Irène Némirovsky

Suite Francesa


Título origina Suite Française

Traducción: José Antonio Soriano Marco


Desde el recuerdo de mi madre y mi padre,

para mi hermana Élisabeth Gille, para mis hijos

y mis nietos, y para todos los que conocieron

y conocen todavía hoy el drama de la intolerancia,

esta Memoria para transmitir.

DENISE EPSTEIN



Prólogo

<p>Prólogo</p>

En 1929, Bernard Grasset recibió por correo un manuscrito titulado David Golder. Entusiasmado tras su lectura, de inmediato decidió publicarlo, pero el autor, tal vez temiendo un fracaso, no había incluido ni su nombre ni su dirección, tan sólo un apartado de correos. Así pues, Grasset publicó un breve anuncio en los periódicos invitando al misterioso escritor a que se diera a conocer.

Cuando pocos días después Iréne Némirovsky se presentó ante él, al editor le costó creer que aquella joven de aspecto alegre y llano que residía en Francia desde hacía sólo diez años fuese la autora de aquel libro brillante, cruel, audaz y que, sobre todo, traslucía un perfecto dominio narrativo. Era la clase de obra que un escritor logra en su madurez. Admirándola ya, pero aún dudoso, la interrogó largo rato para asegurarse de que no se trataba del testaferro de un escritor que deseaba permanecer en la sombra.

Cuando se publicó, la novela David Golder fue unánimemente aplaudida por la crítica, hasta el punto de que Iréne Némirovsky se convirtió en una celebridad, adulada por escritores tan dispares como Joseph Kessel, que era judío, y Robert Brasillach, monárquico de extrema derecha y antisemita. Este último alabó la pureza de la prosa de aquella recién llegada a las letras francesas. Aunque nacida en Kiev, Iréne Némirovsky había aprendido francés con su aya desde la más tierna infancia. Hablaba asimismo con fluidez ruso, polaco, inglés, vasco y finlandés, y entendía el yidis, cuyas huellas es posible rastrear en Los perros y los lobos, escrita en 1940. No obstante, no permitió que su triunfal debut literario se le subiera a la cabeza. Incluso le sorprendió que se dispensara tanta atención a David Golder, que calificaba sin falsa modestia de «novelita». El 22 de enero de 1930 escribió a una amiga: «¿Cómo se le ocurre suponer que pueda olvidarme de mis viejas amigas a causa de un libro del que se hablará durante quince días y que será olvidado con la misma rapidez, como se olvida todo en París?»

Iréne Némirovsky nació el 11 de febrero de 1903 en Kiev, en lo que en la actualidad se conoce como yiddishland. Su padre, Léon Némirovsky (de nombre hebreo Arieh), originario de una familia procedente de la ciudad ucraniana de Nemirov, uno de los centros del movimiento hasídico en el siglo XVIII, había tenido el infortunio de nacer en 1868 en Elisabethgrado, donde en 1881 iba a desencadenarse la gran oleada de pogromos contra los judíos de Rusia, que se prolongó varios años. Léon Némirovsky, cuya familia había prosperado en el comercio de granos, viajó mucho antes de hacer fortuna en las finanzas y convertirse en uno de los banqueros más ricos de Rusia. En su tarjeta de visita se podía leer: «Léon Némirovsky, presidente del Consejo del Banco de Comercio de Voronej, administrador del Banco de la Unión de Moscú, miembro del Consejo de la Banca Privada de Comercio de Petrogrado.» Había adquirido una vasta mansión en la parte alta de la ciudad, en una apacible calle bordeada de jardines y tilos.

Iréne, confiada a los buenos cuidados de su aya, recibió las enseñanzas de excelentes preceptores. Como sus padres sentían escaso interés por su hogar, fue una niña extremadamente desdichada y solitaria. Su padre, a quien adoraba y admiraba, pasaba la mayor parte del tiempo ocupado en sus negocios, de viaje o jugándose fortunas en el casino. Su madre, que se hacía llamar Fanny (de nombre hebreo Faïga), la había traído al mundo con el mero propósito de complacer a su acaudalado esposo. Sin embargo, vivió el nacimiento de su hija como una primera señal del declive de su feminidad, y la abandonó a los cuidados de su nodriza. Fanny Némirovsky (Odessa, 1887-París, 1989) experimentaba una especie de aversión hacia su hija, que jamás recibió de ella el menor gesto de amor. Se pasaba las horas frente al espejo acechando la aparición de arrugas, maquillándose, recibiendo masajes, y el resto del tiempo fuera de casa, en busca de aventuras extraconyugales. Muy envanecida de su belleza, veía con horror cómo sus rasgos se marchitaban y la convertían en una mujer que pronto tendría que recurrir a gigolós. No obstante, para demostrarse que todavía era joven se negó a ver en Iréne, ya adolescente, otra cosa que una niña, y durante mucho tiempo la obligó a vestirse y peinarse como una pequeña colegiala.

Iréne, abandonada a su suerte durante las vacaciones de su aya, se refugió en la lectura, empezó a escribir y resistió la desesperación desarrollando a su vez un odio feroz contra su madre. Esta violencia, las relaciones contra natura entre madre e hija, ocupa un lugar capital en su obra. Así, en Le vin de solitude se lee: «En su corazón alimentaba un extraño odio hacia su madre que parecía crecer con ella…» «Jamás decía "mamá" articulando claramente las dos sílabas, que pasaban con dificultad entre sus labios apretados; pronunciaba "má", una especie de gruñido apresurado que arrancaba de su corazón con esfuerzo y con un sordo y melancólico dolorcillo.» Y también: «El rostro de su madre, crispado de furor, se aproximó al suyo; vio centellear los aborrecidos ojos, dilatados por la cólera y el recelo…» «"La venganza es mía", dijo el Señor. ¡Ah, pues qué se le va a hacer, no soy una santa, no puedo perdonárselo! ¡Aguarda, aguarda un poco y verás! ¡Te haré llorar como tú me hiciste llorar a mí!… ¡Espera y verás, mujer!»

Dicha venganza se vio cumplida con la publicación de El baile, Jézabel y Le vin de solitude.

Sus obras más fuertes se ambientan en el mundo judío y ruso. En Los perros y los lobos retrata a los burgueses del primer gremio de los mercaderes, que tenían derecho a residir en Kiev, ciudad en principio prohibida a los judíos por orden de Nicolás I.

Iréne Némirovsky no renegaba de la cultura judía de Europa Oriental, en cuyo seno habían vivido sus abuelos (Yacov Margulis y Bella Chtchedrovitch) y sus padres, aun cuando se hubieran apartado de ella una vez labrada su fortuna. No obstante, a sus ojos, el manejo del dinero y la acumulación de bienes que éste conlleva estaban mancillados de oprobio, aunque su vida de soltera y de adulta fue la de una gran burguesa.

Al describir la ascensión social de los judíos, hace suyos toda clase de prejuicios antisemitas y les atribuye los estereotipos en boga por entonces. De su pluma surgen retratos de judíos perfilados en los términos más crueles y peyorativos, a los que contempla con una especie de horror fascinado, si bien reconoce que comparte con ellos un destino común. A este respecto, los trágicos acontecimientos venideros acabarían dándole la razón.

¡Qué sentimiento de odio hacia sí misma se descubre bajo su pluma! En un balanceo vertiginoso, al principio adopta la idea de que los judíos pertenecerían a la «raza judía», una raza inferior y de signos distintivos fácilmente reconocibles, pese a que resulta imposible hablar de razas humanas en el sentido que se daba al término en los años treinta, luego generalizado en la Alemania nazi. Veamos algunos rasgos específicos otorgados a los judíos en su obra, ciertas elecciones léxicas utilizadas para caracterizarlos, para conformar un grupo humano a partir de peculiaridades comunes: cabello crespo, nariz ganchuda, mano fofa, dedos afilados, tez morena, amarillenta o aceitunada, ojos juntos, negros y húmedos, cuerpo enclenque, vello espeso y negro, mejillas lívidas, dientes irregulares, narinas inquietas, a lo cual cabe añadir el afán de lucro, la pugnacidad, la histeria, la habilidad atávica para «vender y adquirir baratijas, traficar con divisas, dedicarse a viajante de comercio, a corredor de encajes falsos o de munición de contrabando…».

Lacerando con palabras una y otra vez a esa «chusma judía», escribe en Los perros y los lobos «Como todos los judíos, él se sentía más vivamente, más dolorosamente escandalizado que un cristiano por defectos específicamente judíos. Y esa energía tenaz, esa necesidad casi salvaje de obtener lo que se deseaba, ese desprecio ciego de lo que otro pueda pensar, todo eso se almacenaba en su mente bajo una única etiqueta: "insolencia judía".» Paradójicamente, concluye, esa novela con una especie de ternura y de fidelidad desesperada: «Esos son los míos; ésa es mi familia.» Y de pronto, en un nuevo vuelco de perspectiva, hablando en nombre de los judíos escribe: «¡Ah, cómo odio vuestros melindres de europeos! Lo que denomináis éxito, victoria, amor, odio, ¡yo lo llamo dinero! ¡Se trata de otra palabra para designar las mismas cosas!»

Por otra parte, Némirovsky lo ignoraba todo sobre la espiritualidad judía, la riqueza, la diversidad de la cultura judía de Europa Oriental. En una entrevista concedida a L'Univers israélite el 5 de julio de 1935, se proclamaba orgullosa de ser judía, y a aquellos que veían en ella a una enemiga de su pueblo les respondía que en David Golder había descrito no «a los israelitas franceses establecidos en su país desde hace generaciones y en quienes, en efecto, la cuestión de la raza no interviene, sino a muchos judíos cosmopolitas para quienes el amor al dinero ha pasado a ocupar el lugar de cualquier otro sentimiento».


David Golder, novela comenzada en Biarritz en 1925 y concluida en 1929, narra la epopeya de Golder, magnate judío de las finanzas internacionales, originario de Rusia: su ascensión, esplendor y caída tras el crac espectacular de su banco. Gloria, su esposa que empieza a envejecer, notoriamente infiel y que lleva un tren de vida fastuoso, exige cada vez más dinero para mantener a su amante. Arruinado y vencido, el viejo Golder, otrora el terror de la Bolsa, vuelve a ser el pequeño judío de sus días de juventud en Odessa. De pronto, llevado del amor por su ingrata y frívola hija, decide reconstruir su fortuna. Tras haber jugado victoriosamente su última baza, muere de agotamiento mientras balbucea unas palabras en yidis a bordo de un buque de carga durante una formidable tempestad. Un inmigrante judío, embarcado como él en Simferopol con destino a Europa, con la esperanza de una vida mejor, recoge su postrer suspiro. Golder muere, por así decirlo, entre los suyos.


Cuando vivían en Rusia, los Némirovsky disfrutaban de un alto nivel de vida. Todos los veranos abandonaban Ucrania ya fuese con destino a Crimea o a Biarritz, San Juan de Luz y Hendaya, o la Costa Azul. La madre de Iréne se instalaba en un palacio, mientras que su hija y su aya se alojaban en una casa de huéspedes.

Tras la muerte de su institutriz francesa, Iréne Némirovsky, a la sazón de catorce años de edad, empezó a escribir. Se acomodaba en un sofá con un cuaderno apoyado en las rodillas. Había elaborado una técnica novelesca inspirada en el estilo de Iván Turguéniev. Al comenzar una novela escribía no sólo el relato en sí, sino también las reflexiones que éste le inspiraba, sin supresión ni tachadura algunas. Por añadidura, conocía de forma precisa a todos sus personajes, incluso a los más secundarios. Emborronaba cuadernos enteros para describir su fisonomía, su carácter, su educación, su infancia y las etapas cronológicas de su vida. Cuando todos los personajes habían alcanzado semejante grado de precisión, subrayaba con ayuda de dos lápices, uno rojo y otro azul, los rasgos esenciales que debía conservar; a veces bastaban unas líneas. Pasaba rápidamente a la composición de la novela, la mejoraba, y acto seguido redactaba la versión definitiva.

En el momento en que estalló la Revolución de Octubre, los Némirovsky residían en San Petersburgo desde hacía tres años, en una casa grande y hermosa. «Estaba construida de tal manera que, desde el vestíbulo, la mirada podía alcanzar las estancias del fondo; a través de anchas puertas abiertas se veía una hilera de salones blanco y oro», escribe en Le vin de solitude, una novela en gran parte autobiográfica. San Petersburgo era una ciudad mítica para muchos escritores y poetas rusos. Iréne sólo veía en ella una sucesión de calles oscuras, cubiertas de nieve, recorridas por un viento glacial que subía de las nauseabundas aguas de los canales y el Neva.

Léon Némirovsky, a quien sus asuntos llamaban con frecuencia a Moscú, subarrendaba en dicha ciudad un piso amueblado a un oficial de la guardia imperial, por entonces destinado en la embajada rusa en Londres. Creyendo poner a su familia a salvo, Némirovsky instaló a los suyos en Moscú, pero fue precisamente allí donde la revolución alcanzó su apogeo de violencia en octubre de 1918. Mientras el fuego de fusilería causaba estragos, Iréne exploraba la biblioteca de Des Esseintes, aquel cultivado oficial. Descubrió a Huysmans, Maupassant, Platón y Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray era su libro preferido.

La casa, invisible desde la calle, se hallaba encastrada en otros edificios y rodeada de un patio, bordeado a su vez de una casa más alta que la precedente. Luego había otro patio circular, y otra casa más. Iréne bajaba discretamente a recoger casquillos cuando el lugar se hallaba desierto. Por espacio de cinco días, la familia subsistió en el piso con un saco de patatas, cajas de chocolatinas y sardinas como únicas provisiones. Aprovechando un período de calma, los Némirovsky regresaron a San Petersburgo, y cuando los bolcheviques pusieron precio a la cabeza del padre de Iréne, éste se vio obligado a pasar a la clandestinidad. En diciembre de 1918, aprovechando el hecho de que la frontera aún no estaba cerrada, organizó la huida a Finlandia de los suyos, disfrazados de campesinos. Iréne pasó un año en un caserío compuesto de tres casas de madera rodeadas de campos nevados. Confiaba en poder volver a Rusia. Durante esa larga espera, su padre regresaba con frecuencia de incógnito a su país para tratar de salvar sus bienes.

Por primera vez, Iréne conoció un momento de serenidad y paz. Se convirtió en una mujer y empezó a escribir poemas en prosa, inspirados en Oscar Wilde. Como la situación en Rusia no hacía mas que empeorar y los bolcheviques se les acercaban peligrosamente, los Némirovsky alcanzaron Suecia al término de un largo viaje. Pasaron tres meses en Estocolmo. Iréne conservó el recuerdo de las lilas malva que crecían en los patios y jardines en primavera.

En julio de 1919, la familia embarcó en un pequeño carguero que los llevaría a Ruán. Navegaron durante diez días, sin escalas, en medio de una espantosa tempestad que habría de inspirar la dramática escena final de David Golder. En París, Léon Némirovsky asumió la dirección de una sucursal de su banco, y de ese modo pudo reconstituir su fortuna.

Iréne se matriculó en la Sorbona y obtuvo una licenciatura en Letras con mención. David Golder, su primera novela, no era su primer intento. Había debutado en el mundo editorial enviando lo que denominaba «breves cuentos divertidos» a la revista bimensual ilustrada Fantasio, que aparecía el 1 y el 15 de cada mes, que los publicó y le pagó por cada uno sesenta francos. Luego se lanzó y ofreció un cuento a Le Matin, que también lo publicó. Siguieron un cuento y una novela corta en Les Oeuvres Libres, así como Le Malentendu, una primera novela -redactada en 1923, a la edad de dieciocho años-, y un año más tarde L’Enfant génial una novela corta posteriormente titulada Un enfant prodige, que apareció en la misma editorial en febrero de 1926.

Dicha narración cuenta la trágica historia de Ismaël Baruch, un niño judío nacido en un cuchitril de Odessa. Sus dotes de poeta precoz e ingenuo seducen a un aristócrata, que lo recoge del arroyo y lo lleva a un palacio para distraer la ociosidad de su amante. Mimado, el niño vive extasiado a los pies de la princesa, que ve en él una especie de mono sabio.

Llegado a adolescente al término de una prolongada crisis, pierde las gracias que lo habían adornado en la infancia y tiene en muy poco los cantos y poemas que otrora le valieron su fortuna.

Busca la inspiración en la lectura, pero la cultura no hace de él un genio; por el contrario, destruye su originalidad y espontaneidad. Entonces, la princesa lo abandona como un objeto inútil y a Ismaël no le queda otro remedio que regresar a su mundo de origen: el barrio judío de Odessa, con sus zaquizamís y sus tugurios. Sin embargo, nadie reconoce a Ismaël en aquel joven establecido. Rechazado por los suyos, ya no tiene un lugar en ese mundo y corre a arrojarse a las aguas estancadas del puerto.


En Francia, su vida tiene una tonalidad menos amarga. Los Némirovsky se adaptan y llevan en París la vida rutilante de los grandes burgueses acaudalados. Veladas mundanas, cenas con champán, bailes, veraneos lujosos. Iréne adora el movimiento, la danza. Va de fiesta en recepción. Según su propia confesión, se va de juerga. En ocasiones juega en el casino. El 2 de enero de 1924 escribe a una amiga: «He pasado una semana completamente loca: baile tras baile; todavía estoy un poco embriagada y me cuesta regresar a la senda del deber.»

En otra ocasión, en Niza: «Me agito como una chiflada y eso debería avergonzarme. Bailo de la noche a la mañana. Todos los días se celebran galas muy elegantes en diferentes hoteles, y como mi buena estrella me ha gratificado con algunos gigolós, me lo paso en grande.» De vuelta de Niza: «No he sido buena chica… para variar. La víspera de mi partida hubo un gran baile en nuestra residencia, en el hotel Negresco. Bailé como una posesa hasta las dos de la mañana y luego, pese a que soplaba un viento glacial, salí a flirtear y a beber champán frío.» Pocos días después: «Choura vino a verme y me soltó un responso de dos horas: al parecer, flirteo demasiado, y está muy mal enloquecer de ese modo a los chicos… Como sabes, he terminado con Henry, que vino a verme el otro día, pálido y con los ojos desorbitados, con expresión malvada ¡y un revólver en el bolsillo!»

En el torbellino de una de esas veladas conoce a Mijail, llamado Michel Epstein, «un morenito de tez muy oscura» que no tarda en hacerle la corte. Ingeniero en física y electricidad por la Universidad de San Petersburgo, trabaja como apoderado en la Banque des Pays du Nord, en la rue Gaillon. Lo encuentra de su agrado, flirtea y en 1926 se casa con él.


