/ Language: Español / Genre:detective

La Casa del Alfabeto

Jussi Adler-Olsen

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.

Jussi Adler-Olsen

La Casa del Alfabeto

Título original: Alfabethuset

© Jussi Adler-Olsen, 1997

Traducción, Ana Sofía Pascual, 2004 ©

COMENTARIOS DEL AUTOR

Este libro no es una novela de guerra.

La Casa del Alfabeto es una historia basada en la traición que puede llegar a separar a dos personas sometidas a todo tipo de contrariedades: en la vida cotidiana entre dos cónyuges, en el lugar de trabajo o en condiciones extremas, como la guerra de Corea, la guerra de los bóers, la guerra de Irán e Iraq o, como en este caso, la segunda guerra mundial.

El hecho de que la novela se desarrolle precisamente en el marco de esta guerra se debe a varias razones. En primer lugar, soy hijo de psiquiatra y, por tanto, me crié en manicomios, que era como llamaban antes a este tipo de instituciones, durante los años cincuenta y sesenta. Y a pesar de que mi padre era excepcionalmente progresista y renovador para los tiempos que corrían, tuve la ocasión de experimentar de primera mano la manera en que se trataba entonces a los dementes. Muchos de ellos llevaban inmersos en el sistema desde los años treinta, y yo sentía gran curiosidad por conocer tanto los métodos utilizados en el tratamiento psiquiátrico como la idea que se tenía de los hospitales y los médicos, entonces y durante la guerra. A lo largo de aquellos años tuve la ocasión de conocer a un par de pacientes de los que llegué a sospechar que fingían su condición de enfermos; todo ello, visto a través de los ojos ingenuos y despiertos de un niño.

Uno de los pacientes crónicos con el que mi padre casualmente se topó en varias ocasiones a lo largo de los años sobrevivió a todo tipo de situaciones durante el tiempo que estuvo ingresado en diversos hospitales gracias a dos frases o sentencias que utilizaba indiscriminadamente: «¡Sí, en eso tienes algo de razón!», era su comentario a casi todo, lo que, desde luego, no era decir demasiado. Y finalmente salpicaba y finalizaba cualquier situación con una expresión de sincero alivio: «;Oh. gracias a Dios!» Él era uno de los que yo sospechaba, pues con su actitud parecía haberle dado la espalda a la sociedad para, con un fingimiento raro e incomprensible, refugiarse en la paz y la tranquilidad del sistema.

¿Es posible, sin embargo, protegerse a uno mismo y a la misma razón estando inmerso en un sistema así, si no se está realmente enfermo? Al menos resulta difícil creerlo, teniendo en cuenta los métodos bastante expeditivos que se utilizaban entonces. Y me pregunto si, por el camino, no enfermó nuestro paciente parco en palabras.

Años más tarde, mi padre volvió a encontrarse con ese paciente. Que yo sepa, fue en los años setenta, cuando el mundo, en muchos sentidos, se había vuelto más libre, algo de lo que también se había contagiado nuestro hombre. «¡Que te den por culo!», rezaba la tercera sentencia con la que había ampliado su repertorio. Se había dejado llevar por los nuevos vientos que soplaban en la sociedad.

Y una vez más tuve que preguntarme: «¿Estará realmente enfermo o simplemente finge?»

Las ganas de combinar estos dos objetos de mi fascinación -el posible demente y la segunda guerra mundial- se vieron reforzadas ulteriormente durante una conversación que mantuve con una de las amigas ya fallecidas de mi madre, Karna Bruun. Había trabajado de enfermera en Bad Kreuznach bajo las órdenes del profesor Sauerbruch y confirmó y desarrolló una serie de teorías que yo llevaba algún tiempo defendiendo.

Bajo el cielo estrellado de Terracina, en el verano de 1987, le conté mi aún tierna historia a mi esposa. Al igual que hoy, sentía una gran admiración por aquellos autores para los que la investigación y las cualidades literarias son dos valores indivisibles y, gracias a esta historia, logré convencerla de que valía la pena seguir adelante en cuanto tuviera tiempo para ello.

Tuvieron que pasar casi ocho años hasta que este proyecto dio sus primeros frutos.

En el camino, he llegado a estar en deuda con el fideicomiso de Treschow, que me concedió una beca de viaje a Friburgo de Brisgovia, lugar en el que se desarrolla gran parte de la trama de mi novela, con la biblioteca militar de Friburgo y con el jefe de archivos, el doctor Ecker, del Archivo de la Villa de Friburgo.

Desde entonces, mi esposa, Hanne Adler-Olsen, ha sido mi incansable musa y crítica y ha alimentado mi fidelidad a mis ambiciones más antiguas.

Durante la lectura que han realizado mis sabios amigos Henning Kure, Jesper Helbo, Tomas Stender, Eddie Kiran, Cari Rosschou y, ante todo, mi hermana Elsebeth Waehrens y mi madre Karen-Margrethe Olsen, el libro ha experimentado diversos procesos de profundización y reducción, durante los cuales todos los elementos que lo componen han sido evaluados y repasados hasta la extenuación, para al fin alcanzar la forma que yo había deseado que tuviera.

Establecí contacto con la editorial Cicero gracias a la mediación del asesor editorial Ole Stender.

Jussi Adler-Olsen

Primera Parte

CAPÍTULO 1

No hacía el mejor tiempo del mundo. Vientos fríos y pésima visibilidad. Excepcionalmente crudo para un día del mes de enero inglés.

Los tripulantes norteamericanos llevaban ya algún tiempo en las pistas de aterrizaje cuando apareció el inglés larguirucho y se acercó al grupo. Todavía no estaba del todo despierto.

Detrás del primer grupo de pilotos asomó la cabeza de un hombre que lo saludó con un gesto de la mano. El inglés le devolvió el saludo y bostezó sonoramente.

Tras una larga temporada de expediciones nocturnas, resultaba difícil volver a darle la vuelta al día y a la noche. El día se haría interminable.

En lo más alejado de la zona, los aviones se iban desplazando lentamente hacia la parte sur de las pistas de despegue, lo que significaba que pronto el aire se colmaría de ruidos y aviones.

La sensación era, a la vez, deliciosa y abrumadora.

El aviso de la misión provenía del despacho del general de división Lewis H. Brereton, de Sunning Hill Park. En la orden solicitaba el apoyo británico al comandante en jefe de la RAF, el mariscal de aviación Harris. Los norteamericanos seguían impresionados por los Mosquitos británicos, que durante los ataques nocturnos de noviembre sobre Berlín habían descubierto el secreto mejor guardado de los alemanes: las instalaciones bombarderas V-l de Zemplin.

La selección de la tripulación había sido confiada al teniente coronel Hadley-Jones que, a su vez, encomendó las tareas prácticas a su colaborador, el comandante de aviación John Wood.

Su misión era seleccionar a doce tripulaciones británicas; ocho grupos de instrucción y cuatro tripulaciones de apoyo con tareas especiales de observación bajo las flotas aéreas norteamericanas 8 y 9.

Para este propósito se equiparon unos P-51D, cazabombarderos de doble asiento, con aparatos Meddo e instrumental óptico de gran sensibilidad.

Hacía apenas dos semanas que habían seleccionado a James Teasdale y a Bryan Young para que formaran la primera tripulación que debía probar este material bajo lo que venía a denominarse «condiciones normales». Dicho en pocas palabras, podían esperar volver a entrar en combate.

El ataque estaba programado para que tuviera lugar el 11 de enero de 1944. El objetivo de los convoyes de bombarderos serían las fábricas de aviones de Oschersleben, Braunschweig, Magdeburgo y Halberstadt.

Ambos habían protestado por la interrupción de su licencia navideña. Todavía estaban cansados tras los combates.

– ¡Dos semanas para ponerse al corriente de esta diabólica máquina! -suspiró Bryan-. Si no sé absolutamente nada de esos pajarracos… ¿Por qué no tripula el Tío Sam sus propias baratijas?

John Wood estaba de espaldas a los dos, inclinado sobre la documentación:

– ¡Por qué os quieren a vosotros!

– ¿A eso llamas tú un argumento válido?

– Sabréis responder a las expectativas de los norteamericanos y salvaréis el pellejo.

– ¿Nos lo garantizan?

– ¡Sí!

– ¡Dile algo, James! -Bryan se dio la vuelta encarando al amigo.

James se llevó la mano a la bufanda y se encogió de hombros. Entonces Bryan se sentó.

No había nada que hacer.

La operación estaba programada para durar poco más de seis horas. La totalidad de la fuerza, que comprendía 650 bombarderos de cuatro motores de la octava flota aérea norteamericana escoltados por cazas de larga distancia P-51, debía bombardear las fábricas de aviones.

Durante este ataque, el avión de Bryan y James debería abandonar la formación.

Según rumores insistentes, durante los últimos dos meses se había observado una creciente afluencia de albañiles, ingenieros y técnicos altamente especializados, así como un torrente de obreros esclavos de origen polaco y soviético que se dirigían hacia Lauenstein, al sur de Dresde.

Los servicios de inteligencia habían recibido noticias según las cuales se estaban desarrollando trabajos de construcción en la zona, aunque no se sabía qué estaban edificando. Las conjeturas que se hicieron entonces parecían indicar que podía tratarse de fábricas para la producción de combustible sintético, y si éstas resultaban ser ciertas, eso significaría una catástrofe para nuestros intereses, pues daría alas a los alemanes a la hora de llevar a cabo su proyecto de desarrollar nuevas bombas volantes.

Por estas razones, la misión de Bryan y James consistía en fotografiar y levantar planos de esa zona, así como de la red de ferrocarriles de Dresde, de manera tan exacta, que la información del servicio de inteligencia pudiera ser actualizada. Una vez realizada la misión deberían volver y unirse al convoy aéreo, que los llevaría de vuelta a Inglaterra.

Muchos de los norteamericanos que participarían en el ataque ya eran curtidos guerreros del aire y, a pesar de las heladas y del inminente acontecimiento, estaban echados directamente sobre la tierra cubierta de blanco y helada que algunos osaban llamar pista de aterrizaje. La mayoría charlaban como si les aguardara un baile o como si estuvieran en sus casas tumbados en el sofá, pasando el rato tranquilamente en una tarde de domingo. Aquí y allá había alguno que otro con los brazos cruzados alrededor de las rodillas y la mirada perdida. Eran los nuevos e inexpertos que todavía no habían aprendido a olvidar los sueños y a reprimir el miedo.

El inglés, sorteando a los pilotos dispersos por la pista, se dirigió hacia su compañero, que estaba totalmente estirado en el suelo, con la cabeza apoyada sobre los brazos.

Bryan dio un respingo al notar una ligera patada en el costado.

Los copos de nieve se deslizaban por sus rostros, posándose sobre narices y cejas. Las nubes se cernían amenazantes formando olas oscuras. Esa campaña iba a ser muy distinta de las que habían realizado de noche.

El asiento vibraba ligeramente bajo el cuerpo de Bryan. El espacio aéreo que los rodeaba estaba saturado de los reflejos de los radares de los aviones del convoy. Cada uno de los ecos sonaba preciso y distinto de los demás.

Más de una vez, durante los entrenamientos, habían bromeado sobre la posibilidad de repintar los cristales del avión y dejarse guiar únicamente por los instrumentos, tan fiable era aquel equipo.

Una broma que bien podrían haber hecho realidad en esa expedición, pues la visibilidad ofrecía, según palabras de James, «la misma claridad que una sinfonía de Béla Bartók». Los limpiaparabrisas y el morro irrumpían entre las masas de nieve; no veían nada más.

Habían estado en desacuerdo; no sobre la locura de cambiar de servicio y de avión en un plazo tan corto, sino acerca de los motivos de John Wood. Según él, su designación se debía a que eran los mejores, afirmación que James había aceptado sin rechistar.

Bryan se lo había echado en cara. No cabía la menor duda de que John Wood los había elegido porque James jamás se oponía a nada estando de servicio. Era evidente que esa operación no había dado lugar a la polémica por una sencilla razón: porque no había habido tiempo para nada.

Los reproches irritaban a James. Tal como estaban las cosas, ya tenían más de qué preocuparse. Se trataba de una expedición larga y el instrumental era nuevo. Hacía un tiempo de mil demonios. En cuanto hubieran abandonado la formación, nadie los apoyaría. Si la hipótesis de los servicios secretos era correcta, y los alemanes realmente estaban construyendo fábricas importantes para sus intereses, el objetivo estaría muy vigilado. Sería ardua tarea volver a Inglaterra con imágenes de la zona. Sin embargo, James tenía razón. Alguien tenía que hacerlo. Además, esa incursión no podía ser muy distinta de las ya realizadas sobre Berlín. Y seguían vivos.

Bryan estaba sentado tranquilamente en el asiento trasero, realizando su tarea de forma impecable. Poco a poco, las vibraciones iban aplastándole el cabello, que llevaba peinado hacia atrás. El peinado de Bryan era su rasgo distintivo; recién peinado, parecía casi tan alto como James.

Entre las cartas y los instrumentos de Bryan había una fotografía de una chica del cuerpo auxiliar femenino, Madge Donat. Para ella, Bryan era un adonis.

Y a ella se había arrimado Bryan hacía ya tiempo.

Como al compás imperioso de la batuta de un director de orquesta, el fuego antiaéreo alemán inició la obertura de descargas contra los primeros aviones que aparecieron sobre Magdeburgo. Unos segundos antes, James había previsto el fuego de barrera y había avisado a Bryan, y entonces habían desviado el rumbo. A partir de ese momento y durante una hora que se les hizo eterna, estuvieron a merced del diablo, desprotegidos y solos.

– Si me obligas a bajar aún más, rascaremos el culo de esta maldita máquina, James -dijo Bryan, malhumorado, veinte minutos más tarde.

– ¡Tu lenguaje haría que nuestras viejas y distinguidas escuelas se retorcieran de indignación, Bryan! Si nos quedamos a doscientos pies de altitud, no vas a conseguir plasmar nada en tus fotografías.

James tenía razón. Nevaba sobre el objetivo, pero los golpes de viento levantaban los copos del suelo. Si se acercaban lo suficiente, encontrarían huecos por los que hacer las fotografías.

Desde que se habían desviado del mar de llamas que cubría Magdeburgo, nadie se había interesado por su presencia. Por lo visto, nadie había reparado todavía en ellos y Bryan haría todo lo que estuviera en sus manos para que las cosas siguieran así.

A sus espaldas se habían estrellado muchos aviones, demasiados. En medio del estruendo, James le había gritado a Bryan que había visto cazas alemanes disparando unos artefactos que parecían cohetes. Un breve destello seguido de una explosión absolutamente devastadora.

«La Luftwaffe no vale una mierda», había proferido con alboroto la noche anterior un piloto norteamericano con una amplia sonrisa de Kentucky atravesándole la cara. Tal vez a esas alturas ya habría experimentado personalmente algo bien distinto.

– ¡Y ahora, 138 grados hacia el sur! -Bryan seguía el mar de nieve que tenía debajo-. Allá abajo puedes distinguir la carretera principal desde Heidenau. ¿Ves ahora el cruce? Bien, pues sigue el brazo que atraviesa la loma.

La velocidad había bajado a apenas 125 millas por hora, que, con el tiempo que hacía, provocaba unos zumbidos amenazadores.

– Aquí debes cruzar la carretera zigzagueando, James, Pero ¡ten cuidado! Algunos de los repechos meridionales pueden ser muy empinados. ¿Ves algo?, creo que el trecho hacia Geising ofrece buenas posibilidades.

– No veo nada, salvo que la carretera parece bastante ancha. ¿Para qué tan ancha en un sitio tan desierto?

– Estaba pensando lo mismo. ¿No podrías virar hacia el sur ahora? ¡Mira esos árboles! ¿Ves lo espesa que es la vegetación?

____________________ ¿Quieres decir que se trata de una red de camuflaje?

– Tal vez. -Si habían construido fábricas allí, por fuerza tenían que haberlas enterrado en las laderas. Bryan no se fiaba; en cuanto hubieran descubierto una instalación así, los terraplenes no ofrecerían suficiente protección en caso de intensos bombardeos de precisión-. ¡Es una trampa. James! No hay nada que indique que estén construyendo por aquí.

Dado el caso, habían recibido órdenes de dirigirse hacia el norte siguiendo las vías del tren a Heidenau, desviarse hacia el oeste hasta llegar a Freital y seguir de nuevo las vías hacia Chemnitz, tras lo cual deberían seguir adelante hasta alcanzar la línea de ferrocarril hacia Waldheim, donde tomarían rumbo hacia el norte y luego hacia el nordeste. Debían fotografiar minuciosamente toda la red; eso era lo que habían pedido los rusos. Las tropas soviéticas presionaban como locos en torno a Leningrado y amenazaban con arrollar el frente alemán. En su opinión, el nudo ferroviario alrededor de Dresde era el cordón umbilical de los alemanes. Hasta que no se cortara ese nudo, no les faltarían los suministros a las divisiones alemanas del frente oriental. La cuestión era, sin embargo, en cuántos puntos habría que cortar para considerar la acción suficientemente eficaz. Bryan echó un vistazo a la vía férrea que se extendía a sus pies.

En las fotos que estaba tomando no se vería más que unas vías desnudas, cubiertas por la nieve.

El primer estampido llegó sin previo aviso, increíblemente violento, de la cola, apenas a medio metro del asiento de Bryan. Antes de que hubiera tenido tiempo de darse la vuelta. James ya estaba obligando al avión a subir en una aceleración vertical.

Bryan sujetó el gancho del mosquetón al asiento y notó cómo el aire tibio de la cabina era aspirado hacia afuera.

El desgarro sufrido en el fuselaje era del tamaño de un puño; el agujero de salida en el techo, como un plato. Los había alcanzado un proyectil solitario de un cañón antiaéreo de pequeño calibre.

Conque, finalmente, habían pasado algo por alto.

El chirrido del motor durante la brusca ascensión les impedía evaluar si los alemanes seguían disparando.

– ¿Es grave allí atrás? -gritó James haciendo un gesto de satisfacción al escuchar la respuesta-. ¡Ahora empieza la función!

En ese mismo instante, James hizo un rizo completo, ladeó el avión ligeramente y lo dejó caer en barrena. Unos segundos después, los cañones del Mustang empezaron a repiquetear. Varias bocas de fuego los señalaban directamente mostrándoles el camino.

En el centro del mar de llamas había algo que los alemanes no querían, bajo ningún concepto, que vieran.

James hizo que el avión se meciera de un lado a otro en una agitación desconcertante, mientras el personal de la artillería antiaérea intentaba alcanzarlos. Nunca vieron los cañones, pero el estrépito era inconfundible. El Flakzwilling 40 emitía un zumbido característico y espeluznante.

Cuando se hallaban muy cerca del suelo. James enderezó el avión bruscamente. Era su última oportunidad. La zona tenía un ancho de entre una milla y media y dos. La mano de Bryan tenía que ser muy segura para poder tomar alguna foto.

El terreno desapareció bajo el avión. Cuadrados grises y torbellinos azules se alternaban con copas de árboles y edificios. Unas grandes alambradas rodeaban la zona que sobrevolaban estruendosamente. Varias torres de vigilancia descargaron fuego de ametralladora sobre ellos. Era en este tipo de campos donde se mantenía en cautiverio a los obreros esclavos. Los proyectiles trazadores, lanzados en densas descargas desde la espesura de un bosque que apareció frente a ellos, hicieron que instintivamente James bajara el avión aún más y se dirigiera directamente hacia los árboles. Muchas de las descargas de los cañones iban a dar en lo más profundo del bosque, entre los troncos, y hacían enmudecer la resistencia.

Entonces, James rozó las copas de los abetos y dejó que el avión se deslizara directamente sobre una enorme masa grisácea de red de camuflaje, muros, vagones de tren y montones dispersos de mercancías. Bryan tenía donde escoger para sus fotografías. Pocos segundos después, volvieron a tomar altura y desaparecieron del lugar.

– ¿Todo bien? -preguntó James.

Bryan asintió, le dio una palmada en el hombro y rezó para que los cañones que sobrevolaban fueran sus únicos enemigos.

Pero no fue así.

– ¡Está pasando algo raro aquí, Bryan! Si te incorporas, podrás verlo. ¡Es la cubierta protectora del motor! ¿Lo ves? -No era difícil darse cuenta. Una punta de la chapa se había soltado y se había erguido en el aire. Si había sido el picado, un proyectil o la onda expansiva lo que había arrancado el triángulo, ahora no importaba. Se mirara por donde se mirase, aquello era una catástrofe.

– Vamos a tener que reducir mucho la velocidad, Bryan. Te das cuenta, ¿verdad? Hay pocas posibilidades de que podamos volver con el convoy.

– ¡Haz lo que te parezca mejor!

– Seguiremos las vías del tren. Si han enviado cazas detrás de nosotros, probablemente crean que nos dirigimos directamente hacia el oeste. Tú te encargarás de vigilar el espacio aéreo a nuestro alrededor, ¿de acuerdo?

El viaje de vuelta iba a resultar interminable.

El terreno que sobrevolaban se iba haciendo cada vez más llano. En un día despejado podrían haber visto el horizonte dibujándose a su alrededor. De no haber sido por la tormenta, se les podría haber oído a varias millas de distancia.

– ¿Cómo demonios piensas que vamos a volver, James? -dijo Bryan quedamente.

No valía la pena echar un vistazo al mapa; sus posibilidades eran mínimas.

– Tú limítate a vigilar la pantallita que tienes delante, no puedes hacer nada más -se oyó desde el asiento delantero-. Creo que la tapa no se desprenderá, siempre y cuando mantengamos la velocidad de marcha.

– Es decir, siempre que mantengamos el camino más corto de vuelta.

– ¡Rodeando Chemnitz por el norte! ¡Sí, gracias, Bryan!

– ¡Estamos locos!

– ¡Nosotros, no, es la situación!

La línea de ferrocarril que sobrevolaban no era un tramo lateral de segundo orden. Antes o después aparecería un tren de municiones o de transporte de tropas. Unos pequeños cañones de tubo doble fáciles de ajustar o unos cañones antiaéreos Flak 38 de 20 mm podían acabar con ellos rápidamente. Y luego estaban los Messerschmidt. Una presa fácil, podría decirse de ellos; lucha cuerpo a cuerpo y derribo, así de breve sería el informe.

Bryan estaba considerando proponerle a James que ellos mismos pusieran el avión en el suelo, antes de que lo hiciera el enemigo. Su táctica era sencilla y práctica: El cautiverio era preferible a la muerte.

Posó la mano sobre el antebrazo de James y lo sacudió ligeramente.

– Nos han descubierto, James -dijo con voz queda. Sin que mediara comentario alguno. James empezó a descender.

– Naundorf a proa. ¡Ahora debes poner rumbo al norte…! -Bryan tan sólo podía apreciar al enemigo como una sombra sobre el avión-. ¡Ya está! ¡Ya lo tenemos aquí, James! ¡Justo encima de nosotros!

James arrancó el avión del suelo de un único y violento tirón.

Todo el aparato vibró quejumbrosamente durante la aceleración. La repentina ascensión hizo que la cabina se vaciara de aire por culpa de la succión producida a través del agujero que había en el fuselaje detrás del asiento de Bryan. Incluso antes de que éste hubiera divisado el objetivo, empezaron a sonar los cañones de James. Una descarga inexorable en el vientre paralizó al Messerschmidt al instante. La explosión fue mortífera.

El piloto nunca alcanzó a entender lo que le había sobrevenido.

Se oyeron varios estampidos que Bryan no pudo localizar y de pronto se encontraron planeando en el aire. Bryan fijó la mirada en la nuca de James, como si esperara alguna reacción específica. El soplo que entraba por el cristal delantero hecho añicos era testimonio de que el triángulo de la cubierta protectora del motor se había desprendido durante la brusca ascensión. James meneó la cabeza ligeramente y no dijo nada.

Entonces cayó hacia adelante, con el rostro ladeado.

El estruendo del motor creció. Todas las junturas temblaron emitiendo ruidos amenazadores al compás de los rebotes que hacía el avión al atravesar las distintas capas de aire. Bryan tiró del cinturón de seguridad que lo apresaba y se arrojó sobre James, agarró la palanca de mando y tiró de ella hacia el cuerpo inánime.

Un delta de pequeños regueros de sangre se deslizó por la mejilla de James señalando la causa. Sobre y delante de la oreja se abrían dos largas brechas superficiales. La pieza de metal le había alcanzado en la sien y le había desgarrado gran parte del lóbulo de la oreja.

Sin previo aviso, se desprendió estruendosamente un pedazo más de la cubierta del morro y rodó por el ala izquierda. Un crujido anunció que todavía no se había acabado. Entonces, Bryan tomó la decisión por los dos y liberó a James de un tirón.

Como en una explosión, se desprendió la cúpula de la carlinga y la succión arrancó a Bryan del asiento. En medio del ulular del viento helado, Bryan agarró a James por debajo de las axilas y lo arrastró afuera, hasta el ala, donde un viento desgarrador azotó sus cuerpos. En ese mismo instante, el avión desapareció bajo sus pies. La sacudida en el espacio hizo que Bryan soltara a James que, laxo, cayó al vacío. Como un muñeco de trapo, el cuerpo de James flotó en el aire, frenado por el viento. Entonces se abrió su paracaídas de un tirón. El aleteo de los brazos le hacía parecer un pajarito volantón que emprende su primer vuelo.

Los dedos de Bryan eran como témpanos de hielo cuando tiró de la anilla de su paracaídas. En el momento que oyó el chasquido de la tela abriéndose sobre su cabeza, los disparos que llegaban de la tierra crepitaron enviando débiles destellos traicioneros a través del velo de nieve.

El avión dio un bandazo y se precipitó al vacío por detrás de ellos. Si salían a buscarlos, tendrían que emplearse a fondo. Hasta que eso ocurriera, Bryan debería concentrarse para que James, una pequeña bola gris que no paraba de dar bandazos, no desapareciera de su campo visual.

La tierra se acercó a Bryan con una fuerza inusitada y brutal. Los surcos del arado se perfilaban como zanjas de hormigón en la tierra dura y helada. Mientras todavía se encontraba echado en el suelo, intentando recuperar el aliento, el viento volvió a llenar la tela del paracaídas y lo arrastró por encima de los montículos de tierra, que desgarraron su mono de piloto. La nieve suelta había creado nuevos surcos de hielo antes de que Bryan hubiera siquiera alcanzado a notar el dolor.

Bryan vio cómo el cuerpo de James chocaba contra el suelo. Fue una visión terrorífica, como si la parte inferior de su cuerpo se hiciera añicos.

Contra todos los reglamentos, Bryan dejó que el viento se llevara el paracaídas y se dispuso a cruzar los surcos con pasos renqueantes. Algunas estacas demarcaban lo que había sido un corral. Los caballos habían desaparecido, sacrificados hacía ya tiempo. El paracaídas de James se había enganchado entre la corteza y la madera de uno de los postes. Bryan echó un vistazo a su alrededor, todo estaba en silencio. Entre las cascadas de nieve recién caída que lo azotaban, Bryan consiguió agarrar con las dos manos la tela danzante del paracaídas, y se dejó guiar por los tirones regulares de las cuerdas para alcanzar a James.

Tuvo que propinarle tres empellones hasta que consiguió darle la vuelta y ponerlo de costado. La cremallera cedió a regañadientes. Las puntas de los dedos helados de Bryan se abrieron paso entre las bastas prendas de vestir de su amigo. El calor que encontró más bien le produjo dolor.

Bryan contuvo la respiración hasta que sintió el pulso débil del compañero.

Cuando finalmente el viento se hubo calmado, la ventisca también había cesado. De momento todo estaba en calma.

James había empezado a resollar débilmente cuando Bryan lo arrastró hacia una espesura del bosque. Las copas de los árboles eran transparentes. Alrededor de los troncos se amontonaban los despojos de varias generaciones de tormentas prometiendo abrigo y cobijo. Tanta leña desaprovechada sólo podía significar que no vivía nadie cerca de allí, se dijo Bryan.

– ¿Qué dices? -inquirió una voz proveniente del cuerpo que se dejaba arrastrar irresoluto a través de la alfombra de nieve.

Bryan se postró de rodillas y levantó la cabeza de James posándola cuidadosamente en su regazo.

– James, ¿qué ha pasado?

– Pero ¿es que ha pasado algo? -Los ojos de James todavía no se habían abierto del todo. Miró a Bryan y luego dejó vagar la mirada por el espacio sobre su cabeza. Entonces la giró, dirigiéndola hacia el terreno negruzco que acababan de abandonar-. Dios mío, ¿dónde estamos?

– Nos estrellamos, James, ¿Estás herido?

– ¡No lo sé!

– ¿Notas las piernas?

– Están heladas.

– Pero ¿las sientes. James?

– Que sí, joder, ¡ya te he dicho que están heladas! ¿Qué lugar desierto es éste al que me has arrastrado?

CAPÍTULO 2

El cielo matinal parecía burlarse de ellos. La luz de las estrellas aparecía con claridad bajo la línea abierta del horizonte; incluso el firmamento resultaba amenazador.

La visibilidad era muy buena y les permitía dominar el terreno varias millas a la redonda, aunque, en contrapartida, también ellos corrían el riesgo de ser descubiertos.

El paracaídas de James se hallaba en medio de un campo de tal extensión, que podría alimentar a una aldea entera. Desde allí, unas oscuras y nítidas huellas conducían hasta el escondite al que Bryan había arrastrado a James.

La situación empezaba a preocupar a Bryan, ahora que sabía. que su compañero estaba menos maltrecho de lo que cabía suponer. La helada había detenido la hemorragia de la oreja y las hinchazones en el rostro y el cuello de James eran insignificantes gracias a los efectos del frío. Habían tenido mucha suerte.

Y ahora parecía que se les había acabado.

La helada agrietaba las comisuras de sus labios y se iba apoderando lentamente de sus cuerpos. Si querían sobrevivir, tendrían que buscar cobijo en algún lugar.

James estaba al tanto de posibles aviones que pudieran sobrevolar la zona. Desde el aire, los restos que habían dejado en medio del campo no dejarían ninguna duda acerca de lo que allí había sucedido. Si llegaban los aviones, los sabuesos vestidos de verde militar no tardarían mucho en aparecer.

– En cuanto hayamos recogido los paracaídas, creo que deberíamos seguir corriendo hacia la hondonada de allí. -James señaló en dirección norte, hacia unos campos negruzcos y volvió a mirar hacia atrás-. Si nos dirigimos hacia el sur, ¿a cuánta distancia crees que estamos de la población más próxima?

– Si realmente nos hallamos donde yo creo, nos dirigimos directamente a Naundorf. Debe de encontrarse a aproximadamente una milla. Eso creo, pero no estoy seguro.

– Es decir, ¿que las vías del tren están hacia el sur?

– Sí, si no me equivoco. Pero no estoy seguro. -Bryan volvió a echar un vistazo a su alrededor-. Me parece que deberíamos hacer lo que has propuesto -dijo.

Un poco más allá, a lo largo de los primeros setos de abrigo, la nieve se amontonaba protegiéndolos parcialmente de ser vistos. Por tanto, siguieron la hilera de árboles durante algunos minutos hasta que apareció el primer agujero en la nieve. James jadeaba pesadamente y, mientras Bryan arrojaba el paracaídas en la zanja a través de la cavidad que se había abierto, apretó los brazos contra el pecho con fuerza, en un vano intento de ganarle la partida al frío. Cuando Bryan se disponía a preguntarle por su estado, ambos se detuvieron instintivamente y aguzaron el oído. El avión apareció a sus espaldas, moviendo las alas en un ligero balanceo mientras sobrevolaba la espesura que ellos acababan de abandonar. Por entonces. James y Bryan ya se habían echado al suelo. El avión hizo un giro, pasó por encima del campo meridional y desapareció tras los árboles. Durante algún tiempo, el zumbido del aparato se hizo cada vez más profundo, como si fuera a desaparecer. James levantó la cabeza lo suficiente para respirar.

Un silbido les hizo volver la cabeza. Las nubes sobre las copas de los árboles formaban pequeños campos oscuros y en uno de ellos volvió a aparecer el avión. Esta vez se dirigía directamente hacia ellos.

James se lanzó sobre Bryan y lo aplastó con fuerza contra los montones de nieve.

– ¡Tengo un frío de mil demonios! -exhaló Bryan con la cara enterrada en la nieve, bajo el cuerpo de James.

Intentó sonreír. James recorrió su espalda con la mirada y frunció la boca al ver los fondillos desgarrados del mono de piloto de Bryan y los terrones de nieve que se fundían al entrar en contacto con el cuerpo, desbordándose luego por la espalda y las caderas.

– Esperemos que sigas así durante algún tiempo -contestó a la vez que echaba la cabeza hacia atrás-. ¡Si el tipejo de allí arriba nos ha visto, pronto empezarás a sudar como un condenado!

En aquel mismo instante, el avión volvió a pasar por encima de los dos pilotos y desapareció.

– ¿Qué cacharro era? ¿Has podido fijarte? -preguntó Bryan mientras intentaba sacudirse la nieve de la espalda.

– Posiblemente, un Junkers; parecía ligero. ¿Crees que nos habrá visto?

– Si lo hubiera hecho, no seguiríamos vivos. ¡Pero sin duda ha visto las huellas que hemos dejado!

Bryan cogió la mano de James y dejó que éste lo levantara de un tirón. Ambos sabían que tan sólo era cuestión de tiempo hasta que todo terminara para ellos. Si alcanzaban el pueblo, tal vez tendrían alguna oportunidad. Debían confiar en que los campesinos entenderían que no teman intención de oponer resistencia, lo cual no sucedería si el avión o una de las patrullas que probablemente habían enviado detrás de ellos los encontraba antes.

No les darían ninguna oportunidad. Así de sencillo.

Corrieron durante un buen rato sin detenerse. Sus movimientos eran torpes. Cada vez que las botas chocaban contra la tierra helada, el dolor atravesaba sus cuerpos. James no parecía encontrarse bien y estaba pálido como un cadáver.

Oyeron un zumbido quedo que provenía de algún lugar lejano a sus espaldas. James y Bryan se miraron de soslayo. Se oyó un nuevo sonido que venía de delante. No era el mismo sonido, sino más bien el de un tren pesado en movimiento.

– ¿No decías que las vías del tren estaban hacia el sur? -jadeó James volviendo a oprimir las manos heladas contra el pecho.

– ¡Joder, James! ¡También te dije que no estaba seguro!

– ¡Vaya navegante que estás hecho!

– ¿Habrías preferido que le hubiese echado un vistazo al mapa en lugar de sacarte de esa estúpida lata yanqui?

James no contestó, posó la mano en el hombro de Bryan y señaló hacia el fondo de la hondonada grisácea que se extendía a ambos lados, desde donde llegaba el sonido inconfundible de la caldera bombeante de una locomotora.

– Ahora supongo que te habrás hecho una idea más exacta del lugar en el que nos hallamos…

Un simple gesto de Bryan hizo que se relajara. Ahora sabían dónde estaban; la cuestión era si eso les beneficiaría. Se agazaparon detrás de un arbusto de ramas muertas y grises. El tramo de vías férreas emergía del paisaje blanco como finas líneas dibujadas sobre una hoja de papel. El terraplén que se extendía desde las vías del tren tenía un ancho de entre seiscientos y setecientos metros y era bastante abierto.

Por tanto, habían estado al sur de las vías del tren durante todo el tiempo.

– ¿Estás bien?

Bryan tiró del cuello de la chaqueta de piel de James con cuidado, dándole la vuelta, de manera que estuvieran frente a frente. La palidez resaltaba las líneas del cráneo de James. Éste se encogió de hombros y volvió a dirigir la mirada a las vías del tren. Empezaba a clarear lentamente y las sombras en el valle se tornaron móviles y adquirieron forma; una visión majestuosa a la vez que aterradora. El sonido de los enormes convoyes era transportado hasta ellos en pequeñas oleadas por el viento. Los vagones pasaban uno detrás de otro como una cuerda de salvamento entre el frente y la patria. Locomotoras blindadas emitiendo bufidos, una eternidad de vagones plataforma protegidos por cañones, nidos de cañones automáticos al abrigo de sacos de arena y pardos vagones para el transporte de tropas, de entre cuyas cortinas bajadas no escapaba ni el más mínimo atisbo de luz. Una vez hubo pasado el convoy, otros sonidos anunciaron la aparición de nuevos convoyes.

Apenas transcurrían unos minutos entre el paso de un convoy y otro. Durante este corto espacio de tiempo, en el que sus rodillas habían empezado a dormirse bajo los cuerpos encogidos, debieron de pasar miles de destinos humanos; los veteranos extenuados y heridos hacia el oeste, los reservistas asustados y mudos hacia el este. Unas cuantas bombas lanzadas sobre este tramo todos los días y los rusos obtendrían el respiro que tanto ansiaban y el campo libre en la caldera infernal del frente este.

Bryan notó un tirón en la manga. James le impuso silencio con un gesto de la mano y aguzó los oídos. Entonces también Bryan lo oyó. Los sonidos llegaban de ambos lados.

– ¿Perros? -Bryan asintió.

– Pero sólo en uno de los grupos, supongo.

James volvió el cuello de la chaqueta y se incorporó ligeramente.

– El otro grupo está motorizado. Ése era el zumbido que escuchamos antes. Deben de haber abandonado las motos cuando atravesábamos las zanjas.

– ¿Los ves?

– No, pero debe de ser cuestión de segundos.

– ¿Qué hacemos?

– ¿Qué demonios crees que podemos hacer? -James volvió a agacharse y, estando en cuclillas, empezó a mecer el cuerpo hacia adelante y hacia atrás-. Hemos dejado tal rastro que incluso un ciego podría seguirlo.

– ¿Entonces nos rendimos?

– ¿Sabemos lo que hacen con los pilotos derribados?

– No me estás contestando, ¿nos rendimos?

– Tenemos que salir al descubierto, donde nos puedan ver. O creerán que pretendemos engañarlos.

En el momento en que Bryan se disponía a seguir a James hacia el fondo del valle notó el golpe traidor del viento. Un temblor sacudió la parte interior de sus mejillas.

Dieron unos rápidos pasos hasta encontrarse en campo abierto. Allí aguardaron, expectantes y con los brazos en alto, la llegada de sus perseguidores.

Primero no pasó nada. Las voces enmudecieron. Los movimientos cesaron. James susurró que los soldados tal vez habían pasado de largo y dejó caer los brazos.

En aquel mismo instante sonaron los disparos.

La oscuridad invernal que poco a poco iba adquiriendo un tono gris acudió en su ayuda. Cayeron de bruces sobre la tierra fría, uno al lado del otro, interrogándose mutuamente con la mirada. Estaban ilesos.

Bryan empezó inmediatamente a avanzar arrastrándose por el suelo en dirección a las vías del tren. De vez en cuando echaba un vistazo por encima del hombro a James que, con una mirada salvaje, se arrastraba a trancas y barrancas sobre rodillas y codos, superando duros terrones y ramas heladas. La herida de la oreja se había vuelto a abrir y, por cada brazada que daba, unas pequeñas manchas rojas se mezclaban con la nieve que iba levantando a su paso.

Se oyeron unas cuantas descargas de ametralladoras que perforaron el aire sobre sus cabezas en amplios embates. Los soldados no dejaban de gritar mientras disparaban.

– Ahora soltarán a los perros -bufó James, agarrando a Bryan por el tobillo-. ¿Estás preparado para salir corriendo?

– ¿Adonde, James?

Una ola cálida recorrió el vientre de Bryan contrayendo sus entrañas en una defensa descontrolada y desesperada.

– Cruzaremos las vías. Ahora mismo no hay ningún tren.

Bryan alzó la cabeza y echó un vistazo por el amplio y traicionero terraplén que se extendía ante sus ojos. ¿Y luego qué?

En el mismo instante en que enmudecía una descarga prolongada de disparos. James se puso en pie y agarró a Bryan, La pendiente era muy abrupta, casi mortal, si te precipitabas por ella con unas botas que apenas cedían con los golpes, por no mencionar los pies helados y nada elásticos, incapaces de percibir matiz alguno del suelo que pisaban. Los proyectiles silbaban sobre sus cabezas,

Cuando llegaron a un tramo más llano, unos cientos de metros más abajo, Bryan miró hacia atrás rápidamente. James corría detrás de él como si todas sus articulaciones se hubieran congelado, con los dedos tiesos y la nuca hacia atrás. A sus espaldas, la marea de soldados se diseminaba por la pendiente deslizándose sobre las espaldas por el primer y abrupto tramo del terraplén.

Los soldados se retrasaron ligeramente y los disparos cesaron durante unos preciosos segundos. Cuando volvieron a disparar, el blanco había desaparecido. ¡A lo mejor los cerdos se habían cansado! O tal vez delegarían el resto del trabajo en los perros.

Las ágiles y flacas máquinas mortíferas abandonaron ladrando sus cuerdas de acuerdo con el adiestramiento que habían recibido, silenciosamente y sin demora.

Cuando Bryan alcanzó el final de la pendiente, dispuso de una amplia visión a ambos lados, iluminada por la pálida luz de) amanecer.

Por las vías se estaban acercando dos convoyes, uno desde cada lado, lo que les impedía desaparecer entre los setos de abrigo, al otro lado de las vías del tren. Un poderoso estampido hizo estremecerse a Bryan. Todavía a la carrera, James había alcanzado a sacar su revólver Enfield. Una mancha negra en la nieve a cierta distancia atestiguaba que James había herido a un perro que se había abalanzado sobre él.

Los otros tres perros se desviaron instintivamente hacia el rastro que iban dejando los dos hombres, dispuestos a lanzarse sobre la espalda de James.

Uno de ellos, un pastor alemán, se había soltado, sediento de sangre, dejando atrás a su guía y la cadena que le colgaba entre las patas aminoraba su avance ligeramente en relación a los dóberman que lo precedían.

La nieve volvió a levantarse en remolinos alrededor de Bryan y James. Las descargas dispersas terminarían alcanzándolos antes o después.

Volvió a oírse el revólver de James. Bryan manoseó la solapa de la funda de su revólver y asió la culata. Entonces se echó a un lado y apuntó mientras James lo adelantaba.

En un segundo fatal, el perro que James acababa de herir se dejó distraer por la maniobra de Bryan y cerró las mandíbulas en el aire en el mismo instante en que sonó el disparo. El animal dio algunas volteretas antes de quedarse totalmente inmóvil. Los demás chuchos no dudaron en lanzarse sobre Bryan, tal como habían aprendido a hacerlo: contra el pecho y los brazos. Bryan se dejó tumbar y disparó contra uno de ellos en el momento en que le caía encima, sin que alcanzara a herirlo de forma efectiva.

Con la culata del revólver golpeó con fuerza en la nuca al pastor alemán que le colgaba del brazo izquierdo, y el perro cayó muerto a tierra. Bryan se incorporó rápidamente e hizo frente al primer animal que ya saltaba sobre él.

En el mismo segundo en que su mandíbula se cerraba alrededor de la manga de Bryan, el perro empezó a zarandear a su víctima. No tenía intención de soltarla mientras siguiera vivo. Un fuerte puntapié lo hizo volar por los aires, brindándole así la ocasión a Bryan de girar la mano y a su vez disparar contra la bestia. En el momento en que el cuerpo del animal se desplomó, Bryan resbaló y el revólver se le escapó de la mano. Volvieron a sonar las ametralladoras. Los soldados ya no corrían el riesgo de herir a sus perros, que yacían tendidos en la nieve.

James lo aventajaba en unos cincuenta metros. La cazadora de cuero le colgaba suelta de los hombros, que seguían encogidos. Cada vez que pisaba el suelo, un temblor descontrolado recorría su cuerpo.

Hacia el este, a unos pocos cientos de metros más abajo, apareció la segunda patrulla. Aunque los soldados no podían apuntar con seguridad, su sola presencia amenazaba la integridad de Bryan y de James y no tuvieron más remedio que seguir corriendo en dirección a las vías y los dos convoyes, que pronto les cerrarían el paso.

Bryan estaba a punto de quedarse sin aliento, y mientras corría, su cabeza se balanceaba de un lado a otro en un intento de alcanzar a James. Una idea delirante le había rozado la mente. Si los alcanzaban, y tal como estaban las cosas parecía inevitable, siempre sería preferible morir juntos.

El primer tren que les obstaculizó el paso llegaba del este y recorría la vía más cercana.

El personal de la locomotora observaba, impávido, las patrullas que se acercaban a los pilotos desde atrás y desde los lados, Ante sus ojos pasaba traqueteante aquella absurda visión de vagones de madera marrones con el distintivo de la Cruz Roja pintado en el costado en medio de un paisaje desértico y blanco. Ni un solo rostro asomó de las ventanillas de los vagones.

Sobre las otras vías, con rumbo este, dos locomotoras blindadas acopladas entre sí tiraban de una línea de vagones de color verde grisáceo que pronto desapareció detrás de la locomotora delantera del tren ambulancia. Los soldados apostados sobre los últimos vagones del tren blindado ya los habían descubierto y se habían puesto en marcha, pero no podían disparar contra ellos desde allí, pues corrían el riesgo de alcanzar el tren ambulancia.

Bryan dio un paso adelante y notó el soplo que emitió el pie de James al abandonar la huella que acababa de dejar y que ahora pisaba Bryan. De entre la respiración entrecortada de James se oyó un silbido. Bryan aminoró la marcha y miró hacia atrás.

En el preciso instante en que James alcanzó el convoy pasaron dos vagones. James avivó el paso y alzó la mano para agarrar la barandilla más cercana. La sacudida que experimentó al entrar en contacto con el tren le hizo soltar la barandilla de hierro por un instante y, aunque volvió a asirla por la parte inferior, su posición impedía que pudiera subirse al estribo por su propia fuerza. El sudor de la mano se heló al momento. Cuando estaba a punto de perder el equilibrio, Bryan lo alcanzó e intentó agarrarlo.

Un empujón lo impulsó hacia la escalerilla más cercana. Hizo girar el brazo que tenía libre imitando el movimiento de las aspas de molino a fin de mantener el equilibrio mientras corría torpemente de costado. Tras unos cuantos giros soltó su Enfield que, dibujando una amplia curva en el aire, salió disparada por encima del vagón. James trastabilló y durante un corto espacio de tiempo fue arrastrado sobre las traviesas, agarrado a la barandilla por la mano helada que se le había quedado enganchada. Cada vez que una traviesa golpeaba contra su tibia. James caía rodando peligrosamente cerca de las ruedas del tren. Haciendo un último y desesperado esfuerzo, volteó la pierna en un amplio giro y logró subirse de un tirón. Bryan dio un par de rápidos pasos más y se metió en el vagón de delante agarrándose con tal levedad a la barandilla que tan sólo se le quedó enganchado un pedacito de piel en el metal helado.

– ¡Ya está! ¡Ya lo tengo! -gritó James.

En ese mismo instante logró impulsarse hacia arriba con tal fuerza que su cuerpo salió despedido contra la escalerilla metálica.

Por detrás apareció la vanguardia de la primera patrulla, soldados con los rostros amoratados por el frío, demasiado cansados para mantener el equilibrio en la nieve que levantaba el viento. Uno intentó agarrarse a una de las escalerillas que conducía al techo del vagón. Sin embargo, cayó de bruces en el intento y después de dar unos rápidos pasitos de puntillas volvió a tropezar, esta vez dando unas aparatosas volteretas sobre las traviesas.

Pronto el cuerpo del soldado se quedó inmóvil.

Mientras tanto, el tren blindado los habla adelantado y el tren ambulancia empezaba a acelerar obcecadamente.

Y los perseguidores se detuvieron.

CAPÍTULO 3

Las siluetas danzantes de unos árboles desnudos aparecieron sobre las lomas, al sur del tren traqueteante que seguía avanzando.

Poco a poco James había recuperado el aliento y pasó la mano por la espalda de su amigo.

– Incorpórate, Bryan. ¡Vas a pillar una pulmonía!

A ambos les castañeteaban los dientes.

– No podemos quedarnos aquí -dijo Bryan, que se había tumbado sobre el suelo helado.

Por un instante, el tren se inclinó hacia una loma en una curva suave ofreciéndoles una amplia vista.

– Si nos quedamos aquí fuera, nos moriremos de frío o acabarán con nosotros a tiros en la próxima estación. Tenemos que saltar en cuanto podamos.

Bryan, con la mirada vacía, escuchaba con atención el traqueteo cada vez más rápido que producía el contacto de las ruedas del tren con las junturas de los raíles.

– ¡Maldita sea! -añadió quedamente.

– ¿Estás herido? -James no miraba a Bryan-. ¿Puedes ponerte en pie?

– ¡No creo estar más maltrecho que tú!

– Al menos podemos agradecer que hayamos tenido la suerte de subir a un tren ambulancia. Tenemos una plaza hospitalaria asegurada, al otro lado de la puerta.

Ninguno rió. James alcanzó el tirador de la puerta e intentó moverlo. 1.a puerta estaba cerrada con llave.

Bryan se encogió de hombros. Aquello era una locura.

– Nos recibirán a balazos si conseguimos abrir la puerta. A saber lo que se esconde al otro lado.

James comprendió inmediatamente lo que quería decir su compañero. Nadie daba un duro por la cruz roja, aún menos si estaba pintada sobre material alemán. Hacía ya tiempo que abusaban del signo de la misericordia. Incluso los pilotos de los cazas aliados habían dejado de tener vedado ese tipo de transportes, ambos lo sabían mejor que nadie.

¿Y si realmente se trataba de un tren hospital? El odio que sentían los alemanes hacia los pilotos aliados era comprensible. Él también tenía sus razones para odiar a los hombres de la Luftwaffe. Todos tenían cargos de conciencia más que suficientes para olvidar la misericordia. Todos los que participaban en aquella guerra de locos.

Una sola mirada de James hizo que Bryan asintiera con la cabeza. Los ojos sólo expresaron melancolía; melancolía y tristeza.

La suerte había dejado de ser un valor infinito.

El tren se tambaleó al cruzar un paso a nivel. La silueta de una mujer de edad avanzada que irradiaba una autoridad natural se dibujó nítidamente en el camino, al lado de la casilla de peajero que estaba a su cargo.

James sacó la cabeza cautelosamente y echó un vistazo a su alrededor. Todavía estaba oscuro; todo estaba en calma; nada dejaba adivinar lo que traería la próxima curva, ni lo que les aguardaría en la siguiente.

Empezaron a oírse algunos ruidos provenientes del interior del vagón. La mañana había surtido su efecto. Era el pistoletazo de salida para que los enfermeros iniciaran sus tareas. A sus espaldas oyeron el crujido del pestillo de la puerta que unía las plataformas de los dos vagones. Un suave golpecito en el cuello de la cazadora hizo que James alzara la vista. Bryan reculó hasta colocarse detrás de la puerta y le hizo señas a su compañero para que siguiera su ejemplo.

Un segundo después alguien tiró de la puerta. Un joven asomó la cabeza, respiró profundamente y suspiró, complacido. Gracias a Dios, el viento soplaba del norte y el enfermero tuvo que salir al extremo de la plataforma, dándoles así la espalda antes de abrirse la bragueta.

Bryan posó la mano sobre el brazo de James cuando éste empezó a temblar nerviosamente. Pero James retiró el brazo con un gesto impaciente y desplazó el peso a la pierna que estaba mejor colocada a fin de tomar ímpetu para el salto. El enfermero flexionó ligeramente las rodillas y soltó una ventosidad mientras se sacudía satisfecho las últimas gotas de orina al viento.

Desde donde se hallaba Bryan, pareció que James esperaba a que el enfermero diera la vuelta para saltar. El golpe cayó inmisericorde, atravesando el rostro perplejo del alemán, que se precipitó al vacío. Un ruido sordo y el súbito cambio de sentido del cuerpo reveló la muerte del enfermero al chocar contra un olmo solitario que dominaba majestuosamente la ladera que dejaron atrás. En su caída continuada, el cuerpo desapareció tras un arbusto cubierto de hielo.

Tardarían todavía un tiempo en descubrirlo.

Bryan estaba horrorizado. Jamás se habían encontrado cara a cara con la muerte que tantas veces habían causado. James se apoyó contra la pared vibrante del vagón.

– ¡No podía hacer otra cosa, Bryan! ¡Era él o nosotros!

Bryan acercó la frente a la mejilla de James y suspiró.

– ¡Va a resultar muy difícil rendirse después de esto, James!

La ocasión de rendición había sido perfecta. El joven enfermero había salido a la plataforma solo y desarmado. Ahora era demasiado tarde para arrepentirse. Lo hecho, hecho estaba. Las traviesas pasaban zumbando bajo sus pies y el traqueteo de los raíles se iba haciendo cada vez más insistente.

Si saltaban ahora, serían aplastados en la caída.

James volvió la cabeza y acercó la oreja a la puerta. Al otro lado todo estaba en silencio. Escarmentado, se secó las manos en los pantalones, asió el tirador de la puerta, acercó el índice a los labios y asomó la cabeza por la hendidura de la puerta.

Le hizo un gesto a Bryan para que lo siguiera.

El interior del vagón estaba a oscuras. Un tabique indicaba el paso a una estancia más amplia, de la que les llegaban algunos ruidos y un poco de luz. Debajo del techo había algunos estantes repletos de tarros, botellines, tubos y cajas de cartón de todos los tamaños; en una esquina había un taburete. Esa estancia era el espacio reservado al enfermero de noche.

Al chico al que acababan de quitarle la vida.

James se bajó la cremallera de la cazadora cuidadosamente y le indicó a Bryan que hiciera lo mismo con su mono de piloto.

Pronto se encontraron en mangas de camisa y calzoncillos largos. James había lanzado el resto de sus ropas al viento desde la plataforma que acababan de abandonar.

Tenían sus esperanzas depositadas en que no les dispararan inmediatamente al verlos ataviados de aquella guisa.

La visión con la que se encontraron tras el tabique les hizo detenerse: decenas de soldados apiñados en estrechas camas de acero o sobre colchones de crin de rayas grises y blancas en el suelo, pegados uno a otro. Una estrecha franja de tablas desnudas conducía hasta el fondo del vagón; era el único camino que podían tomar. Varios rostros inexpresivos y soñolientos estaban vueltos hacia ellos, aunque no parecía que nadie fuera a reaccionar a su presencia. Muchos todavía llevaban el uniforme puesto. No había ni un solo soldado raso.

Un sofocante hedor a orina y excrementos se mezclaba con unos discretos olores dulzones a alcanfor y cloroformo. La mayoría de aquellos hombres gravemente heridos respiraban con dificultad, pero ninguno se quejaba.

Al pasar lenta y comedidamente por su lado, James saludó con un gesto de la cabeza a aquellos a los que todavía parecía quedarles un poco de vida. Unas sábanas sucias y finas eran lo único que los protegía del frío.

Uno alzó el brazo hacia Bryan, que intentó zafarse con una sonrisa. James estuvo a punto de tropezar con un pie que asomaba por debajo de una sábana. Se llevó la mano a la boca para ahogar una exclamación de sorpresa y dirigió la mirada al hombre que estaba tendido a sus pies. La mirada que le devolvió el oficial era fría y mortecina. Probablemente, el oficial llevaba muerto toda la noche y todavía estrujaba una compresa entre los dedos; la gasa estaba limpia pero el colchón estaba manchado de la sangre que debió abandonar al pobre desgraciado de forma repentina y violenta.

En el mismo momento en que James le arrancaba la gasa de £a mano al muerto y se llevaba el rollo a la herida que tenía en el lóbulo de la oreja y de la que volvía a manar la sangre, oyeron un traqueteo y un chirrido procedente del fondo del vagón de donde habían venido.

– ¡Sígueme! -susurró James.

– ¿Por qué no nos quedamos dónde estamos? -prorrumpió Bryant al llegar al pasillo de comunicación. Casi todo el suelo estaba cubierto de vendas usadas que enrarecían el aire y lo hacían irrespirable.

– ¿Pero es que no tienes ojos en la cara, Bryan?

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Los oficiales del vagón llevaban todos la insignia de las SS. ¡Todos! ¿Qué crees que pasará si, en lugar de los enfermeros, nos descubren unos soldados de las SS? -Le envió una sonrisa triste a Bryan y cerró los labios. Su mirada se endureció-. Te prometo que saldremos de aquí, Bryan, ¡siempre y cuando me confíes las decisiones a mí!

Bryan no dijo nada.

– ¿De acuerdo? -La mirada de James se tornó insistente.

– ¡De acuerdo! -Bryan intentó enviarle una sonrisa.

Un cubo lleno de instrumental cromado tintineó a los pies de Bryan. Una oscura masa líquida e indefinida se escurría por los bordes.

Todo parecía indicar que el cometido primordial de aquel transporte era trasladar a aquellos hijos de la gran Alemania a tierras alemanas.

Si ése era un tren hospital normal y corriente, el frente oriental debía de ser el infierno en la tierra.

El siguiente vagón no estaba a oscuras. Varias bombillas iluminaban las dos hileras de enfermos que se hacinaban a lo largo de las dos paredes del vagón.

James se detuvo detrás de una de las camas y sacó el cuadro médico del paciente. Saludó con una leve inclinación de la cabeza al paciente, que no era consciente de su presencia, y se acercó a la siguiente camilla. Al ver su cuadro médico se quedó paralizado. Bryan se le acercó sin hacer ruido y echó un vistazo a la tarjeta.

– ¿Qué pone? -preguntó en un susurro.

– Pone «Schwarz, Siegfried Antón. Geb. 10.10.1907, Hauptsturmführer».

James dejó caer la tarjeta y lo miró fijamente a los ojos:

– ¡Son todos oficiales de las SS! También en este vagón, Bryan.

Uno de los pacientes que tenían más cerca llevaba muerto varias horas. Un enfermero ingenioso había atado el brazo lisiado en cabestrillo, de manera que las sacudidas ocasionales del tren no incidieran en la fractura. James fijó la mirada en su axila y agarró a Bryan.

Un grito proveniente del vagón que acababan de abandonar hizo que se sobresaltara el oficial cuyo cuadro médico acababan de estudiar. Los miró con las comisuras de los labios borboteantes de espuma.

Más adelante, donde los vagones se acoplaban con fuelles de lona de color marrón negruzco, se dieron cuenta de que el siguiente vagón era distinto. El ruido de los raíles estaba más amortiguado que antes. El tirador era de latón. La puerta se abrió sin chirridos.

Allí no había tabique. Unas pocas lámparas que desprendían una luz amarillenta iluminaban diez camas dispuestas en paralelo, tan juntas que los enfermeros apenas podían escurrirse entre ellas. Las botellas de vidrio que pendían sobre las cabeceras con sus líquidos prolongadores de la vida tintineaban débilmente contra los soportes de acero. Éste era el único ruido que se oía en el vagón. En cambio llegaban unas voces muy nítidas desde el vagón de delante.

James se encajonó entre las dos primeras camas y se inclinó sobre el paciente que tenía más cerca. Se detuvo un instante a observar la caja torácica del enfermo, que subía y bajaba de forma casi imperceptible. Luego se dio la vuelta sin hacer ruido y acercó la oreja a la región cardíaca del siguiente paciente.

– ¡Qué diablos estás haciendo, James! -protestó Bryan en voz tan baja como le fue posible.

– ¡Encuentra a uno que se haya muerto, pero date prisa! -dijo James sin mirarlo mientras se apresuraba a pasar al siguiente.

– ¿Acaso pretendes que nos echemos en sus camas?

Bryan no se creyó, ni por un instante, su propia ocurrencia descabellada.

Sin embargo, la mirada que James le dirigió mientras se incorporaba le hizo cambiar de parecer. «¿Qué otra cosa te habías imaginado que podíamos hacer», parecían decir sus ojos.

– ¡Nos matarán. James! Si no es por el enfermero, será por esto.

– Cállate ya, Bryan. ¡Nos matarán hagamos lo que hagamos, en cuanto tengan la menor ocasión! ¡Puedes estar seguro de ello!

James se incorporó de un salto sobre el lecho y empujó el cuerpo hacia adelante. Luego despojó al hombre del camisón y dejó que el cuerpo inánime volviera a derrumbarse violentamente contra la cabecera de la cama con los brazos colgando a ambos lados.

– Ayúdame -le dijo en tono imperioso mientras le arrancaba la cánula del brazo al muerto y lo despojaba de las mantas que lo cubrían. Un hedor podrido provocó los jadeos de Bryan.

James empelló el cuerpo hacia adelante para que Bryan pudiera agarrarlo. La fina piel del muerto estaba magullada y fresca, aunque sin llegar a estar fría del todo. Las náuseas y las arcadas hicieron que Bryan contuviera la respiración y apartara la vista mientras James tiraba de los ganchos de la ventana más próxima hasta que los nudillos de sus manos se volvieron blancos y duros.

Bryan, que a punto estuvo de desplomarse, se mareó al notar el aire helado que entraba por la ventana. James retorció el cuerpo librándolo de los brazos de su compañero, levantó ligeramente el brazo derecho del muerto, echó un vistazo por debajo de éste para, acto seguido, clavar la mirada en su rostro; no era mucho mayor que ellos.

– ¡Échame una mano de una maldita vez, Bryan!

Al agarrarlo por las axilas, los brazos laxos del cadáver se elevaron en el aire. Bryan buscó sus pies y tiró de ellos. Entonces James se reclinó tanto como pudo y trasladó el cadáver al otro lado. Respiró profundamente y empujó el cuerpo del soldado hacia arriba con toda su fuerza, de manera que la nuca quedara apoyada en el estrecho marco metálico de la ventana durante un momento. Cuando se liberó del peso y el cadáver aleteó libremente en el aire atravesando la fina capa de hielo de la zanja que en aquel mismo instante cruzaba las vías del tren, Bryan empezó a comprender lo que había pasado.

Ya no cabía la posibilidad de dar marcha atrás y volver a la inocencia de antaño.

James se apresuró a dar la vuelta a la cama para tomarle el pulso al siguiente cuerpo. Repitió el procedimiento y empelló el cuerpo hacia adelante.

Sin que mediara ni una sola palabra, Bryan recibió el cuerpo y echó la manta que lo cubría al suelo. Ese hombre tampoco llevaba vendajes, pero era algo más pequeño y de complexión más fuerte que el anterior.

– Pero ¡si no está muerto! -objetó Bryan a la vez que estrechaba el cuerpo caliente entre sus brazos. James echó el brazo del paciente hacia atrás y miró a su axila.

– Grupo sanguíneo A positivo. ¡Recuérdalo, Bryan!

Dos tenues inscripciones en la axila mostraron el trabajo del tatuador,

– ¿Qué me estás diciendo, James?

– Que éste se te parece más a ti que a mí y que, por tanto, a partir de ahora tu grupo sanguíneo es el A positivo. Todos los soldados de las SS llevan tatuado el grupo sanguíneo en la axila izquierda y la mayoría, además, el emblema de las SS en la derecha.

Estas palabras hicieron que Bryan se detuviera:

– ¡Estás loco! ¡Así nos descubrirán en seguida!

James no reaccionó. En su lugar consultó los cuadros médicos de las dos camas y los estudió, uno a uno.

– Tú te llamas Amo von der Leyen y eres Oberführer. Yo me llamo Gerhart Peuckert. ¡Acuérdate!

Bryan miró incrédulo a James.

– ¡Oberführer! ¡Sí, has oído bien! -El rostro de James reflejaba gravedad-. ¡Y yo soy Standartenführer! ¡Hemos prosperado una barbaridad, Bryan!

Pocos segundos después de que se hubieran desnudado y hubieran hecho desaparecer su ropa por la misma ventanilla por la que habían hecho desaparecer a los dos soldados, el soplo de una casa adyacente les avisó de que acababan de cruzar un paso a nivel.

– ¡Quítatela! -le dijo James señalando la placa de identificación que Bryan llevaba colgando en el pecho desde hacía cuatro años.

Bryan titubeó. De un súbito tirón. James se la arrancó. Bryan sintió un vacío en el estómago cuando su compañero arrojó las dos placas por la ventanilla.

– ¿Y el pañuelo de Jill? -dijo Bryan señalando la pañoleta con el corazón bordado que todavía pendía alrededor del cuello de James. James no se molestó siquiera en comentarlo y se puso el camisón que le había quitado al cadáver.

James, que seguía sin inmutarse, se subió a la cama y se echó sobre las sábanas mugrientas y las heces del muerto. Aspirando profundamente se centró un instante en silencio, fijó la mirada unos segundos en el techo y susurró entonces sin volver la cabeza:

– ¡Vale! Hasta ahora, todo bien. Ahora tendremos que quedamos aquí tendidos, ¿lo has entendido? Nadie sabe quiénes somos y nosotros no se lo vamos a contar. Recuerda: ¡pase lo que pase, debes mantener la boca cerrada! Si metes la pata, aunque sólo sea una vez, estaremos acabados.

– ¡No hace falta que me lo digas, joder! -Bryan miró con disgusto la sábana manchada. Cuando se echó sobre ella le pareció húmeda-. Prefiero que me cuentes qué crees que dirán los enfermeros cuando nos vean. ¡No vamos a poder engañarlos, James!

– Tú limítate a mantener la boca cerrada y a hacerte el inconsciente, así no se darán cuenta de nada, puedes estar seguro de ello. ¡Debe de haber más de mil heridos en este tren!

– Tengo la impresión de que los que están aquí son algo especiales…

Un chasquido metálico proveniente del vagón anterior les hizo callarse y cerrar los ojos. Oyeron pasos que avanzaban hacia ellos, pero pasaron de largo y siguieron hasta el vagón siguiente. Bryan distinguió un uniforme entre las pestañas apretadas y vio cómo desaparecía por la puerta.

– ¿Qué hacemos con las cánulas, James? -dijo Bryan con voz queda.

James echó un vistazo por encima del hombro. El tubo de goma colgaba suelto al lado de la cama.

– No vas a conseguir que me lo clave en el brazo -prosiguió.

La expresión del rostro de James le puso la carne de gallina.

James se levantó de la cama silenciosamente y agarró del brazo a Bryan, que abrió los ojos aterrado.

– ¡No lo hagas! -bufó-. ¡No tenemos ni idea de lo que tenían esos soldados! ¡Nos pondremos enfermos!

El grito sofocado de Bryan advirtió a James de que tales consideraciones habían dejado de tener importancia. Bryan, estupefacto, se quedó mirando la cánula que había penetrado en la sangradura de su brazo mientras el tubo seguía bandeando de un lado a otro y James volvía a echarse en el lecho de muerte del vecino.

– No debes tener miedo, Bryan. Lo que estos soldados tenían no es nada de lo que nos vayamos a morir.

– Eso no puedes saberlo. Al fin y al cabo no tienen heridas por ningún lado. Puede que tengan las enfermedades más espantosas del mundo.

– ¿Prefieres que te ejecuten a aprovechar esta ocasión?

James bajó la mirada hasta su brazo y apretó la cánula con fuerza. Volvió la cabeza e introdujo la aguja en un punto fortuito de la vena hasta casi perder el sentido.

En ese mismo instante la puerta del vagón de detrás se abrió.

Bryan sintió que su corazón lo traicionaba al latir con demasiada fuerza y sonoridad cuando los pasos se mezclaron con las voces. No entendía nada. Para él, las palabras eran meros sonidos, nada más.

De pronto apareció en su mente la memoria nítida de muchos días alegres en Cambridge.

Por aquel entonces, James había estado demasiado ocupado estudiando alemán, idioma en el que estaba especializado, para abandonarse al júbilo generalizado. Y ahora se encontraba postrado a su lado, conquistando sus laureles/pues entendía lo que me estaba diciendo. Bryan se reconcomía de remordimiento. Si hubiera podido, habría dado todas sus horas de amor, todos sus flirteos retozones y demás placeres y delicias a los que se había abandonado por entender aunque sólo fuera una fracción de lo que se decía en ese momento en el vagón.

En su impotencia, Bryan se aventuró a entreabrir los ojos. Al fondo del vagón había un grupo numeroso de personas inclinado sobre una cama consultando el cuadro médico de un paciente.

Entonces la enfermera corrió la sábana por encima de la cabeza del paciente mientras los demás seguían su ronda. Un sudor frío y húmedo se asentó en el nacimiento del cabello de Bryan y empezó a deslizarse por su cara.

Una mujer pechugona entrada en años, que aparentemente ostentaba cierta autoridad, precedía al resto del grupo evaluando con mirada experta a los pacientes mientras sacudía los cabezales de las camas metálicas. Al ver la oreja de James se detuvo y se escurrió entre las camas de Bryan y James.

Murmuró un par de palabras y se inclinó aún más, como si quisiera tragarse a James.

Cuando volvió a incorporarse, se dio la vuelta y miró a Bryan en el mismo momento en que éste cerraba los ojos. «Dios mío, haz que pase de largo», pensó, prometiéndose a sí mismo que no volvería a ser tan imprudente.

El sonido de sus tacones fue amortiguándose a medida que se alejaba. Bryan echó un vistazo a su alrededor por el rabillo del ojo. James seguía tendido a su lado, completamente relajado, con el rostro vuelto hacia él y los ojos cerrados, sin el más leve parpadeo que pudiera delatarlo.

Quizá James tenía razón cuando le había dicho que el personal médico no era capaz de distinguir a un paciente de otro.

En cualquier caso, la enfermera en jefe había pasado por su lado sin inmutarse.

Pero ¿qué pasaría cuando les sometieran a un examen más exhaustivo? ¿Cuando tuvieran que lavarlos? O cuando se presentaran las ganas de orinar o, en su caso, cuando tuviera que defecar. Bryan no se atrevía a pensar en las consecuencias y ya empezaba a notar ciertos retortijones en el vientre que iban en aumento.

Cuando la enfermera en jefe hubo echado el último vistazo a la última cama del vagón, batió las manos y profirió una orden. Poco después se hizo un profundo silencio en el vagón.

Al cabo de unos pocos minutos Bryan volvió a entreabrir los ojos. James lo estaba mirando fijamente con una mirada elocuente.

– Se han ido -susurró Bryan mientras echaba una mirada a la hilera de camas-. ¿Qué pasó?

– A nosotros nos dejan para más tarde. ¡Hay otros que están más necesitados de sus atenciones!

– ¿Entiendes lo que dicen?

– ¡Sí! -James se llevó la mano a la oreja y recorrió su cuerpo con la mirada. Las heridas que tenía en el cuerpo y en la mano no saltaban a la vista-: ¿Qué aspecto tienen tus heridas?

– ¡No lo sé!

– ¡Pues a ver si te enteras!

– ¡Pero si no puedo quitarme la camisa ahora!

– ¡Inténtalo! Tienes que secarte la sangre, si es que la hay. ¡Si no lo haces, puede que sospechen de ti!

Bryan miró la cánula de soslayo. Examinó la sala, inspiró profundamente y se sacó la camisa por encima de la cabeza, de manera que le colgara del brazo en el que se había introducido la cánula.

– ¿Qué pinta tiene? -se oyó de la cama vecina.

– ¡No demasiado buena!

Tanto los brazos como los hombros estaban necesitados de una ablución a fondo. Las heridas no eran profundas pero tenía una brecha en el hombro que le llegaba a la espalda.

– Lávate con la mano. Utiliza saliva y luego lámete la mano. ¡Pero date prisa, Bryan!

James se incorporó ligeramente en el lecho. Cuando la brecha en el hombro de Bryan volvió a estar tapada por la camisa, James asintió ligeramente con la cabeza. Sus labios intentaron dibujar una sonrisa, pero su mirada denotaba que le preocupaban otros asuntos.

– ¡Tenemos que tatuarnos, Bryan! -dijo-. ¡…Cuanto antes mejor!

– ¿Cómo se hace?

– Se inyecta tinta bajo la piel. ¡Usaremos la cánula!

Bryan se mareó con sólo pensarlo.

– ¿Y la tinta?

– Creo que podemos utilizar la mugre de las uñas.

El examen de las manos confirmó que la cantidad de mugre sería más que suficiente.

– ¿No crees que podemos contraer el tétanos?

– ¿Cómo?

– ¡Por la mugre de las uñas!

– ¡Olvídalo, Bryan! Ése no es nuestro mayor problema.

– Pero ¿es que no piensas en lo que puede llegar a doler?

– ¡No! Estoy pensando en lo que debemos tatuarnos.

La nitidez de la frase sorprendió a Bryan. En ningún momento se le había ocurrido hacerse esa pregunta. ¿Qué iban a tatuarse?

– ¿Qué grupo sanguíneo tienes tú. James? -preguntó.

– Grupo 0, Rh negativo, ¿y tú?

– B, Rh positivo -contestó Bryan quedamente.

– Pues vaya mierda -dijo James cansinamente-. Pero estucha, si no nos tatuamos A+, en algún momento se darán cuenta de que algo anda mal, ¡cono! Debe de ponerlo en el expediente, ¿no?

– ¿Y qué pasará si nos hacen una transfusión con la sangre equivocada? ¡Es peligrosísimo, joder!

– Supongo. -Esto último lo dijo en voz muy baja-. Tú puedes hacer lo que te dé la gana, Bryan, pero yo pienso tatuarme el A+

La fuerte presión que Bryan sentía en el abdomen lo confunda haciendo que mezclara los problemas. No iba a poder soportarlo por mucho tiempo.

– Tengo que mear -dijo.

– ¡Pues mea! No tiene sentido aguantarse aquí,

– ¿En la cama?

– ¡Sí, joder, Bryan, en la cama! ¿Dónde, si no?

Unos movimientos bruscos provenientes del vagón de detrás los llevaron a cerrar los ojos de golpe y a quedarse inmóviles en h postura en que se hallaban. Bryan estaba incómodo, con un brazo debajo del cuerpo y el otro sobre la manta. Aunque habría querido, ahora le resultaba imposible orinar.

Los mecanismos de cierre decidían por sí mismos.

Bryan creyó "poder distinguir al menos a cuatro enfermeras teniendo en cuenta la entonación y la calidez de las voces. Probablemente una pareja de enfermeras se encargaba de hacer una cama. Bryan no se atrevió a girar la cabeza.

Al fondo de la sala, uno de los equipos de enfermeras bajó el larguero de la cama del muerto. Seguramente se disponían a trasladar el cuerpo a otro lugar.

El equipo que tenía más cerca parloteaba mientras trabajaba con eficacia.

Bryan consiguió entrever que al paciente que ocupaba la cama de delante le habían levantado la camisa por encima de la cabeza, de manera que ahora tenía las piernas y los genitales al descubierto. Estaban inclinadas sobre su cuerpo y movían las manos en círculos frotándolo sin parar, con el único propósito de acabar cuanto antes.

Las enfermeras que se hallaban en el otro extremo del vagón ya habían conseguido envolver el cadáver en la sábana y se disponían a darle la vuelta. En el momento en que lograron depositarlo en el centro de la sábana, se oyó una voz que provenía del cuerpo, lo que hizo que las cuatro enfermeras cesaran en sus tareas. Una herida larga que se extendía desde el hombro hasta el occipucio había empezado a sangrar. Sin prestarle ninguna atención a la herida, la más menuda de las mujeres se sacó la insignia de enfermera del cuello del uniforme y punzó al hombre en el costado con la aguja. Si gimió, al menos Bryan no lo oyó. Fuera cual fuese su evaluación a la hora de determinar si el hombre había muerto o no, prosiguieron en el empeño de envolverlo en la sábana.

¡No sabía cómo James y él conseguirían quedarse totalmente quietos para que nadie sospechara nada! Bryan observó los rostros impasibles de las enfermeras mientras trabajaban. ¿Qué pasaría si lo pinchaban con la aguja? ¿Podría mantenerse inmóvil? Bryan lo dudaba.

La sola idea lo hizo estremecerse.

Bryan se sobresaltó cuando pasaron por alto a James y se dirigieron directamente hacia él. Unas manos presurosas le quitaron la manta de un tirón. Un solo tirón bastó para darle la vuelta.

Eran mujeres jóvenes. La vergüenza se hizo desagradablemente presente cuando le separaron las piernas y empezaron a secarle alrededor del ano y por debajo de los testículos con movimientos bruscos.

El agua estaba helada y el sobresalto a punto estuvo de provocarle un temblor localizado en los bíceps femorales. Bryan infernaba concentrarse por todos los medios. Si conseguía que no sospecharan de él ahora, tendría mucho ganado. «Mantén los brazos cerrados», pensó mientras volvían a darle vuelta.

Una de las mujeres le separó las nalgas con un movimiento violento y luego golpeó la sábana entre sus piernas. Intercambiaron unas palabras. Tal vez se extrañaran de que la sábana siguiera estando seca. Una de las enfermeras se inclinó sobre él y al segundo siguiente Bryan notó el soplo de una bofetada. En esa fracción de segundo logró registrar que lo golpearían y sabía que debía relajarse. El golpe cayó con fuerza sobre el pómulo y b ceja sin que Bryan se inmutara.

Entonces también podía esperar que lo pincharan con la aguja.

Dejó volar los pensamientos dejando atrás la pesadilla de la realidad en aquel tren traqueteante y notó el pinchazo de la aguja en el costado.

Su cuerpo se congeló. Pero no movió ni un solo músculo.

Si volvían a hacerlo, resultaría más difícil contenerse.

Entonces el tren empezó a dar tumbos. Un inmenso temblor recorrió el vagón y las camas empezaron a crujir. De pronto se oyó un golpe seco proveniente del fondo de la sala. Las dos mujeres que acababan de alcanzar la cama de James profirieron un grito al unísono y corrieron hasta el fondo del vagón. El cadáver se había caído al suelo. Bryan bajó la mano hasta el lugar dolorido de la cadera donde lo habían pinchado con la aguja. En el lecho vecino estaba James con el camisón tapándole la mitad del rostro. En medio de la oscuridad, entre los pliegues del camisón, asomaba la cabeza de James, que lo miraba con los ojos muy abiertos y un rostro tan blanco como la cal.

Transidos de angustia, los labios de Bryan formaron unas palabras mudas de consuelo en un intento de comunicarle a James que no debía temer nada y que tenía que relajarse y cerrar los ojos. Sin embargo, su compañero estaba muy lejos, hundido en la tensión y el miedo.

Unas furtivas gotas de sudor poblaron su rostro y no tardaron en escurrirse libremente mejillas abajo.

Unos tirones repetidos precipitaron a las enfermeras hacia adelante haciendo que se les cayera de las manos el peso muerto que transportaban. Sus lamentos a gritos llevaron a las mujeres que se encontraban detrás de Bryan a precipitarse en su ayuda. James se estremeció debajo de la manta cuando pasaron por su lado y empezó a jadear.

Dos fuertes sacudidas hicieron que temblara el vagón y Bryan se vio arrojado hasta el borde de la cama. James encogió las piernas y se agarró a la sábana convulsivamente.

En medio de los empellones constantes del tren, Bryan estrechó un brazo hacia James como queriendo tranquilizarlo, pero James no se daba cuenta de nada. Un grito aterrador se iba formando en lo más profundo de su garganta. Antes de que pudiera dar rienda suelta al aullido, Bryan se incorporó en la cama y agarró la palangana de acero que se habían dejado las enfermeras al lado del cuerpo desnudo de James.

El agua se precipitó contra la pared cuando Bryan golpeó a su compañero en la sien con la palangana. Las enfermeras se incorporaron al oír el golpe, aunque sólo vieron el cuerpo de Bryan, que pendía desde el borde de la cama. La palangana había aterrizado en el suelo, apoyada contra la pared y boca abajo.

Según Bryan pudo apreciar. James no despertó las sospechas de las enfermeras cuando lo lavaron. Acabaron su trabajo en medio de charloteos, más preocupadas por intercambiar frases que por fijarse en la axila del paciente, que carecía del tatuaje habitual.

Cuando se fueron, Bryan estuvo contemplando a James durante un buen rato. El lóbulo mutilado de la oreja y los morados que atravesaban su rostro hacían que su cabeza, normalmente armoniosa, pareciera torcida y añadían unos cuantos años a su edad real.

Bryan suspiró.

Según la imagen que había quedado grabada en su memoria cuando saltaron al tren, debían de encontrarse en el quinto o el sexto vagón. A sus espaldas había vagones hasta donde alcanzaban sus ojos. Si las circunstancias exigían que saltaran del tren a plena luz del día, serían adelantados por, tal vez, cuarenta vagones. Era poco probable que lograran huir sin ser descubiertos. ¿Y dónde se refugiarían? ¿A miles de millas de distancia de las líneas enemigas?

Y lo que era aún peor, ya no podrían darse a conocer. Tenían tres muertes sobre su conciencia, alegarían. ¿De qué serviría entonces que uno ya estuviera muerto y otro moribundo cuando los arrojaron del tren? Sin sus uniformes recibirían el tratamiento de espías, y antes de ser ejecutados, los torturarían hasta sonsacarles todo lo que sabían.

A pesar de los sufrimientos de los que Bryan había sido testigo durante la guerra, sentía que la injusticia los había alcanzado con una fuerza excesiva. No estaba preparado para morir. Seguía habiendo muchas cosas por las que vivir. La evocación de imágenes de familiares estrechamente unidos no sólo despertó en él la nostalgia, la desesperación, sino también el calor.

En aquel mismo instante, el cuerpo de Bryan logró relajarse dando rienda suelta a la evacuación lenitiva de la vejiga.

Poco a poco, el tren había recuperado su ritmo tranquilo. La luz pálida del sol invernal se abrió paso en el vagón, atenuada por los cristales esmerilados. Unas voces presagiaron nuevos exámenes.

Varias personas se desplazaban silenciosamente alrededor de alguien vestido con una bata blanca que despuntaba por encima de los demás y se dirigía con paso firme hacia la primera cama. Cuando llegó hasta ella abrió el cuadro médico con tal violencia que la estructura metálica empezó a vibrar. Anotó unas cuantas palabras, arrancó la hoja de papel del marco y se la pasó a la enfermera que había examinado anteriormente a los pacientes.

No examinaron a nadie. El largo oficial médico se limitó a inclinarse sobre la cama, intercambió algunas palabras con el personal, dio algunas instrucciones y prosiguió la ronda. Al llegar a la cuarta cama, la que ocupaba Bryan, el médico repasó la ficha con respeto, le susurró algo al oído a la enfermera en jefe y sacudió la cabeza.

Luego hizo un gesto dirigido a la cabecera de la cama de James con el dedo y, acto seguido, una joven dio un salto hacia adelante y la elevó. Bryan hizo todo lo posible porque su respiración apenas fuera perceptible y por pasar desapercibido. Si decidían auscultarlo, notarían que su pecho era un caos de explosiones.

La charla se prolongaba a los pies de su cama. Bryan reconoció la voz aguda de la enfermera en jefe y presintió que ni sus reacciones, ni su estado general la habían satisfecho. Alguien sacudió la cama levemente mientras otra persona se colocaba pegada a sus espaldas. Entonces unas manos enormes lo agarraron por los brazos y le dieron la vuelta. Un suave golpe con las yemas de los dedos sobre las cejas precedió a otro. Bryan estaba seguro de que había parpadeado involuntariamente y casi dejó de respirar.

Las voces se mezclaron entre sí y, de pronto, por sorpresa, alguien le apoyó el pulgar en el párpado y le abrió el ojo. Los destellos de la luz concentrada de una linterna sondearon su ojo y lo deslumbraron por completo. Luego le dieron un cachete y volvieron a iluminarlo con la linterna.

Un aire frío le rozó el pie y las manos, asentándose en los dedos de los pies mientras el médico volvía a abrirle el párpado. Aparentemente, los repetidos pinchazos que infligieron a sus pies no los sacaron de dudas. Bryan, aterrorizado, permaneció totalmente inmóvil.

El trapo empapado en amoníaco que apretaron contra su rostro lo pilló desprevenido. El shock que se abrió camino como un taladro a través del cerebro y las vías respiratorias surtió efecto. Bryan abrió los ojos, sumergió la cabeza en la almohada alejándola del trapo y jadeó.

Un par de ojos se perfilaron cerca de su cabeza y a través de sus lágrimas. El médico le dirigió algunas palabras y le golpeó la mejilla suavemente. Entonces volvieron a incorporarlo y elevaron la cabecera de la cama un par de dientes más, enfrentándolo así a sus enemigos.

Bryan optó por fijar la mirada en la pared que tenían a sus espaldas y recibió los siguientes golpes con los ojos dilatados. «Contén la respiración… No parpadees.» James y él habían matado el tiempo con ese tipo de concursos en la habitación de detrás de la cocina, en la casa de campo de Dover.

Los siguientes golpes fueron más fuertes. Bryan no se resistió y dejó que su cabeza cayera ligeramente hacia atrás, como si no tuviera por dónde sujetarse. Después de un breve intercambio de pareceres, el grupo se disolvió y tan sólo una persona se quedó a los pies de la cama, anotando algo en el expediente. El roce del lápiz contra el papel fue sustituido por el chasquido de las tapas del portafolios al cerrarse.

Bryan permaneció con los ojos bien abiertos. Durante el tiempo que duró la visita médica se dio cuenta de que no le quitaban el ojo de encima. Sus ojos se fueron cerrando lentamente. En medio del sopor que había hecho presa en su cuerpo, apenas notó la inyección que le administraron.

CAPÍTULO 4

– ¡Venga! -se oyó decir a lo lejos a una voz que se mezclaba con sonidos estivales e imágenes nebulosas-. ¡Venga ya, Bryan!

Una sensación de mareo se apoderó de él y la voz se tornó más sombría y potente. Entonces notó que le tiraban del brazo. Bryan tardó un tiempo en darse cuenta de dónde estaba.

El tren estaba en penumbra y reinaba el silencio. Una sonrisa cauta de James fue sustituida por un último tirón y Bryan le devolvió la sonrisa.

– Vamos a tener que hablar en voz muy baja.

Bryan asintió con la cabeza; había entendido la situación.

– Estabas inconsciente cuando me desperté -prosiguió James-. ¿Qué pasó, Bryan?

– ¡Te dejé fuera de combate, te golpeé! -dijo Bryan mientras intentaba concentrarse-. ¡Y entonces nos examinaron! Exploraron mis pupilas. Y yo abrí los ojos involuntariamente. Saben que hay algo raro en mí.

– ¡Lo sé! Han pasado a verte unas cuantas veces.

– ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?

– ¡Haz el favor de escucharme, Bryan! -exclamó James-. El vagón de delante está lleno de soldados. Vuelven a casa de permiso, pero creo que también les han encargado la vigilancia de los pacientes.

– ¿A casa?

– Sí, nos estamos adentrando en Alemania. No nos hemos detenido ni una sola vez en lo que va de día. En este último tramo han aminorado la velocidad. No sé a dónde nos dirigimos, pero ahora mismo estamos parados en Kulmbach.

– ¿Kulmbach? -A Bryan le costaba seguir la conversación-. ¿Kulmbach? ¿Kulmbach? ¿El tren estuvo parado?

– Al norte de Bayreuth -susurró James-. Bamberg, Kulmbach, Bayreuth, supongo que lo recordarás, ¿verdad?

– Me pregunto qué me inyectaron. ¡Tengo la boca sequísima!

– ¡Intenta sobreponerte, Bryan! -Unas cuantas sacudidas hicieron que Bryan volviera a abrir los ojos-. ¿Qué pasó cuando nos lavaron?

– ¿A qué te refieres?

– ¡El tatuaje, tío! ¿Qué pasó?

– No lo buscaron.

James dejó caer la cabeza sobre la almohada y volvió la mirada hacia el techo.

– ¡Debemos hacerlo ahora, mientras todavía haya luz!

– ¡Tengo frío, James!

– Es que hace mucho frío. Han estado ventilando el vagón. Hace tan sólo un momento, el suelo estaba cubierto de nieve.

James señaló el suelo sin por ello apartar los ojos del techo.

– ¿Lo ves? Todavía queda nieve. ¡Los soldados del vagón de al lado llevan abrigos, como podrás entender!

– ¿Los has visto?

– Van y vienen a intervalos. ¡Hace un par de horas estuvieron buscando al enfermero que arrojamos del tren! También saben que ha habido jaleo con unos pilotos ingleses que han sido vistos saltando al tren. ¡La patrulla de perros debe de habernos delatado!

– ¿Cómo?

Bryan sentía cómo la realidad iba adueñándose de su cuerpo sin que fuera capaz de controlarla.

– No lo sé, pero ellos sí lo saben, y andan buscándonos. Aunque no nos han encontrado, ni lo harán.

– ¿Y el enfermero?

– No lo sé.

Sin mediar ni una palabra, James se puso en pie y agarró la cánula que tenía clavada en el brazo izquierdo. Cerró los ojos, se la sacó y dejó que las gotas nutrientes mezcladas con su sangre cayeran sobre la sábana. Bryan se incorporó apoyándose sobre el codo en un intento de seguir lo que se disponía a hacer su amigo. Un pequeño nudo en el tubo detuvo la fuga de líquido. James se arremangó la camisa por encima del hombro, se limpió unas cuantas uñas con la punta de la cánula y se dispuso a introducir la mugre bajo la delgada piel del sobaco mediante unos pequeños pinchazos.

James volvía a tener mala cara. El color había abandonado sus mejillas, y los labios habían adquirido un tono azulado. La aguja se introducía en la piel una y otra vez. pinchazo a pinchazo. Las gotas de sangre iban tiñendo poco a poco el vello rubio de la axila de rojo. Se necesitaban muchos pinchazos para escribir A+.

– Espero que no se infecte -murmuró Bryan a la vez que se arrancaba la cánula del brazo-, Pero si lo hace, prefiero asegurarme. ¡Pienso tatuarme mi propio grupo sanguíneo. James!

– Estás loco -protestó James que, sin embargo, no intentó convencer a su amigo. Tenía más que suficiente con su propio tatuaje.

Bryan pensó que ya había considerado los pros y los contras en profundidad. Estaba claro que representaba un cierto riesgo escribir B+ en lugar de A+, pero, por otro lado, los signos de los grupos sanguíneos eran tan parecidos entre sí que todo el mundo creería que la persona encargada de su expediente se había equivocado. En el caso de que a alguien se le ocurriese sacar el expediente para compararlo con el tatuaje, lo más probable era que se sorprendiera y enmendara el error sin más. Estaba seguro de ello.

De este modo podían meterle toda la sangre y demás porquerías que quisieran sin que corriera el riesgo de enfermar. Eso era, al fin y al cabo, lo más importante. El hecho de que cabía la posibilidad de que, llegado el caso, ni siquiera se molestaran en mirar en su axila y optaran por atenerse a lo indicado en el expediente era algo que Bryan prefirió pasar por alto. Empezó a limpiarse las uñas con la aguja.

El trabajo de tatuarse avanzaba muy lentamente. Fueron interrumpidos por unos crujidos provenientes del vagón de delante en dos ocasiones. La segunda vez, Bryan metió instintivamente la cánula debajo de la sábana. Una sombra vacilante registrada por el rabillo del ojo hizo que cerrara los ojos. Un rumor que provenía de la cama de James reveló que había entrado alguien más en la estancia. A los primeros cabeceos del tren, Bryan dejó caer la cabeza hacia el lado de la cama de James. Desde esa posición vislumbró al oficial vestido de negro.

Bryan notó cómo el asco que sentía se traducía en unos escalofríos que le hicieron olvidar el dolor en la axila. Estrujó la cánula en la mano haciéndola desaparecer totalmente, esperando que James hubiera sido tan precavido como él.

El oficial de seguridad de las SS se llevó las manos a la espalda y estuvo un largo rato contemplando el rostro del «inconsciente». Fuera se oían ruidos metálicos y voces. El oficial ni siquiera se tambaleó cuando una sacudida repentina recorrió el vagón.

Unas sacudidas posteriores fueron seguidas por un fuerte golpe y unos suaves cabeceos del vagón. Estaban maniobrando. Cuando los guardagujas terminaron su tarea, el oficial vestido de negro giró finalmente sobre sus talones y desapareció.

Más tarde, aquella misma noche, apareció otro oficial que también se dirigió a la cama del vecino de James. Una vez allí, le iluminó la cara con una linterna. Al cabo de un rato, se puso tieso, profirió un grito ahogado y se precipitó hacia el vagón trasero.

Unos instantes después volvió con varias personas. Un hombre de bata blanca que no habían visto antes le rasgó el camisón por el escote, dejando su pecho al descubierto.

Tras unos segundos de auscultación retiró el estetoscopio y explotó en un ataque de rabia que desencadenó una confusión de eventos. Las enfermeras gesticulaban y retrocedían. El golpe de la puerta al cerrarse fue seguido por la aparición del oficial de seguridad que con unas órdenes inmediatas intervino en el incidente y golpeó sin vacilar a la primera enfermera en la cara. Tras unos intercambios a gritos, el soldado que lo había puesto todo en marcha se precipitó a través del vagón para, poco después, volver seguido por un grupo de soldados. Mientras tanto, el paciente había sido trasladado acompañado por enfermeros y vigilantes.

El ronroneo de un motor y unos largos y chirriantes frenazos se propagaron por debajo de la superestructura de la estación de tren fundiéndose con unas órdenes febriles que provenían del exterior. En el interior del vagón, los enfermos habían sido abandonados a su suerte.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Bryan.

James se llevó el índice a los labios.

– Se está muriendo. Es Gruppenführer, y el oficial de seguridad estaba furioso -contestó con una voz apenas perceptible.

– ¿ Gruppenführer?

– ¡Teniente general! -James sonrió y luego añadió-: ¡Sí, resulta extraño! Pensar que he tenido a un condenado general de las Waffen-SS a mi lado. Así no es de extrañar que el personal se haya quedado aturdido. ¡Los errores se pagan en un lugar como éste!

– ¿Adónde se lo llevan ahora?

– Los agentes de seguridad lo conducen a Bayreuth. Hay un hospital allí.

Bryan volvió a humedecerse los dedos, frotó cuidadosamente la sangre coagulada de la axila y se lamió los dedos. Era importante no dejar rastro de lo que habían hecho.

– ¿Sabes lo que más miedo me da, James?

Un hedor se extendió por el vagón desde la cama de James cuando éste se dio la vuelta y se subió la manta hasta la nariz.

– ¡No!

– ¿Y si en realidad llevan a los enfermos a sus casas?

– Creo que así es.

Bryan cerró los ojos ante la confirmación de sus temores.

– ¿Y por qué lo crees? -preguntó, logrando contenerse.

– Cuando se llevaron al general oí la palabra «Heimatschutz». No sé a que se refieren concretamente, pero si la traduces literalmente significa «protección de la tierra natal o patria» o algo parecido. Es a lo que vamos, por lo que pude entender. ¡A la protección de la tierra natal!

– Pero ¡entonces nos descubrirán. James! -susurró Bryan.

– Tal vez. ¡Supongo que sí!

– ¡Tenemos que salir de aquí! Además, esto es una locura. No sabemos qué enfermedad tenemos, ni tampoco adonde nos dirigimos!

– ¡Déjame tranquilo un ratito, Bryan! El rostro de James era casi inexpresivo.

