuál es la próxima orden, capitán Cartwright?

– Quítate el camisón, Pequeña Flor.

– ¿Esto es lo que les sucede a todas las chicas norteamericanas durante la segunda noche?

– Quítate el camisón.

– Sí, capitán. -Su Ling deslizó lentamente el camisón de seda blanca hacia arriba y después de pasarlo por encima de la cabeza, lo dejó caer en el suelo-. ¿Qué pasa ahora? ¿Es cuando me pegas?

– No, eso no ocurrirá hasta la tercera noche, pero te haré una pregunta.

Nat cogió el pintalabios y le escribió en la espalda tres palabras entre signos de interrogación.

– ¿Qué has escrito, capitán Cartwright?

– ¿Por qué no lo averiguas tú misma?

Su Ling se levantó de la cama y se miró la espalda por encima del hombro en el espejo de cuerpo entero. Pasaron unos segundos antes de que apareciera una sonrisa en su rostro. Cuando se volvió, Nat estaba despatarrado en la cama y sostenía el pintalabios por encima de la cabeza. La muchacha se acercó lentamente, le quitó la barra de carmín y se quedó mirándole el pecho durante unos instantes. Luego le escribió en la piel las palabras: sí, quiero.

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– Annie está embarazada.

– Eso es fantástico -exclamó Jimmy mientras salían del comedor y cruzaban el campus para ir a su primera clase de la mañana-. ¿De cuántos meses?

– Solo de dos, así que ahora es tu turno de dar consejos.

– ¿A qué te refieres?

– No te olvides que eres tú quien tiene experiencia en esto. Eres padre de una niña de seis meses. Primera pregunta: ¿cómo puedo ayudar a Annie durante los próximos siete meses?

– Limítate a darle todo tu apoyo. Nunca olvides decirle que está preciosa aunque parezca una ballena varada en la playa, y si se le ocurren ideas tontas, tú síguele la corriente.

– ¿Qué ideas?

– A Joanna le encantaba comerse medio kilo de helado de chocolate con virutas todas las noches antes de irse a la cama, así que yo también comía; si se despertaba de madrugada a menudo se comía otro medio kilo.

– Eso tuvo que ser todo un sacrificio -opinó Fletcher.

– Efectivamente, sobre todo porque al helado le seguía una cucharada de aceite de hígado de bacalao.

– Cuéntame más cosas -le pidió Fletcher, cuando dejó de reírse y se acercaban al edificio Andersen.

– Annie tendrá que ir muy pronto a las clases de preparación al parto; los instructores por lo general recomiendan que asistan los maridos para que aprendan a valorar lo que están pasando las esposas.

– Estoy seguro de que me gustará -afirmó Fletcher-, sobre todo si tengo que comerme todas esas montañas de helado.

Subieron las escalinatas y entraron en el edificio.

– En el caso de Annie, bien podría darle por las cebollas o por los pepinillos en vinagre -le advirtió Jimmy.

– Si es así, quizá no me muestre muy entusiasta.

– Después tenemos los preparativos para el nacimiento. ¿Quién ayudará a Annie en todo eso?

– Mamá le preguntó si quería a la señorita Nichol, mi vieja niñera, pero Annie no ha querido ni oír hablar del tema. Está decidida a criar al bebé sin la ayuda de nadie.

– Joanna no hubiese vacilado en aprovechar los servicios de la señorita Nichol, porque por lo que recuerdo de la mujer, hubiese accedido a pintar la habitación del bebé además de cambiarle los pañales.

– No tenemos habitación para el bebé, solo el cuarto de los invitados.

– Pues a partir de hoy queda convertido en la habitación del bebé y Annie esperará que te encargues de pintarla, mientras ella se compra todo un vestuario nuevo.

– Tiene vestidos más que suficientes -replicó Fletcher.

– Ninguna mujer tiene vestidos más que suficientes -afirmó Jimmy-. Además, dentro de un par de meses no podrá usar ninguna de las prendas que tiene y eso será antes de que comience a pensar en las necesidades del bebé.

– Entonces ya puedo dedicarme a buscar trabajo como camarero -dijo Fletcher mientras caminaban por el pasillo.

– No creo que tu padre…

– No pretendo pasar toda mi vida aprovechándome de mi padre.

– Si mi padre tuviese tanto dinero como el tuyo -comentó Jimmy-, te juro que no hubiese pegado sello.

– Sí que lo hubieses hecho, porque de lo contrario Joanna nunca hubiese aceptado casarse contigo.

– No creo que acabes trabajando de camarero, Fletcher, porque después de tu triunfo en el caso Kirsten podrás escoger entre los mejores empleos de la bolsa de trabajo de la facultad. Si hay algo que sé de mi hermanita, es que no permitirá que nada se interponga en el objetivo de que seas el primero del curso. -Jimmy guardó silencio un momento-. ¿Qué te parece si hablo con mi madre? Ella ayudó mucho a Joanna en multitud de cosas sin que pareciera demasiado evidente. Claro que esperaría recibir algo a cambio.

– ¿En qué has pensado? -preguntó Fletcher.

– ¿Qué te parece la fortuna de tu padre? -replicó con una sonrisa.

Fletcher soltó la carcajada.

– ¿Quieres la fortuna de mi padre a cambio de pedirle a tu madre que ayude a su hija con el nacimiento de su nieto? Sabes, Jimmy, tengo la sensación de que serías un extraordinario abogado matrimonialista.


– He decidido presentarme como candidato a representante estudiantil -dijo sin ni siquiera preguntar quién le llamaba por teléfono.

– Es una gran noticia -declaró Tom-. ¿Qué ha dicho Su Ling al respecto?

– No hubiese dado el primer paso de no habérmelo propuesto ella. Además, quiere participar en la campaña. Dijo que se encargará de las encuestas y todo lo que tenga que ver con las estadísticas.

– Pues ya tienes resuelto uno de tus problemas. ¿Has escogido a tu director de campaña?

– Sí, poco después de que tú regresaras a Yale. Me decidí por un tipo llamado Joe Stein. Ha dirigido un par de campañas y aportará el voto judío.

– ¿Hay un voto judío en Connecticut? -le preguntó Tom.

– En este país siempre hay un voto judío y en esta universidad hay cuatrocientos dieciocho judíos. Puedes estar seguro de que necesitaré del voto de todos.

– En ese caso, ¿qué opinas sobre el futuro de los Altos del Golán?

– Ni siquiera sé dónde están los Altos del Golán -respondió Nat.

– Te recomiendo que lo averigües para mañana por la mañana.

– Me pregunto qué opinará Elliot sobre los Altos del Golán.

– Que forman parte de Israel y que de ninguna manera se puede ceder ni un palmo a los palestinos.

– ¿Qué crees que les dirá a los palestinos?

– Es probable que no haya más de un par de palestinos en la universidad, así que no necesita preocuparse por ellos.

– Evidentemente eso le simplificaría mucho las cosas.

– El siguiente paso que hay que considerar es tu discurso inaugural y dónde piensas darlo.

– Había pensado en el Russell Hall.

– Solo tiene capacidad para cuatrocientas personas. ¿No hay una sala más grande?

– Sí. El salón de actos tiene un aforo de más de mil, pero Elliot ya cometió el error. Cuando inauguró su campaña, el sitio parecía medio vacío. No, prefiero reservar el Russell Hall y tener a la gente sentada en las cornisas, colgados de las arañas, incluso de pie en las escalinatas de la entrada, algo que resultará mucho más impresionante para los votantes.

– En ese caso, más te vale que fijes una fecha y reserves la sala cuanto antes; al mismo tiempo, tienes que acabar de seleccionar a los integrantes de tu equipo.

– ¿De qué más debo ocuparme? -le preguntó Nat.

– Del discurso, para que cale bien en la gente; ah, y no te olvides de hablar con todos los estudiantes que te encuentres. Recuerda el saludo habitual «Hola, me llamo Nat Cartwright. Me presento como candidato a representante estudiantil y confío en contar con tu apoyo». Después escucha lo que te digan, porque si creen que estás interesado en sus opiniones, te resultará mucho más fácil conseguir su apoyo.

– ¿Alguna cosa más?

– No tengas piedad a la hora de utilizar a Su Ling y pídele que haga lo mismo con todas las estudiantes, porque es posible que sea una de las muchachas más admiradas del campus después de su decisión de no cambiar de universidad. No son muchas las personas capaces de rechazar una invitación de Harvard.

– No me lo recuerdes -replicó Nat-. ¿Eso es todo? Parece que has pensado hasta en el más mínimo detalle.

– Sí, solo una cosa más: me reuniré contigo durante los últimos diez días de campaña, pero oficialmente no seré un integrante de tu equipo.

– ¿Por qué no?

– Porque Elliot le diría a todo el mundo que tu campaña la lleva alguien de fuera y, lo que es peor, el hijo de un banquero que estudia en Yale. Procura no olvidar que hubieses ganado tus últimas elecciones de no haber sido por el fraude cometido por Elliot, así que prepárate para cualquier jugarreta que pueda apartarte de la carrera electoral.

– ¿Qué se le podría ocurrir?

– Si pudiera saberlo, sería el jefe de gabinete de Nixon.


– ¿Qué tal estoy? -preguntó Annie, sentada en el asiento del acompañante; mantenía estirado el cinturón de seguridad para que no le oprimiera la barriga.

– Estás preciosa, cariño -respondió Fletcher, sin ni siquiera dedicarle una mirada.

– No lo estoy. Tengo un aspecto horrible y este es un acontecimiento importante.

– Probablemente no sea más que una de sus habituales reuniones con una docena o más de alumnos.

– Lo dudo -replicó Annie-. Envió una invitación escrita a mano y recuerda lo que decía: «Haga todo lo posible por asistir. Quiero presentarle a una persona».

– Bueno, no tardaremos mucho en aclarar el misterio -señaló Fletcher, mientras aparcaba el viejo Ford detrás de una limusina vigilada por una docena de agentes del servicio secreto.

– ¿Quién podrá ser? -susurró Annie, que aceptó la mano que le ofrecía su marido para bajar del coche.

– No tengo ni idea, pero…

– Qué alegría verle, Fletcher -exclamó el profesor, que se encontraba en el umbral para recibir a los invitados-. Le agradezco mucho que esté aquí -añadió. Hubiese sido una estupidez por mi parte no venir, pensó Fletcher-. Y a usted también, señora Davenport. La recuerdo muy bien, porque durante un par de semanas estuve sentado dos filas más atrás de usted en la sala del juzgado.

– Entonces estaba un poco más delgada -comentó Annie con una amplia sonrisa.

– Pero no menos hermosa -replicó Abrahams-. ¿Para cuándo espera al bebé?

– Dentro de diez semanas, señor.

– Por favor, llámeme Karl -dijo el profesor-. Me siento muchísimo más joven cuando una estudiante de Vassar me llama por mi primer nombre. Un privilegio, debo añadir, que no extenderé a su marido hasta dentro de un año por lo menos -añadió mientras pasaba el brazo por los hombros de Annie-. Pasen. Quiero que conozcan a alguien.

Seguidos por el profesor, Fletcher y Annie entraron en la sala, donde ya había una docena de invitados que conversaban animadamente. Al parecer eran los últimos en llegar.

– Señor vicepresidente, quiero presentarle a Annie Cartwright.

– Buenas noches, señor vicepresidente.

– Hola, Annie -dijo Spiro Agnew y le estrechó la mano efusivamente-. Me han comentado que se ha casado con un tipo muy brillante.

– Procure no olvidar, Annie -intervino Karl-, que los políticos tienen cierta tendencia a la exageración, porque siempre confían en obtener su voto.

– Lo sé, Karl, mi padre se dedica a la política.

– ¿Es de los nuestros? -le preguntó Agnew.

– No, señor, de los otros -respondió Annie, con un tono divertido-. Es el líder de la mayoría del Senado del estado de Connecticut.

– ¿Es que no hay ningún republicano en esta reunión?

– Y este, señor vicepresidente, es el marido de Annie, Fletcher Davenport.

– Encantado, Fletcher. ¿Su padre también es demócrata?

– No, señor, está afiliado al partido republicano.

– Fantástico, así al menos tenemos dos votos seguros en su casa.

– No, señor, mi madre no le permitiría cruzar el umbral.

El vicepresidente se echó a reír.

– No parece que todo esto ayude mucho a su reputación, Karl.

– Continuaré siendo neutral como siempre, Spiro, porque el juego político es algo que no me concierne. En cualquier caso, si me lo permite, dejaré a Annie con usted, porque quiero que Fletcher conozca a alguien más.

Fletcher se sintió intrigado porque había supuesto que el profesor se refería al vicepresidente en la invitación, pero siguió obedientemente a su anfitrión para reunirse con un grupo de hombres que se encontraban al otro lado de la sala, junto a la chimenea encendida.

– Bill, este es Fletcher Davenport. Fletcher, le presento a Bill Alexander, de Alexander…

– … Dupont y Bell -acabó Fletcher, y estrechó la mano del socio principal de una de las firmas de abogados más prestigiosas de Nueva York.

– Hace tiempo que buscaba la ocasión de conocerle, Fletcher -dijo Bill Alexander-. Ha conseguido algo que yo no he sido capaz de conseguir en treinta años.

– ¿A qué se refiere, señor?

– A que Karl interviniera en uno de mis casos como ayudante. ¿Cómo lo consiguió?

Los dos hombres esperaron ansiosos la respuesta.

– No me dejó muchas alternativas, señor. Me incordió de una manera muy poco profesional, pero era comprensible, dada su desesperación. Nadie le había ofrecido un empleo desde mil novecientos treinta y ocho.

Los dos mayores se echaron a reír.

– Así y todo, me siento obligado a preguntar si valió la pena pagarle sus honorarios, que sin duda debieron de ser considerables, si tenemos en cuenta que la mujer salió absuelta de los cargos.

– Desde luego que lo fueron -intervino Abrahams antes de que su joven invitado pudiera responder.

El profesor buscó en la biblioteca detrás de Bill Alexander y sacó un ejemplar en tapa dura de Los juicios de Clarence Darrow. El señor Alexander miró el libro.

– Yo también lo tengo, por supuesto -comentó Alexander.

– Y yo. -Fletcher pareció desilusionado al escucharlo-. Pero no una primera edición firmada y con la cubierta en perfecto estado. Es un ejemplar de coleccionista.

Fletcher pensó en su madre y en su valioso consejo: «Procura escoger algo que él aprecie y no es necesario que valga una fortuna».


Nat le pidió a cada uno de los ocho hombres y seis mujeres que formaban su equipo que ofreciera una breve biografía para el resto del grupo. Luego les asignó las responsabilidades que tendrían en la campaña electoral. Nat admiraba sinceramente el trabajo de Su Ling, porque como le había aconsejado Tom, la joven había seleccionado a una notable muestra de estudiantes, la mayoría de los cuales habían deseado desde el principio que Nat se presentara como candidato.

– Muy bien, comencemos a ponernos al día -dijo Nat.

El primero en hablar fue Joe Stein, quien se puso de pie.

– Como el candidato ha dejado bien claro que los donativos no pueden exceder de un dólar por persona, he aumentado el número de voluntarios para la campaña financiera, de forma que podemos pedir su aportación al mayor número de estudiantes posible. Dicho grupo se reúne una vez por semana, generalmente los lunes. Sería muy útil si el candidato pudiera hablar con ellos en algún momento.

– ¿Qué te parece el próximo lunes? -preguntó Nat.

– Estupendo. Hasta ahora, hemos recaudado trescientos siete dólares; la mayor parte de los donativos la recibimos después de tu discurso en Russell Hall. A la vista de que la sala estaba hasta los topes, casi todos se quedaron convencidos de que estaban respaldando al ganador.

– Gracias, Joe. Veamos ahora cómo va la campaña opositora. ¿Tim?

– Me llamo Tim Ulrich. Mi trabajo consiste en seguir la campaña de la oposición y asegurarnos de saber en todo momento qué se traen entre manos. Tenemos por lo menos a dos personas que toman nota de todo lo que dice Elliot. Ha hecho tantas promesas durante los últimos días, que si pretende cumplirlas todas la universidad estará en la ruina en menos de un año.

– ¿Qué hay de los grupos, Ray?

– Los grupos se dividen en tres clases: étnicos, religiosos y actividades, así que tengo a tres colaboradores para que se ocupen de ellos. Por supuesto, hay muchos que se entremezclan: por ejemplo, los italianos con los católicos.

– ¿Sexo? -preguntó alguien.

– No -respondió Ray-. Liemos descubierto que el sexo es universal, por tanto no lo hemos podido agrupar, pero la ópera, la comida y la moda es donde más se entremezclan los italianos. Para colmo, en Mario’s ofrecen café gratis a aquellos clientes que prometen votar a Cartwright.

– Ten cuidado. Elliot podría decir que es un gasto electoral -le advirtió Joe-. No vayamos a perder por un estúpido tecnicismo.

– De acuerdo -dijo Nat-. ¿Los deportes?

Jack Roberts, el capitán del equipo de baloncesto, no necesitaba presentarse.

– Las secciones de atletismo están bien cubiertas por la participación personal de Nat, sobre todo después de su victoria en la carrera campo a través contra la Universidad de Cornell. Yo me encargo del equipo de béisbol y baloncesto. Elliot se ha hecho con el equipo de fútbol, pero la sorpresa la tenemos en el lacrosse femenino; hay más de trescientas chicas que lo practican.

– Salgo con una chica del segundo equipo -comentó Tim.

– Creía que eras homosexual -dijo Chris.

Algunos se echaron a reír.

– ¿Hay alguien que se ocupe del voto gay? -quiso saber Nat. Nadie le respondió-. Si alguien reconoce públicamente que es gay, le buscaremos un lugar en el equipo y se habrán acabado los comentarios malintencionados.

– Lo siento, Nat -se disculpó Chris.

– Solo nos quedan las encuestas y las estadísticas, Su Ling.

– Me llamo Su Ling. Hay nueve mil seiscientos veintiocho estudiantes: cinco mil quinientos diecisiete hombres y cuatro mil ciento once mujeres. Una encuesta muy casera realizada en el campus el sábado pasado por la mañana señala que Elliot contaría con seiscientos once votos y Nat con quinientos cuarenta y uno, pero no olvidemos que Elliot cuenta con la ventaja de haber comenzado la campaña hace más de un año y que sus carteles están por todas partes. Los nuestros los colocaremos el viernes.

– Los habrán arrancado todos para el sábado.

– Pues los volveremos a colocar inmediatamente -afirmó Joe-, sin recurrir a las mismas tácticas. Siento haberte interrumpido, Su Ling.

– Tranquilo, no pasa nada. Todos los miembros del equipo deben fijarse el objetivo de hablar todos los días con un mínimo de veinte votantes. Como todavía tenemos por delante sesenta días de campaña, intentaremos hablar con cada estudiante varias veces antes del día de las elecciones. Esto es algo que no se puede realizar de cualquier manera. En esa pared hay un tablón con la lista de todos los estudiantes por orden alfabético. En la mesa he dejado lápices de colores. He destinado un color para cada miembro del equipo. Al final de la jornada, cada uno marcará a los votantes que ha entrevistado. De este modo también sabremos quiénes son los que hablan y quiénes los que trabajan.

– Has dicho que hay diecisiete lápices de colores -intervino Joe-, aunque nosotros solo somos catorce.

– Correcto, pero también hay lápices de color negro, amarillo y rojo. Si la persona dijo que votará a Elliot, la marcaréis en negro; si es dudosa, le corresponde una marca amarilla, y si están seguros de que votará por Nat, entonces usaréis el rojo. A última hora entraré toda la nueva información en el ordenador; os entregaré copias de los resultados a primera hora de la mañana siguiente. ¿Alguna pregunta?

– ¿Te casarás conmigo? -preguntó Chris.

Todos se echaron a reír.

– Sí, lo haré -respondió Su Ling-. Por cierto, recuerda que no debes creer todo lo que te dicen, porque Elliot también me lo pidió y le dije que sí.

– Eh, ¿qué pasa conmigo? -protestó Nat.

– No te olvides que a ti te contesté por escrito. -Su Ling le dedicó una sonrisa.


– Buenas noches, señor, y muchas gracias por tan grata velada.

– Buenas noches, Fletcher. Me alegra que os hayáis divertido.

– Desde luego que sí -afirmó Annie-. Ha sido fantástico conocer al vicepresidente. Ahora podré burlarme de mi padre durante semanas -añadió mientras Fletcher la ayudaba a subir al coche.

Incluso antes de cerrar la puerta de su lado, Fletcher exclamó:

– Annie, has estado fabulosa.

– Solo procuraba sobrevivir. No esperaba que Karl me colocara entre el vicepresidente y el señor Alexander durante la cena. Incluso me pregunté si no habría sido un error.

– El profesor no comete esa clase de errores -señaló Fletcher-. Sospecho que Bill Alexander le pidió que lo hiciera.

– ¿Por qué haría tal cosa?

– Es el socio principal de una firma con una larga tradición y chapada a la antigua, así que seguramente creyó que averiguaría muchas cosas referentes a mí a través de mi esposa; si te invitan a unirte a Alexander Dupont y Bell, es un equivalente a que te propongan matrimonio.

– Entonces confiemos en que no haya puesto trabas a una proposición en toda regla.

– Todo lo contrario. Has conseguido que llegue a la etapa del cortejo. No vayas a creer que fue una coincidencia que la señora Alexander se sentara a tu lado cuando sirvieron el café.

Annie soltó un suave gemido y Fletcher la miró preocupado.

– Oh, Dios mío -exclamó la muchacha-. Han comenzado las contracciones.

– Pero si todavía faltan diez semanas -replicó Fletcher-. Relájate y estaremos en casa en un santiamén. En cuanto te acuestes te sentirás bien.

Annie volvió a gemir, esta vez un poco más fuerte.

– Olvídate de volver a casa; llévame al hospital.

Fletcher pisó el acelerador, aunque no podía ir muy rápido porque necesitaba mirar los nombres de las calles para orientarse y encontrar el camino más corto hasta el hospital de Yale-New Haven. Entonces vio una parada de taxis. Viró bruscamente y se detuvo junto al primer taxi de la cola. Bajó la ventanilla.

– Mi mujer está a punto de dar a luz -gritó-. ¿Cuál es el camino más corto hasta Yale-New Haven?

– Sígame -le ordenó el taxista y arrancó.

Fletcher hizo lo imposible para no separarse del taxi que se movía como una anguila entre los demás coches; el conductor hacía sonar el claxon sin cesar mientras seguía una ruta absolutamente nueva para él. Annie se sujetaba la barriga; los gemidos aumentaban de intensidad por momentos.

– No te preocupes, amor mío, ya casi hemos llegado -le dijo a Annie, mientras se saltaba otro semáforo en rojo para no perder de vista al taxi.

Cuando los dos coches llegaron finalmente al hospital, Fletcher se sorprendió al ver a un médico y una enfermera junto a una camilla en la puerta; era evidente que les estaban esperando. El taxista levantó el puño con el pulgar en alto en dirección a la enfermera y Fletcher se dijo que seguramente había llamado a su supervisor para que comunicara la emergencia al hospital; confió en llevar bastante dinero para pagarle la carrera y añadir una generosa propina.

Fletcher saltó del coche para ayudar a Annie, pero el taxista ya se le había adelantado. Entre los dos la sacaron del vehículo y la colocaron con mucho cuidado en la camilla. La enfermera comenzó a desabrocharle el vestido incluso antes de que la camilla entrara en el hospital. Fletcher sacó el billetero y se volvió hacia el taxista.

– Muchas gracias, ha sido usted muy amable. ¿Cuánto le debo?

– Ni un centavo; invita la casa -contestó el taxista.

– Pero… -comenzó Fletcher.

– Si le digo a mi esposa que le he cobrado, me matará. Buena suerte. -El taxista dio media vuelta sin decir nada más y caminó hacia su coche.

– Gracias -repitió Fletcher antes de correr hacia la entrada.

Tardó un minuto en alcanzar a su esposa y le cogió la mano.

– Todo irá a la perfección, cariño -le aseguró.

El enfermero le hizo a Annie una serie de preguntas que fueron contestadas desde la primera hasta la última con un lacónico sí. En cuanto acabó con el cuestionario, llamó al quirófano para avisar al doctor Redpath y a su equipo de que tardarían un minuto en llegar. El lento y enorme ascensor se detuvo en la quinta planta. Llevaron a Annie a tanta velocidad por el pasillo que Fletcher casi corría a su lado para no soltarle la mano. Vio a dos enfermeras que mantenían abiertas las puertas de la sala para que la camilla no tuviera que detenerse.

Annie se aferró a la mano de su marido mientras la colocaban en la mesa. Otras tres personas entraron en el quirófano, con las mascarillas puestas. La primera comprobó el instrumental, la segunda se ocupó de la máscara de oxígeno y la tercera intentó que Annie le respondiera a más preguntas, aunque ya gritaba sin cesar. Fletcher no le soltó la mano, hasta que apareció un hombre mayor. Se calzó los guantes de goma.

– ¿Estamos preparados? -preguntó sin mirar a la parturienta.

– Sí, doctor Redpath -contestó la enfermera.

– Bien. -Miró a Fletcher-. Lamento tener que pedirle que se retire, señor Davenport. Le llamaremos en cuanto haya nacido el bebé.

Fletcher besó a su mujer en la frente.

– Estoy muy orgulloso de ti -le susurró.

<p id="_Toc320818465">22</p>

Nat se despertó a las cinco el día de las elecciones y reparó en que Su Ling ya estaba en la ducha. Releyó el horario que tenía en la mesilla de noche. Reunión con todo el equipo a las siete, seguida de una hora y media delante de las puertas del comedor para recibir y saludar a los votantes que acudían a desayunar.

– Ven y dúchate conmigo -le gritó Su Ling-, no podemos perder ni un minuto.

Tenía razón, porque llegaron a la reunión del equipo solo un minuto antes de que el reloj marcara las siete. Todos los demás ya estaban presentes y Tom, que había venido de Yale para la ocasión, les comentaba las experiencias de su reciente reelección. Su Ling y Nat ocuparon las sillas a cada lado del asesor de campaña, que continuó presidiendo la reunión como si ellos no estuviesen allí.

– Nadie se detiene, ni siquiera para respirar, hasta las seis en punto, cuando se haya depositado el último voto. Ahora propongo que el candidato y Su Ling se instalen a la entrada del comedor y permanezcan allí entre las siete y media y las ocho y media mientras el resto va a desayunar.

– ¿Tendremos que comer toda esa basura durante una hora? -preguntó Joe.

– No, no quiero que comas nada, Joe. Necesito que vayáis de mesa en mesa, nunca dos de vosotros a la misma mesa; recordad que el equipo de Elliot probablemente estará haciendo la misma operación, así que no perdáis el tiempo pidiéndoles el voto. Muy bien, vamos allá.

Los catorce salieron de la habitación y corrieron a través del prado para desaparecer en el interior del comedor. Nat y Su Ling se quedaron junto a la entrada.

– Hola, soy Nat Cartwright. Me presento como candidato a representante del consejo de estudiantes. Espero contar con tu voto en las elecciones de hoy.

– Vale, tío, ya tienes el voto gay -le respondieron al unísono dos estudiantes con expresiones somnolientas.

– Hola, soy Nat Cartwright. Me presento como candidato a representante del consejo de…

– Sí, sé quién eres, pero ¿cómo puedes entender los problemas que se tienen para sobrevivir con una miserable beca, cuando a ti te pagan cuatrocientos dólares todos los meses? -fue la réplica mordaz del estudiante.

– Hola, soy Nat Cartwright. Me presento como candidato a representante del…

– No pienso votar a nadie -afirmó otro estudiante, y siguió su camino.

– Hola, soy Nat Cartwright. Me presento como candidato a…

– Lo siento mucho. Solo estoy de visita, así que no puedo votar.

– Hola, soy Nat Cartwright y…

– Te deseo buena suerte, pero te votaré solo porque tu novia es una preciosidad.

– Hola, soy Nat Cartwright…

– Pues yo soy del equipo de Ralph Elliot; os vamos a dar una paliza.

– Hola, soy Nat…

Nueve horas más tarde, Nat había perdido la cuenta de las veces que había repetido las mismas palabras y las manos que había estrechado. Solo sabía a ciencia cierta que se había quedado ronco y que en cualquier momento perdería los dedos. A las seis y un minuto, se volvió hacia Tom y dijo:

– Hola, soy Nat Cartwright y…

– Olvídalo -replicó Tom y se echó a reír-. Soy el representante de Yale y todo lo que sé es que si no fuese por Ralph Elliot tú tendrías mi puesto.

– ¿Qué me tienes reservado ahora? Mi programa de actividades termina a las seis y no tengo idea de lo que debo hacer -le comentó Nat.

– Muy típico de todos los candidatos. Creo que lo más conveniente es que nos vayamos a cenar tranquilamente a Mario’s.

– ¿Qué pasa con el resto del equipo? -quiso saber Su Ling.

– Joe, Chris, Sue y Tim asistirán al recuento de votos, mientras los demás se toman un bien merecido descanso. Como el recuento comienza a las siete y tardarán como mínimo un par de horas, propongo que todos estéis presentes en la sala a las ocho y media.

– Por mí de acuerdo -dijo Nat-. Podría comerme un caballo.

Mario los acompañó hasta la mesa en el rincón y no dejó de tratar a Nat como señor representante. Mientras los tres disfrutaban de sus bebidas e intentaban relajarse, Mario reapareció con una gran fuente de espaguetis a la boloñesa y los espolvoreó con una generosa ración de queso parmesano. Pese a los esfuerzos de Nat la cantidad de espaguetis no parecía disminuir. Tom advirtió que el nerviosismo de su amigo iba en aumento y comía cada vez menos.

– Me pregunto qué estará haciendo Elliot en estos momentos -comentó Su Ling.

– Estará en el McDonald’s junto con todos esos tipejos de su equipo, comiendo hamburguesas y patatas fritas a cuatro carrillos y haciendo ver que todo va sobre ruedas -replicó Tom y bebió un trago de vino de la casa.

– Bueno, al menos podemos estar tranquilos de que ya no podrá hacernos ninguna jugarreta -declaró Nat.

– Yo no pondría las manos en el fuego -opinó Su Ling en el mismo momento en que Joe Stein entraba en el local.

– ¿Qué querrá Joe? -preguntó Tom que se levantó para llamar al colaborador.

Nat le sonrió a su director de campaña cuando este se acercó a la mesa, pero Joe no le devolvió la sonrisa.

– Tenemos un problema -les informó Joe-. Será mejor que vayamos inmediatamente a la sala donde están haciendo el recuento.


Fletcher caminó de un extremo al otro del pasillo, de la misma manera que había hecho su padre veinte años antes, durante una tarde que la señorita Nichol le había descrito en muchas ocasiones. Era como ver una vieja película en blanco y negro, siempre con el mismo final feliz. Fletcher se dio cuenta de que siempre acababa a unos pasos de la puerta del quirófano, como si esperara que alguien -cualquiera- hiciera su aparición.

Por fin se abrieron las puertas y salió una enfermera, pero pasó a la carrera junto a Fletcher sin decir palabra. Pasaron unos minutos más antes de que saliera el doctor Redpath. Se quitó la mascarilla y su expresión era grave.

– Acaban de trasladar a su esposa a su habitación -dijo-. Está bien, cansada, pero bien. Podrá verla dentro de unos minutos.

– ¿Cómo está el bebé?

– Han llevado a su hijo a la incubadora. Permítame que le acompañe.

El médico guió a Fletcher a lo largo del pasillo y se detuvo delante de un gran ventanal. Al otro lado había tres incubadoras. Dos estaban ocupadas. Vio cómo acomodaban suavemente a su hijo en la tercera. Su cuerpo diminuto se veía rojo y arrugado como una pasa. La enfermera le colocó un tubo de goma en la nariz. Luego le fijó un sensor en el pecho y lo conectó a un monitor. Su última tarea fue colocarle una pequeña pulsera en la muñeca izquierda con el nombre de Davenport. La pantalla del monitor entró en funcionamiento e incluso Fletcher, a pesar de sus muy rudimentarios conocimientos de medicina, se dio cuenta de que el corazón de su hijo latía muy débilmente. Miró preocupado al doctor Redpath.

– ¿Qué posibilidades tiene?

– Se ha adelantado diez semanas, pero si conseguimos que supere la noche, entonces es muy probable que sobreviva.

– ¿Qué posibilidades tiene? -insistió Fletcher.

– No hay reglas, ni porcentajes, ninguna ley que nos dé una garantía. Cada bebé es único, incluido el suyo -declaró el médico.

Se les acercó una enfermera.

– Ya puede ver a su esposa, señor Davenport. Si quiere acompañarme, por favor.

Fletcher le dio las gracias al doctor Redpath y siguió a la enfermera por las escaleras hasta la siguiente planta, donde estaba la habitación de su esposa. Annie estaba reclinada en la cama, contra varias almohadas.

– ¿Cómo está nuestro hijo? -le preguntó nada más verlo entrar.

– Muy bien. Es precioso, señora Davenport, y es muy afortunado al tener una madre absolutamente maravillosa.

– No me dejan verlo -protestó Annie en voz baja-, y deseo tanto tenerlo en mis brazos…

– Por el momento está en la incubadora -le explicó Fletcher-; hay una enfermera que lo vigila constantemente.

– Tengo la sensación de que hubiese pasado un siglo desde la cena con el profesor Abrahams.

– Sí, vaya noche -comentó Fletcher-. Un doble triunfo para ti. Has hechizado al socio principal de la firma donde quiero trabajar y luego has dado a luz a nuestro hijo. ¿Qué más quieres?

– Todo eso me parece sin importancia ahora que tenemos que ocuparnos de nuestro hijo. -Se calló un momento-. Harry Robert Davenport.

– Suena de maravilla -afirmó Fletcher-, nuestros padres estarán encantados.

– ¿Cómo lo llamaremos? -preguntó Annie-. ¿Harry o Robert?

– Yo sé cómo voy a llamarlo -contestó Fletcher en el momento en que la enfermera entraba en la habitación.

– Creo que es hora de que duerma, señora Davenport. Ha sido una jornada agotadora.

– Estoy de acuerdo -manifestó Fletcher.

Retiró las almohadas para que Annie no hiciera ningún esfuerzo y la ayudó a acomodarse. Annie le dedicó una sonrisa mientras apoyaba la cabeza en la almohada y su marido le dio un beso en la frente. La enfermera apagó la luz en cuanto Fletcher salió de la habitación.

Fletcher corrió escaleras arriba para ir a comprobar si los latidos del corazón de su hijo eran más fuertes. Miró la pantalla del monitor a través de la ventana; era tanta su desesperación por ver que marcaba una mayor intensidad, que se convenció a sí mismo de que así era. Mantuvo la nariz pegada al cristal.

– Sigue luchando, Harry -dijo y comenzó a contar los latidos por minuto. De pronto, le dominó el cansancio-. Aguanta, chico, lo conseguirás.

Se apartó de la ventana y fue a sentarse en una silla al otro lado del pasillo. En cuestión de minutos, dormía profundamente.

Se despertó sobresaltado cuando una mano le tocó suavemente en el hombro. Abrió los ojos con un gran esfuerzo; no tenía idea de cuánto tiempo había estado durmiendo. Primero vio a la enfermera, en cuyo rostro se reflejaba una expresión solemne. El doctor Redpath se encontraba a un paso más atrás de ella. No fue necesario que le dijeran que Harry Robert Davenport no lo había conseguido.


– Veamos, ¿cuál es el problema? -preguntó Nat mientras corrían hacia la sala donde se realizaba el escrutinio.

– Llevábamos una amplia ventaja hasta hace solo unos minutos -le explicó Joe, que jadeaba visiblemente después del esfuerzo de ir hasta el restaurante y en ese momento procurar seguir a la par de Nat a un ritmo que el candidato hubiese dicho que era un trote. Agotado, acortó el paso-. Entonces, aparecieron dos urnas llenas a rebosar y casi el noventa por ciento de los votos son para Elliot -añadió cuando llegaron a las escalinatas del edificio.

Nat y Tom no esperaron a Joe mientras subían los escalones de dos en dos y entraban en la sala. Al primero que vieron fue a Ralph Elliot, que parecía muy complacido consigo mismo. Nat volvió su atención hacia Tom, quien ya estaba atendiendo las explicaciones de Sue y Chris. Se apresuró a reunirse con ellos.

– Íbamos ganando por unos cuatrocientos votos -dijo Chris-; supusimos que ya estaba definido el resultado, cuando aparecieron dos urnas como surgidas de la nada.

– ¿Qué quieres decir con surgidas de la nada? -le preguntó Tom.

– Verás, las descubrieron debajo de una mesa, pero no estaban incluidas en el recuento original. En una de las urnas -añadió Chris, después de consultar la planilla- había trescientos diecinueve votos para Elliot contra cuarenta y ocho de Nat y en la otra, trescientos veintidós y cuarenta y uno respectivamente, cosa que le dio la vuelta al resultado y lo situó como ganador por un puñado de votos.

– Dime los resultados de las otras urnas -le pidió Su Ling.

– En general respondían a las estimaciones -respondió Chris, que consultó de nuevo la planilla-. En la que obtuvimos más votos, había doscientos nueve para Nat, frente a ciento setenta y seis para Elliot. De hecho, Elliot solo nos superó en una urna: doscientos uno a ciento noventa y seis.

– Los votos de las dos últimas urnas son estadísticamente imposibles -afirmó Su Ling- si los comparas con las diez que ya han contabilizado. Alguien ha tenido que llenarlas con las papeletas de Elliot para conseguir cambiar el resultado.

– ¿Cómo pudieron hacer tal cosa? -preguntó Tom.

– Es algo muy sencillo si consigues hacerte con las papeletas en blanco -dijo Su Ling.

– Cosa que seguramente no les planteó ningún problema -señaló Joe.

– ¿Cómo puedes estar seguro de que fue así? -le preguntó Nat.

– Porque cuando voté en mi residencia durante la hora de la comida, solo había una persona para controlar la votación y estaba redactando un trabajo de clase. Podría haberme llevado un puñado de papeletas sin que se diera cuenta.

– Eso no explica la súbita aparición de las dos urnas -declaró Tom.

– No necesitas ser un genio para resolver el misterio -intervino Chris-, porque una vez acabada la votación, todo lo que tuvieron que hacer fue retener dos urnas y llenarlas con sus votos.

– No tenemos manera de probarlo -opinó Nat.

– Las estadísticas lo prueban -señaló Su Ling-. Nunca mienten, aunque reconozco que no tenemos ninguna prueba de primera mano.

– ¿Qué podemos hacer para desenmascarar el fraude? -preguntó Joe, mientras miraba a Elliot, que mantenía la misma expresión satisfecha.

– No hay mucho que podamos hacer aparte de comunicar nuestras sospechas a Chester Davies. Después de todo, es el funcionario a cargo de la junta electoral.

– De acuerdo, Joe. Ve y díselo; después esperaremos a ver qué decide.

Joe se marchó para hablar con el decano. Vieron cómo la expresión del señor Davies se hacía cada vez más seria. En cuanto Joe acabó su exposición, el decano llamó inmediatamente al jefe de campaña de Elliot, quien no hizo más que encogerse de hombros y señalar que todos los votos eran válidos.

Nat observó con desconfianza mientras el señor Davies interrogaba a los dos jóvenes; vio cómo Joe asentía, antes de que cada jefe de campaña se dirigiera a informar a sus respectivos equipos.

– El decano convocará ahora mismo una reunión urgente de la junta electoral en su despacho; nos comunicará la decisión dentro de una media hora.

– El señor Davies es un hombre bueno y justo -dijo Su Ling, que cogió a Nat de la mano-. Puedes estar seguro de que llegará a la conclusión correcta.

– Puede que llegue a la conclusión correcta -replicó Nat-, pero al final no podrá hacer otra cosa que aplicar las normas electorales con independencia de sus opiniones personales.

– Estoy de acuerdo -afirmó una voz detrás de ellos. Nat se volvió rápidamente y se encontró con Elliot, que le sonreía-. No necesitarán mirar en el reglamento para dictaminar que la persona con más votos es el ganador -añadió Elliot, con un tono de desdén.

– A menos que revisen la norma que dice: una persona, un voto -dijo Nat.

– ¿Me estás acusando de tramposo? -le espetó Elliot, en un tono de voz que llamó de inmediato la atención de sus partidarios, los cuales se apresuraron a rodearlo.

– Digámoslo de otra manera. Si ganas estas elecciones, puedes ir a Chicago y pedir el empleo de cajero en Cook County, porque el alcalde Daly no tiene nada que enseñarte.

Elliot ya había dado un paso adelante y levantado el puño cuando el decano entró en la sala, con una hoja de papel en la mano. Subió al estrado.

– Te acabas de librar de una buena zurra -susurró Elliot.

– Pues lo mismo digo -replicó Nat.

Los dos jóvenes se volvieron hacia el estrado.

Se apagaron todas las conversaciones mientras el señor Davies ajustaba la altura del micrófono y miraba a todos aquellos que se habían dado cita para escuchar el resultado. El decano leyó con voz pausada el texto de la nota.

– Se me ha comunicado un incidente en las elecciones para representante del claustro de estudiantes. Al parecer, se encontraron dos urnas después de acabado el recuento. Cuando se procedió a la apertura de las mismas y se contaron los votos, resultó que se invirtió el resultado de la votación. Por tanto, como miembros de la junta electoral, nos correspondió consultar el reglamento de las elecciones. Por mucho que buscamos, no encontramos ninguna referencia a la aparición de urnas no contabilizadas, ni las acciones que hay que emprender en el caso de que se advirtiera un número de votos absolutamente anormal en una urna determinada.

– Porque en el pasado nunca se le ocurrió a nadie cometer un fraude -gritó Joe desde el fondo de la sala.

– Tampoco se ha hecho ahora -le respondieron de inmediato-. Lo que pasa es que no sabéis perder.

– ¿Cuántas urnas más teníais preparadas por si…?

– No necesitamos más.

– Silencio -ordenó el decano-. Estos comentarios no favorecen a ninguna de las partes. -Esperó a que se hiciera silencio antes de proseguir con la lectura de la nota-. Así y todo, conscientes de nuestra responsabilidad como miembros de la junta electoral, hemos llegado a la conclusión de dar por válido el resultado.

Los partidarios de Elliot estallaron en una estruendosa ovación.

Elliot miró a Nat.

– Creo que acabas de saber quién ha recibido una paliza.

– Esto aún no se ha acabado -le advirtió Nat, sin desviar la mirada del señor Davies.

Pasaron unos minutos antes de que el decano pudiera continuar, porque la mayoría había supuesto que había acabado su intervención.

– Como se han cometido varias irregularidades en el proceso electoral, una de las cuales en nuestra opinión sigue sin aclararse, he decidido que de acuerdo con el artículo siete b del reglamento del claustro de estudiantes, el candidato derrotado tiene la oportunidad de apelar. Si lo hace, el comité podrá optar entre tres decisiones. -Abrió el libro del reglamento y leyó-: a) confirmar el resultado original; b) no dar por válido el resultado original, y c) convocar nuevas elecciones que se celebrarán durante la primera semana del próximo semestre. Por tanto, damos al señor Cartwright un plazo de veinticuatro horas para presentar su apelación.

– No necesitamos veinticuatro horas -gritó Joe-. Apelamos.

– Es preciso que el candidato presente la apelación por escrito -aclaró el decano.

Tom miró a Nat, que solo tenía ojos para Su Ling.

– ¿Recuerdas lo que acordamos en el caso de que no ganara?


10

<p id="_Toc320818453">10</p>

– ¿Te presentarás para representante de los estudiantes? -preguntó Jimmy.

– Aún no lo he decidido -le respondió Fletcher.

– Todos esperan que lo hagas.

– Ese es uno de los problemas.

– Mi padre quiere que te presentes.

– Pues mi madre no -dijo Fletcher.

– ¿Por qué no? -preguntó Jimmy.

– Cree que debo dedicar mi último curso a asegurarme de que conseguiré una plaza en Yale.

– Si te nombran representante de los estudiantes, será un punto más a tu favor en la solicitud de ingreso. Soy yo quien lo tendrá muy difícil.

– Estoy seguro de que tu padre tiene varios contactos a quienes llamar si es necesario -comentó Fletcher con una sonrisa.

– ¿Qué opina Annie al respecto? -quiso saber Jimmy, sin hacer caso del comentario.

– Está totalmente dispuesta a aceptar lo que yo decida.

– Entonces quizá me corresponde a mí ser quien incline la balanza.

– ¿Qué se te ha ocurrido?

– Si esperas ganar, tendrás que nombrarme director de tu campaña.

– Eso desde luego serviría para hundirme -manifestó Fletcher. Jimmy cogió uno de los cojines del sofá y se lo arrojó a su compañero-. La verdad es que si quieres garantizar mi victoria -continuó Fletcher, que atrapó el cojín al vuelo-, tendrías que ofrecer tus servicios como director de campaña a mi mayor rival.

Las pullas se interrumpieron cuando el padre de Jimmy entró en la habitación.

– Fletcher, ¿podrías concederme unos minutos?

– Por supuesto, señor.

– Quizá podríamos tener una charla en mi despacho.

Fletcher se levantó en el acto y siguió al senador. Antes de salir miró a Jimmy, pero su amigo se limitó a encogerse de hombros. Se preguntó si habría hecho algo mal.

– Siéntate -le dijo Harry Gates al tiempo que se sentaba al otro lado de la mesa. Guardó silencio durante unos segundos y luego añadió-: Fletcher, necesito un favor.

– Lo que usted quiera, señor. Nunca podré pagarle todo lo que ha hecho por mí.

– Has cumplido más que sobradamente con nuestro acuerdo -señaló el senador-. Durante los últimos tres años, Jimmy ha conseguido mantenerse por encima de la media; nunca lo hubiese hecho de no haber sido por tu apoyo.

– Es muy amable de su parte, pero…

– No es más que la verdad. Ahora lo único que quiero para el chico es asegurarme de que tenga posibilidades de que lo admitan en Yale.

– ¿Cómo puedo ayudarle si ni siquiera yo tengo una plaza segura?

El senador no hizo caso del comentario.

– Trapicheos políticos, muchacho.

– Creo que no le entiendo, señor.

– Si te nombran representante de los estudiantes, como estoy seguro que pasará, lo primero que deberás hacer es designar a un delegado. -Fletcher asintió-. Eso bastaría para inclinar la balanza a favor de Jimmy cuando la oficina de admisiones de Yale decida quiénes ocuparán las últimas plazas.

– Creo que también acaba de inclinar la balanza para mí, señor.

– Gracias, Fletcher, te lo agradezco, pero por favor no le digas nada a Jimmy de esta conversación.


Lo primero que hizo Fletcher al levantarse a la mañana siguiente fue ir a la habitación contigua y sentarse a los pies de la cama de Jimmy.

– Tendrás que tener un muy buen motivo para venir a despertarme -le amenazó Jimmy-, porque estaba soñando con Daisy Hollingsworth.

– Sigue soñando, chico. Medio equipo de fútbol está enamorado de ella.

– Si es así, ¿por qué me has despertado?

– He decidido presentarme para el cargo de representante estudiantil y no me conviene un director de campaña que se pase toda la mañana en la cama.

– ¿Es por algo que te dijo mi padre?

– Indirectamente. -Fletcher se calló un momento-. ¿Quién crees tú que será mi principal contrincante?

– Steve Rodgers -contestó Jimmy sin vacilar.

– ¿Por qué Steve?

– Porque está en el equipo y es un tipo divertido, así que intentarán presentarlo como el chico popular enfrentado al austero académico. Ya sabes, Kennedy contra Stevenson.

– No tenía idea de que conocieras el significado de la palabra austero.

– Basta de bromas, Fletcher -dijo Jimmy y se levantó de la cama-. Si quieres ganarle a Rodgers, tendrás que estar preparado para todo lo que te echen y más. Creo que debemos comenzar por tener un desayuno de trabajo con papá; siempre tiene desayunos de trabajo antes del comienzo de una campaña.


– ¿Hay alguien que pueda querer enfrentarse a ti? -preguntó Diane Coulter.

– Nadie a quien no pueda derrotar.

– ¿Qué me dices de Nat Cartwright?

– No podrá ganarme mientras se sepa que es el favorito del director y que si lo eligen no hará otra cosa que seguir sus órdenes; al menos, eso es lo que mis partidarios le están diciendo a todo el mundo.

– No nos olvidemos de la manera que trató a mi hermana.

– Creía que habías sido tú quien le dio puerta. Ni siquiera sabía que conocía a Tricia.

– No la conocía, pero eso no le impidió intentar propasarse con ella cuando fue a casa para verme.

– ¿Alguien más está enterado de esto?

– Sí, mi hermano Dan. Lo pilló en la cocina con la mano debajo de su falda. Mi hermana se quejó amargamente de que no había podido impedírselo.

– ¿Se quejó? -El joven guardó silencio unos instantes-. ¿Crees que tu hermano estaría dispuesto a respaldarme en las elecciones para representante estudiantil?

– Sí, aunque no creo que pueda hacer gran cosa mientras esté en Princeton.

– Oh, sí que puede -afirmó Elliot-. Para empezar…


– ¿Quién es mi principal contrincante? -preguntó Nat.

– Ralph Elliot, ¿quién si no? -respondió Tom-. Ha estado trabajando en su campaña desde que comenzó el último semestre.

– Eso va contra las reglas.

– No creo que Elliot se haya preocupado mucho nunca de las reglas. Además, y como sabe que tú eres mucho más popular que él, nos podemos esperar una campaña muy sucia.

– Pues yo no pienso seguir ese camino…

– Por tanto, seguiremos el camino Kennedy.

– ¿A qué te refieres?

– Tendrás que abrir tu campaña desafiando a Elliot a un debate.

– No lo aceptará.

– Entonces, ganarás pase lo que pase. Si acepta, lo dejarás como un felpudo. Si no lo hace, diremos que se ha acobardado.

– ¿Cómo plantearías tú el desafío?

– Envíale una carta, ya me encargaré yo de colgar una copia en el tablón de anuncios.

– No puedes poner nada en el tablón sin el permiso del director.

– Para cuando la quiten, la mayoría de la gente la habrá leído; aquellos que no lleguen a tiempo, querrán saber qué decía.

– Para entonces ya me habrán descalificado.

– No mientras el director crea que Elliot puede ganar.


– Perdí mi primera campaña -comentó el senador Gates después de escuchar las noticias de Fletcher-, así que nos aseguraremos de que no cometerás los mismos errores. Para empezar, ¿quién es tu director de campaña?

– Jimmy, por supuesto.

– Nunca «por supuesto»; solo elige a alguien que estés convencido de que es capaz de hacer el trabajo, aunque no seáis íntimos amigos.

– Estoy absolutamente convencido de que puede hacer el trabajo -afirmó Fletcher.

– Muy bien. Ahora, Jimmy, no le serás de ninguna utilidad al candidato -era la primera vez que Fletcher se veía a sí mismo de esa manera- a menos que siempre seas claro y sincero con Fletcher, por muy desagradable que pueda resultar. -Jimmy asintió-. ¿Cuál de tus rivales es el más importante?

– Steve Rodgers.

– ¿Qué sabemos del muchacho?

– Es un buen tipo, pero sin mucha cosa entre las orejas -le informó Jimmy.

– Excepto un rostro apuesto -intervino Fletcher.

– Y varios touchdowns en la última temporada, si la memoria no me falla -añadió el senador-. Ahora que ya sabemos quién es el enemigo, comenzaremos a trabajar con los amigos. Primero, debes escoger un círculo íntimo, digamos seis, ocho como mucho. Solo necesitan tener dos cualidades: energía y lealtad; si además tienen cerebro, mejor que mejor. ¿Cuánto dura la campaña?

– Poco más de una semana. La escuela abre a las nueve de la mañana del lunes y la votación tiene lugar la mañana del martes de la semana siguiente.

– No pienses en semanas -le indicó el senador-, piensa en horas. Dispones de ciento noventa y dos, y todas y cada una de ellas cuentan.

Jimmy comenzó a tomar notas.

– ¿Quiénes tienen derecho a voto? -fue la siguiente pregunta del senador.

– Todos los alumnos.

– Entonces asegúrate de pasar el mismo tiempo con los chicos de los primeros cursos que con los de los cursos superiores. Se sentirán halagados si ven que demuestras un gran interés por ellos. Jimmy, consigue una lista de votantes actualizada, así tendrás la certeza de que podrás ponerte en contacto con todos ellos antes del día de las elecciones. Hay una cosa que debes tener muy presente: los chicos nuevos votarán por la última persona que haya hablado con ellos.

– Hay un total de trescientos ochenta alumnos -dijo Jimmy. Desplegó una hoja de papel de gran tamaño en el suelo-. He marcado en rojo a todos los que ya conocemos, a todos los que creo que votarán a Fletcher en azul, a los chicos nuevos en amarillo y el resto está en blanco.

– Si tienes cualquier duda -le recomendó el senador-, déjalos en blanco, y no te olvides de los hermanos menores.

– ¿Los hermanos menores? -preguntó Fletcher.

– Están marcados en verde -respondió Jimmy-. Uno de los hermanos menores de nuestros partidarios que esté en los primeros cursos será designado como delegado. Su único trabajo consistirá en reunir las firmas de apoyo en su clase y después informar a sus hermanos.

Fletcher lo miró con franca admiración.

– No sé si no tendrías que presentarte tú como candidato a representante estudiantil -dijo-. Es algo que se te da muy bien.

– No, lo que se me da bien es ser director de campaña. Eres tú quien debe ser representante.

El senador, aunque estaba de acuerdo con la opinión de su hijo, se cuidó mucho de decir palabra.


Eran las seis y media de la mañana del primer día del semestre y Nat y Tom ya se encontraban en el aparcamiento desierto. El primer coche en aparecer fue el del director.

– Buenos días, Cartwright -tronó, mientras se bajaba del coche-. Por su exceso de entusiasmo a esta temprana hora, ¿debo deducir que se presentará para representante estudiantil?

– Sí, señor.

– Excelente; y ¿quién es su principal contrincante?

– Ralph Elliot.

El director frunció el entrecejo.

– Entonces será una competición muy dura, porque Elliot no es de los que se rinden fácilmente.

– Es verdad -admitió Tom, mientras el director se marchaba a su despacho y los dejaba para que recibieran al segundo coche.

El ocupante resultó ser un chico nuevo, que echó a correr aterrorizado cuando Nat se le acercó; peor todavía, el tercero lo ocupaban partidarios de Elliot, que rápidamente se dispersaron por todo el aparcamiento, en una maniobra que evidentemente habían planificado.

– Maldita sea -exclamó Tom-, nuestra primera reunión del equipo será durante el recreo de las diez. Es obvio que Elliot ha preparado a su equipo durante las vacaciones.

– No te preocupes -le dijo Nat-. Coge a los nuestros en cuanto bajen de los coches y ponlos a trabajar inmediatamente.

Para el momento en que el último coche descargó a sus ocupantes, Nat ya había respondido a casi un centenar de preguntas y estrechado las manos de más de trescientos chicos, pero solo un hecho estaba claro: Elliot no tenía el menor reparo en prometer cualquier cosa a cambio de su voto.

– ¿No tendríamos que informarles a todos de la clase de sabandija que es Elliot?

– ¿Qué se te ha ocurrido? -le preguntó Nat.

– Cómo amenaza a los chicos nuevos para quedarse con su dinero.

– Nunca se ha podido demostrar.

– Pero hay un millón de denuncias.

– Si hay tantas, entonces sabrán dónde tienen que poner la cruz en la papeleta, ¿no te parece? En cualquier caso, no quiero llevar la campaña por esos derroteros. Prefiero creer que los votantes son capaces de decidir por su cuenta cuál de nosotros merece su confianza.

– No deja de ser una idea original -opinó Tom.

– Al menos el director ha dejado claro que no quiere a Elliot como representante estudiantil -comentó Nat.

– No me parece conveniente que se lo digamos a nadie -replicó Tom-. Podría darle unos cuantos votos más a Elliot.


– ¿Cómo crees que va la campaña? -preguntó Fletcher mientras caminaban alrededor del lago.

– No está muy claro -le respondió Jimmy-. Hay muchos de los cursos superiores que les están diciendo a los dos bandos que apoyarán a su candidato, sencillamente porque quieren aparecer respaldando al vencedor. Tienes que dar gracias de que las elecciones no tengan lugar el sábado por la tarde -añadió.

– ¿Por qué?

– Porque el sábado por la tarde jugamos contra Kent. Si Steve Rodgers marca el touchdown ganador, ya podemos despedirnos de cualquier posibilidad de que llegues a representante estudiantil. Es una pena que el partido se juegue en casa. Si hubieses nacido un año antes o después, no hubiese importado y el efecto hubiese sido mínimo. Pero tal como están las cosas, todos los votantes estarán en el estadio para presenciar el encuentro, así que reza para que perdamos, o al menos para que Rodgers tenga un mal día.

A las dos de la tarde del sábado, Fletcher estaba sentado en las gradas, dispuesto a presenciar los cuatro cuartos que serían los más largos de su vida. Pero ni siquiera él podía haber adivinado las consecuencias.


– Maldita sea, ¿cómo lo ha conseguido? -se quejó Nat.

– Diría que con sobornos y amenazas -contestó Tom-. Elliot siempre ha sido un jugador mediocre, sin méritos para formar parte del equipo de la escuela.

– ¿Crees que se arriesgarán a que juegue?

– ¿Por qué no? St. George a menudo deja que los jugadores más flojos jueguen unos minutos si están seguros de que no afectará al resultado. Luego Elliot se pasará el resto del partido corriendo por las bandas, muy ocupado en saludar a los votantes, mientras que nosotros no podremos hacer otra cosa que mirarlo desde las gradas.

– Entonces tendremos que asegurarnos de que todos nuestros colaboradores estén en sus puestos fuera del estadio unos minutos antes de que acabe el partido, así como no permitir que nadie vea nuestras pancartas hasta el sábado por la tarde. De esa manera, Elliot no tendrá tiempo para preparar las suyas.

– Aprendes deprisa -se admiró Tom.

– Cuando Elliot es tu oponente, no puedes hacer otra cosa.


– No estoy muy seguro de cómo afectará a las votaciones -señaló Jimmy mientras ambos corrían hacia la salida para unirse al resto del equipo-. Al menos Steve Rodgers no podrá estrechar las manos de todos cuando salgan del estadio.

– Me pregunto cuánto tiempo tendrá que estar en el hospital.

– Tres días es todo lo que necesitamos -contestó Jimmy.

Su amigo se echó a reír.

Fletcher no disimuló su satisfacción al ver que su equipo ya estaba bien situado cuando se unió a ellos y varios chicos se acercaron para decirle que votarían por él, aunque así y todo las cosas estaban muy equilibradas. No se apartó de la salida principal, atento a estrechar las manos de todos los chicos de entre catorce y diecinueve años, incluidos, sospechó, algunos partidarios del equipo visitante. Fletcher y Jimmy no se marcharon hasta estar absolutamente seguros de que en el estadio no quedaba nadie más que el personal de mantenimiento.

Mientras caminaban de regreso a sus habitaciones, Jimmy reconoció que nadie podía haber previsto un empate, o que Rodgers estaría camino del hospital antes de que acabara el primer cuarto del partido.

– Si las elecciones se celebraran esta noche ganaría por solidaridad. Si nadie le vuelve a ver antes de las nueve de la mañana del martes, entonces serás el representante estudiantil.

– ¿La capacidad para hacer bien el trabajo no entra en la ecuación?

– Por supuesto que no, idiota. Esto es política.


Las pancartas se veían por todas partes cuando Nat llegó al estadio y los partidarios de Elliot no pudieron hacer otra cosa que acusarlos de juego sucio. Nat y Tom no disimularon las sonrisas mientras se sentaban en las gradas. Las sonrisas se hicieron más grandes cuando St. George marcó en los minutos iniciales del primer cuarto. Nat no quería que Taft perdiera, pero ningún entrenador podía arriesgarse a poner a Elliot en el campo mientras el equipo rival los aventajara; por tanto no hubo cambios hasta que se jugó el último cuarto.

Nat estrechó las manos de todos a la salida del estadio, pero tenía claro que la victoria de Taft sobre St. George en los últimos minutos no favorecía su causa, a pesar de que Elliot había tenido que conformarse con correr por las bandas hasta que los últimos espectadores abandonaron las gradas.

– No te quejes y da gracias de que no lo hicieran entrar en el campo -le recomendó Tom.


El domingo por la mañana, Fletcher fue el alumno encargado de leer el pasaje de la Biblia en la capilla, cosa que dejó sobradamente claro quién era el favorito del director. Al mediodía, él y Jimmy visitaron los alojamientos para preguntar a los estudiantes qué opinaban de la comida. «Es algo infalible para ganar votos -les había asegurado el senador-, incluso si no haces nada al respecto.» Aquella noche, cuando se metieron en la cama, estaban agotados. Jimmy puso el despertador a las cinco y media. Fletcher gimió lastimeramente.

– Una jugada maestra -afirmó Jimmy a la mañana siguiente mientras esperaban que los chicos salieran del salón para ir a las aulas.

– Brillante -admitió Fletcher.

– Eso parece. No es que me queje, porque te hubiese recomendado que hicieras lo mismo, dadas las circunstancias.

Los dos muchachos miraron a Steve Rodgers, que se apoyaba en las muletas, mientras los chicos firmaban sus autógrafos en la pierna enyesada.

– Una jugada maestra -repitió Jimmy-. Da un nuevo sentido al voto solidario. Quizá tendríamos que preguntar: ¿Queréis a un minusválido como representante?

– Uno de los más grandes presidentes en la historia de este país era un minusválido -le recordó Fletcher a su director de campaña.

– Entonces solo nos queda una cosa por hacer. Tendrás que pasar las próximas veinticuatro horas en una silla de ruedas.


Durante el fin de semana, los colaboradores de Nat intentaron transmitir una impresión de absoluta confianza, aunque eran conscientes de que las elecciones serían muy reñidas. Ninguno de los candidatos dejó de sonreír hasta el lunes por la tarde, cuando la campana de la escuela tocó las seis.

– Volvamos a mi habitación -propuso Tom-. Contaremos historias de la muerte de los reyes.

– Historias tristes -opinó Nat.

Todo el equipo se apretujó en la pequeña habitación de Tom; se entretuvieron con el relato de las anécdotas vividas durante la campaña y riéndose de chistes que no eran divertidos, mientras esperaban impacientes conocer los resultados. Una sonora llamada a la puerta interrumpió el bullicio.

– Adelante -dijo Tom.

Todos se pusieron de pie al ver quién era la persona que había llamado.

– Buenas tardes, señor Anderson -saludó Nat.

– Buenas tardes, Cartwright -respondió el jefe de estudios-. Como presidente de la junta electoral en las elecciones para elegir al representante de los estudiantes, debo informarte que debido a la igualdad en el resultado, dispondré un segundo recuento. Por consiguiente, el acto de proclamación de los resultados queda postergado hasta las ocho.

– Muchas gracias, señor Anderson -fue todo lo que Nat pudo decir.

El salón de actos estaba lleno cuando el reloj marcó las ocho. Todos los chicos se levantaron cuando el jefe de estudios entró en la sala. Nat intentó adivinar cuál sería el resultado por la expresión de su rostro, pero hasta los japoneses se hubieran mostrado complacidos con la inescrutabilidad del señor Anderson.

El jefe de estudios se situó en el centro del escenario y les indicó con un gesto que podían sentarse. Había un silencio poco habitual en el salón de actos.

– Debo deciros -comenzó el jefe de estudios- que estas han sido las elecciones más reñidas en los setenta y cinco años de historia de la escuela. -Nat advirtió que le sudaban las palmas de las manos, a pesar de sus esfuerzos por mantener la calma-. El resultado de las elecciones para representante del claustro de estudiantes es el siguiente: Nat Cartwright, ciento setenta y ocho votos. Ralph Elliot, ciento ochenta y uno.

La mitad de los reunidos se levantó como un solo hombre y comenzó a dar vítores, mientras que la otra mitad permanecía sentada y en silencio. Nat abandonó su asiento y se acercó a Elliot con la mano extendida.

El nuevo representante estudiantil no le hizo el menor caso.


Si bien todos sabían que el resultado no se daría a conocer hasta las nueve, el salón de actos se llenó mucho antes de que el director hiciera su entrada.

Fletcher estaba sentado en la última fila, con la cabeza gacha. Jimmy miraba al frente.

– Tendría que haber madrugado mucho más -se lamentó.

– Tendría que haberte roto una pierna -replicó Jimmy.

El director, acompañado por el capellán, apareció por el pasillo como si quisiera demostrar que Dios estaba de alguna manera implicado en la elección del representante de los estudiantes en Hotchkiss. Subió al estrado y se aclaró la garganta.

– El resultado de las elecciones a representante del claustro de estudiantes -anunció el señor Fleming- es el siguiente: Fletcher Davenport, doscientos siete votos; Steve Rodgers, ciento setenta y tres votos. Por tanto, proclamo a Fletcher Davenport representante estudiantil.

Fletcher no perdió ni un segundo en acercarse a Steve y estrecharle la mano. Su oponente le agradeció el gesto con una cálida sonrisa y una expresión casi de alivio. Fletcher vio a Harry Gates junto a la entrada del salón. El senador se inclinó respetuosamente ante el nuevo representante estudiantil.