La pareja se instala en el número 10 de la avenida Constant-Coquelin, en un hermoso piso cuyas ventanas dan al gran jardín de un convento de la orilla izquierda. Su hija Denise nace en 1929. Fanny regala a Iréne un oso de peluche cuando se entera de que la han hecho abuela. Una segunda niña, Élisabeth, vendrá al mundo el 20 de marzo de 1937.

Los Némirovsky reciben a algunos amigos, como Tristan Bernard y la actriz Suzanne Devoyod, y frecuentan a la princesa Obolensky. Iréne cuida de su asma en estaciones balnearias. Unos productores cinematográficos adquieren los derechos de adaptación de David Golder, que será interpretada por Harry Baur en una película de Julien Duvivier.


Pese a su notoriedad, Iréne Némirovsky, que se ha enamorado de Francia y de su buena sociedad, no conseguirá la nacionalidad francesa. En el contexto de la psicosis de guerra de 1939, y tras una década marcada por un antisemitismo violento que presenta a los judíos como invasores dañinos, mercachifles, belicosos, sedientos de poder, promotores de guerras, a un tiempo burgueses y revolucionarios, toma la decisión de convertirse al cristianismo junto con sus hijas. La madrugada del 2 de febrero de 1939, en la capilla de Santa María de París, la bautiza un amigo de la familia, monseñor Ghika, príncipe-obispo rumano.

La víspera del inicio de la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, Iréne y Michel Epstein conducen a Denise y Élisabeth, sus dos hijas, a Issy-l'Évêque, en Saône-et-Loire, con su niñera Cécile Michaud, natural de ese pueblo. Esta confía las niñas a los buenos cuidados de su madre, la señora Mitaine. Iréne y Michel Epstein regresan a París, desde donde harán frecuentes visitas a sus hijas, hasta que se establece la línea de demarcación en junio de 1940.

El primer estatuto de los judíos, del 3 de octubre de 1940, les asigna una condición social y jurídica inferior que los convierte en parias. Ante todo define, basándose en criterios raciales, quién es judío a los ojos del Estado francés. Los Némirovsky, que entran en el censo en junio de 1941, son a un tiempo judíos y extranjeros. Michel ya no tiene derecho a trabajar en la Banque des Pays du Nord; las editoriales «arianizan» a su personal y a sus autores, Iréne ya no puede publicar. Ambos abandonan París y se reúnen con sus hijas en el Hôtel des Voyageurs, en Issy- l'Évêque, donde residen asimismo soldados y oficiales de la Wehrmacht.

En octubre de 1940 se promulga una ley sobre «los ciudadanos extranjeros de raza judía». Estipula que pueden ser internados en campos de concentración o estar bajo arresto domiciliario. La ley del 2 de junio de 1941, que sustituye al primer estatuto de los judíos de octubre de 1940, vuelve su situación aún más precaria. Supone el preludio de su arresto, internamiento y deportación a los campos de exterminio nazis.

La partida de bautismo de los Némirovsky no les resulta de ninguna utilidad. No obstante, la pequeña Denise hace la primera comunión. Cuando llevar la estrella judía se vuelve obligatorio, asiste a la escuela municipal con la estrella amarilla y negra, bien visible, cosida sobre el abrigo.

Tras haber residido un año en el hotel, los Némirovsky por fin encuentran una amplia casa burguesa para alquilar en el pueblo.

Michel escribe una tabla de multiplicar en verso para su hija Denise. Iréne, muy lúcida, no tiene ninguna duda de que el desenlace de los acontecimientos será trágico. Pese a ello, escribe y lee mucho. Todos los días, después del desayuno, sale de casa. En ocasiones camina hasta diez kilómetros antes de encontrar un lugar que le convenga. Entonces se pone a la tarea. Vuelve a salir a primera hora de la tarde, después de comer, y no regresa hasta el anochecer. Desde 1940 hasta 1942, Editions Albin Michel y el director del periódico antisemita Gringoire aceptan publicar sus novelas cortas con dos seudónimos: Pierre Nérey y Charles Blancat.


Durante 1941 y 1942, en Issy- l'Évêque, Iréne Némirovsky, que al igual que su marido lleva la estrella amarilla, escribe La vida de Chejov y Las moscas del otoño, que no se publicará hasta la primavera de 1957, y emprende un trabajo ambicioso, Suite francesa, a la que no tendrá tiempo de poner la palabra «fin». La obra comprende dos libros. El primero, Tempestad en junio, se compone de una serie de cuadros sobre la debacle. El segundo, Dolce, fue escrito en forma de novela.

Como de costumbre, empieza por redactar notas sobre el trabajo en curso y las reflexiones que le inspira la situación en Francia. Elabora la lista de sus personajes, los principales y los secundarios, comprueba que los haya utilizado a todos correctamente. Sueña con un libro de mil páginas compuesto como una sinfonía, pero en cinco partes, en función de los ritmos y las tonalidades. Toma como modelo la Quinta Sinfonía de Beethoven.

El 12 de junio de 1942, pocos días antes de su arresto, duda que logre acabar la gran obra emprendida. Ha tenido el presentimiento de que le queda poco tiempo de vida. No obstante, continúa redactando sus notas, paralelamente a la escritura del libro. Titula esas observaciones lúcidas y cínicas Notas sobre la situación de Francia. Demuestran que Iréne Némirovsky no se hace ninguna ilusión sobre la actitud de la masa inerte, «aborrecible», de los franceses con respecto a la derrota y el colaboracionismo, ni sobre su propio destino. ¿Acaso no escribe, encabezando la primera página?:


Para levantar un peso tan enorme,

Sísifo, se necesitaría tu coraje.

No me faltan ánimos para la tarea,

mas el objetivo es largo y el tiempo, corto.


Estigmatiza el miedo, la cobardía, la aceptación de la humillación, de la persecución y las masacres. Está sola. En los medios literarios y editoriales, raros son los que no han optado por el colaboracionismo. Todos los días acude al encuentro del cartero, pero no hay correo para ella. No trata de escapar de su destino huyendo, por ejemplo, a Suiza, que acoge con parsimonia a judíos procedentes de Francia, sobre todo a mujeres y niños. Se siente tan abandonada que el 3 de junio redacta un testamento en favor de la tutora de sus hijas, a fin de que ésta pueda cuidar de ellas cuando su madre y su padre hayan desaparecido. Da indicaciones precisas, enumera todos los bienes que ha logrado salvar y que podrán aportar dinero para pagar el alquiler, calentar la casa, comprar un horno, contratar a un jardinero que se ocupe del huerto, que proporcionará verduras en aquel período de racionamiento; da la dirección de los médicos que atienden a las niñas, fija su régimen alimentario. Ni una palabra de rebeldía. La simple constatación de la situación como se presenta. Es decir, desesperada.

El 3 de julio de 1942 escribe: «Desde luego, y a menos que las cosas duren y se compliquen aún más, ¡que todo acabe, bien o mal!» Ve la situación como una serie de violentas sacudidas que podrían acabar con su vida.

El 11 de julio trabaja en el pinar, sentada sobre su jersey de lana azul, «en medio de un océano de hojas podridas y empapadas por la tormenta de la pasada noche como sobre una balsa, con las piernas dobladas bajo el cuerpo».

Ese mismo día escribe a su director literario en Albin Michel una carta que no deja ninguna duda sobre su certeza de que no sobreviviría a la guerra que los nazis habían declarado a los judíos: «Querido amigo… piense en mí. He escrito mucho. Supongo que serán obras póstumas, pero ayuda a pasar el tiempo.»

El 13 de julio, los gendarmes franceses llaman a la puerta de los Némirovsky. Van a detener a Iréne. Es internada el 16 de julio en el campo de concentración de Pithiviers, en el Loiret. Al día siguiente la deportan a Auschwitz en el convoy número 6. Tras ser recluida en el campo de exterminio de Birkenau, debilitada, pasa por el Revier [1] y es asesinada el 17 de agosto de 1942.

Tras la marcha de Iréne, Michel Epstein no ha comprendido que el arresto y la deportación significan la muerte. Todos los días aguarda su regreso, y exige que pongan su cubierto en la mesa en cada comida. Desesperado, se queda con sus hijas en Issy-l'Évêque. Escribe al mariscal Pétain para explicar que su mujer tiene una salud delicada, y solicita permiso para ocupar su lugar en un campo de trabajo.

La respuesta del gobierno de Vichy será el arresto de Michel en octubre de 1942. Lo internarán en el Creusot y luego en Drancy, donde su anotación de registro indica que le confiscaron 8.500 francos. Será a su vez deportado a Auschwitz el 6 de noviembre de 1942, y ejecutado al llegar.

Apenas hubieron arrestado a Michel Epstein, los gendarmes se presentaron en la escuela municipal para apoderarse de la pequeña Denise, a la que su maestra logró esconder en el reducido espacio que quedaba entre su cama y la pared.

Lejos de desanimarse, los gendarmes franceses perseguirán obstinadamente a las dos niñas, buscándolas por todas partes para hacerles correr la misma suerte que a sus padres. Su tutora tendrá la presencia de ánimo de descoser la estrella judía de las ropas de Denise y ayudar a las dos chiquillas a cruzar Francia clandestinamente. Pasarán varios meses ocultas primero en un convento y luego en sótanos en la región de Burdeos.

Tras haber perdido la esperanza de ver regresar a sus padres después de la guerra, buscaron la ayuda de su abuela, que había pasado aquellos años en Niza rodeada de las mayores comodidades. Pero ésta se negó a abrirles la puerta y desde el otro lado les gritó que si sus padres habían muerto debían dirigirse a un orfanato. Murió a la edad de 102 años en su gran piso de la avenida Président-Wilson.

En su caja fuerte no encontraron otra cosa que dos libros de Iréne Némirovsky: Jézabel y David Golder

La historia de la publicación de Suite francesa en muchos aspectos recuerda un milagro; merece ser contada.

En su huida, la tutora y las dos niñas se llevaron consigo una maleta que contenía fotos, documentos de la familia y este último manuscrito de la escritora, redactado con letra minúscula para economizar la tinta y el pésimo papel de guerra. Iréne Némirovsky había trazado en aquella postrera obra un retrato implacable de la Francia abúlica, vencida y ocupada.

La maleta acompañó a Élisabeth y Denise Epstein de un refugio precario y fugaz a otro. El primero fue un internado católico. Sólo dos religiosas sabían que las niñas eran judías. Habían puesto un nombre falso a Denise, pero no conseguía acostumbrarse, y en clase la llamaban al orden porque no respondía cuando la nombraban. Entonces, los gendarmes, que seguían ensañándose y no encontraban nada más importante que hacer que entregar a dos niñas judías a los nazis, recuperaron su pista. Tuvieron que abandonar el internado. En los sótanos donde pasó varias semanas, Denise contrajo una pleuritis; los que la ocultaban, al no atreverse a llevarla a un médico, le administraron por todo tratamiento resina de pino. A punto de ser descubiertas, tuvieron que huir de nuevo, con la preciosa maleta siempre preparada para una emergencia. La tutora ordenaba a Denise antes de subir a un tren: «¡Esconde la nariz!»

Cuando los supervivientes de los campos nazis empezaron a llegar a la Gare de l'Est, Denise y Élisabeth acudían allí todos los días. También iban, con una pancarta en la que se leía su nombre, al hotel Lutétia, habilitado como centro de acogida para los repatriados. En cierta ocasión, Denise echó a correr porque creyó reconocer la silueta de su madre en la calle.

Denise había salvado el precioso cuaderno. No se atrevía a abrirlo, le bastaba con verlo. No obstante, una vez trató de conocer su contenido, pero le resultó demasiado doloroso. Pasaron los años.

Junto con su hermana Élisabeth, convertida en directora literaria con el nombre de Élisabeth Gille, tomó la decisión de confiar la última obra de su madre al Institut Mémoire de l'Édition Contemporaine, con el fin de salvarla.

Sin embargo, antes de separarse de ella decidió mecanografiarla. Con la ayuda de una gruesa lupa emprendió entonces una larga y difícil labor de descifrado. Finalmente, Suite francesa fue introducida en la memoria de un ordenador, y retranscrita una tercera vez en su estado definitivo. No se trataba, como ella había pensado, de simples notas, de un diario íntimo, sino de una obra violenta, un fresco extraordinariamente lúcido, un sobrecogedor retrato de Francia y los franceses en aquella encrucijada: rutas del éxodo; pueblos invadidos por mujeres y niños agotados, hambrientos, luchando por la posibilidad de dormir en una simple silla en el pasillo de una posada rural; coches cargados de muebles y enseres, atascados sin gasolina en medio del camino; grandes burgueses asqueados por el populacho y tratando de salvar sus chucherías; prostitutas de lujo despachadas por sus amantes, que tenían prisa por abandonar París con su familia; un cura conduciendo hacia un refugio a unos huérfanos que, liberados de sus inhibiciones, acabarán por asesinarlo; un soldado alemán alojado en una casa burguesa y seduciendo a una mujer joven ante la mirada de su suegra. En este cuadro desconsolador, sólo una pareja modesta, cuyo hijo ha resultado herido en los primeros combates, conserva su dignidad. Entre los soldados vencidos que se arrastran por las carreteras, en el caos de los convoyes militares que llevan a los heridos a los hospitales, intentarán en vano encontrar su pista.

Cuando Denise Epstein confió el manuscrito de Suite francesa al conservador del IMEC, experimentó un gran dolor. No dudaba del valor de la última obra de su madre, pero no se la dio a leer a un editor, pues Élisabeth Gille, su hermana, ya gravemente enferma, estaba escribiendo El mirador, una magnífica biografía imaginaria de aquella a quien no había tenido tiempo de conocer, pues sólo tenía cinco años cuando los nazis la asesinaron.


MYRIAM ANISSIMOV


TEMPESTAD EN JUNIO

1 La guerra

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<p>TEMPESTAD EN JUNIO</p>
<p>1 La guerra</p>

Caliente, pensaban los parisinos. El aire de primavera. Era la noche en guerra, la alerta. Pero la noche pasaría, la guerra estaba lejos. Los que no dormían, los enfermos encogidos en sus camas, las madres con hijos en el frente, las enamoradas con ojos ajados por las lágrimas, oían el primer jadeo de la sirena. Aún no era más que una honda exhalación, similar al suspiro que sale de un pecho oprimido. En unos instantes, todo el cielo se llenaría de clamores. Llegaban de muy lejos, de los confines del horizonte, sin prisa, se diría. Los que dormían soñaban con el mar que empuja ante sí sus olas y guijarros, con la tormenta que sacude el bosque en marzo, con un rebaño de bueyes que corre pesadamente haciendo temblar la tierra, hasta que al fin el sueño cedía y, abriendo apenas los ojos, murmuraban: «¿Es la alarma?»

Más nerviosas, más vivaces, las mujeres ya estaban en pie. Algunas, tras cerrar ventanas y postigos, volvían a acostarse. El día anterior, lunes 3 de junio, por primera vez desde el comienzo de la guerra habían caído bombas sobre París. Sin embargo, la gente seguía tranquila. Las noticias eran malas, pero no se las creían. Tampoco se habrían creído el anuncio de una victoria. «No entendemos nada», decían. Las madres vestían a los niños a la luz de una linterna, alzando en vilo los pesados y tibios cuerpecillos: «Ven, no tengas miedo, no llores.» Es la alerta. Se apagaban todas las lámparas, pero bajo aquel dorado y transparente cielo de junio se distinguían todas las calles, todas las casas. En cuanto al Sena, parecía concentrar todos los resplandores dispersos y reflejarlos centuplicados, como un espejo de muchas facetas. Las ventanas mal camufladas, los tejados que brillaban en la ligera penumbra, los herrajes de las puertas cuyas aristas relucían débilmente, algunos semáforos que, no se sabía por qué, tardaban más en apagarse… El Sena los captaba y los hacía cabrillear en sus aguas. Desde lo alto debía de parecer un río de leche. Guiaba a los aviones enemigos, opinaban algunos. Otros aseguraban que eso era imposible. En realidad no se sabía nada. «Yo me quedo en la cama -murmuraban voces somnolientas-, no tengo miedo.» «De todas maneras, basta con que nos toque una vez», respondía la gente sensata.

A través de las vidrieras que protegían las escaleras de servicio de los edificios nuevos, se veían bajar una, dos, tres lucecitas: los vecinos del sexto huían de las alturas. Blandían linternas, encendidas pese a las normas. «No tengo ganas de romperme la crisma en las escaleras. ¿Vienes, Émile?» La gente bajaba la voz instintivamente, como si todo se hubiera poblado de ojos y oídos enemigos. Se oían puertas cerrándose una tras otra. En los barrios populares, el metro y los malolientes refugios estaban siempre llenos, mientras que los ricos preferían quedarse en las porterías, con el oído atento a los estallidos y las explosiones que anunciarían la caída de las bombas, con el alma en vilo, con el cuerpo en tensión, como animales inquietos en el bosque cuando se acerca la noche de la cacería. No es que los pobres fueran más miedosos que los ricos, ni que le tuvieran más apego a la vida; pero sí eran más gregarios, se necesitaban unos a otros, necesitaban apoyarse mutuamente, gemir o reír juntos. No tardaría en hacerse de día; una claridad malva y plata se deslizaba por los adoquines, por los pretiles del río, por las torres de Notre-Dame. Hileras de sacos de arena rodeaban los edificios más importantes hasta la mitad de su altura, tapaban a las bailarinas de Carpeaux de la fachada de la ópera, ahogaban el grito de La Marsellesa en el Arco de Triunfo…

Se oían cañonazos bastante lejanos, pero, a medida que se acercaban, todos los cristales temblaban en respuesta. En habitaciones cálidas con las ventanas cuidadosamente tapadas para que la luz no se filtrara fuera, nacían criaturas, y su llanto hacía olvidar a las mujeres el aullido de las sirenas y la guerra. En los oídos de los moribundos, los cañonazos parecían débiles y carentes de significado, un ruido más en el siniestro rumor que acoge al agonizante como una ola. Acurrucados contra el cálido costado de sus madres, los pequeños dormían apaciblemente, chasqueando la lengua con un ruido parecido al del cordero al mamar. Los carretones de las vendedoras ambulantes, abandonados durante la alerta, esperaban en la calle, cargados de flores frescas.

El sol, muy rojo todavía, ascendía hacia un cielo sin nubes. De pronto, un cañonazo sonó tan cerca de París que los pájaros abandonaron lo alto de todos los monumentos. Grandes pájaros negros, invisibles el resto del tiempo, planeaban en las alturas, extendiendo al sol sus alas escarchadas de rosa; luego llegaban los hermosos palomos, gordos y arrulladores, y las golondrinas, y los gorriones, que brincaban tranquilamente por las calles desiertas. A orillas del Sena, cada álamo tenía su racimo de pajarillos pardos que cantaban con todas sus fuerzas. En el fondo de los subterráneos se oyó al fin una llamada muy lejana, amortiguada por la distancia, una especie de diana de tres tonos. La alerta había acabado.

