/ Language: Español / Genre:thriller

En La Oscuridad

Ian Rankin

Edimburgo está a punto de convertirse, al cabo de casi tres siglos, en anfitriona del primer Parlamento escocés, un hito histórico y político que enciende pasiones. El inspector Rebus ha sido destinado al comité de enlace de seguridad del Parlamento, en Queensberry House, centro mismo del distrito de la comisaría de St. Leonard. De Queensberry House, futura sede del gobierno de la nueva Escocia, perdura la maldición de una leyenda, una maldición que según algunos recaerá sobre los nuevos inquilinos.Los problemas empiezan cuando, en la antigua chimenea donde de acuerdo con la leyenda murió asado un joven, aparece el cadáver de Roddy Grieve,candidato a un escaño en el nuevo Parlamento.

Ian Rankin

En La Oscuridad

Inspector Rebus 11

Traducción de Francisco Martín

A mi hijo Kit, con todo mi cariño, mis ilusiones y sueños.

Aunque mi alma caiga en tinieblas

se alzará en plena luz,

tanto he amado las estrellas

que no temo la noche.

sarah williams,

The Old Astronomer to His Pupil

PRIMERA PARTE. PERCEPCIÓN DE UN FINAL

Y esta tierra escasa y estrecha

encierra tantas posibilidades…

beacon blue, Wages Day

1

Empezaba a oscurecer cuando Rebus cogió el casco amarillo que le daba el guía.

– Aquí estará seguramente el bloque de oficinas -dijo el hombre. Se llamaba David Gilfillan. Trabajaba para Escocia Histórica, y coordinaba los estudios arqueológicos de Queensberry House-. La construcción original es de finales del siglo xvii Su primer dueño fue lord Hatton. El edificio fue ampliado a finales del siglo xvii y pasó a ser propiedad del primer duque de Queensberry. Debió de ser una de las casas más importantes de Canongate, y sólo a un tiro de piedra de Holyrood.

La demolición seguía adelante alrededor de ellos. Queensberry House quedaría en pie, pero las construcciones añadidas a ambos lados del edificio recientemente caerían también bajo la piqueta. En los tejados, los obreros agachados quitaban las tejas de pizarra y las ataban en fardos que bajaban con poleas a unos contenedores. El grupo caminaba sobre trozos de pizarra, indicio de que la demolición distaba mucho de ser perfecta. Rebus se ajustó el casco fingiendo prestar atención a lo que decía Gilfillan.

Todos le habían dicho que aquello era una señal, que estaba allí porque los jefazos de la Casa Grande tenían planes para él. Pero Rebus sabía que su jefe, el comisario Granjero Watson, le había encomendado aquel servicio para evitarse problemas y quitárselo de encima. La cosa era así de sencilla. Y sólo si él, Rebus, lo aceptaba sin rechistar y cumplía la misión, quizá, sólo quizá, Watson le acogería de nuevo en el redil.

Eran las cuatro de la tarde de aquel día de diciembre en Edimburgo; John Rebus caminaba con las manos en los bolsillos de la gabardina y notaba cómo el agua atravesaba la suela de piel de los zapatos. Gilfillan calzaba botas verdes de goma, y Rebus advirtió que el inspector Dereck Linford llevaba unas casi idénticas. Probablemente había telefoneado de antemano para que el arqueólogo aconsejara sobre el atuendo adecuado. Linford llevaba una carrera meteórica en Fettes y se le auguraba un futuro prometedor en la jefatura de policía de Lothian y Borders. No había cumplido aún los treinta, era prácticamente un burócrata y rebosaba amor por el oficio. Había inspectores, casi todos mayores que él, que ya comentaban que no convenía ponerse a malas con Derek Linford; tal vez un día, desde el despacho 279 de la Casa Grande, los miraría por encima del hombro.

La Casa Grande era la jefatura de Policía en Fettes Avenue y el 279, el despacho del jefe de la policía.

Linford caminaba, bloc de notas en mano, con el bolígrafo entre los dientes. Atendía a las explicaciones sin perderse palabra.

– Cuarenta nobles, siete jueces, generales, doctores, banqueros…

Gilfillan explicaba a su grupo de visitantes la importancia que había tenido un día Canongate en la historia de Edimburgo, sin olvidar la perspectiva de su futuro inmediato. En primavera, la fábrica de cerveza contigua a Queensberry House caería también bajo la piqueta y en su lugar se alzaría el nuevo edificio del Parlamento, frente a Holyrood House, residencia de la reina en Edimburgo. Precisamente enfrente de Queensberry House estaba en construcción Tierra Dinámica, un parque temático de historia natural, y junto a él se erguía ya como una araucaria de vigamen metálico la nueva sede de un diario de la capital. Y delante de aquello, despejaban otro terreno para edificar un hotel y un bloque de pisos de «categoría». Rebus estaba en uno de los mayores solares del centro histórico de Edimburgo.

– Seguramente todos ustedes debieron de conocer Queensberry House cuando era un hospital -dijo Gilfillan. Derek Linford asintió con la cabeza, aunque lo cierto era que asentía a casi todo lo que decía el arqueólogo-. Justamente aquí estaba el antiguo aparcamiento -Rebus miró los camiones marrones que exhibían el simple rótulo de demolición-. Pero antes de ser hospital fue un cuartel; la plaza de armas ocupaba toda esta zona. En las excavaciones realizadas hemos encontrado restos de un jardín de diseño formal, a un nivel inferior, que posiblemente se rellenó para hacer la plaza.

Rebus contempló Queensberry House a la luz mortecina del atardecer. Sus muros grisáceos tenían aspecto triste y en los canalones crecía la hierba. Era un caserón enorme que él no recordaba haber visto antes a pesar de que había pasado por allí en coche cientos de veces a lo largo de su vida.

– Mi esposa trabajaba aquí, cuando era un hospital -dijo uno del grupo, el sargento Joseph Dickie de la comisaría de Gayfield Square, que había logrado escapar a las dos primeras reuniones de las cuatro celebradas por el CCSPP o Comité de Coordinación del Servicio de Policía en el parlamento. Se trataba en realidad de un subcomité para asuntos de seguridad del Parlamento escocés. Lo formaban ocho miembros, entre ellos un funcionario del Ministerio escocés y un misterioso personaje llamado Alee Carmoodie que decía ser de Scotland Yard, aunque Rebus no logró localizarlo en una ocasión en que llamó a la sede policial londinense, por lo que suponía que era del MI5. No estaba aquel día y faltaba también Peter Brent, el representante ministerial escocés de facciones angulosas y traje impecable. El pobre Brent era miembro de varios subcomités y había solicitado ser eximido de aquella visita con la excusa más que comprensible de que había estado ya dos veces acompañando a dignatarios.

Aquel día formaban parte del grupo los tres miembros recién incorporados al CCSPP: Ellen Wylie de la división C de la jefatura de policía de Torphichen Place, a quien no parecía importarle ser la única mujer; ella lo asumía como un servicio más y en las reuniones hacía propuestas interesantes y planteaba preguntas que nadie sabía responder. El agente Grant Hood pertenecía a la misma comisaría que Rebus, Saint Leonard, y estaba allí, también, porque era la más próxima a Holyrood y el Parlamento formaría parte de su ronda de vigilancia. Aunque eran compañeros de comisaría, no se conocían mucho, pues no solían coincidir en el mismo turno de servicio. Pero Rebus conocía bien al inspector Bobby Dogan de la división D en Leith, el último miembro en incorporarse al CCSPP. Hogan ya en la primera reunión había hablado con él aparte.

– ¿Qué diablos hacemos nosotros aquí?

– A mí me tienen castigado -contestó Rebus-. ¿Y tú?

– Hombre, por favor, si comparados con ellos parecemos carcamales -dijo Hogan mirando al resto del grupo.

Rebus sonrió al recordarlo, haciendo un guiño a Hogan cuando cruzaron las miradas. Vio que Hogan asentía casi imperceptiblemente con la cabeza e intuyó que pensaba que aquello era perder el tiempo. Para Bobby Hogan casi todo era una pérdida de tiempo.

– Si quieren seguirme -dijo Gilfillan- echaremos un vistazo por dentro.

Lo cual, en opinión de Rebus, era realmente una pérdida de tiempo. Pero como habían formado un comité, tenían que asignarle cometidos y allí estaban dando vueltas por el húmedo interior de Queensberry House, que iluminaban precariamente a trechos unos fluorescentes poco fiables y la linterna de Gilfillan. Al subir la escalera, pues nadie quiso usar el ascensor, Rebus se vio al lado de Joe Dickie, que le preguntó otra vez:

– ¿Has pasado los gastos?

– No -contestó Rebus.

– Cuanto antes lo hagas, antes sueltan la pasta.

Dickie se pasaba la mitad del tiempo en las reuniones sumando números en su bloc. Rebus nunca le había visto anotar en él algo tan normal y corriente como una frase. Dickie andaba cerca de los cuarenta y tenía un corpachón rematado por una cabeza parecida a una granada de artillería. Llevaba el pelo negro cortado al ras y sus ojos eran pequeños y redondos como los de una muñeca china, detalle que el propio Rebus había comentado a Bobby Hogan, quien, por su parte, le contestó que una muñeca parecida a Joe Dickie causaría pesadillas a un niño.

– Me da miedo a mí, que soy mayor… -agregó Hogan.

Rebus volvió a sonreír mientras subían las escaleras. Sí, le agradaba estar allí con Bobby Hogan.

– La gente suele pensar en la arqueología -dijo Gilfillan- imaginándose excavaciones en la tierra, pero aquí uno de los hallazgos más apasionantes se dio en el desván, porque construyeron otro tejado sobre el original y hallamos restos de lo que pudo ser una torre. Para llegar allí hay que subir por una escalera de mano, pero si alguien desea…

– Encantado -dijo una voz: Derek Linford. Rebus reconocía ya perfectamente aquel tonillo nasal.

– Qué tétrico -oyó musitar a su lado. Era Bobby Hogan, que había ido avanzado desde atrás. Ellen Wylie volvió la cabeza al oírlo y les dirigió una leve sonrisa. Rebus miró a Hogan, quien se encogió de hombros, dándole a entender que pensaba que la chica estaba bien.

– ¿Cómo van a unir Queensberry House con el edificio del Parlamento? ¿Mediante pasadizos cubiertos?

Era otra vez Linford quien hacía la pregunta. Se había puesto en primera fila cerca de Gilfillan, pero en aquel momento doblaron un descansillo y Rebus tuvo que aguzar el oído para entender la indecisa respuesta de Gilfillan.

– Pues no sé.

El tono dubitativo daba a entender que él era arqueólogo y no arquitecto, y que estaba allí para investigar el pasado del lugar y no su futuro. Él mismo ignoraba el objeto de aquella visita y tan sólo hacía de cicerone porque se lo habían pedido. Hogan hizo un gesto despectivo para que los que estaban cerca de él se dieran cuenta de lo que pensaba al respecto.

– ¿Cuándo estará terminado el edificio? -preguntó Grant Hood. Era una cuestión fácil porque todos estaban al corriente, pero Rebus comprendió que Hood trataba de consolar a Gilfillan planteándole una pregunta que pudiera responder.

– Las obras empezarán este verano -respondió el arqueólogo- y todo tiene que estar funcionando en otoño de 2001.

Al salir del rellano desembocaron en un espacio con una serie de entradas abiertas a través de las cuales se vislumbraron las salas del antiguo hospital. Las paredes tenían perforaciones y los suelos habían sido levantados para verificar el estado de la estructura. Rebus se asomó a una ventana y vio que los obreros empezaban a recoger: estaba oscureciendo y era peligroso andar por los tejados. Vio abajo un cenador también condenado a la piqueta y un árbol marchito y triste rodeado de escombros, que había plantado la reina. No podían retirarlo ni talarlo sin su permiso. Gilfillan les dijo que tenían ya la autorización y que no tardaría en desaparecer porque en aquel lugar se recrearían jardines de diseño formal o tal vez se haría una zona de aparcamiento, aunque no estaba decidido pues hasta 2001 había tiempo de sobra. Mientras se terminaba el complejo, el Parlamento tendría su sede en la sala de actos de la Iglesia de Escocia cerca de la cima de The Mound. El comité había visitado dos veces la sala y sus inmediaciones, donde provisionalmente se habilitarían despachos en edificios para los parlamentarios. En una de las reuniones Bobby Hogan preguntó por qué no aguardaban a que estuviera terminado el complejo de Holyrood para «abrir la tienda», según sus propias palabras, comentario que suscitó una mirada de perplejidad de Peter Brent, el funcionario.

– Porque Escocia necesita ya mismo un Parlamento.

– Lo gracioso es haber estado trescientos años sin Parlamento.

Brent estuvo a punto de hacer una objeción, pero Rebus le tomó la delantera.

– Bobby, ya sabes tú que mucha prisa no se dan.

Hogan sonrió al captar que lo decía por el nuevo Museo de Escocia que la reina inauguró antes de que lo hubiesen terminado. Hubo que esconder el andamiaje y los botes de pintura hasta después de la ceremonia.

Gilfillan estaba junto a una escalera retráctil y señaló una trampilla del techo.

– Ahí arriba tenemos el tejado primitivo -dijo cuando ya Dereck Linford pisaba el último peldaño-. No hace falta que suba más, si quiere -añadió Gilfillan viendo que subía decidido- puedo iluminar con la linterna…

Pero Linford desapareció por la abertura.

– Cerremos la trampilla y larguémonos -bromeó Bobby Hogan con una sonrisa.

– Qué ambiente más… especial hay aquí, ¿no? -dijo Ellen Wylie encogiéndose de hombros.

– Mi esposa vio un fantasma -dijo Joe Dickie-. Muchos de los que trabajaron aquí lo vieron. Era una mujer que lloraba. Solía sentarse a los pies de una de las camas.

– A lo mejor era un paciente que murió aquí -sugirió Grant Hood.

– Yo también he oído esa historia -dijo Gilfillan volviéndose hacia ellos-. Era la madre de uno de los criados que trabajaba aquí la noche en que firmaron el Acta de Unión. El pobre murió asesinado.

Linford dijo desde lo alto que creía ver los restos de los escalones de la torre, pero nadie le hacía caso.

– ¿Asesinado? -preguntó Ellen Wylie.

Gilfillan asintió con la cabeza. Su linterna arrojaba sombras extrañas en las paredes al enfocarla sobre las oscilantes telarañas. Linford trataba de leer una inscripción en el muro.

– Aquí veo una fecha… 1870, creo.

– ¿Saben que lord Queensberry fue el artífice del Acta de Unión? -decía Gilfillan. Advirtió que era la primera vez que todos le prestaban atención desde el inicio de la visita-. Aquí, en 1707 -añadió rascando con la suela del zapato las tablas del suelo- se inventó Gran Bretaña. Bien, la noche en que se firmó el acuerdo trabajaba en la cocina un joven criado. El duque de Queensberry era secretario de Estado. Tenía un hijo, James Douglas, conde de Drumlanrig, de quien se decía que estaba loco…

– ¿Qué sucedió?

Gilfillan alzó la vista hacia la trampilla.

– ¿Todo bien por ahí arriba? -preguntó.

– Muy bien. ¿Quiere alguien echar un vistazo?

Nadie hizo caso y Ellen Wylie repitió su pregunta.

– Pues que ensartó al criado con su espada -contestó Gilfillan- y lo asó luego en una de las chimeneas de la cocina. Cuando lo encontraron estaba sentado comiéndoselo tranquilamente.

– ¡Dios santo! -exclamó Ellen Wylie.

– ¿Creéis que es cierto? -dijo Bobby Hogan metiéndose las manos en los bolsillos.

– Está documentado -añadió Gilfillan encogiéndose de hombros.

Desde el desván llegó una ráfaga de aire frío y acto seguido vieron surgir una bota de goma en la escalera de mano y Derek Linford inició su lento y polvoriento descenso; una vez en el suelo, se sacó el bolígrafo de entre los dientes.

– Es muy interesante lo que hay ahí arriba -dijo-. Deberíais verlo. Tal vez sea la última oportunidad.

– ¿Y eso por qué? -preguntó Bobby Hogan.

– Porque dudo mucho de que dejen entrar aquí a los turistas, Bobby -contestó Linford-. Imagínate el jaleo para los de seguridad.

Hogan dio un paso al frente tan rápido que Linford se estremeció, pero Hogan simplemente le quitó una telaraña del hombro.

– No puedo consentir que vuelvas a la Casa Grande sin estar como nuevo, muchacho -dijo sin que Linford se inmutara, pensando probablemente que no valía la pena hacer caso de carcamales como Bobby Hogan, del mismo modo que éste sabía que poco tenía que temer de Linford pues él estaría jubilado antes de que el joven inspector hubiera llegado a un puesto de poder importante.

– No acabo de verlo como sede parlamentaria -dijo

Ellen Wylie mirando las manchas de humedad de las paredes y el yeso desconchado-. ¿No habría sido mejor demolerlo y hacerlo todo nuevo?

– Es un edificio protegido -añadió Gilfillan, pero ella se encogió de hombros y Rebus comprendió que su único propósito había sido distraer la atención del grupo centrada en Linford y Hogan. Gilfillan echó a andar de nuevo y siguió explayándose en la historia del lugar: los pozos que habían aparecido debajo de la cervecería y el matadero contiguo. Cuando el grupo comenzó a bajar la escalera, Bobby Hogan se quedó rezagado dando golpecitos con el dedo en el reloj y llevándose la mano a la boca en un gesto elocuente. Rebus inclinó la cabeza indicándole que aprobaba la idea: irían a echar un trago cuando acabaran allí. Jenny Ha's no estaba lejos, podían ir andando, o parar de vuelta a Saint Leonard en la Holyrood Tavern. Como si les leyera el pensamiento, Gilfillan comenzó a explicar la historia de la cervecería Younger's.

– En su día ocupaba más de cien metros cuadrados y de ella salía la cuarta parte de la cerveza que se consumía en Escocia. Tengan en cuenta que desde principios del siglo XII existía una abadía en Holyrood. Seguramente no bebían sólo agua de pozo.

Por una ventana del descansillo Rebus vio que había anochecido. Así es Escocia en invierno, es de noche cuando vas al trabajo y cuando sales de él. Bueno, habían hecho su excursioncita inútil y todos volverían a sus respectivas comisarías hasta la siguiente reunión. Era como un castigo planeado por su jefe, Granjero Watson, miembro a su vez de otro comité: Estrategias para la Acción Policial en Nueva Escocia, que todos denominaban EAP. Comités y más comités…, para Rebus era como si estuviesen edificando una torre de papel de reuniones policiales, generando suficientes informes y boletines como para llenar Queensberry House. Y cuanto más hablaban, más papeleo había y más se alejaban de la realidad en que se suponía que se movían. Queensberry House era para él algo irreal; la idea misma de un parlamento, el sueño de un dios loco: «Pero Edimburgo es el sueño de un dios loco/veleidoso y siniestro…». Había encontrado las palabras en el prólogo de un libro sobre la ciudad. Eran de un poema de Hugo MacDiarmit. El libro formaba parte de sus recientes lecturas para entender su tierra.

Se quitó el casco y se pasó la mano por el pelo cuestionándose la protección que podía procurar un plástico amarillo contra un proyectil caído desde una altura de varios pisos. Gilfillan le dijo que se lo pusiera otra vez hasta que volviesen a las oficinas.

– A usted no le traería problemas, pero a mí sí -comentó el arqueólogo.

Rebus se lo embutió de nuevo mientras Hogan emitía un chasquido de reproche con la lengua y le señalaba con el dedo. Habían llegado a la planta baja, a la zona que Rebus suponía que habría sido la recepción del antiguo hospital. No quedaba casi nada. Junto a la entrada había rollos de cable eléctrico para renovar la instalación de los despachos. Iban a cerrar el cruce de Holyrood con Saint Mary para facilitar el cableado subterráneo. A él, que pasaba mucho por allí, iba a fastidiarle el desvío. Últimamente no paraban las obras en las calles de Edimburgo.

– Bien -dijo Gilfillan abriendo los brazos-, eso es todo. Si tienen alguna pregunta procuraré contestarla.

Bobby Hogan tosió en medio del silencio. Rebus comprendió que era un signo disuasorio destinado a Linford. En cierta ocasión en que fue alguien de Londres para dar instrucciones al grupo sobre aspectos de seguridad en el Parlamento, Linford planteó tantas preguntas que el pobre hombre perdió el tren de regreso. Hogan lo sabía bien, pues fue quien le llevó a toda pastilla en su coche a la estación de Waverley y tuvo que quedarse a hacerle compañía toda la tarde hasta que tomó el expreso nocturno.

Linford consultó su bloc mientras seis pares de ojos se clavaban en él y diversos dedos se posaban sobre otros tantos relojes.

– Bien, en ese caso… -comenzó a decir Gilfillan.

– ¡Señor Gilfillan! ¿Está usted ahí? -la voz llegaba de abajo. El arqueólogo se acercó a una puerta y descendió un tramo de escalera.

– ¿Qué quiere, Marlene?

– Venga usted a ver esto.

Gilfillan se volvió hacia el reticente grupo.

– ¿Quieren bajar? -preguntó comenzando a descender.

Sin él no podían irse. O se quedaban allí en compañía de una bombilla pelada o bajaban al sótano. Derek Linford tomó la delantera.

Desembocaron en un corredor estrecho con habitaciones a ambos lados que parecían conducir a otras estancias. A Rebus le pareció atisbar un generador eléctrico en la penumbra. Al fondo se oían voces y se veían haces de linterna en movimiento. El pasillo terminaba en una sala iluminada por una lámpara de arco orientada hacia un gran muro cuya mitad inferior había estado recubierta con paneles de listones de madera machihembrados color crema, el mismo color institucional de las paredes. Estaba también levantado el entarimado y había que andar sobre el entramado de viguetas de madera bajo el cual se veía la tierra. La sala olía a humedad y a moho. Gilfillan y la arqueóloga llamada Marlene estaban en cuclillas delante del muro, examinando la mampostería de piedra que había bajo los listones, en la que se apreciaban dos amplios arcos de piedra tallada que a Rebus le parecieron bocas de túneles en miniatura. Gilfillan se dio la vuelta con cara de entusiasmo por primera vez en el día.

– Son dos chimeneas -dijo-. Aquí debió de estar la cocina -se incorporó y dio unos pasos atrás-. Elevarían el nivel del suelo y sólo ha aparecido la mitad superior. ¿En cuál de ellas asarían al criado…? -añadió vuelto a medias hacia el grupo.

Una de las chimeneas estaba abierta pero la otra estaba cubierta por dos trozos de plancha metálica medio oxidada.

– ¡Qué hallazgo tan fantástico! -comentó el arqueólogo sonriendo encantado a su ayudante, que le devolvió la sonrisa.

Era agradable ver a gente tan satisfecha por su trabajo, desenterrando el pasado, descubriendo secretos, y Rebus pensó que no se diferenciaban mucho de los policías.

– ¿No podríamos hacernos algo ahí para comer? -dijo Bobby Hogan, provocando una carcajada en Ellen Wylie.

Pero Gilfillan, sin hacer caso de los comentarios, se acercó a la chimenea, introdujo los dedos en el hueco entre la mampostería y el metal. La chapa cedía sin dificultad; Marlene le ayudó a despegarla y la depositaron cuidadosamente en tierra.

– ¿Cuándo la taparían? -inquirió Grant Hood. Hogan dio unos golpéenos con los dedos en la plancha metálica.

– No es precisamente prehistórica -comentó.

Gilfillan y su ayudante acababan de quitar la segunda chapa y todos miraron hacia el hueco. El arqueólogo enfocó con la linterna a pesar de que la luz de la lámpara de arco lo alumbraba bien.

No había confusión posible: lo que vieron era un cadáver momificado.

2

Siobhan Clarke tiró del dobladillo de su vestido negro. Dos hombres que hacían el circuito de la pista de baile se detuvieron a observarla. Ella les fulminó con la mirada pero ellos reanudaron su conversación con la mano libre a guisa de bocina para hacerse oír bien. A continuación, asintieron con la cabeza, dieron un trago a sus respectivas jarras de cerveza y siguieron la ronda, revisando los otros reservados. Clarke se volvió hacia su compañera, que negó con la cabeza para indicarle que no conocía a aquellos hombres. Ocupaban una mesa en un compartimento semicircular, en torno a la cual se apiñaban catorce personas: ocho mujeres y seis hombres, algunos con traje y otros con cazadora vaquera y camisa formal. En la puerta de la calle un letrero rezaba: no se permite la entrada en vaqueros ni zapatillas deportivas, pero era una regla no aplicada a rajatabla. El club estaba a rebosar, circunstancia que podía constituir un riesgo en caso de incendio, pensó Clarke. Se volvió hacia su compañera.

– ¿Siempre está tan lleno?

Sandra Carnegie se encogió de hombros.

– Lo normal -vociferó.

Sandra ocupaba el asiento de al lado de Clarke, pero pese a ello, la música atronadora casi les impedía oírse. No era la primera vez que Clarke se decía intrigada cómo podía citarse la gente en un sitio así. Lo único que hacían los hombres de la mesa era mirar a las mujeres, señalar la pista con la cabeza y, si la solicitada accedía, tenían que levantarse todos los demás para dejar paso a la pareja. Una vez en la pista, bailaban como si cada uno estuviera en su mundo particular, casi sin mirarse a la cara. Era algo parecido a cuando un desconocido se acercaba al grupo: contacto visual, un movimiento de cabeza hacia la pista y luego el ritual propiamente dicho del baile. A veces bailaban mujeres entre sí, con los hombros desmadejados, escudriñando las otras caras, y en ocasiones se veía bailar a algún hombre solo. Clarke señaló algunos rostros a Sandra Carnegie, y ella los estudió atentamente antes de negar con la cabeza.

Era la noche de solteros en el Club Marina, un nombre chocante para un local situado a cuatro kilómetros de la costa. Y lo de «noche de solteros» tampoco quería decir gran cosa. Significaba, en teoría, que ponían música que evocaba los ochenta y setenta como cebo para una clientela algo más madura que en los otros clubes. Para Clarke la palabra solteros equivalía a personas de más de treinta años, algunas divorciadas; pero aquella noche había chicos que seguramente habían tenido que acabar los deberes antes de salir de casa.

¿O es que se estaba haciendo vieja?

Era la primera vez que acudía a una noche de solteros y había estado ensayando pautas de conversación. Si algún baboso le preguntaba cómo le gustaban los huevos por la mañana la respuesta prevista era: «estériles», pero no tenía ni idea de qué contestar si le preguntaban en qué trabajaba.

Contestar que era agente de policía de Lothian y Borders no le parecía la táctica idónea para entablar conversación. Lo sabía por experiencia. Tal vez fuera por eso por lo que últimamente había renunciado a intentarlo. Todos los de la mesa sabían quién era y por qué estaba allí, y ninguno de los hombres había tratado de ligar con ella. Sandra Carnegie la consoló con algunas palabras acompañadas de algún que otro abrazo, dirigiendo miradas asesinas a sus acompañantes por pusilánimes. Eran hombres y todos los hombres eran unos cabrones conchabados. Un hombre había violado a Sandra Carnegie, convirtiendo a una madre soltera a quien le gustaba la diversión en una víctima.

Clarke había persuadido a Sandra para «convertirse en cazadoras», ésas habían sido sus palabras.

– Hay que dar la vuelta a la tortilla, Sandra, antes de que vuelva a las andadas… Te lo digo tal como lo siento.

De que vuelva… de que vuelva… Pero es que eran dos. El agresor y el que sujetaba a la mujer. Cuando los periódicos publicaron la noticia acudieron otras dos agredidas a denunciar un caso igual. Las habían atacado sexual y físicamente sin violarlas según los términos en que la ley define el delito. El caso de las tres era casi idéntico: pertenecían a un club de solteros, habían asistido a reuniones organizadas por sus respectivos clubes y volvían a casa solas.

Las había seguido un hombre a pie, que se abalanzaba sobre ellas de improviso mientras otro en una camioneta paraba al lado. Las agresiones se producían en la parte trasera del vehículo, sobre el suelo cubierto con una tela que podría ser una lona. Después las hacían bajar a patadas, casi siempre en las afueras, advirtiéndoles que no dijesen nada ni acudiesen a la policía.

«Si vas a un club de solteros ahí tienes lo que buscabas.»

Era la última frase que pronunciaba el violador. Unas palabras que a Siobhan Clarke la habían hecho cavilar sentada en un diminuto despacho donde estaba trasladada temporalmente, en Delitos Sexuales. La conclusión era inequívoca: las agresiones habían aumentado en violencia a medida que el agresor adquiría confianza, pasando de simple agresión física a violación consumada. ¿Hasta dónde era capaz de llegar? La evidencia más relevante era cierta relación con los clubes de solteros. ¿Eran éstos su principal objetivo? ¿Dónde obtenía la información?

Ahora ya no estaba en Delitos Sexuales porque había vuelto a Saint Leonard para trabajar en el servicio diario en el Departamento de Homicidios, pero le habían dado la oportunidad de trabajar en el caso de Sandra Carnegie con objeto de que la persuadiera de volver al Marina. La deducción de Siobhan era que el agresor únicamente podía saber que las víctimas pertenecían a un club de solteros por haberlas visto en el local. Habían interrogado a los miembros de los tres clubes de solteros de la ciudad, incluso a los que se habían dado de baja y a los expulsados.

Sandra bebía Bacardi con Coca-cola con cara de pocos amigos. Se había pasado casi toda la noche mirando fijamente a un extremo de la mesa. Antes de ir al Marina se habían encontrado en un pub, como hacían siempre antes de ir a algún sitio, aunque a veces se quedaban en ese mismo pub si no iban a bailar o al teatro. Cabía la posibilidad de que el violador las hubiera seguido desde el pub, pero lo más verosímil parecía que las detectase cuando daba vueltas a la pista con la cara tapada por el vaso como tantos otros.

Clarke se preguntó si a simple vista se distinguía un grupo numeroso de ambos sexos como solteros y solteras, ya que también podía tratarse de compañeros de oficina. Aunque claro, no llevaban alianza… y aunque fueran de muy diversas edades no había ninguno que pudiera ser confundido con el chico de los recados. Clarke había sondeado a Sandra sobre su grupo.

– Voy con ellos por la compañía, porque yo trabajo en casa de un matrimonio anciano y no tengo ocasión de tratar a gente de mi edad. Y, además, tengo a David -se refería a su hijo de once años-. Salgo con ellos simplemente por tener compañía.

Otra mujer del grupo había comentado algo parecido, añadiendo que casi todos los hombres que se conocen en los grupos de solteros «distan mucho de ser perfectos», aunque las mujeres estaban bien. Pertenecían a un grupo por la compañía.

A Clarke, que estaba sentada en el extremo del banco, le habían invitado dos veces a bailar pero ella rehusó. Una de las mujeres se inclinó sobre la mesa.

– ¡Cómo notan que eres nueva! ¡Parece que lo huelen! -dijo recostándose en el asiento, descubriendo sus dientes y una lengua que se había puesto verde a causa de lo que estaba bebiendo.

– Moira tiene envidia -dijo Sandra-. A ella los únicos que la invitan a bailar son jubilados.

Moira no pudo lógicamente oír el comentario pero se las quedó mirando como sospechando que hablaban mal de ella.

– Tengo que ir al baño -dijo Sandra.

– Te acompaño.

Sandra aceptó con una inclinación de cabeza. Clarke le había prometido que no iba a perderla de vista un instante. Recogieron sus bolsos del suelo y se abrieron paso entre el tumulto.

También el váter estaba lleno, pero al menos hacía fresco y la puerta amortiguaba el estruendo de la música. Clarke estaba como ensordecida y le picaba la garganta del humo de tabaco y de los gritos. Mientras Sandra hacía cola para entrar en un cubículo ella se acercó a los lavabos. Se miró en el espejo. Normalmente no se maquillaba y le sorprendió ver cómo cambiaba su rostro con la sombra de ojos y el rímel; resultaban más duros que seductores. Se estiró un tirante del vestido; de pie, el bajo le llegaba a las rodillas, pero sentada se le subía hasta el estómago. Era la tercera vez que se ponía aquel vestido; lo había llevado sólo a una boda y en una cena, pero aquello no le había sucedido. ¿Estaría echando culo? Se volvió levemente para mirarse y a continuación centró la atención en el pelo. Le gustaba aquel corte juvenil que le hacía el rostro más alargado. Una mujer que iba al secador de manos tropezó con ella. Oyó en una cabina fuertes esnifadas. ¿Alguien haciéndose una raya? En la cola, las conversaciones eran subidas de tono, se pasaba revista al personal de aquella noche, quién tenía el culo más bonito, si era mejor un buen paquete o una buena cartera. Sandra pasó a una cabina, Clarke cruzó los brazos, y mientras esperaba, alguien se le plantó delante.

– ¿Eres la encargada de los condones o qué?

Oyó risas en la cola, vio que estaba junto a la máquina de preservativos y se apartó para que la mujer echara las monedas; al hacerlo vio que en la mano derecha tenía manchas de vejez y la piel arrugada, y cuando tendió la izquierda hacia la bandeja, advirtió que también se apreciaba en su dedo la marca de la alianza ausente. Seguramente la llevaría en el bolso. El color de su cara era de bronceado artificial, la expresión ilusionada aunque curtida por la experiencia. La mujer le hizo un guiño.

– Por si acaso.

Clarke forzó una sonrisa. En la comisaría había oído que la noche de solteros del Marina recibía toda suerte de apelativos, como Parque Jurásico y liga-abuelas. Las típicas gracias machistas. Ella lo encontraba deprimente sin saber a qué atribuirlo; no solía ir a clubes nocturnos, los evitaba ya desde muy joven, cuando iba al colegio y a la universidad. No aguantaba aquel ruido, tanto humo, tanto alcohol y tanta tontería. Pero debía de haber otro motivo, porque ahora era hincha del club de fútbol Hibernian y en las gradas también había humo de tabaco y testosterona. Claro que existía una diferencia entre la multitud del estadio y la aglomeración de un local como el Marina, pues, desde luego, ningún depredador sexual elige para sus cacerías entre el público de un partido de fútbol. En el estadio de Easter Road se sentía segura y a veces, si podía, asistía a partidos fuera de Edimburgo. En los partidos del equipo casero tenía siempre el mismo asiento y conocía las caras de su alrededor. Y después del partido… Después se mezclaba con la masa anónima de la calle. Nadie había intentado nunca ligar con ella; porque no se iba al fútbol a eso, y ese convencimiento la reconfortaba en las frías tardes de invierno, cuando se encendían los focos del campo al iniciarse el partido.

Oyó descorrerse el pestillo de la cabina y reapareció Sandra.

– Ya era hora -comentó una de la cola-. Pensaba que estabas con un tío.

– Los tíos sólo los tengo para que me limpien el culo -replicó Sandra como quien no le da importancia, pero con la voz forzada; se acercó al espejo a retocarse el maquillaje. Había llorado y tenía los ojos enrojecidos.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó Clarke.

– Peor podría haber sido si me hubiera dejado preñada, claro -replicó mirándose en el espejo.

El violador utilizó condón y no había quedado semen para analizar. Hicieron ruedas de identificación con delincuentes sexuales y Sandra repasó los libros de fotos de la policía, toda una galería de misoginia. Algunas mujeres con sólo ver aquellas caras tendrían pesadillas. Desaliñados, y de facciones vacuas, ojos mortecinos y mandíbulas flojas. Algunas víctimas, al repasar la colección, hacían el curioso comentario que Clarke resumía aproximadamente en la frase de «míralos, ¿cómo nos habremos dejado hacer eso si los débiles parecen ellos?».

Sí, débiles cuando les fotografiaban, débiles por vergüenza o cansancio, o por fingida sumisión, pero fuertes en el momento decisivo de la agresión. Pero lo cierto era que la mayoría actuaba en solitario, por lo que aquel segundo hombre, el cómplice… Siobhan estaba intrigada. ¿Qué sacaba él?

– ¿Has visto alguno que te guste? -preguntó Sandra con labios temblorosos mientras se ponía carmín.

– No.

– ¿Te espera alguien en casa?

– Sabes que no.

– Yo sólo sé lo que tú me has dicho -replicó Sandra sin dejar de mirarse en el espejo.

– Te he dicho la verdad.

Fue durante una larga conversación en la que Clarke, apartándose del protocolo, se confió a Sandra, contestando a sus preguntas prescindiendo de su espíritu profesional para sincerarse. Había comenzado siendo un recurso, una treta para conseguir la colaboración de Sandra en el caso, pero derivó en algo más, algo real. Clarke se había explayado mucho más de lo debido. Y ahora parecía que a Sandra no le convencía. ¿Desconfiaba de ella porque era policía o es que Clarke se había convertido en parte del problema, era sólo alguien más en quien Sandra no podía confiar plenamente? Al fin y al cabo, antes de la violación eran dos desconocidas y nunca habrían intimado de no ser por esa circunstancia. Clarke había acudido al Marina fingiéndose amiga de Sandra; otra falsedad. No eran amigas y probablemente no lo serían nunca. Su único vínculo era una agresión despiadada, y a los ojos de Sandra ella siempre le traería al recuerdo aquella noche, una noche que ella quería olvidar.

– ¿Cuánto vamos a quedarnos? -preguntó Sandra.

– Lo que tú quieras. Nos vamos cuando digas.

– Pero si nos marchamos pronto a lo mejor no lo vemos.

– No es culpa tuya, Sandra. A saber dónde estará. Yo pensé que valía la pena probar.

– Esperemos media hora más -dijo Sandra dando la espalda al espejo y consultando el reloj-. Le prometí a mi madre volver a casa a las doce.

Clarke asintió con la cabeza y siguió a Sandra a aquella oscuridad surcada por los fogonazos de los proyectores como si en sus descargas concentraran toda la energía del local.

Al volver a su mesa vieron que el asiento de Clarke estaba ocupado por un joven que pasaba los dedos por el vaho de condensación de un vaso largo que parecía contener simple zumo de naranja. Era evidente que los del grupo le conocían.

– Perdona -dijo levantándose al ver llegar a Clarke y Sandra-, te he quitado el sitio -añadió mirando a Clarke y tendiéndole la mano.

Ella se la dio y notó que se la estrechaba sin soltársela.

– Vamos a bailar -dijo llevándola hacia la pista.

Ella no pudo resistirse y se vio de improviso en aquella vorágine en medio de brazos locos que la rozaban y gritos de otras parejas. Él volvió la cabeza para comprobar que no los veían desde la mesa y siguió tirando de ella. Cruzaron la pista, pasaron una de las barras y llegaron a la entrada.

– ¿Adónde vamos? -preguntó Clarke.

Él miró a su alrededor y, más tranquilo, se inclinó a decirle:

– Yo te conozco.

Clarke se dio cuenta de pronto de que su rostro le resultaba conocido. «¿Tal vez un delincuente, alguien a quien ayudé a encerrar?», pensó. Miró a su alrededor.

– Tú estás en Saint Leonard -prosiguió él, y ella dirigió la vista a aquella mano que seguía sujetándole la muñeca. Él se percató de ello y la soltó-. Perdona, es que…

– ¿Quién eres tú?

– Derek Linford -pareció ofenderle que ella no lo conociese.

– ¿De Fettes? -inquirió ella entornando los ojos. Él asintió con la cabeza. Claro, aquella cara la conocía del boletín, y quizá le había visto en la cantina de jefatura-. ¿Qué haces tú aquí?

– Yo podría preguntarte lo mismo.

– Estoy con Sandra Carnegie -replicó Siobhan al tiempo que pensaba: «Mentira, porque la he dejado… Estoy aquí contigo, cuando le había prometido…».

– Ya, pero no entiendo… -dijo frunciendo el entrecejo hasta que su rostro se arrugó-. Ah sí, la violaron, ¿no es cierto? -y se pasó el pulgar y el índice por la nariz-. ¿Has venido para intentar identificar a algún sospechoso?

– Exacto -respondió Clarke sonriendo-. ¿Tú eres miembro del club?

– ¿Qué pasa? -replicó él como si esperase algún comentario, pero ella se limitó a encoger los hombros-. No es un detalle que me apetezca divulgar, agente Clarke -añadió tratando de hacer valer la jerarquía.

– Tu secreto está a salvo conmigo, inspector Linford.

– Hablando de secretos… -añadió él mirándola y ladeando ligeramente la cabeza.

– ¿No saben que eres policía? -ahora fue Linford quien se encogió de hombros-. Dios, ¿qué les has dicho?

– ¿Qué más da?

Clarke reflexionó.

– Un momento… Hemos verificado la lista de los miembros del club y no recuerdo haber visto tu nombre.

– Es que me afilié la semana pasada.

Clarke frunció el entrecejo.

– Bueno, ¿qué explicación podemos dar ahora?

Linford volvió a restregarse la nariz.

– Simplemente que hemos estado bailando y ahora volvemos a la mesa; tú te sientas en un sitio y yo en otro. No tenemos que volver a hablarnos.

– Encantador.

– No es eso lo que quería decir -replicó él sonriendo-. Claro que podemos hablarnos.

– Vaya, gracias.

– De hecho, esta tarde ha sucedido algo increíble -dijo él volviendo a cogerla del brazo y guiándola de nuevo hacia el interior del club-. Anda, ayúdame a llevar una ronda y te lo cuento.

– Es un gilipollas.

– Puede, pero es un gilipollas encantador -comentó Clarke.

John Rebus, sentado en el sillón, con el oído pegado al teléfono inalámbrico, estaba junto a la ventana sin cortinas. Los postigos estaban aún abiertos. Tenía apagadas las luces del cuarto de estar y sólo alumbraba el vestíbulo una bombilla de sesenta vatios, pero el fulgor naranja de las farolas de la calle bañaba la habitación.

– ¿Dónde dijiste que lo encontraste?

– No lo he dicho -Rebus pudo oír la sonrisa en su voz.

– Qué misterioso.

– Poca cosa comparado con tu esqueleto.

– No es un esqueleto. Está arrugado como una momia -dijo con una risa breve y triste-. Pensé que el arqueólogo me iba a saltar a los brazos.

– ¿Qué impresión tenéis?

– Los de la científica han acordonado el lugar y el lunes Curt y Gates harán la autopsia a Mojama.

– ¿Mojama?

Rebus vio un coche que circulaba buscando sitio para aparcar.

– Es el nombre que le puso Bobby Hogan. De momento lo llamamos así.

– ¿No encontrasteis nada en el cadáver?

– Sólo tenía lo puesto, unos vaqueros desgastados y una camiseta de los Rolling Stones.

– Ha sido una suerte tener allí un experto.

– Si te refieres a un dinosaurio rockero te lo tomo como un cumplido. La camiseta, efectivamente, era la portada de Some Girls, un disco del setenta y ocho.

– ¿No hay ningún otro indicio para datar el cadáver?

– No llevaba nada en los bolsillos, tampoco anillos o reloj -consultó el suyo y vio que eran las dos, pero ella sabía que podía llamarle porque estaría despierto.

– ¿Qué disco es ése que suena? -preguntó ella.

– Es la cinta que me diste.

– ¿Blue Nile? Vaya con el dinosaurio. ¿Qué te parece?

– A mi entender, te dejas impresionar demasiado por el señor sabelotodo.

– Me encanta que te pongas paternalista.

– A ver si te doy una azotaina sobre mis rodillas.

– Cuidado, inspector, que actualmente por una cosa así puedes perder el empleo.

– ¿Vamos mañana al partido?

– ¡Para castigo nuestro! Te tengo reservada la bufanda verde y blanca.

– No olvidaré llevar el mechero. ¿Quedamos alas dos en Mather's?

– Allí te esperaré.

– Siobhan, en tu investigación de esta noche…

– Dime.

– ¿Has resuelto algo?

– No -contestó. De pronto su voz sonó cansada-. Nada en absoluto.

Rebus dejó el teléfono y llenó el vaso de whisky. «Esta noche en plan fino, John», se dijo, pues últimamente bebía muchas veces ya directamente de la botella. Tenía el fin de semana por delante y como único plan un partido de fútbol. El cuarto de estar estaba lleno de sombras y espirales de humo de tabaco; seguía pensando en vender el piso y buscar otro con menos fantasmas, que eran su única compañía: colegas muertos, víctimas, relaciones finalizadas. Volvió a coger la botella pero estaba vacía. Se puso en pie y sintió que se balanceaba. Pensó que tenía una botella en la bolsa de compra que había debajo de la ventana, pero la bolsa estaba vacía y arrugada. Miró por la ventana y vio el reflejo de su rostro ceñudo. ¿No se habría quedado una botella en el coche? ¿Cuántas había subido, dos o una? Le vinieron al pensamiento una docena de sitios donde tomar una copa aunque fuesen ya las dos. La ciudad, su ciudad, estaba allí fuera a su disposición, a la espera de mostrarle su negro y consumido corazón.

– No me haces falta -comentó apoyando la palma de las manos en la ventana como queriendo romper el vidrio para tirarse a la calle. Un salto de dos pisos-. No me haces falta -repitió apartándose de los cristales y yendo a por el abrigo.

3

El sábado el clan almorzó en el Witchery.

Era un buen restaurante, al final de la Royal Mile. El castillo estaba cerca, tenía una abundante luz natural y era casi como estar comiendo en un jardín de invierno. Roddy había organizado aquella comida para celebrar el setenta y cinco cumpleaños de su madre. Ella, que era pintora, comentó que le gustaba aquella luz intensa que bañaba el restaurante. Pero el día se nubló y tuvieron rachas de lluvia azotando los ventanales; la nubosidad era baja y desde el punto más elevado del castillo parecía posible tocar el cielo.

Antes de comer hicieron un rápido recorrido por las almenas sin que la anciana se mostrara impresionada lo más mínimo, pues ella conocía la vista desde hacía setenta años y había vuelto después al lugar más de cien veces. La comida tampoco mejoró su humor a pesar de los elogios de Roddy a los manjares y a los vinos.

– ¡Tú siempre exageras! -le espetó ella.

Él no dijo nada y bajó la vista al pudín, dirigiendo de vez en cuando un guiño a Lorna. Aquel gesto le recordaba a ella cuando eran niños, un rasgo tímido y enternecedor de su hermano, que él, en la actualidad, reservaba más que nada a sus electores y a las entrevistas de televisión.

«¡Tú siempre exageras!» Las palabras quedaron flotando en el aire como si quienes compartían la mesa las estuvieran degustando hasta que Seona, la mujer de Roddy, dijo:

– A alguien saldrá.

– ¿Qué ha dicho? ¿Qué es lo que ha dicho?

Fue Cammo, naturalmente, quien restableció la paz.

– Vamos, madre, que es tu cumpleaños…

– ¡Termina la maldita frase!

– Como es tu cumpleaños -Cammo suspiró y realizó una de sus profundas inspiraciones- vamos a dar un paseo hasta Holyrood.

Su madre le miró furiosa hasta entornar los ojos como una fina ranura, pero inmediatamente se dibujó en su rostro una sonrisa. Cammo era la envidia de los demás por su habilidad para provocar semejante metamorfosis. En aquel momento ejercía de mago.

Eran seis comensales. Cammo, el hijo mayor, de cabello liso peinado hacia atrás, lucía los gemelos de oro paternos, lo único que le había dejado en herencia a causa de sus desavenencias políticas. El padre era un liberal de la vieja escuela, mientras que Cammo se afilió al partido conservador antes de acabar la carrera en Saint Andrews. Ocupaba un escaño parlamentario en los condados de los alrededores de Londres, representando a un área fundamentalmente rural entre Swindon y High Wycombe; residía en Londres porque le encantaba la vida nocturna y el hecho de estar en el meollo de algo. Casado con una borracha, compradora compulsiva, pocas veces se les veía en público juntos, aunque él sí se prodigaba en fotografías de bailes y fiestas, acompañado siempre de una mujer distinta.

Ese era Cammo.

Había llegado a Edimburgo en coche-cama y se quejaba de que el bar hubiera estado cerrado por falta de personal.

– Es lamentable; privatizan los ferrocarriles y ni por ésas puede uno tomar un whisky con soda.

– Dios mío, ¿todavía hay gente que toma soda?

Fue el comentario que hizo su hermana Lorna en casa antes de salir. Lorna, que había hecho un esfuerzo por acudir al almuerzo, era la que sabía manejar a su hermano Cammo, que le llevaba once meses. Lorna era modelo, un cuento en el que aún insistía, a pesar de la edad y de la escasez de contratos. A punto de cumplir los cincuenta, Lorna había estado en la cima en los años setenta. Todavía conseguía que la llamasen alguna vez porque era amiga de la influyente Lauren Hutton. Del mismo modo que a Cammo le gustaba salir con modelos, ella en sus buenos tiempos en los setenta, había salido con parlamentarios. Lorna sabía de las aventuras de Cammo y no dudaba de que él habría oído hablar de las suyas. En las raras ocasiones en que se encontraban actuaban como los contendientes de un combate de lucha libre dando vueltas uno alrededor del otro.

Cammo se encargó de pedir whisky con soda para su aperitivo.

Estaba también el hermano pequeño, Roddy, de casi cuarenta años. Un espíritu rebelde pero con poco currículum. En su momento había sido un cerebrito del Ministerio escocés y entonces era analista de inversiones y miembro del nuevo laborismo. Roddy no sabía replicar a las andanadas ideológicas de su hermano pero las aguantaba con tranquila e impasible autoridad, los proyectiles ni le rozaban. Un comentarista político le había calificado de señor «arreglalotodo» del laborismo escocés por su habilidad para desenterrar las numerosas minas de tierra del partido y ponerse a desactivarlas. Otros le llamaban señor «lameculos» en alusión a su urgencia por obtener la candidatura al Parlamento que tenía en perspectiva. De hecho, Roddy había organizado aquel almuerzo como celebración por partida doble pues aquella misma mañana había recibido la comunicación oficial de su nombramiento como candidato laborista al Parlamento en representación del West End de Edimburgo.

– ¡Maldita sea! -comentó Cammo poniendo los ojos en blanco al ver que servían champán.

Roddy se permitió una sonrisa tranquila y se recolocó detrás de la oreja un mechón rebelde de su abundante pelo negro; su mujer, Seona, le dio un apretón afectuoso en el brazo. Seona no era sólo la esposa fiel, era la más activa políticamente de los dos, además de profesora de historia en un instituto de Edimburgo.

Cammo solía llamarlos Billary en alusión a Bill y Hillary Clinton. Para él los que se dedicaban a la enseñanza eran prácticamente unos subversivos, circunstancia que no le había impedido flirtear con Seona en cinco o seis ocasiones, casi todas ellas en estado etílico. Cuando Lorna se lo reprochaba, él se defendía siempre con la misma frase: «Adoctrinamiento a través de la seducción. Si las sectas lo hacen, ¿iba a ser una excepción el partido conservador?».

También estaba el marido de Lorna, si bien la mayor parte del tiempo no se había apartado de la puerta con el móvil pegado a la oreja. Resultaba ridículo de espaldas, demasiado barrigón para aquel traje de lino color crema, con los zapatos negros puntiagudos. Y la coleta gris, a la vista de la cual Cammo soltó la carcajada.

– ¿Te nos has vuelto New Age, Hugh, o es que te dedicas a la lucha libre?

– Vete a la mierda, Cammo.

En los setenta y los ochenta Hugh Cordover había sido una estrella del rock, pero entonces era productor y manager de un grupo musical, aunque no salía tanto en los periódicos como su hermano Richard, un abogado de Edimburgo. Había conocido a Lorna en el tramo final de su carrera de modelo al señalarle un asesor que tenía dotes de cantante. Ella llegó tarde y borracha a la primera cita en el estudio de grabación y Hugh le abrió la puerta, le tiró un vaso de agua a la cara y le dijo que volviera sobria. No volvió hasta casi dos semanas más tarde, pero en esa segunda ocasión fueron juntos a cenar y trabajaron en el estudio hasta el amanecer.

Aún había gente que reconocía a Hugh por la calle pero no era gente importante. Hugh Cordover vivía ahora de su «biblia», una abultada agenda de cuero, con la que paseaba de arriba abajo por el restaurante con el móvil entre el hombro y la mejilla, arreglando entrevistas, siempre entrevistas. Lorna le miró por encima del vaso mientras su madre pedía que encendieran las luces.

– Vaya oscuridad más horrorosa. ¿Debo suponer que es para recordarme la tumba?

– Sí, Roddy, ocúpate tú, haz el favor -dijo Cammo arrastrando las palabras-. Al fin y al cabo fue idea tuya -añadió mirando el local con el mayor desdén del mundo; pero en aquel momento aparecieron los fotógrafos, uno convocado por Roddy y otro de una revista del corazón, Cordover regresó a la mesa y el clan Grieve en pleno esgrimió una sonrisa.

Roddy Grieve no había previsto caminar toda la Royal Mile, y tenía, al efecto, dos taxis esperando a la puerta del Holiday Inn. Pero no hubo manera de convencer a su madre.

– ¡Por Dios bendito!, ¿no era un paseo? ¡Pues vamos a pasear!

Y echó a andar la primera apoyándose en su bastón, dos tercios de afectación y un tercio de lamentable necesidad, dejando atrás a Roddy pagando a los taxistas. Cammo se inclinó junto a él.

– Tú siempre exageras -dijo en una muy aceptable imitación de su madre.

– Vete a la mierda, Cammo.

– Ojalá pudiese, querido hermano, pero falta mucho aún para el próximo tren hacia la civilización -dijo consultando aparatosamente el reloj-. Además es el cumpleaños de madre y quedaría desolada si yo partiera de repente.

Comentario que, muy a su pesar, Roddy pensó que respondía a la verdad.

– Volverá a lesionarse el tobillo -dijo Seona viendo a su suegra bajar la cuesta con aquel peculiar andar pesado que atraía las miradas.

A Seona le parecía a veces que era también afectación. Alicia siempre se las había arreglado para llamar la atención de todo el mundo, sus hijos incluidos, situación que el difunto Allan Grieve sabía paliar poniendo coto a sus excentricidades; pero al morir el marido, Alicia Grieve supo resarcirse de los años de forzada normalidad.

No es que los Grieve fuesen una familia normal, como le había advertido Roddy a Seona la primera vez que salieron, aunque era algo que ella ya sabía. No había casi nadie en Escocia que no supiera algo de los Grieve; pero Seona optó por no tenerlo en cuenta: Roddy era distinto, se dijo. Y se lo repartía a menudo, pero ya sin tanta convicción.

– Podríamos ir a ver la sede del Parlamento -sugirió cuando llegaron al cruce de la calle Saint Mary.

– ¡Dios bendito! ¿Para qué? -rezongó Cammo como era de prever.

Alicia frunció los labios y, sin decir palabra, dobló hacia Holyrood Road. Seona contuvo una sonrisa por su pequeño triunfo. Pero, ¿triunfo sobre quién?

Cammo se hizo el rezagado y dejó que las tres mujeres fueran a su paso mientras Hugh se detenía junto a un escaparate para atender otra llamada y Roddy le daba alcance; Cammo constató complacido que él, sin comparación posible, iba mejor vestido y atildado que su hermano pequeño.

– He recibido otra de esas notas -dijo en tono normal.

– ¿Qué notas?

– Dios, ¿no te lo dije? Me llegan en la correspondencia al despacho del Parlamento y mi pobre secretaria las abre.

– ¿Son amenazantes?

– ¿Conoces tú muchos parlamentarios que reciban cartas de admiradores? -replicó Cammo dándole unos golpecitos en el hombro-. Tendrás que acostumbrarte si sales elegido.

– Si salgo elegido -repitió Roddy sonriente.

– Oye, ¿quieres que te explique esto de las puñeteras amenazas o no?

Roddy se detuvo en seco, pero Cammo siguió caminando y tuvo que darle de nuevo alcance.

– ¿Te amenazan de muerte?

– No es infrecuente en nuestra profesión -dijo Cammo encogiéndose de hombros.

– ¿Qué te dicen?

– Poca cosa. Que voy a morir. Una llevaba incluida una cuchilla de afeitar.

– ¿Qué dice la policía?

– Qué ingenuo eres para la edad que tienes, Roddy. -Cammo miró su mano-. Las fuerzas de la ley y el orden, y esto es una lección que te ofrezco gratis, son como un colador roto, sobre todo cuando hay copas de por medio y algún diputado implicado.

– ¿Porque filtran la noticia a los medios informativos?

– ¡Bingo!

– Pero no acabo de entender…

– Se me echarían encima los periodistas -dijo Cammo aguardando a que sus palabras calasen en su hermano-. Y no tendría vida privada.

– Pero tratándose de amenazas de muerte…

– Será un chalado -dijo Cammo con un bufido-. No merece ni un comentario. Te lo he dicho exclusivamente como advertencia no sea que a ti te pase lo mismo algún día, hermanito.

– Si salgo elegido -replicó Roody con aquella sonrisa tímida que ocultaba una auténtica ambición.

– Si no sales elegido, aplícate el cuento -comentó Cammo y se encogió de hombros, mirando al frente-. Madre va deprisa, ¿verdad?

Alicia Grieve había adquirido notoriedad y cierta fortuna como pintora con su apellido de soltera, Rankeillor. La temática de su obra era aquella luz especial de Edimburgo, y su cuadro más conocido, repetido hasta la saciedad en tarjetas, grabados y rompecabezas, una vista con rayos de sol entrecortados atravesando las nubes y derramándose sobre el castillo y el Lawnmarket al fondo. Allan Grieve, algo mayor que ella, era su profesor en la Escuela de Bellas Artes. Se habían casado jóvenes pero no tuvieron hijos antes de haber afianzado sus respectivas carreras. Alicia tenía la ligera impresión de que Allan estaba resentido de su éxito, dado que a él, aunque excelente profesor, le faltaba esa chispa genial del artista, y llegó a decirle en cierta ocasión que sus cuadros eran demasiado verídicos, que el arte requería cierto artificio. Él se contentó con apretarle la mano sin decir nada, sólo en la hora de su muerte le hizo un reproche.

– Aquel día me mataste ahogando todas mis esperanzas -ella quiso protestar pero él se lo impidió-. Me hiciste una mala pasada, pero tenías razón. Me faltaba visión.

Alicia Grieve deseaba a veces haber carecido también ella de visión. No porque así habría sido mejor madre, dedicada a sus hijos, sino una esposa más generosa y mejor amante.

Vivía sola en una casona de Ravelston llena de cuadros de otros, incluida una docena de lienzos de Allan, muy bien enmarcados, a dos pasos del Museo de Arte Moderno, donde no hacía mucho se había celebrado una exposición retrospectiva de su obra. Se inventó una indisposición para no asistir a la inauguración y acudió ella sola otro día a primera hora cuando no había público. Le sorprendió ver que habían colocado los cuadros en un orden temático inconcebible para ella.

– ¿Sabéis que han encontrado un cadáver? -dijo Hugh Cordover.

– ¡Hugh! -dijo Cammo con burlona cordialidad-. ¿Otra vez aquí?

– ¿Un cadáver? -preguntó Lorna. -Lo leí en el periódico.

– Me han dicho que, en realidad, era un esqueleto -dijo Seona.

– ¿Dónde lo encontraron? -preguntó Alicia Grieve deteniéndose a contemplar los riscos de Salisbury.

– Oculto en una pared de Queensberry House -dijo Seona señalando el lugar. Estaban ante la verja y todos dirigieron la mirada hacia el edificio-. Hace años fue un hospital.

– Seguramente sería algún desgraciado de la lista de espera -dijo Hugh Cordover sin que nadie prestase atención.

4

– ¿Quién te has creído que eres?

– ¿Qué?

– Ya me has oído -dijo Jayne Lister lanzándole a su marido un almohadón a la cabeza-. Desde anoche están ahí los platos -añadió señalando la cocina con un gesto- y dijiste que los fregarías.

– ¡Voy a fregarlos!

– ¿Cuándo?

– Hoy es domingo, día de descanso -replicó él risueño para que no le amargase el día.

– Para ti toda la semana es día de descanso. ¿A qué hora volviste anoche?

Trató de ver qué había en la televisión, ante la cual se había situado ella; era un programa matinal infantil y la presentadora estaba buenísima. Él le había hablado a Nic de su mujer. Ahí estaba, hablando por teléfono y esgrimiendo una tarjeta. No quería ni pensar en lo que sería despertar una mañana con aquello al lado en la cama.

– Mueve el culo -dijo a su esposa.

– Me lo has quitado de la boca -replicó ella volviéndose a apagar el aparato, pero Jerry saltó del sofá con una rapidez inaudita, encantado de ver su cara de asombro y cierto temor. La apartó a un lado para pulsar el botón pero ella le agarró del pelo tirando hacia atrás.

– Te pasas el día con ese Nic Hughes -gritó-. ¡A ver si te crees que puedes entrar y salir a tu antojo, cerdo!

El la cogió con fuerza de la muñeca.

– ¡Suelta! ¿Crees que voy a seguir aguantándote? -añadió como si no sintiera dolor, pero él apretó más, retorciendo la muñeca y ella tiró aún más del pelo.

Sentía como si le ardiera el cuero cabelludo y echó hacia atrás la cabeza, alcanzándola encima de la nariz. Jayne dio un grito y le soltó al tiempo que él, dando media vuelta, la empujó con fuerza tirándola al sofá. En su caída Jayne dio con el pie en la mesita y la volcó; al suelo fueron a parar el cenicero, las latas de cerveza vacías y el periódico del sábado. En el techo se oyeron unos golpes de los vecinos de arriba que volvían a quejarse. Jerry vio que a ella se le ponía rojo el punto de la frente en el que había recibido el golpe. Dios, le había provocado dolor de cabeza; como si no tuviera bastante con la resaca.

Había hecho sus cálculos por la mañana: ocho cañas y dos chupitos, a juzgar por la poca calderilla que le quedaba. El taxi habían sido seis libras. La cena la pagó Nic; un cordero al curry estupendo. Nic quería ir de clubes pero él le dijo que no tenía ganas.

«¿Y si tengo ganas yo?», le había replicado Nic.

Pero después de la cena no parecía tan decidido, así que estuvieron en dos o tres bares y luego él tomó un taxi mientras Nic regresaba a pie. Era lo bueno de vivir en el centro, porque allí en la chimbamba el transporte era un problema. En los autobuses no se podía confiar y él nunca recordaba el horario, aparte de que a los taxistas había que engañarles diciendo que iba a Gatehill y allí, o te bajabas y cruzabas por las canchas de juego, o les convencías para que siguieran seis

cientos metros más hasta Garibaldi Estate, donde en cierta ocasión le habían atracado al cruzar por el campo de fútbol; iban cuatro o cinco y él estaba demasiado borracho para hacerles frente. Desde entonces siempre tenía que discutir con el taxista para que le llevara.

– Eres un hijo de puta -comentó Jayne restregándose la frente.

– Fuiste tú quien empezó. Yo estaba tumbado con un dolor de cabeza tremendo. Podías haber esperado unas horas… -dijo con voz más tranquila-. Iba a fregar, te lo juro. Simplemente necesitaba antes un poco de tranquilidad -añadió abriéndole los brazos.

La verdad era que el forcejeo le había puesto cachondo. Quizá tuviera razón Nic cuando decía que sexo y violencia eran uno y lo mismo.

Pero Jayne se puso en pie de pronto como si le leyera el pensamiento.

– Ni hablar -añadió saliendo a toda prisa del cuarto.

Qué mal carácter…, siempre se picaba. Tal vez Nic tuviese razón, quizá él podría poner algo de su parte. Pero a Nic con su buen empleo, sus trajes y su buen piso, también Catriona le había dejado. Lanzó un bufido: «¡Le había dejado por uno que conoció en una noche de club de solteros! ¡Una mujer casada y se va con el primero que conoce en una discoteca!». Qué cruel era la vida; y aún gracias, porque habría podido ser peor. Volvió a poner la tele y a tumbarse en el sofá. En el suelo estaba la lata de cerveza sin empezar. La cogió. Ahora ponían dibujos animados, aunque no importaba, a él le gustaban. No tenían hijos, pero mejor; él era un poco infantil en su fuero interno. Los vecinos de arriba, los de los golpes, tenían tres… ¡y aún tenían el morro de decir que ellos hacían ruido!

Vio en el suelo la carta del ayuntamiento que había caído al volcarse la mesa. Nos han llegado quejas… para solventar el problema con los vecinos… etcétera. ¿Tenía él la culpa de que hicieran las paredes tan finas que no podía ni clavarse un taco? Cuando los gilipollas de arriba iban a por su cuarto retoño era como estar con ellos en la cama. Una noche al terminar el asalto él les dedicó un aplauso y no dijeron ni pío, señal de que lo oyeron.

Se preguntó si era quizá precisamente por miedo a que les oyeran que Jayne no quería nada de sexo. Cualquier día se lo pediría; o la obligaría si se negaba, haciéndola llorar un buen rato para que lo oyeran los de arriba y les diera que pensar. Aquella pequeñita de la tele seguro que era chillona y habría que taparle la boca con la mano; con cuidado, eso sí, para dejarla respirar.

Como decía Nic, eso era imprescindible.

– ¿Así que te gusta el fútbol?

Derek Linford había anotado el número de teléfono de Siobhan en el Marina y el sábado le dejó un mensaje en el contestador preguntándole si le apetecía salir a pasear el domingo. Caminaban por el jardín botánico una tarde espléndida; estaban rodeados de parejas, paseando como ellos, aunque no hablaban de fútbol.

– Casi todos los sábados voy al partido -dijo Siobhan.

– Yo creía que en invierno se hacía una especie de pausa -añadió él como para demostrar que estaba enterado.

– Sólo durante la liga de campeones -contestó ella sonriendo por el esfuerzo de Linford-. La temporada pasada el Hibs bajó a primera.

– Ah, sí -dijo él. Llegaron a la altura de un letrero-. Si tienes frío podemos entrar en el invernadero tropical.

Ella negó con la cabeza.

– Estoy bien. Los domingos no hago casi nada.

– ¿No?

– A veces voy a un mercadillo, pero lo normal es que no salga.

– Entonces, ¿no tienes novio? -ella no respondió-. Perdona que te lo pregunte.

– No es ningún pecado -replicó ella encogiéndose de hombros.

– ¿Cómo quieres que con nuestra profesión conozcamos gente?

– ¿Por eso te apuntaste al club de solteros? -preguntó ella mirándole.

– Supongo -respondió él enrojeciendo.

– No te preocupes, no voy a contárselo a nadie.

– Gracias -contestó él con un esbozo de sonrisa.

– De todos modos, tienes razón -prosiguió ella-. ¿Cuándo vamos nosotros a conocer gente? Aparte, claro, de los demás polis.

– Y de los malhechores.

Por el modo de decirlo Siobhan sospechó que no debía de haber conocido a muchos «malhechores», pero asintió con la cabeza.

– Debe de estar abierta la cafetería -dijo él-. Si quieres…

– Tomaré un té y un bollo -dijo ella cogiéndole del brazo-. Una perfecta tarde de domingo.

Pero en la mesa de al lado había un matrimonio con niño hiperactivo y un bebé en cochecito que berreaba. Linford se volvió con el entrecejo fruncido hacia él como si la criatura fuese a portarse bien a la vista de su autoridad.

– ¿Qué es lo que te hace tanta gracia? -preguntó él volviéndose hacia Siobhan.

– Nada -dijo ella.

– Algo será -insistió él comenzando a atacar el café a cucharadas.

Ella bajó la voz para que no les oyeran.

– Sólo me preguntaba si ibas a detenerlo.

– Pues no sería mala idea -replicó él con cara de decirlo en serio.

Pasaron un par de minutos en silencio, después Linford se arrancó a hablar de Fettes, hasta que ella aprovechó una pausa para preguntarle:

– Y fuera del trabajo ¿qué haces?

– Bueno, siempre tengo mucho que leer; libros de texto y revistas. No estoy ocioso.

– Fascinante.

– Es que la mayoría de la gente… -no concluyó la frase y la miró-. Lo decías en plan irónico, ¿no?

Ella asintió con la cabeza sonriendo; él carraspeó y volvió a entretenerse con la cuchara.

– Cambiemos de tema -dijo al fin-. ¿Cómo es John Rebus? Tú eres compañera suya en Saint Leonard, ¿verdad?

Iba a contestarle que aquello no era exactamente cambiar de tema, pero hizo un gesto afirmativo.

– ¿Por qué lo preguntas?

Él se encogió de hombros.

– Porque no parece que se tome en serio lo del comité.

– Es posible que prefiera hacer otras cosas.

– Por lo que he visto de él, estar sentado en un bar fumando, seguramente. Tiene problemas con la bebida, ¿verdad?

– No -respondió ella con cara de palo mirándole a los ojos.

– Perdona -dijo él negando con la cabeza-, no debería haberte preguntado eso. Tú trabajas en su misma división y es lógico que le defiendas.

Ella contuvo una réplica mientras él dejaba ruidosamente la cucharita en el platillo.

– Soy idiota -dijo al tiempo que el bebé berreaba de nuevo-. Es que en este lugar… no puedo pensar como es debido -añadió mirándola-. ¿Nos vamos?

5

El lunes por la mañana Rebus fue al depósito de cadáveres. Cuando hacían una autopsia él solía entrar por la puerta lateral y se dirigía directamente a la sala de observadores; sin embargo el sistema de refrigeración de las instalaciones estaba hecho polvo y ahora hacían las autopsias en un hospital y el depósito servía de simple almacén de cadáveres; pero no había visto ninguna furgoneta Bedford gris en el aparcamiento. A diferencia de otras ciudades, en Edimburgo era el depósito municipal el que hacía el servicio de recogida de los muertos y después intervenían las funerarias. Entró por la puerta de personal y al ver que no había nadie en el «cuarto de naipes», así llamado por ser el lugar en que jugaban a las cartas los empleados en sus ratos libres, se dirigió a la sala de frigoríficos. Dougie, el encargado, estaba con su bata blanca y una carpeta sujetapapeles en mano.

– Dougie -dijo Rebus para que advirtiera su presencia.

Dougie le miró a través de sus gafas de montura metálica fina.

– Buenos días, John -dijo con ojillos alegres. Siempre estaba bromeando con que trabajaba en el centro muerto de Edimburgo.

Rebus arrugó la nariz para hacerle ver lo mal que olía.

– Sí -dijo el hombre-, es por una anciana en muy mal estado; debió de fallecer hace una semana -añadió señalando con la cabeza la sala de descomposición en que guardaban los cadáveres más nauseabundos.

– Bueno, el cadáver que yo vengo a ver es mucho más antiguo.

Dougie asintió con la cabeza.

– Pues llegas tarde porque ya se ha ido.

– ¿Qué se ha ido? -dijo Rebus consultando el reloj.

– Lo trasladaron dos de mis hombres al Western General hará una hora.

– Pensaba que hasta las once no empezaba la autopsia.

– Sí -replicó Dougie encogiéndose de hombros-pero tu colega fue realmente persuasivo, porque ya es difícil conseguir que los dos mosqueteros se salgan de su rutina.

Los dos mosqueteros era el apelativo que daba Dougie al profesor Gates y al doctor Curt. Rebus frunció el entrecejo.

– ¿Un colega mío?

– El inspector Linford -contestó Dougie leyendo el nombre anotado en su lista.

Cuando Rebus llegó al hospital, Gates y Curt realizaban la autopsia al alimón. El profesor Gates decía que él era de huesos grandes, y, desde luego, inclinado sobre aquellos magros restos humanos parecía la antítesis de su colega Curt, que era alto y delgado. Tenía diez años menos que él, y por su insistente carraspeo, daba a los observadores la impresión de que comentaba críticamente el trabajo del profesor, cuando en realidad era consecuencia de que fumaba treinta cigarrillos al día. Los momentos que Curt se veía obligado a pasar en la sala de necropsias eran un tiempo precioso que le apartaban de su vicio. Rebus, que hasta ese momento había estado pensando en otras cosas, sintió de improviso una necesidad imperativa de fumar un cigarrillo.

– Buenos días, John -dijo Gates levantando la vista de los restos.

Debajo del largo delantal de caucho lucía camisa blanca impecable y una corbata de rayas amarillas y rojas. Las corbatas del profesor contrastaban notablemente con el color gris de las instalaciones.

– ¿Ha venido haciendo ejercicio? -preguntó Curt.

Rebus se percató de que lo decía por su respiración agitada y se pasó la mano por la frente.

– No, simplemente…

– Si no lo deja -comentó Gates mirando a Curt- dentro de poco lo veremos en la plancha de mármol.

– Tendría gracia hacer la disección de un tracto digestivo lleno de panecillos y remolacha -añadió Curt.

– Y en un hombre de piel tan dura habría que usar hacha en vez de escalpelo.

Se echaron los dos a reír. No era la primera vez que Rebus maldecía el protocolo de corroboración que exigía la práctica de la autopsia por dos patólogos.

El cadáver, prácticamente piel y huesos, aunque parcialmente desollado, estaba sobre una especie de camilla-bandeja de acero inoxidable al objeto de recoger la sangre, pero aquel cadáver estaba reseco, sin ningún fluido vital, y sólo tenía polvo y telarañas. El cráneo reposaba sobre una plancha de madera inclinada que en otro contexto habría parecido una tabla para un surtido de quesos.

– Hay un tiempo y un lugar para las bromas, caballeros -era la voz de Linford, que, aunque más joven que los patólogos, les hizo callar por el tono en que lo dijo. Linford dirigió acto seguido una mirada a Rebus-. Buenos días, John.

Rebus se acercó a él.

– Bien que me has avisado del cambio de programa -comentó.

– ¿Hay algún problema? -replicó Linford parpadeando.

Rebus le miró.

– No, ningún problema.

Además de ellos dos estaban presentes dos auxiliares del hospital, un fotógrafo de la policía, un miembro de la policía científica y un hombre trajeado de la fiscalía con cara de estar a punto de vomitar. En las autopsias siempre había observadores dedicados a tomar notas según su cometido o a aguantarlas conteniendo los nervios.

– Inicié la necropsia este fin de semana -dijo Gates para los observadores- y puedo afirmar que, a juzgar por el deterioro, nuestro amigo debió de morir entre finales de los setenta y principios de los ochenta.

– ¿Se ha analizado la ropa? -preguntó Linford.

– La hemos enviado a Howdenhall esta mañana -contestó Gates asintiendo con la cabeza.

– Eran unas prendas de hombre joven -añadió Curt.

– O de uno más mayor que pretendía ir a la moda -dijo el fotógrafo.

– Desde luego, en el cabello no se apreciaban canas, aunque ello no sea determinante en sí -dijo Gates mirando al fotógrafo para darle a entender que su comentario no venía a cuento-. El laboratorio precisará más la fecha de la muerte.

– ¿De qué murió? -preguntó Linford.

Gates normalmente castigaba las impaciencias, pero se contentó con lanzar una mirada al joven inspector.

– Fractura craneal -dijo Curt señalando la zona con un bolígrafo-. Claro que podría tratarse de una herida posmortem -su mirada se cruzó con la de Rebus-. Ya veremos con arreglo a los datos que recoja la científica en el escenario del crimen.

– Estamos en ello -dijo el representante de la policía científica anotando algo en su grueso bloc.

Rebus sabía lo que buscarían: el arma del crimen en primer lugar y posibles rastros de sangre. La sangre se pega por todas partes.

– ¿Cómo fue a parar a la chimenea? -preguntó.

– No es problema nuestro -dijo Gates sonriendo a Curt.

– ¿Hay que considerarla una muerte sospechosa? -preguntó el de la fiscalía con voz de barítono en contraste con su baja estatura y delgadez.

– Yo diría que sí, ¿no le parece?

Gates se incorporó ruidosamente un instrumento sobre la bandeja metálica. En ese momento Rebus advirtió que el patólogo sostenía algo en la mano enguantada. Algo arrugado del tamaño de un melocotón.

– Esto es el corazón -dijo Gates examinándolo.

– Usted que no estaba al principio -comentó Curt a Rebus-, sepa que tenía un corte profundo en la piel de la caja torácica. Tal vez las ratas…

– Sí, ratas con puñal -dijo Gates mostrando el órgano a su colega-. Es una incisión de dos centímetros y medio, posiblemente de un cuchillo de cocina, ¿no cree?

– Muerte sospechosa -murmuró el de la fiscalía anotándolo en el bloc.

– Debías haberme avisado -dijo Rebus entre dientes en el aparcamiento del hospital reteniendo a Derek Linford, que quería volver a la Casa Grande.

– Te conozco, John, y sé que no eres de los que trabajan en equipo.

– ¿Qué idea tienes del trabajo en equipo dejándome al margen?

– Escucha, tal vez tengas razón pero no es para ponerse así.

– El caso es nuestro.

Linford abrió la portezuela de su BMW reluciente, aunque era de la serie 3, de momento no estaba mal para él.

– ¿En qué sentido?

– Porque como lo encontramos nosotros, es del CCSPP.

– Pero no está incluido en nuestras competencias.

– Venga, hombre. ¿Quién va a reclamarlo? ¿Tú crees que es admisible para el Parlamento que aparezca un cadáver en su sede?

– Es un asesinato de hace veintitantos años y no creo que a los políticos les vaya a quitar el sueño.

– Quizá no, pero la prensa se abalanzará sobre el caso dándole todo el aura de escándalo que puedan por el pasado siniestro de Holyrood, un Parlamento ensangrentado…

Linford resopló, pero reflexionó un instante y finalmente sonrió.

– ¿Siempre eres tan tozudo?

– Yo opino que Mojama es un caso nuestro.

Linford cruzó los brazos. Rebus sabía que estaba pensando que por tratarse de una investigación relacionada con el Parlamento era un buen camino para conocer a gente importante.

– ¿Cómo lo enfocamos? -preguntó Linford.

Rebus apoyó una mano en el guardabarros del BMW pero la retiró al ver cómo le miraba Linford.

– ¿Cómo fue a parar a la chimenea? Hace veinte años el lugar era un hospital y es de suponer que no se podría entrar por las buenas a derribar una pared y meter allí detrás un cadáver.

– ¿Porque lo habrían advertido los pacientes?

Entonces fue Rebus quien sonrió.

– Porque habrían tenido que escarbar mucho -dijo.

– Tu fuerte, según tengo entendido.

– Ya no -contestó Rebus negando con la cabeza.

– ¿Qué quieres decir?

Rebus pensaba en sus fantasmas, pero no iba a explicárselo.

– ¿Y Grant Hood y Ellen Wylie? -preguntó por cambiar de tema.

– ¿Querrán aceptar?

– No les queda más remedio. ¿No has oído hablar de la jerarquía?

Linford asintió pensativo y subió al coche, pero la mano de Rebus le impidió cerrar la puerta.

– Otra cosa. Siobhan Clarke es amiga mía y quien la moleste me molesta a mí.

– No me digas. Debes de ser temible cuando te enfadas -replicó Linford sonriendo de nuevo pero con frialdad-. No creo que Siobhan te agradezca que salgas en su defensa, y menos cuando todo es pura imaginación tuya. Adiós, John.