– Nunca olvidarás tu primera victoria electoral -se limitó a decirle.

Ambos hicieron caso omiso de Jimmy, que no dejaba de dar brincos para celebrar la victoria.

– Creo que ya conoce usted a mi delegado, señor -respondió Fletcher.


11

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La madre de Nat parecía ser una de las pocas personas que no lamentaba que a su hijo no le hubiesen elegido representante estudiantil. Creía que a partir de entonces dispondría de más tiempo para concentrarse en su trabajo. Si Susan Cartwright hubiese tenido la oportunidad de ver la cantidad de horas que Nathaniel dedicaba a sus estudios, sus preocupaciones se hubieran esfumado en el acto. Incluso a Tom le resultaba difícil apartar a Nat de los libros durante más de unos minutos, a menos que se tratara de su carrera diaria de ocho kilómetros. Ni siquiera cuando batió el récord de la escuela en la carrera a campo través se permitió más de un par de horas para celebrarlo.

La Nochebuena, la Navidad y el Año Nuevo pasaron sin apenas celebraciones. Nat permaneció encerrado en su habitación, con la cabeza metida en los libros. Su madre solo podía confiar en que cuando se marchara a pasar un fin de semana largo en Simsbury con Tom, se tomara un descanso de verdad. Así fue. Nat redujo las horas de estudio a dos por la mañana y otras dos por la tarde. Tom agradeció que su amigo le obligara a mantener la misma rutina, si bien declinó la invitación de acompañarle en el entrenamiento. A Nat le divertía el hecho de que podía correr los ocho kilómetros sin salir de la finca de Tom.

– ¿Alguna de tus muchas conquistas? -le preguntó Nat a su amigo durante el desayuno cuando le vio abrir una carta.

– Ojalá -respondió Tom-. No, es del señor Thompson. Pregunta si me interesaría interpretar uno de los personajes de Noche de Reyes.

– ¿Te interesa?

– No. Es más tu mundo que el mío. Soy un productor nato, no un intérprete.

– Yo no tendría ningún inconveniente en apuntarme para un papel si estuviese seguro de mi solicitud de ingreso en Yale, pero ni siquiera he acabado de redactar el trabajo obligatorio.

– Pues yo ni siquiera he empezado el mío -confesó Tom.

– ¿Cuál de los cinco temas has escogido?

– El control del bajo Mississippi durante la guerra civil -contestó Tom-. ¿Y tú?

– Clarence Darrow y su influencia en el movimiento sindicalista.

– Sí, tuve en cuenta al señor Darrow, pero no me vi capaz de escribir cinco mil palabras sobre el tema. Seguramente tú ya habrás escrito unas diez mil.

– No, pero ya casi tengo terminado el primer borrador y espero tener la redacción definitiva para cuando volvamos en enero.

– El plazo límite para Yale es en febrero; bien podrías considerar la posibilidad de intervenir en la obra. Al menos podrías ir a la prueba. Después de todo, no tiene por qué ser el papel principal.

Nat pensó en el consejo de su amigo mientras untaba una buena cantidad de mantequilla en una tostada. Tom tenía razón, por supuesto, pero Nat creía que aquello podría distraerlo de su principal objetivo: conseguir una beca para Yale. Contempló a través de la ventana la amplia extensión de terreno de la finca y se preguntó cómo sería tener a unos padres para quienes no fueran motivo de preocupación pagar las mensualidades de la escuela, darle dinero para sus gastos o si su hijo podría conseguir un empleo durante las vacaciones de verano.


– ¿Te interesa leer la parte de algún personaje en particular, Nat? -preguntó el señor Thompson mientras miraba al muchacho de un metro ochenta y cinco de estatura, abundante cabellera negra y cuyos pantalones siempre parecían quedarle cortos.

– Antonio, o posiblemente Orsino -contestó Nat.

– Orsino es perfecto para ti -opinó el señor Thompson-, pero había pensado en tu amigo, Tom Russell, para ese personaje.

– Difícilmente podría hacer de Malvolio -señaló Nat, y se echó a reír.

– No, Elliot sería mi candidato para Malvolio -afirmó el señor Thompson con una sonrisa desabrida. El señor Thompson, como muchos otros en Taft, había deseado que Nat fuera el representante de los estudiantes-. Lamentablemente no estaba disponible, mientras que a ti, en realidad, lo que mejor te va es el personaje de Sebastián.

Nat quiso protestar, aunque en su primera lectura de la obra había visto que la interpretación del personaje sería todo un desafío. Sin embargo, la longitud de los parlamentos le exigiría horas de estudio, por no mencionar el tiempo dedicado a los ensayos. El señor Thompson percibió la reticencia del alumno.

– Creo que es el momento de apelar al soborno, Nat.

– ¿Soborno, señor?

– Sí, muchacho. Verás, el director de admisiones en Yale es uno de mis más viejos amigos. Estudiamos juntos humanidades en Princeton y todos los años pasa un fin de semana conmigo. Creo que este año lo invitaré a que venga el fin de semana que representaremos la obra. -Hizo una pausa-. Eso, claro está, contando con que estés dispuesto a interpretar a Sebastián. -Nat no respondió-. Ah, veo que el soborno no es suficiente con alguien con unos muy elevados principios morales, así que me veré obligado a rebajarme a la corrupción.

– ¿La corrupción, señor?

– Sí, Nat, la corrupción. Habrás visto que hay tres personajes femeninos en la obra: la hermosa Olivia, su hermana gemela Viola y la gruñona María, aparte de las secundarias, y no olvidemos que todas se enamoran de Sebastián. -Nat se mantuvo en silencio-. Y mi colega en la escuela Miss Porter -añadió el señor Thompson, que enseñó su carta de triunfo- me ha propuesto que vaya allí el sábado con un chico para que lea las partes masculinas mientras nosotros decidimos quiénes participarán en la selección de los personajes femeninos. -Hizo otra pausa-. Ah, veo que finalmente he conseguido captar tu atención.


– ¿Crees que es posible amar a una misma persona durante toda tu vida? -preguntó Annie.

– Si eres lo bastante afortunado como para encontrar a la persona adecuada, ¿por qué no? -replicó Fletcher.

– Sospecho que cuando te marches a Yale en el otoño te verás rodeado de tantas mujeres inteligentes y hermosas, que te olvidarás de mí.

– Ni hablar -dijo Fletcher. Se sentó a su lado en el sofá y le rodeó los hombros con el brazo-. En cualquier caso, no tardarán mucho en descubrir que estoy enamorado de otra; cuando tú vayas a Vassar, sabrán el motivo.

– Pero para eso todavía falta un año -protestó Annie-, y para entonces…

– Calla. ¿No te has dado cuenta de que todos los hombres que te conocen inmediatamente tienen celos de mí?

– No, no me he dado cuenta -respondió ella sinceramente.

Fletcher miró a la chica de la que se había enamorado cuando ella tenía el pecho plano y un aparato en los dientes. Incluso entonces había sido incapaz de resistirse al encanto de su sonrisa, los cabellos negros, heredados de una abuela irlandesa, y los ojos azul acero de la rama sueca de la familia. En la actualidad, cuatro años más tarde, el tiempo había añadido una grácil silueta y unas piernas que hacían que Fletcher agradeciera la nueva moda de las minifaldas. Annie apoyó una mano en el muslo de Fletcher.

– ¿Estás enterado de que la mitad de las chicas de mi curso ya no son vírgenes?

– Eso me ha dicho Jimmy.

– Es el más indicado para saberlo. -Annie guardó silencio un momento-. Cumpliré los diecisiete el mes que viene y tú nunca has hablado…

– Lo he pensado infinidad de veces, claro que sí -afirmó Fletcher mientras ella movía el cuerpo de forma tal que su mano le tocara los pechos-, pero cuando ocurra, quiero que sea fantástico para los dos y no un motivo de arrepentimiento.

Annie apoyó la cabeza en su hombro.

– Para mí nunca será un motivo de arrepentimiento.

Ella subió un poco más la mano y Fletcher la abrazó.

– ¿A qué hora regresarán tus padres?

– Alrededor de la medianoche. Están en una de esas recepciones interminables que tanto les gustan a los políticos.

Fletcher no se movió mientras Annie comenzaba a desabrocharse la blusa. Cuando llegó al último botón, la deslizó por los hombros y dejó que cayera al suelo.

– Creo que es tu turno -le dijo Annie.

Fletcher se desabrochó rápidamente la camisa y se la quitó. Annie se puso de pie y lo miró, encantada al descubrir el súbito poder que parecía ejercer sobre él. Se bajó la cremallera sin prisas como había visto hacer a Julie Christie en Darling. Como la señorita Christie, no se había preocupado en ponerse una enagua.

– Creo que es tu turno -repitió Annie.

«Oh, Dios mío -pensó Fletcher-. No me atrevo a quitarme los pantalones.» Se quitó los zapatos y los calcetines.

– Eso es hacer trampas -exclamó Annie, que ya se había quitado los zapatos incluso antes de que Fletcher supiera lo que se traía entre manos.

Él se quitó los pantalones y la muchacha se echó a reír. Fletcher se ruborizó cuando miró hacia abajo.

– Es muy agradable saber que puedo hacer eso por ti -añadió Annie.


– ¿Sería posible que te concentraras en el diálogo, Nat? -preguntó el señor Thompson, sin preocuparse en disimular el sarcasmo-. Comienza por «Pero aquí llega la dama».

Rebecca, incluso vestida con el uniforme escolar, destacaba entre todas las chicas que el señor Thompson había reunido para la prueba. La alta y delgada joven con una larga cabellera rubia que le caía sobre los hombros mostraba una confianza en sí misma que cautivó a Nat y una sonrisa que provocó una respuesta instantánea. Cuando ella le devolvió la sonrisa, el muchacho desvió la mirada, avergonzado de haberse extralimitado. Todo lo que sabía de ella era su nombre.

– «¿Qué hay en un nombre?» -dijo.

– Te equivocas de obra, Nat. Inténtalo de nuevo.

Rebecca Armitage esperó mientras Nat se liaba con las palabras.

– «Pero aquí llega la dama…»

Rebecca estaba sorprendida porque cuando le había escuchado antes desde el fondo de la sala, él había parecido muy seguro de sí mismo. Miró su texto y leyó:

– «No me culpes por mis prisas. Si me quieres bien, ven ahora conmigo y este hombre santo a la capilla: allí, ante él y debajo del techo consagrado, júrame toda la seguridad de tu fe; que mi muy celosa y muy desconfiada alma podrá vivir en paz. Él la ocultará mientras tú estés dispuesto a que se vea, cuál será la hora de nuestra celebración de acuerdo con mi nacimiento. ¿Qué dices?».

Nat no dijo nada.

– Nat, ¿has pensado en intervenir? -preguntó el señor Thompson-. ¿No crees que deberías darle la oportunidad a Rebecca de por lo menos leer algunas líneas más? Admito que la mirada de adoración es perfecta y que algunos creerían que eso es actuar, pero en este caso lo nuestro no es una obra para mimos. Quizá haya una o dos personas entre el público que incluso asistan con la intención de escuchar las conocidas palabras del señor Shakespeare.

– Sí, señor, lo siento, señor -respondió Nat y volvió a mirar el texto-. «Seguiré a este hombre santo e iré contigo, y después de jurar la verdad, siempre será la verdad.»

– «Entonces enséñanos el camino, mi buen padre; y que el cielo resplandezca, para que ellos tomen buena nota de mis actos.»

– Muchas gracias, señorita Armitage, no creo que necesite escuchar nada más.

– Pero si ha estado maravillosa -protestó Nat.

– Ah, veo que puedes decir una frase entera sin pausas -dijo el señor Thompson-. Es muy satisfactorio descubrirlo a estas alturas; claro que no tenía idea de que quisieras ser el director además de interpretar al personaje central. Sin embargo, Nat, creo que ya he decidido quién interpretará a la hermosa Olivia.

Nat observó a Rebecca que abandonaba el escenario a toda prisa.

– ¿Qué le parece como Viola? -insistió el muchacho.

– No, si he comprendido la trama correctamente, Nat, Viola es tu hermana melliza y afortunada o desafortunadamente, Rebecca no se parece en nada a ti.

– Entonces María. Podría ser una María maravillosa.

– No lo dudo, pero Rebecca es demasiado alta para interpretar a María.

– ¿Ha pensado en representar a Festo como una mujer? -preguntó Nat.

– No, Nat, sinceramente no lo he pensado, en parte porque no tengo tiempo de reescribir todo el texto.

Nat no advirtió que Rebecca se había ocultado detrás de una columna, en un intento por disimular su vergüenza mientras él continuaba insistiendo.

– ¿Qué le parece como la doncella en la casa de Olivia?

– ¿Qué pasa con ella?

– Rebecca podría ser una doncella fantástica.

– Estoy seguro, pero no puede interpretar a Olivia y ser su doncella al mismo tiempo. Alguno de los espectadores podría darse cuenta. -Nat abrió la boca pero no dijo nada-. Ah, al fin un poco de silencio, aunque tengo plena confianza en que esta noche reescribirás toda la obra para asegurarte de que Olivia tenga varias escenas nuevas con Sebastián que el señor Shakespeare ni siquiera se planteó. -Nat oyó una risita detrás de la columna-. ¿Tienes alguna otra propuesta para la doncella, Nat, o puedo continuar con la selección de los actores?

– Lo siento, señor -dijo Nat-. Lo siento.

El señor Thompson subió al escenario, le sonrió a Nat y luego le susurró:

– Si pensabas hacerte el duro, Nat, debo decirte que la has fastidiado. Te has mostrado más dispuesto que una prostituta en un casino de Las Vegas. Te interesará saber que la obra escogida para el año que viene es La fierecilla domada, cuya historia me parece más adecuada para tu caso. Cuán diferente hubiese sido tu vida de haber nacido un año más tarde… Así y todo, buena suerte con la señorita Armitage.


– El chico debe ser expulsado -manifestó el señor Fleming-. No hay ningún otro castigo más apropiado.

– Señor, Pearson solo tiene quince años -alegó Fletcher- y se disculpó con la señora Appleyard inmediatamente.

– Era lo mínimo que podía hacer -señaló el capellán, quien hasta el momento no había dado su opinión.

– En cualquier caso -añadió el director, mientras se levantaba-, ¿te imaginas el efecto en la disciplina de la escuela si se llegara a saber que puedes insultar a la esposa de un maestro y salir bien librado?

– ¿Es posible que decir «condenada tía» condicione todo el futuro del chico?

– Esa es la consecuencia de los malos modales -replicó el director-; así al menos estaremos seguros de que aprenderá la lección.

– ¿Qué es lo que aprenderá? -preguntó Fletcher-. ¿Que en la vida se cometen errores o que nunca se debe insultar a nadie?

– ¿Por qué lo defiendes con tanta vehemencia?

– En la primera lección que le oí dar, señor, nos dijo que no levantarse y protestar cuando se cometía una injusticia era un acto de cobardía.

El señor Fleming miró al capellán, quien no hizo comentario alguno. Recordaba la clase muy bien. Después de todo, repetía invariablemente el mismo texto todos los años.

– ¿Puedo hacerle una pregunta impertinente? -le preguntó Fletcher al capellán.

– Sí -respondió el doctor Wade, un poco a la defensiva.

– ¿No ha sentido usted nunca el deseo de maldecir a la señora Appleyard? Porque yo sí, varias veces.

– Esa es la cuestión, Fletcher, tú has sabido contenerte. Pearson no lo hizo y por tanto debe ser castigado.

– Si el castigo tiene que ser la expulsión, señor, entonces me veo en la obligación de dimitir como representante de los estudiantes, porque la Biblia nos dice que el pensamiento es tan malo como el hecho.

Los dos hombres lo miraron, incrédulos.

– ¿Por qué, Fletcher? Sin duda eres consciente de que si dimites podrías poner en peligro tus posibilidades de ingreso en Yale.

– La clase de persona capaz de permitir que algo así le influya no se merece ocupar una plaza en Yale.

La afirmación los dejó tan pasmados que tardaron unos momentos en reaccionar.

– ¿No te parece una actitud un tanto radical? -quiso saber el capellán.

– No lo es para el chico en cuestión, doctor Wade, y no estoy dispuesto a quedarme de brazos cruzados mientras sacrifican a ese alumno en aras de una mujer a quien le divierte mortificar a los chicos más pequeños.

– ¿Estás dispuesto a dimitir de tu cargo de representante estudiantil solo para demostrar que tienes razón? -le preguntó el director.

– No hacerlo, señor, sería casi repetir lo que hizo su generación en los años de McCarthy.

Otro largo silencio siguió a estas palabras; de nuevo fue el capellán quien lo rompió.

– ¿El chico se disculpó personalmente con la señora Appleyard?

– Sí, señor, y después le envió una carta en el mismo sentido.

– Entonces quizá estar a prueba durante el resto del semestre podría ser más adecuado -dictaminó el director con una mirada al capellán.

– Junto con la pérdida de todos los privilegios, incluidos los permisos de fin de semana, hasta nuevo aviso -añadió el doctor Wade.

– ¿Consideras que es un acuerdo justo, Fletcher? -El director lo miró con las cejas enarcadas.

Esta vez le tocó a Fletcher permanecer en silencio.

– Tendrás que aprender a negociar en la vida, Fletcher -intervino el capellán-, si esperas ser un político de éxito.

Fletcher no respondió inmediatamente, sino que se tomó un momento de reflexión.

– Acepto su juicio, doctor Wade -manifestó. Después miró al director y añadió-: Muchas gracias por su indulgencia, señor.

– Gracias a ti, Fletcher -respondió el señor Fleming cuando el representante de los estudiantes se levantó para abandonar el despacho.

– Sabiduría, coraje y convicción son virtudes poco habituales en un adulto -comentó el director en voz baja cuando se cerró la puerta-, pero verlas todas en un muchacho…


– ¿Cuál es su explicación, señor Cartwright? -preguntó el decano de la junta de admisiones de Yale.

– No tengo ninguna, señor -admitió Nat-. Tiene que tratarse de una coincidencia.

– Es demasiada coincidencia -señaló el decano de temas académicos- que gran parte de su trabajo sobre Clarence Darrow sea idéntico palabra por palabra con el de otro alumno de su clase.

– ¿Cuál es su explicación?

– Dado que presentó su trabajo una semana antes que el suyo y que estaba manuscrito mientras que el suyo estaba mecanografiado, no hemos considerado necesario pedirle una explicación.

– ¿Por casualidad su nombre no será Ralph Elliot? -preguntó Nat.

Ninguno de los miembros de la junta respondió a la pregunta.

– ¿Cómo consiguió hacerlo? -le preguntó Tom cuando Nat regresó a Taft a última hora de la tarde.

– Tuvo que copiar mi trabajo mientras yo estaba en los ensayos de Noche de Reyes en Miss Porter.

– Así y todo, necesitaría sacar el trabajo de tu habitación.

– Algo que no debió de ser muy difícil -opinó Nat-. Si no lo cogió de la mesa, lo sacó del archivador. Estaba guardado en una carpeta con el nombre de Yale.

– Lo que tú quieras, pero se arriesgó mucho si entró en tu habitación mientras estabas ausente.

– No, si eres el representante de los estudiantes. No olvides que está a cargo del lugar, nadie le pregunta lo que hace. Tuvo tiempo más que sobrado para copiar el texto y devolver el original a mi habitación sin que nadie lo advirtiera.

– ¿Qué ha decidido la junta?

– Gracias a que el director me brindó todo su apoyo y más, Yale ha decidido aplazar mi solicitud para el año que viene.

– O sea, que Elliot se ha salido con la suya una vez más.

– No, te equivocas -replicó Nat, con voz firme-. El director dedujo lo que tuvo que ocurrir, porque Yale también le ha negado la plaza a Elliot.

– Eso solo posterga el problema para el año que viene -opinó Tom.

– Afortunadamente no es así -manifestó Nat, que sonrió por primera vez-. El señor Thompson también decidió tomar cartas en el asunto y llamó al jefe de admisiones, con el resultado de que Yale no le volverá a ofrecer a Elliot la oportunidad de inscribirse.

– El bueno de Thomo -exclamó Tom-. ¿Qué piensas hacer con el año que tienes por delante? ¿Te unirás al Cuerpo de Paz?

– No, tengo la intención de pasarlo en la Universidad de Connecticut.

– ¿Qué se te ha perdido allí? -preguntó Tom-. Podrías…

– Es la primera opción de Rebecca.


12

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El rector de Yale miró al millar de nuevos alumnos. En el plazo de un año, algunos de ellos descubrirían que los estudios eran demasiado arduos y se trasladarían a otras universidades; otros sencillamente renunciarían a sus carreras. Fletcher Davenport y Jimmy Gates estaban en la sala y escuchaban con atención todas y cada una de las palabras que les dirigía el rector Waterman.

– No desperdiciéis ni un solo momento de vuestro tiempo mientras estéis en Yale, o lamentaréis durante el resto de vuestras vidas no haber aprovechado todas las ventajas que os ofrece esta universidad. Los tontos se marchan de Yale solo con un título debajo del brazo, el hombre sabio lo hará con los conocimientos necesarios para enfrentarse a cualquier obstáculo que le presente la vida. Aprovechad todas las oportunidades que se os ofrecen. No tengáis miedo a ningún desafío y si fracasáis, no hay ninguna razón para sentirse avergonzado. Aprenderéis mucho más de vuestros errores que de vuestros triunfos. No tengáis miedo de vuestro destino. No tengáis miedo a nada. Poned en cuestión cualquier autoridad y no dejéis que se diga de vosotros: «Caminé por un sendero pero nunca dejé ninguna huella».

El rector de Yale volvió a su asiento después de casi una hora de discurso y todos los alumnos se pusieron de pie para dedicarle una estruendosa ovación. Trent Waterman, que no era partidario de tales efusiones, abandonó el estrado inmediatamente.

– Creía que tú no te sumarías a la ovación -le comentó Fletcher a su amigo mientras salían de la sala-. Si no recuerdo mal tus palabras fueron: «Solo porque todo el mundo lo ha hecho durante los últimos diez años, eso no quiere decir que deba sumarme a la tropa».

– Lo admito. Estaba en un error -respondió Jimmy-. Fue incluso más impresionante de lo que mi padre dijo que sería.

– Estoy seguro de que tu respaldo le quitará un peso de encima al señor Waterman -le dijo Fletcher.

Jimmy apenas le escuchó, atento como estaba a la presencia de una joven cargada con un montón de libros que caminaba unos pocos pasos por delante de ellos.

– Aprovecha todas las oportunidades -le susurró Jimmy al oído.

Fletcher se preguntó si debía evitar que su amigo hiciera el ridículo más total, o dejarlo abandonado a su suerte.

– Hola, soy Jimmy Gates. ¿Me permites que te ayude con los libros?

– ¿Qué tiene pensado, señor Gates? ¿Llevarlos o leérmelos? -le contestó la mujer sin detenerse.

– Para empezar pensaba en llevarlos y después ¿por qué no dejamos que las cosas sigan su curso?

– Señor Gates, tengo dos normas que cumplo a rajatabla: no salir con un nuevo estudiante ni con un pelirrojo.

– ¿No crees que ha llegado el momento de saltarte las dos? Después de todo, el rector acaba de decirnos que nunca debemos tener miedo a un nuevo desafío.

– Jimmy -intervino Fletcher-, creo…

– Ah, sí, este es mi amigo Fletcher Davenport. Es un tipo muy listo, así que él podría ayudarte con la lectura.

– No lo creo, Jimmy.

– Como puedes ver, también es muy modesto.

– Un problema que a usted no le afecta, señor Gates.

– Desde luego que no. Por cierto, ¿cómo te llamas?

– Joanna Palmer.

– Es evidente que tú no eres una de las nuevas alumnas, Joanna.

– No, no lo soy.

– Entonces eres la persona ideal para ayudarme y socorrerme.

– ¿Qué tiene pensado? -preguntó la señorita Palmer, mientras subían las escalinatas de Sudler Hall.

– ¿Qué te parece invitarme a cenar esta noche? Así me pones al corriente de todo lo que debo saber de Yale -propuso Jimmy, cuando se detuvieron delante de la puerta del anfiteatro-. Eh. -Se volvió hacia Fletcher-. ¿No es aquí donde teníamos que venir?

– Así es. Intenté advertirte.

– ¿Advertirme? ¿De qué? -preguntó Jimmy, mientras abría la puerta para que entrara la señorita Palmer.

La siguió sin perder un segundo con la intención de sentarse a su lado. El súbito silencio de los alumnos que ya se encontraban en el recinto sorprendió a Jimmy.

– Le pido disculpas en nombre de mi amigo, señorita Palmer -susurró Fletcher-. Le aseguro que tiene un corazón de oro.

– Y por lo que se ve, empuje no le falta -replicó Joanna-. Por cierto, no se lo diga, pero me halagó muchísimo que me confundiera con una alumna.

Joanna Palmer dejó la pila de libros en la mesa y se volvió para mirar el abarrotado anfiteatro.

– La Revolución francesa marca el inicio de la historia moderna europea -comenzó mientras los alumnos la miraban embelesados-. Estados Unidos ya había destronado a un monarca -hizo una pausa-, sin tener que cortarle la cabeza… -Su mirada recorrió los bancos mientras los alumnos se reían, hasta que dio con Jimmy Gates. Él le guiñó un ojo.


Cruzaron el campus para asistir a su primera clase, cogidos de la mano. Se habían hecho amigos durante los ensayos de la obra, inseparables en la semana de representaciones y ambos perdieron juntos la virginidad en las vacaciones de primavera. Cuando Nat le dijo a su amante que no iría a Yale, sino que estaría con ella en la Universidad de Connecticut, Rebecca se sintió culpable por la felicidad que le produjo la noticia.

A Susan y Michael Cartwright les gustó Rebecca desde el momento que la vieron y su desilusión ante el hecho de que Nat tendría que esperar un año para ser admitido en Yale se aminoró al ver a su hijo tan tranquilo por primera vez en su vida.

La primera clase en Buckley Hall era de literatura norteamericana y la daba el profesor Hayman. Durante las vacaciones de verano, Nat y Rebecca habían leído a todos los autores citados en la lista: James, Faulkner, Hemingway, Fitzgerald y Bellow, y después hablaron ampliamente de Washington Square, Las uvas de la ira, Por quién doblan las campanas, El gran Gatsby y Herzog. Por tanto, el martes por la mañana, cuando ocuparon sus asientos en el aula, estaban seguros de estar bien preparados. En cuanto el profesor Hayman comenzó sus explicaciones, ambos comprendieron que solo habían leído los textos y poco más. No habían tenido en cuenta las diferentes influencias que el nacimiento, la crianza, la educación, la religión y las puras circunstancias habían ejercido en sus obras, ni tampoco habían pensado para nada en el hecho de que el don de la narración no era algo reservado a ninguna clase social, raza o credo particular.

– Tomemos, por ejemplo, a Scott Fitzgerald -continuó el profesor-, en el cuento «Bernice se corta los cabellos»…

Nat apartó un momento la mirada de sus apuntes y vio la nuca. Le entraron náuseas. Dejó de escuchar las opiniones del profesor Hayman referentes a Fitzgerald y continuó mirando durante algún tiempo antes de que el alumno se volviera para hablar con su vecino. Los peores temores de Nat se vieron confirmados. Ralph Elliot no solamente se encontraba en la misma universidad, sino que incluso asistía al mismo curso. Casi como si hubiese tenido el presentimiento de que le observaban, Elliot se volvió súbitamente. No hizo ningún caso de Nat, porque toda su atención parecía concentrada en Rebecca. Nat la miró, pero ella estaba demasiado atenta a las notas que tomaba referentes a los graves problemas con la bebida que había tenido Fitzgerald durante su estancia en Hollywood como para darse cuenta del muy claro interés de Elliot.

Nat esperó a que Elliot abandonara el aula antes de recoger sus libros y levantarse.

– ¿Quién era ese que no dejaba de volverse para mirarte? -le preguntó Rebecca cuando se dirigían al comedor.

– Se llama Ralph Elliot. Estábamos en el mismo curso en Taft y creo que te miraba a ti, no a mí.

– Es muy guapo -opinó Rebecca con una amplia sonrisa-. Me recuerda un poco a Jay Gatsby. ¿Es él el chico que según el señor Thompson hubiese sido un buen Malvolio?

– A su medida, creo que fueron las palabras exactas de Thomo.

Durante la comida, Rebecca insistió para que Nat le contara más cosas de Elliot, pero él le contestó que no había gran cosa que decir e intentó inútilmente cambiar de tema.

Si disfrutar de la compañía de Rebecca significaba estar en la misma universidad con Ralph Elliot, entonces tendría que aprender a soportarlo.

Elliot no asistió a la clase de la tarde sobre la influencia española en las colonias y cuando llegó la hora de acompañar a Rebecca hasta su habitación, Nat prácticamente se había olvidado de la desagradable presencia de su viejo rival.

Los dormitorios de las chicas estaban en el campus sur y el consejero de los estudiantes de primero le había advertido a Nat que iba contra las normas la presencia de los varones en los dormitorios después del anochecer.

– El tipo que redactó las normas -comentó Nat, mientras yacía junto a Rebecca en la cama individual- debía de creer que los estudiantes solo podían disfrutar del sexo en la oscuridad.

Rebecca soltó una carcajada y se puso el jersey.

– Eso significa que durante el semestre de primavera no tendrás que volver a tu habitación hasta las nueve -señaló la muchacha.

– Quizá las normas me permitirán quedarme contigo después del semestre de verano -dijo Nat, sin dar más explicaciones.

Durante el primer semestre, Nat apenas tuvo ningún contacto con Ralph Elliot. Resultó un alivio comprobar que su rival no tenía ningún interés por las carreras a campo través, el teatro o la música. Por tanto, se sorprendió cuando lo vio conversando con Rebecca delante de la capilla el último domingo del semestre. Elliot se alejó rápidamente en cuanto vio que Nat se aproximaba.

– ¿Qué quería? -preguntó Nat a la defensiva.

– Solo me hablaba de sus ideas para mejorar el claustro de estudiantes. Se presentará para delegado de los estudiantes de primero y quería saber si tú tenías la intención de presentarte.

– No, no pienso hacerlo -contestó Nat muy decidido-. Ya he tenido más que suficiente con una campaña.

– Creo que es una lástima -señaló Rebecca; apretó la mano de Nat-. Sé de muchos de nuestro curso que confían en que te presentarás.

– No mientras él concurra a las elecciones.

– ¿Por qué le odias tanto? -le preguntó Rebecca-. ¿Solo porque te derrotó en aquellas ridículas elecciones en la secundaria? -Nat miró a Elliot, que mantenía una conversación muy animada con un grupo de alumnos, con la misma sonrisa falsa de siempre y sin duda haciendo las mismas imposibles promesas-. ¿No crees posible que quizá haya cambiado?

Nat no se molestó en responderle.


– Muy bien -anunció Jimmy-, las primeras elecciones en las que te puedes presentar serán para elegir a los delegados estudiantiles, en el claustro de Yale.

– Esperaba no tener que participar en ninguna campaña durante mi primer curso -protestó Fletcher- y concentrarme en los estudios.

– Es algo que no te puedes permitir -declaró Jimmy.

– ¿Se puede saber por qué no?

– Porque las estadísticas demuestran que todo aquel que es elegido para formar parte del claustro en su primer curso tiene casi todas las probabilidades de convertirse en representante tres años más tarde.

– Quizá no quiera ser el representante del claustro -manifestó Fletcher, con una amplia sonrisa.

– Quizá Marilyn Monroe no quería ganar un Oscar -replicó Jimmy, y sacó un libro de su cartera.

– ¿Qué es eso?

– Las fotos de los alumnos de primero; los mil veintiuno que hay.

– Ya veo que una vez más has comenzado la campaña sin consultar con el candidato.

– Tenía que hacerlo, porque no me puedo permitir esperar cruzado de brazos a que tú acabes de decidirte. He estado haciendo algunas averiguaciones y he descubierto que casi no tienes ninguna posibilidad de ser considerado como candidato al claustro si no eres uno de los oradores en el debate de los alumnos de primero que tiene lugar en la sexta semana.

– ¿Cómo es eso?

– Porque es la única ocasión en que todos los alumnos de primero se reúnen en una misma sala y tienen la oportunidad de escuchar a los posibles candidatos.

– ¿Qué hay que hacer para que te seleccionen como orador en el debate?

– Depende del lado de la moción que quieras apoyar.

– Sí, muy bien. ¿Cuál es la moción?

– Me complace ver que por fin comienza a interesarte el desafío, porque ahí tenemos el segundo problema. -Jimmy sacó una octavilla de uno de los bolsillos interiores de la americana y leyó el tema del debate: Estados Unidos debería retirarse de la guerra de Vietnam.

– No veo cuál es el problema -opinó Fletcher-. Estoy más que dispuesto a oponerme a esa moción.

– Ese es el problema -exclamó Jimmy-. Cualquiera que se oponga es historia, incluso si tiene la pinta de Kennedy y la labia de Churchill.

– Si soy capaz de presentar un buen alegato, quizá consideren que soy la persona adecuada para representarlos en el consejo.

– Por muy persuasivo que seas, Fletcher, seguirá siendo un suicidio, porque casi todos los estudiantes están contra la guerra. ¿Por qué no dejar que lo haga algún loco que nunca quiso que lo eligieran?

– Eso me recuerda a mí mismo -replicó Fletcher- y en cualquier caso, quizá crea…

– No me importa lo que creas -le interrumpió Jimmy-. Mi único interés es que salgas elegido.

– Jimmy, ¿careces de escrúpulos morales?

– ¿Cómo podría tenerlos? -respondió Jimmy en el acto-. Mi padre es un político y mi madre agente de la propiedad inmobiliaria.

– A pesar de tu pragmatismo, no me veo capaz de hablar en favor de esa moción.

– Entonces estás condenado a una vida de incesantes estudios y tener a mi hermana de la manita.

– No me parece nada mal, sobre todo cuando tú pareces del todo incapaz de mantener una relación seria con una mujer durante más de veinticuatro horas.

– Esa no es la opinión de Joanna Palmer -afirmó Jimmy, para gran diversión de su compañero.

– ¿Qué hay de tu otra amiga, Audrey Hepburn? Hace tiempo que no la veo por el campus.

– Yo tampoco, pero solo es cuestión de tiempo que acabe conquistando el corazón de la señorita Palmer.

– Solo en tus sueños, Jimmy.

– A su debido momento vendrás a pedirme perdón de rodillas, hombre de poca fe, y te aviso que será antes de tu desastrosa aportación al debate de los alumnos de primero.

– No me harás cambiar de opinión, Jimmy, porque si tomo parte en el debate, me opondré a la moción.

– Te gusta ponerme las cosas difíciles, ¿no es así, Fletcher? Por lo menos, hay una cosa clara: los organizadores agradecerán tu participación.

– ¿Cómo es eso?

– Porque no han encontrado a nadie con aspiraciones a candidato dispuesto a hablar en contra de la retirada.


– ¿Estás segura? -preguntó Nat, en voz baja.

– Sí, del todo -contestó Rebecca.

– Entonces tendremos que casarnos lo antes posible.

– ¿Por qué? Estamos en los sesenta, la era de los Beatles, la marihuana y el amor libre. Por tanto, ¿por qué no puedo abortar?

– ¿Es eso lo que quieres? -replicó Nat, incrédulo.

– No sé lo que quiero -admitió Rebecca-. Acabo de enterarme esta mañana. Necesito un poco más de tiempo para pensarlo.

– Me casaré contigo hoy mismo si me aceptas. -Nat le cogió una mano.

– Sé que lo harías -dijo Rebecca, y le apretó la mano-, pero debemos enfrentarnos al hecho de que esta decisión afectará al resto de nuestras vidas. No es algo que debamos decidir a la ligera.

– Tengo una responsabilidad moral contigo y con el bebé.

– Pues yo tengo que pensar en mi futuro -replicó Rebecca.

– Quizá tendríamos que contárselo a nuestros padres y ver cómo reaccionan.

– Eso es lo último que se me ocurriría hacer. Tu madre querría que nos casáramos esta misma tarde y mi padre se presentaría en el campus con una escopeta debajo del brazo. No, quiero que me prometas que no le dirás a nadie que estoy embarazada y mucho menos a nuestros padres.

– ¿Por qué? -quiso saber Nat.

– Porque hay otro problema.


– ¿Qué tal va el discurso?

– Acabo de terminar el tercer borrador -respondió Fletcher alegremente- y te hará muy feliz saber que probablemente me convertirá en el estudiante más impopular del campus.

– Está visto que te gusta complicarme la faena.

– Imposible es mi objetivo final -admitió Fletcher-. Por cierto, ¿contra quién nos enfrentamos?

– Un tipo llamado Tom Russell.

– ¿Qué has averiguado de él?

– Fue a Taft.

– Eso significa que tenemos una ventaja -manifestó Fletcher, con una sonrisa.

– No, me temo que no. Lo conocí anoche en Mory’s y te puedo decir que es brillante y popular. Le cae bien a todo el mundo.

– ¿Tenemos algo que nos pueda ayudar?

– Sí, confesó que no le entusiasma el debate. Preferiría dar su apoyo a otro candidato, si aparece alguno adecuado. Se ve más a él mismo como director de campaña que como líder.

– Entonces quizá tendríamos que pedirle a Tom que se una a nuestro equipo -opinó Fletcher-. Todavía estoy buscando un director de campaña.

– Por divertido que te resulte, me ofrecía a mí el trabajo.

Fletcher miró a su amigo.

– ¿Hizo tal cosa?

– Sí.

– Por lo que se ve, tendré que tomármelo en serio, ¿no? -Fletcher guardó silencio unos instantes-. Quizá tendríamos que comenzar con un repaso de mi discurso esta misma noche y luego tú me dirás si…

– Esta noche, imposible -le interrumpió Jimmy-. Joanna me ha invitado a cenar en su casa.

– Ah, sí, eso me recuerda que yo tampoco puedo. Jackie Kennedy me ha pedido que la acompañe esta noche al Met. [1]

– Ahora que lo mencionas, Joanna quiere saber si tú y Annie querríais venir a tomar una copa con nosotros el próximo jueves. Le dije que mi hermana vendría desde New Haven para asistir al debate.

– ¿Hablas en serio?

– Si decides venir, por favor, dile a Annie que no se enrolle demasiado, porque a Joanna y a mí nos gusta estar en la cama a las diez.


Nat encontró la nota manuscrita que Rebecca había pasado por debajo de la puerta de su habitación y sin perder ni un segundo, cruzó el campus a la carrera, mientras se preguntaba cuál sería el motivo de la urgencia.

Cuando entró en su habitación, ella se apartó para impedir que la besara y sin dar ninguna explicación cerró la puerta con llave. Nat se sentó junto a la ventana y Rebecca en los pies de la cama.

– Nat, tengo que decirte algo que he estado evitando durante los últimos días. -Nat solo asintió, al ver lo mucho que le costaba hablar a Rebecca. Siguió un silencio que se le hizo interminable-. Nat, sé que me odiarás por esto…

– Soy incapaz de odiarte -afirmó Nat y la miró directamente a los ojos.

Ella le sostuvo la mirada, pero luego agachó la cabeza.

– No estoy segura de que tú seas el padre.

Nat se sujetó a los bordes de la silla con tanta fuerza que se le agarrotaron las manos.

– ¿Cómo es posible? -acabó por preguntar.

– Aquel fin de semana que fuiste a Pensilvania para participar en la carrera, acabé en una fiesta y creo que bebí demasiado. -La joven hizo otra pausa-. Ralph Elliot apareció en la fiesta y no recuerdo gran cosa después de aquello, excepto que me desperté por la mañana y me lo encontré durmiendo a mi lado.

Esta vez le tocó a Nat no hablar durante unos minutos.

– ¿Le has dicho que estás embarazada?

– No. ¿Para qué? Apenas me ha dirigido la palabra desde entonces.

– Mataré a ese cabrón -exclamó Nat y se levantó de la silla.

– No creo que eso sea de mucha ayuda -opinó Rebecca, en voz baja.

– En cualquier caso, lo sucedido no cambia nada -afirmó Nat, que se acercó para abrazarla-, porque todavía quiero casarme contigo. Piensa que es mucho más probable que sea hijo mío.

– Nunca estarás seguro.

– Eso no representa ningún problema para mí.

– Pero sí lo es para mí -replicó Rebecca-, porque hay algo más que no te he dicho.


Nada más entrar en Woolsy Hall, que estaba lleno hasta los topes, Fletcher lamentó no haber hecho caso del consejo de Jimmy. Ocupó su lugar en la silla opuesta a la de Tom, quien lo saludó con una afectuosa sonrisa, mientras un millar de estudiantes comenzaba a cantar: «Eh, eh, L.B.J., ¿a cuántos chicos has matado hoy?».

Fletcher miró a su oponente cuando Russell se levantó para abrir el debate. Tom fue saludado con una estruendosa ovación incluso antes de que abriera la boca. Para su gran sorpresa parecía estar tan nervioso como él; las gotas de sudor perlaban su frente.

La multitud guardó silencio en el momento que Tom comenzó su discurso, pero no había dicho más de dos palabras cuando estallaron los gritos de protesta.

– Lyndon Johnson… -esperó-. Lyndon Johnson nos ha dicho que es el deber de Estados Unidos derrotar a los norvietnamitas y salvar al mundo del avance comunista. Yo digo que es el deber del presidente no sacrificar la vida de ni un solo norteamericano en aras de una doctrina que, con el tiempo, acabará por derrotarse a sí misma.

Una vez más la multitud estalló, esta vez en una sonora ovación, y Tom tuvo que esperar casi un minuto antes de poder continuar. En realidad el resto de su discurso se vio interrumpido tantas veces por las ovaciones que no había llegado ni a la mitad cuando se le acabó el tiempo asignado.

Los aplausos dieron paso a la rechifla en el momento que Fletcher se levantó de la silla. Ya había decidido que ese sería el primer y último discurso en público. Esperó en vano a que se hiciera el silencio y cuando alguien le gritó: «Venga, comienza de una vez», pronunció las primeras palabras.

– Griegos, romanos e ingleses… todos asumieron, cuando fue su momento, la responsabilidad del liderazgo mundial.

– ¡Ese no es motivo para que lo hagamos nosotros! -gritó alguien desde el fondo de la sala.

– Después de la descomposición del Imperio británico al finalizar la Segunda Guerra Mundial -continuó Fletcher-, dicha responsabilidad pasó a Estados Unidos. La más grande de las naciones sobre la tierra. -Se escuchó una salva de aplausos-. Por supuesto, podemos echarnos atrás y reconocer que no somos dignos de tal responsabilidad, o podemos ser los líderes para millones de personas en todo el mundo que admiran nuestro ideal de libertad y desean emular nuestra manera de vida. También podríamos abandonar la lucha y dejar que esos mismos millones se vean sometidos al yugo del comunismo a medida que se engulle al mundo libre, o darles nuestro apoyo mientras ellos también intentan vivir en democracia. Solo quedará la historia para registrar la decisión que tomamos, y la historia no debe dejar constancia de que no estuvimos a la altura.

Jimmy se sorprendió al ver que los estudiantes habían escuchado hasta el momento casi sin ninguna interrupción; también le sorprendió el respetuoso aplauso que recibió Fletcher cuando volvió a sentarse veinte minutos más tarde. Al final del debate, todos admitieron que Fletcher había sido el verdadero ganador, aunque fue Tom quien ganó la moción con más de doscientos votos.

Jimmy consiguió mantener una expresión animada después de que anunciaran el resultado a una multitud delirante.

– Es casi un milagro -opinó.

– Vaya milagro -protestó Fletcher-. ¿No has visto que hemos perdido por doscientos veintiocho votos?

– Pues yo esperaba que nos barrieran del mapa y por tanto considero que doscientos veintiocho votos es todo un milagro. Nos quedan cinco días para cambiar la opinión de ciento catorce votantes, porque la mayoría de los chicos aceptan que tú eres el candidato ideal para representarlos en el consejo de estudiantes -comentó Jimmy mientras salían de Woolsey Hall.

Fueron varios los estudiantes que al pasar le susurraron a Fletcher: «¡Bien hecho!» y «Buena suerte».

– Creo que Tom Russell habló muy bien -declaró Fletcher-, y lo que es más importante, representa sus puntos de vista.

– Él no hará más que mantener la silla caliente para ti.

– No estés tan seguro. A Tom bien podría gustarle la idea de ser el representante de los estudiantes.

– No tendrá ninguna posibilidad con el plan que he puesto en práctica.

– ¿Puedo saber qué te traes entre manos?

– Tengo a alguien de nuestro equipo presente cada vez que da un discurso. Durante la campaña ha hecho cuarenta y tres promesas, la mayoría de las cuales no podrá mantener. Nuestro hombre se las recuerda veinte veces al día. No creo que su nombre aparezca en las papeletas de las elecciones para representante estudiantil.

– Jimmy, ¿has leído El príncipe de Maquiavelo?

– No. ¿Crees que debería leerlo?

– No, no te preocupes, no puede enseñarte nada. ¿Qué cenaremos esta noche? -le preguntó Fletcher, al ver que se acercaba Annie.

Los jóvenes se abrazaron.

– Tu discurso ha sido brillante. Has estado muy bien -afirmó Annie.

– Es una pena que doscientos chicos no hayan estado de acuerdo contigo.

– Lo estuvieron, pero la mayoría de ellos ya habían decidido el voto mucho antes de entrar en la sala.

– Eso es precisamente lo que he estado intentando decirle. -Jimmy se volvió hacia Fletcher-. Mi hermanita tiene razón y lo que es más…

– Jimmy, cumpliré los dieciocho en menos de un mes -le interrumpió Annie, enfadada-, por si acaso no te has dado cuenta.

– Me he dado cuenta; algunos de mis amigos incluso me dicen que no eres fea, algo que sigo sin ver.

Fletcher se echó a reír.

– ¿Vendréis con nosotros a Dino’s?

– No. Ya veo que has olvidado que Joanna y yo os invitamos a cenar en su casa.

– No lo había olvidado y me muero de impaciencia por conocer a la mujer que ha conseguido retener a mi hermano durante más de una semana.

– No he mirado a otra mujer desde el día que la conocí -afirmó Jimmy en voz baja.


– Así y todo, sigo queriendo casarme contigo -dijo Nat, sin soltarla.

– ¿Aunque no puedas estar seguro de quién es el padre?

– Esa es la razón más importante para que nos casemos, así no tendrás ninguna duda de mi compromiso.

– Nunca lo he puesto en duda -replicó Rebecca-; sé bien que eres un hombre bueno y sincero, pero ¿no has considerado la posibilidad de que no te ame hasta el punto de querer pasar el resto de mi vida contigo? -Nat apartó los brazos y la miró a los ojos-. Le pregunté a Ralph qué haría si resultaba ser su hijo y estuvo de acuerdo conmigo en que debería abortar. -Rebecca apoyó una mano en la mejilla de Nat-. No abundan las personas lo bastante dignas para vivir con Sebastián y desde luego yo no soy Olivia. -Apartó la mano y salió rápidamente de la habitación sin decir palabra.

Nat se tendió en la cama sin darse cuenta de que anochecía. Le resultaba imposible no pensar en su amor por Rebecca y el odio que le profesaba a Elliot. Se quedó dormido y solo se despertó cuando sonó el teléfono.

Nat escuchó la voz de su viejo amigo y lo felicitó cuando se enteró de la noticia.


13

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Nat fue a la oficina del estudiante a recoger el correo; no ocultó su placer cuando se encontró con tres cartas: toda una cosecha. Una de ellas mostraba la inconfundible letra de su madre. La segunda llevaba matasellos de New Haven, así que supuso que sería de Tom. El tercero era un sobre de papel manila con el cheque mensual de la beca. Lo cobraría inmediatamente porque andaba escaso de fondos.

Entró en McConaughy y se sirvió un cuenco de copos de maíz y un par de tostadas; ese día no le apetecían los huevos revueltos. Se sentó en un extremo del local y abrió la carta de su madre. Se sentía un tanto culpable por no haberle escrito desde hacía dos semanas. Solo faltaban unos días para las vacaciones de Navidad y esperaba que ella le comprendiera si no le contestaba inmediatamente. Había mantenido una larga conversación telefónica con su madre el día que rompió con Rebecca. No le había mencionado el embarazo ni tampoco le dio ninguna razón de la ruptura.

«Mi querido Nathaniel»; ella nunca le llamaba Nat. Si alguien alguna vez leía una carta de su madre, estaba seguro de que no tardaría en saber todo lo necesario sobre ella. Pulcra, precisa, informativa, solícita, aunque de un modo u otro transmitía la impresión de que llegaría tarde a su próxima cita. Siempre acababa con las mismas palabras: «Tengo que dejarte, cariños, mamá». La única noticia que le ofrecía esta vez era el ascenso de su padre a director regional; esto significaba que ya no tendría que pasarse horas en la carretera, sino que en el futuro trabajaría en Hartford.

«Papá está encantado con el ascenso y el aumento de sueldo, cosa que nos permitirá comprar un segundo coche. Sin embargo, comienza a echar de menos el contacto personal con los clientes.»

Nat comió un par de cucharadas de copos antes de abrir la carta de New Haven. La misiva de Tom estaba mecanografiada y presentaba algunos errores de ortografía que probablemente se debían al entusiasmo a la hora de describir su victoria electoral. Con su habitual sinceridad, Tom informaba que había ganado solo porque su oponente había dado un apasionado discurso en defensa de la participación norteamericana en la guerra de Vietnam, cosa que no había ayudado a su causa cuando llegó la hora de ir a las urnas. A Nat le agradó la descripción que hacía de Fletcher Davenport y comprendió que quizá hubiese sido él su oponente de haber estado en Yale. Mordió la tostada mientras continuaba con la lectura: «Lamenté mucho enterarme de la ruptura con Rebecca. ¿Es definitiva?». Nat dejó la carta a un lado sin tener clara la respuesta a la pregunta, aunque se daba cuenta de que su amigo no se sentiría sorprendido en cuanto supiera que Ralph Elliot estaba implicado.

Untó de mantequilla la segunda tostada y, por un momento, consideró si todavía era posible una reconciliación, pero inmediatamente volvió al mundo real. Después de todo, mantenía el plan de ingresar en Yale el curso siguiente.

Finalmente Nat se ocupó de la tercera carta y decidió que pasaría por el banco para ingresar el cheque antes de la primera clase; a diferencia de algunos de sus compañeros, no podía permitirse el lujo de esperar hasta el último momento para cobrar su magra asignación. Abrió el sobre, y para su gran sorpresa descubrió que no se trataba del cheque sino que era una carta. Desplegó la hoja y cuando la leyó se quedó de piedra.



Nat dejó la carta sobre la mesa y pensó en las consecuencias. Aceptaba que el reclutamiento era una lotería y había salido su número. ¿Era moralmente correcto solicitar una exención solo porque estaba cursando estudios superiores, o, como había hecho su padre en 1942, debía alistarse y servir a su país? Su padre había pasado dos años en Europa con la octogésima división antes de regresar a casa con el Corazón Púrpura. Veinticinco años después era un firme partidario de que Estados Unidos debía intervenir con contundencia en Vietnam. ¿Dichos sentimientos solo eran válidos para los norteamericanos sin estudios a quienes no se le daba ninguna opción?

Llamó inmediatamente a su casa y no se sorprendió cuando sus padres mantuvieron una de sus muy poco frecuentes discusiones sobre el tema. Su madre tenía muy claro que debía acabar los estudios y luego reconsiderar su situación; para entonces quizá la guerra habría terminado. ¿No lo había prometido el presidente Johnson durante la campaña electoral? Su padre, por su parte, estaba convencido de que si bien se podía considerar como algo desafortunado, el deber de Nat era responder a la llamada. Si todos decidían quemar las tarjetas de reclutamiento, reinaría la anarquía, fue la opinión final de su padre.

Luego llamó a Tom a Yale para averiguar si él había recibido la notificación.

– Sí, la recibí -dijo Tom.

– ¿La quemaste?

– No llegué tan lejos, aunque sé de muchos estudiantes que lo han hecho.

– ¿Eso quiere decir que te alistarás?

– No, carezco de tu fuerza moral, Nat. Voy a seguir el camino legal. Mi padre ha establecido contacto con un abogado en Washington especializado en exenciones; está seguro de que podrá conseguirme una prórroga, por lo menos hasta que acabe la carrera.

– ¿Qué hay del tipo que fue tu rival en las elecciones y que defendió con tanta convicción la responsabilidad de nuestro país hacia aquellos «que desean vivir en democracia»? ¿Cuál ha sido su decisión?

– No lo sé, pero si lo han llamado, es probable que te lo encuentres en primera línea.


A medida que pasaban los meses y el sobre de papel manila seguía sin aparecer en su casilla, Fletcher comenzó a creer que estaba entre los afortunados cuyo número no había salido en el sorteo. Sin embargo, ya había decidido cuál sería la respuesta si finalmente recibía la carta.

Cuando llamaron a filas a Jimmy, su amigo consultó inmediatamente con su padre, quien le aconsejó que solicitara una exención mientras cursaba sus estudios, pero que debía dejar clara su voluntad de reconsiderar su situación al cabo de unos años. También le recordó a Jimmy que para entonces bien podía haber un nuevo presidente, un cambio en la legislación y la posibilidad muy verosímil de que los norteamericanos ya no estuviesen en Vietnam. Jimmy siguió el consejo de su padre y acabó derrotado cuando discutió el aspecto moral del caso con Fletcher.

– No tengo la menor intención de arriesgar mi vida contra el ejército del Vietcong, que, al final, sucumbirán al capitalismo, incluso si a corto plazo no se doblegan ante la superioridad militar.

Annie compartía el punto de vista de su hermano y se tranquilizó al ver que Fletcher no había recibido la tarjeta de reclutamiento. No tenía ninguna duda de cuál sería la respuesta.


El 5 de enero de 1967, Nat se presentó en la junta de reclutamiento local.

Después de un riguroso examen médico, fue entrevistado por el comandante Willis. El comandante estaba impresionado; después de pasar toda una mañana con jóvenes que pretextaban mil y una razones por las que debía declararlos ineptos para el servicio, aquí tenía uno con una calificación de 9,2 en el examen físico previo. Por la tarde, hizo la prueba de clasificación general y sacó una nota de 9,7.

A la noche siguiente, junto con otros cincuenta reclutas, Nat subió a un autocar con destino a New Jersey. Durante el lento e interminable viaje a través de los estados, Nat se entretuvo jugando con los pequeños recipientes de plástico en los que había comido, antes de sumirse en un sueño intranquilo.

El autocar llegó a Fort Dix de madrugada. Los reclutas se apearon del vehículo en medio de los gritos de los encargados de la tropa. Los llevaron rápidamente hasta unos alojamientos prefabricados y luego los dejaron dormir durante un par de horas.

Nat se levantó a la mañana siguiente -no le dieron otra opción- a las cinco, y después de que lo raparan, le entregaron la ropa de faena. A continuación ordenaron a los cincuenta nuevos reclutas que escribieran una carta a sus padres y devolvieran sus prendas civiles y todas las demás pertenencias a sus casas.

Después de esto, Nat fue entrevistado por el especialista de cuarta clase Jackson, quien, tras consultar la documentación, solo le formuló una pregunta.

– ¿Eres consciente, Cartwright, de que podrías haber solicitado la exención?

– Sí, señor.

El especialista Jackson enarcó una ceja.

– ¿Has tomado la decisión de no hacerlo después de ser asesorado?

– No necesité que nadie me asesorara, señor.

– De acuerdo, estoy seguro de que querrás presentar la solicitud de ingreso en la academia de oficiales en cuanto acabes con el entrenamiento básico, soldado Cartwright. -Guardó silencio un momento-. Lo consiguen dos de cada cincuenta, así que no te hagas muchas ilusiones. Por cierto, no me llames señor. Ya vale con especialista de cuarta clase.

Después de años de participar en las carreras de campo a través, Nat se consideraba en una excelente forma física, pero muy pronto descubrió que el ejército daba un significado muy diferente a la palabra entrenamiento, que no aparecía explicado en el Webster’s. En cuanto a la otra palabra -básico-, todo era básico: la comida, la ropa, la calefacción y sobre todo la cama donde se suponía que debía dormir. Nat llegó a la conclusión de que el ejército importaba los colchones directamente de Vietnam del Norte, para que pasaran por los mismos sufrimientos que el enemigo.

Durante las ocho semanas siguientes se levantó todas las mañanas a las cinco, se duchaba con agua fría -caliente era un vocablo desconocido en el léxico militar-, se vestía, desayunaba y tenía las prendas correctamente ordenadas a los pies de la cama antes de formar a las seis en el patio de armas con todos los demás integrantes del segundo pelotón de la compañía Alfa.

La primera persona que se dirigía a él por la mañana era el sargento mayor Al Quamo, siempre tan impecable que Nat no dudaba que se levantaba a las cuatro para plancharse el uniforme. Si Nat intentaba hablar con cualquiera durante las catorce horas siguientes, Quamo quería saber quién era y por qué. Aunque el sargento mayor tenía la misma estatura que Nat, ahí se acababa cualquier parecido. Nat nunca tenía tiempo para contar las medallas del sargento.

– Soy vuestra madre, vuestro padre y vuestro mejor amigo -vociferaba a todo pulmón-. ¿Está claro?

– Sí, señor -gritaban los treinta y seis novatos del segundo pelotón-. Es nuestra madre, nuestro padre y nuestro mejor amigo, señor.

La mayoría del pelotón había solicitado la exención sin conseguirla. Muchos de ellos consideraban que Nat estaba loco al presentarse voluntario y tardaron varias semanas en cambiar la opinión que tenían del muchacho de Cromwell. Mucho antes de que acabaran la etapa del entrenamiento básico, Nat se había convertido en el consejero del pelotón, el escriba y confidente. Incluso le enseñó a leer a un par de reclutas. Prefirió no contarle a su madre lo que ellos le habían enseñado a cambio.

Al final de los dos meses, Nat era el primero en todo lo relacionado con la escritura. También sorprendió a sus compañeros al derrotarlos a todos en la carrera a campo través y aunque nunca había disparado un arma antes del entrenamiento básico, superó incluso a los muchachos de Queens en el manejo de la ametralladora M60 y el lanzagranadas M70. Ellos tenían más práctica con las armas cortas.

Quamo no tardó ocho semanas en cambiar de opinión en lo referente al ingreso de Nat en la escuela de oficiales. A diferencia de la mayoría de los «zánganos» que enviaban a Vietnam, vio que Nat era un líder nato.

– Te lo advierto -le dijo a Nat-, un subteniente de pacotilla tiene las mismas probabilidades que un soldado raso de que le vuelen el culo, porque hay una cosa muy clara: el Vietcong no conoce la diferencia.

El sargento no se había equivocado. Solo dos reclutas fueron seleccionados para ir a Fort Benning. El otro era un estudiante universitario del tercer pelotón llamado Dick Tyler.


La principal actividad al aire libre durante las tres primeras semanas en Fort Benning la desarrolló junto a los cascos negros. Los instructores paracaidistas se ocuparon de enseñarles a los nuevos reclutas las técnicas de aterrizaje, primero desde lo alto de una pared de diez metros y luego desde la temida torre de cien metros de altura. De los doscientos soldados que habían comenzado el curso, menos de un centenar pasaron a la siguiente etapa. Nat estuvo entre los diez escogidos para llevar el casco blanco durante la semana de saltos. Quince saltos más tarde, fue su turno de recibir las alas de plata de los paracaidistas que llevaría prendidas en la camisa.

Cuando Nat regresó a casa para disfrutar de una semana de permiso, su madre apenas reconoció al chico que se había despedido de ella tres meses antes. Se había convertido en todo un hombre, tres centímetros más alto y cinco kilos menos, con un corte de pelo que le recordó a su padre los años pasados en Italia.

Acabado el permiso, Nat volvió a Fort Benning, se calzó una vez más las brillantes botas Corcoran, se echó el macuto al hombro y abandonó la escuela de paracaidismo para ir al otro lado de la carretera.

Allí comenzó su preparación como oficial de infantería. Si bien tenía que levantarse a la misma hora todas las mañanas, entonces pasaba mucho más tiempo en el aula para estudiar la historia militar, la interpretación de mapas y tácticas y estrategias de mando, junto con otros setenta futuros oficiales que se estaban preparando para ir a Vietnam. La única estadística que nadie citaba era que más de la mitad de ellos volvería metido en una bolsa para cadáveres.


– Joanna tendrá que enfrentarse a una comisión disciplinaria -le dijo Jimmy mientras se sentaba a los pies de la cama de Fletcher-. Cuando tendría que ser yo quien se enfrentara a la furia del comité de ética -añadió.

Fletcher intentó calmar a su amigo, porque nunca lo había visto enfadado hasta tales extremos.

– ¿Por qué no comprenden que no es un delito enamorarse? -gritó Jimmy.

– Creo que si lo pensaras un poco verías que les preocupan mucho más las consecuencias si ocurriera a la inversa -señaló Fletcher.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Jimmy, muy atento.

– Sencillamente a que a la administración le preocupa mucho que los profesores se aprovechen de su posición para ligar con las alumnas.

– ¿Es que no son capaces de entender que lo nuestro es sincero? -replicó Jimmy-. Cualquiera puede ver que adoro a Joanna y que ella corresponde a mis sentimientos.

– Quizá hubiesen hecho la vista gorda en tu caso si ambos hubieseis sido más discretos.

– Creía que tú más que cualquier otro respetaría a Joanna por su decisión de no andar con subterfugios.

– La respeto, pero no les ha dejado a las autoridades otra opción que responder a esa sinceridad, a la vista de las normas universitarias.

– Entonces es necesario que cambien las normas. Joanna cree que, como profesora, no tiene que ocultar sus verdaderos sentimientos. Quiere asegurarse de que la próxima generación nunca tenga que pasar por la misma situación.

– Jimmy, no estoy en desacuerdo contigo y conociendo a Joanna, no dudo que habrá analizado cuidadosamente las normas, y que debe de tener una opinión bien fundada de la importancia de la norma diecisiete b.

– Por supuesto que sí, pero Joanna no quiere que formalicemos nuestras relaciones, solo para que la junta se despreocupe del tema.

– Menuda mujer a la que se te ocurrió decirle que le llevarías los libros.

– No me lo recuerdes -replicó Jimmy-. Aunque no te lo creas, los alumnos la vitorean al principio y al final de cada una de sus clases.

– ¿Cuándo se reúne el comité de ética para tomar la decisión?

– El miércoles a las diez. Los periodistas se lo pasarán en grande. Solo lamento que mi padre tenga que presentarse a la reelección en otoño.

– Yo no me preocuparía por tu padre. Estoy seguro de que encontrará la manera de utilizar todo este asunto en su beneficio.


Nat nunca había imaginado que tendría la ocasión de hablar con su comandante en jefe, y no lo hubiese hecho de no haber sido porque su madre aparcó el coche en la plaza del coronel. En cuanto el padre de Nat vio el cartel con la palabra comandante le aconsejó que diera marcha atrás inmediatamente. Susan realizó la maniobra sin mirar por el espejo retrovisor y colisionó con el jeep del coronel Tremlett, que llegaba en ese momento.

– Oh, Dios -exclamó Nat, que se apeó del coche en el acto.

– Yo no llegaría tan alto -dijo Tremlett-. Me conformo con coronel.

Nat saludó mientras su padre aprovechaba para mirar subrepticiamente las condecoraciones del comandante.

– Tuvimos que servir juntos -comentó al ver una cinta roja y verde entre las medallas. El coronel, que inspeccionaba la abolladura en el parachoques lo miró-. Estuve en Italia con la octogésima -le explicó el padre de Nat.

– Pues espero que maniobrara los Sherman mucho mejor que como conduce un coche -manifestó el coronel. Los dos hombres se estrecharon las manos. Michael no mencionó que era su esposa quien conducía el coche. Tremlett miró a Nat-. Cartwright, ¿no es así?

– Sí, señor -contestó Nat, sorprendido de que el comandante supiera su nombre.

– Su hijo parece estar destinado a ser el primero de su curso cuando acaben la próxima semana -le comentó Tremlett al padre de Nat-. Quizá tenga un destino para él -añadió sin dar más explicaciones-. Preséntese en mi despacho mañana por la mañana a las ocho, Cartwright. -El coronel le sonrió a la madre de Nat y volvió a estrechar la mano de Michael, antes de mirar de nuevo a Nat-. Si cuando me marche esta noche, Cartwright, veo la más mínima marca en el parachoques, ya se puede olvidar de su próximo permiso. -El coronel le dedicó un guiño a la madre de Nat mientras el muchacho le saludaba.

Nat se pasó la tarde de rodillas con un martillo y un bote de pintura caqui.

A la mañana siguiente, Nat se presentó en el despacho del coronel a las ocho menos cuarto y se sorprendió cuando le hicieron pasar inmediatamente a su presencia. El comandante le señaló una silla delante de su mesa escritorio.

– Así que se presentó voluntario y le aceptaron, Nat -fueron las primeras palabras del coronel cuando echó una ojeada a su expediente-. ¿Qué ha pensado para el futuro?

