Jeff Abbott

Pánico


© Jeff Abbott, 2005

Titulo de la edición original Panic

Traducción del ingles Laura Rodriguez Gomez


Para Peter Ginsberg.



VIERNES 11 de marzo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

<p id="_Toc203056711">VIERNES 11 de marzo</p>
<p id="_Toc203056712">Capítulo 1</p>

Cuando el teléfono despertó a Evan Casher, éste supo que algo iba mal. Nadie que le conociese llamaba nunca tan temprano. Abrió los ojos y estiró la mano para buscar a Carrie. Se había ido y su lado de la cama estaba frío. Había una nota doblada sobre la almohada. Intentó alcanzarla, pero el teléfono seguía sonando insistentemente, así que contestó.

– ¿Diga?

– Evan, necesito que vengas a casa -dijo su madre, susurrando-. Ahora mismo.

Evan buscó a tientas la lámpara en la mesilla de noche.

– ¿Qué ocurre?

– Por teléfono, no. Te lo explicaré cuando llegues.

– Mamá, hay dos horas y media de camino. Dime qué sucede.

– Evan, por favor, sólo ven a casa.

– ¿Papá está bien? -Su padre, consultor informático, se había marchado de Austin tres días antes para un trabajo en Australia. Su misión era asegurarse de que las bases de datos de grandes empresas y gobiernos desempeñasen todas las funciones imaginables. Australia. Vuelos largos. Evan tuvo una visión repentina de un avión hecho añicos en el desierto australiano o en el puerto de Sidney. Metal despedazado, humo en el aire-. ¿Qué ha pasado?

– Sólo te pido que vengas, ¿vale? -dijo con voz tranquila, pero insistente.

– No hasta que me digas lo que está pasando.

– He dicho que por teléfono no. -Se quedó callada, y durante diez largos segundos la incómoda tensión del inesperado silencio los embargó, hasta que ella se encargó de romperlo-. ¿Has tenido mucho trabajo hoy, cariño?

– Sólo los montajes de Farol.

– Entonces tráete el ordenador, puedes trabajar aquí. Pero te necesito. Ahora.

– ¿Y qué problema hay en decírmelo?

– Evan. -Oyó a su madre tomar aliento, intentando tranquilizarse-. Te lo ruego.

La necesidad manifiesta y casi aterradora de su voz, un tono que nunca había escuchado en su madre, le dio la impresión de que hablaba con una extraña.

– Vale mamá, puedo salir en una hora o así.

– Ven antes. Lo antes posible.

– Bueno, vale, saldré en unos quince minutos.

– Date prisa Evan. Limítate a hacer la maleta y ven lo más rápido que puedas.

– De acuerdo.

Evan tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para controlar el miedo que empezaba a sentir.

– Gracias por no hacerme más preguntas -dijo-. Cuando nos veamos te lo explicaré todo. Te quiero.

– Yo también te quiero.

Puso de nuevo el teléfono en la base, un poco desorientado por el impactante comienzo del día. Aquél no era el momento de decirle a su madre que estaba enamorado. Enamorado de verdad, con locura, como Romeo y Julieta.

Abrió la nota. Decía simplemente: «Gracias por una gran noche. Te llamaré más tarde. Tengo algunos recados que hacer por la mañana temprano. C».

Se metió en la ducha y se preguntó si habría fastidiado a Carrie anoche. «Te amo», le había dicho mientras yacían juntos entre las sábanas. Las palabras le vinieron a la boca sin pensarlo, sin hacer esfuerzo alguno; si hubiese sopesado las consecuencias, seguramente habría mantenido la boca cerrada. Nunca era el primero en decir la palabra que empieza con «a». Sólo en una ocasión se lo había dicho a una mujer: a su última novia, hambrienta de consuelo, y se lo había dicho porque pensó que tal vez fuera cierto. Pero anoche había sido diferente. No había ningún «quizá», ni ningún «tal vez». Carrie estaba tan hermosa, tumbada a su lado, con su aliento haciéndole cosquillas en el cuello, recorriendo sus cejas con la uña… Y él pronunció aquellas dos palabras con una sinceridad que jamás había sentido en su corazón.

Vio el dolor brillando en los ojos de Carrie mientras le hablaba y pensó: «Debería haber esperado. No me cree porque estamos en la cama». Sin embargo, ella lo besó y dijo:

– No me quieras.

– ¿Por qué no?

– Soy un problema. No soy más que un problema.

Lo abrazaba fuerte, como si temiera que fuera a desaparecer en cualquier momento.

– Me encantan los problemas.

Él la besó a su vez.

– ¿Por qué? ¿Por qué me ibas a querer?

– ¿Y por qué no iba a hacerlo? -Puso sus labios sobre su frente-. Tienes un cerebro privilegiado. -La besó entre los ojos-. Encuentras belleza en todo. -La besó en la boca y sonrió abiertamente-. Y siempre sabes qué decir… no como yo.

Ella le devolvió el beso e hicieron el amor de nuevo. Cuando terminaron, ella le dijo:

– Llevamos sólo tres meses. No puedes conocerme bien.

– Nunca te conoceré. Nunca conocemos a las personas tanto como pretendemos.

Ella sonrió, se acurrucó junto a él, colocó la cara contra su pecho y puso los labios cerca de su corazón, que latía acompasadamente.

– Yo también te quiero.

– Mírame y dímelo.

– Lo diré aquí, a tu corazón.

Una lágrima se escurrió por su mejilla hasta caer sobre el pecho de Evan.

– ¿Qué pasa?

– Nada. Soy feliz. -Carrie lo besó-. Duérmete cielo.

Y así lo hizo. Ahora, a la dura luz del día, Carrie no estaba, y los susurros y las promesas se habían marchado con ella. Y esta nota distante. Pero tal vez esto fuera lo mejor. Estaba nerviosa, y lo último que él necesitaba era complicarse explicándole un misterioso desastre familiar.

Intentó llamarla al móvil. Le dejó un mensaje de voz:

– Cariño, tengo una emergencia familiar. Debo irme a Austin. Llámame cuando oigas este mensaje. -Se detuvo un instante: «No debería decirlo otra vez». Pero se lo dijo-. Te quiero… Hablamos pronto.

Evan intentó llamar a su padre al móvil. No respondía. Ni siquiera saltó el contestador. Puede que el teléfono de su padre no funcionase en Australia. Se sacó de la cabeza la escena del avión estrellado. Siguió su mecánica rutina matutina: encendió el ordenador, comprovó las tareas pendientes, repasó las noticias. Nada sobre ninguna catástrofe en Australia. Quizá se tratara de una catástrofe a pequeña escala. Divorcio. Cáncer. Sintió la garganta seca.

Abrió su correo electrónico y envió a su padre un mensaje con la frase «Llámame lo antes posible». Luego leyó el correo. En su buzón de entrada había una invitación para participar en una conferencia de cine en Atlanta; correos electrónicos de otros dos directores de documentales amigos suyos; un montón de archivos de música y un par de las últimas fotos digitales de su madre, todo ello enviado ayer por la noche. Pasó la música a su lector digital, escucharía las canciones en el coche. A su madre le gustaba descubrir nuevos grupos y melodías, y de hecho había encontrado tres grandes canciones para sus anteriores películas. Se aseguró de que tenía todo el material necesario para editar el documental que casi había terminado sobre el circuito de póquer profesional y de que tenía las notas en sucio para la charla que se suponía debía dar la semana siguiente en la Universidad de Houston. Metió en la mochila el portátil, el reproductor digital y la cámara de vídeo, y luego hizo una sencilla maleta con ropa que su madre odiaba que se pusiera: camisas viejas de bolos, pantalones caquis gastados, y unas deportivas cuyos mejores días habían quedado un año atrás.

Su reloj marcaba las siete y cuarto.

Evan cerró la puerta con llave y se dirigió a su coche. Aquél no era el día que había planeado. Se abrió camino entre el atasco matutino de Houston escuchando la música que su madre le había enviado la noche anterior. Quería funk electrónico con sabor latino para las escenas iniciales de su documental, y ninguna de las canciones que había escuchado hasta ahora lo convencían, pero esta música era perfecta, llena de drama y de energía.

Iba marcando el ritmo con los dedos mientras conducía, y seguía esperando que su móvil sonara, que llamaran su padre o Carrie, o su madre, diciéndole que todo iba bien. Pero su móvil permaneció en silencio durante todo el camino hasta Austin.

<p id="_Toc203056713">Capítulo 2</p>

La puerta delantera de la casa estaba cerrada con llave. En el garaje, su madre había montado su estudio de fotografía, y Evan pensó que debía de encontrarse allí, buscando refugio entre las películas, el imprimador y la soledad.

Abrió la puerta con su llave y entró.

– ¿Mamá? -gritó.

No hubo respuesta.

Caminó hacia la parte de atrás de la casa, hacia la cocina. Le traía su manjar favorito: pastas de melocotón que había comprado en una pastelería a medio camino de Houston que a ella le encantaba, y quería guardar la comida antes de dirigirse al estudio.

Evan giró la esquina y vio a su madre en el suelo de la cocina. Estaba muerta.

Se quedó helado. Abrió la boca, pero no pudo gritar. El mundo a su alrededor se volvió denso, mientras percibía el sonido de su propia sangre palpitándole por el cuello, por la sien. La bolsa de pastas de melocotón cayó al suelo, seguida de su equipaje.

Dio dos pasos hacia ella, a trompicones. Le faltaba el aliento y sentía áspera la garganta y la lengua dilatada; en el aire de la cocina flotaba un inconfundible hedor a muerte. Distinguió el brillo plateado de un cable metálico alrededor del cuello de su madre.

Junto a ella había una silla de cocina vacía, como si hubiera estado sentada en ella antes de morir. Evan emitió un gemido, se arrodilló junto a su madre y le apartó el pelo grisáceo de la cara. Sus ojos, ahora ciegos, estaban hinchados y abiertos de par en par.

– ¡Dios mío! ¡Mamá! -Le puso los dedos en los labios: estaban rígidos. Aún tenía la piel caliente-. ¡Mamá, mamá!

Su voz estalló de dolor y de terror. Evan se puso en pie. Una sensación de mareo le hizo doblar las rodillas. La policía. Tenía que llamar a la policía. Se dirigió tambaleando hasta la barra de la cocina, donde aún estaba el desayuno: una taza de café con la marca del pintalabios, una bandeja salpicada con gotas de mermelada de ciruela y unas migas de muffin.

Con mano temblorosa, alcanzó el teléfono.

Algo metálico le golpeó la cabeza por detrás. Cayó de rodillas, se mordió la lengua con los dientes y notó el sabor de la sangre en su boca. Poco a poco, el mundo comenzó a oscurecerse.

Una pistola le presionaba la nuca, sentía el frío del círculo perfecto del cañón contra su cabello. Alguien le pasaba una cuerda de nailon por la cabeza y la tensaba alrededor de su garganta de un tirón. Intentó moverse para liberarse, pero la pistola volvió a crujir contra su sien.

– Muévete y estás muerto.

Era la voz de un hombre joven. Se divertía pronunciando la palabra «muerto» con un tono crue «Mueeeeerto».

Unas manos cogieron su petate al otro lado de la cocina y lo apartaron de su vista. Eran ladrones.

– Cógelo -susurró Evan-. Cógelo y vete.

Oía cómo hurgaban: estaban sacando su ordenador y su cámara de la bolsa. Oyó el sonido de su portátil al encenderse, más alto que su propio aliento entrecortado. Tras un breve silencio, unos dedos empezaron a teclear.

– ¿Qué quieres? -se oyó a sí mismo preguntar. No hubo respuesta-. Mi madre, mataste a mi madre.

– ¡Cállate ya!

La pistola mantenía la cabeza de Evan inclinada hacia delante, en contacto casi con la mandíbula de su madre.

Evan quería girarse, ver la cara del hombre, pero no podía. El lazo le apretaba el cuello, clavándose con brutalidad.

– Lo tengo -dijo otra voz. Un hombre mayor que el primero. Arrogante y con una voz fría de barítono. De nuevo oyó el ruido de dedos en el teclado-. Todo borrado.

Evan escuchó explotar un globo de chicle cerca de su oreja.

– ¿Puedo ahora?

– Sí -dijo el otro-. Es una pena.

El acero crujió contra la cabeza de Evan. Círculos negros estallaron ante sus ojos, alejándolos de la mirada vacía de su madre.


Evan se despertó. Estaba agonizando.

No podía respirar mientras sentía la cuerda que le quemaba el cuello y sus piernas bailaban en el vacío. Una bolsa de basura le cubría la cabeza y le hacía ver el mundo de un color gris lechoso. Se agarró a la cuerda y emitió un grito asfixiado mientras el lazo lo estrangulaba.

– Dabas por sentado que podrías respirar, ¿verdad cielito?

Era la voz del hombre joven, fría y burlona.

Evan pataleaba, impotente. La encimera, la silla… tenían que estar allí para aguantar su peso, para salvarle. Usaba todas las fuerzas que le quedaban; no tenía otra opción.

– Da dos patadas si duele mucho -dijo la voz del hombre joven-, tengo curiosidad.

De repente, una explosión invadió su mundo: cristales hechos añicos, disparos y un instante de silencio. Luego el hombre más joven chilló:

– ¡Maldita sea!

La cuerda se balanceó. Evan intentó meter los dedos bajo la mortal y asfixiante cuerda. Otra traca de disparos retumbó en sus oídos, cayó contra el suelo y sobre él llovieron trozos de escayola y astillas de madera. El trozo suelto de la cuerda cortada por el disparo le cayó sobre el rostro.

Intentaba respirar. Era en vano. Respirar era una capacidad olvidada, un truco que Evan ya no conocía. Al fin, su pecho encontró el maravilloso aire. Bebió oxígeno, bebió vida. Le dolía el cuello como si se lo estuvieran despellejando desde dentro.

Oyó un nuevo estallido y el sonido de un peso cayendo contra los arbustos, al otro lado de las ventanas.

Luego el más absoluto silencio.

Desgarró la bolsa de plástico que le cubría la cara. Parpadeó, escupió sangre y bilis. Una mano le tocó el hombro, unos dedos le pellizcaron.

– ¿Evan?

Miró hacia arriba. Un hombre lo miraba fijamente. Pálido, calvo, alto. Más o menos de la edad de su padre, unos cincuenta y pocos.

– Se han ido, Evan -dijo el hombre calvo-. Vámonos.

– Lia… llame… -sentía cada sílaba arder como fuego en la boca-. Llame… policía. Mi… madre. Él…

– Tienes que venir conmigo -insistió-, no puedes quedarte aquí. Te estarán buscando.

Evan negó con la cabeza.

El hombre se agachó, desató la cuerda rota del cuello de Evan, lo puso en pie y lo arrastró lejos del cuerpo de su madre.

– Soy amigo de tu madre -le explicó. Sostenía una escopeta-. Te sacaré de aquí.

– Mi madre. La policía. Llame a la policía. Había un hombre… o dos…

– Se han ido. Llamaremos a la policía -dijo el hombre-, pero no desde aquí.

Empujó a Evan deprisa hacia la puerta.

– ¿Quién demonios es usted? -preguntó Evan, luchando contra el pánico que empezaba a invadirle el pecho.

Un hombre que no conocía, con un arma enorme y que no quería que llamase a la policía. De eso nada.

– Hablaremos más tarde. No podemos quedarnos aquí. Necesito tu…

El hombre no pudo acabar la frase: Evan le arreó un gancho de izquierda en la mandíbula, sin mirar y con torpeza. Sentía aún los músculos agarrotados por el miedo y el dolor. El hombre se tambaleó hacia atrás y Evan salió corriendo por la puerta principal, que había quedado abierta.

– ¡Evan, maldita sea! ¡Ven aquí! -le gritó.

Evan salió corriendo al húmedo aire primaveral. Las fuertes pisadas de sus deportivas eran el único sonido que se escuchaba en el tranquilo vecindario, entre las sombras de los robles. Miró hacia atrás. El hombre calvo salió corriendo desde la casa. Llevaba la escopeta en una mano y el petate amarillo de Evan en la otra. Entró en un desgastado Ford sedán azul aparcado en la calle.

Evan atajó por los elegantes jardines, esperando que una bala le destrozase la columna o la cabeza. Vio una puerta de un garaje abierta y giró hacia el jardín. «Por favor, Dios, que estén en casa.»

Subió al porche delantero de un salto, se apoyó en el timbre, y aporreó la puerta, gritando que alguien llamara a emergencias.

El Ford azul pasó a toda velocidad.

Un hombre mayor con aspecto de militar abrió la puerta con el teléfono inalámbrico en la mano.

Evan volvió corriendo hacia el jardín chillando a los vecinos que llamasen a emergencias e intentando apuntar la matrícula del Ford.

Pero el coche había desaparecido.

<p id="_Toc203056714">Capítulo 3</p>

– Volvamos a esta mañana una vez más -dijo Durless, el detective de homicidios. Tenía una cara delgada y afable, con el aspecto demacrado de un corredor de fondo-, si es que puede, hijo.

Los investigadores habían mantenido a Evan alejado de la cocina, pero lo habían traído de vuelta a la casa para que identificara cualquier cosa que faltase o estuviese fuera de su sitio. Ahora se encontraba en la habitación de sus padres. Estaba hecha un desastre. Había cuatro maletas contra la pared, todas abiertas, y su contenido estaba esparcido por el suelo. Las fotos favoritas de su madre, que antes colgaban en las paredes, estaban rotas, pisoteadas sobre la alfombra. Se quedó mirando las fotos tras la telaraña de cristales rotos: el tono anaranjado del golfo de México al amanecer, la soledad de un roble retorcido en una extensión vacía en la pradera, Trafalgar Square, las sombras de la nieve al caer. Todo su trabajo, roto. Su vida, acabada. Aquello no podía estar sucediendo, pero sí era real; la ausencia de su madre parecía invadir la casa, el aire, sus mismos huesos.

«Ahora no puedes permitirte dejarte llevar por tus sentimientos. Tienes que ayudar a la policía a atrapar a esos tipos. Deja los lloros para más tarde. Reacciona.»

– ¿Evan? ¿Me ha oído? -preguntó Durless.

– Sí. Haré cuanto me pidan.

Evan intentó tranquilizarse. Sentado fuera en la entrada, encogido por el dolor, le había dado al oficial una descripción del hombre calvo y de su coche. Llegaron más oficiales que precintaron la casa con eficiencia: habían colocado cinta de prohibido el paso alrededor de la puerta principal y de la entrada junto a la ventana de la cocina, hecha añicos, a la que el hombre había disparado con su escopeta. Evan se había sentado en el cemento frío y llamaba por teléfono a su padre, una y otra vez. No respondía. No había buzón de voz. Su padre trabajaba solo, era asesor independiente, sin empleados. Evan no conocía a nadie a quien pudiese llamar para ayudarle a localizarlo en Sidney.

Le había dejado un mensaje a Carrie en el móvil. Intentó llamarla a su apartamento. No tuvo respuesta.

Al llegar, Durless había entrevistado primero al oficial de la patrulla y al equipo de la ambulancia que había respondido a la llamada inicial. Se había presentado a Evan y le había tomado la primera declaración antes de pedirle que volviese a la casa. Lo acompañó a la habitación de su madre.

– ¿Falta algo? -preguntó Durless.

– No.

Sumido aún en la conmoción, Evan se arrodilló junto a una de las maletas abiertas: estaban atiborradas de pantalones caqui de hombre planchados, camisas de botones, mocasines de piel nuevos y zapatillas de deporte. Todo de su talla.

– No toque nada -le recordó Durless, y Evan recogió la mano hacia atrás.

– No había visto nunca estas maletas ni esta ropa -dijo-, pero parece como si esta bolsa estuviese hecha para mí.

– ¿Adónde iba su madre?

– A ningún sitio. Estaba esperándome aquí.

– Pero había hecho cuatro maletas. Con ropa para usted. Y había metido un arma en su bolso.

Señaló una pistola situada sobre uno de los montones de ropa desparramado de una maleta.

– No puedo explicarlo. Bueno, la pistola parece la Glock de mi padre. La usa para tiro al blanco. Es su pasatiempo. -Evan se limpió la cara-. Solía ir a disparar con él, pero no soy muy bueno. -Se dio cuenta de que estaba divagando y se calló-. Mamá… seguramente no pudo coger el arma cuando llegaron los hombres.

– Debía de estar asustada cuando metió la pistola de su padre en la maleta.

– Pues no lo sé.

– Venga. Volvamos sobre ello. Ella lo llamó esta mañana. A eso de las siete.

– Sí.

Evan volvió a contarle a Durless la llamada de teléfono de su madre insistiéndole que viniese a casa, su viaje desde Houston y el ataque de esos hombres, intentando desenterrar cualquier detalle que hubiese olvidado cuando declaró por primera vez.

– Esos hombres que lo atacaron en la cocina, ¿está seguro de que eran dos?

– Oí dos voces. Estoy seguro.

– Pero en ningún momento les vio las caras.

– No.

– Y luego llegó otro hombre, les disparó, voló el techo y le cortó la cuerda. Le vio la cara.

– Sí. -Evan se pasó una mano por la frente. En la declaración inicial, aún tembloroso por la conmoción, había dicho que era un hombre calvo, pero ahora podía hacerlo mejor-. De unos cincuenta años. Labios finos, dientes muy rectos, un lunar en… -Evan cerró los ojos durante un momento, intentando reconstruir la imagen- la mejilla izquierda. Ojos marrones, constitución fuerte. Posiblemente ex militar. Sobre un metro ochenta de alto. Aspecto de latino. Sin acento. Llevaba unos pantalones negros y una camiseta verde oscura. Sin anillo de casado. Un reloj de acero. No puedo decirle nada más sobre su coche, sólo que era un Ford sedán azul.

Durless escribió los detalles adicionales y se los entregó a otro oficial.

– Da la descripción revisada por radio -dijo. El oficial se fue. Durless levantó una ceja-. Tiene buen ojo para los detalles en momentos de estrés.

– Soy mejor con las imágenes que con las palabras.

Evan oía los susurros del equipo de investigación criminal del Departamento de Policía de Austin mientras analizaban la carnicería en la cocina. Se preguntó si el cuerpo de su madre todavía estaba en la casa. Era extraño estar en su habitación, ver su ropa y sus fotos ahora que estaba muerta.

– Evan, hablemos de quién querría hacerle daño a su madre -dijo Durless.

– Nadie. Era la persona más buena que se pueda imaginar. Amable. Divertida.

– ¿Mencionó que tuviese miedo, que se sintiese amenazada por alguien? Piense. Tómese su tiempo.

– No. Nunca.

– ¿Había alguien que sintiese rencor hacia su familia?

La idea parecía ridícula, pero Evan respiró profundamente, pensó en los amigos y en los socios de sus padres, en sí mismo.

– No. Discutieron con un vecino el año pasado, pero lo arreglaron y el tipo se mudó. -Le dio a Durless el nombre del antiguo vecino-. No se me ocurre nadie que nos desease ningún mal. Esto ha tenido que ser casualidad.

– Pero el hombre calvo le salvó -dijo Durless-. Según usted, persiguió a los asesinos, le llamó por su nombre, afirmó que era amigo de su madre e intentó que se marchara con él. Eso no suena en absoluto casual.

Evan sacudió la cabeza.

– No recuerdo el nombre de su padre -dijo el policía.

– Mitchell Eugene Casher. Mi madre es Dona Jane Casher. ¿Le había dado ya su nombre?

– Sí, lo ha hecho, Evan, lo ha hecho. Hábleme de la relación entre sus padres.

– Siempre han sido un matrimonio muy unido.

Durless se quedó callado. Evan no podía soportar el silencio. El silencio acusador.

– Mi padre no ha tenido nada que ver con esto. Nada.

– De acuerdo.

– Mi padre nunca le haría daño a su familia, jamás.

– De acuerdo -dijo Durless de nuevo-, pero entienda que tenga que preguntar.

– Sí.

– ¿Qué tal se lleva usted con su familia?

– Bien. Genial. Estamos todos muy unidos.

– ¿Me dijo usted que tiene problemas para ponerse en contacto con su padre?

– No contesta al móvil.

– ¿Conoce su itinerario en Australia?

Ahora lo recordaba.

– Mamá lo colgaba normalmente en la puerta de la nevera.

– Es genial Evan, eso sirve de ayuda.

– Yo sólo quiero ayudarles a coger a quienquiera que haya hecho esto. Tienen que cogerlos. Tienen que hacerlo.

Su voz comenzó a temblar. Intentó tranquilizarse de nuevo. Se frotó la quemadura de la cuerda en el cuello.

Durless prosiguió:

– Cuando habló con su madre, ¿parecía asustada? ¿Como si esos tipos estuvieran ya en casa?

– No, no parecía nerviosa, pero sí sonaba algo rara. Como si tuviese malas noticias que contarme, pero no quería decir meló por teléfono.

– ¿Habló con ella ayer o antes de ayer? Hábleme de su estado de ánimo en ese momento.

– Totalmente normal. Mencionó que tenía que realizar un trabajo en China. Es fotógrafa de viajes freelance. -Evan apuntó a los marcos rajados, las fotos distorsionadas bajo el cristal roto-. Ésos son algunos de sus trabajos. Sus favoritos.

Durless le echó un rápido vistazo a Londres, a la costa, a la pradera.

– Son todas de lugares. No hay gente -dijo.

– Le gustan más los lugares que la gente.

Su madre hacía siempre esa broma sobre su trabajo. Las lágrimas asomaron con sigilo y Evan parpadeó. Deseaba con todas sus fuerzas que desapareciesen. No quería llorar delante de aquel hombre. Apretó las uñas contra las palmas de las manos. Oía el chasquido de las cámaras en la cocina, los leves murmullos del equipo criminalista trabajando en la habitación, detallando la peor pesadilla de su familia en estadísticas sin importancia y pruebas químicas.

– ¿Tiene hermanos o hermanas?

– No. No tengo más familia.

– ¿A qué hora llegó aquí? ¿Puede repetírmelo?

Miró su reloj. El cristal estaba roto y las manecillas se habían detenido a las 10.34. Debió de ser cuando cayó al romper la cuerda. Le mostró a Durless el reloj.

– La verdad es que no me fijé en la hora, estaba preocupado por mi madre.

Quería el consuelo de los brazos de Carrie, la seguridad de la voz de su padre. Quería poner su mundo en orden de nuevo.

Durless habló en voz baja con un oficial de policía que estaba en la puerta, y éste se marchó. Luego hizo un gesto señalando el equipaje.

– Hablemos sobre las maletas que hizo para ustedes dos.

– No lo sé. Quizá se iba a Australia a ver a mi padre.

– Así que le ruega que venga a casa, pero se está preparando para marcharse. Con una maleta para usted y un arma.

– No… no puedo explicarlo.

Evan se pasó el brazo por la nariz.

– Quizá toda esta crisis era una artimaña para que viniese a casa y hacer un viaje sorpresa.

– No me asustaría si no tuviese una buena razón.

Durless se daba golpecitos en la barbilla con el bolígrafo.

– Y usted estaba en Houston anoche.

– Sí -dijo Evan. Se preguntaba si ahora le estaban pidiendo una coartada-. Mi novia se quedó conmigo. Carrie Lindstrom.

Durless escribió su nombre y Evan le dio su información de contacto, el nombre de la tienda de ropa de River Oaks en la que trabajaba y su número de móvil.

– Evan, ayúdeme a hacerme una imagen clara. Dos hombres le agarran, le apuntan con un arma, pero luego no le disparan; intentan ahorcarle, y otro hombre lo salva, pero luego intenta secuestrarlo y se marcha cuando usted echa a correr -Durless hablaba con el tono de un profesor que guiaba a un alumno en un problema espinoso. Se inclinó hacia delante-. Ayúdeme a encontrar sentido a todo esto.

– Le estoy diciendo la verdad.

– No lo dudo. Pero ¿por qué no le dispararon simplemente? ¿Y por qué no dispararon a su madre, si tenían armas?

– No lo sé.

– Usted y su madre eran el blanco y necesito que me ayude a entender por qué.

Un recuerdo invadió de nuevo la mente de Evan.

– Cuando me tenían en el suelo… uno de ellos encendió mi portátil. Y tecleó algo.

Durless llamó a otro oficial.

– ¿Podría buscar el portátil del señor Casher, por favor?

– ¿Por qué iban a querer algo de mi ordenador?

Evan oyó cómo la histeria invadía su voz e intentó controlarla.

– Dígame. ¿Qué hay en él?

– Sobre todo material cinematográfico. Programas de edición de vídeo.

– ¿Material cinematográfico?

– Soy director de cine. Dirijo documentales.

– Es usted joven para ser director.

Evan se encogió de hombros.

– Trabajé duro. Acabé la universidad un año antes. Quería entrar más rápido en la escuela de cine.

– Más éxitos de taquilla que dan dinero.

– Me gusta contar historias sobre personas, no sobre héroes de acción.

– ¿Conozco alguna de sus películas?

– Bueno, mi primera película trataba de una familia de militares que perdieron un hijo en Vietnam y luego un nieto en Iraq. Pero la gente probablemente me conocerá por El más mínimo problema, que trata de un policía de Houston que encarceló a un hombre inocente por un crimen.

Durless frunció el ceño.

– Sí, lo vi en la CBS. El policía se suicidó.

– Sí, cuando la policía comenzó a investigar sus actividades. Es triste.

– El tipo al que supuestamente encarceló era un camello. No era tan inocente.

– Un ex camello que había cumplido su condena. Estaba fuera del negocio cuando el policía fue a por él. Y supuestamente no fue ése el motivo.

Durless volvió a meter el bolígrafo en el bolsillo.

– ¿No pensará usted que todos los policías son mala gente, verdad?

– Claro que no -respondió Evan-. Oiga, no estoy contra los policías. Para nada.

– No he dicho eso.

Una tensión distinta invadió la sala.

– Siento mucho lo de su madre, señor Casher -dijo Durless-. Necesito que venga al centro para hacer una declaración más detallada y hablar con el retratista sobre este hombre calvo.

El oficial enviado a recuperar el portátil asomó la cabeza de nuevo por la puerta.

– Aquí no hay ningún portátil.

Evan parpadeó.

– Esos hombres deben de habérselo llevado. O el tipo calvo. -Su voz empezó a aumentar de volumen-. ¡No entiendo nada de esto!

– Yo tampoco -dijo Durless-. Quiero que me acompañe a comisaría y que trabaje con el retratista. Quiero un retrato robot del hombre calvo en los avances de noticias.

– De acuerdo.

– Iremos en un minuto, ¿vale? Quiero hacer un par de llamadas rápidas.

– Vale.

Durless acompañó a Evan afuera. Las emisoras de televisión locales habían llegado. Más policía. Vecinos, sobre todo amas de casa observando el trajín, sujetando a sus hijos, que se les agarraban con los ojos como platos.

Dio la espalda a todo aquel caos e intentó de nuevo llamar al móvil de su padre. No contestaba. Llamó a la tienda de ropa en la que trabajaba Carrie.

– Maison Rouge, habla con Jessica, ¿en qué puedo ayudarle? -su voz era alegre y risueña.

– ¿Está Carrie Lindstrom? Sé que no entra hasta las dos, pero…

– Lo siento -contestó la mujer-. Carrie llamó esta mañana para despedirse.

<p id="_Toc203056715">Capítulo 4</p>

Evan nunca se había sentido tan solo. Comenzaba a tiritar e intentó calmarse con todas sus fuerzas. Tenía que encontrar a Carrie y a su padre. A ella le había dejado un mensaje, seguro que lo llamaría pronto. No podía entender que hubiera dejado su trabajo, y un malestar le revolvió el estómago. «Te dejó una nota, dejó el trabajo, quizá no quiere saber nada más de ti…» No quería siquiera considerar esa posibilidad. Así que se centró en encontrar a su padre. El itinerario, escrito a bolígrafo con la letra precisa y estrecha de éste, no estaba en su lugar habitual de la nevera, sino doblado, bajo el teléfono. El itinerario tenía un número del hotel Blaisdell, en Sidney.

– Con la habitación de Mitchell Casher, por favor -le dijo Evan al recepcionista.

El recepcionista de noche (eran casi las cuatro de la madrugada en Sidney) era agradable, pero serio.

– Lo siento señor, pero no tenemos a nadie registrado con ese nombre.

– Por favor, compruébelo otra vez, C-a-s-h-e-r. Quizá lo registraron mal y pusieron Mitchell como apellido.

Pausa.

– Lo siento mucho señor, no tenemos registrado a nadie llamado Mitchell Casher.

– Gracias. -Evan colgó y miró a Durless-. No está donde se suponía que estaría. No entiendo nada.

Durless cogió el itinerario.

– Déjenos encontrar a su padre, Evan. Tomaremos la declaración y la descripción mientras se le refresca la memoria.

Refrescar. «No creo que pueda olvidarlo.» Evan se recostó, mirando las nubes de color humo a través del parabrisas trasero del coche de policía mientras se alejaba de su casa. Su mente daba vueltas con nerviosismo, en una extraña danza de lógica y emoción. Se preguntaba dónde pasaría la noche. Un hotel. Tendría que llamar a los amigos de su familia; pero sus padres, aunque fueran personas de éxito, tenían un círculo de amistades pequeño. Debía pensar también en preparar el funeral. Se preguntaba cuánto tardaría la policía en hacer la autopsia, en qué iglesia debería hacer el funeral de su madre. Se preguntó también cómo lo habría vivido su madre, si se habría dado cuenta, si había sufrido o pasado miedo. Eso era lo peor. Quizá los asesinos se habrían acercado a ella igual que a él. «Espero que no se haya enterado, que el miedo no haya invadido su corazón.»

Cerró los ojos. Intentó razonar y dejar la conmoción y el dolor atrás. Si no lo hacía, se vendría abajo. Necesitaba un plan de ataque. Primero, encontrar a su padre. Contactar con los clientes de éste en la zona, ver si sabían para quién trabajaba en Australia. Segundo, encontrar a Carrie. Tercero… Cerró los ojos. Tercero: buscarle sentido a que alguien quisiera ver muerta a su madre.

«Pero miraron tu ordenador. ¿Y si no se trata de ella? ¿Y si se trata de ti?» Ese pensamiento lo dejó súbitamente helado, lo enfureció y al fin le rompió el corazón.

El oficial de policía que había respondido a la llamada inicial de emergencias conducía el coche y Durless iba sentado en el asiento de delante. Salieron del vecindario remodelado con bungalows de los Casher hacia el bulevar Shoal Creek, una carretera serpenteante que conectaba el centro de Austin con el norte.

– Lo tenían todo planeado -dijo Evan, casi para sí mismo.

– ¿Cómo dice? -preguntó Durless.

– Lo planearon. Quiero decir, los asesinos mataron a mi madre, luego me colgaron para que pareciese un suicidio. Para que ustedes, en un primer momento, creyeran que yo la maté y luego me suicidé.

– Siempre iríamos más allá de lo evidente.

– Pero sería la primera teoría, y la más obvia.

El teléfono de Evan sonó en su bolsillo. Respondió.

– ¿Evan? -Era Carrie.

– Carrie, Dios mío, he intentado localizarte…

– Escucha. Corres peligro. Un gran peligro. Tienes que coger a tu madre y volver a Houston. Inmediatamente.

– Carrie, mi madre está muerta. La han asesinado.

– ¡Dios mío, Evan! ¿Dónde estás?

– Estoy con la policía.

– Bien. Eso es bueno. Quédate con ellos. Cariño, lo siento tanto, tanto.

– ¿Qué peligro? -sus primeras palabras resonaron en su cabeza-. ¿Qué demonios sabes tú de todo esto?

De repente, un coche, un Ford sedán azul, los adelantó y les cortó el paso bruscamente, forzando al coche patrulla a entrar en un jardín delantero. Durless protestó con un «¡Mierda, joder!», mientras el frenazo lo arrojaba contra el parabrisas. Evan no llevaba puesto el cinturón y quedó aplastado contra la parte de atrás del asiento delantero. Se le cayó el teléfono.

Miró por el parabrisas y vio a Durless despotricando mientras el policía de la patrulla abría la puerta del conductor.

Al otro lado del parabrisas, el hombre calvo salió del Ford azul. Levantó una escopeta con la que apuntó directamente a Evan.

<p id="_Toc203056716">Capítulo 5</p>

A tientas, Evan buscó las manillas de la puerta. No podía salir del coche, las cerraduras se controlaban desde el asiento delantero. Estaba atrapado entre la malla y el cristal.

El joven oficial saltó a la acera y se agachó mientras abría la puerta. El hombre calvo saltó sobre el capó del coche de policía y derribó al policía con dos golpes precisos en la sien con la culata de la escopeta. Bajó de un salto del capó y apuntó con la escopeta a través del cristal a Durless, que sangraba por un corte profundo en la nariz.

– ¡Es él! -gritó Evan-. ¡El tipo de mi casa!

Oía la voz de Carrie muy bajita llamándolo desde el teléfono que estaba en el suelo.

– Pon las manos donde pueda verlas -ordenó el hombre con voz sosegada-, no hagas estupideces.

Durless levantó las manos.

– Deja salir a Evan de la parte de atrás.

– Durless, ¡es él!

Durless saltó fuera del coche y aterrizó con la espalda en la hierba, sacó el arma de servicio con un rápido gesto y disparó. Falló y el hombre calvo lo golpeó con ambos pies en el pecho, poniéndole la cara morada. Luego dio una patada al revólver y lo lanzó al césped.

El calvo se inclinó y le asestó a Durless dos acertados golpes en la mandíbula.

Aquello duró apenas unos diez segundos.

Evan se balanceó sobre su espalda y le dio una patada a la ventana. Estaba reforzada. El cristal aguantaba.

– No es necesario -dijo el hombre calvo.

Evan bajó a gatas del asiento. Apoyándose en la parte del conductor, el hombre calvo estudió los mandos y desactivó los seguros traseros.

Inclinándose hacia delante, Evan empujó la puerta del lado del acompañante y la abrió. Pero el hombre había abierto ya la puerta del conductor y apoyaba la escopeta en la espalda de Evan. Éste se quedó helado.

– Ven conmigo -ordenó el hombre.

– Por favor, ¿qué es lo que quiere? -chilló Evan.

– Es por tu propia seguridad. Venga.

Evan sopesó qué debía hacer. Aquel hombre había despachado a un policía mucho más joven y a Durless con sorprendente facilidad. Puede que la policía hubiera escuchado el ataque por la radio. O tal vez lo hubiera hecho Carrie, y puede que llamara a emergencias e informase del ataque. O incluso podría haberlo hecho cualquier vecino que estuviera mirando por la ventana en aquel momento. La policía podía llegar en cualquier instante.

– No, no voy a ningún sitio.

– Maldita sea -dijo el hombre-. No he matado a esos policías, aunque podría haberlo hecho. ¿Crees que voy a matarte a ti?

– ¿Quién eres? -Evan habló más alto, quizá Carrie pudiera oír esta conversación. Tenía que darle información para que le ayudase-. ¿Qué quieres de mí?

– ¡Quiero que colabores, maldita sea! Si no vienes conmigo estarás muerto en un día. Te lo contaré todo, te lo prometo. Pero tienes que venir conmigo.

– ¡No! Primero dime de qué va todo esto. ¿De qué conoces a mi madre?

– Eso más tarde.

El hombre lo agarró por el pelo y lo sacó a rastras de la parte de atrás del coche. Luego, con aparente facilidad, le puso las manos alrededor del cuello, estrujando la quemadura de la cuerda. A Evan se le nubló la vista.

El calvo le levantó la mandíbula con el cañón de la escopeta y la apretó contra ella.

– No tengo tiempo para andarme con tonterías.

La culata estaba fría al contacto con el cuello, y Evan asintió. El hombre bajó la escopeta y empujó a Evan hacia su Ford.

– Tú conduces. Si intentas algo te disparo en la pierna y te dejo cojo de por vida.

Un coche que pasaba disminuyó la velocidad. Era un todoterreno Lexus conducido por una madre y un adolescente en el asiento del acompañante, que miraba al coche de policía en el jardín. El hombre calvo levantó la mano con la que no sujetaba la escopeta y saludó amistosamente. El Lexus salió a toda velocidad.

– Llamará a la policía. Tenemos poco tiempo -le explicó.

Evan se sentó en el asiento del conductor, con las manos temblorosas. El hombre se sentó a su lado. Apoyó la escopeta de manera que apuntaba al muslo de Evan.

– Están heridos.

– Respiran -respondió.

– Déjame verlos, para asegurarme de que están bien. Por favor.

– De eso nada. Vamos -le ordenó, empujándolo con la escopeta.

Evan bajó el coche del bordillo y salió rugiendo por el bulevar Shoal Vreek.

– Gira a la derecha -le indicó el hombre.

Evan obedeció.

– ¿Qué quieres de mí?

– Escúchame atentamente. Soy un buen amigo de tu madre y ella me pidió ayuda.

– Nunca te había visto.

– Tú no me conoces, pero tampoco sabes una mierda de tus padres.

– Si sabes tanto dime quién mató a mi madre.

– Un hombre llamado Jargo.

– ¿Por qué? -gritó Evan.

– No puedo explicártelo todo, lo haré una vez que nos calmemos. Iremos a una casa segura. Tuerce aquí a la derecha.

Evan giró hacia el sur y entraron en otra vía principal, la calle Durner. «Una casa segura. Un lugar donde los sicarios no pudiesen encontrarte.» Evan pensó que se había metido en una película de gánsteres. Sentía presión en la barriga y le dolía el pecho, como si le estuviesen retorciendo los músculos.

– ¿Les viste las caras? ¿Puedes identificarlos?

– Los vi, a los dos. Puede que uno de ellos fuera Jargo y el otro trabajara para él, no estoy seguro.

El hombre echó un vistazo por el parabrisas trasero.

– ¿Por qué querría ese Jargo matar a mi madre? ¿Quién es?

– El peor hombre que te puedas imaginar. Al menos el peor que yo puedo imaginarme, y mi imaginación es bastante enfermiza.

– ¿Quién eres tú?

– Me llamo Gabriel. -El hombre suavizó su tono-. Si quisiera matarte, te habría disparado en tu casa. Estoy de tu parte, soy el bueno. Tienes que hacer exactamente lo que yo te diga. Confía en mí.

Evan asintió, aunque le resultaba difícil poder confiar en aquel tipo.

– ¿Sabes dónde está tu padre? -preguntó Gabriel.

– En Sidney.

– No, donde está de verdad.

Evan negó con la cabeza.

– ¿No está en Sidney?

– Puede que Jargo haya dado ya con él. ¿Dónde están los archivos?

– ¿Archivos? ¿De qué demonios está hablando? -La voz de Evan estalló en un arranque de furia y frustración. Golpeó el volante-. ¡No tengo ningún maldito archivo! ¿Qué quiere decir con que ha atrapado a mi padre? ¿Quiere decir que lo han secuestrado?

– Piensa, Evan, y cálmate. Tu madre tenía una serie de archivos informáticos que eran muy importantes. Los necesito. -La voz de Gabriel se suavizó-. Los necesitamos, tú y yo, para detener a Jargo. Y para recuperar a tu padre sano y salvo.

– Yo no sé nada. -Las lágrimas le ardían en los ojos-. No lo entiendo.

– Ahora es cuando empiezas a confiar en mí. Necesitamos un vehículo nuevo. Aquella mujer ya habrá llamado a la poli, estoy seguro. Gira aquí.

Evan entró en un centro comercial. La última crisis económica había llegado hasta allí: la mitad de los escaparates estaban vacíos, los otros pertenecían a una tienda de segunda mano, una tienda de libros usados, un bar de tacos y un establecimiento familiar de material de oficina.

«Está lleno», pensó Evan.

Podría escapar. Pedir ayuda. En el aparcamiento no había demasiada gente, pero si Gabriel le dejaba aparcar cerca de una tienda podría entrar corriendo en ella.

– Demuéstrame que eres inteligente. -Gabriel miró a Evan fríamente-. Nada de correr, nada de chillar para pedir ayuda. Porque si me obligas, alguien podría resultar herido y no quiero que seas tú.

– Dijiste que eras el bueno.

– «Bueno» es un concepto relativo en mi trabajo. Estate quieto y callado, y no pasará nada.

Evan vigilaba el carril del aparcamiento. Dos mujeres que llevaban bolsas manchadas de grasa del bar de tacos se metían en una furgoneta, riendo. Una mujer mayor con un bastón iba cojeando hacia la tienda de suministros de oficina. Dos veinteañeras vestidas de negro miraban el escaparate de la tienda de segunda mano.

– No me pongas a prueba -amenazó Gabriel-. Ninguna de esta buena gente necesita problemas hoy, ¿verdad?

Evan sacudió la cabeza.

– Aparca al lado de esta belleza.

Evan detuvo el Ford al lado de un viejo Chevrolet Malibu gris.

– Yo no planeé que asesinaran a tu madre ni salvar tu culo de la policía en un coche que podría ser identificado. Levanta el capó, como si estuviésemos encendiendo la batería.

Gabriel salió del Ford, hurgó en la cerradura del Malibu con un gancho de metal, lo abrió y se agachó frente a la columna de dirección para hacer rápidamente un puente.

«Sal y corre.»

Evan abrió la puerta, pero Gabriel estaba de nuevo en el coche, con la pistola apuntándole a las costillas.

– ¿Qué parte no has entendido? Te dije que no me pusieras a prueba. Cierra la puerta.

Gabriel volvió a agacharse en el Malibu y puso de nuevo la cabeza bajo el volante.

«Deja una señal», pensó Evan.

Miró hacia el volante: los dedos. Presionó las yemas de los dedos contra el volante. Después puso el dedo índice y luego el dedo corazón en el cenicero y en el frontal de la radio. No sabía qué más hacer, era el único rastro que podía dejar.

Gabriel le hizo un gesto con el arma. Evan entró en el coche y se puso detrás del volante. El interior olía a batido estropeado por el sol, y en el asiento de atrás había un montón de ejemplares amarillentos de Southern Living.

Gabriel volvió al Ford y lo limpió rápidamente. A Evan se le encogió el corazón: Gabriel pasaba un paño por el volante, por las manillas y por las ventanas. Era rápido y eficiente.

Pero no lo pasó por la radio.

Gabriel dejó las llaves del Ford puestas y luego entró en el Malibu. Se deslizó en el asiento del pasajero a su lado y sacudió los restos de batido. Evan salió del aparcamiento, lenta y tranquilamente, y se unió a la oleada del tráfico de la calle Burnet.

Del asiento de atrás, Gabriel pescó una gorra de béisbol. Se la ajustó bien a la cabeza a Evan y le colocó sobre la nariz un par de gafas de sol de mujer que estaban en el asiento del medio.

– Tu cara estará en todos los informativos esta noche.

Los labios de Gabriel eran una línea fina y pálida; vio por primera vez que le había dejado a Gabriel un cardenal en la mandíbula cuando le había dado el puñetazo.

– Preferiría que nadie pudiera reconocerte.

– Por favor, escúchame. Mi madre no tiene tus archivos, sea lo que sea lo que este Jargo o tú queráis. Esto es un tremendo error.

– Evan, nada en tu vida es lo que parece -repuso suavemente Gabriel.

La frase no tenía sentido, pero empezó a pensar que tal vez sí lo tendría. Que su madre hiciese las maletas para un largo viaje secreto, que sin más explicaciones le pidiera que volviera a casa inmediatamente. Que su padre no estuviese donde se suponía que debía estar. Carrie, que había desaparecido esta mañana, había dejado el trabajo y le había advertido que volviese a Houston. Le había dicho que corría peligro. ¿Cómo podía saber ella que su vida acababa de desmoronarse?

– Coge aquí la autopista. Dirígete hacia la 71 oeste.

Evan se incorporó con cuidado en la MoPac, la autopista norte-sur más importante de la zona oeste de Austin, y aumentó la velocidad a más de noventa kilómetros por hora. Después de veinte minutos la MoPac se unió a la autopista 71, que llevaba hasta la agitada zona de Hill Country.

– Dijiste que me explicarías la situación. -Gabriel no apartaba la mirada del tráfico-. Me lo prometiste.

Evan pisó el acelerador hasta superar los cien kilómetros por hora. Estaba cansado de que lo acosaran. Una furia repentina le quemaba la piel.

– Cuando estemos instalados.

– No, ahora. O estrello el coche.

Hablaba en serio: bastaba con salirse de la carretera y dejar que las cercas de alambre de las propiedades arrancasen el lado del copiloto, dejando el Malibu tan destrozado que nadie podría volver a conducirlo.

Gabriel frunció el ceño, como si estuviese decidiendo si seguirle la corriente.

– Bueno, quizá…

– Lo haré.

– Tu madre poseía ciertos archivos que podían perjudicar mucho a algunas personas, gente poderosa. Tu madre quería que yo la ayudara a salir del país a cambio de entregarme esos archivos.

– ¿Quién? ¿Qué personas?

– Es mejor para ti que no conozcas los detalles.

– Yo no tengo esos archivos.

Evan adelantó a una camioneta a toda velocidad. A pesar de que corría como un loco, no lograba llamar la atención de ningún oficial de policía de Austin. El tráfico no era denso y los pocos coches que dejaba atrás en su carrera se apartaban amablemente al carril de la derecha.

– Creo que sí los tienes -dijo Gabriel-, pero no lo sabes. Baja la velocidad y conduce despacio si quieres saber más.

Gabriel le dio un pequeño empujón con la escopeta a Evan en el riñon.

– Dime todo lo que sabes sobre mi madre. ¡Ahora! -Evan pisó a fondo el acelerador-. Dímelo gilipollas, o nos matamos los dos.

Lo último que vio Evan fue el velocímetro marcando más de ciento cuarenta cuando Gabriel le dio un puñetazo en la cabeza, enviándolo contra la ventana del conductor, y todo se puso negro.

<p id="_Toc203056717">Capítulo 6</p>

En la vida de Steven Jargo, la palabra «fracaso» era poco frecuente, y despreciaba la sensación de pánico que acompañaba a muchos cuando cometían un error. El trabajo iba bien o mal; no había término medio. El pánico era una debilidad, una muestra de falta de preparación y de valor, un veneno para el corazón de cualquiera. La última vez que había sentido miedo fue cuando cometió su primer asesinato, pero aquella sensación pronto se disipó, como el humo en la brisa.

Sin embargo, ahora, mientras corría, notaba una sensación parecida. Tenía arañazos en las manos tras deslizarse por el tejado de la casa de los Casher, huyendo de los disparos en la cocina, que le habían impedido borrar el disco duro del ordenador. Había caído en el césped fresco, sobre los rosales de Donna Casher. Las espinas le rasgaron las manos mientras veía a Dezz salir corriendo por la puerta de atrás; el silbido de las balas los acompañó mientras ambos se retiraban a su coche, que estaba aparcado una calle más allá. El ruido alertó a la policía, y los polis siempre conducen más rápido en los barrios ricos.

Jargo había alquilado ayer un apartamento vacío en Austin con un nombre falso y había pagado en efectivo. Quizá no era seguro, pero no tenía otro sitio donde ir.

– Por lo menos, uno de ellos.

Dezz respiraba con dificultad mientras Jargo conducía unos treinta kilómetros por encima del límite de velocidad hasta un vecindario tranquilo y marchito situado en la parte este de la ciudad.

– Cabeza afeitada. De tu edad. Con aspecto de mexicano. Es todo lo que vi. -Dezz se tocó la cabeza para asegurarse de que una bala no le había pellizcado el cráneo. Revolvía un caramelo en la boca, mascando rápido-. No lo reconocí. Vi un Ford azul en la calle. Matrícula XXC, el resto no lo vi. Era una matrícula de Texas.

– ¿Evan recibió algún disparo?

– No lo sé. El atacante disparó hacia donde estaba. La cuerda casi lo había matado. ¿Borraste los archivos del sistema?

– Ella ya había sobrescrito el sistema. No iba a dejar nada para que lo encontrásemos en caso de que apareciésemos.

Dezz se apoyó en la ventana del coche.

– Ese cabrón hizo que me meara de miedo. Si lo vuelvo a ver está muerto.

Luego Dezz, que era pequeño pero fuerte y tenía una mirada como si sufriera fiebre, dijo:

– ¿Qué demonios hacemos, papá?

– Luchar contra ellos.

Jargo aparcó al lado del apartamento y todavía miraba por el espejo retrovisor para asegurarse de que no los seguían.

– Evan no nos vio.

– Pero tenía los archivos en su ordenador -dijo Jargo-. Él lo sabe.

Subieron corriendo y Jargo hizo dos llamadas. En la primera no saludó siquiera, se limitó a dar breves indicaciones de cómo llegar al apartamento, escuchó una confirmación y luego colgó. Luego llamó a una mujer que utilizaba el nombre en clave de Galadriel. Tenía en nómina a un grupo de expertos en ordenadores y los llamaba sus elfos, por la magia que podían utilizar contra servidores, bases de datos y códigos. Galadriel (el nombre se debía al de la reina de los elfos de Tolkien) era una antigua experta en ordenadores de la CIA. Jargo le pagaba diez veces más de lo que le había pagado el gobierno.

Le dio a Galadriel la descripción de Dezz sobre el atacante y la matrícula del Ford azul, le pidió que buscase coincidencias en su base de datos. Ella dijo que lo volvería a llamar.

Jargo se puso una loción antibacteriana en sus manos rasgadas y miró por la ventana a dos jóvenes madres caminando bajo el sol, con sus bebés, dándose el gusto de cotillear sobre cosas frívolas. Austin abrazaba aquel precioso día de primavera, un día para observar cómo unas preciosas madres elevan sus rostros al sol, no un día de muerte y dolor en el que todo su mundo se desintegraría. Estudió la calle. No había ningún coche aparcado con ocupantes dentro. Algunos viandantes se dirigían a una pequeña tienda de ultramarinos del barrio. Observó si alguien lo estaba mirando.

Iba a tener que llamar a Londres enseguida. Le habían mentido, y no estaba contento.

– Los archivos desaparecieron -dijo Dezz-. Si Evan está vivo no puede hacernos daño.

– Si Evan los tenía en el ordenador supongo que los habrá visto -adujo Jargo-. Puede dar nombres. Es un riesgo que no estoy dispuesto a correr.

Dezz se sentó en el sofá del apartamento. Daba vueltas a la Game Boy en sus manos. El aparato estaba cerrado. En la boca, jugaba con tres caramelos. Jargo se dio cuenta de que estaba enfadado y nervioso: lo habían interrumpido cuando estaba a punto de matar a alguien. Sin duda descargaría esa furia contenida contra la próxima persona que encontrara.

Se sentó junto a Dezz.

– Cálmate. Hicimos bien en escapar. Era una emboscada.

– Me pregunto quién le diría al tío de la escopeta que estábamos allí.

Dezz movía de un lado a otro el jarabe del caramelo en la boca.

Jargo fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Evan se parecía a su madre; no resultaba fácil matarlo. Pensó en la preciosa cara de Donna Casher, y en que no debería de haberla dejado aquellos dos minutos a solas con Dezz, mientras él iba en busca de su ordenador. Pensó en cómo le había dicho a Donna «Lo siento» después de matarla. Dezz necesitaba más autocontrol.

– Por las maletas deduzco que su madre le había dicho que tenían que huir. Sin duda, los archivos estaban en el ordenador de Evan, y ésa era la razón por la que tenían que huir. Tenía que ponerle un cohete en el culo para hacer que viniese rápido a casa. Deberías haber cogido su portátil.

Dezz abrió la Game Boy y jugueteó con los botones. Jargo lo dejó, aunque el ruidillo del juego le resultaba muy molesto. El opiáceo electrónico y la mejilla llena de caramelos calmaron al muchacho.

– Lo siento. Eso hubiese significado recibir un tiro. No importa, los archivos han desaparecido.

– Si Evan habla con la policía -dijo Jargo- estamos jodidos.

– No tiene pruebas. No nos vio las caras. Pensarán que se trataba de un robo.

La radio comenzó a contar una historia sobre dos policías que habían sido atacados y un testigo de un homicidio que había sido secuestrado. Dezz cerró la Game Boy. El reportero dijo que habían sido golpeados y estaban heridos, y dieron la descripción de Evan Casher y de un agresor calvo.

Jargo tamborileaba los dedos contra su vaso.

– Evan está vivo y nuestro amigo le dejó hablar con la policía antes de volver a atraparlo. Me pregunto por qué.

Dezz desenvolvió otro caramelo.

Jargo le quitó el caramelo de la mano de un manotazo.

– Mi teoría es que Donna sabía que estaba en peligro y contrató a alguien para que la protegiera. Ése es el que nos atacó. -Miró a Dezz con firmeza-. ¿Estás seguro de que no te reconoció mientras la seguías?

– Claro que no me reconoció, tuve mucho cuidado.

– Te dije que no la subestimases.

– No lo hice. Pero si este tipo es sólo un gorila a sueldo, ¿por qué vuelve para llevarse a Evan? Quien le pagaba estaba muerta. No tenía ninguna necesidad de arriesgar el cuello.

Jargo frunció el ceño.

– Ésa es una muy buena pregunta, y bastante inquietante, Dezz. Está claro que cree que Evan tiene algo que él quiere.

Dezz parpadeó.

– Entonces, ¿qué le decimos a Mitchell de su mujer? ¿O simplemente lo matas y no te molestas en darle explicaciones?

– Le diremos que llegamos tarde para salvarla. Que un asesino a sueldo la mató a ella y secuestró a su chico. Mitchell estará destrozado… será fácil de manipular.

Dezz se encogió de hombros.

– Vale. ¿Siguiente paso?

– Pensar a quién le pudo pedir ayuda Donna. Si le encontramos, encontraremos a Evan, y entonces le diremos que podemos llevarlo directamente a su padre. Es la distancia más corta entre dos puntos.

Llamaron a la puerta. Dos golpes secos rápidos y luego otros dos más despacio. Dezz caminó hacia la puerta pistola en mano.

El patrón se repitió y luego una voz dijo «Galletas de las exploradoras».

Dezz abrió la puerta. Esbozó una gran sonrisa.

– Hola exploradora.

Carrie Lindstrom entró, con la cara cansada y su cabello oscuro recogido en una cola de caballo; llevaba un pantalón vaquero y una camiseta metida por dentro. Miró alrededor y preguntó:

– ¿Dónde está Evan?

Jargo la sentó y le contó lo que había ocurrido, describió al calvo según informaron en las noticias y según la ojeada fugaz de Dezz.

– ¿Reconoces al tío?

– No, Evan no conoce a nadie que encaje con esa descripción, al menos en Houston.

Jargo la miró con dureza.

– Carrie, se suponía que tenías que encontrar esos archivos si Evan los tenía. Estaban en su ordenador. Yo mismo los vi. No hiciste tu trabajo.

– Lo juro…, no estaban allí.

A Jargo le gustaba ver el miedo en sus ojos.

– ¿Cuándo los buscaste por última vez?

– Anoche. Fui a su casa, él estaba viendo una película y bebiendo vino. Le pregunté si podía mirar mi correo electrónico. Dijo que sí. Miré pero no había archivos nuevos en el sistema. Lo juro.

– ¿Pasaste la noche con él?

– Sí.

– ¿Te lo follaste bien? -preguntó Dezz con un tono de diversión en la voz.

– Cállate Dezz -dijo ella.

– Entonces, ¿cómo se escapó de ti en Houston? -le preguntó Jargo.

– Fui a buscar el desayuno. Paré al lado de mi casa; al volver había un tráfico tremendo. Cuando llegué a su casa ya se había ido. Dejó un mensaje en mi contestador diciendo que le había surgido una emergencia y se había marchado.

– Hoy accedí a tu buzón de voz. Escuché el mensaje que te dejó.

A Carrie le temblaba la mandíbula.

– ¿Entraste en mi buzón de voz? No confías en mí.

– Carrie. Esta mañana estuve por lo menos dos horas sin saber nada de ti. Si no hubiese marcado tu buzón de voz no hubiera sabido que Evan se dirigía a Austin y que Donna podía escaparse. Gracias a Dios que lo hice. Su calle es difícil de vigilar y al parecer contrató a un gorila para ayudarla a escapar. Por culpa tuya hoy he perdido una hora preciosa.

– No comprobé mis mensajes. Lo siento. Yo…

– Los archivos que encontré estaban en el sistema de Evan desde esta mañana -dijo Jargo-. Así que te creo. Tienes suerte.

– Dijiste que pondrías a Evan y a su madre a salvo -dijo Carrie.

– Estás perdiendo la perspectiva -dijo Dezz-, dormir con él no fue una buena idea.

– No seas mamón. -Se giró hacia Jargo-. ¿Dónde está?

– Lo han secuestrado.

– ¿Matasteis a su madre? -Su voz era débil.

– No, ya estaba muerta cuando llegamos. Evan entró, nosotros lo redujimos y buscamos su portátil. Encontramos los archivos y los borramos. Pero entonces nos atacaron y supongo que fue el asesino de Donna, que volvió a la escena por alguna razón.

Jargo observaba su cara para ver si se tragaba la mentira.

Ella cruzó los brazos.

– ¿Quién se lo habrá llevado?

– Cualquiera que supiera que su madre tenía los archivos. Debió de intentar llegar a un acuerdo sobre ellos con la gente equivocada.

– Evan no sabe nada -dijo ella.

– Creo que te ha tomado el pelo. Su madre le envió esos archivos esta mañana y él los vio, sabe que en realidad no eres su querida novia. -Jargo detuvo el impulso de pegarle, de arruinar esa cara perfecta de porcelana, de lanzarla directamente por esa ventana de cristal-. Se deshizo de ti y escapó, y tú le dejaste porque eres tonta del culo, Carrie.

Ella abrió la boca, como si fuese a hablar, y luego la cerró.

– Carrie, te doy una última oportunidad. ¿Me estás contando todo lo que sabes? -preguntó Jargo.

– Sí.

– ¿Lo llamaste esta mañana? -dijo, como si en realidad ya lo supiese.

– No -respondió ella-. ¿Vamos a ir tras él o no?

Jargo la observaba. Estaba decidiendo qué decir.

– Sí, porque la otra posibilidad es que sea la CIA quien haya atrapado a Evan. Ellos tienen más que perder. Tenían todas las razones para matar a su madre -dejó que las palabras se asentasen en la mente de ella-, igual que mataron a tus padres, Carrie.

El rostro indiferente de Carrie no se alteró.

– Tenemos que recuperar a Evan.

– Eso es mucho pedir -añadió Dezz-, si la CIA lo tiene nunca lo encontraremos.

– Lo más preocupante es que la agencia matase a Donna -dijo Jargo-, y que la agenda del caballero que atrapó a Evan fuera completamente distinta. Me parece que estamos luchando contra dos frentes.

Carrie abrió la boca y luego la cerró sin decir nada.

– Estás preocupada por él -apuntó Dezz.

– Tan preocupada como lo estás tú por un perro que se ha perdido -dijo Carrie-, el perro de un vecino, no el tuyo.

– Bueno, veamos si Galadriel puede conseguir alguna pista del calvo o de Evan y saber por dónde navegan.

– Si la CIA tiene los archivos debemos huir -dijo ella.

Dezz la agarró por el cuello, y lo apretó con los dedos, moldeando la carne alrededor de la carótida y de la yugular como si fuera plastilina.

– Si hubieses hecho tu trabajo y lo hubieses mantenido en Houston esto no habría ocurrido.

– Suéltala, Dezz -ordenó Jargo.

Dezz la soltó y se lamió los labios.

– No te preocupes Carrie, todo está perdonado.

El teléfono móvil de Jargo sonó. Se fue a otra habitación para hablar y cerró la puerta tras él.

Carrie se acurrucó en el sofá.

Dezz se inclinó sobre ella y le dio un masaje en el cuello para devolverle la sensibilidad.

– Te estoy vigilando, cielo. La has jodido.

Ella le apartó la mano de un manotazo.

– No es necesario.

– Te ha calado hondo, ¿verdad? -dijo Dezz-. No lo entiendo, no es más guapo que yo, tengo un trabajo remunerado, comparto mis caramelos. De acuerdo, nunca me han nominado a los Óscar, pero joder, lo tuyo era un simple papelito.

– Él era un trabajo, nada más.

Carrie se puso de pie, fue hasta la barra de la cocina y se sirvió un vaso de agua.

– Te gustaba jugar a las casitas -continuó Dezz-, pero el juego se acabó. Si ha visto esos archivos es hombre muerto, y ambos lo sabemos.

– No, si se lo hacemos entender. Si puedo hablar con él.

– Convertirlo en ti -dijo Dezz-. Los «Fabulosos Vengadores de Padres». Un buen título para una comedia.

– Puedo hacer que colabore. Puedo hacerlo.

– Eso espero -añadió de inmediato Dezz-, porque si no lo haces lo mataré.

<p id="_Toc203056718">Capítulo 7</p>

«Mi corta y dulce vida ha terminado», pensó Carrie.

Dejó a Dezz jugando a la Game Boy y entró en la habitación de Jargo. Estaba al teléfono, hablando con sus elfos, los expertos que trabajaban para él. Eran unos maestros en localizar información, entrar en bases de datos privadas y destapar valiosos recursos para ayudar a Jargo a encontrar lo que quería. Las matrículas del Ford eran un callejón sin salida; lo habían robado en Dallas entre la medianoche y las seis de la mañana de hoy, así que los elfos se habían concentrado en investigar el historial del teléfono de Casher, sus cuentas, tarjetas de crédito y demás, buscando algún indicio sobre el salvador de Evan Casher.

Tras la puerta cerrada del baño, Carrie se lavaba y estudiaba su rostro mojado en el espejo. No existían fotos suyas como Carrie Lindstrom, excepto la de su pasaporte falso, la del permiso de conducir y una instantánea que Evan le sacó antes de que pudiese detenerlo, mientras bebían un día de Año Nuevo excepcionalmente cálido en un bar junto a la playa en Galveston. Esa chica con la cerveza en la mano pronto habría muerto. Cuando los elfos encontrasen a Evan, su próximo trabajo sería adoptar una personalidad nueva. Le gustaba el nombre de Carrie, de hecho era su propio nombre, pero lo había utilizado, así que Jargo le haría utilizar otro nuevo.


Hacía ochenta y nueve días que había conseguido colarse en la vida de Evan. Las instrucciones de Jargo eran simples y claras:

– Ve a Houston y acércate a un hombre llamado Evan Casher. Quiero saber qué películas planea hacer. Eso es todo.

– ¿No podía simplemente entrar en su casa y buscar los archivos en su ordenador?

– No. Acércate a él. Si lleva tiempo, que lleve tiempo. Tengo mis razones.

– ¿Quién es, Jargo?

– Es sólo un proyecto, Carrie.

Así que cogió una habitación en un hotel cerca de la Gallería, en las afueras del corazón de Houston. Jargo le dio un carné de identidad falso por el que se llamaría Carrie Lindstrom, y comenzó a seguir a Evan, trazando un plano de su mundo.

Se acercó a su cafetería favorita, un antro tranquilo que pertenecía a una cadena llamada Joe's Java. La primera semana lo estuvo vigilando; fue allí tres veces. La segunda semana apareció dos veces más por Joe's, y una de ellas cogió un café para llevar por si acaso él también lo hacía. Al día siguiente llegó una hora antes que él y se sentó en el extremo opuesto del café; entre las manos tenía un libro gordo de tapas blandas sobre historia del cine que había estudiado para poder entablar conversación con él. Prefería sentarse cerca del enchufe, donde él pudiese conectar su portátil. Nunca lo vio con una cámara, sólo frunciendo el ceño frente al ordenador, escuchando con los cascos; supuso que tenía problemas editando una película.

Carrie lo observaba. Su vida parecía aburrida; se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando, yendo a ver películas o en su casa. Era un año o dos mayor que ella. Tenía el pelo castaño claro tirando a rubio, un poco largo y desgreñado, y tenía el hábito inconsciente de pasarse la mano por él cuando estaba muy concentrado. Llevaba un pequeño aro en la oreja izquierda, pero no más joyas. Era guapo, pero parecía no darse cuenta de ello. Vio a otras dos mujeres fijarse en él en la cafetería, una de ellas le echó una audaz ojeada de reconocimiento mientras pasaba por su lado y Evan, enfrascado en su trabajo, con la mano enganchada en el pelo, no se había dado cuenta. No se afeitaba a diario si no tenía que hacerlo, y estaba al límite de ser demasiado mayor para su vestuario, que parecía invariablemente formado por vaqueros gastados y camisas viejas de moda, zapatillas de deporte de botina y sandalias. Evan miraba a los fumadores que estaban fuera del café expulsando el humo, tal vez había dejado de fumar. Ponía cuidado en pasar la mayor parte del tiempo leyendo, sin mirarlo, para no ser demasiado evidente. Funcionaría mejor, mucho mejor, si era él quien daba el primer paso. Y así fue.

– ¿Estás leyendo a Hamblin? No es muy bueno -le dijo.

Ella se hallaba sentada a una mesa de mármol, cerca de la barra, y él estaba en la cola para rellenar el plato con asado francés.

Carrie contó hasta diez para sí, levantó la vista y lo miró.

– Tienes razón. El libro de Callaway es mejor.

Dijo esto confiando en que él estaría de acuerdo. Dos noches antes lo había seguido mientras iba solo al teatro de River Oaks, una sala de cine de autor cercana a su casa. Luego entró a escondidas en su patio trasero, desactivó el sistema de la alarma electrónica con un programa de descodificación desde su PDA, abrió la cerradura de la puerta con una ganzúa que había pertenecido a su padre, estudió su biblioteca de libros sobre cine, y advirtió que el de Callaway era el más gastado y que parecía guardarlo como un tesoro; catalogó los DVD que tenía, buscó sus debilidades. Sólo había dos botellas de cerveza en la nevera y una botella de vino sin abrir, no había marihuana, ni coca ni porno. La casa estaba limpia, pero no parecía un obseso del orden. Su interés se centraba en su trabajo y su casa reflejaba ese enfoque simple.

No tocó su ordenador ni sus libros de notas. Eso ya llegaría. Cerró la puerta con llave, volvió a activar la alarma y se marchó.

– Sí, Callaway mola. ¿Estudias cine? -preguntó Evan.

El tipo que estaba delante de él en la cola avanzó un espacio, pero Evan, que era el último de la cola, se quedó quieto.

– No, es sólo afición.

– Yo soy director de cine -dijo él, intentando que no pareciese que estaba alardeando o tratando de ligársela.

– ¿En serio? ¿Películas para adultos? -preguntó de manera inocente.

– No, no.

Era su turno para pedir el café y le dio la espalda al hacerlo.

«No ha funcionado», pensó Carrie.

Se equivocaba: Evan hizo el pedido al camarero y dio cinco pasos atrás hasta volver a su mesa.

– Hago documentales. Por eso no me gustan los libros de Hamblin. Nos concede poca importancia.

– ¿De verdad? -y esbozó una sonrisa de educado interés.

– Sí.

– ¿He visto alguna de tus películas?

Le dijo los títulos y ella elevó la mirada cuando mencionó El más mínimo problema.

– La vi en Chicago -dijo ella-. Me gustó.

Él sonrió.

– Gracias.

– Sí. Compré la entrada, ni siquiera intenté colarme desde otra sala.

Él se rió.

– Vaya, mi bolsillo te lo agradece.

– ¿Estás haciendo otra película ahora?

– Sí, se llama Farol. Trata de tres jugadores que forman parte del circuito profesional de póquer.

– Entonces, ¿estás en Houston para filmar?

– No, todavía vivo aquí.

– ¿Por qué no te mudas a Hollywood?

– ¿Hay alguna diferencia? -preguntó él riéndose.

Ella también se rió.

– Bueno, encantada de conocerte. Buena suerte con tu película.

Se puso de pie y se dirigió a la barra para pedir un café con leche recién hecho.

– Yo invito -dijo él rápidamente-, si me permites. Al fin y al cabo compraste una entrada. Sólo trato de ser justo.

Ella lo miró y le dejó pagarle el café con leche y luego se sentó cerca de él preguntándose: «¿Por qué demonios está Jargo interesado en este tío?».

Hablaron durante una hora de las películas que les gustaban y de las que odiaban. Cuando terminaron, ella le dio su número de móvil.

La llamó al día siguiente y esa noche ambos cenaron en un restaurante tailandés que a él le encantaba. Ella era nueva en la ciudad, así que no podía sugerir que tenía un lugar favorito al que ir. Sospechaba que Evan era la clase de hombre que sentía pena por su soledad y a la vez admiraba sus agallas por mudarse a una ciudad donde no conocía a nadie. Hablaron de baloncesto, de libros, de cine y evitaron tratar de su vida personal. Carrie le dijo que estaba pensando en graduarse en inglés y le dijo que vivía de un fondo de inversiones, aunque se mantuvo imprecisa a propósito de su situación. Intentó pagar la cena, pero él deslizó la cuenta hacia su lado de la mesa y sonrió diciendo:

– Recuerda que tú compraste una entrada.

A Carrie le gustaba. Pero tras dos citas más durante los siguientes cinco días, se encontró con un obstáculo: no hablaba sobre lo que le importaba a Jargo, sus futuras películas.

Antes de volver a Houston, Carrie vio en DVD sus dos películas. Él sólo hablaba de esas películas cuando ella le preguntaba. Nunca mencionaba su nominación al Óscar por El más mínimo problema, algo que a ella la impresionaba mucho más que tal distinción.

En su cuarta cita, en un pequeño restaurante italiano, vio a Dezz observándolos, solo en la barra, bebiendo una copa de vino tinto y fingiendo leer el periódico. Jargo la observaba a través de él. Dejaron la comida a medias.

– ¿Te encuentras mal? -preguntó Evan menos de medio minuto después de que Dezz pasase al lado de la mesa.

Aquello hubiera sido mucho más fácil si hubiese sido el típico hombre ensimismado. Pero, cuando no estaba inmerso en su trabajo, Evan parecía advertir cualquier detalle en su comportamiento.

– No. Vi a un hombre que me recordó a alguien que conocía. Un recuerdo desagradable.

– Entonces no insistamos en ello -le dijo.

Diez minutos después Evan le preguntó por su familia. Ella decidió no alejarse mucho de la verdad.

– Están muertos.

– Lo siento.

– Un robo. Les dispararon a los dos, hace un año.

Se puso pálido de la impresión.

– Dios, Carrie, eso es terrible. Cuánto lo siento.

– Ahora ya lo sabes -le dijo-, pero me gustaría hablar de otra cosa.

– Desde luego.

Llevó la conversación de nuevo a terreno seguro, resolviendo así su torpeza. Carrie veía verdadera ternura en su forma de mirarla y pensó: «No, no hagas eso, me haces sentir como si estuviese utilizando sus muertes. No había planeado contártelo, no sé por qué lo hice». Tenía miedo de que su curiosidad de narrador lo impulsara a visitar la página web del Chicago Tribune y buscar allí su nombre o un relato de los asesinatos. Cuando aquello sucedió, ella tenía un apellido distinto. No habría ninguna Carrie Lindstrom cuyos padres hubieran muerto en un robo. Había cometido un error, aunque si él no husmeaba no habría problema.

Volvieron a su casa, vieron una película y bebieron vino. Sabía que dormiría con él; era el momento de cerrar el trato, de entrar más en su vida. No tenía una novia estable; había habido una mujer el año pasado, otra directora de cine llamada Kathleen que lo había dejado por otro y se había mudado a Nueva York. Sólo había mencionado a Kathleen una vez, lo que Carrie consideraba una sana decisión. Evan parecía un poco solitario, pero no necesitado, podía tenerlo vigilado para Jargo, cualquiera que fuese la razón. Pero albergaba también dudas.

Jargo ya le había mandado una vez, seis meses atrás, que se acostara con un hombre, un oficial de policía colombiano de alto rango, casado, de cuarenta y muchos años. Pero no lo hizo.

En lugar de eso, le dejó que la conquistase en un bar de Bogotá, volvieron a su pisito de soltero, lo besó y le echó una droga en la cerveza para dejarlo inconsciente. Se desmayó mientras la besaba. Desvistió al oficial, le dejó creer que había consumado su noche y lo miró dormir. Mientras tanto, Dezz entró en la casa y registró el despacho. Dos semanas más tarde leyó una noticia sobre unos oficiales de policía que habían sido arrestados por trabajar para cárteles de droga. Jargo nunca le preguntó si se había acostado con el oficial; supuso que lo había hecho, que estaba dispuesta a prostituirse.

Con Jargo nunca sabías en qué parte de la línea entre la luz y la oscuridad te iba a dejar caer.

Pero esto. Esto no podía fingirlo.

«Todo irá bien -se decía a sí misma-. Es agradable y guapo, y le gustas. Aunque sería más fácil si lo odiase, porque esto sólo haría que lo odiase más.» Advirtió aquello rápidamente cuando sus labios se encontraron: sus besos eran tiernos y lentos. Se separó de él cuando deslizó su mano sobre el pecho, y le agarró el pelo entre los dedos.

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

– Nada.

Él se echó hacia atrás.

– No estás preparada.

– Piensas demasiado.

Lo besó intensamente de nuevo, deseando que no se preocupase y que ella misma no respondiese a su tacto, a su lengua. «Es sólo un trabajo.»

Lo besó otra vez, pero luego se detuvo.

– Dime qué te ocurre.

«Dios, si pudiese… Pero nunca, nunca lo haré.»

– No me pasa nada, salvo que todavía no me has llevado a la cama.

La mentira lo tranquilizó. Sonrió, la cogió del sofá y la tumbó en su cama; no era como el policía militar de Colombia. Durante los largos y oscuros días del año anterior había pensado que nunca se sentiría feliz de nuevo sin tener que fingir. Pero en lugar de ser una terrible traición a sí misma, la noche con Evan le rompió el corazón.

«Es sólo un trabajo, Carrie.»

A la mañana siguiente llamó a Jargo y le dijo que Evan y ella eran amantes.

– No tengo competencia -dijo en un tono rotundo-. Me está dedicando mucho de su tiempo.

– ¿Habla de sus películas?

– No. Dice que si habla mucho sobre una película ya ha contado la historia, y entonces pierde todo interés por hacerla.

– Busca en su ordenador, en sus libros de notas.

– No es de los que toman notas. -Hizo una pausa-. Sería útil saber exactamente lo que estoy buscando.

– Tú limítate a averiguar qué proyectos tiene en mente. Fóllatelo lo suficiente y te lo dirá. Es un hombre como otro cualquiera. Le gusta follar y hablar de su trabajo. Los hombres somos así de aburridos -dijo Jargo.

Carrie intentó imaginar a Jargo realizando cualquiera de esas actividades, pero fue incapaz.

Volvió a la cama de Evan y se centró en él con la misma energía que ponía en sí misma, sintiéndose a un tiempo culpable y mareada.

– ¿Por qué no me hablas de tu próximo proyecto? -le preguntó una tarde después de lograr que dejase de editar vídeos y fuera con ella a la cama.

– Tengo que editar Farol. Está hecha un desastre. Ni siquiera puedo pensar en mi próxima película.

Le pasó una mano por el pecho, por su liso vientre. Le pellizcó la carne por debajo del ombligo con la punta de los dedos.

– No te preocupes. Sólo me interesan tus ideas. -Le dio un golpecito en la frente y utilizó la frase que se había convertido ya en su broma particular-: No te preocupes, compraré una entrada.

Esbozó la sonrisa más cálida que pudo.

Podía ver en su rostro la decisión de cambiar un viejo hábito. Se recostó hacia atrás.

– Bueno, un tío de la CBS me habló de hacer una biografía de Jacques Cousteau. Podría tenerlo en la CBS o en el Discovery Channel en apenas cinco minutos. Sería bueno para mi cuenta corriente, pero no estoy seguro de que sea el movimiento correcto para mi carrera.

– Entonces ni pensarlo.

Carrie vio cómo decidía confiar en ella, cómo poco a poco la sonrisa cruzaba su cara.

– Es extraño. China es comunista, pero todavía hay millonarios en Hong Kong. Creo que sería una historia que valdría la pena.

– China… Demasiado lejos. Te echaría de menos.

Evan la besó.

– Yo también te echaría de menos. Podrías venir conmigo. Ser mi ayudante sin cobrar un sueldo.

– El trabajo de mis sueños -dijo ella-. Entonces, ¿quién es el afortunado sujeto en China?

Pensó que ésta podía ser la razón del interés de Jargo. Tal vez Evan hubiera centrado su atención en un alto cargo de Beijing que le llenaba los bolsillos a Jargo. Pero ¿cómo demonios iba Jargo a saberlo?

– Hay un financiero en Hong Kong llamado Jameson Wong que puede ser un personaje interesante. Perdió todo su dinero en negocios algo turbios y, en lugar de reconstruir su fortuna, se convirtió en un importante activista contra el gobierno comunista. Un hombre de negocios convertido en defensor de la libertad.

Ella arrimó la cabeza contra su pecho. Mañana traicionaría sus confidencias, informaría sobre todo su mundo. China. Y aquel tipo: Jameson Wong. Ése era el punto de interés.

– Yo compraría una entrada. Eres mi director favorito.

– A menos que haga el otro proyecto -dijo-, aunque creo que es una idea sin salida.

Ella mantuvo la cabeza junto a su pecho.

– ¿Qué otra idea?

– Sobre un interesante caso de asesinato en Londres, hará unos veinticinco años.

– ¿A quién asesinaron?

– A un tal Alexander Bast. Era un tipo excéntrico, estaba muy interesado en la escena artística, en dormir con jóvenes estrellas, y era famoso por sus fiestas. Al igual que Wong, lo perdió todo en un escándalo de drogas en uno de sus clubes. Luego alguien le metió dos balas.

– Pensaba que preferías que tus personajes siguieran vivos.

– Y así es. La gente muerta no habla bien delante de la cámara -dijo con una suave risa-. Había pensado en combinar ambas historias. Comparar y contrastar dos vidas totalmente distintas, encontrar un hilo común que nos dé una visión del éxito y del fracaso.

Carrie notó en su voz cómo se emocionaba.

– Pero puede que no sea lo suficientemente comercial.

Ella acercó su rostro al de él.

– No te preocupes por eso, haz la película que tú quieras hacer.

– Sé lo que quiero hacer ahora mismo.

La besó e hicieron el amor de nuevo. Al cabo, él decidió echar una cabezadita y ella se levantó de la cama para ir a lavarse la cara.

Durante los días siguientes, no mencionó a Jargo nada sobre Jameson Wong, Alexander Bast o Jacques Cousteau. Al cabo de una semana, tras aparcar el coche en un Krispy Kreme [1], llamó a Jargo desde un teléfono que guardaba en un bolsillo bajo el asiento del conductor, y del que Evan, obviamente, no sabía nada.

– Está totalmente centrado en editar su película.

– Sigue encima de él. Si se compromete para otra película quiero saberlo de inmediato.

– De acuerdo.

– He ingresado otros diez mil en tu cuenta -añadió Jargo.

– Gracias.

– Me pregunto -continuó él- si crees que Evan podría llegar a considerar trabajar para mí.

– No, no lo haría. No sería bueno.

– Es una tapadera inmejorable. Es un director de documentales en alza. Puede ir a cualquier sitio, filmar cualquier cosa y nadie dudaría de sus credenciales ni de sus intenciones.

– A él le interesa la verdad, ésa es su pasión.

– Y aun así te está follando.

– Reclutarlo no es una buena idea. Ahora no.

Tenía miedo de seguir discutiendo, miedo de lo que ocurriría si Jargo pensase que Evan suponía un peligro.

– Quiero que estés preparada -terminó Jargo-, porque puede que tengas que matarlo.

Miró la fila de coches que avanzaba lentamente en la zona de recogida de pedidos en coche del establecimiento. Le dolían los ojos. Jargo nunca le había sugerido un trabajo como aquél. Antes de meterse en la cama de Evan, trabajaba como correo en Berlín, Nueva York, México DC. Nunca había trabajado como asesina. El silencio comenzó a hacerse peligrosamente largo, él sospecharía.

– Si dices eso -respondió ella, consciente de que no podía decir otra cosa-, entonces debería distanciarme. No quiero ser sospechosa.

– No, quédate cerca. Si esto ha de ocurrir, ambos desapareceréis. No te quedarás por aquí. Ambos estaréis muertos y lejos, te construiremos una nueva vida. De todos modos, posiblemente me resultes más útil en Europa.

– Muy bien -convino ella.

Tras desearle un buen día, él colgó.

Carrie pasó los días rellenando los informes en blanco de Jargo inventándose inocentes detalles sobre lo que iba a ser el próximo proyecto de Evan, hasta que su jefe la llamó.

– Quiero saber si Evan tiene algún archivo en su ordenador que no debería estar allí.

– Sé concreto.

– Una lista de nombres.

– De acuerdo.

Una hora más tarde, Carrie miraba en el ordenador de Evan aprovechando que él había salido a hacer unos recados. Llamó a Jargo.

– No hay ningún archivo de ese tipo.

Aparte de sus guiones, material de vídeo y programas básicos, Evan tenía pocos datos en su ordenador.

– Compruébalo cada doce horas, si es posible. Si encuentras los archivos, bórralos y destruye el disco duro. Luego infórmame.

– ¿Qué son esos archivos?

– Eso no necesitas saberlo. No memorices la información ni copies los archivos. Limítate a borrarlos y asegúrate de que no se puede recuperar el disco duro.

– Entiendo.

Carrie obedeció. Los archivos eran lo que realmente le preocupaba a Jargo, probablemente se tratase de archivos que lo relacionaban con Jameson Wong o con cualquiera de los protagonistas de posibles películas.

Sin embargo, Carrie tenía la horrible sensación de que si tenían que destruir el disco duro, también destruirían a Evan.


Se lavó la cara de nuevo. Evan se había ido, se lo había llevado un hombre que tal vez fuese muy, muy malo, pero pronto los elfos de Jargo encontrarían su rastro y lo rescatarían. Los archivos estaban en su sistema esta mañana, ella se había marchado sin buscarlos, y si Jargo dudaba de su trabajo, la mataría. Tenía que volver a ganarse su confianza. Cuanto antes mejor.

Recordó la noche anterior, a Evan diciéndole que la quería; parecía un momento de un mundo que ya no existía, un pedacito de tiempo en el que no estaban ni Jargo ni Dezz, en el que no había archivos, ni miedo ni engaños. Deseaba que no se lo hubiera dicho. Quería pegarle o empujarle, decirle: «No, no, no, no, tú no sabes nada. No puedo tener una vida contigo, no puedo volver a ser normal nunca más, no puede ser, así que no».

Tenía que endurecer su corazón. Tenía que atrapar a Evan.


Capítulo 1

<p id="_Toc203056712">Capítulo 1</p>

Cuando el teléfono despertó a Evan Casher, éste supo que algo iba mal. Nadie que le conociese llamaba nunca tan temprano. Abrió los ojos y estiró la mano para buscar a Carrie. Se había ido y su lado de la cama estaba frío. Había una nota doblada sobre la almohada. Intentó alcanzarla, pero el teléfono seguía sonando insistentemente, así que contestó.

– ¿Diga?

– Evan, necesito que vengas a casa -dijo su madre, susurrando-. Ahora mismo.

Evan buscó a tientas la lámpara en la mesilla de noche.

– ¿Qué ocurre?

– Por teléfono, no. Te lo explicaré cuando llegues.

– Mamá, hay dos horas y media de camino. Dime qué sucede.

– Evan, por favor, sólo ven a casa.

– ¿Papá está bien? -Su padre, consultor informático, se había marchado de Austin tres días antes para un trabajo en Australia. Su misión era asegurarse de que las bases de datos de grandes empresas y gobiernos desempeñasen todas las funciones imaginables. Australia. Vuelos largos. Evan tuvo una visión repentina de un avión hecho añicos en el desierto australiano o en el puerto de Sidney. Metal despedazado, humo en el aire-. ¿Qué ha pasado?

– Sólo te pido que vengas, ¿vale? -dijo con voz tranquila, pero insistente.

– No hasta que me digas lo que está pasando.

– He dicho que por teléfono no. -Se quedó callada, y durante diez largos segundos la incómoda tensión del inesperado silencio los embargó, hasta que ella se encargó de romperlo-. ¿Has tenido mucho trabajo hoy, cariño?

– Sólo los montajes de Farol.

– Entonces tráete el ordenador, puedes trabajar aquí. Pero te necesito. Ahora.

– ¿Y qué problema hay en decírmelo?

– Evan. -Oyó a su madre tomar aliento, intentando tranquilizarse-. Te lo ruego.

La necesidad manifiesta y casi aterradora de su voz, un tono que nunca había escuchado en su madre, le dio la impresión de que hablaba con una extraña.

– Vale mamá, puedo salir en una hora o así.

– Ven antes. Lo antes posible.

– Bueno, vale, saldré en unos quince minutos.

– Date prisa Evan. Limítate a hacer la maleta y ven lo más rápido que puedas.

– De acuerdo.

Evan tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para controlar el miedo que empezaba a sentir.

– Gracias por no hacerme más preguntas -dijo-. Cuando nos veamos te lo explicaré todo. Te quiero.

– Yo también te quiero.

Puso de nuevo el teléfono en la base, un poco desorientado por el impactante comienzo del día. Aquél no era el momento de decirle a su madre que estaba enamorado. Enamorado de verdad, con locura, como Romeo y Julieta.

Abrió la nota. Decía simplemente: «Gracias por una gran noche. Te llamaré más tarde. Tengo algunos recados que hacer por la mañana temprano. C».

Se metió en la ducha y se preguntó si habría fastidiado a Carrie anoche. «Te amo», le había dicho mientras yacían juntos entre las sábanas. Las palabras le vinieron a la boca sin pensarlo, sin hacer esfuerzo alguno; si hubiese sopesado las consecuencias, seguramente habría mantenido la boca cerrada. Nunca era el primero en decir la palabra que empieza con «a». Sólo en una ocasión se lo había dicho a una mujer: a su última novia, hambrienta de consuelo, y se lo había dicho porque pensó que tal vez fuera cierto. Pero anoche había sido diferente. No había ningún «quizá», ni ningún «tal vez». Carrie estaba tan hermosa, tumbada a su lado, con su aliento haciéndole cosquillas en el cuello, recorriendo sus cejas con la uña… Y él pronunció aquellas dos palabras con una sinceridad que jamás había sentido en su corazón.

Vio el dolor brillando en los ojos de Carrie mientras le hablaba y pensó: «Debería haber esperado. No me cree porque estamos en la cama». Sin embargo, ella lo besó y dijo:

– No me quieras.

– ¿Por qué no?

– Soy un problema. No soy más que un problema.

Lo abrazaba fuerte, como si temiera que fuera a desaparecer en cualquier momento.

– Me encantan los problemas.

Él la besó a su vez.

– ¿Por qué? ¿Por qué me ibas a querer?

– ¿Y por qué no iba a hacerlo? -Puso sus labios sobre su frente-. Tienes un cerebro privilegiado. -La besó entre los ojos-. Encuentras belleza en todo. -La besó en la boca y sonrió abiertamente-. Y siempre sabes qué decir… no como yo.

Ella le devolvió el beso e hicieron el amor de nuevo. Cuando terminaron, ella le dijo:

– Llevamos sólo tres meses. No puedes conocerme bien.

– Nunca te conoceré. Nunca conocemos a las personas tanto como pretendemos.

Ella sonrió, se acurrucó junto a él, colocó la cara contra su pecho y puso los labios cerca de su corazón, que latía acompasadamente.

– Yo también te quiero.

– Mírame y dímelo.

– Lo diré aquí, a tu corazón.

Una lágrima se escurrió por su mejilla hasta caer sobre el pecho de Evan.

– ¿Qué pasa?

– Nada. Soy feliz. -Carrie lo besó-. Duérmete cielo.

Y así lo hizo. Ahora, a la dura luz del día, Carrie no estaba, y los susurros y las promesas se habían marchado con ella. Y esta nota distante. Pero tal vez esto fuera lo mejor. Estaba nerviosa, y lo último que él necesitaba era complicarse explicándole un misterioso desastre familiar.

Intentó llamarla al móvil. Le dejó un mensaje de voz:

– Cariño, tengo una emergencia familiar. Debo irme a Austin. Llámame cuando oigas este mensaje. -Se detuvo un instante: «No debería decirlo otra vez». Pero se lo dijo-. Te quiero… Hablamos pronto.

Evan intentó llamar a su padre al móvil. No respondía. Ni siquiera saltó el contestador. Puede que el teléfono de su padre no funcionase en Australia. Se sacó de la cabeza la escena del avión estrellado. Siguió su mecánica rutina matutina: encendió el ordenador, comprovó las tareas pendientes, repasó las noticias. Nada sobre ninguna catástrofe en Australia. Quizá se tratara de una catástrofe a pequeña escala. Divorcio. Cáncer. Sintió la garganta seca.

Abrió su correo electrónico y envió a su padre un mensaje con la frase «Llámame lo antes posible». Luego leyó el correo. En su buzón de entrada había una invitación para participar en una conferencia de cine en Atlanta; correos electrónicos de otros dos directores de documentales amigos suyos; un montón de archivos de música y un par de las últimas fotos digitales de su madre, todo ello enviado ayer por la noche. Pasó la música a su lector digital, escucharía las canciones en el coche. A su madre le gustaba descubrir nuevos grupos y melodías, y de hecho había encontrado tres grandes canciones para sus anteriores películas. Se aseguró de que tenía todo el material necesario para editar el documental que casi había terminado sobre el circuito de póquer profesional y de que tenía las notas en sucio para la charla que se suponía debía dar la semana siguiente en la Universidad de Houston. Metió en la mochila el portátil, el reproductor digital y la cámara de vídeo, y luego hizo una sencilla maleta con ropa que su madre odiaba que se pusiera: camisas viejas de bolos, pantalones caquis gastados, y unas deportivas cuyos mejores días habían quedado un año atrás.

Su reloj marcaba las siete y cuarto.

Evan cerró la puerta con llave y se dirigió a su coche. Aquél no era el día que había planeado. Se abrió camino entre el atasco matutino de Houston escuchando la música que su madre le había enviado la noche anterior. Quería funk electrónico con sabor latino para las escenas iniciales de su documental, y ninguna de las canciones que había escuchado hasta ahora lo convencían, pero esta música era perfecta, llena de drama y de energía.

Iba marcando el ritmo con los dedos mientras conducía, y seguía esperando que su móvil sonara, que llamaran su padre o Carrie, o su madre, diciéndole que todo iba bien. Pero su móvil permaneció en silencio durante todo el camino hasta Austin.


Capítulo 2

<p id="_Toc203056713">Capítulo 2</p>

La puerta delantera de la casa estaba cerrada con llave. En el garaje, su madre había montado su estudio de fotografía, y Evan pensó que debía de encontrarse allí, buscando refugio entre las películas, el imprimador y la soledad.

Abrió la puerta con su llave y entró.

– ¿Mamá? -gritó.

No hubo respuesta.

Caminó hacia la parte de atrás de la casa, hacia la cocina. Le traía su manjar favorito: pastas de melocotón que había comprado en una pastelería a medio camino de Houston que a ella le encantaba, y quería guardar la comida antes de dirigirse al estudio.

Evan giró la esquina y vio a su madre en el suelo de la cocina. Estaba muerta.

Se quedó helado. Abrió la boca, pero no pudo gritar. El mundo a su alrededor se volvió denso, mientras percibía el sonido de su propia sangre palpitándole por el cuello, por la sien. La bolsa de pastas de melocotón cayó al suelo, seguida de su equipaje.

Dio dos pasos hacia ella, a trompicones. Le faltaba el aliento y sentía áspera la garganta y la lengua dilatada; en el aire de la cocina flotaba un inconfundible hedor a muerte. Distinguió el brillo plateado de un cable metálico alrededor del cuello de su madre.

Junto a ella había una silla de cocina vacía, como si hubiera estado sentada en ella antes de morir. Evan emitió un gemido, se arrodilló junto a su madre y le apartó el pelo grisáceo de la cara. Sus ojos, ahora ciegos, estaban hinchados y abiertos de par en par.

– ¡Dios mío! ¡Mamá! -Le puso los dedos en los labios: estaban rígidos. Aún tenía la piel caliente-. ¡Mamá, mamá!

Su voz estalló de dolor y de terror. Evan se puso en pie. Una sensación de mareo le hizo doblar las rodillas. La policía. Tenía que llamar a la policía. Se dirigió tambaleando hasta la barra de la cocina, donde aún estaba el desayuno: una taza de café con la marca del pintalabios, una bandeja salpicada con gotas de mermelada de ciruela y unas migas de muffin.

Con mano temblorosa, alcanzó el teléfono.

Algo metálico le golpeó la cabeza por detrás. Cayó de rodillas, se mordió la lengua con los dientes y notó el sabor de la sangre en su boca. Poco a poco, el mundo comenzó a oscurecerse.

Una pistola le presionaba la nuca, sentía el frío del círculo perfecto del cañón contra su cabello. Alguien le pasaba una cuerda de nailon por la cabeza y la tensaba alrededor de su garganta de un tirón. Intentó moverse para liberarse, pero la pistola volvió a crujir contra su sien.

– Muévete y estás muerto.

Era la voz de un hombre joven. Se divertía pronunciando la palabra «muerto» con un tono crue «Mueeeeerto».

Unas manos cogieron su petate al otro lado de la cocina y lo apartaron de su vista. Eran ladrones.

– Cógelo -susurró Evan-. Cógelo y vete.

Oía cómo hurgaban: estaban sacando su ordenador y su cámara de la bolsa. Oyó el sonido de su portátil al encenderse, más alto que su propio aliento entrecortado. Tras un breve silencio, unos dedos empezaron a teclear.

– ¿Qué quieres? -se oyó a sí mismo preguntar. No hubo respuesta-. Mi madre, mataste a mi madre.

– ¡Cállate ya!

La pistola mantenía la cabeza de Evan inclinada hacia delante, en contacto casi con la mandíbula de su madre.

Evan quería girarse, ver la cara del hombre, pero no podía. El lazo le apretaba el cuello, clavándose con brutalidad.

– Lo tengo -dijo otra voz. Un hombre mayor que el primero. Arrogante y con una voz fría de barítono. De nuevo oyó el ruido de dedos en el teclado-. Todo borrado.

Evan escuchó explotar un globo de chicle cerca de su oreja.

– ¿Puedo ahora?

– Sí -dijo el otro-. Es una pena.

El acero crujió contra la cabeza de Evan. Círculos negros estallaron ante sus ojos, alejándolos de la mirada vacía de su madre.


Evan se despertó. Estaba agonizando.

No podía respirar mientras sentía la cuerda que le quemaba el cuello y sus piernas bailaban en el vacío. Una bolsa de basura le cubría la cabeza y le hacía ver el mundo de un color gris lechoso. Se agarró a la cuerda y emitió un grito asfixiado mientras el lazo lo estrangulaba.

– Dabas por sentado que podrías respirar, ¿verdad cielito?

Era la voz del hombre joven, fría y burlona.

Evan pataleaba, impotente. La encimera, la silla… tenían que estar allí para aguantar su peso, para salvarle. Usaba todas las fuerzas que le quedaban; no tenía otra opción.

– Da dos patadas si duele mucho -dijo la voz del hombre joven-, tengo curiosidad.

De repente, una explosión invadió su mundo: cristales hechos añicos, disparos y un instante de silencio. Luego el hombre más joven chilló:

– ¡Maldita sea!

La cuerda se balanceó. Evan intentó meter los dedos bajo la mortal y asfixiante cuerda. Otra traca de disparos retumbó en sus oídos, cayó contra el suelo y sobre él llovieron trozos de escayola y astillas de madera. El trozo suelto de la cuerda cortada por el disparo le cayó sobre el rostro.

Intentaba respirar. Era en vano. Respirar era una capacidad olvidada, un truco que Evan ya no conocía. Al fin, su pecho encontró el maravilloso aire. Bebió oxígeno, bebió vida. Le dolía el cuello como si se lo estuvieran despellejando desde dentro.

Oyó un nuevo estallido y el sonido de un peso cayendo contra los arbustos, al otro lado de las ventanas.

Luego el más absoluto silencio.

Desgarró la bolsa de plástico que le cubría la cara. Parpadeó, escupió sangre y bilis. Una mano le tocó el hombro, unos dedos le pellizcaron.

– ¿Evan?

Miró hacia arriba. Un hombre lo miraba fijamente. Pálido, calvo, alto. Más o menos de la edad de su padre, unos cincuenta y pocos.

– Se han ido, Evan -dijo el hombre calvo-. Vámonos.

– Lia… llame… -sentía cada sílaba arder como fuego en la boca-. Llame… policía. Mi… madre. Él…

– Tienes que venir conmigo -insistió-, no puedes quedarte aquí. Te estarán buscando.

Evan negó con la cabeza.

El hombre se agachó, desató la cuerda rota del cuello de Evan, lo puso en pie y lo arrastró lejos del cuerpo de su madre.

– Soy amigo de tu madre -le explicó. Sostenía una escopeta-. Te sacaré de aquí.

– Mi madre. La policía. Llame a la policía. Había un hombre… o dos…

– Se han ido. Llamaremos a la policía -dijo el hombre-, pero no desde aquí.

Empujó a Evan deprisa hacia la puerta.

– ¿Quién demonios es usted? -preguntó Evan, luchando contra el pánico que empezaba a invadirle el pecho.

Un hombre que no conocía, con un arma enorme y que no quería que llamase a la policía. De eso nada.

– Hablaremos más tarde. No podemos quedarnos aquí. Necesito tu…

El hombre no pudo acabar la frase: Evan le arreó un gancho de izquierda en la mandíbula, sin mirar y con torpeza. Sentía aún los músculos agarrotados por el miedo y el dolor. El hombre se tambaleó hacia atrás y Evan salió corriendo por la puerta principal, que había quedado abierta.

– ¡Evan, maldita sea! ¡Ven aquí! -le gritó.

Evan salió corriendo al húmedo aire primaveral. Las fuertes pisadas de sus deportivas eran el único sonido que se escuchaba en el tranquilo vecindario, entre las sombras de los robles. Miró hacia atrás. El hombre calvo salió corriendo desde la casa. Llevaba la escopeta en una mano y el petate amarillo de Evan en la otra. Entró en un desgastado Ford sedán azul aparcado en la calle.

Evan atajó por los elegantes jardines, esperando que una bala le destrozase la columna o la cabeza. Vio una puerta de un garaje abierta y giró hacia el jardín. «Por favor, Dios, que estén en casa.»

Subió al porche delantero de un salto, se apoyó en el timbre, y aporreó la puerta, gritando que alguien llamara a emergencias.

El Ford azul pasó a toda velocidad.

Un hombre mayor con aspecto de militar abrió la puerta con el teléfono inalámbrico en la mano.

Evan volvió corriendo hacia el jardín chillando a los vecinos que llamasen a emergencias e intentando apuntar la matrícula del Ford.

Pero el coche había desaparecido.


Capítulo 3

<p id="_Toc203056714">Capítulo 3</p>

– Volvamos a esta mañana una vez más -dijo Durless, el detective de homicidios. Tenía una cara delgada y afable, con el aspecto demacrado de un corredor de fondo-, si es que puede, hijo.

Los investigadores habían mantenido a Evan alejado de la cocina, pero lo habían traído de vuelta a la casa para que identificara cualquier cosa que faltase o estuviese fuera de su sitio. Ahora se encontraba en la habitación de sus padres. Estaba hecha un desastre. Había cuatro maletas contra la pared, todas abiertas, y su contenido estaba esparcido por el suelo. Las fotos favoritas de su madre, que antes colgaban en las paredes, estaban rotas, pisoteadas sobre la alfombra. Se quedó mirando las fotos tras la telaraña de cristales rotos: el tono anaranjado del golfo de México al amanecer, la soledad de un roble retorcido en una extensión vacía en la pradera, Trafalgar Square, las sombras de la nieve al caer. Todo su trabajo, roto. Su vida, acabada. Aquello no podía estar sucediendo, pero sí era real; la ausencia de su madre parecía invadir la casa, el aire, sus mismos huesos.

«Ahora no puedes permitirte dejarte llevar por tus sentimientos. Tienes que ayudar a la policía a atrapar a esos tipos. Deja los lloros para más tarde. Reacciona.»

– ¿Evan? ¿Me ha oído? -preguntó Durless.

– Sí. Haré cuanto me pidan.

Evan intentó tranquilizarse. Sentado fuera en la entrada, encogido por el dolor, le había dado al oficial una descripción del hombre calvo y de su coche. Llegaron más oficiales que precintaron la casa con eficiencia: habían colocado cinta de prohibido el paso alrededor de la puerta principal y de la entrada junto a la ventana de la cocina, hecha añicos, a la que el hombre había disparado con su escopeta. Evan se había sentado en el cemento frío y llamaba por teléfono a su padre, una y otra vez. No respondía. No había buzón de voz. Su padre trabajaba solo, era asesor independiente, sin empleados. Evan no conocía a nadie a quien pudiese llamar para ayudarle a localizarlo en Sidney.

Le había dejado un mensaje a Carrie en el móvil. Intentó llamarla a su apartamento. No tuvo respuesta.

Al llegar, Durless había entrevistado primero al oficial de la patrulla y al equipo de la ambulancia que había respondido a la llamada inicial. Se había presentado a Evan y le había tomado la primera declaración antes de pedirle que volviese a la casa. Lo acompañó a la habitación de su madre.

– ¿Falta algo? -preguntó Durless.

– No.

Sumido aún en la conmoción, Evan se arrodilló junto a una de las maletas abiertas: estaban atiborradas de pantalones caqui de hombre planchados, camisas de botones, mocasines de piel nuevos y zapatillas de deporte. Todo de su talla.

– No toque nada -le recordó Durless, y Evan recogió la mano hacia atrás.

– No había visto nunca estas maletas ni esta ropa -dijo-, pero parece como si esta bolsa estuviese hecha para mí.

– ¿Adónde iba su madre?

– A ningún sitio. Estaba esperándome aquí.

– Pero había hecho cuatro maletas. Con ropa para usted. Y había metido un arma en su bolso.

Señaló una pistola situada sobre uno de los montones de ropa desparramado de una maleta.

– No puedo explicarlo. Bueno, la pistola parece la Glock de mi padre. La usa para tiro al blanco. Es su pasatiempo. -Evan se limpió la cara-. Solía ir a disparar con él, pero no soy muy bueno. -Se dio cuenta de que estaba divagando y se calló-. Mamá… seguramente no pudo coger el arma cuando llegaron los hombres.

– Debía de estar asustada cuando metió la pistola de su padre en la maleta.

– Pues no lo sé.

– Venga. Volvamos sobre ello. Ella lo llamó esta mañana. A eso de las siete.

– Sí.

Evan volvió a contarle a Durless la llamada de teléfono de su madre insistiéndole que viniese a casa, su viaje desde Houston y el ataque de esos hombres, intentando desenterrar cualquier detalle que hubiese olvidado cuando declaró por primera vez.

– Esos hombres que lo atacaron en la cocina, ¿está seguro de que eran dos?

– Oí dos voces. Estoy seguro.

– Pero en ningún momento les vio las caras.

– No.

– Y luego llegó otro hombre, les disparó, voló el techo y le cortó la cuerda. Le vio la cara.

– Sí. -Evan se pasó una mano por la frente. En la declaración inicial, aún tembloroso por la conmoción, había dicho que era un hombre calvo, pero ahora podía hacerlo mejor-. De unos cincuenta años. Labios finos, dientes muy rectos, un lunar en… -Evan cerró los ojos durante un momento, intentando reconstruir la imagen- la mejilla izquierda. Ojos marrones, constitución fuerte. Posiblemente ex militar. Sobre un metro ochenta de alto. Aspecto de latino. Sin acento. Llevaba unos pantalones negros y una camiseta verde oscura. Sin anillo de casado. Un reloj de acero. No puedo decirle nada más sobre su coche, sólo que era un Ford sedán azul.

Durless escribió los detalles adicionales y se los entregó a otro oficial.

– Da la descripción revisada por radio -dijo. El oficial se fue. Durless levantó una ceja-. Tiene buen ojo para los detalles en momentos de estrés.

– Soy mejor con las imágenes que con las palabras.

Evan oía los susurros del equipo de investigación criminal del Departamento de Policía de Austin mientras analizaban la carnicería en la cocina. Se preguntó si el cuerpo de su madre todavía estaba en la casa. Era extraño estar en su habitación, ver su ropa y sus fotos ahora que estaba muerta.

– Evan, hablemos de quién querría hacerle daño a su madre -dijo Durless.

– Nadie. Era la persona más buena que se pueda imaginar. Amable. Divertida.

– ¿Mencionó que tuviese miedo, que se sintiese amenazada por alguien? Piense. Tómese su tiempo.

– No. Nunca.

– ¿Había alguien que sintiese rencor hacia su familia?

La idea parecía ridícula, pero Evan respiró profundamente, pensó en los amigos y en los socios de sus padres, en sí mismo.

– No. Discutieron con un vecino el año pasado, pero lo arreglaron y el tipo se mudó. -Le dio a Durless el nombre del antiguo vecino-. No se me ocurre nadie que nos desease ningún mal. Esto ha tenido que ser casualidad.

– Pero el hombre calvo le salvó -dijo Durless-. Según usted, persiguió a los asesinos, le llamó por su nombre, afirmó que era amigo de su madre e intentó que se marchara con él. Eso no suena en absoluto casual.

Evan sacudió la cabeza.

– No recuerdo el nombre de su padre -dijo el policía.

– Mitchell Eugene Casher. Mi madre es Dona Jane Casher. ¿Le había dado ya su nombre?

– Sí, lo ha hecho, Evan, lo ha hecho. Hábleme de la relación entre sus padres.

– Siempre han sido un matrimonio muy unido.

Durless se quedó callado. Evan no podía soportar el silencio. El silencio acusador.

– Mi padre no ha tenido nada que ver con esto. Nada.

– De acuerdo.

– Mi padre nunca le haría daño a su familia, jamás.

– De acuerdo -dijo Durless de nuevo-, pero entienda que tenga que preguntar.

– Sí.

– ¿Qué tal se lleva usted con su familia?

– Bien. Genial. Estamos todos muy unidos.

– ¿Me dijo usted que tiene problemas para ponerse en contacto con su padre?

– No contesta al móvil.

– ¿Conoce su itinerario en Australia?

Ahora lo recordaba.

– Mamá lo colgaba normalmente en la puerta de la nevera.

– Es genial Evan, eso sirve de ayuda.

– Yo sólo quiero ayudarles a coger a quienquiera que haya hecho esto. Tienen que cogerlos. Tienen que hacerlo.

Su voz comenzó a temblar. Intentó tranquilizarse de nuevo. Se frotó la quemadura de la cuerda en el cuello.

Durless prosiguió:

– Cuando habló con su madre, ¿parecía asustada? ¿Como si esos tipos estuvieran ya en casa?

– No, no parecía nerviosa, pero sí sonaba algo rara. Como si tuviese malas noticias que contarme, pero no quería decir meló por teléfono.

– ¿Habló con ella ayer o antes de ayer? Hábleme de su estado de ánimo en ese momento.

– Totalmente normal. Mencionó que tenía que realizar un trabajo en China. Es fotógrafa de viajes freelance. -Evan apuntó a los marcos rajados, las fotos distorsionadas bajo el cristal roto-. Ésos son algunos de sus trabajos. Sus favoritos.

Durless le echó un rápido vistazo a Londres, a la costa, a la pradera.

– Son todas de lugares. No hay gente -dijo.

– Le gustan más los lugares que la gente.

Su madre hacía siempre esa broma sobre su trabajo. Las lágrimas asomaron con sigilo y Evan parpadeó. Deseaba con todas sus fuerzas que desapareciesen. No quería llorar delante de aquel hombre. Apretó las uñas contra las palmas de las manos. Oía el chasquido de las cámaras en la cocina, los leves murmullos del equipo criminalista trabajando en la habitación, detallando la peor pesadilla de su familia en estadísticas sin importancia y pruebas químicas.

– ¿Tiene hermanos o hermanas?

– No. No tengo más familia.

– ¿A qué hora llegó aquí? ¿Puede repetírmelo?

Miró su reloj. El cristal estaba roto y las manecillas se habían detenido a las 10.34. Debió de ser cuando cayó al romper la cuerda. Le mostró a Durless el reloj.

– La verdad es que no me fijé en la hora, estaba preocupado por mi madre.

Quería el consuelo de los brazos de Carrie, la seguridad de la voz de su padre. Quería poner su mundo en orden de nuevo.

Durless habló en voz baja con un oficial de policía que estaba en la puerta, y éste se marchó. Luego hizo un gesto señalando el equipaje.

– Hablemos sobre las maletas que hizo para ustedes dos.

– No lo sé. Quizá se iba a Australia a ver a mi padre.

– Así que le ruega que venga a casa, pero se está preparando para marcharse. Con una maleta para usted y un arma.

– No… no puedo explicarlo.

Evan se pasó el brazo por la nariz.

– Quizá toda esta crisis era una artimaña para que viniese a casa y hacer un viaje sorpresa.

– No me asustaría si no tuviese una buena razón.

Durless se daba golpecitos en la barbilla con el bolígrafo.

– Y usted estaba en Houston anoche.

– Sí -dijo Evan. Se preguntaba si ahora le estaban pidiendo una coartada-. Mi novia se quedó conmigo. Carrie Lindstrom.

Durless escribió su nombre y Evan le dio su información de contacto, el nombre de la tienda de ropa de River Oaks en la que trabajaba y su número de móvil.

– Evan, ayúdeme a hacerme una imagen clara. Dos hombres le agarran, le apuntan con un arma, pero luego no le disparan; intentan ahorcarle, y otro hombre lo salva, pero luego intenta secuestrarlo y se marcha cuando usted echa a correr -Durless hablaba con el tono de un profesor que guiaba a un alumno en un problema espinoso. Se inclinó hacia delante-. Ayúdeme a encontrar sentido a todo esto.

– Le estoy diciendo la verdad.

– No lo dudo. Pero ¿por qué no le dispararon simplemente? ¿Y por qué no dispararon a su madre, si tenían armas?

– No lo sé.

– Usted y su madre eran el blanco y necesito que me ayude a entender por qué.

Un recuerdo invadió de nuevo la mente de Evan.

– Cuando me tenían en el suelo… uno de ellos encendió mi portátil. Y tecleó algo.

Durless llamó a otro oficial.

– ¿Podría buscar el portátil del señor Casher, por favor?

– ¿Por qué iban a querer algo de mi ordenador?

Evan oyó cómo la histeria invadía su voz e intentó controlarla.

– Dígame. ¿Qué hay en él?

– Sobre todo material cinematográfico. Programas de edición de vídeo.

– ¿Material cinematográfico?

– Soy director de cine. Dirijo documentales.

– Es usted joven para ser director.

Evan se encogió de hombros.

– Trabajé duro. Acabé la universidad un año antes. Quería entrar más rápido en la escuela de cine.

– Más éxitos de taquilla que dan dinero.

– Me gusta contar historias sobre personas, no sobre héroes de acción.

– ¿Conozco alguna de sus películas?

– Bueno, mi primera película trataba de una familia de militares que perdieron un hijo en Vietnam y luego un nieto en Iraq. Pero la gente probablemente me conocerá por El más mínimo problema, que trata de un policía de Houston que encarceló a un hombre inocente por un crimen.

Durless frunció el ceño.

– Sí, lo vi en la CBS. El policía se suicidó.

– Sí, cuando la policía comenzó a investigar sus actividades. Es triste.

– El tipo al que supuestamente encarceló era un camello. No era tan inocente.

– Un ex camello que había cumplido su condena. Estaba fuera del negocio cuando el policía fue a por él. Y supuestamente no fue ése el motivo.

Durless volvió a meter el bolígrafo en el bolsillo.

– ¿No pensará usted que todos los policías son mala gente, verdad?

– Claro que no -respondió Evan-. Oiga, no estoy contra los policías. Para nada.

– No he dicho eso.

Una tensión distinta invadió la sala.

– Siento mucho lo de su madre, señor Casher -dijo Durless-. Necesito que venga al centro para hacer una declaración más detallada y hablar con el retratista sobre este hombre calvo.

El oficial enviado a recuperar el portátil asomó la cabeza de nuevo por la puerta.

– Aquí no hay ningún portátil.

Evan parpadeó.

– Esos hombres deben de habérselo llevado. O el tipo calvo. -Su voz empezó a aumentar de volumen-. ¡No entiendo nada de esto!

– Yo tampoco -dijo Durless-. Quiero que me acompañe a comisaría y que trabaje con el retratista. Quiero un retrato robot del hombre calvo en los avances de noticias.

– De acuerdo.

– Iremos en un minuto, ¿vale? Quiero hacer un par de llamadas rápidas.

– Vale.

Durless acompañó a Evan afuera. Las emisoras de televisión locales habían llegado. Más policía. Vecinos, sobre todo amas de casa observando el trajín, sujetando a sus hijos, que se les agarraban con los ojos como platos.

Dio la espalda a todo aquel caos e intentó de nuevo llamar al móvil de su padre. No contestaba. Llamó a la tienda de ropa en la que trabajaba Carrie.

– Maison Rouge, habla con Jessica, ¿en qué puedo ayudarle? -su voz era alegre y risueña.

– ¿Está Carrie Lindstrom? Sé que no entra hasta las dos, pero…

– Lo siento -contestó la mujer-. Carrie llamó esta mañana para despedirse.


Capítulo 4

<p id="_Toc203056715">Capítulo 4</p>

Evan nunca se había sentido tan solo. Comenzaba a tiritar e intentó calmarse con todas sus fuerzas. Tenía que encontrar a Carrie y a su padre. A ella le había dejado un mensaje, seguro que lo llamaría pronto. No podía entender que hubiera dejado su trabajo, y un malestar le revolvió el estómago. «Te dejó una nota, dejó el trabajo, quizá no quiere saber nada más de ti…» No quería siquiera considerar esa posibilidad. Así que se centró en encontrar a su padre. El itinerario, escrito a bolígrafo con la letra precisa y estrecha de éste, no estaba en su lugar habitual de la nevera, sino doblado, bajo el teléfono. El itinerario tenía un número del hotel Blaisdell, en Sidney.

– Con la habitación de Mitchell Casher, por favor -le dijo Evan al recepcionista.

El recepcionista de noche (eran casi las cuatro de la madrugada en Sidney) era agradable, pero serio.

– Lo siento señor, pero no tenemos a nadie registrado con ese nombre.

– Por favor, compruébelo otra vez, C-a-s-h-e-r. Quizá lo registraron mal y pusieron Mitchell como apellido.

Pausa.

– Lo siento mucho señor, no tenemos registrado a nadie llamado Mitchell Casher.

– Gracias. -Evan colgó y miró a Durless-. No está donde se suponía que estaría. No entiendo nada.

Durless cogió el itinerario.

– Déjenos encontrar a su padre, Evan. Tomaremos la declaración y la descripción mientras se le refresca la memoria.

Refrescar. «No creo que pueda olvidarlo.» Evan se recostó, mirando las nubes de color humo a través del parabrisas trasero del coche de policía mientras se alejaba de su casa. Su mente daba vueltas con nerviosismo, en una extraña danza de lógica y emoción. Se preguntaba dónde pasaría la noche. Un hotel. Tendría que llamar a los amigos de su familia; pero sus padres, aunque fueran personas de éxito, tenían un círculo de amistades pequeño. Debía pensar también en preparar el funeral. Se preguntaba cuánto tardaría la policía en hacer la autopsia, en qué iglesia debería hacer el funeral de su madre. Se preguntó también cómo lo habría vivido su madre, si se habría dado cuenta, si había sufrido o pasado miedo. Eso era lo peor. Quizá los asesinos se habrían acercado a ella igual que a él. «Espero que no se haya enterado, que el miedo no haya invadido su corazón.»

Cerró los ojos. Intentó razonar y dejar la conmoción y el dolor atrás. Si no lo hacía, se vendría abajo. Necesitaba un plan de ataque. Primero, encontrar a su padre. Contactar con los clientes de éste en la zona, ver si sabían para quién trabajaba en Australia. Segundo, encontrar a Carrie. Tercero… Cerró los ojos. Tercero: buscarle sentido a que alguien quisiera ver muerta a su madre.

«Pero miraron tu ordenador. ¿Y si no se trata de ella? ¿Y si se trata de ti?» Ese pensamiento lo dejó súbitamente helado, lo enfureció y al fin le rompió el corazón.

El oficial de policía que había respondido a la llamada inicial de emergencias conducía el coche y Durless iba sentado en el asiento de delante. Salieron del vecindario remodelado con bungalows de los Casher hacia el bulevar Shoal Creek, una carretera serpenteante que conectaba el centro de Austin con el norte.

– Lo tenían todo planeado -dijo Evan, casi para sí mismo.

– ¿Cómo dice? -preguntó Durless.

– Lo planearon. Quiero decir, los asesinos mataron a mi madre, luego me colgaron para que pareciese un suicidio. Para que ustedes, en un primer momento, creyeran que yo la maté y luego me suicidé.

– Siempre iríamos más allá de lo evidente.

– Pero sería la primera teoría, y la más obvia.

El teléfono de Evan sonó en su bolsillo. Respondió.

– ¿Evan? -Era Carrie.

– Carrie, Dios mío, he intentado localizarte…

– Escucha. Corres peligro. Un gran peligro. Tienes que coger a tu madre y volver a Houston. Inmediatamente.

– Carrie, mi madre está muerta. La han asesinado.

– ¡Dios mío, Evan! ¿Dónde estás?

– Estoy con la policía.

– Bien. Eso es bueno. Quédate con ellos. Cariño, lo siento tanto, tanto.

– ¿Qué peligro? -sus primeras palabras resonaron en su cabeza-. ¿Qué demonios sabes tú de todo esto?

De repente, un coche, un Ford sedán azul, los adelantó y les cortó el paso bruscamente, forzando al coche patrulla a entrar en un jardín delantero. Durless protestó con un «¡Mierda, joder!», mientras el frenazo lo arrojaba contra el parabrisas. Evan no llevaba puesto el cinturón y quedó aplastado contra la parte de atrás del asiento delantero. Se le cayó el teléfono.

Miró por el parabrisas y vio a Durless despotricando mientras el policía de la patrulla abría la puerta del conductor.

Al otro lado del parabrisas, el hombre calvo salió del Ford azul. Levantó una escopeta con la que apuntó directamente a Evan.


Capítulo 5

<p id="_Toc203056716">Capítulo 5</p>

A tientas, Evan buscó las manillas de la puerta. No podía salir del coche, las cerraduras se controlaban desde el asiento delantero. Estaba atrapado entre la malla y el cristal.

El joven oficial saltó a la acera y se agachó mientras abría la puerta. El hombre calvo saltó sobre el capó del coche de policía y derribó al policía con dos golpes precisos en la sien con la culata de la escopeta. Bajó de un salto del capó y apuntó con la escopeta a través del cristal a Durless, que sangraba por un corte profundo en la nariz.

– ¡Es él! -gritó Evan-. ¡El tipo de mi casa!

Oía la voz de Carrie muy bajita llamándolo desde el teléfono que estaba en el suelo.

– Pon las manos donde pueda verlas -ordenó el hombre con voz sosegada-, no hagas estupideces.

Durless levantó las manos.

– Deja salir a Evan de la parte de atrás.

– Durless, ¡es él!

Durless saltó fuera del coche y aterrizó con la espalda en la hierba, sacó el arma de servicio con un rápido gesto y disparó. Falló y el hombre calvo lo golpeó con ambos pies en el pecho, poniéndole la cara morada. Luego dio una patada al revólver y lo lanzó al césped.

El calvo se inclinó y le asestó a Durless dos acertados golpes en la mandíbula.

Aquello duró apenas unos diez segundos.

Evan se balanceó sobre su espalda y le dio una patada a la ventana. Estaba reforzada. El cristal aguantaba.

– No es necesario -dijo el hombre calvo.

Evan bajó a gatas del asiento. Apoyándose en la parte del conductor, el hombre calvo estudió los mandos y desactivó los seguros traseros.

Inclinándose hacia delante, Evan empujó la puerta del lado del acompañante y la abrió. Pero el hombre había abierto ya la puerta del conductor y apoyaba la escopeta en la espalda de Evan. Éste se quedó helado.

– Ven conmigo -ordenó el hombre.

– Por favor, ¿qué es lo que quiere? -chilló Evan.

– Es por tu propia seguridad. Venga.

Evan sopesó qué debía hacer. Aquel hombre había despachado a un policía mucho más joven y a Durless con sorprendente facilidad. Puede que la policía hubiera escuchado el ataque por la radio. O tal vez lo hubiera hecho Carrie, y puede que llamara a emergencias e informase del ataque. O incluso podría haberlo hecho cualquier vecino que estuviera mirando por la ventana en aquel momento. La policía podía llegar en cualquier instante.

– No, no voy a ningún sitio.

– Maldita sea -dijo el hombre-. No he matado a esos policías, aunque podría haberlo hecho. ¿Crees que voy a matarte a ti?

– ¿Quién eres? -Evan habló más alto, quizá Carrie pudiera oír esta conversación. Tenía que darle información para que le ayudase-. ¿Qué quieres de mí?