Linford puso el motor en marcha, dejándolo al ralentí para atender una llamada del móvil. Transcurrido unos segundos miró a Rebus y bajó el cristal de la ventanilla.

– ¿Dónde has dejado el coche?

– Dos filas más atrás.

– Pues sígueme -dijo Linford que cortó la comunicación y dejó el móvil en el asiento del copiloto.

– ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?

– Han encontrado otro cadáver en Queensberry House -dijo acariciando el volante con las dos manos y mirando el parabrisas-. Pero éste es más reciente.

6

El viernes anterior habían pasado por delante de aquel cenador. Era una de esas casas de madera endeble, había pertenecido al hospital y se hallaba en los jardines, cerca del cerezo de Su Majestad; como el árbol, su destino era desaparecer, y provisionalmente se utilizaba de almacén, aunque como no guardaban nada de valor no tenía candado en la puerta, algo que de poco hubiese servido ya que casi todas las ventanas estaban rotas.

Allí, entre botes de pintura viejos, sacos de cascotes y herramientas rotas, había aparecido el cadáver.

– No debió de pensar que iba a morir así -musitó Linford mirando el revoltijo de objetos y trastos.

La policía acordonaba el cenador y sus inmediaciones y dispersaba a un grupo de obreros con casco. Muchos de ellos se habían apiñado en el tejado de uno de los edificios destinados a la demolición, y disfrutaban de una vista panorámica del asunto. Sus compañeros tal vez quisieran unirse a ellos y el tejado podía hundirse. No era aún mediodía y Rebus recordó escenarios del crimen de otros casos peores, rogando para que aquél no se complicara más. En la caseta de entrada había comenzado el interrogatorio del capataz de las obras y se quejaba de que le faltaban cascos para tanto policía. Rebus y Linford tenían los suyos, los de la científica descargaban todos los artilugios de su especialidad, un médico acababa de certificar la defunción y habían llamado a los patólogos. A causa de las obras en Holyrood Road, la vía había quedado reducida a una sola dirección controlada por semáforos; con la llegada de coches y furgonetas de policía, y el furgón gris del depósito de cadáveres con Dougie al volante, había colas de vehículos y los ánimos de los conductores se caldeaban, a juzgar por el coro de bocinas que ascendía hasta el cielo amoratado.

– Por el frío que hace creo que va a nevar -comentó Rebus, aun sabiendo que la víspera había hecho buena temperatura y tuvieron un chaparrón como en el mes de abril.

– Da igual el tiempo que haga -replicó Linford, que se moría de ganas de entrar en el cenador para ver el cadáver; pero había que conservar intacto el escenario del crimen sin pisarlo demasiado para no borrar huellas, y él lo sabía.

– Dice el médico que tiene destrozado el cráneo por atrás -añadió asintiendo con la cabeza y mirando a Rebus-. Qué coincidencia, ¿no?

Rebus, con las manos en los bolsillos, se encogió de hombros. Aquella mañana sólo había fumado dos cigarrillos y sabía que Linford estaba intentando algo: probaba con una pista rápida. No contento con el ritmo que llevaba su carrera ya veía un caso, uno de los grandes, que le diera fama y le permitiera estar en el candelero de los medios informativos, y con la opinión clamando por un resultado; un resultado que era él, de eso estaba convencido, quien podía ofrecérselo.

– Era candidato de mi distrito -comentó-. Tengo un piso en Dean Village.

– Estupendo.

Linford sofocó una risita incómoda.

– No te apures, en situaciones como ésta todos decimos chorradas por pasar el tiempo -dijo Rebus.

Linford asintió con la cabeza.

– Dime una cosa -prosiguió Rebus-. ¿En cuántos casos de homicidio has intervenido?

– No irás a decirme eso de que yo he visto más cadáveres que tú películas.

– Es simple curiosidad -replicó Rebus encogiéndose de hombros.

– No creas que he estado toda mi vida en Fettes -añadió Linford cambiando el peso de un pie a otro-. Dios, a ver si terminan ya.

Aún no habían levantado el cadáver, el cadáver de Roddy Grieve. Lo habían identificado porque al registrarle los bolsillos encontraron su cartera, pero también porque su rostro era reconocible; aunque sus ojos estaban apagados, Roddy Grieve era un personaje importante e incluso muerto conservaba el aire de ser alguien: un Grieve, un miembro del «clan», como llamaban a su familia. En cierta ocasión un entrevistador entusiasta había llegado a calificarla de primera familia de Escocia, observación absurda, pues todo el mundo sabía que la primera familia de Escocia eran los Broon.

– ¿De qué te ríes?

– De nada -respondió Rebus.

Apagó el cigarrillo y guardó la colilla en el paquete por temor a tirarla y contaminar el escenario del crimen. Sintió el irreprimible deseo de echar un trago, tal como había sugerido Bobby Hogan el viernes antes de que apareciese el esqueleto de la chimenea. Le apetecía tomarse unas copas sin prisas recordando y explicando viejas historias, sin cadáveres enterrados en las paredes ni en los cenadores. Unas copas en un universo paralelo donde no existiera la crueldad entre seres humanos.

El comisario Watson, hablando de crueldad y de tortura mental, hizo en ese momento su aparición; entornó los ojos al verle, como quien hace puntería.

– A mí no me eche la culpa, señor -dijo Rebus anticipándose a un posible comentario.

– Dios, John, ¿es que no puede estar sin meterse en líos?

Lo decía medio en serio medio en broma. A Watson le quedaban unos meses para jubilarse y ya había advertido a Rebus que deseaba tranquilidad en su recta final. Rebus alzó las manos como rindiéndose y le presentó a Derek Linford.

– Ah, sí, Derek, he oído hablar de usted -dijo Watson tendiéndole la mano; el apretón se alargó, como si estuvieran midiéndose.

– Señor -interrumpió Rebus-, el inspector Linford y yo… Bien, creemos que el caso es de nuestra competencia por el hecho de estar a cargo de la seguridad en el Parlamento y tratarse del homicidio de un candidato parlamentario.

– ¿Se conoce la causa de la muerte? -preguntó Watson haciendo caso omiso de la reivindicación de Rebus.

– Todavía no, señor -se apresuró a contestar Linford.

Rebus estaba sorprendido del cambio operado en el joven inspector, que se rebajaba servil para congraciarse con el Gran Jefe. Todo calculado, claro; pero Rebus dudaba mucho de que Watson lo advirtiese, o quisiera advertirlo.

– El médico ha mencionado un trauma craneal. Curiosamente, lo mismo que el cadáver descubierto en la chimenea. Fractura craneal y puñalada -añadió Linford.

– Pero sin puñalada en este caso -comentó Watson asintiendo despacio con la cabeza.

– No, señor -terció Rebus-, pero es igual.

– ¿Cree que voy a permitirle encargarse de un caso como éste?

Rebus se encogió de hombros.

– Si quiere, le enseño a usted la chimenea -dijo Linford.

Rebus pensó si lo que se proponía Linford no sería suavizar la situación, pues sólo a través del CCSPP podía acceder a la investigación del caso, junto con él, naturalmente.

– Quizá más tarde, Derek -contestó Watson-. A nadie va a preocuparle un esqueleto polvoriento y mohoso teniendo ahora el asesinato de Roddy Grieve.

– No tan mohoso, señor -terció Rebus-. Y habrá que investigarlo.

– Naturalmente -le cortó Watson-, pero hay prioridades, John. Incluso usted tiene que entenderlo -Watson estiró el brazo con la palma de la mano hacia arriba-. Maldita sea, ¿ahora se pone a nevar?

– Así se marcharían muchos curiosos -dijo Rebus.

Watson gruñó corroborando el comentario.

– Bueno, ya que nieva, podría enseñarme esa chimenea, Derek.

Derek Linford pareció derretirse de gusto y encabezó la marcha hacia el edificio dejando a la fría intemperie a Rebus, que encendió sonriente un cigarrillo. Que Linford se trabajase a Watson… Así lograrían que les encomendase los dos casos y tendría trabajo de sobra para pasar las semanas más grises del año y una excusa perfecta para olvidar la Navidad un año más.

7

La identificación era puro formalismo, aunque imprescindible. El público accedió al depósito de cadáveres por el instituto Wynd para encontrarse inmediatamente ante una puerta con el rótulo de sala de identificación. Había algunas sillas, pero quienes optaran por quedarse en pie sólo podían dar unos pasos hasta un mostrador tras el cual había un maniquí sentado con bata blanca y bigote pintado a lápiz, extraña muestra de humor dadas las circunstancias.

Pasaría un tiempo antes de que Gates y Curt pudieran practicar autopsias pero, como le comentó Dougie a Rebus, en las cámaras frigoríficas había sitio de sobra. No sucedía igual en la zona de espera ante la sala de Identificación, donde aguardaban la viuda de Roddy Grieve con la madre y la hermana del difunto. Esperaban a su hermano Cammo, que llegaba en avión desde Londres. Una regla tácita prohibía la entrada de periodistas al depósito por mucho interés que presentara el caso, pero ya había unos buitres de los más carro-ñeros al acecho en la acera de enfrente. Rebus salió a fumar un cigarrillo y se les acercó. Eran dos periodistas y un fotógrafo, jóvenes, delgados y con poca predisposición a observar las reglas. Al reconocerle cambiaron el peso de un pie a otro pero sin moverse del sitio.

– Voy a preguntarlo cortésmente -dijo Rebus sacando un cigarrillo; lo encendió y después les ofreció la cajetilla, pero los tres rehusaron.

Uno de ellos jugueteaba con su móvil, comprobando si había mensajes en la diminuta pantalla.

– ¿Puede darnos alguna noticia, inspector Rebus? -preguntó el segundo periodista.

Rebus le miró fijamente y comprendió de inmediato que iba a ser inútil hacerle entrar en razón.

– Una noticia oficiosa, si quiere -insistió el joven.

El periodista sacó una grabadora del bolsillo de la chaqueta.

– Acérquese más, por favor.

El periodista se acercó y conectó el aparato.

Rebus comenzó a hablar vocalizando con todo esmero, despacio y claro, hasta que al cabo de ocho o nueve palabras el periodista apagó la grabadora y se le quedó mirando con una sonrisa ambigua, mezcla de desprecio y rencor. Detrás de él, sus colegas no levantaban los ojos del suelo.

– ¿Quieres que te deletree alguna palabra? -preguntó Rebus antes de darse media vuelta y cruzar la calle para volver al depósito.

Había terminado la identificación y el papeleo, los miembros de la familia parecían estar petrificados. Hasta a Linford se le veía un tanto impresionado. Quizá era otra de sus actuaciones. Rebus se acercó a la viuda.

– Podemos disponer un par de coches para ustedes.

– No, gracias -replicó ella sorbiéndose las lágrimas-. Muy amable -añadió parpadeando para fijarse bien en él-. Esperamos un taxi.

En aquel momento se les acercó la hermana del difunto, pero la madre siguió sentada en una de las sillas con rostro imperturbable y muy tiesa.

– Si te parece bien, madre tiene una funeraria que puede encargarse de todo -dijo Lorna Grieve a la viuda, pero fue Rebus quien contestó.

– Comprenderá usted que no se puede aún entregar el cadáver.

Ella le miró con aquellos ojos que él había visto tantas veces en periódicos y revistas: los ojos de la modelo Lorna Grieve, ahora ya casi cincuentona. Rebus la conocía desde finales de los sesenta, cuando ella no tenía ni veinte años, salía con estrellas del rock y ya corrían rumores de que había provocado la separación de más de un grupo famoso. Melody Maker y New Musical Express publicaban fotos de ella con el cabello largo y rubio, delgada hasta el punto de la escualidez. Desde entonces había engordado bastante y ahora llevaba una melena más corta y más oscura, pero conservaba el aura de antaño, pese al lugar y a las circunstancias.

– ¡Sepa que somos la familia! -exclamó.

– Lorna, por favor -terció su cuñada.

– ¿Acaso no es verdad? Sólo nos faltaba que un mequetrefe presuntuoso con carpeta venga a decirnos…

– Creo que me confunde usted con un empleado de aquí -la interrumpió Rebus.

– ¿Pues, quién demonios es, si no? -replicó ella mirándole y entornando los ojos.

– Es el policía -dijo Seona Grieve-. Quien tiene que… -añadió sin poder terminar la frase, lanzó un suspiro.

Lorna Grieve resopló y señaló a Derek Linford, que, sentado al lado de la madre del difunto, Alicia, se inclinaba en aquel momento sobre ella y le apoyaba la mano en la espalda.

– El agente que investiga el asesinato de Roddy es aquél -comentó Lorna dando un apretón en el hombro a su cuñada-. Es con ése con quien debemos tratar y no con este mono -dijo con una mirada final a Rebus.

Rebus la vio acercarse a las sillas pero la viuda permaneció a su lado balbuciendo alguna cosa ininteligible en voz baja.

– Lo siento -repitió ella.

Rebus asintió con la cabeza y sonrió mientras acudían a su mente diversas respuestas tópicas, pero se frotó la frente borrándolas.

– ¿Quiere usted interrogarnos? -preguntó ella.

– Cuando les venga bien.

– Roddy no tenía enemigos… que yo sepa -añadió ella como si hablase consigo misma-. Es lo que siempre preguntan en la tele, ¿no?

– Habrá que investigar -comentó Rebus, que no apartaba los ojos de Lorna Grieve, ahora en cuclillas delante de su madre.

También Linford la miraba sin perderse ningún detalle. En aquel momento se abrió la puerta y asomó por ella una cabeza.

– ¿Han pedido un taxi?

Rebus vio a Derek Linford acompañar a Alicia Grieve a la salida. Era astuto: se congraciaba no con la viuda sino con la matriarca. Linford reconocía el poder cuando lo veía.

Dejaron transcurrir unas horas antes de ir a Ravelston Dykes a hablar con la familia.

– ¿Qué te parece? -preguntó Linford.

A Rebus, por el tono, le dio la impresión de que se refería al BMW.

Rebus se limitó a encogerse de hombros. Habían conseguido entre los dos que les asignaran para aquel homicidio una sala en Saint Leonard, la comisaría más próxima al lugar del crimen. No era todavía un caso de homicidio pero sabían que se daría curso a la investigación en cuanto tuvieran los resultados de la autopsia.

Habían llamado a Joe Dickie y a Bobby Hogan y Rebus se había puesto en contacto con Grant Hood y Ellie Wylie, que se habían prestado a colaborar en el caso de Mojama. «Será un reto», dijeron cada uno por su lado. Tendrían que contar con la aprobación de los jefes, pero Rebus no pensaba que hubiera problemas y propuso a Hood y Wylie que elaboraran juntos un plan de ataque.

– ¿A quién tenemos que presentar los informes de las investigaciones? -preguntó Wylie.

– A mí -dijo él cuidándose de que Linford no le oyera.

El BMW redujo a segunda al aproximarse al semáforo en ámbar. De haber ido él al volante casi seguro que habría acelerado antes de que se pusiera rojo. Puede que yendo solo, no, pero si hubiese llevado a alguien, lo habría hecho para impresionar. Y apostaría algo a que Linford también lo hacía. Además de detenerse ante el semáforo, Linford puso el freno de mano y se volvió hacia él.

– Era analista de inversiones, candidato laborista y miembro de una familia prominente. ¿Tú qué dices?

Rebus volvió a encogerse de hombros.

– Yo simplemente he leído los artículos de prensa; igual que tú. La gente no siempre está de acuerdo con el método de nombramiento de los candidatos.

– Algún rencoroso, quizá -añadió Linford asintiendo con la cabeza.

– Lo averiguaremos. Quién sabe si no fue un atraco que acabó mal.

– O se trata de alguna historia extramatrimonial. Rebus le miró y vio que fijaba la atención en el semáforo con los dedos sobre el freno de mano.

– A ver si los de la científica hacen un milagro.

– ¿Recogiendo huellas dactilares y fibras? -comentó Linford escéptico.

– Como había mucho barro, es posible que encuentren huellas de pisadas.

El semáforo se puso verde y, sin coches delante, el BMW cambió rápidamente de marchas.

– El jefe ya me ha informado -dijo Linford; Rebus supo que no se refería a ningún mando intermedio sino al superior del comisario-. Colin Carswell, el ayudante del jefe de policía de Fettes quiere formar un equipo especial, algo de gran calibre.

– ¿Con la Brigada Criminal?

Linford se encogió de hombros.

– Algo selecto. No sé lo que tiene en mente.

– ¿Tú que le has dicho?

– Que estando yo encargado no tiene por qué preocuparse.

Linford no pudo por menos de volverse a observar cómo reaccionaba Rebus, quien, a su vez, hizo ingentes esfuerzos por permanecer imperturbable. En todos los años que llevaba en el Cuerpo él no habría hablado más de un par de veces con el ayudante del comisario. Linford sonrió consciente de que había hecho mella en Rebus a pesar de su exterior impasible.

– Claro que -prosiguió-, cuando le mencioné que el inspector Rebus iba a ayudar…

– ¿Ayudar? -replicó Rebus irritado, y sólo en ese momento se percató de que Linford también había dicho que él estaría al mando del caso.

– … no quedó muy convencido -continuó Linford sin hacerle caso-. Pero yo le dije que te portarías bien y que trabajábamos bien juntos. Eso es lo que quiero decir con lo de ayudar: tú me ayudas a mí y yo te ayudo a ti.

– Pero tú estás al mando.

Aparentemente a Linford le complació oír repetida su propia frase. Había dado en el blanco.

– Es tu propio jefe quien no quiere que intervengas en el caso, John. ¿Por qué?

– ¿A ti qué te importa?

– Todos lo saben, John. Tu fama te precede.

– ¿Y contigo al mando la situación va a cambiar? -preguntó Rebus.

Linford se encogió de hombros y no dijo nada; luego se movió en su asiento.

– Para ampliar esta agradable conversación -añadió- quizá te apetezca saber que esta noche salgo con Siobhan. Pero no te preocupes, la dejaré en su casa a las once.

Roddy Grieve y su esposa vivían en Cramond pero la viuda les había confiado que se quedaba en casa de su suegra para hacerle compañía. El caserón, que se alzaba solo situado al fondo de una calle estrecha tenía un aire irregular, quizá debido a sus tejados inclinados o a los relieves en piedra del dintel. No había coches en el camino de entrada y las cortinas de todas las ventanas estaban echadas, como precaución ante un grupo de periodistas y cámaras de un Audi 8o plateado, aparcado frente a la casa. Seguramente estarían en camino también los equipos de televisión. Rebus estaba convencido de que el caso Grieve iba a suscitar interés.

Linford llamó al timbre.

– Bonita casa -dijo.

– Yo me crié en una parecida -dijo Rebus-. Estaba al fondo de un callejón -añadió.

– Y ahí acaba la similitud -añadió Linford.

Les abrió un hombre que llevaba un abrigo de pelo de camello y solapas marrón oscuro; bajo el abrigo, desabrochado, se veía un traje de raya diplomática y camisa blanca desabotonada en el cuello. De su mano izquierda colgaba una corbata negra.

– ¿Señor Grieve? -preguntó Rebus, que conocía de sobra por la televisión a Cammo Grieve.

En persona resultaba más alto y distinguido, aun en aquellas circunstancias. Tenía las mejillas sonrosadas por el frío o por las copas que hubiera tomado en el avión, y su pelo entrecano estaba algo revuelto.

– ¿Son de la policía? Pasen.

Entraron en el vestíbulo, Linford detrás de Rebus. Había cuadros y dibujos por doquier, no sólo en las paredes, paneladas de madera, sino también en el suelo, apoyados en los zócalos. En el último peldaño de la escalera de piedra se apilaban montones de libros, y, bajo un perchero cargado de abrigos, varios pares de botas de goma de hombre y de mujer polvorientas, todas negras, y unos bastones en el paragüero, además de varios paraguas colgados en la barandilla. En la mesita del teléfono había también un tarro de miel abierto junto a un contestador automático sin enchufar; ni rastro del teléfono. Cammo Grieve parecía encontrarse en su ambiente.

– Excusarán que esté todo… -dijo-. Bueno, ustedes ya me entienden -añadió atusándose hacia atrás el cabello.

– Naturalmente, señor -comentó Linford en tono deferente.

– De todos modos, voy a darle un consejo -dijo Rebus aguardando a que el diputado le prestara atención-. Se podría presentar cualquiera haciéndose pasar por policía. No olvide pedirles que se identifiquen antes de entrar.

Cammo Grieve asintió con la cabeza.

– Ah, sí, claro. El cuarto poder. Son casi todos unos hijos de su madre, pero que quede entre nosotros -añadió mirando a Rebus.

Rebus se limitó a hacer un gesto afirmativo pero Linford sonrió exageradamente ante aquel intento de frivolizan

– Yo no salgo de mi… -la expresión de Grieve se endureció-. Espero que la policía no escatime esfuerzos para resolver el caso. Si llega a mi conocimiento que limitan recursos… Aunque ya sé cómo está la cosa actualmente, presupuestos ajustados y todo eso. La política laborista, ya saben.

Rebus vio el peligro de que les largara un discurso electoral y le interrumpió.

– Bien, señor, creo que aquí, hablando, no vamos a resolver nada.

– Me parece que no voy a llevarme bien con usted -dijo Grieve entornando los ojos-. ¿Cómo se llama?

– Se llama Hombre mono -la voz llegó desde una puerta ante la que apareció Lorna Grieve con dos vasos de whisky. Tendió uno a su hermano para hacerlo chocar con el suyo antes de dar un trago-. Y éste es el organillero.

– Soy el inspector Rebus y él es mi compañero, el inspector Linford -dijo Rebus.

Linford se volvió a examinar en la pared un grabado que le había llamado la atención por tratarse de unas simples líneas manuscritas.

– Es un poema que Christopher Murray Grieve dedicó a nuestra madre -dijo Lorna Grieve-. Pero no vaya a pensar que es de nuestra familia.

– Se trata de Hugh MacDiarmid -añadió Rebus al ver que Linford se quedaba en ayunas, aunque su explicación tampoco sirvió de nada.

– El Hombre mono es inteligente -dijo Lorna con un gorjeo advirtiendo en ese momento el tarro de miel en la consola-. Ah, mira dónde está. Le diré un secreto, Hombre mono -añadió volviéndose hacia Rebus y encarándosele. Rebus miró aquellos labios que tantas veces de joven había besado en fotografías de revistas. Olían a whisky caro, un perfume que él sabía apreciar, pero su voz era áspera y tenía mirada de borracha-. Nadie sabe que existe este poema; es un ejemplar único que el poeta regaló a nuestra madre.

– Lorna… -dijo Cammo Grieve poniendo una mano en la nuca de su hermana, pero ella se la apartó-. No tiene perdón que estemos aquí con una copa y nuestros invitados no -añadió invitándoles a pasar a un salón también recubierto de paneles de madera en el que sólo vieron algunos cuadros pequeños colgados de un riel.

Había dos sofás y dos sillones, un televisor y un tocadiscos. El resto eran montones de libros en el suelo, embutidos en estantes y llenando los espacios entre las macetas del alféizar de la ventana. Lo alumbraban arañas de tres bombillas con sólo una encendida. Rebus cogió del sofá un montón de tarjetas de felicitación de cumpleaños; alguien había decidido que ya no era momento para celebraciones.

– ¿Cómo está la señora Grieve? -preguntó Linford.

– Mi madre descansa -contestó Cammo Grieve.

– Me refería a la esposa de su hermano, el señor Grieve.

– Seona, quiere decir -terció Lorna Grieve dejándose caer en uno de los sofás.

– También descansa -dijo Cammo Grieve acercándose a la chimenea de mármol y haciendo un gesto hacia el hueco del hogar convertido en botellero-. Ya no la encendemos -comentó-, pero bien se podría…

– Enciéndenos el estómago -gruñó su hermana-. Por Dios, Cammo, ése ya hace tiempo que se apagó -añadió poniendo los ojos en blanco.

El rubor volvió a colorear las mejillas del diputado, esta vez de ira. Quién sabe si sus colores al abrirles la puerta no eran de disgusto. Desde luego, Lorna Grieve se las pintaba sola para soliviantar a cualquiera.

– Tomaré un Macallan -dijo Rebus.

– Tiene buen gusto -comentó Cammo Grieve haciéndolo sonar como un cumplido-. ¿Y usted, inspector Linford?

A Rebus le sorprendió que Linford pidiera un Springbank. Grieve sacó vasos de un armarito y sirvió generosamente.

– No les ofenderé preguntándoles si quieren agua -dijo tendiéndoles las bebidas-. Pero siéntense, por favor.

Rebus se acomodó en uno de los sillones, Linford en el otro y Cammo Grieve fue a sentarse en el sofá al lado de su hermana, incomodada por la intrusión. Bebieron en silencio durante un rato hasta que en el bolsillo de Cammo sonó un pitido y se levantó, sacó el móvil y fue a la puerta.

– Diga. Sí. Lo siento, pero comprenderá que… -comenzó a decir cerrando la puerta tras él.

– Bueno -dijo Lorna Grieve-, ¿qué habré hecho yo para merecer esto?

– ¿Merecer, qué, señora Cordover? -preguntó Linford.

Ella lanzó un bufido.

– Inspector Linford -dijo Rebus pausadamente-, creo que es una alusión al par de inútiles que somos nosotros. ¿No es así, señora Cordover?

– Mi nombre es Lorna Grieve -replicó ella con mirada ponzoñosa, no mortal, pero sí suficiente para intimidar a su presa. Por lo menos ya no era borrosa y la dirigía a Rebus-. ¿Usted y yo nos conocemos? -preguntó.

– No creo -respondió él.

– Es que como me mira de ese modo…

– ¿De qué modo?

– Como muchos fotógrafos que he conocido: con ojos sórdidos sin carrete en la cámara.

Rebus ocultó una sonrisa con el vaso de whisky.

– Yo era un gran admirador de Obscura -dijo.

– ¿El grupo de Hugh? -preguntó ella; su voz se suavizó un tanto y abrió más los ojos.

Rebus asintió con la cabeza.

– En la portada de uno de sus discos aparecía usted.

– Dios, ya lo creo. Parece que ha pasado un siglo. ¿Cómo se llamaba…?

– Repercusiones continuas.

– Dios mío, sí, creo que sí. El último que grabaron, ¿verdad? A mí nunca me gustó, ¿sabe?

– ¿En serio?

Habían iniciado los dos una conversación. Linford quedaba fuera del ángulo de visión de Rebus y si éste se concentraba en Lorna Grieve era como si el joven inspector fuese un simple efecto luminoso.

– Obscura -repitió Lorna rememorando-. Ese nombre fue idea de Hugh.

– ¿Por la Cámara Obscura que hay cerca del castillo?

– Sí, pero no creo que Hugh la conozca. Él eligió el nombre por otra razón. ¿Conoce a Donald Cammell?

Rebus se quedó en blanco.

– Ese director de cine que hizo Performance.

– Ah, sí, claro.

– Nació allí.

– ¿En la Cámara Obscura?

Lorna Grieve asintió con la cabeza y le dirigió una sonrisa casi cálida.

Linford carraspeó.

– Yo conozco la Cámara Obscura -dijo-. Impresiona verla.

Se hizo un silencio y Lorna Grieve volvió a sonreír a Rebus.

– Él no tiene la menor idea de lo que estamos hablando, ¿verdad, Hombre mono?

Rebus asintió con la cabeza y en ese momento regresó Cammo. Se quitó el abrigo y se quedó en chaqueta. No hacía mucho calor allí, pensó Rebus. Aquellas casas antiguas tenían calefacción central pero no había doble vidrio en las ventanas, sus techos eran altos y siempre había corrientes. Tal vez no fuera mala idea devolver al pequeño bar su uso primitivo.

– Perdonen la interrupción -dijo Cammo-. Por lo visto a Tony Blair le afectó la noticia.

– Tony Blair -resopló Lorna-. No me fío de él ni un pelo -miró a su hermano-. Seguro que ni te conoce. Roddy habría sido un parlamentario dos veces mejor que tú. ¡Él, además, tuvo las agallas de presentarse al parlamento escocés para poder hacer algo desde allí!

El tono de su voz subió, lo mismo que el color a las mejillas de su hermano.

– Lorna, no te alteres -dijo.

– ¡Conmigo no te pongas paternalista!

El diputado les miró intentando convencerles de que allí no había nada de qué preocuparse, nada que le importase al mundo exterior.

– Lorna, verdaderamente creo…

– ¡Todo cuanto ha sucedido estos años en nuestra familia es culpa tuya! -prosiguió ella casi histérica-. ¡Papá hizo lo imposible por odiarte!

– ¡Basta!

– ¡Y pensar que el pobre Roddy aspiraba a ser como tú! Y luego lo de Alasdair…

Cammo Grieve alzó la mano en un amago de bofetada pero ella se apartó hacia atrás chillando. De improviso apareció alguien en la puerta; temblaba levemente y se apoyaba en un bastón negro. A su espalda, en el vestíbulo, había otra figura sujetándose el cuello de la bata.

– ¡Callaos ahora mismo! -gritó Alicia Grieve golpeando con fuerza en el suelo con el bastón.

Detrás de ella, Seona Grieve parecía una imagen de alabastro sin sangre en las venas.

8

– Ni siquiera sabía que aquí había un restaurante -dijo Siobhan mirando a su alrededor-. Huele a pintura.

– Es que sólo lleva abierto una semana -dijo Derek Linford sentándose frente a ella.

Estaban en el restaurante Tower, en la última planta del Museo de Escocia de Chambers Street. Tenía terraza, pero nadie cenaba al aire libre en una noche de diciembre. Su mesa, junto a la ventana, tenía vistas al juzgado y al castillo y permitía apreciar el brillo de la escarcha en los tejados.

– Es el mismo dueño del Witchery -añadió él.

– Sí que hay gente -dijo Siobhan mirando las otras mesas-. A aquella mujer la conozco. ¿No es la de los artículos gastronómicos del periódico?

– Nunca los leo.

– ¿Cómo te enteraste? -preguntó ella mirándole.

– ¿De qué?

– De este sitio.

– Ah -respondió él examinando la carta-, me lo mencionó un tío de Escocia Histórica.

Ella sonrió por lo de «tío» y pensó que Linford debía de tener su edad o quizá un año o dos menos, pero era tan conservador vistiendo -con el traje oscuro, la camisa blanca y una corbata azul-, que parecía mayor. Quizá por ello despertaba simpatías en los jefazos de la Casa Grande. Ante su invitación a cenar, el primer impulso de ella había sido no aceptar, pues en el Botánico no habían congeniado precisamente, pero al mismo tiempo le picó la curiosidad por si aprendía algo de él, ya que de su mentora, la inspectora jefe Gill Templer, poca enseñanza sacaba; estaba demasiado ocupada en demostrar a sus colegas masculinos que no era menos que ellos, cuando la verdad era que valía mucho más que cualquiera de los jefes que había conocido Siobhan. Pero Gill Templer no parecía saberlo.

– ¿Fue ese tío el que descubrió el cadáver en Queensberry House?

– Ese -contestó Linford-. ¿Hay algún plato que te apetezca?

Cualquier otro hombre habría aprovechado la pregunta de ella para seguir tratando de ligársela, pero Linford seguía mirando la carta como si fuese la prueba pericial de algún crimen.

– No suelo comer carne -dijo Siobhan-. ¿Qué novedades hay en el caso de Roddy Grieve?

Llegó la camarera a tomarles nota y Linford se aseguró de que Siobhan no tenía que conducir para pedir una botella de vino blanco.

– ¿Has venido a pie? -preguntó.

– En taxi.

– Habría debido preguntarte si querías que pasara a recogerte.

– No tenías por qué. Bueno, ¿qué hay del caso de Roddy Grieve?

– Vaya hermana que tiene -dijo Linford negando con la cabeza al recordar.

– ¿Lorna? Me encantaría conocerla.

– Es un monstruo.

– Un bello monstruo -Linford se encogió de hombros como si la belleza le dejara indiferente-. A mí no me importaría en absoluto estar como ella cuando llegue a su edad -añadió Siobhan.

Linford toqueteó el vaso de vino. No sabía si ella buscaba un cumplido. Quizá.

– Me pareció que hacía buenas migas con tu guardaespaldas -comentó.

– ¿Mi, qué?

– Rebus, ése que no quiere que te vea.

– Estoy segura de que…

Linford se incorporó recostándose en la silla.

– Bah, perdona. Olvida el comentario.

Siobhan ya no sabía a qué atenerse, indecisa ante la clase de señales que supuestamente le enviaba Linford. Optó por sacudirse unas migas inexistentes del despampanante traje de terciopelo y mirarse las rodillas por si sus medias negras tenían alguna carrera. De carreras, nada. ¿Sería que a él le ponía nervioso que estuviera sin abrigo, con los brazos y los hombros al aire?

– ¿Sucede algo? -preguntó.

El negó con la cabeza mirando a todas partes menos a ella.

– Es que… nunca había salido con nadie del trabajo.

– ¿Salido?

– Bueno, salir a cenar. He ido a cenas oficiales, pero nunca… -la miró a los ojos- así, a solas, como ahora.

– Es una simple cena, Derek -replicó ella sonriendo, y se arrepintió de inmediato. ¿No esperaría él algo más que una simple cena?

Sin embargo, él pareció relajarse un poco.

– La casa es también muy rara -dijo él como si no hubiese dejado de pensar en la familia Grieve-. La tienen llena de cuadros, revistas y libros y la madre del difunto vive sola, aunque en mi opinión mejor estaría en un asilo al cuidado de alguien.

– La madre es pintora, ¿no?

– Era. No creo que siga pintando.

– He leído en los periódicos que sus obras se cotizan bastante.

– A mí me parece que está algo gaga, pero claro, acaba de perder a un hijo y no soy quién para juzgar -añadió preguntándole con la mirada qué tal lo estaba haciendo. Vio que ella le animaba con los ojos a continuar-. También estaba Cammo Grieve.

– Dicen que es un calavera.

– Yo le encontré algo gordo -replicó Linford aturdido. -No que sea una calavera, sino un mujeriego de poco fiar.

Ella sonrió pero él se tomó en serio la afirmación.

– Ah, sí, poco de fiar, claro -repitió pensativo-. A saber de qué hablaban ellos.

– ¿Quiénes?

– Rebus y Lorna Grieve.

– De música rock -dijo Siobhan recostándose en el respaldo de la silla para que la camarera sirviera el vino.

– Pues sí, hablaron un buen rato -dijo Linford mirándola fijamente-. ¿Cómo lo sabías?

– Es que ella se casó con un productor discográfico y a John le encanta ese mundillo. Conectaron de inmediato.

– Ahora comprendo que seas del DIC.

Ella se encogió de hombros.

– Es seguramente el único que yo conozco que pone Wishbone Ash en los servicios de vigilancia.

– ¿Quiénes son Wishbone Ash?

– ¿Lo ves?

Después del primer plato Siobhan volvió a preguntarle sobre el caso Roddy Grieve.

– Estamos hablando de una muerte sospechosa, ¿verdad?

– No se ha hecho aún la autopsia, pero es sospechosa, desde luego, porque no se suicidó ni parece accidente.

– Un político asesinado -comentó Siobhan chasqueando la lengua.

– Todavía no había entrado en política. Simplemente era un analista de inversiones candidato al Parlamento.

– Lo que dificulta aún más discernir el móvil del crimen. Linford asintió con la cabeza.

– Pudo ser un cliente resentido por una mala inversión de Grieve.

– Sin contar a los candidatos relegados por el partido en el nombramiento.

– Tienes razón; la rivalidad es muy fuerte.

– Y no hay que olvidar la familia a que pertenecía.

– Es una manera de hacerles daño -añadió Linford, todavía asintiendo.

– O quizá sólo estaba en el lugar equivocado, etcétera.

– ¿Que se le hubiese ocurrido ir a echar una ojeada a la sede parlamentaria, lo atracaron y el asunto se les fue de las manos? -dijo Linford con un bufido-. Hay muchos móviles posibles.

– Que habrá que considerar.

– Sí -dijo Linford no muy contento ante la perspectiva-. Va a ser un trabajo largo y difícil.

Por el tono, parecía que trataba de convencerse de que aquello valía la pena.

– Entre tú y yo, en John se puede confiar, ¿no?

Siobhan reflexionó un instante y asintió despacio con la cabeza.

– Cuando hace presa en algo no lo suelta -añadió.

– Eso me han dicho, que no sabe aflojar la mano -su comentario no sonó precisamente a elogio-El ayudante del jefe de policía quiere que yo dirija el caso. ¿Cómo crees que se lo tomará John?

– No lo sé.

– No pasa nada -añadió él con una risa fallida-. No voy a decirle que hemos hablado de él.

– No es por eso -replicó ella, consciente de que en parte sí lo era-. Es que verdaderamente no lo sé.

– Da igual -Linford parecía decepcionado.

Pero Siobhan sabía que sí le importaba.

Nic Hughes iba en coche por las calles de la ciudad con su amigo Jerry, que no dejaba de preguntarle adonde se dirigían.

– Por Dios bendito, Jerry, pareces un disco rayado.

– Es que me gustaría saberlo.

– ¿Y si te digo que no vamos a ningún sitio?

– Es lo mismo que me contestaste antes.

– ¿Y hemos llegado a algún sitio? -Jerry no acababa de entenderle-. No. Porque sencillamente vamos en coche, y eso, a veces, es divertido.

– ¿Qué?

– Anda, calla, por favor.

Jerry Lister miró por la ventanilla. Habían llegado hasta la circunvalación, para cruzar Gyle y ahora iban camino de Queensferry Road; pero Nic, en vez de volver hacia el centro, se había desviado hacia Muirhouse y Pilton. Vieron a un tipo orinando en una farola y Jerry dijo «ahora verás», bajó el cristal de la ventanilla y al pasar por delante del hombre lanzó un grito espeluznante y se echó a reír mirando por el retrovisor. El tipo soltaba tacos.

– Jerry, aquí son muy mala gente -le advirtió Nic como si él no lo supiera.

A Jerry le gustaba el coche de Nic, un Sierra Cossworth negro reluciente. Al pasar junto a un grupo de chavales, Nic tocó el claxon y les saludó con la mano como si los conociera y ellos miraron atentamente coche, conductor y pasajero.

– Jer, esos chicos, por un coche como éste, serían capaces de matar. Lo digo en serio; se cargarían a su abuela por dar una vuelta en él.

– Entonces será mejor que no te quedes sin gasolina.

Nic le miró.

– Les podríamos, colega -dijo bravucón, por efecto del speed en su organismo y de llevar la cazadora de ante azul-. ¿Que no? -añadió aminorando la marcha y levantando el pie del acelerador-. ¿Quieres que volvamos y…?

– Anda, sigue, ¿vale?

Después hubo unos momentos de silencio; Nic, en las rotondas, acariciaba el volante.

– ¿Vamos a Granton?

– ¿Quieres ir?

– ¿Allí qué hay? -preguntó Jerry.

– Yo no lo sé; eres tú quien lo ha dicho -replicó con una mirada maliciosa-. Damas de la noche, Jer, ¿es eso? ¿Quieres probar con otra? -añadió con la lengua fuera-. Yendo los dos no querrán subir al coche. Las damas de la noche son desconfiadas. Quizá si tú te escondes en el maletero, yo subo a una, la llevo al aparcamiento… Y para los dos, Jer.

– Creí que habíamos decidido… -dijo Jerry Lister humedeciéndose los labios. -¿Decidido, qué?

– Ya sabes -contestó Jerry en tono preocupado.

– Me falla la memoria, colega -replicó Nic dándose un golpecito en la frente-. Es la bebida. Bebo para olvidar y se ve que funciona -añadió con cara de ira cambiando de velocidad-. Sólo que olvido lo que no debo.

– Déjala que se vaya, Nic -dijo Jerry volviéndose hacia él.

– Es fácil de decir -replicó él enseñando los dientes. Se le veían en la comisura de los labios restos de polvillo blanco-¿Sabes lo que me dijo, colega? ¿Sabes lo que me dijo?

Jerry no quería oírlo. El coche de James Bond tenía un dispositivo de eyección en el asiento, pero el único dispositivo especial del Cossworth era un techo corredizo. Miró a su alrededor, como si buscara el botón de eyección.

– Dijo que este coche era una mierda y que iba a ser el hazmerreír.

– Pues no es cierto.

– Esos chavales que hemos visto se lo cargarían en una hora y a otra cosa. Para ellos no es más que eso, y es aún cien veces más importante que para Cat.

Hay hombres que se entristecen de un modo emocional y lloran. Jerry había llorado un par de veces, con unas cuantas cervezas en el cuerpo viendo Animal Hospital, o en Navidades cuando ponían Bambi o El mago de Oz, pero él nunca había visto llorar a Nic. Nic lo que hacía era ponerse hecho una furia; incluso cuando sonreía como en aquel momento, él sabía que estaba enfadado y a punto de estallar. La gente no lo notaba, pero él sí.

– Anda, Nic -dijo-, vamos al centro, a Lothian Road o a los puentes.

– Tal vez tengas razón -respondió Nic al fin.

Estaban parados en un semáforo y al lado un motociclista no dejaba de darle al gas. No era un máquina muy potente, pero sí muy ligera. Su conductor, un chico de unos diecisiete años, les miraba a través del casco. Nic tenía pisados a fondo embrague y acelerador, pero nada más abrirse el semáforo la moto les dejó atrás como si fueran una tortuga.

– ¿Has visto? -dijo Nic sin levantar la voz-. Igual que si Cat me dijera adiós con la mano.

Pararon en el centro a tomarse un respiro y comer una hamburguesa con patatas fritas en la calle, apoyados en el coche. Jerry llevaba una cazadora barata de nilón y tiritaba a pesar de tener la cremallera cerrada. Nic, por el contrario, seguía con la suya abierta sin preocuparse del frío. En el restaurante había un grupo de jovencitas en una mesa junto a la ventana y Nic les dirigió una sonrisa para atraer su atención, pero ellas siguieron tomándose los batidos sin hacerle caso.

– Lo divertido del asunto, Jer, es que se creen que ellas dominan -dijo Nic-. Pero, aunque estemos aquí fuera pasando frío, los fuertes somos nosotros. Ellas se encierran en su mundo, olvidándolo, pero nos bastarían diez segundos para situarlas en el nuestro. ¿A que sí? -añadió volviéndose hacia su amigo.

– Si tú lo dices.

– No, tienes que decirlo tú. Así se hace verdad -contestó Nic tirando al suelo la cajita de la hamburguesa.

Jerry no había acabado la suya pero Nic subía ya al coche y él sabía que no permitía ningún olor en el Sierra. Había una papelera al lado y tiró en ella la comida. Lo que un minuto antes era comida, ahora era basura. Fue todo uno, subir él y arrancar el Cossworth.

– Esta noche no vamos a por una, ¿verdad? -preguntó Nic, que parecía más calmado tras la hamburguesa.

– No, no creo.

Jerry fue relajándose a medida que avanzaban por Primees Street, muy distinta desde que era de una sola dirección. Fueron a Lothian Road, luego al Grassmarket y a Victoria Street. En lo alto se veían grandes edificios que Jerry no sabía qué eran. En el puente de Jorge IV reconoció el antiguo juzgado, ahora Tribunal Supremo, y, enfrente, el bar Deacon Brodie's. Giraron en un semáforo a la derecha y al entrar en High Street los neumáticos empezaron a rebotar en las bandas de reducción de velocidad. Hacía frío y no se veía mucha gente, pero Nic apretó el botón para bajar el cristal de la ventanilla y fue cuando Jerry la vio: llevaba un abrigo tres cuartos, medias negras y era morena, de pelo corto, alta y esbelta. Nic puso el coche a su altura a poca velocidad.

– Esta noche hace mucho frío -dijo, pero ella siguió andando sin hacer caso-. A lo mejor, con un poco de suerte, encuentras taxi en el Holiday Inn. Está ahí, más adelante.

– Sé dónde está -espetó ella.

– ¿Eres inglesa? ¿Estás de vacaciones?

– Vivo aquí.

– Sólo intento ser amable. Siempre nos acusan de que somos maleducados con los ingleses.

– ¡Vete a la mierda!

Nic avanzó unos metros con el coche y paró luego para volverse a verle bien la cara. Bien arropados el cuello y la barbilla en la bufanda, pasó junto a ellos como si no existieran. Nic cruzó la mirada con Jerry y asintió despacio con la cabeza.

– Es lesbiana, Jerry -dijo en voz alta, subiendo el cristal y arrancando.

Siobhan Clarke no sabía por qué seguía andando, pero al entrar en la estación de Waverley por la puerta de atrás para atajar, sí supo por qué temblaba. «Lesbiana.»

Que les den por saco. A todos. Había rehusado la propuesta de Derek Linford de acompañarla a casa alegando que le apetecía caminar sin estar muy convencida y se habían despedido amigablemente, sin darse la mano ni un beso porque en Edimburgo eso no se hacía en la primera cita. Sólo le había dedicado una sonrisa prometiéndole repetir la salida, pero estaba segura de que rompería aquella promesa. Había notado una sensación rara bajando en el ascensor del restaurante que cruza el museo. Los obreros aún estaban trabajando. Había cables y escaleras de mano y se oía el ruido de una taladradora.

– Yo creía que ya estaba inaugurado -dijo Linford.

– Y lo está -comentó ella- pero sin terminar.

Cruzó por el puente de Jorge IV y siguió por High Street, y fue cuando aquellos tipos del coche… Ojalá no hubiese ido por aquella calle. Comenzó a subir una larga escalinata poco iluminada desde donde se oía la música de los bares todavía abiertos. Ya estaba cerca de la estación; la cruzaría para salir a Princes Street y luego tomaría por Broughton Street y después seguiría hasta Broughton Street, el llamado barrio gay de Edimburgo.

Que era donde ella vivía. Allí vivía mucha gente.

«Lesbiana.»

Que les den por saco.

Pasó revista mental a los detalles de la velada para tratar de calmarse: Derek había estado muy nervioso, pero ella no había estado tampoco tranquila. Aquella comisión en Delitos Sexuales le había hecho aborrecer a los hombres. La colección de fotos de delincuentes con aquellas caras repugnantes y los detalles de los delitos… Luego, el tiempo que había dedicado a Sandra Carnegie, intercambiando experiencias y sentimientos personales… Ya se lo había advertido una compañera que había trabajado casi cuatro años en delitos sexuales: «Acaba con la pasión y te hace cogerles asco».

Tres vagabundos habían agredido a una estudiante, a otra la habían violado en una de las calles principales del sector sur. O aparece un coche que se pone a tu altura, intentan ligar contigo y luego te insultan. Aunque no era nada comparado con lo otro. De todos modos, aquel nombre, Jerry, no lo olvidaría; ni el Sierra negro brillante.

Miró desde el paso elevado las vías y la explanada de llegada. Sobre su cabeza estaba la techumbre de cristal con goteras. Justo en aquel momento notó, en el límite de su campo visual, que caía algo a plomo, y, pensando que era pura imaginación, volvió la cabeza y vio caer nieve. No, no era nieve; eran trozos de vidrio. Vio un agujero en el techo de cristal y oyó gritos abajo en un andén. Un par de taxistas corrían hacia el lugar.

Otro suicida. Sobre el andén vio una zona oscura: era como mirar al interior de un agujero negro. Pero en realidad era el abrigo del suicida. Siobhan descendió la escalera a los andenes. Había viajeros aguardando la salida del expreso a Londres, una mujer lloraba y uno de los taxistas se había quitado la chaqueta para tapar la cabeza y el tronco del cadáver. Intentó acercarse y el segundo taxista quiso defenderla.

– No es nada agradable de ver -dijo.

– Soy policía -replicó ella sacando el carnet.

Desde el puente North se arrojaban al vacío tantos suicidas que en la barandilla debía de haber un letrero con el teléfono de la Esperanza. El puente conecta la ciudad vieja con la ciudad nueva salvando la hondonada que ocupa la estación de Waverley. Cuando Siobhan llegó al punto en cuestión no pasaba nadie por el puente. Se veían a lo lejos sombras de gente que salía hablando de los bares y volvían a casa. Sólo pasaban taxis y coches. Nadie que hubiera visto la caída se había tomado la molestia de parar. Se inclinó sobre la barandilla y miró el techo de cristal. El agujero estaba casi en vertical debajo de ella y vio a través de él movimiento en el andén. Ya había llamado a la comisaría para que avisaran al depósito de cadáveres, pero como no estaba de servicio, había dejado junto al cadáver a una agente de uniforme. Rebus los llamaba «trajes de lana». En cuanto a la ropa del muerto, debía de ser un vagabundo. Bueno, ahora ya no los llamaban así. ¿Cómo era? No recordaba. Estaba ya redactando mentalmente el informe y miró la calle vacía pensando que bien podía irse y que otros se encargaran del caso, cuando su pie tropezó con algo: una bolsa de plástico. La palpó con el pie y notó que pesaba. Se agachó y la cogió. Era una bolsa grande, de las que dan en las tiendas de confección. Nada menos que de Jenners, los selectos grandes almacenes que no estaban muy lejos de allí. Dudaba que el mendigo hubiese comprado alguna vez en él, pero se imaginó que dentro de la bolsa llevaría todas sus cosas y la bajó a la estación.

No era la primera vez que intervenía en un suicidio. Gente que abría el gas y se sentaba junto a los fogones, coches con el motor en marcha en un garaje cerrado, o personas tendidas en la cama con un frasco de píldoras en la mesilla y los labios amoratados moteados de blanco. Hacía poco que un agente del DIC se había tirado desde los peñascos de Salisbury. En Edimburgo abundaban los sitios para suicidarse.

– Puede irse a casa si quiere -le dijo una agente uniformada, y ella asintió con la cabeza. La mujer sonrió-. ¿Qué es lo que la retiene?

Buena pregunta, era como si se lo dijera a sabiendas de que ella no tenía alicientes para volver a casa.

– Usted es de los de Rebus, ¿verdad? -dijo la agente.

– ¿Qué quiere decir? -replicó Siobhan mirándola furiosa.

– Perdone -dijo la mujer encogiéndose de hombros.

Luego se dio la vuelta y se alejó.

Habían acordonado el tramo de andén donde estaba el cadáver, un médico acababa de certificar la defunción y había llegado el furgón del depósito para recoger los restos. Unos empleados de la estación iban a buscar una manguera para regar el pavimento y echar a las vías la sangre y los restos de masa encefálica.

El expreso de Londres acababa de salir y faltaba poco para cerrar la estación. No quedaban taxis. Siobhan se dirigió al mostrador de la consigna de equipajes, donde un agente de uniforme vaciaba la bolsa cogiendo los objetos uno por uno con reparo como si estuvieran contaminados.

– ¿Algo interesante?

– Lo que ve.

El muerto no llevaba ningún documento de identidad y en los bolsillos, sólo calderilla y un pañuelo. Había una bolsita de plástico con adminículos de higiene personal, algunas prendas de ropa, un ejemplar viejo del Reader's Digest, un transistor pequeño con la tapa de atrás sujeta con cinta adhesiva y el periódico del día, doblado y arrugado.

«Usted es de los de Rebus.» ¿Qué había querido insinuar? ¿Que se había acostumbrado a ser como él, una solitaria y una marginada? ¿Es que no había más que dos clases de policías, Derek Linford y John Rebus y ella tenía que optar por una de las dos?

El agente sacó un bocadillo envuelto en papel de parafina, un botellín de refresco infantil lleno a medias de agua y alguna otra prenda de ropa. Había casi vaciado la bolsa y ahora extraía del fondo unos objetos que parecían recuerdos de los sitios en que había estado el muerto: unas piedrecitas, un anillo de bisutería, cordones de zapatos y botones. Lo último era una cajita de cartón con un rótulo descolorido, primitivo envase de la radio. Siobhan la cogió y la sacudió, la abrió y vio un librito que en principio le pareció un pasaporte.

– Es una libreta de ahorros -dijo el agente.

– Ahí veremos el nombre -añadió Siobhan.

El agente uniformado la abrió.

– Señor C. Mackie, y consta una dirección de Grassmarket.

– ¿Y qué saldo tenía la cuenta del señor Mackie?

El agente pasó unas páginas y ladeó la libreta para verlo mejor.

– No está mal -dijo al fin-. Algo más de cuatrocientas mil libras.

– ¿Cuatrocientas mil? Pues que pague él las copas.

Pero el agente hizo girar la libreta hacia ella para que la viera. Siobhan la cogió y vio que hablaba en serio. El mendigo muerto del andén valía cuatrocientas mil libras.

9

El martes Rebus volvió a Saint Leonard porque su jefe, el comisario Watson, quería hablar con él. Al llegar al despacho se encontró con que Derek Linford ya estaba allí sentado y con una taza de café aceitoso en la mano sin empezar.

– Sírvase café -dijo Watson.

Rebus alzó el vaso que llevaba en la mano.

– Tengo ya, señor -dijo.

El procuraba entrar al despacho del jefe con un vaso de café empezado para no ofenderle rehusando su invitación.

Cuando estuvieron todos acomodados Watson fue directo al grano.

– Todo el mundo muestra interés por el caso: la prensa, el público y el gobierno…

– ¿Por ese orden, señor? -preguntó Rebus.

– … lo que significa -continuó Watson sin hacerle caso- que voy a vigilarle más de lo habitual. John actúa a veces como un elefante en una cacharrería -añadió volviéndose hacia Linford-. Espero que usted le controle.

Linford sonrió.

– Siempre que el elefante se deje -dijo mirando a Rebus, que no decía nada.

– Los periodistas se relamen ya porque pueden relacionar el asunto del Parlamento con las elecciones y, a falta de otra cosa, tienen noticias -dijo Watson-. Dos noticias, en realidad -añadió alzando el pulgar y el índice-. Aunque no haya relación, ¿cierto?

– ¿Entre Grieve y el esqueleto? -dijo Linford pensativo mirando a Rebus, que fijaba su atención en la raya de su pernera izquierda-. No creo, señor. A menos que a Grieve le asesinara un fantasma.

Watson esgrimió un dedo hacia Linford.

– Detrás de cosas así andan los periodistas. Las bromas aquí pueden pasar, pero fuera no. ¿Entendido?

– Sí, señor -respondió Linford convenientemente avergonzado.

– Bien, ¿qué es lo que tenemos?

– Hemos llevado a cabo los interrogatorios preliminares con la familia -contestó Rebus- y proseguirán. Ahora la gestión más inmediata es hablar con el representante político del difunto y después, quizá, con el Partido Laborista.

– ¿No se le conocen enemigos?

– La viuda cree que no, señor -se apresuró a decir Linford, inclinándose en la silla por quitar protagonismo a Rebus-. Pero hay cosas que a veces las viudas ignoran.

Watson asintió con la cabeza. Rebus le veía más congestionado que rubicundo. Estaba a punto de jubilarse y ahora se le venía encima aquel caso.

– Hay que verificar amistades, relaciones profesionales…

Linford asentía a medida que Watson hablaba.

– Nos pondremos en contacto con todos.

– ¿Qué resultados arrojó la autopsia?

– La muerte fue causada por un golpe en la base del cráneo que provocó una hemorragia instantánea; parece que murió en el acto, aunque a continuación le asestaron dos golpes más que causaron fracturas.

– ¿Esos dos golpes fueron posmortem?

Linford miró a Rebus para que lo confirmara.

– En opinión del patólogo -dijo Rebus-. Le golpearon en la parte superior del cráneo y Grieve era bastante alto…

– Un metro ochenta y cinco -lo interrumpió Linford.

– … por lo que para asestarle unos golpes ahí, o el agresor era mucho más alto o estaba subido encima de algo.

– O Grieve había caído ya al suelo cuando los recibió -dijo Watson enjugándose la frente con un pañuelo-. Sí, creo que es lógico. ¿Cómo demonios entró allí?

– O saltó la valla -aventuró Linford- o alguien le dejó las llaves. Por la noche cierran las obras con candado porque hay material de valor.

– Hay un vigilante de seguridad -continuó Rebus- que afirma que estuvo toda la noche en la obra y efectuó la ronda habitual sin advertir nada extraño.

– ¿A usted qué le parece?

– En mi opinión no debió de salir de la oficina; allí está caliente y tiene una radio y una tetera. Eso, o bien se marchó a casa.

– ¿Puntualizó si miró en el cenador al hacer la ronda? -preguntó Watson.

– Dice que cree que sí -respondió Linford citando las palabras del hombre-: «Siempre enfoco la linterna al interior por si acaso. No hay ningún motivo para que esa noche no hiciera lo mismo».

Watson se inclinó y apoyó los codos en la mesa.

– ¿A usted qué le parece? -preguntó mirando únicamente a Linford.

– Yo creo que debemos centrarnos en el móvil, señor. ¿Sería un encuentro casual? ¿Iría el futuro parlamentario a echar un vistazo a su futuro lugar de trabajo, tropezándose con alguien que le golpeó hasta la muerte? -dijo Linford asintiendo repetidamente con la cabeza y evitando mirar a Rebus, furioso porque era lo que él había comentado una hora antes casi con las mismas palabras.

– No sé -comentó Watson-. Supongamos que dentro había algún ladrón que al verse sorprendido por Grieve le golpeó.

– ¿Y una vez en el suelo -interrumpió Rebus- le dio otros dos golpes?

Watson lanzó un gruñido en señal de asentimiento.

– ¿Y el arma del crimen?

– Aún no ha aparecido -dijo Linford-. En la zona hay muchas obras y puede estar escondida en muchos sitios. Tenemos agentes buscándola.

– La empresa constructora está haciendo un inventario por si falta algo -añadió Rebus-. Si su teoría del ladrón es correcta, quizá ese recuento permita averiguar algo.

– Otra cosa, señor. Hay señales de rozaduras recientes en los zapatos y restos de polvo en la parte interna de las perneras del pantalón del difunto.

– ¡Benditos forenses! -comentó Watson sonriendo-. ¿Qué puede significar eso?

– Que probablemente saltó la valla.

– Bien, en cualquier caso, no desestimen nada y escudriñen todos los indicios. Interroguen a todos los que tengan llave. A todos, ¿entendido?

– Muy bien, señor -dijo Linford.

Rebus se limitó a hacer una inclinación de cabeza aunque a él no le miró.

– ¿Y nuestro amigo Mojama? -preguntó Watson.

– Ese caso lo indagan otros dos miembros del CCSPP, señor -dijo Rebus.

Watson lanzó otro gruñido y miró a Linford.

– ¿Le pasa algo a su café, Derek? -preguntó.

– Nada, señor, es que no me gusta muy caliente -dijo Linford mirando la superficie del líquido.

– Bueno, pruebe ahora.

Linford se llevó el vaso a los labios y dio dos sorbos.

– Muy bueno, señor. Gracias.

Rebus ya no tuvo dudas: Linford llegaría muy lejos en el Cuerpo.

Cuando acabó la reunión, Rebus le dijo a su compañero que lo alcanzaría más tarde y volvió a llamar a la puerta del despacho de Watson.

– ¿No habíamos terminado? -El Granjero revisaba unos papeles.

– Me marginan y eso no me gusta -dijo Rebus.

– Pues haga algo.

– ¿Como, por ejemplo?

El Granjero alzó la vista.

– Quien lleva el caso es Derek. Tiene que aceptarlo -dijo tras una pausa-. Si no, pida un traslado.

– No quisiera perderme su jubilación, señor.

Watson dejó el bolígrafo.

– Mire, éste será seguramente mi último caso y considero que Linford está perfectamente capacitado.

– ¿Es que no confía en mí, señor?

– Usted siempre hace las cosas a su manera, John. Ése es el problema.

– Todo lo que conoce Linford es su escritorio de Fettes y los culos que debe lamer.

– No es lo que piensa el ayudante del comisario -replicó Watson recostándose en el asiento-. ¿No será que tiene algo de envidia, John, porque es un inspector joven que está ascendiendo rápido…?

– Sí, claro, yo siempre ando a la caza del ascenso -dijo Rebus yendo hacia la puerta.

– John, esta vez trabaje en equipo. Si no, se verá marginado.

Rebus cerró la puerta sin escuchar el final de la frase. Linford le estaba esperando al fondo del pasillo con el móvil pegado a la oreja.

– Sí, señor, ahora mismo vamos -mientras escuchaba alzó una mano para indicarle a Rebus que en un minuto estaba con él, pero Rebus, sin hacerle caso, siguió a paso rápido hasta la escalera y mientras bajaba oyó la voz de Linford:

– Creo que se comportará, señor, pero en caso contrario…

Rebus le pidió al vigilante que se fuera, pero el hombre no se movió y les miró nervioso.

– Le digo que puede irse.

– ¿Adónde? -replicó el vigilante con voz temblorosa-. Mi oficina es ésta.

Era cierto. Estaban los tres sentados en la caseta de entrada al solar del Parlamento. Había un grueso libro de registro en la mesa, que Linford estudiaba minuciosamente. Contenía los nombres de todas las visitas a la obra desde que los trabajos habían comenzado. Linford tenía a mano su bloc de notas, pero no había apuntado ni un solo nombre.

– Pensaba que querría irse a casa -dijo Rebus al vigilante-. ¿No tiene sueño?

– Ah, claro que sí -balbució el hombre.

Probablemente creía que podía perder el empleo. Era mala imagen para la empresa de seguridad que apareciese un muerto en las obras. Era un trabajo mal pagado que solía aceptar gente sin familia y desesperados. Al decirle Rebus que comprobarían sus antecedentes dado que en las empresas de seguridad había muchos ex presidiarios, el hombre reconoció que había pasado una temporada en la cárcel, calificada por él como «hotel de la cadena Windsor», pero juró que no había entregado ninguna llave y que no era cómplice de nadie.

– Ande, váyase -repitió Rebus. El hombre se marchó y él lanzó un profundo suspiro y estiró las vértebras-. ¿Encuentras algo?

– Ciertos nombres sospechosos -contestó Linford dando la vuelta al registro para que Rebus viera la página en que aparecían los de ellos dos al lado de los de Ellen Wylie, Grant Hood, Bobby Hogan y Joe Dickie, el grupo visitante de Queensberry House-. O, si prefieres, el ministro escocés y el presidente de Cataluña.

Rebus se sonó. Había una estufa eléctrica de una sola resistencia pero el calor se escapaba por las ranuras de la puerta y de la ventana.

– ¿Qué piensas del vigilante?

Linford cerró el libro de registro.

– Yo creo que si mi sobrino de dos años le pidiera las llaves se las daba para evitar que le pegase patadas en la espinilla.

Rebus se acercó a la ventana. Tenía los cristales muy sucios. Fuera, los obreros continuaban demoliendo y construyendo. Lo mismo que en una investigación; a veces echas abajo una coartada o una hipótesis y otras, vas construyendo la trama del caso a base de detalles que son como ladrillos con los que levantas un edificio desagradable muchas veces.

– ¿Pero qué crees que sucedió? -preguntó Rebus.

– No lo sé. Esperemos a ver qué antecedentes tiene.

– Yo opino que perdemos el tiempo. Creo que él no sabe nada.

– ¿Por qué lo dices?

– Porque me da la impresión de que él no estaba en la obra. ¿No recuerdas la vaguedad con que nos habló del tiempo que hacía por la noche? Ni siquiera recordaba qué camino siguió en su ronda.

– No es precisamente una lumbrera, John. De todos modos, hay que comprobar sus antecedentes.

– ¿Porque así lo estipula el procedimiento?

Linford asintió con la cabeza. Se oía un ruido monótono fuera.

– ¿Es que eso no va a parar? -exclamó Rebus.

– ¿El qué?

– Esa murga de la hormigonera o lo que sea.

– No lo sé.

Llamaron a la puerta y entró el capataz de las obras con el casco amarillo sujeto por el borde. Llevaba un chubasquero también amarillo, pantalones de pana marrón y botas de trabajo llenas de barro.

– Queremos hacerle unas cuantas preguntas -dijo Linford indicándole que se sentara.

– He hecho el inventario de herramientas -dijo el hombre desdoblando una hoja-. Ahora bien, en todas las obras hay cosas que cambian de sitio.

Rebus miró a Linford.

– Encárgate tú. Yo necesito un poco de aire fresco.

Salió de la caseta y respiró profundamente, luego echó mano al bolsillo para sacar el tabaco. Allí dentro no aguantaba más. Dios, un trago no le vendría nada mal. Había un remolque-bar delante de las obras en el que despachaban hamburguesas y té a los trabajadores.

– Un whisky doble -dijo a la mujer que atendía el bar.

– ¿Lo toma con agua?

– No. Gracias, sólo quiero un té -contestó sonriéndole -. Con leche y sin azúcar.

– Muy bien, cielo -dijo ella restregándose las manos entre una faena y otra.

– Debe pasarse frío trabajando aquí fuera.

– Mortal -respondió la mujer-. A mí sí que me vendría bien un trago de vez en cuando.

– ¿A qué hora termina?

– Andy abre a las ocho, hace los desayunos y todo lo demás, y yo le sustituyo a las dos para que él vaya a comprar.

– Ahora son las once -dijo Rebus consultando el reloj.

– ¿Seguro que no quiere algo más? Hay dos hamburguesas recién hechas.

– De acuerdo, pero sólo una -dijo él dándose unos golpecitos en la panza.

– Hay que alimentarse, ¿sabe? -dijo ella con un guiño.

Rebus cogió el té y la hamburguesa. En una repisa había botellas de salsa y se echó en el panecillo un chorro de algo marrón.

– Es que Andy está algo pachucho y me ha tocado estar al pie del cañón -dijo la mujer.

– Nada grave, espero -comentó Rebus dando un mordisco a la carne ardiendo con cebolla derretida.

– Sólo una gripe y puede que ni siquiera eso. Los hombres son todos unos hipocondríacos.

– Con este tiempo, es comprensible.

– No, si yo no me quejo.

– Las mujeres son más fuertes.

Ella se echó a reír y puso los ojos en blanco.

– ¿A qué hora termina?

– ¿Es que quiere ligar conmigo? -dijo riendo de nuevo.

– A lo mejor vuelvo a tomarme la otra -Rebus se encogió de hombros y cogió la hamburguesa.

– Está abierto hasta las cinco, pero se acaban a la hora del almuerzo.

– Correré ese riesgo -replicó Rebus con un guiño dirigiéndose de nuevo a la puerta.

Iba tomándose el té por el camino. Al ver que los obreros bajaban con la polea una carga de pizarras recordó que no llevaba casco. En la caseta de entrada había unos cuantos pero no quería volver allí. Entró en Queensberry House. No había luz en la escalera del sótano pero oyó voces al final del vestíbulo. Se veían sombras en la antigua cocina. Al entrar Ellen Wylie se volvió hacia la puerta y le saludó con la cabeza. Tomaba declaración a una mujer mayor que estaba sentada en una silla de lona de director de cine y que sonaba cada vez que la mujer se movía, cosa que hacía con frecuencia y con vivacidad. Grant Hood estaba junto a la pared tomando notas fuera del ángulo visual de la mujer para no distraerla.

– Que yo recuerde, siempre estuvo recubierto de listones de madera -dijo la mujer con un tono agudo autoritario.

– ¿Como éstos? -preguntó Wyllie señalando unos listones machihembrados que quedaban junto a la puerta.

– Sí, eso es -contestó la mujer dirigiendo una sonrisa a Rebus.

– Le presento al inspector Rebus -dijo Wylie.

– Buenos días, inspector. Me llamo Marcia Templewhite.

Rebus se acercó a la mujer y le dio la mano.

– La señorita Templewhite fue del comité de Sanidad en los setenta -dijo Wylie.

– Y durante muchos años antes -añadió la mujer.

– Ella recuerda que se hicieron obras -continuó Wylie.

– Muchísimas obras -corrigió la mujer-. Excavaron todo el sótano para instalar una nueva calefacción, cambiar el suelo, meter tuberías… No saben lo que fue aquello. Hubo que subirlo todo arriba y no había sitio donde ponerlo. Estuvimos así muchas semanas.

– ¿Y quitaron los listones de madera? -dijo Rebus.

– Pues como le estaba diciendo a…

– La agente Wylie -dijo Ellen.

– Le decía a la agente Wylie que si hubieran destapado las chimeneas nos habríamos enterado.

– ¿No sabía usted que existían?

– Me acabo de enterar por la agente Wylie.

– Pero la fecha de las obras -terció Grant Hood- coincide bastante con la del esqueleto.

– ¿No pensarán que un obrero se tapió él solo…? -preguntó la señorita Templewhite.

– Yo creo que lo habrían advertido -dijo Rebus. De todos modos, sabía que habrían de plantear la pregunta a la empresa constructora-. ¿Cuál era la empresa contratista?

La mujer alzó los brazos.

– Había contratistas y subcontratistas… La verdad es que perdí la cuenta. Wylie miró a Rebus.

– La señorita Templewhite cree que debe de existir constancia de las empresas.

– Ah, sí, seguro -dijo la mujer mirando a su alrededor-. Y ahora asesinan a Roddy Grieve. Este lugar siempre estuvo maldito. Era maldito y lo seguirá siendo -añadió asintiendo con la cabeza y mirándoles con expresión solemne como quien sabe lo que se dice.

En el bar-furgoneta Rebus les invitó a té.

– ¿Por aligerar su conciencia? -preguntó Wylie cuando cogía el vaso.

En aquel momento llegó un coche patrulla a recoger a la señorita Templewhite y Grant Hood le abrió la puerta para que se acomodara y le dijo adiós con la mano.

– ¿De qué debería sentirme culpable? -dijo Rebus.

– Pues quién, si no, nos ha asignado este trabajo…

– ¿Quién te ha dicho semejante cosa?

– Es lo que se rumorea -respondió ella encogiéndose de hombros.

– Pues deberías darme las gracias -replicó Rebus-. Un caso importante como éste puede ser crucial en tu carrera.

– Pero no es tan importante como el Roddy Grieve -contestó ella mirándole.

– Vamos, suéltalo -dijo él, pero ella negó con la cabeza. Rebus tendió el otro vaso de té a Grant Hood-. Era una viejecita simpática.

– A Grant le gustan las mujeres maduras -añadió Wylie.

– Olvídame, Ellen.

– Él y sus amigos van al Marina a ligar abuelas.

– ¿Es cierto, Grant? -preguntó Rebus al verle ruborizarse.

Hood se contentó con mirar a Wylie para a continuación concentrarse en el té.

Rebus tenía la impresión de que aquellos dos se llevaban bien y se tenían confianza como para hablar de su vida privada y gastarse bromas.

– Bueno, volvamos al trabajo -dijo saliendo del barecito al ver que los obreros comenzaban a formar cola para el almuerzo devorando con los ojos a Ellen Wylie. Aunque los dos jóvenes agentes llevaban el casco, se notaba que eran visitantes-. ¿Qué datos tenemos?

– Hemos enviado Mojama a un laboratorio especializado del sur -dijo Wylie- en el que aseguran que pueden darnos una fecha más exacta de la muerte. Pero de momento suponemos que debió de producirse entre el setenta y nueve y el ochenta y uno.

– Y sabemos que las obras comenzaron en 1979 -agregó Hood-. Yo creo que aproximadamente es la fecha en que lo mataron.

– ¿En qué os basáis? -preguntó Rebus.

– En el hecho de que si se quiere esconder un cadáver ahí son necesarios los medios y la ocasión para ello. El paso al sótano estuvo prohibido durante mucho tiempo. ¿Quién iba a ocultar un cadáver allí a no ser que conociera la existencia de la chimenea? Sabían que iban a tapiarla otra vez y pensarían que allí el muerto podría quedar enterrado por los siglos de los siglos.

– Hay una relación clara con las obras de reforma -Wylie asintió con la cabeza.

– Entonces, necesitamos saber las empresas que las hicieron y los trabajadores que tenían en aquellas fechas -los dos jóvenes intercambiaron una mirada-. Sí, sé que es una tarea ímproba, pues habrá empresas que ya no existan y a lo mejor ni hay documentos de la época como asegura la señorita Templewhite, pero no queda más remedio que investigarlo.

– Las listas de personal serán una pesadilla -dijo Wylie-. Muchas constructoras contratan gente para una obra y después la despiden, aparte de que las empresas cambian de sede y a veces cierran.

Rebus asintió.

– Tendréis que poner buena voluntad y dedicar mucho tiempo.

– ¿Qué quiere decir, señor? -preguntó Hood.

– Quiero decir que tendréis que ser amables y educados. Por eso os he elegido. Un Bobby Hogan o un Joe Dickie lo harían sin delicadeza. Pero interrogando sin miramiento, las personas no recuerdan las cosas. Hay que hacerlo despacio y bien, como dice la canción -añadió mirando a Wylie.

A sus espaldas vio que el capataz cruzaba la puerta de las obras poniéndose el casco, le seguía Linford con el casco en la mano y mirando a todas partes, buscando a Rebus. Al verle, se acercó.

– ¿Falta alguna herramienta? -preguntó Rebus.

– Alguna cosilla -contestó Linford-. ¿Hay alguna novedad de los grupos que buscan el arma? -añadió señalando con la cabeza hacia una zona que rastreaban policías de uniforme.

– No lo sé -contestó Rebus-. No he hablado con ellos.

Linford le miró de hito en hito.

– Pero de tomarte un té sí has tenido tiempo -dijo.

– He querido invitar a mis subalternos.

– Crees que esto es una pérdida de tiempo, ¿verdad? -dijo Linford sin dejar de mirarle.

– Sí.

– ¿Puedes decirme por qué? -replicó Linford cruzando los brazos.

– Porque es hacer las cosas al revés -contestó Rebus-. ¿Qué más da cómo entró ni con qué lo mataron? Tú eres como esos jefes de oficina que se inquietan por cuatro clips mientras se amontona el trabajo en las mesas del personal.

Linford miró su reloj.

– Es un poco temprano para que te pongas así -comentó como en broma para que los demás lo oyeran.

– Puedes interrogar al capataz cuanto quieras -prosiguió Rebus- pero aunque descubras que falta un martillo, ¿qué más vas a averiguar? Hay que afrontar los hechos: el que mató a Roddy Grieve sabía lo que se hacía. Si lo que sucedió fue que sorprendió a alguien robando pizarras, no digo que no le atizaran, pero lo más verosímil es que a continuación salieran por piernas; no iban a entretenerse, ni mucho menos, golpeándole en el suelo. El conocía al asesino y no entró aquí por casualidad. La clave está en lo que representaba o en una doble vida. En eso hemos de centrarnos -hizo una pausa al ver que los obreros de la cola les miraban.

– Fin de la lección -dijo Ellen Wylie ocultando una sonrisa con el vaso.

10

La secretaria electoral de Roddy Grieve se llamaba Josephine Banks. Sentada en un cuarto de interrogatorios de Saint Leonard explicó que conocía a Grieve desde hacía cinco años.

– Éramos bastante activos en el nuevo Partido Laborista, desde el principio; yo intervine también en la campaña de John Smith -dijo con una mirada de añoranza-. Aún se le echa de menos.

Rebus, sentado frente a ella, jugueteaba con el bolígrafo.

– ¿Cuándo vio por última vez al señor Grieve?

– El día en que lo asesinaron. Aquella misma tarde. Faltaban cinco meses para las elecciones y teníamos mucho trabajo.

Josephine Banks no mediría más de un metro sesenta y la mayor parte del peso lo concentraba en el estómago y las caderas. En su cara redonda y pequeña se insinuaba una incipiente papada. Se estiró el espeso pelo negro para atárselo por detrás. Usaba gafas de media luna de montura con manchas de dálmata.

– ¿Nunca pensó en ser candidata?

– ¿Cómo? ¿Al Parlamento escocés? -sonrió ante la sugerencia-. Tal vez en otra ocasión.

– ¿Tiene ambiciones en ese sentido?

– Por supuesto.

– ¿Y por qué ayudó a Roddy Grieve en vez de a otro candidato?

Sus ojos verdes pintados con sombra y rímel parecían brillar cada vez que los movía.

– Porque me gustaba -dijo- y confiaba en él. Era una persona con ideales, a diferencia de su hermano, por ejemplo.

– ¿Cammo?

– Sí.

– ¿No se lleva usted bien con él?

– No hay razón para que lo haga.

– ¿Y Cammo con Roddy?

– Bueno, discutían de política a la mínima ocasión, pero se veían poco; sólo coincidían en reuniones familiares y en ellas Alicia y Lorna se lo impedían.

– ¿Y la esposa del señor Grieve?

– ¿Cuál?

– Roddy.

– Sí, ¿pero cuál de las dos?

Rebus quedó perplejo un instante.

– La primera no le duró mucho -contestó Josephine Banks cruzando las piernas-. Fue un amorío adolescente.

Rebus dio la vuelta al bolígrafo y abrió el bloc de notas.

– ¿Cómo se llamaba?

– Billie -dijo ella deletreándolo-. Su apellido de soltera es Collins, aunque no sé si ha vuelto a casarse.

– ¿Sigue viviendo en Edimburgo?

– Lo último que yo supe es que daba clases en algún lugar de Fife.

– ¿La conoce personalmente?

– Oh, no; ella ya no vivía aquí desde hacía tiempo cuando yo conocí a Roddy -respondió mirándole-. ¿Sabe que tienen un hijo?

Nadie de la familia lo había mencionado y Rebus negó con la cabeza para decepción de Banks.

– Se llama Peter y utiliza el apellido de Grief. ¿Le suena?

– ¿Por qué lo dice? -preguntó Rebus, que seguía tomando nota de todo.

Ella se encogió de hombros.

– Porque forma parte del grupo musical Robinson Crusoe.

– No me suena.

– Quizá a sus colegas más jóvenes, sí.

– ¡Ay! -exclamó Rebus con gesto de dolor haciendo que ella sonriera.

– Pero para ellos Peter es inaceptable.

– ¿Por lo que hace?

– Oh, no, no es por eso. Yo creo que a su abuela le encanta tener una estrella pop en la familia.

– ¿Por qué, entonces?

– Porque eligió vivir en Glasgow -hizo una pausa-. Pero usted sí que ha hablado con la familia, ¿no? -Rebus asintió con la cabeza-. Es que pensaba que Hugh se lo habría dicho.

– Bueno, en realidad con el señor Cordover aún no he hablado. Es el productor del grupo, ¿verdad?

– Es su representante. Dios mío, ¿es que tengo que decirle yo todo? A Hugh le encantan esos grupos jóvenes de ahora, ¿sabe? Vain Shadows, Change and Decay… -añadió sonriendo al ver que Rebus no los conocía.

– Me informaré con alguno de mis colegas jóvenes -dijo él y ella se echó a reír.

Fue a la cantina a por dos cafés. La hamburguesa se le había indigestado y pasó por su mesa para tomarse dos Rennies. En otra época era capaz de comer lo que fuese a cualquier hora del día, pero ahora parecía que su estómago se hubiese tomado la jubilación anticipada. Cogió el teléfono y llamó a Lorna Grieve, cavilando en que hasta entonces Josephine Banks no había mencionado a Seona Grieve; se las había arreglado para omitirla totalmente en la conversación sacando a colación a la primera esposa de Grieve, Billie Collins. En casa de los Cordover no contestaban. Volvió al cuarto de interrogatorios con los cafés.