Nat miró al coronel Tremlett, un hombre con cinco hileras de condecoraciones en la pechera. Había estado en Italia y Corea y hacía poco que había regresado de una temporada de servicio en Vietnam. Le habían puesto el apodo de Terrier, porque le gustaba tanto acercarse al enemigo que hubiese podido morderle los tobillos. El joven respondió a la pregunta en el acto.

– Espero estar entre aquellos destinados a Vietnam, señor.

– No es necesario que sirva en el sector asiático -dijo el comandante-. Ya ha demostrado su valía y hay otros destinos que le puedo recomendar, desde Berlín a Washington, de forma tal que cuando finalice los dos años de servicio pueda regresar a la universidad.

– Eso echaría por tierra el propósito, ¿no es así, señor?

– Algo que casi nunca se hace es enviar a un oficial que no sea de carrera a Vietnam -manifestó el coronel-, sobre todo a alguien con sus méritos.

– Entonces quizá haya llegado el momento de cambiar la costumbre. Después de todo, usted mismo no ha dejado de repetirnos que esa es la base del liderazgo.

– ¿Cuál sería su respuesta si le pidiera que completase su período de servicio como oficial de mi plana mayor? Así podría ayudarme en la academia con los nuevos alumnos.

– ¿Para que ellos sí vayan a Vietnam a que los maten? -Nat miró a su comandante en jefe y en el acto lamentó haberse pasado de la raya.

– ¿Sabe quién fue la última persona que se sentó en esa misma silla y me dijo que estaba absolutamente decidido a ir a Vietnam y que nada que yo pudiera decir le haría cambiar de opinión?

– No, señor.

– Mi hijo, Daniel -dijo Tremlett-, y en aquella ocasión no tuve otro remedio que aceptarlo. -El coronel guardó silencio y miró la foto que tenía en la mesa que Nat no podía ver-. Sobrevivió once días.


profesora seduce al hijo de un senador, proclamaba el titular de primera plana del New Haven Register.

– Eso es una condenada mentira -afirmó Jimmy.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Fletcher.

– Fui yo quien la sedujo a ella.

Fletcher se echó a reír y luego continuó con la lectura de la noticia:


Joanna Palmer, profesora de historia europea en Yale, ha visto rescindido su contrato por decisión del comité de ética de la universidad, después de que la profesora admitiera que mantenía una relación sentimental con James Gates, uno de sus alumnos del primer curso durante los últimos seis meses. El señor Gates es hijo del senador Gates. Anoche, desde su casa en East Hartford…


– ¿Cómo se lo ha tomado tu padre?

– Me dijo que ganará las elecciones de calle. Los grupos proderechos femeninos respaldan a Joanna y todos los hombres creen que soy el tío con más suerte desde Dustin Hoffman en El graduado. Papá también cree que al comité no le quedará otra opción que rectificar la decisión mucho antes de que acabe el curso.

– ¿Qué pasará si no lo hacen? -preguntó Fletcher-. ¿Qué posibilidades tiene Joanna de que le ofrezcan otro empleo?

– Ese es el menor de sus problemas, porque el teléfono no ha dejado de sonar desde que el comité anunció su decisión. Tanto Radcliffe, donde se licenció, como Columbia, donde hizo la tesis doctoral, le han ofrecido un empleo, y eso antes de que la encuesta de opinión realizada por Today Show mostrara que el ochenta y dos por ciento de los telespectadores creían que debían rectificar.

– ¿Qué se propone hacer ahora?

– Apelará y me juego lo que quieras a que el comité no podrá pasar por alto la opinión pública.

– ¿Cómo quedas tú en todo este baile?

– Yo insisto en casarme con Joanna, pero no quiere ni oír hablar del tema hasta que no se conozca el resultado de la apelación. Se niega a formalizar nuestra relación ante la posibilidad de que eso influya al comité a su favor. Está decidida a ganar el caso por sus propios méritos, no echando mano de la sensiblería.

– La verdad es que te has enamorado de una mujer notable.

– Estoy absolutamente de acuerdo y eso que tú no sabes ni la mitad.


14

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En la puerta de su pequeño despacho en el cuartel general del MACV [2] habían puesto el rótulo teniente nat cartwright incluso antes de que llegara a Saigón. Nat no tardó mucho en darse cuenta de que estaría atado a su mesa durante todo el período de servicios y que ni siquiera le permitirían saber dónde estaba el frente. Cuando se presentó, no le enviaron con su regimiento que estaba en el frente, sino que lo destinaron al servicio de intendencia. Los despachos del coronel Tremlett habían llegado a Saigón mucho antes que él.

Nat aparecía en el boletín como intendente, cosa que permitía a los de arriba pasarle todo el papeleo y a los de abajo tomarse su tiempo para cumplir sus órdenes. Todos parecían estar compinchados en una conjura, con el resultado de que se pasaba las horas de servicio rellenando formularios para material diverso que iba desde los botes de alubias a helicópteros Chinook. Todas las semanas llegaban por vía aérea a la capital setecientas veintidós toneladas de suministros y la obligación de Nat era ocuparse de que llegaran al frente. En un mes podía enviar más de nueve mil artículos. Todos y cada uno de ellos conseguían llegar allí menos él. Incluso probó a acostarse con la secretaria del comandante, pero no tardó en descubrir que Mollie no tenía ninguna influencia sobre su jefe, aunque sí demostró ser una experta en el combate cuerpo a cuerpo.

Nat se marchaba del despacho cada día más tarde, e incluso comenzó a preguntarse si de verdad estaba en un país extranjero. Cuando comías un Big Mac y una Coca-Cola, cenabas Kentucky Fried Chiken con una Budweiser y volvías a la residencia de oficiales para ver el ABC News y reposiciones de 77 Sunset Strip, ¿qué pruebas tenías de que te habías marchado de casa?

Hizo algunos intentos subrepticios para unirse a su regimiento en el frente, pero acabó comprendiendo que la influencia del coronel Tremlett llegaba a todas partes; sus solicitudes reaparecían sobre su mesa al cabo de un mes, con un sello que decía: «Rechazada; puede presentarla de nuevo dentro de un mes».

Cada vez que Nat solicitaba una entrevista para discutir el tema con algún oficial de campo, nunca conseguía pasar más allá de este o aquel comandante. En cada ocasión, un oficial diferente dedicaba media hora a intentar convencerlo de que hacía un muy valioso y digno trabajo en la intendencia. Su hoja de servicios era la más delgada de todo Saigón.

Comenzó a comprender que su alistamiento por «cuestión de principios» no había servido de nada. Al cabo de un mes, Tom comenzaría su segundo curso en Yale y él no tenía nada para demostrar sus esfuerzos salvo la cabeza rapada y la información certera de la cantidad de clips mensuales que necesitaba el ejército en Vietnam.

Se encontraba en su oficina, ocupado en disponer los alojamientos para una compañía de reemplazos que llegaría el lunes siguiente, cuando todo aquello cambió.

Las diligencias de alojamiento, vestuarios y documentos de viaje lo habían tenido ocupado todo el día y hasta bien entrado el anochecer. Varios de los documentos llevaban el sello de urgente, porque el comandante en jefe siempre quería estar bien informado de los antecedentes de las compañías de reemplazo antes de que aterrizaran en Saigón. Nat no se había dado cuenta de lo tarde que era, así que cuando acabó con el último formulario, decidió dejarlos en el despacho del adjunto antes de ir a comer un bocado en el comedor de oficiales.

Al pasar por delante de la sala de operaciones, le dominó la furia; todo el entrenamiento que había recibido en Fort Dix y Fort Benning había sido una absoluta pérdida de tiempo y dinero. Aunque eran casi las ocho, aún quedaban una docena o más de operadores, algunos de los cuales conocía, que atendían los teléfonos y actualizaban el enorme mapa de Vietnam del Norte.

Al volver del despacho del adjunto, Nat entró en la sala de operaciones para ver si había alguien libre para acompañarle a cenar y se encontró escuchando los movimientos de tropas del segundo batallón del 503 regimiento de infantería paracaidista. De no haber sido porque se trataba de su regimiento, no habría vacilado en marcharse al comedor solo. El segundo batallón estaba soportando un duro ataque de morteros del Vietcong y se había atrincherado en el lado peligroso del río Dyng, para protegerse de una matanza. El teléfono rojo sobre la mesa delante de Nat comenzó a sonar con insistencia. Nat no movió ni un músculo.

– No se quede ahí sin hacer nada, teniente. Coja el teléfono y averigüe lo que quieren -le ordenó el jefe de operaciones.

Nat se apresuró a atender la llamada.

– Llamando a la base, situación crítica, soy el capitán Tyler, ¿me recibe?

– Sí, capitán, soy el teniente Cartwright. ¿Cómo puedo ayudarle, señor?

– Victor Charlie [3] ha tendido una emboscada a mi pelotón un poco más arriba del río Dyng, coordenadas SE42 NNE71. Necesito una formación de Hueys con equipo médico. Tengo noventa y seis hombres, once bajas, tres muertos y ocho heridos.

– ¿Cómo me pongo en contacto con el equipo de rescate de emergencia? -le preguntó Nat a un sargento que acababa de colgar el teléfono.

– Llame a la base Blackbird en el campamento Eisenhower. Coja el teléfono blanco y comuníquele las coordenadas al oficial de guardia.

Nat cogió el teléfono blanco y una voz somnolienta atendió la llamada.

– Soy el teniente Cartwright. Tenemos una emergencia. Dos pelotones atrapados en el lado norte del río Dyng, coordenadas SE42 NNE71: han caído en una emboscada y requieren asistencia inmediata.

– Dígales que estaremos en vuelo dentro de cinco minutos -le informó la voz ya absolutamente alerta.

– ¿Puedo ir con ustedes? -preguntó Nat que se tapó la boca con la mano mientras se preparaba para la inevitable negativa.

– ¿Está autorizado para volar en misiones de rescate con helicópteros?

– Lo estoy -mintió Nat.

– ¿Experiencia con paracaídas?

– Hice el curso de entrenamiento en Fort Benning. Dieciséis saltos desde doscientos metros en S-123; en cualquier caso, se trata de mi regimiento.

– Entonces si consigue llegar a tiempo, queda invitado.

Nat colgó el teléfono blanco y cogió de nuevo el rojo.

– Están de camino, capitán -le comunicó, y colgó.

Nat salió corriendo de la sala de operaciones y fue hasta el aparcamiento. Un cabo dormitaba sentado al volante de un jeep. Saltó al asiento del acompañante, hizo sonar la bocina y le ordenó:

– Lléveme a la base Blackbird en cinco minutos.

– Pero si está a ocho kilómetros de aquí, señor -replicó el conductor.

– Razón de más para que no pierda un segundo, cabo -le gritó Nat.

El cabo arrancó el motor y se puso en marcha, con los faros encendidos, con una mano en el volante y la otra en la bocina.

– Deprisa, deprisa -repitió Nat, mientras aquellos que todavía estaban en las calles de Saigón después del toque de queda se apartaban corriendo junto con varias gallinas espantadas.

Tres minutos más tarde, Nat vio a una docena de helicópteros Huey aparcados en la pista. Los rotores de uno de ellos ya estaban en marcha.

– Pise a fondo -insistió Nat.

– Ya toca el suelo, señor -replicó el cabo cuando apareció a la vista la entrada del campo.

Nat volvió a contar: en esos momentos eran siete los aparatos con los rotores en marcha.

– ¡Maldición! -gritó al ver que despegaba uno de los helicópteros.

El jeep frenó en seco delante de la garita de la guardia. Un policía militar les pidió las tarjetas de identificación.

– Me queda un minuto para subir a uno de esos helicópteros -vociferó Nat al tiempo que le daba su tarjeta-. ¿No puede darse prisa?

– Solo hago mi trabajo, señor -le respondió el policía militar.

En cuanto le devolvieron las tarjetas y levantaron la barrera, Nat señaló al único helicóptero que aún tenía los rotores parados y el cabo volvió a acelerar. Se detuvo con gran estrépito de los frenos a un paso de la cabina cuando los rotores comenzaron a girar. El piloto sonrió al ver a Nat.

– Justo por los pelos, teniente. Suba. -El aparato despegó antes incluso de que Nat pudiera abrocharse el arnés de seguridad-. ¿Quiere escuchar las malas noticias o las peores? -le preguntó el piloto.

– Lo que usted quiera.

– La regla en cualquier emergencia es siempre la misma. El último que despega es el primero que aterriza en territorio enemigo.

– ¿Cuál es la mala noticia?


– ¿Te casarás conmigo? -preguntó Jimmy.

Joanna se volvió para mirar al hombre que en el último año la había hecho más feliz de lo que hubiese podido imaginar.

– Si todavía quieres hacerme la misma pregunta cuando acabes los estudios, pipiolo, mi respuesta será que sí, pero hoy la respuesta sigue siendo que no.

– ¿Por qué? ¿Qué podría cambiar en un año o dos?

– Serás algo mayor y con un poco de suerte incluso una pizca más sabio -replicó Joanna, con una sonrisa-. Tengo veinticinco años y tú no has cumplido los veinte.

– ¿Qué importancia puede tener si queremos pasar el resto de nuestra vida juntos?

– Pues quizá que tú no creas lo mismo cuando yo tenga cincuenta y tú cuarenta y cinco.

– Estás en el más completo error -afirmó Jimmy-. A los cincuenta estarás en tu plenitud y yo seré un libertino en las últimas, así que más te valdrá que me pilles cuando todavía me quede algo de fuerza.

Joanna se echó a reír al escuchar el comentario.

– Procura no olvidar, jovencito, que todo lo que hemos pasado durante las últimas semanas puede estar afectando a tu razonamiento.

– No estoy de acuerdo. Creo que la experiencia solo puede haber fortalecido nuestra relación.

– Es posible -admitió Joanna-, pero siempre es mejor no tomar una decisión irreversible a caballo de una buena o mala noticia, porque es posible que uno de los dos pueda ver las cosas de otra manera cuando todo esto se acabe.

– ¿Tú lo ves de otra manera? -preguntó Jimmy en voz baja.

– No, yo no -respondió Joanna sin vacilar. Le acarició la mejilla-. Mis padres llevan casados casi treinta años y mis abuelos han celebrado sus bodas de oro, así que cuando me case quiero que sea para toda la vida.

– Razón de más para que nos casemos cuanto antes -afirmó Jimmy-. Después de todo, tendré que vivir hasta los setenta si esperamos celebrar nuestras bodas de oro.

Joanna se echó a reír.

– Estoy segura de que tu amigo Fletcher estará de acuerdo conmigo.

– No lo niego, pero no vas a casarte con Fletcher. De todas maneras, creo que él y mi hermana estarán juntos como mínimo durante cincuenta años.

– Jimmy, no podría amarte más aunque quisiera, pero recuerda que el otoño que viene estaré en Columbia y tú continuarás en Yale.

– Bien podrías cambiar de parecer respecto a lo de aceptar el empleo en Columbia.

– No, la junta revocó su decisión solo por la presión de la opinión pública. Si hubieses visto la expresión de sus rostros cuando dieron a conocer la resolución, te hubieses dado cuenta de que no veían la hora de que me largara. Ya hemos dejado bien sentados nuestros principios, así que a mi juicio lo mejor para todos será que me marche.

– No para todos -manifestó Jimmy en voz baja.

– Tienes que entenderlo. En cuanto no esté por aquí para tocarles las narices, les resultará mucho más sencillo cambiar las normas -dijo Joanna, sin hacer caso del comentario-. Dentro de veinte años, los estudiantes no se podrán creer que existiera alguna vez una norma así de ridícula.

– Pues entonces tendré que sacarme un abono de tren para Nueva York, porque no pienso perderte de vista.

– Estaré esperándote siempre en la estación, pipiolo, pero mientras esté lejos, espero que salgas con otras chicas. Entonces, si todavía sientes lo mismo cuando acabes la carrera, me sentiré muy feliz de casarme contigo -añadió Joanna cuando sonó el despertador.

– ¡Demonios! -exclamó Jimmy, y se levantó en el acto-. ¿Te importa si utilizo el baño primero? Tengo una clase a las nueve y ni siquiera sé cuál es el tema de hoy.

– Napoleón y su influencia en el desarrollo de las leyes estadounidenses -contestó Joanna.

– Pensaba que nos habías dicho que nuestras leyes habían estado influidas más por el derecho romano y el inglés que por cualquier otra nación.

– No está mal, pipiolo, pero así y todo tendrás que asistir a mi clase de las nueve si esperas saber la razón. Por cierto, ¿crees que podrías hacer dos cosas por mí?

– ¿Solo dos? -replicó Jimmy, camino de la ducha.

– ¿Podrías dejar de poner cara de cordero degollado cada vez que doy una clase?

Jimmy asomó la cabeza por la puerta del baño.

– No -contestó mientras miraba cómo Joanna se quitaba el camisón-. ¿Cuál es la segunda?

– La segunda es que por lo menos podrías mostrar algo de interés en lo que digo y tomar apuntes de vez en cuando.

– ¿Por qué voy a molestarme en tomar apuntes cuando tú eres quien pone las notas a mis trabajos?

– Porque no te gustará nada ver la nota que te he puesto en el último -replicó Joanna y se metió con él en la ducha.

– Vaya, y yo que esperaba haber sacado un sobresaliente con mi obra maestra. -Jimmy comenzó a enjabonarle los pechos.

– Solo por curiosidad, ¿recuerdas a quién mencionaste como la persona con más influencia sobre Napoleón?

– Josefina -afirmó Jimmy sin vacilar.

– Esa incluso podría haber sido la respuesta correcta, pero no fue lo que escribiste en el trabajo.

Jimmy salió de la ducha y cogió la toalla.

– ¿Qué escribí? -preguntó mientras la miraba embelesado.

– Joanna.


En cuestión de minutos, los doce helicópteros volaban en una formación en V. Nat miró a los dos artilleros a popa que observaban atentamente en la oscuridad de la noche sin una nube en el cielo. Se puso los auriculares y escuchó al teniente de vuelo.

– Blackbird Uno al grupo, saldremos del espacio aéreo aliado dentro de cuatro minutos. Espero un informe de la situación a las veintiuna horas.

Nat se sentó muy erguido en cuanto escuchó las palabras del joven piloto. Contempló a través de la ventanilla las estrellas que eran invisibles en el continente americano. Sentía los efectos de la adrenalina que le corría por las venas mientras volaban cada vez más cerca de las líneas enemigas. Por fin se sentía partícipe de esa condenada guerra. La única sorpresa era que no tenía miedo. Quizá aparecería después.

– Entramos en territorio enemigo -anunció el piloto como quien cruza una carretera con mucho tráfico-. ¿Me recibe, líder tierra?

Se oyó una descarga de estática antes de la respuesta.

– Le recibo, Blackbird Uno. ¿Cuál es su posición?

Nat reconoció el acento sureño del capitán Dick Tyler.

– Nos encontramos aproximadamente a unos ochenta kilómetros.

– Copiado. Les espero dentro de quince minutos.

– Roger. No nos verá hasta el último momento, porque volamos con todas las luces de posición apagadas.

– Copiado.

– ¿Han escogido la zona de aterrizaje?

– Hay un pequeño sector protegido en una cresta un poco más abajo de donde estoy -le informó Tyler-, pero solo hay sitio para un helicóptero a la vez y debido a la lluvia, por no hablar del fango, el aterrizaje será algo infernal.

– ¿Cuál es su actual posición?

– Continúo en las mismas coordenadas un poco al norte del río Dyng. -Tyler guardó silencio unos instantes-. Creo que el VC [4] ha comenzado a cruzar el río.

– ¿Cuántos hombres tiene?

– Setenta y ocho.

Nat sabía que el número total de dos pelotones era de noventa y seis.

– ¿Cuántos cadáveres? -preguntó el piloto, como si le preguntara al capitán cuántos huevos quería para desayunar.

– Dieciocho.

– Bien. Prepárese para cargar seis hombres y dos cadáveres en cada helicóptero; asegúrese de que podrá subir a bordo en cuanto me vea.

– Estaremos preparados -respondió el capitán-. ¿Qué hora tiene?

– Las veinte y treinta y tres -dijo el piloto.

– Entonces, a las veinte y cuarenta y ocho, encenderé una bengala roja.

– A las veinte y cuarenta y ocho, una bengala roja -repitió el piloto-. Roger.

Nat estaba impresionado por la aparente tranquilidad del piloto, cuando él, su copiloto y los dos artilleros de popa podían estar muertos al cabo de veinte minutos. No obstante, como el coronel Tremlett había repetido hasta el cansancio, los hombres tranquilos salvaban muchas más vidas que los impacientes. Nadie dijo ni una palabra durante el siguiente cuarto de hora. Nat tuvo tiempo para pensar en la decisión que había tomado; ¿él también estaría muerto al cabo de veinte minutos?

Vivió el cuarto de hora más largo de su vida, entretenido en observar la extensión de la selva alumbrada por la media luna mientras mantenían escrupulosamente el silencio radiofónico. Echó un vistazo a los artilleros de popa mientras el helicóptero volaba casi a ras de las copas de los árboles. Habían comprobado el funcionamiento de las armas y desde entonces permanecían concentrados con el dedo en el gatillo, alertas a cualquier peligro. Nat miraba por la ventanilla lateral cuando súbitamente vio que una bengala roja brillaba en el cielo. Pensó que en ese mismo momento hubiese estado tomando café en el comedor de oficiales.

– Blackbird Uno a formación -llamó el piloto-. No encendáis los focos de abajo hasta que estemos a treinta segundos del encuentro y recordad que yo voy primero.

Una ráfaga de balas trazadoras color verde pasó por delante del aparato y los artilleros contestaron al fuego inmediatamente.

– El VC nos acaba de identificar -informó el piloto, impávido.

Inclinó el aparato hacia la derecha y Nat vio al enemigo por primera vez. Los soldados avanzaban colina arriba, a pocos centenares de metros del terreno donde el helicóptero intentaría aterrizar.


Fletcher leyó el artículo en el Washington Post. Había sido un acto de heroísmo que había captado la atención del público norteamericano hacia una guerra de la que nadie quería saber nada. Un grupo de setenta y ocho soldados de infantería paracaidista, cercados en la selva de Vietnam del Norte, superados ampliamente en número por el Vietcong, había sido rescatado por una escuadrilla de helicópteros que había volado por una zona de grandes peligros, sin poder aterrizar en medio del fuego enemigo. Fletcher observó con atención el detallado esquema de la página opuesta. El teniente de vuelo Chuck Philips había sido el primero en descender para rescatar a media docena de los hombres atrapados. Se había mantenido a medio metro del suelo mientras se realizaba la operación. No se había dado cuenta de que otro oficial, el teniente Cartwright, había saltado del aparato en el preciso momento que se elevaba para dar paso al segundo helicóptero.

Entre los cadáveres cargados en el tercer helicóptero estaba el del oficial al mando, el capitán Dick Tyler. El teniente Cartwright había tomado el mando para dirigir el contraataque al tiempo que coordinaba el rescate de los soldados restantes. Había sido el último en abandonar el campo de batalla y en subir al último helicóptero de rescate. Los doce aparatos emprendieron el vuelo de regreso a Saigón, pero solo once aterrizaron en la base Eisenhower.

El general de brigada Hayward envió sin demora un equipo de rescate y los mismos once pilotos y sus tripulaciones se ofrecieron voluntarios para buscar el Huey desaparecido, pero a pesar de los repetidos vuelos por territorio enemigo, no encontraron ninguna señal del Blackbird Doce. En rueda de prensa, Hayward describió a Nat Cartwright -un recluta, que había dejado la Universidad de Connecticut donde cursaba el primer año para alistarse- como un ejemplo para todos sus compatriotas de alguien que, en palabras de Lincoln, había dado «el más completo testimonio de patriotismo». «Vivo o muerto, lo encontraremos», prometió Hayward.

Fletcher buscó en todos los periódicos los artículos que mencionaban a Nat Cartwright después de leer una nota biográfica donde se recogía que había nacido el mismo día, en la misma ciudad y el mismo hospital que él.


Nat saltó del primer helicóptero en cuanto el aparato llegó a un metro del suelo. Ayudó al capitán Tyler a enviar al primer grupo a bordo del Huey, sin preocuparse de las bombas de mortero y las ráfagas de las ametralladoras.

– Hágase cargo de esta parte de la operación -le ordenó Tyler-, mientras me ocupo de organizar a mis hombres. Se los enviaré de seis en seis.

– Adelante -gritó Nat en el momento en que el primer helicóptero se inclinaba hacia la izquierda hasta remontar el vuelo.

En cuanto apareció el segundo, a pesar del incesante fuego enemigo, Nat organizó con serenidad al segundo grupo para que subieran al aparato. Miró por un instante colina abajo donde Dick Tyler dirigía a sus hombres en la defensa de la retaguardia al tiempo que enviaba al siguiente grupo para que se reuniera con Nat. Cuando Nat se volvió, el tercer helicóptero ya estaba en posición sobre el pequeño cuadrado de suelo fangoso. Un cabo primero y cinco soldados se acercaron a la carrera dispuestos a subir.

– ¡Maldita sea! -gritó el cabo primero al mirar atrás-. Le han dado al capitán.

Nat vio a Tyler tumbado boca abajo en el fango y a los dos soldados que lo levantaban. Sin perder ni un segundo llevaron el cadáver hasta el helicóptero.

– Le cedo el mando, primero -dijo Nat.

Echó a correr hacia el risco. Cogió el M60 del capitán, buscó una posición y comenzó a disparar contra el enemigo. Sin saber cómo, se las arregló para enviar a otros seis hombres que corrieran colina arriba para montarse en el cuarto helicóptero. Solo estuvo en aquel risco durante unos veinte minutos, dedicado a repeler a las oleadas de vietcongs, mientras su propio grupo de apoyo se iba reduciendo cada vez más porque no dejaba de enviar a sus soldados en busca del refugio de los siguientes helicópteros.

Los últimos seis defensores no abandonaron sus puestos hasta no ver que aparecía el Blackbird Doce. Nat se volvió y echó a correr con todas sus fuerzas cuando una bala le alcanzó en una pierna. Era consciente de que debía de sentir dolor, pero no por eso dejó de correr como nunca lo había hecho antes. Cuando llegó a la escotilla abierta del helicóptero, sin dejar de disparar la ametralladora, escuchó al cabo primero que le gritaba:

– ¡Por Dios, señor, suba de una puñetera vez!

El cabo le ayudó a subir y el helicóptero se elevó bruscamente, escorado a estribor, lo que hizo que Nat rodara por el suelo.

– ¿Está bien? -le preguntó el piloto.

– Eso creo -jadeó Nat, tumbado sobre el cadáver de un soldado raso.

– Típico del ejército -comentó el piloto-, ni siquiera saben si están vivos. Con un poco de suerte y viento de popa -añadió-, estaremos de regreso a tiempo para el desayuno.

Nat miró el cuerpo del soldado, que unos minutos antes había estado a su lado. La familia podría asistir a su funeral, en lugar de tener que conformarse con la escueta información de que el enemigo se había encargado de enterrarlo sin ninguna ceremonia.

– Maldita sea -oyó que gritaba el piloto.

– ¿Algún problema?

– Ya lo puede decir. Estamos perdiendo combustible muy rápidamente; los muy cabrones le han dado al depósito.

– Creía que estos aparatos tenían dos depósitos.

– ¿Cuál cree que utilicé para venir hasta aquí, soldado?

El piloto dio unos golpecitos en el medidor de combustible y después comprobó el odómetro. El parpadeo de una luz roja le indicó que podría recorrer unos cincuenta kilómetros antes de verse forzado a aterrizar. Volvió la cabeza y miró a Nat, que continuaba tumbado sobre el soldado muerto.

– Tendré que buscar algún lugar donde aterrizar.

Nat miró a través de la escotilla abierta, pero lo único que se veía era la extensión de la selva.

El piloto encendió los reflectores, atento a la aparición de algún claro entre los árboles; entonces Nat sintió las sacudidas del aparato.

– Voy a bajar -anunció el piloto con la misma serenidad que había demostrado a lo largo de toda la operación-. Supongo que tendremos que postergar el desayuno.

– A la derecha -gritó Nat al ver un claro en la selva.

– Ya lo veo. -El piloto intentó que el helicóptero pusiera rumbo al claro, pero los mandos no le respondieron-. Bajamos, nos guste o no.

Los rotores giraron cada vez más lentamente hasta que se detuvieron del todo; Nat tuvo la sensación de que planeaban. Pensó en su madre y le dolió no haber respondido a su última carta y luego en su padre, quien sin duda se sentiría muy orgulloso, en Tom y su triunfo como delegado de los alumnos de primero en el consejo de Yale; ¿llegaría a ser el representante? Pensó también en Rebecca, a quien todavía amaba y seguramente continuaría amando. Mientras se aferraba a los enganches en el suelo, Nat se sintió de pronto muy joven; después de todo, solo tenía diecinueve años. Más tarde se enteraría de que el piloto, al que conocía como Blackbird Doce, solo era un año mayor que él.

En el momento en que los rotores dejaron de girar y el helicóptero planeó silenciosamente hacia los árboles, el cabo primero le dijo:

– Por si no volvemos a vernos, señor, mi nombre es Speck Foreman. Ha sido un placer conocerlo.

Se dieron las manos, como se hace al final de cualquier encuentro.


Fletcher miró la foto de Nat en la primera página del New York Times debajo del titular a toda plana: un héroe americano. Un hombre que en cuanto había recibido la carta de reclutamiento la había firmado, aunque podría haber alegado tres razones diferentes para solicitar una exención. Había ascendido a teniente y más tarde, como oficial de intendencia, había tomado el mando de una operación para rescatar a un pelotón cercado en el lado peligroso del río Dyng. Nadie parecía tener una explicación referente a qué podía estar haciendo un oficial de intendencia en un helicóptero durante una operación de combate.

Fletcher era consciente de que se pasaría el resto de su vida preguntándose cuál hubiese sido su decisión en el caso de haber recibido la carta de reclutamiento, una pregunta que solo podían responder correctamente aquellos que habían pasado por la prueba. Incluso Jimmy había reconocido que el teniente Cartwright debía de ser un hombre extraordinario.

– Si esto hubiese ocurrido una semana antes de las elecciones -le dijo a Fletcher-, quizá hubieses podido derrotar a Tom Russell; todo se reduce al momento oportuno.

– No hubiese ganado -afirmó Fletcher.

– ¿Por qué no?

– Eso es lo más extraño de todo -replicó Fletcher-. Resulta ser que es el mejor amigo de Tom.


Una formación de once helicópteros se había dedicado a buscar a los hombres desaparecidos, pero lo único que encontraron después de una semana fueron los restos de un aparato que seguramente había estallado en el momento de estrellarse contra los árboles. Habían identificado a tres cadáveres, uno de ellos el del teniente aviador Carl Mould, pero a pesar de la búsqueda en una amplia zona selvática, no encontraron ni un solo rastro del teniente Cartwright y del cabo primero Speck Foreman.

Henry Kissinger, el consejero de Seguridad Nacional, pidió a la nación que honrara la memoria de unos hombres que ejemplificaban el coraje de los soldados en el frente de batalla.

– No tendría que haber dicho que honraran la memoria -comentó Fletcher.

– ¿Por qué no? -quiso saber Jimmy.

– Porque Cartwright todavía está vivo.

– ¿Cómo puedes saberlo con tanta certeza?

– No me preguntes cómo lo sé -replicó Fletcher-, pero te aseguro que todavía está vivo.


Nat no recordaba el choque contra los árboles ni que saliera despedido del helicóptero. Cuando recuperó el conocimiento, el sol ardiente le abrasaba el rostro ensangrentado. Permaneció tumbado y se preguntó dónde estaba; luego, el recuerdo de lo ocurrido reapareció en toda su fiereza.

Durante unos momentos el hombre que ni siquiera estaba seguro de la existencia de Dios, rezó con todas sus fuerzas. Después levantó el brazo derecho. Se movió como debía moverse un brazo, así que abrió y cerró los dedos, los cinco. Bajó el brazo derecho y levantó el izquierdo. Este también obedeció la orden de su cerebro, así que movió los dedos y, una vez más, todos respondieron. Bajó el brazo y esperó. Levantó lentamente la pierna derecha y realizó el mismo ejercicio con los dedos del pie. Bajó la pierna antes de levantar la otra y entonces sintió el dolor.

Movió la cabeza a un lado y a otro y a continuación apoyó las palmas de las manos en el suelo. Rezó una vez más y luego hizo fuerza para incorporarse; se mareó en el acto. Esperó durante unos momentos hasta que los árboles dejaran de dar vueltas a su alrededor y después intentó levantarse. En cuanto lo consiguió, adelantó un pie con mucho cuidado, de la misma manera que haría un niño que comienza a caminar, y cuando no se desplomó, probó a mover el otro pie en la misma dirección. Sí, sí, sí, gracias a Dios, sí, y entonces de nuevo sintió el dolor, casi como si hasta aquel momento hubiese estado bajo los efectos de la anestesia.

Se dejó caer de rodillas y se miró la pantorrilla. El proyectil la había atravesado limpiamente. Las hormigas entraban y salían del orificio, sin preocuparse de que ese ser humano aún se consideraba vivo. Nat tardó unos minutos en quitarlas una a una, antes de vendarse la herida con la manga de la camisa. Vio que el sol comenzaba a desaparecer detrás de las colinas. Disponía de muy poco tiempo para averiguar si alguno de sus compañeros había sobrevivido.

Se levantó de nuevo y realizó una vuelta completa; solo se detuvo cuando vio una columna de humo que se elevaba entre los árboles. Caminó a la pata coja en aquella dirección y le fue imposible contener el vómito cuando se encontró con el cadáver carbonizado del joven piloto, cuyo nombre desconocía, con la casaca del uniforme colgada de una rama. Solo las barras de teniente en la solapa indicaban quién había sido. Nat se ocuparía más tarde de su sepultura, pero en esos momentos tenía que correr contra el sol. Entonces escuchó un gemido.

– ¿Dónde está? -gritó. El gemido se repitió un poco más fuerte. Nat se volvió. El corpachón del cabo primero Foreman estaba enganchado en unas ramas, a poco más de un metro por encima de los restos del helicóptero. Cuando tendió las manos para sujetar al herido, los gemidos subieron de volumen-. ¿Puede escucharme? -El hombre abrió y cerró los ojos mientras Nat lo bajaba hasta el suelo-. No se preocupe, lo llevaré de regreso a casa -se oyó decir a sí mismo como un héroe de tebeo.

Nat cogió la brújula del cinto del cabo Foreman, miró la posición del sol y fue entonces cuando vio un objeto en un árbol. Sería fantástico si encontraba la manera de recuperarlo. Caminó lentamente hasta el árbol. Comenzó a saltar con la pierna sana hasta que consiguió sujetar la rama y la sacudió con la intención de que se desprendiera de su carga. Ya estaba a punto de renunciar al esfuerzo cuando se movió unos centímetros. Sacudió la rama con renovados bríos; se movió un poco más y súbitamente, sin previo aviso, cayó sin más. Hubiese caído directamente sobre la cabeza de Nat de no haberse él apartado con presteza, a la vista de que no podía saltar.

Nat descansó unos momentos; luego, movió poco a poco al cabo Foreman y lo colocó en la camilla. Después se sentó en el suelo y contempló cómo el sol desaparecía detrás del árbol más alto, tras completar su tarea del día en aquella zona del planeta.

Había leído en alguna parte sobre una madre que consiguió mantener vivo a su hijo después de un accidente de tráfico, gracias a que estuvo hablándole toda la noche. Nat le habló al cabo Foreman durante toda la noche.


Fletcher leyó, dominado por la incredulidad más absoluta, cómo con la ayuda de los campesinos, el teniente Nat Cartwright había transportado la camilla de aldea en aldea en un recorrido de trescientos treinta y siete kilómetros y había visto salir y ponerse el sol diecisiete veces antes de llegar a las afueras de la ciudad de Saigón, donde los dos hombres fueron trasladados al hospital de campaña más cercano.

El cabo primero Speck Foreman murió tres días más tarde, sin llegar a saber el nombre del teniente que lo había rescatado y que entonces luchaba por salvar su propia vida.

Fletcher buscó todas las noticias que mencionaban al teniente Cartwright, con la más absoluta seguridad de que viviría.

Una semana más tarde trasladaron a Nat por vía aérea al campamento Zama en Japón, donde fue sometido a una intervención quirúrgica que le salvó la pierna. Al mes lo trasladaron al centro médico Walter Reed en la ciudad de Washington para completar la recuperación.

La siguiente vez que Fletcher vio a Nat Cartwright fue en la primera plana del New York Times. Aparecía estrechando la mano del presidente Johnson en la rosaleda de la Casa Blanca.

Le habían otorgado la medalla al honor.


15

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Michael y Susan Cartwright se quedaron anonadados con su visita a la Casa Blanca para presenciar la ceremonia en la rosaleda durante la cual su único hijo recibió la medalla al honor. Después de la ceremonia, el presidente Johnson escuchó atentamente al padre de Nat, que le explicó los problemas a los que se enfrentarían los norteamericanos si todos vivían hasta los noventa sin contar con un seguro de vida. «Durante el siglo venidero, los norteamericanos vivirán jubilados el mismo tiempo que ahora dedican al trabajo», fueron las palabras que Lyndon B. Johnson repitió a los miembros de su gabinete a la mañana siguiente.

En el viaje de regreso a Cromwell, la madre de Nat le preguntó cuáles eran sus planes para el futuro.

– No estoy muy seguro, porque es algo que no depende de mí -le respondió él-. Tengo órdenes de presentarme el lunes en Fort Benning. Entonces sabré qué es lo que el coronel Tremlett me tiene preparado.

– Otro año desperdiciado -se lamentó su madre.

– Fortalecerá su carácter -manifestó el padre, rebosante de entusiasmo después de su larga charla con el presidente.

– No creo que a Nat le haga mucha falta -replicó la madre.

Nat sonrió mientras miraba a través de la ventanilla el paisaje de Connecticut. Durante los diecisiete días con sus correspondientes noches que había arrastrado la camilla casi sin comer ni dormir, se había preguntado si alguna vez vería de nuevo su tierra natal. Pensó en las palabras de su madre y estuvo de acuerdo con ella. Le enfurecía la idea de desperdiciar otro año sin hacer otra cosa que rellenar formularios y saludar a sus superiores mientras preparaba a su sustituto. Los jefes habían dejado claro que no le permitirían regresar a Vietnam y arriesgar así la vida de uno de los grandes héroes norteamericanos.

Aquella noche mientras cenaban su padre, después de repetir varias veces la conversación que había mantenido con el presidente, le pidió a Nat que les contara más cosas de Vietnam.

Nat dedicó más de una hora a describirles Saigón, el campo y sus pobladores, sin hacer casi ninguna referencia a su trabajo como oficial de intendencia.

– Los vietnamitas son personas amistosas y muy trabajadoras -les dijo a sus padres-. Parecen sinceros cuando dicen que les gusta tenernos allí, pero nadie, ni aquí ni allá, cree que podamos quedarnos para siempre. Mucho me temo que la historia considere todo el episodio como algo inútil y que en cuanto se acabe se borrará rápidamente de la memoria nacional. -Miró a su padre-. Al menos tu guerra tenía un sentido.

La madre asintió y Nat se sorprendió al ver que su padre no le respondía inmediatamente con una opinión contraria.

– ¿Hay alguna cosa que te llamara especialmente la atención y que guardas en tus recuerdos? -le preguntó su madre, en la ilusión de que su hijo le hablaría de su experiencia en el frente.

– Sí. La desigualdad entre los hombres.

– Estamos haciendo todo lo posible para ayudar a los vietnamitas.

– No me refiero al pueblo vietnamita, papá. Hablo de aquello que Kennedy describió como «mis compañeros norteamericanos».

– ¿Mis compañeros norteamericanos? -repitió la madre.

– Sí, porque lo que nunca olvidaré es el trato que damos a las minorías, sobre todo a los negros. La mayoría de los soldados en el campo de batalla son negros por la única y sencilla razón de que no pueden permitirse contratar a un buen abogado que les diga cómo librarse del reclutamiento.

– Tu mejor amigo…

– Lo sé -dijo Nat-, y me alegra que Tom pidiera una prórroga, porque bien podría haber corrido la misma suerte de Dick Tyler.

– O sea, que te arrepientes de tu decisión -afirmó su madre en voz baja.

Nat se tomó unos momentos antes de responder.

– No, pero muy a menudo pienso en Speck Foreman, en su esposa y sus tres hijos en Alabama; me pregunto para qué sirvió su muerte.


Nat se levantó temprano a la mañana siguiente para coger el primer tren con destino a Fort Benning. Miró la hora cuando el tren entró en la estación de Columbus. Todavía disponía de una hora antes de su cita con el coronel, así que decidió recorrer a pie los poco más de tres kilómetros que había hasta la academia. Mientras caminaba, el verse obligado a responder a los saludos de cualquiera por debajo del rango de capitán le recordó que se encontraba en una ciudad cuya vida se desarrollaba alrededor de la guarnición. Algunas personas le sonrieron al ver la medalla al honor, como si se hubiesen cruzado con una estrella deportiva.

Se presentó en la antesala del despacho del coronel Tremlett quince minutos antes de la hora convenida.

– Buenos días, capitán Cartwright -le saludó un ayudante de campo, todavía más joven que él-. El coronel me dijo que le hiciera pasar en cuanto llegara.

Nat entró en el despacho del coronel y se cuadró para saludarlo militarmente. Tremlett se levantó en el acto y se acercó para abrazarlo con grandes muestras de afecto. El ayudante de campo no disimuló su sorpresa porque hasta entonces había creído que solo los oficiales franceses se saludaban de esa guisa. El coronel le señaló una silla a Nat, y luego volvió a su asiento. Abrió un grueso expediente que estaba encima de la mesa y echó una ojeada a varias páginas.

– ¿Tiene alguna idea de lo que quiere hacer durante el año que viene, Nat?

– No, señor, pero a la vista de que no se me permite que vuelva a Vietnam, estoy más que dispuesto a aceptar su oferta anterior y permanecer en la academia para ayudarle con los nuevos alumnos.

– Ese trabajo ha sido asignado a otro -dijo Tremlett-; ya no tengo muy claro de que a largo plazo fuese lo más conveniente para usted.

– ¿Ha pensado en alguna otra cosa, señor?

– Ahora que lo menciona, así es -admitió el coronel-. En cuanto me confirmaron que regresaba a casa, llamé a los mejores abogados de la academia para que me aconsejaran. Por norma, desprecio a los abogados, unos tipejos que solo libran sus batallas en los juzgados, pero debo reconocer que en esta ocasión a uno de ellos se le ha ocurrido un plan verdaderamente genial. -Nat no hizo comentario alguno, porque quería saber cuanto antes qué se traía el coronel entre manos-. Las normas y los reglamentos se pueden interpretar de muchas maneras. ¿Cómo si no podrían los abogados conservar su trabajo? -comentó-. Hace un año, usted firmó el reclutamiento y después de recibir sus galones lo enviaron a Vietnam, donde, gracias a Dios, demostró que me había equivocado.

Nat quería decirle al coronel que dejara de andarse por las ramas, pero se contuvo.

– Por cierto, Nat, me he olvidado de preguntarle si le apetece un café.

– No, muchas gracias, señor -contestó Nat, que hizo todo lo posible por no mostrarse impaciente.

– Pues creo que yo me tomaré uno. -El coronel sonrió, mientras cogía el teléfono-. Prepáreme un café, Dan, y también un par de donuts. -Miró a Nat-. ¿Está seguro de que no cambiará de opinión?

– Se lo está pasando en grande, ¿no es así, coronel? -replicó Nat, con otra sonrisa.

– Para serle sincero, sí. Verá, me ha costado varias semanas conseguir que Washington aceptara mi propuesta y por tanto espero que me perdone si me divierto durante unos minutos más.

Nat mostró una expresión resignada y se acomodó en la silla.

– Por lo que se ve, hay muchas puertas abiertas a su disposición, aunque desde mi punto de vista casi todas ellas son una pérdida de tiempo. Podría, por ejemplo, solicitar la baja por las heridas en el campo de batalla. Si siguiésemos por ese camino, se le concedería una pequeña pensión y se podría marchar de aquí dentro de unos seis meses; después de sus servicios como oficial de intendencia no es necesario que le diga lo lento que es el papeleo. También podría, por supuesto, acabar su período de servicio aquí mismo, en la academia, pero la verdad sea dicha, ¿quiero a un lisiado a mi servicio? -preguntó el coronel, muy complacido consigo mismo, cuando el ayudante de campo entró en el despacho con una cafetera y dos tazas-. Por otro lado, podría aceptar un destino en un entorno mucho más agradable, pongamos Honolulú, aunque supongo que no necesita ir hasta allí para conseguirse a una bailarina. Sin embargo, por lo que se ve cualquier oferta solo serviría para que continúe dando taconazos durante otro año. Así que ahora me veo en la necesidad de formularle una pregunta, Nat. ¿Qué tiene planeado hacer, después de terminar los dos años de servicio?

– Volver a la universidad, señor, y continuar con mis estudios.

– Esa es exactamente la respuesta que esperaba -afirmó el coronel-, así que eso es justo lo que hará.

– El nuevo curso comienza la semana que viene -le recordó Nat-; usted mismo ha dicho que el papeleo tardará como…

– A menos que quiera firmar por otros seis años. Entonces verá cómo el papeleo se soluciona con una rapidez sorprendente.

– ¿Firmar por otros seis años? -repitió Nat, dominado por la incredulidad más absoluta-. Confiaba en abandonar el ejército, no en quedarme.

– Se marchará -replicó el coronel-, pero solo si firma por otros seis años. Verá, con sus calificaciones, Nat -añadió mientras se levantaba para pasearse por el despacho-, puede solicitar inmediatamente el ingreso en cualquier clase de estudios superiores; lo que es más, el ejército se los pagará.

– Ya tengo una beca -le recordó Nat a su comandante.

– Soy muy consciente de ello, está todo aquí -dijo el coronel y le señaló el expediente abierto-. Pero la universidad no le ofrece además la paga de capitán.

– ¿Me pagarán por ir a la universidad?

– Sí, recibirá la paga íntegra de capitán, además de una asignación por servicios en ultramar.

– ¿Servicios en ultramar? No pienso solicitar una plaza en la universidad de Vietnam. Quiero ir a Connecticut y después a Yale.

– Es lo que hará, porque la reglamentación estipula que si, y solo si, ha servido en el extranjero, en una zona de combate, y, cito textualmente -el coronel buscó la página en el expediente-, «entonces la solicitud para cursar estudios superiores recibirá el mismo trato que el de su último destino». He decidido que los abogados son merecedores de mi estimación -añadió-, porque aunque no se lo crea, han dado con algo todavía mejor. -Tremlett bebió un trago de café mientras Nat permanecía en silencio-. No solo recibirá la paga completa de capitán y la asignación por servicios en el extranjero, sino que debido a su herida, al final de los seis años, pasará automáticamente a la reserva y estará en condiciones de solicitar la pensión de capitán.

– ¿Cómo consiguieron colarle algo así al Congreso? -preguntó Nat.

– Supongo que nunca se les ocurrió pensar que alguien podría entrar en las cuatro categorías al mismo tiempo -contestó el coronel.

– En alguna parte tiene que estar la trampa.

– Sí, hay una -comentó el comandante con una expresión seria-, porque incluso el Congreso tiene que protegerse la retaguardia. -Nat esperó a que se la dijera-. En primer lugar, tendrá que presentarse en Fort Benning todos los años para dos semanas de entrenamiento intensivo.

– Eso es algo que me encanta -afirmó Nat.

– Luego, cuando pasen los seis años -continuó el coronel sin hacer caso de la interrupción-, permanecerá en la lista de servicio activo hasta que cumpla los cuarenta y cinco años, así que si hay alguna otra guerra, podrían llamarle a filas.

– ¿Eso es todo? -preguntó Nat, incrédulo.

– Eso es todo -le confirmó el coronel.

– ¿Qué tengo que hacer ahora?

– Firmar los seis documentos que han redactado los abogados; después le enviaremos de vuelta a la Universidad de Connecticut de aquí a una semana. Por cierto, ya he hablado con el secretario y me ha dicho que le esperan para las clases del lunes. Me pidió que le comunicara que la primera clase es a las nueve de la mañana. A mí me parece un poco tarde.

– Usted ya sabía cuál sería mi respuesta, ¿no es así, señor?

– Debo reconocer que me pareció que lo consideraría una alternativa mejor a la de tener que prepararme el café durante los próximos doce meses. ¿Está seguro de que no quiere acompañarme? -preguntó el coronel, mientras se servía una segunda taza.


– ¿Aceptas a esta mujer como tu legítima esposa? -preguntó el obispo de Connecticut.

– Sí -respondió Jimmy.

– ¿Aceptas a este hombre como tu legítimo esposo?

– Sí -contestó Joanna.

– ¿Aceptas a esta mujer como tu legítima esposa? -repitió el obispo.

– Sí -respondió Fletcher.

– ¿Aceptas a este hombre como tu legítimo esposo?

– Sí -contestó Annie.

Los casamientos dobles eran un acontecimiento muy poco frecuente en Hartford y el obispo declaró que eran los primeros que había oficiado.

El senador Gates ocupaba el primer lugar en la fila de la recepción y le dedicaba una sonrisa a cada uno de los invitados que llegaba. Los conocía a casi todos ellos. Después de todo, eran sus dos hijos quienes se casaban el mismo día.

– ¿Quién hubiese dicho que Jimmy acabaría casándose con la chica más brillante de su clase? -comentaba Harry, con orgullo.

– ¿Por qué no? -replicó Martha-. Tú lo hiciste y no te olvides de que, gracias a Joanna, consiguió acabar cum laude.

– Cortaremos la tarta en el momento en que todos estén sentados a la mesa -anunció el jefe del comedor-. Necesito que los recién casados se coloquen delante y los padres detrás de la tarta cuando se hagan las fotos.

– No tendrá que preocuparse de mi marido -le dijo Martha Gates-. En cuanto aparezca la primera cámara, Harry estará delante en menos que canta un gallo; es deformación profesional.

– Una verdad como un templo -admitió el senador. Se volvió hacia Ruth Davenport, quien miraba con expresión pensativa a su nuera.

– Hay momentos en los que me pregunto si ambos no son demasiado jóvenes.

– Tienen veinte años -afirmó el senador-. Martha y yo nos casamos cuando ella tenía la misma edad.

– Pero Annie aún no ha terminado la carrera.

– ¿Importa mucho eso? Han estado juntos durante los últimos seis años. -El senador se volvió para saludar a un nuevo invitado.

– Algunas veces desearía… -comenzó Ruth.

– ¿Qué es lo que algunas veces deseas? -le preguntó Robert, que se encontraba junto a su esposa.

Ruth se giró para que el senador no oyera su respuesta.

– Nadie quiere a Annie más que yo, pero algunas veces lamento que… -titubeó- no hubiesen salido más con otros chicos y chicas.

– Fletcher conoce a muchísimas chicas, pero sencillamente no ha querido salir con ninguna. -Robert se mantuvo callado mientras el camarero le llenaba de nuevo la copa de champán-. Por cierto, ¿cuántas veces he ido contigo de compras, para que después acabaras comprando el primer vestido que te habías probado?

– Eso es algo que no me impidió considerar a otros hombres antes de que me decidiera por ti -le recordó Ruth.

– Sí, pero aquello fue diferente, porque ninguno de ellos te quería.

– Robert Davenport, te diré que…

– Ruth, ¿has olvidado cuántas veces te pedí que te casaras conmigo antes de que me aceptaras? Incluso traté de dejarte embarazada.

– Nunca me lo dijiste -exclamó Ruth, con una mirada de sorpresa.

– Es evidente que has olvidado los años que pasaron antes de que naciera Fletcher.

Ruth volvió a mirar de nuevo a su nuera.

– Confiemos en que ella no tenga que enfrentarse al mismo problema.

– No hay ningún motivo para suponerlo. No es Fletcher quien dará a luz. Yo diría que Fletcher, como yo, nunca volverá a mirar a otra mujer durante el resto de su vida.

– ¿Nunca has vuelto a mirar a otra mujer desde que nos casamos? -le preguntó Ruth después de estrechar las manos de otros dos invitados.

– No -contestó Robert antes de beber otro trago de champán-. Me he acostado con varias, pero nunca las miré.

– Robert, ¿cuánto has bebido?

– No he contado las copas -admitió Robert, mientras Jimmy se apartaba de la fila.

– ¿De qué se ríen ustedes dos, señor Davenport?

– Le hablaba a Ruth de mis muchas conquistas, pero se niega a creerme. Dime una cosa, Jimmy, ¿a qué te dedicarás cuando te gradúes?

– Me uniré a Fletcher para estudiar derecho. Es probable que no me resulte algo sencillo, pero con su hijo para que me saque adelante durante el día y Joanna por la noche, quizá lo consiga. Seguramente están muy orgullosos de él.

– Magna cum laude y representante del claustro de estudiantes -manifestó Robert-. Claro que lo estamos. -Levantó la copa vacía para que el camarero la volviera a llenar.

– Estás borracho -le reprochó Ruth, divertida.

– Como siempre, querida, tienes toda la razón, pero eso no impedirá que me sienta tremendamente orgulloso de mi único hijo.

– Pues nunca hubiese llegado a representante estudiantil sin la colaboración de Jimmy -afirmó Ruth rotundamente.

– Es muy amable de su parte decirlo, señora Davenport, pero no olvide que Fletcher obtuvo una victoria aplastante.

– Así es, pero solo después de que tú convencieras a Tom… como se llame, que debía retirarse y respaldar a Fletcher.

– Quizá fue una ayuda. Así y todo, Fletcher fue quien propuso los cambios que afectarán a las futuras generaciones de estudiantes de Yale -dijo Jimmy. Annie se reunió con ellos-. Hola, hermanita.

– Cuando sea presidenta de la General Motors, ¿continuarás llamándome de esa manera tan absurda?

– Claro que sí, y lo que es más, nunca volveré a conducir un Cadillac.

Annie estaba a punto de golpearlo, cuando el jefe de comedor les anunció que había llegado el momento de cortar la tarta.

Ruth cogió a su nuera por el talle.

– No hagas el más mínimo caso de tu hermano -le dijo-, porque en cuanto acabes la carrera, le habrás puesto en su lugar.

– No tengo nada que demostrarle a mi hermano -replicó Annie-. Es su hijo quien siempre ha marcado el paso.

– Creo que también podrás ganarle a él -afirmó Ruth.

– No estoy muy segura de querer hacerlo -opinó Annie-. Dice que quiere dedicarse a la política en cuanto sea abogado.

– Eso no tendría que impedirte acabar tus estudios universitarios.

– No, pero tampoco soy tan orgullosa como para no hacer los sacrificios que sean si con ello le ayudo a realizar sus ambiciones.

– Tienes todo el derecho a tener tu propia profesión -proclamó Ruth.

– ¿Por qué? ¿Porque de pronto se ha puesto de moda? Quizá no soy como Joanna -señaló la joven mientras miraba a su cuñada-. Sé lo que quiero, Ruth, y haré todo lo que sea necesario para conseguirlo.

– ¿Qué es lo que deseas? -le preguntó Ruth en voz baja.

– Apoyar al hombre que amo durante el resto de mi vida, criar a sus hijos, disfrutar con sus éxitos, y a la vista de todas las presiones de los setenta, eso puede resultar mucho más duro que obtener un magna cum laude de Vassar -dijo Annie mientras cogía el cuchillo de plata con el mango de marfil-. Sospecho que celebraremos muchas menos bodas de oro en el siglo veintiuno que en este.

– Eres un hombre afortunado, Fletcher -le comentó su madre en el momento que Annie empezaba a cortar la tarta.

– Lo sé incluso desde antes de que le quitaran el aparato de ortodoncia -afirmó Fletcher.

Annie le pasó el cuchillo a Joanna.

– Pide un deseo -le susurró Jimmy.

– Ya lo he hecho, pipiolo -replicó ella-, y lo que es más: se me ha concedido.

– Ah, ¿te refieres al privilegio de casarte conmigo?

– Dios bendito, no, es muchísimo más importante que eso.

– ¿Qué puede haber que sea más importante?

– Vamos a tener un hijo.

Jimmy abrazó a su esposa.

– ¿Cuándo sucedió?

– No sé el momento exacto, pero dejé de tomar la píldora en cuanto me convencí de que te licenciarías.

– Eso es maravilloso. Venga, vamos a compartir la noticia con nuestros invitados.

– Si les dices una sola palabra, te clavaré el cuchillo a ti en lugar de cortar la tarta. Siempre he sabido que sería un error casarme con un pipiolo pelirrojo.

– Estoy seguro de que el bebé será pelirrojo.

– No estés tan seguro, jovenzuelo, porque si se lo dices a alguien, declararé no saber quién es el padre.

– Damas y caballeros -gritó Jimmy, mientras su esposa levantaba el cuchillo-, quiero comunicarles algo. -El silencio se impuso en la sala-. Joanna y yo vamos a tener un bebé.

El silencio se prolongó una fracción de segundo y luego los quinientos invitados comenzaron a aplaudir con entusiasmo.

– Estás muerto, pipiolo -afirmó Joanna y clavó el cuchillo en la tarta.

– Lo supe desde el momento en que te conocí, señora Gates, pero creo que debemos tener por lo menos tres hijos antes de que me mates.

– Bueno, senador, está usted camino de convertirse en abuelo -comentó Ruth-. Le felicito. No veo la hora de ser abuela, aunque sospecho que pasará algún tiempo antes de que Annie tenga su primer hijo.

– Estoy seguro de que ni siquiera pensará en el tema hasta que acabe los estudios -respondió Harry Gates-, sobre todo cuando se enteren de lo que tengo pensado para Fletcher.

– ¿No podría ocurrir que Fletcher no quiera seguir sus planes? -indicó Ruth.

– No mientras Jimmy y yo consigamos hacerle sentir desde el primer momento que ha sido idea suya.

– ¿No cree que en estos momentos quizá ya sepa qué se trae usted entre manos?

– Ha sido capaz de hacerlo desde el día que le conocí en el partido de Hotchkiss contra Taft hace casi diez años. En aquel momento tuve claro que él sería capaz de poner el listón mucho más alto que yo. -El senador rodeó la cintura de Ruth con el brazo-. Sin embargo, hay un problema y quizá pueda necesitar su ayuda.

– ¿De qué se trata?

– No creo que Fletcher haya decidido todavía si es demócrata o republicano, y sé la opinión de su marido…

– ¿No es una noticia maravillosa que Joanna esté embarazada? -le dijo Fletcher a su suegra.

– Desde luego que sí -admitió Martha-. Harry ya está contando la renta de votos que tendrá en cuanto se convierta en abuelo.

– ¿Por qué cree que ganará votos?

– Las personas de la tercera edad son el sector del electorado que más crece, así que puede representar un porcentaje de un punto el que vean a Harry pasear a su nieto en el cochecito.

– Si Annie y yo tenemos un hijo, ¿también representará un punto más?

– No, no, todo es cuestión del momento oportuno. Recuerda que Harry se presentará a la reelección dentro de dos años.

– ¿No cree que podríamos planear el nacimiento de nuestro hijo para que coincida con la fecha de las elecciones?

– Te sorprendería saber cuántos políticos lo hacen -replicó Martha.

– Enhorabuena, Joanna -dijo el senador y abrazó a su nuera.

– ¿Cree que su hijo será alguna vez capaz de guardar un secreto? -le susurró ella mientras sacaba el cuchillo de la tarta.

– No lo hará si así consigue hacer felices a sus amigos -admitió el senador-, pero si creyera que podría dañar a alguien que quiere, se llevaría el secreto a la tumba.


16

<p id="_Toc320818459">16</p>

El profesor Karl Abrahams entró en el aula cuando el reloj marcaba las nueve en punto. El profesor daba ocho conferencias por semestre y se decía que nunca había faltado a ninguna en treinta y siete años. Muchos otros comentarios referentes a Karl Abrahams no tenían ningún fundamento, así que él los descartaba como rumores y, por tanto, inadmisibles.

Sin embargo, dichos comentarios habían persistido hasta convertirse en parte de la leyenda del personaje. No había ninguna duda de que poseía un ingenio sardónico, como bien podían testimoniar los alumnos que habían sido sus víctimas. Si era verdad que tres presidentes lo habían invitado a formar parte del Tribunal Supremo solo los tres dirigentes lo sabían. No obstante, había constancia de que al responder a una pregunta sobre este tema, Abrahams había manifestado que el mejor servicio que podía dar a la nación era formar a la siguiente generación de abogados y conseguir que fuesen honrados y sinceros, más que ocuparse de arreglar los desaguisados cometidos por tantos malos letrados.

El Washington Post, en una nota biográfica no autorizada, señalaba que Abrahams había sido profesor de dos jueces del actual Tribunal Supremo, veintidós jueces federales y varios de los decanos de las principales facultades de derecho.

Cuando Fletcher y Jimmy asistieron a la primera de las ocho conferencias de Abrahams, no se habían llevado a engaño respecto al duro trabajo que tenían por delante. Así y todo, Fletcher creía que durante su último año de estudios había dedicado horas más que suficientes, y en muchas ocasiones se había ido a dormir bien pasada la medianoche. Al profesor Abrahams le llevó alrededor de una semana habituarle a trabajar en las horas que antes dedicaba al sueño.

El profesor Abrahams recordaba constantemente a sus alumnos de primero que no todos asistirían a su última conferencia dirigida a los licenciados en derecho al final del curso. Jimmy agachó la cabeza. Fletcher comenzó a dedicar tantas horas al trabajo de documentación que Annie casi nunca lo veía antes de que las puertas de la biblioteca estuvieran cerradas a cal y canto. Jimmy a veces se marchaba un poco antes para estar con Joanna, pero casi nunca lo hacía sin cargar con varios libros. Fletcher le comentó a Annie que nunca había visto a su cuñado trabajar tanto.

– No lo tendrá nada fácil cuando nazca el bebé -le recordó Annie a su marido uno de los días en que fue a buscarlo a la biblioteca.

– Joanna lo ha organizado de manera que el bebé nazca durante las vacaciones y así volver al trabajo cuando comience el curso.

– No quiero que nuestro hijo crezca de esa manera -le comentó Annie-. Quiero criar a mis hijos en nuestra casa; que tengan una madre dedicada exclusivamente a ellos y un padre que regrese del trabajo lo bastante temprano como para leerles un cuento antes de que se vayan a la cama.

– Por mí de acuerdo -dijo Fletcher-. Pero si cambias de opinión y decides llegar a dirigir la General Motors, no tendré el menor inconveniente en cambiarles los pañales.


Lo primero que sorprendió a Nat cuando regresó a la universidad fue lo inmaduros que parecían sus antiguos compañeros. Tenía créditos suficientes para pasar a segundo curso, pero los estudiantes que había frecuentado antes de alistarse seguían interesados por los grupos musicales o las estrellas de cine que estaban de moda; él ni siquiera había escuchado a los Doors. Hasta que no asistió a la primera clase no comprendió del todo lo mucho que la experiencia de Vietnam había cambiado su vida.

También se dio cuenta de que sus compañeros no lo trataban como si fuese uno de ellos y que algunos de los profesores se mostraban un tanto impresionados. Nat disfrutaba del respeto que le otorgaban, pero descubrió muy pronto que no siempre lo miraban con buenos ojos. Discutió el tema con Tom durante las vacaciones de Navidad y su amigo le dijo que era hasta cierto punto lógico que algunos le vieran con cierto recelo: después de todo, creían que él había matado por lo menos a un centenar de soldados del Vietcong.

– ¿Por lo menos un centenar? -repitió Nat.

– Mientras que otros han leído artículos sobre el trato que las mujeres vietnamitas les dispensan a nuestros soldados.

– Pues no he sido yo uno de los afortunados; de no haber sido por Mollie, me hubiese mantenido célibe.

– Mi consejo es que no les saques del error -afirmó Tom-, porque no dudo que los hombres te envidian y las mujeres se sienten intrigadas. Lo que menos te interesa es que descubran que eres un ciudadano respetuoso de las leyes como cualquier otro.

– Algunas veces me gustaría que recordaran que yo también tengo diecinueve años -replicó Nat.

– El problema es que el capitán Cartwright, distinguido con la medalla al honor, no da la impresión de tener diecinueve años; además, mucho me temo que la cojera es un recuerdo permanente.

Nat siguió el consejo de su amigo y decidió consumir sus energías en el aula, el gimnasio y las carreras campo a través. Los médicos le habían advertido que tardaría por lo menos un año en estar en condiciones de correr, si es que llegaba a poder hacerlo. Después de tan pesimista pronóstico, nunca dedicó menos de una hora al día a ejercitarse en el gimnasio: trepaba por las cuerdas, hacía pesas y de cuando en cuando jugaba un partido de paddle. Para finales del primer semestre ya podía recorrer la pista a buen paso, aunque tardaba una hora y veinte minutos en cubrir los nueve kilómetros. Miró su viejo horario de entrenamiento y vio que su marca cuando estaba en primero aún se mantenía en treinta y cuatro minutos dieciocho segundos. Se prometió a sí mismo que la batiría antes de acabar el segundo curso.

Otro problema al que se enfrentó Nat fue la respuesta que escuchaba cada vez que quería salir con una chica. Algunas solo pretendían acostarse con él en el acto, mientras que otras lo rechazaban de mala manera. Tom le había advertido que llevárselo a la cama era algo así como un trofeo que se disputaban muchas estudiantes y Nat no tardó mucho en descubrir que había algunas que se jactaban falsamente de haberlo conseguido.