– Antes dime una cosa, ¿estás de acuerdo conmigo en que tenemos que irnos de aquí? ¿Incluso esta misma noche, si el tren vuelve a ponerse en marcha?

El largo silencio que se produjo dio paso al ruido de los camiones, que lentamente se fue extinguiendo. Las voces llegaban desde las vías del tren. El paciente al otro lado de Bryan profirió un corto lamento y luego un profundo suspiro.

– Nos moriremos de frío -dijo James quedamente-, pero tienes razón.

Sin embargo, antes de que amaneciese, sus planes de fuga se desbarataron. Tres mujeres de civil subieron por la parte delantera del vagón y abrieron la puerta del andén delantero sin apenas hacer ruido, dejando entrar el aire helado. Fueron recibidas en medio del vagón hospital por los médicos que, resignados, les devolvieron su «Heil Hitler» para pasar rápidamente al asunto que les ocupaba. Las mujeres apenas decían nada y dejaban que los médicos se desahogaran. Luego, todo el equipo pasó revista a las camas, amenizada ésta por los comentarios dispersos de los médicos. Al llegar a la cama de Bryan se detuvieron y se susurraron algo ininteligible y, acto seguido, desaparecieron adentrándose en el siguiente vagón.

– Gestapo. Las mujeres son de la Gestapo -dijo James en cuanto se cerró la puerta del vagón-. Su deber es vigilarnos. ¡Las veinticuatro horas del día! Y las han amenazado con represalias si pasa cualquier cosa en este vagón. Hemos ido a caer entre gente de lo más distinguida, Bryan. Somos importantes. ¡Pero no sé por qué!

A partir de aquel momento, las mujeres se fueron turnando para vigilarlos, sentadas en una silla, al fondo del vagón. Ni siquiera cuando llegó un transporte de enfermos inmediatamente antes de la salida del tren, con varias camillas de cuerpos inánimes para llenar las camas vacías, la vigilante hizo ademán de moverse. Su tarea no consistía en asistir en esos traslados, ni siquiera se movió para dejar pasar a los camilleros.

Cuando había cambio de guardia, que, según había podido observar Bryan, tema lugar cada dos horas, las mujeres no se dirigían la palabra. Simplemente llegaba una nueva y se sentaba en la silla y, hasta que eso no ocurría, la que era relevada no abandonaba el vagón.

La ansiedad que provocaba el hecho de no poder hablar con James se apoderó de Bryan. Habían acordado huir, pero ¿qué pasaría ahora? Cada vez que Bryan había mirado a James de soslayo, sólo había podido vislumbrar la silueta inmóvil de su cuerpo dibujándose bajo la tela blanca.

El tren volvía a circular a toda velocidad y el susurro de los árboles al pasar era una clara prueba de que habían perdido la ocasión de saltar; aun cuando la vigilante no hubiera significado un impedimento.

Los descubrirían. Sólo faltaban un par factores desconocidos por descubrir para poder hacer los cálculos aritméticos pertinentes que les dirían cuándo y dónde lo harían.

Desde que habían subido al tren apenas podían haber recorrido unas 125 millas. Cuando Bryan cerraba los ojos aparecía dibujado nítidamente el mapa de Alemania, con todos los puntos geográficos del país. Las 125 millas eran, pues, el factor conocido, y su destino, el desconocido. Podían pasar entre uno y dos días hasta que llegaran a él. Tal vez sólo fuera cuestión de horas. Todo dependía de la destinación, de la velocidad, del número de paradas y de la saturación de las vías, por no hablar de b posibilidad de sufrir ataques aéreos.

Cuando Bryan abrió los ojos, las lámparas del techo se columpiaban apaciblemente sobre su cabeza ofreciendo una luz velada y lechosa. El brazo de James seguía colgando por el borde de la cama. Había golpeado la cama de Bryan para despertarlo. «Estás inquieto», le hizo saber con gestos. La mirada de James denotaba preocupación. Bryan no sabía qué podía haber hecho y de pronto fue devuelto a la realidad. No acostumbraba roncar y, que él supiera, nunca había hablado en sueños. ¿O sí lo había hecho?

Las enfermeras ya habían iniciado la ronda de abluciones. Las jóvenes ya no mostraban, en comparación con el día anterior, ninguna alegría. Las profundas ojeras y la transparencia característica de la piel dejaba bien a las claras lo que habían te-mido que soportar. Sin dormir, con cientos de pacientes a su cargo y amenazadas por una acusación de negligencia en el cuidado del general moribundo, sus ojos denotaban estrés y sus Movimientos se habían tornado mecánicos.

Era el tercer día para James y Bryan en territorio enemigo, «Jueves, 13 de enero de 1944», memorizó Bryan, preguntándose a la vez por cuánto tiempo sería capaz de ponerles fecha a los días y hasta cuándo se lo permitirían sus enemigos.

Como por arte de magia, la actividad de la sala se transformó en confusión cuando el oficial responsable de la seguridad apareció en la puerta y empezó a inspeccionar las tropas. No necesitó adoptar un ademán autoritario. Bryan estaba echado sobre el lecho con la cabeza vuelta hacia el lado de James y pudo ver cómo éste cerraba el puño lenta e imperceptiblemente. ¿Miedo o rabia?

Bryan no era capaz siquiera de interpretar su propio estado de ánimo.

Los dos equipos de enfermeras llegaron a las camas de Bryan y James al mismo tiempo, uno por cada lado. Esta vez tiraron de las sábanas con tal fuerza que los cuerpos de los dos pacientes rodaron alrededor de sí mismos. Un chasquido contra un larguero evidenció que James se había golpeado contra el borde de la cama durante la maniobra.

Bryan procuró mantener la axila izquierda apretada cuando las enfermeras lo lavaron. Esta vez, el agua helada tuvo un efecto lenitivo. Las costras de la orina y las defecaciones nocturnas habían dejado de escocer pero, en cambio, provocaron la hinchazón y la comezón de la piel. Sólo las uñas de las mujeres sobre la piel sensible del escroto le causaron malestar.

La sábana era nueva y estaba sin blanquear, todavía no la habían lavado ni una sola vez. Un agradable cosquilleo producido por la tersura de la sábana se mezcló con la irritación por los rígidos pliegues que se le pegaban al costado. Tendría que permanecer en esa postura hasta que todos hubieran abandonado el vagón. Mientras tanto podría observar cómo el personal de enfermería manipulaba el cuerpo de James.

El chasquido que había oído debió de provocar que la herida que James tenía debajo de la oreja volviera a sangrar. Unos riachuelos de desinfectante que se mezclaron con restos de sangre recorrieron su mejilla y murieron alrededor de la mancha oscura. Al lado, en una gasa, había un jirón de piel que se había desprendido del lóbulo de la oreja. El oficial de seguridad que seguía atentamente los acontecimientos se acercó cuando le aplicaron yodo a la herida. Como consecuencia de la supervisión a la que fue sometida, la enfermera se dejó atenazar por los nervios y salpicó involuntariamente la frente de James con el líquido de color ocre.

Mientras la enfermera y la auxiliar se apresuraban a retomar la ronda, el oficial de seguridad se acercó aún más y se quedó mirando la gota que lentamente se iba deslizando hacia el rabillo del ojo de James. Milímetro a milímetro, el líquido ardiente seguía el camino hacia la catástrofe y el descubrimiento. James debió de sospechar que estaba siendo vigilado, si no se habría secado la gota, se habría dado la vuelta y habría cerrado el ojo. En cuanto hubo sobrepasado la raíz de la nariz, la gota siguió su curso libremente.

En el momento en que la gota estaba a punto de introducirse en el ojo, los pantalones negros de montar se desplazaron hasta ocupar el campo visual de Bryan. Con una leve presión del pulgar le retiró la gota y la depositó en la ceja de James. Luego volvió a llevarse las manos a la espalda y se restregó el pulgar manchado de yodo contra el uniforme.

Pese a los dos días que habían pasado sin ingerir alimentos, Bryan no sentía hambre y, dejando de lado la sequedad de la boca, tampoco sed. De momento, el alimento que les procuraban a través de la sonda tendría que bastar.

Ahora habían pasado tres horas desde la última ingestión propiamente dicha. Desde la caída sufrida habían pasado unas cincuenta y cinco horas, más o menos, y llevaban alrededor de cincuenta horas en cama. Pero ¿qué pasaría cuando hubieran transcurrido ciento cincuenta horas más? ¿Cuándo les meterían el tubo de goma en el esófago y cómo iban a soportarlo sin reaccionar, aunque sólo fuera someramente? La respuesta era obvia. ¡No podrían!

Bryan debería procurar que no lo sometieran a dicho tratamiento. En pocas palabras, era necesario que se despertara de su apatía simulada. Y James también tendría que abrir los ojos, alejarse de su estado comatoso y seguirlo.

Ese cambio de actitud les reportarla muchas ventajas. Podrían seguir los acontecimientos a su alrededor y apoyarse mutuamente mediante signos. Podrían fingir una lenta recuperación física. Y una vez llegados a ese punto, podrían ingerir alimentos y tal vez incluso se les permitiría salir de la cama para satisfacer sus necesidades fisiológicas en un orinal.

Tal vez lograrían escapar.

Tras este breve repaso, Bryan volvió a la pregunta de siempre: ¿qué tenían y por qué estaban allí?

La gran mayoría de los que estaban en su mismo vagón no mostraban lesión alguna. Naturalmente, podrían esconder alguna que otra lesión grave bajo un par de las mantas acolchadas, pero, hasta entonces, la desnudez de las abluciones matinales no había ofrecido ninguna pista acerca de la enfermedad que sufrían los pacientes del vagón. Una cosa sí había quedado clara: aparentemente, todos estaban profundamente inconscientes y algo debía de haberlo provocado. Un par de ellos llevaban la cabeza vendada. Estos casos hablaban por sí solos. Podían tener sobradas razones para permanecer inmóviles. Pero ¿y el resto?

¿Qué enfermedad habían tenido los dos hombres muertos que habían arrojado a la zanja hacía ya tiempo? Y por tanto, ¿de qué se suponía que estaban aquejados él y James?

Si de pronto abrían los ojos y empezaban a responder a los estímulos, ¿qué significada eso para su situación? ¿Funcionaría? ¿Qué consecuencias acarrearía?

¿Nuevos análisis? ¿Radioscopias? ¿Y cuál sería la reacción cuando lo único que encontraran fueran dos cráneos perfectos e intactos?

Todas las preguntas acerca de su identidad, su enfermedad y de lo que ocurriría si las familias los visitaban llevaban a una única solución lógica.

Bryan debía abrir los ojos.

¡Tendrían que jugar el juego lo mejor que pudieran!

CAPÍTULO 5

Cuanto más lo pensaba Bryan, más seguro estaba de que había techo lo único que podía hacer. Había abierto los ojos y había exhibido su nuevo estado cautelosamente. A lo largo del día hubo un incesante trajín de enfermeros y soldados a través del vagón, pero nadie se fijó en él.

A su lado yacía James, totalmente inmóvil. Aparentemente dormía, tal vez desquitándose de toda una larga noche pasada en vela. Cada vez que una de las mujeres de la Gestapo que los vigilaban se desperezaba o se quedaba ligeramente adormecida, Bryan intentaba alargar una mano hacia la cama vecina para atraer la atención de su compañero. Una sola vez volvió la cabeza y suspiró profundamente. No pasó nada más, lo que preocupó a Bryan mucho más que los golpes que daba la puerta delantera cuando los soldados de las SS hacían su ronda. El oficial de seguridad aparecía regularmente. La primera vez que Bryan advirtió los ojos fríos que lo escudriñaban, su corazón dejó de latir. La segunda vez procuró que las sombras neutrales del techo fueran lo único que vieran sus ojos. Y pese a que el oficial de negro fijó repetidamente la mirada en sus ojos abiertos y mortecinos, no se detuvo ni una sola vez. Por lo visto, tampoco él veía nada raro en su comportamiento Bryan disponía de tiempo de sobra para echar un vistazo a su alrededor regularmente. De vez en cuando, un débil rayo de sol penetraba a través de las sombras aleteantes de la ventana y se posaba difusamente en ondas sobre los rostros marcados por la muerte de sus vecinos.

El tiempo se arrastraba lentamente.

Desde la salida del sol, el tren se había movido a una velocidad muy baja. El convoy llegó a detenerse casi por completo en un par de ocasiones. Los ruidos de coches y de actividad humana eran claros signos de que volvían a atravesar una población.

Según los cálculos de Bryan, se dirigían hacia el suroeste y ya habían dejado Würzberg atrás. Su destino podía ser Stuttgart Karisruhe o una de las demás ciudades que todavía no habían quedado paralizadas por los bombardeos. Sólo era una cuestión de tiempo hasta que estos monumentos a empresas pretéritas fueran devastados. Los compañeros de la Royal Air Force sobrevolarían la zona de noche, y los norteamericanos de día, hasta que no quedara nada por que venir.

Durante la hora que precedió a la puesta del sol, Bryan estuvo esperando únicamente a que James se despertase En el siguiente cambio de guardia, su vigilante se sentó agotada en la silla. Era su tercer turno. Era una mujer bella, ni ágil ni joven pero con el mismo atractivo tempestuoso de las mujeres sonrientes y maduras de pechos abundantes que Bryan y James habían intentado desnudar con la mirada en la arena de las playas de. Dover. Bryan se obligó a apartar la mirada. Debía concentrarse en su situación. Aquella mujer, su vigilante, no sonreía Estaba profundamente marcada por lo que había vivido; pero era bella, eso sí.

La mujer se desperezó y dejó caer los brazos mientras clavaba los ojos en el crepúsculo que se cernía como una sombra sobre la nieve que volvía a caer en grandes copos. Las privaciones y predestinaciones de toda una vida se fundieron en su mirada Entonces se puso de pie lentamente y se acercó a la ventana Apoyo la frente contra el cristal empañado y dejó que el presente desapareciera durante un rato, dejando así que Bryan pudiera actuar.

James retrocedió hasta el fondo de la cama cuando Bryan lo golpeo. Las leves sacudidas que le había propinado no habían surtido efecto.

Ni un solo jadeo ni una boqueada de sorpresa se le escapó a James durante el tránsito entre el sueño y el repentino despertar; era precisamente esa capacidad de autocontrol que Bryan siempre había admirado en él.

Los ojos, todavía entumecidos, seguían tranquilamente los gestos de Bryan en un intento de leer los movimientos exagerados de sus labios. De pronto su mirada volvió a enturbiarse y los parpados recobraron la pesadez, protegiendo así traicioneramente el sueño confiado que acababa de abandonar. Los ojos de Bryan relampaguearon advirtiéndole lo que podía llegar a suceder si James no reconsideraba la situación y se esforzaba por cambiarla.

James empezó a cabecear. «Mantén los ojos abiertos», indicaron los dedos de Bryan. «Haz ver que estás loco, chiflado», formaron sus labios. «Así aún tendremos una posibilidad de escapar», suplicaron sus ojos con la esperanza de que James lo entendiera.

«Tú sí que estás loco», le hizo saber James con gestos; era evidente que su compañero se sentía molesto por las propuestas de Bryan.

«Y llegado el caso de un posible interrogatorio, ¿qué pueden hacernos si no contestamos?», intentó seguir razonando Bryan. Sin embargo, James ya había tomado su propia decisión. «¡Tú primero!», parecían decir sus gestos, que no admitían ser contradichos. Bryan asintió con la cabeza.

De hecho, ya había empezado.

Aquella noche apagaron las luces en el vagón; pero antes, el médico hizo su ronda. La mujer de la Gestapo lo saludó con un gesto de la cabeza en respuesta a su saludo imponente y lo siguió en cada uno de sus movimientos. Todo tuvo lugar en cuestión de minutos.

Después de haberles tomado el pulso a dos de los recién llegados, paseó la mirada por las hileras de camas examinando a cada uno de los pacientes por separado mientras seguía pasando revista. Al ver a Bryan, que estaba tendido con los ojos abiertos de par en par y las mantas medio caídas, se giró sobre las puntas de los pies en mitad de un paso y requirió la presencia de la vigilante. Tras proferir unos cuantos comentarios en un tono impetuoso se precipitó hacia el fondo del vagón, dejando atrás el eco del estampido que dio la puerta al abrirla de un tirón.

Tanto el médico como la enfermera que habían venido del otro vagón se inclinaron sobre el lecho y acercaron las cabezas al rostro de Bryan.

A éste le resultaba extremadamente difícil seguir sus movimientos mientras tuviera que mantener la mirada perdida. Una sola vez rozaron su campo de visión, dándole otra cosa en que pensar que las maniobras físicas a las que lo estaban sometiendo.

Una operación sucedió a otra. Primero dirigieron una luz a sus ojos, luego lo increparon. Acto seguido lo golpearon en la mejilla y le hablaron empleando un tono suave. La enfermera posó la mano en su mejilla e intercambió algunas palabras con el médico.

Bryan esperaba que la mano buscaría la herramienta afilada, la insignia de enfermera que llevaba en el escote, pero no podía permitirse girar la cabeza hacia ella. Contuvo la respiración y, tenso, esperó el momento en que ella se la hundiría en las carnes. Cuando ocurrió, su reacción al dolor fue dejar que los ojos dieran vueltas en sus cuencas hasta que el techo del vagón empezó a girar como una noria y se mareó.

Cuando volvió a pincharle, Bryan repitió el proceso y puso los ojos en blanco mientras los movía intermitentemente de un lado a otro en las cuencas lagrimosas.

Luego deliberaron un rato sobre él, volvieron a dirigir la luz a sus ojos y finalmente lo dejaron en paz.

En mitad de la. noche, James empezó a canturrear con voz apagada y la boca abierta. La vigilante alzó la vista y, confusa, paseó la mirada por toda la sala. Por un momento pareció que estuviera esperando una invasión de enemigos procedente de todos lados.

Bryan abrió los ojos y consiguió ponerse de lado antes de que se encendiera la luz. El contraste deslumbró momentáneamente a Bryan. También él se había perdido en las profundidades del sueño.

La ilusión estaba muy lograda y resultaba extremadamente convincente. La expresión de la cara de James no sólo era distante, vaga y colmada de una locura serena, sino que le había añadido un aire de dolor e indiferencia. El efecto era grotesco y repulsivo. Las manos reposaban sobre la manta, relajadas pero a la vez torcidas por las muñecas y totalmente impregnadas de excrementos. Sus uñas estaban cubiertas de grumos de heces y unas rayas pegajosas se dibujaban a través del vello rubio de los brazos. La manta, la funda de la almohada, la sábana, la cabecera, el camisón, todo estaba embadurnado de aquella masa pegajosa y maloliente.

Finalmente James había sucumbido a sus necesidades.

Movida por el asco, la vigilante se llevó los brazos al pecho y dio un paso atrás.

Lo último que oyó Bryan antes de volver a sumirse en un sueño superficial y vigilante y una vez que todos hubieron vuelto a sus puestos, el médico, las enfermeras, los auxiliares y el oficial de seguridad, fue el canturreo lastimero de James, siempre atonal e incesante aunque cada vez más débil. La inyección que le hablan administrado estaba surtiendo efecto.

CAPÍTULO 6

La sensación de tener un montón de moscas bailando sobre los párpados, el suave balanceo en un mar movido por un viento estival y los fríos chorros de espuma de las olas que se pulverizaban y se posaban en la mejilla, llevaban un tiempo luchando contra sonidos ajenos y unas continuadas y crecientes punzadas en la espalda. Las olas rompieron contra los costados del barco y el agua le salpicó en el rabillo del ojo. Bryan parpadeó y notó el siguiente salpicón con mayor nitidez. El extraño y masivo dolor recorrió su espalda y se asentó en la región lumbar.

Unos enormes copos de nieve se arremolinaron sobre su rostro cuando abrió los ojos en un intento de volver a la realidad.

Una estrecha franja de cielo plomizo se dibujaba ante sus ojos, separando la superestructura de la estación del convoy estacionado. A su alrededor estaban retirando camillas. De la parte delantera del convoy salían los soldados de las SS, uno detrás de otro, con el petate y el rifle al hombro.

Un par de ellos saltaron desde el andén a las vías del tren y las siguieron charlando y bromeando, con el casco y la careta antigás colgando descuidadamente del hombro.

Eran soldados que volvían a sus casas.

Descolgaron el vagón trasero entre chirridos y traqueteos de los demás y aparecieron las colinas y los edificios de la ciudad envueltos en la neblina. Volvieron a caer algunos copos de nieve sobre la mejilla de Bryan uniendo, por un corto espacio de tiempo, los sueños con la realidad. Solivió la espalda para impedir que el frío que despedía el suelo se apoderara de él por completo y buscó a James con la mirada entre el caos de camillas del andén.

Una hilera de vigas verticales soportaban la viga maestra del techo creando un pasaje de menos de dos metros que iba a dar al edificio de madera. Las camillas estaban dispuestas oblicuamente a la pared en alfombras de nieve dispersas. Ya habían retirado a un gran número de enfermos. Bryan se dejó caer hacia atrás en la camilla con un sentimiento de impotencia al pensar que tal vez ya se habían llevado a James. De pronto irrumpió el traqueteo de un motor y un camión se acercó marcha atrás al punto de descarga más alejado del andén.

Aparecieron unos hombres que pasaron revista a los enfermos. Luego se sacudieron la nieve suelta que se había depositado en los pliegues de sus abrigos y cargaron con las camillas que tenían más cerca. Poco después, la única camilla que quedaba sobre el andén era la de Bryan, además de una que estaba medio escondida detrás de la rejilla de un carro de correos. Los pies desnudos del paciente se perfilaban bajo la manta, coronados por una mancha oscura y rojiza. Bryan dirigió la mirada hacia sus propios pies y los movió. Una aguja prendida de la manta sujetaba una hoja de papel de color; parecía una mancha de sangre sobre el fondo blanco de la manta.

A lo lejos, siguiendo las vías del tren, se distinguía otro edificio entre la nieve que continuaba cayendo en grandes racimos que cambiaban de sentido a sacudidas. Habían trasladado la mayoría de los vagones hasta allí. Unos puntitos negros emitían gritos alegres en su dirección. Bryan reconocía la atmósfera; también él había sido recibido por sus seres queridos tras largo tiempo de servicio. Presa de la melancolía, Bryan rezaba por volver a experimentar ese sentimiento.

Entonces se abrió la puerta del edificio que se encontraba a sus espaldas. Dos hombres de paisano, de edad avanzada, encendieron unos cigarrillos en el umbral de la puerta y se dirigieron lentamente hacia la locomotora sin cerrar la puerta.

Poco después empezaron a salir un gran número de soldados del primer vagón. Esta vez no se trataba de muchachos alegres y llenos de expectación, por fin de vuelta en casa, donde los esperaban las ollas de mamá o tal vez el abrazo de una novia, sino de hombres experimentados, cansados y encorvados, que sólo avanzaban debido a la presión que ejercían los hombres que iban por detrás. El hombre que esperaba en el andén recibió al primero de los soldados, lo tomó del brazo y lo condujo a lo largo del convoy pasando por el lado de Bryan. Una cadena de hombres los seguían, irresolutos, escoltados por soldados armados y cubiertos con abrigos.

Eran oficiales procedentes de todos los cuerpos de las SS. Bryan apenas era capaz de distinguirlos a unos de otros; soldados de élite alemanes, los héroes coronados de los nazis. El malestar por tantas insignias, calaveras, pantalones de montar, morriones, órdenes y demás cacharrería se apoderó repentinamente de él; precisamente, el enemigo al que había aprendido a odiar y a combatir encarnizadamente.

El flujo de soldados inexpresivos y de camillas seguía su curso hacia la abertura en el extremo más alejado de la zona, desde donde salía una luz pálida y blanquecina; había llegado otro camión.

No los había oído acercarse debido al crujido de las botas en la nieve helada. El último hombre de la columna llamó a la escolta y señaló la camilla de Bryan y la otra.

Los hombres las asieron y se las llevaron tras la tropa de soldados encorvados.

En el extremo del convoy dejaron las camillas en el suelo durante un rato. Tardaron un tiempo en llenar el vagón. Un empleado ferroviario atravesó las vías del tren golpeando las agujas por las que pasaba con una vara larga. Un soldado le dio la orden de detenerse con gestos amenazantes y el fusil en posición de disparo. El hombre dejó caer la vara en la nieve, echó a correr sin mirar atrás y no se detuvo hasta desaparecer detrás de un enorme letrero que se erguía entre las vías; «Freiburg im Breisgau», rezaba con letras claras e infladas.

Ni uno solo de los oficiales que estaban allí esperando había dicho nada. Todo había tenido lugar de forma controlada, impidiendo que Bryan pudiera echar la vista atrás a fin de averiguar si James se hallaba en la camilla que habían depositado a unos metros de la suya.

El sol se preparaba para una lenta puesta. La tarde debía de estar muy avanzada. La calle que había detrás del edificio estaba desierta, exceptuando a los soldados de las SS que vigilaban la plaza delante de la estación de mercancías.

Éste era, pues, su primer destino; Friburgo, ciudad de Renania cercana a la frontera francesa, situada en el suroeste del reino alemán, a apenas treinta millas de la frontera suiza y de una vida en libertad.

Sobre la plataforma del camión se vislumbraban dos hileras de siluetas en la penumbra, sentadas a lo largo de los lados de la caja y el toldo. Entre las dos hileras había varias camillas colocadas oblicuamente una al lado de la otra, tan juntas que sus extremos se metían por debajo de los pies de los soldados y de los bancos sobre los que éstos se sentaban. Bryan había tenido suerte, pues su camilla se encontraba debajo de un soldado de piernas cortas cuyas botas no ejercían tanta presión sobre sus tibias heladas, como era el caso de otros desgraciados.

Cuando hubieron subido la última camilla, los soldados de escolta saltaron a la plataforma y bajaron el toldo, mientras la escolta se encargaba de cerrar la puerta trasera.

La repentina oscuridad impidió que Bryan pudiera ver nada. El cuerpo que estaba tendido a su lado estaba inmóvil. Cuarenta hombres respiraban de una forma irregular y profunda. Se oían algunos murmullos y gruñidos procedentes de aquí y de allá. Los dos guardias se apretujaron en el extremo del banco, uno al lado del otro, y empezaron a hablar entre sí en voz baja.

Entonces Bryan se percató de que el cuerpo que tenía al lado se movía. Con unos movimientos abruptos y agudos, su mano avanzó por el costado de Bryan hasta que llegó al pecho. Una vez allí, la mano se detuvo.

Bryan la cogió y le devolvió el suave apretón.

A medida que los cuerpos iban adquiriendo un rostro, Bryan empezó a comprender que los hombres del transporte de enfermos tenían muchas cosas en común, aunque había un rasgo que destacaba por encima de los demás, un denominador común que ahora también los incluía a James y a él: estaban locos.

James había intentado hacérselo entender mediante miradas cargadas de significado, destacando a algunos de ellos con signos explícitos.

La mayoría de los enfermos se habían quedado prácticamente inmóviles, de vez en cuando alguno movía la cabeza ligeramente siguiendo las sacudidas del camión. Unos pocos estaban tensos, los músculos del cuello se dibujaban visiblemente bajo la piel, y mantenían la mirada fija en un punto imaginario o retorcían los brazos de una forma grotesca mientras se balanceaban hacia adelante y hacia atrás en movimientos apenas perceptibles, cerrando y abriendo los puños sin cesar.

James puso los ojos en blanco y señaló furtivamente su boca abierta con el índice. «Los han atiborrado de medicamentos», dedujo Bryan que le decía, a la vez que le daba a entender a James que lo había entendido. También a ellos los habían adormecido, el veneno ya había surtido efecto y sus reflejos se habían vuelto lentos y su capacidad mental se había atenuado notablemente. Si hubieran tenido la ocasión de ponerse en pie, sin duda se habrían caído al suelo inmediatamente.

Un sentimiento ambiguo se fue apoderando de Bryan: por un lado se sentía aliviado, y por otro, la preocupación empezaba a dejarse notar. Así pues, la marca roja los había clasificado como dementes, algo que había entrado en sus planes y que, por tanto, le producía alivio. Pero ahora que los habían metido en el mismo saco que aquel grupo de soldados retorcidos, ¿qué pensaban hacer con ellos? Resultaba fácil imaginarse que el cuidado que la raza de los señores estaba dispuesta a dispensar a enfermos irrecuperables podía traducirse en una inyección letal o incluso en algo no tan sofisticado, en una bala, por ejemplo.

Eso decían los rumores.

Era evidente que no habían querido que ningún civil los viera en la estación de mercancías. Y ahora atravesaban un país desconocido envueltos en la oscuridad. Los vigilaban dos soldados. Así fue cómo surgió la preocupación.

Bryan intentó sonreírle a James, y éste le correspondió levantando el labio superior. Todavía no veía razón para preocuparse.

Por cada curva que tomaban, las piernas del soldado se balanceaban cerca de los pies de la camilla de Bryan. La carretera debía de serpentear, tornearse y retorcerse por el terreno nevado, siguiendo lindes, canales de drenaje, riachuelos y desniveles naturales. Habían llegado con el tren desde el norte a la Selva Negra y a la ciudad de Friburgo. Durante el trayecto, habían pasado por una serie de estaciones menores y apeaderos que podrían haber sido utilizados como lugar de descarga si realmente tenían intención de dirigirse al sur. Tal como estaban las cosas, Bryan suponía que los llevaban en dirección norte o nordeste, hacia el interior de la Selva Negra.

Una vez allí, probablemente los harían desaparecer de una forma u otra.

De momento, el terreno era llano. James se mecía hacia adelante y hacia atrás y empujaba a Bryan con la regularidad de! avance escalonado del segundero. El sonido del motor del camión rebotaba en los muros de las casas. La grava dio paso a los adoquines y, durante algunos segundos fortuitos, a la superficie roncera y arrulladora del asfalto, para volver a desembocar en carreteras de tierra, desgastadas y heladas. No había ni un solo momento que se pareciera al siguiente y, sin embargo, su viaje se asemejaba a la eternidad. Bryan tomó nota de sus impresiones. Estaba seguro de que la próxima parada sería su último destino en esta vida.

Una respiración pesada acompañaba el sueño de James y abandonaba a Bryan a un sentimiento de desamparo y claustrofobia. Evocó para sí la promesa que le había hecho James en un intento de arrostrar las ganas de saltar que lo invadieron a medida que los medicamentos dejaron de surtir efecto.

Uno de los guardias dio un paso adelante y pisó el muslo de Bryan con su bota claveteada. En su empeño de controlar el dolor, Bryan no advirtió que empujaron al enfermo contra el banco. En cambio sí oyó cómo se rajaba el toldo con un chasquido cuando el demente chocó contra el lado de la caja con los codos rígidos apuntando hacia atrás.

De pronto, la mitad de la pared de lona se soltó y los golpes de viento la arrojaron contra la cabina del camión. El soldado que indirectamente había causado el accidente se desprendió de su fusil con tal mala suerte que James se despertó con un fuerte golpe de la culata y el fusil aterrizó de tal manera que acabó encañonando a Bryan.

Mientras el soldado se lanzaba contra el lado de la caja y asomaba todo el cuerpo al vacío, Bryan llevó la mano con cautela hacia el fusil.

Cuando sus ojos se encontraron con los de James, Bryan se detuvo. Su compañero sacudió la cabeza ligeramente.

Detrás de la silueta del soldado, el paisaje se iluminó mostrando reflejos de los campos cubiertos de blanco. Había luz más que suficiente para Bryan, cuya tarea consistía en observar el terreno sin tener en cuenta la hora del día.

A lo lejos, en dirección oeste, en medio de la zona llana, se perfilaba un penacho gris que incluso un navegante recién salido de la academia sería capaz de reconocer. Un repecho desnudo surcado por las tormentas de invierno, un puesto avanzado cercano a Francia, un nexo entre la Selva Negra y Vogeserne con el pomposo nombre de Kaiserstuhl, desapareció a lo lejos brindándole un nuevo punto de referencia. Las copas de los árboles desfilaban por la puerta trasera del camión. Bryan se incorporó sobre los codos. Unas figuras se movían por encima de las zanjas de drenaje en movimientos deslizantes. Tonos frescos y voces alegres los seguían en su viaje. Juegos invernales y patinaje por los canales helados. Un solo destello de la realidad y el rostro de la guerra adquiría una nueva expresión. ¡Cuánto tiempo había pasado desde que los jóvenes de Canterbury, con Bryan y James entre ellos, doblaron las rodillas y, llenos de júbilo, corrieron a toda velocidad por debajo de los pequeños puentes que unían las sendas de los bueyes! Deslizamientos crujientes por el hielo, pasatiempos felices e ingenuos.

La siguiente curva le hizo perder el equilibrio y desaparecieron las copas de los árboles detrás del toldo y el rostro sudoroso y autocomplaciente del soldado. Cuando finalmente el sinvergüenza de las SS logró agarrar la lona, se abrió paso entre los dos enfermos sin por ello soltar la punta de la tela por el camino. Las botas del paticorto colgaban sobre las tibias de Bryan como dos plomadas, cada vez más inclinadas. Eso quería decir que volvían a subir.

Ora el pesado vehículo temblaba sobre los caminos cubiertos de guijarros, ora traqueteaba como si rodaran directamente sobre la roca desnuda.

Transcurrido algún tiempo recorriendo aquellos caminos, el transporte de enfermos se detuvo.

Varios hombres de blanco los aguardaban, listos para hacerse cargo de ellos. Sacaron la camilla de James antes de que tuvieran tiempo de despedirse con un apretón de manos. Los dos camilleros que habían agarrado la camilla de Bryan resbalaron en el suelo deslizadizo y a punto estuvieron de soltarla. Ante sus ojos apareció una oscura zona despejada y cubierta de guijarros, rodeada por una franja estrecha de abetos muertos.

Al otro lado de esa franja, unas formaciones densas de pinos dominaban el paisaje ofreciendo abrigo contra las peores ráfagas de viento. El paisaje se iba disolviendo en una neblina de cristales de nieve en las profundidades del valle que tenían debajo. Ni una sola luz desvelaba que hubiera vida en la Tierra de Promisión. Bryan supuso que Friburgo se encontraba al sur.

Habían dado un rodeo hasta llegar al lugar.

El patio se hallaba parcialmente oculto detrás del seto de abrigo. Los pasajeros, aturdidos, sortearon tambaleantes las camillas custodiados por los soldados que los habían acompañado. Bryan distinguió otro camión estacionado que ya había sido evacuado. La tropa que había abandonado el camión estaba formada más abajo, cerca de unos edificios claros de tres plantas. El apagado brillo amarillento de las ventanas se posó suavemente sobre el patio. Bryan soltó un gruñido silbante al ver el signo de la Cruz Roja pintado en los tejados planos e inclinados. A pesar de la gran cantidad de sacos de arena apilados regularmente a lo largo de los muros, las rejas de las ventanas del primer y del segundo piso y las patrullas de perros, parecía tratarse de un hospital normal y corriente. Visto desde fuera, aquellos cubos superaban, en todos los aspectos, los lazaretos construidos a toda prisa que daban cobijo a los heridos de la Roya] Air Forcé. «Pero no te dejes engañar», pensó Bryan mientras se iban acercando lentamente a los edificios.

Poco a poco, los enfermos se fueron reuniendo en uno de los extremos del patio. En total había unos sesenta o setenta hombres esperando mientras pasaban los soldados con las camillas. Un poco más allá, uno de los camilleros que transportaba a James intentaba subir el brazo que éste había dejado caer por el borde de la camilla y que seguía balanceándose descompasadamente. Enmarcados por una capa de hielo que despedía reflejos amarillentos aparecieron dos dedos formando el signo de la victoria, una pequeña y discreta muestra de desprecio por la muerte.

En el lugar en el que estaban apostados aparecieron más edificios diseminados por el terreno. Los fundamentos de dos de ellos estaban arraigados sólidamente en la roca mientras que el resto se distribuía por una explanada bordeada de árboles. A lo lejos, los extremos de unos postes sobresalían por encima de unos acebos silvestres. Estos postes soportaban el alambrado que corría entre las paredes de roca. Más allá, un cercado de alambre cortaba el terreno despidiendo un brillo helado a la luz de las farolas. Delante de la puerta principal del recinto y a la luz de una farola, se había reunido un grupo de oficiales alrededor de un vehículo negro con la cruz gamada pintada en la puerta delantera y unos banderines que ondeaban orgullosamente al viento a cada lado del parabrisas. Parecían estar discutiendo algo. Uno de los oficiales que vestía una bata blanca se separó del grupo y con un gesto de la mano solicitó la presencia de un par de guardias que estaban apostados delante de uno de los edificios más cercanos. Les dio un par de órdenes y los guardias asieron los rifles y salieron corriendo con las armas en alto y las faldas de los abrigos ondeando al aire, dispuestos a transmitir las órdenes recibidas a los demás.

Esta vez, las camillas abrían la procesión de enfermos. Algunos, sumidos en el silencio y en la apatía, ni siquiera se movieron y tuvieron que Llevárselos a empellones y bajo todo tipo de amenazas. Aparte del crujido seco de cientos de pies pisando la fina capa de nieve helada y del sonido lejano de los camiones, sólo se oían los crecientes resoplidos de los camilleros. Cuando hubieron dejado atrás el bloque más próximo descubrieron que estaba aislado de los demás. Desde donde se encontraba, Bryan pudo distinguir unos nueve o diez edificios más, algunos de ellos unidos de dos en dos por unos corredores blancos de madera. Sin duda se dirigían hacia uno de esos complejos; hacia los bloques gemelos más alejados.

Dejando de lado una farola solitaria que iluminaba la puerta de entrada con una luz tenue, el edificio, negro y sin vida, estaba a oscuras. Una enfermera cubierta con una capa salió del edificio. El súbito frío la hizo estremecerse y se apresuró a indicarles con la mano que la siguieran hasta los dos barracones de madera que se alzaban a su izquierda. Los camilleros protestaron aunque acabaron por hacerle caso.

Los barracones, altos aunque de un solo piso, estaban provistos de ventanas cubiertas de escarcha, dispuestas en hilera justo debajo del alero. Unos postigos y unas cortinas pesadas de tela protegían de la luz de los postes altos del exterior.

La puerta del barracón daba directamente a una sala en la que habían colocado decenas de colchones de rayas en el suelo. Unas espalderas cubrían las paredes laterales y del techo colgaban unas lámparas que despedían una débil luz, unas barras fijas, unas anillas y unos trapecios. La pared del fondo estaba desnuda. Cuatro cubos que alguien había dejado en el centro de la sala harían las veces de letrinas. A ambos lados de la puerta de entrada se erguían unos pequeños apartados, cada uno de ellos rodeados por unas cuantas sillas de madera oscura y basta.

Los camilleros que transportaban a Bryan se detuvieron a mitad de camino entre la puerta y el fondo de la sala, lo depositaron sobre un colchón, metieron el historial médico debajo del jergón y desaparecieron con la camilla vacía detrás de los pacientes que iban llegando, sin siquiera haberse molestado en comprobar el estado de salud del paciente que habían tenido a su cargo.

El flujo de hombres de miradas vacías que avanzaba arrastrando los pies pronto cesó. James se encontraba a tan sólo un par de colchones de Bryan, siguiendo a los recién llegados con la mirada. Una vez que estuvieron todos los enfermos sentados o echados sobre los lechos duros que les habían asignado, una enfermera dio unas palmadas en el aire y recorrió las filas repitiendo la misma frase una y otra vez. Bryan no entendía lo que decía, pero sí comprendió, a juzgar por la confusión y los intentos acompañados de quejidos de sus compañeros de sala de desvestirse, que debían dejar todas sus ropas en un montón a un lado del colchón. No todos siguieron la orden y tuvieron que soportar la ayuda tosca y ruda de los camilleros, que hasta entonces habían seguido los acontecimientos pasivamente, mascullando algún que otro improperio ininteligible. Ni James ni Bryan reaccionaron, y dejaron que fueran otros los que les sacaran el camisón por encima de la cabeza. La manera ruda con la que se aplicaron los camilleros les dejaron las orejas enrojecidas. Bryan observó aliviado que James ya no llevaba el pañuelo de Jill alrededor del cuello.

Uno de los hombres desnudos se incorporó y, con los brazos colgando a los lados, se puso a orinar sin ton ni son sobre el colchón y sobre su vecino, que apenas se molestó en apartarse.

La enfermera se dirigió a toda prisa hacia él, le propinó un golpe en la nuca que instantáneamente detuvo el chorro y lo guió hasta los cubos.

Bryan se alegró entonces de no haber ingerido apenas nada en los últimos días.

La puerta que daba al edificio gemelo se abrió y apareció un carrito cargado de mantas. Y allí permaneció un buen rato.

El suelo de la sala no era frío, pero la corriente de aire que se escurría por la puerta de entrada ponía la carne de gallina. Bryan se encogió en un intento de alejar el frío que lentamente iba apoderándose de su cuerpo.

Poco después, uno de los hombres empezó a gemir. Muchos de ellos temblaban visiblemente de frío. Las dos enfermeras encargadas de la vigilancia sacudieron la cabeza, irritadas, y señalaron el carrito. Así pues, se suponía que ellos mismos debían procurarse una manta. Inmediatamente, un par de hombres encorvados y enjutos dieron un salto por encima de los colchones y se precipitaron sobre el montón de mantas, sin tiempo para pensar de dónde había salido la manta, si del fondo o. de lo más alto del montón.

El resto no se movieron ni dieron señales de saber lo que pasaba a su alrededor. Eran hombres aturdidos y ensombrecidos.

Las horas fueron pasando. A medida que el frío iba calando en los huesos de los enfermos, el canto monótono de las dentaduras fue subiendo de tono. Las enfermeras dormían a cabezadas, sentadas en los taburetes que se hallaban en el extremo más alejado de la sala. Hacía ya tiempo que habían abandonado a los pacientes a su suerte.

A la tenue luz de las lámparas, Bryan apenas era capaz de distinguir el cuerpo encogido de James entre los demás. En cambio sí vio la punta del pañuelo de Jill, que sobresalía por debajo del jergón. «¡Deja que siga ahí!», rezó Bryan para sus adentros. De pronto James se incorporó de un tirón y de un salto se precipitó hacia el lugar donde estaban los toneles. Pocos segundos después, uno de ellos retumbó.

La evacuación en sí sólo duró unos instantes, pero las secuelas de un estómago revuelto, los retortijones, el sofoco y las escurriduras de orina mantuvieron a James paralizado en la misma postura torpe durante un buen rato. Cuando terminó resopló y se puso a buscar a tientas el papel tan deseado alrededor de los cubos. Fue en vano.

Sin perder el tiempo en más consideraciones de carácter higiénico, se abalanzó sobre el carrito, agarró una manta y, en un par de movimientos ágiles, volvió a su jergón. «¿Porqué no has cogido una manta para mí también, idiota?», pensó Bryan. Consideró seguir el ejemplo de James mientras echaba un vistazo a las mujeres uniformadas que dormitaban en el otro extremo de la estancia. Pero desistió.

De pronto, aquella misma noche, se abrió la puerta del patio de un golpe, seguido inmediatamente por una luz cegadora al encenderse las lámparas del techo. Bryan se quedó en la cama, totalmente paralizado. Los soldados de las SS se dirigieron sin titubeos hacia un par de hombres que se habían envuelto en las mantas, se inclinaron sobre ellos, sacaron sus historiales médicos de debajo del colchón y arrancaron la esquina superior de la primera página.

Uno de los hombres que fue estigmatizado de esta manera dormía en el lecho vecino al de James. El bulto revuelto que lo cubría era la manta de James. Bryan tuvo la certeza de que él no habría sido capaz de mostrar tal resolución y acierto.

James se había limitado a coger deliberadamente una sola manta.

CAPÍTULO 7

El control nocturno había despertado a toda la sala. A pesar de que, por entonces, la mayoría de los pacientes ya llevaban puesto el camisón y de que, por fin, habían repartido las mantas, los gemidos se multiplicaron a medida que fueron pasando las horas. El efecto de la medicina que les habían suministrado iba menguando.

Cada vez eran más los que intentaban abstraerse del mundo que los rodeaba meciendo sus cuerpos hacia adelante y hacia atrás, adoptando posturas incómodas y expresiones faciales pasmadas. Bryan jamás había visto nada igual. Él se limitó a permanecer inmóvil.

Unos hombres, a los que hasta entonces no habían visto, encendieron las luces de la sala y echaron un vistazo a los cuerpos desparramados por el suelo. Uno llevaba un abrigo negro abierto que le llegaba hasta los tobillos. Cuando clavó el tacón en el suelo, todos levantaron la mirada. Al son de una orden que salió de su boca, un par de enfermos se pusieron en pie y zarandearon a sus vecinos con delicadeza hasta que éstos también se incorporaron. Al final, sólo unos seis o siete hombres permanecían tumbados sobre sus colchones.

Seguido de cerca por un par de enfermeros, el oficial del abrigo le hizo una pregunta a uno de los que seguían echados sin recibir respuesta. Con una seña indicó a sus ayudantes que lo levantaran por las axilas y lo pusieran en pie. Cuando lo soltaron, el enfermo se desplomó y fue a dar con la nuca en el suelo entre los colchones. Bryan no pudo evitar estremecerse. Los enfermeros miraron al oficial mientras se arrodillaban para devolver al hombre inconsciente al jergón, pero por entonces éste ya había dirigido sus pasos hacia donde se hallaba Bryan.

Cuando Bryan se encontró con aquel rostro pálido que lo observaba fijamente, optó por ponerse en pie inmediatamente.

El tambaleo y el temblor de las rodillas eran auténticos. Llevaba varios días echado. La sangre voló hasta su cerebro y se mareó. Sin embargo, se mantuvo en pie cuando lo soltaron. De los siete, tan sólo James siguió su ejemplo.

Durante el despiojamiento doloroso que siguió, Bryan intentó acercarse a James, pero las mujeres no dejaban de batir las palmas enguantadas contra los delantales de goma en un intento de mantener al grupo en movimiento constante.

James hacía cola pegado a la pared alicatada, con el camisón numerado apretado contra el regazo, esperando que la siguiente hilera de duchas quedara libre. Uno de los hombres desnudos había vuelto la cara hacia el chorro de agua y mantenía los ojos abiertos. Cuando, poco después, empezó a gritar de dolor, los alaridos se propagaron de demente a demente hasta que formaron un coro de lobos.

Con la misma rapidez con que se había producido el caos, el orden fue restablecido mediante golpes y amenazas. El enfermo que había desencadenado el alboroto recibía los azotes con los globos de los ojos inyectados en sangre, tan aturdido que ni siquiera alcanzaba a darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Entonces lo agarraron por el pelo y lo arrojaron contra la pared. Cuando finalmente lograron ponerle la camisa de fuerza y se lo llevaron, sus alaridos cesaron.

Lo último que Bryan vio cuando los devolvieron a la sala fue cómo un James que volvía a canturrear sonriente y aparentemente apático se dejaba empujar bajo la ducha helada, todavía con el camisón en el regazo.

Cuando todos hubieron vuelto a la sala, les suministraron un par de zapatos del mismo número a cada uno y los dispusieron en tres filas paralelas a las paredes cubiertas de espalderas, de cara al centro de la sala. Separaron a unos cuantos inmediatamente y los colocaron contra una de las paredes. Bryan reconoció a un par de los que habían osado coger una manta durante la noche. Por lo visto, aún no habían comprendido que se les estaba dando un trato especial.

Mientras tanto, unos hombres colocaban unas mesas delante de los cortinajes. El oficial se había quitado el abrigo y estaba sentado entre otros oficiales de seguridad y representantes del cuerpo médico. Ya no quedaba ninguna mujer entre ellos.

Al oír su nombre, uno de los pacientes del grupo dio un respingo. Un soldado se encargó de llevarlo ante la comisión investigadora. Llamaron a varios por su nombre, pero ninguno reaccionó y uno de los oficiales consultó su lista y empezó a llamarlos por el número que, según dedujo Bryan, correspondía al camisón que les había sido asignado. Cuando le llegara el turno, Bryan esperaba poder distinguir el suyo. Prestó atención a los números. Cuando todo empezaba a darle vueltas en la cabeza, un oficial lo señaló con el dedo y un soldado lo arrastró hasta la cofa que se había formado.

James fue uno de los últimos en ser llamado. Seguramente los habían llamado por orden alfabético, muy en la línea de la habitual eficacia prusiana. También tuvieron que arrastrar a James a la cola.

Los pobres desgraciados permanecían unos dos o tres minutos detrás del cortinaje antes de ser trasladados a la pared del fondo, donde volvían a formar una fila siguiendo el orden antes establecido. No parecían haber sido sometidos a vejaciones, sino que adoptaban la posición de firmes de una manera ridícula y exagerada, con una expresión extrañamente vacía en sus rostros mortecinos.

De detrás de los cortinajes llegaban susurros apagados, crujidos y agitación. Uno de los pacientes profería sus respuestas como si se tratara de órdenes, lo que hizo que un par de los enlamas que aguardaban su turno dieran un taconazo y adoptaran la posición de firmes sacando pecho.

Detrás de la lona verde y descolorida, un oficial repasaba el historial de Bryan sentado detrás de una mesa escritorio coja, mientras un médico que estaba de pie intentaba echarle un vistazo por encima de su hombro. El soldado que lo había traído sentó a Bryan de un empujón en una silla delante de la mesa y salió. A medida que el dedo del oficial iba bajando por la página del historial, la actitud de los dos hombres fue cambiando. Inclinaron la cabeza amablemente y le hablaron en un tono respetuoso. Mientras, Bryan intentaba controlar el miedo y el desasosiego a los que su cuerpo estaba a punto de ceder. Aunque ahora le sonreían, su actitud podía cambiar en cuestión de segundos, y aquellos hombres podían convertirse en sus verdugos.

Las preguntas que le hicieron flotaron en el aire sin recibir respuesta. El oficial estaba a punto de perder la paciencia y sus dedos habían empezado a tamborilear contra el borde de la mesa. Entonces dirigió la mirada hacia el médico, que inmediatamente agarró la muñeca de Bryan para tomarle el pulso. Luego dirigió una linterna a sus ojos, le golpeó la cara y volvió a encender la linterna. Bryan estaba sobrecogido por el miedo y ni siquiera se dio cuenta de que el médico lo había rodeado. El repentino chasquido de manos que restalló delante de su cara lo hizo parpadear y encoger los hombros en un respingo que recorrió todo su cuerpo. Sin embargo, a los dos hombres que lo tenían en observación no les sorprendió su reacción.

El médico se colocó detrás del oficial, que había vuelto a alzar la vista de los documentos, giró sobre las puntas de los pies, agarró un objeto que había sobre la mesa y, en un solo movimiento, lo arrojó contra Bryan. Aunque lo hubiera intentado, Bryan no podría haberlo esquivado. Un dolor en la nariz le hizo abrir los ojos de par en par.

Por lo demás, ni se inmutó. De la cabina contigua se oyó un golpe que provocó los quejidos del paciente, seguido por otro que lo hizo enmudecer. El oficial de seguridad sonrió a Bryan y se giró hacia el médico, a quien le hizo una consulta. El médico contestó con tal prontitud y precipitación que Bryan ni siquiera habría sido capaz de captar sus palabras si las hubiera pronunciado en su lengua. El oficial se encogió de hombros y se puso en pie cuando condujeron a Bryan junto a los demás pacientes.

Al traspasar el cortinaje, Bryan se encontró cara a cara con James, que todavía aguardaba su turno en la, por entonces, corta cola. El camisón, totalmente empapado, seguía pegado a su cuerpo. Justo debajo del escote se dibujaba una sombra negra. Bryan se quedó helado. James había vuelto a ponerse el pañuelo de Jill. A pesar de que se trataba de una locura peligrosísima, James parecía estar relajado y tranquilo. Pero Bryan sabía lo que le estaba pasando. Bajo aquella apariencia, bajo la apatía que atravesaba su rostro, brillaba el terror. Todos sus sentidos estaban alerta. Despojado de su talismán, James no tendría nada a lo que agarrarse.

Sin embargo, también podía significar su muerte si no se deshacía de él.

«De acuerdo», musitó Bryan entre dientes, pero James se limitó a sacudir la cabeza quedamente y dio un paso adelante siguiendo los movimientos de los demás que conformaban la cola.

Finalmente, el oficial de seguridad en jefe se puso en pie y con un gesto de la mano dio a entender al pequeño grupo de la esquina, compuesto por los que habían cogido una manta durante la noche, que formaran delante de la cabina más cercana a la puerta.

Detrás del cortinaje restallaron algunas descargas coléricas y la lona empezó a moverse como si alguien peleara detrás de ella. El rostro del jefe de seguridad estaba ardiendo cuando descorrieron el cortinaje de un tirón y sacaron al interrogado a rastras. En su rostro se dibujaban visiblemente el dolor y el miedo.

Acudieron dos guardias en ayuda del oficial y agarraron al hombre por los brazos. El pobre desgraciado repasó al grupo de hombres apáticos que se habían congregado a su alrededor, buscando en vano algo a lo que aferrarse. Bryan lo miró con los ojos desenfocados. La sangre corría por su frente; también a él lo habían golpeado con un objeto. Tal vez había cometido el grave error de intentar zafarse.

El jefe se sentó pesadamente en una de las esquinas de la mesa que tenía a sus espaldas y, con una sonrisa cruel dibujada en los labios, siguió a los guardias con la mirada mientras arrastraban al paciente hasta el centro de la sala para que todos pudieran ver a la víctima de cerca. Entonces borró la sonrisa de sus labios, aspiró profundamente como para concentrarse y, con un rugido salvaje, lanzó su acusación a las hileras de hombres que volvían a agitarse. Las palabras salían a borbotones de la boca de aquel hombre furibundo que mantenía las manos detrás de la espalda mientras se balanceaba hacia adelante y hacia atrás. Hubo una única palabra sobre la que Bryan no tuvo ni la más mínima duda.

«¡Simulación!»

El hombre tembloroso abandonó su temblequeo al oír esa acusación y dejó caer la cabeza sobre el pecho, consciente de su culpa y desenmascarado, listo para recibir su castigo.

De pronto, el oficial se detuvo en medio de su acceso de rabia y, todo jovialidad, extendió los brazos mientras hablaba empleando un tono suave y complaciente a su público. Bryan alcanzó a entender que estaba intentando convencer a los demás posibles simuladores para que se entregaran; que no les pasaría nada siempre y cuando lo hicieran inmediatamente, mientras todavía estaban a tiempo.

Resultaba imposible mirar hacia donde estaba James, y aún más imposible era entregarse, mientras ese monstruo negro siguiera examinándolos de aquella manera. «¡No vamos a entregarnos, James!», imploró Bryan para sus adentros, dirigiéndose sobre todo a sí mismo.

El oficial estuvo esperando solícito y sonriente a que se produjera alguna reacción en el grupo el tiempo que tardó Bryan en rezar un padrenuestro. De pronto dio un paso adelante y se colocó detrás del culpable, desenfundó su pistola y ejecutó al delincuente con un tiro en la nuca antes de que tuviera siquiera tiempo de gritar.

Nadie reaccionó, ni con un respingo. Un chorro de sangre brotó de la nuca del hombre y se escurrió por el suelo hasta llegar a los pies de James. Bryan lo había seguido disimuladamente con los ojos. James se había quedado paralizado, su rostro estaba pálido, aunque no mucho más de lo que cabía esperar tras permanecer tanto tiempo en posición de firmes.

Los dos guardias agarraron el cadáver y lo arrastraron por el suelo. Uno de los médicos seguía tapándose la cara con las manos en un reflejo retardado del shock que había sufrido. Cuando finalmente logró reponerse, sus protestas sonaron hueras y pusilánimes. El oficial de seguridad giró sobre los talones de sus botas como un trompo. No se escribiría ningún informe sobre ese asunto. Las protestas quedaban así descartadas.

Bryan contó los segundos durante los que James permaneció detrás del cortinaje. Cuando llegó a dos mil, los soldados volvieron a sacar a James, distante y apático. El hombre que debía entrar detrás de él no se movió ni se inmutó por la llamada del médico que sostenía el cortinaje. Cuando los soldados lo asieron por los brazos para ponerlo en pie, se desplomó en el suelo. Entonces los guardias optaron por agarrar al siguiente en la cola, al que arrastraron sorteando el cuerpo del que se había desplomado y que seguía gimoteando, aferrado a un nombre que repetía una y otra vez y que Bryan ya lo había oído decir antes. ¿Quién sabe si se trataba de una novia, de su esposa, de su madre o tal vez de su hija?

A unos pocos pasos de allí, James volvía a canturrear lenta y sordamente. Su vecino, un hombre enjuto con los ojos inyectados en sangre, parecía estar concentrado en algún pensamiento. Prisionero en su camisa de fuerza, dejaba que la orina goteara sobre el camisón, cada vez más húmedo y oscurecido por el líquido amarillento.

Sin duda había bebido con demasiada avidez del agua de la ducha mientras estuvo debajo de ella con los ojos abiertos, pensó Bryan.

Se despertó sobresaltado. Alguien había gritado: «¡Dejadme en paz!» A lo mejor había sido él, ya que lo había entendido. La sangre se heló en sus venas al pensarlo y dirigió la mirada a la enfermera que acababa de atenderlo. Eso quería decir que sólo había estado ausente un instante. La enfermera llenó un vaso más de agua e introdujo dos pastillas en la boca de su vecino. No había oído nada. Tal vez sólo fuera un sueño.

La sección estaba en calma. Bryan echó un vistazo a su alrededor cautelosamente y maldijo el segundo en que él y James se habían separado, de camino a los barracones de madera. De no haber sido así, ahora estarían uno al lado del otro. Sin duda, la situación habría resultado más reconfortante. Tal como estaban las cosas ahora, Bryan se encontraba en la cama número cinco, a la izquierda de la puerta, mientras que James estaba en la otra punta, en el lado opuesto. Doce camas en el lado de Bryan y diez en el de James; teniendo en cuenta las dimensiones de la sección, sobraban seis.

Sólo había medio metro de distancia entre las camas que, además, estaban colocadas a una distancia aleatoria de la pared, algunas de ellas delante de una ventana, otras entre dos ventanas, y la mayoría, ni una cosa ni otra. La impresión era de desorden total.

Ese local, de techos altos de color verde claro, de tal vez unos veinte metros de largo por diez de ancho, conformaba, tal como estaban las cosas, todo su mundo.

Además de la cama, sus pertenencias terrenales se limitaban a una silla descascarillada colocada en medio del pasillo central junto con otras veintidós, un camisón, un par de zapatillas y un batín de una tela muy fina.

Aparte de cuatro camas que estaban ocupadas por heridos inconscientes envueltos en vendas, la sección se fue llenando de soldados provenientes del mismo transporte, a los que se les ordenó meterse en la cama que casualmente tenían delante. Un par de soldados se dejaron los zapatos puestos en la cama y lograron revolver la ropa de cama antes de que las enfermeras hubieran acabado la ronda de distribución de medicamentos. Se les suministró dos pastillas blancas a cada uno, que debían tragar con un sorbo de agua de un vaso que iba pasando de mano en mano y que las enfermeras rellenaban a medida que se vaciaba con el agua de una jarra blanca de esmalte.

Las enfermeras estaban a punto de concluir la ronda.

El olor indefinido de la primera comida no resultaba demasiado apetitoso, aunque sí despertó el apetito de Bryan, que llevaba días sin osar siquiera pensar en comida, pero cuya boca, de pronto, se fue llenando de saliva, convirtiendo los últimos minutos de espera en una verdadera tortura.

Los grumos que cubrían el plato de esmalte parecían apio pero no tenían sabor. Tal vez se tratara de colinabo, Bryan no sabría decirlo. La familia Young estaba acostumbrada a otro tipo de comida.

El ávido rascar de las cucharas en el plato y el mascar casi animal de los hombres se fue propagando por la sala como un incendio, dejando entender a Bryan que no se habían paralizado todos los sentidos de aquellos seres.

El plato de James ya estaba vacío y se balanceaba peligrosamente en el borde de la cama. La respiración pesada y el rostro relajado eran Una prueba irrefutable de la capacidad de adaptación del ser humano. Bryan envidiaba a James su sueño tranquilo. El miedo que tenía a ser descubierto lo atenazaba. Una sola palabra, y acabaría como el pobre de la sala de gimnasia que ahora estaba repantigado en la nieve, entre los barracones; lo habían visto al pasar,

Un sabor dulzón se mezcló con la insipidez del colinabo y un mareo creciente se fue introduciendo en la secuencia de ideas de Bryan. Las pastillas estaban surtiendo efecto. Así pues, acabaría por dormirse, lo quisiera o no.

El vecino de la derecha estaba de lado, con la mirada fija en la almohada de Bryan. De debajo de la manta, aparentemente sin que él se diera cuenta, surgía el estruendo repetido y ahogado de los gases que emitía.

Ésta fue la última impresión que tuvo Bryan antes de que el sueño lo venciera definitivamente.

CAPÍTULO 8

En el día conmemorativo de los héroes se les concedió el derecho a escuchar el discurso de Hitler; fue la primera vez en los dos meses que llevaban ingresados en aquel lazareto. Con motivo de dicha conmemoración habían subido la calefacción y encendido todas las lámparas del techo. Los camilleros llevaron unos cables a través de la sala hasta un pequeño altavoz que habían depositado sobre la mesa del fondo.

Se respiraba un aire rebosante de expectación por todos lados y los enfermos no dejaban de moverse de un lado a otro de la sala. Mientras habló el Führer, la mayoría de las enfermeras se mantuvieron quietas, con los brazos cruzados, escuchando sus palabras, sonrientes y embelesadas. El hombre que Bryan tenía a su izquierda tan sólo llevaba un par de días consciente y no se enteraba de nada, mientras que la mirada del que se hallaba a su derecha parecía más salvaje que de costumbre. Este último empezó a aplaudir desenfrenadamente y no paró hasta que un enfermero le ordenó rudamente que dejara de hacerlo.

Hacía tan sólo un día que Bryan había recibido su último electrochoque y por eso todavía le resultaba difícil clasificar las impresiones. Todo aquel despropósito lo confundía. ¿Cómo era posible que alguien fuera capaz de entender lo que aquella voz histérica proclamaba a gritos en aquella reproducción metálica? Incluso el homenaje brindado a las amas de casa, novias y jubilados que habían dejado atrás, a través de los conciertos solicitados de los domingos, parecían ser una simple continuación del tratamiento de electrochoques.

Sin embargo, a todo el mundo le encantaba aquello y vibraban sonrientes con la música. Música de opereta y bandas sonoras de películas, Zarah Leander y Es geht alies Vorüber. En días como aquéllos, podía llegar a creer que la guerra jamás había empezado.

Pero había días en que asomaba la duda.

«¡Todo irá bien!», se había obligado a pensar Bryan, la primera vez que lo condujeron a través de las puertas acristaladas hasta el pasillo.

Eran muchos los que ya habían visitado los consultorios. Y aunque volvían algo débiles y permanecían tumbados en la cama sin dar señales de vida durante muchas horas después, se recuperaban y no parecían sufrir daños irreparables.

Había un total de seis puertas en el pasillo, además de la puerta giratoria de la sala que Bryan, hasta entonces, sólo conocía por dentro. En los dos extremos había salidas, al fondo y a la izquierda estaba la sala de estar de las enfermeras y del personal auxiliar, y más allá, la puerta de la sala de tratamientos y otras dos, que Bryan suponía que conducían a la zona de los médicos.

En la penúltima sala esperaban varios enfermeros y médicos. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, lo habían atado brutalmente a una camilla, le habían suministrado una inyección y le habían aplicado unos electrodos en las sienes. Las ondas eléctricas lo paralizaron instantáneamente y redujeron todos sus sentidos durante varios días.

Por regla general, las series de tratamientos consistían en un máximo de un tratamiento por semana durante cuatro o cinco semanas, seguido por un período de reposo. Bryan todavía no sabía si repetirían el tratamiento, pero algo le decía que sí, puesto que los primeros pacientes habían iniciado una nueva serie de tratamientos después de una pausa de un mes. Durante los períodos de descanso les suministraban pastillas; siempre las mismas, una o dos al día por hombre.

Bryan tenía miedo de lo que un tratamiento como aquél podía suponer. Las imágenes a las que se había aferrado hasta entonces habían ido desapareciendo lentamente de su conciencia. La idea de volver a ver a sus seres queridos, de poder hablar con James o, sencillamente, de dar un paseo sin ser vigilado en medio de la lluvia gris, se iba desvaneciendo. La memoria le jugaba malas pasadas y había días en los que le venía a la mente algún recuerdo de su infancia en Dover y otros en los que apenas era capaz de recordar su propio aspecto.

Los planes de evasión morían antes de que hubiera terminado de concebirlos.

También empezaba a disminuir su apetito. A medida que pasaban tas semanas y, con ellas, las sesiones de ducha semanales, Bryan iba constatando cómo las caderas y las costillas se perfilaban cada vez más debajo de la piel. No era porque no le gustara la comida, de hecho, a veces resultaba incluso deliciosa, sobre todo cuando les servían crepés de patatas y gullash, sopa o compota de frutas en conserva, pero le faltaban las ganas de comer. Cuando finalizaba una tanda de electrochoques y el cuerpo pedía energía a gritos, Bryan era capaz de devolver con sólo pensar en la papilla de avena y la rebanada de pan negro con margarina de! desayuno. Entonces solía dejar el plato intacto y nadie se lo retraía. Únicamente lograba tragarse los sandwiches de la cena recubiertos de restos de la comida y, rara vez, de embutido y queso, y eso sólo si le permitían tomarse su tiempo.

Y allí estaba James, en su esquina, dejando pasar los días, escuchando, soñando y toqueteando el pañuelo de Jill, que siempre tenía al alcance de la mano. Debajo del jergón, debajo de la sábana o debajo del camisón.

Durante las primeras semanas no abandonaron ni una sola vez sus camas. Sin embargo, a medida que se fue haciendo habitual que los pacientes se dirigieran a los lavabos del final del pasillo por cuenta propia, también los enfermeros empezaron a tardar más en traer los orinales. Bryan amplió su vocabulario con las palabras «Schieber, Schieber», pero aún así, el tiempo de espera llegaba a hacerse insoportable hasta que se oía el traqueteo de la tapa en el lavadero y alguien introducía el orinal de esmalte por debajo de la manta-James fue el primero en levantarse. De pronto, una mañana sacó los pies por el borde de la cama y empezó a pasearse de cama en cama recogiendo la vajilla y depositándola sobre la mesa con ruedas. Bryan contuvo la respiración. Con qué perfección hacía su papel de demente, dando saltitos con aquellos calcetines que llevaba tan bajados que apenas le cubrían los tobillos. Los brazos totalmente pegados al cuerpo, de manera que sus movimientos se volvieran desmañados, el cuello rígido, para que tuviera que girar todo el cuerpo, cada vez que su mirada atrapaba algo nuevo.

Bryan se alegró de la movilidad que había conseguido James. Así, pronto podrían restablecer el contacto.

Pocos días después, James fue separado de la tarea que se había impuesto por su vecino. En cuanto James empezó a desplazarse por la sala, el grandullón de la cara picada de viruela saltó de la cama y se puso a contemplar la recogida. Entonces cogió a James por los hombros y le acarició el pelo, tras lo cual lo condujo con determinación de vuelta a la cama y, una vez allí, le hundió la cara en la almohada. A partir de aquel día sería el del rostro picado quien ayudaría a los enfermeros y cuidaría de los pacientes cuando se presentara la ocasión.

Sobre todo James era objeto de la atención del grandullón y si a James se le caía la almohada al suelo durante la noche o una miga durante la cena, éste saltaba solícitamente de la cama y recogía lo que se hubiera caído.

En un principio, aquel hombre había ocupado la cama que se encontraba justo enfrente de la de Bryan, pero el día en que el primer vecino de James fue trasladado a la capilla, cambió de lecho por iniciativa propia. Al principio, algunas de las enfermeras más jóvenes intentaron devolverlo a su sitio, pero entonces el hombretón los agarraba de los brazos con sus enormes garras y empezaba a gimotear de una manera tan lastimosa que acabaron por desistir. Cuando finalmente apareció la jefa de enfermeras, el de la cara picada ya dormía tranquilamente en su nueva cama.

Y ella se lo permitió.

Tras este intento fallido de hacerse con una tarea fija. James sólo salía de la cama cuando tenía que ir al baño.

La primera vez que Bryan salió de la cama por cuenta propia fue un par de días después de una sesión de electrochoque.

Durante la habitual ablución de brazos y cabeza que su familia acostumbraba denominar desdeñosamente «cuello alto y mangas largas», Bryan se había mareado y había empezado a vomitar descontroladamente, provocando que la palangana se volcara y gran parte del agua jabonosa y la pastilla de jabón hecha de polvos para fregar y serrín se partiera por la mitad y se desparramara por el suelo. En ese mismo instante, una de las enfermeras más viejas entró en la sala. En lugar de ayudar a Bryan, empezó a maldecirlo por haber volcado el agua que ahora se escurría por el suelo, formando una banda oscura. Entonces lo arrastró hasta el otro extremo de la sala, lejos de los consultorios, mientras Bryan fue dando tropezones y dejando vómitos a su paso por el suelo recién fregado.

En la estancia blanca y cubierta de baldosas, la luz entraba por una enorme ventana empernada que mostraba otros edificios del complejo y algunas colinas cubiertas de nieve. Sin mediar ni una sola palabra, la enfermera lo encerró en un lavabo. Bryan cayó pesadamente de rodillas delante de la taza y devolvió los restos de su mareo con un hondo gemido. Cuando los calambres en el estómago hubieron remitido, Bryan se sentó sobre la fría taza de porcelana y echó un vistazo a su alrededor.

No había ninguna ventana en el lavabo que le procurara luz suficiente. Una vez hubo examinado cada pequeño desconchado o rasguño, se estiró en el suelo y escudriñó la habitación de arriba abajo lo mejor que pudo. El tabique se soportaba en unas barras de metal oxidadas que estaban empotradas en el suelo de terrazo y al otro lado había un lavabo más y luego una pared. En la pared contraria había una puerta estrecha que daba al almacén donde las enfermeras guardaban la ropa de cama, y la mujer de la limpieza, la escoba y el cubo. Bryan las había visto llevar y traer utensilios y ropa blanca. Por tanto, la habitación de la esquina debía de estar inundada de luz y la puerta que había al lado de la ventana debía de dar al lavadero.

Pasaron a por él inmediatamente antes de la visita médica, prestándole tanta atención y tantos mimos que Bryan no pudo hacer más que corresponderles con una sonrisa.

A partir de entonces, Bryan empezó a levantarse de la cama varias veces al día. Durante los primeros días intentó ponerse en contacto con James y no tardaba mucho más de un par de segundos en seguirlo cuando éste hacía ademán de dirigirse al baño. Sin embargo, no sirvió de nada. Por idónea que pareciera la ocasión, James siempre se escurría y cambiaba de dirección en cuanto veía que Bryan se acercaba a él.

Otras veces, generalmente después del chequeo de control de la tarde, cuando solía reinar la calma en la sala, Bryan intentaba en vano intercambiar alguna mirada con James mientras se paseaba tranquilamente entre las camas sin un cometido determinado.

Al final, James sólo se levantaba de la cama cuando Bryan dormía.

Sencillamente, no quería tener nada que ver con él.

CAPÍTULO 9

Gracias al Hombre Calendario, el tiempo no seguía su propio curso. Al Hombre Calendario, pues así era como llamaba Bryan para sus adentros al hombre que ocupaba la cama situada enfrente de la de James, en la misma hilera que Bryan. Él era quien había agitado su piernas cortas sobre la camilla de Bryan durante el viaje en camión. Un hombrecito alegre que nunca abría la boca y que siempre se quedaba en cama y cuyo único quehacer y obligación diaria consistía en anotar la fecha en su expediente. Durante mucho tiempo, las enfermeras rabiaron contra su obsesión y solían castigarlo reduciendo sus raciones y contando mentiras sobre él durante las visitas médicas para que los médicos creyeran que era totalmente incontrolable y lo trataran con mayor dureza de la estrictamente necesaria. Por ello podía ocurrir de vez en cuando, después de haber recibido un electro-choque, que el hombrecillo se mantuviera tieso como un arco en la cama, echado hacia atrás y convulsionado por los calambres que recorrían su pequeño cuerpo.

Su salvación llegó con un nuevo cargamento de pacientes que de pronto un día apareció en el patio, de camino a uno de los bloques traseros. Este grupo de heridos iba acompañado por tres jóvenes enfermeras que más tarde reemplazarían a algunas de las que mayor empeño ponían en mortificar al Hombre Calendario. Transcurridos un par de días, la más delgada de las jóvenes, seguramente un poco menor que Bryan y James, le regaló un pequeño cuaderno de papel grisáceo y basto y clavó una pequeña tachuela sobre la cabecera de la cama para que sus apuntes diarios pudieran ser admirados por todo aquel que pasara por su lado.

Bryan no acababa de entender cómo el Hombre Calendario lograba distinguir un día del otro después de una tanda de electrochoques. Simplemente constataba que los días perdidos eran recuperados milagrosamente con una exactitud deslumbrante.

A pesar de que estaban en el mes de abril, la humedad seguía atenazando la sala y todavía permitían que los pacientes se cubrieran con dos mantas por la noche. Bryan nunca se quitaba los calcetines e intentaba protegerse lo mejor que podía de la corriente fría que se colaba a través de las contraventanas a prueba de bombas y se escurría por los cabezales de las camas. Últimamente, muchos se habían resfriado y no dejaban de temblar y de toser.

Por lo visto, el hombre de la cara picada de viruela apenas notaba el frío y se dirigió, por tercera vez aquella misma noche, a la cama de Bryan para estrujarlo entre las mantas. El viento se había serenado ligeramente y la sala estaba en silencio. Bryan cerró los ojos y notó cómo las dos enormes manos introducían cuidadosamente la manta por debajo de su cuerpo y le acariciaban la frente como si en vez de zarpas fueran patitas de gato. Entonces zarandeó a Bryan ligeramente y le pellizcó la mejilla como si fuera un bebé, hasta que éste abrió los ojos y le devolvió la sonrisa. De repente, el hombretón le susurró unas pocas palabras al oído y su cara se transformó por un instante; una mirada cautelosa y despierta que, como un rayo, abarcó cada una de las facciones de la cara de Bryan, que al instante volvió a relajarse y a debilitarse. Entonces se volvió hacia el vecino de Bryan, le acarició la mejilla y le dijo: «¡Gut, guuut!»

Finalmente se sentó en una de las sillas del pasillo y dirigió la mirada hacia la cama de James. Los dos pacientes que ocupaban las camas contiguas a la del hombretón alzaron la cabeza y sus siluetas se dibujaron nítidamente contra la luz de la luna que entraba por la ventana. También ellos observaban a James, que estaba tumbado en la cama.

Bryan miró de reojo por encima de la punta de la nariz y paseó la vista por la sala. Por lo que alcanzó a observar, el resto de los pacientes dormían. Le llegaron unos sonidos silbantes e intermitentes, acompañados por las sombras de los dos hombres que volvían a recostarse en sus camas. Volvieron a oírse unos sonidos silbantes y el malestar se apoderó de Bryan, disipando el sueño que había estado a punto de conciliar.

¿Eran unos débiles susurros o el viento y los cristales de las ventanas, que vibraban?

A la mañana siguiente, el hombretón seguía sentado en la silla. El paciente que los afeitaba cada dos días había entrado a gatas mientras aún dormían, y al ver a aquel individuo roncando con la cabeza apoyada en el pecho, había prorrumpido en una risa tan estrepitosa que la enfermera de guardia había acudido corriendo para llevárselo de vuelta a su sección a toda prisa. La enfermera le propinó un collazo al hombretón y sacudió la cabeza cuando, él intentó aplacarla precipitándose hacia el pasillo en busca de su delantal.

Entonces ella suspiró profundamente y se dispuso a realizar las tareas del día, ahora que, de todos modos, la habían despertado.

Algunos de los pacientes se estaban recuperando. El vecino de Bryan ya no yacía rígido en la cama con aquella mirada apática e inmutable, sino que parecía estar tranquilo y relajado. Recibía constantes golpecitos amables de los enfermeros, a los que de vez en cuando hablaba de forma entrecortada. Otros ya habían abandonado la cama definitivamente y pasaban la mayor parte del día sentados a la mesa que había en el otro extremo de la sala, hojeando las revistas de los camilleros, llenas de amor, romanticismo e idilio alpino. De vez en cuando, dos de los camilleros de mayor edad causaban revuelo a su alrededor cuando se ponían a jugar a las cartas.

A medida que fueron abundando las horas de sol, fue creciendo el número de pacientes que se acercaban a las ventanas para contemplar a los hombres de las demás secciones que jugaban y se reían en el patio. Eran soldados heridos de las SS con lesiones normales que jugaban a la pelota o saltaban al potro. Pronto les darían el alta.

Bryan podía seguir todo lo que pasaba en el patio si se sentaba con las piernas cruzadas en la cabecera de la cama y estiraba el cuello. Era capaz de permanecer en esa postura durante horas y horas, contemplando el cielo que se abría sobre las torres de vigilancia que flanqueaban la puerta de entrada y el paisaje quebrado y cubierto de bosque que se extendía detrás de ellas.

Era también cuando adoptaba aquella postura que podía alcanzar los extremos de las patas de la cama, sacar los tapones de madera y echar las pastillas en los tubos de hierro que conformaban la cabecera. Desde que habían cesado los electrochoques, había intentado evitar tragarse las pastillas cuando se las metían en la boca. De vez en cuando se tragaba alguna y otras veces ya estaban prácticamente disueltas cuando por fin tenía ocasión de escupirlas en la mano. Sin embargo, el efecto final fue el esperado. Cada vez se sentía más despejado. Las ansias de huir se iban imponiendo poco a poco.

Entre toda aquella congregación de locos desconcertados y despistados, tan sólo uno lo había visto echar las pastillas en el tubo de la pata de la cama. Era el que había permanecido con los ojos abiertos bajo la ducha el primer día. Al principio, aquel hombre se había infligido tantos castigos corporales que había pasado un buen tiempo con la camisa de fuerza puesta, tumbado en la cama y totalmente aletargado por la medicina. Ahora, tres meses más tarde, solía permanecer totalmente quieto, echado en la cama con la mano debajo de la mejilla y las piernas encogidas, mirando a los demás. Bryan había atrapado su mirada en el mismo segundo en que había dejado caer las pastillas, acción que fue correspondida con una sonrisa exagerada. Más tarde, Bryan abandonó su lecho y recorrió la hilera de camas hasta llegar a la de aquel hombre. Sus facciones estaban relajadas y los ojos no dieron muestras de reconocimiento cuando Bryan se inclinó sobre él.

Mientras la primavera intentaba infructuosamente derretir la nieve negruzca del patio y conferirles vida a las sombras, Bryan inspeccionaba palmo a palmo el paisaje que se abría ante sus ojos.

Su bloque se hallaba en el extremo del complejo, casi pegado a las rocas, y tenía ventanas que daban al oeste. El sol de la tarde se ponía directamente entre las torres de vigilancia, arrojando sus rayos rojos y mates sobre los edificios que había enfrente. A la izquierda, en dirección sur, estaba la cocina, que podía vigilar con mayor facilidad si se trasladaba a la ventana del pasillo que daba a la sala de baños. Hacia el suroeste habían construido unos barracones más pequeños que alojaban a los guardias y a los equipos de seguridad. Desde la ventana de Bryan se apreciaba el frontis del anexo del personal médico auxiliar. A menudo veía cómo algunos se detenían en la entrada y constataba los esforzados intentos de los médicos más jóvenes por llevarse a las enfermeras a la cama. Aparentemente no lo conseguían nunca, lo que hacía que estas escenas resultaran cómicas y sus protagonistas ridículos, aunque no por ello le parecieran a Bryan más humanos.

Hacia el norte, el edificio que habían construido a continuación y paralelamente al suyo ocultaba la sala de gimnasia y toda la zona que se extendía detrás de ésta. También algunas de las secciones que había más abajo quedaban casi ocultas detrás de la aguda esquina amarilla.

A lo largo de las veinticuatro horas del día se veían guardias y patrullas de perros en movimiento a lo largo de la alambrada que rodeaba el complejo. Tan sólo se les permitía el acceso al lazareto a unos cuantos civiles y siempre acompañados por personal de seguridad o soldados rasos de las SS.

Durante las primeras y largas semanas, el miedo a ser confrontado con los familiares del soldado cuya identidad había tomado a la fuerza lo había obsesionado. Pero aunque la sección estaba repleta de hombres para quienes una cara conocida habría contribuido a una mejora significativamente más rápida, nunca venía nadie. Estaban aislados y no querían que se conociera ni su existencia ni, por supuesto, su estado. De hecho, a Bryan le resultaba inexplicable que los mantuvieran con vida.

Bryan nunca vio a James mirar por las ventanas. Desde principios de abril apenas había salido de la cama, aparentemente debido al efecto que ejercían los medicamentos que le suministraban.

Entraron tres camiones por la puerta principal, que se volvió a cerrar inmediatamente. «¡Quién estuviera metido en uno de ésos y pudiera conducir sin parar hasta llegar a casa!», soñó Bryan. El ruido de los motores pronto se extinguió por detrás de las colinas y los vehículos desaparecieron en el valle. El vecino del hombretón de la cara picada se colocó al lado de la cama de Bryan y se puso a mirar a los guardias sin decir nada. Mientras tanto, sus piernas no dejaron de temblar y sus labios se movieron sin parar. Aquel hombre de rostro ancho había tenido esa conversación muda consigo mismo desde el primer día y, en más de una ocasión, Bryan había visto tanto al picado de viruela y a su otro vecino acercar la oreja a su boca con rostros llenos de expectación y paciencia. Luego solían sacudir la cabeza y reírse como si fueran dos niños deficientes mentales..

Bryan no pudo evitar reír al pensar en ello y fijó la mirada en los labios que trabajaban incesantemente. El hombre se dio la vuelta y lo miró con una expresión de locura que hacía que su rostro resultara aún más cómico. Bryan tuvo que llevarse la mano a la boca para ahogar la risa. El hombre detuvo los movimientos de la boca por un segundo y sonrió a Bryan; era la sonrisa más ancha que Bryan jamás había visto.

CAPÍTULO 10

Desde el pasillo se oía música de vals. El barbero volvió a presentarse aquella mañana, a pesar de que ya había estado allí el día anterior y había dejado sus mejillas más lisas que nunca. Como de costumbre, uno de los camilleros, un veterano de la primera guerra mundial, golpeó su garfio de hierro contra la pata de la cama que tenía más cerca, señal habitual de que había que ir a la ducha. Bryan se sentía confuso y preocupado porque se había roto la rutina de siempre.

Y no era el único que se sentía así entre todos aquellos pacientes.

Al serles entregados unos batines limpios y blancos como la nieve, la mayor parte del personal que estaban de guardia sonrieron a la vez que los apremiaban a que se dieran prisa en concluir la rutina. Todo lustre, el oficial de seguridad que había matado de un tiro al simulador en la sala de gimnasia esperaba en la puerta giratoria en posición de piernas abiertas a que formaran delante de sus camas, mientras los observaba con una actitud entre autoritaria y amable. Entonces pasaron lista. Algunos nunca reaccionaban; hacía ya tiempo que Bryan se había separado de aquel grupo.

– Amo von der Leyen -dijo el oficial de seguridad.

Bryan se estremeció. ¿Por qué tenía que ser él el primero? Titubeó pero finalmente cedió cuando un enfermero lo agarró por el brazo.

El oficial de seguridad juntó los tacones y alzó el brazo en un *heil» mientras la extraña procesión desfilaba y salía por la puerta giratoria siguiendo el orden establecido por la lista. Atrás dejaron a un par de pacientes que acababan de someterse a una sesión de electrochoque, entre ellos a James.

Bryan miró a su alrededor, agarrotado por los nervios. Entre el grupo que venía detrás había dieciséis o diecisiete hombres que podían considerarse locos de atar. Llevaban ya tres meses allí ¿qué pensaban hacer con ellos? ¿Iban a ser trasladados a otra sección o a otro lazareto? ¿O tal vez estaban pensando en ajusticiarlos ¿Y por qué lo habían llamado a él primero? No le pelaban ni el oficial de seguridad que pisaba el suelo con fuerza, ni los enfermeros, ni los camilleros que se habían colocado a ambos lados de la hilera de hombres. Tal vez era mejor que James no estuviera entre el grupo.

La hilera pasó por la sala de tratamientos, la sala de electro-choque y la de control médico y atravesó la puerta por la que había entrado el primer día y que, desde entonces, no había vuelto a traspasar. Cuando llegaron a la escalera, el desasosiego ya había empezado a propagarse y muy pronto hubo algunos pacientes que se negaron a seguir. Se habían colocado contra la pared, con los brazos alrededor del cuerpo; no querían seguir. Los enfermeros se rieron y los obligaron a volver a la fila, procurando sonreír y utilizar un tono alentador y amable.

Hacía un día espléndido, pero todavía estaban en el mes de abril y la humedad de las alturas seguía resultando penetrante y fría. Bryan echó un vistazo a sus calcetines y a sus zapatillas mientras seguía avanzando, intentando evitar disimuladamente los charcos y el barro del patio. Cuando se dio cuenta de que llevaban al grupo hacia la sala de gimnasia, el pánico empezó a apoderarse de él.

El grupo estaba encabezado por un oficial de las SS que tan sólo avanzaba a un paso de Bryan. La funda del revólver colgaba pesada y amenazadoramente de su cinturón, a unos pocos centímetros del brazo de Bryan. ¿Tendría tiempo de cogerla? Y en tal caso, ¿en qué dirección correría? Más de doscientos metros lo separaban de la alambrada que asomaba por detrás de la sala de gimnasia y una profusión poco habitual de guardias y soldados se arremolinaban a muy poca distancia de allí. Y entonces pasaron por delante de los barracones. Detrás de la sala de gimnasia había una gran plaza abierta. A lo largo del césped se erguían las casas que Bryan hasta entonces sólo había podido imaginar pero no ver. Un edificio paralelo a la sala de gimnasia, dos dormitorios y un complejo que seguramente albergaba los despachos y las oficinas de la administración, con pequeñas ventanas y puertas de dos hojas de color marrón. El grupo se detuvo al llegar a un corredor bajo que unía la sala de gimnasia con el edificio que había detrás. El oficial de seguridad los abandonó un instante.

«Éste será el último sol que veré salir», pensó Bryan, a la vez que alzaba la mirada hacia la luz titilante que se extendía sobre las copas de los abetos y la paseaba por la hilera de hombres que estaban de espaldas al muro. El hombretón de la cara picada de viruela, que había adoptado una posición de firmes con la cabeza echada hacia atrás, despuntaba por encima de los demás.

El tipejo de la ancha cara de goma se encontraba justo entre los dos, masticando las palabras que nunca permitía que oyera nadie. Al oír unos pasos que se acercaban, Bryan se estremeció y los labios parlantes de su vecino se paralizaron.

Los primeros rayos de luz cortantes inundaron la plaza desde atrás, dotando a los uniformes negros y verdes de una pomposidad, una elegancia y una dignidad que contrastaban en todo con lo que Bryan había esperado. Un carnaval de condecoraciones, cruces de hierro, correajes relucientes y botas lustradas ahuyentó la idea del pelotón de ejecución. Se veían emblemas de las SS y calaveras por doquier. Todos los cuerpos, todos los tipos, todas las edades y toda clase de heridas. Ésa era la marcha de los heridos, una muestra completa de vendajes, cabestrillos, muletas y bastones; la prueba de los soldados de élite de que una guerra no puede ganarse sin un derramamiento de sangre.

Los soldados hablaban en pequeños grupos de forma distendida y desfilaban lentamente hacia el asta de la bandera que se erguía en medio de la plaza. Los seguían una retaguardia de soldados en sillas de ruedas empujadas por enfermeras. Y cerrando filas, por el sendero enlosado, aparecieron unas cuantas camas sobre enormes ruedas, conducidas por camilleros sudorosos.

El aire era milagrosamente fresco, pero también helado, teniendo en cuenta los ropajes apenas suficientes para resistir el frío que, al fin y al cabo, constituían una bata y un camisón. La dentadura del vecino de Bryan empezó a castañetear. «Deja de preocuparte por ello», pensó Bryan alzando la vista hacia la bandera de la cruz gamada, la esvástica que en aquel preciso instante estaban izando en el más estricto silencio, sólo roto por algunos reverentes «heil».

Habían colocado al grupo de locos detrás de todos los demás, en la esquina noroeste del recinto. Bryan se inclinó hacia un lado, como si estuviera a punto de quedarse traspuesto, y echó mi rápido vistazo por detrás de la esquina del edificio. Desde donde estaba, podía ver un pequeño edificio de ladrillo construido en el borde de la roca; probablemente, la capilla del hospital. En el otro extremo, cerca de la alambrada, en dirección oeste, apareció otra entrada flanqueada por unos guardias en posición de firmes que contemplaban el espectáculo a lo lejos. Los brazos alzados seguían dirigidos a la bandera cuando de pronto todos, llenos de entusiasmo, entonaron el Horst Wesset, canto que hizo que los pájaros levantaran el vuelo precipitadamente.

No había ni un solo loco que cantara. Algunos susurraban mientras otros permanecían pasivos, mirando a su alrededor, confundidos por esta nueva situación. El eco y la fuerza de las numerosas voces llenaron la plaza y el aire de embriaguez y voluntad y dotaron la bandera de una exuberancia deslumbrante. Bryan seguía petrificado por la belleza grotesca del acontecimiento, y hasta que no descubrieron el retrato del Führer no comprendió por qué los habían reunido en aquella plaza y por qué los habían afeitado a deshora. Cerró los ojos y volvió a ver el papelito que ayer colgaba sobre la cama del Hombre Calendario. Ayer había sido 19 de abril y, por tanto, hoy era 20, el cumpleaños de Hitler.

Los oficiales llevaban la gorra debajo del brazo, apretada contra el cuerpo. Parecían columnas, a pesar de sus heridas, mientras contemplaban respetuosamente el retrato de su Führer; un contraste muy fuerte con las caricaturas de Hitler que solían adornar los barracones de la RAF, mancilladas con pintadas, dardos y groserías.

Algunos de los guerreros curtidos en la batalla parecían embriagados por la euforia y se protegían los ojos con la mano mientras miraban fijamente hacia la bandera ondeante, cegados por su belleza y traspuestos por el gran sentimiento que henchía sus corazones y por la emoción. Bryan examinó la zona que se extendía a sus espaldas. Detrás de la alambrada habían levantado otro cerco; una defensa más bien miserable hecha de palos sin descortezar, entrelazados por alambre de púas. El sendero de cascajos por el que habían llegado en su día seguía más arriba, bordeando las rocas de la montaña. Bryan giró la cabeza unos grados y de nuevo dirigió la mirada hacia el oeste y hacia los guardias, que seguían hablando entre ellos.

Ésa era la dirección que tomaría para huir. Superaría la primera alambrada y pasaría por debajo de la segunda, seguiría el camino y bordearía el arroyo hasta adentrarse en el valle, en dirección a las vías del tren que se extendían a lo largo del Rin hasta Basilea.

Si seguía las vías del tren en dirección sur, en algún momento alcanzaría la frontera suiza. El tiempo diría cómo la cruzaría.

Movido por un sexto sentido, Bryan volvió la cabeza y se encontró con la mirada del hombre de la cara picada. El gigante bajó la mirada al instante y la mantuvo baja. Había habido un destello en aquellos ojos que daba muestra de una cordura absoluta. Bryan decidió que, a partir de entonces, vigilaría al hombre del rostro picado discretamente. Volvió a dirigir la mirada hacia la alambrada. No era demasiado alta, determinó.

Si era posible bascular el asta sobre el perno inferior, podría descansarla sobre la alambrada y utilizarla como puente. Las manchas de óxido que se extendían alrededor de la tuerca de los grandes pernos le hicieron cambiar de parecer. Si hubiera dispuesto de una llave inglesa, podría haberlo hecho. Pequeños detalles como ése eran los que resultaban decisivos; cosas y acontecimientos insignificantes como el encuentro casual con tu futuro socio, frases inesperadas pronunciadas en la infancia, la suerte que te sonríe oportunamente; todos aquellos fragmentos que emergen repentinamente de la suma que constituye el futuro y lo hace imprevisible.

Como aquella mancha imprevista de óxido alrededor de aquel perno cualquiera.

Tendría, por tanto, que trepar por encima de la alambrada y contar con que las púas que la coronaban lo arañarían hasta sangrar. Y estaba, además, el tema de los guardias. Porque una cosa era pasar al otro lado sin ser visto, y otra muy distinta, desaparecer de allí después. Bastaría una sola ráfaga de metralleta en la oscuridad. Aquí el azar volvía a jugar un papel importante. En la medida en que pudiera evitarlo, Bryan no dejaría que el azar decidiera en ese tipo de cuestiones.

Tras la ceremonia, que finalizó con un discurso pronunciado por el comandante en jefe de seguridad con un ímpetu que resultaba difícil atribuir a un personaje tan falto de vigor, todo el mundo prorrumpió en un «heil» que se fue propagando como una ola interminable. Posteriormente, la plaza se fue vaciando lentamente de sillas de ruedas y camas que acogían a infinidad de lisiados de sonrisas felices que despedían orgullo y amor a la patria en cantidades ingentes; sin duda, en la seguridad de haber cumplido con su deber y de estar a buen recaudo donde estaban.

Detrás del bloque, los oscuros abetos se mecían suavemente al viento. El frío y los escasos cien metros que recorrieron hasta llegar al edificio entumeció sus articulaciones. De poco sirvió que los guardias los apremiaran. «¡Cuídate! Procura no ponerte enfermo», pensó Bryan..

Había descubierto una vía de evasión. Si enfermaba, ni él ni James tendrían tiempo de escapar antes de la próxima tanda de electrochoques. Por tanto, había que estudiar las posibilidades rápida y concienzudamente. Y tenía que hacer partícipe a James de sus planes, lo quisiera o no. Sin James no habría manera de llevar a cabo un plan sostenible.

Y sin James tampoco habría fuga.

CAPÍTULO 11

James se encontraba fatal cuando despertó por los dolores que le habían provocado los electrochoques. Así había sido cada vez, Se sentía, ante todo, extenuado. Todas las fibras de su cuerpo estaban aturdidas; los sentidos, embotados y confusos. Y estaban, además, la conmoción, la emoción, el sentimentalismo, la auto-compasión y la confusión; la expresión integral de la mente que se enturbiaba, abandonándolo a un estado mental crónico de terror y tristeza.