<p>2</p>

Esa noche, en casa de los Péricand las noticias de la radio se habían escuchado en consternado silencio, sin hacer comentarios. Los Péricand eran gente de orden; sus tradiciones, su manera de pensar, su raigambre burguesa y católica, sus vínculos con la Iglesia (el hijo mayor, Philippe, era sacerdote), todo, en fin, les hacía mirar con desconfianza al gobierno de la República. Por otro lado, la posición del señor Péricand, conservador de un museo nacional, los ligaba a un régimen que derramaba honores y beneficios sobre sus servidores.

Un gato sostenía con circunspección entre sus puntiagudos dientes un trozo de pescado erizado de espinas: comérselo le daba miedo, pero escupirlo sería una lástima.

Charlotte Péricand opinaba que sólo la mente masculina podía juzgar con serenidad unos acontecimientos tan extraños y graves. Pero ni su marido ni su hijo mayor estaban en casa; el uno cenaba con unos amigos y el otro se encontraba fuera de París. La señora Péricand, que llevaba con mano de hierro todo lo relacionado con la vida diaria -ya fuera el cuidado de la casa, la educación de los hijos o la carrera de su marido-, no aceptaba la opinión de nadie; pero aquello era harina de otro costal. Para empezar, necesitaba que una voz autorizada le dijera lo que convenía pensar. Una vez puesta en la buena dirección, echaba a correr y no había quien la parara. Si le demostraban, con pruebas en la mano, que estaba equivocada, respondía con una sonrisa fría y altiva: «Me lo ha dicho mi padre», o «Mi marido está bien informado». Y su mano enguantada cortaba el aire con un gesto seco.

La posición de su marido la halagaba (en realidad, habría preferido una vida más casera, pero, como Nuestro Señor, en este mundo cada cual tiene que llevar su cruz). Acababa de volver a casa, en un intervalo entre dos de sus visitas, para supervisar los estudios de los chicos, los biberones del benjamín y el trabajo de los criados, pero no le daba tiempo a cambiarse de ropa. En el recuerdo de los jóvenes Péricand, la madre debía permanecer siempre lista para salir, con el sombrero puesto y las manos enguantadas de blanco. (Como era ahorrativa, sus usados guantes despedían un tenue olor a producto químico, recuerdo de su paso por la tintorería.)

Así pues, esa noche acababa de llegar y estaba de pie en el salón, frente al aparato de radio. Iba vestida de negro y tocada con un sombrerito a la moda, una auténtica monería adornada con tres flores y una borla de seda encaramada sobre la frente. Debajo, el rostro estaba pálido y angustiado; acusaba el cansancio y la edad más de lo habitual. La señora Péricand tenía cuarenta y siete años y cinco hijos. Era una mujer visiblemente destinada por Dios a ser pelirroja. Tenía la piel en extremo delicada y ajada por los años, y la nariz, recia y majestuosa, salpicada de pecas. Sus ojos verdes lanzaban miradas tan penetrantes como las de un gato. Pero en el último momento la Providencia debía de haber dudado o considerado que una melena explosiva no armonizaría ni con la irreprochable moralidad de la señora Péricand ni con su posición, y le había dado un cabello castaño mate que perdía a puñados desde el nacimiento de su hijo menor. El señor Péricand era un hombre estricto: sus escrúpulos religiosos le vedaban un sinfín de deseos y el temor por su reputación lo mantenía alejado de lugares inconvenientes. Así que el menor de los Péricand no tenía más que dos años, y entre el sacerdote, Philippe, y el benjamín se escalonaban otros tres chicos, todos vivos, y lo que la señora Péricand llamaba púdicamente tres accidentes, en los que la criatura había llegado casi al término del embarazo pero no había vivido, y que habían llevado a la madre al borde de la tumba en otras tantas ocasiones.

El salón, donde en esos momentos sonaba la radio, era una amplia habitación de equilibradas proporciones cuyas cuatro ventanas daban al bulevar Delessert. Estaba amueblado a la antigua, con grandes sillones y canapés tapizados con tela dorada. Junto al balcón, en su sillón de ruedas, se encontraba el anciano señor Péricand, que estaba impedido y, debido a lo avanzado de su edad, sufría frecuentes regresiones a la infancia. Sólo recobraba totalmente la lucidez cuando se trataba de su considerable fortuna (era un Péricand-Maltête, heredero de los Maltête lioneses). Pero la guerra y sus vicisitudes ya no lo afectaban. Escuchaba con indiferencia, meneando rítmicamente su hermosa barba plateada. Detrás de la señora de la casa, formando un semicírculo, se encontraban sus retoños, incluido el pequeño, que estaba en brazos de la niñera. Ésta, que tenía tres hijos en el frente, había llevado al niño a dar las buenas noches a la familia y aprovechaba su momentánea admisión en el salón para escuchar con ansioso interés las palabras del locutor.

Tras la puerta entreabierta, la señora Péricand adivinaba la presencia de los otros criados; la doncella, Madeleine, llevada por la preocupación, llegó incluso a acercarse al umbral, infracción a las normas que la señora Péricand interpretó como un mal augurio. Del mismo modo, cuando se produce un naufragio todas las clases sociales se juntan en cubierta. Pero el pueblo no sabía mantener la calma. «Cómo se dejan llevar…», pensó la señora Péricand con desaprobación. Era una de esas burguesas que confían en el pueblo. «No son malos, si sabes manejarlos», solía decir en el tono indulgente y un tanto apenado con que se habría referido a un animal enjaulado. Presumía de conservar a sus criados mucho tiempo. Si caían enfermos, ella misma se encargaba de cuidarlos. Cuando Madeleine había tenido anginas, la señora Péricand le había preparado los gargarismos personalmente. Como el resto del día no tenía tiempo, lo hacía por la noche, a la vuelta del teatro. Madeleine se despertaba sobresaltada y no mostraba su agradecimiento hasta pasado un rato, y además de forma bastante fría, pensaba la señora Péricand. Así era el pueblo; nunca estaba satisfecho y, cuanto más se desvivía una por él, más voluble e ingrato se mostraba. Pero la señora Péricand no esperaba más recompensa que la del Cielo.

Se volvió hacia la penumbra del vestíbulo y, con infinita bondad, anunció:

– Si queréis, podéis oír las noticias.

– Gracias, señora -murmuraron unas voces respetuosas, y los criados penetraron de puntillas en el salón: Madeleine, Marie y Auguste, el ayuda de cámara; Maria, la cocinera, avergonzada de que sus manos oliesen a pescado, entró la última.

En realidad, las noticias ya habían acabado. Ahora venía el comentario de la situación, «seria, desde luego, pero no alarmante», aseguraba el locutor. Hablaba con una voz tan clara, tan tranquila, tan campechana, con notas vibrantes cada vez que pronunciaba las palabras «Francia, Patria y Ejército», que sembraba el optimismo en el corazón de sus oyentes. Tenía una forma muy suya de recordar el comunicado según el cual «el enemigo sigue atacando encarnizadamente nuestras posiciones, en las que ha topado con la enérgica resistencia de nuestras tropas». Leía la primera mitad de la frase con un tono ligero, irónico y desdeñoso, como si quisiera decir: «O eso es lo que intentan hacernos creer.» En cambio, enfatizaba cada sílaba de la segunda, subrayando el adjetivo «enérgica» y las palabras «nuestras tropas» con tanta firmeza que la gente no podía dejar de pensar: «Está claro que no hay que preocuparse demasiado.»

La señora Péricand vio las miradas de duda y esperanza que se clavaban en ella y declaró con firmeza:

– ¡No me parece malo en absoluto! -No es que estuviera convencida, pero consideraba que su deber era levantar la moral de quienes la rodeaban.

Maria y Madeleine suspiraron.

– ¿Usted cree, señora?

Hubert, el segundo hijo del matrimonio Péricand, un muchacho de dieciocho años, mofletudo y sonrosado, parecía el único presa de la desesperación y el estupor. Se enjugaba nerviosamente el cuello con el pañuelo hecho un rebujo y, con voz aguda y por momentos ronca, exclamó:

– ¡No es posible! ¡No es posible que hayamos llegado a esto! Pero bueno, ¿a qué esperan para movilizar a todos los hombres? ¡A todos, de los dieciséis a los sesenta, y enseguida! Es lo que deberían hacer, ¿no le parece, madre? -Y salió corriendo hacia la sala de estudio, de donde regresó con un enorme mapa que desplegó sobre la mesa-. ¡Le digo que estamos perdidos! -aseguró midiendo febrilmente las distancias-. Perdidos a menos que… -Al parecer, aún quedaba una esperanza-. Ahora entiendo lo que vamos a hacer -anunció de pronto, con una ancha sonrisa que dejó al descubierto sus blancos dientes-. Lo entiendo perfectamente. Dejaremos que avancen y avancen, y luego los esperaremos aquí y aquí, fíjese, madre… O puede que…

– Sí, sí -respondió ella-. Anda, ve a lavarte las manos y quítate ese mechón de los ojos. ¡Mira qué aspecto tienes!

Enrabietado, Hubert plegó el mapa. Philippe era el único que lo tomaba en serio, el único que le hablaba como a un igual. «¡Familias, os odio!», declamó para sus adentros, y al salir del salón, para vengarse, dispersó de un puntapié los juguetes de su hermano Bernard, que empezó a berrear. «Así aprenderá lo que es la vida», se dijo Hubert. La niñera se apresuró a hacer salir a Bernard y Jacqueline; el pequeño Emmanuel ya se había quedado dormido sobre su hombro. La mujer avanzaba con paso vivo, llevando de la mano a Bernard y llorando a sus tres hijos, a los que veía con los ojos de la imaginación, los tres muertos.

– ¡Miseria y desgracias! ¡Miseria y desgracias! -repetía en voz baja y meneando la entrecana cabeza.

Luego abrió los grifos de la bañera y puso a caldear los albornoces de los niños, sin dejar de murmurar la misma frase, en la que veía resumida no sólo la situación política, sino también su propia existencia: las labores del campo en su juventud, la viudez, el mal carácter de sus nueras y la vida en casas ajenas desde los dieciséis años. Auguste, el ayuda de cámara, regresó a la cocina sin hacer ruido. Su solemne y estúpido rostro mostraba una expresión de desprecio hacia infinidad de cosas. La señora Péricand tomó posesión de la casa. Prodigiosamente activa, aprovechaba el cuarto de hora libre entre el baño de los niños y la cena para hacer recitar las lecciones a Jacqueline y Bernard.

– La Tierra es una esfera que no descansa sobre nada -declamaron sus frescas voces.

En el salón, el viejo Péricand y Albert, el gato, se quedaron solos. El día había sido espléndido. La luz del atardecer iluminaba suavemente los frondosos castaños, y Albert, un minino corriente de color gris que pertenecía a los niños, presa de una alegría frenética, rodaba por la alfombra, saltaba a la chimenea, mordisqueaba la punta de una peonía del jarrón azul oscuro colocado en una consola y delicadamente adornado con una boca de dragón grabada… De pronto, se encaramó de un salto al respaldo del sillón del anciano y le maulló en la oreja. El viejo Péricand levantó hacia él una mano violácea, temblorosa y tan helada como siempre. El felino se asustó y salió huyendo. Iban a servir la cena. Auguste entró en el salón para empujar el sillón de ruedas del inválido hasta el comedor. Cuando estaban sentándose a la mesa, la señora de la casa se quedó bruscamente inmóvil, con la cuchara del jarabe reconstituyente de Jacqueline todavía en la mano.

– Es vuestro padre, niños -dijo al oír una llave que giraba en la cerradura.

En efecto, era el señor Péricand, un individuo rechoncho de andares pausados y un tanto torpes. Su rostro, habitualmente sonrosado y tranquilo, de hombre bien alimentado, estaba muy pálido y traslucía no tanto miedo o preocupación como un asombro extraordinario. Las facciones de quienes hallan una muerte instantánea en un accidente, sin tiempo para sufrir ni asustarse, suelen mostrar una expresión parecida. Leían un libro, miraban por la ventanilla del coche, pensaban en sus asuntos, iban al vagón restaurante, y de pronto están en el infierno.

La señora Péricand hizo amago de levantarse.

– ¿Adrien? -dijo con voz angustiada.

– Nada, nada -se apresuró a murmurar su marido, señalando con la mirada a los niños, su padre y los criados.

Ella comprendió e indicó que siguieran sirviendo. Después, se esforzó en acabar su plato, pero cada bocado le parecía duro e insípido como una piedra y se le atascaba en la garganta. No obstante, repetía las frases que constituían el ritual de todas sus comidas desde hacía treinta años.

– No bebas antes de empezar la sopa -le decía a alguno de los niños-. El cuchillo, cariño…

Luego, cortó en finos trozos el filete de lenguado de su suegro. Al anciano se le preparaban platos exquisitos y complicados, y siempre le servía la propia señora Péricand, que además le llenaba el vaso de agua, le untaba mantequilla en el pan y le anudaba la servilleta alrededor del cuello, porque solía babear en cuanto veía aparecer algo que le gustaba. «Creo -les decía la señora Péricand a sus amigos- que estos pobres ancianos impedidos sufren si los tocan los criados.»

– Siempre debemos mostrar nuestro afecto al abuelito, hijos míos -advirtió a los niños, mirando al anciano con profunda ternura.

En su madurez, el señor Péricand había instituido varias obras benéficas, una de las cuales le era especialmente querida: los Pequeños Arrepentidos del decimosexto distrito, admirable institución que tenía por objeto redimir moralmente a menores implicados en atentados a las buenas costumbres. Siempre se había sabido que, a su muerte, el señor Péricand dejaría cierta cantidad a dicha institución, pero el anciano tenía una forma un tanto irritante de no precisar nunca la suma exacta. Cuando no le gustaba un plato o los niños armaban demasiado escándalo, despertaba de golpe de su letargo y, con voz débil pero clara, decretaba: «Legaré cinco millones a la Obra.» A lo que seguía un embarazoso silencio.

Por el contrario, cuando había comido y dormido a gusto en su sillón, tomando el sol que entraba por la ventana, alzaba hacia su nuera sus apagados ojos, vagos y turbios como los de los niños muy pequeños o los perros recién nacidos.

Charlotte tenía mucho tacto. No exclamaba, como habría hecho cualquier otra: «Tiene mucha razón, padre», sino que con voz suave se limitaba a decir: «¡Dios mío, si le queda mucho tiempo para pensarlo!»

La fortuna de los Péricand era considerable, de modo que habría sido injusto acusarlos de codiciar la herencia del anciano. En cierto modo, más que tenerle apego al dinero, era el dinero el que les tenía apego a ellos. Había un cúmulo de cosas que les pertenecían por derecho, entre otras, los «millones de los Maltête-Lyonnais», que nunca gastarían, que guardarían para los hijos de sus hijos. En cuanto a la Obra de los Pequeños Arrepentidos, era tal el interés que les despertaba que dos veces al año la señora Péricand organizaba conciertos de música clásica para aquellos desventurados; ella tocaba el arpa y afirmaba que en determinados pasajes un coro de sollozos le respondía desde las sombras de la sala.

Los ojos de Péricand padre seguían atentamente las manos de su nuera. Estaba tan distraída y turbada que se olvidó de la salsa. La blanca barba del anciano empezó a agitarse de un modo alarmante. La señora Péricand volvió a la realidad y se apresuró a verter la mantequilla fresca, fundida y espolvoreada con perejil, sobre la marfileña carne del pescado; pero el anciano no recobró la serenidad hasta que ella dejó una rodaja de limón en el borde del plato.

Hubert se inclinó hacia su hermano y le susurró:

– ¿Va mal?

«Sí», respondió el otro con el gesto y la mirada.

Hubert dejó caer las temblorosas manos sobre las rodillas. Su arrebatada imaginación le pintaba vívidas escenas de batalla y de victoria. Era boy scout. Sus compañeros y él formarían un grupo de voluntarios, de francotiradores que defenderían el país hasta el final. En un segundo, recorrió mentalmente el tiempo y el espacio. Sus camaradas y él, un pequeño ejército unido bajo la bandera del honor y la fidelidad, lucharían incluso de noche; salvarían el París bombardeado, incendiado… ¡Qué experiencia tan emocionante, tan maravillosa! El corazón le brincaba en el pecho. Sin embargo, la guerra era algo espantoso y atroz… Embriagado por aquellas visiones, hizo tanta fuerza con el cuchillo que el trozo de rosbif que estaba cortando voló por los aires y aterrizó en el suelo.

– ¡Manazas! -le susurró Bernard, su vecino de mesa, haciéndole la burla por debajo del mantel.

Bernard y Jacqueline, de ocho y nueve años respectivamente, eran dos rubiales delgaduchos y engreídos. En cuanto acabaron el postre, los mandaron a la cama, y el viejo señor Péricand se adormiló en su sitio habitual, junto a la ventana abierta. El suave día de junio se demoraba, se negaba a morir. Cada latido de luz era más débil y más exquisito que el anterior, como si cada uno fuera un adiós lleno de pesar y de amor a la tierra. Sentado en el alféizar de la ventana, el gato contemplaba melancólicamente el horizonte. El señor Péricand iba de aquí para allá por el salón.

– Pasado mañana, mañana quizá, los alemanes estarán a las puertas de París. Se dice que el alto mando está decidido a luchar ante París, en París, detrás de París… Por suerte, la gente todavía no lo sabe, pero de aquí a mañana todo el mundo correrá a las estaciones, se echará a la carretera… Tenéis que salir mañana a primera hora e ir a casa de tu madre, a Borgoña, Charlotte. En cuanto a mí -añadió el señor Péricand, no sin cierto énfasis-, compartiré la suerte de los tesoros que me han confiado.

– Creía que habían evacuado el museo en septiembre… -dijo Hubert.

– Sí, pero el refugio provisional que eligieron en Bretaña no era adecuado, porque, como se ha demostrado, es húmedo como una bodega. No lo entiendo. Se había organizado un comité para la salvaguarda de los tesoros nacionales, dividido en tres grupos y siete subgrupos, cada uno de los cuales designaría una comisión de expertos encargada del repliegue de las obras artísticas durante la guerra, y hete aquí que el mes pasado un vigilante del museo provisional nos advierte que están apareciendo manchas sospechosas en las telas. Sí, un retrato admirable de Mignard tenía las manos roídas por una especie de lepra verde. Nos apresuramos a hacer regresar a París las valiosas cajas, y ahora estoy pendiente de una orden, que no puede tardar, para enviarlas más lejos.

– Pero entonces, nosotros ¿cómo viajaremos? ¿Solos?