– La fama tiene sus desventajas -comentó Nat.

– Si quieres cambiamos -le replicó Tom.

La única excepción resultó ser Rebecca, quien dejó claro desde el día que Nat regresó al campus que deseaba una segunda oportunidad. Nat se mostró algo escéptico en el tema de reavivar la vieja llama y llegó a la conclusión de que si querían reanudar la relación, tendría que ser poco a poco. Rebecca, en cambio, tenía otros planes.

Después de la segunda cita, lo invitó a su habitación para tomar un café e intentó desnudarlo apenas cerró la puerta. Nat se apartó y lo único que se le ocurrió dar como excusa fue que al día siguiente tenía programada una carrera. Rebecca no se dio por vencida y cuando reapareció unos minutos más tarde con dos tazas de café, llevaba como única prenda un camisón casi transparente. Nat comprendió de pronto que no sentía nada por ella, así que se bebió el café de un trago y volvió a decirle que necesitaba irse a dormir temprano.

– En el pasado los entrenamientos no te preocupaban en lo más mínimo -se burló Rebecca.

– Entonces tenía un buen par de piernas -le replicó Nat.

– Quizá lo que ocurre es que ya no estoy a tu altura -señaló Rebecca-, ahora que todo el mundo te considera un héroe.

– No tiene nada que ver con eso. Solo…

– Solo es que Ralph acertó contigo desde el primer momento.

– ¿Qué quieres decir? -le preguntó Nat vivamente.

– Que sencillamente eres inferior a él. -Rebecca guardó silencio un momento-. Dentro o fuera de la cama.

Nat iba a responderle, pero decidió que no valía la pena. Se marchó sin decir palabra. Más tarde, mientras estaba en la cama, se dio cuenta de que Rebecca, como muchas otras cosas, formaba parte de su pasado.

Uno de los descubrimientos más sorprendentes que hizo Nat a su regreso a la universidad fue ver el número de condiscípulos que le presionaban para que fuese el rival de Elliot en las elecciones para representante del claustro de estudiantes. Pero Nat dejó bien claro que no tenía el menor interés en presentarse a unas elecciones cuando todavía necesitaba hacer grandes esfuerzos para recuperar el tiempo perdido.

Cuando regresó a casa al final de su segundo curso, Nat le comentó a su padre que estaba tan satisfecho con que su tiempo en la carrera de campo a través hubiera bajado de una hora como por haber terminado el curso entre los seis primeros de la clase.


Nat y Tom viajaron a Europa durante el verano. Nat descubrió que una de las muchas ventajas del sueldo de capitán era que le permitía acompañar a su amigo íntimo sin tener la sensación de que no podía permitirse ese lujo.

La primera escala fue Londres, donde presenciaron el desfile de la guardia por Whitehall. Nat se dijo a sí mismo que hubiesen sido una fuerza formidable en Vietnam. En París, pasearon por los Campos Elíseos y lamentaron tener que recurrir al diccionario cada vez que veían a una mujer hermosa. Luego viajaron a Roma, donde en los pequeños restaurantes de callejuelas perdidas descubrieron el verdadero sabor de la pasta; juraron que nunca más volverían a comer en un McDonald’s.

Pero hasta que no llegaron a Venecia Nat no cayó rendido del todo; en un santiamén se convirtió en un joven promiscuo y sus gustos iban desde los desnudos a las vírgenes. Todo comenzó con Da Vinci, seguido por Bellini y luego Luini. Tal era la intensidad de su emoción que Tom estuvo de acuerdo en que pasarían algunos días más en Italia y que añadirían Florencia a su itinerario. En cada esquina se encontraba con una nueva amante: Miguel Ángel, Caravaggio, Canaletto, Tintoretto. Prácticamente cualquiera con una o al final del apellido era digno de figurar en el harén de Nat.


El profesor Karl Abrahams llegó puntualmente para dar su quinta clase del semestre y miró a los alumnos que llenaban el aula.

Comenzó la clase sin un libro, una carpeta o siquiera una nota delante, mientras les explicaba el caso de Carter contra Amalgamated Steel, que hizo historia.

– El señor Carter -comenzó el profesor- perdió un brazo en un accidente laboral en mil novecientos veintitrés y fue despedido sin recibir ni un céntimo como indemnización. Estaba incapacitado para buscar un nuevo empleo en su ramo, dado que ninguna otra siderúrgica le hubiera dado trabajo a un hombre manco, y cuando no le aceptaron para trabajar como portero en un hotel local, comprendió que no volvería a trabajar nunca más. La ley de indemnizaciones laborales no se aprobó hasta mil novecientos veintisiete, así que el señor Carter decidió dar el paso nada habitual y casi desconocido en aquel entonces de demandar a sus patronos. No podía permitirse contratar a un abogado, eso es algo que no ha cambiado con los años, pero un joven estudiante de derecho, que consideraba que el señor Carter no había recibido la indemnización que se merecía, se ofreció voluntario para representarlo en el juzgado. Ganó el caso y Carter fue indemnizado con cien dólares, una cantidad que seguramente ustedes considerarán como mínimo exigua para la lesión sufrida. No obstante, la actuación de estos dos hombres fue la responsable de que se modificara la ley. Confiemos en que alguno de ustedes pueda hacer en algún momento futuro que se modifique una ley para reparar una injusticia. Un inciso: el joven abogado se llamaba Theo Rampleiri. Se libró por los pelos de que no le echaran de la facultad por dedicar tanto tiempo al caso Carter. Más tarde, años después, fue designado como miembro del Tribunal Supremo.

Abrahams se calló un momento y frunció el entrecejo.

– El año pasado la General Motors le pagó al señor Cameron cinco millones de dólares por la pérdida de una pierna. Esto a pesar de que la empresa demostró que la lesión se había debido a la negligencia del señor Cameron. -Abrahams les explicó paso a paso el juicio, antes de añadir-: La ley es muy a menudo, como el señor Charles Dickens deseaba hacernos creer, una bestia, y quizá todavía más importante, indiscriminadamente imperfecta. No tengo palabras para el abogado que solo busca la manera de saltarse las leyes, sobre todo cuando saben exactamente qué pretendían el Senado y el Congreso cuando las aprobaron. Habrá aquellos entre vosotros que olvidarán estas palabras en cuanto entren en alguna ilustre firma de abogados, cuyo único interés es ganar como sea. Pero habrá otros, quizá no muchos, que recordarán las palabras de Lincoln: «Que se haga justicia».

Fletcher dejó de tomar apuntes por un momento y miró a su profesor.

– Para la clase siguiente -dijo Abrahams-, espero que hayan buscado los cinco casos que siguieron al de Carter contra Amalgamated Steel, hasta Demetri contra Demetri, todos los cuales dieron pie a modificaciones en la ley. Podrán trabajar en parejas, pero las parejas no se podrán consultar entre ellas. Espero que haya quedado claro. -El reloj marcó las once-. Buenos días, damas y caballeros.

Fletcher y Jimmy compartieron el trabajo de buscar documentación de los casos y para el final de la semana, habían encontrado tres que eran relevantes. Joanna recordó por casualidad un cuarto que había oído mencionar en Ohio durante la infancia, aunque rehusó darles cualquier otra pista.

– ¿Qué hay de aquello de obedecerás, honrarás y respetarás? -le recriminó Jimmy.

– Nunca prometí obedecerte, jovenzuelo -se limitó a decir ella-. Por cierto, si Elizabeth se despierta durante la noche te toca a ti cambiarle el pañal.

– Sumner contra Sumner -exclamó Jimmy con tono triunfal cuando se acostó pasada la medianoche.

– No está mal, pipiolo, pero aún tienes que encontrar el quinto para las diez de la mañana del lunes si confías en arrancarle una sonrisa al profesor Abrahams.

– Creo que necesitaremos bastante más que eso para mover los labios de ese bloque de piedra -replicó Jimmy.


Nat la vio correr delante de él mientras subía la colina y calculó que la adelantaría en la pendiente de bajada. Controló el tiempo cuando llegó a la mitad del recorrido. Diecisiete minutos y nueve segundos. Estaba seguro de que superaría su mejor marca personal y que volvería a formar parte del equipo en los primeros juegos de la temporada.

Se sentía pletórico de energía cuando superó la cima de la colina y entonces maldijo en voz alta. Aquella estúpida mujer había tomado por el camino erróneo. Tenía que ser una estudiante de primero. Comenzó a gritarle, pero no le respondió. Volvió a maldecir, cambió de dirección y fue tras ella. En el momento que bajaba la pendiente, la muchacha se volvió súbitamente y pareció sorprenderse.

– Vas en la dirección equivocada -le gritó Nat, dispuesto a dar media vuelta para seguir con el recorrido cuanto antes, pero entonces decidió acercarse para verla mejor. Corrió hasta llegar junto a ella y se mantuvo en movimiento para no enfriarse.

– Muchas gracias. Es la segunda vez que recorro el circuito y no recordaba cuál era el camino correcto en la cima de la colina.

– Tienes que seguir el sendero más angosto. -Nat le sonrió-. El más ancho te lleva directamente al bosque.

– Muchas gracias -repitió ella, y echó a correr ladera arriba sin añadir nada más.

Nat la persiguió y en cuanto le dio alcance, corrió a su lado hasta que llegaron a la cima. Se despidió de ella después de asegurarse de que esta vez seguía el camino correcto.

– Nos veremos más tarde -le dijo, pero si ella respondió a la despedida, Nat no la escuchó.

Volvió a controlar el tiempo cuando cruzó la línea de meta. Cuarenta y tres minutos cincuenta y un segundos. Maldijo una vez más mientras calculaba cuánto tiempo había perdido en acompañar a la muchacha. No le importaba. Comenzó con los ejercicios de enfriamiento y les dedicó más tiempo del habitual, mientras esperaba la llegada de la muchacha.

La joven no tardó mucho en aparecer en la cima y bajó la ladera hacia la línea de meta, sin darse mucha prisa.

– Lo has conseguido -comentó Nat con una sonrisa mientras se acercaba sin dejar de correr. Ella no le devolvió la sonrisa-. Soy Nat Cartwright.

– Sé quién eres -replicó la muchacha secamente.

– ¿Nos conocemos?

– No. Solo te conozco por tu reputación.

Acto seguido, la joven se alejó corriendo hacia el vestuario de mujeres sin darle más explicaciones.


– De pie todos aquellos que han encontrado los cinco casos.

Fletcher y Jimmy se levantaron con sendas expresiones de triunfo, algo que les duró muy poco cuando vieron que por lo menos un setenta por ciento de la clase se había levantado también.

– ¿Cuatro? -preguntó el profesor que procuró no parecer demasiado desdeñoso. La mayoría de los que habían permanecido sentados se levantaron y solo quedó un diez por ciento sin moverse de sus asientos. Fletcher se preguntó cuántos de ellos acabarían el curso-. Pueden sentarse -dijo Abrahams-. Comenzaremos con el caso de Maxwell River Gas contra Pennstone. ¿Cuáles fueron los cambios que se introdujeron en la ley a partir de este caso en particular? -Señaló a un alumno de la tercera fila.

– En mil novecientos treinta y dos se convirtió en responsabilidad de las empresas asegurar que la maquinaria cumpliera con las normas de seguridad y que los empleados aprendieran los procedimientos de emergencia.

El profesor señaló a otro alumno.

– Se dispuso que se colocarían instrucciones escritas para que todos los trabajadores pudieran leerlas.

– ¿Cuándo se convirtió en redundante dicha disposición?

El dedo se movió y respondió otra voz.

– Reynolds contra McDermond Timber.

– Correcto. -Otro alumno-. ¿Por qué?

– Reynolds sufrió la amputación de tres dedos mientras aserraba un tronco. Su defensa demostró que no sabía leer y que no le habían dado ninguna instrucción oral referente al manejo de la máquina.

– ¿Cuál fue el fundamento de la nueva ley? -El dedo se movió de nuevo.

– La ley laboral de mil novecientos treinta y cuatro, cuando se convirtió en responsabilidad del patrono enseñar a todo el personal, oralmente y por escrito, cómo utilizar las máquinas.

– ¿Cuándo fue necesario introducir nuevas modificaciones? -El profesor señaló a otro alumno.

– Rush contra el gobierno.

– Correcto. Pero ¿por qué el gobierno ganó el caso a pesar de ser culpable? -Otra selección.

– No lo sé, señor.

El dedo se desvió despectivamente y buscó a algún otro que sí lo supiera.

– El gobierno defendió su posición cuando se demostró que Rush había firmado una declaración donde se decía… -El dedo se movió.

– … que había recibido todas las instrucciones estipuladas por la ley.

El dedo se movió otra vez.

– Además, había continuado en su trabajo una vez transcurrido el período de tres años.

El dedo siguió moviéndose.

– … pero el gobierno demostró que no era una empresa en el sentido literal de la palabra, dado que la ley había sido mal redactada por los políticos.

– No culpen a los políticos -les advirtió Abrahams-. Son los abogados quienes redactan las leyes, así que deben asumir la responsabilidad. Los políticos no fueron los culpables en esta ocasión y, por tanto, después de que el tribunal aceptara que el gobierno no estaba obligado a cumplir su propia legislación, ¿cuál fue la causa de que se volviera a modificar la ley? -Señaló a otro alumno aterrorizado.

– Demetri contra Demetri -respondió el alumno.

– ¿Cuál fue la diferencia con las leyes anteriores? -El dedo señaló a Fletcher.

– Fue la primera vez que un miembro de una familia demandó a otro por negligencia mientras aún estaban casados, además de ser propietarios al cincuenta por ciento de la empresa en cuestión.

– ¿Por qué no prosperó la demanda? -preguntó Abrahams, sin desviar la mirada.

– Porque la señora Demetri se negó a testificar contra su marido.

El dedo señaló a Jimmy.

– ¿Por qué se negó? -quiso saber Abrahams.

– Porque era estúpida.

– ¿Por qué era estúpida? -preguntó el profesor.

– Porque probablemente el marido se acostó con ella la noche anterior o le dio una paliza, o las dos cosas a la vez, y la mujer decidió cerrar el pico.

Se escucharon algunas risas.

– ¿Fue usted testigo del acto amoroso, señor Gates, o de la paliza? -preguntó Abrahams, y las risas sonaron más con más fuerza.

– No, señor, pero estoy seguro de que ocurrió algo parecido.

– Puede que tenga usted razón, señor Gates, pero no hubiese podido probar lo que tuvo lugar aquella noche en el dormitorio a menos de que dispusiera de un testigo ocular. De haber hecho una declaración de ese calibre en el juicio, el abogado de la otra parte habría protestado, el juez habría admitido la protesta y el jurado le habría tomado por un tonto, señor Gates. Pero todavía más importante es que le hubiese fallado a su cliente. Nunca confíe en lo que quizá pasó, por muy probable que parezca, a menos que pueda demostrarlo. Si no puede, guarde silencio.

– Pero… -comenzó Fletcher.

Varios alumnos se apresuraron a agachar la cabeza, otros contuvieron la respiración, mientras que los restantes miraban a Fletcher, estupefactos.

– ¿Nombre?

– Davenport, señor.

– ¿Por casualidad está usted en condiciones de explicarnos qué ha querido decir con ese «pero», señor Davenport?

– La señora Demetri fue informada por su abogado de que si ganaba el caso, dado que ninguno de los dos era el socio mayoritario, la empresa cesaría su actividad económica. La ley Kendall de mil novecientos cuarenta y uno. Entonces ella puso a la venta sus acciones, que fueron adquiridas por el principal competidor de su marido, un tal señor Canelli, por cien mil dólares. No puedo probar que el señor Canelli se estuviera, o no, acostando con la señora Demetri, pero sí sé que la empresa se declaró en quiebra un año más tarde; entonces ella recompró las acciones a diez centavos cada una, por un monto de siete mil trescientos dólares, y a continuación formó una nueva sociedad con su marido.

– ¿El señor Canelli pudo demostrar que los Demetri habían actuado en complicidad?

Fletcher pensó la respuesta a fondo. ¿Abrahams le estaba tendiendo una trampa?

– ¿Por qué vacila? -le preguntó Abrahams.

– No constituye una prueba, profesor.

– No importa. ¿Qué es lo que quiere decirnos?

– La señora Demetri tuvo su segundo hijo un año más tarde y en la partida de nacimiento consta como padre el señor Demetri.

– Tiene usted razón, no es una prueba. Entonces, ¿cuál fue la acusación?

– Ninguna. La verdad es que la nueva empresa fue todo un éxito.

– Si fue así, ¿cómo fue que contribuyeron a la modificación de la ley?

– El juez puso el caso en manos del fiscal general de aquel estado para que lo estudiara.

– ¿Qué estado?

– El estado de Ohio y la consecuencia fue que aprobaron la ley de sociedades matrimoniales.

– ¿En qué año?

– En mil novecientos cuarenta y nueve.

– ¿Cuáles fueron los cambios relevantes?

– Los cónyuges no pueden recomprar las acciones vendidas de una antigua sociedad de la que fueron socios, si eso les beneficia directamente como individuos.

– Muchas gracias, señor Davenport -dijo el profesor, en el momento en que el reloj marcaba las once-. Su «pero» ha estado bien explicado. -Se escucharon algunos aplausos-. Pero no hasta ese extremo -añadió Abrahams mientras abandonaba el aula.


Nat se sentó a la sombra delante del edificio del comedor y esperó pacientemente. Después de haber visto salir del comedor a unas quinientas chicas, llegó a la conclusión de que la delgadez extrema de la muchacha se debía pura y simplemente al hecho de que no comía. Entonces la vio salir a la carrera por la puerta giratoria. El joven había tenido tiempo más que suficiente para ensayar sus palabras, pero le dominaron los nervios cuando la alcanzó.

– Hola, soy Nat. -Ella lo miró sin sonreír-. Nos conocimos el otro día.

Ella siguió sin responder.

– En la cumbre de la colina.

– Sí, lo recuerdo.

– No me dijiste tu nombre.

– No, no te lo dije.

– ¿He hecho algo que te ha enfadado?

– No.

– Entonces, ¿puedo preguntarte qué querías decir con «tu reputación»?

– Cartwright, quizá te sorprenda saber que en esta universidad hay algunas mujeres a las que no les parece correcto que te creas con el derecho automático a reclamar su virginidad solo porque hayas ganado la medalla al honor.

– Nunca he creído tal cosa.

– Pues en ese caso deberías saber que la mitad de las mujeres del campus afirman haberse acostado contigo.

– Pueden decir lo que quieran -replicó Nat-. La verdad es que solo hay dos que pueden demostrarlo.

– Todo el mundo sabe la cantidad de chicas que te persiguen.

– Pues si lo hacen, no parecen capaces de alcanzarme, como estoy seguro de que recordarás. -Se echó a reír, pero ella no le secundó-. ¿Por qué no puede gustarme una chica como a todos los demás?

– Porque no eres como los demás -respondió ella en voz baja-. Eres un héroe de guerra que cobras la paga de capitán y como tal esperas que los demás te obedezcan.

– ¿Quién te ha dicho eso?

– Alguien que te conoce desde el instituto.

– ¿Me equivoco si digo que se trata de Ralph Elliot?

– No, no te equivocas. El mismo a quien intentaste robarle el cargo de representante del claustro de estudiantes en Taft…

– ¿Que yo hice qué? -exclamó Nat.

– … y después copiaste su trabajo para presentarlo en Yale -acabó ella, sin hacer caso de la interrupción.

– ¿Es eso lo que te dijo?

– Sí -contestó la muchacha tranquilamente.

– En ese caso, quizá tendrías que preguntarle cómo es que no está en Yale.

– Me explicó que tú le acusaste a él de lo mismo, así que rechazaron su solicitud. -Nat ya iba a estallar de nuevo, cuando ella añadió-: Ahora pretendes ser el representante del claustro de estudiantes y al parecer tu única estrategia consiste en conseguir los votos que necesitas en la cama.

Nat hizo lo imposible por dominarse.

– En primer lugar, no quiero presentarme como candidato a representante estudiantil, y segundo, solo me he acostado con tres mujeres en mi vida: una estudiante de aquí que conocí en el instituto, una secretaria en Vietnam y una cita de una noche que ahora lamento. Si te enteras de alguna más, por favor, preséntamela porque me gustaría conocerla. -La muchacha se detuvo y miró a Nat por primera vez-. La que sea -repitió él-. ¿Ahora puedo saber cuál es tu nombre?

– Su Ling -contestó ella con voz muy suave.

– Su Ling, si te prometo que no intentaré seducirte hasta después de haber pedido tu mano en matrimonio, conseguir el permiso de tus padres, comprar la alianza, reservar la iglesia y publicar los edictos, ¿aceptarás que te invite a cenar?

Su Ling se echó a reír.

– Me lo pensaré. Perdona que me marche, pero es que llego tarde a clase.

– ¿Cómo haré para dar contigo? -le preguntó Nat, desesperado.

– Si pudiste dar con el Vietcong, capitán Cartwright, ¿crees que te resultará muy difícil dar conmigo?


17

<p id="_Toc320818460">17</p>

– Todos en pie. El estado contra la señora Anita Kirsten. Preside su señoría el juez Abernathy.

El juez ocupó su sitio y miró hacia la mesa de la defensa.

– ¿Cómo se declara, señora Kirsten?

Fletcher se levantó detrás de la mesa de la defensa.

– Mi cliente se declara inocente, su señoría.

– ¿Representa usted a la acusada? -preguntó el magistrado.

– Sí, su señoría.

El juez Abernathy echó una ojeada al pliego de cargos.

– No creo haberle visto antes, señor Davenport.

– No, su señoría, esta es mi primera intervención en su juzgado.

– ¿Quiere acercarse al estrado, señor Davenport?

– Sí, señor. -Fletcher abandonó su sitio y se acercó al estrado.

El fiscal se reunió con ellos.

– Buenos días, caballeros -dijo el juez Abernathy-. ¿Puedo saber si tiene la titulación necesaria para que sea reconocido en mi juzgado, señor Davenport?

– No, su señoría.

– Comprendo. ¿Su cliente lo sabe?

– Sí, señor, lo sabe.

– Así y todo, ¿está dispuesta a que la represente, a pesar de que se la acusa de un crimen capital?

– Sí, señor.

El juez miró al fiscal general de Connecticut.

– ¿Tiene usted alguna objeción a que el señor Davenport represente a la señora Kirsten?

– Ninguna en absoluto, su señoría; el estado lo agradece.

– No me cabe duda -manifestó el juez-. Aun así, debo preguntarle, señor Davenport, si tiene algún tipo de experiencia en leyes.

– Muy poca, su señoría -admitió Fletcher-. Estoy cursando el segundo curso de derecho en Yale y este será mi primer caso.

El juez y el fiscal sonrieron al escucharle.

– ¿Puedo preguntarle quién es su director de estudios? -dijo el juez.

– El profesor Karl Abrahams, su señoría.

– Entonces es para mí un orgullo presidir su primer caso, señor Davenport, porque eso es algo que usted y yo tenemos en común. ¿Qué dice usted, señor Stamp?

– Yo me licencié en Carolina del Sur.

– Aunque esto no deja de ser muy irregular, quien tiene la última palabra es el acusado, así que comencemos con el caso.

El fiscal y Fletcher volvieron a sus asientos. El juez miró a Fletcher.

– ¿Solicitará la libertad bajo fianza, señor Davenport?

Fletcher se levantó para responder.

– Sí, su señoría.

– ¿Qué alega?

– La señora Kirsten carece de antecedentes delictivos y no representa amenaza alguna para la comunidad. Es madre de dos hijos: Alan, de siete años, y Della, de cinco, quienes en estos momentos están al cuidado de su abuela en Hartford.

El juez miró al fiscal.

– ¿La fiscalía tiene alguna objeción a la libertad bajo fianza, señor Stamp?

– Por supuesto que sí, su señoría. Nos oponemos a la fianza no solo sobre la base de que este es un delito capital, sino porque el asesinato fue premeditado. Por tanto, consideramos que la señora Kirsten representa un peligro para la sociedad y que podría intentar huir de la jurisdicción del estado.

Fletcher se levantó en el acto.

– Debo protestar, su señoría.

– ¿Cuál es el motivo de la protesta, señor Davenport?

– Que siendo esta efectivamente una acusación capital, salir del estado es irrelevante, su señoría, y en cualquier caso, la casa de la señora Kirsten está en Hartford, donde se gana la vida como empleada de la limpieza en el hospital de Santa María, y que sus dos hijos asisten a clase en una escuela local.

– ¿Alguna cosa más, señor Davenport?

– No, su señoría.

– Se rechaza la fianza -anunció el juez. Golpeó con el mazo-. Se levanta la sesión hasta el lunes diecisiete. Todos en pie.

El juez Abernathy le guiñó un ojo a Fletcher mientras salía de la sala.


Treinta y cuatro minutos y diez segundos. Nat no podía disimular su satisfacción al ver que no solo había superado su mejor marca personal, sino que había acabado sexto en las pruebas de clasificación y por tanto era seguro que formaría parte del equipo en los juegos contra la Universidad de Boston.

Tom se le acercó mientras Nat hacía la habitual tanda de ejercicios de estiramiento para enfriarse.

– Enhorabuena. Estoy convencido de que antes del final de la temporada habrás bajado otro minuto de la marca.

Nat se miró la profunda cicatriz roja de la pantorrilla y acabó de ponerse el pantalón del chándal.

– ¿Qué te parece si esta noche salimos a cenar y lo celebramos? -añadió Tom-. Hay algo que quiero discutir contigo antes de regresar a Yale.

– Esta noche no puedo -respondió Nat. Los dos amigos caminaron en dirección a los vestuarios-. Tengo una cita.

– ¿Alguien que yo conozca?

– No, y es mi primera cita en varios meses. Debo admitir que estoy algo nervioso.

– ¿El capitán Cartwright nervioso? Venga ya -se burló Tom.

– Te lo juro. Ella cree que soy una mezcla de don Juan y Al Capone.

– Por lo que parece, es alguien que sabe juzgar a las personas -opinó Tom-. Cuéntamelo todo.

– No hay gran cosa que contar. Nos cruzamos en lo alto de la colina mientras corríamos. Es brillante, apasionada, muy hermosa, y cree que soy un malnacido. -Nat le relató la conversación que habían mantenido delante del comedor.

– Es evidente que Ralph Elliot tuvo la oportunidad de dar primero su versión.

– Al demonio con Elliot. ¿Crees que debo llevar americana y corbata?

– No me habías pedido esa clase de consejos desde que estábamos en Taft.

– En aquellos días tenía que pedirte prestada la americana y la corbata. ¿Qué me recomiendas?

– El uniforme de gala con todas las medallas.

– Hablo en serio.

– Creo que confirmaría totalmente la opinión que tiene de ti.

– Eso es precisamente lo que pretendo evitar.

– Pues, en ese caso, intenta mirarlo desde su punto de vista.

– Te escucho.

– ¿Cómo crees que se vestirá ella?

– No tengo ni idea. Solo la he visto dos veces en mi vida y en una de esas ocasiones llevaba pantalones cortos salpicados de barro.

– Dios, eso tuvo que ser muy sexy, pero supongo que no se presentará vestida con un chándal. ¿Qué llevaba en la otra ocasión?

– Iba elegante y discreta.

– Entonces sigue su estilo, cosa que no te será nada fácil, porque no tienes nada de elegante, y por lo que dices, tampoco cree que puedas ser discreto.

– Responde a la pregunta.

– Yo me inclinaría por lo informal -respondió Tom-. Camisa, no camiseta, pantalón y un jersey. Yo podría, por supuesto, acompañaros en la cena en calidad de tu asesor de imagen.

– No quiero verte a menos de un kilómetro del lugar, porque acabarías enamorándote de ella.

– Esa chica te interesa mucho, ¿no es así? -preguntó Tom en voz baja.

– Creo que es divina, pero eso no impide que tenga serias dudas respecto a mí.

– Lo importante es que ha aceptado cenar contigo, o sea, que no puede pensar que seas detestable del todo.

– Sí, pero para conseguirlo hemos tenido que llegar a un acuerdo con unas cláusulas no muy habituales -replicó Nat y le contó a Tom lo que le había propuesto antes de que ella aceptara la invitación.

– Es evidente que te ha dado muy fuerte, pero eso no cambia el hecho de que necesito hablar contigo. ¿Qué te parece si desayunamos juntos? ¿O es que también piensas compartir los huevos fritos y el beicon con la misteriosa dama oriental?

– Me sorprendería mucho que lo aceptara -manifestó Nat con tono de anhelo- y también me desilusionaría.


– ¿Cuánto crees tú que durará el juicio? -le preguntó Annie.

– Si rechazamos el cargo de asesinato, pero se declara culpable de homicidio sin premeditación, se podría acabar en una mañana y quizá haya que ir otro día para saber la sentencia.

– ¿Es eso posible? -quiso saber Jimmy.

– Sí, la fiscalía me ofrece un trato.

– ¿Qué clase de trato? -preguntó Annie.

– Si acepto la acusación de homicidio sin premeditación, Stamp solicitará una pena de tres años, no más, lo que significa que con la reducción por buena conducta y la libertad condicional, Anita Kirsten podría estar fuera en dieciocho meses. De lo contrario, el fiscal la acusará de asesinato en primer grado y pedirá la pena de muerte.

– En este estado jamás enviarían a una mujer a la silla eléctrica por matar a su marido.

– Estoy de acuerdo -manifestó Fletcher-, pero un jurado duro podría condenarla a noventa y nueve años y como la acusada solo tiene veinticinco, debo aceptar el hecho de que le convendría más aceptar los dieciocho meses; al menos de esa manera podría pasar el resto de su vida con la familia.

– Muy cierto -señaló Jimmy-. Sin embargo, ¿por qué el fiscal te ofrece tres años si cree que tiene un caso absolutamente sólido? No olvides que es una mujer negra, acusada de asesinar a un blanco, y que al menos dos miembros del jurado serán negros. Si juegas bien tus cartas, podrían ser tres, y entonces casi podrías garantizar un jurado dividido.

– Además del hecho de que mi cliente tiene buena reputación, es responsable en su trabajo y carece de antecedentes. Eso tendría que bastar para influir a cualquier jurado, con independencia del color de su piel.

– Yo no me fiaría mucho de eso -opinó Annie-. Tu cliente envenenó a su marido con una sobredosis de curare, que paraliza los músculos, y luego se sentó en la escalera a esperar que se muriera.

– Llevaba años dándole una paliza tras otra y también maltrataba a sus hijos -señaló Fletcher.

– ¿Tienes alguna prueba de eso, letrado? -le preguntó Jimmy.

– No muchas, pero el día que aceptó contratarme, saqué varias fotos de los golpes que tenía por todo el cuerpo y de la quemadura en la palma de la mano que conservará durante el resto de sus días.

– ¿Cómo se la hizo? -preguntó Annie.

– El malnacido del marido le aplastó la mano contra el fogón de la cocina y no la soltó hasta que ella perdió el conocimiento.

– Un tipo encantador -opinó Annie-. En ese caso, ¿qué te impide no aceptar el cargo de homicidio sin premeditación e insistir con las circunstancias atenuantes?

– Solo el miedo de perder el caso y que la señora Kirsten pase el resto de su vida en la cárcel.

– ¿Cómo es que te pidió a ti que fueses su abogado defensor? -intervino Jimmy.

– No había nadie más que quisiera el trabajo -le contestó Fletcher-. Además, mis honorarios le parecieron irresistibles.

– Te enfrentas al fiscal general del estado.

– Cosa que también resulta un misterio, porque no acabo de entender por qué se molesta a representar al estado en un caso como este.

– La respuesta es muy sencilla -dijo Jimmy-. Una mujer negra mata a un hombre blanco en un estado donde solo un veinte por ciento de la población es negra, más de la mitad de ellos no se molestan en votar y, sorpresa, sorpresa, hay elecciones en mayo.

– ¿Cuánto tiempo te ha dado Stamp para que le comuniques tu decisión? -le preguntó Annie.

– El juicio se reanuda el próximo lunes.

– ¿Puedes permitirte el tiempo que te requeriría un juicio largo? -le interrogó Annie.

– No, pero no puedo convertir eso en una excusa para aceptar el trato de buenas a primeras.

– Por tanto, pasaremos las vacaciones en el juzgado número tres, ¿no es así? -Annie sonrió.

– Bien podría ser que nos tocara el número cuatro -contestó Fletcher y cogió a su esposa por la cintura.

– ¿Se te ha ocurrido pedirle al profesor Abrahams que te aconseje sobre qué debería hacer tu cliente?

Jimmy y Fletcher la miraron, incrédulos.

– Él aconseja a presidentes y jefes de Estado -señaló Fletcher.

– Y quizá a algún gobernador -añadió Jimmy.

– Entonces quizá le ha llegado el momento de que comience a aconsejar a un alumno de segundo de derecho. Después de todo, para eso le pagan.

– No sabría ni por dónde empezar -protestó Fletcher.

– Podrías coger el teléfono y preguntarle si te puede recibir -dijo Annie-. Estoy segura de que se sentirá halagado.


Nat llegó a Mario’s quince minutos antes de la hora. Había escogido ese restaurante porque era sencillo: manteles a cuadros rojos y blancos, flores frescas en las mesas y fotos de Florencia en blanco y negro en las paredes. Tom le había dicho que la pasta era casera y que la cocinaba la esposa del dueño; esto le había recordado su viaje a Roma. Había seguido el consejo de Tom y se había vestido con una camisa azul, pantalones grises y un jersey azul marino. Nada de americana y corbata. Tom le había dado su aprobación.

Nat habló con Mario, quien le ofreció una mesa discreta al fondo del local. Leyó el menú varias veces y consultó su reloj otras tantas, cada vez más nervioso. Comprobó una docena de veces que llevaba dinero suficiente por si no aceptaban tarjetas de crédito. Quizá tendría que haber dado unas vueltas a la manzana antes de entrar.

En el momento que la vio, se dio cuenta de que había metido la pata. Su Ling vestía un impecable traje chaqueta azul, blusa de color crema y zapatos azules. Nat se levantó y la llamó con un gesto. Ella sonrió; una sonrisa que no había visto hasta entonces y que la hizo parecer todavía más seductora. Su Ling se acercó.

– Tengo que pedirte disculpas -dijo Nat, mientras le acercaba la silla.

– ¿Por qué? -replicó ella, intrigada.

– Mi ropa. Confieso que dediqué mucho tiempo a pensar cómo me vestiría y veo que me equivoqué por completo.

– Yo también -admitió Su Ling-. Supuse que te presentarías con el uniforme cubierto de medallas. -Se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de la silla.

Nat se echó a reír y les resultó imposible dejar de hacerlo durante las dos horas siguientes, hasta que él le preguntó si quería café.

– Sí, solo, por favor.

– Te he hablado de mi familia, ahora háblame de la tuya -dijo Nat-. ¿Tú también eres hija única?

– Sí, mi padre era brigada en Corea cuando conoció a mi madre. Se casaron solo unos pocos meses antes de que lo mataran en la batalla de Yudam-ni.

Nat sintió el deseo de cogerle la mano.

– Lo siento.

– Muchas gracias -respondió ella sencillamente-. Mamá decidió venir a Estados Unidos para que nos reuniéramos con mis abuelos. Pero nunca dimos con su paradero. -Esta vez sí le cogió la mano-. Yo era muy pequeña para saber lo que pasaba, pero mi madre no es de las que se rinden fácilmente. Encontró un empleo en la lavandería Storrs, cerca de la librería, y el propietario nos dejó ocupar las habitaciones de encima del local.

– Conozco la lavandería -afirmó Nat-. Mi padre lleva allí las camisas. Lo hacen muy bien y…

– … y ha sido desde que mi madre se hizo cargo, pero tuvo que sacrificarlo todo para darme una buena educación.

– Tu madre se parece mucho a la mía -señaló Nat en el momento en que Mario se acercaba a la mesa.

– ¿Todo a su gusto, señor Cartwright?

– Una cena excelente, muchas gracias, Mario. Ya puede traer la cuenta.

– Desde luego, señor Cartwright, y permítame decirle que ha sido un honor para nosotros tenerle en nuestro restaurante.

– Muchas gracias -respondió Nat, que hizo todo lo posible por disimular la vergüenza.

– ¿Cuánto le has dado de propina para que dijera eso? -le preguntó Su Ling.

– Diez dólares; siempre lo dice a la perfección.

– ¿Sale a cuenta?

– Por supuesto. La mayoría de las chicas comienzan a desnudarse antes de que lleguemos al coche.

– O sea, ¿que siempre las traes aquí?

– No. Si creo que solo será cosa de una noche, las llevo al McDonald’s y luego a un motel; si es algo más serio, entonces vamos al hostal Altnaveigh.

– Así pues, ¿cuál es el grupo escogido para Mario’s? -preguntó Su Ling.

– Es una pregunta que no te puedo responder, porque nunca había traído a nadie a Mario’s hasta ahora.

– Me siento halagada -comentó Su Ling mientras él la ayudaba a ponerse la chaqueta. Cuando salieron del restaurante, la muchacha le cogió de la mano-. En realidad eres muy tímido, ¿no es así?

– Sí, supongo que sí -respondió Nat.

– A diferencia de tu enemigo número uno, Ralph Elliot. -Nat no dijo nada-. Me invitó a salir a los pocos minutos de conocernos.

– Si quieres saber la verdad, yo también lo hubiese hecho, pero te marchaste.

– Si no recuerdo mal, salí corriendo. -Nat sonrió-. Lo interesante de verdad es saber cuánto tiempo te llevó convertirte en un héroe nacional. -Nat se disponía a protestar cuando ella añadió-: Una media hora.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque te he estado investigando, capitán Cartwright, y para citar a Steinbeck, «estás navegando con falsos colores». Aprendí la cita hoy mismo -le aclaró-. No vayas a creer que soy muy leída. Cuando subiste al helicóptero, ni siquiera llevabas un arma. Eras un oficial de intendencia que nunca tendría que haber estado a bordo de aquel aparato. En realidad, ya fue bastante malo que subieras al helicóptero sin permiso, pero es que también te bajaste sin autorización. Por cierto, que si no lo hubieses hecho podrías haber acabado ante un consejo de guerra.

– Una verdad como un templo -afirmó Nat-. Por favor, no se lo digas a nadie más, o me quedaré sin mis habituales tres chicas por noche.

Su Ling se llevó la mano a la boca para disimular la risa.

– Pero seguí leyendo y vi que tu comportamiento después de que el helicóptero se estrellara en la selva fue el de un hombre de extraordinario coraje. Haber arrastrado a aquel pobre soldado en una camilla con una pierna casi destrozada tuvo que ser una auténtica proeza y luego saber que había muerto sin duda te ha dejado una cicatriz para toda la vida. -Nat permaneció callado-. Lo siento -añadió ella cuando ya entraban en el recinto universitario-. El último comentario ha estado fuera de lugar.

– Ha sido muy amable de tu parte buscar la verdad -manifestó Nat con la mirada puesta en sus hermosos ojos castaño oscuro-. Muy pocos se han tomado la molestia.


18

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– Miembros del jurado, en la mayoría de los juicios por asesinato es responsabilidad del estado, y es correcto que así sea, demostrar que el acusado es culpable de homicidio. Esto no ha sido necesario en el caso que nos ocupa. ¿Por qué? Porque la señora Kirsten firmó una confesión cuando aún no había transcurrido ni una hora del brutal asesinato de su marido. Incluso ahora, ocho meses más tarde, habrán tomado debida nota de que su abogado no ha planteado ni una sola vez durante este juicio que su cliente no cometiera el crimen, o haya puesto en duda cómo lo hizo.

»Por consiguiente, consideremos los hechos de este caso, puesto que no se trata de lo que podríamos entender como un acto de protección de la propia vida donde una mujer busca defenderse con la primera arma que tiene a mano. No, a la señora Kirsten no le interesaba un arma cualquiera, ya que dedicó varias semanas a planear este asesinato a sangre fría, absolutamente consciente de que la víctima no tendría la más mínima oportunidad de defenderse.

»¿Qué hizo la señora Kirsten para ejecutar su plan? A lo largo de casi tres meses, se hizo con varias ampollas de curare que compró a los traficantes de drogas que se mueven en los bajos fondos de Hartford. La defensa intentó alegar que las declaraciones de los traficantes no son fiables, algo que podría haberles influido de no haber confirmado la propia señora Kirsten desde el banquillo que todos ellos decían la verdad.

»Después de reunir las ampollas durante varias semanas, ¿qué hizo después la señora Kirsten? Esperó hasta un sábado por la noche, cuando sabía que su marido saldría de copas con sus amigos, abrió media docena de botellas de cerveza, vertió el veneno en las seis y las volvió a tapar. Luego dejó las botellas en la mesa de la cocina y sin apagar la luz, se fue a la cama. Incluso dejó un abridor y un vaso junto a las botellas. Lo hizo todo excepto servirle la cerveza.

»Damas y caballeros del jurado, este fue un asesinato bien planeado e impecablemente ejecutado. Sin embargo, aunque les resulte increíble, lo que siguió fue mucho peor.

»Cuando su marido regresó a su casa aquella noche, cayó en la trampa. Primero fue a la cocina, probablemente para apagar la luz, y cuando vio las botellas encima de la mesa, Alex Kirsten se sintió tentado de beberse una cerveza antes de irse a la cama. Incluso antes de que pudiera acercar la segunda a los labios, el veneno ya había comenzado a hacer su efecto. Cuando pidió ayuda, su esposa salió del dormitorio y bajó tranquilamente hasta el vestíbulo, donde se escuchaban claramente los gritos de dolor de su marido. ¿Llamó para pedir una ambulancia? No, no lo hizo. ¿Se acercó para prestarle asistencia? No, no lo hizo. Se sentó en los escalones y esperó pacientemente hasta que se acallaron los gritos de agonía y estuvo segura de que había muerto. Entonces, y solo entonces, dio la voz de alarma.

»¿Cómo podemos estar seguros de que fue así como ocurrió? No solo porque los vecinos se despertaron al oír los desesperados gritos del marido que pedía ayuda, sino porque cuando uno de los vecinos se presentó para ver si podía ayudar, la señora Kirsten se dejó llevar por el pánico y olvidó vaciar el contenido de las otras cuatro botellas. -El fiscal hizo una larga pausa-. Cuando se analizó la bebida, se vio que había curare suficiente para matar a todo un equipo de fútbol.

»Miembros del jurado, el único argumento que el señor Davenport ha ofrecido para exculpar a su defendida es que el marido de esta le daba palizas con frecuencia. Si este es el caso, ¿por qué no lo denunció a la policía? Si es verdad, ¿por qué no se fue a vivir con su madre que reside al otro lado de la ciudad? Si hemos de creer en su historia, ¿por qué no le dejó? Les diré por qué. Porque cuando muriera su marido, se convertiría en propietaria de la casa donde vivían y cobraría la pensión de la empresa para la que el difunto había trabajado, cosa que le permitiría vivir con cierta holgura durante el resto de su vida.

»En circunstancias normales, el estado no vacilaría en solicitar la pena de muerte por un crimen realmente espantoso, pero consideramos que no es apropiado en esta ocasión. No obstante, tarea de ustedes es enviar un mensaje bien claro a cualquier persona que crea que puede cometer un asesinato y salir bien librada. En algunos otros estados un crimen de esta clase puede que sea tratado con ligereza, pero no queremos que se cometan en Connecticut. ¿Queremos que se nos conozca como el estado que no castiga el asesinato?

El fiscal general bajó la voz hasta convertirla en un susurro y miró directamente al jurado.

– Cuando sientan compasión por la señora Kirsten, y estoy seguro de que la sentirán, aunque solo sea porque son seres humanos piadosos, pónganla en uno de los platillos de la balanza llamada justicia. En el otro, coloquen los hechos: el asesinato a sangre fría de un hombre de cuarenta y dos años que hoy estaría vivo si no fuese por un crimen premeditado y astutamente ejecutado por una mujer malvada. -Se volvió para señalar a la acusada-. El estado no vacila a la hora de pedirles que declaren culpable a la señora Kirsten y le impongan una pena de acuerdo con la ley.

El señor Stamp volvió a su asiento, con la sombra de una sonrisa en su rostro.

– Señor Davenport -dijo el juez-. Dispondré un receso para comer. Cuando volvamos, podrá hacer su alegato.


– Pareces muy complacido contigo mismo -comentó Tom mientras se sentaban a desayunar en la cocina.

– Fue una velada inolvidable.

– ¿Debo entender que tuvo lugar la consumación?

– No, no puedes deducir nada de eso. Pero te diré que le cogí la mano.

– ¿Hiciste qué?

– Le cogí la mano -repitió Nat.

– Eso no es nada bueno para tu reputación.

– Confío en que la deje por los suelos de una vez para siempre -afirmó Nat. Echó leche en el cuenco de copos de cereales-. ¿Qué me dices de ti?

– Si te refieres a mi vida sexual, en la actualidad es inexistente, aunque no por falta de ofertas, una incluso pertinaz. Pero la verdad es que no me interesa. -Nat miró a su amigo y enarcó una ceja-. Rebecca Armitage ha dejado muy claro que está disponible.

– Creía que…

– ¿Que estaba otra vez con Elliot?

– Sí.

– Es posible, pero cada vez que la veo, prefiere hablar de ti, diría que en términos muy halagadores, aunque me han dicho que cuenta una historia diferente cuando está con Elliot.

– Si es así, ¿por qué crees que se toma la molestia de perseguirte?

Tom apartó el cuenco vacío y se concentró en los dos huevos pasados por agua que tenía delante. Quitó un trozo de cáscara y miró la yema antes de responder.

– Si se sabe que eres hijo único y tu padre tiene millones, la mayoría de las mujeres te miran de una manera muy distinta. Así que nunca puedo estar seguro de si les intereso yo o mi dinero. Da gracias de que no padezcas del mismo problema.

– Lo sabrás cuando des con la persona adecuada -dijo Nat.

– ¿Tú crees? No lo sé. Tú eres una de las pocas personas que nunca ha demostrado el más mínimo interés por mi fortuna y casi eres el único que siempre insistes en pagar tu parte. Te sorprendería saber cuántos creen que debo pagar la cuenta solo porque me lo puedo permitir. Desprecio a esas personas y eso hace que mi círculo de amigos acabe siendo muy pequeño.

– Pues mi última amiga es muy pequeña -comentó Nat, en un intento por sacar a Tom de su malhumor-; sé que te gustará.

– ¿La chica a quien le cogiste la mano?

– Sí, Su Ling. Calculo que mide un metro cincuenta y ocho y ahora que está de moda ser delgada, será la mujer más buscada de toda la universidad.

– ¿Su Ling? -dijo Tom.

– ¿La conoces? -le preguntó Nat.

– No, pero mi padre me ha dicho que ella se ha hecho cargo del nuevo centro informático que ha fundado su empresa y que los profesores prácticamente han desistido de enseñarle nada.

– Anoche no mencionó nada sobre ordenadores -replicó Nat.

– Pues más te vale que actúes deprisa, porque papá también mencionó que el MIT y Harvard intentan llevársela de aquí. Ya estás avisado, hay un gran cerebro en ese pequeño cuerpo.

– Una vez más me he comportado como un verdadero imbécil -comentó Nat-, porque incluso me burlé de ella por su inglés, cuando es capaz de dominar un nuevo lenguaje que todo el mundo desea conocer. Por cierto, ¿esta es la razón por la que querías verme?

– No, no tenía idea de que salieras con un genio.

– No salgo con ella -replicó Nat-. Es una mujer amable, inteligente y hermosa, que piensa que cogerse de la mano es el paso previo a la promiscuidad. -Se calló un momento-. Por tanto, si no ha sido para discutir mi vida sexual, ¿se puede saber a qué viene este desayuno casi de trabajo?

Tom renunció a los huevos y los apartó.

– Antes de regresar a Yale, quiero saber si te presentarás para representante estudiantil. -Esperó las frases habituales: «No cuentes conmigo», «No me interesa», «Te has equivocado de persona», pero Nat no dijo nada por el estilo.

– Anoche lo hablé con Su Ling -respondió finalmente-, y a su manera deliciosamente encantadora, me comentó que no era que yo les entusiasmara, sino que no querían a Elliot. «El menos malo», fueron sus palabras exactas, si no recuerdo mal.

– Estoy seguro de que tiene razón -manifestó Tom-, pero eso podría cambiar si les dieras una oportunidad para que te conocieran mejor. Has llevado una vida casi de recluso desde que has vuelto a la universidad.

– Tenía que ponerme al día -se defendió Nat.

– Pues ese ya no es el caso, como bien demuestran las notas que has sacado, así como que te hayan seleccionado para correr en el equipo de la universidad.

– Si tú estuvieses aquí, Tom, no vacilaría en presentarme como candidato a representante de los estudiantes, pero mientras estés en Yale…


Fletcher se levantó para enfrentarse al jurado y, en su imaginación, vio en los rostros de todos la sentencia: noventa y nueve años. Si en ese momento hubiese podido dar marcha atrás, hubiera aceptado la oferta de los tres años de condena sin vacilar. En cambio, ya solo le quedaba una tirada de dados para conseguirle la libertad a la señora Kirsten. Tocó por un segundo el hombro de su clienta y se volvió para buscar la sonrisa de Annie, que le apoyaba totalmente en la defensa de la mujer. La sonrisa desapareció en cuanto vio quién estaba sentado dos filas más atrás. El profesor Karl Abrahams le dedicó una inclinación de cabeza. Al menos Jimmy sabría por fin lo que hacía falta para conseguir un saludo del dios.

– Miembros del jurado -comenzó Fletcher con un leve temblor en la voz-. Han escuchado ustedes las persuasivas palabras del fiscal general mientras dirigía su ponzoña contra mi clienta, así que quizá este sea el momento de demostrar dónde tendría en realidad que volcar su inquina. Pero primero deseo dedicar unos momentos a hablar de ustedes. Los periódicos han mencionado hasta el cansancio que no he puesto objeción alguna en la selección de los miembros de raza blanca y, como se puede comprobar, son ustedes diez. La prensa, además, señaló que si hubiese conseguido un jurado con mayoría de mujeres negras, eso hubiese sido un gran paso para asegurarme de que la señora Kirsten fuera absuelta. Pero no quise que fuese así. Apoyé la elección de cada uno de ustedes por otra razón.

Los miembros del jurado lo miraron, intrigados.

– Tampoco el fiscal general ha conseguido averiguar por qué no he planteado ninguna objeción -añadió Fletcher, que se volvió por un instante para mirar al señor Stamp-. Crucé los dedos para que tampoco ninguno de los miembros de su considerable equipo adivinara por qué los había seleccionado. Por consiguiente, ¿qué es lo que todos ustedes tienen en común? -El fiscal general tenía en ese momento la misma expresión de desconcierto que los jurados. Fletcher señaló a la señora Kirsten-. Como la acusada, todos ustedes llevan casados más de nueve años. -El joven volvió a mirar al jurado-. No hay entre ustedes solteros ni solteras sin experiencia en la vida conyugal, o de lo que ocurre entre dos personas detrás de una puerta cerrada. -Fletcher vio a una mujer en la segunda fila del jurado que se estremeció. Recordó el comentario de Abrahams referente a que en un jurado de doce personas, es muy probable que haya por lo menos una que haya pasado por la misma experiencia del acusado. Acababa de identificarla-. ¿Quién entre ustedes se estremece al pensar que su pareja regresará pasada la medianoche, borracho perdido y dispuesto a descargar su violencia? Para la señora Kirsten, esto se convirtió en algo habitual seis noches de cada siete, durante nueve años. Miren a esta frágil mujer y pregúntense: ¿qué posibilidades tenía de enfrentarse a un hombretón de casi un metro noventa de estatura y ciento diez kilos de peso?

Fletcher hizo una pausa, sin apartar la mirada de la mujer que se había estremecido.

– ¿Quién de ustedes llega a su casa por la noche y teme que su marido coja un rodillo de amasar, un rallador o incluso un cuchillo, no con la intención de utilizarlo en la cocina en la preparación de la comida, sino en el dormitorio para desfigurar a su esposa? ¿De qué disponía la señora Kirsten para defenderse, esta mujer que mide un metro cincuenta y cinco de estatura y pesa cincuenta kilos? ¿Una almohada? ¿Una toalla? ¿Un matamoscas quizá? -Fletcher hizo otra pausa-. Es algo que ninguno de ustedes ha considerado, ¿no es así? -Miró a los demás jurados-. ¿Por qué? Porque sus esposas y maridos no son malvados. Damas y caballeros, ¿cómo pueden llegar siquiera a entender lo que ha soportado esta mujer un día sí y otro también?

»No satisfecho con semejantes agresiones, una noche ese matón regresó a su casa borracho, subió las escaleras, cogió a su esposa por los cabellos y la arrastró escaleras abajo hasta la cocina; ya estaba aburrido de golpearla. -Fletcher caminó hacia su clienta-. Necesitaba probar algo nuevo que lo excitara, y ¿qué vio Anita Kirsten en el momento en que su marido la arrastraba a la cocina? Uno de los fogones de la cocina está al rojo vivo y espera a su víctima. -Se volvió bruscamente para enfrentarse al jurado-. ¿Pueden ustedes imaginar cuál fue su pensamiento cuando vio aquel anillo de fuego? Él le sujetó la mano como si fuese un bistec y la aplastó contra el fogón durante quince segundos. -Fletcher cogió la mano de la señora Kirsten y se la levantó para que los jurados vieran la terrible huella de la cicatriz en la palma, miró su reloj y contó quince segundos, antes de añadir-: Entonces ella perdió el conocimiento.

»¿Quién entre ustedes puede imaginar este horror? ¿Quién entre ustedes sería capaz de soportarlo? Entonces, ¿por qué el fiscal general solicita una pena de noventa y nueve años? Porque, según dice, el asesinato fue premeditado. Nos asegura que no se trató de un crimen perpetrado en un momento de desesperación con el único propósito de acabar con la tortura. -Fletcher se encaró entonces con el fiscal-. Por supuesto que fue premeditado y por supuesto que ella sabía exactamente lo que hacía. Si usted midiese un metro cincuenta y cinco, y se viera atacado por un hombretón de casi un metro noventa, ¿confiaría en poder defenderse con un cuchillo, un revólver o algún instrumento romo que el matón podría arrebatarle sin problemas y utilizar contra usted? -Fletcher caminó lentamente hacia el jurado-. ¿Quién entre ustedes cometería semejante estupidez? ¿Quién entre ustedes, de haber pasado por lo mismo que ella, no lo planearía? Piensen en esta pobre mujer la próxima vez que tengan una pelea con su pareja. Después de algunas palabras agrias, ¿recurrirían a un fogón al rojo vivo para demostrar que tienen razón? -Miró uno a uno a los siete hombres del jurado-. ¿Un hombre así merece compasión alguna?

»Si esta mujer es culpable de asesinato, ¿quién de ustedes no hubiese hecho lo mismo en el caso de haber tenido la desgracia de casarse con Alex Kirsten? -les preguntó esta vez a las cinco mujeres-. Sé que me dirían: “Yo no lo hice. Me casé con un hombre honrado y trabajador”. Por tanto, ahora ya estamos de acuerdo en el delito de la señora Kirsten. Se casó con un hombre malvado.

Fletcher se apoyó en la barandilla que separaba los asientos del jurado.

– Solicito la indulgencia del jurado por mi pasión juvenil, porque no es otra cosa. Acepté este caso ante el temor de que no se hiciera justicia con la señora Kirsten y en mi entusiasmo juvenil me sentí con fuerzas para convencer a doce ciudadanos justos de que lo vieran a mi manera y que decidieran no condenar a esta mujer a pasar el resto de sus días en la cárcel.

»Como final de mi alegato, les repetiré las palabras que pronunció la señora Kirsten cuando nos entrevistamos esta mañana en su celda: “Señor Davenport, aunque solo tengo veinticinco años, prefiero mil veces pasar el resto de mi vida en la cárcel que aguantar una sola noche más bajo el mismo techo con ese monstruo”.

»Gracias a Dios, ya no tiene que regresar a su casa y encontrarse con él. Está en el poder de ustedes, como miembros del jurado, dejar que esta mujer vuelva esta noche a su casa para ocuparse de sus hijos, con la ilusión de que podrán reconstruir sus vidas, porque doce personas justas comprendieron la diferencia entre el bien y el mal. -Fletcher bajó la voz hasta que sonó como un susurro-. Cuando esta noche ustedes vuelvan a sus casas donde les esperan sus parejas, díganles lo que hicieron hoy en nombre de la justicia, porque estoy seguro de que si el veredicto es de inocencia, sus parejas no encenderán el fogón sencillamente porque no están de acuerdo. La señora Kirsten ya ha cumplido una pena de nueve años. ¿Creen que se merece otros noventa?

Fletcher volvió a su mesa, pero no se giró para mirar a Annie por miedo a que Karl Abrahams viera cómo luchaba por contener las lágrimas.


19

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– Hola, me llamo Nat Cartwright.

– ¿No será usted el capitán Cartwright?

– Sí, el héroe que mató a todos aquellos guerrilleros del Vietcong a mano limpia porque se olvidó de llevar clips.

– No me lo puedo creer -exclamó Su Ling con burlona admiración-. ¿El mismo que voló solo en un helicóptero a través de una selva infestada de enemigos cuando no tenía licencia de piloto?

– El mismo que viste y calza. Mató a tantos enemigos que se cansaron de contarlos y al mismo tiempo rescató a todo un pelotón al que tenían rodeado.

– Y como premio a tanto bulo, no solo le condecoraron sino que también le entregaron una considerable recompensa y cien vestales.

– Solo me dan cuatrocientos dólares al mes y nunca he conocido a una vestal.

– Ahora ya conoces a una -replicó Su Ling con una sonrisa.

– En ese caso, dile que me han escogido para correr contra el equipo de la Universidad de Boston.

– Sin duda esperas que ella soporte la lluvia y aguarde tu llegada el último, como harán todas tus admiradoras, ¿no es así?

– No. La verdad es que necesito lavar el chándal y me han dicho que su madre es lavandera. -Su Ling se echó a reír-. Por supuesto que me encantará verte en Boston -añadió Nat y la cogió en brazos.

– Tengo reservado un asiento en el autocar de la comitiva.

– Tom y yo iremos en coche el día antes. ¿Por qué no vienes con nosotros?

– ¿Dónde me alojaría?

– Una de las muchas tías de Tom tiene una casa en Boston y nos ha invitado a alojarnos con ella. -Su Ling vaciló-. Me han dicho que tiene nueve dormitorios, e incluso un ala separada, pero si con eso no basta, siempre puedo dormir en el coche.

Su Ling no le respondió porque en aquel momento apareció Mario con el café.

– Este es mi amigo Mario -dijo la muchacha-. Ha sido muy amable al reservarme mi mesa habitual.

– ¿Siempre traes aquí a todas tus conquistas?

– No. Prefiero seleccionar un restaurante distinto cada vez, para que de esa manera nadie se entere de mi reputación de vestal.

– ¿Como tu reputación de genio de la informática?

Su Ling se sonrojó hasta las cejas.

– ¿Cómo te has enterado?

– ¿Qué quieres decir con cómo me he enterado? Al parecer, era el único tipo en toda la universidad que no lo sabía. Me lo dijo mi mejor amigo y él está en Yale.

– Estaba dispuesta a decírtelo, pero nunca hiciste la pregunta correcta.

– Su Ling, puedes decirme lo que sea sin necesidad de que te haga la pregunta correcta.

– Entonces debo preguntarte si también te has enterado de que Harvard y el MIT me han invitado a unirme a sus departamentos de informática.

– Sí, pero no sé cuál ha sido tu respuesta.

– Dime una cosa, capitán, ¿puedo preguntarte algo yo primero?

– Una vez más intentas cambiar de tema, Su Ling.

– Así es, Nat, porque necesito que respondas a mi pregunta antes de contestar a la tuya.

– Muy bien, ¿cuál es la pregunta?

Su Ling agachó la cabeza como hacía cada vez que se sentía avergonzada.

– ¿Cómo pueden dos personas absolutamente diferentes… -titubeó-… acabar apreciándose tanto?

– Creo que intentas decir enamorándose. Si supiera la respuesta a tu pregunta, Pequeña Flor, sería profesor de filosofía y no estaría sufriendo por los exámenes de final de curso.

– En mi país -replicó Su Ling-, el amor es algo de lo que no se habla hasta que no se conoce a la otra persona de muchos años.

– Entonces te prometo no volver a mencionar el tema durante muchos años, con una condición.

– ¿De qué se trata?

– Que aceptes venir con nosotros a Boston el viernes.

– Sí, siempre que me facilites el número de teléfono de la tía de Tom.

– Por supuesto, pero ¿por qué?

– Mi madre querrá hablar con ella. -Su Ling levantó el pie derecho debajo de la mesa y lo apoyó en el pie izquierdo de Nat.

– No sé por qué, pero estoy seguro de que eso que haces tiene algún significado en tu país.

– Así es. Significa que quiero caminar contigo por algún lugar donde no haya mucha gente.

Nat apoyó el pie derecho en el pie izquierdo de la muchacha.

– ¿Qué significa esto?

– Que aceptas mi petición. -Vaciló un momento-. No podía hacerlo primero, porque entonces sería considerada como una mujer casquivana. -Nat se apresuró a retirar el pie y luego lo apoyó de nuevo-. Salvado el honor -dijo Su Ling.

– Después de que demos nuestro paseo por algún lugar donde no haya mucha gente, ¿qué sigue?

– Tendrás que esperar la invitación para tomar el té con mi familia.

– ¿Cuánto tiempo se tarda?

– En circunstancias normales, un año sería lo apropiado.

– ¿No podríamos acelerar un poco el proceso? -preguntó Nat-. ¿Qué te parece la semana que viene?

– De acuerdo. Te invitaremos a tomar el té el domingo por la tarde, porque el domingo es el día señalado por la tradición para que el hombre comparta su primera comida con la mujer ante la atenta mirada de la familia.

– Ya hemos comido juntos varias veces.

– Lo sé y por tanto debes venir a tomar el té antes de que mi madre lo descubra. Si no lo haces, me desheredará y me echará de casa.

– En ese caso no aceptaré la invitación para tomar el té -manifestó Nat.

– ¿Por qué no?

– Me instalaré delante de la puerta de tu casa y te cogeré al vuelo cuando tu madre te eche; así no tendré que esperar otros dos años. -Nat apoyó los dos pies en los de ella y la muchacha se apartó en el acto-. ¿Qué he hecho de malo esta vez?

– Dos pies significan algo completamente diferente.

– ¿Qué? -preguntó Nat.

– No te lo diré, pero a la vista de que has sido capaz de averiguar la traducción correcta de Su Ling, estoy segura de que descubrirás el significado de los dos pies y que nunca más lo volverás a hacer, a menos…


El viernes por la tarde, Tom llevó a Nat y Su Ling en su coche a la casa de su tía, en uno de los arbolados barrios residenciales de Boston. Era evidente que la señorita Russell había hablado con la madre de Su Ling, porque la instaló en un dormitorio en la planta alta, contiguo al suyo, y a Nat y Tom los envió al ala este.

A la mañana siguiente, después del desayuno, Su Ling se marchó a la entrevista que tenía con el profesor de estadística de Harvard, mientras que Nat y Tom recorrían el circuito de la carrera, algo que Nat siempre hacía cuando tenía que correr en un terreno que no conocía. Comprobaba todos los senderos más trillados y cada vez que llegaba a un arroyo, un muro o un desnivel, practicaba cruzarlo varias veces.

En el camino de regreso a través del campo, Tom le preguntó qué haría si Su Ling aceptaba la oferta de Harvard.

– Pues yo también vendré. Me matricularé en empresariales.

– ¿Hasta ese punto estás enamorado?

– Sí, y no puedo correr el riesgo de que algún otro apoye los dos pies en los de ella.

– ¿De qué estás hablando?

– Te lo explicaré en alguna otra ocasión. -Nat se detuvo en la orilla de una corriente de agua-. ¿Cómo crees que lo cruzarán?

– No lo sé, pero parece demasiado ancho para saltarlo.

– Estoy de acuerdo, así que supongo que intentarán alcanzar el área de cantos rodados que aflora en el centro.

– ¿Qué harás si no estás seguro? -preguntó Tom.

– Me pegaré a los talones de uno de su equipo, porque harán lo correcto sin pensarlo.

– ¿En qué puesto crees que quedarás? Recuerda que es el inicio de la temporada.

– Me daré por satisfecho si estoy en el grupo de los que cuentan.

– No te entiendo. ¿Es que no cuentan todos?

– No. Hay ocho corredores en cada equipo, pero solo cuentan seis para el resultado final. Si entro entre los doce primeros, cuento.

– ¿Cómo se hace la cuenta?

– El primero en cruzar cuenta como uno, el segundo dos, y así los demás. Cuando acaba la carrera, se suman los puntos de los seis primeros de cada equipo, y el equipo que menos puntos suma se proclama ganador. De esta manera, el séptimo y el octavo solo pueden contribuir si se sitúan por delante de cualquiera de los seis primeros del otro equipo. ¿Lo entiendes ahora?

– Sí, me parece que sí. -Tom miró su reloj-. Me voy. Le prometí a la tía Abigail que comería con ella. ¿Vienes?