El miedo era un señor severo, eso hacía tiempo que lo había entendido; aunque, a medida que fueron pasando los días, aprendió a vivir con él y a dominarlo. Y puesto que la guerra se había ido acercando paulatinamente y el estruendo de las bombas sonaba a lo lejos, desde Karlsruhe, había empezado a abrigar una fe endeble en que pronto acabaría aquella pesadilla. Procurando siempre mantener los sentidos en alerta, James intentaba disfrutar de las horas de las que disponía contemplando inmóvil la vida que se desarrollaba a su alrededor o dejando que los sueños lo trasladaran lejos de allí.

A lo largo de los meses que habían transcurrido había aprendido a adoptar a la perfección el papel que el azar le había asignado. Nadie podía sospechar que estaba simulando. Fuera la hora que fuese, el que despertaba a James siempre era recibido con una mirada vacía. No les daba mucho trabajo a las enfermeras, puesto que comía, no ensuciaba la cama y, sobre todo, se lomaba todos los medicamentos que le daban sin mostrar aversión alguna. Por tanto, James se hallaba en una estado de letargo permanente, sus pensamientos se generaban lentamente y pasaba algunos ratos felices en los que todo le daba igual.

Las pastillas eran prodigiosamente efectivas.

Las primeras veces que había visitado al médico tan sólo había movido la cabeza cuando éste alzaba la voz. Jamás había efectuado un movimiento sin que se lo hubieran ordenado previamente. A veces, durante el repaso de su expediente médico, la enfermera lo había hecho en voz alta, con lo que la vida que había tomado prestada, poco a poco, se fue perfilando de acuerdo con aquellas páginas amarillentas. Si alguna vez James se había arrepentido de haber arrojado aquel cadáver por la ventana, ese remordimiento desapareció la primera vez que fue confrontado con la verdadera naturaleza de su salvador.

James y su víctima tenían prácticamente la misma edad. Gerhart Peuckert, tal era su nombre, había hecho carrera con una rapidez asombrosa y había sido nombrado Standartenführer de la policía de seguridad de las SS, una especie de coronel. Por tanto, ostentaba la graduación más alta de la sala, dejando a un lado a Amo von der Leyen, la identidad que había adoptado Bryan. Gozaba de un trato especial en la sección; a veces incluso había llegado a tener la sensación de que algunos lo temían o lo odiaban, pues las miradas con las que lo contemplaban eran frías.

A aquel hombre no se le había escapado ni un solo pecado, Gerhart Peuckert había eliminado brutalmente todos y cada uno de los obstáculos que se habían interpuesto en su camino y había castigado despiadadamente a los que le habían desagradado. El frente oriental le había ido a pedir de boca. Al final, algunos subordinados se habían revelado y habían intentado ahogarlo en la misma tina que él había utilizado durante las torturas a las que había sometido personalmente a partisanos soviéticos y a civiles engorrosos.

Aquel ataque lo había postrado en la cama en un estado comatoso en el lazareto. Nadie esperaba que pudiera recuperarse. El proceso contra los agresores fue corto: una cuerda de piano alrededor del cuello y la muerte por asfixia. Cuando finalmente despertó, en contra de todos los pronósticos, decidieron trasladarlo a casa, de vuelta a la patria. Fue durante ese viaje que el verdadero Gerhart Peuckert finalmente pagó por sus actos y James se convirtió en su sustituto.

Su caso era característico de la sala en su conjunto. Era un oficial de alto rango de las SS, mentalmente lisiado, y un lacayo demasiado destacado para que fuera abandonado sin más a su suerte. Normalmente, para este tipo de casos complicados, las SS solían aplicar un único método: la inyección y el ataúd. Sin embargo, mientras todavía hubiera la más mínima esperanza de que uno solo de esos vástagos leales del Führer pudiera recuperarse, todos harían lo imposible por ellos con los medios que tuvieran a su alcance. Mientras tanto, el destino de los pacientes seguiría siendo, en gran medida, un secreto para el mundo exterior. No podían permitir que un oficial de las SS volviera a su casa en aquel estado de demencia. Podría resultar desmoralizante, ensuciaría la grandeza del Tercer Reich y pondría en entredicho la confianza en las noticias que llegaban de! frente y, por añadidura, sembraría la duda entre la población, que empezaría a desconfiar de la invulnerabilidad de sus héroes. Las familias de los oficiales serían deshonradas, habían repetido una y otra vez los oficiales de seguridad a los médicos. Antes un oficial muerto que un escándalo, podrían haber añadido.

Esta circunstancia, unida al hecho de que todos los oficiales heridos de las SS constituían una élite, había convertido la zona en un objetivo estratégico para los enemigos, tanto internos como externos, de la patria y, por tanto, habían transformado el hospital en un fortín al que no podía acceder ningún indeseado y que tan sólo podían abandonar los pacientes que hubieran sido dados de alta y sus vigilantes.

El hospital estaba permanentemente a punto de estallar a causa de los continuos ingresos, aunque el flujo de dementes había cesado. Tal vez, las autoridades habían admitido tácitamente que el Tercer Reich no disponía de tiempo suficiente para sacar provecho a ese tipo de pacientes, tal como se estaba desarrollando la guerra últimamente. Tras el desmoronamiento del Frente Oriental, no podían permitirse perder el tiempo con experimentos ulteriores.

En los últimos tiempos, muchos de los pacientes habían empezado a dar muestras de mejoría y resultaría muy llamativo si alguno de ellos se retrasaba con respecto a los resultados del tratamiento. James abandonó el canturreo, esperando que tal paso lo ayudaría a evitar los tratamientos periódicos de electrochoque. Esos tratamientos violentos incidían, más que nada, sobre la capacidad de concentración, convirtiéndose, por consiguiente, en una amenaza para la tarea primordial de James: inclinaba la cabeza hacia atrás, cerraba los ojos y revivía las películas que había visto en el pasado.

– ¿Dónde está el sargento Cutter? -exclamó el sargento Higginbotham.

– Está ocupado -contestó de mala gana Víctor McLaglen desde el alféizar de la ventana.

Se volvió hacia Cary Grant, alias el sargento Cutter, que golpeaba a los soldados que intentaban forzar la escalera.

– ¡Mira que comprar un mapa de un tesoro enterrado! Ja, ja. Deberías someterte a un examen mental -le espetó Douglas Fairbanks Jr. con los brazos en jarras.

Cary Cutter Grant los sacudió a todos hasta que los kilts volaron por los aires y los hombres cayeron escaleras abajo.

– Podríamos haber abandonado el ejército y haber vivido la vida a todo tren, ¿no? -dijo con una mirada feroz.

En ese mismo instante fue torpedeado con una silla. Más arriba había un escocés que miraba sorprendido los pedazos de madera que tenía en la mano. El semblante de Cutter seguía imperturbable, al límite de la amenaza.

– Oh… -dijo, a la vez que señalaba con un dedo acusador al hombre que intentaba huir del lugar-, ¡pero si es el tipo que me vendió el mapa!

Grant alzó la mano en el preciso instante en que Fairbanks Jr. se disponía a agarrar al escocés. Entonces cogió al montañés por el cuello, lo golpeó con un único golpe seco y lo sacó por la ventana.

– ¡Eh! -le increpó Higginbotham desde abajo-, ¡suelta a ese hombre!

Cuando llegaba a este punto, a James le solía costar reprimir la risa. Echó un vistazo a su alrededor y reprimió la risa al ver al escocés que se precipitaba al vacío y a Cary Grant abriendo los brazos en un gesto con el que pretendía pedir perdón.

Gunga Din era una de las películas preferidas de James; una pieza recurrente de su repertorio cinematográfico sonado.

Cuando «interpretaba» una de sus películas, acostumbraba empezar por el principio repasando cada una de las secuencias hasta el final. Una trama que podía contarse en poco más de una hora en el cine podía llegar a durarle toda una mañana o una tarde. Mientras James estuviera ocupado en la disección de una película, el mundo exterior perdía toda importancia. Cuando los pensamientos tristes o el miedo a no volver a ver jamás a sus seres queridos se hacían demasiado presentes, James se consolaba con esta forma de distracción.

A menudo, su generosa madre les había dado unas cuantas monedas a él y a sus hermanas para que pudieran arrebujarse en los asientos del cine los domingos de sesión continua. Buena parte de su infancia había transcurrido frente al parpadeo de la pantalla en la que aparecían Deanna Durbin, el Gordo y el Flaco, Nelson Hedi o Tom Mix, mientras sus padres paseaban por la avenida principal de la ciudad, intercambiando saludos y cumplidos con los demás burgueses de la zona.

Le resultaba fácil rememorar a las hermanas Elizabeth y Jill, que soltaban risitas ahogadas en la oscuridad de la sala y se decían cosas al oído mientras el héroe besaba a la heroína y el resto del público soltaba todo tipo de improperios.

Los recuerdos, las películas y los libros que había devorado a lo largo de los años de escuela impedían que se volviera loco. Sin embargo, cuantos más electrochoques recibía, y cuantas más pastillas tragaba, más frecuentes se hacían las veces en que se quedaba en blanco en mitad de una trama, sobrecogido por un repentino vacío en la memoria.

En esos momentos le resultaba imposible recordar los nombres de Douglas Fairbanks Jr. y de Víctor McLaglen en la película. Pero ya le vendrían a la memoria. Al menos, eso era lo que solía pasar.

James descansó la cabeza pesadamente en la almohada y rozó el pañuelo de Jill que había escondido debajo del colchón.

– Herr Standartenführer, ¿no cree que debería intentar salir de la cama y darse una vueltecita? Lleva toda la mañana sin moverse. ¿Le pasa algo?

James abrió los ojos y se encontró con el rostro de la enfermera. Ella le sonrió y se puso de puntillas para poder pasar el brazo por debajo de la almohada y subirla un poco. Hacía meses que James tenía ganas de dirigirse a ella, contestar alguna de sus preguntas o darle una leve señal de mejoría. En cambio, la miraba con ojos vacíos sin dejar que su rostro mudara de expresión.

Se llamaba Petra y era el único ser humano verdadero que había conocido hasta entonces.

Petra había llegado como si la mismísima providencia se la hubiera enviado. Primero se había preocupado porque las demás enfermeras dejaran a su vecino, Wemer Fricke, en paz con su calendario.

Luego había hecho frente a un par de enfermeras para que incidentes como mojar la cama o negarse a ingerir alimentos dejaran de ser castigados, con tanta dureza.

Y por último, se ocupó especialmente de James. Desde el primer día en que lo había visto, había sentido una simpatía especial por él, era evidente. Otros pacientes también habían sido merecedores de su especial atención pero, hasta entonces, sólo James había conseguido que se detuviera al pie de la cama con una expresión triste y vulnerable en el rostro y los hombros caídos. «¿Cómo es posible que sea capaz de sentir algo por un hombre como Gerhart Peuckert?», se preguntaba James a menudo. Suponía que era una chica ingenua y ligeramente falta de imaginación a la que habían arrojado directamente del colegio de monjas al ejercicio de la enfermería en Bad Kreuznach. Era tan obvio que no tenía experiencia vital. Cuando Petra nombraba a su maestro y santo secular, el profesor Sauerbruch, sus ojos brillaban embelesados y sus manos trabajaban con una rapidez y una seguridad inusitadas. Y cuando un paciente tenía un ataque y mandaba a todo el mundo al infierno, se santiguaba antes de salir corriendo a por ayuda.

La explicación más verosímil a la predilección que Petra sentía por James seguramente era que ella era una jovencita romántica y recatada con necesidades naturales que, además, lo encontraba guapo y atractivo y sabía apreciar sus dientes blancos y sus hombros rectos. La guerra hacía ya casi cinco años que duraba. No debía de tener más de unos dieciséis o diecisiete años cuando la vida dura y abrumadora del hospital se convirtió en su realidad vital. ¿Acaso había dispuesto de tiempo para dar rienda suelta a sus sueños y a sus fantasías anteriormente? Era imposible imaginarse que hubiera tenido ocasión de amar y de ser amada alguna vez.

De todos modos, si era cierto que James había despertado alguna esperanza en ella, él no haría nada por evitarlo. Era una muchacha dulce y bonita. De momento, sería prudente y disfrutaría de sus cuidados. Mientras estuviera ella para obligarlo a comer después de una sesión de electrochoque y para cerrar la ventana cuando la corriente empezaba a tensarle los músculos de la nuca, su cuerpo no sería lo primero que le fallaría.

– ¡Venga, Herr Standartenführer! -prosiguió, empujando sus pies por el borde de la cama-. Esto no lo llevará a ninguna parte. Tiene que procurar ponerse bien, ¿de acuerdo? ¡Y para eso tiene que salir de la cama!

James se colocó entre las dos camas y empezó a avanzar hacia el pasillo central. Petra lo animó con un gesto de la cabeza y sonrió. Ese tipo de trato preferencial ya no le gustaba tanto a James. Lo convertía en objeto de la atención de las demás enfermeras, lo colocaba en una posición preferencial que podía llegar a significar represalias en nombre de la justicia y el equilibrio.

Sin embargo, no era de ese frente que James temía que fueran a llegarle los peores ataques. Cada vez más, la sensación de vigilancia y de tensión le llegaba de la estancia misma. Como una repentina llamada de atención cuando alguien te toca el hombro inesperadamente, aquel sentimiento se apoderó de él. Y aquel día volvió a ocurrir. James dirigió la mirada hacia el pasillo central a través de las pestañas medio cerradas. Ya era la tercera vez. Bryan lo miraba fijamente e intentaba ponerse en contacto con él.

«¡Deja de mirarme, joder! Es demasiado evidente», pensó con los ojos de Bryan pegados a él. Petra agarró a James por el brazo y le dio conversación como de costumbre, mientras se lo llevaba hacia la ventana que había al lado de las mesas con ruedas, en el otro extremo de la sala. James percibió a sus espaldas cómo Bryan intentaba ponerse en pie rápidamente. A pesar de que sólo hacía un día que había sido sometido a su último electrochoque, no se rendía.

El torrente de palabras que brotaba de la boca de la pequeña enfermera cesó cuando James empezó a tirar de ella en dirección a la cama. No iba a consentir que lo encerrara en la esquina junto a Bryan. En aquel mismo instante, Bryan vio la reacción de su compañero y dejó caer los brazos. Desesperado, se apoyó contra la cama cuando James pasó por su lado, cogido del brazo de la voluntariosa Petra.

«Ahora mismo estás débil, Bryan, pero mañana volverás a estar fresco -pensó James-. No quiero sentir pena por ti. Sólo quiero que me dejes en paz, Bryan. ¡Ya sabes que es lo mejor! Saldremos de aquí, te lo prometo. ¡Debes confiar en mí! ¡Pero ahora no puede ser! ¡Nos vigilan!» James oyó un crujido que provenía de la cama de Bryan y sintió cómo su mirada desesperada se le clavaba en la espalda.

Kröner, el hombre del rostro picado, los siguió tranquilamente y le dio un golpe a Bryan en el hombro. «Gut Junge, hopsa rundí», le dijo entre dientes a la vez que sacudía los barrotes de la cama vecina.

«Volvamos a Gunga Din. -James se deshizo de los brazos de Petra y se escurrió dentro de la cama-. ¿Cómo se llamaban aquellos malditos sargentos? ¡Piensa, James, piensa! ¡Si lo sabes de sobra!»

Kröner se había sentado y seguía con la mirada el trasero de Petra, adornado con aquel lazo blanco y ondeante, cuando finalmente ella se decidió a proseguir su trabajo.

– Deliciosos tutíut, ¿no cree, Herr Standartenführer? -dijo, dirigiéndose a James.

Cada una de las palabras era como una punzada heladora.

El gigante dobló las piernas y golpeó los jarretes contra el lado de la cama con tal fuerza que el esqueleto de hierro crujió. James nunca reaccionaba ante sus preguntas. Así, tal vez algún día dejaría de hacerlas.

Los hombres al lado de Kröner estaban sentados en sus camas como buitres, observando a un Bryan exhausto que se había enterrado entre las mantas. «Tranquilízate, Bryan -le suplicaba James en su cabeza-, ¡si no, nos pillarán!»

CAPÍTULO 12

Los nombres llegaron a James en sueños de una forma sorprendente, obligándolo a abrir los ojos de par en par en medio de la penumbra gris de la sala. Los dos últimos sargentos de Gunga Din se llamaban McChesney y Ballantine.

La respiración pesada de los compañeros de sala y algún que otro ronquido lo devolvieron lentamente a la realidad. Unos débiles rayos de luz penetraron a través de las contraventanas a prueba de bombas. James contó hasta 42. Y volvieron los rayos de luz. Los hombres de la torre de vigilancia que había detrás del barracón de las SS cumplieron con su deber haciendo girar rutinariamente el proyector un par de veces más, antes de volver a buscar abrigo bajo el tejado de cartón asfaltado de la torre. Era la cuarta noche seguida que llovía y tan sólo hacía dos que el estruendo de las bombas sobre Karlsruhe había retumbado contra las laderas rocosas, sacando a los guardias de sus garitas entre gritos destemplados de sus superiores.

El paciente de la cama número nueve, un Hauptsturmführer que durante un ataque en el frente oriental había quedado atrapado debajo de un tronco durante más de diez horas mientras los lanzallamas de sus propios efectivos de ataque desolaban el paisaje a su alrededor, había encogido las piernas y había empezado a sollozar silenciosamente. Ellos dos fueron los únicos de la sala que habían estado despiertos aquella noche. Ahora mismo, James era el único.

Respiró profundamente y suspiró. Aquel día, James había hecho que Petra se sonrojara. Como de costumbre, el enfermero y camillero Vonnegut, el hombre del garfio, había estudiado las listas de bajas antes de abalanzarse sobre el pequeño crucigrama del diario que solía hacer acompañando los golpes de su miserable prótesis contra el tablero de la mesa con una exclamación irritada cada vez que se encontraba con una definición que no lograba resolver.

Vonnegut se ocupaba de sus propios asuntos, pues el ambiente de la sala había sido malo todo el día.

El aire se había helado entre Petra y la supervisora de enfermeras. Primero la jefa había ajustado la insignia de enfermera que Petra llevaba abrochada en el pañuelo y había recolocado unas mechas rebeldes de su pelo rubio. Luego Petra había corregido la inclinación de la insignia del partido que la enfermera llevaba en la solapa derecha y la había pulido con la manga hasta que el esmalte rojo relució alrededor del texto en letras blancas: «Verband Deutsche Mádel.»

Hacia el atardecer, cuando se suponía que la jornada laboral de Petra había llegado a su fin, la supervisora había enviado a la enfermera que debía sustituirla a otra sección, so pretexto de que debía asistir a unas aspirantes. Era evidente que se trataba de un acto de venganza y Petra se había enfadado y había hecho más de un gesto amenazador en cuanto su supervisora se hubo dado la vuelta.

Resultaba difícil no prendarse de ella viéndola así, indignada, con sus zapatos planos, aquel vestido gris y aquel delantal blanco. James sonrió cada vez que ella se inclinó para rascarse el jarrete donde las medias negras de lana le molestaban más.

En un instante íntimo, en el que él había dejado la mirada bailar por su cuerpo, ella se había dado la vuelta y la había atrapado.

Fue entonces cuando ella se sonrojó.

Los movimientos inquietos de Kröner en la cama contigua solían anunciar que estaba a punto de despertarse. «¡Ojalá te mueras, cerdo!», susurró James entre dientes, obligándose a seguir pensando en Petra. Seguramente, en ese mismo instante, ella se encontraba justo encima, en la buhardilla, soñando con la mirada que él le había dirigido, de la misma manera en que él pensaba en la que ella le había devuelto. Tal vez hubiera sido mejor para él no dirigírsela; era difícil ser joven y estar llena de estremecedores sueños eróticos que jamás podrían ser consumados.

La imagen de Kröner que se daba la vuelta y lo examinaba detenidamente centelleaba en la oscuridad entre sus pestañas. James empequeñeció los ojos precavidamente y esperó a que empezaran los murmullos de todas las noches.

La pesadilla se había hecho realidad una noche, dos meses atrás. Los pasos rápidos y duros de la enfermera que estaba de guardia y que acababa de recorrer el pasillo en dirección a los lavabos del personal, situados detrás de la escalera que conducía al patio, lo habían despertado. Delante de él, una sombra se había inclinado sobre la cabecera de la cama vecina. Aparte de dos rápidos sobresaltos que se produjeron a los pies de la cama contigua, no se oyó ningún ruido en la sala. Entonces la sombra toqueteó la almohada del vecino, volvió rápidamente al extremo opuesto de la sala y se echó en una cama.

A la mañana siguiente, cuando Vonnegut palpó ligeramente los pies de las camas, encontró muerto al paciente de la cama vecina. Su rostro estaba oscuro; la lengua asomaba grotescamente entre los dientes; los ojos estaban salidos y la mirada denotaba desesperación.

Después se dijo que solía esconder restos de comida debajo de la almohada y que se había ahogado por culpa de una espina de pescado que se le había atragantado. El médico de guardia, el doctor Holst, sacudió la cabeza y la acercó a la de la supervisora, quien le había susurrado algunas palabras al oído. El doctor Holst se metió los puños en los bolsillos de la bata. Más tarde rechazó las preguntas que le hizo el enfermero Vonnegut y se encargó de que los camilleros se llevaran el cadáver antes de que el cuerpo de seguridad y el médico mayor tuvieran ocasión de crearle problemas al personal de la sección.

En estado de duermevela, James había sido testigo de un asesinato.

Varias cabezas emergieron de entre las mantas y giraron de un lado a otro para seguir de cerca cómo los enfermeros cambiaban las sábanas del muerto y dejaban la cama lisa, fresca y vacía.

Alrededor del mediodía, un paciente se levantó de la cama, se dirigió hacia donde se hallaba James y se acostó en la cama recién hecha. Era el que le había robado la idea de ayudar a las enfermeras. Permaneció allí tumbado hasta que las enfermeras volvieron a aparecer con la comida, que aquel día consistía en codillo y albóndigas. Aunque no dejaba de lloriquear y de chillar, el personal lo sacó de la cama sin compasión. Sin embargo, el efecto que tuvo sobre él fue escaso.

Cada vez que le daban la espalda, él volvía a escurrirse hasta la cama y subía la manta hasta la barbilla estrujándola entre los brazos. Hasta que no se tumbaba en aquella cama, no se tranquilizaba. Cuando esa escena se hubo repetido varias veces, el personal se rindió y dejó que se quedara donde estaba.

Por increíble que pudiera parecer, James tenía ahora a un asesino como vecino.

James no entendía nada y durante las primeras noches estuvo tan asustado que no pudo conciliar el sueño. Fuera cual fuese el motivo que pudiera haber tenido aquel demente, si es que existía tal motivo, era capaz de volver a hacerlo. Era, pues, mucho más seguro dormir de día y mantenerse despierto de noche, contando las veces que el vecino se daba la vuelta pesadamente en la cama chirriante. Si pasaba algo. James pediría ayuda a gritos o saldría de la cama y se acercaría a la pared para agarrar la cuerda que pendía del techo, suficientemente corta para que resultara demasiado engorroso para los pacientes tirar de ella sin ton ni son, algo que, hasta entonces, ninguno había intentado.

La tercera noche después de aquel episodio, la sala estaba totalmente a oscuras. En contra de lo que era habitual, la luz del pasillo estaba apagada y todas las contraventanas echadas. De vez en cuando se oía algún ronquido y la respiración pesada de los demás enfermos, todos ellos, sonidos que mitigaban el miedo y relajaban a James. Tras haber repasado una de las aventuras de Pinkerton, se refugió en la última película que había visto en la feliz época de Cambridge, una magnífica epopeya de Alexander Korda, y se amodorró.

Al principio, el susurro de las palabras pronunciadas en voz baja se escurrió casi imperceptiblemente dentro de las imágenes oníricas de James. James se sobresaltó al abrir los ojos y descubrir que las palabras no desaparecían. Eran reales y eran concretas, apagadas, medidas; no eran, desde luego, palabras salidas de la boca de un loco; procedían del hombre de la cara picada de viruela, Kröner, su vecino, el asesino.

Se oyeron otras voces en la oscuridad que se mezclaron en la conversación. Eran tres en total: su vecino, el asesino Kröner, y los hombres que ocupaban las camas más próximas.

– No tuve elección, joder, tenía que montarla -se oyó una voz que provenía de la cama más alejada-. Esa bruja de supervisora me descubrió cuando estaba leyendo las revistas de Vonnegut en la mesa.

– ¡Fue una estupidez, Dieter! -refunfuñó Kröner desde la cama contigua a la de James.

– ¿Qué otra cosa se puede hacer? Si no lo estabas al llegar, te vuelves loco aquí, tumbado en la cama todo el día sin nada que hacer.

– De acuerdo, pero a partir de ahora te mantendrás alejado de cualquier revista. ¡Que no se te ocurra volver a hacer lo que has hecho!

– Por supuesto que no. ¿De veras crees que me comporté de esa manera por pasar el rato? ¿Acaso crees que me lo he pasado bien encerrado en esa celda de castigo durante días? No pienso volver. Además, han empezado a liquidarlos. Y es que no se puede hacer nada -prosiguió.

– ¿Por qué diablos gritan tanto? Yo pensaba que sólo eran los pilotos de los Stuka los que enloquecían de esa manera -susurró el hombre de la cara ancha en el centro, Horst Lankau.

James notó cómo los latidos de su corazón se aceleraban en un intento por seguir la conversación a pesar de la excitación y la consiguiente falta de oxígeno. Las sienes le palpitaban mientras aspiraba el aire lentamente entre dientes con el mayor cuidado posible, a fin de que aquello que murmuraban a su lado no fuera ahogado por su respiración. Dejando de lado las circunstancias algo peculiares del momento, la conversación tenía lugar con toda normalidad. Ni por asomo, aquellos hombres habían estado locos alguna vez.

Cuando ya estaba a punto de amanecer, James se dio cuenta de lo insegura que podía llegar a ser su situación y la de Bryan si realmente no eran los únicos que simulaban estar locos.

El mayor problema residía en que Bryan no sabía nada. Si seguía empeñándose en ponerse en contacto con él, eso podría significar la muerte para los dos.

James tenía que procurar evitarlo a toda costa, ignorar cualquier intento de acercamiento y, por lo demás, todo aquello que pudiera relacionarlos.

Lo que Bryan entonces quisiera hacer sería sólo asunto suyo. Era de suponer que, teniendo en cuenta lo bien que se conocían, Bryan acabaría por entender, antes o después, que él no se habría comportado de aquella forma de no haberse sentido obligado a ello.

Bryan debía aprender a ser más cauteloso. Tendría que aprenderlo.

El lenguaje que utilizaba Kröner era bello. Detrás de aquel cuerpo nudoso de gigante y del rostro picado por la viruela se escondía un hombre inteligente y erudito que descansaba en sí mismo. Era él quien dirigía a los demás y quien se preocupaba de que todos callaran cuando un movimiento inesperado o un sonido extraño se colaba en su conversación. Siempre estaba alerta.

Mientras que los otros dos, el de la cara ancha y su compinche enjuto, Dieter Schmidt, se pasaban prácticamente el día entero durmiendo, a fin de poder mantenerse despiertos para los intercambios de parecer de la noche, Kröner se mantenía en constante actividad.

Todo lo que había hecho perseguía el mismo objetivo: sobrevivir en aquel lazareto hasta que hubiera terminado la guerra. De día era el amigo de todos y los acariciaba y hacía recados para el personal. De noche estaba dispuesto a asesinar a todo aquel que creyera que se interponía en su camino. Ya había matado una vez.

En una de esas noches, el cuchicheo podía prolongarse durante un par de horas. Desde el asunto de la espina de pescado, la intensidad de la vigilancia nocturna había aumentado ligeramente y cabía esperar que la enfermera de guardia podía aparecer inopinadamente en la sala, sin seguir un esquema predeterminado. Cuando lo hacía, pasaba el cono de luz de una linterna por los rostros de los pacientes. Y en la sala siempre reinaba un silencio sepulcral.

Sin embargo, a partir del momento en que la luz salía bailando de la estancia y el sonido del movimiento de los dedos que mantenían en funcionamiento la pequeña dinamo de la linterna desaparecía en dirección a la sala de guardia, Kröner sólo permanecía quieto en la cama un instante para cerciorarse de que la sala volvía a estar sumida en el silencio.

Volvían a emprender el cuchicheo en cuanto él daba la señal. Y James aguzaba el oído.

Kröner sólo había estrangulado a aquel hombre para poder acercarse a sus compinches y así poder mantener aquellas conversaciones nocturnas. Siempre y cuando James no supusiera una amenaza para ellos, no tendría nada que temer.

Si no hubiese sido por las historias de los simuladores, podría haber dormido tranquilamente.

CAPÍTULO 13

A menudo, los relatos eran aterradoramente detallados. Los simuladores se deleitaban abundando en las fechorías que habían cometido y todas las noches intentaban superarse el uno a los otros. Los simuladores solían iniciar las sesiones con un «¡Os acordáis…!», seguido de un retazo de aquel mosaico que poco a poco iba descubriendo cómo habían terminado a su lado y por qué estaban dispuestos a permanecer allí a toda costa, hasta que pudieran huir o la guerra llegara a su fin.

La mayoría de las veces. James acababa conmocionado.

Cuando aquellos diablos finalmente se quedaban callados, sus relatos se reproducían en sus pesadillas con tal riqueza de formas, colores, olores y detalles que, muchas veces, James acababa por despertarse bañado en sudor.

A lo largo de los años 1942 y 1943 y siguiendo órdenes, el Obersturmbannführer Wilfried Kröner había arrastrado a su cuerpo de apoyo de la SS Wehrmacht ante la policía de seguridad, la SD, pisando los talones a las divisiones blindadas de las Waffen SS que se desplazaban por el frente oriental. Allí había aprendido que es posible quebrar la voluntad de cualquiera, descubrimiento que le hizo amar su trabajo.

– ¡Antes de llegar al frente oriental ya sabíamos lo tercos que pueden llegar a ser los partisanos soviéticos durante un interrogatorio! -Kröner hizo aquí una pequeña pausa y luego prosiguió-: Pero cuando los primeros diez partisanos habían dejado de gritar, cogías a otros diez más, ¿no es así? Siempre había alguno que acababa por hablar con tal de llegar al cielo de una forma un poco más suave.

La silueta que se perfilaba en la cama contigua a la de James hablaba de ejecuciones en la horca durante las cuales los delincuentes eran alzados lentamente hasta que apenas alcanzaban el suelo con la punta de los pies, e intentaba reproducir aquel extraño cosquilleo que había sentido cuando la superficie estaba helada y las puntas de los pies bailaban febrilmente sobre el hielo liso como un espejo. También había contado con orgullo cómo, en más de una ocasión, había conseguido echar una soga por encima de la horca con tal precisión que había llegado a ahorcar a dos partisanos que pesaban lo mismo con una misma cuerda.

– Si pataleaban demasiado, claro, no era posible hacerlo cada vez y entonces había que recurrir a métodos más tradicionales -añadió-. Pero por lo demás, era de buena educación mostrar un poco de imaginación; aquello infundía respeto entre los partisanos. ¡Era como si les costara menos soltarse a hablar durante mis interrogatorios!

Kröner paseó la mirada por la sala para cazar cualquier movimiento que pudiera producirse a su alrededor. James cerró los ojos en cuanto el hombre de la cara picada de viruela se dio la vuelta y fijó la mirada en él.

– Si es que llegaban a hablar, ¡claro está! James sintió náuseas.

En muchos aspectos, aquellos tiempos habían sido muy valiosos para Kröner. Durante uno de sus interrogatorios, un pequeño y terco teniente de las tropas soviéticas se había hundido, a pesar de demostrar una voluntad y una resistencia a prueba de fuego, y había sacado un monedero de lona de sus calzones cortos. No le había servido de nada, pues lo azotaron hasta morir. Sin embargo, aquel monedero resultó ser muy interesante.

Anillos y marcos alemanes, amuletos de plata y de oro y algunos rublos rodaron sobre la mesa. Su ayudante había estimado el botín en unos dos mil marcos cuando decidieron repartírselo. Había, pues, cuatrocientos marcos para cada oficial de la plana mayor de Kröner y ochocientos para él. Para ellos fue una simple recuperación de un botín de guerra y, a partir de entonces, se preocuparon de registrar a todos los prisioneros personalmente antes de que nadie pudiera interrogarlos o llevarlos al matadero, que era como Kröner se refería lacónicamente a las ejecuciones de los consejos de guerra. Se rió recordando la vez en que sus subordinados lo habían pillado en un intento de saqueo sin querer compartir el botín con ellos.

– ¡Me amenazaron con delatarme, esas bestias ridículas! ¡Como si no fueran tan culpables como yo! Todo el mundo se quedaba con lo que pillaba cuando tenía ocasión de hacerlo.

Los dos oyentes se rieron silenciosamente, sentados como estaban con las piernas recogidas debajo del cuerpo, a pesar de que ya habían escuchado aquella anécdota otras veces. Kröner bajó la voz hasta alcanzar un tono confidencial:

– ¡Pero hay que cuidar de uno mismo! Y por tanto me deshice de los tres para que no volvieran a tomarme el pelo nunca más. Cuando encontraron a dos de los cadáveres fui interrogado, naturalmente, pero, a fin de cuentas, no pudieron probar nada. Al tercero lo tomaron por desertor. Todo salió a pedir de boca. Y de esta forma, ya no tendría que compartir con nadie, ¿no es así?

El hombre que ocupaba la cama del medio se incorporó apoyándose en los codos:

– Bueno, ¡conmigo sí que tuviste que compartir!

Aquel rostro era el más ancho que James había visto jamás, sembrado de pequeñas arrugas transversales que solían asomar por cualquier motivo en cualquiera de sus sonrisas o en los raros y exiguos momentos de preocupación. Las cejas oscuras saltaban arriba y abajo, confiriendo dulzura a su estampa.

Un juicio fatalmente equivocado.

La primera vez que Kröner y el tal Horst Lankau se vieron fue en el invierno de 1943, concretamente tres semanas antes de Nochebuena. Aquel día, Kröner había estado de batida en la sección meridional del frente oriental. El objetivo había sido hacer limpieza después de una incursión recién finalizada.

Las aldeas habían sido aplastadas pero no devastadas. Tras los tabiques de madera derrumbados, al abrigó de unas gavillas de paja, todavía se cobijaban algunas familias que se alimentaban con sopas hechas de los huesos del bestiaje muerto. Kröner se encargó de sacarlos a todos y de que fueran ajusticiados.

– ¡Adelante! -apremió a los soldados de las SS.

Su objetivo no era cazar a partisanos potenciales, sino a oficiales soviéticos que tuvieran algo que contar y tal vez también algo de valor que ofrecer.

A las afueras de la cuarta aldea, una sección de soldados de las SS sacó a un hombre de entre las cabañas que seguían ardiendo y lo arrojaron al suelo delante del vehículo de Kröner. Aquella piltrafa se puso en pie inmediatamente y mientras se sacudía la nieve de la cara bufó amenazadoramente hacia sus guardianes. Sin miedo, se encaró a su juez:

– Ordénales que se alejen -dijo con un acento prusiano muy marcado haciendo un gesto de rechazo dirigido a sus vigilantes con una expresión imperturbable en los ojos-, ¡tengo cosas importantes que contar!

Kröner estaba irritado por el desprecio por la muerte mostrado por aquel hombre y exigió que se pusiera de rodillas mientras apuntaba a su rostro impávido con un dedo enguantado pegado al gatillo. Envuelto en aquellos miserables harapos de campesino, el hombre le contó sin tapujos que era desertor alemán, Standartenführer del cuerpo de cazadores y un soldado endemoniadamente bueno, condecorado en múltiples ocasiones y, desde luego, no era uno al que se lo ajusticiara sin antes someterlo a un consejo de guerra.

La curiosidad que fue despertando lentamente en Kröner le salvó la vida a aquel pelagatos. Cuando le comunicó que se llamaba Horst Lankau y que tenía una propuesta que hacer a su guardián, su ancho rostro ya era un esbozo del triunfo.

El pasado militar de Horst Lankau era difuso. James concluyó que ya antes del estallido de la guerra debía de haber iniciado una carrera militar. Tenía una gran experiencia. A juzgar por lo que había contado, había estado destinado a una carrera militar gloriosa pero también tradicional.

Sin embargo, la guerra en el frente oriental había modificado rápidamente hasta las tradiciones más insignes.

Originariamente, el cuerpo de cazadores de Lankau, uno de los ases que la ofensiva se guardaba en la manga, había sido movilizado para cazar a oficiales del Estado Mayor soviético en la retaguardia del enemigo. Luego debían entregarlos al SD o, rara vez, a la Gestapo, para que ellos se encargaran de sacarles toda la información que tuvieran. Y a ello se había dedicado Lankau durante algunos meses; una tarea sucia y peligrosa.

En una ocasión feliz habían dado con un general de división entre cuyas pertenencias se encontraba, entre otras cosas, un cofrecito que contenía treinta diamantes pequeños pero cristalinos; toda una fortuna.

Aquellas treinta piedras lo habían llevado a la conclusión de que la guerra había que sobreviviría, fuera cual fuese el precio que hubiera que pagar por ello.

Kröner se rió cuando Lankau llegó al punto de su relato en que tuvo que explicar, casi disculpándose, que el robo había sido descubierto por sus propios hombres.

– Los reuní alrededor de la hoguera y les ofrecí una ración extra de sucedáneo de café a aquellos estúpidos confiados.

Todos se rieron cuando reveló el desenlace de la historia. Entre sorbo y sorbo de café, había lanzado una granada de mano que había reventado a todos y cada uno de los soldados de élite y a sus prisioneros. Después de esta acción, Horst Lankau se había refugiado entre los campesinos soviéticos, a los que pagaba por su seguridad con limosnas. Mientras estuviera ahí, él y la guerra tendrían que desenvolverse el uno sin la otra, había pensado.

Y entonces fue cuando Kröner se interpuso en su camino.

– Pagaré por mi vida con la mitad de los diamantes -había tentado a su guardián con una expresión de desprecio por la vida en la cara-. Si me exiges que te los dé todos, dispárame ahora mismo, pues no te los daré, y tú tampoco sabrás encontrarlos. Pero te daré la mitad si tú me das tu pistola y me llevas a tu cuartel. Cuando llegue la hora, dirás que me has liberado del cautiverio en que me tenían los partisanos soviéticos. Hasta ese momento, dejarás que me quede en el cuartel sin que tenga que relacionarme con los demás oficiales. ¡Ya te contaré lo que tendrá lugar después!

Luego Kröner y él habían regateado a fin de llegar a un acuerdo para la repartición de los diamantes aunque, finalmente, Lankau se había salido con la suya. Quince diamantes para cada uno, y Lankau se alojaría en la guarnición de Kröner con una pistola cargada en el bolsillo.

– Tendrás que darme un diamante por cada semana que te tenga a pan y cuchillo -dijo Kröner en un último intento de presionarlo.

Lankau le devolvió una sonrisa tan amplia como su ancho rostro. Kröner entendió que su propuesta había sido rechazada. Tendría que deshacerse de Lankau cuanto antes para que no atrajera inoportunamente la atención de sus superiores.

A lo largo de los tres días de permiso que Kröner tuvo fuera de la guarnición, Lankau no se separó de su liberador ni un solo instante. Kröner no sabía si era la mano que siempre llevaba metida en el bolsillo de la pistola o la expresión perpetuamente bonachona y casi piadosa de su rostro lo que lo perturbaba, pero lo cierto es que había empezado a sentir respeto por la sangre fría y la tenacidad de Lankau. Poco a poco, también empezó a entender que juntos podrían conseguir unos resultados que ninguno de ellos podría lograr por separado.

E] tercer día se fueron a Kirovogrado, lugar que solían visitar la mayoría de los soldados cuando la comida de las cocinas de campaña se volvía demasiado monótona o la vida en el frente demasiado sombría.

Kröner había pasado largos ratos sentado con los codos apoyados en las mesas de roble, seleccionando divertido a los huéspedes con los que podría iniciar una pelea o, mejor aún, a los que podría sacarles dinero para que no los hiciera trizas.

Fue en aquel lugar donde Lankau inició a Kröner en sus planes que se habían ido fraguando durante los meses de triste ociosidad que había pasado en la aldea soviética.

– Quiero volver a Alemania lo antes posible, ¡y ahora sé cómo conseguirlo! -le había susurrado al oído-. Uno de estos días te pondrás en contacto con la comandancia y les comunicarás que me has liberado de mi cautiverio de acuerdo con lo que acordamos. Luego me conseguirás un certificado médico que establecerá que los partisanos me han torturado con tanta saña que he acabado por enloquecer. Cuando esté en el tren hospital con rumbo al oeste, te pagaré dos diamantes más que he escondido.

La idea atrajo a Kröner. De esa manera podría librarse de Lankau y, a su vez, sacar provecho de ello. Podía ser una especie de ensayo general de lo que él mismo tendría que hacer antes o después, si la vida en el frente se tornaba demasiado peligrosa y arriesgada.

Ensayo general o no, las cosas no iban a salir así. Detrás de la taberna de los oficiales había cuatro letrinas para aliviar el uso que se hacía de las dos que había dentro. Kröner siempre había preferido cagar al aire libre.

Allí se tambaleó, se abrochó la bragueta y se rió al pensar en los dos diamantes que le iban a tocar de más mientras abría la puerta que daba al exterior. Delante de él, envuelto casi por completo en la oscuridad, apareció una figura que no hacía ademán alguno de querer dejarlo pasar. Una estupidez, había pensado Kröner, cuando se es tan enclenque y bajito.

– Heil Hitler, Herr Obersturmbannführer -pió el hombre sin moverse ni un milímetro del lugar.

En el mismo instante en que Kröner cerró el puño y se dispuso a apartar a aquel obstáculo de un manotazo de su camino, el oficial se llevó la mano a la gorra y dio un paso atrás en la débil luz que iluminaba el muro del patio trasero.

– Herr Obersturmbannführer Kröner, ¿tiene un momento para hablar conmigo? -le dijo el extraño-. ¡Tengo una proposición que hacerle!

Tras unas pocas frases, aquel pequeño y flaco oficial acaparó todo el interés del oficial Kröner. Miró a su alrededor, agarró al Hauptsturmführer del brazo, se lo llevó a la calle, donde aguardaba el hombre del rostro ancho, y lo metió en su vehículo, que estaba aparcado delante de la bocacalle más próxima.

El hombrecito nervudo se llamaba Dieter Schmidt. Su superior le había ordenado que se pusiera en contacto con Wilfried Kröner. No quería que se revelara su identidad, aunque había querido que su subordinado añadiera que a Kröner no debería costarle mucho hacerlo si así lo deseaba.

– Si algo fuera mal, será más seguro para todos que no conozcamos nuestras verdaderas identidades -dijo Dieter Schmidt a la vez que miraba a Horst Lankau, que no parecía tener ni la más mínima intención de presentarse-. Puesto que el plan es de mi superior y que, en una primera fase, hasta que se ponga en marcha, sólo él correrá literalmente el riesgo de que lo cuelguen, les ruega que respeten su deseo de anonimato.

El hombre flaco se desabrochó los botones superiores del abrigo y miró a ambos a los ojos durante un buen rato antes de proseguir.

Dieter Schmidt provenía de las divisiones blindadas de la SS Wehrmacht, eso era evidente. Sin embargo, originariamente había sido Sturmbannführer y vicecomandante en un campo de concentración.

Unos meses atrás, él y su comandante, que era responsable de un campo de concentración y de tres campos de trabajo menores subordinados, habían sido obligados a dimitir de sus puestos, degradados y transferidos a servicios administrativos en la SS Wehrmacht en el frente oriental; una alternativa razonable a la deshonra y la ejecución. Sin embargo, a medida que fue pasando el tiempo en tierras soviéticas, fueron comprendiendo que probablemente jamás volverían a abandonarlas. Los alemanes luchaban como diablos para mantener sus posiciones, pero ya no había indicios de que pudieran seguir conteniendo el avance del ejército soviético. A pesar de que las funciones de Dieter Schmidt y de su superior consistían, sobre todo, en realizar tareas administrativas, el frente estaba lo suficientemente cerca para que los vehículos acorazados soviéticos pudieran llegar al lugar en menos de media hora.

Es decir, que sus vidas corrían peligro constantemente. Los cañonazos constituían un acompañamiento diario al tecleo de las máquinas de escribir. De los veinticuatro oficiales superiores que habían servido originariamente en los despachos del Estado Mayor sólo quedaban catorce. Así era el frente oriental, eso lo sabía todo el mundo.

– Me parece que nuestro truco en el campo de concentración estaba más generalizado de lo que creíamos entonces -explicó Dieter Schmidt-. Teníamos un presupuesto de gastos diario que había que respetar. Por ejemplo, disponíamos de mil cien marcos al día para la manutención de los prisioneros. Lo que hicimos fue engañar a la administración central saltándonos el reparto de comida aproximadamente cada cinco días. Al fin y al cabo, aquella chusma no podía quejarse a nadie. Lo llamábamos castigo colectivo remitiendo a ciertas faltas que jamás se habían cometido. Naturalmente, algunos miles pagaron con sus vidas, algo que nadie lamentó.

»Por lo demás, no solíamos ser demasiado exactos a la hora de llevar las cuentas de lo que ingresábamos por el alquiler de esclavos y, finalmente, hicimos una ligera reducción de las tasas, lo que sin duda aumentó el volumen de negocios con relación a su finalidad. Los fabricantes y demás patrones nunca se quejaron. La colaboración era ejemplar.

»A finales de verano contabilizamos nuestros beneficios totales en, más o menos, un millón de marcos. Resultó ser un negocio fenomenal hasta que un capo, durante una inspección, tuvo la mala suerte de derribar a un funcionario de Berlín al que se le rompieron las gafas. El capo se puso inmediatamente de rodillas y suplicó por su vida, como si hubiera alguien que fuera a tomarse la molestia de quitársela. Lloraba e imploraba y llegó incluso a agarrarse al funcionario que, confundido, intentaba soltarse, algo que sólo hizo que aquel hombre se aferrara a él con más fuerza. Al final el capo gritó que se lo contaría todo acerca del funcionamiento de aquel campo si le perdonaba la vida. Lo que sabía era, por supuesto, muy limitado, aunque sí logró proferir que se hacían trampas con las raciones de comida antes de que lográramos sacarlo de ahí y acabar con él. Y entonces ya fue demasiado tarde.

»Durante la revisión de cuentas que se llevó a cabo descubrieron todo el dinero que habíamos apartado y lo confiscaron. Permanecimos un mes entero en la cárcel de Lublin, esperando que ejecutaran nuestra sentencia de muerte. No sabemos lo que pudo modificar la sentencia, aparte de la situación bélica. No obstante, alguien debió de cambiar de opinión. Y así fue cómo aterrizamos en el frente oriental.

Poco a poco, James logró ordenar la información que fue recibiendo. Pequeños retales de algún acontecimiento por aquí, una historia por allá y horas y más horas de fanfarronerías que, en conjunto, conformaban la historia de los simuladores que dormían a su lado.

Dieter Schmidt, el hombrecito enclenque que ocupaba la cama más alejada, solía hablar en voz muy baja y, por tanto, muchas de las cosas que decía resultaban difíciles de entender. En una situación extrema como aquélla, resultaba casi imposible dilucidar si era tímido por naturaleza o si era el miedo a ser descubierto que le influía al hablar. Sin embargo, era evidente que cuanto más tiempo hubiera durado una tanda de electrochoques, más difusas resultaban sus explicaciones, mientras que ni Kröner ni Lankau parecían reaccionar de manera especial a aquellos tratamientos y siguieron intercambiando experiencias todas las noches.

Cualquier noche, una de las enfermeras los oiría, rezaba James. Así su pesadilla terminaría y aquellos tres condenados serían desenmascarados.

Hasta entonces, debería procurar que ninguno de ellos sospechara de él. Si bien es cierto que la historia de los simuladores era aterradora, a veces también le resultaba fascinante. Al igual que las películas y novelas que James reproducía en su mente, los relatos de aquellos tres hombres fueron cobrando mayor importancia gradualmente.

Las escenas iban sucediéndose nítidamente en su cabeza.

Dieter Schmidt siempre llamaba a su superior anónimo el Cartero, un sobrenombre que había recibido por haber utilizado piel humana para las felicitaciones. «¿O acaso no es el mayor deseo de cualquiera que esté confinado en este campo que lo envíen lejos de aquí?», había comentado.

Dieter Schmidt describió a ese tal Cartero como una persona alegre e ingeniosa que en todos los sentidos hacía que su vida en el campo de concentración pudiera medirse con las condiciones de las que habían disfrutado en casa.

Sin embargo, tras la degradación y el traslado, se terminaron la abundancia y las chapuzas del Cartero y de Schmidt. Los medios se habían hecho más escasos, la responsabilidad era de otros y la vigilancia a la que los sometieron en el cumplimiento de su trabajo era exhaustiva, desconfiada y meticulosa.

Y sin embargo, una feliz coincidencia les brindó una ocasión inmejorable.

– Un día en que varios sectores del frente se habían hundido, lo que en Berlín prefieren llamar reducción del frente, el Cartero tuvo una idea. Ya sabéis cómo, en una situación como ésa, todos piden refuerzos y material nuevo a gritos.

»El Obergruppenführer Hoth, coronel general del cuarto ejército blindado, estaba furioso porque había desaparecido un tren de mercancías que transportaba recambios para los vehículos acorazados y encomendó a nuestra sección la tarea de encontrar esos recambios inmediatamente.

»Tres días antes de la conquista rusa de Kíev encontramos los vagones de mercancías en un rincón de la zona de maniobras de la ciudad. Hoth estaba feliz y ordenó al Cartero que se hiciera cargo personalmente de la vigilancia del transporte en su camino a Vinnitsa, donde el material destrozado aguardaba los recambios.

»En Vinnitsa se descargaron cientos de cajas pesadas llenas de piezas de motor, cadenas de oruga, ejes y recambios menores en un almacén. En la parte posterior de aquel enorme almacén que estaba prácticamente a oscuras se amontonaban desordenadamente miles de cajas. De entre todas aquellas capas sobresalían marcos, telas y un sinfín de objetos sin embalar que excitaban nuestra curiosidad y llamaban la atención sobremanera. Tanto el Cartero como yo nos quedamos atónitos ante tal abundancia, que revelaba que un enorme botín de guerra había sido apartado en aquel lugar para ser trasladado posteriormente a Alemania, en cuanto hubiera un transporte de mercancías disponible.

»No tardamos mucho en descubrir que hablamos tenido razón. Durante todo el año 1943, cualquier objeto de un valor superior a los tres mil marcos que hubiera sido extraído de las iglesias, oficinas oficiales, museos y colecciones privadas del distrito, había sido apartado y almacenado allí. Era obvio que, ahora que las fronteras avanzaban, aquel enorme botín iba a ser evacuado muy pronto. Y fue cuando a] Cartero se le ocurrió la brillante idea de trasladar un par de cientos de cajas y depositarlas cincuenta metros más atrás.

»Y ya veríamos lo que pasaba.

La alegría del Cartero y de Dieter Schmidt fue enorme cuando, cinco días después, volvieron al almacén. El truco había funcionado; se habían llevado todas las cajas.

Salvo las que ellos habían separado.

De pronto tenían mucha prisa. Cuando el transporte llegara a Berlín, se descubriría durante la descarga y el recuento que faltaban un par de cientos de cajas.

– ¡Y fue cuando recibí la orden de intentar ponerme en contacto con usted, Herr Obersturmbannführer Kröner! -explicó Dieter Schmidt en el coche aparcado detrás de la taberna de Kirovogrado-. El caso es que necesitamos la ayuda de un superior que esté relacionado con el SD. Por estos lares no hay nadie que quiera tener nada que ver con los asuntos de la policía de seguridad. Aparte de esto, las unidades que colaboran con la policía de seguridad disfrutan de una serie de ventajas añadidas, como son la movilidad y la libertad de acción. El otro día nos dimos cuenta de que usted era el hombre indicado.

«Usted, Herr Obersturmbannführer, trabaja en el mismo sector del frente que nosotros. Sabemos que usted, en algunas ocasiones, ha mostrado tener iniciativa propia. Es usted inteligente e imaginativo, Herr Kröner. Pero lo que sobre todo nos ha sorprendido es su absoluta falta de escrúpulos. Debe perdonarme mi franqueza, Herr Obersturmbannführer, pero el tiempo no me permite perderme en las habituales fórmulas de cortesía.

Trazaron un plan.

Kröner se encargaría de trasladar a algunos esclavos soviéticos a Vinnitsa. Una vez ahí, Lankau debería obligar a aquellos infelices a cargar reliquias, iconos, objetos de plata sacramentales y demás preciosidades en un vagón de mercancías que el Cartero había logrado trasladar a unos pocos cientos de metros del almacén. El vagón sería utilizado para «almacenar piezas de recambio». Nadie lo echaría de menos.

La manera de deshacerse de los esclavos, una vez hubieran realizado su trabajo, se la confiaban gustosamente a Kröner y a Lankau.

Dieter Schmidt se ocuparía, además, de que el vagón fuera provisto de documentación de transporte falsa y expedido inmediatamente a una aldea del corazón de Alemania, donde permanecerla cerrado en un apartadero hasta que hubiera terminado la guerra.

En cuanto la mercancía hubiera sido expedida, Kröner debería dar parte de la «liberación» de Lankau. Exactamente corno en el plan original, declararía que Lankau padecía agotamiento psíquico y que, por tanto, debía ser devuelto a Alemania.

Superado un cierto escepticismo, Dieter Schmidt se entusiasmó enormemente con la idea de la demencia. Naturalmente, existía el riesgo de que fueran descubiertos o de que los hicieran desaparecer. Él mismo había dado cientos de órdenes para que liquidaran a los perturbados en el campo de concentración que había codirigido. Sin embargo, el grado de demencia sería decisivo. Habría que procurar convencer al mundo de que no era incurable. De esta forma, cabía la posibilidad de que saliera bien.

Y de todos modos, ¿qué otra alternativa tenían? Durante las últimas semanas, la guerra se había convertido en un infierno sobre la tierra. La resistencia había sido despiadadamente eficaz e interminable. Sería imposible ganar la guerra. Se trataba de sobrevivir a cualquier precio y constituiría una ventaja considerable encontrarse lo más lejos posible de los acontecimientos si se descubría el timo.

La idea de simular una demencia era ideal. ¿Quién iba a sospechar que alguien que había sufrido un shock durante un bombardeo, a miles de kilómetros del frente, había robado objetos de valor de un peso total de varias toneladas? Dieter Schmidt confiaba plenamente en esa idea. Debían simular demencia. ¡Todos! Él, Kröner, Lankau y el Cartero.

El plan parecía bueno y seguro. Dejando de lado el enorme premio que les aguardaba, todos ellos tenían razones de sobra para desaparecer.

La «Operación Demente» se pondría en marcha en cuanto el Cartero expidiera la palabra en clave «Heimatschutz». En el momento en que llegara el aviso, Kröner se encargaría de asolar un par de aldeas ucranianas sin dejar a nadie con vida y haría ver que Lankau había sido liberado de una de ellas.

Luego, Kröner debería ponerse en contacto con Dieter Schmidt con el propósito oficial de abogar en favor del trato preferencial de las tropas de apoyo del SD en la difícil y aguda situación de abastecimiento.

Durante esa reunión deberían procurar quedarse a solas durante la tarde, cuando la artillería soviética acostumbraba inundar la retaguardia con granadas. En cuanto se fueran aproximando los bombardeos, deberían ponerse a cubierto y hacer saltar el cuartel de Dieter Schmidt. Así se crearía la idea de que una «granada errante» soviética había dado en el blanco. Durante el desescombro de las ruinas encontrarían tanto a Kröner como a Schmidt bajo los escombros, víctimas de un shock provocado por la granada. Aquel estado debería prolongarse hasta que terminara la guerra.

El Cartero se ocuparía de prepararse por su cuenta. «Ya llegará el momento de dejarme ver», les había comunicado a través de Dieter Schmidt. Finalmente, éste había conseguido convencer a Kröner y a Lankau de que el Cartero no era un hombre que engañara a sus amigos.

CAPÍTULO 14

La última noche había sido la tercera en una semana en la que James sólo había dormido superficialmente. Todo su cuerpo estaba empapado en sudor.

– ¡Ya verás cómo salimos de aquí, Bryan! ¡Lo prometo!

James sacudió la cabeza como si quisiera librarse de las visiones y, sin querer, golpeó la cabeza contra la cabecera de la cama. La sorpresa por el dolor le hizo abrir los ojos de par en par. El hombre del rostro picado de viruelas ya estaba despierto y descansaba de costado, apoyado sobre la almohada doblada. Tenía la mirada clavada en James, que reaccionó inmediatamente entonando su canturreo atonal. James percibió su mirada insensible cuando se dio la vuelta y pestañeó contra los rayos de luz matinal que se filtraban a través de las fisuras de las contraventanas a prueba de bombas. También años atrás, en el acantilado de Dover, había vivido mañanas como aquélla.

La familia de Bryan tenía una casa en Dover que a James le encantaba visitar. Un impulso repentino podía provocar, incluso a mediados de semana, que toda la familia Young subiera al coche y recorriera las quince millas a través del bello paisaje que los separaba de la costa. Desde los días de soltero del señor Young, la casa había estado siempre lista para recibir invitados. De ello se encargaba la pareja de conserjes.

El señor Young amaba el mar, el viento y la fabulosa vista.

Hubo pocos fines de semana en que James no los acompañara.

Según la madre de James, Dover no era un pueblo en el que hubiera que quedarse. Era un pueblo que sólo se atravesaba de camino a otro lugar. Pero aparte de que le era indiferente, también representaba para ella algo desconocido y arriesgado. Era una persona inquieta y preocupada, por esa misma razón, James jamás había hablado a sus padres de los experimentos que habían realizado con bombas fétidas y de humo, ni tampoco de los magníficos inventos que él y Bryan habían hecho y que incluían una balsa hecha de barriles de arenques y un enorme tirachinas fabricado con cámaras de aire para bicicletas.

Si la señora Teasdale hubiera sabido que su hijo era capaz de lanzar un ladrillo con tal violencia y precisión como para atravesar un saco de trigo a una distancia de cincuenta metros, sin duda no se habría alegrado demasiado.

Para ellos, Dover representaba un verdadero refugio. «¡Ahí van los dos hijos del señor Young!», comentaba la gente al verlos llegar por el paseo marítimo.

Siempre les había encantado que los tomaran por hermanos y solían agradecer el equívoco agarrándose por el hombro y cantando su himno de guerra a viva voz; una canción banal que uno de los pretendientes de Elizabeth había escuchado en una película que ni él ni Bryan habían visto jamás.

I don't know what they have to say

it malees no difference anyway

whatever it is, l'm against it

no matter what it is or who commenced it

l'm against it!

Your proposition may be good but let's have one thing understood Whatever it is, l 'm against it

(«No sé qué quieren decirme, de todos modos me da igual, sea lo que sea, estoy en contra, no importa lo que sea ni quién lo empezó, estoy en contra! ¡›Es posible que tu proposición sea buena, pero dejémoslo claro, sea lo que sea, estoy en contra.»)

solían gritar a viva voz. Repetían aquellas estrofas una y otra vez, haciendo enloquecer a los que los rodeaban. La canción tenía uno o dos versos más, pero nunca los aprendieron.

Gracias a las magníficas exposiciones históricas de su amado profesor, el señor Denham, los chicos fueron introducidos en las gestas de hombres y mujeres intrépidos. Cromwell, Thomas Beckett, la reina Victoria y María Estuardo empezaron a pulular por sus mentes. Los jinetes tronaron por el borde de la cátedra.

Las clases preferidas de los chicos. Allí se les había revelado Julio Verne, y los chicos se adentraron en las profundidades de la tierra, se sumergieron en los océanos y volaron en máquinas prodigiosas.

En cuanto uno de ellos garabateaba un par de trazos, el otro sabía inmediatamente de qué se trataba. Pasaban horas y horas añadiendo trazos a la idea del otro, sin que hubiera necesidad de mediar ni una sola palabra.

En aquellos maravillosos ratos llegaron a crear un taladro gigantesco, capaz de taladrar un pozo de mina o un túnel hasta Francia, y un automóvil que podía transportar ciudades enteras hasta un lugar donde hiciera mejor tiempo.

Puesto que a los ojos de los niños era posible llevar a cabo todos estos inventos, siempre quedaba la pregunta de por qué nadie, hasta entonces, los había realizado. Y entonces lo intentaban ellos.

Durante una de las tormentas otoñales, el señor Denham había medido que el viento soplaba con una velocidad de veintisiete yardas por segundo. Bryan y James habían contemplado estupefactos aquel pequeño anemómetro; cincuenta y cinco millas por hora, era un valor formidable.

De camino a casa se habían sentado en el bordillo de la acera, delante de la oficina del Com Exchange, dejando que los transeúntes fueran transeúntes.

En condiciones favorables y con una velocidad de cincuenta y cinco millas, era posible volar a Francia en media hora. Si tomaban un velero que se deslizara sobre el hielo, seguramente tardarían el doble de tiempo.

Antes de que hubiera terminado el día ya habían establecido el interés que en el futuro conformaría el marco de sus destinos. Coserían un globo para que la fuerza fascinante del viento pudiera ser puesta a prueba.

Querían volar.

Retal a retal, fueron robando la lona de las obras que se estaban realizando en el puerto de Dover. Del transporte a Canterbury se encargó el señor Young sin siquiera saberlo. La cavidad que había debajo del asiento trasero era muy espaciosa.

Casi un año entero tardaron los muchachos en coser el globo en la glorieta de la familia Young. Nadie debía saber nada. Tenían que ser rápidos. Después de las vacaciones, el destino les daría alcance. Abandonarían el Kings's College de Canterbury para seguir los estudios en Eton.

Entonces los fines de semana en Dover se espaciarían mucho más.

Tres días después de que empezaron las vacaciones le dieron la última mano a la obra.

Fue Jill quien, sin saberlo, resolvió el problema de trasladar el globo a Dover, donde los aguardaban el acantilado y el viento.

El 10 de julio de 1934, Jill cumpliría dieciocho años. En aquella zona se había convertido en una cuestión de moda que las chicas de las mejores familias, al igual que habían hecho las hijas de la servidumbre durante siglos, empezaran a prepararse para el matrimonio. Antes de la boda era costumbre que hubieran empezado a reunir su dote, que consistía en vajilla y cubertería.

Según Jill y sus amigas, había que tener una vitrina para guardar tales alhajas. Y Jill no disponía de una. «Vitrina en venta -rezaba un anuncio en el diario-. Posibilidad de trocarla por una bicicleta de señora de una buena marca. Razón: Riggs & Cgo.» Cuando Jill leyó la dirección en voz alta, los chicos saltaron de entusiasmo.

Irían a Dover.

Fue la señora Teasdale quien finalmente pagó el pato y tuvo que poner su bicicleta en aquel trueque.

Y la lona del globo fue el envoltorio.

Cuando llegaron a su destino, los chicos escondieron la lona debajo de un cargadero mientras el señor Teasdale y la hija se encargaban del trato.

La vitrina ya tenía dueño. Jill estaba desconsolada. Durante el viaje de vuelta. James tuvo que darle unas palmaditas de consuelo a su hermana mayor. «¿Quieres que te preste mi pañuelo?», fue su última oferta. Jill miró con incredulidad los restos que había depositados en aquel trapo y se echó a reír. «¡Creo, hermanito, que necesitas más el mío que yo el tuyo!»

James todavía era capaz de evocar sus hoyuelos.

El pañuelo que ella le había ofrecido era de color azul con una cenefa que Jill había bordado.

En los tiempos que siguieron, Bryan vio con asombro cómo su amigo se ataba todas las mañanas su talismán -el pañuelo-al cuello. Los chicos llevaban dos semanas esperando que llegara el viento.

Por fin llegó el día. El viento se había levantado, en la cresta del acantilado soplaba con tal frescura que las gaviotas apenas eran capaces de dirigir sus agresivos vuelos en picado contra ellos y los dos muchachos habían rellenado las camas con almohadas y edredones. Los chicos se cogieron por el hombro dejando volar la mirada hacia la Tierra Prometida, al otro lado del canal.

La dirección del viento era idónea.

Luego recogieron el baúl de mimbre con la leña que habían escondido entre los árboles de la ladera de tierra en otoño. Ataron aquella cesta, aquel modelo de góndola, con cinco buenos cabos por debajo de la abertura del globo. Luego depositaron los leños debajo del árbol cuya copa ornaba la lona. Cuando desapareció la oscuridad, el fuego llevaba horas crepitando bajo el globo creciente.

Antes de que se hubieran llenado las tres cuartas partes del globo, salió el sol sobre un cielo despejado que les permitió vislumbrar el contorno del continente europeo. Unos cuantos pensionistas madrugadores paseaban a lo largo de la hilera de cabinas de baño de la playa pública.

James jamás olvidaría aquellas voces.

Durante los minutos críticos que antecedieron a su viaje, James cometió varios errores. En el mismo instante en que aparecieron los primeros bañistas de la mañana, exigió que emprendieran el vuelo inmediatamente para que no los descubrieran. Bryan había protestado; la lona todavía no estaba suficientemente llena.

– Confía en mí -le había dicho James-. ¡Todo irá como estaba previsto!

Cuando finalmente el viento levantó el globo la primera pulgada del suelo, James se había sentido seguro. La lona se hinchaba de forma imponente sobre sus cabezas; oval, abarquillada y enorme. Entonces soltó el último amarre y arrojó un par de leños más por la borda.

La silueta gigantesca del globo cabeceó un instante en el borde del acantilado. Bryan había alzado la vista asustado y con el dedo había señalado una de las costuras del globo que dejaba escapar aire caliente con los golpes de viento.

– Dejémoslo para otro día. James -había dicho.

Sin embargo, su compañero había sacudido la cabeza dirigiendo la mirada hacia el cabo de Gris Nez. Entonces volvió a apoderarse de él un diablo y en menos de un segundo hubo arrojado el resto de los leños, sus víveres y sus mudas por la borda.

En el preciso instante en que la cesta se elevó de un salto elegantemente en el aire, e] globo se aplanó desplegándose como una vela, presa de las ráfagas de viento imprevisibles. Por entonces, Bryan ya había dado un salto a tierra mientras James contemplaba, atónito, el espectáculo.

Y entonces fue cuando el viento arrastró la nave por el borde del acantilado.

Más tarde, los espectadores de la ciudad contaron que el globo había sido arrojado contra las rocas por la turbulencia y que se había enganchado en un saliente con un sonido desgarrador.

– ¡Gilipollas! -había gritado James dirigiéndose al rostro pálido de Bryan, que asomaba por el borde del acantilado.

El sueño desinflado que pendía sobre su cabeza profirió un conjunto de sonidos fatídicos. Los restregones que provocaban las pequeñas ráfagas contra la roca blanda estaban a punto de desgarrar la lona. Nadie había echado en falta aquel hurto, ya que la lona estaba tierna y ajada.

Una vez hubo proferido aquel insulto, James renunció a reprender más a Bryan. Sobre su cabeza, Bryan asomó las piernas por el borde de mala gana e inició el descenso. Durante los años que habían compartido hazañas, nunca había habido accidentes en aquel sector del acantilado. Sin embargo, y eso lo sabían los chicos, la ladera oeste ya había exigido muchos sacrificios. Algunos habían dicho que las víctimas habían quedado totalmente aplastadas, tan planas como un pescado curado.

Cuando la lona se desgarró con un chasquido, el globo se despeñó algunos metros más y los cabos sueltos empezaron a ondear al aire libremente, Bryan se orinó en los pantalones sin por ello detener la peligrosa acción de socorro que había emprendido. La cascada de orina se escurrió libremente por las perneras y el viento se!a llevó.

Una anilla de latón en la punta superior, que originalmente había sujetado la lona a un botalón, había atravesado la tela. En aquel agujero habían atado una cuerda que todavía colgaba libremente del centro del globo. La idea había sido que, en cuanto hubieran cumplido con su cometido, agarrarían aquel cabo y vaciarían el aire del globo para que el descenso pudiera llevarse a cabo de forma controlada.

Mientras que Bryan se había aferrado a la ladera de creta porosa del acantilado buscando febrilmente aquella anilla de latón, James había entonado su himno de guerra.

De pronto, el globo volvió a desgarrarse de un tirón.

A sus pies, las notas salían de la boca de James, siguiendo los golpes rítmicos del globo contra la pared de roca:

Idon't know what they have to say it makes no difference anyway whatever it is, l'm against it…

James ya no recordaba con tanta nitidez el resto de los acontecimientos. Con las lágrimas saltándole de los ojos, Bryan había conseguido agarrar el cabo, alzarlo y luego volver a arriarlo en su plena longitud. También los pantalones de James mostraban unas grandes manchas oscuras en la entrepierna cuando finalmente se encontraron estirados en el borde del acantilado. Bryan llevaba un buen rato contemplando a su amigo, que seguía canturreando mientras intentaba recobrar el aliento.

Los recuerdos de aquel episodio habían vuelto a la mente de James en más de una ocasión. Durante la Operación Supercharge en el desierto africano, durante los vuelos nocturnos, durante los años laboriosos de Cambridge, en las aulas de Trinity.

James intentaba con dificultad volver a la realidad de la sección. Llegaron los primeros tintineos desde la planta inferior. El olor era pesado por los efluvios de la noche. Volvió cautelosamente la cabeza y posó la mirada en Bryan. Las cortinas que colgaban detrás de él ondeaban ligeramente, a pesar de que las contraventanas estaban cerradas. Tan sólo el hombrecito enjuto de los ojos rojos estaba despierto en la fila de Bryan. Miró fijamente a James y le sonrió escudriñando su rostro. Al comprobar que James no reaccionaba, el hombrecillo también se tapó el rostro con la manta y se tranquilizó.

«¡No te preocupes, Bryan, te sacaré de aquí!», volvió a pensar en un nuevo y recurrente ciclo de palabras para posteriormente dejarse llevar por la apatía que reinaba en la sección y por las secuelas asfixiantes de los electrochoques.

CAPÍTULO 15

Llegó el calor. Y con el calor, los cambios.

Las enfermeras se deshicieron de las medias hasta la rodilla sustituyéndolas por unos pequeños calcetines blancos y cortos que les llegaban a los tobillos.

Los olores de la sección fueron tomando cuerpo. Desde los lavabos y las duchas al final de la sala les llegaban corrientes de aire pesadas y húmedas cada vez que se abría la puerta giratoria. Por esa razón, Vonnegut hizo venir a un soldado raso de las SS y antiguo carpintero que, con unos amplios movimientos, consiguió cepillar las ventanas de forma tan efectiva que el aire fresco no sólo inundaba el pasillo, sino que también lograba que se mezclaran los efluvios, tanto cuando las ventanas estaban abiertas de par en par, como cuando estaban cerradas.

Las demás ventanas estaban atornilladas al marco.

El tiempo de los gorjeos de los pájaros desde el alero, una planta y media más arriba, ya había terminado; unas largas estrías de porquería indefinible que recorrían los cristales de las ventanas todavía daban testimonio de ello.

Vonnegut había dejado de repasar las listas de bajas de los diarios. Se había quedado traspuesto demasiadas veces, murmurando palabras ininteligibles para sus adentros. Ahora se limitaba a divertirse con el Judío Süss y las demás sátiras que aparecían en sus páginas y a completar el crucigrama antes que nadie.

Varios pacientes habían mejorado visiblemente y sólo era cuestión de semanas que los primeros fueran devueltos a sus guarniciones.

Todos los permisos por enfermedad habían sido suprimidos indefinidamente para los pacientes que pertenecían a los grupos Z15, L15.1, vU15. J y vU15.3. Todas estas categorías estaban representadas en su sección y comprendían a la mayor parte de los tipos de demencia de carácter tanto pasajero como crónico. En tiempos de paz, estas dolencias hubieran conllevado invalidez o servicio reducido. Hasta entonces, nadie les había revelado el significado de las distintas clasificaciones, pero, a medida que pasó el tiempo, tampoco nadie pareció tener en cuenta dichas divisiones. La única huella que dejaron aquellas combinaciones de números y letras fue el sobrenombre que los enfermeros habían dado a la sección. La llamaban la «Casa del Alfabeto».

El objetivo principal del tratamiento que se ofrecía en el lazareto era lograr que los oficiales de rango menor recuperaran la salud suficientemente para saber en qué dirección debían dirigir las armas en sus respectivas compañías y poner a los oficiales de rango mayor en condiciones para determinar si realmente debían apuntar en alguna dirección.

Sin embargo, de aquella sala en especial se esperaba algo más.

El médico que estaba a cargo de la sala, Manfried Thieringer, ya se había entrevistado dos veces con el gauleiter local que, en calidad de representante de las autoridades de Berlín, le había impuesto obtener resultados positivos. Se le recordó que el bienestar de ciertos oficiales era supervisado por el cuartel general y que podrían hacerle responsable personalmente, en caso de que esos excelentes soldados no mejoraran de acuerdo con lo que en justicia cabía esperar.

A Manfried Thieringer le encantaba reproducir aquellas advertencias a sus subordinados y solía retorcerse el bigote mientras pasaba revista a aquellos soldados supuestamente «magníficos» que seguían sin apenas saber distinguir sus zapatillas de las del vecino. «Pero, al fin y al cabo, un tratamiento es un tratamiento», decía. Y, por tanto, ya podían decir lo que les diera la gana, incluso el mismísimo Himmler.

Cada semana que pasaba, a James se le iba haciendo más difícil retener sus pensamientos. Primero desaparecieron todos los detalles que sazonaban el divagar de su mente y que daban vida y particularidad a los personajes de sus relatos. Luego desapareció una parte de las tramas de los libros, dejando al descubierto el deterioro de su cerebro.

James había considerado la posibilidad de saltarse las pastillas innumerables veces. Aquellos preparados de cloro que embotaban su mente, pero que, a su vez, hacían su vida más soportable. Si las tiraba al suelo, corría un grave riesgo de ser descubierto, La limpieza diaria no era excesivamente minuciosa, aunque satisfactoria. Si te pillaban llevándotelas al baño, podía tener unas consecuencias que desgraciadamente no eran imprevisibles. No había muchas otras posibilidades.

Y además estaba Petra.

Pues, a fin de cuentas, la hermana Petra era la verdadera razón de que no intentara eludir tragarse aquellas pastillas cuando ella las depositaba cuidadosamente sobre su lengua y acercaba su cara a la de él.

Su aliento era femenino y dulce.

Aquella mujer se entrometía irremediablemente en sus pensamientos. Era su enemiga, pero también su benefactora y redentora. Por tanto, debía tragarse aquellas pastillas para no ponerla en un aprieto.

Mientras las cosas estuvieran como estaban no podía ni pensar en huir. El riesgo de que los simuladores se dieran cuenta siempre estaba presente. James se sentía coartado. Si lo descubrían, no dudarían en acabar con él. Kröner, Lankau y Schmidt ya habían actuado con contundencia en dos ocasiones. La primera vez fue cuando Kröner estranguló al vecino de James para conseguir su cama; la segunda, hacía menos de una semana.

Un nuevo paciente, que había sido trasladado de una sección normal con un agujero en la pierna y un cortocircuito en el cerebro, había pasado todo un día suspirando y gimoteando en la cama contigua a la del Hombre del Calendario.

Desde la radio de Vonnegut se había anunciado un desarrollo tan preocupante en el frente oriental que el enfermero manco no había tenido más remedio que correr hasta la sección para transmitirle la información recibida al segundo médico adjunto, que inmediatamente abandonó sus papeles sobre la cama más próxima y lo siguió hasta la sala de guardia. Más tarde, aquel mismo día, llegaron los rumores. Entrada la tarde, los rumores se habían condensado en comunicaciones verificadas que pronto se propagaron por la sección con las habladurías de las enfermeras y los gruñidos de los camilleros.

– Han desembarcado en Francia -proclamó finalmente Vonnegut.

James se había sobresaltado. La idea de que, en aquel mismo instante, las tropas aliadas estaban luchando a escasos cientos de millas del lugar con el solo objetivo de acercarse, le provocó las lágrimas. «¡ Esto tendrías que saberlo, Bryan! Así tal vez te relajarías*, pensó.

En el momento en que James volvió la cabeza hacia la pared, d nuevo paciente que ocupaba la cama diagonalmente opuesta a la de él empezó a reír. Finalmente, su ataque de risa histérico provocó una sacudida en la cama contigua a la de James. Era la de Kröner. Se bajó la manta hasta los tobillos, se incorporó lentamente y dirigió la mirada hacia aquel descarado que había osado reírse. James notó la mirada de Kröner sobre su cuerpo y percibió cómo el calor se filtraba hasta la piel para, inmediatamente después, abandonarlo con más rapidez que con la que había llegado. Se interrumpió la risa, pero Kröner no volvió a echarse.

Durante los días que siguieron, los simuladores se turnaron para vigilar al nuevo inquilino. Cuando le daban de comer, cuando orinaba, cuando lo mudaban y le hacían friegas con alcohol. Los simuladores eran testigos de todas las posibles combinaciones y situaciones. El cuchicheo nocturno cesó y las noches se hicieron imprevisibles. La cuarta noche, Lankau salió de la cama, se dirigió a la del recién llegado y lo mató sin apenas hacer ruido. El chasquido indefinido de las vértebras cervicales al quebrarse fue más débil que el sonido que se producía cuando el loco del fondo de la sala tiraba de sus dedos hasta hacerlos crujir. Después Lankau lo arrastró hasta la ventana que el soldado de las SS había cepillado con tanto ahínco y lo echó por ella con la cabeza por delante.

Desde el momento en que los guardias empezaron a gritar hasta que apareció uno de los oficiales de seguridad en la puerta transcurrieron menos de tres minutos. Encendieron todas las luces. El oficial despotricaba sin dejar de correr arriba y abajo entre la ventana y la enfermera de guardia que se había quedado parada retorciéndose las manos. Su ira no tenía límites. Había que atornillar aquella ventana inmediatamente y el que fuera responsable de que pudiera abrirse tendría que responder por ello. La enfermera dejó de retorcerse las manos; al fin y al cabo, ella no había tenido nada que ver con aquella calamidad.

Acto seguido, el oficial empezó a recorrer las camas pasando revista a todos y cada uno de los pacientes. Fuera de sí, pues tenía motivos más que sobrados para estarlo. James lo miró fijamente a la cara y el oficial se detuvo.

Esta vez, el oficial de seguridad en jefe entró en la sala con los ojos legañosos, seguido por dos soldados de las SS agotados que apenas conseguían mantenerse en pie. También se personó el médico mayor, que no reaccionó ante las acusaciones que le esperaban.

– La ventana será atornillada mañana -dijo secamente antes de darse la vuelta y volver a sus dependencias.

Justo antes de que se apagaran las luces, Bryan despertó de su sopor tras la sesión de electrochoque de aquella misma mañana y paseó la vista por la sala. James se apresuró a cerrar los ojos.

Más tarde, aquella misma noche, el cuchicheo volvió a dejarse oír, devolviendo a James al mismo estado de normalidad inquietante de siempre. El intercambio de información entre los simuladores fue breve y conciso. Kröner había reconocido al muerto y se había visto reconocido de forma demasiado obvia. Elogió a Lankau aunque añadió secamente que, a partir de ese momento, deberían idear nuevos métodos en caso de que surgieran otros problemas en la sala.

– ¿Por qué? -objetó Lankau con una sonrisa en los labios-. ¿Qué importancia tiene que hayan atornillado todas las ventanas? ¿Qué podría impedir a un suicida arrojarse por una ventana cerrada?

Sin embargo, Kröner no se rió.

El rumbo que habían tomado las cosas era preocupante. Pronto Bryan retomaría las pequeñas señales y los intentos de acercamiento.

Schmidt y Lankau seguirían durmiendo durante el día, pero nada parecía indicar que Kröner tuviera intención de dejarse sorprender.

Tendría que hacérselo entender a Bryan.

CAPÍTULO 16

Las enfermeras llevaban toda la mañana dirigiéndole sonrisas a Bryan.

El hombre de la cara picada de viruela lo animó con un gesto de la cabeza cuando pasó por su lado con el carrito cargado de ropa blanca y señaló hacia la puerta giratoria. Una comisión de enfermeras de entre las que Bryan sólo reconoció a un par se acercó a él con movimientos rígidos, disponiéndose a cantarle sin demora. El entusiasmo y la fuerza que demostraron eran dignos del coro de una ópera de Wagner. Sin embargo, la calidad dejaba mucho que desear.

Bryan retrocedió, deseando que desaparecieran. En su lugar, una de las enfermeras mayores se inclinó sobre la cama y se llevó las manos al pecho. Su voz era como la de un barítono. Bryan temió que diera un salto y se plantara encima de la cama. Unos cuantos pacientes empezaron a aplaudir y la supervisora de las enfermeras le hizo entrega de un paquetito envuelto en papel de seda. Luego hizo una seña ligeramente apremiante hacia la retaguardia, donde apareció un miserable pedazo de algo indefinido de color marrón entre las manos de un enfermero. Por lo que Bryan pudo descifrar del borde deshilachado y la superficie ondulada, se trataba de un trozo de pastel adornado con una diminuta esvástica. Todos a su alrededor resplandecían de felicidad- Más tarde, el médico mayor contempló codiciosamente el trozo de pastel y le sonrió amablemente por primera vez. Tenía los dientes podridos.

Bryan se reclinó en la cama y contempló con desazón aquella pieza seca de repostería. Era el centro de atención en el cumpleaños de otro hombre; el primero que se celebraba en aquella sala.

Hacía poco que James había cumplido los veintidós, acontecimiento que por razones obvias había pasado sin pena ni gloria. Bryan había intentado enviarle un pequeño saludo, pero James se había limitado a fijar la vista en el techo.

Durante los últimos meses, James había permanecido en aquella postura casi ininterrumpidamente. Cada vez resultaba más difícil imaginar cómo iban a poder llevar a cabo los planes de evasión con su participación.

Era comprensible que James se hubiera dejado llevar por la nostalgia el día de su cumpleaños. Pero ¿qué podía decirse de los restantes? ¿Por qué se aislaba de aquella manera? ¿Cuánto tiempo tendría que esperar?

Bryan pellizcó el pastel y fe ofreció unas migas a su vecino que, como de costumbre, juntó los talones y se las comió como si se lo hubieran ordenado. Debía de ser sólo cuestión de días hasta que aquel hombre fuera devuelto al infierno. Aquel necio parecía alegrarse de ello y pasaba la mayor parte del día al lado de la ventana, de espaldas a la sala, contemplando el paisaje ondeante y verde que se extendía más allá de las torres de vigilancia.

Cuando el hombre de la cara picada de viruela y su compinche de la cara ancha trajeron la comida, el cielo empezó a retumbar desde el norte. Las descargas no se prolongaron durante mucho tiempo, pero sí el suficiente para que un oficial experimentado de las fuerzas aéreas inglesas se sorprendiera. Bryan dirigió la mirada hacia James, que estaba acostado en la cama con las manos debajo de la nuca.

Los ruidos secos provenían de un lugar lejano. Algunos murmuraron Baden-Baden; otros mencionaron Estrasburgo; finalmente, Vonnegut sacó el garfio por la ventana y le gritó los nombres de ambas ciudades a una mujer de la limpieza que limpiaba el suelo entre las sillas de rodillas, como sí nada ni nadie le importara lo más mínimo.

De pronto, el ruido se hizo ensordecedor y algunos de los pacientes se pusieron en pie para poder seguir el resplandor del fuego cruzado que se iba haciendo cada vez más visible en el cielo a medida que menguaba la luz del día. Estrasburgo ardió durante toda la noche, emitiendo un débil halo de luz anaranjada en aquella noche de verano.

«Se están acercando -pensó Bryan, y rezó por los amigos en el aire, por sí mismo y por James-. Tal vez la próxima vez le toque a Friburgo. ¡Entonces entraremos en acción. James!»

Uno de los pacientes que, hasta entonces, había estado sumido en la apatía, empezó de pronto a moverse de un lado a otro, siempre seguido por otro paciente delgado de cuello rígido que prefería girar todo el cuerpo a girar la cabeza. Los dos hermanos siameses llevaban toda la mañana plantados delante de la ventana del Hombre Calendario, escrutando paciente y silenciosamente el valle, como si se estuviera avecinando algo más. Cuando el fuego sobre Estrasburgo alcanzó su máximo y las explosiones retumbaron débilmente entre las montañas marginales, el hombre flaco tomó a su compañero del brazo y apoyó la cabeza contra su hombro.

En la otra punta de la sala, el Hombre Calendario volvía de una de sus escasísimas visitas al baño. Allí se encontró con los hermanos siameses, que sacaban las cabezas a través de los barrotes de la ventana. El Hombre Calendario gruñó y agarró en Afano la rodilla del flaco en un intento de alejarlo de su territorio.

Bryan los observaba, dispuesto a seguir su ejemplo. Realmente se avecinaba algo. Los hermanos siameses habían tenido razón. El suave zumbido era arrojado contra la montaña para luego ser absorbido por los árboles. «Se dirigen al sur. ¡Tal vez a Italia!», pensó Bryan dirigiendo la mirada hacia James.

Unos segundos después, los gemelos se estremecieron. Las explosiones sordas llegaron desde atrás, retumbaron sobre el hospital y siguieron su trayectoria hacia la pared de roca, a unos ochocientos o novecientos metros, para luego volver como ecos cavernosos que apenas se distinguían entre sí. Los aviones debieron de llegar desde el oeste siguiendo una línea que corría al sur del lazareto. Tal vez las formaciones se habían deslizado sobre Colmar, o quizá el viento había jugado a la pelota con el sonido, jugándole así una mala pasada a Bryan.

De todos modos, los bombardeos de Friburgo eran una realidad.

– Schnell, schnell -les apremiaron las enfermeras sin dar muestras de sorpresa, y mucho menos de terror o pánico. Abandonaron a su suerte a los pocos pacientes inconscientes que había. El resto descendieron la escalera en pocos minutos.

En el exterior sonaban las sirenas y se oía el crujido de pasos apresurados y puertas que se cerraban de golpe. Un guardia apostado en la puerta de salida al patio señalaba el camino que debían seguir con el rifle, para que nadie tuviera ni la más mínima duda de que tenían que seguir adelante, rodear la barandilla de acero y meterse por la entrada del sótano de la Casa del Alfabeto. Por detrás, los perturbados presionaban. Los sucesos que los habían hecho enloquecer emergían por culpa de los estampidos y la agitación.

El sótano estaba dividido en dos secciones. Una hilera de celdas estaba provista de puertas grises de acero desde donde les llegaban incesantes quejidos y gritos apagados. A la derecha, una puerta conducía al interior de una estancia cuyo tamaño correspondía a la mitad de la sala que normalmente ocupaban. Sin posibilidad de recular hacia James, Bryan fue empujado hacia adelante hasta que de pronto se vio encerrado en la esquina más alejada, viendo corno entraban pacientes a veintenas a través de la estrecha puerta.

James estaba de pie en medio de la sala, justo debajo de una de las débiles lámparas parpadeantes que pendían del techo, con la mirada perdida en la nada. El hombre de la cara picada de viruela lo sostenía por los hombros. Varios de los lisiados físicos del bloque vecino sufrían dolores debidos a sus heridas y a la postura erguida que se habían visto obligados a adoptar e intentaban hacerse sitio con el fin de que no los empujaran y de poder ponerse en cuclillas.

El personal estaba ocupado, intentando acallar a los elementos más descontentos e inquietos y procurando que nadie fuera aplastado. Un joven enfermero de mirada perdida se desesperaba y respiraba pesadamente sin hacer caso del sudor que se escurría por su rostro. Tal vez su familia se hallaba en el lugar más caliente.

Bryan se balanceaba hacia adelante y hacia atrás canturreando una melodía interminable, tal como había hecho James al principio. Por cada movimiento que hacía iba abriendo un hueco por el que colarse, sin riesgo de que protestaran los pacientes que lo rodeaban. «Sigue, alarma aérea, sigue, no te pares», pensaba Bryan mientras se iba acercando a balanceos lentos al lugar en el que se hallaba James. La luz del techo se había estabilizado. Los sonidos del exterior se confundían con los gemidos de los pacientes.

Uno de los compañeros de Bryan lo agarró del camisón y empezó a insultarlo atropelladamente en una suerte de disparate escupido. Sus ojos eran pesados, y la mano que lo agarraba, flácida. A Bryan le resultaba increíble que aquel hombre tuviera fuerzas para mostrarse tan agresivo. Entonces Bryan agarró el pulgar del hombre obligándolo a soltar el camisón. Miró hacia James.

La mirada con la que se encontraron sus ojos era nueva. No rezumaba odio, ni siquiera ira, pero lo rechazaba y era amenazante y mortífera.

Bryan se detuvo en medio de su canturreo y resopló pesadamente. James desvió la mirada. Luego volvió a dar unos pasos hacia adelante y volvió a aparecer aquella mirada. El hombre del rostro picado recorrió la nuca de James con la mirada y siguió la dirección que señalaba su nariz. Bryan no tenía forma de saber si había conseguido bajar la mirada a tiempo.

La sensación de que era observado no lo abandonó hasta que volvió a meterse en la cama.

La estancia en el sótano le había dado mucho en que pensar. Los gritos en las pequeñas celdas a lo largo del pasillo, que todos habían podido oír pero contra los que nadie había reaccionado, ni siquiera cuando volvieron a abandonar el refugio antiaéreo. ¿Quién podía haber acabado así? ¿Qué les había pasado? ¿Acaso los doctores Holst y Manfried Thieringer no conocían el número de electrochoques que, a la larga, era capaz de soportar el cerebro humano? ¿O tal vez se trataba del castigo que les esperaba a Bryan y a James si eran descubiertos? ¿Se convertirían en seres desdichados como los del sótano?

Y luego estaban las miradas de James y del hombre del rostro picado.

Por la noche, aquel hombre y su compañero inseparable de la cara ancha volvieron a comportarse de la manera habitual, siempre sonrientes y solícitos con los compañeros cuando repartían los platos y los cubiertos. A pesar de que el hombre de la cara ancha casi siempre se pasaba el día durmiendo, solía deambular por los pasillos cuando se acercaba la hora de la comida, trayendo los cubos de comida de la cocina que se hallaba a un par bloques del suyo. Todo el mundo sonreía alegremente a aquellos dos hombres cuando pasaban por su lado transportando su pesada carga.

Aquella noche, el gigante del rostro picado le guiñó el ojo a su compinche. El movimiento apenas fue perceptible, pero Bryan lo registró. En el mismo instante en que hubo guiñado el ojo, volvió la cabeza hacia Bryan, quien se vio sorprendido por aquella mirada, aunque también dispuso de la suficiente sangre fría para soltar por la boca la saliva que había acumulado delante de la lengua, dejando que se llenaran las comisuras de sus labios y el hoyuelo de la barbilla.

El gigante recolocó el plato que tenía delante y echó un cucharón más de pedazos de salchicha al lado de los mendrugos de pan. El paciente afortunado intentó evitar desagradecidamente tal muestra de generosidad. Sin embargo, el gigante del rostro picado de viruela no se dio ni cuenta; sólo tenía ojos para la barbilla de Bryan.

Desde el primer día en el hospital, Bryan había aprendido algunos vocablos alemanes, aunque su significado no siempre era totalmente unívoco. Sin embargo, las conjeturas y la acentuación de las frases y las expresiones de las caras de los que hablaban le habían permitido adivinar el estado en el que se encontraban sus compañeros en un momento dado y, hasta cierto punto, lo que los médicos esperaban de su evolución.

Aquel aprendizaje exigía una enorme concentración, y ése no era precisamente el punto fuerte de Bryan cuando se encontraba en medio de una tanda de electrochoques. Una vez había desaparecido la debilidad de los primeros días, el mundo que lo rodeaba se presentaba en imágenes distorsionadas que se movían con una lentitud exasperante.

Bryan sabía que debía mantener la mirada alejada del hombre del rostro picado. Si su sospecha era justificada, estaban sucediendo ciertas cosas en la sala que todavía no entendía y con las que debía tener un extremo cuidado. A menudo, el hombre del rostro picado se inclinaba sobre él cuando estaba adormilado. Aquel hombre gigantesco cambiaba constantemente el tono de su voz y asustaba a Bryan con su chapuceo amable y su simpática sonrisa. Bryan no entendía nada. «Cuídate mucho de descubrirte ante este hombre», se repetía una y otra vez cuando notaba el aliento de aquel hombretón sobre su rostro. «¡Concéntrate!», se reñía Bryan mientras luchaba por sacudirse la apatía de encima.

Desde el bombardeo de Friburgo, la atmósfera en el hospital había cambiado. Varios de los jóvenes enfermeros habían sido destinados a servicios en el frente o a la reconstrucción de los pueblos de los alrededores. El volumen de trabajo en las distintas secciones había aumentado y el número de heridos que entraban por las puertas de acceso ya había empezado a superar el número de los que la cruzaban en el sentido contrario. Se habían visto obligados a convertir la sala de gimnasia en lazareto de urgencia. Era una simple cuestión de tiempo hasta que le tocara el turno a la Casa del Alfabeto. Los heridos siempre vendrían en primer lugar.

La preocupación estaba dibujada en los rostros del personal; muchos habían perdido a familiares durante los bombardeos. La pequeña Petra se persignaba quince veces al día y apenas le dirigía la palabra a quien no fuera James. Las sonrisas y las pequeñas amabilidades se habían ido espaciando.

Todo el mundo se limitaba a cumplir con sus obligaciones.

CAPÍTULO 17

La sexta vez que vio a Bryan pasearse arriba y abajo entre la cama y el baño, la enfermera a la que llamaban hermana Lili perdió la paciencia. Aunque todo el mundo sabía que en el segundo día después de un tratamiento de choque el paciente estaba increíblemente sediento y agitado, había otras cosas que hacer que dejar pasar constantemente a un paciente inquieto y sediento.

Antes de que el personal sanitario hubiera terminado de cambiar las sábanas, ya le había vuelto la molesta sequedad de boca. Bryan seguía los movimientos de aquellas manos expertas y rápidas que estrujaban sábanas y fundas de almohada. Recostó la cabeza pesadamente contra el lecho de olores clínicos. La cavidad bucal se cerró alrededor de la lengua y la inmovilizó, mientras el sabor dulzón se extendía por sus mejillas. Aunque Bryan se mordió la mejilla, no se produjo ni una sola gota de saliva.