– Tenga, señorita Banks.

– Gracias -la encontró en la misma postura como si no se hubiera movido mientras él estaba fuera-. Me he estado preguntando -dijo ella- cuándo va a interrogarme. Quiero decir que todo lo que hemos hablado son simples circunloquios en torno a lo otro, ¿no?

– No la sigo -dijo Rebus sacando el bloc y el bolígrafo del bolsillo y dejándolos en la mesa.

– Lo de Roddy y yo -dijo ella inclinándose-. Nuestra relación. ¿Entramos ya en eso? -Rebus dijo que sí y cogió el bolígrafo.

– Es lo que pasa en la política -dijo ella haciendo una pausa-. Bueno, realmente en cualquier profesión en que trabajan dos personas juntas -añadió dando un sorbo al café-. Un político no es nada sin chismorreos. Yo creo que es

por falta de carácter, pues hablar mal de los demás resulta facilísimo.

– Entonces, ¿esa relación era inexistente?

Ella le miró sonriente.

– ¿Es esa la impresión que le he dado? Habría debido decir la supuesta relación -añadió inclinando levemente la cabeza como disculpándose-. ¿No estaba usted al corriente?

Rebus negó con un gesto.

– Yo pensaba que con tanto interrogatorio le habrían… -dijo irguiéndose en el asiento-. Bueno, tal vez yo los juzgaba mal.

– La verdad es que es usted la primera persona a quien interrogamos.

– Pero habrá hablado con el clan.

– ¿Se refiere a la familia Grieve?

– Sí.

– ¿Ellos sí lo saben?

– Lo sabe Seona y supongo que no se lo habrá callado.

– ¿El señor Grieve se lo contó a ella?

Ella volvió a sonreír.

– ¿Por qué iba a contárselo? Era un simple infundio. Si alguien dice algo malo de usted, ¿se lo contaría a su esposa?

– Bien, ¿cómo lo supo la señora Grieve?

– Por el medio habitual: el viejo amigo Anónimo.

– ¿Por carta?

– Sí.

– ¿Una sola carta?

– Pregúntele a ella -respondió Banks dejando el vaso en la mesa-. Está deseando fumar un cigarrillo, ¿verdad? -Rebus se la quedó mirando y ella señaló con la cabeza el bolígrafo que él tenía a la altura de la boca-. No para de hacer ese gesto y ojalá no lo hiciera -añadió.

– ¿Por qué motivo?

– Porque yo también estoy rabiando por fumar.

En Saint Leonard sólo se podía fumar en el aparcamiento trasero y como allí no se permitía el paso al público, se situaron en la acera de enfrente a satisfacer su vicio moviendo los pies para calentarse.

Cuando Rebus casi había terminado el cigarrillo, quizá para alargarlo y apurar la colilla le preguntó si sabía quién era el autor de la carta.

– Ni la menor idea.

– Tuvo que ser alguien que les conocía a los dos.

– Sí, claro. Yo me imagino que sería alguien del partido en Edimburgo. O quizá algún resentido de los relegados en el nombramiento. En ocasiones el proceso de selección de candidatos ha sido muy reñido.

– ¿Ah, sí?

– Es por la pugna entre el laborismo histórico y el nuevo que da lugar a que se revivan viejos agravios.

– ¿Quién era el adversario del señor Grieve?

– Eran tres. Gwen Mollison, Archie Ure y Sara Bone.

– ¿Fue una lucha limpia?

Josephine Banks exhaló una mezcla de humo y aliento frío.

– Dentro de lo que cabe, sí. Quiero decir que no hubo jugarretas.

Algo en el tono en que lo decía le impulsó a Rebus a preguntar:

– ¿Pero?

– Cuando se supo que el elegido era Roddy hubo cierto malestar. Sobre todo por parte de Ure. Lo habrá leído en la prensa.

– Únicamente si hubiese aparecido en la sección de deportes.

– ¿Usted va a votar? -preguntó ella mirándole.

Rebus se encogió de hombros y miró lo poco que quedaba del pitillo.

– ¿Por qué se molestó tanto Archie Ure?

– Archie está hace siglos en el partido laborista y es partidario de la autonomía. Y resulta que aparece Roddy y le arrebata en sus propias narices lo que él consideraba un derecho hereditario. Dígame, ¿votó usted en el setenta y nueve?

El 1 de marzo de 1979: fecha del fallido referéndum por la autonomía.

– Ya no me acuerdo -mintió.

– No votó, ¿verdad? -preguntó ella y vio que se encogía de hombros-. ¿Y por qué?

– No fui el único.

– Se lo pregunto por curiosidad, porque hizo muy mal día y a lo mejor se valió de la excusa de que nevaba.

– ¿Me está tomando el pelo, señorita Banks?

– No me atrevería, inspector -respondió ella tirando la colilla.

1979

Recordaba a Rhona, su mujer por aquel entonces, con el rollo de pegatinas «vota sí» que él se encontraba en la chaqueta, en el parabrisas del coche y hasta en la petaca que a veces se llevaba a la comisaría. Fue un invierno crudo; nublado y frío y con muchas huelgas. El invierno de la protesta como decían los periódicos, y no era para menos. Su hija, Sammy, tenía cuatro años. Cuando Rhona y él discutían lo hacían en voz baja para no despertar a la pequeña. Su trabajo era un problema y le parecían insuficientes las veinticuatro horas del día. Hacía poco que Rhona había iniciado su militancia política colaborando en la campaña a favor del Partido Nacionalista Escocés. Para ella la autonomía era un paso hacia la independencia, pero para Jim Callaghan y su gobierno laborista era el modo de… Rebus nunca lo supo con certeza. ¿Frenar el nacionalismo? ¿O frenar a la propia Escocia? ¿Se proponían reforzar la Unión?

Ellos dos discutían de política en la cocina hasta que Rebus se aburría y se tumbaba en el sofá diciéndole a Rhona que a él le traía sin cuidado. Al principio ella se ponía delante del televisor para tapárselo y eran unas discusiones tajantes y apasionadas.

– No pienso exasperarme -decía él cuando Rhona terminaba un razonamiento, y entonces ella le atizaba con un almohadón hasta que él la tumbaba en la alfombra forcejeando y acababan los dos riendo.

Sería quizá porque empezaba a reaccionar a tanta militancia, pero en cualquier caso su intransigencia fue en aumento y una tarde volvió a casa con una insignia de «escocia dice no» en la solapa. Estaban una vez más en la mesa de la cocina cenando y Rhona tenía cara de cansada; era lógico: se ocupaba de su trabajo, de la niña y de la campaña. No dijo nada de la insignia ni siquiera cuando él se la quitó de la chaqueta y se la prendió en la camisa. Sólo le miró con ojos inexpresivos y no volvió a hablarle en toda la noche. En la cama le dio la espalda.

– Creí que querías que me metiera más en política -dijo él en broma, pero ella no contestó-. Lo digo en serio. He pensado en todo lo que me dijiste y he decidido votar no.

– Haz lo que te dé la gana -contestó ella con frialdad.

– Pues eso haré -replicó él mirando el bulto de su cuerpo al lado.

Pero el primero de marzo hizo algo peor que votar no. No fue a votar. Podía alegar como disculpa que hacía mal tiempo, trabajo o cualquier otra cosa, pero lo cierto fue que lo hizo por fastidiar a Rhona, y fue viéndolo claro a medida que transcurrían las horas y miraba las manecillas implacables del reloj de la oficina. Cuando aún le quedaban unos minutos, estuvo a punto de salir corriendo al coche, pero se dijo que era demasiado tarde. Demasiado tarde.

De regreso a casa se sintió fatal. Rhona no había vuelto; estaría en alguna mesa electoral comprobando el recuento de votos o con sus correligionarios en algún bar aguardando los resultados oficiales.

La canguro le dejó a cargo de la niña y él se quedó cuidando a Sammy, que no tardó en dormirse abrazada a su osito de peluche Pa Broon. Rhona volvió tarde y algo bebida; también él lo estaba, con cuatro latas vacías de Tartán Special frente a la tele sin sonido, escuchando un disco. Pensó en decirle que había votado no, pero ella se habría dado cuenta de que mentía y optó por preguntarle cómo estaba.

– Adormilada -contestó ella desde la puerta del cuarto de estar como si le diese miedo entrar-, aunque, en cierto modo, casi es preferible -añadió dándose la vuelta.

Uno de marzo de 1979. El referéndum incluía una cláusula por la cual era necesario que un cuarenta por ciento votara sí, y corrió el rumor de que era una imposición del gobierno laborista de Londres para entorpecer la autonomía por temor a que sus diputados escoceses en Westminster fueran desplazados y los conservadores obtuvieran la mayoría permanente en la Cámara de los Comunes. Era imprescindible que hubiera un cuarenta por ciento de votos a favor del sí.

Pero no los hubo ni por aproximación. Un treinta y tres por ciento votó sí y un treinta y uno por ciento, no. El resultado, como dijo un periódico, era indicio de «una nación dividida». El PNE retiró el apoyo al gobierno Callaghan, quien los calificó de «pavos que votan en Navidad», obligando a la convocatoria de elecciones que ganaron los conservadores con la candidatura de Margaret Thatcher.

– La culpa es de tu PNE -comentó él a Rhona-. ¿Dónde está ahora tu autonomía?

Ella se encogió de hombros sin ofenderse. Había pasado cierto tiempo desde aquellas batallas a almohadonazos en el suelo. El volvió a concentrarse en su trabajo indagando vidas ajenas, problemas y miserias de otros.

No había vuelto a votar desde entonces.

Cuando se marchó Josephine Banks, Rebus volvió a la sala de Homicidios donde hablaban por teléfono el sargento Silvers y otros dos agentes que no eran de Saint Leonard, mientras la inspectora jefe Gill Templer y Watson hacían un aparte. Entró una agente uniformada a entregar a Watson unos mensajes telefónicos sujetos por un clip, y el jefe los cogió frunciendo el entrecejo sin interrumpir la conversación con Templer. Watson iba sin chaqueta y con la camisa arremangada. Los policías iban de un lado a otro, tecleaban en los ordenadores y contestaban al teléfono, que no dejaba de sonar. Rebus encontró en su mesa las transcripciones de los interrogatorios a los miembros del clan. A Cammo Grieve le había tocado la china inquisitorial de Bobby Hogan y Joe Dickie.

Cammo Grieve: ¿Tienen idea de cuánto va a durar esto?

Hogan: Lo siento, señor. No es nuestra intención molestarle.

Grieve: ¡Han asesinado a mi hermano!

Hogan: ¿A qué cree usted que se debe este interrogatorio?

(Rebus sonrió al recordar que Hogan pronunciaba de tal manera la palabra «señor» que sonaba a insulto.)

Dickie: ¿Regresó a Londres el sábado, señor Grieve?

Grieve: A la primera oportunidad.

Dickie: ¿No se lleva bien con su familia?

Grieve: Eso a usted no le importa.

Hogan (dirigiéndose a Dickie): Anota que el señor Grieve se niega a contestar.

Grieve: ¡Por Dios bendito!

Hogan: No hay necesidad de mencionar el nombre del Señor en vano.

(Rebus se echó a reír con ganas. Aparte de la trilogía habitual, bodas, funerales y bautizos, dudaba mucho de que Hogan viese alguna iglesia por dentro.)

Grieve: Mire… vamos a seguir, ¿no le parece?

Dickie: Totalmente de acuerdo, señor.

Grieve: Regresé a Londres el sábado por la noche. Puede comprobarlo hablando con mi esposa; pasamos el sábado juntos, salvo por una reunión con mi agente a causa de unos asuntos electorales. Unos amigos nos acompañaron en la cena. El lunes cuando iba al Parlamento recibí en el móvil la noticia de que habían matado a Roddy.

Hogan: ¿Y cómo se sintió, señor…?

El interrogatorio proseguía con un Grieve de actitud agresiva. Hogan y Dickie trataban de mitigar su hostilidad replicándole con preguntas y comentarios bien elocuentes de lo que pensaban de él.

Como comentó Hogan después, en plan estrictamente oficioso, «a este tío yo sólo le pondría una cruz si fuera Drácula».

A Lorna Grieve y a su esposo les cupo en suerte enfrentarse por separado al dúo más soportable del inspector Bill Pride y el sargento Roy Frazer. El matrimonio no había visto a Roddy el domingo, y Lorna había estado en casa de unos amigos en North Berwick; Hugh Cordover pasó el día trabajando con un ingeniero de sonido y varios músicos en el estudio de grabación de su casa; había testigos.

Tampoco había visto nadie a Roddy Grieve el sábado por la noche cuando supuestamente salió a tomar una copa con unos amigos. Ninguno de sus amigos le había visto. La conclusión era que Roddy Grieve llevaba una doble vida al margen de su matrimonio. Lo cual iba a complicar enormemente la investigación.

Porque por mucho que uno se esfuerce, hay secretos que se resisten a la indagación.

11

La caja de ahorros estaba en George Street, una calle que cuando Siobhan Clarke llegó a Edimburgo era como un gueto inquietante de arquitectura imponente y tiendas decrépitas. La mitad de los locales de oficinas estaban vacíos y el letrero de se alquila colgaba de los edificios como un pendón. Pero había dado un cambio y ahora había tiendas elegantes y numerosos bares y restaurantes, casi todos ellos instalados en antiguas sedes de bancos.

Que la caja de ahorros de C. Mackie siguiera abierta parecía casi un milagro. Clarke se sentó en el despacho del director mientras éste buscaba la documentación. El señor Robertson era un hombre bajo y gordo de calva reluciente y sonrisa radiante. Las gafas de media luna le conferían un aspecto dickensiano y Clarke casi se lo imaginaba vestido de época. El hombre aceptó la sonrisa que le dirigió como un cumplido a su carácter o a su eficiencia y volvió a sentarse ante el moderno escritorio de su moderno despacho. La carpeta que había cogido no era muy gruesa.

– La C corresponde a Christopher -dijo.

– Misterio desvelado -añadió Clarke abriendo el bloc de notas al tiempo que el señor Robertson la obsequiaba con una espléndida sonrisa.

– Abrió la cuenta en marzo de 1980. Concretamente el quince, un sábado. Pero yo no era director entonces.

– ¿Quién lo era en aquella fecha?

– Mi antecesor, George Samuels. A mí aún no me habían ascendido ni estaba en la sucursal.

Clarke pasó hojas de la libreta de Christopher Mackie. El primer ingreso era de cuatrocientas treinta mil libras.

– Correcto -comentó Robertson comprobando la cantidad-. A continuación retiró pequeñas cantidades y tiene los abonos del interés anual.

– ¿Usted conoció al señor "Mackie?

– Pues no, pero me he tomado la libertad de preguntar al personal -contestó pasando el dedo por la columna de cifras-. ¿Dice que era un mendigo?

– A juzgar por sus ropas no parece que tuviera domicilio

– Bueno, desde luego, la vivienda está por las nubes, pero de todos modos…

– Con cuatrocientas mil libras podría haber encontrado algo, ¿verdad?

– Con esa cantidad habría podido encontrar lo que quisiera -hizo una pausa-. Pero veo aquí unas señas del Grassmarket.

– Después iré allí.

Robertson asintió con un gesto.

– Una empleada nuestra, la señora Briggs, le atendió en una ocasión en que retiró dinero.

– Me gustaría hablar con ella.

– Me lo imaginé -dijo el hombre asintiendo otra vez con la cabeza- y la he avisado.

– ¿No hay ningún cambio de dirección en la cuenta? -dijo Clarke mirando el bloc.

– Veo que no -respondió Robertson hojeando los papeles.

– ¿Y no le pareció a usted raro esa cantidad en una sola cuenta?

– Informamos por escrito al señor Mackie de vez en cuando sobre otras opciones, pero, claro, no se puede presionar.

– ¿Para que no se moleste el cliente?

Robertson asintió.

– En nuestra sucursal hay cuentas importantes, ¿sabe? La del señor Mackie no era la única.

– Pero él no tocaba el dinero.

– Lo que me hace pensar que…

– No hemos descubierto nada parecido a un testamento, si se refiere a eso.

– ¿No hay ningún pariente?

– Señor Robertson, yo ignoraba incluso el nombre de pila del difunto hasta que usted me lo ha dicho -dijo Clarke cerrando el bloc-. Quisiera hablar con la señora Briggs.

Valerie Briggs era una mujer de mediana edad que acababa de cambiar de peinado, como dedujo Clarke por su modo de llevarse constantemente la mano al pelo como si no acabase de creerse su nueva imagen.

– Le atendí yo la primera vez que vino -le habían dado una taza de té y la mujer la contemplaba estupefacta, pues tomar el té en el despacho del jefe era para ella una experiencia tan nueva como el peinado-. Me comentó que quería abrir una cuenta y me preguntó a quién tenía que dirigirse. Yo le entregué un formulario y él volvió con él cumplimentado y me preguntó si era posible hacer el ingreso en metálico, pero yo pensé que se había equivocado poniendo ceros de más.

– ¿Vino con esa suma?

La señora Briggs asintió con un gesto, abriendo unos ojos como platos al recordarlo. Abrió una cartera preciosa para enseñármelo.

– ¿Una cartera?

– Muy bonita y reluciente.

Siobhan tomó nota.

– ¿Y qué más? -preguntó.

– Bueno, yo fui a informar al director, porque una cantidad así… -añadió estremeciéndose al pensarlo.

– ¿El director era el señor Samuels?

– El director, sí, el encantador George.

– ¿Sigue en contacto con él?

– Oh, sí.

– Bien, ¿y qué sucedió?

– Pues que George…, el señor Samuels, quiero decir, hizo pasar al señor Mackie a su despacho -dijo señalando con la cabeza hacia el escritorio-, el viejo despacho. Antes estaba junto a la entrada. No sé por qué lo cambiaron. El señor Mackie entró, habló un rato con él y eso fue todo. Cuando salió teníamos un nuevo cliente. Luego, siempre que venía esperaba para que le atendiese yo -añadió asintiendo repetidamente con la cabeza-. Es una lástima que se dejara de esa manera.

– ¿Que se dejara…?

– Ya me entiende, que se abandonara de ese modo. Mire, el día que abrió la cuenta… Bueno, no es que vistiera elegantemente, pero estaba presentable. Trajeado incluso. Quizá llevase el pelo algo descuidado… -añadió llevándose otra vez la mano a la cabeza- pero se expresaba correctamente y era muy educado.

– ¿Y luego comenzó a ir de mal en peor?

– Casi enseguida. Se lo comenté al señor Samuels.

– ¿Y él qué dijo?

La mujer sonrió recordándolo y recitó de memoria: «Valerie, querida, seguramente hay más ricos excéntricos que gente normal». No digo que no tuviera razón, pero recuerdo que dijo también: «El dinero impone responsabilidades que muchas personas son incapaces de asumir».

– Tal vez tuviera razón.

– Sí, no digo que no, querida, pero yo le contesté que estaba dispuesta a asumir responsabilidades si él abría la caja.

Rieron las dos y Clarke le preguntó cómo podía localizar al señor Samuels.

– No tendrá usted problemas. Es jugador empedernido de bolos; lo tiene como una religión.

– ¿Con este tiempo tan malo?

– ¿Se deja de ir a la iglesia cuando nieva?

Tenía toda la razón y Clarke se la dio a cambio de la dirección.

Cruzó el césped de la entrada a la bolera y abrió la puerta del centro social. Como no había estado nunca en Blackhall, se perdió en la maraña de calles y tuvo que recorrer dos veces la transitada Queensferry Road. Aquello era Bungalow Land, una zona de la ciudad que parecía haberse detenido en los años treinta, un mundo totalmente distinto al de Broughton Street. Era como otra ciudad, con tiendecitas y poca gente por la calle. Aquel césped tenía un aspecto abandonado, la hierba era rala. El centro social era un edificio de una sola planta recubierto de tablón marrón con más de treinta años a juzgar por su aspecto. Al entrar sintió una vaharada de calor procedente del calentador del techo. Vio al fondo una barra en la que una mujer mayor canturreaba y limpiaba las botellas de licor.

– ¿La bolera? -preguntó Clarke.

– Por esa puerta, jovencita -contestó la mujer señalando con la cabeza sin dejar su faena.

Siobhan cruzó una puerta de dos hojas y se encontró en una pieza larga y estrecha con un tapete verde de cuatro metros de ancho que cubría prácticamente todo el suelo. En el perímetro había sillas de plástico vacías; únicamente había cuatro jugadores, que volvieron la mirada hacia la intrusa muy indignados, pero viendo que era del bello sexo suavizaron la expresión y se pusieron muy tiesos.

– Seguro que ésta es de las que a ti te gustan -dijo uno de los hombres dando con el codo a su compañero.

– Olvídame.

– A Jimmy le gustan más gorditas -comentó el tercer jugador.

– Y con algo más de kilometraje -añadió el cuarto. Se echaron todos a reír con la confianza de viejos impunes.

– ¿Tú no darías un brazo a cambio de cuarenta años menos?

El que había hablado se levantó a recoger un bolo que había rodado hasta el final de la alfombra.

– Perdonen que les interrumpa el juego -dijo Clarke pensando en lo que iba a decir para presentarse-. Soy la agente de policía Clarke -añadió enseñando el carnet- y busco a George Samuels.

– Te dije que te atraparían, Dod.

– Era simple cuestión de tiempo.

– George Samuels soy yo.

El que dio un paso adelante era un hombre alto y delgado con un suéter de cuello en forma de V sin mangas y corbata color Borgoña. Notó la firmeza de su mano seca y caliente al estrechársela. Tenía cabello blanco abundante como de algodón.

– Señor Samuels, soy de la comisaría de Saint Leonard. ¿Podemos hablar?

– La esperaba -dijo mirándola con sus ojos azul claro-. Es por Christopher Mackie, ¿verdad? -añadió al tiempo que sonreía al ver la cara de sorpresa de ella, complacido por comprobar que aún contaban con él para algo.

Se sentaron en un rincón del bar. En el opuesto había una pareja de ancianos; él se había adormecido con la jarra de cerveza delante, en la mesa, y la mujer hacía punto.

George Samuels pidió un whisky con otro tanto de agua e hizo un gesto a Clarke dándole a entender que la invitaba a lo que quisiera, pero ella pidió un café. Apenas había dado un sorbo, le preocupó la idea de haberlo molestado. El tamaño del jarro debió llamarle la atención. También se arrepintió de no haber tenido en cuenta que la mujer de la barra había acabado con su contenido.

– ¿Cómo sabía usted que vendría? -preguntó a Samuels.

El hombre se pasó una mano por la frente.

– Siempre imaginé que en Mackie había algo raro… Nadie va así como así a una caja de ahorros a ingresar semejante cantidad. ¿No le parece? -dijo alzando la vista del vaso.

– No me importaría probar -replicó ella.

– Veo que ha hablado con Valerie -comentó él sonriendo-. Eso es lo que ella decía. Siempre bromeábamos los dos al respecto.

– Si pensó que había algo raro, ¿por qué aceptó el dinero?

– Si no lo aceptaba yo, otro lo habría hecho -respondió Samuels abriendo los brazos-. Hace veinte años de eso y entonces no estábamos obligados a informar de un caso así a la policía. Aquel depósito me valió el nombramiento de director de sucursal del mes.

– ¿Él le comentó algo sobre el dinero?

Samuels asintió con la cabeza. Había un algo de navideño en su pelo, y Clarke se imaginó jugando con él como si fuese nieve recién caída.

– Sí, claro, fue lo primero que yo le pregunté -contestó.

– ¿Y él qué dijo?

Clarke dio un mordisco a una de las galletas que le habían servido con el café; era blanducha y grasienta.

– Me preguntó si era imprescindible comentarlo y al decirle yo que era simple curiosidad, me contestó que era de un atraco a un banco -se notaba que le complacía la mirada que ella le dirigió-. Nos echamos a reír, claro, porque hablaba en broma, yo podía averiguarlo por la numeración de los billetes.

Clarke asintió con la cabeza. Tenía la boca llena de una pasta pegajosa; la única manera de deglutir aquello era bebiendo algo y su única alternativa era aquel café. Dio un sorbo, contuvo la respiración y tragó.

– ¿Y qué más le dijo?

– Explicó algo sobre una herencia, diciendo que había cobrado el cheque por la experiencia de ver junto tanto dinero.

– ¿No le dijo dónde había cobrado el cheque?

– Lo más probable es que no me lo hubiera creído -respondió Samuels encogiéndose de hombros.

– ¿Pensó usted que el dinero era…? -preguntó ella mirándole.

– Negro o algo así -respondió Samuels asintiendo con la cabeza-. Pero pensara lo que pensara, lo tenía delante y él estaba dispuesto a abrir la cuenta en mi sucursal.

– ¿No sintió escrúpulos?

– En aquella época, no.

– Pero sí que esperaba que alguien viniese algún día a hacerle preguntas sobre el señor Mackie.

– Ahora ya no es momento de pedir disculpas, señorita Clarke -dijo él encogiéndose de hombros-, aunque me imagino que ustedes ya sabrán la procedencia de esa suma.

– No tenemos la menor idea, señor -respondió Clarke negando con la cabeza.

– ¿Por qué ha venido, entonces? -preguntó Samuels recostándose en la silla.

– El señor Mackie se ha suicidado. Vivía como un vagabundo y se arrojó por el puente North. Estoy investigando el motivo.

Samuels no podía ayudarla en nada más. Él sólo había hablado con Mackie aquel primer día. Volviendo a Edimburgo camino del Grassmarket, Clarke consideró las posibilidades y en cuestión de segundos llegó a la conclusión de que únicamente contaba con un leve indicio. Para averiguar el cómo y el porqué tendría que descubrir quién era aquel Christopher Mackie. Ya había llamado al archivo para que buscaran en las fichas. El apellido no aparecía en los listines telefónicos y, tal como se imaginaba, en la dirección de Grassmarket se encontró con un albergue para los sin techo.

El barrio de Grassmarket era un mundo aparte. Siglos atrás se alzaba en él la horca, pero el único recordatorio de ello era un pub llamado The Last Drop. Hasta 1970 había sido un barrio conocido como refugio para desheredados y vagabundos, pero después empezó a llenarse de gente bien con más posibles, abrieron boutiques, renovaron los bares y poco a poco comenzó a recibir visitantes que afluían por Victoria Street y Candlemaker Row.

El albergue no hacía precisamente alarde de su existencia con aquellas dos ventanas mugrientas y la robusta puerta. Había junto a ella dos hombres en cuclillas, y uno de ellos le pidió fuego. Clarke negó con la cabeza.

– Entonces seguro que no tiene pitillos -comentó el hombre reanudando la charla con su compañero.

Clarke giró el pestillo pero la puerta estaba cerrada. Pulsó el timbre dos veces y aguardó. Se abrió la puerta de par en par y un joven escuálido no hizo más que mirarla para volver a entrar diciendo: «Sorpresa, sorpresa, la policía» y fue a sentarse en una silla y a enfrascarse otra vez en la televisión. En el cuarto había un par de sillones destartalados, un largo banco de madera y otros dos asientos parecidos a taburetes. El televisor y una mesita de centro completaban el mobiliario. En la mesita había un diminuto cenicero de aluminio pero casi todas las colillas iban a parar al suelo de linóleo. En un sillón dormitaba un hombre que tenía el rostro cubierto de trocitos de papel. Clarke iba a acercarse para ver qué era cuando el que le había abierto la puerta cortó una tira de periódico, la humedeció en la boca y la escupió sobre el dormido.

– Son dos puntos en la cara y uno en el pelo o la barba -explicó.

– ¿Cuál es tu puntuación máxima?

– Ochenta y cinco -respondió el muchacho dejando ver su dentadura mellada.

Se abrió una puerta al fondo.

– ¿Qué desea?

Clarke se acercó a la mujer y le dio la mano. A sus espaldas el francotirador imitó el aullido de una sirena.

– Soy la agente de policía Clarke de la comisaría de Saint Leonard.

– Usted dirá.

– ¿Conoce a un tal Christopher Mackie?

– Puede ser -respondió la mujer con una mirada desconfiada-. ¿Qué ha hecho?

– El señor Mackie ha muerto. Se ha suicidado, al parecer.

La mujer cerró los ojos un segundo.

– ¿Ha sido el que se tiró desde el puente North? La noticia del periódico decía únicamente que era un vagabundo sin dar el nombre.

– ¿Usted le conocía?

– Pase al almacén y hablamos.

Se llamaba Rachel Drew y llevaba doce años encargada del albergue.

– No es realmente un albergue -dijo-, sino un centro de día, pero qué quiere que le diga, si no tienen dónde dormir les cedo la sala de la entrada. ¿Qué voy a hacer siendo invierno?

Clarke asintió con la cabeza. El cuarto era, tal como había dicho Rachel Drew, un almacén. Había una mesa y un par de sillas, pero el resto lo ocupaban cajas de latas de conserva. Drew le dijo que tenían una cocinita anexa en la que ella y dos ayudantes preparaban tres comidas diarias.

– No es gastronomía fina, pero no se quejan.

Drew era una mujer alta, sencilla, de cuarenta y tantos años, con melena negra, aparentemente de rizo natural, hasta los hombros. Tenía los ojos oscuros y un rostro cetrino, pero su voz era cálida y alegre como defensa frente al cansancio permanente, supuso Clarke.

– ¿Qué puede decirme del señor Mackie?

– Era un hombre amable, encantador. No hacía fácilmente amistad con nadie, pero porque él no quería. Me costó llegar a tener cierta confianza con él porque cuando yo vine aquí él era veterano. No es que estuviera siempre en el albergue, pero sí acudía con regularidad.

– ¿Usted le guardaba el correo?

Drew dijo que sí.

– No recibía mucho. El cheque de la seguridad social y… quizá dos o tres cartas al año.

Los extractos de la cuenta en la caja de ahorros, pensó Clarke.

– ¿Hasta qué extremo le conoció? -preguntó.

– ¿Por qué lo dice?

Clarke la miró y Drew esbozó una sonrisa.

– Perdone, me siento muy protectora con mis mendigos. No sé si es que piensa que Chris tenía una personalidad suicida. No, yo diría que no -añadió negando con la cabeza.

– ¿Cuándo le vio por última vez?

– Hará una semana más o menos.

– ¿Sabe adónde iba cuando no se recogía aquí?

– Yo tengo por principio no preguntar nada.

– ¿Por qué? -preguntó Clarke con auténtica curiosidad.

– Porque nunca se sabe qué preguntas pueden molestar.

– ¿Él no le contó nada de su pasado?

– Algunas anécdotas. Dijo que había estado en el ejército, y una vez me comentó que había sido cocinero y que su esposa se fugó con un camarero.

Clarke notó cierto retintín en ella.

– ¿Usted no se lo creyó?

Drew se recostó en la silla que enmarcaban las cajas de latas de conserva, las latas que ella abría a diario para alimentar a unas personas a fin de que el resto del mundo pudiera olvidarse de ellas.

– Me cuentan muchas cosas y yo simplemente escucho.

– ¿Tenía algún amigo íntimo Chris?

– Aquí no, que yo sepa. Quizá fuera del albergue -añadió entornando los ojos-. No me malinterprete, pero ¿por qué le interesa tanto un mendigo?

– Porque no lo era. Chris tenía una cuenta en una caja de ahorros con un saldo de cuatrocientas mil libras.

– Afortunado -comentó la mujer con gesto de desdén, pero vio la mirada seria de Clarke-. Dios mío, lo dice en serio… -añadió inclinándose y apoyando los codos en las rodillas-. ¿De dónde sacó tanto…?

– No lo sabemos.

– Así no me extraña su interés. ¿A quién irá a parar el dinero?

Clarke se encogió de hombros.

– Al familiar más allegado…

– Suponiendo que lo haya.

– Claro.

– Y suponiendo que lo encuentren -añadió Drew mordiéndose el labio inferior-. Mire, ha habido momentos en que hemos pasado apuros. Dios, ahora mismo, por ejemplo. Y a él jamás se le ocurrió… -se echó a reír de pronto dando una palmada-. El cabroncete… ¿Qué se traería entre manos?

– Eso es lo que intento averiguar.

– En caso de no localizar a ningún familiar, ¿para quién es el dinero?

– Creo que irá a parar a Hacienda.

– ¿Al Estado? Dios, no hay justicia, ¿no cree?

– Tenga cuidado con esos comentarios -replicó Clarke sonriente.

Drew negó con la cabeza conteniendo la risa.

– Cuatrocientos mil de los grandes, se tira por un puente y ahí queda eso.

– Sí.

– Sabiendo que se descubriría -añadió Drew mirándola-, es como si les plantease un acertijo, ¿no? -permaneció pensativa un instante-. Den la noticia a los periódicos y así al publicarlo seguro que aparece la familia.

– Junto con todos los chalados y farsantes del mundo. Por eso necesito averiguar quién era para eliminar falsarios.

– Es verdad. Piensa usted con la cabeza. Con lo que yo podría hacer con ese dinero -añadió con un suspiro.

– ¿Contrataría un cocinero?

– Pensaba más bien en pasar un año en Barbados.

Clarke volvió a sonreír.

– Una última pregunta. ¿No tendría una foto de Chris?

Drew enarcó una ceja.

– Pues mire, creo que ha tenido suerte -dijo abriendo un cajón.

Empezó a sacar papeles, papeletas de rifa, bolígrafos y casetes hasta dar con un paquete de fotos que examinó hasta encontrar una que le enseñó.

– Es de las últimas Navidades, pero Chris no había cambiado mucho. Es ése junto al de la barba.

Clarke reconoció al durmiente de la primera sala. También aparecía en el sillón, pero bien despierto y con la boca abierta fingiendo falsa alegría. En un brazo del sillón se veía sentado al llamado Christopher Mackie; era un hombre de mediana estatura con algo de barriga y pelo negro peinado hacia atrás desde una frente protuberante. Sonreía con malicia como si ocultase algún secreto. Claro. Era la primera vez que Clarke veía su cara y sintió una extraña sensación. Hasta aquel momento para ella había sido un simple cadáver.

– Aquí lo tiene solo -dijo Drew enseñándole otra foto.

En ésta se veía a Mackie fregando platos. Era una instantánea y se le veía muy serio concentrado en lo que hacía, pero el resplandor del fogonazo del flash daba al rostro un aspecto fantasmagórico con dos puntos rojos a modo de ojos.

– ¿Le importa que me las lleve?

– Puede quedárselas.

Clarke se guardó las fotos en el bolsillo.

– Le agradecería también que de momento no comentara con nadie lo que hemos hablado.

– ¿No quiere que la acosen chiflados?

– Complicarían mi trabajo todavía más.

De improviso, Drew pareció recordar algo; abrió una carpeta roja de plástico con anillas y pasó las fichas hasta dar con una concreta.

– Aquí están los datos personales de Chris -dijo tendiéndosela a Clarke-. Figura la fecha de nacimiento y el nombre y teléfono de su médico. Tal vez le sirva de ayuda

– Gracias -dijo Clarke sacando un billete del bolsillo-. No se trata de un soborno, sino de una aportación para el albergue.

– Muy bien -dijo Drew al fin mirando el dinero y cogiéndolo-. Si así descarga su conciencia no puedo rehusarlo.

– Señora Drew, yo soy agente de policía y en los cursos de formación me despojaron de conciencia.

– Bueno -comentó Rachel Drew poniéndose en pie-, pero me da la impresión de que la ha recuperado.

12

Rebus dio a Linford dos opciones: ir a la empresa en que trabajaba Roddy Grieve o al estudio de Hugh Cordover, pero sabía perfectamente lo que elegiría.

– A lo mejor obtengo información para mis inversiones -comentó Linford, y dejó que Rebus fuese a Roslin la casa de Hugh Cordover y Lorna Grieve.

En Roslin estaba la antigua y famosa iglesia de Rossylin que en los últimos años se había convertido en meta de una serie de chiflados milenaristas que afirmaban que bajo su suelo estaba enterrada el Arca de la Alianza o algo extraterrestre. El pueblo era tranquilo y anodino y High Manor estaba a unos trescientos metros en las afueras, protegida por una tapia de piedra sin verja en el portón de entrada, donde sólo se veía el letrero de privado. El nombre de High Manor respondía al hecho de que cuando Hugh Cordover formaba parte del conjunto Obscura se hacía llamar «High Chord». Rebus llevaba un disco del grupo, Repercusiones continuas, con una portada en la que aparecía Lorna en un trono en pose de sacerdotisa con túnica transparente, una serpiente enroscada al cuello y unos rayos láser que brotaban de sus ojos. Todo ello enmarcado por una cenefa de jeroglíficos.

Aparcó el Saab junto a un Fiat Punto y un Land Rover. Había otros dos coches: un viejo Mercedes destartalado y un descapotable americano clásico. Dejó el disco en el coche y se dirigió a la puerta. Le abrió la propia Lorna Grieve con un vaso en la mano haciendo tintinear el hielo.

– Mi apreciado Hombre mono -dijo con un gorjeo-. Adelante. Hugh está en las entrañas de la casa. Tendrá que esperar a que acabe.

Se refería a que Hugh Cordover estaba en el estudio de grabación que ocupaba la planta baja, acompañado de un ingeniero de sonido, entre aparatos y equipos de grabación. Por la ventana insonorizada Rebus vio el estudio propiamente dicho donde tres jóvenes desmadejados parecían realmente agotados. El batería paseaba por detrás de su instrumento sujetando por el cuello una botella de Jack Daniels, mientras guitarrista y bajista parecían concentrados en los auriculares, rodeados de latas de cerveza, paquetes de cigarrillos, botellas de vino y cuerdas de guitarra.

– ¿Entendéis lo que quiero decir? -preguntó Hugh Cordover a través del micrófono. Los músicos asintieron con la cabeza y él miró hacia Rebus-. Vale, chicos, está aquí la policía para hablar conmigo. No os hagáis rayas.

Rebus vio sus gestos de desprecio y los cortes de manga que le dirigían y pensó que el rock and roll nunca había sido tan peligroso.

Cordover dio unas instrucciones al ingeniero y a continuación se levantó muy tieso del asiento, pasándose una mano por el rostro sin afeitar y moviendo despacio la cabeza al tiempo que cedía el paso a Rebus.

– ¿Quiénes son? -preguntó Rebus.

– El próximo grupo de éxito si hacen lo que yo digo -respondió Cordover-. Se llaman Los Crusoe.

– ¿Los Robinson Crusoe?

– ¿Ha oído hablar de ellos?

– Alguien me dijo que usted era el representante.

– Representante, arreglista y productor. Soy su figura paterna -contestó Cordover abriendo una puerta-. Pasemos a la sala de recepción.

Había de todo por el suelo, las sillas estaban llenas de revistas musicales, y vio un televisor portátil, un transistor de alta fidelidad y una mesa de billar americano.

– Disponemos de todas las comodidades modernas -explicó Cordover abriendo la nevera para coger un refresco-. ¿Quiere tomar algo?

Lorna Grieve, sentada en un sofá rojo, cerró el periódico que hojeaba.

– Si no soy mala psicóloga, a mi Hombre mono le apetecerá algo más fuerte -dijo agitando el hielo de su vaso.

Vestía un conjunto vaporoso de seda verde con pantalones, iba descalza y llevaba un pañuelo de gasa roja.

– Me contentaré con un refresco -dijo Rebus asintiendo con la cabeza al ver que Cordover sacaba dos botellas de su agua mineral preferida.

– ¿Hablamos aquí o prefiere arriba? -dijo Cordover.

– Le advierto que arriba está tan desordenado como aquí -comentó Lorna.

– Podemos hablar aquí -replicó Rebus sentándose en una silla mientras Cordover lo hacía en la mesa de billar y su esposa ponía los ojos en blanco como comentario a su incapacidad para utilizar las sillas.

– ¿Quién de ellos era Peter Grief? -preguntó Rebus.

– El bajista -contestó Cordover.

– ¿Sabe que ha muerto su padre?

– Claro que lo sabe -espetó Lorna Grieve.

– No estaban muy unidos -añadió Cordover.

– Al Hombre mono le choca que tras el brutal asesinato de Roddy vosotros dos volváis a trabajar como si no hubiera sucedido nada -dijo Lorna Grieve a su marido.

– Sí, claro, es mucho mejor empinar el codo -replicó Cordover.

– ¿Alguna vez he necesitado que muriera alguien de la familia? -dijo ella dedicándole una sonrisa acompañada de una caída de ojos-. Tiene usted mucho que aprender sobre el clan, Hombre mono -añadió dirigiéndose a Rebus.

– ¿Quieres dejar de llamarle así? -exclamó Cordover irritado.

– Es una canción de los Rolling Stones -dijo Rebus mirando a Lorna, que brindaba hacia él y no pudo por menos de sonreírle.

Bebía coñac; podía olerlo a pesar de la distancia.

– Yo conocí a Stew -dijo Cordover.

– ¿Stew? -preguntó Lorna entornando los ojos.

– Ian Stewart -añadió Rebus-. El sexto Stone.

Cordover asintió con la cabeza.

– Tenía un físico que no se prestaba a la imagen del grupo y sólo grababa con ellos. ¿Sabía que era de Fife? -agregó volviéndose hacia Rebus-. Y Stu Sutcliffe era de Edimburgo.

– Y Jack Bruce de Glasgow.

– Está muy enterado -dijo Cordover sonriendo.

– Algo. Sé, por ejemplo, que la madre de Peter se llama Billie Collins. ¿Se han puesto en contacto con ella?

– ¿Y por qué diablos íbamos a hacerlo? -dijo Lorna-. Que se compre un periódico.

– Creo que Peter ha hablado con ella -añadió Cordover.

– ¿Dónde vive?

– En Saint Andrews, me parece -contestó Cordover mirando a su mujer para que lo confirmara-. Es profesora de un colegio.

– En la Academia Haugh -añadió Lorna-. ¿Acaso es sospechosa?

– ¿Querría usted que lo fuese? -preguntó Rebus despreocupadamente, sin alzar la vista de lo que anotaba en el bloc.

– Cuantos más sospechosos, más divertido.

– ¡Por Dios santo, Lorna! -exclamó Cordover bajándose de un salto de la mesa de billar.

– Ah, es verdad, esa mujer siempre te puso tierno -espetó ella-. ¿O en realidad hacía que se te endureciera alguna cosa? -añadió mirando a Rebus-. Hugh siempre se disculpa por ser un salido alegando que es artista. Pero la verdad es que en la cama nunca ha pasado de ser un artista mediocre, ¿a que sí, cielo?

– No eran más que habladurías -dijo Cordover, que paseaba ahora por la habitación.

– A propósito de habladurías -dijo Rebus-. ¿Han oído una sobre Josephine Banks?

Lorna Grieve contuvo la risa y juntó las manos como si fuera a rezar.

– Oh, sí, que sea ella la asesina. Sería ideal.

– Inspector, Roddy era una figura pública -dijo Cordover mirando a su esposa- y en el ámbito público circulan toda clase de rumores. Es normal.

– ¿Ah, sí? -dijo Lorna-. Fascinante. ¿Quieres decirme qué rumores has oído sobre mí?

Cordover permaneció en silencio. Rebus pensó que tenía una réplica en la punta de la lengua, algo así como «ninguno, lo que demuestra que estás fuera de juego», pero se la guardó.

Consideró que había llegado el momento de lanzar una granada en el cuarto.

– ¿Quién es Alasdair? -preguntó.

Se hizo un silencio, que se prolongó mientras Lorna daba un trago a su bebida y Cordover seguía apoyado en la mesa de billar; Rebus dejó apurar su efecto.

– Es hermano de Lorna -dijo al fin Cordover-, pero yo no lo conozco.

– Alasdair era el mejor de todos nosotros -dijo Lorna con voz pausada-. Por eso no aguantó quedarse aquí.

– ¿Qué le sucedió? -preguntó Rebus.

– Que un buen día marchó a Dios sabe dónde -contestó ella con un gesto amplio sin soltar el vaso en el que no quedaba más que hielo.

– ¿Cuándo?

– Hace mucho tiempo, Hombre mono. Ahora vive en un clima cálido. Que le vaya bien -se volvió hacia Rebus señalando su mano izquierda-. No lleva alianza. ¿Cree que yo sería una buena detective? Además, usted también bebe porque no ha quitado ojo a mi vaso. ¿O es que le interesa otra cosa? -añadió con un mohín.

– Inspector, no le haga caso.

– ¡A mí se me hace caso! -vociferó ella tirándole el vaso-. ¡No pienses que estoy pasada de moda! ¡Sigo en el candelero!

– Sí, desde luego, las agencias hacen cola en la puerta y el teléfono no para de sonar.

El vaso le había pasado rozando y él se sacudió un hielo medio derretido del brazo.

Lorna se levantó de pronto del sofá y Rebus pensó que era costumbre de la pareja pelearse en público, por creerlo derecho inalienable de su condición de «artistas».

– Eh, vosotros -dijo una voz desde la puerta-, que no nos dejáis pensar. ¡Vaya insonorización! -era una voz cansina, fluida y lacónica. Peter Grief se acercó a la nevera y cogió una botella de agua-. Además, es la estrella del rock quien tiene que dar caña, no sus tíos.

Rebus y Peter Grief se sentaron en la sala de control mientras los otros subían al comedor en la otra planta. Acababa de llegar una furgoneta con bandejas de bocadillos y pasteles. Rebus tenía en la mano un platito de papel con un triángulo de pan de molde con pollo al curry, y Peter Grief, que rebañaba con el dedo la crema de un pastel, lo único que había comido aquella mañana, preguntó si no importaba que hubiese música de fondo porque a él le ayudaba a pensar.

– Aunque lo que suena es una mala mezcla de una de mis canciones.

Rebus comentó que había muy pocos grupos de tres músicos pero Grief se lo rebatió citando a Manic Street, Preachers, Massive Attack, Supergrass y otros seis.

– Y Cream, por supuesto -añadió.

– Sin olvidar a Jimi Hendrix.

Grief hizo una leve reverencia.

– Noel Redding; pocos bajistas ha habido como James Marshall.

Concluidas las sutilezas musicales, Rebus dejó el plato. -¿Sabes por qué he venido, Peter?

– Me lo ha dicho Hugh.

– Lamento lo de tu padre.

Grief se encogió de hombros.

– Un mal paso en la carrera de un político. Si se hubiera dedicado a lo mío… -sonaba como algo aprendido, una frase utilizada constantemente como defensa.

– ¿Qué edad tenías al separarse tus padres?

– Era muy pequeño; no me acuerdo.

– ¿Te criaste con tu madre?

Grief asintió con la cabeza.

– Pero ellos se veían a menudo. Ya sabe, «por el bien del niño».

– Pero algo así hace daño, ¿verdad?

– ¿Usted qué sabe? -replicó Grief con cierta irritación alzando la vista.

– Yo dejé a mi mujer y ella fue quien tuvo que criar a nuestra hija.

– ¿Y qué tal le va a su hija? -preguntó Grief. El enfado había dado paso a la curiosidad.

– Ahora, bien -dijo Rebus haciendo una pausa-. Pero entonces… no lo sé realmente.

– Mire, usted es un poli y no sé si todo esto no será un truco barato para que le hable de mis sentimientos como si se los contara a un abogado.

Rebus sonrió.

– Peter, si yo fuese abogado la pregunta que te haría a continuación sería: «¿Crees que necesitas hablar de tus sentimientos?».

Grief sonrió y dijo que sí.

– A veces me gustaría ser como Hugh y Lorna.

– Porque no se callan las cosas, ¿eh?

– Pues sí -contestó el joven con otra sonrisa desmayada.

Grief era alto y delgado, con el pelo negro, posiblemente teñido, peinado hacia atrás con un medio tupé. Su rostro era largo y anguloso, de pómulos marcados, y los ojos reflejaban angustia.

Encajaba bien en su papel con aquella camiseta sucia de mangas deformadas, vaqueros pitillo negros y botas de motorista. Lucía muñequeras de cuero con cuentas y una estrella de cinco puntas alrededor del cuello. Si Rebus hubiese estado buscando un bajista para un grupo de rock le habría escogido a él entre los posibles candidatos.

– ¿Sabes que tratamos de averiguar quién podía querer matar a tu padre?

– Sí.

– Cuando hablabas con él, ¿te dio alguna vez… la impresión de que tuviera enemigos o de que le preocupase alguien?

– No me lo habría dicho -respondió Grief negando con la cabeza.

– ¿A quién se lo habría dicho?

– Tal vez al tío Cammo -dijo Grief haciendo una pausa-. O a la abuela -movía los dedos imitando al bajista cuya guitarra sonaba por el altavoz-. Quiero que oiga esta canción sobre la última vez que hablamos mi padre y yo.

Rebus prestó oído y no le pareció un ritmo elegíaco precisamente.

– Discutimos porque él me reprochaba que perdía el tiempo y que tío Hugh tenía la culpa.

– ¿Cómo se titula la canción? -preguntó Rebus, que no captaba la letra.

– Ahora entra el estribillo -dijo Grief, y empezó a cantar esta vez claramente para Rebus:

Tu corazón no entendía la belleza,

tu mente no aceptaba la verdad,

creo que no tengo más remedio

que hacerte un reproche final.

Sí, escucha el reproche final.

Hugh Cordover y Lorna Grieve acompañaron a Rebus hasta el coche.

– Sí -dijo Cordover que llevaba un móvil en la mano-, seguramente es su mejor canción.

– ¿Sabe que está dedicada a su padre?

– Bueno, discutieron y a Peter le inspiró una canción -replicó Cordover encogiéndose de hombros-. ¿Significa eso que es sobre su padre? Creo que es usted excesivamente literal, inspector.

– Tal vez.

Lorna Grieve no parecía acusar los efectos del coñac. Miró el Saab de Rebus como si fuese un objeto de museo.

– ¿Todavía fabrican este coche? -preguntó.

– En el nuevo modelo han suprimido los faros de gas -replicó Rebus arrancándole una sonrisa.

– Su sentido del humor es refrescante.

– Una cosa más… -dijo Rebus inclinándose a coger el disco de Obscura del coche.

– Dios mío -exclamó Cordover-, pocos deben de quedar de ésos.

– No me extraña -comentó su mujer admirando su retrato en la portada.

– Me gustaría que me lo firmara.

– Con mucho gusto -dijo Cordover cogiendo el bolígrafo que le tendía-. Pero, un momento, ¿con mi nombre o con el de High Chord?

– Con el de High Chord, ¿no? -contestó Rebus.

Cordover escribió el nombre en la portada y se lo devolvió.

– ¿Y la modelo…? -preguntó Rebus.

Lorna Grieve le miró y él creyó que iba a negarse, pero al fin ella cogió el bolígrafo y autografió su nombre en la portada, estudiándola después detenidamente.

– ¿Tienen idea de qué significan los jeroglíficos? -preguntó Rebus.

Cordover se echó a reír.

– En absoluto. Un conocido mío estaba metido en el rollo.

Rebus advirtió en ese momento que algunos de los signos eran estrellas de cinco puntas como la del colgante de Peter.

– Vamos, Hugh -dijo Lorna, riendo a su vez-, a ti también te gustaba el tema. Y le gusta -añadió mirando a Rebus-. No puede compararse con lo de Jimmy Page, pero es precisamente el motivo de que nos mudásemos a Roslin; para estar cerca de la iglesia por la moda del New Age maldito, las coletas y todo lo demás.

– Creo que ya me has dejado bastante mal por hoy delante del inspector -dijo Cordover con mala cara, pero en ese momento sonó el móvil; se dio media vuelta y echó a andar contestando a la llamada en tono muy animado y con acento norteamericano, olvidándose de ellos dos, que quedaron a solas.

Ella cruzó los brazos.

– Es penoso, ¿no es cierto? No sé qué vería yo en él.

– A mí no me lo pregunte.

– ¿Así que es lo que yo decía? ¿Le da a la bebida?

– Sólo en reuniones sociales.

– ¿Y en las antisociales, no? -replicó ella riendo-. Yo puedo ser muy social, lo que sucede es que no me apetece delante de Hugh -miró hacia atrás y vio que su marido seguía hablando de cifras y entraba en la casa.

¿Se referiría a dinero o al número de discos vendidos?, pensó Rebus.

– ¿Adónde va a tomar copas? -preguntó ella.

– A diversos sitios.

– ¿Cuáles?

– Al bar Oxford, al Swany's, al The Malting.

– No sé por qué me imagino un suelo sin alfombras, mucho humo de tabaco, palabrotas y fanfarronadas, y pocas mujeres -dijo ella arrugando la nariz.

– O sea que los conoce -replicó él sin poder evitar una sonrisa.

– Creo que sí. A ver si nos tropezamos alguna vez.

– Podría ser.

– Me dan ganas de besarle, pero no creo que fuera correcto, ¿verdad?

– Cierto.

– Pero, en cualquier caso, creo que voy a hacerlo -Cordover había entrado en la casa-. ¿O se considera una agresión?

– Si no hay denuncia, no.

Lorna Grieve se inclinó y le dio un beso rápido en la mejilla, y cuando se incorporó, Rebus vio un rostro en la ventana. No era Cordover sino Peter Grief.

– No he captado el título de esa canción de Peter sobre su padre -dijo Rebus.

– Reproche final -dijo Lorna Grieve-. Una especie de censura.

Mientras conducía cogió el móvil y llamó a Derek Linford para preguntarle qué tal le había ido en la Bolsa.

– Roddy Grieve estaba limpio como una patena -dijo Linford-. No hizo ninguna mala operación, no hay líos ni clientes descontentos. Por otra parte, ninguno de sus colegas fue a tomar copas con él el domingo.

– ¿Lo que exactamente quiere decir…?

– Pues no lo sé.

– Entonces, ¿no hemos sacado nada en limpio?

– Bueno, yo he conseguido ciertos datos para una inversión. ¿Y tú?

Rebus miró el disco que tenía en el asiento del copiloto.

– Yo tampoco sé lo que he obtenido, Derek. Luego te llamo.

Realizó otra llamada a un anticuario de discos de Edimburgo.

– ¿Paul? Soy John Rebus. Tengo un Repercusiones continuas de Obscura con autógrafo de High Chord y Lorna Grieve -escuchó un instante-. No es mucho, pero no está mal -volvió a escuchar-. Llámame si aumentas la oferta, ¿vale? Adiós.

Aminoró para buscar en la guantera una cinta de Hendrix que puso en el casete. Amor o confusión. A veces era difícil saber la diferencia.

El laboratorio forense estaba en Howdenhall, pero Rebus no entendía por qué Grant Hood y Ellen Wylie le habían citado allí. Su mensaje era ambiguo y apuntaba a una sorpresa. A Rebus le reventaban las sorpresas. Igual que el beso furtivo de Lorna Grieve; no había sido una sorpresa exactamente, pero en cualquier caso… Y si no hubiese apartado la cabeza, se lo habría dado en la boca. Dios, y con Peter Grief mirando en la ventana. Grief: quería haberle preguntado por qué ese cambio de apellido. Claro que, como se había criado con su madre, a lo mejor se apellidaba Collins. Si así era, el cambio resultaba aún más drástico.

Howdenhall estaba lleno de cerebros grises, algunos con apenas veinte años. Eran gente que entendía de ADN, de ordenadores y de bancos de datos. En la actualidad, en Saint Leonard ya no tomaban las huellas dactilares con tinta a los sospechosos; simplemente les hacían poner la palma de la mano sobre un escáner y automáticamente aparecían en la pantalla las huellas para que los del fichero de antecedentes confirmaran si estaban fichados. Era un procedimiento que, a pesar de los meses transcurridos, seguía causando admiración en Rebus.

Hood y Wylie le esperaban en una sala de reunión. Howdenhall era de construcción reciente y en las instalaciones flotaba un olor absurdo a limpio. La gran mesa ovalada, hecha de tres secciones desmontables, no estaba todavía rayada ni manchada, ni el almohadillado de las sillas estaba desfondado. Los dos agentes jóvenes hicieron gesto de ponerse en pie al entrar Rebus pero él les hizo seña de que se sentasen y fue a acomodarse frente a ellos.

– No hay ceniceros -comentó.

– Aquí no puede usted fumar -dijo Wylie.

– Bien que lo sé, pero sigo pensando que es sólo un mal sueño -comentó mirando a su alrededor-. ¿Tampoco hay café?

– Si quiere… -dijo Hood poniéndose en pie de un salto.

Rebus negó con la cabeza, pero le complacía que Hood se mostrase tan solícito. Vio en la mesa dos vasos de plástico vacíos y se preguntó quién habría hecho el servicio. Aunque hubiera pagado Hood, estaba casi seguro de que Wylie había ido a buscar las bebidas.

– ¿Qué novedades hay? -preguntó.

– En la chimenea casi no quedaban restos de sangre -contestó Wylie-. Lo más probable es que Mojama fuese asesinado en otro lugar.

– Lo que significa que hay pocas probabilidades de que el equipo de la Científica obtenga buenos resultados -dijo Rebus, y se quedó pensativo un instante-. ¿A qué viene, entonces, este misterio?

– No es ningún misterio, señor. Simplemente, nos enteramos de que el profesor Sendak acudía aquí esta tarde a una reunión…

– Y no quisimos desaprovechar la ocasión, señor -añadió Hood.

– ¿Y quién diablos es el profesor Sendak?

– Un catedrático de la universidad de Glasgow, jefe del Departamento de Patología Forense.

– ¿De Glasgow? -dijo Rebus enarcando una ceja-. Escuchad, si Gates y Curt se enteran de esto, allá vosotros. Yo no quiero saber nada. ¿Entendido?

– Hemos consultado a la oficina del Fiscal.

– Bueno, ¿y qué va a hacer ese Sendak que no puedan hacer nuestros cerebritos?

Llamaron a la puerta.

– Tal vez el profesor pueda explicárselo -dijo Hood con tono de alivio.

El profesor Ross Sendak rondaba los sesenta aunque conservaba un abundante pelo negro. Era el más bajo de los presentes pero se movía con tal aplomo y seguridad en sí mismo que imponía respeto. Una vez hechas las presentaciones tomó asiento y extendió las manos sobre la mesa.

– Piensan que puedo ayudarles -dijo- y puede que así sea, pero necesito que envíen el cráneo a Glasgow. ¿Es posible?

Wylie y Hood cruzaron una mirada y Rebus carraspeó.

– Profesor, tengo la impresión de que el equipo de arqueólogos aquí presente no me ha puesto al corriente.

Sendak asintió con la cabeza y realizó una profunda inspiración.

– Se trata de tecnología por láser, inspector -dijo sacando de la cartera un ordenador portátil que encendió-. Se denomina reconstrucción facial forense. Sus colegas patólogos han verificado que el difunto tenía pelo castaño. Es un principio. Lo que haremos en Glasgow es colocar el cráneo sobre una plataforma giratoria y enfocarle un rayo láser para recoger por ordenador los datos que configuren una imagen detallada, a partir de la cual se establecen los volúmenes faciales, y con otros datos, como son la complexión física de la víctima y su edad en la fecha de la muerte, conferimos una mayor precisión a la imagen final. Algo así -añadió volviendo el ordenador hacia Rebus.

Rebus se puso en pie porque sentado no apreciaba más que un recuadro negro en la pantalla. Hood y Wylie se levantaron también y se situaron en posición de captar el rostro que parpadeaba en el monitor. Moviéndolo a derecha e izquierda desaparecía, pero visto de frente era sin duda la cara de un hombre joven. Era una cara como de maniquí y de ojos mortecinos, la oreja visible resultaba algo rudimentaria y se notaba que el pelo era un añadido.

– Este pobre hombre se pudría en una montaña de las Tierras Altas y, cuando lo encontraron, su estado no permitía una identificación normal porque las alimañas y los agentes meteorológicos habían hecho su obra.

– ¿Y creen que ese es el aspecto físico que tenía en vida?

– Yo diría que es bastante aproximado. Ojos y cabello son hipotéticos, pero la estructura general del rostro es la real.

– Es asombroso -comentó Hood.

– Con ese recuadro de la pantalla -prosiguió Sendak- podemos modificar la configuración del rostro…, cambiar el pelo, añadir bigote o barba y hasta cambiar el color de los ojos. De este modo, pueden imprimirse unas variantes y distribuirlas al público para la identificación -señaló un cuadrado gris en la esquina superior de la pantalla, en el que aparecía como una versión de juguete de diversos complementos para obtener un retrato robot, como un contorno rudimentario de cabezas, sombreros, peinados y gafas.

Rebus miró a Hood y a Wylie, que estaban pendientes de que él diera su conformidad.

– ¿Cuánto va a costamos esto? -preguntó mirando la pantalla.

– No es un proceso muy caro -respondió Sendak-, aunque ya sé que el caso Grieve acapara todo el presupuesto.

– Alguien debe de haberse ido de la lengua -comentó Rebus mirando a Wylie.

– Es en el único gasto en que vamos a incurrir -alegó ella y Rebus apreció cierta animosidad en su mirada, como si se sintiera relegada.

En cualesquiera otras circunstancias el caso de Mojama habría sido noticia, pero el de Roddy Grieve era una fuerte competencia.

Finalmente, Rebus dio su aprobación.

Después fueron a tomar un café y Sendak explicó que el Centro de Identificación Forense que dirigía había contribuido a esclarecer crímenes de guerra en Ruanda y en la antigua Yugoslavia. De hecho, al final de la semana tomaría el avión para La Haya para testificar en un juicio por crímenes de guerra.

– Encontraron treinta cadáveres serbios en una fosa común y nosotros ayudamos a identificarlos, demostrando que los mataron de un disparo a quemarropa.

– Es un método que sitúa las cosas en su justa perspectiva, ¿no? -comentó Rebus después mirando a Wylie.

Hood había salido a telefonear otra vez al despacho de la fiscalía para ponerles al corriente de las gestiones.

– Tenéis que avisar al profesor Gates -añadió Rebus.

– Sí, señor. ¿Habrá algún problema?

Rebus negó con la cabeza.

– Ya hablaré yo con él. No le hará gracia que en Glasgow tengan algo que él no tiene… pero lo aceptará. Al fin y al cabo, el resto del cadáver se queda en casa -añadió con un guiño.

13

La sala de Homicidios en Saint Leonard bullía de actividad: ordenadores, ayuda civil, líneas de teléfono extra, y en Queensberry House habían, además, instalado una cabina suplementaria portátil. Watson iba de reunión en reunión con los jefazos de Fettes y los políticos, y había perdido los nervios con uno de sus subalternos echándole la bronca antes de entrar a su despacho dando un portazo, algo que nunca le habían visto hacer. El sargento Frazer comentó: «Que vuelva Rebus para que tengamos una víctima propiciatoria», mientras Joe Dickie le daba un codazo preguntándole: «¿Qué se sabe de las horas extra?». El ya se había provisto de un formulario en blanco.

A Gill Templer le habían encargado los comunicados de prensa por su experiencia en trabajos de enlace, y ella había podido de momento despejar un par de las tesis de lo más absurdo sobre conspiración política. También estaba el ayudante Carswell, llegado para inspeccionar la tropa, con Derek Linford de cicerone. En la comisaría no cabía un alfiler e incluso Linford carecía de despacho. Habían asignado al caso doce agentes del DIC, secundados por otros doce policías uniformados. La misión de los uniformados era buscar el arma del crimen en Queensberry House y efectuar las indagaciones puerta a puerta. Disponían también de secretarias extra y como Linford aguardaba que le comunicaran la cuantía del presupuesto para el caso, aún no había empezado a racanear sabiendo que se trataba de un caso importante, lo que justificaba cualquier gasto de personal y de horas extra.

De todos modos, a él le gustaba fiscalizar los gastos sin importarle estar fuera de su jurisdicción, y no hacía caso de las miradas y comentarios que suscitaba: «Ese cabrón de Fettes… se cree que tiene derecho a decirnos lo que hay que hacer aquí». Era cuestión de territorio. No es que a Rebus le importase; le dejaba hacer a su antojo, convencido de que era mejor administrador que él. «Derek, con toda franqueza, a mí nadie me ha acusado nunca de ser capaz de llevar la tienda», le dijo.

Linford dio una vuelta por la sala mirando los mapas, las listas de tareas, las fotos del escenario del crimen y los números de teléfono. Tres agentes silenciosos atendían los ordenadores, tecleando las últimas informaciones para la base de datos. Los cimientos de una investigación como aquélla estaban sobre todo en los datos, su recopilación y las referencias cruzadas que se obtuvieran, con objeto de establecer posibles hipótesis; podía resultar muy laborioso. Se preguntó si aparte de él alguno de los presentes sentiría como él aquella especie de electricidad. Miró otra vez las listas de servicio y vio que el sargento Frazer estaba al mando de la operación en Holyrood, de las indagaciones puerta a puerta y de los interrogatorios a los obreros de la empresa de demolición. Otro sargento, George Silvers, averiguaba los últimos movimientos del difunto. Roddy Grieve vivía en Cramond y le había dicho a su esposa que salía a tomar unas copas, algo normal, ella no había advertido nada raro en él. Aunque salió con el móvil, ella no había visto necesidad de llamarle y, a media noche, se había acostado, pero al no verle por la mañana comenzó a preocuparse, aunque decidió esperar un par de horas por si se producía alguna explicación racional… que se hubiera quedado a dormir en otro sitio, por ejemplo.

– ¿Sucedía eso a menudo? -preguntó Silvers.

– Lo había hecho un par de veces.

– ¿Y dónde se quedaba a dormir?

– En casa de su madre o en el sofá en la casa de algún amigo.

Silvers no era de los que ponían mucho esfuerzo en nada. Era difícil imaginársele impacientándose, y los interrogatorios se los tomaba con la misma calma.

Una tranquilidad que inquietaba al interrogado.

El ayudante de prensa de Grieve era un joven llamado Hamish Hall cuyo interrogatorio corrió a cargo de Linford. Cuando lo recordaba, Linford no tenía más remedio que reconocer que había sido derrota técnica. Hall, con su traje impecable y su rostro despejado e inteligente, le había disparado a bocajarro las respuestas, como desdeñando sus preguntas. Linford le lanzaba otra pregunta, arrastrado por su juego, sin iniciativa propia.

– ¿Cómo se llevaba con el señor Grieve?

– Bien.

– ¿Nunca tuvo problemas?

– Nunca.

– ¿Y la señorita Banks?

– ¿Me pregunta cómo me llevaba con ella o cómo se llevaba ella con Roddy? -replicó Hall haciendo brillar la montura cromada de sus gafas redondas.

– Pues las dos cosas.

– Bien.

– ¿Cómo?

– Es la respuesta a las dos preguntas: nos llevábamos bien.

– De acuerdo.

Y así prosiguió el interrogatorio, como un fuego cruzado de ametralladora. Los antecedentes de Hall eran: miembro del partido y hombre decidido, con una licenciatura en económicas, y en su discurso se notaba que la economía era su fuerte.

– Eso de ayudante de prensa… ¿es algo así como… psiquiatra?

– Eso es un golpe bajo, inspector Linford -replicó el joven torciendo el gesto.

– ¿Quién más formaba el equipo del señor Grieve? Supongo que habría voluntarios locales…

– Todavía no. La campaña electoral propiamente dicha no empieza hasta abril y es cuando necesitaremos ayuda.

– ¿Tienen previsto recurrir a alguien en concreto?

– Eso no es de mi competencia. Pregunte a Jo.

– ¿Jo?

– Josephine Banks, su secretaria electoral. La llamamos Jo -añadió consultando el reloj y lanzando un suspiro.

– ¿Qué piensa hacer ahora, señor Hall?

– ¿Al salir de aquí?

– Ahora que ha muerto quien le daba empleo.

– Encontrar otro -respondió con una sonrisa sincera-. No será difícil.

Linford se imaginó a Hall al cabo de unos años, acompañando a otro dignatario, quizá un primer ministro, y soplándole frases que el parlamentario repetiría en voz alta segundos después. Siempre en la brecha y cerca del poder.

Cuando se levantaron, Linford le dio la mano amistosamente y le obsequió con una sonrisa al tiempo que le invitaba a un té o a un café.

– De verdad que se lo agradezco… pero es que tengo que… Que usted lo pase bien.

Quién sabe si dentro de cinco o diez años…

– No puede ser.

Ellen Wylie miraba el interior oscuro de uno de los cuartos de interrogatorio de la planta baja, casi lleno de trastos rotos y muebles estropeados; sillas sin ruedas y máquinas de escribir antiguas.

– Se usa de almacén, como puede ver.

Ella se volvió hacia el sargento del mostrador que les había abierto la puerta.

– Cómo iba yo a pensar… -balbució.

– ¿Dónde vamos a meter todo esto? -dijo Grant Hood.

– Tal vez puedan apañarse así -dijo el hombre.

– Estamos trabajando en un caso de homicidio -replicó Wylie entre dientes y volvió a mirar el cuarto antes de volverse hacia su compañero-. Fíjate cómo nos tratan, Grant.

– Bueno, en sus manos lo dejo -dijo el sargento sacando la llave de la cerradura y entregándosela a Hood-. Que lo pasen bien.

Hood le vio alejarse y agitó la llave delante de los ojos de Wylie.

– Es todo suyo -dijo.

– ¿No podríamos quejarnos a la dirección? -añadió Wylie dando una patada a un sillón de escritorio del que se desprendió un brazo.

– Bueno, ya sé que el folleto ponía con vistas al mar -comentó su compañero-, pero con un poco de suerte no estaremos mucho aquí.

– Esos cabrones de arriba tienen máquina de café -dijo Wylie-. ¿Pero qué digo? -exclamó-. ¡Si no hay ni teléfono!

– Efectivamente -añadió Hood-, pero como ves tenemos el monopolio del mercado de máquinas de escribir eléctricas.

Siobhan Clarke se empeñó en ir a un sitio elegante a tomar la copa y Derek Linford se hizo cargo al explicarle ella el día que había tenido y las dos últimas horas de interrogatorio a mendigos.

– Es duro, sí-dijo-. Pero te encuentras bien, ¿no? -ella le miró-. Quiero decir que no te han mordido.

– No, sólo que… -echó hacia atrás la cabeza para contemplar el magnífico techo del Dome Bar-Grill como si buscara en él el resto de la frase-. No, la mayoría ni siquiera olían mal, pero la historia de sus vidas…

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Linford, que intentaba desalojar del borde del vaso la raja de lima con el palito de cóctel.

– Me refiero a la tragedia de sus vidas, llenas de fracasos y adversidades que les indujo a hacerse mendigos. Nadie nace mendigo, que yo sepa.

– Te entiendo, pero la mayoría de ellos no tendrían por qué vivir así. La culpa es del sistema de asistencia social -ella le miró sin que él lo advirtiera-. Yo nunca les doy limosna; para mí es como un principio. Seguro que habrá quienes se saquen en una semana más de lo que ganamos nosotros. Mendigando en Princes Street puedes sacar doscientas libras al día -añadió asintiendo repetidamente con la cabeza-. ¿Qué? -preguntó al ver la cara que ponía ella.

Siobhan miró su consumición, un gin-tonic con zumo de lima y soda.

– Nada -dijo.

– ¿Es por lo que he dicho?

– Tal vez sea…

– ¿Qué has tenido un día agitado…?

– Iba a decir que tal vez sea por cómo lo planteas -exclamó ella frunciendo el entrecejo.

Permanecieron un rato en silencio después de aquello, pero no llamaban la atención porque era la hora del cóctel y estaba lleno de empleados de George Street: trajes oscuros y medias oscuras a juego. Todos los grupitos estaban enfrascados en sus cotilleos. Clarke dio un sorbo largo. Siempre ponían poca ginebra; aunque pidieras una doble no estaba fuerte. Ella en su casa se echaba ginebra y tónica mitad y mitad con mucho hielo y una buena raja de limón y no aquello que parecía un papel de fumar.

– Te cambia el acento -dijo al fin Linford-. La modulación se adapta a las circunstancias. Es un buen truco.

– ¿Qué quieres decir?

– Pues que tienes acento inglés, ¿no? Pero cuando estás con alguien, en la comisaría por ejemplo, le das entonación escocesa.

Era cierto y ella lo sabía. Incluso en el colegio y en la universidad siempre había tenido dotes para la imitación, consciente de que lo hacía por adaptarse al interlocutor independientemente del grupo social a que perteneciera. En aquel tiempo sí que se daba cuenta de que cambiaba al hablar, pero ahora no. Lo que ella se preguntaba era a qué se debería el cambio: ¿Simple adaptación? ¿Tan desesperada estaba por su condición de soltera?

¿Sería eso?

– ¿Dónde naciste?

– En Liverpool -contestó-. Mis padres eran profesores universitarios y una semana después de nacer yo se mudaron a Edimburgo.

– ¿A mediados de los setenta?

– A finales de los sesenta; los halagos de poco te van a servir -añadió sin escatimar una sonrisa-. Pero aquí no estuvimos más que dos años antes de ir a Nottingham, donde hice casi todos los estudios, que terminé en Londres.

– ¿Tus padres viven allí?

– Sí.

– ¿Profesores universitarios, eh? ¿Y qué piensan de ti?

Era una pregunta de rigor, pero no tenía bastante confianza en él para contestarla. Del mismo modo que había dejado que la gente creyera que su piso de la nueva ciudad era de alquiler; cuando lo vendió para comprarse otro más pequeño, devolvió el dinero a sus padres, y nunca les explicó por qué, ni tampoco ellos se lo preguntaron más de una vez.

– Volví aquí para ir a la universidad -dijo- y me sedujo Edimburgo.

– ¿Para elegir una carrera en la que siempre vemos los trapos sucios?

Optó igualmente por no contestarle.

– O sea que eres una colonizadora… una nueva escocesa. Creo que es así como os llaman los nacionalistas. Supongo que votarás al PNE, ¿no?

– Ah, ¿tú eres del PNE?

– No -respondió él echándose a reír-, es que pensaba que tú sí lo eras.

– Es una manera un poco enrevesada de averiguarlo.

Linford se encogió de hombros y apuró su bebida.

– ¿Tomas otra? -preguntó.

Ella seguía estudiándole y de pronto se sintió agobiada. Comenzaban a marcharse a casa los empleados de las otras mesas tras tomarse sus copas. ¿Por qué haría eso la gente? Podían beber tranquilos en su casa, con las piernas estiradas delante de la tele, pero preferían ir cerca de la oficina y tomárselas allí con los compañeros de trabajo. ¿Tanto les costaba desconectar? ¿O es que la casa no era más que un refugio y necesitaban armarse de valor con una copa antes de volver a él y enfrentarse a la rutina cotidiana? ¿Era eso lo que hacía ella en aquel momento?

– Tengo que marcharme -dijo de pronto.

La chaqueta estaba en el respaldo de la silla. No hacía mucho habían apuñalado a uno en la calle frente a aquel local y ella se había encargado del caso. Otro acto de violencia y otra vida perdida.

– ¿Vas a alguna parte? -preguntó él ansioso y nervioso como un niño ignorante y veleidoso.

¿Qué podía decirle? ¿Que se iba a casa a poner un disco de Belle y Sebastian, a tomarse otro gin-tonic y acabar una novela de Isla Dewar? Era muy poco aceptable para cualquier hombre.

– ¿De qué te ríes?

– De nada -le contestó.

– De algo será.

– Las mujeres tenemos nuestros secretos, Derek -ya se había puesto la chaqueta y se apretó la bufanda.

– Había pensado ir a comer algo para acabar la velada -espetó él.

– No, Derek -replicó ella mirándole y esperando que por el tono comprendiera que quería decir nunca más. Echó a andar.

Él se ofreció a acompañarla a casa pero ella rehusó. Linford preguntó si quería que pidiera un taxi, pero Siobhan vivía a tiro de piedra. No eran ni las siete y media. Linford se vio solo y de repente el ruido del local le pareció inaguantable; la cabeza le estallaba. Voces, risas, tintineo de vasos. Ella no le había preguntado nada sobre su jornada de trabajo, ni había hablado mucho salvo para responder a sus preguntas. Vio la bebida del vaso de un amarillo falso, como de caramelo. Era un líquido pegajoso y amargo que le escocía las encías; fue a la barra, pidió un whisky, sin agua. Y cuando miró al local vio que otra pareja se había sentado en su mesa. Bueno, daba igual. En la barra no llamaba mucho la atención; podía ser un oficinista más de un grupo cualquiera, pero no lo era, y él lo sabía. Era un intruso, lo mismo que en Saint Leonard. Cuando uno se consagra al trabajo como hacía él, el resultado era que ganas ascensos pero no haces amistad con nadie y la gente pasa a tu lado rápido por recelo o por envidia. El jefe le había llevado a un aparte después del recorrido por Saint Leonard.

– Está haciendo un buen trabajo, Derek. Siga así. ¿Quién sabe si dentro de unos años al mirar en retrospectiva recordará que este caso fue el que le dio un nombre?

El jefe le había dado unos golpecitos en el brazo acompañándolo de un guiño.

– Sí, señor, gracias.

Pero después, cuando ya se marchaba, se volvió hacia él para añadir la posdata:

– Derek, hombres de familia es lo que debe ver en nosotros la gente. Personas dignas de respeto por ser como ellos.

«Hombres de familia.» Quería decir esposa e hijos. Linford fue corriendo al teléfono a llamar a Siobhan al móvil.

A la mierda. Abandonó el local saludando con una inclinación de cabeza al portero, que no lo conocía. Afuera soplaba un viento rasante y la noche le acosaba, le mordía. Le dolieron los pulmones al respirar. Un giro a la izquierda y estaría en casa en diez minutos. Doblando a la izquierda iría camino de casa.

Dobló a la derecha en dirección a Queen Street al principio de Leith Walk. En Broughton Street estaba el bar Barony, un local con buena cerveza y anticuado que a él le gustaba, pero en un lugar así no se queda uno mucho rato a beber a solas.

Después no tardó ni dos minutos en dar con la casa de Siobhan. Las direcciones no eran problema en el DIC. Nada más conocerla, al día siguiente buscó su ficha. Vivía en una casa victoriana adosada de cuatro plantas de una calle tranquila. En el segundo izquierda. Entró en la casa de delante que tenía el portal abierto, subió las escaleras hasta el descansillo entre el segundo y el tercero en donde había una ventana que daba a la calle y a los pisos de enfrente. Había luz en las ventanas y no estaban echadas las cortinas. Sí, allí estaba; la vio esporádicamente cruzar el cuarto con algo en la mano que leía: ¿un disco compacto? No se distinguía desde tan lejos. Se abrigó con la chaqueta. Sólo hacía unos grados sobre cero y por la claraboya rota entraban ráfagas de viento.

Pero siguió mirando.

14

– ¿Cuándo nos van a entregar el cadáver?

– No sabría decirle.

– Es horroroso tener un familiar muerto y no poder enterrarle.