– No. Comeré con el resto del equipo: un plátano, una hoja de lechuga y un vaso de agua. ¿Podrías recoger a Su Ling y ocuparte de que llegue a tiempo para que vea la carrera?

– No será necesario que se lo recuerde.

Cuando llegó a la casa, Tom se encontró a Su Ling y a su tía enfrascadas en una conversación mientras compartían un cuenco de sopa de almejas. Tom se dio cuenta de que su tía había cambiado de tema en el instante en que él había entrado en la habitación.

– Será mejor que comas algo -le dijo la tía-, si quieres llegar a tiempo para presenciar la salida.

Después de un segundo cuenco de sopa de almejas, Tom acompañó a Su Ling a través del circuito. Le explicó que Nat les había buscado un lugar desde donde verían a todos los participantes durante al menos un par de kilómetros y que si después cogían un atajo, llegarían a tiempo para ver al vencedor cruzar la línea de meta.

– ¿Tú entiendes lo que es un «contador»? -le preguntó Tom.

– Sí, Nat me lo explicó; es un sistema muy ingenioso que consigue que el ábaco parezca absolutamente moderno -respondió la muchacha-. ¿Quieres que te lo explique?

– Me parece una excelente idea.

Llegaron al lugar que les había indicado Nat y no tuvieron que esperar mucho para ver al primer corredor en la cumbre de la colina. Observaron al capitán del equipo de Boston pasar como una exhalación; otros diez competidores pasaron y se perdieron en la distancia antes de que apareciera Nat. Les dedicó un saludo mientras pasaba.

– Es el último contador -dijo Su Ling mientras se encaminaban hacia el atajo que los llevaría a la línea de meta.

– Calculo que mejorará dos o tres puestos ahora que sabe que estás tú aquí para ver la llegada.

– ¡Qué halagador! -exclamó Su Ling.

– ¿Aceptarás la oferta de Harvard? -le preguntó Tom en voz baja.

– ¿Nat te pidió que lo averiguaras? -replicó ella.

– No, aunque casi es de lo único que habla.

– He dicho que sí, pero con una condición.

Tom permaneció en silencio. Su Ling no le dijo cuál era la condición, así que él no preguntó.

Casi tuvieron que correr los últimos doscientos metros para asegurarse de que llegarían a tiempo para ver cómo el capitán del equipo de Boston levantaba los brazos en señal de triunfo al cruzar la meta. Tom no se equivocó, porque Nat acabó noveno y fue el cuarto contador de su equipo. Ambos corrieron a felicitarlo como si hubiese sido el vencedor. Nat se tumbó en el suelo agotado y se llevó una desilusión al saber que Boston había ganado por 31 a 24.

Después de cenar con la tía Abigail, emprendieron el largo viaje de regreso a Storrs. Nat apoyó la cabeza en la falda de Su Ling y se quedó profundamente dormido.

– No quiero pensar en lo que diría mi madre sobre nuestra primera noche juntos -le susurró la joven a Tom, que permanecía atento a la conducción.

– ¿Por qué no le cuentas toda la verdad y le dices que fue un ménage à trois?


– Mamá opina que eres maravilloso -le dijo Su Ling mientras caminaban lentamente hacia el campus sur después de tomar el té.

– Qué mujer -exclamó Nat-. Sabe cocinar, lleva la casa y es una empresaria de éxito.

– No te olvides -señaló Su Ling- que fue rechazada en su propia tierra por dar a luz a la hija de un extranjero y que ni siquiera fue bien recibida en este país cuando llegó, que es la razón para que me criara de una manera tan estricta. Como muchos hijos de inmigrantes, no soy más inteligente que mi madre, pero al sacrificarlo todo para darme una educación de primera clase, me ha proporcionado unas oportunidades que ella nunca tuvo. Quizá ahora comprendas por qué siempre intento respetar sus deseos.

– Lo comprendo -dijo Nat-, y ahora que conozco a tu madre, quiero que tú conozcas a la mía, porque estoy muy orgulloso de ella.

Su Ling se echó a reír.

– ¿De qué te ríes, Pequeña Flor? -le preguntó Nat.

– En mi país, cuando el hombre conoce a la madre de una mujer es que admite la relación. Si el hombre después te pide que conozcas a su madre, eso significa casamiento. Si a continuación él no se casa con la chica, ella será una solterona durante el resto de su vida. Así y todo, asumiré el riesgo, porque ayer Tom me pidió que me casara con él mientras tú estabas corriendo.

Nat se inclinó para besarla en los labios y después apoyó los dos pies muy suavemente en los de ella. Su Ling sonrió.

– Yo también te quiero -dijo.


20

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– ¿A ti qué te parece? -preguntó Jimmy.

– No tengo ni la menor idea -respondió Fletcher, que miró hacia la mesa del fiscal general, pero los representantes del estado no parecían preocupados ni complacidos.

– Siempre le podrías pedir su opinión al profesor Abrahams -dijo Annie.

– ¿Todavía está por aquí?

– Le vi rondando por los pasillos hace solo unos momentos.

Fletcher se levantó, abrió la portezuela de la barandilla que separaba a los asistentes y salió rápidamente de la sala. Miró a un lado y a otro del gran pasillo de mármol, pero no vio al profesor hasta que un nutrido grupo que aguardaba al pie de las escaleras comenzó a subirlas y dejó a la vista a un hombre de aspecto distinguido que estaba sentado en un banco, muy atareado en escribir en un cuaderno. Los funcionarios y la gente pasaban a toda prisa sin advertir su presencia. Fletcher se acercó un tanto intranquilo y aguardó mientras Abrahams continuaba escribiendo. Le pareció que no debía interrumpirle y esperó pacientemente hasta que el profesor lo miró.

– Ah, Davenport. -El profesor dio unos golpes en el banco-. Siéntese. Veo una expresión interrogativa en su rostro. ¿En qué puedo ayudarle?

Fletcher se sentó a su lado.

– Solo quería preguntarle si sabe usted la razón por la que el jurado lleva reunido tanto tiempo. ¿Cómo debo interpretarlo?

– Solo llevan poco más de cinco horas -respondió Abrahams, después de consultar su reloj-. No, yo no diría que es mucho para un caso de asesinato. A los jurados les gusta que los demás vean que se toman sus responsabilidades muy en serio, a menos que sea un caso donde no haya ninguna duda, y este no entra en esa categoría.

– ¿Tiene usted alguna impresión referente al fallo? -preguntó Fletcher, inquieto.

– Nunca se sabe qué decidirá un jurado, señor Davenport; doce personas escogidas al azar, con poco o nada en común, aunque con un par de excepciones, parecen personas sensatas. ¿Cuál es su siguiente pregunta?

– No lo sé, señor. ¿Cuál es mi siguiente pregunta?

– ¿Qué debe hacer si el veredicto es contrario? -El profesor Abrahams guardó silencio un momento-. Es una posibilidad para la que debe estar preparado. -Fletcher asintió-. ¿Respuesta? Tendrá que solicitar inmediatamente al juez un plazo para la apelación. -El profesor arrancó una de las hojas amarillas de su cuaderno y se la entregó a su alumno-. Espero que no lo considere como un atrevimiento de mi parte, pero he escrito algunas frases para cualquier circunstancia.

– ¿Incluida la de culpable? -le preguntó Fletcher.

– No es todavía el momento para mostrarse pesimista. Primero debemos considerar todas las posibilidades. He visto en el centro de la última fila a un jurado que no miró a la acusada ni una sola vez mientras estuvo en el banquillo. Pero he observado que usted también se fijó en la mujer sentada en el extremo de la primera fila que agachó la cabeza cuando levantó la mano quemada de la señora Kirsten.

– ¿Qué haré si es un jurado despiadado?

– Nada. El juez, aunque no sea una de las mentes brillantes de la profesión, es meticuloso y justo cuando se trata de aplicar la ley, así que le preguntará al jurado si el veredicto ha sido aprobado por mayoría.

– Que en este estado es de diez a dos.

– Como lo es en otros cuarenta y tres estados -le recordó el profesor.

– ¿Qué pasará si no se ponen de acuerdo en un veredicto mayoritario?

– Al juez no le quedará más alternativa que disolver el jurado y preguntarle al fiscal general si quiere solicitar la repetición del juicio. Antes de que me lo pregunte, le diré que no sé cuál será la reacción del señor Stamp si ese es el caso.

– Al parecer ha tomado muchas notas -comentó Fletcher, mientras echaba una ojeada a la hoja llena.

– Sí, tengo la intención de referirme a este caso el próximo semestre en la clase sobre la diferencia legal entre el homicidio sin premeditación y el asesinato. Será en el curso de los alumnos de tercero, así que no pasará mucha vergüenza.

– ¿Debí aceptar la oferta del fiscal general de homicidio sin premeditación y una condena de tres años?

– Sospecho que no tardaremos mucho en conocer la respuesta a esa pregunta.

– ¿He cometido muchos errores? -quiso saber Fletcher.

– Unos pocos -manifestó el profesor, que pasó las páginas del cuaderno.

– ¿Cuál ha sido el peor?

– El único error craso, en mi opinión, fue no llamar a un médico para que describiera de la manera más gráfica posible, algo que a los médicos les encanta hacer, cómo se produjeron los moratones en los brazos y las piernas de la señora Kirsten. Los jurados admiran a los médicos. Suponen que son personas honradas y la mayoría lo son. Pero como cualquier otro grupo de profesionales, si se les hacen las preguntas correctas, y después de todo son los abogados quienes seleccionan las preguntas, tienden a la exageración como cualquiera de nosotros.

Fletcher se sintió culpable por haber pasado por alto una estratagema absolutamente obvia y lamentó no haber hecho caso a la recomendación de Annie de buscar antes del juicio el asesoramiento del profesor.

– No se preocupe -añadió Abrahams-. Al estado aún le quedan por salvar algunos obstáculos, porque el juez nos concederá una demora en la ejecución.

– ¿Nos concederá?

– Sí -respondió el profesor tranquilamente-, aunque hace muchos años que no intervengo en un juicio y quizá esté un poco desentrenado. Confiaba en que quizá me permitiría asistirle en esta ocasión.

– ¿Quiere ser mi ayudante? -le preguntó Fletcher, incrédulo.

– Sí, Davenport -dijo Abrahams-, porque creo que me ha convencido de una cosa. Su clienta no debería pasar el resto de su vida en la cárcel.

– El jurado vuelve a la sala -gritó una voz que resonó por todo el pasillo.

– Buena suerte, Davenport -añadió el profesor-. Quiero decirle antes de escuchar el veredicto, que para ser solo un alumno de segundo, su defensa ha sido francamente meritoria.


Nat se dio cuenta de cómo la inquietud de Su Ling crecía por momentos a medida que se aproximaban a Cromwell.

– ¿Estás seguro de que tu madre aprobará la manera como voy vestida? -le preguntó ella, mientras intentaba bajarse la falda un poco más.

El muchacho desvió la mirada por un instante de la carretera para admirar el sencillo pero muy elegante vestido amarillo que había escogido Su Ling y que insinuaba toda la gracia de su figura.

– Mi madre lo aprobará y mi padre será incapaz de quitarte el ojo de encima.

Su Ling le apretó el muslo cariñosamente.

– ¿Cómo crees que reaccionará tu padre cuando sepa que soy coreana?

– Le hablaré de tu padre irlandés -replicó Nat-. En cualquier caso, se ha pasado toda la vida entre números, así que solo tardará unos minutos en darse cuenta de lo brillante que eres.

– Todavía estamos a tiempo de volvernos -dijo Su Ling-. Podríamos venir a visitarles el próximo domingo.

– Ya es demasiado tarde -afirmó Nat-. De todas maneras, ¿se te ha ocurrido pensar en lo nerviosos que estarán mis padres? Después de todo, ya les he dicho que estoy perdidamente enamorado de ti.

– Sí, pero el caso es que mi madre te adora.

– La mía te adorará a ti.

Su Ling permaneció en silencio hasta que Nat le anunció que estaban llegando a la periferia de Cromwell.

– No sé qué voy a decirles -protestó la muchacha.

– Su Ling, este no es un examen que debas aprobar.

– Sí que lo es, no es otra cosa.

– Esta es la ciudad donde nací -le explicó Nat, en un intento por conseguir que se tranquilizara mientras recorrían la calle principal-. Cuando era pequeño creía que era una gran metrópoli. Claro que para ser sincero, también creía que Hartford era la capital del mundo.

– ¿Cuánto falta para que lleguemos?

Nat miró a través de la ventanilla.

– Diría que unos diez minutos. Por favor, no esperes encontrarte con nada extraordinario, vivimos en una casa pequeña.

– Mi madre y yo vivimos encima de la lavandería -le recordó Su Ling.

Nat se echó a reír.

– También Harry Truman.

– Pues ya has visto de qué le sirvió -replicó ella.

Nat tomó por Cedar Avenue.

– La nuestra es la tercera casa a mano derecha.

– ¿No podríamos dar unas cuantas vueltas a la manzana? Necesito tiempo para pensar en lo que voy a decir.

– De ninguna manera -respondió Nat con voz firme-. Intenta recordar cómo reaccionó el profesor de estadística de Harvard cuando te conoció.

– Sí, pero no quería casarme con su hijo.

– Estoy seguro de que no hubiese puesto el más mínimo inconveniente si con ello conseguía que te unieras a su equipo.

Su Ling se echó a reír por primera vez en más de una hora, justo en el momento en que Nat detenía el coche delante de la casa. Se bajó y corrió a abrirle la puerta a la muchacha. Su Ling salió del coche con tan mala fortuna que el tacón del zapato se enganchó en la rejilla de una boca de desagüe.

– Lo siento, lo siento -dijo ella mientras recuperaba el zapato y se calzaba-. Lo siento.

Nat se echó a reír y la abrazó.

– No, no -protestó Su Ling-, tu madre podría vernos.

– Eso espero -afirmó Nat.

El joven sonrió y la cogió de la mano mientras recorrían el corto sendero que llevaba hasta el porche.

La puerta se abrió mucho antes de que llegaran y Susan corrió a recibirles. Abrazó a Su Ling inmediatamente y exclamó:

– Nat no ha exagerado ni un ápice. Eres muy hermosa.


Fletcher no se dio mucha prisa en volver a la sala y se sorprendió al ver que el profesor seguía a su lado mientras caminaban por el pasillo. Cuando llegaron a la barandilla, el joven supuso que su mentor ocuparía su asiento un par de filas detrás de Annie y Jimmy, pero no fue así sino que continuó para ir a sentarse junto a Fletcher. Annie y Jimmy apenas podían disimular el asombro. El ujier anunció:

– Todos en pie. Preside su señoría el juez Abernathy.

En cuanto ocupó su lugar en el estrado, el juez saludó al fiscal general y luego dirigió su atención al equipo de la defensa; por segunda vez durante el juicio, en su rostro apareció una expresión de sorpresa.

– Veo que ha conseguido un ayudante, señor Davenport. ¿Debo consignar su nombre en las actas antes de que llame al jurado?

Fletcher miró al profesor, quien se levantó para responder:

– Ese es mi deseo, su señoría.

– ¿Su nombre? -preguntó el juez, como si no le hubiese visto en toda su vida.

– Karl Abrahams, su señoría.

– ¿Está usted cualificado para intervenir ante mi tribunal? -preguntó el juez con voz solemne.

– Creo que sí, señor -contestó Abrahams-. Soy miembro del colegio de abogados de Connecticut desde mil novecientos treinta y siete, aunque nunca he tenido el privilegio de intervenir delante de su señoría.

– Muchas gracias, señor Abrahams. Si el fiscal general no tiene ninguna objeción, consignaré su nombre en las actas como ayudante del señor Davenport.

El fiscal general se levantó, saludó al profesor con una leve inclinación y manifestó:

– Es un privilegio estar en la misma sala con el ayudante del señor Davenport.

– Entonces creo que no debemos esperar más para llamar al jurado -señaló el juez.

Fletcher observó atentamente los rostros de los siete hombres y cinco mujeres mientras ocupaban sus asientos. El profesor le había advertido que estuviese atento a los miembros del jurado que miraran directamente a su clienta, porque eso podría indicar un veredicto de inocencia. Le pareció que dos o tres lo hacían, pero no podía estar seguro.

El portavoz del jurado se levantó.

– ¿Han llegado ustedes aun veredicto en este caso? -preguntó el magistrado.

– No, su señoría, no hemos podido hacerlo -respondió el portavoz.

Fletcher notó que le sudaban las manos todavía más que en su primer discurso al jurado. El juez probó una segunda vez:

– ¿Han podido llegar a un veredicto mayoritario?

– No, no hemos podido, su señoría.

– ¿Creen que, si disponen de más tiempo, podrían llegar a un veredicto mayoritario?

– No lo creo, su señoría. Hemos estado divididos por partes iguales durante las últimas tres horas.

– Entonces no tengo más opción que declarar nulo el juicio y disolver el jurado. En nombre del estado, les doy las gracias por sus servicios.

El juez ya se dirigía al fiscal general, cuando el señor Abrahams se levantó.

– Me pregunto, su señoría, si podría solicitar su consejo en una pequeña cuestión técnica.

El juez lo miró intrigado y lo mismo hizo el fiscal general.

– Estoy impaciente por escuchar esa pequeña cuestión técnica.

– Permítame primero preguntarle a su señoría si me equivoco al creer que, en caso de celebrarse un nuevo juicio, los representantes de la defensa deben ser anunciados dentro de un plazo de catorce días.

– Esa es la práctica habitual, señor Abrahams.

– Entonces colaboraré con el tribunal al comunicar que si se presenta dicha situación, el señor Davenport y yo continuaremos representando a la acusada.

– Le doy las gracias por su pequeña cuestión técnica -manifestó el juez, que ya no parecía intrigado. Se dirigió al fiscal general-. Debo preguntarle ahora, señor Stamp, si tiene usted la intención de solicitar un nuevo juicio.

La atención de todos los presentes se centró en los cinco abogados del estado, que mantenían una animada conversación con las cabezas muy juntas. El juez Abernathy no hizo nada por meterles prisa y esperó pacientemente hasta que el señor Stamp se levantó.

– Consideramos, su señoría, que no beneficiará al interés del estado solicitar la celebración de un nuevo juicio.

El público aplaudió con entusiasmo mientras el profesor arrancaba una hoja de su cuaderno y se la pasaba a su alumno. Fletcher le echó un vistazo, se levantó una vez más y leyó textualmente:

– Su señoría, dadas las circunstancias, solicito la inmediata puesta en libertad de mi cliente. -Miró la siguiente frase del profesor y continuó con la lectura-: Quiero manifestar, además, mi agradecimiento por la corrección y la profesionalidad demostradas por el señor Stamp y su equipo durante todo el juicio.

El juez asintió y el señor Stamp se puso de pie.

– A mi vez felicito al señor letrado y a su ayudante por su labor en este su primer caso delante de su señoría. Asimismo, le deseo al señor Davenport todos los éxitos en la que estoy seguro será una brillante carrera.

Fletcher miró a Annie con una sonrisa de felicidad mientras el profesor Abrahams se levantaba.

– Protesto, su señoría.

Todos se volvieron para mirar al profesor.

– Yo no lo afirmaría con tanto convencimiento. Creo que aún le queda mucho trabajo por delante antes de que veamos realizada esa promesa.

– Se admite la protesta -dijo el juez Abernathy.


– Mi madre me enseñó los dos idiomas hasta que cumplí nueve años y para entonces ya estaba preparada para introducirme en el sistema escolar de Storrs.

– Allí fue donde di mis primeras clases -comentó Susan.

– No tardé en descubrir que me sentía mucho más a gusto con los números que con las palabras. -Michael Cartwright asintió, comprensivo-. Fui muy afortunada al tener a una maestra de matemáticas aficionada a la estadística y que además estaba fascinada por la importancia que tendrían los ordenadores en el futuro.

– Cada día dependemos más de ellos en las empresas de seguros -comentó Michael, mientras cargaba la pipa.

– ¿Qué tamaño tiene el ordenador de su empresa, señor Cartwright? -le preguntó Su Ling.

– Aproximadamente el tamaño de esta habitación.

– La próxima generación de estudiantes trabajará con ordenadores que no serán más grandes que las tapas de sus pupitres; la generación siguiente podrá tenerlos en la palma de la mano.

– ¿Crees realmente que eso es posible? -preguntó Susan, fascinada.

– La tecnología avanza a mucha velocidad y la demanda alcanzará unos niveles que obligará a bajar los precios rápidamente. En cuanto eso ocurra, los ordenadores serán como los teléfonos y los televisores en los años cuarenta y cincuenta. A medida que aumente el número de usuarios, más baratos y pequeños serán.

– Así y todo, habrá algunos ordenadores que continuarán siendo grandes -opinó Michael-. Piensa que mi empresa tiene más de cuarenta mil clientes.

– No necesariamente -replicó la muchacha-. El ordenador que llevó al primer hombre a la luna era más grande que esta casa, pero viviremos para ver cómo una nave espacial llega a Marte controlada por un ordenador no más grande que esta mesa de cocina.

– ¿No más grande que esta mesa? -repitió Susan, que intentaba hacerse a la idea.

– Silicon Valley, en California, se ha convertido en la nueva meca de la tecnología. IBM y Hewlett Packard comienzan a darse cuenta de que sus últimos modelos se quedan anticuados en cuestión de meses; en cuanto los japoneses se lancen a toda marcha, quizá será cuestión de semanas.

– ¿Qué tendrán que hacer las empresas como la mía para mantenerse al día? -preguntó Michael.

– Sencillamente tendrá que cambiar de ordenador con la misma frecuencia que un coche; en un futuro no muy lejano, podrá llevar en su bolsillo la información detallada de cada uno de sus clientes.

– Te lo repito -insistió Michael-, mi empresa tiene en la actualidad cuarenta y dos mil clientes.

– Aunque tenga cuatrocientos veinte mil, señor Cartwright, un ordenador que podrá llevar en la mano le informará de todo lo que necesita.

– Piensa en las consecuencias -apuntó Susan.

– Son muy emocionantes, señora Cartwright -dijo Su Ling. Se calló un momento con el rostro arrebolado-. Perdón, he hablado demasiado.

– No, no -la tranquilizó Susan-, es fascinante, pero quería preguntarte cosas de Corea, un país que siempre he deseado visitar. Si no es una pregunta ridícula, ¿os parecéis más a los chinos o a los japoneses?

– A ninguno de los dos -la informó Su Ling-. Somos tan diferentes como un ruso de un italiano. La nación coreana estaba formada por tribus y probablemente comenzó a existir por el siglo segundo…


– Pensar que les dije que eras tímida -comentó Nat mientras se acostaba junto a Su Ling, pasada la medianoche.

– Lo siento mucho -se disculpó ella-. No respeté la regla de oro de tu madre.

– ¿Cuál de ellas?

– Aquella que cuando dos personas se encuentran, la conversación se repartirá por partes iguales; tres personas, un tercio; cuatro, el veinticinco por ciento. Yo estuve hablando durante casi un noventa por ciento del tiempo. Me siento avergonzada por haberme comportado de una manera absolutamente incorrecta. No sé lo que me pasó. Supongo que habrá sido cosa de los nervios. Estoy segura de que no les haría gracia tenerme como nuera.

– Te adoran -replicó Nat, muy contento-. Mi padre se quedó hipnotizado con tus conocimientos de informática y mi madre fascinada con las costumbres coreanas, aunque no le comentaste nada de lo que ocurre si una muchacha coreana toma el té con los padres de su pretendiente.

– Eso no se aplica a una norteamericana de primera generación, como es mi caso.

– Que se pinta con lápiz de labios rosa y viste minifaldas -dijo Nat, que cogió un pintalabios rosa y lo agitó en el aire.

– No sabía que te pintaras los labios, Nat. ¿Otra moda que adoptaste en Vietnam?

– Solo durante las operaciones nocturnas. Ahora date la vuelta.

– ¿Darme la vuelta?

– Sí -dijo Nat, con un tono firme-. Creía que las mujeres coreanas eran obedientes, así que haz lo que te digo y date la vuelta.

Su Ling se puso boca abajo y apoyó la cabeza en la almohada.

– ¿Cuál es la próxima orden, capitán Cartwright?

– Quítate el camisón, Pequeña Flor.

– ¿Esto es lo que les sucede a todas las chicas norteamericanas durante la segunda noche?

– Quítate el camisón.

– Sí, capitán. -Su Ling deslizó lentamente el camisón de seda blanca hacia arriba y después de pasarlo por encima de la cabeza, lo dejó caer en el suelo-. ¿Qué pasa ahora? ¿Es cuando me pegas?

– No, eso no ocurrirá hasta la tercera noche, pero te haré una pregunta.

Nat cogió el pintalabios y le escribió en la espalda tres palabras entre signos de interrogación.

– ¿Qué has escrito, capitán Cartwright?

– ¿Por qué no lo averiguas tú misma?

Su Ling se levantó de la cama y se miró la espalda por encima del hombro en el espejo de cuerpo entero. Pasaron unos segundos antes de que apareciera una sonrisa en su rostro. Cuando se volvió, Nat estaba despatarrado en la cama y sostenía el pintalabios por encima de la cabeza. La muchacha se acercó lentamente, le quitó la barra de carmín y se quedó mirándole el pecho durante unos instantes. Luego le escribió en la piel las palabras: sí, quiero.


21

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– Annie está embarazada.

– Eso es fantástico -exclamó Jimmy mientras salían del comedor y cruzaban el campus para ir a su primera clase de la mañana-. ¿De cuántos meses?

– Solo de dos, así que ahora es tu turno de dar consejos.

– ¿A qué te refieres?

– No te olvides que eres tú quien tiene experiencia en esto. Eres padre de una niña de seis meses. Primera pregunta: ¿cómo puedo ayudar a Annie durante los próximos siete meses?

– Limítate a darle todo tu apoyo. Nunca olvides decirle que está preciosa aunque parezca una ballena varada en la playa, y si se le ocurren ideas tontas, tú síguele la corriente.

– ¿Qué ideas?

– A Joanna le encantaba comerse medio kilo de helado de chocolate con virutas todas las noches antes de irse a la cama, así que yo también comía; si se despertaba de madrugada a menudo se comía otro medio kilo.

– Eso tuvo que ser todo un sacrificio -opinó Fletcher.

– Efectivamente, sobre todo porque al helado le seguía una cucharada de aceite de hígado de bacalao.

– Cuéntame más cosas -le pidió Fletcher, cuando dejó de reírse y se acercaban al edificio Andersen.

– Annie tendrá que ir muy pronto a las clases de preparación al parto; los instructores por lo general recomiendan que asistan los maridos para que aprendan a valorar lo que están pasando las esposas.

– Estoy seguro de que me gustará -afirmó Fletcher-, sobre todo si tengo que comerme todas esas montañas de helado.

Subieron las escalinatas y entraron en el edificio.

– En el caso de Annie, bien podría darle por las cebollas o por los pepinillos en vinagre -le advirtió Jimmy.

– Si es así, quizá no me muestre muy entusiasta.

– Después tenemos los preparativos para el nacimiento. ¿Quién ayudará a Annie en todo eso?

– Mamá le preguntó si quería a la señorita Nichol, mi vieja niñera, pero Annie no ha querido ni oír hablar del tema. Está decidida a criar al bebé sin la ayuda de nadie.

– Joanna no hubiese vacilado en aprovechar los servicios de la señorita Nichol, porque por lo que recuerdo de la mujer, hubiese accedido a pintar la habitación del bebé además de cambiarle los pañales.

– No tenemos habitación para el bebé, solo el cuarto de los invitados.

– Pues a partir de hoy queda convertido en la habitación del bebé y Annie esperará que te encargues de pintarla, mientras ella se compra todo un vestuario nuevo.

– Tiene vestidos más que suficientes -replicó Fletcher.

– Ninguna mujer tiene vestidos más que suficientes -afirmó Jimmy-. Además, dentro de un par de meses no podrá usar ninguna de las prendas que tiene y eso será antes de que comience a pensar en las necesidades del bebé.

– Entonces ya puedo dedicarme a buscar trabajo como camarero -dijo Fletcher mientras caminaban por el pasillo.

– No creo que tu padre…

– No pretendo pasar toda mi vida aprovechándome de mi padre.

– Si mi padre tuviese tanto dinero como el tuyo -comentó Jimmy-, te juro que no hubiese pegado sello.

– Sí que lo hubieses hecho, porque de lo contrario Joanna nunca hubiese aceptado casarse contigo.

– No creo que acabes trabajando de camarero, Fletcher, porque después de tu triunfo en el caso Kirsten podrás escoger entre los mejores empleos de la bolsa de trabajo de la facultad. Si hay algo que sé de mi hermanita, es que no permitirá que nada se interponga en el objetivo de que seas el primero del curso. -Jimmy guardó silencio un momento-. ¿Qué te parece si hablo con mi madre? Ella ayudó mucho a Joanna en multitud de cosas sin que pareciera demasiado evidente. Claro que esperaría recibir algo a cambio.

– ¿En qué has pensado? -preguntó Fletcher.

– ¿Qué te parece la fortuna de tu padre? -replicó con una sonrisa.

Fletcher soltó la carcajada.

– ¿Quieres la fortuna de mi padre a cambio de pedirle a tu madre que ayude a su hija con el nacimiento de su nieto? Sabes, Jimmy, tengo la sensación de que serías un extraordinario abogado matrimonialista.


– He decidido presentarme como candidato a representante estudiantil -dijo sin ni siquiera preguntar quién le llamaba por teléfono.

– Es una gran noticia -declaró Tom-. ¿Qué ha dicho Su Ling al respecto?

– No hubiese dado el primer paso de no habérmelo propuesto ella. Además, quiere participar en la campaña. Dijo que se encargará de las encuestas y todo lo que tenga que ver con las estadísticas.

– Pues ya tienes resuelto uno de tus problemas. ¿Has escogido a tu director de campaña?

– Sí, poco después de que tú regresaras a Yale. Me decidí por un tipo llamado Joe Stein. Ha dirigido un par de campañas y aportará el voto judío.

– ¿Hay un voto judío en Connecticut? -le preguntó Tom.

– En este país siempre hay un voto judío y en esta universidad hay cuatrocientos dieciocho judíos. Puedes estar seguro de que necesitaré del voto de todos.

– En ese caso, ¿qué opinas sobre el futuro de los Altos del Golán?

– Ni siquiera sé dónde están los Altos del Golán -respondió Nat.

– Te recomiendo que lo averigües para mañana por la mañana.

– Me pregunto qué opinará Elliot sobre los Altos del Golán.

– Que forman parte de Israel y que de ninguna manera se puede ceder ni un palmo a los palestinos.

– ¿Qué crees que les dirá a los palestinos?

– Es probable que no haya más de un par de palestinos en la universidad, así que no necesita preocuparse por ellos.

– Evidentemente eso le simplificaría mucho las cosas.

– El siguiente paso que hay que considerar es tu discurso inaugural y dónde piensas darlo.

– Había pensado en el Russell Hall.

– Solo tiene capacidad para cuatrocientas personas. ¿No hay una sala más grande?

– Sí. El salón de actos tiene un aforo de más de mil, pero Elliot ya cometió el error. Cuando inauguró su campaña, el sitio parecía medio vacío. No, prefiero reservar el Russell Hall y tener a la gente sentada en las cornisas, colgados de las arañas, incluso de pie en las escalinatas de la entrada, algo que resultará mucho más impresionante para los votantes.

– En ese caso, más te vale que fijes una fecha y reserves la sala cuanto antes; al mismo tiempo, tienes que acabar de seleccionar a los integrantes de tu equipo.

– ¿De qué más debo ocuparme? -le preguntó Nat.

– Del discurso, para que cale bien en la gente; ah, y no te olvides de hablar con todos los estudiantes que te encuentres. Recuerda el saludo habitual «Hola, me llamo Nat Cartwright. Me presento como candidato a representante estudiantil y confío en contar con tu apoyo». Después escucha lo que te digan, porque si creen que estás interesado en sus opiniones, te resultará mucho más fácil conseguir su apoyo.

– ¿Alguna cosa más?

– No tengas piedad a la hora de utilizar a Su Ling y pídele que haga lo mismo con todas las estudiantes, porque es posible que sea una de las muchachas más admiradas del campus después de su decisión de no cambiar de universidad. No son muchas las personas capaces de rechazar una invitación de Harvard.

– No me lo recuerdes -replicó Nat-. ¿Eso es todo? Parece que has pensado hasta en el más mínimo detalle.

– Sí, solo una cosa más: me reuniré contigo durante los últimos diez días de campaña, pero oficialmente no seré un integrante de tu equipo.

– ¿Por qué no?

– Porque Elliot le diría a todo el mundo que tu campaña la lleva alguien de fuera y, lo que es peor, el hijo de un banquero que estudia en Yale. Procura no olvidar que hubieses ganado tus últimas elecciones de no haber sido por el fraude cometido por Elliot, así que prepárate para cualquier jugarreta que pueda apartarte de la carrera electoral.

– ¿Qué se le podría ocurrir?

– Si pudiera saberlo, sería el jefe de gabinete de Nixon.


– ¿Qué tal estoy? -preguntó Annie, sentada en el asiento del acompañante; mantenía estirado el cinturón de seguridad para que no le oprimiera la barriga.

– Estás preciosa, cariño -respondió Fletcher, sin ni siquiera dedicarle una mirada.

– No lo estoy. Tengo un aspecto horrible y este es un acontecimiento importante.

– Probablemente no sea más que una de sus habituales reuniones con una docena o más de alumnos.

– Lo dudo -replicó Annie-. Envió una invitación escrita a mano y recuerda lo que decía: «Haga todo lo posible por asistir. Quiero presentarle a una persona».

– Bueno, no tardaremos mucho en aclarar el misterio -señaló Fletcher, mientras aparcaba el viejo Ford detrás de una limusina vigilada por una docena de agentes del servicio secreto.

– ¿Quién podrá ser? -susurró Annie, que aceptó la mano que le ofrecía su marido para bajar del coche.

– No tengo ni idea, pero…

– Qué alegría verle, Fletcher -exclamó el profesor, que se encontraba en el umbral para recibir a los invitados-. Le agradezco mucho que esté aquí -añadió. Hubiese sido una estupidez por mi parte no venir, pensó Fletcher-. Y a usted también, señora Davenport. La recuerdo muy bien, porque durante un par de semanas estuve sentado dos filas más atrás de usted en la sala del juzgado.

– Entonces estaba un poco más delgada -comentó Annie con una amplia sonrisa.

– Pero no menos hermosa -replicó Abrahams-. ¿Para cuándo espera al bebé?

– Dentro de diez semanas, señor.

– Por favor, llámeme Karl -dijo el profesor-. Me siento muchísimo más joven cuando una estudiante de Vassar me llama por mi primer nombre. Un privilegio, debo añadir, que no extenderé a su marido hasta dentro de un año por lo menos -añadió mientras pasaba el brazo por los hombros de Annie-. Pasen. Quiero que conozcan a alguien.

Seguidos por el profesor, Fletcher y Annie entraron en la sala, donde ya había una docena de invitados que conversaban animadamente. Al parecer eran los últimos en llegar.

– Señor vicepresidente, quiero presentarle a Annie Cartwright.

– Buenas noches, señor vicepresidente.

– Hola, Annie -dijo Spiro Agnew y le estrechó la mano efusivamente-. Me han comentado que se ha casado con un tipo muy brillante.

– Procure no olvidar, Annie -intervino Karl-, que los políticos tienen cierta tendencia a la exageración, porque siempre confían en obtener su voto.

– Lo sé, Karl, mi padre se dedica a la política.

– ¿Es de los nuestros? -le preguntó Agnew.

– No, señor, de los otros -respondió Annie, con un tono divertido-. Es el líder de la mayoría del Senado del estado de Connecticut.

– ¿Es que no hay ningún republicano en esta reunión?

– Y este, señor vicepresidente, es el marido de Annie, Fletcher Davenport.

– Encantado, Fletcher. ¿Su padre también es demócrata?

– No, señor, está afiliado al partido republicano.

– Fantástico, así al menos tenemos dos votos seguros en su casa.

– No, señor, mi madre no le permitiría cruzar el umbral.

El vicepresidente se echó a reír.

– No parece que todo esto ayude mucho a su reputación, Karl.

– Continuaré siendo neutral como siempre, Spiro, porque el juego político es algo que no me concierne. En cualquier caso, si me lo permite, dejaré a Annie con usted, porque quiero que Fletcher conozca a alguien más.

Fletcher se sintió intrigado porque había supuesto que el profesor se refería al vicepresidente en la invitación, pero siguió obedientemente a su anfitrión para reunirse con un grupo de hombres que se encontraban al otro lado de la sala, junto a la chimenea encendida.

– Bill, este es Fletcher Davenport. Fletcher, le presento a Bill Alexander, de Alexander…

– … Dupont y Bell -acabó Fletcher, y estrechó la mano del socio principal de una de las firmas de abogados más prestigiosas de Nueva York.

– Hace tiempo que buscaba la ocasión de conocerle, Fletcher -dijo Bill Alexander-. Ha conseguido algo que yo no he sido capaz de conseguir en treinta años.

– ¿A qué se refiere, señor?

– A que Karl interviniera en uno de mis casos como ayudante. ¿Cómo lo consiguió?

Los dos hombres esperaron ansiosos la respuesta.

– No me dejó muchas alternativas, señor. Me incordió de una manera muy poco profesional, pero era comprensible, dada su desesperación. Nadie le había ofrecido un empleo desde mil novecientos treinta y ocho.

Los dos mayores se echaron a reír.

– Así y todo, me siento obligado a preguntar si valió la pena pagarle sus honorarios, que sin duda debieron de ser considerables, si tenemos en cuenta que la mujer salió absuelta de los cargos.

– Desde luego que lo fueron -intervino Abrahams antes de que su joven invitado pudiera responder.

El profesor buscó en la biblioteca detrás de Bill Alexander y sacó un ejemplar en tapa dura de Los juicios de Clarence Darrow. El señor Alexander miró el libro.

– Yo también lo tengo, por supuesto -comentó Alexander.

– Y yo. -Fletcher pareció desilusionado al escucharlo-. Pero no una primera edición firmada y con la cubierta en perfecto estado. Es un ejemplar de coleccionista.

Fletcher pensó en su madre y en su valioso consejo: «Procura escoger algo que él aprecie y no es necesario que valga una fortuna».


Nat le pidió a cada uno de los ocho hombres y seis mujeres que formaban su equipo que ofreciera una breve biografía para el resto del grupo. Luego les asignó las responsabilidades que tendrían en la campaña electoral. Nat admiraba sinceramente el trabajo de Su Ling, porque como le había aconsejado Tom, la joven había seleccionado a una notable muestra de estudiantes, la mayoría de los cuales habían deseado desde el principio que Nat se presentara como candidato.

– Muy bien, comencemos a ponernos al día -dijo Nat.

El primero en hablar fue Joe Stein, quien se puso de pie.

– Como el candidato ha dejado bien claro que los donativos no pueden exceder de un dólar por persona, he aumentado el número de voluntarios para la campaña financiera, de forma que podemos pedir su aportación al mayor número de estudiantes posible. Dicho grupo se reúne una vez por semana, generalmente los lunes. Sería muy útil si el candidato pudiera hablar con ellos en algún momento.

– ¿Qué te parece el próximo lunes? -preguntó Nat.

– Estupendo. Hasta ahora, hemos recaudado trescientos siete dólares; la mayor parte de los donativos la recibimos después de tu discurso en Russell Hall. A la vista de que la sala estaba hasta los topes, casi todos se quedaron convencidos de que estaban respaldando al ganador.

– Gracias, Joe. Veamos ahora cómo va la campaña opositora. ¿Tim?

– Me llamo Tim Ulrich. Mi trabajo consiste en seguir la campaña de la oposición y asegurarnos de saber en todo momento qué se traen entre manos. Tenemos por lo menos a dos personas que toman nota de todo lo que dice Elliot. Ha hecho tantas promesas durante los últimos días, que si pretende cumplirlas todas la universidad estará en la ruina en menos de un año.

– ¿Qué hay de los grupos, Ray?

– Los grupos se dividen en tres clases: étnicos, religiosos y actividades, así que tengo a tres colaboradores para que se ocupen de ellos. Por supuesto, hay muchos que se entremezclan: por ejemplo, los italianos con los católicos.

– ¿Sexo? -preguntó alguien.

– No -respondió Ray-. Liemos descubierto que el sexo es universal, por tanto no lo hemos podido agrupar, pero la ópera, la comida y la moda es donde más se entremezclan los italianos. Para colmo, en Mario’s ofrecen café gratis a aquellos clientes que prometen votar a Cartwright.

– Ten cuidado. Elliot podría decir que es un gasto electoral -le advirtió Joe-. No vayamos a perder por un estúpido tecnicismo.

– De acuerdo -dijo Nat-. ¿Los deportes?

Jack Roberts, el capitán del equipo de baloncesto, no necesitaba presentarse.

– Las secciones de atletismo están bien cubiertas por la participación personal de Nat, sobre todo después de su victoria en la carrera campo a través contra la Universidad de Cornell. Yo me encargo del equipo de béisbol y baloncesto. Elliot se ha hecho con el equipo de fútbol, pero la sorpresa la tenemos en el lacrosse femenino; hay más de trescientas chicas que lo practican.

– Salgo con una chica del segundo equipo -comentó Tim.

– Creía que eras homosexual -dijo Chris.

Algunos se echaron a reír.

– ¿Hay alguien que se ocupe del voto gay? -quiso saber Nat. Nadie le respondió-. Si alguien reconoce públicamente que es gay, le buscaremos un lugar en el equipo y se habrán acabado los comentarios malintencionados.

– Lo siento, Nat -se disculpó Chris.

– Solo nos quedan las encuestas y las estadísticas, Su Ling.

– Me llamo Su Ling. Hay nueve mil seiscientos veintiocho estudiantes: cinco mil quinientos diecisiete hombres y cuatro mil ciento once mujeres. Una encuesta muy casera realizada en el campus el sábado pasado por la mañana señala que Elliot contaría con seiscientos once votos y Nat con quinientos cuarenta y uno, pero no olvidemos que Elliot cuenta con la ventaja de haber comenzado la campaña hace más de un año y que sus carteles están por todas partes. Los nuestros los colocaremos el viernes.

– Los habrán arrancado todos para el sábado.

– Pues los volveremos a colocar inmediatamente -afirmó Joe-, sin recurrir a las mismas tácticas. Siento haberte interrumpido, Su Ling.

– Tranquilo, no pasa nada. Todos los miembros del equipo deben fijarse el objetivo de hablar todos los días con un mínimo de veinte votantes. Como todavía tenemos por delante sesenta días de campaña, intentaremos hablar con cada estudiante varias veces antes del día de las elecciones. Esto es algo que no se puede realizar de cualquier manera. En esa pared hay un tablón con la lista de todos los estudiantes por orden alfabético. En la mesa he dejado lápices de colores. He destinado un color para cada miembro del equipo. Al final de la jornada, cada uno marcará a los votantes que ha entrevistado. De este modo también sabremos quiénes son los que hablan y quiénes los que trabajan.

– Has dicho que hay diecisiete lápices de colores -intervino Joe-, aunque nosotros solo somos catorce.

– Correcto, pero también hay lápices de color negro, amarillo y rojo. Si la persona dijo que votará a Elliot, la marcaréis en negro; si es dudosa, le corresponde una marca amarilla, y si están seguros de que votará por Nat, entonces usaréis el rojo. A última hora entraré toda la nueva información en el ordenador; os entregaré copias de los resultados a primera hora de la mañana siguiente. ¿Alguna pregunta?

– ¿Te casarás conmigo? -preguntó Chris.

Todos se echaron a reír.

– Sí, lo haré -respondió Su Ling-. Por cierto, recuerda que no debes creer todo lo que te dicen, porque Elliot también me lo pidió y le dije que sí.

– Eh, ¿qué pasa conmigo? -protestó Nat.

– No te olvides que a ti te contesté por escrito. -Su Ling le dedicó una sonrisa.


– Buenas noches, señor, y muchas gracias por tan grata velada.

– Buenas noches, Fletcher. Me alegra que os hayáis divertido.

– Desde luego que sí -afirmó Annie-. Ha sido fantástico conocer al vicepresidente. Ahora podré burlarme de mi padre durante semanas -añadió mientras Fletcher la ayudaba a subir al coche.

Incluso antes de cerrar la puerta de su lado, Fletcher exclamó:

– Annie, has estado fabulosa.

– Solo procuraba sobrevivir. No esperaba que Karl me colocara entre el vicepresidente y el señor Alexander durante la cena. Incluso me pregunté si no habría sido un error.

– El profesor no comete esa clase de errores -señaló Fletcher-. Sospecho que Bill Alexander le pidió que lo hiciera.

– ¿Por qué haría tal cosa?

– Es el socio principal de una firma con una larga tradición y chapada a la antigua, así que seguramente creyó que averiguaría muchas cosas referentes a mí a través de mi esposa; si te invitan a unirte a Alexander Dupont y Bell, es un equivalente a que te propongan matrimonio.

– Entonces confiemos en que no haya puesto trabas a una proposición en toda regla.

– Todo lo contrario. Has conseguido que llegue a la etapa del cortejo. No vayas a creer que fue una coincidencia que la señora Alexander se sentara a tu lado cuando sirvieron el café.

Annie soltó un suave gemido y Fletcher la miró preocupado.

– Oh, Dios mío -exclamó la muchacha-. Han comenzado las contracciones.

– Pero si todavía faltan diez semanas -replicó Fletcher-. Relájate y estaremos en casa en un santiamén. En cuanto te acuestes te sentirás bien.

Annie volvió a gemir, esta vez un poco más fuerte.

– Olvídate de volver a casa; llévame al hospital.

Fletcher pisó el acelerador, aunque no podía ir muy rápido porque necesitaba mirar los nombres de las calles para orientarse y encontrar el camino más corto hasta el hospital de Yale-New Haven. Entonces vio una parada de taxis. Viró bruscamente y se detuvo junto al primer taxi de la cola. Bajó la ventanilla.

– Mi mujer está a punto de dar a luz -gritó-. ¿Cuál es el camino más corto hasta Yale-New Haven?

– Sígame -le ordenó el taxista y arrancó.

Fletcher hizo lo imposible para no separarse del taxi que se movía como una anguila entre los demás coches; el conductor hacía sonar el claxon sin cesar mientras seguía una ruta absolutamente nueva para él. Annie se sujetaba la barriga; los gemidos aumentaban de intensidad por momentos.

– No te preocupes, amor mío, ya casi hemos llegado -le dijo a Annie, mientras se saltaba otro semáforo en rojo para no perder de vista al taxi.

Cuando los dos coches llegaron finalmente al hospital, Fletcher se sorprendió al ver a un médico y una enfermera junto a una camilla en la puerta; era evidente que les estaban esperando. El taxista levantó el puño con el pulgar en alto en dirección a la enfermera y Fletcher se dijo que seguramente había llamado a su supervisor para que comunicara la emergencia al hospital; confió en llevar bastante dinero para pagarle la carrera y añadir una generosa propina.

Fletcher saltó del coche para ayudar a Annie, pero el taxista ya se le había adelantado. Entre los dos la sacaron del vehículo y la colocaron con mucho cuidado en la camilla. La enfermera comenzó a desabrocharle el vestido incluso antes de que la camilla entrara en el hospital. Fletcher sacó el billetero y se volvió hacia el taxista.

– Muchas gracias, ha sido usted muy amable. ¿Cuánto le debo?

– Ni un centavo; invita la casa -contestó el taxista.

– Pero… -comenzó Fletcher.

– Si le digo a mi esposa que le he cobrado, me matará. Buena suerte. -El taxista dio media vuelta sin decir nada más y caminó hacia su coche.

– Gracias -repitió Fletcher antes de correr hacia la entrada.

Tardó un minuto en alcanzar a su esposa y le cogió la mano.

– Todo irá a la perfección, cariño -le aseguró.

El enfermero le hizo a Annie una serie de preguntas que fueron contestadas desde la primera hasta la última con un lacónico sí. En cuanto acabó con el cuestionario, llamó al quirófano para avisar al doctor Redpath y a su equipo de que tardarían un minuto en llegar. El lento y enorme ascensor se detuvo en la quinta planta. Llevaron a Annie a tanta velocidad por el pasillo que Fletcher casi corría a su lado para no soltarle la mano. Vio a dos enfermeras que mantenían abiertas las puertas de la sala para que la camilla no tuviera que detenerse.

Annie se aferró a la mano de su marido mientras la colocaban en la mesa. Otras tres personas entraron en el quirófano, con las mascarillas puestas. La primera comprobó el instrumental, la segunda se ocupó de la máscara de oxígeno y la tercera intentó que Annie le respondiera a más preguntas, aunque ya gritaba sin cesar. Fletcher no le soltó la mano, hasta que apareció un hombre mayor. Se calzó los guantes de goma.

– ¿Estamos preparados? -preguntó sin mirar a la parturienta.

– Sí, doctor Redpath -contestó la enfermera.

– Bien. -Miró a Fletcher-. Lamento tener que pedirle que se retire, señor Davenport. Le llamaremos en cuanto haya nacido el bebé.

Fletcher besó a su mujer en la frente.

– Estoy muy orgulloso de ti -le susurró.


22

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Nat se despertó a las cinco el día de las elecciones y reparó en que Su Ling ya estaba en la ducha. Releyó el horario que tenía en la mesilla de noche. Reunión con todo el equipo a las siete, seguida de una hora y media delante de las puertas del comedor para recibir y saludar a los votantes que acudían a desayunar.

– Ven y dúchate conmigo -le gritó Su Ling-, no podemos perder ni un minuto.

Tenía razón, porque llegaron a la reunión del equipo solo un minuto antes de que el reloj marcara las siete. Todos los demás ya estaban presentes y Tom, que había venido de Yale para la ocasión, les comentaba las experiencias de su reciente reelección. Su Ling y Nat ocuparon las sillas a cada lado del asesor de campaña, que continuó presidiendo la reunión como si ellos no estuviesen allí.

– Nadie se detiene, ni siquiera para respirar, hasta las seis en punto, cuando se haya depositado el último voto. Ahora propongo que el candidato y Su Ling se instalen a la entrada del comedor y permanezcan allí entre las siete y media y las ocho y media mientras el resto va a desayunar.

– ¿Tendremos que comer toda esa basura durante una hora? -preguntó Joe.

– No, no quiero que comas nada, Joe. Necesito que vayáis de mesa en mesa, nunca dos de vosotros a la misma mesa; recordad que el equipo de Elliot probablemente estará haciendo la misma operación, así que no perdáis el tiempo pidiéndoles el voto. Muy bien, vamos allá.

Los catorce salieron de la habitación y corrieron a través del prado para desaparecer en el interior del comedor. Nat y Su Ling se quedaron junto a la entrada.

– Hola, soy Nat Cartwright. Me presento como candidato a representante del consejo de estudiantes. Espero contar con tu voto en las elecciones de hoy.

– Vale, tío, ya tienes el voto gay -le respondieron al unísono dos estudiantes con expresiones somnolientas.

– Hola, soy Nat Cartwright. Me presento como candidato a representante del consejo de…

– Sí, sé quién eres, pero ¿cómo puedes entender los problemas que se tienen para sobrevivir con una miserable beca, cuando a ti te pagan cuatrocientos dólares todos los meses? -fue la réplica mordaz del estudiante.

– Hola, soy Nat Cartwright. Me presento como candidato a representante del…

– No pienso votar a nadie -afirmó otro estudiante, y siguió su camino.

– Hola, soy Nat Cartwright. Me presento como candidato a…

– Lo siento mucho. Solo estoy de visita, así que no puedo votar.

– Hola, soy Nat Cartwright y…

– Te deseo buena suerte, pero te votaré solo porque tu novia es una preciosidad.

– Hola, soy Nat Cartwright…

– Pues yo soy del equipo de Ralph Elliot; os vamos a dar una paliza.

– Hola, soy Nat…

Nueve horas más tarde, Nat había perdido la cuenta de las veces que había repetido las mismas palabras y las manos que había estrechado. Solo sabía a ciencia cierta que se había quedado ronco y que en cualquier momento perdería los dedos. A las seis y un minuto, se volvió hacia Tom y dijo:

– Hola, soy Nat Cartwright y…

– Olvídalo -replicó Tom y se echó a reír-. Soy el representante de Yale y todo lo que sé es que si no fuese por Ralph Elliot tú tendrías mi puesto.

– ¿Qué me tienes reservado ahora? Mi programa de actividades termina a las seis y no tengo idea de lo que debo hacer -le comentó Nat.

– Muy típico de todos los candidatos. Creo que lo más conveniente es que nos vayamos a cenar tranquilamente a Mario’s.

– ¿Qué pasa con el resto del equipo? -quiso saber Su Ling.

– Joe, Chris, Sue y Tim asistirán al recuento de votos, mientras los demás se toman un bien merecido descanso. Como el recuento comienza a las siete y tardarán como mínimo un par de horas, propongo que todos estéis presentes en la sala a las ocho y media.

– Por mí de acuerdo -dijo Nat-. Podría comerme un caballo.

Mario los acompañó hasta la mesa en el rincón y no dejó de tratar a Nat como señor representante. Mientras los tres disfrutaban de sus bebidas e intentaban relajarse, Mario reapareció con una gran fuente de espaguetis a la boloñesa y los espolvoreó con una generosa ración de queso parmesano. Pese a los esfuerzos de Nat la cantidad de espaguetis no parecía disminuir. Tom advirtió que el nerviosismo de su amigo iba en aumento y comía cada vez menos.

– Me pregunto qué estará haciendo Elliot en estos momentos -comentó Su Ling.

– Estará en el McDonald’s junto con todos esos tipejos de su equipo, comiendo hamburguesas y patatas fritas a cuatro carrillos y haciendo ver que todo va sobre ruedas -replicó Tom y bebió un trago de vino de la casa.

– Bueno, al menos podemos estar tranquilos de que ya no podrá hacernos ninguna jugarreta -declaró Nat.

– Yo no pondría las manos en el fuego -opinó Su Ling en el mismo momento en que Joe Stein entraba en el local.

– ¿Qué querrá Joe? -preguntó Tom que se levantó para llamar al colaborador.

Nat le sonrió a su director de campaña cuando este se acercó a la mesa, pero Joe no le devolvió la sonrisa.

– Tenemos un problema -les informó Joe-. Será mejor que vayamos inmediatamente a la sala donde están haciendo el recuento.


Fletcher caminó de un extremo al otro del pasillo, de la misma manera que había hecho su padre veinte años antes, durante una tarde que la señorita Nichol le había descrito en muchas ocasiones. Era como ver una vieja película en blanco y negro, siempre con el mismo final feliz. Fletcher se dio cuenta de que siempre acababa a unos pasos de la puerta del quirófano, como si esperara que alguien -cualquiera- hiciera su aparición.

Por fin se abrieron las puertas y salió una enfermera, pero pasó a la carrera junto a Fletcher sin decir palabra. Pasaron unos minutos más antes de que saliera el doctor Redpath. Se quitó la mascarilla y su expresión era grave.

– Acaban de trasladar a su esposa a su habitación -dijo-. Está bien, cansada, pero bien. Podrá verla dentro de unos minutos.

– ¿Cómo está el bebé?

– Han llevado a su hijo a la incubadora. Permítame que le acompañe.

El médico guió a Fletcher a lo largo del pasillo y se detuvo delante de un gran ventanal. Al otro lado había tres incubadoras. Dos estaban ocupadas. Vio cómo acomodaban suavemente a su hijo en la tercera. Su cuerpo diminuto se veía rojo y arrugado como una pasa. La enfermera le colocó un tubo de goma en la nariz. Luego le fijó un sensor en el pecho y lo conectó a un monitor. Su última tarea fue colocarle una pequeña pulsera en la muñeca izquierda con el nombre de Davenport. La pantalla del monitor entró en funcionamiento e incluso Fletcher, a pesar de sus muy rudimentarios conocimientos de medicina, se dio cuenta de que el corazón de su hijo latía muy débilmente. Miró preocupado al doctor Redpath.

– ¿Qué posibilidades tiene?

– Se ha adelantado diez semanas, pero si conseguimos que supere la noche, entonces es muy probable que sobreviva.

– ¿Qué posibilidades tiene? -insistió Fletcher.

– No hay reglas, ni porcentajes, ninguna ley que nos dé una garantía. Cada bebé es único, incluido el suyo -declaró el médico.

Se les acercó una enfermera.

– Ya puede ver a su esposa, señor Davenport. Si quiere acompañarme, por favor.

Fletcher le dio las gracias al doctor Redpath y siguió a la enfermera por las escaleras hasta la siguiente planta, donde estaba la habitación de su esposa. Annie estaba reclinada en la cama, contra varias almohadas.

– ¿Cómo está nuestro hijo? -le preguntó nada más verlo entrar.

– Muy bien. Es precioso, señora Davenport, y es muy afortunado al tener una madre absolutamente maravillosa.

– No me dejan verlo -protestó Annie en voz baja-, y deseo tanto tenerlo en mis brazos…

– Por el momento está en la incubadora -le explicó Fletcher-; hay una enfermera que lo vigila constantemente.

– Tengo la sensación de que hubiese pasado un siglo desde la cena con el profesor Abrahams.

– Sí, vaya noche -comentó Fletcher-. Un doble triunfo para ti. Has hechizado al socio principal de la firma donde quiero trabajar y luego has dado a luz a nuestro hijo. ¿Qué más quieres?

– Todo eso me parece sin importancia ahora que tenemos que ocuparnos de nuestro hijo. -Se calló un momento-. Harry Robert Davenport.

– Suena de maravilla -afirmó Fletcher-, nuestros padres estarán encantados.

– ¿Cómo lo llamaremos? -preguntó Annie-. ¿Harry o Robert?

– Yo sé cómo voy a llamarlo -contestó Fletcher en el momento en que la enfermera entraba en la habitación.

– Creo que es hora de que duerma, señora Davenport. Ha sido una jornada agotadora.

– Estoy de acuerdo -manifestó Fletcher.

Retiró las almohadas para que Annie no hiciera ningún esfuerzo y la ayudó a acomodarse. Annie le dedicó una sonrisa mientras apoyaba la cabeza en la almohada y su marido le dio un beso en la frente. La enfermera apagó la luz en cuanto Fletcher salió de la habitación.

Fletcher corrió escaleras arriba para ir a comprobar si los latidos del corazón de su hijo eran más fuertes. Miró la pantalla del monitor a través de la ventana; era tanta su desesperación por ver que marcaba una mayor intensidad, que se convenció a sí mismo de que así era. Mantuvo la nariz pegada al cristal.

– Sigue luchando, Harry -dijo y comenzó a contar los latidos por minuto. De pronto, le dominó el cansancio-. Aguanta, chico, lo conseguirás.

Se apartó de la ventana y fue a sentarse en una silla al otro lado del pasillo. En cuestión de minutos, dormía profundamente.

Se despertó sobresaltado cuando una mano le tocó suavemente en el hombro. Abrió los ojos con un gran esfuerzo; no tenía idea de cuánto tiempo había estado durmiendo. Primero vio a la enfermera, en cuyo rostro se reflejaba una expresión solemne. El doctor Redpath se encontraba a un paso más atrás de ella. No fue necesario que le dijeran que Harry Robert Davenport no lo había conseguido.


– Veamos, ¿cuál es el problema? -preguntó Nat mientras corrían hacia la sala donde se realizaba el escrutinio.

– Llevábamos una amplia ventaja hasta hace solo unos minutos -le explicó Joe, que jadeaba visiblemente después del esfuerzo de ir hasta el restaurante y en ese momento procurar seguir a la par de Nat a un ritmo que el candidato hubiese dicho que era un trote. Agotado, acortó el paso-. Entonces, aparecieron dos urnas llenas a rebosar y casi el noventa por ciento de los votos son para Elliot -añadió cuando llegaron a las escalinatas del edificio.

Nat y Tom no esperaron a Joe mientras subían los escalones de dos en dos y entraban en la sala. Al primero que vieron fue a Ralph Elliot, que parecía muy complacido consigo mismo. Nat volvió su atención hacia Tom, quien ya estaba atendiendo las explicaciones de Sue y Chris. Se apresuró a reunirse con ellos.

– Íbamos ganando por unos cuatrocientos votos -dijo Chris-; supusimos que ya estaba definido el resultado, cuando aparecieron dos urnas como surgidas de la nada.

– ¿Qué quieres decir con surgidas de la nada? -le preguntó Tom.

– Verás, las descubrieron debajo de una mesa, pero no estaban incluidas en el recuento original. En una de las urnas -añadió Chris, después de consultar la planilla- había trescientos diecinueve votos para Elliot contra cuarenta y ocho de Nat y en la otra, trescientos veintidós y cuarenta y uno respectivamente, cosa que le dio la vuelta al resultado y lo situó como ganador por un puñado de votos.

– Dime los resultados de las otras urnas -le pidió Su Ling.

– En general respondían a las estimaciones -respondió Chris, que consultó de nuevo la planilla-. En la que obtuvimos más votos, había doscientos nueve para Nat, frente a ciento setenta y seis para Elliot. De hecho, Elliot solo nos superó en una urna: doscientos uno a ciento noventa y seis.

– Los votos de las dos últimas urnas son estadísticamente imposibles -afirmó Su Ling- si los comparas con las diez que ya han contabilizado. Alguien ha tenido que llenarlas con las papeletas de Elliot para conseguir cambiar el resultado.

– ¿Cómo pudieron hacer tal cosa? -preguntó Tom.

– Es algo muy sencillo si consigues hacerte con las papeletas en blanco -dijo Su Ling.

– Cosa que seguramente no les planteó ningún problema -señaló Joe.

– ¿Cómo puedes estar seguro de que fue así? -le preguntó Nat.

– Porque cuando voté en mi residencia durante la hora de la comida, solo había una persona para controlar la votación y estaba redactando un trabajo de clase. Podría haberme llevado un puñado de papeletas sin que se diera cuenta.

– Eso no explica la súbita aparición de las dos urnas -declaró Tom.

– No necesitas ser un genio para resolver el misterio -intervino Chris-, porque una vez acabada la votación, todo lo que tuvieron que hacer fue retener dos urnas y llenarlas con sus votos.

– No tenemos manera de probarlo -opinó Nat.

– Las estadísticas lo prueban -señaló Su Ling-. Nunca mienten, aunque reconozco que no tenemos ninguna prueba de primera mano.

– ¿Qué podemos hacer para desenmascarar el fraude? -preguntó Joe, mientras miraba a Elliot, que mantenía la misma expresión satisfecha.

– No hay mucho que podamos hacer aparte de comunicar nuestras sospechas a Chester Davies. Después de todo, es el funcionario a cargo de la junta electoral.

– De acuerdo, Joe. Ve y díselo; después esperaremos a ver qué decide.

Joe se marchó para hablar con el decano. Vieron cómo la expresión del señor Davies se hacía cada vez más seria. En cuanto Joe acabó su exposición, el decano llamó inmediatamente al jefe de campaña de Elliot, quien no hizo más que encogerse de hombros y señalar que todos los votos eran válidos.

Nat observó con desconfianza mientras el señor Davies interrogaba a los dos jóvenes; vio cómo Joe asentía, antes de que cada jefe de campaña se dirigiera a informar a sus respectivos equipos.

– El decano convocará ahora mismo una reunión urgente de la junta electoral en su despacho; nos comunicará la decisión dentro de una media hora.

– El señor Davies es un hombre bueno y justo -dijo Su Ling, que cogió a Nat de la mano-. Puedes estar seguro de que llegará a la conclusión correcta.

– Puede que llegue a la conclusión correcta -replicó Nat-, pero al final no podrá hacer otra cosa que aplicar las normas electorales con independencia de sus opiniones personales.

– Estoy de acuerdo -afirmó una voz detrás de ellos. Nat se volvió rápidamente y se encontró con Elliot, que le sonreía-. No necesitarán mirar en el reglamento para dictaminar que la persona con más votos es el ganador -añadió Elliot, con un tono de desdén.

– A menos que revisen la norma que dice: una persona, un voto -dijo Nat.

– ¿Me estás acusando de tramposo? -le espetó Elliot, en un tono de voz que llamó de inmediato la atención de sus partidarios, los cuales se apresuraron a rodearlo.

– Digámoslo de otra manera. Si ganas estas elecciones, puedes ir a Chicago y pedir el empleo de cajero en Cook County, porque el alcalde Daly no tiene nada que enseñarte.

Elliot ya había dado un paso adelante y levantado el puño cuando el decano entró en la sala, con una hoja de papel en la mano. Subió al estrado.

– Te acabas de librar de una buena zurra -susurró Elliot.

– Pues lo mismo digo -replicó Nat.

Los dos jóvenes se volvieron hacia el estrado.

Se apagaron todas las conversaciones mientras el señor Davies ajustaba la altura del micrófono y miraba a todos aquellos que se habían dado cita para escuchar el resultado. El decano leyó con voz pausada el texto de la nota.

– Se me ha comunicado un incidente en las elecciones para representante del claustro de estudiantes. Al parecer, se encontraron dos urnas después de acabado el recuento. Cuando se procedió a la apertura de las mismas y se contaron los votos, resultó que se invirtió el resultado de la votación. Por tanto, como miembros de la junta electoral, nos correspondió consultar el reglamento de las elecciones. Por mucho que buscamos, no encontramos ninguna referencia a la aparición de urnas no contabilizadas, ni las acciones que hay que emprender en el caso de que se advirtiera un número de votos absolutamente anormal en una urna determinada.