Desde la cama del hermano siamés flaco llegaron unos alaridos irritados y Bryan alzó la cabeza. El hombretón del rostro picado de viruela había querido darle de beber, pero al flaco no le gustaba que tocaran su cama e intentó zafarse de aquel contacto. Tales acercamientos sólo le estaban permitidos a su hermano siamés. Bryan contempló flemático la escena y volvió a intentar tragar al ver el vaso de agua que el hombretón presionaba contra los labios apretados del flaco. El contenido cristalino del vaso chapoteaba tentadoramente cada vez que el flaco se defendía como si fuera un niño travieso. Bryan levantó la mano y la agitó hasta que el gigantón finalmente dio fin a su broma y se volvió hacia él. Una ancha sonrisa se extendió por sus labios mientras se acercaba a grandes trancos a Bryan, alargando la mano que sostenía el vaso. El agua era increíblemente refrescante. El gigantón vio cómo Bryan vaciaba el vaso con avidez y se disponía a volver a la mesa sobre ruedas para volver a llenarlo cuando, al girarse, tropezó con la cama. Las pastillas produjeron tal ruido al entrechocar dentro de la pata de la cama que Bryan creyó que todo el mundo se quedaría paralizado y lo mirarla acusadoramente. La sequedad bucal volvió súbitamente. El hombretón de la cara picada se dio la vuelta lentamente y fijó la mirada en la cama. La zarandeó ligeramente con un golpe de rodilla, pero esta vez las pastillas no tintinearon. Bryan empezó a toser y el enfermero que en aquel momento estaba atendiendo al Hombre Calendario se acercó corriendo y le golpeó la espalda. El hombretón se quedó observándolo durante un rato hasta que, por orden del pequeño enfermero, se acercó de mala gana al carrito a por otro vaso de agua.

Durante el resto del día, Bryan apenas osó moverse, a pesar de que tenía la sensación de que las pastillas habían caído hasta el fondo de la pata y de que ya no volverían a hacer ruido.

Aparentemente, el gigantón era el único que se había dado cuenta.

Alrededor de la medianoche, unas nubes taparon la luna y Bryan consideró que había llegado la hora de deshacerse de las pastillas. Aquella noche no había nadie moviéndose por la sala, ninguna sombra que se dibujara contra la puerta giratoria. Cuando se sintió seguro de que era el único que estaba despierto, salió de la cama y levantó la pata derecha de la cabecera. Nadie había sacado el tapón del extremo de la pata desde que, en su día, el fabricante lo había remachado. Bryan lo retorció con tanta fuerza que la carne de las puntas de las uñas se soltó. Se vio obligado a cambiar de mano incesantemente, a la vez que intentaba evitar jadear. Cuando finalmente saltó el tapón, Bryan estaba tan cansado que apenas le quedaban fuerzas para disfrutar de su victoria.

En cuestión de fracciones de segundo, Bryan se dio cuenta de la catástrofe que se avecinaba y puso la mano debajo de la boca del tubo antes de que las pastillas salieran a chorros, como salía el grano por la trampilla de un silo. Un par de ellas se desperdigaron por los lados y se perdieron por el suelo. Bryan abrió los ojos de par en par en la escasa luz de la sala.

Una de las pastillas había aterrizado en el pasillo central, otras dos acabaron debajo de las camas. Bryan sacó la mano cuidadosamente de debajo de la pata hasta que el resto de las pastillas formaron un bonito cono, listo para ser recogido. Bryan se puso de rodillas y tiró del camisón creando una pequeña bolsa donde fue depositando aquellas diabluras blancas que febrilmente fue recogiendo del suelo con movimientos inseguros y desesperados. Cuando se hubo convencido de que ya no quedaban más, se dio la vuelta y volvió a colocar el tapón de madera lo mejor que pudo. De pronto, una pesada nube se vació y dejó un agujero en el cielo nocturno por el que los rayos de la luna se filtraron iluminando la sala. Una figura se irguió lentamente por detrás de las cabeceras de las camas del lado opuesto del pasillo central y volvió la mirada hacia él. Bryan se apretó contra el suelo con todas sus fuerzas.

Era el hombretón de la cara picada de viruela, Bryan estaba seguro de ello.

La luz de la luna se posó suave y fresca entre el bosque de patas dibujando unas sombras alargadas y oblicuas en el suelo. Entre esas sombras se había colado una raya del grosor de una aguja de tejer y el botón de esa aguja era otra pastilla que se había deslizado traicioneramente por el pasillo central, hasta detenerse debajo de los pies de la cama del hombretón.

La cama del gigante crujió. No tenía ni la más mínima intención de volver a echarse.

En cuanto la nube volvió a cerrarse, Bryan aflojó la presión de la mano con la que tenía agarrado el camisón y se fue incorporando lentamente. En un único movimiento, arrojó la colcha al suelo y se sentó en la cama arropado por la oscuridad, de modo que el hombre de la cara picada no pudiera determinar con toda seguridad si Bryan había estado a punto de levantarse de la cama.

De camino al baño, el hombretón siguió sin disimulo y con mirada atenta sus movimientos. Bryan no desvió la mirada ni una sola vez, limitándose a concentrar toda su atención en la punta del camisón y en no tropezar con nada.

Hasta que Bryan no hubo tirado tres veces de la cadena, no desaparecieron las últimas pastillas entre los remolinos espumosos de la taza.

La luz de la luna había vuelto a la sala. Ahora el hombretón estaba sentado en la cama con las piernas colgando. Las anchas manos aferraban el borde con fuerza para permitirle tomar ímpetu y saltar rápidamente de la cama. Su torso estaba encorvado hacia adelante, sus ojos entrecerrados y alertas. Era evidente que el gigante no permitiría que Bryan pasara por su lado sin más. Por un instante le pareció que aquel hombre estaba cuerdo.

La sensación de haber sido descubierto hizo que Bryan se detuviera. Se quedó parado un rato en la cabecera de la cama con la mandíbula caída y la lengua gruesa y arqueada saliéndole de la boca. El hombretón parecía no cansarse de observarlo y apenas pestañeaba. Sin pensarlo dos veces, Bryan dio un paso adelante y se inclinó, dejando que su torso descansara sobre el tubo de acero curvado de color marrón que coronaba la cama. Sus rostros estaban tan cerca el uno del otro que sus débiles alientos se cruzaron. Bryan ladeó la cabeza como si estuviera a punto de quedarse dormido y avanzó el pie hacia el lugar debajo de la cama donde había visto que había ido a parar la pastilla traicionera. Cuando finalmente la notó y cerró los dedos de los pies a su alrededor con cuidado, el hombretón dio un salto hacia adelante y no se detuvo hasta que sus frentes entrechocaron en una descarga brutal. A Bryan lo cogió desprevenido y se fue hacia atrás hasta que la nuca golpeó contra el suelo del pasillo central. Cuando volvió a abrir los ojos, el dolor era insoportable.

En la caída se había mordido la lengua hasta casi partírsela por la mitad.

Bryan se deslizó marcha atrás sobre los fondillos del camisón, lenta y silenciosamente, alejándose de aquella mirada imperturbable que seguía todos sus movimientos. Cuando finalmente volvió a la cama, su corazón palpitaba desenfrenadamente mientras intentaba convencerse de que todo se arreglaría. Aparentemente, el hombretón de la cara picada de viruela había abandonado su propósito y se había acomodado en el lecho, ignorando la lesión que le había causado a su contrincante.

Durante la hora que siguió, la lengua se le hinchó violentamente y empezó a latir a un ritmo correoso. Los dolores eran concretos y se manifestaban a través de una serie de jadeos tan apagados que a nadie despertaron.

Cuando finalmente consiguió superar el mal trago y notó cómo el sueño reconfortante acudía en su ayuda, se acordó de pronto de la pastilla: seguía en el suelo.

Estuvo largo tiempo con la mirada pegada al techo, considerando la posibilidad de levantarse de la cama e ir a por ella.

Fue entonces cuando oyó los susurros por primera vez.

CAPÍTULO 18

La pequeña hermana Petra se asustó cuando encontró a Bryan al día siguiente.

Tras una noche entera de dolores y terror, la cama estaba completamente empapada de sudor y Bryan tenía la frente hinchada tras el cabezazo del gigantón; los labios y la barbilla le latían. Había manchas de sangre en el cuello del camisón y en la almohada. No había dormido; incluso cuando las voces enmudecieron y sólo quedó el vacío aterrador, el cuerpo no había reclamado su derecho al descanso. Bryan había estado demasiado excitado, ahora que había comprendido la situación.

El descubrimiento resultaba estremecedor. Además de él y de James, había otros tres simuladores más en la sala. Eran listos, ingeniosos, hábiles, atentos, imprevisibles y, no cabía la menor duda, peligrosos. Aparte, había que contar con que desconocía varios factores que podían ser de suma importancia. El mayor temor de Bryan: los factores desconocidos.

Sin duda, a partir de aquel día, el hombretón de la cara picada de viruela no le quitaría el ojo de encima. Sin embargo, la pregunta que debía hacerse era qué había podido descubrir con anterioridad aquel hombre. Hacía tiempo que James había intentado prevenirle contra los simuladores. Ahora lo sabía. La idea de la impotencia que debió de sentir James se impuso con fuerza. ¿Qué no había tenido que soportar por su culpa durante las últimas semanas y meses? Bryan hubiera deseado ardientemente haberse percatado de las señales que James le había enviado con tanta persistencia. «¡No volveré a causarte problemas, James!», fue su promesa impronunciada. Rezó porque James lo comprendiera; era imposible que pudiera habérsele escapado el episodio de la noche.

Volvía a unirles el lazo invisible que siempre los había vinculado.

Varios de los pacientes se sobresaltaron cuando una de las enfermeras nuevas abrió la puerta giratoria de un golpe y empezó a chillar algo acerca de Hitler y a repetir la palabra «Wolfsschanze».

Bryan la siguió con la mirada mientras pasaba por el lado de Petra, que se persignó, y de Vonnegut, que simplemente se quedó boquiabierto. Bryan deseó con todas sus fuerzas que aquello significara que Hitler había muerto. El doctor Holst la miró durante largo rato mientras escuchaba lo que tenía que decir. Su tartamudeo y su excitación no parecían impresionarlo demasiado, pero a sus espaldas, James, rompiendo con su habitual comportamiento, se había incorporado en la cama y seguía con una mirada demasiado despierta lo que se estaba diciendo. A su lado estaba el hombretón de la cara picada de viruela, que lo observaba detenidamente.

De pronto, el doctor Holst se volvió hacia las camas y se desentendió de la enfermera, de Hitler y del «Wolfsschanze». El trabajo diario y el funcionamiento del hospital eran más importantes que cualquier otra cosa. Bryan se dio cuenta de que la repentina conclusión de la noticia había estado a punto de sorprender a James, que a duras penas tuvo tiempo de echarse y adoptar su habitual apatía. En cambio, el hombretón de la cara picada de viruela se limitó a sonreír y a levantar la manta para facilitarle la tarea al médico cuando le tocara examinarlo a él.

Aunque el doctor Holst no había reaccionado a la noticia, sin duda había sucedido algo grave. El ambiente que se respiraba era tenso, la actividad del exterior era distinta de la que solía haber y, por primera vez durante semanas, apareció un oficial de seguridad en la sección.

Era la primera vez que lo veían. Era prácticamente un niño, ni siquiera tenía su edad, evaluó Bryan. Mientras el adolescente pasaba revista a las camas, saludaba secamente a todos y cada uno de los pacientes con el brazo derecho alzado y bajaba la cabeza cada vez que su saludo era correspondido. Miró a todos los pacientes directamente a los ojos. Inspeccionó el pasillo trasero de los baños y las duchas minuciosamente con pasos medidos y lentos e hizo que abrieran todas las puertas de un tirón. La presencia del chaval vestido de negro no parecía perturbar a nadie.

Incluso los simuladores lo miraron fijamente a los ojos cuando los saludó y el hombre de la cara ancha sonrió como nunca, alargó el brazo con un chasquido e irrumpió en un «heil» tan violento que todos los que se encontraban en la sala se sobresaltaron irremediablemente.

Su enjuto compinche que ocupaba la cama vecina no se mostró tan valiente. Es cierto que aquel rostro estrecho sonrió, pero su brazo no acabó de subir a la altura que cabía esperar. Al alzar el brazo, la manta cayó al suelo, de forma que la esquina quedó suspendida en el aire. Justo debajo de la cama estaba la pastilla que Bryan había perdido al chocar con el hombretón de la cara picada de viruela. Bryan la detectó inmediatamente e intentó reprimir las ganas de tragar saliva que suele provocar un susto repentino.

Si el oficial de seguridad la encontraba, no sabría de dónde había venido, pero ¿qué diría el simulador viéndose entre la espada y la pared? Y el de la cara picada de viruela, ¿qué no sería capaz de deducir de los sucesos de la noche anterior? Bryan tardó un segundo en comprender que aquella maldita pastilla insignificante podía acercarlo varios metros al abismo y a la perdición. Antes o después, alguien recogería aquella pastilla, y no sería él quien lo haría; ni diez caballos salvajes podrían obligarlo a intentarlo.

El hombre que ocupaba la cama vecina a la del simulador más delgado había sufrido unas terribles quemaduras en la cara. Era uno de los pacientes que ya estaban allí cuando llegaron. Ahora ya le habían retirado todas las vendas y, poco a poco, la piel estropeada fue adquiriendo un tono más normal y fresco. Era uno de los muchos soldados que se habían quedado atrapados en un vehículo blindado en llamas, la única diferencia era que él había sobrevivido; una supervivencia en el dolor que lo había vuelto taciturno y lo había dejado sumido en la confusión. El oficial de seguridad miró el brazo que intentaba alzarse en un saludo y se metió entre las camas para ayudarlo.

Al dar un paso adelante, dio con la punta de la bota en la pastilla, que salió disparada contra la pared rebotando con un chasquido prácticamente inaudible. Bryan soltó un bufido al ver que, de momento, el peligro había pasado. Dos minutos más tarde, el oficial pisó la pastilla que había aterrizado cerca de la entrada. El crujido lo hizo detenerse.

Una de las enfermeras se apresuró a entrar en la sala al oír la llamada del oficial de seguridad, al que encontró de rodillas en el suelo hurgando tranquilamente en el polvo blanco con el dedo. Entonces el oficial le acercó la punta del dedo con la sustancia que había recogido y se la dio a probar a la enfermera. La expresión de la cara y los gestos de la enfermera parecían querer quitarle hierro al asunto y, por lo demás, pretendían dejar bien a las claras su inocencia y su desconocimiento de las circunstancias que lo envolvían. El joven oficial de seguridad le hizo unas cuantas preguntas que la llevaron a sacudir la cabeza, mientras el color de su rostro iba modificándose imperceptiblemente. Tras unos minutos de interrogatorio, la enfermera empezó a mirar furtivamente a su alrededor y daba la impresión de que su mayor deseo en aquel momento era salir corriendo, despavorida.

De pronto, el oficial se agachó y desapareció de la vista de Bryan, que entonces sólo pudo percibir unos sonidos indefinidos que le llegaban de detrás de la cabecera de la cama. Un instante después, el oficial volvió a aparecer entre las camas, con la mejilla pegada al suelo, avanzando como un sabueso que seguía una pista. Después de una corta búsqueda, encontró otras dos pastillas. Bryan estaba aterrorizado.

Los reunieron a todos; a las enfermeras que estaban de servicio y a las que todavía estaban medio dormidas después de la guardia de la pasada noche; a los camilleros, cuya tarea se limitaba a llevar y a traer a los pacientes de los tratamientos de choque y que, de vez en cuando, echaban una mano.a los demás; a los enfermeros y, por tanto, a Vonnegut; a los auxiliares; al personal de limpieza; al doctor adjunto Holst; y, finalmente, al profesor Thieringer. Ninguno de ellos fue capaz de dar una explicación plausible de lo ocurrido. Era evidente que cuantas más declaraciones tuvo que escuchar el oficial de seguridad, más convencido estuvo de que algo andaba mal.

Llamaron al oficial en jefe que los había interrogado en la sala de gimnasia y lo pusieron al corriente de la situación. De entre las muchas palabras exaltadas que vomitó, Bryan entendió una sola: simulación.

En un abrir y cerrar de ojos pusieron en marcha una inspección a fondo. Varios soldados de las SS se habían despojado de sus chaquetas y pululaban por todos los rincones de la sala: de rodillas, en cuclillas, de puntillas. Examinaron cada centímetro de la sala; no omitieron ni un solo escondrijo, por imposible que fuera. Vaciaron los armarios de los baños, hojearon los diarios, repasaron la ropa, tanto la de vestir como la de cama, levantaron colchones, inspeccionaron ventanas y contraventanas. Sólo permitieron que aquellos pacientes que no podían ponerse en pie por sí mismos se quedaran en cama. Al resto los habían confinado en el fondo de la sala con las piernas desnudas. Desde allí miraban lo que estaba pasando a su alrededor con ojos incrédulos. En un momento de despiste. James sacó el pañuelo de Jill de debajo del colchón y se lo ató al cuello, a salvo de las miradas bajo el escote del camisón.

El médico mayor, el doctor Thieringer, intentó exhortar a la serenidad, arisco e infeliz por su incapacidad de controlar la situación. Sin embargo, no dijo nada cuando aflojaron los tapones de los tubos de una cama y salieron docenas de pastillas que se desparramaron por el suelo.

Todo movimiento en la sala se paralizó. El sargento de las SS que comandaba la sección dio la orden de que se sacaran todos los tapones de los pies de las camas inmediatamente. El oficial de seguridad le hizo una pregunta a Vonnegut. Como si lo hubieran obligado a delatar a uno de sus hijos, alzó el garfio de hierro lentamente y, a regañadientes, señaló a alguien que se encontraba en medio del grupo que se había formado al fondo de la sala. El flaco de los hermanos siameses soltó un grito en el acto y, temblando, cayó de rodillas ante el oficial de seguridad.

Mientras iban sacando los tapones del resto de la camas, Bryan rezó con el corazón encogido porque la noche anterior no se hubiera quedado ni una sola pastilla enganchada en el tubo. Más tarde, cuando volvió a reinar la calma en la sala y se hubieron llevado al flaco entre sollozos, Bryan se dio cuenta finalmente de que él había sido el culpable de su desgracia. A su vez supo con toda seguridad que, de los veintidós ocupantes originales de la sala, un mínimo de seis habían simulado su locura. Un número increíble que podía incluso ser mayor. El hermano siamés flaco jamás le había dado razones para sospechar de él. Al contrario, a lo largo de los meses que habían transcurrido siempre había ofrecido la imagen impoluta de un demente que, firme pero muy lentamente, iba recuperando la cordura. Desde el primer día en que Bryan lo había visto en el camión, había interpretado su papel a la perfección.

Cuatro lechos más allá, su otra mitad siamesa estaba sentado en el borde de la cama, tan contento, hurgándose la nariz como de costumbre. Resultaba increíble que él también pudiera ser un simulador. No mostraba ni la más mínima pena, ni el más mínimo dolor, por lo que acababa de suceder. Lo único que lo hacía reaccionar era que su dedo índice pescara algo en las profundidades de la fosa nasal.

Tampoco pareció inmutarse cuando, más tarde, devolvieron a su «gemelo» flaco a la sala, con el cuerpo magullado y pálido. Se limitó a sonreír y siguió hurgándose la nariz. En cambio, Bryan no podía creer lo que estaba viendo. Era incapaz de imaginarse cómo había conseguido salir del apuro y eso lo ponía nervioso.

Aparentemente, todos los demás parecían satisfechos con la conclusión del asunto. Los médicos sonreían, y las enfermeras de guardia se volvieron incluso amables. La tensión los había afectado a todos.

A la mañana siguiente volvieron a recoger al flaco. Había pasado toda la noche temblando como una hoja; debió de presentir que aquello podía ocurrir.

Alrededor de mediodía, el joven oficial de seguridad entró en la sala acompañado por un soldado raso de las SS. Tras recibir unas cuantas órdenes, los pacientes empezaron a moverse en dirección a las ventanas que había enfrente de la hilera de camas de Bryan. Nadie protestó. Bryan fue uno de los últimos en incorporarse al grupo, en la segunda fila, desde donde sólo podía entrever lo que pasaba si se ponía de puntillas. También desde esa postura era limitado lo que le permitían ver los travesaños y las rejas, y tuvo que sacar la cabeza y ladearla por encima del hombro del paciente que tenía delante.

A lo largo de la pared rocosa que corría a un par de metros del bloque del hospital y hasta la capilla, que se encontraba unos cien metros más allá, se disfrutaba de cierta visibilidad. Lo único que rompía la desnudez de aquella franja era un poste solitario que parecía marcar la situación de una antigua perforación indeterminada.

Ataron al flaco a aquel poste y así, atado, lo ejecutaron delante de los pacientes con los que había compartido sala, aire y vida durante más de medio año. En el momento en que sonó el disparo, Bryan volvió la cabeza y fijó la mirada en James, que se encontraba a cierta distancia de él, en la primera fila, con el hombre del rostro picado despuntando a su lado. El sobresalto que aquel disparo provocó en James no dio lugar a dudas acerca de su estado emocional y, además, su mirada estuvo demasiado presente durante algunos segundos, febrilmente clavada en el cuerpo que en aquel momento caía hacia adelante, convulsionado en unos últimos espasmos. No fue la ejecución ni tampoco la reacción de James lo que hizo brotar el sudor frío en la frente de Bryan, sino el gesto que el hombretón del rostro picado le hizo al de la cara ancha mientras miraba fijamente a James.

Pasó algún tiempo hasta que volvieron a atar a otro hombre al poste y lo ejecutaron. Bryan no supo nunca quién había sido el impenitente. No se trataba de un paciente de la Casa del Alfabeto. Sin embargo, de lo que no cabía duda era de que lo habían pescado intentando sustraerse al servicio militar. Tales contravenciones eran castigadas con dureza y sin piedad y eso es lo que se pretendía transmitir a los demás pacientes.

La visión de la cabeza del flaco cayendo hacia adelante no había impresionado a su gemelo que, evidentemente, no se había enterado de lo que había ocurrido. Nadie hizo ningún intento de consolarlo; nadie lo interrogó. Después de la ejecución, retiraron la cama del flaco, fregaron el suelo de la sala, los premiaron con sucedáneo de café y dejaron que Vonnegut enchufara el altavoz para que los violines y los timbales apaciguaran los corazones de los enfermos.

Al fin y al cabo, los hombres de la sección estaban en tratamiento.

CAPÍTULO 19

Después del día en que tuvo lugar la ejecución, todas las semanas empezaron a oírse disparos procedentes de aquella misma zona. Aparte de los simuladores, que habían abandonado los cuchicheos nocturnos, y de James, que se pasaba el día echado en su rincón y que sólo reaccionaba cuando le llevaban la comida, la vida seguía su ritmo habitual.

Era evidente que los simuladores, sobre todo el hombre del rostro picado, seguían alertas. Sin embargo, mientras que antes se había pasado el día guiñándole el ojo a todo aquel que se le pusiera delante y siempre había tenido una palabra amable para con sus compañeros de sala, ahora su mirada era vigilante y se había vuelto parco en palabras. Bryan sabía lo que pensaba y que pensaba lo mismo que él. ¿Cuántos impostores quedaban todavía por descubrir?

El hombretón tenía el ojo puesto en James. Más de una noche, Bryan había sorprendido a los tres simuladores sentados el uno al lado del otro con la misma expresión de pocos amigos, mirando fijamente a James. Estaba claro que sospechaban de él. Sin embargo, dos de ellos no lograban mantenerse despiertos y, a los pocos minutos, se les cerraban los ojos. Dejaban que las pastillas surtieran efecto. En cambio, el simulador del rostro picado de viruela era capaz de mantenerse despierto durante horas.

Al principio, Bryan creyó que, antes o después, los simuladores dejarían en paz a James. ¿Qué podían temer de alguien que, poco a poco, se había ido sumiendo en un sueño que solía prolongarse durante todo el día? Hasta que un buen día, el Hombre Calendario se puso a gritar y a agitar los brazos mientras señalaba a James, y Bryan se percató de que las cosas no iban tan bien como él había imaginado. La hermana Lili había acudido a la sala en seguida y había golpeado la espalda de James, que estaba pálido y carraspeaba, ahogado.

Al día siguiente, a la hora de comer, se repitió la escena. Durante los días que siguieron, Bryan decidió sentarse encima de la cama en lugar de tomar asiento en el borde de ésta, delante de la mesa, como tenía por costumbre hacer a la hora de comer. Desde allí podría seguir tranquilamente los intentos que hacía James de tragarse la comida hecha puré. Mientras la sala se llenaba de los ruidos alegres de platos entrechocando, mandíbulas batientes y eructos placenteros, James solía quedarse traspuesto con la mirada fija en el plato, como si intentara reunir apetito para atacarlo. Finalmente, justo antes de que recogieran el servicio, James dejaba caer los hombros como en un suspiro y conseguía tragarse un par de cucharadas. Inmediatamente después empezaba a toser. Después de seis días, durante los cuales se había repetido el mismo incidente, Bryan se levantó de la cama y se dirigió canturreando y con el plato de comida alzado en el aire hacia la mesa de Vonnegut. De haber estado presentes Vonnegut o la hermana Lili, le habrían ordenado que volviera a la cama inmediatamente. Sin embargo, aquel día un paciente había sido sometido a un tratamiento de choque especialmente violento y tanto el enfermero como la enfermera estuvieron muy atareados antes de la visita médica. Primero, Bryan colocó el plato en el borde de la mesa de Vonnegut y empezó a engullir la comida. Su lengua seguía estando muy hinchada pero cicatrizaba satisfactoriamente. Los simuladores seguían su actividad deglutoria con gran interés y alternaban su atención entre él y el cuerpo petrificado del rincón. Aunque sin duda James intuía que Bryan lo observaba, no alzó la vista ni una sola vez.

Fue entonces cuando James se decidió a engullir una cucharada y luego otra. Tan sólo los separaban unos pocos metros. En ese momento, Bryan presionó el canto del plato hondo en un intento de evaluar su resistencia y su peso.

En el mismo instante en que arrancó el ataque de tos de James, Bryan golpeó el borde de su plato, que salió disparado por el aire y fue a dar directamente contra la pata de la cama, al lado del pie de James. El estrépito fue ensordecedor e hizo que todos levantaran la cabeza de sus platos. Con una mueca de disculpa, Bryan se precipitó detrás del plato, que aparentemente se le había escapado de las manos.

Cuando llegó al lado de James se detuvo en seco y le soltó una risa ahogada y tonta mientras señalaba con un dedo el suelo manchado y el plato voladizo. James no apartó los ojos de su propio plato. Entre los pedazos de codillo de cerdo y apio gris y pasado había algo indefinible, más parecido a excrementos humanos que a cualquier otra cosa.

Bryan se inclinó bromeando hacia adelante y hurgó en el plato con su cuchara mientras volvía a canturrear entre dientes. Resultaba difícil reprimir las náuseas que subían por su garganta. Efectivamente, la porción de James contenía excrementos humanos.

El hombretón de la cara picada no ocultó la risa, mientras el simulador de la cara ancha se precipitó hacia James y le arrancó el plato de las manos. Entonces recogió el engrudo del suelo, lo depositó en el plato y salió corriendo hacia los lavabos.

Bryan no tenía ni idea de cómo habían llegado aquellos excrementos al plato de James, pero no cabía duda de dos cosas: los simuladores eran los responsables y habían pretendido mantenerlo en secreto.

Llevaban varios días acosando a James de aquella manera. Era una guerra abierta, desigual y despiadada, cuyo único objetivo era conseguir que James se descubriera. Y tal vez lo habían conseguido. James había reaccionado; se negaba a comer.

James pasó toda aquella tarde sentado en el borde de la cama sin que nadie lo molestara.

No había nada que Bryan pudiera hacer por él.

Un par de contraventanas chocaron contra una ventana de forma tan repentina que el eco ni siquiera se había apagado cuando Bryan se despertó de un sobresalto. En la cama de al lado, el oficial de la división acorazada resoplaba pesadamente. Más allá, en la misma fila, el hombre que había mantenido el rostro alzado contra el chorro de la ducha se había incorporado y apoyaba la espalda contra la cabecera de su cama con la mirada perdida en la fila de delante.

La luz de la noche veraniega que se colaba por las ventanas era pálida. Las siluetas de los simuladores se erguían en medio de la oscuridad dejando helado a Bryan. Los tres habían rodeado la cama de James. Uno se había colocado en la cabecera, otro en medio y el último a los pies de la cama. De vez en cuando levantaban un brazo y le propinaban un golpe. Lo que aquellos golpes le hicieron a James ni siquiera se tradujo en gritos. Los jadeos solían llegar más tarde, cuando finalmente lo dejaban en paz.

«No volveréis a tocarlo nunca más», los amenazó Bryan entre dientes al ver cómo James se tambaleaba de camino a los baños con pasos titubeantes.

Sin embargo, volvieron a tocarlo como les vino en gana. Hasta entonces no le habían marcado la cara y, no obstante, todas las noches se oían unos golpes secos que provenían de la esquina más apartada de la sala.

Bryan temía por la vida de James. En más de una ocasión estuvo a punto de gritar, de agarrar la cuerda para avisar a la enfermera de guardia, de lanzarse entre los torturadores de James. Pero los años de guerra van creando unas reglas para la supervivencia que, en circunstancias normales, resultarían absurdas e irracionales. Y en medio de su desesperación, Bryan sabía que la impotencia era el único estado al que podía abandonarse.

La noche previa a la mañana en que la hermana Petra lo encontró inconsciente en medio de un charco de sangre, James pasó su última crujía. El embotamiento y el extravío dejaban bien a las claras la gravedad de la situación. Tanto Holst como un médico de las secciones somáticas acudieron a la sala. «Por el amor de Dios, si está clarísimo que ese agujero en la cabeza no ha aparecido por sí solo», masculló Bryan entre dientes cuando inspeccionaron el borde de la cama, los barrotes de la cabecera y el suelo, en busca de una posible explicación a las lesiones que había sufrido James. «Traidor», se dijo, a la vez que rezaba por que le salvaran la vida a James.

A pesar de las reticencias de los médicos, se puso en marcha una investigación. El joven oficial de seguridad examinó minuciosamente la herida profunda, palpó la frente de James como si él fuera el verdadero responsable médico e inspeccionó cada centímetro de la cama. Después pasó a examinar el suelo, las paredes, las patas de las camas. Y al no encontrar nada, repasó la sala cama por cama y tiró de cada una de las mantas para comprobar si algún paciente tenía algo que esconder. «Santo Dios, deja que haya marcas en sus manos o sangre en su camisones», suplicaba Bryan con fervor. Porque la sangre tuvo que manar del cuerpo de James, que estaba pálido como una sábana. Sin embargo, el oficial de seguridad no encontró nada. Entonces apremió a las enfermeras, que apenas eran capaces de discernir quién debía hacer qué, y empezó a correr arriba y abajo, hasta que la hermana Petra apareció con lo que necesitaban.

Antes de que Bryan tuviera tiempo de entender la gravedad de lo que se avecinaba, ya habían introducido una aguja en el brazo de James. A aquella distancia, la botella que pendía sobre su cabeza era tan negra como el carbón.

«Oh, ahora te morirás, James», pensó Bryan mientras intentaba evocar lo que James había dicho acerca de las transfusiones de sangre y de los grupos sanguíneos en el tren hospital, hacía ya mucho tiempo. «Tú puedes hacer lo que quieras, Bryan, pero yo pienso tatuarme un A+ en el brazo», había dicho James, firmando así su propia sentencia de muerte. Ahora el plasma mortífero se escurría desde la botella a través del tubo. Estaban mezclando dos grupos sanguíneos diferentes en un cuerpo lacerado.

Bryan estaba convencido de que los simuladores no habían pretendido matar a James. No era que no pudieran hacerlo si así lo deseaban, pero no querían. Un muerto cualquiera no constituía ningún peligro. Pero Gerhart Peuckert no era un paciente cualquiera, era Standartenführer de la policía de seguridad de las SS. Y si llegaban a la conclusión de que había sido azotado hasta morir o que había fallecido en circunstancias poco claras, no se andarían con chiquitas, una vez se hubieran iniciado la investigación y los interrogatorios.

Los simuladores habían querido cerciorarse y mantener el control de la sala. De momento, no habían conseguido ni una cosa ni otra.

Más tarde desnudaron a James para lavarlo. Estaba pálido. Bryan suspiró aliviado al descubrir que no llevaba el pañuelo alrededor del cuello. También era el único atenuante. Los tres hombres seguían atentamente la escena. Cuantas más marcas negras aparecían, cuantos más cardenales graves afloraban sobre la piel de James, más se hundían aquellos tres diablos en sus lechos seguros.

Los intentos reiterados de la hermana Petra por poner al descubierto las causas de aquella catástrofe eran inmediatamente desbaratados con gruñidos autoritarios por parte de sus superiores. La pequeña Petra perturbaba el ambiente. AI contrario de ella, a la hermana Lili le preocupaba normalizar la situación en la sección cuanto antes. Por lo visto, en ella imperaba la creencia práctica de que cualquier sospecha de delito podía marcarla con el estigma de la culpa. Las investigaciones y los interrogatorios podían llegar a levantar sospechas, las sospechas darían lugar a la suspicacia y la suspicacia podría significar un traslado. La consecuencia podía ser el traslado al servicio sanitario en el frente oriental.

Seguramente, no le pasaba nada a la imaginación de la hermana Lili. Por eso, el cuidado de James, a pesar de las protestas de Petra, recayó en la hermana Lili durante el par de días que siguieron. El paciente estaba enfermo y, por tanto, el paciente recibía su plasma. Resultó en dos botellas de plasma sanguíneo. Vertieron más de un litro de sangre de un grupo equivocado en el cuerpo de James.

Y sobrevivió.

CAPÍTULO 20

A medida que se iban arrastrando los días, Bryan fue descubriendo que la pesadilla no se había acabado, ni por asomo.

El primer aviso llegó cuando, una mañana, Bryan se despertó y vio a Petra temblorosa, sentada al borde de la cama de James, estrechando la cabeza del enfermo contra su pecho. Petra lo acariciaba como si James estuviera llorando.

Unos días después, James vomitó estando incorporado en la cama. Aquella misma noche, Bryan se atrevió a pasar por el lado de su cama aprovechando que el hombre de la cara ancha y el del rostro picado habían salido a por la comida. Aparentemente, el tercer simulador dormía profundamente.

El rostro de James volvía a tener un aspecto muy delicado. La piel era de pergamino y las sienes estaban teñidas de azul en los deltas arteriales.

– ¡Tienes que ponerte bien. James! -le susurró Bryan mientras echaba un vistazo a su alrededor-. Pronto llegarán las tropas aliadas. Un mes o dos más, y ya verás, volveremos a ser libres.

Sus palabras no parecieron surtir efecto. James sonrió y apretó tos labios como queriendo hacerlo callar. Entonces modeló unas palabras. Bryan tuvo que acercar la oreja a sus labios secos para poder entender lo que le decía.

– Mantente alejado de mí -se limitó a susurrar.

Cuando Bryan reculó alejándose de James, el simulador más enjuto dio un golpe con su manta.

Los aliados volvieron a bombardear Karlsruhe enviando flujos masivos de refugiados hasta las entrañas idílicas y protectoras de la Selva Negra.

A finales del mes de setiembre tuvieron lugar una serie de acontecimientos que obligaron a Bryan a revisar, quizá por última vez, las precauciones que hasta entonces había tomado.

Una mañana radiante, en que la luz otoñal irrumpía con todo su fulgor entre los postigos, volvieron a encontrar a James a punto de desangrarse. Todas las vendas estaban desgarradas y las heridas de la cabeza, que habían estado a punto de cerrarse, volvían a estar abiertas, drenadas de sangre. El color de la piel de James se confundía con el de las sábanas. Sus manos estaban cubiertas de sangre coagulada. Creyendo ciegamente que James se había infligido aquellas heridas, le vendaron las manos para que no pudiera volver a hacerlo.

Y luego le administraron otra transfusión de sangre.

Bryan no supo a qué santo encomendarse al ver que aquella botella de cristal volvía a balancearse sobre la cabecera de la cama de James.

En medio de una neutralidad armada, Bryan y los simuladores seguían vigilándose mutuamente.

Un día, en mitad de uno de esos equilibrismos, James se sumió en una inconsciencia tan profunda que el doctor Holst se vio obligado a usar la palabra «coma». Sacudió la cabeza y, en un mismo movimiento, se dio la vuelta sonriente hacia los dos vecinos de Bryan que, por fin, habían recibido el alta.

Era la primera vez que Bryan veía a alguien de la sala vestido con un traje que no fuera el camisón. Desde el primer día habían transitado literalmente con el culo al aire, envueltos en aquella indumentaria que les llegaba a las rodillas y que se cerraba en el cuello con una cinta. En contadas ocasiones habían llevado calzoncillos, muy contadas.

Los dos oficiales estaban resplandecientes y, con motivo del gran día, habían recobrado toda su autoridad y su dignidad, enfundados en aquellos pantalones de montar recién planchados, tocados con aquellas gorras altas y rígidas y con toda aquella quincalla colgándoles de las solapas de los uniformes almidonados. El doctor les dio la mano y las enfermeras hicieron una reverencia. Tan sólo unos días atrás, aquellas enfermeras los habían golpeado al pasar desnudos por su lado después de la ducha. Cuando el vecino de Bryan le quiso dar la mano a Vonnegut, la timidez y la confusión se apoderaron del pobre hombre hasta tal punto que, en lugar de ofrecerle la mano izquierda que estaba sana, le estrechó el garfio de hierro.

Resultaba difícil imaginarse cómo lograban los médicos distinguir entre un paciente enfermo y otro recuperado. Sin embargo, se suponía que estaban lo suficientemente bien como para servir de carne de cañón.

Ambos estaban orgullosísimos e ingenuamente alegres. Mencionaron Arnhem; por lo visto, aquél sería su destino.

Cuando el vecino se despidió de Bryan y lo miró fijamente a los ojos, a Bryan le resultó imposible recordarlo como el paciente que se había pasado los últimos ocho meses respirando y jadeando pesadamente.

Después de recibir noticias de las primeras victorias alemanas en Arnhem, el ambiente en la sala empezó a alterarse. Algunos de los pacientes, aquellos que estaban a punto de ser dados de alta, enderezaban la espalda y no dejaban pasar la ocasión para demostrar que estaban mejor. El resto de la gente de la sección más bien empeoró: proferían alaridos por la noche, sacudían el cuerpo con mayor insistencia y rabia, hacían más muecas, se retorcían y retomaban sus sucios hábitos alimenticios. También los simuladores reaccionaron. El hombretón del rostro picado de viruela intensificó sus servicios y cuidados hasta tal punto que, durante unos cuantos días, los enfermeros se vieron obligados a asumir sus tareas para evitar que escaldara a alguien o derribara a los médicos cuando corría de un lado a otro en cumplimiento de sus múltiples quehaceres. El de la cara ancha representaba diariamente su particular espectáculo y no paraba de gritar «heih a Vonnegut y a los demás pacientes de la sala. Algunas noches había hecho que la enfermera de guardia entrara corriendo y se precipitara a su lado por un repentino ataque de felicidad al que daba rienda suelta cantando a viva voz y golpeando rítmicamente los barrotes de la cama.

Bryan optó por imitar al simulador enjuto: encogía el cuerpo, se escondía debajo de la manta y se mantenía relativamente callado.

Su evidente alto rango, la gran responsabilidad, su fragilidad v su dudosa recuperación eran el seguro de vida de Bryan y su garantía de que no acabaría en el frente como sus dos vecinos. A lo mejor, no sabrían adonde destinarlo.

Bryan no temía por su vida; sólo por la de James, como también temía lo que podría llegar a ocurrírseles a los simuladores.

Había despertado de su inconsciencia con una sombra de su antiguo yo, espiritualmente pasivo y físicamente demacrado. Todavía pasaría algún tiempo hasta que pudiera volver a levantarse y abandonar la cama.

Y, por entonces, Bryan ya llevaba más de cuatro meses dándole vueltas y más vueltas a la fuga y a la manera de llevarla a cabo.

El principal problema de la fuga era la ropa. Aparte del camisón, Bryan sólo poseía un par de calcetines que cada tres días era sustituido por otro aún más desteñido y gastado que el anterior. Desde que Bryan había empezado a ir al baño por cuenta propia, también le habían suministrado un albornoz. Su idea había sido que aquel albornoz tendría que resguardarlo de las frías ráfagas de viento.

Y ahora el albornoz había desaparecido; uno de los enfermeros llevaba mucho tiempo sin quitarle ojo. Hacía tiempo que habían desaparecido las zapatillas.

La distancia que lo separaba de la frontera suiza era asequible, apenas unas treinta o treinta y cinco millas. El cielo seguía teniendo un aspecto veraniego y dibujaba el contorno del paisaje con líneas nítidas y claras, aunque de noche hacía frío.

Unas semanas antes, el viento del oeste se había levantado y había transportado nuevos sonidos hasta el lugar. Como un eco de salvación, un silbido intermitente y el traqueteo profundo de un convoy ferroviario. «¡Nos encontramos en las faldas de las montañas, James! -pensó-. ¡Las vías del tren no están lejos! ¡Podemos saltar al tren y llegar a la frontera! Ya lo hicimos una vez; ahora volveremos a hacerlo. ¡Nos llevarán hasta Basilea, James! ¡Saltaremos!»

Sin embargo, James constituía un problema. Los bordes azulados debajo de sus ojos no desaparecían.

La hermana Petra estaba cada vez más seria.

Una noche, Bryan entendió por fin que tendría que huir solo. Se había despertado sobrecogido, con la sensación, de la que no lograba librarse, de que había hablado en sueños. El hombretón del rostro picado de viruela estaba de pie al lado de la cama con la mirada fija en él. En aquella mirada se palpaba la sospecha.

Ya no podía aplazar la fuga por más tiempo.

En algunos momentos de peligro había considerado la idea de dejar a algún enfermero sin conocimiento y robarle la ropa. También cabía la posibilidad de que un médico hubiera dejado su ropa de paisano en la sección o en uno de los despachos. Sin embargo, sus ilusiones no parecían querer coincidir nunca con la realidad. El campo de acción diario de Bryan era limitado. Sólo conocía a fondo la sala, el consultorio, la sala de electro-choques, el lavabo y las duchas. Ninguna de aquellas estancias encerraban nada que pudiera serle útil.

La solución le llegó cuando uno de los pacientes orinó en la puerta que daba a las duchas y empezó a gritar y a aullar hasta que el personal acudió al lugar y le fue administrado un calmante. Mientras Vonnegut estaba de rodillas recogiendo la orina, Bryan aprovechó para acercarse a la puerta del lavabo dando saltitos y sacudiendo la cabeza como quien no quiere la cosa.

La puerta delante de los compartimentos de los váteres estaba abierta de par en par. Bryan se sentó pesadamente sobre la tapa y dejó la puerta entreabierta. No se había fijado nunca en el almacén que había dentro.

En realidad, era un armario grande donde almacenaban paños, detergente, escobas y cubos de cualquier manera, sobre estantes o directamente en el suelo.

Un rayo de luz lateral iluminaba la estancia. Vonnegut seguía enfrascado en la limpieza del suelo y no se reprimía precisamente a la hora de contar adonde deseaba ir él y adonde quería que se fuera el resto del mundo. Bryan alcanzó el armario en dos pasos. Examinó el marco: estaba tierno; la cerradura apenas sostenía aquella madera frágil, hacía tiempo que el herraje había dejado de ofrecer resistencia. La puerta se abría hacia adentro y podía abrirse dándole un empujón decidido al tirador, si a su vez se ejercía presión sobre la puerta con la rodilla.

Al otro lado de la puerta colgaba una bata ajada de un colgador de porcelana. Bryan soltó un grito ahogado cuando Vonnegut abrió la puerta de golpe. Cogido firmemente de la muñeca, el corazón latiendo a toda velocidad y conteniendo la respiración fue conducido de vuelta a la cama.

Bryan estuvo repasando una y otra vez lo que había visto en el armario empotrado hasta que desapareció la luna y la sala se sumió en la oscuridad. Había abandonado la cama para dirigirse al váter cuatro veces durante las primeras horas de la noche. En aquella sección, los ataques constantes de diarrea eran bastante frecuentes. La comida, cada vez más miserable, estaba surtiendo efecto.

La primera vez que Bryan visitó el váter, se había metido en el almacén y había sacado los dos estantes superiores.

En el almacén había una ventanita. Era difícil acceder a ella porque se hallaba en lo más alto del armario, por encima del estante superior, pero era suficientemente amplia para salir por allí. Al contrario de los estrechos resquicios que había debajo del techo de la sala de duchas y en los lavabos, ésta ventana no tenía rejas.

Los ganchos de la ventana se soltaron de sus pestillos sin hacer ruido.

Bryan se decidió rápidamente. La próxima vez o la siguiente lo intentaría. Se pondría la bata, se subiría al estante, se escurriría por la ventana y pondría todas sus esperanzas en salir ileso de la caída. Luego se dirigiría hacia la plaza de actos y saltaría la alambrada; un plan con el que tenía todas las de perder; una empresa arriesgada, como la mayor parte de las misiones que él y James habían sobrevivido. Y, esta vez, James estaba inconsciente en la cama. La realidad era un señor severo. La sensación de tener que convivir el resto de su vida con el remordimiento lo desgarraba. Pero ¿qué otra cosa podía hacer?

Hicieron falta tres visitas más al baño, hasta que Bryan decidió quedarse en el almacén. La segunda vez lo interrumpió el hombrecito de los ojos inyectados en sangre. Tiraron de la cadena y volvieron, codo con codo, a sus seguros nidos.

Por fin, a la tercera, Bryan se sintió confiado y se enfundó la bata. Una pobre protección contra el frío.

El estante del armario crujió amenazadoramente cuando Bryan tomó impulso y se agarró al marco de la ventana; ésta era bastante más estrecha de lo que había creído. No se oyó ni el más mínimo ruido de la sala.

Sacó el torso por la ventana hasta alcanzar el punto en que su cuerpo estuvo a punto de precipitarse al vacío. A pesar de la oscuridad, el abismo al que se había asomado apareció aterradoramente detallado ante sus ojos. El salto era suicida.

Los saltos en paracaídas y las veces que había simulado un accidente aéreo hacían que Bryan estuviera mejor preparado para la caída que la mayoría de la gente. Sin embargo, una caída libre de seis metros como la que le esperaba rebajaba extraordinariamente las posibilidades de salir ileso del intento. Aquel oscuro abismo no ofrecía ningún atenuante. Si la caída lo mataba, lo haría de forma rápida e indulgente. En cambio, si se lesionaba y lo atrapaban, la policía de seguridad se encargaría de vengarse cruelmente.

El edificio que encerraba las cocinas y que se apoyaba plácidamente contra la pared rocosa restaba apacible en medio de la oscuridad. Unos sonidos de sobra conocidos se escurrieron por el muro anunciando la ronda rutinaria de los guardias. El vaho salía de sus bocas y llevaba sus risas ahogadas hasta el lugar en el que se hallaba Bryan, a unos pocos metros por encima de sus cabezas.

Cuando aquellos viejos hubieron dejado el edificio atrás, uno de ellos prorrumpió en una risa estridente. En el preciso instante en que las carcajadas lo alcanzaron, se oyó un crujido y el estante se desprendió de la pared.

Tan sólo salieron unos cuantos tacos contenidos de entre los labios de Bryan. A la vez que apretaba los codos contra el muro a fin de abrirse paso hacia afuera, buscó inútilmente algo en lo que apoyar el pie.

Estaba empapado en sudor a pesar del frío que hacia. Los guardias todavía no habían desaparecido completamente por detrás de la plaza, pero los perros estaban distraídos por el regocijo burlón y bailaban juguetones alrededor de las piernas de sus guías.

Dentro de poco volverían.

El estruendo que se produjo en el almacén era imposible de definir. Ya antes de que una mano de hierro se cerrase alrededor de su tobillo, Bryan hizo un intento desesperado por precipitarse hacia adelante.

Pero para entonces ya fue demasiado tarde.

CAPÍTULO 21

Las náuseas y el malestar que las transfusiones de sangre le provocaban todavía no habían abandonado a James. El miedo lo perseguía; las voces se confundían fácilmente confundiéndolo a él; las fuerzas lo habían abandonado.

El estado de inconsciencia le había robado el tiempo, la ensoñación había llegado a su límite.

Los múltiples electrochoques, el trato brutal y los efectos secundarios de las transfusiones de sangre habían jugado una mala pasada a la memoria de James. La mayoría de las películas y de los libros habían desaparecido o se habían fundido unos con otros. Atrás tan sólo quedaban los clásicos más significativos de la literatura y del séptimo arte. Y, por supuesto, el miedo.

James se encontraba fatal, enfermo en cuerpo y alma; solo, rendido y drenado de lágrimas. A su alrededor acechaban la impotencia y la locura. Rostros abatidos, manías reprimidas y actitudes desmañadas y depresivas. Y luego estaban sus torturadores y, como colofón, Bryan.

Ahora que los simuladores habían elegido a una nueva víctima, James se abandonó a la suerte fingiendo estar completamente traspuesto la mayor parte del día.

No le supuso un gran esfuerzo.

Los simuladores habían detenido a Bryan. «¡Lo cogeréis vivo -había gruñido Kröner mientras tiraban de él-. ¡Limpiaréis la sangre de la pared del almacén y volveréis a colocar el estante en su sitio!» Era admirable la rapidez con la que habían obedecido la orden. En la sala, sólo el hermano siamés, cuya mirada se debatía entre el suelo y la cuerda con la que se podía avisar a la enfermera, parecía estar inquieto. Kr5ner bufó como si fuera un gato salvaje hasta que el siamés empezó a gimotear y se encogió debajo de la manta adoptando la postura fetal.

Bryan se dejó llevar, sin apenas oponer resistencia, cuando lo condujeron a la sala. Le sangraban las manos. Los simuladores estaban inclinados sobre él, dejando caer una pregunta detrás de otra mientras penetraba la primera luz suave de la mañana por las contraventanas en la sala: ¿Había más simuladores? ¿Tenía cómplices? ¿Qué sabía?

Sin embargo, Bryan mantuvo la boca cerrada y los simuladores vacilaron. ¿Realmente simulaba? ¿Había intentado huir o suicidarse?

Bryan también superó la prueba de la mañana siguiente. Sin embargo, todo él despedía desesperación.

La mujer de la limpieza había descubierto marcas en la pared. Dio la alarma y tiró del estante suelto sin llegar con ello a causar una impresión digna de mencionar en la supervisora de la sección.

Hacía rato que la ronda de aseo de la mañana había terminado. Los simuladores lo habían mirado de reojo con una extraña mezcla de alivio y maldad cuando Bryan, con todos los miembros entumecidos, se había dirigido al baño para borrar todas las huellas de la noche de los brazos, las manos, el camisón y el cuerpo.

Sin embargo, no había logrado borrar los rasguños en las puntas de los dedos que se había infligido luchando por salir por la ventana. Uno de los enfermeros vio las estrías sangrientas en los dedos y le comunicó su sospecha a su sustituto, señalando a Bryan con el dedo.

Y James vio que Bryan se había dado cuenta de ello.

Entrada la mañana, finalmente se presentó el oficial de seguridad en la sala. Cuando se disponía a examinar a cada uno de los pacientes, el enfermero cogió las manos de Bryan de debajo de la manta y, con un gesto acusatorio, se las enseñó al oficial. Bryan se limitó a sonreír tontamente y a asentir con la cabeza. Una enorme cantidad de astillas despuntaba de las puntas de los dedos sangrantes. Parecían las púas de un erizo. El enfermero frunció el ceño y sacudió los brazos de Bryan como si fueran el cuello de un cachorro travieso. Bryan se deshizo del enfermero y golpeó varias veces las manos contra los postigos con fuerza mientras cerraba los ojos con una expresión de euforia atravesándole la cara.

La autoridad del oficial se manifestó de forma tan sonora que todos se estremecieron. Fuera de sí, agarró a Bryan por las solapas y lo arrastró al suelo.

– ¡Ya te enseñaré yo a burlarte de nosotros! -profirió con un bufido, a la vez que obligaba a Bryan a ponerse en pie.

Allí estaba Bryan, con los hombros caídos, enfrentado a su destino.

James sabía que luchaba por su vida.

Durante un rato, los simuladores encontraron la situación graciosa y parecieron divertirse al ver cómo Bryan, en una lucha febril contra el tiempo que lo separaba de la inspección del oficial de seguridad, se clavaba las astillas restregándose las manos contra los postigos rugosos. Pero de pronto dejaron de reírse.

El oficial examinó el cuerpo de Bryan palmo a palmo. El camisón estaba arrugado y grisáceo, todavía algo húmedo tras el refregón concienzudo de la mañana. El enfermero se encogió de hombros.

– ¡Supongo que no se lo quitó para ducharse!

En lugar de soltar la punta del camisón, el oficial lo levantó un poco más. Con un gesto suave, casi acariciante, agarró los testículos de Bryan y lo miró a la cara amablemente.

– ¿Se dejó llevar por las ganas de volver a casa, Herr Oberführer? Puede confiar en mí, señor. ¡No le pasará nada!

Permaneció en la misma postura un buen rato, mirando a Bryan a los ojos sin soltar la mano con la que tenía agarrados sus testículos.

– Y, por supuesto, no entiende lo que le estoy diciendo, ¿verdad, Herr Oberführer? -prosiguió.

El dolor que se esbozó en el rostro de Bryan cuando el oficial cerró la mano, no logró, sin embargo, ocultarle a James la impotencia y la confusión que sentía. Las preguntas resultaban tan mortalmente incomprensibles para Bryan como para el Amo von der Leyen demente que se suponía que era. En aquellos segundos que transcurrieron, la importancia de entender se vio totalmente eclipsada por la de no entender. La pasividad irritó al oficial, pero también lo hizo dudar.

A la quinta pregunta, el oficial cerró la mano con tal fuerza que los vómitos de Bryan ahogaron sus aullidos. Bryan cayó hacia atrás entre aullidos sofocados por las gárgaras y las convulsiones, con tan mala suerte que el abdomen chocó contra el lateral de la cama y la cabeza se estrelló contra el postigo. Con una rapidez asombrosa, en un reflejo asimilado a través de)a práctica, el oficial había soltado a su presa y había dado un paso a un lado para no ensuciarse. Entonces profirió una orden y un enfermero acudió rápidamente para limpiar el suelo alrededor de sus botas.

Los vómitos se habían derramado por la cama vecina. Uno de los pacientes se levantó y pasó por el lado de la cabecera manchada de la cama con el índice extendido señalando hacia la pared exterior.

James no sabía gran cosa de él; se llamaba Peter Stich y siempre tenía los ojos enrojecidos. Esta vez fue, además, quien le salvó la vida a Bryan.

El oficial de seguridad estaba a punto de apartar su mano de un golpe cuando, de pronto, se fijó en el ángulo del dedo. Detrás de Bryan, que seguía de pie delante de la ventana, el postigo se había entreabierto. A lo largo del borde de madera clara se fundían unas rayas abruptas de color marrón en las vetas de la madera. El oficial se acercó, palpó la madera rugosa y volvió a examinar las puntas de los dedos de Bryan. De repente giró sobre sus talones y abandonó la sala con tal impetuosidad que derribó al hombre de los ojos enrojecidos.

A continuación le administraron una inyección calmante a Bryan y cambiaron el postigo.

Ya no volvieron a colocar el estante en su sitio.

El cuchicheo nocturno volvió a intensificarse por un tiempo.

El menudo Dieter Schmidt estaba convencido de que el Oberführer Arno von der Leyen estaba al tanto de sus planes de futuro. Exigía que obraran en consecuencia.

Sin embargo, Kröner, el hombre del rostro picado de viruela, insistió encarecidamente en que ese tipo de desmanes no volvieran a tener lugar en la sala. Pronto, su situación cambiaría. La suerte en la guerra estaba del lado de los aliados. La guerra podía haber terminado antes de lo imaginado.

Si encontraban a Amo von der Leyen ajusticiado, los interrogatorios no tendrían fin. Tanto él como Lankau sabían lo que implicaba un interrogatorio; nadie era capaz de soportarlos y todos acabarían por hablar, nadie se zafaría de ellos.

Tampoco ellos.

– Si queréis saber algo, punzadle los ojos, ¡pero no os ensañéis! -dictó-. Podéis pellizcarle la úvula u oprimirle con fuerza el conducto auditivo. ¡Pero, ay, del que le deje marcas visibles! Y, además, no debéis permitir que haga ruido. ¿Lo habéis entendido?

Durante las noches que siguieron, Bryan emitió sollozos y estertores, pero no le sacaron nada. Los simuladores estaban confusos. James no podía hacer nada. El juego del gato con el ratón llegaría a su fin antes o después, lo sabía por experiencia.

Kröner se mordió el labio y miró a Bryan y luego a James.

– Locos o no. Con tal de que comprendan que los mataremos si no obedecen, me importa un comino lo que entiendan.

El hombre delgado sacudió la cabeza:

– ¡Ya te he dicho que Arno von der Leyen lo sabe todo! El Cartero nos exigirá que nos deshagamos de él. ¡Os lo digo yo!

– ¡Vaya! -dijo Kröner sorprendido.

– ¿Y cómo iba a poder hacerlo? -prosiguió en un tono cáustico-. ¿Por telepatía?

Kröner no sonreía. El Cartero era como un fantasma que tenía todas las ventajas de su lado.

– ¿No crees que, a estas alturas, ya está lejos de aquí? A lo mejor se ha olvidado de su fiel escudero. Y eso, ¿en qué te convierte a ti, Herr Hauptsturmführer? ¡No eres más que un bufón, un insignificante saqueador de judíos! ¿Acaso no es lo que somos todos nosotros?

– ¡Espera y verás!

Los ojos de Dieter Schmidt brillaron con un extraño ardor.

«¡David Copperfield! Hoy pienso dedicarme a David Copperfield.» James apretó la nuca contra la almohada. La sala estaba en silencio. Desde el primer entusiasmo de la infancia. James siempre había considerado David Copperfield corno la mayor proeza de Charles Dickens. También las obras de Victor Hugo, Swift, Defoe, Emile Zola, Stevenson, Kipling, Alejandro Dumas estaban esculpidas en la memoria de James. Pero por encima de todos brillaban Charles Dickens y David Copperfield.

Por la tarde, durante el rato en que las enfermeras estuvieron muy ocupadas realizando sus tareas rutinarias, James pudo recrear tranquilamente aquel cuento reconfortante. Y esas recreaciones requerían tranquilidad. La confusión y la concatenación de pensamientos se habían convertido en sus mayores enemigos. Las pastillas, aquel asqueroso preparado de cloro, enturbiaban su memoria, incluso más que los tratamientos de choque. «Su primera esposa se llamaba Dora. ¿Y la segunda? ¿Emily? No, no era ella. ¿Acaso se llamaba Elisabeth? ¡Qué disparate!»

En medio de aquel reconocimiento doloroso y el miedo incipiente a que la memoria hubiera sufrido daños irreparables. James se vio interrumpido. Los dos enfermeros dieron unas cuantas palmadas, abrieron las carpetas y sacaron los informes médicos:

– ¡Os trasladamos! ¡Recoged vuestras pertenencias, pasáis al piso de arriba!

Después de que hubieran pasado lista, sacaron a los hombres al pasillo y trajeron a un nuevo grupo de pacientes que los sustituirían. La hermana Petra sonrió a James y se sonrojó levemente.

La tarea de trasladarlos había recaído en Vonnegut. La constelación era temible. Un total de siete hombres: los tres compinches, él y Bryan, el hombre de los ojos enrojecidos y el Hombre Calendario. Cinco simuladores en una misma sala.

– ¡Los señores están en franca mejoría, según el médico mayor! -La duda se dibujó nítidamente en el rostro de Vonnegut al pronunciar aquellas palabras-. Os quieren separar de los demás. Así os recuperaréis antes, dice. Ha quedado una sala libre en el piso de arriba. Está totalmente vacía, ¡Los han enviado a todos al frente!

CAPÍTULO 22

Lo primero que ocurrió fue que el Hombre Calendario enganchó su hoja con la fecha en la pared. 6 de octubre de 1944, rezaba.

La estancia era mucho más pequeña que la antigua sala que habían ocupado. Los sonidos les llegaban amortiguados, la locura del piso de abajo se había eclipsado.

La vista desde la cama que James ocupaba, en solemne aislamiento desde la pared del fondo más corta, era aterradoramente amplia. A su derecha, Dieter Schmidt y el hombre de la cara ancha estaban al acecho, uno a cada lado del Hombre Calendario, Wemer Fricke. En la otra punta de la sala, la puerta daba golpes al son de las ráfagas de viento.

James contempló embotado la cama de Bryan, que se hallaba entre la del hombre de los ojos enrojecidos y la de Kröner. Dentro de unas horas, cuando volviera del tratamiento de choque, Bryan se hallaría a merced de los simuladores, igual que él que, sin embargo, estaría inconsciente y sedado. Los días que los aguardaban se harían interminables. Todas y cada una de las articulaciones de su cuerpo protestaron. Los órganos internos estaban en vilo. Se sentía exhausto y débil.

«¡Te sacaré de aquí, Bryan! ¡No te preocupes!», pensó con la cabeza embotada.

No obstante, ahora debía procurar reponerse.

La mano de Kröner ya se había agitado en un gesto de rechazo por las ganas de hablar de Horst Lankau. James se dio cuenta, por primera vez, de que Kröner era capaz de sudar. Paseó la mirada minuciosamente por la habitación. Tal vez sólo fuera cuestión de meses hasta que se los considerara aptos para servir al Führer.

– ¡Thieringer no sospecha nada! -comenzó a decir Kröner en voz baja mientras miraba a Lankau y luego a Dieter Schmidt-. Pero las perspectivas no nos son favorables. Antes de que nos hayamos dado cuenta, estaremos de vuelta en nuestros puestos. ¿Cómo creéis entonces que nos irán las cosas? ¿Y el Cartero? ¿Acaso también tiene una solución para este problema, Schmidt?

– Ya me preocuparé yo de no volver al frente, eso puedes darlo por seguro. ¡Y si yo puedo, vosotros también! -gruñó Lankau bajando la voz-. En mi opinión, tenemos un problema bastante más grave.

Lankau se puso en pie y se encaró tranquilamente al Hombre Calendario.

– ¡Ya puedes ir levantándote, Fricke! Tu sitio está aquí -añadió golpeando la cama que le había tocado.

El Hombre Calendario apenas se daba cuenta de la gravedad del hombre de la cara ancha y no hizo ni el más mínimo ademán de ponerse en pie. Tras el tercer golpe, Lankau cerró el puño y lo plantó con un gesto amenazador delante de la cara del Hombre Calendario.

– La próxima vez no te daré con la palma de la mano, ¿has entendido? ¡Será con esto! ¿Qué? ¿Te mueves?

– ¿Cómo crees que les sentarán a las enfermeras todos estos cambios? ¿Es que ahora tú vas a decidir cuál va a ser tu cama? Kröner parecía cansado.

– No se darán cuenta, siempre y cuando cada expediente esté en su sitio. ¡Y ya está! -Bajó las solapas y se dio la vuelta encarando a Dieter Schmidt, que volvía a ser su vecino-. ¡Ya volvemos a ser una pequeña familia, enano de mierda! ¡Y ahora tendrás que responder a unas cuantas preguntas, colega! Desembucha, venga, ¿dónde está el Cartero? ¿Y qué demonios sabes de los planes que tiene para nosotros? ¡Luego me contarás qué hacemos con esos dos mierdas! -El hombre de la cara ancha señaló la cama vacía de Bryan y luego hizo un gesto con el pulgar hacia James sin dejar de mirar a Dieter Schmidt ni un solo momento-. Estos dos diablos saben demasiado, estoy de acuerdo. ¡Ahora mismo, ellos son nuestro mayor problema!

Echó un leve vistazo a James, que seguía metido en la cama con los ojos cerrados y respirando superficialmente, y prosiguió:

– ¿Qué no puede llegar a pasarnos si el imbécil de Von der Leyen vuelve a intentar escaparse? ¿Crees que el Cartero podría responderme a eso también?

– ¡Probablemente!

Dieter Schmidt lo miró fríamente.

– ¡Pues si es así, te agradecería que nos lo contaras, joder!

Los pasos en el pasillo pusieron sobre aviso a Lankau. Todos estaban en sus camas, sumidos en la apatía, cuando la hermana Petra asomó la cabeza por la puerta. La reacción al nuevo lugar que ocupaba Lankau no se produjo. Sólo tenía ojos para James.

Aquella misma noche, los simuladores repitieron su cháchara acerca de los objetos de valor que contenía el vagón de mercancías. También hablaron del Cartero, y de Bryan.

El tema había tomado un quiebro infame. James apenas era capaz de moverse. Sus náuseas parecían crónicas. Poco a poco se había ido poniendo nervioso. Hasta entonces, Bryan nunca había estado tanto tiempo en tratamiento. Todos los ocupantes de la habitación estaban preocupados. Aunque, sin duda, las razones eran muy distintas.

Por un lado, James deseaba fervientemente que Bryan volviera pronto, sano y salvo. En circunstancias normales, un tratamiento de choque sólo se prolongaba tanto si el paciente, había tenido un ataque de espasmos. En tal caso, podía pasar fácilmente un par de horas más. Pero por otro lado, también podía darse el caso de que Bryan hubiera sido trasladado a otra sección. Y a pesar de que eso significaría separación e incertidumbre, sin duda será lo mejor para él.

A medida que fueron pasando las horas, los simuladores se fueron convenciendo cada vez más de que había que acabar con la vida de Amo von der Leyen en cuanto lo devolvieran a la habitación. El cuchicheo estaba volviendo loco a James. También él era objeto de sus discusiones en voz baja pero, de momento, parecían estar seguros de que lo tenían bajo control. Al paciente de los ojos enrojecidos y al Hombre Calendario los ignoraban por completo.

En contra de su costumbre, Kröner parecía el más comedido. Lankau propuso que arrollaran una sábana alrededor del cuello de Bryan y que lo arrojaran por la ventana. Kröner gruñó y sacudió la cabeza. Tan sólo hacía unas horas que los habían trasladado. Provocar un suicidio en aquella pequeña habitación sería un acto descabellado.

– ¡Entonces sólo seremos seis cuando vengan a interrogarnos! -dijo finalmente-. ¿Estáis realmente seguros de que podríais soportar un interrogatorio?

Kröner se quedó helado. La respuesta le llegó desde un lado inesperado.

– ¡Yo sí podría! -La voz que irrumpía de la oscuridad era nueva, autoritaria y fría como un témpano-. ¡La pregunta es si vosotros podríais! Lo dudo.

Las palabras procedían de la cama más cercana a la de James, del vecino de Bryan, del hombre de aspecto insignificante, de rasgos agudos y ojos enrojecidos, Peter Stich.

– Me alegro de saludar a los señores, teniendo en cuenta que la relación ha sido unilateral durante tanto tiempo.

Los ruidos que llegaban de las camas de Kröner y de Lankau parecían evidenciar que ya se habían incorporado. James no apartaba la mirada de Stich.

– ¡Quédese donde está, Herr Sturmbannführer!

Puesto que se habían dirigido a él usando el título por el que había hecho tantos méritos, Dieter Schmidt se detuvo al instante delante de la cama de James.

– Lo ha hecho muy bien. Estoy muy satisfecho con su lealtad y su silencio. ¡Nos ha acercado mucho a nuestro objetivo! ¡Ya puede volver a su sitio, no se preocupe! Y en cuanto a ustedes, señores míos -dijo acaparando toda la atención de los demás ocupantes de la habitación-, ya que hemos llegado hasta aquí, permítanme que me presente. Como ya habrán adivinado, yo soy el que les ha rondado por la cabeza durante tanto tiempo. ¡El Cartero!

La reacción que provocó esta revelación fue inesperadamente pobre. Los gruñidos procedentes de la cama de Lankau se vieron interrumpidos inmediatamente por Kröner.

– ¡Vaya, vaya! ¿Quién lo habría dicho? ¡En qué compañía tan exclusiva nos hemos ido tornando! -Kröner hizo un gesto con la cabeza en dirección al hombre de los ojos enrojecidos sin dar muestras de sorpresa-. El mismísimo jefe en persona se ha quitado el disfraz. Un disfraz muy interesante, por cierto. ¡Muy eficaz!

– Y lo seguirá siendo -el Cartero cortó así la ironía de Kröner-. Pero ¡lo dicho! ¡Una compañía exclusiva! ¿Realmente tengo que recordarles que el hombre al que sus señorías tienen la intención de mandar al otro mundo es el oficial de mayor rango de toda la sala? Naturalmente, comparto el parecer de los señores. Amo von der Leyen no se comporta como debería hacerlo un demente. De hecho, estoy tan convencido como ustedes de que está tan cuerdo como los señores y un servidor. Lo he visto hacer cosas a las que no debería dedicarse. ¡Esconder pastillas, por ejemplo! Sin embargo, también tiene otro inconveniente, este Von der Leyen, que tendremos que tener en cuenta. ¡Dudo que los señores conozcan los antecedentes del Oberführer Von der Leyen tan bien como yo!

Lankau resopló.

– ¡Es un desgraciado, eso es lo que es! Uno de esos niños monos que se limitan a mirar mientras los demás hacemos el trabajo sucio y que luego se llevan el honor. -El desdén de Lankau estaba dirigido a todo aquel que estuviera por encima de él en el escalafón. En aquella sala, Arno von der Leyen era el único-. ¡Fue fácil cazar a ese gallina! ¡Como a un perro faldero aturdido!

– Es posible, pero también tenéis que saber que es un oportunista de renombre. Aparte de que es un lameculos, de eso no cabe duda, también es una alma fiel, un verdadero nazi. Y un dato que hay que tener en cuenta y que debo añadir: es uno de los confidentes de Hitler, uno de los intocables de Berlín. Pero a pesar de todo el esplendor pienso, de todos modos, que debe de estar usted muy contento de que le resultara tan fácil cazarlo, Herr Standartenführer Lankau, porque el Arno von der Leyen del que yo tengo conocimiento no sólo es un niño prodigio, sino que también es un asesino eficaz.

El hombre de los ojos enrojecidos miró a su alrededor e hizo un gesto de asentimiento. Lankau le dirigió una mirada de desagrado y de escepticismo.

– Sí, sí, así es, estimado Standartenführer. ¿Cómo cree que ese niñato ha podido llegar hasta donde ha llegado? Le puedo asegurar que a Arno von der Leyen apenas le despuntaba el vello en la barbilla cuando se hizo merecedor de un puesto en la Guardia de Corps de nuestro Führer. Con calavera y todo. No le está dado a cualquiera llegar tan lejos a esa edad. Es la personificación del escogido, es cierto, pero también es un héroe de guerra. Sus condecoraciones están manchadas de sangre, como debe ser. Le dispensan un cuidado especial debido a su posición. Sin él, ninguno de nosotros habría subido a este piso. Nosotros somos totalmente prescindibles e insignificantes, él es quien importa. Nosotros no somos más que sus compañeros de habitación, su decorado. ¿Lo han entendido, señores míos?.

La frialdad y la falta de matices de la voz del Cartero horrorizaron a James. En el silencio de los meses que habían transcurrido había evaluado a sus enemigos y a sus amigos. Él era su titiritero. James se estremeció al pensar que había estado a punto de comprometerse.

____________________ Lo cierto es que no sólo sé de los méritos de Amo von der

Leyen -enfatizó el Cartero-, También vi su rostro en una ocasión, aunque de eso hace mucho tiempo y, por entonces, no me preocupaba demasiado.

»¡Y ahora viene lo más interesante de todo! Porque el Amo von der Leyen que yo vi no es el mismo que pronto ocupará esa cama. ¡No estoy seguro de haber visto esa cara antes de llegar a este establecimiento! ¡Tengo mis dudas, comprenden!

El Cartero hizo callar a Kröner, que estaba a punto de interrumpirlo. James notó cómo el temblor de su cuerpo aumentaba. Su sábana ya estaba empapada en sudor. Habían convulsionado la identidad de Bryan. Incluso Kröner se dejaba frenar.

El hecho de que lo aceptara sin rechistar era una circunstancia desagradable.

– Por tanto, debemos empezar a pensar de forma racional y a considerar todas las posibilidades que nos brinda la situación. ¡Y ahora les rogaría que pusieran mucha atención, señores míos! Porque, ¿qué sería peor para nuestros intereses? Que se suicidara con nuestra humilde ayuda y que así desapareciera de nuestras vidas, lo que podría tener como resultado torturas y otras vejaciones, o que un día se descubriera que es un impostor. Si dejamos que viva y si es el verdadero Amo von der Leyen, todo bien, si dejamos de lado que conoce a la perfección nuestros planes por culpa de la gran necesidad de los señores de cuchichear por las noches. Y si no es Amo von der Leyen, sigue sabiendo demasiado. Y si algún día se demuestra que finge, difícilmente nos libraremos nosotros de la sospecha de los de seguridad. Examinarán nuestro pasado. ¡Precisamente por eso tuve que salvarlo de la situación de los postigos de madera! Estoy seguro de que les habría pagado con la misma moneda por haber echado a perder su fuga, si entonces lo hubieran descubierto. También en este caso nuestros destinos se habrían visto ligados al suyo de forma poco conveniente.

Paseó la mirada por los rostros de sus compinches, que expresaban una total concentración.

– ¡En fin! En el fondo, un dilema sobre el que vale la pena reflexionar. Lo he estado observando desde el día en que llegamos. Lo encuentro desequilibrado, joven y confundido. Resulta difícil determinar si se trata de Amo von der Leyen o no, pero si no es el verdadero Von der Leyen, no creo que sea capaz de llevar a cabo su engaño hasta sus últimas consecuencias.

Sus ojos los escrutaron a todos.

– Yo, por mi parte, encuentro que el dolor es un baile estimulante de nuevas sensaciones, por decirlo de alguna forma. Una fuente para la exploración de los elementos extremos del cuerpo. ¡Pero no tiene por qué ser así para los demás!

Dieter Schmidt se encogió de hombros. Estaba pálido.

– ¿Tengo razón? -acabó diciendo el Cartero.

Era evidente que la veneración que Dieter Schmidt sentía por el Cartero no era compartida por Lankau. Sin embargo, Kröner aceptaba la situación.

– ¡Cierra el pico, Lankau! ¡Ya sabemos lo que piensas! -se apresuró a decir Kröner al ver que los gruñidos de Lankau iban en aumento-. ¡A partir de este momento nos mantendremos unidos! ¿Lo has comprendido?

– Convengamos -dijo el Cartero, inexpresivo-, en que Herr Standartenführer Lankau, siendo el hombre de acción que es, también es el más indicado para despachar al presunto Von der Leyen fuera de este triste mundo.

Cuando devolvieron a Bryan a la habitación, todo estaba prácticamente listo para su liquidación.

– ¡No puedes usar su sábana, Lankau! ¿No ves que se darán cuenta en cuanto lo metan en la cama? ¡Usa la tuya si insistes en prepararte ya! -estalló Kröner-. Ya la cambiarás luego.

– Esperemos a que vuelva. Y luego cogemos su sábana -dijo el Cartero sonriéndole a James-. ¿No le parece, Herr Standartenführer Peuckert?

James no reaccionó. Mantenía la mirada perdida en el vacío, pero aquel acercamiento le heló la sangre.

– ¡No me gusta que vea lo que vamos a hacer!

Lankau miró a James con ojos que rezumaban odio.

– No nos denunciará. ¡No sé por qué, pero no lo hará! -El hombre de los ojos enrojecidos asintió-. ¡Los señores han conseguido domarlo a la perfección!

James dirigió la mirada hacia los abetos y empezó a contarlos inconscientemente. Cuando hubo acabado el recuento, volvió a contarlos. La tranquilidad que tanto necesitaba se-hacía esperar.

Tal como era de suponer, Bryan había tenido un ataque espasmódico después del tratamiento de choque. Había permanecido en observación durante toda la noche. Pasaría mucho tiempo hasta que fuera capaz de defenderse. James no sabía qué hacer. Estaba al borde del aturdimiento, apagado y presionado, tanto anímica como físicamente.

Mientras los enfermeros repartían la comida por las demás habitaciones del pasillo, Lankau había escurrido la sábana de Bryan en el lavabo. Ahora era tan fina y tensa como una cuerda de sisal, lista para ser utilizada debajo de la manta de Bryan y atada por un extremo a la cabecera.

Las enfermeras ya le habían hecho la cama. No volverían a preocuparse por Amo von der Leyen hasta que volviera a despertarse.

– ¿Realmente es la mejor manera de hacerlo? Me refiero al suicidio, naturalmente. ¿No podríamos tirarlo por la ventana, sin más? -dijo Lankau, preocupado-. Parecerá un intento de fuga. Al fin y al cabo, los abetos al otro lado de la alambrada están muy cerca. No debe de ser muy difícil llegar hasta allí si coges un buen impulso desde el alféizar.

– ¿Y…?

No parecía que el Cartero quisiera que respondieran a su pregunta.

– Bueno, que ha errado el salto, por supuesto.

El Cartero encogió los carrillos.

– Así habrá tenido lugar un intento de fuga en nuestra habitación, y volveremos a atraer una inspección. Por no mencionar que atornillarán las ventanas. Esa vía de escape también la tendremos vedada, si llega el momento en que tengamos que recurrir a ella. ¿Y si sobrevive a la caída? ¡Ni hablar, lo colgaremos en cuanto oscurezca!

James era el único que no disponía de una cuerda sobre la cabecera de su cama para llamar a la enfermera de guardia. La ubicación en medio de una habitación de seis camas era tan sólo una solución de emergencia. La situación era desesperante. Si se enfrentaba a ellos para impedir que llevaran a cabo su plan acabaría como Bryan. Y en aquel momento estaba luchando contra la inconsciencia.

La ayuda tendría que llegar del exterior. Y él debería procurar que así fuera.

Sin embargo, si encontraban aquella soga improvisada, pondrían en marcha una inspección inmediatamente y la profecía del hombre de los ojos enrojecidos se haría realidad en todo su espanto. Tan sólo la hermana Petra podía mitigar el alcance de la catástrofe que se avecinaba desviando la sospecha hacia donde era pertinente.

Pero Petra ya no venía todos los días.

Aquel día oscureció muy pronto. En mitad de la tarde, el día se enturbió, como queriendo simbolizar la vida de Bryan que se apagaba.

Petra entró en la habitación sin razón aparente. Cuando se encendió la luz del techo, Kröner se vio claramente sorprendido. Llenó su jarra de agua del grifo y se detuvo al lado de todas y cada una de las camas para rellenar sus vasos.

Cuando le llegó el turno a James, éste intentó incorporarse en la cama.

– ¡Pero señor Peuckert, por favor! -dijo devolviéndolo suavemente a la posición inicial.

James recostó la cabeza contra la almohada de manera que la cabeza de ella lo resguardara de las miradas de los demás. Las palabras no querían salir. La mirada desesperada y los movimientos descontrolados de James eran nuevos e ininteligibles para ella.

Entonces decidió ir a por la supervisora.

Aquel ser autoritario, que sólo en contadas ocasiones había sorprendido al personal y a los pacientes mostrándose sensible, estudió a James minuciosamente. Cuando se inclinó sobre el cuerpo de James, su rostro se despejó. Sacudió la cabeza con indulgencia, se escurrió entre la cama y Petra hasta la ventana y corrió la cortina un poco, tapando las contraventanas ligeramente. De esta forma hizo desaparecer una pequeña superficie de luz grisácea que había interpretado su último y agónico baile sobre la mejilla de James. Momentáneamente triunfante y divertida por su pequeña y sencilla intervención, la supervisora se giró hacia Bryan y palmoteo la mejilla de aquel ser desprotegido con una rudeza inusitada.

Bryan gruñó desde la inconsciencia y retiró la cabeza del borde del que le había llegado el golpe.

– ¡Pronto se despertará! -dijo al abandonar la habitación sin asegurarse de que Petra la seguía-. ¡Ya era hora! -concluyó desde el pasillo.

Petra se inclinó sobre James y le pasó la mano por el cabello con ternura. Un débil e ininteligible susurro escapó de entre sus labios. Los ojos de Petra sonrieron. Los gemidos le hicieron abrir los labios con entusiasmo.

Entonces la reclamó la supervisora.

Los segundos que siguieron fueron como la eternidad misma.

– ¡Bueno, amiguito! -Lankau sonrió al Hombre Calendario-. Ahora vamos a jugar un poco. ¡Acércate! -le espetó mientras apretaba la sábana alrededor del cuello de su víctima.

Tal como habían planeado, el nudo cubría la carótida palpitante. Sería una caída corta y eficaz. Si había que colgarlo, también habría que desnucarlo.

Los simuladores sabían lo que hacían. James seguía echado en la cama, hiperventilando, mientras el Hombre Calendario se reía como un niño en mitad de un juego. A instancias de Lankau, se llevó a Bryan al hombro. Le dio unas palmadas en las nalgas desnudas y dio saltos de alegría que el hombre de la cara ancha acompañó con risas, mientras abría de par en par la ventana que había detrás de la cama de Bryan. Los demás simuladores se limitaron a contemplar el espectáculo como si no tuvieran nada que ver con lo que estaba ocurriendo.

Las palmadas, los gruñidos y el ritmo violento del Hombre Calendario despertaron a Bryan, que abrió los ojos de golpe. Confundido por la postura en la que se encontraba y por la superficie fría, dura y angulosa del alféizar, alzó la cabeza gritando como un condenado.

– Pero agárrale los brazos, por Dios -profirió Kröner inmediatamente y saltó de la cama.

Kröner le propinó un fuerte golpe en el hombro a Bryan. De pronto, el Hombre Calendario se detuvo y soltó a su presa, aturdido por el repentino y grave giro que había tomado el juego. Mientras se retorcía y gimoteaba, les iba dando golpes desganados a Lankau y a Kröner con el dorso de la mano. Estaban uno a cada lado de Bryan, intentando sostenerlo. La figura desesperada tenía ya una pierna fuera de la ventana y con la otra se agarraba como podía al alféizar.

El Cartero no se movió de la cama, pero, en cambio, el flaco se incorporó de un salto y, lleno de odio y de ira, se lanzó contra el abdomen de Bryan. El efecto que produjo aquella reacción fue inesperado. Bryan soltó un rugido y su cuerpo se precipitó hacia adelante con tal ímpetu que el chasquido que se produjo al golpear la frente contra la cabeza del flaco sonó como un martillazo. Dieter Schmidt cayó al suelo sin mediar palabra.

– ¡Alto! -gritó el Cartero.

Con aquella escueta orden envió a los simuladores a sus camas. Había oído los pasos apresurados que se acercaban por el pasillo antes que los demás.

Los dos camilleros se detuvieron en seco al encontrar a Bryan tendido en el suelo. Su rostro irradiaba locura y los jadeos eran entrecortados debido a la sábana que atenazaba su cuello.

– ¡Está totalmente ido! ¡Sujétalo! -dijo uno de los camilleros mientras cerraba la ventana-. ¡Mientras tanto yo iré a por la camisa de fuerza!

Sin embargo, no tuvo tiempo; las sirenas se habían puesto en marcha.

CAPÍTULO 23

La evacuación a los sótanos tuvo lugar a toda prisa e hizo cambiar de idea a los dos camilleros. A medida que pasaron los días, Bryan fue convenciéndose de que se habían olvidado de dar parte de aquel incidente y dio gracias a su Dios de que no hubieran tenido tiempo de ponerle la camisa de fuerza. De haber sido así, habría sido una presa fácil para los simuladores.

El bombardeo de Friburgo no había causado daños en la zona.

Habían empezado a construir unos barracones menores en la plaza de actos, destinados, aparentemente, a aliviar la saturación que sufrían las secciones. Con ello, la fuga por aquella vía había quedado descartada. Además, todas las alambradas habían sido proveídas de aisladores de porcelana y de señales de advertencia. Sin embargo, dejando de lado esta circunstancia y los semblantes compungidos del personal, todo seguía su curso habitual, para todos menos para Bryan.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas no durmió. A pesar de la experiencia traumática y las complicaciones de la última sesión de electrochoque, se sentía fuerte y decidido. Aunque los simuladores lo mantenían bajo una férrea vigilancia y se dirigían a él de forma virulenta y amenazante, Bryan no sentía, en medio de aquella situación desesperada, ni miedo ni impotencia.

El hombre de los ojos inyectados en sangre le sonreía amablemente y pasaba las horas echado de lado en la cama vecina, contemplándolo alegremente con muestras de franca curiosidad. Cuando Bryan intentaba evocar el episodio, tenía la sensación de que aquel hombre le había salvado la vida. El eco de su voz seguía retumbando en su cabeza.

Era, pues, la segunda vez que el hombre de los ojos inyectados en sangre había acudido en su ayuda. Durante la visita médica, tomó nota de su nombre: Peter Stich. Bryan le devolvió la sonrisa, como si entre ellos se hubiera cerrado una alianza reconfortante y prometedora.

La pequeña Petra entraba en la sala una y otra vez para echarle un vistazo a James. Bryan sólo conseguía atrapar la mirada de su amigo en contadas ocasiones, pero tenía el presentimiento de que las cosas le iban mal. Y, sin embargo, Petra parecía estar enormemente satisfecha.

Durante la siguiente visita médica, el equipo médico había pasado un buen rato discutiendo a los pies de la cama de James. Posteriormente, lo habían llamado en varias ocasiones a la consulta, al fondo del pasillo, para examinarlo a fondo.

Contra su costumbre, aquella misma noche, el médico mayor había apretado la mano de James jovialmente. Mientras tanto, Petra había aguardado sonriente a su lado, con los brazos cruzados y dando unos saltitos retozones apenas disimulados. Le hablaban con toda normalidad, pero James no les contestaba aunque sí los miraba fijamente a los ojos, como si entendiera todo lo que le estaban diciendo.

Bryan se alegró por el curso que estaban tomando las cosas. La confianza en que pronto podría incluir a James en los planes de fuga empezaba a crecer.

Durante la noche siguiente, los simuladores discutieron entre sí de forma controlada y vigilante. Incluso el hombre de los ojos inyectados en sangre había dado a conocer su parecer, comentando desapasionadamente la charla de los demás mientras mantenía la mirada clavada en el techo. Bryan lo interpretó como si estuviera mofándose de los demás, atribuyendo a su demencia y a su brutalidad el que los demás lo dejaran tranquilo. Cada vez que Bryan lo había mirado, le había parecido que James irradiaba desagrado.

Bryan no le dio mayor importancia.

Una de las enfermeras nuevas encendió la luz e hizo una reverencia ante los ocupantes de la habitación, que se apresuraron a dar fin al cuchicheo. Luego abrió la puerta giratoria y la sostuvo para dejar pasar a un oficial hasta entonces desconocido que, a su vez, iba acompañado por un Thieringer que sonreía ampliamente. El joven oficial dijo unas palabras dirigidas a la habitación y luego le dio la mano, tanto a la enfermera como al médico. Dio un taconazo y profirió un respetuoso «heil» y volvió a abandonar la estancia.

Los simuladores parecían afectados por el incidente y siguieron cuchicheando en la oscuridad hasta que el sonido silbante de sus voces, sorprendentemente cercanas, acabó por adormecer a Bryan.

El joven oficial había llegado al hospital al mismo tiempo que él. Así pues, se había recuperado lo suficiente para que lo devolvieran al teatro de la guerra, más vivo que muerto, más sano que enfermo. Un buen ejemplo para todos.

Los pensamientos se fueron fundiendo unos con otros, de la misma manera en que las voces fueron desapareciendo. Todos los cabos que lo mantenían con vida habían sido cortados. La cuerda sobre la cama de Bryan que estaba conectada a la campanilla había desaparecido. James no tenía. El joven oficial volvió a proferir un último «heil» en los límites del sueño.

Y entonces Bryan se durmió.

Todos los sonidos metálicos transportan su propio mensaje. Cuando es una ala de un bombardero B-17 que se desgarra suena distinto de cuando lo hace el fuselaje. Un martillo pesado que golpea un clavo pequeño suena distinto de un martillo pequeño golpeando un clavo grande. El sonido se propaga totalmente en sus elementos metálicos, dando cuenta de su viaje a través del aire. Sin embargo, aquel sonido era difícil de descifrar, metálico y sonoro, pero nuevo. Los párpados de Bryan eran tan pesados que tuvo que conformarse con dejar la pregunta sin contestar un rato más. Un resplandor blanquecino le dijo que volvía a ser de día y que había sobrevivido a la noche. La estancia parecía otra.

A medida que aquel sonido perturbador y agudo adquiría carácter, fue apareciendo la imagen de un aparato del futuro, bombeante y crepitante. Como uno de aquellos inventos de H. G. Wells, o como una diabólica máquina cósmica de aquellas que, con la curiosidad innata de la infancia, había podido contemplar en el carro de un circo o en las plazas de mercado a cambio de un mísero penique.

Bryan abrió los ojos. La estancia le era desconocida.

Pegada a la suya había otra cama. Eran las dos únicas camas en toda la habitación. En el borde de la otra cama colgaba un matraz transparente unido a un tubo. Unas pequeñas gotas de color amarillento se deslizaban constantemente por su interior. La botella estaba un cuarto de llena. Debajo de la manta respiraba una persona entrecortadamente. No conocía aquel rostro que estaba medio cubierto por una mascarilla.

Al otro lado de la cama vecina se hallaba la botella de oxígeno que estaba conectada a la mascarilla. Sobre un estante pintado de verde que había encima de la cama, una especie de ventilador despedía unos soplos rítmicos de aire tibio y húmedo. El aspa estaba torcida; era precisamente la que emitía aquel sonido metálico desconocido.

La estancia parecía estar apartada de la realidad del resto del hospital, sin hedores, escenas de locura y sin la habitual falta clínica de decoración.

Bryan echó un vistazo a su alrededor. Estaban solos en la habitación. Había una alfombra en el suelo. Las paredes estaban revestidas de cuadros; grabados con motivos religiosos, fotografías enmarcadas de gran contraste retratando a afectados mozos y mozas del Tercer Reich en posturas fantasiosas y engreídas.

El traslado nocturno era un misterio para Bryan. Probablemente le habían adjudicado la cama que había quedado libre tras la marcha del joven oficial. ¿Pero por qué a él? ¿Acaso habían sospechado algo y lo habían separado de sus torturadores? ¿O es que pretendían tenerlo en observación?

La habitación se encontraba enfrente de la que había abandonado. El personal médico le era de sobras conocido.

El rostro de la hermana Petra no desveló nada que pudiera inquietarlo. Estaba alegre y servicial como de costumbre y no dejaba de sonreír y de acariciarle la mejilla mientras parloteaba en un tono cordial y reverente que parecía dar a entender que el proceso de recuperación iba viento en popa. Bryan tomó una decisión. La enfermera sería testigo de sus progresos. Eso le concedería mayor movilidad.

Sin embargo, esa mejoría no debería ser demasiado precipitada.

Durante una de sus visitas al baño se abrió ante sus ojos un nuevo mundo. El pasillo, que también conectaba con la habitación que ocupaba James, tenía tres metros de ancho. La distancia entre las puertas no era muy grande y parecía indicar que las habitaciones sólo podían albergar un número reducido de camas. A su lado del pasillo, la habitación que ocupaban era la que se encontraba más cerca del frontis del ala. Al otro lado había una habitación más pequeña y, luego, otra habitación de dos camas. Más abajo, se hallaban el consultorio, los lavabos y las duchas. Y hasta ahí se extendía su nuevo mundo. Nunca había llegado hasta el final del pasillo. Al otro lado había otra habitación del tamaño de la de James.

Por lo visto, en su antigua habitación estaba teniendo lugar un reparto de papeles. Kröner había vuelto a ocupar el puesto de ayudante solícito, algo que a nadie parecía molestarle. Gracias a ello podía moverse libremente entre las habitaciones, como si lo hubieran contratado para ello.

Bryan habría preferido que hubiera sido otro.

CAPÍTULO 24

Petra Wagner era pariente lejana del gaukiter Wagner de Badén, un hecho que nunca se había visto obligada a desvelar, gracias al apellido tan común que tenía.

Desde que había sido destinada al lugar, había aprendido a apreciar sus alrededores y la Selva Negra. En la clínica había encontrado su puesto, a pesar de que el tono áspero y autoritario le seguía pareciendo extraño. Las pocas amigas que su duro trabajo le permitía tener se encontraban todas en e) hospital y los momentos plácidos en el bloque del personal, que solían transcurrir entre labores y charlas entre amigas, le resultaban tan hogareños que apenas se daba cuenta de la guerra que los tenía sitiados.

Al contrario de Petra, casi todas sus amigas sufrían por algún novio que estaba en la guerra, por algún ser querido muerto, desaparecido o herido. Convivían con el odio y con el consiguiente miedo. Pero aunque Petra no soportaba el dolor sobre sus espaldas, su vida no estaba vacía; simplemente, era distinta.

En el hospital tenían lugar muchos abusos que no eran del agrado de Petra: experimentos con medicamentos nuevos, decisiones precipitadas, extraños diagnósticos y evidentes tratos preferenciales… Un hospital militar sólo sabía de un orden y ése era el que estipulaban la jerarquía y el código militares. Y por mucho que le pesara, al igual que los esporádicos ajusticiamientos piadosos, las ejecuciones de desertores y simuladores estaban a la orden del día y formaban parte indisoluble de aquel orden. Una realidad con la que, hasta entonces, había evitado enfrentarse, incluso a pesar de que, en un momento dado, se había visto obligada a cuidar a uno de aquellos desgraciados que habían sufrido sus consecuencias.

A Petra aún seguía sorprendiéndole que el paciente al que habían llamado el hermano siamés hubiera conseguido simular durante tanto tiempo. Jamás había sospechado de aquel hombre, que se había pasado los días vagando por la sala como un monito cogido de la mano de su hermano siamés. Desde entonces, aquel desenmascaramiento y el episodio de las pastillas le habían hecho modificar la visión que tenía de la situación.

La sección era para pacientes con afecciones mentales y la gran mayoría estaban gravemente enfermos y, probablemente, nunca se recuperarían. Las angustiosas sesiones de electrochoque parecían administrarse al azar y eran, al menos, cuestionables. Los pocos pacientes a los que se les había dado el alta desde su llegada al hospital se enfrentaban a un futuro incierto, debilitados y de reacciones retardadas, inmaduros desde un punto de vista terapéutico. Demasiado vulnerables para recibir el alta. El médico mayor era de su misma opinión, Petra lo sabía, pero había que respetar que otros estuvieran más necesitados de aquellas camas.

Y pronto le darían el alta a más de uno en su sección.

Algunos de los pacientes no reaccionaban cuando se dirigían a ellos, estaban lingüísticamente bloqueados, como por ejemplo, Werner Fricke, que se había encerrado en sí mismo y no era capaz de abarcar nada, fuera de las fechas que iba anotando en unas hojas de papel. Ni siquiera el ilustre Amo von der Leyen parecía entender lo que le decían, mientras que Gerhart Peuckert lo captaba todo, estaba segura, aunque todavía no había logrado comunicarse con él.