Rebus asintió con la cabeza. Estaban en la sala de visitas de la casa de Ravelston. Tenía a Derek Linford a su lado en el sofá. Alicia Grieve, en un sillón frente a ellos, parecía más pequeña y frágil. Su nuera, Seona Grieve, que acaba de hablar, se había sentado en el brazo del sillón y vestía de luto, mientras que la anciana llevaba un vestido floreado, cuyo vivo colorido contrastaba con su rostro ceniciento. A Rebus le parecía que tenía piel de elefante por el modo en que le colgaban las numerosas arrugas de la cara y el cuello.

– Señora Grieve, tiene que comprender -dijo Linford con voz melosa- que en un caso como éste hay que retener el cadáver, ya que los patólogos pueden…

Alicia Grieve se dispuso a levantarse del sillón.

– ¡Ya está bien! -chilló-. No pienso seguir escuchándoles. Váyanse.

Seona Grieve la ayudó a incorporarse.

– Está bien, Alicia. Yo hablaré con ellos. ¿Quiere subir arriba?

– Al jardín. Me voy al jardín.

– Tenga cuidado, no vaya a resbalar.

– ¡No soy una inválida, Seona!

– Claro que no. Sólo quería decirle…

Pero la anciana se dirigió a la puerta sin escuchar ni volver la vista atrás; la cerró al salir y oyeron sus pasos alejándose.

Seona se sentó en el sillón que acababa de dejar su suegra.

– Lo lamento.

– No tiene por qué disculparse -dijo Linford.

– Pero tendremos que hablar con ella -advirtió Rebus.

– ¿Es absolutamente necesario?

– Me temo que sí.

No podía decirle que era porque tal vez su marido le había hecho confidencias a su madre y ella sabía cosas que no conocían.

– ¿Y usted, señora Grieve? -preguntó Linford-¿Cómo se encuentra?

– Como borracha -dijo Seona Grieve con un suspiro.

– Bueno, muchas veces una copita…

– Quiere decir -le interrumpió Rebus- que ha sufrido un duro golpe.

Linford asintió con la cabeza como si él no hubiera dicho una tontería.

– Por cierto -dijo Rebus-, ¿alguien de la familia tiene problemas con el alcohol?

– ¿Se refiere a Lorna? -replicó Seona mirándole.

Rebus guardó silencio.

– Roddy no bebía mucho -prosiguió ella-. Tomaba un vaso de vino de vez en cuando y quizá algún whisky antes de cenar. Cammo… Bueno, a Cammo, no conociéndole, no se le nota que bebe. No se le traba la lengua ni se arranca a cantar.

– Entonces, ¿en qué se le nota?

– En su cambio de actitud, por leve que sea -respondió ella mirándose el regazo-. Digamos que su sentido moral se ofusca.

– ¿Acaso en alguna ocasión…?

– Lo intentó un par de veces -respondió ella mirando a Rebus.

Linford, que no captaba de qué hablaban, miró a Rebus, y Seona Grieve resopló al advertirlo.

– No se haga ilusiones, inspector Linford -dijo.

– ¿A qué se refiere? -replicó él encogiéndose.

– No estamos ante un crimen pasional en el que Cammo matase a Roddy para conseguirme -dijo ella negando con la cabeza.

– ¿Estamos siendo demasiado simplistas, señora Grieve?

Ella consideró la cuestión un instante, pero Rebus le planteó otra pregunta.

– ¿Dice usted que su marido no bebía mucho y que, sin embargo, salió a tomar copas con unos amigos?

– Sí.

– ¿Pasaba él a veces la noche fuera de casa?

– ¿Qué insinúa?

– El caso es que no hemos podido localizar a nadie que saliera a tomar copas con él la noche en que murió.

Linford consultó su bloc.

– De momento, sólo hemos averiguado que en un bar del sector oeste creen que estuvo a primera hora de la noche bebiendo a solas.

Seona Grieve no alegó nada al comentario y Rebus se inclinó en el asiento.

– ¿Alasdair bebía? -preguntó.

– ¿Alasdair? ¿Qué tiene él que ver con esto? -replicó sorprendida.

– ¿Tiene idea de dónde puede estar?

– ¿Por qué?

– Me pregunto si se habrá enterado de la muerte de su esposo, porque supongo que querrá acudir al entierro.

– No ha llamado… -dijo ella, pensativa de nuevo-. Alicia le echa de menos.

– ¿Nunca se pone en contacto con ustedes?

– Envía una postal de vez en cuando y en el cumpleaños de Alicia nunca deja de hacerlo.

– ¿Pone remite?

– No.

– ¿De dónde son los sellos?

– De muchos sitios, sobre todo del extranjero -contestó ella encogiéndose de hombros.

Rebus advirtió algo en el modo de decirlo que le impulsó a preguntar:

– ¿Algo más?

– Pues… yo creo que las echa al correo otra persona, amigos que están de viaje.

– ¿Por qué cree usted que hace eso?

– Para que no se sepa dónde está.

Rebus se inclinó un poco más para reducir la distancia con la viuda.

– ¿Qué es lo que sucedió? ¿Por qué se marchó?

– Es una historia de antes de que yo formara parte de la familia -respondió ella encogiéndose de hombros-, cuando Roddy estaba casado con Billie.

– ¿Ya se había roto el matrimonio cuando usted conoció al señor Grieve? -preguntó Linford.

– ¿Qué trata de insinuar? -replicó ella entornando los ojos.

– Volviendo a Alasdair -dijo Rebus con tono tajante tratando de disuadir a Linford de hacer más preguntas-, ¿no tiene usted alguna idea de por qué se fue?

– Roddy me hablaba de él de vez en cuando, generalmente cuando llegaba alguna postal.

– ¿Dirigida a él?

– No, a Alicia.

Rebus miró a su alrededor pero vio que habían retirado las tarjetas de felicitación de Alicia Grieve.

– ¿Envió una este año?

– Siempre llegan con una semana o dos de retraso -respondió ella mirando hacia la puerta-. Pobre Alicia, ella piensa que yo estoy aquí por aislarme.

– ¿Cuando en realidad está aquí para cuidarla?

– No exactamente -respondió ella negando con la cabeza-, pero sí que me preocupa porque la veo cada vez más delicada. Esta es la única habitación prácticamente que queda habitable; el resto lo tiene lleno de revistas y periódicos viejos… No deja que se tire nada, y a medida que las habitaciones se llenan de porquería ella se retira a otra. Supongo que sucederá lo mismo con esta sala.

– ¿Por qué no hacen algo sus hijos? -preguntó Linford.

– No lo consiente. Ni siquiera acepta tener una asistenta. «Todo está en un sitio por algún motivo», dice.

– Tal vez tenga razón -comentó Rebus. Todo está en un sitio: el cadáver en la chimenea, Roddy Grieve en el cenador. Tenían que averiguar el motivo, precisamente lo que ignoraban-. ¿Todavía pinta? -preguntó.

– Pintar no; se entretiene con los pinceles. Tiene el estudio al fondo del jardín; allí debe de haber ido -dijo Seona consultando el reloj-. Dios, y yo sin comprar…

– ¿Conocía usted los rumores sobre su marido y Josephine Banks?

Era Linford quien había hecho la pregunta. Rebus se volvió furioso hacia él, pero Linford no apartaba los ojos de la viuda.

– Recibí una carta -dijo ella tapándose el reloj con la manga de la blusa, adoptando una actitud a la defensiva.

– ¿Confiaba usted en su marido?

– Totalmente. Yo sé lo que es la política.

– ¿Tiene usted idea de quién le envió la carta?

– No; la tiré a la papelera. Mi marido y yo pensamos que era lo mejor.

– ¿Cómo reaccionó la señorita Banks?

– Pensó en contratar a un detective, pero nosotros la disuadimos porque eso habría sido como reconocer los hechos y entrar en su juego.

– ¿Qué juego?

– El de quien pretendía propagar el rumor.

– ¿Está segura de que era un hombre?

– Es cuestión de simple cálculo de probabilidades, inspector Linford. La mayoría de los políticos son hombres. Es lamentable, pero es así.

– He observado -replicó Rebus- que competían dos candidatas para el nombramiento con su esposo.

– A causa de la política del Partido Laborista.

– ¿A los otros candidatos los conoce?

– Naturalmente, inspector. En el partido somos una gran familia feliz.

Rebus sonrió, tal como ella esperaba.

– Tengo entendido que a Archie Ure no le hizo gracia el resultado.

– Bueno, Archie lleva metido en política muchísimo más tiempo que Roddy y pensó que era un derecho suyo hereditario.

La misma palabra que había utilizado Josephine Banks.

– ¿Y las dos últimas de la lista?

– Son jóvenes e inteligentes… Algún día conseguirán lo que quieren.

– Entonces, ¿que sucederá ahora, señora Grieve?

– ¿Ahora? -repitió ella mirando el dibujo de la alfombra-. Archie Ure era el segundo de la lista, supongo que saldrán con él -miraba la alfombra como si hubiera en ella algún mensaje impreso.

Linford carraspeó y se volvió hacia Rebus para darle a entender que él daba por concluido el interrogatorio. Rebus trató de encontrar alguna última pregunta brillante pero no dio con ella.

– Devuélvanme a mi esposo -dijo Seona Grieve acompañándolos al vestíbulo.

Alicia estaba al pie de la escalera con una taza de porcelana en la mano mojando un trozo de pan que se deshacía.

– Quería tomar algo -dijo a su nuera-, y ya no sé por qué.

Cuando se marcharon, la viuda de Roddy Grieve subió las escaleras con la anciana como si llevara un niño a la cama.

Al llegar al coche Rebus dijo:

– Tú márchate.

– ¿Cómo?

– Yo voy a quedarme a hacer de buen samaritano.

– ¿De canguro? -preguntó Linford encendiendo el motor-. Tengo la impresión de que no me cuentas toda la historia.

– Voy a ver si, de paso, puedo hablar con la vieja.

– No me digas que quieres ligártela.

– No todos tenemos jovencitas persiguiéndonos con la lengua fuera -replicó Rebus con un guiño.

La expresión de Linford cambió radicalmente. Metió la marcha y arrancó sin decir palabra.

«Muy bien, Siobhan, bravo por darle calabazas», pensó Rebus sonriendo.

Volvió sobre sus pasos por el camino de entrada, llamó al timbre y dijo a Seona Grieve que podía quedarse veinte minutos si quería salir a comprar. Ella no acababa de decidirse.

– Simplemente me hace falta pan y leche, inspector. Seguramente me las apañaré hasta que…

– Bueno, ya que estoy aquí y mi chófer se ha marchado… -replicó Rebus haciendo un gesto hacia el camino vacío-. Además, con las ganas con que la señora Grieve come pan…

Se acomodó en la sala de estar y ella le dijo que se hiciera té o café si no lo tomaba con leche.

– Pero le advierto que la cocina está manga por hombro -añadió.

– No, muchas gracias -dijo Rebus cogiendo un suplemento dominical atrasado.

Oyó cerrarse la puerta sin que Seona Grieve hubiese prevenido a su suegra, dado que simplemente iba a una tienda cercana y no tardaría mucho. Rebus aguardó un par de minutos y subió la escalera. Alicia Grieve estaba en la puerta de su dormitorio y se había puesto una bata sobre el vestido.

– Oh, pensé que se había marchado alguien -dijo.

– Tiene usted muy buen oído, señora Grieve. Era su nuera, que ha salido un momento a comprar.

– ¿Y usted cómo sigue aquí? -replicó ella mirándole a la cara-. ¿Usted no es el policía?

– Eso es.

La anciana pasó a su lado arrastrando los pies y apoyándose en la pared.

– Busco algo que me falta en el dormitorio -dijo.

Rebus miró al cuarto por la puerta abierta. Era caótico. Vio ropa encima de las sillas y en el suelo, además de la que se salía del armario y de los cajones de la cómoda; y, apoyados contra la pared, montones de libros, revistas y cuadros. Encima de la ventana, en el techo, advirtió una mancha grande de humedad.

La anciana abrió la puerta de otro cuarto cuya alfombra, de tanto pisarla, era de un gris uniforme sin dibujo. Rebus entró tras ella. ¿Era un cuarto de estar? ¿Un despacho? A saber. Estaba lleno de cajas de cartón con recuerdos y cachivaches: cartas antiguas, algunas aún sin abrir, y álbumes de fotos, algunas de ellas tiradas por el suelo. Además de revistas, más periódicos y más cuadros. En un rincón había un maniquí de pelucas, su lona amarilla estaba remendada y se desmenuzaba; juegos y juguetes antiguos; una colección de espejos en una pared; debajo de una silla, una muñeca con blusa y falda escocesa, sin cabeza. Rebus la cogió y vio la cabeza dentro de una caja de galletas junto con fichas de dominó, naipes y carretes de hilo vacíos. Se la insertó y la muñeca le miró indiferente con sus ojos azules.

– ¿Qué está usted buscando? -preguntó.

– ¿Qué hace con la muñeca de Lorna? -dijo la anciana al volverse.

– Se le había caído la cabeza y yo…

– No, no, no -dijo ella arrebatándosela-. No se le cayó la cabeza, fue la señorita quien se la arrancó -añadió volviendo a descabezarla-. Fue así como nos dio a entender que había dejado de ser niña.

– ¿Qué edad tenía entonces? -preguntó Rebus con una sonrisa.

– Veinticinco o veintiséis años -respondió la anciana sin prestarle mucha atención, enfrascada en su búsqueda.

– ¿Qué le pareció a usted su decisión de hacerse modelo?

– Yo siempre he apoyado a mis hijos.

Sonaba a frase hecha destinada a periodistas y curiosos.

– ¿Y Cammo y Roddy? ¿Se dedicaba usted a la política, señora Grieve?

– De joven, sí. Dentro del Partido Laborista sobre todo. Allan era liberal y discutíamos mucho…

– Pero tiene usted un hijo conservador.

– Ah, Cammo siempre ha sido muy suyo.

– ¿Y Roddy?

– Roddy tendría que librarse de la sombra de su hermano. Si viera cómo anda siempre tras él: observándole, estudiándole… Pero Cammo tiene sus amiguitos. A esta edad, los niños pueden ser crueles, ¿verdad?

La anciana desbarraba, perdida en las fechas.

– Ahora son mayores, Alicia.

– Para mí siempre serán niños -replicó al tiempo que sacaba de una caja unos prismáticos, un tarro de mermelada y un banderín de fútbol, examinándolo todo como si fuera a darle una pista.

– ¿Tiene usted mucha intimidad con Roddy?

– Roddy es un cielo.

– ¿Habla con usted? ¿Le cuenta sus problemas?

– El… -dejó la frase en el aire, aturdida-. Ha muerto, ¿verdad? -Rebus asintió con la cabeza-. Ya se lo tenía yo bien advertido que no saltara verjas. Es peligroso.

– ¿Ya antes saltaba verjas?

– Ah, sí. Para atajar, camino de la escuela.

Rebus metió las manos en los bolsillos mientras la anciana comenzaba a divagar.

– En los cincuenta tuve escarceos con los nacionalistas. Eran gente rara, no sé si lo seguirán siendo. Vestían falda escocesa, hablaban gaélico y eran unos resentidos. Pero hacíamos buenas fiestas, con mucho baile de… Espadas y Escudos…

– He oído hablar de ellos -dijo Rebus frunciendo el entrecejo-. ¿No era una escisión de los nacionalistas?

– Yo no estuve mucho tiempo. En aquella época se hacían muy pocas cosas; se proponía algo, nos íbamos a tomar unas copas y ahí quedaba todo.

– ¿Conoció a Matthew Vanderhyde?

– Oh, sí, ¿quién no conocía a Matthew? ¿Vive todavía?

– Yo le veo de vez en cuando. Quizá no tanto como debería.

– Matthew y Allan discutían siempre de política con Chris Grieve… -hizo una pausa-. ¿Sabe que no somos parientes? -Rebus asintió con la cabeza recordando el poema enmarcado del vestíbulo-. Allan quería hacer un retrato de Chris, pero él era incapaz de estarse quieto sentado; no paraba de gesticular hablando -añadió haciendo una imitación a su manera con el tarro de mermelada en una mano y un rollo de papel navideño en la otra-. Edwin Muir era un buen contrincante, y estaba también mi querida Naomi Mitchison. ¿Conoce su obra?

Rebus guardó silencio por no deshacer el encanto.

– Y los pintores… Gillies, McTaggart, Maxwell -dijo sonriendo-. Siempre saltaban chispas. El Festival nos venía muy bien porque atraía público a las galerías. Nos llamábamos la Escuela de Edimburgo. Entonces el país era muy distinto, ¿sabe? Vivíamos entre una guerra y la amenaza de otra y era problemático criar a los hijos con la bomba atómica como perspectiva. Creo que eso repercutió en mi trabajo.

– ¿A sus hijos les interesaba la pintura?

– Lorna hizo sus pinitos, y tal vez continúe; pero los chicos no. Cammo siempre andaba rodeado de amigotes, una especie de guardia pretoriana, mientras que a Roddy le gustaba la compañía de los mayores, y era en todo momento un chico muy educado y dispuesto a escuchar.

– ¿Y Alasdair?

La anciana ladeó la cabeza.

– Alasdair era una pesadilla para un pintor, tenía una expresión angelical difícil de captar. Yo nunca pude. Se notaba que era un chico que siempre tramaba algo, pero no se le tenía en cuenta por ser Alasdair, ¿entiende?

– Creo que sí. -Rebus conocía malhechores con ese carácter, encantadores y descarados pero siempre a la suya-. ¿Sigue en contacto con ustedes?

– Ah, claro.

– ¿Por qué se marchó de casa?

– En casa no vivía realmente. El tenía un piso cerca de Cannongate. Cuando se fue supimos que era de alquiler y que no tenía casi muebles suyos. Se marchó con una maleta de ropa y unos pocos libros.

– ¿No alegó ningún motivo?

– No, únicamente telefoneó desde muy lejos para decirme que seguiría en contacto con nosotros.

Rebus oyó abrir y cerrarse la puerta de entrada y una voz que decía: «Ya estoy aquí».

– Tengo que irme -dijo.

– No sé dónde estará eso -dijo Alicia Grieve hablando sola y guardando el tarro de mermelada en la caja-. Dios mío, si supiera dónde está…

Al bajar Rebus coincidió con Seona Grieve a mitad de la escalera.

– ¿Todo bien? -le preguntó ella.

– Todo bien, pero la señora Grieve ha perdido algo.

– Inspector -dijo ella mirando hacia arriba-, lo ha perdido prácticamente todo. Lo que sucede es que aún no se ha dado cuenta…

15

Era una oficina como cualquier otra.

Grant Hood y Ellen Wylie cruzaron una mirada. Esperaban que fuera un almacén de materiales de construcción con barro, bloques y un pastor alemán ladrador encadenado, y Wylie había metido incluso en el coche unas botas de goma, pero se encontraron con que Construcciones Kirkwall estaba en el tercer piso de un bloque de oficinas de los años sesenta en Leith Walk. Wylie preguntó a Hood si después podían dar un salto a Valvona y Crolla y él le dijo que sin ningún problema pero que era un sitio bastante caro.

– La calidad se paga -contestó ella como si enunciara un eslogan publicitario.

Estaban recorriendo empresas constructoras de Edimburgo, comenzando por las más antiguas e importantes. Telefoneaban primero, preguntaban si había alguien que pudiera informarles y pasaban después a hacer una visita.

– Tal vez tenga razón Rebus en llamarnos el «equipo de arqueólogos». Nunca me había parado a pensarlo.

– Veinte años no es nada prehistórico.

Hood notaba que la conversación era fluida entre ellos dos, sin que se produjeran silencios embarazosos ni titubeos. Su única desavenencia era si aquel caso tenía solución o no.

– Deberíamos estar indagando en el caso Grieve, que es famoso -dijo Wylie.

– Pero si logramos resultados en éste, estará muy bien porque es nuestro exclusivamente, ¿no crees?

– Me apostaría algo a que si descubrimos algo nos apartan de él. Nosotros, Grant, somos simples agentes, lo último en la jerarquía y no van a darnos una medalla.

– ¿Te gusta el fútbol?

– Podría ser.

– ¿De qué equipo eres?

– Dilo tú primero.

– Yo del Rangers de toda la vida. ¿Y tú?

– Del Celtic -sonrió.

Soltaron la carcajada.

– ¿No dicen eso de que los contrarios se atraen? -añadió Wylie.

Aquel comentario no se le iba a Grant Hood de la cabeza mientras esperaban en la empresa constructora: «Los contrarios se atraen».

Peter Kirkwall, de Construcciones Kirkwall, tendría algo más de treinta años y vestía un impecable traje de raya diplomática. No cabía imaginárselo con una pala en sus suaves manos, pero en una serie de fotos que había en las paredes del despacho aparecía en ropa de trabajo.

– En esa primera -dijo guiándoles como si estuvieran en una exposición-, tenía yo diecisiete años y ésa era la hormigonera del almacén de mi padre.

El padre era Jack Kirkwall, fundador de la empresa en los años cincuenta, también presente en las fotos, pero el protagonista era Peter: Peter construyendo un muro de ladrillos durante las vacaciones de la universidad, con los planos de un edificio de oficinas de Edimburgo, su primer proyecto en Kirkwall, Peter con unos dignatarios, Peter al volante de un Mercedes CLK, y, finalmente, en el día de la jubilación de Jack Kirkwall.

– Si quieren información de primera mano -dijo arrellanándose en el sillón para quitárselos de encima- tendrán que hablar con papá -hizo una pausa-. ¿Quieren un café? ¿Un té?

Pareció complacerle que rehusaran y le dejaran con sus numerosas ocupaciones.

– Le agradecemos que se haya molestado -dijo Wylie sin pretender halagarle-. Parece que el negocio va bien.

– Fenomenal. Figúrense, con las obras en Holyrood y la circunvalación oeste, Gyle, Wester Hailes y ahora los proyectos en Granton… -movió la cabeza negando-. No damos abasto. Cada semana concursamos a alguna obra -comentó con un gesto hacia la mesa de la sala de reuniones en la que había unos planos-. ¿Saben como empezó mi padre? Construía garajes y hacía ampliaciones. En este momento quizá obtengamos parte de un buen pastel, las instalaciones portuarias de Londres -añadió frotándose las manos con una fruición que a Hood le pareció auténtico júbilo.

– ¿Su empresa trabajó en los años setenta en Queensberry House? -preguntó Wylie haciéndole volver a la realidad.

– Sí, disculpen. Es que cuando me embalo no sé parar -dijo con un carraspeo, recuperando la compostura-. He buscado en los archivos -añadió abriendo un cajón. Sacó un viejo libro de registro, unos cuadernos y un fichero-. A finales del setenta y ocho fuimos una de las empresas que hicieron las obras de rehabilitación del hospital. No yo, claro, todavía estaba en el colegio. ¿Dicen que ha aparecido un esqueleto?

– La última sala del sótano era la primitiva cocina -dijo Hood tendiéndole una fotografía de las dos chimeneas.

– ¿Ahí fue donde apareció?

– Calculamos que debieron de tapiarlo hará unos veinte años -añadió Wylie con soltura en su papel de parlan-china-. Lo que vendría a coincidir con la fecha de las obras de rehabilitación.

– Bien, le encargué a mi secretaria que escarbara cuanto pudiera -dijo con una sonrisa dándoles a entender que era una gracia deliberada.

A juicio de Wylie, Kirkwall, con su camisa a rayas, gafas ovaladas y pelo negro bien peinado, debía de pretender dar una imagen refinada. Pero había algo incómodo y mal definido en él. Ella conocía futbolistas que habían acabado convertidos en presentadores de televisión perfectamente vestidos, pero no daban la talla.

– No es mucho, me temo -dijo Kirkwall abriendo otro cajón y sacando un plano que desenrolló para darle la vuelta hacia ellos, y sujetó las esquinas con trozos de piedra pulimentada-. Recojo una piedra en todas las obras que hacemos y la mando pulir y barnizar. Esto es Queensberry House -añadió-. Las zonas en azul son en las que nosotros hicimos obras. Más estas líneas rojas.

– Parecen de trabajos externos.

– Exacto. Se trata de canalones, grietas en los muros y este cenador que tuvimos que hacer nuevo. En las obras públicas, a veces se amplían los contratos.

– No debieron de untar suficientes manos en el ayuntamiento -musitó Hood.

Kirkwall le fulminó con la mirada.

– ¿Así que la obra interior la hizo otra empresa? -preguntó Wylie examinando el plano.

– Empresa o empresas. No sabría decirles. Ya les he advertido que tendrán que hablar con mi padre.

Pero antes fueron a Valvona, donde Wylie hizo sus compras y luego le propuso a Hood comer algo allí. El consultó el reloj con gesto aparatoso.

– Venga -dijo ella-. Allí hay una mesa libre y por experiencia de otras veces, creo que es un signo propicio.

Comieron ensalada y una pizza compartiendo una botella de agua mineral. En el resto de las mesas otras parejas hacían lo mismo y Hood sonrió.

– Aquí pasamos inadvertidos -dijo.

Sí; ella sabía perfectamente que siendo poli y teniendo alrededor a gente que conoce a los polis, siempre recelas de que te puedan descubrir y acabas creyendo que es un don especial de la gente.

– ¿Te choca comprobar que no eres un leproso social?

– Más me choca comprobar que puedo dejar algo en el plato -replicó Hood mirando los restos de comida.

Después fueron a la casa que Jack Kirkwall se había construido para el retiro. Estaba en el campo, en el límite de Queensferry sur y al fondo se divisaban los dos puentes. Era una vivienda geométrica con ventanas altas y alargadas y Wylie comentó que parecía una catedral a pequeña escala.

Jack Kirkwall les recibió amablemente e insistió en que saludasen de su parte a John Rebus.

– ¿Conoce al inspector Rebus? -preguntó Wylie.

– En cierta ocasión me hizo un favor -respondió Kirkwall conteniendo la risa.

– Pues quizá pueda usted devolvérselo -dijo Hood-. Si no le falla la memoria.

– La bola la tengo perfectamente -gruñó Kirkwall.

– Señor Kirkwall, lo que quiere decir el agente Hood -terció Wylie lanzando una mirada de advertencia a su compañero- es que no tenemos ningún dato y que usted podría ser nuestro rayo de luz.

Kirkwall se animó, fue a sentarse en un sillón y les hizo seña de que tomaran asiento.

El sofá era de cuero color crema y olía a nuevo. El salón, amplio y luminoso, tenía una mullida alfombra y una pared entera de ventanales. A Wylie le dio la impresión de que allí no había nada visible del pasado de Kirkwall: ni fotos, ni objetos de adorno o algún mueble antiguo. Era como si al jubilarse hubiera asumido una personalidad distinta con aquella decoración anodina. Pero en ese momento halló la explicación: era una casa piloto para mostrar a posibles clientes un producto de Construcciones Kirkwall.

Allí no cabían detalles personales.

Se preguntó si podía imputarse a ello las profundas arrugas del rostro de Jack Kirkwall. No era aquel el marco que él había concebido para jubilarse; en las telas y en los objetos de decoración, Wylie adivinó la mano de Peter, el hijo.

– Su empresa hizo obras en Queensberry House en 1979 -dijo.

– ¿En el hospital? -ella asintió con la cabeza-. Las empezamos en el setenta y ocho y acabamos el setenta y nueve -dijo mirándoles-. Seguramente como ustedes son tan jóvenes no lo recuerdan, pero aquel invierno hubo huelga de basuras, huelga de maestros y huelga hasta en el depósito de cadáveres -añadió con un bufido mirando a Hood y dándose unos golpecitos en la cabeza-. ¿No ve, hijo, como tengo perfectamente la bola? Lo recuerdo como si fuera ayer. Empezamos las obras en diciembre y acabamos en marzo. El día ocho, concretamente.

– Es increíble -comentó Wylie sonriendo.

Kirkwall recibió complacido el cumplido. Era un hombre alto, ancho de hombros y de mandíbula cuadrada. No debía de haber sido guapo, pero se lo imaginaba con carisma y presencia.

– ¿Saben por qué me acuerdo? No, son muy jóvenes -dijo negando con la cabeza.

– ¿Por el referéndum? -aventuró Hood.

Kirkwall hizo un gesto de decepción y Wylie miró de nuevo a Hood: tenían que ganarse a aquel hombre.

– ¿No fue el uno de marzo? -añadió Hood.

– Efectivamente. Ganamos la votación pero perdimos la guerra.

– Un contratiempo transitorio -no pudo por menos de añadir Wylie.

– Si llama usted transitorio a una situación que se prolonga veinte años… -replicó él mirándola irritado-. Era una ilusión que… -Wylie vio que iba a ponerse nostálgico, pero la sorprendió al decir-: Imagínese lo que habría podido ser: nuevas inversiones, nuevas obras y más negocio.

– ¿Un auge en la construcción?

Kirkwall movió la cabeza de un lado a otro al pensar en la ocasión perdida.

– Según su hijo, el auge se produce ahora.

– Sí.

Wylie no creía haber detectado nunca tal amargura en un monosílabo. ¿Habría aceptado Jack Kirkwall voluntariamente la jubilación o le habrían obligado?

– Nos interesan las obras del interior del hospital -dijo Hood-. ¿Qué empresas eran contratistas?

– La techumbre la hizo Caspian -respondió Kirkwall con voz monótona, inmerso en sus pensamientos-. El andamiaje era de Macgregor, y Coghill hizo gran parte de la obra interior con nuevo enlucido de paredes y nuevo entabicado.

– ¿En el sótano?

Kirkwall asintió con la cabeza.

– Lo redistribuyeron para hacer una lavandería nueva y una sala de máquinas.

– ¿Recuerda si dejaron al descubierto los muros primitivos -dijo Wylie tendiéndole la foto de las chimeneas-, tal como se aprecia aquí? -Kirkwall miró y dijo que no con la cabeza-. ¿No hizo una empresa llamada Coghill´s las obras del sótano?

Kirkwall hizo un gesto afirmativo.

– Que ya no existe. Cerró.

– ¿El señor Coghill vive todavía?

Kirkwall se encogió de hombros.

– No tendría por qué haber cerrado. Era una buena empresa y Coghill trabajaba bien.

– La construcción es un sector en que hay mucha competencia -comentó Wylie.

– No lo digo por eso -replicó el hombre mirándola.

– ¿Por qué, entonces?

– Tal vez sea meterme en lo que no me importa -contestó Kirkwall pensativo-, pero a mi edad ¿qué puede importar? -dijo con un profundo suspiro-. Según he oído, lo que sucedió es que Dean se enemistó con el señor Importante.

– ¿El señor Importante? -preguntaron Wylie y Hood al unísono.

El bar Oxford estaba lleno cuando entró Rebus. Ya había tomado una copa en The Malting pero se había marchado antes de la hora de aluvión de estudiantes; y llevaba otras dos copas de Swany's en Causewayside, donde se tropezó con un antiguo colega recién jubilado.

– Estás hecho un chaval -le dijo Rebus en broma.

– Tengo la misma edad que tú, John -replicó el otro.

Pero él no llevaba treinta años en el Cuerpo porque había ingresado con veintitantos años. Dos o tres años más, y podría dedicarse al ocio. Pagó una ronda y salió a afrontar las gélidas ráfagas invernales. Los faros de los coches horadaban la oscuridad y la lluvia recién caída se convertía en hielo. Era un paseo de quince minutos hasta casa. En la otra acera vio un taxi repostando en la estación de servicio.

Jubilarse. La palabra iba y venía en su cabeza. Dios, ¿qué sería de su vida? A unos los jubilaban y a otros los despedían. Pensó en Watson y decidió llamar al taxi para que le llevase al Oxford.

No estaban Doc ni Salty, los habituales con quien él tomaba copas, pero vio muchas caras que conocía. El lugar zumbaba y en el salón casi no podía uno moverse. Había fútbol en la tele; jugaba un equipo del sur. Allí, junto a la puerta, vio a otro cliente habitual llamado Muir, que le saludó con una inclinación de cabeza.

– ¿No tiene tu mujer una galería de arte? -preguntó Rebus. Muir hizo otra inclinación de cabeza-. ¿Vende cosas de Alicia Rankeillor?

– Bien quisiera -replicó Muir con un bufido-. Las cosas de Rankeillor, como tú las llamas, se cotizan en miles de libras. Todos los coleccionistas quieren cuadros suyos, sobre todo de los años cuarenta y cincuenta. Incluso los pocos grabados que tiene se venden a mil y a dos mil libras. ¿Conoces a alguien que quiera vender pinturas suyas? -añadió Muir alzando la vista.

– Ya te lo diré.

Atendían la barra las dos Margarets, yendo y viniendo en su estrecha reclusión. A Rebus le sirvieron su Indian Palé y él pidió un whisky para acompañarla. Oyó música en el salón de atrás; se distinguía la guitarra acústica y una voz de mujer joven. Pero su dúo favorito lo tenía allí en el mostrador: una cerveza y un whisky. Le echó un poco de agua para rebajarlo y dio un trago prolongado para enjugarse la boca. Una de las dos Margarets regresó hasta él con el cambio.

– Ahí dentro hay una amiga suya -dijo.

– ¿La cantante? -preguntó Rebus frunciendo el entrecejo.

La mujer sonrió y negó con la cabeza.

– Está junto a la máquina de tabaco -dijo.

Rebus miró hacia donde decía y vio un muro de cuerpos. La máquina ocupaba un recoveco tres escalones antes de la entrada a los servicios, junto a la tragaperras, pero no veía más que espaldas masculinas, lo que significaba que hacían corro a alguien.

– ¿Quién es?

Margaret se encogió de hombros.

– Dice que es conocida suya.

– ¿No será Siobhan?

Margaret volvió a encogerse de hombros y Rebus estiró el cuello. En ese momento llevaban al grupo otra ronda y se abrió el corrillo. Vio caras conocidas de clientes habituales, sonrisas heladas y humo de tabaco. Y al fondo, relajada y recostada en la máquina tragaperras, Lorna Grieve, llevándose a los labios un vaso grande que a él le pareció de whisky o coñac solo. Ella se pasó la lengua por los labios y al verle sonrió alzando el vaso. Rebus le devolvió la sonrisa levantando también su vaso. De pronto le vino el recuerdo de un día en que volvía del colegio y al doblar la esquina siguiente a la tienda de dulces se topó con un grupo de chicos acosando a una compañera de su curso. No llegó a ver lo que le hacían, pero la mirada de ella se cruzó con la suya y vio que no reflejaba pánico ni placer tampoco.

Lorna Grieve tocó en el brazo a uno de sus admiradores para decirle algo. Era Gordon, uno de Fife como Rebus y de edad como para ser hijo suyo.

Ahora bajaba los escalones y se abría paso tocando discretamente brazos, hombros y espaldas para llegar a su lado.

– Vaya, vaya -dijo-, qué agradable verle aquí.

– Sí, qué agradable -dijo él apurando el whisky.

Ella le preguntó si quería otro, pero Rebus rehusó con un gesto alzando la cerveza.

– Me parece que en este local no había estado nunca -dijo ella recostándose en la barra-. Acaban de contarme que el antiguo dueño no servía a mujeres ni a gente con acento inglés. Creo que me habría gustado.

– No era alguien que gustase de entrada.

– Es lo mejor, ¿no cree? -replicó ella clavándole la mirada-. También me han hablado de usted y voy a tener que dejar de llamarle Hombre mono.

– ¿Y eso?

– Porque a juzgar por lo que me han contado, muy poca gente se burla de usted.

– En los bares se dicen muchos cuentos -replicó Rebus sonriendo.;

– Aquí tienes, Lorna -era Gordon, con otro vaso. Rebus había visto a Margaret llenándolo de Armagnac-. ¿Cómo estás, John? No nos habías dicho que conocías a gente famosa.

Lorna Grieve agradeció el cumplido pero Rebus no hizo ningún comentario.

– Ni a mí me habían dicho que hubiera encantos como tú en Edimburgo -añadió ella- porque, de saberlo, no me habría ido a vivir al campo ni me habría casado jamás con un animal triste como Hugh Cordover.

– No te metas con High Chord -replicó Gordon-. Yo vi a Obscura actuando de teloneros con Barclay James en el Usher Hall.

– Irías todavía al colegio.

– Tendría unos catorce años -dijo Gordon pensativo.

– Somos unos carcamales -dijo Lorna mirando a Rebus.

Pero ella no era ninguna carcamal. Vestía ropa suelta y de vivos colores, lucía un peinado impecable y su maquillaje llamaba la atención. Entre aquellos hombres trajeados de diario, parecía una mariposa rodeada de polillas.

– ¿Qué hace usted aquí? -preguntó Rebus.

– Beber.

– ¿Ha venido en coche?

– Me trajeron los del grupo. No crea que he venido por verle -contestó ella mirándole.

– ¿No?

– No sea tan presumido -replicó ella sacudiéndose una mota imaginaria de su chaqueta roja.

Llevaba una blusa de seda naranja y vaqueros desteñidos deshilachados en los tobillos. Calzaba unos mocasines negros de ante y no lucía joyas. Ni siquiera la alianza.

– Me gusta ir a sitios nuevos. Como mi vida es tan aburrida, esto me resulta una novedad -añadió mirando el local.

– Pobrecilla.

Ella enarcó una ceja torciendo el gesto. Gordon cambió el peso de un pie a otro y dijo que la esperaba en los escalones. Lorna asintió con la cabeza distraídamente.

– ¿Lleva todo el día bebiendo?

– ¿Le da envidia?

– Yo ese estado lo conozco bastante bien -replicó Rebus encogiéndose de hombros-. ¿Qué le parece el Oxford? -añadió volviéndose.

Ella arrugó la nariz.

– Muy en sintonía con usted.

– ¿Y eso es malo o bueno?

– Pues no lo sé -contestó ella mirándole a la cara-. Advierto en usted algo oscuro.

– Será la cerveza.

– Hablo en serio. Tenga en cuenta que todos venimos de la oscuridad y dormimos por la noche por rehuir ese hecho. Seguro que usted tiene problemas de sueño, ¿a que sí? -Rebus no contestó y el rostro de ella se animó-.Todos regresaremos un día a la oscuridad cuando se apague el sol -añadió con ojos risueños-. «Aunque mi alma caiga en la oscuridad me alzaré en plena luz.»

– ¿Es un poema?

Ella asintió.

– Pero he olvidado cómo sigue.

Se abrió la puerta y aparecieron dos caras expectantes: Grant Hood y Ellen Wylie. Hood parecía con ánimo de tomarse una copa pero no pasó de la puerta. Wylie, al ver a Rebus, le hizo seña de que saliera.

– Vuelvo enseguida -dijo a Lorna Grieve tocándole el brazo.

Se abrió paso hasta la salida; el aire de la noche era fresco y respiró profundamente varias veces.

– Perdone que le molestemos -dijo Wylie.

– Supongo que habréis venido por algo concreto -dijo él.

Comenzaba a formarse hielo en las alcantarillas y los coches aparcados en un lado de la estrecha calle tenían escarcha en el parabrisas. El cielo se cubrió de nubes mientras hablaban.

– Hemos ido a ver a Jack Kirkwall -dijo Hood.

– ¿Y qué?

– Nos ha dicho que le conoce a usted -añadió Wylie.

– Por un caso de hace años.

Hood y Wylie cruzaron una mirada.

– Cuéntaselo tú -dijo Hood.

Wylie le explicó lo que les había dicho Kirkwall y Rebus quedó pensativo.

– Me siento halagado -dijo al fin. -Nos dijo que usted nos explicaría quién era el señor Importante.

Rebus asintió:

– Así era como le llamaban los de DIC. No es muy original.

– ¿Realmente lo era? -inquirió Hood.

Rebus asintió y se apartó para dar paso a una pareja que entraba al bar. La cantante actuaba otra vez y a través de la ventana cerrada del salón trasero llegaba su voz. «Vuelvo a pensar en cosas que había dejado atrás.»

– Se llamaba Callan. Bryce Callan.

– ¿No era Big Ger Cafferty quien controlaba Edimburgo?

Rebus asintió con la cabeza.

– Sí, después de retirarse Callan a la Costa del Sol o un sitio así. Aunque no ha dejado de estar presente.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó Wylie.

– Se rumorea que parte del producto del negocio de Cafferty sigue yendo a parar a España. Bryce Callan se ha convertido casi en… -no le salía la palabra.

Oyó otra estrofa que llegaba desde el salón: «Vuelvo a pensar en cosas no expresadas».

– ¿Un mito? -aventuró Wylie.

Rebus asintió y miró el escaparate de la barbería de la acera de enfrente.

– Supongo que porque no conseguimos encerrarle.

– ¿Por qué motivo se pondría Dean Coghill a malas con él?

– Por asuntos de protección tal vez -contestó Rebus encogiéndose de hombros-. En una obra se puede hacer mucho daño. Y en esos grandes proyectos hay mucho dinero en juego y unos días de trabajo suspendido representan grandes pérdidas.

– Entonces, habrá que localizar a Coghill -dijo Hood. -Suponiendo que acepte hablar con nosotros -agregó Wylie.

– Esperad a que averigüe dónde vive Bryce Callan -dijo Rebus.

«Ahora ha vuelto el pasado, insistente, surge de la oscuridad, ten mucho cuidado y mira dónde vas…»

– Mientras tanto -prosiguió- a ver si encontráis los archivos de personal de su empresa porque tendremos que saber quiénes trabajaron en esa obra.

– ¿Y si alguno no aparece? -preguntó Hood.

– Doy por supuesto que haréis una búsqueda en el registro de personas desaparecidas.

Wylie y Hood cruzaron una mirada en silencio.

– Es un trabajo ímprobo, pero hay que hacerlo -dijo Rebus-. Siendo dos tardaréis menos.

– ¿Podemos centrar la búsqueda en los últimos meses del setenta y ocho y los tres primeros del setenta y nueve?

– En principio sí. ¿Queréis tomar algo? -añadió mirando al pub.

Wyllie negó inmediatamente con la cabeza.

– Preferimos ir al Cambridge, que es más tranquilo.

– Muy bien.

– Ahí dentro -señaló con un gesto- se está como en el cuarto de escobas que nos han dado por despacho.

– Me lo han comentado -dijo Rebus sosteniendo la mirada reprobatoria de Wylie.

– Señor, esa mujer… -añadió ella bajando la vista-, ¿no es…?

– Nos hemos encontrado aquí por casualidad -comentó Rebus.

– Sí, claro -añadió ella asintiendo despacio con la cabeza y echando a andar sin mirarle a la cara.

Hood le dio alcance y Rebus se quedó contemplándolos con la puerta entreabierta. Andaban con las cabezas juntas y seguro que él iba preguntándole quién era la mujer. Si el rumor llegaba a Saint Leonard, ya sabría de dónde procedía. Y ése sería el final del equipo de arqueólogos.

Se despertó a las cuatro con la lámpara de la mesilla encendida y el edredón caído a los pies de la cama; oyó el ruido de un motor en la calle y fue tambaleándose a la ventana a tiempo de ver una forma oscura subiendo a un taxi. Fue a tientas al cuarto de estar manteniendo el equilibrio. Le había dejado un regalo: una maqueta con cuatro canciones de los Robinson Crusoe titulada Naufragio del corazón. No era de extrañar dado el nombre del grupo. La última canción era Reproche final. La puso y escuchó un par de minutos a bajo volumen. En el suelo, junto al sofá, había una botella vacía y dos vasos; en uno quedaban aún dos dedos de whisky. Lo olió y lo llevó a la cocina para tirarlo al fregadero y llenarlo de agua, que bebió de un trago. Acto seguido bebió dos más. Seguro que no se libraba de la resaca, pero haría lo posible por superarla. Se tomó tres paracetamoles con agua y luego se llevó otro vaso al cuarto de baño. Por la toalla colgada de la barra comprendió que se había duchado. Se había duchado antes de llamar al taxi. ¿La habría despertado con sus ronquidos? ¿Habría llegado a dormirse? Se preparó la bañera y se miró en el espejo de afeitarse. Vio un rostro de piel floja desamparado. Se agachó para eructar en el lavabo y estuvo a punto de vomitar las pastillas. ¿Cuánto habían bebido? Ni lo recordaba. ¿Habían ido al piso directamente desde el Oxford? Pensaba que no, y buscó en los bolsillos algún indicio. Nada. Pero de las cincuenta libras que tenía no quedaba más que calderilla.

– Dios santo -musitó cerrando los ojos.

Tenía tortícolis y le dolía la espalda. Volvió a mirarse en el espejo. «¿Lo hicimos?» «Sí, lo más seguro es que sí.» Cerró otra vez los ojos. «¡Hostia, John!, ¿cómo has podido acostarte con Lorna Grieve?» Veinte años atrás habría dado saltos de contento; pero veinte años antes ella no estaba implicada en un caso de homicidio.

Cerró los grifos y se metió en la bañera dejándose resbalar para que el agua le cubriera la cabeza. Tal vez bastaría con aguantar un poco y todo habría acabado, pensó. Su primera equivocación con la bebida la había cometido hacía treinta años al salir de un baile estudiantil.

Y no escarmentaba, pensó, sacando la cabeza para respirar. A partir de ahora se sentiría vinculado a los Grieve, sería como un fleco más de su historia.

Y si Lorna lo divulgaba también él pasaría a la historia.

SEGUNDA PARTE. MALOS SUEÑOS EN LA OSCURIDAD

16

Jerry inició su rutina matinal en cuanto Jayne se fue a trabajar. Té, tostadas, el periódico y al cuarto de estar a oír unos discos punk de cuarenta y cinco de su adolescencia que le ponían bien para la jornada. Los de arriba darían golpes en el techo pero él les haría un corte de mangas y seguiría bailando. Tenía unos cuantos preferidos: Your generation [Tu generación], de Generation X; Don't Care [No te preocupes], de Klark Kent; y Where's captain Kirk? [¿Dónde está el capitán Kirk?], de Spizzenergi. Eran discos con portadas sobadas y era una pena lo rayados que estaban de prestarlos para fiestas. Aún recordaba el día que se colaron en un concierto de Los Ramones en la universidad en el setenta y ocho.

El single de Spizz era de mayo del setenta y nueve; tenía la fecha de compra garabateada por detrás. En aquella época él ponía la fecha en los discos y hacía anotaciones. Se compraba todas las semanas uno de los últimos éxitos, de lo mejor que sonaba; aunque no todos los compraba. Virgin, en Frederick Street, había sido la gloria para robar. Lo que no sucedía en Bruce's. El encargado de Bruce's se había ido de manager con los Simple Minds, que él había visto actuar cuando se llamaban Johnny y los Masturbadores.

Entonces todo valía la pena y tenía importancia, y los fines de semana la adrenalina te emborrachaba.

Lo único que le quedaba era el baile. Se dejó caer en el sofá. Tres discos y ya estaba hecho polvo. Se lió un porro y encendió la tele a sabiendas de que no pondrían nada que valiera la pena. Jayne hacía turno doble y no volvería hasta las nueve o las diez. Tenía doce horas por delante para fregar los platos. Había días en que le comía el gusanillo de volver a trabajar; verse sentado en una oficina, con traje y corbata tal vez, y a lo mejor adoptando decisiones y atendiendo llamadas al teléfono. Nic le contaba que tenía una secretaria. ¡Una secretaria! ¿Quién lo hubiera dicho? Se acordaba de cuando iban al colegio dando patadas a un balón por el callejón y haciendo imitaciones punk en el dormitorio. Bueno, sobre todo en el suyo, porque la madre de Nic ponía mala cara a las visitas y torcía el gesto al abrirle la puerta. La tía ya había muerto; su cuarto de estar olía a los puros Hamlet que fumaba el marido, la única persona que él conocía que no fumaba cigarrillos: tenían que ser puros. Contuvo la risa sin dejar de manipular el mando a distancia, contuvo la risa. ¡Puros! ¿Quién se creía que era? El padre de Nic gastaba chaquetas de punto y corbata… El suyo llevaba casi siempre chaleco y un cinturón que utilizaba para administrar justicia. Pero su madre era estupenda. De ninguna manera habría cambiado a sus padres por los de Nic.

– ¡De ningún modo! -exclamó.

Apagó la tele. Había apurado tanto el porro que casi le quemaba los dedos. Dio una última calada y fue a echar la colilla al váter. No le preocupaba la bofia, lo hacía porque a Jayne no le gustaba que fumase. El consideraba que la yerba era lo que le mantenía cuerdo. El Estado debería despacharla a través de la Seguridad Social para que los que estaban en sus circunstancias no se desmandaran.

Fue al baño a afeitarse para estar presentable cuando Jayne volviera del trabajo. Seguía tarareando «Captain Kirk». Era un disco estupendo; uno de los mejores. Pensó en Nic y en cómo los dos se habían hecho colegas. No se sabe nunca con quién vas a acabar congeniando. Desde los cinco años iban a la misma clase pero sólo al pasar a secundaria comenzaron a salir juntos y a escuchar a Alex Harvey y Status Quo tratando de discernir las letras que hablaban de sexo. Nic escribió un poema con centenares de versos sobre una orgía. Hacía poco que él se lo había recordado y se habían reído de lo lindo. De eso se trataba, de llegar al final del día riendo.

Se vio reflejado en el espejo con la cara llena de espuma y la maquinilla en la mano. Tenía bolsas en los ojos y patas de gallo. El tiempo pasaba. Jayne no dejaba de hablar de niños y del paso del tiempo. Pero la verdad es que no le apetecía ser padre; Nic le repetía que arruinaba la relación de pareja. Había tíos en su oficina que no habían vuelto a follar desde que habían tenido un crío; se pasaban meses y años sin hacerlo. Y la maternidad hacía que las mujeres se abandonaran. Nic arrugaba la nariz de asco.

«No es una perspectiva muy halagüeña, ¿eh?», decía Nic.

Él le daba la razón.

Había imaginado que al terminar los estudios trabajarían los dos juntos en una fábrica o algo similar, pero Nic le dejó de una pieza al decirle que iba a preparar un curso para el ingreso en la enseñanza superior. No habían dejado de verse, pero Nic a partir de entonces siempre tenía la habitación llena de libros, unos libros que él no entendía. Luego, Nic fue a Napier tres cursos seguidos, siempre con más libros y trabajos para hacer por escrito. Se veían algunos fines de semana, casi nunca en días laborables, y algún viernes por la noche iban a una discoteca o un concierto de Iggy Pop, Gang of Tour o los Stones en el Playhouse. Nic casi nunca le presentaba a sus compañeros a no ser que coincidieran en algún concierto. Un par de veces fueron a un pub, y una vez que él ligó con una, Nic le sacó del local agarrándole del brazo. «¿Qué diría Jayne?»

Porque entonces ya salía con Jayne. Trabajaban los dos en una fábrica de semiconductores. Él era encargado de la carretilla elevadora y la conducía de maravilla; le gustaba hacer alarde de ello girando como un loco alrededor de las compañeras, que se reían, diciéndole que estaba chiflado y que un día mataría a alguien. Pero apareció Jayne y aquello se acabó.

Llevaban quince años casados. Quince años y sin hijos. ¿Cómo pensaba ella en tener hijos estando él en el paro? De eso era aquella carta que había llegado por la mañana: para que se presentara. Sabía por qué. Querían comprobar si hacía algo por encontrar trabajo. Ni puta gana. Y ahora Jayne volvía a acosarle: «Que el reloj no para, Jer». Lo decía con doble sentido: porque se le pasaba el plazo de la maternidad y porque cualquier día se largaba si no tenían hijos. Ya lo había hecho una vez, yéndose a casa de su madre tres calles más allá. Pues que se quedara a vivir allí…

Si se quedaba en el piso se volvería loco. Se limpió la crema de la cara, se puso la camisa, cogió la chaqueta y salió. Anduvo dando vueltas a ver si veía a alguien con quien hablar y después entró en un despacho de apuestas a pasar media hora caliente simulando que rellenaba boletos. Le conocían y sabían que era poco probable que él apostase algo; a veces lo hacía pero nunca ganaba nada. Entraron a dejar el periódico y le echó una ojeada. En la página tres aparecía la noticia de una agresión sexual. La leyó detenidamente. Era una estudiante de diecinueve años sorprendida en el aparcamiento de la piscina Commonwealth. Tiró el periódico y salió a buscar una cabina.

Llevaba en el bolsillo el teléfono de la oficina de Nic porque a veces le llamaba cuando estaba aburrido y arrimaba el transistor al teléfono para que escuchara alguna música de las que ellos bailaban cuando jóvenes. Pidió a la telefonista que le pusiera con el señor Hughes.

– Nic, tío, soy Jerry.

– Hola, colega, ¿qué quieres?

– Acabo de leer el periódico, Nic. Anoche atacaron a una estudiante.

– Qué mundo tan cruel.

– Dime que no has sido tú.

Oyó una risa nerviosa.

– No tiene gracia, Jerry.

– Dímelo.

– ¿Dónde estás? ¿Hay alguien que escuche? El modo en que lo decía le hizo pensar. Nic quería advertirle que alguien podía escucharles, tal vez la telefonista. -Luego hablamos -dijo Nic.

– Tío, perdona…

Habían colgado.

Temblaba al salir de la cabina y fue corriendo hasta su casa; se lió otro porro, puso la tele y se sentó a que se apaciguaran los latidos de su corazón. Allí no corría peligro; no podía pasarle nada. Era el único sitio en que podía estar.

Hasta que volviera Jayne.

Siobhan Clarke encargó al Registro Civil que comprobaran si existía certificado de nacimiento a nombre de Chris Mackie. También empezó a investigar sobre él, concentrándose en Grassmarket y Cowgate, y además en Meadows, Princes Street y Hunter Square.

Aquel martes por la mañana, sin embargo, estaba en la sala de espera de un médico rodeada de dolientes enfermos. Oyó su nombre y dejó la revista femenina de artículos cutres sobre cocina, modas y niños.

¿No habría una revista para ella que hablara del His FC, relaciones fallidas y homicidios?

El doctor Talbot era un cincuentón de sonrisa cansina que usaba gafas de media luna. Tenía encima del escritorio el expediente de Chris Mackie, pero comprobó la documentación de Clarke, certificado de defunción y autorización, y luego le dijo que arrimase la silla a la mesa de despacho.

Clarke apenas tardó unos minutos en comprobar que la ficha médica había sido abierta en 1980, fecha de alta de Mackie en aquel médico; en ella figuraba la dirección de otro doctor de Londres, en cuyo poder estaba el historial médico. Pero la carta del doctor Talbot al facultativo londinense le había sido devuelta con la estampilla de calle inexistente.

– ¿No hizo ninguna otra averiguación? -dijo Clarke.

– Soy médico, no policía.

La dirección de Mackie en Edimburgo era la del albergue y como fecha de nacimiento figuraba otra distinta a la del registro de la encargada Drew. Clarke tuvo la molesta sensación de que Mackie había ido borrando pistas. Volvió a mirar el expediente y vio que a aquella consulta Mackie sólo había acudido tres veces: por un corte infectado en la cara, una gripe, y a que le sacaran un forúnculo. Todo ello dolencias de poca importancia.

– Gozaba de muy buena salud teniendo en cuenta las circunstancias -comentó el doctor Talbot-. Claro que creo que ni fumaba ni bebía y eso ayuda bastante.

– ¿No tomaba ninguna droga?

El médico negó con la cabeza.

– ¿No es algo raro una salud tan buena en un mendigo?

– He conocido personas más sanas que el señor Mackie.

– Sí, pero que un mendigo no beba ni tome drogas…

– No soy un experto.

– ¿Pero qué opinión le merece?

– Mi opinión es que el señor Mackie me dio pocas molestias.

– Gracias, doctor Talbot.

Salió de la consulta y fue a la Seguridad Social, donde una tal señorita Stanley la atendió en un cubículo anodino de los que utilizan para recibir la presentación de reclamaciones.

– Por lo visto no tenía número de afiliado a la Seguridad Social -dijo la mujer mirando el expediente-. Le asignamos uno provisional en la primera visita.

– ¿En qué fecha?

En mil novecientos ochenta, claro; la fecha de invención de Christopher Mackie.

– Yo no estaba aquí entonces, pero hay unas anotaciones de esa primera entrevista -dijo la funcionaria, y leyó-: «Sucio, no sabe bien su domicilio y no tiene número de afiliado». El dio una dirección anterior de Londres.

Clarke lo anotó en su bloc.

– ¿Le solucionan algo esos datos?

– Bastante -contestó Clarke, pero lo cierto era que aquella noche en la estación era cuando más cerca había estado de Chris Mackie, y desde entonces no hacía más que alejarse de él porque era alguien inexistente; una ficción creada por quien tenía algo que ocultar.

Tal vez no lograse nunca descubrir quién era y qué ocultaba.

Porque Mackie había sido listo. Todos decían que era aseado, pero a la Seguridad Social había acudido fingidamente sucio. ¿Por qué? Para que su engaño fuese más creíble adoptando la apariencia de una persona que no sabe expresarse, olvidadiza y desamparada, la clase de individuo que un funcionario procura quitarse de encima cuanto antes. ¿No tiene usted número de afiliado? No importa, le damos uno provisional. ¿No recuerda bien su domicilio en Londres? Es igual; firme aquí en el formulario. Y a otra cosa.

Llamó por el móvil al Registro Civil y le confirmaron que no había certificado de nacimiento a nombre de Christopher Mackie en la fecha dada. Podía probar con la otra o ampliar las averiguaciones en el registro central de Londres, pero sabía que era perseguir a un fantasma. Se sentó en un café muy concurrido y se tomó la consumición mirando al vacío y pensando si no había llegado el momento de hacer su informe y cerrar la investigación.

Había seis razones para hacerlo.

Y cien para no hacerlo.

En su mesa de despacho encontró más de diez mensajes. Reconoció un par de nombres de dos periodistas locales que habían llamado tres veces cada uno. Cerró los ojos y musitó una palabra que habría hecho que su abuela se tapase los oídos. Luego, bajó a la sala de comunicaciones a buscar el News. Aparecía en primera página: misteriosa tragedia del mendigo millonario. Como no tenían foto de Mackie publicaban la del lugar del suicidio. No decían mucho: muy conocido en el centro de Edimburgo… Cuenta bancaria de seis cifras… La policía trataba de averiguar si tenía familia «con derecho al dinero».

La peor pesadilla de Siobhan Clarke.

Cuando subió sonaba el teléfono y Hi-Ho Silvers se acercó a su mesa andando de rodillas con las manos juntas, implorante.

– Soy un hijo suyo natural. ¡Hacedme la prueba del ADN, pero por Dios bendito dadme la pasta!

Hubo una carcajada general en el DIC y un compañero exclamó señalando el teléfono: «¡Te están llamando!». Se movilizarían todos los chalados y falsarios del país marcando el 999 de Fettes, pero allí se los quitarían de encima diciendo que era un caso de Saint Leonard.

Todos para ella.

Se dio media vuelta y salió sin hacer caso de las bromas de sus compañeros.

Volvió a hacer una ronda por la calle preguntando por Mackie. Sabía que tenía que actuar rápido porque las noticias vuelan y no tardaría en aparecer gente diciendo que le conocían, que era su mejor amigo, su sobrino, su albacea. Ya comenzaban a conocerla los mendigos y la llamaban «muñeca» y «jovencita». Preguntó también a los vagabundos jóvenes, no los que vendían Big Issue sino a los que dormían en los soportales y entradas de las tiendas envueltos en mantas. Estaba guareciéndose de un chaparrón en la entrada de la librería Thin's cuando llegó uno con quien ella había hablado, sin manta y con un móvil pegado a la oreja protestando porque no llegaba el taxi, pero hizo como si no la conociera y siguió hablando por teléfono.

Al pie del Mound no había muchos. Sólo dos jóvenes con coleta y sus respectivos perros callejeros lamiéndose mientras los amos compartían una lata de cerveza fuerte.

– Lo siento, no lo conocemos. ¿No tendría un pitillo?

Se había acostumbrado a llevar un paquete y les ofreció sonriendo al ver que cogían dos cada uno. Volvió a subir al Mound. John Rebus le había contado que aquella colina la habían hecho con escombros de la ciudad nueva y que el que había sugerido la idea tenía una tienda en la cumbre, pero el auge de la construcción había condenado su negocio a la demolición. A Rebus le parecía una historia divertida y aleccionadora.

– ¿En qué sentido?

– Es la historia de Escocia misma -respondió él sin más explicaciones.

Clark pensó si no sería una referencia a la independencia, a las ideas de autogestión y autodestrucción. A él parecía divertirle que si la presionaban, ella defendía la independencia y la fastidiaba diciendo que era una espía inglesa enviada para echar por tierra el proceso; la llamaba «colonizadora» y «escocesa nueva». Nunca sabía cuándo hablaba en serio. La gente en Edimburgo era así: cerrada, reservada. A veces pensaba que era como un flirteo en el que las burlas y bromas formaban parte de un ritual de apareamiento tanto más complejo por consistir en insinuaciones más que en zalamerías.

Conocía a Rebus desde hacía unos años pero seguían sin ser verdaderos amigos. Desde luego, John Rebus no se veía con los compañeros fuera del trabajo, y sólo aceptaba su compañía cuando le invitaba a los partidos del Hibs. Su única afición era la bebida en locales concurridos por pocas mujeres, antiguos pubs casi prehistóricos.

Había tenido una relación intermitente con la doctora Patience Aitken, pero era una historia acabada, aunque él no le había comentado nada. Al principio había pensado que era tímido o raro, pero ahora ya no creía que fuera por eso. Parecía más bien una estrategia pensada. No se lo imaginaba saliendo con miembros de un club de solteros como Derek Linford. Linford, otro de sus leves errores. No había vuelto a hablar con él desde que habían estado en el Dome. Linford le dejó un mensaje en el contestador: «Espero que se te haya pasado». ¡Cómo si la culpa fuese de ella! Estuvo a punto de llamarle para exigirle disculpas, pero pensó que tal vez era el juego que él se traía para inducirla a que tomara la iniciativa y reanudar la relación.

Tal vez la locura de John Rebus fuese algo metódico. Desde luego había mucho a favor de las noches tranquilas con un vídeo de alquiler, una ginebra y un paquete de Pringle's, sin necesidad de estar pendiente de nadie y bailando a solas con tu propia música. En las fiestas y discotecas siempre le daba cierto apuro por el hecho de ser observada y catalogada por ojos extraños.

Pero por la mañana en la oficina siempre preguntaban lo mismo: «¿Qué hiciste anoche?». Una pregunta inocente en sí, pero a ella le molestaba tener que responder: «Poca cosa. ¿Y tú?». Porque pronunciar la palabra sola implicaba que eras una solitaria.

O que estás disponible. O que tienes algo que ocultar.

En Hunter Square tampoco había nadie salvo dos turistas mirando un mapa. El café que había tomado estaba pidiendo salida a gritos y se dirigió a los váteres públicos. Al salir de la cabina vio a una mujer junto a los lavabos rebuscando en unas bolsas. «Bolseras» las llamaban en Estados Unidos. El chaquetón acolchado que llevaba estaba sucio y descosido en las hombreras y el cuello. Tenía el pelo corto y sucio y las mejillas enrojecidas de vivir al aire libre. Hablaba sola buscando algo: una hamburguesa empezada y envuelta en papel. La puso debajo del secador de manos para calentarla bajo el chorro de aire dándole vueltas. Clarke la miraba fascinada, sin saber si sentía miedo o admiración. La mujer se daba cuenta de que la observaban pero seguía a lo suyo. Al apagarse la máquina volvió a apretar el botón y dijo:

– Eres una sinvergüenza curiosilla, ¿eh? ¿Te ríes de mí? -añadió volviéndose hacia ella.

– Sinvergüenza… -repitió Clarke.

– Vamos, que te divierte. Yo no soy sinvergüenza, por cierto.

Clarke dio un paso atrás.

– ¿No lo haría mejor desenvolviéndola?

– ¿Qué?

– Así la calientas por dentro.

– ¿Insinúas que soy una torpe?

– No, únicamente…

– Ah, claro, tú eres una sabionda, ¿no? La suerte que he tenido de que pasaras por aquí. ¿Tienes cincuenta peniques?

– No hay de qué.

La mujer lanzó un bufido.

– Aquí los chistes los hago yo -dijo catando la hamburguesa y hablando con la boca llena.

– Pues no entendí lo de antes -dijo Clarke.

– Te decía si eres lesbiana -respondió la mujer con la boca llena-. Los hombres que andan por los servicios son maricas, ¿no?

– Tú estás en unos servicios.

– Pero yo no soy lesbiana -replicó dando otro bocado.

– ¿Conoces por casualidad a un tal Mackie?

– ¿Por qué lo preguntas?

Clarke sacó el carnet de policía.

– ¿Sabes que Chris ha muerto?

La mujer dejó de masticar e intentó tragar lo que tenía en la boca pero no lo logró y acabó escupiéndolo en el suelo. Se acercó a un lavabo y se llevó agua a la boca en el cuenco de las manos. Clarke se acercó a ella.

– Se tiró por el puente North. Le conocías, ¿verdad?

La mujer no dejaba de mirarse en el espejo salpicado de jabón. Sus ojos, aunque oscuros y resabiados, eran más juveniles y menos castigados que el rostro. Clarke pensó que tendría treinta y tantos años, aunque en un mal día podría aparentar más de cincuenta.

– A Mackie le conocíamos todos.

– Pero no todos reaccionan como tú.

La mujer sostenía la hamburguesa en la mano contemplándola como dispuesta a tirarla, pero se lo pensó mejor y la envolvió de nuevo para guardarla en una de las bolsas.

– No sé por qué me ha impresionado -replicó-. Todos los días muere gente.

– ¿Erais amigos?

– ¿Me invitas a un té? -dijo la mujer mirándola.

Clarke asintió con la cabeza.

En el café más a mano no les permitieron entrar. Ante las protestas de Clarke, el encargado alegó que la mujer molestaría pidiendo en las mesas. Fueron a otro bar.

– En éste tampoco me dejan entrar -dijo la mujer.

Clarke optó por entrar ella a comprar dos tés y un par de bollos pegajosos y se sentaron en Hunter Square expuestas a las miradas de los viajeros del segundo piso de los autobuses. La mendiga les dirigía de vez en cuando un corte de mangas disuasorio.

– Qué mala soy -comentó.

Clarke anotó cómo se llamaba: Dezzi, diminutivo de Desiderata, aunque no era su verdadero nombre.

– Ése me lo dejé en casa.

– ¿Cuándo te marchaste, Dezzi?

– No recuerdo. Debe de hacer muchos años.

– ¿Siempre has vivido en Edimburgo?

La mujer negó con la cabeza.

– He andado por todas partes. El verano pasado fui en autobús a una comuna de Gales. No sé qué se me habría perdido allí. ¿Tienes un pitillo?

Clarke le ofreció uno.

– ¿Por qué te marchaste de casa?

– Lo que dije: una curiosilla.

– Bueno, ¿qué sabes de Chris?

– Yo le llamaba Mackie.

– ¿Y él cómo te llamaba?

– Dezzi -contestó mirándola-. ¿Qué intentas, averiguar mi apellido?

– Te juro que no -respondió Clarke negando con la cabeza.

– Sí, claro, en la poli se puede confiar lo que dura el día.

– Es cierto.

– Pero es que en esta época del año el día dura bien poco.

Clarke se echó a reír.

– Ahí me has hecho picar -dijo, intentando congraciarse con ella para averiguar si aquella mujer sabía algo de Mackie y estaba al tanto de que la policía indagaba, o había leído el artículo del News-. Bueno, ¿qué puedes decirme de Mackie?

– Que fuimos novios unas semanas -contestó con una sonrisa que iluminó su rostro-. Unas semanas locas.

– ¿Cómo de locas?

– Lo bastante para que nos detuvieran -contestó enarcando las cejas-, no te digo más -añadió dando un bocado al bollo y a continuación una calada al cigarrillo.

– ¿Te contó algo de su vida?

– Ahora que está muerto, ¿qué puede importar?

– A mí me importa para averiguar el motivo del suicidio.

– ¿Por qué se suicida la gente?

– Yo no lo sé.

La mujer dio un sorbo de té.

– Porque se rinden.

– ¿Eso es lo que le sucedió a él, que se rindió?

– Con toda la mierda de este mundo… -dijo Dezzi moviendo la cabeza-. Yo intenté una vez cortarme las venas rajándome las muñecas con un vidrio. Me dieron ocho puntos -añadió volviendo hacia arriba la muñeca, pero Clarke no vio señal de cicatrices-. No debí de hacerlo muy en serio, ¿verdad?

Clarke sabía que muchos mendigos eran enfermos mentales y de pronto se preguntó si Dezzi no estaría contándole patrañas.

– ¿Cuándo viste a Mackie por última vez?

– Hará unas dos semanas.

– ¿Qué impresión te dio?

– Buena -respondió la mendiga metiéndose en la boca el último trozo del bollo, que deglutió con un sorbo de té antes de seguir fumando.

– Dezzi, ¿de verdad que le conocías?

– ¿Pero qué dices?

– No me has contado nada de él.

Vio que se molestaba y temió que se fuese.

– Si le tenías afecto -añadió- ayúdame a saber cómo era.

– Nadie conocía a fondo a Mackie. Era muy reservado.

– ¿Pero a ti te hizo confidencias?

– No creas, sólo me contó algunas historias… pero debían de ser cuentos.

– ¿Historias, cómo?

– Me habló de sitios en que había estado, en Estados Unidos, Singapur y Australia. Yo pensé que habría navegado en la marina o algo así, pero él me dijo que no.

– ¿Tenía una buena formación?

– Sí que sabía cosas, y estoy convencida de que había estado en Estados Unidos, pero en los otros sitios, no sé. Londres sí que lo conocía porque sabía por dónde pasan turistas y las estaciones del metro. Cuando nos conocimos…

– ¿Qué?

Clarke estaba aterida y no sentía los pies de puro frío.

– No sé, me dio la impresión de que estaba de paso. Como si pensara marcharse a algún sitio.

– Pero no se fue.

– No.

– ¿Quieres decir que era vagabundo más por decisión propia que por necesidad?

– Tal vez -respondió Dezzi abriendo mucho los ojos.

– ¿Qué sucede?

– Puedo demostrarte que le conocía.

– ¿Cómo?

– Por un regalo que me hizo.

– ¿Qué regalo?

– Pero como a mí en realidad no me servía… lo di.

– ¿Lo regalaste?

– Bueno, lo vendí en una tienda de objetos usados de Nicolson Street.

– ¿Qué regalo era?

– Una especie de cartera, pero no cabían muchas cosas. Aunque era de cuero.

Mackie había llevado el dinero a la caja de ahorros en una cartera.

– La habrán vendido -comentó Clarke.

Dezzi negó con la cabeza.

– No, la lleva el dueño; yo le he visto con ella. Era de cuero, y el cabrón me dio sólo cinco libras.

Nicolson Street estaba cerca de Hunter Square. La tienda era como un rastro de pasillos estrechos llenos de montones de artículos usados: libros, casetes, tocadiscos y cazuelas. Había aspiradoras, de las que colgaban boas de plumas y, en el suelo, tarjetas postales y cómics viejos. Además de electrodomésticos, juegos de salón y rompecabezas; macetas y sartenes, guitarras y atriles. El dueño, un asiático, dijo que no conocía a Dezzi. Clarke le enseñó el carnet y le pidió que sacara la cartera.

– Cinco libras me pagó -farfulló la mendiga- y es de cuero auténtico…

El hombre se resistió a enseñarla hasta que Clarke le mencionó que la comisaría de Saint Leonard no estaba lejos. Al fin se agachó y puso en el mostrador una cartera negra rozada. Clarke le pidió que la abriera y vio un periódico, un paquete con el almuerzo y un fajo de billetes. Dezzi se acercó a fisgar, pero el hombre la cerró de golpe.

– ¿Quiere algo más? -preguntó el hombre.

Clarke señaló una esquina que se notaba más rozada.

– ¿Esto de qué es?

– Como no eran mis iniciales, las borré.

Clarke miró con detenimiento pensando si Valerie Briggs sería capaz de identificarla.

– ¿Recuerdas las iniciales que había? -dijo a Dezzi.

La mendiga negó con la cabeza sin dejar de observar la marca.

No había mucha luz en la tienda y era difícil ver bien los trazos.

– ¿Eran ADC? -aventuró Clarke.

– Creo que sí -contestó el tendero-. Y te la pagué bien -añadió esgrimiendo un dedo contra Dezzi.

– Bien me robaste, cabrón. Ponle las esposas -añadió dando un codazo a Clarke.

Clarke cavilaba si ADC serían realmente las iniciales de Mackie.

¿O sería otra pista que no llevaba a ninguna parte?

En Saint Leonard pensó que era una tonta por no haber examinado antes el atestado de la detención de Mackie. En agosto de mil novecientos noventa y siete, Christopher Mackie y una tal Desiderata (se había negado a dar su apellido a la policía) fueron detenidos por «exhibicionismo indecente» en la escalinata de una iglesia de Bruntsfield.

Agosto era la época del festival de Edimburgo y a Clarke le chocó que no los hubiesen tomado por actores de teatro callejero.

El agente de la comisaría de Torphichen que los había detenido se llamaba Rod Harken y recordaba muy bien el incidente.

– A ella la multamos y la tuvimos unos días encerrada por negarse a darnos el nombre -dijo el hombre por teléfono.

– ¿Y su compañero?

– Creo que salió en libertad condicional.

– ¿Por qué?

– Porque el pobre estaba comatoso.

– No le entiendo.

– Pues se lo explico. Ella estaba montada encima de él sin bragas y con la falda subida intentando quitarle los pantalones. Tuvimos que despertarle para traerle a la comisaría -añadió Harken conteniendo la risa.

– ¿Les hicieron foto?

– ¿En la escalinata? -replicó Harken a punto de echarse a reír.

– No. En la escalinata no -replicó Clarke en tono circunspecto-En Torphichen.

– Ah, sí, les hicimos fotos.

– ¿Las conservan?

– Pues, no sé.

– Bien, compruébelo -dijo Clarke-. Por favor -añadió.

– Bueno, sí -dijo Harken a regañadientes.

– Gracias.

Colgó. Una hora después le enviaron las fotos con un coche patrulla. Las de Mackie eran mejores que las del albergue. Miró sus ojos desenfocados. Tenía el cabello mucho más oscuro y peinado hacia atrás; su rostro era más bronceado o curtido de vivir al aire libre y llevaba barba de un par de días, pero no tenía peor aspecto que muchos turistas de mochila. Advirtió en él una mirada extraña como si por más que durmiese nunca fuera a olvidar lo que había visto. Clarke no pudo contener una sonrisa al ver las fotos de Dezzi: sonreía como si estuviera en el mejor de los mundos, ajena a todo.

Harken había anotado en el sobre: «Otra cosa. Interrogamos a Mackie a propósito del incidente y nos dijo que él no era ya ningún "bruto sexual" pero por un error en la transcripción le tuvimos encerrado unas horas para comprobar si era delincuente sexual. No tenía antecedentes».

Sonó de nuevo el teléfono y le dijeron del mostrador de entrada que tenía visita.

Era un hombre bajo, gordo y rubicundo. Vestía un traje príncipe de Gales a cuadros con chaleco y se enjugaba la frente con un pañuelo del tamaño de un mantel. Tenía una calva reluciente pero con bastante pelo a los lados, que se peinaba sobre las orejas. Dijo llamarse Gerald Sithing.

– He leído esta mañana en el periódico lo de Chris Mackie y me he llevado un disgusto -dijo con voz trémula clavando en ella sus ojillos.

– ¿Usted le conocía? -preguntó Clarke cruzando los brazos.

– Oh, sí, desde hacía años.

– ¿Podría describírmelo?

El hombre la miró y dio una palmada.

– Ah, claro, cree que soy un chalado que viene a reclamar su fortuna -dijo con una risa seca.

– ¿No lo es?

El hombre se enderezó y dio de carrerilla una correcta descripción física de Mackie. Clarke se rascó la nariz.

– Venga por aquí, por favor.

Había un cuarto de interrogatorios a un lado del mostrador. Hizo pasar al hombre y cerró. A veces servía de almacén pero aquel día no había nada; sólo una mesa y dos sillas, con las paredes desnudas y ni cenicero ni papelera.

Sithing se sentó y miró intrigado el cuarto. Clarke, de rascarse la nariz había pasado a pellizcársela. Empezaba a dolerle la cabeza y se sentía exhausta.

– ¿Cómo conoció al señor Mackie?

– Por pura casualidad. En uno de los paseos diarios que yo daba entonces por los Meadows.

– ¿Cuándo?

– Oh, hará siete u ocho años. Hacía un espléndido día de verano y fui a sentarme en un banco en el que había un hombre… desaliñado, un vagabundo. Y empezamos a hablar. Creo que fui yo quien rompió el hielo, comentando algo sobre el buen tiempo.

– ¿Y él era el señor Mackie?

– Exacto.

– ¿Dónde vivía en aquel entonces?

Sithing volvió a reírse.

– ¿Sigue desconfiando, verdad? -dijo, esgrimiendo un dedo como una salchicha-. Vivía en una especie de albergue del Grassmarket. Al día siguiente nos encontramos allí y luego adquirimos la costumbre de vernos. A mí me agradaba.

– ¿De qué hablaban?

– Del mundo y de cómo lo destruíamos. A él le interesaba Edimburgo por lo mucho que está cambiando su arquitectura. Era muy anti.

– ¿Muy anti?

– Estaba en contra de las nuevas construcciones. Tal vez al final no pudo aguantarlo.

– ¿Se suicidó en protesta por la arquitectura fea?

– La desesperación tiene diversas causas -replicó el hombre en tono admonitorio.

– Disculpe si le he parecido…

– Oh, no es culpa suya. Es porque está cansada.

– ¿Tanto se me nota?

– Seguramente Cristo también estaba cansado. Es lo que quería decir.

– ¿Le habló Mackie de su vida?

– Algo me contó. Me hablaba del albergue y de la gente que conocía…

– Me refiero a su pasado. ¿Le contó su vida anterior a la calle?

Sithing negó con la cabeza.

– Él prefería escuchar porque Rossylin le tenía fascinado.

Clarke creyó haber oído mal.

– ¿Rosalind? -preguntó.

– Rossylin. El Templo.

– ¿Qué pasa con la iglesia?

– Yo le he dedicado toda mi vida -dijo Sithing inclinándose-. ¿No ha oído hablar de los Caballeros de Rossylin?

Clarke comenzaba a encontrarse mal. Dijo que no. Le dolían las órbitas de los ojos.

– Pero ¿sabrá que en el dos mil será revelado el secreto de Rossylin?

– ¿Qué es eso, algo de la New Age?

– Es histórico -replicó el hombre con desdén.

– ¿Cree usted que Rossylin es un lugar… especial?

– ¿Por qué, si no, voló Rudolf Hess a Escocia? Hitler estaba obsesionado con el Arca de la Alianza.

– Lo sé. He visto tres veces En busca del arca perdida. ¿Pretende usted decirme que Harrison Ford se equivocó de lugar?

– Ríase si quiere -dijo Sithing con gesto despreciativo.

– ¿Era ése su tema de conversación con Chris Mackie?