– Los niños y tú os marcharéis tranquilamente mañana por la mañana, con los dos coches y, naturalmente, con todos los muebles y el equipaje que podáis llevaros, porque no hay que engañarse: puede que de aquí al fin de semana París haya sido destruido, incendiado y, por si fuera poco, saqueado.

– ¡Eres increíble! -exclamó Charlotte-. Lo dices con una calma…

El señor Péricand volvió hacia su mujer un rostro que iba recuperando poco a poco el tono sonrosado, pero aun así carente de brillo, como el de un cerdo recién sacrificado.

– Es que no puedo creerlo -explicó bajando la voz-. Te hablo, te escucho, decidimos abandonar nuestra casa, echarnos a la carretera, y no puedo creer que esto sea real, ¿comprendes? Ve a prepararte, Charlotte. Que esté todo listo por la mañana. Podréis llegar a casa de tu madre a la hora de la cena. Yo me reuniré con vosotros en cuanto pueda.

La señora Péricand había adoptado la misma expresión resignada y agria que utilizaba junto con su bata de enfermera cuando los niños estaban enfermos; solían arreglárselas para enfermar todos a la vez, aunque de dolencias distintas. En esas ocasiones, ella salía de las habitaciones de sus hijos sosteniendo el termómetro como si blandiese la palma del martirio, y todo en su aspecto era un grito: «¡El último día, Tú reconocerás a los tuyos, dulce Jesús mío!»

– ¿Y Philippe? -se limitó a preguntar.

– Philippe no puede abandonar París.

Ella asintió y salió con la cabeza bien alta. No se hundiría bajo aquella carga. Se las arreglaría para que al día siguiente la familia estuviera lista para partir: un anciano impedido, cuatro niños, los criados, el gato, la plata, las piezas más valiosas del servicio, las pieles, las cosas de los niños, provisiones, el botiquín… Se estremeció.

En el salón, Hubert le imploraba a su padre:

– Deje que me quede. Estaré con Philippe y… No se ría de mí, pero ¿no cree que, si fuera a buscar a mis camaradas, jóvenes, fuertes, dispuestos a todo, podríamos formar una compañía de voluntarios…? Podríamos…

El señor Péricand lo miró y se limitó a decir:

– Mi pobre pequeño.

– ¿Se ha acabado? ¿Hemos perdido la guerra? -balbuceó Hubert-. ¿No es…? ¿No es verdad?

Y de pronto, para su horror, rompió en sollozos. Lloraba como un niño, como habría podido hacerlo Bernard, con la boca muy abierta y las lágrimas resbalándole por las mejillas. La noche llegaba, suave y tranquila. En el aire ya oscuro, una golondrina pasó muy cerca del balcón. El gato soltó un breve maullido de voracidad.

<p>3</p>

El escritor Gabriel Corte trabajaba en su terraza, entre el oscuro y ondulante bosque y el ocaso de oro verde que se apagaba sobre el Sena. ¡Qué tranquilidad lo rodeaba! A su lado tenía a unos íntimos muy bien educados, sus grandes perros blancos, que permanecían inmóviles con el hocico sobre las frescas losas y los ojos entornados. A sus pies, su amante recogía silenciosamente las hojas que Gabriel iba dejando caer. Sus criados y su secretaria, invisibles tras las vidrieras espejadas, estaban en algún lugar del fondo de la casa, entre los bastidores de una vida que Corte quería que fuera brillante, fastuosa y disciplinada como un ballet. Tenía cincuenta años y sus propios juegos. Era, según el día, el Señor de los Cielos o un pobre autor aplastado por una tarea dura e inútil. Sobre su escritorio había hecho grabar: «Para levantar un peso tan enorme, Sísifo, se necesitaría tu coraje.» Sus colegas lo envidiaban porque era rico. El mismo contaba con amargura que, en su primera candidatura a la Academia Francesa, uno de los electores a los que solicitaron que votara por él respondió con sequedad: «¡Tiene tres líneas de teléfono!»

Era un hombre apuesto, con maneras lánguidas y crueles de gato, manos suaves y expresivas, y un rostro de César un poco grueso. Florence, su amante oficial, a la que admitía en su cama hasta la mañana siguiente (las demás nunca pasaban toda una noche con él), habría sido la única capaz de decir a cuántas máscaras podía parecerse Gabriel, vieja coqueta con dos bolsas lívidas bajo los párpados y cejas de mujer, delgadas, demasiado finas.

Esa tarde trabajaba, como de costumbre, medio desnudo. Su casa de Saint-Cloud estaba construida de tal modo que hasta la terraza, enorme, admirable, adornada con cinerarias azules, escapaba a las miradas indiscretas. El azul era el color favorito de Gabriel Corte. No podía escribir sin tener al lado una pequeña copa de lapislázuli azul intenso. A veces la contemplaba y la acariciaba como a una amante. Por otro lado, lo que más le gustaba de Florence, como le decía a menudo, eran sus ojos, de un azul franco, que le producían la misma sensación de frescura que su copa. «Tus ojos me quitan la sed», murmuraba. Florence tenía una barbilla suave y un tanto adiposa, voz de contralto todavía hermosa, y algo de bovino en la mirada, les decía Gabriel en confianza a sus amigos. «Eso me encanta. Una mujer debe parecerse a una ternera dulce, confiada y generosa, con un cuerpo blanco como la leche, ya sabéis, con esa piel de las viejas actrices, suavizada por los masajes, impregnada por los cosméticos y los polvos.» Corte alzó los finos dedos en el aire y los hizo chasquear como si fueran castañuelas. Florence le tendió un limón cortado y él mordió la pulpa; luego se comió una naranja y unas fresas heladas. Consumía fruta en cantidades asombrosas. La mujer lo miró, casi arrodillada ante él en un puf de terciopelo, en la postura de adoración que a él le gustaba (no habría podido imaginar una mejor). Estaba cansado, pero con el grato cansancio que sigue a un trabajo satisfactorio, todavía mejor que el del amor, como él mismo solía decir. Gabriel contempló a su amante con benevolencia.

– Bueno, no ha ido del todo mal, creo. ¿Y sabes qué? -añadió dibujando un triángulo en el aire y señalando el vértice superior-, el centro ya ha quedado atrás.

Florence sabía a qué se refería. La inspiración solía flaquearle hacia la mitad de la novela. Llegado a ese punto, Corte sufría como un caballo que no consigue sacar su coche de un atolladero. Florence juntó las manos en un gracioso gesto de admiración y sorpresa.

– ¿Ya? Te felicito, cariño mío. Ahora irá sola, estoy segura.

– ¡Dios te oiga! -exclamó Gabriel con aprensión-. Pero me preocupa Lucienne.

– ¿Lucienne?

Corte la fulminó con una mirada dura y fría. Cuando él recuperaba el buen humor, Florence le decía: «Has vuelto a mirarme como un basilisco.» El se reía, halagado, pero cuando estaba poseído por el fuego de la creación odiaba las bromas.

Ella no se acordaba en absoluto del personaje de Lucienne.

– ¡Ah, sí, claro! -mintió-. ¡No sé en qué estaría pensando!

– Yo también me lo pregunto -replicó él con tono herido. Pero la vio tan contrita y humilde que le dio pena y se ablandó-. Te lo digo siempre: no le prestas suficiente atención a los secundarios. Una novela tiene que parecerse a una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que se conoce a fondo. Mira a Proust y algunos otros que han sabido sacarle partido a los secundarios. Los utilizan para humillar, para empequeñecer a sus protagonistas. Nada más saludable en una novela que esa lección de humildad dada a los héroes. Recuerda Guerra y paz: las campesinas que cruzan la carretera riendo ante la carroza del príncipe André lo verán hablar primero para ellas, para sus oídos, y de pronto la visión del lector se eleva: ya no hay un solo rostro, una sola alma. Descubre la multiplicidad de los moldes. Espera, voy a leerte ese pasaje, es notable. Enciende la luz -pidió, porque se había hecho de noche.

– Los aviones -respondió Florence señalando el cielo.

– ¿Es que nunca van a dejarme en paz? -gruñó Gabriel. Odiaba la guerra, que amenazaba algo mucho más importante que su vida o su bienestar: a cada instante destruía el universo de la ficción, el único en que se sentía feliz, como el sonido de una terrible y discordante trompeta que derrumbaba las frágiles murallas alzadas con tanto esfuerzo entre él y el mundo exterior-. ¡Dios! -suspiró-. ¡Qué fastidio, qué pesadilla! -Pero volvió a la tierra-. ¿Tienes los periódicos?

Florence se los llevó sin decir palabra. Salieron de la terraza. Gabriel pasaba las páginas con rostro sombrío.

– Nada nuevo, en definitiva -murmuró. No quería ver nada. Rechazaba la realidad con el gesto asustado e irritado de alguien a quien despiertan en mitad de un sueño. Incluso se puso la mano delante de los ojos a modo de pantalla, como habría hecho para protegerse de una luz demasiado intensa. Florence se acercó al aparato de radio-. No, no la enciendas.

– Pero, Gabriel…

– Te he dicho que no quiero oír nada -repitió él, pálido de ira-. Mañana, mañana será el momento. Ahora las malas noticias (y no pueden ser más que malas, con esos imbéciles en el gobierno) sólo servirían para cortarme el impulso, arrebatarme la inspiración y tal vez provocarme una crisis de angustia esta noche. Mira, más vale que llames a la señorita Sudre. Creo que voy a dictar unas páginas.

Florence se apresuró a obedecer. Cuando volvía al salón tras avisar a la secretaria, sonó el teléfono.

– Es el señor Jules Blanc, que llama de la presidencia del Consejo y desea hablar con el señor -anunció el ayuda de cámara.

Florence cerró cuidadosamente todas las puertas para que ni un solo ruido penetrara en el salón, donde Gabriel y la secretaria estaban trabajando, y cogió el auricular. Entretanto, el ayuda de cámara preparaba, como de costumbre, la cena fría que esperaba el capricho del señor. Gabriel comía poco a mediodía, pero solía tener hambre por la noche. Había sobras de perdigón frío, melocotones, unos deliciosos pastelillos de queso que Florence en persona encargaba en una tienda de la orilla izquierda, y una botella de Pommery. Tras muchos años de reflexión y búsqueda, Gabriel había llegado a la conclusión de que lo único conveniente para su enfermedad de hígado era el champán. Florence escuchaba al teléfono la voz de Jules Blanc, una voz agotada, casi afónica, y al mismo tiempo oía los ruidos familiares de la casa, el débil tintineo de platos y vasos, y el timbre cansado, ronco y profundo de la voz de Gabriel, y se sentía como si estuviera viviendo un confuso sueño. Tras colgar el auricular llamó al ayuda de cámara. Llevaba mucho tiempo a su servicio y estaba hecho a lo que él llamaba «la mecánica de la casa». A Gabriel le encantaba aquel inconsciente pastiche del Grand Siècle.

– ¿Qué hacemos, Marcel? El señor Jules Blanc nos aconseja que nos marchemos.

– ¿Marcharse? ¿Para ir adónde, señora?

– A donde sea. A Bretaña. Al sur. Los alemanes han cruzado el Sena. ¿Qué hacemos? -repitió Florence.

– No sabría decirle, señora -respondió Marcel con tono glacial.

Era un poco tarde para pedirle su opinión. «Para hacer bien las cosas -se dijo Marcel-, habría que haberse ido ayer. ¡Qué pena, comprobar que la gente rica y famosa tiene menos conocimiento que los animales! ¡Por lo menos ellos barruntan el peligro!» A él, por su parte, no le daban miedo los alemanes. Los había visto en el catorce. Ahora ya no era movilizable y lo dejarían tranquilo. Pero estaba escandalizado de que no se hubieran tomado medidas respecto a la casa, los muebles y la plata a su debido tiempo. Se permitió un suspiro apenas perceptible. El lo habría embalado todo, escondido en cajas y puesto a buen recaudo hacía tiempo. Sentía hacia sus señores una especie de desprecio afectuoso, parecido al que sentía por los galgos blancos, hermosos pero sin carácter.

– La señora haría bien en advertir al señor -concluyó.

Florence avanzó hacia el salón, pero, apenas entreabrió la puerta, oyó la voz de Gabrie era la de los peores días, la de los momentos de trance, una voz lenta, ronca, entrecortada por una tos nerviosa. Dio instrucciones a Marcel y la doncella y se ocupó de los objetos más valiosos, los que uno se lleva en la huida, en el peligro. Hizo colocar sobre su cama una maleta ligera y resistente. En primer lugar escondió las joyas que había tenido la precaución de sacar del cofre. Puso encima un poco de ropa interior, los artículos de aseo, dos blusas de repuesto, un sencillo vestido de noche, para tener algo que ponerse nada más llegar, porque había que contar con retrasos en la carretera, un albornoz y unas chinelas, su estuche de maquillaje (que ocupaba bastante sitio) y, naturalmente, el manuscrito de Gabriel. Intentó cerrar la maleta, en vano. Movió el cofrecillo de las joyas y volvió a intentarlo. No, estaba claro que había que sacar algo. Pero ¿qué? Todo era indispensable. Apoyó una rodilla en la maleta, presionó y tiró del cierre inútilmente… Estaba empezando a ponerse nerviosa. Acabó por llamar a la doncella.

– ¿Podrías cerrar esto, Julie?

– Está demasiado llena, señora. Es imposible.

Por un instante, Florence dudó entre el estuche de maquillaje y el manuscrito. Eligió el maquillaje y cerró la maleta.

«Meteremos el manuscrito en la sombrerera -pensó-. ¡Ah, no! Lo conozco: estallidos de ira, un ataque de angustia, la digitalina para el corazón… Mañana veremos. Lo mejor es prepararlo todo para el viaje esta noche y que no se entere de nada. Después ya veremos…»

<p>4</p>

Los Maltête-Lyonnais habían legado a los Péricand no sólo su fortuna, sino también la predisposición a la tuberculosis. La enfermedad se había llevado a dos hermanas de Adrien Péricand de corta edad. El padre Philippe la había padecido hacía tiempo, pero dos años en la montaña parecían haberlo sanado en el momento en que al fin acababa de ser ordenado sacerdote. No obstante, aún tenía los pulmones delicados y, tras el estallido de la guerra, fue declarado inútil. Sin embargo, su aspecto era el de un hombre sano. Tenía tez sonrosada, espesas cejas negras y apariencia robusta y saludable. Era párroco en un pueblo de Auvernia. Cuando su vocación se confirmó, la señora Péricand lo abandonó al Señor. A ella le hubiese gustado un poco de gloria mundana, que su primogénito estuviera llamado a altos destinos, en lugar de enseñar el catecismo a los hijos de los campesinos del Puy-de-Dôme. Y a falta de un cargo eclesiástico importante, habría preferido para su hijo el claustro antes que aquella mísera parroquia. «Es un desperdicio -le decía con convicción-. Malgastas los dones que te concedió el Todopoderoso.» Pero se consolaba pensando que la dureza del clima le hacía bien. El aire de las grandes altitudes, que había respirado en Suiza durante dos años, parecía habérsele hecho necesario. En París se reencontraba con las calles y las recorría a largas y ágiles zancadas que hacían sonreír a los viandantes, porque la sotana no casaba con aquellos andares.

Esa mañana, Philippe se detuvo ante un inmueble gris y entró en un patio que olía a co la Obra de los Pequeños Arrepentidos del decimosexto distrito ocupaba una casa construida detrás de un edificio alto de viviendas de alquiler. Como lo expresaba la señora Péricand en la carta anual dirigida a los amigos de la Obra (miembro fundador, 500 francos al año; benefactor, 100 francos, y afiliados, 20 francos), allí los niños vivían en las mejores condiciones materiales y morales, entregados al aprendizaje de diversos oficios y a una sana actividad física. A un lado de la casa se alzaba un pequeño hangar acristalado que albergaba un taller de ebanistería y un banco de zapatero. A través de los cristales, el padre Péricand vio las redondas cabezas de los pupilos, que se alzaron un instante al oír sus pasos. En un recuadro de jardín, entre la escalinata y el hangar, dos muchachos de unos quince años trabajaban a las órdenes de un celador. No llevaban uniforme. No se había querido perpetuar el recuerdo de los correccionales, que algunos conocían ya. Vestían ropa confeccionada por personas caritativas que aprovechaban restos de lana y telas en su beneficio. Un muchacho llevaba un jersey verde manzana que le dejaba al descubierto las delgadas y velludas muñecas. Removían la tierra, arrancaban malas hierbas y plantaban macetas con irreprochable disciplina. Saludaron al padre Péricand, que les sonrió. El sacerdote se veía sereno, pero su expresión era seria y un tanto triste. Sin embargo, su sonrisa irradiaba una gran dulzura, al tiempo que un poco de timidez y tierno reproche. «Yo os quiero. ¿Por qué no me queréis vosotros a mí?», parecía decir. Los niños lo miraban en silencio.

– Qué buen tiempo… -dijo Philippe.

– Sí, señor cura -respondieron los chicos con mecánica frialdad.

Philippe murmuró otra frase y entró en el vestíbulo. La casa era gris y pulcra, y la habitación en que se encontraba estaba casi desnuda. El mobiliario se reducía a dos sillas de rejilla. Era el locutorio donde los pupilos recibían a las visitas, toleradas pero no alentadas. Por otra parte, casi todos eran huérfanos. Muy de tarde en tarde, alguna vecina que había conocido a sus difuntos padres o una hermana mayor que servía en provincias se acordaba de ellos y obtenía permiso para verlos. Pero el padre Péricand nunca se había encontrado con nadie en aquel locutorio, contiguo al despacho del director.

El director, un hombre menudo y pálido de párpados sonrosados, tenía una nariz puntiaguda y trémula como un hocico que olfatea la comida. Sus pupilos lo llamaban «la rata» y «el tapir». Al ver entrar a Philippe le tendió los brazos; tenía las manos frías y húmedas.

– No sé cómo agradecerle su bondad, señor cura. ¿Realmente se encargará de nuestros pupilos? -Los niños debían ser evacuados al día siguiente, y a él acababan de llamarlo urgentemente al sur, junto a su esposa enferma-. El celador teme verse desbordado, no poder con nuestros treinta muchachos él solo.

– Parecen muy dóciles -observó Philippe.

– Sí, son buenos chicos. Nosotros los suavizamos, domamos a los más rebeldes… Pero, modestia aparte, todo esto lo hago funcionar yo solo. Los celadores son un poco timoratos. Además, la guerra nos ha privado de uno, y el otro… -Hizo una mueca-. Excelente si no lo sacas de la rutina, pero incapaz de la menor iniciativa. Uno de esos hombres que se ahogan en un vaso de agua. En fin, no sabía a qué santo encomendarme para llevar a buen término la evacuación, cuando su señor padre me dijo que estaba usted de paso, que mañana regresaría a sus montañas y que no se negaría a acudir en nuestra ayuda.