Muchos de los síntomas que presentaba Gerhart Peuckert no podían explicarse por el shock que había sufrido durante un bombardeo que seguía arrasando en su mente. Un buen número de sus reacciones recordaba a las dolencias con las que había sido confrontada anteriormente en la sección de cuidados médicos. Comparado con los demás, parecía absurdamente debilitado y falto de fuerzas y presentaba ciertas reacciones irracionales que recordaban a un shock alérgico. Los médicos rechazaban esa posibilidad, lo que la llevaba a angustiarse aún más y la hacía sentirse impotente.

Era el hombre más guapo que había visto jamás. No podía creer que fuera el demonio que describía su expediente; o habían exagerado, o sus documentos habían sido cambiados erróneamente por los de otro. Hasta allí alcanzaban sus conocimientos sobre el ser humano.

Sin embargo, no llegaba a comprender lo que había llevado a Gerhart Peuckert a infligirse lesiones tan graves. Las marcas de los múltiples golpes y la enorme pérdida de sangre que había sufrido despertaron sus sospechas. Los designios del autocastigo eran, no obstante, irrefutables. El miedo estaba profundamente arraigado y proporcionaba alimento al alma cuando uno menos lo esperaba. Petra lo había visto muchas veces antes. Podía resultar incomprensible que alguien se mordiera la lengua hasta casi partírsela como había hecho Arno von der Leyen. Y, sin embargo, ocurría. Entonces, ¿porqué no Gerhart Peuckert? Al menos era un consuelo que hubiera mejorado últimamente, aunque seguía estando muy débil.

Cuando, con sus primeros intentos de formular palabras, había reaccionado al cariño que ella le había dispensado, Petra había decidido intentar eliminar el miedo que agarrotaba a Gerhart Peuckert, con el solo fin de que no corriera la misma suerte que tantos otros habían tenido que soportar.

Si de ella dependía, Gerhart Peuckert seguiría en el lazareto hasta que hubiera terminado la guerra. Munich, Karlsruhe, Mannheim y docenas de ciudades alemanas estaban siendo bombardeadas intensamente. Nancy estaba ocupada. Incluso Friburgo había sido atacada. Los norteamericanos avanzaban, los aliados se habían reunido en territorio alemán. Y cuando todo hubiera terminado, deseaba que Gerhart Peuckert siguiera con vida.

Tanto por ella como por él.

«Nuevas directrices de Berlín. El cuartel general de la asistencia sanitaria de la Wehrmacht ha llegado finalmente a una conclusión con respecto a la conferencia celebrada en el mes de agosto. -Las mangas de la bata de Manfried Thieringer se doblaron y dejaron al descubierto sus delgadas muñecas-. Se exigirá la máxima atención ante posibles casos de simulación. El lazareto de Ensen ya ha tomado medidas al dar de alta a todos los casos discutibles, destinándolos inmediatamente al frente.» El médico paseó la mirada por la pequeña estancia. Él había decidido personalmente desalojar la antigua sala de conferencias y convertirla en una sala hospitalaria cuando la presión sobre las secciones se hizo insostenible. La construcción de nuevos barracones no bastaba para satisfacer las necesidades. Las luchas en el frente oriental y, recientemente, la batalla de Aquisgrán les había dado demasiado trabajo. Hasta entonces no les habían brindado la oportunidad de volver a la situación normal.

Las directrices de Berlín les proporcionarían más espacio.

Los ojos del doctor Holst se empequeñecieron detrás de los gruesos cristales de sus gafas.

– El lazareto de Ensen apenas trata a pacientes que no padezcan neurosis provocadas por la guerra. ¿Oué tiene eso que ver con nosotros?

– Tiene que ver, doctor Holst, que si no hacemos lo que han hecho ellos, nuestros resultados parecerán demasiado pobres. Y entonces nos exigirán que les demos la última inyección a los restantes, o que les aumentemos la dosis de sus queridos clorales, trionales y veronales, doctor Holst. Y luego, siempre podemos ofrecernos para servir en el frente, ¿no le parece? -El doctor Thieringer miró fijamente a su adjunto-. ¿Es consciente de lo privilegiados que somos, doctor Holst? De no haber sido porque la esposa de Goebbels apeló a su marido para que exigiera que los lazaretos, en general, dispensaran un trato más favorable a sus pacientes, nuestra labor primordial ahora mismo consistiría en liquidar a dementes. Más ajusticiamientos piadosos, ¿no es así? Causa de la muerte: gripe. ¿Se lo imagina? Al menos ahora sólo son los pocos chillones que acaban en el sótano los que nos dan problemas.

El doctor Thieringer sacudió la cabeza y prosiguió:

– No, señor mío, haremos lo que esperan de nosotros. Empezaremos a dar de alta a algunos de nuestros pacientes. En caso contrario, se habrán terminado los experimentos en la Casa del Alfabeto, doctor Holst. Se acabaron sus problemáticos experimentos con preparados de cloro y todo ese tipo de remedios. Se acabó el evaluar los efectos de los diferentes tipos de tratamiento de choque. Adiós a la vida relativamente placentera que vivimos aquí. -El doctor Holst bajó la mirada-. Nada, ¡que estuvimos de suerte cuando la esposa de Goebbels logró que su marido diera protección a nuestros soldados de élite! Nos concedió material para nuestro trabajo, ¿no es así? ¡Para que pudiéramos contribuir a mantener la confianza que el pueblo alemán ha depositado en la infalibilidad del bravo cuerpo de las SS!

Manfried Thieringer miró a Petra y a las demás enfermeras de la sección. Hasta entonces no se había dignado siquiera dispensarles una mirada. Sin embargo, aquella mirada los instaba a que desoyeran los últimos comentarios que había hecho. Agarró un montón de expedientes.

– Lo que significa que vamos a tener que reducir las dosis en la sección IX. A partir de hoy mismo, cesarán todas las terapias de insulina. A Wilfried Kröner y a Dieter Schmidt se los apartará de la quimiopsicoterapia antes del mes de diciembre. Creo que a Werner Fricke pronto tendremos que darlo por perdido. Mucho me temo que no podemos esperar demasiada sensatez por su parte. Es de una familia acaudalada, ¿verdad? -Nadie contestó. El médico mayor siguió hojeando los expedientes-. A Gerhart Peuckert lo mantendremos en observación durante un poco más de tiempo, pero parece que se está recuperando.

Petra retorció las manos.

– Y luego tenemos a Amo von der Leyen, por supuesto -prosiguió-. Nos han llegado noticias de que pronto, alrededor de Navidad, recibirá una visita importante de Berlín. Tendremos que concentrar todas nuestras fuerzas en su recuperación. He oído decir que ha intentado suicidarse. ¿Hay alguien que pueda corroborarlo?

Las enfermeras se miraron y sacudieron la cabeza.

– De todos modos, no podemos permitirnos correr riesgos. Me han concedido dos pacientes que están a punto de recibir el alta de la sección somática para tratamiento ulterior en esta sección. Podrán montar guardia para garantizar que no vuelva a ocurrir. Podremos retenerlos durante tres meses. Supongo que será suficiente, ¿verdad?

– ¿Montarán guardia las veinticuatro horas del día?

Como era su costumbre, la supervisora de las enfermeras se aseguró de que a su plantilla no le fueran impuestas más guardias.

Thieringer sacudió la cabeza.

– ¡Devers y Leyen duermen por la noche! ¡De eso tendrá que encargarse usted!

– ¿Y qué pasará con el compañero de habitación de Amo von der Leyen? -comentó el doctor Holst, inseguro.

– Es poco probable que el Gruppenführer Devers se recupere. El gas ha dañado demasiado sus pulmones y su cerebro. Haremos todo lo que podamos, pero se le seguirá administrando la dosis completa. ¡Tiene amigos muy influyentes! ¿Entendido?

– ¿Pero realmente es el más adecuado? Quiero decir, para compartir habitación con Amo von der Leyen. Quiero decir… -El doctor Holst apenas sabía cómo plantearlo y reculó en el asiento al encontrarse con la mirada desagradable que le dispensó Thieringer-, AI fin y al cabo, está totalmente ido.

– ¡Pues sí, estoy convencido! Por lo demás, les recomiendo encarecidamente que procuren que ni Horst Lankau ni cualquier otro paciente de la habitación número tres entren en la habitación de Amo von der Leyen y del Gruppenführer Devers.

– ¡Wilfried Kröner nos echa una mano con las tareas! ¿También lo incluye a él? -incidió la hermana Lili.

– ¿Kröner? -Manfried Thieringer sacó el labio inferior y sacudió la cabeza-. No. ¿por qué? Al fin y al cabo, parece encontrarse en plena recuperación. En cambio, no me parece que el comportamiento del Standartenführer Lankau esté evolucionando satisfactoriamente. Parece inestable. Hasta que le demos el alta definitiva, deberemos procurar que se mantenga en calma y deje de importunar a los demás pacientes.

Puesto que ya habían tratado la situación de Gerhart Peuckert, sólo había una pregunta que Petra deseaba que le contestaran:

– ¿Cómo debemos comportarnos con la visita del Gruppenführer Devers, Herr Thieringer? ¿Podemos permitirnos el lujo de ofrecerle comida cuando viene tan a menudo?

– ¿Cuan a menudo viene?

– Varias veces a la semana. ¡Prácticamente todos los días, creo!

– Se le puede ofrecer comida, sí. ¡Pregúntele usted misma! Puede suponer una distracción para Amo von der Leyen.

Miró serenamente a su adjunto y añadió:

– Sí, eso sería estupendo. Yo mismo hablaré con ella en cuanto la vea.

Petra había envidiado a la esposa del Gruppenführer Devers desde el primer momento. No por su fisonomía ni tampoco porque, aparentemente, su vida no le exigía gran cosa, sino sólo por su ropa. Cuando pasaba por delante de la sala de guardia, toda estirada y orgullosa, solía saludarla con un gesto de la cabeza. La hermana Petra sólo tema ojos para sus medias y su traje. Todo «seda de Bamberg», les había comentado a sus compañeras de habitación. Ninguna de ellas había llevado unas medias así en toda su vida.

Petra había aprovechado la ocasión para tocar a Gisela Devers furtivamente mientras estaba sentada en la cama de su esposo leyendo; la tela era extraordinariamente lisa, diríase que casi fresca al tacto.

Amo von der Leyen no le quitaba ojo a la esposa del Gruppenführer Devers, de eso se había dado cuenta Petra. Para sus adentros daba gracias a Dios porque Gerhart no pudiera disfrutar de aquella vista.

Los guardias del pasillo recién instituidos eran dos muchachos paliduchos que, al igual que tantos otros, llevaban grabadas las más profundas heridas en sus miradas. Los uniformes recién planchados de Rottenführer de las SS eran nuevos y relucientes, pero las insignias estaban deslucidas y daban testimonio de batallas pasadas. La insignia de la división estaba compuesta de dos granadas de mano cruzadas. Petra las había visto antes; no le sentaban demasiado bien a nadie.

La sola presencia de Gisela Devers era capaz de hacer que aquellos dos jóvenes guardias se cuadraran y se mantuvieran alertas a su paso. Era una mujer elegante, esposa de un oficial de las SS y la única familiar cuya visita se aceptaba en aquella ala.

Sin embargo, una vez había pasado de largo, los jovencitos empezaban a cuchichear confidencialmente con los rostros siempre sonrientes. A todos los demás, incluidos los médicos, los miraban con indiferencia. Conocían su trabajo y lo llevaban a cabo con eficacia y sin rechistar. Mientras cumplieran su cometido e hicieran el papel que se les había asignado no tendrían nada que temer. Antes dieciocho horas de guardia diarias que una sola en el frente.

Petra tenía que darle la razón a Thieringer. Horst Lankau ya no era el mismo de antes. Aquel ancho y curtido rostro, rubicundo y jovial, había dejado de sonreír. Los demás pacientes parecían tenerle miedo. El médico mayor también había tenido razón al decir que lo habían encontrado en la habitación de Devers y del héroe de la sección, Amo von der Leyen, sin motivo aparente.

Cuando finalmente le prohibieron abandonar su habitación, su ira se había desbocado. Las protestas se habían tornado sorprendentemente concretas y ricas en insultos cuando lograron administrarle un sedante.

Desde entonces había recuperado algo de su antiguo don de gentes.

Habían ocurrido muchas cosas últimamente. Wilfried Kröner mejoraba a pasos agigantados y se movía con toda libertad por la Casa del Alfabeto. Para gran regocijo de todos, llevaba la ropa sucia al sótano y empujaba el carrito de la cantina por todas las plantas. Aparte de los espasmos crónicos que sufría y que sobre todo se traducían en incontinencia urinaria y esporádicas convulsiones que le ocasionaban ciertas disfunciones a la hora de expresarse verbalmente y que, de vez en cuando, le provocaban tortícolis, parecía que el tratamiento, a grandes rasgos, estaba tocando a su fin.

El extravagante Peter Stich, de sonrisa casi sardónica, había dejado de mirar fijamente el chorro de agua de la ducha pero, en cambio, había empezado a hurgarse la nariz con tanta fruición que parecía que, de esa forma, intentara eliminar las jaquecas que sin duda padecía. Cuando sufría uno de aquellos ataques, la sangre le salía a chorros. Petra lo odiaba. Lo ensuciaba todo y, además, irritaba sobremanera a los enfermeros.

Y luego estaba el chapaleo del dedo escarbando la nariz frenéticamente; le provocaba náuseas.

Los guardias habían encontrado un nuevo objeto merecedor de su atención. Habían ingresado a un Obergruppenführer que había sufrido un colapso nervioso en la habitación contigua a la de Amo von der Leyen. Aunque los camilleros que lo habían subido a la planta lo describieron con toda suerte de detalles, nadie, aparte de un par de médicos y de Manfried Thieringer, conocía la verdadera identidad del general. Petra sólo sabía que se trataba de un señor distinguido de mediana edad que parecía que chocheaba.

No permitían que nadie entrara en su habitación sin que estuviera acompañado por el médico mayor. Lo único que necesitaba era un poco de paz y tranquilidad para reponerse, decían. El escándalo sería sonado si se divulgaba que uno de los pilares del Tercer Reich estaba ingresado en aquel lazareto.

Gisela Devers había intentado, hábil pero vanamente, obtener un permiso para saludarlo. Era así como había alcanzado la posición que ostentaba actualmente, había quien insinuaba. Petra no lo tenía tan claro. Su bolso llevaba el logotipo de la casa I. G. Farben. Se rumoreaba que pertenecía a la familia de los propietarios, algo que tanto sus ropas como su matrimonio parecían corroborar; una razón plausible que explicaba que pudiera ir y venir con tanta libertad.

CAPÍTULO 25

De pronto un día Lankau dejó de importunar a Bryan.

Fuera mandaban los guardias. No sabía por qué los habían apostado en la puerta, pero su compañero de habitación no era, desde luego, un cualquiera.

Los dos soldados de las SS eran, si cabe, más jóvenes que él y sus ojos más fríos que los de un cadáver.

Solían dejar la puerta abierta de par en par dos o tres veces al día, para que se aireara el pasillo. En aquellas ocasiones, el hombre del rostro picado de viruela acostumbraba pasar por delante de la puerta murmurando frases ininteligibles.

La dulzura que intentaba transmitir no engañaba a Bryan; bajo aquella fachada afable asomaba una gravedad alarmante y embrutecida.

La combinación era aterradora.

Cuando entraba en la habitación, siempre empezaba por ajustar la almohada del vecino y luego le acariciaba la mejilla. Entonces solía volverse hacia Bryan con una expresión feroz y se llevaba un dedo a la garganta trazando una línea que quería significar que le cortaría el cuello en cuanto se le presentara la ocasión. Volvía a darle una palmada cariñosa al paciente inconsciente y seguía la ronda con una sonrisa bonachona en los labios.

También el flaco solía detenerse para contemplarlo con una mirada férrea cuando la puerta estaba abierta. Los guardias no le permitían hacer nada más.

Despreciaban sus formas.

De noche, Bryan estaba solo. Tan sólo hacía falta un solitario jadeo de su vecino inconsciente para que se incorporara en la cama de un sobresalto.

Solían dejarle las pastillas sobre la mesita de noche para que se las tomara él mismo.

Al caer la noche cerraban la puerta con llave y Bryan ya no podía abandonar la habitación para ir al baño hasta la mañana siguiente. La habitación no tenía lavabo. Tras unos cuantos intentos de disolver las pastillas en la orina del orinal habla abandonado aquel método para deshacerse de ellas. Por tanto, siempre esperaba a que la sección estuviera totalmente en calma y no se oyera ni el más mínimo ruido. Entonces, y sólo entonces, se dirigía a la cama de su vecino, le retiraba la mascarilla y le metía las pastillas trituradas en la boca. Solía toser un poco cuando Bryan le acercaba el vaso de agua a los labios, aunque la verdad es que, un rato después, siempre acababa por tragárselas.

Las enfermeras también le administraban medicamentos. Bryan no sabía si la mezcla tenía como objetivo que siguiera durmiendo o que despertara de una vez por todas, pero lo que sí le preocupaba era si la combinación resultaría tener consecuencias fatales. Sin embargo, no pasó nada. Simplemente, su respiración se volvió más calmosa, más fluida.

Si los simuladores seguían teniendo la intención de acabar con su vida, tendrían que actuar de noche. Por tanto, las noches de Bryan debían convertirse en días y tos días en noches para que pudiera mantenerse alerta por si aparecían.

Les plantaría cara. Si gritaba con todas sus fuerzas, la sala de guardia estaba lo suficientemente cerca para que alguien acudiera a tiempo en su ayuda.

Gritaría hasta despertar a los muertos, incluso a su vecino.

Y entonces fue cuando apareció Gisela Devers e interrumpió su descanso; una interrupción peligrosa pero a la vez embriagadora.

Su presencia le traía recuerdos de las fiestas que la familia había celebrado en la casa de Dover, cuando declinaba el período estival y la burguesía estaba a punto de dispersarse a los cuatro vientos hacia sus domicilios de invierno. Allí había sido donde Bryan había aprendido a embriagarse de los olores de las mujeres.

La Señora Devers tenía un par de años más que él. Su porte era majestuoso y sus ropas elegantes y ajustadas al cuerpo. La primera vez que Bryan la había visto, había dejado los ojos entreabiertos.

Aquel perfil gracioso y aquel cabello suave que despuntaba por la nuca debajo del recogido lo tenían atrapado. Bryan respiraba silenciosamente, husmeaba su perfume mientras el deseo iba creciendo en su interior. El aroma era suave y etéreo, como una brazada de frutas frescas.

Ella se había sentado ligeramente ladeada, la falda seguía las curvas de sus muslos.

Nadie hacía caso de Bryan. No esperaban que reencontrara su nivel de actividad habitual hasta pasados cuatro días. De esta forma, podía contemplar tranquilamente a Gisela Devers desde la cama, envuelto en una agradable nube de somnolencia, en el límite entre el sueño y la conciencia.

De pronto, la noche del tercer día, el cuerpo de Gisela había empezado a temblar, como si estuviera a punto de romper a llorar. Se inclinó sobre la cama de su marido y dejó que la cabeza colgara sobre el libro que tenía en el regazo. Era una visión desconsoladora. Bryan la comprendía.

Y entonces los temblores se concentraron en un segundo de silencio para, acto seguido, derivar en una risa ahogada y extraña que lentamente se fue propagando por todo su cuerpo. Cuando de pronto irrumpió en una risa desenfrenada, Bryan no supo contenerse y la acompañó con su risa.

Gisela Devers se dio la vuelta inmediatamente. Había olvidado por completo la presencia de Bryan y nunca lo había mirado directamente. Sus ojos brillaban, embriagados por la risa.

Y aquel brillo la dejó paralizada.

En los días que siguieron, Gisela Devers se fue acercando cada vez más a la cama de Bryan. Por lo visto, el silencio y la distancia que Bryan mantenía la habían cautivado. Bryan no había oído nunca hablar tanto alemán. Gisela era ceremoniosa, rigurosa en la elección de las palabras y hablaba lentamente, como si supiera que se requería algo especial para romper las barreras de Bryan.

Y lo consiguió. Poco a poco, la repetición les fue infundiendo significado a las palabras. Finalmente Bryan empezó a dar muestras de que la entendía. A ella le divertía, y cuando él asentía apasionadamente con un gesto de la cabeza, ella solía cogerle la mano y le daba una palmadita. Más tarde empezaría a acariciarla cariñosamente.

Gisela Devers era encantadora.

El flaco ya había traspasado el límite de la paciencia de los guardias. En una de sus eternas rondas, durante las que solía fisgonear por toda la sección, había ignorado por enésima vez sus advertencias. En el vano de la puerta de la habitación de Bryan, uno de los guardias lo agarró por detrás sin previo aviso, mientras que el otro le metía los dedos en lo más profundo de la garganta. Unos sonidos guturales acompañaron los vómitos que le obligaron a limpiar con las mangas del camisón después de propinarle una patada que lo envió de cabeza a aquel mejunje. Durante la inspección de la tarde, Bryan pudo escuchar cómodamente cómo la supervisora lo regañaba por la cochinada que había dejado en el suelo.

Gisela se sorprendió al oír que los guardias se reían.

La joven señora Devers no se daba cuenta de la mayoría de las cosas que pasaban en aquella sección. Por lo que Bryan alcanzaba a comprender, ella suplía ese desconocimiento hablando de sí misma con entusiasmo. Aunque nunca dudó, ni por un instante, de que ella lo denunciaría si conociera la verdad, la deseaba con todas sus fuerzas. Sentía la misma pasión por ella que ella sentía por Amo von der Leven.

A pesar de aquel engaño, resultaba delicioso cuando ella deslizaba su mano por debajo del edredón y le susurraba palabras dulcemente extrañas al oído.

Un día, cuando Bryan menos esperaba que ella fuera a hacer realidad sus insinuaciones, la hermana Petra había aparecido en el umbral de la puerta y se había quedado allí hablando un buen rato, echando miradas furtivas al traje negro de Gisela Devers.

La señora Devers apenas se había inmutado, y se había limitado a saludar a Petra secamente con un gesto de la cabeza, sin preocuparse siquiera por participar en la conversación, ni por mostrar el más mínimo interés por las palabras de la enfermera.

En el momento en que una llamada desde la sala de guardia arrancó a Petra de la puerta, Gisela Devers giró la cabeza y miró a Bryan a los ojos. Sus labios se separaron. Dejó caer al suelo el libro que tenía en el regazo y cerró la puerta cuidadosamente. Se quedó un rato apoyada en el vano mirándolo fijamente. Entonces adelantó la rodilla y empezó a suspirar profundamente. Aquellos suspiros se hicieron audibles.

El escalofrío liberó el cuerpo de Bryan de la tensión que había acumulado, dejándolo ardiente y traspuesto. Entonces Gisela dio un paso adelante y se le acercó tanto que los pliegues de su traje que moldeaban la curva de sus muslos ocuparon el campo visual entero de Bryan. Gisela se inclinó hacia adelante y subió la rodilla hasta el borde de la cama. Bryan la tomó en sus brazos cuando ella le rodeó el cuello. Todas las capas de ropa eran lisas, flexibles y frescas. Su piel estaba húmeda.

Aquellos abrazos se repitieron muchas veces, aunque por poco tiempo. Los ritmos que regían la sección cambiaban constantemente. Resultaba difícil encontrar un momento de tranquilidad en medio de todo aquel ajetreo. Ambos tenían razones más que sobradas para mostrarse cautelosos.

Al final eran capaces de contentarse dejando pasar las horas con la mirada fija en el otro. Sólo en contadas ocasiones sus cuerpos se rindieron al deseo. La voz de Gisela emanaba amor. Todas las demás mujeres dejaron de existir para Bryan, se tornaron borrosas.

Uno de aquellos días, su gorjeo se especió con un nuevo matiz; un matiz concreto y directo.

La alarma se disparó en el interior de Bryan. En un primer momento, había entendido que el Gruppenführer Devers pronto recibiría nuevas visitas.

Más tarde se dio cuenta de que Gisela le estaba hablando de él, de Amo von der Leyen; que lo admiraba y que estaba segura de que volvería a casa antes de Navidad; que pronto recibiría una visita importante de Berlín. Que lo echaría en falta.

Miró hacia su marido con desprecio.

Eran noticias aterradoras, si es que lo había comprendido todo correctamente.

Después del traslado, a Bryan empezó a costarle mantenerse al corriente de los días que iban transcurriendo y llegó a odiarse a sí mismo por aquella negligencia. Al oír el retumbo de la última gran ofensiva contra Karlsruhe, Bryan había calculado que era el 5 de noviembre, dos días antes de su cumpleaños. Desde entonces debían de haber pasado unos quince días, más o menos.

Ya no pasaban desapercibidas las batallas al otro lado del Rin, aunque no podía saber de qué lado estaba la fortuna. Lo que, en cambio, había quedado bien a las claras era que los pacientes del lazareto podían ser trasladados en cualquier momento, si el avance de los aliados llegaba a suponer una amenaza para la región.

Esta vez lo conseguiría.

Todas las noches, mientras hacía su guardia, que debía resguardarlo de los ataques de los simuladores, le daba vueltas a los planes de fuga y pensaba en James.

Había que meditar sobre varios inconvenientes: la ropa y el calzado; la manera de superar todas aquellas miradas despiertas y de escapar de aquel edificio; las patrullas de perros y la nueva alambrada eléctrica; la pared rocosa en medio de la oscuridad; el tránsito de los caminos del valle, ahora que habían extremado la vigilancia al máximo; el frío de la tierra mojada, y los arroyos y riachuelos; la amplia y llana región que se extendía hacia el Rin de, por lo menos, seis millas; la duda de si todavía estaban en época de vendimia, a pesar de lo avanzado del año.

Y luego estaban las aldeas y los pueblos allá abajo, y todas las sorprendentes coincidencias y extraños quehaceres de las pequeñas sociedades del valle. Había que superar todo aquello.

Bryan sabía que ya no podría dirigirse hacia el sur. La concentración de tropas cerca de la frontera suiza probablemente fuera la más densa del mundo. Tendría que optar por escapar en dirección oeste, tomando el camino más corto, en un intento de cruzar las vías del tren que atravesaban el valle del Rin, a lo largo del margen montañoso. Luego intentaría llegar hasta el río.

Teniendo en cuenta la escalada bélica que se había vivido durante las últimas semanas, las tropas aliadas debían de encontrarse justo al otro lado del Rin. Pero ¿cómo conseguiría llegar tan lejos?

Aquel grandioso río, que Bryan había utilizado tantas veces como referencia en los vuelos de reconocimiento, probablemente era el río más vigilado del mundo. El pobre desgraciado que fuera atrapado allí no tendría que devanarse los sesos pensando en el destino que le aguardaba. Cualquier civil sospechoso que pillaran tan cerca de la línea del frente sería tomado por un desertor y ajusticiado en el acto.

Y cuando finalmente tuviera el Rin a sus pies, ¿cómo se suponía que lo cruzaría? ¿Qué anchura tenía realmente? ¿Y qué profundidad? ¿Y la corriente, cómo sería?

La última pregunta que se hizo tampoco lo volvió loco de alegría. ¿Y si lograba llegar al otro lado del río? ¿Acaso no abrirían fuego contra él sus propios compañeros? ¿Acaso no dispararían contra cualquier cosa que se moviera?

A fin de cuentas, no las tenía todas consigo. De niño, Bryan había aprendido de su padrastro que la gente tonta no era capaz de apreciar la importancia de calcular las probabilidades de éxito de sus vidas. Por esa razón, esa gente siempre acababa optando, una y otra vez, por los sueños, las fantasías y las ilusiones, que, a fin de cuentas, nunca llegaban a hacerse realidad, en vez de conducir sus vidas hacia unos marcos más seguros aunque, tal vez, también más banales. Así, muchas veces se quedaban paralizados, incapaces de tomar una determinación. Las probabilidades que tendían a obviar a menudo los conducían a un callejón sin salida, ofreciéndoles unas posibilidades miserables y convirtiéndolos en perdedores.

Y aun así, Bryan optó, esta vez y a pesar de la educación que había recibido, por dejar a un lado las probabilidades desfavorables de salir airoso de aquella situación y aplicar otro aspecto importante de su aprendizaje que, en cierto modo, contrarrestaba las expectativas sombrías.

Ese aspecto era, ni más ni menos, el axioma según el cual los problemas están para ser solucionados.

Naturalmente, Bryan no conocía el terreno, de la misma manera en que era innegable su desconocimiento de la lengua. Sin embargo, ésta era, por así decirlo, la terminología misma de la fuga. Y puesto que ya no podía quedarse allí por más tiempo, tendría que hacerlo lo mejor que pudiera y hacerlo pronto.

Si finalmente se daba el caso, sería determinante alcanzar el Rin antes del amanecer.

La cuestión que quedaba por determinar era si James lo seguiría.

Bryan habría dado su brazo derecho por poder dar un paseo alrededor de los edificios o por tener una mejor vista desde su ventana.

La alambrada eléctrica constituía el primer obstáculo que debería salvar. Incluso si se decidía por dirigirse hacia la pared rocosa, se encontraría con aquella alambrada. Y si finalmente conseguía superar las rocas por otra vía, se vería obligado a bordear el complejo hospitalario para alcanzar el camino en dirección oeste.

La manera más sencilla de salir sería atravesando el portal. Bryan la desechó; también sería la manera más fácil de conseguir que lo mataran.

La siguiente posibilidad de escapar era cavando un túnel. Sin embargo, todas las alas que daban a campo abierto eran barracones. Allí no conseguiría cavar sin que lo descubrieran. Y según los cálculos de Bryan, el resto de la alambrada estaba fijada en suelo rocoso.

Por tanto, debería superar la alambrada sin tocarla.

El recuerdo del frío paseo desde la plaza de actos el día del cumpleaños de Hitler y los grandes abetos que se inclinaban sobre la alambrada por el costado oriental seguía estando presente en su mente. Un solo paseo, y sabría con toda seguridad si el salto desde allí era posible.

Y luego, a fin de cuentas, también había otra manera de enterarse. Si lograba introducirse en la habitación de James, en tan sólo unos segundos podría calibrar la distancia que lo separaba de los abetos desde la ventana.

Bryan hizo un gesto resoluto con la cabeza. Tendría que hacerlo así. Al fin y al cabo, tendría que hacer partícipe a James de sus planes lo antes posible.

La sorpresa había llevado a Gisela a agarrar su bolso y salir corriendo al pasillo. En el segundo previo al beso que le había dado a Bryan, había oído el chirrido de la puerta. Kröner había aparecido sonriente en la puerta cuando ella se había escurrido indignada por su lado. Había estado al acecho, escondido para poder contemplar sus caricias. Los ojos de Bryan y Kröner se encontraron. El brusco despertar del tacto de la seda y las suaves formas del cuerpo de Gisela y el desafío de la sonrisa de aquel rostro picado de viruela hicieron que el odio y el acaloramiento se fundieran, desbocándose en su interior.

Kröner todavía se reía cuando Bryan se incorporó en la cama. El hombre del rostro picado reculó y se deslizó pasillo abajo tapándose los ojos con la mano. Los guardias se sorprendieron al ver que Bryan lo seguía. En el momento en que Kröner logró escapar de su terco perseguidor encerrándose en el retrete, perdieron el interés por ambos. Bryan no sabía realmente lo que quería hacer. Kröner seguía riéndose detrás de la puerta del váter. Porque, ¿qué podía hacer? Esperar una eternidad y luego largarle un golpe en cuanto saliera por aquella puerta.

A pesar de que las ganas de hacerlo fueron aumentando por segundos, un acto así carecería totalmente de sentido.

Los guardias empezaron a murmurar. Como de costumbre, toda la sección estaba en alerta permanente. Al lado de la puerta tras la cual Kröner parecía haberse calmado, habla otra puerta que daba golpes; era la de la sala de ducha, que estaba entreabierta, al igual que la puerta que había un par de metros más allá. Hasta entonces, Bryan no había advertido que aquella superficie de color verde claro era una puerta, sino que había creído que era la continuación de la pared que iba a dar a la puerta de cristal de la escalera de servicio.

Los guardias ni siquiera se molestaron en reaccionar cuando se acercó a ella y la abrió. Bryan comprendió instantáneamente por qué.

Era otro retrete.

Cuando llegó la hora de la ronda de la tarde con los enfermeros y el carrito de la comida, Kröner todavía seguía riéndose. Levantó las cejas jovialmente hacia Bryan y se le acercó susurrándole aquellas palabras con una gravedad satánica: «Bald, Herr Leyen! Sehrbald… sehrsehr bald!»

Bryan ya había resuelto uno de los problemas de la fuga. En el retrete recién descubierto había una ventana. Si bien el débil marco de hierro estaba atornillado a la pared de manera que no se pudiera abrir la ventana, las vistas eran prometedoras.

El retrete en sí estaba integrado en la caja de la escalera de servicio. Desde ahí, las vistas a la fachada, pasando por el baño, el retrete, el consultorio, la habitación doble, la misteriosa habitación sencilla, hasta la esquina del edificio, eran muy amplias. Una magnífica visión con canalones por cada tres o cuatro metros de fachada. Y sobre todo, el canalón delante de la habitación en la que nadie entraba, aparte del médico, resultaba interesante por sus grandes anclajes. No porque el canalón bajara hasta un pequeño cercado que albergaba unos cubos de basura y material de construcción sobrante en el basamento del edificio, sino porque hacia arriba estaba anclado en la planta superior, delante de un salidizo del tejado inclinado.

La ventana de la buhardilla estaba abierta y la luz del sol iluminaba los estantes de la estancia y la ropa blanca que allí se guardaba.

Bryan tendría que subir y no bajar.

Gisela Devers no lo visitó durante los días que siguieron.

Bryan echaba en falta su presencia, con un dolor a la vez punzante y dulce.

De pronto, después de dos noches de pesadillas y dos días de profunda soledad, volvió a aparecer y la tercera mañana tomó asiento al lado de la cama de su marido y se puso a leer, como si no hubiera pasado nada. Durante las pocas horas que transcurrieron, no abrió la boca ni se le insinuó a Bryan.

Justo antes de abandonar la habitación se sentó un rato al lado de la cama de Bryan. Le dio una palmada desapasionada en la mano y lo saludó con un gesto orgulloso de la cabeza. Con unas pocas frases le dejó claro que había oído decir que el Führer se encontraba en la zona. Acabó embriagándose con sus propias palabras y le habló de una ofensiva en las Ardenas. Parecía muy optimista y sonrió al mencionar su nombre.

Entonces le guiñó el ojo. El héroe Amo von der Leyen pronto recibiría una visita; si no del Führer en persona, al menos de alguien muy cercano a él.

La mirada reverencial que Gisela Devers le dispensó al abandonar la habitación sería el recuerdo que Bryan guardaría de ella.

CAPÍTULO 26

«Ahora duerme, angelito mío», pensó Bryan. Herr Devers era un hombre pesado y le costó sacarlo de la cama. Había retirado la manta de la cama que estaba lista para acoger a su compañero de habitación. Luego había colocado el albornoz de Devers en la cama vacía, había acomodado el bulto cuidadosamente, para que tomara el contorno de un cuerpo tendido, lo había cubierto con la manta, se había puesto su propio albornoz y había abandonado la habitación, no sin antes asegurarse de que ningún extraño transitaba por el pasillo.

Eran casi las siete de la tarde. La cena había estado pasada y asquerosa y se la había tragado en un abrir y cerrar de ojos. Unos ejercicios de evacuación habían descolocado a todo el personal durante la mayor parte del día. En un primer momento, Bryan había creído que se trataba de una evacuación real y que iban a ser trasladados del lugar inmediatamente. Los reproches que se hizo a sí mismo habían abocado en insultos por haber dejado escapar el momento.

Sin embargo, los enfermeros le habían sonreído e incluso Vonnegut había asomado la cabeza por la puerta y se había reído. Los medicamentos de la noche habían sido distribuidos varias horas antes de lo habitual.

Había llegado la hora.

A punto estuvieron los guardias de esbozar una sonrisa al verlo detenerse en el pasillo y rascarse la nuca en un gesto abatido. De pronto, la expresión de su cara se había esclarecido y Bryan se había encogido de hombros con una mueca de indiferencia y había seguido su camino hacia la habitación de siete camas.

No lo detuvieron, sino que más bien parecieron sentirse tan aliviados como lo estaba él.

Los simuladores ya se habían acostado, a excepción de Rroner, que miró a Bryan con una expresión sarcástica en el mismo instante en que éste asomó la cabeza por la puerta.

Kröner se incorporó sobre los codos inmediatamente. James ocupaba la antigua cama de Bryan, la que estaba entre la de Kröner y la del hombre de los ojos inyectados en sangre.

De la cama del fondo asomó un rostro desconocido de entre las mantas que siguió pasivamente los movimientos de Kröner con la mirada, cuando éste atravesó la estancia. El hombre de la cara ancha gruñó cuando Kröner lo sacudió insistentemente, despertándose a la vez que James.

En la mirada que James le envió había más bien una especie de apatía que de cansancio. Era todo cuanto Bryan necesitaba saber: James no podría acompañarlo.

Entonces Bryan se escabulló entre las camas de James y de Kröner y echó un vistazo por la ventana. Los abetos de la parte sur de la pared rocosa estaban a unos seis metros del muro del edificio, pero justo delante de la ventana y, un poco más allá, la distancia era aún menor.

Las ramas eran de un color verde intenso y estaban llenas de savia, flexibles y densas. Había más que suficiente a lo que agarrarse, siempre y cuando el ángulo de caída fuera el correcto.

Desde su cama en la planta inmediatamente inferior, Bryan había dejado que los fundamentos de aquellas gigantescas sombras bailaran prometedoramente ante sus ojos. Pequeños fragmentos de una vida apacible y normal que cabeceaban plácidamente al otro lado del cristal; entes inalcanzables y cautivadores.

Y por fin tuvo una visión completa de aquellos árboles.

A sus espaldas, Lankau y Kröner se habían colocado entre las dos camas, barrándole el paso. Kröner estaba tan tranquilo y expectante como Lankau tembloroso y excitado. Bajo la sonrisa torcida del hombre del rostro picado de viruela, el pañuelo de Jill adornaba coquetamente su cuello. En el mismo instante en que Kröner se dio cuenta de que Bryan lo había visto, acarició el pañuelo con el dorso de la mano y esbozó una sonrisa diabólica. Los simuladores habían despojado a James de su último resto de dignidad. Bryan miró a James y el hombre de los ojos inyectados en sangre los contempló con interés desde la cama vecina.

James ni siquiera pestañeó cuando Bryan le sonrió taimadamente.

Entonces Bryan se levantó el camisón y enseñó su trasero desnudo. Tanto Kröner como Lankau se rieron hasta que Bryan contrajo el abdomen, lo que resultó en un largo y ofensivo pedo que fue a darles directamente en las narices. La risa de Kröner se heló al instante y el hombre dio un paso atrás. Sin embargo, el rugido de Lankau tuvo un efecto contagioso y cuando Bryan tuvo la osadía de mirarlo por encima del hombro con una expresión ingenua de duendecillo, Kröner no pudo más que estallar en risas.

Bryan posó la mirada una última vez en James. Resultaba difícil determinar si le había guiñado el ojo ligeramente. Su rostro estaba pálido. La delicadeza y el tormento que éste reflejaba obligaron a Bryan a apartar la vista. Bryan se repuso rápidamente y se acercó tanto a Kröner que sus frentes incluso llegaron a rozarse. Y entonces soltó un eructo.

El semblante de Kröner se transformó, como si lo hubiera atravesado un rayo. La leve parálisis que se produjo le brindó el tiempo y el espacio suficiente a Bryan para que su golpe alcanzara el pómulo de Kröner de lleno. El hombre del rostro picado de viruela se fue hacia atrás y aterrizó entre los brazos de Lankau. La cólera de los dos simuladores se desató inmediatamente y ambos saltaron sobre Bryan, sin hacer caso de los gritos del hombre de los ojos inyectados en sangre.

Sin embargo, Bryan había conseguido lo que había pretendido desde que entró en aquella habitación.

Apenas lo hubo agarrado Lankau, cuando soltó un grito desgarrador, como si quisiera convocar a sus antepasados para la lucha. Todos los ocupantes de la sala despertaron de golpe y fueron testigos de las tres figuras rodando por el suelo y de los guardias entrando atropelladamente por la puerta como sombras tenebrosas. Los guardias se abalanzaron inmediatamente sobre los combatientes. Tanto el hombre del rostro picado de viruela como el de la cara ancha se habían dejado llevar por la rabia. Uno de los guardias logró liberar a Bryan de las garras de los simuladores, sin que tuvieran ningún efecto los golpes que Lankau dejó caer sobre su uniforme.

Y, de pronto, todos se quedaron inmóviles. Bryan, que se había quedado sentado en el suelo con las piernas abiertas hacia los lados, empezó a sollozar. El hombre de los ojos inyectados en sangre había tirado del cordel y los gritos de los enfermeros que se acercaban por el pasillo hicieron que el flaco se dejara caer contra la almohada con un suspiro irritado de resignación.

Bryan dirigió una mirada a James cuando, entre sollozos, reculó hacia la puerta. Sin embargo, por entonces, James ya se había vuelto, abandonándose al abrazo de la manta.

Bryan cruzó el pasillo en un par de pasos ágiles. Antes de que les hubiera dado tiempo a las enfermeras a abrir la puerta giratoria del hueco de la escalera de servicio, Bryan ya había cerrado la puerta a sus espaldas y había detenido sus sollozos. Ahora se encontraba en la habitación del medio que ocupaba el paciente misterioso.

La habitación estaba a oscuras.

Bryan permaneció inmóvil hasta que se hubo acostumbrado a la penumbra. Ahora, sin duda, administrarían un sedante a Kröner y a Lankau. Era impensable que el personal sanitario abandonara la habitación de James durante los próximos cinco o diez minutos.

Desde su habitación al otro lado de la pared se oyó el sonido de la puerta al abrirse. Las voces de los guardias atravesaron la pared con nitidez. Parecían aliviados; ya habían tomado nota de que Bryan se había vuelto a acostar.

Su vecino inconsciente, Herr Devers, no se había movido. La dosis de sedantes que le había suministrado había resultado suficiente.

Desde la cama sumergida en la oscuridad fue emergiendo el contorno de un hombre que lo miraba fijamente.

Ése era, pues, el hombre al que intentaban ocultar con tanto ahínco.

La inexpresividad de su rostro preocupaba a Bryan. Su falta de reacción resultaba tan incomprensible como tantas otras cosas en aquella sección. Bryan se llevó el índice a los labios y se puso en cuclillas al lado del lecho de aquel hombre. La respiración del enfermo se había hecho pesada y el ritmo se había acelerado, como si se estuviera preparando para prorrumpir en un grito. Su respiración, febril y ardiente, se fue haciendo cada vez más profunda a medida que pasaban los segundos. El labio inferior le temblaba.

Entonces Bryan retiró la almohada de debajo de los codos del enfermo de un tirón y lo empujó contra el colchón. El hombre misterioso ni siquiera pareció sorprenderse al ver a Bryan alzar la almohada sobre su cabeza. Bryan volvió a bajar los brazos, tapó el rostro del enfermo con la almohada y apretó.

Fue como ver a su mayordomo en Dover agarrar a una paloma y exprimirle la vida lentamente. El hombre no opuso resistencia, ni siquiera pataleó. El cuerpo laxo e indefenso parecía haber sido abandonado, parecía estar tan solo.

Unos brazos delgados se alzaron ligeramente eliminando la voluntad de Bryan de acabar con aquella vida. Se apresuró a retirar la almohada y miró fijamente a aquellos ojos asustados que acababan de ver cómo cedía la muerte.

Bryan le acarició la mejilla, aliviado. Cuando le sonrió, recibió a cambio una mirada triste.

Del colgador sólo pendía el albornoz reglamentario. Bryan se lo puso por encima del suyo y se ató con fuerza el cinturón alrededor de la cintura. Aunque no le faltaron las ganas de encender la luz y así poder registrar la habitación en busca de cualquier objeto que pudiera serle útil, no se atrevió a hacerlo.

La ventana se abría en el sentido equivocado, lo cual impedía el acceso al canalón. El paciente soltó una risa ahogada, apenas perceptible, cuando Bryan descolgó la ventana de su marco y la depositó cuidadosamente detrás de la cortina, al lado del lavabo.

El tumulto que se había creado en la sección se había calmado definitivamente. El personal sanitario había dejado de vociferar. Las risas de los guardias le llegaban atenuadas desde el pasillo. Habían demostrado su valía.

O, al menos, eso creían.

Bryan contaba con que, si todo iba como de costumbre, pasarían por lo menos unos siete u ocho minutos hasta que se dieran cuenta de su fuga.

Y, de pronto, antes de que diera tiempo para que aquel pensamiento se asentase en su mente, Bryan se quedó helado. Una intuición inexplicable lo había llevado a soltar la cortina antes de subir el pie al alféizar de la ventana; tal vez sólo fuera el leve tintineo de unas llaves en el bolsillo de alguien.

Antes de que el guardia hubiera agarrado el pomo de la puerta, Bryan ya se había arrojado hacia atrás escondiéndose detrás de la puerta. Había estado a punto de caerse. El tobillo le latía de dolor y sus ojos estaban desorbitados. A su lado, un estrecho haz de luz atravesó la estancia y le rozó los dedos de los pies.

A menos de diez centímetros de donde se encontraba, uno de los guardias asomó su rostro oscuro. La luz que entraba a sus espaldas rodeó su cabeza en una aureola diabólica. El más mínimo ruido o movimiento, y Bryan estaría acabado. El hombre misterioso seguía tendido en la cama, con la nuca apretada contra la almohada y una sonrisa dulce en los labios. La cortina ondeaba ligeramente. Bryan percibió el aire que entraba por la ventana con una rotundidad inoportuna y vio, para su desesperación, cómo el haz de luz atrapaba el pie del marco de la ventana detrás de la cortina. El guardia soltó un gruñido y abrió la puerta un poco más y, hasta que sus ojos no se hubieron acostumbrado lo suficiente a la oscuridad para poder ver al enfermo recostado en la cama, no se rindió. Ahora el tobillo le dolía tanto que Bryan estuvo a punto de derrumbarse. Tal vez era lo mejor que le podía pasar; dejarse caer, sin más. ¿Acaso todavía le quedaba alguna posibilidad de salir victorioso de aquella situación? Se deshizo rápidamente de aquel sombrío pensamiento y recuperó el equilibrio. Encontrarían un albornoz en la cama de Devers y a Devers en la cama de Arno von der Leyen. Bryan llevaría puestos dos albornoces.

Resultaría difícil de explicar, sin duda.

El Obergruppenführer se incorporó repentinamente en la cama; parecía estar totalmente lúcido.

– Cute Nacht -dijo quedamente, con tanta dulzura y claridad que incluso Bryan alcanzó a entender aquellas palabras.

– Gute Nacht -replicó el guardia y cerró la puerta suavemente.

Fue todo tan cordial que a Bryan estuvo a punto de parecerle humano.

La noche era húmeda y el aire invernal ya había empezado a morder. No se veía ni una alma en la plaza de actos. El canalón parecía estar sólidamente anclado en la pared, pero era más resbaladizo de lo que había creído Bryan.

Y, además, le dolía el tobillo.

Por esta razón, los escasos apoyos que tuvo que soportar hasta alcanzar el salidizo resultaron ser más duros y agotadores de lo esperado. La distancia que separaba el canalón de la ventana era insignificante, pero la ventana estaba cerrada. Bryan la oprimió con cuidado. El cristal empañado de la ventana estaba suelto y se movió bajo la presión de la mano de Bryan. El golpe cayó con dureza e hizo saltar el cristal en mil pedazos. Uno de los pedazos desgarró la carne de su mano y le dejó una herida del tamaño de un penique. El gancho superior estaba demasiado alto. Bryan agarró el marco de la ventana y tiró de él con todas sus fuerzas, hasta que se soltó. El cristal superior se desprendió y se hizo añicos diez metros más abajo, al chocar contra los cubos de basura. A Bryan, aquel tintineo de cristales le pareció como si el cielo se le hubiera caído encima.

Sin embargo, fue el único que lo registró.

A pesar de la suerte que había tenido, no había adelantado nada. La salvaje ironía del destino había vuelto a burlarse de él, pues a pesar de que el marco de la ventana ya no suponía ningún obstáculo, tendría que buscar otra vía para introducirse en el edificio. Desde que, dos días antes, había contemplado el salidizo desde abajo, alguien había cegado la ventana con un mueble macizo.

Demasiado macizo.

Ante la posibilidad de tener que volver a bajar, Bryan se dispuso a evaluar, una vez más y a la desesperada, la accesibilidad y las trampas que escondía aquel tejado de pizarra. El tejado era resbaladizo y reluciente como un espejo y reflejaba la débil luz de las farolas al otro lado de las cocinas como una película de espejismos parpadeantes. De aquella superficie negra emergieron varias ventanas en marcos de hierro.

Apareció un número cada vez más abundante de destellos desde el nornoroeste que presagiaban nuevas descargas apagadas y retardadas. Las luchas al otro lado del Rin se habían intensificado considerablemente durante las últimas horas. Estrasburgo parecía sucumbir a la presión de las fuerzas aliadas.

Desde el salidizo, unos metros más allá, le llegaron una voces alegres. Bryan supuso que se encontraba delante de las dependencias de las enfermeras. También desde la buhardilla, que se hallaba en algún lugar a sus espaldas, empezaron a oírse algunos ruidos que presagiaban que el equipo de la tarde estaba a punto de retirarse a sus aposentos. Podían descubrirlo de un momento a otro, sólo con que uno de los ocupantes de las habitaciones quisiera ventilar su buhardilla o averiguar de dónde provenían las detonaciones y los destellos. Era fácil que sorprendieran a Bryan; un rápido vistazo al tejado y lo habrían descubierto. A pesar del frío, Bryan sudaba y las manos empezaban a resbalarle en el marco de la ventana. Tendría que encontrar inmediatamente otro acceso al edificio. Dentro de unos segundos, los guardias encorvados doblarían la esquina.

Colgado del techo de aquella manera, no tardarían mucho en distinguir su cuerpo.

Junta por junta, placa por placa, Bryan fue examinando aquel tejado de pizarra por segunda vez. Al ver un marco de hierro, casi oculto por el tejado del salidizo que se hallaba justo encima de su cabeza, sus esperanzas resurgieron. Podría alcanzar aquella ventana si conseguía poner un pie en el desagüe de la buhardilla.

Los primeros apoyos fueron los más difíciles. La superficie estaba iría y pringosa por la descomposición de las hojas que el viento había transportado hasta ahí. Precisamente en el momento en que Bryan resbalaba y daba un paso atrás que a punto estuvo de precipitarlo al vacío, y se apoyaba febrilmente contra el tejado, se oyó el ladrido traicionero que siempre anunciaba la aparición de los guardias y de sus perros.

Solían venir de dos en dos. Pero, por lo visto, esta vez se habían encontrado dos grupos y habían decidido mantener una cita justo debajo de Bryan.

Los viejos charlaban en voz baja juntando las cabezas para poder oír mejor lo que decían los compañeros, mientras se llevaban mecánicamente la mano al bolsillo de pecho, buscando el paquete de tabaco. El cono de luz de la farola bajo la que se habían reunido desveló cierta jovialidad entre ellos. Sus fusiles colgaban pesadamente de sus hombros y los perros tiraban de sus cuerdas con impaciencia, ansiosos por seguir la ronda. Hasta que Bryan no estuvo a punto de perder el equilibrio de nuevo y tuvo que apoyar el pie contra el lado del salidizo, los perros no se dieron cuenta de su presencia.

Varios montoncitos de follaje viscoso cayeron del canalón y aterrizaron sobre los cubos de basura del cercado. Dos de los perros empezaron a ladrar inmediatamente. Los hombres miraron a su alrededor, visiblemente confundidos. Entonces sacudieron la cabeza, apagaron sus cigarrillos de mala gana y disolvieron el grupo.

En el instante en que se apagaron las voces, Bryan se encaramó al tejado. Un par de segundos más y se le habría acalambrado la pierna.

La buhardilla no ofrecía nada de interés. Montones de camas viejas y desvencijadas y colchones podridos habían encontrado su última morada sobre los tablones polvorientos. Para los ratones, las virutas y los retales de telas viejas constituían un paraíso donde poder reproducirse y retozar tranquilamente. De no haber sido porque las circunstancias obligaban a Bryan a dejar un rastro que revelaba el camino que había tomado para escapar del lugar, podría haber permanecido allí varios días, hasta que el tiempo se hubiera suavizado y la fuga no estuviera tan marcada por el peligro.

Tal como estaban las cosas, tendría que seguir adelante inmediatamente; antes, no obstante, debería buscar algo que ponerse en los pies, y eso no lo encontraría allí.

La escalera que conducía al piso de abajo acababa en una puerta. Es posible que, en su día, hubiera estado cerrada con llave, pero en ese momento estaba atrancada por la suciedad y la humedad. La estancia que se hallaba en el piso inferior parecía estar vacía; no se oía ningún ruido que anunciara actividad alguna. El estruendo de los bombardeos sonaba distinto desde allí. El tejado inclinado vibraba. La cercanía caótica de la destrucción se percibía grave y entristecedora.

La buhardilla que no había podido abordar desde el tejado debía de encontrarse detrás de una de las tres puertas que tenía delante. Unos sonidos que provenían de la puerta de la derecha y la distancia hasta las otras dos le revelaron el lugar en el que debían de encontrarse el baño y los retretes. Por tanto, la puerta del medio debía de pertenecer a la estancia que se hallaba justo encima del consultorio, y la puerta de la izquierda debía de conducir a la buhardilla.

Detrás de la puerta del retrete alguien tiró de la cadena y se sonó la nariz. Bryan desapareció en el interior de la buhardilla en el momento en que la mujer abrió la puerta. Sus pasos eran cortos y cansados. Al pasar por delante de la siguiente puerta, la golpeó y gritó algo dirigido al ocupante de la habitación. De pronto, un caos de pasos y voces se apoderó del pasillo; una actividad desenfrenada para aquellas horas del día.

Bryan echó un vistazo a su alrededor. Unos montones de ropa blanca, cuidadosamente doblada, aparecieron en medio de los destellos de las detonaciones. Ni un solo zapato. Sólo ropa de cama. Incluso una blusa o unos calzoncillos hubieran servido.

Pero allí no había nada que pudiera aprovechar.

A medida que la actividad del pasillo fue calmándose, los susurros y los zumbidos de las habitaciones fueron sustituyéndola. Las sombras, imposibles de identificar a través del ojo de la cerradura, se desvanecieron. Las posibilidades de Bryan se habían reducido considerablemente. Podía volver a subir la escalera e intentar alcanzar los abetos desde el tejado. Supondría una caída importante. O podía intentar introducirse inadvertidamente en una de las habitaciones, al otro lado del pasillo. Tal vez allí encontraría ropa y un lugar menos peligroso desde el que saltar a los árboles. Ambas opciones lo hicieron estremecerse. «¡Tú sí habrías sabido qué hacer en una situación como ésta, James!», pensó.

Su abdomen se encogió.

Un infierno ensordecedor de estruendos concurrentes hizo vibrar los cristales y las voces de la gente que se encontraba en las habitaciones subieron hasta el piso superior. Se abrieron varias puertas de las habitaciones del lado opuesto del pasillo y unas muchachas se precipitaron hacia las habitaciones orientadas hacia el oeste, que ofrecían mejores vistas. Sin pensarlo más, Bryan abrió la puerta y salió al pasillo. Más abajo, unas jóvenes enfermeras se habían puesto en movimiento. Otra serie de descargas retumbó contra el edificio. Nadie pareció preocuparse por Bryan al verlo desaparecer en el interior de la siguiente buhardilla.

La estancia era pequeña y estaba a oscuras, alguien acababa de abandonar la cama. Una cortina oscura de dibujos discretos de un color negruzco tapaba la ventana por completo. En el armario que había al lado de la puerta, Bryan encontró algo de lo que había andado buscando: una blusa descolorida, unos calcetines largos de lana y unos calzoncillos anchos. Sin dudarlo ni un segundo, abrió la ventana y arrojó sus hallazgos hacia el abeto más cercano, que las descargas de lo que parecían unos fuegos artificiales iluminaban intermitentemente. Los calcetines chocaron contra las ramas y se precipitaron al vacío por el costado equivocado de la alambrada.

Antes de saltar, le vino a la mente si el ocupante de la habitación se daría cuenta de que la ventana se había quedado abierta detrás de las cortinas corridas.

En el chasquido que se produjo cuando Bryan cerró los brazos alrededor de las ramas húmedas, que lo azotaron despiadadamente, la herida que tenía en la mano volvió a abrirse. Había sido un salto horrible. De pronto se precipitó un par de metros más abajo y las agujas del abeto se le clavaron en el rostro. Bryan se quedó colgado un rato de un manojo de ramas punzantes, preparándose para emprender el descenso que tuvo lugar a tirones; el último lo dejó tendido en el suelo tras una vertiginosa caída.

A pesar de haber recibido un golpe en el cuello, elevó la cabeza del suelo y echó un vistazo a su alrededor. A tan sólo un metro de donde había aterrizado se erguía una roca escarpada. Los calzoncillos y la blusa se habían posado a su lado. Justo delante de sus ojos, la alambrada centelleaba con una luz gris. Sólo unas bandas de luz tenue evidenciaban que había vida en el edificio al otro lado de ella.

No se veía a una alma, excepto en una ventana de la segunda planta, donde le pareció vislumbrar una figura borrosa aunque también conocida.

CAPÍTULO 27

Tuvo que pasar un rato hasta que Bryan se vio con fuerzas para ponerse las prendas de vestir que había robado. Echaba en falta los calcetines; sus pies estaban tan fríos que habían empezado a arder. En cuanto pusiera los pies sobre una superficie que no fuera rocosa, echaría a correr para recuperar el calor. Aunque todavía tenía el tobillo hinchado y estaba lesionado, el dolor había desaparecido. El frío había acudido en su ayuda.

Una actividad desenfrenada recorría la zona.

Desde las aldeas del interior llegaban camiones por la carretera estrecha, en dirección oeste, que lo obligaron a correr por el borde de las zanjas.

Durante el primer tramo de la ruta siguió un arroyo traicioneramente oscuro y tan frío como un infierno invertido. Sólo aquí Bryan se sentía seguro de que los perros no podrían rastrearlo.

Aquella seguridad valía por todos los tormentos y peligros que había atravesado.

El aire vibraba con las órdenes prorrumpidas incesantemente por soldados dispersados por toda la zona. Desde el nornoroeste le llegaron los profundos bramidos de los cañones. Esa noche, el aire tenía vida propia.

Unos tejados anunciaron la proximidad de la aldea y obligaron a Bryan a retomar las laderas. En noches como aquélla, todo el mundo estaría despierto. Cada estampido significaba que un hijo, un marido o un padre no volvería jamás a casa.

En una noche como aquélla se aprendía a rezar.

Al otro lado de la aldea se hallaba un pueblo de mayor tamaño y, más allá, los viñedos que se extendían hasta la orilla del Rin. Aquel paisaje, en toda su exuberancia idílica, sólo era deslucido por el nervio vital de Renania, una ancha carretera de hormigón que dividía el valle en dos. Ése era el terreno que tendría que superar.

Por delante de las arterias de salida del pueblo se diseminaban algunos edificios. Ganado inquieto en los establos, ropa olvidada en los tendederos, palas que despuntaban de la tierra, listas para la siguiente palada en el patatal. Todo ello evidenciaba que la vida seguiría a la mañana siguiente, y a la otra también. Más adelante aparecieron nuevos edificios, chozas abandonadas, almacenes destartalados, más zanjas.

A sus espaldas resonaba el fragor de los cañones en suaves ecos que llegaban de la Selva Negra. No había estado nunca tan cerca de una batalla terrestre. Varios cañones que estaban enterrados a aquel lado del Rin intentaban replicar en vano. La zona parecía un abismo vibrante de muerte y adversidad, a pesar de que Bryan no vio caer ni una sola granada.

Y aquello tan sólo era la antesala del infierno.

La irrealidad, el ajuste de cuentas con la razón y el amor al prójimo hecho realidad estaban teniendo lugar al otro lado del río.

Y finalmente apareció la carretera.

A Bryan le resultaba casi imposible imaginar que lograría cruzarla sin ser visto. La calzada estaba mojada y reflejaba la luz de los estrechos faros de los vehículos. Los pedazos de hormigón formaban una larga banda sobre la que destacaría inevitablemente. Aunque las farolas no estaban encendidas, el riesgo de ser descubierto parecía inminente.

Una interminable sucesión de camiones transportaba tropas y material bélico hasta las zonas calientes. A escasos cien metros de Bryan, varios ordenanzas motorizados intentaban moderar el insistente flujo de vehículos, envueltos en largos abrigos de piel. Detrás, un enorme rótulo roto se retorcía sobre el carril derecho de la calzada. En sus tiempos, había anunciado la proximidad de una vía de acceso desde las montañas, un par de kilómetros más allá.

Bryan se dirigió hacia el rótulo. La razón que lo llevó a decidirse fue la tenue luz que atravesaba la calzada intermitentemente, precisamente en el punto en el que se encontraban los ordenanzas. Si los vehículos podían cruzar la autopista, él también podría hacerlo.

El viaducto estaba a oscuras la mayor parte del tiempo. Sólo de vez en cuando las luces de los furgones cargados de materiales y los coches que transportaban a civiles desde las aldeas más próximas al Rin lo iluminaban. Unas voces apagadas que llegaron desde las fauces del viaducto le hicieron sospechar y recular hacia la autopista. En algunos puntos aislados de la carretera que cruzaba la autopista aparecieron algunos lugareños poco abrigados delante de sus casas que contemplaban el espectáculo con los brazos cruzados.

Confundido por la coincidencia de explosiones fulgurantes que de pronto iluminaron el cielo, el chófer de uno de los camiones no advirtió las indicaciones de los ordenanzas que aconsejaban aminorar la velocidad. Los chirridos de los frenos cuando el conductor divisó, en el último momento, el rótulo retorcido, advirtieron a los ordenanzas del inminente peligro y saltaron inmediatamente a la cuneta profiriendo alaridos. Bryan detectó el pánico en sus voces. En el momento en que el camión hubo superado el viaducto, el conductor bloqueó los frenos y el remolque atravesó la calzada. Finalmente, el camión, llevado por la inercia de la pesada carga, derrapó en esta maniobra y fue a dar contra el rótulo que, dando un bandazo, se desprendió aún más de su soporte y acabó colgando libremente, al otro lado de la valla de protección. Y aquel enorme trasto se detuvo definitivamente. Por entonces, los camiones que lo seguían se encontraban ya tan cerca del lugar del accidente que les fue imposible dar marcha atrás. De esta manera, se formó un embotellamiento que detuvo el tráfico durante un buen rato y, por tanto, el alumbrado intermitente de la calzada.

Bryan miró hacia el sur. Dentro de pocos segundos solventarían aquella interrupción pasajera del tránsito y bloquearían la calzada. Se quedaría atrapado en aquella posición. También tenía vía libre por el norte. Aprovechando las circunstancias favorables que el destino le había deparado, Bryan cruzó velozmente la calzada a la pata coja y desapareció en medio de la oscuridad.

Al mirar hacia atrás, queriendo asegurarse de que ni los aldeanos ni los ordenanzas se habían percatado del asalto a la autopista que acababa de protagonizar, le pareció ver que otras sombras habían aprovechado el momento para cruzarla.

Hacía tiempo que la vendimia había finalizado. Habían arado la tierra entre las cepas, dejando al descubierto numerosas ramas podadas que sobresalían traicioneramente del suelo y que convertían cada paso en un ejercicio de equilibrismo. Bryan tuvo que apretar los dientes y soportar aquel suplicio, si no quería lastimarse los pies. Habría hecho lo que fuera con tal de conseguir un par de zapatos.

El frío era penetrante. Los pies habían dejado de protestar. Era como si el tobillo torcido hubiera desaparecido entre el cuadro traumático de dolor generalizado. Durante un repentino alto en el bombardeo se oyeron los chasquidos de armas ligeras desde la otra margen del río. Cuando éstos también cesaron durante unos segundos, Bryan percibió un ligero susurro entre los árboles del bosque que acababa de dejar atrás. Se incorporó rápidamente y escrutó las cepas desnudas y marchitas. A menos de diez hileras de donde se encontraba, volvió a ver aquellas sombras grises y desconocidas que avanzaban hacia él.

Bryan apretó el paso.

Más adelante se acababan los viñedos, irguiéndose las sombras de un seto de abrigo a lo largo de la linde más lejana, aparentemente infranqueables e infinitamente profundas. Pronto se dio cuenta de que se estaba aproximando al río que atravesaba aquel extraño paisaje. El chapoteo era cada vez más pronunciado. El suelo estaba resbaladizo y Bryan estuvo a punto de caerse. Un pájaro asustado que de pronto levantó el vuelo lo hizo detenerse. Como un eco retardado de sus pasos vacilantes, oyó un leve sonido viscoso a sus espaldas. Se volvió y tensó todos los músculos de su cuerpo.

No estaba solo.

A menos de diez pasos apareció su perseguidor con las manos sólidamente plantadas en las caderas. Bryan no pudo distinguir su rostro pero sí reconoció su contorno. Se quedó helado: era Lankau, y no estaba dispuesto a dejarlo escapar.

El hombre de la cara ancha no dijo nada, ni tampoco se abalanzó sobre Bryan, a pesar de que se encontraba a escasos pasos de él. Su actitud era respetuosa, aunque no sólo eso; era expectante. Bryan aguzó el oído. Se oyó un leve susurro proveniente de la maleza. Jamás había visto una cosa igual. El terreno que lo separaba del Rin era, a la vez, pantano y jungla; arroyos y bosque en una sola y enmarañada obra maestra botánica; un lugar perfecto en el que desaparecer en una noche perfecta. Sin duda, unas condiciones que entraban en los cálculos de su perseguidor.

Permanecieron un buen rato examinándose mutuamente; teniendo en cuenta la gravedad de la situación, más tiempo del que podía considerarse razonable. De pronto, Bryan comprendió que Lankau disponía de todo el tiempo del mundo. Bryan volvió a echar un vistazo por encima del hombro. Volvió a oír susurros entre la maleza. Y entonces fue cuando se dio cuenta de la situación, en todas sus dimensiones: alguien estaba a punto de caer sobre él desde la espesura del bosque. En lugar de refugiarse en la oscuridad de aquella maleza intransitable, Bryan optó por dirigirse hacia el sur, bordeando la linde del bosque. Su maniobra cogió desprevenido a Lankau, que tuvo que saltar por encima de unas cuantas cepas, hasta encontrarse en el lugar que Bryan acababa de abandonar.

De pronto, la ventaja que Bryan le había sacado era considerable. Se escabulló por el primer claro que apareció. Dio unos pasos hacia adelante y se hundió en el agua, que le llegaba a la cintura. El fondo era firme aunque viscoso. La pregunta era si podrían cerrarle el paso desde el otro lado y, tal vez más relevante aún, si el fondo seguiría soportando su peso. La idea de una muerte lenta en el fango lo llevó a tantear el fondo a cada paso con la punta del pie, a pesar de que con ello perdía unos segundos preciosos.

A sus espaldas se oyeron unas voces exaltadas. Era evidente que Lankau no estaba solo. De momento habían perdido su rastro y Bryan intentó aprovechar las circunstancias abriéndose camino por el agua sin hacer movimientos bruscos que pudieran llamar la atención. A la larga no podría resistir el frío del agua. Dentro de muy poco tiempo, su organismo se habría enfriado tanto que dejaría de funcionar.

Uno de los hombres profirió un alarido cavernoso y penetrante a sus espaldas. Ellos también se habían hundido en el agua fría.

Los chasquidos de las metralletas que antes habían llegado desde algún lugar delante de él ya no se propagaban nítidamente por el espejo del monte bajo. La defensa ligera de los alemanes era móvil y estaba contenida contra el Rin y, en aquel momento, no estaba siendo atacada directamente.

Aquel lugar debía de ser maravilloso en un día de verano: pájaros, flores y colores por doquier; en aquel momento resultaba terrorífico.

Bryan se arrastró por encima de un banco cenagoso donde las ramas podridas, con el paso del tiempo, se habían ido trabando, dando lugar a nuevas sedimentaciones.

El tiempo empezaba a apremiar. Tal vez ya llevara unas seis o siete horas en camino. Podían ser las tres, pero también las cuatro.

Bryan rezó por que no fueran las cinco. En tal caso, el sol saldría al cabo de un par de horas.

Un vehículo pasó muy cerca de allí, como si atravesara el aire volando. Bryan se encontraba muy cerca del dique.

Los sonidos habían cambiado, ahora le llegaban más nítidos y claros que antes. Sólo podían separarlo unos doscientos o trescientos metros del terraplén. Aunque tenso y nervioso por no saber cómo alcanzaría el otro lado del dique y proseguiría el camino hasta llegar al lecho del río, y febril al pensar en que la otra margen del río era un hervidero de tropas acorraladas, Bryan logró sobreponerse sumergiéndose lentamente en el pantano para cubrir el último tramo.

Como en una explosión, el aire se oscureció a su alrededor en movimientos aleteantes y cascadas de graznidos agudos. El hedor le llegó instantáneamente. Era acre y putrefacto. Uno de los numerosos cormoranes no pudo alzar el vuelo y empezó a propinarle picotazos, Bryan se quedó inmóvil en el agua en medio de la luz de la luna, viendo cómo volvía a juntarse la bandada sobre las copas de los árboles y se iba posando lentamente. Todos los pájaros habían levantado las cabezas, como si esperaran la llegada de un enemigo desde el cielo. Las copas de los árboles eran su fuerte, y las lianas que colgaban de las ramas, su escudo. Era como estar en medio de una jungla.

Todos los que se hallaban en la zona debieron de oír aquel ruido infernal y, sin embargo, Bryan no oyó nada digno de mencionar a su alrededor. Se quedó quieto un buen rato, intentando registrar cualquier sonido inquietante antes de retomar el camino. Al dar la siguiente brazada hacia el grupo de juncos más próximo, Dieter Schmidt se precipitó sobre él frontalmente. Sólo Bryan profirió un grito. El hombre enjuto extendió las manos para agarrarlo del cuello mientras intentaba patearle la entrepierna a través del agua. Su cuerpo trabajaba mecánicamente y sin vacilaciones. Cuando cayeron al agua, los pájaros volvieron a levantar el vuelo. Bryan cayó rodando, con tan mala suerte que se le metió en el oído una rama que flotaba en la superficie. El dolor lo hizo irrumpir en un rugido y tomó tal impulso en el fondo que ambos salieron disparados del agua. Furioso por haber tenido que soltar a Bryan, el flaco se volvió a acercar dando tumbos y golpeó el agua con la palma de la mano en un gesto de niño encolerizado y malvado. Bryan echó un vistazo desesperado por encima del hombro. No se veía a Lankau por ninguna parte.

En el momento en que el flaco volvía a dar un salto hacia adelante, Bryan agarró una rama flotante y lo golpeó con ella en la cara. Ni siquiera gritó. La rama le había atravesado la boca y le salía por la mejilla izquierda, sin que por ello mermara el ataque de locura parecido al de un perro enrabietado que se había apoderado de aquel hombrecillo, Bryan saltó a un lado y consiguió recuperar el equilibrio. En un par de pasos alcanzó una posición más segura. El flaco, hundido en el agua hasta las rodillas, le enseñó los dientes. Se quedó un rato así, intentando recuperar las fuerzas. Cada vez que inspiraba, la rama que tenía clavada en la mejilla se movía. A pesar de la gravedad de la situación, su aspecto resultaba ridículo. Al igual que el de Bryan, su cuerpo sólo estaba cubierto por un albornoz grisáceo empapado de agua. Sus piernas estaban desnudas y habían adquirido un color negruzco, muy similar al tono del agua en la que se habían metido. Habían salido del hospital a toda prisa, él y el hombre de la cara ancha. Su presteza y energía eran dignas de admiración.

Y ahora Bryan quebraría la voluntad que los había llevado hasta allí con el único objetivo de matarlo.

El grito de Lankau le llegó de algún lugar cercano. Bryan entrecerró los ojos y enseñó los colmillos como un animal perseguido, lo que llevó al flaco a abalanzarse sobre él con los brazos abiertos. Bryan había dejado de tener miedo. En aquel salto repentino, el flaco perdió el equilibrio momentáneamente y se fue hacia adelante en un intento de recuperarlo. Precisamente entonces, Bryan alcanzó su cuello de una patada.

No fueron muchos los sonidos que escaparon de aquella garganta cuando el cuerpo cayó hacia atrás. Tampoco cuando Bryan lo sostuvo bajo el agua con todas sus fuerzas.

Precisamente cuando la vida estaba a punto de abandonar a aquel hombre flaco, Lankau saltó de entre la maleza con las rodillas muy levantadas, en un salto torpe a través del fango. Volvieron a sonar las metralletas; esta vez estaban muy cerca. Ni Lankau ni Bryan dijeron nada, sus rostros enfrentados expresaban determinación.

Lankau se mantuvo inmóvil. En la mano izquierda sostenía un cuchillo de filo rayado y mate que apuntaba hacia arriba. Era un cuchillo largo. Bryan había tenido uno igual en la mano muchas veces. Un cuchillo normal y corriente de la cubertería del lazareto. La manera en que el hombre de la cara ancha se lo había agenciado era un enigma imposible de descifrar para Bryan; y el afilado, puro misterio. Estaba tan afilado como un punzón.

Lankau examinó a Bryan un buen rato y luego empezó a hablarle en voz baja. Era evidente que sentía respeto por el hombre que tenía delante. Sin embargo, aquella veneración no lo detendría.

La lucha era inevitable y desigual.

Si no mediaba algún estímulo externo que llevara a uno de ellos a tomar la iniciativa, se quedarían allí, inmóviles para toda la eternidad. Ninguno quería ceder la iniciativa al otro, ni tampoco tomarla. Y, de pronto, un ruido apenas perceptible que provenía del bosque movilizó los sentidos de Bryan. El cuerpo del flaco se ladeó en el agua y el último suspiro abandonó su boca. Las burbujas salieron silenciosamente, recordándole a Bryan que el agua era su aliada. Tenía el agua, la oscuridad y la diferencia de edad a su favor. Las demás ventajas estaban del lado del hombre de la cara ancha.

Sobre la cabeza de Bryan se mecía una confusión de lianas. Unas raíces largas y finas se enredaban entre las ramas; cabos de salvamento que bajaban hacia el suelo en busca de alimento y arraigo. Justo delante de su cara se habían enredado formando un nudo gordiano. El suelo blando y esponjoso que retardó el salto de Bryan también incidió sobre el salto hacia adelante de Lankau.

En tan sólo tres brazadas, Bryan consiguió colocarse encima de su enemigo, listo para dejarse caer sobre él. El cuello de Lankau crujió cuando todo el peso del cuerpo de Bryan dio contra aquella cabeza ancha. Lankau se desplomó como un trapo. No había ofrecido resistencia; sólo tejido blando y pasivo que se había desplazado hacia un lado hundiéndose en el agua.

La lucha había terminado, aun antes de empezar. Bryan dio dos pasos atrás y se dejó caer sobre la ladera. Los remolinos del agua se apaciguaron sobre el cuerpo de Lankau. El paisaje empezaba a definirse con más detalle. Amanecería dentro de menos de una hora. Bryan se sintió vacío. Cuando empezó a extrañarle que no salieran burbujas del cuerpo de Lankau ya fue demasiado tarde.

El hombre de la cara ancha abrió los ojos antes de emerger a la superficie. Las pestañas estaban cubiertas de lodo y la mirada detrás de la máscara expresaba enajenación.

Todavía tenía el cuchillo bien agarrado en la mano. Bryan logró incorporarse antes de que Lankau tuviera tiempo de llevar a cabo su ataque diabólico.

En un reflejo cansino, Bryan adelantó el brazo izquierdo y recibió una puñalada profunda y dolorosa. Retiró el brazo de un tirón y Lankau, que todavía asía el cuchillo que había penetrado en el brazo de su enemigo, cayó hacia adelante. Fue el propio impulso que había tomado aquel cuerpo macizo el que provocó el accidente fatal al introducir Bryan los dedos en los ojos de Lankau.

El alarido de dolor fue instantáneo. Lankau cayó hacia atrás con las manos apretadas contra el rostro. Se quedó tendido en el lodo, indefenso, pataleando y gimiendo, cubierto por el agua sucia y enturbiada. De pronto se oyeron unas descargas de ametralladora muy cerca del lugar. Sin mirar atrás, Bryan salió corriendo ladera arriba, abandonando a su perseguidor a su suerte.

Cuando hubo superado el último seto de abrigo, Bryan se dejó caer de rodillas. Estaba agotado. La herida no sangró tanto como había temido, cuando se sacó el cuchillo del brazo. El corte había sido limpio y afortunado.

A falta de algo mejor, Bryan arrancó un retal del segundo albornoz que llevaba puesto y se vendó el brazo lo mejor que pudo. Hacía un frío de mil demonios, tanto, que el río amenazador que fluía a escasos pasos de él no lo disuadió de llevar a cabo su propósito. Simplemente no podía enfriarse más de lo que ya se había enfriado. Y, sin embargo, la visión que se abrió ante sus ojos al alcanzar el borde del dique fue horrorosa y enigmática.

Más abajo, un vehículo blindado recorría la margen del río. Habían colocado varias barreras a lo largo de las roderas dando así libre acceso a las columnas que se dirigían hacia el norte con provisiones.

Bryan se apretó contra el suelo. Tenía que salir de allí. El dique no le procuraba ningún tipo de protección. Al otro lado del río vislumbró una orilla oscura que se extendía unos cientos de metros en dirección norte y volvía a desaparecer en un abismo aún más profundo. Se trataba, pues, de un banco alargado, cubierto de vegetación, que dividía el río en dos cauces.

Aquel golpe de suerte significaba que Bryan podría atacar el río en dos asaltos. La parada en el alfaque le daría un descanso. Antes de que los faros del vehículo cayeran sobre los montones de turba que se alzaban a pocos metros de él, rodó por la ladera hasta alcanzar la vía de agua que lo devolvería a la vida.

Bryan se había equivocado. El agua era más fría que la muerte; tan fría, que el albornoz que llevaba puesto, a pesar de la resistencia y del peso que ofrecía, fue de gran ayuda. Su cuerpo se precipitaba hacia el enfriamiento total. Bryan reconoció los síntomas. Había visto a más de un paracaidista caer al suelo indefenso, incapaz de protegerse de los golpes. Ese tipo de frío se apoderaba del cuerpo insidiosamente, sin que la voluntad ni las ganas de vivir pudieran ofrecerle resistencia. Simplemente, el organismo dejaba de funcionar.

Y luego estaba la corriente. Aunque no podía estar más equivocado, Bryan tenía la sensación de que se encontraba en la estación más caudalosa del año: cuando bajaban cascadas de agua de fusión. Se dejó llevar por la corriente, no pudo hacer otra cosa, y vio pasar por su lado el banco, que acabó desapareciendo envuelto por la oscuridad.

El Rin era muy ancho en aquel tramo. Puesto que Bryan estaba muy hundido en el agua, no pudo evaluarlo con exactitud, pero, de todos modos, era suficientemente ancho para que su cuerpo que se deslizaba por el agua, ora flotando, ora nadando, se mantuviera oculto a posibles oteadores que pudieran encontrarse en las márgenes del río, a no ser que lo atrapara alguno de los conos de luz que, de vez en cuando, barrían la superficie del río.

Los cadáveres aparecieron aparentemente de la nada, llevados por la corriente. Debían de llevar mucho tiempo en el agua, pues estaban muy hinchados. El rostro de uno de los soldados muertos se había agrietado a pesar del frío y el otro estaba tan hundido en el agua que apenas alcanzó a verlo.

Las refriegas en la margen occidental se sucedían sin parar. Bryan se agarró al segundo cadáver e intentó vislumbrar si alguien se movía en la orilla. La temperatura corporal era tan baja que muy pronto, al cabo de pocos minutos, se vería obligado a salir del río, costase lo que costase. A unos pocos cientos de metros apareció el primer puente. Unas luces tenues en dirección norte anunciaban la presencia de otro puente alto. El cuerpo de ingenieros podría haber instalado fácilmente una retahíla de puentes flotantes entre los dos grandes. Aquella noche, la necesidad de lanzar cabos sobre el río era enorme.

Los destellos del fuego de mortero iluminaban el río intermitentemente. El estrépito hizo temblar el aire. Entre una descarga y otra, Bryan oyó gritos.

Al soltarlo, el soldado muerto volteó en el agua y cabeceó suavemente. Fue entonces cuando Bryan descubrió la razón por la que la corriente no se había llevado el cadáver. Unas estrechas rayas verticales de color negro se erguían en la oscuridad del agua: el cadáver se había quedado enganchado en unas rejas. Tal vez fuera una casualidad, pero parecía que la barrera discurría a lo largo del río, dividiéndolo en dos. En cuanto amaneció, aparecieron los primeros cabrilleos en la superficie del agua alrededor de las ramas y los desechos que se habían quedado enganchados en las rejas.

Aquel entramado significaba que podrían verlo en cuanto tuviera que encaramarse a él para pasar al otro lado. La margen oriental estaba tranquila, pero la occidental podía ocultar fácilmente a su asesino. Bryan sólo podía confiar en la vista, ningún sonido humano sería capaz de traspasar la cacofonía de los cañones.

Se agarró con decisión al entramado, saltó por encima de los pinchos erosionados y se dejó caer de espaldas por el lado de la salvación. Su respiración era pesada cuando volvió a asirse a las rejas para inspeccionar la orilla.

Intentaría salir del río por allí. Una ligera brisa sacudió los árboles. La vegetación parecía densa y le procuraría protección. Allí entraría en calor antes de emprender el último tramo de la fuga.

Sólo un animal se habría percatado del peligro. Bryan estaba tan desprevenido como un anciano que se desploma a causa de un ataque cardíaco cuando una mano lo agarró del brazo.

La sensación de que algo o alguien había emergido de entre los muertos para apoderarse de él no era nada comparado con lo que sintió Bryan al ver la cara medio desleída y feroz de Lankau. Bryan sólo alcanzó a soltar un grito ininteligible. La mano que se había cerrado alrededor de su cuello tiró de él y el agua se cerró sobre su cabeza. Su vida había llegado a su fin. Así lo había querido su contrincante.

En un último y desesperado acto de voluntad, Bryan logró posar el pie en una de las barras transversales de la verja y tomar ímpetu para dar un salto. El hombre de la cara ancha no tenía intención de soltarlo y rugió de dolor cuando sus brazos se quedaron enganchados en la reja que los separaba. Fue la salvación de Bryan.

Los disparos llegaron desde atrás haciendo aullar a Lankau aún más. De pronto enmudeció y se desplomó, y soltó a su presa. Parecía un hombre normal y corriente agarrado como estaba a la reja, viendo cómo Bryan seguía adelante hacia la orilla; mortal y vulnerable. La descarga de tiros se detuvo con la misma rapidez que había empezado.

Los soldados alemanes tenían otras cosas más importantes de las que preocuparse.

Antes de llegar a la orilla, Bryan tuvo que rendirse. Los miembros de su cuerpo ya no le respondían. La corriente no era suficientemente fuerte para sostenerlo de pie. A pesar de que la orilla salvadora se encontraba tan cerca, Bryan tuvo que doblar las piernas. Unos remolinos lo hicieron bailar en el agua. Entonces se hundió.

Más tarde, Bryan recordaría que había empezado a reír. En el preciso instante en que el agua se lo había tragado, sus pies habían chocado con el fondo.

Las últimas brazadas hasta la orilla estuvieron acompañadas por el abrazo fresco del alba. De pronto, el chasquido de las armas portátiles le llegó desde el lado sur. A pesar de la densidad de la vegetación, los claros en la maleza de aquella orilla evidenciaban que los ataques nocturnos también se habían cobrado sus víctimas en aquella margen del río. Bryan se estremeció al ver el uniforme.

El terreno era llano. El soldado norteamericano había sido sorprendido por la repentina y traicionera desaparición de vegetación. Todavía parecía estar sorprendido. Bryan se echó al suelo muy cerca del cadáver y se pegó a él. En aquella postura frotó las manos amoratadas contra la ropa del soldado para que, poco a poco, se fueran desentumeciendo.

Las ropas del soldado le aportarían un calor que lo devolvería a la vida.

Bryan miró a su alrededor. El banco en medio del río estaba muy lejos. Varias gabarras ornaban la punta del islote. Más arriba, en la orilla occidental del río, había otra gabarra amarrada; estaba cargada de abono. El hedor que le llegó le recordó tiempos pasados. Los estampidos lo devolvieron a la realidad, relegando a un segundo plano los momentos de tranquilidad que la visión de la gabarra habían evocado.

El rostro de Lankau no era más que una mancha en medio del río.

CAPÍTULO 28

– ¿Podría volverá hablarme de aquel Obergruppenführer? ¿Estaba bajo custodia? ¿Estaba encerrado o realmente estaba loco? ¿Qué sabe de todo eso?

Las puntas de los dedos del oficial de inteligencia al que llamaban Wilkens tenían un color amarillento. Encendió otro cigarrillo. Sin duda, sus colegas le habían prevenido. Bryan Underwood Scott Young no era especialmente comunicativo.

Bryan frunció la nariz cuando el humo le dio en la cara.

– No lo sé, sir. Creo que estaba loco, pero no lo sé. No soy médico.

– Estuvo en aquel hospital durante más de diez meses. Debe de haberse formado una idea de quién estaba loco y quién no.

– ¿Eso cree?

Bryan volvió a cerrar los ojos. Estaba cansado. El capitán Wilkens le habla hecho las mismas preguntas una y otra vez; buscaba respuestas sencillas. Volvió a darle una profunda calada al cigarrillo y retuvo el humo en los pulmones un buen rato mientras contemplaba a Bryan con la cabeza gacha. Alzó la mano con la que sostenía el cigarrillo e hizo un movimiento brusco hacia Bryan como queriéndolo ayudar a soltar la lengua. La ceniza aterrizó en el borde de la cama de Bryan.

– ¡Pero si ya he declarado en más de una ocasión que el general estaba loco! ¡Al menos, eso creo! -Bryan bajó la mirada al suelo y prosiguió desapasionadamente-: Sí, estoy convencido de que así era, que estaba loco de verdad.

– ¿Cómo va todo? -El médico había entrado en la habitación sin que nadie se hubiera dado cuenta-. ¡Progresamos, señor Young, sin duda progresamos!

Bryan se encogió de hombros. Wilkens se echó hacia atrás en el asiento. No dejó que se notara su irritación por aquella interrupción.

– No me gusta hablar; sigo notando la lengua rara.

– Tampoco es tan extraño, ¿no es cierto?

El médico sonrió y con un gesto de la cabeza saludó al capitán, que ya estaba recogiendo sus notas.

Bryan reclinó la cabeza contra la almohada. Desde que los soldados de infantería norteamericanos lo habían recogido, tres semanas atrás, había llegado a aborrecer su lengua materna. Lo habían interrogado incesantemente. Los largos meses de aislamiento idiomático lo habían hecho hipersensible a las preguntas; las respuestas le resultaban tediosas.

Aunque los médicos le habían asegurado que su estancia en el hospital psiquiátrico no le acarrearía daños irreparables, Bryan sabía que no era verdad. Tal vez las cicatrices en el cuerpo se cerrarían, quizá los inexplicables cambios de humor remitirían y el tejido encefálico se restituiría de los tratamientos de choque recibidos, quizá el miedo persistente a perder la vida aflojaría. Sin embargo, la verdadera herida, la sensación de haberle fallado a James, se hacía más profunda cada día que pasaba. Esa herida no podían curarla.

Las noches se hicieron interminables.

Mientras estuvo ingresado en el lazareto norteamericano de Estrasburgo, le llegaron noticias de que el centro de Friburgo había sido reducido a escombros. «En menos de veinte minutos», habían añadido con orgullo. Desde entonces, James había ocupado sus pensamientos día y noche.

Desde que se estrellaron. James y él habían sido declarados desaparecidos. Sus familias habían sido inconsolables durante meses. Lo más difícil sería mirar a los Teasdale a los ojos. Jamás volverían a ver a su hijo, Bryan estaba convencido de ello. Todo lo demás era incierto.

– Ya verá cómo la lengua no le causará problemas. Sólo es cuestión de tiempo y de entrenamiento, ¡Pero si se decidiera a hablar más durante estas sesiones, el proceso de recuperación sin duda se aceleraría! Tiene que obligarse a hablar, señor Young, eso es lo único que puede ayudarlo.

La lluvia había sustituido la escasa nevada, el vaho impedía que el médico pudiera mirar por la ventana. A menudo adoptaba esa postura cuando hablaba, dándole la espalda a Bryan mientras frotaba el cristal de la ventana.

– Lo han propuesto para una medalla al Mérito Militar. Por lo que tengo entendido, piensa negarse a recibirla, ¿es eso cierto?

– Sí.

– ¿Es la historia de su compañero, que le sigue rondando por la cabeza?

– Sí.

– Supongo que sabrá que tendrá que colaborar con los oficiales de inteligencia, si quiere volver a ver a su compañero algún día.

Bryan bajó la comisura de los labios.

– En fin. De todos modos, he decidido que permanezca un tiempo más en el hospital. Sus heridas físicas estarán curadas dentro de un par de semanas. Estoy convencido de que los tendones del brazo no están tan dañados como supusimos en un principio. En general, las heridas están sanando, tal como era de esperar. -El médico le dirigió una sonrisa artificiosa y prosiguió-: Pero el alma también tiene derecho a sanar, ¿no es así?

– ¡Entonces envíenme a casa!

– Pero así no obtendremos las respuestas a nuestras preguntas, ¿no le parece, señor Young?

– Es posible. -Bryan dirigió la mirada hacia la ventana. Los cristales se habían vuelto a empañar-. Pero yo ya no tengo nada más que contarles; ya les he dicho todo lo que sabía.

Una joven de gran estatura se volvió desde la cama de enfrente, que ocupaba su hermano, gravemente herido. Era una muchacha modesta del país de Gales, de cabellera gruesa y con un postizo en la nuca; inspiraba confianza y le infundía sosiego. Le sonrió con una mueca promisoria.

Unos días después de Año Nuevo empezó a correr el rumor de que Bryan pronto volvería a casa. Se había sentido muy solo durante aquellas Navidades. Las ganas de recuperarse rodeado de sus seres queridos eran cada vez mayores.

La muchacha galesa era la única persona a la que echaría en falta.

Dos semanas más tarde cesaron las preguntas. Bryan ya no guardaba cama. Ya no tenía nada más que contar.

La última visita que le hizo el oficial de inteligencia Wilkens tuvo lugar un martes. La noche anterior le habían comunicado que sería dado de alta al día siguiente, el 16 de enero de 1945, a las 12.00 horas, y que esperaban que se presentase en la base de Gravely el 2 de febrero, a las 14.00 horas. Una vez se hallara en su casa de Canterbury, recibiría instrucciones directamente desde Castle Hill House.

Bryan contestó mecánicamente a las preguntas de aquel interrogatorio. La idea de que tendría que volver a volar le resultaba insufrible. Dudaba de que pudiera soportarlo.

– Nos gustaría asegurarnos una última vez de la posición exacta del lazareto, señor Young.

– ¿Por qué? Ya se la he indicado más de diez veces.

Bryan echó un vistazo a su alrededor. El oficial chupaba el cigarrillo tan cerca de las uñas que las náuseas que aquella visión le provocaron lo hicieron salir corriendo al pasillo. Había una actividad inusitada en los pasillos. Empezaba a resultar imposible determinar dónde había mayor número de pacientes, si en las habitaciones o en los pasillos. La escalera ancha llevaba directamente desde el piso hasta la planta inferior, donde las camas se agolpaban, una al lado de la otra, de tal forma que resultaba imposible saber dónde empezaba una y dónde acababa otra.

– ¿Por qué queremos saberlo, señor Young?

Wilkens salió al pasillo y siguió la mirada de Bryan sin mostrar demasiado interés.

– Pues porque debemos asegurarnos de que hemos borrado aquel nido de víboras de la faz de la tierra.

– ¿Qué quiere decir?

Bryan se dio la vuelta dejándose atrapar por la mirada fría del oficial.

– Pues quiere decir que Friburgo de Brisgovia fue bombardeada ayer por ciento siete B-17. Soltaron 269 toneladas de bombas, lo que a mí, personalmente, no me dice nada, pero que, por lo visto, son muchas. También puedo decirle a este respecto, señor Young, que un par de estas toneladas estaban destinadas a su antiguo lazareto. Por lo que ya no creo que tengamos que temer que esa casa de locos vaya a incubar más carne de cañón para el frente. ¿Qué cree usted?

Si fue o no una reacción consciente, eso no se supo nunca, ni siquiera el mismo Bryan. La joven galesa sólo pudo contarle que en aquel mismo momento Bryan cayó hacia atrás y se precipitó escaleras abajo. Los médicos dijeron que se había roto un hueso por cada peldaño que había tocado en la caída.

En el expediente médico anotaron que había sido un accidente.

Segunda parte

PRÓLOGO 1972

Hacía más de media hora que el flujo de coches transcurría en dirección oeste. El sonido de la radio llegaba nítidamente desde el lavadero. El canturreo de la criada evitaba concienzudamente coincidir con la armonía. Hacía una hora que el calor de la estancia se había hecho insufrible. El sol era despiadado aquel verano.

Volvió a mirarse al espejo.

La mañana había sido tornadiza. Su marido llevaba algún tiempo contemplándola con esa melancolía que ciertos psicólogos interpretan como el preludio de una crisis matrimonial; sin embargo, ella sabía que no era así. La imagen que le devolvía el espejo no mentía: había envejecido.

La yema de un dedo estiró cuidadosamente de la comisura del labio. La piel se dejaba estirar pero el efecto era insatisfactorio y escaso. Volvió a humedecerse los labios y ladeó la cabeza.

Había pasado el tiempo.

Precisamente aquella mañana se había levantado sola. El hombre que había permanecido en la cama se había quedado un buen rato con la mirada fija en los rincones de la habitación. Conocía aquel estado, y los períodos de noches insomnes y pesadillas recurrentes.

También la noche habla sido larga.

Finalmente se decidió a bajar después del desayuno. Se quedó quieto un instante, como si meditara. Sus dulces ojos estaban velados, no acababa de despertarse. La sonrisa surgió quedamente, como pidiendo perdón.

– Debo irme ya -dijo el hombre.

La sala de estar siguió pareciéndole demasiado grande un rato más.

Cuando sonó el teléfono, la mujer lo cogió de mala gana.

– ¡Laureen! -dijo llevándose la mano a la nuca, como si se encontrara cara a cara con su cuñada.

Su peinado seguía estando impecable.

CAPÍTULO 29

– No, no puedo decirle cuándo estará aquí el señor Scott. Sí, es cierto que suele llegar antes de las diez.