– Porque en el pasado nunca se le ocurrió a nadie cometer un fraude -gritó Joe desde el fondo de la sala.

– Tampoco se ha hecho ahora -le respondieron de inmediato-. Lo que pasa es que no sabéis perder.

– ¿Cuántas urnas más teníais preparadas por si…?

– No necesitamos más.

– Silencio -ordenó el decano-. Estos comentarios no favorecen a ninguna de las partes. -Esperó a que se hiciera silencio antes de proseguir con la lectura de la nota-. Así y todo, conscientes de nuestra responsabilidad como miembros de la junta electoral, hemos llegado a la conclusión de dar por válido el resultado.

Los partidarios de Elliot estallaron en una estruendosa ovación.

Elliot miró a Nat.

– Creo que acabas de saber quién ha recibido una paliza.

– Esto aún no se ha acabado -le advirtió Nat, sin desviar la mirada del señor Davies.

Pasaron unos minutos antes de que el decano pudiera continuar, porque la mayoría había supuesto que había acabado su intervención.

– Como se han cometido varias irregularidades en el proceso electoral, una de las cuales en nuestra opinión sigue sin aclararse, he decidido que de acuerdo con el artículo siete b del reglamento del claustro de estudiantes, el candidato derrotado tiene la oportunidad de apelar. Si lo hace, el comité podrá optar entre tres decisiones. -Abrió el libro del reglamento y leyó-: a) confirmar el resultado original; b) no dar por válido el resultado original, y c) convocar nuevas elecciones que se celebrarán durante la primera semana del próximo semestre. Por tanto, damos al señor Cartwright un plazo de veinticuatro horas para presentar su apelación.

– No necesitamos veinticuatro horas -gritó Joe-. Apelamos.

– Es preciso que el candidato presente la apelación por escrito -aclaró el decano.

Tom miró a Nat, que solo tenía ojos para Su Ling.

– ¿Recuerdas lo que acordamos en el caso de que no ganara?


Libro tercero

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Nat se volvió para mirar a Su Ling, que caminaba lentamente hacia él, y recordó el día que se conocieron. Él la persiguió colina abajo y cuando ella se dio la vuelta, Nat se quedó sin respiración.

– ¿Tienes idea de lo afortunado que eres? -le susurró Tom.

– ¿Podrías hacer el favor de concentrarte en tu trabajo? A ver, ¿dónde está el anillo?

– ¿El anillo? ¿Qué anillo? -Nat miró a su padrino-. Diablos, sabía que tenía que traer algo conmigo -susurró Tom con verdadera desesperación-. ¿Podríais entretenerlos un poco mientras voy a casa a buscarlo?

– ¿Quieres que te estrangule aquí mismo? -replicó Nat, con una amplia sonrisa.

– Sí, por favor -respondió Tom, con la mirada puesta en Su Ling, que seguía su marcha-. Que la visión de ella sea mi último recuerdo de este mundo.

Nat volvió su atención a la novia y ella le dedicó la sonrisa que él recordaba claramente del día en que la muchacha entró en el restaurante para su primera cita. Su Ling se colocó a su lado, con la cabeza ligeramente inclinada, y ambos esperaron a que el sacerdote comenzara la ceremonia. Nat pensó en la decisión que habían tomado al día siguiente de las elecciones, comprendió que nunca la lamentaría. ¿Qué razón tenía para postergar la carrera de Su Ling solo por tener otra opción para conseguir ser el representante del claustro de estudiantes? La idea de repetir las elecciones durante la primera semana del siguiente semestre, de tener que pedirle a Su Ling que esperara otro año si él fracasaba, le había señalado claramente el camino que debía seguir. El sacerdote miró a los reunidos.

– Queridos hermanos…

Cuando Su Ling le había explicado al profesor Mullden que se iba a casar y que su futuro marido estudiaba en la Universidad de Connecticut, las autoridades universitarias no vacilaron en ofrecerle a Nat la oportunidad de seguir adelante con sus estudios en Harvard. Ya estaban al corriente de la hoja de servicios de Nat en Vietnam y de sus éxitos en el equipo de corredores, pero fueron sus notas las que inclinaron la balanza. No acababan de entender por qué no se había matriculado en Yale, ya que según la oficina de admisiones no había presentado la solicitud.

– ¿Aceptas a esta mujer como tu legítima esposa?

Nat quería gritar el «sí, quiero», pero se contuvo y respondió en voz baja:

– Sí, quiero.

– ¿Aceptas a este hombre como tu legítimo esposo?

– Sí, quiero -contestó Su Ling, con la cabeza inclinada.

– Puedes besar a la novia -dijo el sacerdote.

– Creo que se refiere a mí -exclamó Tom y se adelantó.

Nat abrazó a Su Ling y la besó, al tiempo que le propinaba un puntapié a Tom en la espinilla.

– ¿Esto es lo que recibo después de tantos años de sacrificios? Bueno, al menos ahora es mi turno.

Nat se volvió rápidamente y abrazó a Tom, en medio de las carcajadas de los asistentes.

Tom tenía toda la razón, se dijo Nat. Ni siquiera le había hecho un reproche cuando se negó a presentar la apelación ante la junta electoral, aunque Nat sabía muy bien que Tom estaba seguro de su victoria si se repetían las elecciones. A la mañana siguiente, el señor Russell le había llamado para ofrecerle su casa para el banquete de boda. ¿Cómo podría pagarles nunca tantas atenciones?

– Quedas advertido -le dijo Tom-. Papá espera que entres a trabajar en el banco en cuanto obtengas la licenciatura en Harvard Business School.

– Puede que esa sea la mejor oferta de empleo que reciba.

Los recién casados se volvieron para mirar a sus familiares y amigos. Susan no hizo el menor esfuerzo por ocultar las lágrimas, mientras Michael reventaba de orgullo. La madre de Su Ling se adelantó para sacar una foto de los jóvenes en sus primeros momentos como marido y mujer.

Nat no recordó gran cosa de la recepción, excepto que el señor y la señora Russell le habían tratado como si fuese su propio hijo. Fue de mesa en mesa y tuvo un agradecimiento especial para aquellos que habían venido de muy lejos para asistir a la boda. Hasta que no escuchó el repicar de las cucharillas contra las copas para pedir silencio no comprobó si llevaba el discurso en el bolsillo.

Ocupó rápidamente su lugar en la mesa de honor en el momento que Tom se levantaba para dirigirse a los invitados. El padrino comenzó explicando por qué la recepción se celebraba en su casa.

– No olviden que le propuse matrimonio a Su Ling mucho antes de que lo hiciera el novio, aunque inexplicablemente en esta ocasión ella se mostró dispuesta a aceptar al segundón.

Nat le dedicó una sonrisa a Abigail, la tía de Tom, que había viajado desde Boston para asistir a la boda, mientras los invitados aplaudían. A veces se preguntaba si las bromas de Tom referentes a su amor por Su Ling no delataban la realidad de sus verdaderos sentimientos. Miró a su padrino y recordó cómo, al llegar tarde -gracias, mamá-, se había sentado junto a un niño lloroso en el extremo de la fila en su primer día de escuela en Taft. Pensó en lo afortunado que era por tener un amigo como él y rogó que no pasara mucho tiempo antes de que pudiera hacer por él el mismo servicio.

Tom agradeció los fuertes aplausos de la concurrencia mientras cedía su lugar al novio.

Nat inició su discurso con un agradecimiento especial a los padres de Tom por su generosidad al permitirles utilizar su maravillosa casa para la recepción. Dio las gracias a su madre por su sabiduría y a su padre por su belleza, cosa que provocó las carcajadas y los aplausos de los invitados.

– Por encima de todo, quiero dar las gracias a Su Ling, por haber seguido el camino equivocado, y a mis padres por haberme educado de una manera que me llevó a seguirla para advertirle que estaba cometiendo un error.

– El error más grande que cometió fue seguirte de regreso hasta lo alto de la colina -intervino Tom.

Nat esperó a que se acallaran las carcajadas antes de seguir hablando.

– Me enamoré de Su Ling en el momento en que la vi, un sentimiento que evidentemente ella no compartía, pero como ya os he dicho, he sido agraciado con la belleza de mi padre. Permítanme que acabe invitándoles a nuestra fiesta de las bodas de oro el once de julio de dos mil veinticuatro. -Guardó silencio un momento-. Solo aquellos que hayan tenido la osadía de morirse antes de la fecha quedarán excusados. -Levantó la copa-. Por mi esposa, Su Ling.

En cuanto Su Ling abandonó la fiesta para ir a cambiarse, Tom le preguntó a Nat cuál era el destino elegido para la luna de miel.

– Corea -susurró Nat-. Tenemos la intención de visitar el pueblo donde nació Su Ling y ver si podemos dar con algún miembro de su familia. Por favor, no se lo digas a la madre de Su Ling. Queremos darle una sorpresa a nuestro regreso.

Trescientos invitados se reunieron en el porche delante de la casa para aplaudir mientras el coche que llevaba a los recién casados emprendía el camino hacia el aeropuerto.

– Me pregunto dónde pasarán la luna de miel -dijo la madre de Su Ling.

– No tengo ni la menor idea -respondió Tom.


Fletcher abrazó a Annie. Había pasado un mes desde el entierro de Harry Robert y ella continuaba culpándose por lo sucedido.

– Sencillamente no es justo -le dijo Fletcher-. Si hay alguien a quien echarle las culpas, entonces soy yo. Mira la presión que tuvo que soportar Joanna cuando dio a luz; sin embargo, no le afectó en lo más mínimo.

Pero Annie no se consolaba. El médico que la atendía le comentó a Fletcher cuál era la manera más rápida de solucionar el problema y al joven le pareció perfecta.

Annie se recuperaba poco a poco con el paso de los días; su principal interés era dar a su marido todo el apoyo posible para que fuera el primero de su promoción.

– Se lo debes a Karl Abrahams -le recordó-. Te ha dedicado mucho tiempo y solo hay un modo de saldar la deuda.

Ayudó a su marido a trabajar día y noche durante las vacaciones de verano antes de que comenzara el último curso. Se convirtió en su ayudante e investigadora mientras él continuaba siendo su amante y amigo. Annie solo se negó a seguir su consejo cuando Fletcher insistió en que ella debía acabar sus estudios.

– No -respondió Annie-. Quiero ser tu esposa y, si Dios quiere, con el tiempo…


De nuevo en Yale, Fletcher comprendió que no podía retrasar mucho más la búsqueda de un empleo. Varias firmas ya le habían invitado a una entrevista, y una o dos habían llegado a ofrecerle empleo, pero Fletcher no quería ir a trabajar a Dallas, Denver, Phoenix o Pittsburgh. No obstante, a medida que transcurrían las semanas y seguía sin tener noticias de Alexander Dupont y Bell, comenzó a perder las esperanzas y llegó a la conclusión de que si aún confiaba en recibir una oferta para trabajar en una de las grandes firmas necesitaría asistir a una infinidad de entrevistas.

Jimmy ya había enviado más de cincuenta cartas y hasta el momento solo había recibido tres respuestas; en ninguna de ellas le ofrecían trabajo. Él sí hubiese aceptado ir a Dallas, Denver, Phoenix o Pittsburgh de no haber sido por Joanna. Annie y Fletcher se pusieron de acuerdo en las ciudades en las que les gustaría vivir y luego ella hizo algunas averiguaciones sobre las principales firmas en los respectivos estados. Juntos redactaron una carta de presentación, hicieron cincuenta copias y las enviaron en el primer día del curso.

Cuando Fletcher fue a su primera clase, se encontró con una carta en su casillero.

– Vaya, sí que ha sido rápido -comentó Annie-. No hace ni una hora que enviamos las nuestras.

Fletcher se echó a reír pero sus carcajadas cesaron bruscamente cuando vio el matasellos. La abrió sin más dilación. El sencillo encabezamiento en letras en relieve negras correspondía a Alexander Dupont y Bell. Por supuesto, la muy prestigiosa firma neoyorquina siempre comenzaba la ronda de entrevistas a los aspirantes durante el mes de marzo. ¿Por qué iban a actuar de otra manera en el caso de Fletcher Davenport?

No dejó de trabajar a fondo durante los largos meses de invierno anteriores a la entrevista, pero así y todo tenía motivos para sentirse aprensivo cuando finalmente emprendió el viaje a Nueva York. Fletcher se apeó del tren en la estación Grand Central y de inmediato se sintió desconcertado al escuchar las voces de personas que hablaban en un centenar de idiomas, así como por la rapidez con la que caminaban todos. Era algo que no había visto en ninguna otra ciudad. Durante todo el trayecto en taxi hasta la calle Cincuenta y cuatro no hizo otra cosa que mirar a través de la ventanilla abierta y disfrutar de un olor que era atributo exclusivo de la ciudad.

El taxi se detuvo delante de un rascacielos de cristal de setenta y dos plantas, y Fletcher comprendió en aquel mismo instante que no quería trabajar en ninguna otra parte. Se entretuvo en la planta baja durante unos minutos, poco dispuesto a estar encerrado en una sala de espera con los otros aspirantes. Por fin se metió en el ascensor que lo llevó hasta el piso treinta y seis, donde la recepcionista trazó una cruz junto a su nombre en una lista. Luego le entregó una hoja de papel con el horario de las entrevistas que le ocuparían el resto del día.

La primera fue con el socio principal, Bill Alexander, y a Fletcher le pareció que había ido bien, aunque Alexander no había demostrado el mismo interés del que había hecho gala en la fiesta de Karl Abrahams. Sin embargo, le preguntó por Annie y le manifestó su sincero deseo de que se recuperara del todo de la pérdida de Harry Robert. También había quedado claro durante la entrevista que Fletcher no era el único entrevistado: en la lista que el señor Alexander tenía en la mesa había seis nombres.

Fletcher pasó otra hora con tres socios especialistas en su campo: derecho penal. Al finalizar la última entrevista, le invitaron a comer en el comedor de la firma. Fue su primer contacto con los otros cinco aspirantes y la conversación le dejó claro a lo que se enfrentaba. No pudo menos de preguntarse cuántos días había reservado la firma para entrevistar a los aspirantes.

Sin embargo, no sabía que el bufete Alexander Dupont y Bell había realizado un riguroso proceso de selección meses antes de invitar a cualquiera de los aspirantes a una entrevista y que él había acabado entre los seis finalistas, gracias a las recomendaciones y sus notas. Tampoco se dio cuenta de que solo uno, o quizá dos, recibirían una propuesta en firme. Como ocurre con los buenos vinos, había años en que no seleccionaban a nadie, sencillamente porque no había sido una buena cosecha.

Por la tarde continuó con las entrevistas; llegó un momento en que creyó haber fracasado en todo y que tendría que empezar el largo periplo de asistir a las entrevistas que le habían ofrecido en respuesta a sus cartas.

– Antes de final de mes me comunicarán si he pasado a la siguiente ronda -le dijo a Annie, que le esperaba en la estación-, pero no por eso dejaremos de enviar cartas, aunque ya no quiero trabajar en ninguna otra parte que no sea en Nueva York.

Annie continuó con el interrogatorio durante el trayecto a su hogar, porque quería enterarse de todos los detalles. Se emocionó al saber que Bill Alexander la recordaba y agradeció que hubiese tenido el detalle de averiguar el nombre de su difunto hijo.

– Quizá tendrías que habérselo dicho -comentó Annie mientras aparcaba el coche.

– ¿Decirle qué? -replicó Fletcher.

– Que vuelvo a estar embarazada.


A Nat le encantó el bullicio y la frenética actividad de Seúl, una ciudad dispuesta a dejar atrás todos los recuerdos de la guerra. Los rascacielos se levantaban en todas las esquinas, mientras lo viejo y lo nuevo intentaban vivir en armonía. Se sintió impresionado por el potencial de una fuerza de trabajo inteligente y bien preparada que sobrevivía con unos salarios que eran una cuarta parte de lo que sería aceptable en su país. Su Ling tomó buena nota del papel todavía sumiso de las mujeres dentro de la sociedad coreana y agradeció para sus adentros que su madre hubiese tenido el coraje y la previsión de emigrar a Estados Unidos.

La pareja alquiló un coche para tener la libertad de ir de pueblo en pueblo a su aire. En cuanto se alejaron unos kilómetros de la capital, lo primero que les llamó la atención fue el rápido cambio en el estilo de vida. Después de recorrer doscientos kilómetros, habían viajado cien años en el pasado. Los modernos rascacielos habían sido reemplazados por sencillas casas de madera y los habitantes se movían con una calma que nada tenía que ver con el bullicio y la frenética actividad de Seúl.

La madre de Su Ling le había hablado muy poco de su infancia en Corea, pero así y todo la muchacha sabía cuál era el pueblo donde había nacido y el nombre de su familia. También sabía que dos de sus tíos habían muerto durante la guerra y por tanto cuando llegaron a Kaping, que según la guía tenía una población de 7.303 habitantes, Su Ling no se hacía muchas ilusiones de encontrar a alguien que recordara a su madre.

Su Ling Cartwright comenzó la búsqueda en el ayuntamiento, donde llevaban un registro de los ciudadanos. Tampoco era una ayuda que de los 7.303 habitantes, más de mil se apellidaran Peng, el apellido de soltera de su madre. Sin embargo, la empleada de la recepción, que también se llamaba Peng, informó a Su Ling de que su tía abuela, que tenía más de noventa años, proclamaba conocer todas las ramas familiares y que si ella quería conocerla no tendría ningún inconveniente en concertar una cita. Su Ling le agradeció el ofrecimiento y quedó en volver más tarde.

Volvió por la tarde y le dijeron que Ku Sei Peng estaría encantada de tomar el té con ella al día siguiente. La recepcionista se disculpó antes de explicarle cortésmente que el marido norteamericano de Su Ling no estaba incluido en la invitación.

A la noche siguiente, Su Ling regresó al hotelito donde estaban alojados con una hoja de papel y una sonrisa feliz.

– Hemos viajado hasta aquí solo para que nos digan que debemos volver a Seúl -comentó.

– ¿Cómo es eso? -le preguntó Nat.

– Pues muy sencillo. Ku Sei Peng recuerda que mi madre se marchó del pueblo para ir a buscar trabajo en la capital y no regresó aquí nunca más. Pero su hermana menor, Kai Pai Peng, todavía vive en Seúl y Ku Sei me ha facilitado las señas.

– Así que de vuelta a la capital -dijo Nat.

El joven llamó a recepción para comunicar que se marchaban de inmediato. Llegaron a Seúl poco antes de la medianoche.

– Creo que lo más prudente es que vaya a verla sola -opinó Su Ling a la mañana siguiente mientras desayunaban-. Quizá no quiera decir gran cosa si se entera de que me he casado con un norteamericano.

– Por mí no hay ningún inconveniente -replicó Nat-. Confiaba en poder ir al mercado que hay al otro lado de la ciudad; estoy buscando una cosa en particular.

– ¿De qué se trata? -preguntó Su Ling.

– Espera y lo sabrás.

Nat cogió un taxi para ir al barrio de Kiray y dedicó el día a recorrer uno de los mercados más grandes del mundo; había centenares de tenderetes que ofrecían toda clase de productos: relojes Rolex, perlas cultivadas, bolsos Gucci, perfumes de Chanel, pulseras de Cartier y joyas de Tiffany. No hizo el menor caso de los vendedores que intentaban atraer su atención para ofrecerle sus artículos con la promesa de que sus precios eran los más baratos, porque no tenía manera de saber si el producto que le ofrecían era una imitación o no.

Regresó al hotel cuando anochecía, agotado de tanto caminar y cargado con seis bolsas llenas de regalos para su esposa. Subió en el ascensor hasta el tercer piso y cuando entró en la habitación, rogó para que Su Ling ya hubiese regresado de visitar a su tía abuela. En el momento de cerrar la puerta, le pareció escuchar un llanto. Se quedó inmóvil. El inconfundible sonido provenía del dormitorio.

Nat dejó caer las bolsas al suelo, cruzó la habitación en un par de zancadas y abrió la puerta del dormitorio. Su Ling estaba hecha un ovillo en la cama y lloraba desconsoladamente. El joven se quitó la chaqueta y los zapatos, se acostó junto a Su Ling y la abrazó.

– ¿Qué ha pasado, Pequeña Flor? -le preguntó, mientras le acariciaba el cabello.

Su Ling no le respondió. Nat la estrechó contra su pecho, consciente de que ella se lo diría cuando lo considerara oportuno.

Nat se levantó para cerrar las cortinas en cuanto oscureció y en la calle comenzaron a encenderse las luces de neón. Luego se sentó al lado de su esposa y le cogió la mano.

– Siempre te querré -declaró Su Ling, sin mirarlo.

– Yo también te amaré mientras viva -replicó Nat, y la abrazó una vez más.

– ¿Recuerdas que en nuestra noche de bodas prometimos no tener secretos entre nosotros? Pues bien, en cumplimiento de la promesa ahora debo decirte lo que he averiguado esta tarde.

Nat nunca había visto semejante expresión de tristeza en el rostro de Su Ling.

– Nada que hayas podido averiguar conseguirá disminuir mi amor -afirmó, en un intento por consolarla.

Su Ling abrazó a su marido y apoyó la cabeza en su pecho, como si quisiera evitar que sus miradas se encontraran.

– Esta mañana fui a ver a mi tía abuela. Recordaba muy bien a mi madre y me explicó sus razones para marcharse del pueblo y venir a reunirse con ella aquí.

Mientras continuaba abrazada a Nat, Su Ling le repitió todo lo que Kai Pai le había dicho. Cuando acabó el relato, se apartó un poco y finalmente miró a su marido.

– ¿Todavía te ves capaz de amarme ahora que sabes la verdad? -le preguntó.

– No creo posible que pueda amarte más de lo que ya te amo y solo puedo imaginar el coraje que has necesitado para compartir esta información conmigo. -Nat se calló un momento-. Solo fortalecerá un vínculo que ya nadie será capaz de romper.


– No creo que sea prudente que vaya contigo -opinó Annie.

– Pero tú eres mi mascota de la suerte y…

– … y el doctor Redpath dice que no sería prudente.

Fletcher aceptó muy a su pesar que tendría que hacer solo el viaje a Nueva York. Annie estaba en el séptimo mes de embarazo y aunque no había surgido ninguna complicación, él nunca discutía con el médico.

Estaba encantado con la invitación para una segunda entrevista en Alexander Dupont y Bell y se preguntó cuántos de los aspirantes habrían recibido la misma invitación. Tenía claro que Karl Abrahams lo sabía, aunque el profesor no soltaba prenda.

En cuanto se apeó del tren en la estación Penn, cogió un taxi para ir a la calle Cincuenta y cuatro y entró en el inmenso vestíbulo del rascacielos veinte minutos antes de la hora. Le habían contado que en una ocasión uno de los aspirantes había llegado tres minutos tarde, así que no se molestaron en recibirlo.

Subió en el ascensor hasta el piso treinta y seis, donde una de las recepcionistas le acompañó hasta una amplia sala que rivalizaba en lujo con el despacho del socio principal. No vio a nadie más y se preguntó si eso era una buena señal, pero unos pocos minutos antes de las nueve entró otro aspirante, que le obsequió con una sonrisa.

– Hola, soy Logan Fitzgerald. -Le tendió la mano-. Escuché tu discurso en el debate de los alumnos de primero en Yale. Fue una disertación brillante, aunque personalmente no estaba de acuerdo ni con una sola de tus palabras.

– ¿Tú estudiabas en Yale?

– No. Había ido a visitar a mi hermano. He estudiado en Princeton y supongo que ambos sabemos por qué estamos aquí.

– ¿Cuántos crees que seremos? -preguntó Fletcher.

– Por la hora que es, me parece que solo quedamos tú y yo. Por tanto, solo puedo desearte buena suerte.

– Estoy seguro de que lo dices de todo corazón -afirmó Fletcher, con una sonrisa.

Se abrió la puerta y entró una mujer que Fletcher recordaba como la secretaria del señor Alexander.

– Caballeros…, si quieren tener la bondad de acompañarme.

– Muchas gracias, señora Townsend -dijo Fletcher, cuyo padre le había recomendado que jamás olvidara el nombre de una secretaria; después de todo, pasaban más tiempo con sus jefes que sus esposas.

Los dos aspirantes la siguieron y Fletcher se preguntó si era posible que Logan compartiese su nerviosismo. Se fijó en los nombres de los socios escritos en letras doradas en las puertas de los despachos a ambos lados del largo pasillo. El de William Alexander aparecía en la última puerta antes de la sala de conferencias.

La señora Townsend llamó discretamente a la puerta, la abrió y luego se apartó para dejar paso a los dos jóvenes. Los veinticinco hombres y tres mujeres que ya estaban en la sala se pusieron de pie y comenzaron a aplaudir.

– Por favor, tomen asiento -dijo Bill Alexander, en cuanto se acallaron los aplausos-. Permítanme que sea el primero en felicitarles a ambos por tener la oportunidad de unirse a Alexander Dupont y Bell, pero tengan presente una cosa: la próxima vez que escuchen los aplausos de sus colegas será cuando se les proponga ser socios, lo que no ocurrirá hasta dentro de siete años. Durante el transcurso de la mañana, tendrán entrevistas con los diferentes miembros del comité ejecutivo, quienes responderán a todas sus preguntas. Fletcher, usted ha sido asignado a Matthew Cunliffe, quien dirige nuestra sección de asuntos penales, mientras que usted, Logan, estará a las órdenes de Graham Simpson, que lleva la sección de fusiones y compras. A las doce y media se reunirán con los socios para comer.

La comida resultó una pausa muy agradable después del duro proceso de las entrevistas; los socios dejaron de comportarse como mister Hyde y volvieron a ser el doctor Jekyll. Eran los personajes que interpretaban todos los días con los clientes y los adversarios.

– Me dicen que ustedes dos serán los primeros de su promoción -comentó Bill Alexander, después de que sirvieran el plato fuerte; no habían servido un primero ni tampoco bebidas, excepto agua mineral-. Confío en que así será, porque aún no he decidido los despachos que tendrán.

– ¿Qué pasará si alguno de los dos no lo consigue? -preguntó Fletcher, inquieto.

– En ese caso, pasarán el primer año en el departamento de mensajería, dedicados a llevar la correspondencia a las otras firmas de abogados. -El señor Alexander se calló un momento-. A pie.

Nadie se rió y Fletcher pensó para sus adentros que quizá lo decía de verdad. El socio principal iba a decir algo más, cuando llamaron a la puerta y su secretaria asomó la cabeza.

– Tiene una llamada por la línea tres, señor Alexander.

– Ordené que no me pasaran ninguna llamada, señora Townsend.

– Es muy urgente, señor.

Bill Alexander cogió el teléfono y su expresión agria dio paso a una amplia sonrisa mientras escuchaba con atención.

– Se lo haré saber. Muchas gracias -dijo, y colgó-. Permítame que sea el primero en felicitarlo, Fletcher -manifestó el socio principal. Fletcher se sintió intrigado porque sabía que las notas finales no se harían públicas hasta al cabo de una semana-. Acaba usted de ser el feliz padre de una niña. Madre e hija están perfectamente. Desde el momento que la vi, supe que esa muchacha es la clase de mujer que valoramos muchísimo en Alexander Dupont y Bell.

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– Lucy.

– ¿Qué opinas de Ruth o Martha?

– Podemos ponerle los tres nombres -contestó Fletcher-, cosa que hará felices a nuestras madres, pero la llamaremos Lucy. -Sonrió mientras colocaba cariñosamente a su hija en la cuna.

– ¿Has pensado en algún momento dónde vamos a vivir? -le preguntó Annie-. No quiero que Lucy se críe en Nueva York.

– Estoy de acuerdo. -Fletcher le hizo cosquillas a su hija debajo de la barbilla-. Hablé del tema con Matt Cunliffe y me comentó que él se enfrentó al mismo problema cuando entró en la firma.

– ¿Qué nos recomienda Matt?

– Me aconsejó tres o cuatro ciudades pequeñas en New Jersey que están a menos de una hora de tren de la estación Grand Central. Así que he pensado que bien podríamos dedicar un largo fin de semana a ver si hay alguna zona en particular que nos interese.

– Supongo que al principio tendremos que optar por una vivienda de alquiler -opinó Annie-, hasta haber ahorrado lo suficiente para comprarnos una casa.

– El alquiler está descartado, ya que la firma prefiere que nos compremos una casa.

– Me parece muy bien que la firma opine, pero comprarnos una casa ahora mismo es algo absolutamente fuera de nuestras posibilidades.

– Por lo visto eso tampoco es ningún problema -le informó Fletcher-. Alexander Dupont y Bell nos dará un crédito sin intereses para pagar la casa.

– Es muy generoso de su parte -replicó Annie-, pero conociendo a Bill Alexander, tiene que haber algún motivo oculto.

– Claro que lo hay, no es ningún secreto. Te liga a la firma. Alexander Dupont y Bell está muy orgullosa de ser la firma donde hay menos cambios entre sus empleados de todos los despachos de abogados en Nueva York. A mí me parece lógico que después de todo lo que invierten en la selección y luego en la formación, quieran tener la absoluta seguridad de que no te pases al enemigo.

– A mí me suena a unión forzosa -apuntó Annie. Guardó silencio un momento-. ¿Le has mencionado tus ambiciones políticas al señor Alexander?

– No, porque si lo hubiese hecho no habría pasado de la primera criba y en cualquier caso, ¿quién sabe qué pensaré al respecto dentro de dos o tres años?

– Sé exactamente cómo te sentirás -afirmó Annie- dentro de dos, diez o veinte años. Eres la mar de feliz cuando te presentas de candidato a lo que sea; nunca olvidaré que cuando a papá lo reeligieron para el Senado, tú eras el único que vivió el escrutinio con más nervios que él.

– Te ruego que nunca lo digas donde Matt Cunliffe te pueda escuchar -le dijo Fletcher con una sonrisa-, porque puedes estar segura de que Bill Alexander se enterará en menos de diez minutos; a la firma sencillamente no le interesa nadie que no esté comprometido en cuerpo y alma. Recuerda su lema: «Cada día es posible facturar veinticinco horas».


La voz de Nat, que hablaba por teléfono en la salita contigua, despertó a Su Ling. Se preguntó con quién podía estar hablando a esas horas de la mañana. Escuchó el clic cuando colgó el teléfono y un segundo más tarde su marido entró en el dormitorio.

– Quiero que te levantes y hagas las maletas, Pequeña Flor, porque nos marchamos de aquí dentro de una hora. -¿Qué…?

– Dentro de una hora.

Su Ling saltó de la cama y corrió al baño.

– Capitán Cartwright, ¿se me permite preguntar adónde me llevas? -gritó por encima del ruido de la ducha.

– Te será debidamente comunicado cuando estemos en el avión, señora Cartwright.

– ¿En qué dirección? -preguntó mientras cerraba los grifos.

– Te lo diré cuando el avión haya despegado, no antes.

– ¿Regresamos a casa?

– No -respondió Nat, sin más explicaciones.

Su Ling acabó de secarse y se concentró en el tema del vestuario. Nat se puso de nuevo al teléfono.

– Una hora no es nada para una chica -comentó Su Ling.

– Esa es precisamente la idea -contestó Nat y luego le preguntó al recepcionista si podían pedirle un taxi.

– Maldita sea -exclamó Su Ling, al ver la montaña de regalos-. No tengo dónde meter todas esas cosas.

Nat colgó el teléfono, se acercó al armario y sacó una maleta que su mujer no había visto antes.

– ¿Gucci? -exclamó, sorprendida por la inesperada extravagancia de su esposo.

– No lo creo, por los diez dólares que pagué.

Su Ling se echó a reír mientras Nat volvía al teléfono.

– Necesito que envíe un botones y que me prepare la cuenta para cuando bajemos, ya que nos marchamos enseguida. -Hizo una pausa, escuchó la respuesta y luego dijo-: Diez minutos.

Se volvió justo en el momento en que Su Ling acababa de abotonarse la blusa. Recordó lo mucho que le había costado dormirse y su decisión de marcharse de Corea cuanto antes. Cada momento pasado en la ciudad solo serviría para recordarle…

En el aeropuerto, Nat aguardó pacientemente en la cola para recoger los billetes y le dio las gracias a la empleada por haber atendido su solicitud con rapidez y eficiencia. Su Ling había ido a pedir el desayuno mientras él facturaba el equipaje. Subió al restaurante en la primera planta, donde se encontró a su esposa sentada a una mesa en un rincón, muy entretenida en una charla con la camarera.

– No te he pedido nada -dijo en cuanto Nat se sentó-, porque como le comentaba a la camarera, después de una semana de matrimonio no tenía muy claro que fueras a aparecer.

Nat miró a la camarera.

– ¿Diga, señor?

– Dos huevos fritos, beicon, patatas y café solo.

La camarera consultó la nota.

– Su esposa ya se lo ha pedido.

Nat se volvió para mirar a Su Ling.

– ¿Adónde vamos? -le preguntó ella.

– Te enterarás cuando estemos en la puerta de embarque; si continúas incordiándome, no lo sabrás hasta que aterricemos.

– Pero… -comenzó a decir Su Ling.

– Si es necesario te vendaré los ojos -declaró Nat en el momento en que la camarera llegaba con la cafetera-. Ahora necesito hacerte algunas preguntas. -Vio cómo Su Ling se ponía tensa. Fingió no haberse dado cuenta. Durante algunos días tendría que evitar cierto tipo de comentarios porque era evidente que ella seguía preocupada por lo que había descubierto-. Recuerdo que le dijiste a mi madre que en cuanto Japón entrara en la revolución informática, se aceleraría notablemente todo el proceso tecnológico.

– ¿Vamos a Japón?

– No, no vamos a Japón. -Esperó a que la camarera le sirviera el desayuno antes de añadir-: Ahora concéntrate, porque quizá tenga que confiar en tus conocimientos.

– Toda la industria está lanzada -opinó Su Ling-. Canon, Sony, Fujitsu ya han superado a los norteamericanos. ¿Por qué? ¿Te interesan las empresas de las nuevas tecnologías? En ese caso, tendrías que tener en cuenta…

– Ya veremos.

Nat escuchó atentamente un aviso que sonaba en los altavoces. Miró el importe del desayuno, lo pagó con el puñado de billetes coreanos que le quedaban y se levantó.

– Vamos a alguna parte, ¿no es así, capitán Cartwright? -preguntó Su Ling.

– Pues ahora que lo dices, yo sí. Acaban de dar el último aviso; por cierto, si tienes otros planes, te comunico que obran en mi poder los pasajes y los cheques de viaje.

– Vaya, ¿así que tengo que apechugar contigo? -Su Ling se bebió el café de un trago y miró los tableros electrónicos para saber cuáles eran las puertas de embarque correspondientes a las últimas llamadas. Había por lo menos una docena-. ¿Honolulú? -preguntó mientras alcanzaba a su marido.

– ¿Para qué iba a querer yo llevarte a Honolulú? -replicó Nat.

– Para que nos tumbemos en la playa y hagamos el amor todo el día.

– No, vamos a un lugar donde durante el día podamos estar con mis viejas amantes y tú y yo hacer el amor por la noche.

– ¿Saigón? -preguntó Su Ling, al ver que se iluminaba el nombre de otra ciudad en el tablero de salidas-. ¿Vamos a visitar los escenarios de los antiguos triunfos del capitán Cartwright?

– Dirección errónea -respondió Nat sin interrumpir su marcha hacia la puerta de salidas internacionales.

Después de presentar los billetes y los pasaportes, Nat no se detuvo en las tiendas libres de impuestos y se dirigió directamente hacia las puertas de embarque.

– ¿Bombay? -aventuró Su Ling al ver que llegaban a la puerta de embarque número uno.

– No creo que encuentre a muchas de mis viejas amantes en la India -le aseguró Nat cuando dejaron atrás las puertas dos, tres y cuatro.

Su Ling continuó atenta a los destinos de cada puerta de embarque.

– ¿Singapur, Manila, Hong Kong?

– No, no y no -repitió Nat mientras pasaban por las puertas once, doce y trece.

Su Ling permaneció callada. Bangkok, Zurich, París y Londres pasaron al olvido antes de que Nat se detuviera en la puerta veintiuno.

– ¿Viaja con nosotros a Roma y Venecia, señor? -le preguntó la encargada del mostrador de Pan Am.

– Sí. Somos el señor y la señora Cartwright -confirmó Nat a la empleada al tiempo que le entregaba las tarjetas de embarque. Acto seguido, miró a su esposa.

– ¿Sabes una cosa, señor Cartwright? -comentó Su Ling-. Eres un hombre muy especial.


Durante los siguientes cuatro fines de semana, Annie perdió la cuenta del número de casas en venta que habían visitado. Algunas eran demasiado grandes, otras demasiado pequeñas, las había en vecindarios que no les gustaban, y cuando estaba en el vecindario adecuado, sencillamente no podían pagar el precio que les pedían, ni siquiera con la ayuda de Alexander Dupont y Bell. Entonces, un domingo por la tarde, encontraron exactamente lo que buscaban en Ridgewood; a los diez minutos de entrar en la casa ya se habían hecho un gesto de mutuo asentimiento a escondidas del empleado de la agencia inmobiliaria. Annie telefoneó inmediatamente a su madre.

– Es una auténtica maravilla -le comentó, entusiasmada-. Está en un barrio tranquilo con más iglesias que bares y más escuelas que cines; hasta tiene un río que cruza el centro de la ciudad.

– ¿Cuánto piden por ella? -quiso saber Martha.

– Un poco más de lo que estamos dispuestos a pagar, pero el vendedor espera la llamada de mi agente Martha Gates; si tú no eres capaz de conseguir que baje el precio, mamá, no creo que nadie más pueda hacerlo.

– ¿Has seguido mis instrucciones? -le preguntó Martha.

– Al pie de la letra. Le dije al agente que ambos éramos maestros, porque tú dijiste que siempre les suben los precios a los abogados, banqueros y médicos. No pareció hacerle mucha gracia.

Fletcher y Annie dedicaron el resto de la tarde a pasear por la ciudad, mientras rezaban para que Martha pudiera conseguirles una rebaja en el precio, porque incluso la estación les quedaba muy cerca de la casa.

Después de cuatro largas semanas de negociaciones, Fletcher, Annie y Lucy Davenport pasaron su primera noche en su nueva casa en Ridgewood, New Jersey, el 1 de octubre de 1974. No habían acabado de cerrar la puerta cuando Fletcher preguntó:

– ¿Crees que podrías dejar a Lucy con tu madre durante un par de semanas?

– No me importa en absoluto tenerla mientras acabamos de poner la casa en condiciones -respondió Annie.

– No era eso precisamente lo que tenía pensado. Creo que ha llegado el momento de disfrutar de unas vacaciones, una segunda luna de miel.

– Pero…

– Nada de peros. Haremos algo que siempre has querido hacer: iremos a Escocia y buscaremos los rastros de nuestros antepasados: los Davenport y los Gates.

– ¿Para cuándo tienes pensada la partida? -le preguntó Annie.

– Nuestro avión sale mañana por la mañana a las once.

– Señor Davenport, no eres de esos que les dan mucho margen a las chicas, ¿no es así?


– ¿Se puede saber qué estás tramando? -le preguntó Su Ling, inclinada sobre su marido, que estaba concentrado en la lectura de las páginas de información financiera del Asian Business News.

– Estudio las fluctuaciones en el mercado de divisas durante el año pasado -contestó Nat.

– ¿Es ahí donde Japón encaja en la fórmula? -quiso saber Su Ling.

– Por supuesto. El yen es la única moneda importante que en los últimos diez años ha incrementado consistentemente su valor frente al dólar y varios economistas afirman que la tendencia continuará en el futuro. Sostienen que el yen sigue por debajo de su valor real. Si los expertos están en lo cierto, y tú no te equivocas en tus previsiones sobre la importancia cada vez mayor de Japón en el campo de las nuevas tecnologías, entonces creo haber dado con una buena inversión en un mundo inseguro.

– ¿Este será el tema de tu tesis de final de carrera?

– No, aunque no es mala idea -respondió Nat-. Ahora lo que me interesa es hacer una pequeña inversión y si resulta que estoy en lo cierto, me embolsaré unos dólares todos los meses.

– Es un poco arriesgado, ¿no crees?

– Si esperas conseguir beneficios, siempre hay que contar con una parte de riesgo. El secreto está en eliminar todos los elementos que puedan contribuir a que el riesgo sea mayor. -Su Ling no pareció muy convencida-. Te diré lo que pienso. En la actualidad cobro cuatrocientos dólares todos los meses como capitán del ejército. Si yo los invierto y compro yenes a la cotización de hoy, podré venderlos dentro de doce meses, y si la cotización dólar-yen continúa con la misma tendencia alcista de los últimos siete años, obtendré una ganancia que oscilará entre los cuatrocientos y los quinientos dólares.

– ¿Qué pasa si se invierte la tendencia? -preguntó Su Ling.

– Es algo que no ha ocurrido en los últimos siete años.

– Pero ¿y si ocurre?

– Habré perdido un mes de sueldo, o sea, cuatrocientos dólares.

– Prefiero tener un cheque garantizado todos los meses.

– No se puede crear capital con los ingresos que se cobran -la contradijo Nat-. La mayoría de las personas viven muy por encima de sus posibilidades y el ahorro único que hacen es en forma de seguros de vida o en bonos, dos cosas que pueden acabar desvalorizadas por la inflación. Pregúntaselo a mi padre.

– ¿Para qué necesitas todo ese dinero? -preguntó la muchacha.

– Para mis amantes -contestó Nat.

– ¿Se puede saber dónde están todas esas amantes?

– La mayoría de ellas están en Italia, pero otras me esperan en las grandes capitales del mundo.

– En ese caso, ¿por qué vamos a Venecia?

– También vamos a Florencia, Milán y Roma. Cuando las dejé, muchas estaban desnudas; una de las cosas que más me gusta de ellas es que no envejecen, si bien se agrietan un poco si están demasiado tiempo al sol.

– Son muy afortunadas -opinó Su Ling-. ¿Tienes alguna que sea tu favorita?

– No, la verdad es que soy bastante promiscuo, aunque si me viera forzado a nombrar una, confieso que hay una dama en Florencia que vive en un pequeño palacio a la que adoro, y que no veo la hora de reencontrarme con ella.

– Por una de esas casualidades, ¿no será una virgen? -inquirió Su Ling.

– Eres muy lista.

– ¿Se llama María?

– Me has pillado, aunque hay muchas otras Marías en Italia.

– La adoración de los Reyes Magos, Tintoretto.

– No.

– ¿Bellini, Madre e hijo?

– No, todavía viven en el Vaticano.

Su Ling guardó silencio durante unos momentos, cuando la azafata les avisó que se abrocharan los cinturones.

– ¿Caravaggio?

– ¡Muy bien! La dejé en el palacio Pitti, en la pared derecha de la galería del tercer piso. Prometió que me sería fiel hasta mi regreso.

– Pues allí se quedará, porque una amante de su calibre te costaría mucho más de cuatrocientos dólares mensuales; además, si todavía mantienes la ilusión de meterte en política, no te podrás permitir ni el lujo de pagar el marco.

– No me meteré en política hasta que no pueda permitirme comprar toda la galería -le aseguró Nat.


Annie comenzó a entender por qué los británicos se mostraban tan despectivos con los turistas norteamericanos que pretendían visitar Londres, Oxford, Blenheim y Stratford en tres días. No le ayudó a mostrarse más comprensiva con sus compatriotas cuando vio a las manadas de turistas que bajaban de los autocares en Stratford, ocupaban sus asientos en el Royal Shakespeare Theatre y luego se marchaban en el entreacto, para ser reemplazados por otra oleada de turistas de la misma nacionalidad. Annie no lo hubiese creído posible de no haber sido que al volver a su asiento después del entreacto se dio cuenta de que las dos filas que tenía delante estaban ocupadas por personas distintas, aunque eso sí, el acento era el mismo. Se preguntó si los que asistían al segundo acto informarían a los espectadores del primero qué les había sucedido a Rosencrantz y Guildenstern, o si el autocar ya se los había llevado de regreso a Londres.

Se sintió menos culpable después de pasar diez plácidos días en Escocia. Disfrutaron de su estancia en Edimburgo, donde se celebraba el festival de teatro, y pudieron escoger entre Marlowe, Mozart, Orton o Pinter. Sin embargo, para ambos lo más bonito de su viaje fue el recorrido por la costa. La belleza de los paisajes les quitó el aliento y llegaron a la conclusión de que no había nada parecido en todo el mundo.

En Edimburgo, intentaron rastrear el linaje de los Gates y los Davenport, pero lo único que consiguieron fue un gráfico de los clanes a todo color y una falda con el feo tartán de los Davenport, que Annie dudó que volviera a vestir en cuanto regresaran a Estados Unidos.

Fletcher se quedó dormido a los pocos minutos de que el avión que los llevaría a Nueva York despegó del aeropuerto de Edimburgo. Cuando se despertó, el sol que había visto desaparecer por un lado de la cabina aún no había aparecido por el otro. Cuando el avión comenzó el descenso para aterrizar en las pistas de Idlewild -Annie no se acostumbraba a llamarlo JFK-, Annie solo pensaba en ver a su hija, mientras que Fletcher esperaba con ansia su primer día de trabajo en Alexander Dupont y Bell.


Nat y Su Ling regresaron exhaustos de Roma, pero el cambio de planes había resultado un éxito rotundo. Su Ling se había relajado más y más con el paso de los días, hasta tal punto que durante la segunda semana, ninguno de los dos volvió a mencionar Corea. En el vuelo de regreso decidieron que le dirían a la madre de Su Ling que habían pasado la luna de miel en Italia. Tom sería el único que se sentiría intrigado por el cambio.

Mientras Su Ling dormía, Nat se entretuvo una vez más con la lectura de las cotizaciones del mercado de divisas en las páginas del International Herald Tribune y el Financial Times de Londres. La tendencia se mantenía: una leve bajada, un pequeño repunte, seguido de una nueva bajada, pero el gráfico a largo plazo señalaba siempre la ascensión del yen y el descenso del dólar. Esto también era válido en la cotización del yen frente al marco, la libra y la lira, así que Nat decidió continuar la investigación para averiguar cuál de los cambios presentaba mayor disparidad. En cuanto estuvieran de regreso en Boston hablaría con el padre de Tom; sin duda era preferible utilizar el departamento de cambio de divisas del banco Russell que confiar sus planes a una persona desconocida.

Nat miró a su esposa dormida y le agradeció para sus adentros la idea de que podía utilizar la compraventa de divisas como tema de su tesis de final de carrera. Su estancia en Harvard había pasado muy deprisa y comprendió que no podía posponer una decisión que podía afectar al futuro de ambos. Ya habían discutido las tres opciones posibles: podía buscar un trabajo en Boston para que Su Ling continuara en Harvard, pero tal como ella le había señalado, limitaría sus horizontes; podía aceptar la oferta del señor Russell y unirse a Tom en un gran banco en una ciudad pequeña, pero eso coartaría seriamente sus perspectivas de futuro, o podía buscar trabajo en Wall Street y averiguar si era capaz de sobrevivir entre los grandes.

Su Ling no tenía ninguna duda respecto a cuál de las tres opciones le interesaría más y aunque todavía les quedaba algún tiempo para decidir su futuro, ya se había puesto en comunicación con sus contactos en Columbia.

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Nat comprendió que tenía muy pocas cosas que lamentar de su último curso en Harvard.

A las pocas horas de aterrizar en el aeropuerto internacional Logan, había llamado al padre de Tom para compartir sus ideas respecto a la compraventa de divisas. El señor Russell le había señalado que la cantidad que deseaba invertir era demasiado pequeña para que las oficinas de cambio de divisas se interesaran. Nat se sintió desilusionado hasta que el señor Russell añadió que el banco podía hacerle un préstamo de mil dólares; le preguntó si Tom y él podían invertir mil dólares cada uno. Este fue el primer aporte de capital que consiguió Nat.

Cuando Joe Stein se enteró del plan, aparecieron otros mil dólares aquel mismo día. Al cabo de un mes, el fondo había aumentado a diez mil dólares. Nat le comentó a Su Ling que le preocupaba más perder el dinero de los inversores que el suyo propio. Para finales del curso, el fondo Cartwright había aumentado a catorce mil dólares y Nat había obtenido una ganancia neta de setecientos veintiséis dólares.

– Aún podrías perderlo todo -le recordó Su Ling.

– No lo niego, pero ahora que el fondo es más grande hay menos posibilidades de sufrir una pérdida grave. Incluso si la tendencia se invierte bruscamente, siempre podría asegurar mi posición con un adelanto en la venta y de esta manera reducir las pérdidas a un mínimo.

– ¿No crees que esto te ocupa demasiado tiempo, cuando tendrías que estar escribiendo tu tesis? -preguntó Su Ling.

– Solo me ocupa un cuarto de hora al día -le explicó Nat-. Consulto las cotizaciones del mercado japonés a las seis de la mañana y el cierre de Nueva York a las seis de la tarde; mientras no se produzca una bajada continua durante varios días, no necesito hacer nada más que reinvertir el capital todos los meses.

– Es inmoral -opinó Su Ling.

– ¿Qué tiene de malo utilizar mi capacidad, mis conocimientos y una pizca de iniciativa? -quiso saber Nat.

– Pues que ganas más trabajando un cuarto de hora al día que yo en un año como investigadora superior en la Universidad de Columbia. Creo que incluso es más de lo que ganan mis supervisores.

– Tu supervisor seguirá en su trabajo el año que viene, suceda lo que suceda en el mercado. Eso es la libre empresa. El lado malo es que puedo perderlo todo.

Nat no le comentó a su esposa que el economista británico Maynard Keynes había dicho en una ocasión: «Un hombre inteligente debe ser capaz de ganar una fortuna antes del desayuno y así poder dedicarse a hacer bien su trabajo durante el resto del día». Sabía también la rotunda oposición de Su Ling a lo que ella llamaba dinero fácil, así que solo hablaba de sus inversiones cuando ella sacaba el tema. Desde luego no le contó que el señor Russell consideraba que había llegado el momento de ser más ambiciosos.

No sentía remordimiento por dedicar un cuarto de hora de su tiempo a la administración de su fondo, porque dudaba que cualquier otro alumno de su clase estudiara con tanta diligencia. La única pausa real que se tomaba en su trabajo era para correr una hora todas las tardes y el gran momento del año fue cuando, con los colores de Harvard, cruzó la línea de meta en primer lugar en los juegos contra la Universidad de Connecticut.

Nat recibió un gran número de ofertas de trabajo de diversas entidades financieras después de mantener varias entrevistas en Nueva York, pero solo consideró a fondo dos de ellas. Por reputación y tamaño no había nada que escoger entre ambas. Sin embargo, en cuanto conoció a Arnie Freeman, que dirigía el departamento de divisas en Morgan’s, se mostró más que satisfecho en firmar el contrato en aquel mismo momento. Arnie tenía el don de hacer que catorce horas de trabajo diarias en Wall Street parecieran algo muy divertido.

Se preguntó qué más podía sucederle aquel año, hasta que Su Ling quiso saber cuáles eran los beneficios acumulados por el fondo Cartwright.

– Unos cuarenta mil dólares -le informó Nat.

– ¿Cuál es tu parte?

– El veinte por ciento. ¿En qué piensas gastarla?

– En nuestro primer hijo -respondió ella.


Fletcher también tenía pocas cosas que lamentar después de su primer año en Alexander Dupont y Bell. Al principio no tenía ni idea sobre cuáles serían sus responsabilidades, pero a los nuevos no se les conocía con el apodo de «caballos de carga» en vano. Muy pronto descubrió que su principal responsabilidad era asegurarse de que cuando Matt Cunliffe trabajaba en un caso, no tuviera que mirar más allá de su mesa para encontrar cualquier documento o antecedente importante. Solo había tardado unos días en comprender que las intervenciones en los juicios donde se defendían a bellezas inocentes acusadas de asesinato eran cosas exclusivas de las series de televisión. La mayor parte de su trabajo era aburrido y meticuloso y casi siempre se llegaba a un acuerdo entre las partes incluso antes de que se fijara la fecha del juicio.

Fletcher también descubrió que hasta que no eras socio no se comenzaba a ganar una suma respetable ni podías llegar a casa cuando todavía era de día. A pesar de esto, Matt le aligeró la carga de trabajo al no insistir en una pausa de media hora para la comida, cosa que le permitía jugar al squash con Jimmy dos veces por semana.

Se llevaba trabajo a casa y trataba, cuando le era posible, de dedicar una hora a estar con su hija. Su padre le recordaba con frecuencia que en cuanto pasaran aquellos primeros años, ya no le sería posible dar marcha atrás y recuperar «los momentos importantes en la niñez de Lucy».

La fiesta del primer cumpleaños de Lucy fue el acontecimiento más ruidoso fuera de un estadio de fútbol al que había asistido Fletcher. Annie había hecho tantas amistades en el barrio que se encontró la casa llena de niños que parecían dispuestos a llorar o reírse todos al mismo tiempo. A Fletcher le maravilló la calma con la que Annie se ocupaba de las copas de helado caídas, los trozos de pastel de chocolate pisoteados en la alfombra o la botella de leche derramada sobre su vestido, sin que ni por un instante desapareciera la sonrisa de su rostro. Cuando se marchó el último chiquillo, Fletcher estaba agotado. En cambio, el único comentario de Annie fue: «Creo que la fiesta ha sido un éxito».

Fletcher seguía viéndose con Jimmy, quien, gracias a su padre -según sus propias palabras-, había conseguido un empleo en una pequeña pero bien reputada firma de abogados en Lexington Avenue. Su horario de trabajo no tenía nada que envidiarle al de su amigo, pero la responsabilidad de ser padre parecía haberle dado un nuevo estímulo, que aumentó cuando Joanna dio a luz a su segundo hijo. Fletcher estaba maravillado al ver lo bien que funcionaba su matrimonio, si se tenía en cuenta la diferencia de edad y la disparidad profesional. Sin embargo, esto no parecía perjudicarles en nada, porque sencillamente se adoraban el uno al otro y eran la envidia de muchos de sus coetáneos que ya habían pedido el divorcio. Cuando Fletcher se enteró del nacimiento del segundo hijo de Jimmy, rezó para que Annie no tardara en seguir el ejemplo: envidiaba a Jimmy por tener un hijo varón. Recordaba muy a menudo a Harry Robert.

Debido a las muchas horas que dedicaba al trabajo, Fletcher no tenía demasiadas ocasiones de hacer nuevos amigos, con la excepción de Logan Fitzgerald, quien se había incorporado a la firma con él. A menudo cambiaban impresiones durante la comida o tomaban una copa juntos antes de que Fletcher cogiera el tren para irse a su casa a última hora de la tarde. Muy pronto el alto y rubio irlandés fue invitado a Ridgewood para que conociera a las amigas solteras de Annie. Si bien Fletcher reconocía que Logan y él eran rivales, esto no parecía perjudicar la amistad entre los jóvenes; es más, parecía fortalecer aún más el vínculo entre ellos. Ambos tuvieron sus pequeños éxitos y fracasos durante el primer año y nadie en la firma parecía dispuesto a dar su opinión sobre a cuál de los dos harían primero socio.

Una tarde, mientras tomaban una copa, Fletcher y Logan hablaron de que ambos ya eran miembros de pleno derecho en la firma. En el plazo de unas semanas, llegaría otro grupo de aspirantes y ellos ascenderían de caballos de carga a animales de silla. Ambos estudiaron con interés los currículos de los que habían superado la primera etapa de la selección.

– ¿Qué opinas de los aspirantes? -preguntó Fletcher, que procuró no tener un tono de superioridad.

– No están mal -respondió Logan. Le pidió al camarero que le sirviera una cerveza a Fletcher antes de añadir-: Excepto uno, el tipo de Stanford. No acabo de entender cómo ha conseguido colarse en la lista.

– Me han dicho que es el sobrino de Bill Alexander.

– No niego que sea una buena razón para ponerlo en la lista final, pero no para ofrecerle trabajo, así que supongo que no le volveremos a ver -dijo Logan-. Ahora que lo pienso, ni siquiera recuerdo su nombre.


En Morgan’s Nat era el más joven de su equipo, formado por tres economistas. Su jefe inmediato era Steven Ginsberg, que tenía veintiocho años, y su número dos, Adrian Kenwright, acababa de cumplir los veintiséis. Entre ellos, controlaban un fondo de más de un millón de dólares.

Dado que los mercados de divisas abrían en Tokio precisamente cuando la mayoría de los norteamericanos civilizados se iban a la cama y cerraban en Los Ángeles cuando el sol ya no brillaba en el continente americano, uno del equipo siempre estaba de servicio para que quedaran cubiertas todas las horas del día y la noche. La única ocasión en la que Steven le dio a Nat una tarde libre fue para asistir en Harvard a la ceremonia en que Su Ling recibió su título de doctora, e incluso entonces tuvo que irse de la fiesta porque lo llamaron con urgencia para explicar la caída de la lira.

– Es posible que la semana que viene a esta misma hora tengan un gobierno comunista -dijo Nat-, así que comenzad a vender las liras y comprad francos suizos. Vended todas las pesetas y libras esterlinas que tengamos en nuestras cuentas porque España y Gran Bretaña son inestables o tienen gobiernos de izquierdas y serán los próximos en sentir la presión.

– ¿Qué hacemos con los marcos?

– Aguantadlos, porque los marcos continuarán por debajo del valor real mientras no tiren abajo el muro de Berlín.

Aunque los otros dos miembros del equipo tenían mucha más experiencia financiera que Nat y la misma voluntad de trabajar al máximo, ambos reconocían que gracias a su notable olfato político, Nat era capaz de interpretar las tendencias del mercado mucho más rápido que cualquier otro que hubiese trabajado con o contra ellos.

El día que todos vendieron dólares para comprar libras, Nat vendió inmediatamente las libras en el mercado de futuros. Durante ocho días pareció que le haría perder al banco una fortuna y sus colegas pasaban rápidamente por su lado en los pasillos sin ni siquiera mirarlo. Un mes más tarde, siete bancos le estaban ofreciendo trabajo y un considerable aumento de sueldo. Nat recibió una gratificación de ocho mil dólares cuando acabó el año y decidió que había llegado el momento de salir a buscar a una de sus amantes.

No le dijo nada a Su Ling de la gratificación, ni de la amante, porque a ella acababan de darle un aumento de noventa dólares mensuales. En cuanto a la amante, le había echado el ojo a una dama que veía en una esquina todas las mañanas cuando iba al trabajo y que seguía tranquilamente en el escaparate cuando regresaba a su apartamento en el SoHo por la tarde. A medida que pasaban los días se fijaba cada vez más en la dama que tomaba un baño y finalmente decidió preguntar su precio.

– Seis mil quinientos dólares -le informó el propietario de la galería- y si me permite que se lo diga, señor, tiene usted muy buen ojo porque no solo es una magnífica pintura, sino también una muy buena inversión.

Al escucharlo, Nat se convenció rápidamente de que los galeristas no eran más que vulgares vendedores de coches usados que vestían trajes de Brooks Brothers.

– Bonnard tiene unos precios muy bajos si los compara con los de sus contemporáneos Renoir, Monet y Matisse -añadió el galerista-, y calculo que su cotización subirá mucho en un futuro muy cercano.

A Nat no le importaba lo que pudiera pasar con la cotización de los cuadros de Bonnard, porque él era un amante, no un chulo.


Su otra amante le llamó esa tarde para avisarle de que iba camino del hospital. Nat le pidió a su interlocutor de Hong Kong que aguardara un momento.

– ¿Por qué? -preguntó Nat, ansioso.

– Porque voy a tener a tu bebé -replicó su esposa.

– No tenía que nacer hasta dentro de un mes.

– Eso el bebé no lo sabe -comentó Su Ling.

– Ahora mismo voy, Pequeña Flor -dijo Nat, y colgó el otro teléfono.


Esa noche, en cuanto regresó del hospital, Nat llamó a su madre para comunicarle que tenía un nieto.

– Una noticia maravillosa -exclamó ella-. ¿Qué nombre habéis decidido ponerle?

– Luke.

– ¿Ya has pensado qué le regalarás a Su Ling para celebrar la ocasión?

Nat vaciló durante unos momentos y finalmente respondió:

– Una dama en una bañera.

Pasaron otros dos días antes de que él y el galerista acordaran un precio de cinco mil setecientos cincuenta dólares y el pequeño Bonnard viajó desde la galería en el SoHo a la pared del dormitorio de su apartamento.

– ¿A ti te gusta? -le preguntó Su Ling el día que regresó del hospital con Luke.

– No, aunque reconozco que tiene más para mimar que tú. Claro que personalmente prefiero las mujeres delgadas.

Su Ling observó detenidamente su regalo antes de dar su opinión.

– Es magnífica. Muchas gracias.

Nat se sintió encantado al ver que su esposa parecía apreciar la pintura tanto como él. Agradeció para sus adentros que ella no le preguntara cuánto le había costado la dama.

Aquello que había comenzado como un capricho durante el viaje a Roma, Venecia y Florencia con Tom, se había convertido rápidamente en una adicción que le dominaba. Cada vez que recibía una gratificación salía en busca de otra pintura. Nat tuvo que admitir que el galerista, a pesar de haberle dado la impresión de un vendedor de coches usados, no se había equivocado en su juicio, porque mientras continuaba seleccionando impresionistas que estaban al alcance de su bolsillo -Vuillard, Luce, Pissarro, Camoin y Sisley- todos subían de precio con la misma rapidez que las inversiones financieras que realizaba para sus clientes de Wall Street.

Su Ling disfrutaba viendo cómo crecía la colección. No mostraba el más mínimo interés por saber cuánto había pagado Nat por sus amantes y menos todavía por el valor de inversión. Quizá esto se debía a que, cuando cumplió los veinticinco años y se convirtió en la profesora asociada más joven en la historia de Columbia, ganaba en todo un año menos de lo que cobraba Nat en una semana.

A él ya no era necesario recordarle que eso era algo inmoral.


Fletcher se acordaba del incidente con toda claridad.

Matt Cunliffe le había pedido que llevara unos documentos a Higgs y Dunlop para que los firmaran.

– Normalmente le hubiese pedido a uno de los chicos que lo hiciera -le explicó Matt-, pero el señor Alexander ha tardado semanas en llegar a un acuerdo y no quiere que cualquier pega de última hora pueda darles una excusa para no firmar.

Fletcher pensó que estaría de vuelta en la oficina en menos de media hora, porque solo necesitaba que firmaran los cuatro documentos. Sin embargo, cuando el joven abogado reapareció dos horas más tarde y le dijo a su jefe que los documentos no habían sido firmados, Matt dejó la estilográfica y esperó una explicación.

Cuando Fletcher llegó a Higgs y Dunlop, le habían hecho esperar en la recepción después de informarle de que el socio cuya firma necesitaba había salido a comer. Esto le había sorprendido, porque el socio en cuestión, el señor Higgs, había fijado el encuentro para la una y Fletcher no había ido a comer para asegurarse de que no llegaría tarde.

Mientras esperaba en la recepción, leyó los documentos para saber de qué se trataba. Después de aceptar una oferta de compra, la parte vendedora no había estado de acuerdo con la cantidad ofrecida como compensación, así que habían tardado meses para llegar a una cifra aceptable para todas las partes.

A la una y cuarto, Fletcher miró a la recepcionista, que parecía un tanto violenta con la situación y que le había ofrecido una segunda taza de café. Fletcher se lo agradeció; después de todo, no era culpa de la empleada que le hicieran esperar. Pero cuando ya había leído los documentos por segunda vez y se había tomado la tercera taza de café, llegó a la conclusión de que el señor Higgs era muy mal educado o directamente un inepto.

Fletcher consultó de nuevo el reloj. Era la una y treinta y cinco. Exhaló un suspiro y a continuación le preguntó a la recepcionista si podía utilizar los lavabos. Ella había vacilado un momento, antes de sacar una llave de uno de los cajones de su mesa.

– Los lavabos de los ejecutivos están en la planta de arriba -le informó-. Están reservados para los socios y los clientes más importantes, así que si alguien le pregunta, por favor, diga que es un cliente.

No había nadie en los lavabos y, para no comprometer a la recepcionista, Fletcher había ocupado el último reservado. Se estaba cerrando la bragueta cuando entraron dos personas, una de ellas parecía haber vuelto de una larga sobremesa donde se había consumido algo más que agua. El diálogo de los desconocidos había sido el siguiente:

Primera voz: «Bueno, me alegro de que se haya solucionado todo este asunto. No hay nada que me satisfaga más que haberles pasado la mano por la cara a los de Alexander Dupont y Bell».

Fletcher sacó un bolígrafo del bolsillo y tiró suavemente del rollo de papel higiénico.

Segunda voz: «Han mandado a un mensajero con los documentos. Le dije a Millie que lo hiciera esperar en la recepción para que sufra un rato».

Primera voz, después de una carcajada: «¿Cuál es la cantidad que habéis acordado?».

Segunda voz: «Eso es lo mejor de todo, 1.325.000 dólares, que es mucho más de lo que esperábamos».

Primera voz: «El cliente estará encantado».