– Lo haré con sumo gusto. ¿Cómo viajarán los chicos?

– Hemos conseguido dos camiones. Tenemos suficiente gasolina. Como sabe, el lugar de acogida se encuentra a unos cincuenta kilómetros de su parroquia. Apenas tendrá que alargar el viaje.

– Tengo libre hasta el jueves -dijo Philippe-. Me sustituye un compañero.

– ¡No, el viaje no durará tanto! Su padre me ha dicho que conoce usted la casa que una dama benefactora ha puesto a nuestra disposición. Es un amplio edificio en medio del bosque. La propietaria lo heredó el año pasado y el mobiliario, que era muy elegante, se vendió poco antes de la guerra. Los chicos podrán acampar en el parque. Y en esta hermosa estación, ¡qué alegría para ellos! Al comienzo de la guerra ya pasaron tres meses en Corrèze, en otra casa de campo amablemente ofrecida a la Obra por una de esas damas. Allí no teníamos ningún medio de calefacción. Por la mañana había que romper el hielo de las jofainas. Los niños se portaron mejor que nunca. Ha pasado el tiempo de las pequeñas comodidades, de la regalada vida en paz. -El sacerdote miró el reloj-. ¿Querría almorzar conmigo, padre? -añadió el director.

Philippe rehusó la invitación. Había llegado a París esa misma mañana, tras viajar toda la noche. Temía que Hubert cometiera no sabía qué locura y había venido a buscarlo, pero la familia salía ese mismo día hacia Nièvre. Philippe quería estar presente cuando se marcharan; no les vendría mal que les echara una mano, pensó sonriendo.

– Voy a anunciar a nuestros pupilos que va usted a reemplazarme -dijo el director-. Tal vez desee dirigirles unas palabras, a modo de primera aproximación. Pensaba hablarles yo, despertar sus mentes a la conciencia de las guerras padecidas por la Patria; pero salgo a las cuatro y…

– Les hablaré yo -respondió el padre Péricand.

Luego, bajó los ojos y se llevó la yema de los dedos a los labios. Una expresión de severidad y tristeza, dirigidas ambas hacia sí mismo, hacia su propio corazón, le cubrió el rostro. No quería a aquellos pobres chicos. Se acercaba a ellos con dulzura, con toda la buena voluntad de que era capaz, pero en su presencia no sentía más que frialdad y repugnancia, ningún arranque de amor, ni el menor asomo de la divina palpitación que despertaban los pecadores más miserables cuando imploraban perdón. En las fanfarronadas de muchos viejos ateos, de muchos blasfemos impenitentes, había más humildad que en las palabras o las miradas de aquellos niños. Su aparente docilidad era espantosa. Pese al bautismo, pese a los sacramentos de la comunión y la penitencia, ningún rayo salvador llegaba hasta ellos. Hijos de las tinieblas, ni siquiera tenían suficiente fuerza espiritual para elevarse hasta el deseo de la luz; no la presentían, no la anhelaban, no la echaban en falta. El padre Péricand pensó enternecido en sus niños de la catequesis. No, tampoco se hacía ilusiones respecto a ellos. Ya sabía que el mal había echado raíces firmes y duraderas en sus jóvenes almas; pero, a veces, qué estallidos de ternura, qué gracia inocente, qué estremecimientos de piedad y horror cuando les hablaba de los suplicios de Cristo… No veía el momento de regresar junto a ellos. Pensó en la ceremonia de la comunión, fijada para el domingo siguiente.

Entretanto, habían llegado a la sala en que acababan de reunir a los pupilos. Las contraventanas estaban cerradas. En la penumbra, Philippe tropezó en el escalón del umbral y tuvo que agarrarse al brazo del director. Miró a los niños temiendo, esperando un estallido de risas ahogadas. A veces basta un incidente tan nimio como aquél para romper el hielo entre profesores y alumnos. Pero no; ninguno rechistó. Pálidos, con los labios apretados y los ojos bajos, esperaban en pie, formando un semicírculo delante de la pared, con los más pequeños en primera línea. Estos tenían entre once y quince años. Casi todos eran bajos y enclenques para su edad. Detrás estaban los adolescentes, de entre quince y diecisiete años. Algunos tenían la frente estrecha y pesadas manos de asesino. Una vez más, en cuanto los tuvo delante, el padre Péricand fue presa de un extraño sentimiento de aversión y casi de miedo. Tenía que vencerlo a toda costa. Avanzó hacia ellos, que retrocedieron imperceptiblemente, como buscando refugio en la pared.

– Hijos míos, a partir de mañana y hasta el final de vuestro viaje, sustituiré al señor director -anunció-. Ya sabéis que vais a abandonar París. Sólo Dios conoce la suerte que correrán nuestros soldados y nuestra amada Patria. Sólo Él, en su infinita sabiduría, conoce la suerte que correremos cada uno de nosotros en los días venideros. Lamentablemente, es muy probable que todos suframos en nuestro corazón, porque las desgracias públicas están hechas de una multitud de desgracias privadas. No obstante, son el único caso en que tomamos conciencia, ciegos e ingratos como somos, de la solidaridad que nos une como a miembros de un mismo cuerpo. Lo que me gustaría pediros es un acto de confianza en Dios. Con la boca pequeña solemos repetir: «Hágase tu voluntad», pero en nuestro fuero interno exclamamos: «¡Hágase mi voluntad, Señor!» Sin embargo, ¿por qué buscamos a Dios? Porque anhelamos la felicidad; la aspiración a la felicidad es un rasgo innato del hombre, y esa felicidad puede dárnosla Dios en esta vida, sin necesidad de esperar la muerte y la Resurrección, si aceptamos su voluntad, si hacemos nuestra esa voluntad. Hijos míos, que cada uno de vosotros se confíe a Dios. Que se dirija a Él como a un padre, que ponga su vida en sus amorosas manos, y la paz divina descenderá sobre él de inmediato. -Philippe esperó un instante, observándolos-. Ahora diremos juntos una breve oración.

Treinta voces agudas e indiferentes recitaron el padrenuestro. Treinta chupados rostros rodeaban al sacerdote; las frentes se inclinaron con un movimiento brusco, mecánico, cuando el padre Péricand hizo la señal de la cruz ante ellas. Un niño de boca grande y amarga fue el único que volvió los ojos hacia la ventana, y el rayo de luz que se colaba entre los postigos iluminó una delicada mejilla cubierta de pecas y una nariz fina y contraída.

Ninguno de ellos se movió ni respondió. A un toque de silbato del celador, se pusieron en fila y abandonaron la sala.

<p>5</p>

Las calles estaban desiertas. Los comerciantes echaban los cierres de las tiendas. En el silencio, sólo se oía su ruido metálico, ese sonido que con tanta fuerza resuena en los oídos las mañanas de sublevación o guerra en las ciudades amenazadas. Más lejos, en su recorrido habitual, los Michaud vieron camiones cargados esperando a las puertas de los ministerios. Menearon la cabeza. Como de costumbre, se cogieron del brazo para cruzar la avenida de la Opera frente al banco, aunque esa mañana la calzada estaba vacía. Ambos eran empleados de banca y trabajaban para la misma entidad, aunque él ocupaba un puesto de contable desde hacía quince años mientras que ella sólo llevaba unos meses contratada «de forma provisional, hasta que acabe la guerra». Era profesora de canto, pero en septiembre del año anterior había perdido a todos sus alumnos, enviados a provincias por sus familias para protegerlos de los bombardeos. El sueldo del marido nunca había bastado para mantenerlos, y su único hijo estaba en el frente. Gracias a aquel puesto de secretaria habían podido salir adelante; como ella decía: «¡No hay que pedir lo imposible a mi pobre marido!» Su vida nunca había sido fácil desde el día en que escaparon de sus casas para casarse contra la voluntad de sus padres. De eso hacía mucho tiempo. La señora Michaud tenía el pelo gris, pero su delgado rostro todavía conservaba parte de su belleza. Él era de estatura baja y tenía aspecto cansado y descuidado, pero a veces, cuando se volvía hacia ella, la miraba y le sonreía, una llama burlona y tierna iluminaba los ojos de su mujer, la misma, pensaba él, sí, realmente casi la misma de antaño. La ayudó a subir a la acera y recogió el guante que se le había caído. Ella se lo agradeció con un ligero apretón en la mano que él le tendía. Otros empleados convergían hacia la puerta del banco. Al pasar junto a los Michaud, uno de ellos les preguntó:

– ¿Nos vamos, por fin?

Ellos no sabían nada. Era 10 de junio, un lunes. Dos días antes, al salir del trabajo todo parecía tranquilo. Evacuaban los valores a provincias, pero todavía no se había decidido nada sobre los empleados. Su destino se decidiría en el primer piso, donde se encontraban los despachos de dirección, dos grandes puertas pintadas de verde y acolchadas, ante las que los Michaud pasaron rápida y silenciosamente. Se separaron al final del pasillo; él subía a contabilidad y ella se quedaba en la zona privilegiada: era la secretaria de uno de los directores, el señor Corbin, el auténtico mandamás. Su segundo, el señor conde de Furières (casado con una Salomon-Worms), se encargaba más particularmente de las relaciones externas del banco, que tenía una clientela reducida pero muy selecta. Sólo se admitía a los grandes terratenientes y a los nombres más importantes de la industria, preferiblemente metalúrgica. El señor Corbin esperaba que su colega el conde de Furières facilitara su admisión en el Jockey. Llevaba años viviendo en esa espera. El conde consideraba que favores tales como invitaciones a cenas y a las cacerías de Furières compensaban ampliamente ciertas facilidades de caja. Por la noche, la señora Michaud remedaba para su marido las conversaciones de ambos directores, sus agrias sonrisas, las muecas de Corbin y las miradas del conde, lo que hacía un poco más llevadera la monotonía del trabajo diario. Pero desde hacía algún tiempo no tenían ni esa distracción: el conde de Furières estaba en el frente de los Alpes y Corbin dirigía solo la sucursal.

La señora Michaud entró con la correspondencia en la pequeña antesala del despacho del director. Un tenue perfume flotaba en el aire. Eso bastó para que supiera que Corbin estaba ocupado. El director protegía a una bailarina: la señorita Arlette Corail. Nunca se le había conocido una amante que no fuera bailarina. Era como si las mujeres que realizaban cualquier otra actividad no le interesaran. Ninguna mecanógrafa, por atractiva o joven que fuera, había conseguido desviarlo de aquella preferencia. Se mostraba igualmente odioso, grosero y tacaño con todas sus empleadas, fueran guapas o feas, jóvenes o viejas. Hablaba con una vocecilla atiplada, que resultaba curiosa en aquel pesado corpachón de buen comedor. Cuando se encolerizaba, su voz se volvía aguda y vibrante como la de una mujer.

Ese día, el estridente sonido que tan bien conocía la señora Michaud atravesaba la puerta cerrada. Uno de los empleados entró en la antesala y, bajando la voz, le anunció:

– Nos vamos.

– ¿Ah, sí? ¿Cuándo?

– Mañana.

Por el pasillo se deslizaban sombras cuchicheantes. Los empleados se paraban a hablar en los huecos de las ventanas y en los umbrales de los despachos. Corbin abrió al fin su puerta y la bailarina salió. Llevaba un vestido rosa caramelo y un gran sombrero de paja sobre el cabello teñido. Tenía un cuerpo esbelto y bien proporcionado y una expresión dura y cansada bajo el maquillaje. Unas manchas rojas le salpicaban las mejillas y la frente. Estaba visiblemente furiosa.

– ¿Qué quieres, que me vaya andando? -le oyó decir la señora Michaud.

– Vuelve al taller. Nunca me haces caso. No seas tacaña, págales lo que quieran y repararán el coche.

– Ya te he dicho que es imposible, ¡imposible! ¿Entiendes el idioma?

– Entonces, querida, ¿qué quieres que te diga? Los alemanes están a las puertas de París. ¿Y tú pretendes ir en dirección a Versalles? Además, ¿para qué vas allí? Coge el tren.

– ¿Sabes cómo están las estaciones?

– Las carreteras no estarán mucho mejor.

– Eres… eres un inconsciente. Te vas, te llevas tus dos coches…

– Transporto los expedientes y parte del personal. ¿Qué demonios quieres que haga con el personal?

– ¡Ah, no seas grosero, por favor! ¡Tienes el coche de tu mujer!

– ¿Quieres viajar en el coche de mi mujer? ¡Una idea estupenda!

La bailarina le dio la espalda y silbó a su perro, que acudió dando brincos. Ella le puso el collar con manos temblorosas de indignación.

– Toda mi juventud sacrificada a un…

– ¡Vamos, déjate de historias! Te telefonearé esta noche. Entretanto, veré qué puedo hacer…

– No, no. Ya veo que tendré que ir a morirme en una cuneta… ¡Oh! ¡Cállate, por Dios, me exasperas!

Por fin se dieron cuenta de que la secretaria los estaba oyendo. Bajaron la voz y Corbin cogió del brazo a su amante y la acompañó hasta la puerta. A la vuelta, fulminó con la mirada a la señora Michaud, que se cruzó con él y recibió la primera descarga de su mal humor.

– Reúna a los jefes de departamento en la sala del consejo. ¡Inmediatamente!

La señora Michaud salió para dar las órdenes oportunas. Unos instantes después, los empleados entraban en una gran sala donde el retrato de cuerpo entero del actual presidente, el señor Auguste-Jean, afectado desde hacía tiempo de un reblandecimiento del cerebro debido a su avanzada edad, hacía frente a un busto de mármol del fundador del banco.

Corbin los recibió de pie tras la mesa oval, en la que nueve cartapacios señalaban los puestos del consejo de administración.

– Señores, mañana a las ocho nos pondremos en camino hacia nuestra sucursal en Tours. Llevaré los expedientes del consejo en mi coche. Señora Michaud, usted y su marido me acompañarán. Los que tienen vehículo propio, que pasen a recoger al personal y se presenten a las seis de la mañana delante de la puerta del banco. Me refiero a aquellos a los que he comunicado que deben marcharse. En cuanto a los demás, intentaré arreglarlo. Si no, cogerán el tren. Muchas gracias, señores.

El director desapareció, y un rumor de voces inquietas llenó la sala. Dos días antes, el propio Corbin había declarado que no preveía ningún traslado, que los rumores alarmistas eran obra de traidores, que el banco seguiría en su puesto y cumpliría con su deber, aunque otros faltaran a él. Si el «repliegue», como púdicamente se le llamaba, se había decidido con tanta precipitación, era sin duda porque todo estaba perdido. Las mujeres se enjugaban los ojos llorosos. Los Michaud se abrieron paso entre los grupos y se quedaron juntos. Ambos pensaban en su hijo Jean-Marie. Su última carta estaba fechada el 2 de junio. Hacía sólo ocho días. ¡Cuántas cosas podían haber ocurrido desde entonces, Dios mío! En su angustia, el único consuelo posible era la presencia del otro.

– ¡Qué alegría no tener que separarnos! -le susurró ella.

<p>6</p>

Estaba anocheciendo, pero el coche de los Péricand seguía esperando delante de la puerta. Habían atado el blando y grueso colchón que ocupaba el lecho conyugal desde hacía veintiocho años al techo del vehículo, y un cochecito de niño y una bicicleta al maletero. Ahora trataban de meter en el habitáculo todos los bolsos, maletas y maletines de los miembros de la familia, además de las cestas de los sándwiches y los termos de la merienda, las botellas de leche de los niños, pollo frío, jamón, pan y las cajas de harina lacteada del anciano señor Péricand, y por último el cesto del gato. Para empezar, se habían retrasado porque el lavandero no había traído la ropa blanca y no conseguían contactar con él por teléfono. Parecía impensable abandonar aquellas grandes sábanas bordadas, parte del inalterable patrimonio de los Péricand-Maltête en la misma medida que las joyas, la plata y la biblioteca. Toda la mañana se había ido en pesquisas. El lavandero, que también se marchaba, había acabado por devolver la ropa blanca a la señora Péricand en forma de montones arrugados y húmedos. Ella se había saltado el almuerzo para supervisar personalmente su empaquetado. La idea inicial era que los criados viajaran con Hubert y Bernard en tren. Pero las verjas de todas las estaciones ya estaban cerradas y vigiladas por soldados. La muchedumbre se agarraba a los barrotes, los sacudía y acababa dispersándose por las calles aledañas. Algunas mujeres corrían llorando con sus hijos en brazos. La gente paraba los últimos taxis y ofrecía dos y hasta tres mil francos por abandonar París. «Sólo hasta Orleáns…» Pero los taxistas se negaban. No les quedaba gasolina. Los Péricand tuvieron que volverse a casa. Al final consiguieron una camioneta, en la que viajarían Madeleine, Maria, Auguste y Bernard, con su hermano pequeño en las rodillas. Hubert seguiría el convoy en bicicleta.

De vez en cuando, en el umbral de alguna casa del bulevar Delessert se veía aparecer un gesticulante grupo de mujeres, ancianos y niños que se esforzaban, con calma al principio, febrilmente después y con un nerviosismo frenético al final, en hacer entrar familias y equipajes en un Renault, en un turismo, en un cabriolé. No se veía una sola ventana iluminada. Empezaban a salir las estrellas, estrellas de primavera, con destellos plateados. París tenía su olor más dulce, un olor a castaños en flor y gasolina, con motas de polvo que crujen entre los dientes como granos de pimienta. En las sombras, el peligro se agrandaba. La angustia flotaba en el aire, en el silencio. Las personas más frías, las más tranquilas habitualmente, no podían evitar sentir aquel miedo sordo y cerval. Todo el mundo contemplaba su casa con el corazón encogido y se decía: «Mañana estará en ruinas, mañana ya no tendré nada. No le he hecho daño a nadie. Entonces, ¿por qué?» Luego, una ola de indiferencia inundaba las almas: «¿Y qué más da? ¡No son más que piedras y vigas, objetos inanimados! ¡Lo esencial es salvar la vida!» ¿Quién pensaba en las desgracias de la Patria? Ellos, los que se marchaban esa noche, no. El pánico anulaba todo lo que no fuera instinto, movimiento animal y trémulo del cuerpo. Coger lo más valioso que se tuviera en este mundo y luego… Y esa noche sólo lo que vivía, respiraba, lloraba, amaba, tenía valor. Raro era el que lamentaba la pérdida de sus bienes; la gente cogía en brazos a una mujer o un niño y se olvidaba de lo demás. Lo demás podía ser pasto de las llamas.

Aguzando el oído, se percibía el rumor de los aviones en el cielo. ¿Franceses o enemigos? No se sabía.