La secretaria colgó el teléfono y sonrió con indulgencia hacia los dos hombres que llevaban en la oficina desde las 9.29, mirando impacientes al vacío. También ellos habían empezado a consultar el reloj. «Rolex -se dijo la secretaria, paseando la vista por la pernera ancha del hombre más joven-. ¡Petimetre!», pensó para sus adentros.

Por fin, una diminuta bombilla redentora de color rojo se iluminó en el panel del intercomunicador.

– El señor Scott está listo para recibirlos.

Su jefe había aparcado en el sótano de Kennington Road y había optado por tomarla escalera de servicio. Sin duda, el tránsito en Brook Drive volvía a estar imposible.

Scott recibió a sus invitados con una bienvenida extremadamente formal. No los conocía y no les había pedido que fueran a verlo. Como de costumbre, era una semana atareada. El enorme volumen de trabajo daba cuenta, naturalmente, del éxito de su empresa, pero también estaba a punto de hartarlo. Aquella semana no había dormido lo suficiente.

– Deben disculparme, señores míos, ¡pero el tráfico en la M-2 es de locos hoy!

– Eso quiere decir que viene del este -comentó el hombre mayor con una sonrisa-. ¿Entonces sigue viviendo en Canterbury?

Scott miró detenidamente a la visita y entrecerró los ojos ligeramente. Volvió a echar un vistazo a su agenda y repasó los nombres. Director Clarence W. Lester y socio júnior W. W. Lester, Wyscombe & Lester & Sons, Coventry.

– Sí, así es. Nunca he vivido en otro sitio. -La sonrisa le cerró los ojos aún más. Muchos eran los que pensaban que aquellas arrugas profundas alrededor de los ojos resultaban entrañables-. ¿Quiere decir que ya nos hemos visto antes, señor Lester?

– ¡Oh, sí, desde luego! Aunque de eso hace ya algunos años, y fue bajo unas circunstancias bien distintas.

Scott levantó el índice.

– Pero usted no es de Canterbury, por lo que oigo. ¿Me permite una conjetura? ¿Wolverhampton?

– Muy cerca, sí, señor. Nací en Shrewbury. Llevo en Sheffield desde la adolescencia.

– Y ahora vive en Coventry, por lo que tengo entendido. -Volvió a consultar su agenda-. ¿Hemos hecho negocios antes, señor Lester?

– Pues no. Es decir, todas las empresas del sector medicinal de Inglaterra se dan de morros, antes o después, con una de sus licencias. Sin embargo, hasta ahora, no habíamos tenido ocasión de tratar aspectos comerciales.

– ¿Rotary? ¿El club deportivo? ¿Eton? ¿Cambridge?

El más joven de los tres se acomodó la cartera y sonrió. Lester sacudió la cabeza.

– Al fin y al cabo, no estamos aquí para rememorar viejos tiempos, señor Scott, por lo que creo que tendré que descorrer el velo. Sé que es un hombre muy ocupado, ¿entiende? Hace mucho tiempo que coincidimos, usted y yo. Bien es verdad que entonces usábamos otros nombres. Lo que lleva a confundir los conceptos, claro.

– ¡Vaya! Sí, es cierto que he cambiado de nombre. Mi madre y mi padrastro se divorciaron. Ya no pienso en ello. Entonces me llamaba Young. Bryan Underwood Scott Young, y ahora, Scott a secas. ¿Y usted?

– Lester es el apellido de mi esposa. A ella mi apellido le resultaba demasiado provinciano. Sin embargo, me vengué manteniendo el nombre de mi familia como segundo apellido. ¡Wilkens, señor!

Bryan se quedó un rato mirando fijamente el rostro del hombre mayor. Aunque el paso del tiempo intentaba modelar intensamente los rasgos de Bryan, él se imaginaba que, en líneas generales, era imperecedero. En cambio, resultaba difícil encontrar los rasgos afilados del capitán Wilkens en aquella simpática cabeza, casi calva.

– Soy mayor que usted, señor Scott. -Se llevó el pelo ralo y cano hacia atrás y bajó la cabeza-. En cambio usted se mantiene excepcionalmente bien. ¡Superó aquella terrible caída, por lo que veo!

– Sí, así es.

Con el paso del tiempo, a Bryan Underwood Scott se lo había empezado a comparar con un bloque de hielo que jamás dejaba entrever ni el más mínimo rastro de inseguridad, que jamás apartaba la mirada de su oponente y que siempre ajustaba las cuentas mediante objeciones motivadas. Para él, las consideraciones de carácter histórico y los llamamientos a la camaradería eran conceptos desconocidos.

Tras haberse licenciado en medicina, se había establecido como especialista en enfermedades del estómago y, en los últimos años, como parte de una reducción gradual y constante de sus actividades, se había dedicado a la medicina deportiva, a la investigación y, cada vez más, a los negocios. Había tenido que pagar un precio por aquella determinación exasperada y firme y por su falta de sentimentalismo. Pero jamás un precio de carácter financiero. Cuando murió su madre, de eso tan sólo hacía cuatro años, ya había acumulado tal fortuna que los seis millones de libras en herencia que debían repartirse entre él y sus hermanos apenas se dejaron notar.

La palabra clave era licencias: derechos para fabricar productos farmacéuticos, instrumental quirúrgico, componentes para tomógrafos y recambios para monitores japoneses y norteamericanos. Todo ello, al servicio de la medicina. Un sector de profundidades oceánicas en el que, aparentemente, los recursos jamás estaban sometidos a la sobriedad y la continencia habituales de los británicos.

A lo largo de ese tiempo, Bryan Underwood Scott se había enfrentado a muchas conmociones, pero ninguna como la que sufrió ante la situación inesperada de verse cara a cara con el capitán Wilkens; un hombre por el que no tenía por qué albergar sentimientos afectuosos.

– Me acuerdo perfectamente de usted, capitán Wilkens.

– ¡Otras circunstancias, otros tiempos! -Clarence W. Lester cruzó los brazos y se reclinó en la silla-. Fueron tiempos difíciles para todos nosotros. -Frunció el entrecejo-. ¿Supo alguna vez lo que fue de su compañero, señor Scott?

– No.

– Supongo que habrá agotado todas las posibilidades…

Bryan asintió con la cabeza y dirigió la mirada hacia la puerta. Se le había dado carpetazo al caso Teasdale antes incluso de que los alemanes hubieran capitulado. Tuvieron que pasar más de ocho meses hasta que el servicio de inteligencia, a regañadientes, informara de que los archivos de la Gestapo estaban en manos de los rusos y que, por tanto, el destino del oficial de las SS Gerhart Peuckert seguiría desconociéndose. Bryan no pudo hacer nada. El caso de James Teasdale tan sólo era uno entre tantos otros. Ni siquiera la influencia política y los numerosos contactos de su padre habían sacado a la luz más noticias acerca del asunto. Desde entonces, Bryan había intentado comprar información, pero todas sus iniciativas resultaron un fracaso. A medida que fue pasando el tiempo, su negra conciencia se fue tornando gris. Y ya habían pasado veintiocho años.

Wilkens intentó parecer preocupado y lleno de compasión.

Apenas unos pocos pasos los separaban de la puerta. Por un instante, Bryan consideró la posibilidad de echarlos y cerrar la puerta de un golpe. Las náuseas que lo inundaron lo cogieron desprevenido. Las pesadillas de la noche habían vuelto.

– Precisamente esta mañana le contaba a mi hijo los esfuerzos que hizo por conseguir información acerca de su amigo. ¿Alguna vez ha vuelto a Alemania?

– No, no he vuelto.

– Resulta increíble, considerando su profesión, señor Scott.

Bryan no reaccionó.

– Espero que no se haya tomado a mal que haya sacado a relucir el pasado, señor Scott.

Wilkens parecía conocer la respuesta, pero se equivocaba. La reunión llegó a su fin antes de que acabara de sonar el segundo cuarto en el reloj de pie del antedespacho. La pareja pretendía obtener permiso para producir copias bajo la licencia de Bryan. No lo consiguieron. Tan sólo se hicieron unas pocas promesas insignificantes. Se tramitó un pedido para que el ayudante de Scott, Ken Fowles, lo evaluara. El padre y el hijo parecían abatidos.

Esperaban algo más de aquella reunión.

Con el tiempo, un Pall Mall sin filtro se había convertido en un acontecimiento poco frecuente para Bryan.

A pesar del calor, se subió el cuello de la gabardina. Desde el muro contra el que se había apoyado controlaba la fachada del quiosco. El flujo de viajeros de la estación de Elephant & Castle iba en aumento.

– Hoy ya no volveré más, señora Shuster -le había comunicado a la secretaria.

No era normal en él. Llegados a este punto. Laureen ya habría desconfiado. A pesar de que su esposa nunca había mostrado demasiado interés por sus altibajos y motivaciones emocionales, poseía una cualidad inexplicable que siempre le permitía adivinar el momento en que los problemas irrumpirían en su esfera íntima. Y cuando entonces se dejaba llevar por la intuición y llamaba a la oficina, la señora Shuster no era una persona que ocultara su asombro. Laureen era capaz de un poco de todo. En esa misma cualidad residía gran parte del mérito de los éxitos de Bryan. Sin ella, Bryan se habría ahogado en la autocompasión y los remordimientos.

Era una muchacha modesta y sencilla de Gales que le había sonreído y que había seguido haciéndolo, a pesar de que él no le había correspondido.

Después de la caída en el lazareto británico, la muchacha se había mostrado especialmente solícita. Se llamaba Laureen Moore. Su cabellera era gruesa y la llevaba recogida con un postizo en la nuca. Bryan había dedicado mucho tiempo a reflexionar acerca de lo que podía haber escondido en aquel tocado. A veces estaba convencido de que se trataba de una pequeña almohadilla de borra; otras, que se trataba de un simple pedazo de cable eléctrico.

La guerra se había llevado a ocho hombres de su círculo familiar más estrecho. Un hermano murió entre sus brazos en el lazareto, y Bryan fue testigo; primos, dos hermanos, un tío y, finalmente, el padre, del que todavía hablaba con un brillo de tristeza en los ojos. Conocía el dolor y dejaba que Bryan conviviera en paz con el suyo. La capacidad para comprender que había que vivir la vida y venerar el pasado constituía una parte importante de su ser.

Por eso, y por muchas otras cosas más, Bryan la amaba.

Sin embargo, el precio que había tenido que pagar había sido encontrarse solo con su pasado, sus pesadillas, sus impresiones y su dolor. Ni siquiera visitaban a la familia Teasdale, A pesar de que las dos familias vivían a escasas calles la una de la otra, Bryan jamás mencionaba ni a la familia Teasdale ni su destino.

De esa forma, el corazón de Laureen podía seguir siendo sólo suyo, y el de Bryan sólo de Bryan.

En cambio. Laureen sabía manejar de sobra el mundo exterior por los dos.

«¿Por qué te preocupas por las diarreas y los íleos de los ricos si no te apetece hacerlo, Bryan? Al fin y al cabo, siempre acaban enfadándose contigo cuando les quitas el chocolate caro, los puros y las copas.» Con estas sencillas palabras había dado paso a una nueva etapa de su vida en común, aceptando alegremente que, a partir de entonces, podrían verse en una situación menos holgada que la vivida hasta el momento. Apenas una semana después, Bryan puso en venta su consulta.

Al principio, la investigación no había arrojado beneficios, pero Laureen jamás se quejó. Tal vez fuera consciente de que si las cosas iban mal dadas, la madre de Bryan siempre podría apoyarlos. Pero sin Laureen, el futuro habría sido otro.

Y cuando llegó el éxito, los alcanzó de pleno.

«¡Oh, papá! -había gimoteado su hija cuando finalmente se establecieron en Londres-. ¿Un despacho en Lambeth? Pero si ése no es precisamente un barrio que visitas así como así, sin tener una razón apremiante. ¿Por qué no Tudor Street o Chancery Lañe?» Ann era una chica simpática y desenvuelta cuyo gran interés por el atletismo y, sobre todo, por sus practicantes del sexo opuesto, había significado, por razones inescrutables, que Bryan, al margen de la investigación y el negocio, siguiera practicando la medicina y que, durante algunos años, hubiera puesto sus conocimientos al servicio de la medicina deportiva.

Dietas y tratamiento de enfermedades gastrointestinales agudas. Cuando los problemas derivaban de la zona abdominal, los deportistas solían dirigirse a él y no a las federaciones o a los especialistas de Harley Street.

En resumen, una buena vida.

Bryan encendió otro Pall Mall y recordó los dedos amarillos de Wilkens durante los interrogatorios. Entonces él no turnaba. Inhaló con avidez. La aparición de Wilkens precisamente aquel día había resultado ser una coincidencia de carácter absolutamente sobrenatural.

Bryan sólo se permitía enfrentarse con el pasado en contadas ocasiones a lo largo del año. La pesadilla de la víspera todavía lo tenía agarrotado. Aunque el sueño siempre era distinto de los anteriores, la esencia era la misma. ¡Había traicionado a James! La vergüenza lo perseguiría durante el resto de sus días. Si se encontraba en la oficina, solía recorrer los escasos cien metros que lo separaban del Imperial War Museum para sumergirse en las impresiones. Una acumulación colosal de miseria y de desdicha que hacía que las penas personales parecieran imperdonablemente nimias. Los errores de siglos pasados, la sangre derramada de cientos de miles de seres humanos, simbolizados por la fanfarronería monumental de aquellos edificios.

Sin embargo, aquel día no se vio con fuerzas para visitarlos.

La noche anterior había recibido la llamada de un grupo de delegados del Comité Olímpico Internacional que le habían insistido en que aceptara el puesto de asesor del equipo médico de los Juegos de Munich.

La llamada había provocado la pesadilla. Llevaba años rechazando invitaciones que significaran tener que desplazarse a Alemania. Bryan rechazaba todo aquello que pudiera hacerle recordar los sucesos trágicos de entonces. Todas sus pesquisas habían fracasado. Era inútil; James había muerto.

Entonces, ¿por qué martirizarse una vez más?

Y luego había llegado la invitación, la pesadilla y la visita de Wilkens, una coincidencia detrás de la otra y en pocas horas. Esta vez, el comité sólo le había concedido una semana para contestar. Apenas faltaba un mes para la inauguración de los Juegos Olímpicos. Cuando, cuatro años atrás, se había integrado en el equipo como asesor con motivo de los Juegos de México, había dispuesto de más tiempo para pensarlo.

Harper Road, Great Suffort Street, The Cut… Toda la ciudad rebosaba vida por todos los costados, como si un torbellino devastador la hubiera atravesado.

Bryan ni siquiera se percató de ello.

– ¿Realmente quieres hacerme creer que has estado deambulando por las calles vestido así y con el tiempo que hace, y además por Southwark, porque necesitabas reflexionar antes de tomar la decisión de ir o no a Munich, Bryan? ¿Qué tiene de especial esa invitación? Podías haberlo hecho en casa.

Una gota más, y la taza de té de Laureen se desbordaría.

– [Claro que iba a intentar convencerte para que no vayas! Pero tampoco te vas a librar de ello ahora, lo sabes, ¿no?

– ¡Vaya!

– ¡No estoy dispuesta a soportar una discusión más después de lo de México!

– ¿Discusión?

Bryan la miró. Había ido a la peluquería.

– Demasiado calor, demasiada gente. ¡Esos malditos horarios!

Laureen se dio cuenta de su mirada. Bryan la apartó.

– ¡No hace calor en Alemania!

– No, Bryan, pero en cambio hay tantas otras cosas. ¡Todo es tan… alemán!

La gota y algo más acabó derramándose por el borde de la taza.

Siempre habían compartido la aversión a los viajes. Laureen, porque temía lo desconocido; Bryan, porque temía el recuerdo de lo conocido. Por tanto, si alguna vez se iban de viaje, por regla general lo hacían arropados por un grupo de gente de habla inglesa con el que compartían intereses comerciales.

Si Laureen no lograba impedir que Bryan se fuera de viaje, procuraba acompañarlo y terminar lo antes posible, de la mejor manera posible y ordenadamente. Así se habían iniciado muchos de los viajes de negocios de Bryan, y así pretendía ella que volviera a ser esta vez.

Al día siguiente, Laureen le había presentado, fiel al procedimiento habitual y a desgana, los horarios de los vuelos y los billetes. La sorpresa fue mínima cuando Bryan le comunicó que, a pesar de todo, había decidido rechazar la oferta del Comité Olímpico Internacional. No pensaba ir a Munich.

Aquella noche, el sueño fue más agitado de lo que había sido durante años.

CAPÍTULO 30

Ya de buena mañana, Laureen estaba en plena actividad.

Ebria de alegría por haberse librado del viaje, se movía ajetreada por toda la casa, haciendo las mediciones pertinentes para las cortinas que estrenaría en otoño, con motivo de sus bodas de plata. Bryan se había ido a trabajar sin decir nada. Dos horas más tarde volvieron a ponerse en contacto con él. Le hizo un gesto a la señora Shuster, que se apresuró a cerrar la puerta de su despacho sin hacer ruido. La consulta del comité era insólita. Intentaban convencerlo de nuevo.

– Lo siento, pero ahora mismo estamos inmersos en el lanzamiento en toda Europa de un nuevo analgésico de asimilación rápida contra la úlcera gástrica. No tengo más remedio que participar en el diseño de nuestra estrategia de ventas y en la selección de nuestros socios colaboradores.

Así terminó la conversación. En líneas generales, todo era correcto; de hecho, se estaba planificando una nueva campaña de lanzamiento y se necesitaban nuevos agentes. Sin embargo, desde los más tiernos inicios de la empresa, Bryan jamás había tomado parte en las entrevistas a vendedores o distribuidores.

El hecho de que, en este caso, se viera impulsado a hacer una excepción sólo se debía a sus deseos de convertir aquella mentira piadosa en verdad.

De entre cincuenta distribuidores potenciales, el responsable de la logística de la empresa, Ken Fowles, sólo había seleccionado a diez para la ronda de entrevistas. De estos diez saldrían cuatro, que deberían cubrir su propia zona geográfica.

A los ojos de Bryan, todos los posibles distribuidores eran buenos, por lo que se limitó a dejar caer algún comentario esporádico durante las conversaciones.

A pesar de que Fowles, por razones de educación, se veía obligado a reclamar los comentarios de su jefe durante las cortas pausas entre entrevista y entrevista, no cabía la menor duda de que, finalmente, sería él quien tomaría las decisiones definitivas.

El segundo día apareció un candidato de nombre Keith Welles, un señor alegre y ligeramente enfermizo que, a pesar de la seriedad de la situación, se permitió tomarse la entrevista desde un punto de vista humorístico. Llevaba esperando su turno todo el día y era el último candidato. Estaba claro que aquel hombre rubicundo no sería la opción por la que optaría Ken Fowles. Escandinavia y Alemania, Austria y Holanda, que era la zona que cubriría, constituían un mercado demasiado importante para encomendárselo a una persona con la que Ken Fowles no se entendía a la perfección.

– ¿Y qué pasó con su antigua zona de ventas? -inquirió Bryan adelantándose a su ayudante.

Welles miró a Bryan fijamente a los ojos. Parecía que hubiera estado esperando a que llegara la pregunta, pero no desde aquella perspectiva.

– Pues un poco de todo. Cuando eres un extranjero afincado en Hamburgo, tus productos tienen que ser mejores que los de los demás. Si no lo son, los alemanes prefieren tratar con un extranjero afincado en Bonn o, mejor todavía, con un alemán afincado en el extranjero. ¡Así es como funciona el sistema siempre!

– ¿Y sus productos no eran mejores que los demás?

– ¿Mejores? -Welles se encogió de hombros y apartó la mirada de Bryan-. Eran como la mayoría de los productos. En los últimos años, el campo en el que he trabajado ha sido demasiado limitado para abarcar grandes descubrimientos y milagros.

– ¿Psicofármacos?

– ¡Pues sí! ¡Neurolépticos!

La sonrisa torcida de Welles hizo que Ken Fowles hiciera un gesto de impaciencia.

– Y, además, las modas cambian. Los preparados de cloropromacina han dejado de ser el alfa y omega en el tratamiento de las psicosis. Me dormí. Al final, mi stock era demasiado grande, las cantidades pendientes de cobro, todavía mayores, y las posibilidades de darle salida al producto, prácticamente nulas.

Bryan recordaba el preparado que Welles había mencionado a instancias de Fowles. Conocía muchos nombres distintos del mismo: largactil, prozil. Sin embargo, la denominación común era precisamente cloropromacina. Numerosos pacientes de la Casa del Alfabeto se habían consumido ante sus ojos haciendo de cobayas de un producto muy similar a aquél. Aunque él había evitado tomarlo durante la mayor parte de los diez meses en que estuvo ingresado en el lazareto de las SS, los efectos secundarios de aquel precursor de la droga se habían convertido en una parte de la vida cotidiana de Bryan, incluso tantos años después. Sólo con pensar en aquel producto, Bryan empezaba a sudar, se le secaba la boca y se azogaba.

– ¡Usted es canadiense, señor Welles! -dijo Bryan en un intento de sobreponerse.

– De Fraserville, a orillas del río Lawrence. ¡Madre alemana, padre inglés, población francófona!

– Un buen punto de partida para una carrera en Europa. Y, sin embargo, no cubre Francia. ¿Por qué?

– ¡Demasiadas complicaciones! A mi esposa le gusta verme de vez en cuando, señor Scott. ¡Es más lista que yo!

– ¿Y ella es la razón por la que aterrizó en Hamburgo, y no en Bonn?

Fowles no dejaba de echar vistazos a su reloj de pulsera. Intentaba sonreír. La historia de Welles no venía al caso.

– Llegué a Europa con motivo del desembarco en el golfo de Salerno, Italia, en 1943 con el X Ejército británico de McCreery. Por razones obvias, dada mi formación de farmacéutico, fui destinado a las tropas sanitarias, con las que atravesé todo el continente hasta que fui a parar a Alemania.

– ¿Y allí estaba ella, esperándolo en la frontera?

Fowles esbozó una sonrisa que una mirada de Bryan hizo desaparecer al instante.

– No, qué va, nos conocimos un año después de la capitulación. ¡Me destinaron al programa de reconstrucción!

Bryan dejó que contara su historia. Una serie de ángulos de incursión que, hasta entonces, había desconocido, se abrieron gracias a aquel relato.

Welles había estado enrolado en el II Ejército británico de Dempsey cuando abrieron el campo de concentración de Bergen-Belsen. Fue ascendido dos veces y testificó en varias ocasiones durante los procesos de Nuremberg acerca de los abusos médicos de los nazis en los campos de concentración. Finalmente, fue destinado a un equipo de expertos, seleccionados por el servicio de inteligencia, para que inspeccionara los hospitales nazis.

Había cientos de lazaretos dispersos por todo el país. La gran mayoría de ellos habían sido abandonados, una vez cumplido su propósito. Algunos habían sido transformados con fines civiles en hospitales y clínicas privadas. Y luego estaban los lazaretos del tipo del manicomio de Hadamar, lugares en los que habían encontrado a los pacientes enterrados en fosas comunes; a los desfigurados, mutilados, repugnantes y dementes.

Habían sido tiempos horribles para el equipo de inspección. Incluso cuando se trataba de pacientes normales y corrientes con lesiones físicas. El concepto que tenían los nazis del ser humano también abarcaba a sus propias filas. No era raro encontrarse con casos en los que la dieta de los hospitales, tan falta de grasas durante los últimos meses de la contienda, hubiera causado daños irreparables en el sistema nervioso de los pacientes. De los muchos que visitaron, sólo un número muy limitado de lazaretos ubicados en el sur de Alemania y en Berlín ofrecía un estándar que podía calificarse de aceptable. Por lo demás, lo que había tenido lugar en aquellos centros era mezquino.

Tras unos meses de registro, los sentimientos de Welles se habían agotado. Al final, dejó de importarle dónde estaba, con quién estaba y qué bebía. Dejó de pensar en volver a casa.

El concepto de «patria» había dejado de tener sentido para él.

El último destino de Welles había sido el hospital de Bad Kreuznach, donde había conocido a una joven enfermera con unas ganas increíbles de vivir y una risa bendita que lo hicieron despertar. Bryan recordaba haber vivido algo parecido.

Se enamoraron y, un par de años después, se mudaron a Hamburgo, donde su mujer tenía familia y donde la gente no veía con tan malos ojos que se hubiera casado con un hombre de las tropas de ocupación.

Allí, Welles había montado una empresa que, durante algunos años, funcionó satisfactoriamente. Tenían tres hijos. En líneas generales, estaba satisfecho con la vida.

Su relato le causó una gran impresión a Bryan.

Cuando Ken Fowles, a última hora de la tarde, le entregó la lista de los agentes seleccionados, el nombre de Welles no estaba entre ellos. Lo había encontrado demasiado inconsistente, demasiado viejo, demasiado jovial, demasiado lento y demasiado canadiense.

Lo único que tenía que hacer Bryan era firmar la denegación.

Tuvo la carta sin firmar sobre la mesa toda la tarde y toda la noche. También fue lo primero que vio a la mañana siguiente.

Nadie podría haber detectado ni la más mínima decepción o sorpresa en la voz de Welles cuando Bryan lo llamó.

– Ya verá como todo irá bien, señor Scott -dijo-. Pero le agradezco que se haya molestado en comunicármelo personalmente.

– Naturalmente, le reembolsaremos los gastos de viaje, señor Welles. Pero ¿sabe? A lo mejor puedo ayudarlo, a pesar de todo. ¿Cuánto tiempo estará aún en el hotel?

– Salgo hacia el aeropuerto dentro de dos horas.

– ¿Podríamos vernos antes?

La pensión de Bayswater estaba lejos del nivel de calidad que Bryan ofrecía a sus empleados. A pesar de que la elegante avenida albergaba más pensiones que bancos la City, Keith Welles había conseguido encontrar el alojamiento más mísero de todos ellos. Incluso los escasos peldaños que conducían a la puerta principal evidenciaban, de una manera absolutamente inequívoca, que la época dorada de aquel humilde lugar había pasado hacía ya muchos años,

Welles ya había llenado las copas cuando Bryan llegó. Sentado allí, creyéndose inadvertido, su rostro reflejaba bien a las claras su decepción. Sólo cuando Bryan le dirigió la palabra, volvió a ponerse la máscara del buen humor. Demasiado relajada, demasiado equilibrada.

Era torpe y estaba sin afeitar, pero a Bryan le caía bien y lo necesitaba.

– Le he conseguido un trabajo, señor Welles. Siempre y cuando consiga convencerlos a usted y a su familia de trasladarse a Bonn, el trabajo será suyo a partir de mediados del mes que viene. Será el farmaceuta de habla inglesa de la administración de un proveedor de uno de nuestros proveedores. Usted es precisamente el hombre que la empresa andaba buscando. El contrato incluye una vivienda cerca del Rin, a un par de millas de la ciudad, un sueldo decente y pensión. ¿Le interesa?

Welles conocía la empresa y no se dio cuenta de que la máscara se le había caído, pues estaba evidentemente confundido y asombrado. Normalmente, no solía obtener las cosas tan fácilmente.

– Puede hacer algo por mí a cambio, señor Welles.

– ¡Mientras no sea ilegal y no tenga que cantar! -dijo Welles en un tono alegre, y acto seguido frunció el ceño.

– Cuando ayer nos habló de la inspección de hospitales en Alemania después de la guerra, mencionó que había visitado manicomios y, además, que había hecho un viaje de inspección por el sur de Alemania, ¿no es así?

– Sí, en más de una ocasión.

– ¿También por la región de Friburgo?

– ¿Friburgo de Brisgovia? Sí, di muchas vueltas por toda Badén Württemberg.

– Tengo especial interés en un sanatorio, bueno, más bien un lazareto que había al norte de Friburgo, en el margen de la Selva Negra, a las afueras de un pueblecito llamado Herbolzheim. El hospital sólo albergaba soldados de las SS. También había una sección para los dementes. ¿Le suena?

– Hay muchos sanatorios en Friburgo. ¡También los había entonces!

– Sí, pero éste estaba al norte de Friburgo. Era grande. En las montañas. ¡Todo un hospital de al menos diez alas!

– ¿No sabe cómo se llamaba?

– Algunos lo llamaban la Casa del Alfabeto, eso es todo lo que sé. Sólo había soldados de las SS ingresados en aquel lugar.

– Creo, señor Scott, que tendré que decepcionarlo. Se crearon un sinfín de lazaretos durante la guerra. Además, de eso hace ya muchos años. A veces inspeccionaba varios centros de tratamiento al día. Supongo que hace demasiado tiempo; sencillamente, apenas recuerdo ya nada de aquellos tiempos.

– Pero ¿tal vez podría intentarlo?

Bryan se inclinó hacia adelante y lo miró a los ojos. La mirada que encontraron los ojos de Bryan era despierta e inteligente.

– Vuelva a Alemania y hable con su familia. Intente arreglarlo todo en un par de días. Luego se irá a Friburgo a investigar unas cosas por mí, si es necesario, durante un par de semanas. Tiene tiempo de sobra antes de tomar posesión de su cargo. No se preocupe por el dinero, yo me haré cargo generosamente de todos los gastos que pueda tener. ¡Es así como puede corresponderme!

– ¿Qué se supone que debo buscar? ¿Quiere que me limite a encontrar el lazareto que ha mencionado?

– No, el lazareto fue destruido a principios de 1945. Busco a un hombre que conocí allí.

– ¿En el lazareto?

– Así es. Sí, estuve en aquel lazareto y escapé de allí el 23 de noviembre de 1944. Ya le explicaré más adelante las circunstancias que me llevaron a aquel lugar. Pero aquel hombre se quedó en el hospital y luego perdí su rastro. ¡Quiero saber qué le pasó! Estuvo ingresado con el nombre de Gerhart Peuckert. Procuraré que tenga en sus manos todos los datos necesarios, tales como rango militar y aspecto físico, en un par de días.

– ¿Sabe si todavía vive?

– Supongo que habrá muerto. Es probable que se hallara en el lazareto cuando lo bombardearon.

– ¿Y las fuentes y archivos de información habituales? ¿Ha investigado todas las posibilidades utilizando esas vías?

– ¡Desde luego! ¡Están agotadas!

Aunque en aquella ocasión Bryan no había contado más que lo estrictamente imprescindible, un Keith Welles asombrado aceptó la misión. Tenía tiempo y no podía menos que acceder a ello. Pero a pesar de la detallada descripción que Bryan le había hecho del lugar, de los demás pacientes y del personal, a los que provino de nombres y rostros, Keith Welles no consiguió desvelar en su primer informe la suerte que había corrido Gerhart Peuckert. Habían pasado casi treinta años. La misión era prácticamente imposible, se quejó. No había ningún rastro ni del lazareto ni tampoco de aquel hombre. Además, era muy probable que un hombre que había estado ingresado en un manicomio en los últimos días del Tercer Reich hubiera sido liquidado; el homicidio piadoso era el tratamiento más seguro que dispensaba el Estado a cierto tipo de pacientes.

La decepción se apoderó de Bryan. Las coincidencias de las últimas semanas, los encuentros con Welles y Wilkens y la invitación a los Juegos Olímpicos le habían infundido la esperanza de alcanzar la paz espiritual y la conclusión del caso.

– ¿No podría venir un par de días, señor Scott? -le pidió Welles-. Estoy convencido de que me sería de gran ayuda.

Al tercer día, Bryan llamó al Comité Olímpico Internacional y explicó que unos asuntos comerciales lo obligaban a desplazarse al sur de Alemania. A cambio de poner un apartamento a su disposición en la Villa Olímpica, podrían consultarle en caso de surgir problemas agudos. El comité aceptó el trato. Había que hacer todo lo posible porque las cinco medallas de oro, las cinco de plata y las tres de bronce de México crecieran en número durante estos Juegos. Costara lo que costara.

Laureen estaba disgustada. No porque Bryan acabara marchándose a pesar de todo, sino porque no se enteró de su viaje hasta el día antes de la partida.

– ¡Al menos podrías habérmelo dicho ayer! Sabes perfectamente que, tal como están las cosas, no podré acompañarte, Bryan. ¡Si pretendes que le diga a mi cuñada que se quede en su casa de Penarth, te comunico que ya es demasiado tarde! Ahora mismo, Bridget está esperando en el andén de la estación de Cardiff.

Laureen echó un vistazo desesperado al reloj y suspiró profundamente, mientras dejaba caer los hombros en un gesto de abatimiento. Bryan esquivó su mirada. Sabía lo que pensaba Laureen. Ya le había resultado suficientemente agitado organizar la visita de la cuñada. Una cancelación habría significado un cataclismo.

Pero así quería Bryan que fuera.

CAPÍTULO 31

Era un Keith Weiles sonriente el que cruzó la calle. El tránsito se había paralizado por completo. Los tópicos acerca del orden y la eficacia de los alemanes poco tenían que ver con el escenario con el que se encontró Bryan en el aeropuerto de Munich. El calor le golpeó el rostro. Los coches circulaban tan pegados que resultaba imposible abrir los maleteros.

– Caos, caos total -dijo Weiles entre risas, llevándoselo del brazo. Sólo funcionaban los autobuses. Todo e! mundo quería presenciar la ceremonia de inauguración de los Juegos. Todos, excepto Bryan.

La ciudad bullía. Un espectáculo fabuloso de colores y festejos. La meca de la cultura. Músicos, pintores, dibujantes y bailarines reunidos en un mismo lugar. Cada esquina reflejaba los preparativos de mil días. Era una mezcolanza de big business y no business. Y Bryan se sentía muy extraño.

Sentía como si estuviera sumergido en un gran vacío entre todos aquellos alemanes y extranjeros que se mezclaban entre sonrisas y una gran cordialidad. Tan sólo logró reprimir el fantasma del pasado por un momento. Luego volvieron a oírse las voces, alimentando el recuerdo de aquella lengua, sus tonalidades y sus asperezas que, sólo unos años atrás, habrían llevado a Bryan a estremecerse, presa de la impotencia. Y se dejó llevar del brazo de Welles, mientras miraba fijamente a la multitud de jóvenes que disfrutaba de la vida al aire libre, en las terrazas, los parques y las plazas, y que dominaba aquella lengua con tanta soltura, tanta naturalidad, tanta dulzura, melódicamente, sin el odio y la connotación amenazante del pasado. Luego observó el flujo de ancianos en cuyos rostros reconoció el terrible estigma de Caín del pasado.

Y entonces supo que había vuelto.

Welles tardó dos jarras enteras de cerveza en poner a Bryan al día de todas sus pesquisas inútiles. El gentío despreocupado de las terrazas no lograba ahuyentar la vergüenza que lo embargaba. Alzó la mano en un gesto de rechazo hacia el camarero, que desapareció detrás de unas mesas.

– Ya sé que, si siguiera insistiendo eternamente, algún día tropezaría por casualidad con una pista relacionada con alguien que, en su día, hubiera frecuentado el sanatorio de Friburgo. Pero, francamente, creo que tardaría años en encontrarla. Al fin y al cabo, no soy profesional. La pregunta es si realmente soy el más adecuado para llevar a cabo esta misión.

Welles apretó los labios y prosiguió:

– No dispongo de tiempo suficiente, eso lo sabemos ambos. Hay demasiados centros de tratamiento, demasiados archivos, demasiados historiales médicos y las distancias son demasiado grandes. Y luego está el Muro. ¿Quién dice que sea en la Alemania Occidental donde debamos centrar la búsqueda? Si se demuestra que realmente debemos continuar la búsqueda en la Alemania del Este, nos encontraremos con problemas de visados y eso requerirá tiempo, muchísimo tiempo.

Sonrió e hizo una mueca de disgusto.

– En realidad, lo que usted necesita es un enorme aparato de fisgones y archiveros.

– ¡Ya lo he intentado!

– Entonces, ¿por qué volver a intentarlo ahora?

Bryan se quedó mirando a Welles durante un buen rato. Desgraciadamente tenía razón. Todo parecía indicar que no conseguiría destapar el misterio que envolvía el paradero de James. También era cierto que podría haber encomendado aquella misión a profesionales. El caso era que Bryan no había tenido intención de volver a escarbar en el pasado, hasta que la providencia le había traído a aquel hombre sin afeitar que ahora estaba sentado a su mesa.

Hasta entonces, siempre había estado convencido de que James había muerto. Y ahora debía intentar, por última vez, desentrañar la verdad.

– Me he quedado con la sensación de que debería servirme de una mezcla de ruegos y amenazas. Me entristecería mucho que usted se rindiera de antemano; tanto, que podría incluso llegar a influir sobre su nueva posición en Bonn.

La reacción de Welles se reflejó en sus ojos de inmediato. Sería una terrible mezcla; en todos los sentidos, ineficaz.

– Pero soy un hombre de palabra, señor Welles, y usted no me debe nada. Como ya habrá podido comprobar, estoy desesperado. Nos estamos adentrando en un terreno que probablemente jamás tendría que haber sido investigado. Me temo que me estoy haciendo un flaco favor. Pero quiero que entienda que el hombre que buscamos era mi mejor amigo. Era inglés y en realidad se llamaba James Teasdale. Lo abandoné en el lazareto y, desde entonces, no he vuelto a verlo. Si no aprovecho esta ocasión para enterarme de lo que fue de él, tendré que vivir el resto de mis días sumido en una terrible incertidumbre. Porque no volveré a reunir fuerzas suficientes para volver a intentarlo.

Mientras hablaban, la plaza se había ido vaciando de gente. Incluso los camareros, que habían estado toda la tarde pendientes de ellos, intentando que consumieran más o que abandonaran la terraza y dejaran la mesa a otros clientes, habían desaparecido detrás del mostrador. La retransmisión de la ceremonia de inauguración de los Juegos ya había empezado.

Welles miró con interés a Bryan cuando éste prosiguió su relato:

– Concédame dos semanas más, señor Welles. Mientras duren los Juegos. Debe centrarse únicamente en los alrededores de Friburgo. Si no hay suerte, tendré que buscar otras vías. Le ofrezco cinco mil libras más por las dos semanas. ¿Lo hará por mí?

Desde el interior del restaurante se oían toques de trompeta y el rugido de miles de personas, una cabalgata de homenaje que en aquel mismo instante retumbó calle abajo, desde todas las ventanas. Un pequeño destello del vaso que Welles había movido y toqueteado insistentemente atrapó la gravedad de su rostro haciendo que brotara una sonrisita en la comisura de sus labios. Le tendió la mano apaciblemente y dijo:

– ¡En ese caso, tendrás que llamarme Keith!

A pesar del calor y los riesgos sanitarios que siempre están la-lentes cuando miles de personas se encuentran confinadas en un mismo lugar, Bryan no tuvo demasiado trabajo en la Villa Olímpica. Los casos graves de infección estomacal brillaron por su ausencia. El único contacto que, hasta entonces, había mantenido Bryan con la delegación inglesa había sido telefónico. Ya el primer día, cuando se había registrado, le habían entregado el pase para los estadios y las invitaciones habituales a diversas recepciones y eventos. Pero aunque el tiempo se le hacía eterno, nunca sentía deseos de estar acompañado. Como un pequeño viento en el ojo del huracán, Bryan se dejaba arrastrar medio adormilado a través de los acontecimientos que tenían lugar a su alrededor y que tenían a todo el mundo en vilo. «Te envidio», le decía Keith Welles cuando lo llamaba para informarle de sus pesquisas. «No te envidio», le decía Laureen durante sus conversaciones diarias, mintiendo.

La Villa Olímpica era un hervidero. Todo el mundo estaba en constante movimiento. Nadie parecía advertir su presencia. Los escasos ratos que pasaba fuera de la habitación los dedicaba a pasear por la ciudad. En las cafeterías de los grandes almacenes, en los museos, en los bancos de los parques que estaban a punto de rendirse bajo el eterno verano que se había ceñido sobre la ciudad.

La espera le resultaba insoportable. Ni siquiera los libros le servían de consuelo. La tentación de investigar la gran cantidad de empresas farmacéuticas de la zona no era suficientemente acuciante.

Todo giraba alrededor de James.

«A lo mejor me estoy haciendo viejo», pensó Bryan con la mirada fija en el televisor apagado en el rincón más alejado de la habitación. Vendrían otros Juegos Olímpicos después de éstos. Si quería presenciarlos, siempre podría pagárselo.

Cuando hubieron transcurrido diez días y Welles llamó para dar parte de sus logros, su tono de voz había cambiado.

– Es posible que tenga algo para ti, Bryan.

Las palabras le llegaron como ondas expansivas. Bryan había dejado de respirar.

– No esperes demasiado, pero creo que he encontrado a tu Hombre Calendario.

– ¿Dónde estás?

– En Stuttgart, pero él está en Karlsruhe. ¿Podríamos encontrarnos allí?

– Tendré que alquilar un coche. ¿No podría recogerte de camino?

Bryan no esperaba ninguna respuesta y juntó las piernas. Era como si estuviera a punto de tener diarrea.

– Antes voy a tener que informar de mi marcha. ¡Puedo encontrarme contigo dentro de tres horas!

Era evidente que a Welles no le gustaban las prisas. El imponente coche alquilado no hacía ruido. No era la afición a la velocidad lo que llevaba a Bryan a alquilar un Jaguar; era más bien una cuestión de orgullo patriótico. Sin embargo, el coche tiraba; demasiado, según Welles. Se reclinó en el asiento intentando no mirar la calzada.

– Me propuse encontrar a un verdadero excéntrico para quien llevar la cuenta de los años, los meses, las semanas y los días fuera el epicentro de su existencia. Partiendo de esta premisa, sólo era cuestión de averiguar si ese tal Werner Fricke todavía seguía con vida. Si así era, antes o después tendría que aparecer, sólo era cuestión de insistir con las llamadas telefónicas. Puede sonar sencillo, pero llevo días enteramente dedicado a la búsqueda. Tal vez un profesional lo habría hecho de otra forma, pero yo llamé a todos y cada uno de los centros de tratamiento que pude encontrar. Creo que éste era el número cincuenta y pico.

– ¿Y Gerhart Peuckert? ¿Qué ha sido de él?

Bryan fijó la mirada en la calzada y apretó las manos alrededor del volante.

– Lo siento, Bryan, pero nadie parece saber nada de él.

– ¡Tranquilo! No espero que llegue todo de golpe. Has hecho un buen trabajo, Keith. Paso a paso, ¿no es así? -Bryan intentó sonreír y prosiguió-: Estoy ansioso por volver a verlo, ¿lo entiendes? Y está vivo, el querido Hombre Calendario. ¡Si él vive, todavía hay esperanzas de que James también siga con vida!

– Pueden hacerle las preguntas que quieran, pero no puedo prometerles que vaya a contestarles.

Al igual que el resto de la clínica, el despacho de la médico en jefe era luminoso y estaba decorado con gran profusión de colores.

– La familia de Werner Fricke ha sido informada acerca de su visita. No tienen nada que objetar -prosiguió la doctora Würtz con un acento impresionante, evitando sonreír-. ¡A lo mejor el señor Welles podría asumir la tarea de intérprete, señor Scott!

– ¿Podríamos echarle una ojeada a su expediente?

– Sé que es médico, señor Scott. ¿Usted lo entregaría?

– ¡Supongo que no!

– Tenemos una tarjeta con todos los datos más importantes.

Bryan le pidió a Welles que se saltara todos los términos de psiquiatría. Fricke estaba enfermo y lo trataban como tal. Era el expediente médico lo que tenía interés, no si Fricke alguna vez había tenido ocasión de volverse normal.

Todas las anotaciones eran posteriores a 1945; ni una palabra acerca de su lugar de procedencia, ni de lo que había provocado su enfermedad. La ciudad de Friburgo ni siquiera aparecía. Werner Fricke había surgido de la nada, así de sencillo, en una clínica cercana, de las afueras de Karlsruhe, el 3 de marzo de 1945. Después de haber estado registrado durante más de un año como desaparecido, fue trasladado de una guarnición de las SS en Tübingen. Eso era todo lo que decía su expediente en cuanto a sus antecedentes. Ninguna cartilla que pudiera esclarecer nada acerca del año que había sido arrancado del almanaque vital del Hombre Calendario.

Durante el avance de las tropas aliadas, el lugar en el que había estado ingresado Wemer Fricke, Tübingen, había sido evacuado y la totalidad de los pacientes habían sido trasladados a aquella clínica. Cuando, a principios de los años sesenta, se privatizó la clínica, la mayoría de los pacientes tuvieron que resignarse a ser trasladados. Por entonces, él era el único que quedaba de los primeros pacientes. La familia del Hombre Calendario había dispuesto de los medios suficientes para dejarlo donde estaba.

La lista de los demás pacientes de entonces era asequible. Bryan no reconoció ni un solo nombre.

Probablemente el Hombre Calendario fuera el único que había llegado allí desde la Casa del Alfabeto.

La emoción sobrecogió a Bryan. Los años desaparecieron de un plumazo al reencontrarse con aquel cuerpo macizo y paticorto, con aquellos ojos dulces.

– Ahhhh -dijo al instante frunciendo las cejas pobladas y canas, cuando Bryan se colocó entre él y el televisor.

Bryan lo saludó con la cabeza y notó cómo las lágrimas pedían paso.

– Eso se lo dice siempre a todo el mundo -le cortó la doctora Würtz.

Un cuerpo encogido después de décadas de inactividad no había despojado a aquel hombre de su dignidad. A pesar de la blusa sin mangas y unos pantalones con la bragueta abierta, el hombre que estaba sentado delante de él contemplándolo con curiosidad seguía siendo un oficial de las SS. Las experiencias vividas en el hospital de Friburgo se volvieron acusadamente nítidas y presentes. Y allí estaba el Hombre Calendario, vivito y coleando, viendo la retransmisión de los Juegos Olímpicos de Munich en un diminuto televisor en blanco y negro. Por supuesto, la fecha anotada en el bloc que colgaba sobre el aparato era correcta: «4 de setiembre de 1972, lunes.»

– ¿Qué quieres que le diga? -le preguntó Welles poniéndose en cuclillas al lado de los dos viejos conocidos.

– No lo sé. Pregúntale acerca de los nombres que te di. La hermana Petra y Vonnegut. Y pregúntale si se acuerda de mí, Amo von der Leyen. ¡Al que estuvo a punto de arrojar por la ventana!

La despedida había sido breve. Incluso antes de que hubieran abandonado la habitación, Werner Fricke se había vuelto a sumir en la contemplación pasiva de los corredores de la final de los doscientos metros lisos colocándose en sus puestos.

– Sé que estás decepcionado, Bryan, pero no creo que valga la pena seguir. Ya he realizado innumerables consultas acerca del paradero de Vonnegut. No creo que pueda encontrarlo con vida, si es que lo encuentro. Tienes que saber que su apellido es bastante común.

– ¡Y Fricke sólo reaccionó al oír el nombre de Vonnegut!

– ¡Sí, si dejamos de lado el momento en que le ofreciste la tableta de chocolate, claro! Me temo que no debes confiar demasiado en sus reacciones.

Keith Welles se quedó un buen rato esperando que Bryan abriera la boca. Desde que se habían vuelto a meter en el coche, el aparcamiento se había quedado prácticamente desierto. Más de uno los había mirado sorprendido a través del parabrisas. Bryan estaba completamente inmóvil.

– ¿Y ahora qué?

Welles rompió el silencio cuando el último coche hubo abandonado el aparcamiento.

– Sí, ¿y ahora qué?

La respuesta apenas fue audible y Welles puso en duda la entonación con la que fue pronunciada.

– Todavía faltan diez días hasta que tenga que incorporarme al trabajo, Bryan. Te cedo más que gustosamente los cinco días de más. Todavía pueden pasar muchas cosas.

Sin duda supuso un gran esfuerzo para Welles pronunciar aquellas palabras en un tono optimista.

– Tienes que volver a Stuttgart ¿no es así, Keith?

– Pues sí, allí tengo mis notas y mi coche, y mi equipaje.

– ¿Te sabe muy mal si te pido que alquiles un coche para el trayecto de vuelta? ¡Pago yo, claro!

– No, pero ¿por qué, Bryan?

– Estoy considerando ir a Friburgo directamente. Ahora mismo.

En una silla de la habitación de la clínica privada de Karlsruhe estaba sentado el hombre que Bryan conocía como el Hombre Calendario, meciéndose hacia adelante y hacia atrás. Acababan de limitarle la realidad: habían apagado el televisor. Estaba anocheciendo. Sus labios se movían ligeramente fuera de compás en relación al balanceo de su cuerpo. Nadie lo escuchaba.

A cuarenta millas al sur, Bryan estaba harto de todos aquellos carriles transitados y abandonó la autopista. Había dos posibilidades: tomar la bella carretera que discurría a lo largo del Rin o la carretera situada al pie de la montaña de la Selva Negra.

Optó por esta última opción.

No se veía con fuerzas para atravesar el lugar por el que había huido del hombre de la cara ancha y del hombre enjuto.

Aún no.

CAPÍTULO 32

Antes de que Bryan tuviera tiempo de recordar dónde estaba, los sonidos desconocidos fueron creciendo, un zumbido profundo que se convirtió en un estridente tono intermedio. Los tranvías ya le habían dado la bienvenida en las calles de la ciudad la noche anterior, y aquella mañana le dieron los buenos días.

La lámpara del techo de su habitación seguía encendida. Bryan había dormido con la ropa puesta. Y seguía estando cansado.

Un malestar parecido al que se vive antes de un examen se apoderó de Bryan, antes incluso de que hubiera abierto los ojos. Tal vez todo habría sido distinto si Laureen hubiera ocupado la cama vecina. Le esperaba una misión solitaria.

«Hotel Roseneck», rezaba el cartel. «Urachstrasse 1», añadía la pequeña tarjeta de visita que el portero le había proporcionado. Bryan no tenía ni la más remota idea de dónde se había hospedado.

– ¿La habitación tiene teléfono?

Ésa había sido la última pregunta de la noche. El portero había contestado de mala gana, señalando hacia la cabina telefónica que había delante de la escalera empinada.

– ¿Puede darme cambio? -había añadido Bryan.

– Sí, mañana por la mañana -fue la respuesta.

Por eso todavía no había llamado a Laureen.

Y ahora le esperaban las calles, de la misma manera que le esperaban las montañas y la estación de tren. La ciudad obraba un efecto hipnótico sobre Bryan. Durante los meses que habían transcurrido en el lazareto, situado sobre una loma a las afueras de la ciudad, Bryan se había aferrado a sus fantasías. Sobre la vida en Canterbury junto a la familia, sobre la libertad y sobre la ciudad que estaba tan cerca. Y ahí estaba.

El hotel se hallaba en una esquina que daba a un pequeño oasis de árboles susurrantes. La entrada del edificio corroído, con el cancel cincelado y la farola de hierro forjado, se encontraba en el callejón que conducía al pequeño parque. Urachstrasse no era una dirección especialmente distinguida, pero su situación era práctica, pues se trataba de una calle perpendicular a Günthertalstrasse que, por Kaiser Joseph Strasse, se abría paso a través de la puerta de la ciudad, Martinstor, hasta el corazón del centro urbano.

Desprevenido y sin fuerzas para adentrarse en un caos que no le permitía resituar sus ideas, Bryan se dispuso a mezclarse con el espectro de viandantes, ciclistas, conductores y demás habitantes que inundaban las calles de la ciudad. Se movía como por un decorado, entre otros actores, una multitud que abarcaba a todo tipo de gente, desde amas de casa obesas y encanecidas, hasta niños sonrientes con las manos enterradas en lo más profundo de sus bolsillos.

Una ciudad próspera.

Tal vez había esperado que las fachadas del centro de la ciudad todavía estuvieran desfiguradas por los bombardeos; quizá había creído que los nervios que unían a la ciudad con su pasado habían sido cortados. Sin embargo, la ciudad era encantadora y animada, restaurada, reconstruida, variada y acogedora.

Los grandes almacenes rebosaban de mercancías y la gente podía permitírselas. Aquello lo corroía; la deuda del pasado todavía era demasiado importante para poder tomársela a la ligera; los costes no eran suficientemente visibles.

En medio de la entrada de un supermercado, una horda de mujeres se disputaba la ropa de un montón que amenazaba con volcar; pantalones cortos para la próxima temporada. A su lado, un anciano de tez oscura daba saltos a la pata coja mientras intentaba ponerse unos shorts por encima de sus pantalones arrugados para poder evaluar si aquel horror de calzas le sentaba bien. Bryan acababa de superar una vislumbre de la nueva paz.

Su paseo carecía de sentido.

Bertoldstrasse llevaba a la estación de trenes. Los rieles en la calle adoquinada, flanqueados por dos torres, brillaban al sol resplandeciente, conduciendo los carriles de cuatro vías por encima del puente del ferrocarril.

La muchedumbre que poblaba los andenes de la estación resultaba bastante abarcable. Un guía turístico intentaba evitar que su grupo se dispersara con amenazas veladas que manaban de su boca en un flujo constante. Todas las mujeres llevaban mochilas y exhibían sus piernas desnudas por debajo de los pantalones que apenas les llegaban a las rodillas. «Aquí sí que se habría indignado Laureen», pensó Bryan.

Un mundo extraño. Paseó la mirada por las siete vías y los siete andenes sin dar muestras de reconocimiento. Las horas pasadas, hacía ya casi treinta años, sumido en el terror y con un frío espantoso parecían haber desaparecido sin dejar rastro. Probablemente bajo las bombas de sus colegas de la RAF.

Su mirada se perdió por debajo del puente en dirección sur, por donde se extinguía la ciudad. A lo lejos, sobre el terreno ferroviario, tras las vías de maniobras, apareció una construcción oscura y pesada, sospechosamente distinta. Bryan respiró profunda y entrecortadamente.

Entonces seguía allí, aquel edificio ferroviario.

La distancia entre el vagón de mercancías y el muro de ladrillos grandes y anchos era de apenas cuatro metros. A Bryan, entonces, le había parecido el doble. Allí había estado antes, echado en una camilla. Cerró los ojos y recordó la silueta de James oculta detrás de un puntal enfangado, a escasos metros de él. ¿Qué había sido de los hombres inánimes que habían ocupado las demás camillas? ¿Ya estaban muertos y enterrados o simplemente se los había tragado la tierra de nadie, del olvido, y estaban en sus casas, junto a sus seres queridos?

Las colinas lejanas eran de un color verde marchito y suave, espaciosas y estratificadas, como decorados de un teatro de marionetas. Una aguja oxidada apuntaba hacia ellas. La silueta de un obrero ferroviario de tiempos pasados que era ahuyentado con una barra de hierro surgió de entre los recuerdos. También tos soldados con las máscaras de gas colgando del cuello, los muchachos alegres y despreocupados que volvían a casa de permiso salieron del laberinto caprichoso del recuerdo. Los viejos vagones de mercancías, la perpetuidad del viejo edificio, los colores y el silencio, igual que entonces, cuando la nieve cubría el andén, aquel paisaje se convirtió en el marco perfecto de la parte menos accesible del alma de Bryan.

Bryan se desplomó y empezó a llorar.

Durante el resto del día dejó que el portero del hotel Roseneck se ocupara de él. Una cafetería cercana le proporcionó unos sandwiches indefinibles de jamón y lechuga mustia. El hotel no tenía restaurante. A pesar de las copiosas propinas, la sonrisa del portero seguía siendo agria. Tampoco aquella noche llamó a casa. Bryan no tenía apetito, ni sentía deseos de nada. Todo se limitaba a conseguir reunir las fuerzas suficientes para levantarse de la cama al día siguiente.

Y llegó la mañana. Fueron muchos los niños que siguieron el Jaguar con la vista cuando Bryan dejó atrás Waldkirch para adentrarse en las montañas de la Selva Negra, donde se erguía el Hünersedel. Si hubiera tomado la carretera que bordeaba el macizo por el oeste, probablemente se habría perdido en detalles que podían distraerle de su cometido. En otras palabras, seguramente se habría perdido. Y el objetivo era, por encima de todo, encontrar el lugar en el que había estado situado el lazareto. La experiencia le decía que la mejor manera de llegar hasta allí era atacando desde arriba, donde la meseta de Ortoschwanden sin duda le ofrecería una vista sobre toda la zona.

Los macizos y la vegetación eran infinitos, incluso vistos desde un coche en marcha. Un sinfín de senderos y arroyos acentuaban la inutilidad de buscar sin ton ni son. Bryan buscaba un punto de referencia.

Kaiserstuhl, la viña que se erguía en medio de la región vinícola, fértil y extraña, era su punto de mira. Y el mismo ángulo desde el que se le había aparecido la montaña durante el viaje bajo la lona ondeante del camión tendría que ser su eje de rotación.

Tardó mucho en encontrarlo, y aún más en llegar. También fue así entonces. Habían hecho un rodeo para evitar testigos. Sin embargo, Bryan encontró el lugar. Y no era de extrañar que, entonces, la lona se hubiera desprendido precisamente allí. Una brisa, siempre al acecho, templada y húmeda que emanaba humus y ozono se levantó entre los valles, haciendo que el vello de sus sienes vibrara. Allí estaba de nuevo Kaiserstuhl, y, a unos cientos de metros, la corriente de los angostos canales de drenaje cortaba el paisaje y creaba profundos surcos.

Al sur corría una carretera secundaria en dirección noroeste, atravesando las colinas. Al otro lado sólo se divisaban unos bosques frondosos. A lo largo del camino se extendían las zanjas y, detrás de éstas, fluían los arroyuelos por los que había huido.

Era una vista majestuosa, grande y bella. Y era la que había esperado encontrar.

Después de una larga caminata por los senderos, el bosque se cerró. Bryan miró a su alrededor intentando recordar el terreno. No había rastro de lo que buscaba. Los árboles de las espesuras que acababa de atravesar eran demasiado jóvenes. Ni una señal, ni un solo vestigio que pudiera indicar que allí se había desarrollado una gran actividad y que antaño se habían alzado unos edificios imponentes en el lugar. La maleza era densa. Sólo unas andadas dejaban entrever que había otra vida aparte de la botánica. Bryan se subió los calcetines por encima de los pantalones y se adentró dando tumbos entre los matorrales con la cabeza por delante. En medio de un claro aparecieron unos cuantos abetos viejos de gran altura. Y justo delante de donde se encontraba, a menos de diez metros de distancia, surgió el peñasco despuntando unos metros de la tierra. Bryan se puso en cuclillas y echó un vistazo a su alrededor.

Todo había desaparecido y, sin embargo, era allí donde todo había tenido lugar. La cocina, el edificio del personal sanitario, la guarnición de los guardias de seguridad, las cinco secciones distribuidas por varias plantas, la capilla, el gimnasio, los garajes, el poste de las ejecuciones.

Y ya no quedaba nada.

Mientras Bryan bajaba con el coche, fueron apareciendo las aldeas con sus respectivos nombres. Redujo la velocidad en los últimos kilómetros antes de llegar al pantano. Durante unos momentos que se hicieron interminables volvió a notar el frío en los pies, recordó el estruendo de los cañones y el miedo. Y de pronto lo tuvo delante: la última selva de Europa, Taubergiessen. Los matorrales entre los que estuvo a punto de perder la vida. Y los desfiladeros, el barro, el banco de arena en medio del río, la maleza en la otra orilla… Todo seguía allí. Salvo los estallidos, los muertos, el hombre de la cara ancha y el flaco.

Todo aquello había desaparecido hacía ya mucho tiempo.

Incluso habían desaparecido las distancias, habían mermado. Sin embargo, la atmósfera seguía intacta, a pesar de las parras rebosantes de uvas y los pájaros que arrastraban el suave otoño sobre el terreno.

Allí había asesinado a un hombre, no cabía la menor duda de ello.

Atravesó la ciudad envuelto en una extraña neblina. Los sucesos de la mañana deberían haber satisfecho una necesidad reprimida durante años. Con la decisión brusca que había tomado de viajar a Friburgo había surgido una repentina profusión de ilusiones y la esperanza de que, por fin, encontraría la paz espiritual. Bryan se enfrentó a los hechos. No era tan fácil; el pasado seguía ahí, y las imágenes jamás desaparecerían, aunque se habían perturbado y desfigurado con el paso del tiempo. Iba a resultar difícil seguir adelante desde allí.

Apenas había gente en las calles de Friburgo. En la estafeta, todo el mundo se comportaba de una manera extraña. La señora que le indicó la cabina telefónica parecía incluso atormentada. Las miradas de algunos de los clientes que esperaban frente al mostrador estaban vacías. Bryan dejó que sonara el teléfono varias veces; Laureen solía tardar un rato en abandonar el crucigrama cuando sonaba el teléfono.

– ¿Sí? -fue su respuesta escueta cuando finalmente lo cogió.

– ¿Laureen? ¿Eres tú?

– ¡Bryan!

La ira se dejó notar ya en aquella primera exclamación.

– ¿Por qué demonios no has llamado antes? ¡Deberías comprender lo nerviosa que he estado!

Hacía años que no maldecía.

– No he podido llamarte, Laureen.

– ¿Te ha pasado algo, Bryan? ¿Te has metido en algún lío?

– ¿Qué quieres decir? ¿En qué lío quieres que me haya metido? ¡Tan sólo he estado muy ocupado. Laureen!

– ¿Dónde estás, Bryan? -La pregunta fue contundente y precisa-. No estás en Munich, ¿verdad?

– Ahora mismo, no. Fui a Friburgo ayer.

– ¿Negocios?

– Es posible, sí.

Se hizo el silencio al otro lado de la línea. Sin embargo, Bryan no tuvo tiempo de calibrar las consecuencias de su mentira.

– ¿Cómo es posible que no sepas por qué he estado tan intranquila? -La voz era suave, Laureen intentaba controlarse-. Aparece en todos los diarios. ¡Todo el mundo lo sabe! Ni siquiera hace falta que abras uno, Bryan. ¡Ocupa todos los titulares del mundo entero!

– No sé de qué me estás hablando. ¿Nos han robado una medalla de oro?

– ¿Realmente quieres saberlo?

Su tono de voz era comedido. Laureen no esperaba ninguna respuesta.

– Ayer, un buen número de deportistas israelíes fueron tomados como rehenes en la Villa Olímpica. Fueron los palestinos. Todos hemos seguido los acontecimientos, ha sido terrible y cruel, y ahora todos han muerto, todos los rehenes y todos los terroristas.

Bryan era incapaz de interrumpirla. Se había quedado sin palabras.

– Todo el mundo habla de ello. ¿Lo entiendes? ¡Todo el mundo está de luto! ¿Por qué no sabías nada, Bryan? ¿Qué es lo que está pasando?

Bryan intentaba ordenar la realidad. Se sentía cansado. Tal vez había llegado el momento de explicarle a Laureen la razón que realmente lo había llevado a viajar a Alemania y a Friburgo. Como esposa y compañera, Laureen había tomado a Bryan tal como era, sin sospechar de él y sin intentar tirarle de la lengua. Ella sabía que había sido piloto y que lo habían derribado en Alemania. Eso era todo cuanto sabía. Y hacía ya mucho tiempo de todo aquello.

Ella no entendería la necesidad de hurgar en el pasado, aunque conociera la historia de James. Lo pasado, pasado estaba.

Así era ella.

Tal vez se lo contaría todo cuando volviera a casa.

Y el segundo que le había brindado la ocasión de hablar pasó.

No dijo nada.

– Llámame cuando vuelvas a ser tú mismo -dijo ella en un tono apagado.

Cuando Bryan, por segunda vez, dejó que la Bertoldstrasse lo condujera por encima de la vía férrea, la apatía y el ensimismamiento estuvieron a punto de apoderarse de él. Una breve conversación con Keith Welles no le había llevado a ningún lado. El Hombre Calendario renovaba sus fechas metido en un atolladero.

Los puentes conferían aire a la ciudad. El parque de la calle Ensisheimer, a la orilla del lago, estaba más bien desierto. Los barcos estaban amarrados y tan sólo los bancos, ocupados por un ejército de ancianos enfrascados en la lectura de sus diarios, daban signos de vida. Una simple mirada fugaz a una de las portadas lo habría puesto sobre aviso de lo ocurrido. Eso era entonces lo que había percibido en la estafeta. La gente estaba en estado de shock. «16 tote», «dieciséis muertos», rezaban con grandes caracteres de imprenta. «Alie Geiseln ais Leichen gefunden!», «todos los rehenes han sido encontrados muertos». Sin duda. Das Bild siempre había sabido encontrar la manera de hacerse entender fácilmente. Palabras como «Btutbad», «baño de sangre», no exigían grandes conocimientos lingüísticos.

A la luz de los acontecimientos del pasado, los sucesos de Munich no le parecieron extraños a Bryan. Tan sólo reflejaban que el odio engendra odio en una cadena previsible de imprevistos. Hoy, los habitantes de la ciudad, junto con el resto del mundo, llevaban la máscara del dolor. En tiempos pasados, esos mismos rostros habían llevado la máscara del horror.

Se dejó llevar entre el enjambre de nuevos barrios residenciales hasta llegar a las afueras de la ciudad. De pronto despertó de sus pensamientos flagelantes y detuvo la marcha inconscientemente, en medio de una acera. Su mirada se había detenido en un recuadro de color gris. Al otro lado de la calle, un rótulo anodino se confundía con el muro de una casa.

«Pensión Gisela», decía. «Gisela», un nombre insignificante en una calle insignificante. Bryan se quedó paralizado.

El nuevo punto de vista lo pilló desprevenido.

Durante años se había agarrado al recuerdo romántico de Gisela Devers. La única persona de aquellos días que todavía intentaba evocar de vez en cuando.

Bryan se puso a temblar sólo de pensar en ello. A pesar de las pocas probabilidades que aquella revelación tenía de fructificar, se encomendó a su suerte.

Gisela sería la próxima llave que le daría acceso al armario del olvido.

Devers no era un apellido especialmente raro. Sorprendentemente, en el hotel habían puesto amablemente el listín telefónico de la zona a su disposición e incluso lo habían mimado con una taza de té que depositaron sobre una mesa al lado del teléfono. La pila de pfennigs había mermado considerablemente durante las últimas dos horas. Ahora que la jornada laboral había terminado, consiguió ponerse en contacto con la gente a la que llamó. La mayoría no hablaban inglés. Nadie conocía a una tal Gisela Devers que tenía unos cincuenta y tantos años.

– ¡A lo mejor ya ha muerto, a lo mejor ya no vive en Friburgo, a lo mejor no tiene teléfono! -dijo el portero en un intento de consolarlo.

Y aunque tuviera razón, las muestras de consuelo sobraban. Unos minutos después de que el portero hubo acabado su turno y de que la pila de pfennigs hubo sido suplida por una nueva, una vocecita le hizo recuperar el aliento y buscar febrilmente más monedas con las que alimentar el teléfono.

– Mi madre se llamaba Gisela Devers y pronto habría cumplido cincuenta y siete años, sí -contestó la joven. Su inglés era muy correcto pero también torpe. Bryan la había interrumpido en sus quehaceres habituales.

Se llamaba Mariann G. Devers. Teniendo en cuenta el apellido, lo más probable era que viviera sola.

– ¿Por qué me lo pregunta? ¿Acaso la conocía?

La muchacha preguntó más por educación que por curiosidad.

– ¿Ha muerto?

– Sí, lleva muerta más de diez años.

– Lo siento.

Bryan se quedó callado un momento. No se trataba de una frase de condolencia dicha por educación.

– Entonces será mejor que no insista.

– No creo recordar que mi madre mencionara que tenía conocidos ingleses. ¿Cómo la conoció?

– La conocí en Friburgo.

La decepción se hizo palpable, aunque Bryan se sentía despejado. No se trataba únicamente de James. Gisela Devers había muerto. El pasado se cernía alrededor de sí mismo. Ya no volvería a verla jamás. Sorprendentemente, aquella circunstancia lo entristeció. Las dos costuras que recorrían sus hermosas panto-trillas seguían grabadas en su memoria con una nitidez dolorosa. Había sido una mujer bella, y ella lo había besado fervorosamente en la antesala del terror.

– ¿Cuándo? ¿Cuándo habló usted con ella por última vez?

– A ver, a lo mejor tiene una fotografía de su madre. Me gustaría tanto ver una foto suya. Debe entender que su madre y yo estuvimos muy unidos.

Mariann Devers tenía unos años más de lo que Bryan había imaginado. Al menos tenía más años de los que tenía su madre cuando ella y Bryan se conocieron.

Era una mujer completamente distinta. No llevaba maquillaje y estaba lejos de ser tan bella como aquella mujer grácil y esbelta que llevaba las costuras de las medias rectas. Pero sus pómulos sí se parecían.

El apartamento era como una caja de zapatos que, en todo su abigarramiento y con todos sus pósteres cubriendo las paredes, se correspondía con la manera desenvuelta de ser y la forma de vestir, tan peculiarmente conjuntada, de su ocupante. Parecía pobre y acostumbrada a algo mejor. Las flores de Bryan pronto encontraron acomodo en aquella casa.

– O sea que usted nació durante la guerra, lo que quiere decir que ya existía cuando conocí a su madre…

– Nací en 1942.

– ¡En 1942! ¿De verdad?

– ¿Y conoció a mi padre, dice?

Mariann Devers se recolocó desenfadadamente los pañuelos que llevaba alrededor del cuello y el pelo.

– Sí, así es.

– Hábleme de él.

Por cada destello de esclarecimiento reflejado en el rostro de Mariann, Bryan fue añadiendo mentiras a la verdad.

– Papá murió durante un bombardeo, por Jo que me han dicho. Tal vez muriera en el sanatorio del que usted me ha hablado, no lo sé. Mi madre siempre me dijo que no tenía importancia dónde había sido.

– ¿Su madre vivía en esta ciudad? ¿Sabe?, siempre tuve el presentimiento de que así era. Nunca salió de aquí, por lo que tengo entendido.

– No, pero muchos se mudaron después de la guerra. ¡Tuvieron que hacerlo!

– ¿Tuvieron que hacerlo? ¿Qué quiere decir con eso, señorita Devers?

– Los juicios, las confiscaciones. La familia de mi madre lo perdió todo. ¡De eso se ocuparon sus compatriotas!

El tono empleado no escondía ningún tipo de rencor, pero, aun así, dio en el blanco.

– ¿Cómo salió adelante, entonces? ¿Tenía algún tipo de formación?

– Los primeros años no salió adelante en absoluto. De todos modos, nunca habló de estos temas conmigo. No sé dónde vivía, ni de qué. Yo estuve en casa del primo de mi madre, en Bad Godesberg. Tenía casi siete años cuando vino a por mí.

– ¡Y entonces encontró un trabajo en Friburgo!

– No, entonces encontró un marido.

Aunque el golpe en la mesa con el que Mariann acompañó la palabra «marido» fue insignificante, e) efecto, no obstante, fue significativo. Era evidente que Mariann Devers habría buscado otra solución, de haberse encontrado en una situación similar. Su sonrisa detrás de los mechones ondeantes de su abundante flaquillo fue avinagrada.

– ¿Se casó en Friburgo?

– Sí, eso hizo, la muy desgraciada. Aquí se casó y aquí, en Friburgo, fue donde murió, después de soportar una vida miserable, si quiere saber mi opinión; después de una vida desgraciada, repleta de decepciones y de malos tratos psíquicos. Se casó con aquel hombre por su dinero y su posición y, por tanto, no merecía nada mejor. Después de la guerra, su familia perdió toda su fortuna. Ella no pudo soportarlo, pero es cierto que él fue muy cruel con ella.

– ¿Y con usted?

– ¡Que le den por saco a él!

La impetuosidad de Mariann sorprendió a Bryan.

– ¡A mí nunca me puso la mano encima! ¡Pobre de é! si lo hubiera intentado!

El álbum de fotos era de color marrón, y las tapas, rígidas y ajadas. Estaba lleno de fotografías de paisajes en las que una jovencita, más o menos de la edad de la hija de Bryan, no dejaba de dar saltitos y de posar ante la cámara haciéndole guiños al fotógrafo, medio oculta detrás de los troncos de los árboles y, de vez en cuando, repantigada entre la hierba transparente de un prado. Eran fotografías de los veranos más felices de la vida de Gisela Devers, según le había contado a su hija.

También en las últimas páginas, la muchacha daba muestras de su despreocupación juvenil. Mariann Devers señaló a su padre con orgullo apenas disimulado. Era un hombre atractivo de uniforme al que Gisela Devers se pegaba con una complicidad envidiable. De eso hacía mucho tiempo.

– Usted se parece tanto a su madre como a su padre, ¿lo sabe, señorita Devers?

– Sí, lo sé, señor Scott. Y también sé que mañana tengo que levantarme temprano. No quisiera ser maleducada, pero creo que ya ha visto lo que quería ver, ¿no es así?

– Perdóneme, señorita Devers, siento mucho si le he impedido irse a la cama. Sí, me temo que así es. Y, sin embargo, ¿no tendría una foto de su madre más reciente? Entenderá que me he preguntado más de una vez cuál sería su aspecto actual.

La joven se encogió de hombros y se arrodilló delante del camastro. El polvo acumulado en la cesta que sacó de debajo de la cama evidenciaba que Mariann Devers había pasado mucho tiempo dedicada a otros quehaceres que a barrer el polvo de debajo de la cama. Apareció un montón de fotos desordenadas que lo transportaron a través de las últimas décadas de la vida de las dos mujeres. Otros peinados, otras actitudes y otras ropas; cambios bruscos y marcados.

– Aquí la tenemos -dijo Mariann tendiéndole una foto de una mujer marchita.

Era una mujer del montón. Mariann Devers miró por encima de su hombro. Probablemente llevara años sin verla, sin duda no había encontrado ninguna razón para hacerlo. El rostro de Gisela Devers estaba muy cerca del objetivo de la cámara. Sus rasgos estaban fuera de foco, la foto había sido tomada en un momento de jugueteo. Con los brazos extendidos, le decía algo al fotógrafo. Todos los que la rodeaban sonreían, salvo una niña que se había escurrido entre las piernas de los adultos y estaba tendida en la hierba, mirando a su madre desde atrás. Mariann Devers había sido una niña preciosa. De pie, sobre ella, había un hombre con los brazos cruzados. Era el único que miraba hacia otro lado. Parecía no estar interesado en los demás; incluso la niña que tenía atrapada entre las piernas parecía serle indiferente. Era un hombre atractivo a primera vista, cuyo porte denotaba una buena posición social y una enorme seguridad en sí mismo. Unas rayas que atravesaban su rostro lo hacían borroso. Y, sin embargo, a Bryan le sobrevino una oleada de malestar. No porque pensara en la niña que había intentado vengarse de su padrastro borrándolo del retrato de familia; era otra cosa, algo • cercano a él, algo conocido.

Mariann se disculpó, asegurando que no tenía una foto mejor que la que Bryan tenía en las manos. Era todo cuanto había conseguido sacarle al marido de su madre cuando la madre por fin encontró la paz.

– Pero su padrastro era un hombre conocido en la ciudad, ¿no es así?

La muchacha asintió sin mostrar demasiado interés.

– Entonces, a lo mejor existan fotos oficiales tomadas en distintas ocasiones, ¿no cree? ¡Apenas reconozco a su madre en ésta!

– ¡Se tomaron millones de fotos oficiales, millones! Pero mi madre nunca salía en ellas. Él se avergonzaba de ella, ¿comprende? Era una borracha.

Mariann Devers se sentó en el apoyabrazos, al lado de Bryan, y cerró la boca. Su jersey estaba agujereado en las axilas. Bryan volvió a notar un desasosiego inexplicable que lentamente se fue apoderando de él. La atmósfera se había vuelto sórdida. La culpa era de la foto que acababa de ver.

Y, además, tenía mala conciencia por haberle impuesto su presencia a la hija de Gisela Devers. Su anfitriona se acomodó el chaleco y se enderezó en la silla.

– ¿Estuvo enamorado de mi madre? -preguntó de pronto.

– Es posible.

La joven sentada a su lado se mordió el labio. Bryan tuvo que hacerse la misma pregunta una vez más.

– No lo sé -dijo un rato después-. Su padre estaba muy enfermo. Por aquel entonces, resultaba difícil definir los sentimientos que albergábamos, bajo las circunstancias a las que estuvimos sometidos todos. Pero era muy bella. ¡Podría haberme enamorado de ella, de no haberlo estado ya!

– ¿De qué circunstancias estamos hablando?

Mariann Devers no retiró la mirada.

– De hecho, resulta muy difícil de explicar, señorita Devers, pero lo que sí puedo decirle es que eran unas circunstancias fuera de lo normal, puesto que yo me encontraba en el país y estábamos en guerra.

– Es imposible que mi madre pudiera haber estado interesada en usted.

Se rió. Acababa de darse cuenta de lo absurda que resultaba la situación.

– No conozco a nadie que fuera una nazi más convencida que mi madre. Le encantaba toda aquella parafernalia. No creo que pasara ni un solo día sin que soñara con el Tercer Reich. Los uniformes, las marchas militares, los desfiles… Le encantaban, Y usted era inglés. ¿Cómo iba a interesarse por usted? Todo esto me suena muy raro.

– Su madre no sabía que yo era inglés. Estuve ingresado en el lazareto sin que nadie lo supiera.

.-¿Quiere decir que era un espía? ¿O tal vez cayó del cielo disfrazado de Papá Noel?

Mariann Devers volvió a reír. La verdad no parecía interesarle demasiado.

– ¿Sabe qué? Es posible que tenga otra fotografía, si tanto la desea. La foto que se hizo cuando obtuve el diploma de bachillerato. Mamá está detrás, pero es una foto mucho mejor que ésta.

Esta vez tuvo que darle la vuelta a la cesta. La foto estaba enmarcada, pero el cristal se había roto. Todavía había pedazos de cristal rotos en el borde del marco y en el fondo de la cesta. Era otra Mariann Devers distinta de la que, en aquel momento, tenía delante. Llevaba el pelo liso y los pantalones de pata de elefante habían sido sustituidos por un vestido blanco que apenas dejaba adivinar que fuera una mujer, pero era una muchacha orgullosa y estaba en el centro de la fotografía de grupo.

Su madre la miraba. Parecía fría y contenida, y estaba desmejorada. Los años habían hecho estragos en ella, incluso vista desde aquella distancia.

Bryan se estremeció. No por el paso inmisericorde del tiempo, ni tampoco por los sufrimientos y las decepciones que escondían los ojos de aquella mujer, sino por el hombre que estaba detrás de ella, con las manos posadas pesadamente sobre sus hombros. Era el hombre cuyo rostro Mariann Devers había rayado en la otra fotografía.

– ¿Su marido?

Mariann se dio cuenta de que la mano de Bryan temblaba cuando señaló al hombre en la foto.

– Su marido y su torturador. ¿Verdad que se le nota a ella? No era feliz con aquel hombre.

– ¿Y su marido sigue con vida?

– ¿Si está vivo? No hay manera de acabar con él. Sí, vive. Como nunca, podría incluso decirse. Es un hombre célebre en la ciudad; esposa nueva, dinero en el banco… ¡Cantidades ingentes, joder!

El pinchazo en el pecho llegó furtivamente. Bryan tragó saliva un par de veces y se olvidó de respirar.

– ¿Puedo pedirle un vaso de agua?

– ¿Se encuentra mal?

– ¡No, no! ¡No me pasa nada!

Aunque Bryan todavía estaba pálido, rechazó la oferta amable de Mariann de quedarse un rato más. Necesitaba aire fresco.

– Y su padrastro, señorita Devers…

Lo ayudó a ponerse el abrigo, pero se detuvo interrumpiendo las palabras de Bryan.. -Le ruego que no lo llame así.

– ¿Tomó el nombre de su esposa, o usted simplemente mantuvo el nombre de soltera de su madre?

– Sencillamente, mi madre mantuvo su propio apellido, y él, el suyo, así de fácil. Se llama lo que siempre se ha llamado. ¡Hans Schmidt! ¿A que es original? Herr Director Hans Schmidt, que es como le gusta que lo llamen.

Realmente original. Bryan se sorprendió por el anonimato del nombre. «No resulta normal en un hombre como él», pensó. Tal vez a Mariann le extrañó que le pidiera la dirección, pero se la dio.

La casa no era enorme, aunque de un nivel que exigía un buen criterio al que la viera. No había obviado ni un solo detalle, pero tampoco había realzado ninguno. Una belleza dentro de las exigencias de una arquitectura discreta. Unos materiales que revelaban un gusto exquisito, sentido de la calidad y recursos económicos. Un palacete que se confundía entre los demás, en una calle menor de palacetes. Una pequeña placa de latón anunciaba al propietario de la casa. «Hans Schmidt», rezaba. «¡Mentiroso!», pensó Bryan, a la vez que le venían ganas de rayar las letras grabadas de la placa. Se estremeció al pensar que aquel hombre, cuya vida estaba enmarcada en aquella placa, se había apoderado de su amor platónico de la juventud, la bella Gisela Devers, y había destrozado su vida.

Todavía había una luz encendida en el primer piso, en la esquina oriental de la casa. Una sombra se dibujaba a través de la cortina, con tanta sutileza, que podría haberse tratado de la impresión momentánea de una brisa capturada por la tela. Pero también podía ser la silueta del torturador de Gisela Devers. La silueta del pasado, el caudillo de la realidad. El cerdo y hombre de negocios Hans Schmidt, alias el cerdo Obersturmbannführer Wilfried Kröner, el hombre del rostro picado.

A la mañana siguiente, la actividad en aquel barrio no tardó en calmarse. Desde los primeros rayos de luz del día, Bryan había estado observando a los hombres de negocios que marchaban por la calle y se introducían en sus BMW y sus Mercedes. Bryan conocía de sobra aquel espectáculo. Sólo dos detalles importantes separaban aquella escena de la inglesa: las marcas de los coches y las esposas. En Inglaterra, las mujeres también se despedían de sus maridos, pero, en Canterbury, una mujer de clase alta preferiría perder su estupenda caja fuerte antes que mostrarse de la misma guisa que las mujeres de Friburgo. Laureen siempre iba vestida impecablemente cuando cruzaba el umbral de la puerta. Aquí, la escena era la misma en todas y cada una de las puertas principales; sin perjuicio del tamaño de la casa y del precio del traje del marido, todas las mujeres aparecían en la puerta enfundadas en una bata y con rulos en el pelo.

Sin embargo, en la casa de Kröner no pasó nada.

Bryan no dejaba de pensar en que debería haber estado mejor preparado. Tal vez incluso armado. El enfrentamiento con el esbirro más astuto del pasado volvía a invocar toda la agresividad acumulada de la juventud. Todos los abusos de Kröner volvieron a aparecer nítidamente en su retina. El rostro contraído de la venganza le susurraba palabras como armas, violencia y venganza y más venganza. Y en otro lugar de su mente fueron tomando forma otras imágenes: destellos de James, momentos de esperanza, tensiones que exhortaban a la prudencia.

Finalmente, hacia las diez de la mañana, ocurrió algo detrás de las sombras de las marquesinas. Una señora de edad avanzada salió al jardín y empezó a sacudir una manta.

Bryan salió de su escondite y se fue directamente hacia ella.

La mujer pareció asustarse cuando Bryan se dirigió a ella en inglés. Sacudió la cabeza y quiso irse apresuradamente. Bryan se desabrochó el abrigo y se abanicó el rostro con la mano sin dejar de sonreír. El sol ya había empezado a calentar, hacía demasiado calor para llevar aquel abrigo. Al menos eso sí que lo entendió. La mujer volvió a mirarlo y sacudió la cabeza de nuevo, esta vez, de una manera conciliadora.

– I speak no English, ¡eider nicht!

La mujer volvió a sacudir la cabeza. Un repentino arrebato

se apoderó de ella y empezó a soltar un chorro de vocablos alemanes e ingleses. No estaban en casa, ni la señora ni el señor, eso fue lo que pudo entender Bryan. Pero volverían. ¡Más tarde!

¡Tal vez ese mismo día!

CAPÍTULO 33

Aquella misma mañana, Bridget había estado imposible.

– Estás menopáusica, querida -intentó decirle Laureen con la mayor delicadeza posible, para que su cuñada se avéngase a afrontar la realidad.

Ella tenía otras cosas en que pensar.

Los días en Canterbury, sin Bryan, habían sido críticos. No porque su ausencia, en sí, fuera insufrible; el hogar era su dominio y nada que le supusiera un esfuerzo desmesurado. Era Bridget la que tornaba la ausencia palpable. Bryan sólo tenía que mirar a la esposa de su cuñado una única vez y la cuñada se replegaba, adoptando una actitud recatada. Pero sin ese freno la esposa del hermano mayor de Laureen se volvía sencillamente insoportable.

– ¡Tu miserable hermano es un pusilánime! -era capaz de decir inopinadamente, golpeando el borde del plato con el tenedor. Mientras Bridget estuviera de visita, Laureen sólo permitiría que se utilizara el servicio corriente.

– ¡Tranquilízate!

Laureen no solía tener tiempo de añadir nada más, pues la cuñada siempre acababa rompiendo a llorar, sudaba, se le hinchaba la cara y no paraba de hablar. De todos modos, era difícil que sus lamentos por la infidelidad del marido y el malestar por los cambios que experimentaba su cuerpo no hicieran mella en Laureen.

– ¡Ya verás, ya! -lloraba-. También puede pasarte a ti algún día.

Laureen asintió sin darle demasiada importancia a sus palabras.

Bryan y Laureen no eran tan exóticos, ambos lo sabían. Las ansias porque se obrara un cambio en sus vidas no formaban parte del día a día.

Sin embargo, la intuición le decía que algo iba mal.

A lo largo de los años, Laureen había aprendido que el primer paso que había que dar en cualquier proyecto de negocio era la recopilación de información sobre el mercado, la competencia, posibles socios, costes y necesidades. Ése también era el caso del asunto privado que ella y Bryan compartían.

Creía conocer las necesidades. Tendría que averiguar el resto con artimañas.

La secretaria de Bryan miró sorprendida a Laureen cuando ésta pasó por su lado y desapareció en el interior del edificio, en dirección al despacho de Ken Fowles. Hasta aquel día, la señora Scott jamás había visitado las oficinas de Lamberth en ausencia de su esposo.

– Por lo que sé, el señor Scott no tiene nada que hacer en Friburgo, señora Scott.

Ken Fowles la miró detenidamente y prosiguió:

– ¿Qué le ha hecho pensar eso? Lo llamé el lunes, y seguía en Munich.

– ¿Y desde entonces? ¿Cuándo hablaste con él por última vez, Ken?

– Bueno, desde entonces no he tenido necesidad de ponerme en contacto con él.

– ¿Y quién es nuestro socio colaborador en Alemania? ¿Puedes decírmelo?

La pregunta hizo que Ken Fowles ladeara la cabeza. No entendía el repentino interés y el tono extrañamente amistoso de la esposa de su jefe.

– Es que no tenemos ningún socio en Alemania. Quiero decir… Todavía no. Porque sólo hace un par de semanas que iniciamos las negociaciones sobre el nuevo producto contra la úlcera de estómago. Hace unos días contratamos a un vendedor que se encargará de desarrollar la red de distribuidores en el norte de Europa.

– ¿Y quién ha sido el afortunado?

– Pues Peter Manner, de Gesellschaft Heinz W. Binken & Hreumann, pero todavía no se han establecido en Alemania.

– ¿Por qué?

– Sí, ¿por qué? Porque Binken & Breumann es una sociedad de Licchtenstein, y Peter Manner es tan inglés como usted o como yo, y ahora mismo se encuentra en Portsmouth.

– He venido a arreglarle un par de cosas a Bryan, Lizzie -dijo Laureen y volvió a pasar por el lado de la señora Shuster.

El aire en el despacho de Bryan era pesado y dulzón. El escritorio de Bryan era su archivo, y éste era muy extenso. Cada uno de los montones representaba un éxito. En ciertos montones aguardaba la investigación de toda una vida, lista para ser revelada. Era la mejor central de selección de equipos de investigación y de laboratorios. La señora Shuster la observaba con una mirada desaprobadora desde el antedespacho, medio echada sobre la mesa, en una postura de lo más incómoda.

Todos los cajones estaban cerrados con llave. Laureen no tenía por qué preocuparse de ellos. Ninguno de los montones contenía información acerca de Friburgo, y aún menos de Alemania. Desde las paredes, el conservadurismo de Bryan brillaba sobre los pesados muebles de su propietario. Ni siquiera había permitido que un calendario perturbara la elegancia de la sala. Muy pocos cuadros, ninguno que tuviera menos de doscientos años, unas cuantas lámparas de latón para iluminarlos y nada más. Ningún tablón de anuncios, ningún tablón donde anotar las reuniones, ninguna nota. Tan sólo un pequeño artefacto perturbaba aquel ambiente algo anticuado de jefe laborioso: un pequeño pincho, un clavo diminuto en el que clavar facturas impagadas; una pequeña herramienta asesina del calibre que Laureen le había prohibido a Bryan tener en el escritorio de casa despuntaba entre tres teléfonos con unas cuantas notas asaeteadas.

Laureen sabía que se trataba del banco de ideas de Bryan. Una idea suelta, la repentina obra maestra de un empleado avispado, una visión, todas eran anotadas inmediatamente en una hoja de papel con una letra esmerada y, luego, Bryan las enganchaba en el clavo. Por lo que veía, ahora mismo no parecía haber gran cosa sobre la que construir el futuro. Sólo había cinco notas, pero la última despertó su curiosidad: «Keith Welles. Transferir dos mil libras al Commerzbank de Hamburgo», había escrito Bryan apresuradamente. Laureen se quedó mirándola un rato y luego salió al antedespacho.

– Oh, Lizzie, ¿serías tan amable de explicarme de qué se trata?

Laureen depositó la nota delante de la secretaria, que entornó los ojos y miró de soslayo la nota arrugada.

– Es la letra del señor Scott.

– Sí, eso ya lo sé, Lizzie, pero ¿qué significa?

– Que le ha hecho una transferencia de dos mil libras a Keith Welles, supongo.

– ¿Quién es ese tal Keith Welles, Lizzie?

– Creo que sería mejor que se lo preguntara a Ken Fowles, pero se acaba de ir.

– Entonces tendrás que esforzarte, estimada Lizzie. Cuéntame lo que sabes.

– Pero si sólo era uno entre tantos otros. Creo recordar que fue el último entre los solicitantes que el señor Scott y el señor Fowles entrevistaron hace más o menos un mes. Deje que consulte la agenda del señor Scott.

La señora Shuster tenía la mala costumbre de canturrear cuando se le encargaba cualquier tarea. Laureen no entendía cómo Bryan podía soportarlo, pero él ni siquiera lo oía, decía. «Sorprendente, teniendo en cuenta su escaso sentido del ritmo», pensó Laureen mientras sopesaba las demás virtudes de la secretaria.

– Sí, aquí lo tenemos. Semana 33. Efectivamente, el señor Welles fue el último de los entrevistados,

– ¿Y cuál era el propósito de la entrevista?

– Encontrar nuevos representantes para la comercialización del nuevo producto. Pero no seleccionaron a Keith Welles.

– ¿Por qué, entonces, había que darle dos mil libras?

– No lo sé. ¿Tal vez para cubrir los gastos de desplazamiento? Tomó un avión desde Alemania y pasó la noche en un hotel.

Lizzie Shuster no estaba acostumbrada a que la sometieran a ese tipo de interrogatorios. El bombardeo de preguntas la ponía nerviosa. Desde el primer día de trabajo, hacía ya más de siete años, su relación con Laureen había sido fría. Incluso en aquellos cortos espacios de tiempo en los que sólo tenía que pasar la llamada de Laureen, la línea telefónica se helaba. Hasta entonces, Laureen nunca se había molestado en sonreírle. Cuando finalmente la premió con una sonrisa, ésta resultó exageradamente amable.

– Oh, Lizzie. ¿Serías tan amable de darme el teléfono de Keith Welles?

– ¿El número de teléfono de Keith Welles? No sé… Supongo que puedo buscarlo. ¿Pero no sería mejor que llamara a su esposo en Munich y se lo pidiera a él?

Laureen volvió a sonreír, pero en la profundidad de sus ojos apareció la mirada «soy-la-esposa-del-jefe», capaz incluso de poner en posición de firmes al mismísimo Ken Fowles.

Laureen no le dio las gracias a la señora Shuster por las molestias que le había causado cuando dobló la nota y abandonó el despacho sin volverse.

La hija de Keith Welles hablaba mejor el inglés que la señora cansada que había cogido el teléfono. La chica era espabilada. No, su padre no estaba en casa. Estaba en Munich, y parecía ser que ya ni siquiera estaba allí, o a lo mejor estaba a punto de abandonar la ciudad. No lo sabía con certeza. Aunque el teléfono no dejaba de emitir pitidos indicando la aplicación de la tasa internacional. Laureen esperó pacientemente a que la chica volviera con el número de teléfono del hotel en el que se hospedaba Welles.

Dos minutos más tarde, Laureen le había hecho la misma pregunta al recepcionista del hotel. Lo sentía mucho. Desgraciadamente, el señor Welles acababa de abandonar el mostrador. Desde allí podía ver el taxi en la puerta. Ahora se alejaba.

– Tengo un pequeño problema -le dijo Laureen-, tal vez usted pueda ayudarme. Keith Welles tiene el teléfono de mi esposo en Friburgo. Estoy segura de que ha llamado a mi esposo más de una vez desde su hotel. Mi marido se llama Bryan Underwood Scott. ¿Puede ayudarme? ¿No tendrá, por casualidad, un listado de las llamadas que se han hecho desde el hotel?

– ¡Tenemos teléfonos de línea directa, señora! No llevamos el control de las llamadas. Pero es posible que el barman sepa algo. Me parece que el señor Welles habló con él en varias ocasiones. Nuestro barman también es canadiense, ¿sabe? Un momento, señora, que se lo pregunto.

Un zumbido de voces apenas audibles se introdujo en el oído de Laureen. Las voces se vieron interrumpidas más de una vez por un tintineo metálico y unos cortos avisos. Seguramente significaba que acababan de llegar nuevos huéspedes al hotel. El silencio sólo se vio interrumpido por el insistente tictac de la línea durante los siguientes dos o tres minutos. Bridget esperaba a su lado con el abrigo puesto, dándole golpecitos a su reloj de pulsera. Se oyó el claxon del taxi que esperaba en la calle.

Laureen le hizo un gesto impaciente con la mano que tenía libre e intentó concentrarse en lo que le estaban diciendo por teléfono.

– Muchísimas gracias, ha sido usted muy amable -dijo, sonriente.

Cuando, unas horas más tarde, el taxista dejó su equipaje en la acera delante del hotel Colombi de Rotteckring, un barrio exclusivo de Friburgo, Bridget se quedó boquiabierta contemplando la fachada blanca y las ventanas panorámicas. Luego se volvió y miró hacia el parque ajardinado. Las fatigas de la llegada al euroaeropuerto de Basilea-Mulhouse-Friburgo, desde donde habían tomado un bus directamente a la estación de trenes de Friburgo, donde finalmente les confirmaron la reserva de su hotel, habían quedado atrás. Se inclinó tranquilamente sobre una de las numerosas jardineras que el hotel había dispuesto en la entrada y pasó un dedo por el borde de la caja para, acto seguido, examinar la punta de su dedo. Una sencilla mujer galesa había entrado en acción.