– ¡Quiero que colabores, maldita sea! Si no vienes conmigo estarás muerto en un día. Te lo contaré todo, te lo prometo. Pero tienes que venir conmigo.

– ¡No! Primero dime de qué va todo esto. ¿De qué conoces a mi madre?

– Eso más tarde.

El hombre lo agarró por el pelo y lo sacó a rastras de la parte de atrás del coche. Luego, con aparente facilidad, le puso las manos alrededor del cuello, estrujando la quemadura de la cuerda. A Evan se le nubló la vista.

El calvo le levantó la mandíbula con el cañón de la escopeta y la apretó contra ella.

– No tengo tiempo para andarme con tonterías.

La culata estaba fría al contacto con el cuello, y Evan asintió. El hombre bajó la escopeta y empujó a Evan hacia su Ford.

– Tú conduces. Si intentas algo te disparo en la pierna y te dejo cojo de por vida.

Un coche que pasaba disminuyó la velocidad. Era un todoterreno Lexus conducido por una madre y un adolescente en el asiento del acompañante, que miraba al coche de policía en el jardín. El hombre calvo levantó la mano con la que no sujetaba la escopeta y saludó amistosamente. El Lexus salió a toda velocidad.

– Llamará a la policía. Tenemos poco tiempo -le explicó.

Evan se sentó en el asiento del conductor, con las manos temblorosas. El hombre se sentó a su lado. Apoyó la escopeta de manera que apuntaba al muslo de Evan.

– Están heridos.

– Respiran -respondió.

– Déjame verlos, para asegurarme de que están bien. Por favor.

– De eso nada. Vamos -le ordenó, empujándolo con la escopeta.

Evan bajó el coche del bordillo y salió rugiendo por el bulevar Shoal Vreek.

– Gira a la derecha -le indicó el hombre.

Evan obedeció.

– ¿Qué quieres de mí?

– Escúchame atentamente. Soy un buen amigo de tu madre y ella me pidió ayuda.

– Nunca te había visto.

– Tú no me conoces, pero tampoco sabes una mierda de tus padres.

– Si sabes tanto dime quién mató a mi madre.

– Un hombre llamado Jargo.

– ¿Por qué? -gritó Evan.

– No puedo explicártelo todo, lo haré una vez que nos calmemos. Iremos a una casa segura. Tuerce aquí a la derecha.

Evan giró hacia el sur y entraron en otra vía principal, la calle Durner. «Una casa segura. Un lugar donde los sicarios no pudiesen encontrarte.» Evan pensó que se había metido en una película de gánsteres. Sentía presión en la barriga y le dolía el pecho, como si le estuviesen retorciendo los músculos.

– ¿Les viste las caras? ¿Puedes identificarlos?

– Los vi, a los dos. Puede que uno de ellos fuera Jargo y el otro trabajara para él, no estoy seguro.

El hombre echó un vistazo por el parabrisas trasero.

– ¿Por qué querría ese Jargo matar a mi madre? ¿Quién es?

– El peor hombre que te puedas imaginar. Al menos el peor que yo puedo imaginarme, y mi imaginación es bastante enfermiza.

– ¿Quién eres tú?

– Me llamo Gabriel. -El hombre suavizó su tono-. Si quisiera matarte, te habría disparado en tu casa. Estoy de tu parte, soy el bueno. Tienes que hacer exactamente lo que yo te diga. Confía en mí.

Evan asintió, aunque le resultaba difícil poder confiar en aquel tipo.

– ¿Sabes dónde está tu padre? -preguntó Gabriel.

– En Sidney.

– No, donde está de verdad.

Evan negó con la cabeza.

– ¿No está en Sidney?

– Puede que Jargo haya dado ya con él. ¿Dónde están los archivos?

– ¿Archivos? ¿De qué demonios está hablando? -La voz de Evan estalló en un arranque de furia y frustración. Golpeó el volante-. ¡No tengo ningún maldito archivo! ¿Qué quiere decir con que ha atrapado a mi padre? ¿Quiere decir que lo han secuestrado?

– Piensa, Evan, y cálmate. Tu madre tenía una serie de archivos informáticos que eran muy importantes. Los necesito. -La voz de Gabriel se suavizó-. Los necesitamos, tú y yo, para detener a Jargo. Y para recuperar a tu padre sano y salvo.

– Yo no sé nada. -Las lágrimas le ardían en los ojos-. No lo entiendo.

– Ahora es cuando empiezas a confiar en mí. Necesitamos un vehículo nuevo. Aquella mujer ya habrá llamado a la poli, estoy seguro. Gira aquí.

Evan entró en un centro comercial. La última crisis económica había llegado hasta allí: la mitad de los escaparates estaban vacíos, los otros pertenecían a una tienda de segunda mano, una tienda de libros usados, un bar de tacos y un establecimiento familiar de material de oficina.

«Está lleno», pensó Evan.

Podría escapar. Pedir ayuda. En el aparcamiento no había demasiada gente, pero si Gabriel le dejaba aparcar cerca de una tienda podría entrar corriendo en ella.

– Demuéstrame que eres inteligente. -Gabriel miró a Evan fríamente-. Nada de correr, nada de chillar para pedir ayuda. Porque si me obligas, alguien podría resultar herido y no quiero que seas tú.

– Dijiste que eras el bueno.

– «Bueno» es un concepto relativo en mi trabajo. Estate quieto y callado, y no pasará nada.

Evan vigilaba el carril del aparcamiento. Dos mujeres que llevaban bolsas manchadas de grasa del bar de tacos se metían en una furgoneta, riendo. Una mujer mayor con un bastón iba cojeando hacia la tienda de suministros de oficina. Dos veinteañeras vestidas de negro miraban el escaparate de la tienda de segunda mano.

– No me pongas a prueba -amenazó Gabriel-. Ninguna de esta buena gente necesita problemas hoy, ¿verdad?

Evan sacudió la cabeza.

– Aparca al lado de esta belleza.

Evan detuvo el Ford al lado de un viejo Chevrolet Malibu gris.

– Yo no planeé que asesinaran a tu madre ni salvar tu culo de la policía en un coche que podría ser identificado. Levanta el capó, como si estuviésemos encendiendo la batería.

Gabriel salió del Ford, hurgó en la cerradura del Malibu con un gancho de metal, lo abrió y se agachó frente a la columna de dirección para hacer rápidamente un puente.

«Sal y corre.»

Evan abrió la puerta, pero Gabriel estaba de nuevo en el coche, con la pistola apuntándole a las costillas.

– ¿Qué parte no has entendido? Te dije que no me pusieras a prueba. Cierra la puerta.

Gabriel volvió a agacharse en el Malibu y puso de nuevo la cabeza bajo el volante.

«Deja una señal», pensó Evan.

Miró hacia el volante: los dedos. Presionó las yemas de los dedos contra el volante. Después puso el dedo índice y luego el dedo corazón en el cenicero y en el frontal de la radio. No sabía qué más hacer, era el único rastro que podía dejar.

Gabriel le hizo un gesto con el arma. Evan entró en el coche y se puso detrás del volante. El interior olía a batido estropeado por el sol, y en el asiento de atrás había un montón de ejemplares amarillentos de Southern Living.

Gabriel volvió al Ford y lo limpió rápidamente. A Evan se le encogió el corazón: Gabriel pasaba un paño por el volante, por las manillas y por las ventanas. Era rápido y eficiente.

Pero no lo pasó por la radio.

Gabriel dejó las llaves del Ford puestas y luego entró en el Malibu. Se deslizó en el asiento del pasajero a su lado y sacudió los restos de batido. Evan salió del aparcamiento, lenta y tranquilamente, y se unió a la oleada del tráfico de la calle Burnet.

Del asiento de atrás, Gabriel pescó una gorra de béisbol. Se la ajustó bien a la cabeza a Evan y le colocó sobre la nariz un par de gafas de sol de mujer que estaban en el asiento del medio.

– Tu cara estará en todos los informativos esta noche.

Los labios de Gabriel eran una línea fina y pálida; vio por primera vez que le había dejado a Gabriel un cardenal en la mandíbula cuando le había dado el puñetazo.

– Preferiría que nadie pudiera reconocerte.

– Por favor, escúchame. Mi madre no tiene tus archivos, sea lo que sea lo que este Jargo o tú queráis. Esto es un tremendo error.

– Evan, nada en tu vida es lo que parece -repuso suavemente Gabriel.

La frase no tenía sentido, pero empezó a pensar que tal vez sí lo tendría. Que su madre hiciese las maletas para un largo viaje secreto, que sin más explicaciones le pidiera que volviera a casa inmediatamente. Que su padre no estuviese donde se suponía que debía estar. Carrie, que había desaparecido esta mañana, había dejado el trabajo y le había advertido que volviese a Houston. Le había dicho que corría peligro. ¿Cómo podía saber ella que su vida acababa de desmoronarse?

– Coge aquí la autopista. Dirígete hacia la 71 oeste.

Evan se incorporó con cuidado en la MoPac, la autopista norte-sur más importante de la zona oeste de Austin, y aumentó la velocidad a más de noventa kilómetros por hora. Después de veinte minutos la MoPac se unió a la autopista 71, que llevaba hasta la agitada zona de Hill Country.

– Dijiste que me explicarías la situación. -Gabriel no apartaba la mirada del tráfico-. Me lo prometiste.

Evan pisó el acelerador hasta superar los cien kilómetros por hora. Estaba cansado de que lo acosaran. Una furia repentina le quemaba la piel.

– Cuando estemos instalados.

– No, ahora. O estrello el coche.

Hablaba en serio: bastaba con salirse de la carretera y dejar que las cercas de alambre de las propiedades arrancasen el lado del copiloto, dejando el Malibu tan destrozado que nadie podría volver a conducirlo.

Gabriel frunció el ceño, como si estuviese decidiendo si seguirle la corriente.

– Bueno, quizá…

– Lo haré.

– Tu madre poseía ciertos archivos que podían perjudicar mucho a algunas personas, gente poderosa. Tu madre quería que yo la ayudara a salir del país a cambio de entregarme esos archivos.

– ¿Quién? ¿Qué personas?

– Es mejor para ti que no conozcas los detalles.

– Yo no tengo esos archivos.

Evan adelantó a una camioneta a toda velocidad. A pesar de que corría como un loco, no lograba llamar la atención de ningún oficial de policía de Austin. El tráfico no era denso y los pocos coches que dejaba atrás en su carrera se apartaban amablemente al carril de la derecha.

– Creo que sí los tienes -dijo Gabriel-, pero no lo sabes. Baja la velocidad y conduce despacio si quieres saber más.

Gabriel le dio un pequeño empujón con la escopeta a Evan en el riñon.

– Dime todo lo que sabes sobre mi madre. ¡Ahora! -Evan pisó a fondo el acelerador-. Dímelo gilipollas, o nos matamos los dos.

Lo último que vio Evan fue el velocímetro marcando más de ciento cuarenta cuando Gabriel le dio un puñetazo en la cabeza, enviándolo contra la ventana del conductor, y todo se puso negro.


Capítulo 6

<p id="_Toc203056717">Capítulo 6</p>

En la vida de Steven Jargo, la palabra «fracaso» era poco frecuente, y despreciaba la sensación de pánico que acompañaba a muchos cuando cometían un error. El trabajo iba bien o mal; no había término medio. El pánico era una debilidad, una muestra de falta de preparación y de valor, un veneno para el corazón de cualquiera. La última vez que había sentido miedo fue cuando cometió su primer asesinato, pero aquella sensación pronto se disipó, como el humo en la brisa.

Sin embargo, ahora, mientras corría, notaba una sensación parecida. Tenía arañazos en las manos tras deslizarse por el tejado de la casa de los Casher, huyendo de los disparos en la cocina, que le habían impedido borrar el disco duro del ordenador. Había caído en el césped fresco, sobre los rosales de Donna Casher. Las espinas le rasgaron las manos mientras veía a Dezz salir corriendo por la puerta de atrás; el silbido de las balas los acompañó mientras ambos se retiraban a su coche, que estaba aparcado una calle más allá. El ruido alertó a la policía, y los polis siempre conducen más rápido en los barrios ricos.

Jargo había alquilado ayer un apartamento vacío en Austin con un nombre falso y había pagado en efectivo. Quizá no era seguro, pero no tenía otro sitio donde ir.

– Por lo menos, uno de ellos.

Dezz respiraba con dificultad mientras Jargo conducía unos treinta kilómetros por encima del límite de velocidad hasta un vecindario tranquilo y marchito situado en la parte este de la ciudad.

– Cabeza afeitada. De tu edad. Con aspecto de mexicano. Es todo lo que vi. -Dezz se tocó la cabeza para asegurarse de que una bala no le había pellizcado el cráneo. Revolvía un caramelo en la boca, mascando rápido-. No lo reconocí. Vi un Ford azul en la calle. Matrícula XXC, el resto no lo vi. Era una matrícula de Texas.

– ¿Evan recibió algún disparo?

– No lo sé. El atacante disparó hacia donde estaba. La cuerda casi lo había matado. ¿Borraste los archivos del sistema?

– Ella ya había sobrescrito el sistema. No iba a dejar nada para que lo encontrásemos en caso de que apareciésemos.

Dezz se apoyó en la ventana del coche.

– Ese cabrón hizo que me meara de miedo. Si lo vuelvo a ver está muerto.

Luego Dezz, que era pequeño pero fuerte y tenía una mirada como si sufriera fiebre, dijo:

– ¿Qué demonios hacemos, papá?

– Luchar contra ellos.

Jargo aparcó al lado del apartamento y todavía miraba por el espejo retrovisor para asegurarse de que no los seguían.

– Evan no nos vio.

– Pero tenía los archivos en su ordenador -dijo Jargo-. Él lo sabe.

Subieron corriendo y Jargo hizo dos llamadas. En la primera no saludó siquiera, se limitó a dar breves indicaciones de cómo llegar al apartamento, escuchó una confirmación y luego colgó. Luego llamó a una mujer que utilizaba el nombre en clave de Galadriel. Tenía en nómina a un grupo de expertos en ordenadores y los llamaba sus elfos, por la magia que podían utilizar contra servidores, bases de datos y códigos. Galadriel (el nombre se debía al de la reina de los elfos de Tolkien) era una antigua experta en ordenadores de la CIA. Jargo le pagaba diez veces más de lo que le había pagado el gobierno.

Le dio a Galadriel la descripción de Dezz sobre el atacante y la matrícula del Ford azul, le pidió que buscase coincidencias en su base de datos. Ella dijo que lo volvería a llamar.

Jargo se puso una loción antibacteriana en sus manos rasgadas y miró por la ventana a dos jóvenes madres caminando bajo el sol, con sus bebés, dándose el gusto de cotillear sobre cosas frívolas. Austin abrazaba aquel precioso día de primavera, un día para observar cómo unas preciosas madres elevan sus rostros al sol, no un día de muerte y dolor en el que todo su mundo se desintegraría. Estudió la calle. No había ningún coche aparcado con ocupantes dentro. Algunos viandantes se dirigían a una pequeña tienda de ultramarinos del barrio. Observó si alguien lo estaba mirando.

Iba a tener que llamar a Londres enseguida. Le habían mentido, y no estaba contento.

– Los archivos desaparecieron -dijo Dezz-. Si Evan está vivo no puede hacernos daño.

– Si Evan los tenía en el ordenador supongo que los habrá visto -adujo Jargo-. Puede dar nombres. Es un riesgo que no estoy dispuesto a correr.

Dezz se sentó en el sofá del apartamento. Daba vueltas a la Game Boy en sus manos. El aparato estaba cerrado. En la boca, jugaba con tres caramelos. Jargo se dio cuenta de que estaba enfadado y nervioso: lo habían interrumpido cuando estaba a punto de matar a alguien. Sin duda descargaría esa furia contenida contra la próxima persona que encontrara.

Se sentó junto a Dezz.

– Cálmate. Hicimos bien en escapar. Era una emboscada.

– Me pregunto quién le diría al tío de la escopeta que estábamos allí.

Dezz movía de un lado a otro el jarabe del caramelo en la boca.

Jargo fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Evan se parecía a su madre; no resultaba fácil matarlo. Pensó en la preciosa cara de Donna Casher, y en que no debería de haberla dejado aquellos dos minutos a solas con Dezz, mientras él iba en busca de su ordenador. Pensó en cómo le había dicho a Donna «Lo siento» después de matarla. Dezz necesitaba más autocontrol.

– Por las maletas deduzco que su madre le había dicho que tenían que huir. Sin duda, los archivos estaban en el ordenador de Evan, y ésa era la razón por la que tenían que huir. Tenía que ponerle un cohete en el culo para hacer que viniese rápido a casa. Deberías haber cogido su portátil.

Dezz abrió la Game Boy y jugueteó con los botones. Jargo lo dejó, aunque el ruidillo del juego le resultaba muy molesto. El opiáceo electrónico y la mejilla llena de caramelos calmaron al muchacho.

– Lo siento. Eso hubiese significado recibir un tiro. No importa, los archivos han desaparecido.

– Si Evan habla con la policía -dijo Jargo- estamos jodidos.

– No tiene pruebas. No nos vio las caras. Pensarán que se trataba de un robo.

La radio comenzó a contar una historia sobre dos policías que habían sido atacados y un testigo de un homicidio que había sido secuestrado. Dezz cerró la Game Boy. El reportero dijo que habían sido golpeados y estaban heridos, y dieron la descripción de Evan Casher y de un agresor calvo.

Jargo tamborileaba los dedos contra su vaso.

– Evan está vivo y nuestro amigo le dejó hablar con la policía antes de volver a atraparlo. Me pregunto por qué.

Dezz desenvolvió otro caramelo.

Jargo le quitó el caramelo de la mano de un manotazo.

– Mi teoría es que Donna sabía que estaba en peligro y contrató a alguien para que la protegiera. Ése es el que nos atacó. -Miró a Dezz con firmeza-. ¿Estás seguro de que no te reconoció mientras la seguías?

– Claro que no me reconoció, tuve mucho cuidado.

– Te dije que no la subestimases.

– No lo hice. Pero si este tipo es sólo un gorila a sueldo, ¿por qué vuelve para llevarse a Evan? Quien le pagaba estaba muerta. No tenía ninguna necesidad de arriesgar el cuello.

Jargo frunció el ceño.

– Ésa es una muy buena pregunta, y bastante inquietante, Dezz. Está claro que cree que Evan tiene algo que él quiere.

Dezz parpadeó.

– Entonces, ¿qué le decimos a Mitchell de su mujer? ¿O simplemente lo matas y no te molestas en darle explicaciones?

– Le diremos que llegamos tarde para salvarla. Que un asesino a sueldo la mató a ella y secuestró a su chico. Mitchell estará destrozado… será fácil de manipular.

Dezz se encogió de hombros.

– Vale. ¿Siguiente paso?

– Pensar a quién le pudo pedir ayuda Donna. Si le encontramos, encontraremos a Evan, y entonces le diremos que podemos llevarlo directamente a su padre. Es la distancia más corta entre dos puntos.

Llamaron a la puerta. Dos golpes secos rápidos y luego otros dos más despacio. Dezz caminó hacia la puerta pistola en mano.

El patrón se repitió y luego una voz dijo «Galletas de las exploradoras».

Dezz abrió la puerta. Esbozó una gran sonrisa.

– Hola exploradora.

Carrie Lindstrom entró, con la cara cansada y su cabello oscuro recogido en una cola de caballo; llevaba un pantalón vaquero y una camiseta metida por dentro. Miró alrededor y preguntó:

– ¿Dónde está Evan?

Jargo la sentó y le contó lo que había ocurrido, describió al calvo según informaron en las noticias y según la ojeada fugaz de Dezz.

– ¿Reconoces al tío?

– No, Evan no conoce a nadie que encaje con esa descripción, al menos en Houston.

Jargo la miró con dureza.

– Carrie, se suponía que tenías que encontrar esos archivos si Evan los tenía. Estaban en su ordenador. Yo mismo los vi. No hiciste tu trabajo.

– Lo juro…, no estaban allí.

A Jargo le gustaba ver el miedo en sus ojos.

– ¿Cuándo los buscaste por última vez?

– Anoche. Fui a su casa, él estaba viendo una película y bebiendo vino. Le pregunté si podía mirar mi correo electrónico. Dijo que sí. Miré pero no había archivos nuevos en el sistema. Lo juro.

– ¿Pasaste la noche con él?

– Sí.

– ¿Te lo follaste bien? -preguntó Dezz con un tono de diversión en la voz.

– Cállate Dezz -dijo ella.

– Entonces, ¿cómo se escapó de ti en Houston? -le preguntó Jargo.

– Fui a buscar el desayuno. Paré al lado de mi casa; al volver había un tráfico tremendo. Cuando llegué a su casa ya se había ido. Dejó un mensaje en mi contestador diciendo que le había surgido una emergencia y se había marchado.

– Hoy accedí a tu buzón de voz. Escuché el mensaje que te dejó.

A Carrie le temblaba la mandíbula.

– ¿Entraste en mi buzón de voz? No confías en mí.

– Carrie. Esta mañana estuve por lo menos dos horas sin saber nada de ti. Si no hubiese marcado tu buzón de voz no hubiera sabido que Evan se dirigía a Austin y que Donna podía escaparse. Gracias a Dios que lo hice. Su calle es difícil de vigilar y al parecer contrató a un gorila para ayudarla a escapar. Por culpa tuya hoy he perdido una hora preciosa.

– No comprobé mis mensajes. Lo siento. Yo…

– Los archivos que encontré estaban en el sistema de Evan desde esta mañana -dijo Jargo-. Así que te creo. Tienes suerte.

– Dijiste que pondrías a Evan y a su madre a salvo -dijo Carrie.

– Estás perdiendo la perspectiva -dijo Dezz-, dormir con él no fue una buena idea.

– No seas mamón. -Se giró hacia Jargo-. ¿Dónde está?

– Lo han secuestrado.

– ¿Matasteis a su madre? -Su voz era débil.

– No, ya estaba muerta cuando llegamos. Evan entró, nosotros lo redujimos y buscamos su portátil. Encontramos los archivos y los borramos. Pero entonces nos atacaron y supongo que fue el asesino de Donna, que volvió a la escena por alguna razón.

Jargo observaba su cara para ver si se tragaba la mentira.

Ella cruzó los brazos.

– ¿Quién se lo habrá llevado?

– Cualquiera que supiera que su madre tenía los archivos. Debió de intentar llegar a un acuerdo sobre ellos con la gente equivocada.

– Evan no sabe nada -dijo ella.

– Creo que te ha tomado el pelo. Su madre le envió esos archivos esta mañana y él los vio, sabe que en realidad no eres su querida novia. -Jargo detuvo el impulso de pegarle, de arruinar esa cara perfecta de porcelana, de lanzarla directamente por esa ventana de cristal-. Se deshizo de ti y escapó, y tú le dejaste porque eres tonta del culo, Carrie.

Ella abrió la boca, como si fuese a hablar, y luego la cerró.

– Carrie, te doy una última oportunidad. ¿Me estás contando todo lo que sabes? -preguntó Jargo.

– Sí.

– ¿Lo llamaste esta mañana? -dijo, como si en realidad ya lo supiese.

– No -respondió ella-. ¿Vamos a ir tras él o no?

Jargo la observaba. Estaba decidiendo qué decir.

– Sí, porque la otra posibilidad es que sea la CIA quien haya atrapado a Evan. Ellos tienen más que perder. Tenían todas las razones para matar a su madre -dejó que las palabras se asentasen en la mente de ella-, igual que mataron a tus padres, Carrie.

El rostro indiferente de Carrie no se alteró.

– Tenemos que recuperar a Evan.

– Eso es mucho pedir -añadió Dezz-, si la CIA lo tiene nunca lo encontraremos.

– Lo más preocupante es que la agencia matase a Donna -dijo Jargo-, y que la agenda del caballero que atrapó a Evan fuera completamente distinta. Me parece que estamos luchando contra dos frentes.

Carrie abrió la boca y luego la cerró sin decir nada.

– Estás preocupada por él -apuntó Dezz.

– Tan preocupada como lo estás tú por un perro que se ha perdido -dijo Carrie-, el perro de un vecino, no el tuyo.

– Bueno, veamos si Galadriel puede conseguir alguna pista del calvo o de Evan y saber por dónde navegan.

– Si la CIA tiene los archivos debemos huir -dijo ella.

Dezz la agarró por el cuello, y lo apretó con los dedos, moldeando la carne alrededor de la carótida y de la yugular como si fuera plastilina.

– Si hubieses hecho tu trabajo y lo hubieses mantenido en Houston esto no habría ocurrido.

– Suéltala, Dezz -ordenó Jargo.

Dezz la soltó y se lamió los labios.

– No te preocupes Carrie, todo está perdonado.

El teléfono móvil de Jargo sonó. Se fue a otra habitación para hablar y cerró la puerta tras él.

Carrie se acurrucó en el sofá.

Dezz se inclinó sobre ella y le dio un masaje en el cuello para devolverle la sensibilidad.

– Te estoy vigilando, cielo. La has jodido.

Ella le apartó la mano de un manotazo.

– No es necesario.

– Te ha calado hondo, ¿verdad? -dijo Dezz-. No lo entiendo, no es más guapo que yo, tengo un trabajo remunerado, comparto mis caramelos. De acuerdo, nunca me han nominado a los Óscar, pero joder, lo tuyo era un simple papelito.

– Él era un trabajo, nada más.

Carrie se puso de pie, fue hasta la barra de la cocina y se sirvió un vaso de agua.

– Te gustaba jugar a las casitas -continuó Dezz-, pero el juego se acabó. Si ha visto esos archivos es hombre muerto, y ambos lo sabemos.

– No, si se lo hacemos entender. Si puedo hablar con él.

– Convertirlo en ti -dijo Dezz-. Los «Fabulosos Vengadores de Padres». Un buen título para una comedia.

– Puedo hacer que colabore. Puedo hacerlo.

– Eso espero -añadió de inmediato Dezz-, porque si no lo haces lo mataré.


Capítulo 7

<p id="_Toc203056718">Capítulo 7</p>

«Mi corta y dulce vida ha terminado», pensó Carrie.

Dejó a Dezz jugando a la Game Boy y entró en la habitación de Jargo. Estaba al teléfono, hablando con sus elfos, los expertos que trabajaban para él. Eran unos maestros en localizar información, entrar en bases de datos privadas y destapar valiosos recursos para ayudar a Jargo a encontrar lo que quería. Las matrículas del Ford eran un callejón sin salida; lo habían robado en Dallas entre la medianoche y las seis de la mañana de hoy, así que los elfos se habían concentrado en investigar el historial del teléfono de Casher, sus cuentas, tarjetas de crédito y demás, buscando algún indicio sobre el salvador de Evan Casher.

Tras la puerta cerrada del baño, Carrie se lavaba y estudiaba su rostro mojado en el espejo. No existían fotos suyas como Carrie Lindstrom, excepto la de su pasaporte falso, la del permiso de conducir y una instantánea que Evan le sacó antes de que pudiese detenerlo, mientras bebían un día de Año Nuevo excepcionalmente cálido en un bar junto a la playa en Galveston. Esa chica con la cerveza en la mano pronto habría muerto. Cuando los elfos encontrasen a Evan, su próximo trabajo sería adoptar una personalidad nueva. Le gustaba el nombre de Carrie, de hecho era su propio nombre, pero lo había utilizado, así que Jargo le haría utilizar otro nuevo.


Hacía ochenta y nueve días que había conseguido colarse en la vida de Evan. Las instrucciones de Jargo eran simples y claras:

– Ve a Houston y acércate a un hombre llamado Evan Casher. Quiero saber qué películas planea hacer. Eso es todo.

– ¿No podía simplemente entrar en su casa y buscar los archivos en su ordenador?

– No. Acércate a él. Si lleva tiempo, que lleve tiempo. Tengo mis razones.

– ¿Quién es, Jargo?

– Es sólo un proyecto, Carrie.

Así que cogió una habitación en un hotel cerca de la Gallería, en las afueras del corazón de Houston. Jargo le dio un carné de identidad falso por el que se llamaría Carrie Lindstrom, y comenzó a seguir a Evan, trazando un plano de su mundo.

Se acercó a su cafetería favorita, un antro tranquilo que pertenecía a una cadena llamada Joe's Java. La primera semana lo estuvo vigilando; fue allí tres veces. La segunda semana apareció dos veces más por Joe's, y una de ellas cogió un café para llevar por si acaso él también lo hacía. Al día siguiente llegó una hora antes que él y se sentó en el extremo opuesto del café; entre las manos tenía un libro gordo de tapas blandas sobre historia del cine que había estudiado para poder entablar conversación con él. Prefería sentarse cerca del enchufe, donde él pudiese conectar su portátil. Nunca lo vio con una cámara, sólo frunciendo el ceño frente al ordenador, escuchando con los cascos; supuso que tenía problemas editando una película.

Carrie lo observaba. Su vida parecía aburrida; se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando, yendo a ver películas o en su casa. Era un año o dos mayor que ella. Tenía el pelo castaño claro tirando a rubio, un poco largo y desgreñado, y tenía el hábito inconsciente de pasarse la mano por él cuando estaba muy concentrado. Llevaba un pequeño aro en la oreja izquierda, pero no más joyas. Era guapo, pero parecía no darse cuenta de ello. Vio a otras dos mujeres fijarse en él en la cafetería, una de ellas le echó una audaz ojeada de reconocimiento mientras pasaba por su lado y Evan, enfrascado en su trabajo, con la mano enganchada en el pelo, no se había dado cuenta. No se afeitaba a diario si no tenía que hacerlo, y estaba al límite de ser demasiado mayor para su vestuario, que parecía invariablemente formado por vaqueros gastados y camisas viejas de moda, zapatillas de deporte de botina y sandalias. Evan miraba a los fumadores que estaban fuera del café expulsando el humo, tal vez había dejado de fumar. Ponía cuidado en pasar la mayor parte del tiempo leyendo, sin mirarlo, para no ser demasiado evidente. Funcionaría mejor, mucho mejor, si era él quien daba el primer paso. Y así fue.

– ¿Estás leyendo a Hamblin? No es muy bueno -le dijo.

Ella se hallaba sentada a una mesa de mármol, cerca de la barra, y él estaba en la cola para rellenar el plato con asado francés.

Carrie contó hasta diez para sí, levantó la vista y lo miró.

– Tienes razón. El libro de Callaway es mejor.

Dijo esto confiando en que él estaría de acuerdo. Dos noches antes lo había seguido mientras iba solo al teatro de River Oaks, una sala de cine de autor cercana a su casa. Luego entró a escondidas en su patio trasero, desactivó el sistema de la alarma electrónica con un programa de descodificación desde su PDA, abrió la cerradura de la puerta con una ganzúa que había pertenecido a su padre, estudió su biblioteca de libros sobre cine, y advirtió que el de Callaway era el más gastado y que parecía guardarlo como un tesoro; catalogó los DVD que tenía, buscó sus debilidades. Sólo había dos botellas de cerveza en la nevera y una botella de vino sin abrir, no había marihuana, ni coca ni porno. La casa estaba limpia, pero no parecía un obseso del orden. Su interés se centraba en su trabajo y su casa reflejaba ese enfoque simple.

No tocó su ordenador ni sus libros de notas. Eso ya llegaría. Cerró la puerta con llave, volvió a activar la alarma y se marchó.

– Sí, Callaway mola. ¿Estudias cine? -preguntó Evan.

El tipo que estaba delante de él en la cola avanzó un espacio, pero Evan, que era el último de la cola, se quedó quieto.

– No, es sólo afición.

– Yo soy director de cine -dijo él, intentando que no pareciese que estaba alardeando o tratando de ligársela.

– ¿En serio? ¿Películas para adultos? -preguntó de manera inocente.

– No, no.

Era su turno para pedir el café y le dio la espalda al hacerlo.

«No ha funcionado», pensó Carrie.

Se equivocaba: Evan hizo el pedido al camarero y dio cinco pasos atrás hasta volver a su mesa.

– Hago documentales. Por eso no me gustan los libros de Hamblin. Nos concede poca importancia.

– ¿De verdad? -y esbozó una sonrisa de educado interés.

– Sí.

– ¿He visto alguna de tus películas?

Le dijo los títulos y ella elevó la mirada cuando mencionó El más mínimo problema.

– La vi en Chicago -dijo ella-. Me gustó.

Él sonrió.

– Gracias.

– Sí. Compré la entrada, ni siquiera intenté colarme desde otra sala.

Él se rió.

– Vaya, mi bolsillo te lo agradece.

– ¿Estás haciendo otra película ahora?

– Sí, se llama Farol. Trata de tres jugadores que forman parte del circuito profesional de póquer.

– Entonces, ¿estás en Houston para filmar?

– No, todavía vivo aquí.

– ¿Por qué no te mudas a Hollywood?

– ¿Hay alguna diferencia? -preguntó él riéndose.

Ella también se rió.

– Bueno, encantada de conocerte. Buena suerte con tu película.

Se puso de pie y se dirigió a la barra para pedir un café con leche recién hecho.

– Yo invito -dijo él rápidamente-, si me permites. Al fin y al cabo compraste una entrada. Sólo trato de ser justo.

Ella lo miró y le dejó pagarle el café con leche y luego se sentó cerca de él preguntándose: «¿Por qué demonios está Jargo interesado en este tío?».

Hablaron durante una hora de las películas que les gustaban y de las que odiaban. Cuando terminaron, ella le dio su número de móvil.

La llamó al día siguiente y esa noche ambos cenaron en un restaurante tailandés que a él le encantaba. Ella era nueva en la ciudad, así que no podía sugerir que tenía un lugar favorito al que ir. Sospechaba que Evan era la clase de hombre que sentía pena por su soledad y a la vez admiraba sus agallas por mudarse a una ciudad donde no conocía a nadie. Hablaron de baloncesto, de libros, de cine y evitaron tratar de su vida personal. Carrie le dijo que estaba pensando en graduarse en inglés y le dijo que vivía de un fondo de inversiones, aunque se mantuvo imprecisa a propósito de su situación. Intentó pagar la cena, pero él deslizó la cuenta hacia su lado de la mesa y sonrió diciendo:

– Recuerda que tú compraste una entrada.

A Carrie le gustaba. Pero tras dos citas más durante los siguientes cinco días, se encontró con un obstáculo: no hablaba sobre lo que le importaba a Jargo, sus futuras películas.

Antes de volver a Houston, Carrie vio en DVD sus dos películas. Él sólo hablaba de esas películas cuando ella le preguntaba. Nunca mencionaba su nominación al Óscar por El más mínimo problema, algo que a ella la impresionaba mucho más que tal distinción.

En su cuarta cita, en un pequeño restaurante italiano, vio a Dezz observándolos, solo en la barra, bebiendo una copa de vino tinto y fingiendo leer el periódico. Jargo la observaba a través de él. Dejaron la comida a medias.

– ¿Te encuentras mal? -preguntó Evan menos de medio minuto después de que Dezz pasase al lado de la mesa.

Aquello hubiera sido mucho más fácil si hubiese sido el típico hombre ensimismado. Pero, cuando no estaba inmerso en su trabajo, Evan parecía advertir cualquier detalle en su comportamiento.

– No. Vi a un hombre que me recordó a alguien que conocía. Un recuerdo desagradable.

– Entonces no insistamos en ello -le dijo.

Diez minutos después Evan le preguntó por su familia. Ella decidió no alejarse mucho de la verdad.

– Están muertos.

– Lo siento.

– Un robo. Les dispararon a los dos, hace un año.

Se puso pálido de la impresión.

– Dios, Carrie, eso es terrible. Cuánto lo siento.

– Ahora ya lo sabes -le dijo-, pero me gustaría hablar de otra cosa.

– Desde luego.

Llevó la conversación de nuevo a terreno seguro, resolviendo así su torpeza. Carrie veía verdadera ternura en su forma de mirarla y pensó: «No, no hagas eso, me haces sentir como si estuviese utilizando sus muertes. No había planeado contártelo, no sé por qué lo hice». Tenía miedo de que su curiosidad de narrador lo impulsara a visitar la página web del Chicago Tribune y buscar allí su nombre o un relato de los asesinatos. Cuando aquello sucedió, ella tenía un apellido distinto. No habría ninguna Carrie Lindstrom cuyos padres hubieran muerto en un robo. Había cometido un error, aunque si él no husmeaba no habría problema.

Volvieron a su casa, vieron una película y bebieron vino. Sabía que dormiría con él; era el momento de cerrar el trato, de entrar más en su vida. No tenía una novia estable; había habido una mujer el año pasado, otra directora de cine llamada Kathleen que lo había dejado por otro y se había mudado a Nueva York. Sólo había mencionado a Kathleen una vez, lo que Carrie consideraba una sana decisión. Evan parecía un poco solitario, pero no necesitado, podía tenerlo vigilado para Jargo, cualquiera que fuese la razón. Pero albergaba también dudas.

Jargo ya le había mandado una vez, seis meses atrás, que se acostara con un hombre, un oficial de policía colombiano de alto rango, casado, de cuarenta y muchos años. Pero no lo hizo.

En lugar de eso, le dejó que la conquistase en un bar de Bogotá, volvieron a su pisito de soltero, lo besó y le echó una droga en la cerveza para dejarlo inconsciente. Se desmayó mientras la besaba. Desvistió al oficial, le dejó creer que había consumado su noche y lo miró dormir. Mientras tanto, Dezz entró en la casa y registró el despacho. Dos semanas más tarde leyó una noticia sobre unos oficiales de policía que habían sido arrestados por trabajar para cárteles de droga. Jargo nunca le preguntó si se había acostado con el oficial; supuso que lo había hecho, que estaba dispuesta a prostituirse.

Con Jargo nunca sabías en qué parte de la línea entre la luz y la oscuridad te iba a dejar caer.

Pero esto. Esto no podía fingirlo.

«Todo irá bien -se decía a sí misma-. Es agradable y guapo, y le gustas. Aunque sería más fácil si lo odiase, porque esto sólo haría que lo odiase más.» Advirtió aquello rápidamente cuando sus labios se encontraron: sus besos eran tiernos y lentos. Se separó de él cuando deslizó su mano sobre el pecho, y le agarró el pelo entre los dedos.

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

– Nada.

Él se echó hacia atrás.

– No estás preparada.

– Piensas demasiado.

Lo besó intensamente de nuevo, deseando que no se preocupase y que ella misma no respondiese a su tacto, a su lengua. «Es sólo un trabajo.»

Lo besó otra vez, pero luego se detuvo.

– Dime qué te ocurre.

«Dios, si pudiese… Pero nunca, nunca lo haré.»

– No me pasa nada, salvo que todavía no me has llevado a la cama.

La mentira lo tranquilizó. Sonrió, la cogió del sofá y la tumbó en su cama; no era como el policía militar de Colombia. Durante los largos y oscuros días del año anterior había pensado que nunca se sentiría feliz de nuevo sin tener que fingir. Pero en lugar de ser una terrible traición a sí misma, la noche con Evan le rompió el corazón.

«Es sólo un trabajo, Carrie.»

A la mañana siguiente llamó a Jargo y le dijo que Evan y ella eran amantes.

– No tengo competencia -dijo en un tono rotundo-. Me está dedicando mucho de su tiempo.

– ¿Habla de sus películas?

– No. Dice que si habla mucho sobre una película ya ha contado la historia, y entonces pierde todo interés por hacerla.

– Busca en su ordenador, en sus libros de notas.

– No es de los que toman notas. -Hizo una pausa-. Sería útil saber exactamente lo que estoy buscando.

– Tú limítate a averiguar qué proyectos tiene en mente. Fóllatelo lo suficiente y te lo dirá. Es un hombre como otro cualquiera. Le gusta follar y hablar de su trabajo. Los hombres somos así de aburridos -dijo Jargo.

Carrie intentó imaginar a Jargo realizando cualquiera de esas actividades, pero fue incapaz.

Volvió a la cama de Evan y se centró en él con la misma energía que ponía en sí misma, sintiéndose a un tiempo culpable y mareada.

– ¿Por qué no me hablas de tu próximo proyecto? -le preguntó una tarde después de lograr que dejase de editar vídeos y fuera con ella a la cama.

– Tengo que editar Farol. Está hecha un desastre. Ni siquiera puedo pensar en mi próxima película.

Le pasó una mano por el pecho, por su liso vientre. Le pellizcó la carne por debajo del ombligo con la punta de los dedos.

– No te preocupes. Sólo me interesan tus ideas. -Le dio un golpecito en la frente y utilizó la frase que se había convertido ya en su broma particular-: No te preocupes, compraré una entrada.

Esbozó la sonrisa más cálida que pudo.

Podía ver en su rostro la decisión de cambiar un viejo hábito. Se recostó hacia atrás.

– Bueno, un tío de la CBS me habló de hacer una biografía de Jacques Cousteau. Podría tenerlo en la CBS o en el Discovery Channel en apenas cinco minutos. Sería bueno para mi cuenta corriente, pero no estoy seguro de que sea el movimiento correcto para mi carrera.

– Entonces ni pensarlo.

Carrie vio cómo decidía confiar en ella, cómo poco a poco la sonrisa cruzaba su cara.

– Es extraño. China es comunista, pero todavía hay millonarios en Hong Kong. Creo que sería una historia que valdría la pena.

– China… Demasiado lejos. Te echaría de menos.

Evan la besó.

– Yo también te echaría de menos. Podrías venir conmigo. Ser mi ayudante sin cobrar un sueldo.

– El trabajo de mis sueños -dijo ella-. Entonces, ¿quién es el afortunado sujeto en China?

Pensó que ésta podía ser la razón del interés de Jargo. Tal vez Evan hubiera centrado su atención en un alto cargo de Beijing que le llenaba los bolsillos a Jargo. Pero ¿cómo demonios iba Jargo a saberlo?

– Hay un financiero en Hong Kong llamado Jameson Wong que puede ser un personaje interesante. Perdió todo su dinero en negocios algo turbios y, en lugar de reconstruir su fortuna, se convirtió en un importante activista contra el gobierno comunista. Un hombre de negocios convertido en defensor de la libertad.

Ella arrimó la cabeza contra su pecho. Mañana traicionaría sus confidencias, informaría sobre todo su mundo. China. Y aquel tipo: Jameson Wong. Ése era el punto de interés.

– Yo compraría una entrada. Eres mi director favorito.

– A menos que haga el otro proyecto -dijo-, aunque creo que es una idea sin salida.

Ella mantuvo la cabeza junto a su pecho.

– ¿Qué otra idea?

– Sobre un interesante caso de asesinato en Londres, hará unos veinticinco años.

– ¿A quién asesinaron?

– A un tal Alexander Bast. Era un tipo excéntrico, estaba muy interesado en la escena artística, en dormir con jóvenes estrellas, y era famoso por sus fiestas. Al igual que Wong, lo perdió todo en un escándalo de drogas en uno de sus clubes. Luego alguien le metió dos balas.

– Pensaba que preferías que tus personajes siguieran vivos.

– Y así es. La gente muerta no habla bien delante de la cámara -dijo con una suave risa-. Había pensado en combinar ambas historias. Comparar y contrastar dos vidas totalmente distintas, encontrar un hilo común que nos dé una visión del éxito y del fracaso.

Carrie notó en su voz cómo se emocionaba.

– Pero puede que no sea lo suficientemente comercial.

Ella acercó su rostro al de él.

– No te preocupes por eso, haz la película que tú quieras hacer.

– Sé lo que quiero hacer ahora mismo.

La besó e hicieron el amor de nuevo. Al cabo, él decidió echar una cabezadita y ella se levantó de la cama para ir a lavarse la cara.

Durante los días siguientes, no mencionó a Jargo nada sobre Jameson Wong, Alexander Bast o Jacques Cousteau. Al cabo de una semana, tras aparcar el coche en un Krispy Kreme [1], llamó a Jargo desde un teléfono que guardaba en un bolsillo bajo el asiento del conductor, y del que Evan, obviamente, no sabía nada.

– Está totalmente centrado en editar su película.

– Sigue encima de él. Si se compromete para otra película quiero saberlo de inmediato.

– De acuerdo.

– He ingresado otros diez mil en tu cuenta -añadió Jargo.

– Gracias.

– Me pregunto -continuó él- si crees que Evan podría llegar a considerar trabajar para mí.

– No, no lo haría. No sería bueno.

– Es una tapadera inmejorable. Es un director de documentales en alza. Puede ir a cualquier sitio, filmar cualquier cosa y nadie dudaría de sus credenciales ni de sus intenciones.

– A él le interesa la verdad, ésa es su pasión.

– Y aun así te está follando.

– Reclutarlo no es una buena idea. Ahora no.

Tenía miedo de seguir discutiendo, miedo de lo que ocurriría si Jargo pensase que Evan suponía un peligro.

– Quiero que estés preparada -terminó Jargo-, porque puede que tengas que matarlo.

Miró la fila de coches que avanzaba lentamente en la zona de recogida de pedidos en coche del establecimiento. Le dolían los ojos. Jargo nunca le había sugerido un trabajo como aquél. Antes de meterse en la cama de Evan, trabajaba como correo en Berlín, Nueva York, México DC. Nunca había trabajado como asesina. El silencio comenzó a hacerse peligrosamente largo, él sospecharía.

– Si dices eso -respondió ella, consciente de que no podía decir otra cosa-, entonces debería distanciarme. No quiero ser sospechosa.

– No, quédate cerca. Si esto ha de ocurrir, ambos desapareceréis. No te quedarás por aquí. Ambos estaréis muertos y lejos, te construiremos una nueva vida. De todos modos, posiblemente me resultes más útil en Europa.

– Muy bien -convino ella.

Tras desearle un buen día, él colgó.

Carrie pasó los días rellenando los informes en blanco de Jargo inventándose inocentes detalles sobre lo que iba a ser el próximo proyecto de Evan, hasta que su jefe la llamó.

– Quiero saber si Evan tiene algún archivo en su ordenador que no debería estar allí.

– Sé concreto.

– Una lista de nombres.

– De acuerdo.

Una hora más tarde, Carrie miraba en el ordenador de Evan aprovechando que él había salido a hacer unos recados. Llamó a Jargo.

– No hay ningún archivo de ese tipo.

Aparte de sus guiones, material de vídeo y programas básicos, Evan tenía pocos datos en su ordenador.

– Compruébalo cada doce horas, si es posible. Si encuentras los archivos, bórralos y destruye el disco duro. Luego infórmame.

– ¿Qué son esos archivos?

– Eso no necesitas saberlo. No memorices la información ni copies los archivos. Limítate a borrarlos y asegúrate de que no se puede recuperar el disco duro.

– Entiendo.

Carrie obedeció. Los archivos eran lo que realmente le preocupaba a Jargo, probablemente se tratase de archivos que lo relacionaban con Jameson Wong o con cualquiera de los protagonistas de posibles películas.

Sin embargo, Carrie tenía la horrible sensación de que si tenían que destruir el disco duro, también destruirían a Evan.


Se lavó la cara de nuevo. Evan se había ido, se lo había llevado un hombre que tal vez fuese muy, muy malo, pero pronto los elfos de Jargo encontrarían su rastro y lo rescatarían. Los archivos estaban en su sistema esta mañana, ella se había marchado sin buscarlos, y si Jargo dudaba de su trabajo, la mataría. Tenía que volver a ganarse su confianza. Cuanto antes mejor.

Recordó la noche anterior, a Evan diciéndole que la quería; parecía un momento de un mundo que ya no existía, un pedacito de tiempo en el que no estaban ni Jargo ni Dezz, en el que no había archivos, ni miedo ni engaños. Deseaba que no se lo hubiera dicho. Quería pegarle o empujarle, decirle: «No, no, no, no, tú no sabes nada. No puedo tener una vida contigo, no puedo volver a ser normal nunca más, no puede ser, así que no».

Tenía que endurecer su corazón. Tenía que atrapar a Evan.


SÁBADO 12 de marzo

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

<p id="_Toc203056719">SÁBADO 12 de marzo</p>
<p id="_Toc203056720">Capítulo 8</p>

Evan abrió los ojos.

Estaba tumbado en una cama. Las sábanas de color blanco crema habían sido dobladas hacia atrás; tenía una toalla de algodón fina extendida detrás de la cabeza. Uno de sus brazos estaba levantado, atado con unas esposas a los barrotes de hierro del cabecero. La habitación era lujosa: suelos de parqué; un acabado rojizo, rústico aunque caro, en las paredes; arte abstracto colgado con precisión sobre la chimenea de piedra. Un estrecho y suave rayo de luz penetraba por una abertura en las cortinas de seda. La puerta estaba cerrada.

Movió la lengua por la boca seca. Notó un fuerte dolor instalado en la mandíbula y el cuello. Podía oler su propio sudor amargo.

«Mamá, te he fallado. Lo siento muchísimo.» Se tragó el miedo y la pena porque no lo beneficiaban en absoluto.

Tenía que calmarse. Pensar. Porque ahora todo había cambiado.

¿Qué le había dicho Gabriel? «Nada en tu vida es lo que parece.»

Bueno, una cosa era justo lo que parecía. Estaba completamente jodido.

Evan comprobó las esposas. Cerradas. Se incorporó empujando con los pies, retorciendo la espalda contra el cabecero. Había un libro en una mesilla de noche, un best seller actual sobre la historia del béisbol, y una lámpara. No había teléfono. En la mesa que estaba más alejada había un intercomunicador para bebés.

Se quedó mirando el intercomunicador. No podía actuar con miedo ante Gabriel. Tenía que demostrar fuerza.

Por su madre… y por su padre, donde quiera que estuviese. Por Carrie, aunque estuviese mezclada en esta pesadilla, aunque, incomprensiblemente, supiera que se encontraba en peligro.

Entonces, ¿qué podía hacer ahora?

Necesitaba una pistola. «Imagínate que el tipo que mató a mamá está aquí. ¿Con qué puedes atacarle? Míralo todo con ojos nuevos.» Ojos nuevos. Ése era el consejo que se daba a sí mismo cuando imaginaba escenas que rodar.

Apenas podía alcanzar la mesa. Se las arregló para agarrar el tirador con los dedos y abrir el cajón. Estiró la mano todo lo que pudo. El cajón estaba vacío. El libro que había en la mesa no era lo bastante gordo. La lámpara. No llegaba a ella pero podía coger el cable que iba hasta el enchufe situado debajo de la cama. Tiró del cable hacia él lo más silenciosamente posible, intentando no hacer ruido con las esposas contra el cabecero de metal; la base de hierro forjado resultaba muy pesada. Desde el ángulo en el que estaba no sería capaz de mover la lámpara con fuerza suficiente para causar una herida grave. Desenchufó el cable, lo enrolló cuidadosamente debajo de la mesa para que no quedase atrapado ni enganchado. Sólo por si acaso tenía una oportunidad. Las lámparas eran fáciles de arrojar. Echó un vistazo hacia los pies de la cama y por el suelo. Sólo había unas diminutas bolas de polvo.

– Hola -se dirigió al intercomunicador.

Un minuto más tarde oyó pasos en las escaleras. Luego el chirrido de unas llaves en una cerradura. La puerta de la habitación se abrió; Gabriel estaba de pie en la puerta. Tenía una pistola negra brillante enfundada a un lado.

– ¿Estás bien? -preguntó Gabriel.

– Sí.

– Gracias por poner en peligro nuestras vidas con tu estúpido truco.

– ¿Chocamos?

– No, Evan. Sé conducir un coche sentado en el asiento del acompañante. Entrenamiento básico. -Gabriel aclaró la voz-. ¿Cómo te encuentras ahora?

– Estoy bien. -Evan intentó imaginar cómo podía conducir a toda velocidad sentado en el asiento del acompañante sin chocar. Eso suponía un nivel extraordinario de autocontrol en situación de peligro-. ¿Dónde recibiste tal entrenamiento?

– En una escuela muy especial -se limitó a responder Gabriel-. Es sábado por la mañana temprano. Has dormido toda la noche. -Su mirada se volvió fría-. Podemos ser de gran ayuda el uno para el otro, Evan.

– ¿En serio? Ahora quieres ayudarme.

– Te salvé, ¿no lo recuerdas? Si te hubieses quedado ahí colgando estarías muerto. Creo que ni siquiera la policía te podría haber protegido del señor Jargo. -Gabriel se apoyó en la pared-. Así que comencemos de nuevo. Necesito que me digas exactamente lo que ocurrió ayer cuando llegaste a casa de tus padres.

– ¿Por qué? Tú no eres policía.

– No, no lo soy.

Evan observaba a Gabriel. Parecía no haber dormido. Parecía nervioso, como un hombre que necesitase un buen trago de whisky. Reflexionó que nada ganaba con el silencio, al menos no ahora.

Así que le contó la llamada urgente de su madre, el viaje a Austin y el ataque en la cocina. Gabriel no hizo preguntas. Cuando Evan acabó, Gabriel acercó una silla a los pies de la cama y se sentó. Frunció el ceño, como si pensase en un plan de acción.

– Quiero saber exactamente quién eres -dijo Evan.

– Te diré quién soy. Y luego te diré quién eres tú.

– Yo sé quién soy.

– ¿De verdad? No lo creo, Evan. -Gabriel negó con la cabeza-. Yo diría que tuviste una infancia sobreprotegida, pero eso sería una broma de mal gusto.

– Yo cumplí mi promesa. Manten tú la tuya.

Gabriel se encogió de hombros.

– Soy el dueño de una empresa de seguridad privada. Tu madre me contrató para sacaros a salvo a ti y a ella de Austin y llevaros hasta tu padre. Está claro que tu madre se equivocó y tendió la mano a la gente equivocada. Lo siento. No pude salvarla.

Así que sabía quién era su padre.

– Intenta recordar cuando te atacaron -continuó Gabriel-. Estuviste inconsciente, al menos durante los minutos entre el momento en que te golpearon y cuando te colgaron.

– No sé cuánto tiempo. ¿Qué importa eso?

– Porque los asesinos podrían haber cogido los archivos que te mencioné. De tu ordenador, o del de tu madre.

– No podían estar en mi ordenador… -De pronto, recordó que le había comentado a Durless que los asesinos habían estado tecleando en su ordenador-. Es cierto, estuvieron buscando algo en mi ordenador. Dijeron algo así como… -Intentó deshacerse de la neblina que aún envolvía su memoria-. Algo como «Todo borrado».

Esperó para ver si Gabriel añadía algo.

– Tu madre te mandó los archivos por correo electrónico.

¿Por correo electrónico? Claro: su madre le había mandado aquellos archivos de música para su banda sonora la noche anterior, muy tarde, antes de llamar. Pero eran simples archivos de música; los había escuchado de camino a Austin. Nada fuera de lo normal. No había puesto nada extraño en el correo electrónico que le mandó. Sin embargo, no se lo había mencionado a Gabriel cuando le relató los acontecimientos del viernes por la mañana; no le habían parecido importantes comparados con las cosas terribles que habían ocurrido ayer.

– Mi madre no me envió nada extraño por correo electrónico. Y aunque lo hubiese hecho, los asesinos no podrían haber accedido sin la contraseña.

Entonces, ¿qué significaba «Todo borrado»?

– Existen programas que pueden descifrar contraseñas en cuestión de segundos. -Gabriel se apoyó contra la pared y observó a Evan-. Yo no tengo ninguno, pero te tengo a ti.

– No tengo esos archivos.

– Tu madre me dijo que sí los tenías, Evan.

Evan movió la cabeza.

– Esos archivos… ¿qué son?

– Cuanto menos sepas mejor. Así yo te podré dejar marchar y tú podrás olvidar que me has visto alguna vez y empezar una nueva y agradable vida. -Gabriel cruzó los brazos-. Soy un hombre extremadamente razonable. Quiero ofrecerte un trato justo. Tú me das esos archivos y yo te saco del país, te consigo una nueva identidad y acceso a una cuenta bancaria en las Islas Caimán, lo que tu madre me mandó hacer. Si te andas con cuidado, nadie te encontrará jamás.

– ¿Se supone que debo renunciar a mi vida? -Evan intentaba contener el desconcierto en su voz.

– Tú decides. Si quieres volver a casa, adelante. Pero si yo fuera tú, no lo haría. Ir a tu casa significa morir.

Evan se mordió los labios.

– Vale, yo te ayudo. ¿Y qué pasa con mi padre?

– Si tu padre se pone en contacto conmigo le diré dónde estás; encontrarte luego es problema suyo. Mi responsabilidad hacia tu madre acaba una vez que te meta en un avión.

– Por favor, dime dónde está mi padre.

– No tengo ni idea. Tu madre sabía cómo ponerse en contacto con él, pero yo no.

Evan dejó pasar un rato.

– Podría darte lo que quieres y luego tú podrías matarme.

Gabriel metió la mano en el bolsillo, y tiró un pasaporte sobre la colcha. Tenía el sello de Sudáfrica. Evan lo abrió con la mano que tenía libre. Dentro había una foto suya, la foto original de su pasaporte, la misma que tenía en su pasaporte estadounidense. El nombre que aparecía en aquel documento, sin embargo, era Erik Thomas Petersen. Había sellos que coloreaban las páginas: entrada en Gran Bretaña un mes atrás, y luego entrada en Estados Unidos, hacía dos semanas. Evan cerró el pasaporte y lo volvió a poner en la cama.

– Parece auténtico.

– Tienes que ponerte en el papel del señor Petersen con mucho cuidado. Si quisiera que estuvieras muerto, ya lo estarías. Te estoy dando una vía de escape.

– Todavía no entiendo cómo mi madre podía tener algún archivo informático peligroso.

De pronto lo vio claro. No su madre, sino su padre, el consultor informático. Su padre debió de encontrar archivos trabajando para un cliente, archivos que debían ser peligrosos.

– Todo lo que tienes que hacer es darme tu contraseña.

Gabriel abrió la puerta del dormitorio, cogió un carrito, uno de esos que se utilizan para servir la comida durante un brunch o una fiesta. El portátil de Evan estaba encima. Gabriel lo colocó cerca de Evan, situándolo entre ambos. Una raja atravesaba la pantalla de un lado a otro, pero el portátil estaba conectado por medio de un cable a un pequeño monitor y el sistema parecía funcionar con normalidad. Mostraba la pantalla de la contraseña, esperando la palabra mágica.

Por eso Gabriel había corrido el enorme riesgo de volver a por Evan, de tenderle una emboscada al coche de policía y secuestrarlo. No podía acceder al ordenador.

– Está aquí -dijo Gabriel-, tu madre metió una copia en tu sistema antes de morir. Te la envió por correo electrónico. Me lo dijo. Lo hizo para asegurarse de que si la mataban hubiese otra copia de los archivos accesible para mí. Era parte del trato que hice con ella. No podía arriesgarme a que la cogiesen a ella y quedarme sin los archivos. Eran la garantía de que cuidaría de ti si la mataban.

Aquel tipo era tan práctico que Evan sintió ganas de golpearlo de nuevo. Gabriel se acercó más a él.

– ¿Cuál es tu contraseña del sistema?

– Se supone que tienes que sacarme del país. Así que, técnicamente, tu trabajo no está hecho hasta que me liberes. Te diré la contraseña cuando me lleves hasta mi padre.

– Te he dicho cuál es el trato, hijo. Es así. No cabe negociar. -Gabriel se retiró al otro extremo de la cama y apuntó en la cabeza a Evan con la pistola-. No quiero hacerte daño. Abre el sistema.

Evan apartó el ordenador de un empujón.

– Ponte en contacto con mi padre. Si me dice que te dé la contraseña te la daré.

– Lávate las orejas, hijo. No puedo ponerme en contacto con él.

– Si se suponía que tenías que ponernos a salvo a mí y a mi madre, eso significa llevarnos donde mi padre nos pudiera encontrar. Tienes que contar con alguna manera de encontrarle.

– Tu madre la sabía. Yo no.

– No te creo. No hay contraseña.

– Si no me la das pasarás el resto de tu corta vida esposado a esa cama, donde morirás de sed y de hambre.

Evan esperó, dejando que el silencio invadiera la atmósfera de la habitación.

– Tú sabes quién la mató. Ese tío, Jargo. Sabes quién es.

– Sí.

– Háblame de él y te ayudaré. Pero míralo desde mi punto de vista. Me estás pidiendo que abandone mi vida. Que no haga nada por el asesinato de mi madre. Que me limite a albergar la esperanza de poder encontrar a mi padre de nuevo. No puedo marcharme sin saber la verdad, y punto.

De todas formas no creía a Gabriel. Había sido imposible localizar a su padre ayer, pero la policía ya lo habría encontrado a estas alturas, donde quiera que estuviese en Sidney.

– Estás más seguro si no lo sabes.

– Ahora mismo no me importa estar más seguro.

– Maldita sea, ¡qué terco eres!

Gabriel bajó el arma y apartó la vista de Evan.

– Sé que arriesgaste mucho para salvarme de Jargo. Lo sé y te doy las gracias. Sin embargo, difícilmente puedo escapar si no sé de quién huyo. Así que te cambiaré la contraseña por información sobre Jargo. ¿De acuerdo?

Tras diez largos segundos, Gabriel asintió.

– De acuerdo.

– Háblame de Jargo.

– Es… un agente de información. Un espía independiente.

– Un espía. ¿Me estás diciendo que a mi madre la mató un espía?

– Un espía independiente -le corrigió Gabriel.

– Los espías trabajan para los gobiernos.

– Jargo no. Compra y vende datos a quien le pague. Empresas, gobiernos. Otros espías. Es muy peligroso. -Gabriel se pasó la lengua por los labios-. Sospecho que lo que Jargo quiere son datos de la CIA.

Evan frunció el ceño.

– ¿Me estás sugiriendo en serio que mi madre robó archivos de la CIA? Eso es imposible.

– O quizá fue tu padre y se los dio a tu madre. Y yo no he dicho que esos archivos pertenezcan a la CIA. Puede que simplemente la CIA quiera la información, al igual que Jargo.

Parecía como si le costara admitir esta posibilidad. La cara de Gabriel ardía de furia.

– La CIA. -Era una locura-. ¿Cómo iba a tener algo que ver mi madre con ese Jargo?

– Creo que ella trabajaba para Jargo.

– ¿Mi madre trabajaba para un espía independiente? -repetía Evan-. No puede ser. Estás equivocado.

– Una fotógrafa de viajes. Puede ir a cualquier sitio con su cámara y no levantar sospechas. Vives en una casa preciosa. Tus padres tenían dinero. ¿Crees que un simple fotógrafo aficionado puede ganar tanto dinero?

– Esto no puede ser cierto.

– Ella está muerta y tú esposado a una cama. ¿Tan equivocado crees que estoy?

Evan decidió seguir aquella fantasiosa historia.

– ¿Así que mi madre le robó esos archivos a Jargo, o a otra persona?

– Escucha. Querías saber cosas sobre Jargo, y yo te las he dicho. Trabaja de manera independiente. Cuando la gente necesita información robada o matar a alguien que le está dando el coñazo, y el trabajo tiene que ser pagado en negro, él se encarga de ello. Los archivos tienen información sobre negocios de Jargo, así que los quiere recuperar. La CIA también, imagino, porque les gustaría saber lo que él sabe. Ahí tienes: sabes más sobre Jargo que cualquier persona viva. Abre el sistema.

– No puedo a menos que me liberes.

Hizo sonar las esposas.

– No. Escribe.

– ¿Adónde voy a ir, Gabriel? Tienes una pistola apuntándome. Tienes que liberarme antes o después si me vas a sacar del país. Las esposas no pasan el detector de metales.

– Todavía no. Escríbelo con una mano. -Puso la pistola contra la mejilla de Evan-. Llevo años aguardando esto, Evan, no voy a esperar ni un maldito minuto más.

Evan escribió la contraseña.

<p id="_Toc203056721">Capítulo 9</p>

– Está vacío -dijo Evan.

Tras aceptar la contraseña, el icono del disco duro apareció en la pantalla. Evan buscó en el sistema. Excepto los archivos básicos, el resto del disco se había borrado. Su material de vídeo, los programas de software que tenía instalados, todo había desaparecido. El sistema parecía haber sido devuelto a una configuración por defecto. Abrió la papelera de reciclaje: vacía.

– Ha desaparecido todo.

«Todo borrado», había dicho la voz en la cocina mientras la pistola se clavaba en su nuca.

– No. -Gabriel dejó la pistola, agarró a Evan por el cuello y lo empujó contra el cabecero de la cama-. No, no, no. No pudo darles tiempo.

– No sé cuánto tiempo estuve inconsciente.

– Esto no puede ser. Tengo que conseguir esos archivos. -La voz de Gabriel se elevó-. Esos cabrones los borraron.

Se dio la vuelta y se inclinó sobre el ordenador.

Evan se retorció alejándose de él, hacia la lámpara. «Puede que no se vuelva a acercar tanto a ti. Hazle creer que quieres ayudarle.»

– Puede que un programa de recuperación restaure la información.

Gabriel no contestó, escribía en el teclado buscando los archivos. Miraba la pantalla vacía como si fuese todo lo que le quedaba en su vida. Mantenía la pistola a su lado, apuntando ligeramente. Evan se puso de cuclillas contra el cabecero, con la mano izquierda todavía esposada. La lámpara estaba cerca de la mano derecha y el cable perfectamente enrollado en el suelo.

Evan agarró la lámpara de hierro fundido con la mano que tenía libre. Era un objeto pesado, pero la levantó y la balanceó con un extraño giro.

La base de la lámpara golpeó el brazo de Gabriel. Cayó hacia delante y Evan lo inmovilizó agarrándolo con una pierna por la cintura. Le dio con la lámpara en la cara. La sangre manaba, el borde de la base le hizo un corte a Gabriel en la boca y en la barbilla. Aullaba de furia.

Evan intentó darle con la lámpara de nuevo, pero Gabriel la desvió con el brazo y lanzó un puñetazo que conectó con la mandíbula de Evan. Éste dejó caer la lámpara, pasó el brazo alrededor del cuello de Gabriel y lo envolvió por la cintura con las dos piernas. Su mano izquierda, esposada a la cama, se retorcía como si estuviese rota mientras luchaba con Gabriel.

La pistola. Gabriel tenía la pistola. ¿Dónde estaba?

– ¡Suéltame gilipollas! -dijo Gabriel.

– Te la arrancaré de un bocado si no te estás quieto.

Evan cerró la boca alrededor de la oreja izquierda de Gabriel.

– ¡No! -Gabriel dio un grito sofocado.

Evan le mordió de nuevo hasta hacer rechinar los dientes. La sangre le escurría por la boca.

– ¡Para! -vociferó Gabriel, y se quedó quieto.

Evan vio la pistola. Estaba justo fuera del alcance de ambos, enredada en las sábanas blancas donde las colchas se habían arrugado durante su pelea. No podía alcanzarla, pero si soltaba un poco a Gabriel éste podría cogerla. Gabriel la vio también; sus músculos se estiraron con una súbita determinación, intentando liberarse.

Evan le mordió la oreja otra vez y le metió los dedos en los ojos. Gabriel chilló de dolor. Se giró para esquivar a Evan, pero las piernas de éste seguían bloqueándolo en el sitio.

Gabriel se retorció hacia la pistola llevándose el cuerpo de Evan con él. Las esposas le estaban desgarrando la muñeca.

«Sacrificará la oreja para coger la pistola. Arráncasela.»

Pero en lugar de eso, Gabriel cogió el cable de la lámpara y la trajo hacia él. Agarró el cuerpo de la lámpara, lo echó hacia atrás en dirección a Evan y lo golpeó con la base en la parte superior de la cabeza; mareado del dolor, Evan soltó la oreja. Un trozo de piel se quedó atrás, en su boca.

Gabriel soltó la lámpara y se tambaleó hacia delante. Agarró el cañón de la pistola con la punta de los dedos. Evan mantenía el otro brazo de Gabriel inmovilizado, girado; su brazo se retorcía como si estuviese a un centímetro de romperse. Agarró la empuñadura de la pistola mientras Gabriel tiraba de él hacia delante. Evan le arrancó la pistola y le puso el cañón del arma en la sien.

Gabriel se quedó paralizado.

– ¿Dónde está la llave?

– Abajo, en la cocina. Hijo de puta, me has arrancado la oreja.

– No, sigue ahí.

– Escucha, un trato nuevo -dijo Gabriel-; trabajaremos juntos para atrapar a Jargo. Haremos…

– No.

Evan golpeó a Gabriel en la sien con la pistola una vez, dos veces, tres, cuatro. A la quinta, Gabriel se quedó sin fuerzas; tenía la sien cortada y magullada. Evan golpeó de nuevo a Gabriel en la cabeza y esperó. Contó hasta cien. Gabriel estaba fuera de combate.

Conteniendo el aliento, Evan dejó la pistola. Gabriel no se movía. Metió la mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón, hurgó entre las monedas y adivinó la forma de las llaves.

– Mentiroso -le dijo a Gabriel, quien seguía inconsciente.

Tiró de un aro del que colgaba una llave pequeña y otra más grande, la de la puerta de la habitación. Evan apartó al hombre de una patada e introdujo la llave pequeña en la cerradura de las esposas.

Las esposas se abrieron. Evan rodó sobre la cama, el brazo le ardía de dolor. Lo sostenía contra el cuerpo, sin estar seguro de si estaba roto o dislocado. No: tenerlo roto sería una agonía. Le dolía, pero estaba ileso. Arrastró a Gabriel hasta el cabecero de la cama y esposó su mano a él. Le comprobó el pulso en el cuello. Sintió bajo los dedos un latido estable.

Con manos temblorosas, apuntó con la pistola hacia la puerta. Esperó. Se preparó para disparar si alguien lo atacaba para rescatar a Gabriel. Se dijo a sí mismo que podía hacerlo, tenía que hacerlo. Sabía disparar, su padre le había enseñado siendo un adolescente. Pero no había disparado una pistola en cinco años. Y nunca a un ser humano.

Pasó un minuto. Otro. No se escuchaban sonidos en la casa.

Divisó una pequeña tarjeta sobre la cama, cerca del pasaporte sudafricano. Debió de caérsele a Gabriel del bolsillo de la camisa o del pantalón durante la pelea. Era un carné emitido por el gobierno, desgastado por el tiempo y por el uso. Gabriel parecía quince años más joven.

Joaquín Montoya Gabriel. Agencia Central de Inteligencia. Ese loco gilipollas estaba diciendo la verdad. O al menos en parte. Pero si era de la CIA, ¿por qué estaba trabajando solo?

Respiró profundamente. Se metió el pasaporte y el carné en el bolsillo de atrás. Salió por la puerta del dormitorio y luego se detuvo en el oscuro pasillo. «Tranquilízate, tranquilízate, hazlo por tu madre.» Le dolían muchísimo el brazo y la mano, y también la cabeza. Una vez terminada la pelea, en la casa a oscuras, por unos instantes el miedo volvió a invadirlo.

Una luz tenue brillaba desde la zona abierta del piso de abajo; Evan estaba en un segundo piso de lo que parecía ser una casa espaciosa. Una alfombra tupida y gruesa cubría el pasillo; más arte de lujo en las paredes. El aire acondicionado emitía un ronroneo. Abajo se escuchaba el leve susurro de la televisión.

Se puso de cuclillas, apuntando con la pistola hacia delante y escuchando. Cogió fuerzas, respirando dos veces profundamente, y bajó con sigilo las escaleras. «¿Qué debo hacer ahora? Sigue luchando. Es lo que has elegido.»

Pero ahora no tenía nada con lo que pactar para salvar su vida. Jargo, si es que éste era uno de los hombres de la casa, había robado o destruido los datos. Los archivos, si alguna vez existieron, habían desaparecido.

Evan llegó a la última escalera cuando pensó: «Tonto del culo, deberías haber amordazado a Gabriel. Se despertará y pedirá ayuda a gritos mientras tú te acercas a algún compinche en el piso de abajo».

Pero ya había ido demasiado lejos para volver atrás. Sabía que su corazón ya no dudaría y que podría disparar a cualquiera que intentase detenerlo. Esperaba acordarse de apuntar a las piernas, a menos que el otro tío tuviese un arma, si era así apuntaría al pecho. Es amplio, sería fácil acertar. «Recuerda tomarte un segundo para apuntar, apretar y prepararte para la patada.» Esperó disponer de aquel segundo. El objetivo de prácticas de tiro nunca le había devuelto el disparo.

Evan entró en el estudio con la pistola preparada para disparar. En la esquina había un televisor de pantalla ancha, junto a una vistosa chimenea de piedra. Un espacio publicitario anunciaba el último producto farmacéutico sin el que no podías vivir, siempre y cuando te arriesgases a sufrir por lo menos diez efectos secundarios. Luego sonó la melodía de la CNN y el presentador principal comenzó a contar una historia sobre un bombardeo en Israel.

Caminó pegado a la pared, miró en el interior de una elaborada cocina. Vacía. Había comida sobre la barra: un sandwich de jamón, un vaso de agua helada, un montón de patatas fritas de bolsa y una chocolatina Snickers. Probablemente su propia comida si hubiese cooperado con Gabriel.

Comprobó la parte trasera de la casa y se detuvo en una cómoda con la parte superior de mármol sobre la que había un puñado de fotos de familia. Gabriel posaba con dos chicas lo suficientemente jóvenes como para ser sus nietas.

No había nadie. Los únicos sonidos eran el aire acondicionado y la CNN, que comenzaba una historia sobre un extraño homicidio y un secuestro en Texas.

Evan corrió de nuevo al estudio y vio su cara en la televisión. Era la foto de su permiso de conducir de Texas; no era demasiado mala y de hecho era bastante fiel a su aspecto: pelo rubio desgreñado, pómulos altos, ojos color avellana, labios finos y el pequeño aro en la oreja. Los subtítulos informativos que aparecían bajo su cara decían: «Director de cine desaparecido». El presentador de las noticias dijo:

– La policía todavía busca a Evan Casher, el director de cine nominado a un Óscar, después de que su madre muriera estrangulada en su casa de Austin, Texas. Un hombre armado secuestró a Casher del coche patrulla, agrediendo a dos oficiales.

»Casher, director de dos aclamados documentales, destacó con El más mínimo problema, su debut, una mordaz revelación sobre un oficial de policía corrupto que incriminó a un antiguo camello. Junto a mí está Roberto Sánchez, agente especial del FBI.

Roberto Sánchez tenía el aspecto de un político: corte de pelo perfecto y una expresión que decía «Soy la persona más competente de la tierra». El presentador fue al meollo del asunto:

– Agente Sánchez, ¿es posible que quienquiera que secuestrase a Evan Casher sea el responsable de la muerte de Donna Casher? Quiero decir, el señor Casher era el único testigo y luego se lo llevaron directamente de manos de la policía.

– No estamos preparados para especular sobre los motivos, pero nos preocupa la seguridad del señor Casher.

– ¿Existe alguna posibilidad de que no se trate de un secuestro convencional, sino que Evan Casher haya sido alejado de la policía por ser sospechoso del asesinato de su madre? -aventuró el presentador.

– No, no es sospechoso. Obviamente es una persona que nos interesa porque encontró el cuerpo de su madre y no hemos tenido la oportunidad de tener una conversación completa con él, pero no tenemos razones para pensar que estuviera involucrado. Nos gustaría hablar con el padre del señor Casher, Mitchell Casher, pero no hemos podido localizarlo. Creemos que estaba en Australia esta semana, pero no podemos dar más detalles.

En la pantalla apareció una foto de Mitchell al lado de la de Evan. Su padre desaparecido.

– ¿Por qué se ha encargado al FBI la investigación? -preguntó el presentador.

– Tenemos recursos de los que la policía de Austin carece -respondió Sánchez-. Nos pidieron ayuda.

– ¿Alguna idea del motivo del asesinato?

– En este momento, no.

– También tenemos retratos policiales del hombre que supuestamente atacó a los dos oficiales de policía de Austin y se llevó secuestrado a Evan Casher -dijo el locutor, y la imagen cambió de Evan y Mitchell Casher a un dibujo de Gabriel hecho a lápiz.

– ¿Alguna pista sobre este hombre? -preguntó el presentador.

– No, todavía no.

– Pero la policía de Austin encontró el coche que utilizó para secuestrar a Evan Casher, ¿es eso correcto? Un informe filtrado de la policía de Austin afirma que un Ford sedán azul que se corresponde con la descripción del coche del secuestrador fue encontrado en un aparcamiento cercano, donde otro coche había sido robado. Según informaron en la radio, las huellas de Evan Casher estaban en la radio del coche del secuestrador. Si estaba escogiendo la música no había sido secuestrado, ¿no? -Ahora el presentador intentaba reescribir la noticia, sazonándola con insinuaciones.

Sánchez movió la cabeza y lo miró de forma severa.

– No podemos comentar filtraciones. Por supuesto, si cualquiera tiene detalles sobre este caso nos gustaría que se pusiese en contacto con el FBI.

La matrícula del coche robado y el número de teléfono del FBI aparecieron debajo de la foto de Evan.

– En caso de que Evan Casher haya sido secuestrado, ¿qué les diría a los secuestradores? -preguntó el presentador.

– Bueno, lo que diríamos en cualquier situación: les pediríamos que liberasen al señor Casher ileso y que se pusieran en contacto con nosotros si tuviesen cualquier petición. O si el señor Casher puede ponerse directamente en contacto con nosotros, que lo único que queremos es ayudarle.

– Gracias, agente especial del FBI Roberto Sánchez -dijo el presentador-. Nuestra corresponsal, Amelia Crosby, habló con el ex camello que fue la inspiración para el documental de Evan Casher.

La cámara enfocó a un hombre joven negro, de unos treinta años, que parecía incómodo con traje y corbata. El subtítulo decía: James Shores, El Turbio.

– Señor Shores, usted conoce a Evan Casher desde que hizo la película sobre cómo fue usted acusado injusta y precipitadamente por un investigador de narcóticos corrupto. ¿Qué cree usted que puede estar detrás de la extraña desaparición de Evan Casher?

– ¡Oh, mierda! -exclamó Evan.

– Escuche, antes de nada, ese otro tío, su presentador, el que tiene el pelo como congelado sugiere que Evan Casher podría estar implicado en la muerte de su madre, eso es una auténtica (piiii).

El censor se lanzó en picado sobre la última palabra.

– ¿Qué motivo podría tener cualquiera para hacerle daño al señor Casher o a su familia? -preguntó la voz del reportero-. A muchos agentes de la ley les molestó su documental sobre usted.

– No, señaló una verdadera manzana podrida, pero no es que acusase a todo el sistema penal ni nada.

– ¿Tiene usted alguna teoría sobre qué podría haber llevado a su desaparición?

– Bueno, yo pensaría que quienquiera que mató a su madre no quería que hablase sobre lo que vio. Lo que me preocupa es que la policía dejase tirao a Evan, permitiendo que lo secuestrasen. Creo que deberían observar de cerca a esos policías y cómo (piiii) dejaron que se llevasen a Evan, porque a muchos polis no les gusta que aireen sus trapos sucios, incluso aunque no sean de su departamento, y…

El reportero intentó hablar por encima de El Turbio, sin éxito.

– … todo lo que digo es que la policía tiene que demostrar que están buscando a Evan en serio.

– Evan Casher le salvó la vida, ¿verdad señor Shores?

– Mira, Evan tiene éxito porque puede ser la mayor mosca coj… (piiii). Evan Casher obtuvo un montón de fama y de dinero con mi desgracia. No compartió conmigo ninguna de sus ganancias. Me hizo promesas: que iba a ser famoso, que gracias a esta película podría empezar una carrera musical y todo eso es una (piiii). Todavía trabajo de guardia de seguridad.

El Turbio meneó la cabeza ante tal injusticia.

– Maldito ingrato -dijo Evan; utilizar su tragedia familiar como plataforma para quejarse.

– Está haciendo una nueva película sobre un jugador de póquer profesional y se supone que iba a presentarme a gente que me ayudaría a meterme en ese tipo de trabajo, y nunca lo hizo, por eso creo que está involucrado en algo de dinero ilegal de póquer, se ha metió en problemas él sólito.

Cuando El Turbio comenzó a airear su siguiente rencilla, el reportero le dio las gracias enérgicamente y dio paso al estudio en Nueva York para presentar a Kathleen Torrance como otra destacada joven directora de documentales. Había sido también novia de Evan durante sus días de estudiante en Rice, pero el reportero no se fijó en esa relación en particular, simplemente dijo «una compañera de la industria del cine». Su historia de amor se había enfriado cuando ella se mudó a Nueva York y había terminado cuando ella encontró otro novio director de cine. Hacía seis meses que no hablaba con ella, tras intercambiar unos incómodos saludos en el festival de cine de Los Ángeles.

– Señorita Torrance, usted conoce a Evan Casher bien -comenzó el reportero.

– Sí -asintió Kathleen-. Es uno de los diez mejores directores jóvenes de documentales de los Estados Unidos.

– ¿Qué cree que ha ocurrido?

– Bueno, no tengo ni idea. No creo que esto tenga nada que ver con el trabajo de Evan, como sugirió su anterior invitado porque, a pesar de lo que la gente piensa, los directores de documentales no son realmente periodistas de investigación. Las películas de Evan se han centrado en individuos en circunstancias excepcionales, no en temas políticos ni polémicos.

Animada por las preguntas del reportero, Kathleen dio una breve descripción de las películas y de los trabajos de Evan.

– Sólo espero que si me puede escuchar quien tenga a Evan, que lo deje marchar. Es un tío genial, no puedo imaginar que esté envuelto en algo ilícito o que pueda perjudicar a alguien.

El reportero dio las gracias a Kathleen y volvió al presentador; pasó la cobertura a un asesinato y suicidio en una parada de camiones de New Hampshire.

Evan se quedó mirando fijamente la pantalla. Estaban diseccionando su vida en la televisión nacional. Su padre había desaparecido. El FBI quería hablar con él. Fue corriendo hacia el teléfono, lo descolgó y comenzó a marcar.

Luego lo volvió a colgar.

Gabriel era un espía de la CIA, había mandado a dos policías al hospital y había secuestrado a Evan. Si estaba trabajando bajo las órdenes de la CIA y Evan iba a la policía… ¿qué ocurriría luego? Se suponía que la CIA no golpeaba a policías ni encadenaba a la cama a los ciudadanos. Así que fuese lo que fuese lo que le ocurriese a su familia, era una historia que la CIA no quería que estuviese en el punto de mira.

Tenía que saber más. De repente sintió el miedo de dar un mal paso, de salir del fuego para caer en las brasas.

Echó un vistazo al resto de la casa. Un comedor, una sala de estar. Una habitación provista de equipos multimedia con un televisor enorme. Una zona para la colada. En el piso de arriba había cuatro habitaciones más: una ocupada con otra maleta deshecha, con poca ropa.

Volvió abajo. Había un garaje con una motocicleta, una reluciente Ducati. Junto a ella había un viejo Chevrolet Suburban. No había rastro del Malibu robado.

Evan encontró las llaves del Suburban colgadas en un llavero en la cocina. Las guardó en el bolsillo.

Sobre la mesa de la cocina estaba el petate que había traído de Houston. Recordaba que Gabriel lo había cogido en su casa después de que él escapara. Toda su ropa estaba allí. Su reproductor de música digital, su cámara de vídeo, sus libros y sus notas. Parecía que habían rebuscado entre su ropa y luego la habían doblado con cuidado de nuevo.

Cerró la cremallera del petate y se lo llevó al piso de arriba.

Gabriel estaba despierto, con un ojo hinchado al que le estaba saliendo un moratón y con la mandíbula roja y arañada.

– ¿Trabajas solo? -dijo Evan.

Gabriel dejó pasar cinco segundos.

– Sí, y estoy preparado para tener una conversación honesta contigo ahora sobre nuestra situación.

– Hijo de puta, debería dispararte directamente ahora que tú eres el que está esposado. No te queda ninguna credibilidad.

Evan meneó la tarjeta de identidad ante Gabriel.

– Dijiste que eras el dueño de una empresa de seguridad. Aquí dice que eres de la CIA. ¿Qué es todo esto?

– Estás de mierda hasta el cuello.

– Tienes información de quien mató a mi madre, señor Gabriel. Tengo una pistola. ¿Ves cómo funciona esta ecuación?

Gabriel negó con la cabeza.

Evan levantó la pistola hasta la altura del estómago de Gabriel.

– Contesta a mis preguntas. Primero, ¿dónde estamos?

– No me matarás. Yo lo sé y tú lo sabes.

Fijó su mirada en la pared, como si estuviese aburrido.

Evan disparó.

<p id="_Toc203056722">Capítulo 10</p>

Galadriel, la diosa de la informática de Jargo, pasó la noche intentando seguir la pista de Evan y de su secuestrador. Entró en bases de datos nacionales. Se abrió camino en el sistema informático del Departamento de Policía de Austin, buscando pistas, informes y la más mínima señal de Evan Casher. Se movió entre una jungla de información de manera tan paciente y eficiente como un cazador siguiendo a su presa.

El sábado al amanecer llamó con su primer informe.

Jargo despertó a Carrie del sofá y a Dezz de la otra habitación. Jargo habló largo y tendido con Galadriel y luego puso a Carrie al teléfono mientras atendía a negocios privados en su teléfono de la habitación.

– Evan no ha utilizado sus tarjetas de crédito ni ha accedido a su cuenta bancaria. Nadie lo ha hecho. Hazme un favor, cielo: mira el archivo que acabo de mandarte.

Galadriel era una antigua bibliotecaria, una mujer fornida que pasaba las horas que no estaba en el ordenador refinando recetas de gourmet o viendo películas de los años cincuenta, cuando creía que el mundo era un sitio más amable. Tenía un cálido acento sureño y hablaba como la dulce madre de un amigo.

– A ver si tú ves lo mismo que yo.

Carrie abrió el archivo adjunto al correo electrónico y apareció una lista de mensajes extraídos de las cuentas de correo electrónico de los Casher: una cuenta privada para Donna, una para los correos electrónicos personales de Mitchell Casher y otra para su trabajo como consultor de seguridad informática.

– Sólo entré en la base de datos del proveedor de servicios de internet y copié sus mensajes, ya que los chicos no tuvieron tiempo para mirar sus correos en la casa de los Casher -dijo Galadriel.

Carrie miró los mensajes de la cuenta de Mitchell Casher. Le había mandado unos pocos mensajes a su hijo, nada de gran interés. En uno lo ponía al día de cómo progresaba con el golf; en otro mencionaba unas excelentes grabaciones de jazz que le gustaban y que pensó que le gustarían a Evan, y le enviaba adjuntas las canciones en formato digital; en otro le pedía a éste que viniese a casa pronto a visitarlos. Y unas cuantas fotos de Navidad hechas por su madre.

Ningún mensaje parecía estar en código ni encriptado. No había archivos adjuntos sospechosos.

Donna Casher tenía una cuenta de correo diferente en el mismo proveedor. Más mensajes de Evan y para éste. El resto de los correos eran más que nada charlas con otros colegas fotógrafos. Excepto el viernes por la mañana.

– Donna le mandó cuatro canciones en formato digital y dos fotografías -explicó Galadriel-, pero fíjate en el tamaño de las fotos, son más grandes de lo normal.

– Escondió en ellas los archivos -confirmó Carrie.

– Sospecho que una foto contenía un programa de descodificación y las otras contenían los archivos. Así que al descargar las fotos el programa de descodificación abre en secreto y descodifica los archivos ocultos en la segunda foto. Los entierra en una nueva carpeta en el fondo del disco duro, donde normalmente no miraría. Y él nunca los ve ni sabe que están ahí.

– Por favor, dile eso a Jargo. Que puede que ella le colara los archivos a Evan sin que él se diera cuenta.

– Pero podría haberlos visto, cielo, en el caso de que supiera que le iban a llegar -dijo Galadriel-. Sabes que Jargo no se va a arriesgar a que los haya visto.

«Y tú actúas como si fueses tan dulce como un caramelo -pensó Carrie- pero no serás tan estúpida como para ayudarme cuando realmente lo necesito.» A Carrie no la engañaba la dulce voz de Galadriel. Al otro extremo de la línea había una mujer con espinas de acero.

– ¿Hay copias en los servidores que entregaron los correos electrónicos?

– Borradas, supongo que por Donna. Qué avispada -comentó Galadriel.

– ¿Donna era amiga tuya?

– No tengo amigos en la red, cielo, ni siquiera tú. Los vínculos son peligrosos.

– Así que no tenemos nada para continuar.

– En realidad sí lo tenemos. Donna estaba en un foro de discusión sobre ópera y libros. Y en un grupo que buscaba genealogías en Texas.

– ¿Genealogías? -dijo Carrie.

– Chica lista. Resulta algo extraño que a Donna Casher le interesase la genealogía.

– Correcto. No tiene sentido dibujar un árbol genealógico cuando tienes un nombre falso.

Carrie entró en la página web del grupo de genealogía y encontró un índice de mensajes. Los correos electrónicos dirigidos al grupo eran sobre todo solicitudes de gente que buscaba conexiones con apellidos específicos en condados concretos de Texas. Cada mensaje se dirigía a un miembro en concreto a través de la dirección de correo electrónico de la lista de genealogía, por lo que cada mensaje enviado a esa dirección llegaba a todos los subscriptores. No era un foro para diálogo privado.

– Sólo crucé los datos de quien le enviaba correos a Donna con la lista de suscriptores -explicó Galadriel-. Ve al mensaje número cuarenta y uno.

Carrie lo hizo. Un correo de Paul Granger decía:

Estoy muy interesado en la historia familiar de Samuel Otis Steiner que mencionó usted en el foro de genealogía. Mi abuela se llamaba Ruth Margaret Steiner, nació en Dallas y murió en Tulsa; era hija de una familia inmigrante de Pensilvania. Puedo aportar el historial que solicitaba sobre la familia Talbott originaria de Carolina del Norte, que se mudó a Tennessee y apareció nuevamente en Florida. Por favor, indique si tiene usted los historiales apropiados o acceso a ellos. Mi hija y yo vamos a visitar Galveston pronto y estamos interesados en conocer nuestra historia en 1849. Puede ponerse en contacto conmigo en el 972 555 34 78.

Saludos,

Paul Granger

Carrie volvió a la lista de discusión de genealogía. Al final de cada mensaje había un enlace al archivo en línea de la lista. Entró y realizó una búsqueda sobre Samuel Otis Steiner.

Sólo encontró una única nota sobre Steiner, de Donna Casher, de hacía aproximadamente dos días. Hizo una búsqueda con el nombre de Donna Casher; ésa había sido la única nota con la que Donna había contribuido al grupo de discusión. Simplemente había solicitado información a alguien que conociese a la familia de Samuel Otis Steiner.

– No se trata de buscar raíces, está claro -dijo Galadriel-. Es un contacto.

– Una manera en apariencia inocente de comunicarse sin levantar sospechas. -Carrie estudió el mensaje tan extrañamente redactado. No había ningún código obvio, pero los números podrían ser una clave-. Ese número, ¿qué es?

– Un segundo. -Galadriel la puso en espera y volvió veinte segundos más tarde-. Cariño, es un código telefónico del centro de Dallas. Lleva a un sistema de correo de voz. No identifica a quién pertenece. Tendré que ver si puedo encontrarlo en la base de datos de la empresa telefónica.

Carrie observó el mensaje de nuevo.

– Dieciocho, cuarenta y nueve. ¿No parece un poco extraño en este contexto poner una fecha límite? ¿Sólo quieres volver atrás hasta un punto, y no más allá? Los genealogistas no se detienen en una fecha en particular.

– Estoy jugando con los números, cielo. Sospecho que es un código.

– ¿Uno que hemos usado nosotros?

– No te lo puedo decir, bonita, pero lo comprobaré.

Carrie chasqueó la lengua.

– Dieciocho, cuarenta y nueve podría ser la clave del resto del mensaje. Coger la primera letra, la octava, la cuarta y la novena, y luego repetir. O el mismo patrón, pero con palabras.

– Un enfoque demasiado obvio, querida-indicó Galdriel-. Estoy mirando el registro del servidor de la cuenta de correo electrónico de Donna Casher. No hay más mensajes de Paul Granger ni de nadie más.

– Así que esta cuenta de correo de voz en Dallas es todo lo que tenemos.

– Dieciocho, cuarenta y nueve -explicó Galadriel- podría ser una palabra en código. Un aviso, una instrucción y el resto del mensaje, menos el número de teléfono, es camuflaje. Como si 1849 significase «corre como alma que lleva el diablo» o «nos han atrapado» o «pasa al plan B».

– O «llama a tu hijo, tráelo a casa y luego corred como alma que lleva el diablo» -dijo Carrie-. ¿Te suena el nombre de Granger?

– No, lo he comprobado. No está en nuestra base de datos. Buscaré en los registros nacionales del permiso de conducir, pero lo más probable es que sea un alias. Y he comprobado los registros de mensajes y no hay mensajes de Granger a Evan ni a Mitchell Casher.

Carrie dijo:

– Por favor, rastrea ese mensaje.

– Ya lo he hecho. Se envió desde una biblioteca pública en Dallas.

– ¿Qué es lo siguiente?

– Tenemos una convergencia de datos en Dallas. Veré si puedo conectar alguno de nuestros enemigos conocidos con la zona. -Galadriel hizo una pausa-. ¿Estás trabajando en esto con Dezz?

– Sí.

Galadriel hizo un ruido con la garganta.

– Buena suerte con eso, querida.

– Gracias, Galadriel.

Carrie colgó y llamó a la puerta de Dezz. Después de un momento contestó, mientras colgaba un teléfono móvil y se lo metía en el bolsillo.

Le habló de las pistas.

– ¿Qué se supone que debemos hacer si encontramos a este Granger y al gobierno de Estados Unidos al completo justo detrás de él?

– Correr -dijo Dezz-, rápido y lejos.

– Matarán a Evan. No se merece morir.

– Lo que Evan Casher se merece podría cambiar de un momento a otro. Si se hace público lo que le ocurrió nos jorobaría bien. Tendríamos que cerrar, al menos durante un año, y no podemos permitirnos eso.

– Debe de ser agradable tener tan poca moralidad, te cabría toda en el bolsillo.

Dezz sonrió.

– Y esto lo dice la puta. ¿Necesitas que te preste un poco de conciencia? Tengo para dar y tomar.

– Evan no tiene que morir si puede ayudarnos. A mí me escucharía. No sabe nada, no es una amenaza.

– Eso piensas tú.

– Eso pienso yo.

– Piensas demasiado -dijo Dezz-. Tus neuronas están funcionando todo el rato.

– Como a la mayoría de la gente.

– La mayoría de la gente no, incluida tú. Lo estropeaste al no encontrar esos archivos.

Carrie lo ignoró.

– Dime la verdad, cielo. ¿Conoce Evan a los Deeps?

– No -respondió ella-, no los conoce. Estoy segura de ello.

Podía ver que no le creía. Sirvió café. Jargo salió de su habitación, pálido.

– El hombre calvo -dijo Jargo-. Tenemos una identificación positiva de los elfos sacada de los historiales de teléfono del correo de voz y del documento de identidad. Se llama Joaquín Gabriel. Un ex agente de la CIA. Los elfos están investigando la vida de Gabriel para ver dónde encaja en ella Evan Casher.

– ¿Por qué querría Gabriel a Evan? ¿Qué le hizo a la CIA? -preguntó Carrie.

Una ligera sensación de miedo le subió por la espalda.

– La CIA. Estamos jodidísimos -dijo Dezz.

– Lo pusieron de patitas en la calle hace cuatro años -explicó Jargo.

– Quizá lo pusieron de patitas dentro otra vez -comentó Dezz.

– Gabriel arreglaba los enredos y las pifias -dijo Jargo-. Lo que la gente llama un pescatraidores. Encuentra gente de dentro que puede acabar con la CIA.

– ¡Mierda! -exclamó Dezz.

– El señor Gabriel tiene una cuenta que saldar conmigo. -El teléfono de Jargo sonó otra vez. Escuchó, asintió y colgó-. El yerno de Gabriel tiene una casa de fin de semana cerca de Austin. En un pueblo llamado Bandera. Puede que Gabriel haya escapado hacia allí. Sólo está a una hora o así.

– Bien -dijo Dezz-. Me estoy aburriendo.

Formó con las manos la figura de una pistola e hizo como si le disparase a Carrie en medio de los ojos.

<p id="_Toc203056723">Capítulo 11</p>

La bala impactó en la pared, unos quince centímetros por encima del cabecero. Gabriel se sacudió y se estremeció, abrió los ojos de par en par.

– Mi madre está muerta. Mi padre ha desaparecido. Última oportunidad -dijo Evan-. ¿Dónde estamos?

– Cerca de Bandera.

A Evan le sonaba, era un pueblo pintoresco de la zona de Texas Hill.

– Es la casa de vacaciones de mi yerno. Mi hija se casó bien.

Gabriel miraba la pistola, no a Evan.

– ¿Eres de la CIA o un agente de seguridad privado?

– Privado -dijo después de un momento-, pero estuve en la CIA, y tu madre… me conocía a mí y también conocía mi trabajo. Por eso me llamó. Solía encargarme de seguridad interna. Solía. La agencia me echó porque era un grano en el culo.

– No me digas. Dime cómo contactar con mi padre.

– No sé cómo hacerlo.

Gabriel se aferraba implacablemente a ese aspecto de la historia. Evan decidió hacer la pregunta de otra manera.

– ¿Mi padre sabe cómo ponerse en contacto contigo?

– No. Esto fue un acuerdo con tu madre. No tuve contacto con él.

– Estás mintiendo.

– No. Tu madre pensaba que no era necesario que yo lo supiese. -Gabriel esbozó una sonrisa amplia y torcida, un poco de loco-. Tu madre le robó los archivos a Jargo. Éste tiene acceso a tu padre porque tu padre también trabaja para Jargo. Tu padre ha desaparecido. Haz las cuentas.

Evan no había pensado con claridad, dadas las prisas y el caos desordenado de las últimas veinticuatro horas.

– Jargo tiene a mi padre.

– Es bastante probable. Sospecho que estaba en una misión para Jargo cuando tu madre decidió escapar. Jargo lo averiguó y cogió a tu padre para tenerlo bajo control. Probablemente él les dio la contraseña del ordenador de tu madre para que Jargo pudiese buscar los archivos.

– Necesito esos archivos para rescatar a mi padre de Jargo.

Pero los archivos habían desaparecido, se habían evaporado en la nada. El corazón le dio un vuelco. Habían entrado rápidamente en su portátil. Conocían su contraseña. Probablemente por su padre, que realizaba el escaso mantenimiento de que disfrutaba el sistema de Evan.

– Lo único que les interesará ahora es asegurarse de que no sabes lo que había en los archivos, y que no tienes copias de ellos. -Gabriel le dirigió a Evan una sonrisa sarcástica-. Soy tu única esperanza para esconderte de esa gente.

– ¿Dónde encaja Carrie en todo esto? Sabía que yo estaba en peligro, intentó advertirme.

– ¿Quién es Carrie?

– No importa -dijo Evan después de un momento.

Gabriel cerró los ojos.

– Está claro que me equivoqué en la manera de negociar contigo, Evan. Debí haber confiado en ti.

– ¿Tú crees?

– Felicidades, ya te has probado a ti mismo ante mí. Pero no entiendes lo que está en juego. Esos archivos que robó tu madre podrían acabar con Jargo, y es un tipo muuuy malo. Tengo que conseguir esos archivos. Son la prueba que necesito.

– Contra Jargo.

– Sí. Para probar que no debería haber perdido mi carrera todos estos años. Que Jargo cuenta con traidores dentro de la CIA trabajando para él. -Gabriel tosió-. La CIA es, sobretodo, una organización con personas trabajadoras y honestas. Pero una manzana podrida puede hacer que el resto también se pudra, y Jargo conoce a las manzanas podridas. Tu madre vino a mí porque sabía que yo no era una manzana podrida, Evan. Tenía miedo de ir directamente a la agencia porque no quería dar esta información y alertar a Jargo. Él tiene gente a sueldo en la agencia, y también en el FBI. Si se enteran de estos archivos o de dónde estás tendrán tantos motivos para deshacerse de ti como Jargo. No quieren ser descubiertos. -Gabriel se pasó la lengua por los labios-. Evan, apuesto a que si esos archivos eran tan valiosos, tu madre escondió otra copia. ¿Dónde podría estar? Piensa. Si tienes otra copia todavía puedo ayudarte.

– O simplemente podemos llamar a la CIA.

– Evan, ¿crees que la CIA quiere que estas noticias se hagan públicas? ¿Que se sepa qué círculo de espías independientes opera delante de sus narices, entre sus propios muros? -Gabriel se pasó de nuevo la lengua por los labios-. La CIA me echó por sugerir la más mínima posibilidad. Algunas personas de la CIA te matarían antes de dejarte manchar la credibilidad de la agencia. Te están buscando tanto como Jargo.

La CIA. Ese pensamiento hizo que Evan sintiese en la piel unos pinchazos fríos. Jargo era un asesino, pero era sólo un hombre. Pero si esos archivos amenazaban a la CIA, podrían encontrarlo. No se podría esconder de ellos eternamente.

– ¿A quién tengo que llamar de la CIA para decirles que paren?

Gabriel se rió, emitió un sonido frío y sarcástico.

– No les dirás una mierda, hijo. No paran. Te persiguen hasta que te encuentran, ven lo que sabes y si sabes demasiado te matan. Yo no iría corriendo a la CIA si fuese tú.

– Así que tanto ellos como Jargo quieren los archivos. ¿Los archivos son listas de traidores dentro de la CIA que ayudan a Jargo, o agentes, o nombres u operaciones que están en movimiento?

– Nombres. ¿Ves como ahora confío en ti?

– ¿De agentes? -Gabriel se encogió de hombros-. ¿Qué ibas a hacer cuando mamá te diese esos nombres? -Evan lo apuntó con el arma-. No tengo ninguna razón para creer ni una palabra de lo que has dicho. Podrías haberme mentido desde el primer momento y no creo que me salvaras por ninguna deuda con mi madre ni por ser la compasión personificada. Quieres esos archivos tanto como Jargo, podrías estar mintiendo sobre su contenido y sobre por qué los necesitas.

Gabriel mantuvo la boca cerrada.

– Muy bien, la ley del silencio. Puedes contármelo todo de camino.

– ¿De camino adónde?

Evan cogió su portátil y salió de la habitación. Gabriel no se merecía una respuesta. Se sentó en el pasillo oscurecido, puso la cabeza entre las manos y barajó sus opciones. Gabriel sabía toda la verdad, pero no hablaba. Podía ponerle una pistola en la cabeza y amenazarle con matarlo si no hablaba. Pero tanto Gabriel como él sabían que Evan no lo mataría a sangre fría. Gabriel se lo había visto en los ojos.

Así que necesitaba otra táctica, y una mejor que le devolviese a Evan a su padre y detuviese a Jargo, el hombre que estaba tras la muerte de su madre, si Gabriel no estaba mintiendo.

Pero Evan tenía que hacer una llamada. Su teléfono móvil lo tenía la policía de Austin, pero el teléfono de Gabriel estaba en la barra del desayuno.

Lo cogió y marcó el número de Carrie.

<p id="_Toc203056724">Capítulo 12</p>

Habían salido como una bala de Austin hacia el sur por la I-35, y luego desviándose hacia el oeste por la autopista 46, atravesando la vieja ciudad alemana de Boerne. Las colinas estaban cubiertas de robles y de cedros que serpenteaban por sus laderas. El cielo comenzaba a nublarse.

Carrie se sentó delante, Jargo detrás y Dezz conducía. La señal de la autopista decía: «Bandera 16 km».

El teléfono de Carrie zumbó en el silencio. Lo tenía configurado para vibrar, no para sonar, y pensó «¡Dios, no!».

– Oigo un teléfono -dijo Jargo.

– Es el mío. -Las manos de Carrie se empaparon de sudor.

– Evan. ¡Aleluya! -dijo Dezz.

– Contesta. Pero sostén el teléfono de manera que yo pueda oír.

Jargo se inclinó hacia delante, puso la barbilla sobre el asiento y la cabeza cerca de la de ella.

Carrie cogió el teléfono del fondo de su bolso y levantó la tapa.

– ¿Diga?

– ¿Carrie? -Era Evan.

– ¡Dios mío, cariño! ¿Estás bien?

– Estoy bien. ¿Dónde estás?

– Evan, por el amor de Dios, creía que te habían secuestrado. ¿Dónde estás tú?

– Carrie, ¿cómo sabías que estaba en peligro cuando me llamaste?

Jargo se puso rígido junto a ella.

– Había tres hombres en tu casa cuando volví con el desayuno para los dos. Dijeron que eran del FBI, pero pensé… pensé que algo olía a chamusquina. No me gustó su aspecto. -Escogió cuidadosamente las palabras, consciente de que tenía que agradar a dos públicos-. Tenían pinta de matones haciéndose pasar por agentes del gobierno. No les dejé entrar, Evan.

– ¿Qué querían?

– Querían hacerte preguntas sobre tu madre. ¿Dónde estás? ¿Qué ocurre?

– La verdad es que no puedo hablar de ello. -Evan pareció suspirar de alivio-. Sólo quería asegurarme de que estás bien.

– Estoy bien, sólo estoy preocupada por ti. Por favor, dime dónde estás e iré, a donde sea.

– No, no quiero que te metas en esto hasta que averigüe lo que está pasando realmente.

– Maldita sea, dime dónde estás cariño. Déjame ayudarte.

Jargo le tocó el hombro a Carrie.

– ¿Adónde fuiste ayer por la mañana, Carrie? -preguntó Evan.

– Tú… -cerró los ojos-, me diste mucho que pensar la última noche. Fui a dar un paseo en coche. Luego a buscar nuestro desayuno. Siento no haber estado allí cuando te despertaste. No quería enviarte un mensaje equivocado.

– Deberías irte de Houston. Poner distancia entre tu vida y la mía. No quiero que te hagan daño… quienquiera que me persiga.

– Evan, déjame ayudarte. Por favor, dime dónde estás. -Jargo la acercó más a él y puso la oreja incluso más cerca del teléfono-. Te quiero.

Un momento de silencio.

– Adiós Carrie. Te quiero de verdad, pero no creo que podamos hablar durante un tiempo.

– Evan, no.

Evan colgó.

Jargo la empujó con fuerza contra la ventana.

– ¡Maldita sea, estúpida zorra!

Le golpeó con fuerza la cabeza contra el cristal y le clavó el cañón de su Glock en el cuello.

– ¿Paro el coche?

– No.

Jargo le arrancó el teléfono a Carrie, leyó el registro de la llamada, marcó el número de Galadriel en su teléfono y le ordenó que siguiera la pista del número. Colgó y miró fijamente a Carrie.

– ¿Lo llamaste para advertirlo? Me dijiste que no lo habías llamado.

– No, lo llamé para darle una razón para alejarse del FBI y de la CIA si venían a buscarlo.

– No te dije que hicieses eso -respondió Jargo.

– Quería que no hablase, de nada, hasta que pudiésemos atraparlo. No llegaste a él a tiempo. Dejaste que la policía lo atrapara. Pero no pude seguir, Gabriel atacó el coche patrulla justo cuando lo tenía al teléfono.

– ¿Por qué no me lo dijiste?

– Porque te hubieras vuelto loco, igual que estás haciendo ahora. No conseguí información útil, pero no nos hice correr ningún riesgo.

– Si la policía recupera su teléfono móvil tu número estará en el registro.

– Utilicé un teléfono de reserva. Robado. Es imposible seguirle la pista.

– Eso fue una estupidez -dijo Jargo.

– Lo quieres vivo para recuperar los archivos. No quería que les dijese ni una palabra a la policía sobre la CIA por si su madre le había hablado de ti o de los archivos. Fue para protegerlo a él y a ti. Nuestros intereses eran los mismos.

Miró la pistola de Jargo, se preguntaba si estaría muerta en el tiempo que tarda la bala en salir por el cañón.

Él bajó la pistola.

– La verdad es que no es el momento para preocuparme por tu lealtad. ¿Está claro?

– Como el agua. -Le agarró el brazo a Jargo-. La CIA mató a mis padres, ¿crees que quiero que maten a Evan? Si está con Gabriel y podemos recuperar a Evan, déjame que hable con él. Será mucho más fácil si me dejas hacerlo. Por favor.

– Crees que podemos reclutarlo.

– Creo que puedo comenzar el proceso. Lo ha perdido todo, excepto a mí. Es vulnerable y puedo ganármelo, sé que puedo.

– Dijo que te quería -dijo Jargo.

– Sí. Me lo dijo anoche. -Miró hacia el frente.

– Así que tú eres su debilidad -añadió Jargo riéndose.

– Parece que sí.

– Que te quiera debería facilitar las cosas -apuntó Dezz riéndose-. Tráelo de vuelta con un buen polvo y todo arreglado.

– Cierra tu apestosa boca -le dijo.

Quería romperle la nariz a Dezz, partirle los dientes y acabar con su sonrisita maliciosa.

El teléfono de Jargo sonó y éste contestó:

– Galadriel, no me defraudes por favor. -Escuchó y asintió-. Gracias. -Colgó-. El teléfono está a nombre de Paul Granger.

– El mismo nombre que el del correo electrónico -explicó Carrie-. ¿Cuánto falta para llegar?

– Menos de cinco minutos -respondió Dezz.

Luego se oyeron sirenas y vieron las luces rojas y azules de la policía brillando detrás de ellos.

<p id="_Toc203056725">Capítulo 13</p>

Carrie estaba a salvo.

«Matones que se hacían pasar por agentes del gobierno», le había dicho ella. ¿Realmente era el FBI? ¿O podría ser la CIA quien lo buscaba? ¿Cómo tendrían información sobre él, sobre sus padres o sobre esos detestables archivos? No tenía sentido para él, pero nada lo tenía esa mañana. Lo importante era que Carrie estaba sana y salva. Tendría que haber resistido el impulso de escuchar su voz y mantenerla alejada de esta pesadilla.

«Te encuentro y te pierdo de repente», pensó. Pero sólo hasta que encontrase a su padre y averiguase la verdad de lo que le había ocurrido a su familia. Luego podrían estar juntos de nuevo.

Volvió a la habitación en la que estaba encadenado Gabriel. Ahora éste se hallaba sentado cerca del cabecero.

– Mi novia dijo que el FBI me estuvo buscando ayer por la mañana.

– Es bastante posible -dijo Gabriel-. ¿Qué quieres que haga yo?

– No se creyó que fuesen auténticos agentes del FBI. ¿Podrían haber sido de la CIA? Tú atrapas a mi madre en Austin y ellos a mí en Houston.

– Si te quisiesen a ti te habrían cogido antes y te habrían llevado con ellos. No sé quién ha sido. Lo siento.

Gabriel movió la cadena.

– ¿Me vas a dejar aquí?

– Todavía no lo sé.

Evan encerró a Gabriel bajo llave en la habitación. Recorrió a toda prisa el pasillo. Gabriel podía estar mintiendo en lo de que nadie le estaba ayudando; la CIA o cualquier amigo de Gabriel podrían llegar en cualquier momento. Entró corriendo en su habitación. Abrió la primera maleta. Había algo de ropa y mucho dinero en efectivo, lo suficiente para dejarle boquiabierto: fajos hábilmente atados de veinte y de cien. En la bolsa no había identificación, pero la etiqueta del equipaje decía «J. Gabriel», y una dirección de McKinney, un barrio a las afueras de Dallas.

Buscó la otra bolsa de Gabriel, en la que encontró un poco de ropa y dos pistolas pulcramente engrasadas y desmontadas. Metió las piezas de la pistola dentro de la bolsa del dinero. En la esquina vio una pequeña caja de metal.

Intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave. Parecía importante. Necesitaba herramientas para romperla. Metió su portátil estropeado en la maleta con el dinero. Corrió escaleras abajo hacia el garaje. Hizo sitio y metió la bolsa en el asiento de atrás del Suburban. Volvió corriendo adentro y recuperó la pequeña caja cerrada, la puso dentro de su petate, regresó al garaje y puso el petate en el asiento del acompañante.

Volvió arriba. Llevar a Gabriel abajo con las esposas no iba a ser fácil. Lo metería en el maletero del Suburban, se echaría a la carretera y llamaría a Durless. Éste le escucharía. Probablemente estaba furioso y avergonzado por haber perdido a Evan y luego el caso ante el FBI. Evan le daría la oportunidad de librarse de la humillación.

Abrió la cerradura y entró en la habitación. La cama estaba vacía y las esposas colgando del cabecero. Las cortinas bailaban con la brisa que entraba por la ventana abierta.

Evan corrió abajo. Estaba aterrado, y su propio aliento le retumbaba en los oídos. En el estudio se oía la CNN. Abrió la puerta que daba al garaje y una vez dentro se agachó. Ni rastro de Gabriel. Bordeó el garaje sutilmente iluminado y fue hacia el Suburban.

¿Dónde demonios estaba Gabriel?

La puerta del garaje se levantó de repente.

<p id="_Toc203056726">Capítulo 14</p>

Evan sabía que lo verían en cuestión de segundos. El Suburban estaba aparcado en la parte del garaje más alejada de la casa. Mientras la puerta del garaje se abría automáticamente, Evan se deslizó sobre el capó del Suburban, de modo que el vehículo quedó entre él y el resto del garaje. Se agachó a la altura de la rueda delantera derecha. Sacó del bolsillo de atrás del pantalón vaquero la pistola que le había cogido a Gabriel.

Gabriel entró corriendo en el garaje.

«Tengo sus llaves, ha salido por la ventana; éste debe de ser el único modo de volver a entrar en la casa», pensó Evan.

Si Gabriel lo había visto o no, eso lo sabría en un momento.

Se escucharon pasos dirigiéndose hacia la puerta que llevaba a la cocina. Evan oyó cómo se abría la puerta. Luego, la puerta del garaje se bajó recorriendo sus pequeños raíles. De este modo Gabriel le impedía escapar. Creía que Evan todavía estaba dentro de la casa.

Evan se arriesgó a asomarse sobre el capó del Suburban. «Seguramente tiene más armas en la casa y se dirige a buscar una, porque sabe que yo tengo la suya y que habré oído la puerta del garaje, estuviese donde estuviese en la casa.» Evan entró en el Suburban por el lado del acompañante, pasó al asiento del conductor y metió la llave en el contacto. Encontró el mando de la puerta del garaje sujeto al parasol y pulsó el botón. La puerta del garaje se detuvo.

Al momento volvió a darle al botón y la puerta subió lentamente mientras encendía el Suburban. «Por favor, que ya esté en el piso de arriba…»

La puerta de la casa se abrió; Gabriel estaba de pie en la puerta con la pistola en mano. La puerta del garaje seguía subiendo.

Gabriel le dio un puñetazo al control de la puerta y éste se detuvo. Pasó al lado de la motocicleta y se dirigió directamente a la puerta del conductor.

Evan metió marcha atrás y pisó el acelerador. El Suburban rugía mientras retrocedía y el metal chirriaba al rozar contra la puerta del garaje medio cerrada.

Gabriel disparó. La bala rebotó en el techo: había apuntado demasiado alto. Evan giró el volante y al ir hacia atrás chocó contra algo metálico situado en la parte ancha del camino de entrada. Por el espejo retrovisor vio el Malibu robado.

Gabriel corrió hacia la parte delantera del coche, apuntando a las ruedas y gritando:

– ¡Para, Evan! ¡Déjalo!

Evan arrancó el coche violentamente y el Suburban salió disparado hacia delante; Gabriel gritó al rodar por encima del capó y caer por un lado del coche.

«Jesús, le he dado», pensó Evan. Condujo el Suburban por el camino de entrada, que se extendía a lo largo de una colina bastante grande salpicada de cedros y robles. Se parecía a Hill Country. Gabriel había mencionado Bandera. Por una vez había dicho la verdad.

La carretera serpenteaba hasta un portón de metal cerrado que vallaba la propiedad y la separaba de un pequeño camino de campo. Evan presionó el otro botón del mando del garaje, esperando que el portón fuese eléctrico. El portón no se movió. Luego vio un nudo hecho con una cadena que cerraba la puerta. Buscó en la guantera situada entre los asientos del Suburban y luego en el llavero del coche. No había más llaves.

Evan cogió la pistola del asiento del conductor, salió del Suburban y dejó el motor en marcha. Apuntó al enorme candado de la cadena, dio uno o dos pasos atrás y disparó.

El disparo resonó como un trueno entre las silenciosas colinas. El candado se balanceó, tenía un agujero en un borde. Lo probó y vio que aguantaba.

Oyó el zumbido de una motocicleta. La Ducati se acercaba a toda velocidad.

Evan mantuvo firme la mano para apuntar y disparó de nuevo. La bala atravesó el agujero del candado y éste se abrió en sus manos. Desató la cadena y dejó caer los eslabones en la gravilla al borde de la carretera. Podía oír su propia respiración, cada vez más fuerte y profunda. Abrió el portón de un empujón.

El zumbido iba en aumento. Vio la Ducati descendiendo por el camino como una bala, pasando por un hueco entre los árboles, y luego rugiendo en su dirección. Gabriel levantó la pistola. El disparo de advertencia levantó polvo cerca de los pies de Evan.

No había dónde esconderse. Con la cadena en una mano y la pistola en la otra, se metió debajo del Suburban por el lado del acompañante, sobre la arena y la gravilla.

El pánico lo había hecho ponerse a cubierto. «Estúpido, estúpido, estúpido.»

La Ducati se paró a unos trescientos metros de distancia. La parte de abajo de las ruedas estaban cubiertas de polvo de la gravilla.

– ¡Evan! -La voz de Gabriel sonaba como si tuviese los dientes rotos-. Tira la pistola. Ya.

– No -dijo Evan.

– Escúchame, no seas idiota. No escapes. Te matarán.

– Atrás o disparo.

Gabriel bajó la voz.

– Si me disparas te quedarás completamente solo en este mundo. Sin dinero. Sin un sitio adonde ir. La policía te entregará al FBI y luego ya sabes lo que ocurrirá.

– No lo sé.

– El FBI vendrá y se te llevará bajo custodia federal en nombre de la CIA. Luego te extraviarán, Evan, porque el gobierno os quiere a ti y a tu familia muertos. Te has convertido en la patata caliente que nadie quiere tocar. Soy tu única esperanza. Ahora sal.

– No estoy hablando contigo. Estoy contando. Cuando llegue al número mágico te dispararé en el pie.

Quería salir de debajo de aquel coche polvoriento y caliente, el calor del motor le oprimía el pecho.

Gabriel mantuvo la voz tranquila, como si probase distintas opciones para ver cuál atraería a Evan hacia la luz del sol.

– Evan, sé lo que es no tener ningún sitio adonde ir -Evan no respondió-. Sé cómo trabaja esa gente, Evan. Cómo te perseguirán. Puedo esconderte de ellos. O buscarte un sitio desde el que puedas negociar un acuerdo amistoso con ellos. -Se movía lentamente, rodeando el Suburban-. Y lo mejor de todo es que tengo un plan para recuperar a tu padre. -El tono de voz de Gabriel era bajo, como el de un colega íntimo.

Evan le apuntó a los pies. Su corazón latía contra la gravilla.

– Tu madre confiaba en mí y le fallé. Me siento responsable. Pero recuerda, rompí la cuerda de un disparo, te salvé la vida -Gabriel hablaba más bajo-. Te estoy hablando, no intento sacarte de ahí a rastras para pelearme contigo.

«Porque te golpeé con un coche y porque tengo una pistola y lo sabes. Me oíste disparar al candado. Y estás herido, malherido por el choque con el coche, pero todavía me perseguiste hasta aquí. Me necesitas, porque quieres a Jargo y yo soy el cebo.»

– Tenemos que ir a Florida -dijo Gabriel-. Allí es donde iba a llevar a tu madre. Allí esperaba encontrar a tu padre.

Gabriel le dio una pequeña esperanza.

– ¿En qué parte de Florida?

– Podemos hablar de los detalles cuando salgas. Tengo una idea para devolverte a tu padre.

– Escuchemos tu plan entonces -continuó Evan.

«Que Gabriel siga hablando. Deja que su voz le traicione si realiza cualquier movimiento repentino, como ir corriendo hacia el Suburban.»

– Jargo quiere a tu padre para atraerte a ti y asegurarse de que no le puedes hacer daño con los archivos. La CIA quiere a tu padre o los archivos para arrestar a Jargo y a quienquiera de la CIA que trabaje con él. Te sugiero que ofrezcas un trato a cada parte, ponlos cara a cara. Luego amenazas con destapar a ambas partes: a Jargo por ser un espía independiente y a la CIA por negociar con él, lo cual sería una vergüenza para ellos; así podrás negociar para que devuelvan a tu padre. Haz que se enfrenten. Podemos planear los detalles. Pero sal y hablemos.

«¿Y qué ganas tú con ese plan?», se preguntó Evan. No podía imaginar lo que quería Gabriel; venganza, tal vez. Pero ¿contra Jargo y contra la CIA? No tenía sentido, a menos que realmente fuese un ex agente de la CIA y el trabajador más contrariado del siglo.

– De acuerdo -dijo Evan-, ahora voy a salir. No me dispares.

– Tira la pistola, Evan. Ponle el seguro y tírala.

Evan, tumbado en el suelo, apuntó con cuidado al pie de Gabriel. Le temblaba la mano y deseaba que estuviese quieta. «Haz que valga la pena.» La superficie de la carretera, con montones de gravilla, le hacía temer que la bala no fuese directa a la pierna de Gabriel.

«Tienes que herirlo lo suficiente como para poder huir como alma que lleva el diablo.»

Apuntó. Pero antes de apretar el gatillo se escuchó un único disparo. Oyó el impacto de una bala contra la carne. Gabriel pegó un grito y cayó al suelo.

<p id="_Toc203056727">Capítulo 15</p>

Carrie miró hacia atrás, al remolino de luces y sirenas.

– Es un policía. Te dije que fueses más despacio.

Dezz dijo:

– Estate tranquila y sigúeme la corriente.

– Dezz -señaló Jargo-, coge la multa. Eres un ciudadano modelo: nos iremos despacio y tranquilamente, ¿lo pillas?

Dezz se apartó al arcén y el ayudante del sheriff del condado se paró detrás, con la luz girando durante un minuto.

– Te pedirá el permiso de conducir -dijo Jargo-. Maldita sea, Dezz. Si perdemos a Evan por esto te mato.

– Lo tengo todo controlado -dijo Dezz.

Carrie se puso tensa, se giró para ver cómo el ayudante del sheriff salía del coche patrulla y caminaba hacia el lado del conductor. «Déjanos marchar, por favor -pensó-. Por favor.»

Antes de que el ayudante del sheriff pudiese decir una palabra, Dezz le tendió sus credenciales federales falsificadas para que las inspeccionara, diciendo:

– Agente especial Desmond Jargo del FBI. Me dirijo a Bandera para localizar a una persona de interés en un caso con base en nuestra oficina de Austin.

El ayudante cogió la tarjeta que le ofreció y la estudió cuidadosamente. Se la devolvió a Dezz, echó un vistazo dentro y se dirigió a Carrie.

– ¿Tiene usted su identificación, señora?

– No la necesita, está conmigo -explicó Dezz.

El ayudante miró a Jargo en el asiento de atrás.

– Hola, oficial -saludó Jargo.

– Son testigos. Van conmigo -añadió Dezz.

– ¿Los papeles? -solicitó el ayudante.

– ¿Ha escuchado una sola palabra de lo que le he dicho? -dijo Dezz-. Agente especial. Estoy en un caso. Y tengo prisa. Lo simplificaría más, pero «agente» y «especial» ya son palabras lo bastante cortas.

– Magnífico. Los papeles, señor, por favor.

Dezz le tendió la tarjeta y el ayudante la observó antes de devolvérsela.

– Gracias. ¿Podemos continuar, por favor?

– Tengo curiosidad. -El ayudante era joven, de aspecto descarado, una versión tardía del listillo que se sentaba en la última fila lanzando escupitajos, pero que después del instituto se había dado cuenta de que el trabajo de policía era un empleo estable en su ciudad natal. Carrie no lo miraba; miraba al frente, a la carretera-. ¿Qué caso les ha podido traer hasta aquí?

– La verdad es que no tengo tiempo para hacer un resumen -explicó Dezz- y es confidencial, así que…

– No se vaya tan rápido todavía -dijo el ayudante.

– Soy un agente federal…

– Lo he oído las tres primeras veces. Pero está en nuestra jurisdicción y no he escuchado que hablase con nuestro sheriff.

– Planeaba llamarlo dentro de poco. Todavía no habíamos localizado a nuestro sujeto y no veía la necesidad de hacer que él perdiese el tiempo.

– Ella -dijo el ayudante-. Salga del coche, señor, la llamaremos para hablarle sobre su caso.

– Esto es ridículo.

– Señor, con el debido respeto, no puede venir aquí y recorrer nuestras carreteras a ciento treinta. -El ayudante se acercó a la ventanilla de Dezz-. Sólo es una llamada y…

– No, no llamemos.

El puño de Dezz salió disparado golpeando como un martillo la parte blanda del cuello, machacándole la tráquea. El ayudante se tambaleó hacia atrás separándose de la ventanilla de Dezz. Tenía las gafas de sol ladeadas y su boca dibujaba círculos en el aire. Dezz sacó la pistola y le disparó con el silenciador. Le reventó la cabeza entre el sombrero de cowboy y las gafas baratas.