– ¡Él era un acólito! -respondió el hombre dando un palmetazo en la mesa-. Era un creyente.

– ¿Usted sabía que tenía dinero? -preguntó Clarke levantándose.

– ¡El habría querido que fuera a parar a los Caballeros!

– ¿Sabe usted algún dato sobre él?

– Nos dio cien libras para nuestras investigaciones. Bajo el suelo del templo, allí es donde está enterrado.

– ¿El qué?

– ¡El portal! ¡La puerta!

Clarke abrió la puerta y agarró a Sithing del brazo, un miembro blando como sin huesos.

– Fuera -ordenó.

– ¡El dinero pertenece a los Caballeros! ¡Éramos su familia!

– Fuera -repitió Clarke.

Apenas se resistió. Lo introdujo en la puerta giratoria y la empujó para echarle a la calle Saint Leonard, donde el hombre se volvió a mirarla furioso. Tenía la cara más enrojecida aún de rabia y le caían mechones de pelo sobre los ojos. Comenzó despotricar pero ella le dio la espalda. Vio que el sargento del mostrador la miraba con una sonrisita.

– No se le ocurra -le advirtió ella.

– Me he enterado de que mi tío Chris ha muerto -dijo el hombre sin hacer caso de su aviso cuando Clarke subía la escalera-. Me dijo que me dejaría algo en herencia. ¿Qué posibilidades tengo, Siobhan? ¡Ande, sólo algunas libras de mi querido tío Chris!

Sonaba el teléfono cuando llegó a su mesa y lo descolgó frotándose las sienes con la mano libre.

– ¡Diga! -exclamó.

– Oiga… -era una voz de mujer.

– ¿Quién es, la hermana desconocida del mendigo? -preguntó dejándose caer en la silla.

– Soy Sandra. Sandra Carnegie.

Aquel nombre no le decía nada.

Cerró los ojos.

– La otra noche fuimos al Marina.

– Ah, sí, perdona, Sandra.

– Llamaba por si se sabía…

– Es que he tenido un día tremendo -añadió Clarke.

– … algo, porque como no me dicen nada…

Clarke suspiró.

– Lo siento, Sandra. Ya no llevo yo el caso. ¿Con quién trataste en Delitos Sexuales?

Sandra Carnegie balbució algo ininteligible.

– No te entiendo.

– ¡Digo que sois todos iguales! -le espetó Sandra enfurecida-. ¡Fingís que os preocupa pero no hacéis nada por detenerle! Cada vez que salgo me pregunto si me estará acechando. ¿En el autobús, cuando cruzo la acera…? -añadió casi sollozando-. Yo creía que tú… que habíamos…

– Lo siento, Sandra.

– ¡Deja de decir eso, por Dios!

– Tal vez si yo hablo con los agentes de Delitos Sexuales…

Habían cortado. Colgó; luego volvió a coger el receptor y lo dejó sobre la mesa. Tenía el número de Sandra en algún sitio, pero con tanto caos de papeles tardaría horas en encontrarlo.

Cada vez le dolía más la cabeza.

Los farsantes y los lunáticos no la dejarían en paz.

¿Qué clase de trabajo era el suyo que hacía que una se sintiera tan mal consigo misma?

17

La buena mañana invitaba a un largo viaje en coche. El cielo era azul claro con nubecillas, casi no había tráfico y en el casete sonaba Page/Plant. Un viaje le ayudaría a despejar la cabeza, con el valor añadido de librarse de la reunión matinal. Le dejaba a Linford todo el protagonismo.

Salió de Edimburgo de cara al tráfico de entrada de la hora punta. En Queensferry Road los coches avanzaban despacio y en la circunvalación de Barnton había la caravana habitual. Vio nieve en el techo de algunos coches y en los camiones de grava que habían salido al amanecer. Paró en una gasolinera a repostar y a tomarse otros dos paracetamoles con una lata de Irn-Bru. Al cruzar el puente Forth vio que en el del ferrocarril habían instalado el reloj del Milenio; era un recordatorio que a él le sobraba. Recordó un viaje a París con su ex mujer; haría… ¿veinte años? Allí había un reloj igual frente al centro Beaubourg, pero no funcionaba.

Hacía un viaje al pasado, rememorando las vacaciones de su infancia. Al salir de la M90 vio que aún faltaban más de treinta kilómetros. ¿Tan lejos estaba Saint Andrew? Era un vecino quien solía llevarles allí: su padre, su madre y él y su hermano. Tres personas apretujadas en el asiento de atrás, con las bolsas entre las piernas y la pelota y las toallas en el regazo. El viaje duraba una mañana entera y los vecinos les despedían agitando la mano como si fueran de expedición. Una expedición al mundo desconocido del Fife nororiental con destino al camping de caravanas, donde les aguardaba una de alquiler con cuatro literas y olor a alcanfor y a lámpara de gas. Por la noche iban al barracón de los servicios, lleno de insectos, de polillas y arañas patudas cuya sombra agigantada se proyectaba sobre las paredes enjalbegadas. Después volvían a jugar a las cartas y al dominó en la caravana y ganaba casi siempre su padre, a no ser que su madre le convenciera para que no hiciese trampa.

Eran dos semanas; las llamaban «la quincena de la feria de Glasgow». En Saint Andrew no había feria y a veces llovía una semana seguida. Se ponían los impermeables de plástico y daban paseos desapacibles, y cuando despuntaba el sol aún se notaba el frío; a él y a su hermano se les amorataba la piel jugando en el mar del Norte y saludando con la mano a los barcos que surcaban el horizonte; su padre les decía que eran barcos rusos que venían a espiar una base de la RAF que se encontraba cerca de allí.

Cuando sólo faltaban unos kilómetros, lo primero que vio fue el campo de golf, y nada más entrar en Saint Andrew tuvo la impresión de que el pueblo no había cambiado. ¿Se habría detenido el tiempo? ¿Dónde estaba la calle principal con sus zapaterías, tiendas de ofertas y cadenas de comida rápida? Bueno, Saint Andrew podía pasarse sin ellas. Reconoció el lugar que ocupaba antaño una tienda de juguetes, convertida ahora en heladería. Vio un salón de té, unos antiguos almacenes… y estudiantes; estudiantes por doquier. Alegres y bulliciosos. Miró los letreros de las calles; aunque era una localidad pequeña de seis o siete calles importantes, se despistó dos veces antes de dar con un antiguo arco de piedra.

Aparcó junto a un pequeño cementerio. Enfrente había una verja con portón que daba paso a un edificio neogótico que más parecía iglesia que colegio, aunque el letrero de la entrada no dejaba lugar a dudas: Academia Haugh.

Se preguntó si sería necesario cerrar el coche; lo hizo de todos modos, por la fuerza de la costumbre.

Un grupo de quinceañeras se dirigía al edificio. Todas vestían blazer y falda gris, con blusa blanca impecable y corbatín escolar ajustado. En la entrada había una mujer con un abrigo largo de lana negra.

– ¿El inspector Rebus? -preguntó cuando él se disponía a entrar. El hizo un gesto afirmativo-. Soy Billie Collins -añadió ella tendiendo rápido la mano y dándole un firme apretón.

En aquel momento pasó por su lado una alumna con la cabeza gacha y Collins, chasqueando la lengua, la agarró del hombro.

– Millie Jenkins, ¿has terminado los deberes?

– Sí, señorita Collins.

– ¿Los ha visto la señorita McCallister?

– Sí, señorita Collins.

– Puedes irte.

La soltó y la chica se fue como quien huye del diablo.

– ¡No corras, Millie! ¡Camina! -exclamó la profesora, y siguió mirándola para ver si obedecía. Se volvió hacia Rebus-. Ya que hace tan buen día, he pensado que podríamos dar un paseo.

Rebus asintió con la cabeza preguntándose si no habría algún otro motivo para que no le hiciera entrar en el colegio.

– Saint Andrew me trae recuerdos -dijo Rebus.

Caminaban cuesta abajo cruzando un puente sobre un riachuelo; a la izquierda se veía el puerto con su malecón y el mar cerraba la panorámica. Rebus señaló hacia la derecha pero bajó el brazo temiéndose que ella le dijera: «¡No señales, John Rebus!».

– Veníamos aquí de vacaciones… a ese camping de ahí arriba.

– Kinkell Braes -dijo Collins.

– Eso es. Había un campo de golf. Mire, aún se aprecia el contorno -añadió señalando con un gesto.

Tenían la playa a sus pies. Un paseante solitario, que iba con un perro labrador, al llegar junto a ellos les saludó con una sonrisa y una inclinación de cabeza. Un saludo típicamente escocés, más evasivo que otra cosa. Al perro le chorreaba el pelo del vientre por haber entrado en el agua. Desde el mar soplaba un viento helado y cortante, y Rebus pensó que Billie Collins lo habría calificado de tonificante.

– ¿Sabe que es el segundo policía con quien hablo desde que estoy aquí? -dijo ella.

– Aquí no habrá mucha delincuencia.

– Únicamente los clásicos escándalos estudiantiles.

– ¿Cuál fue la otra ocasión?

– ¿Cómo dice?

– La otra ocasión en que habló con un policía.

– Ah, el mes pasado; por lo de la mano cortada.

Rebus asintió. Lo había leído en el periódico: una broma estudiantil; en el aula de anatomía habían robado miembros humanos que aparecieron después esparcidos por el pueblo.

– Se llama el día de la Pasa -comentó Billie Collins.

Era alta y huesuda, de pómulos marcados y cabello negro de aspecto quebradizo. También Seona Grieve era profesora. Roddy Grieve se había casado con dos maestras. Su perfil mostraba una frente protuberante, ojos hundidos y nariz puntiaguda. A sus rasgos masculinos unía una voz fuerte y profunda. Llevaba zapatos negros de tacón bajo, una falda azul marino por debajo de las rodillas y un suéter azul de lana con un gran broche celta.

– ¿Alguna ceremonia de iniciación? -preguntó Rebus.

– Los estudiantes de tercer curso gastan novatadas a los de primero; se disfrazan y beben de lo lindo.

– Y roban restos humanos.

– Es la primera vez que sucede, que yo sepa -replicó ella mirándole-. Fue una simple broma. La mano apareció en la verja del colegio y algunas de mis alumnas se desmayaron del susto.

– Dios santo.

Iban más despacio y Rebus señaló un banco. Se sentaron a discreta distancia uno de otro y Collins se estiró el bajo de la falda.

– ¿Dice que venía aquí de vacaciones?

– Casi todos los veranos. Jugaba en la playa y subía al castillo. Había una especie de mazmorra…

– Las bodegas.

– Ah, claro. Y una torre con fantasma…

– La de Saint Rule, junto a la catedral.

– ¿Donde yo he dejado el coche? -ella asintió y Rebus se echó a reír-. De niño todo me parecía mucho más lejos.

– ¿Usted habría jurado que Saint Rule estaba más apartada del campo de golf? -preguntó la mujer pensativa-. ¿Y por qué no?

Rebus dijo que sí con un gesto lento como si hubiera comprendido. Ella se refería a que el pasado era un lugar aparte al que no se puede regresar. Él había sufrido un engaño creyendo que el pueblo era el mismo de antes. Pero era él quien había cambiado; eso era lo que contaba.

Ella respiró profundamente y cruzó las manos en el regazo.

– Inspector, usted viene a hablar de mi pasado, que es un tema doloroso. Yo si pudiera lo evitaría porque hay pocos recuerdos agradables y no son esos los que a usted le interesan.

– De verdad que le agradezco…

– No me lo creo. Roddy y yo nos conocimos aquí mismo siendo muy jóvenes, en el segundo año de la carrera. En Saint Andrew fuimos felices y quizá eso me ha permitido quedarme en el pueblo. Cuando Roddy obtuvo su empleo en el ministerio de Escocia… -sacó un pañuelito de la manga, no porque fueran a saltársele las lágrimas sino para toquetear el algodón y mirar fijamente el bordado.

Rebus miró al mar fantaseando con los barcos de espías que probablemente no eran sino botes de pesca, transformados por la imaginación.

– La peor época fue al nacer Peter -prosiguió ella- cuando Roddy más trabajo tenía. Vivíamos en casa de mis suegros y además su padre estaba enfermo, yo sufrí una depresión posparto… Bueno, aquello fue un verdadero infierno. -Alzó la vista; ante ella se extendía la playa, donde el labrador corría dando saltos a recoger una rama, aunque la mujer veía otra escena-. Roddy se sumergió en su trabajo, era su manera de escapar de todo, imagino.

Entonces Rebus también veía sus propias escenas: más horas de trabajó cada día por retrasar el momento de volver a casa. No más discusiones políticas, no más luchas de almohadones, nada excepto el convencimiento del fracaso, pero había que evitar que Sammy sufriera; era el último pacto tácito entre marido y mujer. Hasta que Rhona le dijo que era para ella como un extraño y se marchó con la niña.

No recordaba que sus padres discutieran. El dinero siempre había sido un problema y semanalmente ahorraban lo que podían para las vacaciones de los niños. Se apretaban el cinturón pero a Johnny y Mike no les faltaba de nada: llevaban ropa remendada y usada pero comían caliente, tenían re galos en Navidad y vacaciones en verano. Tomaban helados y alquilaban hamacas en la playa y volvían al camping comiendo patatas fritas. Jugaban al golf e iban de excursión al parque de Craigtoun, donde había un trenecito que discurría por un bosquecillo con casas de enanitos. Todo era fácil e inocente.

– Él bebía cada vez más -dijo ella- y yo regresé aquí con Peter.

– ¿Tanto bebía?

– Lo hacía a escondidas; guardaba las botellas en su despacho.

– Seona asegura que no bebía mucho.

– Es lógico, ¿no cree?

– ¿Por su reputación?

Billie Collins suspiró.

– No sé si sería culpa de Roddy. Debió de ser por su familia y el modo que tenían de agobiar a los demás -dijo mirándole-. Creo que él siempre soñó con llegar al Parlamento, y justo cuando lo tenía al alcance de la mano…

– Tengo entendido que adoraba a Cammo -Rebus se removió en el asiento.

– No creo que ésa sea la palabra exacta, pero sí me parece que le habría gustado poseer ciertas dotes de Cammo.

– ¿Por ejemplo?

– Cammo es encantador y cruel y a veces su crueldad es tanto mayor cuanto más encantador se muestra ante los demás. A Roddy le atraía esa faceta de su hermano, esa habilidad para fingir.

– Pero había otro hermano.

– ¿Se refiere a Alasdair?

– ¿Usted le conoció?

– A mí me gustaba Alasdair, pero comprendo que se marchara.

– ¿Cuándo se marchó?

– Creo que a finales del setenta y nueve.

– ¿Sabe por qué motivo?

– No lo sé. Tenía un socio, Frankie o Freddy…, un nombre así. Siempre andaban juntos.

– ¿Eran amantes?

– Yo no lo creo -se encogió de hombros-. Y Alicia tampoco. Aunque pienso que no le habría importado tener un hijo homosexual.

– ¿A qué se dedicaba Alasdair?

– Hacía de todo. Tuvo un restaurante en Dundas Street: el Mercurio, pero me parece que desde entonces habrá cambiado de dueño más de diez veces. El no sabía llevar al personal. Se metió en asuntos inmobiliarios, que creo que era a lo que se dedicaba Frankie o Freddy… y también invirtió en un par de bares. Ya le digo, inspector, hacía de todo.

– ¿Pero nada en el terreno de la política o del arte?

– Dios mío, no -respondió ella con un bufido-. Alasdair era muy realista -hizo una pausa-. ¿Qué tiene que ver Alasdair con Roddy?

– Trato de saber cómo era Roddy, y Alasdair es una pieza de tantas en el rompecabezas -contestó Rebus metiendo las manos en los bolsillos.

– Es un poco tarde para averiguarlo, ¿no cree?

– Es posible que sabiendo cómo era pueda descubrir quiénes eran sus enemigos.

– Nunca sabemos realmente quiénes son nuestros enemigos, ¿no cree? El lobo con piel de cordero, y todo eso.

Rebus asintió con la cabeza, estiró las piernas y las cruzó por los tobillos, pero Billie Collins se levantó.

– Podemos ir a Kinkell Braes. Está a cinco minutos y tal vez le interese.

Lo dudaba, pero a medida que ascendían por aquel sendero hacia el camping recordó otra cosa de su infancia: un hoyo artificial profundo con paredes de cemento, que había a un lado del sendero y del que siempre se alejaba por temor a caer en él. ¿Sería alguna conducción de agua? Recordaba que en el fondo chorreaba algo.

– ¡Dios, aquí está! -exclamó asomándose. Habían puesto una valla protectora y ya no le parecía tan hondo, pero era el mismo-. Esto me causaba pavor -dijo mirando a Billie Collins-. A un lado tenía el barranco y al otro, esto. Me costaba Dios y ayuda bajar por aquí y tenía pesadillas con el agujero.

– Es difícil de creer -dijo ella pensativa-. Aunque puede que no -añadió echando a andar.

– ¿Qué tal se llevaba Peter con su padre? -preguntó él dándole alcance.

– ¿Cómo se llevan padres e hijos?

– ¿Se veían a menudo?

– Yo nunca impedí que Peter viera a su padre.

– Eso no contesta exactamente a mi pregunta.

– Es la única contestación que se me ocurre.

– ¿Cómo reaccionó Peter cuando se enteró de que su padre había muerto?

Ella se detuvo y se volvió hacia él.

– ¿Qué trata de insinuar?

– Tiene gracia, yo estaba pensando en qué es lo que usted trata de ocultar.

– Bueno, pues así estamos en paz, ¿no? -replicó ella cruzando los brazos.

– Sólo quiero saber si se llevaban bien, porque la última canción que compuso Peter sobre su padre se titula Reproche final, y no creo que aluda precisamente a afecto y buena armonía.

Estaban en lo alto del sendero, ya frente a las filas de caravanas con las ventanas vacías aguardando la llegada del verano, con las bombonas de gas y los ánimos calmados.

– ¿Aquí venía de vacaciones? -preguntó Billie Collins mirando a su alrededor, el monótono campamento y el mar del Norte embravecido, haciendo abstracción de la simple anécdota-. Pobrecillo.

– Reproche final es un buen título -pensó en voz alta-. A mí me costó años entender al clan, inspector. No se esfuerce y busque algo verosímil.

– ¿Como qué?

– Evoque el pasado para que esta vez dé resultado.

– Podría colocarme una mesa redonda en mi cuarto de estar. Aunque eso no me convierta necesariamente en Merlín -replicó él.

Fue por la carretera de la costa hasta Kirkcaldy y paró a almorzar en el golf Lundin. El padre de un cliente amigo suyo del Oxford era el dueño del hotel Old Manor y Rebus le había prometido pasar un día por allí. Comió sopa de marisco y pescado del día guisado con sencillez y acompañado de agua mineral, tratando de no escarbar en el pasado, en el pasado de nadie. Después, George hizo de cicerone. Desde el bar se disfrutaba de una vista impresionante del campo de golf completamente rodeado por un mar que moría en el horizonte. Un rayo de sol atravesó las nubes y Bass Rock apareció ante sus ojos como una pepita de platino.

– ¿Usted juega? -preguntó George.

– ¿Cómo? -replicó Rebus sin apartar la vista del panorama.

– Si juega al golf.

Rebus negó con la cabeza.

– Lo probé cuando era niño pero no se me daba bien-añadió apartando al fin la mirada de la vista-. ¿Cómo puede usted ir a beber al Oxford teniendo aquí esto?

– Yo sólo bebo de noche, John, y cuando oscurece no se ve nada de esto.

Tenía razón. La oscuridad puede hacerte olvidar la más inmediata realidad. La oscuridad engulliría el camping, el campo de golf y la torre de Saint Rule. Engulliría delitos, agravios y remordimientos. Si cedías a su imperio comenzabas a distinguir bultos invisibles para los demás, pero que no podías definir: movimiento tras una cortina, sombras en un callejón.

– ¿Ve cómo brilla Bass Rock?

– Sí.

– Es el reflejo del sol en las cagarrutas de las aves -dijo levantándose-. No, quédese aquí, que traeré café.

Rebus siguió junto al ventanal contemplando el magnífico día de diciembre, cagarrutas incluidas, mientras sus pensamientos daban continuas vueltas en la oscuridad. ¿Qué le esperaba en Edimburgo? ¿Querría verle Lorna? George regresó con el café y le dijo que había una habitación libre.

– Me parece que no le vendrían mal unas horas de descanso.

– Por Dios, hombre, no me tiente -respondió Rebus tomándose el café.

18

Los pasillos del hospital tenían una buena insonorización y las enfermeras cruzaban las puertas como flechas mientras los médicos, con sus tablillas sujetapapeles, hacían la ronda. No había camas, sólo salas de espera, cuartos de reconocimiento y despachos. A Derek Linford no le gustaban los hospitales porque había visto morir a su madre en un hospital. Su padre aún vivía pero casi no se hablaban; sólo se llamaban alguna vez por teléfono. En cuanto él tuvo edad de votar y votó a los conservadores, se ganó el repudio del padre. Así era el hombre, tozudo y lleno de rencor absurdo. Derek le había objetado con sorna: «¿Cómo vas a ser tú de la clase trabajadora si hace veinte años que no trabajas?». Era cierto, cobraba una pensión de invalidez permanente por un accidente en la mina. Una invalidez que aparecía a su conveniencia, pero nunca cuando iba al pub con sus amigos. Mientras, la madre se dejó la piel en la fábrica hasta que la enfermedad se la llevó por delante.

Derek Linford había hecho carrera no a pesar de sus orígenes sino precisamente por ellos, ascendiendo en la jerarquía para fastidiar a su padre y hacerle saber a su madre que era él quien tenía razón. El viejo, no tan viejo a sus cincuenta y ocho años, seguía viviendo en una casa pareada, de protección oficial. Linford pasaba a veces en coche por delante de ella, aminorando la marcha sin importarle que le viera. A veces un vecino le saludaba con la mano al reconocerle. ¿Se lo contaría a su padre? «Vi a Derek el otro día por aquí. ¿Así que seguís viéndoos…?» Se preguntaba cuál sería la reacción de su padre; un gruñido, seguramente, y vuelta a enfrascarse en las páginas de deportes y en sus crucigramas rápidos. Cuando él era estudiante su padre se dedicaba a preguntarle vocablos para rellenar el crucigrama y él se estrujaba el cerebro, pero cualquier respuesta que le daba siempre estaba mal. Tardó tiempo en darse cuenta de que el viejo se inventaba las palabras y que siempre que él sugería alguna le replicaba: «No burro, eso no es», y le daba como solución una palabra que no existía en el diccionario.

Aquél no era el hospital donde había muerto su madre. En su último momento, con la respiración ya débil, la mujer le cogió la mano, diciéndole con la mirada que no le importaba dejar este mundo. Estaba gastada como una máquina a punto de estropearse del todo, a ella le habían faltado cuidados. El viejo estaba a los pies de la cama con un ramo de claveles del jardín de un vecino y unos libros que había sacado de la biblioteca; unos libros que ella ya no podría leer nunca.

No era de extrañar que detestara los hospitales. Sin embargo al ingresar en el Cuerpo había pasado muchas horas en hospitales aguardando las curas de víctimas y agresores para hacer el atestado. Sabía lo que era la sangre y los vendajes, había visto caras tumefactas, miembros retorcidos; había asistido a la sutura de una oreja y un día contempló un hueso grisáceo que salía de una pierna destrozada. Accidentados de tráfico, víctimas de atracos, mujeres violadas.

No era de extrañar.

Al fin dio con la sala de espera para familiares. Un lugar recogido para los parientes que «aguardan noticias de sus seres queridos», como había señalado la recepcionista. Pero nada más abrir la puerta le asaltó el ruido sordo y entrecortado de una máquina expendedora, le envolvió una nube de humo de tabaco y le deslumbró el resplandor de un televisor. Había dos mujeres de mediana edad fumando como descosidas que le miraron un instante para volver a fijar su atención en el programa de la tele.

– ¿La señora Ure?

– Usted no es el médico -dijo una de ellas, aunque se volvieron a mirarle las dos.

– No -respondió a la que había hablado-. ¿Es usted la señora Ure? -preguntó.

– Lo somos las dos. Yo soy su cuñada.

– ¿Quién es la señora Archie Ure?

– Soy yo -respondió la que no había dicho nada poniéndose en pie; al ver que llevaba en la mano el cigarrillo lo apagó.

– Soy el inspector de policía Derek Linford y vengo a ver si se puede hablar con su marido.

– Póngase a la cola -dijo la cuñada. -Lamento que… ¿Es grave?

– Ya había tenido problemas cardíacos -contestó la esposa de Archie Ure-, nunca dejó de trabajar por aquello en lo que creía.

Linford asintió con la cabeza. Estaba al corriente de quién era Archie Ure, jefe del Departamento de Urbanismo del ayuntamiento y concejal desde hacía más de veinte años, un miembro del laborismo histórico, muy apreciado entre sus amigos y verdadera espina para algunos «reformistas». Ure había publicado en el Scotsman hacía un año más o menos unos artículos que le causaron problemas con el partido, pero, después del rapapolvo, había presentado su candidatura a un escaño en el Parlamento escocés sin pensar probablemente en la posibilidad de que surgiera un arribista como Roddy Grieve capaz de arrebatarle el nombramiento oficial del partido. A él que, en la campaña del setenta y nueve había trabajado como nadie, veinte años después el partido le relegaba a un segundo puesto en la lista de una circunscripción y la promesa de un cargo junto al primero de la lista.

– ¿Van a operarle? -preguntó Linford.

– ¿No te digo? -replicó la cuñada mirándole furiosa-. ¿Cómo demonios vamos a saber nosotras si le operan? Los de la familia son los últimos en enterarse -añadió levantándose.

Linford dio un paso atrás. Eran unas mujeronas adictas a la dieta escocesa: tabaco y manteca, con zapatillas deportivas y cinturillas elásticas con corpiños a juego, capaces probablemente de tumbarle de un puñetazo.

– Sólo pretendía saber…

– ¿Qué es lo que quería saber? -preguntó la esposa secundando la ira de su compañera y cruzando los brazos-. ¿Qué quiere de mi Archie?

«Hacerle unas preguntas… porque es sospechoso de homicidio.» No, eso no podía decírselo. Hizo un gesto evasivo.

– Puedo esperar -dijo.

– ¿Tiene algo que ver con Roddy Grieve? -preguntó la mujer. Pero a aquello tampoco podía contestar-. Ya me lo figuraba. Por culpa suya está aquí mi Archie. Dígale a la guarra de la viuda que no lo olvide. Y si mi Archie…, si acaso… -añadió bajando la cabeza y rompiendo en sollozos mientras su cuñada le pasaba un brazo por los hombros.

– Vamos, Isla, se pondrá bien. ¿Ya está contento? -dijo la cuñada mirando a Linford, que dio media vuelta dispuesto a marcharse.

Pero se detuvo.

– ¿Qué quiso decir con que es culpa de Roddy Grieve?

– Pues que muerto Grieve, Archie habría debido sustituirle en la lista.

– ¿Y bien?

– Pero ahora la viuda ha propuesto su nombre a la candidatura sabiendo que esos cabrones del comité lo aceptarán. Ay, sí, Isla, han vuelto a joderle, a joderle como siempre. Jodido hasta la hora de su muerte.

– Francamente, sería absurdo que no lo hicieran.

Después del hospital, el bar especializado en vinos de High Street era un desahogo. Linford dio un sorbo a su Chardonnay frío y preguntó a Gwen Mollison por qué. Mollison era alta, con pelo rubio largo y rondaría los treinta y cinco años. Usaba gafas de montura metálica que agrandaban sus ojos bien poblados de pestañas y en aquel momento jugueteaba con el móvil que había dejado en la mesa entre ellos dos junto a una abultada agenda de anillas. Miraba incesantemente a un lado y a otro como si esperase ver a algún amigo o conocido. Linford iba preparado y sabía que Mollison era la número tres del departamento de viviendas de protección oficial del ayuntamiento. No tenía el curriculum de Roddy Grieve, ni la veteranía de Archie Ure, y por eso no había logrado el nombramiento, pero se le auguraba un brillante porvenir. Era de origen proletario y nueva laborista hasta la médula; hablaba bien en público y tenía buena presencia. Aquel día vestía un conjunto de chaqueta y pantalón de lino color crema, tal vez de Armani. Linford había reconocido en ella un alma gemela y arrimó el móvil cuarenta centímetros al suyo.

– Es un golpe de efecto de relaciones públicas -dijo Mollison.

Tenía delante un vaso de Zinfandel pero también había pedido agua mineral y hasta el momento era lo único que había bebido. A Linford le gustó la táctica: no ser un abstemio, pedir alcohol, pero ingeniárselas de algún modo para consumir sólo agua mineral.

– Me refiero a que buscan el voto emocional -prosiguió ella-. Seona tiene amigos en el partido y en militancia no se queda atrás de Roddy.

– ¿Usted la conoce?

Mollison negó repetidamente con la cabeza, no por la pregunta en sí, sino por su irrelevancia.

– Yo no creo que se lo pidiera el partido; habría sido de mal gusto. Pero al prestarse ella, verían de inmediato las posibilidades -añadió cambiando de sitio el móvil para comprobar la cobertura.

Sonaba a jazz como música de fondo y apenas había clientes en las otras mesas por ser la hora baja de media tarde. Linford no había almorzado y acababa de terminar un bol de galletitas de arroz, pero estaba otro en camino.

– ¿Usted, personalmente, se ha llevado una decepción? -preguntó Linford.

Mollison se encogió de hombros.

– Otra vez será -dijo con aplomo, sin inmutarse.

Linford estaba seguro de que lo lograría en pocos años, y, en previsión, le entregó su tarjeta de visita, una de las buenas con letras en relieve, con el número particular escrito detrás. «Por si acaso», dijo. Poco después ella advirtió que contenía un bostezo y le preguntó si le aburría.

– Es que anoche me acosté tarde -dijo él.

– Yo lo siento por Archie -continuó ella- porque tal vez haya sido su última oportunidad.

– ¿Pero no le han incluido en la lista regional?

– Claro, no tenían más remedio porque si no habría sido como hacerle de menos. Pero comprenda que esa lista depende de los votos que obtenga cada partido una vez asignados los escaños.

– Me parece que no la sigo.

– Aunque Archie fuese cabeza de esa lista, seguramente no saldría elegido.

Linford caviló al respecto pero siguió sin entenderlo.

– Es usted muy generosa -comentó para salir del paso.

– ¿Usted cree? -replicó ella con una sonrisa-. No entiende usted de política. Si acepto airosamente la derrota tengo puntos a mi favor para la próxima oportunidad. Hay que aprender a perder -añadió encogiéndose de hombros. Su chaqueta tenía hombreras y confería cierta robustez a su figura delgada-. Bueno, ¿no era de Roddy Grieve de quien íbamos a hablar?

– Usted no está entre los sospechosos, señorita Mollison -dijo Linford sonriente.

– Cuánto me alegro.

– A menos que la señora Grieve sufra un accidente. Mollison lanzó una carcajada aguda que llamó la atención de las otras mesas y se llevó una mano a la boca.

– Dios, no debería reírme, no vaya a tentar al destino.

– ¿En qué sentido?

– No sé… Imagínese que la atropella un coche.

– Entonces tendría que volver a hablar con usted -dijo él abriendo el bloc y cogiendo el bolígrafo. Era un Mont Blanc que ella había elogiado previamente-. Quizá sea conveniente que anote su número de teléfono -añadió con una sonrisita.

La última candidata de la lista, Sara Bone, era asistenta social en un barrio del sur de Edimburgo. La localizó en un centro de día de la tercera edad y se sentaron a hablar en el invernadero en medio de plantas marchitas por dejadez, como comentó Linford.

– Todo lo contrario -replicó ella-. Es por exceso de cuidados porque todos se sienten obligados a regarlas y tan malo es mucha agua como poca.

Era una mujer pequeña de cara maternal encuadrada por un peinado juvenil con mechas.

– Ha sido horrible -comentó cuando él mencionó el asesinato de Roddy Grieve-. Este mundo va de mal en peor.

– ¿Puede poner remedio un diputado al Parlamento?

– Eso espero -respondió ella.

– Sólo que ahora no tendrá usted ninguna oportunidad.

– Para consuelo de mis ancianos -dijo ella señalando con la cabeza al interior del local-. Todos ellos se quejaban de que iban a echarme de menos.

– Es halagador ser imprescindible -comentó Linford, pensando que con aquella mujer perdía el tiempo.

Llamó a Rebus y se encontraron en Cramond. Los árboles frondosos del suburbio, ahora desnudos, le daban un aspecto desolado. Hablaban en la acera junto al BMW de Linford, quien acababa de informar a Rebus de sus indagaciones.

– ¿Y tú? -dijo Linford-. ¿Qué tal te fue en Saint Andrew?

– Bien. Di un paseo por la playa.

– ¿Y qué?

– ¿Qué de qué?

– ¿Hablaste con Billie Collins?

– A eso fui.

– ¿Y qué?

– No arrojó mucha luz sobre el asunto.

Linford le miró.

– No piensas decirme nada, ¿verdad? Aunque ella se hubiera confesado culpable yo sería el último en saberlo.

– Es mi modo de trabajar.

– ¿Guardarte las cosas para ti? -replicó Linford alzando la voz.

– Estás muy alterado, Derek. ¿No follas últimamente?

– ¡Jódete! -contestó Linford enrojeciendo.

– Vamos, vamos, puedes superar eso.

– Pero no quiero. No te lo mereces.

– Eso sí es una respuesta.

Rebus encendió un cigarrillo y comenzó a fumar en un silencio nada cordial. Seguía viendo Saint Andrew tal como era hacía ya casi medio siglo, consciente de que representaba una especie de prodigio sin saber exactamente cuál. No encontraba palabras para expresarlo; era como si lo perdido y lo perdurable se hubieran mezclado formando una nueva entidad mixta en la que cada una participase de la otra.

– ¿Vamos a hablar con ella?

Rebus suspiró, dio una calada y al ver que el humo iba a parar al rostro de Linford, pensó que tenía el viento a su favor.

– Pues, sí -dijo-, ya que estamos aquí.

– Da gusto ver tu entusiasmo. Seguro que a nuestros respectivos jefes les encantará.

– Vaya, a mí siempre me ha preocupado lo que piensan los jefes -replicó Rebus mirándole-. ¿Es que no te das cuenta de que yo soy lo mejor que podía haberte pasado? -Linford soltó una carcajada-. A ver, si no. Caso resuelto: tú te llevas los laureles. Caso no resuelto: me echas a mí la culpa. De una manera u otra no habrá discordancias entre tu jefe y el mío porque eres su niño bonito -añadió tirando el cigarrillo-. Cada vez que me niegue a compartir información contigo anótalo, así tendrás argumentos; y cada vez que te cabree o me salga por la tangente lo apuntas también.

– ¿A qué viene todo esto? ¿Es que te gusta el papel de paria?

– El paria no soy yo, hijo. Piénsalo -replicó Rebus-. Vamos a ver a la dama viuda -añadió desabrochándose la chaqueta y arrastrando las palabras como un vaquero del oeste.

Les abrió Hamish Hall, el portavoz de Roddy Grieve.

– Ah, hola de nuevo -dijo haciéndoles pasar.

Era un bonito chalet de ladrillo de los años treinta con un vestíbulo al que daban muchas puertas que Hall dejó atrás para conducirles a través del comedor hasta una ampliación nueva con un invernadero mucho más bonito, como advirtió Linford, que el del centro de ancianos. En un rincón zumbaba con brío un calefactor eléctrico. El mobiliario era de bambú, incluida la mesa con sobre de vidrio a la que estaban sentadas Seona Grieve y Jo Banks ante un montón de papeles. Las pocas macetas con plantas estaban muy bien cuidadas.

– Ah, hola -dijo Seona Grieve.

– ¿Quieren café? -preguntó Hamish Hall. Los dos dijeron que sí con la cabeza y él se dirigió a la cocina.

– Siéntense donde puedan -dijo Seona Grieve al tiempo que Jo Banks se levantaba a quitar periódicos y carpetas de un par de sillas.

Rebus cogió una carpeta y vio que decía: «Perspectivas. Orientaciones para los futuros candidatos al Parlamento escocés». En el margen había anotaciones manuscritas, seguramente del propio Roddy Grieve.

– ¿A qué se debe el placer? -preguntó Seona Grieve.

– Venimos a hacerle unas simples preguntas de seguimiento -respondió Linford sacando el bloc del bolsillo.

– Hemos sabido que va a ponerse los zapatos de su esposo -añadió Rebus.

– Mi pie es más pequeño que el suyo -replicó ella.

– Es posible -prosiguió Rebus- pero a nosotros nos falta un móvil del crimen y el inspector Linford cree que usted nos facilita uno.

Linford fue a protestar pero Jo Banks se le adelantó.

– ¿Creen que Seona iba a matar a Roddy para ocupar su candidatura? ¡Es absurdo!

– ¿Ah, sí? -dijo Rebus rascándose la nariz-. No sé, yo más bien me inclino por la hipótesis del inspector Linford. Constituye un móvil. ¿Había pensado en presentarse antes?

– ¿Se refiere a antes de que asesinaran a Roddy? -preguntó la viuda enderezando la espalda.

– Sí.

Seona Grieve reflexionó un instante y asintió con la cabeza.

– Sí, creo que sí.

– ¿Y por qué no lo hizo?

– Pues, no lo sé.

– Esto no puede tolerarse -terció Jo Banks, pero Seona Grieve le tocó ligeramente en el brazo.

– Déjalo, Jo. Será mejor que disipemos sus dudas -añadió fulminando a Rebus con la mirada-. Me decidió a ello pensar que cualquiera de los otros candidatos, Ure, Mollison o Bone, asumiría la candidatura de Roddy… Pensé que yo podía hacerlo, quizá mejor que ninguno de los tres, así que ¿por qué no probar?

– Es lo mejor que has podido hacer en memoria de Roddy -comentó Jo Banks-. Es lo que él habría deseado.

Sonaba a frase preparada y Rebus se preguntó si no habría sido Jo Banks quien se lo había sugerido a la viuda. Podría ser…

– Comprendo sus sospechas, inspector -añadió Seona Grieve-, pero de haber querido, habría podido presentar mi candidatura sin que a Roddy le importase. No necesitaba matarle para ello.

– Sí, pero el caso es que él ha muerto y usted está aquí.

– Aquí estoy -repitió ella.

– Con el apoyo de todo el partido -añadió Joe Banks-. Por tanto, si piensan hacer alguna imputación…

– Únicamente quieren descubrir quién mató a Roddy, ¿no es eso, inspector? -dijo Seona Grieve.

– Entonces, estamos aún del mismo lado, ¿no?

Rebus asintió otra vez con la cabeza, pero vio por la expresión de Jo Banks que no se quedaba muy convencida.

Cuando llegó Hall con el café en una bandeja Seona Grieve preguntó si hacían progresos en la investigación y Linford respondió con la palabrería habitual de que «seguían pistas» y que «aún no habían concluido las indagaciones», pero, pese a sus esfuerzos, las explicaciones no les parecieron muy convincentes. Seona Grieve cruzó una mirada con Rebus y ladeó la cabeza como dándole a entender lo que pensaba y se volvió hacia Linford para interrumpirle.

– Inspector, me da la impresión de que han avanzado muy poco.

– Van dando palos de ciego -añadió Jo Banks.

– En cualquier caso, confiamos en que… -comenzó a replicar Linford.

– Ah, sí claro. Ya veo que rebosa confianza. Por eso han venido aquí. Inspector Linford, yo soy profesora y he visto muchos alumnos que, igual que usted, acaban los estudios convencidos en lo más profundo de su ser de que podrán hacer lo que se han propuesto. Muchos se desengañan enseguida. Pero usted… -añadió esgrimiendo un dedo antes de volverse hacia Rebus, que soplaba el café para enfriarlo- a diferencia del inspector Rebus…

– ¿Qué? -inquirió Linford.

– El inspector Rebus ya no confía demasiado en nada. ¿No es verdad? -Rebus siguió soplando el café sin contestar-. El inspector Rebus está harto y desengañado de casi todo. Weltscbmerz. ¿Sabe lo que es, inspector?

– Creo que comí un poco la última vez que estuve en el extranjero -replicó Rebus.

– Cansado del mundo -añadió ella con una sonrisa de conmiseración.

– Pesimismo -agregó Hall.

– Usted no vota, ¿verdad, inspector? -prosiguió Seona Grieve-. Lo encuentra absurdo.

– Yo estoy a favor de los planes de creación de empleo -replicó Rebus, y Jo Banks lanzó una especie de silbido al tiempo que Hall emitía un bufido campechano-. Pero hay algo que no acabo de entender. ¿A quién recurro: al miembro del Parlamento escocés, al miembro del Parlamento escocés en la lista, al miembro del Parlamento por circunscripción o tal vez al diputado al parlamentario europeo? Eso es lo que quiero decir con creación de empleo.

– Yo no sé para qué me molesto -dijo Seona Grieve con voz queda cruzando las manos en el regazo.

– Porque es lo lógico -comentó Jo Banks tocándole la mano.

Seona Grieve miró a Rebus con lágrimas en los ojos y él desvió la mirada.

– Tal vez no sea el momento más adecuado -añadió-, pero usted nos informó de que su marido no bebía y tengo entendido que en cierto momento de su vida tuvo problemas con la bebida.

– ¡Por Dios santo! -exclamó Jo Banks entre dientes.

– Han hablado con Billie -añadió Seona Grieve sonándose.

– Sí -dijo Rebus.

– Ella trata de ensuciar el nombre de un difunto -balbució Jo Banks.

– Mire, señorita Banks, el problema es que no sabemos qué hizo Roddy Grieve en las horas anteriores a su muerte -dijo Rebus mirándola-. Hasta el momento nos consta que estuvo en un pub bebiendo a solas. Y necesitamos saber si era eso, un bebedor solitario, para así tal vez dejar de perder el tiempo intentando localizar a esos amigos con los que nos han dicho que salió a tomar unas copas.

– Déjalo, Jo -dijo Seona Grieve con voz tranquila-. El decía que necesitaba a veces salir solo -añadió dirigiéndose a Rebus.

– ¿Adonde habría podido ir?

– Nunca me decía dónde iba -respondió ella.

– ¿Y cuando pasaba las noches fuera de casa…?

– Supongo que dormiría en algún hotel o en el coche.

Rebus asintió con la cabeza y ella debió de leerle el pensamiento.

– Yo no creo que fuese el único que hace eso, inspector.

– Es posible -añadió él, que a veces se despertaba en el coche en cualquier carretera perdida sin saber dónde estaba-. ¿Tiene algo más que decirnos?

Ella negó despacio con la cabeza.

– Lo siento -añadió él-. De verdad que lo siento.

Dejó la taza de café en la mesa, se levantó y salió del cuarto.

Cuando Linford le dio alcance estaba sentado en el Saab con la ventanilla abierta. Linford se inclinó hasta casi rozarle la cara y él expulsó el humo hacia su lado.

– ¿Tú qué crees? -preguntó Linford.

Rebus pensó una respuesta. Ya era tarde y había oscurecido.

– Creo que estamos en la oscuridad dando golpes a lo que nos parecen murciélagos -contestó.

– ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó enfadado Linford.

– Que nunca nos entenderemos -replicó Rebus encendiendo el motor.

Linford se quedó en el bordillo viendo alejarse el Saab. Sacó el móvil del bolsillo y llamó a Carswell a Fettes. Tenía bien pensado lo que iba a decirle: «Me parece que Rebus va a ser un problema», pero mientras aguardaba a que le pusieran con el jefe cambió de idea. Si le decía eso a Carswell equivaldría a admitir un fracaso, una debilidad. Carswell lo comprendería, pero lo más seguro era que lo considerara un fracaso por su parte. Cortó la comunicación y se guardó el móvil. El problema tenía que resolverlo él.

19

Dean Coghill había muerto y la empresa ya no existía. El edificio lo ocupaba ahora una empresa consultora de diseño y en el antiguo almacén de materiales de construcción se alzaba un bloque de viviendas de tres plantas. Hood y Wylie lograron finalmente averiguar la dirección de la viuda.

– Tantos muertos… -comentó Grant Hood.

– En la especie humana, la esperanza de vida del varón es inferior a la de la hembra -dijo Ellen Wylie.

Como no pudieron averiguar el teléfono de la viuda de Coghill fueron al último domicilio conocido.

– Ya verás como ha muerto o vive de su pensión en Benidorm -comentó Wylie.

– ¿Tú crees que hay alguna diferencia? -replicó él.

Wylie sonrió, aparcó junto al bordillo y echó el freno de mano; Hood entreabrió la puerta y miró hacia abajo.

– Vale -dijo-, desde aquí al bordillo puedo ir andando.

Wylie le dio un codazo. «Hematoma seguro», pensó él.

La señora Coghill era una mujer bajita y dinámica de setenta y tantos años. No sabían si iba a salir o esperaba visitas porque la encontraron impecablemente vestida y arreglada. Al hacerles pasar al cuarto de estar oyeron ruido en la cocina.

– Es la asistenta -dijo ella, y Hood estuvo a punto de preguntarle si se arreglaba para recibir a la asistenta, pero pensó que estaba de más.

– ¿Quieren tomar una taza de té u otra cosa?

– No, gracias, señora Coghill -dijo Ellen Wylie sentándose en el sofá.

Hood permaneció de pie y la anciana se arrellanó en un sillón tan grande como para tres. Hood miró unas fotos enmarcadas de la pared.

– ¿Es éste el señor Coghill? -preguntó.

– Ese es Dean. Todavía le echo de menos.

Hood pensó que el sillón que ocupaba la viuda debía de ser el de su difunto esposo. En las fotos se veía a un hombre robusto, de brazos y cuello fuertes, con la espalda recta, que sacaba pecho y escondía la barriga. A juzgar por su rostro tuvo que ser buena persona siempre que no le buscaran las pulgas. Su pelo, corto, era plateado, y lucía un collar y una pulsera en la muñeca izquierda y un grueso Rolex en la derecha.

– ¿Cuándo murió? -preguntó Wylie en el tono que acostumbraba utilizar en aquellas circunstancias.

– Pronto hará diez años.

– ¿De enfermedad?

– El ya padecía del corazón, estuvo hospitalizado y le vieron especialistas, pero Dean era incapaz de parar, ¿saben? Su trabajo antes que nada.

– Para algunas personas es difícil parar -comentó Wylie asintiendo despacio con la cabeza.

– ¿Tenía algún socio, señora Coghill? -preguntó Hood, que se había sentado en el brazo del sofá.

– No -dijo la anciana haciendo una pausa-. Dean tenía sus miras en Alexander.

Hood volvió la cabeza hacia las fotos: el matrimonio con un chico y una chica en diversas etapas, desde la adolescencia hasta los veinte años aproximadamente.

– ¿Su hijo? -preguntó.

– Pero Alex tenía otros proyectos. Está casado, en Estados Unidos. Trabaja de vendedor de coches, automóviles, como les dicen allí.

– Señora Coghill -dijo Wylie-, ¿conocía su marido a un tal Bryce Callan?

– ¿Es ése el motivo de su visita?

– ¿Así que le conoce?

– Era un gánster o algo así, ¿no?

– Desde luego, eso decían.

La anciana se levantó y fue a toquetear unos cachivaches de la repisa de la chimenea: gatitos de porcelana jugando con madejas y pelotas y spaniels de orejas gachas.

– ¿Hay algo que quiera decirnos, señora Coghill? -preguntó pausadamente Hood mirando a Wylie.

– Ya ha pasado mucho tiempo, ¿no es cierto? -respondió la anciana con voz trémula sin volverse hacia ellos. Wylie pensó si no tomaría calmantes para los nervios.

– No se lo calle, señora Coghill -dijo ella.

La viuda siguió ocupada con las figuritas mientras hablaba.

– Sí, Bryce Callan era un matón. Si no pagabas, tenías problemas. Desaparecían herramientas, aparecían rajados los neumáticos de la camioneta o destruían la obra por las buenas, pero no eran unos gamberros cualquiera, sino los hombres de Bryce Callan.

– ¿Su marido pagaba protección a Bryce Callan?

– Ustedes no saben cómo era mi Dean -respondió la anciana volviéndose-. Él era el único capaz de enfrentarse a Callan, y yo creo que fue eso lo que le mató. Esa preocupación, aparte del exceso de trabajo… Fue como si Bryce Callan le hubiera oprimido el pecho secándole el corazón.

– ¿Su marido le dijo eso?

– No, por Dios. Él no me decía una palabra porque no quería mezclarme en el negocio. La familia de un lado y el trabajo de otro, decía él. Por eso puso una oficina, para no traerse trabajo a casa.

– Quiso que la familia se mantuviera aparte del negocio -dijo Wylie-, pero había puesto sus miras en Alex.

– Eso fue al principio, antes de que apareciera Callan.

– Señora Coghill, ¿sabe usted que ha aparecido un cadáver en una chimenea de Queensberry House?

– Sí.

– La empresa de su marido hizo obras allí hace veinte años. ¿Cree usted que hay algún archivo o alguien que trabajase con su esposo con quien podamos hablar?

– ¿Creen que tiene algo que ver con Callan?

– Antes que nada hay que identificar el cadáver -dijo Hood.

– ¿Recuerda si su marido trabajó allí, señora Coghill? -preguntó Wylie-. ¿No le mencionaría acaso que había desaparecido un obrero…?

La señora Coghill negó con la cabeza y Wylie miró a Hood, que sonreía. Sí, claro, habría sido demasiado sencillo. Tenía la impresión de que era uno de esos casos en que no acompaña la suerte.

– Hacia el final él trajo aquí sus cosas -dijo la anciana-. Tal vez eso les sirva de ayuda.

Al preguntar Wylie a qué se refería, la mujer les dijo que la acompañasen.

– Yo no tengo carnet de conducir -dijo la anciana- y vendí los dos coches de Dean; tenía dos, uno para el trabajo y otro para ir de paseo -añadió con una sonrisa evocando algún recuerdo.

Cruzaban el camino de entrada de la casa que era un bungaló alargado en Frogston Road con vistas al sur de las cimas nevadas de los montes Pentland.

– Este doble garaje lo construyó su empresa -continuó la señora Coghill-, y ampliaron también la casa con dos habitaciones a cada lado.

Los dos agentes asintieron, intrigados de que les condujera al garaje. La anciana abrió una puerta lateral, encendió la luz y vieron un gran espacio lleno de cajones, muebles de oficina y herramientas. Había piquetas, palancas, martillos y cajas con tornillos y clavos; dos taladradoras, un par de neumáticos y hasta cubetas metálicas con restos de cemento. La señora Coghill puso la mano sobre una de las cajas de té.

– Los papeles están aquí. Y tiene que haber también un archivador en algún sitio…

– ¿Debajo de esa manta? -aventuró Wylie señalando un rincón.

– Si quieren saber detalles sobre Queensberry House, tienen que estar por aquí.

Wylie y Hood cruzaron una mirada.

– Otro trabajito para el equipo de arqueólogos -comentó ella.

Hood asintió con la cabeza y miró a su alrededor.

– Señora Coghill, ¿hay calefacción en el garaje?

– Les traeré una estufa eléctrica.

– Dígame dónde la tiene y yo la cogeré -dijo Hood.

– ¿A que ahora sí que quieren esa taza de té? -añadió la anciana, que parecía encantada de tener compañía.

Siobhan Clarke miraba en su despacho los efectos personales de la bolsa del mendigo «Supertramp», esparcidos ante ella en la mesa; la cartilla de la caja de ahorros, la cartera (entregada no sin protestas por su último dueño) y las fotos. Tenía también un montón de cartas de chiflados y mensajes telefónicos, tres de ellos de Gerald Sithing.

Era un periódico sensacionalista el que había acuñado el nombre de Supertramp. En un artículo también sacaron a relucir el escándalo en la escalinata de la iglesia y una foto de Dezzi. Siobhan sabía que los buitres andarían buscando a la mendiga para hacerle una entrevista a cambio de alguna cantidad sustanciosa, y cabía la posibilidad de que ella les hablase de la cartera. No le ofrecerían un cheque, pues dudaba mucho que Dezzi tuviera cuenta bancaria, pero harían periodismo «en metálico». Y si localizaban también a Rachel Drew, ella no le haría ascos a un buen cheque. Más carnaza para los lectores y los cazafortunas.

Mientras el caso fuese noticia no dejarían de lloverle cartas.

Se levantó y estiró la espalda hasta sentir crujir las vértebras. Eran más de las seis y no quedaba nadie en el DIC. Habían tenido que cambiar las mesas, por dar prioridad al caso Grieve, y la suya había quedado al fondo, en un rincón de la habitación larga y estrecha, lejos de las ventanas. Claro que Hood y Wylie estaban peor, sin luz natural y en una caja de zapatos. Aquella misma tarde, el comisario le había dicho de un modo terminante que le daba unos días más para investigar, pero que si no descubría la identidad de Supertramp darían carpetazo al caso. El dinero sería para Hacienda y el misterio de Mackie pasaría a la historia.

– Tenemos trabajo importante -le había dicho su jefe, que parecía estar al borde del infarto-, y los mendigos se suicidan todos los días.

– Pero no en circunstancias extrañas, señor -osó ella replicar.

– El dinero no es ninguna circunstancia extraña, Siobhan. Es simplemente un misterio, pero la vida está llena de misterios.

– Sí, señor.

– Lleva demasiado tiempo con John Rebus.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó ella frunciendo el entrecejo.

– Quiero decir que está buscando algo que seguramente no existe.

– El dinero existe. Lo llevó él mismo en metálico a una caja de ahorros y luego estuvo viviendo sin blanca.

– Un rico excéntrico. El dinero hace que la gente haga cosas raras.

– Borró su pasado, como si ocultara algo.

– ¿Cree que es dinero robado? ¿Y por qué no lo gastó?

– Ese es otro interrogante, señor.

Su jefe suspiró y se rascó la nariz.

– Tiene unos días más, Siobhan. ¿De acuerdo?

– Sí, señor… -le había contestado ella.

– Buenas a todos.

Rebus estaba en la puerta.

– ¿Cuánto tiempo llevas ahí? -preguntó ella mirando el reloj.

– ¿Cuánto tiempo hace que miras a la pared? Siobhan advirtió de pronto que estaba en el centro de la sala mirando las fotos del lugar del crimen del caso Grieve.

– Soñaba. ¿Qué haces aquí?

– Lo mismo que tú, trabajar -respondió él entrando en el DIC y apoyándose en una mesa con los brazos cruzados. «Lleva demasiado tiempo con John Rebus.»

– ¿Cómo va el caso Grieve? -preguntó ella.

Rebus se encogió de hombros.

– ¿No tendrías que preguntar primero qué tal está Derek?

Ella se volvió un poco, levemente ruborizada.

– Perdona -dijo él-. Ha sido de mal gusto, incluso viniendo de mí.

– No congeniamos -añadió ella.

– A mí me sucede igual.

– ¿Es Derek el problema o eres tú? -preguntó ella volviéndose hacia él.

Rebus puso cara de pena, hizo un guiño y fue al fondo de la sala por entre las filas de mesas.

– ¿Todo esto son las pertenencias del mendigo? -preguntó.

Ella le siguió hacia el escritorio. Olía a whisky.

– Le llaman Supertramp.

– ¿Quién?

– Los de la prensa.

Rebus sonrió y ella le preguntó por qué.

– Yo fui una vez a un concierto de Supertramp en el Usher Hall, creo.

– Eso fue antes de mis tiempos -dijo ella.

– Bueno, ¿qué pasa con ese Supertramp?

– Se trata de alguien que tenía una fortuna, pero que no podía gastarla o no quería hacerlo, y cambió de identidad. Mi hipótesis es que huía de algo.

– Tal vez -comentó Rebus revolviendo entre los objetos de la mesa.

Siobhan cruzó los brazos y le miró enojada, pero él no lo advirtió. Abrió la bolsita de pan y sacó la maquinilla de afeitar, un trozo de jaboncillo y un cepillo de dientes.

– Era un hombre organizado -comentó-. Se agenció un neceser para su higiene personal.

– Es como si representara un papel -añadió ella.

Rebus alzó la vista al notar el tono que había empleado.

– ¿Qué sucede? -preguntó.

– Nada -replicó ella, pensando: «Es mi caso, mi mesa».

Rebus cogió la fotografía hecha en comisaría.

– ¿Por qué le detuvieron?

Ella se lo explicó y él se echó a reír.

– La pista se remonta sólo hasta mil novecientos ochenta, fecha de nacimiento de «Chris Mackie».

– Habla con Hood y Wylie, que están comprobando las personas desaparecidas en el setenta y ocho y el setenta y nueve.

– Sí, a lo mejor.

– Pareces cansada. ¿Qué tal si te invito a cenar?

– ¿Para hablar de trabajo? Pues vaya cambio…

– Yo tengo un repertorio de temas de conversación muy variado.

– Dime tres.

– Los bares, el rock «progre» y…

– No te esfuerces.

– La historia de Escocia. Últimamente he estado leyendo.

– No me digas. Además, los bares donde tú vas a charlar, no es un tema de tu conversación.

– Te hablaré sobre ellos.

– Estás obsesionado.

– ¿Quién es este señor Sithing? -preguntó Rebus, que hojeaba los mensajes.

Ella puso los ojos en blanco.

– Se llama Gerald y se presentó esta mañana. No será el único ni el último.

– ¿Tenía mucho interés en hablar contigo?

– Una vez y basta.

– Cruje la madera y salen los monstruos, ¿no es eso?

– Tengo la impresión de que citas alguna canción.

– No es una canción, es un clásico. Bueno, ¿quién es este Sithing?

– El jefe de un grupo de chiflados que se denominan a sí mismos Caballeros de Rosslyn.

– ¿El Templo de Rosslyn?

– Eso mismo. Dice que Supertramp era un acólito.

– No parece verosímil.

– No, aunque creo que sí se conocían. Lo que no veo claro es que Mackie le dejara el dinero al señor Sithing.

– ¿Quiénes son los Caballeros de Rosslyn?

– Unos que creen que hay algo enterrado bajo el suelo de la iglesia y que cuando llegue el nuevo siglo se revelará y ellos serán los primeros en saberlo.

– Yo estuve allí el otro día.

– No sabía yo de tu interés por Rosslyn.

– No es eso. Es que Lorna Grieve vive en los alrededores -dijo Rebus, que había fijado su atención en el periódico que Mackie llevaba en la bolsa-. ¿Estaba doblado así? -inquirió.

El periódico estaba mugriento como si lo hubiesen sacado de la basura. Lo habían abierto y doblado por una página interior.

– Creo que sí-contestó ella-. Sí, ya estaba así de arrugado.

– No, Siobhan, arrugado no. Mira el artículo por el que está abierto.

Ella miró y vio que era la noticia sobre «el cadáver de la chimenea». Le arrebató el diario y lo desplegó.

– Podría ser por otro cualquiera de éstos.

– ¿Cuál? ¿Ese de la congestión de tráfico o el del médico que receta Viagra?

– Sin dejarte el anuncio sobre la Nochevieja en Count Kerry -dijo ella mordiéndose el labio inferior y pasando hojas hasta la primera página en la que aparecía la noticia del asesinato de Roddy Grieve.

– ¿Ves tú algo que a mí se me escapa? -preguntó pensando en las palabras del jefe: «Anda buscando algo que seguramente no existe».

– A mí me parece que a Supertramp le interesaba lo de Mojama. Deberías interrogar a los que lo conocieron.

Rachel Drew del albergue, Dezzi, la que calentaba la hamburguesa en el secador de los servicios, y Gerald Sithing. No era una perspectiva muy halagüeña.

– Tenemos en Queensberry House un cadáver de finales del setenta y ocho o de principios del setenta y nueve -dijo Rebus-. Un año más tarde nace Supertramp -añadió alzando un dedo de la mano derecha-. Y, de pronto, Supertramp decide suicidarse al leer en el periódico que ha aparecido un cadáver en una chimenea -alzó un dedo de la mano izquierda y lo juntó con el otro.

– Ten cuidado, que eso es una grosería en algunos países -comentó ella.

– ¿No encuentras cierta relación? -parecía decepcionado.

– Siento jugar a Sully contigo, Mulder, pero ¿no será que ves conexiones en este caso porque en el tuyo no vislumbras ninguna solución?

– Lo que en otras palabras significa: «No metas la nariz en mis asuntos, Rebus».

– No, es que yo… -dijo ella frotándose la frente-. Yo sólo sé una cosa.

– ¿Cuál?

– Que no he comido nada desde el desayuno -respondió mirándole-. ¿Sigue en pie esa invitación?

20

Comieron en el Pataka's de Causewayside. Ella le preguntó por su hija y Rebus le explicó que estaba en el sur en tratamiento con un fisioterapeuta, pero que no había novedades dignas de mención.

– ¿Pero se recuperará?

Hablaban del atropello de Sammy; el conductor se había dado a la fuga. A consecuencia de ello, su hija estaba en una silla de ruedas. Rebus asintió con la cabeza sin decir más por no tentar al destino.

– ¿Cómo está Patience?

Rebus se sirvió más lentejas aunque ya había comido bastante y Siobhan repitió la pregunta.

– Curiosilla sinvergüenza -replicó él.

Ella sonrió recordando que la mendiga le había dicho lo mismo.

– Perdona, creí que, por la edad, empezaba a fallarte el oído.

– No, te he oído perfectamente -dijo él levantando un tenedor con lentejas pero sin llevárselo a la boca; lo dejó en el plato.

– A mí me pasa lo mismo -dijo Siobhan-. Como demasiado en los restaurantes indios.

– Yo como demasiado siempre.

– ¿Así que habéis roto? -preguntó Siobhan tapándose la cara con el vaso de vino.

– Amigablemente.

– Lo siento.

– ¿Cómo deseabas que rompiésemos?

– No, lo digo porque parecíais… -dijo mirando el plato-. Perdona, no digo más que tonterías. A ella sólo la conozco de tres o cuatro veces y me pongo a pontificar.

– No te pareces en nada a un pontífice.

– Te agradezco que lo digas -dijo ella mirando el reloj-. No está mal, dieciocho minutos sin hablar de trabajo.

– ¿Es una nueva marca? -comentó él apurando la cerveza-. De tu vida privada casi no hemos hablado. ¿Has vuelto a ver a Brian Holmes?

Siobhan negó con la cabeza y miró inquieta a su alrededor. Había otras tres parejas y un matrimonio con dos hijos. Sonaba música étnica a un volumen que no impedía hablar, aunque garantizaba la intimidad de la conversación.

– Le he visto un par de veces desde que dejó el Cuerpo y luego he perdido su rastro -respondió ella encogiéndose de hombros.

– Según me dijeron, se marchó a Australia con idea de quedarse -dijo Rebus apartando comida hacia el borde del plato-. ¿Tú no crees que deberíamos tratar de investigar si hay relación entre Supertramp y Queensberry House?

Siobhan imitó el ruido de una chicharra y volvió a mirar el reloj.

– Veinte minutos. Has defraudado al equipo, John.

– Venga ya.

– Puede que tengas razón -dijo ella recostándose en el asiento-. Pero el jefe sólo me da un par de días más.

– Bueno, ¿qué otras pistas tienes?

– Ninguna -respondió ella-. Sólo un montón de chalados y cazafortunas que no me sirven.

Apareció el camarero para preguntarles si querían más bebida. Rebus miró a Siobhan.

– Yo he venido en coche -comentó él-, pero tú puedes pedir.

– Bueno, pues tomaré otro vaso de vino blanco.

– Y otra cerveza para mí -dijo Rebus señalando la vacía al camarero-.Sólo es la segunda que tomo y no se me nubla la visión hasta la cuarta o la quinta -añadió para Siobhan.

– Pero habías bebido antes. Lo olí.

– ¡Bien por los caramelos de menta extrafuertes!… -farfulló Rebus.

– ¿Cuánto tardará en afectar a tu trabajo?

– ¿Tú también, Siobhan? -dijo él mirándola enfadado.

– Es algo que me pregunto -añadió ella sin pedirle disculpas.

– Puedo dejar de beber mañana -replicó él encogiéndose de hombros.

– Pero no lo harás.

– No, no lo haré. Ni dejaré de fumar, ni de decir tacos, ni de hacer trampa en los crucigramas.

– ¿Haces trampa en los crucigramas?

– Como todo el mundo -respondió él mirando a una de las parejas que se levantaba para marcharse. Salieron cogidos de la mano-. Qué gracia -dijo.

– ¿El qué?

– Al marido de Lorna Grieve también le interesa Rosslyn.

– Vaya manera de cambiar de tema… -comentó ella con un bufido.

– Figúrate si estaría interesado que compraron una casa en el pueblo -prosiguió él.

– ¿Y qué?

– Puede que conozca al señor Sithing y que sea incluso miembro de los Caballeros.

– ¿Y qué?

– Pareces un disco rayado, ¿sabes? -replicó él mirándola hasta que ella musitó un «perdona» antes de dar un sorbo de vino-Ese interés por Rosslyn conecta a Supertramp con mi caso de homicidio. Y el mendigo también podría haber tenido algún interés por Queensberry House.

– ¿Vas a hacer un solo caso de tres?

– Lo único que digo es que hay…

– Conexión, ya. Los típicos seis grados de diferencia.

– ¿Los típicos, qué?

– Bueno, a ti no te dice nada porque no es de tu época -replicó ella mirándole-. Todos los habitantes de la tierra están relacionados con otra persona por seis únicos enlaces -añadió ella haciendo una pausa-. Estoy convencida de ello.

Al llegar el segundo vaso de vino Siobhan apuró el primero.

– Al menos valdría la pena hablar con Sithing.

– A mí me causó muy mala impresión -dijo ella arrugando la nariz.

– Puedo acompañarte, si quieres.

– ¿Qué es lo que quieres, subirte a mi caso? -dijo ella sonriendo para hacerle ver que bromeaba. Aunque, en el fondo, no estaba segura.

Después de la cena Rebus le preguntó si le apetecía tomarse la última en Swany's pero ella negó con la cabeza.

– No quiero inducirte a la tentación.

– Entonces te acompaño a casa -dijo Rebus dirigiéndose al Saab y haciendo un gesto de despedida en dirección a las potentes luces del bar propuesto.

Una aguanieve rasante azotaba Causewayside. En cuanto subieron al coche encendió el motor y comprobó que la calefacción estaba al máximo.

– ¿Has visto el tiempo que ha hecho hoy?

– ¿Por qué?

– Pues porque ha hecho frío, ha llovido y hemos tenido viento y sol. Cuatro estaciones en una, por así decir.

– Está claro que Edimburgo da mucho juego -comentó él-. Ah, mira -añadió estirando el brazo hacia la guantera; notó que ella se ponía tensa como si fuera a tocarla. Sonrió y sacó un casete-. Un regalito para ti.

Siobhan se estremeció. Pensó que había querido meterle mano, a ella, que tenía casi la edad de su hija Sammy.

– ¿Qué es? -preguntó.

A Rebus le pareció que se había ruborizado pero no podía asegurarlo por la poca luz del coche. Le tendió la funda del casete.

– Crime of the Century [Crimen del siglo] -leyó ella en voz alta.

– Cuando Supertramp estaba en su mejor momento -dijo Rebus.

– Te gusta mucho esta música antigua, ¿eh?

– Y la de la cinta de The Blue Nile que me diste. Seré un carcamal si quieres, pero tratándose de rock no tengo prejuicios.

Fueron a la ciudad nueva. Rebus iba pensando que vivían en una ciudad dividida: la ciudad vieja al sur y la nueva al norte. Dividida además entre el sector este (Hibs FC) y el oeste (Hearts). Una ciudad definida tanto por el pasado como por el presente y que sólo en ese momento, con la construcción del Parlamento, miraba al futuro.

– Crime of the Century -repitió Siobhan-. ¿Qué te sugiere, el del diputado asesinado o mi misterioso?

– No olvides el cadáver de la chimenea. ¿Cuál es tu calle?

– Broughton.

Contemplaban los edificios y los peatones, atentos también a los otros coches que paraban junto a ellos en los semáforos; instinto de polis. La mayoría de la gente se limitaba a vivir su vida, mientras que la vida de un agente de policía formaba parte de la de otras personas. Las calles de Edimburgo estaban tranquilas; era aún pronto para que deambularan los borrachos y el frío retenía a la gente en casa.

– Esta época del año es tremenda para los sin techo -comentó Siobhan.

– Tendrías que ver las celdas en la época de Navidad; los encierran a casi todos.

– No lo sabía -dijo ella mirándole.

– Porque no has estado de servicio en esa época.

– ¿Los detienen?

Rebus negó con la cabeza.

– Son ellos los que piden que los encierren para tener comida caliente; luego los soltamos en Año Nuevo.

– Dios, las navidades -comentó ella reclinándose en el reposacabezas.

– ¿Te parecen una tontería?

– Mis padres siempre quieren que las pase con ellos.

– Diles que estás de servicio.

– Sería mentirles. ¿Tú qué planes tienes?

– ¿Estas navidades? -replicó él pensándolo-. Si me proponen un cambio de turno en Saint Leonard seguramente lo aceptaré. El día de Navidad se pasa muy bien en comisaría.

Ella le miró sin decir nada hasta avisarle que doblara en la siguiente calle a la izquierda. Delante de su casa no había sitio para aparcar; Rebus detuvo el Saab junto a un todoterreno negro reluciente.

– No me digas que es tuyo.

– Para nada.

– Bonita calle -comentó él mirando las casas.

– ¿Quieres tomar un café?

Rebus reflexionó un instante recordando cómo se había puesto tensa. ¿Sería por algo relacionado con el concepto que tenía de él, o era un simple problema de Siobhan?

– De acuerdo -contestó al fin.

– Más allá tienes un hueco -dijo ella.

Rebus hizo marcha atrás cincuenta metros y aparcó junto al bordillo. Siobhan vivía en el segundo. El piso estaba perfectamente ordenado, tal como él se lo había imaginado y le agradó ver que había acertado. Adornaban las paredes grabados y carteles de exposiciones de arte, todo bien enmarcado. Tenía una estantería de discos compactos y un buen aparato de música. Además de varios estantes con vídeos, casi todos comedias de Steve Martin y Billy Cristal; y libros: Kerouac, Kesey, Camus y muchos textos jurídicos. Había un sofá verde de dos plazas de diseño funcional y un par de sillones a juego. Por la ventana vio otro piso igual con las cortinas ya echadas y las luces apagadas. Se preguntó si ella no tenía costumbre de correr las cortinas.

Siobhan fue a la cocina a poner el hervidor, y Rebus, una vez terminada la inspección del cuarto, fue a hacerle compañía. Cruzó por delante de la puerta abierta de dos dormitorios y oyó ruido de vasos y cucharillas. Al entrar en la cocina vio que ella abría la nevera.

– Tenemos que hablar de Sithing y del mejor modo de abordarle -dijo Rebus. Siobhan soltó una palabrota-. ¿Qué pasa?

– Que no hay leche -respondió ella-. Creí que tenía en el armarito un cartón de UHT.

– Lo tomaré solo.

– Estupendo -comentó ella acercándose al fogón y abriendo un tarro-. Pues… tampoco hay café.

– No recibes muchas visitas, ¿eh? -dijo Rebus riendo.

– Es que esta semana no he podido ir al supermercado.

– No pasa nada. En Broughton Street hay una tienda de pescado frito y con suerte tendrán café y leche.

– Espera que te dé dinero -dijo ella buscando el bolso.

– Invito yo -añadió él sin aguardar a que lo encontrara.

En cuanto salió Rebus, Siobhan apoyó la cabeza en el armarito. Había escondido el café allí, en el fondo. Necesitaba estar sola un par de minutos. Ella raramente llevaba a su casa a nadie, y era la primera vez que iba John Rebus. Le bastarían un par de minutos a solas para reflexionar. En el coche, cuando estiró el brazo… ¿qué habría pensado él de su reacción? A ella le había parecido que iba a meterle mano, cosa que él nunca había intentado. ¿Por qué se había echado a temblar? Casi todos los compañeros de trabajo se le insinuaban y contaban a veces chistes verdes para ver cómo reaccionaba, pero John Rebus no lo hacía, nunca. Sabía que era raro y tenía problemas pero, pese a todo, Rebus confería cierta solidez a su vida y era alguien en quien podía confiar contra viento y marea.

Algo que no quería perder.

Apagó la luz de la cocina, fue al cuarto de estar y se acercó a la ventana para mirar la calle, pero casi enseguida se puso a ordenar cosas.

Rebus se abrochó la chaqueta, contento de verse al aire libre. Era evidente que a Siobhan no le apetecía que hubiera subido a su casa. También él se había sentido a disgusto. Hay que mantener separado el trabajo de la vida privada. Pero en el Cuerpo era difícil porque bebes con los compañeros y hablas de asuntos que no entienden quienes no son policías. Era un vínculo más fuerte que el simple hecho de estar juntos en la comisaría y salir de servicio en el coche patrulla.

Pero aquella noche sintió que era distinto. Aunque, al fin y al cabo, a él tampoco le gustaban las visitas y nunca había pedido a Siobhan ni a nadie que le invitara a su casa. Tal vez ella era mucho más parecida a él de lo que creía. Quizá era eso lo que la ponía nerviosa.

No, no iba a volver. Se marcharía a casa y llamaría disculpándose. Abrió el coche pero dejó las llaves en el contacto sin ponerlo en marcha. Encendió un cigarrillo. Tal vez sería mejor comprar la leche y el café y dejárselo en la puerta. Sería lo más apropiado. Pero el portal estaba cerrado y tendría que llamar para que le abriera. ¿Y si se lo dejaba en la calle delante de casa…?

No, mejor marcharse.

De pronto oyó ruido y vio que alguien salía de una casa frente a la de Siobhan. Iba por la acera, casi a la carrera pero entonces giró a la izquierda y se metió en un callejón, donde se detuvo. Rebus vio un chorro de orina que mojaba la pared y el vaho que desprendía. Se quedó quieto, sentado en la oscuridad, observando. ¿Sería alguien que salía y no había podido aguantarse? ¿Alguien que tenía estropeado el váter…? El hombre se subió la cremallera y regresó corriendo sobre sus pasos. Rebus pudo verle la cara un instante bajo la luz de una farola antes de que entrara de nuevo en el portal de aquella casa.

Siguió fumando y comenzó a fruncir el entrecejo.

Apagó el cigarrillo en el cenicero y sacó las llaves de contacto. Abrió la puerta sin hacer ruido y no la cerró. Cruzaba la calle prácticamente de puntillas, con las luces apagadas, para evitar la luz de las farolas, cuando pasó un taxi a toda velocidad y tuvo que arrimarse a la barrera protectora de delante de la casa. Llegó al portal y vio que no estaba cerrado con llave como el de Siobhan. Era un edificio menos cuidado y la escalera necesitaba una buena mano de pintura. Había un leve aroma a orina de gato. Cerró despacio la puerta. Otro taxi disimuló el ruido. Se acercó a la escalera y escuchó. Se oía un televisor en algún piso, o quizá fuese una radio. Miró los peldaños de piedra y comprendió que inevitablemente haría ruido al subir. La suela de sus zapatos sonaría como una lija. ¿Se los quitaba? Ni hablar. Además, no creía que el elemento sorpresa fuese estrictamente necesario. Comenzó a subir.

Cuando llegó al rellano del primer piso y empezó a subir al segundo, oyó pasos que bajaban. Era un hombre con el cuello de la gabardina subido y con las manos en los bolsillos a quien casi no se le veía la cara. Al pasar a su lado lanzó una especie de gruñido sin mirarle.

– Hola, Derek.

Derek Linford bajó dos peldaños más como si no lo hubiera oído, pero enseguida se paró en seco y se volvió hacia él.

– Creí que vivías en Dean Village -añadió Rebus.

– Vengo de casa de un amigo.

– ¿Ah, sí? ¿Qué amigo?

– Christie, en el piso de arriba -respondió Linford sin dudarlo.

– ¿Christie, qué? -replicó Rebus con una sonrisa burlona.

– ¿Qué pretendes? -dijo Linford subiendo un peldaño sin compensar la desventaja al tener a Rebus en un plano más alto- ¿Qué haces aquí?

– ¿Acaso ese Christie tiene el váter estropeado o qué?

Linford comprendió la situación pero no atinó a responder.

– No te esfuerces -dijo Rebus-. Los dos sabemos lo que sucede: eres un mirón.

– Mentira.

Rebus chasqueó la lengua.

– La próxima vez dilo con más convicción no sea que te encuentres con una denuncia -dijo.

– ¿Y tú, qué? -replicó Linford con desdén-. Has echado un polvete rápido, ¿no? Ya he visto que no has estado mucho rato.

– Si hubieras mirado bien habrías visto que subí al coche. ¿Desde cuándo te dedicas a esto? ¿Crees que a los vecinos no acabará por extrañarles ver a un tío subir y bajar a todas horas?

Rebus descendió unos peldaños para ponerse a la altura de Linford y mirarle a la cara.

– Anda, vete -dijo con voz pausada-. Y no vuelvas. Si se te ocurre, se lo digo a Siobhan y a tu jefe de Fettes. Puede que les gusten los niños bonitos, pero los pervertidos no tanto.

– Sería tu palabra contra la mía.

Rebus se encogió de hombros.

– ¿Qué tengo yo que perder? Mientras que tú… Y otra cosa, a partir de ahora el caso lo llevo yo y no quiero que te entrometas, ¿entendido?

– Los jefes no lo aceptarán -replicó Linford sarcástico-. Si no intervengo yo a ti te lo quitarán.

– ¿Tú crees?

– Me apuesto lo que quieras -replicó Linford dando media vuelta y bajando la escalera.

Rebus le siguió con la vista y luego subió hasta el descansillo. Desde la ventana se veía el cuarto de estar de Siobhan y uno de los dormitorios. Las cortinas seguían descorridas. Ella estaba en el sofá con la barbilla apoyada en una mano mirando al vacío. La vio muy abatida y pensó que no era cuestión de llevarle café.

La llamó desde el móvil camino de casa pero por su tono de voz no le pareció que se hubiera molestado en exceso. Al llegar al piso se dejó caer en el sillón con un vaso de Bunnahabhain. Westering home [Rumbo a casa] decía la etiqueta de la botella, citando la balada: «Light of me eye and it's goodbye to care» [He conocido a alguien y todo da igual]. Sí, había probado whiskys que ejercían ese efecto, pero era un falso consuelo. Se levantó a echar un poco de agua y a poner música. Eligió la cinta de The Blue Nile, de Siobhan. Tenía mensajes en el contestador.

Ellen Wylie decía que continuaba la investigación y le recordaba que tenía pendiente darles datos sobre Bryce Callan.

Cammo Grieve quería verle y le indicaba lugar y hora. «Si está de acuerdo no hace falta que me llame. Allí nos veremos.»

Bryce Callan hacía tiempo que se había marchado de Edimburgo, pero conocía a alguien que podía informarle, aunque no estaba seguro. Miró el reloj. Se lo había prometido a Wylie y Hood y no era cuestión de fastidiar a los subalternos.