– ¿Crees que tendrán minas de carbón en la ciudad, Laureen? -exclamó.

CAPÍTULO 34

Por cada bocanada de aire que Bryan, apostado delante de la casa de Kröner, inspiró aquella mañana, exhaló un flujo de ira, contenida durante tantos años. En ciertos momentos, cuando el ruido de un motor anunciaba la aparición de un nuevo coche, sintió unas ansias irrefrenables de abalanzarse sobre sus ocupantes, como si fuera un animal salvaje. Sin embargo, nunca eran los pasajeros que esperaba ver llegar. En otros momentos, presa del pánico, temía por que fuera descubierto por el ama de llaves de los Kröner.

La casa parecía estar muerta.

La amargura que le produjo saber que el hombre del rostro picado de viruela había conseguido llevar una vida despreocupada y cómoda durante todos aquellos años provocó una larga concatenación de pensamientos siniestros. «Lo arruinaré -pensó Bryan-. Se lo quitaré todo: su casa, su mujer, su ama de llaves y su nombre falso. Lo castigaré, seré su azote, hasta que me ruegue de rodillas que pare. Pagará por todos sus crímenes. Deseará no haber hecho nunca lo que hizo.

«Pero antes que nada tendrá que decirme dónde está James.»

El coche se acercó silenciosamente. Bryan no detectó ni el más mínimo movimiento detrás de los cristales ahumados. Apenas un segundo después se detuvo delante de la puerta principal de la casa. Salieron tres hombres que reían y parlamentaban mientras se subían los pantalones y se ajustaban los trajes. Bryan no pudo ver sus caras, pero oyó la voz de Kröner. Cortés, profunda, fuerte y obsequiosa, ahora como en el pasado; autoritaria, masculina, espeluznantemente reconocible.

Bryan se concedió dos horas más. Si por entonces Kröner aún no había salido a la calle, se acercaría y llamaría a la puerta.

No fue necesario.

Apareció un segundo coche; era algo más pequeño que el de Kröner. Después de unos titubeos previos, apareció una carita detrás de una de las ventanas. El niño tenía un pelo casi blanco. Sus piernas cortas pisaron la grava con cuidado. Detrás de él apareció una mujer joven y esbelta, cargada con varias bolsas de la compra. El niño se rió cuando su madre lo empujó suavemente con la rodilla. Las risas del vestíbulo se oyeron en toda la calle.

Transcurridos unos minutos, los hombres que habían llegado primero abandonaron la casa y se quedaron un rato delante de ella despidiéndose de la mujer, que había vuelto a salir con el niño de la mano.

Kröner fue el último en salir. Tomó al niño en sus brazos y lo abrazó. El niño se apretujó contra su pecho, como si fuera un mono. Bryan jadeó al contemplar las' caricias que se dispensaban padre e hijo. Entonces Kröner besó a la joven de un modo que era todo menos paternal y se puso el sombrero.

Antes de que Bryan alcanzara a comprender lo que acababa de ver, los hombres se alejaron en el Audi de Kröner, Todo había sucedido de una forma tan repentina que Bryan no había tenido tiempo de considerar lo que haría en una situación así. La larga espera lo había agarrotado. El Audi ya había alcanzado el final de la calle cuando Bryan finalmente pudo subir al Jaguar.

Y por entonces, ya fue tarde.

Tuvo que dejarlos escapar en el primer semáforo. Un peatón lo amenazó desde la acera cuando hizo patinar las ruedas y las palomas levantaron asustadas el vuelo entre los puestos de los comerciantes. La mayoría de las calles estaban muy transitadas, la semana laboral estaba llegando a su fin. Muchas familias se preparaban para el fin de semana.

Estuvo dando vueltas por el barrio sin rumbo fijo y, media hora más tarde, vislumbró el coche de milagro.

Estaba aparcado. Apenas cinco metros lo separaban del otro lado de la calle. Kröner y uno de los hombres del pequeño grupo de la mañana habían vuelto al coche y hablaban cordialmente en mitad de la acera.

Muchos de los transeúntes sonrieron a Kröner, que les devolvió el saludo llevándose la mano al sombrero. Era evidente que era un hombre apreciado y respetado por sus conciudadanos.

El acompañante de Kröner era el prototipo de hombre educado que generalmente acaba ocupando un cargo superior en la administración estatal o municipal. Era un hombre más atractivo que Kröner, pero era Kröner quien destacaba, a pesar de su rostro picado y su sonrisa exageradamente jovial. Era una persona vital y muy consciente de serlo. Mientras estuvieron en el lazareto, Bryan no había conseguido determinar su edad. Ahora resultaba más fácil; tenía menos de sesenta años, pero parecía un hombre de cincuenta.

Todavía le quedaban muchos años buenos.

De pronto, sin que Bryan tuviera tiempo de bajar la cabeza, Kröner volvió la vista hacia él. Kröner abrió los brazos y entrechocó las manos con entusiasmo. Luego posó la mano sobre el hombro de su acompañante y señaló el objeto de sus aspavientos. Bryan se apretujó contra el asiento en un intento de que el marco de la ventanilla tapara su rostro.

El objeto del amor de Kröner era el Jaguar de Bryan. Parecía dispuesto a acercarse al coche en cuanto surgiera una pequeña interrupción en el tráfico denso. Bryan echó un vistazo nervioso por encima del hombro. En cuanto el flujo de coches disminuyó, Bryan dirigió el Jaguar a la calzada y desapareció. En el espejo retrovisor vio a los dos hombres en medio de la calle, sacudiendo la cabeza.

En la Bertoldstrasse vio el Volkswagen. Daba muestras de haber sido decorado anteriormente con toda la paleta psicodélica; los viejos motivos todavía se entreveían. Ahora estaba bastante negro. Lo habían repintado a toda pastilla; el esmalte no brillaba.

El mensaje en la ventanilla trasera no daba lugar a dudas. Un precio asequible y un número de teléfono muy largo. Estaba aparcado delante de un edificio bajo de color amarillo y de tejado plano. «Roxy», rezaba un rótulo rampante en la fachada, por lo demás, totalmente desnuda. Unos ladrillos de cristal hacían las veces de ventanas de la tasca. De no haber sido por la puerta oscura y los letreros que anunciaban «Lasser Bier» y «Bilburger Pils», aquellos bloques sucios de cristal habrían cubierto la fachada entera del edificio. Un verdadero horror de bierstube había sobrevivido al avance despiadado hacia una presunta harmonización urbanística.

Sorprendentemente, había mucha luz en el local. Resultó fácil señalar al propietario del coche. Entre las borracheras y los rostros rechonchos y surcados de venillas destacaba un viejo y anticuado hippy; fue el único que dio muestras de haberse percatado de la aparición de Bryan. Éste hizo un gesto con la cabeza hacia la orgía de colores que relumbraba desde el chaleco de ganchillo y la camiseta demasiado estrecha y llena de lamparones.

El hippy se llevó la larga cabellera a la espalda al menos veinte veces mientras negociaron. El precio era razonable, pero el hombre siguió insistiendo en aquel regateo inútil. Cuando hubo durado bastante, Bryan arrojó el dinero sobre la mesa y pidió los papeles del coche. Ya se encargaría de las formalidades más adelante, si es que se quedaba el coche.

Y si no lo hacía, lo aparcaría donde estaba ahora, con las llaves puestas y el contrato que habían garabateado velozmente en la guantera. Así, el muchacho podía recuperarlo si se daba el caso.

Bryan aparcó su nueva adquisición anónima delante de la casa de Kröner exactamente a las trece horas, momento en el que la mayoría de los vecinos, sin duda, estaban ingiriendo el almuerzo. Esta vez apenas transcurrieron cinco minutos hasta que Kröner apareció en la puerta. Parecía estar de un humor sombrío y reconcentrado. El segundo acto de la jornada laboral se estaba gestando.

Durante las horas que siguieron, Bryan logró hacerse una idea bastante precisa de las actividades de Kröner: seis paradas en diferentes direcciones, todas ellas, en los mejores barrios de la ciudad. Cada vez que salía, Kröner llevaba un montón menor de correo en la mano. Pronto, Bryan se supo el procedimiento de memoria.

También él tenía muchas empresas que visitar.

Kröner se movía libre y despreocupadamente. Hizo la compra en un supermercado, fue al banco Sparda y a la estafeta y detuvo el coche unas cuantas veces, con la ventanilla bajada, para saludar a algún que otro transeúnte.

Aparentemente, conocía a todos los habitantes de la ciudad, y todos lo conocían a él.

En uno de los barrios de las afueras, el hombre del rostro picado se detuvo delante de una villa cubierta de vid y se recolocó el traje, antes de desaparecer en el interior de la casa con un ritmo cadencioso, lo que distinguió esta visita de las anteriores. A pesar de las protestas del Volkswagen, Bryan puso la marcha atrás con un ruido estridente y pasó por delante de la entrada de la villa, flanqueada de columnas.

Apenas se dejaban leer las retorcidas letras góticas, casi borradas por las inclemencias climáticas y el paso del tiempo, del rótulo de esmalte craquelado. Pero, desde luego, no era vulgar. «Kuranstalt St. Úrsula des Landgebietes Freiburg im Breisgau», rezaba.

Las ideas que Bryan se hizo mientras esperaba al hombre del rostro picado de viruela delante de la riqueza monumental, aunque algo descompuesta, de aquel mausoleo compacto fueron más bien caóticas.

Existían innumerables razones para que Kröner visitara un balneario. Podía estar ingresado algún conocido suyo. Podía estar enfermo, aunque no lo parecía. Su visita podía tener una finalidad de carácter institucional. Pero, por otro lado, también cabía la posibilidad de que hubiera otras razones menos obvias.

Bryan apenas osaba pensar en ellas. Al otro lado de la calle, un par de bojes plantados en unas enormes vasijas flanqueaban una puerta de ornamentos de latón. Una cosa intermedia entre una tasca y un restaurante elegante apareció ante sus ojos. La vista que le ofrecía de la clínica era razonable. Salvo en la esquina, donde estaban los teléfonos públicos.

La primera llamada de Bryan le asombró. Aunque Laureen no estuviera en casa para coger el teléfono, debería poder dejarle un recado a la asistenta, la señora Armstrong. Y si ella tampoco estaba en casa, ¿Por qué no podía, al menos, dejar un mensaje en el contestador automático? Bryan maldijo a su esposa. Era Laureen la que había insistido en comprar aquella maravilla de la ciencia, que había instalado, con muy poco sentido de la piedad, en una reliquia familiar que ella denominaba en un tono burlón como «el pedazo de nogal más caro que jamás haya habido en tierras inglesas». Si realmente opinaba que tenía que estar allí, ¿por qué diablos no usaba aquel aparatejo? «¡Dios me libre de tantas tonterías!», pensó y volvió a llamar. Laureen podía ser muy caprichosa si no encontraba que no estaban totalmente bien el uno con el otro. ¡A lo mejor se había ido a Cardiff con Bridget!

La tercera llamada ya fue más satisfactoria. Keith Welles estaba en su puesto, tal como habían acordado. Había esperado la llamada de Bryan pacientemente.

– No creo que sea nada del otro mundo -empezó su relato-. ¡Pero, de hecho, hay un Gerhart Peuckert en una residencia de Haguenau!

– ¡Dios mío, Keith! ¿Dónde está Haguenau?

Bryan no paraba de dar golpecitos al estante de la cabina. Otro cliente del establecimiento se había puesto a la cola y lo miraba con creciente impaciencia. Bryan se dio la vuelta y sacudió la cabeza. No tenía ni la más mínima intención de cederle el teléfono a nadie.

– Sí, éste es precisamente el problema -prosiguió Welles, ligeramente reacio-. Haguenau se encuentra a escasas veinte o veinticinco millas de Baden-Baden, donde estoy yo ahora mismo. Pero…

– ¡Pues acércate ahí!

– Sí, pero verás, el problema es que Haguenau está en Francia.

– ¿En Francia?

Bryan intentó llegar a una explicación lógica. No resultaba fácil.

– ¿Has hablado con el director?

– No he hablado con nadie. Es viernes, ¿sabes? ¡No hay nadie con quien hablar!

– Entonces acércate con el coche. ¡Pero antes tendrás que hacerme un favor!

– Si está en mis manos, sí. Todavía estamos a viernes.

– Tienes que llamar al Kuranstalt Santa Úrsula de Friburgo.

– Pero si ya lo hice hace semanas. Fue uno de los primeros hospitales privados a los que llamé.

– Sí, y sin resultado, me imagino. Pero necesito una presentación para que me dejen visitar el sanatorio. He visto a uno de los hombres que buscamos entrar allí.

– ¡Dios mío! ¿A quién?

– Kröner. Es al que suelo llamar el hombre del rostro picado de viruela.

– ¡Increíble! ¿Dices que has visto a Wilfried Kröner? -Welles hizo una pequeña pausa y luego prosiguió-: Quería preguntarte si te parece bien que deje la investigación el próximo lunes. Me gustaría estar con mi familia un par de días antes de empezar en Bonn.

– Entonces tendremos que darnos prisa, Keith. Presiento que estamos a punto de descubrir algo importante. Hazme el favor de llamar al Santa Úrsula y diles que tienes a un representante en la ciudad y que te gustaría que pudiera visitar la residencia. Diles que trae un regalo.

Bryan mantuvo el auricular pegado a la oreja mientras descansaba la mano en la horquilla del teléfono. La cola se había ido aligerando a sus espaldas. Un hombre, que hasta entonces se había mostrado paciente, envió una mirada fulminante a Bryan cuando el teléfono volvió a sonar, apenas cinco minutos más tarde. Keith Welles lo sentía mucho, no deseaban la visita de ningún representante en la clínica Santa Úrsula. No podían autorizarla con tan poco tiempo de preaviso. Además, no acostumbraban recibir visitas los fines de semana. También los administradores de los hospitales tenían derecho a los fines de semana, le había dicho la directora en un tono admonitorio.

Éste había sido su punto final profesional.

Bryan se sentía frustrado. Las ideas que se había formado acerca de la visita de Kröner a aquella mansión majestuosa se amontonaban. No escatimaría ningún esfuerzo para entrar, pero mientras la investigación primitiva que estaban llevando a cabo Keith Welles y él no hubiera terminado, prefería ser discreto. Los escasos pasos que Kröner había dado hacia el Jaguar, un par de horas antes, todavía permanecían en su mente como una experiencia muy desagradable. No quería acercarse más a su antiguo torturador. ¡Todavía no!

Los clientes habituales del establecimiento ya habían empezado a echar mano del fin de semana. Parecían pertenecer a los círculos más selectos y volvían del trabajo, probablemente de las calles más elegantes de los alrededores. A través de los cristales tintados, Bryan había podido vigilar la entrada del edificio. Kröner aún no lo había abandonado. Escasamente una hora después de la última conversación telefónica mantenida con Welles, Bryan llamó al sanatorio. Se apretujó en el rincón más profundo de la cabina, cubrió el auricular con la mano e inspiró. Resultaba difícil ahogar el ruido que le llegaba de la taberna. Echó un vistazo a su reloj. Eran las cuatro y media.

La directora del Kuranstalt St. Úrsula se sorprendió cuando Bryan se presentó en inglés.

– No entiendo, Frau Rehmann -prosiguió Bryan y estrujó el auricular al negarse ella a hablar con él-. Me dice que acaba de hablar con mi director, pero debe de tratarse de un error. Debe de haber sido otra persona.

Por su silencio, Bryan advirtió que había despertado su interés.

– Verá, la llamo de la Facultad de Medicina de Oxford, en la que soy decano. Mi nombre es John MacReedy. La llamo de parte de un equipo de investigación formado por jefes de psiquiatría que ahora mismo asiste a una conferencia en Baden-Baden. Mañana irán de excursión a Friburgo y uno de nuestros participantes en la conferencia, el señor Bryan Underwood Scott, me ha pedido que averigüe si es posible que les haga una visita mañana, a poder ser por la mañana. ¡Y muy corta, naturalmente!

– ¿Mañana?

La pregunta y el tono brusco distrajo a Bryan del papel que estaba representando. Tuvo que esperar un momento hasta poder retomar el tono afectado de MacReedy. Un par de clientes nuevos abrieron la puerta del establecimiento de par en par, dando muestras más que sonoras de las expectativas que tenían con respecto al lugar. Bryan confío en que la mano que tapaba el auricular fuera suficiente para amortiguar el ruido de fondo. Sin duda, Frau Rehmann encontraría extraño que se hablara alemán con tanta naturalidad en la célebre ciudad de Oxford.

– Sí, ya sé que es inaceptable pedirle algo así con tan poco tiempo, Frau Rehmann -prosiguió Bryan-, pero la culpa es mía enteramente. El señor Underwood Scott me pidió hace ya varias semanas que le expusiera su deseo de visitar la clínica. Pero con las prisas olvidé hacerlo. A lo mejor usted podría ayudarme a salir de este aprieto…

– Lo siento mucho, señor MacReedy. ¡Pero no puedo ayudarlo! Además, es del todo impensable que aceptemos recibir visitas en sábado. Como podrá entender, nosotros también necesitamos descansar de vez en cuando.

La respuesta era definitivamente que no. Algunos de los últimos clientes del establecimiento en llegar apartaron momentáneamente la vista de los abrigos que estaban colgando y la dirigieron a Bryan que, irritado, había colgado el teléfono con rabia y no paraba de maldecir desde la esquina, dispuesto al combate pero despojado de toda arma que pudiera esgrimir.

Por tanto, tendría que meterse en las fauces del león al descubierto y ver qué resultado le daba aquello. Mañana mismo se dirigiría a la clínica y se presentaría como el Bryan Underwood Scott que el señor MacReedy había recomendado encarecidamente. Ahora sólo cabía esperar que la directora estuviera en su domicilio que, de acuerdo con el plano, debía de encontrarse en el ala izquierda de la casona.

Hacía rato que había anochecido. Los árboles de la avenida situada frente al sanatorio ya habían empezado a agitarse en la brisa vespertina cuando apareció la silueta de Kröner a la luz de la lámpara de hierro forjado de la entrada principal.

Estuvo bromeando un rato con una mujer que apareció en el vano de la puerta y luego cogió a una persona encorvada del brazo y se la llevó tranquilamente por el camino que conducía a la calle. Bryan reculó, escondiéndose detrás de uno de los olmos de la avenida y notó cómo los latidos de su corazón se aceleraban y las aletas de su nariz empezaban a vibrar.

Los dos hombres pasaron muy cerca de donde se encontraba Bryan. La solicitud con la que Kröner trataba al hombre era casi conmovedora. Tal vez se trataba de un familiar, pero seguramente no era su padre; no era lo suficientemente mayor para eso, aunque su edad resultaba indefinible por la complexión delicada, el rostro surcado y la barba casi blanca.

El anciano no decía nada; parecía enfermo y cansado. Bryan creyó adivinar que estaba a punto de perder el ánimo. Ese anciano era, pues, la razón de la visita de Kröner, y ahora se disponía a acompañarlo a casa para pasar el fin de semana.

Sin embargo, para el asombro de Bryan, los dos hombres dejaron atrás el coche de Kröner y prosiguieron el paseo bajo las copas susurrantes de los árboles, en dirección a la calle principal que conformaban Basler Landstrasse y Tiengener Strasse.

Los dos hombres estuvieron hablando un rato en voz baja delante de la parada del tranvía. Un grupo de jóvenes, bulliciosos por la expectativa de la primera fiesta del fin de semana, se colocaron a su lado y empezaron a darse empujoncitos y a reírse, hasta que sus risas retumbaron en los muros de las casas. Bryan cruzó la calle y se acercó a la parada, al amparo de las bufonadas de los jóvenes. Apenas un par de metros lo separaban de Kröner y del anciano. Seguían hablando en voz baja, pero la voz del anciano era ronca, y por cada dos palabras que pronunciaba se veía obligado a carraspear, sin que por ello sus carraspeos parecieran surtir efecto.

Entonces llegó el tranvía.

Sin darse la vuelta hacia su acompañante, Kröner desapareció por el mismo camino por el que acababan de venir. Bryan titubeó un instante, miró primero al hombre de la cara picada y luego al anciano, y finalmente se decidió por seguir al viejo. El hombre encorvado echó un vistazo a su alrededor tranquilamente y finalmente divisó un asiento libre en el fondo del vagón, al lado de un joven de tez morena.

El anciano se posicionó al lado del asiento, sin hacer ademán de sentarse. Antes de que hubieran llegado a la siguiente parada, el anciano se había encarado al joven. Mientras se miraban fijamente, el semblante del joven cambió imperceptiblemente. De pronto, sin preaviso, el joven se puso en pie y se apresuró al fondo del tranvía, sin tocar al anciano, deteniéndose finalmente cerca de la puerta trasera, respirando con dificultad.

Siguiendo el cabeceo del vagón, el anciano dio un paso adelante y se sentó pesadamente en el asiento doble. Carraspeó un par de veces y miró por la ventana.

Tuvieron que cambiar de tranvía una vez, hasta llegar al centro de la ciudad, donde finalmente se apeó el anciano, siguiendo su camino a paso lento por la calle comercial iluminada por los escaparates de las tiendas.

Después de tomarse un respiro delante del surtido tentador de una pastelería, el anciano hizo una pequeña escapada que permitió a Bryan consultar con el sentido común. Podía elegir entre reanudar la guardia delante de la casa de Kröner o seguir al anciano. Echó un vistazo a la hora. Todavía faltaban tres cuartos de hora para la llamada de Keith Welles, que debía informarle sobre su visita a Haguenau. Desde donde estaba hasta el hotel había apenas diez minutos a pie.

Cuando el anciano abandonó la tienda con una sonrisa de satisfacción, Bryan lo siguió.

La bolsita de papel se columpiaba de la débil muñeca del anciano hasta llegar a Holzmarkt. Se detuvo un instante en medio de aquella plaza elegante para intercambiar unas palabras con unos paseantes, hasta que finalmente carraspeó y se dejó tragar por un edificio desconchado pero bello, situado en una de las calles laterales, Luisenstrasse.

Bryan esperó casi diez minutos hasta que se encendió una luz en la segunda planta. Una señora mayor se acercó a la ventana y corrió las cortinas. Sus movimientos fueron lentos y fatigados por culpa de las enormes macetas que cubrían el ventanal y probablemente no sirvieron de gran cosa. Por lo que Bryan pudo observar, sólo había un piso por planta en aquel edificio macizo; debían de ser enormes. El resto del edificio estaba a oscuras. En ¡a estancia, iluminada por una araña solitaria que desprendía una luz fría y que a Bryan le recordaba un comedor antiguo, apareció un anciano con barba que cogió a la mujer suavemente del hombro.

Bryan echó un vistazo al letrero grueso y estrecho de latón que colgaba entre el marco tallado de la puerta y el interfono moderno. Delante de la segunda planta sólo ponía «Hermann Müller Invest».

CAPÍTULO 35

– ¡Tú, Laureen! ¿Te has fijado en cómo me mira ese señor?

– ¿Quién, Bridget? ¡No veo a nadie!

Laureen paseó la mirada por el restaurante del hotel Colombis. Cerca de cien personas se habían congregado en el comedor para disfrutar del rato que precedía a la noche, cuando la cocina estaba a punto de servir la cena a sus clientes. Ni siquiera había reparado en el entrechocar del servicio y el murmullo constante de voces extranjeras. Sólo pensaba en Bryan y en las razones que la habían llevado a dar un paso tan drástico como el de viajar a Friburgo. El desasosiego volvió a apoderarse instintivamente de ella.

No lograba recordar haber tenido antes una sensación como aquélla.

– ¡Allá! Detrás de la mesa vacía del mantel morado. Nos está mirando ahora mismo. ¡Lleva una americana de cuadros! ¡Míralo!

– ¡Ah, sí! ¡Ahora lo veo!

– Está de buen ver, ¿no te parece?

– Sí, desde luego.

Laureen se sorprendió por la repentina obcecación de su cuñada. «De buen ver» no era precisamente una expresión que pudiera aplicársele a aquel hombre.

– Interesante, ¿no?

Bridget posó los codos sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia adelante. Unas finas arrugas se propagaron inútilmente alrededor de su boca, revelando la afectación de sus gestos. Hizo un movimiento con la cabeza, como si se recolocara un mechón de cabello. Sin embargo, el contenido del bote de laca que acababa de diseminar por la habitación doble que compartían las cuñadas impedía ese movimiento.

El plan de Laureen era levantarse temprano al día siguiente, sábado, y vigilar el hotel de Bryan hasta que él lo abandonara. Entonces lo seguiría y vería qué pasaba. La sola idea de espiar a su marido era un desafío para ella, pero Bridget era su problema. No podía llevarla consigo.

– ¿Porqué no levantas tu copa y lo saludas, Bridget?

La cuñada se ruborizó inmediatamente, volviendo de pronto a la realidad.

– ¡Laureen! -dijo con énfasis-. ¡Y tú eres mi cuñada! ¿En qué estás pensando?

– Bueno, desde luego no en lo mismo que tú. Pero ¿eso qué importa?

– ¡Santo Dios! ¿Qué va a pensar el pobre hombre?

– ¿Quién?

– ¡Ese hombre!

Bridget volvió a sonrojarse.

– Probablemente lo mismo que tú, querida Bridget.

Laureen constató que Bridget ya no podía ruborizarse más, aunque a punto estuvo de conseguirlo.

A la mañana siguiente, Laureen se levantó a las cuatro y cuarto. Había dormido pésimamente, se había pasado la noche retorciéndose, en vilo, abrazada a su almohada en un intento de controlar los sueños. La cama más cercana a la ventana estaba vacía y sin deshacer. Laureen ya se imaginaba los lamentos de su cuñada, el arrepentimiento poco convincente y sus numerosas aseveraciones y súplicas por ser comprendida.

El rocío había caído pesadamente aquella mañana. No se veían ni tranvías ni taxis y la ciudad todavía estaba aturdida por el sueño. De hecho, Laureen no se encontró con ningún otro ser viviente en el trayecto entre el hotel Colombi y el hotel de Bryan.

A pesar de todo, tuvo que esperar un buen rato hasta que los acontecimientos se desencadenaron. Si lo hubiera pensado un poco mejor, habría optado por esconderse detrás de los castaños que flanqueaban el callejón en el que se hallaba la entrada principal del hotel. Desde allí podría haber mantenido el portal del hotel bajo observación sin levantar sospechas y, a la vez, podría haber reaccionado con naturalidad y racionalmente, en el caso de que Bryan hubiera optado por rodear el hotel al abandonarlo. Si se decidía a hacerlo, estando Laureen en Urachstrasse, era posible que desapareciera sin que ella se diera cuenta.

Incluso antes de que hubiera tenido tiempo de plantearse el problema, éste se solucionó por sí solo. Se oyeron unos pasos en el pasaje y de pronto Bryan apareció en medio de la calle. Laureen estaba totalmente desprotegida. Aparte de Bryan, ella era el único ser viviente en aquel paisaje urbano. Como en un destello, vio el rostro de preocupación de su marido al subirse el cuello del abrigo. Estaba absorto en sus pensamientos y ni siquiera se percató de su presencia; algo extrañísimo en él.

Bryan se dirigió a paso ligero hacia el centro de la ciudad. Su porte y su vestimenta eran elegantes. Laureen lo siguió de puntillas por el adoquinado, con la esperanza de que pronto aparecieran otros transeúntes y que la calzada cambiara, adecuándose a sus tacones.

La figura que avanzaba de prisa, a escasos cien metros de ella, parecía ser más joven que la del hombre con el que había convivido durante tantos años. Irradiaba elasticidad, casi podría decirse que un distanciamiento juvenil que dejaba bien a las claras que se movía en una esfera distinta de la de su vida cotidiana. Parecía un extraño en aquel paseo matutino, a través de aquella ciudad extraña, cuyos habitantes seguían sumidos en sus sueños.

En su camino, Bryan pasó por encima de unas obras en la calle, desiertas por ser sábado, sin siquiera prestar atención a la grava que manchó sus elegantes zapatos de la casa Lloyd. Laureen vaciló un instante y perdió de vista a Bryan. Miró a su alrededor, extraviada. Era imposible que los tranvías fueran tan silenciosos, pero lo cierto era que Bryan había desaparecido.

«¡Mierda!», pensó. Se sentía ridícula en su intento de llevar a cabo una tarea tan simple como espiar a la única persona que se movía por las calles a aquella hora y, encima, en pleno día. Su viaje había sido demasiado largo para que acabara de aquella manera tan miserable.

Sin embargo, Laureen se repuso rápidamente y tomó una decisión. Apretó el paso y se dirigió hacia el centro.

El alivio que sintió al vislumbrar la silueta de Bryan, que caminaba con paso decidido, unos doscientos metros más adelante, fue enorme. Le dolían los tobillos. Poco a poco, había ido apareciendo gente por las calles. Laureen sintió que todo el mundo la miraba cuando recorrió la calle a toda velocidad, dando unos pasitos ridículos, impedida por aquellos tacones altos, los tobillos doloridos, la vestimenta, la edad y la baja forma física general.

Cuando la edificación se hizo más densa, Laureen casi lo había alcanzado. Precisamente cuando empezaba a sentirse confiada, Bryan inició una carrera hasta la parada, en el centro de la calzada, y se subió al vagón acoplado de un tranvía. A pesar de que Laureen había oído el tranvía, no le había prestado ninguna atención.

Y ahora ya no lo alcanzaría.

Lentamente, las peores maldiciones de una infancia lejana brotaron de sus labios. Se miró de arriba abajo. ¿Cómo diablos se le había ocurrido ponerse aquellos zapatos de tacón alto, con un bolso colgando del brazo, repleto de pintalabios y demás útiles que en ningún caso iba a necesitar para su cometido? ¿Pero en qué había pensado al vestirse aquella mañana? ¡Mira que enfundarse un traje estrecho y un abrigo de colores claros! ¿Acaso había optado inconscientemente por una vestimenta elegante, preparándose para un posible enfrentamiento?

Asintió ante esta explicación y su propia estupidez.

Siguió con la mirada el tranvía que se alejaba del lugar a un ritmo tranquilo.

Tal vez hubiera sido preferible llevarse a Bridget. Así, sin duda Bryan las habría descubierto y todo se habría terminado, pensó Laureen cuando tomó el camino de vuelta al hotel.

Al otro lado del canal, el tranvía se detuvo para que bajaran los primeros pasajeros de la mañana, dispuestos a emprender el trabajo, y subieran otros. Laureen entornó los ojos. Allí volvía a estar Bryan. Se había bajado en la primera parada.

Esta vez, Laureen pasó por alto todas las miradas de asombro. Se subió la falda y salió pitando detrás de Bryan.

Desde lejos, resulta casi imposible ver qué esquinas dobla un coche o un paseante. La mayoría de las veces, nos sorprende la amplitud de las calles y las ciudades. A medida que avanzamos, aparecen cada vez más calles en medio de un paisaje que, en la distancia, nos había parecido compacto y sencillo.

La primera vez que Bryan dobló una esquina, Laureen se había sentido totalmente segura, pero a la segunda se encontró con algunos problemas. Por tanto, se vio obligada a acercarse a las siguientes esquinas con cautela, con el fin de poder escudriñar tranquilamente la calle. Un par de peatones la miraron indecisos. Una niña con un monedero rojo de juguete en la mano la siguió fascinada durante un par de calles hasta que despertó y, de pronto, volvió pitando a la pastelería de la que había salido.

En la esquina de Luisenstrasse con Holzmarkt, Laureen volvió a divisar a Bryan. Estaba en medio de la calle, apoyado en el muro de una casa, con la mirada vuelta hacia arriba, hacia unos grandes ventanales. El edificio era de estilo clásico, burgués y pésimamente conservado. Parecía tener tiempo de sobras. Y fumaba.

A medida que la ciudad se había ido despertando a la típica agitación de una mañana de sábado en la que había que conseguir hacerlo todo en la mitad de tiempo, el desasosiego se fue apoderando de nuevo de Laureen. Sin duda, Bryan estaba metido en algo de lo que no quería hacerla partícipe.

De no haber sido porque Laureen conocía tan bien a su marido, no le habría resultado difícil llegar a la conclusión de que podía haber una mujer involucrada en el juego, tan turbador, desconcertante y absurdo como el panorama que, poco a poco, se iba abriendo ante sus ojos.

Le vino el rostro de Bridget a la mente y sacudió la cabeza.

«¡No sabemos nada del prójimo, ni tampoco sabemos nada de nosotros mismos!» Laureen volvía a oír con toda nitidez el mensaje pseudofilosófico de su hija. Sin embargo, el problema era que era una sandez, siempre lo había sabido. La cuestión se limitaba a ser lo suficientemente valiente para aceptar las distintas facetas de la vida propia y de la ajena.

Si te niegas a ello desde un principio, puedes llevarte una terrible sorpresa.

Ahora mismo, Laureen tendría que aceptar la posibilidad de no haber sido lo suficientemente abierta para con su marido. Estaba claro que Bryan podía haberla engañado, y también era obvio que podía haberse dejado llevar de un modo desconocido para Laureen. Desde luego, nunca había esperado delante de su ventana durante horas y horas.

Sin embargo, Laureen tenía la sensación de que se trataba de algo muy distinto y más trascendental.

Normalmente, un hombre como Bryan obraría de forma más directa, en caso de tener un cometido determinado. Y ahora sólo hacía que esperar delante de un edificio, mientras fumaba un cigarrillo detrás de otro. Estaba a la defensiva.

Ocasionalmente, le llegaba el ruido de la calle principal transportado por la brisa matinal. Después de algunas cavilaciones. Laureen decidió abandonar su puesto de vigilancia. Tenía que estar preparada para retomar la persecución. Y eso requería que se equiparara mejor, con otros zapatos y otra ropa. Todo parecía indicar que, de momento, Bryan no tenía ni la más mínima intención de abandonar el lugar.

Sólo la separaban unos cientos de pasos de la calle principal.

Después de haberse enfundado los téjanos. Laureen pasó a un par de botas de andar entre las ofertas que cubrían casi por completo la entrada principal de los grandes almacenes. En el preciso instante en que se disponía a ponérselas, vio pasar a su marido por la acera de enfrente.

Sus miradas se encontraron superficialmente. Laureen se mordió el labio y a punto estuvo de saludarlo, avergonzada como una colegiala, cuando él apartó la vista y siguió su camino.

No registraba nada.

Hasta que no lo alcanzó en la carretera de circunvalación, Laureen no se sintió segura de que no se le volvería a escapar. Bryan se detuvo en medio del puente peatonal y echó un vistazo hacia el parque, al otro lado de la carretera. El Stadtpark, parecía ser. Laureen depositó la gigantesca bolsa de plástico que contenía la falda y el abrigo en el suelo y se ató los zapatos. Eran cómodos y recogían los tobillos, pero eran nuevos. Antes de que hubiera terminado el día, los dedos de sus pies estarían sembrados de ampollas.

Y entonces fue cuando Bryan vio a la mujer.

CAPÍTULO 36

Bryan había empezado a tener frío.

Aunque el día había llegado con un cielo despejado y unas temperaturas veraniegas, la calle era una esclusa de aire helado.

Había pasado un par de horas sumido en un estado de letargo, intentando hacerse una idea de la situación.

La conversación que había mantenido con Keith Welles la noche anterior le había decepcionado terriblemente. El Gerhait Peuckert que había visitado en Haguenau no era James. Si, desde un principio, Welles hubiera tenido suficiente presencia de ánimo, habría averiguado la edad del hombre, antes de haberse molestado en cruzar la frontera. Cuando finalmente alcanzó su meta, le había bastado con echarle un simple vistazo a aquel hombre. El Gerhart Peuckert de Haguenau era un hombre de pelo cano de más de setenta años. De ojos marrones, con un destello francés en el rabillo; un error estrepitoso que había retrasado sus investigaciones un día entero.

Ahora era sábado y Welles no tendría tiempo de hacer mucho más, de eso no le cabía ninguna duda a Bryan. Por tanto, a partir de entonces estaría solo.

Había pensado que el primer punto del orden del día sería hacer una visita al sanatorio. Sin embargo, había pasado la noche en blanco, y antes de que pudiera darse cuenta, se había encontrado a sí mismo delante de la casa del anciano, en Luisenstrasse, sin un objetivo claro. Todo había sido inútil, una pérdida de tiempo, una simple terapia. Tal vez debería haber ido a por el coche que había abandonado delante del sanatorio o haberse apostado delante de la casa de Kröner. Sin embargo, las cosas habían salido así.

Las impresiones se habían ido agolpando. El niño delicado en brazos de Kröner lo había perturbado. En realidad, ¿qué sabía Bryan de aquel hombre? ¿Por qué se encontraba Kröner en Friburgo? ¿Qué había pasado desde los tiempos en el lazareto?

Toda una serie de preguntas seguían sin tener respuesta. La casa del anciano parecía estar desierta. Las cortinas marchitas seguían estando corridas. No venía nadie, nadie salía del portal, y se hicieron las diez. Finalmente, decidió marcharse.

Dejaría pasar un par de horas más, antes de visitar el sanatorio.

La calle principal era de lo más cotidiana; los sonidos, agradables y reconfortantes. Las mujeres se habían traído a sus esposos y las tiendas abrían sus puertas con tentadoras cestas repletas de ofertas y una iluminación absurda. Este ambiente era típicamente mañanero.

Los colores eran claros, nuevos a estrenar y suaves.

En el interior de los grandes almacenes en los que, un par de días atrás, había visto a un inmigrante probándose unos shorts por encima de sus pantalones de tergal, había una mujer probándose la oferta del día. Se calzó un par de botas a toda prisa y dio unos cuantos pasos, siguiendo el ritual de siempre para comprobar su conveniencia, de la misma manera en que se evalúa un coche nuevo, es decir, dándole patadas a los neumáticos. Le recordó vagamente a Laureen cuando alzó la mirada por un segundo. Bryan había ido muchas veces de compras con ella y se había quedado sentado delante del probador, sudando en el abrigo demasiado grueso. La mujer de los grandes almacenes tenía prisa, Laureen nunca la tenía.

Le habría gustado que fuera ella.

La catedral de la Münsterplatz era el resultado del conglomerado arquitectónico de tres siglos. Una obra maestra gótica que había ofrecido sus muros a las penas y las alegrías de la ciudad a lo largo de casi ocho siglos; un punto de encuentro único para los ciudadanos, y un excelente objetivo para los bombarderos de los aliados que, treinta años atrás, habían puesto todo su empeño en destruir todo aquello que constituyera el nervio vital y la columna vertebral de la ciudad.

Esta vez, el núcleo de la ciudad le pareció insignificante. El trayecto desde el ambiente bullicioso de la plaza de la iglesia hasta la febril Leopoldring y el parque de Stadtgarten, que se apoyaba cómodamente contra la loma oriental, podía cubrirse en menos de dos minutos.

Un largo puente peatonal de hormigón se abría paso de forma milagrosamente elegante entre la irisación del parque. Sobre el estrecho puente se mecían las góndolas de rayas de color naranja del teleférico, de camino a la cima de la montaña de Schlossberg. A medio trayecto entre la falda y la cima de la montaña descansaba un restaurante romántico y grandioso, deteniendo el paso del tiempo por un instante. Desde allí, las vistas sobre la ciudad y el paisaje hacia Emmendingen debían de ser buenas.

En mitad del puente que cruzaba Leopoldring, Bryan se detuvo y miró a su alrededor. Realidad o no. Sentía que la ciudad lo repudiaba, no lo quería, no le hacía caso. Las campanas de la catedral repiqueteaban sin cesar, como lo habían hecho mientras él luchaba por no perder la razón y la vida, a menos de quince millas del lugar.

Ahora portaban un mensaje de paz.

La gente pasaba por su lado sin verlo. Bajo sus pies, el tráfico atronador daba muestras de la gran agitación que recorría la ciudad. Aparte de la mujer alta que en aquel momento se apoyaba contra la barandilla mientras contemplaba Schlossberg con una enorme bolsa de plástico a sus pies, él era el único que no se dejaba tragar por la ciudad.

Una avanzadilla bulliciosa de niños alborozados presagiaba la llegada de un grupo de padres. En pocos segundos alcanzarían el parque y se dirigirían al pie del teleférico. Incluso antes de que los jóvenes padres lo hubieran adelantado, Bryan oyó el sonido de unos pasos enérgicos y tacones chocando con fuerza contra el pavimento del puente.

La mujer era pequeña pero de espaldas rectas, y el cuello de cisne de su jersey beige bordeaba su cabellera rubia.

Era la segunda vez aquel día que una mujer le había hecho recordar algo. En este caso, sin embargo, la asociación no era clara. No era muy joven. Su vestimenta, un chubasquero acharolado de color negro y una falda larga de algodón indio multicolor, lo confundían a la hora de determinar su edad.

Eso fue lo primero que le llamó la atención y, luego, el ritmo de sus pasos.

Bryan se dio la vuelta y la contempló detenidamente, mientras recorría los últimos veinticinco metros que los separaban. Era una de esas mujeres que continuamente creemos haber visto antes. Podía haber sido en cualquier lugar: en el autobús, veinte minutos antes; en la universidad, veinte años atrás; en una película; en un instante, en la estación de trenes; en la fascinación de un segundo. El resultado siempre solía ser el mismo.

Nunca llegabas a descubrir dónde y, aún menos, quién era.

Y entonces la siguió, tranquilamente y a distancia. Al llegar al parque, la mujer aminoró el paso. Al pasar por delante de la taquilla del teleférico, se detuvo y se quedó un rato contemplando a los niños llenos de expectación, que no dejaban de dar gritos de alegría. La manera suave en que se detuvo fue uno de los elementos que lo llevaron a evocar el pasado. Bryan rechazó unas cuantas hipótesis. Entonces, ella retomó el paseo, siguiendo los senderos que se abrían paso a través de la maleza. Era la tercera o la cuarta vez que Bryan paseaba por allí. No confiaba demasiado en su sentido de la orientación. La mujer dobló a la izquierda, rodeó el lago y desapareció en dirección a la Jacob «no-se-qué» Strasse.

Cuando Bryan dejó atrás los árboles, ella había desaparecido. El césped que se abría ante sus ojos era un hormiguero de gentes dedicadas a un sinfín de ocupaciones. Bryan se detuvo delante de un grupo de curiosos que disfrutaban de la actuación de unos saltimbanquis y echó un vistazo a su alrededor. La imagen de ella que, de forma apenas perceptible, iba asomando en su conciencia, había empezado a inquietarlo.

Siguió andando a paso ligero, llegó al rincón más desierto y alejado del parque, se detuvo de nuevo y se volvió una vez más, buscándola con la mirada por todos lados.

El susurro del follaje a sus espaldas le sorprendió. El rostro de la mujer daba muestras de enfado cuando salió de entre la maleza. Se fue hacia Bryan directamente, lo midió con la mirada y se detuvo a tan sólo un par de metros de él.

– Warum folgen Sie mir rtach? Haben Sie nichts besserzu tun? -dijo.

Pero Bryan no contestó. No podía.

Delante tenía a Petra.

En ese momento, creyó que iba a desmayarse.

– ¡Perdón! -dijo.

La mujer se sorprendió al oírlo hablar en inglés. Durante los segundos en que se detuvo su respiración, también su pulso desapareció casi por completo. El calor que se había concentrado en su rostro se expandió por todo el cuerpo, dejando la piel sin brillo. Bryan tragó saliva un par de veces con el fin de evitar ceder a las náuseas que se agolpaban en su interior.

Estaba distinta, pero su rostro acongojado parecía dolorosa-mente inalterado. Precisamente aquellos finos rasgos y movi mientos tienen la virtud de desenmascarar a las personas. A pesar de todo, la dura vida que aparentemente la había demacrado y la había convertido en una mujer corriente de mediana edad no había conseguido eliminarlos.

Qué extraña coincidencia. Bryan sintió escalofríos. El pasado se hizo demasiado presente, un conjunto de impresiones reprimidas se fue amontonando con una precisión asombrosa. De pronto, también recordó su voz.

– Bueno, ¿qué? ¿Estamos de acuerdo en que ya es suficiente por hoy? -le dijo ella con sequedad.

Se volvió sin esperar respuesta alguna y se alejó con pasos presurosos.

Bryan se dejó llevar inconscientemente.

– ¡Petra! -gritó con voz ahogada.

La mujer se detuvo en seco. Su rostro incrédulo lo encaró.

– ¿Quién eres? ¿De dónde has sacado mi nombre?

La mujer se lo quedó mirando detenidamente. Sin decir nada.

El pulso de Bryan martilleaba agitadamente. Tenía delante a una mujer que, probablemente, sería capaz de desvelar el destino de James.

Petra frunció el ceño, como si un pensamiento la hubiera atravesado en ese mismo instante y luego sacudió la cabeza en un gesto de rechazo.

– ;No conozco a ningún inglés! Y, por tanto, no te conozco a ti. ¿Puedes explicarme qué significa esto?

– ¡Me has reconocido! ¡Te lo noto!

– Es posible que te haya visto antes, sí. Pero he visto a tantos. ¡Lo que sí está más que claro es que no conozco a ningún inglés!

– ¡Mírame, Petra! Me conoces, pero hace muchos años que no me ves. Nunca me has oído hablar. Por cierto, sólo hablo inglés, porque siempre he sido inglés. Pero entonces tú no lo sabías.

Por cada palabra que Bryan pronunciaba, el rostro de la mujer se tornaba más desnudo y reconocible. El color de su piel denotaba cierta excitación.

– No he venido para molestarte, Petra. ¡Tienes que creerme! No sabía que seguías viviendo en Friburgo. Fue una casualidad que te viera en el puente. No te reconocí en seguida, sencillamente me pareció conocerte. Y eso despertó mi curiosidad.

– ¿Quién eres? ¿Cómo es que me conoces?

Petra dio un paso atrás, como si la verdad fuera a derribarla.

– Del lazareto de las SS. Aquí, en Friburgo. Estuve ingresado en 1944. ¡Me conociste bajo el nombre de Amo von der Leyen!

Si Bryan no llega a dar un salto hacia adelante, Petra se habría desmayado. Aun mientras estaba echada entre sus brazos, casi tocando el suelo, Petra logró desembarazarse y dio un paso tambaleante hacia atrás. Lo repasó de arriba abajo con la mirada y estuvo a punto de volver a derrumbarse. Se llevó la mano al pecho y empezó a respirar a trompicones.

– ¡Perdóname! No era mi intención asustarte.

Bryan la miró, hechizado por la coincidencia, dejándole tiempo a Petra para que se tranquilizase.

– He venido a Friburgo en busca de Gerhart Peuckert. ¿Puedes ayudarme?

Bryan extendió los brazos. El aire que los separaba se había vuelto masticable.

– ¿Gerhart Peuckert?

Petra tomó aire una última vez en un intento de recuperar la serenidad y clavó la mirada en el suelo. Cuando sus miradas volvieron a cruzarse, las mejillas de Petra habían recobrado su color habitual.

– ¿Gerhart Peuckert, dices? Creo que murió.

CAPÍTULO 37

Fuera, las nubes se habían condensado en el cielo. La luz del salón era gris y estéril. Wilfried Kröner todavía seguía con el auricular en la mano. Llevaba más de dos minutos así. La conversación que había mantenido con Petra Wagner lo había dejado sin palabras. Ella había estado fuera de sí, había desvariado; lo que tenía que decirle resultaba increíble.

Finalmente logró sobreponerse y tomó algunas notas en un bloc antes de volver a coger el teléfono.

– Hermann Müller Invest -dijo una voz impersonal y desapasionada.

– ¡Bueno, soy yo!

El hombre al otro lado de la línea no le contestó.

– Ha surgido una complicación.

– ¿Ah, sí?

– Acabo de hablar con Petra Wagner.

– ¿Ya vuelve a poner pegas?

– ¡Dios mío, no! Está mansa como un cordero.

Kröner abrió el cajón del escritorio y sacó una pastilla de un pequeño pastillero de porcelana.

– El caso es que se ha encontrado con Arno von der Leyen en Friburgo, hoy mismo.

En el otro extremo de la línea se hizo el silencio. Finalmente se oyó una voz que decía:

– ¡Diablos! ¡Amo von der Leyen! ¿Aquí, en Friburgo?

– Sí, así es, en el Stadtgarten. Se encontraron por casualidad, dice.

– ¿Estás seguro?

– ¿Que fue una casualidad? ¡Eso dice!

– ¿Y qué pasó?

– Él se dio a conocer. Petra afirma que no hay la menor duda de que se trata de Arno von der Leyen. Lo reconoció cuando le contó quién era. Estaba fuera de sí.

– ¡Ya, no me extraña!

Volvió a hacerse el silencio.

Kröner se llevó la mano al abdomen. Volvía a arderle por primera vez después de varias semanas.

– ¡Ese hombre es un asesino! -exclamó.

El anciano parecía distraído y carraspeó quedamente.

– ¡Sí! Pobre Dieter Schmidt, era un buen hombre. ¡Acabó con él! -dijo y soltó una risa áspera.

Kröner lo encontró fuera de lugar.

– Petra me comentó algo más, que también resulta preocupante -prosiguió.

– Supongo que nos estará buscando. ¿Es eso?

– ¡Está buscando a Gerhart Peuckert!

– ¿Que está buscando a Gerhart Peuckert? ¡Vaya! ¿Y qué sabe de él?

– Por lo visto, sólo sabe lo que le contó Petra Wagner.

– Entonces espero, por su bien, que no se haya ido de la lengua.

– Sólo que Gerhart ha muerto. Pareció conmoverle.

Kröner se llevó la mano a la mejilla. De buen grado habría prescindido de aquella situación. Por primera vez en muchos años volvía a sentirse vulnerable.

Había que deshacerse de Arno von der Leyen.

– Y quiso saber dónde estaba enterrado -explicó finalmente.

– Y eso ella no supo decírselo, me imagino.

El anciano estuvo a punto de reírse, pero en su lugar tuvo que carraspear.

– Petra le ha dicho que intentaría averiguarlo y que le informaría de ello. Tienen una cita a las 14.00 horas en la taberna del hotel Rappens. Petra le dejó claro que dudaba que pudiera ayudarlo.

El anciano no dejaba de darle vueltas al asunto, de eso estaba convencido Kröner.

– ¿Qué piensas? ¿Nos acercamos al hotel?

– ¡No! -dijo inmediatamente-. Llama a Petra y dile que le cuente a Arno von der Leyen que Gerhart Peuckert está enterrado en la arboleda conmemorativa del Burghaldering; en la columnata.

– ¡Pero si allí no hay ninguna arboleda conmemorativa!

– No, así es, Wilfried. Pero eso, ¿a quién le importa? Y lo que no hay puede venir, ¿no te parece? Y dile a Petra Wagner que Amo von der Leyen tome el teleférico. Tiene que decirle que sólo se tarda un par de minutos desde el Stadtgarten, en Karlsplatz. Y para acabar, Wilfried, pídele que ie diga que no está abierto hasta las 15.00 horas.

– ¿Y entonces, qué? Con eso no resolvemos el problema.

– Claro que no. De momento, había pensado en ponerme en contacto con Lankau. Estoy convencido de que es una misión ideal para él, ¿no crees? Y, además, Schlossberg es un paraje deliciosamente desierto.

Kröner se tomó una pastilla más. Dentro de un año, su hijo empezaría en el colegio. Todos los padres dirían a sus hijos que jugaran con él. Tendría una vida fácil, y así era como Kröner quería que fuera. Después de la guerra, la vida había sido generosa con él. Y así debería continuar siendo. No estaba dispuesto a renunciar a nada.

– Hay otro aspecto del asunto que no me gusta nada -dijo.

– ¿Qué es…?

– Quería hacerle creer a Petra que es inglés. ¡Sólo le habló en inglés!

– ¡Vaya, vaya! -repuso el anciano y añadió-: ¿Y qué?

– Sí, ¿y qué? ¿Quién es, en realidad? ¿Está solo? ¿Por qué busca a Gerhart Peuckert? ¿Por qué Arno von der Leyen se hace pasar por inglés? No me gusta nada. ¡Hay demasiadas incógnitas en esta historia!

– Déjame a mí todas esas incógnitas, Wilfried. ¿Acaso no son mi especialidad? No me he cansado de deciros que había algo raro en ese hombre. ¿O es que no os dije, incluso entonces, que dudaba de que fuera quien decía ser? Sí, eso fue precisamente lo que hice. ¡Y ya ves ahora! ¡Las incógnitas son la marca de la casa, deberías saberlo ya!

El anciano intentó reír, pero la risa quedó ahogada por un gargajo.

– ¡De hecho, vivo de las incógnitas! ¿Acaso nos encontraríamos donde estamos hoy en día, de no haber sido por mis dotes para sacar provecho de las incógnitas? -declaró con soltura.

– Según tú, ¿cuál es, pues, la marca de fábrica de Arno von der Leyen? Sabiendo lo que sabe gracias a nuestras conversaciones nocturnas en el lazareto, no cabe duda de que sabe qué buscar.

– ¡Tonterías, Kröner!

La voz de Peter Stich se tornó dura.

– Habría vuelto hace años, si hubiera sospechado que estábamos aquí. No lo sabe; no tenemos los mismos nombres. No debes olvidar el paso del tiempo. El paciente de los ojos inyectados en sangre que él conoció en el hospital dista mucho de mi aspecto actual. Mírame, el anciano Hermann Müller de barba cana. Pero hay que hacerlo desaparecer, por supuesto. Tómatelo con calma y llama a Petra Wagner. Mientras tanto, yo me ocuparé de Horst Lankau.

Lankau estaba furioso cuando finalmente apareció en el piso de Luisenstrasse. Vestía de una forma muy peculiar. Llevaba el jersey torcido, como si todavía le colgara la bolsa de golf del hombro. Ni siquiera se dignó saludarlos.

– ¡Es que aún no os habéis dado por enterados! -exclamó.

Kröner lo miró, preocupado. Esta vez, su ancho rostro había adquirido un profundo color rojo. En los últimos años había engordado muchísimo y la hipertensión amenazaba con acabar con él. Andrea Stich cogió su abrigo y desapareció con é¡ por el pasillo. La luz en el enorme piso resultaba deslumbrante, aunque el sol había bajado mucho. El anciano se pasó la mano por la barba y le indicó amablemente que tomara asiento en el sofá, al lado de Kröner.

– ¡Los sábados juego al golf, joder! El club de golf de Friburgo es mi refugio. Y siempre almuerzo en Colombi con mi contrincante, entre el noveno y el décimo hoyo, ¿no es así? -Lankau no esperaba ninguna respuesta y prosiguió-: Y cuando mi hija mayor iba a dar a luz, tampoco quise que nadie me interrumpiera. ¡Ya lo sabéis, diablos! Entonces, ¿qué es lo que os ha llevado a molestarme? ¡Hacedme el favor de ser breves! -dijo y tomó asiento.

– Relájate, Horst, tenemos unas noticias interesantísimas que contarte.

Peter Stich volvió a carraspear un par de veces y puso brevemente al hombre de la cara ancha al corriente de la situación. El color abandonó el rostro del fortachón repentinamente. Se había quedado mudo. Juntó sus manos regordetas y se inclinó hacia adelante. Seguía siendo un gigante.

– ¡Pues ya ves, Horst! Si quieres mantener tu pequeño refugio en el campo de golf o, si vamos a eso, en cualquier otro lugar, vas a tener que llamar a tu socio y compañero de golf para decirle que esta tarde tendrá que darle a la pelota solito. Podrías decirle, por ejemplo, que han venido a verte unos amigos del pasado, ¿no?

El viejo tuvo que volver a carraspear en lugar de reír.

– Ahora mismo tendremos que dejar todo lo demás de lado -dijo Kröner, intentando ignorar la mirada rebelde de Lankau. Unos años atrás, el orden jerárquico establecido entre ellos había sido más claro-. ¡Hasta que no haya acabado todo, propongo que nuestras familias dejen la ciudad durante un par de días!

Lankau frunció el ceño y el ojo seco se cerró completamente; la tarjeta de visita que Amo von der Leyen le había dejado la última vez que se vieron.

– ¿Crees que ese cerdo sabe dónde vivimos?

Se volvió hacia Kröner. Éste estaba convencido de que Lankau temía más por los enseres de la casa que por su familia. Sin embargo, el resultado era el mismo. Por fin había conseguido que Lankau prestara atención a sus palabras.

– Estoy seguro de que Amo von der Leyen ha venido preparado y que en este mismo momento está organizando su próxima jugada. Stich no está de acuerdo conmigo. ¡Confía en el azar!

– ¡No sé qué creer! Pero lo que hagáis con vuestras familias es asunto vuestro, siempre y cuando seáis discretos. Además, no creo que logréis que Andrea se mueva de aquí, ¿verdad, Andrea?

La mujercita sacudió la cabeza y dejó las tazas de café sobre la mesa.

Kröner la observó. Era un apéndice de su marido. A sus ojos, no era una persona independiente, sino una mujer sin pulir y ruda. Contrariamente a la esposa actual de Kröner, que era la inocencia y el candor personificados, Andrea Stich lo había probado todo. Una larga vida al lado de su esposo la había vuelto inmune a toda preocupación o dolor. La esposa de un comandante de un campo de concentración no porta la inocencia pura en su corazón. Si su marido tenía un enemigo, había que eliminarlo, era así de sencillo. Jamás lo cuestionaba. Era un asunto de hombres. Mientras tanto, ella ya se ocuparía de la casa y de sí misma. Sin embargo, Kröner no podía permitirse el lujo de implicar a su familia en aquel juego; no podía ni quería hacerlo. A su lado, Lankau refunfuñó, inclinándose hacia adelante en el asiento.

– ¡Y ahora debo acabar con él! Es eso lo que queréis, ¿no es así? ¡Lo haré con mucho gusto! Llevó años esperando una oportunidad como ésta. ¿Pero no podíais haber elegido un lugar más adecuado que Schlossberg para este tipo de encargos?

– Tranquilo, Lankau. Es un sitio ideal. A las tres de la tarde, los colegiales ya habrán abandonado el lugar y, sin duda, la columnata estará desierta. ¡No te preocupes, tendrás tu venganza para ti sólito!

El anciano mojó otra galleta en el café, un privilegio de los sábados que su médico reprobaría. Kröner sabía de qué hablaba por su hijo. Los diabéticos tienen cierta tendencia a la desobediencia.

– Mientras tanto, te ocuparás de que ambas familias se vayan de fin de semana, ¿verdad, Wilfried? Propongo que volvamos a encontrarnos a las cinco de la tarde en Dattler, cuando todo haya terminado. Así podremos deshacemos del cadáver juntos. ¡Ya se me ocurrirá una solución para este problemilla! Pero antes tenemos que hacer un par de cosas más. Ante todo, tengo una pequeña misión que confiarte, estimado Wilfried.

Kröner lo miró, distraído. Había estado ausente un instante, mientras rumiaba sobre lo que le diría a su esposa; ella le haría preguntas. Peter Stich posó su mano sobre la suya.

– Pero antes de hacer nada, Wilfried, tendrás que ponerte en contacto con Erich Blumenfeld.

CAPÍTULO 38

La alegría y el dolor, la tensión y el alivio, el miedo y la melancolía lo invadían sin cesar en oleadas imprevisibles y contradictorias. Ora se quedaba sin aliento y cerraba los ojos, ora se quedaba con la boca abierta y los pulmones dilatados.

Las lágrimas emborronaron el contorno de las cosas.

James no lo había conseguido. No le vino como una sorpresa, sino más bien como una acusación.

El sentimiento de traición ya no era sólo latente.

– ¿Has visto la tumba? -le preguntó Welles, al otro lado de la línea. Bryan se imaginaba su rostro incrédulo.

– ¡No, todavía no!

– ¿Sabes con certeza que ha muerto?

– ¡Eso me dijo la enfermera, sí!

– ¡Pero todavía no has visto su tumba! ¿Quieres que siga el resto del fin de semana, tal como acordamos?

– ¡Haz lo que quieras, Keith! Creo que hemos llegado al final.

– ¡Lo crees! -Keith subrayó así las dudas que Bryan aún albergaba-. ¿No estás seguro?

– ¿Seguro? -Bryan suspiró y se llevó la mano a la nuca-. Sí, creo que lo estoy. Ya te informaré al respecto, cuando esté preparado para hacerlo.

Una de las camareras le dirigió una mirada indignada a Bryan. El teléfono público constituía su mayor obstáculo en el camino de la cocina al comedor de la cafetería. Todos hacían un gesto con la cabeza, señalando el texto que había grabado sobre el teléfono. Bryan no sabía lo que decía, pero suponía que hacía referencia a una de las cabinas que había visto en la planta baja de los grandes almacenes. Bryan se encogía de hombros cada vez que los camareros sacudían la cabeza y se abrían paso por su lado con una bandeja repleta de servicio. Ésta era su tercera llamada, o mejor dicho, el tercer intento de llamada.

Después de varias llamadas tuvo que admitir que no había manera de encontrar a Laureen en casa. Todo parecía indicar que se había ido a Cardiff con Bridget.

La próxima llamada fue a Munich. No lo habían echado en falta en la Villa Olímpica. El intercambio de palabras fue breve. Sólo hablaron de la victoria de Inglaterra en el pentatlón femenino; por lo visto, aquel triunfo eclipsaba todos lo demás. Mary Peters había superado los mágicos 4 800 con un solo punto; una proeza. El récord mundial brillaba en el firmamento olímpico. A pesar de las pausas que se dieron a lo largo de la conversación, ninguno de los interlocutores se sintió obligado a comentar los acontecimientos trágicos de los últimos días. Incluso antes de que las víctimas hubieran recibido sepultura, la profanación de los Juegos ya había tenido lugar a base de artículos, comentarios y gritos. Ésas eran las condiciones del deporte. Concentración absoluta.

Cuando finalmente se encontró delante de la entrada principal, situada en la plaza de Münster, el corazón le latía con una fuerza y una velocidad peligrosas. El establecimiento estaba casi lleno. Bryan no vio nada ni a nadie, excepto a Petra. Estaba sentada cerca de la puerta que daba a la plaza con el abrigo puesto, bebiendo de una enorme jarra de cerveza. La espuma en la parte superior de la jarra parecía haberse solidificado. Debía de llevar un buen rato esperándolo. Entonces no importaba que hubiera llegado antes de la hora convenida; faltaban diez minutos para las dos.

Antes de que dieran las dos, Petra lo despojó de la última esperanza que Bryan había albergado hasta entonces. La certeza hizo temblar sus labios. Petra bajó la mirada y sacudió la cabeza levemente, luego lo contempló un instante y posó la mano en su antebrazo.

El taxista tuvo que consultarle tres veces, hasta que por fin entendió adonde quería ir Bryan. Ya había empezado a arrepentirse de no haberse quedado al lado de Petra para repasar juntos los sucesos de antaño. Pero no se había sentido capaz de hacerlo.

Tenía que salir de allí, desaparecer.

Petra le había confirmado que Gerhart Peuckert había muerto. La conmoción había sido inmediata. James estaba enterrado en una fosa común, en una arboleda conmemorativa; un shock lo había cogido desprevenido. Hubo muchos muertos en la ofensiva del 15 de enero de 1945. Y muchos otros habían acabado en aquella fosa, sin ser identificados previamente, un hecho en el que hasta entonces Bryan no había reparado. James había sido enterrado sin nombre, sin lápida y sin distintivo alguno. Eso era lo más terrible.

Las conversaciones mantenidas con el capitán Wilkens, que había dirigido los bombarderos de los aliados sobre el lazareto, se volvieron demasiado nítidas; dolorosamente nítidas.

Cuando Bryan finalmente se halló en la avenida mirando el Volkswagen destartalado que el día anterior había aparcado cerca del Kuranstait St. Úrsula, su interior se agitó violentamente.

Todos reaccionamos de formas muy diversas ante la poción que supone poner a prueba la paciencia en una situación tensa. Bryan recordó con todo lujo de detalles cómo James, ante ese tipo de situaciones, solía quedarse adormilado, buscando inmediatamente algún lugar donde tumbarse. Así había sido siempre cuando se relajaban antes de iniciar una de sus incursiones en avión, y así había sido en los días de exámenes, en Eton y Cambridge. Más de una vez, un examinador adusto y ceñudo había tenido que sacudir a un James dormido antes de poder examinarlo.

Esa capacidad era una bendición digna de envidia.

Sin embargo, nunca había sido así para Bryan. Las esperas lo ponían nervioso. La espera dolorosa comportaba tener que levantarse y sentarse repetidamente. Tenía que mover los pies, saltar a la calle, releer el temario una última vez, soñar con la libertad. Hacer algo.

Aquella sensación volvió a apoderarse de él, por primera vez durante años. La fiebre de la espera lo estaba venciendo. Faltaba una hora hasta que pudiera subir a Schlossberg y visitar la tumba de su mejor amigo. Mientras tanto, tendría que dejarse llevar por la inquietud y los actos desestructurados. Estaba en tensión y estaba impaciente.

Volvió a echarle un vistazo al adefesio de Volkswagen que había comprado. Destacaba entre los demás coches que estaban aparcados en la calle. Aunque resultaba difícil imaginárselo, el coche estaba más sucio que antes. El polvo no había dejado de cubrir ni un solo centímetro cuadrado de su superficie. Ahora era gris y no negro.

Su intención había sido conducir el Volkswagen hasta el pequeño bar cerca del puente de la estación y aparcarlo, para que su anterior propietario pudiera recuperarlo, tal como habían acordado.

Bryan echó un vistazo hacia el Kuranstait St. Úrsula, al otro lado de la calle, y juntó las manos sobre el techo del coche. No se dio cuenta de la suciedad que se había pegado a las mangas de su abrigo. Los edificios del sanatorio sobresalían entre las demás construcciones de la avenida.

Al igual que las demás casas que albergan pacientes psiquiátricos, también el Kuranstait St. Úrsula guardaba algún que otro secreto. Bryan había depositado todas sus esperanzas en que James fuera uno de ellos. Pero no iba a ser así, eso ya había tenido que aceptarlo. En cambio, el hombre de la cara picada de viruela, el asesino Kröner, formaba parte de aquella casa, una parte oculta. Podía tratarse de cualquier cosa.

El Volkswagen tembló levemente cuando Bryan descargó un puñetazo sobre su techo. Había tomado una decisión rápida.

La fiebre de la espera había surtido efecto.

Pasaron varios minutos hasta que la directora, Frau Rehmann, apareció en la sección administrativa del sanatorio. Antes, un enfermero reacio había intentado deshacerse de él. Sin embargo, el ramo de flores con el que Bryan se había enfrentado a él lo había desarmado, abriéndole el camino al antedespacho de Frau Rehmann. Bryan miró el ramo, que ya había empezado a marchitarse por el calor, y se felicitó por su resolución. En realidad, estaba destinado a la tumba de James.

El antedespacho estaba totalmente despejado. No se veía ni un solo papel. Bryan asintió con un gesto aprobatorio de la cabeza. El único objeto decorativo que había en la sala era un marco, desde cuya foto una joven miraba por encima de la cabeza de un niño moreno que, a su vez, guiñaba el ojo. Bryan concluyó, por tanto, que la secretaria de Frau Rehmann era un hombre y se preparó para lo peor.

Y acertó, pero sólo en parte.

Frau Rehmann era tan inexpugnable en persona como por teléfono. Desde un principio, su intención fue echar a Bryan a la calle. Pero cuando se disponía amablemente a conducirlo hasta la salida, el gesto repentino de Bryan con el que depositó el ramo de flores en su mano extendida la pacificó el rato suficiente para darle tiempo a sentarse en el borde de la mesa del secretario y premiarla con una sonrisa amplia pero autoritaria.

Era cuestión de negociar, y Bryan era un experto en negociaciones, incluso en aquella extraña situación en la que se encontraba, sin saber cuál era su objetivo ni, por descontado, su motivación.

– ¡Frau Rehmann! ¡Discúlpeme! Debo de haber malinterpretado al señor MacReedy. Me he encontrado con una nota en mi hotel que decía que usted no podía recibirme por la mañana. Y yo he dado por supuesto que podía acercarme por la tarde. ¿Quiere que me vaya?

– Sí, gracias, señor Scott. Se lo agradecería mucho.

– ¡Pues qué pena, ahora que ya estoy aquí! A la comisión no le gustará oírlo.

– ¿La comisión? ¿Qué comisión?

– ¡Sí, claro! Naturalmente, tenemos constancia de que dirigen esta clínica de acuerdo con los mejores principios de gestión. Y, sin embargo, estoy convencido de que me dará la razón, Frau Rehmann, probablemente no exista ni un solo enclave administrativo al que no le iría bien una ayudita de los fondos disponibles.

– ¿Los fondos disponibles? No sé de qué me está hablando, señor Scott. ¿A qué comisión se refiere?

– ¿He dicho comisión? Bueno, tal vez es decir demasiado, puesto que todavía no se ha instituido, pero digamos entonces junta. Supongo que esta definición se ajusta más a la realidad.

Frau Rehmann asintió.

– ¡Vaya! ¡Una junta!

La directora daba muestras de una curiosidad fabulosa tras el brillante barniz de su autoridad.

– ¡Y usted es miembro de dicha junta, señor Scott!

– Bueno, sí y no. Soy una especie de presidente, si me lo permite. Todos tenemos más o menos el mismo peso. No, sería mejor decir que soy una especie de portavoz.

– Pues digamos portavoz, si le parece que se ajusta mejor a su cargo, señor Scott.

Bryan se encontraba en un estado febril. La seducción de aquella mujer huesuda constituía, de por sí, una terapia. Bryan echó un vistazo a su reloj; eran las dos y media. Ya no tendría tiempo de dejar el Volkswagen del hippy delante de la taberna.

– Sí, estamos hablando de los fondos de la CEE que están en fase de ampliación y que ya todos podemos dar por hecho. Es más que probable que todas las clínicas privadas como la suya, Frau Rehmann, sean tenidas en consideración a la hora de conceder ayudas.

– ¡Así que la CEE! -dijo ella con cierta reserva-. Sí, me parece haber leído algo al respecto en algún sitio.

Frau Rehmann era una pésima actriz.

– Dice que lo están tratando en una junta. ¿Cuándo se creará una comisión, señor Scott? Quiero decir, ¿cuándo cree que se tomará la decisión definitiva en cuanto a la distribución de estos fondos y al volumen de las ayudas?

– Uf, es difícil de decir. Porque depende, en parte, del estatus de cada uno de los Estados miembros en el nuevo año y, en parte, de la cooperación que establezcamos entre nosotros. Siempre hay alguien que pone trabas a este tipo de iniciativas. Destructivas y que retrasan el proceso, detallitos insignificantes. Mire, ¡como en el caso de nuestro MacReedy! Convendrá conmigo que su comportamiento ha sido extremadamente torpe, ¿no es así?

Bryan se inclinó hacia ella, de manera que su cara quedó a la altura de sus hombros angulosos, y prosiguió:

– Frau Rehmann, ¿no irá a decirme ahora que no sabía nada de todo esto? De pronto me ha sobrevenido la duda.

– Pues así es, debo reconocerlo.

Frau Rehmann rió, ligeramente avergonzada. Ahora Bryan sabía dónde la tenía.

Frau Rehmann fue solícita e instructiva durante la visita a la clínica. Bryan asentía amablemente a sus explicaciones, mostrando gran interés y haciendo tan sólo unas cuantas preguntas, lo que parecía complacer a su guía. A pesar de los amplios conocimientos de Bryan, la mayoría de los términos psiquiátricos que barajó Frau Rehmann durante su introducción le pasaron desapercibidos. Sus sentidos estaban pendientes de otros factores.

Era un establecimiento moderno, con mucha luz y acogedor, de colores suaves y con un personal sonriente. La mayor parte de los pacientes sé concentraban en las salas de estar de una de las alas. Desde todos los rincones se oían las retransmisiones de la televisión, que emitía las últimas finales que marcarían la clausura de los Juegos Olímpicos.

En la primera sección que visitaron, la mayoría de los pacientes sufrían de demencia senil y estaban sumidos en un sopor eterno, en parte provocado por los medicamentos que les suministraban. A algunos se les caía la baba hasta el pecho, sin que por ello hicieran ni el más mínimo gesto por evitarlo; otros se pasaban el tiempo rascándose las partes impúdicas.

El número de mujeres era notablemente bajo.

Aunque Frau Rehmann se mostró asombrada, Bryan insistió en visitar todas las habitaciones y salas.

– Frau Rehmann, jamás había visto unas condiciones tan espléndidas. Entenderá que sienta curiosidad. ¿Realmente es todo así?

La directora sonrió. Era más alta que cualquiera de los hombres con los que se toparon en su camino. La diferencia de estatura se debía, sobre todo, a unas pantorrillas extremadamente largas y a un peinado que amenazaba constantemente con desmontarse. Cada vez que Bryan le dispensaba un piropo, ella se llevaba la mano a aquel enorme recogido. Volvió a hacerlo entonces.

Al pasar por el mostrador del vestíbulo, de camino a la otra ala, ya eran las tres. A ambos lados de la entrada crecía una planta exótica indefinible que extendía sus lóbulos hacia el tragaluz del techo del edificio. La finalidad de las plantas, además de la obviamente decorativa, era tapar la visión de dos horribles burros que servían para colgar la ropa de los visitantes. También Bryan había tenido que abandonar su abrigo en una percha.

Detrás de aquellos arbustos gigantescos y de los armatostes metálicos, un hombretón con el rostro surcado de cicatrices se había retirado inadvertidamente. Respiraba entre dientes, queda y controladamente. El acompañante de Frau Rehmann lo hizo cerrar los puños.

Cuando llegaron a la última habitación de la visita comentada hubo algo que, por fin, llamó la atención de Frau Rehmann. El intercomunicador interno ya había intentado reclamar su presencia en un par de ocasiones, sin que por eso ella pareciera inmutarse.

Bryan echó un vistazo a su alrededor. La decoración seguía siendo la misma que en la sección que acababan de abandonar.

Sin embargo, el estado de los pacientes era distinto. Había un mundo de diferencia entre aquello y la muerte lenta de la psicosis de la tercera edad.

Bryan se estremeció. Aquella sección le recordó, más que nada en este mundo, el tiempo que había pasado en la sección psiquiátrica del lazareto de las SS. Las formas inarticuladas del lenguaje, sobre todo del lenguaje corporal. La apatía subyacente y la sensación de represión.

A pesar de que Bryan no había visto ni un solo paciente relativamente joven, la edad media no era superior a cuarenta y cinco años. Algunos de los pacientes parecían, a primera vista, razonablemente sanos y se dirigían a la directora correcta y amablemente cuando, al pasar por su lado, ella los saludaba con una leve inclinación de cabeza que hacía que el peinado también les dispensara un saludo casi imperceptible.

Luego había otros pacientes que soportaban el estigma de la esquizofrenia en todo su lenguaje corporal; muecas de una apatía terrorífica y extraña, miradas profundas de expresión inquietante.

Todos mantenían la mirada fija en el televisor desde sus respectivos asientos. La mayoría estaban sentados en fila india, sobre sillones de diseño de madera de roble clara, algunos en sofás de colores alegres y, unos pocos, en unas grandes butacas de orejas que dominaban la sala, de espaldas a la puerta de entrada.

En el momento en que Bryan paseó la vista por los pacientes que miraban la televisión, lo atrapó la expresión de preocupación del rostro de Frau Rehmann, que seguía hablando por el intercomunicador. Dijo un par de palabras más y se fue directamente hacia Bryan, al que cogió amablemente del brazo.

– Perdone, señor Scott, pero tenemos que seguir con nuestra visita rápidamente. Tendrá que disculparme, pero todavía nos queda toda una planta por ver y han surgido problemas que requieren de mi presencia.

Algunos de los pacientes apartaron la vista del televisor y los siguieron con la mirada hasta que hubieron abandonado la estancia. Sólo hubo uno que no reaccionó; había permanecido inmóvil en la butaca de orejas a la que la antigüedad de muchos años le había dado derecho. Al abrigo de aquel monstruo de mueble, sólo había movido los ojos ligeramente.

Lo que sucedía en la pantalla lo tenía atrapado.

CAPÍTULO 39

En el mismo momento en que abandonaron la sala, el hombre de la butaca retomó lo que estaba haciendo antes de que lo interrumpieran. Primero empezó a menear los pies como de costumbre. Luego separó los dedos de los pies hasta que empezaron a dolerle, respiró profundamente y se relajó. Acto seguido tensó las pantorrillas, hasta que éstas también empezaron a dolerle y luego la parte delantera de las piernas y los muslos. Después de haber activado y relajado todos los grupos de músculos de su cuerpo, volvió a empezar desde el principio.

La pantalla de televisión de grano grueso cambiaba de color constantemente. Las siluetas que se movían en el televisor habían sudado y transmitido toda la excitación que tenían dentro durante un buen rato. Ya era la tercera vez que veía a los mismos velocistas preparándose para la misma carrera. Movían los brazos y las piernas en un extraño ejercicio de relajamiento. Algunas de las zapatillas tenían tres rayas, otras sólo una. En el disparo y el posterior impulso hacia adelante, todos movieron los brazos describiendo molinillos en el aire, en un principio, hacia adelante y hacia atrás, luego hacia arriba, al cruzar la línea de meta. Todos eran hombres musculosos, sobre todo, los hombres de color; por todo el cuerpo, de los pies a la cabeza.

El hombre se puso en pie cautelosamente y alzó los brazos. Ninguno de los demás pacientes apartó la mirada de la pantalla. Nadie le hacía caso. Entonces volvió a tensar los músculos, grupo por grupo. Su cuerpo era como el de los hombres de color, armonioso, de los pies a la cabeza.

Algunos de los corredores se tumbaron en el césped. Ninguno era de color, y todos llevaban pantalones claros. La mayoría eran claros; los pantalones, claros. Mientras alzaba los brazos en el aire por décima vez, contó a los oficiales que formaban una fila en la barrera, separando la pista de los espectadores. Por cada cambio de cámara volvía a contarlos. Había veintidós.

Y entonces volvió a sentarse y retomó su programa.

Los velocistas se pasearon un buen rato con los brazos en jarras. También había visto esta carrera antes. No se miraban. La mayoría llevaban zapatillas con tres rayas. Sólo uno de ellos se había conformado con una. Contó el número de oficiales de la barrera. En esta carrera sólo había unos cuantos; ocho. Volvió a contarlos.

En medio del rótulo que indicaba una pausa entre las retransmisiones, volvió a ponerse en pie. Se inclinó hacia adelante y se agarró los tobillos, acercando el torso a los muslos. Cerró los ojos y tomó nota de los sonidos de la sala. El zumbido de los espectadores era ahogado por el silencio que anunciaba la próxima carrera, la misma que había visto el día anterior.

Estiró con fuerza de sus piernas, golpeó la frente contra las rodillas y empezó a contar hacia atrás. ¡Cien, noventa y nueve, noventa y ocho, noventa y siete…! Volvió a oírse un disparo. Volvió la mirada y dejó que la imagen de la sala pasara volando patas arriba. Un rostro en la silla contigua a la suya se emborronó con sus movimientos intensos. Todos los rasgos se confundieron, los colores se mezclaron y volvió a oír los gritos de los espectadores; una amplia y profunda consonancia desarticulada. Se incorporó, echó un vistazo rápido a la pantalla y registró la imagen de la masa maciza de brazos y colores. Volvió a cerrar los ojos y empezó a contar las cabezas de aquella imagen evocada. El sonido de fondo se apagó. Llegado a este punto de sus ejercicios, el hombre solía marearse. Realizó las últimas treinta flexiones por reflejo. Inspiró un par de veces y volvió a incorporarse. Tras realizar un par de estiramientos de la musculatura del cuello, se estiró hacia el techo y se sentó en el sillón en cuanto los granos de la pantalla volvieron a confluir en una imagen.

Luego respiró profundamente varias veces y retuvo la respiración. Ésta era la recompensa que seguía a cada repetición. Una concentración y un sosiego absolutos. Todos los poros se abrían. En aquellos instantes, la sala se hacía real.

Entonces cerró los ojos y repasó la última repetición desde atrás, movimiento por movimiento. Al volver al inicio, percibió claramente cómo habían sonado los pasos del visitante a sus espaldas. Evocó todos los movimientos en la sala.

Los zapatos que había llevado el extraño estaban provistos de suelas duras. Los golpes contra el suelo habían sido cortos; los pasos, rápidos y cuantiosos, numerosos. Se había quedado quieto cuando la directora se había acercado al intercomunicador. Y luego habían vuelto a hablar.

El hombre de la butaca de orejas juntó las rodillas rápidamente y desenfocó la mirada. Después soltó el aire entre los dientes e inspiró repentina y profundamente, una vez más. Habían hablado. Ambos habían pronunciado sonidos que lo importunaban y lo corroían al evocarlos. Abrió los ojos y vio a un nuevo grupo de corredores que se preparaban para la próxima carrera. Cinco de ellos llevaban las zapatillas con las tres rayas. Dos sólo llevaban una. Luego contó a los oficiales en la barrera. Esta vez tan sólo eran cuatro. En el tercer recuento empezó a respirar con ansiedad y alzó la vista.

Algunas de las palabras se negaban a abandonarlo.

Volvió la mirada hacia la pantalla y empezó a mover las pantorrillas de nuevo. Esta vez se saltó la mitad del programa, tomó impulso, se puso en pie y se agarró los tobillos. Al oír pasos en el pasillo, los soltó y se incorporó. Hasta entonces, nadie lo había pillado realizando aquel ritual.

Cuando el hombre del rostro picado de viruela se sentó a su lado, volvió la cabeza. Dejó que su visita le acariciara el dorso de la mano y contó las veces que lo hizo, como de costumbre. Esta vez, su visita estuvo más suave que de costumbre.

– Ven, amiguito -se limitó a decirle-, vamos a ver a Hermann Müller.

Le apretó la mano y prosiguió:

– Ven, Gerhart, vamos a tomar el café de los sábados.

Fue la primera vez en años que aquel nombre se le hizo extraño a James.

CAPÍTULO 40

Hasta que Bryan no se encontró en el sendero del Stadtgarten no se dio cuenta de que las flores que había comprado para la tumba de James se hallaban en el despacho de la directora Rehmann. Desde la interrupción de la visita, le había parecido sospechosamente reservada.

Pocos minutos después, se habían despedido.

Todo el montaje había sido en vano. El deseo de saber más cosas de Kröner o Hans Schmidt -que era el nombre que había adoptado- no se había visto recompensado. Nunca se le había ofrecido la oportunidad de hacer las preguntas adecuadas. El intento de unir las ayudas de la CEE con preguntas de carácter más privado había sido un acto de inconsciencia y muy arriesgado. Frau Rehmann habría sospechado en seguida y habría desconfiado de él; además, pronto habría llegado a los oídos de Kröner. Bryan no necesitaba un enfrentamiento así, desde luego.

Llegada la hora, ya se las vería con el tipo del rostro picado de viruela.

En resumen, la visita había sido un enorme despropósito. El tiempo había pasado sin que se apreciara ningún resultado.

En la entrada del parque, Bryan se agachó y cogió una flor, un engendro violeta, larguirucho, más bien vulgar, parecido a una ortiga y medio marchito, que se había dejado arrancar de raíz, sin que el guardia del parque diera muestras de la más mínima desaprobación. Intentó arreglar los pétalos suavemente. Aquella planta insignificante ilustraba mejor la soledad y la conmoción que lo acongojaba que cualquier ramo de flores podría haberlo hecho.

El trayecto en el teleférico le resultó interminable. El balanceo de la góndola le provocó náuseas; un malestar que no se había disipado cuando, de acuerdo con las indicaciones de Petra, siguió el sendero de adoquines cubiertos de hierbajos en dirección a la columnata. Como un anacronismo, aquellas artificiales columnas griegas surgían de la ladera. Estaban rodeadas de unos muros bajos, coronados por una barandilla de hierro forjado.

A pesar de la buena intención, aquella construcción era increíblemente fea y su mantenimiento dejaba mucho que desear; un aire enmohecido y triste que situaba el ambiente y la finalidad del lugar en una concordia enaltecida.

En Alemania, los monumentos conmemorativos de la guerra no suelen distinguirse precisamente por ser anónimos, la gigantesca columna ribeteada al pie de la montaña lo dejaba bien a las claras. Desde la primera guerra mundial, aquella columna había venerado a los caídos y, además, por razones prácticas, habían dejado una parte de la columna sin grabar. Sólo pasarían un par de décadas hasta que la segunda guerra mundial ocupara el espacio de la columna que habían dejado proféticamente libre. Eso quería decir que, por suerte, no contaban con necesitar más espacio.

Ese tipo de monumentos se encontraban por doquier, y tenían en común que indicaban claramente el motivo por el que se habían levantado. Por eso, a Bryan le sorprendió, después de haber repasado la totalidad de las superficies varias veces, no haber encontrado siquiera una pequeña placa de latón ni la más mínima señal que indicara la razón por la que, en su día, se había levantado aquel monumento y que, a su vez, pudiera dar testimonio de quienes habían sido enterrados allí.

Bryan se puso en cuclillas y se quedó un buen rato descansando con los brazos apoyados en los muslos. Se abalanzó hacia adelante y aterrizó sobre las rodillas. Desde esa posición tomó un puñado de tierra. Estaba húmeda y oscura.

CAPÍTULO 41

Exactamente cuarenta y cinco minutos antes, una figura ancha y pesada había subido los mismos escalones.

Los últimos pasos a través de la maleza lo habían hecho respirar pesadamente. Hacía al menos cinco años que Horst Lankau no visitaba aquel lugar y, antes de la última visita, aún más tiempo. Aquellas columnas habían sido testigo de muchos encuentros amorosos furtivos. Si Lankau se hubiera criado en la ciudad, probablemente habría tenido una relación distinta con el lugar.

En aquel momento, lo odiaba.

A través de los últimos tres veranos, su hija mayor, Patricia, había mostrado un gran interés sentimental por un chaval cuya familia, desgraciadamente, tenía por costumbre pasar un par de semanas de sus pobres vacaciones en un camping situado al sur de Schlossberg. Desde aquellas lonas ondeantes le resultaba demasiado fácil a aquella pareja de exaltados tomar la escalera de Schwabentor y seguir los senderos que conducían al decorado griego en el que se encontraba Lankau en aquel momento.

El tercer verano al lado de la hija fue el último verano del chaval en Friburgo, y Patricia no había vuelto a mencionarlo jamás.

Lankau había pillado a los jóvenes in fraganti, con los pantalones bajados, por así decirlo, y desde entonces, el chico no había sido capaz de repetir la experiencia. Le había costado caro a Lankau, pero los padres del chaval se habían mostrado satisfechos con la indemnización que les había ofrecido.

Así, al menos, el idiota podría estudiar una carrera.

Había casado bien a Patricia y las otras dos hijas eran demasiado listas para repetir la hazaña de su hermana.

Su hijo podía hacer lo que le diera la gana.

De todos modos, se veía claramente que otros no dejaban de buscar la aventura en aquella plataforma sobre la que ahora se encontraba y que constituía el tejado de la columnata, sobre todo en los rincones, pues había varios condones usados que habían encontrado su acomodo vulgar entre aquellos muros; un fuerte contraste con su finalidad orgiástica.

Eran casi las tres y media. Para Horst Lankau, la espera no había tenido importancia; llevaba años sediento de venganza.

En la noche fatal del Rin, la nada se había tragado a Amo von der Leyen misteriosamente. A pesar de los tenaces intentos y los buenos contactos de Lankau, los esfuerzos que había invertido en encontrar aunque sólo fuera la más mínima pista que pudiera explicar qué había sido de aquel hombre se habían estrellado contra el oscuro oleaje del Rin.

Se había visto obligado, día tras día, a vivir con las secuelas físicas que aquel enfrentamiento fatal con Amo von der Leyen le había acarreado. Ya no era un hombre atractivo. El rostro se le había deformado por el ojo cerrado. No gustaba a las mujeres, que apartaban la mirada cuando él se les insinuaba. Se sentía inferior. La ceguera del ojo derecho le impedía mejorar su hándicap en el campo de golf. La compresión de las cervicales le provocaba dolores de cabeza recurrentes que infectaban la vida, tanto la suya como las de sus seres más queridos. La bala en el tórax había arrancado algunos músculos, lo cual impedía que levantara el brazo izquierdo por encima de la cintura y dificultaba sus golpes por el fairway.

Y, finalmente, quedaba la herida en el alma, la que le había infligido mayor dolor, el dolor que denominamos odio y que es capaz de martirizar y destruir para siempre jamás.

Bien valía la pena esperar un poco más, si en juego estaba satisfacer su sed de venganza.

Lankau ya había localizado a su víctima cuando ésta se agachó para coger la flor, al pie del puente de peatones. Se sentó pesadamente sobre el tejado de la columnata y dejó los prismáticos al lado de la pistola.

El arma era de las más temibles que jamás se habían fabricado. Se decía que aquella pistola tenía más vidas de amigos en su conciencia que de enemigos. La pistola del tipo 94 o la 94 Shiki Kenju, que era la denominación correcta, era uno de los pocos ejemplos que demostraban que también los japoneses pueden fallar, a la hora de desarrollar mecánica de precisión.

Aquella arma era poco fiable. Si el cargador estaba lleno, era fácil que se disparara con tan sólo tocar el seguro, que era muy cómodo pero estaba muy expuesto, justo sobre la culata.

Sin embargo, era la única pistola provista de silenciador que Lankau tenía en su colección.

La primera vez que la vio fue en casa de uno de sus socios más antiguos, un japonés para el que el tiempo se había detenido cuando se trataba de defender y respetar los rituales tradicionales. Una mañana fresca, en Toyohashi, se la había mostrado ceremoniosamente a Lankau, que era su invitado de honor. La había desenvuelto de un paño y le había hablado de lo bien que lo había protegido a lo largo de la vida, a pesar de su mala fama.

La envidia manifiesta de Lankau había significado que éste la recibiera como regalo, apenas un mes más tarde, en un envío de mercancías varias.

La hospitalidad japonesa había dictado a su anfitrión tener este gesto para con el invitado, con el fin de que su honor no se viera ultrajado.

Sin embargo, no habían vuelto a hacer negocios desde entonces.

Tal vez el japonés había esperado que Lankau devolviera la pistola, acompañándola de algunas frases de cortesía. Pero no lo había hecho.

El arma siempre estaba engrasada y Lankau la probaba regularmente. El sonido del disparo amortiguado no recordaba, ni por asomo, al plop que solía oírse en las películas. Sencillamente sonaba como un disparo, breve y seco, y apagado, pero, al fin y al cabo, como un disparo. Lankau miró a su alrededor. No se veía a nadie a cincuenta metros a la redonda, la distancia del alcance del sonido del arma. La actividad que se desarrollaba alrededor del Dattler, emblema de la ciudad y uno de los mejores restaurantes de Friburgo, era de lo más normal. Era raro que alguien se acercara a aquel páramo, las faldas de Schlossberg, sobre todo en aquella época del año. En eso tenía que darle la razón a Peter Stich.

El hombre del rostro ancho miró hacia abajo, cerrando el ojo maltrecho. También para él, aquel día el teleférico se movía con una excesiva lentitud.

Hasta que la góndola no desapareció debajo de los árboles, Lankau no se decidió a empuñar la pistola y a echarse sobre el tejado. Su experiencia le decía que el objetivo tenía que encontrarse muy cerca, para poder estar seguro de la precisión y la mortalidad del disparo de la Shiki Kenju. La había probado en animales. Con el paso de los años, Lankau se había convertido en un hombre corpulento; ya no sería capaz de alcanzar a su presa corriendo.

La víctima tendría que venir a él, y ahora la tenía muy cerca.

El hombre se hizo visible durante un segundo, antes de desaparecer bajo las copas de los árboles. Amo von der Leyen todavía tenía la agilidad de su juventud. Había cambiado, naturalmente, pero era él. Lankau notó la dulzura en su respiración, como si ya hubiera dando rienda suelta a su sed de sangre. Hacía mucho tiempo que deseaba encontrarse con el hombre que ahora tenía tan cerca, en circunstancias como aquéllas. Desprevenido y a tiro.

Los pasos que se oían bajo sus pies eran lentos y vacilantes. Al parecer, Amo von der Leyen buscaba la tumba de Gerhart Peuckert. Lankau respiró imperceptiblemente. Nunca se sabía, con un hombre como Amo von der Leyen. Ése tendría que ser necesariamente su último enfrentamiento y, esta vez, Lankau no correría riesgos gratuitos. Si conseguía que aquel diablo, que lo había despojado de la vista y del bienestar, se acercara, el asunto estaña resuelto. El disparo caería sin demora.

Los gritos procedentes de los senderos que serpenteaban sobre su cabeza le llegaron de distintos lados. Las voces eran jóvenes, pero no provenían de ningún niño. Lankau las maldijo para sus adentros. Los jóvenes tenían cierta tendencia a crear disturbios inesperados. No tenían respeto, ni por las distancias, ni por los obstáculos naturales. Antes de que uno tuviera tiempo de darse cuenta, eran capaces de aparecer de entre la maleza.

Los pasos bajo sus pies se detuvieron.

CAPÍTULO 42

Las manchas en las rodillas habían crecido considerablemente. Bryan se echó hacia atrás, reposando sobre las pantorrillas, y suspiró profundamente, mientras intentaba aunar las impresiones del paisaje que se extendía a sus pies. Los tejados de las casas y los oasis en aquellas tierras bajas se confundían. Hacía años que no lloraba de aquella forma. Al final se había caído de rodillas.

Las risas despreocupadas de los jóvenes que le llegaban de la ladera, el olor penetrante a resina, el paisaje límpido, todo ello provocaba en él un sentimiento de soledad jamás experimentado, pues no había rastro de la tumba que se suponía era la de su mejor amigo.

Bryan se mordió el labio y alzó la vista mientras se maldecía por no haberse preocupado de pedirle la dirección a Petra. A lo mejor había malentendido sus indicaciones. A lo mejor, ella se había expresado de forma imprecisa o había dado por supuesto que él la entendería.

Bryan se puso en pie y dejó caer los hombros. En medio de aquel paisaje diáfano que contrastaba con el ajetreo febril de la ciudad, perdió el deseo de entender.

Aquél era el lugar de reposo de James, de eso estaba seguro.

Durante un instante de silencio, Bryan bajó la cabeza y recordó a su amigo. Luego alisó cuidadosamente los pétalos de la flor marchita y echó un vistazo a su alrededor, buscando el lugar adecuado para dejarla. Si hubiera habido una lápida conmemorativa, la habría dejado ahí.