– ¡Dios mío! -gritó Carrie.

Vio un coche asomando por la cima de la colina, acercándoseles. Dezz pisó a fondo el acelerador y el sedán salió disparado hacia delante. Dezz preparó la pistola mientras conducía con una sola mano.

– ¡Dezz! -chilló Jargo.

El coche que se aproximaba, un Chevrolet destartalado de diez años, frenó al ver al ayudante del sheriff muerto en el suelo, y Carrie vio cómo la cara del conductor se quedaba estupefacta. Era una rubia de unos treinta años con gafas, con un delantal de Wal-Mart y flequillo esponjoso. Dezz disparó dos veces mientras la adelantaban a toda velocidad. La ventanilla del conductor estalló, provocando una explosión de cristal y sangre. El Chevrolet se salió de la carretera y se estrelló contra una valla que delimitaba un pasto de vacas; el capó se arrugó como papel de aluminio.

– Ni-una-sola-palabra.

Dezz giró, se metió de nuevo en el centro del carril y aumentó la velocidad hasta ciento sesenta.

Jargo se inclinó hacia delante y puso las manos alrededor del cuello de su hijo.

– Eso ha sido una estupidez -afirmó Jargo.

– No tenemos tiempo para andarnos con gilipolleces de polis.

La voz de Dezz sonaba tranquila, como si sólo hubiesen parado para mirar melocotones en un puesto de fruta de carretera.

– ¡Te ordené que cogieses la maldita multa! -dijo Jargo-. Escucha el sermón, sonríe, asiente y sé listo.

– Papá, la única identificación que tenía a mano era la federal. Iba a llamar y no podía dejarle hacer eso. Es mejor táctica matarlo ahora que tener que escapar luego. Esto sólo retrasa nuestros planes dos minutos.

Jargo le soltó el cuello y le pegó una colleja a su hijo.

– La próxima vez que desobedezcas te disparo en la mano. Te la estropearé y no podrás volver a trabajar nunca más. Y te la cortaré, y… -Jargo se dejó caer en el asiento. Bajó la voz-. No me desobedezcas.

– Sí, señor -dijo Dezz.

– No tenías por qué matar a esa mujer -dijo Carrie con un hilo de voz.

– Sólo le disparé a la ventana para que no pudiese vernos a nosotros ni el número de matrícula.

Carrie contuvo las ganas de vomitar. No podía mostrar debilidad ante él. No ahora.

Jargo dijo:

– Olvidémonos del ayudante del sheriff y de los desafortunados testigos. Tenemos trabajo que hacer.

Carrie sabía que cuando hablaba de olvidar lo sucedido se refería a ella; los dos inocentes ya estaban lejos de la mente de Dezz. Carrie comprobó su arma y se pasó una mano por la boca.

– Carrie, esas muertes que acaban de ocurrir son lamentables -dijo Jargo-, lo digo en serio. Pero no puedo pensar en ellos como personas, ¿sabes? No puedo imaginar que son el hijo de alguien o que tenían por delante una vida que valía la pena. Tienes que visualizar el objetivo. Es la única manera de mantenerse cuerdo.

Carrie sabía que ambos eran más fríos de lo que era capaz de imaginar. Eran peores que dementes. Habían escogido asesinar sin sentir el más mínimo remordimiento.

«Por favor, Evan, procura no encontrarte en esa casa. Procúralo.»

– Busca un camino secundario -ordenó Jargo-. Alcánzame el GPS. Sólo porque Evan haya llamado a Carrie no quiere decir que se haya librado de Gabriel. Podría ser una trampa de Gabriel o de la CIA para llevarnos hasta allí.

Una trampa, con Evan como cebo. No quería ni pensar en ello.

– Evan…

– Carrie, lo sé. No quieres que le hagan daño. Nosotros tampoco. Tengo mis propias razones para querer asegurarme de que Evan esté a salvo.

La mentira, porque estaba segura de que no decía la verdad, sonaba persuasiva en boca de Jargo.

Dezz señaló la pantalla del GPS.

– Hay una carretera de acceso a menos de un kilómetro de la entrada del rancho. Iremos en esa dirección.

«Debo llegar a Evan primero -pensó Carrie-. Debo encontrarlo y sacarlo de allí antes de que Dezz y Jargo lo maten.»


La colina se elevaba desde la carretera secundaria del rancho de manera pronunciada. La piedra caliza atravesaba la frágil tierra elevándose y rajándola; cedros sedientos y pequeños robles competían entre la maleza. Dezz tomó la delantera, Carrie iba en medio y Jargo en la retaguardia.

Dezz paró tan repentinamente que Carrie casi le pasa por encima.

– ¿Qué ocurre?

– He escuchado un siseo.

Por primera vez Carrie escuchó temblar la voz de Dezz.

– Las serpientes todavía están hibernando -dijo Jargo-. No te preocupes, pequeñín.

Su tono era una combinación de enfado y de arrogancia. Carrie pensó que todavía le escocía que Dezz le hubiera desobedecido antes.

– No me gustan las putas serpientes -dijo Dezz.

Dio un paso adelante, indeciso. Carrie lo rodeó para ir delante, abriendo paso a través de los árboles. Dezz caminaba como si estuviese en un campo de minas, dando un paso después de otro con mucho cuidado.

– Dezz, no pasa nada. -Carrie deseaba que una serpiente de cascabel saliese de debajo de una roca y le fustigase la cabeza, que le clavase los colmillos en la cara, en la pierna o en el trasero-. Creo que lo que oíste era el viento entre las ramas.

Dezz no se movía.

– Dezz odia las serpientes, los reptiles, cualquier cosa que arrastre la tripa por el suelo -explicó Jargo-. Debería regalarle una cobra como mascota. Ayudarle a superar su debilidad.

Dezz hizo un ruido gutural.

– Ahora ya sabes cómo castigarle cuando no te escuche -le comentó Carrie a Jargo-. Ponle una serpiente de cabeza de cobre en la cama.

Oyeron un ruido de metal, y luego otro. Un tiro, un grito y el rugido de un motor alejándose de ellos.

Jargo agarró a Dezz por el brazo y los tres corrieron cuesta abajo. Luego subieron otra pequeña colina, pasaron corriendo un establo y un estanque de piedra caliza; oyeron acelerar otro motor, el estallido de un disparo lejano y vieron a un hombre calvo conduciendo una motocicleta por el camino de entrada.

– Gabriel -aseguró Jargo.

Dezz corría muy deprisa por el camino, Jargo lo seguía. Éste gritó por encima del hombro:

– Carrie, protege la casa.

Ella no se detuvo y Jargo la apuntó con una pistola.

– Haz lo que te ordeno.

Evan no iba en la motocicleta, puede que estuviese dentro de la casa. «Ésta es mi oportunidad.» Asintió y volvió corriendo hacia la casa.


Al ver a Gabriel hablando con un Suburban aparcado, Dezz se agachó entre los cedros. Jargo se arrodilló a su lado.

«Evan -pensó Dezz en silencio, haciéndole a Jargo una mueca-. Está en el coche.» Jargo asintió. Los dejaron hablar unos minutos.

Dezz no podía ver en qué parte del Suburban estaba ese gilipollas. Pero luego escuchó, desde debajo del coche, un grito claro «Voy a salir…» y vio a Gabriel apuntar hacia la parte de abajo del Suburban.

Dezz se puso de pie, apuntó y disparó.

El hombre calvo se sacudió, la sangre le brotaba de la espalda, y cayó dando un sofocado grito de agonía.

– No mates a Evan -le susurró Jargo a Dezz-. Hiérelo si es necesario. Lo prefiero vivo para que responda a mis preguntas. -Agarró el brazo de Dezz-. ¿Está claro?

– Por supuesto.

Jargo frunció el ceño.

– No has tenido un día como para inspirar confianza.

– Concédeme el beneficio de la duda, papi.

Luego Dezz chilló:

– ¡Quietos! ¡FBI!

Bajó la colina. Jargo se quedó quieto, mirando hacia atrás, hacia la casa donde Carrie había desaparecido. Silencio. Esperaba que Gabriel trabajase solo. Los cazatraidores lo hacían a menudo, no confiaban en nadie. Jargo sabía que era una manera triste pero inteligente de vivir. Se volvió a meter entre los árboles para observar, por si acaso Evan salía disparando.


Gabriel reptó hacia su pistola, retorciendo la cara de dolor. Otra bala golpeó la piedra caliza que estaba junto a su cabeza y dejó de moverse.

– He dicho que quieto -oyó decir Evan.

No era una voz enfadada, sino tranquila. Una voz joven, casi divertida. No era una sugerencia. Era una orden en toda regla.

– ¡Mierda! -dijo Gabriel-. Él, él…

– ¿Evan? Ha llegado la caballería -dijo la voz.

– Tu casa… -jadeó Gabriel.

Una segunda bala lo alcanzó, esta vez en el hombro. Gabriel gritaba de dolor, se retorcía en el polvo con una mirada de asombro en los ojos. Evan podía ver las piernas de un hombre caminando hacia él.

«Tu casa.» Evan contuvo el terror que se apoderaba de su pecho, de su vientre.

La voz dijo:

– Ahora estese quieto, señor Gabriel, Si te sigues moviendo me pondrás muy nervioso. No me gusta ponerme nervioso. -Luego la voz se iluminó-. ¿Evan? ¿Estás debajo del coche o dentro de él?

Evan no contestó. Esa voz. Era la voz de la cocina de sus padres. La voz del asesino de su madre. La ira le invadió.

– Eh, Evan, han llegado los buenos. FBI. Ahora sal, por favor.

Evan era incapaz de creer a nadie que dijese que era del FBI y le disparara a un hombre herido.

– Todo está bien, Evan. Ahora estás a salvo. Si tienes una pistola lánzala, no queremos ningún accidente.

Gabriel gemía y sollozaba.

– Evan, no sé lo que este puñetero viejo loco te ha dicho, pero estás totalmente a salvo. Soy del FBI. Me Hamo Dezz Jargo. -Una pausa de énfasis-. Y conozco a tu padre. Está preocupadísimo por ti. Le siguió la pista hasta aquí al señor Gabriel. Necesito que salgas. Vamos a llevarte junto a tu padre.

Jargo. Evan imaginó que Jargo sería un hombre más mayor. Este tío parecía demasiado joven para llevar una red criminal.

– Enséñame tus credenciales -chilló Evan.

– Bueno, aquí tienes -dijo Dezz amablemente.

– Es un maldito embustero -chilló Gabriel.

Las piernas que caminaban le dieron de repente una patada en la cabeza a Gabriel. De la boca le salió sangre y tres o cuatro dientes de delante, y Gabriel se quedé quieto. Evan no sabía si aún respiraba.

– Evan, ahora sal, por favor -dijo Dezz-. Es por tu propia seguridad.

Evan disparó al pie de Dezz.


Carrie fue del garaje a la cocina. Todo estaba en silencio, salvo por la televisión, en la que estaba puesta la CNN.

– ¿Evan? -llamó-. Evan, cariño, soy yo, Carrie. Sal.

Silencio. De repente sintió un escalofrío y entró en todas las habitaciones con miedo a encontrarlo muerto.

Él la había llamado, tenía que estar libre.

A menos que fuese una trampa y Gabriel lo hubiese matado al acabar de hablar con ella. Intentó pensar. Gabriel era un ex agente de la CIA. Esos archivos -no estaba segura de lo que contenían que hacía sudar tanto a Jargo- le interesaban a Gabriel porque se había vuelto independiente, o se había convertido en un traidor, o bien había vuelto a trabajar para la agencia. Trucos e ilusiones, este mundo no era más que trucos e ilusiones; no había verdad en nada ni en nadie, excepto en Evan tumbado en la cama diciendo: «Te quiero».

Recorrió rápida y eficientemente las habitaciones del piso de abajo antes de subir corriendo a la planta de arriba. La última vez que lo había visto estaba en cama, dormido, en paz, y ahora había tenido que soportar todo aquel infierno. Su madre estaba muerta y Carrie había sido incapaz de parar aquello y de protegerlos a Donna y a él. Su madre murió estrangulada. A los suyos les habían disparado.

«Por favor, Evan, ojalá estés aquí, no ahí abajo con Dezz. O mejor que no estés aquí, que estés lejos, donde él no pueda encontrarte.»

Buscó desesperadamente en todas las habitaciones, esperando encontrarle primero.


Dezz aullaba y saltaba sobre el pie sano, pero no se apartó muy lejos. Al contrario, soltó una carcajada falsa.

– Una manera jodidamente divertida de darme las gracias por salvarte -gritó-. Gabriel te estaba apuntando cuando te decía que salieses. Te he salvado el culo.

Evan esperó. Pensó que Dezz correría a ponerse a salvo. Era lo más sensato. Dezz no lo hizo, pero tampoco se acercó más.

– Tu padre -dijo Dezz- se llama Mitchell Eugene Casher. Nació en Denver. Lleva casi veinte años trabajando como consultor informático.

– ¿Y?

– Que si simplemente fuese del FBI, sabría esto. Pero soy amigo suyo, Evan. Su helado favorito es el de nuez de pecan. Le gusta el filete medio hecho. Su programa de televisión favorito es Hawai Five-0 y a menudo aburre a la gente hablando de él. ¿Te suena familiar?

En efecto, le sonaba.

– ¿De qué lo conoces?

– Evan, ahora tengo que confiar en ti. Tu padre hace trabajos especiales para el gobierno. Yo me encargo de sus casos. Estoy aquí para protegerte. Tu familia está en el punto de mira de mucha gente, incluido el señor Gabriel, aquí presente, a quien echaron de la CIA.

La voz. Comparó la voz de Dezz con la voz que había oído detrás de él cuando estaba de rodillas en la cocina, con una pistola apuntándole en la cabeza y la cara de su madre muerta a pocos centímetros de la suya. Ahora no estaba seguro. Aquellos horribles momentos estaban envueltos en una especie de neblina. Intentó recordar la voz que había hablado mientras su madre estaba muerta, la voz que le hablaba al oído mientras se moría colgado de la cuerda.

– Sé un buen chico y sal. Compartiré contigo mis caramelos.

– No me hables como si tuviese cuatro años -dijo Evan.

– Nunca se me ocurriría tratar como a un niño al famoso director.

Evan esperó. Al lado del pie de Dezz cayó un envoltorio de caramelo.

«Si le disparo todavía quedará uno; si es que los dos hombres aún van juntos.»

– Tengo una amiga en la casa que está preocupada por ti -dijo Dezz-. Carrie está aquí conmigo.

Evan pensó que había escuchado mal.

– ¿Qué?

Se puso tenso. Mentira. Tenía que ser mentira.

Después de diez segundos de silencio, Dezz dijo:

– Lo siento Evan. Quédate quieto. Sólo tengo que tomar una pequeña precaución.

Y disparó a la rueda delantera derecha del Suburban. El pesado coche se hundió y se posó del lado del que reventó la rueda.

– No puedo arriesgarme a que me dispares y te largues en el coche. No vamos a hacer un duelo a la mexicana. Quiero llevarte con Carrie. Y con tu padre. Sal con las manos en alto, lo llamaremos, juntaremos a todo el mundo. Una bonita reunión familiar.

Evan rechinó los dientes. No. Dezz era un mentiroso, un asesino. No creería nada de lo que dijese sobre Carrie. Estos hombres habían encontrado unos archivos invisibles en su ordenador, habían borrado el disco, habían dejado el ordenador en su configuración por defecto en sólo unos segundos y habían encontrado la guarida de Gabriel en medio de la nada. Saberse el nombre de su novia no era nada. Era un truco, tenía que ser un truco para cazarlo.

Tenía que salir de allí. Pero no podía conducir el Suburban con la rueda pinchada.

La Ducati. Estaba cerca de la parte delantera del coche, donde Gabriel la había aparcado. El coche estaba frente a la verja. La moto estaba a su derecha y Dezz se hallaba a la izquierda, en la mitad de la cuesta que subía la colina. No había manera de que Gabriel se hubiese guardado las llaves en el bolsillo cuando bajó de la moto, preparándose para disparar a Evan. ¿O sí?

Gabriel emitió un sonido que a Evan le pareció como un largo suspiro agonizante.

Tendría que dejar atrás la maleta, con el dinero y su ordenador estropeado dentro. Guardaba en el bolsillo el pasaporte sudafricano que Gabriel le había enseñado y también la identificación de la CIA de éste. El petate también estaba en el coche, pero recordó que estaba en el asiento del pasajero. Se imaginó la escena de la huida: rodaría hasta la altura del asiento del conductor del Suburban. Abriría la puerta, cogería el petate, que contenía la pequeña caja cerrada con llave que le había cogido a Gabriel, y su equipo de filmación. Le dispararía a Dezz para perseguirlo colina arriba. Se montaría en la moto y atravesaría la puerta. Probablemente era un suicidio, pero al menos moriría intentándolo.

– Trae a Carrie aquí, déjame verla y saldré -gritó.

Se produjo un silencio durante un instante, y Dezz dijo:

– Sal y te la traeré.

Dezz caminaba a unos quinientos metros de distancia, metido entre los árboles.

«Está esperando a que vayas a por la moto.» No, decidió Evan. Sólo estaba esperando. Ahora podía verle la cara a Dezz: pelo tirando a rubio, rostro delgado, de color amarillento enfermizo y de aspecto completamente demente.

«¿Mataste a mi madre? -Había oído dos voces, de eso estaba seguro, pero éste era sólo uno de los tíos-. Céntrate. Manten la mano firme cuando dispares.» Oía la voz de su padre. Nunca había sido muy bueno en las prácticas de tiro cuando su padre lo arrastraba al campo de tiro, y hacía años que no iba. Evan reptó hasta el lado del asiento del pasajero, el chasis del Suburban quedaba entre él y Dezz. Abrió la puerta. Cogió el petate y se colgó el asa al hombro.

Dezz corrió directamente hacia él, disparando y chillando:

– Evan, muy bien, levanta los brazos y ponlos donde pueda verlos, ¿de acuerdo?

Evan disparó sobre el capó; la manga de la chaqueta de Dezz se sacudía como si tiraran de ella desde atrás. Dezz cayó al suelo y Evan siguió disparando por encima de la cabeza de él hasta que vació la pistola. Llegó a la motocicleta.

Las llaves brillaban bajo la luz del sol. Arrancó el motor, pisó el embrague para meter la marcha y levantando gravilla salió disparado a través de la pequeña abertura de la verja. No miró atrás; no quería ver cómo la bala venía a por él. Así que no vio a Jargo salir de entre los robles, dispararle al hombro y fallar; no vio a Dezz de pie, apuntando con cuidado, ni a Carrie corriendo y empujando a Dezz cuando disparaba. Evan oyó el ruido de dos pistolas, su eco resonando en la colina plagada de mezquite, pero no lo alcanzó ninguna bala. Se inclinó sobre la moto, agachándose mucho. El petate le estaba haciendo perder el equilibrio y todavía tenía en la mano la pistola vacía; llevaba el mentón pegado al manillar y lo único que veía era la carretera, que lo alejaba de la muerte.

<p id="_Toc203056728">Capítulo 16</p>

Evan necesitaba un coche. Rápido. Dezz podría venir tras él en cualquier momento como un rayo y echarlo de la carretera haciéndolo papilla. Una señal próxima en la carretera indicaba que estaba a tres kilómetros de Bandera.

Entró en el pueblo, deteniéndose sólo para guardar la pistola vacía en el petate para no ir exhibiendo su armamento. Había muchas tiendas, un asador, carteles de fiestas que se celebraban cada mes. Recorrió la calle principal y se preguntó qué tal se le daría robar un coche.

Era una decisión extraña. Ya no formaba parte del mundo normal; había pasado a la tierra de las sombras, donde no había mapa, brújula ni estrella polar para guiarlo. Había visto su cara en las noticias nacionales, viendo cómo hablaban de él como la víctima de un crimen. Había atropellado a Gabriel y había seguido conduciendo. Había visto cómo le disparaban a Gabriel dos veces, pero no acudía a la policía. Había escapado del hombre que tal vez hubiese matado a su madre.

El libro de las reglas de su vida se había ido por el desagüe.

Condujo hasta donde las casas eran más pequeñas y los bordes de los jardines menos precisos.

Ciudades pequeñas: puertas sin cerrar, llaves en los coches, ¿no? Eso esperaba. Aparcó la Ducati, metió las llaves en el bolsillo y se colgó el petate al hombro. Comenzó a llover un poco, el cielo retumbaba. La mayoría de las casas tenían caminos de acceso con aparcamientos cubiertos en lugar de garajes. Bien. Eso hacía más fácil buscar un coche y se preguntaba si era ésa la manera de actuar de los ladrones. Con la lluvia todo el mundo se metió dentro. Rezó para que nadie lo viese deambular de camino en camino, mirando dentro de los coches y probando las puertas. Todo estaba cerrado con llave. Demasiado para la confianza de un pueblo.

Ya iba por el octavo camino, totalmente empapado, acercándose a una camioneta cuando la puerta principal se abrió y un tipo fuerte y con un enorme cuello salió al pequeño porche de la casa.

– ¿Puedo ayudarlo, señor? -preguntó. No era exactamente un tono de amenaza, pero tampoco lo estaba invitando a tomarse una cerveza-. ¿Qué está haciendo usted?

La mentira le vino a la boca con tanta facilidad que se quedó atónito.

– Folletos -respondió apuntando al petate-. Se supone que tengo que dejar folletos en los parabrisas, pero están demasiado mojados. Así que iba a ponerlos en el asiento del conductor.

– ¿Folletos de qué?

El gigante dio un paso hacia delante mientras miraba a Evan con cierta reserva: el pelo desgreñado, el pendiente, la camisa de bolos ahora mugrienta y llena de suciedad y de la sangre de Gabriel.

– De una nueva iglesia en la ciudad -contestó Evan-, la Comunidad de la Bendita Sangre de Nuestro Señor. ¿Ha sido usted salvado? Entregamos mayor redención por cada dólar que se aporta. Utilizamos serpientes de cascabel en nuestros oficios y…

El gigante dijo:

– Gracias, estoy bien.

El hombre volvió por donde había venido, se metió dentro y cerró la puerta.

Evan se dirigió calle abajo. Ahora iba rápido, corría bajo la lluvia. El gigante se lo había tragado, o tal vez no, e iba a llamar a la poli.

Dos puertas más abajo, su Santo Grial brilló bajo la lluvia: una camioneta abierta. Era una Ford F-150, roja, el interior estaba limpio excepto por un vaso de café de poliestireno en el sujetavasos. Había un teléfono móvil incrustado en el espacio entre los asientos y un Teletubby de peluche desgastado de tanto afecto. Las luces de la casa estaban apagadas: el buzón de correos decía «Evans». Un presagio, un golpe de suerte. Rompió un trozo de papel de su libreta y escribió: «Siento muchísimo haberme llevado la camioneta, pueden quedarse con la Ducati aparcada al final de la calle, les llamaré y les diré dónde he dejado su vehículo». Evan colocó en el porche y a la vista la nota, el Teletubby y las llaves de la Ducati. Se subió a la camioneta, la encendió y salió marcha atrás. Pensó que el teléfono móvil le sería de utilidad antes de que su enojado propietario lo desactivase.

Nadie salió de la casa.

Salió de Bandera a una velocidad modesta, comprobando la aguja del depósito: estaba casi lleno. Dios por fin le había dado un respiro por el que no había tenido que luchar.

«Ahora eres un auténtico criminal. Pero ¿qué hubiera dicho mamá? Hubiera dicho: vete a por los cabrones que me mataron.»

No. La cuestión no era vengarse, sino salvar a su padre. Gabriel había nombrado Florida como el punto de reunión con él. Su padre ya estaría allí, si es que no lo tenía el grupo de Dezz Jargo. Era casi mediodía. Debía conducir hasta San Antonio y luego dirigirse al este. Puso en marcha la radio mientras se echaba a la carretera. Willie Nelson imploraba que Whiskey River se llevase su recuerdo. La tormenta estalló con toda su furia y dirigió la camioneta hacia el sureste. Sabía que las señales lo guiarían hasta la extensión de San Antonio. Luego podría tomar la Interestatal 10 directamente hasta Houston y más lejos, atravesando las llanuras y los pantanos de Luisiana, para luego cruzar los salientes de las costas de Misisipi y Alabama y entrar por el oeste en la península de Florida.

Entonces podría encontrar a su padre… en un estado grande y atestado de gente donde no sabía siquiera por dónde empezar. Pero tampoco podía elegir quedarse quieto.

Pensó en los archivos. Los archivos eran el quid de la cuestión, la clave para rescatar a su padre. Si Dezz, Jargo y compañía creían que tenía otra copia de los archivos y que finalmente la cambiaría por su padre, entonces esos archivos eran su protección. Si mataban a su padre, Evan no tenía motivos para mantenerlos en secreto.

La gente ya le había mentido antes, con las cámaras rodando, intentando dar una buena imagen de sí mismos o parecer inteligentes. Los mejores mentirosos eludían la verdad, aunque se mantenían lo suficientemente cerca de ella. Quizás había migajas de verdad en lo que proclamaban Dezz y Gabriel. Puede que ésta se hallase en un punto intermedio entre ambos.

Le dolía todo el cuerpo. «Ya es suficiente. Concéntrate en la carretera, no pienses en mamá ni en Carrie. Tú sólo conduce. Cada kilómetro te lleva más cerca.» Eso es lo que su padre le decía en los viajes familiares largos. Nunca tenían otra familia a quien visitar. Siempre eran viajes al Gran Cañón, a Nueva Orleans, donde sus padres habían vivido cuando Evan nació, a Santa Fe, a Disney World una vez cuando tenía quince años y, aunque era demasiado guay para el mundo de Disney, lo cierto es que se moría de la emoción. Cada vez que hacía la inevitable pregunta infantil de cuánto faltaba, su padre le decía: «Cada kilómetro te lleva más cerca».

«Ésa no es una respuesta», se quejaba Evan, y su padre sólo repetía la misma frase: «Cada kilómetro te lleva más cerca», mientras sonreía a Evan por el espejo retrovisor.

Finalmente mamá intervenía: «Tú disfruta el viaje». Se echaría hacia atrás desde el asiento del acompañante y le apretaría la mano, lo cual le avergonzaba como quinceañero que era, pero ahora le parecía un trozo del paraíso. Típico de las madres, ese enérgico optimismo. Le faltaba como si hubiese perdido un brazo de repente.

«Tu padre hace trabajos especiales para el gobierno», había dicho Dezz. Incluso si era un mentiroso, sus palabras tenían algo de verdad, vistos los acontecimientos de los últimos dos días. El concepto era difuso, borroso. No sabía qué aspecto tenía un espía, pero no se imaginó a James Bond. Se imaginaba a un hombre con la cara amarillenta y triste de Lee Harvey Oswald, un silenciador hecho a medida por un artesano suizo en el bolsillo, un impermeable lleno de sangre, el vacío en los ojos mostrando un alma marchita de vivir bajo un estrés constante y el miedo a ser descubierto. Su padre leía a Graham Greene y a John Grisham, le encantaba el baloncesto, odiaba pescar, hacía códigos informáticos y veneraba a su familia. A Evan nunca le había faltado amor.

Entonces, ¿tu padre te decía que te quería, se subía en un avión y luego se iba a robar secretos o a matar a gente? ¿Era dinero manchado de sangre lo que le había pagado el colegio, le había llenado el estómago, le había permitido comprar chicles y cómics y el resto de tesoros de su infancia?

El camino hacia Texas se desplegaba ante él, largo y lluvioso. «Cada kilómetro te lleva más cerca», repetía una y otra vez con su respiración jadeante como un mantra para alejar el dolor y para endurecer su corazón.

Averiguaría la verdad. Encontraría a su padre. Y haría que la gente que había matado a su madre pagara con lo que más quisiesen.

<p id="_Toc203056729">Capítulo 17</p>

– ¡Podría matarte! -le gritó Dezz a Carrie-. ¡Lo tenía!

Ella se cruzó de brazos y dijo:

– Jargo lo quería vivo y tú estabas apuntándole a la cabeza.

– Estaba apuntando a la moto. ¡A la moto!

– Si hubieras estado apuntando a la moto -le rebatió Jargo, poniéndose entre los dos-, podrías haber disparado cuando le disparaste a la rueda del Suburban, hijo.

Dezz se puso rojo y frunció el ceño.

– ¿Qué?

– Esperabas que Evan huyese -afirmó Jargo-, para tener así una razón para matarlo. Supera ya esos celos por Carrie.

– Eso no es cierto. -Dezz negó con la cabeza, metió la mano en el bolsillo buscando un caramelo. Farfullaba con el caramelo en la boca-. Me importa una mierda con quién se acueste ella.

– ¿Entonces por qué no apartaste la moto, después de tus sermones de esta mañana sobre las tácticas? -preguntó Jargo.

Volvió sobre él, y le dio con el pie a Gabriel.

– No pensé que intentaría escapar con la moto. ¿Quién demonios iba a saber que se defendería? ¡Es un maldito director de cine! -Dezz escupió ese título. Se giró hacia Carrie-. Sabía disparar, ¿por qué no me lo advertiste?

– No sabía que supiese disparar. Nunca lo mencionó.

– Dezz -dijo Jargo con una voz fría-. Su padre es un as disparando. Es razonable que le enseñase a Evan cosas sobre pistolas.

Dezz se quitó la chaqueta de un tirón y señaló la quemadura en la piel.

– ¿Dónde está tu puta preocupación por mí?

– Te lo vendaré, ¿satisfecho?

Carrie mantuvo la voz tranquila:

– Si quieres saber con seguridad lo que Evan sabe y qué amenaza supone, le necesitas vivo. Yo puedo encontrarlo. Tiene pocos amigos y pocos sitios donde esconderse.

– ¿Adónde irá, Carrie? -preguntó Jargo mientras permanecía tranquilo, imperturbable, arrodillado tomándole el pulso a Gabriel.

– Piénsalo desde el punto de vista de Gabriel. Es un ex agente de la CIA. No sólo tiene algo pendiente contigo, sino también con la agencia. Si suponemos que está trabajando solo, habrá querido mantener el control absoluto sobre Evan. Por el amor de Dios, se lo arrebató a la policía. Eso significa que habrá advertido a Evan que se aleje de la policía, de las autoridades. -Esperaba haber presentado bien el caso y fue a por el final-. Irá a Houston, a buscarme. Tiene amigos allí.

Dezz le golpeó el pecho con la pistola. Aún estaba caliente, el calor se esparcía por toda la tela de su blusa.

– Si no le hubieras dejado ir a Austin ayer por la mañana estaríamos en mejor situación.

Ella apartó la pistola con cuidado.

– Si hubieses pensado antes de actuar…

– ¡Callaos los dos! -ordenó Jargo-. Dejando las teorías de Carrie a un lado, Evan debe de dirigirse directamente a la policía de Bandera. Gabriel está vivo. Llevémonoslo y salgamos de aquí de una maldita vez.

Metieron a Gabriel en la parte de atrás del Malibu. El vehículo estaba abollado, pero aún se podía conducir. Cubrieron su coche con una tela y lo abandonaron tras una densa mata de robles vivos. Gabriel tenía dos heridas de bala, una en el hombro y otra en la parte superior de la espalda, y estaba inconsciente. Carrie sacó un botiquín del coche que iban a abandonar y le atendió las heridas.

– ¿Vivirá hasta regresar a Austin? -preguntó Jargo.

– Si Dezz no lo mata… -apostilló Carrie.

Dezz montó en el coche y torció el espejo retrovisor para poder ver a Carrie en la parte de atrás; tenía la cabeza de Gabriel en su regazo.

– Podría matarte -dijo Dezz otra vez.

Pero ahora sólo estaba dolido como un niño rechazado y la rabieta dio paso a los pucheros.

Ella decidió que era hora de jugar una nueva mano.

– No lo harías -contestó tranquilamente-. Me echarías de menos.

Dezz se la quedó mirando y Carrie vio cómo la rabia desaparecía de su rostro. Se permitió a sí misma volver a respirar.


– Id a cenar -les ordenó Jargo cuando volvieron al apartamento de Austin-. Necesito silencio y tranquilidad para charlar con Gabriel.

A Carrie no le gustaba cómo sonaba esa frase, pero no tenía elección. Ella y Dezz recorrieron la calle bajo la sombra arqueada de los robles hasta un pequeño restaurante Tex-Mex. Estaba lleno de jóvenes modernos que asistían a los concurridos festivales de música y de cine del South by Southwest que toman Austin cada año a mediados de marzo. Se le hizo un nudo en la garganta. Evan había hablado de ir al festival justo hasta la semana pasada; El más mínimo problema había debutado en el South by Southwest hacía un par de años, y a él le encantaba la locura y la energía que desprendía aquel evento, y las negociaciones que posibilitaba. Le encantaba ver las películas más vanguardistas del cine, el torrente embriagador de miles de personas a las que les encantaba crear. Pero el montaje de Farol no dejaba de darle la lata, estaba inacabado, por lo que había decidido saltarse los eventos de este año.

Las mesas estaban atestadas de gente que le recordaba a Evan; hablaban y se reían, con sus mentes más concentradas en el arte que en sobrevivir. Él debería estar allí con ella, viendo películas, escuchando a grupos tocar, con su madre viva. En lugar de eso observaba a Dezz señalar a las azafatas con dos dedos y lo seguía al reservado de un restaurante. Carrie se excusó para ir al aseo y lo dejó jugando con los paquetes de azúcar.

En el aseo había mucha gente y mucho ruido. En la intimidad de un compartimiento, abrió un falso fondo del bolso y sacó un ordenador de bolsillo, escribió un breve mensaje y le dio al botón de enviar. La PDA cogió la red inalámbrica de la cafetería de al lado. Esperó una respuesta.

Cuando hubo leído la respuesta, parpadeó para retener las lágrimas que le asomaban a los ojos y se lavó la cara con manos temblorosas. Salió del baño de señoras esperando en cierto modo que Dezz tuviera la oreja contra la puerta, así podría matarlo en el acto. Pero en el pasillo sólo había tres mujeres riéndose.

Volvió al restaurante. Dezz había echado seis sobres de azúcar en su té helado, y observaba cómo el montón de dulzura atravesaba los cubitos y se filtraba en el té. Lo analizó: los pómulos altos, el pelo rubio y sucio, las orejas ligeramente protuberantes y en lugar de tenerle miedo le dio pena. Sólo le duró un instante. Luego recordó al ayudante del sheriff y a la mujer en la autopista, a Dezz disparándole a Evan, y sintió una repugnancia que le llenó el alma. Podría dispararle justo aquí, en el restaurante. Él tenía las manos lejos de la pistola.

En lugar de eso, se sentó. También había pedido té helado para ella.

– A veces -dijo Dezz sin mirarla-, te odio de verdad, pero luego ya no.

– Lo sé.

Le dio un sorbo al té.

– ¿Amas a Evan?

Lo preguntó con una voz suave, con un susurro casi infantil, como si hubiese gastado su ración diaria de bravuconería y de gritos.

Sólo podía contestarle una cosa.

– No, por supuesto que no.

– ¿Si lo amases me lo dirías?

– No, pero no lo amo.

– El amor es duro. -Dezz clavó la pajita en su montaña de azúcar, y la revolvió hasta hacerla desaparecer-. Yo quiero a Jargo y mira cómo me habla.

– Aquel oficial. Aquella pobre mujer. Dezz, tienes que entender por qué fue un terrible error, cómo nos pusiste en peligro.

Tenía que abordarlo como un error táctico, no como una tragedia humana, pues no estaba segura de que el rompecabezas inacabado de su cerebro comprendiese la tristeza y la pérdida.

– Sí, lo sé.

Dezz desmenuzó una tostada, sacudiendo los fragmentos por toda la mesa, metió el dedo en la salsa y lo chupó hasta dejarlo limpio. La camarera vino a tomarles nota. Dezz quería primero un pastel «tres leches», pero Carrie le dijo que no, que el postre después de la comida, y no discutió.

Su odio por él no disminuyó, pero se preguntaba qué oportunidad habría tenido con Jargo como padre.

– ¿Dónde fuiste al colegio, Dezz?

La miró con sorpresa, poco acostumbrado a que le hicieran una pregunta personal. Ella se dio cuenta de que normalmente no hablaba con nadie que no fuese Jargo o Galadriel. No tenía amigos.

– A ningún sitio, y en todos. Mi padre me mandó al colegio en Florida un tiempo. Me gustaba Florida. Luego a Nueva York, y durante tres años ni siquiera supe si estaba vivo o muerto; luego a California durante dos años. Entonces yo era Trevor Rogers. Trevor, ¿no me queda bien ese nombre? Otras veces no se preocupaba por el colegio y yo le ayudaba.

– Te enseñó a disparar, a estrangular y a robar.

Mantuvo la voz más baja que la música tejana que salía de los altavoces, más baja que la risa procedente de las mesas.

– Claro. De todas formas no me gustaba el colegio. Demasiada lectura. Aunque me gustaban los deportes.

Intentó imaginarse a Dezz jugando al béisbol sin darle con un bate al lanzador del equipo contrario. O un tres contra tres de baloncesto, compartiendo la pista con chicos cuyos padres no les enseñaban cómo desactivar un sistema de alarma o abrir una yugular en canal.

– No haces esto a menudo, ¿verdad? Sentarte y comer con otro ser humano.

– Como con Jargo.

– Podrías llamarlo papá.

Dio un gran sorbo con la pajita al té lleno de nubes de azúcar.

– No le gusta. Sólo lo hago para fastidiarlo.

Carrie recordaba a su padre, el amor limpio y sin límites que sentía por él. Observó a Dezz mientras movía el té en su boca, la miraba y luego volvía a mirar su bebida con una mezcla de desprecio y timidez. Carrie vio con toda claridad que él pensaba que probablemente era la única mujer con la que podía hablar o a la que podía aspirar.

– Todavía estoy loco por ti -dijo mirando al vaso de té.

Llegaron los platos. Dezz pinchó con el tenedor un pedazo de enchilada de carne de vaca, enrolló las largas tiras de queso con el tenedor y rompió el hilo de un tirón. Intentó esbozar una sonrisa que alivió y puso enferma a Carrie al mismo tiempo.

– Pero lo superaré.

– Estoy segura -respondió ella.


El apartamento estaba oscuro y en silencio. Jargo había alquilado también los dos apartamentos adyacentes para asegurarse intimidad. Colocó en la mesa del café una pequeña grabadora de voz digital, entre los cuchillos.

– No tienes ninguna objeción a que te grabe, ¿verdad Gabriel? No quiero pisotear tus derechos constitucionales. Al menos no del modo que tú lo hiciste con otras personas hace unos años.

– Que te den. -La voz de Gabriel apenas era un crujido difuso por la pérdida de sangre, el dolor y el cansancio-. Tú no eres quién para decirme lo que es moral o decente.

– Me perseguiste durante mucho tiempo, pero te quitaron la licencia. -Jargo eligió un cuchillo pequeño de hoja larga adaptada para fines festivos-. Este pedazo de belleza está diseñada para cortar pavo. Es bastante apropiado.

– No eres más que un maldito traidor.

Jargo inspeccionó el cuchillo y pasó el borde por la palma de la mano.

– Eso ya está muy trillado. Cazatraidores. Cazar no es un esfuerzo muy enérgico. Capturar es más impresionante. -Se acercó a Gabriel-. ¿Para quién estás trabajando últimamente? ¿Para la CIA, para Donna Casher o para otra persona que quiere hundirme? -Gabriel tragó saliva. Jargo levantó la pequeña hoja fina y plateada del cuchillo y alzó una ceja-. Éste no es para cortar pavo, sino salchichas.

– Me matarás hable o no.

– Mi hijo no me ha dejado demasiado trabajo por hacer, pero tú eliges si prefieres que el final sea lento o rápido. Soy humanitario.

– ¡Que te den!

– No a mí, sino a tu hija o a tus nietas. Veamos, tiene treinta y cinco años, un marido muy rico y vive en Dallas. Mandaré a mi hijo a visitar su casa de revista. Dezz se la follará delante de su maridito y le dirá que la razón por la cual sus maravillosas vidas son tan cruelmente sesgadas es el gilipollas de su padre, y luego los destripará a los dos. -Hizo una pausa y sonrió-. Después venderé a tus nietas. Conozco a un caballero solitario en Dubai que me pagará veinte mil por ellas, y aún más si las vendo juntas.

Los ojos de Gabriel se humedecieron de terror.

– ¡No, no!

Jargo sonrió. Todo el mundo, excepto él, tenía una debilidad, y eso lo hacía sentir mucho mejor y más seguro en su lugar en el mundo.

– Entonces charlemos como los profesionales que somos para que tu familia llegue a disfrutar su vida de cuento de hadas. ¿Para quién trabajas?

Gabriel respiró profundamente un par de veces antes de responder.

– Para Donna Casher.

– ¿Qué se supone que debías hacer exactamente para ella?

– Conseguirle identificaciones falsas para ellos y llevarla a ella y a su hijo con su marido. Luego sacarlos a los tres del país. Protegerlos.

– ¿Y cuánto te pagaban?

Jargo se acercó más a Gabriel con el cuchillo más largo y le rozó la hoja por la mandíbula.

– Cien mil dólares.

Jargo bajó el cuchillo.

– Ah, en efectivo. ¿Quieres una copa para el dolor? ¿Bourbon de Kentucky? ¿Tequila mexicano?

– Claro. -Gabriel cerró los ojos.

– Oí que lo habías dejado. Qué pena que des un paso atrás. Bueno, no puedes tomar una copa. Todavía no. No me creo que cien mil fuese todo lo que te iba a pagar, señor Gabriel.

– Dios, por favor, no le hagas daño a mis niñas. Ellas no saben nada.

Jargo se inclinó junto a Gabriel, observó su cara como si admirase la habilidad en un cuadro, e hizo un movimiento rápido con la mano. Le arrancó un trozo de mejilla. Gabriel apretó los dientes, pero no gritó. La sangre le brotaba lentamente del corte.

– Estoy impresionado. -Jargo se levantó, fue al bar, abrió una botella de whisky y lo olió-. Glenfiddich, tu leche materna durante los días de gloria en la compañía. Al menos es lo que oí en las pocas ocasiones en las que te presté atención. -Puso la botella sobre el corte de Gabriel-. Ahí tienes la copa que querías. Disfrútala.

Gabriel gimió.

– Bueno. Un viejo espía como tú no se va a morir de hambre con cien mil. -Sacó de la chaqueta un trozo de papel y lo sostuvo en el aire-. Encontramos este correo electrónico que le enviaste a Donna Casher. Descodifícalo para mí.

Los de la vieja escuela eran duros de pelar.

– No sé qué significa.

Jargo le pasó la cuchilla por la oreja y le hizo sangre en el lóbulo. Gabriel se retorció.

– Con dos balas en el cuerpo y la boca hecha un desastre esto no duele mucho. ¿Quieres que te saque las balas? -Jargo sonreía abiertamente.

Gabriel se estremeció.

– Mira, la pregunta del millón de dólares es por qué Donna Casher se decidió por un ex agente alcohólico de la CIA. ¿Por qué tú? Creo que estabas dispuesto a correr un riesgo mayor. Por algo más que por dinero. Dime, ¿era por el bien de tu familia? -Jargo se agachó y le susurró a la oreja destrozada del hombre-. ¿Para comprar su seguridad?

Gabriel sintió una gran pesadumbre en el pecho. Lloró. Jargo contuvo las ganas de cortarle el cuello. Odiaba las lágrimas porque rebajaban a la gente.

Gabriel recobró el aliento.

– El mensaje significaba que estaba lista para huir.

– Gracias -dijo Jargo-, para escapar ¿con qué?

– Donna tenía una lista.

He aquí la confirmación.

– Una lista.

– De un grupo de gente… dentro de la CIA… que realizan operaciones ilegales y no autorizadas. Contratan trabajos de espionaje y de asesinato a un grupo independiente de espías que ella llamaba Los Deeps. Tenía los nombres de tus clientes de la CIA, tenía información detallada sobre cómo habían pagado por tus servicios. Lo que yo siempre sospeché.

– Y nunca pudiste probar -dijo Jargo-. Describe los datos, por favor.

– De este grupo independiente, Los Deeps, decía que tenía clientes en la CIA, en el Pentágono, en el FBI; en MI5 y MI6 en el Reino Unido, dentro de cada servicio de inteligencia en el mundo; entre las principales empresas del planeta, altos mandos de los gobiernos. Cuando alguien necesitaba un trabajo sucio, confidencial para siempre… acudían a ti.

– Y lo hacen -afirmó Jargo-. Puedes observar por qué mis clientes no apreciarían que tomases sus nombres en vano. -Le acercó el cuchillo al cuello a Gabriel-. ¿Mitchell Casher conocía tu trato para ser el guardaespaldas de su esposa?

– Ella dijo que él no sabía que tenía esa lista de clientes ni que quería huir. Estaba haciendo un trabajo para Los Deeps, para ti, y dijo que nos reuniríamos con él dentro de tres días en Florida. Éste era su punto de entrada después de su trabajo en el extranjero. Quería que estuviese con ella cuando se lo contase a él, para convencer a Mitchell de que la única opción que tenía era huir. Yo me haría pasar por un enlace de la CIA, le diría que a cambio de los datos obtendrían inmunidad y nuevas identidades. Luego toda la familia junta huiría.

– Donna hizo de esto un hecho consumado.

– Quería darle una oportunidad a su marido. Estaba quemando todas sus naves.

– ¿Adónde huían?

– Yo sólo tenía que llevarlos a salvo hasta Florida. Ellos escaparían desde allí. A cualquier sitio. No lo sé. ¿No te lo dijo Donna antes de matarla?

– Fue Dezz quien la mató en un ataque de ira, porque no quería hablar. Ella era más fuerte que tú y estaba mejor entrenada. -Limpió la sangre del cuchillo-. Y entonces ella llamó a Evan para que fuese a Austin.

– Donna planeaba explicarle que tenían que escapar, contarle toda la verdad. Que trabajaba para tu red, que quería acabar contigo, que me daría la información para acabar con cada uno de tus clientes. Luego iríamos en coche hasta Florida, quería evitar los aeropuertos.

– Suerte para él que llegaste tú. -Jargo acercó la cara a la de Gabriel-. Esta lista de clientes y algunos archivos relacionados estaban en el ordenador de Evan. Los vimos y los borramos. ¿Me estás diciendo que no sabía que tenía los archivos?

– No sé si lo sabía o no. Te estoy diciendo lo que sabía su madre. Él… él no parece saber demasiado.

– ¿Lo sabe o no?

– No… no lo creo. Parece bastante tonto.

– No, no es tonto. -Jargo recorrió la barbilla de Gabriel con la cuchilla-. No te creo. Donna borró los archivos del ordenador y envió una copia de seguridad al ordenador de Evan. Pero necesitaría los archivos para convencer a Evan de la necesidad de desaparecer. La gente no escapa dejando simplemente atrás su vida. Así que Evan debe de haber visto los archivos y seguro que tomó la precaución de hacer una copia y esconderla.

– Él no lo sabe.

Jargo le clavó el cuchillo en la herida de bala que Gabriel tenía en el hombro. Se le pusieron los ojos como platos y las venas del cuello se le hincharon. Jargo le tapó la boca con la mano, giró el cuchillo y dejó que el grito se ahogase entre sus dedos, sacó el cuchillo y sacudió la sangre.

– ¿Estás seguro?

– Lo sabe -jadeó Gabriel-. Lo sabe, yo se lo dije. Por favor. Sabe tu nombre. Sabe que su madre trabajaba para ti.

– Luchó contigo.

– Sí.

– Te dio una paliza.

– Tiene treinta años menos que yo.

– Visto que tu suerte ha cambiado -dijo Jargo-, creo que te gustaría que Evan acabase conmigo.

Gabriel miró fijamente a Jargo.

– No vivirás para siempre.

– Cierto. ¿Dónde se suponía que os reuniríais con Mitchell en Florida?

– Donna sabía el lugar, yo no. Él no la esperaba. Lo iba a interceptar de vuelta a casa.

– ¿Adónde irá Evan? ¿A la CIA?

– Le advertí que se alejase de la CIA. Yo no quería…

Jargo se puso de pie.

– Yo, yo, yo… Tú querías los archivos para ti, para acabar conmigo y humillar a la CIA. Eso sería su perdición, lo sabes. Venganza. ¿Ves adónde te ha llevado?

– He cumplido mi promesa.

– Dime. ¿Respondes a menudo a cualquier excéntrico que se pone en contacto contigo para ayudarte en tu vendetta contra la CIA? Seguramente te dio prueba de su capacidad. Un aperitivo de lo que estaba por venir.

Gabriel miró a Jargo a la cara y dijo:

– Smithson. -Sonrió cuando Jargo se puso pálido-. Te he dicho todo lo que sé.

Jargo intentó evitar que su rostro reflejase sus emociones. Dios mío, ¿cuánto le había contado Donna a este hombre? Jargo hizo como si el nombre de Smithson no significase nada para él.

– Evan dejó atrás una gran cantidad de dinero en efectivo en el Suburban de tu yerno, pero no dejó identificaciones. Es de suponer que no planeaste que los Casher volasen desde Florida con sus propios nombres. Necesito saber las identidades de los documentos que hiciste para Evan.

Gabriel cerró los ojos, como si se armase de valor para responder.

Jargo le dio un sorbo al whisky, se acercó a Gabriel y le escupió en la profunda herida del rostro.

Gabriel le devolvió el escupitajo.

Jargo se limpió el hilo de saliva que le colgaba de la mejilla con el reverso de la mano.

– Me darás todos los nombres que aparecen en los documentos de Evan y luego iremos…

«A ningún sitio.» Gabriel movió la cabeza hacia abajo y luego a la derecha. Jargo aún tenía en la mano el largo filo de plata del cuchillo y Gabriel se clavó la punta con un solo movimiento y conteniendo la respiración.

– ¡No!

Jargo se separó bruscamente, soltando el cuchillo. Estaba incrustado en el cuello de Gabriel. Gabriel se desplomó en el suelo, con los ojos apretados, y luego el aliento, la orina y la vida abandonaron su cuerpo.

Jargo le sacó el cuchillo y le tomó el pulso. No tenía.

– ¡No puedes saberlo, no puedes saberlo!

En un arranque de furia empezó a patalearle el cuerpo. La cara. La mandíbula. Huesos y dientes estallaban bajo sus talones. La sangre salpicaba la piel de becerro. Comenzaron a cansársele las piernas, tenía los pantalones destrozados. Se le agotó toda la rabia y cayó sobre la alfombra sucia. Smithson. ¿Cuánto les había contado Donna a Gabriel o a su hijo?

– ¿Me has mentido? -le preguntó Jargo al cuerpo de Gabriel-. ¿Sabes nuestros nombres?

No podía arriesgarse. Tenía que ponerse en la peor situación, en que Evan lo sabía.

Nunca podría dejar que sus clientes supiesen que estaban en peligro. Eso desataría el pánico. Destruiría su negocio, su credibilidad. Sus clientes no debían enterarse jamás de que existía esa lista. Tenía que acabar con Evan ya.

Limpió la sangre del cuchillo y llamó al móvil de Carrie.

– Volved aquí. Nos vamos inmediatamente a Houston.

Ahora no cabía debate ni discusión. Evan Casher era hombre muerto y Jargo sabía que contaba con el cebo perfecto para tenderle una trampa.


Capítulo 8

<p id="_Toc203056720">Capítulo 8</p>

Evan abrió los ojos.

Estaba tumbado en una cama. Las sábanas de color blanco crema habían sido dobladas hacia atrás; tenía una toalla de algodón fina extendida detrás de la cabeza. Uno de sus brazos estaba levantado, atado con unas esposas a los barrotes de hierro del cabecero. La habitación era lujosa: suelos de parqué; un acabado rojizo, rústico aunque caro, en las paredes; arte abstracto colgado con precisión sobre la chimenea de piedra. Un estrecho y suave rayo de luz penetraba por una abertura en las cortinas de seda. La puerta estaba cerrada.

Movió la lengua por la boca seca. Notó un fuerte dolor instalado en la mandíbula y el cuello. Podía oler su propio sudor amargo.

«Mamá, te he fallado. Lo siento muchísimo.» Se tragó el miedo y la pena porque no lo beneficiaban en absoluto.

Tenía que calmarse. Pensar. Porque ahora todo había cambiado.

¿Qué le había dicho Gabriel? «Nada en tu vida es lo que parece.»

Bueno, una cosa era justo lo que parecía. Estaba completamente jodido.

Evan comprobó las esposas. Cerradas. Se incorporó empujando con los pies, retorciendo la espalda contra el cabecero. Había un libro en una mesilla de noche, un best seller actual sobre la historia del béisbol, y una lámpara. No había teléfono. En la mesa que estaba más alejada había un intercomunicador para bebés.

Se quedó mirando el intercomunicador. No podía actuar con miedo ante Gabriel. Tenía que demostrar fuerza.

Por su madre… y por su padre, donde quiera que estuviese. Por Carrie, aunque estuviese mezclada en esta pesadilla, aunque, incomprensiblemente, supiera que se encontraba en peligro.

Entonces, ¿qué podía hacer ahora?

Necesitaba una pistola. «Imagínate que el tipo que mató a mamá está aquí. ¿Con qué puedes atacarle? Míralo todo con ojos nuevos.» Ojos nuevos. Ése era el consejo que se daba a sí mismo cuando imaginaba escenas que rodar.

Apenas podía alcanzar la mesa. Se las arregló para agarrar el tirador con los dedos y abrir el cajón. Estiró la mano todo lo que pudo. El cajón estaba vacío. El libro que había en la mesa no era lo bastante gordo. La lámpara. No llegaba a ella pero podía coger el cable que iba hasta el enchufe situado debajo de la cama. Tiró del cable hacia él lo más silenciosamente posible, intentando no hacer ruido con las esposas contra el cabecero de metal; la base de hierro forjado resultaba muy pesada. Desde el ángulo en el que estaba no sería capaz de mover la lámpara con fuerza suficiente para causar una herida grave. Desenchufó el cable, lo enrolló cuidadosamente debajo de la mesa para que no quedase atrapado ni enganchado. Sólo por si acaso tenía una oportunidad. Las lámparas eran fáciles de arrojar. Echó un vistazo hacia los pies de la cama y por el suelo. Sólo había unas diminutas bolas de polvo.

– Hola -se dirigió al intercomunicador.

Un minuto más tarde oyó pasos en las escaleras. Luego el chirrido de unas llaves en una cerradura. La puerta de la habitación se abrió; Gabriel estaba de pie en la puerta. Tenía una pistola negra brillante enfundada a un lado.

– ¿Estás bien? -preguntó Gabriel.

– Sí.

– Gracias por poner en peligro nuestras vidas con tu estúpido truco.

– ¿Chocamos?

– No, Evan. Sé conducir un coche sentado en el asiento del acompañante. Entrenamiento básico. -Gabriel aclaró la voz-. ¿Cómo te encuentras ahora?

– Estoy bien. -Evan intentó imaginar cómo podía conducir a toda velocidad sentado en el asiento del acompañante sin chocar. Eso suponía un nivel extraordinario de autocontrol en situación de peligro-. ¿Dónde recibiste tal entrenamiento?

– En una escuela muy especial -se limitó a responder Gabriel-. Es sábado por la mañana temprano. Has dormido toda la noche. -Su mirada se volvió fría-. Podemos ser de gran ayuda el uno para el otro, Evan.

– ¿En serio? Ahora quieres ayudarme.

– Te salvé, ¿no lo recuerdas? Si te hubieses quedado ahí colgando estarías muerto. Creo que ni siquiera la policía te podría haber protegido del señor Jargo. -Gabriel se apoyó en la pared-. Así que comencemos de nuevo. Necesito que me digas exactamente lo que ocurrió ayer cuando llegaste a casa de tus padres.

– ¿Por qué? Tú no eres policía.

– No, no lo soy.

Evan observaba a Gabriel. Parecía no haber dormido. Parecía nervioso, como un hombre que necesitase un buen trago de whisky. Reflexionó que nada ganaba con el silencio, al menos no ahora.

Así que le contó la llamada urgente de su madre, el viaje a Austin y el ataque en la cocina. Gabriel no hizo preguntas. Cuando Evan acabó, Gabriel acercó una silla a los pies de la cama y se sentó. Frunció el ceño, como si pensase en un plan de acción.

– Quiero saber exactamente quién eres -dijo Evan.

– Te diré quién soy. Y luego te diré quién eres tú.

– Yo sé quién soy.

– ¿De verdad? No lo creo, Evan. -Gabriel negó con la cabeza-. Yo diría que tuviste una infancia sobreprotegida, pero eso sería una broma de mal gusto.

– Yo cumplí mi promesa. Manten tú la tuya.

Gabriel se encogió de hombros.

– Soy el dueño de una empresa de seguridad privada. Tu madre me contrató para sacaros a salvo a ti y a ella de Austin y llevaros hasta tu padre. Está claro que tu madre se equivocó y tendió la mano a la gente equivocada. Lo siento. No pude salvarla.

Así que sabía quién era su padre.

– Intenta recordar cuando te atacaron -continuó Gabriel-. Estuviste inconsciente, al menos durante los minutos entre el momento en que te golpearon y cuando te colgaron.

– No sé cuánto tiempo. ¿Qué importa eso?

– Porque los asesinos podrían haber cogido los archivos que te mencioné. De tu ordenador, o del de tu madre.

– No podían estar en mi ordenador… -De pronto, recordó que le había comentado a Durless que los asesinos habían estado tecleando en su ordenador-. Es cierto, estuvieron buscando algo en mi ordenador. Dijeron algo así como… -Intentó deshacerse de la neblina que aún envolvía su memoria-. Algo como «Todo borrado».

Esperó para ver si Gabriel añadía algo.

– Tu madre te mandó los archivos por correo electrónico.

¿Por correo electrónico? Claro: su madre le había mandado aquellos archivos de música para su banda sonora la noche anterior, muy tarde, antes de llamar. Pero eran simples archivos de música; los había escuchado de camino a Austin. Nada fuera de lo normal. No había puesto nada extraño en el correo electrónico que le mandó. Sin embargo, no se lo había mencionado a Gabriel cuando le relató los acontecimientos del viernes por la mañana; no le habían parecido importantes comparados con las cosas terribles que habían ocurrido ayer.

– Mi madre no me envió nada extraño por correo electrónico. Y aunque lo hubiese hecho, los asesinos no podrían haber accedido sin la contraseña.

Entonces, ¿qué significaba «Todo borrado»?

– Existen programas que pueden descifrar contraseñas en cuestión de segundos. -Gabriel se apoyó contra la pared y observó a Evan-. Yo no tengo ninguno, pero te tengo a ti.

– No tengo esos archivos.

– Tu madre me dijo que sí los tenías, Evan.

Evan movió la cabeza.

– Esos archivos… ¿qué son?

– Cuanto menos sepas mejor. Así yo te podré dejar marchar y tú podrás olvidar que me has visto alguna vez y empezar una nueva y agradable vida. -Gabriel cruzó los brazos-. Soy un hombre extremadamente razonable. Quiero ofrecerte un trato justo. Tú me das esos archivos y yo te saco del país, te consigo una nueva identidad y acceso a una cuenta bancaria en las Islas Caimán, lo que tu madre me mandó hacer. Si te andas con cuidado, nadie te encontrará jamás.

– ¿Se supone que debo renunciar a mi vida? -Evan intentaba contener el desconcierto en su voz.

– Tú decides. Si quieres volver a casa, adelante. Pero si yo fuera tú, no lo haría. Ir a tu casa significa morir.

Evan se mordió los labios.

– Vale, yo te ayudo. ¿Y qué pasa con mi padre?

– Si tu padre se pone en contacto conmigo le diré dónde estás; encontrarte luego es problema suyo. Mi responsabilidad hacia tu madre acaba una vez que te meta en un avión.

– Por favor, dime dónde está mi padre.

– No tengo ni idea. Tu madre sabía cómo ponerse en contacto con él, pero yo no.

Evan dejó pasar un rato.

– Podría darte lo que quieres y luego tú podrías matarme.

Gabriel metió la mano en el bolsillo, y tiró un pasaporte sobre la colcha. Tenía el sello de Sudáfrica. Evan lo abrió con la mano que tenía libre. Dentro había una foto suya, la foto original de su pasaporte, la misma que tenía en su pasaporte estadounidense. El nombre que aparecía en aquel documento, sin embargo, era Erik Thomas Petersen. Había sellos que coloreaban las páginas: entrada en Gran Bretaña un mes atrás, y luego entrada en Estados Unidos, hacía dos semanas. Evan cerró el pasaporte y lo volvió a poner en la cama.

– Parece auténtico.

– Tienes que ponerte en el papel del señor Petersen con mucho cuidado. Si quisiera que estuvieras muerto, ya lo estarías. Te estoy dando una vía de escape.

– Todavía no entiendo cómo mi madre podía tener algún archivo informático peligroso.

De pronto lo vio claro. No su madre, sino su padre, el consultor informático. Su padre debió de encontrar archivos trabajando para un cliente, archivos que debían ser peligrosos.

– Todo lo que tienes que hacer es darme tu contraseña.

Gabriel abrió la puerta del dormitorio, cogió un carrito, uno de esos que se utilizan para servir la comida durante un brunch o una fiesta. El portátil de Evan estaba encima. Gabriel lo colocó cerca de Evan, situándolo entre ambos. Una raja atravesaba la pantalla de un lado a otro, pero el portátil estaba conectado por medio de un cable a un pequeño monitor y el sistema parecía funcionar con normalidad. Mostraba la pantalla de la contraseña, esperando la palabra mágica.

Por eso Gabriel había corrido el enorme riesgo de volver a por Evan, de tenderle una emboscada al coche de policía y secuestrarlo. No podía acceder al ordenador.

– Está aquí -dijo Gabriel-, tu madre metió una copia en tu sistema antes de morir. Te la envió por correo electrónico. Me lo dijo. Lo hizo para asegurarse de que si la mataban hubiese otra copia de los archivos accesible para mí. Era parte del trato que hice con ella. No podía arriesgarme a que la cogiesen a ella y quedarme sin los archivos. Eran la garantía de que cuidaría de ti si la mataban.

Aquel tipo era tan práctico que Evan sintió ganas de golpearlo de nuevo. Gabriel se acercó más a él.

– ¿Cuál es tu contraseña del sistema?

– Se supone que tienes que sacarme del país. Así que, técnicamente, tu trabajo no está hecho hasta que me liberes. Te diré la contraseña cuando me lleves hasta mi padre.

– Te he dicho cuál es el trato, hijo. Es así. No cabe negociar. -Gabriel se retiró al otro extremo de la cama y apuntó en la cabeza a Evan con la pistola-. No quiero hacerte daño. Abre el sistema.

Evan apartó el ordenador de un empujón.

– Ponte en contacto con mi padre. Si me dice que te dé la contraseña te la daré.

– Lávate las orejas, hijo. No puedo ponerme en contacto con él.

– Si se suponía que tenías que ponernos a salvo a mí y a mi madre, eso significa llevarnos donde mi padre nos pudiera encontrar. Tienes que contar con alguna manera de encontrarle.

– Tu madre la sabía. Yo no.

– No te creo. No hay contraseña.

– Si no me la das pasarás el resto de tu corta vida esposado a esa cama, donde morirás de sed y de hambre.

Evan esperó, dejando que el silencio invadiera la atmósfera de la habitación.

– Tú sabes quién la mató. Ese tío, Jargo. Sabes quién es.

– Sí.

– Háblame de él y te ayudaré. Pero míralo desde mi punto de vista. Me estás pidiendo que abandone mi vida. Que no haga nada por el asesinato de mi madre. Que me limite a albergar la esperanza de poder encontrar a mi padre de nuevo. No puedo marcharme sin saber la verdad, y punto.

De todas formas no creía a Gabriel. Había sido imposible localizar a su padre ayer, pero la policía ya lo habría encontrado a estas alturas, donde quiera que estuviese en Sidney.

– Estás más seguro si no lo sabes.

– Ahora mismo no me importa estar más seguro.

– Maldita sea, ¡qué terco eres!

Gabriel bajó el arma y apartó la vista de Evan.

– Sé que arriesgaste mucho para salvarme de Jargo. Lo sé y te doy las gracias. Sin embargo, difícilmente puedo escapar si no sé de quién huyo. Así que te cambiaré la contraseña por información sobre Jargo. ¿De acuerdo?

Tras diez largos segundos, Gabriel asintió.

– De acuerdo.

– Háblame de Jargo.

– Es… un agente de información. Un espía independiente.

– Un espía. ¿Me estás diciendo que a mi madre la mató un espía?

– Un espía independiente -le corrigió Gabriel.

– Los espías trabajan para los gobiernos.

– Jargo no. Compra y vende datos a quien le pague. Empresas, gobiernos. Otros espías. Es muy peligroso. -Gabriel se pasó la lengua por los labios-. Sospecho que lo que Jargo quiere son datos de la CIA.

Evan frunció el ceño.

– ¿Me estás sugiriendo en serio que mi madre robó archivos de la CIA? Eso es imposible.

– O quizá fue tu padre y se los dio a tu madre. Y yo no he dicho que esos archivos pertenezcan a la CIA. Puede que simplemente la CIA quiera la información, al igual que Jargo.

Parecía como si le costara admitir esta posibilidad. La cara de Gabriel ardía de furia.

– La CIA. -Era una locura-. ¿Cómo iba a tener algo que ver mi madre con ese Jargo?

– Creo que ella trabajaba para Jargo.

– ¿Mi madre trabajaba para un espía independiente? -repetía Evan-. No puede ser. Estás equivocado.

– Una fotógrafa de viajes. Puede ir a cualquier sitio con su cámara y no levantar sospechas. Vives en una casa preciosa. Tus padres tenían dinero. ¿Crees que un simple fotógrafo aficionado puede ganar tanto dinero?

– Esto no puede ser cierto.

– Ella está muerta y tú esposado a una cama. ¿Tan equivocado crees que estoy?

Evan decidió seguir aquella fantasiosa historia.

– ¿Así que mi madre le robó esos archivos a Jargo, o a otra persona?

– Escucha. Querías saber cosas sobre Jargo, y yo te las he dicho. Trabaja de manera independiente. Cuando la gente necesita información robada o matar a alguien que le está dando el coñazo, y el trabajo tiene que ser pagado en negro, él se encarga de ello. Los archivos tienen información sobre negocios de Jargo, así que los quiere recuperar. La CIA también, imagino, porque les gustaría saber lo que él sabe. Ahí tienes: sabes más sobre Jargo que cualquier persona viva. Abre el sistema.

– No puedo a menos que me liberes.

Hizo sonar las esposas.

– No. Escribe.

– ¿Adónde voy a ir, Gabriel? Tienes una pistola apuntándome. Tienes que liberarme antes o después si me vas a sacar del país. Las esposas no pasan el detector de metales.

– Todavía no. Escríbelo con una mano. -Puso la pistola contra la mejilla de Evan-. Llevo años aguardando esto, Evan, no voy a esperar ni un maldito minuto más.

Evan escribió la contraseña.


Capítulo 9

<p id="_Toc203056721">Capítulo 9</p>

– Está vacío -dijo Evan.

Tras aceptar la contraseña, el icono del disco duro apareció en la pantalla. Evan buscó en el sistema. Excepto los archivos básicos, el resto del disco se había borrado. Su material de vídeo, los programas de software que tenía instalados, todo había desaparecido. El sistema parecía haber sido devuelto a una configuración por defecto. Abrió la papelera de reciclaje: vacía.

– Ha desaparecido todo.

«Todo borrado», había dicho la voz en la cocina mientras la pistola se clavaba en su nuca.

– No. -Gabriel dejó la pistola, agarró a Evan por el cuello y lo empujó contra el cabecero de la cama-. No, no, no. No pudo darles tiempo.

– No sé cuánto tiempo estuve inconsciente.

– Esto no puede ser. Tengo que conseguir esos archivos. -La voz de Gabriel se elevó-. Esos cabrones los borraron.

Se dio la vuelta y se inclinó sobre el ordenador.

Evan se retorció alejándose de él, hacia la lámpara. «Puede que no se vuelva a acercar tanto a ti. Hazle creer que quieres ayudarle.»

– Puede que un programa de recuperación restaure la información.

Gabriel no contestó, escribía en el teclado buscando los archivos. Miraba la pantalla vacía como si fuese todo lo que le quedaba en su vida. Mantenía la pistola a su lado, apuntando ligeramente. Evan se puso de cuclillas contra el cabecero, con la mano izquierda todavía esposada. La lámpara estaba cerca de la mano derecha y el cable perfectamente enrollado en el suelo.

Evan agarró la lámpara de hierro fundido con la mano que tenía libre. Era un objeto pesado, pero la levantó y la balanceó con un extraño giro.

La base de la lámpara golpeó el brazo de Gabriel. Cayó hacia delante y Evan lo inmovilizó agarrándolo con una pierna por la cintura. Le dio con la lámpara en la cara. La sangre manaba, el borde de la base le hizo un corte a Gabriel en la boca y en la barbilla. Aullaba de furia.

Evan intentó darle con la lámpara de nuevo, pero Gabriel la desvió con el brazo y lanzó un puñetazo que conectó con la mandíbula de Evan. Éste dejó caer la lámpara, pasó el brazo alrededor del cuello de Gabriel y lo envolvió por la cintura con las dos piernas. Su mano izquierda, esposada a la cama, se retorcía como si estuviese rota mientras luchaba con Gabriel.

La pistola. Gabriel tenía la pistola. ¿Dónde estaba?

– ¡Suéltame gilipollas! -dijo Gabriel.

– Te la arrancaré de un bocado si no te estás quieto.

Evan cerró la boca alrededor de la oreja izquierda de Gabriel.

– ¡No! -Gabriel dio un grito sofocado.

Evan le mordió de nuevo hasta hacer rechinar los dientes. La sangre le escurría por la boca.

– ¡Para! -vociferó Gabriel, y se quedó quieto.

Evan vio la pistola. Estaba justo fuera del alcance de ambos, enredada en las sábanas blancas donde las colchas se habían arrugado durante su pelea. No podía alcanzarla, pero si soltaba un poco a Gabriel éste podría cogerla. Gabriel la vio también; sus músculos se estiraron con una súbita determinación, intentando liberarse.

Evan le mordió la oreja otra vez y le metió los dedos en los ojos. Gabriel chilló de dolor. Se giró para esquivar a Evan, pero las piernas de éste seguían bloqueándolo en el sitio.

Gabriel se retorció hacia la pistola llevándose el cuerpo de Evan con él. Las esposas le estaban desgarrando la muñeca.

«Sacrificará la oreja para coger la pistola. Arráncasela.»

Pero en lugar de eso, Gabriel cogió el cable de la lámpara y la trajo hacia él. Agarró el cuerpo de la lámpara, lo echó hacia atrás en dirección a Evan y lo golpeó con la base en la parte superior de la cabeza; mareado del dolor, Evan soltó la oreja. Un trozo de piel se quedó atrás, en su boca.

Gabriel soltó la lámpara y se tambaleó hacia delante. Agarró el cañón de la pistola con la punta de los dedos. Evan mantenía el otro brazo de Gabriel inmovilizado, girado; su brazo se retorcía como si estuviese a un centímetro de romperse. Agarró la empuñadura de la pistola mientras Gabriel tiraba de él hacia delante. Evan le arrancó la pistola y le puso el cañón del arma en la sien.

Gabriel se quedó paralizado.

– ¿Dónde está la llave?

– Abajo, en la cocina. Hijo de puta, me has arrancado la oreja.

– No, sigue ahí.

– Escucha, un trato nuevo -dijo Gabriel-; trabajaremos juntos para atrapar a Jargo. Haremos…

– No.

Evan golpeó a Gabriel en la sien con la pistola una vez, dos veces, tres, cuatro. A la quinta, Gabriel se quedó sin fuerzas; tenía la sien cortada y magullada. Evan golpeó de nuevo a Gabriel en la cabeza y esperó. Contó hasta cien. Gabriel estaba fuera de combate.

Conteniendo el aliento, Evan dejó la pistola. Gabriel no se movía. Metió la mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón, hurgó entre las monedas y adivinó la forma de las llaves.

– Mentiroso -le dijo a Gabriel, quien seguía inconsciente.

Tiró de un aro del que colgaba una llave pequeña y otra más grande, la de la puerta de la habitación. Evan apartó al hombre de una patada e introdujo la llave pequeña en la cerradura de las esposas.

Las esposas se abrieron. Evan rodó sobre la cama, el brazo le ardía de dolor. Lo sostenía contra el cuerpo, sin estar seguro de si estaba roto o dislocado. No: tenerlo roto sería una agonía. Le dolía, pero estaba ileso. Arrastró a Gabriel hasta el cabecero de la cama y esposó su mano a él. Le comprobó el pulso en el cuello. Sintió bajo los dedos un latido estable.

Con manos temblorosas, apuntó con la pistola hacia la puerta. Esperó. Se preparó para disparar si alguien lo atacaba para rescatar a Gabriel. Se dijo a sí mismo que podía hacerlo, tenía que hacerlo. Sabía disparar, su padre le había enseñado siendo un adolescente. Pero no había disparado una pistola en cinco años. Y nunca a un ser humano.

Pasó un minuto. Otro. No se escuchaban sonidos en la casa.

Divisó una pequeña tarjeta sobre la cama, cerca del pasaporte sudafricano. Debió de caérsele a Gabriel del bolsillo de la camisa o del pantalón durante la pelea. Era un carné emitido por el gobierno, desgastado por el tiempo y por el uso. Gabriel parecía quince años más joven.

Joaquín Montoya Gabriel. Agencia Central de Inteligencia. Ese loco gilipollas estaba diciendo la verdad. O al menos en parte. Pero si era de la CIA, ¿por qué estaba trabajando solo?

Respiró profundamente. Se metió el pasaporte y el carné en el bolsillo de atrás. Salió por la puerta del dormitorio y luego se detuvo en el oscuro pasillo. «Tranquilízate, tranquilízate, hazlo por tu madre.» Le dolían muchísimo el brazo y la mano, y también la cabeza. Una vez terminada la pelea, en la casa a oscuras, por unos instantes el miedo volvió a invadirlo.

Una luz tenue brillaba desde la zona abierta del piso de abajo; Evan estaba en un segundo piso de lo que parecía ser una casa espaciosa. Una alfombra tupida y gruesa cubría el pasillo; más arte de lujo en las paredes. El aire acondicionado emitía un ronroneo. Abajo se escuchaba el leve susurro de la televisión.

Se puso de cuclillas, apuntando con la pistola hacia delante y escuchando. Cogió fuerzas, respirando dos veces profundamente, y bajó con sigilo las escaleras. «¿Qué debo hacer ahora? Sigue luchando. Es lo que has elegido.»

Pero ahora no tenía nada con lo que pactar para salvar su vida. Jargo, si es que éste era uno de los hombres de la casa, había robado o destruido los datos. Los archivos, si alguna vez existieron, habían desaparecido.

Evan llegó a la última escalera cuando pensó: «Tonto del culo, deberías haber amordazado a Gabriel. Se despertará y pedirá ayuda a gritos mientras tú te acercas a algún compinche en el piso de abajo».

Pero ya había ido demasiado lejos para volver atrás. Sabía que su corazón ya no dudaría y que podría disparar a cualquiera que intentase detenerlo. Esperaba acordarse de apuntar a las piernas, a menos que el otro tío tuviese un arma, si era así apuntaría al pecho. Es amplio, sería fácil acertar. «Recuerda tomarte un segundo para apuntar, apretar y prepararte para la patada.» Esperó disponer de aquel segundo. El objetivo de prácticas de tiro nunca le había devuelto el disparo.

Evan entró en el estudio con la pistola preparada para disparar. En la esquina había un televisor de pantalla ancha, junto a una vistosa chimenea de piedra. Un espacio publicitario anunciaba el último producto farmacéutico sin el que no podías vivir, siempre y cuando te arriesgases a sufrir por lo menos diez efectos secundarios. Luego sonó la melodía de la CNN y el presentador principal comenzó a contar una historia sobre un bombardeo en Israel.

Caminó pegado a la pared, miró en el interior de una elaborada cocina. Vacía. Había comida sobre la barra: un sandwich de jamón, un vaso de agua helada, un montón de patatas fritas de bolsa y una chocolatina Snickers. Probablemente su propia comida si hubiese cooperado con Gabriel.

Comprobó la parte trasera de la casa y se detuvo en una cómoda con la parte superior de mármol sobre la que había un puñado de fotos de familia. Gabriel posaba con dos chicas lo suficientemente jóvenes como para ser sus nietas.

No había nadie. Los únicos sonidos eran el aire acondicionado y la CNN, que comenzaba una historia sobre un extraño homicidio y un secuestro en Texas.

Evan corrió de nuevo al estudio y vio su cara en la televisión. Era la foto de su permiso de conducir de Texas; no era demasiado mala y de hecho era bastante fiel a su aspecto: pelo rubio desgreñado, pómulos altos, ojos color avellana, labios finos y el pequeño aro en la oreja. Los subtítulos informativos que aparecían bajo su cara decían: «Director de cine desaparecido». El presentador de las noticias dijo:

– La policía todavía busca a Evan Casher, el director de cine nominado a un Óscar, después de que su madre muriera estrangulada en su casa de Austin, Texas. Un hombre armado secuestró a Casher del coche patrulla, agrediendo a dos oficiales.

»Casher, director de dos aclamados documentales, destacó con El más mínimo problema, su debut, una mordaz revelación sobre un oficial de policía corrupto que incriminó a un antiguo camello. Junto a mí está Roberto Sánchez, agente especial del FBI.

Roberto Sánchez tenía el aspecto de un político: corte de pelo perfecto y una expresión que decía «Soy la persona más competente de la tierra». El presentador fue al meollo del asunto:

– Agente Sánchez, ¿es posible que quienquiera que secuestrase a Evan Casher sea el responsable de la muerte de Donna Casher? Quiero decir, el señor Casher era el único testigo y luego se lo llevaron directamente de manos de la policía.

– No estamos preparados para especular sobre los motivos, pero nos preocupa la seguridad del señor Casher.

– ¿Existe alguna posibilidad de que no se trate de un secuestro convencional, sino que Evan Casher haya sido alejado de la policía por ser sospechoso del asesinato de su madre? -aventuró el presentador.

– No, no es sospechoso. Obviamente es una persona que nos interesa porque encontró el cuerpo de su madre y no hemos tenido la oportunidad de tener una conversación completa con él, pero no tenemos razones para pensar que estuviera involucrado. Nos gustaría hablar con el padre del señor Casher, Mitchell Casher, pero no hemos podido localizarlo. Creemos que estaba en Australia esta semana, pero no podemos dar más detalles.

En la pantalla apareció una foto de Mitchell al lado de la de Evan. Su padre desaparecido.

– ¿Por qué se ha encargado al FBI la investigación? -preguntó el presentador.

– Tenemos recursos de los que la policía de Austin carece -respondió Sánchez-. Nos pidieron ayuda.

– ¿Alguna idea del motivo del asesinato?

– En este momento, no.

– También tenemos retratos policiales del hombre que supuestamente atacó a los dos oficiales de policía de Austin y se llevó secuestrado a Evan Casher -dijo el locutor, y la imagen cambió de Evan y Mitchell Casher a un dibujo de Gabriel hecho a lápiz.

– ¿Alguna pista sobre este hombre? -preguntó el presentador.

– No, todavía no.

– Pero la policía de Austin encontró el coche que utilizó para secuestrar a Evan Casher, ¿es eso correcto? Un informe filtrado de la policía de Austin afirma que un Ford sedán azul que se corresponde con la descripción del coche del secuestrador fue encontrado en un aparcamiento cercano, donde otro coche había sido robado. Según informaron en la radio, las huellas de Evan Casher estaban en la radio del coche del secuestrador. Si estaba escogiendo la música no había sido secuestrado, ¿no? -Ahora el presentador intentaba reescribir la noticia, sazonándola con insinuaciones.

Sánchez movió la cabeza y lo miró de forma severa.

– No podemos comentar filtraciones. Por supuesto, si cualquiera tiene detalles sobre este caso nos gustaría que se pusiese en contacto con el FBI.

La matrícula del coche robado y el número de teléfono del FBI aparecieron debajo de la foto de Evan.

– En caso de que Evan Casher haya sido secuestrado, ¿qué les diría a los secuestradores? -preguntó el presentador.

– Bueno, lo que diríamos en cualquier situación: les pediríamos que liberasen al señor Casher ileso y que se pusieran en contacto con nosotros si tuviesen cualquier petición. O si el señor Casher puede ponerse directamente en contacto con nosotros, que lo único que queremos es ayudarle.

– Gracias, agente especial del FBI Roberto Sánchez -dijo el presentador-. Nuestra corresponsal, Amelia Crosby, habló con el ex camello que fue la inspiración para el documental de Evan Casher.

La cámara enfocó a un hombre joven negro, de unos treinta años, que parecía incómodo con traje y corbata. El subtítulo decía: James Shores, El Turbio.

– Señor Shores, usted conoce a Evan Casher desde que hizo la película sobre cómo fue usted acusado injusta y precipitadamente por un investigador de narcóticos corrupto. ¿Qué cree usted que puede estar detrás de la extraña desaparición de Evan Casher?

– ¡Oh, mierda! -exclamó Evan.

– Escuche, antes de nada, ese otro tío, su presentador, el que tiene el pelo como congelado sugiere que Evan Casher podría estar implicado en la muerte de su madre, eso es una auténtica (piiii).

El censor se lanzó en picado sobre la última palabra.

– ¿Qué motivo podría tener cualquiera para hacerle daño al señor Casher o a su familia? -preguntó la voz del reportero-. A muchos agentes de la ley les molestó su documental sobre usted.

– No, señaló una verdadera manzana podrida, pero no es que acusase a todo el sistema penal ni nada.

– ¿Tiene usted alguna teoría sobre qué podría haber llevado a su desaparición?

– Bueno, yo pensaría que quienquiera que mató a su madre no quería que hablase sobre lo que vio. Lo que me preocupa es que la policía dejase tirao a Evan, permitiendo que lo secuestrasen. Creo que deberían observar de cerca a esos policías y cómo (piiii) dejaron que se llevasen a Evan, porque a muchos polis no les gusta que aireen sus trapos sucios, incluso aunque no sean de su departamento, y…

El reportero intentó hablar por encima de El Turbio, sin éxito.

– … todo lo que digo es que la policía tiene que demostrar que están buscando a Evan en serio.

– Evan Casher le salvó la vida, ¿verdad señor Shores?

– Mira, Evan tiene éxito porque puede ser la mayor mosca coj… (piiii). Evan Casher obtuvo un montón de fama y de dinero con mi desgracia. No compartió conmigo ninguna de sus ganancias. Me hizo promesas: que iba a ser famoso, que gracias a esta película podría empezar una carrera musical y todo eso es una (piiii). Todavía trabajo de guardia de seguridad.

El Turbio meneó la cabeza ante tal injusticia.

– Maldito ingrato -dijo Evan; utilizar su tragedia familiar como plataforma para quejarse.

– Está haciendo una nueva película sobre un jugador de póquer profesional y se supone que iba a presentarme a gente que me ayudaría a meterme en ese tipo de trabajo, y nunca lo hizo, por eso creo que está involucrado en algo de dinero ilegal de póquer, se ha metió en problemas él sólito.

Cuando El Turbio comenzó a airear su siguiente rencilla, el reportero le dio las gracias enérgicamente y dio paso al estudio en Nueva York para presentar a Kathleen Torrance como otra destacada joven directora de documentales. Había sido también novia de Evan durante sus días de estudiante en Rice, pero el reportero no se fijó en esa relación en particular, simplemente dijo «una compañera de la industria del cine». Su historia de amor se había enfriado cuando ella se mudó a Nueva York y había terminado cuando ella encontró otro novio director de cine. Hacía seis meses que no hablaba con ella, tras intercambiar unos incómodos saludos en el festival de cine de Los Ángeles.

– Señorita Torrance, usted conoce a Evan Casher bien -comenzó el reportero.

– Sí -asintió Kathleen-. Es uno de los diez mejores directores jóvenes de documentales de los Estados Unidos.

– ¿Qué cree que ha ocurrido?

– Bueno, no tengo ni idea. No creo que esto tenga nada que ver con el trabajo de Evan, como sugirió su anterior invitado porque, a pesar de lo que la gente piensa, los directores de documentales no son realmente periodistas de investigación. Las películas de Evan se han centrado en individuos en circunstancias excepcionales, no en temas políticos ni polémicos.

Animada por las preguntas del reportero, Kathleen dio una breve descripción de las películas y de los trabajos de Evan.

– Sólo espero que si me puede escuchar quien tenga a Evan, que lo deje marchar. Es un tío genial, no puedo imaginar que esté envuelto en algo ilícito o que pueda perjudicar a alguien.

El reportero dio las gracias a Kathleen y volvió al presentador; pasó la cobertura a un asesinato y suicidio en una parada de camiones de New Hampshire.

Evan se quedó mirando fijamente la pantalla. Estaban diseccionando su vida en la televisión nacional. Su padre había desaparecido. El FBI quería hablar con él. Fue corriendo hacia el teléfono, lo descolgó y comenzó a marcar.

Luego lo volvió a colgar.

Gabriel era un espía de la CIA, había mandado a dos policías al hospital y había secuestrado a Evan. Si estaba trabajando bajo las órdenes de la CIA y Evan iba a la policía… ¿qué ocurriría luego? Se suponía que la CIA no golpeaba a policías ni encadenaba a la cama a los ciudadanos. Así que fuese lo que fuese lo que le ocurriese a su familia, era una historia que la CIA no quería que estuviese en el punto de mira.

Tenía que saber más. De repente sintió el miedo de dar un mal paso, de salir del fuego para caer en las brasas.

Echó un vistazo al resto de la casa. Un comedor, una sala de estar. Una habitación provista de equipos multimedia con un televisor enorme. Una zona para la colada. En el piso de arriba había cuatro habitaciones más: una ocupada con otra maleta deshecha, con poca ropa.

Volvió abajo. Había un garaje con una motocicleta, una reluciente Ducati. Junto a ella había un viejo Chevrolet Suburban. No había rastro del Malibu robado.

Evan encontró las llaves del Suburban colgadas en un llavero en la cocina. Las guardó en el bolsillo.

Sobre la mesa de la cocina estaba el petate que había traído de Houston. Recordaba que Gabriel lo había cogido en su casa después de que él escapara. Toda su ropa estaba allí. Su reproductor de música digital, su cámara de vídeo, sus libros y sus notas. Parecía que habían rebuscado entre su ropa y luego la habían doblado con cuidado de nuevo.

Cerró la cremallera del petate y se lo llevó al piso de arriba.

Gabriel estaba despierto, con un ojo hinchado al que le estaba saliendo un moratón y con la mandíbula roja y arañada.

– ¿Trabajas solo? -dijo Evan.

Gabriel dejó pasar cinco segundos.

– Sí, y estoy preparado para tener una conversación honesta contigo ahora sobre nuestra situación.

– Hijo de puta, debería dispararte directamente ahora que tú eres el que está esposado. No te queda ninguna credibilidad.

Evan meneó la tarjeta de identidad ante Gabriel.

– Dijiste que eras el dueño de una empresa de seguridad. Aquí dice que eres de la CIA. ¿Qué es todo esto?

– Estás de mierda hasta el cuello.

– Tienes información de quien mató a mi madre, señor Gabriel. Tengo una pistola. ¿Ves cómo funciona esta ecuación?

Gabriel negó con la cabeza.

Evan levantó la pistola hasta la altura del estómago de Gabriel.

– Contesta a mis preguntas. Primero, ¿dónde estamos?

– No me matarás. Yo lo sé y tú lo sabes.

Fijó su mirada en la pared, como si estuviese aburrido.

Evan disparó.


Capítulo 10

<p id="_Toc203056722">Capítulo 10</p>

Galadriel, la diosa de la informática de Jargo, pasó la noche intentando seguir la pista de Evan y de su secuestrador. Entró en bases de datos nacionales. Se abrió camino en el sistema informático del Departamento de Policía de Austin, buscando pistas, informes y la más mínima señal de Evan Casher. Se movió entre una jungla de información de manera tan paciente y eficiente como un cazador siguiendo a su presa.

El sábado al amanecer llamó con su primer informe.

Jargo despertó a Carrie del sofá y a Dezz de la otra habitación. Jargo habló largo y tendido con Galadriel y luego puso a Carrie al teléfono mientras atendía a negocios privados en su teléfono de la habitación.

– Evan no ha utilizado sus tarjetas de crédito ni ha accedido a su cuenta bancaria. Nadie lo ha hecho. Hazme un favor, cielo: mira el archivo que acabo de mandarte.

Galadriel era una antigua bibliotecaria, una mujer fornida que pasaba las horas que no estaba en el ordenador refinando recetas de gourmet o viendo películas de los años cincuenta, cuando creía que el mundo era un sitio más amable. Tenía un cálido acento sureño y hablaba como la dulce madre de un amigo.

– A ver si tú ves lo mismo que yo.

Carrie abrió el archivo adjunto al correo electrónico y apareció una lista de mensajes extraídos de las cuentas de correo electrónico de los Casher: una cuenta privada para Donna, una para los correos electrónicos personales de Mitchell Casher y otra para su trabajo como consultor de seguridad informática.

– Sólo entré en la base de datos del proveedor de servicios de internet y copié sus mensajes, ya que los chicos no tuvieron tiempo para mirar sus correos en la casa de los Casher -dijo Galadriel.

Carrie miró los mensajes de la cuenta de Mitchell Casher. Le había mandado unos pocos mensajes a su hijo, nada de gran interés. En uno lo ponía al día de cómo progresaba con el golf; en otro mencionaba unas excelentes grabaciones de jazz que le gustaban y que pensó que le gustarían a Evan, y le enviaba adjuntas las canciones en formato digital; en otro le pedía a éste que viniese a casa pronto a visitarlos. Y unas cuantas fotos de Navidad hechas por su madre.

Ningún mensaje parecía estar en código ni encriptado. No había archivos adjuntos sospechosos.

Donna Casher tenía una cuenta de correo diferente en el mismo proveedor. Más mensajes de Evan y para éste. El resto de los correos eran más que nada charlas con otros colegas fotógrafos. Excepto el viernes por la mañana.

– Donna le mandó cuatro canciones en formato digital y dos fotografías -explicó Galadriel-, pero fíjate en el tamaño de las fotos, son más grandes de lo normal.

– Escondió en ellas los archivos -confirmó Carrie.

– Sospecho que una foto contenía un programa de descodificación y las otras contenían los archivos. Así que al descargar las fotos el programa de descodificación abre en secreto y descodifica los archivos ocultos en la segunda foto. Los entierra en una nueva carpeta en el fondo del disco duro, donde normalmente no miraría. Y él nunca los ve ni sabe que están ahí.

– Por favor, dile eso a Jargo. Que puede que ella le colara los archivos a Evan sin que él se diera cuenta.

– Pero podría haberlos visto, cielo, en el caso de que supiera que le iban a llegar -dijo Galadriel-. Sabes que Jargo no se va a arriesgar a que los haya visto.

«Y tú actúas como si fueses tan dulce como un caramelo -pensó Carrie- pero no serás tan estúpida como para ayudarme cuando realmente lo necesito.» A Carrie no la engañaba la dulce voz de Galadriel. Al otro extremo de la línea había una mujer con espinas de acero.

– ¿Hay copias en los servidores que entregaron los correos electrónicos?

– Borradas, supongo que por Donna. Qué avispada -comentó Galadriel.

– ¿Donna era amiga tuya?

– No tengo amigos en la red, cielo, ni siquiera tú. Los vínculos son peligrosos.

– Así que no tenemos nada para continuar.

– En realidad sí lo tenemos. Donna estaba en un foro de discusión sobre ópera y libros. Y en un grupo que buscaba genealogías en Texas.

– ¿Genealogías? -dijo Carrie.

– Chica lista. Resulta algo extraño que a Donna Casher le interesase la genealogía.

– Correcto. No tiene sentido dibujar un árbol genealógico cuando tienes un nombre falso.

Carrie entró en la página web del grupo de genealogía y encontró un índice de mensajes. Los correos electrónicos dirigidos al grupo eran sobre todo solicitudes de gente que buscaba conexiones con apellidos específicos en condados concretos de Texas. Cada mensaje se dirigía a un miembro en concreto a través de la dirección de correo electrónico de la lista de genealogía, por lo que cada mensaje enviado a esa dirección llegaba a todos los subscriptores. No era un foro para diálogo privado.

– Sólo crucé los datos de quien le enviaba correos a Donna con la lista de suscriptores -explicó Galadriel-. Ve al mensaje número cuarenta y uno.

Carrie lo hizo. Un correo de Paul Granger decía:

Estoy muy interesado en la historia familiar de Samuel Otis Steiner que mencionó usted en el foro de genealogía. Mi abuela se llamaba Ruth Margaret Steiner, nació en Dallas y murió en Tulsa; era hija de una familia inmigrante de Pensilvania. Puedo aportar el historial que solicitaba sobre la familia Talbott originaria de Carolina del Norte, que se mudó a Tennessee y apareció nuevamente en Florida. Por favor, indique si tiene usted los historiales apropiados o acceso a ellos. Mi hija y yo vamos a visitar Galveston pronto y estamos interesados en conocer nuestra historia en 1849. Puede ponerse en contacto conmigo en el 972 555 34 78.

Saludos,

Paul Granger

Carrie volvió a la lista de discusión de genealogía. Al final de cada mensaje había un enlace al archivo en línea de la lista. Entró y realizó una búsqueda sobre Samuel Otis Steiner.

Sólo encontró una única nota sobre Steiner, de Donna Casher, de hacía aproximadamente dos días. Hizo una búsqueda con el nombre de Donna Casher; ésa había sido la única nota con la que Donna había contribuido al grupo de discusión. Simplemente había solicitado información a alguien que conociese a la familia de Samuel Otis Steiner.

– No se trata de buscar raíces, está claro -dijo Galadriel-. Es un contacto.

– Una manera en apariencia inocente de comunicarse sin levantar sospechas. -Carrie estudió el mensaje tan extrañamente redactado. No había ningún código obvio, pero los números podrían ser una clave-. Ese número, ¿qué es?

– Un segundo. -Galadriel la puso en espera y volvió veinte segundos más tarde-. Cariño, es un código telefónico del centro de Dallas. Lleva a un sistema de correo de voz. No identifica a quién pertenece. Tendré que ver si puedo encontrarlo en la base de datos de la empresa telefónica.

Carrie observó el mensaje de nuevo.

– Dieciocho, cuarenta y nueve. ¿No parece un poco extraño en este contexto poner una fecha límite? ¿Sólo quieres volver atrás hasta un punto, y no más allá? Los genealogistas no se detienen en una fecha en particular.

– Estoy jugando con los números, cielo. Sospecho que es un código.

– ¿Uno que hemos usado nosotros?

– No te lo puedo decir, bonita, pero lo comprobaré.

Carrie chasqueó la lengua.

– Dieciocho, cuarenta y nueve podría ser la clave del resto del mensaje. Coger la primera letra, la octava, la cuarta y la novena, y luego repetir. O el mismo patrón, pero con palabras.

– Un enfoque demasiado obvio, querida-indicó Galdriel-. Estoy mirando el registro del servidor de la cuenta de correo electrónico de Donna Casher. No hay más mensajes de Paul Granger ni de nadie más.

– Así que esta cuenta de correo de voz en Dallas es todo lo que tenemos.

– Dieciocho, cuarenta y nueve -explicó Galadriel- podría ser una palabra en código. Un aviso, una instrucción y el resto del mensaje, menos el número de teléfono, es camuflaje. Como si 1849 significase «corre como alma que lleva el diablo» o «nos han atrapado» o «pasa al plan B».

– O «llama a tu hijo, tráelo a casa y luego corred como alma que lleva el diablo» -dijo Carrie-. ¿Te suena el nombre de Granger?

– No, lo he comprobado. No está en nuestra base de datos. Buscaré en los registros nacionales del permiso de conducir, pero lo más probable es que sea un alias. Y he comprobado los registros de mensajes y no hay mensajes de Granger a Evan ni a Mitchell Casher.

Carrie dijo:

– Por favor, rastrea ese mensaje.

– Ya lo he hecho. Se envió desde una biblioteca pública en Dallas.

– ¿Qué es lo siguiente?

– Tenemos una convergencia de datos en Dallas. Veré si puedo conectar alguno de nuestros enemigos conocidos con la zona. -Galadriel hizo una pausa-. ¿Estás trabajando en esto con Dezz?

– Sí.

Galadriel hizo un ruido con la garganta.

– Buena suerte con eso, querida.

– Gracias, Galadriel.

Carrie colgó y llamó a la puerta de Dezz. Después de un momento contestó, mientras colgaba un teléfono móvil y se lo metía en el bolsillo.

Le habló de las pistas.

– ¿Qué se supone que debemos hacer si encontramos a este Granger y al gobierno de Estados Unidos al completo justo detrás de él?

– Correr -dijo Dezz-, rápido y lejos.

– Matarán a Evan. No se merece morir.

– Lo que Evan Casher se merece podría cambiar de un momento a otro. Si se hace público lo que le ocurrió nos jorobaría bien. Tendríamos que cerrar, al menos durante un año, y no podemos permitirnos eso.

– Debe de ser agradable tener tan poca moralidad, te cabría toda en el bolsillo.

Dezz sonrió.

– Y esto lo dice la puta. ¿Necesitas que te preste un poco de conciencia? Tengo para dar y tomar.

– Evan no tiene que morir si puede ayudarnos. A mí me escucharía. No sabe nada, no es una amenaza.

– Eso piensas tú.

– Eso pienso yo.

– Piensas demasiado -dijo Dezz-. Tus neuronas están funcionando todo el rato.

– Como a la mayoría de la gente.

– La mayoría de la gente no, incluida tú. Lo estropeaste al no encontrar esos archivos.

Carrie lo ignoró.

– Dime la verdad, cielo. ¿Conoce Evan a los Deeps?

– No -respondió ella-, no los conoce. Estoy segura de ello.

Podía ver que no le creía. Sirvió café. Jargo salió de su habitación, pálido.

– El hombre calvo -dijo Jargo-. Tenemos una identificación positiva de los elfos sacada de los historiales de teléfono del correo de voz y del documento de identidad. Se llama Joaquín Gabriel. Un ex agente de la CIA. Los elfos están investigando la vida de Gabriel para ver dónde encaja en ella Evan Casher.

– ¿Por qué querría Gabriel a Evan? ¿Qué le hizo a la CIA? -preguntó Carrie.

Una ligera sensación de miedo le subió por la espalda.

– La CIA. Estamos jodidísimos -dijo Dezz.

– Lo pusieron de patitas en la calle hace cuatro años -explicó Jargo.

– Quizá lo pusieron de patitas dentro otra vez -comentó Dezz.

– Gabriel arreglaba los enredos y las pifias -dijo Jargo-. Lo que la gente llama un pescatraidores. Encuentra gente de dentro que puede acabar con la CIA.

– ¡Mierda! -exclamó Dezz.

– El señor Gabriel tiene una cuenta que saldar conmigo. -El teléfono de Jargo sonó otra vez. Escuchó, asintió y colgó-. El yerno de Gabriel tiene una casa de fin de semana cerca de Austin. En un pueblo llamado Bandera. Puede que Gabriel haya escapado hacia allí. Sólo está a una hora o así.

– Bien -dijo Dezz-. Me estoy aburriendo.

Formó con las manos la figura de una pistola e hizo como si le disparase a Carrie en medio de los ojos.


Capítulo 11

<p id="_Toc203056723">Capítulo 11</p>

La bala impactó en la pared, unos quince centímetros por encima del cabecero. Gabriel se sacudió y se estremeció, abrió los ojos de par en par.

– Mi madre está muerta. Mi padre ha desaparecido. Última oportunidad -dijo Evan-. ¿Dónde estamos?

– Cerca de Bandera.

A Evan le sonaba, era un pueblo pintoresco de la zona de Texas Hill.

– Es la casa de vacaciones de mi yerno. Mi hija se casó bien.

Gabriel miraba la pistola, no a Evan.

– ¿Eres de la CIA o un agente de seguridad privado?

– Privado -dijo después de un momento-, pero estuve en la CIA, y tu madre… me conocía a mí y también conocía mi trabajo. Por eso me llamó. Solía encargarme de seguridad interna. Solía. La agencia me echó porque era un grano en el culo.

– No me digas. Dime cómo contactar con mi padre.

– No sé cómo hacerlo.

Gabriel se aferraba implacablemente a ese aspecto de la historia. Evan decidió hacer la pregunta de otra manera.

– ¿Mi padre sabe cómo ponerse en contacto contigo?

– No. Esto fue un acuerdo con tu madre. No tuve contacto con él.

– Estás mintiendo.

– No. Tu madre pensaba que no era necesario que yo lo supiese. -Gabriel esbozó una sonrisa amplia y torcida, un poco de loco-. Tu madre le robó los archivos a Jargo. Éste tiene acceso a tu padre porque tu padre también trabaja para Jargo. Tu padre ha desaparecido. Haz las cuentas.

Evan no había pensado con claridad, dadas las prisas y el caos desordenado de las últimas veinticuatro horas.

– Jargo tiene a mi padre.

– Es bastante probable. Sospecho que estaba en una misión para Jargo cuando tu madre decidió escapar. Jargo lo averiguó y cogió a tu padre para tenerlo bajo control. Probablemente él les dio la contraseña del ordenador de tu madre para que Jargo pudiese buscar los archivos.

– Necesito esos archivos para rescatar a mi padre de Jargo.

Pero los archivos habían desaparecido, se habían evaporado en la nada. El corazón le dio un vuelco. Habían entrado rápidamente en su portátil. Conocían su contraseña. Probablemente por su padre, que realizaba el escaso mantenimiento de que disfrutaba el sistema de Evan.

– Lo único que les interesará ahora es asegurarse de que no sabes lo que había en los archivos, y que no tienes copias de ellos. -Gabriel le dirigió a Evan una sonrisa sarcástica-. Soy tu única esperanza para esconderte de esa gente.

– ¿Dónde encaja Carrie en todo esto? Sabía que yo estaba en peligro, intentó advertirme.

– ¿Quién es Carrie?

– No importa -dijo Evan después de un momento.

Gabriel cerró los ojos.

– Está claro que me equivoqué en la manera de negociar contigo, Evan. Debí haber confiado en ti.

– ¿Tú crees?

– Felicidades, ya te has probado a ti mismo ante mí. Pero no entiendes lo que está en juego. Esos archivos que robó tu madre podrían acabar con Jargo, y es un tipo muuuy malo. Tengo que conseguir esos archivos. Son la prueba que necesito.

– Contra Jargo.

– Sí. Para probar que no debería haber perdido mi carrera todos estos años. Que Jargo cuenta con traidores dentro de la CIA trabajando para él. -Gabriel tosió-. La CIA es, sobretodo, una organización con personas trabajadoras y honestas. Pero una manzana podrida puede hacer que el resto también se pudra, y Jargo conoce a las manzanas podridas. Tu madre vino a mí porque sabía que yo no era una manzana podrida, Evan. Tenía miedo de ir directamente a la agencia porque no quería dar esta información y alertar a Jargo. Él tiene gente a sueldo en la agencia, y también en el FBI. Si se enteran de estos archivos o de dónde estás tendrán tantos motivos para deshacerse de ti como Jargo. No quieren ser descubiertos. -Gabriel se pasó la lengua por los labios-. Evan, apuesto a que si esos archivos eran tan valiosos, tu madre escondió otra copia. ¿Dónde podría estar? Piensa. Si tienes otra copia todavía puedo ayudarte.

– O simplemente podemos llamar a la CIA.

– Evan, ¿crees que la CIA quiere que estas noticias se hagan públicas? ¿Que se sepa qué círculo de espías independientes opera delante de sus narices, entre sus propios muros? -Gabriel se pasó de nuevo la lengua por los labios-. La CIA me echó por sugerir la más mínima posibilidad. Algunas personas de la CIA te matarían antes de dejarte manchar la credibilidad de la agencia. Te están buscando tanto como Jargo.

La CIA. Ese pensamiento hizo que Evan sintiese en la piel unos pinchazos fríos. Jargo era un asesino, pero era sólo un hombre. Pero si esos archivos amenazaban a la CIA, podrían encontrarlo. No se podría esconder de ellos eternamente.

– ¿A quién tengo que llamar de la CIA para decirles que paren?

Gabriel se rió, emitió un sonido frío y sarcástico.

– No les dirás una mierda, hijo. No paran. Te persiguen hasta que te encuentran, ven lo que sabes y si sabes demasiado te matan. Yo no iría corriendo a la CIA si fuese tú.

– Así que tanto ellos como Jargo quieren los archivos. ¿Los archivos son listas de traidores dentro de la CIA que ayudan a Jargo, o agentes, o nombres u operaciones que están en movimiento?

– Nombres. ¿Ves como ahora confío en ti?

– ¿De agentes? -Gabriel se encogió de hombros-. ¿Qué ibas a hacer cuando mamá te diese esos nombres? -Evan lo apuntó con el arma-. No tengo ninguna razón para creer ni una palabra de lo que has dicho. Podrías haberme mentido desde el primer momento y no creo que me salvaras por ninguna deuda con mi madre ni por ser la compasión personificada. Quieres esos archivos tanto como Jargo, podrías estar mintiendo sobre su contenido y sobre por qué los necesitas.

Gabriel mantuvo la boca cerrada.

– Muy bien, la ley del silencio. Puedes contármelo todo de camino.

– ¿De camino adónde?

Evan cogió su portátil y salió de la habitación. Gabriel no se merecía una respuesta. Se sentó en el pasillo oscurecido, puso la cabeza entre las manos y barajó sus opciones. Gabriel sabía toda la verdad, pero no hablaba. Podía ponerle una pistola en la cabeza y amenazarle con matarlo si no hablaba. Pero tanto Gabriel como él sabían que Evan no lo mataría a sangre fría. Gabriel se lo había visto en los ojos.

Así que necesitaba otra táctica, y una mejor que le devolviese a Evan a su padre y detuviese a Jargo, el hombre que estaba tras la muerte de su madre, si Gabriel no estaba mintiendo.

Pero Evan tenía que hacer una llamada. Su teléfono móvil lo tenía la policía de Austin, pero el teléfono de Gabriel estaba en la barra del desayuno.

Lo cogió y marcó el número de Carrie.


Capítulo 12

<p id="_Toc203056724">Capítulo 12</p>

Habían salido como una bala de Austin hacia el sur por la I-35, y luego desviándose hacia el oeste por la autopista 46, atravesando la vieja ciudad alemana de Boerne. Las colinas estaban cubiertas de robles y de cedros que serpenteaban por sus laderas. El cielo comenzaba a nublarse.

Carrie se sentó delante, Jargo detrás y Dezz conducía. La señal de la autopista decía: «Bandera 16 km».

El teléfono de Carrie zumbó en el silencio. Lo tenía configurado para vibrar, no para sonar, y pensó «¡Dios, no!».

– Oigo un teléfono -dijo Jargo.

– Es el mío. -Las manos de Carrie se empaparon de sudor.

– Evan. ¡Aleluya! -dijo Dezz.

– Contesta. Pero sostén el teléfono de manera que yo pueda oír.

Jargo se inclinó hacia delante, puso la barbilla sobre el asiento y la cabeza cerca de la de ella.

Carrie cogió el teléfono del fondo de su bolso y levantó la tapa.

– ¿Diga?

– ¿Carrie? -Era Evan.

– ¡Dios mío, cariño! ¿Estás bien?

– Estoy bien. ¿Dónde estás?

– Evan, por el amor de Dios, creía que te habían secuestrado. ¿Dónde estás tú?

– Carrie, ¿cómo sabías que estaba en peligro cuando me llamaste?

Jargo se puso rígido junto a ella.

– Había tres hombres en tu casa cuando volví con el desayuno para los dos. Dijeron que eran del FBI, pero pensé… pensé que algo olía a chamusquina. No me gustó su aspecto. -Escogió cuidadosamente las palabras, consciente de que tenía que agradar a dos públicos-. Tenían pinta de matones haciéndose pasar por agentes del gobierno. No les dejé entrar, Evan.

– ¿Qué querían?

– Querían hacerte preguntas sobre tu madre. ¿Dónde estás? ¿Qué ocurre?

– La verdad es que no puedo hablar de ello. -Evan pareció suspirar de alivio-. Sólo quería asegurarme de que estás bien.

– Estoy bien, sólo estoy preocupada por ti. Por favor, dime dónde estás e iré, a donde sea.

– No, no quiero que te metas en esto hasta que averigüe lo que está pasando realmente.

– Maldita sea, dime dónde estás cariño. Déjame ayudarte.

Jargo le tocó el hombro a Carrie.

– ¿Adónde fuiste ayer por la mañana, Carrie? -preguntó Evan.

– Tú… -cerró los ojos-, me diste mucho que pensar la última noche. Fui a dar un paseo en coche. Luego a buscar nuestro desayuno. Siento no haber estado allí cuando te despertaste. No quería enviarte un mensaje equivocado.

– Deberías irte de Houston. Poner distancia entre tu vida y la mía. No quiero que te hagan daño… quienquiera que me persiga.

– Evan, déjame ayudarte. Por favor, dime dónde estás. -Jargo la acercó más a él y puso la oreja incluso más cerca del teléfono-. Te quiero.

Un momento de silencio.

– Adiós Carrie. Te quiero de verdad, pero no creo que podamos hablar durante un tiempo.

– Evan, no.

Evan colgó.

Jargo la empujó con fuerza contra la ventana.

– ¡Maldita sea, estúpida zorra!

Le golpeó con fuerza la cabeza contra el cristal y le clavó el cañón de su Glock en el cuello.

– ¿Paro el coche?

– No.

Jargo le arrancó el teléfono a Carrie, leyó el registro de la llamada, marcó el número de Galadriel en su teléfono y le ordenó que siguiera la pista del número. Colgó y miró fijamente a Carrie.

– ¿Lo llamaste para advertirlo? Me dijiste que no lo habías llamado.

– No, lo llamé para darle una razón para alejarse del FBI y de la CIA si venían a buscarlo.

– No te dije que hicieses eso -respondió Jargo.

– Quería que no hablase, de nada, hasta que pudiésemos atraparlo. No llegaste a él a tiempo. Dejaste que la policía lo atrapara. Pero no pude seguir, Gabriel atacó el coche patrulla justo cuando lo tenía al teléfono.

– ¿Por qué no me lo dijiste?

– Porque te hubieras vuelto loco, igual que estás haciendo ahora. No conseguí información útil, pero no nos hice correr ningún riesgo.

– Si la policía recupera su teléfono móvil tu número estará en el registro.

– Utilicé un teléfono de reserva. Robado. Es imposible seguirle la pista.

– Eso fue una estupidez -dijo Jargo.

– Lo quieres vivo para recuperar los archivos. No quería que les dijese ni una palabra a la policía sobre la CIA por si su madre le había hablado de ti o de los archivos. Fue para protegerlo a él y a ti. Nuestros intereses eran los mismos.

Miró la pistola de Jargo, se preguntaba si estaría muerta en el tiempo que tarda la bala en salir por el cañón.

Él bajó la pistola.

– La verdad es que no es el momento para preocuparme por tu lealtad. ¿Está claro?

– Como el agua. -Le agarró el brazo a Jargo-. La CIA mató a mis padres, ¿crees que quiero que maten a Evan? Si está con Gabriel y podemos recuperar a Evan, déjame que hable con él. Será mucho más fácil si me dejas hacerlo. Por favor.

– Crees que podemos reclutarlo.

– Creo que puedo comenzar el proceso. Lo ha perdido todo, excepto a mí. Es vulnerable y puedo ganármelo, sé que puedo.

– Dijo que te quería -dijo Jargo.

– Sí. Me lo dijo anoche. -Miró hacia el frente.

– Así que tú eres su debilidad -añadió Jargo riéndose.

– Parece que sí.

– Que te quiera debería facilitar las cosas -apuntó Dezz riéndose-. Tráelo de vuelta con un buen polvo y todo arreglado.

– Cierra tu apestosa boca -le dijo.

Quería romperle la nariz a Dezz, partirle los dientes y acabar con su sonrisita maliciosa.

El teléfono de Jargo sonó y éste contestó:

– Galadriel, no me defraudes por favor. -Escuchó y asintió-. Gracias. -Colgó-. El teléfono está a nombre de Paul Granger.

– El mismo nombre que el del correo electrónico -explicó Carrie-. ¿Cuánto falta para llegar?

– Menos de cinco minutos -respondió Dezz.

Luego se oyeron sirenas y vieron las luces rojas y azules de la policía brillando detrás de ellos.


Capítulo 13

<p id="_Toc203056725">Capítulo 13</p>

Carrie estaba a salvo.

«Matones que se hacían pasar por agentes del gobierno», le había dicho ella. ¿Realmente era el FBI? ¿O podría ser la CIA quien lo buscaba? ¿Cómo tendrían información sobre él, sobre sus padres o sobre esos detestables archivos? No tenía sentido para él, pero nada lo tenía esa mañana. Lo importante era que Carrie estaba sana y salva. Tendría que haber resistido el impulso de escuchar su voz y mantenerla alejada de esta pesadilla.

«Te encuentro y te pierdo de repente», pensó. Pero sólo hasta que encontrase a su padre y averiguase la verdad de lo que le había ocurrido a su familia. Luego podrían estar juntos de nuevo.

Volvió a la habitación en la que estaba encadenado Gabriel. Ahora éste se hallaba sentado cerca del cabecero.

– Mi novia dijo que el FBI me estuvo buscando ayer por la mañana.

– Es bastante posible -dijo Gabriel-. ¿Qué quieres que haga yo?

– No se creyó que fuesen auténticos agentes del FBI. ¿Podrían haber sido de la CIA? Tú atrapas a mi madre en Austin y ellos a mí en Houston.

– Si te quisiesen a ti te habrían cogido antes y te habrían llevado con ellos. No sé quién ha sido. Lo siento.

Gabriel movió la cadena.

– ¿Me vas a dejar aquí?

– Todavía no lo sé.

Evan encerró a Gabriel bajo llave en la habitación. Recorrió a toda prisa el pasillo. Gabriel podía estar mintiendo en lo de que nadie le estaba ayudando; la CIA o cualquier amigo de Gabriel podrían llegar en cualquier momento. Entró corriendo en su habitación. Abrió la primera maleta. Había algo de ropa y mucho dinero en efectivo, lo suficiente para dejarle boquiabierto: fajos hábilmente atados de veinte y de cien. En la bolsa no había identificación, pero la etiqueta del equipaje decía «J. Gabriel», y una dirección de McKinney, un barrio a las afueras de Dallas.

Buscó la otra bolsa de Gabriel, en la que encontró un poco de ropa y dos pistolas pulcramente engrasadas y desmontadas. Metió las piezas de la pistola dentro de la bolsa del dinero. En la esquina vio una pequeña caja de metal.

Intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave. Parecía importante. Necesitaba herramientas para romperla. Metió su portátil estropeado en la maleta con el dinero. Corrió escaleras abajo hacia el garaje. Hizo sitio y metió la bolsa en el asiento de atrás del Suburban. Volvió corriendo adentro y recuperó la pequeña caja cerrada, la puso dentro de su petate, regresó al garaje y puso el petate en el asiento del acompañante.

Volvió arriba. Llevar a Gabriel abajo con las esposas no iba a ser fácil. Lo metería en el maletero del Suburban, se echaría a la carretera y llamaría a Durless. Éste le escucharía. Probablemente estaba furioso y avergonzado por haber perdido a Evan y luego el caso ante el FBI. Evan le daría la oportunidad de librarse de la humillación.

Abrió la cerradura y entró en la habitación. La cama estaba vacía y las esposas colgando del cabecero. Las cortinas bailaban con la brisa que entraba por la ventana abierta.

Evan corrió abajo. Estaba aterrado, y su propio aliento le retumbaba en los oídos. En el estudio se oía la CNN. Abrió la puerta que daba al garaje y una vez dentro se agachó. Ni rastro de Gabriel. Bordeó el garaje sutilmente iluminado y fue hacia el Suburban.

¿Dónde demonios estaba Gabriel?

La puerta del garaje se levantó de repente.


Capítulo 14

<p id="_Toc203056726">Capítulo 14</p>

Evan sabía que lo verían en cuestión de segundos. El Suburban estaba aparcado en la parte del garaje más alejada de la casa. Mientras la puerta del garaje se abría automáticamente, Evan se deslizó sobre el capó del Suburban, de modo que el vehículo quedó entre él y el resto del garaje. Se agachó a la altura de la rueda delantera derecha. Sacó del bolsillo de atrás del pantalón vaquero la pistola que le había cogido a Gabriel.

Gabriel entró corriendo en el garaje.

«Tengo sus llaves, ha salido por la ventana; éste debe de ser el único modo de volver a entrar en la casa», pensó Evan.

Si Gabriel lo había visto o no, eso lo sabría en un momento.

Se escucharon pasos dirigiéndose hacia la puerta que llevaba a la cocina. Evan oyó cómo se abría la puerta. Luego, la puerta del garaje se bajó recorriendo sus pequeños raíles. De este modo Gabriel le impedía escapar. Creía que Evan todavía estaba dentro de la casa.

Evan se arriesgó a asomarse sobre el capó del Suburban. «Seguramente tiene más armas en la casa y se dirige a buscar una, porque sabe que yo tengo la suya y que habré oído la puerta del garaje, estuviese donde estuviese en la casa.» Evan entró en el Suburban por el lado del acompañante, pasó al asiento del conductor y metió la llave en el contacto. Encontró el mando de la puerta del garaje sujeto al parasol y pulsó el botón. La puerta del garaje se detuvo.

Al momento volvió a darle al botón y la puerta subió lentamente mientras encendía el Suburban. «Por favor, que ya esté en el piso de arriba…»

La puerta de la casa se abrió; Gabriel estaba de pie en la puerta con la pistola en mano. La puerta del garaje seguía subiendo.

Gabriel le dio un puñetazo al control de la puerta y éste se detuvo. Pasó al lado de la motocicleta y se dirigió directamente a la puerta del conductor.

Evan metió marcha atrás y pisó el acelerador. El Suburban rugía mientras retrocedía y el metal chirriaba al rozar contra la puerta del garaje medio cerrada.

Gabriel disparó. La bala rebotó en el techo: había apuntado demasiado alto. Evan giró el volante y al ir hacia atrás chocó contra algo metálico situado en la parte ancha del camino de entrada. Por el espejo retrovisor vio el Malibu robado.

Gabriel corrió hacia la parte delantera del coche, apuntando a las ruedas y gritando:

– ¡Para, Evan! ¡Déjalo!

Evan arrancó el coche violentamente y el Suburban salió disparado hacia delante; Gabriel gritó al rodar por encima del capó y caer por un lado del coche.

«Jesús, le he dado», pensó Evan. Condujo el Suburban por el camino de entrada, que se extendía a lo largo de una colina bastante grande salpicada de cedros y robles. Se parecía a Hill Country. Gabriel había mencionado Bandera. Por una vez había dicho la verdad.

La carretera serpenteaba hasta un portón de metal cerrado que vallaba la propiedad y la separaba de un pequeño camino de campo. Evan presionó el otro botón del mando del garaje, esperando que el portón fuese eléctrico. El portón no se movió. Luego vio un nudo hecho con una cadena que cerraba la puerta. Buscó en la guantera situada entre los asientos del Suburban y luego en el llavero del coche. No había más llaves.

Evan cogió la pistola del asiento del conductor, salió del Suburban y dejó el motor en marcha. Apuntó al enorme candado de la cadena, dio uno o dos pasos atrás y disparó.

El disparo resonó como un trueno entre las silenciosas colinas. El candado se balanceó, tenía un agujero en un borde. Lo probó y vio que aguantaba.

Oyó el zumbido de una motocicleta. La Ducati se acercaba a toda velocidad.

Evan mantuvo firme la mano para apuntar y disparó de nuevo. La bala atravesó el agujero del candado y éste se abrió en sus manos. Desató la cadena y dejó caer los eslabones en la gravilla al borde de la carretera. Podía oír su propia respiración, cada vez más fuerte y profunda. Abrió el portón de un empujón.

El zumbido iba en aumento. Vio la Ducati descendiendo por el camino como una bala, pasando por un hueco entre los árboles, y luego rugiendo en su dirección. Gabriel levantó la pistola. El disparo de advertencia levantó polvo cerca de los pies de Evan.

No había dónde esconderse. Con la cadena en una mano y la pistola en la otra, se metió debajo del Suburban por el lado del acompañante, sobre la arena y la gravilla.

El pánico lo había hecho ponerse a cubierto. «Estúpido, estúpido, estúpido.»

La Ducati se paró a unos trescientos metros de distancia. La parte de abajo de las ruedas estaban cubiertas de polvo de la gravilla.

– ¡Evan! -La voz de Gabriel sonaba como si tuviese los dientes rotos-. Tira la pistola. Ya.

– No -dijo Evan.

– Escúchame, no seas idiota. No escapes. Te matarán.

– Atrás o disparo.

Gabriel bajó la voz.

– Si me disparas te quedarás completamente solo en este mundo. Sin dinero. Sin un sitio adonde ir. La policía te entregará al FBI y luego ya sabes lo que ocurrirá.

– No lo sé.

– El FBI vendrá y se te llevará bajo custodia federal en nombre de la CIA. Luego te extraviarán, Evan, porque el gobierno os quiere a ti y a tu familia muertos. Te has convertido en la patata caliente que nadie quiere tocar. Soy tu única esperanza. Ahora sal.

– No estoy hablando contigo. Estoy contando. Cuando llegue al número mágico te dispararé en el pie.

Quería salir de debajo de aquel coche polvoriento y caliente, el calor del motor le oprimía el pecho.

Gabriel mantuvo la voz tranquila, como si probase distintas opciones para ver cuál atraería a Evan hacia la luz del sol.

– Evan, sé lo que es no tener ningún sitio adonde ir -Evan no respondió-. Sé cómo trabaja esa gente, Evan. Cómo te perseguirán. Puedo esconderte de ellos. O buscarte un sitio desde el que puedas negociar un acuerdo amistoso con ellos. -Se movía lentamente, rodeando el Suburban-. Y lo mejor de todo es que tengo un plan para recuperar a tu padre. -El tono de voz de Gabriel era bajo, como el de un colega íntimo.

Evan le apuntó a los pies. Su corazón latía contra la gravilla.

– Tu madre confiaba en mí y le fallé. Me siento responsable. Pero recuerda, rompí la cuerda de un disparo, te salvé la vida -Gabriel hablaba más bajo-. Te estoy hablando, no intento sacarte de ahí a rastras para pelearme contigo.

«Porque te golpeé con un coche y porque tengo una pistola y lo sabes. Me oíste disparar al candado. Y estás herido, malherido por el choque con el coche, pero todavía me perseguiste hasta aquí. Me necesitas, porque quieres a Jargo y yo soy el cebo.»

– Tenemos que ir a Florida -dijo Gabriel-. Allí es donde iba a llevar a tu madre. Allí esperaba encontrar a tu padre.

Gabriel le dio una pequeña esperanza.

– ¿En qué parte de Florida?

– Podemos hablar de los detalles cuando salgas. Tengo una idea para devolverte a tu padre.

– Escuchemos tu plan entonces -continuó Evan.

«Que Gabriel siga hablando. Deja que su voz le traicione si realiza cualquier movimiento repentino, como ir corriendo hacia el Suburban.»

– Jargo quiere a tu padre para atraerte a ti y asegurarse de que no le puedes hacer daño con los archivos. La CIA quiere a tu padre o los archivos para arrestar a Jargo y a quienquiera de la CIA que trabaje con él. Te sugiero que ofrezcas un trato a cada parte, ponlos cara a cara. Luego amenazas con destapar a ambas partes: a Jargo por ser un espía independiente y a la CIA por negociar con él, lo cual sería una vergüenza para ellos; así podrás negociar para que devuelvan a tu padre. Haz que se enfrenten. Podemos planear los detalles. Pero sal y hablemos.

«¿Y qué ganas tú con ese plan?», se preguntó Evan. No podía imaginar lo que quería Gabriel; venganza, tal vez. Pero ¿contra Jargo y contra la CIA? No tenía sentido, a menos que realmente fuese un ex agente de la CIA y el trabajador más contrariado del siglo.

– De acuerdo -dijo Evan-, ahora voy a salir. No me dispares.

– Tira la pistola, Evan. Ponle el seguro y tírala.

Evan, tumbado en el suelo, apuntó con cuidado al pie de Gabriel. Le temblaba la mano y deseaba que estuviese quieta. «Haz que valga la pena.» La superficie de la carretera, con montones de gravilla, le hacía temer que la bala no fuese directa a la pierna de Gabriel.

«Tienes que herirlo lo suficiente como para poder huir como alma que lleva el diablo.»

Apuntó. Pero antes de apretar el gatillo se escuchó un único disparo. Oyó el impacto de una bala contra la carne. Gabriel pegó un grito y cayó al suelo.