Recordó cómo había fastidiado a Derek Linford y reflexionó al respecto.

Otros diez minutos de The Blue Nile, Walk Across the roogops [Andando por los tejados] y Tinseltown in the Rain [Ciudad de oropel], y decidió que era el momento de dar un paseo, no por los tejados sino en coche. Se dirigió a la poco recomendable zona de Gorgie.

Gorgie era el centro de operaciones de Big Ger Cafferty. Cafferty había sido el gánster más famoso de Edimburgo hasta que Rebus logró encerrarle en la cárcel de Barlinnie. Pero el imperio de Cafferty seguía en pie, quizá aún más floreciente, dirigido por un tipo a quien llamaban el Comadreja. Rebus sabía que el Comadreja estaba al frente de una empresa de taxis en Gorgie, a la que habían prendido fuego tiempo atrás, pero que resurgió de sus propias cenizas. En la entrada había una oficina pequeña, pero el Comadreja tenía el despacho arriba, un despacho que pocos conocían. Eran casi las diez cuando llegó. Aparcó el coche y lo dejó abierto. Lo más probable era que allí estuviese más seguro que en ningún otro sitio de Edimburgo.

En la oficina había un mostrador, una silla y un teléfono, y delante del mostrador un banco para esperar. El que estaba detrás del mostrador miró a Rebus cuando éste entró. Hablaba por teléfono dando detalles sobre un servicio al día siguiente por la mañana de Tollcross al aeropuerto. Rebus se sentó en el banco y cogió el periódico de la víspera. El cuarto estaba revestido de paneles de falsa madera y el suelo era de linóleo. El hombre terminó de hablar por teléfono.

– ¿Qué desea? -preguntó.

Llevaba el pelo negro tan mal cortado que parecía una peluca que no le favoreciera y en la nariz se apreciaban los golpes del pasado. Tenía los ojos estrechos, almendrados y los dientes que le quedaban estaban torcidos.

Rebus miró a su alrededor.

– Creí que el dinero del seguro daría para más.

– ¿Cómo?

– Quiero decir que no está mucho mejor que cuando Tonny Telford le pegó fuego.

– ¿Qué quiere? -sus ojos menguaron hasta ser dos meras rendijas.

– Quiero ver al Comadreja.

– ¿A quién?

– Escucha, si no está arriba me lo dices, pero no me mientas porque me da la impresión de que lo notaría y no iba sentarme muy bien -dijo Rebus enseñándole el carnet y dirigiéndolo hacia la cámara del vídeo de seguridad que había en un rincón.

Por un altavoz de la pared se oyó decir:

– Henry, que suba el señor Rebus.

Había dos puertas al final de la escalera, pero sólo una de ellas estaba abierta. Daba paso a un pulcro despachito con fax y fotocopiadora, un escritorio con un portátil y el monitor del vídeo de seguridad, más una segunda mesa en la que estaba el Comadreja. Su aspecto era el de siempre, insignificante, pero era quien mandaba en aquella zona de Edimburgo hasta que Big Ger saliera de la cárcel. Peinaba su escaso pelo grasiento hacia atrás desde una frente protuberante y la mandíbula huesuda y la boca pequeña daban a su cara ese aspecto alargado que hacía honor a su apodo.

– Siéntese -dijo.

– Me quedaré de pie -dijo Rebus disponiéndose a cerrar la puerta.

– Déjela abierta.

Rebus apartó la mano de la manija y reflexionó un instante. Notó que la atmósfera estaba cargada y olía a humanidad; luego se acercó a la puerta contigua y llamó tres veces con los nudillos.

– ¿Qué tal estáis, muchachos? -la abrió y vio tres hombres alerta-. No voy a tardar mucho -dijo cerrando antes de volver al despacho del Comadreja, que cerró también para quedar los dos a solas.

Al sentarse vio junto a la pared unas bolsas de compra con botellas de whisky.

– Lamento aguaros la fiesta -dijo.

– ¿Qué es lo que desea, Rebus? -dijo el Comadreja con las manos apoyadas en los brazos del sillón como dispuesto a incorporarse de un salto.

– ¿Estabas tú aquí a finales de los setenta? Sé que tu jefe sí. Pero por entonces el negocio era poca cosa y él comenzaba a hacer sus pinitos. ¿Tú estabas ya con él?

– ¿Qué quiere saber?

– Creo que te lo he dicho. Quien partía el bacalao en aquella época era Bryce Callan. No me irás a decir que no sabes quién es.

– Le conozco de oídas.

– Cafferty fue durante un tiempo su fuerza muscular. ¿Lo recuerdas o no? -añadió Rebus ladeando la cabeza con gesto de suficiencia-. Se me ocurrió que era mejor preguntártelo a ti que viajar hasta Barlinnie y hacer perder el tiempo a tu jefe.

– ¿Qué quiere preguntarme? -replicó el Comadreja quitando las manos de los brazos del sillón.

Se relajó al ver que el interés de Rebus era por un asunto del pasado y no por algo actual. Pero Rebus sabía que al más mínimo movimiento en falso por su parte, el Comadreja chillaría y entrarían sus hombres en tromba, garantizándole, cuando menos, un viaje a Urgencias.

– Algo sobre Bryce Callan. ¿Tuvo algún enfrentamiento con un constructor llamado Dean Coghill?

– ¿Dean Coghill? -repitió el Comadreja frunciendo el entrecejo-Nunca he oído ese nombre.

– ¿Seguro?

El Comadreja dijo que sí.

– A mí me han dicho que Callan le daba quebraderos de cabeza.

– ¿De eso hace veinte años? -preguntó el Comadreja y aguardó a que Rebus se lo confirmara-. Entonces, ¿qué diablos tiene que ver conmigo? ¿Por qué tengo que decirle nada?

– Por el aprecio que me tienes.

El Comadreja resopló pero Rebus vio que su expresión cambiaba. Se volvió mirando al monitor pero era demasiado fuerte. Oyó fuertes pisadas lentas en la escalera y la puerta se abrió. El Comadreja se puso en pie y salió de detrás de la mesa. Rebus también se levantó del asiento.

– ¡Hombre de paja! -tronó la voz estentórea de Big Ger Cafferty. Llevaba un traje de seda azul y una camisa blanca impecable con los dos primeros botones desabrochados-. Lo que me faltaba para completar el día.

Rebus se había quedado de piedra; por segunda o tercera vez en su vida no sabía qué decir. Cafferty cruzó la puerta llenando el cuarto y pasó rozándole con la agilidad de un felino. Tenía el cutis pálido y arrugado como el de un rinoceronte blanco y el pelo plateado. Al agacharse de espaldas a Rebus, su cabeza apepinada casi desapareció en el cuello de la camisa; al incorporarse sostenía una botella de whisky en la mano.

– Tú y yo vamos a dar un paseíto -dijo cogiendo a Rebus del brazo y llevándole hacia la puerta.

Rebus, sin salir de su asombro, le dejó hacer.

Hombre de paja era como Cafferty llamaba a Rebus.

El coche era un BMW negro de la serie 7. Al lado del chófer iba otro de no menor envergadura y, en el asiento trasero, Cafferty y Rebus.

– ¿Adónde vamos?

– No tengas miedo, Hombre de paja -dijo Cafferty dando un trago de whisky, pasándole la botella y eructando ruidosamente. Iban con las ventanillas ligeramente abiertas y el aire azotaba los oídos de Rebus-. Es simplemente un viajecito sorpresa -añadió Cafferty mirando por la ventanilla-. He estado un tiempo fuera y me han dicho que esto ha cambiado. Por Morrison Street hasta la circunvalación oeste -dijo al chófer- y luego a Leith por Holyrood si quieres. Las obras de renovación son música para mis oídos.

– No olvides el nuevo museo.

– ¿Qué puede interesarme un museo a mí? -replicó Cafferty mirándole y tendiendo la mano para que Rebus le pasara la botella. Rebus dio un sorbo y se la entregó.

– Me da la terrible impresión de que has salido en plan legal -dijo al fin Rebus.

Cafferty hizo un guiño.

– ¿Cómo te las arreglaste?

– Te seré sincero, Hombre de paja. Creo que al director no le gustaba que fuese yo quien organizaba el cotarro. A él le pagan para eso, y sus funcionarios respetaban más a Big Ger que a él -dijo echándose a reír-. El director pensó que fuera estorbaría menos.

– Lo dudo -replicó Rebus mirándole.

– Bueno, tal vez estés en lo cierto. Digamos que el buen comportamiento y un cáncer incurable inclinaron la balanza. ¿Sigues sin creértelo? -añadió mirando a Rebus.

– Quiero hacerlo.

– Sabía que podía contar con tu buena disposición -dijo Cafferty riendo otra vez y dando unos golpecitos a la bolsa de revistas del respaldo del asiento del chófer en la que asomaba un sobre marrón grande-. Ahí están las radiografías -añadió.

Rebus lo cogió, lo abrió y fue mirando los negativos uno por uno a contraluz.

– Son esas zonas más oscuras.

Pero lo que le interesaba a Rebus era el nombre de Cafferty que atisbo en la esquina inferior de las radiografías: Morris Gerald Cafferty. Volvió a meterlas en el sobre. Todo parecía en orden: Hospital de Glasgow, Departamento de Radiología. Devolvió el sobre a Cafferty.

– Lo siento -dijo.

Cafferty sonrió entre dientes y luego dio una palmada en el hombro al que iba de copiloto.

– Rab, no creas que oirás muy a menudo al Hombre de paja decir que lo siente.

El tal Rab se volvió ligeramente y Rebus vio que tenía cabello negro con patillas largas.

– Rab salió una semana antes que yo -dijo Cafferty-. Dentro nos hicimos muy buenos amigos -añadió tocando otra vez el hombro de Rab-. Ya ves, tan pronto estás en el banquillo como en un BMW. No dirás que no te cuido -añadió con un guiño a Rebus-. Rab me sacó de algunos aprietos -comentó repanchigándose en el asiento y dando otro trago de whisky mientras miraba los edificios-. Desde luego, Edimburgo ha cambiado bastante, Hombre de paja. Han cambiado muchas cosas.

– ¿Tú no?

– En la cárcel la gente cambia, lo habrás oído decir, ¿no? En mi caso me ha obsequiado con un cáncer -añadió con gesto de despecho.

– ¿Te han dicho cuánto tiempo…?

– Bah, no nos pongamos sensibleros. Toma -añadió pasándole la botella y guardando el sobre de las radiografías en la bolsa del asiento-. Lo bueno es estar fuera y me da igual por lo que haya sido. Estoy aquí y basta -añadió volviendo a mirar por la ventanilla-. Me han dicho que la construcción no para.

– Compruébalo.

– Eso pienso hacer -dijo con una pausa-. ¿Sabes? Es agradable estar los dos aquí echando un trago y hablando de los buenos tiempos…, pero ¿qué demonios hacías en mi oficina?

– Preguntándole algo al Comadreja sobre Bryce Callan.

– Uf, ése pasó a la historia.

– No creo, está en España, ¿no es cierto?

– ¿Ah, sí?

– Si no me equivoco tú seguías pasándole un porcentaje.

– ¿Por qué iba a hacerlo? El tiene familia, ¿no? Que le cuiden ellos -dijo Cafferty rebulléndose en el asiento como si le molestara la simple mención del nombre de Callan.

– No quiero aguar la fiesta -dijo Rebus.

– Estupendo.

– Si me dices lo que quiero dejamos el tema.

– Dios, hombre, ¿siempre ha sido tan molesto?

– He estado tomando clases mientras tú estabas dentro.

– Pues tu maestro merece un premio. Bien, pregunta de una vez.

– Se trata de un constructor llamado Dean Coghill.

– Le conocí -afirmó Cafferty con un gesto.

– En Queensberry House ha aparecido un cadáver.

– ¿En el antiguo hospital?

– Parte del edificio va a ser sede del Parlamento -dijo Rebus sin dejar de obsevar a Cafferty. Estaba cansado físicamente pero el cerebro le bullía, reponiéndose de la sorpresa-. El cadáver llevaba allí veintitantos años, desde las obras en el setenta y ocho y el setenta y nueve.

– ¿Y las hizo la empresa de Coghill? -preguntó Cafferty al tiempo que asentía-. La verdad, entiendo lo que buscas, pero ¿qué tiene que ver con Bryce Callan?

– Es que me han contado que Callan y Coghill estaban a malas.

– Si así era, Coghill se habría quedado sin un par de manos. ¿Por qué no le preguntas a Coghill?

– Ha muerto -Cafferty se volvió hacia Rebus-. De muerte natural.

– La gente se muere, Hombre de paja, pero tú siempre andas desenterrando cadáveres. Estás con un pie en el pasado y otro en la tumba.

– Te prometo una cosa, Cafferty.

– ¿Qué?

– Que cuando te entierren a ti no pienso aparecer con una pala. Tu cadáver es uno de los que me alegrará que se pudra.

Rab volvió despacio la cabeza y clavó en Rebus sus ojos fríos.

– Ahora le has molestado, Hombre de paja -dijo Cafferty dando una palmadita en el hombro a su guardaespaldas-. Y yo no puedo por menos de ofenderme -añadió taladrando a Rebus con la mirada-. Quizá en otra ocasión, ¿eh? ¡Para! -bramó inclinándose hacia el chófer, que inmediatamente dio un frenazo.

Sin que le dijeran más, Rebus abrió la puerta y se encontró en West Port. El coche arrancó a todo gas y la puerta se cerró sola. Se dirigió al Grassmarket y después a Holyrood. Cafferty había dicho que quería ver Holyrood, centro de los cambios en la ciudad. Se restregó los ojos. Precisamente ahora Cafferty volvía a entrar en su vida, pero recordó que él no creía en coincidencias. Encendió un cigarrillo y fue hacia Lauiston Place; podía cruzar por los Meadows y llegar a casa en un cuarto de hora, pero había dejado el coche en Gorgie. Bueno, que se quedara allí hasta el día siguiente: el mejor producto británico para quien quisiera robarlo.

Pero al llegar a Arden Street se lo encontró en doble fila con una nota que decía que lo habían cambiado de sitio para que pudiera salir el autor de dicha nota. Comprobó la portezuela y vio que no estaba cerrada con llave ni había ninguna en el contacto. La tenía él en el bolsillo.

Era obra de los hombres de Cafferty.

Lo habían hecho simplemente para demostrarle que podían.

Subió al piso, se sirvió un whisky y se sentó en el borde de la cama. Vio que no había mensajes en el contestador. Lorna no había intentado localizarle, y sintió una mezcla de alivio y de decepción. Miró las sábanas y a su mente acudieron recuerdos deslavazados, sin orden ni concierto. Ahora volvía a tener en Edimburgo a su bestia negra dispuesto a recuperar su imperio. Fue a la puerta y echó la cadena, pero se detuvo a medio camino del cuarto de estar.

«¿Qué haces, hombre?»

Volvió sobre sus pasos y la quitó. Cafferty no se andaría con miramientos. Tenía cuentas que saldar y él era una de ellas. No importaba. Cuando Cafferty llegara, le estaría esperando.

21

– Sería mejor abrir la puerta -dijo Ellen Wylie pensando en que habría más sitio para moverse y más luz para ver.

– Nos helaríamos -replicó Grant Hood-. Ya no siento los dedos.

Estaban en el garaje de la casa de Coghill. Era otra mañana gris de invierno y soplaban ráfagas de aire frío que sacudían la puerta de metal. La polvorienta bombilla del techo daba una luz mortecina y sólo a través de un ventanuco lleno de escarcha entraba algo de claridad. Wylie buscaba alumbrándose con una linterna de bolsillo que sostenía entre los dientes y Hood había llevado una bombilla con enchufe de las que usan los mecánicos pero daba demasiada luz y era engorrosa. La había colgado en un estante y más que iluminar arrojaba sombras por todas partes.

Wylie había ido preparada y, aparte de la linterna, llenaba dos termos con sopa y té y se había provisto de botas con calcetines de lana, una bufanda y tenía puesta la capucha de la trenca color verde oliva. Pero se le estaban quedando heladas las orejas y las rodillas porque el calor de la estufa eléctrica de una sola resistencia apenas irradiaba más allá de quince centímetros.

– Iríamos más rápido abriendo la puerta -replicó.

– ¿Pero no oyes el viento que hace? Se nos volaría todo.

La señora Coghill, preocupada por ellos, les llevó café y galletas; el único consuelo que tenían eran las interrupciones para ir al váter, y al entrar en la casa, con calefacción central, les daban ganas de quedarse dentro. Grant hizo un comentario sobre la última incursión de Wylie al interior y ella le replicó que no sabía que la controlaba.

La discusión sobre la puerta había sido después.

– ¿Has encontrado algo? -preguntó él por enésima vez.

– Lo sabrías de inmediato -contestó ella entre dientes.

De nada servía no hacerle caso porque él volvería a preguntar.

– Lo que hay aquí es muy reciente -protestó Hood dando un manotazo a un montón de papeles que había sobre una caja de té, que cayeron al suelo.

– Vaya manera de buscar -musitó Wylie pensando en que si sacaban fuera lo revisado tendrían más sitio y de paso sabrían lo que estaba acabado… Pero se volaría todo.

– No sé mucho de esto -añadió él haciendo una pausa y sirviéndose un té-, pero me parece que la documentación de la empresa de Coghill está muy desorganizada a juzgar por lo que veo.

– Tuvo problemas con el IVA -comentó Hood.

– También con los trabajadores temporales que contrataba.

– Lo cual complica la búsqueda -añadió Hood acercándose y agradeciéndole la taza de té con una inclinación de cabeza.

Llamaron a la puerta y entró alguien.

– ¿Queda café? -preguntó Rebus señalando el termo.

– Media taza -respondió Wylie.

Rebus miró las tazas vacías y cogió la más limpia para que Wylie le sirviera.

– ¿Cómo va la búsqueda? -preguntó Rebus.

– Aparte del viento, ¿no? -dijo Hood tras cerrar la puerta con gesto elocuente.

– El frío es saludable -replicó Rebus arrimándose a diez centímetros del calentador.

– No avanzamos mucho -dijo Wylie-. El mayor problema de Coghill es que lo hacía todo él.

– Si hubiese tenido un buen jefe de personal…

– Ahora sabríamos dónde buscar -añadió Wylie.

– A lo mejor eliminó papeles -comentó Rebus-. ¿Hasta qué fecha habéis encontrado papeles?

– El problema es que no tiraba nada, señor; guardaba todos los papelitos -dijo Wylie tendiéndole una carta con membrete de Constructora Coghill.

Rebus la cogió y vio que era un presupuesto de 1969 para la construcción en Joppa de un garaje individual, detallado en libras, chelines y peniques.

– Es que hay que localizar un año entre treinta -añadió Wylie apurando el té y enroscando el vasito en el termo- que es como buscar una aguja en un pajar.

Rebus apuró el café.

– Bueno, no os interrumpo más… -dijo consultando el reloj.

– Si no tiene mucho que hacer, señor, no nos vendrían mal dos manos más.

Rebus miró a Wylie y comprendió que lo decía en serio.

– Tengo otra cita -dijo-. He pasado por aquí para ver cómo iba la búsqueda.

– Muy agradecidos -añadió Hood casi en el mismo tono que su compañera, y volvieron a ponerse manos a la obra en cuanto salió Rebus.

Wylie oyó el motor del coche y tiró los papeles que tenía en la mano.

– Es increíble. Llega tranquilamente, se toma el poco té que hay y se larga tan fresco. Si hubiésemos encontrado alguna cosa, se la habría llevado a la comisaría para recibir los laureles.

– ¿Tú crees? -dijo Hood mirando a la puerta.

– ¿Tú, no? -replicó ella mirándole.

– Él no es así -contestó Hood encogiéndose de hombros.

– ¿A qué ha venido, si no?

– Porque no puede evitarlo -dijo Hood sin dejar de mirar la puerta.

– Es decir, que no se fía de nosotros.

Hood negó con la cabeza y cogió otro archivador.

– Mil novecientos setenta y uno -dijo-. El año en que nací.

– Espero que no le importe que le haya citado aquí -dijo Cammo Grieve abriéndose paso entre unos andamios que había en el suelo para montar o para retirarlos.

– No pasa nada -contestó Rebus.

– Es que buscaba un pretexto para echar un vistazo a esto.

«Esto» era la sede provisional del Parlamento de Escocia en el edificio de la sala capitular de la cumbre del Mound. Trabajaban a buen ritmo y eran ya visibles, entre las vigas de madera del techo, los soportes metálicos para las luces; sobre el primitivo suelo crecía un hemiciclo escalonado estilo anfiteatro. Aún no había sillas ni escritorios, pero en el patio esperaba la estatua de John Knox sin desembalar «para que no se deteriorara», decían, aunque hubo quien comentó que era por no ver su gesto de disgusto por la remodelación en la sede suprema de la Iglesia de Escocia.

– Me han dicho que en Glasgow habían dispuesto un edificio para sede del Parlamento -dijo Grieve chasqueando la lengua y sonriendo-. Como si en Edimburgo fueran a dejarles. De todos modos… -añadió mirando a un lado y a otro- es una lástima no haber esperado a tener lista la sede definitiva.

– Se ve que no es posible esperar tanto -dijo Rebus.

– Por el solo hecho de que a Dewar se le ha metido entre ceja y ceja. Recuerde cómo se cargó la idea de edificarlo en Calton Hill, simplemente por temor a que se convirtiera en «símbolo nacionalista». Ese puñetero es idiota.

– Yo habría preferido Leith -dijo Rebus.

– ¿Por qué? -preguntó Grieve con auténtico interés.

– Por lo mal que está aquí el tráfico, y además para evitar el desplazamiento de prostitutas hasta Holyrood para el desempeño de su oficio.

La carcajada de Cammo Grieve resonó en la sala. Había carpinteros dándole a la sierra y al martillo y un par de obreros silbaba acompañando a una cancioncilla que emitía un transistor. Uno de ellos se golpeó con el martillo y sus maldiciones resonaron en el hemiciclo.

Cammo Grieve miró a Rebus.

– No le ha hecho mucha gracia que le llamase, ¿verdad, inspector?

– Bueno, ya sé que los políticos tienen sus maneras.

Grieve volvió a reírse.

– Me da la impresión de que es mejor que no le pregunte a qué maneras se refiere.

– Va usted mejorando, señor Grieve.

Siguieron caminando y Rebus, que recordaba datos por sus visitas con el CESPP, fue haciendo comentarios para beneficio del parlamentario residente en Londres.

– ¿Así que esto será la Asamblea? -preguntó Grieve.

– Justamente. Hay otros seis edificios, casi todos propiedad del ayuntamiento. Uno albergará los servicios colectivos, un segundo está destinado a los parlamentarios y de los demás ya no me acuerdo.

– ¿Y salas de reuniones para el comité?

Rebus asintió con la cabeza.

– Al otro lado del puente Jorge IV, frente a los despachos de los parlamentarios; conectadas por un túnel.

– ¿Un túnel?

– Para que no tengan que cruzar la calle. Hay que evitar accidentes.

Grieve sonrió. A pesar de todo, Rebus le caía bien.

– Habrá naturalmente un edificio de prensa -aventuró Grieve.

– En Lawnmarket -contestó Rebus.

– Malditos periodistas.

– ¿Siguen aún al acecho frente a la casa de su madre?

– Ya lo creo. Cuando voy a verla no dejan de acosarme con las mismas preguntas -dijo mirando a Rebus con expresión deprimida y cansada.

– ¿Siguen sin tener idea de quién asesinó a Roddy? -preguntó.

– Ya sabe usted lo que le dije.

– Sí, claro, que prosigue la investigación… y todas esas chorradas.

– Serán chorradas, pero es la verdad.

Cammo Grieve metió las manos en los bolsillos de su abrigo negro estilo Crombie. Tenía aspecto viejo y frustrado y un algo parecido al solemne desencanto vital de Hugh Cordover. Por elegante que fuera su atuendo, tenía el cutis fofo y los hombros caídos y no cesaba de ajustarse el casco blanco obligatorio, que le molestaba. A Rebus le dio la impresión de que era un hombre que había llevado una mala vida.

Estaban en lo alto de la tribuna pública. Grieve quitó el polvo de uno de los bancos para sentarse, arreglando el abrigo a su alrededor. Abajo, en el centro del hemiciclo, había dos individuos examinando unos planos y señalando con el dedo diversos puntos de las obras.

– ¿Será un prodigio? -dijo Grieve.

Habían desplegado el plano en un banco de trabajo sujetándolo por sus extremos con dos tazas de café.

– ¿Ese olor? -preguntó Rebus sentándose al lado del diputado.

Grieve aspiró el aire.

– Serrín.

– Lo que unos tiran para otros es nuevo. Huele a eso.

– ¿Lo que a mí me parece un prodigio a usted le parece una renovación? -dijo Grieve mirándole con aprecio. Rebus se limitó a encogerse de hombros-. Entiendo. A veces es muy fácil encontrar un sentido en las cosas.

Había unos rollos de cable eléctrico y Grieve apoyó los pies en uno de ellos a modo de escabel, se quitó el casco y lo dejó en el banco para atusarse el pelo.

– Podemos empezar cuando usted quiera -dijo Rebus.

– Empezar, ¿qué?

– Algo tendrá que decirme.

– ¿Usted cree? ¿Por qué está tan seguro?

– Sería decepcionante que me hubiera traído aquí para servirle de cicerone.

– Bueno, sí, hay una cosa; pero no sé si es relevante… -empezó Grieve mirando las claraboyas del techo-. Es que recibí unas cartas; pero como los diputados recibimos correspondencia de todo tipo de chalados, no les di importancia, aunque se lo confié a Roddy. Probablemente como orientación de lo que se le venía encima, pues en caso de ser diputado también pasaría por esa experiencia.

– ¿Él no había recibido ninguna?

– No llegó a decirme que hubiera recibido ninguna, pero sí que noté, no sé… Me dio la impresión cuando se lo conté de que ya tenía noticias de ellas.

– ¿Qué decían las cartas?

– ¿Las que yo recibí? Que iba a morir por ser un hijo de puta conservador, y en algunas me adjuntaban cuchillas de afeitar por si me animaba a suicidarme.

– Eran anónimas, claro…

– Por supuesto, y con matasellos de diversos lugares. Se ve que el remitente viaja bastante.

– ¿Qué dijo la policía?

– No informé a la policía.

– ¿Quién más sabía de su existencia, aparte de su hermano?

– Mi secretaria, porque abre mi correspondencia.

– ¿Las conserva?

– No, las tiré a la papelera en el acto. El caso es que he llamado a mi despacho y no se ha vuelto a recibir ninguna desde el día en que murió Roddy.

– ¿Por respeto al duelo?

Cammo Grieve hizo un gesto escéptico.

– Yo pensaría más bien que ese cabrón se regodea.

– Ya entiendo -dijo Rebus-. Piensa usted que si al autor o autora de los anónimos le anima algún rencor por su familia, optó tal vez por asesinar a su hermano al no poder llegar hasta usted.

– ¿Sería necesariamente él?

– No, claro que no -replicó Rebus-. Si le llegan más cartas, me lo comunica. Y no las tire.

– Entendido -dijo Grieve levantándose-. Esta tarde regreso a Londres. Si desea algo, tiene el teléfono de mi despacho.

– Sí, gracias -respondió Rebus sin hacer ademán de levantarse.

– Bien, adiós, entonces, inspector. Y buena suerte.

– Adiós, señor Grieve. Ande con cuidado.

Cammo Grieve se detuvo un instante antes de tirar escalera abajo y Rebus continuó donde estaba, escuchando sierras y martillos.

De vuelta a Saint Leonard hizo un par de llamadas. Sentado a su mesa con el receptor pegado a la oreja examinó los mensajes que le habían dejado. Linford había optado por comunicarse con él mediante notas; en la última decía que estaba interrogando a personas que habían pasado a pie por Holyrood la noche del crimen. Hi-Ho Silvers, con su tesón, había localizado cuatro bares en donde Roddy Grieve estuvo bebiendo solo aquella misma noche. Dos de ellos estaban en el sector oeste, otro en Lawnmarket y el último era precisamente la Holyrood Tavern. Adjuntaba una lista con clientes habituales, hombres y mujeres, a quienes estaba sondeando. Una pérdida de tiempo casi segura, pensó Rebus. Pero él tampoco hacía maravillas siguiendo sus corazonadas.

– ¿Es la secretaria del señor Grieve? -inquirió, y a continuación le preguntó sobre los anónimos.

Le dio la impresión por la voz de una joven de veintitantos años o poco más de treinta, y por la manera de explicárselo se imaginó la fiel secretaria. No parecía tener una versión preparada de antemano y él no encontró motivo para pensar lo contrario.

Salvo por una corazonada.

A continuación habló con Seona Grieve, a quien localizó en el móvil y le pareció nerviosa. Fue ella misma quien se lo corroboró.

– Es por el poco tiempo que tenemos para organizar bien la campaña -alegó-. En mi colegio están que trinan porque habían imaginado que no eran más que unos días de permiso por el duelo y ahora les digo que a lo mejor no vuelvo.

– Si sale elegida.

– Sí, claro, con esa pequeña salvedad.

Había mencionado la palabra duelo pero no parecía muy compungida. No tenía tiempo. Quizá fuese lo mejor, olvidar el asesinato. Linford se había preguntado si Seona Grieve tenía un móvil: matar a su marido para ocupar su puesto como vía rápida al Parlamento. Rebus no acababa de verlo claro.

La verdad era que en ese momento no veía nada claro.

– Inspector, no será una simple llamada de cortesía…

– No, perdone, es que quería preguntarle si su esposo recibió alguna carta anónima.

Se hizo un silencio.

– No, que yo sepa.

– ¿Le contó a usted que su hermano sí las recibía?

– ¡No me diga! No, Roddy nunca me confió nada. ¿Se lo dijo a él Cammo?

– Eso parece.

– Bien, pues es la primera noticia. ¿No cree que, de lo contrario, yo se lo habría dicho?

– Tal vez.

– Si no tiene usted nada más, inspector… -dijo, con tono irritado por la supuesta insinuación.

– No, eso es todo, señora Grieve. Disculpe por la molestia -añadió él en tono neutro sin sentirlo.

Ella lo captó.

– Escuche, le agradezco lo que hace y las molestias que se toma -replicó ella con estilo político melifluo y poco sincero-, así que, naturalmente, llámeme cuando se le ocurra cualquier cosa en que yo pueda serle útil.

– Muy amable por su parte, señora Grieve.

Ella hizo caso omiso del tono irónico de Rebus.

– Bien, si no tiene más preguntas…

Rebus colgó sin añadir palabra.

En el despacho contiguo encontró a Siobhan. Tenía el receptor sujeto entre la mejilla y el hombro y anotaba algo.

– Gracias -decía-. Muy agradecida. Nos vemos, pues; iré con un colega mío -añadió mirando a Rebus-, si no tiene inconveniente -hizo una pausa escuchando-. Muy bien, señor Sithing. Adiós.

El receptor cayó directamente del hombro a su alojamiento en el aparato.

– Bonito truco -comentó Rebus.

– Lo mío me ha costado perfeccionarlo. Dime que es la hora de almorzar.

– Y te invito yo -Siobhan cogió la chaqueta del respaldo de la silla y se la puso-. ¿Vamos a ir a ver a Sithing? -preguntó.

– Esta tarde si te viene bien -él asintió con la cabeza-. Está en esa iglesia y ha dicho que nos veremos allí.

– ¿Ha sido muy rastrero?

Siobhan sonrió al pensar cómo ella le había sacado casi a rastras a la calle.

– Bastante, pero le he puesto una buena zanahoria en las narices -dijo ella.

– ¿Las cuatrocientas mil libras?

Ella asintió con la cabeza.

– Bueno, ¿adónde me invitas?

– Pues, hay un sitio precioso de Fife…

– O un bocadillo en la cantina -añadió ella sonriendo.

– La elección es dura, pero la vida es así.

– Fife está muy lejos. Tal vez otro día.

– Lo dejamos para otro día -dijo Rebus.

Se sentaron a la mesa en la cocina de la señora Coghill. El primer plato fue la sopa del termo, pero de segundo la señora Coghill había hecho macarrones con queso. Estuvieron a punto de rehusarlos cortésmente hasta que los sacó burbujeantes del horno con su gratinado crujiente de pan rallado.

– Bueno, tal vez unos cuantos.

La anciana les sirvió y los dejó a solas pretextando que ella ya había comido.

– Últimamente no tengo mucho apetito, pero ustedes que son jóvenes… Espero que no dejen nada -añadió señalando la fuente con la cabeza.

Grant Hood inclinó la silla hacia atrás recostándose y se estiró. Había repetido dos veces, pero aún quedaba bastante.

– Vamos, acábalo tú -dijo.

– No puedo más -contestó ella-. Y te digo una cosa, no sé si podré ponerme en pie, así que será mejor que hagas tú el café.

– Vaya indirecta -comentó él echando agua en el hervidor.

El cielo que se veía por la ventana había oscurecido y tenían encendida la luz de la cocina. El viento arrastraba hojas y paquetes de patatas fritas.

– Qué día más repugnante -comentó Hood.

Wylie no le escuchaba. Había abierto un archivador negro que había encontrado antes de comer en el que estaban las transacciones entre el seis de abril de 1978 y el cinco de abril de 1979. El año fiscal de Dean Coghill. Sacó la mitad de los documentos y los desplegó sobre la mesa. Hood fregó los platos y volvió a poner la cazuela en el horno antes de sentarse aguardando a que hirviera el agua; cogió el primer papel.

Media hora más tarde hicieron una pausa. Tenían una lista del personal contratado para la obra en Queensberry House. Ocho nombres. Wylie los anotó en su bloc.

– Hay que localizarlos y hablar con ellos.

– Haces que parezca muy sencillo.

– Es muy posible que algunos sigan trabajando en la construcción -dijo ella empujando la lista hacia Hood.

Éste leyó los nombres: los siete primeros escritos a máquina y el octavo añadido a lápiz.

– ¿Qué pone aquí, Hutton? -preguntó.

– ¿El último? -dijo ella comprobando en su bloc-. Hutton o Hartón, y el nombre de pila Benny o Barry.

– ¿Qué hacemos, hablar con todas las constructoras de Edimburgo dando estos nombres?

– Si no, a mirar el listín telefónico.

El hervidor hizo el clic de desconexión y Hood fue a ver si la señora Coghill quería una taza de café, para volver con el volumen de páginas amarillas que abrió por «Empresas constructoras».

– Léeme los nombres -dijo- a ver si hay suerte.

Al tercer nombre, exclamó: «¡Bingo!» señalando un recuadro que decía: «J. Hicks. Ampliaciones, Rehabilitaciones, Transformaciones». Podía corresponder al John Elides de la lista.

– Vale la pena hacer una llamada -añadió. Wylie cogió el móvil y brindaron con café.

El negocio de John Hicks estaba en Bruntsfield y él se encontraba en una obra en Glengyle Terrace, junto al campo de golf. Era una vivienda con jardín en la planta baja y el hombre estaba atareado transformando un dormitorio grande en dos pequeños.

– Los alquileres han subido -les dijo- y hay gente a quien no le importa vivir en una conejera.

– O no tienen dinero para más.

– Cierto, encanto -respondió Hicks, que era un cincuentón bajito y nervudo, de cabeza apepinada y curtida y espesas cejas negras. Sus ojos chispeaban humor-. Tal como están las cosas en Edimburgo, no va a quedar un solo edificio sin dividir.

– Es trabajo para usted.

– No puedo quejarme -dijo con un guiño-. Me dijeron por teléfono que era algo relacionado con Dean Coghill.

Se oyó un portazo.

– Son estudiantes -explicó Hicks-. Les cabrea que esté aquí de ocho a cinco de la tarde dando golpes -añadió cogiendo un martillo y golpeando un ladrillo.

Wylie le mostró la lista, él echó un vistazo, la cogió y lanzó un silbido.

– Es un viaje al pasado -comentó.

– Tenemos que indagar sobre todos esos nombres.

– ¿Por qué? -preguntó el hombre levantando la vista.

– ¿No ha leído en el periódico lo de ese cadáver encontrado en Queensberry House? -Hicks asintió con la cabeza-. Lo tapiaron allí a finales de 1978 o en 1979.

Hicks asintió de nuevo.

– La época en que trabajamos nosotros -dijo-. ¿Creen que alguno de los obreros…?

– Estamos llevando a cabo una línea de investigación. ¿Recuerda usted que destaparan la chimenea?

– Ah, sí. Hubo que hacer una cámara de aire. Por eso la destaparon.

– ¿Volvieron a tapiarla?

Hicks se encogió de hombros.

– No recuerdo. Debió de hacerse al finalizar la obra, pero realmente no me acuerdo.

– ¿Quién la tapiaría?

– Ni idea.

– ¿Puede decirnos algo sobre los demás de la lista? El hombre volvió a leerla.

– Bueno, Bert y Terry trabajaron los dos conmigo en muchas obras. Eddie y Tam lo hacían a tiempo parcial, sin contrato. Vamos a ver… Harry Connors era algo mayor y llevaba mucho tiempo trabajando con Dean por muy poco dinero. Murió un par de años después. Dod McCarthy se marchó a Australia.

– ¿No dejó nadie el trabajo durante las obras?

El hombre negó con la cabeza.

– No, estábamos todos cuando se terminaron, si se refiere a eso.

Wylie y Hood cruzaron una mirada: otra hipótesis que se venía abajo.

Hicks seguía mirando la lista.

– Hay un nombre del que no ha dicho nada -dijo Hood.

– Benny Hartón -dijo Wylie.

– Barry Hutton -corrigió Hicks-. Es que Barry sólo estuvo con nosotros en un par de obras. Supongo que era por enchufe de su tío.

– ¿Hay algo de él que pueda decirnos?

– No, nada. Sólo que…

– ¿Qué?

– Bien, que Barry se ha hecho rico, ¿no es cierto? De todos nosotros es el único que ha hecho fortuna.

Wylie y Hood no entendían nada.

– ¿No saben quién es? -preguntó Hicks como sorprendido-. El dueño de Promociones Hutton.

Wylie abrió los ojos por la sorpresa.

– ¿Es este Barry Hutton? Es un promotor inmobiliario -añadió mirando a Hood.

– De los más importantes -agregó Hicks-. Quién lo iba a decir, ¿eh? Cuando yo le conocí Barry era un don nadie.

– Señor Hicks, ¿no dijo antes algo de un tío de este Hutton? -preguntó Hood.

– Es que Barry no sabía nada de albañilería y a mí me parece que su tío debió de hablar con Dean para que diera al chico una oportunidad.

– ¿Quién era su tío…?

Hicks volvió a mirarles sorprendido sin acabar de creerse semejante ignorancia.

– Bryce Callan -contestó dando otro martillazo en el ladrillo-. Barry es hijo de su hermana. Tienen buenas influencias, claro. No es de extrañar que el chico haya triunfado.

22

La llamada le llegó a Rebus por el móvil cuando se dirigía con Siobhan a Roslin. Ella conducía, y cuando él terminó de hablar se volvió ligeramente en el asiento.

– Era Grant Hood, por lo del cadáver de la chimenea. Uno de los que trabajaron allí en la época era sobrino de Bryce Callan. Se llama…

– Barry Hutton -añadió ella.

– ¿Has oído hablar de él?

– No llega a los cuarenta años, es soltero y millonario; claro que he oído hablar de él. Salí una noche con un grupo de solteros. De servicio -añadió mirándole-. Dos de las mujeres estuvieron hablando de hombres casaderos y de un artículo de una revista sobre el tal Hutton. Es guapísimo -volvió a mirar a Rebus-. Pero no es un delincuente, ¿verdad? Quiero decir que tiene su empresa y no tiene nada que ver con su tío.

– No -contestó Rebus, que, pese a ello, pensaba en lo que había dicho Cafferty de Bryce Callan: «Que lo cuide su familia» o algo parecido.

Al entrar en Roslin, camino del templo de Rosslyn, Siobhan preguntó a qué se debía esa diferencia del nombre.

– Es otro de los insondables misterios de la iglesia -contestó Rebus-. Probablemente en el fondo de todo se trata de una conjura.

– Quería que la vieran ustedes -dijo Gerald Sithing al recibirlos al fondo del aparcamiento.

Llevaba un chubasquero azul de plástico sobre la chaqueta de tweed y los pantalones de pana marrón deformados. El chubasquero hacía un frufú cada vez que se movía. Estrechó la mano a Rebus pero mantuvo sus distancias con Siobhan.

Por fuera, la iglesia no parecía gran cosa, tapada como estaba con una estructura de planchas metálicas onduladas.

– Tiene que estar cubierta hasta que se sequen las paredes para iniciar las reparaciones -explicó Sithing.

Los hizo pasar y Siobhan Clarke, pese a ir prevenida, no pudo evitar un grito ahogado. El interior era de un lujo equiparable al de una pequeña catedral, lo que hacía resaltar el efecto de la piedra esculpida. Adornaban las crucerías de las bóvedas diversas clases de flores labradas y tenía intrincados pilares y vidrieras. Hacía frío porque las puertas estaban abiertas, y por el verdín del techo se apreciaba que había humedades.

Rebus se detuvo en el centro de la nave y golpeó con el pie las losas del suelo.

– Aquí es donde está la nave espacial, ¿no? Aquí debajo.

Sithing esgrimió un dedo, sin enfadarse, emocionado de hallarse allí.

– El Arca de la Alianza, el cuerpo de Cristo… sí, ya conozco esas historias. Pero lo cierto es que por todas partes hay detalles templarios. Escudos heráldicos e inscripciones…, detalles esculpidos. Está la tumba de William de Saint Clair, que murió en España en el siglo XIV cuando transportaba a Tierra Santa el corazón de Roberto de Bruce.

– ¿No habría sido más fácil enviarlo por correo? A lo mejor ya habría llegado.

– Los templarios -prosiguió Sithing sin irritarse- eran el brazo militar del Priorato de Sión, cuyo propósito era dar con el tesoro del templo de Salomón.

– ¿Viene de ahí el nombre del pueblo que hay cerca de aquí llamado Temple? -aventuró Siobhan.

– Donde existe una iglesia templaria en ruinas -se apresuró a añadir Sithing-. Se dice que la iglesia de Rosslyn es una réplica del templo de Salomón. Los templarios llegaron a Escocia huyendo de la persecución de que fueron víctimas en el siglo XIV.

– ¿Cuál es la fecha de construcción? -preguntó Siobhan extasiada por los tesoros que veía.

– Los cimientos se pusieron en 1446 y la construcción tardó cuarenta años.

– Como algunas empresas constructoras que yo me sé -dijo Rebus.

– ¿Es que no siente nada? -dijo Sithing mirándole-. ¿No siente algo en su cínico corazón?

– Tal vez una ligera indigestión. Gracias por preocuparse -replicó Rebus frotándose el tórax, mientras Sithing se volvía hacia Siobhan.

– Usted sí que lo siente, lo sé -añadió.

– Tengo que confesar que es un lugar impresionante.

– Podría uno pasarse la vida entera estudiándolo sin llegar a desentrañar sus secretos.

– ¿Qué es esa jeta tan fea? -preguntó Siobhan señalando una gárgola.

– El Hombre verde.

– ¿No era un símbolo pagano? -preguntó ella volviéndose hacia Sithing.

– ¡Ahí está el detalle! -exclamó el hombre excitado acercándosele de un salto-. La iglesia es prácticamente un edificio panteísta que alberga todas las religiones, no sólo la cristiana.

Siobhan asintió en silencio. Rebus negó con la cabeza.

– Llamando a la agente Clarke. Llamando a la agente Clarke.

Ella le contestó con una mueca.

– Y esas tallas del techo son plantas del nuevo mundo -dijo Sithing con una pausa para ver el efecto-, labradas cien años antes de que Colón llegase a América.

– Es realmente fascinante -dijo Rebus, aburrido-, pero hemos venido a hablar de otra cosa.

– Es cierto, señor Sithing -dijo Siobhan apartando la vista del Hombre verde-. Le expliqué al inspector Rebus lo que usted me contó y él cree que debemos hablar.

– ¿Sobre Chris Mackie?

– Sí.

– ¿Entonces, admiten que yo le conocía? -preguntó el hombre aguardando a que Siobhan asintiera-. ¿Y reconocen que él quería que los Caballeros recibieran una aportación financiera de su fortuna?

– Eso no es de nuestra competencia, señor Sithing -terció Rebus-, sino de los abogados -hizo una pausa-. Pero siempre podemos influir -añadió haciendo caso omiso de la mirada de Siobhan y asintiendo despacio con la cabeza para que el hombre encajara la implicación.

– Comprendo -dijo Sithing sentándose en una de las sillas de los feligreses-. ¿Qué quieren saber? -añadió pausadamente mientras Rebus tomaba asiento en otra de las sillas que había dispuestas en el pasillo de la nave.

– ¿Mostró el señor Mackie algún tipo de interés por la familia Grieve?

De entrada Sithing pareció no entender la pregunta, pero acto seguido dijo:

– ¿Cómo lo sabe?

Rebus comprendió que habían dado con un filón de oro.

– ¿Hugh Cordover es miembro de su círculo?

– Sí -respondió Sithing con los ojos muy abiertos como si viera a un mago.

– ¿Vino aquí alguna vez Chris Mackie?

– Se lo pedí muchas veces -respondió Sithing negando con la cabeza- pero no quiso.

– ¿Y no le pareció a usted extraño? Quiero decir, dado que Rosslyn le interesaba tanto…

– Para mí que no le gustaba viajar.

– Se veían en los Meadows y hablaban de…

– Muchas cosas.

– ¿De la familia Grieve entre otras?

Siobhan, al ver que había quedado al margen, se sentó en un banco frente a Sithing.

– ¿Quién trajo a los Grieve la primera vez? -preguntó.

Sithing contestó que no recordaba.

– Creo adivinar -dijo Rebus- que usted le habló de los Caballeros y mencionó a Hugh Cordover.

– Puede ser -dijo Sithing alzando la vista-. ¡Sí, efectivamente! -exclamó mirando otra vez de hito en hito al mago Rebus.

Siobhan, aunque era ella quien llevaba el caso, optó por callarse al ver que Rebus tenía a Sithing en una especie de trance.

– Usted mencionó a Cordover ¿y Mackie quiso saber más? -preguntó.

– Él había sido seguidor del grupo y me comentó que conocía su estilo musical. Creo recordar que hasta me tarareó una de sus canciones, que a mí no me decía nada, claro. Me preguntó alguna cosa y yo le contesté en la medida de lo que sabía.

– ¿Y después, cuando se veían…?

– Me preguntaba cómo eran Hugh y Lorna Grieve.

– ¿Le preguntó por alguien más?

– Esa familia siempre está en los titulares, ¿verdad? Yo le contaba lo que sabía.

– ¿No le intrigó a usted nunca por qué le interesaban tanto los Grieve, señor Sithing?

– Por favor, llámeme Gerald. Inspector, ¿sabe que tiene usted un halo? No me cabe ninguna duda.

– Será la loción para después del afeitado -Siobhan resopló, pero él no hizo caso-. ¿No le pareció a usted que le interesaba más Hugh Cordover y su familia que los Caballeros de Rosslyn?

– Oh, no. No era así.

Rebus se inclinó hacia el hombre.

– Escuche a su corazón, Gerald -canturreó.

Sithing se concentró tragando saliva.

– Sí, puede que tenga razón. Sí, efectivamente. Pero, dígame, ¿por qué le interesaban los Grieve?

Rebus se puso en pie y se inclinó sobre Sithing.

– ¡Y yo qué demonios sé! -dijo.

En el coche, Siobhan le imitó sonriendo: «Escuche a su corazón, Gerald».

– Es un tipo bastante raro, ¿no? -comentó Rebus, que había bajado el cristal de la ventanilla para que Siobhan le dejase fumar.

– Bueno, ¿qué es lo que tenemos?

– Tenemos a tu mendigo, que finge interés por los Caballeros de Rosslyn para obtener información sobre el clan. Tenemos su interés por Hugh Cordover y su negativa a venir a la dichosa iglesia. ¿Por qué? Porque no quería encontrarse con Cordover.

– ¿Porque Cordover le conocía? -aventuró Siobhan.

– Es posible.

– ¿Estamos ahora más cerca de averiguar quién era?

– Tal vez. A tu Supertramp le interesaban los Grieve y la mojama de la chimenea. Roody Grieve muere en el solar de Queensberry House poco después de que aparezca el cadáver y casi a la misma hora el vagabundo se lanza al vacío.

– ¿Quieres aglutinar tres casos en uno?

Rebus negó con la cabeza.

– Nos faltan datos y Watson no tragaría. Desde luego no me permitiría investigarlo a mi manera.

– Por cierto, hablando del tema… -dijo Siobhan cambiando de marcha una vez fuera del pueblo-, ¿y tu secuaz?

– ¿Te refieres a Linford? -Rebus se encogió de hombros-. Indagando por ahí.

Siobhan hizo un gesto escéptico.

– ¿Y te deja a tu aire? -inquirió.

– Derek Linford sabe lo que le conviene -contestó Rebus lanzando la colilla contra el cielo amoratado.

Rebus, Siobhan, Waylie y Hood celebraron consejo de estado mayor en una mesa retirada del salón de atrás del bar Oxford para que nadie oyera lo que hablaban.

– Yo veo una relación entre los tres casos -dijo Rebus después de haberse explicado-. Si pensáis que me equivoco, decídmelo.

– No digo que se equivoque, señor -terció Wylie-, pero ¿cómo se demuestra?

Rebus asintió con la cabeza. La cerveza que tenía delante estaba casi sin tocar y en deferencia a los que no fumaban ni había quitado el celofán del paquete de cigarrillos.

– Exacto -dijo-. Por eso quiero prudencia. A partir de ahora tenemos que estar muy coordinados para que cuando se establezcan las conexiones las veamos sin titubear.

– ¿Qué le digo yo a la inspectora Templer? -preguntó Siobhan. Su jefa, Gill Templer, era un nombre que comenzaba a sonar en el Cuerpo.

– No le digas nada. Y, llegado el caso, tampoco al comisario.

– Va a dar carpetazo a mi caso -protestó ella.

– Ya le persuadiremos para que no lo haga -prometió Rebus-. Bueno, bebed, que yo pago la próxima ronda.

Mientras Rebus se dirigía a la barra Siobhan salió a la calle a llamar a casa por si tenía mensajes en el contestador. Había dos de Derek Linford disculpándose y pidiendo una cita.

– Anda que no has tardado… -musitó ella.

Le dejaba su número de teléfono, pero Siobhan casi no prestó atención.

Solos en la mesa Wylie y Hood bebieron un rato en silencio hasta que Wylie lo rompió.

– ¿A ti qué te parece?

– El inspector tiene fama de meterse en líos -contestó Hood negando con la cabeza-. ¿Nos interesa hacer lo que dice?

– Con toda sinceridad, no lo veo claro. ¿Qué tiene que ver nuestro caso, o incluso el Siobhan, con el asesinato del diputado?

– ¿En qué estás pensando?

– Pues en que trata de apropiarse de nuestros casos porque el suyo está en vía muerta.

Hood negó con la cabeza.

– Ya te he dicho que no es su estilo.

Wylie reflexionó un instante.

– Ahora bien, si está en lo cierto el caso es mucho más importante de lo que pensamos -dijo con una sonrisita-. Y si se equivoca, a nosotros no nos van a echar la bronca, ¿no?

Rebus volvió con las bebidas. Ginebra con soda y lima para Wylie y una jarra grande de cerveza para Hood, y fue otra vez a la barra a por un whisky para él y Coca-cola para Siobhan.

– Slainte! -dijo cuando ésta se sentó a su lado en el estrecho banco.

– ¿Cuál es el plan? -preguntó Wylie.

– No tengo que decíroslo -dijo Rebus-. Actuar conforme al reglamento.

– ¿Hablamos con Barry Hutton? -aventuró Hood.

Rebus asintió con la cabeza.

– Quizá investigando previamente por si hay algo sobre él que interesa saber.

– ¿Y el mendigo? -preguntó Siobhan.

– Bueno, se me acaba de ocurrir una idea… -dijo Rebus volviéndose hacia ella.

Una cabeza se asomó al recodo como para ver quién había en las mesas y Rebus advirtió que era Gordon, uno de los clientes habituales. Venía sin cambiarse, seguramente recién salido de la oficina. Al ver a Rebus estuvo a punto de darse la vuelta pero cambió de idea y se acercó a la mesa con las manos en los bolsillos del abrigo. Rebus advirtió de inmediato que ya iba cargado.

– Cabronazo -dijo Gordon-, la otra noche te largaste con Lorna, ¿eh? -estaba a punto de gastarle alguna broma para ponerle en evidencia delante de sus amigos-. La supermodelo de los sesenta al único que podía ligarse era a ti -añadió negando con la cabeza sin percatarse de cómo le miraba Rebus.

– Se agradece, Gordon -comentó en un tono que puso en guardia al joven, que le miró llevándose una mano a la boca.

– Ah, perdona -musitó el joven volviendo sobre sus pasos camino de la barra.

Rebus miró a sus contertulios, que estaban todos con los ojos fijos en sus respectivas consumiciones.

– Tenéis que perdonarle -comentó-. Gordon a veces interpreta mal las cosas.

– Se refería a Lorna Grieve, ¿verdad? -dijo Siobhan-. ¿Viene mucho por aquí?

Rebus la miró sin contestar.

– Es la hermana del asesinado -añadió Siobhan en voz baja.

– Vino aquí la otra noche y nada más -espetó Rebus. Pero sabía que era mejor no hablar del tema. Miró a Wylie y Hood recordando que ellos la habían visto allí aquella noche. Cogió el vaso de whisky pero estaba vacío-. Gordon no sabe lo que dice -musitó sin que ni él mismo se lo creyera.

23

Se ha dicho de Edimburgo que es una ciudad huidiza que oculta sus verdaderos sentimientos e intenciones, con habitantes aparentemente respetables y calles que se hielan pronto. Se puede haber estado en ella y marcharse sin haber llegado realmente a entender qué la anima. Fue la ciudad de Deacon Brodie donde sólo por la noche se daba rienda suelta a las pasiones y al mismo tiempo la ciudad de John Knox, indómita y de inquebrantable rectitud. En ella, una casa puede costar medio millón de libras, pero la ostentación no se acepta. Es una ciudad de Saabs y Volvos más que de Bentleys y Ferraris. Los de Glasgow, que se consideran más apasionados, más celtas, piensan que Edimburgo, de tan seria y convencional, resulta remilgada.

Es una ciudad oculta. Prueba de ello es que ante el avance de los ejércitos invasores sus habitantes se escondieron en sótanos y subterráneos de la ciudad vieja. Sus casas serían saqueadas pero las tropas terminarían por marcharse, ya que difícilmente puede disfrutarse el triunfo si no se ve a los vencidos. Éstos saldrían después a la luz para reconstruirla.

De la oscuridad a la luz.

El espíritu presbiteriano barrió la idolatría de las iglesias dejándolas extrañamente desnudas y preñadas de ecos para llenarlas con feligreses a quienes desde la cuna les venían repitiendo que estaban condenados. El proceso se fue filtrando en las conciencias a lo largo de años. Edimburgo dio buenos banqueros y letrados quizá porque sus ciudadanos eran maestros en el arte del disimulo y sabían guardar muy bien secretos; la ciudad fue adquiriendo fama de centro financiero y hubo una época en que Charlotte Square, sede de casi todos los bancos y empresas de seguros, estuvo considerada la calle con mayor riqueza de Europa. En la actualidad, por la demanda de espacio para oficinas y aparcamientos, los bancos y las compañías de seguros se concentran en la zona de Morrison Street y en la circunvalación oeste. Es el nuevo sector financiero de Edimburgo, un laberinto de cemento y cristal que circunda esa especie de plaza de toros que es el Centro de Congresos. La opinión era unánime desde un principio en cuanto a que, hasta la construcción de los nuevos edificios, aquella zona no era más que un inmenso solar monstruoso, mientras que respecto a lo inhóspito del nuevo laberinto había división de opiniones. Parecía que en el proyecto se hubiese prescindido de los seres humanos para dar exclusiva carta de naturaleza a las edificaciones. Allí no iba nadie a pasear para ver la arquitectura del sector financiero. No se veía un solo peatón.

Pero aquel lunes Ellen Wylie y Grant Hood cometieron el error de dejar el coche demasiado pronto en un aparcamiento de Morrison Street que Hood juzgó ideal por la proximidad a la zona. Pero lo anodino de los edificios y la circunstancia de que las aceras estaban cortadas por obras, hizo que acabaran perdiéndose a espaldas del Sheraton en Lothian Road. Wylie sacó finalmente el móvil y, gracias a la recepcionista, pudo orientarse para llegar a una construcción de doce plantas de piedra rosada y cristal ahumado. La recepcionista sonrió al verlos al fin.

– Ah, ya están aquí -comentó colgando el teléfono.

– Ya estamos aquí -dijo Wylie picada.

Los obreros daban los últimos retoques a la Torre Hutton. Había electricistas en mono azul y cinturón de trabajo con herramientas, pintores con el mono blanco manchado de gris y amarillo, silbando, con sus latas de pintura en el suelo, mientras llegaba el ascensor.

– Quedará bonito cuando esté acabado -comentó Hood a la recepcionista.

– El señor Graham les espera en el último piso -dijo ésta.

Tomaron el ascensor con un ejecutivo de traje gris que llevaba un montón de papeles entre los brazos como si fuera un pulpo; se bajó tres pisos antes que ellos y estuvo a punto de tropezar con un listillo que había colocado una escalera para alcanzar unos cables del techo. Cuando en el duodécimo piso se abrieron las puertas se vieron en una apacible zona de recepción donde una elegante mujer se alzó de detrás de una mesa para recibirles y guiarlos durante dos metros escasos hasta dos sillones junto a una mesita de centro con los periódicos del día.

– El señor Graham les recibirá enseguida. ¿Quieren café o té?

– A quien queríamos ver es al señor Hutton -dijo Wylie sin que a la mujer se le borrara la sonrisa.

– Con el señor Graham estarán sólo un momento -dijo la mujer volviendo a su mesa.

– Mira qué bien -comentó Hood cogiendo un periódico-, esta mañana no he recibido el Financial Times.

Wylie miró a un lado y a otro los dos largos tramos de pasillo que se perdían en sus extremos, y pensó que debía de dar la vuelta al perímetro del edificio de forma idéntica en todos los pisos. Tenía a ambos lados puertas que seguramente eran de habitaciones con vista al exterior o a otros espacios interiores. Las oficinas con ventanas serían muy codiciadas. Tal como ella trabajaba ahora en Saint Leonard, en un cajón sin ventanas, codiciaba cualquier despacho por pequeño que fuese.

Por la esquina más alejada del pasillo apareció un hombre alto, bien formado y joven. Tenía el cabello moreno corto bien cuidado y engominado y llevaba un traje gris oscuro de hechura perfecta. Lucía gafas ovaladas y un Rolex. Dijo llamarse John Graham y tendió la mano para saludar. Wylie observó sus gemelos de oro en los puños de la camisa amarillo pálido; un modelo sin cuello de los que no permiten llevar corbata. No era la primera vez que veía a un hombre con aura de triunfador, pero para mirar a éste casi hacían falta unas RayBan.

– Queríamos hablar con el señor Hutton -dijo Grant Hood de entrada.

– Sí, naturalmente, pero comprendan que Barry está muy ocupado -dijo consultando el reloj-Ahora mismo le retiene una reunión y hemos pensado que quizá podría yo atenderles. Tal vez si me dijeran qué desean yo podría pasar la consulta a Barry.

Wylie estaba a punto de decir que le parecía una manera muy enrevesada de «atender», pero Graham ya había tomado la delantera pasillo adelante, tras indicar a la recepcionista que no le pasara llamadas durante un cuarto de hora. Wylie cruzó una mirada con Hood como queriendo decir: «Vaya gracia». Hood hizo una mueca para darle a entender que no convenía sulfurarle, al menos de momento.

– Pasaremos a la sala de juntas -dijo Graham franqueándoles la entrada de una sala en forma de L en una esquina del edificio.

Un enorme escritorio rectangular llenaba la mayor parte del espacio. Había vasos de agua, lápices y blocs de notas listos para celebrar alguna reunión, un enorme tablero sin estrenar para escribir con rotulador detrás de la mesa y, en el extremo, un sofá frente a un televisor con vídeo. Pero lo que más les impresionó fue la vista al este del castillo y de Princess Street y la Ciudad Nueva al norte, con la costa de Fife cerrando el horizonte.

– Disfruten de la vista ahora que aún es posible -dijo Graham-, porque hay en proyecto otra torre más alta ahí delante.

– ¿Un proyecto de Hutton? -preguntó Wylie.

– Naturalmente -contestó Graham, indicándoles que se sentaran después de acomodarse él en la silla que presidía la mesa sacudiéndose en el pantalón motas inexistentes-. Bien, si son tan amables de ponerme en antecedentes…

– Mire, es algo muy sencillo -dijo Grant Hood arrimando la silla-. La sargento Wylie y yo estamos investigando un asesinato -Graham enarcó una ceja y juntó las manos-, y parte de la indagación requiere que hablemos con su jefe.

– ¿Podrían darme detalles?

Wylie tomó la alternativa.

– Realmente no, ¿sabe? En un caso como éste no hay tiempo que perder. Hemos venido aquí por simple cortesía, pero si el señor Hutton no nos recibe tendremos que citarle en comisaría -dijo encogiéndose de hombros al terminar.

Hood la miró y luego fijó la vista en Graham.

– Lo que dice mi colega es cierto. Tenemos autoridad para interrogar al señor Hutton quiera o no.

– Que quede claro que no es que se niegue -dijo Graham alzando las manos en gesto conciliador-. Lo que sucede es que está en una reunión y las reuniones a veces se prolongan.

– Hemos llamado previamente anunciando la visita.

– Muy atenta por su parte, sargento Wylie, pero es que hemos tenido un imprevisto relacionado con un negocio multimillonario. Son cosas que suceden a veces, y que requieren decisiones inmediatas porque hay millones en juego. Seguro que lo entienden…

– Sí, señor, pero ya ve que usted no puede ayudarnos en nada -dijo Wylie-. Usted no trabajaría con un tal Dean Coghill en 1978, ¿cierto? Me imagino que hace veinte años estaría aún en el colegio mirando las bragas a las chicas y con la cara llena de granitos como sus compañeros. Así que si el señor Hutton se digna comparecer… -añadió mirando hacia la cámara de un rincón del techo- le quedaríamos agradecidos.

Hood comenzó a balbucir una excusa por las palabras de Wylie viendo a Graham abochornado y cortado, cuando en aquel momento oyeron decir por un altavoz invisible:

– Haz pasar a los policías.

Graham se levantó sin mirarles a la cara.

– Síganme, por favor -dijo.

Los condujo pasillo adelante y les dejó tras decirles: -Segunda puerta a la izquierda.

– ¿Crees que habrá también micrófonos en el pasillo? -dijo Wylie en voz baja.

– A saber

– Se ha asustado, ¿eh? No esperaba que la de faldas fuese la dura -Hood vio que una sonrisa surcaba su rostro-. Y luego, tú…

– ¿Yo, qué?

– Vas y te disculpas por mí -añadió ella mirándole.

– Es lo que hace el poli bueno.

Llamaron a la puerta y abrieron sin esperar respuesta. Era una antesala donde una secretaria se levantó de la mesa para abrirles otra puerta que comunicaba con el despacho de Barry Hutton.

Este les esperaba ya de pie con las piernas ligeramente abiertas y las manos a la espalda.

– Creo que ha estado un poco agresiva con John -dijo dando la mano a Wylie-. De todos modos, admiro su estilo. Si uno desea algo no hay que consentir que nadie se interponga.

No era un despacho muy grande pero en las paredes había muchos cuadros de pintura moderna y en un rincón destacaba un bar, que fue adonde Hutton se dirigió.

– ¿Desean tomar algo? -dijo sacando de la nevera una botella de Lucozade a la que desenroscó el tapón para dar un trago. Ellos rehusaron con un gesto-. Soy adicto. Porque de niño sólo te lo daban cuando estabas enfermo -añadió-. ¿Lo recuerdan? Bien, sentémonos.

Les indicó un sofá de cuero blanco y él se sentó enfrente en un sillón tipo tresillo. El televisor portátil era en realidad un monitor en el que se veía la sala de juntas.

– Está bien, ¿a que sí? -dijo Hutton cogiendo el mando a distancia-. Miren, se puede enfocar y hacer zoom sobre las caras…

– Como tendrá sonido incorporado -comentó Wylie-, ya sabe usted de qué queremos hablar.

– De un homicidio, ¿no? -replicó Hutton dando otro trago a su droga-. Me enteré de que Dean Coghill había muerto, pero sería por causas naturales, espero.

– Se trata de Queensberry House -terció Grant Hood.

– Ah, cierto, ese cadáver tapiado.

– En una dependencia rehabilitada por los obreros de Dean Coghill entre 1978 y 1979.

– ¿Y bien?

– Pues que es la fecha en que tapiaron el cadáver.

Hutton los miró de hito en hito.

– No me digan…

Wylie desdobló la lista con los nombres de los obreros.

– ¿Estos nombres le dicen algo?

– Me traen recuerdos -dijo Hutton sonriendo.

– ¿Sabe si desapareció alguno de ellos?

– No -contestó Hutton ya serio.

– ¿Había alguien más trabajando, temporeros, por ejemplo?

– No, que yo recuerde. Salvo que se refieran a mí.

– Hemos advertido que su nombre fue añadido más tarde.

Hutton asintió con la cabeza. Era bajo, no llegaría a uno sesenta, y delgado, pero con algo de barriga y mofletes. Vestía un traje oscuro recién estrenado con la chaqueta abrochada y sus zapatos negros brillaban de nuevos. Sus ojos eran pequeños, oscuros y hundidos y llevaba el pelo moreno cortado por encima de las orejas y con gruesas patillas. Wylie pensó que entre una multitud no destacaría particularmente como una persona rica o influyente.

– Trabajé allí para adquirir experiencia. Me gustaba el negocio de la construcción y por lo visto elegí bien -dijo con una sonrisa como invitándoles a hacer lo mismo por su buena fortuna. Pero los dos permanecieron serios.

– ¿Tuvo alguna vez tratos con Peter Kirkwall? -preguntó Wylie.

– El es constructor y yo promotor. Son dos sectores distintos.

– Eso no contesta la pregunta.

Hutton volvió a sonreír.

– Es que no sé a cuento de qué…

– Estuvimos hablando con él y su despacho está lleno de planos y fotos de sus obras…

– ¿Y el mío no? Será que Peter tiene un ego que yo no poseo.

– Entonces, ¿le conoce?

Hutton lo reconoció simplemente encogiéndose de hombros.

– A veces he contratado a su empresa. ¿Qué tiene eso que ver con su cadáver?

– Nada -respondió Wylie-. Era por curiosidad -añadió plenamente convencida de que había puesto el dedo en la llaga.

– Bien -dijo Grant Hood-, volviendo a Queensberry House…

– ¿Qué podría decirles? Tendría entonces dieciocho o diecinueve años y lo que yo hacía era mezclar hormigón y las tareas de peón. Puro aprendizaje.

– ¿Pero recuerda aquella sala? ¿Y las chimeneas?

Hutton asintió con la cabeza.

– Sí, se hizo una cámara de aire. Yo estaba presente cuando abrimos la pared.

– ¿Se comunicó a alguien el descubrimiento de las chimeneas?

– Para ser sincero, creo que no.

– ¿Por qué?

– Es que Dean pensó que querrían enviarnos a los historiadores, interrumpirían las obras y no cobraría hasta su terminación. Si había que esperar a que vinieran a examinar el hallazgo perderíamos tiempo.

– ¿Y lo que hicieron fue volver a taparlas?

– Eso debió de ocurrir. Una mañana, cuando llegué al trabajo, estaban ya tapiadas.

– ¿Sabe quién lo hizo?

– Pudo ser el propio Dean, o a lo mejor Harry Connors. Harry era muy amigo de Dean, su mano derecha como quien dice -añadió asintiendo con la cabeza-. Creo que entiendo la conclusión que se plantean: quien tapió la chimenea tuvo que ver el cadáver.

– ¿Se le ocurre algo? -preguntó Wylie, pero Hutton dijo que no con un gesto-. Usted habrá leído el caso en los periódicos, señor Hutton. ¿Por qué motivo no se ha presentado a declarar?

– No sabía que el cadáver databa de aquella época. Pueden haber descubierto y tapado la chimenea docenas de veces desde que yo trabajé allí.

– ¿Alguna otra razón?

Hutton la miró.

– Yo soy un empresario. Cualquier historia sobre mí la publica la prensa y puede afectarme dentro de mi sector.

– Es decir, que no toda publicidad es buena publicidad -dijo Hood.

– Mejor no podía haberlo expresado -aseveró Hutton sonriendo.

– Bien, sin entrar en detalles -interrumpió Wylie-, ¿puede decirme cómo entró a trabajar en la empresa del señor Coghill?

– Hice una solicitud, como todos.

– ¿De verdad?

– ¿Qué insinúa? -replicó Hutton ceñudo. -Sólo me preguntaba si no sería su tío quien le echó una mano, o tal vez más de una.

Hutton puso los ojos en blanco.

– Y yo me preguntaba cuánto tardaría en salir eso a relucir… Escuchen, sí, resulta que mi madre es hermana de Bryce Callan, no puedo negarlo. Pero no por eso soy un delincuente.

– ¿Afirma que su tío sí lo es? -preguntó Wylie. Hutton la miró con gesto despectivo.

– No venga con disimulos. Es sabido lo que la policía piensa de mi tío. Pero son simples rumores sin fundamento porque no hay pruebas, ¿no es cierto? Ni siquiera ha tenido nunca que ir a juicio. Lo que en mi opinión significa que están en un error. Significa que yo me he ganado a pulso lo que tengo, pagando los impuestos, el IVA y todo lo demás. Yo estoy limpio como el que más. Y si piensan que pueden entrar aquí a…

– Creo que está claro, señor Hutton -le interrumpió Hood-. Disculpe si le ha parecido que insinuábamos algo. Estamos investigando un homicidio y tenemos que considerar cualquier detalle por insignificante que parezca.

Hutton se le quedó mirando como queriendo interpretar la última palabra.

– ¿Cuándo dejó la empresa del señor Coghill? -preguntó Wylie.

Hutton reflexionó un instante.

– En abril o mayo, más o menos.

– ¿Del setenta y nueve? -Hutton asintió-. ¿Y cuándo entró?

– En octubre del setenta y ocho.

– ¿Unos seis meses? No duró mucho.

– Me hicieron una oferta mejor.

– ¿Y cuál fue, señor? -preguntó Hood.

– ¡No tengo nada que ocultar! -exclamó Hutton.

– Nos hacemos cargo, señor Hutton -dijo Wylie en tono conciliador.

– Fui a trabajar para mi tío -Hutton se calmó rápidamente.

– ¿Para Bryce Callan? -Hutton asintió con la cabeza.

– ¿En qué? -inquirió Hood.

Hutton hizo una pausa mientras apuraba la botella.

– En una promoción inmobiliaria.

– Eso sería su gran oportunidad, ¿no? -preguntó Wylie.

– Sí, ahí empecé. Pero en cuanto pude me establecí por mi cuenta.

– Sí, claro, naturalmente -dijo Hood con un tono que daba a entender: «He trabajado para tener lo que tengo»; pero me han echado una mano tan grande como un campo de fútbol.

Antes de marcharse, Wylie le hizo una pregunta más: -En este momento debe de estar usted muy satisfecho, ¿no?

– Proyectos no nos faltan.

– ¿Obras alrededor de Holyrood? -preguntó.

– El Parlamento no es más que el principio. Planeamos centros comerciales en las afueras y promociones en la costa. Es asombroso lo subdesarrollado que está Edimburgo. Y no sólo Edimburgo. Tengo proyectos en marcha en Glasgow, Aberdeen, Dundee…

– ¿Y hay suficientes clientes? -preguntó Hood.

Hutton se echó a reír.

– Hacen cola, amigo. Lo único fastidioso es el papeleo.

– Para los permisos de obra -añadió Wylie asintiendo con un gesto.

Hutton hizo una cruz con los dedos índices.

– La maldición del promotor -dijo.

Pero lo remató con una carcajada final mientras cerraba la puerta del despacho tras ellos.

24

– Una advertencia -dijo Rebus cuando iban por el paseo de la casa-, la madre está algo delicada.

– Entendido -dijo Siobhan Clarke-. ¿Tú harás gala de tu habitual encanto?

– Es con Lorna Grieve con quien hemos de hablar -replicó él, señalando con la cabeza el Fiat Punto aparcado a la derecha de la puerta-. Ahí está su coche.

Había llamado a High Manor y cogió el teléfono Hugh Cordover, por lo que Rebus prestó gran atención por si captaba en su tono de voz algo nuevo o un tono acusatorio, pero Cordover se limitó a decirle que Lorna estaba en Edimburgo.

– No acaba de convencerme de que sea una buena idea -comentó Siobhan.

– Mira -replicó él-, ya te he dicho…

– John, ¿cómo has podido implicarte…?

Él la sujetó por el hombro y le dio la vuelta para que le mirara a la cara.

– ¡No me he implicado en nada!

– ¿No te has acostado con ella? -replicó Clarke procurando moderar el tono.

– ¿Y qué más da si lo he hecho?

– Estamos investigando un caso de homicidio y vamos a interrogarla.

– Ah, no me digas.

– Me haces daño en el hombro -dijo ella mirándole.

Él la soltó musitando una disculpa.

Llamaron al timbre y aguardaron.

– ¿Qué tal el fin de semana? -preguntó Rebus y ella le fulminó con la mirada-. Escucha -añadió- si vamos a entrar enfurruñados no vamos a sacar nada en limpio.

Ella pareció considerarlo y finalmente dijo:

– Volvió a ganar el Hibs. ¿Tú qué hiciste?

– Estuve en la oficina pero no hice gran cosa.

Fue Alicia Grieve quien les abrió. A Rebus le pareció más vieja que la última vez, como si ya hubiera vivido demasiado y fuese consciente de ello. Una de las jugadas más crueles de la edad es su modo de burlarse de las personas. Pierdes a un ser querido y el tiempo parece ir entonces más rápido, de modo que te marchitas y a veces mueres. No era la primera vez que veía un caso semejante: hombres o mujeres sanos que mueren durante el sueño días o semanas después del entierro del cónyuge, como si se pulsara un botón, de forma voluntaria o involuntaria. A saber.

– Señora Grieve -dijo-. ¿Me recuerda? Soy el inspector Rebus.

– Sí, claro -replicó la anciana con voz aflautada y seca-. ¿Y ésta quién es?

– La agente Clarke -dijo Siobhan a guisa de presentación.

Sonreía como lo hacen los jóvenes con los viejos: con distante simpatía. Rebus se percató por aquel detalle de que era más afín por la edad a Alicia Grieve que a Siobhan, pero trató de apartar ese pensamiento de su mente.

– ¿Podemos enterrar ya a Roddy? ¿Han venido por eso?

– dijo en tono resignado, dispuesta a aceptar sus explicaciones. Era el papel a que había quedado relegada en la vida.

– Lo siento, señora Grieve, tendrán que esperar un poquito más -contestó Rebus.

La anciana repitió burlona la última frase y añadió:

– El tiempo es elástico ¿no le parece?

– Venimos para hablar con la señora Cordover -terció con firmeza Siobhan dispuesta a no permitir que se fuera por las ramas.

– A Lorna -añadió Rebus.

– ¿Está aquí? -preguntó Alicia Grieve.

– Claro que estoy aquí, madre -se oyó decir en el interior-. Hace dos minutos estábamos hablando.

La anciana se hizo a un lado. Lorna Grieve les miraba desde la puerta de una de las habitaciones con una caja de cartón en las manos.

– Hola, de nuevo -dijo a Rebus como si Siobhan no existiera.

– ¿Podríamos hablar un momento? -dijo Rebus casi sin mirarla para fruición de ella que, risueña, asintió y señaló con la cabeza la habitación de la que acababa de salir.

– Estaba intentando limpiar esto un poco.

La señora Grieve tocó la mano de Rebus y éste notó que sus dedos estaban fríos como el mármol.

– Quiere vender mis cuadros porque necesita dinero.

Rebus miró a Lorna que movía la cabeza, negándolo.

– Únicamente lo que quiero es limpiarlos y cambiarles el marco.

– Los quiere vender -insistió la anciana-. Eso es lo que va a hacer.

– Madre, por Dios bendito, no necesito dinero.

– Tu marido sí porque no tiene oficio ni beneficio, sólo deudas.

– Gracias por el voto de confianza -musitó Lorna.

– ¡No te pongas descarada conmigo, niña! -replicó la anciana con voz trémula, apretando aún la mano de Rebus con los dedos, que eran como garras o zarpas descarnadas.

Lorna lanzó un suspiro.

– Bueno, ¿ustedes que es lo qué quieren? Espero que hayan venido a detenerme; cualquier cosa sería mejor que esto.

– ¡Vete a tu casa si quieres! -chilló la madre.

– ¿Y te dejo aquí a que te revuelques en tu autocompasión? No, querida mamá, eso no puede ser.

– Me cuida Seona.

– Seona está muy ocupada con su carrera política -espetó Lorna- y ya no te necesita. Ahora ha encontrado algo más provechoso.

– Eres un monstruo.

– Pues supongo que eso te convierte en el doctor Frankenstein.

– No eres más que un cuerpo vil.

– Y dale. Ahora vas a decirnos que le conociste -se volvió hacia Rebus y Siobhan-. A Evelyn Waugh, autor de Vile Bodies [Cuerpos viles].

– Asquerosa. Te echabas en brazos de todos los hombres que conocías.

– Y sigo haciéndolo -replicó Lorna con un gruñido mirando de reojo a Rebus-. Mientras que tú sólo te echaste en los brazos de padre porque sabías que era lo que te convenía. Y una vez que obtuviste fama, si te he visto no me acuerdo, en una frase: fin del romance.

– ¿Cómo te atreves? -replicó la anciana con una cólera fría, una furia propia de una mujer más joven.

Siobhan tiró de la manga a Rebus en dirección a la puerta pero Lorna lo advirtió.

– ¡Ah, fíjate, estamos espantando a la pasma! ¿No es una maravilla, madre? ¿Te das cuenta del poderío? -añadió echándose a reír secundada por la anciana.

«Esto es una maldita casa de locos», pensó Rebus; pero inmediatamente consideró que era el proceder normal entre madre e hija, con peleas e insultos para provocar la catarsis. Habían sido tanto tiempo figuras públicas que se habían convertido en actores de su propio melodrama y daban una teatralidad exagerada a sus necias rencillas.

Escenas de la vida familiar.