Al final de la columnata se quedó parado un instante, con la vista puesta en el pequeño edificio cerrado que se encontraba en el centro del monumento. Un par de pasos más allá, por la ladera, se perdía un pequeño sendero entre la maleza y por detrás del mausoleo. La tierra parda y las raíces desnudas y deterioradas que despuntaban del suelo confirmaban que seguía estando en uso.

Todavía no había buscado por ahí.

Cuando hubo dado unos pocos pasos le sorprendió un extraño e inesperado ruido, un clic insignificante, apenas perceptible. De todos modos, un ruido que no pertenecía a aquel lugar.

La sospecha casi nunca encuentra resistencia. Contrariamente a los sentimientos positivos, la sospecha puede hacer su aparición sin previo aviso ni reservas, incluso sin necesidad de que se la alimente. Sin embargo, en este caso estaba más que justificada.

Petra Wagner, Mariann Devers y Frau Rehmann. Todas ellas, cada una a su manera, habían estado en contacto con Kröner. Un hombre que ya había atentado contra su vida en anteriores ocasiones y que, desde luego, no tenía ningunas ganas de ser transportado al pasado.

Y, de pronto, aquel sonido, aquella bagatela de clic. Todo podía resumirse en un solo hecho, siempre y cuando siguiera alimentando aquella sospecha decisiva y desnuda.

Por eso, Bryan se detuvo en seco y se echó entre la maleza que bordeaba el sendero. Esperaba.

Como un diablo que no permite que lo exorcicen al infierno, la imagen surgió en el campo visual de Bryan, a escasos cinco metros de donde se hallaba. El hombre se detuvo un instante en la plataforma estrecha que unía la ladera con el tejado de la columnata y echó un vistazo intenso al sendero que bordeaba las piernas de Bryan. Y entonces Bryan lo reconoció.

A pesar de la humedad de la tierra, Bryan sintió cómo se secaban sus entrañas.

Jamás había pensado que volvería a ver aquel abominable rostro ancho. Nada en este mundo podría haberle sorprendido más. La fría comente del Rin debería haber sido su tumba durante ya más de treinta años. Bryan vio cómo su cuerpo desaparecía bajo las aguas, herido de bala y exhausto.

Su presencia era la realización de una pesadilla que nunca fue soñada.

A pesar de que el hombre estaba más grueso que nunca, los años habían pasado piadosamente por él. Las personas de piel tersa y sonrojada pueden llegar a parecer niños hasta alcanzar edades avanzadas. Éste habría sido el caso del hombre del rostro ancho, de no ser por la órbita ocular casi vacía y los nudillos blancos que se tensaban alrededor del arma mortal.

Las probabilidades de que aquel coloso fuera a pasar de largo, sin percatarse de la presencia de Bryan, eran insignificantes. Bryan recogió el pie cuidadosamente, escondiéndolo debajo del matorral, pegó el rostro al suelo húmedo y colocó la mano debajo del pecho, listo para saltar como un muelle.

En el momento en que el zapato de Lankau se posó en el suelo delante del brazo de Bryan, lo golpeó. A pesar de que el golpe había sido certero, el hombretón no se tambaleó, tal como había esperado Bryan que hiciera. Lankau se giró impulsiva y violentamente hacia Bryan. El movimiento tenía como objetivo buscar el enfrentamiento directo, pero también lo hizo dar un paso atrás, por el terraplén, y resbaló torpemente ladera abajo.

Y, sin embargo, el arma se disparó.

El golpe del proyectil sorprendió a Bryan, de la misma manera que lo hizo el ruido que éste produjo. No sintió ningún dolor, ni tampoco supo dónde le había alcanzado. El eco del disparo amortiguado apenas se había propagado, cuando Bryan se abalanzó sobre el hombre que se tambaleaba, con las piernas abiertas a ambos lados de la pendiente, una apoyada en el sendero, la otra deslizándose ladera abajo. Entonces se oyó el segundo disparo y el árbol que Bryan tenía a sus espaldas lo recibió sordamente, abriendo unas fauces amarillentas en su corteza. Bryan extendió inmediatamente la mano para agarrar el rostro de Lankau, a la vez que le propinaba una fuerte patada en el pecho.

El hombretón lo miró, estupefacto, la boca se le había quedado abierta. De ella no se escapó ni el más mínimo sonido, a pesar del dolor que debió de provocarle la patada. Entonces se desplomó y cayó hacia atrás, ladera abajo, sin soltar a Bryan. Sólo el suelo blando evitó que Bryan perdiera la conciencia. Cuando el cuerpo pesado lo hubo arrollado un par de veces, los dos cuerpos enmarañados se detuvieron, por fin, gracias a la maleza que marcaba el paso al sendero que corría al final de la columnata. Sin poder moverse, se quedaron tendidos el uno al lado del otro en medio del arbusto, mirándose jadeantes a los ojos. De algunos rasguños en la cara de Lankau brotaron unos hilillos de sangre que fueron deslizándose hasta alcanzar las pestañas del ojo sano. En la caída, Lankau había estrujado la pistola con tanta saña contra su rostro que la mira le había desgarrado la piel. No dejaba de parpadear. Aunque agitaba la cabeza, la sangre estuvo constantemente a punto de cegarlo. A menos de veinte centímetros sobre su cabeza estaba la pistola, medio hundida en el fango.

Bryan echó la cabeza hacia atrás y, sin ningún tipo de contemplaciones, le propinó una serie de testarazos a su adversario que hicieron que el cerebro de Bryan explotara en múltiples descargas y destellos.

Fue entonces cuando su perseguidor emitió un sonido. Bryan se precipitó sobre su enorme cuerpo e intentó alcanzar la pistola. En ese mismo movimiento y de forma absolutamente inesperada, su cabeza se fue hacia atrás cuando el hombretón lo agarró por los tolanos.

La salvación de Lankau llegó desde atrás. Unos jóvenes se habían apiñado alrededor de los dos hombres y no paraban de proferir una sarta interminable de improperios incomprensibles. Las chicas se amontonaban a sus espaldas con una expresión de regocijo en sus caras. Habían acudido en busca de emoción; los escondrijos de la columnata tampoco los defraudaron esta vez.

Dos de los jóvenes agarraron a Lankau y lo pusieron en pie mientras le limpiaban la americana con unos suaves golpes en la espalda. Lankau se llevó la mano a la cara ensangrentada y, con una mirada aturdida, echó un vistazo a su alrededor buscando su arma, sin por ello dejar de hablar atropelladamente a los jóvenes. Poco a poco, fue aflojando la mano con la que tenía agarrado a Bryan por el pelo y los músculos de su nuca se relajaron. Bryan permaneció en silencio mientras daba unos pasos pendiente arriba, en una postura algo desmañada. Nadie se dio cuenta de que el arma se había perdido debajo de su cuerpo.

Bryan no entendió nada de lo que Lankau les dijo a los jóvenes, pero de pronto desapareció del lugar.

El semicírculo que se había creado alrededor de Bryan no parecía querer disolverse inmediatamente.

Con mucha cautela, Bryan echó el brazo hacia atrás y rozó la pistola con la mano. Era más pesada de lo que había pensado. Justo por encima de la culata encontró el seguro. Nadie oyó que lo ponía. Luego, con mucha cautela, introdujo el cañón por el cincho del pantalón y se cerró la americana para cubrirla. Le llegó el dolor al sacar la mano del cincho. Todos lo miraron al oír sus gemidos. Una de las muchachas se llevó la mano a la boca y jadeó cuando Bryan alzó la mano ensangrentada y se la miró.

– ¡Me ha disparado! -se limitó a decir Bryan, sin esperar que el grupo de jóvenes entendiera sus palabras.

Una de las chicas empezó a gritar. Detrás de los demás apareció un joven de cabellos casi blancos y, con mucho cuidado, ayudó a Bryan a ponerse en pie. La mancha roja en el bolsillo trasero crecía imparable, pero con menor rapidez de la que Bryan había temido en un primer momento. El disparo había atravesado limpiamente el glúteo mayor medio, la parte más carnosa del gran músculo del trasero, al que popularmente se suele llamar asentaderas. Tanto la herida de bala, por donde había entrado el proyectil, como la herida por donde la bala había abandonado el cuerpo, se habían cerrado casi por completo. La pérdida de sangre no era significativa. La pierna izquierda de Bryan cedió bajo su peso.

Y entonces el semicírculo retrocedió.

El joven del pelo rubio profirió unas cuantas palabras y el grupo se disolvió en pocos segundos. Todos, salvo el que había gritado, salieron corriendo pendiente abajo, siguiendo los pasos de Lankau. El chico del pelo blanco se volvió hacia Bryan.

– ¿Podrá andar? -le preguntó, vacilante.

Fue un alivio oírlo hablar en inglés.

– Sí, sí puedo, gracias.

– Los demás están intentando atraparlo.

El joven echó la vista hacia abajo, desde donde los gritos nítidos de los demás dejaban bien a las claras su propósito. Bryan dudaba mucho de que fueran a encontrar al hombre que buscaban.

– Tiene que perdonarnos. ¡Me parece que nos equivocamos! ¿Lo atacó ese hombre?

– ¡Sí!

– ¿Sabe por qué?

– ¡Sí!

– ¿Por qué?

– ¡Porque quería quitarme mi dinero!

– ¡Llamemos a la policía!

– ¡No! ¡No lo hagan! No creo que vuelva a hacer algo así.

– ¿Por qué no lo cree? ¿Acaso lo conoce?

– En cierto modo, sí.

Aunque el glúteo se compone de un grupo de músculos que, gracias a su gran tamaño, se distinguen por poder funcionar satisfactoriamente a pesar de sufrir lesiones, Bryan tuvo que agarrarse a todo lo que alcanzó para poder dar los primeros pasos.

El chico del pelo plateado lo abandonó sin despedirse, precipitándose ladera abajo, en busca de sus compañeros.

Cinco minutos más tarde, su vocerío animado se hubo extinguido.

Esta vez, el sendero que llevaba hasta la estación terminal del funicular se le hizo más largo. Por cada diez pasos que daba, Bryan se veía obligado a detenerse y echar un vistazo a su trasero. Las oscuras manchas en los pantalones hablan dejado de crecer.

Cuando aparecieron los finos cables del funicular detrás de las copas de los árboles, Bryan supo que la hemorragia se había detenido. Ni en calidad de médico ni de víctima tenía por qué preocuparse más por vendajes o por un ingreso indeseado en un hospital; tenía otras preocupaciones.

La primera era mantenerse con vida. Era imposible adivinar de dónde y cuándo podía llegar la próxima agresión. Lo único que sabía era que sería inevitable. Estaban decididos a atentar contra su vida y había sido Petra Wagner quien le había tendido aquella trampa.

La segunda preocupación era ¿por qué?

¿Por qué le había mentido Petra Wagner, y por qué era tan importante deshacerse de él? Al fin y al cabo, se habían arriesgado incluso a agredirlo en pleno día.

La tercera preocupación eran unas ramitas quebradas que se extendían de forma alarmante y sin gracia por debajo de los arbustos que las habían sustentado. El hueco en la maleza que señalaban era casi imperceptible. Por encima, los arbustos se cerraban, pero las hojas vibraban ligeramente al viento. Bryan agarró la culata y sacó la pistola de su escondite. Antes de abrir la boca echó un vistazo a su alrededor una vez más. No detectó ningún movimiento sospechoso.

– ¡Sal de ahí! -dijo en voz baja, dando una fuerte patada en el suelo que hizo saltar la gravilla del sendero.

Lankau se puso en pie inmediatamente. Su rostro estaba totalmente embadurnado de sangre.

Entonces soltó unos gruñidos ininteligibles. Bryan reconoció inmediatamente el tono de voz utilizado. A pesar de los años que habían pasado, su adversario seguía manteniendo aquella infamia desenfrenada a flor de piel.

– ¡Háblame en inglés! Supongo que sabrás, ¿no es así?

– ¿Por qué?

La animadversión traslució en el rostro del gigante mientras fijaba los ojos en la pistola. En el momento en que Bryan le quitó el seguro, su rostro se retorció y, de un salto, se apartó. Bryan volvió a mirarlo y luego dirigió la mirada a la pistola. La reacción de Lankau era para él todo un misterio.

– ¡Puedes estar seguro de que te dispararé si vuelves a hacer eso una vez más! A partir de ahora, vas a seguirme tranquilito y calladito. Si haces cualquier movimiento sospechoso, sea éste premeditado o no, será el último que hagas, te lo advierto.

El hombre del rostro ancho se quedó mirando los labios de Bryan con una expresión de incredulidad.

– ¿Has olvidado tu lengua materna, cerdo?

Su inglés era el de un hombre de negocios, un flujo desordenado de palabras, aunque todas ellas precisas. Sin embargo, el acento era el de un hombre sin estudios.

El hombre que Bryan tenía delante seguía los gestos de la mano que sostenía la pistola. Cuando salió de entre los arbustos, su aspecto era miserable, con la camisa colgándole por fuera de los pantalones, lamparones oscuros en las rodillas y el pelo ralo y alborotado a un lado. A pesar del aspecto de aquel hombre, Bryan no se fiaba. Con la autoridad que le confería su calidad de médico, Bryan golpeó a su enemigo en el plexo solar dos veces, con tal precisión que el gigante que tenía delante estuvo a punto de desmayarse. Cuando Lankau volvió a encontrarse de pie, Bryan lo arreó para que marchara un metro por delante de él.

Cuando llegaron a las cercanías del funicular, Bryan se metió la pistola en el bolsillo y se apretujó contra el cuerpo de Lankau para que éste notara la presión del cañón, a pesar de su espalda fornida.

– Vas a mantenerte tranquilo cuando subamos a la góndola, ¿lo has entendido?

Bryan volvió a empujarlo con el cañón de la pistola, como para subrayar la seriedad de la situación. Delante de él, Lankau gruñó. Luego se dio la vuelta lentamente y miró a Bryan directamente a los ojos. El ojo muerto estaba semiabierto.

– ¡Ándate con cuidado con esa Kenju, perro sarnoso! Tiene la mala costumbre de dispararse a deshora.

Resultaba imposible adivinar si el hombre que había delante de la góndola era revisor o no, pero lo cierto es que no hizo ningún ademán dirigido a delatarlos. Al ver el rostro ensangrentado de Lankau, reculó asustado hasta el fondo de la cabina y se quedó totalmente mudo.

– Bueno, lo siento, tengo que llevar a éste al hospital. ¡Soy médico!

El hombre sacudió la cabeza nerviosamente. No entendía lo que le decía Bryan. Bryan introdujo a Lankau en la góndola de un empujón.

– Se ha caído, ¿sabe?

Hasta que la góndola bamboleante no hubo superado el primer poste, el hombre no salió de la sombra para mirarlos.

– ¡Tu coche! -recalcó Bryan cuando finalmente terminó su viaje en el funicular.

Lankau se apresuró a cruzar la calle y sacó las llaves. El BMW tenía una multa de aparcamiento. Un poco más allá estaba aparcada la furgoneta de Bryan. Ésta también tenía un papelito blanco que parecía cubrir todo el parabrisas. A partir de ahora, sería asunto del hippy que se la había vendido.

Lankau conducía. Sentado como estaba, contemplando a su archienemigo en una situación de lo más cotidiana mientras salían lentamente de la ciudad, a Bryan le pareció que las profundidades del ser humano le eran reveladas. Dejando de lado su rostro magullado, Lankau parecía un padre de familia de lo más corriente. El interior del coche daba muestras de su vida ordinaria en forma de paquetes de tabaco, envoltorios de caramelos y otros efectos que hacía pensar en imperturbabilidad y convivencia tranquila. Bryan tenía a su lado a un ciudadano corriente, a un consumidor y a un hedonista. La bolsa de golf en el asiento trasero hablaba por sí misma. Un fragor de Wagner había tomado la cabina en el momento en que Lankau había girado la llave. Un asesino, un sádico, un simulador, un wagneriano; también era todo eso. Ningún hombre había podido ser creado a imagen y semejanza de Dios, tan ambiguo, tan poco sincero, tan áspero como podía llegar a ser bajo la superficie. ¿Y qué individuo podía verse del todo libre de llevar a un Lankau en lo más profundo de su ser?

– Vamos a ir a un sitio donde nadie nos pueda molestar -anunció Bryan bajando el volumen de la obertura al llegar a su último pasaje.

– ¡Para que puedas matarme sin ser molestado, me imagino! -El hombre corpulento parecía indiferente.

– Para que pueda matarte sin que me molesten si me da la gana, ¡así es! -repuso Bryan, a la vez que iba grabando el recorrido en su memoria.

La ciudad desapareció a sus espaldas. El sol seguía enviando sus destellos blancos por las calles transversales. Uno de los ciudadanos más jóvenes se despedía de la espontaneidad del verano atravesando, a toda pastilla y calado hasta los huesos, las anchas cunetas que conducían una corriente de agua, aparentemente eterna, a lo largo del borde de las aceras. Una mujer joven intentaba atraparlo, sin tiempo siquiera para disculparse con la monja que a punto había estado de arrollar.

– ¿Por qué has vuelto? ¿Por qué nos persigues? ¿Es por el dinero?

La comisura de los labios del hombre del rostro ancho se contrajo en una mueca mientras sus ojos fríos seguían el tráfico.

– ¿Qué dinero?

– Petra Wagner dice que has preguntado por Gerhart Peuckert. ¿Era él quien tenía que conducirte a nosotros? ¿Era él quien iba a guiarte hasta nuestra mercancía?

– ¿Acaso Gerhart Peuckert sigue con vida?

Bryan examinó el rostro de Lankau en un intento de detectar alguna convulsión. Sin embargo, era un rostro sin vida. Lankau giró la cabeza lentamente hacia Bryan.

– ¡No, Von der Leyen! -repuso, volviendo la cabeza hacia el paisaje, y sonrió-. No sigue con vida.

Cuando las casas y las granjas empezaron a diseminarse por el paisaje cortado por las viñas, Bryan se vio obligado a tomar una decisión. Lankau tenía más información para él, había dicho, y conocía un lugar en el que, con toda seguridad, podrían hablar sin ser molestados. Todo parecía indicar que Lankau estaba preparándole otra trampa. El lugar, a un par de millas del casco urbano, parecía estar desierto. A pesar de los múltiples caminillos y carreteras secundarias y el tráfico constante de gente volviendo a casa, cualquiera de las casas apartadas de la carretera podía esconder secretos que Bryan prefería desconocer.

Cada vez que miraba el rostro indiferente de Lankau, le venía a la mente la idea de que Kröner o Petra habían sido hechos partícipes en un plan de emergencia, según el cual Lankau debía conducir a la víctima a la boca del lobo.

Cuando Bryan preguntó por la finalidad de la granja, Lankau rió.

– ¡Dios mío, no, no es mi casa! Mi familia y yo vivimos en la ciudad. Pero allí no los encontrarás, si eso es lo que pretendes… ¡Han desaparecido! -dijo riéndose-. Es mi pequeño refugio, ¿sabes?

Un cartel colocado al borde de la carretera prohibía la entrada a cualquier persona ajena al lugar.

La casa, contrariamente a las granjas vecinas, era de una sola planta, pero se extendía por el terreno en varias alas, compuestas por unas edificaciones parecidas a bungalows.

Si ése era su pequeño refugio, Lankau debía de ser un hombre muy rico. La casa, retirada de la carretera, estaba rodeada de hileras de vides en un número que daba a entender que el cultivo de aquellas tierras era un mero pasatiempo para su dueño.

El patio tenía más bien forma de superelipse. Bryan se agachó y clavó el cañón de la pistola en el costado de Lankau con fuerza. A partir del momento en que se apagara el motor, su vida dependería de la cautela con la que se condujera. Si era una trampa, el ataque podía llegarle desde cualquier lado.

– ¡Tranquilo, cobarde! -gruñó Lankau y abrió la puerta-. Aquí sólo viene gente durante la vendimia o para cazar.

Bryan golpeó a su rehén en la nuca con la culata del arma con tal fuerza que se desplomó en el pasillo, incluso antes de llegar al salón. Éste era horripilante. Al menos quinientas cornamentas adornaban las paredes, dando testimonio del inveterado instinto asesino de Lankau. Hileras de platos con grabados, pesados libros de lomos gruesos, cuchillos de monte y viejos rifles, rotundos muebles de roble tapizados de rayas y oscuros cuadros cuyos motivos eran, a grandes rasgos, idénticos y previsibles, en toda su exuberancia de naturaleza y animales muertos.

Olía a moho. Era evidente que todos los días no iba gente a aquella casa.

El cuerpo laxo a los pies de Bryan no se mantuvo quieto por mucho tiempo. Bryan volvió a golpearlo. Era importantísimo que no volviera en sí en seguida.

Bryan se quedó un buen rato callado y alerta. Aparte de algún aullido lejano de algún perro y del susurro de neumáticos en la carretera, todo estaba en silencio.

Estaban solos.

Al otro lado del patio se extendía un cobertizo alargado que ocupaba todo el largo de la plaza. También había cornamentas, pieles desolladas, cráneos y puntillas y cuchillos de todos los tamaños y formas.

Toda la pared del fondo constituía una verdadera quincalla, con estantes que rebosaban de botes de pintura, restos de papel pintado, botes de cola, cajas llenas de herrajes, clavos y tornillos. Y luego había cuerda. Haces de hilo bramante del que antaño se empleaba para atar las gavillas durante la cosecha.

Bryan ató a Lankau enérgicamente a una silla de respaldo alto. Utilizó un ovillo entero, hasta sentirse seguro de que aquello podría cortar cualquier intento inesperado del hombre de la cara ancha por liberarse.

Aunque la postura de Lankau era incómoda, cuando finalmente despertó, el hombre pareció indiferente a su infortunio. Bajó la vista hacia los brazos de la silla y constató, sin que se moviese ni un solo músculo de su rostro, que sus brazos y sus piernas estaban atados. Luego volvió la cabeza hacia Bryan y esperó. Durante aquel corto espacio de tiempo pareció viejo.

Para Bryan, la cuestión sobre la mejor manera de sobrevivir a cualquier situación difícil siempre había estado estrictamente ligada a la capacidad de comprender y analizar las reacciones de los demás lo mejor posible. En el lazareto de las SS, los simuladores habían atentado contra la vida de él y la de James porque podían desenmascarar su engaño. La reacción de aquellos hombres había sido lógica. Al igual que Bryan, sabían qué les pasaba a los simuladores que eran descubiertos.

Y a partir de esto, la lógica dejó de funcionar. Delante tenía a una persona para quien todas esas cosas ya no tenían ninguna importancia. ¿Por qué iba entonces a arriesgar su vida por una historia más que superada? ¿Qué era, pues, lo que podía alcanzarlo ahora? Bryan lo miró. La comisura de los labios de aquel grandullón casi le llegaba a la barbilla rolliza. Su mirada era fría y expectante. Bryan se volvió y se encontró con la mirada de cristal de un trofeo de caza. Dos de los simuladores se habían jugado la vida al intentar cazarlo aquella noche del invierno de 1944. No cabía duda de que habían tenido sus razones para hacerlo, sin embargo, Bryan jamás había llegado a comprender qué era lo que los había llevado a actuar como lo habían hecho. Y esa incertidumbre había estado a punto de costarle la vida.

No estaba dispuesto a cometer ese error una vez más.

– ¡Cuéntamelo todo! -se limitó a decir-. ¡Si quieres seguir viviendo, tendrás que contármelo todo!

– ¿Qué es todo?

El hombre corpulento respiraba con cierta dificultad.

– ¿Para que puedas hacerte con nuestro dinero?

El grandullón farfulló algo ininteligible.

– ¡Olvídalo! No lo tendrás, hagas lo que hagas. Como habrás podido comprobar, no se encuentra escondido en pequeñas arcas por la casa, ¿no es así?

– ¿Dinero? ¿Qué dinero?

Bryan se volvió y miró a Lankau directamente a los ojos.

– ¿Acaso creéis que busco dinero? ¿Acaso se ha tratado todo el tiempo de dinero?

Bryan dio un paso hacia adelante, acercándose al hombre del rostro ancho.

– ¿Realmente hay tanto dinero en juego?

Bryan se detuvo y contempló tranquilamente a Lankau. Ni siquiera había pestañeado. Parecía un hombre de negocios en medio de una negociación. En tal caso, se habla introducido inadvertidamente en un terreno que Bryan dominaba a la perfección. Bryan se inclinó sobre el hombre atado de pies y manos y lo miró a los ojos.

– No me faltan recursos, Lankau. Los cuatro cuartos que tú puedas ofrecerme, sin duda, sólo podrían satisfacer las necesidades de mis animales domésticos. Si quieres volver a ver a tu familia, harás bien en esforzarte por contestar a mis preguntas ahora mismo. Cuéntame lo que ocurrió entonces, y luego me cuentas lo que ha pasado desde entonces.

Bryan tomó asiento delante de él y señaló hacia su ojo sano.

– Creo que deberías comenzar por el principio. ¡Empieza por el lazareto!

– ¡El lazareto!

El desprecio no daba lugar a confusiones.

– No me apetece entrar en esos temas. De haber dependido de mí, tú ya estarías muerto; te habría matado entonces. No hay nada más que decir al respecto.

– Pero ¿por qué? ¿Por qué no me dejasteis en paz? ¿Qué podía haceros? ¡Pero si yo también era un simulador!

– ¡Podías hacer lo que, de hecho, hiciste! ¡Podías desaparecer! ¡Y de haberlo querido, podrías habernos traicionado!

– ¡Pero no lo hice! ¿Qué habría sacado yo traicionándoos?

– ¡Podías quitarnos el vagón, cerdo de mierda! -susurró Lankau entre dientes.

– ¡No te he oído, vuelve a decirlo!

Bryan dio un paso atrás. Entonces Lankau intentó escupirle. El desprecio iluminaba su rostro. El resultado de aquel torpe intento tuvo como resultado que la baba le corriera mentón abajo.

En ese mismo instante, Bryan dirigió la pistola hacia el hombre corpulento y efectuó un disparo tan cerca del rostro de Lankau que la llama de la boca del cañón le chamuscó la ceja sobre el ojo sano. Lankau envió una mirada enfurecida a Bryan y volvió la cabeza en un intento de ver el agujero, apenas visible, que había dejado la bala en el respaldo tapizado, a escasos centímetros de su pómulo.

– Si no te avienes inmediatamente a contarme lo que ocurrió a partir de entonces, te mataré -prosiguió Bryan volviendo a levantar la pistola-. Sé que Kröner se encuentra en la ciudad. Sé dónde vive. He hablado con su hijastra, Mariann. Lo he visto con su nueva esposa y con su hijo, y conozco todos sus pasos. ¡Si tú no me cuentas lo que quiero saber, él sin duda lo hará!

En lugar de volver la cabeza y mirar a su guardián, Lankau dejó caer su cuerpo ligeramente hacia adelante. El reconocimiento de que su carcelero también conocía los movimientos y el paradero de Kröner parecía haberlo conmocionado, incluso más que el disparo. Entonces pareció sobreponerse a la situación y alzó la cabeza.

– '¿Por dónde quieres que empiece? -dijo Lankau impasible, alejando la mirada del póster pardusco que colgaba de la pared que daba a la cocina y al recibidor y que, durante un rato, parecía haber captado toda su atención.

«Cordillera de la Paz», rezaba el póster, en letras demasiado vistosas y de color naranja, lo que le daba un aire aún más desolador, si cabe. Miró a! hombre que tenía delante. Era todo un enigma. El arma que sostenía descansaba en el dorso de la mano. El seguro estaba puesto. Estaba sentado delante de él tranquilamente. Lankau rezó porque siguiera así.

Ahora mismo la situación parecía bastante desesperada. Lankau entrecerró los ojos. Sus brazos palpitaban.

Si el hombre que tenía delante decía la verdad, no había forma de que supiera nada respecto a la historia y al papel que había jugado Peter Stich. Y eso era bueno. Si había que darle la vuelta a la situación para tornarla en su favor, tal vez fuera de ese lado del que tendría que llegarle la ayuda. A pesar de su decrepitud, Stich sería, sin duda, un digno adversario de Arno von der Leyen.

En todos los juegos se trata de ganar tiempo, ésta es, en definitiva, la primera regla. Arno von der Leyen tendría su historia.

La siguiente regla fundamental del juego consiste en mantener alejado al adversario hasta haber detectado sus puntos débiles. Eso todavía quedaba pendiente. A menudo, la mayor debilidad de un hombre se esconde en el porqué de sus actos. La pregunta era, pues, dónde buscar. ¿Era Amo von der Leyen codicioso o rencoroso? Eso se vería con el tiempo.

Sin embargo, lo más importante en todo tipo de juegos es ocultar la fuerza y el alcance de las propias armas el máximo de tiempo posible. Ésta es la tercera y última regla fundamental y, por tanto, debería mantener el verdadero papel y la identidad de Peter Stich fuera de su relato.

Era probable que Amo von der Leyen hubiera oído hablar del Cartero durante las largas noches en el hospital. Pero era imposible que supiera que Peter Stich y el Cartero eran la misma persona, por la simple razón de que el Cartero se había dado a conocer en un momento en que Arno von der Leyen asistía a un tratamiento de choque.

Después de haber tomado buena nota de estas tres precauciones, Lankau podía contarle su historia tranquilamente. Juntó los labios y se quedó mirando a su adversario un buen rato. Cuando el silencio hubo alcanzado su cénit, su guardián se inclinó hacia él, rompiéndose así el muro que se había alzado entre ellos.

– Podrías empezar por el Rin -dijo, intentando sostener la mirada de Lankau, como si se hubiera creado una especie de familiaridad entre ellos-. Allí creí que estabas acabado, muerto y desaparecido de la faz de la tierra para siempre.

El gesto de la cabeza que le dirigió Von der Leyen era una invitación a seguir hablando.

– Cuéntame, ¿qué pasó después?

Lankau se incorporó en la silla. Examinó detenidamente a su guardián por primera vez. El aspecto fibroso de su juventud había desaparecido. El cuerpo estaba en decadencia. Sin aquellas cuerdas que lo sujetaban a la silla, podría haber acabado con él rápidamente. Lankau volvió a comprobar la fuerza de las cuerdas y apretó cautelosamente los nudillos contra los brazos de la silla.

– ¿Que qué pasó luego? Veamos, ¿qué pasó?

Von der Leyen se acercó a él y volvió a asentir con la cabeza.

– Ante todo, tenía un agujero en el costado y había perdido un ojo.

El hombre que tenía delante no pareció reaccionar. Lankau volvió a apretar los nudillos contra los brazos de la silla.

– Ésta fue la maldita situación en la que me dejaste, cerdo, y no era precisamente una situación fácil para mí. No podía volver al lazareto en aquel estado, y menos aún sin traer de vuelta a Dieter Schmidt.

Lankau cerró su ojo malo. La piel del cuello de su guardián era fina. El cuello estaba atravesado por venas superficiales.

– Sin embargo, el odio que sentía hacia ti, patán, me mantuvo con vida, ¿sabes? Era un invierno extremadamente frío, ¿recuerdas? ¡Pocas veces en mi vida he visto tanta nieve! Pero la Selva Negra te acoge con misericordia. Sólo tuvieron que pasar dos días, y entonces supe que sobreviviría. Cualquier granja y casa de jornalero tiene su cobertizo o su despensa en estas tierras.

Lankau sonrió.

– Por tanto, supe salir adelante, a pesar de las patrullas de perros que enviaron en nuestra busca. Pero, verás, la situación se hizo bastante más complicada para los que se quedaron atrás, ¡sobre todo para Gerhart Peuckert!

Lankau se dio cuenta con satisfacción de que Von der Leyen se echaba ligeramente hacia atrás. Un estado de alerta que había intentado ocultar se manifestó acusatoriamente. Había empezado el juego.

La debilidad del adversario estaba a punto de salir a la luz.

Durante la hora que siguió, Lankau dejó que viviera el pasado. Se descorrieron muchos velos.

Lankau registró cada reacción y cada movimiento al que se abandonó Von der Leyen. Lankau no omitió ningún dato importante de su relato, salvo la identidad del Cartero, al que no nombró ni una sola vez. Donde lo encontró necesario, se saltó algunos acontecimientos, sustituyéndolos por otros.

Sin embargo, la verdad estuvo constantemente cerca del relato.

Cuando el camillero y enfermero Vonnegut se despertó aquella mañana de finales de noviembre, descubrió horrorizado que faltaban tres hombres en la planta. Se llevó las manos a la cabeza y se mesó los cabellos mientras corría de una habitación a otra sin tocar nada. Las ventanas abiertas en las dos habitaciones hablaban por sí solas. Los pacientes que aún quedaban en las habitaciones estaban echados en sus camas, sonrientes como de costumbre, esperando a que sacaran las palanganas y a que llegara la hora del desayuno. El Hombre del Calendario incluso se levantó y le hizo una ligera reverencia.

Menos de diez minutos más tarde se personaron los guardias de seguridad; estaban exasperados, no entendían nada y la ira brillaba en sus ojos. Incluso los médicos tuvieron que soportar que los interrogaran brutalmente, como si fueran criminales, o como si ya los hubieran encontrado culpables de lo ocurrido. Separaron a los cuatro pacientes que quedaban en la habitación de Lankau durante un par de días para luego, uno a uno, llevarlos a la sala de tratamientos de la planta inferior. Allí los interrogaron, les pegaron con bastones envueltos en cuero y los torturaron con el instrumental que tenían a mano. Cuanto más tiempo pasó sin que aquellos torturadores se convencieran de la inocencia del interrogado, más brutal fue el castigo. Sobre todo se habían empleado a fondo con Gerhart Peuckert. A pesar de que era un oficial de alto rango del SD, el interrogador no dio muestras de sentir ningún tipo de lealtad profesional. Ninguno se libró, ni Peter Stich, ni Kröner, ni el Hombre del Calendario. Incluso al general, cuya habitación estaba al otro lado del pasillo, se lo llevaron abajo. Pasadas unas cuantas horas, lo soltaron. Nunca dijo ni una sola palabra.

En los días que siguieron, Gerhart Peuckert sufrió un colapso y todos creyeron que sucumbiría y moriría.

Tras unos días de crisis, se constató que no sería así. Dejando a un lado las secuelas físicas de la tortura, las cosas volvieron a su cauce normal. Ni Gerhart Peuckert, ni el Hombre del Calendario llorón, ni los demás, fueron capaces de explicar a sus verdugos lo que les había pasado a los tres pacientes desaparecidos.

Antes de que hubiera pasado una semana, aparecieron dos hombres de semblantes serios vestidos de paisano junto al oficial de seguridad que, además, había dirigido los interrogatorios. Se lo llevaron en medio de una comida y se encerraron con él durante algunas horas. Luego lo sacaron a rastras al patio que había delante de las secciones somáticas y lo colgaron sin contemplaciones, sin tener en cuenta sus protestas a gritos ni sus gimoteos; una deshonra sin precedentes. Ni siquiera lo encontraron merecedor de un pelotón de ejecución. Su error mortal, que además había sido el único durante ocho años despiadados, fue permitir que Amo von der Leyen desapareciera delante de los ojos de todos y no haber dado inmediatamente parte del suceso a Berlín.

Después de la ejecución, Kröner y Peter Stich mejoraron rápidamente. El día de Año Nuevo fueron declarados aptos para el servicio y fueron dados de alta en un corto espacio de tiempo.

Gerhart Peuckert llevaba algún tiempo sin reaccionar a ningún estímulo. Lo dejaron atrás, seguros de que no les causaría problemas.

Los combates en el frente se intensificaron. Para Kröner supusieron un verdadero peligro. Todos los oficiales vinculados al servicio de seguridad, el SD, se encontraban en medio de un fuego cruzado. Muchos cayeron bajo las balas de su propia gente. Sin embargo, aunque Kröner sirvió en los frentes en constante retirada con las mismas competencias sucias de siempre y aunque con ello se procuró un gran número de enemigos, logró zafarse y colocarse en una posición en la que sus hombres no tendrían ocasión de atacarlo. En el preciso momento en que se proclamó la muerte del Führer, en medio de su presunta lucha incansable contra el bolchevismo, Kröner desapareció sin dejar rastro, sin equipaje y sin un solo rasguño.

Antes de pasar al relato del destino que había sufrido Peter Stich, Lankau se quedó un buen rato sin decir nada.

– ¡No volvimos a saber nada de Peter Stich! -anunció de pronto.

Amo von der Leyen no reaccionó. Lo miró con ojos vigilantes y permaneció en silencio.

– ¡Fueron muchos los que perdieron la vida durante aquellos días!

Lo que Amo von der Leyen no tenía por qué saber era que Stich, después de ser dado de alta del lazareto de las SS en Ortoschwanden, había sido enviado directamente de vuelta a Berlín, donde ocuparía su antiguo cargo de administrador de los campos de concentración.

Había dos razones para ello.

En primer lugar, se habían intensificado los traslados de personal y de prisioneros entre los diferentes campos de concentración, a la vez que se hacía cada vez más necesaria su supresión. Este proceso requería mucha administración, gran pericia y firmeza. Además, las divisiones blindadas en las que había servido Stich habían sufrido muchas bajas. Un gran número de divisiones se habían visto seriamente mermadas o incluso habían sido aniquiladas. Ya no lo necesitaban allí. En cambio, su presencia en los campos de exterminio era imprescindible; de él podían esperar una contribución del ciento por ciento.

De esta manera, Stich había hecho su papel de simulador mejor que los demás hasta el final. Estaba a salvo y, además, tenía competencias para proceder como quisiera.

– A nuestro jefe lo llamábamos el Cartero, pero supongo que eso no es nuevo para ti -dijo Lankau mirando con desconfianza cómo el hombre que tenía delante asentía con la cabeza.

– ¡Lo que yo pueda saber o no no debe preocuparte! Pero si te saltas algo en tu relato, será peor para ti. ¡Vas a contármelo todo! ¿Has entendido?

Lankau sonrió y se pasó la lengua por la comisura de los labios.

– Su identidad no tiene por qué importarte, puesto que ya murió. Pero para nosotros fue, a fin de cuentas, un hombre importante.

Arno von der Leyen no reaccionó.

El oyente de Lankau estaba a merced del relato.

En los últimos tiempos de la administración central del Tercer Reich en Berlín, el Cartero había conseguido hacerse con una visión general de las purgas políticas que llevaba a cabo el Gau de Goebbels. Disponía de las listas de los deportados, los condenados a muerte, los ejecutados, los desaparecidos y los encarcelados. Sabía cuándo les tocaría a los siguientes y por qué faltas y delitos.

Su objetivo era juntar, de esta manera, cuatro identidades en las que la edad y el sexo coincidieran con la suya y la de sus cómplices. Por tanto, todavía no había abandonado la esperanza de que Lankau y Dieter Schmidt hubieran salido victoriosos de su intento de fuga.

Encontró tres de las identidades sin que le supusiera demasiado esfuerzo. Opositores al Tercer Reich que habían «desaparecido» poco antes y que no tenían familia. Personas que serían tenidas por héroes y resistentes cuando se acabara la guerra. Si suplantaban la identidad de esta gente, no tendrían nada que temer en caso de un posible juicio.

Al Cartero no le resultó difícil hacer desaparecer las pruebas.

Después de algunas indagaciones infructuosas, el Cartero encontró a un candidato apropiado para la cuarta identidad en los calabozos de Potsdam. Un caso que encontró a la vez divertido e irónico. Un judío que, ocultando su verdadera identidad, había ejercido, a lo largo de toda la guerra, de funcionario público de alto rango en la ciudad. Una estela de corrupción, sobornos y fraudes lo había llevado al lugar en el que se encontraba. Más de uno tenía razones más que suficientes para desear su muerte, antes de que acabaran los interrogatorios y el traslado a uno de los campos de concentración se hiciera realidad; un deseo que el Cartero gustosamente pensaba satisfacer.

El judío desapareció sin dejar rastro.

Para el Cartero, un hombre más o menos en el gran sistema jamás había tenido ni la más mínima importancia. Había logrado procurarse cuatro nuevas identidades en las que edad, aspecto físico y estatura se fundían, formando una unidad.

Durante el hundimiento del Tercer Reich, el Cartero desapareció sin dejar rastro.

Ocho días después de la capitulación, el 17 de mayo de 1945, Kröner y el Cartero se encontraron en un tramo de vía apartado y desierto, cerca de una pequeña aldea, en el corazón de Alemania.

El caos reinaba en todo el país. Se saquearon comercios. Hombres, animales y mercancías se dispersaron a los cuatro vientos en una huida anárquica o una última y convulsiva retirada.

Kröner y el Cartero ya llevaban mucho tiempo en camino. Cada uno por su lado, esperaban el anuncio de la rendición definitiva a un par de millas del lugar de encuentro, donde las tropas de los aliados, por mera casualidad, se habían detenido. Apenas un par de millas más adelante, la vía principal era controlada por tropas soviéticas.

Después de un par de días más ocultos, apareció Lankau, demacrado y piojoso como un vagabundo. El reencuentro resultó sorprendente aunque satisfactorio. Tal como habían acordado en el lazareto, los tres habían desafiado el cataclismo y las distancias. Debían encontrarse allí cuando el final de la guerra fuera una realidad. Un vagón de mercancías destartalado determinaría su futuro, rebosante de valores que habían obtenido a costa de las vidas de muchos esclavos rusos.

Toda una vida de acontecimientos separaba el día en que una locomotora ténder había empujado suavemente el vagón hasta su lugar de destino y ahora, cuando las armas habían enmudecido definitivamente, el vagón seguía allí.

Recubierto de algas pero intacto, el vagón seguía aparcado en el olvido, en la vía oxidada de maniobras, apartado de la vía principal, cerca de Hollé, al norte de Naila, en Frankenwald, repleto de reliquias, iconos, platería y otros objetos de valor.

Un tesoro inestimable.

Los tres estaban extasiados. A pesar del cansancio y, en el caso de Lankau, con serias secuelas físicas, fueron capaces de llevar a la práctica su plan.

La noticia de que Dieter Schmidt había muerto fue recibida con gran pesar. Sin embargo, ninguno de ellos se mostró desconsolado. Significaba que había uno menos con quien compartir. En cambio, el Cartero y Kröner estaban indignados porque Amo von der Leyen había podido escapar. El Cartero lo había abroncado encarnizadamente. Había que mover el vagón y había que poner en marcha inmediatamente el resto del plan.

La cerradura de la puerta corrediza estaba oxidada pero intacta. En el interior del vagón todavía quedaban restos de algunos esclavos que, con las prisas, no habían sacado tras su liquidación. Echados sobre las primeras hileras de cajas, parecían simples montones desordenados de ropa. Detrás, había hileras y más hileras de cajas marrones, apiladas unas encima de las otras, desde el suelo hasta el techo. En la primera hilera había dos cajas marcadas con una cruz insignificante. El Cartero las abrió. Después de haber repartido su contenido de dólares americanos, comida enlatada y ropas de paisano, el Cartero abrió su carpeta y entregó a sus cómplices sus nuevas identidades.

El Cartero estaba bien preparado y expuso sus ideas acerca de lo que había que hacer en adelante sin que los demás protestaran ni una sola vez. En lo sucesivo serían personas nuevas. En adelante, sólo podrían utilizar sus verdaderos nombres cuando estuvieran solos. Deberían renunciar a sus antiguas vidas. Tendrían que ser leales los unos con los otros en todo.

Ahora y siempre.

Aquel día, Kröner tuvo que jurarles que se mantendría alejado para siempre del norte de Alemania, donde había nacido, donde había transcurrido toda su vida anterior y donde, probablemente, seguía teniendo mujer y tres hijos. Él, por su cuenta, había llegado a la misma conclusión.

En cuanto a Lankau, no había nada que discutir. Había amado a su esposa antes de la guerra, habían tenido cuatro hijos y habían sido felices. Ahora, su ciudad natal, Demmin, a orillas del río Peene, y las tierras de sus padres en Landryg estaban ocupadas por los rusos.

No volvería jamás a aquella región.

En el caso del Cartero las cosas eran distintas. Ya antes del estallido de la guerra, era un hombre odiado en su lugar natal. La bendición de! nazismo y del nuevo orden establecido por el Tercer Reich no estaba demasiado extendida entre aquellos simples aldeanos y el Cartero había denunciado a los reacios. Demasiadas mujeres habían tenido que despedirse de sus seres queridos por su culpa.

Él tampoco podría volver a casa.

El Cartero no tenía hijos pero sí una esposa que, sin rechistar, lo había seguido en admiración muda, sin tener en cuenta lo que la vida con él podría ofrecerle. Todos podían confiar en ella, les aseguró encarecidamente.

Delante de aquel vagón de mercancías, enfundados en sus ropas nuevas, los tres volvieron a jurar solemnemente que, a partir de aquel momento, borrarían el pasado y darían por muertos a sus familiares.

Acto seguido se distribuyeron las tareas que cada uno debería desempeñar. El Cartero se encargaría de trasladar el vagón desde la difusa zona fronteriza hasta Munich. Mientras tanto, Kröner y Lankau volverían a Friburgo para intentar dar con Gerhart Peuckert, del que sabían que conocía sus planes a la perfección, pero cuya suerte desconocían desde que habían abandonado el lazareto.

Si lo encontraban con vida deberían liquidarlo.

Para el Cartero, el transporte del vagón de mercancías resultó inusitadamente sencillo. Varios miles de dólares cambiaron de mano. Más tarde desapareció el oficial de enlace norteamericano que había recibido el dinero, de camino del ayuntamiento de Naila a su casa, en la base militar.

Munich era un hervidero en disolución; el estraperlo y la corrupción estaban a la orden del día. Todo el mundo estaba en venta, siempre y cuando el precio fuera aceptable. La descarga de la mercancía tuvo lugar con la máxima discreción, y antes de que hubiera finalizado el mes la mayoría de los valores fueron despachados a cinco bancos suizos de Basilea.

La misión que tenían por delante Kröner y Lankau no era tan sencilla.

El paisaje era desolador: un país violado, desgarrado por una Idea que ahora debía ser conjurada por todos los medios. El viaje en bicicleta se prolongó durante ocho días. Cerca de cuatrocientos cincuenta kilómetros por una zona ocupada, marcada por la confusión, la desconfianza y los controles.

Tanto para Lankau como para Kröner, volver a Friburgo suponía huir del fuego para caer en las brasas. Aunque durante los últimos meses la ciudad y sus alrededores habían sucumbido, era más que probable que quedara alguien que hubiera sido testigo de su estancia en el lazareto.

Cuando finalmente alcanzaron su meta, las preocupaciones se desvanecieron como por arte de magia. Tan sólo unos torcidos hierros armados, algunos cascotes y algunos bloques de hormigón pulverizados daban testimonio de la existencia del lazareto que, durante un tiempo, los había protegido de la muerte que aguardaba al otro lado de sus muros. La ciudad era todo caos y confusión. Todos tenían más que suficiente con pensar en sí mismos y en los suyos. Sus gentes habían optado por mirar hacia adelante.

Incluso en los pueblos cercanos, Ettenheim y Ortoschwanden, la información que pudieron obtener acerca de lo que había pasado fue escasa. Sin embargo, las pocas declaraciones que lograron sacar a sus habitantes convenían en que un bombardero, que durante el último bombardeo de Friburgo se había desviado de su rumbo, había soltado su carga sobre la loma. La conclusión generalizada era, lógicamente, que se había tratado de un error. Una montaña era una montaña, y unos árboles, nada más que árboles. Algunos de los más avispados habían observado que, después del día del bombardeo, el número de transportes de enfermos había disminuido considerablemente.

El lazareto de las SS había sido un secreto bien guardado que había sido enterrado junto con los que fallecieron durante el bombardeo.

Cuando volvieron a encontrarse en Munich y durante el tiempo inmediatamente posterior al encuentro, los tres vivieron modestamente. La ciudad estaba invadida. Los aliados se habían apoderado con gran efectividad de todos los órganos centrales de control. Cada vez se hacía más complicado vivir en ella sin levantar sospechas y fue entonces cuando el Cartero les presentó una propuesta redentora y sorprendente: que se establecieran en Friburgo, la más bella de entre todas las bellas ciudades de Alemania.

De esta manera transcurrió un tiempo libre de preocupaciones, hasta que el Cartero se enteró de que, inmediatamente antes de la destrucción del lazareto de las SS, habían salido de allí varios transportes, cuyo destino era el Lazareto de Ensen bei Porz, cerca de Colonia. Este lazareto había tenido como misión examinar y descubrir en qué medida aquellas neurosis y psicosis provocadas podían tener un origen orgánico. La mayoría de los pacientes fueron encontrados no aptos como objetos de investigación y dados de alta inmediatamente tras un examen superficial, siendo luego destinados al servicio de campaña. Pero, por lo que pudo averiguar el Cartero, algunos de los antiguos inquilinos de la Casa del Alfabeto seguían allí.

Una vez allí, descubrieron que Gerhart Peuckert no se encontraba entre los pacientes que fueron trasladados y que ya había muerto.

Lankau se recostó en el asiento y miró a Amo von der Leyen. Su historia había tenido un final repentino. No había revelado la verdadera identidad del Cartero. Estaba satisfecho de sí mismo, dejando de lado que todavía seguía atado a la silla.

Amo von der Leyen sacudió la cabeza. Su tez había adquirido un tono gris.

– ¿Dices que Gerhart Peuckert murió?

– Sí, eso es lo que he dicho.

– ¿En qué hospital?

– En el lazareto de Ortoschwanden, ¡joder!

– ¿Es el que también llamas la Casa del Alfabeto? ¿Ése fue el lugar en el que estuvimos ingresados? ¿Murió durante el bombardeo?

– ¡Sí, sí, sí! -se mofó Lankau-. ¿Y qué más da?

– ¡Quiero oírtelo decir una vez, más! ¡Tengo que estar seguro!

Von der Leyen entrecerró los ojos. Era evidente que intentaba atrapar cualquier convulsión en el rostro de Lankau que pudiera revelar algo. Éste lo miró sin siquiera pestañear.

De pronto, el rostro de Von der Leyen se tornó frío.

– ¡Ha sido un relato muy interesante, Lankau! -dijo con voz apagada-. Sin duda, habéis tenido razones más que suficientes para proteger vuestra conspiración. ¡Debe de tratarse de mucho dinero!

– ¡Y que lo digas! -replicó Lankau, apartando la vista-. Pero si crees que nos puedes presionar, te equivocas. ¡No lo conseguirás, hagas lo que hagas!

– ¿Acaso me has oído poner condiciones? Lo único que te he exigido es saber qué le pasó a Gerhart Peuckert.

– ¡Eso ya te lo he contado! Murió entonces.

– ¿Sabes qué creo, Lankau?

– ¿Acaso piensas que puede interesarme lo que tú creas?

Lankau cerró los ojos e intentó concentrarse en el sonido que acababa de registrar: un crujido insignificante que se repitió en cuanto volvió a echarse hacia adelante. El golpe que Von der Leven le propinó en el pecho lo arrancó de inmediato de aquellos tanteos. El tono gris se había esfumado de su rostro. Volvió a empujarlo con la culata de la pistola. Lankau la miró y contuvo la respiración.

– Te pegaré un tiro ahora mismo, si no me cuentas cómo están las cosas realmente, y qué tiene que ver Petra Wagner en todo esto.

Von der Leyen volvió a golpearle con la pistola. La respiración de Lankau era entrecortada.

– ¡De acuerdo! ¡De todos modos, no creas que tengo tanto miedo a esa amenaza!

De pronto, el hombre corpulento sacudió el cuerpo hacia adelante, como si quisiera propinarle un cabezazo a su guardián.

– Pero ¿qué te imaginabas? ¿Que podrías sacarnos el dinero que hemos ido amasando a lo largo de los años? ¿No deberías haber previsto que no iba a ser tan fácil?

– Hasta hace diez minutos no sabía de qué iba todo. ¡Y desconocía por completo que hubiera dinero de por medio! ¡De hecho, aún no lo sé! Estoy aquí porque quiero saber qué fue de Gerhart Peuckert.

Lankau volvió a oír el crujido.

– ¡Anda ya, cállate de una maldita vez, gusano de mierda! -le espetó, mientras intentaba tomar nota de los movimientos de la silla-. ¿No pretenderás que te crea? Me parece que has olvidado que pasamos varios meses juntos en el mismo lazareto. ¿Acaso crees que he olvidado cómo te movías en la cama mientras prestabas oídos a lo que hablábamos? ¿Acaso crees que he olvidado cómo intentaste escapar con todo lo que sabías?

– En cualquier caso, olvidas que no entiendo el alemán. Jamás entendí nada de lo que decíais. Lo único que quería era salir de allí y perderos de vista.

– ¡Ya puedes irte a otro lado con ese cuento!

Lankau no creía ni una sola palabra de lo que le decía aquel tipo.

El hombre que tenía delante había jugado su juego durante décadas. Era astuto, peligroso y voraz. Las dudas que había albergado Stich acerca de la verdadera identidad de Von der Leyen le llegaron como el eco de un lejano pasado. Poderoso es el enemigo capaz de sembrar la duda en su adversario; superior es quien es capaz de hacerse invisible. Lankau jamás había dudado ni un solo momento. Para él, Von der Leyen era visible, ahora como entonces.

Bajó la comisura de los labios en una mueca y, por primera vez, echó un vistazo por su cuerpo. Había perdido la sensibilidad en las piernas embutidas en calcetines de deporte. Intentó tensarlas sin que por ello se intensificara el riego sanguíneo. Ya no le dolía nada. De un tirón que volvió a descubrir el crujido, abrió la boca y profirió una retahila de sonidos inarticulados. Por un momento, la figura que estaba sentada delante de él pareció sorprenderse.

– Y tampoco has entendido lo que acabo de decir, ¿verdad, Herr Von der Leyen?

Se rió brevemente de esta burla y se quedó callado un buen rato. Cuando el color de su rostro hubo vuelto a la normalidad, cerró los ojos y volvió a hablar en inglés, en una voz tan baja que su guardián apenas fue capaz de oír lo que decía,

– En cuanto a Petra, no pienso contarte una mierda. De hecho, no pienso contarte nada más. ¡Estoy harto de ti! ¡Pégame un tiro o déjame en paz!

Cuando sus miradas se encontraron, Lankau supo que, de momento, Von der Leyen le perdonaría la vida.

CAPÍTULO 43

El Restaurant Dattler, en Schlossberg, no era el restaurante preferido de Kröner. Aunque el menú era elegante y la comida, lo que su esposa acostumbraba llamar exquisita, las raciones solían ser escasas y los camareros corteses de una manera que podía llegar a resultar despectiva. Kröner prefería que sus comidas fueran sencillas, abundantes y caseras. Su anterior esposa, Gisela, no sabía cocinar. A lo largo de los casi veinte años que habían compartido, habían desgastado a un sinnúmero de cocineras sin que por ello hubieran obtenido resultados dignos de mencionar. En cambio, su actual esposa era un sueño en la cocina. Kröner apreciaba ese don y la recompensaba por él. Por ese don y por mucho más.

Stich estaba sentado frente a él y volvía a mirar su reloj, por quinta vez en un par de minutos. Había sido un día agitado. Kröner todavía notaba el abrazo que su hijo le había dado al despedirse de él y de su madre. Por aquella sensación y por todos los futuros abrazos, Arno von der Leyen debía desaparecer de la faz de la tierra.

Stich se pasó la mano por la barba blanca y volvió a echar un vistazo por la ventana panorámica que dejaba postrada toda la ciudad a sus pies.

– ¡Me pasa lo mismo que a ti, Wilfried!

Miró fijamente a Kröner y empezó a dar unos golpes secos en la mesa con sus nudillos finos y marchitos.

– Preferiría que todo hubiera terminado ya. ¡Ahora todo depende de Lankau! Esperemos que todo haya ido según lo planeado. Hasta ahora hemos tenido suerte. ¡Menos mal que encontraste a Gerhart Peuckert a tiempo! Ya sospechaba yo que sería necesario. ¿Estás seguro de que Von der Leyen no te vio?

– ¡Totalmente!

– ¿Y Frau Rehmann? ¡No fue capaz de decir nada concreto sobre el propósito de su visita!

– Nada más, fuera de lo que ya te he contado.

– ¿Y ella se creyó el cuento? ¿Que era psiquiatra?¿Que era miembro de no sé qué comisión?

– ¡Sí, así es! No le dio motivos para desconfiar.

Tras unos instantes de reflexión, Stich volvió a sacar sus gafas y examinó la carta una vez más. Eran las cinco y cuarto. Hacía un cuarto de hora que tenía que haber aparecido Lankau. Entonces volvió a quitarse las gafas.

– Lankau no vendrá -constató.

Kröner se frotó la frente e intentó sondear la fría mirada de Stich. De pronto notó un escalofrío en el pecho. El abrazo del niño y su mirada cándida y abierta volvieron a llevar sus pensamientos por otros derroteros,

– ¿No creerás que le ha pasado algo? -dijo y volvió a frotarse la frente.

– ¡Creo lo que haga falta creer! Arno von der Leyen no ha aparecido repentinamente en el sanatorio por casualidad. ¡Y no es normal que Lankau se retrase de esta manera!

La piel le pareció rugosa cuando se frotó la frente por tercera vez.

– ¿A lo mejor se está deshaciendo del cadáver por su cuenta?

Kröner dirigió la mirada hacia el teleférico.

– ¡Siempre es tan malditamente terco!

Aunque, con el paso de los años, Kröner se había suavizado y la gente que lo rodeaba se había vuelto más benévola con él, la ingenuidad no era uno de sus pecados capitales. La manera en que se habían ido sucediendo los acontecimientos aquel día y, sobre todo, la tardanza de Lankau eran razones suficientes para inquietarse. Durante años, la fraternidad de los simuladores se había preparado para que pudiera surgir alguien que amenazara su posición. Por esa misma razón, en algunos momentos de su vida, Horst Lankau había jugado con la idea de realizar su empresa y emigrar. A Argentina, Paraguay, Brasil, Mozambique, Indonesia; eran tentadoras las historias de países más calurosos y ambientes cerrados y seguros. Sin embargo, su familia se había opuesto: desconocían sus motivaciones.

En cuanto a Stich y a Kröner, siempre habían antepuesto la comodidad a todo lo demás. Ahora las cosas habían cambiado; Kröner ya no estaba dispuesto a correr ningún riesgo en aras de la comodidad. En los últimos años, en los que había fundado una familia nueva y había aprendido a hacerles sitio a los sentimientos, habían ido cobrando peso otras y más trascendentales consideraciones. Se había hecho mayor, un trasplante no era deseable, aunque posible. En cambio, su mujer era joven y podría adaptarse a cualquier rincón del mundo. Un mundo nuevo de acuerdos mutuos y los sueños menudos y cercanos de un niño lo habían clavado al lugar sin provocar ningún tipo de aversión.

Kröner también echó un vistazo a su reloj.

– ¡Petra! -dijo.

– ¡Petra, claro!

El viejo asintió con la cabeza.

– No cabe otra posibilidad.

Carraspeó una vez más, se secó la comisura de los labios y prosiguió:

– ¿Quién sabe? A lo mejor ha estado esperando todos estos años a que surgiera la ocasión adecuada. ¡Y, por lo visto, le ha llegado ahora!

– ¡Debe de habérselo contado todo!

– ¡Es posible, sí!

– ¡Eso quiere decir que Lankau ya no está vivo!

– ¡Probablemente, no!

El jefe de sala se apresuró a acercarse a la mesa en cuanto Peter Stich lo llamó.

– ¡Nos vamos! -dijo.

Las huellas en el suelo de la columnata evidenciaban que había tenido lugar una pelea. En cuanto Stich y Kröner se hubieron asegurado de que no habían pasado por alto ningún rastro de sangre u otra señal que pudiera dar una pista del desenlace de la contienda, se dirigieron rápidamente hacia el piso de Peter Stich en Luisenstrasse, donde, unas horas antes, habían dejado a Gerhart Peuckert al cuidado maternal de Andrea.

Aparte de Petra, Andrea era la única persona capaz de arrancarle una sonrisa a Gerhart. Sólo ocurría muy de vez en cuando y solía ser una sonrisa torpe, pero ocurría. Y Andrea pagaba por la confianza que él le brindaba. Cada vez que habían instalado a Gerhart Peuckert en el piso de Stich, Andrea se había desvivido por él. Kröner alzó la vista hacia los edificios que aparecieron al doblar la esquina. Jamás había comprendido por qué Andrea se mostraba tan generosa; normalmente no era así.

A lo largo de todos los años, durante los que el marido de Andrea y sus amigos habían pagado por la estancia de Gerhart Peuckert en el sanatorio, Kröner siempre supo que ella había considerado a Gerhart un ser indigno. La sociedad debía desembarazarse de los parias, ésa había sido siempre su opinión. Lo había visto puesto en práctica en los campos de concentración y le había gustado. El exterminio decidido significaba menos gastos y menos trabajo. Tan sólo el extraño afecto que su esposo y los amigos de éste mostraban para con el demente la hacía mostrarse falsamente solícita.

Andrea era buena fingiendo.

En general, había muchas razones por las que Kröner se oponía a que su esposa la tratara.

Andrea percibió su nerviosismo antes de que hubieran entrado al corredor. Kröner la vio desaparecer como una sombra por el estrecho pasillo. Antes de devolverles el saludo, había agarrado a Gerhart Peuckert por el brazo y se lo había llevado al comedor. Allí solía dejarlo a menudo a oscuras.

Esta vez, Andrea encendió una de las lámparas de la pared.

– ¿Qué ha pasado? -dijo, a la vez que señalaba una botella de vino de Oporto que había en el aparador.

Stich sacudió la cabeza.

– ¡Nada que podamos remediar, me temo!

– ¿Dónde está Lankau?

– No lo sabemos. ¡Ése es el problema!

Andrea Stich se secó las manos en una toalla y, sin decir nada, fue a por el listín de teléfonos de su marido que estaba sobre la carpeta, en su estudio. Peter Stich lo cogió sin darle las gracias.

Ni la llamada a la casa de Lankau ni a su segunda residencia surtieron efecto. Kröner se mordió la cavidad bucal. Frunció el ceño e intentó rememorar su casa y sus alrededores al despedirse de su esposa y de su hijo. No había notado nada fuera de lo normal. De pronto un escalofrío le recorrió el cuerpo y sus hombros empezaron a temblar. Había que reprimir los malos presentimientos. Ahora se trataba de Lankau. Era como si se lo hubiera tragado la tierra.

– Veamos -dijo Stich colocándose detrás de Kröner, desde donde disfrutaba de una amplia vista de los aparcamientos y de la calle en la que todavía se respiraba vida a la luz tardía y pálida del atardecer.

– En el caso de que Von der Leyen haya acabado con Lankau, cabe suponer que muy pronto pasará algo. Por lo visto, Gerhat Peuckert es importante para Amo von der Leyen. Pero ¿por qué lo es? ¿Puedes decírmelo tú, Wilfried? ¿Por qué ese diablo no escatima ningún medio para ponerse en contacto con nuestro amigo mudo?

– ¡Creo que es todo lo contrario! Estoy convencido de que nosotros somos su objetivo. ¡Peuckert no es más que una herramienta para dar con nosotros!

– Ya, pero ¿qué sentido tiene eso, Wilfried? ¿Por qué iba a creer que nos encontraría a través de Peuckert? Lo único que, en lógica, nos une a Peuckert es haber pasado unos meses con él en una casa de locos. Y debo añadir que de eso hace cientos de años.

– No lo sé. ¡Pero estoy seguro de que lo que pretende Von der Leyen es chantajearnos!

– ¡En eso estoy de acuerdo! Llegados a este punto, lo hace para lucrarse, eso también lo creo yo. Bien es cierto que entonces fuimos muy duros con él, pero no creo que lo impulse la sed de venganza.

Stich se volvió, dejándose absorber por la gran superficie de cristal de la ventana.

– A ése lo deja frío la venganza, estoy convencido. La venganza sólo es para los seres irracionales. Von der Leyen no es irracional, si quieres saber mi opinión. ¡Sea quien sea ese tipo!

Era evidente que a Stich lo concomían todas las preguntas sin contestar. La irritación se dibujaba en su rostro con claridad.

– A lo mejor, Peuckert puede ayudarnos de alguna manera a dar con una pista, Peter.

Stich se volvió hacia su esposa. Kröner sabía por qué había hablado desde la otra punta de la habitación. Cuando su marido estaba de aquel humor, era muy capaz de pegarle en cuanto se quedaban a solas. Aunque solía arrepentirse luego y sin duda ya no repartía sus golpes con la misma autoridad de antes, Kröner sospechaba que la mujer, a esas alturas de la vida, prefería que los golpes los recibieran otros. Como, por ejemplo el idiota que se encontraba en el comedor.

También ella se había debilitado con la edad.

Tras unas cuantas llamadas más, Stich entrecerró los ojos. Se volvió hacia Kröner y sacudió la cabeza. Ambos habían aceptado la inevitabilidad de la nueva situación.

El hombre del rostro picado se quedó mirando el teléfono un buen rato. A estas horas, su mujer y su hijo ya debían de haber llegado a su destino. En el momento en que se disponía a coger el auricular, Andrea entró por la puerta con el hombre robot a rastras. Todavía masticaba la comida. Stich lo cogió del brazo y lo sentó suavemente en el sofá. Luego le pasó la mano por el pelo; era una costumbre que había adquirido con el paso del tiempo. El demente se había convertido en una especie de animal de compañía. Se había convertido en su pequeña mascota encerrada. Su gatito y su pequeño mono. Sólo Lankau mantenía una actitud distante.

– ¿Has comido, pequeño Gerhart? ¿Andrea ha cuidado bien de ti?

La dulzura siempre irrumpía en su rostro cuando oía hablar de Andrea. Como ahora. Peuckert sonrió y miró hacia Andrea, que acababa de encender la araña.

– ¿Te gusta estar un rato sentado en el salón con nosotros, pequeño Gerhart? ¿Quieres que Kröner se siente un ratito a tu lado también?

Stich le cogió las manos y las frotó como si estuvieran heladas.

– Así, Gerhart, así es como te gusta a ti, ¿verdad?

El anciano volvió a acariciar el dorso nervudo de la mano de Gerhart y le sonrió.

– A Andrea y a mí nos gustaría saber si Petra sigue visitándote a menudo.

Kröner detectó un ligero fruncimiento en los labios de Gerhart, apenas perceptible. Ese pequeño gesto hablaba por sí solo. Stich volvió a palmearle la mano.

– Y también nos gustaría saber si te hace muchas preguntas, Gerhart. ¿Te hace preguntas extrañas de vez en cuando? ¿Te pregunta, por ejemplo, acerca del pasado, de los viejos tiempos, o de lo que hacemos cuando nos vamos de excursión al bosque? ¿Lo hace, pequeño Gerhart?

Gerhart apretó los labios y miró hacia el techo, como si pensara.

– Bueno, a veces es difícil acordarse. Pero entonces a lo mejor puedes decirme si alguna vez te ha hablado de Amo von der Leyen, amiguito.

El hombre que estaba sentado totalmente quieto en el sofá volvió a apretar los labios.

Stich se puso en pie y soltó las manos de Gerhart tan inesperadamente como las había cogido.

– Has de saber que ese tal Amo von der Leyen te está buscando, pequeño Gerhart. ¡Y no entendemos por qué! Y se hace pasar por otro. ¿Sabes lo que dice Kröner que se hace llamar?

Gerhart le envió una mirada apática a Kröner. Kröner no fue capaz de evaluar si lo había reconocido o si había sido una mirada fortuita.

– Se hace llamar Bryan Underwood Scott -prosiguió Stich riéndose secamente antes de carraspear de nuevo-. ¿No es gracioso? Ha estado en Santa Úrsula. Le habló en inglés a Frau Rehmann. Sorprendente, ¿no? ¿No te parece extraño?

Kröner se acercó a Peuckert y se agachó para observar su rostro de cerca. Como de costumbre, no detectó ni la más mínima reacción. Tendrían que ocuparse del asunto sin su ayuda.

– Encontraré a Petra -dijo Kröner incorporándose de golpe.

El anciano no le quitó los ojos de encima mientras se incorporaba. Abrió los ojos desmesuradamente.

– ¡Sí! Y cuando la encuentres, harás todo lo que esté en tus manos por sacarle la verdad, ¿verdad, Wilfried? Si tienes la más mínima sospecha de que nos ha traicionado, mátala, ¿has entendido? -dijo, a la vez que cogía a Peuckert jovialmente por la nuca.

– ¿Qué hay de la carta con la que siempre nos ha amenazado?

– ¿Qué prefieres, Wilfried? ¿La peste o el cólera? ¡Si no hacemos nada, no hay duda de que tendrás un problema! ¿Y si finalmente decides animarte a hacer lo que debes, ¿quién sabe lo que puede ocurrir después?

La mirada que le envió Stich fue despectiva.

– Han pasado ya casi treinta años, Wilfried. ¿Quién iba a tomarse un pedazo de papel como ése en serio? ¿Y quién nos asegura que realmente existe? ¿Acaso podemos fiarnos de la pequeña Wagner? ¡Vete ya y haz lo que te he dicho! ¿Lo has entendido?

– ¡No hace falta que me des órdenes, Stich! ¡ Sé pensar por mí mismo!

Sin embargo, la verdad era que no. Kröner ya no era capaz de pensar. Fuera lo que fuese lo que la reunión con Petra trajera consigo, la situación era totalmente nueva para él, nueva y mudable; dos elementos que se daban de narices con la seguridad que su vida cotidiana demandaba. Al abandonar el salón, se volvió hacia Gerhart Peuckert. Los labios del hombre encogido en el sofá temblaron levemente cuando Stich lo agarró amistosamente por la nuca. Sus ojos no expresaban ningún sentimiento. Su mirada era profunda, como de cansancio por el día que declinaba.

Mientras aún se colocaba el sombrero, Kröner percibió el movimiento difuso de Stich a sus espaldas. Se volvió hacia la puerta, a tiempo para ver cómo el golpe de Stich alcanzaba la sien de su víctima impotente. Peuckert rodó por los suelos protegiendo desesperadamente su rostro con ambas manos.

– ¿Qué quiere de ti Arno von der Leyen, imbécil? ¿Acaso eres valioso? -gritó, a la vez que le propinaba una patada con tal fuerza que su débil rodilla emitió un chasquido.

El viejo gimió y miró con sus fríos ojos el cuerpo que estaba tirado en el suelo despectivamente.

– ¿Qué tiene ese cerdo que ver contigo?

A pesar de la rodilla, el viejo volvió a patalear. Kröner atrapó la expresión del rostro de Peuckert durante un instante. Parecía más sorprendido que suplicante.

– ¿Qué tendrás tú que haga que ese diablo tal vez haya pasado casi treinta años en el extranjero sin olvidarte? ¡Me gustaría saberlo! ¿Qué me dices, pequeño Gerhart? ¿Puedes contárnoslo, a mí y a Andrea?

Stich volvió a propinarle una patada, sin esperar la respuesta.

– ¿Puedes decirnos lo que el presunto Bryan Underwood Scott quiere de ti?

A sus pies, el hombre había empezado a sollozar. Había pasado otras veces. Un flujo inarticulado de sonidos que, Kröner sabía, podía llevar a Stich a volver a pegarle con más fuerza, a pesar de que jamás lo había visto con sus propios ojos. Kröner volvió a entrar en el salón y agarró a Stich del hombro. La mirada que le devolvió éste le dijo que su gesto había sido innecesario. Stich sabía perfectamente que ya estaba bien. El tiempo podía ser escaso. Debía procurar tranquilizarse.

Andrea Stich pasó tranquilamente por delante de Kröner, se metió en la cocina y sirvió un snaps cristalino y aromático en un vasito sucio. Su marido se lo bebió de un trago, tras lo cual se sentó tranquilamente en la silla deslucida, delante del escritorio. Tras unos segundos iniciales de incertidumbre, apoyó la barbilla en la mano y se puso a pensar.

El hombre magullado se puso en pie y siguió a Andrea, que se dirigió al comedor para apagar la luz. Volvió a sentarse en su sitio sin decir nada. Delante tenía un platito con cuatro galletas untadas de mantequilla. Todos sabían que le gustaban las galletas con mantequilla.

No las tocó. En lugar de comérselas, empezó a mecer el cuerpo hacia adelante y hacia atrás, apoyando las muñecas en el borde de la mesa. Al principio, de forma casi imperceptible; luego, cada vez con más violencia.

Kröner se atusó el sombrero y abandonó el salón silenciosamente.

CAPÍTULO 44

Era el dolor el que llevaba a Gerhart a mecerse hacia adelante y hacia atrás, y fue un sentimiento doloroso por la ausencia de Petra el que lo hizo respirar entrecortadamente.

Habían traspasado su coraza unas palabras muy fuertes.

Se incorporó ligeramente en el asiento y empezó a contar los rosetones en el estucado del techo. Después de haberlos contado un par de veces dejó de mecerse.

Y entonces volvieron las palabras. Batió los pies un par de veces debajo de la mesa y reemprendió el recuento. Esta vez, las palabras no se desvanecieron. Entonces se llevó la mano al lóbulo de la oreja y volvió a mecer el cuerpo para, al instante siguiente, detenerse en seco.

Gerhart echó un vistazo a su alrededor y, en ese momento, la estancia se le vino encima. Lo había tenido bajo su custodia durante muchos años. Lo había rodeado estrechamente, esclavizándolo. Cuando contaba rosetones, comía galletas y pateaba, solía estar cerca el viejo. Petra nunca entraba en aquella estancia.

Contó los rosetones una vez más y volvió a patear debajo de la mesa. Cogió una galleta y le dio un mordisco.

El anciano lo había lastimado.

Las palabras que lo habían excitado empezaron a crecer lentamente. Gerhart empezó a contar, cada vez más de prisa. Cuando finalmente la estancia empezó a rodar sobre su cabeza a un ritmo cada vez más acelerado, rosetón a rosetón, Gerhart dejó de masticar.

De pronto renunció a resistirse a los pensamientos que estaban a punto de apoderarse de él.

Un retazo de un mundo irreal desfiló a toda marcha en su cabeza. Gerhart comprendía a la perfección el nombre de Am o von der Leyen. Era un nombre de una extensión y una estructura con las que pocas veces se había encontrado. Y era un buen nombre. En el pasado lo había repetido infinidad de veces, hasta darle vueltas en la cabeza y dejarlo mareado y confuso. Al final habla dejado de darle cabida.

Y ahora había vuelto para perturbar la paz.

Los pensamientos en cadenas demasiado largas no le hacían ningún bien. Llevaban el conflicto a su interior. De pronto, palabras y sentimientos podían fusionarse, trayendo nuevos pensamientos consigo. Ocurrencias que nunca había reclamado.

Por tanto, era preferible que los conceptos gozaran de vida propia sin sufrir perturbaciones externas.

Y ahora se sentía perturbado.

En medio de ese desasosiego irrumpió un nuevo e inquietante elemento.

El nombre de Amo von der Leyen no tenía rostro. Hacía años que éste se había borrado y había desaparecido. El nombre transmitía calidez, pero el hombre que se escondía detrás de él irradiaba frialdad. Por lo demás, no había nada en este mundo que le transmitiera una sensación como aquélla.

A pesar de que los tres hombres que lo visitaban de vez en cuando eran capaces de zarandear su ser, jamás lo dejaban inquieto y aturdido. Los actos de los tres hombres desaparecían en el mismo instante en que lo abandonaban.

No era el caso de aquel nombre.

Volvió a contar. Los golpes del pie debajo de la mesa se adelantaron al recuento y el nombre volvió a surgir, rompiendo el silencio eterno. Al final, la tormenta podría desatarse y arrasarlo libremente.

Se quedó un buen rato así.

Cuando Andrea volvió a entrar en el comedor y miró con desprecio el plato, había empezado a darle vueltas a un nuevo nombre, como si nunca hubiera desaparecido. Su timbre representaba un mundo aparte. Una vida lejana e inalcanzable. El nombre de Bryan Underwood Scott era la puñalada en la conciencia que hacía que confluyeran los sentimientos y los recuerdos, abandonándolo en un estado de impotencia, confusión y angustia.

Y lo peor de todo: el hombre del rostro picado los había abandonado para hacerle daño a Petra.

Al igual que una persona que se siente abatida por la pérdida de su amuleto, Gerhart ya no se sentía intocable. La invulnerabilidad había sido ultrajada para siempre. Los sentimientos se habían desatado de una patada al prestar oídos a todas aquellas palabras.

Volvió a intentar contar los rosetones y percibió cómo el odio se abría paso a través de la subconciencia. Los pensamientos volvieron a surgir caóticamente.

Desde que tenía conciencia de su propia existencia, siempre había sido Gerhart Peuckert. A pesar de que también lo llamaban Erich Blumenfeld, él seguía siendo, no obstante, Gerhart Peuckert. Estas dos identidades no se estorbaban. Sin embargo, había algo más en él. También era otro. No sólo un hombre con dos o tres nombres, sino también un hombre que vivía paralelamente a la vida que ahora era la suya. Y aquel hombre era infeliz; siempre había sufrido.

Por eso era bueno que hubiera estado desaparecido durante tanto tiempo.

Gerhart echó un vistazo a las galletas y, distraído, tocó una que le pringó las puntas de los dedos de mantequilla.

El hombre infeliz encerrado en su interior estaba a punto de sobreponerse y emerger a la superficie, con toda su sabiduría y sus conocimientos y toda su rabia reprimida; un hombre joven con esperanzas que nunca se habían cumplido, lleno de amor que nunca había sido alimentado. Era este hombre el que se conmovía al oír el nombre de Bryan Underwood Scott, pero era Gerhart Peuckert el que estaba sentado en el comedor.

Año tras año había sobrevivido con sus pequeños quehaceres y las visitas que recibía regularmente. Al principio, había tenido miedo y observaba a sus visitas con desconfianza y temor. El temor constante a que le quitaran la vida le robaba el sueño, las ganas de vivir y las energías. Una vez hubo superado aquel estado, se dejó arropar por la pasividad laxa a la que miles de días de trivialidad pueden tentar. Por aquel entonces empezó a contar y a practicar sus peculiares ejercicios físicos, con el fin de que los días se desvanecieran siguiendo ritmos sosegados. Y al final, envuelto por la rutina, olvidó el porqué de su ser, dónde estaba y por qué nunca decía nada. Simplemente no decía nada. Comía, dormía, escuchaba la radio, programas infantiles y piezas radiofónicas, luego la televisión, cuando ésta apareció, sonreía de vez en cuando y, por lo demás, se mantenía callado y pasivo, mientras los demás se entretenían con trabajos manuales. Era capaz de pasar horas con las manos entrelazadas, purificado en alma y mente. Se había convertido en Gerhart Peuckert y, de vez en cuando, en Erich Blumenfeld.

Durante los primeros años en el sanatorio de Friburgo se desvivía por los pequeños fragmentos de un relato, una película, una obra de teatro o un libro. Pero, cada vez que las historias alcanzaban su punto álgido, se estancaban, perdía el hilo conductor, era incapaz de seguir adelante. Cada vez había más cosas que lo perturbaban, confundiéndose en un mundo espectral. Figuras y personas se mezclaban, desaparecían nombres que eran sustituidos por otros, algunos acontecimientos perdían su sentido. Y entonces abandonó sus esfuerzos. Tan sólo una cuestión, que se mantenía por encima de las demás historias sin final y maltratadas, seguía atormentándolo diariamente en toda su irracionalidad: ¿cómo se llamaba la segunda esposa de David Copperfíeld?

Y de pronto, un día, incluso esa pregunta se vio envuelta por las tinieblas del pasado, la insignificancia y el olvido.

Al final, en aquella personalidad difusa no se movía más que una solitaria chispa de vida palpitante, una sensación de seguridad y de felicidad en armoniosa concordia. Sólo Petra, que siempre estaba cerca de él, sólo aquella chica dulce que maduraba imperceptiblemente y que siempre le acariciaba la mejilla suave y cariñosamente era capaz de prender aquella chispa. Ella era el único vestigio de los sueños y la felicidad.

Aquella pequeña mujer siempre hablaba de las cosas como si él formase parte de su vida. Hablaba de la vida al otro lado de los muros del sanatorio, y de sus penas y alegrías. Sucedían tantas cosas que él no entendía… Le hablaba de países de los que él jamás había oído hablar, y de gente, actores, presidentes y pintores cuya existencia él era incapaz de abarcar.

Rara vez lo abandonaba para viajar a otros países y volvía a su lado con impresiones que eran tan exóticas como los cuentos. Memorables y deliciosas. Sin embargo, lo único que tenía sentido para él era que ella volviera, humilde y presente, optimista. Y con una caricia para su mejilla.

Se había acostumbrado a los hombres que lo visitaban. Con los años, su postura amenazante se había ido suavizando. Ya no lo agarraban del brazo con dureza, ni le susurraban amenazas al oído cuando se quedaban a solas con él. Simplemente se convirtieron en una parte de su vida cotidiana. Y eran muy diferentes entre sí.

El hombre del rostro picado se convirtió en su amigo. No porque siempre fuera amable cuando lo visitaba. Tampoco porque siempre le ofreciera algún bocado exquisito cuando visitaban su preciosa casa. Sino sobre todo porque ni el viejo ni el hombre del rostro ancho le habían pegado estando Kröner presente.

Así había sido hasta ese momento.

Lankau era el peor. Aunque el viejo podía pasarse todo un di* persiguiéndolo, al menos tenían algún que otro rasgo conciliador. Y además tenía a Andrea.

El viejo era quien mandaba, pero era Lankau quien ejecutaba las órdenes. Durante los primeros años, su aspecto le resultó extremadamente terrorífico, con su órbita ocular vacía que, a veces, cuando lo castigaba, se quedaba abierta de par en par, Fueran cuales fuesen las razones de las palizas, el resultado fue que Gerhart Peuckert dejó de reaccionar, le hicieran lo que le hicieran. Y con los años, prácticamente habían dejado de castigarlo. Los golpes ya no eran tan fuertes.

Hasta ese día.

Gerhart retomó el recuento de los rosetones, en un intento de mantener las palabras alejadas. En el salón contiguo, hacía ya tiempo que el viejo había dejado de carraspear. De vez en cuando se escuchaba su respiración pesada y regular, como si estuviera dormido.

A medida que fue pasando el tiempo, las visitas de los tres hombres se fueron espaciando cada vez más. En las raras ocasiones en que se juntaban a su alrededor, solían cantarle un tled, darle una palmada amistosa en la espalda y ofrecerle un puro 0 un snaps que Lankau le servía de su bastón o de la petaca que siempre llevaba en el bolsillo de su cazadora. Alguna que Otra vez, con motivo de una visita, lo sacaban a pasear por las calles de la ciudad o se lo llevaban a casa de Kröner o del viejo, o incluso al refugio de Lankau. Entonces solían hablar animadamente de sus negocios. Aquellos constantes lances con lo desconocido llevaban a Gerhart a contar y a añorar el sanatorio. Casi siempre terminaba por buscar el coche que lo había llevado hasta allí. Entonces solían cogerlo del brazo y serenarlo con un par de pastillas.

A Gerhart Peuckert, alias Erich Blumenfeld, siempre le habían suministrado pastillas. En los sanatorios, durante los paseos, en las visitas a las casas de los tres hombres. Estuviera donde estuviese, siempre acababan dándole pastillas; las enfermeras, los camilleros, los tres hombres y sus familias.

Cada lugar estaba provisto de su pequeño botiquín en el que guardaban sus pastillas.

Tan sólo una vez se lo habían llevado a un lugar donde había extraños. Petra había ido a su encuentro y lo había abrazado. Había sido con motivo de un vuelo de exhibición, entre miles de espectadores. Los gritos, el ruido infernal y la muchedumbre lo habían desquiciado, aunque la exhibición lo había cautivado. Estuvo varias horas sin señalar con el dedo ni mover la cabeza, pero sus ojos habían expresado una gran admiración y la visión había desatado algo que llevaba muchos años encerrado en lo más profundo de su ser. Ésa fue la primera vez en quince años que abrió la boca para decir algo. Mientras seguía con la mirada los cazas que cortaban el cielo. Hasta que llegó la hora de dormir no dejó de repetir la misma frase, una y otra vez. «So schne.ll», fueron sus palabras.

CAPÍTULO 45

Había sido un día extraño para Laureen. Una sensación vaga de que estaba a punto de tocar algo que, a lo largo de los años, había permanecido oculto, como un tono concomitante y permanente en la vida de ella y de Bryan, se fue apoderando de ella. Mientras Bryan hablaba con la mujer en el parque de la ciudad. Laureen se fue convenciendo de que su destino estaba ligado a aquella persona enjuta.

Sin embargo, eso no era todo.

De lejos, aquel encuentro con la mujer podía parecer un reencuentro fortuito que, con una rapidez incomprensible, había evolucionado hasta transformarse en una confrontación y una pelea. Sin embargo, cuando se separaron, ambos habían irradiado tales ondas de emoción y de sentimientos reprimidos que Laureen estuvo convencida de que pronto volverían a encontrarse. «Sin duda el encuentro tendrá lugar bajo otras circunstancias», pensó para sus adentros.

Bryan seguía teniendo su base en el hotel Roseneck, en Urachstrasse. Ése era el punto de partida de Laureen y allí sería, llegada la hora, donde se pondría en contacto con él. En cuanto a la mujer, las cosas cambiaban. Le gustara o no, Laureen sentía una necesidad acuciante de saber algo más sobre ella. ¿Era su piso el que Bryan había vigilado durante toda la mañana? ¿Quién era ella? ¿Cómo era posible que una mujer de una ciudad lejana de Alemania, y que, además, no era joven del todo, pudiera interesarle tanto a su marido?¿De qué se conocían? ¿Y cuánto? Laureen tenía intención de averiguarlo; allí y ahora mismo.

Así, fue a la mujer y no al hombre a la que Laureen siguió durante las siguientes horas.

Fueron muchas las paradas. En dos ocasiones fue una cabina de teléfono la que se tragó el abrigo negro de charol. De vez en cuando, la mujer desaparecía por el portal de un edificio de pisos, dejando a Laureen en la calle sin saber qué hacer, confusa y con los pies doloridos. La mujer tenía muchos asuntos que atender. Cuando finalmente se metió en un bar de la plaza de Münster y hubo pasado un buen rato mirando por la ventana desde su mesa cercana a la puerta, Laureen tomó asiento cerca de ella y se quitó sus zapatos nuevos con una expresión de alivio casi audible. Hasta entonces no había tenido tiempo ni ocasión de observar el objeto de su persecución.

La mujer sentada a un par de mesas de donde se encontraba Laureen no parecía especialmente deseable.

Cuando Bryan, un rato más tarde, se sentó a su mesa, parecía estar muy tenso. El hecho de que apareciera no le sorprendió lo más mínimo a Laureen, aunque la familiaridad con la que se trataban Bryan y la mujer desconocida sí le atormentó. Entonces ella posó su mano sobre el brazo de Bryan y lo acarició suavemente. Pocos minutos después de haber entrado, Bryan volvió a abandonar el bar, más rígido y tenso de lo que Laureen lo había visto nunca. Desapareció tras la veladura de la ventana con movimiento repentinos, abruptos y descoordinados, como los de un borracho.

Con ello, el dilema a la hora de decidir a quién debía seguir el resto de la tarde se resolvió por sí solo. La mujer se quedó un rato más mirando al infinito. Parecía confusa e indecisa. Laureen encendió un cigarrilo y se volvió hacia el centro del establecimiento. De momento seguiría sentada en su rincón, intentando pasar desapercibida. En cuanto se fuera la mujer, ella también se iría.

CAPÍTULO 46

Petra estaba confusa. A lo largo de su ronda a través de la ciudad, varios de sus pacientes le habían preguntado si estaba enferma. «Está usted muy pálida, hermana Wagner», le habían dicho, y así era, no se encontraba bien.

Llevaba toda una vida viendo a los tres simuladores del lazareto de las SS actuar a su antojo. Aunque eran muy diferentes, Petra sabía con toda seguridad que los tres se mostrarían inflexibles con todo aquel que se interpusiera en su camino.

Petra había tardado mucho en comprenderlo. Sin la ayuda de su amiga Gisela Devers, de quien aún entonces se arrepentía de haber presentado a Kröner, jamás habría descubierto la relación que unía a aquellos hombres.

Y de no haber existido Gerhart Peuckert, jamás se habría visto envuelta en nada que tuviera que ver con aquellos diablos.

Sólo vivía por y para Gerhart.

Siempre había amado a aquel hombre atractivo. Un proyecto imposible que le había acarreado las críticas de sus más allegados y el aislamiento de una vida social normal. Llevaba años abrigando la esperanza de que sus traumas se desvanecerían poco a poco hasta desaparecer por completo. Había vivido con la vista puesta en una vida más normal a su lado.

En algunos momentos había sentido que estaba muy cerca de que se cumplieran sus sueños; momentos felices y cortos. Hasta que tuvo que admitirlo: el destino de Gerhart Peuckert estaba condenado a alimentarse a la sombra de aquellos tres hombres.

Siempre lo había sabido y siempre había odiado aquella certeza.

Y por saberlo y por la esperanza eterna que abrigaba, aquel día había traicionado a otro ser humano.

El sobresalto que le había producido volver a ver a un paciente de entonces había sido considerable. De hecho, no había ocurrido desde que los tres hombres volvieron a aparecer en escena. Y de eso hacía ya muchos años.

Era el rostro de Amo von der Leven y, sin embargo, había venido a ella como un extraño. Su idioma y su aspecto la habían asustado. El miedo que había brotado en ella cuando él le preguntó por Gerhart Peuckert era más que comprensible, teniendo en cuenta su realidad.

Nadie sabía lo que realmente se movía en el interior de Gerhart Peuckert. Hacía tiempo que los médicos habían sentenciado que su mente estaba en suspensión. Su conciencia estaba dormida, sometida a las fuerzas de su subconsciente. En una ocasión, Gisela Devers le había confesado que hacía tiempo que su marido estaba convencido de que llegaría el día en que Gerhart Peuckert se levantaría de la cama como un hombre normal. A la vez, Kröner había dado a entender que esperaba que entonces Gerhart Peuckert los traicionaría a todos. Este tema siempre provocaba las disputas entre Gisela y Kröner. «Pero ¿por qué no podéis dejarlo en paz de una vez?», le había sermoneado a su marido una y otra vez. Sin embargo, la hermandad de los simuladores no podía dejar en paz a Gerhart Peuckert. Todo iría bien, siempre y cuando pudieran controlarlo constantemente; pero no podían, ni querían, soltarlo. Gerhart Peuckert sabía demasiado para que eso fuera posible.

Sólo porque estaba mal y su estado mental era tan estable, los tres hombres optaron por dejarlo seguir con vida. Según Gisela Devers, era una expresión que habían utilizado literalmente: «Habían permitido que siguiera con vida».

Petra estaba intranquila. Así era cómo debían seguir siendo las cosas. Y de pronto había aparecido un extraño. Se había permitido ligar su pasado al de ellos haciendo preguntas acerca de lo único sobre la faz de la tierra que ella sentía necesidad de proteger con su propia vida. Había sido una amenaza lo que la había llevado a reaccionar con tanta inmediatez. Petra suspiró y enrolló el aparato para medir la presión sanguínea. Saludó con un gesto de la cabeza al paciente que estaba estirado, mirándola fijamente, y luego echó un vistazo por la ventana.

Los rayos del sol habían bailado Schlossberg durante todo el día. Como si, con ello, aquella colina insignificante pretendiera ratificar su importancia. No sabía qué iba a pasar con Amo von der Leyen, pero lo sospechaba. Cuando Hermann Müller mostraba su verdadero yo, el verdadero Peter Stích, era preferible no tener cuentas pendientes con él. Cualquiera que deseara ver a Gerhart Peuckert corría el riesgo de despertar la verdadera personalidad de Stich.

Ahora mismo le sentaba mal pensar en ello. Las posibles consecuencias de su acto habían hecho que ella hubiera dejado de ser muy distinta de los tres hombres.

Fue la pequeña Dot Vanderleen, que había vivido en la Salzstrasse desde la venta del comercio de su difunto esposo en Leiden, la que le advirtió de la presencia de su perseguidora.

– Oh -había dicho señalando hacia el otro lado de la calle.

El rostro de la mujer larguirucha daba muestras de alivio. Estaba apoyada en un solo pie mientras se masajeaba el otro.

– Pobrecita -dijo Dot Vanderleen en tono compasivo-. Me parece que lleva zapatos nuevos.

Aunque Petra Wagner era una mujer menuda, la señora Vanderleen, ligera como una pluma, apenas le llegaba a la axila. Estaba de puntillas, mirando hacia la mujer de la calle a través del follaje de la planta que tenía en la ventana.

– Los zapatos nuevos son un fastidio -dijo, mientras dejaba que Petra le limpiara la herida en la tibia sin ponerle demasiados impedimentos.

– Menos mal que ya no tendré que soportar un par de zapatos nuevos nunca más -sentenció.

A partir de esa visita, Petra volvió a ver a la misma mujer varias veces durante su ronda. Un rápido vistazo por la ventana y allí estaba de nuevo, lamentándose, tan cierto como hay Dios, de dolores en los pies.

En condiciones normales, Petra habría interrumpido la ronda de los sábados durante un par de horas para visitar a Gerhart Peuckert. Aquellas tardes de sábado eran suyas y sólo suyas; por así decirlo, se amaban con la mirada todos los sábados, durante algunos segundos. Petra vivía para aquellos segundos.

A las tres, Petra hizo una visita a Herr Frank, un viejo mayorista con úlceras de decúbito. Según el plan, él solía ser la última visita antes de la pausa.

Sin embargo, en lugar de coger el tranvía hasta el sanatorio, aquel sábado cruzó Kártoffelmarkt en dirección contraria. Al llegar delante de un grupo de saltimbanquis que había atraído a algunos espectadores que se habían sentado pacientemente en el suelo para disfrutar de su mímica sincronizada, Petra aceleró la marcha. Cuando estaba a punto de sobrepasar al grupo, chocó con uno de los actores que así perdió el ritmo de la coreografía.

– ¿Qué prisas son ésas? -exclamó el mimo del tricot turquesa.

A pesar de ello, Petra logró zafarse de su perseguidora.

Wasserstrasse y Weberstrasse son paralelas. Justo donde desembocan las dos calles hay una parada de taxis y Petra se apresuró a meterse en el primero de la fila.

– Sólo será cuestión de un minuto -le dijo el taxista que ocupaba el taxi de detrás-. Fritz estará de vuelta en seguida, ha ido a hacer un pis.

De pronto, apareció por Wasserstrasse la mujer desgarbada que había seguido a Petra, corriendo a toda prisa. Su rostro estaba encogido de dolor. Petra se recostó en el asiento en un intento de ocultar el rostro. Era evidente que la mujer no sabía qué hacer. De pronto se decidió, dio unos pasos por la acera y echó un vistazo por Weberstrasse. Luego se volvió. Su peinado había dejado de hacer juego con su aspecto elegante. Se apoyó contra la fachada de un edificio y, en un solo movimien