Capítulo 15

<p id="_Toc203056727">Capítulo 15</p>

Carrie miró hacia atrás, al remolino de luces y sirenas.

– Es un policía. Te dije que fueses más despacio.

Dezz dijo:

– Estate tranquila y sigúeme la corriente.

– Dezz -señaló Jargo-, coge la multa. Eres un ciudadano modelo: nos iremos despacio y tranquilamente, ¿lo pillas?

Dezz se apartó al arcén y el ayudante del sheriff del condado se paró detrás, con la luz girando durante un minuto.

– Te pedirá el permiso de conducir -dijo Jargo-. Maldita sea, Dezz. Si perdemos a Evan por esto te mato.

– Lo tengo todo controlado -dijo Dezz.

Carrie se puso tensa, se giró para ver cómo el ayudante del sheriff salía del coche patrulla y caminaba hacia el lado del conductor. «Déjanos marchar, por favor -pensó-. Por favor.»

Antes de que el ayudante del sheriff pudiese decir una palabra, Dezz le tendió sus credenciales federales falsificadas para que las inspeccionara, diciendo:

– Agente especial Desmond Jargo del FBI. Me dirijo a Bandera para localizar a una persona de interés en un caso con base en nuestra oficina de Austin.

El ayudante cogió la tarjeta que le ofreció y la estudió cuidadosamente. Se la devolvió a Dezz, echó un vistazo dentro y se dirigió a Carrie.

– ¿Tiene usted su identificación, señora?

– No la necesita, está conmigo -explicó Dezz.

El ayudante miró a Jargo en el asiento de atrás.

– Hola, oficial -saludó Jargo.

– Son testigos. Van conmigo -añadió Dezz.

– ¿Los papeles? -solicitó el ayudante.

– ¿Ha escuchado una sola palabra de lo que le he dicho? -dijo Dezz-. Agente especial. Estoy en un caso. Y tengo prisa. Lo simplificaría más, pero «agente» y «especial» ya son palabras lo bastante cortas.

– Magnífico. Los papeles, señor, por favor.

Dezz le tendió la tarjeta y el ayudante la observó antes de devolvérsela.

– Gracias. ¿Podemos continuar, por favor?

– Tengo curiosidad. -El ayudante era joven, de aspecto descarado, una versión tardía del listillo que se sentaba en la última fila lanzando escupitajos, pero que después del instituto se había dado cuenta de que el trabajo de policía era un empleo estable en su ciudad natal. Carrie no lo miraba; miraba al frente, a la carretera-. ¿Qué caso les ha podido traer hasta aquí?

– La verdad es que no tengo tiempo para hacer un resumen -explicó Dezz- y es confidencial, así que…

– No se vaya tan rápido todavía -dijo el ayudante.

– Soy un agente federal…

– Lo he oído las tres primeras veces. Pero está en nuestra jurisdicción y no he escuchado que hablase con nuestro sheriff.

– Planeaba llamarlo dentro de poco. Todavía no habíamos localizado a nuestro sujeto y no veía la necesidad de hacer que él perdiese el tiempo.

– Ella -dijo el ayudante-. Salga del coche, señor, la llamaremos para hablarle sobre su caso.

– Esto es ridículo.

– Señor, con el debido respeto, no puede venir aquí y recorrer nuestras carreteras a ciento treinta. -El ayudante se acercó a la ventanilla de Dezz-. Sólo es una llamada y…

– No, no llamemos.

El puño de Dezz salió disparado golpeando como un martillo la parte blanda del cuello, machacándole la tráquea. El ayudante se tambaleó hacia atrás separándose de la ventanilla de Dezz. Tenía las gafas de sol ladeadas y su boca dibujaba círculos en el aire. Dezz sacó la pistola y le disparó con el silenciador. Le reventó la cabeza entre el sombrero de cowboy y las gafas baratas.

– ¡Dios mío! -gritó Carrie.

Vio un coche asomando por la cima de la colina, acercándoseles. Dezz pisó a fondo el acelerador y el sedán salió disparado hacia delante. Dezz preparó la pistola mientras conducía con una sola mano.

– ¡Dezz! -chilló Jargo.

El coche que se aproximaba, un Chevrolet destartalado de diez años, frenó al ver al ayudante del sheriff muerto en el suelo, y Carrie vio cómo la cara del conductor se quedaba estupefacta. Era una rubia de unos treinta años con gafas, con un delantal de Wal-Mart y flequillo esponjoso. Dezz disparó dos veces mientras la adelantaban a toda velocidad. La ventanilla del conductor estalló, provocando una explosión de cristal y sangre. El Chevrolet se salió de la carretera y se estrelló contra una valla que delimitaba un pasto de vacas; el capó se arrugó como papel de aluminio.

– Ni-una-sola-palabra.

Dezz giró, se metió de nuevo en el centro del carril y aumentó la velocidad hasta ciento sesenta.

Jargo se inclinó hacia delante y puso las manos alrededor del cuello de su hijo.

– Eso ha sido una estupidez -afirmó Jargo.

– No tenemos tiempo para andarnos con gilipolleces de polis.

La voz de Dezz sonaba tranquila, como si sólo hubiesen parado para mirar melocotones en un puesto de fruta de carretera.

– ¡Te ordené que cogieses la maldita multa! -dijo Jargo-. Escucha el sermón, sonríe, asiente y sé listo.

– Papá, la única identificación que tenía a mano era la federal. Iba a llamar y no podía dejarle hacer eso. Es mejor táctica matarlo ahora que tener que escapar luego. Esto sólo retrasa nuestros planes dos minutos.

Jargo le soltó el cuello y le pegó una colleja a su hijo.

– La próxima vez que desobedezcas te disparo en la mano. Te la estropearé y no podrás volver a trabajar nunca más. Y te la cortaré, y… -Jargo se dejó caer en el asiento. Bajó la voz-. No me desobedezcas.

– Sí, señor -dijo Dezz.

– No tenías por qué matar a esa mujer -dijo Carrie con un hilo de voz.

– Sólo le disparé a la ventana para que no pudiese vernos a nosotros ni el número de matrícula.

Carrie contuvo las ganas de vomitar. No podía mostrar debilidad ante él. No ahora.

Jargo dijo:

– Olvidémonos del ayudante del sheriff y de los desafortunados testigos. Tenemos trabajo que hacer.

Carrie sabía que cuando hablaba de olvidar lo sucedido se refería a ella; los dos inocentes ya estaban lejos de la mente de Dezz. Carrie comprobó su arma y se pasó una mano por la boca.

– Carrie, esas muertes que acaban de ocurrir son lamentables -dijo Jargo-, lo digo en serio. Pero no puedo pensar en ellos como personas, ¿sabes? No puedo imaginar que son el hijo de alguien o que tenían por delante una vida que valía la pena. Tienes que visualizar el objetivo. Es la única manera de mantenerse cuerdo.

Carrie sabía que ambos eran más fríos de lo que era capaz de imaginar. Eran peores que dementes. Habían escogido asesinar sin sentir el más mínimo remordimiento.

«Por favor, Evan, procura no encontrarte en esa casa. Procúralo.»

– Busca un camino secundario -ordenó Jargo-. Alcánzame el GPS. Sólo porque Evan haya llamado a Carrie no quiere decir que se haya librado de Gabriel. Podría ser una trampa de Gabriel o de la CIA para llevarnos hasta allí.

Una trampa, con Evan como cebo. No quería ni pensar en ello.

– Evan…

– Carrie, lo sé. No quieres que le hagan daño. Nosotros tampoco. Tengo mis propias razones para querer asegurarme de que Evan esté a salvo.

La mentira, porque estaba segura de que no decía la verdad, sonaba persuasiva en boca de Jargo.

Dezz señaló la pantalla del GPS.

– Hay una carretera de acceso a menos de un kilómetro de la entrada del rancho. Iremos en esa dirección.

«Debo llegar a Evan primero -pensó Carrie-. Debo encontrarlo y sacarlo de allí antes de que Dezz y Jargo lo maten.»


La colina se elevaba desde la carretera secundaria del rancho de manera pronunciada. La piedra caliza atravesaba la frágil tierra elevándose y rajándola; cedros sedientos y pequeños robles competían entre la maleza. Dezz tomó la delantera, Carrie iba en medio y Jargo en la retaguardia.

Dezz paró tan repentinamente que Carrie casi le pasa por encima.

– ¿Qué ocurre?

– He escuchado un siseo.

Por primera vez Carrie escuchó temblar la voz de Dezz.

– Las serpientes todavía están hibernando -dijo Jargo-. No te preocupes, pequeñín.

Su tono era una combinación de enfado y de arrogancia. Carrie pensó que todavía le escocía que Dezz le hubiera desobedecido antes.

– No me gustan las putas serpientes -dijo Dezz.

Dio un paso adelante, indeciso. Carrie lo rodeó para ir delante, abriendo paso a través de los árboles. Dezz caminaba como si estuviese en un campo de minas, dando un paso después de otro con mucho cuidado.

– Dezz, no pasa nada. -Carrie deseaba que una serpiente de cascabel saliese de debajo de una roca y le fustigase la cabeza, que le clavase los colmillos en la cara, en la pierna o en el trasero-. Creo que lo que oíste era el viento entre las ramas.

Dezz no se movía.

– Dezz odia las serpientes, los reptiles, cualquier cosa que arrastre la tripa por el suelo -explicó Jargo-. Debería regalarle una cobra como mascota. Ayudarle a superar su debilidad.

Dezz hizo un ruido gutural.

– Ahora ya sabes cómo castigarle cuando no te escuche -le comentó Carrie a Jargo-. Ponle una serpiente de cabeza de cobre en la cama.

Oyeron un ruido de metal, y luego otro. Un tiro, un grito y el rugido de un motor alejándose de ellos.

Jargo agarró a Dezz por el brazo y los tres corrieron cuesta abajo. Luego subieron otra pequeña colina, pasaron corriendo un establo y un estanque de piedra caliza; oyeron acelerar otro motor, el estallido de un disparo lejano y vieron a un hombre calvo conduciendo una motocicleta por el camino de entrada.

– Gabriel -aseguró Jargo.

Dezz corría muy deprisa por el camino, Jargo lo seguía. Éste gritó por encima del hombro:

– Carrie, protege la casa.

Ella no se detuvo y Jargo la apuntó con una pistola.

– Haz lo que te ordeno.

Evan no iba en la motocicleta, puede que estuviese dentro de la casa. «Ésta es mi oportunidad.» Asintió y volvió corriendo hacia la casa.


Al ver a Gabriel hablando con un Suburban aparcado, Dezz se agachó entre los cedros. Jargo se arrodilló a su lado.

«Evan -pensó Dezz en silencio, haciéndole a Jargo una mueca-. Está en el coche.» Jargo asintió. Los dejaron hablar unos minutos.

Dezz no podía ver en qué parte del Suburban estaba ese gilipollas. Pero luego escuchó, desde debajo del coche, un grito claro «Voy a salir…» y vio a Gabriel apuntar hacia la parte de abajo del Suburban.

Dezz se puso de pie, apuntó y disparó.

El hombre calvo se sacudió, la sangre le brotaba de la espalda, y cayó dando un sofocado grito de agonía.

– No mates a Evan -le susurró Jargo a Dezz-. Hiérelo si es necesario. Lo prefiero vivo para que responda a mis preguntas. -Agarró el brazo de Dezz-. ¿Está claro?

– Por supuesto.

Jargo frunció el ceño.

– No has tenido un día como para inspirar confianza.

– Concédeme el beneficio de la duda, papi.

Luego Dezz chilló:

– ¡Quietos! ¡FBI!

Bajó la colina. Jargo se quedó quieto, mirando hacia atrás, hacia la casa donde Carrie había desaparecido. Silencio. Esperaba que Gabriel trabajase solo. Los cazatraidores lo hacían a menudo, no confiaban en nadie. Jargo sabía que era una manera triste pero inteligente de vivir. Se volvió a meter entre los árboles para observar, por si acaso Evan salía disparando.


Gabriel reptó hacia su pistola, retorciendo la cara de dolor. Otra bala golpeó la piedra caliza que estaba junto a su cabeza y dejó de moverse.

– He dicho que quieto -oyó decir Evan.

No era una voz enfadada, sino tranquila. Una voz joven, casi divertida. No era una sugerencia. Era una orden en toda regla.

– ¡Mierda! -dijo Gabriel-. Él, él…

– ¿Evan? Ha llegado la caballería -dijo la voz.

– Tu casa… -jadeó Gabriel.

Una segunda bala lo alcanzó, esta vez en el hombro. Gabriel gritaba de dolor, se retorcía en el polvo con una mirada de asombro en los ojos. Evan podía ver las piernas de un hombre caminando hacia él.

«Tu casa.» Evan contuvo el terror que se apoderaba de su pecho, de su vientre.

La voz dijo:

– Ahora estese quieto, señor Gabriel, Si te sigues moviendo me pondrás muy nervioso. No me gusta ponerme nervioso. -Luego la voz se iluminó-. ¿Evan? ¿Estás debajo del coche o dentro de él?

Evan no contestó. Esa voz. Era la voz de la cocina de sus padres. La voz del asesino de su madre. La ira le invadió.

– Eh, Evan, han llegado los buenos. FBI. Ahora sal, por favor.

Evan era incapaz de creer a nadie que dijese que era del FBI y le disparara a un hombre herido.

– Todo está bien, Evan. Ahora estás a salvo. Si tienes una pistola lánzala, no queremos ningún accidente.

Gabriel gemía y sollozaba.

– Evan, no sé lo que este puñetero viejo loco te ha dicho, pero estás totalmente a salvo. Soy del FBI. Me Hamo Dezz Jargo. -Una pausa de énfasis-. Y conozco a tu padre. Está preocupadísimo por ti. Le siguió la pista hasta aquí al señor Gabriel. Necesito que salgas. Vamos a llevarte junto a tu padre.

Jargo. Evan imaginó que Jargo sería un hombre más mayor. Este tío parecía demasiado joven para llevar una red criminal.

– Enséñame tus credenciales -chilló Evan.

– Bueno, aquí tienes -dijo Dezz amablemente.

– Es un maldito embustero -chilló Gabriel.

Las piernas que caminaban le dieron de repente una patada en la cabeza a Gabriel. De la boca le salió sangre y tres o cuatro dientes de delante, y Gabriel se quedé quieto. Evan no sabía si aún respiraba.

– Evan, ahora sal, por favor -dijo Dezz-. Es por tu propia seguridad.

Evan disparó al pie de Dezz.


Carrie fue del garaje a la cocina. Todo estaba en silencio, salvo por la televisión, en la que estaba puesta la CNN.

– ¿Evan? -llamó-. Evan, cariño, soy yo, Carrie. Sal.

Silencio. De repente sintió un escalofrío y entró en todas las habitaciones con miedo a encontrarlo muerto.

Él la había llamado, tenía que estar libre.

A menos que fuese una trampa y Gabriel lo hubiese matado al acabar de hablar con ella. Intentó pensar. Gabriel era un ex agente de la CIA. Esos archivos -no estaba segura de lo que contenían que hacía sudar tanto a Jargo- le interesaban a Gabriel porque se había vuelto independiente, o se había convertido en un traidor, o bien había vuelto a trabajar para la agencia. Trucos e ilusiones, este mundo no era más que trucos e ilusiones; no había verdad en nada ni en nadie, excepto en Evan tumbado en la cama diciendo: «Te quiero».

Recorrió rápida y eficientemente las habitaciones del piso de abajo antes de subir corriendo a la planta de arriba. La última vez que lo había visto estaba en cama, dormido, en paz, y ahora había tenido que soportar todo aquel infierno. Su madre estaba muerta y Carrie había sido incapaz de parar aquello y de protegerlos a Donna y a él. Su madre murió estrangulada. A los suyos les habían disparado.

«Por favor, Evan, ojalá estés aquí, no ahí abajo con Dezz. O mejor que no estés aquí, que estés lejos, donde él no pueda encontrarte.»

Buscó desesperadamente en todas las habitaciones, esperando encontrarle primero.


Dezz aullaba y saltaba sobre el pie sano, pero no se apartó muy lejos. Al contrario, soltó una carcajada falsa.

– Una manera jodidamente divertida de darme las gracias por salvarte -gritó-. Gabriel te estaba apuntando cuando te decía que salieses. Te he salvado el culo.

Evan esperó. Pensó que Dezz correría a ponerse a salvo. Era lo más sensato. Dezz no lo hizo, pero tampoco se acercó más.

– Tu padre -dijo Dezz- se llama Mitchell Eugene Casher. Nació en Denver. Lleva casi veinte años trabajando como consultor informático.

– ¿Y?

– Que si simplemente fuese del FBI, sabría esto. Pero soy amigo suyo, Evan. Su helado favorito es el de nuez de pecan. Le gusta el filete medio hecho. Su programa de televisión favorito es Hawai Five-0 y a menudo aburre a la gente hablando de él. ¿Te suena familiar?

En efecto, le sonaba.

– ¿De qué lo conoces?

– Evan, ahora tengo que confiar en ti. Tu padre hace trabajos especiales para el gobierno. Yo me encargo de sus casos. Estoy aquí para protegerte. Tu familia está en el punto de mira de mucha gente, incluido el señor Gabriel, aquí presente, a quien echaron de la CIA.

La voz. Comparó la voz de Dezz con la voz que había oído detrás de él cuando estaba de rodillas en la cocina, con una pistola apuntándole en la cabeza y la cara de su madre muerta a pocos centímetros de la suya. Ahora no estaba seguro. Aquellos horribles momentos estaban envueltos en una especie de neblina. Intentó recordar la voz que había hablado mientras su madre estaba muerta, la voz que le hablaba al oído mientras se moría colgado de la cuerda.

– Sé un buen chico y sal. Compartiré contigo mis caramelos.

– No me hables como si tuviese cuatro años -dijo Evan.

– Nunca se me ocurriría tratar como a un niño al famoso director.

Evan esperó. Al lado del pie de Dezz cayó un envoltorio de caramelo.

«Si le disparo todavía quedará uno; si es que los dos hombres aún van juntos.»

– Tengo una amiga en la casa que está preocupada por ti -dijo Dezz-. Carrie está aquí conmigo.

Evan pensó que había escuchado mal.

– ¿Qué?

Se puso tenso. Mentira. Tenía que ser mentira.

Después de diez segundos de silencio, Dezz dijo:

– Lo siento Evan. Quédate quieto. Sólo tengo que tomar una pequeña precaución.

Y disparó a la rueda delantera derecha del Suburban. El pesado coche se hundió y se posó del lado del que reventó la rueda.

– No puedo arriesgarme a que me dispares y te largues en el coche. No vamos a hacer un duelo a la mexicana. Quiero llevarte con Carrie. Y con tu padre. Sal con las manos en alto, lo llamaremos, juntaremos a todo el mundo. Una bonita reunión familiar.

Evan rechinó los dientes. No. Dezz era un mentiroso, un asesino. No creería nada de lo que dijese sobre Carrie. Estos hombres habían encontrado unos archivos invisibles en su ordenador, habían borrado el disco, habían dejado el ordenador en su configuración por defecto en sólo unos segundos y habían encontrado la guarida de Gabriel en medio de la nada. Saberse el nombre de su novia no era nada. Era un truco, tenía que ser un truco para cazarlo.

Tenía que salir de allí. Pero no podía conducir el Suburban con la rueda pinchada.

La Ducati. Estaba cerca de la parte delantera del coche, donde Gabriel la había aparcado. El coche estaba frente a la verja. La moto estaba a su derecha y Dezz se hallaba a la izquierda, en la mitad de la cuesta que subía la colina. No había manera de que Gabriel se hubiese guardado las llaves en el bolsillo cuando bajó de la moto, preparándose para disparar a Evan. ¿O sí?

Gabriel emitió un sonido que a Evan le pareció como un largo suspiro agonizante.

Tendría que dejar atrás la maleta, con el dinero y su ordenador estropeado dentro. Guardaba en el bolsillo el pasaporte sudafricano que Gabriel le había enseñado y también la identificación de la CIA de éste. El petate también estaba en el coche, pero recordó que estaba en el asiento del pasajero. Se imaginó la escena de la huida: rodaría hasta la altura del asiento del conductor del Suburban. Abriría la puerta, cogería el petate, que contenía la pequeña caja cerrada con llave que le había cogido a Gabriel, y su equipo de filmación. Le dispararía a Dezz para perseguirlo colina arriba. Se montaría en la moto y atravesaría la puerta. Probablemente era un suicidio, pero al menos moriría intentándolo.

– Trae a Carrie aquí, déjame verla y saldré -gritó.

Se produjo un silencio durante un instante, y Dezz dijo:

– Sal y te la traeré.

Dezz caminaba a unos quinientos metros de distancia, metido entre los árboles.

«Está esperando a que vayas a por la moto.» No, decidió Evan. Sólo estaba esperando. Ahora podía verle la cara a Dezz: pelo tirando a rubio, rostro delgado, de color amarillento enfermizo y de aspecto completamente demente.

«¿Mataste a mi madre? -Había oído dos voces, de eso estaba seguro, pero éste era sólo uno de los tíos-. Céntrate. Manten la mano firme cuando dispares.» Oía la voz de su padre. Nunca había sido muy bueno en las prácticas de tiro cuando su padre lo arrastraba al campo de tiro, y hacía años que no iba. Evan reptó hasta el lado del asiento del pasajero, el chasis del Suburban quedaba entre él y Dezz. Abrió la puerta. Cogió el petate y se colgó el asa al hombro.

Dezz corrió directamente hacia él, disparando y chillando:

– Evan, muy bien, levanta los brazos y ponlos donde pueda verlos, ¿de acuerdo?

Evan disparó sobre el capó; la manga de la chaqueta de Dezz se sacudía como si tiraran de ella desde atrás. Dezz cayó al suelo y Evan siguió disparando por encima de la cabeza de él hasta que vació la pistola. Llegó a la motocicleta.

Las llaves brillaban bajo la luz del sol. Arrancó el motor, pisó el embrague para meter la marcha y levantando gravilla salió disparado a través de la pequeña abertura de la verja. No miró atrás; no quería ver cómo la bala venía a por él. Así que no vio a Jargo salir de entre los robles, dispararle al hombro y fallar; no vio a Dezz de pie, apuntando con cuidado, ni a Carrie corriendo y empujando a Dezz cuando disparaba. Evan oyó el ruido de dos pistolas, su eco resonando en la colina plagada de mezquite, pero no lo alcanzó ninguna bala. Se inclinó sobre la moto, agachándose mucho. El petate le estaba haciendo perder el equilibrio y todavía tenía en la mano la pistola vacía; llevaba el mentón pegado al manillar y lo único que veía era la carretera, que lo alejaba de la muerte.


Capítulo 16

<p id="_Toc203056728">Capítulo 16</p>

Evan necesitaba un coche. Rápido. Dezz podría venir tras él en cualquier momento como un rayo y echarlo de la carretera haciéndolo papilla. Una señal próxima en la carretera indicaba que estaba a tres kilómetros de Bandera.

Entró en el pueblo, deteniéndose sólo para guardar la pistola vacía en el petate para no ir exhibiendo su armamento. Había muchas tiendas, un asador, carteles de fiestas que se celebraban cada mes. Recorrió la calle principal y se preguntó qué tal se le daría robar un coche.

Era una decisión extraña. Ya no formaba parte del mundo normal; había pasado a la tierra de las sombras, donde no había mapa, brújula ni estrella polar para guiarlo. Había visto su cara en las noticias nacionales, viendo cómo hablaban de él como la víctima de un crimen. Había atropellado a Gabriel y había seguido conduciendo. Había visto cómo le disparaban a Gabriel dos veces, pero no acudía a la policía. Había escapado del hombre que tal vez hubiese matado a su madre.

El libro de las reglas de su vida se había ido por el desagüe.

Condujo hasta donde las casas eran más pequeñas y los bordes de los jardines menos precisos.

Ciudades pequeñas: puertas sin cerrar, llaves en los coches, ¿no? Eso esperaba. Aparcó la Ducati, metió las llaves en el bolsillo y se colgó el petate al hombro. Comenzó a llover un poco, el cielo retumbaba. La mayoría de las casas tenían caminos de acceso con aparcamientos cubiertos en lugar de garajes. Bien. Eso hacía más fácil buscar un coche y se preguntaba si era ésa la manera de actuar de los ladrones. Con la lluvia todo el mundo se metió dentro. Rezó para que nadie lo viese deambular de camino en camino, mirando dentro de los coches y probando las puertas. Todo estaba cerrado con llave. Demasiado para la confianza de un pueblo.

Ya iba por el octavo camino, totalmente empapado, acercándose a una camioneta cuando la puerta principal se abrió y un tipo fuerte y con un enorme cuello salió al pequeño porche de la casa.

– ¿Puedo ayudarlo, señor? -preguntó. No era exactamente un tono de amenaza, pero tampoco lo estaba invitando a tomarse una cerveza-. ¿Qué está haciendo usted?

La mentira le vino a la boca con tanta facilidad que se quedó atónito.

– Folletos -respondió apuntando al petate-. Se supone que tengo que dejar folletos en los parabrisas, pero están demasiado mojados. Así que iba a ponerlos en el asiento del conductor.

– ¿Folletos de qué?

El gigante dio un paso hacia delante mientras miraba a Evan con cierta reserva: el pelo desgreñado, el pendiente, la camisa de bolos ahora mugrienta y llena de suciedad y de la sangre de Gabriel.

– De una nueva iglesia en la ciudad -contestó Evan-, la Comunidad de la Bendita Sangre de Nuestro Señor. ¿Ha sido usted salvado? Entregamos mayor redención por cada dólar que se aporta. Utilizamos serpientes de cascabel en nuestros oficios y…

El gigante dijo:

– Gracias, estoy bien.

El hombre volvió por donde había venido, se metió dentro y cerró la puerta.

Evan se dirigió calle abajo. Ahora iba rápido, corría bajo la lluvia. El gigante se lo había tragado, o tal vez no, e iba a llamar a la poli.

Dos puertas más abajo, su Santo Grial brilló bajo la lluvia: una camioneta abierta. Era una Ford F-150, roja, el interior estaba limpio excepto por un vaso de café de poliestireno en el sujetavasos. Había un teléfono móvil incrustado en el espacio entre los asientos y un Teletubby de peluche desgastado de tanto afecto. Las luces de la casa estaban apagadas: el buzón de correos decía «Evans». Un presagio, un golpe de suerte. Rompió un trozo de papel de su libreta y escribió: «Siento muchísimo haberme llevado la camioneta, pueden quedarse con la Ducati aparcada al final de la calle, les llamaré y les diré dónde he dejado su vehículo». Evan colocó en el porche y a la vista la nota, el Teletubby y las llaves de la Ducati. Se subió a la camioneta, la encendió y salió marcha atrás. Pensó que el teléfono móvil le sería de utilidad antes de que su enojado propietario lo desactivase.

Nadie salió de la casa.

Salió de Bandera a una velocidad modesta, comprobando la aguja del depósito: estaba casi lleno. Dios por fin le había dado un respiro por el que no había tenido que luchar.

«Ahora eres un auténtico criminal. Pero ¿qué hubiera dicho mamá? Hubiera dicho: vete a por los cabrones que me mataron.»

No. La cuestión no era vengarse, sino salvar a su padre. Gabriel había nombrado Florida como el punto de reunión con él. Su padre ya estaría allí, si es que no lo tenía el grupo de Dezz Jargo. Era casi mediodía. Debía conducir hasta San Antonio y luego dirigirse al este. Puso en marcha la radio mientras se echaba a la carretera. Willie Nelson imploraba que Whiskey River se llevase su recuerdo. La tormenta estalló con toda su furia y dirigió la camioneta hacia el sureste. Sabía que las señales lo guiarían hasta la extensión de San Antonio. Luego podría tomar la Interestatal 10 directamente hasta Houston y más lejos, atravesando las llanuras y los pantanos de Luisiana, para luego cruzar los salientes de las costas de Misisipi y Alabama y entrar por el oeste en la península de Florida.

Entonces podría encontrar a su padre… en un estado grande y atestado de gente donde no sabía siquiera por dónde empezar. Pero tampoco podía elegir quedarse quieto.

Pensó en los archivos. Los archivos eran el quid de la cuestión, la clave para rescatar a su padre. Si Dezz, Jargo y compañía creían que tenía otra copia de los archivos y que finalmente la cambiaría por su padre, entonces esos archivos eran su protección. Si mataban a su padre, Evan no tenía motivos para mantenerlos en secreto.

La gente ya le había mentido antes, con las cámaras rodando, intentando dar una buena imagen de sí mismos o parecer inteligentes. Los mejores mentirosos eludían la verdad, aunque se mantenían lo suficientemente cerca de ella. Quizás había migajas de verdad en lo que proclamaban Dezz y Gabriel. Puede que ésta se hallase en un punto intermedio entre ambos.

Le dolía todo el cuerpo. «Ya es suficiente. Concéntrate en la carretera, no pienses en mamá ni en Carrie. Tú sólo conduce. Cada kilómetro te lleva más cerca.» Eso es lo que su padre le decía en los viajes familiares largos. Nunca tenían otra familia a quien visitar. Siempre eran viajes al Gran Cañón, a Nueva Orleans, donde sus padres habían vivido cuando Evan nació, a Santa Fe, a Disney World una vez cuando tenía quince años y, aunque era demasiado guay para el mundo de Disney, lo cierto es que se moría de la emoción. Cada vez que hacía la inevitable pregunta infantil de cuánto faltaba, su padre le decía: «Cada kilómetro te lleva más cerca».

«Ésa no es una respuesta», se quejaba Evan, y su padre sólo repetía la misma frase: «Cada kilómetro te lleva más cerca», mientras sonreía a Evan por el espejo retrovisor.

Finalmente mamá intervenía: «Tú disfruta el viaje». Se echaría hacia atrás desde el asiento del acompañante y le apretaría la mano, lo cual le avergonzaba como quinceañero que era, pero ahora le parecía un trozo del paraíso. Típico de las madres, ese enérgico optimismo. Le faltaba como si hubiese perdido un brazo de repente.

«Tu padre hace trabajos especiales para el gobierno», había dicho Dezz. Incluso si era un mentiroso, sus palabras tenían algo de verdad, vistos los acontecimientos de los últimos dos días. El concepto era difuso, borroso. No sabía qué aspecto tenía un espía, pero no se imaginó a James Bond. Se imaginaba a un hombre con la cara amarillenta y triste de Lee Harvey Oswald, un silenciador hecho a medida por un artesano suizo en el bolsillo, un impermeable lleno de sangre, el vacío en los ojos mostrando un alma marchita de vivir bajo un estrés constante y el miedo a ser descubierto. Su padre leía a Graham Greene y a John Grisham, le encantaba el baloncesto, odiaba pescar, hacía códigos informáticos y veneraba a su familia. A Evan nunca le había faltado amor.

Entonces, ¿tu padre te decía que te quería, se subía en un avión y luego se iba a robar secretos o a matar a gente? ¿Era dinero manchado de sangre lo que le había pagado el colegio, le había llenado el estómago, le había permitido comprar chicles y cómics y el resto de tesoros de su infancia?

El camino hacia Texas se desplegaba ante él, largo y lluvioso. «Cada kilómetro te lleva más cerca», repetía una y otra vez con su respiración jadeante como un mantra para alejar el dolor y para endurecer su corazón.

Averiguaría la verdad. Encontraría a su padre. Y haría que la gente que había matado a su madre pagara con lo que más quisiesen.


Capítulo 17

<p id="_Toc203056729">Capítulo 17</p>

– ¡Podría matarte! -le gritó Dezz a Carrie-. ¡Lo tenía!

Ella se cruzó de brazos y dijo:

– Jargo lo quería vivo y tú estabas apuntándole a la cabeza.

– Estaba apuntando a la moto. ¡A la moto!

– Si hubieras estado apuntando a la moto -le rebatió Jargo, poniéndose entre los dos-, podrías haber disparado cuando le disparaste a la rueda del Suburban, hijo.

Dezz se puso rojo y frunció el ceño.

– ¿Qué?

– Esperabas que Evan huyese -afirmó Jargo-, para tener así una razón para matarlo. Supera ya esos celos por Carrie.

– Eso no es cierto. -Dezz negó con la cabeza, metió la mano en el bolsillo buscando un caramelo. Farfullaba con el caramelo en la boca-. Me importa una mierda con quién se acueste ella.

– ¿Entonces por qué no apartaste la moto, después de tus sermones de esta mañana sobre las tácticas? -preguntó Jargo.

Volvió sobre él, y le dio con el pie a Gabriel.

– No pensé que intentaría escapar con la moto. ¿Quién demonios iba a saber que se defendería? ¡Es un maldito director de cine! -Dezz escupió ese título. Se giró hacia Carrie-. Sabía disparar, ¿por qué no me lo advertiste?

– No sabía que supiese disparar. Nunca lo mencionó.

– Dezz -dijo Jargo con una voz fría-. Su padre es un as disparando. Es razonable que le enseñase a Evan cosas sobre pistolas.

Dezz se quitó la chaqueta de un tirón y señaló la quemadura en la piel.

– ¿Dónde está tu puta preocupación por mí?

– Te lo vendaré, ¿satisfecho?

Carrie mantuvo la voz tranquila:

– Si quieres saber con seguridad lo que Evan sabe y qué amenaza supone, le necesitas vivo. Yo puedo encontrarlo. Tiene pocos amigos y pocos sitios donde esconderse.

– ¿Adónde irá, Carrie? -preguntó Jargo mientras permanecía tranquilo, imperturbable, arrodillado tomándole el pulso a Gabriel.

– Piénsalo desde el punto de vista de Gabriel. Es un ex agente de la CIA. No sólo tiene algo pendiente contigo, sino también con la agencia. Si suponemos que está trabajando solo, habrá querido mantener el control absoluto sobre Evan. Por el amor de Dios, se lo arrebató a la policía. Eso significa que habrá advertido a Evan que se aleje de la policía, de las autoridades. -Esperaba haber presentado bien el caso y fue a por el final-. Irá a Houston, a buscarme. Tiene amigos allí.

Dezz le golpeó el pecho con la pistola. Aún estaba caliente, el calor se esparcía por toda la tela de su blusa.

– Si no le hubieras dejado ir a Austin ayer por la mañana estaríamos en mejor situación.

Ella apartó la pistola con cuidado.

– Si hubieses pensado antes de actuar…

– ¡Callaos los dos! -ordenó Jargo-. Dejando las teorías de Carrie a un lado, Evan debe de dirigirse directamente a la policía de Bandera. Gabriel está vivo. Llevémonoslo y salgamos de aquí de una maldita vez.

Metieron a Gabriel en la parte de atrás del Malibu. El vehículo estaba abollado, pero aún se podía conducir. Cubrieron su coche con una tela y lo abandonaron tras una densa mata de robles vivos. Gabriel tenía dos heridas de bala, una en el hombro y otra en la parte superior de la espalda, y estaba inconsciente. Carrie sacó un botiquín del coche que iban a abandonar y le atendió las heridas.

– ¿Vivirá hasta regresar a Austin? -preguntó Jargo.

– Si Dezz no lo mata… -apostilló Carrie.

Dezz montó en el coche y torció el espejo retrovisor para poder ver a Carrie en la parte de atrás; tenía la cabeza de Gabriel en su regazo.

– Podría matarte -dijo Dezz otra vez.

Pero ahora sólo estaba dolido como un niño rechazado y la rabieta dio paso a los pucheros.

Ella decidió que era hora de jugar una nueva mano.

– No lo harías -contestó tranquilamente-. Me echarías de menos.

Dezz se la quedó mirando y Carrie vio cómo la rabia desaparecía de su rostro. Se permitió a sí misma volver a respirar.


– Id a cenar -les ordenó Jargo cuando volvieron al apartamento de Austin-. Necesito silencio y tranquilidad para charlar con Gabriel.

A Carrie no le gustaba cómo sonaba esa frase, pero no tenía elección. Ella y Dezz recorrieron la calle bajo la sombra arqueada de los robles hasta un pequeño restaurante Tex-Mex. Estaba lleno de jóvenes modernos que asistían a los concurridos festivales de música y de cine del South by Southwest que toman Austin cada año a mediados de marzo. Se le hizo un nudo en la garganta. Evan había hablado de ir al festival justo hasta la semana pasada; El más mínimo problema había debutado en el South by Southwest hacía un par de años, y a él le encantaba la locura y la energía que desprendía aquel evento, y las negociaciones que posibilitaba. Le encantaba ver las películas más vanguardistas del cine, el torrente embriagador de miles de personas a las que les encantaba crear. Pero el montaje de Farol no dejaba de darle la lata, estaba inacabado, por lo que había decidido saltarse los eventos de este año.

Las mesas estaban atestadas de gente que le recordaba a Evan; hablaban y se reían, con sus mentes más concentradas en el arte que en sobrevivir. Él debería estar allí con ella, viendo películas, escuchando a grupos tocar, con su madre viva. En lugar de eso observaba a Dezz señalar a las azafatas con dos dedos y lo seguía al reservado de un restaurante. Carrie se excusó para ir al aseo y lo dejó jugando con los paquetes de azúcar.

En el aseo había mucha gente y mucho ruido. En la intimidad de un compartimiento, abrió un falso fondo del bolso y sacó un ordenador de bolsillo, escribió un breve mensaje y le dio al botón de enviar. La PDA cogió la red inalámbrica de la cafetería de al lado. Esperó una respuesta.

Cuando hubo leído la respuesta, parpadeó para retener las lágrimas que le asomaban a los ojos y se lavó la cara con manos temblorosas. Salió del baño de señoras esperando en cierto modo que Dezz tuviera la oreja contra la puerta, así podría matarlo en el acto. Pero en el pasillo sólo había tres mujeres riéndose.

Volvió al restaurante. Dezz había echado seis sobres de azúcar en su té helado, y observaba cómo el montón de dulzura atravesaba los cubitos y se filtraba en el té. Lo analizó: los pómulos altos, el pelo rubio y sucio, las orejas ligeramente protuberantes y en lugar de tenerle miedo le dio pena. Sólo le duró un instante. Luego recordó al ayudante del sheriff y a la mujer en la autopista, a Dezz disparándole a Evan, y sintió una repugnancia que le llenó el alma. Podría dispararle justo aquí, en el restaurante. Él tenía las manos lejos de la pistola.

En lugar de eso, se sentó. También había pedido té helado para ella.

– A veces -dijo Dezz sin mirarla-, te odio de verdad, pero luego ya no.

– Lo sé.

Le dio un sorbo al té.

– ¿Amas a Evan?

Lo preguntó con una voz suave, con un susurro casi infantil, como si hubiese gastado su ración diaria de bravuconería y de gritos.

Sólo podía contestarle una cosa.

– No, por supuesto que no.

– ¿Si lo amases me lo dirías?

– No, pero no lo amo.

– El amor es duro. -Dezz clavó la pajita en su montaña de azúcar, y la revolvió hasta hacerla desaparecer-. Yo quiero a Jargo y mira cómo me habla.

– Aquel oficial. Aquella pobre mujer. Dezz, tienes que entender por qué fue un terrible error, cómo nos pusiste en peligro.

Tenía que abordarlo como un error táctico, no como una tragedia humana, pues no estaba segura de que el rompecabezas inacabado de su cerebro comprendiese la tristeza y la pérdida.

– Sí, lo sé.

Dezz desmenuzó una tostada, sacudiendo los fragmentos por toda la mesa, metió el dedo en la salsa y lo chupó hasta dejarlo limpio. La camarera vino a tomarles nota. Dezz quería primero un pastel «tres leches», pero Carrie le dijo que no, que el postre después de la comida, y no discutió.

Su odio por él no disminuyó, pero se preguntaba qué oportunidad habría tenido con Jargo como padre.

– ¿Dónde fuiste al colegio, Dezz?

La miró con sorpresa, poco acostumbrado a que le hicieran una pregunta personal. Ella se dio cuenta de que normalmente no hablaba con nadie que no fuese Jargo o Galadriel. No tenía amigos.

– A ningún sitio, y en todos. Mi padre me mandó al colegio en Florida un tiempo. Me gustaba Florida. Luego a Nueva York, y durante tres años ni siquiera supe si estaba vivo o muerto; luego a California durante dos años. Entonces yo era Trevor Rogers. Trevor, ¿no me queda bien ese nombre? Otras veces no se preocupaba por el colegio y yo le ayudaba.

– Te enseñó a disparar, a estrangular y a robar.

Mantuvo la voz más baja que la música tejana que salía de los altavoces, más baja que la risa procedente de las mesas.

– Claro. De todas formas no me gustaba el colegio. Demasiada lectura. Aunque me gustaban los deportes.

Intentó imaginarse a Dezz jugando al béisbol sin darle con un bate al lanzador del equipo contrario. O un tres contra tres de baloncesto, compartiendo la pista con chicos cuyos padres no les enseñaban cómo desactivar un sistema de alarma o abrir una yugular en canal.

– No haces esto a menudo, ¿verdad? Sentarte y comer con otro ser humano.

– Como con Jargo.

– Podrías llamarlo papá.

Dio un gran sorbo con la pajita al té lleno de nubes de azúcar.

– No le gusta. Sólo lo hago para fastidiarlo.

Carrie recordaba a su padre, el amor limpio y sin límites que sentía por él. Observó a Dezz mientras movía el té en su boca, la miraba y luego volvía a mirar su bebida con una mezcla de desprecio y timidez. Carrie vio con toda claridad que él pensaba que probablemente era la única mujer con la que podía hablar o a la que podía aspirar.

– Todavía estoy loco por ti -dijo mirando al vaso de té.

Llegaron los platos. Dezz pinchó con el tenedor un pedazo de enchilada de carne de vaca, enrolló las largas tiras de queso con el tenedor y rompió el hilo de un tirón. Intentó esbozar una sonrisa que alivió y puso enferma a Carrie al mismo tiempo.

– Pero lo superaré.

– Estoy segura -respondió ella.


El apartamento estaba oscuro y en silencio. Jargo había alquilado también los dos apartamentos adyacentes para asegurarse intimidad. Colocó en la mesa del café una pequeña grabadora de voz digital, entre los cuchillos.

– No tienes ninguna objeción a que te grabe, ¿verdad Gabriel? No quiero pisotear tus derechos constitucionales. Al menos no del modo que tú lo hiciste con otras personas hace unos años.

– Que te den. -La voz de Gabriel apenas era un crujido difuso por la pérdida de sangre, el dolor y el cansancio-. Tú no eres quién para decirme lo que es moral o decente.

– Me perseguiste durante mucho tiempo, pero te quitaron la licencia. -Jargo eligió un cuchillo pequeño de hoja larga adaptada para fines festivos-. Este pedazo de belleza está diseñada para cortar pavo. Es bastante apropiado.

– No eres más que un maldito traidor.

Jargo inspeccionó el cuchillo y pasó el borde por la palma de la mano.

– Eso ya está muy trillado. Cazatraidores. Cazar no es un esfuerzo muy enérgico. Capturar es más impresionante. -Se acercó a Gabriel-. ¿Para quién estás trabajando últimamente? ¿Para la CIA, para Donna Casher o para otra persona que quiere hundirme? -Gabriel tragó saliva. Jargo levantó la pequeña hoja fina y plateada del cuchillo y alzó una ceja-. Éste no es para cortar pavo, sino salchichas.

– Me matarás hable o no.

– Mi hijo no me ha dejado demasiado trabajo por hacer, pero tú eliges si prefieres que el final sea lento o rápido. Soy humanitario.

– ¡Que te den!

– No a mí, sino a tu hija o a tus nietas. Veamos, tiene treinta y cinco años, un marido muy rico y vive en Dallas. Mandaré a mi hijo a visitar su casa de revista. Dezz se la follará delante de su maridito y le dirá que la razón por la cual sus maravillosas vidas son tan cruelmente sesgadas es el gilipollas de su padre, y luego los destripará a los dos. -Hizo una pausa y sonrió-. Después venderé a tus nietas. Conozco a un caballero solitario en Dubai que me pagará veinte mil por ellas, y aún más si las vendo juntas.

Los ojos de Gabriel se humedecieron de terror.

– ¡No, no!

Jargo sonrió. Todo el mundo, excepto él, tenía una debilidad, y eso lo hacía sentir mucho mejor y más seguro en su lugar en el mundo.

– Entonces charlemos como los profesionales que somos para que tu familia llegue a disfrutar su vida de cuento de hadas. ¿Para quién trabajas?

Gabriel respiró profundamente un par de veces antes de responder.

– Para Donna Casher.

– ¿Qué se supone que debías hacer exactamente para ella?

– Conseguirle identificaciones falsas para ellos y llevarla a ella y a su hijo con su marido. Luego sacarlos a los tres del país. Protegerlos.

– ¿Y cuánto te pagaban?

Jargo se acercó más a Gabriel con el cuchillo más largo y le rozó la hoja por la mandíbula.

– Cien mil dólares.

Jargo bajó el cuchillo.

– Ah, en efectivo. ¿Quieres una copa para el dolor? ¿Bourbon de Kentucky? ¿Tequila mexicano?

– Claro. -Gabriel cerró los ojos.

– Oí que lo habías dejado. Qué pena que des un paso atrás. Bueno, no puedes tomar una copa. Todavía no. No me creo que cien mil fuese todo lo que te iba a pagar, señor Gabriel.

– Dios, por favor, no le hagas daño a mis niñas. Ellas no saben nada.

Jargo se inclinó junto a Gabriel, observó su cara como si admirase la habilidad en un cuadro, e hizo un movimiento rápido con la mano. Le arrancó un trozo de mejilla. Gabriel apretó los dientes, pero no gritó. La sangre le brotaba lentamente del corte.

– Estoy impresionado. -Jargo se levantó, fue al bar, abrió una botella de whisky y lo olió-. Glenfiddich, tu leche materna durante los días de gloria en la compañía. Al menos es lo que oí en las pocas ocasiones en las que te presté atención. -Puso la botella sobre el corte de Gabriel-. Ahí tienes la copa que querías. Disfrútala.

Gabriel gimió.

– Bueno. Un viejo espía como tú no se va a morir de hambre con cien mil. -Sacó de la chaqueta un trozo de papel y lo sostuvo en el aire-. Encontramos este correo electrónico que le enviaste a Donna Casher. Descodifícalo para mí.

Los de la vieja escuela eran duros de pelar.

– No sé qué significa.

Jargo le pasó la cuchilla por la oreja y le hizo sangre en el lóbulo. Gabriel se retorció.

– Con dos balas en el cuerpo y la boca hecha un desastre esto no duele mucho. ¿Quieres que te saque las balas? -Jargo sonreía abiertamente.

Gabriel se estremeció.

– Mira, la pregunta del millón de dólares es por qué Donna Casher se decidió por un ex agente alcohólico de la CIA. ¿Por qué tú? Creo que estabas dispuesto a correr un riesgo mayor. Por algo más que por dinero. Dime, ¿era por el bien de tu familia? -Jargo se agachó y le susurró a la oreja destrozada del hombre-. ¿Para comprar su seguridad?

Gabriel sintió una gran pesadumbre en el pecho. Lloró. Jargo contuvo las ganas de cortarle el cuello. Odiaba las lágrimas porque rebajaban a la gente.

Gabriel recobró el aliento.

– El mensaje significaba que estaba lista para huir.

– Gracias -dijo Jargo-, para escapar ¿con qué?

– Donna tenía una lista.

He aquí la confirmación.

– Una lista.

– De un grupo de gente… dentro de la CIA… que realizan operaciones ilegales y no autorizadas. Contratan trabajos de espionaje y de asesinato a un grupo independiente de espías que ella llamaba Los Deeps. Tenía los nombres de tus clientes de la CIA, tenía información detallada sobre cómo habían pagado por tus servicios. Lo que yo siempre sospeché.

– Y nunca pudiste probar -dijo Jargo-. Describe los datos, por favor.

– De este grupo independiente, Los Deeps, decía que tenía clientes en la CIA, en el Pentágono, en el FBI; en MI5 y MI6 en el Reino Unido, dentro de cada servicio de inteligencia en el mundo; entre las principales empresas del planeta, altos mandos de los gobiernos. Cuando alguien necesitaba un trabajo sucio, confidencial para siempre… acudían a ti.

– Y lo hacen -afirmó Jargo-. Puedes observar por qué mis clientes no apreciarían que tomases sus nombres en vano. -Le acercó el cuchillo al cuello a Gabriel-. ¿Mitchell Casher conocía tu trato para ser el guardaespaldas de su esposa?

– Ella dijo que él no sabía que tenía esa lista de clientes ni que quería huir. Estaba haciendo un trabajo para Los Deeps, para ti, y dijo que nos reuniríamos con él dentro de tres días en Florida. Éste era su punto de entrada después de su trabajo en el extranjero. Quería que estuviese con ella cuando se lo contase a él, para convencer a Mitchell de que la única opción que tenía era huir. Yo me haría pasar por un enlace de la CIA, le diría que a cambio de los datos obtendrían inmunidad y nuevas identidades. Luego toda la familia junta huiría.

– Donna hizo de esto un hecho consumado.

– Quería darle una oportunidad a su marido. Estaba quemando todas sus naves.

– ¿Adónde huían?

– Yo sólo tenía que llevarlos a salvo hasta Florida. Ellos escaparían desde allí. A cualquier sitio. No lo sé. ¿No te lo dijo Donna antes de matarla?

– Fue Dezz quien la mató en un ataque de ira, porque no quería hablar. Ella era más fuerte que tú y estaba mejor entrenada. -Limpió la sangre del cuchillo-. Y entonces ella llamó a Evan para que fuese a Austin.

– Donna planeaba explicarle que tenían que escapar, contarle toda la verdad. Que trabajaba para tu red, que quería acabar contigo, que me daría la información para acabar con cada uno de tus clientes. Luego iríamos en coche hasta Florida, quería evitar los aeropuertos.

– Suerte para él que llegaste tú. -Jargo acercó la cara a la de Gabriel-. Esta lista de clientes y algunos archivos relacionados estaban en el ordenador de Evan. Los vimos y los borramos. ¿Me estás diciendo que no sabía que tenía los archivos?

– No sé si lo sabía o no. Te estoy diciendo lo que sabía su madre. Él… él no parece saber demasiado.

– ¿Lo sabe o no?

– No… no lo creo. Parece bastante tonto.

– No, no es tonto. -Jargo recorrió la barbilla de Gabriel con la cuchilla-. No te creo. Donna borró los archivos del ordenador y envió una copia de seguridad al ordenador de Evan. Pero necesitaría los archivos para convencer a Evan de la necesidad de desaparecer. La gente no escapa dejando simplemente atrás su vida. Así que Evan debe de haber visto los archivos y seguro que tomó la precaución de hacer una copia y esconderla.

– Él no lo sabe.

Jargo le clavó el cuchillo en la herida de bala que Gabriel tenía en el hombro. Se le pusieron los ojos como platos y las venas del cuello se le hincharon. Jargo le tapó la boca con la mano, giró el cuchillo y dejó que el grito se ahogase entre sus dedos, sacó el cuchillo y sacudió la sangre.

– ¿Estás seguro?

– Lo sabe -jadeó Gabriel-. Lo sabe, yo se lo dije. Por favor. Sabe tu nombre. Sabe que su madre trabajaba para ti.

– Luchó contigo.

– Sí.

– Te dio una paliza.

– Tiene treinta años menos que yo.

– Visto que tu suerte ha cambiado -dijo Jargo-, creo que te gustaría que Evan acabase conmigo.

Gabriel miró fijamente a Jargo.

– No vivirás para siempre.

– Cierto. ¿Dónde se suponía que os reuniríais con Mitchell en Florida?

– Donna sabía el lugar, yo no. Él no la esperaba. Lo iba a interceptar de vuelta a casa.

– ¿Adónde irá Evan? ¿A la CIA?

– Le advertí que se alejase de la CIA. Yo no quería…

Jargo se puso de pie.

– Yo, yo, yo… Tú querías los archivos para ti, para acabar conmigo y humillar a la CIA. Eso sería su perdición, lo sabes. Venganza. ¿Ves adónde te ha llevado?

– He cumplido mi promesa.

– Dime. ¿Respondes a menudo a cualquier excéntrico que se pone en contacto contigo para ayudarte en tu vendetta contra la CIA? Seguramente te dio prueba de su capacidad. Un aperitivo de lo que estaba por venir.

Gabriel miró a Jargo a la cara y dijo:

– Smithson. -Sonrió cuando Jargo se puso pálido-. Te he dicho todo lo que sé.

Jargo intentó evitar que su rostro reflejase sus emociones. Dios mío, ¿cuánto le había contado Donna a este hombre? Jargo hizo como si el nombre de Smithson no significase nada para él.

– Evan dejó atrás una gran cantidad de dinero en efectivo en el Suburban de tu yerno, pero no dejó identificaciones. Es de suponer que no planeaste que los Casher volasen desde Florida con sus propios nombres. Necesito saber las identidades de los documentos que hiciste para Evan.

Gabriel cerró los ojos, como si se armase de valor para responder.

Jargo le dio un sorbo al whisky, se acercó a Gabriel y le escupió en la profunda herida del rostro.

Gabriel le devolvió el escupitajo.

Jargo se limpió el hilo de saliva que le colgaba de la mejilla con el reverso de la mano.

– Me darás todos los nombres que aparecen en los documentos de Evan y luego iremos…

«A ningún sitio.» Gabriel movió la cabeza hacia abajo y luego a la derecha. Jargo aún tenía en la mano el largo filo de plata del cuchillo y Gabriel se clavó la punta con un solo movimiento y conteniendo la respiración.

– ¡No!

Jargo se separó bruscamente, soltando el cuchillo. Estaba incrustado en el cuello de Gabriel. Gabriel se desplomó en el suelo, con los ojos apretados, y luego el aliento, la orina y la vida abandonaron su cuerpo.

Jargo le sacó el cuchillo y le tomó el pulso. No tenía.

– ¡No puedes saberlo, no puedes saberlo!

En un arranque de furia empezó a patalearle el cuerpo. La cara. La mandíbula. Huesos y dientes estallaban bajo sus talones. La sangre salpicaba la piel de becerro. Comenzaron a cansársele las piernas, tenía los pantalones destrozados. Se le agotó toda la rabia y cayó sobre la alfombra sucia. Smithson. ¿Cuánto les había contado Donna a Gabriel o a su hijo?

– ¿Me has mentido? -le preguntó Jargo al cuerpo de Gabriel-. ¿Sabes nuestros nombres?

No podía arriesgarse. Tenía que ponerse en la peor situación, en que Evan lo sabía.

Nunca podría dejar que sus clientes supiesen que estaban en peligro. Eso desataría el pánico. Destruiría su negocio, su credibilidad. Sus clientes no debían enterarse jamás de que existía esa lista. Tenía que acabar con Evan ya.

Limpió la sangre del cuchillo y llamó al móvil de Carrie.

– Volved aquí. Nos vamos inmediatamente a Houston.

Ahora no cabía debate ni discusión. Evan Casher era hombre muerto y Jargo sabía que contaba con el cebo perfecto para tenderle una trampa.


DOMINGO 13 de marzo

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

<p id="_Toc203056730">DOMINGO 13 de marzo</p>
<p id="_Toc203056731">Capítulo 18</p>

El domingo por la mañana, poco después de medianoche, Evan se permitió llorar la muerte de su madre.

Estaba solo en la habitación barata del hotel de Houston, no muy lejos de la sombra de la cúpula de observación AVI y del zumbido distante de los coches que recorrían a toda velocidad el anillo de circunvalación 610. Había apagado la luz, y la cama estaba gastada de usarla durante horas. Yacía tumbado, solo, mientras en su cabeza rondaban los recuerdos de su madre y de su padre. Luego vinieron las lágrimas, duras y cálidas; se hizo un ovillo y las dejó brotar.

Odiaba llorar. Pero todo aquello que lo ataba a su vida hasta ahora había sido cortado, y la pena vibraba en su pecho como si se tratara de un dolor físico. Su madre había sido tierna, irónica y cuidadosa como un artesano con sus fotos. Tímida con los extraños, pero comunicativa y habladora con su padre y con él. Cuando era pequeño y le rogaba que lo llevase al cuarto de revelado para poder mirar cómo trabajaba, ella se inclinaba sobre su equipo de revelado fotográfico, con un mechón de cabello sobre la cara, e improvisaba cancioncillas en voz baja para entretenerlo. Su padre también era callado, un lector, un experto en ordenadores, un hombre de pocas palabras, pero cada una de ellas de gran importancia. Siempre comprensivo, intuitivo, siempre listo para dar un abrazo o dar cariño. Evan no podía haber pedido unos padres mejores. Eran tranquilos y callados, y ahora esa peculiaridad invadía su mente, porque ahora esto significaba más que la soledad de un informático o la introversión de una artista. ¿Era un velo que ocultaba lo que había detrás, su mundo secreto? Creía que los conocía. Pero la carga de una vida oculta, más allá de lo que había conocido, era algo que no podía imaginar.

Tal vez no querían perjudicarle. O puede que no confiaran en él.

Tras diez minutos, dejó de llorar. Se habían terminado las lágrimas. Se lavó la cara y se la secó con una toalla gastada y tan fina como el papel.

El cansancio le hacía tambalearse. Había conducido de una tirada hasta San Antonio y había cambiado la matrícula de la camioneta por la de un decrépito familiar que estaba en un vecindario donde parecía menos probable que llamasen a la policía. Condujo por la I-10 respetando el límite de velocidad, hacia el este, serpenteando por las llanuras costeras y entrando en la húmeda extensión de Houston. Sólo se detuvo para repostar y comer algo de carne y engullir un café, pagando en efectivo cuando tenía que llenar el depósito. Encontró un hotel barato, tanto que las prostitutas se tiraban a sus fuentes de ingresos en el edificio de al lado, y alquiló una habitación para pasar la noche. El recepcionista parecía molesto con él; Evan supuso que no muchos clientes le pedían pasar más de una hora o dos en la habitación. Cogió la llave y pasó con la camioneta, demasiado bonita para el aparcamiento, por delante de una señora mayor que fumaba ante una puerta y de un par de prostitutas que charlaban y se reían en el aparcamiento. Cerró la puerta con llave. Los únicos muebles eran la cama y un desgastado mueble para el televisor atornillado al suelo. El aparato emitía una imagen borrosa y sólo sintonizaba los canales locales.

«Todo borrado.» Las palabras pronunciadas por uno de los asesinos en la cocina. El archivo por el que habían asesinado a su madre estaba en su ordenador. De algún modo estaba allí.

Gabriel dijo que su madre le había enviado los archivos por correo electrónico. Puede que fuese cierto, ya que le había mandado un correo electrónico grande muy tarde aquella noche, antes de llamarlo. Tal vez había escondido un programa entre las canciones, de modo que ahora se hallaba en su portátil, en algún sitio en el que nunca miraría. No era un experto en ordenadores, no exploraba las entrañas de su portátil, no consultaba su biblioteca. Pero los datos tenían que estar allí, como copia de seguridad para su madre, consciente de que Evan nunca se lo habría pensado dos veces a la hora de recibir unos archivos de música.

Archivos de música.

Sacó su reproductor de mp3 del fondo del petate. Evan siempre sincronizaba sus archivos de música con su reproductor, y así lo hizo el viernes por la mañana, para poder escuchar la música mientras iba hacia Austin. Así que, en principio, todavía tenía los archivos; estaban codificados, pero no los había perdido. Si pudiese pasar el archivo musical correcto a un ordenador nuevo, podría volver a crear automáticamente los archivos que su madre había robado.

Si se hallaban en alguna foto digital, para las que nunca hacía copia de seguridad, los habría perdido para siempre.

Necesitaba un ordenador. No tenía suficiente dinero en efectivo para comprarse uno y no se atrevía a usar la tarjeta de crédito. Dejaría ese problema para mañana.

Fuera había una mujer y un hombre; éste se reía y le pedía que lo amase hasta mañana, luego la misma mujer se reía con él.

Sacó la pequeña caja cerrada que había cogido de la casa de Gabriel. En el armario sólo había una percha de metal; intentó forzar la cerradura con el extremo curvo y se sintió ridículo. Aquello no llevaba a ninguna parte. Bajó a la oficina del motel.

– ¿Me puede prestar un destornillador? -preguntó al recepcionista.

El hombre lo miró con la mirada vacía.

– El encargado de mantenimiento vendrá mañana.

Evan deslizó un billete de cinco dólares por el mostrador.

– Sólo lo necesito durante diez minutos.

El recepcionista se encogió de hombros, se levantó y volvió con un destornillador, y cogió el billete.

– Tráelo en diez minutos o llamo a la pasma.

Por lo visto en ese local la atención al cliente gozaba de buena salud. Evan se dirigió de nuevo a su habitación, ignorando un «Hola, mi amor, ¿necesitas compañía?» que le soltó una prostituta que estaba en la linde del aparcamiento.

Evan rompió la cerradura al quinto intento y cayeron desparramados unos paquetes pequeños, envueltos en papel. Volvió corriendo a la oficina por si acaso al recepcionista gruñón le daba por cumplir su amenaza. El hombre no apartó la vista del partido de baloncesto del televisor cuando Evan le devolvió la herramienta por encima del mostrador.

Al volver a la habitación escuchó los gemidos de una pareja a través de la pared de papel. No le apetecía oírlos, así que encendió la televisión antes de abrir el primer paquete. Dentro había unos pasaportes de Nueva Zelanda atados con una goma. Abrió el que estaba encima de todo: estaba viendo su propia cara. Era David Edward Rendon, y su lugar de nacimiento era Auckland. El papel tenía aspecto de ser de gran calidad, auténtico y del gobierno. Un sello de salida indicaba que había abandonado Nueva Zelanda hacía apenas tres semanas.

Cogió el otro pasaporte de Nueva Zelanda del montón de papeles. Dentro estaba la foto de su madre, con un nombre falso, Margaret Beatrice Rendon. El papel estaba muy gastado, como si hubiese recorrido muchos kilómetros. Un pasaporte sudafricano a nombre de Janine Petersen. El mismo apellido que su identidad africana. Un pasaporte belga también para su madre, su nombre era ahora Solange Merteuil. Cogió otro pasaporte belga: de nuevo su foto, pero esta vez con el nombre de Jean-Marc Merteuil. Abrió el segundo paquete: tres pasaportes para Gabriel, nombres falsos de Namibia, Bélgica y Costa Rica.

El siguiente paquete contenía cuatro pasaportes atados con una goma al final del montón. Los cogió y les quitó la goma. Sudáfrica. Nueva Zelanda. Bélgica. Estados Unidos. Los abrió. Se encontró con la cara de su padre. Cuatro nombres diferentes: Petersen, Rendon, Merteuil y Smithson.

Qué extraño. Tres para él, tres para su madre pero… cuatro para su padre. ¿Por qué?

En el último paquete había tarjetas de crédito y otros documentos de identificación ligados a los nuevos apellidos de su familia. No se atrevía a usar las tarjetas. ¿Y si Jargo podía encontrarlo al pagar con ella el combustible, un billete de avión o una comida? Necesitaba efectivo, pero sabía que si sacaba dinero de sus cuentas en un cajero automático, la transacción quedaría registrada en la base de datos del banco, la cámara de seguridad grabaría su imagen y la policía sabría que había vuelto a Houston. «¿Y qué si saben que estás en Houston? Te vas a Florida.» Aun así se mostraba reacio a ir a un banco.

Volvió a meter los pasaportes en la bolsa.

Una vez pasado el cansancio, le volvió a rondar la horrible pregunta: ¿estaba Jargo esperándole en casa de su madre? Si no le estaba esperando a él, entonces iba tras su madre y él simplemente había llegado en un mal momento. Pero si lo estaban esperando… ¿cómo habrían sabido que iba para allí? Sólo había hablado directamente con su madre. Podría llamar de forma anónima a la policía para que comprobara si los teléfonos de su madre estaban pinchados. O el suyo. Había llamado a Carrie y le había dejado un mensaje de voz. Podían haber interceptado el mensaje.

Estaba pasando por alto que Carrie dejó el trabajo esa mañana. Desapareció sin decirle nada. ¿Sabía ella esto?

Pensar aquello hizo que se le secase la garganta. «No me ames», le había dicho. Pero eso no podía significar remordimiento. Eso no podía significar que se estuviese preparando para traicionarlo. La conocía, conocía su corazón. No podía creer que estuviese voluntariamente envuelta en aquel horror. Tenía que ser un teléfono que estuviese pinchado, lo cual era una posibilidad aterradora. Gabriel había dicho de Jargo que era un espía independiente y suponiendo que eso fuera cierto, Jargo podría pinchar teléfonos. Pero si no lo era, entonces Jargo estaba trabajando para un pez más gordo. La CIA. El FBI.

Necesitaba dinero. Tenía la Beretta con la que le había disparado a Dezz, pero ya no le quedaba munición. Necesitaba ayuda.

El Turbio. Podía llamar a El Turbio. El hombre falsamente acusado que había sido el centro de su primer documental. Había puesto a parir a Evan en la CNN, pero era inteligente, duro e ingenioso.

Evan caminaba de un lado a otro, intentando tomar una decisión. Sospechaba que si la policía lo estaba buscando en serio El Turbio estaría bajo vigilancia. Y Evan sentía un poco de miedo por aquel hombre. Lo había perseguido sin razón un poli vengativo, pero él tampoco era un santo. Como aliado era una elección arriesgada. Se moría por llamar la atención y, a juzgar por la entrevista en la televisión, actuaba como si Evan le hubiese hecho algo malo. Podría entregarlo a la policía de inmediato para que su nombre apareciese en los titulares.

Pero no tenía a nadie más a quien pedírselo.

Apagó las luces y rememoró cada momento que había pasado con Carrie Lindstrom durante los últimos tres meses, cuando había entrado en su vida. Se durmió y no soñó con ella, sino con el lazo apretándole alrededor del cuello y su madre muerta bajo sus pies.

Un telefonazo lo despertó. Olvidando dónde estaba, primero pensó que era su viejo despertador, y que Carrie estaba en la cama con él, y todo era paz en el mundo. Pero era el teléfono robado de la camioneta. Probablemente el dueño, para gritarle por haberle robado el teléfono. Eran las seis de la mañana de un domingo. Cogió el teléfono; en la pantalla no aparecía el número.

Pulsó el botón para contestar.

– ¿Sí?

– Evan, buenos días. ¿Cómo estás? -dijo una voz con acento sureño.

– ¿Quién es?

– Puedes llamarme Albañil.

– ¿Albañil?

– Mi nombre real es un secreto, hijo. Es una precaución poco afortunada que tengo que tomar.

– No lo entiendo.

– Bueno, Evan. Soy del gobierno y estoy aquí para ayudarte.

<p id="_Toc203056732">Capítulo 19</p>

– ¿Cómo ha conseguido este número? -susurró Evan.

Fuera todo estaba tranquilo y en silencio, excepto por el eventual zumbido del tráfico; los amantes de la habitación del al lado dormían, o bien ya habían concluido con su negocio y deambulaban en la noche vacía.

– Tenemos nuestros métodos -dijo El Albañil.

– Voy a colgar a menos que me diga cómo ha conseguido este número.

– Es simple. Reconocimos al señor Gabriel por la descripción de la policía. Sabemos que Gabriel te atrapó, bueno, digamos que es su versión de custodia de protección. Sabemos que estaba en Bandera porque se hizo un cargo con la tarjeta de crédito. Sabemos que un miembro de su familia tiene una casa que fue ocupada, dañada y abandonada ayer. Sabemos que el señor Gabriel ha desaparecido. Sabemos que robaron una camioneta con un teléfono móvil en Bandera. Llegamos a un acuerdo con el dueño y con la compañía de teléfonos para mantener el móvil activado. Así podríamos hablar con vosotros si tú o el señor Gabriel teníais el teléfono. Y veo que lo tienes tú.

Evan se levantó y comenzó a recorrer la habitación de un lado a otro.

– ¿Puedo hablar con el señor Gabriel, por favor? -pidió El Albañil.

– Está muerto.

– Qué mala suerte. ¿Cómo murió?

– Le disparó un hombre llamado Dezz Jargo.

Se oyó un largo suspiro.

– Eso es realmente lamentable. ¿Estás herido?

– No, estoy bien.

– Bien. Sigamos. Evan, apuesto a que estás asustado y cansado y preguntándote qué deberías hacer ahora. -Evan esperó-. Puedo ayudarte.

– Le escucho.

Se preguntaba… lo habían encontrado por un móvil robado. Dios, ¿estarían localizando la llamada, haciendo girar un satélite situado a kilómetros por encima de él para colocar su lente sobre Texas, Houston o sobre aquella sórdida nada?

– Ambos tenemos un problema en común: Jargo y Dezz. -Evan parpadeó-. Dezz es Jargo. Jargo es su apellido. Una aclaración, Evan: cuando digo Jargo me refiero a un hombre conocido como Steven Jargo. Dezz es su hijo. Por supuesto, no son sus verdaderos nombres. Nadie sabe cuáles son y probablemente ni ellos mismos lo sepan.

– Su hijo. -Lo había entendido mal. Dezz y Jargo. Así que había dos: padre e hijo-. Ellos mataron a mi madre.

– Y te matarán a ti también si tienen la oportunidad. No queremos que te hagan daño, Evan. Quiero que me digas dónde estás y mandaré a un par de hombres a recogerte para protegerte.

– No.

– Evan, vamos, ¿por qué dices que no? Corres un gran peligro.

– ¿Por qué debo confiar en usted? Ni siquiera conozco su verdadero nombre.

– Comprendo tu reticencia, te lo aseguro. La precaución es el sello de una mente inteligente. Pero necesitas estar bajo nuestra protección. Podemos ayudarte.

– Ayúdenme a encontrar a mi padre.

– Hijo, no sé dónde está, pero si vienes removeremos cielo y tierra hasta encontrarlo.

Sonaba como una promesa vacía.

– No tengo los archivos que todo el mundo quiere. Han desaparecido. Jargo y Dezz los destruyeron.

Cogió su reproductor musical. Quizá no. Pero si les daba los archivos los podrían usar como quisiesen y hacerlos desaparecer. Sólo los cambiaría por su padre. Por nada más.

El Albañil hizo una pausa, como si estuviese escuchando noticias inesperadas.

– Jargo no te dejará en paz.

– No puede encontrarme.

– Puede, y lo hará.

– No. Usted quiere lo mismo que él. Esos archivos. Usted también me matará.

– Por supuesto que no lo haría. -El Albañil parecía ofendido-. Evan, estás exhausto. Es comprensible teniendo en cuenta el calvario que has pasado. Déjame darte un número por si acaso se corta la llamada. Detesto los móviles. ¿Puedes apuntarlo?

– Sí.

El Albañil le dictó un número. No reconocía el prefijo.

– Evan, escúchame. Jargo y Dezz son muy peligrosos, extremadamente peligrosos.

– Eso lo sé de sobras. ¿Está usted con la CIA? -se arriesgó a adivinar.

– Odio los acrónimos tanto como los móviles -dijo El Albañil-. Evan, podemos charlar largo y tendido cuando vengas. Te garantizo personalmente tu seguridad.

– Ni siquiera me ha dicho su nombre. -Evan recorría la habitación de un lado a otro-. Podría ganar tiempo hablando con la prensa. Diciéndole que la CIA se ofrece a ayudarme. Darles este número.

– Podrías salir a la luz. Aunque sospecho que Jargo matará a tu padre como represalia.

– Está usted diciendo que tiene a mi padre. -Evan esperó.

– Es lo más probable. Lo siento. -El Albañil hablaba como un agente funerario, diciendo amablemente lo hermoso que era un ataúd-. Demos un paso para poder trabajar juntos y traer a tu padre a casa. ¿Quieres que nos reunamos? Podemos reunimos en Texas; supongo que aún estás en el estado…

– Me lo pensaré y le volveré a llamar.

– Evan, no cuelgues.

Evan colgó. Apagó el teléfono y lo tiró en la cama como si fuese radioactivo. Si El Albañil era capaz de localizar el teléfono, pronto alguien echaría su puerta abajo.

Se puso una muda de ropa limpia que había metido en el petate. Esparció ante él el dinero en efectivo. Tenía noventa y dos dólares, una cámara de vídeo, un teléfono móvil y una Beretta sin munición.

No podía enfrentarse a El Turbio ni a El Albañil, ni a Dezz ni a Jargo sin estar armado. Sería un suicidio. Pero no creía que las armerías estuviesen abiertas el domingo y, de todas formas, tampoco podía ir a ninguna, no con su foto como desaparecido saliendo en todas las noticias. ¿Y a una casa de empeños? De repente no quería separarse de su cámara; deseó haber grabado a Dezz en vídeo. Vender la cámara era su último recurso.

En la calle se podía comprar de todo: drogas, sexo… ¿Por qué no munición?

Cerró los ojos. Pensó otras maneras de conseguir balas para una pistola en particular. Le vino a la cabeza una idea loca, completamente atrevida, pero jugaba con la única idea que se le ocurría factible de acuerdo con las destrezas y recursos de que disponía.

Evan se aventuró a salir a la húmeda madrugada. Llevaba bien clavada en la cabeza una gorra de béisbol que estaba en el asiento trasero de la camioneta robada. Compró el Houston Chronicle del domingo en una máquina de ventas situada delante de una decrépita cafetería. Su cara y la de su padre estaban en la portada de la sección metropolitana, una antigua foto publicitaria que le había sacado su madre después de que El más mínimo problema fuese nominado a los Óscar. En ella tenía el pelo más corto y unas gafas de niño tonto. No necesitaba gafas, pero había decidido que le daban un aspecto más inteligente, más artístico. Había sido una afectación superficial, y su madre le había tomado el pelo por tomarse a sí mismo tan en serio, y ahora se sentía avergonzado de ello. El periódico afirmaba que su padre también estaba desaparecido; no había ningún registro a nombre de alguien llamado Mitchell Casher que hubiese volado a Australia desde Estados Unidos la semana pasada. No había ninguna foto de Carrie, ni la mencionaban siquiera.

«Carrie está aquí conmigo», había dicho Dezz con su asquerosa y monótona voz. Evan no lo había creído. Si hubiesen secuestrado a Carrie estaría en los periódicos.

¿O no? Había dejado el trabajo. No estaba con él. ¿Quién la daría por desaparecida? Pero si se la hubieran llevado no habría podido llamarlo y advertirlo antes del ataque de Gabriel. ¿Dónde estaba, pues? ¿Escondida? Se moría de ganas de hablar con ella, de escuchar su voz tranquilizadora, pero no podía acercarse a ella, no podía meterla de nuevo en esto.

Dobló el periódico y se lo puso bajo el brazo. Las cabinas telefónicas eran una raza en extinción ahora que todo el mundo llevaba un móvil encima, pero encontró una dos bloques más abajo, en una pequeña tienda de alimentación donde el aparcamiento olía a la cerveza del sábado por la noche. Un niño desgarbado estaba cerca de los teléfonos, mascando una pajita de picapica con sabor a uva, mirando a Evan con la desconfianza y la arrogancia de un guardia de prisiones.

«O puede que sí.» Evan cogió un teléfono y metió las monedas necesarias.

– Toi ejperando una llamada importante en ese teléfono -dijo el chico medio murmurando y mirando a Evan de reojo.

– Entonces comunicará durante un minuto.

– Búscate otro teléfono, tío -sugirió el niño.

Evan se le quedó mirando. Quería partirle la boca al niño con la sonrisa sarcástica y decirle: «si quieres follón hoy, has escogido al tipo equivocado». Pero luego decidió que no necesitaba otro enemigo. Como director había aprendido una cosa: todo el mundo quiere aparecer en una película.

Evan no sonrió porque la sonrisa no siempre era una buena divisa.

– ¿Eres empresario?

– Sí, ése soy yo. Soy un puto magnate.

Evan agarró la Beretta que guardaba en la parte de atrás de sus vaqueros, bajo la camisa, y la acercó al estómago plano del niño. El niño se quedó helado.

– Cálmate. No está cargada -explicó Evan-. Necesito balas. ¿Me las puedes conseguir?

El niño resopló profundamente.

– Tío, que te den dos veces. Podría haberlo hecho si no hubieses sido tan idiota ahora mismo.

– Entonces haré mi llamada.

Evan volvió a poner los dedos en el teclado mugriento.

– Espera, espera. ¿Qué es esto? -El niño se puso de espaldas a la calle y examinó la pistola. Evan la sujetaba con fuerza-. Beretta 92FS… ¡sí! Supongo que me puedo hacer con un par de bonitos cargadores para ti. Un amigo de un amigo. En efectivo.

– Por supuesto.

– Déhame hacer una llamada con tus monedas -le solicitó el niño.

Evan le dio el auricular. El niño marcó los números con fuerza, habló muy bajito, se rió una vez y colgó.

– Una hora. Estate aquí. Cuatro cargadores. Doscientos dólares.

No sabía los precios de la munición, pero el importe era mayor del que pensaba. Pero la calle no hacía preguntas.

– No necesito tanta munición.

– No negociaré con menos. Si no, no vale la pena levantarse de cama, tío.

Evan no tenía doscientos dólares, pero le dijo:

– Volveré en una hora.

El niño saludó con la cabeza ahora que era su cliente. Se fue deambulando a través del aparcamiento, sacó una pajita de picapica del bolsillo, rompió la parte de arriba del envoltorio y vertió el picapica morado en la lengua.

Evan caminó cuatro bloques hasta que encontró otra pequeña tienda. Llevaba puestas las gafas de sol que había encontrado en la camioneta robada y compró tinte para el pelo, un par de tijeras, un café gigante y tres tacos para desayunar, llenos de huevos esponjosos, patatas y chorizo picante. Esto no lo acercaba más a los doscientos dólares. Se tragó el impulso de enseñarle a la dependienta la pistola que guardaba en la parte de atrás de los pantalones para ver si esto le daba los doscientos dólares. La empleada le cobró y lo observó mientras le daba el cambio.

Evan sintió un miedo atroz. ¿Era paranoia suya?

Volvió corriendo al hotel y se encerró. Devoró los tacos de desayuno y se acabó el café solo mientras leía las instrucciones para teñirse el pelo. Únicamente le llevaría treinta minutos fijarse el color.

Se cortó el pelo; los mechones caían en el lavabo. Nunca se lo había cortado él mismo, y tenía un aspecto horrible hasta que murmuró: «Que le den a la vanidad», y se hizo un corte al estilo militar que no le quedó tan mal. Se quitó el pequeño aro de la oreja izquierda. El pendiente ya era demasiado juvenil para él; era hora de crecer. Luego se tiñó el pelo sentado en el suelo del baño, refinando su plan mientras que le cogía el color oscuro. Cuando se vio en el espejo se rió, pero al fin y al cabo le sería útil. No era exactamente como la foto del papel, pero aún parecía él mismo.

Le quedaban unos ochenta pavos y faltaban veinte minutos para que el niño apareciese con la munición. Volvió a la tienda en la que lo había conocido y aparcó en el extremo del aparcamiento salpicado de aceite. Entró en la tienda. Una señora mayor estaba comprando zumo de naranja y una lata de cerdo con alubias. La mujer se fue arrastrando los pies. Evan esperó hasta que estuvo fuera y se acercó a la dependienta. Ésta movía la cabeza al ritmo de una misa dominical de la iglesia evangélica y sorbía café. Era una señora mayor, agria y con un ojo extraviado.

– Discúlpeme señora. Ese chico que anda por ahí donde está el teléfono -dijo Evan-, el Señor picapica. ¿Es un problema para usted?

– ¿Por qué lo pregunta?

– Me advirtió que no utilizase el teléfono. Apuesto a que lo usa para asuntos de drogas.

– No compra las suficientes pajitas de picapica como para sacarme de pobre.

– Así que si consigo que deje de aparecer por aquí, ¿no le romperé el corazón? ¿No sentirá que tiene que llamar a la policía ahora mismo?

– No quiero problemas.

– Nunca se enterará.

– ¿Por qué le importa lo que está haciendo?

– Mi tía acaba de mudarse al final de la calle y ese niño se hizo el lístillo con ella mientas usaba el teléfono. Una señora mayor debería poder hacer una llamada de teléfono sin que la joroben.

– Pues dígaselo a la policía.

– Eso es una solución temporal. La policía viene, pero después se va. Mi idea es de más larga duración.

La dependienta lo estudió.

– ¿Qué va a hacer?

– Voy a salir al teléfono y a esperarle.

– ¿Por qué? ¿Quiere comprar?

Levantó el petate y le enseñó la cámara de vídeo.

– No, quiero vender.


El chico volvió cinco minutos tarde. Pero no volvió solo. Lo acompañaba una mujer joven con el cuello ancho y la dureza grabada en la cara. Era más grande y más alta que el chico; un conjunto similar de ojos y cejas sugerían que debía de ser una hermana mayor. Llevaba en la mano una bolsa de la compra de una organización sin ánimo de lucro. Llegaron en un Explorer nuevo y lo dejaron al final del aparcamiento.

Evan permaneció junto al teléfono con el petate sobre el hombro, y con la cámara bien colocada en su interior. Dejó el agujero de la cremallera lo suficientemente abierto como para que la lente pudiese obtener imágenes claras. A la mujer no le gustaba que llevase el petate. La tensión hizo que frunciese el ceño.

– Eh -dijo Evan.

– ¿Te ha pelado un barbero borracho, tío? -dijo el niño.

– El director de maquillaje quería que tuviese un aspecto más de la calle -le contestó Evan, y esperó para ver qué respondían ellos.

El niño simplemente frunció el ceño y puso una cara como si Evan estuviese loco, y luego dijo la mujer:

– Vayamos a la parte de atrás de la tienda.

– En realidad, recibiréis una llamada de teléfono en un minuto. Deberíamos esperar justo aquí.

Evan puso una sonrisa falsa y brillante en la cara.

– ¿Perdona?

Era la mujer la que conducía el espectáculo, no el niño.

– Éste es el trato -dijo Evan-. Soy un cazatalentos para un nuevo reality show, se llama La dureza de la calle. Lo emitirán en la HBO el próximo otoño. Ponemos a gente que no sabe nada de la calle en vecindarios en los que nunca habían estado antes. Imagínate supermamás y papis con todoterrenos intentando arreglárselas en el problemático distrito número cinco. Los que superen una serie de pruebas seguirán adelante en el concurso. El premio es un millón de pavos.

La mujer miró fijamente a Evan, pero el niño intervino.

– Yo tengo una idea para un espectáculo. Pones mi culo en el barrio de River Oaks, me dejas vivir rodeado de lujos y grabas eso todo el santo día.

– Cállate. Y tú, ¿vas a comprar o no?

– ¿Habéis traído la munición? -preguntó Evan-. Sí, voy a comprar. Pero estamos probando esto como uno de los cuatro desafíos. Sólo quería saber lo fácil que era comprar munición en la calle. Estaba grabando. -Sacó la cámara de vídeo del petate con la lente destapada y las luces encendidas-. Sonreíd.

– ¡No, no, no! -exigió la mujer tapándose la cara con los dedos.

– Espera, espera. -Evan apagó la cámara-. No quiero meteros en líos. Sólo debía probar el desafío. Señora, usted es auténtica. Es lo que estábamos buscando para La dureza de la calle.

– ¿Yo en la tele?

Se sacó las manos de delante de la cara.

Evan levantó una mano, como encuadrándole la cara.

– Creo que estaría genial. Pero no tiene que salir en la tele si no quiere.

– La gran Gin va a ser una estrella -rió el chico.

La gran Gin se quedó helada.

– ¿Qué gilipollez es ésta?

Evan levantó las manos.

– No es ninguna gilipollez. Todos los concursantes tendrán guías como compañeros de juego, porque ambos sabemos que no tendrían ninguna posibilidad sin ellos. Esos estúpidos de las afueras…

– Como tú -indicó la gran Gin.

– Sí, como yo. Eres más que telegénica. La fuerza de tu rostro, tu seguridad al caminar, tu forma de hablar. Por supuesto, el guía se lleva la mitad del premio…

– ¿Medio millón? Me estás tomando el jodido pelo -afirmó la gran Gin.

– … a menos que tengáis antecedentes -acabó Evan la frase-. No podemos contratar a nadie con antecedentes. Los abogados se ponen muy tozudos con eso.

– Si compras munición tendrías antecedentes -aseguró la gran Gin.

– Bueno, los concursantes no deberían comprar munición de verdad, sólo de fogueo. Los abogados también estaban muy tontos con ese tema.

– Ella nunca ha estado en la cárcel -dijo el niño.

– Cállate.

La gran Gin miraba a Evan de una manera que él había visto en las reuniones de negocios para las películas: un jugador que se pregunta si están jugando con él.

– Tonterías -dijo el niño-. ¿Tienes doscientos dólares para la munición o no? Porque si no, no nos quedamos.

– Cállate -le dijo la gran Gin.

– Hum…, no puedo darte doscientos pavos -explicó Evan-. Eso significaría que hemos realizado una transacción ilegal y no podría contratarte para el programa, señora…

– Ginosha -respondió ella.

– No le vayas a decir tu nombre -dijo el niño-. No tiene el dinero, vámonos.

Evan tenía una tarjeta de sobra de una proyección y un cóctel en los que había estado la semana anterior en Houston. Una era de un hombre que tenía una productora en Los Ángeles llamada Urban Works, un tipo llamado Eric Lawson. Le entregó la tarjeta a la gran Gin.

– Lo siento mucho. Debería haberos dado esto antes.

– Maldita sea -dijo-, eres de verdad.

– Sí.

– ¿Dónde está tu equipo de cámara? ¿Por qué estás sólo tú?

– Porque esto es televisión de guerrilla. No traemos equipos de cámaras cuando estamos buscando talentos y lugares. Si no, no sería televisión en tiempo real, ¿no?

La gran Gin estudiaba la tarjeta de negocios y la sostenía como si fuese una puerta para acceder a un deseo que tenía desde hacía tiempo.

– Entonces, ¿quién va a llamar por teléfono? -preguntó.

– Uno de los cazatalentos -contestó Evan-. Se hará pasar por el concursante de las afueras al que tenéis que ayudar. Pero quiero filmaros desde aquí atrás, cerca de esta parte del aparcamiento. Decid lo que se os pase por la cabeza, mostradme vuestra capacidad de improvisación. Tengo un micro en el teléfono, pero quiero una toma vuestra de lejos. Aquí jovencito, perdona, ¿cómo te llamas?

– Raymond.

El chico inspeccionó la tarjeta con una mirada crítica.

– Ven aquí y ponte a mi lado, fuera de la toma.

Raymond frunció el ceño, pero no por la tarjeta.

– ¿Por qué no puedo estar yo en la toma?

– Porque es mi toma -dijo la gran Gin.

– Bueno, Raymond, francamente no parecías estar interesado -dijo Evan-. No pensabas que yo fuera legal.

– Seguro que sí -dijo la gran Gin-, es su manera de hablar. Ahora está haciéndose el guay, no faltándote al respeto.

– Raymond, también tenemos que ganarnos a la audiencia joven, ¿sabes? -explicó Evan-. Nuestro objetivo incluye a las chicas adolescentes.

Raymond, que sostenía una bolsa con la munición, intentó tocarse la mejilla con la lengua, volvió a mirar a Evan con el ceño fruncido, pero se fue y se quedó al lado del teléfono, calculó la pose y se puso de su lado bueno.

– Excelente. Pero no me gusta esa bolsa en tu toma. Parece que estás de compras.

Evan dio cinco pasos hacia atrás.

La gran Gin cogió la bolsa con la munición, la llevó donde estaba Evan y la puso a sus pies.

– Si no nos vas a comprar tendrás que compensarnos por nuestro tiempo.

– Por supuesto. Claro que ésta es básicamente vuestra audición privada y no tuvisteis que esperar ninguna cola y… -Se colocó la videocámara delante del ojo-. Si fuese al centro social tendría colas de gente deseando intentarlo como para llenar este aparcamiento.

La gran Gin miró al objetivo.

– ¿Qué hago?

– Deja que brille tu personalidad al natural. -Evan estaba a quince pasos de ellos ahora, preocupado por el chico, cuyas sospechas no habían disminuido en ningún momento-. Sé natural. No me mires.

Evan se puso detrás de él y pulsó el botón de llamada del móvil que tenía en el bolsillo.

Un tono.

– Mira a la cabina y déjala sonar tres veces, déjame seguir grabando.

Pero Evan estaba grabando, agarrando el petate y la munición y corriendo marcha atrás hacia la camioneta. Dos tonos. Raymond todavía miraba fijamente el teléfono, pero la gran Gin no pudo resistirse a la atracción de la cámara. Se dio la vuelta cuando Evan estaba entrando en la camioneta. Había dejado las llaves en el contacto. Metió la marcha atrás de un tirón y vio a la gran Gin gritando y corriendo tras él. Atravesó la carretera en medio de bocinazos de los coches que venían en sentido contrario.

Raymond, ahora totalmente entregado a la idea del estrellato televisivo, respondió al teléfono:

– ¿Esto es parte de la prueba? -preguntó.

– Llevo una semana grabando tus negocios. -Mintió Evan por teléfono-. Si vuelves a acercarte a ese teléfono le daré la cinta a la policía.

Por el espejo retrovisor vio a la gran Gin salir furiosa al tráfico, disparándole con el dedo y sin aliento tras una pequeña carrera.

– Eso es ilegal -voceó Raymond-. No eres más que un ladrón de mierda.

– Quéjate a la policía. Gracias por la munición. Hemos hecho un trato justo: no diré nada y me quedaré con las balas.

La respuesta de Raymond se cortó cuando Evan apagó el teléfono. Pisó a fondo el acelerador por si acaso a la gran Gin se le ocurría ir tras él en su reluciente Explorer nuevo. Esperaba que Gin y Raymond hubiesen sido más honestos que él. Abrió la bolsa. Cuatro cargadores. Intentó meter uno de ellos en la Beretta: encajaba y entraba a la perfección.

Ahora ya podía ir a buscar a El Turbio.

<p id="_Toc203056733">Capítulo 20</p>

Evan condujo la pick-up más allá de los muros de las urbanizaciones con vigilancia. Las propiedades se elevaban tras hierro forjado y piedra de importación. El edificio estaba al borde del distrito de Gallería, la zona alta de Houston, atiborrado de tiendas de lujo, restaurantes y urbanizaciones para satisfacer los caprichos de las viejas fortunas petroleras y de quienes se habían hecho ricos gracias a las nuevas tecnologías. Este lugar en particular se llamaba Pinos de la Toscana, aunque los que proyectaban sombra sobre el terreno eran los pinos de incienso, cuyo nombre no era tan romántico como el de los pinos europeos. Al otro lado de la calle había unas oficinas de lujo y un pequeño y selecto hotel. Evan estacionó en el aparcamiento de la oficina.

Aguardó. Esperaba ver coches de policía, pero en su lugar presenció una procesión de Mercedes, BMW y Lexus que cruzaban las verjas. El Turbio salió de la caseta del guardia de seguridad una hora más tarde; se dirigió hacia un desvencijado Toyota, se subió y salió del complejo. Evan lo siguió en dirección a Westheimer, hacia River Oaks y el centro de Houston.

Paró al lado de El Turbio en el primer semáforo y esperó a que mirase hacia donde estaba él. El Turbio era el típico conductor de Houston, que no quería problemas por mirar al coche de al lado.

Evan tocó el claxon.

El Turbio se giró y se quedó mirándolo mientras Evan sonreía, y lo reconoció con el pelo negro.

«Tengo que hablar contigo», dijo Evan con los labios.

«Mierda, no», le respondió El Turbio. Sacudió la cabeza. Salió disparado saltándose el semáforo en rojo y giró repentinamente a la izquierda.

Evan lo siguió. Le hizo señas con las luces una vez, dos veces. El Turbio dio otros dos giros más y se metió detrás de un pequeño restaurante de comida a la parrilla. Evan lo siguió.

El Turbio estaba asomado a la ventana antes de que Evan aparcase.

– Ni se te ocurra acercarte a mí.

– Yo también me alegro de verte.

El Turbio sacudió la cabeza.

– Yo no. No me alegro en absoluto de verte, joder. Hay un agente del FBI al que se supone que tengo que llamar si veo tu puta sonrisa.

– Bueno, no estoy sonriendo, así que no tienes que llamarlo.

– Lárgate tío, por favor.

– No soy un sospechoso, no soy un fugitivo, sólo estoy desaparecido.

– Me da igual cómo lo llames. No necesito problemas en mi vida.

– En la televisión te quejaste de que no te conseguí trabajo en películas ni como jugador de póquer profesional.

El Turbio lo miró fijamente.

– Oye, tío, sólo estaba mostrando mi disponibilidad a las partes interesadas. Nunca se sabe quién está viendo las noticias.

– Bueno, como dijiste un par de mentiras sobre mí, puedes ayudarme y haremos borrón y cuenta nueva. Necesito dinero en efectivo.

– ¿Crees que soy un cajero automático? -El Turbio se bajó las gafas de sol para que Evan pudiera verle los ojos-. Soy guardia de seguridad, no tengo dinero.

– Sé que puedes conseguirlo, Turbio. Tienes contactos.

– Ya no. Saca de aquí tu culo sin contactos.

– Es curioso que el hecho de que te libren de un crimen cree esta ola de gratitud -dijo Evan-, teniendo en cuenta que ni siquiera tenías un buen abogado cuando te conocí.

– No estoy en deuda contigo para siempre, Evan.

– Sí, en realidad sí. Sin El más mínimo problema aún tendrías tu culo en la cárcel, Turbio. Y sí, estarás en deuda conmigo para siempre.

El Turbio cerró los ojos.

– Estás en un lío. Si te ayudo seré un criminal.

– No, serás un amigo.

– Olvídame, tío.

– La cagué con la gente equivocada, igual que hiciste tú hace años, y quieren matarme para que el problema desaparezca. Necesito dinero en efectivo y un ordenador.

– Pues hazte una película y explícaselo al mundo. -El Turbio negó con la cabeza-. Lo siento, de ninguna manera, no puedo hacerlo.

– ¿Sabes una cosa? No me merecías ni como abogado ni como amigo. Siento haberte molestado. Tú vives tu vida en libertad. Eres libre para quejarte y ponerme a parir. Agradécemelo cuando pienses en eso.

El Turbio se le quedó mirando y volvió a colocarse las gafas en su sitio.

Evan encendió el motor de la camioneta.

– Si viene alguien por aquí preguntando por mí, diles que no me has visto. Pero no te sorprendas si te matan para borrar su rastro.

Empezó a dar marcha atrás y El Turbio le puso la mano en la puerta. Evan se detuvo.

– Recibí una llamada, después de salir en la CNN. Una señora. Dijo que se llamaba Galadriel Jones. Dijo que trabajaba para la revista Film Today. Me preguntó si sabía algo de ti o si sabía dónde estabas, en plan exclusiva, y que me daría cinco mil dólares en efectivo y por debajo de la mesa.

Evan conocía Film Today. Era una publicación especializada, pequeña pero influyente, y no se creía por nada del mundo que un reportero pagase cinco mil dólares a un soplón; una revista como aquélla no podía permitírselo.

– ¿Qué te pareció la mujer?

– Demasiado agradable y dulce.

– ¿Te dio un número de teléfono?

– Sí. Me dijo que no llamara a la revista, que la llamara a su número.

– Te están tomando el pelo, Turbio. No te va a pagar. Creo que la gente que mató a mi madre tiene a mi padre. La única forma de que estés a salvo es ayudándome.

El Turbio se estalló los nudillos, y juró en voz baja. Se inclinó por la ventana.

– No me gusta que jueguen conmigo. Ni tú ni ellos.

– Soy el único que está siendo honesto contigo. Siempre lo he sido, pienses lo que pienses… Por favor, ayúdame.

El Turbio miró a Evan con dureza.

– ¿Te acuerdas de dónde está la casa de mi hermanastro, en Montrose?

– Sí.

– Reúnete allí conmigo dentro de dos horas. Si no estás cuando llegue no esperaré, y nunca nos habremos visto ni habremos hablado, y nunca más volverás a buscarme.

Volvió a su coche, esperó a que Evan arrancase y luego salió pitando del aparcamiento.

Evan fue en la dirección contraria, comprobando si estaban observándolo desde algún coche.


El siguiente robo: un ordenador.

No podía ir a Joe's Java, había demasiada gente que lo conocía allí. Recordó una cafetería no muy concurrida llamada Caffiend cerca de Bisonnet y Kirby, que normalmente reunía a numerosos estudiantes de la Universidad de Rice. Años atrás, cuando estudiaba audiovisuales, había editado una película en su ordenador y había dejado el aparato en la mesa para ir a pedir un café; siempre había gente maja por allí que podía vigilarlo. Los usuarios de portátiles eran confiados.

Puede que El Turbio no apareciese con el dinero, y mucho menos con un ordenador. Ya había robado una camioneta que era el orgullo de alguien; así pues, también podía robar un ordenador. La vergüenza lo invadió. Pero si necesitaba algo, lo robaría. Estaba en juego su supervivencia.

Mientras entraba en el café se preguntó en quién se estaba convirtiendo.

Se puso las gafas de sol que había encontrado en la camioneta robada y se pasó la mano por el pelo negro, que ahora llevaba más corto. La tienda estaba llena, casi todas las mesas estaban ocupadas y un flujo constante de clientes compraba cafés para llevar.

En un mostrador situado a lo largo de la pared había una fila nueva de ordenadores con acceso a internet. No tendría que robar un ordenador, aquello era justo lo que necesitaba. Su próximo delito podía esperar.

Se compró un café e inspeccionó a la multitud. Nadie le prestaba atención. Era anónimo. Le dio la espalda a la habitación, notó el sudor que le bajaba por las costillas. Abrió un buscador en uno de los ordenadores. Era el único que estaba utilizando los sistemas del establecimiento, la mayoría de la gente se había traído su propio aparato.

Entró en Google y buscó «Joaquín Gabriel». Ninguna coincidencia total; había pocos hombres en este mundo que se llamasen así. Luego añadió «CIA» a los términos de búsqueda y obtuvo una lista de enlaces. Titulares de The Washington Post y de Associated Press.

«Las alegaciones del veterano espía son "erróneas", dice la CIA», y cosas por el estilo. La mayoría de los artículos eran de hacía cinco años. Evan los leyó todos.

Joaquín Gabriel había pertenecido a la CIA, antes de que el bourbon y la paranoia se apoderasen de él. Estaba encargado de identificar y de llevar a cabo operaciones internas para cazar a personal de la CIA que se había pasado al otro bando, trabajo conocido como cazatraidores. Gabriel había lanzado una serie de acusaciones cada vez más escandalosas en las que culpaba a colegas de la CIA de colaborar con grupos mercenarios de inteligencia imaginarios y de realizar operaciones ilegales tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. Gabriel acusó a la gente equivocada, entre ésta algunos de los agentes más respetados y antiguos de la Agencia. Pero sus alegaciones fueron difíciles de creer debido a su alcoholismo y a la absoluta falta de pruebas. Se marchó repentinamente con una pensión del gobierno y sin hacer comentarios. Volvió a su ciudad natal, Dallas, y montó un servicio de seguridad para empresas.

¿Por qué su madre le confiaría sus vidas a este hombre, a un desgraciado alcohólico?

No tenía sentido, a menos que Gabriel acertase de pleno en su teoría. Grupos mercenarios de inteligencia, espías independientes, asesores; todo lo que dijo que era Jargo.

Por eso mamá acudió a Gabriel. Sabía que le creería; ella tenía la prueba que justificaría a Gabriel, la que rescataría su carrera.

Tuvo otra idea. Los nombres de los pasaportes de su padre: Petersen, Rendon, Merteuil, Smithson. «Tú tampoco sabes una mierda de tus padres.» Gabriel se refería a algo más que la vida habitual e inimaginable de sus padres antes de que él naciese, a algo más que a sus sueños y pensamientos ocultos. Se refería a algo más que a remordimientos de juventud, a esperanzas frustradas o a una ambición que nunca le hubiesen mencionado y dejasen morir en el olvido.

Petersen, Rendon, Merteuil, Smithson.

Primero buscó por Merteuil. La mayoría de los enlaces hacían referencia a Merteuil como el apellido de la maquiavélica y viciosa aristócrata de la novela francesa Las amistades peligrosas, de la que habían realizado varias adaptaciones cinematográficas, protagonizadas por actrices como Glenn Close o Annette Bening. Se preguntaba si significaba algo, un alias basado en el tramposo personaje. Luego encontró una referencia a una familia belga con ese apellido que había muerto hacía cinco años en las inundaciones del río Meuse. Los Merteuil muertos tenían los mismos nombres que su familia en los pasaportes belgas: Solange, Jean-Marc y Alexandre.

Rendon produjo muchísimos resultados, y precisó la búsqueda con su alias: David Edward Rendon. Encontró una página web creada para combatir la conducción bajo los efectos del alcohol en Nueva Zelanda y mostraba una larga crónica de gente muerta en accidentes como argumento candente para solicitar penas más duras. Una familia había muerto en un horrible choque en las montañas Coromandel, al este de Auckland, a principios de los años setenta. James Stephen Rendon, Margaret Beatrice Rendon y David Edgard Rendon. Los tres nombres de los pasaportes.

Buscó los nombres de los Petersen. La misma historia. Una familia que murió mientras dormía en un incendio en Pretoria por inhalación de humo.

Secuestraban familias muertas y él y sus padres se preparaban para suplantar sus identidades.

El café le subió desde el estómago como si fuese bilis.

La naturaleza de una buena mentira era abrazar la verdad. Él era Evan Casher y además se suponía que era Jean-Marc Merteuil, David Rendon, Eric Petersen. Cada nombre era una mentira esperando a ser vivida por toda su familia.

Excepto el único nombre que no coincidía con sus pasaportes falsos ni con los de su madre: Arthur Smithson.

La búsqueda de este nombre sólo produjo unos enlaces dispersos. Un Arthur Smithson agente de seguros en Sioux, Dakota del Sur. Un Arthur Smithson que enseñaba inglés en un colegio de California. Un Arthur Smithson que se había evaporado de Washington DC.

Seleccionó el enlace de una historia de The Washington Post.

Era una noticia sobre una desaparición sin resolver en la zona de Washington. Mencionaba el nombre de Arthur Smithson, así como muchos otros: adolescentes fugitivos, niños desaparecidos, padres en paradero desconocido. Entró en el enlace de Smithson y encontró una historia que se remontaba veinte años atrás:

SE SUSPENDE LA BÚSQUEDA DE

LA FAMILIA DESAPARECIDA


Por Federico Moreno, reportero


Hoy ha sido suspendida la búsqueda de una joven pareja de Arlington y de su hijo, a pesar de la insistencia del vecindario en lo extraño de que la pareja hubiera cogido los bártulos sin despedirse. Arthur Smithson, traductor free lance de veintiséis años; su mujer Julie, de la misma edad, y su hijo de dos meses, Robert, desaparecieron de su hogar de Arlington hace tres semanas. Preocupado tras varios días sin ver a la señora Smithson y al pequeño Robert jugar en el jardín, un vecino llamó a la comisaría de Arlington. La policía entró en la casa y no halló signos de forcejeo, y se encontró con que las maletas y la ropa de los Smithson habían desaparecido. Sus dos coches, sin embargo, seguían en el garaje.

«No tenemos razones para sospechar de un acto criminal -afirma Ken Kinnard, portavoz del departamento de policía de Arlington-. Nos encontramos en un callejón sin salida. No tenemos explicación de dónde están. Hasta que tengamos más información, no podemos proseguir la investigación.»

«La policía tiene que esforzarse más», protesta Bernita Briggs, su vecina. La señora Briggs aseguró que hacía de canguro para la señora Smithson desde que Robert había nacido y que la joven madre siempre la había tratado como su confidente y que no le había dado ningún indicio de que la familia planease marcharse de la zona.

«Tenían dinero, buenos trabajos-continúa la señora Briggs-. Julie nunca mencionó marcharse. Siempre me preguntaba qué cortinas y qué estampado escoger para el cuarto del niño. Tampoco se hubieran ido sin decírmelo. Julie siempre me decía que me preocupaba demasiado, y sabía que si simplemente cogían sus cosas y se marchaban yo estaría tremendamente preocupada. Ellos nunca me harían pasar un mal trago como ése. Es una chica muy buena.»

La señora Briggs relató a la policía que Smithson hablaba con fluidez francés, alemán y ruso, y que realizaba trabajos de traducción para el gobierno y para editoriales académicas. De acuerdo con los archivos de la Universidad de Georgetown, el señor Smithson se había graduado cinco años antes en francés y ruso. La señora Smithson trabajaba como civil en la Marina hasta que se quedó embarazada, momento en el cual dejó su trabajo.

La Marina no nos ha devuelto las llamadas que hemos hecho para preguntar sobre esta historia.

«Me gustaría que la policía me contara lo que realmente sabe -protesta la señora Briggs-, Es una familia maravillosa. Rezo por que estén a salvo y se pongan en contacto conmigo pronto.»

La historia archivada no mostraba ninguna foto de la familia Smithson. Ningún otro enlace indicaba que hubiese un seguimiento de la historia.

Otra familia muerta, como los Merteuil en Bélgica, como los Petersen en Sudáfrica y como los Rendon en Nueva Zelanda. Pero no habían muerto, simplemente se habían esfumado. A menos que este Smithson de Washington no fuese ahora el Smithson que vendía seguros en Dakota del Sur o el Smithson que enseñaba Shakespeare en Pomona.

¿Qué le había dicho Gabriel durante su violento viaje en coche saliendo de Houston?: «Te diré quién soy. Te diré quién eres tú». Evan pensó que estaba loco, pero quizá no lo estuviese.

Se quedó mirando el nombre del niño desaparecido: Robert Smithson. Aquel nombre no le decía nada.

Entró en un directorio de teléfonos en internet, introdujo el nombre de Bernita Briggs, y buscó en Virginia, Maryland y Washington DC. Le salió un número en Alexandria. ¿Se arriesgaría a llamar desde el teléfono móvil robado? El Albañil lo sabría, seguro que tenía acceso al registro de llamadas. No, era mejor esperar. Si El Albañil sabía que la llamaba podría ponerla en peligro.

Anotó el nombre de Bernita Briggs y se marchó, seguro de que el camarero no le quitaba los ojos de encima. Se preguntaba si era paranoia, si ésta se había apoderado de él y se había asentado en su mente, cambiando quien era para siempre.

<p id="_Toc203056734">Capítulo 21</p>

La casa estaba situada en un extremo del distrito de las artes de Montrose, en una calle con casas más antiguas, la mayoría de ellas arregladas con orgullo, otras viejas y abandonadas. Evan pasó junto a la casa del hermanastro de El Turbio dos veces, luego aparcó dos calles más allá y fue caminando, con el petate colgado del hombro. La gorra y las gafas de sol lo hacían sentirse como un ladrón esperando a la puerta de un banco. En el jardín lleno de maleza había un cartel de «Se vende», y una funda llena de folletos esperando a ser recogidos por manos curiosas. Todas las cortinas de la casa estaban cerradas y se imaginaba a la policía esperando, o a Jargo entregándole una maleta llena de dinero a El Turbio, o a El Albañil y a los matones del gobierno sonriéndole a través de los encajes de las cortinas. Recordaba haber entrevistado aquí al hermanastro de El Turbio, Lawan, para El más mínimo problema; Lawan era un tipo inteligente y amable, callado cuando El Turbio gritaba, y diez años mayor que éste. Llevaba una panadería y su casa siempre olía a canela y a pan.

Evan esperó en la esquina de la calle, cuatro casas más abajo.

El Turbio llegaba diez minutos tarde. Llegó solo y caminó hasta delante de la puerta sin mirar a Evan. Éste lo siguió un minuto más tarde, abrió la puerta principal sin llamar. El interior de la casa olía ahora a polvo en lugar de a especias y a harina. Allí no vivía nadie.

– ¿Dónde está Lawan? -preguntó Evan.

El Turbio se puso junto a la ventana y echó un vistazo fuera para ver si alguien había seguido a Evan.

– Murió, hace dos meses. El sida se lo llevó.

– Lo siento mucho. Ojalá me hubieses llamado.

El Turbio se encogió de hombros.

– ¿Cuándo fue la última vez que me llamaste, sólo para ver cómo estaba?

– Sigo diciendo que lo siento.

– No tienes por qué hacerlo. Volvamos al tajo, hijo.

Evan esperó.

– He gorroneado un poco de pasta para ti. Pero si te cogen mantendrás mi nombre fuera de todo esto.

– ¿Por qué estás tan enfadado conmigo?

El Turbio encendió un cigarro.

– ¿Por qué crees que estoy enfadado?

– En la CNN te comportaste como si te hubiese timado. No hice mucho dinero con la película, Turbio. No soy Spielberg. No te prometí una carrera en la industria del espectáculo, no pude prometerte eso.

– Estar en tu película me hizo probar una vida mejor, Evan, mejor de la que tenía aquí. Mejor de la que podría haber tenido cuando traficaba. -Observaba a Evan entre el humo-. ¿Sabes? Cuando se estrenó El más mínimo problema quise incluso hacer una película. Intenté escribir un guión. Fui a clases. Pero ni siquiera pude enlazar dos escenas. No me dio la cabeza para eso.

– ¿Por qué no me lo dijiste? Te habría ayudado con el guión.

– ¿Ah sí? Creo que eras un muchacho blanco muy ocupado después del gran éxito de El más mínimo problema. Cuando te metes en tu trabajo no prestas tanta atención a la gente. Tienes razón, conseguí la libertad gracias a tu documental. Pero tú conseguiste tu carrera porque yo te dejé rodar mi historia. Ésa es una deuda que tampoco podrás pagarme.

– Turbio, lo siento. No tenía ni idea. Te lo debo, y te lo agradezco. Lo siento si no te lo dije antes.

El Turbio le ofreció la mano y Evan se la estrechó.

– Todo tu maldito mundo se reduce a deberle algo a otro tonto. Así que no pasa na, ahora estamos en paz. Si estaba enfadado… bueno, tú limitaste mis opciones profesionales.

– No te entiendo.

El Turbio se le acercó en la quietud de la casa.

– Por aquel entonces todavía pasaba droga, Evan. Sí, aquel cabrón de Henderson me tendió una trampa, puso la coca en mi coche. Pero un par de días antes llevaba kilos de coca en el maletero. Un montón más.

Evan se le quedó mirando fijamente.

– Realmente pensabas que era inocente, puro como la nieve. -El Turbio sacudió la cabeza-. Evan, yo tenía la nieve. -Se rió de su propio chiste-. Pero cuando hiciste la peli ya no pude seguir pasando más. Mi cara era demasiado conocida y yo soy el tío inocente con el que la policía se equivocó. Tú despertaste mi interés por las películas, pero no tengo ni puta idea de cómo hacerlas. Así que soy guardia de seguridad. Eso es todo lo que me dejaste. A veces, la libertad es como un callejón sin salida del que no puedes escapar.

– Lo siento, Turbio.

– No te preocupes más por eso.

Turbio le dio la maleta. Evan se sentó en el suelo y la abrió. Había unos cientos de dólares, todos en billetes usados de diez y de veinte.

– Cuéntalo. Son unos mil. Eso es todo lo que te puedo dejar.

– No necesito contarlo. Gracias.

– Lawan tenía un portátil, puedes quedártelo.

– Gracias, Turbio. Muchas gracias. -Evan suspiró para ocultar cómo se le quebraba la voz-. Sabía que podía confiar en ti. Sabía que no me dejarías tirado.

– Evan. Escúchate a ti mismo. ¿Crees que nunca vi la pena en tu cara? ¿Que nunca escuché ese tono de voz que me decía que me estabas haciendo un favor que cambiaría mi vida? No eres tan listo como quieres aparentar, chico. Ahora tú eres el que se ha venido abajo. Ahora eres tú el que necesita que te echen una mano. Ahora eres tú el que parece una mierda de perro pegada a la suela de un zapato.

– Nunca me diste pena.

– No te creías que pudiese librarme por mí mismo de la cárcel.

– No podías.

– La rueda de la fortuna hizo que llamases a mi puerta y me ayudases. Pero quiero que despiertes y veas el mundo tal y como es, porque no sabes lo que es tener problemas, verdaderos problemas. Confié en ti porque no tenía elección. Tú has confiado en mí cuando no has tenido tampoco elección, Evan. Tienes otros amigos a los que podrías haber acudido, más listos que yo. No confíes en nadie a menos que no tengas otra opción. Ése es mi lema. -El Turbio alargó el brazo y estrechó el hombro de Evan-. Estuve pensando en lo que me dijo esa Galadriel Jones. Me dijo que si venías por aquí la llamase a este número y me daría cinco mil pavos en efectivo, libres de impuestos.

– Pero no has llamado.

– ¿Tú qué crees?

– No. Porque valoras mucho el respeto y ella está intentando sobornarte, engañarte.

– Fingí que la escuchaba, y claro que me sentí tentado. Eso es más de dos años de sueldo limpiándoles el culo a los mocosos de Pinos de la Toscana. Pero ¿sabes qué? Que le den. Puede que haya mentido y robado alguna vez, pero no me van a comprar.

– Me alegro, Turbio. Gracias.

– De nada.

– Necesito que me prestes un teléfono. Y necesito usar el ordenador de tu hermano. ¿Estaremos seguros aquí durante un rato?

– Sí, a menos que el agente inmobiliario aparezca para enseñar la casa. -El Turbio se encogió de hombros-. Aunque no creo.


Evan sudó durante los cuatro tonos.

– ¿Sí? -dijo una voz de mujer, desgastada por el uso de toda una vida.

– Hola, ¿podría hablar con la señora Briggs?

– Vendas lo que vendas estoy segurísima de que no quiero nada.

– No soy un vendedor, señora. Por favor, no cuelgue… usted es la única persona que puede ayudarme.

El ego de la anciana no pudo resistir esa súplica.

– ¿Quién es?

– Me llamo David Rendon. -En el último momento decidió no utilizar su verdadero nombre; la gente mayor estaba a menudo enganchada a las noticias, así que tomó una de las identidades falsas de los pasaportes-. Soy reportero del Post.

La mujer no reaccionó ante esto, así que Evan fue al meollo directamente:

– La llamo para ver si recuerda a la familia Smithson.

Se produjo un silencio durante diez largos segundos.

– ¿Quién dijo que era usted?

– Un reportero del Post, señora. Estaba buscando entre los archivos y vi la historia de que sus vecinos desaparecieron hace veinte años. No encontré más seguimiento de la historia y me interesaría saber lo que les ocurrió a ellos y a usted.

– ¿Pondrá mi foto en el periódico?

– Apuesto a que podría hacerlo.

– Bueno. -La señora Briggs bajó la voz hasta alcanzar un ensayado tono de conspiración-. No, los Smithson no volvieron a aparecer. A ver, aquella casa era un sueño, perfecta para una familia joven, y simplemente van y se marchan. Increíble. Me había encariñado con su bebé, y también con Julie. Arthur era un imbécil. No le gustaba hablar.

Al parecer ser reservado era claramente un crimen para la señora Briggs.

– Pero ¿qué pasó con su casa?

– Bueno, no habían terminado de pagar la hipoteca y el banco la revendió por medio de un agente inmobiliario de la zona.

No estaba seguro de qué preguntar ahora.

– ¿Eran una familia feliz?

– Julie estaba tan sola… podías vérselo en la cara, en su forma de hablar. Una chica asustada, como si el mundo se hubiese ido dejándola atrás. Me dijo que estaba embarazada y recuerdo que me pregunté «¿Por qué hay miedo en la cara de esta dulce chica?». Era la noticia más feliz que le podrían dar y parecía que se le venía el mundo encima.

– ¿Alguna vez le dijo por qué?

– Pensé que no era feliz en su matrimonio con ese tipo tan seco. El niño la ataba.

– ¿Sugirió alguna vez la señora Smithson que quisiese escapar? ¿Adoptar otro nombre?

– Dios mío, no. -La señora Briggs hizo una pausa-. ¿Es eso lo que ocurrió?

Evan tragó saliva.

– ¿Alguna vez oyó mencionar el apellido Casher?

– No que yo recuerde.

Había pasado su niñez en Nueva Orleans mientras su padre acababa su master en informática en Tulane. Cuando Evan tenía siete años se mudaron a Austin. Creía que había nacido en Nueva Orleans.

– ¿Alguna vez le mencionaron Nueva Orleans?

– No. ¿Qué ha averiguado sobre ellos?

– He encontrado algunas piezas que no encajan demasiado bien -suspiró-. ¿No será usted una chamarilera, verdad, señora Briggs?

Esbozó una delicada y cálida sonrisa.

– El término educado es «coleccionista».

– ¿Guardó alguna foto de los Smithson? Como usted y Julie eran tan íntimas…

De nuevo silencio.

– La tenía, pero se la di a la policía.

– ¿No se la devolvieron?

– No, se la quedaron y no me la devolvieron. Supongo que debe de estar todavía en el archivo del caso. Si es que lo hay.

– ¿No tenía ninguna otra foto?

– Creo que me quedé con una foto suya de Navidad, pero no sé donde puede estar. No viajaban en Navidad. No tenían familia, sólo se tenían el uno al otro. Se conocieron en un orfanato, ¿sabe?

– ¿En un orfanato?

– Es una historia muy a lo Dickens: Oliver Twist casado con la pequeña Nell. Un año no pude ir a casa de mi hermana a causa de una tormenta de nieve, así que pasé la Nochebuena con los Smithson. Arthur estaba borracho. No me quería allí. Eso avergonzaba a Julie, podía notarlo, pero pudimos pasar un rato agradable cuando Arthur se quedó dormido. -Sacudió la cabeza-. No entiendo la presión que se infringe la gente a sí misma. Los envejece. Yo nunca me preocupo.

Una madre indecisa, un padre borracho. No parecían sus padres.

– Señora Briggs, si tiene otra foto de los Smithson le agradecería mucho que me la enviase.

– Y lo haría si me dijese quién es realmente. No creo que sea reportero, señor Rendon.

Evan decidió ser sincero. Confiar en ella, porque necesitaba la información.

– No lo soy. Me llamo Evan Casher. Siento decepcionarla.

– Entonces ¿quién es?

Esto era un gran riesgo. Podía equivocarse. Pero si no lo intentaba estaría en un callejón sin salida.

– Creo que soy Robert Smithson.

– ¡Ay Dios mío! ¿Es una broma?

– No es el nombre con el que me crié, pero encontré una conexión entre mis padres y los Smithson. -Hizo una pausa-. ¿Tiene usted acceso a internet?

– Soy vieja, pero no anticuada.

– Vaya a cnn.com, por favor. Busque Evan Casher. Quiero que me diga si reconoce alguna de las fotos.

– Un momento. -La oyó dejar el teléfono y cómo se despertaba un ordenador. La oyó manejar el ratón y teclear-. Estoy en CNN. ¿c-a-s-h-e-r?

– Sí, señora.

La oyó escribiendo en el teclado. Luego un silencio.

– Busque una historia de un homicidio en Austin, Texas -le dijo.

– La veo -murmuró la señora Briggs-. ¡Dios mío!

La última vez que había visitado la página la actualización incluía una foto de su madre y otra suya en la página.

– ¿Se parece Donna Casher a Julie Smithson?

– El pelo está diferente. Han pasado muchos años… pero sí, creo que es Julie. ¡Cielos, está muerta!

Parecía tan afligida como si Julie todavía fuese su vecina.

– Dios mío… -Evan procuró calmar su voz-: Señora Briggs, creo que mis padres eran los Smithson y que se metieron en problemas graves en aquella época y tuvieron que adoptar identidades nuevas. Esconderse de su pasado.

– ¿Eres tú? ¿El de la foto al lado de la suya?

– Sí, señora.

– Te pareces a tu madre. Eres la viva imagen de Julie.

Dejó escapar un suspiro.

– Gracias, señora Briggs.

– Aquí dice que te han secuestrado.

– Lo hicieron. Estoy bien. Pero no quiero que nadie sepa dónde estoy ahora.

– Debería llamar a la policía, ¿no? -Elevó la voz.

– Por favor, no llame a la policía. No tengo derecho a pedirle esto, y usted debería hacer lo que crea que está bien…, pero no quiero que nadie sepa dónde estoy, ni que sé cuáles eran los nombres de mi familia. Quienquiera que ha matado a mi madre puede que me mate a mí.

– Robert -hablaba como si se le rompiese el corazón-, espero que no sea una broma.

– No señora, no lo es. Pero si me llamaba Robert, nunca lo supe.

– Los dos te querían muchísimo -dijo conteniendo las lágrimas.

Evan sintió calor en la cara.

– Usted dijo que se conocieron en un orfanato. ¿Dónde?

– En Ohio. Dios, no recuerdo el nombre del pueblo.

– Ohio. Bien.

– Goinsville -dijo de repente con gran seguridad-. Ése es el pueblo. Bromeaba con eso, con no volver nunca a Goinsville. Era tan triste que ambos fuesen huérfanos… Recuerdo que siempre pensaba en eso en Navidad. Y se sentían tan felices de haberte tenido. Julie decía que no quería que tuvieses que soportar lo que ellos soportaron.

– Gracias, señora Briggs. Gracias.

Ahora la mujer lloraba en silencio.

– Pobre Julie.

– Me ha sido de enorme ayuda, señora Briggs. -Una terrible reticencia a colgar, a romper este pequeño eslabón con su pasado, sacudió a Evan-. Adiós.

– Adiós.

Evan colgó. Seguro que tenía identificación de llamada. Seguro que vio el número y llamaría a la policía ahora mismo. No le creerían, pero seguirían esa pista.

Goinsville, Ohio. Un sitio por donde empezar.

Smithson. ¿Por qué prepararía Gabriel un pasaporte con la antigua identidad de su padre? Probablemente esa información sobre quiénes habían sido los Casher era parte del pago. Puede que aquélla fuera la idea que Gabriel tenía de una broma.

Encontró el portátil del hermano de El Turbio guardado en el estante de un armario. Era un ordenador bonito y nuevo. Conectó en él su reproductor musical digital, se aseguró de que tenía los mismos programas de música que su portátil, y transfirió las canciones que le había enviado su madre el viernes por la mañana.

Buscó archivos nuevos. Ninguno, aparte de las canciones. Entró en cada carpeta y abrió todos los archivos para ver si algún programa que no hubiese visto podía descargar datos nuevos.

Nada. No tenía los archivos. Su madre había utilizado otro método para meter la preciada información de Jargo en el sistema, o simplemente el programa sólo se ejecutaba una vez. Quizás el sistema borraba la información o la ignoraba al copiar las canciones codificadas de nuevo.

Ahora no tenía nada con lo que luchar contra Jargo.

Salvo El Albañil.

El Turbio estaba viendo la tele abajo.

– ¿Me puedes dar el número que te dio esa señora Galadriel?

– Dile hola de mi parte -dijo El Turbio-. O no.

Evan volvió arriba. El Turbio lo siguió. Evan marcó el número.

Cuatro tonos.

– ¿Sí?

Respondió una señora muy agradable, tranquila y con acento sureño.

– ¿Eres Galadriel?

– ¿Quién llama?

– La verdad es que me interesaría más hablar con el señor Jargo, por favor.

– ¿Quién llama?

No iba a darles tiempo para que localizasen la llamada.

– Volveré a llamar en un minuto. Que se ponga Jargo.

Colgó y volvió a llamar pasados un par de minutos.

– Hola.

Ahora era una voz de hombre. Más mayor y cultivado.

– Soy Evan Casher, señor Jargo.

– Evan. Tenemos mucho de qué hablar. Tu padre me está preguntando por ti. Él y yo somos viejos amigos. He estado cuidando de él.

Jargo tenía a su padre. Evan se hundió.

– No le creo.

– Tu madre está muerta. ¿No crees que esta tragedia haría que tu padre apareciese y fuese corriendo hasta ti, si pudiese?

– Tú mataste a mi madre, hijo de puta.

Había recuperado la voz.

– Nunca le hice daño a tu madre. Eso fue cosa de la CIA.

– Eso no tiene sentido.

– Me temo que sí. Tu madre trabajaba para la CIA de vez en cuando. Encontró información que podría causar un daño irreparable a la agencia. Los enemigos de Estados Unidos creerían que nuestras operaciones de inteligencia estaban contra las cuerdas; esos archivos significarían el fin de la CIA. La CIA te matará para mantener en secreto esos archivos.

– No me importan los malditos archivos. Tú y tu hijo matasteis a mi madre.

Pausa.

– ¿Sabes que tengo un hijo?

– Sí. -Dejaría que ese cabrón creyese que tenía información que haría que Jargo se preocupase, que le hiciese preguntarse cuánto sabía-. Se llama Dezz.

– ¿Cómo sabes que es mi hijo?

Pensó que nombrar a El Albañil como fuente no sería prudente.

– Eso no importa. -Evan empezó a sentir bombear la sangre en la cabeza-. Déjame hablar con mi padre.

Al decir estas palabras, El Turbio se sentó en el suelo enfrente de él, con expresión de preocupación.

– Todavía no estoy preparado para eso, Evan -dijo Jargo.

– ¿Por qué?

– Porque necesito que me asegures que trabajarás con nosotros. Fuimos a aquella casa de Bandera para ayudarte, Evan, y tú nos disparaste y huíste.