– Más deprisa, más deprisa -decía el señor Péricand.

Pero tan pronto se olvidaban de la plancha como de la caja de costura. Era imposible hacer entrar en razón a los criados. Temblaban de miedo, querían partir, pero la rutina podía más que el terror, y se empeñaban en que todo se hiciera según el ritual que precedía los viajes al campo en época de vacaciones. En las maletas, todo tenía que estar en su sitio habitual. No habían comprendido lo que ocurría realmente. Actuaban, por así decirlo, en dos tiempos, a medias en el presente y a medias en el pasado, como si los acontecimientos recientes sólo hubieran penetrado en la capa más superficial de su conciencia, dejando toda una profunda región adormecida en la ignorancia. El ama, con el cabello gris revuelto, los labios apretados y los párpados hinchados de tanto llorar, plegaba los pañuelos recién planchados de Jacqueline con movimientos asombrosamente enérgicos y precisos. La señora Péricand, que ya estaba junto al coche, la llamaba una y otra vez, pero la anciana no respondía, ni siquiera la oía. Al final, Philippe tuvo que subir a buscarla.

– Vamos, ama. ¿Qué te pasa? Hay que marcharse. ¿Qué te pasa? -repitió, cogiéndole la mano.

– ¡Oh, déjame, mi pobre pequeño! -gimió la mujer, olvidando que ahora sólo lo llamaba «señorito Philippe» o «señor cura» y volviendo instintivamente al tuteo de antaño-. Déjame, anda. ¡Tú eres bueno, pero estamos perdidos!

– Pero, mujer, no te pongas así. Deja los pañuelos, vístete y baja enseguida, que mamá te está esperando.

– ¡No volveré a ver a mis chicos, Philippe!

– Que sí, que sí -le aseguró Philippe, y él mismo se puso a peinarla, le arregló los desordenados mechones y le encasquetó un sombrero de paja negra.

– ¿Querrás rezarle a la Santa Virgen por mis chicos?

Philippe la besó en la mejilla con suavidad.

– Sí, claro que sí, te lo prometo. Y ahora, ve.

En la escalera se cruzaron con el chofer y el portero, que iban a buscar al anciano señor Péricand. Lo habían mantenido apartado del trajín hasta el último momento. Auguste y el enfermero acabaron de vestirlo. Lo habían operado no hacía mucho. Llevaba un complicado vendaje y, en previsión del fresco nocturno, un ceñidor de franela tan largo y ancho que tenía el cuerpo fajado como una momia. Auguste le abotonó los anticuados botines, le puso un jersey ligero pero de abrigo cálido y, por último, la chaqueta. El anciano, que hasta ese momento se había dejado manipular sin rechistar, como una muñeca vieja y tiesa, pareció despertar de un sueño y exclamó:

– ¡El chaleco de lana!

– Tendrá usted demasiado calor -observó Auguste, queriendo pasar a otra cosa.

Pero el anciano le clavó sus desvaídos y vidriosos ojos y, con voz un poco más alta, repitió:

– ¡El chaleco de lana!

Se lo dieron. Le pusieron su largo gabán y un pañuelo que le daba dos vueltas alrededor del cuello y se unía por detrás con un imperdible. Lo colocaron en su sillón de ruedas y bajaron con él los cinco pisos, pues el sillón no entraba en el ascensor. El enfermero, un alsaciano pelirrojo y fornido, bajaba los peldaños de espaldas levantando su carga con los brazos extendidos, mientras Auguste la sujetaba respetuosamente por detrás. Al llegar a un rellano, hacían un alto para secarse el sudor de la frente, mientras el anciano contemplaba el techo meneando su frondosa barba blanca. Era imposible saber qué pensaba de tan precipitado viaje. Sin embargo, contra lo que pudiera creerse, no ignoraba nada sobre los recientes acontecimientos. Mientras lo vestían, había murmurado:

– Una noche muy clara… No me sorprendería que… -Luego pareció quedarse dormido, pero acabó la frase al cabo de unos instantes, en el umbral de la puerta-: ¡No me sorprendería que nos bombardearan por el camino!

– ¡Qué ocurrencia, señor Péricand! -había exclamado el enfermero con todo el optimismo inherente a su profesión.

Pero el anciano ya había vuelto a adoptar su actitud de grave indiferencia. Al fin, consiguieron sacar el sillón de ruedas del edificio. Instalaron al anciano en el rincón de la derecha, bien resguardado de las corrientes de aire. Con manos temblorosas de impaciencia, su nuera en persona lo arrebujó en un chal escocés, cuyos largos flecos el anciano solía entretenerse en trenzar.

– ¿Todo en orden? -preguntó Philippe-. ¡Entonces en marcha, vamos!

«Si cruzan las puertas de París antes de que amanezca, habrán tenido suerte», pensó el sacerdote.

– Mis guantes -pidió el anciano.

Se los dieron. Con tantas capas de lana, costaba abrochárselos en las muñecas, pero él no perdonó ni un corchete. Por fin, todo estaba listo. Emmanuel lloraba entre los brazos del ama. La señora Péricand besó a su marido y su hijo mayor. Los estrechó sin llorar, pero ellos sintieron palpitar aceleradamente su corazón. El chofer puso el coche en marcha. Hubert montó en la bicicleta. Entonces el anciano señor Péricand levantó la mano y dijo con voz débil pero clara:

– Un momento.

– ¿Qué ocurre, padre? -El anciano indicó con señas que no podía decírselo a su nuera-. ¿Ha olvidado alguna cosa?

Él asintió con la cabeza. El coche se detuvo. Pálida de exasperación, la señora Péricand sacó la cabeza por la ventanilla.

– ¡Creo que papá se ha dejado algo! -gritó en dirección al pequeño grupo que se había quedado en la acera, formado por su marido, Philippe y el enfermero.

Cuando el coche retrocedió hasta la puerta, el anciano llamó al enfermero con un gesto discreto y le susurró algo al oído.

– Pero ¿qué le sucede? ¡Es increíble! A este paso, aún estaremos aquí mañana -exclamó la señora Péricand-. ¿Qué quiere usted, padre? ¿Qué ha dicho? -le preguntó al enfermero.

El hombre bajó los ojos.

– El señor quiere que volvamos a subirlo… para hacer pis.

<p>7</p>

Arrodillado en el parquet del salón, Charles Langelet empaquetaba personalmente sus porcelanas. Estaba gordo y padecía del corazón; el suspiro que salía de su pecho oprimido parecía un estertor. Se encontraba solo en el piso vacío. El matrimonio que trabajaba para él desde hacía siete años se había dejado llevar por el pánico esa misma mañana, cuando los parisinos habían despertado bajo una niebla artificial que caía como una lluvia de cenizas. La pareja había salido temprano a comprar provisiones y no había vuelto. Langelet pensaba con amargura en los generosos sueldos y gratificaciones que les había pagado desde que estaban con él y que sin duda les habían permitido comprarse una pequeña granja en su región natal.

Langelet debería haberse marchado hacía tiempo, pero le tenía demasiado apego a sus viejas costumbres. Retraído y desdeñoso, lo único que le gustaba en este mundo era su casa y los objetos esparcidos a su alrededor, en el suelo desnudo (las alfombras, enrolladas con naftalina, estaban escondidas en el sótano). Todas las ventanas estaban adornadas con largas tiras de papel engomado rosa y azul claro. El las había colocado con sus propias manos regordetas y pálidas, dándoles forma de estrellas, de barcos, de unicornios… Eran la admiración de sus amigos, pero es que él no podía vivir en un ambiente insulso o vulgar. A su alrededor, en su casa, todo lo que componía su forma de vida estaba hecho de detalles hermosos, humildes en unos casos y caros en otros, que acababan por crear un clima particular, grato, luminoso, el único, en definitiva, digno de un hombre civilizado, pensaba el señor Langelet. A los veinte años, llevaba un anillo con esta inscripción grabada en su interior: This thing of Beauty is a guilt for ever. Era una niñería, y había acabado deshaciéndose del anillo (al señor Langelet le gustaba hablar consigo mismo en inglés, lengua que por su poesía y su fuerza era ideal para algunos de sus estados de ánimos), pero no se había olvidado del lema, al que permanecía fiel.

Se incorporó sobre una rodilla y lanzó en derredor una mirada de desolación que lo abarcaba todo: el Sena bajo sus ventanas; el gracioso eje que separaba los dos salones; la chimenea, con sus morillos antiguos, y los altos techos, bañados por una luz límpida que tenía el tono verdoso y la transparencia del agua, porque llegaba tamizada por los estores de tela esmeralda del balcón.

De vez en cuando sonaba el teléfono. En París todavía quedaban algunos indecisos, locos que temían marcharse y esperaban no se sabía qué milagro. Lentamente, suspirando, el señor Langelet se llevaba el auricular al oído. Hablaba con voz nasal y pausada, con ese desapego, con esa ironía que sus amigos -un grupito muy cerrado, muy parisino- llamaban «un tono inimitable». Sí, había decidido marcharse. No, no le daba miedo. París no sería defendido. En el resto del país las cosas no serían muy diferentes. El peligro estaba en todas partes, pero él no huía del peligro. «He visto dos guerras», decía. Efectivamente, había vivido la del catorce, en su propiedad de Normandía, porque tenía el corazón delicado y lo habían eximido de cualquier servicio militar.

– Tengo sesenta años, mi querida amiga. No le temo a la muerte.

– Entonces, ¿por qué se va?

– No soporto este desorden, estos estallidos de odio, el repugnante espectáculo de la guerra. Me iré a algún rincón tranquilo en el campo. Viviré con los cuatro cuartos que me quedan hasta que el mundo recobre la cordura.

Le respondió una leve risita: tenía fama de tacaño y previsor. Se decía de é «¿Charlie? Se cose monedas de oro en todos los trajes viejos.» Esbozó una sonrisa agria y gélida. Sabía que su vida cómoda, demasiado desahogada, despertaba envidias.

– ¡Oh, usted no tendrá problemas! -aseguró su amiga-. Pero, desgraciadamente, no todo el mundo cuenta con su fortuna… -Charlie arrugó la frente: aquella mujer no tenía tacto-. ¿Adónde irá? -preguntó ella.

– A una casita que tengo en Ciboure.

– ¿Cerca de la frontera? -exclamó la amiga, que decididamente había perdido el comedimiento.

Se despidieron con frialdad. Charlie volvió a arrodillarse ante la caja, que ya estaba medio llena, y a través de la paja y el papel de seda acarició sus porcelanas, sus tazas de Nankín, su centro de mesa Wedgwood, sus jarrones de Sèvres, de los que no se separaría por nada del mundo… Pero tenía el corazón roto: no podría llevarse el lavabo de porcelana de Sajonia que tenía en el dormitorio, una pieza de museo, con su tremol decorado con rosas. ¡Eso se iría al infierno! Por unos instantes se quedó inmóvil, hincado sobre el parquet, con el monóculo colgando de su cordón negro. Era alto y fuerte; sobre su delicado cuero cabelludo, los ralos cabellos estaban distribuidos con sumo cuidado. Habitualmente, su rostro tenía una expresión impávida y desconfiada, como la de un viejo gato que ronronea junto al fuego. El esfuerzo del último día lo había dejado agotado, y ahora la mandíbula le colgaba floja, como a los muertos. ¿Qué había dicho aquella sabihonda por teléfono? ¡Había insinuado que él quería huir de Francia! ¡Menuda idiota! ¡Se creía que iba a avergonzarlo, que iba a sacarle los colores! Por supuesto que se iría. Si conseguía llegar a Hendaya, se las arreglaría para cruzar la frontera. Pasaría unos días en Lisboa y luego se marcharía de aquella Europa espantosa y sanguinolenta. La imaginaba convertida en un cadáver medio descompuesto, atravesado por mil heridas. Se estremeció. Él no estaba hecho para eso. No estaba hecho para el mundo que nacería de aquella carroña, como un gusano que sale de una tumba. Un mundo brutal, feroz, en el que habría que defenderse de las dentelladas. Miró sus hermosas manos, que nunca habían trabajado, que sólo habían acariciado estatuas, piezas de orfebrería antigua, encuadernaciones de lujo y algún que otro mueble isabelino. ¿Qué iba a hacer él, Charles Langelet, con sus refinamientos, con los escrúpulos que constituían la base de su carácter, en medio de aquella muchedumbre enloquecida? Le robarían, lo despojarían, lo asesinarían como a un pobre perro abandonado a los lobos. Sonrió débil y amargamente, imaginándose con el aspecto de un pequinés de dorada pelambre perdido en una jungla. No se parecía al común de los mortales. Sus ambiciones, sus miedos, sus cobardías y sus griteríos le eran ajenos. Vivía en un universo de paz y de luz. Estaba condenado a ser odiado y engañado por todos. Llegado a ese punto, se acordó de sus criados y rió por lo bajo. Era la aurora de los nuevos tiempos, ¡una advertencia y un presagio! Con dificultad, porque tenía las rodillas doloridas, se levantó, se llevó las manos a los riñones y fue a la antecocina en busca del martillo y los clavos para cerrar la caja. Después la bajó él mismo al coche: los porteros no necesitaban saber lo que se llevaba.

<p>8</p>

Los Michaud se habían levantado a las cinco de la mañana para tener tiempo de ordenar el piso a fondo antes de abandonarlo. Seguramente era absurdo tomarse tantas molestias por cosas sin valor y condenadas, con toda probabilidad, a desaparecer en cuanto las primeras bombas cayeran sobre París. Pero, pensaba la señora Michaud, también se viste y se acicala a los muertos, destinados a pudrirse en la tierra. Es un último homenaje, la suprema prueba de amor hacia quien nos fue querido. Y aquel pisito les era muy querido. Habían vivido en él dieciséis años. No podrían llevarse todos sus recuerdos. Por mucho que les pesara, los mejores se quedarían allí, entre aquellas cuatro humildes paredes. Guardaron los libros en la parte inferior de un armario, junto con todas las fotos de aficionado que siempre se proponían pegar en álbumes y que estaban desvaídas, curvadas, atrapadas en la ranura de un cajón. El retrato de Jean-Marie, de niño, ya estaba en el fondo de la maleta, entre los pliegues de un vestido de repuesto, y el banco les había recomendado encarecidamente que sólo llevaran lo estrictamente necesario: un poco de ropa interior y los artículos de aseo. Por fin, todo estaba listo. Ya habían desayunado. La señora Michaud cubrió la cama con una gran sábana que protegería del polvo la descolorida colcha de seda rosa.

– Es hora de marcharse -dijo su marido.

– Baja, yo voy enseguida -respondió ella con voz alterada.

Maurice la dejó sola. La señora Michaud entró en la habitación de Jean-Marie. Todo estaba silencioso, oscuro, lúgubre tras los postigos cerrados. Se arrodilló junto a la cama y dijo en voz alta: «¡Dios mío, protégelo!» Luego salió y cerró la puerta. Su marido la esperaba en la escalera. La atrajo hacia sí y, allí mismo, sin decir palabra, la estrechó entre sus brazos con tanta fuerza que ella soltó un pequeño grito de dolor.

– ¡Ah! Me haces daño, Maurice…

– Si no ha sido nada… -murmuró él con voz ronca.

En el banco, los empleados, reunidos en el amplio vestíbulo portando sus pequeños bolsos, comentaban las últimas noticias en voz baja. Corbin no estaba. El jefe de personal repartía los números de orden: cada uno tenía que subir al coche que le correspondiera cuando dijeran su número. Las salidas se efectuaron según lo previsto y sin contratiempos hasta mediodía. Luego llegó Corbin, con prisas y de mal humor. Bajó al sótano, a la cámara acorazada, de donde regresó con un paquete medio oculto bajo su abrigo.

– Son las joyas de Arlette -le susurró la señora Michaud a su marido-. Las de su mujer las retiró anteayer.

– Con tal que no se olvide de nosotros… -suspiró Maurice, entre irónico y preocupado.

Cuando Corbin se acercó, la señora Michaud le salió al paso con decisión.

– Así pues, ¿iremos con usted, señor director?

El asintió y les dijo que lo siguieran. Michaud cogió la maleta y los tres salieron de la oficina. El coche de Corbin estaba delante de la puerta, pero, cuando se acercaron, Michaud, entrecerrando sus ojos de miope, dijo con voz suave y un tanto cansada:

– Por lo que veo, nos han quitado el sitio.

Arlette Corail, su perro y sus maletas ocupaban el asiento trasero del vehículo.

– ¿Acaso vas a arrojarme a la acera? -le espetó la bailarina asomando la cabeza por la ventanilla.

Se inició una discusión de pareja. Los Michaud se alejaron unos pasos, pero lo oían todo.

– ¡Pero si en Tours tenemos que recoger a mi mujer! -espetó Corbin y le pegó un puntapié al perro.

El chucho soltó un gañido y se refugió entre las piernas de Arlette.

– ¡Bruto!

– Cállate. Si anteayer no hubieras estado callejeando con esos aviadores ingleses… Otros dos a los que me gustaría ver en el fondo del mar…

Ella repetía «¡Bruto! ¡Bruto!» con voz cada vez más aguda. Hasta que de pronto, con toda la calma del mundo, declaró:

– En Tours tengo un amigo. Ya no te necesitaré.

Corbin le lanzó una mirada torva, pero al parecer ya había tomado una decisión.

– Lo siento -dijo volviéndose hacia los Michaud-. Ya lo ven, no tengo sitio para ustedes. El coche de la señorita Corail ha sufrido un accidente, y ella necesita que la lleve hasta Tours. No puedo negarme. Tienen ustedes un tren dentro de una hora. Tal vez vayan un poco apretados, pero como es un viaje corto… En cualquier caso, arréglenselas para reunirse con nosotros lo antes posible. Confío en usted, señora Michaud, que es un poco más enérgica que su marido. Por cierto, Michaud, en adelante tendrá que mostrarse más dinámico que en los últimos tiempos -añadió, enfatizando las sílabas «di-ná-mi-co»-. No toleraré más apatía. Si quiere conservar su puesto, dese por advertido. Los quiero a los dos en Tours pasado mañana a más tardar. Necesito tener mi personal al completo.

Corbin se despidió con un pequeño gesto de la mano, subió al coche y se marchó con la bailarina. En la acera, los Michaud se miraron.

– Es la mejor defensa -comentó Michaud con su habitual flema, encogiendo ligeramente los hombros-. Reñir a la gente que tiene motivos de queja contra ti. ¡Siempre funciona! -Ambos se echaron a reír-. ¿Y ahora qué hacemos?

– Volver a casa y comer -refunfuñó ella, furiosa.

Encontraron el piso fresco, la cocina con las persianas bajadas, los muebles cubiertos con fundas. Todo tenía un aire íntimo, amistoso y acogedor, como si en la penumbra una voz hubiera susurrado: «Os esperábamos. Todo está en orden.»