Segunda voz: «Precisamente vengo de comer con él. Pidió una botella de Château Lafitte del 52. Después de todo, le habíamos dicho que calculara cobrar medio millón, cantidad que ya le parecía más que adecuada por razones obvias».

Primera voz, después de otra carcajada: «¿Estamos trabajando con una tarifa de contingencia?».

Segunda voz: «Por supuesto. Nos quedamos con la mitad de todo lo que pase del medio millón».

Primera voz: «Fantástico. La firma acaba de embolsarse 417.500 dólares por la cara. ¿A qué te referías con eso de “razones obvias”?».

Se abrió un grifo y las siguientes palabras que escuchó Fletcher fueron: «Nuestro principal problema era el banco del cliente. La compañía está en números rojos por un total de 720.000 dólares y si no cubrimos esa cantidad antes de que cierren el viernes, amenazan con no pagar, cosa que significaría que quizá ni siquiera lleguemos a… -se cerró el grifo-… el monto original de 500.000 dólares, y eso después de meses de negociación».

Segunda voz: «Solo hay que lamentar una cosa».

Primera voz: «¿A qué te refieres?».

Segunda voz: «A que no puedas decirles a esos engreídos de Alexander Dupont y Bell que no saben jugar al póquer».

Primera voz: «Es verdad, pero creo que me divertiré un poco con… -se abrió una puerta-… el mensajero». Se cerró la puerta.

Fletcher enrolló el trozo de papel higiénico y se lo metió en el bolsillo. Salió del reservado y, después de lavarse las manos, bajó rápidamente por las escaleras de emergencia hasta la planta de abajo para devolverle la llave a la recepcionista.

– Muchas gracias -le dijo la empleada en el momento que sonaba el teléfono. Sonrió a Fletcher-. Justo a tiempo. Ya puede subir en el ascensor hasta el piso once. El señor Higgs lo recibirá ahora.

– Muchas gracias.

Fletcher salió de la oficina y llamó al ascensor, pero en lugar de subir bajó al vestíbulo.

Matt Cunliffe estaba desenrollando el trozo de papel higiénico cuando sonó el teléfono.

– El señor Higgs por la línea uno -le comunicó su secretaria.

– Dígale que estoy reunido. -Matt se balanceó en la silla y le guiñó un ojo a Fletcher.

– Pregunta cuándo estará disponible.

– Después de que los bancos cierren el viernes.

<p id="_Toc320818471">26</p>

Fletcher no recordaba ninguna ocasión anterior en que alguien le hubiese resultado absolutamente desagradable en su primer encuentro, e incluso las circunstancias no ayudaban.

El socio principal había invitado a Fletcher y Logan a tomar un café en su despacho; un acontecimiento muy poco habitual. Cuando entraron en el despacho, les presentó a uno de los nuevos seleccionados para trabajar en la firma.

– Quiero que conozcan a Ralph Elliot -les dijo Bill Alexander sin más preámbulos.

La primera reacción de Fletcher fue preguntarse la razón por la que había escogido a Elliot entre los dos aspirantes finales. No tardó en averiguarlo.

– He decidido -manifestó Alexander- que este año yo también contaré con la colaboración de un ayudante joven. Estoy muy interesado en mantenerme en contacto con los pensamientos de las nuevas generaciones y a la vista de que las notas de Ralph en Stanford han sido excepcionales, él parece ser la elección más obvia.

Fletcher recordó la incredulidad de Logan ante la posibilidad de que el sobrino de Alexander consiguiera superar la última criba y ambos habían llegado a la conclusión de que el señor Alexander había descartado cualquier objeción de los otros socios.

– Confío en que ambos hagan que Ralph se sienta como en su casa.

– Por supuesto -dijo Logan-. ¿Por qué no vienes a comer con nosotros?

– Sí, creo que puedo arreglarlo -replicó Elliot como si les hiciese un favor.

Durante la comida, Elliot no desperdició ni una sola oportunidad para recordarles que era el sobrino del socio principal, con la implicación tácita de que si alguna vez Fletcher o Logan se ponían a malas con él, correrían el riesgo de ver postergadas sus aspiraciones a que la firma los hiciera socios. La amenaza solo sirvió para fortalecer el vínculo de amistad entre los dos hombres.

– Ahora le dice a todo el mundo que quiera escucharle que será el primero en ser ascendido a socio en menos de siete años -le comentó Fletcher a Logan mientras tomaban una copa unos días más tarde.

– Es un tipo ladino hasta la médula y no me sorprendería nada que se saliera con la suya -respondió Logan.

– ¿Cómo crees que llegó a ser representante de los estudiantes en la Universidad de Connecticut si trató a todos de la misma manera que nos trata a nosotros?

– Quizá nadie se atrevió a plantarle cara.

– ¿Fue así como lo conseguiste tú? -preguntó Logan.

– ¿Cómo lo sabes? -replicó Fletcher, mientras el camarero les cobraba las copas.

– Leí tu currículo el día que entré en la firma. ¿No me dirás que tú no leíste el mío?

– Por supuesto que sí -reconoció Fletcher. Bebió un trago-. Incluso sé que eras el campeón de ajedrez de Princeton. -Los jóvenes se echaron a reír-. Tengo que marcharme corriendo o perderé el tren. Annie comenzará a preguntarse si no hay otra mujer en mi vida.

– No sabes cuánto te envidio -comentó Logan en voz baja.

– ¿A qué te refieres?

– A la fortaleza de tu matrimonio. A tu esposa no se le ocurriría pensar ni por un momento que fueses capaz de mirar a otra mujer.

– Soy muy afortunado -le confirmó Fletcher-. Quizá algún día tú también lo seas. Meg, la chica que trabaja en la recepción, no te quita los ojos de encima.

– ¿Quién de las recepcionistas es Meg? -preguntó Logan, que se entretuvo en recoger su abrigo. Se quedó sin saberlo porque Fletcher ya se había marchado.

Fletcher no había dado más que unos pasos por la Quinta Avenida, cuando vio que se acercaba Ralph Elliot. Se ocultó rápidamente en un portal y esperó a que pasara. En el momento que salió del portal notó los efectos del fuerte viento helado que te obligaba a ponerte orejeras aunque solo tuvieras que caminar una calle, así que metió la mano en el bolsillo para sacar la bufanda, pero no estaba. Maldijo por lo bajo. Seguramente se la había dejado en el bar. Tendría que recogerla al día siguiente. Entonces volvió a maldecir al recordar que era el regalo de Navidad de Annie. Emprendió el camino de regreso al local. En el bar, le preguntó a la muchacha del guardarropa si había encontrado una bufanda roja.

– Sí. Se le debió de caer cuando se puso el abrigo. La encontré en el suelo.

– Muchas gracias.

Fletcher se volvió dispuesto a marcharse. No esperaba ver a Logan en la barra. Se quedó de una pieza cuando vio al hombre con quien estaba conversando.


Nat dormía profundamente.

La dévaluation française: estas sencillas palabras hicieron que el suave murmullo de los teletipos se convirtiera en un estruendo frenético. El teléfono en la mesilla de noche de Nat comenzó a sonar treinta segundos más tarde y de inmediato le dio a Adrian la orden de vender.

– Despréndete de los francos lo más rápido que puedas. -Escuchó a su interlocutor y respondió-: Dólares.

Aunque no recordaba ni un solo día en los diez últimos años en los que no se hubiera afeitado, esa mañana no lo hizo.

Su Ling ya estaba despierta cuando Nat salió del baño unos minutos más tarde.

– ¿Ha surgido algún problema? -le preguntó con voz somnolienta.

– Los franceses acaban de devaluar su moneda un siete por ciento.

– ¿Eso es bueno o malo?

– Depende de la cantidad de francos que tengamos. Lo sabré con exactitud en cuanto consiga sentarme delante de una pantalla.

– Dentro de unos años tendrás una junto a la cama y entonces ni siquiera necesitarás ir a la oficina -comentó Su Ling, y volvió a apoyar la cabeza en la almohada al ver que el reloj marcaba las cinco y diez de la mañana.

Nat cogió el teléfono. Adrian seguía al otro lado de la línea.

– Nos está costando deshacernos de los francos; hay muy pocos compradores aparte del gobierno francés y no podrán continuar apoyando su moneda durante mucho más tiempo.

– Tú sigue vendiendo. Compra yenes, marcos alemanes o francos suizos. No compres ninguna otra moneda. Estaré contigo dentro de un cuarto de hora. ¿Steven ya ha llegado?

– No, viene de camino. Me costó lo mío averiguar en la cama de quién estaba.

Nat se rió mientras colgaba el teléfono. Le dio un beso a su esposa antes de correr hacia la puerta.

– No llevas corbata -le avisó Su Ling.

– Quizá para la noche ni siquiera llevaré camisa -replicó Nat.

Su Ling había encontrado un apartamento muy cerca de Wall Street cuando se trasladaron de Boston a Manhattan. A medida que Nat cobraba una nueva gratificación, ella había ido amueblando las cuatro habitaciones, así que muy pronto Nat pudo invitar a cenar a sus colegas e incluso a algunos de sus clientes. Siete cuadros -cuyos pintores muy pocos legos hubiesen podido identificar- adornaban entonces las paredes.

La joven volvió a dormirse en cuanto se marchó su marido. Nat rompió con la rutina habitual cuando bajó de dos en dos las escaleras, sin molestarse en esperar el ascensor. En un día normal se levantaba a las seis y llamaba a la oficina desde su estudio para que le pusieran al corriente de las últimas novedades. Casi nunca tomaba decisiones importantes por teléfono, dado que la mayoría de las operaciones eran a largo plazo. A las seis y media ya se había aseado. Leía el Wall Street Journal mientras Su Ling preparaba el desayuno y se marchaba alrededor de las siete, después de pasar un momento por la habitación de Luke. Lloviera o brillara el sol, siempre recorría a pie las cinco calles hasta el trabajo; por el camino compraba un ejemplar del New York Times en la esquina de William y John. Buscaba de inmediato las páginas de información financiera y si algún titular le llamaba la atención, leía las noticias sobre la marcha; así y todo, a las siete y veinte ya estaba instalado en su mesa. El New York Times no informaría a sus lectores de la devaluación del franco francés hasta el día siguiente por la mañana y para entonces, para la mayoría de los banqueros, sería historia.

En cuanto salió del edificio, detuvo al primer taxi que pasó. Le dio un billete de diez dólares al taxista por un viaje de cinco calles y le dijo:

– Tengo que estar allí ayer.

El taxista pisó el acelerador a fondo y condujo su vehículo como una centella entre los demás coches. Cuatro minutos más tarde frenó violentamente delante de la puerta del edificio donde trabajaba Nat. Este se apeó de un salto, entró en el vestíbulo y corrió hacia el primer ascensor que vio con las puertas abiertas. Estaba lleno de agentes de cambio y bolsa que comentaban las novedades a voz en cuello. Nat no se entero de nada nuevo, excepto que el Ministerio de Economía francés había hecho público el escueto comunicado de la devaluación a las diez de la mañana, hora local. Maldijo para sus adentros cuando el ascensor se detuvo ocho veces en la lenta subida hasta el piso once.

Steven y Adrian ya se encontraban frente a las pantallas en el despacho de compraventa de divisas.

– ¿Cuáles son las últimas noticias? -gritó mientras se quitaba la americana.

– Todo el mundo está recibiendo una paliza -dijo Steven-. Los franceses han devaluado oficialmente un siete por ciento, pero los mercados consideran que es demasiado poco y demasiado tarde.

Nat miró la información que aparecía en la pantalla.

– ¿Qué pasa con las otras divisas?

– La libra, la lira y la peseta van a la baja. Sube el dólar; el yen y los francos suizos aguantan, el marco alemán oscila.

Nat continuó atento a los números de la pantalla que cambiaban cada pocos segundos.

– Intenta comprar yenes -le dijo a Steven. Vio cómo la libra bajaba otro punto.

Steven cogió el teléfono directo con la mesa de negocios. Nat lo miró. Estaban perdiendo unos segundos valiosísimos mientras esperaban a que un agente atendiera la llamada.

– ¿A cuánto está la cotización y cuál es la oferta? -preguntó Steven.

– Diez millones a dos mil sesenta y ocho.

Adrian no quiso ni mirar cuando Steven dio la orden.

– Vende todas las libras y liras que nos queden porque serán las próximas que se devaluarán -dispuso Nat.

– ¿A qué precio?

– Al demonio con el precio. Vende y conviértelo todo en dólares. Si se desata una tormenta en toda regla, todos buscarán refugio en Nueva York. -Nat se sorprendió al comprobar lo tranquilo que se sentía en medio del coro de gritos e insultos que sonaba a su alrededor.

– Hemos acabado con las liras -le avisó Adrian- y nos ofrecen yenes a dos mil veintisiete.

– Cómpralos -entonó Nat, siempre atento a la pantalla.

– Nos hemos quedado sin libras -informó Steven-, a dos coma treinta y siete.

– Muy bien. Cambia la mitad de nuestros dólares a yenes.

– Me he quedado sin guilders -gritó Adrian.

– Cámbialos todos a francos suizos.

– ¿Quieres vender los marcos alemanes que tenemos? -preguntó Steven.

– No -respondió lacónico Nat.

– ¿Quieres comprar?

– No -repitió Nat-. Se mantienen en el centro y no parecen dispuestos a moverse en ninguna dirección.

Acabó de tomar decisiones en menos de veinte minutos; luego no le quedó más que mirar las pantallas y ver las extensiones del daño sufrido. A medida que las demás divisas continuaban cotizando a la baja, Nat fue consciente de que los demás estaban sufriendo mucho más, aunque no dejaba de ser un triste consuelo.

Si los franceses hubiesen esperado hasta el mediodía, la hora habitual para anunciar una devaluación, él habría estado en su mesa.

– ¡Condenados franceses! -exclamó Adrian.

– Condenados no, astutos -replicó Nat-. Devaluaron mientras estábamos durmiendo.


La devaluación del franco francés no fue algo que preocupara lo más mínimo a Fletcher, que leyó la noticia en el New York Times mientras viajaba en el tren que lo llevaba a la ciudad. Varios bancos habían sufrido un fuerte castigo e incluso algunos de ellos habían informado de problemas de liquidez al SEC, la comisión de vigilancias y control del mercado de valores. Pasó la página para leer un perfil del hombre que seguramente sería el candidato demócrata a la presidencia frente a Ford. Sabía muy poco de Jimmy Carter, apenas que había sido gobernador de Georgia y era propietario de una plantación de cacahuetes. Dejó de leer un momento y pensó en sus propias ambiciones políticas, que había dejado en suspenso mientras procuraba demostrar sus aptitudes en la firma de abogados.

Decidió que se uniría a la organización de respaldo a la campaña de Carter en Nueva York y dedicaría a ello todo el tiempo libre de que pudiera disponer. ¿Tiempo libre? Harry y Martha se quejaban de que apenas le veían. Annie había entrado a formar parte de la junta de otra organización no gubernamental y Lucy tenía la varicela. Cuando llamó a su madre para preguntarle si él había tenido la varicela, lo primero que le respondió fue: «Hola, forastero». Sin embargo, todas estas pequeñas preocupaciones pasaron al olvido en cuanto llegó a la oficina.

La primera señal de que había un problema la recibió cuando le dio los buenos días a Meg en la recepción.

– Hay una reunión de todos los abogados en la sala de conferencias a las ocho y media -le informó la joven con un tono desabrido.

– ¿Tienes alguna idea de lo que pasa? -le preguntó Fletcher, y de inmediato comprendió que era una pregunta ridícula. La confidencialidad era la marca de la casa.

Varios de los socios ya ocupaban sus lugares y hablaban entre ellos en voz baja, cuando Fletcher entró en la sala de juntas a las ocho y veinte y se sentó sin perder ni un segundo, detrás de la silla de Matt. ¿Podía la devaluación del franco dispuesta por el gobierno francés afectar a una firma de abogados en Nueva York? Lo dudaba. ¿El socio principal quería hablar del acuerdo Higgs y Dunlop? No, no era el estilo de Alexander. Miró a los socios sentados alrededor de la mesa. Si alguno sabía de qué se trataba, no soltaba prenda. Pero tenían que ser malas noticias, porque las buenas siempre se anunciaban en la reunión de las seis de la tarde.

El socio principal entró en la sala a las ocho y veinticuatro minutos.

– Les pido disculpas por mantenerlos apartados de sus puestos de trabajo -manifestó-, pero esto no es algo que se pueda comunicar en una circular interna o colar en mi informe mensual. -Guardó silencio un momento, que aprovechó para aclararse la garganta-. La fuerza de esta firma reside en que nunca se ha visto implicada en ningún escándalo de tipo personal o financiero; por tanto, considero que incluso la más mínima insinuación de un problema de ese tipo debe ser solucionada expeditivamente. -Fletcher estaba absolutamente desconcertado-. Se ha puesto en mi conocimiento que un miembro de esta firma ha sido visto en un bar frecuentado por los abogados de firmas rivales. -Yo lo hago todos los días, pensó Fletcher, y no creo que sea un crimen-. Aunque no se trata de algo reprochable en sí mismo, podría conducir a otros episodios que son inaceptables para Alexander Dupont y Bell. Afortunadamente, uno de los nuestros, anteponiendo el bien de nuestra firma por encima de otras consideraciones, ha pensado que era su deber ponerme al corriente de lo que podría acabar siendo una situación embarazosa. El empleado a quien me refiero fue visto en un bar mientras sostenía una conversación con un miembro de una firma rival. Luego se marchó con dicha persona aproximadamente a las diez de la noche, juntos cogieron un taxi que los llevó a la casa del segundo en el West Side y no se le vio hasta las seis y media de la mañana siguiente, cuando regresó a su propio apartamento. Llamé inmediatamente al empleado en cuestión, quien no hizo el menor intento por negar su relación con el empleado de la firma rival, y me complace decir que estuvo de acuerdo en que lo más conveniente para todos era dimitir en el acto. -Se calló un momento-. Doy las gracias al empleado, que no vaciló en poner los intereses de la firma por encima de todo lo demás y consideró que era su deber comunicarme este asunto.

Fletcher miró a Ralph Elliot, quien intentaba fingirse sorprendido a medida que se pronunciaba cada frase, pero nunca nadie le había hablado de lo que era sobreactuar. Entonces recordó haber visto a Elliot en la Quinta Avenida después de salir del bar. Se sintió dominado por una rabia impotente al comprender que el socio principal al que se refería era Logan.

– Quiero recordarles a todos -recalcó Bill Alexander- que este asunto no volverá a ser discutido en público o en privado.

El socio principal se levantó y salió de la sala de juntas sin añadir palabra.

Fletcher juzgó que sería diplomático estar entre los últimos en salir, así que en cuanto se marcharon todos los socios se levantó y caminó sin prisas hacia la puerta. Al dirigirse a su despacho oyó unos pasos que le seguían, pero no se volvió hasta que Elliot le alcanzó.

– Tú estabas en el bar con Logan aquella noche, ¿no es así? -Elliot guardó silencio unos instantes-. No se lo he dicho a mi tío.

Fletcher permaneció en silencio y dejó que Elliot se alejara, pero en cuanto entró en su despacho escribió en un papel las palabras que Elliot había empleado en su amenaza velada.

El único error que cometió fue no informar a Bill Alexander inmediatamente.


Una de las muchas cosas que Nat admiraba de Su Ling era que nunca decía: «Te avisé», aunque después de todas sus advertencias tenía todo el derecho a hacerlo.

– ¿Qué pasará ahora? -preguntó, sin preocuparse del incidente, que ya era cosa del pasado.

– Tengo que decidir entre dimitir o esperar a que me despidan.

– Steven es el jefe de tu departamento e incluso Adrian está por encima de ti.

– Lo sé, pero todas las decisiones eran mías, yo firmé las órdenes de compra y venta, así que nadie cree de verdad que ellos tuvieran alguna participación.

– ¿Cuánto perdió el banco?

– Un poco menos de medio millón.

– Tú les has hecho ganar mucho más que eso en los últimos dos años.

– Tienes toda la razón, pero ahora los jefes de los otros departamentos me consideran poco fiable y siempre temerán que pueda volver a pasar. Steven y Adrian ya se están distanciando lo más rápido que pueden; no les interesa en absoluto perder sus trabajos.

– Sin embargo, tú todavía puedes hacerle ganar mucho dinero al banco. ¿Qué sentido tiene despedirte?

– Pueden reemplazarme en cualquier momento; hay cientos de chicos brillantes que se licencian todos los años.

– Son pocos los de tu talento -afirmó Su Ling.

– Creía que tú no aprobabas esa clase de trabajo.

– No he dicho que lo apruebe -replicó Su Ling-, pero eso no significa que no reconozca y admire tu capacidad. -Vaciló-. ¿Hay alguien dispuesto a ofrecerte empleo?

– No creo que me llamen con el mismo entusiasmo de hace un mes atrás, así que tendré que iniciar una ronda de llamadas.

Su Ling abrazó a su marido.

– Te has enfrentado a cosas peores en Vietnam y conmigo en Corea; en ningún momento te acobardaste.

Nat casi había olvidado lo ocurrido en Corea, aunque era evidente que aún seguía preocupando a Su Ling.

– ¿Qué hay del fondo Cartwright? -preguntó la muchacha mientras Nat la ayudaba a poner la mesa.

– Perdimos casi cincuenta mil dólares, pero todavía dará un pequeño beneficio. Eso me recuerda que tengo que llamar al señor Russell para disculparme.

– También a ellos les has hecho ganar su buen dinero en el pasado.

– Motivo por el cual depositaron tanta confianza en mí. -Nat descargó una palmada en la mesa-. Maldita sea, tendría que haberlo visto venir. -Miró a su esposa-. ¿Qué crees que debería hacer?

Su Ling se tomó su tiempo para pensar en la respuesta.

– Dimite -respondió-, y búscate un empleo como Dios manda.


Fletcher marcó el número directamente sin pasar por su secretaria.

– ¿Estás libre para comer? -Escuchó la respuesta-. No, tenemos que quedar en algún sitio donde nadie nos reconozca. -Oyó lo que la otra persona le decía-. ¿Es el que está en la Cincuenta y siete Oeste? -Volvió a callarse mientras le respondían-. De acuerdo, nos vemos a las doce y media.

Fletcher llegó a Zemarki’s unos minutos antes de la hora. Su invitado le esperaba. Ambos pidieron ensaladas y Fletcher una cerveza.

– Creía que nunca bebías a la hora de la comida.

– Hoy es una de esas ocasiones en que necesito beber algo -respondió Fletcher. Bebió un buen trago y luego le relató a su amigo lo que había sucedido aquella mañana en la firma.

– Estamos en mil novecientos setenta y seis, no en mil setecientos setenta y seis -comentó Jimmy.

– Lo sé, pero por lo visto todavía quedan un par de dinosaurios sueltos y Dios sabe qué otras mentiras le contó Elliot a su tío.

– Tu señor Elliot parece un tipo encantador. Será mejor que vayas con cuidado porque probablemente tú seas el siguiente de su lista.

– Puedo cuidar de mí mismo. Es Logan quien me preocupa.

– Si es la mitad de bueno de lo que dices no tardará nada en encontrar trabajo.

– No después de que llamen a Bill Alexander para saber por qué se marchó repentinamente.

– Ningún abogado se atrevería a decir que ser gay sea causa de despido.

– No necesita hacerlo -señaló Fletcher-. Dadas las circunstancias solo tendría que decir: «Preferiría no discutir el tema, es algo delicado», cosa que sería muchísimo más letal. -Bebió otro trago-. Te diré una cosa, Jimmy. Si tu empresa tiene la fortuna de contratar a Logan, nunca lo lamentarán.

– Hablaré con el socio principal esta tarde y te informaré de lo que me diga. ¿Qué tal está mi hermanita?

– Poco a poco se está haciendo con todo en Ridgewood, incluido el club del libro, el equipo de natación y la campaña de donantes de sangre. Nuestro gran problema ahora es a qué escuela enviaremos a Lucy.

– Hotchkiss ahora acepta a niñas -dijo Jimmy- y queremos…

– Me pregunto qué opina el senador al respecto. -Fletcher se acabó la cerveza-. Por cierto, ¿qué tal está?

– Agotado, pero no ha dejado ni por un momento de prepararse para las próximas elecciones.

– No hay nadie que le haga sombra a Harry. No he conocido a un político más popular en todo el estado.

– Pues ya se lo puedes decir -replicó Jimmy-. La última vez que lo vi había engordado diez kilos y parecía en muy mala forma física.

Fletcher consultó el reloj.

– Transmítele mis saludos al viejo guerrero; dile que Annie y yo haremos todo lo posible por ir a pasar un fin de semana en Hartford cuanto antes. -Se calló un momento-. Tú y yo no nos hemos visto hoy.

– Te estás volviendo paranoico -opinó Jimmy mientras cogía la cuenta-, que es exactamente lo que el tal Elliot desea que pase.


Nat presentó la dimisión a la mañana siguiente, mucho más tranquilo al ver la calma con la que Su Ling se había tomado aquel asunto. Claro que a ella le resultaba muy fácil decirle que se buscara un trabajo como Dios manda cuando solo había una actividad para la que se sentía capacitado.

Cuando fue a su oficina para recoger sus objetos personales tuvo la impresión de ser el portador de la peste. Sus hasta hacía unos minutos colegas pasaban a su lado sin dirigirle la palabra y los que ocupaban las mesas vecinas miraban en otra dirección mientras hablaban por teléfono.

Volvió a su casa en taxi cargado hasta los topes y llenó el pequeño ascensor tres veces antes de acabar de dejarlo todo en su despacho.

Nat se sentó a la mesa. El teléfono no había sonado desde que había vuelto a casa. El apartamento le parecía un desierto sin la presencia de Su Ling y Luke; se había acostumbrado a que estuviesen allí para recibirlo cuando regresaba del trabajo. Afortunadamente el niño era demasiado pequeño para darse cuenta de lo que le estaba pasando a su padre.

A mediodía, fue a la cocina, abrió una lata de picadillo de carne, echó el contenido en una sartén con un poco de mantequilla, añadió un par de huevos y esperó hasta que le pareció que estaban fritos.

Después de comer, hizo una lista de las entidades financieras que se habían puesto en contacto con él durante el año pasado y comenzó la ronda de llamadas. La primera la hizo a un banco que le había llamado pocos días antes.

– Ah, hola, Nat, sí, lo lamento, ya le hemos dado el trabajo a otra persona el viernes pasado.

– Buenas tardes, Nat. Sí, es una propuesta interesante. Deme un par de días para pensarlo, ya le llamaré.

– Le agradecemos mucho la llamada, señor Cartwright, pero…

Nat llegó al final de la lista y colgó el teléfono. Acababa de ser devaluado y era evidente que estaba a la venta. Comprobó su cuenta corriente. Aún disponía de un buen saldo, pero ¿cuánto tiempo le durarían los ahorros? Miró la pintura colgada en la pared delante de su mesa. Un desnudo de Camoin. Se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que tuviese que devolver a una de sus amantes al chulo de la galería.

Sonó el teléfono. ¿Alguien se lo había repensado y lo llamaba? Atendió la llamada y escuchó una voz muy conocida.

– Le debo una disculpa, señor Russell -dijo Nat-. Tendría que haberle llamado antes.


Tras la marcha de Logan de la firma, Fletcher se sintió aislado y apenas pasaba un día sin que Elliot intentara minar su posición, así que cuando el lunes por la mañana Bill Alexander lo llamó a su despacho, Fletcher comprendió que no sería una reunión amistosa.

Mientras cenaba con Annie el domingo por la noche, le había comentado a su esposa todo lo sucedido en los últimos días, sin exagerar ni un ápice. Annie le había escuchado en silencio y cuando acabó le dijo:

– Si no le cuentas al señor Alexander toda la verdad referente a su sobrino, ambos acabaréis por lamentarlo.

– No creas que es algo sencillo -replicó Fletcher.

– Decir la verdad siempre es sencillo -afirmó Annie-. Han tratado a Logan de una manera despreciable; de no haber sido por ti, quizá ni siquiera hubiese encontrado trabajo. Tu único error fue no hablar con Alexander en cuanto se acabó la reunión; eso le dio alas a Elliot para continuar difamándote.

– ¿Qué pasará si me despiden a mí también?

– Entonces es que se trata de una empresa en la que nunca tendrías que haber entrado a trabajar, Fletcher Davenport, y desde luego no serías el hombre que escogí como marido.


Cuando Fletcher llegó para su reunión con el señor Alexander pocos minutos antes de las nueve, la señora Townsend le hizo pasar inmediatamente al despacho del socio principal.

– Siéntese -dijo Bill Alexander, y le señaló una silla al otro lado de su mesa.

Nada de «¿Qué tal, Fletcher?» o «¿Qué tal están Annie y Lucy?». Solo que se sentara. Eso convenció a Fletcher de que Annie estaba en lo cierto y que no debía tener miedo de defender sus convicciones.

– Fletcher, cuando entró en Alexander Dupont y Bell hace ahora cosa de dos años, tenía grandes esperanzas depositadas en usted y, desde luego, durante el primer año cumplió sobradamente con mis expectativas. Todos recordamos con indudable placer el episodio de Higgs y Dunlop. Pero en los últimos meses, no ha mostrado el mismo empeño. -Fletcher lo miró intrigado. Había visto el último informe de Matt Cunliffe sobre su rendimiento profesional y la palabra «ejemplar» se le había quedado grabada en su mente-. Creo que tenemos todo el derecho a exigir una lealtad y dedicación absolutas a los intereses de la firma -añadió Alexander. Fletcher continuó en silencio, porque aún no imaginaba cuál era el delito del que se le acusaría-. Se me ha comunicado que usted también se encontraba en el bar con Fitzgerald la noche que él tomaba una copa con su amigo.

– Una información suministrada, sin duda alguna, por su sobrino -dijo Fletcher-, cuya participación en todo este asunto ha estado muy lejos de ser imparcial.

– ¿Qué ha querido decir con eso?

– Sencillamente que la versión de los acontecimientos facilitada por el señor Elliot responde pura y exclusivamente a sus intereses, como sin duda un hombre de su perspicacia ya habrá advertido.

– ¿Perspicacia? -exclamó Alexander-. ¿Qué tiene que ver la perspicacia con el hecho de que le vieran en compañía del amigo de Fitzgerald? -Una vez más recalcó la palabra «amigo».

– No estuve en compañía del amigo de Logan, como sin duda le comentó el señor Elliot, a menos que le haya contado la mitad de la historia. Me marché para regresar a Ridgewood…

– Ralph me dijo que usted volvió al cabo de unos minutos.

– Así es, y como cualquier espía que se respete, su sobrino también tuvo que informarle de que solo volví para recoger mi bufanda. Se me cayó al suelo cuando me puse el abrigo.

– No, no hizo ninguna mención de tal cosa -admitió Alexander.

– A eso mismo me refería cuando dije que solo le había contado la mitad de la historia -recalcó Fletcher.

– O sea ¿que no habló con Logan ni con su amigo?

– No, no lo hice, pero solo porque tenía prisa por regresar a casa.

– ¿Quiere decir que hubiese hablado con él?

– Sí, desde luego.

– ¿Incluso en el caso de haber sabido que Logan era homosexual?

– No lo sabía ni me importaba.

– ¿No le importaba?

– No. Nunca se me hubiera ocurrido pensar que la vida privada de Logan fuese asunto mío.

– Pero bien podía ser cosa de la firma y esto me lleva a asuntos más importantes. ¿Sabía que Logan Fitzgerald trabaja ahora en la misma empresa en la que trabaja su cuñado?

– Lo sé -reconoció Fletcher-. Le comuniqué al señor Gates que Logan estaba buscando empleo y que serían muy afortunados si conseguían hacerse con los servicios de un hombre con sus méritos.

– Me pregunto si fue prudente -opinó Bill Alexander.

– Cuando se trata de un amigo, tiendo a poner la honradez y la justicia por delante de mis propios intereses.

– ¿También por delante de los intereses de la firma?

– Sí, si se trata de algo moralmente correcto. Eso fue lo que me enseñó el profesor Abrahams.

– No presuma conmigo de nombres, señor Davenport.

– ¿Por qué no? Usted lo está haciendo conmigo, señor Alexander.

Al socio principal se le subieron los colores.

– Creo que no es consciente de que puedo despedirle en cualquier momento.

– La marcha de dos personas en una misma semana podría requerir algunas explicaciones, señor Alexander.

– ¿Me está amenazando?

– No. Creo que es usted quien me ha amenazado a mí.

– Quizá no me resulte fácil deshacerme de usted, señor Davenport, pero puede estar seguro de que nunca será socio de esta firma mientras yo pertenezca a ella. Salga de aquí.

Mientras se levantaba, Fletcher recordó las palabras de Annie: «Entonces es que se trata de una empresa en la que nunca tendrías que haber entrado a trabajar».

Nada más volver a su despacho, sonó el teléfono. ¿Sería Alexander? Atendió la llamada dispuesto a presentar la dimisión. Era Jimmy.

– Lamento llamarte al trabajo, Fletcher, pero papá acaba de sufrir un infarto. Lo han trasladado al San Patricio. ¿Podríais Annie y tú venir a Hartford cuanto antes?

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– Acabo de conseguir un trabajo como Dios manda -le dijo Nat a Su Ling en cuanto la vio entrar.

– ¿Trabajarás de taxista?

– No -respondió Nat-. No estoy cualificado para ese trabajo.

– A mí no me parece que esa haya sido nunca una pega para nadie en esta ciudad.

– Quizá no, pero sí que lo es no vivir en Nueva York.

– ¿Nos vamos de Nueva York? Por favor, dime que nos vamos a algún lugar civilizado donde en lugar de rascacielos habrá árboles y la polución caerá vencida por el aire puro.

– Regresamos a casa.

– ¿A Hartford? Entonces es que trabajarás para Russell.

– Has acertado a la primera. El señor Russell me ha ofrecido el cargo de vicepresidente del banco, para trabajar junto a Tom.

– ¿Trabajo bancario de verdad? ¿Nada de especular en el mercado de divisas?

– Controlaré el departamento de divisas, pero te prometo que solo serán las transacciones normales con el extranjero, no operaciones especulativas. Al señor Russell le interesa por encima de todo que Tom y yo trabajemos en una profunda reorganización del banco. Durante los últimos años se está quedando por detrás de los competidores y… -Su Ling dejó el bolso sobre la mesa del vestíbulo y se acercó al teléfono-. ¿A quién llamas? -le preguntó Nat.

– A mi madre, por supuesto. Tenemos que comenzar a buscar casa y luego ocuparnos de resolver el tema de la escuela de Luke; en cuanto mi madre se haga cargo de eso, tendré que llamar a algunos de mis antiguos colegas para ver si hay trabajo para mí y a continuación…

– Espera un momento, Pequeña Flor -la interrumpió Nat y la abrazó-. ¿Debo suponer que apruebas la idea?

– ¿Aprobarla? No veo la hora de abandonar Nueva York. La sola idea de que Luke comience su educación en una escuela donde los niños utilizan machetes para sacarle punta a los lápices me aterra. Tampoco puedo esperar… -Sonó el teléfono y Su Ling lo descolgó. Escuchó unos instantes y luego tapó el micrófono con la mano-. Es alguien llamado Jason, del Chase Manhattan. ¿Le digo que ya no estás disponible?

Nat sonrió y se puso al teléfono.

– Hola, Jason, ¿qué puedo hacer por ti?

– He estado pensando en tu llamada, Nat, y creo que podríamos hacerte un hueco en el Chase.

– Es muy amable de tu parte, Jason, pero ya he aceptado otra oferta.

– Espero que no sea con alguno de nuestros rivales.

– Todavía no, pero dame un poco de tiempo y lo veremos -le dijo Nat, con una sonrisa.


Fletcher se llevó una sorpresa al ver la actitud casi hostil de Matt Cunliffe cuando le comunicó que debía ausentarse porque a su suegro le habían ingresado en el hospital, víctima de un infarto.

– En todas las casas siempre surgen problemas de esa clase -comentó Cunliffe, con tono brusco-. Todos tenemos familias de las que ocuparnos. ¿Estás seguro de que no puede esperar al fin de semana?

– Sí, lo estoy -replicó Fletcher-. Aparte de mis padres, no hay nadie más que haya hecho tanto por mí como él.

Habían transcurrido apenas unos minutos desde su salida del despacho de Bill Alexander y ya se notaba un cambio muy poco sutil en la atmósfera. Dio por sentado que, a su vuelta, el cambio se habría extendido como una enfermedad contagiosa a todo el resto del personal.

Llamó a Annie desde la estación Pensilvania. Parecía tranquila, pero se alegró al saber que iba camino de casa. Cuando subió al tren, Fletcher se dio cuenta de que por primera vez desde que había entrado en la firma no se llevaba trabajo a casa. Aprovechó el viaje para considerar cuál sería su siguiente paso después de la reunión con Bill Alexander, aunque no había tomado una decisión cuando el tren llegó a Ridgewood.

Cogió un taxi para ir a su casa; no se sorprendió al ver el coche aparcado delante de la puerta, con las maletas cargadas, y Annie que salía con Lucy en brazos. Cuán diferente de su madre, pensó, y no obstante prácticamente idénticas. Se rió por primera vez en el día.

Annie le puso al corriente de todos los detalles que le había dado su madre mientras viajaban rumbo a Hartford. Harry había tenido un amago de infarto a los pocos minutos de llegar al Capitolio y lo habían trasladado inmediatamente al hospital. Martha estaba con él y Jimmy, Joanna y los chicos ya habían salido de Vassar.

– ¿Qué han dicho los médicos?

– Es demasiado pronto para tener un diagnóstico definitivo, pero ya han advertido a papá de que si no baja el ritmo, podría ocurrirle de nuevo y entonces bien podría ser mortal.

– ¿Bajar el ritmo? Harry no sabe lo que significan esas palabras. Ha vivido al máximo toda su vida.

– No te lo niego -admitió Annie-, pero mamá y yo vamos a decirle esta misma tarde que no se presentará como candidato al Senado en las próximas elecciones.


Bill Russell miró a los dos jóvenes sentados al otro lado de su mesa.

– Es lo que siempre he querido -manifestó-. Cumpliré los sesenta dentro de un par de años y creo que me he ganado el derecho a no ser quien abra el banco todos los días a las diez de la mañana y quien cierra la puerta antes de volver a casa por las noches. Saber que vosotros dos trabajaréis juntos llena mi corazón de alegría, como dice la Biblia.

– No sé lo que dice la Biblia -comentó Tom-, pero nosotros sentimos lo mismo, papá. ¿Por dónde quieres que empecemos?

– Por supuesto, me doy cuenta de que el banco ha ido perdiendo posiciones frente a sus competidores durante los últimos años, quizá porque al ser una empresa familiar nos hemos preocupado más por la relación con los clientes que por los grandes beneficios. Algo que seguramente tu padre aprueba, Nat, a la vista de que hace más de treinta años que mantiene una cuenta con nosotros. -Nat asintió con un gesto-. Por otro lado, otras entidades nos han tanteado con vistas a fusionarnos, pero no es así como quiero acabar mi carrera en el banco; convertidos en una anónima sucursal de una gran corporación. Así que os diré lo que he pensado. Quiero que ambos dediquéis los próximos seis meses a destripar el banco de arriba abajo. Tendréis carta blanca para hacer preguntas, abrir puertas, leer archivos, consultar todas las cuentas. Pasados los seis meses, me informaréis de todo lo que se debe hacer. Ni se os ocurra pensar en dorarme la píldora, porque sé que si el banco pretende perdurar en el siglo venidero, necesitará una reestructuración a fondo. Muy bien, ¿cuál es la primera pregunta?

– ¿Puedo tener las llaves de la puerta principal? -preguntó Nat.

– ¿Por qué?

– Porque comenzar a trabajar a las diez de la mañana es un poco tarde para el personal de un banco que quiere prosperar.

Mientras Tom y Nat regresaban a Nueva York en el coche del primero, se ocuparon de repartirse las responsabilidades.

– Papá se emocionó cuando se enteró de que habías rechazado la oferta del Chase para unirte a nosotros -comentó Tom.

– Tú hiciste el mismo sacrificio cuando dejaste el Bank of America.

– Sí, pero mi padre siempre ha creído que me haría cargo de todo cuando él cumpliera los sesenta y cinco, y ahora me disponía a advertirle que no estaba dispuesto a asumir la responsabilidad.

– ¿Por qué no?

– No tengo la visión de futuro ni las ideas para reflotar el banco; tú sí.

– ¿Reflotar?

– Sí, no nos engañemos. Ya has visto los balances, así que sabes muy bien que apenas obtenemos los beneficios suficientes como para que mis padres mantengan su actual nivel de vida. Pero los beneficios no han aumentado desde hace años; la verdad es que el banco necesita a alguien con tus capacidades y no un caballo de carga como yo. Así que es importante aclarar una cosa antes de que se convierta en un problema: en los temas bancarios pretendo informarte a ti como mi director ejecutivo.

– De todas maneras, será necesario que tú seas el presidente cuando tu padre se retire.

– ¿Por qué? -quiso saber Tom-. ¿Qué sentido tiene si tú adoptarás todas las decisiones estratégicas?

– Porque el banco lleva tu nombre, eso todavía cuenta mucho en una ciudad como Hartford. También es importante que los clientes nunca descubran los tejemanejes del director ejecutivo entre bambalinas.

– Lo aceptaré con la condición -señaló Tom- de que ambos compartamos las primas, gratificaciones y los mismos salarios.

– Es muy generoso de tu parte.

– No lo es. Astuto quizá, pero no generoso, porque que tú recibas el cincuenta por ciento de todo me supondrá un beneficio mayor que si me quedase con el ciento por ciento.

– No te olvides que acabo de hacerle perder una fortuna a Morgan’s.

– Creo que habrás sacado buen provecho de la experiencia.

– El mismo que cuando nos enfrentamos a Ralph Elliot.

– Ese nombre pertenece al pasado. ¿Tienes alguna idea de lo que hace ahora? -preguntó Tom mientras entraba en la carretera 95.

– Lo último que supe fue que después de Stanford se convirtió en uno de los abogados importantes de Nueva York.

– No querría ser uno de sus clientes por nada del mundo -opinó Tom.

– Ni tener que enfrentarnos a él en un pleito -convino Nat.

– Al menos esa es una de esas cosas de las que no debemos preocuparnos.

Nat miró a través de la ventanilla mientras recorrían Queens.

– No estés tan seguro, Tom, porque si en algún momento cometemos un error, él querrá representar a la otra parte.


Se sentaron alrededor de la cama y hablaron de mil cosas menos de lo que ocupaba la mente de todos. La única excepción era Lucy, que se había instalado en el centro de la cama y trataba a su abuelo como si fuera un caballito de madera. Los hijos de Joanna eran más tranquilos. Fletcher estaba asombrado al ver lo mucho que había crecido el pequeño Harry.

– Antes de que acabe agotado -dijo el senador-, necesito hablar en privado con Fletcher.

Martha se llevó al resto de la familia fuera de la habitación; era evidente que sabía cuál era el tema que su marido deseaba tratar con su yerno.

– Te veré más tarde en casa -se despidió Annie, mientras sacaba a Lucy casi a rastras.

– Prepáralo todo porque tenemos que regresar a casa -le recordó Fletcher-. No puedo permitirme llegar tarde al trabajo mañana.

Annie asintió y cerró la puerta. Fletcher acercó una silla y se sentó junto al senador. No se preocupó en hacer más comentarios baladíes, ya que su suegro parecía muy cansado.

– He reflexionado mucho sobre lo que voy a decirte -manifestó el senador-; la única persona con la que he discutido el tema es Martha y está absolutamente de acuerdo conmigo. Como muchas otras cosas en los últimos treinta años, no estoy muy seguro de saber si no fue idea suya desde el principio. -Fletcher sonrió. Él podía decir lo mismo de Annie, pensó, mientras esperaba a que el senador continuara-. Le he prometido a Martha que no me presentaré a la reelección. -El político guardó silencio un momento-. Veo que no protestas, así que debo suponer que estás de acuerdo con mi esposa y mi hija en este tema.

– Annie prefiere que viva hasta una edad muy avanzada, y no que muera en la cámara en mitad de un discurso, por importante que sea -comentó Fletcher-, y estoy de acuerdo con ella.

– Sé que tenéis toda la razón, Fletcher, pero juro por Dios que lo echaré de menos.

– Ellos también le echarán a faltar, señor, como lo testimonian todos estos ramos de flores y las tarjetas que han enviado. Mañana, a esta misma hora, habrán llenado todas las demás habitaciones de la planta y tendrán que dejarlas en la calle.

El senador no hizo caso del cumplido; era evidente que no deseaba desviarse del tema.

– El día que nació Jimmy, tuve la loca ocurrencia de que quizá ocuparía mi lugar, e incluso llegar a representar al estado en Washington. Pero no tardé mucho en comprender que nunca sería una realidad. Me siento muy orgulloso de mi hijo, pero sencillamente no está hecho para un cargo público.

– Hizo una excelente tarea como director de campaña y consiguió que me eligieran representante estudiantil -le recordó Fletcher-. En dos ocasiones.

– Así es -admitió Harry-, aunque Jimmy siempre estará entre bastidores, porque es lo suyo. No tiene pasta de líder. -Se calló unos instantes-. Hace unos doce años conocí a un chiquillo en un partido de fútbol entre Hotchkiss y Taft que no veía la hora de convertirse en líder. Un encuentro casual que nunca olvidaré.

– Ni yo, señor.

– Con el paso de los años, vi cómo el chiquillo se convertía en un joven brillante; me enorgullece proclamar que ahora es mi yerno y padre de mi nieta. Antes de que me ponga demasiado sentimental, Fletcher, creo que debo ir al grano por si alguno de los dos se duerme.

Fletcher se echó a reír.

– Muy pronto haré pública mi decisión de no presentarme a las próximas elecciones del Senado. -Levantó la cabeza y miró directamente a Fletcher-. Al mismo tiempo, me sentiría muy orgulloso si pudiera anunciar que mi yerno, Fletcher Davenport, ha aceptado presentarse en mi lugar.

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Nat no necesitó seis meses para averiguar la razón por la que el banco Russell no había aumentado sus beneficios en la última década. No habían utilizado prácticamente ninguno de los modernos sistemas de gestión bancaria. La entidad continuaba viviendo en la época de la contabilidad manual, las cuentas personalizadas y la sincera convicción de que los ordenadores eran mucho menos fiables que los humanos, así que por tanto, invertir en ellos era una pérdida de tiempo y dinero. Nat entraba y salía del despacho del señor Russell tres o cuatro veces al día, y todas las veces se encontraba con que alguna decisión tomada por la mañana había sido anulada por la tarde. Esto, por lo general, ocurría cada vez que se veía salir del despacho al cabo de una hora a alguno de los empleados más antiguos con una amplia sonrisa en el rostro. A menudo le tocaba a Tom reparar los destrozos. De hecho, de haber estado él allí para explicarle a su padre por qué eran necesarios los cambios, quizá nunca hubieran podido elaborar el informe.

La mayoría de las noches Nat regresaba a su casa agotado y en ocasiones furioso. Le advirtió a Su Ling que probablemente habría un enfrentamiento cuando presentara el informe final; además, no estaba muy seguro de seguir siendo uno de los vicepresidentes si el presidente era incapaz de asimilar todos los cambios que recomendaría. Su Ling no protestó, aunque acababa de conseguir instalar a la familia en su nueva casa, vender el apartamento de Nueva York, encontrar guardería para Luke y prepararse para ocupar su puesto como profesora de estadística en la Universidad de Connecticut en otoño. La perspectiva de verse de nuevo en Nueva York no le hacía ninguna gracia.

Aparte de todo aquello, había aconsejado a Nat en el tema de cuáles eran los ordenadores más convenientes para el banco, había supervisado su instalación y les dio clases nocturnas a los empleados interesados en aprender algo más que a encender el ordenador. Pero el mayor problema de Nat era el exceso de personal. Ya le había señalado al presidente que el banco tenía una plantilla de setenta y un trabajadores, mientras que Bennett’s, el otro banco independiente de la ciudad, ofrecía los mismos servicios con solo treinta y nueve empleados. Nat escribió un informe por separado donde analizaba las consecuencias financieras del exceso de plantilla y proponía un plan de jubilaciones anticipadas que, si bien reduciría los beneficios durante los siguientes tres años, a la larga sería mucho más beneficioso. Este era el punto clave donde Nat no estaba dispuesto a ceder. Porque, tal como le explicó a Tom y Su Ling mientras cenaban, si tenían que esperar otros dos años para el retiro del señor Russell, todos acabarían engrosando las filas de los parados.

El señor Russell recibió el informe de Nat, lo leyó y convocó una reunión para las seis de la tarde del viernes. Cuando Nat y Tom entraron en el despacho del presidente, lo encontraron muy ocupado en escribir una carta. Levantó la cabeza para mirarlos.

– Lamento decir que soy incapaz de llevar a la práctica vuestras recomendaciones -manifestó incluso antes de que sus dos vicepresidentes se sentaran-, porque no deseo despedir a mis empleados, con algunos de los cuales trabajo desde hace treinta años. -Nat intentó sonreír mientras pensaba en que sería su segundo despido en seis meses; se preguntó si Jason aún podría hacerle un hueco en el Chase-. Por tanto, he llegado a la conclusión -prosiguió el presidente- de que si esto ha de funcionar -apoyó las manos en el informe como si lo bendijera-, la primera persona que debe marcharse soy yo. -Firmó la carta que había escrito y le entregó la dimisión a su hijo.

Bill Russell salió del despacho a las seis y doce minutos y no volvió a entrar en el edificio nunca más.


– ¿Cuáles son sus méritos para aspirar a un cargo público?

Desde el estrado, Fletcher miró al pequeño grupo de periodistas que tenía delante. Harry sonrió. Era una de las diecisiete preguntas que habían preparado la noche anterior.

– No tengo mucha experiencia en política -reconoció Fletcher, con una actitud que confiaba en que fuese encantadora-, pero he nacido y crecido en Connecticut, aquí cursé mis estudios superiores y aquí he vivido hasta que me trasladé a Nueva York para trabajar en una de las firmas de abogados más prestigiosas del país. Ahora vuelvo a casa para poner todas mis capacidades al servicio de los ciudadanos y ciudadanas de Hartford.

– ¿No cree que, a sus veintiséis años, es un poco joven para decirnos cómo debemos conducir nuestras vidas? -preguntó una joven reportera sentada en la segunda fila.

– Es la misma edad que yo tenía entonces -intervino Harry- y su padre nunca se quejó.

Uno o dos de los periodistas veteranos sonrieron, pero la joven no estaba dispuesta a ceder fácilmente.

– Usted acababa de participar en la guerra, senador, y tenía una experiencia de tres años como oficial en el frente. Si me permite la pregunta, señor Davenport, ¿fue usted uno de los que quemó la tarjeta de reclutamiento durante la campaña contra la guerra de Vietnam?

– No, no lo hice. No me reclutaron, pero de haberla recibido, me hubiese presentado voluntariamente.

– ¿Puede demostrarlo? -replicó en el acto la reportera.

– No, pero si usted lo desea, puede leer mi discurso en el debate de Yale y comprobará con toda claridad cuál era mi posición en el tema.

– Si sale elegido -preguntó otro de los periodistas-, ¿será su suegro quien maneje los hilos?

Harry miró a su yerno y vio que la pregunta le había irritado.

– Tranquilo -le susurró-. Solo está haciendo su trabajo. No te apartes de la respuesta preparada.

– Si tengo la fortuna de resultar elegido -manifestó Fletcher-, sería una tontería por mi parte no aprovecharme de la gran experiencia del senador Gates; dejaré de escucharle solo cuando considere que no tiene nada más que enseñarme.

– ¿Qué opina sobre la enmienda Kendrick a los presupuestos que se están debatiendo en la cámara?

La pregunta llegó desde el lado izquierdo del grupo de periodistas y ciertamente no era una de las diecisiete que tenían preparadas.

– Creo que no es una pregunta del todo pertinente, ¿no te parece, Robin? -señaló el senador-. Después de todo, Fletcher es…

– En la medida que la cláusula afecta a los ciudadanos mayores, creo que resulta discriminatoria con los que ya se han jubilado y reciben unos ingresos fijos. La mayoría de nosotros tendremos que jubilarnos en algún momento y como dijo Confucio: una sociedad civilizada es aquella que educa a sus jóvenes y cuida de sus viejos. Si soy elegido, cuando la enmienda del senador Kendrick sea debatida en la cámara, votaré en contra. En una sesión legislativa se pueden aprobar malas leyes que después se tardan años en derogar y tengo la intención de votar únicamente aquellas leyes que tengan una aplicación realista.

Harry se reclinó en su silla.

– Siguiente pregunta.

– En su currículo, señor Davenport, que debo decir es impresionante, afirma haber dejado su empleo en Alexander Dupont y Bell para dedicarse de lleno a estas elecciones.

– Así es.

– ¿Uno de sus colegas, un tal señor Logan Fitzgerald, no se marchó también de la empresa por las mismas fechas?

– Sí, así fue.

– ¿Hay alguna vinculación entre la dimisión del señor Fitzgerald y la suya?

– Ninguna en absoluto -declaró Fletcher rotundamente.

– ¿Qué es lo que pretende averiguar? -preguntó Harry.

– Nada en particular. La oficina de Nueva York me pidió que planteara la pregunta -respondió el periodista.

– Anónima, sin duda -apuntó el senador.

– No estoy en libertad de revelar mis fuentes -contestó el periodista, que hizo lo posible para no mofarse.

– Si su oficina de Nueva York no le comunicó el nombre del informador, yo se lo diré en cuanto acabemos con la rueda de prensa -dijo Fletcher, con tono mordaz.

– Bien, creo que podemos dar por terminada esta sesión -anunció Harry, antes de que nadie pudiese colar otra pregunta-. Muchas gracias a todos por su asistencia. El candidato responderá a todas sus preguntas en las ruedas de prensa que dará semanalmente, que es mucho más de lo que hice yo en mis campañas.

– Ha sido horrible -le comentó Fletcher a su suegro mientras abandonaban el estrado-. Tengo que aprender a dominarme.

– Lo has hecho de maravilla, muchacho -opinó Harry-, y una vez que hable con esos necios, lo único que recordarán de hoy será tu respuesta sobre la enmienda Kendrick a los presupuestos estatales. Francamente, la prensa es el menor de tus problemas. -El senador hizo una pausa teatral-. La verdadera batalla comenzará cuando sepamos quién es el candidato republicano.

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– ¿Qué sabes de ella? -preguntó Fletcher mientras caminaban rumbo a las oficinas de la campaña.

Había muy pocas cosas que Harry no supiera de Barbara Hunter, pues había sido su oponente en las dos últimas elecciones, una espina en el costado desde hacía ya tiempo.

– Tiene cuarenta y ocho años, nació en Hartford, hija de un agricultor, se educó en la escuela pública local, cursó estudios en la Universidad de Connecticut, se casó con un muy conocido ejecutivo publicitario, tiene tres hijos, toda su familia vive aquí y en la actualidad es miembro del senado estatal.

– ¿Algo en su contra?

– Sí, no bebe y es vegetariana, así que tú visitarás todos los bares y carnicerías del distrito. Como cualquiera que lleve media vida en la política local, se ha hecho con un considerable número de enemigos, y como esta vez ha conseguido por los pelos que la designaran como candidata republicana, puedes estar seguro de que varios militantes de su partido no la pueden ver ni en pintura. En cualquier caso, como perdió en los dos últimos comicios, la mostraremos como una perdedora nata.

Harry y Fletcher entraron en el local de las oficinas centrales de los demócratas, que tenían toda la fachada cubierta con carteles y fotos del candidato, algo que a Fletcher le resultaba difícil de asimilar. «El hombre correcto para la tarea.» No había hecho mucho caso del lema hasta que los expertos le explicaron que era muy bueno tener las palabras «hombre» y «correcto» en el mensaje cuando el oponente era una mujer republicana. «Es algo subliminal», afirmaron.

Harry subió las escaleras hasta el primer piso donde estaba la sala de juntas y se sentó a la cabecera de la mesa. Fletcher bostezó mientras se sentaba, aunque solo llevaban siete días de campaña y aún les quedaban otros veintiséis. «Los errores que cometas hoy serán historia mañana y nadie recordará tus triunfos cuando vean las noticias de la noche. Mide tus fuerzas», era uno de los consejos que Harry no se cansaba de repetirle.

Fletcher miró a los presentes, una mezcla de profesionales y curtidos voluntarios dirigidos por Harry, que había sido elegido por unanimidad como director de la campaña. Era la única concesión de Martha, pero su suegra le había advertido a Fletcher que no vacilara en enviar a Harry a casa en cuanto mostrara la primera señal de fatiga. A medida que pasaban los días, resultaba cada vez más difícil cumplir con las indicaciones de Martha, dado que era Harry quien marcaba el ritmo.

– ¿Algo nuevo o desafortunado? -le preguntó Harry al equipo, entre cuyos integrantes había dos o tres que habían participado en sus siete triunfos electorales. En el último, había vencido a Barbara Hunter por más de cinco mil votos, pero ahora que las encuestas mostraban un empate técnico, tendrían que averiguar cuántos de aquellos votos habían sido personales y no ideológicos.

– Sí -respondió una voz desde el otro extremo de la mesa.

Harry le sonrió a Dan Masón, uno de sus colaboradores en seis de las siete campañas. Dan había comenzado como encargado de la fotocopiadora y en la actualidad era el director de la oficina de prensa y relaciones públicas.

– Tienes la palabra, Dan.

– Barbara Hunter acaba de hacer un comunicado de prensa donde reta a Fletcher a celebrar un debate. Supongo que debo decirle que no incordie y añadir que pedirlo es señal de la desesperación de quien se sabe derrotado. Eso es lo que tú siempre has hecho.

– Tienes razón, Dan, es lo que hacía -contestó Harry, después de reflexionar-, pero solo porque yo llevaba años como senador y la trataba como a una novata. En cualquier caso, no tenía nada que ganar con un debate, pero la situación ha cambiado ahora que tenemos a un candidato desconocido para el público. Creo que debemos discutir el tema más a fondo antes de tomar una decisión. ¿Cuáles son las ventajas y los inconvenientes? ¿Opiniones?

Todos comenzaron a hablar al mismo tiempo.

– Le ofrece a nuestro hombre la oportunidad de darse a conocer.

– Le cede a ella el protagonismo.

– Demostrará que tenemos a un sobresaliente orador, algo que a la vista de su juventud los pillará por sorpresa.

– Barbara conoce a fondo los problemas locales. Conseguirá mostrarnos como inexpertos y mal informados.

– Ofreceremos una imagen joven, dinámica, decidida.

– Ella se presentará como la persona mesurada y con una amplia experiencia en política.

– Nosotros presentaremos a los jóvenes de mañana.

– Ella representa a las mujeres de hoy.

– Fletcher la dejará hecha un guiñapo.

– Si ella gana el debate, perderemos las elecciones.

– Ahora que ya hemos escuchado las opiniones del comité, quizá sea el momento de saber qué piensa el candidato -manifestó Harry.

– No tengo el menor inconveniente en participar en un debate con la señora Hunter -contestó Fletcher-. Puede que los espectadores se dejen impresionar por sus antecedentes ante mi falta de experiencia, así que debo encontrar la manera de convertir eso en una ventaja para nosotros.

– Si te supera en los temas locales y hace que parezcas poco preparado para la tarea -señaló Dan-, entonces se habrá acabado la campaña. No pienses en esto como mil personas en un salón de actos. Procura recordar que la radio y la televisión local emitirán el debate y que será noticia de primera plana del Hartford Courant a la mañana siguiente.

– Eso también podría ser un factor que nos beneficie -apuntó Harry.

– No lo niego -admitió Dan-, pero es correr mucho riesgo.

– ¿Cuánto tiempo tengo para decidirme? -quiso saber Fletcher.

– Cinco minutos -contestó Harry-, como mucho diez. Han hecho un comunicado de prensa, querrán una respuesta inmediata.

– ¿No podríamos decir que necesitamos un poco más de tiempo para tomar una decisión?

– Por supuesto que no -replicó el senador-. Eso daría la impresión de que estamos discutiendo entre nosotros y al final tendrías que decir alguna cosa, lo cual sería beneficioso para ella. Rechazamos el debate sin más o lo aceptamos entusiasmados. Quizá tendríamos que someterlo a votación -añadió y miró a los reunidos-. ¿Quiénes están a favor? -Se levantaron once manos-. ¿En contra? -Se levantaron catorce-. Bien, tema zanjado.

– No, ni mucho menos -manifestó Fletcher. Se interrumpieron las conversaciones y las miradas convergieron en el candidato-. Les agradezco mucho sus opiniones, pero no quiero que mi carrera política sea dirigida por un comité, sobre todo cuando la diferencia en el resultado es mínima. Dan, emitirás un comunicado de prensa donde dirás que estoy encantado de aceptar el desafío de la señora Hunter, así como que espero tener ocasión de discutir con ella los problemas reales del estado y no la postura política de los republicanos que parece ser lo único que le interesa en la presente campaña.

El silencio se prolongó un momento y luego los presentes comenzaron a aplaudir.

– ¿Aquellos que están a favor del debate? -preguntó Harry, con una gran sonrisa. Se levantaron todas las manos-. ¿Votos en contra? -Ninguno-. Se acepta la moción por unanimidad.

– ¿Por qué les has pedido que volvieran a votar? -le preguntó Fletcher a Harry cuando salían de la sala de juntas.

– Así podremos decirle a la prensa que la decisión fue unánime.

Fletcher sonrió mientras se dirigían a la estación. Acababa de aprender otra lección.


Un equipo de doce personas se presentaba en la estación todas las mañanas para repartir folletos, mientras el candidato estrechaba las manos de los viajeros madrugadores que salían de la ciudad. Harry le había recomendado que se centrara en aquellos que entraban en la estación, porque con casi toda seguridad eran residentes de Hartford, mientras que los que llegaban de fuera probablemente ni siquiera estaban registrados como votantes en el distrito.

– Hola, soy Fletcher Davenport…

A las ocho y media cruzaron la calle para ir a Ma’s y comer un bocadillo. Después de escuchar las opiniones de Ma sobre la marcha de la campaña, se encaminaron hacia la zona de oficinas para estrechar las manos de los empleados que empezaban su jornada laboral. Fletcher aprovechó el trayecto en coche para cambiarse la corbata y ponerse una de Yale, porque muchos de los ejecutivos de la zona habían estudiado en dicha universidad.

– Hola, soy Fletcher Davenport…

A las nueve y media, regresaron al cuartel general de la campaña para la rueda de prensa de la mañana. Barbara Hunter ya había dado la suya una hora antes y por tanto Fletcher sabía que las preguntas se centrarían aquella mañana en un único tema. En el trayecto, mientras se quitaba la corbata de Yale por otra más neutral, escuchó el resumen de prensa para asegurarse de que no le sorprenderían con una noticia de última hora. Había estallado la guerra en Oriente Próximo. Se la dejaría al presidente Ford, porque seguramente no sería un tema de primera página en el Hartford Courant.

«Hola, soy Fletcher Davenport…»

Al abrir la rueda de prensa, y sin esperar a que sacaran el tema, Harry comunicó que se había decidido por unanimidad aceptar el debate con la señora Hunter. Ni una sola vez se refirió a ella como Barbara. Cuando le preguntaron dónde, a qué hora y los términos del debate, Harry respondió que todo eso aún estaba por concretar, dado que se habían enterado del reto a primera hora de la mañana, si bien añadió: «No preveo ningún problema». El senador sabía muy bien que sería todo lo contrario, que el debate no sería más que una fuente de problemas.

Fletcher se sorprendió al escuchar la réplica de Harry a la pregunta sobre las posibilidades del candidato. Esperaba que el senador hablara de sus dotes de orador, su experiencia en el campo de la abogacía y sus conocimientos políticos; en cambio, Harry había dicho:

– Por supuesto, la señora Hunter parte con ventaja. Todos sabemos que es una persona fogueada en los debates, con gran experiencia en todo lo referente a los problemas locales. No obstante, pienso que lo que ha motivado que Fletcher aceptara el debate es el talante abierto y sincero con que está encarando la campaña electoral.

– ¿No considera que supone un riesgo muy importante, senador? -preguntó otro de los reporteros.

– Por supuesto -admitió Harry-, pero como bien ha señalado el candidato, si no tiene la hombría necesaria para enfrentarse a la señora Hunter, ¿cómo podría el público suponerle capaz de asumir el desafío mucho mayor de ser su representante?

Fletcher no recordaba haber dicho nada por el estilo, aunque no estaba en desacuerdo con el planteamiento.

En cuanto acabó la rueda de prensa y se marchó el último periodista, Fletcher se lo comentó a su suegro.

– ¿No me habías dicho que Barbara Hunter era una mala oradora y que tarda una eternidad en responder a las preguntas?

– Eso es exactamente lo que dije -reconoció Harry.

– Entonces, ¿por qué les has dicho a los periodistas que…?

– Cuestión de expectativas, muchacho. Ahora creerán que no estarás a la altura -respondió el senador-, que te dejará hecho un guiñapo, así que incluso si solo consigues un empate te declararán vencedor.

«Hola, soy Fletcher Davenport…», se repetía en su mente, como el estribillo de una canción de moda del que no conseguía deshacerse.