– Dezz mató a un hombre.

Ahora El Turbio levantó una ceja.

– No. Dezz te salvó de un hombre que te estaba utilizando para librar su propia batalla contra la CIA. Luego la CIA te utilizaría a ti para atraparnos a nosotros y a tu padre. No eres más que un títere para ellos, Evan, y perdona mi dramatismo, y están preparados para derribarte sobre el tablero.

Encajaba con lo que le había dicho Gabriel, por lo menos un poco.

– Si te doy los archivos, ¿me darás a mi padre sano y salvo?

Casi creyó escuchar un mínimo suspiro de alivio de Jargo.

– Me sorprende escuchar que tienes esos archivos, Evan.

Los archivos eran reales, aquellas palabras lo confirmaban. Empezó a notar el sudor en el antebrazo y en los riñones. Ahora debía tener muchísimo cuidado.

– Mamá hizo una copia de seguridad y me hizo saber dónde estarían.

La mentira le salió con facilidad.

– Ah, era una mujer muy inteligente. La conocí durante mucho tiempo, Evan. La admiraba muchísimo. Quiero que sepas eso porque nunca, nunca podría hacerle daño a Donna. No soy tu enemigo. Tú y yo somos familia, en cierto modo. Respeto cómo te has protegido hasta ahora. Tienes mucho de tus padres.

– Cállate. Veámonos.

– Sí. Dime dónde estás y te llevaré junto a tu padre.

– No, yo elijo el lugar de reunión. ¿Dónde está mi padre?

– Confiaré en ti, Evan. Está en Florida. Pero puedo llevarlo hasta donde te encuentres.

Evan se lo pensó. Nueva Orleans estaba entre Florida y Houston, y conocía la ciudad, al menos la parte de Tulane, donde había pasado su infancia. Recordaba a su padre caminando por el zoo de Audubon, jugando a perseguirle por los verdes caminos del parque. Conocía el trazado. Sabía cómo entrar y cómo salir, y era un sitio muy concurrido.

– Nueva Orleans -dijo Evan-. Mañana por la mañana. A las diez de la mañana en el zoo de Audubon, en la plaza principal. Trae a mi padre y yo llevaré los archivos. Ven solo, sin Dezz. No me gusta y no confío en él, no lo quiero tener cerca. Si lo veo, no hay trato.

– Lo entiendo perfectamente. Te veré entonces, Evan.

Evan colgó.

– ¿En qué demonios te has metido y qué demonios crees que estás haciendo? -preguntó El Turbio.

– Lección número uno de los documentales: muestra a los personajes enfrentados. ¿Te acuerdas que en los tribunales le dije a tu madre que esperase en las escaleras cuando salió la madre de Henderson? Pon a dos madres luchando por sus hijos, compitiendo directamente la una con la otra; júntalas y tendrás fuegos artificiales.

– ¿Y si trae a tu padre?

– No me dejará hablar con él. No respetará el trato. Está intentando convencerme de que la CIA mató a mi madre, pero yo estoy seguro de que fue Dezz.

– ¿Les viste la cara?

– No.

– Entonces, ¿cómo estás seguro?

– Sus voces… oí sus voces. Estoy seguro.

«Casi seguro -pensó-. Pero no al cien por cien.»

– ¿Y ahora qué? -preguntó El Turbio.

– No puedo encontrar a mi padre mientras esquivo balas y corro todo el tiempo. Jugué según sus reglas, pero ahora jugaré según las mías. -Sacó la cámara de vídeo del petate-. Estos tíos están en la sombra. Voy a sacar su culo a la luz.

– ¿Vas a hacer todo esto tú solo? -dijo El Turbio.

– Sí.

– No, no lo harás. Iré contigo.

– No tienes por qué, ésta no es tu lucha.

– Cállate. Iré, fin de la discusión. -El Turbio cruzó sus enormes brazos-. No me gusta que esta gente intente jugármela. E imagino que necesito que estés de nuevo en deuda conmigo.

– De acuerdo.

Evan cogió el móvil y marcó el número que le había dado El Albañil.

– Albañil. Buenas tardes, soy Evan Casher. Escucha atentamente porque diré esto una sola vez. Si quieres los archivos reúnete conmigo en Nueva Orleans. Zoo de Audubon. Plaza principal. Mañana a las diez.

Colgó cuando El Albañil empezaba a hacer preguntas.

– Estás echando más leña al fuego -señaló El Turbio.

– No, estoy echándole gasolina.

<p id="_Toc203056735">Capítulo 22</p>

El sábado por la noche, tarde, el avión fletado por Jargo aterrizó en el aeropuerto internacional Louis Amstrong. Llevó a Carrie a una suite en un hotel cerca del Superdome de Louisiana. Ésta observaba a la muchedumbre de turistas que deambulaban por la calle Bourbon en la noche de domingo. Jargo se sentó en el sofá. Había hablado poco de camino a Nueva Orleans, algo que siempre ponía nerviosa a Carrie. Dezz había volado el domingo por la mañana a Dallas, planeando entrar en la oficina de Joaquín Gabriel para buscar cualquier información sobre los nuevos pasaportes de Evan. Tenía que llegar a Nueva Orleans en cualquier momento.

– Mi hijo -dijo Jargo en medio del silencio.

Carrie siguió observando a los turistas.

– ¿Qué pasa con él?

– Te quiere. O más bien siente por ti lo que cree que debe de ser amor, una triste mezcla de posesión, ira, deseo y una completa torpeza.

– Me pregunto de quién es la culpa.

– Sólo te pido que no seas cruel con él.

– Antes me amenazó de muerte.

– Son sólo palabras.

– Es… -buscó el término. «Un loco» sería apropiado, pero no era una expresión para usar ante Jargo-, problemático.

– Le falta confianza. Tú podrías dársela.

Se quedó helada.

– ¿Cómo?

– Préstale más atención.

– No me voy a acostar con él.

– Pero sí te acostarías con Evan Casher, por el bien de nuestra red.

– No me voy a acostar con Dezz.

Sonó el teléfono del hotel. Jargo no la miró, pulsó el botón del altavoz.

– Buenas y malas noticias. ¿Cuáles queréis primero?

– Las malas -escogió Jargo.

– Ni rastro de Evan -informó Galadriel-. No hay señales de que haya usado la tarjeta de crédito y todavía no hay informes policiales que indiquen que ha aparecido. No podrás atraparlo antes de la reunión, a menos que sea tan estúpido como para usar la tarjeta de crédito en un hotel o en un restaurante.

– No es estúpido -dijo Carrie.

– ¿Has comprobado todos los informes de coches robados en los cinco condados? -preguntó Jargo.

– Sí, al final los conseguí. El candidato más probable es una Ford F-150 de un año que fue robada en la entrada de una casa, en Bandera. Encontraron en el porche una nota con las llaves de una motocicleta Ducati.

– ¿La policía local está investigando la Ducati?

– Eso no lo sé -respondió Galadriel-, lo siento.

Carrie observó a Jargo.

– La CIA o el FBI llegarán hasta Gabriel y los llevará de nuevo a aquella casa. Empezarán a hacer preguntas.

– No me preocupa -afirmó Jargo-. Lo más interesante es que no investiguen la Ducati.

– No entiendo -dijo Carrie.

– Claro que sí. Si las autoridades de Bandera no le siguen la pista es porque han cerrado la investigación. Nuestros amigos del FBI y de la CIA no quieren que se investigue, no quieren que persigan el coche robado.

– Porque ahora son ellos mismos quienes buscan a Evan -concluyó Carrie en un tono neutro.

Jargo asintió y dijo:

– Así que éstas son las malas noticias. ¿Y las buenas?-He descodificado parcialmente el mensaje de correo electrónico que Donna Casher recibió de Gabriel -dijo Galadriel-. Utilizó una variante inglesa de un antiguo código de lenguaje llano de los años setenta del SDECE. El nombre del código era 1849.

SDECE era la inteligencia francesa. Carrie frunció el ceño. 1849. La fecha que aparecía en el correo electrónico de Gabriel a Donna. Le decía qué código utilizar.

– Extraña elección -apuntó Jargo.

– En realidad no. Se supone que Donna se puso en contacto con Gabriel con prisa y necesitaban un código base con el que ambos pudiesen trabajar con facilidad.

– ¿Y qué decía el mensaje, entonces?

Carrie evitaba contener el aliento y no miraba a Jargo.

– Nuestra interpretación es: «Listos para salir el 8 mar. AM. Por favor entregar primera mitad de la lista al llegar a Fl. ¿Hijo viene? Segunda mitad al salir del país. Tu marido es tu preocupación».

– Gracias Galadriel. Por favor, llámame de inmediato si encuentras alguna pista de Evan. Jargo colgó el teléfono.

Carrie observó la tensión en los hombros de Jargo, en su cara. Había visto los restos de Joaquín Gabriel pateados y hechos pedazos, y sabía que este hombre era letal, y muy poco paciente. Escogió las palabras cuidadosamente.

– Los Casher iban a reunirse en Florida. ¿Dónde?

– Lo atrapamos en Miami, cuando volvía de un trabajo en Berlín. Debió de romper el protocolo y explicarle a Donna su itinerario -dijo Jargo-. Probablemente, Donna le había prometido la última entrega cuando la familia estuviese escondida y fuera del país.

– «Segunda mitad.» Parecen dos entregas -señaló Carrie-. ¿Qué más tenía aparte de los archivos de las cuentas?

La cara de Jargo se oscureció.

– Primero la mitad de los archivos y luego la otra mitad cuando estuviesen a salvo.

Miraba a Carrie como si estuviese asustado y furioso, e intentara ocultar su ira.

– Jargo, ¿qué son esos archivos?

Llamaron a la puerta. Carrie miró por la mirilla y abrió. Entró Dezz. No parecía contento.

– En Dallas, nada. La oficina de Gabriel está bajo vigilancia.

– ¿Policía local o federal?

– Local. Pero tiene que ser una petición de la agencia, probablemente a través del departamento -dijo Dezz-. No pude acercarme lo suficiente como para ver si había alguna información sobre los alias de Evan en su oficina. Han conectado a Gabriel con este caso.

– No has contestado a mi pregunta, Jargo. ¿Qué son esos archivos?

Jargo no la miró.

– Donna Casher robó nuestra lista de clientes.

– Tonterías -indicó Dezz-. No existe tal lista.

– Ella fue haciendo una lista. Una póliza de seguros brillante -Jargo se dirigió de nuevo a Carrie-. Ya sea a través de Gabriel o de su madre, Evan lo sabe todo sobre nosotros. Acaba de prometerme los malditos archivos a cambio de su padre. Sabe que Dezz es mi hijo. Sabe cosas de nosotros, Carrie. Ha visto más que los archivos de los clientes. Quizá también haya visto los nuestros.

– Así que tenemos que reunirnos con él -dijo Carrie.

Dezz dijo:

– Déjanos coger a Evan, papá. Tú vuelves a Florida, sacas los cuchillos y haces hablar a Mitchell. A ver si sabe dónde está la lista de clientes.

Jargo se frotó el labio.

– Estoy seguro de que Mitchell no tenía ni idea de que Donna estaba traicionándonos. Si hubiera ido a una misión sabiendo que su mujer estaba a punto de darme una puñalada por la espalda no hubiera vuelto cuando lo cité en Florida. Ella lo puso directamente en nuestras manos, dejando a su familia indefensa.

– Pero casi no podía decirte que no -apuntó Dezz.

– Claro que sí. Podría haber pedido un cambio de fecha. Respeto su opinión. Tenía la oportunidad de huir de nosotros fácilmente, pero no lo hizo.

– Te ciega el afecto por Mitchell -afirmó Dezz-. Eso no es bueno.

– No puedo permitirme sentimentalismos. Incluso aunque quisiera.

Jargo cerró los ojos y se frotó las sienes.

Carrie vio en la mirada de Jargo una luz que no era fría ni de odio. Era la primera vez desde que un año antes le dijo: «Sé quién mató a tus padres, Carrie, y te matará a ti también. Pero puedo esconderte. Puedes seguir trabajando para mí, cuidaré de ti».

– Carrie, ¿Evan te mencionó alguna vez Nueva Orleans? Debieron de haberle dicho adónde huir si alguna vez tenía problemas. O si les ocurría algo a ellos.

– Estoy segura de que nunca le dieron ningún tipo de plan de huida porque no sabía que sus padres eran agentes. Si hubiese tenido algún indicio de la verdad lo hubiese averiguado hace mucho tiempo. Así es él. -Se encogió de hombros-. Me dijo que había nacido en Nueva Orleans, pero que sólo había vivido allí de niño. Supongo que esto ya lo sabes.

Jargo asintió.

– Evan pidió específicamente que no estuvieses en la reunión, Dezz.

– ¿No le gusto? Me siento herido.

Jargo miró a su hijo con severidad.

– Mañana en el zoo no tendremos una repetición de lo que hiciste. Estarás tranquilo y harás lo que te digan.

Dezz masticaba un caramelo y miraba la moqueta.

– ¿Qué relación tienes tú con Mitchell Casher? -le preguntó Carrie a Jargo-. Pareces preocupado por él y también frustrado.

– Me gustaría que contactase con su hijo a través de mí, que lo metiese en esto. Pero se niega. No confía en mí.

– Es normal. Lo tienes prisionero.

– Estoy convencido de que no formaba parte del plan de Donna. Pero todavía no puedo convencerlo de mis buenas intenciones hacia su hijo.

– Me pregunto por qué -señaló Carrie-, teniendo en cuenta que no piensas cumplir tu trato con Evan.

– No esperará verte, Carrie. Eres el elemento sorpresa -dijo Jargo-. No puedo dejar escapar a Evan de esa reunión. Una vez que tengamos los archivos, será un caso cerrado. Lo sabes: hablará. No será capaz de mantener la boca cerrada. No es de ese tipo de hombres. Tú misma lo has dicho.

– El zoo de Audubon es un sitio muy conocido. Una gran atracción turística -dijo Carrie-. Demasiada gente. Demasiado pequeño. Ha sido muy inteligente al elegirlo. No serás capaz de coger a Evan allí, Jargo.

– Atraparlo no. Matarlo -aclaró Dezz.

– No, allí no puedes hacerlo -replicó Carrie.

– No. Le dejaremos que se vaya contigo. Estará encantado de verte -indicó Jargo-. Llévalo a algún sitio íntimo. Luego puedes matarlo.


Capítulo 18

<p id="_Toc203056731">Capítulo 18</p>

El domingo por la mañana, poco después de medianoche, Evan se permitió llorar la muerte de su madre.

Estaba solo en la habitación barata del hotel de Houston, no muy lejos de la sombra de la cúpula de observación AVI y del zumbido distante de los coches que recorrían a toda velocidad el anillo de circunvalación 610. Había apagado la luz, y la cama estaba gastada de usarla durante horas. Yacía tumbado, solo, mientras en su cabeza rondaban los recuerdos de su madre y de su padre. Luego vinieron las lágrimas, duras y cálidas; se hizo un ovillo y las dejó brotar.

Odiaba llorar. Pero todo aquello que lo ataba a su vida hasta ahora había sido cortado, y la pena vibraba en su pecho como si se tratara de un dolor físico. Su madre había sido tierna, irónica y cuidadosa como un artesano con sus fotos. Tímida con los extraños, pero comunicativa y habladora con su padre y con él. Cuando era pequeño y le rogaba que lo llevase al cuarto de revelado para poder mirar cómo trabajaba, ella se inclinaba sobre su equipo de revelado fotográfico, con un mechón de cabello sobre la cara, e improvisaba cancioncillas en voz baja para entretenerlo. Su padre también era callado, un lector, un experto en ordenadores, un hombre de pocas palabras, pero cada una de ellas de gran importancia. Siempre comprensivo, intuitivo, siempre listo para dar un abrazo o dar cariño. Evan no podía haber pedido unos padres mejores. Eran tranquilos y callados, y ahora esa peculiaridad invadía su mente, porque ahora esto significaba más que la soledad de un informático o la introversión de una artista. ¿Era un velo que ocultaba lo que había detrás, su mundo secreto? Creía que los conocía. Pero la carga de una vida oculta, más allá de lo que había conocido, era algo que no podía imaginar.

Tal vez no querían perjudicarle. O puede que no confiaran en él.

Tras diez minutos, dejó de llorar. Se habían terminado las lágrimas. Se lavó la cara y se la secó con una toalla gastada y tan fina como el papel.

El cansancio le hacía tambalearse. Había conducido de una tirada hasta San Antonio y había cambiado la matrícula de la camioneta por la de un decrépito familiar que estaba en un vecindario donde parecía menos probable que llamasen a la policía. Condujo por la I-10 respetando el límite de velocidad, hacia el este, serpenteando por las llanuras costeras y entrando en la húmeda extensión de Houston. Sólo se detuvo para repostar y comer algo de carne y engullir un café, pagando en efectivo cuando tenía que llenar el depósito. Encontró un hotel barato, tanto que las prostitutas se tiraban a sus fuentes de ingresos en el edificio de al lado, y alquiló una habitación para pasar la noche. El recepcionista parecía molesto con él; Evan supuso que no muchos clientes le pedían pasar más de una hora o dos en la habitación. Cogió la llave y pasó con la camioneta, demasiado bonita para el aparcamiento, por delante de una señora mayor que fumaba ante una puerta y de un par de prostitutas que charlaban y se reían en el aparcamiento. Cerró la puerta con llave. Los únicos muebles eran la cama y un desgastado mueble para el televisor atornillado al suelo. El aparato emitía una imagen borrosa y sólo sintonizaba los canales locales.

«Todo borrado.» Las palabras pronunciadas por uno de los asesinos en la cocina. El archivo por el que habían asesinado a su madre estaba en su ordenador. De algún modo estaba allí.

Gabriel dijo que su madre le había enviado los archivos por correo electrónico. Puede que fuese cierto, ya que le había mandado un correo electrónico grande muy tarde aquella noche, antes de llamarlo. Tal vez había escondido un programa entre las canciones, de modo que ahora se hallaba en su portátil, en algún sitio en el que nunca miraría. No era un experto en ordenadores, no exploraba las entrañas de su portátil, no consultaba su biblioteca. Pero los datos tenían que estar allí, como copia de seguridad para su madre, consciente de que Evan nunca se lo habría pensado dos veces a la hora de recibir unos archivos de música.

Archivos de música.

Sacó su reproductor de mp3 del fondo del petate. Evan siempre sincronizaba sus archivos de música con su reproductor, y así lo hizo el viernes por la mañana, para poder escuchar la música mientras iba hacia Austin. Así que, en principio, todavía tenía los archivos; estaban codificados, pero no los había perdido. Si pudiese pasar el archivo musical correcto a un ordenador nuevo, podría volver a crear automáticamente los archivos que su madre había robado.

Si se hallaban en alguna foto digital, para las que nunca hacía copia de seguridad, los habría perdido para siempre.

Necesitaba un ordenador. No tenía suficiente dinero en efectivo para comprarse uno y no se atrevía a usar la tarjeta de crédito. Dejaría ese problema para mañana.

Fuera había una mujer y un hombre; éste se reía y le pedía que lo amase hasta mañana, luego la misma mujer se reía con él.

Sacó la pequeña caja cerrada que había cogido de la casa de Gabriel. En el armario sólo había una percha de metal; intentó forzar la cerradura con el extremo curvo y se sintió ridículo. Aquello no llevaba a ninguna parte. Bajó a la oficina del motel.

– ¿Me puede prestar un destornillador? -preguntó al recepcionista.

El hombre lo miró con la mirada vacía.

– El encargado de mantenimiento vendrá mañana.

Evan deslizó un billete de cinco dólares por el mostrador.

– Sólo lo necesito durante diez minutos.

El recepcionista se encogió de hombros, se levantó y volvió con un destornillador, y cogió el billete.

– Tráelo en diez minutos o llamo a la pasma.

Por lo visto en ese local la atención al cliente gozaba de buena salud. Evan se dirigió de nuevo a su habitación, ignorando un «Hola, mi amor, ¿necesitas compañía?» que le soltó una prostituta que estaba en la linde del aparcamiento.

Evan rompió la cerradura al quinto intento y cayeron desparramados unos paquetes pequeños, envueltos en papel. Volvió corriendo a la oficina por si acaso al recepcionista gruñón le daba por cumplir su amenaza. El hombre no apartó la vista del partido de baloncesto del televisor cuando Evan le devolvió la herramienta por encima del mostrador.

Al volver a la habitación escuchó los gemidos de una pareja a través de la pared de papel. No le apetecía oírlos, así que encendió la televisión antes de abrir el primer paquete. Dentro había unos pasaportes de Nueva Zelanda atados con una goma. Abrió el que estaba encima de todo: estaba viendo su propia cara. Era David Edward Rendon, y su lugar de nacimiento era Auckland. El papel tenía aspecto de ser de gran calidad, auténtico y del gobierno. Un sello de salida indicaba que había abandonado Nueva Zelanda hacía apenas tres semanas.

Cogió el otro pasaporte de Nueva Zelanda del montón de papeles. Dentro estaba la foto de su madre, con un nombre falso, Margaret Beatrice Rendon. El papel estaba muy gastado, como si hubiese recorrido muchos kilómetros. Un pasaporte sudafricano a nombre de Janine Petersen. El mismo apellido que su identidad africana. Un pasaporte belga también para su madre, su nombre era ahora Solange Merteuil. Cogió otro pasaporte belga: de nuevo su foto, pero esta vez con el nombre de Jean-Marc Merteuil. Abrió el segundo paquete: tres pasaportes para Gabriel, nombres falsos de Namibia, Bélgica y Costa Rica.

El siguiente paquete contenía cuatro pasaportes atados con una goma al final del montón. Los cogió y les quitó la goma. Sudáfrica. Nueva Zelanda. Bélgica. Estados Unidos. Los abrió. Se encontró con la cara de su padre. Cuatro nombres diferentes: Petersen, Rendon, Merteuil y Smithson.

Qué extraño. Tres para él, tres para su madre pero… cuatro para su padre. ¿Por qué?

En el último paquete había tarjetas de crédito y otros documentos de identificación ligados a los nuevos apellidos de su familia. No se atrevía a usar las tarjetas. ¿Y si Jargo podía encontrarlo al pagar con ella el combustible, un billete de avión o una comida? Necesitaba efectivo, pero sabía que si sacaba dinero de sus cuentas en un cajero automático, la transacción quedaría registrada en la base de datos del banco, la cámara de seguridad grabaría su imagen y la policía sabría que había vuelto a Houston. «¿Y qué si saben que estás en Houston? Te vas a Florida.» Aun así se mostraba reacio a ir a un banco.

Volvió a meter los pasaportes en la bolsa.

Una vez pasado el cansancio, le volvió a rondar la horrible pregunta: ¿estaba Jargo esperándole en casa de su madre? Si no le estaba esperando a él, entonces iba tras su madre y él simplemente había llegado en un mal momento. Pero si lo estaban esperando… ¿cómo habrían sabido que iba para allí? Sólo había hablado directamente con su madre. Podría llamar de forma anónima a la policía para que comprobara si los teléfonos de su madre estaban pinchados. O el suyo. Había llamado a Carrie y le había dejado un mensaje de voz. Podían haber interceptado el mensaje.

Estaba pasando por alto que Carrie dejó el trabajo esa mañana. Desapareció sin decirle nada. ¿Sabía ella esto?

Pensar aquello hizo que se le secase la garganta. «No me ames», le había dicho. Pero eso no podía significar remordimiento. Eso no podía significar que se estuviese preparando para traicionarlo. La conocía, conocía su corazón. No podía creer que estuviese voluntariamente envuelta en aquel horror. Tenía que ser un teléfono que estuviese pinchado, lo cual era una posibilidad aterradora. Gabriel había dicho de Jargo que era un espía independiente y suponiendo que eso fuera cierto, Jargo podría pinchar teléfonos. Pero si no lo era, entonces Jargo estaba trabajando para un pez más gordo. La CIA. El FBI.

Necesitaba dinero. Tenía la Beretta con la que le había disparado a Dezz, pero ya no le quedaba munición. Necesitaba ayuda.

El Turbio. Podía llamar a El Turbio. El hombre falsamente acusado que había sido el centro de su primer documental. Había puesto a parir a Evan en la CNN, pero era inteligente, duro e ingenioso.

Evan caminaba de un lado a otro, intentando tomar una decisión. Sospechaba que si la policía lo estaba buscando en serio El Turbio estaría bajo vigilancia. Y Evan sentía un poco de miedo por aquel hombre. Lo había perseguido sin razón un poli vengativo, pero él tampoco era un santo. Como aliado era una elección arriesgada. Se moría por llamar la atención y, a juzgar por la entrevista en la televisión, actuaba como si Evan le hubiese hecho algo malo. Podría entregarlo a la policía de inmediato para que su nombre apareciese en los titulares.

Pero no tenía a nadie más a quien pedírselo.

Apagó las luces y rememoró cada momento que había pasado con Carrie Lindstrom durante los últimos tres meses, cuando había entrado en su vida. Se durmió y no soñó con ella, sino con el lazo apretándole alrededor del cuello y su madre muerta bajo sus pies.

Un telefonazo lo despertó. Olvidando dónde estaba, primero pensó que era su viejo despertador, y que Carrie estaba en la cama con él, y todo era paz en el mundo. Pero era el teléfono robado de la camioneta. Probablemente el dueño, para gritarle por haberle robado el teléfono. Eran las seis de la mañana de un domingo. Cogió el teléfono; en la pantalla no aparecía el número.

Pulsó el botón para contestar.

– ¿Sí?

– Evan, buenos días. ¿Cómo estás? -dijo una voz con acento sureño.

– ¿Quién es?

– Puedes llamarme Albañil.

– ¿Albañil?

– Mi nombre real es un secreto, hijo. Es una precaución poco afortunada que tengo que tomar.

– No lo entiendo.

– Bueno, Evan. Soy del gobierno y estoy aquí para ayudarte.


Capítulo 19

<p id="_Toc203056732">Capítulo 19</p>

– ¿Cómo ha conseguido este número? -susurró Evan.

Fuera todo estaba tranquilo y en silencio, excepto por el eventual zumbido del tráfico; los amantes de la habitación del al lado dormían, o bien ya habían concluido con su negocio y deambulaban en la noche vacía.

– Tenemos nuestros métodos -dijo El Albañil.

– Voy a colgar a menos que me diga cómo ha conseguido este número.

– Es simple. Reconocimos al señor Gabriel por la descripción de la policía. Sabemos que Gabriel te atrapó, bueno, digamos que es su versión de custodia de protección. Sabemos que estaba en Bandera porque se hizo un cargo con la tarjeta de crédito. Sabemos que un miembro de su familia tiene una casa que fue ocupada, dañada y abandonada ayer. Sabemos que el señor Gabriel ha desaparecido. Sabemos que robaron una camioneta con un teléfono móvil en Bandera. Llegamos a un acuerdo con el dueño y con la compañía de teléfonos para mantener el móvil activado. Así podríamos hablar con vosotros si tú o el señor Gabriel teníais el teléfono. Y veo que lo tienes tú.

Evan se levantó y comenzó a recorrer la habitación de un lado a otro.

– ¿Puedo hablar con el señor Gabriel, por favor? -pidió El Albañil.

– Está muerto.

– Qué mala suerte. ¿Cómo murió?

– Le disparó un hombre llamado Dezz Jargo.

Se oyó un largo suspiro.

– Eso es realmente lamentable. ¿Estás herido?

– No, estoy bien.

– Bien. Sigamos. Evan, apuesto a que estás asustado y cansado y preguntándote qué deberías hacer ahora. -Evan esperó-. Puedo ayudarte.

– Le escucho.

Se preguntaba… lo habían encontrado por un móvil robado. Dios, ¿estarían localizando la llamada, haciendo girar un satélite situado a kilómetros por encima de él para colocar su lente sobre Texas, Houston o sobre aquella sórdida nada?

– Ambos tenemos un problema en común: Jargo y Dezz. -Evan parpadeó-. Dezz es Jargo. Jargo es su apellido. Una aclaración, Evan: cuando digo Jargo me refiero a un hombre conocido como Steven Jargo. Dezz es su hijo. Por supuesto, no son sus verdaderos nombres. Nadie sabe cuáles son y probablemente ni ellos mismos lo sepan.

– Su hijo. -Lo había entendido mal. Dezz y Jargo. Así que había dos: padre e hijo-. Ellos mataron a mi madre.

– Y te matarán a ti también si tienen la oportunidad. No queremos que te hagan daño, Evan. Quiero que me digas dónde estás y mandaré a un par de hombres a recogerte para protegerte.

– No.

– Evan, vamos, ¿por qué dices que no? Corres un gran peligro.

– ¿Por qué debo confiar en usted? Ni siquiera conozco su verdadero nombre.

– Comprendo tu reticencia, te lo aseguro. La precaución es el sello de una mente inteligente. Pero necesitas estar bajo nuestra protección. Podemos ayudarte.

– Ayúdenme a encontrar a mi padre.

– Hijo, no sé dónde está, pero si vienes removeremos cielo y tierra hasta encontrarlo.

Sonaba como una promesa vacía.

– No tengo los archivos que todo el mundo quiere. Han desaparecido. Jargo y Dezz los destruyeron.

Cogió su reproductor musical. Quizá no. Pero si les daba los archivos los podrían usar como quisiesen y hacerlos desaparecer. Sólo los cambiaría por su padre. Por nada más.

El Albañil hizo una pausa, como si estuviese escuchando noticias inesperadas.

– Jargo no te dejará en paz.

– No puede encontrarme.

– Puede, y lo hará.

– No. Usted quiere lo mismo que él. Esos archivos. Usted también me matará.

– Por supuesto que no lo haría. -El Albañil parecía ofendido-. Evan, estás exhausto. Es comprensible teniendo en cuenta el calvario que has pasado. Déjame darte un número por si acaso se corta la llamada. Detesto los móviles. ¿Puedes apuntarlo?

– Sí.

El Albañil le dictó un número. No reconocía el prefijo.

– Evan, escúchame. Jargo y Dezz son muy peligrosos, extremadamente peligrosos.

– Eso lo sé de sobras. ¿Está usted con la CIA? -se arriesgó a adivinar.

– Odio los acrónimos tanto como los móviles -dijo El Albañil-. Evan, podemos charlar largo y tendido cuando vengas. Te garantizo personalmente tu seguridad.

– Ni siquiera me ha dicho su nombre. -Evan recorría la habitación de un lado a otro-. Podría ganar tiempo hablando con la prensa. Diciéndole que la CIA se ofrece a ayudarme. Darles este número.

– Podrías salir a la luz. Aunque sospecho que Jargo matará a tu padre como represalia.

– Está usted diciendo que tiene a mi padre. -Evan esperó.

– Es lo más probable. Lo siento. -El Albañil hablaba como un agente funerario, diciendo amablemente lo hermoso que era un ataúd-. Demos un paso para poder trabajar juntos y traer a tu padre a casa. ¿Quieres que nos reunamos? Podemos reunimos en Texas; supongo que aún estás en el estado…

– Me lo pensaré y le volveré a llamar.

– Evan, no cuelgues.

Evan colgó. Apagó el teléfono y lo tiró en la cama como si fuese radioactivo. Si El Albañil era capaz de localizar el teléfono, pronto alguien echaría su puerta abajo.

Se puso una muda de ropa limpia que había metido en el petate. Esparció ante él el dinero en efectivo. Tenía noventa y dos dólares, una cámara de vídeo, un teléfono móvil y una Beretta sin munición.

No podía enfrentarse a El Turbio ni a El Albañil, ni a Dezz ni a Jargo sin estar armado. Sería un suicidio. Pero no creía que las armerías estuviesen abiertas el domingo y, de todas formas, tampoco podía ir a ninguna, no con su foto como desaparecido saliendo en todas las noticias. ¿Y a una casa de empeños? De repente no quería separarse de su cámara; deseó haber grabado a Dezz en vídeo. Vender la cámara era su último recurso.

En la calle se podía comprar de todo: drogas, sexo… ¿Por qué no munición?

Cerró los ojos. Pensó otras maneras de conseguir balas para una pistola en particular. Le vino a la cabeza una idea loca, completamente atrevida, pero jugaba con la única idea que se le ocurría factible de acuerdo con las destrezas y recursos de que disponía.

Evan se aventuró a salir a la húmeda madrugada. Llevaba bien clavada en la cabeza una gorra de béisbol que estaba en el asiento trasero de la camioneta robada. Compró el Houston Chronicle del domingo en una máquina de ventas situada delante de una decrépita cafetería. Su cara y la de su padre estaban en la portada de la sección metropolitana, una antigua foto publicitaria que le había sacado su madre después de que El más mínimo problema fuese nominado a los Óscar. En ella tenía el pelo más corto y unas gafas de niño tonto. No necesitaba gafas, pero había decidido que le daban un aspecto más inteligente, más artístico. Había sido una afectación superficial, y su madre le había tomado el pelo por tomarse a sí mismo tan en serio, y ahora se sentía avergonzado de ello. El periódico afirmaba que su padre también estaba desaparecido; no había ningún registro a nombre de alguien llamado Mitchell Casher que hubiese volado a Australia desde Estados Unidos la semana pasada. No había ninguna foto de Carrie, ni la mencionaban siquiera.

«Carrie está aquí conmigo», había dicho Dezz con su asquerosa y monótona voz. Evan no lo había creído. Si hubiesen secuestrado a Carrie estaría en los periódicos.

¿O no? Había dejado el trabajo. No estaba con él. ¿Quién la daría por desaparecida? Pero si se la hubieran llevado no habría podido llamarlo y advertirlo antes del ataque de Gabriel. ¿Dónde estaba, pues? ¿Escondida? Se moría de ganas de hablar con ella, de escuchar su voz tranquilizadora, pero no podía acercarse a ella, no podía meterla de nuevo en esto.

Dobló el periódico y se lo puso bajo el brazo. Las cabinas telefónicas eran una raza en extinción ahora que todo el mundo llevaba un móvil encima, pero encontró una dos bloques más abajo, en una pequeña tienda de alimentación donde el aparcamiento olía a la cerveza del sábado por la noche. Un niño desgarbado estaba cerca de los teléfonos, mascando una pajita de picapica con sabor a uva, mirando a Evan con la desconfianza y la arrogancia de un guardia de prisiones.

«O puede que sí.» Evan cogió un teléfono y metió las monedas necesarias.

– Toi ejperando una llamada importante en ese teléfono -dijo el chico medio murmurando y mirando a Evan de reojo.

– Entonces comunicará durante un minuto.

– Búscate otro teléfono, tío -sugirió el niño.

Evan se le quedó mirando. Quería partirle la boca al niño con la sonrisa sarcástica y decirle: «si quieres follón hoy, has escogido al tipo equivocado». Pero luego decidió que no necesitaba otro enemigo. Como director había aprendido una cosa: todo el mundo quiere aparecer en una película.

Evan no sonrió porque la sonrisa no siempre era una buena divisa.

– ¿Eres empresario?

– Sí, ése soy yo. Soy un puto magnate.

Evan agarró la Beretta que guardaba en la parte de atrás de sus vaqueros, bajo la camisa, y la acercó al estómago plano del niño. El niño se quedó helado.

– Cálmate. No está cargada -explicó Evan-. Necesito balas. ¿Me las puedes conseguir?

El niño resopló profundamente.

– Tío, que te den dos veces. Podría haberlo hecho si no hubieses sido tan idiota ahora mismo.

– Entonces haré mi llamada.

Evan volvió a poner los dedos en el teclado mugriento.

– Espera, espera. ¿Qué es esto? -El niño se puso de espaldas a la calle y examinó la pistola. Evan la sujetaba con fuerza-. Beretta 92FS… ¡sí! Supongo que me puedo hacer con un par de bonitos cargadores para ti. Un amigo de un amigo. En efectivo.

– Por supuesto.

– Déhame hacer una llamada con tus monedas -le solicitó el niño.

Evan le dio el auricular. El niño marcó los números con fuerza, habló muy bajito, se rió una vez y colgó.

– Una hora. Estate aquí. Cuatro cargadores. Doscientos dólares.

No sabía los precios de la munición, pero el importe era mayor del que pensaba. Pero la calle no hacía preguntas.

– No necesito tanta munición.

– No negociaré con menos. Si no, no vale la pena levantarse de cama, tío.

Evan no tenía doscientos dólares, pero le dijo:

– Volveré en una hora.

El niño saludó con la cabeza ahora que era su cliente. Se fue deambulando a través del aparcamiento, sacó una pajita de picapica del bolsillo, rompió la parte de arriba del envoltorio y vertió el picapica morado en la lengua.

Evan caminó cuatro bloques hasta que encontró otra pequeña tienda. Llevaba puestas las gafas de sol que había encontrado en la camioneta robada y compró tinte para el pelo, un par de tijeras, un café gigante y tres tacos para desayunar, llenos de huevos esponjosos, patatas y chorizo picante. Esto no lo acercaba más a los doscientos dólares. Se tragó el impulso de enseñarle a la dependienta la pistola que guardaba en la parte de atrás de los pantalones para ver si esto le daba los doscientos dólares. La empleada le cobró y lo observó mientras le daba el cambio.

Evan sintió un miedo atroz. ¿Era paranoia suya?

Volvió corriendo al hotel y se encerró. Devoró los tacos de desayuno y se acabó el café solo mientras leía las instrucciones para teñirse el pelo. Únicamente le llevaría treinta minutos fijarse el color.

Se cortó el pelo; los mechones caían en el lavabo. Nunca se lo había cortado él mismo, y tenía un aspecto horrible hasta que murmuró: «Que le den a la vanidad», y se hizo un corte al estilo militar que no le quedó tan mal. Se quitó el pequeño aro de la oreja izquierda. El pendiente ya era demasiado juvenil para él; era hora de crecer. Luego se tiñó el pelo sentado en el suelo del baño, refinando su plan mientras que le cogía el color oscuro. Cuando se vio en el espejo se rió, pero al fin y al cabo le sería útil. No era exactamente como la foto del papel, pero aún parecía él mismo.

Le quedaban unos ochenta pavos y faltaban veinte minutos para que el niño apareciese con la munición. Volvió a la tienda en la que lo había conocido y aparcó en el extremo del aparcamiento salpicado de aceite. Entró en la tienda. Una señora mayor estaba comprando zumo de naranja y una lata de cerdo con alubias. La mujer se fue arrastrando los pies. Evan esperó hasta que estuvo fuera y se acercó a la dependienta. Ésta movía la cabeza al ritmo de una misa dominical de la iglesia evangélica y sorbía café. Era una señora mayor, agria y con un ojo extraviado.

– Discúlpeme señora. Ese chico que anda por ahí donde está el teléfono -dijo Evan-, el Señor picapica. ¿Es un problema para usted?

– ¿Por qué lo pregunta?

– Me advirtió que no utilizase el teléfono. Apuesto a que lo usa para asuntos de drogas.

– No compra las suficientes pajitas de picapica como para sacarme de pobre.

– Así que si consigo que deje de aparecer por aquí, ¿no le romperé el corazón? ¿No sentirá que tiene que llamar a la policía ahora mismo?

– No quiero problemas.

– Nunca se enterará.

– ¿Por qué le importa lo que está haciendo?

– Mi tía acaba de mudarse al final de la calle y ese niño se hizo el lístillo con ella mientas usaba el teléfono. Una señora mayor debería poder hacer una llamada de teléfono sin que la joroben.

– Pues dígaselo a la policía.

– Eso es una solución temporal. La policía viene, pero después se va. Mi idea es de más larga duración.

La dependienta lo estudió.

– ¿Qué va a hacer?

– Voy a salir al teléfono y a esperarle.

– ¿Por qué? ¿Quiere comprar?

Levantó el petate y le enseñó la cámara de vídeo.

– No, quiero vender.


El chico volvió cinco minutos tarde. Pero no volvió solo. Lo acompañaba una mujer joven con el cuello ancho y la dureza grabada en la cara. Era más grande y más alta que el chico; un conjunto similar de ojos y cejas sugerían que debía de ser una hermana mayor. Llevaba en la mano una bolsa de la compra de una organización sin ánimo de lucro. Llegaron en un Explorer nuevo y lo dejaron al final del aparcamiento.

Evan permaneció junto al teléfono con el petate sobre el hombro, y con la cámara bien colocada en su interior. Dejó el agujero de la cremallera lo suficientemente abierto como para que la lente pudiese obtener imágenes claras. A la mujer no le gustaba que llevase el petate. La tensión hizo que frunciese el ceño.

– Eh -dijo Evan.

– ¿Te ha pelado un barbero borracho, tío? -dijo el niño.

– El director de maquillaje quería que tuviese un aspecto más de la calle -le contestó Evan, y esperó para ver qué respondían ellos.

El niño simplemente frunció el ceño y puso una cara como si Evan estuviese loco, y luego dijo la mujer:

– Vayamos a la parte de atrás de la tienda.

– En realidad, recibiréis una llamada de teléfono en un minuto. Deberíamos esperar justo aquí.

Evan puso una sonrisa falsa y brillante en la cara.

– ¿Perdona?

Era la mujer la que conducía el espectáculo, no el niño.

– Éste es el trato -dijo Evan-. Soy un cazatalentos para un nuevo reality show, se llama La dureza de la calle. Lo emitirán en la HBO el próximo otoño. Ponemos a gente que no sabe nada de la calle en vecindarios en los que nunca habían estado antes. Imagínate supermamás y papis con todoterrenos intentando arreglárselas en el problemático distrito número cinco. Los que superen una serie de pruebas seguirán adelante en el concurso. El premio es un millón de pavos.

La mujer miró fijamente a Evan, pero el niño intervino.

– Yo tengo una idea para un espectáculo. Pones mi culo en el barrio de River Oaks, me dejas vivir rodeado de lujos y grabas eso todo el santo día.

– Cállate. Y tú, ¿vas a comprar o no?

– ¿Habéis traído la munición? -preguntó Evan-. Sí, voy a comprar. Pero estamos probando esto como uno de los cuatro desafíos. Sólo quería saber lo fácil que era comprar munición en la calle. Estaba grabando. -Sacó la cámara de vídeo del petate con la lente destapada y las luces encendidas-. Sonreíd.

– ¡No, no, no! -exigió la mujer tapándose la cara con los dedos.

– Espera, espera. -Evan apagó la cámara-. No quiero meteros en líos. Sólo debía probar el desafío. Señora, usted es auténtica. Es lo que estábamos buscando para La dureza de la calle.

– ¿Yo en la tele?

Se sacó las manos de delante de la cara.

Evan levantó una mano, como encuadrándole la cara.

– Creo que estaría genial. Pero no tiene que salir en la tele si no quiere.

– La gran Gin va a ser una estrella -rió el chico.

La gran Gin se quedó helada.

– ¿Qué gilipollez es ésta?

Evan levantó las manos.

– No es ninguna gilipollez. Todos los concursantes tendrán guías como compañeros de juego, porque ambos sabemos que no tendrían ninguna posibilidad sin ellos. Esos estúpidos de las afueras…

– Como tú -indicó la gran Gin.

– Sí, como yo. Eres más que telegénica. La fuerza de tu rostro, tu seguridad al caminar, tu forma de hablar. Por supuesto, el guía se lleva la mitad del premio…

– ¿Medio millón? Me estás tomando el jodido pelo -afirmó la gran Gin.

– … a menos que tengáis antecedentes -acabó Evan la frase-. No podemos contratar a nadie con antecedentes. Los abogados se ponen muy tozudos con eso.

– Si compras munición tendrías antecedentes -aseguró la gran Gin.

– Bueno, los concursantes no deberían comprar munición de verdad, sólo de fogueo. Los abogados también estaban muy tontos con ese tema.

– Ella nunca ha estado en la cárcel -dijo el niño.

– Cállate.

La gran Gin miraba a Evan de una manera que él había visto en las reuniones de negocios para las películas: un jugador que se pregunta si están jugando con él.

– Tonterías -dijo el niño-. ¿Tienes doscientos dólares para la munición o no? Porque si no, no nos quedamos.

– Cállate -le dijo la gran Gin.

– Hum…, no puedo darte doscientos pavos -explicó Evan-. Eso significaría que hemos realizado una transacción ilegal y no podría contratarte para el programa, señora…

– Ginosha -respondió ella.

– No le vayas a decir tu nombre -dijo el niño-. No tiene el dinero, vámonos.

Evan tenía una tarjeta de sobra de una proyección y un cóctel en los que había estado la semana anterior en Houston. Una era de un hombre que tenía una productora en Los Ángeles llamada Urban Works, un tipo llamado Eric Lawson. Le entregó la tarjeta a la gran Gin.

– Lo siento mucho. Debería haberos dado esto antes.

– Maldita sea -dijo-, eres de verdad.

– Sí.

– ¿Dónde está tu equipo de cámara? ¿Por qué estás sólo tú?

– Porque esto es televisión de guerrilla. No traemos equipos de cámaras cuando estamos buscando talentos y lugares. Si no, no sería televisión en tiempo real, ¿no?

La gran Gin estudiaba la tarjeta de negocios y la sostenía como si fuese una puerta para acceder a un deseo que tenía desde hacía tiempo.

– Entonces, ¿quién va a llamar por teléfono? -preguntó.

– Uno de los cazatalentos -contestó Evan-. Se hará pasar por el concursante de las afueras al que tenéis que ayudar. Pero quiero filmaros desde aquí atrás, cerca de esta parte del aparcamiento. Decid lo que se os pase por la cabeza, mostradme vuestra capacidad de improvisación. Tengo un micro en el teléfono, pero quiero una toma vuestra de lejos. Aquí jovencito, perdona, ¿cómo te llamas?

– Raymond.

El chico inspeccionó la tarjeta con una mirada crítica.

– Ven aquí y ponte a mi lado, fuera de la toma.

Raymond frunció el ceño, pero no por la tarjeta.

– ¿Por qué no puedo estar yo en la toma?

– Porque es mi toma -dijo la gran Gin.

– Bueno, Raymond, francamente no parecías estar interesado -dijo Evan-. No pensabas que yo fuera legal.

– Seguro que sí -dijo la gran Gin-, es su manera de hablar. Ahora está haciéndose el guay, no faltándote al respeto.

– Raymond, también tenemos que ganarnos a la audiencia joven, ¿sabes? -explicó Evan-. Nuestro objetivo incluye a las chicas adolescentes.

Raymond, que sostenía una bolsa con la munición, intentó tocarse la mejilla con la lengua, volvió a mirar a Evan con el ceño fruncido, pero se fue y se quedó al lado del teléfono, calculó la pose y se puso de su lado bueno.

– Excelente. Pero no me gusta esa bolsa en tu toma. Parece que estás de compras.

Evan dio cinco pasos hacia atrás.

La gran Gin cogió la bolsa con la munición, la llevó donde estaba Evan y la puso a sus pies.

– Si no nos vas a comprar tendrás que compensarnos por nuestro tiempo.

– Por supuesto. Claro que ésta es básicamente vuestra audición privada y no tuvisteis que esperar ninguna cola y… -Se colocó la videocámara delante del ojo-. Si fuese al centro social tendría colas de gente deseando intentarlo como para llenar este aparcamiento.

La gran Gin miró al objetivo.

– ¿Qué hago?

– Deja que brille tu personalidad al natural. -Evan estaba a quince pasos de ellos ahora, preocupado por el chico, cuyas sospechas no habían disminuido en ningún momento-. Sé natural. No me mires.

Evan se puso detrás de él y pulsó el botón de llamada del móvil que tenía en el bolsillo.

Un tono.

– Mira a la cabina y déjala sonar tres veces, déjame seguir grabando.

Pero Evan estaba grabando, agarrando el petate y la munición y corriendo marcha atrás hacia la camioneta. Dos tonos. Raymond todavía miraba fijamente el teléfono, pero la gran Gin no pudo resistirse a la atracción de la cámara. Se dio la vuelta cuando Evan estaba entrando en la camioneta. Había dejado las llaves en el contacto. Metió la marcha atrás de un tirón y vio a la gran Gin gritando y corriendo tras él. Atravesó la carretera en medio de bocinazos de los coches que venían en sentido contrario.

Raymond, ahora totalmente entregado a la idea del estrellato televisivo, respondió al teléfono:

– ¿Esto es parte de la prueba? -preguntó.

– Llevo una semana grabando tus negocios. -Mintió Evan por teléfono-. Si vuelves a acercarte a ese teléfono le daré la cinta a la policía.

Por el espejo retrovisor vio a la gran Gin salir furiosa al tráfico, disparándole con el dedo y sin aliento tras una pequeña carrera.

– Eso es ilegal -voceó Raymond-. No eres más que un ladrón de mierda.

– Quéjate a la policía. Gracias por la munición. Hemos hecho un trato justo: no diré nada y me quedaré con las balas.

La respuesta de Raymond se cortó cuando Evan apagó el teléfono. Pisó a fondo el acelerador por si acaso a la gran Gin se le ocurría ir tras él en su reluciente Explorer nuevo. Esperaba que Gin y Raymond hubiesen sido más honestos que él. Abrió la bolsa. Cuatro cargadores. Intentó meter uno de ellos en la Beretta: encajaba y entraba a la perfección.

Ahora ya podía ir a buscar a El Turbio.


Capítulo 20

<p id="_Toc203056733">Capítulo 20</p>

Evan condujo la pick-up más allá de los muros de las urbanizaciones con vigilancia. Las propiedades se elevaban tras hierro forjado y piedra de importación. El edificio estaba al borde del distrito de Gallería, la zona alta de Houston, atiborrado de tiendas de lujo, restaurantes y urbanizaciones para satisfacer los caprichos de las viejas fortunas petroleras y de quienes se habían hecho ricos gracias a las nuevas tecnologías. Este lugar en particular se llamaba Pinos de la Toscana, aunque los que proyectaban sombra sobre el terreno eran los pinos de incienso, cuyo nombre no era tan romántico como el de los pinos europeos. Al otro lado de la calle había unas oficinas de lujo y un pequeño y selecto hotel. Evan estacionó en el aparcamiento de la oficina.

Aguardó. Esperaba ver coches de policía, pero en su lugar presenció una procesión de Mercedes, BMW y Lexus que cruzaban las verjas. El Turbio salió de la caseta del guardia de seguridad una hora más tarde; se dirigió hacia un desvencijado Toyota, se subió y salió del complejo. Evan lo siguió en dirección a Westheimer, hacia River Oaks y el centro de Houston.

Paró al lado de El Turbio en el primer semáforo y esperó a que mirase hacia donde estaba él. El Turbio era el típico conductor de Houston, que no quería problemas por mirar al coche de al lado.

Evan tocó el claxon.

El Turbio se giró y se quedó mirándolo mientras Evan sonreía, y lo reconoció con el pelo negro.

«Tengo que hablar contigo», dijo Evan con los labios.

«Mierda, no», le respondió El Turbio. Sacudió la cabeza. Salió disparado saltándose el semáforo en rojo y giró repentinamente a la izquierda.

Evan lo siguió. Le hizo señas con las luces una vez, dos veces. El Turbio dio otros dos giros más y se metió detrás de un pequeño restaurante de comida a la parrilla. Evan lo siguió.

El Turbio estaba asomado a la ventana antes de que Evan aparcase.

– Ni se te ocurra acercarte a mí.

– Yo también me alegro de verte.

El Turbio sacudió la cabeza.

– Yo no. No me alegro en absoluto de verte, joder. Hay un agente del FBI al que se supone que tengo que llamar si veo tu puta sonrisa.

– Bueno, no estoy sonriendo, así que no tienes que llamarlo.

– Lárgate tío, por favor.

– No soy un sospechoso, no soy un fugitivo, sólo estoy desaparecido.

– Me da igual cómo lo llames. No necesito problemas en mi vida.

– En la televisión te quejaste de que no te conseguí trabajo en películas ni como jugador de póquer profesional.

El Turbio lo miró fijamente.

– Oye, tío, sólo estaba mostrando mi disponibilidad a las partes interesadas. Nunca se sabe quién está viendo las noticias.

– Bueno, como dijiste un par de mentiras sobre mí, puedes ayudarme y haremos borrón y cuenta nueva. Necesito dinero en efectivo.

– ¿Crees que soy un cajero automático? -El Turbio se bajó las gafas de sol para que Evan pudiera verle los ojos-. Soy guardia de seguridad, no tengo dinero.

– Sé que puedes conseguirlo, Turbio. Tienes contactos.

– Ya no. Saca de aquí tu culo sin contactos.

– Es curioso que el hecho de que te libren de un crimen cree esta ola de gratitud -dijo Evan-, teniendo en cuenta que ni siquiera tenías un buen abogado cuando te conocí.

– No estoy en deuda contigo para siempre, Evan.

– Sí, en realidad sí. Sin El más mínimo problema aún tendrías tu culo en la cárcel, Turbio. Y sí, estarás en deuda conmigo para siempre.

El Turbio cerró los ojos.

– Estás en un lío. Si te ayudo seré un criminal.

– No, serás un amigo.

– Olvídame, tío.

– La cagué con la gente equivocada, igual que hiciste tú hace años, y quieren matarme para que el problema desaparezca. Necesito dinero en efectivo y un ordenador.

– Pues hazte una película y explícaselo al mundo. -El Turbio negó con la cabeza-. Lo siento, de ninguna manera, no puedo hacerlo.

– ¿Sabes una cosa? No me merecías ni como abogado ni como amigo. Siento haberte molestado. Tú vives tu vida en libertad. Eres libre para quejarte y ponerme a parir. Agradécemelo cuando pienses en eso.

El Turbio se le quedó mirando y volvió a colocarse las gafas en su sitio.

Evan encendió el motor de la camioneta.

– Si viene alguien por aquí preguntando por mí, diles que no me has visto. Pero no te sorprendas si te matan para borrar su rastro.

Empezó a dar marcha atrás y El Turbio le puso la mano en la puerta. Evan se detuvo.

– Recibí una llamada, después de salir en la CNN. Una señora. Dijo que se llamaba Galadriel Jones. Dijo que trabajaba para la revista Film Today. Me preguntó si sabía algo de ti o si sabía dónde estabas, en plan exclusiva, y que me daría cinco mil dólares en efectivo y por debajo de la mesa.

Evan conocía Film Today. Era una publicación especializada, pequeña pero influyente, y no se creía por nada del mundo que un reportero pagase cinco mil dólares a un soplón; una revista como aquélla no podía permitírselo.

– ¿Qué te pareció la mujer?

– Demasiado agradable y dulce.

– ¿Te dio un número de teléfono?

– Sí. Me dijo que no llamara a la revista, que la llamara a su número.

– Te están tomando el pelo, Turbio. No te va a pagar. Creo que la gente que mató a mi madre tiene a mi padre. La única forma de que estés a salvo es ayudándome.

El Turbio se estalló los nudillos, y juró en voz baja. Se inclinó por la ventana.

– No me gusta que jueguen conmigo. Ni tú ni ellos.

– Soy el único que está siendo honesto contigo. Siempre lo he sido, pienses lo que pienses… Por favor, ayúdame.

El Turbio miró a Evan con dureza.

– ¿Te acuerdas de dónde está la casa de mi hermanastro, en Montrose?

– Sí.

– Reúnete allí conmigo dentro de dos horas. Si no estás cuando llegue no esperaré, y nunca nos habremos visto ni habremos hablado, y nunca más volverás a buscarme.

Volvió a su coche, esperó a que Evan arrancase y luego salió pitando del aparcamiento.

Evan fue en la dirección contraria, comprobando si estaban observándolo desde algún coche.


El siguiente robo: un ordenador.

No podía ir a Joe's Java, había demasiada gente que lo conocía allí. Recordó una cafetería no muy concurrida llamada Caffiend cerca de Bisonnet y Kirby, que normalmente reunía a numerosos estudiantes de la Universidad de Rice. Años atrás, cuando estudiaba audiovisuales, había editado una película en su ordenador y había dejado el aparato en la mesa para ir a pedir un café; siempre había gente maja por allí que podía vigilarlo. Los usuarios de portátiles eran confiados.

Puede que El Turbio no apareciese con el dinero, y mucho menos con un ordenador. Ya había robado una camioneta que era el orgullo de alguien; así pues, también podía robar un ordenador. La vergüenza lo invadió. Pero si necesitaba algo, lo robaría. Estaba en juego su supervivencia.

Mientras entraba en el café se preguntó en quién se estaba convirtiendo.

Se puso las gafas de sol que había encontrado en la camioneta robada y se pasó la mano por el pelo negro, que ahora llevaba más corto. La tienda estaba llena, casi todas las mesas estaban ocupadas y un flujo constante de clientes compraba cafés para llevar.

En un mostrador situado a lo largo de la pared había una fila nueva de ordenadores con acceso a internet. No tendría que robar un ordenador, aquello era justo lo que necesitaba. Su próximo delito podía esperar.

Se compró un café e inspeccionó a la multitud. Nadie le prestaba atención. Era anónimo. Le dio la espalda a la habitación, notó el sudor que le bajaba por las costillas. Abrió un buscador en uno de los ordenadores. Era el único que estaba utilizando los sistemas del establecimiento, la mayoría de la gente se había traído su propio aparato.

Entró en Google y buscó «Joaquín Gabriel». Ninguna coincidencia total; había pocos hombres en este mundo que se llamasen así. Luego añadió «CIA» a los términos de búsqueda y obtuvo una lista de enlaces. Titulares de The Washington Post y de Associated Press.

«Las alegaciones del veterano espía son "erróneas", dice la CIA», y cosas por el estilo. La mayoría de los artículos eran de hacía cinco años. Evan los leyó todos.

Joaquín Gabriel había pertenecido a la CIA, antes de que el bourbon y la paranoia se apoderasen de él. Estaba encargado de identificar y de llevar a cabo operaciones internas para cazar a personal de la CIA que se había pasado al otro bando, trabajo conocido como cazatraidores. Gabriel había lanzado una serie de acusaciones cada vez más escandalosas en las que culpaba a colegas de la CIA de colaborar con grupos mercenarios de inteligencia imaginarios y de realizar operaciones ilegales tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. Gabriel acusó a la gente equivocada, entre ésta algunos de los agentes más respetados y antiguos de la Agencia. Pero sus alegaciones fueron difíciles de creer debido a su alcoholismo y a la absoluta falta de pruebas. Se marchó repentinamente con una pensión del gobierno y sin hacer comentarios. Volvió a su ciudad natal, Dallas, y montó un servicio de seguridad para empresas.

¿Por qué su madre le confiaría sus vidas a este hombre, a un desgraciado alcohólico?

No tenía sentido, a menos que Gabriel acertase de pleno en su teoría. Grupos mercenarios de inteligencia, espías independientes, asesores; todo lo que dijo que era Jargo.

Por eso mamá acudió a Gabriel. Sabía que le creería; ella tenía la prueba que justificaría a Gabriel, la que rescataría su carrera.

Tuvo otra idea. Los nombres de los pasaportes de su padre: Petersen, Rendon, Merteuil, Smithson. «Tú tampoco sabes una mierda de tus padres.» Gabriel se refería a algo más que la vida habitual e inimaginable de sus padres antes de que él naciese, a algo más que a sus sueños y pensamientos ocultos. Se refería a algo más que a remordimientos de juventud, a esperanzas frustradas o a una ambición que nunca le hubiesen mencionado y dejasen morir en el olvido.

Petersen, Rendon, Merteuil, Smithson.

Primero buscó por Merteuil. La mayoría de los enlaces hacían referencia a Merteuil como el apellido de la maquiavélica y viciosa aristócrata de la novela francesa Las amistades peligrosas, de la que habían realizado varias adaptaciones cinematográficas, protagonizadas por actrices como Glenn Close o Annette Bening. Se preguntaba si significaba algo, un alias basado en el tramposo personaje. Luego encontró una referencia a una familia belga con ese apellido que había muerto hacía cinco años en las inundaciones del río Meuse. Los Merteuil muertos tenían los mismos nombres que su familia en los pasaportes belgas: Solange, Jean-Marc y Alexandre.

Rendon produjo muchísimos resultados, y precisó la búsqueda con su alias: David Edward Rendon. Encontró una página web creada para combatir la conducción bajo los efectos del alcohol en Nueva Zelanda y mostraba una larga crónica de gente muerta en accidentes como argumento candente para solicitar penas más duras. Una familia había muerto en un horrible choque en las montañas Coromandel, al este de Auckland, a principios de los años setenta. James Stephen Rendon, Margaret Beatrice Rendon y David Edgard Rendon. Los tres nombres de los pasaportes.

Buscó los nombres de los Petersen. La misma historia. Una familia que murió mientras dormía en un incendio en Pretoria por inhalación de humo.

Secuestraban familias muertas y él y sus padres se preparaban para suplantar sus identidades.

El café le subió desde el estómago como si fuese bilis.

La naturaleza de una buena mentira era abrazar la verdad. Él era Evan Casher y además se suponía que era Jean-Marc Merteuil, David Rendon, Eric Petersen. Cada nombre era una mentira esperando a ser vivida por toda su familia.

Excepto el único nombre que no coincidía con sus pasaportes falsos ni con los de su madre: Arthur Smithson.

La búsqueda de este nombre sólo produjo unos enlaces dispersos. Un Arthur Smithson agente de seguros en Sioux, Dakota del Sur. Un Arthur Smithson que enseñaba inglés en un colegio de California. Un Arthur Smithson que se había evaporado de Washington DC.

Seleccionó el enlace de una historia de The Washington Post.

Era una noticia sobre una desaparición sin resolver en la zona de Washington. Mencionaba el nombre de Arthur Smithson, así como muchos otros: adolescentes fugitivos, niños desaparecidos, padres en paradero desconocido. Entró en el enlace de Smithson y encontró una historia que se remontaba veinte años atrás:

SE SUSPENDE LA BÚSQUEDA DE

LA FAMILIA DESAPARECIDA


Por Federico Moreno, reportero


Hoy ha sido suspendida la búsqueda de una joven pareja de Arlington y de su hijo, a pesar de la insistencia del vecindario en lo extraño de que la pareja hubiera cogido los bártulos sin despedirse. Arthur Smithson, traductor free lance de veintiséis años; su mujer Julie, de la misma edad, y su hijo de dos meses, Robert, desaparecieron de su hogar de Arlington hace tres semanas. Preocupado tras varios días sin ver a la señora Smithson y al pequeño Robert jugar en el jardín, un vecino llamó a la comisaría de Arlington. La policía entró en la casa y no halló signos de forcejeo, y se encontró con que las maletas y la ropa de los Smithson habían desaparecido. Sus dos coches, sin embargo, seguían en el garaje.

«No tenemos razones para sospechar de un acto criminal -afirma Ken Kinnard, portavoz del departamento de policía de Arlington-. Nos encontramos en un callejón sin salida. No tenemos explicación de dónde están. Hasta que tengamos más información, no podemos proseguir la investigación.»

«La policía tiene que esforzarse más», protesta Bernita Briggs, su vecina. La señora Briggs aseguró que hacía de canguro para la señora Smithson desde que Robert había nacido y que la joven madre siempre la había tratado como su confidente y que no le había dado ningún indicio de que la familia planease marcharse de la zona.

«Tenían dinero, buenos trabajos-continúa la señora Briggs-. Julie nunca mencionó marcharse. Siempre me preguntaba qué cortinas y qué estampado escoger para el cuarto del niño. Tampoco se hubieran ido sin decírmelo. Julie siempre me decía que me preocupaba demasiado, y sabía que si simplemente cogían sus cosas y se marchaban yo estaría tremendamente preocupada. Ellos nunca me harían pasar un mal trago como ése. Es una chica muy buena.»

La señora Briggs relató a la policía que Smithson hablaba con fluidez francés, alemán y ruso, y que realizaba trabajos de traducción para el gobierno y para editoriales académicas. De acuerdo con los archivos de la Universidad de Georgetown, el señor Smithson se había graduado cinco años antes en francés y ruso. La señora Smithson trabajaba como civil en la Marina hasta que se quedó embarazada, momento en el cual dejó su trabajo.

La Marina no nos ha devuelto las llamadas que hemos hecho para preguntar sobre esta historia.

«Me gustaría que la policía me contara lo que realmente sabe -protesta la señora Briggs-, Es una familia maravillosa. Rezo por que estén a salvo y se pongan en contacto conmigo pronto.»

La historia archivada no mostraba ninguna foto de la familia Smithson. Ningún otro enlace indicaba que hubiese un seguimiento de la historia.

Otra familia muerta, como los Merteuil en Bélgica, como los Petersen en Sudáfrica y como los Rendon en Nueva Zelanda. Pero no habían muerto, simplemente se habían esfumado. A menos que este Smithson de Washington no fuese ahora el Smithson que vendía seguros en Dakota del Sur o el Smithson que enseñaba Shakespeare en Pomona.

¿Qué le había dicho Gabriel durante su violento viaje en coche saliendo de Houston?: «Te diré quién soy. Te diré quién eres tú». Evan pensó que estaba loco, pero quizá no lo estuviese.

Se quedó mirando el nombre del niño desaparecido: Robert Smithson. Aquel nombre no le decía nada.

Entró en un directorio de teléfonos en internet, introdujo el nombre de Bernita Briggs, y buscó en Virginia, Maryland y Washington DC. Le salió un número en Alexandria. ¿Se arriesgaría a llamar desde el teléfono móvil robado? El Albañil lo sabría, seguro que tenía acceso al registro de llamadas. No, era mejor esperar. Si El Albañil sabía que la llamaba podría ponerla en peligro.

Anotó el nombre de Bernita Briggs y se marchó, seguro de que el camarero no le quitaba los ojos de encima. Se preguntaba si era paranoia, si ésta se había apoderado de él y se había asentado en su mente, cambiando quien era para siempre.


Capítulo 21

<p id="_Toc203056734">Capítulo 21</p>

La casa estaba situada en un extremo del distrito de las artes de Montrose, en una calle con casas más antiguas, la mayoría de ellas arregladas con orgullo, otras viejas y abandonadas. Evan pasó junto a la casa del hermanastro de El Turbio dos veces, luego aparcó dos calles más allá y fue caminando, con el petate colgado del hombro. La gorra y las gafas de sol lo hacían sentirse como un ladrón esperando a la puerta de un banco. En el jardín lleno de maleza había un cartel de «Se vende», y una funda llena de folletos esperando a ser recogidos por manos curiosas. Todas las cortinas de la casa estaban cerradas y se imaginaba a la policía esperando, o a Jargo entregándole una maleta llena de dinero a El Turbio, o a El Albañil y a los matones del gobierno sonriéndole a través de los encajes de las cortinas. Recordaba haber entrevistado aquí al hermanastro de El Turbio, Lawan, para El más mínimo problema; Lawan era un tipo inteligente y amable, callado cuando El Turbio gritaba, y diez años mayor que éste. Llevaba una panadería y su casa siempre olía a canela y a pan.

Evan esperó en la esquina de la calle, cuatro casas más abajo.

El Turbio llegaba diez minutos tarde. Llegó solo y caminó hasta delante de la puerta sin mirar a Evan. Éste lo siguió un minuto más tarde, abrió la puerta principal sin llamar. El interior de la casa olía ahora a polvo en lugar de a especias y a harina. Allí no vivía nadie.

– ¿Dónde está Lawan? -preguntó Evan.

El Turbio se puso junto a la ventana y echó un vistazo fuera para ver si alguien había seguido a Evan.

– Murió, hace dos meses. El sida se lo llevó.

– Lo siento mucho. Ojalá me hubieses llamado.

El Turbio se encogió de hombros.

– ¿Cuándo fue la última vez que me llamaste, sólo para ver cómo estaba?

– Sigo diciendo que lo siento.

– No tienes por qué hacerlo. Volvamos al tajo, hijo.

Evan esperó.

– He gorroneado un poco de pasta para ti. Pero si te cogen mantendrás mi nombre fuera de todo esto.

– ¿Por qué estás tan enfadado conmigo?

El Turbio encendió un cigarro.

– ¿Por qué crees que estoy enfadado?

– En la CNN te comportaste como si te hubiese timado. No hice mucho dinero con la película, Turbio. No soy Spielberg. No te prometí una carrera en la industria del espectáculo, no pude prometerte eso.

– Estar en tu película me hizo probar una vida mejor, Evan, mejor de la que tenía aquí. Mejor de la que podría haber tenido cuando traficaba. -Observaba a Evan entre el humo-. ¿Sabes? Cuando se estrenó El más mínimo problema quise incluso hacer una película. Intenté escribir un guión. Fui a clases. Pero ni siquiera pude enlazar dos escenas. No me dio la cabeza para eso.

– ¿Por qué no me lo dijiste? Te habría ayudado con el guión.

– ¿Ah sí? Creo que eras un muchacho blanco muy ocupado después del gran éxito de El más mínimo problema. Cuando te metes en tu trabajo no prestas tanta atención a la gente. Tienes razón, conseguí la libertad gracias a tu documental. Pero tú conseguiste tu carrera porque yo te dejé rodar mi historia. Ésa es una deuda que tampoco podrás pagarme.

– Turbio, lo siento. No tenía ni idea. Te lo debo, y te lo agradezco. Lo siento si no te lo dije antes.

El Turbio le ofreció la mano y Evan se la estrechó.

– Todo tu maldito mundo se reduce a deberle algo a otro tonto. Así que no pasa na, ahora estamos en paz. Si estaba enfadado… bueno, tú limitaste mis opciones profesionales.

– No te entiendo.

El Turbio se le acercó en la quietud de la casa.

– Por aquel entonces todavía pasaba droga, Evan. Sí, aquel cabrón de Henderson me tendió una trampa, puso la coca en mi coche. Pero un par de días antes llevaba kilos de coca en el maletero. Un montón más.

Evan se le quedó mirando fijamente.

– Realmente pensabas que era inocente, puro como la nieve. -El Turbio sacudió la cabeza-. Evan, yo tenía la nieve. -Se rió de su propio chiste-. Pero cuando hiciste la peli ya no pude seguir pasando más. Mi cara era demasiado conocida y yo soy el tío inocente con el que la policía se equivocó. Tú despertaste mi interés por las películas, pero no tengo ni puta idea de cómo hacerlas. Así que soy guardia de seguridad. Eso es todo lo que me dejaste. A veces, la libertad es como un callejón sin salida del que no puedes escapar.

– Lo siento, Turbio.

– No te preocupes más por eso.

Turbio le dio la maleta. Evan se sentó en el suelo y la abrió. Había unos cientos de dólares, todos en billetes usados de diez y de veinte.

– Cuéntalo. Son unos mil. Eso es todo lo que te puedo dejar.

– No necesito contarlo. Gracias.

– Lawan tenía un portátil, puedes quedártelo.

– Gracias, Turbio. Muchas gracias. -Evan suspiró para ocultar cómo se le quebraba la voz-. Sabía que podía confiar en ti. Sabía que no me dejarías tirado.

– Evan. Escúchate a ti mismo. ¿Crees que nunca vi la pena en tu cara? ¿Que nunca escuché ese tono de voz que me decía que me estabas haciendo un favor que cambiaría mi vida? No eres tan listo como quieres aparentar, chico. Ahora tú eres el que se ha venido abajo. Ahora eres tú el que necesita que te echen una mano. Ahora eres tú el que parece una mierda de perro pegada a la suela de un zapato.

– Nunca me diste pena.

– No te creías que pudiese librarme por mí mismo de la cárcel.

– No podías.

– La rueda de la fortuna hizo que llamases a mi puerta y me ayudases. Pero quiero que despiertes y veas el mundo tal y como es, porque no sabes lo que es tener problemas, verdaderos problemas. Confié en ti porque no tenía elección. Tú has confiado en mí cuando no has tenido tampoco elección, Evan. Tienes otros amigos a los que podrías haber acudido, más listos que yo. No confíes en nadie a menos que no tengas otra opción. Ése es mi lema. -El Turbio alargó el brazo y estrechó el hombro de Evan-. Estuve pensando en lo que me dijo esa Galadriel Jones. Me dijo que si venías por aquí la llamase a este número y me daría cinco mil pavos en efectivo, libres de impuestos.

– Pero no has llamado.

– ¿Tú qué crees?

– No. Porque valoras mucho el respeto y ella está intentando sobornarte, engañarte.

– Fingí que la escuchaba, y claro que me sentí tentado. Eso es más de dos años de sueldo limpiándoles el culo a los mocosos de Pinos de la Toscana. Pero ¿sabes qué? Que le den. Puede que haya mentido y robado alguna vez, pero no me van a comprar.

– Me alegro, Turbio. Gracias.

– De nada.

– Necesito que me prestes un teléfono. Y necesito usar el ordenador de tu hermano. ¿Estaremos seguros aquí durante un rato?

– Sí, a menos que el agente inmobiliario aparezca para enseñar la casa. -El Turbio se encogió de hombros-. Aunque no creo.


Evan sudó durante los cuatro tonos.

– ¿Sí? -dijo una voz de mujer, desgastada por el uso de toda una vida.

– Hola, ¿podría hablar con la señora Briggs?

– Vendas lo que vendas estoy segurísima de que no quiero nada.

– No soy un vendedor, señora. Por favor, no cuelgue… usted es la única persona que puede ayudarme.

El ego de la anciana no pudo resistir esa súplica.

– ¿Quién es?

– Me llamo David Rendon. -En el último momento decidió no utilizar su verdadero nombre; la gente mayor estaba a menudo enganchada a las noticias, así que tomó una de las identidades falsas de los pasaportes-. Soy reportero del Post.

La mujer no reaccionó ante esto, así que Evan fue al meollo directamente:

– La llamo para ver si recuerda a la familia Smithson.

Se produjo un silencio durante diez largos segundos.

– ¿Quién dijo que era usted?

– Un reportero del Post, señora. Estaba buscando entre los archivos y vi la historia de que sus vecinos desaparecieron hace veinte años. No encontré más seguimiento de la historia y me interesaría saber lo que les ocurrió a ellos y a usted.

– ¿Pondrá mi foto en el periódico?

– Apuesto a que podría hacerlo.

– Bueno. -La señora Briggs bajó la voz hasta alcanzar un ensayado tono de conspiración-. No, los Smithson no volvieron a aparecer. A ver, aquella casa era un sueño, perfecta para una familia joven, y simplemente van y se marchan. Increíble. Me había encariñado con su bebé, y también con Julie. Arthur era un imbécil. No le gustaba hablar.

Al parecer ser reservado era claramente un crimen para la señora Briggs.

– Pero ¿qué pasó con su casa?

– Bueno, no habían terminado de pagar la hipoteca y el banco la revendió por medio de un agente inmobiliario de la zona.

No estaba seguro de qué preguntar ahora.

– ¿Eran una familia feliz?

– Julie estaba tan sola… podías vérselo en la cara, en su forma de hablar. Una chica asustada, como si el mundo se hubiese ido dejándola atrás. Me dijo que estaba embarazada y recuerdo que me pregunté «¿Por qué hay miedo en la cara de esta dulce chica?». Era la noticia más feliz que le podrían dar y parecía que se le venía el mundo encima.

– ¿Alguna vez le dijo por qué?

– Pensé que no era feliz en su matrimonio con ese tipo tan seco. El niño la ataba.

– ¿Sugirió alguna vez la señora Smithson que quisiese escapar? ¿Adoptar otro nombre?

– Dios mío, no. -La señora Briggs hizo una pausa-. ¿Es eso lo que ocurrió?

Evan tragó saliva.

– ¿Alguna vez oyó mencionar el apellido Casher?

– No que yo recuerde.

Había pasado su niñez en Nueva Orleans mientras su padre acababa su master en informática en Tulane. Cuando Evan tenía siete años se mudaron a Austin. Creía que había nacido en Nueva Orleans.

– ¿Alguna vez le mencionaron Nueva Orleans?

– No. ¿Qué ha averiguado sobre ellos?

– He encontrado algunas piezas que no encajan demasiado bien -suspiró-. ¿No será usted una chamarilera, verdad, señora Briggs?

Esbozó una delicada y cálida sonrisa.

– El término educado es «coleccionista».

– ¿Guardó alguna foto de los Smithson? Como usted y Julie eran tan íntimas…

De nuevo silencio.

– La tenía, pero se la di a la policía.

– ¿No se la devolvieron?

– No, se la quedaron y no me la devolvieron. Supongo que debe de estar todavía en el archivo del caso. Si es que lo hay.

– ¿No tenía ninguna otra foto?

– Creo que me quedé con una foto suya de Navidad, pero no sé donde puede estar. No viajaban en Navidad. No tenían familia, sólo se tenían el uno al otro. Se conocieron en un orfanato, ¿sabe?

– ¿En un orfanato?

– Es una historia muy a lo Dickens: Oliver Twist casado con la pequeña Nell. Un año no pude ir a casa de mi hermana a causa de una tormenta de nieve, así que pasé la Nochebuena con los Smithson. Arthur estaba borracho. No me quería allí. Eso avergonzaba a Julie, podía notarlo, pero pudimos pasar un rato agradable cuando Arthur se quedó dormido. -Sacudió la cabeza-. No entiendo la presión que se infringe la gente a sí misma. Los envejece. Yo nunca me preocupo.

Una madre indecisa, un padre borracho. No parecían sus padres.

– Señora Briggs, si tiene otra foto de los Smithson le agradecería mucho que me la enviase.

– Y lo haría si me dijese quién es realmente. No creo que sea reportero, señor Rendon.

Evan decidió ser sincero. Confiar en ella, porque necesitaba la información.

– No lo soy. Me llamo Evan Casher. Siento decepcionarla.

– Entonces ¿quién es?

Esto era un gran riesgo. Podía equivocarse. Pero si no lo intentaba estaría en un callejón sin salida.

– Creo que soy Robert Smithson.

– ¡Ay Dios mío! ¿Es una broma?

– No es el nombre con el que me crié, pero encontré una conexión entre mis padres y los Smithson. -Hizo una pausa-. ¿Tiene usted acceso a internet?

– Soy vieja, pero no anticuada.

– Vaya a cnn.com, por favor. Busque Evan Casher. Quiero que me diga si reconoce alguna de las fotos.

– Un momento. -La oyó dejar el teléfono y cómo se despertaba un ordenador. La oyó manejar el ratón y teclear-. Estoy en CNN. ¿c-a-s-h-e-r?

– Sí, señora.

La oyó escribiendo en el teclado. Luego un silencio.

– Busque una historia de un homicidio en Austin, Texas -le dijo.

– La veo -murmuró la señora Briggs-. ¡Dios mío!

La última vez que había visitado la página la actualización incluía una foto de su madre y otra suya en la página.

– ¿Se parece Donna Casher a Julie Smithson?

– El pelo está diferente. Han pasado muchos años… pero sí, creo que es Julie. ¡Cielos, está muerta!

Parecía tan afligida como si Julie todavía fuese su vecina.

– Dios mío… -Evan procuró calmar su voz-: Señora Briggs, creo que mis padres eran los Smithson y que se metieron en problemas graves en aquella época y tuvieron que adoptar identidades nuevas. Esconderse de su pasado.

– ¿Eres tú? ¿El de la foto al lado de la suya?

– Sí, señora.

– Te pareces a tu madre. Eres la viva imagen de Julie.

Dejó escapar un suspiro.

– Gracias, señora Briggs.

– Aquí dice que te han secuestrado.

– Lo hicieron. Estoy bien. Pero no quiero que nadie sepa dónde estoy ahora.

– Debería llamar a la policía, ¿no? -Elevó la voz.

– Por favor, no llame a la policía. No tengo derecho a pedirle esto, y usted debería hacer lo que crea que está bien…, pero no quiero que nadie sepa dónde estoy, ni que sé cuáles eran los nombres de mi familia. Quienquiera que ha matado a mi madre puede que me mate a mí.

– Robert -hablaba como si se le rompiese el corazón-, espero que no sea una broma.

– No señora, no lo es. Pero si me llamaba Robert, nunca lo supe.

– Los dos te querían muchísimo -dijo conteniendo las lágrimas.

Evan sintió calor en la cara.

– Usted dijo que se conocieron en un orfanato. ¿Dónde?

– En Ohio. Dios, no recuerdo el nombre del pueblo.

– Ohio. Bien.

– Goinsville -dijo de repente con gran seguridad-. Ése es el pueblo. Bromeaba con eso, con no volver nunca a Goinsville. Era tan triste que ambos fuesen huérfanos… Recuerdo que siempre pensaba en eso en Navidad. Y se sentían tan felices de haberte tenido. Julie decía que no quería que tuvieses que soportar lo que ellos soportaron.

– Gracias, señora Briggs. Gracias.

Ahora la mujer lloraba en silencio.

– Pobre Julie.

– Me ha sido de enorme ayuda, señora Briggs. -Una terrible reticencia a colgar, a romper este pequeño eslabón con su pasado, sacudió a Evan-. Adiós.

– Adiós.

Evan colgó. Seguro que tenía identificación de llamada. Seguro que vio el número y llamaría a la policía ahora mismo. No le creerían, pero seguirían esa pista.

Goinsville, Ohio. Un sitio por donde empezar.

Smithson. ¿Por qué prepararía Gabriel un pasaporte con la antigua identidad de su padre? Probablemente esa información sobre quiénes habían sido los Casher era parte del pago. Puede que aquélla fuera la idea que Gabriel tenía de una broma.

Encontró el portátil del hermano de El Turbio guardado en el estante de un armario. Era un ordenador bonito y nuevo. Conectó en él su reproductor musical digital, se aseguró de que tenía los mismos programas de música que su portátil, y transfirió las canciones que le había enviado su madre el viernes por la mañana.

Buscó archivos nuevos. Ninguno, aparte de las canciones. Entró en cada carpeta y abrió todos los archivos para ver si algún programa que no hubiese visto podía descargar datos nuevos.

Nada. No tenía los archivos. Su madre había utilizado otro método para meter la preciada información de Jargo en el sistema, o simplemente el programa sólo se ejecutaba una vez. Quizás el sistema borraba la información o la ignoraba al copiar las canciones codificadas de nuevo.

Ahora no tenía nada con lo que luchar contra Jargo.

Salvo El Albañil.

El Turbio estaba viendo la tele abajo.

– ¿Me puedes dar el número que te dio esa señora Galadriel?

– Dile hola de mi parte -dijo El Turbio-. O no.

Evan volvió arriba. El Turbio lo siguió. Evan marcó el número.

Cuatro tonos.

– ¿Sí?

Respondió una señora muy agradable, tranquila y con acento sureño.

– ¿Eres Galadriel?

– ¿Quién llama?

– La verdad es que me interesaría más hablar con el señor Jargo, por favor.

– ¿Quién llama?

No iba a darles tiempo para que localizasen la llamada.

– Volveré a llamar en un minuto. Que se ponga Jargo.

Colgó y volvió a llamar pasados un par de minutos.

– Hola.

Ahora era una voz de hombre. Más mayor y cultivado.

– Soy Evan Casher, señor Jargo.

– Evan. Tenemos mucho de qué hablar. Tu padre me está preguntando por ti. Él y yo somos viejos amigos. He estado cuidando de él.

Jargo tenía a su padre. Evan se hundió.

– No le creo.

– Tu madre está muerta. ¿No crees que esta tragedia haría que tu padre apareciese y fuese corriendo hasta ti, si pudiese?

– Tú mataste a mi madre, hijo de puta.

Había recuperado la voz.

– Nunca le hice daño a tu madre. Eso fue cosa de la CIA.

– Eso no tiene sentido.

– Me temo que sí. Tu madre trabajaba para la CIA de vez en cuando. Encontró información que podría causar un daño irreparable a la agencia. Los enemigos de Estados Unidos creerían que nuestras operaciones de inteligencia estaban contra las cuerdas; esos archivos significarían el fin de la CIA. La CIA te matará para mantener en secreto esos archivos.

– No me importan los malditos archivos. Tú y tu hijo matasteis a mi madre.

Pausa.

– ¿Sabes que tengo un hijo?

– Sí. -Dejaría que ese cabrón creyese que tenía información que haría que Jargo se preocupase, que le hiciese preguntarse cuánto sabía-. Se llama Dezz.

– ¿Cómo sabes que es mi hijo?

Pensó que nombrar a El Albañil como fuente no sería prudente.

– Eso no importa. -Evan empezó a sentir bombear la sangre en la cabeza-. Déjame hablar con mi padre.

Al decir estas palabras, El Turbio se sentó en el suelo enfrente de él, con expresión de preocupación.

– Todavía no estoy preparado para eso, Evan -dijo Jargo.

– ¿Por qué?

– Porque necesito que me asegures que trabajarás con nosotros. Fuimos a aquella casa de Bandera para ayudarte, Evan, y tú nos disparaste y huíste.

– Dezz mató a un hombre.

Ahora El Turbio levantó una ceja.

– No. Dezz te salvó de un hombre que te estaba utilizando para librar su propia batalla contra la CIA. Luego la CIA te utilizaría a ti para atraparnos a nosotros y a tu padre. No eres más que un títere para ellos, Evan, y perdona mi dramatismo, y están preparados para derribarte sobre el tablero.

Encajaba con lo que le había dicho Gabriel, por lo menos un poco.

– Si te doy los archivos, ¿me darás a mi padre sano y salvo?

Casi creyó escuchar un mínimo suspiro de alivio de Jargo.

– Me sorprende escuchar que tienes esos archivos, Evan.

Los archivos eran reales, aquellas palabras lo confirmaban. Empezó a notar el sudor en el antebrazo y en los riñones. Ahora debía tener muchísimo cuidado.

– Mamá hizo una copia de seguridad y me hizo saber dónde estarían.

La mentira le salió con facilidad.

– Ah, era una mujer muy inteligente. La conocí durante mucho tiempo, Evan. La admiraba muchísimo. Quiero que sepas eso porque nunca, nunca podría hacerle daño a Donna. No soy tu enemigo. Tú y yo somos familia, en cierto modo. Respeto cómo te has protegido hasta ahora. Tienes mucho de tus padres.

– Cállate. Veámonos.

– Sí. Dime dónde estás y te llevaré junto a tu padre.

– No, yo elijo el lugar de reunión. ¿Dónde está mi padre?

– Confiaré en ti, Evan. Está en Florida. Pero puedo llevarlo hasta donde te encuentres.

Evan se lo pensó. Nueva Orleans estaba entre Florida y Houston, y conocía la ciudad, al menos la parte de Tulane, donde había pasado su infancia. Recordaba a su padre caminando por el zoo de Audubon, jugando a perseguirle por los verdes caminos del parque. Conocía el trazado. Sabía cómo entrar y cómo salir, y era un sitio muy concurrido.

– Nueva Orleans -dijo Evan-. Mañana por la mañana. A las diez de la mañana en el zoo de Audubon, en la plaza principal. Trae a mi padre y yo llevaré los archivos. Ven solo, sin Dezz. No me gusta y no confío en él, no lo quiero tener cerca. Si lo veo, no hay trato.

– Lo entiendo perfectamente. Te veré entonces, Evan.

Evan colgó.

– ¿En qué demonios te has metido y qué demonios crees que estás haciendo? -preguntó El Turbio.

– Lección número uno de los documentales: muestra a los personajes enfrentados. ¿Te acuerdas que en los tribunales le dije a tu madre que esperase en las escaleras cuando salió la madre de Henderson? Pon a dos madres luchando por sus hijos, compitiendo directamente la una con la otra; júntalas y tendrás fuegos artificiales.

– ¿Y si trae a tu padre?

– No me dejará hablar con él. No respetará el trato. Está intentando convencerme de que la CIA mató a mi madre, pero yo estoy seguro de que fue Dezz.

– ¿Les viste la cara?

– No.

– Entonces, ¿cómo estás seguro?

– Sus voces… oí sus voces. Estoy seguro.

«Casi seguro -pensó-. Pero no al cien por cien.»

– ¿Y ahora qué? -preguntó El Turbio.

– No puedo encontrar a mi padre mientras esquivo balas y corro todo el tiempo. Jugué según sus reglas, pero ahora jugaré según las mías. -Sacó la cámara de vídeo del petate-. Estos tíos están en la sombra. Voy a sacar su culo a la luz.

– ¿Vas a hacer todo esto tú solo? -dijo El Turbio.

– Sí.

– No, no lo harás. Iré contigo.

– No tienes por qué, ésta no es tu lucha.

– Cállate. Iré, fin de la discusión. -El Turbio cruzó sus enormes brazos-. No me gusta que esta gente intente jugármela. E imagino que necesito que estés de nuevo en deuda conmigo.

– De acuerdo.

Evan cogió el móvil y marcó el número que le había dado El Albañil.

– Albañil. Buenas tardes, soy Evan Casher. Escucha atentamente porque diré esto una sola vez. Si quieres los archivos reúnete conmigo en Nueva Orleans. Zoo de Audubon. Plaza principal. Mañana a las diez.

Colgó cuando El Albañil empezaba a hacer preguntas.

– Estás echando más leña al fuego -señaló El Turbio.

– No, estoy echándole gasolina.


Capítulo 22

<p id="_Toc203056735">Capítulo 22</p>

El sábado por la noche, tarde, el avión fletado por Jargo aterrizó en el aeropuerto internacional Louis Amstrong. Llevó a Carrie a una suite en un hotel cerca del Superdome de Louisiana. Ésta observaba a la muchedumbre de turistas que deambulaban por la calle Bourbon en la noche de domingo. Jargo se sentó en el sofá. Había hablado poco de camino a Nueva Orleans, algo que siempre ponía nerviosa a Carrie. Dezz había volado el domingo por la mañana a Dallas, planeando entrar en la oficina de Joaquín Gabriel para buscar cualquier información sobre los nuevos pasaportes de Evan. Tenía que llegar a Nueva Orleans en cualquier momento.

– Mi hijo -dijo Jargo en medio del silencio.

Carrie siguió observando a los turistas.

– ¿Qué pasa con él?

– Te quiere. O más bien siente por ti lo que cree que debe de ser amor, una triste mezcla de posesión, ira, deseo y una completa torpeza.

– Me pregunto de quién es la culpa.

– Sólo te pido que no seas cruel con él.

– Antes me amenazó de muerte.

– Son sólo palabras.

– Es… -buscó el término. «Un loco» sería apropiado, pero no era una expresión para usar ante Jargo-, problemático.

– Le falta confianza. Tú podrías dársela.

Se quedó helada.

– ¿Cómo?

– Préstale más atención.

– No me voy a acostar con él.

– Pero sí te acostarías con Evan Casher, por el bien de nuestra red.

– No me voy a acostar con Dezz.

Sonó el teléfono del hotel. Jargo no la miró, pulsó el botón del altavoz.

– Buenas y malas noticias. ¿Cuáles queréis primero?

– Las malas -escogió Jargo.

– Ni rastro de Evan -informó Galadriel-. No hay señales de que haya usado la tarjeta de crédito y todavía no hay informes policiales que indiquen que ha aparecido. No podrás atraparlo antes de la reunión, a menos que sea tan estúpido como para usar la tarjeta de crédito en un hotel o en un restaurante.

– No es estúpido -dijo Carrie.

– ¿Has comprobado todos los informes de coches robados en los cinco condados? -preguntó Jargo.

– Sí, al final los conseguí. El candidato más probable es una Ford F-150 de un año que fue robada en la entrada de una casa, en Bandera. Encontraron en el porche una nota con las llaves de una motocicleta Ducati.

– ¿La policía local está investigando la Ducati?

– Eso no lo sé -respondió Galadriel-, lo siento.

Carrie observó a Jargo.

– La CIA o el FBI llegarán hasta Gabriel y los llevará de nuevo a aquella casa. Empezarán a hacer preguntas.

– No me preocupa -afirmó Jargo-. Lo más interesante es que no investiguen la Ducati.

– No entiendo -dijo Carrie.

– Claro que sí. Si las autoridades de Bandera no le siguen la pista es porque han cerrado la investigación. Nuestros amigos del FBI y de la CIA no quieren que se investigue, no quieren que persigan el coche robado.

– Porque ahora son ellos mismos quienes buscan a Evan -concluyó Carrie en un tono neutro.

Jargo asintió y dijo:

– Así que éstas son las malas noticias. ¿Y las buenas?-He descodificado parcialmente el mensaje de correo electrónico que Donna Casher recibió de Gabriel -dijo Galadriel-. Utilizó una variante inglesa de un antiguo código de lenguaje llano de los años setenta del SDECE. El nombre del código era 1849.

SDECE era la inteligencia francesa. Carrie frunció el ceño. 1849. La fecha que aparecía en el correo electrónico de Gabriel a Donna. Le decía qué código utilizar.

– Extraña elección -apuntó Jargo.

– En realidad no. Se supone que Donna se puso en contacto con Gabriel con prisa y necesitaban un código base con el que ambos pudiesen trabajar con facilidad.

– ¿Y qué decía el mensaje, entonces?

Carrie evitaba contener el aliento y no miraba a Jargo.

– Nuestra interpretación es: «Listos para salir el 8 mar. AM. Por favor entregar primera mitad de la lista al llegar a Fl. ¿Hijo viene? Segunda mitad al salir del país. Tu marido es tu preocupación».

– Gracias Galadriel. Por favor, llámame de inmediato si encuentras alguna pista de Evan. Jargo colgó el teléfono.

Carrie observó la tensión en los hombros de Jargo, en su cara. Había visto los restos de Joaquín Gabriel pateados y hechos pedazos, y sabía que este hombre era letal, y muy poco paciente. Escogió las palabras cuidadosamente.

– Los Casher iban a reunirse en Florida. ¿Dónde?

– Lo atrapamos en Miami, cuando volvía de un trabajo en Berlín. Debió de romper el protocolo y explicarle a Donna su itinerario -dijo Jargo-. Probablemente, Donna le había prometido la última entrega cuando la familia estuviese escondida y fuera del país.

– «Segunda mitad.» Parecen dos entregas -señaló Carrie-. ¿Qué más tenía aparte de los archivos de las cuentas?

La cara de Jargo se oscureció.

– Primero la mitad de los archivos y luego la otra mitad cuando estuviesen a salvo.

Miraba a Carrie como si estuviese asustado y furioso, e intentara ocultar su ira.

– Jargo, ¿qué son esos archivos?

Llamaron a la puerta. Carrie miró por la mirilla y abrió. Entró Dezz. No parecía contento.

– En Dallas, nada. La oficina de Gabriel está bajo vigilancia.

– ¿Policía local o federal?

– Local. Pero tiene que ser una petición de la agencia, probablemente a través del departamento -dijo Dezz-. No pude acercarme lo suficiente como para ver si había alguna información sobre los alias de Evan en su oficina. Han conectado a Gabriel con este caso.

– No has contestado a mi pregunta, Jargo. ¿Qué son esos archivos?

Jargo no la miró.

– Donna Casher robó nuestra lista de clientes.

– Tonterías -indicó Dezz-. No existe tal lista.

– Ella fue haciendo una lista. Una póliza de seguros brillante -Jargo se dirigió de nuevo a Carrie-. Ya sea a través de Gabriel o de su madre, Evan lo sabe todo sobre nosotros. Acaba de prometerme los malditos archivos a cambio de su padre. Sabe que Dezz es mi hijo. Sabe cosas de nosotros, Carrie. Ha visto más que los archivos de los clientes. Quizá también haya visto los nuestros.

– Así que tenemos que reunirnos con él -dijo Carrie.

Dezz dijo:

– Déjanos coger a Evan, papá. Tú vuelves a Florida, sacas los cuchillos y haces hablar a Mitchell. A ver si sabe dónde está la lista de clientes.

Jargo se frotó el labio.

– Estoy seguro de que Mitchell no tenía ni idea de que Donna estaba traicionándonos. Si hubiera ido a una misión sabiendo que su mujer estaba a punto de darme una puñalada por la espalda no hubiera vuelto cuando lo cité en Florida. Ella lo puso directamente en nuestras manos, dejando a su familia indefensa.

– Pero casi no podía decirte que no -apuntó Dezz.

– Claro que sí. Podría haber pedido un cambio de fecha. Respeto su opinión. Tenía la oportunidad de huir de nosotros fácilmente, pero no lo hizo.

– Te ciega el afecto por Mitchell -afirmó Dezz-. Eso no es bueno.

– No puedo permitirme sentimentalismos. Incluso aunque quisiera.

Jargo cerró los ojos y se frotó las sienes.

Carrie vio en la mirada de Jargo una luz que no era fría ni de odio. Era la primera vez desde que un año antes le dijo: «Sé quién mató a tus padres, Carrie, y te matará a ti también. Pero puedo esconderte. Puedes seguir trabajando para mí, cuidaré de ti».

– Carrie, ¿Evan te mencionó alguna vez Nueva Orleans? Debieron de haberle dicho adónde huir si alguna vez tenía problemas. O si les ocurría algo a ellos.

– Estoy segura de que nunca le dieron ningún tipo de plan de huida porque no sabía que sus padres eran agentes. Si hubiese tenido algún indicio de la verdad lo hubiese averiguado hace mucho tiempo. Así es él. -Se encogió de hombros-. Me dijo que había nacido en Nueva Orleans, pero que sólo había vivido allí de niño. Supongo que esto ya lo sabes.

Jargo asintió.

– Evan pidió específicamente que no estuvieses en la reunión, Dezz.

– ¿No le gusto? Me siento herido.

Jargo miró a su hijo con severidad.

– Mañana en el zoo no tendremos una repetición de lo que hiciste. Estarás tranquilo y harás lo que te digan.

Dezz masticaba un caramelo y miraba la moqueta.

– ¿Qué relación tienes tú con Mitchell Casher? -le preguntó Carrie a Jargo-. Pareces preocupado por él y también frustrado.

– Me gustaría que contactase con su hijo a través de mí, que lo metiese en esto. Pero se niega. No confía en mí.

– Es normal. Lo tienes prisionero.

– Estoy convencido de que no formaba parte del plan de Donna. Pero todavía no puedo convencerlo de mis buenas intenciones hacia su hijo.

– Me pregunto por qué -señaló Carrie-, teniendo en cuenta que no piensas cumplir tu trato con Evan.

– No esperará verte, Carrie. Eres el elemento sorpresa -dijo Jargo-. No puedo dejar escapar a Evan de esa reunión. Una vez que tengamos los archivos, será un caso cerrado. Lo sabes: hablará. No será capaz de mantener la boca cerrada. No es de ese tipo de hombres. Tú misma lo has dicho.

– El zoo de Audubon es un sitio muy conocido. Una gran atracción turística -dijo Carrie-. Demasiada gente. Demasiado pequeño. Ha sido muy inteligente al elegirlo. No serás capaz de coger a Evan allí, Jargo.

– Atraparlo no. Matarlo -aclaró Dezz.

– No, allí no puedes hacerlo -replicó Carrie.

– No. Le dejaremos que se vaya contigo. Estará encantado de verte -indicó Jargo-. Llévalo a algún sitio íntimo. Luego puedes matarlo.


LUNES 14 de marzo

Capítulo 23

Capítulo 24

<p id="_Toc203056736">LUNES 14 de marzo</p>
<p id="_Toc203056737">Capítulo 23</p>

Evan no se esperaba que hubiese niños.

Se imaginaba que el lunes por la mañana el zoo de Audubon estaría casi vacío, pero un considerable goteo de gente se dirigió al zoo cuando éste abrió sus puertas. En el pequeño aparcamiento, situado al borde del parque de Audubon, había dos autobuses escolares de una academia católica y tres minibuses con el logotipo de una comunidad de jubilados. Luego aparecieron los típicos turistas, que nunca faltaban en Nueva Orleans.

Pagó la entrada. Llevaba las gafas oscuras y la gorra de béisbol. Había pocos hombres que rondasen la veintena entre la multitud. Vio a El Turbio pagando en otra cola, con una gorra del equipo de los Astros y también gafas de sol. Mantenía la distancia y caminaba con el petate de Evan al hombro.

Evan se dio cuenta de que el zoo no era un lugar donde mucha gente caminase sola. Había familias, parejas y multitudes de estudiantes con profesores agobiados. Dio una vuelta en círculo, manteniendo la mirada en la multitud.

No había señales de su padre ni de Dezz. No tenía ni idea del aspecto de Jargo, y tampoco veía ninguna brigada de tipos con gafas de sol, audífonos y gabardinas que trabajaran para El Albañil. Sin duda, no se mostrarían de manera tan evidente.

Evan revoloteaba entre la marejada que formaba la multitud en la puerta de entrada. La noche anterior, en las habitaciones del hotel barato que él y El Turbio habían encontrado cerca del barrio francés, se había descargado un mapa del zoo de Audubon desde la página web y lo había memorizado; cada entrada y cada salida. El zoo daba por un lado a la verde extensión del parque de Audubon, y por las otras salidas a un edificio de la administración, calles laterales y un embarcadero del río Misisipi. Era un mapa genera Sospechaba que algunos caminos para los cuidadores de animales y para los empleados del zoo no aparecían en él.

Recordó los paseos con su padre, con una mano asida a él y otra con un helado pegajoso y derretido. Le encantaba el zoo. Se dirigió hacia la fuente principal de la plaza, que tenía estatuas de una hembra de elefante y su cría brincando bajo el chorro. Recorrió a paso lento y medido el camino de ladrillos flanqueado por palmeras, mirando hacia atrás como si fuese un turista y no tuviese prisa. Un grupo de colegiales se arremolinó alrededor de él, mientras un profesor intentaba mantenerlos a su derecha, donde los auténticos elefantes deambulaban por la Zona Asiática; otros niños observaban un restaurante situado a su izquierda, aunque era demasiado temprano para hamburguesas y batidos. Le gustaba disfrutar de un día en el parque, de lo mejor de la primavera en Luisiana cuando ésta aún es suave, antes de que el calor y la humedad del verano del pantano saturen el aire.

Había un banco largo y curvado, situado cerca de la fuente, que estaba vacío. Los escolares y las familias iban hacia el redil de los elefantes. La mayoría de la gente que había visto antes lo adelantó, pasando la fuente y dirigiéndose hacia el carrusel del zoo y la exposición de la jungla y el jaguar.

Evan divisó a un hombre caminando hacia él y clavándole la mirada. Era alto, con una cara atractiva y unos ojos azules tan fríos como trozos de hielo. Tenía el cabello con mechones grises. Llevaba un impermeable oscuro. El cielo amenazaba con lluvia, pero Evan creía que el hombre ocultaba algo bajo la gabardina. No pasaba nada. Evan también había escondido algo bajo su impermeable, pero no una pistola; era El Turbio quien llevaba una, ya que si Jargo o El Albañil cogían a Evan se la quitarían. Tenía el reproductor de música digital en el bolsillo e iba a decir que los archivos estaban en él. Sin discusiones. Sin buscar. Simplemente se los daría y dejaría que se preocupasen de descodificarlos si podían.

Evan observaba. Ni rastro de su padre.

– Buenos días, Evan -saludó el hombre con un tono de barítono.

Era la misma voz que había oído en la cocina, la misma que la del teléfono.

– ¿Señor Jargo?

– Sí.

– ¿Dónde está mi padre?

– ¿Dónde están los archivos?

– Respuesta equivocada. Usted primero. Déme a mi padre.

– Tu padre no necesita que lo rescaten, Evan. Está con nosotros por su propia voluntad. Lleva años trabajando para mí, igual que tu madre.

– No. Usted mató a mi madre.

– Estás confundido. La CIA mató a tu madre. Yo la hubiese salvado si hubiese tenido la oportunidad. Por favor, mira a tu derecha.

Evan obedeció. Había una zona de juegos para niños y después, al lado del restaurante, un patio con mesas y sillas para comer. Dezz y Carrie estaban en una mesa con toldo. Él la rodeaba con el brazo. Ella estaba pálida. Dezz dirigió a Evan una amplia sonrisa.

A Evan se le hizo un nudo en el estómago. «No.»

– Pero Carrie, ella es otro tema. Mi gente se la encontró cuando fue a tu casa en Houston para ayudarte a protegerte la mañana que asesinaron a tu madre. No podíamos dejar que la CIA la matase también, así que nos la trajimos con nosotros -Jargo habló con voz lenta y tranquilizante-. Todo esto ha sido un terrible error, Evan.

La habían encontrado. Eso explicaba el comportamiento de Carrie después de que él se marcharse a Austin. La habían obligado a dejar el trabajo para que no la echasen de menos y también a llamarlo para ver dónde estaba cuando iba en el coche con Durless.

– Carrie es totalmente inocente, Evan. Creo que es una buena chica. No le deseo ningún mal. Me gustaría dejarla marchar, y lo haré, tan pronto como me des los archivos. Tú y Carrie podréis hablar en privado. Luego puedo llevarte con tu padre. Está desesperado por verte.

Evan abrió la boca para decir algo, pero no le salió nada. Se quedó mirando a Carrie. Ella sacudió la cabeza muy despacio.

– ¿Sí o no, Evan?

Evan seguía esperando que los del gobierno se les echasen encima. Puede que El Albañil estuviese merodeando por allí cerca, observando la teatral escena, viendo quién rompía el empate. Pero no podía esperar siempre. Evan dijo:

– Carrie se irá de aquí, libre y tranquila. Le dirá a aquel guardia de seguridad que está allí que no se encuentra bien y que necesita ir a un hospital ahora mismo. Se la llevará una ambulancia y cuando esté a salvo me llamará a un número que yo le daré. Luego llamaréis a mi padre por teléfono y hablaré con él y entonces, y sólo entonces, os daré los archivos.

– Creo firmemente en los acuerdos, Evan. Jargo le puso a Evan una PDA cerca de la oreja y pulsó una tecla.

«Evan -dijo la voz de su padre. Mitchell Casher parecía cansado y desesperado-. No corres peligro con Jargo ni con nadie de su gente, sino con la CIA. Te equivocaste al no confiar en Jargo. La CIA mató a tu madre, no Jargo. Por favor, coopera con él.»

Jargo apagó la grabadora de voz.

– He cumplido uno de tus requisitos.

– He dicho por teléfono, no en una grabación. Podría haber dicho todo eso coaccionado. Podías haberle metido una bala en la cabeza al acabar de hablar.

– Déjame asegurarte que nunca le haría daño a tu padre -dijo Jargo-. Y no quiero tampoco hacerte daño a ti. Si no quieres venir conmigo, vale. Tú y Carrie os marcharéis cuando yo tenga los archivos.

– Como si pudiese confiar en ti.

– Si eso es lo que crees, es cosa tuya -comentó Jargo encogiéndose de hombros tranquilamente-. Si quieres creer que la CIA no te matará una vez que vuelvas a la calle, también es cosa tuya. Dame los archivos y tú y Carrie podréis marcharos de aquí si eso es lo que decides. Podréis vivir vuestra maravillosa vida juntos, aunque creo que la CIA hará que sea excesivamente corta. O puedes venir conmigo y te llevaré con tu padre y te protegeré de esos cabrones asesinos.

– Me prometiste a mi padre. No puedes decirme que no quiso venir aquí a verme.

– La cara de tu padre está saliendo en las noticias ahora mismo. Tú y él sois los principales desaparecidos del país. No se sentía cómodo viajando, especialmente ahora, cuando la CIA lo está buscando tanto como buscaba a tu madre.

– No te creo. Teníamos un trato y no lo estás respetando.

– El mundo cambia todo el rato, Evan. Sólo los tontos no cambian con él.

– Bueno, tu mundo acaba de cambiar. Mira por encima de los elefantes -dijo Evan.

– No tengo tiempo para juegos.

– No estoy jugando.

Jargo observó rápidamente el gentío que estaba alrededor del redil del elefante y miró de nuevo a Evan.

– Gracias por la bonita toma de perfil -dijo Evan-. Te están grabando. En formato digital y con una lente de gran alcance que me da una imagen muy clara de tu cara y de la de Dezz.

– No te creo.

– Tengo amigos del mundo de los documentales por todo este lugar. Si nos haces daño o nos matas a Carrie o a mí, saldréis en las noticias de la noche y no podrás reconocer la cámara de vídeo oculta hasta que mis amigos se marchen. Te dije cuáles eran mis requisitos para darte los archivos. Déjame hablar con Carrie. Ya.

Jargo la llamó por señas y Carrie fue corriendo hacia ellos. Dezz se quedó allí.

– Evan -dijo ella.

– Sin tocar.

Jargo levantó una mano y la retuvo.

– ¿Estás bien? -preguntó Evan en voz baja.

Ella asintió.

– Estoy bien. No me han hecho daño.

– Lo siento muchísimo -aseguró él.

Ella abrió la boca, como si deseara hablar, pero luego la cerró.

– Ella se marchará, tal y como dije -confirmaba Evan.

– No eres muy inteligente -dijo Jargo-. Has revelado demasiado. Hubiera dejado marchar a Carrie cuando me dieses los archivos. Pero ¿grabarme en una cinta? No, también la necesito.

– Cuando se haya ido. -Evan entrecerró los ojos-. Tan pronto como Carrie esté lejos de aquí y a salvo te daré la cinta y te entregaré un reproductor de música donde están guardados los archivos. No tengo copias, ¿entendido?

– No. Dame los archivos y la cinta, luego ella se va. Si tienes una cámara grabándonos es seguro que no te haré daño, si eso es lo que tanto te preocupa. Luego podremos marcharnos cada uno por nuestro lado, si es que estás tan decidido a no ver a tu padre -dijo Jargo.

Carrie se liberó de Jargo y abrazó a Evan. Sollozó en su hombro. Él la abrazó y olió el delicado perfume a melocotón de su pelo, pero mantenía su mirada fija en Jargo.

– Confía en mí -le susurró Carrie a Evan al oído. Luego sacó una pequeña pistola del abrigo y se la puso a Jargo bajo la barbilla-. Dile a Dezz que se marche o te atravieso el cuello.

Los ojos de Jargo se abrieron de par en par de la impresión.

Carrie agarró a Jargo y lo puso delante de ella y de Evan, entre ellos y Dezz.

– Está bien, Evan. Vamos a salir de aquí. Tiene una pistola en el bolsillo. Cógesela.

– Carrie, ¿qué demonios…?

– Haz lo que te digo, cielo -insistió Carrie.

Evan lo hizo, y sacó una pistola reluciente del abrigo de Jargo. Se arriesgó a mirar hacia el otro lado, hacia donde se hallaba realmente El Turbio, bajo el toldo situado al borde de la zona de restaurantes; llevaba el petate con un agujero en el lateral, con la cámara dentro.

Dezz, que se aproximaba corriendo, se detuvo a medio metro de ellos, mirando la pequeña pistola colocada contra el cuello de su padre. Carrie bajó el arma y apuntó con ella a Jargo en la espalda, donde no fuese tan visible.

– ¡Atrás, Dezz! -gritó Carrie. Bajó la voz y le susurró a Evan-: Evan, si se acerca más, dispárale.

Evan asintió, todavía aturdido.

– Evan, estás cometiendo un error -dijo Jargo-. Soy el único que puede ayudarte, no esta puta mentirosa.

A Dezz le temblaban los labios; miró a su padre y corrió unos trescientos metros hacia un lado. Agarró a una mujer joven que llevaba un carrito con un escandaloso niño pequeño. Le puso la pistola en el cuello, le dio la vuelta de un tirón y la puso entre él y Evan. La cara de la joven palideció del susto y del miedo.

– ¡Mierda! -exclamó Carrie.

– La cambiaré por ti -chilló Dezz.

Otra mujer le vio la pistola en la mano y comenzó a chillar llamando al guardia de seguridad, y echó a correr.

Carrie tiró a Jargo al suelo cuan largo era.

– Corre, Evan -le instó.

Dezz apartó de un empujón a su rehén, que agarró a su bebé y salió corriendo. Corría hacia Evan y Carrie, con la pistola en la mano y preparándose para disparar.

Los gritos estallaban a su alrededor. Carrie disparó por detrás de Evan. Dezz se puso a cubierto detrás del banco y de los arbustos.

A su alrededor la gente fue presa del pánico, se quedaba atónita durante un momento ante los disparos y luego salía en estampida para ponerse a cubierto o hacia la entrada; los profesores reunían a los niños y los padres llevaban en brazos a sus hijos.

Jargo agarró a Evan, pero éste le dio un puñetazo en la mandíbula que le hizo caer de espaldas sobre el banco.

Un guardia de seguridad del zoo avanzó hacia ellos chillando una orden.

– ¡Al suelo, ya!

Dezz disparó y una bala astilló el tronco de palmera al lado de la cabeza del guardia. El hombre se resguardó tras el grueso tronco.

Carrie agarró a Evan por el brazo.

– Corre si quieres vivir y recuperar a tu padre.

Evan obedeció y ambos se adentraron en la profundidad del zoo, esquivando a los turistas agachados. Miró hacia atrás. Ni rastro de El Turbio. Se habría mezclado con la multitud en retirada, habría escapado. Evan le había dicho que se asegurase de poner a salvo cualquier grabación que obtuviese de Jargo, independientemente de lo que le ocurriese a él.

– La entrada -dijo Evan- es por el otro lado…

– Lo sé -dijo Carrie-, pero nos pueden cortar el paso. Vamos por aquí.

Evan no discutió. Él corría más rápido y la agarró por el brazo.

Dezz se movía entre la multitud que huía, persiguiéndolos rápidamente.

Iba amenazando con la pistola obligando a la gente a apartarse de su camino y huir despavorida, con lo que le dejaba vía libre. Un hombre con una camiseta de Tulane se abalanzó sobre Dezz, y éste lo golpeó en pleno rostro con la pistola. El hombre cayó al suelo. Dezz y Jargo no redujeron la velocidad. Dezz le entregó a su padre una segunda pistola.

Evan y Carrie dejaron atrás la cancioncilla del carrusel del zoo y atravesaron el carril de un tranvía por el que el tren del pantano recorría el zoo. En la siguiente sección había animales de América del Sur. Evan buscó un cartel de salida o un edificio donde pudiesen esconderse. Siguieron corriendo por una pasarela de madera. A la derecha había un estanque cubierto de algas para un grupo de flamencos, y a la izquierda un trozo de tierra lleno de pinos, para las llamas y los guanacos. En la mitad de la pasarela había una familia con tres niños admirando los flamencos y sacando fotos.

– Salta la verja -dijo Evan.

No podían pasar por donde estaba la familia, ya que quedarían entre ellos y sus perseguidores.

Carrie saltó la división de madera y cayó en la exposición. Un pequeño rebaño de llamas los observó sin interés. El terreno, que había sido acondicionado para que el suelo de Luisiana se pareciese lo máximo posible al de la Pampa, era duro y polvoriento. Corrían hacia una densa arboleda de pinos situada cerca del perímetro posterior de la exposición.

– Que los árboles queden entre tú y ellos -dijo Carrie.

Se sumergieron en el pequeño laberinto de pinos. Una bala se estrelló contra los troncos.

– Salta la valla -exclamó él.

Subieron trepando a toda velocidad y cayeron al otro lado de la barrera en un camino sin pavimentar situado detrás de la exposición. Les llegó el fuerte olor a almizcle de los lobos de una exposición cercana. Recorrieron el camino de servicio. Los edificios de mantenimiento se encontraban a un lado y la parte posterior de las exposiciones sobre Sudamérica al otro. Intentaron abrir las puertas, pero estaban cerradas.

A través del follaje y de la valla, Evan vio a Jargo pasar al lado de la familia que estaba en la pasarela de madera y divisó a Dezz siguiendo sus huellas por la zona de América del Sur. Intentaban cercarlos entre los dos.

– Manten la cabeza baja. -Carrie lo agarró por la nuca-. Hay una cámara de seguridad ahí arriba y no quiero que te grabe la cara.

Él obedeció. Corrieron mirando al suelo. El camino de servicio no tenía salida. A su derecha había un edificio de piedra y de cristal en el que estaba una familia de jaguares. La Jungla de los Jaguares, que recreaba un templo maya, era la mayor atracción del zoo.

Se encaramaron a la valla, que estaba cerrada con candado, y cayeron en un camino de piedra para los visitantes que pasaba junto a los jaguares, que permanecían repantingados tras el grueso cristal. Uno de ellos les rugió, dejando al descubierto unos colmillos curvos.

Jargo entró en la plaza maya resoplando, vio a Carrie y le disparó. Una bala rebotó contra las esculturas de piedra mayas.

Los jaguares rompieron a rugir y a dar golpes contra el cristal.

Carrie y Evan corrían sin parar entre la densa maleza y los caminos de piedra. Pasaron junto a otro falso templo con monos araña y atravesaron una zona de juegos para niños que simulaba una excavación arqueológica. Tropezaron con un riachuelo bordeado de gruesos bambúes y se apresuraron a volver a la otra parte del camino de piedra. Unas cuantas madres y niños que deambulaban por allí se les quedaron mirando.

– ¡Hay un chalado con una pistola! -chilló Carrie-. ¡Pónganse a cubierto!

Las madres saltaron hacia los bambúes o bien fuera del camino para protegerse. Jargo pasó corriendo al lado de las mujeres, pero las ignoró.

– ¡Evan! -chilló-. ¡Puedo devolverte a tu padre!

Carrie se giró y le disparó. Jargo se ocultó entre los bambúes. Evan dejó atrás un cartel que decía «No pasar, sólo empleados del zoo», y Carrie lo siguió. Tenían que llegar hasta un edificio, pensó, un lugar donde pudiesen atrincherarse. Jargo huiría para evitar a la policía, que ahora mismo debía de estar entrando en el zoo.

Evan golpeó una pequeña valla, pasaron por encima y luego corrieron hasta otra valla.

– ¡Mierda!

Caimanes. Estaban al otro lado de la valla de un metro de altura, en una orilla, y más allá una franja estrecha de agua con espuma que conducía a la pasarela de madera del Pantano de Luisiana del zoo, donde los visitantes caminaban por encima del agua y admiraban a los reptiles desde una distancia segura. Dos de los caimanes tomaban el sol a unos cien metros de ellos.

Tras ellos sonó el silbido de una bala a través de un silenciador. El tiro alcanzó a Carrie en el hombro; se tambaleó y gritó. En la pasarela situada al otro lado del agua había una mujer que llamaba a gritos a la policía. Los altavoces clamaban pidiendo a todo el mundo que se dirigiese con calma hacia la salida.

– Movimiento equivocado, Carrie -dijo Dezz desde detrás de un árbol-. Equivocado, estúpido y jodidamente torpe.

Evan la sostenía con un brazo, apuntando con la pistola con la mano libre. Si se quedaban allí morirían. Los caimanes estaban rollizos y parecían satisfechos, así que probablemente no tendrían hambre. Al menos, eso esperaba. Vio a Dezz mirando a hurtadillas desde detrás de un árbol y le disparó un aluvión de balas, que obligó a éste a volver a la maleza; luego ayudó a Carrie a saltar la valla.

– Dezz… odia los reptiles -le informó ella-. Les tiene miedo.

Evan no estaba seguro de si le quedaba alguna bala. Le metió prisa al pasar junto a los caimanes, que estaban descansando. Evan tropezó con la cola de uno de ellos, que abrió su boca llena de dientes como cuchillas de afeitar y emitió un ruido defensivo. Pero luego el animal se marchó caminando lentamente, alejándose de ellos.

¿Olían la sangre? Evan no tenía ni idea.

– Vete -dijo ella-, déjame. Ponte a salvo.

– No, vamos.

Dezz cargaría sobre ellos, ya que Evan había dejado de disparar. Vio a Dezz acercándose con gran precaución. Evan quiso disparar, pero tenía el cargador vacío. Él y Carrie se metieron de un salto en el agua cubierta de espuma verde. Evan oyó silbar una bala sobre sus cabezas.

Sostenía la pistola de Carrie fuera del agua, pero no podía nadar, ayudar a Carrie y disparar al mismo tiempo. La distancia hasta la pasarela de madera parecía larguísima. La gente que estaba en la pasarela se dispersó, las madres huyeron con los niños y un hombre pegaba gritos por un teléfono móvil.

Dezz puso un pie sobre la valla con cautela; apuntaba con la pistola a los caimanes, que parecían tan poco interesados en él como en Evan y Carrie.

Evan movía los pies hacia atrás, empujando a Carrie y pensando: «Si Dezz nos apunta, se acabó».

– ¡Ayúdenos! -gritó hacia la pasarela.

El hombre del teléfono móvil le indicó a Evan con gestos que nadase hacia la derecha.

Había un tronco entre ellos y la pasarela, pero un terror repentino, aunque ya conocido, le subió por la espalda al comprobar que no era un tronco. Era un caimán, mirando en otra dirección y apenas sumergido, ajeno al jaleo que había detrás de él.

Evan empujó a Carrie hacia un lado y golpeó el agua con la mano para alejar al caimán de ella. Carrie caminó torpemente hacia la pasarela. Evan oyó un silbido tras él. Uno de los caimanes de la orilla abrió de nuevo la boca, enfrentándose a Dezz, y éste retrocedió, volviendo a poner una pierna en la valla. Parecía furioso y asustado.

«Se mueven más rápido en el agua -pensó Evan. Su lógica se puso en funcionamiento-. Carrie está sangrando, ¿les atrae la sangre como a los tiburones?» Carrie llegó a los soportes de madera, el hombre del móvil le ofreció la mano mientras otro hombre lo agarraba a él, y ambos subieron a la chica a la pasarela.

Evan se alejó del rastro que Carrie había dejado en el agua. El caimán giró hacia Evan. Evan nadaba con dificultades y esperaba el tirón que le arrancaría la pierna. Se acercó torpemente hasta la pasarela y levantó un brazo. Los hombres tiraron de él y lo subieron. Unos cien metros detrás de él, el caimán abrió sus fauces con bravuconería, luego se calmó y miró a Evan con una mirada indefinida. Evan estaba empapado y lleno de suciedad, y se tumbó sobre la madera. Uno de los rescatadores le arrebató la pistola de la mano.

– ¡Por favor! -dijo Evan-. ¡La necesito!

– De ninguna manera, gilipollas. -El hombre del móvil le puso a Evan la mano en el pecho, empujándolo contra la valla-. He llamado a la policía, te quedas aquí.

Evan se giró y miró la orilla. Dezz se había ido, había sido engullido de nuevo por el bambú. No había rastro de Jargo.

– Le han disparado de verdad -afirmó el otro hombre-, Dios mío.

Evan agarró la mano a Carrie y apartó al tipo del móvil de un empujón antes de que ambos empezaran a correr. El hombre les gritaba que se detuviesen. En la plataforma había mecedoras típicas de Luisiana, en las que estaban sentadas dos señoras mayores que se quedaron heladas del miedo, agarrando los bolsos mientras Evan y Carrie pasaban corriendo. Al final de la pasarela había una tienda de regalos y justo después de la puerta una verja, la cual saltaron. El siguiente camino llevaba hasta un vivero de plantas, construido para parecer una choza vieja, con pequeños botes atracados en una laguna situada enfrente. Más vallas, cubiertas de hiedra y bambú formaban una cortina que tapaba un camino de servicio.

Evan levantó a Carrie para que pudiese pasar al otro lado. Tenía el hombro cubierto de sangre y jadeaba mientras subía. Tropezó con la hiedra y cayó de cabeza sobre el matorral de bambú que estaba al otro lado de la verja. Se subió a la valla y vio a Jargo acercándosele por la derecha y a Dezz por la izquierda.

– Déjalo, Evan -gritó Jargo-, déjalo ya.

– Quédate ahí o esa cinta emitirá vuestra cara en todos los informativos de la noche.

La cara de Jargo mostraba indecisión:

– Si te vas, no volverás a ver a tu padre.

Evan se subió a la valla. Una bala le pasó a un centímetro de la mano mientras se dejaba caer en el mitad de la maleza.

Carrie lo agarró y ambos corrieron, escuchando el sonido de las balas al impactar en los bambúes. Luego el ruido cesó. Evan estaba seguro de que los dos hombres sólo se habían detenido para saltar la valla y perseguirles. Corrieron hacia un camino asfaltado que se usaba para el tranvía. Los empleados se alejaban de ellos en un carro de golf, gritando por el walkie-talkie. Saltaron otra valla y llegaron a trompicones a un tramo de aparcamiento y la pradera situada en el límite del zoo. Miró hacia atrás. Ni rastro de Dezz ni de Jargo; no habían saltado la valla.

Corrieron alrededor del zoo, escuchando cómo se aproximaban los silbidos de las sirenas.

– ¿Te duele? -preguntó.

Era la pregunta más estúpida que jamás había hecho.

– Podré seguir. ¿Tú estás bien? ¿Te han dado?

– No, estoy bien. ¿Cómo…?

«¿Cómo conseguiste escapar? ¿Cómo pudiste salvarme?» La miró como si no la conociese.

– Saldremos de aquí, maldita sea -dijo.

Más allá del aparcamiento veían el brillo de las luces de los coches de policía situados cerca de la entrada principal.

– Ven aquí. -La sujetó-. Te conseguiré un médico.

– Nada de médicos. Evan, tienes que hacer lo que yo te diga. Llevo protegiéndote desde el primer día. Siento haber tenido que mentirte. -Su voz se hizo más débil, hasta convertirse en un simple susurro-. Trabajo con El Albañil.

Evan se paró en seco.

– ¿Qué?

Carrie estiró la mano hacia él, llena de sangre de taponar el hombro.

– Se suponía que yo… yo tenía que protegerte. Lo siento.

– ¿Protegerme? ¿Desde cuándo?

Lo llevó hasta un camino que atravesaba una franja de hierba verde.

– Jargo pensaba que trabajaba para él. Pensaba que te iba a matar hoy. Pero nunca te haría daño. Nunca.