– Quedémonos -propuso Maurice.

Estaban sentados en el sofá del salón y ella le acariciaba las sienes con sus manos delgadas y suaves, un gesto familiar en la pareja.

– Mi pobre niño… Es imposible, hay que vivir, no tenemos nada ahorrado desde mi operación, lo sabes perfectamente. Quedan ciento setenta y cinco francos en la caja de ahorros. Corbin no dejaría pasar la oportunidad de ponernos en la calle. Después de un golpe así, todos los bancos reducirán su personal. Hay que llegar a Tours a toda costa.

– Me temo que será imposible.

– Pues debemos conseguirlo -insistió ella, que ya estaba en pie, poniéndose el sombrero y cogiendo la maleta.

Salieron y se dirigieron a la estación.

No lograron acceder a la gran explanada, cerrada con cadenas, protegida por soldados y asediada por una multitud que presionaba los barrotes de la verja. Se quedaron allí hasta que oscureció. A su alrededor, la gente decía:

– Muy bien. Nos iremos a pie.

Lo aseguraban con una especie de anonadado estupor. Era evidente que ni ellos mismos se lo creían. Miraban alrededor y esperaban el milagro: un coche, un camión, cualquier cosa en la que poder irse. Pero no aparecía nada. De modo que se dirigían hacia las puertas de París, las cruzaban arrastrando las maletas por el polvo, seguían avanzando, se adentraban en el extrarradio y después en la campiña y pensaban: «¡Estoy soñando!»

Como los demás, los Michaud echaron a andar. Era una cálida noche de junio. Delante de ellos, una mujer vestida de luto y tocada con un sombrero adornado con un crespón y torcido sobre su blanco cabello, iba tropezando en las piedras del camino y farfullando con gestos de loca:

– Rezad para que no tengamos que huir en invierno… Rezad… ¡Rezad!

<p>9</p>

Gabriel Corte y Florence pasaron la noche del 11 al 12 de junio en su coche. Habían llegado hacia las seis de la tarde, y en el hotel sólo quedaban dos cuartos diminutos y sofocantes bajo el tejado. Gabriel los examinó brevemente, abrió con brusquedad las ventanas, se inclinó un instante sobre la barandilla, volvió a erguirse y con voz seca declaró:

– Yo no me quedo aquí.

– Lo siento, señor, es lo único que tenemos. Piense que con esta muchedumbre de refugiados hay gente durmiendo hasta en las mesas de billar-dijo el director, pálido y abrumado-. Sólo quería serle de utilidad.

– No me quedaré aquí -se obstinó Gabriel, espaciando las palabras con voz grave, la misma que empleaba al final de las discusiones con los editores, cuando cogía la puerta y les espetaba: «¡En esas condiciones, señor, será imposible que nos entendamos!» El editor se ablandaba y subía de ochenta a cien mil francos.

Pero el director del hotel se limitó a mover la cabeza con tristeza.

– No tengo otra cosa.

– ¿Sabe usted quién soy? -le preguntó Gabriel, de pronto peligrosamente tranquilo-. Soy Gabriel Corte y le advierto que prefiero dormir en mi coche antes que en esta ratonera.

– Cuando salga usted de aquí -replicó el director, ofendido-, verá diez familias en el rellano pidiéndome de rodillas que les alquile esta habitación.

Corte soltó una carcajada afectada, gélida y despectiva.

– Desde luego, no seré yo quien se la dispute. Adiós, caballero.

A nadie, ni siquiera a Florence, que lo esperaba en el vestíbulo, habría confesado por qué había rechazado aquella habitación. Al acercarse a la ventana había visto, en la suave noche de junio, un depósito de gasolina muy cerca del hotel y, un poco más allá, lo que le habían parecido autoametralladoras y tanques estacionados en la plaza.

«¡Nos van a bombardear! -se dijo, y empezó a temblar tan espasmódicamente que pensó-: Estoy enfermo, tengo fiebre.» ¿Miedo? ¿Gabriel Corte? ¡No, él no podía tener miedo! ¡Por favor! Sonrió con desdén y piedad, como si respondiera a un interlocutor invisible. Por supuesto que no tenía miedo; pero, al asomarse por segunda vez, había visto aquel cielo negro, del que, en cualquier momento, podían caer el fuego y la muerte, y había vuelto a invadirlo aquella espantosa sensación: primero el temblor en los huesos, y luego la debilidad, las náuseas, la crispación de las entrañas que precedía al desvanecimiento. Miedo o no, qué importaba. Ahora huía seguido de Florence y la doncella.

– Dormiremos en el coche -decidió-. Una noche pasa enseguida.

Luego pensó que podían buscar otro hotel, pero mientras dudaba se hizo demasiado tarde: por la carretera de París discurría un lento e incesante río de coches, camiones, carros y bicicletas, al que se sumaban las caballerías de los campesinos, que abandonaban sus granjas y partían hacia el sur arrastrando tras sí a sus hijos y sus animales. A medianoche, en Orleáns no quedaba una habitación, ni siquiera una cama libre. La gente dormía en el suelo de los cafés, en las calles, con la cabeza apoyada en la maleta. El atasco era tan caótico que resultaba imposible salir de la ciudad. Se decía que habían cerrado la carretera para reservarla a las tropas.

En silencio y con los faros apagados, los vehículos llegaban uno tras otro llenos a reventar, cargados hasta los topes de maletas y muebles, de cochecitos de niño y jaulas de pájaro, de cajas y cestos de ropa, cada uno con su colchón atado al techo; formaban frágiles andamiajes y parecían avanzar sin ayuda del motor, llevados por su propia inercia a lo largo de las calles en pendiente hasta la plaza. Ahora ya bloqueaban todas las salidas, arrimados unos a otros como peces atrapados en una red; incluso parecía posible cogerlos todos a la vez y arrojarlos a una espantosa orilla. No se oían lloros ni gritos: hasta los niños permanecían callados. Todo estaba tranquilo. De vez en cuando, un rostro se asomaba por una ventanilla y escrutaba el cielo con atención. Un rumor débil y sordo, hecho de respiraciones trabajosas, de suspiros, de palabras intercambiadas a media voz, como si se temiera que llegaran a oídos de un enemigo al acecho, se elevaba de aquella multitud. Algunos intentaban dormir utilizando la maleta como incómoda almohada, movían las doloridas piernas en el estrecho asiento o aplastaban la mejilla contra el frío cristal de una ventanilla. Algunos jóvenes y algunas mujeres se llamaban de un coche a otro, y a veces incluso reían con desenfado. Pero, de pronto, una mancha oscura se deslizaba por el cielo cuajado de estrellas y las risas cesaban; todo el mundo permanecía atento. No era inquietud propiamente dicha, sino una extraña tristeza que tenía poco de humano, porque no comportaba ni valentía ni esperanza. Así es como los animales esperan la muerte. Así es como el pez atrapado en la red ve pasar una y otra vez la sombra del pescador.

El avión surgió súbitamente sobre sus cabezas; oían su zumbido estridente, que se alejaba, se apagaba y luego volvía a dominar todos los sonidos de la ciudad y suspender todas las angustiadas respiraciones. El río, el puente metálico, las vías del tren, la estación, las chimeneas de la fábrica, brillaban tenuemente, como otros tantos puntos estratégicos, otros tantos blancos a alcanzar por el enemigo. Otros tantos peligros para aquella muchedumbre silenciosa. «Me parece que es francés», decían los optimistas. Francés, enemigo… Nadie lo sabía. Pero ahora sí había desaparecido. A veces se oía una explosión lejana. «No vienen por nosotros -pensaba la gente con un suspiro de alivio-. No vienen por nosotros, van por otros. ¡Ha habido suerte!»

– ¡Qué noche de perros! -gimió Florence-. ¡Qué noche!

Con un siseo apenas audible, Gabriel le soltó con desdén:

– ¿Verdad que yo no duermo? Pues haz tú lo mismo.

– Es que ya que teníamos una habitación… ¡Ya que tuvimos la increíble suerte de disponer de una habitación…!

– ¿A eso llamas una suerte increíble? Una buhardilla infame que apestaba a sumidero… ¿No viste que estaba encima de las cocinas? ¿Yo, allí dentro? ¿Tú me ves allí dentro?

– Pero, Gabriel, lo conviertes en una cuestión de amor propio…

– ¡Bah! Déjame en paz, ¿quieres? Siempre lo he sabido: hay matices, hay… -farfulló buscando la palabra adecuada- hay pudores que tú no sientes.

– ¡Lo que siento es que tengo el culo molido! -exclamó Florence, olvidándose de repente de los últimos cinco años de su vida, y con gesto vulgar se palmeó el muslo con su mano cubierta de sortijas-. ¡Dios! ¡Estoy harta!

Gabriel se volvió hacia ella, lívido de rabia.

– ¡Entonces lárgate! ¡Vamos, lárgate! ¡Fuera, he dicho!

En ese preciso instante, un súbito e intenso resplandor iluminó la plaza. Era una bengala lanzada por un avión. Las palabras se helaron en los labios de Gabriel. La bengala se apagó, pero el cielo pareció llenarse de aviones. Pasaban y volvían a pasar por encima de la plaza, se diría que sin prisa.

– Y los nuestros, ¿dónde están? -refunfuñaba la gente.

A la izquierda de Gabriel había un pequeño coche desvencijado; en el techo, además del colchón, llevaba un velador redondo con pesados y vulgares adornos de cobre. Lo ocupaban un hombre tocado con una gorra y dos mujeres, una con un bebé en el regazo y la otra con una jaula de pájaros. Al parecer habían sufrido un accidente. La carrocería y el parachoques estaban abollados, y la mujer que abrazaba la jaula tenía la cabeza vendada con tiras blancas.

A su derecha, Gabriel vio una camioneta cargada de jaulones de los que utilizan los campesinos para transportar gallinas los días de mercado, pero llenos de perros, y en la ventanilla más cercana descubrió el rostro de una prostituta vieja. Pelirroja y desaliñada, de frente estrecha y ojos maquillados, miraba fijamente a Gabriel mientras mascaba un mendrugo de pan. Él se estremeció.

– ¡Qué horror! -exclamó-. ¡Qué caras tan repugnantes! Agobiado, escondió la cabeza en el rincón del coche y cerró los ojos.

– Tengo hambre -dijo Florence-. ¿Y tú?

Gabriel negó con la cabeza.

Ella abrió la maleta y sacó unos sándwiches.

– Esta noche no has cenado. Vamos, sé razonable.

– No puedo comer. Creo que no podría tragar ni un bocado. ¿Has visto a esa vieja grotesca de ojos pintarrajeados y pelo color zanahoria mascando pan?

Florence cogió un sándwich y entregó otros dos a la doncella y el chofer. Gabriel se llevó las manos a los oídos para no oír crujir el pan entre los dientes de los criados.

<p>10</p>

Los Péricand llevaban cerca de una semana en la carretera. Habían tenido mala suerte. Una avería los había retenido dos días en Gien. Poco después, en aquel caos y apresuramiento indescriptibles, habían chocado con la camioneta en la que iban los criados y el equipaje. Eso había ocurrido en los alrededores de Nevers. Por fortuna para los Péricand, no había rincón de provincias donde les fuera imposible encontrar algún amigo o pariente con una gran casa, un hermoso jardín y la despensa llena. Así pues, un primo de la rama Maltête-Lyonnais los había acogido, pero el pánico iba en aumento, se extendía de ciudad en ciudad como un incendio. Los Péricand repararon el coche como pudieron y al cabo de cuarenta y ocho horas reemprendieron la marcha. El sábado a mediodía quedó claro que el vehículo no llegaría muy lejos sin que lo examinaran y repararan de nuevo. Se detuvieron en una pequeña ciudad un poco apartada de la carretera principal, con la esperanza de encontrar alojamiento. Pero las calles estaban atestadas de vehículos de todas clases; los chirridos de los maltratados frenos hendían el aire; la plaza, situada junto al río, parecía un campamento de gitanos; los hombres, exhaustos, dormían en el suelo o se lavaban en la orilla. Una joven había colgado un espejito en el tronco de un árbol y se estaba maquillando y peinando de pie ante él. Otra lavaba pañales en la fuente. En las puertas de sus casas, los vecinos contemplaban aquel espectáculo con expresiones de estupor.

– ¡Pobre gente! Señor, lo que hay que ver… -decían con piedad y un íntimo sentimiento de satisfacción: aquellos refugiados venían de París, del norte, del este, de provincias asoladas por la invasión y la guerra. Pero ellos vivían bien tranquilos; los días pasarían y los soldados lucharían mientras el ferretero de la calle mayor y la señorita Dubois, la mercera, seguían vendiendo sus ollas y sus cintas, tomando sopa caliente en sus cocinas y cerrando la pequeña cerca de madera que separaba su jardín del resto del mundo al llegar la noche.

Por la mañana, a primera hora, los coches se abastecían de gasolina, que empezaba a escasear. La gente pedía noticias a los refugiados. No sabían nada. Alguien aseguró que «esperaban a los alemanes en las montañas de Morvan». Sus palabras fueron acogidas con escepticismo.

– Hombre, en el catorce no llegaron tan lejos… -dijo el grueso farmacéutico meneando la cabeza, y todo el mundo asintió como si la sangre vertida en la Gran Guerra hubiera formado una mística barrera capaz de detener al enemigo por los siglos de los siglos.

Seguían llegando coches y más coches.

– ¡Qué cansados parecen! ¡Qué calor deben de estar pasando! -decía la gente, pero a nadie se le ocurría invitar a su casa a alguno de aquellos desventurados, dejarlo entrar en uno de aquellos pequeños paraísos de sombra que se adivinaban vagamente detrás de las casas, con su banco de madera bajo un cenador, sus groselleros y sus rosas.

Había demasiados refugiados. Había demasiados rostros cansados, demacrados, sudorosos; demasiados niños llorando, demasiados labios temblorosos que preguntaban: «¿No sabrá usted dónde podríamos encontrar una habitación o una cama?» «¿Podría usted indicarnos un restaurante, señora?» Era como para desalentar la caridad. Aquella multitud miserable ya no presentaba rasgos humanos; parecía una manada en estampida. Una extraña uniformidad se extendía sobre ellos. La ropa arrugada, los rostros exhaustos, las voces roncas, todo los asemejaba. Todos hacían los mismos gestos, todos decían las mismas frases. Al salir del coche, se tambaleaban como si hubieran bebido y se llevaban la mano a la frente, a las sienes doloridas. «¡Qué viaje, Dios mío!», suspiraban. «Estamos guapos, ¿eh?», ironizaban. «De todas maneras, parece que allí la cosa va mejor», decían señalando un punto invisible en la lejanía.

La señora Péricand había detenido su convoy ante un pequeño café cerca de la estación. La familia sacó una cesta de provisiones y pidió cerveza. En una mesa cercana, un niño muy guapo vestido con un elegante y arrugado abrigo verde se comía plácidamente una rebanada de pan con mantequilla. En la silla contigua, un bebé berreaba en un cesto de ropa. Con su ojo clínico, la señora Péricand se percató al instante de que aquellos niños eran de buena familia y se podía hablar con ellos. Así que dirigió unas palabras afectuosas al del abrigo verde y, cuando la joven madre apareció, entabló conversación con ella. La mujer, que era de Reims, lanzó una mirada de envidia a la apetitosa merienda de los pequeños Péricand.

– Quiero chocolate para el pan, mamá -pidió el niño del abrigo verde.

– ¡Pobrecito mío! -exclamó la joven, sentando al bebé en sus rodillas para intentar calmarlo-. No tengo chocolate, no me ha dado tiempo de ir a comprarlo. Pero esta noche tendrás un buen postre en casa de la abuela.

– ¿Me permite ofrecerle unas pastas?

– ¡Oh, señora! ¡Es usted muy amable!

– No, se lo ruego…

Las dos mujeres hablaban en un tono de lo más alegre, de lo más fino, con los mismos gestos y sonrisas con que habrían aceptado o rechazado un pastelito y una taza de té en otras circunstancias. Mientras tanto, el bebé se desgañitaba y los refugiados seguían entrando en el café con sus hijos, sus maletas y sus perros. Uno de los chuchos olió a Albert en su cesta y se lanzó ladrando alegremente bajo la mesa de los Péricand, donde el niño del abrigo verde se comía sus pastas parsimoniosamente.

– Jacqueline, en tu bolso tienes pirulíes -le dijo la señora Péricand a su hija con un gesto discreto y una mirada de «ya sabes que hay que compartir las cosas con los que no tienen nada y ayudarse mutuamente en la desgracia; es el momento de poner en práctica lo que aprendiste en la catequesis».

Verse tan colmada de riquezas y tan caritativa le producía una enorme satisfacción. Era el premio a su previsión y su buen corazón. Le dio un pirulí no sólo al niño del abrigo verde, sino también a los de una familia belga que había llegado en una camioneta llena de jaulas de gallinas. Añadió unas tortitas con pasas para los pequeños. Luego, pidió que le hirvieran agua y preparó una infusión ligera para el anciano señor Péricand. Hubert había ido a buscar habitación. La señora Péricand salió del café y pidió indicaciones; buscaba la iglesia, que estaba en el centro de la ciudad. Las familias habían acampado en las aceras y en la escalinata de piedra del templo.

La iglesia era blanca y muy nueva; todavía olía a pintura fresca. En su interior se desarrollaba una especie de doble vida: la de la tranquila rutina cotidiana y otra más febril y extraña. En un rincón, una religiosa cambiaba las flores a los pies de la Virgen. Sin prisa, con una sonrisa dulce y plácida, cortaba los tallos marchitos y ataba las rosas frescas en gruesos ramos. Se oían los chasquidos de sus tijeras de podar y el sonido de sus sosegados pasos en las losas. A continuación, se puso a despabilar las velas. Un viejo sacerdote se dirigía hacia el confesionario. Una anciana dormitaba en una silla con el rosario en las manos. Había muchos cirios encendidos ante la estatua de Juana de Arco. Bajo aquel gran sol, todas las llamitas danzaban, pálidas y transparentes, contra la deslumbrante blancura de las paredes. En una placa de mármol colocada entre dos ventanas brillaban las letras doradas que formaban los nombres de los caídos en la Gran Guerra.