Un infierno.

Lorna se enjugó en un ojo una lágrima imaginaria sin soltar los cuadros.

– Estos voy a colgarlos -dijo.

– No -dijo su madre-, déjalos ahí con los otros -añadió señalando una docena de óleos enmarcados que estaban apoyados en la pared en el vestíbulo-. Bueno, tienes razón; que se vean. Los limpiaremos y les pondremos marco nuevo.

– Habrá que hacer un seguro ya que estamos -dijo Lorna y vio que su madre iba a objetar algo y añadió-: No es para venderlos, es por si los roban…

Alicia iba a discutir pero dio un profundo suspiro y asintió con la cabeza. Lorna dejó los cuadros junto a la pared y se incorporó sacudiéndose el polvo de las manos.

– Algunos de éstos hará cuarenta años que los pintaste.

– Pues casi seguro. Tal vez más -comentó la madre-. Pero perdurarán después de mi muerte. Sólo que no significarán lo mismo.

– ¿Por qué? -preguntó Siobhan como obligada.

La anciana la miró.

– Para mí tienen un sentido intransferible a otra persona.

– Por eso están ahí -añadió Lorna- y no en el salón de un coleccionista.

Alicia Grieve asintió con la cabeza.

– Su valor es inapreciable. Lo personal es lo único que permite a los seres humanos distinguirse de los animales -dijo súbitamente animada soltando la mano de Rebus-. El té -bramó dando una palmada-. Vamos a tomar el té.

Rebus se preguntó si no habría alguna posibilidad de un traguito de whisky con el té.

Se sentaron en el salón para charlar de cosas intrascendentes mientras Lorna se afanaba en la cocina, de donde regresó momentos después con una bandeja.

– Seguro que se me ha olvidado algo -dijo-. Preparar el té no es mi fuerte -añadió mirando a Rebus al decirlo; pero éste tenía la vista clavada en la chimenea-. ¿Desea algo más fuerte, inspector? Creo recordar que le gusta el whisky.

– No, muchas gracias -contestó él al sentirse obligado a rechazar la oferta.

– El azúcar -dijo Lorna mirando la bandeja-. Ya decía yo -añadió yendo hacia la puerta, aunque volvió a sentarse cuando Siobhan y Rebus comentaron que no tomaban.

En una fuente había galletas integrales desmenuzadas que ellos rehusaron pero Alicia cogió una, la mojó en el té y se deshizo; todos simularon no ver cómo recogía los pedazos y se los llevaba a la boca.

– Bien -dijo Lorna al fin-, ¿qué les trae a Happy Acres?

– Puede ser algo o nada -dijo Rebus-. La agente Clarke está investigando el suicidio de un mendigo que al parecer se interesaba mucho por la familia Grieve.

– ¿Ah, sí?

– Y el hecho de su suicidio nada más producirse el asesinato…

Lorna se inclinó atenta en el asiento mirando a Siobhan.

– ¿No será por casualidad ese vagabundo millonario?

Siobhan asintió con la cabeza.

– Aunque no era realmente millonario -dijo.

– ¿Recuerdas que me lo comentaste? -preguntó Lorna a su madre.

La anciana asintió automáticamente como si no hubiese escuchado. Lorna se volvió hacia Siobhan.

– ¿Qué tiene que ver con nosotros?

– Nada, quizá -contestó Siobhan-. El difunto se hacía llamar Chris Mackie. ¿Le dice algo ese nombre?

Lorna reflexionó un buen rato y dijo que no.,

– Tenemos unas fotos -añadió Siobhan tendiéndoselas y mirando a Rebus.

– Qué ser tan siniestro, ¿no creen? -comentó Lorna mirando las fotos.

Siobhan seguía mirando a Rebus como instándole a que planteara él la pregunta.

– Señora Cordover -dijo él-, lo que voy a preguntarle es algo delicado.

– ¿Qué es? -replicó ella mirándole.

Rebus respiró profundamente.

– Está mucho más viejo… por vivir a la intemperie, pero… ¿no podría, quizá, ser Alasdair?

– ¿Alasdair? -exclamó Lorna mirando de nuevo la última foto-. ¿Pero qué diablos dice? -miró a su madre, que estaba más pálida que nunca-. Alasdair es rubio. No tiene nada que ver -Alicia estiró el brazo pero Lorna devolvió las fotos a Siobhan-. ¿Pero qué pretenden? Este hombre no se parece en nada a Alasdair. En nada.

– En veinte años la gente cambia mucho -dijo Rebus con voz pausada.

– La gente cambia de la noche a la mañana -replicó ella con frialdad-, pero ése no es mi hermano. ¿Qué le hizo pensar que era él?

– Fue una corazonada -respondió Rebus.

– Yo les enseñaré a Alasdair -dijo Alicia Grieve levantándose y dejando la taza en la mesa-. Vengan, que se lo enseñaré.

La siguieron a la cocina. La vitrina para la loza estaba llena y la encimera ocupada por montones de vajilla limpia, esperando un espacio que no había. En el fregadero se amontonaban platos sucios y sobre una tabla de planchar había ropa apilada. Sonaba una radio a volumen suave, sintonizada con una emisora de música clásica.

– Bruckner -dijo Alicia abriendo la puerta trasera-. No dejan de poner Bruckner.

– Tiene ahí su estudio -comentó Lorna cuando cruzaban el jardín.

Estaba lleno de maleza, abandonado, pero se notaba su primitiva condición por un columpio vertical con el tubo oxidado, una urna de piedra tumbada sobre el pedestal y un césped lleno de hojas secas que entorpecían la marcha. Al fondo estaba la casita de piedra.

– ¿Eran las dependencias del servicio? -preguntó Rebus.

– Eso creo -contestó Lorna-. Cuando éramos niños nos escondíamos ahí pero luego madre lo transformó en estudio y ya no nos permitían entrar -miró a la anciana que, encorvada, abría la marcha-. Hubo una época en que pintaba junto a mi padre en el estudio de la buhardilla -añadió señalando dos claraboyas del tejado-. Pero luego madre dijo que necesitaba su propio espacio y su propia luz y así, de paso, lo dejó fuera de su vida. No crea que ha sido fácil nuestra infancia -añadió mirando a Rebus.

Alicia sacó una llave del bolsillo de la rebeca y abrió la puerta del estudio. Era una sola pieza de paredes encaladas salpicadas de pintura con el suelo también manchado. Había tres caballetes de distinto tamaño y del techo colgaban telarañas. En una pared había una docena de lienzos de diversas medidas con la cabeza del mismo personaje en distintas fases de su vida.

– Santo Dios -dijo Lorna conteniendo un grito-, pero si es Alasdair… -añadió mientras se acercaba a examinarlos.

– Lo pinté imaginándome su transformación con el paso de los años -dijo Alicia en voz baja-. Es obra de mi imaginación.

Rubio, de ojos tristes, era un hombre preocupado a pesar de la sonrisa que la mano del artista le había conferido. No se parecía en nada a Chris Mackie.

– No nos habías dicho nada -comentó Lorna cogiendo uno de los cuadros para examinarlo mejor y pasando el dedo por los pómulos del rostro.

– Habrías tenido envidia -replicó su madre-. No lo niegues. Alasdair era mi preferido -añadió volviéndose hacia Rebus-. Y cuando se marchó… Quizá ésta fue mi manera de expresarlo -agregó mirando su trabajo, pero al volverse vio que Siobhan tenía las fotos en la mano-. ¿Me permite? -dijo cogiéndolas y acercándoselas para verlas mejor-¿Dónde está? -Se le iluminaron los ojos al reconocerlo.

– ¿Le conoce usted? -dijo Siobhan.

– Necesito saber dónde está.

Lorna dejó el retrato al óleo.

– Madre, es uno que se suicidó. Ese indigente que dejó una fortuna.

– Diga quién es, señora Grieve -añadió Rebus.

Alicia Grieve examinó por segunda vez las fotos con manos temblorosas.

– Con las ganas que tenía yo de hablar con él… -añadió con lágrimas en los ojos. Se las enjugó con la muñeca y Rebus se acercó a ella.

– ¿Quién es, Alicia? ¿Quién ese hombre?

– Se llama Frederick Hastings -contestó ella mirándole.

– ¿Freddy? -dijo Lorna acercándose a mirar y arrebatándole las fotos.

– ¿Es él o no? -insistió Rebus.

– Sí, podría ser. Hace veinte años que no le he vuelto a ver.

– ¿Quién era? -preguntó Siobhan.

De pronto Rebus recordó.

– ¿No era el socio de Alasdair? -dijo.

Lorna asintió con la cabeza.

Rebus se volvió hacia Siobhan, que no salía de su asombro.

– ¿Dicen que ha muerto? -preguntó Alicia, y Rebus hizo un gesto afirmativo-. Él sabría dónde está Alasdair. Los dos eran inseparables y a lo mejor entre sus pertenencias están las señas.

Lorna miró las otras fotos; eran las de Chris Mackie en el albergue.

– Freddy Hastings, un mendigo -su risa estalló súbitamente en la habitación.

– Me parece que no había ninguna dirección. He examinado varias veces sus efectos personales -dijo Siobhan a Alicia Grieve.

– Bueno, será mejor que volvamos a la casa -dijo Rebus.

Tenía muchas más preguntas que hacer.

Lorna preparó otro té, pero esta vez se sirvió un vaso de whisky con agua, mitad y mitad. Le ofreció a Rebus pero él rehusó otra vez. Ella dio el primer sorbo mirándole.

Siobhan estaba ya dispuesta con el bloc y el bolígrafo.

Lorna expulsó el humo en dirección a Rebus.

– En su momento pensamos que se habían marchado juntos -comenzó a explicar.

– Una bobada -le interrumpió su madre.

– Sí, claro, tú no creías que fuesen «homosexuales».

– ¿Desaparecieron los dos juntos? -preguntó Siobhan.

– Más o menos. Como hacía días que no veíamos a Alasdair, tratamos de localizar a Freddy, pero nadie daba razón de él.

– ¿Denunció alguien su desaparición?

– Yo no -respondió Lorna encogiéndose de hombros.

– ¿Y su familia?

– Creo que no tenía a nadie -dijo Lorna mirando a su madre para que lo confirmase.

– Era hijo único y sus padres habían muerto -añadió Alicia.

– Le dejaron algo de dinero, pero creo que lo había perdido casi todo.

– Los dos perdieron dinero -comentó Alicia-. Por eso se marchó Alasdair, inspector. Por deudas. Era muy orgulloso para pedir ayuda.

– Pero no para desaparecer -no pudo por menos de decir Lorna.

Su madre la fulminó con la mirada.

– ¿Cuándo se fue? -preguntó Rebus.

– En el setenta y nueve -dijo Lorna mirando a la anciana para que lo confirmara.

– A mediados de marzo -dijo la madre.

Rebus y Siobhan cerraron los ojos. Marzo de 1979: Mojama.

– ¿Qué clase de negocios tenían? -preguntó Siobhan conteniendo la emoción.

– Su última incursión fue en terrenos -dijo Lorna encogiéndose de hombros-. Es todo cuanto sé. Seguramente comprarían solares que no pudieron vender.

– ¿Asuntos de promoción inmobiliaria? -aventuró Rebus.

– No lo sé.

Rebus se volvió hacia Alicia, que negó con la cabeza.

– Alasdair era muy reservado en ciertos aspectos. Él nos quería hacer creer que era muy capaz…, autosuficiente.

Lorna se levantó a servirse otro whisky.

– Es su manera de decir que era prácticamente una nulidad.

– A diferencia tuya, supongo -espetó la anciana.

– Si desaparecieron porque tenían deudas -comentó Siobhan-, ¿cómo es que el señor Hastings, un año más tarde aproximadamente andaba por ahí con casi medio millón de libras en una cartera?

– Dígannoslo ustedes que son la policía -comentó Lorna Grieve sentándose.

Rebus se quedó pensativo.

– Sobre todo este asunto de los negocios fracasados de ambos jóvenes, ¿hay realmente pruebas o es otro de los mitos del clan? -preguntó.

– ¿Qué insinúa?

– Que nos gustaría tener algún dato concreto sobre este caso.

– ¿Qué caso? -comenzaban a notarse en ella los efectos del alcohol; su voz era ahora agresiva y se le habían subido los colores-. Es de suponer que está investigando el asesinato de Roddy, no el suicidio de Freddy.

– El inspector cree que puede existir una relación -terció Alicia Grieve asintiendo con la cabeza por la lógica de su deducción.

– ¿Qué le hace pensarlo, señora Grieve? -dijo Rebus.

– Usted dice que Freddy se interesaba por nosotros. ¿Cree que podría haber matado a Roddy?

– ¿Por qué motivo?

– No sé. Algo relacionado con el dinero tal vez.

– ¿Se conocían Roddy y Freddy?

– Se vieron alguna vez, cuando Alasdair traía a Freddy a casa, y quizá en otras ocasiones.

– Entonces, si Freddy hubiera vuelto a ver a Roddy al cabo de veinte años, ¿cree usted que su hijo le habría reconocido?

– Probablemente.

– Yo no le reconocí en las fotos -dijo Lorna.

Rebus la miró.

– Es verdad -dijo, pensando: «¿O sí lo reconoció?». ¿Por qué había devuelto directamente las fotos a Siobhan en vez de pasárselas a su madre?

– ¿El señor Hastings tenía una oficina?

Alicia Grieve asintió.

– En Cannongate, cerca del piso de Alasdair.

– ¿Recuerda la dirección?

La anciana la recitó de carrerilla, evidentemente complacida de su buena memoria.

– ¿Y su domicilio? -preguntó Siobhan sin dejar de tomar nota.

– Era un piso en la Ciudad Nueva -dijo Lorna, pero fue también su madre quien dio la dirección exacta.

El comedor del hotel estaba tranquilo a la hora del almuerzo. El público prefería el restaurante estilo mesón de la planta baja o no sabía que existía un segundo restaurante. La decoración era minimalista oriental, y las elegantes mesas estaban muy espaciadas. Era un lugar que propiciaba la conversación discreta. Cafferty se puso en pie y estrechó la mano de Barry Hutton.

– Tío Ger, perdone que llegue tarde.

Mientras un empleado arrimaba la silla a Hutton, Cafferty se encogió de hombros.

– Hacía tanto tiempo que nadie me llamaba así, que me parece un sueño -dijo con una sonrisa.

– Yo siempre le he llamado así.

Cafferty asintió con la cabeza y miró al elegante joven.

– Barry, quién iba a decir lo bien que te va ahora.

Esta vez fue Barry Hutton quien se encogió de hombros ante el comentario. Trajeron la carta.

– ¿Van a beber algo los señores?

– Esto hay que celebrarlo con champán, ¿no? -dijo Cafferty haciendo un guiño a Hutton-, que pago yo; no hay más que hablar.

– No pensaba decir nada, pero yo beberé agua, si no le importa.

– Como quieras, Barry -dijo Cafferty sin perder la sonrisa.

Hutton se volvió hacia el camarero. -Tráigame Vittel si tiene y, si no, Evian.

El camarero hizo una reverencia y se volvió hacia Cafferty.

– ¿Y el señor mantiene lo del champán?

– ¿Acaso he dicho otra cosa?

El camarero repitió la reverencia y les dejó.

– Vittel, Evian… -dijo Cafferty conteniendo la risa y moviendo la cabeza-. Dios, si Bryce te viera. -Hutton estaba entretenido arreglándose los gemelos-. Una mañana agitada, ¿eh?

Hutton alzó la vista y Cafferty comprendió que le había sucedido algo, pero el joven negó con un gesto.

– No, sencillamente es que durante la comida no bebo alcohol.

– Pues deja que te invite a cenar.

Hutton miró a su alrededor. Sólo había dos comensales en una mesa al otro extremo del comedor aparentemente enfrascados en una conversación de negocios. Estudió las caras, pero no los conocía y volvió a mirar a su anfitrión.

– ¿Se aloja en este hotel?

Cafferty asintió con la cabeza.

– Su casa, ¿la vendió?

Cafferty volvió a asentir.

– Sacaría una buena tajada, me imagino -comentó Hutton mirándole.

– Pero el dinero no lo es todo, Barry, ¿no crees? Es algo que he aprendido.

– ¿Se refiere a la salud, la felicidad?

Cafferty juntó la palma de las manos.

– Tú eres joven todavía, pero espera que pasen unos años y comprenderás lo que digo.

Hutton hizo un gesto de asentimiento, sin saber exactamente adonde quería ir a parar Cafferty.

– No ha estado mucho tiempo dentro -comentó.

– Me redujeron la pena por buen comportamiento -dijo Cafferty recostándose en la silla para dejar que el camarero pusiera un cestillo de pan.

Un segundo camarero le preguntaba si el champán lo quería muy frío.

– Muy frío -respondió Cafferty mirando a su invitado-. Bien, Barry, ¿así que el negocio va bien, según me han dicho?

– No puedo quejarme.

– ¿Y tu tío?

– Creo que está bien.

– ¿Le ves alguna vez?

– El no pone los pies por aquí.

– Ya lo sé. Pensé que a lo mejor tú ibas por allí de vacaciones.

– Ya ni me acuerdo cuándo tuve las últimas.

– Hay que divertirse también, Barry -le aconsejó Cafferty.

Hutton le miró.

– No todo es trabajo.

– Me alegro.

Les tomaron nota de la comida y llegó la bebida. Brindaron y Hutton rehusó la oferta de «sólo un vasito» y bebió agua, sola, sin hielo ni limón.

– ¿Y usted? -preguntó al fin-. No todo el mundo puede permitirse salir de Barlinnie y alojarse en un hotel como éste.

– Digamos que el dinero no me falta -dijo Cafferty con un guiño.

– Sí, claro, mientras estuvo encerrado conservó gran parte del negocio en marcha, ¿no?

Cafferty advirtió su tono inquisitivo sobre el negocio y asintió morosamente con la cabeza.

– A mucha gente le habría defraudado que lo abandonara -dijo.

– Por supuesto -dijo Hutton abriendo un panecillo. -Ése es el motivo de vernos para comer -añadió Cafferty.

– Así que ¿es un almuerzo de negocios? -preguntó Hutton y al ver que Cafferty decía que sí se sintió algo más tranquilo.

Ya no era una simple comida en la que fuera a perder el tiempo.

25

Jerry se echó atrás al recibir la bofetada. Últimamente se estaba acostumbrando a las bofetadas. Pero ésta no era de Jayne. Era de Nic.

Notó el escozor en la mejilla y pensó que en su cutis claro iba a marcarse la huella rosada de una mano. También a Nic le escocería la mano, pero era un flaco consuelo.

Estaban en el Cosworth de Nic al que él acababa de subir. Era un lunes por la noche y como Nic le llamó él lo había aprovechado como excusa para largarse. Jayne miraba la tele cruzada de brazos y adormecida. Cenaron salchichas, judías y huevos viendo las noticias. No había patatas fritas, la nevera estaba vacía y ninguno de los dos tenía ganas de ir a comprarlas. No hacía falta nada más para armarla.

«Ve tú, pedazo de inútil…»

«Levanta tú si quieres ese culo gordo, yo no voy…»

Fue el momento en que sonó el teléfono en el lado del sofá en que se sentaba Jayne, pero ella pasó olímpicamente de cogerlo.

– ¡Adivina quién es! -fue su comentario.

El esperaba que se equivocase y que fuese la madre de ella, así se callaría cuando él le tendiera el receptor.

Pero era Nic… Nic un lunes por la noche… Normalmente no salían los lunes…, así que eso sólo podía significar una cosa.

Ahora estaban en el coche los dos y Nic no paraba de regañarle.

– Si vuelves a hacerme otra gilipollez igual…

– ¿Qué gilipollez?

– Llamarme al trabajo, burro.

Jerry pensó que iba a darle otra bofetada, pero lo que hizo Nic fue darle un puñetazo en el costado. No muy fuerte, pues ya estaba algo más calmado.

– No lo pensé.

– ¿Piensas alguna vez? -replicó Nic torciendo el gesto.

Ya había encendido el motor, metió la primera y arrancó con un chirrido de neumáticos sin poner el intermitente ni mirar por el retrovisor; un coche detrás de ellos hizo sonar la bocina tres o cuatro veces. Nic miró por el retrovisor y vio un hombre mayor solo. Le hizo un corte de mangas y profirió una sarta de insultos.

«¿Es que tú piensas alguna vez?»

Jerry rememoró los tiempos pasados buscando algo que le permitiera replicar. ¿No era él quien había hecho casi todos los robos en las tiendas? ¿No era él quien compraba la priva cuando eran menores porque siendo algo más alto parecía mayor que Nic? Nic conservaba aquella cara lisa sin barba, como de crío y llevaba siempre su pelo moreno bien cortado y peinado. Era en Nic en quien se fijaban las chicas y él, Jerry, quedaba rezagado a la espera de que alguna se dignara dirigirle la palabra.

Nic había ido a la universidad y le contaba historias de orgías; ya desde entonces él le había notado algo: «No quería, pero yo le pegué una bofetada para obligarla a hacerlo… la sujeté por las muñecas mientras me la follaba».

Era como si el mundo mereciera su violencia y tuviera que aceptarla por el hecho de que en otros aspectos era estupendo, perfecto. La noche en que Nic conoció a Catriona…, aquella noche también le había dado una bofetada a él. Estuvieron en un par de bares: el Madogs, moderno pero muy caro, donde decían que iba la princesa Margarita, y el Shakespeare, cerca del Usher Hall, y allí fue donde conocieron a Cat y a sus amigas, que habían salido para ir al Lyceum a ver una obra de teatro sobre caballos. Nic conocía a una de las chicas y él mismo se presentó, mientras él, Jerry, permanecía a su lado sin decir ni mu. Nic no dejó de hablar con la tal Cat, un diminutivo de Catriona. No estaba mal pero no era la mejor del grupo.

– ¿Estudias en Napier? -le preguntaron a Jerry.

– Qué va -respondió él-. Trabajo en electrónica.

Siempre soltaba aquel rollo para que le tomaran por diseñador de juegos o pensaran que tenía su propio negocio de software; pero no salió bien porque le preguntaron cosas a las que no supo responder, y él optó por echarse a reír admitiendo que llevaba una pala excavadora. La respuesta provocó sonrisas pero la conversación se enfrió.

Cuando el grupo se fue al teatro Nic le dio un codazo.

– De maravilla, colega -dijo-. Cat y yo nos vemos después para tomar una copa.

– ¿Te gusta?

– Está bien. ¿A que sí? -añadió mirándole con recelo.

– Oh, sí. Es singular.

– Y es familia de Bryce Callan -agregó dándole otro codazo-. Es una Callan.

– ¿Y qué?

– ¿No has oído hablar de él? -le dijo Nic abriendo mucho los ojos-. Hay que joderse, Bryce Callan es el amo aquí.

El echó una ojeada al pub.

– ¿El dueño de esto?

– Sí, tío… ¡Es el amo de Edimburgo!

El asintió con la cabeza, a pesar de que no acababa de entenderlo.

Después, cuando fueron a otros dos bares, le preguntó si podía ir con él y Catriona.

– No seas lila.

– ¿Y qué hago yo?

Caminaban por la acera y Nic se paró en seco y le miró furioso.

– Pues para empezar: a ver si creces. Ya no es como antes y no somos niños.

– Ya lo sé. Yo ya curro y voy a casarme.

Nic le dio una bofetada. No fue muy fuerte, pero Jerry se quedó tenso de la impresión.

– Ya es hora de hacerse mayor, colega. Tú trabajarás pero a cualquier sitio que te llevo te quedas como un pasmarote -dijo sujetándole la cara-. Observa, Jerry, mira cómo hago las cosas. A ver si creces de una vez.

«Crecer.»

Jerry se preguntaba si era a eso a lo que conducía crecer: estar los dos en el Cosworth y de caza un lunes por la noche. Los lunes había clubes de solteros para gente ligeramente mayor. Pero a Nic le tenía sin cuidado la edad que tuviera una mujer: lo que él quería era una. Miró de reojo a su amigo. Era guapo… ¿por qué necesitaba hacer aquello? ¿Qué problema tenía?

Pero sabía la respuesta. El problema era Cat. El problema de Cat reaparecía constantemente.

– Así que, ¿adónde vamos? -preguntó.

– Tengo la furgoneta aparcada en Lochrin Place -respondió Nic sin alterarse.

Jerry volvió a sentir de nuevo aquel nudo en el estómago, como si respirase bilis. Pero el caso era que… una vez que comenzaban, a aquello se le unía un sentimiento completamente diferente, y se excitaba igual que Nic. Eran un par de cazadores.

– Tómatelo como un juego -dijo Nic la primera vez.

Como un juego.

El corazón le latía cada vez con más fuerza y le hormigueaba la ingle. Con los guantes y el pasamontañas, sentado en la furgona Bedford, era otro. Dejaba de ser Jerry Listear para convertirse en un personaje de comic o de película, un tipo fuerte y aterrador. Alguien que inspiraba temor. Y la sensación anulaba casi por completo aquel nudo seco. Casi.

La camioneta era de un conocido de Nic. Nic le decía al tipo que la necesitaba de vez en cuando para trabajar ayudando a un amigo que vendía cosas de segunda mano y él se contentaba con cobrarle veinte libras sin preguntar nada más. Nic tenía unas placas de matrícula que había conseguido en un desguace y las montaba con alambre sobre las auténticas. Era un vehículo viejo, blancuzco, que no llamaba mucho la atención en las calles poco iluminadas cuando hacía frío y la gente volvía con prisas a casa, quizá algo cansada.

Las que estaban algo desmejoradas eran las que Nic quería. Aparcaban cerca de una discoteca, pagaban y entraban. El local estaba lleno de parejas de tíos dando vueltas a la pista y ellos pasaban inadvertidos como dos más. Nic examinaba las mesas ocupadas por grupos. Sabía distinguir cuáles eran los de clubes de solteros. En cierta ocasión hasta osó sacar a bailar a una y él le comentó que era correr un riesgo.

«¿Qué es la vida sin riesgo?»

Aquella noche dieron previamente unas vueltas con la furgoneta. Nic sabía que la disco no estaba en su apogeo hasta después de las diez. Aún no habría llegado la clientela de los pubs que cierran, pero entre los grupos de solteros sí que habría animación. Casi todos trabajaban por la mañana y no se quedaban hasta muy tarde; a las once más o menos empezaban a marcharse, y ya por entonces Nic habría localizado a una o dos. El siempre tenía una de reserva por si acaso. Había noches en que no funcionaba porque las mujeres se iban en grupo o acompañadas y no quedaba ninguna sola.

Otras noches funcionaba a la perfección.

Jerry estaba al borde de la pista con la cerveza en la mano. Comenzaba ya a notar la emoción del momento, aquella oleada oscura de excitación. Pero tampoco podía evitar sentirse algo nervioso, ante la posibilidad de que le viera algún amigo suyo o de Jayne y se acercase a decirle: «Jayne sabe que has venido aquí, ¿verdad?». Qué iba a saberlo. Ya ni siquiera le preguntaba. Volvería a casa a la una o las dos y ella estaría durmiendo, y, aunque se despertase al llegar él, apenas diría nada.

«¿Otra vez borracho?», o algo por el estilo.

Él iría al cuarto de estar y se sentaría con el mando a distancia en la mano mirando la tele apagada. A oscuras, sin que le viera nadie, sin que nadie pudiera señalarle con un dedo acusador.

«Ése era, ése era.»

Mentira. Era Nic. Siempre era Nic.

Siguió junto a la pista con la cerveza en la mano ligeramente temblorosa, diciendo para sus adentros: «¡Que no haya suerte esta noche!».

En ese momento Nic se acercó a él con un brillo extraño en los ojos.

– No puedo creérmelo, Jer. ¡No puedo creérmelo!

– Tranquilo, tío. ¿Qué pasa?

– ¡Está aquí! -exclamó Nic pasándose las manos por el pelo.

– ¿Quién? -preguntó él mirando a su alrededor por si alguien escuchaba.

Pero la música superaba la barrera del sonido. Parecía Orbital. El estaba al tanto de los grupos más recientes.

– No me ha visto -dijo Nic moviendo la cabeza con expresión reflexiva-. Podemos hacerlo. Podemos.

– ¡Ay, Dios! ¿No será Cat?

– No seas burro. ¡Es esa guarra de Yvonne!

– ¿Yvonne?

– La que acompañaba a Cat aquella noche. La que la arrastró a ligar.

– No, no, tío, ni hablar -dijo Jerry negando con la cabeza.

– ¡Si es perfecto…!

– Nada de perfecto, Nic. Es suicida.

– Será la última, Jerry. Piénsalo -replicó Nic consultando el reloj-. Nos quedamos un rato más y comprobamos si liga con alguien -añadió dándole una palmada en el hombro-. Ya verás, Jerry, será una salvajada.

«Eso es lo que me temo», tuvo ganas de decir Jerry.

Cat y su amiga Yvonne, la divorciada. Yvonne se había afiliado a un club de solteros y una noche convenció a Cat para que la acompañara. No recordaba muy bien cómo había sido, pero el caso es que Cat accedió, muy posiblemente porque su matrimonio era inestable, aunque Nic no había comentado nada. Lo único que él decía eran cosas como: «Me engañó, Jer», «Y yo sin darme cuenta». Fueron las dos a una discoteca, no a aquélla, sino a una de los jueves de clientela similar, y uno de los del club de solteros sacó a Cat a bailar dos veces. Y ya está: se fue con él.

Ahora se le presentaba a Nic la ocasión de vengarse; no de Cat. A Cat ni soñar con tocarla. ¡Dios!, su tío era Bryce Callan y su primo Barry Hutton. Se vengaría en su amiga Yvonne.

Cuando Nic se acercó de nuevo y le dio un codazo, Jerry comprendió que el grupo de solteros se disponía a marcharse. Apuró su cerveza y siguió a Nic afuera. La furgoneta estaba a unos cien metros. Se trataba de que Nic fuera a pie siguiéndola y él al volante del Bedford hasta que Nic encontrara un lugar apropiado para agarrarla, momento en que él paraba junto al bordillo y abría corriendo las puertas traseras. Y a rodar rápido hasta encontrar un lugar desierto, mientras Nic en la parte de atrás sujetaba a la mujer tumbada y él conducía con cuidado de no saltarse ningún semáforo ni acelerar si veía un coche de policía. Los guantes y el pasamontañas los tenían en la guantera.

Nic abrió la furgoneta y se le quedó mirando.

– Esta noche tienes que ir tú a pie.

– ¿Qué?

– Yvonne me conoce y si oye algo y vuelve la cabeza me verá.

– Bueno, pues ponte el pasamontañas.

– ¿Eres tonto? ¿Cómo voy a seguir a una mujer por la calle con pasamontañas?

– No lo hago.

Nic apretó rabioso los dientes.

– ¡Tienes que ayudarme!

– Ni hablar, tío.

Nic hizo esfuerzos evidentes por mantener la calma.

– Escucha, de todos modos, a lo mejor no sale sola. Lo único que te pido…

– Y yo te digo que no. Es demasiado arriesgado y me da igual lo que digas -replicó Jerry alejándose de la furgoneta.

– ¿Adónde vas?

– A tomar el fresco.

– No seas así. Hostia, Jer, ¿es que no vas a crecer?

– Nunca -fue cuanto atinó a decir, luego dio la vuelta y echó a correr.

26

Rebus anduvo de una habitación a otra por el piso esperando a que se calentara la parrilla del horno. Tostadas con queso, la más solitaria de las comidas. No figura en ninguna carta de restaurante ni se invita a nadie a rebanadas con queso. Es lo que come uno cuando está solo y al hacer una incursión al armario de la cocina sólo encuentra unas rebanadas de pan y en la nevera no queda más que un poco de margarina y queso. Aquella noche de invierno había que comer caliente. Pues queso tostado.

Volvió a la cocina y puso el pan en la parrilla y comenzó a cortar lonchas del trocito de cheddar. Le vino a la cabeza una especie de verso de la revista del Festival Fringe de Edimburgo:

El queso de cheddar es nuestro queso,

nuestro queso escocés, color naranja, graso…

Volvió al cuarto de estar. En el tocadiscos sonaba uno de las primeras grabaciones de Bowie: The man who Sold the world, El hombre que vendió el mundo. La vida era un puro comercio, desde luego; transacciones diarias con amigos, enemigos y desconocidos, en las que siempre había un ganador y un perdedor, o la sensación de haber ganado o perdido algo. Quizá no se venda el mundo, pero todos venden algo, una idea de sí mismos, al menos. Cuando Bowie cantó lo de cruzarse con alguien en la escalera Rebus volvió a pensar en Derek Linford sorprendido en el descansillo de aquella casa. ¿Un mirón pervertido o simplemente un inseguro? Él también había hecho tonterías de joven. Una vez telefoneó a los padres de una chica que le había plantado para preguntar si estaba embarazada. ¡Dios, si ni siquiera habían follado! Se detuvo ante la ventana mirando al piso de enfrente, tranquilo con las cortinas corridas y las contraventanas abiertas. Vidas ajenas. Allí vivía un matrimonio con dos hijos, la parejita. Los veía desde hacía tanto tiempo que un sábado por la mañana al tropezárselos en el quiosco les saludó. Pero los niños, sin los padres a su lado, se apartaron de él con cara de espanto, sin atender a sus razones de que era el vecino de enfrente.

Nunca habléis con desconocidos. Sí, era el consejo que él mismo les habría dado. Era su vecino pero al mismo tiempo un desconocido. La gente se quedó sorprendida mirándole allí parado con la bolsa de panecillos, el periódico y la leche, mientras los dos críos se apartaban de él andando hacia atrás y él les decía: «¡Yo vivo enfrente! ¡Tenéis que haberme visto!».

No le habían visto, claro que no. Sus mentes estaban en otras cosas, inmersas en un mundo distinto al suyo. Puede que a partir de aquel momento le llamaran «el vecino raro», el hombre que vivía solo.

¿Vender el mundo? Él no podía venderse ni a sí mismo.

Así era Edimburgo. Reservada, autosuficiente, una ciudad en la que no hablas ni con el vecino. En la escalera de su casa, de seis viviendas sólo tres eran de propiedad, las otras estaban alquiladas a estudiantes, y hasta que no llegó un aviso reglamentario para el arreglo del tejado él no se enteró del nombre de sus verdaderos dueños. Dueños ausentes. Uno de ellos vivía en Hong Kong o un sitio por el estilo y, al faltar su firma, el presupuesto tuvo que hacerlo el Ayuntamiento, salió diez veces más caro que el original, y se pasó el trabajo a una empresa favorecida por el consistorio.

No hacía mucho que otro que residía en Dalry había muerto a manos de un asesino a sueldo pagado por un inquilino por haberse negado a dar conformidad a un presupuesto de reparación. Así era Edimburgo: reservada, autosuficiente y mortal si le plantabas cara.

Ahora sonaba Changes [Cambios], de Bowie. Black Sabbath tenía una canción con el mismo título, una especie de balada y Ozzy Osbourne cantaba I´m goingthrough changes [Experimento cambios]. «Igual que yo, colega» sintió ganas de decir Rebus.

En la cocina dio la vuelta a las tostadas de la parrilla y puso las lonchas de queso. Encendió el hervidor.

Cambios, igual que él con la bebida. Él, que podía citar de memoria cien pubs de Edimburgo, estaba en casa sin cerveza y con una media botella de whisky encima de la nevera. Se tomaría un vaso antes de acostarse, tal vez con agua. Luego cogería un libro y se taparía con el edredón. Tenía que leer esas historias de Edimburgo, pero había dejado los Diarios de Walter Scott. En Edimburgo había muchos pubs con nombres inspirados en las obras de Scott; seguramente más de los que él creía, a tenor de las pocas novelas que había leído de aquel autor.

Por el humo del horno se dio cuenta de que se quemaban las tostadas. Puso las dos en un plato y se lo llevó al cuarto de estar. Tenía puesta la tele sin sonido y el sillón junto a la ventana con el móvil y el mando a distancia cerca en el suelo. Algunas noches le visitaban fantasmas que se instalaban en el sofá o se sentaban en el suelo. No llegaban a ocupar todo el cuarto, pero eran más de los que a él le habría gustado. Malhechores, colegas muertos. Y ahora Cafferty volvía a entrar en su vida, como un resucitado. Masticó mirando al techo, preguntando a Dios qué había hecho para merecer aquello. Le gustaba un cierto sarcasmo, Dios, aunque fuese un sarcasmo cruel.

Queso tostado; algunos fines de semana, cuando su padre vivía y él iba a Fife a verle, el viejo estaba sentado a la mesa, comiendo siempre lo mismo, y acompañando cada bocado con un té pasado. Cuando él era niño comía con sus padres en la cocina, en la vieja mesa plegable, pero en los últimos años el padre había sacado la mesa al cuarto de estar para comer junto al calentador y la televisión; con el calor de dos resistencias a la espalda. Tenían también una estufa de gas; siempre empañaba las ventanas, que en invierno se helaban por la noche y había que rascarlas por la mañana o pasarles la manopla de la cocina cuando apagaban la calefacción.

Su padre lanzaba un gruñido, Rebus se sentaba en el sillón que había sido de su madre y decía que ya había comido; no tenía intención de acompañar al viejo en aquella mesa puesta para uno solo. Su madre siempre ponía mantel; el padre, no. Los mismos platos y cubiertos, sí, pero con una gran diferencia.

«Ahora yo ni siquiera uso mesa», pensó.

El fantasma de sus padres no le visitaba nunca. Quizá descansaran en paz a diferencia de los demás. Aquella noche no había fantasmas; sólo el resplandor de la tele, el alumbrado de la calle y los faros de los coches que pasaban. El mundo se configuraba más bien a base de luces y sombras que de colores. La sombra más tenebrosa era la de Cafferty. ¿Qué pretendería? ¿Cuándo daría el paso, el verdadero, el último paso de lo que tramaba?

Dios, necesitaba un trago. Pero no se lo iba a tomar todavía para ponerse a prueba. Siobhan tenía razón, había cometido un grave error con Lorna Grieve. Además, no pensaba que fuera exclusivamente por culpa del alcohol -había claudicado ante el embrujo del pasado, un pasado de portadas de discos y fotos de revista-; pero el alcohol había tenido parte de culpa. Siobhan le había preguntado que cuánto tardaría la bebida en afectar a su trabajo. Podría haber contestado que ya lo había hecho.

Cogió el teléfono y se planteó llamar a Sammy, pero miró el reloj inclinándolo hacia la luz de la ventana y vio que era muy tarde, más de las diez. No eran horas. Cuando se acordaba de llamarla era siempre tarde y, al final, era su hija quien lo hacía obligándole a disculparse, puesto que ella insistía en que llamase a la hora que fuese. Sí, pero de todos modos… se dijo que era muy tarde. Habría alguien en la habitación contigua y a lo mejor se despertaba, aparte de que Sammy necesitaba dormir porque el programa terapéutico era muy estricto y requería muchos análisis y ejercicios de rehabilitación. Ella le decía que «la cosa iba»; era su modo de expresar que el progreso era lento.

Progreso lento. Lo sabía. En cualquier caso, ahora ya hacía movimientos. Tuvo la sensación de que era él quien estaba en el asiento del conductor, pero con los ojos vendados, siguiendo instrucciones de alguien desde dentro de un coche. Probablemente había muchos indicadores de ceda el paso y de dirección prohibida en la carretera, pero él se las pintaba solo para pasar de todo. El problema era que en el coche no había cinturón de seguridad y su instinto le impulsaba a ir cada vez más deprisa.

Se levantó y cambió a Bowie por Tom Waits. Blue Valentine, grabado antes de entrar en decadencia. Triste, sórdido y perfecto. Waits conocía los recovecos podridos del alma, y aunque la manera de cantar era pretenciosa, la letra salía del corazón. Él le había visto en un concierto; se notaba que no era actor y sus letras sonaban algo a falso, por tratar de vender una imagen de sí mismo, un producto empaquetado para consumo público. Era algo que hacían constantemente las estrellas del pop y los políticos. Los políticos actuales carecían de opinión y de color. Eran simples ventrílocuos, maniquís, a quienes otros elegían la ropa, con los colores a juego y «con mensaje». Se preguntó si Seona Grieve sería distinta; pero lo dudaba. A los que piensan de otro modo les cuesta abrirse camino, y tenía la impresión de que Seona Grieve era demasiado ambiciosa para triunfar con esfuerzo. No se dejaría vendar los ojos; se dedicaría a trabajar con tesón en su papel de viuda. Él había bromeado con Linford a propósito de los móviles de la viuda. Móvil, medios y oportunidad: la trilogía del crimen. Su auténtico problema era ése: los medios, porque no veía en Seona Grieve a alguien capaz de matar a martillazos. Aunque, si no era tonta, ésta sería el arma que habría utilizado, difícilmente vinculable a su personalidad.

Linford no se apartaba de la calle principal siguiendo los indicadores del procedimiento de investigación, mientras que él había tomado un camino accidentado. ¿Y si el suicidio de Fred Hastings no tenía relación con Roddy Grieve? A lo mejor ni guardaba relación con Queensberry House. ¿No estaría persiguiendo sombras tan inconsistentes como el rastro del haz de una linterna sobre el techo? Nada más terminar la canción sonó el teléfono y se llevó un sobresalto.

– Soy Siobhan. Creo que hay alguien que me espía.

Rebus pulsó el botón del portero automático y ella abrió la puerta después de comprobar que era él. Cuando llegó a su piso ya tenía la puerta abierta.

– ¿Qué ha sucedido? -preguntó.

Pasaron al cuarto de estar y advirtió que estaba más tranquila de lo que esperaba.

En la mesita de centro había una botella de vino de la que faltaba un tercio junto a un vaso mediado. Por el olor, notó que había cenado comida india, pero no vio ningún plato ni cubiertos. Había recogido.

– He estado recibiendo llamadas…

– ¿Qué clase de llamadas?

– De esas que no dicen nada y cuelgan. Dos o tres veces al día. Si no estoy en casa, esperan a que se conecte el contestador y cuelgan. Quien sea lo hace expresamente para que quede grabado.

– ¿Y cuando estás en casa?

– Lo mismo, cuelgan sin decir nada. He llamado al 1471, pero siempre dicen que no pueden revelar el número. Luego, esta noche…

– ¿Qué?

– Pues que he tenido la impresión de que me observaban desde enfrente -dijo señalando con la cabeza hacia la ventana.

Rebus miró hacia las cortinas echadas, se acercó a la ventana, las entreabrió y miró a la casa de enfrente.

– Tú, quédate aquí -dijo.

– Podría haber ido yo a averiguar, pero…

– Vuelvo enseguida.

Siobhan permaneció quieta junto a la ventana cruzada de brazos, oyó la puerta de abajo y vio a Rebus cruzar la calle. Había llegado casi sin aliento. ¿Es que no estaba en forma o había subido a todo correr? Tal vez inquieto por ella… Ahora se preguntaba por qué le había llamado. Tenía Gayfield Square a cinco minutos de casa y cualquiera de la comisaría habría podido acercarse. O podría haber mirado ella misma. No es que le diera miedo, pero una cosa así… era inquietante… pero si la compartes con otro, la inquietud se desvanece. Vio a Rebus abrir el portal de enfrente sin dudarlo un instante y después volvió a verle pasar por el descansillo del primer piso y llegar al segundo y allí se acercó a la ventana, saludándola a través del cristal para darle a entender que no había nadie. Subió un piso más para comprobar si había alguien escondido y bajó.

Cuando entró resoplaba aún más fuerte.

– Sí, lo sé -dijo dejándose caer en el sofá-, tendría que ir a un gimnasio -añadió sacando el tabaco del bolsillo, pero recordó que ella no le dejaría fumar en su casa. Siobhan volvió de la cocina con una copa.

– Es lo menos que puedo ofrecerte -dijo sirviéndole un vino.

– Salud -dijo él dando un buen sorbo y respirando profundamente-. ¿Es tu primera botella esta noche? -añadió en broma.

– No son visiones -dijo ella arrodillándose junto a la mesita y dando vueltas con las manos al vaso.

– Cuando se vive solo… No me refiero a ti, a mí también me sucede.

– ¿El qué? ¿Que te imaginas cosas? -replicó ella-. ¿Cómo lo sabías? -añadió con un leve rubor en las mejillas.

– ¿Cómo sabía, qué? -preguntó él mirándola.

– Dime que no eras tú quien me espiaba.

Él se quedó boquiabierto sin saber qué replicar.

– He visto que abrías la puerta sin dudar -añadió ella- ni comprobar si estaba cerrada o no. Luego sabías que estaba abierta. A continuación te detuviste en el segundo piso.

¿Para recobrar aliento? -prosiguió abriendo interrogante los ojos-. Era allí desde donde me observaban, desde ese descansillo.

Rebus bajó la vista hacia la copa.

– El mirón no era yo -dijo.

– Pero tú sabes quién es -dijo ella con una pausa-. ¿Es Derek? -el silencio de Rebus fue más que elocuente. Ella se puso en pie y comenzó a pasear por el cuarto-. Cuando le eche la vista encima…

– Escucha, Siobhan…

– ¿Cómo lo sabías? -dijo ella volviéndose hacia él.

Rebus tuvo que explicárselo y cuando terminó, Siobhan cogió el teléfono y marcó el número de Linford. Cuando descolgaron al otro lado de la línea ella colgó. Ahora la que respiraba aguadamente era ella.

– ¿Puedo preguntarte una cosa? -dijo Rebus.

– ¿Qué?

– ¿Has marcado el prefijo 141? -ella le miró sorprendida-. Es imprescindible si no quieres que aparezca tu número cuando llamas.

Aún se estremecía cuando sonó el teléfono.

– No contesto -dijo.

– Puede que no sea Derek.

– Que se grabe en el contestador.

Al cabo de siete timbrazos el contestador hizo clic y se oyó la grabación de su propia voz y luego otro clic al colgar el que llamaba.

– ¡Hijo de puta! -espetó ella.

Descolgó, marcó el 141, escuchó y colgó de golpe.

– ¿Número restringido? -dijo Rebus.

– ¿Qué juego se trae, John?

– Siobhan, le has dado calabazas y la gente en esas circunstancias hace cosas raras.

– Parece que estés de su lado.

– Ni mucho menos. Sólo intento dar una explicación.

– Porque alguien te dé calabazas ¿hay que dedicarse a acosarle? -dijo. Cogió el vaso de vino y dio dos sorbos mientras caminaba por el cuarto; advirtió que las cortinas estaban descorridas y fue rápidamente a echarlas.

– Anda, siéntate -dijo Rebus-. Mañana hablaremos con él.

Finalmente Siobhan dejó de pasear arriba y abajo y se sentó en el sofá a su lado. Rebus hizo ademán de servirle más vino pero ella rehusó.

– Es una lástima desperdiciarlo -comentó él.

– Bébetelo tú.

– No -Siobhan le miró y le sonrió-. Me he pasado casi toda la tarde reprimiéndome para no salir a tomar una copa -añadió él.

– ¿Por qué?

Él se encogió de hombros y ella cogió la botella.

– Pues evitemos el peligro.

Cuando la alcanzó ella estaba tirando el vino por el fregadero.

– Qué drástica -dijo Rebus-. Podrías haberlo guardado en la nevera.

– El vino tinto no se guarda en la nevera.

– Bueno, ya sabes lo que quiero decir -añadió él mirando los platos fregados en el escurridero y el orden de aquella cocina impoluta de azulejos blancos-. Tú y yo somos como el día y la noche.

– ¿Por qué lo dices?

– Yo sólo friego cuando me faltan vasos.

– Yo siempre quise ser una dejada -dijo ella sonriendo.

– ¿Entonces…?

Ella se encogió de hombros y miró a su alrededor.

– Será por la educación que recibí o vete a saber. Me imagino que habrá quien me califique de neurótica de la limpieza.

– A mí me llaman simplemente palurdo -dijo Rebus. Vio que enjuagaba la botella y la ponía en una caja color naranja con otros tarros de cristal junto al cubo de la basura.

– ¿No me digas que reciclas?

Ella asintió con la cabeza y sonrió. A continuación volvió a ponerse seria.

– Por Dios, John, si sólo he salido tres veces con él.

– A veces es suficiente.

– ¿Sabes dónde le conocí?

– No quisiste decírmelo, ¿recuerdas?

– Pero ahora te lo digo: en un club de solteros.

– ¿La noche que acompañaste a la víctima de violación?

– Pertenece a ese club de solteros pero ellos no saben que es policía.

– Bueno, eso demuestra que tiene problemas en su relación con las mujeres.

– Trata a mujeres todos los días, John -replicó ella haciendo una pausa-No sé, a lo mejor es indicio de alguna otra cosa.

– ¿De qué?

– No sabría decirte. Puede ser una faceta oculta de su personalidad -dijo ella recostándose en el fregadero y cruzando los brazos-. ¿Recuerdas lo que tú dijiste?

– Digo tantas cosas memorables…

– Eso de los chicos despechados que a veces hacen cosas…

– ¿Piensas que a Linford le han despreciado muchas veces?

– Quizá -respondió ella reflexiva-. Aunque estaba pensando más bien en el violador, en el hecho de que al parecer elige en concreto esas noches para solteros.

Rebus reflexionó al respecto.

– ¿Porque hubo alguna que le rechazó?

– O porque su mujer o su novia fueron a uno…

– ¿Y ligaron? -dijo Rebus asintiendo con la cabeza.

– Bueno, desde luego yo ya no me encargo de ese caso… -añadió Siobhan haciendo también un gesto afirmativo.

– Sí, Siobhan, pero quien lo lleve ahora habrá indagado en los clubes de solteros.

– Sí, pero no habrá interrogado a las mujeres con compañeros celosos.

– Muy acertado. Otra tarea para mañana.

– Sí -dijo ella cogiendo el hervidor-, en cuanto tenga cuatro palabritas con nuestro querido Derek.

– ¿Y si lo niega?

– Tengo testigos, John -replicó ella mirándole por encima del hombro-. Estás tú.

– No, estoy yo más las sospechas por tu parte, que no es lo mismo.

– ¿Qué quieres decir?

– Es sabido que Linford y yo no nos llevamos nada bien. Y ahora si voy yo y digo que le he visto espiándote… No sabes cómo son en Fettes, Siobhan.

– ¿Barren para casa?

– Puede que sí, puede que no, pero desde luego se lo pensarán más de dos veces antes de creerse lo que diga Rebus sobre un futuro jefe de policía.

– ¿Por eso no me lo dijiste?

– Quizá.

– ¿Cómo tomas el café? -preguntó ella dándole otra vez la espalda.

– Solo.

El apartamento de Derek Linford tenía vistas al valle Dean y a la costa de Leith. Lo consiguió con una hipoteca en muy buenas condiciones valiéndose de su posición en Fettes, pero, en cualquier caso, los pagos eran importantes y, además, tenía que pagar el BMW. Tenía mucho que perder.

Nada más llegar, sudoroso, se quitó la chaqueta y la camisa. Lo había visto por la ventana y llamado por teléfono. El había echado a correr, conduciendo como loco, subió los escalones de su piso de dos en dos… y su teléfono estaba sonando. Se abalanzó a cogerlo, pensando que sería Siobhan. «¡Habrá notado que la observaban y habrá decidido llamarme para que la ayude!» Pero la línea se cortó y al comprobar quién llamaba vio que era el número de ella. La llamó inmediatamente pero no contestaba.

Estaba junto a la ventana temblando, ajeno al paisaje que se divisaba… «¡Sabe que soy yo!» No podía pensar otra cosa. No le había llamado para pedir ayuda; habría llamado a Rebus. Claro, y Rebus se lo había contado. Naturalmente.

– Lo sabe -dijo en voz alta-Lo sabe, lo sabe, lo sabe.

Cruzó el cuarto de estar y volvió sobre sus pasos dándose puñetazos en la palma de la mano.

Tenía mucho que perder.

– No -dijo otra vez negando con la cabeza y procurando serenarse. No pensaba perder lo que tenía. Por nada ni por nadie. Era todo cuanto había logrado al cabo de tantos años de trabajo, largas noches, fines de semana, cursillos y estudios.

– No -repitió-, nadie me lo va a quitar. No sin luchar a brazo partido.

Llamaron a Cafferty a la habitación diciendo que había un problema en el bar. Se vistió, bajó y se encontró a Rab en el suelo, sujeto por dos camareros y un par de clientes. A su lado, otro hombre con las piernas abiertas y la nariz rota, se sujetaba una oreja con la mano manchada de sangre y pedía a gritos que llamaran a la policía. Junto a él estaba su novia en cuclillas.

– Lo que necesita es una ambulancia -dijo Cafferty mirándole.

– ¡Ese cabrón me ha mordido la oreja! Cafferty se agachó frente a él, le mostró dos billetes de cincuenta libras y se las metió en un bolsillo. -Una ambulancia -repitió.

La chica comprendió, se puso en pie y fue al teléfono.

Cafferty se acercó a Rab, se agachó delante de él y le agarró del pelo.

– Rab, ¿qué coño has hecho? -dijo.

– Ha sido en broma, Big Ger -en los labios tenía sangre de la oreja del agredido.

– A los demás no nos divierte.

– ¿Qué es la vida sin un poco de diversión?

Cafferty no le contestó.

– Mira, si te portas así no sé qué voy a hacer contigo -dijo marcando las palabras.

– ¿Tanta importancia tiene? -replicó Rab.

Cafferty volvió a guardar silencio. Dijo a los hombres que le soltaran, y ellos obedecieron con recelo, pero Rab parecía incapaz de levantarse.

– Podrían ayudarle -dijo Cafferty con un fajo de billetes en la mano del que cogió unos cuantos para repartirlos-. Por la ayuda, y que esto no trascienda -no había destrozos en el bar, pero insistió en que lo aceptaran-. A veces hay cosas rotas que no se ven de entrada -le dijo al camarero al tiempo que invitaba a una ronda y le daba un pescozón a Rab.

– Ya es hora de irse a la cama, hijo -en la barra estaba la llave de la habitación de Rab y el personal del bar sabía que éste se alojaba en el hotel con Big Ger-. La próxima vez que quieras gresca búscala en otra parte,;eh?

– Lo siento, Big Ger.

– Está bien, hay que ayudarse mutuamente, ¿verdad que sí, Rab? A veces es mejor utilizar el cerebro que la fuerza.

– De acuerdo, Big Ger. De verdad que lo siento.

– Bien, anda, vete. En el ascensor hay espejo; no se te ocurra darle un puñetazo…

Rab esbozó una sonrisa. Pasado el jaleo, era evidente que no podía tenerse de sueño. Cafferty le vio salir pesadamente del bar. Le apetecía un trago, pero no allí con aquella gente. Los dejaría a solas para que se desahogaran contándose y repitiéndose lo que había sucedido. Tenía en su habitación un minibar y bebería allí. Pidió disculpas haciendo un gesto con los brazos abiertos y siguió a Rab hacia el ascensor. Subieron los tres pisos en el estrecho confinamiento que recordaba el calabozo. Rab cerraba los ojos apoyado en el espejo mientras Cafferty le miraba impasible.

«¿Tanta importancia tiene?», había dicho Rab. Era precisamente lo que Cafferty se planteaba mientras subían.

27

Cuando Rebus llegó a Saint Leonard por la mañana dos agentes de uniforme comentaban la película que habían dado la noche antes por la tele.

– Cuando Harry encontró a Sally, señor, la habrá visto.

– Anoche no vi la tele. Hay gente que tiene mejores cosas que hacer.

– Hablábamos del argumento, de si los hombres pueden hacer amistad con las mujeres sin pensar en llevárselas a la cama.

– Yo creo -dijo el otro agente- que cuando un tío echa el ojo a una mujer en lo primero que piensa es en cómo será en la piltra.

Rebus oyó fuertes voces en el departamento del Investigación Criminal.

– Con perdón, caballeros, hay algo más urgente…

– Es una pelea amorosa -comentó uno de los agentes.

– Más equivocado no puedes estar, colega -replicó Rebus volviéndose hacia él.

Siobhan tenía acorralado a Derek Linford en un rincón de la sala, para gran fruición del público: el inspector Bill Pryde y los sargentos Roy Frazer y George Hi-Ho Silvers que, sentados en sus respectivas mesas, disfrutaban del espectáculo, y a quienes Rebus fulminó con la mirada al entrar. Siobhan había agarrado a Linford por el cuello y estaba de puntillas con la cara pegada a la de él, que sostenía en una mano unos papeles arrugados y levantaba la otra pidiendo tregua.

– Y si se te ocurre siquiera pensar en mi número de teléfono, vas a ver. ¡Te voy a arrancar los huevos! -gritó Siobhan.

Rebus le cogió las manos por detrás para que le soltara, pero ella se revolvió furiosa y roja de cólera mientras Linford tosía medio asfixiado.

– ¿Esto es lo que tú llamas decirle cuatro palabras? -dijo Rebus.

– Ya sabía yo que tú tenías algo que ver -dijo Linford.

– ¡Es un asunto entre tú y yo, gilipollas, y nadie más! -exclamó Siobhan encarándose con él de nuevo.

– Te crees irresistible, ¿verdad? -dijo Linford.

– Cállate, Linford, no empeores más las cosas -replicó Rebus.

– Yo no he hecho nada.

– ¡Serpiente rastrera! -le espetó Siobhan tratando de zafarse de Rebus.

Oyeron a sus espaldas una voz potente y autoritaria:

– ¿Qué demonios sucede aquí?

Se volvieron los tres hacia la puerta y vieron al comisario Watson acompañado del ayudante del jefe de la policía, Colin Carswell.

Rebus fue el último en ser «invitado» a dar a Watson su versión de la historia. Estaban los dos a solas en el despacho y Watson, apodado el Granjero por su rostro rubicundo y sus orígenes rurales, permanecía en su asiento con las manos juntas y un lápiz afilado entre ellas.

– ¿Se supone que tengo que someterme al habitual harakiri? -preguntó Rebus señalando el lapicero.

– Se supone que tiene que decirme qué es lo que sucedía ahí fuera. Por un día que viene de visita…

– A ponerse de parte de Linford, naturalmente…

Watson le miró serio.

– No empecemos. Bueno, deme su versión.

– ¿Para qué? Ya sé lo que le habrán contado los otros dos.

– ¿El qué? A ver, diga.

– Siobhan le habrá dicho la verdad, y Linford le habrá largado una sarta de mentiras para justificarse -respondió Rebus encogiéndose de hombros ante la expresión aún más severa de Watson.

– Vamos, démela -dijo.

– Siobhan salió un par de veces con Linford -comenzó a decir Rebus con voz monótona- en plan de amigos, y ella le dio calabazas. Una noche yo fui a su piso para hablar de mi caso y cuando al salir me quedé un rato sentado en el coche, vi a un tipo que salía de un edificio de enfrente, daba la vuelta a la esquina, se ponía a mear y regresaba al edificio. Fui a averiguar el asunto y resultó que era Linford que la espiaba desde el descansillo del segundo piso de aquella casa. Después, anoche, ella me llamó para decirme que tenía la impresión de que la espiaban. Y yo le conté lo de Linford.

– ¿Por qué no se lo dijo antes?

– Porque no quería inquietarla. Además, pensé que mi inesperada irrupción le habría disuadido, pero es evidente -añadió Rebus encogiéndose de hombros- que no impongo tanto como yo creía.

Watson se recostó en el sillón.

– ¿Y qué cree que dice Linford?

– Me apuesto algo a que habrá alegado que todo es una mentira urdida por el inspector Rebus, que Siobhan está en un error, que yo me inventé la historia y que ella se la creyó.

– ¿Y con qué objeto habría hecho tal cosa?

– Para marginarle y trabajar yo en el caso a mi manera.

Watson miró el lápiz que tenía en las manos.

– Pues no es lo que dice él.

– ¿Qué es lo que dice?

– Que usted quiere a Siobhan en exclusiva.

Rebus hizo un gesto de desprecio.

– Eso es una fantasía de él, no mía.

– ¿No?

– En absoluto.

– Mire, esto no puedo dejarlo así, ¿sabe? Y menos habiendo sido Carswell testigo.

– Sí, señor.

– ¿Qué cree que debo hacer?

– Yo en su lugar, señor, enviaría a Linford a Fettes a que siga en su puesto de niño bonito y de burócrata, apartado del auténtico ajetreo del oficio policial.

– No es lo que desea el señor Linford.

Rebus no pudo contenerse.

– ¿Qué es lo que quiere, quedarse aquí? -Watson asintió con la cabeza-. ¿Por qué?

– El dice que no les guarda rencor, que es todo consecuencia del «acaloramiento» propio del caso.

– No lo entiendo.

– Yo tampoco, sinceramente -dijo Watson levantándose y yendo a la máquina de café; cogió deliberadamente un solo vaso y Rebus intentó no demostrar su alivio-. Yo en su caso habría aprovechado para librarme de ustedes. Pero el inspector Linford -añadió con una pausa mientras se sentaba- obtiene lo que desea.

– La cosa va a ponerse fea.

– ¿Por qué?

– ¿No ha visto usted últimamente el DIC? Estamos como sardinas en lata, y si ya es difícil tenerles a Siobhan y a él separados en circunstancias normales, ahora que los casos que investigamos tal vez estén relacionados…

– Eso me ha dicho la sargento Clarke.

– A mí me comentó que pensaba usted cerrar la investigación del mendigo millonario.

– No era realmente una investigación. Me impulsaba la curiosidad normal por esas cuatrocientas mil libras. Para serle franco, no creo que saque nada en limpio.

– Es una buena policía, señor.

Watson asintió con la cabeza.

– A pesar de la discriminación positiva -dijo.

– Escuche -replicó Rebus- yo sé lo que sucede. Usted está a punto de jubilarse y prefiere que sea otro el que se haga cargo del marrón.

– Rebus, no piense que…

– Linford es subordinado de Carswell y usted no piensa tomar cartas en el asunto. Pero quedamos los demás.

– Cuidado con lo que dice.

– No he dicho nada que usted no sepa.

Watson se puso en pie y apoyó los nudillos en la mesa inclinándose hacia Rebus.

– ¿Y qué me dice de usted… que crea un grupo policial a su antojo, con reuniones en el bar Oxford y dándose aires de que es usted quien manda en esta comisaría?

– Intento resolver un caso.

– ¿Y de paso acostarse con Clarke?

Rebus se puso en pie de un salto. Sus caras quedaron a pocos centímetros una de otra y se miraron en silencio como si a la menor palabra fuera a saltar la chispa. El teléfono de Watson comenzó a sonar, descolgó y se llevó el receptor al oído.

– Diga -contestó.

Rebus estaba tan cerca que oyó a Gill Templer decir:

– Conferencia de prensa, señor. ¿Quiere ver mis apuntes?

– Tráigamelos, Gill.

Rebus se apartó de la mesa. Oyó a Watson a su espalda:

– ¿Eso era todo, inspector?

– Creo que sí, señor -respondió él dominándose para no cerrar de un portazo.

Fue directamente a hablar con Linford, pero no estaba en su mesa. Le dijeron que Siobhan había ido a los lavabos acompañada de una agente de uniforme para ayudarla a calmarse. ¿Estaría en la cantina? No. El del mostrador de recepción le dijo que acaba de salir de la comisaría hacía cinco minutos. Rebus consultó el reloj, no era aún hora de abrir al público. El BMW de Linford tampoco estaba en el aparcamiento. Se detuvo en la acera, sacó el móvil y le llamó.

– Diga.

– ¿Dónde demonios estás?

– Aquí, en el coche, en el aparcamiento de las cocheras de trenes.

Rebus se volvió y miró al fondo del callejón de Saint Leonard, donde estaba la cochera.

– ¿Qué haces ahí?

– Estoy pensando.

– A ver si te sale humo -dijo Rebus echando a andar por el callejón.

– Vaya, gracias por llamarme al móvil para insultarme.

– De nada, a mandar -dijo entrando en el aparcamiento.

Allí estaba el BMW, aparcado en un sitio reservado a minusválidos cerca de la entrada. Rebus desconectó el móvil, abrió la puerta del pasajero y subió.

– Qué inesperado placer -dijo Linford guardando el móvil y apoyando las manos en el volante sin quitar la vista del parabrisas.

– Me gustan las sorpresas -dijo Rebus-, como, por ejemplo, que el jefe me diga que estoy acosando a la sargento Clarke.

– ¿Y no es cierto?

– Sabes de sobra que no.

– Parece que rondas mucho por su piso.

– Sí, claro, tú como acechas por la ventana del descansillo…

– Bueno, escucha, cuando me plantó me puse algo… No suele sucederme.

– ¿Que te den la patada? Me cuesta creerlo.

– Piensa lo que quieras -replicó Linford con una sonrisa desmayada.

– Le has mentido a Watson.

Linford se volvió hacia él.

– Tú en mi lugar habrías hecho igual. ¡Me jugaba nada menos que mi carrera!

– Haberlo pensado antes.

– Ahora es fácil decirlo -replicó Linford pausadamente mordiéndose el labio inferior-. ¿Qué te parece si le pido disculpas a Siobhan? Digo que me pasé un poco… y que no volverá a suceder…, etcétera.

– Será mejor que lo hagas por escrito.

– ¿Por si no sé expresarlo bien?

Rebus negó con la cabeza.

– No, porque cuesta disculparse cuando te agarran el cuello con una mano y los huevos con la otra.

– Hostia, tío, creí que me estallaba una vena.

Rebus mantuvo la cara de palo.

– Podías haberte defendido.

– Sí, hombre, qué bien, con otros tres tíos mirando. Rebus se volvió hacia él.

– Tú eres muy precavido, ¿verdad? Calculas cada paso que das.

– Observar a Siobhan no fue algo calculado.

– No, supongo que no.

Pero a pesar de su afirmación, Rebus no estaba totalmente convencido.

Linford se volvió hacia el asiento de atrás y cogió unos papeles: el rebujo que tenía en la mano durante la escena en la comisaría.

– ¿Podemos hablar un minuto de trabajo?

– Tal vez.

– Sé que has estado dándome esquinazo, dirigiendo tú las cosas y dejándome al margen. Bien, es cosa tuya. Pero en los interrogatorios que yo he hecho puede haber una pepita de oro… -dijo entregando a Rebus el montón de páginas de notas minuciosas.

Había estado en Holyrood Tavern, Jennie Ha's… y no sólo los pubs, casas y tiendas de los alrededores de Queensberry House, había preguntado hasta en el palacio de Holyrood.

– Has trabajado mucho -admitió Rebus con un gruñido.

– He hecho el puerta a puerta; un recurso muy manido pero que a veces da resultado.

– Bien, ¿y esa pepita de oro? ¿O voy a tener que leerme todo este tocho y quedar impresionado por la cantidad de piedras y pedruscos del camino?

– La he reservado para el final -dijo Linford sonriente.

Se refería a las últimas páginas, que estaban grapadas. Eran dos interrogatorios a la misma persona, realizados el mismo día; uno en charla informal en la Holyrood Tavern y el otro en Saint Leonard en presencia de Hi-Ho Silvers.

El interrogado se llamaba Bob Cowan, con domicilio en Royal Park Terrace y era catedrático de historia social y económica en la universidad. Una vez a la semana se reunía con un amigo que vivía en Grassmarket en la Holyrood Tavern que estaba a mitad de camino del domicilio de ambos. A Cowan le agradaba al volver a casa atravesar el parque de Holyrood y pasar por el estanque de Saint Margaret, con su colonia de cisnes.

«Aquella noche -la noche en que Roddy Grieve encontró la muerte- había casi luna llena y salí de la Holyrood Tavern hacia las doce menos cuarto. La mayoría de las veces no encuentro a nadie durante el paseo. En aquella zona sólo hay algunas mansiones; supongo que habrá gente a quien le inquiete caminar por el lugar. Me refiero a que se cuentan toda clase de historias. Pero yo, en los tres años que hace que doy ese paseo, nunca he tenido percances. Bien, puede que lo que voy a decirle no tenga relevancia; personalmente reflexioné al respecto unos días después del asesinato y me dije que no la tenía. He visto las fotos del señor Grieve y, a mi entender, ninguno de los dos hombres que yo vi se parecían a él. Claro que puedo equivocarme, pues, aunque hacía una noche muy clara y había muchas estrellas, sólo vi bien a uno de aquellos dos hombres. Estaban frente a Queensberry House, delante de la verja de entrada. A mí me dio la impresión de que esperaban a alguien. Es lo que me llamó la atención. Quiero decir que a esa hora, ¿qué iban a hacer allí en medio de tantas obras y edificios en construcción? Es un lugar raro para una cita. Recuerdo que por el camino fui imaginando las alternativas posibles: que esperaran a un tercero que estaba orinando por allí, que aguardaran un encuentro sexual o que fueran a robar en una obra…»

Seguía una exclamación de Linford:

«Señor Cowan, habría debido usted de dar cuenta de esto en su momento.»

Vuelta a la declaración de Cowan:

«Pues tal vez, pero siempre te preocupa levantar un revuelo por algo sin importancia, y aquellos hombres no me parecieron sospechosos. Quiero decir que no iban encapuchados ni llevaban bolsas con el rótulo de atraco. Eran simplemente dos hombres que charlaban. Podrían haber sido dos amigos que acababan de encontrarse. ¿Comprende? Su atuendo era normal: vaqueros, creo, y cazadora negra, con zapatillas deportivas, me parece. El que mejor pude ver tenía pelo muy corto, castaño o moreno, y ojos hundidos con mejillas caídas como un perro basset, y observé, además, en su boca un gesto de desagrado, despreciativo, como si acabase de oír algo que le contrariaba. Era alto, más de uno ochenta, y de hombros cuadrados. ¿Cree que tiene algo que ver con el crimen? Dios mío, a lo mejor fui yo la última persona que vio al asesino…»

– ¿Tú qué crees? -dijo Linford.

Rebus hojeó los otros interrogatorios.

– Sí, ya sé que no es gran cosa -añadió Linford.

– Pues yo creo que sí -replicó Rebus, sorprendiéndole con el comentario-. Lo malo es la escasez de detalles. Alto, de hombros cuadrados… Pueden ser muchos…

Linford asintió con la cabeza; era lo que él había pensado.

– Pero si hacemos una foto robot… Cowan dice que él colaboraría.

– ¿Y después, qué?

– Se reparte por los pubs de la zona; a lo mejor es cliente de alguno. Además, según esa descripción, no me sorprendería que fuese un albañil.

– ¿Uno de los trabajadores de la obra?

– Cuando tengamos la foto robot… -dijo Linford encogiéndose de hombros.

Rebus le devolvió el montón de hojas.

– Sí, vale la pena. Enhorabuena.

Linford estaba encantado a ojos vistas, y Rebus recordó por qué empezó a odiarle la primera vez que se vieron: al menor elogio se olvidaba del resto.

– Bueno, entretanto, ¿tú sigues a tu manera? -preguntó Linford.

– Exacto.

– ¿Y yo no aparezco?

– Linford, es lo mejor que puedes hacer en este momento, créeme.

Linford asintió con la cabeza.

– ¿Que hago, entonces? -preguntó.

Rebus abrió la puerta del coche.

– No aparezcas por Saint Leonard hasta que hayas escrito la carta. Que esté en manos de Siobhan hoy mismo, pero espera hasta esta tarde, para que se haya calmado. Quizá mañana puedas arriesgarte a asomar la jeta, y no estaría mal que lo hicieras con gesto de pesar.

Linford no necesitaba oír más. Tendió la mano a Rebus pero éste cerró la puerta. No pensaba dar la mano a aquel hijo de puta. En definitiva, sólo había aportado una pepita de oro y no era para tanto. Además, aún no confiaba en él, le daba la impresión de que era capaz de vender a su propia madre a cambio de un ascenso. La cuestión era: ¿qué haría si pensaba que su empleo corría peligro?

Era una circunstancia poco agradable y un lugar inhóspito.

Siobhan acudió con Rebus, acompañados de una agente de uniforme, la misma que estaba presente la tarde en que Mackie se arrojó desde el puente, y que había hecho el comentario de: «Usted es de los de Rebus, ¿verdad?». Había un sacerdote y un par de caras que Siobhan conocía del Grassmarket y que la saludaron con una inclinación de cabeza. Esperaba que no le pidieran cigarrillos porque no llevaba. También estaba Dezzi, sollozando en un trozo de papel higiénico rosa. Había encontrado unos harapos negros: una falda estilo zíngaro y un gran chal de encaje casi hecho jirones, y como complemento, zapatos negros, uno distinto en cada pie.

No estaba Rachel Drew. Quizá no se había enterado.

No podía decirse que era un entierro concurrido. Los cuervos revoloteaban graznando como si quisieran interrumpir las palabras concisas y precipitadas del cura. Uno de los mendigos del Grassmarket daba codazos a su compañero medio adormilado, y cada vez que el oficiante pronunciaba el nombre de Freddy Hastings, Dezzi suspiraba «Chris». Al concluir la ceremonia Siobhan dio media vuelta y se alejó apretando el paso. No quería hablar con nadie; ella únicamente había ido por sentido del deber, algo que nadie iba a agradecerle.

Cuando llegó donde habían dejado los coches miró a Rebus por primera vez.

– ¿Qué te ha preguntado Watson? -dijo-. Se cree lo que cuenta Linford, ¿a que sí?

Al ver que Rebus no contestaba, subió a su coche, puso el motor en marcha y arrancó. Rebus, que siguió de pie junto al suyo, creyó ver lágrimas en sus ojos.

La excavadora amarilla sacaba sin parar escombros y más escombros. Ver las tripas del edificio confería a la escena algo de voyeurismo, aunque Rebus advirtió, muy al contrario, que había peatones que pasaban de largo evitando mirar. Era como si un patólogo acabase de dejar al descubierto las vísceras, el interior de lo que habían sido pisos habitados con puertas pintadas y repintadas, papeles de decoración cuidadosamente elegidos; donde quizá había habido parejas de recién casados pintando zócalos, manchándose ilusionados las manos. Lámparas, casquillos, interruptores… yacían ahora entre montones de cables o pendían del vacío. Habían quedado incluso al descubierto elementos menos definidos de la estructura: vigas del tejado, cañerías, heridas abiertas donde antaño habían estado las chimeneas, con el fuego crepitando en Navidad y el árbol adornado en el rincón.

También los buitres habían hecho acto de presencia y apenas quedaba alguna de las mejores puertas. Habían desaparecido las estufas, las cisternas, los lavabos, las bañeras, los depósitos de agua y los radiadores… Algunos rebuscadores de basura sacarían un buen dinero de todo ello. Pero lo que más fascinaba a Rebus eran las capas superpuestas de pintura y papel pintado. Si se arrancaba uno a rayas se dejaba al descubierto otro de peonías de color rosa suave y debajo, otro de jinetes con casaca roja. En uno de los pisos habían ampliado la cocina tapando con papel pintado la antigua y al arrancarlo habían aparecido los azulejos blancos y negros. Estaban llenando unos contenedores para cargarlos en camiones que los transportarían a vertederos de las afueras donde todas aquellas piezas de rompecabezas se depositarían en capas sucesivas a disposición de futuros arqueólogos.

Rebus encendió un cigarrillo y entornó los ojos para protegerse de unas ráfagas de polvo y suciedad.

– Creo que hemos llegado un poco tarde.

Estaba con Siobhan frente al edificio en derribo que había alojado el despacho de Freddy Hastings. Ella, ya sosegada, miraba la demolición como si hubiera desterrado a Linford de su pensamiento. De la oficina de Hastings que ocupaba la planta baja no quedaba ya nada. Una vez despejado el solar, alzarían un nuevo edificio, un «complejo de apartamentos» a tiro de piedra del nuevo Parlamento.

– En el ayuntamiento habrá alguien que sepa decirnos algo -aventuró Siobhan y Rebus asintió con la cabeza-. No pareces muy convencido -añadió ella, que lo sugería pensando en que quizá alguien podría indicarles dónde habían ido a parar las pertenencias y los muebles de Hastings.

– Es mi carácter -dijo Rebus aspirando el humo, y con él, una mezcla de polvillo de escayola y de las vidas de otras personas.

Fueron a las dependencias municipales de High Street, donde un funcionario les facilitó finalmente el nombre de un abogado afincado en Stockbridge. Por el camino se detuvieron en el antiguo domicilio de Hastings, pero los nuevos propietarios no sabían nada de él. Ellos habían comprado el piso a un anticuario que creían recordar se lo había comprado a un futbolista. El año de 1979 era agua pasada y los pisos de la Ciudad Nueva cambiaban de dueño cada tres o cuatro años. Los compradores eran jóvenes profesionales con ánimo de especular, pero que cuando tenían niños, veían que la falta de ascensor era un problema o bien echaban de menos un jardincillo, y los vendían para mudarse a una vivienda mayor.

El abogado también era joven y no sabía nada de Frederick Hastings, pero llamó por teléfono a un socio suyo mayor que estaba en una reunión fuera del despacho y acordaron una cita con él. Rebus y Siobhan sopesaron volver o no a la comisaría y ella sugirió dar un paseo por Dean Valley, pero Rebus, al recordar que era la zona en que vivía Linford, dio la excusa de no sentirse con fuerzas para semejante ejercicio.

– Supongo que querrás ir a un pub -dijo ella. -Hay uno estupendo en la esquina de Saint Stephen Street.

Al final fueron a un café en Reaburn Place. Siobhan pidió un té y Rebus un descafeinado. Una camarera les recordó amablemente que en aquel establecimiento no se podía fumar y Rebus se guardó la cajetilla con un suspiro.

– Antes la vida no era tan complicada -comentó.

Ella asintió con la cabeza.

– Antes se vivía en cuevas y tenías que matar para comer…

– Y las niñas buenas iban a escuelas para señoritas, mientras que ahora son todas licenciadas en sarcasmo.

– Dijo la sartén al cazo -replicó ella.

Llegaron las consumiciones y Siobhan comprobó si tenía mensajes en el móvil.

– Bueno -dijo Rebus-, haré yo la pregunta.

– ¿Qué pregunta?

– ¿Qué piensas hacer a propósito de Linford?

– ¿De quién?

– Haces bien -replicó Rebus dando un sorbo de café.

Siobhan se sirvió y alzó la taza con las dos manos.

– ¿Hablaste con él? -preguntó y Rebus asintió despacio-. Eso pensé, porque te vieron salir tras él.

– Dijo una mentira de mí a Watson.

– Lo sé. El jefe lo mencionó.

– ¿Tú qué le dijiste?

– La verdad -contestó ella.

Siguieron un rato en silencio dando sorbos a sus respectivas tazas y dejándolas en el platillo como si sus movimientos estuvieran sincronizados. Rebus volvió a hacer un gesto afirmativo con la cabeza aunque no sabía realmente por qué y fue Siobhan la que rompió el silencio.

– Bueno, ¿y qué le dijiste tú a Linford?

– Va a enviarte sus disculpas por escrito.

– ¡Qué generosidad la suya! -hizo una pausa-. ¿Tú crees que lo hará?

– Yo creo que está arrepentido de lo que hizo.