Esto no era lo que él esperaba. La llevó corriendo hasta la camioneta que había robado en Bandera. Las sirenas sonaban más fuerte.

«Confía en mí», le había dicho Carrie. Él estuvo a punto de decir que no podía abandonar a El Turbio. Pero si le hablaba de él y ella lo estaba conduciendo hacia una trampa, entonces El Turbio caería en la red de El Albañil. Se calló y esperó que El Turbio hubiese escapado entre el tumulto.

La colocó con cuidado en el asiento del acompañante, buscando a su alrededor frenéticamente a Jargo y a Dezz.

Carrie se derrumbó, la sangre manchaba el asiento.

– El Albañil y yo somos de la CIA, Evan -dijo-. Se supone que no debo decírtelo, pero tienes que saberlo.

Apretaba los dientes para aguantar el dolor.

De la CIA. Como Gabriel. La gente que Jargo decía que había matado a su madre.

No, no podía creer a Jargo.

– Ahí están -dijo mientras se subía a la camioneta-. El Land Rover plateado.

Dezz y Jargo intentaban pasar entre los coches de policía que habían respondido a la llamada. Evan no veía a El Turbio por ninguna parte entre la masa de gente que se arremolinaba en el aparcamiento. Había una ambulancia parada con las luces encendidas, pero los enfermeros no estaban subiendo en ella ni a El Turbio ni a ninguna otra persona.

– ¡Agárrate!

Evan piso a fondo el acelerador y atravesó el aparcamiento y luego la extensión de césped. Se dirigía hacia la calle Magazine, que recorría la parte delantera del zoo y la separaba del parque de Audubon.

– ¡Jargo nos ha visto! -dijo-. No estás preparado para conducir un automóvil mientras te persiguen, Evan.

– Aprendí a conducir en Houston -respondió él, embriagado por el temor y la energía.

El coche salió corriendo por la calle Magazine. Evan le dio a la bocina de la camioneta y se subió al bordillo para entrar en el recinto del parque de Audubon. «Piensa. Piensa lo que harán ahora y prepárate para ello. No puedes cometer ni un solo error.» Por el espejo retrovisor vio cómo el Land Rover casi chocaba con otro coche y luego los perseguía a través del jardín que estaba situado entre el aparcamiento y la calle Magazine; Jargo hacía sonar la bocina a su vez.

Los corredores de media mañana que atravesaban la zona pantanosa del parque miraban a Evan mientras recorría la hierba a toda velocidad, esquivando los robles. La parte norte del parque de Audubon daba a la concurrida avenida de St. Charles, y a las vecinas universidades de Loyola y Tulane, situadas al otro lado de la avenida. Había olvidado que en St. Charles todo el mundo aparcaba en paralelo, y esa mañana los coches cubrían cada centímetro del bordillo que rodea el parque. Unos enormes cilindros de hormigón bloqueaban la puerta principal del parque.

No había salida.

Giró hacia la izquierda y vio una salida a St. Charles y a la calle Walnut, la esquina más alejada del parque. Era una zona donde no se podía aparcar y que atravesaba una vieja propiedad que había sido rehabilitada como hotel. La camioneta salió con dificultades a Walnut y giró inmediatamente a la derecha hacia St. Charles.

Empezó a sentir pánico, ya que St. Charles no era una pista de carreras. Cada pocos bloques había semáforos. La mediana era ancha y en ella había dos raíles de tranvía con sus trenes verdes recorriendo las vías en ambas direcciones; desde ellos se asomaban turistas que sacaban fotos a enormes mansiones o a los restos de los adornos descoloridos de un pasado Mardi Gras que todavía pendían de las señales. Si no había semáforos había un cruce de vías que atravesaba la mediana y coches que giraban para volver a la avenida.

Pero a las diez y veinte de la mañana el tráfico no era muy denso. Oyó un estruendo, un ruido sordo. El Land Rover salió del parque de Audubon detrás de él, circulando por una salida situada en la esquina contraria del parque de la que él había salido. Unos disparos impactaron en el parachoques y el Land Rover aceleró hasta acercarse a la parte trasera de la camioneta.

– Está disparando a las ruedas -informó Carrie temblando, conmocionada y empapada con la sangre que le traspasaba la blusa.

Delante de ellos, un semáforo en rojo. Los coches se estaban deteniendo.

Evan giró bruscamente y se metió en la mediana del tranvía. Rozó una hilera de arbustos y puso la camioneta sobre las vías para no chocar contra los postes de metal que suministran electricidad al tranvía. Pisó a fondo el acelerador.

Recibieron un disparo por la derecha, que rompió la luneta trasera. Los fragmentos de cristal se le clavaron en la parte de atrás de la cabeza.

Carrie dijo:

– Conduce con cuidado, por favor.

– ¡Por supuesto! -le contestó chillando.

No había nadie girando en la mediana, así que pasó a toda velocidad el cruce con el semáforo. Por el retrovisor vio cómo el Land Rover saltaba también a la mediana. Aceleró más.

Delante de ellos había un monovolumen que merodeaba por la mediana, esperando a que se abriese el paso al tráfico. Desde las ventanillas, dos niños observaban cómo la camioneta se dirigía a toda velocidad hacia ellos, y apuntaban con el dedo con sorpresa.

Evan giró de nuevo hacia St. Charles, esquivando por poco el monovolumen, y golpeó ligeramente un coche que estaba aparcado. Estaba asustado. No podía echarse más a la derecha, ya que había coches aparcados a lo largo de toda la avenida St. Charles y los jardines de muchas de las casas tenían muros o vallas. No había espacio libre para conducir. Tenía la mediana o la calle. Y ambas opciones eran malas.

Un disparo alcanzó de nuevo la parte trasera de la camioneta. En este tramo de la mediana los arbustos que la flanqueaban eran más grandes. Evan se metió otra vez en la mediana atravesándolos, ya que pensó que pondría menos vidas en peligro allí que en la calle, y luego atravesó otra intersección donde había un coche esperando para girar hacia la parte oeste de St. Charles. Luego vio un tranvía viniendo hacia él que ocupaba la parte izquierda de la vía, y tocó el claxon.

El conductor del tranvía agarró el micrófono de la radio y se puso a chillar por él. Evan giró hacia la izquierda haciendo rechinar las ruedas y el tranvía pasó entre él y Jargo.

Más adelante vio dos coches de policía, con las luces encendidas y las sirenas sonando. Evan se echó hacia la derecha dirigiéndose al centro de la mediana; otro tranvía se le acercaba y Evan se salió de las vías para volver a St. Charles. Giró a la derecha con dificultad, más para evitar chocar que como estrategia, y luego a la izquierda, entrando en una calle residencial con casas lujosas y coches aparcados en la calle. Luego giró de nuevo a la derecha.

– ¡Gira aquí, aquí! -dijo Carrie.

Señaló un aparcamiento que hacía esquina, con un edificio amarillo y brillante, antigüedades en la ventana y un cartel de neón que decía «Abierto». Evan comprendió la idea de Carrie. El aparcamiento y las salidas estaban detrás del edificio. Giró para entrar en el aparcamiento y detuvo el coche.

Esperó.

El Land Rover, con un lado abollado, pasó por la calle a toda velocidad. Evan contó hasta diez; luego hasta veinte. El Land Rover no volvió.

– ¿Y ahora qué?

Evan no reconocía su propia voz. Notaba el sabor del agua del pantano artificial en la boca y le temblaban las manos.

– La policía estará por toda St. Charles -dijo ella-. Vete por otra calle que nos lleve paralela a ésta. Dirígete hasta Lee Circle, desde allí podemos llegar a la interestatal. Al aeropuerto.

– Necesitas ir al hospital.

– Nada de hospitales. Nuestras fotos serán distribuidas a la policía pronto -dijo apretando los dientes.

Evan le apartó con cuidado la camisa del hombro. Vio la pequeña, pero terrible herida y tocó la espesa sangre.

– Necesitas un médico.

– El Albañil me conseguirá ayuda. -Cerró los ojos y le apretó la mano-. No tienes razones para confiar en mí, pero nos hemos salvado el uno al otro. Eso significa algo, ¿no?

No sabía qué decir.

Abrió los ojos.

– Un avión del gobierno puede llevarnos a un lugar donde estemos seguros. Donde podamos ocuparnos de recuperar a tu padre.

– ¿Qué hará la CIA para recuperar a mi padre? No es uno de ellos. Si trabajaba para Jargo es enemigo suyo.

– Tu padre podría ser nuestro mejor amigo. Con su ayuda y con la tuya podemos acabar con Jargo. -Se apoyó en la puerta-. Alguna gente de la CIA y Jargo… tienen un acuerdo. Jargo vende información a todos los países, a todos los servicios de inteligencia y a todos los grupos extremistas que puede. Estamos intentando encontrar sus contactos en la CIA, librarnos de los traidores. Le están vendiendo nuestros secretos de estado a Jargo. Llevo un año trabajando para él como agente doble.

– Sí -susurró.

– Nunca hemos podido identificar a ninguno de sus agentes, aparte de Dezz. Tiene toda una red. Tus padres… trabajaban para él.

Evan se tragó lo que parecía una roca en su garganta.

– No puedo seguir pretendiendo que son completamente inocentes en todo esto, ¿verdad?

– Nadie te puede decir lo que tienes que hacer. Ya he aprendido eso.

– Pero Jargo sabe que lo has traicionado y que me tienes a mí. Matará a mi padre.

– No. No quiere matar a tu padre, no entiendo por qué. Tu padre es la debilidad de Jargo. Tenemos que utilizarlo contra él.

Aeropuerto u hospital. Tenía que elegir. Confiar en la extraña que tenía a su lado o en la mujer a la que amaba. Encendió el coche y salió del aparcamiento. No había rastro de Jargo. Evan condujo hasta volver a St. Charles, atravesó Lee Circle y se dirigió hacia la autopista, que se unía a la Interestatal 10. Había poco tráfico. Agarró firmemente el volante.

– Así que tú me conocías antes que yo a ti -dijo.

– Sí.

– Así que nuestra relación fue un truco, puro teatro.

– No lo entiendes.

– No, no lo entiendo, no entiendo cómo pudiste mentirme.

– Lo hice para protegerte. -Su voz se elevó, estaba casi histérica-. ¿Me habrías creído si te hubiese dicho: «Eh, Evan, una red de espionaje independiente y la CIA están interesados en ti… ¿Vamos al cine?».

– Respóndeme a una pregunta.

– Lo que quieras.

– Mi madre. ¿Le dijiste a Jargo que yo iba a Austin? -Luchaba por controlar la voz.

– No, cariño. No. Jargo escuchó mi buzón de voz y oyó el mensaje.

«Si no le hubiese dejado a Carrie el mensaje mi madre estaría viva.» Lo invadió una ola de pena y miedo.

– No. ¿Por qué tuviste que marcharte ese día por la mañana? -Carrie estaba sufriendo, y se cubrió la cara con las manos-. Maldita sea, ¡contéstame! -gritó Evan.

Su voz sonó rota:

– Quería pedirle permiso a El Albañil para… dejar de vigilarte, para sacaros a ti y a tu madre de aquí y poneros a salvo; para olvidarme de desenmascarar a Jargo. Tenía que hablar con El Albañil a solas. Estaba allí. Cuando volví ya te habías ido.

– Y se lo dijiste a Jargo.

– No. No. Hice como si no supiera dónde estabas. Le dije que no había comprobado mi buzón de voz, que no había vuelto a tu casa.

– Le dijiste que yo te amaba, ¿verdad?

– Sí. -Cerró los ojos.

– Seguro que os echasteis unas risas.

– No, por supuesto que no.

– ¿Enviaste a la CIA a mi casa?

– No, el equipo de El Albañil es muy pequeño. No nos crearon para llevar a cabo grandes operaciones. No podemos revelar nuestra identidad a nadie que sea un posible sospechoso de traicionar a la agencia. Se supone que no trabajamos en territorio estadounidense.

– ¡Guau!, así que mi familia y yo somos realmente especiales -dijo Evan-. No sé por qué debería creerte ahora.

– Porque sigo siendo la misma mujer que conociste hace unos meses. Sigo siendo Carrie -tras unos segundos de silencio, continuó-: Te quiero. Te dije que no me amases, no quería que me lo dijeses, pero quería que fuese verdad. No quería hacerte daño, por eso quería salir de esto. Lo siento.

Se inclinó hacia delante, buscando a la policía en el espejo retrovisor.

– ¡Dios, esto duele!

«¿Alguna vez me amaste?»

Siguió sus indicaciones y paró en una tranquila oficina de aviación cerca del aeropuerto internacional Louis Amstrong. Delante, había dos coches aparcados.

– Dentro hay gente que trabaja para El Albañil. Su nombre auténtico es Bedford. Confiamos en ti: sólo hay tres personas en la CIA que conocen su verdadero nombre.

Evan la miró. Podía marcharse sin más, dejarla y que sus colegas la encontrasen, desaparecer y no volver a verla. No volver a escuchar otra mentira de su boca.

Pensó en aquella mañana tres días antes, despertándose y amándola con ensueño y certeza, antes de que se fuera. Pensó en lo hermosa que estaba la primera vez que la vio en la cafetería, leyendo muy concentrada aquel libro tan malo sobre cine. Tumbada esperándolo. La recordó en su cama, la dulzura de sus besos, mirándolo como si le fuese a estallar el corazón. Quizá su amor por él era mentira, pero él la amaba. Ella era lo peor que le podía haber ocurrido. Era su mejor oportunidad para hacer que su padre volviese a casa. Y ahora lo había salvado, lo había salvado de una muerte segura.

Evan la sacó en brazos del coche y llamó a la puerta de la oficina.

<p id="_Toc203056738">Capítulo 24</p>

Tener un hombre encarcelado era como comprar un viaje para su alma. Jargo había visto hombres confinados en una estrecha cárcel casera hablando con gente que ya hacía tiempo que estaba muerta; llorar y sollozar después de pasar días en absoluto silencio; un desgraciado se había ahogado él mismo en el retrete. La fuerza a menudo era superficial, la confianza, una táctica y la valentía, una máscara.

Ya conocía el alma de Mitchell Casher. Era un alma incapaz de traicionar a quien quería. Era un alma que confiaba en poca gente, pero esa confianza era tan profunda como las vetas de oro en la tierra.

Jargo entró en la habitación. Mitchell estaba tumbado en la cama con una pesada cadena alrededor de la cintura y de los tobillos, lo suficientemente larga como para permitirle llegar al aseo. Estaba sin afeitar y sin lavar, pero tenía un aspecto digno. La habitación olía a los paquetes de comida deshidratada que le había dejado, ya que él y Dezz no estarían para servirle como carceleros.

Se quedó de pie mirándolo, sin decir ni hola. Jargo encendió un cigarrillo. Llevaba quince años sin fumar. Tiró del humo con dificultad, lo inhaló y tosió como si nunca lo hubiese hecho antes. Observó la brasa incandescente del cigarrillo.

– Tengo miedo a preguntar -dijo Mitchell Casher.

– Y yo tengo que hacerte una pregunta difícil -indicó Jargo-, pero he de insistir en que seas honesto.

– Siempre he sido honesto contigo.

La voz de Mitchell estaba desgarrada, rota por el dolor por su mujer y el miedo por su hijo. Era igual que la del difunto señor Gabriel. Jargo le ofreció un cigarrillo y Mitchell negó con la cabeza. Podría soportar el encarcelamiento durante meses o años antes de derrumbarse, pero malas noticias sobre su hijo lo destrozarían en el momento, y Jargo lo sabía.

– Aprecio tu honestidad, Mitch. ¿Luchará Evan por ti?

– ¿Luchar por mí? No sé a qué te refieres.

Jargo se sentó enfrente de Mitchell Casher. El brillo de la luz, lo suficientemente alta en el techo para que el prisionero no pudiese alcanzarla, le estaba haciendo daño en los ojos. Ninguna ventana decoraba la habitación; Jargo las había tapiado con ladrillos hacía años después de un desafortunado accidente en el que estuvo implicado un trozo de cristal y la muñeca de un terco informante del régimen de Castro. Pero Jargo consideraba que Mitchell no se perdía nada. Fuera, las nubes se extendían como un cáncer en el cielo nocturno del sur de Florida.

– ¿Luchará por ti? ¿Intentará Evan recuperarte?

– No.

– He estado pensando largo y tendido en Carrie y en lo que ha hecho. No estoy seguro de que sea de la CIA; al menos ahora es independiente y se ha llevado a Evan para venderlo a él y la información al mejor postor. Y sospecho que ese postor será la CIA.

Mitchell puso la cabeza entre las manos.

– Entonces libérame. Déjame ayudarte a encontrarlo. Por favor, Steve.

– ¿Encontrarlo? Tú y yo difícilmente podemos entrar en la sede de la CIA en Langley y pedir que lo devuelvan ahora, ¿no?

– Lo matarán.

– Sí. Pero todavía no.

Jargo le dio otra calada al cigarrillo, y esta vez el tabaco le calmó los nervios. «Realmente uno nunca se olvida de cómo fumar -pensó-. Igual que nunca se olvida de cómo nadar, hacer el amor o matar.»

– No entiendo.

Aquel momento de la conversación era como cortar un diamante. Uno tenía que ser preciso para conseguir el efecto deseado, y no había segundas oportunidades.

– Evan me dijo que tiene una lista de nuestros clientes. También sabe mi nombre y que Dezz es mi hijo. Así que, o bien ha tenido contacto con la CIA, o bien incluso tiene más información. Información sobre nosotros, sobre quiénes somos.

Mitchell abrió los ojos de par en par.

– Todos nuestros clientes, Mitchell. ¿Te das cuenta de lo que podría significar para nosotros? Una cosa es que todos nosotros tengamos que desaparecer y empezar de nuevo. Eso ya es difícil de por sí. Pero ¿nuestros clientes? Si la CIA obtuviese esa información nunca podríamos reparar ese daño.

Jargo dirigió de nuevo la mirada a la brasa encendida.

– Te juro que no sabía que ella nos traicionaba -dijo Mitchell con voz ronca.

– Lo sé. Lo sé Mitchell. Si no, hubieses huido con ella. Lo sé.

– Entonces déjame ayudarte.

– Quiero soltarte. Pero no estás en condiciones de luchar. Podrías pensar en desaparecer y poner en peligro mi única oportunidad… -hizo una pausa- de recuperar a Evan sano y salvo para ti.

– La única oportunidad… Dime.

Jargo observaba cómo se consumía su cigarrillo. Esperó. Dejó sufrir a Mitchell.

– ¡Dios mío, Evan! -Mitchell se llevó las manos a la cara.

– No te veía llorar desde que éramos niños.

– Ellos mataron a Donna. Imagínate si tuviesen a tu hijo.

– Nunca cogerían a Dezz con vida. Ya sabes cómo es. -Jargo no miró a Mitchell-. Lo siento muchísimo.

Su voz se quebró. Jargo le puso la mano en el hombro.

– Entonces déjame ayudarte.

– Mitchell, dijo que tenía una lista de clientes.

– Apuesto a que mentía… Donna no habría compartido información con él. Su peor pesadilla era que descubriese la verdad sobre nosotros.

– Seamos realistas. Estaba en su ordenador. Donna tenía una maleta con su ropa para escapar. Se marchó sin esperar a su novia. Creo que lo sabía. Y puede que sepa lo que valen los archivos.

– Evan… no sabría cómo vender información. No conoce a nadie con quien contactar. Y no me haría daño.

– ¿Nunca le hablaste de tu pasado? ¿Ni una sola vez?

– Nunca. Lo juro. No sabe nada.

«Tú no quieres que lo sepa, pero no voy a correr riesgos», pensó Jargo.

– Estoy pensándome lo de intentar recuperar a Evan. Si planea luchar por ti no irá a la CIA simplemente con los archivos. Intentará llegar a un acuerdo, lo cual nos da un margen de tiempo. Pero ése es el riesgo que estoy calculando.

– No te entiendo.

Jargo se inclinó hacia delante y le susurró junto a la cara a Mitchel

– Tú sabes que tengo agentes trabajando para mí en la agencia.

– Lo sospechaba.

– Y clientes dentro de la agencia. Esa gente corre un gran riesgo si Evan desvela los archivos. Estarán perdidos. -Jargo saboreó de nuevo el humo y apagó el cigarrillo en un cenicero-. La gente que tengo en la agencia tiene todos los motivos del mundo para hacer que Evan vuelva a mí. A nosotros.

Le puso una mano en el hombro a Mitchell.

– ¿No le harán daño?

– No si les digo que me lo traigan con vida. -La mentira le salió fácilmente-. Pero, de cualquier modo, debemos alejar a Evan y la información que tenga de la agencia. Vivo, para que podáis estar juntos de nuevo.

– Por favor, Steve, déjame ayudar. Déjame ayudarte a encontrar a mi hijo.

Jargo se puso de pie. Tomó una decisión. Metió la mano en el bolsillo y abrió la cadena, liberando a Mitchell. Los eslabones formaron un charco de plata sobre el parqué.

Mitchell se puso de pie.

– Gracias, Steve.

– Ve a ducharte. Te prepararé la cena. -Le dio a Mitchell un leve abrazo-. ¿Qué te parece una tortilla?

Mitchell lo agarró por el cuello y lo empujó con fuerza contra la pared, le arrebató la pistola y le apuntó a la barbilla.

– Una tortilla suena genial. Pero, para que quede claro entre nosotros, tus agentes no le harán daño ni matarán a mi hijo. Hazles entender que lo necesitamos con vida.

– Me alegro de que te desahogues. Ahora me puedes soltar.

– Si matan a mi hijo, yo mataré al tuyo.

– Suéltame.

Mitchell soltó a Jargo y éste le apartó la mano cuidadosamente.

– Esto es lo que quieren tus enemigos. Que nos agarremos por el cuello el uno al otro.

Mitchell le entregó la pistola.

– Evan a salvo. Eso no es negociable. Cuando lo recuperemos podré controlar a mi hijo.

– Haré cuanto pueda para traerlo a casa. Ten por seguro que será el secreto mejor guardado de la agencia. Recursos, gente, todos dejarán sus tareas habituales para ayudarlo a esconderse y a ir contra nosotros. Mis ojos en la agencia buscarán esas señales. Un idiota bien intencionado de la agencia preparará una guerra secreta contra nosotros, y nosotros lo combatiremos con nuestro propio Pearl Harbor.

– Será casi imposible recuperarlo.

– En cierto modo -dijo Jargo-, creo que puede ser fácil. Lo que necesitamos es convencerlo de que vuelva con nosotros.

Fue al piso de abajo a preparar la tortilla. La escalera curva de ciprés estaba llena de sombras; no le gustaba que las luces fuesen demasiado brillantes en el refugio. Incluso con todas las ventanas cuidadosamente selladas y cubiertas, demasiada luz brillaría como un faro en la inmensa oscuridad y podría atraer una atención no deseada.

La cocina del refugio vacío era grande y estaba levemente iluminada. Dezz, con aspecto tosco y taciturno, estaba comiendo una barra de caramelo sentado en un taburete. El televisor sintonizaba la CNN.

– ¿Algún detalle importante? -preguntó Jargo.

– No. Unas cuantas personas sufrieron heridas leves con las prisas de salir del zoo. No hubo arrestos ni hay sospechosos. Pero no mencionan ninguna cinta de vídeo nuestra -Dezz masticaba el caramelo-. Cuando los pillemos me quedaré con la puta. Es toda mía. Hazle tus preguntas y luego dámela a mí. La Navidad llegará pronto este año.

– Si Evan tiene la lista de clientes y se la entrega a la CIA, tendrán bajo vigilancia a esos objetivos. No sólo a nuestros clientes de la CIA, sino a todos los demás. Pero despacio. No pueden destinarnos demasiados recursos de golpe sin que alguien se ponga a hacer preguntas incómodas.

– ¿Entonces?

Podía compartir con Dezz lo que no se atrevería a compartir con Mitchell.

– Hay pocos agentes de la CIA que nos conozcan. Hay un hombre cuyo nombre en clave es Albañil, pero no he sido capaz de descubrir quién es. Se supone que El Albañil es el encargado de arrancar de raíz los problemas internos de la CIA: problemas como utilizar asesinos independientes, vender secretos, cometer asesinatos no aprobados, robar a sociedades estadounidenses. Básicamente, El Albañil quiere cerrarnos el negocio.

– El Albañil.

– Carrie es un recurso que El Albañil tendrá que usar. Puede ser una bendición para nosotros.

– ¿Cómo?

– El modo en que la CIA utilice a Carrie nos dirá mucho de lo que realmente sabe sobre nosotros.

Sacó de la nevera los ingredientes para una tortilla. Cocinar lo tranquilizaría. Cortó verduras y pensó en una vida anterior, cuando era niño y observaba a la chica en que se había convertido Donna Casher, sentada al otro lado de una mesa de cocina regada por el sol, cortando las verduras con tranquila precisión. El sol siempre le había dado en el pelo de una manera que paralizaba a Jargo, y un deje de tristeza y remordimiento le llegó al corazón. Deseó haberle dicho, al menos una vez, cuánto le gustaban sus fotografías.

– ¿Sabes? El primer trabajo que tuvimos Mitchell, Donna y yo cuando decidimos trabajar por nuestra cuenta fue en Londres. Fue un éxito. Realmente simple: no requería a los tres, pero había una sensación de poder en matar los tres juntos. Una sensación de liberación.

– ¿Quién mató a quién? -preguntó Dezz.

– La víctima no importa. Fuimos Mitchell y yo quienes la matamos, aunque yo disparé primero. Donna se ocupaba de la logística. -Jargo abrió los huevos en un cuenco, los mezcló con leche y añadió el brécol y los pimientos-. Era nuestro primer trabajo, íbamos a cortar los lazos con nuestra antigua vida. Éramos tan conscientes de tomar nuestras decisiones… Antes nunca nos habían animado a deliberar tanto. Éramos más de apuntar y disparar, sin hacer preguntas. Toqué las balas que usaba hacía tantísimo tiempo como si fuesen un juguete antiestrés, o los últimos grilletes de una cadena que todos nosotros estábamos rompiendo.

Dezz se comió un trozo de caramelo.

– Yo sólo cambié un juego de cadenas por otro, Dezz.

Dezz no tenía una mente muy apta para la reflexión.

– Entonces, ¿cómo vas a recuperar a Evan y a Carrie? ¿O al menos a hacerles callar?

– Carrie le dirá a la CIA lo que sabe, que no es mucho. No puede traicionarnos lo suficiente como para hacernos daño. Puede darles descripciones, la dirección del apartamento en Austin, pero no mucho que puedan usar como prueba.

– Sé realista -dijo Dezz-. Si es una agente doble puede que tenga información, archivos… podría despellejarte.

– No tenía acceso a información.

– Tú no sabías lo que tenía, papá.

Jargo bajó el tono de voz.

– Desperdiciaste una oportunidad única de matarlos a los dos, así que cállate. -Puso mantequilla en la sartén ardiendo, y echó los huevos-. Intento cubrir todas las bases, incluso bases que ni siquiera sabes que están en el campo, Dezz.

– Tenemos que hacer las maletas y huir. Montar el chiringuito en algún otro sitio. Inglaterra, Alemania, Grecia… Vayamos a Grecia.

– No. No voy a desmontar años de sudor y trabajo. Aún elijo mis propias cadenas, Dezz.

Jargo notó cómo menguaba la sensación de fracaso. Estaba listo para actuar.

– No podrás recuperar a Evan.

Jargo terminó de cocinar los huevos y los puso en un plato.

– Coge este plato y una taza de café fuerte y llévaselo a Mitchell. Sé agradable; hace unos minutos amenazó con matarte si no recuperábamos a Evan sano y salvo.

Dezz frunció el ceño.

– No te preocupes -continuó su padre-. Evan pronto estará muerto, pero Mitchell no podrá culparnos de ello.


Capítulo 23

<p id="_Toc203056737">Capítulo 23</p>

Evan no se esperaba que hubiese niños.

Se imaginaba que el lunes por la mañana el zoo de Audubon estaría casi vacío, pero un considerable goteo de gente se dirigió al zoo cuando éste abrió sus puertas. En el pequeño aparcamiento, situado al borde del parque de Audubon, había dos autobuses escolares de una academia católica y tres minibuses con el logotipo de una comunidad de jubilados. Luego aparecieron los típicos turistas, que nunca faltaban en Nueva Orleans.

Pagó la entrada. Llevaba las gafas oscuras y la gorra de béisbol. Había pocos hombres que rondasen la veintena entre la multitud. Vio a El Turbio pagando en otra cola, con una gorra del equipo de los Astros y también gafas de sol. Mantenía la distancia y caminaba con el petate de Evan al hombro.

Evan se dio cuenta de que el zoo no era un lugar donde mucha gente caminase sola. Había familias, parejas y multitudes de estudiantes con profesores agobiados. Dio una vuelta en círculo, manteniendo la mirada en la multitud.

No había señales de su padre ni de Dezz. No tenía ni idea del aspecto de Jargo, y tampoco veía ninguna brigada de tipos con gafas de sol, audífonos y gabardinas que trabajaran para El Albañil. Sin duda, no se mostrarían de manera tan evidente.

Evan revoloteaba entre la marejada que formaba la multitud en la puerta de entrada. La noche anterior, en las habitaciones del hotel barato que él y El Turbio habían encontrado cerca del barrio francés, se había descargado un mapa del zoo de Audubon desde la página web y lo había memorizado; cada entrada y cada salida. El zoo daba por un lado a la verde extensión del parque de Audubon, y por las otras salidas a un edificio de la administración, calles laterales y un embarcadero del río Misisipi. Era un mapa genera Sospechaba que algunos caminos para los cuidadores de animales y para los empleados del zoo no aparecían en él.

Recordó los paseos con su padre, con una mano asida a él y otra con un helado pegajoso y derretido. Le encantaba el zoo. Se dirigió hacia la fuente principal de la plaza, que tenía estatuas de una hembra de elefante y su cría brincando bajo el chorro. Recorrió a paso lento y medido el camino de ladrillos flanqueado por palmeras, mirando hacia atrás como si fuese un turista y no tuviese prisa. Un grupo de colegiales se arremolinó alrededor de él, mientras un profesor intentaba mantenerlos a su derecha, donde los auténticos elefantes deambulaban por la Zona Asiática; otros niños observaban un restaurante situado a su izquierda, aunque era demasiado temprano para hamburguesas y batidos. Le gustaba disfrutar de un día en el parque, de lo mejor de la primavera en Luisiana cuando ésta aún es suave, antes de que el calor y la humedad del verano del pantano saturen el aire.

Había un banco largo y curvado, situado cerca de la fuente, que estaba vacío. Los escolares y las familias iban hacia el redil de los elefantes. La mayoría de la gente que había visto antes lo adelantó, pasando la fuente y dirigiéndose hacia el carrusel del zoo y la exposición de la jungla y el jaguar.

Evan divisó a un hombre caminando hacia él y clavándole la mirada. Era alto, con una cara atractiva y unos ojos azules tan fríos como trozos de hielo. Tenía el cabello con mechones grises. Llevaba un impermeable oscuro. El cielo amenazaba con lluvia, pero Evan creía que el hombre ocultaba algo bajo la gabardina. No pasaba nada. Evan también había escondido algo bajo su impermeable, pero no una pistola; era El Turbio quien llevaba una, ya que si Jargo o El Albañil cogían a Evan se la quitarían. Tenía el reproductor de música digital en el bolsillo e iba a decir que los archivos estaban en él. Sin discusiones. Sin buscar. Simplemente se los daría y dejaría que se preocupasen de descodificarlos si podían.

Evan observaba. Ni rastro de su padre.

– Buenos días, Evan -saludó el hombre con un tono de barítono.

Era la misma voz que había oído en la cocina, la misma que la del teléfono.

– ¿Señor Jargo?

– Sí.

– ¿Dónde está mi padre?

– ¿Dónde están los archivos?

– Respuesta equivocada. Usted primero. Déme a mi padre.

– Tu padre no necesita que lo rescaten, Evan. Está con nosotros por su propia voluntad. Lleva años trabajando para mí, igual que tu madre.

– No. Usted mató a mi madre.

– Estás confundido. La CIA mató a tu madre. Yo la hubiese salvado si hubiese tenido la oportunidad. Por favor, mira a tu derecha.

Evan obedeció. Había una zona de juegos para niños y después, al lado del restaurante, un patio con mesas y sillas para comer. Dezz y Carrie estaban en una mesa con toldo. Él la rodeaba con el brazo. Ella estaba pálida. Dezz dirigió a Evan una amplia sonrisa.

A Evan se le hizo un nudo en el estómago. «No.»

– Pero Carrie, ella es otro tema. Mi gente se la encontró cuando fue a tu casa en Houston para ayudarte a protegerte la mañana que asesinaron a tu madre. No podíamos dejar que la CIA la matase también, así que nos la trajimos con nosotros -Jargo habló con voz lenta y tranquilizante-. Todo esto ha sido un terrible error, Evan.

La habían encontrado. Eso explicaba el comportamiento de Carrie después de que él se marcharse a Austin. La habían obligado a dejar el trabajo para que no la echasen de menos y también a llamarlo para ver dónde estaba cuando iba en el coche con Durless.

– Carrie es totalmente inocente, Evan. Creo que es una buena chica. No le deseo ningún mal. Me gustaría dejarla marchar, y lo haré, tan pronto como me des los archivos. Tú y Carrie podréis hablar en privado. Luego puedo llevarte con tu padre. Está desesperado por verte.

Evan abrió la boca para decir algo, pero no le salió nada. Se quedó mirando a Carrie. Ella sacudió la cabeza muy despacio.

– ¿Sí o no, Evan?

Evan seguía esperando que los del gobierno se les echasen encima. Puede que El Albañil estuviese merodeando por allí cerca, observando la teatral escena, viendo quién rompía el empate. Pero no podía esperar siempre. Evan dijo:

– Carrie se irá de aquí, libre y tranquila. Le dirá a aquel guardia de seguridad que está allí que no se encuentra bien y que necesita ir a un hospital ahora mismo. Se la llevará una ambulancia y cuando esté a salvo me llamará a un número que yo le daré. Luego llamaréis a mi padre por teléfono y hablaré con él y entonces, y sólo entonces, os daré los archivos.

– Creo firmemente en los acuerdos, Evan. Jargo le puso a Evan una PDA cerca de la oreja y pulsó una tecla.

«Evan -dijo la voz de su padre. Mitchell Casher parecía cansado y desesperado-. No corres peligro con Jargo ni con nadie de su gente, sino con la CIA. Te equivocaste al no confiar en Jargo. La CIA mató a tu madre, no Jargo. Por favor, coopera con él.»

Jargo apagó la grabadora de voz.

– He cumplido uno de tus requisitos.

– He dicho por teléfono, no en una grabación. Podría haber dicho todo eso coaccionado. Podías haberle metido una bala en la cabeza al acabar de hablar.

– Déjame asegurarte que nunca le haría daño a tu padre -dijo Jargo-. Y no quiero tampoco hacerte daño a ti. Si no quieres venir conmigo, vale. Tú y Carrie os marcharéis cuando yo tenga los archivos.

– Como si pudiese confiar en ti.

– Si eso es lo que crees, es cosa tuya -comentó Jargo encogiéndose de hombros tranquilamente-. Si quieres creer que la CIA no te matará una vez que vuelvas a la calle, también es cosa tuya. Dame los archivos y tú y Carrie podréis marcharos de aquí si eso es lo que decides. Podréis vivir vuestra maravillosa vida juntos, aunque creo que la CIA hará que sea excesivamente corta. O puedes venir conmigo y te llevaré con tu padre y te protegeré de esos cabrones asesinos.

– Me prometiste a mi padre. No puedes decirme que no quiso venir aquí a verme.

– La cara de tu padre está saliendo en las noticias ahora mismo. Tú y él sois los principales desaparecidos del país. No se sentía cómodo viajando, especialmente ahora, cuando la CIA lo está buscando tanto como buscaba a tu madre.

– No te creo. Teníamos un trato y no lo estás respetando.

– El mundo cambia todo el rato, Evan. Sólo los tontos no cambian con él.

– Bueno, tu mundo acaba de cambiar. Mira por encima de los elefantes -dijo Evan.

– No tengo tiempo para juegos.

– No estoy jugando.

Jargo observó rápidamente el gentío que estaba alrededor del redil del elefante y miró de nuevo a Evan.

– Gracias por la bonita toma de perfil -dijo Evan-. Te están grabando. En formato digital y con una lente de gran alcance que me da una imagen muy clara de tu cara y de la de Dezz.

– No te creo.

– Tengo amigos del mundo de los documentales por todo este lugar. Si nos haces daño o nos matas a Carrie o a mí, saldréis en las noticias de la noche y no podrás reconocer la cámara de vídeo oculta hasta que mis amigos se marchen. Te dije cuáles eran mis requisitos para darte los archivos. Déjame hablar con Carrie. Ya.

Jargo la llamó por señas y Carrie fue corriendo hacia ellos. Dezz se quedó allí.

– Evan -dijo ella.

– Sin tocar.

Jargo levantó una mano y la retuvo.

– ¿Estás bien? -preguntó Evan en voz baja.

Ella asintió.

– Estoy bien. No me han hecho daño.

– Lo siento muchísimo -aseguró él.

Ella abrió la boca, como si deseara hablar, pero luego la cerró.

– Ella se marchará, tal y como dije -confirmaba Evan.

– No eres muy inteligente -dijo Jargo-. Has revelado demasiado. Hubiera dejado marchar a Carrie cuando me dieses los archivos. Pero ¿grabarme en una cinta? No, también la necesito.

– Cuando se haya ido. -Evan entrecerró los ojos-. Tan pronto como Carrie esté lejos de aquí y a salvo te daré la cinta y te entregaré un reproductor de música donde están guardados los archivos. No tengo copias, ¿entendido?

– No. Dame los archivos y la cinta, luego ella se va. Si tienes una cámara grabándonos es seguro que no te haré daño, si eso es lo que tanto te preocupa. Luego podremos marcharnos cada uno por nuestro lado, si es que estás tan decidido a no ver a tu padre -dijo Jargo.

Carrie se liberó de Jargo y abrazó a Evan. Sollozó en su hombro. Él la abrazó y olió el delicado perfume a melocotón de su pelo, pero mantenía su mirada fija en Jargo.

– Confía en mí -le susurró Carrie a Evan al oído. Luego sacó una pequeña pistola del abrigo y se la puso a Jargo bajo la barbilla-. Dile a Dezz que se marche o te atravieso el cuello.

Los ojos de Jargo se abrieron de par en par de la impresión.

Carrie agarró a Jargo y lo puso delante de ella y de Evan, entre ellos y Dezz.

– Está bien, Evan. Vamos a salir de aquí. Tiene una pistola en el bolsillo. Cógesela.

– Carrie, ¿qué demonios…?

– Haz lo que te digo, cielo -insistió Carrie.

Evan lo hizo, y sacó una pistola reluciente del abrigo de Jargo. Se arriesgó a mirar hacia el otro lado, hacia donde se hallaba realmente El Turbio, bajo el toldo situado al borde de la zona de restaurantes; llevaba el petate con un agujero en el lateral, con la cámara dentro.

Dezz, que se aproximaba corriendo, se detuvo a medio metro de ellos, mirando la pequeña pistola colocada contra el cuello de su padre. Carrie bajó el arma y apuntó con ella a Jargo en la espalda, donde no fuese tan visible.

– ¡Atrás, Dezz! -gritó Carrie. Bajó la voz y le susurró a Evan-: Evan, si se acerca más, dispárale.

Evan asintió, todavía aturdido.

– Evan, estás cometiendo un error -dijo Jargo-. Soy el único que puede ayudarte, no esta puta mentirosa.

A Dezz le temblaban los labios; miró a su padre y corrió unos trescientos metros hacia un lado. Agarró a una mujer joven que llevaba un carrito con un escandaloso niño pequeño. Le puso la pistola en el cuello, le dio la vuelta de un tirón y la puso entre él y Evan. La cara de la joven palideció del susto y del miedo.

– ¡Mierda! -exclamó Carrie.

– La cambiaré por ti -chilló Dezz.

Otra mujer le vio la pistola en la mano y comenzó a chillar llamando al guardia de seguridad, y echó a correr.

Carrie tiró a Jargo al suelo cuan largo era.

– Corre, Evan -le instó.

Dezz apartó de un empujón a su rehén, que agarró a su bebé y salió corriendo. Corría hacia Evan y Carrie, con la pistola en la mano y preparándose para disparar.

Los gritos estallaban a su alrededor. Carrie disparó por detrás de Evan. Dezz se puso a cubierto detrás del banco y de los arbustos.

A su alrededor la gente fue presa del pánico, se quedaba atónita durante un momento ante los disparos y luego salía en estampida para ponerse a cubierto o hacia la entrada; los profesores reunían a los niños y los padres llevaban en brazos a sus hijos.

Jargo agarró a Evan, pero éste le dio un puñetazo en la mandíbula que le hizo caer de espaldas sobre el banco.

Un guardia de seguridad del zoo avanzó hacia ellos chillando una orden.

– ¡Al suelo, ya!

Dezz disparó y una bala astilló el tronco de palmera al lado de la cabeza del guardia. El hombre se resguardó tras el grueso tronco.

Carrie agarró a Evan por el brazo.

– Corre si quieres vivir y recuperar a tu padre.

Evan obedeció y ambos se adentraron en la profundidad del zoo, esquivando a los turistas agachados. Miró hacia atrás. Ni rastro de El Turbio. Se habría mezclado con la multitud en retirada, habría escapado. Evan le había dicho que se asegurase de poner a salvo cualquier grabación que obtuviese de Jargo, independientemente de lo que le ocurriese a él.

– La entrada -dijo Evan- es por el otro lado…

– Lo sé -dijo Carrie-, pero nos pueden cortar el paso. Vamos por aquí.

Evan no discutió. Él corría más rápido y la agarró por el brazo.

Dezz se movía entre la multitud que huía, persiguiéndolos rápidamente.

Iba amenazando con la pistola obligando a la gente a apartarse de su camino y huir despavorida, con lo que le dejaba vía libre. Un hombre con una camiseta de Tulane se abalanzó sobre Dezz, y éste lo golpeó en pleno rostro con la pistola. El hombre cayó al suelo. Dezz y Jargo no redujeron la velocidad. Dezz le entregó a su padre una segunda pistola.

Evan y Carrie dejaron atrás la cancioncilla del carrusel del zoo y atravesaron el carril de un tranvía por el que el tren del pantano recorría el zoo. En la siguiente sección había animales de América del Sur. Evan buscó un cartel de salida o un edificio donde pudiesen esconderse. Siguieron corriendo por una pasarela de madera. A la derecha había un estanque cubierto de algas para un grupo de flamencos, y a la izquierda un trozo de tierra lleno de pinos, para las llamas y los guanacos. En la mitad de la pasarela había una familia con tres niños admirando los flamencos y sacando fotos.

– Salta la verja -dijo Evan.

No podían pasar por donde estaba la familia, ya que quedarían entre ellos y sus perseguidores.

Carrie saltó la división de madera y cayó en la exposición. Un pequeño rebaño de llamas los observó sin interés. El terreno, que había sido acondicionado para que el suelo de Luisiana se pareciese lo máximo posible al de la Pampa, era duro y polvoriento. Corrían hacia una densa arboleda de pinos situada cerca del perímetro posterior de la exposición.

– Que los árboles queden entre tú y ellos -dijo Carrie.

Se sumergieron en el pequeño laberinto de pinos. Una bala se estrelló contra los troncos.

– Salta la valla -exclamó él.

Subieron trepando a toda velocidad y cayeron al otro lado de la barrera en un camino sin pavimentar situado detrás de la exposición. Les llegó el fuerte olor a almizcle de los lobos de una exposición cercana. Recorrieron el camino de servicio. Los edificios de mantenimiento se encontraban a un lado y la parte posterior de las exposiciones sobre Sudamérica al otro. Intentaron abrir las puertas, pero estaban cerradas.

A través del follaje y de la valla, Evan vio a Jargo pasar al lado de la familia que estaba en la pasarela de madera y divisó a Dezz siguiendo sus huellas por la zona de América del Sur. Intentaban cercarlos entre los dos.

– Manten la cabeza baja. -Carrie lo agarró por la nuca-. Hay una cámara de seguridad ahí arriba y no quiero que te grabe la cara.

Él obedeció. Corrieron mirando al suelo. El camino de servicio no tenía salida. A su derecha había un edificio de piedra y de cristal en el que estaba una familia de jaguares. La Jungla de los Jaguares, que recreaba un templo maya, era la mayor atracción del zoo.

Se encaramaron a la valla, que estaba cerrada con candado, y cayeron en un camino de piedra para los visitantes que pasaba junto a los jaguares, que permanecían repantingados tras el grueso cristal. Uno de ellos les rugió, dejando al descubierto unos colmillos curvos.

Jargo entró en la plaza maya resoplando, vio a Carrie y le disparó. Una bala rebotó contra las esculturas de piedra mayas.

Los jaguares rompieron a rugir y a dar golpes contra el cristal.

Carrie y Evan corrían sin parar entre la densa maleza y los caminos de piedra. Pasaron junto a otro falso templo con monos araña y atravesaron una zona de juegos para niños que simulaba una excavación arqueológica. Tropezaron con un riachuelo bordeado de gruesos bambúes y se apresuraron a volver a la otra parte del camino de piedra. Unas cuantas madres y niños que deambulaban por allí se les quedaron mirando.

– ¡Hay un chalado con una pistola! -chilló Carrie-. ¡Pónganse a cubierto!

Las madres saltaron hacia los bambúes o bien fuera del camino para protegerse. Jargo pasó corriendo al lado de las mujeres, pero las ignoró.

– ¡Evan! -chilló-. ¡Puedo devolverte a tu padre!

Carrie se giró y le disparó. Jargo se ocultó entre los bambúes. Evan dejó atrás un cartel que decía «No pasar, sólo empleados del zoo», y Carrie lo siguió. Tenían que llegar hasta un edificio, pensó, un lugar donde pudiesen atrincherarse. Jargo huiría para evitar a la policía, que ahora mismo debía de estar entrando en el zoo.

Evan golpeó una pequeña valla, pasaron por encima y luego corrieron hasta otra valla.

– ¡Mierda!

Caimanes. Estaban al otro lado de la valla de un metro de altura, en una orilla, y más allá una franja estrecha de agua con espuma que conducía a la pasarela de madera del Pantano de Luisiana del zoo, donde los visitantes caminaban por encima del agua y admiraban a los reptiles desde una distancia segura. Dos de los caimanes tomaban el sol a unos cien metros de ellos.

Tras ellos sonó el silbido de una bala a través de un silenciador. El tiro alcanzó a Carrie en el hombro; se tambaleó y gritó. En la pasarela situada al otro lado del agua había una mujer que llamaba a gritos a la policía. Los altavoces clamaban pidiendo a todo el mundo que se dirigiese con calma hacia la salida.

– Movimiento equivocado, Carrie -dijo Dezz desde detrás de un árbol-. Equivocado, estúpido y jodidamente torpe.

Evan la sostenía con un brazo, apuntando con la pistola con la mano libre. Si se quedaban allí morirían. Los caimanes estaban rollizos y parecían satisfechos, así que probablemente no tendrían hambre. Al menos, eso esperaba. Vio a Dezz mirando a hurtadillas desde detrás de un árbol y le disparó un aluvión de balas, que obligó a éste a volver a la maleza; luego ayudó a Carrie a saltar la valla.

– Dezz… odia los reptiles -le informó ella-. Les tiene miedo.

Evan no estaba seguro de si le quedaba alguna bala. Le metió prisa al pasar junto a los caimanes, que estaban descansando. Evan tropezó con la cola de uno de ellos, que abrió su boca llena de dientes como cuchillas de afeitar y emitió un ruido defensivo. Pero luego el animal se marchó caminando lentamente, alejándose de ellos.

¿Olían la sangre? Evan no tenía ni idea.

– Vete -dijo ella-, déjame. Ponte a salvo.

– No, vamos.

Dezz cargaría sobre ellos, ya que Evan había dejado de disparar. Vio a Dezz acercándose con gran precaución. Evan quiso disparar, pero tenía el cargador vacío. Él y Carrie se metieron de un salto en el agua cubierta de espuma verde. Evan oyó silbar una bala sobre sus cabezas.

Sostenía la pistola de Carrie fuera del agua, pero no podía nadar, ayudar a Carrie y disparar al mismo tiempo. La distancia hasta la pasarela de madera parecía larguísima. La gente que estaba en la pasarela se dispersó, las madres huyeron con los niños y un hombre pegaba gritos por un teléfono móvil.

Dezz puso un pie sobre la valla con cautela; apuntaba con la pistola a los caimanes, que parecían tan poco interesados en él como en Evan y Carrie.

Evan movía los pies hacia atrás, empujando a Carrie y pensando: «Si Dezz nos apunta, se acabó».

– ¡Ayúdenos! -gritó hacia la pasarela.

El hombre del teléfono móvil le indicó a Evan con gestos que nadase hacia la derecha.

Había un tronco entre ellos y la pasarela, pero un terror repentino, aunque ya conocido, le subió por la espalda al comprobar que no era un tronco. Era un caimán, mirando en otra dirección y apenas sumergido, ajeno al jaleo que había detrás de él.

Evan empujó a Carrie hacia un lado y golpeó el agua con la mano para alejar al caimán de ella. Carrie caminó torpemente hacia la pasarela. Evan oyó un silbido tras él. Uno de los caimanes de la orilla abrió de nuevo la boca, enfrentándose a Dezz, y éste retrocedió, volviendo a poner una pierna en la valla. Parecía furioso y asustado.

«Se mueven más rápido en el agua -pensó Evan. Su lógica se puso en funcionamiento-. Carrie está sangrando, ¿les atrae la sangre como a los tiburones?» Carrie llegó a los soportes de madera, el hombre del móvil le ofreció la mano mientras otro hombre lo agarraba a él, y ambos subieron a la chica a la pasarela.

Evan se alejó del rastro que Carrie había dejado en el agua. El caimán giró hacia Evan. Evan nadaba con dificultades y esperaba el tirón que le arrancaría la pierna. Se acercó torpemente hasta la pasarela y levantó un brazo. Los hombres tiraron de él y lo subieron. Unos cien metros detrás de él, el caimán abrió sus fauces con bravuconería, luego se calmó y miró a Evan con una mirada indefinida. Evan estaba empapado y lleno de suciedad, y se tumbó sobre la madera. Uno de los rescatadores le arrebató la pistola de la mano.

– ¡Por favor! -dijo Evan-. ¡La necesito!

– De ninguna manera, gilipollas. -El hombre del móvil le puso a Evan la mano en el pecho, empujándolo contra la valla-. He llamado a la policía, te quedas aquí.

Evan se giró y miró la orilla. Dezz se había ido, había sido engullido de nuevo por el bambú. No había rastro de Jargo.

– Le han disparado de verdad -afirmó el otro hombre-, Dios mío.

Evan agarró la mano a Carrie y apartó al tipo del móvil de un empujón antes de que ambos empezaran a correr. El hombre les gritaba que se detuviesen. En la plataforma había mecedoras típicas de Luisiana, en las que estaban sentadas dos señoras mayores que se quedaron heladas del miedo, agarrando los bolsos mientras Evan y Carrie pasaban corriendo. Al final de la pasarela había una tienda de regalos y justo después de la puerta una verja, la cual saltaron. El siguiente camino llevaba hasta un vivero de plantas, construido para parecer una choza vieja, con pequeños botes atracados en una laguna situada enfrente. Más vallas, cubiertas de hiedra y bambú formaban una cortina que tapaba un camino de servicio.

Evan levantó a Carrie para que pudiese pasar al otro lado. Tenía el hombro cubierto de sangre y jadeaba mientras subía. Tropezó con la hiedra y cayó de cabeza sobre el matorral de bambú que estaba al otro lado de la verja. Se subió a la valla y vio a Jargo acercándosele por la derecha y a Dezz por la izquierda.

– Déjalo, Evan -gritó Jargo-, déjalo ya.

– Quédate ahí o esa cinta emitirá vuestra cara en todos los informativos de la noche.

La cara de Jargo mostraba indecisión:

– Si te vas, no volverás a ver a tu padre.

Evan se subió a la valla. Una bala le pasó a un centímetro de la mano mientras se dejaba caer en el mitad de la maleza.

Carrie lo agarró y ambos corrieron, escuchando el sonido de las balas al impactar en los bambúes. Luego el ruido cesó. Evan estaba seguro de que los dos hombres sólo se habían detenido para saltar la valla y perseguirles. Corrieron hacia un camino asfaltado que se usaba para el tranvía. Los empleados se alejaban de ellos en un carro de golf, gritando por el walkie-talkie. Saltaron otra valla y llegaron a trompicones a un tramo de aparcamiento y la pradera situada en el límite del zoo. Miró hacia atrás. Ni rastro de Dezz ni de Jargo; no habían saltado la valla.

Corrieron alrededor del zoo, escuchando cómo se aproximaban los silbidos de las sirenas.

– ¿Te duele? -preguntó.

Era la pregunta más estúpida que jamás había hecho.

– Podré seguir. ¿Tú estás bien? ¿Te han dado?

– No, estoy bien. ¿Cómo…?

«¿Cómo conseguiste escapar? ¿Cómo pudiste salvarme?» La miró como si no la conociese.

– Saldremos de aquí, maldita sea -dijo.

Más allá del aparcamiento veían el brillo de las luces de los coches de policía situados cerca de la entrada principal.

– Ven aquí. -La sujetó-. Te conseguiré un médico.

– Nada de médicos. Evan, tienes que hacer lo que yo te diga. Llevo protegiéndote desde el primer día. Siento haber tenido que mentirte. -Su voz se hizo más débil, hasta convertirse en un simple susurro-. Trabajo con El Albañil.

Evan se paró en seco.

– ¿Qué?

Carrie estiró la mano hacia él, llena de sangre de taponar el hombro.

– Se suponía que yo… yo tenía que protegerte. Lo siento.

– ¿Protegerme? ¿Desde cuándo?

Lo llevó hasta un camino que atravesaba una franja de hierba verde.

– Jargo pensaba que trabajaba para él. Pensaba que te iba a matar hoy. Pero nunca te haría daño. Nunca.

Esto no era lo que él esperaba. La llevó corriendo hasta la camioneta que había robado en Bandera. Las sirenas sonaban más fuerte.

«Confía en mí», le había dicho Carrie. Él estuvo a punto de decir que no podía abandonar a El Turbio. Pero si le hablaba de él y ella lo estaba conduciendo hacia una trampa, entonces El Turbio caería en la red de El Albañil. Se calló y esperó que El Turbio hubiese escapado entre el tumulto.

La colocó con cuidado en el asiento del acompañante, buscando a su alrededor frenéticamente a Jargo y a Dezz.

Carrie se derrumbó, la sangre manchaba el asiento.

– El Albañil y yo somos de la CIA, Evan -dijo-. Se supone que no debo decírtelo, pero tienes que saberlo.

Apretaba los dientes para aguantar el dolor.

De la CIA. Como Gabriel. La gente que Jargo decía que había matado a su madre.

No, no podía creer a Jargo.

– Ahí están -dijo mientras se subía a la camioneta-. El Land Rover plateado.

Dezz y Jargo intentaban pasar entre los coches de policía que habían respondido a la llamada. Evan no veía a El Turbio por ninguna parte entre la masa de gente que se arremolinaba en el aparcamiento. Había una ambulancia parada con las luces encendidas, pero los enfermeros no estaban subiendo en ella ni a El Turbio ni a ninguna otra persona.

– ¡Agárrate!

Evan piso a fondo el acelerador y atravesó el aparcamiento y luego la extensión de césped. Se dirigía hacia la calle Magazine, que recorría la parte delantera del zoo y la separaba del parque de Audubon.

– ¡Jargo nos ha visto! -dijo-. No estás preparado para conducir un automóvil mientras te persiguen, Evan.

– Aprendí a conducir en Houston -respondió él, embriagado por el temor y la energía.

El coche salió corriendo por la calle Magazine. Evan le dio a la bocina de la camioneta y se subió al bordillo para entrar en el recinto del parque de Audubon. «Piensa. Piensa lo que harán ahora y prepárate para ello. No puedes cometer ni un solo error.» Por el espejo retrovisor vio cómo el Land Rover casi chocaba con otro coche y luego los perseguía a través del jardín que estaba situado entre el aparcamiento y la calle Magazine; Jargo hacía sonar la bocina a su vez.

Los corredores de media mañana que atravesaban la zona pantanosa del parque miraban a Evan mientras recorría la hierba a toda velocidad, esquivando los robles. La parte norte del parque de Audubon daba a la concurrida avenida de St. Charles, y a las vecinas universidades de Loyola y Tulane, situadas al otro lado de la avenida. Había olvidado que en St. Charles todo el mundo aparcaba en paralelo, y esa mañana los coches cubrían cada centímetro del bordillo que rodea el parque. Unos enormes cilindros de hormigón bloqueaban la puerta principal del parque.

No había salida.

Giró hacia la izquierda y vio una salida a St. Charles y a la calle Walnut, la esquina más alejada del parque. Era una zona donde no se podía aparcar y que atravesaba una vieja propiedad que había sido rehabilitada como hotel. La camioneta salió con dificultades a Walnut y giró inmediatamente a la derecha hacia St. Charles.

Empezó a sentir pánico, ya que St. Charles no era una pista de carreras. Cada pocos bloques había semáforos. La mediana era ancha y en ella había dos raíles de tranvía con sus trenes verdes recorriendo las vías en ambas direcciones; desde ellos se asomaban turistas que sacaban fotos a enormes mansiones o a los restos de los adornos descoloridos de un pasado Mardi Gras que todavía pendían de las señales. Si no había semáforos había un cruce de vías que atravesaba la mediana y coches que giraban para volver a la avenida.

Pero a las diez y veinte de la mañana el tráfico no era muy denso. Oyó un estruendo, un ruido sordo. El Land Rover salió del parque de Audubon detrás de él, circulando por una salida situada en la esquina contraria del parque de la que él había salido. Unos disparos impactaron en el parachoques y el Land Rover aceleró hasta acercarse a la parte trasera de la camioneta.

– Está disparando a las ruedas -informó Carrie temblando, conmocionada y empapada con la sangre que le traspasaba la blusa.

Delante de ellos, un semáforo en rojo. Los coches se estaban deteniendo.

Evan giró bruscamente y se metió en la mediana del tranvía. Rozó una hilera de arbustos y puso la camioneta sobre las vías para no chocar contra los postes de metal que suministran electricidad al tranvía. Pisó a fondo el acelerador.

Recibieron un disparo por la derecha, que rompió la luneta trasera. Los fragmentos de cristal se le clavaron en la parte de atrás de la cabeza.

Carrie dijo:

– Conduce con cuidado, por favor.

– ¡Por supuesto! -le contestó chillando.

No había nadie girando en la mediana, así que pasó a toda velocidad el cruce con el semáforo. Por el retrovisor vio cómo el Land Rover saltaba también a la mediana. Aceleró más.

Delante de ellos había un monovolumen que merodeaba por la mediana, esperando a que se abriese el paso al tráfico. Desde las ventanillas, dos niños observaban cómo la camioneta se dirigía a toda velocidad hacia ellos, y apuntaban con el dedo con sorpresa.

Evan giró de nuevo hacia St. Charles, esquivando por poco el monovolumen, y golpeó ligeramente un coche que estaba aparcado. Estaba asustado. No podía echarse más a la derecha, ya que había coches aparcados a lo largo de toda la avenida St. Charles y los jardines de muchas de las casas tenían muros o vallas. No había espacio libre para conducir. Tenía la mediana o la calle. Y ambas opciones eran malas.

Un disparo alcanzó de nuevo la parte trasera de la camioneta. En este tramo de la mediana los arbustos que la flanqueaban eran más grandes. Evan se metió otra vez en la mediana atravesándolos, ya que pensó que pondría menos vidas en peligro allí que en la calle, y luego atravesó otra intersección donde había un coche esperando para girar hacia la parte oeste de St. Charles. Luego vio un tranvía viniendo hacia él que ocupaba la parte izquierda de la vía, y tocó el claxon.

El conductor del tranvía agarró el micrófono de la radio y se puso a chillar por él. Evan giró hacia la izquierda haciendo rechinar las ruedas y el tranvía pasó entre él y Jargo.

Más adelante vio dos coches de policía, con las luces encendidas y las sirenas sonando. Evan se echó hacia la derecha dirigiéndose al centro de la mediana; otro tranvía se le acercaba y Evan se salió de las vías para volver a St. Charles. Giró a la derecha con dificultad, más para evitar chocar que como estrategia, y luego a la izquierda, entrando en una calle residencial con casas lujosas y coches aparcados en la calle. Luego giró de nuevo a la derecha.

– ¡Gira aquí, aquí! -dijo Carrie.

Señaló un aparcamiento que hacía esquina, con un edificio amarillo y brillante, antigüedades en la ventana y un cartel de neón que decía «Abierto». Evan comprendió la idea de Carrie. El aparcamiento y las salidas estaban detrás del edificio. Giró para entrar en el aparcamiento y detuvo el coche.

Esperó.

El Land Rover, con un lado abollado, pasó por la calle a toda velocidad. Evan contó hasta diez; luego hasta veinte. El Land Rover no volvió.

– ¿Y ahora qué?

Evan no reconocía su propia voz. Notaba el sabor del agua del pantano artificial en la boca y le temblaban las manos.

– La policía estará por toda St. Charles -dijo ella-. Vete por otra calle que nos lleve paralela a ésta. Dirígete hasta Lee Circle, desde allí podemos llegar a la interestatal. Al aeropuerto.

– Necesitas ir al hospital.

– Nada de hospitales. Nuestras fotos serán distribuidas a la policía pronto -dijo apretando los dientes.

Evan le apartó con cuidado la camisa del hombro. Vio la pequeña, pero terrible herida y tocó la espesa sangre.

– Necesitas un médico.

– El Albañil me conseguirá ayuda. -Cerró los ojos y le apretó la mano-. No tienes razones para confiar en mí, pero nos hemos salvado el uno al otro. Eso significa algo, ¿no?

No sabía qué decir.

Abrió los ojos.

– Un avión del gobierno puede llevarnos a un lugar donde estemos seguros. Donde podamos ocuparnos de recuperar a tu padre.

– ¿Qué hará la CIA para recuperar a mi padre? No es uno de ellos. Si trabajaba para Jargo es enemigo suyo.

– Tu padre podría ser nuestro mejor amigo. Con su ayuda y con la tuya podemos acabar con Jargo. -Se apoyó en la puerta-. Alguna gente de la CIA y Jargo… tienen un acuerdo. Jargo vende información a todos los países, a todos los servicios de inteligencia y a todos los grupos extremistas que puede. Estamos intentando encontrar sus contactos en la CIA, librarnos de los traidores. Le están vendiendo nuestros secretos de estado a Jargo. Llevo un año trabajando para él como agente doble.

– Sí -susurró.

– Nunca hemos podido identificar a ninguno de sus agentes, aparte de Dezz. Tiene toda una red. Tus padres… trabajaban para él.

Evan se tragó lo que parecía una roca en su garganta.

– No puedo seguir pretendiendo que son completamente inocentes en todo esto, ¿verdad?

– Nadie te puede decir lo que tienes que hacer. Ya he aprendido eso.

– Pero Jargo sabe que lo has traicionado y que me tienes a mí. Matará a mi padre.

– No. No quiere matar a tu padre, no entiendo por qué. Tu padre es la debilidad de Jargo. Tenemos que utilizarlo contra él.

Aeropuerto u hospital. Tenía que elegir. Confiar en la extraña que tenía a su lado o en la mujer a la que amaba. Encendió el coche y salió del aparcamiento. No había rastro de Jargo. Evan condujo hasta volver a St. Charles, atravesó Lee Circle y se dirigió hacia la autopista, que se unía a la Interestatal 10. Había poco tráfico. Agarró firmemente el volante.

– Así que tú me conocías antes que yo a ti -dijo.

– Sí.

– Así que nuestra relación fue un truco, puro teatro.

– No lo entiendes.

– No, no lo entiendo, no entiendo cómo pudiste mentirme.

– Lo hice para protegerte. -Su voz se elevó, estaba casi histérica-. ¿Me habrías creído si te hubiese dicho: «Eh, Evan, una red de espionaje independiente y la CIA están interesados en ti… ¿Vamos al cine?».

– Respóndeme a una pregunta.

– Lo que quieras.

– Mi madre. ¿Le dijiste a Jargo que yo iba a Austin? -Luchaba por controlar la voz.

– No, cariño. No. Jargo escuchó mi buzón de voz y oyó el mensaje.

«Si no le hubiese dejado a Carrie el mensaje mi madre estaría viva.» Lo invadió una ola de pena y miedo.

– No. ¿Por qué tuviste que marcharte ese día por la mañana? -Carrie estaba sufriendo, y se cubrió la cara con las manos-. Maldita sea, ¡contéstame! -gritó Evan.

Su voz sonó rota:

– Quería pedirle permiso a El Albañil para… dejar de vigilarte, para sacaros a ti y a tu madre de aquí y poneros a salvo; para olvidarme de desenmascarar a Jargo. Tenía que hablar con El Albañil a solas. Estaba allí. Cuando volví ya te habías ido.

– Y se lo dijiste a Jargo.

– No. No. Hice como si no supiera dónde estabas. Le dije que no había comprobado mi buzón de voz, que no había vuelto a tu casa.

– Le dijiste que yo te amaba, ¿verdad?

– Sí. -Cerró los ojos.

– Seguro que os echasteis unas risas.

– No, por supuesto que no.

– ¿Enviaste a la CIA a mi casa?

– No, el equipo de El Albañil es muy pequeño. No nos crearon para llevar a cabo grandes operaciones. No podemos revelar nuestra identidad a nadie que sea un posible sospechoso de traicionar a la agencia. Se supone que no trabajamos en territorio estadounidense.

– ¡Guau!, así que mi familia y yo somos realmente especiales -dijo Evan-. No sé por qué debería creerte ahora.

– Porque sigo siendo la misma mujer que conociste hace unos meses. Sigo siendo Carrie -tras unos segundos de silencio, continuó-: Te quiero. Te dije que no me amases, no quería que me lo dijeses, pero quería que fuese verdad. No quería hacerte daño, por eso quería salir de esto. Lo siento.

Se inclinó hacia delante, buscando a la policía en el espejo retrovisor.

– ¡Dios, esto duele!

«¿Alguna vez me amaste?»

Siguió sus indicaciones y paró en una tranquila oficina de aviación cerca del aeropuerto internacional Louis Amstrong. Delante, había dos coches aparcados.

– Dentro hay gente que trabaja para El Albañil. Su nombre auténtico es Bedford. Confiamos en ti: sólo hay tres personas en la CIA que conocen su verdadero nombre.

Evan la miró. Podía marcharse sin más, dejarla y que sus colegas la encontrasen, desaparecer y no volver a verla. No volver a escuchar otra mentira de su boca.

Pensó en aquella mañana tres días antes, despertándose y amándola con ensueño y certeza, antes de que se fuera. Pensó en lo hermosa que estaba la primera vez que la vio en la cafetería, leyendo muy concentrada aquel libro tan malo sobre cine. Tumbada esperándolo. La recordó en su cama, la dulzura de sus besos, mirándolo como si le fuese a estallar el corazón. Quizá su amor por él era mentira, pero él la amaba. Ella era lo peor que le podía haber ocurrido. Era su mejor oportunidad para hacer que su padre volviese a casa. Y ahora lo había salvado, lo había salvado de una muerte segura.

Evan la sacó en brazos del coche y llamó a la puerta de la oficina.


Capítulo 24

<p id="_Toc203056738">Capítulo 24</p>

Tener un hombre encarcelado era como comprar un viaje para su alma. Jargo había visto hombres confinados en una estrecha cárcel casera hablando con gente que ya hacía tiempo que estaba muerta; llorar y sollozar después de pasar días en absoluto silencio; un desgraciado se había ahogado él mismo en el retrete. La fuerza a menudo era superficial, la confianza, una táctica y la valentía, una máscara.

Ya conocía el alma de Mitchell Casher. Era un alma incapaz de traicionar a quien quería. Era un alma que confiaba en poca gente, pero esa confianza era tan profunda como las vetas de oro en la tierra.

Jargo entró en la habitación. Mitchell estaba tumbado en la cama con una pesada cadena alrededor de la cintura y de los tobillos, lo suficientemente larga como para permitirle llegar al aseo. Estaba sin afeitar y sin lavar, pero tenía un aspecto digno. La habitación olía a los paquetes de comida deshidratada que le había dejado, ya que él y Dezz no estarían para servirle como carceleros.

Se quedó de pie mirándolo, sin decir ni hola. Jargo encendió un cigarrillo. Llevaba quince años sin fumar. Tiró del humo con dificultad, lo inhaló y tosió como si nunca lo hubiese hecho antes. Observó la brasa incandescente del cigarrillo.

– Tengo miedo a preguntar -dijo Mitchell Casher.

– Y yo tengo que hacerte una pregunta difícil -indicó Jargo-, pero he de insistir en que seas honesto.

– Siempre he sido honesto contigo.

La voz de Mitchell estaba desgarrada, rota por el dolor por su mujer y el miedo por su hijo. Era igual que la del difunto señor Gabriel. Jargo le ofreció un cigarrillo y Mitchell negó con la cabeza. Podría soportar el encarcelamiento durante meses o años antes de derrumbarse, pero malas noticias sobre su hijo lo destrozarían en el momento, y Jargo lo sabía.

– Aprecio tu honestidad, Mitch. ¿Luchará Evan por ti?

– ¿Luchar por mí? No sé a qué te refieres.

Jargo se sentó enfrente de Mitchell Casher. El brillo de la luz, lo suficientemente alta en el techo para que el prisionero no pudiese alcanzarla, le estaba haciendo daño en los ojos. Ninguna ventana decoraba la habitación; Jargo las había tapiado con ladrillos hacía años después de un desafortunado accidente en el que estuvo implicado un trozo de cristal y la muñeca de un terco informante del régimen de Castro. Pero Jargo consideraba que Mitchell no se perdía nada. Fuera, las nubes se extendían como un cáncer en el cielo nocturno del sur de Florida.

– ¿Luchará por ti? ¿Intentará Evan recuperarte?

– No.

– He estado pensando largo y tendido en Carrie y en lo que ha hecho. No estoy seguro de que sea de la CIA; al menos ahora es independiente y se ha llevado a Evan para venderlo a él y la información al mejor postor. Y sospecho que ese postor será la CIA.

Mitchell puso la cabeza entre las manos.

– Entonces libérame. Déjame ayudarte a encontrarlo. Por favor, Steve.

– ¿Encontrarlo? Tú y yo difícilmente podemos entrar en la sede de la CIA en Langley y pedir que lo devuelvan ahora, ¿no?

– Lo matarán.

– Sí. Pero todavía no.

Jargo le dio otra calada al cigarrillo, y esta vez el tabaco le calmó los nervios. «Realmente uno nunca se olvida de cómo fumar -pensó-. Igual que nunca se olvida de cómo nadar, hacer el amor o matar.»

– No entiendo.

Aquel momento de la conversación era como cortar un diamante. Uno tenía que ser preciso para conseguir el efecto deseado, y no había segundas oportunidades.

– Evan me dijo que tiene una lista de nuestros clientes. También sabe mi nombre y que Dezz es mi hijo. Así que, o bien ha tenido contacto con la CIA, o bien incluso tiene más información. Información sobre nosotros, sobre quiénes somos.

Mitchell abrió los ojos de par en par.

– Todos nuestros clientes, Mitchell. ¿Te das cuenta de lo que podría significar para nosotros? Una cosa es que todos nosotros tengamos que desaparecer y empezar de nuevo. Eso ya es difícil de por sí. Pero ¿nuestros clientes? Si la CIA obtuviese esa información nunca podríamos reparar ese daño.

Jargo dirigió de nuevo la mirada a la brasa encendida.

– Te juro que no sabía que ella nos traicionaba -dijo Mitchell con voz ronca.

– Lo sé. Lo sé Mitchell. Si no, hubieses huido con ella. Lo sé.

– Entonces déjame ayudarte.

– Quiero soltarte. Pero no estás en condiciones de luchar. Podrías pensar en desaparecer y poner en peligro mi única oportunidad… -hizo una pausa- de recuperar a Evan sano y salvo para ti.

– La única oportunidad… Dime.

Jargo observaba cómo se consumía su cigarrillo. Esperó. Dejó sufrir a Mitchell.

– ¡Dios mío, Evan! -Mitchell se llevó las manos a la cara.

– No te veía llorar desde que éramos niños.

– Ellos mataron a Donna. Imagínate si tuviesen a tu hijo.

– Nunca cogerían a Dezz con vida. Ya sabes cómo es. -Jargo no miró a Mitchell-. Lo siento muchísimo.

Su voz se quebró. Jargo le puso la mano en el hombro.

– Entonces déjame ayudarte.

– Mitchell, dijo que tenía una lista de clientes.

– Apuesto a que mentía… Donna no habría compartido información con él. Su peor pesadilla era que descubriese la verdad sobre nosotros.

– Seamos realistas. Estaba en su ordenador. Donna tenía una maleta con su ropa para escapar. Se marchó sin esperar a su novia. Creo que lo sabía. Y puede que sepa lo que valen los archivos.

– Evan… no sabría cómo vender información. No conoce a nadie con quien contactar. Y no me haría daño.

– ¿Nunca le hablaste de tu pasado? ¿Ni una sola vez?

– Nunca. Lo juro. No sabe nada.

«Tú no quieres que lo sepa, pero no voy a correr riesgos», pensó Jargo.

– Estoy pensándome lo de intentar recuperar a Evan. Si planea luchar por ti no irá a la CIA simplemente con los archivos. Intentará llegar a un acuerdo, lo cual nos da un margen de tiempo. Pero ése es el riesgo que estoy calculando.

– No te entiendo.

Jargo se inclinó hacia delante y le susurró junto a la cara a Mitchel

– Tú sabes que tengo agentes trabajando para mí en la agencia.

– Lo sospechaba.

– Y clientes dentro de la agencia. Esa gente corre un gran riesgo si Evan desvela los archivos. Estarán perdidos. -Jargo saboreó de nuevo el humo y apagó el cigarrillo en un cenicero-. La gente que tengo en la agencia tiene todos los motivos del mundo para hacer que Evan vuelva a mí. A nosotros.

Le puso una mano en el hombro a Mitchell.

– ¿No le harán daño?

– No si les digo que me lo traigan con vida. -La mentira le salió fácilmente-. Pero, de cualquier modo, debemos alejar a Evan y la información que tenga de la agencia. Vivo, para que podáis estar juntos de nuevo.

– Por favor, Steve, déjame ayudar. Déjame ayudarte a encontrar a mi hijo.

Jargo se puso de pie. Tomó una decisión. Metió la mano en el bolsillo y abrió la cadena, liberando a Mitchell. Los eslabones formaron un charco de plata sobre el parqué.

Mitchell se puso de pie.

– Gracias, Steve.

– Ve a ducharte. Te prepararé la cena. -Le dio a Mitchell un leve abrazo-. ¿Qué te parece una tortilla?

Mitchell lo agarró por el cuello y lo empujó con fuerza contra la pared, le arrebató la pistola y le apuntó a la barbilla.

– Una tortilla suena genial. Pero, para que quede claro entre nosotros, tus agentes no le harán daño ni matarán a mi hijo. Hazles entender que lo necesitamos con vida.

– Me alegro de que te desahogues. Ahora me puedes soltar.

– Si matan a mi hijo, yo mataré al tuyo.

– Suéltame.

Mitchell soltó a Jargo y éste le apartó la mano cuidadosamente.

– Esto es lo que quieren tus enemigos. Que nos agarremos por el cuello el uno al otro.

Mitchell le entregó la pistola.

– Evan a salvo. Eso no es negociable. Cuando lo recuperemos podré controlar a mi hijo.

– Haré cuanto pueda para traerlo a casa. Ten por seguro que será el secreto mejor guardado de la agencia. Recursos, gente, todos dejarán sus tareas habituales para ayudarlo a esconderse y a ir contra nosotros. Mis ojos en la agencia buscarán esas señales. Un idiota bien intencionado de la agencia preparará una guerra secreta contra nosotros, y nosotros lo combatiremos con nuestro propio Pearl Harbor.

– Será casi imposible recuperarlo.

– En cierto modo -dijo Jargo-, creo que puede ser fácil. Lo que necesitamos es convencerlo de que vuelva con nosotros.

Fue al piso de abajo a preparar la tortilla. La escalera curva de ciprés estaba llena de sombras; no le gustaba que las luces fuesen demasiado brillantes en el refugio. Incluso con todas las ventanas cuidadosamente selladas y cubiertas, demasiada luz brillaría como un faro en la inmensa oscuridad y podría atraer una atención no deseada.

La cocina del refugio vacío era grande y estaba levemente iluminada. Dezz, con aspecto tosco y taciturno, estaba comiendo una barra de caramelo sentado en un taburete. El televisor sintonizaba la CNN.

– ¿Algún detalle importante? -preguntó Jargo.

– No. Unas cuantas personas sufrieron heridas leves con las prisas de salir del zoo. No hubo arrestos ni hay sospechosos. Pero no mencionan ninguna cinta de vídeo nuestra -Dezz masticaba el caramelo-. Cuando los pillemos me quedaré con la puta. Es toda mía. Hazle tus preguntas y luego dámela a mí. La Navidad llegará pronto este año.

– Si Evan tiene la lista de clientes y se la entrega a la CIA, tendrán bajo vigilancia a esos objetivos. No sólo a nuestros clientes de la CIA, sino a todos los demás. Pero despacio. No pueden destinarnos demasiados recursos de golpe sin que alguien se ponga a hacer preguntas incómodas.

– ¿Entonces?

Podía compartir con Dezz lo que no se atrevería a compartir con Mitchell.

– Hay pocos agentes de la CIA que nos conozcan. Hay un hombre cuyo nombre en clave es Albañil, pero no he sido capaz de descubrir quién es. Se supone que El Albañil es el encargado de arrancar de raíz los problemas internos de la CIA: problemas como utilizar asesinos independientes, vender secretos, cometer asesinatos no aprobados, robar a sociedades estadounidenses. Básicamente, El Albañil quiere cerrarnos el negocio.

– El Albañil.

– Carrie es un recurso que El Albañil tendrá que usar. Puede ser una bendición para nosotros.

– ¿Cómo?

– El modo en que la CIA utilice a Carrie nos dirá mucho de lo que realmente sabe sobre nosotros.

Sacó de la nevera los ingredientes para una tortilla. Cocinar lo tranquilizaría. Cortó verduras y pensó en una vida anterior, cuando era niño y observaba a la chica en que se había convertido Donna Casher, sentada al otro lado de una mesa de cocina regada por el sol, cortando las verduras con tranquila precisión. El sol siempre le había dado en el pelo de una manera que paralizaba a Jargo, y un deje de tristeza y remordimiento le llegó al corazón. Deseó haberle dicho, al menos una vez, cuánto le gustaban sus fotografías.

– ¿Sabes? El primer trabajo que tuvimos Mitchell, Donna y yo cuando decidimos trabajar por nuestra cuenta fue en Londres. Fue un éxito. Realmente simple: no requería a los tres, pero había una sensación de poder en matar los tres juntos. Una sensación de liberación.

– ¿Quién mató a quién? -preguntó Dezz.

– La víctima no importa. Fuimos Mitchell y yo quienes la matamos, aunque yo disparé primero. Donna se ocupaba de la logística. -Jargo abrió los huevos en un cuenco, los mezcló con leche y añadió el brécol y los pimientos-. Era nuestro primer trabajo, íbamos a cortar los lazos con nuestra antigua vida. Éramos tan conscientes de tomar nuestras decisiones… Antes nunca nos habían animado a deliberar tanto. Éramos más de apuntar y disparar, sin hacer preguntas. Toqué las balas que usaba hacía tantísimo tiempo como si fuesen un juguete antiestrés, o los últimos grilletes de una cadena que todos nosotros estábamos rompiendo.

Dezz se comió un trozo de caramelo.

– Yo sólo cambié un juego de cadenas por otro, Dezz.

Dezz no tenía una mente muy apta para la reflexión.

– Entonces, ¿cómo vas a recuperar a Evan y a Carrie? ¿O al menos a hacerles callar?

– Carrie le dirá a la CIA lo que sabe, que no es mucho. No puede traicionarnos lo suficiente como para hacernos daño. Puede darles descripciones, la dirección del apartamento en Austin, pero no mucho que puedan usar como prueba.

– Sé realista -dijo Dezz-. Si es una agente doble puede que tenga información, archivos… podría despellejarte.

– No tenía acceso a información.

– Tú no sabías lo que tenía, papá.

Jargo bajó el tono de voz.

– Desperdiciaste una oportunidad única de matarlos a los dos, así que cállate. -Puso mantequilla en la sartén ardiendo, y echó los huevos-. Intento cubrir todas las bases, incluso bases que ni siquiera sabes que están en el campo, Dezz.

– Tenemos que hacer las maletas y huir. Montar el chiringuito en algún otro sitio. Inglaterra, Alemania, Grecia… Vayamos a Grecia.

– No. No voy a desmontar años de sudor y trabajo. Aún elijo mis propias cadenas, Dezz.

Jargo notó cómo menguaba la sensación de fracaso. Estaba listo para actuar.

– No podrás recuperar a Evan.

Jargo terminó de cocinar los huevos y los puso en un plato.

– Coge este plato y una taza de café fuerte y llévaselo a Mitchell. Sé agradable; hace unos minutos amenazó con matarte si no recuperábamos a Evan sano y salvo.

Dezz frunció el ceño.

– No te preocupes -continuó su padre-. Evan pronto estará muerto, pero Mitchell no podrá culparnos de ello.


MARTES 15 de marzo

Capítulo 25

Capítulo 26

<p id="_Toc203056739">MARTES 15 de marzo</p>
<p id="_Toc203056740">Capítulo 25</p>

Evan observó las paredes acolchadas y éstas le devolvieron la mirada; las pequeñas abolladuras de la tela le recordaban unos ojos. Se imaginó las cámaras acechando tras la tela y se preguntó qué dramas habría presenciado esa habitación. Interrogatorios. Crisis nerviosas. Muertes. Una mácula descolorida manchaba la pared, más o menos a la altura de un hombre sentado; trató de imaginar cómo había llegado hasta allí y por qué no la habían quitado. Probablemente porque la CIA quería que contemplases esa mancha y lo que sugería.

Dos hombres de la CIA, uno de ellos piloto, los habían sacado de Nueva Orleans en avión privado. Evan les dijo que sólo hablaría con El Albañil. Ellos le aplicaron los primeros auxilios a Carrie, le dejaron solo y lo llevaron a aquella habitación después de que el avión aterrizase en un pequeño claro de un bosque. Una ambulancia privada con matrícula de Virginia y la inscripción «North Hill Clinic» se los llevó de allí. Luego, un equipo médico condujo a Carrie a otro lugar y un guardia de seguridad con un cuello enorme lo metió a él en esta habitación. Se sentó y reprimió las ganas de hacerle muecas a la pared: estaba seguro de que había cámaras observándolo. Estaba preocupado por Carrie y por El Turbio. También por su padre.

Se abrió la puerta y un hombre asomó la cabeza.

– ¿Te gustaría ver a tu amiga ahora?

A Evan se le ocurrió que quizás el hombre ni siquiera supiera el verdadero nombre de Carrie. También se le ocurrió que podía ser que tampoco él mismo lo supiese, pero dijo «Gracias» y siguió al hombre por un pasillo muy iluminado. Éste lo condujo a través de tres puertas. La habitación de Carrie no estaba acolchada, era una habitación normal de hospital. No había ventanas; la luz que alumbraba la cama era tenue y espeluznante, como el brillo de la luna en una pesadilla. Carrie yacía en la cama con el hombro vendado. Había un guardia en la puerta. Carrie dormitaba. Evan la observó y se preguntó quién era realmente, más allá de su apariencia. Le cogió la mano y la apretó. Ella siguió durmiendo.

– Hola Evan -sonó una voz detrás de él-. Pronto se recuperará del todo. Soy El Albañil.

Evan soltó la mano despacio y se giró. El hombre rondaba los sesenta, era delgado y tenía una expresión de amargura en la boca, pero sus ojos eran cálidos. Parecía el típico tío difícil. El Albañil le ofreció la mano y Evan la estrechó diciendo:

– Preferiría llamarte Bedford.

– Está bien -Bedford mantuvo una expresión impasible en el rostro-, mientras no lo hagas delante de otra gente. Aquí nadie conoce mi verdadero nombre.

Pasó por delante de Evan y le puso una mano en la frente a Carrie con gesto paternal, como si le estuviese tomando la fiebre. Luego llevó a Evan a una sala de conferencias situada al final del pasillo, donde había otro guardia vigilando. Bedford cerró la puerta al entrar y se sentó. Evan se quedó de pie.

– ¿Has comido? -le preguntó.

– Sí. Gracias.

– Estoy aquí para ayudarte, Evan.

– Eso dijiste la primera vez que hablamos. -Evan decidió tantear el terreno-. Ahora me gustaría irme.

– Vaya, creo que eso no sería muy inteligente. -Bedford juntó las yemas de los dedos-. El señor Jargo y sus socios te andarán buscando.

Su educación era como una reliquia de otros tiempos en los que se daba una importancia especial a los modales.

– Ése es mi problema, no el tuyo.

Bedford señaló la silla.

– Siéntate un momento, por favor.

Evan se sentó.

– Tengo entendido que creciste en Luisiana y Texas. Yo soy de Alabama -dijo Bedford-. De Mobile, una ciudad maravillosa; cuanto mayor me hago, más la echo de menos. Los chicos del sur pueden ser muy cabezotas, así que vamos a intentar no serlo nosotros

– Vale.

– Me gustaría que me contases lo que ha ocurrido desde que tu madre te llamó el viernes por la mañana.

Evan respiró hondo y le hizo a Bedford un relato detallado. No mencionó al Turbio ni a la señora Briggs. No quería causarle problemas a nadie más.

– Mi más sentido pésame por la muerte de tu madre -dijo Bedford-. Creo que debió de ser una mujer excepcionalmente valiente.

– Gracias.

– Déjame asegurarte que nos haremos cargo de todo lo relacionado con su funeral.

– Gracias, pero me ocuparé de su entierro cuando vuelva a Austin.

– Me temo que no podrás volver a casa.

– ¿Estoy prisionero?

– No, pero eres un objetivo, y mi trabajo es mantenerte con vida.

– No puedo ayudarte; no tengo esos archivos. Le dije a Jargo que sí, pero fue un farol para recuperar a mi padre.

– Cuéntame otra vez lo que te dijo tu padre exactamente, puesto que nos culpa de la muerte de tu madre.

Evan lo hizo; repitió la petición de su padre palabra por palabra lo mejor que pudo recordar. Bedford se sacó un paquete de caramelos de menta del bolsillo, le ofreció a Evan, que negó con la cabeza, y se metió uno en la boca.

– Vaya historia te ha vendido Jargo. Nosotros no matamos a tu madre; fue él.

– Lo sé. No estoy seguro de por qué le importa lo que yo piense.

– No le importa. Sólo quiere manipularte. -Bedford mordió el caramelo-. Debes de sentirte como Alicia cuando cayó por la madriguera del conejo en el país de las maravillas.

– Esto no tiene nada de maravilloso.

– El hecho de que sobrevivieses a un ataque y a un secuestro es bastante impresionante. El señor Jargo y sus amigos te han robado tu vida. Pusieron un alambre alrededor del cuello de tu madre y lo apretaron hasta sacarle el último aliento. ¿Cómo te hace sentir eso?

Evan abrió la boca para hablar, pero luego la cerró.

– Ésa es la clase de pregunta que haces en tus películas -continuó Bedford-. Las vi hace un par de meses. ¿Cómo se sentía aquel tipo de Houston, inculpado por la policía? ¿Cómo se sintió aquella mujer cuando su hijo y su nieto no volvieron de la guerra? Me sorprendió muchísimo. Eres un buen narrador de historias. Pero del mismo modo que un reportero sin alma, tienes que hacer la temida pregunta: «¿Cómo te hace sentir eso?».

– ¿Quieres saberlo? Los odio, a Jargo y a Dezz.

– Tienes todos los motivos del mundo para ello. -Bedford bajó la voz-. Por su culpa tu padre y tu madre te mintieron durante años. Sospecho que no fue una elección totalmente suya trabajar para Los Deeps, al menos durante todo el tiempo que lo hicieron.

– Los Deeps.

– Es como Jargo llama a su red.

Bedford juntó las yemas de los dedos.

– Gabriel dijo que era un espía independiente.

– Es cierto; compra y vende información entre gobiernos, organizaciones e incluso empresas, según sabemos.

– No lo entiendo.

– Nunca hemos podido probar de manera concluyente que exista.

– Yo lo he visto, y Carrie también.

– Esto es lo que sabemos. Hay un hombre que utiliza el nombre de Steven Jargo. No tiene registros financieros, no tiene propiedades y no viaja nunca con su propio nombre. Hay muy poca gente que lo haya visto más de una vez. Cambia de aspecto con regularidad. Tiene un chico, que supuestamente es su hijo, que trabaja con él y utiliza el nombre de Desmond Jargo, pero no hay ningún acta de nacimiento, archivos escolares ni ninguna documentación que verifique que llevase una vida normal. Tienen una red. No sabemos si son sólo unos pocos o un centenar. Por las veces que Jargo ha aparecido, sospechamos que tiene clientes, compradores de información y servicios en todos los continentes. -Bedford abrió un ordenador portátil-. Estoy a punto de darte una muestra extraordinaria de confianza, Evan. Por favor, no me decepciones.

Bedford pulsó un botón y activó un proyector conectado al portátil mediante un cable. En la pantalla apareció la imagen de un cuerpo, tendido sobre un suelo de baldosas y con una mano colgando sobre una piscina turquesa.

– Éste es Valentín Márquez. Se trata de un directivo financiero de Colombia al que nuestro gobierno no le tenía mucho cariño; tenía conexiones con los cárteles de droga de Cali, pero no podíamos tocarlo. Encontraron su cuerpo en este patio trasero; también mataron a cuatro de sus guardaespaldas. Surgieron rumores de que un oficial del Departamento de Estado de los Estados Unidos le pasaba dinero a un hombre llamado Jargo, y que fue él quien ordenó asesinar a Márquez. Dada la situación política, no era una actividad que quisiésemos desvelar: oficiales estadounidenses desviando ilegalmente el dinero de los contribuyentes a asesinos a sueldo.

Clic. Otra foto. Un dibujo de un soldado con un prototipo de mono ajustado.

– Éste es un proyecto en el que está trabajando el Pentágono: la nueva generación de chaleco antibalas para las tropas de combate. Uno de nuestros agentes, que intentaba robar datos sobre el programa chino de armas convencionales, encontró este diseño en el ordenador de un oficial superior del ejército en Beijing. Secuestramos al oficial y bajo coacción nos dijo que le había comprado los planos a un grupo llamado Los Deeps. Averiguamos que también intentaron vender el mismo prototipo de antibalas a un agregado ruso tres semanas después. Éste rechazó la oferta y, en lugar de eso, intentó robarle el prototipo al vendedor. El vendedor lo mató a él, a su mujer y a sus hijos. La tía de su esposa sobrevivió al esconderse en el desván, y vio al asesino. Su descripción se corresponde con la de Dezz Jargo, aunque el pelo era de un color diferente y en Rusia llevaba gafas. Dos meses más tarde, un importante vendedor de armas internacional ofreció un chaleco antibalas que coincidía exactamente con estas especificaciones. En resumen, Jargo trabaja a ambos lados de la barrera. Nos roba a nosotros y también nos vende.

Evan cerró los ojos.

– Ésos son los casos en los que podemos involucrar más claramente a Jargo. Hay otros en los que sospechamos que está relacionado, pero no podemos probar nada.

– No es posible que mis padres estuvieran relacionados con un hombre así. No puede ser.

– Eso es lo mismo que pensó Carrie; estoy seguro -dijo Bedford-. Su padre trabajaba para Jargo, y éste mató a su madre y a su padre. Mejor dicho, hizo que los mataran.

– Mierda.

– Su verdadero nombre es Caroline Leblanc. Después de una larga carrera en la inteligencia militar, su padre fundó una empresa de seguridad privada. Vino a la agencia y se reunió conmigo para informarme de que Jargo tenía agentes trabajando en la agencia, y que había gente de aquí dentro que compraba sus servicios. Le pedí que se quedase donde estaba y siguiera trabajando para Jargo, pero que me mantuviera informado. O bien éste lo averiguó o bien el padre de Carrie cometió un error. Jargo le hizo creer a ella que la CIA era responsable de la muerte de su padre, pero después de eso, Carrie vino a vernos y la informamos de algunos detalles adicionales que la convencieron de que Jargo estaba detrás del asesinato de sus padres. Pese a correr un gran riesgo personal, Carrie se unió a nosotros y se convirtió en una agente doble infiltrada en Los Deeps.

Evan recuperó la voz después de un momento.

– Jargo mató a su familia… y ella siguió trabajando para él. ¡Dios mío!

– Sí. Era difícil, pero sabía que había que hacerlo. Carrie es el único de nuestros agentes que se ha acercado a Jargo, aunque le ha visto cara a cara menos de cinco veces.

– Entonces, ¿quién la metió en mi cama? ¿Vosotros o Jargo?

Bedford dejó que las palabras se evaporaran en el aire.

– Un hombre como tú, que busca la verdad en el mundo, sabe que la vida es complicada. Yo le pedí que te vigilase. No le ordené que te besase ni que se acostase contigo, ni que cuidase de ti. No es quien tú creías que era pero… sigue siendo Carrie. ¿Tiene esto sentido para ti?

Yo no lo sabía.

– ¿Por qué estabais Jargo y tú interesados en mí?

– Por mí parte, sólo porque Jargo envió a Carrie a vigilarte. -Bedford se aclaró la voz-. Él quería saber cuál era tu próxima película.

– ¿Mi película? No lo entiendo. ¿No me vigilaba por mis padres?

– Eso es lo que cualquiera habría pensado. Pero lo que quería era que Carrie averiguase tus planes cinematográficos. Ése parece haber sido el origen de su interés por ti.

– Me quería para su red; como a Carrie.

– Posiblemente. Pero si así fuese habría hecho que tus padres te reclutasen, del mismo modo que John Walter habló con su amigo y con su hijo para que se convirtiesen en espías para los rusos.

Evan intentó recrear la imagen de sus padres y él manteniendo esa conversación, pero no pudo.

– Pero… Jargo nunca me dijo ni una palabra sobre mis películas. Dijo que tenía unos archivos que necesitaba. Quería intercambiarlos por mi padre.

– Le dijo a Carrie que los archivos eran información sobre sus clientes, sobre la gente de la CIA y sobre la que lo contrataba para hacer sus trabajos sucios. No sé por qué tu madre fue contra Jargo, pero lo hizo. Creemos que se puso en contacto con Gabriel para sacaros a ella y a ti. A cambio, le daría la lista de clientes de Jargo. Gabriel habría sacado a la luz la lista, para acabar con Jargo y avergonzar a la CIA… Lo despedimos porque nadie creía sus historias de que había espías independientes operando dentro de la agencia.

– ¿Cómo consiguió mi madre esos archivos?

– No lo sé. Debía de trabajar para Jargo.

– Así que Gabriel me decía la verdad. Bueno, en parte.

– Gabriel dejó que sus debilidades y sus prejuicios le nublasen la razón. Tanto aquí como cuando abandonó la agencia. Es muy triste. Le he pedido al FBI que lleve a su familia a un lugar seguro, que los oculte hasta que acabemos con Jargo. Tanto a la familia como al departamento les dijimos que Gabriel nos dio información sobre un cártel de droga antes de desaparecer.

– Así pues… ¿cuánto tiempo hace que Jargo le dijo a Carrie que se acercase a mí?

– Tres meses.

– ¿Cuándo robó mi madre esos archivos?

– No estoy seguro, pero creemos que se puso en contacto con Gabriel el mes pasado.

– Así que Carrie me vigilaba… antes de que mamá robase esos archivos. Esto no tiene ningún sentido. -Evan se puso de pie y caminó por la habitación-. Nunca pensé ni hablé de hacer un documental sobre espías ni sobre la CIA ni sobre temas de inteligencia de ningún tipo. ¿Por qué le diría a Carrie que me vigilase y se informase sobre mis películas?

– Nunca le dio una razón específica -dijo Bedford.

– Entonces, ella os ha hablado sobre las películas que he hecho o que puede que haga.

– Sí.

– Así que debéis de tener una idea de lo que despertó el interés de Jargo.

– Dime cuáles son los temas en los que habías pensado.

– Pero ¿no te informaba Carrie de todo esto?

– Me gustaría escucharlo de tus propios labios, Evan. Cuéntamelo todo. Esto puede ser la clave para localizar a Jargo, y si lo encontramos, recuperaremos a tu padre.

– ¿No lo matará sin más? Si mi madre lo traicionó pensará que mi padre también lo ha hecho.

– Carrie dice que Jargo ha sido bastante protector con tu padre; no estoy seguro del porqué. Ahora háblame de tus películas.

– Pensé en contar la historia de Jameson Wong, el financiero de Hong Kong. Tenía franquicias de varias marcas de lujo en la región, pero realizó malas inversiones, intentó ampliar demasiado el negocio y perdió su fortuna. Cuando se recuperó empezó a canalizar dinero de chinos ricos expatriados a grupos de apoyo a la reforma en China. Pasó de ser un gerente que sólo pensaba en sí mismo a ser la auténtica voz de la democracia.

– ¿Cómo lo elegiste?

– Leí un artículo sobre él en The New York Times. ¿Tiene alguna conexión con Jargo?

– Quizá. Continúa.

– Mmm, Alexander Bast. Era algo así como el rey de la escena social de Londres hace unos treinta años. Un gran apostador que se acostaba con muchas mujeres famosas. Un verdadero hombre del Renacimiento, a pesar de ser un juerguista. Regentaba tres famosos clubes nocturnos, pero también dos galerías de arte y una agencia de modelos. Lo perdió todo -creo que su contable se lo robó-, y luego fundó una pequeña editorial en la que publicaba libros de disidentes soviéticos. Más tarde lo asesinaron, durante un robo en su casa.

– ¿Cómo supiste de Bast?

– Bueno, sólo por el hecho de ser amigo de muchos famosos ya era bastante conocido. Pero hace unos meses fui al Reino Unido a dar una charla a la Escuela de Cine de Londres, y allí recibí un paquete anónimo que decía que Alexander Bast sería un buen tema para mi próximo proyecto cinematográfico. Incluía recortes sobre Bast, sobre su asesinato y sobre su vida.

– ¿No es un poco inusual que alguien te dé una idea para una película de manera anónima?

Bedford apoyó la barbilla en las manos y se inclinó hacia delante en la mesa.

– Todo el mundo tiene una idea para una película; casi todo el mundo que conozco me da alguna. -Evan bebió un trago largo de agua-. Pero sí, lo del paquete anónimo fue extraño. Nunca había oído hablar de Bast, ni de su historia: un rico juerguista que abraza el cambio social, era interesante, y seguro que fue un personaje intrigante. La mayoría de las ideas que me dan son muy aburridas, no dan suficiente jugo para una película.

– ¿Alguna vez averiguaste quién te dejó el paquete?

Evan se giró en la silla.

– El jefe del departamento de Documentales de la Escuela de Cine de Londres, Jon Malcolm, me dijo que un hombre llamado Hadley Khan había estado preguntándole si yo había dicho algo respecto a hacer una película sobre Alexander Bast. Le conté a Malcolm lo del paquete anónimo que había recibido, porque era raro.

– Hadley Khan.

– Sí. Pertenece a una adinerada familia pakistaní residente en Londres. Lo conocí en el cóctel que celebró la escuela de cine. Su familia dona dinero para algunas actividades culturales en Londres. Malcolm me dijo que Hadley le había mencionado mi trabajo un par de veces y que había presionado para que me invitasen a dar una charla en la escuela de cine. Me imaginé que Hadley había enviado el paquete.

– ¿De qué te habló en el cóctel? ¿Lo recuerdas?

Evan pensó, mientras el silencio invadía la habitación.

– Sólo pensé en ello más tarde, cuando quedó claro que era él quien me había enviado el paquete anónimo. -Cerró los ojos-. Me preguntó sobre mi próximo proyecto cinematográfico. Yo no hablo sobre mis ideas y le respondí educadamente que todavía no estaba seguro y, francamente, era cierto. Me dijo cuánto admiraba las biografías como punto de vista, que Londres estaba lleno de personajes fascinantes. Fue todo inofensivo e impreciso. Pero me acuerdo de su cara: me recordaba a un vendedor de coches novato preparándose para lanzar la oferta, pero sin las suficientes agallas para cerrar el trato.

– ¿Alguna vez le preguntaste a Hadley Khan sobre la información de Bast?

– No. Malcolm no me dijo que Hadley me había enviado el paquete hasta que estuve en Estados Unidos. Le envié un correo electrónico, pero nunca respondió. -Evan se encogió de hombros-. Era extraño, pero hace ya tiempo que aprendí que hay toda clase de gente que quiere acercarse al mundo del cine. Imaginé que, como tenía dinero, quería ser productor, salir en los créditos de una película. Es muy común. Pensé que sólo era un aficionado. -Evan movió la cabeza-. Definitivamente ahora suena más siniestro, sabiendo lo que sé.

– Alexander Bast era un agente de la CIA -dijo Bedford-. Un correo de bajo nivel. No era importante, pero aun así trabajó con nosotros hasta el día en que murió.

Evan se recostó en la silla.

– Nada en el material de Khan me hizo pensar que Bast tenía una conexión con la CIA.

– Normalmente no nos anunciamos -comentó Bedford secamente.

– Bast lleva muerto más de veinte años. Si existe una conexión con Jargo, ¿por qué tendría que preocuparse ahora?

– No lo sé. Pero eso tiene alguna relación con la razón por la que Jargo estaba interesado en ti. Bast era de la CIA, Jargo tiene contactos en la CIA. Tú estuviste en Inglaterra antes de que Jargo se interesase en ti. Y tu madre también.

– Tenía un trabajo de fotógrafa para una revista.

– O tenía que hacer un trabajo para Jargo.

Evan decidió abordar el asunto.

– Jargo dijo que tu gente mató a mi madre.

– Ya hemos hablado de eso. Mentía, por supuesto.

– Pero lo que estáis haciendo es ilegal. Lo último que sé es que se supone que la CIA no actúa en suelo estadounidense. Y sin embargo aquí estáis.

– Evan, tienes razón. Los estatutos de la CIA no permiten que la agencia realice operaciones clandestinas en territorio de Estados Unidos ni contra sus ciudadanos. -Bedford se encogió de hombros-. Pero Los Deeps son un caso muy especial. Si metemos al FBI en esto, complicaremos definitivamente la situación. Podemos actuar, y actuar con decisión.

– «Complicar» significa «revelar», y eso es lo que no quieres. El hecho es que en la agencia tenéis traidores y delincuentes en activo.

– No quiero que ellos sepan que los estamos vigilando. Todas nuestras actividades saldrán a la luz una vez que acabemos con los malos. El Congreso todavía nos supervisa, ¿sabes?

– Lo único que me importa es recuperar a mi padre de Jargo.

– Sin los archivos -indicó Bedford- no tenemos muchas opciones.

– No sé dónde están los archivos sobre Los Deeps.

– Oh, te creo. Si lo supieses nos los habrías dado.

Bedford cruzó las piernas.

– Mi madre debió de robarlos de algún sitio. Si esta red está tan fragmentada como dices, no pudo hacer fácilmente una lista de clientes. Tuvo que robar la lista de una fuente central. -Yo opino lo mismo. Evan se levantó y se puso a caminar. -Así que Jargo se interesa por mí porque se entera de que estoy haciendo una película que es una amenaza para él. Eso significa que tiene una conexión con Hadley Khan. Mete a Carrie en mi vida para vigilarme. Luego mi madre roba esos archivos… ¿Por qué? ¿Por qué se rebeló contra Jargo después de tanto tiempo?

– Quizá descubrió que Jargo estaba interesado en ti. Probablemente era una medida de protección.

La mente de Evan comenzó a dar vueltas. Su madre había firmado su sentencia de muerte al intentar salvarlo de Jargo.

– ¿Qué harás con la lista de clientes si la consigues?

– La CIA sólo tiene unas cuantas manzanas podridas. Creo que Jargo conoce a la mayoría. Acabaremos con ellos. Tenemos que detener a Jargo.

– Y que consigas la lista con los otros clientes de Jargo, ¿no te perjudica a ti?

– Por supuesto que no. Los británicos, los franceses y los rusos quieren conocer sus propias balas perdidas. Pero mi principal preocupación es limpiar nuestra casa. Si tú nos ayudases a descubrir dónde pudo esconder otra copia de los archivos, eso…

– Te lo dije, no tengo los archivos -dijo Evan-, así que lo que deberíamos hacer es robarlos de nuevo.

Bedford levantó una ceja.

– ¿Cómo?

– Ir a donde desaparecieron mis padres en Washington hace todos esos años. Encontrar otro camino para entrar en la organización de Jargo.

– Él habrá destruido los archivos.

– Pero no los datos básicos. Aún debe de tener una manera de hacer un seguimiento de los clientes, de los pagos que les hacen y de las entregas que él hace. Esa información todavía existe. Tenemos que abrir una brecha en su muro.

– Deja de decir «tenemos».

– Quiero recuperar a mi padre. No puedo quedarme en una habitación de hospital para siempre.

Bedford se inclinó hacia delante:

– Y crees que podrías hacerlo.

– Sí. Si comienzo a acercarme a Jargo él intentará cogerme. O pensará que estoy trabajando con vosotros y querrá cogerme para ver lo que sabéis.

– O atrapará a Carrie.

– No. Una vez casi la mata. No se acercará a él. -Evan negó con la cabeza-. Por cierto, ¿dónde estabas tú en Nueva Orleans? La enviaste sola.

– Carrie es una agente excelente, y muy tenaz.

– Bueno, en eso no fingía -dijo Evan, y se permitió sonreír por primera vez durante días.

Bedford soltó una pequeña risa.

– No, así es ella. Arriesgó todo por salvarte.

– No quiero que se acerque a Jargo.

– Pero no es algo que puedas decidir tú, ¿verdad?

– Busca otro agente.

– No puedo. La lucha contra Jargo no es un tema oficial en la CIA, hijo, porque no queremos admitir que es un problema. -Bedford volvió a sonreír-. Estás en una clínica secreta de la CIA en la Virginia rural. La gente de aquí cree que es un sanatorio para alcohólicos ricos. En nuestros libros tienes un nombre en código, un estudiante croata musulmán que no existe, que vive en Washington DC y que quiere comerciar con información sobre Al Qaeda en Europa del Este, sin éxito, por supuesto. Tu vuelo desde Nueva Orleans quedará registrado como si yo volviese de una reunión con un periodista de México que tenía información sobre un cártel de drogas que financia actividades terroristas en Chiapas. ¿Ves cómo funciona esto? No revelaremos nuestros planes hasta que identifiquemos a quién tiene Jargo de topo en la agencia. Nadie de ahí puede saber que vamos detrás de Jargo y de Los Deeps. De acuerdo con nuestros archivos, Carrie tiene que cubrir una operación en Irlanda que no existe. Tú no existes. Yo existo más o menos, pero todo el mundo cree que soy sólo un contable que viaja mucho comprobando los libros de la agencia. -Bedford sonrió de nuevo.

– Entonces déjame encontrar esos archivos. Tú no arriesgas nada, y soy el único a quien conoces que puede sacar a Jargo a la luz.

– Eres un civil. Carrie irá contigo.

– No.

– ¿Porque no confías en ella o porque la quieres?

– No quiero que le hagan daño otra vez -dijo Evan.

– Te salvó el culo, hijo. Quiere acabar con la gente que mató a sus padres, y lleva un año trabajando en esto. Es una joven extraordinaria.

Evan se puso de pie y recorrió la habitación.

– Sólo me gustaría… que hubieseis vigilado a mi madre en lugar de a mí. Debisteis haber comprobado los datos sobre mí y sobre mi familia cuando Jargo me asignó a Carrie.

– Lo hicimos. Tus padres tenían leyendas extremadamente buenas.

– ¿Leyendas?

– Antecedentes. No había nada que nos hiciese dudar de ellos hasta que volvimos y no encontramos fotos suyas en los anuarios del instituto en los que supuestamente habían estado.

– Entonces, ¿por qué no los estabais vigilando?

– Estábamos vigilando a tu padre, pero con mucha discreción. Pensábamos que tenía conexión con Jargo, igual que el padre de Carrie. Esta gente es buenísima; se dará cuenta de que los están vigilando a menos que esa vigilancia sea perfecta.

– Una vez más, no queríais revelar vuestros planes. Nos dejasteis a la buena de Dios.

– No sabíamos lo que estaba ocurriendo. No pudimos averiguarlo.

Evan lo aceptó.

– Si mi padre no estaba en Australia, como dijo mamá…

– Pasó las últimas semanas en Europa. Helsinki, Copenhague, Berlín. Lo perdimos en Berlín el jueves pasado.

Su padre eludiendo a la CIA. No parecía posible.

– O bien Jargo lo atrapó en Alemania o bien volvió a Estados Unidos sin que nosotros lo supiésemos, y luego Jargo le echó el guante.

– Si consigo recuperar los archivos, ¿qué nos ocurrirá a mi padre y a mí?

– Tu padre nos contará todo lo que pueda sobre Jargo y su organización a cambio de inmunidad procesal. Tú y tu padre tendréis una nueva vida e identidades nuevas fuera del país, por cortesía de la agencia.

– ¿Y Carrie?

– Tendrá una nueva identidad o seguirá trabajando con nosotros. Lo que ella prefiera.

– De acuerdo -aceptó Evan con tranquilidad.

– Me sorprendes, Evan. Pensaba que eras más egoísta.

– Si averiguo lo que hay en los archivos que robó mi madre no sólo tendré una herramienta de negociación para recuperar a mi padre, sino que también averiguaré la verdad sobre quiénes son. Sobre quién soy yo.

Bedford le sonrió.

– Eso es verdad. Podría ser el primer paso para recuperar tu vida.

– No tengo mi portátil, me lo dejé cuando escapé de la casa de Gabriel, pero sí tengo mi mp3… Creo que guardé allí los archivos que envió mi madre pero no pude descodificarlos de nuevo cuando los descargué por segunda vez, y llevaba el reproductor en el bolsillo cuando salté al agua en el zoo. Se ha estropeado.

– Dámelo. Intentaremos arreglarlo.

– Tengo un pasaporte de Sudáfrica que me dio Gabriel. -Evan se lo sacó del zapato-. Tenía otros pasaportes, pero los dejé en la habitación del hotel de Nueva Orleans.

Supuso que El Turbio se los habría llevado cuando huyó.

Bedford inspeccionó el pasaporte y se lo devolvió con una mirada crítica.

– Podemos mejorar tu color de pelo. Cambiarte el color de ojos. Hacer una foto nueva. Probablemente es mejor que el mundo siga pensando que sigues desaparecido. La prensa te acosaría si aparecieses ahora.

– De acuerdo.

– Evan, hay algo que tienes que entender. Un error y estarás muerto; tu padre estará muerto, y peor aún… Los Deeps huirán con todo.

<p id="_Toc203056741">Capítulo 26</p>

Carrie estaba despierta cuando Evan volvió a la habitación. El guardia cerró la puerta cuando entró, y los dejó solos.

– Eh, ¿cómo te encuentras? -preguntó él.

Carrie tenía delante una bandeja de la cena con comida reconfortante: sopa de pollo, puré de patatas, un batido de chocolate y un vaso de agua helada. Casi no había probado bocado.

– ¿No tienes hambre?

No sabía cómo empezar la conversación. Ella había permanecido inconsciente durante la mayor parte del rápido vuelo desde Nueva Orleans, y no habían podido hablar delante de los tipos de la CIA.

– La verdad es que no.

– Bedford ha dicho que la herida no pinta tan mal.

Carrie se puso colorada.

– Parece más bien hecha con un cincel que con una bala. Me alcanzó la parte superior del hombro. Duele y está entumecido, pero me siento mejor.

Evan se sentó en la silla atornillada al suelo, a los pies de su cama.

– Gracias por salvarme la vida -dijo.

– Tú me salvaste a mí. Gracias.

De nuevo un extraño silencio.

Se levantó y se sentó en la cama junto a ella.

– Ahora mismo no sé lo que creer. No sé en quién confiar.

Las palabras de El Turbio resonaban en su cabeza: «No confíes a menos que tengas que hacerlo».

Quizá Carrie había visto a El Turbio entre la multitud (quizá lo reconoció por El más mínimo problema), pero todavía no se lo había mencionado a Bedford. Para proteger a su amigo; para demostrarle, mediante el silencio, que podía confiar en ella, Evan no se atrevía a mencionar el nombre de El Turbio; probablemente la habitación tenía micrófonos ocultos. Sólo esperaba que él estuviese ahora a salvo y oculto.

– Confía en ti mismo -dijo Carrie.

Ahora sólo miraba la maraña de sábanas que rodeaban su cintura.

– ¿En ti no?

– No puedo decirte lo que tienes que hacer. No tengo derecho.

– Bedford dice que quieres ayudarme a recuperar a mi padre.

– Sí.

– Vas a correr un gran riesgo.

– ¿Qué es la vida, si no riesgo?

– No tienes que demostrarme nada.

– Tú y tu padre sois nuestra mejor esperanza para acabar con ellos. No es una cuestión de obligación, sino de ingenio. Lo único que quiero es acabar con Jargo y que tú estés a salvo.

Evan se inclinó y le dijo:

– Escucha. No tienes que seguir interpretando un papel. No tienes que seguir fingiendo que me quieres, ni siquiera que te gusto. Estaré bien.

– No te subestimes, Evan. Eres más fácil de querer de lo que tú piensas.

A Evan le subió el calor a la cara.

– ¿Por qué no me dijiste simplemente la verdad?

– No podía ponerte en ese peligro. Jargo te habría matado.

– Y tú habrías perdido la oportunidad de atraparlo.

– Pero para mí tú eres más importante que Jargo. -Cerró los ojos-. No me permití a mí misma encariñarme con nadie desde que mis padres murieron. Tú fuiste el primero.

Evan le cogió las manos.

– Bedford dice que Jargo mató a tu familia.

– La verdad es que no sé quién apretó el gatillo. Seguramente uno de los otros Deeps o un asesino a sueldo. Jargo no se mancharía las manos. Se aseguró de que estuviese con él y con Dezz cuando ocurrió. Quería que estuviese segura de que había sido la CIA.

– Háblame de tus padres.

Ella se lo quedó mirando y dijo:

– ¿Por qué?

– Porque ahora tú y yo tenemos muchísimo en común.

– Lo siento, Evan. Lo siento.

– Háblame de tu familia.

Ella le soltó las manos y se enroscó las sábanas entre los dedos.

– Mi madre no tenía nada que ver con Los Deeps. Era redactora en una pequeña empresa de publicidad directa. Era hermosa, buena y divertida; una gran madre. Yo era hija única, así que lo era todo para ella. Me quería muchísimo, y yo a ella. Jargo la mató cuando mató a mi padre. Eso es todo.

– ¿Y tu padre?

– Trabajaba para Jargo. Yo pensaba que tenía una empresa de seguridad. -Bebió un sorbo de agua-. Pero sospecho que a lo que se dedicaba habitualmente era al espionaje corporativo: buscaba personas dentro de las empresas dispuestas a vender secretos. O bien las ponía en situaciones comprometidas para obligarlas a venderlos.

– ¿Tu madre lo sabía?

– No. No hubiera seguido casada con él. Mi padre tenía una vida que nosotras desconocíamos.

– ¿Cuánto tiempo hace que murieron?

– Catorce meses. Jargo decidió que mi padre lo había traicionado y los mató a los dos. Hizo que pareciese un robo: robó sus anillos de casados y la cartera de mi padre. -Cerró los ojos-. Yo ya estaba trabajando para Jargo por medio de mi padre. Él me reclutó.

– Dios. ¿Por qué te metió tu padre en todo este lío?

Ella lo miró con ojos atormentados.

– No sé por qué… supongo que pensó que era mucho dinero, más del que estaba ganando yo. Me licencié en Derecho Penal por la Universidad de Illinois y entré a trabajar en la policía. Me dijo que podía ganar mucho más dinero trabajando en «seguridad corporativa».

Marcó con los dedos las comillas en las dos últimas palabras.

– ¿Qué tipo de trabajos hacías?

– Trabajos sin importancia. Hacía de intermediario entre Jargo y otros agentes o contactos de clientes. Rellenaba «buzones muertos», ya sabes, lugares secretos donde se dejan documentos y el cliente los recoge. Nunca veía a Jargo ni al contacto del cliente. Nunca conocía la ubicación del buzón muerto hasta el último minuto, así que para El Albañil era mucho más difícil vigilar. Cuando me mandó a Houston, hacía tres meses que no me encargaba ningún trabajo.

– Bedford dice que acudiste a él para luchar contra Jargo.

– Nunca me creí la historia del robo; mi padre estaba entrenado para luchar, no lo habrían cogido tan fácilmente. Yo estaba haciendo un trabajo en México DF y fui a la embajada. Me pusieron en contacto con un oficial de la CIA que envió rápidamente a Bedford en un avión. Me pidió que me quedase donde estaba, que siguiera trabajando para Jargo y que les diese toda la información que pudiese. Pero era difícil. Yo quería salirme; quería matar a Jargo de un disparo, quería matar a Dezz. Pero Bedford me ordenó que no lo hiciese. Necesitábamos acabar con toda la red y con sus clientes. Si yo los matase, otro Deep tomaría el mando y estaríamos de nuevo como al principio.

– Todavía no entiendo cómo no pueden atrapar a ese tío.

– Evan, Jargo es extraordinariamente cuidadoso y lleva mucho tiempo haciendo esto. Yo recibía las instrucciones codificadas, en lo que parecía un correo electrónico inocente. Luego recogía de un buzón muerto el material para el cliente que otro Deep había robado e iba a un segundo buzón muerto, que a menudo estaba en otra ciudad u otro país, y lo dejaba allí. Si la CIA atrapaba a quien recogía las mercancías, Jargo sabía que su red se desharía y que no podríamos acercarnos más. Lo mejor que podía hacer la CIA era sustituir la información que yo dejaba por información que era similar, pero no tan correcta. Nunca utiliza el mismo correo electrónico más de una vez. Todo lo gestionan terceras empresas que no son más que tapaderas, y siempre que puede paga en efectivo. Es realmente difícil detenerlo. Ha matado a cuatro personas en los últimos días. -Le vinieron las lágrimas a los ojos-. Pensé que podría hacerlo sola, pero no pude.

Evan le besó las manos y se las colocó de nuevo sobre la manta.

– Encontraré los archivos que robó mi madre. Jargo aún tiene a mi padre y lo traeré de vuelta. ¿Sabes dónde está?

– Creo que en Florida. Jargo tiene una casa de seguridad allí, pero no sé dónde.

– Bedford ha accedido a ayudarme.

– Deja que Bedford te esconda, Evan. Si tu padre puede escapar de Jargo…

– No. No puedo esperar. No puedo abandonar a mi padre. Bedford ya me dijo que no podría convencerte de esto. ¿Me ayudarás?

Ella asintió y le cogió la mano.

– Sí. Y…

– ¿Qué?

– Sé que ahora es difícil confiar en alguien, pero puedes confiar en Bedford.

– De acuerdo.

Carrie le puso la mano en la mejilla.

– Túmbate aquí conmigo.

– No quiero hacerte daño en el hombro.

Ella esbozó una pequeña sonrisa.

– Tú sólo túmbate a mi lado, campeón.

Se apartó un poco y él se estiró junto a ella y la abrazó, y ella se quedó dormida con la cabeza en su hombro en pocos minutos.


Bedford estaba sentado, mirando por un monitor a Carrie y a Evan tumbados en la cama de hospital, susurrando bajito y hablando. El amor a los veinticuatro años. La intensidad de ese sentimiento era lo que podía asustar a un hombre, su certeza, la creencia de que el amor era una palanca que movía el mundo. Ya había bajado el volumen; no necesitaba escuchar lo que decían. Era un espía, pero no quería espiarlos a ellos, ahora no.

Carrie dormía y Evan miraba al infinito. «Me pregunto cuánto sabe realmente, o lo que de verdad sospecha.»

– ¿Señor? -dijo una voz detrás de él; uno de sus técnicos.

– ¿Sí?

El hombre sacudió la cabeza.

– El reproductor musical está estropeado… no podemos recuperar ningún archivo codificado de su interior. Sea cual sea el proceso que utilizaron, no quedó ningún otro archivo oculto dentro de los archivos musicales cuando los pasó al reproductor. Lo siento muchísimo.

– Gracias -respondió Bedford.

El técnico se marchó cerrando la puerta tras él.

Bedford apagó los monitores al cabo de un momento y fue a la cocina de la clínica para hacerse un bocadillo.

Escuchó un ruido a su espalda después de extender la mayonesa sobre el pan de centeno.

Evan estaba de pie detrás de él con una sonrisa ligeramente torcida.

– Sé por dónde empezar. Podemos hacer un movimiento al que Jargo nunca se podrá anticipar.


Galadriel leía los archivos del ordenador mientras bebía un descafeinado y comía un donut de chocolate. Sabía que no debía, pero el estrés despertaba su apetito por los hidratos de carbono. Había pirateado el acceso a la base de datos de la Administración Federal de Aviación para examinar todos los despegues de Luisiana y Misisipi desde que Jargo y Dezz habían perdido a Carrie y a Evan en Nueva Orleans. Todos los vuelos contabilizados, registrados, apuntados, pero ninguno había ido a un sitio al que no debiese ir. Y aquello significaba que no habían cogido un avión sino que habían salido de Nueva Orleans en coche, o incluso que aún seguían en la ciudad.

Sin embargo, ya había mirado todos los registros hospitalarios y había rastreado las bases de datos, y en esa zona no había ingresado en un hospital ninguna chica que encajase con la descripción de Carrie. Tendrían que ampliar la búsqueda y cubrir Texas y Florida.

Sorbió el café y mordisqueó el donut. Qué lástima que Carrie fuese una traidora; le caía bastante bien, aunque nunca la había conocido en persona y sólo había hablado por teléfono con ella unas cuantas veces. Pero Carrie y Evan era jóvenes y estúpidos, y antes o después asomarían la cabeza con un documento de viaje o un pago a crédito, y Galadriel los vería. Luego Jargo soltaría a los perros y acabaría con esta confusión.

Tenía que seguir un protocolo poco usual; Jargo lo había diseñado hacía años para aplicarlo en caso de que la red corriese el peligro de ser descubierta. El modo de alarma. Galadriel era la encargada de controlar las líneas telefónicas que algunos Deeps utilizaban sólo para llamadas de emergencia, para asegurarse de que nadie escapase. Asimismo, debía poner en marcha un programa que ingresaría dinero blanqueado en bancos de todo el mundo. Y por alguna extraña razón, aquella noche Jargo añadió algunas peticiones: tenía que rastrear los patrones de llamadas entrantes y salientes de teléfonos móviles de una pequeña zona rural del sudoeste de Ohio. Identificar cada llamada y enviarle los datos a Jargo.

Se preguntaba qué demonios buscaba él exactamente en Ohio, qué posible peligro le acechaba en aquellos tranquilos caminos y campos.


Capítulo 25

<p id="_Toc203056740">Capítulo 25</p>

Evan observó las paredes acolchadas y éstas le devolvieron la mirada; las pequeñas abolladuras de la tela le recordaban unos ojos. Se imaginó las cámaras acechando tras la tela y se preguntó qué dramas habría presenciado esa habitación. Interrogatorios. Crisis nerviosas. Muertes. Una mácula descolorida manchaba la pared, más o menos a la altura de un hombre sentado; trató de imaginar cómo había llegado hasta allí y por qué no la habían quitado. Probablemente porque la CIA quería que contemplases esa mancha y lo que sugería.

Dos hombres de la CIA, uno de ellos piloto, los habían sacado de Nueva Orleans en avión privado. Evan les dijo que sólo hablaría con El Albañil. Ellos le aplicaron los primeros auxilios a Carrie, le dejaron solo y lo llevaron a aquella habitación después de que el avión aterrizase en un pequeño claro de un bosque. Una ambulancia privada con matrícula de Virginia y la inscripción «North Hill Clinic» se los llevó de allí. Luego, un equipo médico condujo a Carrie a otro lugar y un guardia de seguridad con un cuello enorme lo metió a él en esta habitación. Se sentó y reprimió las ganas de hacerle muecas a la pared: estaba seguro de que había cámaras observándolo. Estaba preocupado por Carrie y por El Turbio. También por su padre.

Se abrió la puerta y un hombre asomó la cabeza.

– ¿Te gustaría ver a tu amiga ahora?