<p id="_Toc320818475">30</p>

Nat se sintió la mar de contento cuando Tom asomó la cabeza por su despacho y le preguntó:

– ¿Puedo llevar a una persona a la cena de esta noche?

– Desde luego. ¿Negocios o placer?

Tom vaciló por un momento ante la mirada alerta de su amigo.

– Espero que las dos cosas.

– ¿Mujer? -quiso saber Nat, con un tono vivaz.

– Evidentemente mujer.

– ¿Nombre?

– Julia Kirkbridge.

– ¿A qué…?

– Se acabó el interrogatorio. Ya podrás preguntarle todo lo que quieras esta noche porque está más que preparada para cuidar de sí misma.

– Gracias por el aviso -dijo Su Ling cuando Nat le comentó que tendrían un invitado más a cenar cuando llegó a casa.

– Tendría que haberte llamado antes, ¿verdad? -dijo, contrito.

– Hubiese resultado mucho más sencillo, pero supongo que estabas muy ocupado ganando millones.

– Algo así.

– ¿Qué sabemos de ella? -le preguntó Su Ling.

– Nada. Ya conoces a Tom; cuando se trata de su vida privada en más reservado que un banquero suizo, pero a la vista de que está dispuesto a que la conozcamos solo nos queda la esperanza.

– ¿Qué se hizo de aquella preciosa pelirroja llamada Maggie? Hubiese jurado que…

– Desapareció como todas las demás. ¿Recuerdas que haya invitado a alguna de esas chicas a cenar con nosotros una segunda vez?

Su Ling hizo memoria y a continuación admitió:

– Ahora que lo mencionas, la verdad es que no. Supongo que tendrá algo que ver con mi modo de cocinar.

– No es cómo cocinas, aunque me temo que tú seas la responsable.

– ¿Yo? -exclamó la muchacha.

– Sí, tú. El pobre hombre lleva hechizado tantos años contigo, que trae a cenar a todas las chicas con las que sale para compararlas.

– Oh no, no empieces de nuevo con esa vieja historia -protestó Su Ling.

– No es una vieja historia, Pequeña Flor, es la verdad.

– Nunca ha ido más allá de besarme en la mejilla.

– Ni lo hará. Me pregunto cuántas personas están enamoradas de alguien al que jamás besarán ni siquiera en la mejilla.

Nat se marchó escaleras arriba para leerle un cuento a Luke mientras Su Ling ponía un cuarto cubierto en la mesa. Estaba abrillantando una copa cuando sonó el timbre.

– ¿Puedes abrir tú, Nat? Estoy ocupada. -No recibió respuesta, así que se quitó el delantal y fue a abrir.

– Hola -la saludó Tom, y se inclinó para besarla en la mejilla, cosa que solo sirvió para recordarle a Su Ling las palabras de Nat-. Esta es Julia.

La anfitriona miró a la elegante mujer, casi tan alta como Tom e igual de delgada que la propia Su Ling, aunque sus cabellos rubios y los ojos azules indicaban un origen más escandinavo que oriental.

– Es un placer conocerte -dijo Julia-. Sé que suena a tópico, pero la verdad es que he oído hablar mucho de ti.

Su Ling sonrió mientras se hacía cargo del abrigo de piel de Julia.

– Mi marido -comenzó- está ahora mismo liado con…

– El gato con botas -explicó Nat, que llegó en ese momento-. Se lo estaba leyendo a Luke. Hola, soy Nat; tú debes de ser Julia.

– Así es -respondió la joven con una sonrisa que recordó a Su Ling que otras mujeres también encontraban atractivo a su esposo.

– Pasemos a la sala a tomar una copa -dijo Nat-. Tengo el champán bien frío.

– ¿Tenemos algo que celebrar? -preguntó Tom.

– Aparte de que hayas sido capaz de encontrar a una persona dispuesta a acompañarte a cenar, no, no se me ocurre ninguna otra cosa, a menos… -Julia se rió-. A menos que incluyamos una llamada de mis abogados para comunicar que la compra de Bennett ya está cerrada.

– ¿Cuándo te has enterado? -quiso saber Tom.

– A última hora de la tarde. Jimmy llamó para decir que habían firmado todos los documentos. Lo único que nos falta hacer es darles el cheque.

– No me habías dicho nada -protestó Su Ling.

– Se me pasó porque no tenía otra cosa en la cabeza que decirte que Julia venía a cenar. En cualquier caso, he discutido el tema con Luke.

– ¿Puedo saber cuál fue su muy meditada opinión? -preguntó Tom.

– Cree que un dólar es mucho dinero que pagar por un banco.

– ¿Un dólar? -se asombró Julia.

– Sí, Bennett lleva cinco años en números rojos y, si excluyes los locales, su deuda a largo plazo no se puede cubrir con lo que tienen. Por tanto, quizá Luke puede que acabe teniendo razón si no consigo darle la vuelta a las cosas.

– ¿Cuántos años tiene Luke? -preguntó Julia.

– Dos, pero ya entiende a la perfección todos los entresijos financieros.

Julia se echó a reír.

– Háblame del banco, Nat.

– Este es solo el principio -explicó mientras servía el champán-. Todavía le tengo echado el ojo a Morgan’s.

– ¿Cuánto crees que te costará? -preguntó Su Ling.

– Alrededor de unos trescientos millones al precio de hoy, pero cuando esté preparado para hacerles una oferta, podrían estar alrededor de los mil millones.

– Soy incapaz de imaginar cifras tan absolutamente fabulosas -comentó Julia-. Están muy por encima de mi categoría.

– Eso no es cierto, Julia -intervino Tom-. No olvides que he visto las cuentas de tu empresa y, a diferencia de Bennett, has obtenido beneficios en los últimos cinco años.

– Sí, pero apenas poco más de un millón -declaró Julia, que le obsequió con una sonrisa especial.

– Si me disculpáis… -dijo Su Ling-, tengo que ir a la cocina.

Nat le sonrió a su esposa y después miró a la invitada de Tom. Tenía la sensación de que Julia podría ser la muchacha que iría a cenar una segunda vez.

– ¿A qué te dedicas, Julia? -le preguntó.

– ¿Qué crees que hago? -replicó ella con una sonrisa coqueta.

– Diría que eres modelo, o probablemente actriz.

– No está mal. Trabajé de modelo cuando era más joven, pero durante los últimos seis años me he dedicado al ramo inmobiliario.

– Si queréis pasar, la cena está casi lista -les anunció Su Ling.

– El ramo inmobiliario -dijo Nat mientras acompañaba a sus invitados al comedor-. Nunca lo hubiese adivinado.

– Sin embargo, es cierto -manifestó Tom-. Julia quiere abrir una cuenta con nosotros. Hay una propiedad que le interesa en Hartford y depositará quinientos mil dólares en nuestro banco, por si surge la necesidad de disponer de dinero en el momento.

– ¿Por qué nos has elegido? -preguntó Nat.

El joven miró el cuenco de sopa de langosta que Su Ling le sirvió a Julia. Tenía un aspecto delicioso.

– Porque mi difunto marido trató con el señor Russell cuando se iba a construir el centro comercial Robinson. Aunque en aquella ocasión no conseguimos cerrar el trato, el señor Russell no nos cobró nada por las gestiones -respondió Julia-. Ni siquiera las comisiones.

– Las cosas han cambiado desde entonces -señaló Nat-. El señor Russell se ha jubilado y…

– Su hijo continúa en el banco, es el presidente.

– Así es, y yo soy quien le acosa permanentemente para asegurarme de que a las personas como tú les cobremos cuando utilizan nuestros servicios profesionales. Por cierto, el centro comercial fue y es un gran éxito, los inversores obtienen una buena renta. ¿A qué se debe que hayas venido a Hartford?

– Me he enterado de que hay un proyecto para construir un segundo centro comercial al otro lado de la ciudad.

– Efectivamente. El ayuntamiento sacará el solar a la venta con los permisos de construcción.

– ¿Cuál es la cantidad que pretenden conseguir? -Julia probó la sopa.

– En la calle dicen que unos tres millones, pero yo creo que la cantidad final estará entre los tres millones trescientos mil y los tres millones y medio después del éxito del centro comercial Robinson.

– Tres millones y medio es nuestra oferta máxima -manifestó Julia-. Mi empresa es muy cauta por naturaleza y en cualquier caso, siempre hay algún otro negocio a la vuelta de la esquina.

– Quizá podrían interesarte algunas de las otras propiedades que representamos -comentó Nat.

– No, muchas gracias. Mi empresa está especializada en centros comerciales; una de las muchas cosas que me enseñó mi marido fue que nunca te debes alejar mucho de lo que conoces a fondo.

– Tu difunto marido era muy hombre muy sensato.

– Lo era. Creo que ya hemos hablado lo suficiente de trabajo por esta noche, así que en cuanto esté ingresado mi dinero, ¿querrá el banco representarme en la subasta pública? Claro que exijo la más absoluta discreción. No quiero que nadie sepa a quién estáis representando. Es otra de las cosas que me enseñó mi marido. -Miró a la anfitriona-. ¿Te puedo ayudar a retirar los platos?

– No, muchas gracias -respondió Su Ling-. Nat es un caso perdido, pero todavía puede llevar cuatro platos a la cocina y, si cae en la cuenta, servir una copa que otra de vino.

– ¿Cómo os conocisteis? -preguntó Nat, mientras que gracias al comentario de Su Ling sirvió más vino.

– No te lo creerás -contestó Tom-, pero nos conocimos en un solar.

– Estoy seguro de que hay otra explicación más romántica.

– El domingo pasado, cuando estaba recorriendo el solar del ayuntamiento, me crucé con Julia, que hacía footing.

– Creía que habías mencionado algo sobre la discreción -dijo Nat, con una sonrisa.

– No son muchas las personas que al ver a una mujer corriendo por un solar creen que su intención es comprarlo.

– Si he de ser sincero -señaló Tom-, hasta que fuimos a cenar al Cascade no me enteré de las intenciones de Julia.

– El mundo de los bienes raíces debe de ser muy duro para una mujer -opinó Nat.

– Lo es, pero no fui yo quien lo escogí; me eligió a mí. Verás, cuando acabé los estudios en Minnesota, trabajé de modelo durante un tiempo, antes de conocer a mi marido. Fue idea suya que inspeccionara los solares cuando salía a correr y después le informara. Al cabo de un año sabía exactamente lo que él buscaba y al siguiente, ya tenía un lugar en la junta.

– Así que tú diriges la empresa.

– No -respondió Julia-. Eso se lo dejo a mi presidente y al director ejecutivo, pero sigo siendo la principal accionista.

– ¿Decidiste continuar con el negocio después de fallecer tu marido?

– Sí, fue idea suya. Sabía que solo le quedaban un par de años de vida y como no teníamos hijos me enseñó todo el funcionamiento de la empresa. Creo que él mismo se sorprendió al ver lo aplicada que resultó su alumna.

Nat comenzó a retirar los platos.

– ¿Alguien querrá crème brûlée? -ofreció Su Ling.

– Soy incapaz de comer nada más; el cordero estaba exquisito y tierno como la mantequilla -dijo Julia. Palmeó el estómago de Tom-. Pero eso no significa que tú no puedas tomar postre.

Nat miró a Tom y pensó que nunca lo había visto tan contento. Sospechó que Julia podría incluso ir a cenar una tercera vez.

– ¿De verdad es tan tarde? -preguntó Julia, después de consultar su reloj-. Ha sido una cena estupenda, Su Ling, pero por favor tendrás que perdonarme. Tengo una reunión de la junta mañana a las diez, así que debo marcharme.

– Sí, por supuesto -dijo Su Ling, y se levantó.

Tom la imitó en el acto y acompañó a Julia al vestíbulo, donde la ayudó a ponerse el abrigo. Le dio un beso en la mejilla a Su Ling y la felicitó por la cena.

– Lamento que Julia tenga que regresar inmediatamente a Nueva York. La próxima vez cenaremos en mi casa.

Nat miró a Su Ling y le sonrió, pero su esposa no le respondió. Se echó a reír en cuanto cerró la puerta.

– Vaya mujer -comentó cuando se reunió con Su Ling en la cocina, al tiempo que cogía un paño para secar la vajilla.

– Es una farsante -afirmó Su Ling.

– ¿A qué te refieres? -le preguntó Nat.

– A que es una farsante de cuidado. Su acento es falso, sus prendas son falsas y su historia es una mentira de principio a fin. No se te ocurra tener tratos con ella.

– ¿Qué puede ir mal si deposita medio millón de dólares en el banco?

– Estoy dispuesta a apostar mi sueldo de un mes a que ese medio millón no aparecerá jamás.

Aunque aquella noche Su Ling no volvió a sacar el tema, lo primero que hizo Nat a la mañana siguiente cuando llegó a su despacho fue pedirle a su secretaria que averiguara todos los detalles financieros que pudiera encontrar de Kirkbridge y Compañía en Nueva York. La secretaria apareció al cabo de una hora con una copia del informe anual y los últimos resultados financieros de la empresa. Nat leyó atentamente el informe y se fijó en el balance final. El año anterior habían tenido un beneficio de poco más de un millón de dólares y todos los números cuadraban con los citados por Julia durante la cena. Luego buscó los nombres de la junta. La señora Julia Kirkbridge aparecía después del presidente y el director ejecutivo. Sin embargo, debido a la desconfianza de Su Ling, decidió investigar un poco más. Marcó directamente el número de la oficina de la empresa en Nueva York, sin pasar la llamada por su secretaria.

– Kirkbridge y Compañía, ¿en qué puedo ayudarle? -dijo una voz.

– Buenos días, ¿podría hablar con la señora Kirkbridge?

– En estos momentos, señor, está reunida. -Nat consultó su reloj y sonrió; marcaba las diez y veinticinco-. Si quiere dejarme su número de teléfono, le diré que le llame en cuanto esté disponible.

– No será necesario, muchas gracias -respondió Nat.

Acababa de colgar el teléfono cuando este sonó.

– Soy Jeb, de la sección de cuentas corrientes, señor Cartwright. Supongo que le interesará saber que acabamos de recibir una transferencia del Chase por la suma de quinientos mil dólares para la cuenta de la señora Julia Kirkbridge.

Nat no pudo resistir la tentación de llamar a Su Ling para comunicarle la noticia.

– Sigue siendo una farsante -insistió su esposa.

<p id="_Toc320818476">31</p>

– ¿Cara o cruz? -preguntó el moderador.

– Cruz -respondió Barbara Hunter.

– Cruz -dijo el moderador. Miró a la señora Hunter y asintió.

Fletcher no podía quejarse, porque él hubiese pedido cara -siempre lo hacía-, así que solo se preguntó qué decisión tomaría su oponente. ¿Hablaría ella primero aunque eso significara que Fletcher cerraría el debate? Sí, por otro lado…

– Hablaré primero -manifestó la candidata.

Fletcher reprimió la sonrisa. Tirar la moneda había sido algo irrelevante; de haber ganado él, hubiese escogido ser el segundo.

El moderador ocupó su lugar detrás de la mesa en el centro del estrado. La señora Hunter se sentó a su derecha y Fletcher a la izquierda, como una manifestación de la ideología de ambos partidos. Seleccionar dónde se sentaría cada uno había sido el menor de los problemas. Durante los últimos diez días habían discutido hasta el agotamiento dónde se celebraría el debate, la hora de su inicio, quién sería el moderador e incluso la altura de las tribunas desde las que hablarían, dado que Barbara Hunter medía un metro sesenta y dos de estatura y Fletcher un metro ochenta y cinco. Al final, acordaron que habría dos tribunas de diferentes alturas, una a cada lado del estrado.

El moderador aceptado por ambas partes era el jefe del departamento de periodismo de la facultad de la Universidad de Connecticut en Hertford.

– Buenas noches, damas y caballeros. Me llamo Frank McKenzie y seré el moderador del debate de esta noche. Según los términos acordados, la señora Hunter hablará primero durante seis minutos y luego lo hará el señor Davenport. Advierto a los candidatos que haré repicar esta campana -cogió una campanita que tenía sobre la mesa y la hizo sonar con firmeza, cosa que provocó algunas risas entre el público y ayudó a descargar la tensión- a los cinco minutos como aviso de que les quedan sesenta segundos. Luego la haré sonar de nuevo a los seis minutos, momento en que dirán la última frase. Después de las exposiciones iniciales, ambos candidatos responderán a las preguntas del panel de invitados durante cuarenta minutos. Por último, la señora Hunter y a continuación el señor Davenport dispondrán de tres minutos cada uno para exponer sus conclusiones. Señora Hunter, puede comenzar.

Barbara Hunter se levantó y caminó lentamente hasta su tribuna en el lado derecho del escenario. Había calculado que como el noventa por ciento de la audiencia estaría siguiendo el debate por televisión, su mensaje alcanzaría a mayor número de votantes si hablaba primero, sobre todo teniendo en cuenta que a partir de las ocho y media comenzaría la transmisión de un partido de las series mundiales de béisbol, momento en el cual la mayoría de los espectadores cambiarían de canal inmediatamente. Como ambos habrían acabado las exposiciones iniciales antes de esa hora, Fletcher consideraba que no era un factor importante. También le interesaba hablar en segundo término porque así podría referirse a algunos de los temas tocados por la señora Hunter en su exposición; además, si al final del programa él tenía la última palabra, bien podría ser lo único que recordarían los espectadores.

Fletcher escuchó atentamente la muy bien ensayada exposición de la señora Hunter, que se sujetaba con firmeza a los bordes de la tribuna.

– Nací en Hartford, me casé con un hombre de Hartford, mis hijos nacieron en el hospital de San Patricio y todos ellos continúan viviendo en la capital del estado, así que me siento absolutamente capacitada para representar a los ciudadanos de esta gran ciudad.

Se escuchó en la sala la primera salva de aplausos. Fletcher miró al público; los que aplaudían eran más o menos la mitad, mientras que los demás permanecían en silencio.

Entre las responsabilidades de Jimmy en este acto figuraba el reparto de las butacas. Se había pactado que cada partido recibiría trescientas localidades y cuatrocientas quedarían a disposición del público general. Jimmy y un pequeño grupo de ayudantes habían dedicado horas a convencer a sus partidarios para que solicitaran las cuatrocientas restantes, pero a sabiendas de que los republicanos estarían realizando la misma maniobra y que las localidades acabarían repartidas por partes iguales. Fletcher se preguntó cuántas personas que no pertenecían a ninguno de los bandos estarían presentes.

– No te preocupes por el público en la sala -le dijo Harry-. El público real es el que te estará viendo por la televisión y ese es al que debes convencer. Mira a la cámara y procura parecer sincero -añadió con una sonrisa.

Fletcher tomó algunas notas mientras la señora Hunter explicaba en términos generales su programa y aunque las propuestas eran sensatas y meritorias, tenía una manera de exponerlas que invitaba a la distracción de los espectadores. Cuando el moderador hizo sonar la campanita de los cinco minutos, la señora Hunter solo había llegado a la mitad de su discurso e incluso hizo una pausa mientras pasaba un par de páginas. Al joven le sorprendió comprobar que alguien con tanta experiencia en campañas electorales no hubiese calculado que los aplausos le harían perder unos segundos del tiempo disponible. El discurso de apertura de Fletcher duraba poco más de cinco minutos. «Mejor acabar unos segundos antes que correr al final», le había advertido Harry una y otra vez. La exposición de la señora Hunter se prolongó unos segundos más del segundo toque de campana y dio la impresión de que la hubiesen dejado con la palabra en la boca. Así y todo, recibió una entusiasta ovación de la mitad del público mientras la otra le aplaudía cortésmente.

– Ahora le pediré al señor Fletcher que haga su exposición.

Fletcher se dirigió sin prisas a la tribuna en su lado del estrado; tenía la sensación de ser un hombre a punto de subir los peldaños del patíbulo. Le tranquilizó un poco el sonoro apoyo de su público. Colocó las cinco páginas a doble espacio y letra grande en el atril de la tribuna y miró por un segundo la frase inicial, aunque en realidad lo habían repasado tantas veces que prácticamente podía repetirlo con los ojos cerrados. Miró a la audiencia y sonrió, a sabiendas de que el moderador no pondría el cronómetro en marcha hasta que dijera la primera palabra.

– Creo que he cometido un gran error en mi vida -comenzó-. No nací en Hartford. -Las risas le ayudaron-. Pero conseguí solucionarlo. Me enamoré de una chica de Hartford cuando solo tenía catorce años.

Nuevas risas y aplausos siguieron a estas palabras. Fletcher se relajó por primera vez y pronunció el resto de su exposición con un aplomo que esperaba que desmintiera su juventud. Cuando sonó la campanita de los cinco minutos, ya estaba a punto de decir su última frase. La completó veinte segundos antes de acabar el tiempo y no fue necesario que sonara la campana. El aplauso que recibió fue mucho más grande que el recibido cuando se acercó a la tribuna, pero la exposición no era más que el final del primer asalto.

Miró a Harry y a Jimmy, sentados en la segunda fila. Sus sonrisas le dijeron que había superado la escaramuza inicial.

– Ha llegado el momento del turno de preguntas -anunció el moderador-, que durará cuarenta minutos. Se ruega a los candidatos que sean concisos en sus respuestas. Comenzaré con Charles Lockhart del Hartford Courant.

– ¿Alguno de los dos candidatos cree que se debe reformar el sistema de concesión de las becas de estudios? -preguntó el editor del periódico local.

Fletcher estaba bien preparado para esta pregunta, porque se había planteado invariablemente en todos los mítines locales y era un tema que se repetía en los editoriales del periódico. Se le invitó a responder dado que la señora Hunter había hablado primero.

– No debe haber ningún tipo de discriminación que haga más difícil a cualquiera acceder a los estudios superiores. No es suficiente con creer en la igualdad, debemos insistir también en la igualdad de oportunidades.

Esta afirmación fue recibida con una cerrada salva de aplausos y Fletcher le sonrió al público.

– Unas palabras muy bonitas -replicó la señora Hunter, que no vaciló en interrumpir los aplausos-, pero que necesitan ser respaldadas con los hechos. He participado en muchas juntas escolares así que no necesito que me enseñe nada referente a la discriminación, señor Davenport, y si tengo la fortuna de ser elegida senadora, respaldaré todas las leyes que defiendan los derechos de todos los hombres -hizo una pausa- y las mujeres a la igualdad de oportunidades. -Se apartó un poco de la tribuna mientras sus partidarios la aclamaban. Miró a Fletcher-. Quizá sea algo que alguien que ha tenido el privilegio de estudiar en Hotchkiss y Yale no acabe de comprender del todo.

Maldita sea, pensó Fletcher, me he olvidado de decir que Annie está en una junta escolar y que hemos inscrito a Lucy en una escuela pública local. Nunca se le había olvidado en las reuniones preparatorias, donde no eran más de doce.

Siguieron las habituales preguntas sobre los impuestos, la atención sanitaria, el transporte público y la seguridad ciudadana. Fletcher se recuperó de la andanada inicial y tuvo la sensación de que la cosa acabaría en un empate hasta que el moderador dio paso a la última pregunta.

– ¿Los candidatos se consideran independientes, o bien sus políticas estarán marcadas por la maquinaria del partido y sus votos en el Senado dependerán de las opiniones de políticos retirados?

La pregunta la formuló Jill Bernard, la conductora de un programa de entrevistas que se emitía los fines de semana por la emisora de radio local y en el que Barbara Hunter era una de las tertulianas un día sí y otro también.

– Todos los presentes en esta sala saben que tuve que luchar a brazo partido para conseguir la nominación de mi partido; a diferencia de otros, no me la sirvieron en bandeja -respondió la señora Hunter en el acto-. La verdad es que he tenido que luchar por todo a lo largo de mi vida, dado que mis padres no se podían permitir ningún tipo de lujos. Quiero recordarles que nunca he vacilado en defender mis opiniones cada vez que he creído que mi partido se equivocaba. No me ha hecho muy popular, pero nunca nadie ha dudado de mi independencia. Si me eligen para el Senado, no estaré todo el día pegada al teléfono para que me aconsejen qué debo votar. Tomaré mis decisiones y las mantendré.

Sus palabras fueron acogidas con aplausos y gritos de entusiasmo.

Fletcher volvió a sentir un nudo en el estómago; las manos le sudaban y le temblaban las piernas mientras intentaba poner en orden sus pensamientos. Miró a la audiencia y comprobó que todos le miraban, expectantes.

– Nací en Farmington, solo a unos pocos kilómetros de esta sala. Mis padres llevan toda la vida colaborando con la comunidad de Hartford a través de su trabajo profesional y voluntario, sobre todo en el hospital de San Patricio. -Miró a sus padres, que estaban sentados en la quinta fila. Su padre mantenía la cabeza bien alta, su madre la tenía inclinada-. Mi madre forma parte de tantos comités de entidades benéficas que a veces creo que soy huérfano, pero ambos han venido aquí esta noche para darme su apoyo. Sí, fui a Hotchkiss, y la señora Hunter tiene razón. Fue un privilegio. Sí, fui a Yale, una de las grandes universidades de Connecticut. Sí, me eligieron representante del claustro de estudiantes, y también fui el editor de Law Review, todo ello ayudó a que me contrataran en una de las firmas de abogados más prestigiosas de Nueva York. No voy a disculparme por no haberme conformado nunca con ser el segundo en todo lo que hago. Tampoco me importó en absoluto, sino que lo hice encantado, renunciar a todo eso para regresar a Hartford y poner mi grano de arena en pro de la comunidad donde me crié. Por cierto, con el sueldo que ofrece el estado no creo que me pueda permitir muchos lujos. -Los partidarios de Fletcher aplaudieron. Él esperó a que cesaran y luego añadió con un susurro-: No pretendamos no saber cuál es el fondo de la pregunta: ¿estaré siempre pegado al teléfono pendiente de lo que diga mi suegro, el senador Harry Gates? Eso espero. Estoy casado con su única hija. -Se escuchó un coro de carcajadas-. Pero permítame recordarle algo que usted ya sabe referente a Harry Gates. Ha servido a este distrito durante veintiocho años y siempre lo ha hecho con honor e integridad, en momentos en que esas dos palabras parecían haber perdido todo valor. Sinceramente -Fletcher se volvió para mirar a su oponente-, ninguno de nosotros dos es digno de ocupar su lugar. Pero si resulto elegido, puede estar segura de que me aprovecharé de su sabiduría, su experiencia y su visión de futuro; solo un egocéntrico no lo haría. Pero hay una cosa que quiero dejar bien clara. -Fletcher volvió a mirar al público-. Yo seré la persona que los representará en el Senado.

Fletcher agradeció los aplausos y gritos de apoyo de la mitad de la concurrencia. La señora Hunter había cometido el error de atacarlo en un tema para el que no necesitaba ninguna preparación. La candidata intentó reparar la equivocación en su alegato final, pero el golpe se había hecho sentir.

En cuanto el moderador anunció el final del debate y agradeció la presencia de los candidatos, Fletcher hizo algo que Harry le había recomendado durante la comida del último domingo. Se acercó a su oponente, le estrechó la mano y esperó a que el fotógrafo del Courant tomara la imagen del momento.

A la mañana siguiente, la foto de los dos aparecía en la primera plana; el efecto era exactamente el que había esperado Harry: la imagen de un hombre de un metro ochenta y cinco que parecía un gigante junto a una mujer de metro sesenta y dos. «No se te ocurra sonreír, adopta una expresión seria -le dijo su suegro-. Necesitamos que se olviden de lo joven que eres.»

Fletcher leyó el epígrafe: «No hay nada entre ellos». El editorial decía que él no había estado nada mal en el debate, pero Barbara Hunter continuaba encabezando los sondeos con dos puntos de ventaja cuando solo quedaban nueve días de campaña.

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– ¿Te importa si fumo?

– No, es Su Ling quien no aprueba el hábito.

– Creo que tampoco me aprueba a mí -afirmó Julia Kirkbridge. Encendió el cigarrillo.

– Debes recordar que la crió una madre muy conservadora -dijo Tom-. Incluso Nat no le pareció al principio un buen partido. Pero cambiará de opinión, especialmente cuando le diga…

– No lo digas -le pidió Julia-. Eso tiene que seguir siendo nuestro pequeño secreto. -Dio una larga calada y luego añadió-: Nat me cae bien. Formáis un buen equipo.

– Así es, pero estoy ansioso por concluir este negocio mientras él está de vacaciones, sobre todo después de su triunfo en la compra de nuestro rival más antiguo.

– Eso lo puedo entender -manifestó Julia-. ¿Cómo ves nuestras posibilidades?

– Todo apunta a que solo habrá dos o tres postores. Las restricciones impuestas en la convocatoria del ayuntamiento evitarán la presencia de aventureros.

– ¿Restricciones?

– El ayuntamiento exige que la subasta sea pública, y además que el monto total se debe pagar en el momento de la firma.

– ¿Por qué insisten en esa cláusula? -Julia se sentó en la cama-. Lo habitual es dar una paga y señal del diez por ciento y después hay un plazo de veintiocho días para pagar el resto.

– Sí, esa es la práctica habitual, pero este solar se ha convertido en un tema político candente. Barbara Hunter ha abogado para que no haya plazos, porque un par de ventas anteriores tuvieron que anularse después de descubrirse que el especulador no tenía fondos suficientes para completar el pago. No olvides que estamos a solo unos días de las elecciones y por tanto quieren asegurarse de que después no surja ningún problema.

– ¿Eso significa que debo depositar los tres millones en tu banco el próximo viernes? -le preguntó Julia.

– No, si tenemos el solar como garantía, el banco te facilitará un préstamo a corto plazo.

– ¿Qué pasará si me echo atrás?

– A nosotros no nos afecta -respondió Tom-. Venderíamos el solar al segundo postor y nos quedaríamos con tus quinientos mil para cubrir cualquier pérdida.

– Bancos -exclamó Julia, que apagó la colilla y se deslizó entre las sábanas-. Nunca pierden.


– Quiero que me hagas un favor -dijo Su Ling cuando el avión comenzó su descenso en el aeropuerto de Los Ángeles.

– Sí, Pequeña Flor, soy todo oídos.

– A ver si puedes pasar toda la semana sin llamar al banco. No olvides que este es el primer gran viaje de Luke.

– También el mío -replicó Nat y abrazó a su hijo-. Siempre he querido visitar Disneylandia.

– No te burles. Hemos hecho un trato, espero que lo mantengas.

– Me gustaría no perder de vista el acuerdo que Tom intenta cerrar con la empresa de Julia.

– ¿No crees que a Tom quizá le gustaría saborear un triunfo exclusivamente suyo, sin necesitar la aprobación del gran Nat Cartwright? Fuiste tú, después de todo, quien decidió confiar en ella.

– He captado el mensaje -respondió Nat, mientras Luke se abrazaba a él cuando el avión se posó en la pista-. ¿Te importa si lo llamo el viernes por la tarde solo para saber si nuestra oferta en el proyecto de Cedar Wood fue aceptada?

– No, no me importa, siempre que esperes hasta el viernes por la tarde.

– Papá, ¿viajaremos en una nave espacial?

– Pues claro. ¿Para qué si no hemos venido a Los Ángeles?


Tom recibió a Julia cuando bajó del tren de Nueva York y la llevó inmediatamente al ayuntamiento. Entraron en el momento en que los empleados de la limpieza acababan de limpiar la sala donde se había celebrado el debate la noche anterior. Tom había leído en el Hartford Courant que más de un millar de personas habían asistido al acto y el editorial dejaba entrever que no había mucho que escoger entre los dos candidatos. Él siempre había votado a los republicanos, pero le pareció que Fletcher Davenport era un tipo que se merecía una oportunidad. La voz de Julia le sacó de sus pensamientos.

– ¿Por qué llegamos tan temprano?

– Quiero familiarizarme con la disposición de la sala -le explicó Tom-, así cuando comience la subasta, no nos pillarán por sorpresa. No te olvides de que todo este asunto se puede acabar en cuestión de minutos.

– ¿Dónde te parece que debemos sentarnos?

– De la mitad hacia atrás en el lado derecho. Ya le he comunicado al subastador la señal que haré cuando puje.

Tom miró hacia el estrado, donde el subastador, que ya había ocupado su lugar en la tribuna, hacía pruebas con el micrófono, y miraba de paso al escaso público, para comprobar que todo estuviese en orden.

– ¿Quiénes son estas personas? -quiso saber Julia.

– Funcionarios del ayuntamiento, incluido el jefe ejecutivo, el señor Cooke, los empleados de la casa de subastas y algún curioso que no tiene nada mejor que hacer un viernes por la tarde. Por lo que veo, solo hay tres postores aparte de nosotros. -Tom consultó su reloj-. Creo que es hora de sentarnos.

Julia y Tom se sentaron al final de una fila en el lado derecho entre el medio y el fondo de la sala. Tom cogió el folleto de la subasta que estaba en uno de los asientos y cuando Julia le rozó la mano, se preguntó cuántas personas serían capaces de darse cuenta de que eran amantes. Abrió el folleto y miró el dibujo de uno de los posibles diseños del nuevo centro comercial. Aún estaba leyendo la letra pequeña cuando el subastador anunció que se abría la puja.

– Damas y caballeros, solo hay una cosa que subastar esta tarde y se trata de un magnífico solar en la parte norte de la ciudad conocido como Cedar Wood. El ayuntamiento ofrece esta propiedad con todos los permisos concedidos para la construcción de un centro comercial. Las condiciones de pago y demás requerimientos están detallados en el folleto que encontrarán en sus asientos. Debo insistir en que si no se cumple con algunos de los requisitos, el ayuntamiento está en su derecho de anular la subasta. -Guardó silencio unos instantes para que el público tuviese tiempo de comprender sus palabras-. Tengo una oferta inicial de dos millones -declaró e inmediatamente miró a Tom.

Aunque Tom no dijo nada ni tampoco hizo señal alguna, el subastador anunció:

– Tengo una nueva oferta por dos millones doscientos cincuenta mil. -El subastador miró a un lado y otro de la sala, a pesar de saber perfectamente dónde estaban sentados los postores. Su mirada se fijó en un muy conocido abogado local en la segunda fila, que levantó el folleto-. El caballero ofrece dos millones y medio. -Miró de nuevo a Tom, que ni siquiera pestañeó-. Dos millones setecientos cincuenta mil. -Otra vez se volvió hacia el abogado, que esperó unos momentos antes de levantar el folleto-. Tres millones -anunció el subastador y sin perder un segundo miró a Tom antes de añadir-: Tres millones doscientos cincuenta mil. -Entonces el abogado pareció titubear.

Julia le apretó la mano a Tom con mucha discreción.

– Creo que ya lo tenemos.

– ¿Tres millones quinientos mil? -preguntó el subastador, atento a la reacción del abogado.

– Todavía no es nuestro -susurró Tom.

– ¿Tres millones quinientos mil? -repitió el subastador, con un tono ilusionado-. Tres millones quinientos -confirmó al ver cómo el folleto se levantaba por tercera vez.

– Maldita sea -musitó Tom, y se quitó las gafas-. Creo que ambos fijamos el mismo límite.

– Entonces subamos a tres seiscientos -dijo Julia-. De esa manera saldremos de dudas.

A pesar de que Tom se había quitado las gafas -la señal de que se retiraba de la puja-, el subastador vio que el señor Russell mantenía una rápida discusión con la mujer sentada a su lado.

– ¿Se retira usted de la puja, señor, o…?

Tom dudó por unos instantes y luego respondió:

– Tres millones seiscientos mil.

El subastador dirigió de nuevo su atención al abogado que había dejado el folleto en el asiento a su lado.

– ¿Puedo decir tres millones setecientos mil, señor, o lo damos por acabado?

El folleto continuó en el asiento.

– ¿Alguna otra oferta? -preguntó el subastador mientras miraba a la docena o poco más de personas sentadas en una sala que la noche antes había acomodado a un millar-. Es la última oportunidad; de lo contrario lo dejaré ir por tres millones seiscientos mil. -Levantó el martillo y, al no obtener ninguna respuesta, descargó un sonoro golpe en la tribuna-. Vendido por tres millones seiscientos mil dólares al caballero al final de la fila.

– Bien hecho -exclamó Julia.

– Te costará otros cien mil -replicó Tom-, pero no podíamos saber que los dos habíamos acordado el mismo límite. Ahora me ocuparé del papeleo, entregaré el cheque y después podremos ir a celebrarlo.

– Excelente idea -declaró Julia, mientras le pasaba los dedos discretamente por la parte interior del muslo.

– Enhorabuena, señor Russell -dijo el señor Cooke-. Su cliente se ha hecho con una muy buena propiedad que estoy seguro de que le dará grandes beneficios a largo plazo.

– Estoy de acuerdo -respondió Tom.

El joven banquero extendió el cheque por los tres millones seiscientos mil dólares y se lo entregó al jefe ejecutivo del ayuntamiento.

– ¿El banco Russell es el titular en esta transacción? -preguntó el señor Cooke con la mirada puesta en la firma.

– No, representamos a un cliente de Nueva York que opera con nosotros.

– Lamento tener que mostrarme puntilloso en este tema, señor Russell, pero las cláusulas de la subasta dejan bien claro que el cheque por el importe total debe ser firmado por el comprador y no por su representante.

– Nosotros representamos a la empresa y tenemos su depósito.

– En ese caso no tendría que ser un problema que su cliente firme el cheque de la cuenta de dicha empresa -señaló el señor Cooke.

– ¿Por qué…? -comenzó Tom.

– No es a mí a quien le corresponde entender las elucubraciones de nuestros representantes electos, señor Russell, pero después del desastre del año pasado con el contrato Aldwich y las preguntas que debo responder a diario a la señora Hunter -exhaló un suspiro-, no me queda otra opción que la de respetar la letra, y el espíritu, del acuerdo.

– ¿Cómo puedo solucionar el tema a estas alturas? -le preguntó Tom.

– Todavía tiene usted tiempo hasta las cinco de la tarde para entregar el cheque firmado por el titular. Si no lo hace, la propiedad le será ofrecida al siguiente postor por tres millones y medio y el consejo le reclamará a usted que abone la diferencia de cien mil dólares.

Tom se apresuró a reunirse con Julia.

– ¿Tienes aquí tu talonario de cheques?

– No -respondió la joven-. Me dijiste que el banco cubriría el pago completo hasta que hiciera la transferencia de fondos el lunes por la mañana.

– Sí, tienes razón. -Tom pensó en una solución-. Creo que se me ha ocurrido algo. Tendremos que ir ahora mismo al banco. -Consultó su reloj; eran casi las cuatro-. Maldita sea -exclamó, consciente de que si Nat no hubiese estado de vacaciones, seguramente habría leído a fondo las condiciones y se hubiera anticipado a las consecuencias.

En el corto trayecto a pie desde el ayuntamiento al banco, Tom le explicó a Julia lo expuesto por el señor Cooke.

– ¿Eso significa que he perdido el solar, por no hablar de los cien mil dólares?

– No, ya se me ha ocurrido una manera de solucionar el asunto, pero necesitaré tu conformidad.

– Si con eso consigo ser la propietaria del solar, haré todo lo que me recomiendes.

En cuanto entraron en el banco, Tom fue directamente a su oficina, cogió el teléfono y le pidió al apoderado que acudiera a su despacho. Mientras esperaba la llegada de Ray Jackson, cogió un talonario y comenzó a rellenarlo con los tres millones seiscientos mil dólares. Llamaron a la puerta y entró el apoderado.

– Ray, quiero que transfieras tres millones cien mil dólares a la cuenta de la señora Kirkbridge.

El apoderado vaciló un momento.

– Necesitaré una autorización antes de transferir esa suma -manifestó-. Está por encima de mi límite.

– Sí, desde luego -respondió el presidente.

Tom cogió el formulario de uno de los cajones de su mesa y rellenó rápidamente las casillas correspondientes. El joven banquero no hizo ningún comentario referente a que se trataba del pago más grande que había autorizado. Le entregó el formulario al apoderado, quien lo leyó con mucha atención. Por un momento pareció como si quisiera protestar por la decisión del presidente, pero después se lo pensó mejor.

– Inmediatamente -repitió Tom.

– Sí, señor -contestó el apoderado y salió sin perder ni un segundo.

– ¿Estás seguro de que es sensato? -le preguntó Julia-. ¿No estás corriendo un riesgo innecesario?

– Tenemos la propiedad y tus quinientos mil dólares, así que está todo controlado. Como diría Nat, es apostar sobre seguro. -Le ofreció el talonario y le pidió a Julia que lo firmara y que escribiera debajo de la firma el nombre de su empresa. Después de comprobar que estaba todo en orden, añadió-: Ahora solo nos queda regresar al ayuntamiento cuanto antes.

Tom intentó mantener la calma mientras esquivaba los coches cuando cruzó la calle antes de subir a la carrera las escalinatas del ayuntamiento. Tuvo que demorarse un par de veces para esperar a Julia, quien le explicó que no era sencillo seguirle calzada con tacones altos. En cuanto entraron en el edificio, Tom se tranquilizó al ver que el señor Cooke continuaba sentado en su mesa al final del vestíbulo. El jefe ejecutivo se levantó al ver que se acercaba la pareja.

– Entrégale el cheque a ese hombre delgado y calvo -le dijo Tom a Julia-, y sonríe.

Julia siguió las indicaciones de Tom al pie de la letra y recibió a cambio una cálida sonrisa. El señor Cooke leyó el cheque atentamente.

– Parece estar todo en orden, señora Kirkbridge. Ahora necesito que me enseñe algún documento que demuestre su identidad.

– Por supuesto. -Julia abrió el bolso y sacó el carnet de conducir.

El señor Cooke miró la foto y la firma.

– No es una foto que le haga justicia -comentó. Julia sonrió-. Bien, solo nos queda el trámite de firmar los documentos en nombre de su empresa.

Julia firmó los documentos por triplicado y le entregó una de las copias a Tom.

– Lo más conveniente es que te la quedes hasta que hayan hecho la transferencia el lunes por la mañana -comentó en voz baja.

El señor Cooke consultó su reloj.

– Ingresaré el cheque a primera hora del lunes, señor Russell -dijo-, y le agradecería que lo abonasen cuanto antes. No quiero darle a la señora Hunter más municiones de las necesarias a solo unos días de las elecciones.

– Lo abonarán en cuanto se ingrese -le aseguró Tom.

– Muchas gracias, señor -le respondió el señor Cooke al hombre con quien jugaba un partido de golf todas las semanas en el campo local.

Tom se moría de ganas de abrazar a Julia, pero se contuvo.

– Tengo que ir al banco para comunicarles que todo ha ido bien; luego nos iremos a casa.

– ¿Es necesario que vayas? -protestó Julia-. Después de todo, no ingresarán el cheque hasta el lunes por la mañana.

– Supongo que tienes razón -admitió Tom.

– Maldita sea -exclamó Julia, y se agachó para quitarse un zapato-. Se me ha roto el tacón con las prisas por subir las escalinatas.

– Lo siento, ha sido culpa mía. No tendría que haberte hecho correr desde el banco. Al final teníamos tiempo más que suficiente.

– No tendrá la menor importancia -comentó Julia, con una sonrisa-, si puedes ir a buscar el coche. Te esperaré en la acera.

– Sí, por supuesto.

Tom bajó rápidamente las escalinatas y cruzó la calle para ir al aparcamiento.

Minutos más tarde detuvo el coche delante del ayuntamiento, pero Julia había desaparecido de la vista. ¿Había vuelto a entrar? Esperó un poco más sin ningún resultado. Maldijo por lo bajo mientras se apeaba del coche mal aparcado y subía de nuevo las escalinatas. Descubrió a Julia en una de las cabinas de teléfono. La muchacha colgó en cuanto le vio aparecer.

– Estaba hablando con Nueva York para informarles del éxito de la operación, cariño. Llamarán a nuestro banco antes de la hora de cierre para que transfieran los tres millones cien mil dólares.

– Una excelente noticia -dijo Tom. Fueron hacia el coche-. ¿Cenamos en la ciudad?

– No, prefiero que vayamos a tu casa y cenemos en la más estricta intimidad -respondió Julia.

Tom no había acabado de aparcar el coche en el camino de entrada, cuando Julia ya se había quitado el abrigo; mientras se dirigían al dormitorio en la segunda planta, la joven fue dejando un rastro de prendas a su estela. Tom estaba en calzoncillos y Julia le quitaba los calcetines cuando sonó el teléfono.

– No atiendas -le pidió Julia mientras se ponía de rodillas y le bajaba los calzoncillos.


– No contesta -dijo Nat-. Seguramente habrá salido a cenar.

– ¿No puedes esperar a que regresemos el lunes? -preguntó Su Ling.

– Supongo que sí -admitió Nat a regañadientes-. Me hubiese gustado saber si Tom consiguió cerrar la operación de Cedar Wood, y si es así, a qué precio.

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igualados, decía el titular del Washington Post la mañana de las elecciones, empate era la opinión del Hartford Courant. El primero se refería a la lucha entre Ford y Carter por la Casa Blanca; el segundo, a la batalla local entre Hunter y Davenport por un escaño en el Senado del estado. A Fletcher le molestaba que siempre pusieran el nombre de ella primero como si fuese un partido entre Harvard y Yale.

– Lo único que importa ahora -señaló Harry mientras presidía la última reunión de la campaña a las seis de la mañana- es llevar a nuestros partidarios a los colegios electorales.

Ya no era necesario discutir tácticas, políticas y comunicados de prensa. En cuanto se depositara el primer voto, todos los presentes tendrían que ocuparse de una nueva responsabilidad.

Un equipo de cuarenta personas se encargaría de la flota de vehículos, provistos con una lista de votantes que habían pedido que se los llevara hasta el colegio electoral más cercano: los ancianos, los enfermos, los perezosos e incluso aquellos que obtenían un placer perverso al verse llevados hasta las urnas por los voluntarios de un partido y votar por el otro.

Otro equipo, mucho más numeroso, lo formaban aquellos destinados a las baterías de teléfonos instalados en el cuartel general.

– Trabajarán en turnos de dos horas -explicó Harry-; dedicarán ese tiempo a llamar a nuestros partidarios para recordarles que hoy es día de elecciones y más tarde para confirmar que han ido a votar. A algunos habrá que llamarlos tres o cuatro veces antes de que cierren los colegios electorales a las ocho.

El siguiente grupo, al que Harry describió como los adorables aficionados, se encargaría de los locales donde se llevaría un control de los comicios en toda la circunscripción electoral. Llevarían una información actualizada al minuto de cómo iban las elecciones en sus distritos. Podían ser los responsables del seguimiento de grupos de apenas mil votantes o de otros que llegaban a los tres mil, según les correspondiera una zona urbana o rural.

– Son la espina dorsal del partido -le recordó Harry a Fletcher-. Desde el momento en que se deposita el primer voto, tendrán voluntarios en las puertas de los colegios electorales que irán marcando los nombres de los votantes que acuden. Cada media hora los mensajeros se encargarán de recoger las listas para llevarlas a los locales, donde tendrán el padrón electoral completo. Marcarán con una línea roja el nombre de los votantes republicanos, con una azul a los demócratas y amarilla para los que no han declarado el voto. Esto permitirá a los jefes de grupo saber en todo momento cómo se desarrollan las elecciones. Como muchos de los jefes han hecho ese mismo trabajo en varios comicios, podrán ofrecerte una comparación inmediata con las elecciones anteriores. Los detalles, una vez puestos en las pizarras, son transmitidos al cuartel general para evitar que los telefonistas vuelvan a llamar a los que ya han votado.

– Muy bien, todo está claro. ¿Qué se supone que debe hacer el candidato durante todo el día? -preguntó Fletcher, cuando Harry dio por acabada la reunión.

– Mantenerse apartado y no molestar. Por eso tienes tu propio programa. Visitarás los cuarenta y cuatro locales, porque todos esperan ver al candidato en algún momento del día. Jimmy, conocido como «el amigo del candidato», será tu chófer, porque desde luego no podemos permitir que ningún voluntario desperdicie su tiempo contigo.

Una vez acabada la reunión, todos se marcharon a la carrera para incorporarse a sus nuevas funciones. Entonces Jimmy le explicó a Fletcher lo que haría durante el resto del día; tenía mucha experiencia, porque ya había hecho lo mismo con su padre en los dos comicios anteriores.

– Primero las cosas a las que debes decir que no -dijo Jimmy cuando Fletcher se sentó en el asiento del acompañante-. Como visitaremos las cuarenta y cuatro casas que sirven de locales desde primera hora de la mañana hasta las ocho de la tarde cuando cierren los colegios electorales, todos te ofrecerán café; entre las once cuarenta y cinco y las dos y cuarto querrán que comas y a partir de las cinco y media te ofrecerán una copa. Siempre responderás con una cortés pero firme negativa a todas las invitaciones. Solo beberás agua en el coche y a las doce y media dispondremos de media hora para comer en el cuartel general, solo para que vean que ellos también tienen un candidato; no volverás a comer nada hasta que acabe la jornada electoral.

Fletcher creyó que se aburriría, pero en cada visita se encontraba con un nuevo grupo de personajes y nuevas cifras. Durante la primera hora, las hojas solo mostraban unos pocos nombres tachados y los jefes de grupo no tuvieron dificultades para explicarle la participación comparada con los comicios anteriores. Fletcher se sintió más animado al ver que antes de las diez de la mañana aparecían numerosas líneas azules, hasta que Jimmy le advirtió que entre las siete y las nueve los demócratas recibían más votos porque los trabajadores de la industria y de los turnos de noche votaban antes de empezar a trabajar o cuando salían del trabajo.

– Entre las diez y las cuatro, los republicanos se pondrán por delante -añadió Jimmy-, mientras que a partir de las cinco y hasta el cierre de los colegios es siempre la franja horaria en que los demócratas comienzan a recuperarse. Así que reza para que llueva entre las diez y las cinco y que luego haga buen tiempo.

Alrededor de las once, los jefes de grupo informaron de que la participación era un poco más baja que en las pasadas elecciones, en las que votó un cincuenta y cinco por ciento de la población.

– Si está por debajo del cincuenta por ciento, perdemos; si es más del cincuenta ya estamos dentro -explicó Jimmy-. Si se supera el cincuenta y cinco, ganaremos de calle.

– ¿Por qué? -le preguntó Fletcher.

– Porque los republicanos acuden a votar llueva o haga sol, así que siempre se benefician si la participación es baja. Conseguir que nuestra gente vote siempre ha sido el gran problema de los demócratas.

Jimmy no se apartó ni un milímetro del programa. Antes de llegar a una casa le entregaba a Fletcher una hoja con los datos esenciales de la familia que se ocupaba de la zona. Fletcher se aprendía los puntos más importantes antes de que le abrieran.

– Hola, Dick -decía cuando se abría la puerta-. Es muy amable de tu parte permitir que utilicemos tu casa una vez más, porque por supuesto estas son tus cuartas elecciones. -Escuchaba la respuesta-. ¿Cómo está Ben? ¿Continúa estudiando? -Escuchaba la respuesta-. Lamento lo de Buster; sí, el senador Gates me lo comentó. -Escuchaba la respuesta-. Pero ahora tienes otro perro, Buster Jr., ¿no?

Jimmy también tenía su propia tarea. Después de unos diez minutos, susurraba: «Creo que ya es hora de marcharnos». A las doce, comenzó a mostrarse ansioso y omitió el «creo»; a las dos ya estaba desesperado. Después de estrechar las manos de todos y despedirse, siempre tardaban un par de minutos en abandonar la casa. A pesar de los intentos de Jimmy, llegaron al cuartel general veinte minutos después de la hora prevista para la comida.

Fletcher ya no tenía tiempo para sentarse a comer, así que cogió un bocadillo de una mesa donde había una gran variedad de viandas y se lo comió mientras iba con Annie de despacho en despacho para estrechar las manos del mayor número posible de voluntarios.

– Hola, Martha, ¿dónde está Harry? -le preguntó Fletcher a su suegra cuando entró en la sala de los teléfonos.

– En la puerta del Senado, dedicado a hacer lo que es lo suyo. Estrechar manos, dar opiniones y asegurarse de que la gente no se olvide de votar. Llegará en cualquier momento.

Media hora más tarde, Fletcher se cruzó con Harry en el pasillo cuando iba hacia la salida, porque Jimmy había insistido en que si querían visitar todas las casas, no podían salir más tarde de la una y diez.

– Buenos días, senador.

– Buenas tardes, Fletcher, me alegra ver que has encontrado tiempo para comer.

En la primera casa que visitaron después de comer las listas mostraban que los republicanos habían conseguido una pequeña ventaja que se fue consolidando en el transcurso de la tarde. A las cinco, aún le quedaban quince jefes de grupo por visitar.

– Si te saltas alguno -le dijo Jimmy-, se quejará hasta el hartazgo y puedes estar seguro de que no podrás contar con él en las próximas elecciones.

A las seis de la tarde los republicanos estaban por delante y Fletcher procuró no demostrar que se sentía un tanto deprimido. Jimmy le recomendó que se tranquilizara y le prometió que las cosas cambiarían en un par de horas; no hizo mención alguna de que a esas horas, su padre siempre tenía ventaja y por tanto ya sabía que era el ganador. Fletcher envidió a los que ya estaban ocupando los asientos en la sala donde se realizaría el escrutinio.

– Resulta mucho más fácil relajarte cuando tienes claro que has ganado o perdido.

– Eso es algo que no puedo responder -replicó Jimmy-. Papá ganó sus primeras elecciones por ciento veintiún votos antes de que yo naciera y durante los últimos treinta años fue aumentando la mayoría hasta situarla en poco más de once mil, pero como siempre dice, si sesenta y una personas hubiesen votado al rival, no habría ganado aquellas primeras elecciones y quizá nunca habría tenido una segunda oportunidad. -Jimmy se arrepintió de sus palabras en cuanto las dijo.

Sobre las siete, Fletcher se recuperó un poco al ver que aparecían unas cuantas líneas azules más en las hojas y aunque los republicanos seguían en cabeza, la sensación general era que se podía empatar. Jimmy tuvo que acortar las visitas a las últimas seis casas a once minutos, e incluso así llegaron a las últimas dos cuando ya habían cerrado los colegios electorales.

– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Fletcher cuando salieron de la última casa.

Jimmy consultó su reloj.

– Volvemos al cuartel general, donde escucharás las historias más increíbles. Si ganas, se convertirán en parte de la leyenda; si pierdes, nadie reconocerá haberla contado y se olvidarán rápidamente.

– Y a mí con ellas -comentó Fletcher.

Jimmy no se había equivocado, porque en el cuartel general todos hablaban a la vez, pero solo los más inexpertos o los optimistas por naturaleza se atrevían a pronosticar cuál sería el resultado. El primer sondeo a pie de urna se hizo público un par de minutos después de las ocho y señalaba que Hunter había ganado por los pelos. Los sondeos nacionales indicaban que Ford había derrotado a Carter.

– La historia se repite -opinó Harry cuando entró en la sala-. Esos mismos tipos me decían que Dewey sería nuestro próximo presidente. También dijeron que yo había perdido por los pelos y nosotros nos encargamos de cortárselos, así que no te preocupes por los sondeos, Fletcher, porque son pura paja.

– ¿Qué se sabe de la participación? -preguntó Fletcher, al recordar las explicaciones de Jimmy.

– Demasiado pronto para estar seguros. Desde luego, superior al cincuenta por ciento, pero no llega al cincuenta y cinco.

Fletcher miró a su equipo y se dio cuenta de que ya no servía de nada pensar en cómo ganar votos. Entonces era cuestión de contarlos.

– Ahora ya no podemos hacer nada más -dijo Harry-, excepto asegurarnos de que nuestros escrutadores se registren en el ayuntamiento antes de las diez. El resto de vosotros tendría que tomarse un descanso, nos volveremos a encontrar mientras se realiza el recuento. Tengo el presentimiento de que esta será una noche muy larga.

Mientras iban en el coche hacia Mario’s, Harry le comentó a Fletcher que no tenía mucho sentido aparecer antes de las once.

– Lo mejor será que disfrutemos de una cena tranquila y sigamos los destinos del partido en el resto del país en el televisor de Mario.

Cualquier posibilidad de una cena tranquila se esfumó cuando Fletcher y Harry entraron en el restaurante: varios de los comensales se levantaron y les aplaudieron hasta que llegaron a su mesa en el rincón. Fletcher se alegró al ver que sus padres ya habían llegado y que en esos momentos disfrutaban de una copa.

– ¿Qué les apetece cenar? -preguntó Mario, en cuanto estuvieron todos sentados.

– Estoy demasiado cansada para pensar -replicó Martha-. Mario, ¿por qué no escoge lo que vamos a comer, a la vista de que hasta ahora nunca ha hecho caso de nuestras opiniones?

– Por supuesto, señora Gates -asintió Mario-. Déjelo de mi cuenta.

Annie se levantó para hacerles una seña a Joanna y Jimmy, que acababan de entrar. Mientras Fletcher besaba a Joanna en la mejilla, vio en el televisor a Jimmy Carter, que llegaba a su finca, y unos segundos después al presidente Ford, que bajaba de un helicóptero. Se preguntó qué clase de día habrían pasado.

– Llegas en el momento oportuno -le dijo Harry a Joanna cuando ella se sentó a su lado-. Acabábamos de sentarnos. ¿Qué tal están los chicos?

Mario reapareció en cuestión de minutos con dos grandes bandejas de entrantes, escoltado por un camarero con dos botellas de vino blanco.

– El vino es invitación de la casa -declaró Mario-. Creo que lo conseguirá -le comentó a Fletcher mientras le servía un poco de vino en la copa para que lo catara. Uno más que no se atrevía a predecir el resultado.

Fletcher tocó la rodilla de Annie por debajo de la mesa.

– Voy a decir unas palabras.

– ¿Es necesario? -le preguntó Jimmy y se sirvió una segunda copa de vino-. He escuchado tantos discursos tuyos que tengo para el resto de mi vida.

– Seré breve, te lo prometo -replicó Fletcher mientras se levantaba-, porque todos a quienes quiero darles las gracias están en esta mesa. Comenzaré por Harry y Martha. De no haberme sentado junto a aquel mocoso que era su hijo, jamás hubiese conocido a Annie, o a sus padres, que han cambiado mi vida, aunque en realidad la culpable es mi madre, porque fue ella quien insistió en que fuese a Hotchkiss y no a Taft. Cuán diferente hubiese sido mi vida de haberse salido mi padre con la suya. -Le sonrió a su madre-. Así que muchas gracias a todos. -Se sentó en el momento en que Mario hacía acto de presencia en la mesa con otra botella de vino.

– No recuerdo haberla pedido -dijo Harry.

– Es de parte de un caballero que está al otro extremo del salón.

– Qué amabilidad la suya -opinó Fletcher-. ¿Ha dicho su nombre?

– No, solo dijo que lamentaba no haber podido ayudarle en la campaña porque había tenido mucho trabajo. Es uno de nuestros clientes habituales -añadió Mario-. Creo que tiene algo que ver con el banco Russell.

Fletcher miró al otro extremo del local y asintió cuando Nat Cartwright levantó una mano para saludarle. Tenía la sensación de que le había visto antes.

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– ¿Cómo lo hizo? -preguntó Tom, con el rostro ceniciento.

– Escogió muy bien a su víctima y, para ser justos, prestó una meticulosa atención a los detalles.

– Eso no explica…

– ¿Cómo sabía que aceptaríamos transferir el dinero? Esa fue la parte más sencilla -dijo Nat-. En cuanto encajaron todas las demás piezas, todo lo que tuvo que hacer Julia fue llamar a Ray y decirle que transfiriera el dinero a otro banco.

– Nuestro banco cierra a las cinco y la mayor parte del personal se marcha antes de las seis, sobre todo si es viernes.

– En Hartford.

– No lo entiendo -insistió Tom.

– Le dijo a nuestro apoderado que transfiriera todo el dinero a un banco en San Francisco, donde eran las dos de la tarde.

– Pero si la dejé sola apenas unos minutos…

– Tiempo más que suficiente para hacer una llamada telefónica a su abogado.

– Si fue así, ¿por qué Ray no me llamó?

– Lo intentó, pero no estabas en el despacho y ella te pidió que no atendieras el teléfono cuando llegasteis a casa; además, no te olvides que cuando te llamé desde Los Ángeles eran las tres y media, o sea, las seis y media en Hartford y el banco ya había cerrado.

– Si tú no hubieses estado de vacaciones… -se lamentó Tom.

– Creo que no me equivoco si digo que ella también lo tuvo en cuenta -opinó Nat.

– Pero ¿cómo…?

– No tuvo más que llamar a mi secretaria para concertar una cita esa semana y averiguar que estaría en Los Ángeles; sin duda, tú se lo confirmaste cuando os conocisteis.

– Sí, lo hice -admitió Tom, después de un breve titubeo-. Así y todo, eso no explica que Ray no se negara a realizar la transferencia.

– Porque tú depositaste todo el dinero en su cuenta, la ley es muy clara en un caso como ese: si ella ordenaba una transferencia, no podíamos hacer otra cosa que cumplir con la orden. Eso fue lo que le dijo el abogado a Ray cuando lo llamó a las cuatro y media, hora en la que tú estabas camino de regreso a casa.

– Ella había firmado un cheque que le entregó al señor Cooke.

– Sí, y si hubieses vuelto al banco e informado a nuestro apoderado de la existencia del cheque, él quizá hubiese podido postergar cualquier decisión hasta el lunes.

– ¿Cómo podía tener la absoluta seguridad de que autorizaría el aporte de fondos a su cuenta?

– No lo tenía. Por eso mismo abrió una cuenta con nosotros y depositó quinientos mil dólares, para hacernos creer que disponía de los fondos para cubrir la compra de Cedar Wood.

– Tú me dijiste que habías investigado a la empresa.

– Lo hice. Kirkbridge y Compañía tiene su sede en Nueva York y obtuvo unos beneficios el año pasado de poco más de un millón de dólares y, sorpresa, sorpresa, la accionista mayoritaria es una tal señora Julia Kirkbridge. Como Su Ling opinaba que era una farsante, llamé para comprobar si esa mañana se celebraba una reunión de la junta. Cuando la recepcionista me informó que no se podía molestar a la señora Kirkbridge porque estaba en dicha reunión, quedó colocada la última pieza del rompecabezas. A eso me refería al hablar de la atención al detalle.

– Así y todo, hay un eslabón que falta -afirmó Tom.

– Sí, y eso la convierte de una timadora vulgar a una estafadora de altos vuelos. En la enmienda de Harry Gates a la ley de subastas públicas encontró el aro por el que tendríamos que pasar.

– ¿Dónde encaja el senador Gates en este asunto? -preguntó Tom.

– Él presentó la enmienda a la ley de subastas donde se estipula que todas las transacciones realizadas por el consejo municipal han de ser pagadas en su totalidad en el momento de firmar el acuerdo.

– Yo le dije que el banco cubriría el monto.

– Ella sabía que con eso no tenía bastante -replicó Nat-, porque la enmienda del senador insiste en que el beneficiario principal -Nat abrió el folleto y le señaló un pasaje que había subrayado- tiene que firmar el cheque y el contrato de la operación. En el momento en que corriste para preguntarle si llevaba el talonario, Julia supo que te tenía cogido por las pelotas.

– ¿Qué hubiese pasado si le decía que la operación quedaba anulada si no ingresaba el dinero?

– En ese caso habría regresado a Nueva York esa misma noche, transferido de nuevo su medio millón al Chase y tú no hubieras tenido noticias de ella nunca más.

– Mientras que de esta manera se embolsó los tres millones cien dólares de nuestro dinero y conservó su medio millón.

– Correcto -asintió Nat-. Cuando los bancos abran esta mañana en San Francisco, el dinero habrá ido a parar a las islas Caimán vía Zurich o incluso Moscú. Haré todas las averiguaciones que pueda, pero no creo que consigamos recuperar ni un centavo.

– ¡Dios mío! -exclamó Tom-. Acabo de recordar que el señor Cooke ingresará el cheque esta mañana y le di mi palabra de que lo pagaríamos en el acto.

– Entonces tendremos que pagarlo -afirmó Nat-. Una cosa es que el banco pierda dinero y otra muy distinta que pierda su reputación, una fama que tu abuelo y tu padre mantuvieron a lo largo de un siglo.

– Lo primero que debo hacer es dimitir -declaró Tom, que miró a su amigo con una expresión muy seria.

– A pesar de que te has portado como un ingenuo, eso es lo último que puedes hacer. A menos, por supuesto, que quieras que todo el mundo se entere de la estafa y se lleven sus cuentas a Fairchild. No, lo único que necesito es tiempo, así que te aconsejo que te tomes algunos días de vacaciones. No se te ocurra volver a mencionar el proyecto de Cedar Wood, y si alguien saca el tema, dile que hable conmigo.

Tom permaneció en silencio durante unos momentos y después comentó:

– La gran ironía es que le pedí que se casara conmigo.

– Y ella demostró ser un genio cuando aceptó -replicó Nat.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Tom.

– Era parte de su plan.

– Una chica lista.

– No estoy muy seguro, porque si vosotros dos os hubieseis casado, estaba dispuesto a ofrecerle un cargo en la junta.

– Así que te engañó a ti también.

– Desde luego -manifestó Nat-. Con sus conocimientos de finanzas no hubiese sido un simple cargo sobre el papel y de haberse casado contigo hubiese ganado mucho más que tres millones cien mil dólares, así que debe de haber otro hombre implicado. -Guardó silencio un momento-. Sospecho que era quien