– Únicamente porque puede afectar a su triunfal carrera.

– Puede que tengas razón. De todos modos…

– ¿Crees que debo olvidarlo?

– No es eso, pero Linford sigue sus propias pistas y con un poco de suerte eso le tendrá apartado de ti. Creo que le has metido miedo -añadió mirándola.

– Debería tenerlo -replicó ella sardónica alzando otra vez la taza-. Pero me parece estupendo que procure evitarme; yo también lo haré.

– Me parece muy bien.

– Crees que esta pista no va a ninguna parte, ¿verdad?

– ¿La de Hastings? -ella asintió con un gesto-. No lo sé, en Edimburgo nunca se sabe -dijo Rebus.

Blair Martine les esperaba cuando volvieron al despacho del abogado. Era un hombre mayor rechoncho, con traje de raya diplomática y reloj de bolsillo con cadena de plata.

– Siempre me intrigó si el fantasma de Freddy Hastings vendría a rondarme -dijo.

Tenía en la mesa un montón de carpetas de papel manila y unos sobres atados con cordel. Al rozar con los dedos la carpeta que estaba encima se le llenaron de polvo.

– ¿Qué quiere usted decir?

– Bueno, nunca fue un caso para la policía, pero un misterio sí, porque desapareció de la noche a la mañana.

– Con los acreedores pisándole los talones -añadió Rebus.

Martine hizo un gesto escéptico. Se notaba que había almorzado opíparamente; tenía las mejillas encendidas y el chaleco a punto de estallar. Al recostarse en el asiento Rebus temió que los botones le saltaran.

– Fondos no le faltaban a Freddy -dijo el hombre-. Eso no quita que hiciera malas inversiones, que las hizo. Pero en cualquier caso… -dijo dando una palmadita en las carpetas.

Rebus estaba impaciente porque se las enseñara, pero estaba seguro de que Martine alegaría la reserva confidencial hacia el cliente.

– Cierto que dejo una serie de deudas -añadió el abogado-, pero ninguna muy importante. Tuvimos que disponer la venta del piso, del que obtuvimos un buen pico, aunque se habría podido conseguir más.

– ¿Suficiente para cancelar deudas? -preguntó Siobhan.

– Sí, más nuestros honorarios. La desaparición de una persona genera muchos gastos -dijo con una pausa.

Se guardaba algo en la manga. Rebus y Siobhan callaban, seguros de su deseo de descubrir la carta escondida. Finalmente, el abogado se inclinó apoyando los codos en la mesa.

– Reservé una cantidad para sufragar los gastos de almacén -añadió en tono conspiratorio.

– ¿De almacén? -repitió Siobhan.

El abogado se encogió de hombros.

– Pensé que Freddy volvería algún día. No le daba por muerto. Por cierto, ¿cuándo es el entierro? -añadió con un suspiro.

– De allí venimos -contestó Siobhan, omitiendo que sólo había asistido media docena de personas.

Un entierro rápido, sin elogio funerario del finado por parte del cura; un entierro de pobre, aunque el difunto no era precisamente pobre.

– ¿Qué hay almacenado exactamente? -preguntó Rebus.

– Efectos personales que tenía en el piso; desde lapiceros hasta una magnífica alfombra persa.

– ¿A la que usted había echado el ojo?

– Más cuanto tenía en el despacho -replicó el abogado mirándole furioso.

Rebus se irguió perceptiblemente.

– ¿Dónde está ese almacén? -preguntó.

La respuesta era: en un tramo perdido de carretera, en los alrededores de la zona norte de la ciudad. Edimburgo, al ser una población costera está limitado al norte y al este por el Firth of Forth. En Granton, un área situada en el extremo norte de la ciudad, tanto los promotores inmobiliarios como el ayuntamiento planeaban grandes proyectos.

– Verdaderamente, hay que tener imaginación -comentó Rebus mirando desde el coche.

Se refería a Granton, una zona sin pretensiones, con tramos de costa peñascosa, llena de horrendas construcciones industriales grises y azotada por el paro. Allí no había más que fábricas con ventanas rotas, enlucidos chapuceros y camiones llenos de hollín. Gentes como sir Terence Conran habían echado un vistazo al lugar y ya soñaban con un futuro de complejos comerciales y de ocio, de naves convertidas en pisos al estilo Docklands, gente con dinero dispuesta a vivir allí, creación de empleos, hogares y todo un nuevo estilo de vida.

– ¿No hay nada en compensación? -preguntó Siobhan.

Rebus pensó un instante.

– El Starbank's es un bar que no está mal -contestó. Ella se le quedó mirando-. Tienes toda la razón -admitió-. Está más cerca de Newhaven que de Granton.

La empresa se llamaba Seismic. Había tres largas hileras de búnqueres de cemento de menor tamaño que un garaje normal.

– Se llaman Seismic porque resisten a los terremotos -dijo el dueño, Gerry Reagan.

– No creo que por aquí sean muy de temer los terremotos -replicó Rebus.

Reagan sonrió. Les guió a lo largo de una de las hileras mientras el cielo se nublaba y un viento fuerte comenzaba a soplar desde el estuario.

– El castillo de Edimburgo está edificado sobre un volcán -replicó el hombre-.¿No recuerdan aquellos temblores de tierra en Portobello?

– ¿No fueron causados por perforaciones mineras? -dijo Siobhan.

– Lo que usted diga -replicó Reagan con ojos chispeantes coronados por pobladas cejas grises. Llevaba gafas de montura metálica y una cadena en el cuello-. Lo cierto es que mis clientes saben que aquí sus cosas estarán seguras hasta el día del juicio final.

– ¿Qué clase de clientela tiene usted? -preguntó Siobhan.

– Muy variada: ancianos que se han mudado a pisos donde no les caben los muebles de antes o gente que viene a vivir aquí o que se marcha al sur, y que a veces venden la casa antes de que les terminen el piso nuevo. Tengo también un par de coches de coleccionistas.

– ¿Y caben ahí? -preguntó Rebus.

– Muy justos -admitió Reagan-. A uno tuvimos que quitarle el parachoques. Aquí es.

Blair Martine les había entregado una carta de autorización que Reagan sostenía en la mano junto con la llave de la puerta basculante.

– Número trece -dijo comprobando la cifra y deteniéndose para abrir el candado y levantar la puerta.

Tal como les había dicho el abogado, los efectos de Hastings habían estado guardados antes en otro almacén, pero hicieron obras allí y Martine tuvo que buscar otro guardamuebles. «Les juro que su desaparición me dio muchos quebraderos de cabeza», y así era cómo las cosas de Hastings habían ido a parar a Seismic en Granton tres años atrás; Martine les dijo que no podía garantizar que todo estuviera intacto. Añadió que él no conocía mucho a Hastings, a quien sólo había visto en alguna cena o en fiestas, y que con Alasdair Grieve no había tenido trato.

– Entonces, si no se marchó por cuestión de dinero, ¿por qué sería? -pregunto Siobhan a Rebus al salir del abogado.

– Freddy no se marchó -contestó él.

– Se marchó y volvió -replicó ella-. ¿Y Alasdair? ¿Será el cadáver de la chimenea?

Rebus no dijo nada.

Al abrir Reagan completamente la puerta vieron que aquello era un batiburrillo parecido a una tienda de curiosidades a la que sólo le faltaba una caja registradora.

– Lo colocamos todo divinamente -comentó Reagan en elogio a su labor de almacenaje.

– Dios nos asista -exclamó Siobhan bajando la voz. Al ver que Rebus marcaba un número en el móvil preguntó-: ¿A quién llamas?

Él, sin contestar, irguió la espalda al recibir respuesta.

– ¿Grant? ¿Está Wylie contigo? Coge un bolígrafo -añadió con torva sonrisa- que voy a darte una dirección. Hay un trabajito ideal para el equipo de arqueólogos.

Linford estaba sentado en el despacho de Carswell, en Fettes. Daba sorbos al té, en taza y platillo de loza, mientras el jefe atendía una llamada. Cuando terminó de hablar por teléfono, Carswell se llevó la taza a los labios y sopló el té.

– Es un desastre lo de Saint Leonard, Derek.

– Sí, señor.

– Se lo dije a Watson en la cara. Si no es capaz de controlar a sus subordinados…

– Perdone, señor, pero en un caso como éste los ánimos se caldean.

– Es de admirar su actitud, Derek.

– ¿Señor?

– Porque observo que no es de los que dejan a un compañero en la estacada aunque se haya portado mal.

– Creo que yo también tengo algo de culpa, señor. A nadie le gusta que venga nadie de fuera a hacerse cargo de una investigación.

– ¿Así que ha sido una especie de chivo expiatorio?

– No exactamente, señor -dijo Linford con la vista en su taza.

Veía unas burbujitas aceitosas flotando y no sabía si era por el té, el agua o la leche.

– Podemos trasladar aquí la investigación -dijo Carswell-. Absolutamente toda, si es preciso y utilizaremos agentes de la brigada contra el crimen para…

– Perdone usted, señor, pero ya es demasiado tarde para comenzar desde cero la investigación. Perderíamos mucho tiempo -hizo una pausa-. Y aumentaría una barbaridad el presupuesto.

Carswell tenía fama de ceñirse a los gastos imprescindibles. Frunció el entrecejo y dio un sorbo al té.

– No, eso si que no, si puede evitarse -dijo mirando a Linford-. Prefiere seguir allí, ¿es eso lo que me quiere decir?

– Creo que podremos convencerles, señor.

– Bueno, Derek, sé que usted vale más que la mayoría.

– La mayor parte del equipo es irreprochable -continuó Linford-, pero hay un par de ellos… -añadió dejando la frase en el aire y volviendo a mirar la taza.

Carswell consultó las notas que había tomado en Saint Leonard.

– ¿No serán el inspector Rebus y la agente Clarke por casualidad?

Linford guardó silencio sin mirarle a la cara.

– Nadie es irremplazable, Derek -dijo el ayudante del jefe de policía con voz pausada-. Nadie, créame.

28

– Lo mismo de costumbre -dijo Wylie al echar un vistazo con Hood a aquel montón de cosas.

El habitáculo de cemento estaba lleno hasta el techo de escritorios, mesas, sillas, alfombras, cajas de cartón, grabados con marco e incluso un tocadiscos estereofónico.

– Nos llevará días -dijo Hood en tono quejumbroso.

Echarían a faltar, demás, una señora Coghill que les preparara café, así como una cocina acogedora. Aquello, por el contrario, era una especie de descampado donde el viento les irritaba los ojos, y el cielo amenazaba lluvia.

– Bobadas -dijo Rebus-. Lo que hay que buscar son papeles. Se descartan los objetos grandes y las cosas que parezcan de interés las metemos en el maletero. Podemos hacer dos turnos de dos.

– ¿Lo que quiere decir…? -replicó Wylie mirándole.

– Lo que quiere decir que dos separan las cosas y otros dos seleccionan los papeles que haya que llevar a Saint Leonard.

– Fettes está más cerca -alegó Wylie.

El asintió. Pero Fettes era el territorio del mierda de Linford.

– Más cerca está eso -dijo Siobhan como leyéndole el pensamiento, señalando con la cabeza la caseta prefabricada que hacía las veces de oficina de Reagan.

Rebus asintió con la cabeza.

– Voy a hablar con él -dijo.

Grand Hood sacó del garaje un televisor portátil y lo puso en el suelo.

– Pregúntele de paso si tiene una lona, porque no va a tardar en llover -dijo mirando al cielo.

Media hora más tarde comenzaron los primeros chaparrones procedentes del Forth, bañándoles el rostro y las manos con gotas heladas en medio de una espesa neblina que les dejó como aislados del mundo.

Reagan encontró un enorme plástico transparente que en cualquier momento podía echar a volar, por lo que sujetaron tres de sus esquinas con ladrillos, dejando una suelta para pasar. Reagan pensó en algo mejor y les indicó, dos puertas más allá, un hueco vacío, y los tres, Hood, Wylie y Siobhan Clarke, se trasladaron allí con todo mientras Reagan doblaba el plástico.

– ¿Qué hace el jefe? -preguntó Hood a Reagan.

El hombre, guiñando los ojos bajo la lluvia, miró hacia la oficina cuyas ventanas iluminadas eran como dos faros acogedores de un refugio en aquel oscuro atardecer.

– Me ha dicho que va a organizar el puesto de mando.

Hood y Wylie cruzaron una mirada.

– ¿Con té y estufa incluidos? -preguntó Wylie.

Reagan se echó a reír.

– Ha dicho que se harían dos turnos -les recordó Siobhan, pensando en que ojalá encontrasen archivos o algo semejante para poder ella también refugiarse en la caseta.

– Yo cierro a las cinco -dijo Reagan-. Es una tontería seguir aquí cuando se haga de noche.

– ¿Tiene usted alguna lámpara? -preguntó Siobhan para decepción de Wylie y Hood, que ya se habían hecho a la idea de largarse a las cinco.

Reagan tampoco parecía muy complacido, pero por distintos motivos.

– Se lo dejaremos bien cerrado antes de irnos -añadió Siobhan-, con la alarma conectada o lo que haga falta.

– Tengo la impresión de que a la compañía de seguros no le haría gracia.

– ¿Es que alguna vez les hace gracia?

El hombre rió y se rascó la cabeza.

– Bueno, puedo quedarme hasta las seis -dijo.

Enseguida comenzaron a aparecer cajas con archivadores. Reagan llevó una carretilla con el plástico doblado para cargarlos y Siobhan la empujó hasta la oficina. Abrió la puerta y vio que Rebus acababa de dejar libre una de las dos mesas y había puesto en un rincón todo lo que tenía encima.

– Me ha dicho Reagan que usemos ésta -dijo-. Ahí hay un váter químico y un fregadero con hervidor -añadió señalando una puerta-. Habrá que hervir el agua antes de beber.

Siobhan advirtió que al lado de Rebus había una taza en una silla.

– Nos arreglaremos todos con una sola taza -dijo.

Vio un enchufe y puso el móvil a recargar mientras llenaba el hervidor y lo enchufaba. Rebus salió de la caseta para ir metiendo los archivadores.

– Está oscureciendo rápido -comentó ella.

– ¿Cómo va la búsqueda? -preguntó Rebus.

– Hay una luz en el garaje y el señor Reagan dice que puede quedarse hasta las seis.

– Pues hasta la seis -dijo él consultando el reloj.

– Una cosa -añadió ella-. Estamos trabajando en el caso Grieve, ¿verdad?

– Podemos poner horas extras, si es eso lo que estás pensando -dijo él mirándola.

– No vendrán mal para las compras de Navidad… Si me queda tiempo para hacerlas.

– ¿Navidad?

– Claro, hombre, esos días festivos que tenemos ya encima.

– ¿Cómo puedes desconectarte tan fácilmente? -replicó él.

– En mi opinión, ser un buen policía no tiene por qué ser una obsesión.

Rebus volvió a salir a coger más archivadores, a lo lejos veía las figuras de Wylie, Hood y Reagan moviéndose en medio de la niebla y sus tres sombras bailando sobre la superficie desnuda del cemento. Era como una escena intemporal. Durante milenios, el ser humano había trabajado así, moviendo cosas a temperaturas bajo cero y en penumbra. ¿Con qué objeto? Del pasado no quedaba casi nada. Su trabajo precisamente consistía en que los crímenes pasados no quedaran impunes, fueran de la víspera o de veinte años atrás. No porque la justicia o los magistrados lo exigieran, sino en desagravio de todas las víctimas mudas, por las almas errantes. Aunque también por propia satisfacción, porque atrapando al culpable ellos expiaban sus propios pecados, los cometidos y los omitidos. ¿Cómo era posible desconectarse de todo aquello por el hecho banal de intercambiar unos regalos…?

Siobhan salió a ayudarle y rompió el hechizo. Se colocó las manos alrededor de la boca para gritar que estaba haciendo café y ellos respondieron con vítores y aplausos. Ya no era una escena intemporal, sino bien concreta en la que las tres figuras en la niebla asumieron su propia personalidad: Reagan acudió a la carrera, sacudiéndose las manos enguantadas, contento de ser partícipe de algo imprevisto que rompía la monotonía de su jornada solitaria; Hood, dando gritos de júbilo sin dejar de trasladar sillas de un sitio al otro, y Wylie, alzando la mano para decir que le echaran dos terrones de azúcar y que no se olvidasen.

– Qué trabajo más curioso, ¿no? -comentó Siobhan.

– Sí -respondió Rebus, pero ella se refería a Reagan.

– Aquí, todo el día solo, con todos esos búnqueres llenos de secretos y cosas ajenas… ¿No te tienta la curiosidad de saber qué encontraríamos si abriésemos otros?

– ¿Por qué crees que se presta tan solícito a ayudarnos? -añadió Rebus sonriendo.

– ¿Porque es un alma bondadosa? -aventuró ella.

– O porque no quiere que fisguemos demasiado -Siobhan le miró-. ¿Qué crees que he hecho mientras estaba aquí a solas? Echar un vistazo a la lista de clientes.

– ¿Y qué?

– He encontrado un par de nombres que me suenan a peristas de Pilton y Muirhouse.

– Eso está cerca… -comentó ella y Rebus asintió con la cabeza-. Pero no podemos hacer un registro sin una orden judicial.

– Ya, pero es un buen argumento si el señor Reagan se muestra reacio a colaborar. Y algo a tener en cuenta la próxima vez que haya alguna denuncia contra ellos -agregó Rebus mirándola-. No tiene sentido obtener un mandamiento judicial para registrar un piso en Muirhouse si el producto del robo está en un almacén.

Hicieron una pausa al abrigo de la oficina. Hood dijo que él iba a seguir buscando y que Wylie le llevase el café cuando acabase el suyo.

– Ese muchacho no haría buenas migas con los sindicatos -comentó Reagan.

El calor salía de una estufa de gas de tres elementos, pero el frío se filtraba por las rendijas de la caseta y en la ventanita se había formado una capa de vaho de la que escurrían de vez en cuando gotas sobre el alféizar. Era un espacio cerrado de atmósfera viciada débilmente iluminado por la bombilla del techo y una lámpara de mesa. Reagan aceptó un cigarrillo de Rebus formando los dos un frente solidario del que se apartó el dúo de mujeres no fumadoras.

– Propósitos de Año Nuevo -dijo Reagan mirando la punta del pitillo-. Dejar de fumar.

– ¿Lo logrará?

El hombre se encogió de hombros.

– Debería, tengo práctica en intentarlo dos o tres veces al año.

– Con la práctica se llega a la perfección -comentó Rebus.

– ¿Cuánto cree usted que van a tardar? -dijo Reagan.

– Le agradecemos mucho su colaboración -dijo Rebus con el tono de quien recupera su papel de policía y prescinde de la campechanía de fumar un pitillo con alguien, y Reagan captó inmediatamente que aquel inspector podía darle la lata si se ponía tonto.

Se abrió la puerta y entró Grant Hood con un monitor y un teclado que puso en la mesa.

– ¿Qué os parece? -dijo recobrando el aliento.

– Es un modelo viejo -comentó Siobhan.

– Sin el disco duro no sirve de nada -añadió Ellen Wylie.

Hood sonrió. Era la objeción que esperaba. Metió la mano en su abrigo a la altura de la cintura donde se notaba un bulto.

– Antes no había discos duros como los de ahora. Esta ranura lateral es para un disco flexible -dijo sacando media docena de cuadrados de cartón con un agujero en el centro como los antiguos discos sencillos-. Son discos flexibles de nueve pulgadas -añadió enseñándoselos con una mano mientras con la otra mano daba unos golpéenos al teclado-. Seguramente funcionan con el sistema MS-DOS. Así que si ninguno sabe de qué se trata, yo voy a instalarme aquí -anunció dejando los discos en la mesa y frotándose las manos ante la estufa-. Mientras podéis seguir buscando a ver si allí hay más discos.

Al llegar la hora habían vaciado medio garaje y casi todo lo que quedaba eran muebles. Rebus cogió tres cajas de archivadores dispuesto a dedicarles una noche en Saint Leonard. La comisaría estaba tranquila; en esa época del año lo que más había eran carteristas y rateros de tiendas, por la aglomeración en los comercios de Princess Street, donde la clientela con bolsos y carteras se hace notar. A veces, también se daba algún caso de atraco en los cajeros automáticos. Y depresión, había quien decía que era por ser el día más corto y la noche más larga; la gente bebía, se enfadaba, seguía bebiendo y destrozaba todo: ventanas, paradas de autobús, cabinas telefónicas, tiendas y pubs; apuñalaban a sus seres queridos y se cortaban las venas. Era el TAE: trastorno afectivo estacional.

Más trabajo para Rebus y sus colegas. Más trabajo para Urgencias, para los asistentes sociales, los jueces y las cárceles. El papeleo aumentaba a medida que iban llegando las felicitaciones de Navidad. Rebus hacía tiempo que no enviaba tarjetas navideñas pero la gente se empeñaba en seguir con eso: familiares, colegas y hasta algunos de sus amigotes del pub.

El padre Conor Leary siempre le mandaba una, pero aquel año estaba convaleciente; hacía tiempo que no iba a verle. Las camas de hospital le recordaban a su hija Sammy, cuando aún no había recobrado el conocimiento después del accidente que la tenía confinada en una silla de ruedas. A Rebus lo de la Navidad le parecía una farsa en la que todos pretendían estar unidos como si en el mundo no pasara nada. La celebración del nacimiento de un hombre adornada con oropeles y floripondios realizada en una nube de mentiras piadosas y borrachera.

O quizá era su impresión personal.

Examinó todos los papeles de la caja sin precipitarse, haciendo pausas para tomar café y fumar un cigarrillo fuera, en el aparcamiento de la parte trasera de la comisaría. Casi todo era correspondencia comercial aburridísima y había recortes de periódico con anuncios sobre locales comerciales en venta y de alquiler, algunos rodeados por un círculo y otros con dos signos de interrogación al margen. Una vez que hubo identificado la letra de Hastings pudo distinguir las anotaciones de su puño y letra. No tenía secretaria. ¿Dónde encajaba Alasdair Grieve? En las reuniones: siempre aparecía en ellas y en los almuerzos de trabajo el nombre de Alasdair. Quizá fuese una especie de relaciones públicas que gracias a su apellido aportaba algo a la operación. Era el hermano de Cammo, hermano de Lorna, hijo de Alicia…, alguien con quien no desdeñaría sentarse a la mesa un posible cliente.

Volvió adentro para calentarse los pies y siguió sacando papeles de la caja. Poco después tomó un café y dio una vuelta por la planta baja para charlar con el turno de noche en la sala común. Allanamientos de morada, pendencias, riñas familiares, coches robados y destrozados; una alarma antirrobo neutralizada, un desaparecido, un paciente evadido del hospital en pijama. Accidentes de tráfico por el hielo en las carreteras, una denuncia de violación y una agresión grave.

– Vaya noche -comentó el oficial de guardia.

Reinaba la camaradería en el turno de noche. Un agente compartió su bocadillo con Rebus.

– Siempre pongo más de lo que como -comentó.

Era pan integral con salami y lechuga. El hombre tenía otro cartón de zumo, si a Rebus le apetecía, pero rehusó.

– No, gracias -dijo.

Volvió a la mesa y fue anotando lo que había marcado en ciertos documentos doblándoles la esquina o pegándoles notitas con papel adhesivo. Miró el reloj de la oficina y vio que era casi medianoche. Se metió la mano en el bolsillo para ver los cigarrillos que le quedaban: uno. Eso fue decisivo. Guardó los archivadores en un cajón, se puso el abrigo y salió de la comisaría. Fue hacia Nicholson Street, donde había tres o cuatro tiendas abiertas toda la noche. Cigarrillos y algún tentempié: era su lista de la compra, tal vez algo para el desayuno. Había animación en la calle; un grupo de jovenzuelos llamaba a gritos a un taxi inexistente, se veía gente que volvía a casa cargada con bolsas de compra y rostro sudoroso. Era inevitable pisar envoltorios grasientas, trocitos de tomate y cebolla, patatas fritas espachurradas. Pasó una ambulancia a toda velocidad con la luz azul parpadeando pero sin la sirena, fantasmagóricamente muda en medio de la cacofonía callejera. El alcohol hacía subir los decibelios en las conversaciones y se veían también grupos de personas mayores que regresaban del Festival de Teatro o del Queen's Hall.

En puertas y esquinas había corrillos de jóvenes que hablaban en voz baja con miradas furtivas. Rebus veía delitos inexistentes, o quizá era por ir siempre alerta ante la posibilidad de algún delito. ¿Siempre habían sido los juerguistas de medianoche tan estridentes y escandalosos? Pensaba que no. Edimburgo cambiaba a peor y eso se notaba por muchos edificios de cemento y cristal que construyesen. La ciudad antigua moría, herida por aquellos bramidos, el nuevo paradigma de… no exactamente falta de respeto a la ley, pero sí de falta de respeto en cualquier caso: al entorno, a los vecinos, a uno mismo.

El miedo era más que evidente en los tensos rostros de los más viejos, que aferraban el rollo de papel del programa teatral, pero era un miedo mezclado con tristeza e impotencia. Impotentes para cambiar aquel estado de cosas, sólo esperaban sobrevivir. Al llegar a casa se derrumbarían en el sofá, echarían el cerrojo a la puerta, correrían las cortinas con las contraventanas bien cerradas y se prepararían un té para mojar unas galletas contemplando el papel pintado de las paredes pensando en el pasado.

Delante de la tienda había un grupo heterogéneo de jóvenes y una música estridente salía de unos coches aparcados junto a la acera. Al lado, dos perros intentaban copular animados por sus respectivos dueños para escándalo de las chicas que chillaban y apartaban la vista. Rebus entró en el comercio y la intensa luz le hizo cerrar los ojos un instante. Pidió un paquete de salchichas y cuatro panecillos, fue al mostrador a comprar tabaco y lo guardó todo en una bolsa blanca de plástico para llevárselo a casa. Tenía que haber girado a la derecha, pero giró a la izquierda.

Necesitaba orinar y el Royal Oak quedaba a un paso. Era un local cercano a la calle principal que nunca cerraba, y donde se podía ir a los servicios sin pasar por el bar. Al entrar había que cruzar un zaguán para llegar a la puerta del bar, pero allí mismo había una escalera que bajaba a los servicios. A los servicios y a otro bar más tranquilo. El bar de encima del Oak era famoso, estaba abierto hasta muy tarde y siempre había música en directo. Los clientes entonaban canciones tradicionales y a continuación actuaba algún guitarrista español de flamenco y tras él un individuo con cara de asiático y acento escocés que cantaba blues.

Sorpresas de la vida.

Antes de bajar por la escalera miró por la ventana. Era un pub pequeño y aquella noche estaba a rebosar: caras relucientes de gente mayor y bebedores empedernidos, más los curiosos y los incondicionales. Alguien entonaba una canción; una voz sola. Vio violines y un acordeonista inactivos y el público atento al cantante de buena voz de barítono, que estaba en un rincón hacia el que convergían todas las miradas, pero Rebus no lo veía. La letra de la canción era de Burns:

Lo que no pudieron someter la fuerza ni la astucia,
en muchos siglos de guerra,
lo doblegan ahora unos cobardes,
por mísero dinero mercenario…

Iba ya a bajar por la escalera pero se detuvo porque acababa de ver una cara conocida. Retrocedió y acercó más la cara al cristal. Sí, sentado al lado del piano estaba el compadre de Cafferty, el que había estado en la cárcel con él. ¿Cuál era el nombre? Ah, sí, Rab. Un rostro sudoroso, amargado, con el pelo liso y unos ojos apagados. En la mano sostenía una bebida que Rebus pensó sería vodka con naranja.

En aquel momento el cantante dio un paso adelante y pudo verle bien.

Era Cafferty.

Pudimos a la espada inglesa,
enardecidos en nuestro firme coraje,
pero el oro inglés fue un veneno,
como un hatajo de granujas de la nación…

Al terminar la estrofa Cafferty miró hacia los cristales y cuando vio que Rebus entraba para acercarse a la barra sonrió forzadamente. Rab le miró, quizá tratando de recordar quién era. Se acercó una camarera a atender a Rebus y él pidió media jarra y un whisky. En la barra no hablaba nadie; reinaba un respetuoso silencio. Una lágrima asomaba en los ojos de una patriota sentada en un taburete, con un vaso de coñac con Coca-cola en mano. Su desarrapado acompañante le acariciaba los hombros.

Al concluir la canción sonó un aplauso y algunos silbidos y vítores. Cafferty hizo una reverencia, alzó su vaso de whisky y brindó al público. El cese de los aplausos fue la pauta para que el acordeonista iniciara su actuación. Cafferty respondió a algunos cumplidos en su camino hacia el piano, donde se inclinó a decir algo a Rab al oído. Tras lo cual, como esperaba Rebus, se acercó a la barra.

– A modo de reflexión para cuando lleguen las elecciones -dijo Cafferty.

– En Escocia hay muchos sinvergüenzas -replicó Rebus- y no creo que con la independencia vaya a haber menos.

Cafferty no entró al trapo y brindó a la salud de Rebus apurando el whisky de un trago antes de pedir otro.

– Y uno más para mi amigo, el Hombre de paja.

– Ya tengo uno -dijo Rebus.

– Sea simpático conmigo, Hombre de paja, hoy que celebro mi regreso -dijo Cafferty sacando del bolsillo un periódico doblado por la sección inmobiliaria que dejó en la barra.

– ¿Al mercado? -replicó Rebus.

– Pudiera ser -respondió Cafferty con un guiño.

– ¿De qué modo?

– Me han dicho que hay que hacer una limpieza en el antiguo Edimburgo en las actuales circunstancias.

Rebus señaló con la cabeza hacia el piano, donde Rab había cambiado de posición la silla para poder ver mejor la barra.

– No sólo le da al alcohol, ¿eh? ¿Toma pastillas?

Cafferty miró hacia su guardaespaldas.

– En la cárcel se consigue lo que se necesita. Le advierto -añadió sonriendo- que he estado en celdas más grandes que este barecito.

Llegaron los vasos de whisky y Cafferty añadió agua al suyo mientras Rebus le observaba. Rab se le antojaba un compinche inaudito para Cafferty aunque, ciertamente, en un lugar como Barlinnie se necesita protección. Pero ahora que había vuelto a sus reales, donde no le faltaban hombres, ¿qué vínculo existía entre Cafferty y Rab, qué unía a Rab con Cafferty? ¿Había sucedido algo en la cárcel o… estaba sucediendo algo? Cafferty aguardó con el jarrito de agua sobre el vaso de Rebus hasta que éste asintió al fin con la cabeza y, después de servirlo, alzó el vaso.

– Salud -dijo.

– Slainte -añadió Cafferty dando un sorbo y enjuagándose la boca.

– Ya veo que estás muy contento -dijo Rebus encendiendo un cigarrillo.

– ¿De qué sirve poner cara larga?

– ¿Quieres decir salvo para alegrarme a mí la vida?

– Hay que ver lo duro que es, Hombre de paja. A veces me pregunto si no es más duro que yo.

– ¿Hacemos la prueba?

Cafferty se echó a reír.

– ¿En mi actual estado? ¿Y con usted tan enfadado? -Negó con la cabeza-. En otra ocasión tal vez.

Permanecieron en silencio y Cafferty aplaudió al terminar de tocar el acordeonista.

– Es francés, ¿sabe? Casi no habla inglés. Encoré! Encoré, mon ami! -añadió dirigiéndose al hombre.

El hombre le dirigió una reverencia. Estaba sentado en una de las mesas y a su lado el guitarrista entonaba los acordes del próximo número. Reanudaron la actuación con algo más melancólico, y Cafferty se volvió hacia Rebus.

– Es curioso que el otro día sacara a relucir a Bryce Callan.

– ¿Por qué?

– Porque yo precisamente quería ver a Barry para saber cómo seguía el viejo Bryce.

– ¿Y qué ha dicho Barry?

Cafferty miró su bebida.

– Nada. Sólo sé que un mensajero le llevó mi recado -dijo con cara sombría, aunque se echó a reír-, pero el pequeño Barry aún no ha dicho nada.

– Ahora el pequeño Barry es muy importante en Edimburgo, Cafferty. Quizá no le interese que le vean contigo.

– Sí, pues que tenga suerte, pero nunca llegará a ser ni la cuarta parte de lo que fue su tío -comentó apurando el whisky.

Rebus se sintió obligado a invitar a una ronda sin dejar de dar de vez en cuando un sorbo a la cerveza y al whisky con agua, para acabarlos y concentrarse en el que iban a servirles. ¿Por qué demonios le estaría contando Cafferty todo aquello?

– Quizá Bryce estuvo acertado al largarse y retirarse al sol -dijo Cafferty en el momento en que les servían los whiskies.

– ¿Te propones seguir su ejemplo? -preguntó Rebus mientras añadía el agua.

– Pues, a lo mejor. Nunca he estado en el extranjero.

– ¿Nunca?

Cafferty negó con la cabeza.

– Una vez tomé el transbordador de Skye.

– Ahora hay un puente.

– Siempre que hay algo bonito lo estropean -dijo Cafferty frunciendo el entrecejo.

En su interior, Rebus estaba de acuerdo pero no quería dárselo a entender a Cafferty.

– Es mucho más cómodo el puente -replicó.

Cafferty se puso aún más ceñudo, como apenado… Pero era dolor auténtico porque se encogió y se llevó la mano al estómago al tiempo que dejaba el vaso en la barra buscando algo en el bolsillo. Llevaba un blazer oscuro con un jersey negro de cuello alto. Sacó dos comprimidos y se los tragó con un poco de agua, que echó en un vaso vacío.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó Rebus con cierta indiferencia.

Cafferty, ya repuesto, le dio un golpecito en el antebrazo tranquilizándole.

– No es más que una ligera indigestión -dijo cogiendo el vaso de whisky-. Nos están desplazando, ¿eh, Hombre de paja? Barry podría haber seguido el camino de su tío, pero ahora es un hombre de negocios. Y en cuanto a usted… Seguro que la mayoría de sus colegas del DIC son más jóvenes y además universitarios. Los tiempos cambian, dicen todos -añadió abriendo los brazos-. ¿No es verdad lo que digo?

Rebus le miró y bajó la vista.

– Tienes razón.

Cafferty se mostró complacido al ver que estaba de acuerdo con él en algo.

– No le debe de faltar mucho para jubilarse -dijo.

– Aún tengo unos años por delante.

Cafferty alzó las manos en gesto conciliador.

– No era mi intención compadecerle -dijo echándose a reír.

Rebus estuvo a punto de hacerlo también. Pidieron otra ronda de whiskies y un vodka con zumo que Cafferty llevó a Rab. Al regresar a la barra Rebus volvió a preguntarle por el guardaespaldas.

– A juzgar por su aspecto esta noche, no creo que te sea de mucho servicio -comentó.

– Me daría buen apoyo, no se preocupe.

– Si no me preocupo. Es que estaba pensando si no sería la ocasión propicia para darte un puñetazo.

– ¿Un puñetazo? Hostia, hombre, en mi estado actual, con un simple estornudo me tumbaría en el suelo hecho añicos. Vamos, tómese otra.

– Tengo que hacer -dijo Rebus negando con la cabeza.

– ¿A estas horas? -preguntó Cafferty alzando tanto la voz que algunos clientes volvieron la cabeza, aunque a él eso le traía sin cuidado-. A esta hora de la noche no hay cuervos que espantar, Hombre de paja -dijo echándose a reír de nuevo-. No quedan muchos de esos viejos garitos, ¿eh? Ahora todo son pubs temáticos. ¿Se acuerda del Castle o'Cloves?

Rebus dijo que no.

– Era el mejor pub que había. Yo iba mucho allí. Y fíjese… ya ni existe. Ahora es un almacén de bricolaje. Está en la calle de su comisaría.

– Conozco el sitio -comentó Rebus asintiendo con la cabeza.

– Todo está cambiando -dijo Cafferty-. Quizá lo mejor, después de todo, fuera retirarse del juego. No sería mala idea -añadió llevándose el vaso a los labios y apurando el whisky.

Rebus respiró profundamente.

– ¡Achísss! -exclamó exageradamente, estornudando sobre el pecho de Cafferty y comprobando el efecto en el blazer antes mirar a Cafferty a los ojos, que de haber sido dos pistolas no habrían dejado bicho viviente en el pub-. Me mentiste -añadió tranquilamente, alejándose de la barra en el momento en que el guitarrista terminaba de afinar el instrumento.

– ¡Escupiré sobre su tumba! -gritó Cafferty apagando la música un instante y limpiándose las gotitas de saliva de la camisa-. ¿Me oye, Hombre de paja? ¡Bailaré sobre su puto ataúd!

Rebus cerró la puerta al salir y realizó una profunda inspiración de aire fresco nocturno. Se oía el jaleo de los jóvenes que volvían a casa. Apoyó la cabeza en un muro como si fuera una compresa refrescante para sus pensamientos en ebullición.

«Bailaré sobre su ataúd.»

Extrañas palabras en boca de quien está desahuciado. Siguió por Nicolson Street hasta los puentes, y desde allí a Cowgate, deteniéndose cerca del depósito de cadáveres a fumar un cigarrillo. Llevaba la bolsa con los panecillos y las salchichas, pero le parecía como si ya nunca más fuera a tener hambre. Tenía exceso de bilis en el estómago. Se sentó en un murete.

«Bailaré sobre su ataúd.»

Una giga, desenfrenada y torpe; sí, una giga.

Volvió a Infirmary Street y pasó de nuevo junto al Royal Oak, pero esta vez sin acercarse a los cristales. No se oía música; sólo una voz cantando.

Qué lentas discurrís, horas interminables

qué monótonos días tristes.

Qué rápido pasabais

cuando yo estaba con mi amada…

Era Cafferty de nuevo con otra canción de Burns. Cantaba con gusto y le daba sentimiento con aquel tono triste. Vio a Rab cerca del piano, con los ojos semicerrados, respirando con esfuerzo. Era dos hombres recién salidos de la cárcel: uno que agonizaba cantando y el otro, un desecho en libertad. Era totalmente absurdo.

Rebus lo sentía en el fondo de su corazón fracasado.

TERCERA PARTE. MAS ALLÁ DE LA NIEBLA

Pero la escarcha reluce como esperanza bajo el sol

aunque los músculos se agarroten, y la humedad helada

susurre: «Abandona el alcohol.

Hay cálidas sorpresas más allá de esa niebla».

angus calder, Love Poem

30

Jerry entró en la oficina de empleo helado y calado hasta los huesos. Se le había acabado la crema de afeitar y había tenido que apañarse con jabón corriente, y, además, con la última maquinilla mellada que había en la bañera porque Jayne se había afeitado las piernas. Tenía dos cortes en la cara y uno de ellos aún sangraba. Aparte de que le escocía la cara de la ventisca, aunque nada más entrar él en la oficina, cómo no, se despejó el cielo y lució el sol. Edimburgo era una ciudad cruel.

Además, después de esperar media hora, resultó que le habían convocado no en la oficina de empleo sino en la Seguridad Social. Era otra media hora de camino y estuvo a punto de volverse a casa, pero algo le retuvo. ¿Podía verdaderamente llamarla su casa? ¿Por qué últimamente se sentía como preso allí, con su mujer de carcelero fastidiándole y agobiándole?

Se dirigió a la Seguridad Social y allí le dijeron que llegaba con una hora de retraso. Trató de explicase pero ellos como si oyeran llover.

– Siéntese. Veremos qué se puede hacer.

Se acomodó entre docenas de acatarrados junto a un viejo con una tos que helaba la sangre en las venas y que escupía en el suelo al final de cada acceso. Se cambió de asiento. El sol le había secado la chaqueta pero la camisa seguía mojada y le hacía tiritar. A saber si no pillaba cualquier cosa. Aguardó sentado unos tres cuartos de hora; no paraba de entrar y salir gente y él fue dos veces al mostrador donde la misma mujer le dijo que estaban tratando de encontrar «un hueco». La boca de ella sí que parecía un hueco, pero estrecho y reprobatorio. Volvió a sentarse.

¿Qué remedio le quedaba? Se imaginó trabajando en una oficina como la de Nic, bonita y acogedora con máquina de café, mirando a las minifalderas pasar por delante de su mesa y una de ellas inclinada ante la fotocopiadora. Hostia, sería la gloria. En aquel momento ya estaría Nic a punto de salir a almorzar en algún sitio de postín con mantel blanco impecable en donde celebraban comidas de trabajo tomando copas y estrechándose la mano. ¿Quién no querría un empleo así? Sí, claro, pero todos no se casaban con la prima del jefe.

Nic le había telefoneado el día anterior por la tarde para echarle la bronca por dejarle colgado la otra noche, aunque al final acabó bromeando, lo que le hizo pensar que eso nunca había ocurrido. Jerry había notado algo: Nic tenía miedo de él. Y de pronto lo entendió: claro, él podía denunciarle y descubrir el pastel. Claro. Por eso Nic tenía que tratarle bien y por eso había acabado tomándose a broma el asunto y diciendo: «Te perdono. Al fin y al cabo somos viejos amigos, ¿no? Los dos unidos frente al mundo».

Salvo que ahora el que parecía estar solo frente al mundo era él, Jerry, pringado en aquel agujero hediondo sin nadie que le echara una mano. Pensó en otros tiempos: «Los dos unidos frente al mundo», pero ¿había sido eso cierto alguna vez? ¿Cuándo habían sido realmente iguales? ¿Qué diablos les hacía unirse? Ahora pensaba que también sabía por qué. Era su manera de engañar al tiempo, porque estando juntos seguían siendo los mismos críos de antes. Y las cosas que hacían… eran un juego en realidad. Pero un juego muy peligroso.

Uno de los que esperaban turno dejó el periódico en la silla cuando le llamaron. Hostia, y aquel tío había llegado veinte minutos después que él, y ahí estaba el cabrón, yendo directo a una cabina antes que él. Se arrimó al asiento libre y cogió el periódico pero no lo abrió porque volvió a sentir esa espiral de miedo en el estómago por si leía noticias sobre agresiones, violaciones, con la duda de si alguna sería obra de Nic. A saber lo que haría Nic a espaldas de él las noches en que no se veían… Tampoco le interesaban los artículos sobre noviazgos, matrimonios felices, relaciones tormentosas, problemas sexuales y famosas que acaban de tener un niño. Todo rebotaba sobre su propia existencia y le hacía sentirse peor aún.

«El reloj no para», como decía Jayne.

«Ya es hora de que crezcas», como decía Nic.

La aguja de los minutos del reloj que había sobre el mostrador corrió otra raya. Lo de mirar el reloj ¿no era lo que se hacía en las oficinas cuando no ves pasar minifalderas? Bueno, en el fondo Nic no estaba tan bien. Llevaba trabajando en la empresa de Barry Hutton ocho años y casi no había tenido aumento de sueldo.

– A veces la relación familiar es una pega. Barry no se atreve a subirme el sueldo para que los demás no digan que como soy de la familia… ¿Comprendes? -le dijo.

Y cuando Cat le dejó:

– El cabrón de Hutton está deseando echarme. Ahora que Cat se ha largado no soy más que un estorbo. ¿Ves lo que me ha hecho Cat, Jerry? Por esa puta voy a perder el empleo. ¡Ella y el cabronazo de su primo!

Estaba rabioso, hecho una furia.

– ¡Y eso que era un tío que vivía en una casa de doscientas mil libras y tenía empleo y coche!

¿Quién era el que tenía que crecer? Cada vez pensaba más en ello.

– Me va a echar a la primera oportunidad, Jer.

– Jayne también dice que me va a echar.

Pero Nic no quería saber nada de Jayne y su único comentario fue: «Todas son igual de malas, colega, te lo juro por Dios».

«Todas son igual de malas.»

Volvió a acercarse al mostrador a zancadas. ¿Por quién le tomaban? ¿Por un muñeco, o qué? ¿No estaba formalmente casado? ¿No merecía un poco de respeto?

Allí seguía la mujer, ahora con una taza de café. Jerry notaba la garganta seca y tenía escalofríos.

– Oiga -dijo-, ¿esto es un cachondeo o qué?

La mujer llevaba gafas de montura negra gruesa. Había dejado en el borde de la taza manchas de carmín. Su pelo parecía teñido; era fondona y de mediana edad, decadente, pero estaba en una posición de poder y no iba a consentirle que él lo cuestionara. Le dirigió una sonrisa gélida mirándole y pestañeando, dejando ver el sombreado azul de sus párpados.

– Señor Lister, procure calmarse…

Veía aquel collar en el cuello, hundido en las arrugas de la piel y aquel busto enorme. Dios, nunca había visto semejantes pechos.

– Señor Lister -repitió ella intentando que dirigiera la atención a su rostro, pero él seguía como en trance con las manos aferradas al borde del mostrador.

Se la imaginó en la parte trasera de la furgoneta, atizándole un buen puñetazo en la boca pintarrajeada, arrancándole la blusa y rompiéndole el collar.

– ¡Señor Lister!

La funcionaría se levantó de la silla al ver que se inclinaba sobre ella cada vez más. Ahora acudían compañeros suyos alertados por el grito.

– ¡Santo Dios! -exclamó él a falta de otras palabras.

Temblaba y le daba vueltas la cabeza. Trató de despejar su mente borrando las brutales imágenes. Se quedaron un segundo mirándose fijamente y él comprendió que ella le había leído el pensamiento.

– ¡Oh, Dios mío!

Se le acercaron dos tíos fornidos. Lo que le faltaba: que le detuvieran. Se largó a toda velocidad y volvió al mundo exterior con un sol que secaba las calles y en donde todo parecía inquietantemente normal.

– ¿Qué me pasa? -se dijo, rompiendo a llorar sin poder contenerse.

Caminó sin rumbo por las calles llorando y apoyándose en las paredes. Caminó y caminó a ciegas hasta que empezó a sudar. Habían transcurrido casi tres horas y había cruzado la ciudad de un extremo a otro.

Era una mañana gris y Rebus aguardó al final de la hora punta para ponerse en marcha.

La cárcel de Barlinnie en Glasgow estaba a la salida de la autopista M8. Si se conocía su ubicación, se distinguía a lo lejos, cuando ibas de Edimburgo a Glasgow. Estaba junto a las casas de Riddrie, pero no había ningún indicador hasta estar cerca de Glasgow. En las horas de visita bastaba con seguir detrás de otros coches y de la gente que iba a pie, casi todos cincuentones tatuados, delgados y demacrados que iban a ver a amigos encerrados; madres afligidas con niños a la zaga y familiares callados que no acababan de entender aquella situación.

Todos en dirección a Barlinnie.

Protegían los bloques Victorianos de celdas unos muros altos de piedra, pero habían renovado la zona de entrada y unos obreros daban los últimos retoques, mientras un funcionario comprobaba si los recién llegados iban drogados, pasándoles por encima el guante mágico que, al dar positivo, indicaba que habían tenido hacía poco contacto con droga, en cuyo caso no se les autorizaba la visita abierta y sólo veían al preso a través de un vidrio. Registraban también las bolsas que quedaban depositadas en una taquilla cerrada y eran devueltas a la salida. Rebus sabía que también habían renovado la zona de visitas con sillas nuevas de diseño y hasta había un espacio de juego para los niños.

Pero en el interior de la cárcel eran las mismas viejas galerías. Tirar orines por las ventanas seguía siendo habitual y el olor penetraba en las celdas. Había dos nuevas alas exclusivamente para delincuentes sexuales y drogadictos, lo que molestaba a los «profesionales», delincuentes veteranos convencidos de que semejante escoria no merecía vivir y menos aún recibir un trato especial.

Otra de las nuevas ampliaciones eran los cubículos para entrevistas de oficio donde los abogados hablaban con sus clientes. Un espacio acristalado pero privado. El ayudante del director, Bill Nairn, expresó a Rebus su satisfacción por las mejoras mientras se las enseñaba y hasta le hizo pasar a uno de aquellos cubículos, donde se sentaron el uno frente al otro.

– Cuánto ha cambiado esto, ¿eh? -dijo Nairn sonriente.

Rebus asintió con la cabeza.

– Conozco hoteles peores -dijo.

Los dos se conocían desde hacía tiempo, cuando Nairn trabajaba en la fiscalía de Edimburgo y, luego, en Saughton, la cárcel de la ciudad, antes de ser destinado a Barlinnie.

– Cafferty no sabe lo que se pierde -añadió Rebus.

Nairn se rebulló en el asiento.

– Escucha, John, ya sé que pica cuando alguno de ésos sale…

– No es eso, sino por qué ha salido.

– Tiene cáncer.

– Y el jefe de Guinness, Alzheimer.

– ¿Qué quieres decir? -replicó Nairn mirándole.

– Que yo lo veo muy pimpante.

– No, John, está enfermo -dijo Nairn negando con la cabeza-. Lo sabes tan bien como yo.

– Yo lo único que sé es que afirma que tú querías quitártelo de encima -Nairn le miró desconcertado-. Porque estaba a punto de hacerse el amo aquí.

Nairn sonrió.

– John, tú acabas de ver la cárcel. Todas las puertas se cierran y no es fácil circular de una galería a otra. Imagínate lo difícil que resultaría dominar las cinco alas.

– Pero siempre se reúnen, ¿no? En el taller de carpintería, en el de textiles, en la capilla… Yo los he visto dando vueltas fuera del recinto.

– Has visto a los de confianza. Y siempre con un guardián. Cafferty no disfrutaba de ese privilegio.

– ¿No era quien dirigía el cotarro?

– No.

– Pues, ¿quién, entonces? -Nairn negó con la cabeza-. Vamos, Bill. Aquí hay droga, prestamistas, peleas de bandas. Tienes un contrato para vender como chatarra los objetos de metal, con excepción de la instalación eléctrica. No me digas que de ahí no hacen objetos punzantes para matar.

– Son casos aislados, John. No voy a negarlo; las drogas son un problema grave, pero limitado al fin y al cabo, y no era el ámbito de actuación de Cafferty.

– Pues, ¿de quién?

– Ya te digo que no está organizado así.

Rebus se recostó en la silla y miró a su alrededor; todo estaba recién pintado y había alfombras nuevas.

– ¿Sabes qué, Bill? Puedes cambiar la apariencia, pero se tarda mucho más en cambiar las cosas.

– Por algo se empieza -replicó Nairn decidido.

– ¿Podría ver la ficha médica de Cafferty? -preguntó Rebus rascándose la nariz.

– No.

– ¿Puedes mirarla por mí para que me quede tranquilo?

– Las radiografías no mienten, John. Los hospitales saben detectar muy bien el cáncer. Siempre ha sido una industria productiva en esta costa de miseria.

Rebus sonrió, como era de esperar. En el cubículo de al lado entró un abogado en espera del preso, que llegó poco después. Era joven, parecía desconcertado, y probablemente estaba en prisión preventiva para pasar a juicio aquel mismo día. No le habían declarado culpable, pero él se veía ya entre rejas rodeado de hampones.

– ¿Qué tal se comportó? -preguntó Rebus.

Nairn oyó sonar el busca que llevaba en el cinturón y lo desconectó.

– ¿Cafferty? -preguntó mirando el aparato-. No muy mal. Ya sabes lo que sucede con esos viejos delincuentes, que cumplen su condena y se conforman con ella como un traslado temporal.

– ¿Crees que ha cambiado?

Nairn se encogió de hombros.

– Ya no es tan joven -hizo una pausa-. Supongo que el poder habrá cambiado de manos en Edimburgo durante su estancia aquí.

– Tú bien lo sabes.

– ¿Ha vuelto él a las andadas?

– De momento no piensa retirarse a la Costa del Sol.

Nairn sonrió.

– Me viene al recuerdo Bryce Callan. Nunca se le pudo encerrar, ¿verdad?

– No por falta de ganas.

– John… -Nairn se miró las manos, que descansaban en la mesa-. Tú venías a visitar a Cafferty.

– ¿Y qué?

– Entre vosotros dos hay algo más que la relación policía y ladrón, ¿no?

– ¿Qué insinúas, Bill?

– Lo que quiero decir… -añadió con un suspiro-. No estoy seguro de lo que quiero decir.

– ¿Quieres decir que estoy demasiado cerca de Cafferty? ¿Que quizá sea una obsesión que me hace perder la objetividad? -Rebus recordó lo que había dicho Siobhan: «No hay necesidad de obsesionarse para ser buen poli». Nairn hizo gesto de replicar-. Totalmente de acuerdo -añadió Rebus-. A veces me siento más cerca de ese cabrón que de… -omitió «mi propia familia»-. Por eso preferiría que estuviera aquí.

– Ojos que no ven corazón que no siente, ¿no es eso?

Rebus se inclinó y miró a su alrededor.

– Que quede entre nosotros, Bill -dijo, y Nairn asintió con la cabeza-, pero me temo que pueda suceder algo…

– ¿Crees que está decidido a ir a por ti? -preguntó Nairn mirándole a la cara.

– Si lo que tú dices es verdad, ¿qué tendría que perder?

Nairn se quedó pensativo.

– ¿Y tú?

– ¿Yo?

– Si dice que se va a morir y a ti te parece un timo, ¿no intentarías cargártelo de una vez por todas? Triunfo definitivo.

«Triunfo definitivo.»

– Bill -le reprendió Rebus-, ¿te parezco la clase de persona que se metería en un asunto así?

Sonrieron los dos. En el cubículo contiguo el preso alzaba la voz.

– ¡Yo no he hecho nada!

– Creí que eran insonorizados -comentó Rebus, y Nairn se encogió de hombros como indicando que habían hecho lo que habían podido-. ¿Y un tal Rab, que salió casi al mismo tiempo que Cafferty? -preguntó Rebus de pronto.

– Rab Hill -asintió Nairn.

– ¿Hacía de guardaespaldas de Cafferty?

– Yo no diría tanto. Estuvieron en la misma galería cuatro o cinco meses.

– Cafferty afirma que eran muy colegas -dijo Rebus frunciendo el entrecejo.

– En la cárcel se hacen extrañas amistades -replicó Nairn encogiéndose de hombros.

– Rab no parece muy adaptado a la vida civil.

– ¿No? No creas que se me parte el corazón.

Volvió a oírse la voz procedente del otro módulo:

– ¿Cuántas veces quiere que se lo diga?

Rebus se levantó. «Extrañas amistades», pensó. Cafferty y Rab Hill.

– ¿Cómo surgió eso del cáncer de Cafferty? -preguntó.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Cómo se hizo el diagnóstico?

– Como de costumbre. No se encontraba bien y al hacerle una revisión, ¡zas!

– Hazme un favor, Bill. Mira la ficha médica o lo que tengas de nuestro amigo Rab, ¿quieres?

– ¿Sabes una cosa, John? Me das más trabajo que la mitad de mis presos.

– Pues ruega al cielo que un jurado no me declare culpable.

Bill Nairn iba a echarse a reír cuando vio cómo le miraba Rebus.

Al llegar a Guardamuebles Sesmic vio que Ellen Wylie y Siobhan Clarke acaban de vaciar el container y en la mesa de la oficina de Reagan había ocho montones de papeles. Estaban las dos calentándose junto a la estufa con un vaso de té en la mano.

– ¿Qué quiere que hagamos ahora? -preguntó Wylie.

– Llevadlo a Saint Leonard. Lo metéis en el cuarto de interrogatorios que os dieron como despacho -dijo Rebus.

– ¿Para que no lo vea nadie más? -aventuró Siobhan.

Rebus la miró. Tenía las mejillas sonrosadas de frío y la nariz húmeda. Llevaba unas botas bajas con calcetines sobre los leotardos negros de lana y una bufanda gris claro acentuaba el arrebol de sus mejillas.

– ¿Hay dos coches? -preguntó Rebus y ellas asintieron con la cabeza-. Cargadlo todo y nos vemos en la comisaría, ¿de acuerdo?

Salió y se dirigió al sector sur del aparcamiento. Estaba fumando un cigarrillo en el coche cuando llegó Watson en su Peugeot 406.

– ¿Le importa a usted que hablemos un momento? -dijo Rebus a guisa de saludo.

– ¿Aquí, con el frío que hace? -replicó Granjero Watson alzando la cartera para consultar el reloj-. Tengo una reunión a las doce.

– Es sólo un minuto.

– Muy bien. Venga a mi despacho cuando acabe de fumar.

Watson se dirigió al interior y cerró la puerta. Rebus apagó el cigarrillo y fue tras él.

Watson estaba enchufando la máquina de café cuando Rebus llamó a la puerta abierta. Alzó la vista y le indicó que pasara.

– Tiene mala cara, inspector.

– Es que estuve trabajando hasta tarde.

– ¿En qué?

– En el caso Grieve.

Watson volvió a mirarle.

– ¿De verdad?

– Sí, señor.

– Pero, según tengo entendido, se está ocupando también de los otros.

– Es que creo que son casos relacionados.

Una vez enchufada la máquina, Watson fue a sentarse a su mesa y le dijo a Rebus que tomara asiento, pero él permaneció de pie.

– ¿Se hacen progresos en el caso?

– Vamos avanzando, señor.

– ¿Y el inspector Linford?

– Está indagando unas pistas.

– Pero ¿siguen ustedes en contacto?

– Totalmente, señor.

– ¿Y Siobhan se mantiene alejada de él?

– El se mantiene alejado de ella.

El comisario no parecía muy contento.

– No cesan su bombardeo.

– ¿Los de Fettes?

– Y los de más arriba. Esta mañana me han llamado del despacho del Ministerio, pidiendo resultados.

– Es duro realizar una campaña electoral con una investigación de homicidio pendiente -comentó Rebus.

El Granjero le miró fríamente.

– Me lo dijo casi con esas mismas palabras. Bueno, ¿de qué se trata? -agregó entornando un instante los ojos.

– De Cafferty, señor -contestó Rebus sentándose con los codos apoyados en las rodillas.

– ¿Cafferty? -repitió Watson realmente sorprendido-. ¿Qué sucede con Cafferty?

– Que ha salido de la cárcel y está aquí.

– Eso me han dicho.

– Quiero que le vigilen -se hizo un largo silencio mientras Rebus aguardaba algún comentario del comisario-. Porque me parece que deberíamos enterarnos de lo que se trae entre manos.

– Sabe usted que eso no podemos hacerlo sin un motivo justificado.

– ¿No es su fama motivo suficiente?

– Abogados y periodistas se frotarían las manos. Además, ya sabe el trabajo que tenemos.

– Más trabajo tendremos si Cafferty se pone en marcha.

– ¿En marcha para qué?

– Anoche me tropecé con él -Rebus advirtió la mirada de su jefe-. Por pura casualidad. Bien, pude comprobar que había estado consultando la sección inmobiliaria del Scotsman.

– ¿Y qué?

– Que anda detrás de algo.

– Tal vez quiere beneficios.

– Eso es más o menos lo que dijo.

– Bien, ¿y qué más?

Pero Rebus prefirió no decir que Cafferty también había hablado de «hacer una limpieza»…

– Escuche -añadió Watson frotándose las sienes-, sigamos con el trabajo que tenemos entre manos. Aclaremos lo del caso Grieve y ya pensaré en esto de Cafferty. ¿De acuerdo?

Rebus asintió con la cabeza. Oyeron llamar a la puerta, que seguía abierta, y apareció un agente de uniforme.

– Inspector Rebus, tiene una visita.

– ¿Quién es?

– Una señora, pero no ha dado su nombre, señor. Únicamente me indicó que le dijese que no ha traído cacahuetes, que usted lo entendería.

Claro que lo entendía.

30

Lorna Grieve le aguardaba en la zona de visitas. Rebus abrió la puerta del cuarto de interrogatorios pero recordó que allí tenían guardadas las cosas de Freddy Hastings y le dijo que era mejor que hablasen fuera de la comisaría y fueron enfrente, al Maltings.

– ¿Necesita beber para hablar conmigo? -bromeó ella.

Iba despampanante, con un pantalón de cuero rojo ajustado y botas altas negras, una blusa de seda muy escotada y chaqueta de ante negro. Se había maquillado más que generosamente, se notaba que salía de la peluquería, y en la mano llevaba un par de bolsas de tiendas de lujo.

Rebus pidió zumo de naranja con gaseosa y Lorna Grieve pensó que era por el comentario que ella acababa de hacer y, a tono de las circunstancias, pidió un bloody mary.

– María, reina de Escocia, ¿no es así? -dijo-. Y la sangre de la cabeza que le cortaron.

– No lo sabía -comentó Rebus.

– ¿Nunca lo ha tomado? Entona muchísimo -añadió en broma a ver si él se la seguía, y asintió con la cabeza cuando la camarera le preguntó si quería Lea and Perrin's.

Se habían sentado en una mesa con escaques incrustados, y ella la examinó admirada.

– Es para los que juegan al ajedrez -explicó Rebus.

– Un juego odioso, interminable; al final, todo se deshace. No tiene emoción -dijo con otra pausa a ver si Rebus entraba al trapo.

– Salud -dijo él.

– Es la primera que tomo hoy -dijo ella dando un sorbo. Rebus lo dudaba; se consideraba un experto y le parecía que por lo menos llevaba un par de copas. -Bien, ¿en qué puedo servirla?

El comercio cotidiano: la gente pide cosas a los demás. A veces es un intercambio y a veces no.

– Quiero saber qué sucede.

– ¿Qué sucede con qué?

– Con la investigación del homicidio. Nos tienen a oscuras.

– No creo que eso sea exacto.

Ella encendió un cigarrillo sin ofrecerle a él.

– Bien, ¿hay alguna novedad?

– Les será comunicada en cuanto sea posible.

– No me convence -replicó ella irguiéndose en la silla.

– Pues lo lamento.

Ella entornó los ojos.

– No, qué lo va a lamentar. La familia tiene derecho a saber…

– A decir verdad, es a la viuda a quien primero informaremos.

– ¿A Seona? Tendrán que hacer cola porque ahora es la niña mimada de los medios de información, y la prensa y la televisión se disputan la imagen de la «valerosa viuda» que prosigue la tarea de su esposo. «Es lo que Roddy habría deseado» -añadió imitando en falsete la voz de Seona Grieve-. No se lo cree ni ella.

– ¿Qué quiere decir?

– Roddy podría parecer un tipo tranquilo, pero también tenía nervio. A él no le habría gustado que su mujer fuese candidata al Parlamento. Ahora la mártir parece ella. ¡El está pasando al olvido, excepto cuando que ella saca a relucir su cadáver en la gran causa de la publicidad!

Estaban solos en el local pero la camarera les dirigió una mirada admonitoria.

– Cálmese -dijo Rebus.

Tenía lágrimas en los ojos y Rebus tuvo la impresión de que las derramaba por ella misma, por Lorna la descarriada, la olvidada.

– Tengo derecho a saber qué han averiguado -dijo mirándole ya sin lágrimas-. Derechos especiales -añadió en voz baja.

– Escuche -dijo él-, lo que sucedió la otra noche…

– No quiero oír nada -replicó ella negando con la cabeza y sobreponiéndose con otro sorbo al bloody mary, que se redujo a hielo.

– Si puedo paliar su sufrimiento lo haré pero no intente chanta…

– No sé por qué he venido -dijo ella levantándose.

Rebus se puso en pie y le cogió las manos.

– ¿Qué ha tomado, Lorna?

– Unas pastillas que… me recetó el médico, pero no debí mezclarlas con alcohol -dijo con mirada desvaída.

– Haré que la acompañen en un coche patrulla…

– No, no, cogeré un taxi. No se preocupe -replicó ella forzando una sonrisa-. No se preocupe -repitió.

El recogió las bolsas que ella parecía haber olvidado.

– Lorna -dijo Rebus-, ¿conoce a un tal Gerald Sithing?

– No sé. ¿Quién es?

– Creo que Hugh le conoce. Preside un grupo que se llama los Caballeros de Rosslyn.

– Hugh me tiene al margen de esa faceta de su vida. Sabe que me reiría de él -dijo casi a punto de echarse a reír.

Rebus la sacó del bar.

– ¿Por qué lo pregunta? -dijo ella.

– No tiene importancia -contestó Rebus al tiempo que veía a Grant Hood, que le hacía señas desde la otra acera y vio que un poco más allá estaban Siobhan Clarke y Ellen Wylie descargando sus coches.

Hood cruzó esquivando el tráfico.

– ¿Qué sucede?

– Ha llegado una copia de la reconstrucción facial -dijo Hood casi sin aliento.

Rebus afirmó pensativo, y miró a Lorna Grieve.

– Quizá usted debería echarle un vistazo -dijo.

Entraron en Saint Leonard y Rebus la hizo pasar a un despacho vacío. Hood fue a por la imagen de ordenador mientras Rebus preparaba te; ella pidió dos terrones y él la observó mientras lo tomaba.

– ¿Cuál es el misterio? -preguntó ella.

– Es un rostro que ha reconstruido la universidad de Glasgow a partir de un cráneo -contestó él despacio observando su reacción.

– ¿El del muerto de Queensberry House? -aventuró ella sonriendo al ver su cara de sorpresa-. No todas las neuronas se han ido a paseo; pero ¿por qué quiere que lo vea yo? Ah -añadió nerviosa de pronto al imaginárselo-, ¿cree que se trata de Alasdair?

Rebus se percató de su error.

– Bueno, tal vez sería mejor que…

Ella se puso en pie derramando el té en el suelo sin darse cuenta.

– ¿Por qué? ¿Qué pinta Alasdair en…? El nos envía postales.

Rebus se maldijo por ser un cabrón insensible, corto de miras, poco sutil y retorcido.

En ese momento entró Grant Hood enarbolando la foto reconstruida que ella le arrebató para examinar detenidamente, tras lo cual se echó a reír.

– No se parece en nada, maldito imbécil -dijo.

«Imbécil»: un apelativo que nunca le habían dado. Cogió el papel de su mano y vio que era una buena reconstrucción, pero había que reconocer que no se parecía en nada al personaje de los retratos del estudio de Alicia Grieve: aquél no era su hijo. Era un rostro totalmente distinto, con otro color de pelo… y los pómulos, la barbilla y la frente. No, el esqueleto de la chimenea no era Alasdair Grieve.

Habría sido demasiado fácil. Su propia vida nunca había sido fácil y no había razón para suponer que podía cambiar en ese momento.

Wylie se asomó a la puerta atraída por aquellas risotadas poco habituales en una comisaría.

– Creyó que era Alasdair -dijo Lorna Grieve señalando a Rebus-. ¡Me dijo que mi hermano estaba muerto! ¡Como si no hubiera bastante con uno! -exclamó echando fuego por los ojos-. Bien, ya se ha divertido, me imagino que estará contento -añadió saliendo como una tromba del despacho.

– Acompáñala hasta la salida -dijo Rebus a Wylie-, y toma… -añadió agachándose a coger las bolsas-. Dáselas.

Ella se le quedó mirando.

– ¡Vamos! -gritó Rebus.

– Lo que usted mande -musitó Wylie.

Cuando se fue, Rebus se dejó caer en su silla y se pasó las manos por el pelo. Grant Hood no le quitaba ojo.

– No esperarás consejos, supongo -dijo Rebus.

– No, señor.

– Porque si los esperas, el mejor que puedo darte es que te fijes en lo que yo hago para esforzarte en hacer totalmente lo contrario. Puede que así llegues a algo -dijo pasándose las manos por la cara y mirando el retrato.

– ¿Quién demonios eres? -comentó, sin saber exactamente por qué, pero estaba seguro de que Mojama era la clave no sólo del suicidio de Hastings y de las cuatrocientas mil libras, sino del asesinato de Roddy Grieve y… tal vez de mucho más.

Se sentaron en el reducido cuarto de interrogatorio con la puerta cerrada. En la comisaría comenzaban a llamarlos «la familia Manson», «la logia», «el club de los marchosos». Hood estaba sentado en la esquina con un ordenador de extraña pantalla de fondo negro y letras naranja. Les previno de que los discos podían estar estropeados. Rebus, Wylie y Clarke ocupaban el perímetro de la mesa con las cajas de archivadores en el suelo y delante de ellos la imagen de la reconstrucción por ordenador del muerto de Queensberry House.

– ¿Sabéis lo que tendremos que hacer? -dijo Rebus.

Wylie y Clarke intercambiaron una mirada escéptica por lo de «tendremos».

– Buscar en el registro de personas desaparecidas -dijo Wylie- a ver si hay una foto que se le parezca.

Rebus asintió con la cabeza y Wylie movió la suya de un lado a otro desalentada, mientras Rebus se volvía hacia Hood.

– ¿Funciona? -le preguntó.

– Parece que sí -respondió él pulsando teclas-. El problema va a ser la impresora, porque no servirá ninguna de las de ahora. Quizá haya que buscar en tiendas de segunda mano.

– Bueno, ¿qué hay en los discos? -dijo Siobhan Clarke.

– Espera -dijo él, concentrándose de nuevo en su trabajo.

Ellen Wylie puso encima de la mesa la primera caja de documentos para abrirla, al tiempo que Rebus ponía las otras tres dándoles unos golpecitos.

– Éstas ya están revisadas -dijo, y todos se le quedaron mirando-. Lo acabé anoche -añadió con un guiño.

Así sabían que arrimaba el hombro.

Comieron unos emparedados y cuando a las tres hicieron una pausa para tomar café Hood ya comenzaba a abrir los discos.

– La buena noticia -dijo desenvolviendo una barra de chocolate- es que el ordenador fue una adquisición tardía en la oficina.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque todo lo que hay en los discos lleva fecha del setenta y ocho y principios del setenta y nueve.

– Mi clasificador abarca desde el setenta y cinco -se quejó Siobhan Clarke.

– Wish you Were Here [Ojalá estuvieras aquí] de Pink Floyd -comentó Rebus-. Creo que apareció en septiembre pero no fue debidamente apreciado.

– Gracias, profesor -dijo Wylie.

– Vosotros aún estaríais en la guardería, supongo.

– Convendría imprimir todo esto -dijo Grant Hood-. No sé si haciendo unas llamadas a las tiendas de informática…

– ¿A qué te refieres? -preguntó Rebus. -Hay ofertas de compra de terrenos, solares vacíos, etcétera.

– ¿Dónde?

– En Calton Road, Abbey Mount, Hillside…

– ¿Con qué propósito?

– No lo dice.

– ¿Quería comprarlos todos?

– Eso parece.

– Son muchos terrenos -comentó Wylie.

– Sí, muchos terrenos edificables.

Rebus salió del cuarto y regresó con un plano y trazó sobre él un círculo en Calton Road, Abbey Mount y Hillside Crescent.

– Mira si tenía previsto algo en Greenside -dijo, y todos esperaron mientras Hood tecleaba.

– Efectivamente-dijo-. ¿Cómo lo ha adivinado?

– Mirad -dijo Rebus trazando un círculo en Calton Hill.

– ¿Para qué los quería? -preguntó Wylie.

– En 1979 se celebró el referéndum -dijo Rebus.

– ¿Y el Parlamento iba a construirse ahí? -aventuró Siobhan.

– En la antigua Royal High School -contestó Rebus. Wylie comenzaba a entenderlo.

– Si el Parlamento tenía ahí su sede, los terrenos lindantes valdrían una fortuna.

– Hastings se lo jugó todo al sí del referéndum y perdió -dijo Siobhan.

– Lo que yo me pregunto -añadió Rebus- es si él tendría suficiente dinero para la compra, porque incluso en los setenta, que para todos vosotros es casi prehistoria, esa zona no era barata precisamente.

– Luego ¿si no tenía el dinero…? -añadió Hood.

– Otro lo tendría -contestó Ellen Wylie.

Ahora ya sabían lo que buscaban: documentos financieros; pistas de que además de Hastings y Alasdair Grieve había habido otro socio en el negocio. Se quedaron hasta tarde y Rebus les dijo que podían irse a casa si querían. Pero trabajaban estrechamente unidos y nadie quiso romper el encanto. A Rebus le dio la impresión de que no tenía nada que ver con hacer horas extra. Salió al pasillo a tomarse un respiro y se encontró con Ellen Wylie.

– ¿Aún te sientes sojuzgada? -preguntó.

Ella se detuvo y le miró.

– ¿A qué se refiere?

– A que pensabas que abusaba de vosotros dos; te pregunto si sigues pensándolo.

– Pues no sé qué decirle -respondió ella alejándose.

A las siete les invitó a cenar en el restaurante Howie's. Hablaron del caso. Siobhan preguntó cuándo había sido el referéndum.

– El uno de marzo -dijo Rebus.

– A Mojama lo mataron a principios del setenta y nueve. ¿No sería justo después de las elecciones? Rebus se encogió de hombros.

– Las obras del sótano de Queensberry House concluyeron el ocho de marzo -añadió Wylie- y aproximadamente una semana después desaparecieron Freddy Hastings y Alasdair Grieve.

– Que nosotros sepamos -comentó Rebus.

Hood cortó un trozo de jamón y asintió con la cabeza. Rebus, generoso, echando la casa por la ventana, había pedido una botella de vino blanco de la casa, pero seguía casi llena porque Siobhan tomaba agua, Wylie había aceptado un vaso de vino que tenía intacto y Hood se había tomado uno pero no quería más.

– ¿Por qué será que veo a Bryce Callan detrás de todo esto? -comentó Rebus.

Se hizo un silencio en la mesa hasta que Siobhan dijo:

– ¿Por puro empeño?

– ¿Qué habría sucedido con los terrenos? -inquirió Rebus.

– Habrían construido en ellos -dijo Hood.

– ¿Y qué hace el sobrino de Callan?

– Es promotor -añadió Clarke-, pero en aquella época era un simple trabajador.

– Que aprendía los trucos del oficio -comentó Rebus dando un trago de vino-. ¿Sabéis cuánto valen los terrenos en Holyrood ahora que construyen allí el Parlamento y no en Calton Hill o en Leith?

– Más que antes -apuntó Wylie.

Rebus asintió en silencio.

– Además, ahora Barry Hutton ha echado el ojo a Granton, Gyle y Dios sabe qué más.

– Porque es su negocio. Rebus seguía asintiendo.

– Y es mucho mejor si te haces con lo que no tiene la competencia.

– ¿A través de tácticas mañosas?

Rebus dijo que no con un gesto.

– A través de amigos en los puestos adecuados.

– Parcelas ad -dijo Hood dando un golpecito en la pantalla.

Rebus se inclinó junto a él examinando las letras color naranja. Hood se pellizcó el puente de la nariz, cerró los ojos, volvió a abrirlos y movió vigorosamente la cabeza como apartando una telaraña.

– Es tarde -comentó Rebus.

Eran casi las diez y estaban a punto de hacer un descanso. Habían avanzado bastante pero, como había señalado el propio Rebus, no tenían nada concreto. Y ahora esto.

– Parcelas ad -repitió Hood-. Éstos deben de ser los socios capitalistas.

– Aquí no aparece -dijo Wylie, que buscaba el nombre en el listín.

– Seguramente cerraría -añadió Siobhan- si es que existió.

– ¿No son las iniciales de Bryce Callan? -comentó Rebus sonriendo.

– bc -dijo Hood-. Entonces, tenemos: bc y ad [Before Cbrist y Anno Domini].

– Un chistecillo privado. bc como futuro de ad -dijo Rebus, que ya estaba hablando por teléfono sobre Bryce Callan con un par de colegas jubilados.

Había vendido terrenos a finales del setenta y nueve, parte de los cuales habían ido a parar a manos de un arribista llamado Morris Gerald Cafferty. Éste había comenzado en la costa oeste, con el poder de los usureros en los sesenta; después pasó un tiempo en Londres remplazando a Krays y Richardson para adquirir fama y aprender el oficio.

– Siempre hay que pasar por un aprendizaje, John -le dijeron a Rebus-, esos tipos no nacen con ciencia infusa, y si no aprenden bien van a la cárcel una y otra vez.

Pero Cafferty aprendió rápido y bien. Una vez en Edimburgo, tanto asociado con Bryce Callan como después al establecerse por cuenta propia, mostró claramente que no cometía errores.

Hasta que se topó con John Rebus.

Ahora había vuelto y Callan, su antiguo jefe, estaba relacionado con el caso. Rebus hacía inútiles esfuerzos por establecer un vínculo.

La conclusión era que a finales del setenta y nueve Callan tiró la toalla. O, dicho de otra manera, se marchó a un país extranjero fuera de las leyes de extradición inglesas. ¿Por qué tenía dinero de sobra? ¿O porque le preocupaba algo…, algún crimen que podía volverse contra él?

– Es Bryce Callan -dijo Rebus-. Tiene que ser él.

– Lo que nos plantea un pequeño problema -comentó Siobhan.

Sí, demostrarlo.

31

Les ocupó la mayor parte del día siguiente, jueves, organizarlo todo después de rastrear informes sobre empresas y efectuar llamadas. Rebus habló una hora larga con Pauline Carnett, su contacto en el Servicio Central de Inteligencia Criminal, y otra hora con un ex director jubilado que durante ocho años sucesivos trató en los setenta inútilmente de meter en la cárcel a Bryce Callan. Poco después Pauline Carnett le llamó de nuevo, tras ponerse en contacto con Scotland Yard y la Interpol, y le dio un número de teléfono en España con el prefijo 950 de Almería.

– Estuve allí una vez de vacaciones -comentó Grant Hood-, pero había tanto turista que acabamos yendo de excursión a Sierra Nevada.

– ¿Acabamos? -inquirió Ellen Wylie alzando una ceja.

– Mi acompañante y yo -musitó Hood ruborizándose al tiempo que Wylie y Siobhan intercambiaban un guiño y una sonrisa.

Tendrían que poner la conferencia desde el despacho del jefe porque sólo allí había teléfono con altavoz. Además, tenían prohibidas las llamadas internacionales en las otras dependencias de la comisaría. Watson estaría presente y habría poco sitio en el despacho, por lo que se decidió grabar la conversación si accedía el interrogado y que los tres agentes más jóvenes se quedaran en el pasillo.

Rebus envió a Siobhan Clarke y a Ellen Wylie como equipo negociador ante Watson, cuyas dos primeras preguntas fueron:

– ¿Dónde está el inspector Linford? ¿Es que no cuentan con él?

Aleccionadas por Rebus, solventaron lo de Linford con una excusa y lograron vencer la resistencia del jefe.

Cuando todo estuvo preparado, Rebus se sentó en la silla del comisario y marcó el número. El propio Watson estaba sentado frente a la mesa en la silla que generalmente ocupaba Rebus.

– Procure no acostumbrarse -comentó.

En cuanto descolgaron al otro extremo de la línea y se oyó una voz de mujer en español, Rebus pulsó el botón de grabación.

– ¿Podría hablar con el señor Bryce Callan, por favor?

Se oyó una frase en español, Rebus repitió el nombre y finalmente la mujer dejó el aparato.

– ¿Será una asistenta? -comentó.

Watson se encogió de hombros en el momento en que otra persona se ponía al teléfono.

– Diga. ¿Quién llama? -hablaba en tono desabrido, como si le hubieran interrumpido la siesta.

– ¿Bryce Callan?

– He preguntado yo primero -era una voz profunda, gutural, sin ninguna merma de su acento escocés.