A Evan se le ocurrió que quizás el hombre ni siquiera supiera el verdadero nombre de Carrie. También se le ocurrió que podía ser que tampoco él mismo lo supiese, pero dijo «Gracias» y siguió al hombre por un pasillo muy iluminado. Éste lo condujo a través de tres puertas. La habitación de Carrie no estaba acolchada, era una habitación normal de hospital. No había ventanas; la luz que alumbraba la cama era tenue y espeluznante, como el brillo de la luna en una pesadilla. Carrie yacía en la cama con el hombro vendado. Había un guardia en la puerta. Carrie dormitaba. Evan la observó y se preguntó quién era realmente, más allá de su apariencia. Le cogió la mano y la apretó. Ella siguió durmiendo.

– Hola Evan -sonó una voz detrás de él-. Pronto se recuperará del todo. Soy El Albañil.

Evan soltó la mano despacio y se giró. El hombre rondaba los sesenta, era delgado y tenía una expresión de amargura en la boca, pero sus ojos eran cálidos. Parecía el típico tío difícil. El Albañil le ofreció la mano y Evan la estrechó diciendo:

– Preferiría llamarte Bedford.

– Está bien -Bedford mantuvo una expresión impasible en el rostro-, mientras no lo hagas delante de otra gente. Aquí nadie conoce mi verdadero nombre.

Pasó por delante de Evan y le puso una mano en la frente a Carrie con gesto paternal, como si le estuviese tomando la fiebre. Luego llevó a Evan a una sala de conferencias situada al final del pasillo, donde había otro guardia vigilando. Bedford cerró la puerta al entrar y se sentó. Evan se quedó de pie.

– ¿Has comido? -le preguntó.

– Sí. Gracias.

– Estoy aquí para ayudarte, Evan.

– Eso dijiste la primera vez que hablamos. -Evan decidió tantear el terreno-. Ahora me gustaría irme.

– Vaya, creo que eso no sería muy inteligente. -Bedford juntó las yemas de los dedos-. El señor Jargo y sus socios te andarán buscando.

Su educación era como una reliquia de otros tiempos en los que se daba una importancia especial a los modales.

– Ése es mi problema, no el tuyo.

Bedford señaló la silla.

– Siéntate un momento, por favor.

Evan se sentó.

– Tengo entendido que creciste en Luisiana y Texas. Yo soy de Alabama -dijo Bedford-. De Mobile, una ciudad maravillosa; cuanto mayor me hago, más la echo de menos. Los chicos del sur pueden ser muy cabezotas, así que vamos a intentar no serlo nosotros

– Vale.

– Me gustaría que me contases lo que ha ocurrido desde que tu madre te llamó el viernes por la mañana.

Evan respiró hondo y le hizo a Bedford un relato detallado. No mencionó al Turbio ni a la señora Briggs. No quería causarle problemas a nadie más.

– Mi más sentido pésame por la muerte de tu madre -dijo Bedford-. Creo que debió de ser una mujer excepcionalmente valiente.

– Gracias.

– Déjame asegurarte que nos haremos cargo de todo lo relacionado con su funeral.

– Gracias, pero me ocuparé de su entierro cuando vuelva a Austin.

– Me temo que no podrás volver a casa.

– ¿Estoy prisionero?

– No, pero eres un objetivo, y mi trabajo es mantenerte con vida.

– No puedo ayudarte; no tengo esos archivos. Le dije a Jargo que sí, pero fue un farol para recuperar a mi padre.

– Cuéntame otra vez lo que te dijo tu padre exactamente, puesto que nos culpa de la muerte de tu madre.

Evan lo hizo; repitió la petición de su padre palabra por palabra lo mejor que pudo recordar. Bedford se sacó un paquete de caramelos de menta del bolsillo, le ofreció a Evan, que negó con la cabeza, y se metió uno en la boca.

– Vaya historia te ha vendido Jargo. Nosotros no matamos a tu madre; fue él.

– Lo sé. No estoy seguro de por qué le importa lo que yo piense.

– No le importa. Sólo quiere manipularte. -Bedford mordió el caramelo-. Debes de sentirte como Alicia cuando cayó por la madriguera del conejo en el país de las maravillas.

– Esto no tiene nada de maravilloso.

– El hecho de que sobrevivieses a un ataque y a un secuestro es bastante impresionante. El señor Jargo y sus amigos te han robado tu vida. Pusieron un alambre alrededor del cuello de tu madre y lo apretaron hasta sacarle el último aliento. ¿Cómo te hace sentir eso?

Evan abrió la boca para hablar, pero luego la cerró.

– Ésa es la clase de pregunta que haces en tus películas -continuó Bedford-. Las vi hace un par de meses. ¿Cómo se sentía aquel tipo de Houston, inculpado por la policía? ¿Cómo se sintió aquella mujer cuando su hijo y su nieto no volvieron de la guerra? Me sorprendió muchísimo. Eres un buen narrador de historias. Pero del mismo modo que un reportero sin alma, tienes que hacer la temida pregunta: «¿Cómo te hace sentir eso?».

– ¿Quieres saberlo? Los odio, a Jargo y a Dezz.

– Tienes todos los motivos del mundo para ello. -Bedford bajó la voz-. Por su culpa tu padre y tu madre te mintieron durante años. Sospecho que no fue una elección totalmente suya trabajar para Los Deeps, al menos durante todo el tiempo que lo hicieron.

– Los Deeps.

– Es como Jargo llama a su red.

Bedford juntó las yemas de los dedos.

– Gabriel dijo que era un espía independiente.

– Es cierto; compra y vende información entre gobiernos, organizaciones e incluso empresas, según sabemos.

– No lo entiendo.

– Nunca hemos podido probar de manera concluyente que exista.

– Yo lo he visto, y Carrie también.

– Esto es lo que sabemos. Hay un hombre que utiliza el nombre de Steven Jargo. No tiene registros financieros, no tiene propiedades y no viaja nunca con su propio nombre. Hay muy poca gente que lo haya visto más de una vez. Cambia de aspecto con regularidad. Tiene un chico, que supuestamente es su hijo, que trabaja con él y utiliza el nombre de Desmond Jargo, pero no hay ningún acta de nacimiento, archivos escolares ni ninguna documentación que verifique que llevase una vida normal. Tienen una red. No sabemos si son sólo unos pocos o un centenar. Por las veces que Jargo ha aparecido, sospechamos que tiene clientes, compradores de información y servicios en todos los continentes. -Bedford abrió un ordenador portátil-. Estoy a punto de darte una muestra extraordinaria de confianza, Evan. Por favor, no me decepciones.

Bedford pulsó un botón y activó un proyector conectado al portátil mediante un cable. En la pantalla apareció la imagen de un cuerpo, tendido sobre un suelo de baldosas y con una mano colgando sobre una piscina turquesa.

– Éste es Valentín Márquez. Se trata de un directivo financiero de Colombia al que nuestro gobierno no le tenía mucho cariño; tenía conexiones con los cárteles de droga de Cali, pero no podíamos tocarlo. Encontraron su cuerpo en este patio trasero; también mataron a cuatro de sus guardaespaldas. Surgieron rumores de que un oficial del Departamento de Estado de los Estados Unidos le pasaba dinero a un hombre llamado Jargo, y que fue él quien ordenó asesinar a Márquez. Dada la situación política, no era una actividad que quisiésemos desvelar: oficiales estadounidenses desviando ilegalmente el dinero de los contribuyentes a asesinos a sueldo.

Clic. Otra foto. Un dibujo de un soldado con un prototipo de mono ajustado.

– Éste es un proyecto en el que está trabajando el Pentágono: la nueva generación de chaleco antibalas para las tropas de combate. Uno de nuestros agentes, que intentaba robar datos sobre el programa chino de armas convencionales, encontró este diseño en el ordenador de un oficial superior del ejército en Beijing. Secuestramos al oficial y bajo coacción nos dijo que le había comprado los planos a un grupo llamado Los Deeps. Averiguamos que también intentaron vender el mismo prototipo de antibalas a un agregado ruso tres semanas después. Éste rechazó la oferta y, en lugar de eso, intentó robarle el prototipo al vendedor. El vendedor lo mató a él, a su mujer y a sus hijos. La tía de su esposa sobrevivió al esconderse en el desván, y vio al asesino. Su descripción se corresponde con la de Dezz Jargo, aunque el pelo era de un color diferente y en Rusia llevaba gafas. Dos meses más tarde, un importante vendedor de armas internacional ofreció un chaleco antibalas que coincidía exactamente con estas especificaciones. En resumen, Jargo trabaja a ambos lados de la barrera. Nos roba a nosotros y también nos vende.

Evan cerró los ojos.

– Ésos son los casos en los que podemos involucrar más claramente a Jargo. Hay otros en los que sospechamos que está relacionado, pero no podemos probar nada.

– No es posible que mis padres estuvieran relacionados con un hombre así. No puede ser.

– Eso es lo mismo que pensó Carrie; estoy seguro -dijo Bedford-. Su padre trabajaba para Jargo, y éste mató a su madre y a su padre. Mejor dicho, hizo que los mataran.

– Mierda.

– Su verdadero nombre es Caroline Leblanc. Después de una larga carrera en la inteligencia militar, su padre fundó una empresa de seguridad privada. Vino a la agencia y se reunió conmigo para informarme de que Jargo tenía agentes trabajando en la agencia, y que había gente de aquí dentro que compraba sus servicios. Le pedí que se quedase donde estaba y siguiera trabajando para Jargo, pero que me mantuviera informado. O bien éste lo averiguó o bien el padre de Carrie cometió un error. Jargo le hizo creer a ella que la CIA era responsable de la muerte de su padre, pero después de eso, Carrie vino a vernos y la informamos de algunos detalles adicionales que la convencieron de que Jargo estaba detrás del asesinato de sus padres. Pese a correr un gran riesgo personal, Carrie se unió a nosotros y se convirtió en una agente doble infiltrada en Los Deeps.

Evan recuperó la voz después de un momento.

– Jargo mató a su familia… y ella siguió trabajando para él. ¡Dios mío!

– Sí. Era difícil, pero sabía que había que hacerlo. Carrie es el único de nuestros agentes que se ha acercado a Jargo, aunque le ha visto cara a cara menos de cinco veces.

– Entonces, ¿quién la metió en mi cama? ¿Vosotros o Jargo?

Bedford dejó que las palabras se evaporaran en el aire.

– Un hombre como tú, que busca la verdad en el mundo, sabe que la vida es complicada. Yo le pedí que te vigilase. No le ordené que te besase ni que se acostase contigo, ni que cuidase de ti. No es quien tú creías que era pero… sigue siendo Carrie. ¿Tiene esto sentido para ti?

Yo no lo sabía.

– ¿Por qué estabais Jargo y tú interesados en mí?

– Por mí parte, sólo porque Jargo envió a Carrie a vigilarte. -Bedford se aclaró la voz-. Él quería saber cuál era tu próxima película.

– ¿Mi película? No lo entiendo. ¿No me vigilaba por mis padres?

– Eso es lo que cualquiera habría pensado. Pero lo que quería era que Carrie averiguase tus planes cinematográficos. Ése parece haber sido el origen de su interés por ti.

– Me quería para su red; como a Carrie.

– Posiblemente. Pero si así fuese habría hecho que tus padres te reclutasen, del mismo modo que John Walter habló con su amigo y con su hijo para que se convirtiesen en espías para los rusos.

Evan intentó recrear la imagen de sus padres y él manteniendo esa conversación, pero no pudo.

– Pero… Jargo nunca me dijo ni una palabra sobre mis películas. Dijo que tenía unos archivos que necesitaba. Quería intercambiarlos por mi padre.

– Le dijo a Carrie que los archivos eran información sobre sus clientes, sobre la gente de la CIA y sobre la que lo contrataba para hacer sus trabajos sucios. No sé por qué tu madre fue contra Jargo, pero lo hizo. Creemos que se puso en contacto con Gabriel para sacaros a ella y a ti. A cambio, le daría la lista de clientes de Jargo. Gabriel habría sacado a la luz la lista, para acabar con Jargo y avergonzar a la CIA… Lo despedimos porque nadie creía sus historias de que había espías independientes operando dentro de la agencia.

– ¿Cómo consiguió mi madre esos archivos?

– No lo sé. Debía de trabajar para Jargo.

– Así que Gabriel me decía la verdad. Bueno, en parte.

– Gabriel dejó que sus debilidades y sus prejuicios le nublasen la razón. Tanto aquí como cuando abandonó la agencia. Es muy triste. Le he pedido al FBI que lleve a su familia a un lugar seguro, que los oculte hasta que acabemos con Jargo. Tanto a la familia como al departamento les dijimos que Gabriel nos dio información sobre un cártel de droga antes de desaparecer.

– Así pues… ¿cuánto tiempo hace que Jargo le dijo a Carrie que se acercase a mí?

– Tres meses.

– ¿Cuándo robó mi madre esos archivos?

– No estoy seguro, pero creemos que se puso en contacto con Gabriel el mes pasado.

– Así que Carrie me vigilaba… antes de que mamá robase esos archivos. Esto no tiene ningún sentido. -Evan se puso de pie y caminó por la habitación-. Nunca pensé ni hablé de hacer un documental sobre espías ni sobre la CIA ni sobre temas de inteligencia de ningún tipo. ¿Por qué le diría a Carrie que me vigilase y se informase sobre mis películas?

– Nunca le dio una razón específica -dijo Bedford.

– Entonces, ella os ha hablado sobre las películas que he hecho o que puede que haga.

– Sí.

– Así que debéis de tener una idea de lo que despertó el interés de Jargo.

– Dime cuáles son los temas en los que habías pensado.

– Pero ¿no te informaba Carrie de todo esto?

– Me gustaría escucharlo de tus propios labios, Evan. Cuéntamelo todo. Esto puede ser la clave para localizar a Jargo, y si lo encontramos, recuperaremos a tu padre.

– ¿No lo matará sin más? Si mi madre lo traicionó pensará que mi padre también lo ha hecho.

– Carrie dice que Jargo ha sido bastante protector con tu padre; no estoy seguro del porqué. Ahora háblame de tus películas.

– Pensé en contar la historia de Jameson Wong, el financiero de Hong Kong. Tenía franquicias de varias marcas de lujo en la región, pero realizó malas inversiones, intentó ampliar demasiado el negocio y perdió su fortuna. Cuando se recuperó empezó a canalizar dinero de chinos ricos expatriados a grupos de apoyo a la reforma en China. Pasó de ser un gerente que sólo pensaba en sí mismo a ser la auténtica voz de la democracia.

– ¿Cómo lo elegiste?

– Leí un artículo sobre él en The New York Times. ¿Tiene alguna conexión con Jargo?

– Quizá. Continúa.

– Mmm, Alexander Bast. Era algo así como el rey de la escena social de Londres hace unos treinta años. Un gran apostador que se acostaba con muchas mujeres famosas. Un verdadero hombre del Renacimiento, a pesar de ser un juerguista. Regentaba tres famosos clubes nocturnos, pero también dos galerías de arte y una agencia de modelos. Lo perdió todo -creo que su contable se lo robó-, y luego fundó una pequeña editorial en la que publicaba libros de disidentes soviéticos. Más tarde lo asesinaron, durante un robo en su casa.

– ¿Cómo supiste de Bast?

– Bueno, sólo por el hecho de ser amigo de muchos famosos ya era bastante conocido. Pero hace unos meses fui al Reino Unido a dar una charla a la Escuela de Cine de Londres, y allí recibí un paquete anónimo que decía que Alexander Bast sería un buen tema para mi próximo proyecto cinematográfico. Incluía recortes sobre Bast, sobre su asesinato y sobre su vida.

– ¿No es un poco inusual que alguien te dé una idea para una película de manera anónima?

Bedford apoyó la barbilla en las manos y se inclinó hacia delante en la mesa.

– Todo el mundo tiene una idea para una película; casi todo el mundo que conozco me da alguna. -Evan bebió un trago largo de agua-. Pero sí, lo del paquete anónimo fue extraño. Nunca había oído hablar de Bast, ni de su historia: un rico juerguista que abraza el cambio social, era interesante, y seguro que fue un personaje intrigante. La mayoría de las ideas que me dan son muy aburridas, no dan suficiente jugo para una película.

– ¿Alguna vez averiguaste quién te dejó el paquete?

Evan se giró en la silla.

– El jefe del departamento de Documentales de la Escuela de Cine de Londres, Jon Malcolm, me dijo que un hombre llamado Hadley Khan había estado preguntándole si yo había dicho algo respecto a hacer una película sobre Alexander Bast. Le conté a Malcolm lo del paquete anónimo que había recibido, porque era raro.

– Hadley Khan.

– Sí. Pertenece a una adinerada familia pakistaní residente en Londres. Lo conocí en el cóctel que celebró la escuela de cine. Su familia dona dinero para algunas actividades culturales en Londres. Malcolm me dijo que Hadley le había mencionado mi trabajo un par de veces y que había presionado para que me invitasen a dar una charla en la escuela de cine. Me imaginé que Hadley había enviado el paquete.

– ¿De qué te habló en el cóctel? ¿Lo recuerdas?

Evan pensó, mientras el silencio invadía la habitación.

– Sólo pensé en ello más tarde, cuando quedó claro que era él quien me había enviado el paquete anónimo. -Cerró los ojos-. Me preguntó sobre mi próximo proyecto cinematográfico. Yo no hablo sobre mis ideas y le respondí educadamente que todavía no estaba seguro y, francamente, era cierto. Me dijo cuánto admiraba las biografías como punto de vista, que Londres estaba lleno de personajes fascinantes. Fue todo inofensivo e impreciso. Pero me acuerdo de su cara: me recordaba a un vendedor de coches novato preparándose para lanzar la oferta, pero sin las suficientes agallas para cerrar el trato.

– ¿Alguna vez le preguntaste a Hadley Khan sobre la información de Bast?

– No. Malcolm no me dijo que Hadley me había enviado el paquete hasta que estuve en Estados Unidos. Le envié un correo electrónico, pero nunca respondió. -Evan se encogió de hombros-. Era extraño, pero hace ya tiempo que aprendí que hay toda clase de gente que quiere acercarse al mundo del cine. Imaginé que, como tenía dinero, quería ser productor, salir en los créditos de una película. Es muy común. Pensé que sólo era un aficionado. -Evan movió la cabeza-. Definitivamente ahora suena más siniestro, sabiendo lo que sé.

– Alexander Bast era un agente de la CIA -dijo Bedford-. Un correo de bajo nivel. No era importante, pero aun así trabajó con nosotros hasta el día en que murió.

Evan se recostó en la silla.

– Nada en el material de Khan me hizo pensar que Bast tenía una conexión con la CIA.

– Normalmente no nos anunciamos -comentó Bedford secamente.

– Bast lleva muerto más de veinte años. Si existe una conexión con Jargo, ¿por qué tendría que preocuparse ahora?

– No lo sé. Pero eso tiene alguna relación con la razón por la que Jargo estaba interesado en ti. Bast era de la CIA, Jargo tiene contactos en la CIA. Tú estuviste en Inglaterra antes de que Jargo se interesase en ti. Y tu madre también.

– Tenía un trabajo de fotógrafa para una revista.

– O tenía que hacer un trabajo para Jargo.

Evan decidió abordar el asunto.

– Jargo dijo que tu gente mató a mi madre.

– Ya hemos hablado de eso. Mentía, por supuesto.

– Pero lo que estáis haciendo es ilegal. Lo último que sé es que se supone que la CIA no actúa en suelo estadounidense. Y sin embargo aquí estáis.

– Evan, tienes razón. Los estatutos de la CIA no permiten que la agencia realice operaciones clandestinas en territorio de Estados Unidos ni contra sus ciudadanos. -Bedford se encogió de hombros-. Pero Los Deeps son un caso muy especial. Si metemos al FBI en esto, complicaremos definitivamente la situación. Podemos actuar, y actuar con decisión.

– «Complicar» significa «revelar», y eso es lo que no quieres. El hecho es que en la agencia tenéis traidores y delincuentes en activo.

– No quiero que ellos sepan que los estamos vigilando. Todas nuestras actividades saldrán a la luz una vez que acabemos con los malos. El Congreso todavía nos supervisa, ¿sabes?

– Lo único que me importa es recuperar a mi padre de Jargo.

– Sin los archivos -indicó Bedford- no tenemos muchas opciones.

– No sé dónde están los archivos sobre Los Deeps.

– Oh, te creo. Si lo supieses nos los habrías dado.

Bedford cruzó las piernas.

– Mi madre debió de robarlos de algún sitio. Si esta red está tan fragmentada como dices, no pudo hacer fácilmente una lista de clientes. Tuvo que robar la lista de una fuente central. -Yo opino lo mismo. Evan se levantó y se puso a caminar. -Así que Jargo se interesa por mí porque se entera de que estoy haciendo una película que es una amenaza para él. Eso significa que tiene una conexión con Hadley Khan. Mete a Carrie en mi vida para vigilarme. Luego mi madre roba esos archivos… ¿Por qué? ¿Por qué se rebeló contra Jargo después de tanto tiempo?

– Quizá descubrió que Jargo estaba interesado en ti. Probablemente era una medida de protección.

La mente de Evan comenzó a dar vueltas. Su madre había firmado su sentencia de muerte al intentar salvarlo de Jargo.

– ¿Qué harás con la lista de clientes si la consigues?

– La CIA sólo tiene unas cuantas manzanas podridas. Creo que Jargo conoce a la mayoría. Acabaremos con ellos. Tenemos que detener a Jargo.

– Y que consigas la lista con los otros clientes de Jargo, ¿no te perjudica a ti?

– Por supuesto que no. Los británicos, los franceses y los rusos quieren conocer sus propias balas perdidas. Pero mi principal preocupación es limpiar nuestra casa. Si tú nos ayudases a descubrir dónde pudo esconder otra copia de los archivos, eso…

– Te lo dije, no tengo los archivos -dijo Evan-, así que lo que deberíamos hacer es robarlos de nuevo.

Bedford levantó una ceja.

– ¿Cómo?

– Ir a donde desaparecieron mis padres en Washington hace todos esos años. Encontrar otro camino para entrar en la organización de Jargo.

– Él habrá destruido los archivos.

– Pero no los datos básicos. Aún debe de tener una manera de hacer un seguimiento de los clientes, de los pagos que les hacen y de las entregas que él hace. Esa información todavía existe. Tenemos que abrir una brecha en su muro.

– Deja de decir «tenemos».

– Quiero recuperar a mi padre. No puedo quedarme en una habitación de hospital para siempre.

Bedford se inclinó hacia delante:

– Y crees que podrías hacerlo.

– Sí. Si comienzo a acercarme a Jargo él intentará cogerme. O pensará que estoy trabajando con vosotros y querrá cogerme para ver lo que sabéis.

– O atrapará a Carrie.

– No. Una vez casi la mata. No se acercará a él. -Evan negó con la cabeza-. Por cierto, ¿dónde estabas tú en Nueva Orleans? La enviaste sola.

– Carrie es una agente excelente, y muy tenaz.

– Bueno, en eso no fingía -dijo Evan, y se permitió sonreír por primera vez durante días.

Bedford soltó una pequeña risa.

– No, así es ella. Arriesgó todo por salvarte.

– No quiero que se acerque a Jargo.

– Pero no es algo que puedas decidir tú, ¿verdad?

– Busca otro agente.

– No puedo. La lucha contra Jargo no es un tema oficial en la CIA, hijo, porque no queremos admitir que es un problema. -Bedford volvió a sonreír-. Estás en una clínica secreta de la CIA en la Virginia rural. La gente de aquí cree que es un sanatorio para alcohólicos ricos. En nuestros libros tienes un nombre en código, un estudiante croata musulmán que no existe, que vive en Washington DC y que quiere comerciar con información sobre Al Qaeda en Europa del Este, sin éxito, por supuesto. Tu vuelo desde Nueva Orleans quedará registrado como si yo volviese de una reunión con un periodista de México que tenía información sobre un cártel de drogas que financia actividades terroristas en Chiapas. ¿Ves cómo funciona esto? No revelaremos nuestros planes hasta que identifiquemos a quién tiene Jargo de topo en la agencia. Nadie de ahí puede saber que vamos detrás de Jargo y de Los Deeps. De acuerdo con nuestros archivos, Carrie tiene que cubrir una operación en Irlanda que no existe. Tú no existes. Yo existo más o menos, pero todo el mundo cree que soy sólo un contable que viaja mucho comprobando los libros de la agencia. -Bedford sonrió de nuevo.

– Entonces déjame encontrar esos archivos. Tú no arriesgas nada, y soy el único a quien conoces que puede sacar a Jargo a la luz.

– Eres un civil. Carrie irá contigo.

– No.

– ¿Porque no confías en ella o porque la quieres?

– No quiero que le hagan daño otra vez -dijo Evan.

– Te salvó el culo, hijo. Quiere acabar con la gente que mató a sus padres, y lleva un año trabajando en esto. Es una joven extraordinaria.

Evan se puso de pie y recorrió la habitación.

– Sólo me gustaría… que hubieseis vigilado a mi madre en lugar de a mí. Debisteis haber comprobado los datos sobre mí y sobre mi familia cuando Jargo me asignó a Carrie.

– Lo hicimos. Tus padres tenían leyendas extremadamente buenas.

– ¿Leyendas?

– Antecedentes. No había nada que nos hiciese dudar de ellos hasta que volvimos y no encontramos fotos suyas en los anuarios del instituto en los que supuestamente habían estado.

– Entonces, ¿por qué no los estabais vigilando?

– Estábamos vigilando a tu padre, pero con mucha discreción. Pensábamos que tenía conexión con Jargo, igual que el padre de Carrie. Esta gente es buenísima; se dará cuenta de que los están vigilando a menos que esa vigilancia sea perfecta.

– Una vez más, no queríais revelar vuestros planes. Nos dejasteis a la buena de Dios.

– No sabíamos lo que estaba ocurriendo. No pudimos averiguarlo.

Evan lo aceptó.

– Si mi padre no estaba en Australia, como dijo mamá…

– Pasó las últimas semanas en Europa. Helsinki, Copenhague, Berlín. Lo perdimos en Berlín el jueves pasado.

Su padre eludiendo a la CIA. No parecía posible.

– O bien Jargo lo atrapó en Alemania o bien volvió a Estados Unidos sin que nosotros lo supiésemos, y luego Jargo le echó el guante.

– Si consigo recuperar los archivos, ¿qué nos ocurrirá a mi padre y a mí?

– Tu padre nos contará todo lo que pueda sobre Jargo y su organización a cambio de inmunidad procesal. Tú y tu padre tendréis una nueva vida e identidades nuevas fuera del país, por cortesía de la agencia.

– ¿Y Carrie?

– Tendrá una nueva identidad o seguirá trabajando con nosotros. Lo que ella prefiera.

– De acuerdo -aceptó Evan con tranquilidad.

– Me sorprendes, Evan. Pensaba que eras más egoísta.

– Si averiguo lo que hay en los archivos que robó mi madre no sólo tendré una herramienta de negociación para recuperar a mi padre, sino que también averiguaré la verdad sobre quiénes son. Sobre quién soy yo.

Bedford le sonrió.

– Eso es verdad. Podría ser el primer paso para recuperar tu vida.

– No tengo mi portátil, me lo dejé cuando escapé de la casa de Gabriel, pero sí tengo mi mp3… Creo que guardé allí los archivos que envió mi madre pero no pude descodificarlos de nuevo cuando los descargué por segunda vez, y llevaba el reproductor en el bolsillo cuando salté al agua en el zoo. Se ha estropeado.

– Dámelo. Intentaremos arreglarlo.

– Tengo un pasaporte de Sudáfrica que me dio Gabriel. -Evan se lo sacó del zapato-. Tenía otros pasaportes, pero los dejé en la habitación del hotel de Nueva Orleans.

Supuso que El Turbio se los habría llevado cuando huyó.

Bedford inspeccionó el pasaporte y se lo devolvió con una mirada crítica.

– Podemos mejorar tu color de pelo. Cambiarte el color de ojos. Hacer una foto nueva. Probablemente es mejor que el mundo siga pensando que sigues desaparecido. La prensa te acosaría si aparecieses ahora.

– De acuerdo.

– Evan, hay algo que tienes que entender. Un error y estarás muerto; tu padre estará muerto, y peor aún… Los Deeps huirán con todo.


Capítulo 26

<p id="_Toc203056741">Capítulo 26</p>

Carrie estaba despierta cuando Evan volvió a la habitación. El guardia cerró la puerta cuando entró, y los dejó solos.

– Eh, ¿cómo te encuentras? -preguntó él.

Carrie tenía delante una bandeja de la cena con comida reconfortante: sopa de pollo, puré de patatas, un batido de chocolate y un vaso de agua helada. Casi no había probado bocado.

– ¿No tienes hambre?

No sabía cómo empezar la conversación. Ella había permanecido inconsciente durante la mayor parte del rápido vuelo desde Nueva Orleans, y no habían podido hablar delante de los tipos de la CIA.

– La verdad es que no.

– Bedford ha dicho que la herida no pinta tan mal.

Carrie se puso colorada.

– Parece más bien hecha con un cincel que con una bala. Me alcanzó la parte superior del hombro. Duele y está entumecido, pero me siento mejor.

Evan se sentó en la silla atornillada al suelo, a los pies de su cama.

– Gracias por salvarme la vida -dijo.

– Tú me salvaste a mí. Gracias.

De nuevo un extraño silencio.

Se levantó y se sentó en la cama junto a ella.

– Ahora mismo no sé lo que creer. No sé en quién confiar.

Las palabras de El Turbio resonaban en su cabeza: «No confíes a menos que tengas que hacerlo».

Quizá Carrie había visto a El Turbio entre la multitud (quizá lo reconoció por El más mínimo problema), pero todavía no se lo había mencionado a Bedford. Para proteger a su amigo; para demostrarle, mediante el silencio, que podía confiar en ella, Evan no se atrevía a mencionar el nombre de El Turbio; probablemente la habitación tenía micrófonos ocultos. Sólo esperaba que él estuviese ahora a salvo y oculto.

– Confía en ti mismo -dijo Carrie.

Ahora sólo miraba la maraña de sábanas que rodeaban su cintura.

– ¿En ti no?

– No puedo decirte lo que tienes que hacer. No tengo derecho.

– Bedford dice que quieres ayudarme a recuperar a mi padre.

– Sí.

– Vas a correr un gran riesgo.

– ¿Qué es la vida, si no riesgo?

– No tienes que demostrarme nada.

– Tú y tu padre sois nuestra mejor esperanza para acabar con ellos. No es una cuestión de obligación, sino de ingenio. Lo único que quiero es acabar con Jargo y que tú estés a salvo.

Evan se inclinó y le dijo:

– Escucha. No tienes que seguir interpretando un papel. No tienes que seguir fingiendo que me quieres, ni siquiera que te gusto. Estaré bien.

– No te subestimes, Evan. Eres más fácil de querer de lo que tú piensas.

A Evan le subió el calor a la cara.

– ¿Por qué no me dijiste simplemente la verdad?

– No podía ponerte en ese peligro. Jargo te habría matado.

– Y tú habrías perdido la oportunidad de atraparlo.

– Pero para mí tú eres más importante que Jargo. -Cerró los ojos-. No me permití a mí misma encariñarme con nadie desde que mis padres murieron. Tú fuiste el primero.

Evan le cogió las manos.

– Bedford dice que Jargo mató a tu familia.

– La verdad es que no sé quién apretó el gatillo. Seguramente uno de los otros Deeps o un asesino a sueldo. Jargo no se mancharía las manos. Se aseguró de que estuviese con él y con Dezz cuando ocurrió. Quería que estuviese segura de que había sido la CIA.

– Háblame de tus padres.

Ella se lo quedó mirando y dijo:

– ¿Por qué?

– Porque ahora tú y yo tenemos muchísimo en común.

– Lo siento, Evan. Lo siento.

– Háblame de tu familia.

Ella le soltó las manos y se enroscó las sábanas entre los dedos.

– Mi madre no tenía nada que ver con Los Deeps. Era redactora en una pequeña empresa de publicidad directa. Era hermosa, buena y divertida; una gran madre. Yo era hija única, así que lo era todo para ella. Me quería muchísimo, y yo a ella. Jargo la mató cuando mató a mi padre. Eso es todo.

– ¿Y tu padre?

– Trabajaba para Jargo. Yo pensaba que tenía una empresa de seguridad. -Bebió un sorbo de agua-. Pero sospecho que a lo que se dedicaba habitualmente era al espionaje corporativo: buscaba personas dentro de las empresas dispuestas a vender secretos. O bien las ponía en situaciones comprometidas para obligarlas a venderlos.

– ¿Tu madre lo sabía?

– No. No hubiera seguido casada con él. Mi padre tenía una vida que nosotras desconocíamos.

– ¿Cuánto tiempo hace que murieron?

– Catorce meses. Jargo decidió que mi padre lo había traicionado y los mató a los dos. Hizo que pareciese un robo: robó sus anillos de casados y la cartera de mi padre. -Cerró los ojos-. Yo ya estaba trabajando para Jargo por medio de mi padre. Él me reclutó.

– Dios. ¿Por qué te metió tu padre en todo este lío?

Ella lo miró con ojos atormentados.

– No sé por qué… supongo que pensó que era mucho dinero, más del que estaba ganando yo. Me licencié en Derecho Penal por la Universidad de Illinois y entré a trabajar en la policía. Me dijo que podía ganar mucho más dinero trabajando en «seguridad corporativa».

Marcó con los dedos las comillas en las dos últimas palabras.

– ¿Qué tipo de trabajos hacías?

– Trabajos sin importancia. Hacía de intermediario entre Jargo y otros agentes o contactos de clientes. Rellenaba «buzones muertos», ya sabes, lugares secretos donde se dejan documentos y el cliente los recoge. Nunca veía a Jargo ni al contacto del cliente. Nunca conocía la ubicación del buzón muerto hasta el último minuto, así que para El Albañil era mucho más difícil vigilar. Cuando me mandó a Houston, hacía tres meses que no me encargaba ningún trabajo.

– Bedford dice que acudiste a él para luchar contra Jargo.

– Nunca me creí la historia del robo; mi padre estaba entrenado para luchar, no lo habrían cogido tan fácilmente. Yo estaba haciendo un trabajo en México DF y fui a la embajada. Me pusieron en contacto con un oficial de la CIA que envió rápidamente a Bedford en un avión. Me pidió que me quedase donde estaba, que siguiera trabajando para Jargo y que les diese toda la información que pudiese. Pero era difícil. Yo quería salirme; quería matar a Jargo de un disparo, quería matar a Dezz. Pero Bedford me ordenó que no lo hiciese. Necesitábamos acabar con toda la red y con sus clientes. Si yo los matase, otro Deep tomaría el mando y estaríamos de nuevo como al principio.

– Todavía no entiendo cómo no pueden atrapar a ese tío.

– Evan, Jargo es extraordinariamente cuidadoso y lleva mucho tiempo haciendo esto. Yo recibía las instrucciones codificadas, en lo que parecía un correo electrónico inocente. Luego recogía de un buzón muerto el material para el cliente que otro Deep había robado e iba a un segundo buzón muerto, que a menudo estaba en otra ciudad u otro país, y lo dejaba allí. Si la CIA atrapaba a quien recogía las mercancías, Jargo sabía que su red se desharía y que no podríamos acercarnos más. Lo mejor que podía hacer la CIA era sustituir la información que yo dejaba por información que era similar, pero no tan correcta. Nunca utiliza el mismo correo electrónico más de una vez. Todo lo gestionan terceras empresas que no son más que tapaderas, y siempre que puede paga en efectivo. Es realmente difícil detenerlo. Ha matado a cuatro personas en los últimos días. -Le vinieron las lágrimas a los ojos-. Pensé que podría hacerlo sola, pero no pude.

Evan le besó las manos y se las colocó de nuevo sobre la manta.

– Encontraré los archivos que robó mi madre. Jargo aún tiene a mi padre y lo traeré de vuelta. ¿Sabes dónde está?

– Creo que en Florida. Jargo tiene una casa de seguridad allí, pero no sé dónde.

– Bedford ha accedido a ayudarme.

– Deja que Bedford te esconda, Evan. Si tu padre puede escapar de Jargo…

– No. No puedo esperar. No puedo abandonar a mi padre. Bedford ya me dijo que no podría convencerte de esto. ¿Me ayudarás?

Ella asintió y le cogió la mano.

– Sí. Y…

– ¿Qué?

– Sé que ahora es difícil confiar en alguien, pero puedes confiar en Bedford.

– De acuerdo.

Carrie le puso la mano en la mejilla.

– Túmbate aquí conmigo.

– No quiero hacerte daño en el hombro.

Ella esbozó una pequeña sonrisa.

– Tú sólo túmbate a mi lado, campeón.

Se apartó un poco y él se estiró junto a ella y la abrazó, y ella se quedó dormida con la cabeza en su hombro en pocos minutos.


Bedford estaba sentado, mirando por un monitor a Carrie y a Evan tumbados en la cama de hospital, susurrando bajito y hablando. El amor a los veinticuatro años. La intensidad de ese sentimiento era lo que podía asustar a un hombre, su certeza, la creencia de que el amor era una palanca que movía el mundo. Ya había bajado el volumen; no necesitaba escuchar lo que decían. Era un espía, pero no quería espiarlos a ellos, ahora no.

Carrie dormía y Evan miraba al infinito. «Me pregunto cuánto sabe realmente, o lo que de verdad sospecha.»

– ¿Señor? -dijo una voz detrás de él; uno de sus técnicos.

– ¿Sí?

El hombre sacudió la cabeza.

– El reproductor musical está estropeado… no podemos recuperar ningún archivo codificado de su interior. Sea cual sea el proceso que utilizaron, no quedó ningún otro archivo oculto dentro de los archivos musicales cuando los pasó al reproductor. Lo siento muchísimo.

– Gracias -respondió Bedford.

El técnico se marchó cerrando la puerta tras él.

Bedford apagó los monitores al cabo de un momento y fue a la cocina de la clínica para hacerse un bocadillo.

Escuchó un ruido a su espalda después de extender la mayonesa sobre el pan de centeno.

Evan estaba de pie detrás de él con una sonrisa ligeramente torcida.

– Sé por dónde empezar. Podemos hacer un movimiento al que Jargo nunca se podrá anticipar.


Galadriel leía los archivos del ordenador mientras bebía un descafeinado y comía un donut de chocolate. Sabía que no debía, pero el estrés despertaba su apetito por los hidratos de carbono. Había pirateado el acceso a la base de datos de la Administración Federal de Aviación para examinar todos los despegues de Luisiana y Misisipi desde que Jargo y Dezz habían perdido a Carrie y a Evan en Nueva Orleans. Todos los vuelos contabilizados, registrados, apuntados, pero ninguno había ido a un sitio al que no debiese ir. Y aquello significaba que no habían cogido un avión sino que habían salido de Nueva Orleans en coche, o incluso que aún seguían en la ciudad.

Sin embargo, ya había mirado todos los registros hospitalarios y había rastreado las bases de datos, y en esa zona no había ingresado en un hospital ninguna chica que encajase con la descripción de Carrie. Tendrían que ampliar la búsqueda y cubrir Texas y Florida.

Sorbió el café y mordisqueó el donut. Qué lástima que Carrie fuese una traidora; le caía bastante bien, aunque nunca la había conocido en persona y sólo había hablado por teléfono con ella unas cuantas veces. Pero Carrie y Evan era jóvenes y estúpidos, y antes o después asomarían la cabeza con un documento de viaje o un pago a crédito, y Galadriel los vería. Luego Jargo soltaría a los perros y acabaría con esta confusión.

Tenía que seguir un protocolo poco usual; Jargo lo había diseñado hacía años para aplicarlo en caso de que la red corriese el peligro de ser descubierta. El modo de alarma. Galadriel era la encargada de controlar las líneas telefónicas que algunos Deeps utilizaban sólo para llamadas de emergencia, para asegurarse de que nadie escapase. Asimismo, debía poner en marcha un programa que ingresaría dinero blanqueado en bancos de todo el mundo. Y por alguna extraña razón, aquella noche Jargo añadió algunas peticiones: tenía que rastrear los patrones de llamadas entrantes y salientes de teléfonos móviles de una pequeña zona rural del sudoeste de Ohio. Identificar cada llamada y enviarle los datos a Jargo.

Se preguntaba qué demonios buscaba él exactamente en Ohio, qué posible peligro le acechaba en aquellos tranquilos caminos y campos.


MIÉRCOLES 16 de marzo

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

<p id="_Toc203056742">MIÉRCOLES 16 de marzo</p>
<p id="_Toc203056743">Capítulo 27</p>

El miércoles por la mañana, durante el desayuno, Evan y Carrie se miraron el uno al otro observando su nuevo aspecto.

– No pareces tú -dijo Evan.

– Bienvenido a la peluquería de El Albañil.

El pelo de Evan era ahora de un color caoba vivo y lucía un corte limpio de aspecto militar; sus ojos de color avellana estaban ocultos tras unas lentillas marrones. Llevaba un traje negro con una camisa blanca, un cambio con respecto a su colorida ropa habitual. El pelo oscuro de Carrie había sido aclarado hasta dejarlo rubio y se lo habían cortado. Llevaba gafas con cristales tintados que hacían que sus ojos pareciesen marrones en lugar de azules.

– Llámame el chico camaleón -dijo Evan.

– Espero y rezo para que ésta sea la última vez que tienes que pasar por una transformación.

Tras revisar sus planes con Bedford, Evan y Carrie subieron a bordo del pequeño avión del gobierno que los había traído desde Nueva Orleans. Volaron hacia Ohio y aterrizaron en un pequeño aeropuerto regional al este de Dayton.

Bedford había preparado un coche para ellos y, mientras el piloto se apresuraba a ir a por él, Carrie y Evan esperaron bajo un toldo delante del aeropuerto. La lluvia cargaba el cielo plomizo y un viento húmedo soplaba sin parar. Evan tenía un paraguas que había cogido en el avión, pero desestimó la idea de abrirlo para protegerse del agua y hablar con Carrie, aún estando en medio del aparcamiento. Podía haber un micro escondido dentro del mango. Podría haber un micro en el coche. El piloto informaría a Bedford de cada palabra que dijese. Se preguntaba cómo habían podido soportar sus padres la carga del engaño continuo; quizás eso explicase el silencio entre ellos, la amable discreción del amor que necesitaba pocas palabras.

Goinsville, de donde Bernita Briggs le había dicho que procedía la familia Smithson, su familia, estaba a unos dieciséis kilómetros al oeste de la Interestatal 71. El piloto conducía. Evan iba sentado en el asiento de atrás. Carrie tenía el brazo en cabestrillo y parecía cansada, pero aliviada. Aliviada, pensó Evan, de estar por fin fuera de la cama y de ir a por Jargo.

Dejaron al piloto de la CIA bebiendo café y pidiendo un segundo desayuno en un pequeño restaurante a las afueras de la ciudad, enfrascado en una gruesa revista de autodefinidos.

Evan condujo hasta Goinsville y aparcó en la plaza del pueblo. Había cuatro tiendas de objetos usados que intentaban hacerse con los dólares de los compradores de antigüedades; un café al aire libre con sillas desgastadas y vacías; una consulta de oftalmología; un despacho de abogados y una oficina del registro.

Una ciudad normal y anónima.

– Goinsville nunca llegó a despegar -dijo Evan.

Condujo un bloque más allá de la plaza y aparcó delante de un edificio nuevo en el que se podía leer «Biblioteca Pública de Goinsville» en letras metálicas sobre los ladrillos.

Evan le dijo a la bibliotecaria de servicio que estaba buscando a sus antepasados.

La mujer, pequeña, morena y hermosa, frunció el ceño.

– Si están buscando certificados de nacimiento de antes de 1967 no tendrán suerte.

– ¿Por qué?

– El Palacio de Justicia del condado se incendió y todos los registros se quemaron con él. Nosotros somos la sede del condado. Del sesenta y ocho en adelante podemos encontrar algo.

– ¿Qué me dice del periódico local?

– Lo tenemos en microfilme hasta los años cuarenta -dijo la bibliotecaria-. También disponemos de algunas guías de teléfonos viejas en su formato original, si puede ayudarles. ¿Cuál es el apellido?

– Smithson.

Era la primera vez que podía reclamar ese nombre como propio, la primera vez que lo decía en alto en público. «Arthur y Julie Smithson. Antes vivían aquí. Se criaron aquí.»

– No conozco a ningún Smithson -dijo la bibliotecaria.

– Mis padres se criaron en un orfanato.

– Cielos, aquí no hay orfanatos. El más cercano sería el de Dayton, estoy segura. Pero sólo llevo viviendo aquí cinco años.

Les mostró las máquinas de microfilmes, les dijo que la llamasen si necesitaban ayuda, y se retiró a su mesa.

– Deben de haber cerrado el orfanato -comentó Evan. O la señora Briggs se había equivocado. O bien era una mentirosa-. Empieza por las guías de teléfono actuales, busca a cualquier Smithson. Yo empezaré por el periódico. Pero tengo que ir al baño.

Ella asintió y él volvió al vestíbulo de entrada. Cerca de los baños había una cabina telefónica. Le echó unas monedas y marcó el móvil de El Turbio.

– ¿Sí?

– Turbio, soy Evan. Sólo tengo unos segundos. ¿Estás bien?

– Sí, tío. ¿Dónde estás?

– Estoy bien. Estoy con… el gobierno.

– Por favor, dime que estás de coña.

– No lo estoy. ¿Ya has vuelto a Houston?

– Sí. Me pagué un billete de vuelta en avión con mi visa, tío, me lo debes. -Pero la antigua mordacidad de su tono cuando hablaron en Houston había desaparecido-. ¿Seguro que estás bien?

– Sí, y te haré llegar algo de dinero.

– No… no quiero parecer cutre. Es sólo que ahora estoy asustado, Evan.

– No deberías dejar que te vean.

– No lo hago. Llamé al trabajo para decir que estaba enfermo; estoy en casa de un amigo.

– Buena idea. ¿Grabaste a Jargo y a Dezz?

– Una imagen cristalina. Pillé a Dezz agarrando a la churri y también cuando le disparó al guardia y falló. Eso en Luisiana se llama intento de asesinato, creo.

– Necesito que cargues la grabación en un servidor remoto desde donde pueda bajármela. ¿Sabes hacer eso?

– No, pero mi amigo entiende de ordenadores. ¿Dónde lo quieres?

Evan le dio el nombre de un servidor remoto que había utilizado para almacenar las pruebas de rodaje de sus películas, así siempre tenía una copia de seguridad externa por si le robaban el ordenador o se le incendiaba la casa.

El Turbio repitió la información.

– Abriré una cuenta a nombre de mi hermanastro. La contraseña es «evanmelodebe».

– Gracias, Turbio. No te metas en problemas.

– ¿Cuándo vuelves a Houston?

– No lo sé. Gracias por todo. Te enviaré tu dinero.

– Tío, no te preocupes por eso. Ándate al loro.

– Lo haré. Tengo que marcharme, Turbio. Ten cuidado. Te llamaré cuando pueda.

Volvió a la mesa y Carrie le sonrió cuando se sentó.

– No hay mucho que buscar en las guías de teléfonos de los últimos veinte años -dijo-. No hay ningún Smithson. Ya me he puesto con los periódicos; puedes empezar con esa parte.

Evan puso el microfilme para buscar en el periódico del pueblo. Era consciente de la cercanía de Carrie, del olor a jabón de su piel, de cómo sería besarla y fingir que aquella pesadilla no había ocurrido.

Nunca volvería a ser lo mismo entre ellos, lo sabía. La inocencia había desaparecido para siempre.

– Puede que tus padres le mintiesen a tu fuente -indicó Carrie.

– Si no te importa, no te diré el nombre de mi fuente.

No le había revelado a nadie el nombre de Bernita Briggs ni cómo había averiguado la información que vinculaba a su familia con los desaparecidos Smithson. Bedford no lo había presionado.

– No, claro; estás protegiendo a esa persona. Yo haría lo mismo en tu lugar.

– Quiero confiar en ti. Sé que puedo. Es sólo que no quiero que Bedford lo sepa.

– Puedes confiar en él, Evan -aseguró Carrie, pero volvió a la búsqueda.

Empezó con unos periódicos en microfilme que comenzaban en enero de 1968. Las noticias de Goinsville estaban plagadas de eventos cívicos, reportajes sobre granjas, orgullosos artículos sobre los estudiantes de la escuela y unas cuantas noticias del resto del mundo. Giró la rueda del lector y pasó accidentes de coche, nacimientos, noticias de fútbol, un desfile de los scouts del águila y de los homenajeados de la Escuela de Futuros Granjeros de América.

Se detuvo en el 13 de febrero de 1968, cuando se incendió el Palacio de Justicia del condado. Leyó el artículo. El fuego había calcinado por completo los papeles del antiguo palacio de justicia. Durante los días posteriores se habló de incendio provocado, de lo que también se sospechó en el caso del fuego del orfanato, tres meses antes. Los investigadores estaban intentando buscar una conexión entre los dos incendios.

– ¿Estás al final de 1967? -preguntó Evan.

– No, estoy a mediados del sesenta y tres.

– Vete a noviembre de 1967. Lo he encontrado. Un incendio en un orfanato.

Encontró el relato del periódico en pocos minutos. El Hogar de la Esperanza acogía a los hijos ilegítimos y no deseados en Goinsville después de la Segunda Guerra Mundial. Al parecer, las semillas extraviadas del suroeste de Ohio que no acababan en hogares de la iglesia en Dayton o Cincinnati echaban raíces en el Hogar de la Esperanza, que acogía tanto a chicos como a chicas. En 1967, el fuego ardió en las oficinas de administración del orfanato, extendiéndose como la pólvora por el resto del complejo. Murieron cuatro niños y dos adultos por inhalación de humo. El resto de los niños fueron trasladados a otras instalaciones en Ohio, Kentucky y el oeste de Virginia.

El Hogar de la Esperanza nunca volvió a abrir sus puertas. Evan regresó a la historia del incendio del Palacio de Justicia. La mayoría de los artículos escritos sobre la tragedia del orfanato y sobre el incendio del Palacio de Justicia llevaban la firma de Dealey Todd.

– Busquémosle en la guía telefónica más reciente -propuso Evan.

Carrie lo buscó.

– Está aquí.

– Lo llamaré para ver si quiere hablar con nosotros.

Y así lo hizo.

– Su mujer dice que está jubilado, en casa y aburrido. Vayamos.

<p id="_Toc203056744">Capítulo 28</p>

– Esos pobres niños -dijo Dealey Todd.

Rondaba los ochenta, pero tenía la sonrisa infinita de un niño. El tiempo le había ganado la batalla a su pelo hacía mucho, dejando ver una estela de pecas por toda la cabeza. Llevaba unos pantalones caqui viejos que necesitaban un lavado y una camisa descolorida por el uso. Su estudio era una ratonera llena de libros en edición rústica y tres televisores: una con la CNN y sin sonido y las otras con telenovelas, también sin sonido.

– Estoy aprendiendo español -explicó.

– Está mirando a chicas guapas -puntualizó su esposa.

Evan sintió que se le tensaban los músculos del cuello al ver la CNN sintonizada. Su cara había salido en ella en repetidas ocasiones durante los últimos dos días, aunque otras historias ya lo habían desbancado de las noticias. Pero el disfraz de Bedford parecía funcionar: cuando Evan y Carrie se presentaron como Bill y Terry Smithson, Dealey Todd los miró con la misma curiosidad que a cualquier otro extraño. Probablemente Dealey les prestaba más atención a los pechos que salían en las telenovelas que a la información de las noticias.

La señora Todd era una mujer bulliciosa que les ofreció café y rápidamente desapareció, marchándose a la cocina para ver otro televisor.

Evan decidió jugar la carta de la compasión.

– Creemos que mis padres pasaron por el orfanato del Hogar de la Esperanza, pero sus informes fueron destruidos -comentó Evan-. Estamos intentando encontrar cualquier otra fuente alternativa de información, y también saber más cosas sobre el Hogar. Mis padres murieron hace varios años y queremos unir el rompecabezas de su vida anterior.

– Es admirable -dijo Dealey Todd- ese interés por tus padres. Mi hija vive en Cleveland y no se molesta en llamar más que una vez al mes.

– Dealey-llamó la señora Todd desde la cocina-, a ellos eso no les importa, cariñito mío.

Su cariñito puso una cara amarga y dijo:

– De acuerdo, el orfanato. -Se encogió de hombros, volvió a sonreír y le dio un sorbo a su café solo-. El orfanato se quemó diez años después de construirlo, así que os queda un camino difícil para encontrar información.

Evan sacudió la cabeza.

– Tiene que existir alguna fuente. ¿Quién lo construyó? Quizá la organización benéfica que lo financiaba tenga lo que necesito.

– Déjame ver. -Cerró los ojos para pensar-. Originariamente lo puso en marcha una organización benéfica aconfesional de Dayton, pero luego lo vendieron a… -Se daba golpecitos en el labio superior-. Veamos, intento recordar el nombre de una empresa de Delaware. Probablemente encontraréis el registro de la venta en la oficina del secretario del condado. Pero recuerdo que fueron a la quiebra después del incendio, y nadie reconstruyó el orfanato.

Un propietario en quiebra. Sólo Dios sabía lo que había ocurrido con esos archivos. Pero Evan había aprendido en sus entrevistas para los documentales que los callejones sin salida a menudo tenían atajos, pero no estaban a la vista. Pensó un segundo y preguntó:

– ¿Cómo se sentía la gente de la ciudad con respecto al orfanato?

– ¿Sabes? No es que Goinsville no sea un lugar caritativo, pero muchas personas de por aquí no estaban precisamente rebosantes de alegría con el orfanato. Había una especie de sentimiento de «sí, pero no en mi barrio». Un puñado de beatas se sentían un tanto molestas con esto…

– Dealey, cariñito mío, no exageres -apuntó la señora Todd desde la cocina.

– Pensé que cuando me jubilase del periódico dejaría atrás a los editores -señaló Dealey.

Silencio en la cocina.

– No estoy exagerando -les dijo a Evan y a Carrie-. A la gente no le gustaba especialmente que las muchachas con problemas fuesen al Hogar de la Esperanza y dejasen allí sus preciosas cargas. Tenían a los pecadores junto con el producto final.

De repente se quedó callado y sonrió con preocupación al recordar que estaba hablando de los padres y de los abuelos de Evan.

– ¿Alguien odiaba aquel lugar lo suficiente como para quemarlo? -preguntó Evan.

– Al principio, todo el mundo pensó que había sido un accidente causado por los cables eléctricos. Pero seis meses después del incendio, un adolescente llamado Eddie Childers mató a su madre de un disparo y luego se pegó un tiro. La policía encontró recuerdos de los lugares incendiados: patucos, un uniforme de chica del orfanato, fotos de familia de los trabajadores del Palacio de Justicia. Todo estaba guardado bajo su cama. Nunca lo olvidaré; yo estaba allí cuando los oficiales encontraron todo eso. Y dejó una nota responsabilizándose de todo. Era un crío rebelde. Fue triste, muy triste.

– Así que todos los archivos sobre los niños nacidos en el Hogar de la Esperanza fueron destruidos -dijo Evan-, porque tanto el orfanato como el Palacio de Justicia desaparecieron y los propietarios entraron en quiebra.

– Sí, básicamente -respondió Dealey-. Recuerdo que escribí unos cuantos artículos sobre la empresa propietaria del orfanato después de que ardiese… porque ya sabes, acabó con unos veinte puestos de trabajo o así en la ciudad. La gente esperaba que lo reconstruyesen. Veinte puestos de trabajo son veinte puestos de trabajo.

– Bueno, buscaremos los artículos en la biblioteca -propuso Carrie.

«Esto es un callejón sin salida, no es nada. No puede ser -pensó Evan-. Ése es el quid de la cuestión: Goinsville es un callejón sin salida.» Alguien quería que fuese el final del camino para cualquiera que viniese buscando a los padres de Evan. «No puede ser. No puedes tener un negocio que se ocupa de cuidar niños y que todos los retazos de su historia desaparezcan…»

– Gracias por su tiempo -dijo Carrie.

– Veinte puestos de trabajo -dijo Evan de repente-. Dígame, ¿conoce a alguien que trabajase en el Hogar de la Esperanza que todavía siga vivo?

Dealey se mordió el labio, pensativo. La señora Todd salió de la cocina:

– Bueno, la mujer del primo de Dealey trabajaba en el orfanato como voluntaria. Les leía cuentos a los niñitos todos los miércoles, ¿sabe? Despertaba su interés por los libros, porque ya sabe que ésa es la clave del éxito. Me acuerdo porque Phyllis ganó un premio a la «Voluntaria del año» y mi suegra me dio la lata durante semanas para que me presentase como voluntaria. Ella podría ayudaros o daros los nombres de los empleados.

– ¿Por casualidad vive todavía por aquí cerca? -preguntó Evan-. Podría enseñarle fotos de mi padre y de mi madre a ver si se acuerda de ellos.

– Claro -respondió Dealey-. Phyllis Garner vive a cinco calles de aquí.

– Phyllis no tiene ni un pelo de tonta -añadió la señora Todd-. Lástima, cariñito mío, que eso no sea común en tu familia.

Con una rápida llamada de teléfono se informaron de que la señora Garner estaba en casa, viendo el mismo culebrón que la señora Todd. Condujeron cinco calles más con Dealey Todd hasta una casa de ladrillo perfectamente conservada a la que daban sombra unos robles gigantes. La señora Garner llevaba un conjunto de suéter y chaqueta de color lavanda, iba perfectamente peinada y tenía como mínimo ochenta y cinco años.

Mediante un gesto, Phyllis Garner los invitó a sentarse en un sillón con estampado floral.

– Sé que ha pasado mucho tiempo, señora. -Evan le mostró fotos actuales de sus padres-. Sus nombres eran Arthur y Julie Smithson.

Phyllis Garner estudió la foto.

– Smithson. Creo que recuerdo ese nombre. ¡James! -Phyllis llamó a su nieto, que andaba haciendo chapuzas en el garaje-. Ven a ayudarme un minuto.

Y ambos desaparecieron en un sótano, dejando a Dealey, a Evan y a Carrie hablando del tiempo y de fútbol universitario, dos de los más vivos intereses de Dealey.

Phyllis volvió quince minutos después, llena de polvo, pero sonriente. Su nieto traía una caja. La puso en la mesa del café y se marchó a terminar de hacer sus chapuzas.

Phyllis se sentó entre Evan y Carrie, abrió la caja y sacó un álbum de recortes amarillento.

– Fotos de los niños. Recuerdos. Me hacían dibujos y los firmaban «para la señorita Phyllis». Había una niña que siempre firmaba «para mi mamá»; me decía que necesitaba practicar conmigo para el día que tuviese una madre de verdad. Me rompía el corazón. Quise traérmela a casa, pero mi marido no quiso ni oír hablar de ello, y fue la única discusión que nunca gané. Mi corazón sufría por aquellos niños. Nadie los quería. Eso es lo peor del mundo, que no te quieran. Espero que reconozcas a tus padres aquí.

Y fue pasando las páginas. Phyllis Garner era hermosa, radiante y probablemente el sueño de todo huérfano. Evan se preguntó si la señora Garner había sido consciente del doloroso anhelo de esos niños desamparados por que ella los agarrase de la mano y les dijese «Te vienes conmigo». Hubiese sido más fácil si un ángel como aquél hubiese mantenido las distancias.

Señaló una foto con un grupo de seis o siete niños. Los ojos de Evan se dirigieron primero a los niños, buscando a su padre y a su madre en cada uno de los rostros. No. No eran ellos. Luego se fijó en el hombre que estaba detrás de los chavales.

Era bajo y tenía poco pelo, pero no estaba calvo del todo.

Llevaba gafas y una estrecha barba académica. Pero la forma de su cara y la seguridad de su actitud eran las mismas. Evan había visto esa cara varias veces en los recortes de noticias que le habían enviado de forma anónima en su conferencia cuatro meses atrás. La sonrisa del hombre era hermética, como si encerrase la fascinante personalidad que lo había convertido en toda una fuerza en Londres.

Alexander Bast.

– Ese hombre, ¿quién es? -preguntó Evan, manteniendo un tono tranquilo.

Phyllis pasó la página; tenía una lista de nombres en la parte de atrás escrita con una cuidada letra cursiva.

– Edward Simms. Era el propietario de la empresa que llevaba el Hogar de la Esperanza. Sólo vino aquí una vez, que yo recuerde. Le pedí que posase con un grupo de niños, en honor a su visita. Dios mío, sonrió; pero cualquiera hubiera pensado que le había tirado un balde de agua hirviendo por encima. Actuaba como si los niños estuviesen sucios. El resto de las señoras lo encontraban encantador, pero a mí no me hace falta oír el cascabel para reconocer a una serpiente.

Carrie le agarró el brazo a Evan con fuerza. Sin decir ni una palabra, señaló a un chico alto y delgado situado al lado de Bast. Su cara mostraba conmoción.

– ¿Qué ocurre, querida? -preguntó Phyllis.

<p id="_Toc203056745">Capítulo 29</p>

Después de un largo rato Carrie dijo:

– Nada. Pensé que…, pero no era nada.

– ¿Estás bien? -preguntó Evan.

Ella asintió:

– Estoy bien.

– Éste fue el último grupo de niños que llegaron antes del incendio, creo… -Phyllis Garner dejó el libro de recortes abierto en su regazo y recorrió la página con los dedos-. Recuerdo que eran tímidos al principio. Y por supuesto, eran niños más mayores, no bebés. Era una pena que todavía no los hubiesen adoptado. La gente quería bebés.

Carrie señaló a un niño alto y desgarbado.

– Estaba en la foto con el señor Simms.

Siguió agarrando el brazo de Evan.

Phyllis sacó la foto de la funda de plástico.

– Escribí sus nombres en la parte de atrás… Richard Allan. -Miró a Carrie con preocupación-. Cielo, ¿estás bien? Todavía pareces afectada.

– Sí, estoy bien, gracias. Tiene razón, es triste que estos niños más mayores no encontrasen un hogar. -La voz de Carrie volvía a sonar normal.

– Era tan injusto -dijo Phyllis-. Sólo buscaban bebés. Éste era un grupo de niños interesante. Guapos, brillantes, claramente bien cuidados y hablaban de forma muy correcta. En el orfanato veías niños para los que la esperanza había desaparecido. No sólo la esperanza de encontrar una familia, sino también la de tener una vida más allá de trabajos precarios. Los huérfanos tienen que librar una batalla cuesta arriba, pero estos niños no parecen destrozados para nada.

Evan pasó una página. Una foto de dos niñas adolescentes con un chico entre ellas, de pelo espeso y castaño, una amplia sonrisa en el rostro, unas pecas desperdigadas por las mejillas y un pequeño hueco entre los dientes delanteros.

Jargo. Seguía teniendo aquellos mismos ojos, fríos y cómplices.

– ¡Dios mío, Dios mío! -dijo Carrie.

Fue casi un gemido. El sudor empezó a recorrer la espalda de Evan.

– ¿Has encontrado a tu padre? -preguntó Phyllis alegremente.

Evan miró el resto de la página. Dos fotos más abajo había dos niños y una niña rubia con los ojos verdes, de una belleza que llamaba la atención pero con un aire serio. Un chico a su lado sostenía una pelota de fútbol, sudoroso después de jugar, con el cabello rubio y peinado de lado, sonriendo y preparado para conquistar el mundo.

Mitchell y Donna Casher preadolescentes, congelados en el tiempo, como Jargo.

– ¿Puedo? -preguntó Evan.

– Por supuesto -respondió Phyllis.

Sacó la foto de la cubierta de plástico y le dio la vuelta. Se leía: «Arthur Smithson y Julie Phelps», escrito con la caligrafía perfecta de Phyllis.

– Smithson -repitió Phyllis-. ¡Eso es! ¿Son tu familia?

– Sí, señora -respondió Evan con voz ronca y forzando una sonrisa.

– Cielo, entonces puedes llevarte la foto, es tuya. ¡Ay, estoy tan feliz de haber podido ayudarte!

Carrie le apretó más el brazo a Evan.

– Phyllis, ¿alguno de los niños de este grupo murió en el incendio?

– No. Los que murieron eran niños más pequeños. Los niños mayores consiguieron salir todos.

– ¿Recuerda adónde fueron después del incendio? ¿A algún otro orfanato en particular? -preguntó Evan.

– No, lo siento. Ni siquiera sé si me informaron. -Phyllis se recostó en la silla-. Nos dijeron que era mejor que no siguiésemos en contacto con los niños.

– ¿Sería posible que nos prestara estas fotos? Podemos hacer copias, escanearlas para pasarlas a un ordenador y devolvérselas antes de marcharnos del pueblo -sugirió Evan-. Nos haría un gran favor.

– Nunca hice lo suficiente por aquellos niños -contestó Phyllis-. Me alegro de que por fin alguien se interese. Llevaos las fotos con mi bendición.


Después de despedirse de Phyllis y de Dealey, se dirigieron al aeropuerto, donde un ordenador y un escáner les esperaba en el avión.

– Mi padre… -dijo Carrie con voz temblorosa-. Aquel chico de la foto que está al lado de Bast es mi padre, Evan. ¡Dios, es mi padre!

– ¿Estás segura?

– Sí. Nuestros padres se conocían. Conocían a Jargo cuando eran niños. -Señaló una de las fotos-. Richard Allan. El nombre de mi padre era Craig Leblanc, pero es él, sé que es él. No vayamos aún al avión; entremos un momento a tomar un café, por favor.

Se sentaron en una esquina de un restaurante de Goinsville. Eran los únicos clientes, a excepción de una pareja mayor sentada en una mesa con bancos corridos que intercambiaba sonrisas y miradas soñadoras, como si estuviesen en la tercera cita.

– Entonces, ¿qué demonios significa esto? -Carrie examinó la foto de su padre como si en ella pudiese encontrar las respuestas. Los ojos se le llenaron de lágrimas-. Evan, míralo. Parece tan joven, tan inocente. -Se enjuagó las lágrimas-. ¿Cómo es posible?

Aquel hombre perverso que había entrado en sus vidas, Jargo, por lo visto hundía sus raíces mucho más profundamente en sus vidas de lo que Evan jamás hubiese imaginado. Aquello entrelazaba su existencia con la de Carrie incluso antes de nacer, lo cual le asustaba: hacía que aquella maldición pareciese una sombra amenazante sobre ellos, bajo cuya oscuridad ninguno de ellos era consciente de vivir.

Evan respiró profundamente para tranquilizarse. Decidió que había que encontrar un orden en ese caos.

– Revisémoslo. -Repasó los hechos usando los dedos de las manos-. Nuestros padres y Jargo estuvieron juntos en el orfanato. El Hogar se quemó junto con todos los registros. Los niños se dispersaron. El Palacio de Justicia del condado se quemó un mes después y todos culparon a un pirómano que se suicidó. Alexander Bast, un agente de la CIA, tiene un orfanato bajo un nombre falso.

– Pero ¿por qué?

– La respuesta la tenemos delante de nosotros, si estuviéramos investigando el pasado de estos niños. Los registros. Los certificados de nacimiento. Se podría crear una identidad falsa fácilmente, utilizando Goinsville y el orfanato como lugar de nacimiento. Puedes decir, sí, yo nací en el Hogar de la Esperanza. ¿Mi certificado de nacimiento original? Por desgracia se quemó en un incendio.

Carrie frunció el ceño.

– Pero el estado de Ohio habría emitido unos nuevos, ¿no? Habría reemplazado los registros.

– Sí, pero basándose en la información aportada por Bast -dijo Evan-. Éste podría haber falsificado los registros para reivindicar que todos los huérfanos que vivían en el Hogar de la Esperanza habían nacido allí. Quizás esos niños tenían identidades diferentes antes de llegar al orfanato. Pero llegaron aquí y eran Richard Allan, Arthur Smithson y Julie Phelps. Después del incendio tendrían nuevos certificados de nacimiento con esos nombres, para siempre y sin preguntas. Y luego simplemente pedirían un nuevo certificado de nacimiento a nombre de docenas de niños en Goinsville.

Carrie asintió:

– Una fuente de identidades nuevas.

Evan bebió un trago largo de café. No podía apartar los ojos de la foto: su madre había sido tan hermosa y su padre parecía tan inocente…

– Volvamos atrás. Volvamos a Bast, porque él es el desencadenante. Dime por qué un propietario de clubes nocturnos, amigo de famosos, se interesa por un orfanato en Estados Unidos.

– La respuesta es que no es simplemente un juerguista londinense -dijo Carrie.

– Sabemos que trabajaba para la CIA.

– Pero en un nivel de base.

– O eso dice Bedford.

– Bedford no es un mentiroso, Evan, te lo prometo.

– Olvidemos a Bedford. Para la agencia esto debe de haber sido una manera de crear identidades nuevas con facilidad.

– Pero eran sólo niños. ¿Por qué iban a necesitar identidades nuevas?

– Porque… formaban parte de la CIA. Hace mucho tiempo. Es sólo una teoría.

Carrie se puso pálida y dijo:

– Pero si Los Deeps formaban parte de la historia de la CIA, ¿no lo sabría Bedford?

– A Bedford le encargaron seguir a Jargo hace sólo un año. No sabemos lo que le dijeron. -Evan le agarró las manos a Carrie-. Nuestras familias dejaron atrás sus vidas. Dejaron de ser Richard Allan, Julie Phelps y Arthur Smithson y adoptaron nombres nuevos. Puede que a Bedford le dijesen que era un problema heredado en lugar de un terrible secreto.

Evan volvió al montón de fotos.

– Mira esto. Jargo con mi familia.

Señaló una foto de un joven alto y musculoso de pie entre Mitchell y Donna Casher, rodeando con sus grandes brazos los hombros de ambos, esbozando una sonrisa torcida que era más de seguridad que de amistad. Mitchell Casher estaba un poco inclinado hacia la cara de Jargo, como si le estuviese preguntando algo. Donna Casher estaba rígida, incómoda, pero su mano agarraba la de Mitchell.

Carrie observó la cara de Jargo y miró la de Mitchell.

– Tiene un parecido con tu padre.

– No lo veo.

– La boca -dijo ella-. Él y Jargo tienen la misma boca. Mírales los ojos.

Ahora Evan vio la similitud en la curva de la sonrisa.

– Es sólo que están sonriendo mucho.

No quería mirarles los ojos: la mirada entrecerrada era casi idéntica. No podía ser, pensó. No podía ser.

Carrie miró la parte de atrás de la foto.

– Sólo dice Artie, John, Julie.

Evan le dio la vuelta a otra foto de Jargo que Phyllis le había enseñado.

– John Cobham.

– Cobham, no Smithson.

Le cogió las manos a Evan.

– Las fotos están descoloridas -dijo con un hilo de voz-. Los rasgos están borrosos y eso hace que la gente se parezca.

Ella se recostó y dijo:

– Olvídalo. Lo siento. Volvamos a lo que tú decías, si Bedford lo sabe o no. No creo que lo sepa, si no no se hubiese molestado en enviarnos aquí.

– Entonces, ¿qué le vas a decir?

– La verdad, Evan. ¿Por qué no?

– Porque quizá, sólo quizá, sea una vergüenza de la CIA que Bedford desconoce. Bast trajo aquí a esos niños, creó nombres para ellos, hizo que fuese muy difícil para cualquiera encontrar un registro sobre ellos; y trabajaba para la CIA. -Evan se inclinó hacia delante-. Quizá la CIA cogió a estos niños y los crió para convertirlos en espías y asesinos.

– Ésa es una teoría disparatada. La CIA nunca haría eso.

– No te pongas de parte de la CIA automáticamente. -Evan bajó la voz, como si Bedford estuviese sentado en el banco de al lado-. No estoy atacando a Bedford, pero no me digas lo que la agencia, o un pequeño grupo de gente descarriada que trabaja allí, pudo haber hecho o no hace cuarenta años, porque no lo sabemos. Bast era de la CIA, y trajo a nuestros padres aquí por una razón.

Carrie levantó una mano,

– Imagínate que tienes razón, que este grupo recibió nombres y vidas nuevas y que todos pasaron a trabajar para Jargo. ¿Por qué? Ésa es la pregunta.

– Bast murió. Jargo ocupó su puesto.

– Jargo mató a Bast. Tiene que ser eso.

– Quizás. Está claro que Jargo controlaba a nuestros padres y quizás al resto de los niños; un control del que no podían escapar. Quiero ir a Londres.

– Para averiguar cosas sobre Alexander Bast.

– Sí. Y para ver a Hadley Khan. Él conocía la conexión entre Bast y mis padres. No puede ser una coincidencia.

– Tampoco puede ser una coincidencia que tu madre escogiese este momento para robar los archivos y escapar. Sabía que se habían acercado a ti para hablarte de Bast.

– Nunca se lo dije. Nunca. Sabes que no hablo de mis películas mientras estoy planeándolas. Tú fuiste la primera persona a la que se lo conté.

– Evan. Ella lo sabía. Le enviaste un correo electrónico a Hadley Khan intentando averiguar por qué te había dejado aquel paquete sobre Bast. Pudo haber mirado en tu ordenador. Quizá vio el nombre de Bast en el correo para Hadley, o cuando me conoció… quizá le recordé a mi padre. A lo mejor tenía miedo de que te reclutasen y sólo quería una vía de escape permanente para tu familia.

– Me espiaba… -Sabía que era verdad-. Mi propia madre me espiaba.

Carrie alargó las manos a través de las tazas de café para cogerle la suya.

– Lo siento muchísimo, Evan.

La foto de Bast, desperdigada entre las fotos de sus padres y de Jargo hacía una eternidad, les sonreía.

Llamaron a Bedford desde el avión y le explicaron lo que habían averiguado.

– Queremos ir a Londres -explicó Evan-. La última vez que mi madre trabajó como fotógrafa fue allí, Hadley Khan está allí y Bast murió allí. ¿Puedes hacer que la CIA en Londres nos consiga el expediente completo sobre la muerte de Bast?

– En el expediente de Bast no hay constancia de ese orfanato -dijo Bedford-. ¿Estás seguro de que el de la foto es él?

– Sí. ¿Puede ser que este expediente fuese censurado por alguien de la CIA que quisiese ocultar su implicación?

– Todo es posible.

La voz de Bedford sonaba tensa, como si las reglas del compromiso se acabaran de escribir de nuevo. Evan podía ver cómo aumentaba la tensión en la cara de Carrie: «¿A qué demonios nos estamos enfrentando aquí?».

– Londres -repitió Evan-. ¿Podemos ir?

– Sí -dijo Bedford-, si Carrie se encuentra lo suficientemente bien como para viajar.

– Estoy bien. Cansada, pero puedo dormir durante el vuelo -dijo Carrie.

– Hablaré con la oficina de Londres para que os recojan y también con vuestro coordinador de viajes, pero creo que necesitaréis un piloto nuevo. Cambiad de avión en Washington. Y, Carrie, haré que te examine un médico antes de que vayas al Reino Unido, y otro médico cuando llegues a Londres.

– Gracias, Albañil.

Bedford colgó. Carrie fue al servicio y Evan cerró los ojos para pensar.

Oyó a Carrie volver a su asiento, pero siguió con los ojos cerrados. El avión rugió sobre Ohio y luego giró hacia Virginia. Dejaba atrás un trozo de suelo que era el primer paso en la larga mentira de la existencia de su familia.

Se imaginó que estaba en el estudio de su casa de Houston, descargando la cinta digital en su ordenador y abriéndose paso hacia veinte horas de imágenes, cortando la porquería superflua de la historia que quería contarle a la audiencia sentada en la silenciosa oscuridad. Una vez había leído que Miguel Ángel simplemente extrajo los trozos de mármol que no tenían, que estar allí y que encontró el David oculto dentro de la masa de piedra. Su David era la verdad sobre sus padres, la información que liberaría a su padre.

Entonces, ¿cuál era la verdadera historia? ¿Dónde estaba la delicada obra de arte bajo el bloque de mármol?

Abrió los ojos. Carrie estaba sentada mirando hacia delante, encorvada como si un viento frío la envolviese.

De repente, el corazón de Evan se llenó de… ¿de qué? No lo sabía. Pena, tal vez tristeza. Ninguno de ellos había pedido nacer en medio de este desastre, pero ella había elegido permanecer en él. Primero por sus padres, luego por Bedford y ahora por él.

Evan sintió en su corazón el peso de lo que le debía, en lugar de la confusión y el dolor por sus últimas mentiras.

– ¿En qué piensas? -preguntó Evan.

– En tu padre -dijo ella-. Te pareces a él en la sonrisa. En aquellas fotos, tu padre tenía una sonrisa muy inocente. Me pregunto si está asustado; por él y por ti.

– Jargo le ha dicho mil mentiras, estoy seguro.

– Sólo tiene que decir una realmente buena.

– Una mentira no fue suficiente para engañarte -dijo Evan.

– Me pregunto si nuestros padres tuvieron alguna vez miedo de que averiguásemos la verdad y nos alejásemos de ellos.

– Estoy seguro de que sí. Incluso sabiendo que los queríamos.

– Pero mi padre me reclutó y me metió en este mundo, igual que Jargo con Dezz. Todavía no entiendo por qué lo hizo. -Su voz sonaba cansada, no enfadada.

– No sabemos si tuvo elección, Carrie. Quizá creía que si te metías en el negocio no lo rechazarías.

– Le habría querido igualmente. Creo que eso lo sabía.

– Estoy seguro de que sí.

Carrie sacudió la cabeza.

– Ahora mismo siento que vivió una vida de la que nunca supe una palabra. Hay un montón de pensamientos, preocupaciones y miedos que tuvo que mantener en secreto. Es como si no lo conociese de nada. Probablemente así es como te sientes tú con tu padre. -«O conmigo», esperó Evan que dijese, pero ella no lo hizo.

Él carraspeó para aclararse la voz.

– Sólo sé que quiero al padre que conozco, y no puedo más que creer que ésa es la parte más auténtica de mi padre, independientemente del resto de cosas que haya hecho.

– Ya lo sé. Yo me siento igual. Te habría gustado mi padre, Evan.

– Debes de echarlo de menos.

– Dios mío, verlo en esas fotos, tan joven… todavía me impresiona. -Se enjuagó las lágrimas. Evan se sentó junto a ella, la rodeó con el brazo y le secó las lágrimas de la mejilla-. No confiaban en nosotros para decirnos la verdad -dijo después de un momento.

– Intentaban protegernos.

– Eso es lo que yo quería hacer contigo. Protegerte. Siento haberte fallado.

– Carrie, no me has fallado. Ni una sola vez. Sé que te encontrabas en una situación terrible; lo sé.

– Pero me odias un poco por mentirte.

– No.

– Si me odiases -dijo ella-, lo entendería.

– No te odio.

La necesitaba. Fue una certeza repentina. El hilo de la tragedia los había unido para siempre, del mismo modo que estaban unidos los padres de Evan y el padre de Carrie.

Evan la besó. Fue tan indeciso y tímido como suele ser un primer beso, un auténtico primer beso. Se echó hacia atrás para admirarla y ella cerró los ojos y sus labios se encontraron suavemente, una vez, dos veces; luego la besó apasionadamente. Era una mezcla de ternura y necesidad de demostrarle que la amaba.

Ella se separó y dejó su frente apoyada en la de él.

– Nuestras familias vivieron vidas falsas. Yo lo hice durante un año, pero no quiero vivir una mentira nunca más; no te puedes imaginar lo solitario que es. No quiero que tú lo hagas. Podemos ser simplemente nosotros. Te quiero, Evan.

Él quería creer. Necesitaba amar, necesitaba creer en lo mejor de ella. Necesitaba recuperar lo que había perdido, al menos parte de ello. Esa idea le vino de repente y brilló en su cabeza, estallando como si fueran fuegos artificiales. Quería estar solo con ella, lejos de los micrófonos ocultos de la CIA; lejos de sus padres, atrapados en viejas fotos como si fuesen extraños; lejos de la muerte y del miedo.

– Yo también te quiero -dijo en voz baja Evan.

Carrie se acurrucó en sus brazos y Evan la abrazó hasta que se quedó dormida.

«Podemos ser simplemente nosotros.»

«Sí -pensó-. Cuando Jargo esté muerto. Cuando lo haya matado.»

Mientras el avión despegaba hacia Virginia con gran estruendo, Evan no se preguntaba si ella era la misma mujer a la que había amado: se preguntaba si él seguía siendo el mismo hombre que ella amaba.

<p id="_Toc203056746">Capítulo 30</p>

Jargo estaba tumbado, medio despierto, medio dormido, esperando la llamada telefónica que pondría fin a aquella pesadilla. Era de nuevo un chico sentado en la habitación oscura, escuchando la voz de Dios resonar en sus oídos. Dios estaba muerto, lo sabía, pero no así la idea de Dios, un ser tan poderoso que ejercía un control absoluto sobre ti, sobre si respirabas o si morías. El chico que había sido llevaba tres días sin dormir.

– El reto -dijo la voz, delicada, tranquila y con acento británico- es que conviertas un fallo en una oportunidad.

Jargo el chico (su nombre entonces era John, el nombre que más le había gustado) dijo:

– No lo entiendo.

– Si creas una situación y pierdes el control sobre ella, debes ser capaz de retomar esa situación, de convertirla en una ventaja para ti.

– Así que si caigo de un edificio de diez pisos… La verdad es que no sé cómo puedo convertir eso en una victoria.

Tenía trece años y empezaba a cuestionarse el mundo que siempre había conocido.

– Me refiero a situaciones que se pueden solucionar -respondió la voz sin mostrar signos de impaciencia-. Tú vives y respiras, puedes manipular a la gente. Debes construir cada trampa para que, si la presa escapa, no crea que tú la pusiste.

– ¿Por qué tiene que importarme lo que piense una víctima que escapa? -preguntó Jargo.

– Estúpido, chico estúpido -dijo la voz-. ¿No lo ves? Todavía hay que tender la trampa. Tú tienes que permanecer en el anonimato, que no surja ninguna sospecha sobre ti. No creo que jamás estés preparado para dirigir.

Sonó el teléfono.

Jargo se puso en pie, parpadeando; el chico asustado sentado en la oscuridad tardó un rato en desaparecer y luego se fue. Buscó a tientas el teléfono y descolgó.

– Tengo los registros de llamadas de móviles de tu rincón especial de Ohio.

– De acuerdo -dijo.

– Los he introducido en tu sistema -dijo Galadriel.

– Te diré lo que estoy buscando: llamadas al área metropolitana de Washington DC.

– Hay siete -respondió ella tras un momento.

– Dame las direcciones de todos esos números.

Se produjo una pausa.

– Dos residencias. Cinco oficinas del gobierno, en su mayoría oficinas del Congreso y la Seguridad Social.

– ¿Ninguna llamada a una dirección confirmada de la CIA?

– Ninguna -aseguró Galadriel después de otro instante-. Pero no tenemos una lista completa de los números de la CIA. Sabes que eso es imposible.

– Consigúeme las llamadas desde o hacia teléfonos de Virginia y Maryland.

Otra pausa.

– Sí. Sesenta y siete durante el día.

– ¿Alguna a Houston?

– Quince.

– Consigúeme las direcciones de cada una de ellas -lo llamaban por la otra línea-. Espera un momento -respondió a la otra llamada-. ¿Diga?

– Creo que vuelan hacia el Reino Unido -dijo la voz.

Jargo cerró los ojos. Podía oír el zumbido de la Game Boy de Dezz al final del pasillo, y la voz tranquila de Mitchell. Habían tenido un día largo y no habían avanzado mucho en la elaboración de un plan para recuperar a Evan. Pero ahora todo acababa de cambiar.

– ¿Desde dónde?

– Sospecho que desde una clínica de la agencia en el sureste de Virginia. Se llama Clínica North Hill. Hay una pista de aterrizaje privada cerca y la solicitud viene de esa pista.

– ¿Volaron allí desde Nueva Orleans?

– No lo sé. Sólo he visto la solicitud de un avión para volar desde el espacio aéreo de Washington hasta el Reino Unido. Ni siquiera estoy seguro de que sean ellos. Pidieron que un médico fuese al avión antes de que despegara, y también otro a su llegada a Londres. Si tu antigua agente está herida… podría ser ella. Por supuesto, también podría ser un agente viejo que necesite asistencia médica.

– Has dicho «fuese al avión». ¿Dónde más ha estado?

– No lo sé.

– ¿No encuentras otra solicitud para una viaje hoy?

– No. Debe de ser un vuelo doméstico. La información sobre vuelos domésticos está bastante protegida, y yo no estoy autorizado para acceder a ella.

– ¿Cuál es la identidad para el vuelo al Reino Unido?

– También está clasificada, pero es una operación conjunta con la inteligencia británica. Es todo lo que sé. -La voz empezó a ponerse nerviosa-. Sería mejor que controlases esto, Jargo…

– Está bajo control. Espera. -Volvió a ponerse al teléfono con Galadriel-. Quiero saber si hoy se ha realizado alguna llamada a teléfonos móviles en el sudoeste de Virginia desde teléfonos ubicados en aviones en nuestro territorio de Ohio. Cruza todos los datos con cualquier número de teléfono federal o de la CIA en esa zona.

– No estoy segura de poder rastrear llamadas de aviación -dijo Galadriel-. No sé si se gestionan de manera diferente.

– Tú hazlo. Busca también llamadas por satélite.

Oyó el martilleo en las teclas. Esperó durante unos cuantos minutos, escuchando cómo los dedos bailaban por el teclado mientras entraba en las bases de datos. Galadriel tarareaba de forma poco melodiosa mientras trabajaba.

– Sí. Sólo una, si estoy interpretando los datos correctamente. Fue a través de un transmisor cerca de Goinsville, Ohio, a un número asignado con la Clínica North Hill, situada al este de Roanote. Fue a las dos y cuarenta y siete de esta tarde.

Habían estado en Goinsville.

Jargo cerró los ojos y pensó en sus cada vez más escasas opciones. «Debes construir cada trampa para que, si la presa escapa, no crea que tú la pusiste.» Era la lección más dura que jamás había aprendido, pero esa filosofía había mantenido a Los Deeps con vida en la sombra, y los había hecho ricos. Se había exprimido el cerebro durante toda la noche y aquel día, intentando buscar una manera de atrapar a Evan y sacarlo a la luz; de devolverlo a su mundo para que fuese más fácil matarlo, mientras le hacía creer a Mitchell que lo estaban rescatando.

Pero quizá lo que estaba sucediendo no fuera un desastre. Quizás era su mejor oportunidad de sacarse de encima todos los dolores de cabeza, todas las amenazas.

Goinsville. Tal vez no hubiesen encontrado nada. ¿Qué podían encontrar? Nada: su vida allí formaba parte de un pasado que nadie recordaba. Pero el hecho es que habían encontrado algo. Londres era la siguiente parada, y no podía descartar la posibilidad de que Evan supiese mucho más de lo que su padre creía que sabía.

Algunas situaciones requerían un corte lento; otras exigían un corte definitivo en el cuello.

Había llegado el momento de ser cruel.

Volvió al otro teléfono.

– Todavía necesito tu ayuda.

– ¿Qué quieres? -preguntó la voz.

– Querer. Vaya concepto, querer. -Jargo sabía el dolor que le causaría a Mitchell. No era ciego ante el sufrimiento; el dolor era irrelevante. Jargo también sufriría su propio revés, pero no tenía elección-. Quiero una bomba.


Capítulo 27

<p id="_Toc203056743">Capítulo 27</p>

El miércoles por la mañana, durante el desayuno, Evan y Carrie se miraron el uno al otro observando su nuevo aspecto.

– No pareces tú -dijo Evan.

– Bienvenido a la peluquería de El Albañil.

El pelo de Evan era ahora de un color caoba vivo y lucía un corte limpio de aspecto militar; sus ojos de color avellana estaban ocultos tras unas lentillas marrones. Llevaba un traje negro con una camisa blanca, un cambio con respecto a su colorida ropa habitual. El pelo oscuro de Carrie había sido aclarado hasta dejarlo rubio y se lo habían cortado. Llevaba gafas con cristales tintados que hacían que sus ojos pareciesen marrones en lugar de azules.

– Llámame el chico camaleón -dijo Evan.

– Espero y rezo para que ésta sea la última vez que tienes que pasar por una transformación.

Tras revisar sus planes con Bedford, Evan y Carrie subieron a bordo del pequeño avión del gobierno que los había traído desde Nueva Orleans. Volaron hacia Ohio y aterrizaron en un pequeño aeropuerto regional al este de Dayton.

Bedford había preparado un coche para ellos y, mientras el piloto se apresuraba a ir a por él, Carrie y Evan esperaron bajo un toldo delante del aeropuerto. La lluvia cargaba el cielo plomizo y un viento húmedo soplaba sin parar. Evan tenía un paraguas que había cogido en el avión, pero desestimó la idea de abrirlo para protegerse del agua y hablar con Carrie, aún estando en medio del aparcamiento. Podía haber un micro escondido dentro del mango. Podría haber un micro en el coche. El piloto informaría a Bedford de cada palabra que dijese. Se preguntaba cómo habían podido soportar sus padres la carga del engaño continuo; quizás eso explicase el silencio entre ellos, la amable discreción del amor que necesitaba pocas palabras.

Goinsville, de donde Bernita Briggs le había dicho que procedía la familia Smithson, su familia, estaba a unos dieciséis kilómetros al oeste de la Interestatal 71. El piloto conducía. Evan iba sentado en el asiento de atrás. Carrie tenía el brazo en cabestrillo y parecía cansada, pero aliviada. Aliviada, pensó Evan, de estar por fin fuera de la cama y de ir a por Jargo.

Dejaron al piloto de la CIA bebiendo café y pidiendo un segundo desayuno en un pequeño restaurante a las afueras de la ciudad, enfrascado en una gruesa revista de autodefinidos.

Evan condujo hasta Goinsville y aparcó en la plaza del pueblo. Había cuatro tiendas de objetos usados que intentaban hacerse con los dólares de los compradores de antigüedades; un café al aire libre con sillas desgastadas y vacías; una consulta de oftalmología; un despacho de abogados y una oficina del registro.

Una ciudad normal y anónima.

– Goinsville nunca llegó a despegar -dijo Evan.

Condujo un bloque más allá de la plaza y aparcó delante de un edificio nuevo en el que se podía leer «Biblioteca Pública de Goinsville» en letras metálicas sobre los ladrillos.

Evan le dijo a la bibliotecaria de servicio que estaba buscando a sus antepasados.

La mujer, pequeña, morena y hermosa, frunció el ceño.

– Si están buscando certificados de nacimiento de antes de 1967 no tendrán suerte.

– ¿Por qué?

– El Palacio de Justicia del condado se incendió y todos los registros se quemaron con él. Nosotros somos la sede del condado. Del sesenta y ocho en adelante podemos encontrar algo.

– ¿Qué me dice del periódico local?

– Lo tenemos en microfilme hasta los años cuarenta -dijo la bibliotecaria-. También disponemos de algunas guías de teléfonos viejas en su formato original, si puede ayudarles. ¿Cuál es el apellido?

– Smithson.

Era la primera vez que podía reclamar ese nombre como propio, la primera vez que lo decía en alto en público. «Arthur y Julie Smithson. Antes vivían aquí. Se criaron aquí.»

– No conozco a ningún Smithson -dijo la bibliotecaria.

– Mis padres se criaron en un orfanato.

– Cielos, aquí no hay orfanatos. El más cercano sería el de Dayton, estoy segura. Pero sólo llevo viviendo aquí cinco años.

Les mostró las máquinas de microfilmes, les dijo que la llamasen si necesitaban ayuda, y se retiró a su mesa.

– Deben de haber cerrado el orfanato -comentó Evan. O la señora Briggs se había equivocado. O bien era una mentirosa-. Empieza por las guías de teléfono actuales, busca a cualquier Smithson. Yo empezaré por el periódico. Pero tengo que ir al baño.

Ella asintió y él volvió al vestíbulo de entrada. Cerca de los baños había una cabina telefónica. Le echó unas monedas y marcó el móvil de El Turbio.

– ¿Sí?

– Turbio, soy Evan. Sólo tengo unos segundos. ¿Estás bien?

– Sí, tío. ¿Dónde estás?

– Estoy bien. Estoy con… el gobierno.

– Por favor, dime que estás de coña.

– No lo estoy. ¿Ya has vuelto a Houston?

– Sí. Me pagué un billete de vuelta en avión con mi visa, tío, me lo debes. -Pero la antigua mordacidad de su tono cuando hablaron en Houston había desaparecido-. ¿Seguro que estás bien?

– Sí, y te haré llegar algo de dinero.

– No… no quiero parecer cutre. Es sólo que ahora estoy asustado, Evan.

– No deberías dejar que te vean.

– No lo hago. Llamé al trabajo para decir que estaba enfermo; estoy en casa de un amigo.

– Buena idea. ¿Grabaste a Jargo y a Dezz?

– Una imagen cristalina. Pillé a Dezz agarrando a la churri y también cuando le disparó al guardia y falló. Eso en Luisiana se llama intento de asesinato, creo.

– Necesito que cargues la grabación en un servidor remoto desde donde pueda bajármela. ¿Sabes hacer eso?

– No, pero mi amigo entiende de ordenadores. ¿Dónde lo quieres?

Evan le dio el nombre de un servidor remoto que había utilizado para almacenar las pruebas de rodaje de sus películas, así siempre tenía una copia de seguridad externa por si le robaban el ordenador o se le incendiaba la casa.

El Turbio repitió la información.

– Abriré una cuenta a nombre de mi hermanastro. La contraseña es «evanmelodebe».

– Gracias, Turbio. No te metas en problemas.

– ¿Cuándo vuelves a Houston?

– No lo sé. Gracias por todo. Te enviaré tu dinero.

– Tío, no te preocupes por eso. Ándate al loro.

– Lo haré. Tengo que marcharme, Turbio. Ten cuidado. Te llamaré cuando pueda.

Volvió a la mesa y Carrie le sonrió cuando se sentó.

– No hay mucho que buscar en las guías de teléfonos de los últimos veinte años -dijo-. No hay ningún Smithson. Ya me he puesto con los periódicos; puedes empezar con esa parte.

Evan puso el microfilme para buscar en el periódico del pueblo. Era consciente de la cercanía de Carrie, del olor a jabón de su piel, de cómo sería besarla y fingir que aquella pesadilla no había ocurrido.

Nunca volvería a ser lo mismo entre ellos, lo sabía. La inocencia había desaparecido para siempre.

– Puede que tus padres le mintiesen a tu fuente -indicó Carrie.

– Si no te importa, no te diré el nombre de mi fuente.

No le había revelado a nadie el nombre de Bernita Briggs ni cómo había averiguado la información que vinculaba a su familia con los desaparecidos Smithson. Bedford no lo había presionado.

– No, claro; estás protegiendo a esa persona. Yo haría lo mismo en tu lugar.

– Quiero confiar en ti. Sé que puedo. Es sólo que no quiero que Bedford lo sepa.

– Puedes confiar en él, Evan -aseguró Carrie, pero volvió a la búsqueda.

Empezó con unos periódicos en microfilme que comenzaban en enero de 1968. Las noticias de Goinsville estaban plagadas de eventos cívicos, reportajes sobre granjas, orgullosos artículos sobre los estudiantes de la escuela y unas cuantas noticias del resto del mundo. Giró la rueda del lector y pasó accidentes de coche, nacimientos, noticias de fútbol, un desfile de los scouts del águila y de los homenajeados de la Escuela de Futuros Granjeros de América.

Se detuvo en el 13 de febrero de 1968, cuando se incendió el Palacio de Justicia del condado. Leyó el artículo. El fuego había calcinado por completo los papeles del antiguo palacio de justicia. Durante los días posteriores se habló de incendio provocado, de lo que también se sospechó en el caso del fuego del orfanato, tres meses antes. Los investigadores estaban intentando buscar una conexión entre los dos incendios.

– ¿Estás al final de 1967? -preguntó Evan.

– No, estoy a mediados del sesenta y tres.

– Vete a noviembre de 1967. Lo he encontrado. Un incendio en un orfanato.

Encontró el relato del periódico en pocos minutos. El Hogar de la Esperanza acogía a los hijos ilegítimos y no deseados en Goinsville después de la Segunda Guerra Mundial. Al parecer, las semillas extraviadas del suroeste de Ohio que no acababan en hogares de la iglesia en Dayton o Cincinnati echaban raíces en el Hogar de la Esperanza, que acogía tanto a chicos como a chicas. En 1967, el fuego ardió en las oficinas de administración del orfanato, extendiéndose como la pólvora por el resto del complejo. Murieron cuatro niños y dos adultos por inhalación de humo. El resto de los niños fueron trasladados a otras instalaciones en Ohio, Kentucky y el oeste de Virginia.

El Hogar de la Esperanza nunca volvió a abrir sus puertas. Evan regresó a la historia del incendio del Palacio de Justicia. La mayoría de los artículos escritos sobre la tragedia del orfanato y sobre el incendio del Palacio de Justicia llevaban la firma de Dealey Todd.

– Busquémosle en la guía telefónica más reciente -propuso Evan.

Carrie lo buscó.

– Está aquí.

– Lo llamaré para ver si quiere hablar con nosotros.

Y así lo hizo.

– Su mujer dice que está jubilado, en casa y aburrido. Vayamos.


Capítulo 28

<p id="_Toc203056744">Capítulo 28</p>

– Esos pobres niños -dijo Dealey Todd.

Rondaba los ochenta, pero tenía la sonrisa infinita de un niño. El tiempo le había ganado la batalla a su pelo hacía mucho, dejando ver una estela de pecas por toda la cabeza. Llevaba unos pantalones caqui viejos que necesitaban un lavado y una camisa descolorida por el uso. Su estudio era una ratonera llena de libros en edición rústica y tres televisores: una con la CNN y sin sonido y las otras con telenovelas, también sin sonido.

– Estoy aprendiendo español -explicó.

– Está mirando a chicas guapas -puntualizó su esposa.

Evan sintió que se le tensaban los músculos del cuello al ver la CNN sintonizada. Su cara había salido en ella en repetidas ocasiones durante los últimos dos días, aunque otras historias ya lo habían desbancado de las noticias. Pero el disfraz de Bedford parecía funcionar: cuando Evan y Carrie se presentaron como Bill y Terry Smithson, Dealey Todd los miró con la misma curiosidad que a cualquier otro extraño. Probablemente Dealey les prestaba más atención a los pechos que salían en las telenovelas que a la información de las noticias.

La señora Todd era una mujer bulliciosa que les ofreció café y rápidamente desapareció, marchándose a la cocina para ver otro televisor.

Evan decidió jugar la carta de la compasión.

– Creemos que mis padres pasaron por el orfanato del Hogar de la Esperanza, pero sus informes fueron destruidos -comentó Evan-. Estamos intentando encontrar cualquier otra fuente alternativa de información, y también saber más cosas sobre el Hogar. Mis padres murieron hace varios años y queremos unir el rompecabezas de su vida anterior.

– Es admirable -dijo Dealey Todd- ese interés por tus padres. Mi hija vive en Cleveland y no se molesta en llamar más que una vez al mes.

– Dealey-llamó la señora Todd desde la cocina-, a ellos eso no les importa, cariñito mío.

Su cariñito puso una cara amarga y dijo:

– De acuerdo, el orfanato. -Se encogió de hombros, volvió a sonreír y le dio un sorbo a su café solo-. El orfanato se quemó diez años después de construirlo, así que os queda un camino difícil para encontrar información.

Evan sacudió la cabeza.

– Tiene que existir alguna fuente. ¿Quién lo construyó? Quizá la organización benéfica que lo financiaba tenga lo que necesito.

– Déjame ver. -Cerró los ojos para pensar-. Originariamente lo puso en marcha una organización benéfica aconfesional de Dayton, pero luego lo vendieron a… -Se daba golpecitos en el labio superior-. Veamos, intento recordar el nombre de una empresa de Delaware. Probablemente encontraréis el registro de la venta en la oficina del secretario del condado. Pero recuerdo que fueron a la quiebra después del incendio, y nadie reconstruyó el orfanato.

Un propietario en quiebra. Sólo Dios sabía lo que había ocurrido con esos archivos. Pero Evan había aprendido en sus entrevistas para los documentales que los callejones sin salida a menudo tenían atajos, pero no estaban a la vista. Pensó un segundo y preguntó:

– ¿Cómo se sentía la gente de la ciudad con respecto al orfanato?

– ¿Sabes? No es que Goinsville no sea un lugar caritativo, pero muchas personas de por aquí no estaban precisamente rebosantes de alegría con el orfanato. Había una especie de sentimiento de «sí, pero no en mi barrio». Un puñado de beatas se sentían un tanto molestas con esto…

– Dealey, cariñito mío, no exageres -apuntó la señora Todd desde la cocina.

– Pensé que cuando me jubilase del periódico dejaría atrás a los editores -señaló Dealey.

Silencio en la cocina.

– No estoy exagerando -les dijo a Evan y a Carrie-. A la gente no le gustaba especialmente que las muchachas con problemas fuesen al Hogar de la Esperanza y dejasen allí sus preciosas cargas. Tenían a los pecadores junto con el producto final.

De repente se quedó callado y sonrió con preocupación al recordar que estaba hablando de los padres y de los abuelos de Evan.

– ¿Alguien odiaba aquel lugar lo suficiente como para quemarlo? -preguntó Evan.

– Al principio, todo el mundo pensó que había sido un accidente causado por los cables eléctricos. Pero seis meses después del incendio, un adolescente llamado Eddie Childers mató a su madre de un disparo y luego se pegó un tiro. La policía encontró recuerdos de los lugares incendiados: patucos, un uniforme de chica del orfanato, fotos de familia de los trabajadores del Palacio de Justicia. Todo estaba guardado bajo su cama. Nunca lo olvidaré; yo estaba allí cuando los oficiales encontraron todo eso. Y dejó una nota responsabilizándose de todo. Era un crío rebelde. Fue triste, muy triste.

– Así que todos los archivos sobre los niños nacidos en el Hogar de la Esperanza fueron destruidos -dijo Evan-, porque tanto el orfanato como el Palacio de Justicia desaparecieron y los propietarios entraron en quiebra.

– Sí, básicamente -respondió Dealey-. Recuerdo que escribí unos cuantos artículos sobre la empresa propietaria del orfanato después de que ardiese… porque ya sabes, acabó con unos veinte puestos de trabajo o así en la ciudad. La gente esperaba que lo reconstruyesen. Veinte puestos de trabajo son veinte puestos de trabajo.

– Bueno, buscaremos los artículos en la biblioteca -propuso Carrie.

«Esto es un callejón sin salida, no es nada. No puede ser -pensó Evan-. Ése es el quid de la cuestión: Goinsville es un callejón sin salida.» Alguien quería que fuese el final del camino para cualquiera que viniese buscando a los padres de Evan. «No puede ser. No puedes tener un negocio que se ocupa de cuidar niños y que todos los retazos de su historia desaparezcan…»

– Gracias por su tiempo -dijo Carrie.

– Veinte puestos de trabajo -dijo Evan de repente-. Dígame, ¿conoce a alguien que trabajase en el Hogar de la Esperanza que todavía siga vivo?

Dealey se mordió el labio, pensativo. La señora Todd salió de la cocina:

– Bueno, la mujer del primo de Dealey trabajaba en el orfanato como voluntaria. Les leía cuentos a los niñitos todos los miércoles, ¿sabe? Despertaba su interés por los libros, porque ya sabe que ésa es la clave del éxito. Me acuerdo porque Phyllis ganó un premio a la «Voluntaria del año» y mi suegra me dio la lata durante semanas para que me presentase como voluntaria. Ella podría ayudaros o daros los nombres de los empleados.

– ¿Por casualidad vive todavía por aquí cerca? -preguntó Evan-. Podría enseñarle fotos de mi padre y de mi madre a ver si se acuerda de ellos.

– Claro -respondió Dealey-. Phyllis Garner vive a cinco calles de aquí.

– Phyllis no tiene ni un pelo de tonta -añadió la señora Todd-. Lástima, cariñito mío, que eso no sea común en tu familia.

Con una rápida llamada de teléfono se informaron de que la señora Garner estaba en casa, viendo el mismo culebrón que la señora Todd. Condujeron cinco calles más con Dealey Todd hasta una casa de ladrillo perfectamente conservada a la que daban sombra unos robles gigantes. La señora Garner llevaba un conjunto de suéter y chaqueta de color lavanda, iba perfectamente peinada y tenía como mínimo ochenta y cinco años.

Mediante un gesto, Phyllis Garner los invitó a sentarse en un sillón con estampado floral.

– Sé que ha pasado mucho tiempo, señora. -Evan le mostró fotos actuales de sus padres-. Sus nombres eran Arthur y Julie Smithson.

Phyllis Garner estudió la foto.

– Smithson. Creo que recuerdo ese nombre. ¡James! -Phyllis llamó a su nieto, que andaba haciendo chapuzas en el garaje-. Ven a ayudarme un minuto.

Y ambos desaparecieron en un sótano, dejando a Dealey, a Evan y a Carrie hablando del tiempo y de fútbol universitario, dos de los más vivos intereses de Dealey.

Phyllis volvió quince minutos después, llena de polvo, pero sonriente. Su nieto traía una caja. La puso en la mesa del café y se marchó a terminar de hacer sus chapuzas.

Phyllis se sentó entre Evan y Carrie, abrió la caja y sacó un álbum de recortes amarillento.

– Fotos de los niños. Recuerdos. Me hacían dibujos y los firmaban «para la señorita Phyllis». Había una niña que siempre firmaba «para mi mamá»; me decía que necesitaba practicar conmigo para el día que tuviese una madre de verdad. Me rompía el corazón. Quise traérmela a casa, pero mi marido no quiso ni oír hablar de ello, y fue la única discusión que nunca gané. Mi corazón sufría por aquellos niños. Nadie los quería. Eso es lo peor del mundo, que no te quieran. Espero que reconozcas a tus padres aquí.

Y fue pasando las páginas. Phyllis Garner era hermosa, radiante y probablemente el sueño de todo huérfano. Evan se preguntó si la señora Garner había sido consciente del doloroso anhelo de esos niños desamparados por que ella los agarrase de la mano y les dijese «Te vienes conmigo». Hubiese sido más fácil si un ángel como aquél hubiese mantenido las distancias.

Señaló una foto con un grupo de seis o siete niños. Los ojos de Evan se dirigieron primero a los niños, buscando a su padre y a su madre en cada uno de los rostros. No. No eran ellos. Luego se fijó en el hombre que estaba detrás de los chavales.

Era bajo y tenía poco pelo, pero no estaba calvo del todo.

Llevaba gafas y una estrecha barba académica. Pero la forma de su cara y la seguridad de su actitud eran las mismas. Evan había visto esa cara varias veces en los recortes de noticias que le habían enviado de forma anónima en su conferencia cuatro meses atrás. La sonrisa del hombre era hermética, como si encerrase la fascinante personalidad que lo había convertido en toda una fuerza en Londres.

Alexander Bast.

– Ese hombre, ¿quién es? -preguntó Evan, manteniendo un tono tranquilo.

Phyllis pasó la página; tenía una lista de nombres en la parte de atrás escrita con una cuidada letra cursiva.

– Edward Simms. Era el propietario de la empresa que llevaba el Hogar de la Esperanza. Sólo vino aquí una vez, que yo recuerde. Le pedí que posase con un grupo de niños, en honor a su visita. Dios mío, sonrió; pero cualquiera hubiera pensado que le había tirado un balde de agua hirviendo por encima. Actuaba como si los niños estuviesen sucios. El resto de las señoras lo encontraban encantador, pero a mí no me hace falta oír el cascabel para reconocer a una serpiente.

Carrie le agarró el brazo a Evan con fuerza. Sin decir ni una palabra, señaló a un chico alto y delgado situado al lado de Bast. Su cara mostraba conmoción.

– ¿Qué ocurre, querida? -preguntó Phyllis.


Capítulo 29

<p id="_Toc203056745">Capítulo 29</p>

Después de un largo rato Carrie dijo:

– Nada. Pensé que…, pero no era nada.

– ¿Estás bien? -preguntó Evan.

Ella asintió:

– Estoy bien.

– Éste fue el último grupo de niños que llegaron antes del incendio, creo… -Phyllis Garner dejó el libro de recortes abierto en su regazo y recorrió la página con los dedos-. Recuerdo que eran tímidos al principio. Y por supuesto, eran niños más mayores, no bebés. Era una pena que todavía no los hubiesen adoptado. La gente quería bebés.

Carrie señaló a un niño alto y desgarbado.

– Estaba en la foto con el señor Simms.

Siguió agarrando el brazo de Evan.

Phyllis sacó la foto de la funda de plástico.

– Escribí sus nombres en la parte de atrás… Richard Allan. -Miró a Carrie con preocupación-. Cielo, ¿estás bien? Todavía pareces afectada.

– Sí, estoy bien, gracias. Tiene razón, es triste que estos niños más mayores no encontrasen un hogar. -La voz de Carrie volvía a sonar normal.

– Era tan injusto -dijo Phyllis-. Sólo buscaban bebés. Éste era un grupo de niños interesante. Guapos, brillantes, claramente bien cuidados y hablaban de forma muy correcta. En el orfanato veías niños para los que la esperanza había desaparecido. No sólo la esperanza de encontrar una familia, sino también la de tener una vida más allá de trabajos precarios. Los huérfanos tienen que librar una batalla cuesta arriba, pero estos niños no parecen destrozados para nada.

Evan pasó una página. Una foto de dos niñas adolescentes con un chico entre ellas, de pelo espeso y castaño, una amplia sonrisa en el rostro, unas pecas desperdigadas por las mejillas y un pequeño hueco entre los dientes delanteros.

Jargo. Seguía teniendo aquellos mismos ojos, fríos y cómplices.

– ¡Dios mío, Dios mío! -dijo Carrie.

Fue casi un gemido. El sudor empezó a recorrer la espalda de Evan.

– ¿Has encontrado a tu padre? -preguntó Phyllis alegremente.

Evan miró el resto de la página. Dos fotos más abajo había dos niños y una niña rubia con los ojos verdes, de una belleza que llamaba la atención pero con un aire serio. Un chico a su lado sostenía una pelota de fútbol, sudoroso después de jugar, con el cabello rubio y peinado de lado, sonriendo y preparado para conquistar el mundo.

Mitchell y Donna Casher preadolescentes, congelados en el tiempo, como Jargo.

– ¿Puedo? -preguntó Evan.

– Por supuesto -respondió Phyllis.

Sacó la foto de la cubierta de plástico y le dio la vuelta. Se leía: «Arthur Smithson y Julie Phelps», escrito con la caligrafía perfecta de Phyllis.

– Smithson -repitió Phyllis-. ¡Eso es! ¿Son tu familia?

– Sí, señora -respondió Evan con voz ronca y forzando una sonrisa.

– Cielo, entonces puedes llevarte la foto, es tuya. ¡Ay, estoy tan feliz de haber podido ayudarte!

Carrie le apretó más el brazo a Evan.

– Phyllis, ¿alguno de los niños de este grupo murió en el incendio?

– No. Los que murieron eran niños más pequeños. Los niños mayores consiguieron salir todos.

– ¿Recuerda adónde fueron después del incendio? ¿A algún otro orfanato en particular? -preguntó Evan.

– No, lo siento. Ni siquiera sé si me informaron. -Phyllis se recostó en la silla-. Nos dijeron que era mejor que no siguiésemos en contacto con los niños.

– ¿Sería posible que nos prestara estas fotos? Podemos hacer copias, escanearlas para pasarlas a un ordenador y devolvérselas antes de marcharnos del pueblo -sugirió Evan-. Nos haría un gran favor.

– Nunca hice lo suficiente por aquellos niños -contestó Phyllis-. Me alegro de que por fin alguien se interese. Llevaos las fotos con mi bendición.


Después de despedirse de Phyllis y de Dealey, se dirigieron al aeropuerto, donde un ordenador y un escáner les esperaba en el avión.

– Mi padre… -dijo Carrie con voz temblorosa-. Aquel chico de la foto que está al lado de Bast es mi padre, Evan. ¡Dios, es mi padre!

– ¿Estás segura?

– Sí. Nuestros padres se conocían. Conocían a Jargo cuando eran niños. -Señaló una de las fotos-. Richard Allan. El nombre de mi padre era Craig Leblanc, pero es él, sé que es él. No vayamos aún al avión; entremos un momento a tomar un café, por favor.

Se sentaron en una esquina de un restaurante de Goinsville. Eran los únicos clientes, a excepción de una pareja mayor sentada en una mesa con bancos corridos que intercambiaba sonrisas y miradas soñadoras, como si estuviesen en la tercera cita.

– Entonces, ¿qué demonios significa esto? -Carrie examinó la foto de su padre como si en ella pudiese encontrar las respuestas. Los ojos se le llenaron de lágrimas-. Evan, míralo. Parece tan joven, tan inocente. -Se enjuagó las lágrimas-. ¿Cómo es posible?

Aquel hombre perverso que había entrado en sus vidas, Jargo, por lo visto hundía sus raíces mucho más profundamente en sus vidas de lo que Evan jamás hubiese imaginado. Aquello entrelazaba su existencia con la de Carrie incluso antes de nacer, lo cual le asustaba: hacía que aquella maldición pareciese una sombra amenazante sobre ellos, bajo cuya oscuridad ninguno de ellos era consciente de vivir.

Evan respiró profundamente para tranquilizarse. Decidió que había que encontrar un orden en ese caos.

– Revisémoslo. -Repasó los hechos usando los dedos de las manos-. Nuestros padres y Jargo estuvieron juntos en el orfanato. El Hogar se quemó junto con todos los registros. Los niños se dispersaron. El Palacio de Justicia del condado se quemó un mes después y todos culparon a un pirómano que se suicidó. Alexander Bast, un agente de la CIA, tiene un orfanato bajo un nombre falso.

– Pero ¿por qué?

– La respuesta la tenemos delante de nosotros, si estuviéramos investigando el pasado de estos niños. Los registros. Los certificados de nacimiento. Se podría crear una identidad falsa fácilmente, utilizando Goinsville y el orfanato como lugar de nacimiento. Puedes decir, sí, yo nací en el Hogar de la Esperanza. ¿Mi certificado de nacimiento original? Por desgracia se quemó en un incendio.

Carrie frunció el ceño.

– Pero el estado de Ohio habría emitido unos nuevos, ¿no? Habría reemplazado los registros.

– Sí, pero basándose en la información aportada por Bast -dijo Evan-. Éste podría haber falsificado los registros para reivindicar que todos los huérfanos que vivían en el Hogar de la Esperanza habían nacido allí. Quizás esos niños tenían identidades diferentes antes de llegar al orfanato. Pero llegaron aquí y eran Richard Allan, Arthur Smithson y Julie Phelps. Después del incendio tendrían nuevos certificados de nacimiento con esos nombres, para siempre y sin preguntas. Y luego simplemente pedirían un nuevo certificado de nacimiento a nombre de docenas de niños en Goinsville.

Carrie asintió:

– Una fuente de identidades nuevas.

Evan bebió un trago largo de café. No podía apartar los ojos de la foto: su madre había sido tan hermosa y su padre parecía tan inocente…

– Volvamos atrás. Volvamos a Bast, porque él es el desencadenante. Dime por qué un propietario de clubes nocturnos, amigo de famosos, se interesa por un orfanato en Estados Unidos.

– La respuesta es que no es simplemente un juerguista londinense -dijo Carrie.

– Sabemos que trabajaba para la CIA.

– Pero en un nivel de base.

– O eso dice Bedford.

– Bedford no es un mentiroso, Evan, te lo prometo.

– Olvidemos a Bedford. Para la agencia esto debe de haber sido una manera de crear identidades nuevas con facilidad.

– Pero eran sólo niños. ¿Por qué iban a necesitar identidades nuevas?

– Porque… formaban parte de la CIA. Hace mucho tiempo. Es sólo una teoría.

Carrie se puso pálida y dijo:

– Pero si Los Deeps formaban parte de la historia de la CIA, ¿no lo sabría Bedford?

– A Bedford le encargaron seguir a Jargo hace sólo un año. No sabemos lo que le dijeron. -Evan le agarró las manos a Carrie-. Nuestras familias dejaron atrás sus vidas. Dejaron de ser Richard Allan, Julie Phelps y Arthur Smithson y adoptaron nombres nuevos. Puede que a Bedford le dijesen que era un problema heredado en lugar de un terrible secreto.

Evan volvió al montón de fotos.

– Mira esto. Jargo con mi familia.

Señaló una foto de un joven alto y musculoso de pie entre Mitchell y Donna Casher, rodeando con sus grandes brazos los hombros de ambos, esbozando una sonrisa torcida que era más de seguridad que de amistad. Mitchell Casher estaba un poco inclinado hacia la cara de Jargo, como si le estuviese preguntando algo. Donna Casher estaba rígida, incómoda, pero su mano agarraba la de Mitchell.

Carrie observó la cara de Jargo y miró la de Mitchell.

– Tiene un parecido con tu padre.

– No lo veo.

– La boca -dijo ella-. Él y Jargo tienen la misma boca. Mírales los ojos.

Ahora Evan vio la similitud en la curva de la sonrisa.

– Es sólo que están sonriendo mucho.

No quería mirarles los ojos: la mirada entrecerrada era casi idéntica. No podía ser, pensó. No podía ser.

Carrie miró la parte de atrás de la foto.

– Sólo dice Artie, John, Julie.

Evan le dio la vuelta a otra foto de Jargo que Phyllis le había enseñado.

– John Cobham.

– Cobham, no Smithson.

Le cogió las manos a Evan.

– Las fotos están descoloridas -dijo con un hilo de voz-. Los rasgos están borrosos y eso hace que la gente se parezca.

Ella se recostó y dijo:

– Olvídalo. Lo siento. Volvamos a lo que tú decías, si Bedford lo sabe o no. No creo que lo sepa, si no no se hubiese molestado en enviarnos aquí.

– Entonces, ¿qué le vas a decir?

– La verdad, Evan. ¿Por qué no?

– Porque quizá, sólo quizá, sea una vergüenza de la CIA que Bedford desconoce. Bast trajo aquí a esos niños, creó nombres para ellos, hizo que fuese muy difícil para cualquiera encontrar un registro sobre ellos; y trabajaba para la CIA. -Evan se inclinó hacia delante-. Quizá la CIA cogió a estos niños y los crió para convertirlos en espías y asesinos.

– Ésa es una teoría disparatada. La CIA nunca haría eso.

– No te pongas de parte de la CIA automáticamente. -Evan bajó la voz, como si Bedford estuviese sentado en el banco de al lado-. No estoy atacando a Bedford, pero no me digas lo que la agencia, o un pequeño grupo de gente descarriada que trabaja allí, pudo haber hecho o no hace cuarenta años, porque no lo sabemos. Bast era de la CIA, y trajo a nuestros padres aquí por una razón.

Carrie levantó una mano,

– Imagínate que tienes razón, que este grupo recibió nombres y vidas nuevas y que todos pasaron a trabajar para Jargo. ¿Por qué? Ésa es la pregunta.

– Bast murió. Jargo ocupó su puesto.

– Jargo mató a Bast. Tiene que ser eso.

– Quizás. Está claro que Jargo controlaba a nuestros padres y quizás al resto de los niños; un control del que no podían escapar. Quiero ir a Londres.

– Para averiguar cosas sobre Alexander Bast.

– Sí. Y para ver a Hadley Khan. Él conocía la conexión entre Bast y mis padres. No puede ser una coincidencia.

– Tampoco puede ser una coincidencia que tu madre escogiese este momento para robar los archivos y escapar. Sabía que se habían acercado a ti para hablarte de Bast.

– Nunca se lo dije. Nunca. Sabes que no hablo de mis películas mientras estoy planeándolas. Tú fuiste la primera persona a la que se lo conté.

– Evan. Ella lo sabía. Le enviaste un correo electrónico a Hadley Khan intentando averiguar por qué te había dejado aquel paquete sobre Bast. Pudo haber mirado en tu ordenador. Quizá vio el nombre de Bast en el correo para Hadley, o cuando me conoció… quizá le recordé a mi padre. A lo mejor tenía miedo de que te reclutasen y sólo quería una vía de escape permanente para tu familia.

– Me espiaba… -Sabía que era verdad-. Mi propia madre me espiaba.

Carrie alargó las manos a través de las tazas de café para cogerle la suya.

– Lo siento muchísimo, Evan.

La foto de Bast, desperdigada entre las fotos de sus padres y de Jargo hacía una eternidad, les sonreía.

Llamaron a Bedford desde el avión y le explicaron lo que habían averiguado.

– Queremos ir a Londres -explicó Evan-. La última vez que mi madre trabajó como fotógrafa fue allí, Hadley Khan está allí y Bast murió allí. ¿Puedes hacer que la CIA en Londres nos consiga el expediente completo sobre la muerte de Bast?

– En el expediente de Bast no hay constancia de ese orfanato -dijo Bedford-. ¿Estás seguro de que el de la foto es él?

– Sí. ¿Puede ser que este expediente fuese censurado por alguien de la CIA que quisiese ocultar su implicación?

– Todo es posible.

La voz de Bedford sonaba tensa, como si las reglas del compromiso se acabaran de escribir de nuevo. Evan podía ver cómo aumentaba la tensión en la cara de Carrie: «¿A qué demonios nos estamos enfrentando aquí?».

– Londres -repitió Evan-. ¿Podemos ir?

– Sí -dijo Bedford-, si Carrie se encuentra lo suficientemente bien como para viajar.

– Estoy bien. Cansada, pero puedo dormir durante el vuelo -dijo Carrie.

– Hablaré con la oficina de Londres para que os recojan y también con vuestro coordinador de viajes, pero creo que necesitaréis un piloto nuevo. Cambiad de avión en Washington. Y, Carrie, haré que te examine un médico antes de que vayas al Reino Unido, y otro médico cuando llegues a Londres.

– Gracias, Albañil.

Bedford colgó. Carrie fue al servicio y Evan cerró los ojos para pensar.

Oyó a Carrie volver a su asiento, pero siguió con los ojos cerrados. El avión rugió sobre Ohio y luego giró hacia Virginia. Dejaba atrás un trozo de suelo que era el primer paso en la larga mentira de la existencia de su familia.

Se imaginó que estaba en el estudio de su casa de Houston, descargando la cinta digital en su ordenador y abriéndose paso hacia veinte horas de imágenes, cortando la porquería superflua de la historia que quería contarle a la audiencia sentada en la silenciosa oscuridad. Una vez había leído que Miguel Ángel simplemente extrajo los trozos de mármol que no tenían, que estar allí y que encontró el David oculto dentro de la masa de piedra. Su David era la verdad sobre sus padres, la información que liberaría a su padre.

Entonces, ¿cuál era la verdadera historia? ¿Dónde estaba la delicada obra de arte bajo el bloque de mármol?

Abrió los ojos. Carrie estaba sentada mirando hacia delante, encorvada como si un viento frío la envolviese.

De repente, el corazón de Evan se llenó de… ¿de qué? No lo sabía. Pena, tal vez tristeza. Ninguno de ellos había pedido nacer en medio de este desastre, pero ella había elegido permanecer en él. Primero por sus padres, luego por Bedford y ahora por él.

Evan sintió en su corazón el peso de lo que le debía, en lugar de la confusión y el dolor por sus últimas mentiras.

– ¿En qué piensas? -preguntó Evan.

– En tu padre -dijo ella-. Te pareces a él en la sonrisa. En aquellas fotos, tu padre tenía una sonrisa muy inocente. Me pregunto si está asustado; por él y por ti.

– Jargo le ha dicho mil mentiras, estoy seguro.

– Sólo tiene que decir una realmente buena.

– Una mentira no fue suficiente para engañarte -dijo Evan.

– Me pregunto si nuestros padres tuvieron alguna vez miedo de que averiguásemos la verdad y nos alejásemos de ellos.

– Estoy seguro de que sí. Incluso sabiendo que los queríamos.

– Pero mi padre me reclutó y me metió en este mundo, igual que Jargo con Dezz. Todavía no entiendo por qué lo hizo. -Su voz sonaba cansada, no enfadada.

– No sabemos si tuvo elección, Carrie. Quizá creía que si te metías en el negocio no lo rechazarías.

– Le habría querido igualmente. Creo que eso lo sabía.

– Estoy seguro de que sí.

Carrie sacudió la cabeza.

– Ahora mismo siento que vivió una vida de la que nunca supe una palabra. Hay un montón de pensamientos, preocupaciones y miedos que tuvo que mantener en secreto. Es como si no lo conociese de nada. Probablemente así es como te sientes tú con tu padre. -«O conmigo», esperó Evan que dijese, pero ella no lo hizo.

Él carraspeó para aclararse la voz.

– Sólo sé que quiero al padre que conozco, y no puedo más que creer que ésa es la parte más auténtica de mi padre, independientemente del resto de cosas que haya hecho.

– Ya lo sé. Yo me siento igual. Te habría gustado mi padre, Evan.

– Debes de echarlo de menos.

– Dios mío, verlo en esas fotos, tan joven… todavía me impresiona. -Se enjuagó las lágrimas. Evan se sentó junto a ella, la rodeó con el brazo y le secó las lágrimas de la mejilla-. No confiaban en nosotros para decirnos la verdad -dijo después de un momento.

– Intentaban protegernos.

– Eso es lo que yo quería hacer contigo. Protegerte. Siento haberte fallado.

– Carrie, no me has fallado. Ni una sola vez. Sé que te encontrabas en una situación terrible; lo sé.

– Pero me odias un poco por mentirte.

– No.

– Si me odiases -dijo ella-, lo entendería.

– No te odio.

La necesitaba. Fue una certeza repentina. El hilo de la tragedia los había unido para siempre, del mismo modo que estaban unidos los padres de Evan y el padre de Carrie.

Evan la besó. Fue tan indeciso y tímido como suele ser un primer beso, un auténtico primer beso. Se echó hacia atrás para admirarla y ella cerró los ojos y sus labios se encontraron suavemente, una vez, dos veces; luego la besó apasionadamente. Era una mezcla de ternura y necesidad de demostrarle que la amaba.

Ella se separó y dejó su frente apoyada en la de él.

– Nuestras familias vivieron vidas falsas. Yo lo hice durante un año, pero no quiero vivir una mentira nunca más; no te puedes imaginar lo solitario que es. No quiero que tú lo hagas. Podemos ser simplemente nosotros. Te quiero, Evan.

Él quería creer. Necesitaba amar, necesitaba creer en lo mejor de ella. Necesitaba recuperar lo que había perdido, al menos parte de ello. Esa idea le vino de repente y brilló en su cabeza, estallando como si fueran fuegos artificiales. Quería estar solo con ella, lejos de los micrófonos ocultos de la CIA; lejos de sus padres, atrapados en viejas fotos como si fuesen extraños; lejos de la muerte y del miedo.

– Yo también te quiero -dijo en voz baja Evan.

Carrie se acurrucó en sus brazos y Evan la abrazó hasta que se quedó dormida.

«Podemos ser simplemente nosotros.»

«Sí -pensó-. Cuando Jargo esté muerto. Cuando lo haya matado.»

Mientras el avión despegaba hacia Virginia con gran estruendo, Evan no se preguntaba si ella era la misma mujer a la que había amado: se preguntaba si él seguía siendo el mismo hombre que ella amaba.


Capítulo 30

<p id="_Toc203056746">Capítulo 30</p>

Jargo estaba tumbado, medio despierto, medio dormido, esperando la llamada telefónica que pondría fin a aquella pesadilla. Era de nuevo un chico sentado en la habitación oscura, escuchando la voz de Dios resonar en sus oídos. Dios estaba muerto, lo sabía, pero no así la idea de Dios, un ser tan poderoso que ejercía un control absoluto sobre ti, sobre si respirabas o si morías. El chico que había sido llevaba tres días sin dormir.

– El reto -dijo la voz, delicada, tranquila y con acento británico- es que conviertas un fallo en una oportunidad.

Jargo el chico (su nombre entonces era John, el nombre que más le había gustado) dijo:

– No lo entiendo.

– Si creas una situación y pierdes el control sobre ella, debes ser capaz de retomar esa situación, de convertirla en una ventaja para ti.

– Así que si caigo de un edificio de diez pisos… La verdad es que no sé cómo puedo convertir eso en una victoria.

Tenía trece años y empezaba a cuestionarse el mundo que siempre había conocido.

– Me refiero a situaciones que se pueden solucionar -respondió la voz sin mostrar signos de impaciencia-. Tú vives y respiras, puedes manipular a la gente. Debes construir cada trampa para que, si la presa escapa, no crea que tú la pusiste.

– ¿Por qué tiene que importarme lo que piense una víctima que escapa? -preguntó Jargo.

– Estúpido, chico estúpido -dijo la voz-. ¿No lo ves? Todavía hay que tender la trampa. Tú tienes que permanecer en el anonimato, que no surja ninguna sospecha sobre ti. No creo que jamás estés preparado para dirigir.

Sonó el teléfono.

Jargo se puso en pie, parpadeando; el chico asustado sentado en la oscuridad tardó un rato en desaparecer y luego se fue. Buscó a tientas el teléfono y descolgó.

– Tengo los registros de llamadas de móviles de tu rincón especial de Ohio.

– De acuerdo -dijo.

– Los he introducido en tu sistema -dijo Galadriel.

– Te diré lo que estoy buscando: llamadas al área metropolitana de Washington DC.

– Hay siete -respondió ella tras un momento.

– Dame las direcciones de todos esos números.

Se produjo una pausa.

– Dos residencias. Cinco oficinas del gobierno, en su mayoría oficinas del Congreso y la Seguridad Social.

– ¿Ninguna llamada a una dirección confirmada de la CIA?

– Ninguna -aseguró Galadriel después de otro instante-. Pero no tenemos una lista completa de los números de la CIA. Sabes que eso es imposible.

– Consigúeme las llamadas desde o hacia teléfonos de Virginia y Maryland.

Otra pausa.

– Sí. Sesenta y siete durante el día.

– ¿Alguna a Houston?

– Quince.

– Consigúeme las direcciones de cada una de ellas -lo llamaban por la otra línea-. Espera un momento -respondió a la otra llamada-. ¿Diga?

– Creo que vuelan hacia el Reino Unido -dijo la voz.

Jargo cerró los ojos. Podía oír el zumbido de la Game Boy de Dezz al final del pasillo, y la voz tranquila de Mitchell. Habían tenido un día largo y no habían avanzado mucho en la elaboración de un plan para recuperar a Evan. Pero ahora todo acababa de cambiar.

– ¿Desde dónde?

– Sospecho que desde una clínica de la agencia en el sureste de Virginia. Se llama Clínica North Hill. Hay una pista de aterrizaje privada cerca y la solicitud viene de esa pista.

– ¿Volaron allí desde Nueva Orleans?

– No lo sé. Sólo he visto la solicitud de un avión para volar desde el espacio aéreo de Washington hasta el Reino Unido. Ni siquiera estoy seguro de que sean ellos. Pidieron que un médico fuese al avión antes de que despegara, y también otro a su llegada a Londres. Si tu antigua agente está herida… podría ser ella. Por supuesto, también podría ser un agente viejo que necesite asistencia médica.

– Has dicho «fuese al avión». ¿Dónde más ha estado?

– No lo sé.

– ¿No encuentras otra solicitud para una viaje hoy?

– No. Debe de ser un vuelo doméstico. La información sobre vuelos domésticos está bastante protegida, y yo no estoy autorizado para acceder a ella.

– ¿Cuál es la identidad para el vuelo al Reino Unido?

– También está clasificada, pero es una operación conjunta con la inteligencia británica. Es todo lo que sé. -La voz empezó a ponerse nerviosa-. Sería mejor que controlases esto, Jargo…

– Está bajo control. Espera. -Volvió a ponerse al teléfono con Galadriel-. Quiero saber si hoy se ha realizado alguna llamada a teléfonos móviles en el sudoeste de Virginia desde teléfonos ubicados en aviones en nuestro territorio de Ohio. Cruza todos los datos con cualquier número de teléfono federal o de la CIA en esa zona.

– No estoy segura de poder rastrear llamadas de aviación -dijo Galadriel-. No sé si se gestionan de manera diferente.

– Tú hazlo. Busca también llamadas por satélite.

Oyó el martilleo en las teclas. Esperó durante unos cuantos minutos, escuchando cómo los dedos bailaban por el teclado mientras entraba en las bases de datos. Galadriel tarareaba de forma poco melodiosa mientras trabajaba.

– Sí. Sólo una, si estoy interpretando los datos correctamente. Fue a través de un transmisor cerca de Goinsville, Ohio, a un número asignado con la Clínica North Hill, situada al este de Roanote. Fue a las dos y cuarenta y siete de esta tarde.

Habían estado en Goinsville.

Jargo cerró los ojos y pensó en sus cada vez más escasas opciones. «Debes construir cada trampa para que, si la presa escapa, no crea que tú la pusiste.» Era la lección más dura que jamás había aprendido, pero esa filosofía había mantenido a Los Deeps con vida en la sombra, y los había hecho ricos. Se había exprimido el cerebro durante toda la noche y aquel día, intentando buscar una manera de atrapar a Evan y sacarlo a la luz; de devolverlo a su mundo para que fuese más fácil matarlo, mientras le hacía creer a Mitchell que lo estaban rescatando.

Pero quizá lo que estaba sucediendo no fuera un desastre. Quizás era su mejor oportunidad de sacarse de encima todos los dolores de cabeza, todas las amenazas.

Goinsville. Tal vez no hubiesen encontrado nada. ¿Qué podían encontrar? Nada: su vida allí formaba parte de un pasado que nadie recordaba. Pero el hecho es que habían encontrado algo. Londres era la siguiente parada, y no podía descartar la posibilidad de que Evan supiese mucho más de lo que su padre creía que sabía.

Algunas situaciones requerían un corte lento; otras exigían un corte definitivo en el cuello.

Había llegado el momento de ser cruel.

Volvió al otro teléfono.

– Todavía necesito tu ayuda.

– ¿Qué quieres? -preguntó la voz.

– Querer. Vaya concepto, querer. -Jargo sabía el dolor que le causaría a Mitchell. No era ciego ante el sufrimiento; el dolor era irrelevante. Jargo también sufriría su propio revés, pero no tenía elección-. Quiero una bomba.


JUEVES 17 de marzo

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

<p id="_Toc203056747">JUEVES 17 de marzo</p>
<p id="_Toc203056748">Capítulo 31</p>

El oficial superior de la CIA en Londres los recogió en una pista de aterrizaje privada en Hampshire. Se llamaba Pettigrew; no dijo su nombre de pila. Parecía impaciente. Pettigrew estuvo callado mientras los llevaba a toda prisa a un coche que él mismo condujo hasta una casa de seguridad en el barrio londinense de St. Johns Wood. Se tomó su tiempo, dio varios rodeos y Evan, que sólo conocía Londres lo suficiente como para llegar al Soho y a la Escuela de Cine, se perdió por el camino.

Pettigrew no les dijo ni una palabra durante el viaje.

Era poco más de mediodía en Londres y, para sorpresa de Evan, habían dejado la lluvia atrás en Ohio. El cielo estaba despejado y las pocas nubes que había parecían de algodón fino. Pettigrew cerró un portón de hierro forjado tras ellos mientras subían las escaleras delanteras de la casa.

Los acompañó hasta unas habitaciones ordenadas, sin decoración y con baños privados; ambos tomaron una ducha. Un médico esperaba a Carrie para cambiarle la venda y examinar su herida. Cuando acabaron, siguieron a Pettigrew hasta un pequeño comedor donde una mujer mayor les preparó un té fuerte y café, y les sirvió una comida compuesta por carne fría, ensalada, queso, pepinillos en vinagre y pan. Evan se bebió el café, agradecido.

Pettigrew se sentó y esperó a que la mujer volviese rápidamente a la cocina.

– Todo esto es extrañísimo: que me ordenen desenterrar expedientes de Scotland Yard llenos de telarañas; recibir órdenes de un hombre con un nombre en código.

– Le pido disculpas -dijo Carrie.

– Me han dado carta blanca -comentó. Estaba casi de mal humor-. Y yo vivo para servir. No nos avisaron con demasiado tiempo -su tono mostraba la acritud de quien ha sufrido mucho-; aun así, aquí tienen lo que he encontrado.

Les dio el primer archivo, sujetando los dos restantes contra su pecho.

– Alexander Bast fue asesinado de dos tiros, uno en la cabeza y otro en el cuello. Lo que es interesante es que las balas eran de dos pistolas diferentes.

– ¿Por qué motivo necesitaría el asesino dos pistolas? -preguntó Carrie.

– No. Eran dos asesinos -aclaró Evan.

Pettigrew asintió.

– Un crimen por venganza. Yo diría que este asesinato tiene un componente emociona cada asesino esperó para dejar su sello. -Les pasó una foto del cuerpo tirado en el suelo-. Lo mataron en su casa hace veinticuatro años, en mitad de la noche, sin signos de lucha. Limpiaron las huellas en toda la casa. -Pettigrew hizo una pausa-. Antes de morir llevaba veintitrés años trabajando para nosotros.

– ¿Puede darnos más detalles de su trabajo aquí? -preguntó Carrie.

Ella y Evan estaban de acuerdo en que, puesto que trabajaba para la CIA, ella conduciría el interrogatorio. Bedford le había proporcionado a Evan una identidad como analista de la CIA, pero se mantuvo callado.

– Bueno, entre sus muchas actividades creativas complementarias, a Bast le interesaban el arte y acostarse con mujeres famosas que frecuentaban sus clubes nocturnos. Una redada antidroga en uno de ellos hizo que perdiese su caché, y desperdició miles de dólares intentando mantenerlos a flote. Lo vigilamos muy de cerca, ya que no queremos agentes metidos en asuntos de narcóticos ilegales, pero el tráfico de drogas se debía a unos cuantos de sus clientes habituales que abusaban de su hospitalidad. Después de cerrar los clubes dedicó todas sus energías a la editorial, que tenía desde hacía tiempo pero que había sido uno de sus negocios más desatendidos. Publicaba literatura traducida, especialmente en español, ruso y turco. Importaba libros permitidos a la Unión Soviética, y traducía literatura rusa clandestina al inglés, al alemán y al francés. Así que era un contacto valioso, dado que podía ponerse en contacto con la comunidad disidente en la Unión Soviética y viajar con cierta libertad entre los dos países. Al principio sus responsables pensaban que podía ser un agente de la KGB, pero salió limpio de todas las investigaciones. Lo vigilamos de cerca durante la época de sus problemas financieros: ése es el momento en el que pueden comprar a un agente. Pero siempre salía limpio. Era muy popular entre la comunidad de residentes rusos en Londres.

– Entonces, ¿qué hacía exactamente para la CIA? -preguntó Carrie.

– Traía y llevaba a Berlín, Moscú y Leningrado los mensajes de los contactos de sus contactos. Lo supervisaban oficiales de la embajada estadounidense bajo protección diplomática. Pero era un agente de bajo nive no tenía acceso a los secretos de Estado soviéticos. Y la comunidad de disidentes no era de especial utilidad para la agencia en aquellos momentos; nos podían dar nombres de gente que tenía un acceso crucial a determinados asuntos y que habrían espiado para nosotros, pero la KGB observaba muy de cerca a los disidentes. Francamente, para la KGB era demasiado fácil infiltrarse.

Evan observó con detenimiento la foto de Bast asesinado. Sus ojos tenían una expresión de sorpresa y de terror. Aquel hombre conocía a los padres de Evan, había representado un papel secreto en sus vidas.

– ¿No hubo sospechosos?

– Bast tenía un nivel de vida alto, incluso después de su caída. Había algunos maridos descontentos con él. Tenía dinero. Rompió algunos acuerdos de negocios. Mucha gente podría querer que desapareciera de su vida. Por supuesto, Scotland Yard no sabía que Bast estaba trabajando para la CIA, y nosotros no se lo dijimos.

– Era una información bastante importante para ocultarla -dijo Carrie.

– Yo no lo hice, personalmente. No tienen por qué enfadarse conmigo.

– Por supuesto que usted no lo hizo -dijo Carrie riéndose, intentando calmar la repentina tensión-. Usted no tiene ni cuarenta años, ¿verdad? Simplemente me sorprende.

Ahora el tono de Pettigrew era de cabreo y desaprobación.

– Que asesinen a uno de los tuyos no es muy buena publicidad para reclutar.

Carrie pasó las páginas de las fotos de la escena del crimen.

– La CIA debió de sospechar que los rusos descubrieron que Bast era agente suyo y lo asesinaron.

– Naturalmente. Pero el asesinato parecía coincidir con un robo, y ése no es para nada el estilo de la KGB. Recuerda que Bast era un agente de bajo nivel en el mejor de los casos. Nunca fue una fuente original de información valiosa ni nos dio información falsa de la KGB. Simplemente era un mensajero fiable que reunía contactos. ¿Saben? Desde la caída de la URSS han salido a la luz muchos archivos de la KGB, pero no hay información de que ésta ordenase matarlo.

– ¿Podríamos hablar con la persona que fue su responsable? -preguntó Carrie.

– El oficial encargado del caso de Bast murió hace diez años. Cáncer de páncreas.

– El robo -dijo Carrie-. ¿Qué se llevaron? ¿Pudo el asesino haber descubierto algo que apuntase a que Bast tenía una conexión con la CIA?

Pettigrew les dio otro expediente.

– La agencia peinó todo el apartamento de Bast después de que lo asesinasen y de que la policía lo revisase. Encontraron el material de la CIA de Bast perfectamente escondido. La policía no lo había descubierto ya que, por supuesto, lo habrían confiscado.

– ¿Qué hay de sus efectos personales y sus cuentas? -preguntó Evan-. ¿Algo extraño?

Pettigrew rebuscó entre los papeles.

– Veamos… Un amigo, Thomas Khan, nos proporcionó información. -Desplazó el dedo por una lista-. Bast tenía dos cuentas bancarias diferentes, y un montón de dinero metido en su negocio editorial…

– ¿Ha dicho Khan? ¿k-h-a-n? -deletreó Evan.

Era el mismo apellido que Hadley Khan. Ahí estaba la conexión de Evan con Bast. Carrie sacudió la cabeza. «No digas nada.»

– Sí. También tengo un expediente sobre Thomas Khan. -Pettigrew señaló el archivo y sacó una hoja de papel-. El señor Khan dijo que Bast tenía en sus manos una cantidad considerable de dinero en efectivo, pero no encontraron nada en la casa. Khan era un comerciante de libros raros y antiguos y dijo que Bast a menudo le pagaba en efectivo.

Carrie cogió el papel y leyó en alto el informe mientras lo ojeaba:

– Nacido en Pakistán en el seno de una familia importante. Se educó en Inglaterra. Su mujer era inglesa, una académica y estratega política de alto rango que trabajaba para iniciativas de defensa. Ningún problema con la ley. Conservador en la política, sirvió como director en una fundación británica que garantizaba apoyo económico a los rebeldes afganos contra los invasores soviéticos. Trabajó en la banca internacional durante muchos años, pero su auténtica pasión es Libros Khan, un emporio comercial de libros raros y antiguos situado en la calle Kensington Church que dirige desde hace treinta años. Se retiró de la banca hace diez y centró todo su interés en la tienda de libros. Enviudó hace doce años. Nunca se volvió a casar. Tiene un hijo, Hadley Mohammed Khan.

– Conozco a su hijo -dijo Evan-, Hadley. Es un periodista independiente.

Pettigrew se encogió de hombros; no le importaba. Su teléfono sonó en su bolsillo. Se excusó haciendo un gesto rápido con la mano y cerró la puerta al salir.

Evan echó un vistazo rápido a los archivos. Ninguna pista apuntaba a que Bast fuese también el señor Edgard Simms. Bedford se había metido la noche anterior en las bases de datos del registro de empresas y había averiguado que el Hogar de la Esperanza de Goinsville había sido comprado por una empresa llamada Beneficiencia Simms. La empresa se había constituido dos semanas antes de comprar el Hogar de la Esperanza y había vendido todos sus activos después del incendio. Si la CIA había enviado a Bast a comprar orfanatos, no había rastro de ello en sus archivos oficiales.

Evan volvió a la hoja sobre Thomas Khan.

– Libros raros y antiguos, y entre sus especialidades estaban las ediciones rusas. Bast traducía del ruso. Entonces ambos tenían contactos en la Unión Soviética, y ambos estaban mezclados en movimientos de rebelión: uno apoyando a escritores disidentes y el otro a los muyahidines en Afganistán.

– Así que los dos odiaban a los soviéticos. Eso no prueba nada -dijo Carrie.

– No, no lo prueba.

Pero Evan detectó un hilo conductor en todo aquello, simplemente no sabía todavía cómo cogerlo ni cómo seguirlo. Abrió el expediente sobre Hadley. No se trataba de un informe oficial de la CIA, como el de Thomas Khan, al que le habían abierto un expediente en la comisaría de Londres cuando ayudó a la policía en la investigación del asesinato de Bast; ni como el de este último, que había sido un agente a sueldo. Era lo poco que la gente de Pettigrew había reunido tras la apresurada solicitud de Bedford: la fecha de nacimiento de Hadley, estudios, entradas y salidas del Reino Unido e información financiera. Los informes escolares no eran impresionantes; el éxito y la brillantez de los padres eludieron al hijo. Hadley había pasado dos meses en un centro de desintoxicación de Edimburgo; había perdido dos buenos empleos en revistas y llevaba seis meses sin publicar nada. Pero la investigación aportaba información nueva: según su última novia, a la que engañó un oficial de la policía de Londres que la había llamado esa mañana fingiendo ser un colega de Hadley, últimamente éste se había alejado de su padre. La novia no sabía nada de él desde el jueves anterior, pero no parecía preocupada; Khan era un culo inquieto que iba a menudo al continente durante un par de semanas. Especialmente después de una discusión con su querido y viejo padre.

Para las fotos del archivo de Hadley habían elegido la de su permiso de conducir británico. Evan lo recordaba de aquel cóctel hacía mil años, en la escuela de cine: su amplia sonrisa demasiado entusiasta, sus ojos que guardaban un secreto.

– Así que Hadley Khan me anima de manera anónima a hacer una película sobre el asesinato de Alexander Bast, un amigo de su padre, pero nunca responde al correo electrónico en el que le preguntaba por qué -dijo Evan-. Y luego despega el día que muere mi madre. Hadley nunca mencionó ninguna conexión entre Bast y su padre en el material que me dio.

– Eso es muy extraño. Te habría facilitado la búsqueda. -Carrie tamborileó con los dedos sobre el archivo de Hadley-. Sabemos que existe una conexión entre nuestros padres, Bast y Khan. Eso no significa que exista una conexión directa entre Thomas Khan y nuestros padres.

Evan sintió un escalofrío.

– No es una coincidencia que Hadley escogiese la historia de Bast. Debe de conocer la conexión entre mis padres y Bast.

– Se acercó a ti, pero no te lo contó todo. Así que o bien se escabulló o bien lo detuvieron para que no se pusiese en contacto contigo de nuevo.

– Creo que se asustó; por eso lo hizo de manera anónima. Hadley tenía sus propios planes. Su novia dice que él y Thomas no se llevaban bien. Me pregunto… si se trata de venganza contra su padre.

– Sólo se trataría de venganza si su padre hubiese hecho algo malo.

Carrie se masajeó el hombro herido.

– ¿Como estar involucrado en el asesinato de Bast?

Carrie se encogió de hombros.

– Eso podría interesar a las autoridades británicas, pero ¿por qué le interesaría a Jargo?

Se quedaron callados cuando Pettigrew volvió. Había hecho un bocadillo con la carne fría y el queso.

– Me ha llamado mi fuente en New Scotland Yard. No hay constancia de que Hadley Khan esté desaparecido. Nada indica que haya salido de Gran Bretaña ni que haya entrado en ningún país europeo en las últimas dos semanas. -Le pegó un mordisco enorme al sandwich-. Hemos llamado al móvil de Hadley tres veces esta mañana, pero no contesta.

– Haremos una visita a su padre, Thomas -propuso Evan.

– Éste es el mejor momento -dijo Pettigrew todavía con la boca llena.


– No hay que ponerlo sobre aviso entrando violentamente -dijo Pettigrew mientras aparcaba a un bloque de distancia de Libros Khan y colocaba un permiso de aparcamiento para residentes del distrito. Evan supuso que la policía británica se lo había dado a la CIA por cortesía profesional-. Sugiero que Evan vaya solo.

– ¿Tú qué crees? -le preguntó Evan a Carrie.

– Khan puede huir -dijo Carrie-. Creo que debería estar preparada para seguirlo. -Señaló a la esquina de enfrente-. Puedo ponerme allí. Pettigrew, usted puede seguirlo de cerca si viene por este lado.

Pettigrew frunció el ceño.

– Deberíamos haber venido con un equipo de vigilancia. El Albañil no dijo nada de que esto se convertiría en una operación de campo. Tendría que haber alertado a Los Primos -dijo utilizando el término que solían emplear los servicios de inteligencia británico y estadounidense para referirse el uno al otro-. No podemos empezar a seguir a un tío en suelo británico sin permiso.

– Cálmese -le pidió Carrie-. Sólo quiero estar preparada.

– No me siento demasiado cómodo -dijo Pettigrew.

– Si hay algún problema, El Albañil se ocupará de él. No se acalore -dijo Carrie. Pettigrew asintió.

– Vale. Si Khan sale corriendo, usted lo sigue a pie y yo en coche.

– Ándese con ojo.

Carrie salió del coche, se puso unas gafas de sol y fue caminando hasta la esquina opuesta a la librería, fingiendo que hablaba por el móvil con un amigo.

– Tenga cuidado -le dijo Pettigrew a Evan.

– Lo tendré.

Evan salió del coche y pasó junto a una amalgama de tiendas de antigüedades, restaurantes de lujo y boutiques. La campanilla de la tienda de Libros Khan sonó al entrar. Era la última hora de la tarde y entre semana, y los únicos clientes del establecimiento eran una pareja francesa que exploraba una exposición de las primeras ediciones de Patricia Highsmith y Eric Ambler en gran variedad de idiomas. Evan se dio cuenta de que estaba fijándose en las puertas de salida y en las cámaras de vigilancia colocadas en cada esquina de la habitación.

«He cambiado. Siento como si tuviese que estar preparado para cualquier cosa en cualquier momento.»

Un hombre enjuto pero fuerte, bajo, elegantemente vestido con un traje hecho a medida y con el cabello gris ceniza vino hacia él. Sus zapatos brillaban como el azabache. Un pañuelo de seda azul asomaba por un bolsillo formando un triángulo impecable.

– Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?

Tenía la voz tranquila, pero fuerte.

– ¿Es usted el señor Thomas Khan?

– Sí, soy yo.

Evan sonrió. No quería ser perspicaz.

– Estoy interesado en las primeras ediciones publicadas por Criterios, especialmente en la traducción de Anna Karenina y en la literatura de disidentes publicada en los años setenta.

– Estaré encantado de ayudarle.

– Creo entender que el propietario de Criterios, Alexander Bast, era un buen amigo suyo.

La sonrisa de Thomas Khan siguió resplandeciente.

– Sólo un conocido.

– Soy amigo de un amigo del señor Bast.

– El señor Bast murió hace mucho tiempo y apenas lo conocía.

Thomas Khan sonreía de manera bondadosa, pero parecía confundido.

Evan decidió correr el riesgo y lanzó otro nombre al extraño círculo que unía todas esas vidas.

– El amigo que me recomendó su tienda es el señor Jargo.

Thomas Khan se encogió de hombros y dijo rápidamente:

– Uno conoce a tanta gente… Ese nombre no me dice nada. Un momento, por favor, consultaré mis archivos. Creo que tengo varias copias de la edición de Karenina.

Y desapareció hacia la parte de atrás.

«Este hombre debe de haber mantenido un secreto durante décadas; que llegues tú y empieces a soltarle nombres no lo asustará. Pero si eres el primero que se lo suelta en muchos años… quizá lo pongas nervioso.» Evan se quedó en el sitio, observando a la pareja francesa. La mujer estaba ligeramente apoyada en el hombre mientras rebuscaban en las estanterías.

Esperó. No le gustaba que Khan estuviese fuera de su campo de visión; quizás estuviese escapando por la puerta de atrás. El nombre de Jargo podía ser como ácido sobre la piel. Evan pasó detrás del mostrador y giró en la esquina, ocupada por un escritorio antiguo sobre el que descansaban un ordenador, un refrigerador de agua y montones de libros, y siguió buscando a Thomas Khan.


Pettigrew observaba cómo Carrie fingía hablar por teléfono con la mirada fija en la entrada de la librería. Evan entró. Pasó un minuto; Pettigrew contó cada segundo. Sacó un maletín del asiento trasero de su sedán, salió del coche y se dirigió a la entrada de la librería.

Vio a Carrie mirándolo y levantó la mano haciendo una señal rápida y disimulada con la palma que significaba «espera». Ella se quedó quieta mientras Pettigrew se dirigía hacia la librería.


El laberinto de oficinas de la parte de atrás de la librería no llevaba a ningún sitio.

– ¿Señor Khan? -dijo Evan en voz baja al entrar en la trastienda.

Estaba vacía. Thomas Khan no tenía ayudantes, ni secretarias ni aprendices de vendedor en su conejera. Evan oyó un leve sonido, dos pitidos agudos; quizás era una alarma anunciando que una puerta se había abierto y cerrado. Evan encontró la salida trasera; empujó la puerta y ésta se abrió. Daba a un pequeño camino de ladrillos y vio a Thomas Khan corriendo hacia la calle y mirando por encima del hombro.

– ¡Deténgase!

Evan corrió tras él.


Pettigrew trabajaba mejor si recibía órdenes específicas. Ésa era la esencia de su vida: recibir órdenes en el colegio, en su familia, en la cama con su mujer. Entró en la librería, cerró la puerta y echó el cerrojo. Le dio la vuelta al cartel escrito a mano que decía «Cerrado». Nadie había salido ni entrado en la tienda después de Evan. Vio a éste meterse en la trastienda preguntando en voz baja: «¿Señor Khan?».

Una pareja hurgaba entre libros colocados sobre una mesa. La mujer murmuraba en francés al hombre señalando con consternación el precio de un volumen. Pettigrew sacó su pistola de servicio y con una sola mano temblorosa les disparó a los dos en la parte de atrás de la cabeza. El silenciador se escuchó dos veces. Cayeron al suelo y la sangre y sus sesos se esparcieron sobre una pirámide de libros. Habían pasado diez segundos.

Pettigrew colocó el maletín. Jargo había dicho que tenía un plazo de dos minutos una vez colocase la combinación de la cerradura en la posición correcta de detonación. Tiempo suficiente para salir, ir a la esquina de la calle, dispararle a Carrie en la cabeza y escapar en medio de la confusión. Introdujo el último número de la cerradura. Jargo había mentido.

<p id="_Toc203056749">Capítulo 32</p>

La explosión arrancó de cuajo la fachada de Libros Khan, creando un infierno naranja que lanzaba cristales y llamas hacia Kensington Church. Carrie gritó cuando el calor y la onda expansiva la alcanzaron. Un coche que pasaba por delante de la librería salió volando y se estrelló contra un restaurante situado al otro lado de la calle. La gente escapaba, varias personas sangraban y otros corrían a ciegas invadidos por el pánico. Había dos personas ensangrentadas en el suelo con la ropa hecha jirones.

En la calle llovieron escombros, trozos destrozados de ladrillo, cristales y una nube de carbón y de humo. Carrie se inclinó hacia atrás para refugiarse en la esquina del edificio, delante de una tienda de vestidos con sus maniquíes difusos tras el cristal roto.

Evan.

Carrie se puso de pie con dificultad, corrió hacia el infierno y se detuvo en medio de la calle. El calor le golpeaba la cara. Montones de páginas ardiendo caían al suelo formando una lluvia de fuego. Una de ellas aterrizó en su pelo; se la sacudió y se quemó la mano.

– ¡Evan! -gritó-. ¡Evan!

Pero la única respuesta que obtuvo fue el violento estruendo que producían los cientos de libros y la estructura del edificio consumiéndose en el fuego.

Desaparecido. Había desaparecido. Escuchó el aullido cada vez más cercano de las sirenas de la policía y de los servicios de emergencia. Bajó corriendo la calle hacia el coche de la CIA. La puerta estaba abierta y las llaves todavía dentro. Se metió en el automóvil y encendió el motor.

Estaba temblando, y dio unos cuantos golpes de volante a derecha e izquierda para evitar los atascos; al final paró cerca de Holland Park. Deseaba que sus dedos dejasen de temblar para llamar a Bedford. Cuando él contestó sólo fue capaz de identificarse.

– ¿Carrie? -dijo él.

– En la tienda de Khan. Hubo una explosión. ¡Mierda!

Había desaparecido. No podía haber desaparecido.

– Cálmate, Carrie. -La voz de Bedford sonaba como el acero-. Cálmate y dime exactamente lo que ha ocurrido.

Carrie odiaba la histeria de su voz, pero había perdido el control sobre sí misma. Sus padres muertos, su año de engaño continuo, preocupándose de si Jargo la descubría en cualquier momento; encontrar a Evan y perderlo de nuevo… Se inclinó sobre el volante.

– ¡Carrie, informa ahora mismo!

– Evan… entró en la tienda de libros de Khan. Pettigrew lo siguió un minuto más tarde, pero me hizo señas de que todo iba bien. Luego, unos treinta segundos más tarde, hubo una explosión. La tienda ha desaparecido por completo. Una bomba. -Tranquilizó su tono de voz-. Necesito que venga un equipo. Hay que encontrar a Evan. Quizás aún esté dentro, herido, pero todo está ardiendo.

Se calló. «Se ha ido. Se ha ido.»

– ¿Viste salir a Evan o a Pettigrew?

– No.

– ¿Hay otra entrada u otra salida?

– No lo sé… no en la calle, que yo viese.

– Vale -dijo Bedford-. Da por hecho que estás bajo vigilancia. Obviamente Khan era un objetivo de Los Deeps.

– Consigúeme un equipo. El MI5 o la CIA. Ahora. Lo necesito aquí ahora.

– Carrie, no puedo. No podemos dejar translucir nuestra implicación, no en una bomba en Londres.

– Evan…

– Puedo estar en Londres en unas pocas horas. Sólo necesito que te escondas. Es una orden directa.

– Evan está muerto, Pettigrew está muerto, y eso es malísimo, ¿no? Dejaste que se implicase y lo hiciste porque te facilitaba la búsqueda.

– Carrie. Contrólate. Ahora mismo quiero que te pongas a salvo y que te protejas. Retírate. Busca un lugar para esconderte, una biblioteca, una cafetería, un hotel. No estás autorizada para hablar con nadie más, ni siquiera con el superior de Pettigrew, hasta que yo llegue y hagamos un informe. Es una orden directa. Te volveré a llamar cuando vuelva a estar en territorio del Reino Unido.

– Entendido.

La palabra le supo a sangre en la boca.

– Lo siento. Sé que Evan te importaba.

No podía responderle. Se suponía que no tenía que perder a todo el mundo a quien amaba. No podía haberse ido.

– Adiós -dijo ella.

Y colgó. Se tranquilizó e intentó controlar el temblor que amenazaba con apoderarse de sus manos.

No iba a esconderse en un hotel. Todavía no.

Salió del BMW. Los coches y los peatones que escapaban de la zona de la explosión colapsaban la calle. Paró en una tienda de material de oficina cerca del colegio Reina Elizabeth y pidió que le prestasen la guía de teléfonos. En el listín encontró a Thomas Khan.

– ¿Dónde está esto, por favor? -preguntó al dependiente señalando la dirección.

– En Shepherd's Bush. No muy lejos, al oeste de Holland Park. -El dependiente la miró amablemente con preocupación. Las noticias sobre la explosión en la calle Kensington Church ya habían salido en la radio y en la tele; inmediatamente se había sospechado que era un ataque terrorista, y Carrie estaba llena de suciedad y temblando-. ¿Necesita ayuda, señorita?

– No, gracias.

Escribió la dirección de Khan. Podía entrar en su casa y averiguar si tenía alguna conexión con Jargo o con la CIA. Tenía que actuar. Evan se había ido. No podía quedarse de brazos cruzados.

– ¿Está segura de que está bien? -gritó el dependiente mientras Carrie salía corriendo por la puerta.

«No -pensó Carrie-, nunca volveré a estar bien.»

Se detuvo al tropezar con la acera; las sirenas sonaban sin parar. En cuanto la policía identificase Libros Khan como el lugar de la bomba, la policía y el MI5 se dirigirían de inmediato a casa de Khan. Si había la mínima conexión que apuntase a la CIA, si la encontraban allí y la interrogaban las autoridades británicas, sería un desastre de relaciones públicas para la agencia. No podía ir a casa de Khan, no tenía tiempo suficiente para buscar antes de que llegase la policía.

No tenía tiempo suficiente. No estaba con Evan. Pensó en él, en la primera vez que habló con él, cuando le compró el café: «pero compraste una entrada», había bromeado con ella refiriéndose a que había pagado para ver su película. Evan le había dicho que él se había enamorado primero, pero ella sabía que lo amaba semanas antes de que él se lo confesase.

Carrie se apoyó en el coche. Una capa de humo se elevaba desde la calle Kensington Church. No tenía adónde ir en Londres, ni nadie en quien pudiese confiar.

Evan. No debería haberlo dejado solo. Debería haberse quedado cerca de él. Le dolía la cara de tanto llorar. «Lo siento, siento lo que te he hecho, siento lo que se ha perdido; Evan, ¿qué hemos hecho?»

Carrie tomó una decisión. Huir, esconderse y esperar la llamada de Bedford. Limpió las huellas del coche de Pettigrew, como de costumbre, y se alejó de él.

No vio a los tres hombres que la seguían desde el otro lado de la calle, moviéndose a unos trescientos metros de ella y cada vez más cerca.

<p id="_Toc203056750">Capítulo 33</p>

Evan agarró a Thomas Khan por la manga de la chaqueta justo en el momento en que la librería explotaba por los aires. El viento invadió la entrada del camino de ladrillos con fuerza y calor. La explosión lanzó a Evan contra Khan y tiró a ambos al suelo.

– ¡Suéltame!

Khan se sacudía intentando liberarse. Evan lo agarró más fuerte y lo arrastró hasta una calle situada tras la librería. Tosiendo, se unieron a trompicones a una loca carrera protagonizada por compradores, dependientes, turistas y vecinos. Khan se retorcía para liberarse de Evan, pero éste lo tenía agarrado por los dos brazos y por el cuello, y lo empujaba calle abajo. Pasaron un bloque y luego otros dos, y llegaron tras el BMW de Pettigrew.

– Por aquí -señaló Evan.

– Suéltame o gritaré pidiendo ayuda -amenazó Khan.

– Hágalo, haga esa idiotez. Estoy con gente que puede ayudarle.

– Cabrón, tú pusiste una bomba en mi librería.

La ira inundó a Evan. Agarró a Khan por el cuello.

– Usted está involucrado en la muerte de mi madre.

– ¿Tu… madre?

– Donna Casher.

– No conozco a ninguna Donna Casher.

– Tiene que ver con Jargo y usted está metido en esto.

– No conozco a ningún Jargo.

– Incorrecto. Salió corriendo al oír su nombre.

Khan intentaba soltarse.

– Vayase a su casa, señor Khan -Evan le soltó el cuello-. Vamos. Estoy seguro de que la policía tendrá muchas preguntas que hacer sobre por qué han puesto una bomba en su negocio. Vaya preparando las respuestas. También me gustará hablar con ellos.

Khan se quedó quieto.

– Jargo y la CIA andan tras usted. Ahora mismo yo estoy aquí, y si no me ayuda le aseguro que lo mataré. Pero si me ayuda estará a salvo de quien pueda hacerle daño. Usted decide.

– De acuerdo. -Y levantó las manos en señal de rendición-. Te ayudaré.

Evan agarró el hombro del anciano y lo empujó por la calle. Giraron en una esquina y se dirigieron hacia Kensington Church, donde Pettigrew había aparcado, enfrentándose a la muchedumbre que escapaba en sentido contrario.

– ¿Quién te envía? -preguntó Khan.

– Yo, yo mismo y sólo yo -dijo Evan.

Llegaron a un bloque de edificios y Evan vio arrancar al BMW de la CIA con Carrie al volante.

– ¡Carrie! -gritó Evan-. ¡Estoy aquí!

Pero en medio del ruidoso caos, del torrente de gente y de coches, ella no lo vio. Hizo una maniobra con el coche y, extrañamente, salió a toda velocidad calle abajo y desapareció esquivando, por poco, a los peatones que corrían.

Evan buscó a tientas su móvil. No estaba. Lo había dejado en el coche con Pettigrew. Puso a Khan contra la pared de ladrillo de un edificio.

– Jargo mató a mi madre. Tu hijo quería que yo hiciese un documental sobre Alexander Bast y eso llegó a oídos de Jargo, que entró en pánico y empezó a matar a gente. Ahora me va a contar todo sobre mis padres y Jargo o arrastraré su miserable culo hasta las llamas que devoran su librería y lo tiraré dentro.

Los ojos de Khan se abrieron como platos de terror y Evan pensó: «Realmente podría matarlo».

– Escucha -dijo Khan-. Tenemos que desaparecer de la calle. Hay un lugar donde podemos escondernos.

Cerró los ojos.

Evan se lo pensó. Pettigrew no estaba al volante, ni parecía estar en el coche. Carrie tenía aspecto de estar histérica. ¿Dónde se encontraba el oficial de la CIA? ¿Muerto en la calle a causa de la explosión? Evan miró la calle destrozada, pero no veía nada a causa de la niebla provocada por el humo.

El día había empeorado considerablemente. Quizá no fuese una buena idea llevar a Khan al refugio de la CIA. Evan sabía que la oferta de Khan podría ser una trampa. No tenía pistola ni armas, pero tampoco tenía elección ni podía dejar que Thomas Khan se fuese sin más. Evan se quedó cerca del hombre agarrándolo por el brazo con firmeza. Parecía que Khan no quería escapar. Caminaba con el rostro de un hombre que teme su siguiente cita.

Mientras se dirigían al sur buscando la calle Kensington Church, Khan dijo:

– ¿Puedo arriesgarme con una teoría?

– ¿Cuál?

– Viniste a mi librería con la CIA. O quizá con el MI5. Y, sorpresa, se supone que deberías estar muerto, junto conmigo.

Evan no respondió.

– Tomaré eso como un sí -añadió Thomas Khan.

– Se equivoca.

«De ningún modo», pensó Evan. Carrie no podía estar involucrada en una bomba preparada contra él. Podría haberlo matado en cualquier momento durante los últimos días si hubiese querido, y sabía que no era así. Pero Bedford… No quería pensar que ese viejo le había tendido una trampa. Pettigrew. Quizá trabajaba para Jargo. O era uno de los clientes de Jargo en la agencia, una sombra que quería proteger a Jargo.

Evan dijo:

– Lléveme hasta Hadley.

Khan sacudió la cabeza.

– Hablaremos en privado. Sigue caminando. -Khan cruzó la calle corriendo mientras Evan seguía agarrándole del brazo. Khan señaló un bistró francés-. Necesitamos un medio de transporte. Tengo un amigo que tiene un negocio y que será comprensivo. Espera aquí.

Evan apretó la mano en su brazo y dijo:

– Olvídelo. Voy con usted.

– No, no vienes -Khan se peinó con la mano y se estiró la chaqueta del traje-. Yo te necesito y tú me necesitas. Tenemos un enemigo común. No voy a escapar.

– No puedo confiar en usted.

– ¿Quieres una señal de mi buena fe? -Se acercó a Evan hasta que sus mandíbulas se tocaron y le susurró al oído-: Está claro que Jargo viene a por mí. Soy un cabo suelto, y tú también. Nuestro interés es mutuo.

«Él cree que Jargo planeó lo de la bomba, no la CIA, o al menos quiere hacerme pensar que le culpa a él.»

– ¿Por qué está tan seguro de que ha sido Jargo?

– Lo protegí mucho hace tiempo, pero ya no. No ahora que anda detrás de mí. Si quiere guerra la tendrá. Espera aquí.

Khan intentó liberarse y Evan sabía que tendría que luchar contra él, allí en la calle, para que no se alejara, y eso llamaría la atención. Así que le dejó ir y vio a Khan correr y meterse a toda prisa en el café.

Evan esperó. Los londinenses, presos del pánico, avanzaban por su lado dándole empujones; en cuestión de minutos pasaron unas cien personas, y él nunca se había sentido tan solo en el mundo. Pensó que había cometido un gran error al soltar a Khan. Pero un momento más tarde, éste se asomó por una curva conduciendo un coche.

– Sube -le instó.

<p id="_Toc203056751">Capítulo 34</p>

Khan se dirigía hacia el sureste por la A205. Evan encendió la radio. Las noticias sólo hablaban de la explosión en Kensington Church. Tres muertos confirmados, una docena de heridos y bomberos luchando para controlar el fuego.

– ¿Dónde está Hadley? -dijo Evan.

– Huyendo y escondiéndose, como tú y yo.

– ¿Por qué?

– He escondido a Hadley de Jargo. Pensé que mi influencia sobre este último podría sobrevivir a… los problemas recientes. Estaba equivocado.

– ¿Qué problemas?

– Cuando estemos a salvo.

Khan salió a Bromley, un barrio residencial y de negocios de la periferia de Londres. Condujo por el laberinto de calles y finalmente giró para entrar en un camino que llevaba a una casa de un tamaño considerable. El camino serpenteaba hasta detrás de la casa, y aparcó donde no pudiesen ver el coche desde la calle.

– Sospecho que no tenemos mucho tiempo -dijo Khan-. La casa pertenece a mi cuñada. Ella se encuentra en una residencia para enfermos terminales; se está muriendo de cáncer cerebral. Pero la policía pronto buscará a cualquiera que me conozca para obtener información.

– Como a su amigo el del café. Puede decirles que usted está vivo.

– No lo hará -aseguró Khan-. Los saqué a escondidas a él y su familia de Afganistán durante la ocupación soviética. Le pedí silencio y mantendrá la boca cerrada. Deprisa, entra. Nuestra única ventaja puede ser que Jargo piense que estamos muertos.

Entraron por una puerta trasera. La abrieron y se metieron en la cocina. El aire tenía un olor mineral, como a desinfectante. En el estudio había muebles antiguos combinados con una amalgama de obras de arte abstracto eclécticas y coloristas. Una de las paredes estaba llena de estanterías con libros. La casa parecía cómoda, pero transmitía una fuerte sensación de abandono.

Khan se tiró en el sofá, encendió la televisión con el mando a distancia y encontró un canal que mostraba imágenes en directo del lugar de la explosión. El reportero indicaba que el negocio destruido era de un «angloafgano» llamado Thomas Khan. Los reporteros hacían teorías y especulaban sobre los motivos de la explosión.

– Se equivocan. Usted es de Pakistán -indicó Evan.

– Tengo mayores preocupaciones -respondió Khan, encogiéndose de hombros.

Evan fue a la cocina. Había una banda magnética con un horrible juego de cuchillos. Cogió el más grande y volvió al estudio. Khan lo miró.

– ¿Eso es para mí?

No parecía asustado.

– Sólo si es necesario.

– No lo será. El apuñalamiento es una técnica a corta distancia y personal. Desagradable y sucia; sientes cómo muere la persona. Un chico inocente no tiene suficientes agallas.

– Sólo estoy empezando a descubrir de lo que soy capaz. Usted me ayudará a acabar con Jargo.

– Yo no he dicho tal cosa -dijo Khan-. Dije que teníamos un enemigo común. Yo puedo esconderme durante el resto de mi vida. No necesito luchar contra Jargo; cree que estoy muerto.

– Si ahora es su enemigo, seguro que preferiría que lo cogiesen en lugar de preocuparse de si le va a encontrar o no.

Khan se encogió de hombros.

– A los jóvenes les preocupa la victoria. Yo prefiero sobrevivir. -Inclinó la cabeza hacia Evan-. Pensé que estarías mucho más interesado en saber cosas de tus padres que en planear una venganza imposible contra Jargo.

Evan dio un paso adelante con el cuchillo.

– Usted sabe que mi madre trabajaba para Los Deeps.

– Sólo la conocía por su nombre en clave, pero leí las noticias de Estados Unidos en internet y vi su cara en un reportaje después de que la asesinaran, y entonces supe quién era.

– Usted la vio cuando estuvo en Inglaterra hace unas semanas.

– Sí. -Su voz era apenas un susurro.

– ¿Por qué estaba aquí?

– Es extrañamente liberador contarte lo que siempre he mantenido en secreto. Me da la impresión de que me estoy quitando de encima un viejo abrigo. -Khan esbozó una sonrisa amable-. Ella robó información de un investigador británico de alto nivel implicado en el proyecto de desarrollar un caza. Tenía información clasificada en su portátil. Ya conoces a ese tipo de tíos, técnicamente brillantes, pero les escuecen las reglas. Era poco estricto en cuanto a la seguridad. Solía reunirse con su amante, haciendo escapaditas del laboratorio, en un pequeño hotel en Dover. Tu madre les sacó fotos a él y a su amante, aunque probablemente él habría preferido revelar su aventura antes que colaborar; pero lo que es más importante, durante su estancia allí obtuvo copias de los datos del caza. Ésa fue la auténtica ventaja. El sexo ya no es tan importante como solía ser, a menos que copules con animales o con niños pequeños.

Khan casi parecía decepcionado, como un hombre que añoraba los viejos tiempos.

– Entonces ella roba la información y usted la vende.

– No. Yo le proporciono la logística, me ocupo de meterle dinero en la cuenta. Jargo se ocupa de la venta.

Logística de apoyo. Dinero. Tenía que saber de dónde venía el dinero. La lista de clientes, pensó Evan. Este hombre la tenía. Mantuvo la expresión neutral en su rostro.

– ¿Y a quién le vendería Jargo esta información?

Khan se encogió de hombros.

– ¿Quién no necesita información como ésa hoy en día? Los rusos, que todavía temen a la OTAN; los chinos, que todavía temen a Occidente; la India, que quiere tener un papel más importante en la escena mundial; Irán; Corea del Norte. Pero también quieren los planos sociedades anónimas de aquí y de Estados Unidos, porque quieren conseguir contratos o superar en táctica a la empresa de aeronáutica que diseñó el avión. -Le regaló a Evan una sonrisa limpia y ensayada-. Tu madre era muy buena. Deberías estar orgulloso. Me siguió hasta donde guardaba los archivos, accedió a mi portátil, robó los datos y no lo supe hasta la semana pasada.

– Ahora mismo no puedo estar orgulloso de sus logros -dijo Evan.

– Lo cierto es que si hubiésemos querido matar al tipo… bueno, habrían enviado a tu padre. Es un asesino hábil. -Khan se miró las uñas de las manos-. Garrote, pistola, cuchillo. Una vez en Johannesburgo llegó a matar a un hombre usando sólo los pulgares. O quizá solamente fue un rumor que él mismo difundió. La reputación es muy importante en este negocio.

El cuchillo parecía ahora más ligero en las manos de Evan.

Khan emitió un murmullo como de compasión.

– Los conozco mejor que tú, aunque nunca supe sus verdaderos nombres. Es bastante triste, la verdad.

«Sólo intentas provocarme. Intentas que cometa un error.»

– Ya que nos estamos ayudando el uno al otro, dime lo que te robó mi madre.

Khan deslizó la lengua por su labio inferior.

– Números de cuenta en un banco en las Caimán. Copió un archivo que tenía nombres asociados a cuentas. No me percaté de que había robado los archivos, que los había copiado, hasta que hice una comprobación en mi sistema el pasado jueves.

El jueves. El día antes de que ella muriera. El día, quizá, que ella decidió huir. Debía de saber que Jargo y Dezz andaban tras ella. O bien Khan estaba mintiendo, lo cual también era una posibilidad diferente.

– Y obtuvo una lista de todos los clientes de Los Deeps.

Khan frunció el ceño.

– Sí, también eso.

– Y usted alertó a Jargo.

– Naturalmente. Él no sabía lo de la lista de clientes; era mi propio seguro en caso de que las cosas se pusiesen feas entre él y yo. Pero lo convencí de que tu madre había conseguido la lista al relacionar información que Jargo ya sabía que yo tenía.

Más información. Khan debía de tenerla toda: el nombre de todos Los Deeps, todas las cuentas bancarias que utilizaban, todos los detalles de sus operaciones. No le sorprendía que Jargo quisiera verlo muerto.

– Quiero una copia de cada archivo.

– Mucho me temo que se destruyeron con la explosión de la bomba.

– No diga chorradas. Tiene una copia de seguridad.

– Debo negarme.

Evan dio un paso hacia delante.

– No le estoy dando la opción.

Dirigió el cuchillo hacia el pecho de Khan.

– Estás temblando -dijo Khan-. La verdad es que no creo que tengas agallas para…

Evan se echó hacia delante y llevó la punta del cuchillo al cuello de Khan. Los ojos de éste se abrieron de par en par. En el lugar donde el cuchillo pinchó el cuello brotó una gota de sangre.

– Soy el hijo de mi padre. Ahora el cuchillo no tiembla, ¿verdad?

Khan subió una ceja.

– No, no tiembla.

– Si no me ayudas te mataré. Si me ayudas, hay un hombre en la CIA que puede protegerte de Jargo. Puede ayudaros a ti y a tu hijo a esconderos, ofreceros una vida nueva. ¿Entiendes?

Khan asintió levemente.

– Dime quién es este hombre de la CIA. No entra en mis planes recurrir a uno de los clientes de Jargo -dijo.

– No tienes que preocuparte por eso. Habla con sinceridad. Dime dónde está Hadley.

Khan cerró los ojos y los apretó.

– Escondido. No lo sé.

– Está escondido porque me propuso el proyecto cinematográfico sobre Alexander Bast. Hadley puso en marcha todo este desastre.

– Cría cuervos y te sacarán los ojos. -Khan presionaba sus sienes con las yemas de los dedos-. Es cruel saber que un hijo puede llegar a odiarte tanto. ¿Querías a tus padres, Evan?

Nadie le había preguntado eso antes, ni siquiera el detective Durless en Austin. Parecía haber pasado mil años desde entonces.

– Los quiero, en presente, y muchísimo.

– ¿Todavía los quieres después de haberte enterado de lo que eran?

– Sí. El amor no es amor a menos que sea incondicional.

– Así que cuando mires a tu padre no verás a un asesino; un asesino frío y hábil. Sólo verás a tu padre.

Evan agarró el cuchillo con más fuerza. Khan dijo:

– Ah, el fantasma de la duda. No sabes lo que vas a ver ni cómo te vas a sentir. Cometí una torpeza hace unos meses: recluté a Hadley para trabajar para mí, para ayudarme. Confié en él, pensé que simplemente necesitaba un trabajo de provecho para poner orden en su vida, y me equivoqué. Le encargaron una misión básica y casi lo coge la inteligencia francesa. Me prometió que lo haría mejor, pero luego decidió que quería marcharse.

– Usted no aceptó su dimisión.

– No me dijo que quería dejarlo; éste no es un trabajo del que te puedas despedir. Aprendió a hacer lo que yo hacía y encontró los archivos sobre Los Deeps, sobre todos ellos y sobre sus hijos. Sabía que si acudía al MI5 o a la CIA, lo pondrían bajo custodia de protección y congelarían inmediatamente mis fondos. Quería el dinero. Quería descubrirnos a Jargo y a mí, pero no hasta que pudiese arreglar las cosas para desaparecer. Así podría acceder a mis cuentas y robarme primero.

Parecía más cansado que enfadado.

– Parece que hayas hablado con él.

– Lo he hecho. Hadley me confesó todo antes de marcharse. -Khan sonrió levemente-. Le perdoné. En cierto modo casi estaba orgulloso de él. Por fin había mostrado osadía e inteligencia. Tú eras el único hijo de un Deep relacionado con los medios. Pensó que podría hacerse amigo tuyo y conseguir sutilmente que descubrieses la red. Tomarte el pelo con la muerte de Bast. Incitarte a que investigases. Hacer que te ocupases del trabajo sucio sin que Jargo le echase el lazo al cuello a él.

«Se está abriendo con demasiada facilidad», pensó Evan. Como las personas que en un documental no callan, porque la única manera de convencer es con un torrente de palabras. O porque necesitan escucharse, quizá para convencerse a sí mismos tanto como a ti y a la audiencia. «¿Hasta cuándo va a jugar conmigo?», se preguntó Evan.

– Pero no respondió a mi correo electrónico sobre el paquete de Bast.

– Sólo un idiota pone en marcha grandes acontecimientos y luego deja que le entre el miedo. -Khan arqueó una ceja-. Ahora estoy hablando libremente, ¿es necesario el cuchillo?

– Sí. El orfanato de Ohio. Bast estaba allí, Jargo estaba allí, mis padres estaban allí. ¿Por qué?

– Bast tenía un alma caritativa.

– No creo que fuese eso. Aquellos niños, al menos tres de ellos, se convirtieron en Deeps. ¿Los reclutó Bast para la CIA?

– Supongo que sí.

– ¿Por qué huérfanos?

– Los niños sin familias son mucho más maleables -dijo Khan-. Son como arcilla húmeda: puedes moldearlos según te convenga.

– ¿Por qué los necesitaba la CIA? ¿Por qué no utilizar agentes normales?

– No lo sé.

Khan casi sonreía, luego cerró los ojos. Suspiró profundamente, como si la confesión le hubiese quitado un gran peso de encima.

– Dime por qué necesitaban nuevos comienzos, nuevos nombres, años después. ¿Abandonaron la CIA?

– Bast murió. Jargo tomó el mando de la red.

– Jargo lo mató.

– Probablemente. Nunca pregunté.

– Jargo, mi familia y los otros niños de ese orfanato, ¿se escondían de la CIA?

– Yo no estaba allí entonces. No lo sé. Cuando Jargo tomó el mando me dio un trabajo. Me metió dentro para que le llevase la logística.

– ¿Era usted de la CIA?

– No, pero había ayudado en operaciones de la inteligencia británica en Afganistán durante la rebelión contra los soviéticos. Conocía los elementos básicos. Me retiré: quería una vida tranquila con mis libros, no más trabajo de campo. Jargo me dio un trabajo.

– Bueno, Jargo acaba de despedirle, señor Khan. Ahora trabaja para mí.

Khan sacudió la cabeza y dijo:

– Admiro tu valor, jovencito. Ojalá Hadley se hubiese hecho amigo tuyo. Habrías sido una buena influencia.

Sonó el teléfono. Ambos se quedaron inmóviles. Sonó dos veces y luego se paró.

– No hay contestador -dijo Evan.

– Mi cuñada los odiaba.

A Evan le preocupó que sonase el teléfono. Quizá se habían equivocado, quizás alguien llamaba a la cuñada moribunda, o quizás alguien estaba buscando a Khan allí.

– Yo sólo quiero recuperar a mi padre y usted quiere que Jargo deje de intentar matarle. Ahora nuestros intereses coinciden, ¿no?

– Sería mejor que ambos desapareciésemos sin más.

Khan tragó saliva. El sudor le empapaba la cara y tosía al respirar.

– Déme lo que necesito. Podemos presionar a los clientes para detener a Jargo; seguir la pista de sus transacciones hasta llegar a él. Estará acabado y no podrá hacerle daño ni a usted ni a Hadley -dijo Evan.

– Es demasiado peligroso. Yo apuesto por que ambos desaparezcamos.

– Olvídese de eso.

– No puedo pensar con un cuchillo en la garganta. Me gustaría fumar un cigarrillo.

Evan vio el miedo y la resignación en el rostro de Khan, y percibió el fuerte olor del sudor de su piel. Se había pasado de la raya. Se apartó de él y le quitó el cuchillo del cuello. Khan rozó con los dedos la poca sangre que manaba.

– Heridas superficiales. Gracias; aprecio tu amabilidad. ¿Puedo coger mis Gitanes del bolsillo?

Evan le volvió a poner el cuchillo en el cuello y le abrió la chaqueta, de la que extrajo un paquete de cigarrillos Gitanes. Dio un paso atrás y se los tiró a Khan en el regazo.

– Tengo el mechero en el bolsillo, ¿puedo cogerlo? -La voz de Thomas Khan sonaba tranquila.

– Sí.

Chan sacó un pequeño mechero tipo Zippo, encendió un cigarrillo y exhaló el humo con un suspiro de cansancio.

– Ya le he dado su jodido cigarrillo -dijo Evan-. Ahora quiero la maldita lista de clientes.

Khan echó el humo.

– Pregúntale a tu madre.

– No me toque las pelotas.

– Pareces un chico inteligente. ¿Realmente crees que si tu madre robó los archivos que podían identificar a los clientes, habríamos dejado esas cuentas abiertas?

Su voz era dulce, casi de reprobación, como si hablase con un niño ligeramente torpe pero al que adorara.

Evan dijo:

– No voy a caer en la trampa. Usted tiene las cuentas que los agentes como mis padres utilizaban; eso es lo único que necesito. Puedo acabar con Jargo de una manera o de otra.

Khan se rió.

– ¿Crees que nuestros agentes siguen trabajando bajo esos nombres visto el peligro al que nos estamos enfrentando?

– Si tienen familia e hijos, como en mi caso o en el de usted, no pueden cambiarlos.

– Claro que pueden. La cuenta de tu madre no está a nombre de Donna Casher, estúpido. -Khan sacudió la cabeza-. Está registrado bajo otro nombre que utilizaba. No descubrirás nada de esa red; somos demasiado cuidadosos. Tenemos vías de escape por si descubren nuestra tapadera. Todos llevamos mucho tiempo haciendo esto; empezamos mucho antes de que tú soltaras la teta de tu madre. -Apagó el cigarrillo-. Te sugiero que te marches ahora. Te daré la mitad del dinero de la cuenta de tu madre y me quedaré el resto por mi silencio. Son dos millones de dólares, Evan. Puedes desaparecer en cualquier parte del mundo, en lugar de en una tumba. No serás capaz de recuperar a tu padre, y tu muerte no te devolverá a tu madre. -Khan sacó un nuevo cigarrillo con delicadeza-. Dos millones. No seas estúpido, coge el dinero. Empieza una nueva vida.

– Pero…

Y entonces Evan vio la estafa de la oferta de Khan. Cuentas con nombres falsos. La explosión. Vías de escape. El teléfono sonando sólo dos veces. Una nueva vida. Aquello era una trampa, pero no el tipo de trampa que esperaba.

Khan parecía disponer de todo el tiempo del mundo, sentado allí en su casa, sonriéndole. No había cuñada moribunda. No había nada relacionado con Khan en esa casa. La vía de escape.

– ¡Cabrón! -dijo Evan.

Khan agitó el mechero de nuevo cogiéndolo por los lados; una pequeña ráfaga de humo salió por el extremo mientras él se tapaba la cara con la manga. El spray de pimienta le quemó los ojos y la garganta a Evan, que se tambaleó y cayó sobre la alfombra persa. El dolor le penetraba por los globos oculares y la nariz.

Khan corrió al otro lado de la habitación, seleccionó un tomo gordo de la estantería, lo cogió y sacó de él una Beretta; luego se giró para disparar a Evan. La bala impactó en la mesa de café situada junto a la cabeza de éste, que agarró a ciegas la mesa, la levantó a modo de escudo y embistió a Khan. Los ojos le quemaban como si le hubiesen clavado agujas. Khan disparó dos veces más con silenciador y a Evan se le clavaron en el vientre y en el pecho astillas de madera. Pero aplastó a Khan con la mesa, lo obligó a bajar la pistola y lo sujetó contra los estantes de roble.

Evan apretó y apretó más y más, haciendo fuerza con las piernas y los brazos; la agonía del rostro de Khan lo estimulaba. Estaba aplastando a aquel hombre contra la pared; oía cómo se vaciaban sus pulmones, lo oía balbucear de dolor; finalmente Khan cayó al suelo con la pistola todavía en la mano.

Evan dejó caer la mesa y agarró el arma. Veía la cara y los dedos de Khan como una imagen borrosa. Pero éste se aferraba a la Beretta. Evan cayó sobre el anciano, que le asestó un rodillazo en la ingle y luego le metió sus huesudos dedos en los ojos entrecerrados. Evan soltó una de las manos que agarraba la pistola y le dio un puñetazo en la nariz. A través de sus ojos llenos de lágrimas, Evan veía la cara de Khan envuelta en una neblina. Agarró la Beretta de nuevo con las dos manos y forcejeó para apuntar hacia el techo. Khan la retorció hacia el otro lado y la dirigió hacia la cabeza de Evan.

La pistola se disparó.

<p id="_Toc203056752">Capítulo 35</p>

Evan sintió el calor de la bala junto a la oreja. Apoyó todo su peso y puso todas sus fuerzas en girar el cañón hacia el suelo. Khan se retorcía intentando arrebatarle la pistola, que volvió a dispararse.

Khan sufrió un espasmo y luego se quedó quieto. Evan tiró a un lado el arma y se levantó dando tumbos, restregándose los ojos.

Se retiró a la esquina de la habitación. Apenas podía ver a Khan, pero seguía apuntándolo con la pistola. Evan chillaba; el dolor en los ojos lo estaba dejando ciego.

Khan no se movía. Evan se forzó a volver donde estaba el cuerpo y le tocó el cuello. Nada. No había pulso.

La angustia le invadió. Entró a trompicones en la cocina, abrió el grifo y se lavó la cara con las manos. Al hacerlo se le cayeron las lentillas marrones que le había dado Bedford. Después de lavarse por décima vez el dolor comenzó a remitir. El único sonido que se escuchaba en la casa era el siseo del agua colándose por el desagüe. Se aclaró los ojos hinchados una y otra vez, sujetando todavía la pistola con la otra mano, hasta que el dolor menguó. Entonces volvió al estudio.

Khan lo miraba desde el suelo con tres ojos, el del medio era rojo. Volvió a comprobar el cuello, la muñeca y el pecho: ninguno de los tres tenía pulso.

«Acabo de matar a un hombre.»

Debería estar vomitando de miedo, de terror. Una semana atrás se hubiera quedado paralizado de la impresión; ahora simplemente estaba aliviado de que fuese Khan el que estaba muerto en el suelo, y no él.

Fue al baño y se miró la cara en el espejo. Sus ojos eran de nuevo color avellana y la hinchazón era tal que los tenía casi cerrados. Tenía el labio cortado y le sangraba. Abrió el armario que había debajo del lavabo y encontró un botiquín de primeros auxilios: por supuesto, en esa casa había todo lo que Khan necesitaba.

Aquélla era la vía de escape de Khan.

No había pensado con claridad en medio del caos de la explosión; estaba demasiado obcecado en ponerle las manos encima al hombre que podía desvelar el mapa de la vida de sus padres.

A ojos de Jargo, Khan la había jodido, pero quizá no quería que muriese. Quizá Jargo deseaba conducir la investigación sobre Los Deeps a un callejón sin salida. Khan había huido cuando Evan pronunció el nombre de Jargo… aunque quizá ya conociese la cara de Evan. Luego Pettigrew entró con la bomba, o bien Khan la activó al salir del edificio. Con su propio negocio destruido, Khan no iría a un lugar que sólo le diese unas horas de asilo, iría a su escotilla de emergencia. Si Los Deeps tenían otras identidades, también las tenía Khan, el encargado de sus finanzas. Había llevado a Evan a un lugar donde él podría ocultarse, disfrazarse con una identidad ya preparada, fundirse con el mundo. Aún mejor, darían por supuesto que había muerto en la explosión.

Y cuando diesen por muerto a Thomas Khan nadie de la CIA lo buscaría.

No era fácil salirse de la propia vida de uno, y si esta casa era el escondite secreto de Khan, su primera parada en el viaje hacia una nueva vida secreta, tendría recursos para cerrar sus operaciones, dinero e información para no dejar huellas y adoptar su nueva identidad. Pero si Jargo sabía que aquí era donde Khan huiría, y podía ser que así fuese, entonces Evan no tenía mucho tiempo. Jargo podía enviar a un agente para asegurarse de que Khan había escapado de la explosión.

El teléfono. Quizás era Jargo quien llamaba a Khan.

Tal vez Evan no tuviese mucho tiempo, pero tenía que arriesgarse. Las respuestas que necesitaba podían estar dentro de esa casa.

Comprobó todas las ventanas y puertas para asegurarse de que estaban cerradas con llave. Bajó todas las persianas y cerró las cortinas. En el piso de arriba había dos dormitorios pequeños, un despacho y un baño; en el de abajo, una habitación principal, un baño, un estudio, una cocina y un comedor. Una puerta de la cocina conducía a un pequeño sótano; Evan se arriesgó a bajar y encendió una luz. Estaba vacío, excepto por el rincón, donde había una bolsa grande y negra cerrada con cremallera. Era una bolsa para cadáveres.

Evan abrió la cremallera.

Era Hadley Khan. Reconoció su cara, o lo que quedaba de ella. Llevaba varios días muerto. Habían cubierto su cuerpo con cal para reducir el incipiente olor a descomposición. Mostraba un disparo en la sien. Su cuerpo estaba retorcido y tieso en la bolsa, desnudo. Tenía marcas alargadas y rojas en la cara y en el pecho, le faltaban las manos y tenía la boca completamente abierta y sin lengua.

«Le he perdonado», había dicho Khan.

Evan se levantó, fue hacia la parte opuesta del sótano, apoyó la frente contra la fría piedra y respiró profundamente, estremeciéndose. «Khan lo hizo aquí; torturó y mató a su propio hijo por haberle desobedecido. Por traicionar el negocio familiar.»

¿Qué le habrían hecho a él sus padres si hubiese averiguado la verdad o amenazado con descubrirlos? No podía imaginarse eso. No. Nunca.

Oyó la voz de Khan: «Los conozco mucho mejor que tú».

Cerró la bolsa del cadáver y subió al estudio. Arrastró el cuerpo de Thomas Khan hasta el sótano y lo colocó junto al de su hijo. Volvió a subir y encontró una sábana doblada en el armario de uno de los dormitorios y cubrió ambos cadáveres con ella.

Bebió cuatro vasos de agua fría y se tomó cuatro aspirinas que encontró en el botiquín. Le dolían los ojos y el estómago.

Regresó al estudio e intentó abrir un escritorio y un aparador, pero ambos estaban cerrados. De vuelta en el sótano buscó en los bolsillos de Khan: no había llaves, sólo una cartera y una PDA. La encendió y en la pantalla apareció un mensaje en el que le solicitaba su huella.

Sacó la mano derecha de Khan de debajo de la sábana y presionó el dedo índice contra la pantalla. Acceso denegado. Agarró la mano izquierda de Khan y presionó el dedo índice contra la pantalla. La agenda aceptó la huella, y al abrirse mostró una pantalla de inicio normal. Miró las aplicaciones y los archivos. La PDA sólo tenía algunos contactos y números de teléfono: unos cuantos bancos de Zurich y una lista de tiendas de libros de Londres. Había un icono para una aplicación de mapas. Los últimos tres mapas a los que había accedido eran de Londres, Misisipi y Fort Lauderdale, Florida. Una anotación en el mapa de Biloxi mostraba la situación de un vuelo charter. Biloxi no estaba tan lejos de Nueva Orleans; quizá fuese a donde Dezz y Jargo habían volado después del desastre en aquella ciudad.

Pero no había nada que dijese: «La X señala el lugar donde está tu padre».

Excepto, quizá, Fort Lauderdale, un lugar de Florida en particular. Según Gabriel, la madre de Evan le había dicho que se reunirían con su padre en Florida, y Carrie pensaba que su padre estaba en Florida.

Carrie. Podía intentar llamarla, ponerse en contacto con ella a través de la oficina de la CIA en Londres, decirle que estaba vivo. Pero no. Si los agentes o los clientes de Jargo de la CIA pensaban que él estaba muerto, nadie le buscaría. Se habían enterado de que estaba en Londres y casi lo matan. El grupo de Bedford se había puesto en peligro.

Quería saber que Carrie estaba a salvo, quería decirle que estaba vivo. Pero no ahora, no hasta que recuperase a su padre. Creía que ella no regresaría a la casa a la que los había llevado Pettigrew; era demasiado peligroso si éste trabajaba para Jargo. Se reuniría con Bedford tomando todas las precauciones.

Evan reconfiguró el programa de la contraseña para borrar la huella de Khan y utilizar la de su dedo pulgar como clave. Podría serle útil más adelante. Se metió la PDA en el bolsillo, y al ponerse de pie, vio una caja de herramientas en la esquina y la llevó al piso de arriba.

Metió con cuidado un destornillador en la cerradura del escritorio; después del truco del mechero con spray de pimienta no podía fiarse de las apariencias. Pero sólo se escuchó el ruido de un metal contra otro metal.

Cogió un martillo y con cuatro golpes secos abrió la cerradura. En un cajón encontró papeles relacionados con la propiedad de la casa: había sido comprada el año pasado por Inversiones Boroch. Ésta debía de ser una tapadera de Khan; si no había una conexión directa con él, la policía no podría ir allí. Thomas Khan no se asomaría si pudiese evitarlo cavando su túnel de escape.

En el cajón también encontró artículos de papelería y sobres con el membrete de Inversiones Boroch, un pasaporte de Nueva Zelanda y uno de Zimbabue, ambos con nombres falsos y la foto de Thomas Khan estampada. Había un teléfono sin mucha batería, pero que funcionaba. Sacó el cargador del fondo del cajón y lo puso a cargar. Miró el registro de llamadas, pero estaba vacío.

Forzó la cerradura de otro cajón del escritorio. Contenía una caja de metal con fajos de libras esterlinas y dólares americanos. Debajo de ella había una pistola automática y dos cargadores. Contó el dinero: seis mil libras esterlinas y diez mil dólares americanos. Colocó los billetes sobre el escritorio. El resto de cajones estaba vacío.

Atacó el aparador con un martillo, con un destornillador y luego con una palanca. Se sentía mareado por no haber comido, por el cansancio y por el spray de pimienta, pero sabía que estaba cerca de encontrar lo que buscaba. Muy cerca.

La puerta se abrió con la palanca. Estaba vacía.

No, no podía ser. No era posible. Khan necesitaba archivos con información, necesitaría acceder a nuevas cuentas y borrar las viejas. Tenía que haber un ordenador en la casa, aparte de la PDA, a menos que el muy cabrón lo guardase todo en la cabeza. Si era así, Evan estaría de nuevo en el punto de partida.

Buscó por la habitación. El pequeño armario contenía artículos de oficina, trajes viejos y una gabardina. Entró en los dormitorios de invitados, casi vacíos, y en las habitaciones de la planta de abajo. Buscó con cuidado, consciente de que no era un profesional, y se recordó a sí mismo que tenía que ser disciplinado y minucioso. Pero no encontró nada, y se dio cuenta de que la posibilidad de echarle las manos al cuello a Jargo empezaba a desvanecerse.

El estudio estaba a oscuras y se arriesgó a encender una luz de lectura. La estantería. Khan había guardado su pistola detrás de los libros.

Buscó en el resto de la estantería. Hasta el último centímetro estaba cubierto de buenos libros que provenían de saldos de la tienda de Khan. ¿Cómo podía tener tan buen gusto literario un cabrón psicópata como aquél? Pero no había nada más oculto tras los libros. Revolvió los cajones de los muebles de la cocina y de la despensa. Vació botes de sal y de harina en el suelo. El congelador estaba lleno de paquetes de comida congelada; los abrió y los vació en el fregadero esperando encontrar en su interior un disquete o un CD. De repente, le entró hambre y metió en el microondas un plato preparado de pollo con fideos; comerse la comida de un hombre muerto le producía náuseas. Decidió superarlo.

Se sentó en el suelo y se obligó a calmarse mientras comía. La comida no sabía a nada, pero al menos llenaba, y sintió cómo se le asentaba el estómago. El desfase horario junto con el descenso de adrenalina hicieron su efecto en él, y se resistió a la necesidad de tumbarse en el suelo, cerrar los ojos y dormir. Quizá no hubiese nada más que encontrar.

El sótano era la única habitación en la que no había buscado. Bajó los escalones a oscuras. Pasó junto a los cuerpos cubiertos con la sábana. El sótano era pequeño y cuadrado, con una lavadora-secadora en un lado y una estantería metálica enel otro. En la estantería había trastos viejos y más libros en cajas. Buscó en todas ellas. Un aparato de televisión con la pantalla rota. Una caja de herramientas de jardín sin restos de tierra y que probablemente nunca se habían usado. Un par de cajas de sopa enlatada, verduras y carne, por si Khan quería ocultar a otro agente.

Dirigió la mirada de nuevo al televisor con la pantalla rota. ¿Por qué guardar un televisor averiado? Ahora las teles eran baratas: si tenías que reparar la pantalla era mejor comprar otra. Quizá Khan era de los que pensaba que quien no malgasta, no pasa necesidades. Pero Khan había tenido una vida acomodada, así que un televisor estropeado no significaba nada para él.

Evan bajó la tele de la estantería, cogió un destornillador y le quitó la parte de atrás.

Habían destripado la tele por dentro y en su interior había un pequeño ordenador portátil y un cargador. Evan lo encendió; apareció un cuadro de diálogo pidiéndole una contraseña.

Tecleó DEEPS. Incorrecta.

Tecleó JARGO. Incorrecta.

Tecleó HADLEY. Incorrecta.

La CIA podía entrar, pero él no. Aunque lograra descubrir la contraseña, podía ser que Khan hubiese codificado y puesto contraseñas a los archivos del sistema. Sería tonto si no hubiese tomado esa precaución.

Evan se quedó mirando la pantalla. Quizá debería llevarse el ordenador y ya está, e ir a Lagley, al cuartel general de la CIA. Convertirse en…

… y no salvar a su padre.

La cara de su padre flotaba ante él en el sótano oscuro, y se quedó mirando a los cuerpos de ambos Khan, padre e hijo. Si hacía caso de los acontecimientos ocurridos en los últimos días, su padre era un asesino profesional que pisoteaba vidas como quien aplasta hormigas. Pero ése no era el padre que él conocía. No podía ser; la verdad no podía ser tan dura ni tan sencilla. Tenía que recuperar la información para rescatar a su padre.

O, pensó, tenía que crear la ilusión de que disponía de la información.

El portátil. No necesitaba la información, sólo necesitaba el portátil para intercambiarlo por su padre. Podía ser que contuviese los mismos archivos que su madre había robado. Por lo menos era un arma de negociación: siempre podía amenazar con darle el portátil a la CIA si no soltaban a su padre. Jargo no podría saber con seguridad si los archivos estaban o no en el ordenador de Khan. Aunque no tuviese la lista de clientes, podía tener suficiente información financiera, logística o personal para destruir a Los Deeps.

Puede que su madre hubiese robado los archivos de este mismo portátil. Intentó imaginar cómo lo había hecho. Había tomado fotografías en Dover, había robado información militar. Le había entregado la mercancía a Khan, pero probablemente no aquí, no en esta casa de seguridad. Lo más seguro era que le hubiera entregado la información robada y las fotos en un CD en un parque, en un teatro o en un café. Pero quizá siguió a Khan hasta aquí después de despedirse. Y luego… ¿qué? Khan descargó en el ordenador la información que ella había robado para enviársela a jargo y se marchó. Ella entró en la casa y encontró el portátil. Debía de tener algún programa para saltarse las contraseñas, algo necesario si robaba información habitualmente.

Si ella lo había hecho entonces podía hacerse. Él podía robar los mismos archivos.

Intentó entrar en el portátil una vez más.

Ahora tecleó BAST. Nada.

OHIO, por el orfanato. No.

GOINSVILLE. Rechazado.

Encontró las llaves del coche de Khan en la encimera de la cocina y puso el portátil y el dinero en el maletero. Volvió adentro y se metió la PDA de Khan, la pistola y el teléfono en el bolsillo de la chaqueta. Quería dormir y quería creer que el escondite de Khan podía ser el suyo. Pero no era seguro quedarse allí. Fort Lauderdale. Su madre le había mencionado Florida a Gabriel. Era su mejor apuesta.

Entró en el Jaguar prestado. Se dio cuenta de que nunca había utilizado un coche diseñado para conducir por la izquierda de la carretera y, por primera vez en días, se rió de verdad. Eso sería una aventura.

Con los nervios a flor de piel, Evan se internó en la oscuridad. Empezó a caer una lluvia fría. Tenía que concentrarse por completo en entrenar de nuevo sus reflejos de conducción. De vuelta en Londres, avanzaba lentamente, como un conductor novato, y encontró un hotel decente en Lewisham. Se permitió el lujo de darse una verdadera cena en un pequeño pub: un filete con patatas fritas y una pinta de cerveza; observaba a una pareja y a su hijo adulto sonriendo entre cervezas rubias. Pagó, volvió al hotel y se tumbó en la cama.

Volvió a encender el teléfono móvil de Khan y sonó un mensaje nuevo. No sabía la contraseña de Khan para su buzón de voz, pero encontró un registro de llamadas perdidas recientes.

Abrió la PDA y activó la aplicación de nota de voz. Luego marcó el número en el nuevo registro de llamadas.

No podía negociar si todos pensaban que estaba muerto. Respondieron al primer tono.

– ¿Sí?

Conocía aquella voz, con su ronroneo delicado y psicótico. Era Dezz.

– Déjame hablar con Jar go.

Evan sostenía la PDA lo suficientemente cerca como para grabar cada palabra.

– Aquí no hay nadie con ese nombre.

– Cállate Dezz. Déjame hablar con Jargo. ¡Ya!

Un momento de silencio.

– Nos hemos vuelto a encontrar, ¿verdad?

– Dile a tu padre que tengo todos los archivos relacionados con Los Deeps del señor Khan. Todos. Me gustaría negociar un cambio por mi padre.

– ¿Cómo está Carrie? ¿Ha volado por los aires? Siento no estar en Londres para ayudarte a recoger los pedazos -dijo Dezz conteniendo la risa.

– Si me dices una sola palabra más, monstruo, envío por correo electrónico la lista de clientes a la CIA, a Scotland Yard y al FBI. Tú no tienes la última palabra; la tengo yo.

Se produjo el silencio durante un momento y Dezz dijo fríamente y con educación:

– Espera, por favor.

Se imaginaba a Dezz y a Jargo viendo el número de Khan en la pantalla de un móvil, enterándose de lo de la explosión y sopesando si Evan estaba diciendo la verdad o no.

– ¿Sí? ¿Evan? ¿Estás bien? -preguntó Jargo con voz de preocupación.

– Estoy bien. Tengo que hacerte una propuesta.

– Tu padre está preocupadísimo por ti. ¿Dónde estás?

– En el fondo de la madriguera del conejo, y tengo el portátil de Thomas Khan. Hablo desde su escondite en Bromley.

Una larga pausa.

– Felicidades. A mí, personalmente, las hojas de cálculo me parecen muy aburridas.

– Devuélveme a mi padre y te daré su portátil; luego nuestros caminos se separarán.

– Pero los archivos pueden copiarse. No sé si puedo confiar en ti.

– No cabe cuestionarse mi integridad, Jargo. Sé todo lo de Goinsville, lo de Alexander Bast y sé que creaste la red original de Los Deeps. -Era todo un farol; no estaba seguro de cómo encajaban todas estas piezas, pero tenía que fingir que lo sabía-. Tengo el portátil de Khan y te lo daré a ti, no a la policía. Lo tomas o lo dejas. Puedo cargarme a Los Deeps en cinco minutos con lo que tengo.

– ¿Puedo hablar con el señor Khan? -preguntó Jargo.

– No, no puedes.

– ¿Está vivo?

– No.

– Bien. ¿Lo mataste tú o la CIA?

– No voy a jugar a las preguntas contigo. ¿Hacemos el trato o voy a la CIA?

– Evan. Comprendo que estés enfadado, pero no quería que Khan muriese. -Pausa-. Si tienes acceso a internet me gustaría enseñarte una grabación, para probar mi punto de vista.

– ¿Una grabación?

– Khan tenía una cámara digital en su tienda. Enviaba imágenes constantemente a un servidor remoto. Tomamos muchas precauciones en nuestra línea de trabajo, ¿entiendes? Puedo probarte que fue un agente de la CIA el que hizo estallar la bomba. Su nombre era Marcus Pettigrew. Sospecho que la CIA encontró una manera de librarse de ti y de Khan al mismo tiempo y sin ensuciarse las manos.

Evan recordó haber visto un conjunto de pequeñas cámaras instaladas en las esquinas, cerca del techo de la librería. Dijo lo que pensaba que Jargo esperaría que dijese:

– ¿Y qué? Así que no puedo confiar en la CIA. Eso no significa que pueda confiar en ti.

– Mira la grabación -dijo Jargo- antes de tomar una decisión.

– Espera.

Evan bajó las escaleras con el teléfono desde su habitación hasta el centro de negocios del hotel. Estaba vacío. Encendió un ordenador y abrió una cuenta en Yahoo con un nombre inventado, y le dio a Jargo su nueva dirección de correo. Después de un minuto recibió en la bandeja de entrada un archivo de vídeo adjunto. Evan lo abrió. Se vio a sí mismo enfocado desde la parte superior izquierda, entrando y hablando con Khan. Primero Khan y luego Evan desaparecieron de la imagen, y entonces surgió Pettigrew. Giró el cartel, que ahora decía «Cerrado». Mató a dos personas. Se inclinó para tocar su maletín y luego nada más.

– No es mi estilo destripar a mi propia red -afirmó Jargo-. Sin embargo, podría ser el estilo de la CIA.

– Podrías haber amañado esa cinta.

– Evan, por favor. Primero Gabriel, luego Pettigrew. Tu amigo el Albañil te ha llevado directamente a una trampa mortal. Matar dos pájaros de un tiro, tú y Khan. No soy tu enemigo, Evan, ni mucho menos. Has dado con la gente equivocada, por no decir algo peor, y estoy intentando salvarte el pellejo.

«Albañil… Conoce el nombre en clave de Bedford.» Odiaba la preocupación empalagosa que no conseguía ocultar la arrogancia en la voz de Jargo.

– Esa grabación no miente. ¿A quién crees ahora? -preguntó Jargo.

– Quiero hablar con mi padre. -Evan hizo que su voz temblara deliberadamente.

– Ésa es una idea excelente, Evan.

Silencio. Y luego la voz de su padre.

– ¿Evan? -Parecía cansado y débil. Abatido.

Estaba vivo. Su padre estaba realmente vivo.

– ¿Papá? Dios, papá, ¿estás bien?

– Sí, estoy bien. Te quiero, Evan.

– Yo también te quiero.

– Evan… lo siento. Tu madre, tú… Nunca pretendí arrastraros a esta locura. Siempre fue mi peor pesadilla. -Mitchell parecía estar a punto de llorar-. Tú no entiendes toda esta historia.

Sabía que Jargo estaba escuchando. «Finge que lo crees. Es la única manera de que Jargo te entregue a tu padre. Pero no demasiado rápido, o Jargo no se lo tragará.» Tenía que engañar a su propio padre. Intentó con todas sus fuerzas mantener la voz calmada:

– No, papá, te aseguro que no lo entiendo.

– Lo que importa es que puedo ponerte a salvo, Evan. Necesito que confíes en Jargo.

– Papá, aunque Jargo no haya matado a mamá, te ha secuestrado a ti. ¿Cómo puedo confiar en ese tipo?

– Evan. Escúchame atentamente. Tu madre fue a la CIA y la CIA la mató. No sé por qué acudió a ellos, pero lo hizo creyendo que os esconderían a los dos, a ella y a ti. Pero ellos la mataron. -Se le quebró la voz, luego se tranquilizó-. Y ahora te han utilizado a ti para intentar atraparnos a Jargo y a mí.

– Papá…

– Jargo y Dezz no estuvieron en nuestra casa; fue la CIA. Todo lo que te han contado es mentira. Créete lo que ves. Ese agente de la CIA de Londres intentó matarte, ésa es la mejor prueba. Evan, quiero que hagas lo que te diga Jargo, por favor.

– No creo que pueda hacerlo, papá. Él mató a mamá. ¿Entiendes eso? ¡Él la mató!

Y le relató brevemente a su padre su llegada a la casa.

– Pero no les viste la cara en ningún momento.

– No… no les vi la cara. -Dejó pasar tres segundos y pensó: «Deja que Jargo piense que quieres creer a tu padre, que quieres creerlo más que nada en el mundo para que todo este horror termine»-. Vi a mamá y luego me volví histérico y me pusieron una bolsa en la cabeza.

La voz de Mitchell era paciente.

– Puedo decirte con seguridad que no fueron Dezz y Jargo; no fueron ellos.

– ¿Cómo puedes estar seguro, papá?

– Lo estoy. Estoy completamente seguro de que ellos no mataron a tu madre.

«Empieza a actuar como si fueses tonto.»

– Sólo escuché voces.

– Puede ser que cometieras un error en el momento más terrible de tu vida, Evan. Jargo no te haría daño. En el zoo le disparaban a Carrie, no a ti.

No era verdad, pero por lo visto Jargo le había contado toda una sarta de mentiras a su padre. No discutió sobre eso. «Y ahora para confundir…»

– Pero Carrie dijo…

– Carrie traicionó tu confianza. Te utilizó, hijo. Lo siento.

Dejó que el silencio lo inundase todo antes de hablar.

– Tienes razón. -«Perdóname, Carrie», pensó-. No fue honesta conmigo, papá. Desde el primer día.

Mitchell carraspeó.

– Olvídate de ella. Lo único que importa es que vengas junto a mí. ¿Estás a salvo de la CIA ahora mismo?

– Para ellos estoy muerto.

– Entonces, tráele a Jargo los archivos. Estaremos juntos. Jargo nos dejará hablar y planear lo que haremos después.

Evan bajó la voz.

– No digas nada. Tengo el portátil, pero no sé cuál es la contraseña. Nunca he visto los archivos que quiere Jargo.

Sabía que Jargo estaba escuchando cada palabra.

– Todo irá bien una vez que estemos juntos.

– Papá… ¿todo esto es verdad? ¿Lo que averigüé sobre ti y sobre mamá, sobre Los Deeps? Porque no entiendo…

– Te hemos estado protegiendo durante mucho tiempo, Evan, y harás más mal que bien si ahora nos descubres. Haz lo que diga Jargo. Tendremos mucho tiempo y podré hacértelo entender.

– ¿Por qué ya no eres Arthur Smithson?

Pausa.

– No sabes lo que tu madre y yo hicimos por ti; no tienes ni idea de los sacrificios por los que pasamos. Nunca has tenido que tomar una decisión difícil. No te lo puedes ni imaginar -luego, Mitchell dijo rápidamente-: ¿Recuerdas cuando te di todas las novelas de Graham Greene y te dije que la cita más importante era «Quien amó también temió»? Es verdad. Es cien por cien verdad. Tenía miedo de que no tuvieses una vida buena y quería que la disfrutases. La mejor vida. Lo eres todo para mí. Te quiero, Evan.

– Lo recuerdo. Yo también te quiero, papá.

Sin importar lo que hubiese hecho.

Evan recordó que el último año de instituto su padre le había regalado por Navidad un montón de novelas de Greene, pero no entendía la cita. No importaba. Lo que importaba es que su padre estaba vivo y que lo iba a recuperar.

– Escucha atentamente. -La voz de su padre había desaparecido y la de Dezz la había sustituido-. Ahora estás a mi cargo ¿Dónde estás?

– Sólo dime dónde se supone que he de cambiar el ordenador de Khan por mi padre.

– Miami. Mañana por la mañana.

– No puedo llegar a Miami tan rápido. Será mañana por la noche.

– Te conseguiremos billetes -dijo Dezz-. No queremos que la CIA te vuelva a trincar.

– Yo mismo me ocuparé del viaje. Os llamaré desde Miami. Yo elegiré el lugar y la hora para el intercambio.

– De acuerdo. -Dezz se rió-. No te me escapes esta vez. Ahora todos seremos como una familia. -Y colgó.

«Como una familia.» A Evan no le gustó la ironía en el tono de Dezz, y pensó en las fotos ajadas de los dos chicos en Goinsville, en sus sonrisas y sus miradas entrecerradas. Ahora veía lo que no había querido ver antes: la posibilidad de que la conexión entre su padre, un hombre al que quería y admiraba, y Jargo, un asesino cruel y despiadado, pudiese ser un lazo de sangre.

Evan había decidido hacerse el tonto para que Jargo creyera que correría a ciegas a salvar a su padre, pero ahora se sentía confuso. Las citas de Graham Green, que habían consumido un valioso tiempo al hablar con su padre, la ironía de Dezz… No tenía sentido.

Evan borró del ordenador el vídeo que se había descargado y volvió a su habitación. Se estiró en la cama y se quedó mirando el portátil de Khan, que aún escondía sus secretos como un niño caprichoso.

Si le llevaba este portátil a Jargo recuperaría a su padre, o al menos eso esperaba, pero no detendrían a Jargo. No. Era inaceptable. Así que tenía que hacer ambas cosas: recuperar a su padre y acabar con Jargo, sin cometer errores.

Se sentó y pensó en las herramientas que tenía a su disposición, en cómo podía actuar al día siguiente.

Llegó a la conclusión de que simplemente era cuestión de ser el mejor contador de historias. Necesitaba ganarle la partida al verdadero rey de las mentiras. Su principal baza era ese portátil poco dispuesto a cooperar. Era hora de hacer juegos de manos.

<p id="_Toc203056753">Capítulo 36</p>

Cogió el teléfono al tercer timbre.

– ¿Sí?

– Hola, Kathleen.

Durante unos segundos se quedó muda del asombro.

– ¿Evan?

– Sí, soy yo.

– ¿Estás bien?

– Sí. Te vi hablando de mí en la CNN el fin de semana pasado. Gracias por tus amables palabras.

– Evan, ¿dónde estás? ¿Qué ha pasado? Dios mío, me has tenido muy preocupada.

Quería creer que era cierto, que su antigua novia todavía se preocupaba por él, y también sabía que su petición la pondría a prueba.

– No puedo decirte lo que ha ocurrido ni dónde estoy. Necesito que me ayudes. Puede que te esté poniendo en peligro al pedírtelo. Si cuelgas ahora no te culparé por ello.

Silencio.

– ¿Qué clase de peligro?

– No tanto para ti como para quien consigas que me ayude.

– Suéltalo, Evan.

Siempre había sido muy directa.

– Un peligroso grupo de gente quiere matarme. Asesinaron a mi madre, secuestraron a mi padre y me están buscando a mí. Tengo uno de sus ordenadores y necesito acceder a él, pero está codificado.

– Esto es una broma, ¿no?

– Mi madre ha muerto, ¿crees que estoy bromeando?

Un momento de silencio. Luego bajó la voz.

– No, no lo creo.

– Ayúdame, Kath.

– Dios mío, Evan; escucha, vete a la policía.

– Si lo hago matarán a mi padre. Por favor, Kathleen.

– ¿Cómo podría ayudarte?

– Tú produjiste Hackerama con Bill.

Bill era el tío por el que Kathleen le había dejado, un director de cine de Nueva York que, en realidad, le caía bien. Le había arrebatado el Óscar con su película sobre la cultura de los hackers.

– Sí -dijo tras dudar un instante.

– Necesito un contacto en Inglaterra. Inteligente y discreto, que no vaya de cabeza a la policía y que sea un experto en codificación. Puedo pagarle bien, y a ti también.

Kathleen dejó pasar un momento y luego le dijo:

– Evan, no voy a aceptar tu dinero y no puedo ayudarte a cometer un crimen.

– Es para salvar a mi padre, para salvarme a mí mismo. -Oyó a Kathleen moverse con nerviosismo-. Si has visto las noticias debes de haber oído lo de la bomba que ha estallado hoy en Londres. Fue esa gente; intentaban matarme.

– Sinceramente, ahora mismo hablas como un loco.

– Llevo días huyendo, escondiéndome. Mi vida está literalmente en tus manos, Kathleen. Necesito ayuda. No puedo detener a esta gente; sin esta prueba no puedo descubrirlos de manera que la policía me crea.

– Supongamos que dices la verdad; aun así me estás pidiendo que llame a un amigo y que lo ponga a él o a ella en un gran peligro.

– Sí, es verdad. Deberías advertirlos. Sé sincera con ellos para que sepan a lo que se enfrentan. Pero les pagaré. Esos tipos siempre necesitan dinero, ¿verdad?

– No parece una buena idea -dijo-, excepto para ti.

Era el fin. No podía culparla.

– Entiendo. Yo tampoco querría que le hiciesen daño a un inocente. Gracias por querer hablar conmigo. Y gracias por defenderme en la CNN; significó mucho para mí.

– Evan.

Él esperó.

Finalmente ella dijo:

– Encontraré a alguien que te ayude. ¿Cómo puedo ponerme en contacto contigo?

– Es mejor para ti que yo te vuelva a llamar. Cuanto menos sepas, mejor.

– Siento mucho lo de tu madre. Era una mujer magnífica. Y tu padre…

– Gracias.

– Vuelve a llamarme dentro de una hora.

– Vale.

Evan colgó. Se preguntaba si Kathleen se pondría directamente en contacto con la policía. La llamó exactamente una hora después desde el teléfono del hotel. El móvil de Khan era sólo para hablar con Jargo.

– Evan. Un hacker me dio el nombre de un amigo suyo en Londres; su nick es Navaja. No quiere que conozcas su verdadero nombre. Dijo que se reuniría contigo esta noche en un café. ¿Tienes boli?

Y le dio una dirección en el Soho.

– Gracias, Kathleen. Que Dios te bendiga.

– Te lo ruego. Deja que la policía se encargue de esto.

– Lo haría si pudiese. Es complicado.

– ¿Me volverás a llamar para que sepa que estás bien?

– Cuando pueda. Cuídate, Kathleen. Gracias.

Y colgó.

Bajó las escaleras y le preguntó al recepcionista cómo llegar al café que Navaja le había propuesto. Entró de nuevo en el coche de Khan, se armó de valor para conducir por el lado opuesto y arrancó en medio de la lluvia fría y cortante.

<p id="_Toc203056754">Capítulo 37</p>

– Eres muy persuasivo, Mitchell -dijo Jargo-. Estoy orgulloso de ti. Era una conversación difícil.

– No quiero que le hagan daño.

Mitchell Casher cerró los ojos.

– Ninguno de nosotros quiere que le hagan daño a Evan. -Jargo puso el café delante de Mitchell-. Odio hacer críticas, pero la verdad es que deberías haberle hablado de nosotros hace tiempo.

Mitchell negó con la cabeza.

– No.

– Yo se lo dije a Dezz tan pronto como fue lo suficientemente mayor para entenderlo. Empezamos a trabajar juntos. Es muy agradable trabajar con tu hijo.

– Yo quería una vida diferente para Evan, igual que tú querías una vida diferente para todos nosotros.

– Aplaudo el sentimiento, pero está fuera de lugar. No confiaste en él y lo pusiste en un gran peligro; hiciste que fuese más fácil para nuestros enemigos utilizarlo. -Jargo revolvía su café-. Parece que has vuelto a ganarte su confianza, al menos en cierto modo.

– Lo he hecho -dijo Mitchell duramente-. No tienes por qué dudar de él. Tu grabación lo ha convencido. Tiene una identidad falsa y dinero; puede volver aquí.

– Me preocupa que no quisiera que fuésemos a buscarlo. Me preocupa mucho. Esto podría ser una trampa de la CIA.

– Tus contactos te lo habrían dicho si lo supiesen.

– Eso espero. -Jargo bebió un sorbo de café y observó aMitchell-. Pareció ablandarse contigo, pero no me convence.

– Puedo convencer a mi hijo de que lo que más nos interesa a nosotros es lo que más le interesa a él. Confías en mí, ¿verdad?

– Por supuesto que sí.

Y detrás del gesto de preocupación familiar, Jargo dejó escapar una sonrisa apesadumbrada. ¿Cómo era la primera frase de Anna Karenina? Bast le había dado a Jargo una copia del libro una semana antes de que le mataran. La frase era una soberana tontería que decía algo sobre que cada familia infeliz lo era a su propia manera. Los Jargo y los Casher, pensaba, eran realmente únicos en su miseria.

Dejó a Mitchell solo en su dormitorio y fue abajo, a la cocina del refugio. Quería tranquilidad para pensar.

Podía ser que el chico mintiese acerca de que tenía el portátil de Khan, pero Jargo llegó a la conclusión de que no era así. Quería recuperar a su padre a toda costa. Se preguntó si Dezz habría luchado tanto por él y llegó a la conclusión de que no. Eso era bueno, porque resultaba estúpido luchar por algo que no iba a conseguir.

Y odiaba la estupidez. Hoy había librado al mundo de dos idiotas. Khan se había vuelto demasiado perezoso, demasiado satisfecho consigo mismo, se sentía demasiado importante. Perderlo a él y perder a Pettigrew como cliente suponía un revés, pero no llegaba a agobiarle. Podía dejar que Galadriel se ocupase de las tareas de Khan; su lealtad era incuestionable y no tenía vastagos rencorosos que controlar, ni un ego cultivado en salas de reuniones. Pettigrew había tardado en pagarle por matar a un oficial de alto rango en Moscú que personalmente no le gustaba y cuyo trabajo codiciaba. Gracias a Dios, Khan no tenía nada que ver con las propiedades de Jargo en Estados Unidos; si no, sería demasiado arriesgado permanecer en el refugio bajo aquel cielo negro y despejado.

Jargo se sirvió una taza de café recién hecho y observó el vapor. El chico no podría acceder al portátil; al menos Khan había hecho una cosa bien. Y Mitchell, si creía sus palabras, estaba haciendo que su propio hijo cayese en una trampa mortal.

Haría que un agente de Los Deeps matase a Evan después de que éste entregara el portátil de Khan y la lista de clientes. Lo haría sin matar a Mitchell, por supuesto, desde cierta distancia y con un rifle de francotirador de gran alcance. Sospechaba que Mitchell querría hablar con el chico a solas. Un ataque perpetrado sobre padre e hijo; el pobre de Evan tomaría el camino equivocado y pondría su cabeza en la trayectoria de una bala. Le gustaba ese enfoque porque avivaría la furia de Mitchell y lo haría más fácil de manipular. Evan y Donna muertos; ese dolor haría a Mitchell incluso más productivo en años venideros.

Pero tenía que prepararse para cualquier imprevisto, hacer como si la reunión con Evan fuese una trampa de la CIA y sellar todas las salidas. Cogió el móvil e hizo una llamada.

Luego disolvió un sedante en el vaso de zumo de naranja para mantener tranquilo a Mitchell, y le llevó la bebida arriba. Tenía una larga noche por delante.

<p id="_Toc203056755">Capítulo 38</p>

Navaja era delgado, como su afilado sobrenombre. Llevaba una perilla larga teñida de rubio platino, gafas de ver con montura negra y una cruz celta tatuada en la nuca.

– ¿Evan?

– Sí. ¿Navaja?

Éste le dio la mano y se sentó a la mesa, situada en la esquina más alejada del café. Inclinó la cabeza hacia Evan.

– Oye, tienes los ojos como si te acabases de fumar un chronic.

– ¿Un chronic?

– Un porro de una marihuana muy fuerte, tío.

– Ah, no. -Evan negó con la cabeza-. ¿Quieres café?

– Sí, solo. El más grande que tengan.

Era una cafetería mugrienta y extravagante, pero no muy concurrida. Había una fila de ordenadores en un lado de la pared metálica, donde la gente joven navegaba por la red mientras tragaba zumos, tés y cafés. Evan se levantó y le pidió la bebida al camarero de la barra. Sentía la mirada de Navaja sobre él, evaluándole como una serie de problemas que había que deshacer en partes y solucionar; o quizá se estaba replanteando la teoría de la marihuana y había llegado a la conclusión de que la petición de Evan era el resultado de la locura provocada por el porro. Evan regresó a la mesa de la esquina y puso una taza de café humeante delante de Navaja.

El hacker bebió un sorbo con cuidado.

– Me han dicho que hay gente mala que va por ti.

– Cuanto menos sepas mejor.

Evan no quería entrar en detalles sobre Los Deeps ni sobre sus problemas con la CIA.

Navaja le sonrió levemente.

– Pero tú tienes sus trapos sucios.

– Sí, en un portátil. Pero no conozco la contraseña.

– Yo tampoco podré conseguirla -dijo Navaja- si no tengo el dinero.

Evan le dio una bolsa de la lavandería del hotel. Navaja le echó un vistazo al dinero.

– Cuéntalo si quieres.

Navaja lo hizo, rápidamente y bajo la mesa, donde los fajos de billetes no llamaban la atención.

– Gracias. Lo siento, pero no soy una persona confiada. ¿Tienes el equipo?

– Sí.

Evan sacó el portátil de una bolsa de la compra que había encontrado en el maletero del Jaguar.

– Lo que de verdad me interesa no es violar la ley, sino los retos técnicos, poner en evidencia a los cabrones que se creen muy listos, pero que en realidad no lo son. ¿Lo captas?

– Lo capto.

Navaja sacó su propio portátil, lo encendió y lo conectó mediante un cable al puerto Ethernet del ordenador de Khan.

– Voy a ejecutar un programa. Si la contraseña aparece en algún diccionario, estamos dentro.

Pulsó algunas teclas. Evan observaba mientras las palabras pasaban velozmente por la pantalla, más rápido de lo que podía leerlas, y arremetían contra las puertas de la fortaleza del portátil de Khan.

Después de un rato Navaja dijo:

– No ha habido suerte. Lo intentaremos con caracteres alfa-numéricos al azar y con variantes ortográficas.

Navaja le dio un sorbo al café y observó cómo aparecía una barra de estado que avanzaba lenta y solemne, mientras millones de combinaciones nuevas intentaban el «ábrete sésamo» con el ordenador de Khan.

– Oye, ¿sabes algo sobre dispositivos de mano? -preguntó Evan.

– No es mi especialidad. Esos puñeteros tienen poca potencia.

Evan sacó la PDA de Khan del bolsillo y utilizó su huella para desbloquearla.

– Seguridad biométrica -comentó Navaja-. ¿Qué tienes planeado, robar una bomba nuclear? -Se rió.

– Hoy no. ¿Qué son estos programas? No los reconozco.

Navaja estudió la pequeña pantalla.

– Dios, me gustaría jugar con ellos. Éste es un programa de interferencia para móviles; emite una señal que bloquea cualquier móvil que esté en la sala. ¿Lo probamos?

Esbozó una sonrisa traviesa, observando a varios clientes que hablaban por el móvil, y pulsó la tecla sin esperar la respuesta de Evan.

En diez segundos todo el mundo estaba mirando su móvil extrañado.

– ¡Ay, creo que acabo de violar la ley!

Navaja pulsó de nuevo el botón y el servicio pareció restablecerse, ya que los clientes volvieron a marcar y retomaron sus conversaciones.

– Y éste -Navaja abrió el programa y lo examinó- es como el que estoy usando en tu portátil. Pero está especializado en sistemas de alarma. La mayoría sólo tienen contraseñas de cuatro dígitos. Se conecta al sistema de alarma, descifra el código y lo activa.

– ¿Quieres decir que me daría el código de un sistema de alarma en la pantalla para que pudiese teclearlo?

– Creo que fue diseñado para eso. Mmm… Éste copia tarjetas de memoria o un disco duro. Comprime la información para que quepa en esta PDA.

– Sin embargo no podrías copiar un disco duro entero de un ordenador usando esto, ¿verdad?

– No. Con esto no. Es muy pequeño. Pero con otra PDA, y si se trata sólo de un grupo de archivos, seguro que sí.

«Quizá mi madre utilizó algo así para robarle los archivos a Khan», pensó Evan.

– ¿Sería rápido?

– Claro. Si coges algún archivo de más, no hay problema. Es más rápido copiar una carpeta entera que buscar y grabar los archivos uno a uno. Si puedes comprimirlos, mejor que mejor. -Le devolvió la PDA arqueando una ceja-. ¿Les robaste esto a los soplones esos?

– ¿Soplones?

– Espías.

– No quieras saberlo.

– No quiero -convino Navaja.

Evan observaba la barra de estado, que progresaba lentamente. «Por favor -pensó-, ábrete. Dame los archivos.» Pero no eran sólo archivos. Eran secretos que valían toda una vida, las huellas financieras de terribles engaños, una relación de vidas extinguidas por dinero sucio. Tenía una buena mano para jugar con Jargo, y se encontraba en esos archivos.

Navaja encendió un cigarrillo.

– Podría piratear una página porno mientras esperamos, tapar las tetas con fotos de políticos destacados. Ahora mismo soy muy antiporno. Me he vuelto Victoriano.

Evan sacudió la cabeza.

– Quiero tu opinión sobre una idea que se me ha ocurrido. Si averiguamos la contraseña, pero los archivos del portátil están codificados, ¿evitaría eso que pudieses copiarlos a otro ordenador?

– Probablemente. Depende de cómo estén codificados; o de si están protegidos contra copia.

– El programa para descodificar los archivos tiene que estar en este ordenador, ¿no? Quiero decir, necesitarías editar archivos, así que tendrías que descodificarlos primero, realizar cambios y volver a bloquearlos.

– Sí. Si el programa de desbloqueo no está en el portátil, tiene que estar en un lugar desde el que pueda descargarse con facilidad. De otro modo, es como una caja fuerte sin llave, inútil. Si tus malvados atesoraban un programa hecho a medida en un servidor remoto, indagaré desde su caché para rastrearlo, si es que no lo han borrado, o piratearé su proveedor de servicios. -Navaja sonrió abiertamente-. Detecto una idea malvada a punto de materializarse.

– Entonces, podríamos descodificar los archivos -comentó Evan pasando un dedo por el borde suave del portátil- y esconder una copia en un servidor en el que pudiese recuperarla desde la red. Luego codificaríamos de nuevo el disco de este portátil utilizando el mismo programa de bloqueo y la contraseña original. Le daría a los malos su portátil codificado y ellos pensarían que nunca he visto los archivos. Es como devolverles una caja fuerte de la que nunca tuve la llave. Entonces pensarían que ya no soy una amenaza real para ellos.

Navaja asintió.

– O si me matan, los archivos aún podrían utilizarse para cortarles las pelotas a esos canallas. Sería mi as en la manga.

– No te garantizo que pueda entrar en este sistema -dijo Navaja.

– Entonces creo que necesito pensar en un plan B. -Evan jugó con las posibilidades. Sonrió a Navaja-. Voy a necesitar un poco más de ayuda por tu parte. Por supuesto, te pagaré más.

– Claro.

– Dime, ¿juegas al póquer?


Capítulo 31

<p id="_Toc203056748">Capítulo 31</p>

El oficial superior de la CIA en Londres los recogió en una pista de aterrizaje privada en Hampshire. Se llamaba Pettigrew; no dijo su nombre de pila. Parecía impaciente. Pettigrew estuvo callado mientras los llevaba a toda prisa a un coche que él mismo condujo hasta una casa de seguridad en el barrio londinense de St. Johns Wood. Se tomó su tiempo, dio varios rodeos y Evan, que sólo conocía Londres lo suficiente como para llegar al Soho y a la Escuela de Cine, se perdió por el camino.

Pettigrew no les dijo ni una palabra durante el viaje.

Era poco más de mediodía en Londres y, para sorpresa de Evan, habían dejado la lluvia atrás en Ohio. El cielo estaba despejado y las pocas nubes que había parecían de algodón fino. Pettigrew cerró un portón de hierro forjado tras ellos mientras subían las escaleras delanteras de la casa.

Los acompañó hasta unas habitaciones ordenadas, sin decoración y con baños privados; ambos tomaron una ducha. Un médico esperaba a Carrie para cambiarle la venda y examinar su herida. Cuando acabaron, siguieron a Pettigrew hasta un pequeño comedor donde una mujer mayor les preparó un té fuerte y café, y les sirvió una comida compuesta por carne fría, ensalada, queso, pepinillos en vinagre y pan. Evan se bebió el café, agradecido.

Pettigrew se sentó y esperó a que la mujer volviese rápidamente a la cocina.

– Todo esto es extrañísimo: que me ordenen desenterrar expedientes de Scotland Yard llenos de telarañas; recibir órdenes de un hombre con un nombre en código.

– Le pido disculpas -dijo Carrie.

– Me han dado carta blanca -comentó. Estaba casi de mal humor-. Y yo vivo para servir. No nos avisaron con demasiado tiempo -su tono mostraba la acritud de quien ha sufrido mucho-; aun así, aquí tienen lo que he encontrado.

Les dio el primer archivo, sujetando los dos restantes contra su pecho.

– Alexander Bast fue asesinado de dos tiros, uno en la cabeza y otro en el cuello. Lo que es interesante es que las balas eran de dos pistolas diferentes.

– ¿Por qué motivo necesitaría el asesino dos pistolas? -preguntó Carrie.

– No. Eran dos asesinos -aclaró Evan.

Pettigrew asintió.

– Un crimen por venganza. Yo diría que este asesinato tiene un componente emociona cada asesino esperó para dejar su sello. -Les pasó una foto del cuerpo tirado en el suelo-. Lo mataron en su casa hace veinticuatro años, en mitad de la noche, sin signos de lucha. Limpiaron las huellas en toda la casa. -Pettigrew hizo una pausa-. Antes de morir llevaba veintitrés años trabajando para nosotros.

– ¿Puede darnos más detalles de su trabajo aquí? -preguntó Carrie.

Ella y Evan estaban de acuerdo en que, puesto que trabajaba para la CIA, ella conduciría el interrogatorio. Bedford le había proporcionado a Evan una identidad como analista de la CIA, pero se mantuvo callado.

– Bueno, entre sus muchas actividades creativas complementarias, a Bast le interesaban el arte y acostarse con mujeres famosas que frecuentaban sus clubes nocturnos. Una redada antidroga en uno de ellos hizo que perdiese su caché, y desperdició miles de dólares intentando mantenerlos a flote. Lo vigilamos muy de cerca, ya que no queremos agentes metidos en asuntos de narcóticos ilegales, pero el tráfico de drogas se debía a unos cuantos de sus clientes habituales que abusaban de su hospitalidad. Después de cerrar los clubes dedicó todas sus energías a la editorial, que tenía desde hacía tiempo pero que había sido uno de sus negocios más desatendidos. Publicaba literatura traducida, especialmente en español, ruso y turco. Importaba libros permitidos a la Unión Soviética, y traducía literatura rusa clandestina al inglés, al alemán y al francés. Así que era un contacto valioso, dado que podía ponerse en contacto con la comunidad disidente en la Unión Soviética y viajar con cierta libertad entre los dos países. Al principio sus responsables pensaban que podía ser un agente de la KGB, pero salió limpio de todas las investigaciones. Lo vigilamos de cerca durante la época de sus problemas financieros: ése es el momento en el que pueden comprar a un agente. Pero siempre salía limpio. Era muy popular entre la comunidad de residentes rusos en Londres.

– Entonces, ¿qué hacía exactamente para la CIA? -preguntó Carrie.

– Traía y llevaba a Berlín, Moscú y Leningrado los mensajes de los contactos de sus contactos. Lo supervisaban oficiales de la embajada estadounidense bajo protección diplomática. Pero era un agente de bajo nive no tenía acceso a los secretos de Estado soviéticos. Y la comunidad de disidentes no era de especial utilidad para la agencia en aquellos momentos; nos podían dar nombres de gente que tenía un acceso crucial a determinados asuntos y que habrían espiado para nosotros, pero la KGB observaba muy de cerca a los disidentes. Francamente, para la KGB era demasiado fácil infiltrarse.

Evan observó con detenimiento la foto de Bast asesinado. Sus ojos tenían una expresión de sorpresa y de terror. Aquel hombre conocía a los padres de Evan, había representado un papel secreto en sus vidas.

– ¿No hubo sospechosos?

– Bast tenía un nivel de vida alto, incluso después de su caída. Había algunos maridos descontentos con él. Tenía dinero. Rompió algunos acuerdos de negocios. Mucha gente podría querer que desapareciera de su vida. Por supuesto, Scotland Yard no sabía que Bast estaba trabajando para la CIA, y nosotros no se lo dijimos.

– Era una información bastante importante para ocultarla -dijo Carrie.

– Yo no lo hice, personalmente. No tienen por qué enfadarse conmigo.

– Por supuesto que usted no lo hizo -dijo Carrie riéndose, intentando calmar la repentina tensión-. Usted no tiene ni cuarenta años, ¿verdad? Simplemente me sorprende.

Ahora el tono de Pettigrew era de cabreo y desaprobación.

– Que asesinen a uno de los tuyos no es muy buena publicidad para reclutar.

Carrie pasó las páginas de las fotos de la escena del crimen.

– La CIA debió de sospechar que los rusos descubrieron que Bast era agente suyo y lo asesinaron.

– Naturalmente. Pero el asesinato parecía coincidir con un robo, y ése no es para nada el estilo de la KGB. Recuerda que Bast era un agente de bajo nivel en el mejor de los casos. Nunca fue una fuente original de información valiosa ni nos dio información falsa de la KGB. Simplemente era un mensajero fiable que reunía contactos. ¿Saben? Desde la caída de la URSS han salido a la luz muchos archivos de la KGB, pero no hay información de que ésta ordenase matarlo.

– ¿Podríamos hablar con la persona que fue su responsable? -preguntó Carrie.

– El oficial encargado del caso de Bast murió hace diez años. Cáncer de páncreas.

– El robo -dijo Carrie-. ¿Qué se llevaron? ¿Pudo el asesino haber descubierto algo que apuntase a que Bast tenía una conexión con la CIA?

Pettigrew les dio otro expediente.

– La agencia peinó todo el apartamento de Bast después de que lo asesinasen y de que la policía lo revisase. Encontraron el material de la CIA de Bast perfectamente escondido. La policía no lo había descubierto ya que, por supuesto, lo habrían confiscado.

– ¿Qué hay de sus efectos personales y sus cuentas? -preguntó Evan-. ¿Algo extraño?

Pettigrew rebuscó entre los papeles.

– Veamos… Un amigo, Thomas Khan, nos proporcionó información. -Desplazó el dedo por una lista-. Bast tenía dos cuentas bancarias diferentes, y un montón de dinero metido en su negocio editorial…

– ¿Ha dicho Khan? ¿k-h-a-n? -deletreó Evan.

Era el mismo apellido que Hadley Khan. Ahí estaba la conexión de Evan con Bast. Carrie sacudió la cabeza. «No digas nada.»

– Sí. También tengo un expediente sobre Thomas Khan. -Pettigrew señaló el archivo y sacó una hoja de papel-. El señor Khan dijo que Bast tenía en sus manos una cantidad considerable de dinero en efectivo, pero no encontraron nada en la casa. Khan era un comerciante de libros raros y antiguos y dijo que Bast a menudo le pagaba en efectivo.

Carrie cogió el papel y leyó en alto el informe mientras lo ojeaba:

– Nacido en Pakistán en el seno de una familia importante. Se educó en Inglaterra. Su mujer era inglesa, una académica y estratega política de alto rango que trabajaba para iniciativas de defensa. Ningún problema con la ley. Conservador en la política, sirvió como director en una fundación británica que garantizaba apoyo económico a los rebeldes afganos contra los invasores soviéticos. Trabajó en la banca internacional durante muchos años, pero su auténtica pasión es Libros Khan, un emporio comercial de libros raros y antiguos situado en la calle Kensington Church que dirige desde hace treinta años. Se retiró de la banca hace diez y centró todo su interés en la tienda de libros. Enviudó hace doce años. Nunca se volvió a casar. Tiene un hijo, Hadley Mohammed Khan.

– Conozco a su hijo -dijo Evan-, Hadley. Es un periodista independiente.

Pettigrew se encogió de hombros; no le importaba. Su teléfono sonó en su bolsillo. Se excusó haciendo un gesto rápido con la mano y cerró la puerta al salir.

Evan echó un vistazo rápido a los archivos. Ninguna pista apuntaba a que Bast fuese también el señor Edgard Simms. Bedford se había metido la noche anterior en las bases de datos del registro de empresas y había averiguado que el Hogar de la Esperanza de Goinsville había sido comprado por una empresa llamada Beneficiencia Simms. La empresa se había constituido dos semanas antes de comprar el Hogar de la Esperanza y había vendido todos sus activos después del incendio. Si la CIA había enviado a Bast a comprar orfanatos, no había rastro de ello en sus archivos oficiales.

Evan volvió a la hoja sobre Thomas Khan.

– Libros raros y antiguos, y entre sus especialidades estaban las ediciones rusas. Bast traducía del ruso. Entonces ambos tenían contactos en la Unión Soviética, y ambos estaban mezclados en movimientos de rebelión: uno apoyando a escritores disidentes y el otro a los muyahidines en Afganistán.

– Así que los dos odiaban a los soviéticos. Eso no prueba nada -dijo Carrie.

– No, no lo prueba.

Pero Evan detectó un hilo conductor en todo aquello, simplemente no sabía todavía cómo cogerlo ni cómo seguirlo. Abrió el expediente sobre Hadley. No se trataba de un informe oficial de la CIA, como el de Thomas Khan, al que le habían abierto un expediente en la comisaría de Londres cuando ayudó a la policía en la investigación del asesinato de Bast; ni como el de este último, que había sido un agente a sueldo. Era lo poco que la gente de Pettigrew había reunido tras la apresurada solicitud de Bedford: la fecha de nacimiento de Hadley, estudios, entradas y salidas del Reino Unido e información financiera. Los informes escolares no eran impresionantes; el éxito y la brillantez de los padres eludieron al hijo. Hadley había pasado dos meses en un centro de desintoxicación de Edimburgo; había perdido dos buenos empleos en revistas y llevaba seis meses sin publicar nada. Pero la investigación aportaba información nueva: según su última novia, a la que engañó un oficial de la policía de Londres que la había llamado esa mañana fingiendo ser un colega de Hadley, últimamente éste se había alejado de su padre. La novia no sabía nada de él desde el jueves anterior, pero no parecía preocupada; Khan era un culo inquieto que iba a menudo al continente durante un par de semanas. Especialmente después de una discusión con su querido y viejo padre.

Para las fotos del archivo de Hadley habían elegido la de su permiso de conducir británico. Evan lo recordaba de aquel cóctel hacía mil años, en la escuela de cine: su amplia sonrisa demasiado entusiasta, sus ojos que guardaban un secreto.

– Así que Hadley Khan me anima de manera anónima a hacer una película sobre el asesinato de Alexander Bast, un amigo de su padre, pero nunca responde al correo electrónico en el que le preguntaba por qué -dijo Evan-. Y luego despega el día que muere mi madre. Hadley nunca mencionó ninguna conexión entre Bast y su padre en el material que me dio.

– Eso es muy extraño. Te habría facilitado la búsqueda. -Carrie tamborileó con los dedos sobre el archivo de Hadley-. Sabemos que existe una conexión entre nuestros padres, Bast y Khan. Eso no significa que exista una conexión directa entre Thomas Khan y nuestros padres.

Evan sintió un escalofrío.

– No es una coincidencia que Hadley escogiese la historia de Bast. Debe de conocer la conexión entre mis padres y Bast.

– Se acercó a ti, pero no te lo contó todo. Así que o bien se escabulló o bien lo detuvieron para que no se pusiese en contacto contigo de nuevo.

– Creo que se asustó; por eso lo hizo de manera anónima. Hadley tenía sus propios planes. Su novia dice que él y Thomas no se llevaban bien. Me pregunto… si se trata de venganza contra su padre.

– Sólo se trataría de venganza si su padre hubiese hecho algo malo.

Carrie se masajeó el hombro herido.

– ¿Como estar involucrado en el asesinato de Bast?

Carrie se encogió de hombros.

– Eso podría interesar a las autoridades británicas, pero ¿por qué le interesaría a Jargo?

Se quedaron callados cuando Pettigrew volvió. Había hecho un bocadillo con la carne fría y el queso.

– Me ha llamado mi fuente en New Scotland Yard. No hay constancia de que Hadley Khan esté desaparecido. Nada indica que haya salido de Gran Bretaña ni que haya entrado en ningún país europeo en las últimas dos semanas. -Le pegó un mordisco enorme al sandwich-. Hemos llamado al móvil de Hadley tres veces esta mañana, pero no contesta.

– Haremos una visita a su padre, Thomas -propuso Evan.

– Éste es el mejor momento -dijo Pettigrew todavía con la boca llena.


– No hay que ponerlo sobre aviso entrando violentamente -dijo Pettigrew mientras aparcaba a un bloque de distancia de Libros Khan y colocaba un permiso de aparcamiento para residentes del distrito. Evan supuso que la policía británica se lo había dado a la CIA por cortesía profesional-. Sugiero que Evan vaya solo.

– ¿Tú qué crees? -le preguntó Evan a Carrie.

– Khan puede huir -dijo Carrie-. Creo que debería estar preparada para seguirlo. -Señaló a la esquina de enfrente-. Puedo ponerme allí. Pettigrew, usted puede seguirlo de cerca si viene por este lado.

Pettigrew frunció el ceño.

– Deberíamos haber venido con un equipo de vigilancia. El Albañil no dijo nada de que esto se convertiría en una operación de campo. Tendría que haber alertado a Los Primos -dijo utilizando el término que solían emplear los servicios de inteligencia británico y estadounidense para referirse el uno al otro-. No podemos empezar a seguir a un tío en suelo británico sin permiso.

– Cálmese -le pidió Carrie-. Sólo quiero estar preparada.

– No me siento demasiado cómodo -dijo Pettigrew.

– Si hay algún problema, El Albañil se ocupará de él. No se acalore -dijo Carrie. Pettigrew asintió.

– Vale. Si Khan sale corriendo, usted lo sigue a pie y yo en coche.

– Ándese con ojo.

Carrie salió del coche, se puso unas gafas de sol y fue caminando hasta la esquina opuesta a la librería, fingiendo que hablaba por el móvil con un amigo.

– Tenga cuidado -le dijo Pettigrew a Evan.

– Lo tendré.

Evan salió del coche y pasó junto a una amalgama de tiendas de antigüedades, restaurantes de lujo y boutiques. La campanilla de la tienda de Libros Khan sonó al entrar. Era la última hora de la tarde y entre semana, y los únicos clie