Entretanto, una multitud cada vez mayor inundaba las naves como una ola. Las mujeres y los niños acudían a dar gracias a Dios por haber llegado hasta allí o a rezar por la continuación del viaje; algunos lloraban, otros estaban heridos, con la cabeza vendada o un brazo en cabestrillo. Todos los rostros estaban salpicados de manchas rojas y todas las prendas, arrugadas, desgarradas y sucias, como si la gente que las llevaba hubiera dormido varias noches sin quitárselas. En algunas de aquellas caras pálidas y cubiertas de polvo, las gotas de sudor resbalaban como lágrimas. Las mujeres irrumpían en la iglesia atropelladamente, como quien se acoge a un asilo inviolable. Su sobreexcitación, su ansia era tanta que parecían incapaces de quedarse quietas. Iban de reclinatorio en reclinatorio, se arrodillaban, se levantaban, algunas chocaban con las sillas, azoradas y desorientadas como aves nocturnas en una habitación iluminada. Pero, poco a poco, se calmaban, ocultaban el rostro entre las manos y al fin, ya sin fuerzas ni lágrimas, encontraban la paz ante el gran crucifijo de madera negra.

Tras decir sus oraciones, la señora Péricand abandonó la iglesia. Una vez en la calle, decidió renovar su provisión de pastas, sensiblemente mermada por su dadivosidad. Entró en una gran tienda de ultramarinos.

– No nos queda de nada, señora -le dijo la dependienta.

– ¿Cómo? ¿Ni unas galletas, ni un pastel? ¿Nada?

– Nada de nada, señora. Se ha acabado todo.

– Entonces deme una libra de té de Ceilán. ¿Tampoco?

– No hay nada, señora.

Le indicaron otras tiendas de alimentación, pero en ninguna encontró nada. Los refugiados habían vaciado la ciudad. Cerca del café se le unió Hubert. No había hallado habitación.

– ¡No hay nada para comer, las tiendas están vacías! -exclamó la señora Péricand.

– Pues yo he encontrado dos que están muy bien surtidas.

– ¿Ah, sí? ¿Y dónde?

Hubert soltó una carcajada.

– ¡Una vende pianos y la otra artículos funerarios!

– ¡Qué tonterías dices a veces, hijo mío!

– Creo que a este paso las coronas de flores también van a estar muy solicitadas -comentó él-. Podríamos hacer negocio, ¿no le parece, mamá?

Ella se limitó a encogerse de hombros. Al llegar, vio a Jacqueline y Bernard en la puerta del café. Tenían las manos llenas de chocolatinas y azucarillos y los estaban repartiendo a su alrededor. La señora Péricand dio un respingo.

– ¿Queréis hacer el favor de entrar? ¿Qué estáis haciendo aquí? Os prohíbo que toquéis las provisiones. Te castigaré, Jacqueline. Y tú, Bernard, verás cuando lo sepa tu padre -amenazó, tirando de los dos estupefactos culpables, firme como una roca.

La caridad cristiana, la mansedumbre de los siglos de civilización se le caían como vanos ornamentos y dejaban al descubierto su alma, árida y desnuda. Sus hijos y ella estaban solos en un mundo hostil. Tenía que alimentar y proteger a sus pequeños. Lo demás ya no contaba.

<p>11</p>

Maurice y Jeanne Michaud caminaban en fila por la larga carretera bordeada de álamos. Iban flanqueados, precedidos y seguidos de fugitivos. Cuando llegaban a un cambio de rasante, veían una confusa multitud que arrastraba los pies por el polvo hasta el horizonte, hasta donde alcanzaba la vista. Los más afortunados tenían una carretilla, un cochecito de niño, un carro hecho con cuatro tablas y dos toscas ruedas, que transportaban sus equipajes y se curvaban bajo el peso de bolsos, de perros, de niños dormidos. Eran los pobres, los desgraciados, los débiles, los que no saben apañárselas, los que siempre acaban relegados a los últimos puestos, y también algunos pusilánimes, algunos tacaños que habían esperado hasta el último momento ante el precio del billete, los gastos y los riesgos del viaje. Pero de pronto habían sido presa del pánico, como todo el mundo. No sabían por qué huían: Francia entera estaba en llamas, el peligro acechaba en todas partes. No sabían con certeza adónde iban. Cuando se dejaban caer al suelo, decían que no volverían a levantarse, que hasta allí habían llegado, que, puestos a morir, preferían morir tranquilos. Pero eran los primeros en levantarse cuando se acercaba un avión. Entre ellos había piedad, caridad, esa simpatía activa y vigilante que la gente del pueblo no testimonia más que a los suyos, a los pobres, y sólo en circunstancias excepcionales de miedo y miseria. Ya eran diez las veces que una matrona gruesa y robusta le ofrecía el brazo a Jeanne Michaud para ayudarla a avanzar. Ella misma llevaba a dos niños cogidos de la mano, mientras su marido cargaba con un hato de ropa y una cesta con un conejo vivo y patatas, únicos bienes terrenales de una viejecilla que había salido a pie de Nanterre. Pese al cansancio, el hambre y la preocupación, Maurice Michaud no se sentía demasiado desgraciado. Tenía una forma de ser muy especia no se consideraba demasiado importante; a sus propios ojos, no era la criatura única e irreemplazable que cada cual ve cuando piensa en sí mismo. Sus compañeros de desdicha le inspiraban piedad, pero una piedad lúcida y fría. Después de todo, se decía, aquellas grandes migraciones humanas parecían ordenadas por leyes naturales. Sin duda, los pueblos necesitaban desplazamientos periódicos masivos tanto como los rebaños la trashumancia. La idea le resultaba extrañamente consoladora. La gente que lo rodeaba creía que la mala suerte se cebaba en ellos, en su mísera generación, con especial saña; pero él no olvidaba que los éxodos se habían producido en todas las épocas. Cuántos hombres habían caído sobre aquella tierra (como sobre todas las tierras del mundo), vertiendo lágrimas de sangre, huyendo del enemigo, abandonando ciudades en llamas, apretando a sus hijos contra el pecho… Nadie había pensado jamás con simpatía en aquellos muertos incontables. Para sus descendientes eran poco más que pollos sacrificados. Se imaginó que sus dolientes sombras se alzaban en el camino, se inclinaban hacia él y le murmuraban al oído: «Nosotros conocimos todo esto antes que tú. ¿Por qué ibas a ser más feliz que nosotros?»

A su lado, la gruesa matrona gimió:

– ¡Nunca se han visto horrores parecidos!

– Ya lo creo que sí, señora -respondió Maurice con suavidad-. Ya lo creo que sí.

Llevaban andando tres días cuando vieron los primeros regimientos en retirada. La confianza estaba tan arraigada en el corazón de los franceses que, al divisar a los soldados, los refugiados pensaron que iban a librar batalla, que el alto mando había dado órdenes para que el ejército, todavía intacto, convergiera hacia el frente en pequeños grupos y por caminos apartados. Esa esperanza les dio ánimos. Los soldados no se mostraban muy locuaces. Casi todos estaban sombríos y taciturnos. Algunos dormían en el fondo de los camiones. Los carros de combate avanzaban pesadamente, camuflados con ramas y envueltos en polvo. Tras las hojas, agostadas por el ardiente sol, se veían rostros pálidos, chupados, con expresiones de cólera y agotamiento extremo.

A cada paso, la señora Michaud creía reconocer entre ellos la cara de su hijo. No vio el número de su regimiento ningún día, pero una especie de alucinación la embargaba: cada rostro desconocido, cada mirada, cada voz joven que oía, le causaba tal sobresalto que se paraba en seco, se llevaba la mano al corazón y, con un hilo de voz, murmuraba:

– ¡Oh, Maurice! ¿No es…?

– ¿Qué?

– No, nada…

Pero su marido no se dejaba engañar.

– Mi pobre Jeanne… -decía moviendo la cabeza-. Ves a tu hijo en todas partes.

Ella se limitaba a suspirar.

– Se le parece, ¿no crees?

Después de todo, podía ocurrir. Su hijo podía aparecer a su lado repentinamente: Jean-Marie, escapado de la muerte, diciéndoles con voz alegre y cariñosa, con aquella voz suya, masculina y suave, que le parecía estar oyendo en esos momentos: «Pero ¿qué hacéis aquí vosotros dos?»

¡Oh, tan sólo verlo, estrecharlo entre los brazos, ver brillar sus hermosos ojos con aquella mirada penetrante y viva…! Eran de color avellana, con largas pestañas de chica, ¡y veían tantas cosas! Ella le había enseñado desde niño a descubrir el lado cómico y conmovedor de la gente. A la señora Michaud, que sentía compasión por los demás, le gustaba reír: «Tu espíritu dickensiano, mi querida madre», le decía su hijo. ¡Y qué bien se entendían! Se burlaban alegre, cruelmente a veces, de aquellos de quienes tenían motivos de queja; aunque después una palabra, un movimiento, un suspiro, los desarmaban. Maurice era diferente; más sereno y más frío. A él lo quería y lo admiraba, pero Jean-Marie era… ¡oh, Dios mío!, todo lo que ella habría querido ser, todo lo que había soñado, todo lo bueno que había en ella, y su alegría, su esperanza… «Mi hijo, el amor de mi corazón, mi Jeannot…», pensó, volviendo a llamarlo por el diminutivo de cuando tenía cinco años y le cogía con dulzura las orejas para besarlo, le echaba la cabeza atrás y le hacía cosquillas con los labios, mientras él se reía como un poseso.

A medida que avanzaba por la carretera, sus ideas se volvían más febriles y confusas. Siempre le había gustado andar: de jóvenes, durante sus cortas vacaciones, Maurice y ella solían vagabundear por el campo mochila al hombro. Cuando no tenían bastante dinero para pagarse un hotel, viajaban así, a pie, con unas pocas provisiones y sus sacos de dormir. De modo que soportaba la fatiga mejor que la mayoría de sus compañeros; pero aquel incesante calidoscopio, aquel tropel de rostros desconocidos que pasaban ante ella, que aparecían, se alejaban y desaparecían, le causaban una sensación dolorosa, peor que el cansancio físico. «Un tiovivo en una ratonera», se decía. Los vehículos quedaban atrapados entre el gentío como esas hierbas que flotan en la superficie del agua, retenidas por invisibles lazos, mientras el torrente fluye alrededor. Jeanne volvía el rostro para no verlos. Envenenaban el aire con su olor a gasolina, ensordecían a la gente con sus inútiles bocinazos, pidiendo un paso que no se les podía dar. Ver la rabia impotente o la huraña resignación de los conductores era como un bálsamo para los corazones de los refugiados. «¡Van tan lentos como nosotros!», comentaban, y la sensación de que su desgracia era compartida se la hacía más llevadera.

Los fugitivos avanzaban en pequeños grupos. No se sabía muy bien qué azar los había unido a las puertas de París, pero ya no se apartaban unos de otros, aunque nadie sabía ni siquiera el nombre de su vecino. Con los Michaud iba una mujer alta y delgada que llevaba un mísero y raído abrigo y joyas falsas. Jeanne se preguntaba vagamente qué podía empujar a alguien a huir llevando dos gruesas perlas artificiales rodeadas de diminutos cristales en las orejas, piedras verdes y rojas en los dedos y un broche de estrás adornado con pequeños topacios en la blusa. Los seguían una portera y su hija, la madre menuda y pálida, la niña grande y fuerte, ambas vestidas de negro y arrastrando entre su equipaje el retrato de un hombre grueso con mostacho. «Mi marido, guarda de cementerio», decía la mujer. La acompañaba su hermana, que estaba embarazada y empujaba un cochecito donde dormía una criatura. Era jovencísima. Ella también se estremecía y buscaba con la mirada cada vez que aparecía un convoy militar.

– Mi marido está en el frente -decía.

En el frente, o tal vez allí… Todo era posible. Y Jeanne, quizá por centésima vez (es que ya no sabía muy bien lo que decía), le confiaba:

– Mi hijo también, mi hijo también…

Todavía no los habían ametrallado. Cuando al fin ocurrió, tardaron en comprenderlo. Oyeron una explosión, luego otra y después gritos:

– ¡Sálvese quien pueda! ¡Cuerpo a tierra! ¡A tierra!

Se arrojaron al suelo de inmediato y Jeanne pensó confusamente: «¡Qué grotescos debemos de parecer!» No tenía miedo, pero el corazón le latía con tanta fuerza que se apretó el pecho con ambas manos, jadeando, y lo apoyó sobre una piedra. Un tallo con una campanilla rosa en el extremo le rozaba los labios. Luego reparó en que, mientras estaban allí tumbados, una pequeña mariposa blanca volaba sin prisa de flor en flor. Al fin, una voz le dijo al oído:

– Ya está, se han ido.

Se levantó y se sacudió el polvo de la ropa. Nadie parecía haber resultado herido. Pero, tras unos instantes de marcha, vieron los primeros muertos: dos hombres y una mujer. Tenían el cuerpo destrozado, pero, curiosamente, los tres rostros estaban intactos, unos rostros normales y tristes, con una expresión asombrada, concentrada y estúpida, como si trataran en vano de comprender lo que les ocurría; unos rostros, Dios mío, tan poco hechos para una muerte bélica, tan poco hechos para cualquier muerte… La mujer no debía de haber dicho otra cosa en su vida que «¡Los puerros están cada vez más gordos!» o «¿Quién ha sido el marrano que me ha manchado el suelo?».

«Pero ¿cómo puedo saberlo? -se dijo Jeanne. Tras aquella frente estrecha, bajo aquellos cabellos apagados y revueltos, puede que hubiera tesoros de inteligencia y ternura-. ¿Qué otra cosa somos nosotros, Maurice y yo, a ojos de la gente, que una pareja de pobres empleadillos? En cierto sentido es verdad, y en otro somos seres valiosos y únicos. Yo lo sé. ¡Qué atrocidad tan absurda!», pensó por último.

Se apoyó en el hombro de Maurice, temblando y con las mejillas anegadas en lágrimas.

– Sigamos andando -dijo él tirándole de la mano con suavidad.

«¿Para qué?», pensaban ambos. Nunca llegarían a Tours. ¿Seguiría existiendo el banco? ¿No estaría el señor Corbin enterrado bajo un montón de escombros, con sus valores, con su bailarina, con las joyas de su mujer? Pero eso sería demasiado bonito, se dijo Jeanne en un acceso de crueldad. Mientras tanto, paso a paso, seguían su camino. No se podía hacer otra cosa que andar y ponerse en manos de Dios.

<p>12</p>

El pequeño grupo formado por los Michaud y sus compañeros fue recogido la tarde del viernes. Los subieron a un camión militar. Viajaron en él toda la noche, tumbados entre cajas. Por la mañana llegaron a una ciudad cuyo nombre nunca conocerían. Las vías del tren estaban intactas, les dijeron. Podrían ir directamente a Tours. Jeanne entró en la primera casa que encontró en las afueras y preguntó si podía lavarse. La cocina ya estaba llena de refugiados, que hacían la colada en el fregadero, pero llevaron a Jeanne al jardín para que se aseara en la bomba. Maurice había comprado un espejito provisto de una cadenilla; lo colgó de la rama de un árbol y se afeitó. De inmediato se sintieron mejor, dispuestos a enfrentarse a la larga espera ante el cuartel donde distribuían la sopa y a la aún más larga ante la taquilla de tercera de la estación. Habían comido y estaban cruzando la plaza del ferrocarril cuando empezó el bombardeo. Los aviones enemigos llevaban tres días sobrevolando sin descanso la ciudad. La alerta sonaba constantemente. En realidad era una vieja alarma de incendios que hacía las veces de sirena; su débil y ridículo aullido apenas se oía entre el ruido de los coches, los berridos de los niños y los gritos de la enloquecida muchedumbre. La gente llegaba, bajaba del tren y preguntaba:

– Dios mío, ¿es una alerta?

– No, no, es el final -les respondían.

Y cinco minutos después volvía a oírse la débil sonería. La gente se lo tomaba a risa.

Allí todavía había tiendas abiertas, niñas jugando a la rayuela en la acera, perros correteando cerca de la vieja catedral. Nadie hacía caso de los aviones italianos y alemanes que sobrevolaban tranquilamente la ciudad. Habían acabado acostumbrándose a ellos.

De pronto, uno de ellos se separó de los demás y se lanzó en picado sobre la muchedumbre. «Se cae -pensó Jeanne, y luego-: Va a disparar, va a disparar, estamos perdidos…» Instintivamente se llevó las manos a la boca para ahogar un grito. Las bombas cayeron sobre la estación y un poco más allá, en las vías. Los cristales de la cubierta se derrumbaron, salieron despedidos hacia la plaza e hirieron y mataron a cuantos encontraron a su paso. Presas del pánico, algunas mujeres soltaban a sus hijos como si fueran molestos paquetes y salían huyendo. Otras los estrechaban contra su cuerpo con tanta fuerza que parecían querer meterlos de nuevo en su seno, como si ése fuera el único refugio seguro. Una desventurada rodó a los pies de Jeanne: era la mujer de las joyas artificiales. Refulgían en su cuello y sus dedos, mientras la sangre manaba de su destrozada cabeza. Aquella sangre caliente salpicó el vestido de Jeanne, sus medias y zapatos. Por suerte, no tuvo tiempo de contemplar los muertos que la rodeaban. Los heridos pedían auxilio entre los cascotes y los cristales rotos. Jeanne se unió a Maurice y otros hombres que intentaban retirar los escombros, pero era demasiado duro para ella. No les servía de ayuda. Entonces pensó en los niños que vagaban desorientados por la plaza, buscando a sus madres. Jeanne empezó a llamarlos, cogerlos de la mano y llevarlos aparte, bajo el pórtico de la catedral; luego volvía junto a la gente y, cuando veía a una mujer desesperada, chillando y corriendo de aquí para allá, con voz fuerte y templada, tan templada que a ella misma le sorprendía, le gritaba:

– ¡Los niños están en la puerta de la catedral! Vaya a buscar al suyo. ¡Quienes hayan perdido a sus hijos, que vayan a buscarlos a la catedral!

Las mujeres corrían hacia el templo. Unas lloraban, otras se echaban a reír, otras lanzaban una especie de aullido visceral, ahogado, que no se parecía a ningún otro grito. Los niños estaban mucho más tranquilos. Sus lágrimas se secaban rápidamente. Las madres se los llevaban apretándolos contra su pecho. Ninguna se detuvo a darle las gracias. Jeanne volvió a la plaza, donde le dijeron que la ciudad no había sufrido grandes daños, pero que un convoy sanitario había sido alcanzado por las bombas cuando entraba en la estación; no obstante, la línea de Tours seguía intacta. El tren se estaba formando en esos momentos y saldría al cabo de un cuarto de hora. Olvidándose de los muertos y los heridos, la gente se precipitaba hacia la estación agarrada a sus maletas y sombrereras, como náufragos a los salvavidas, y se disputaba los asientos. Los Michaud vieron las primeras camillas con soldados heridos. El caos les impidió acercarse y distinguir sus rostros. Los subían a camiones, a coches militares y civiles requisados a toda prisa. Jeanne vio a un oficial acercarse a un camión lleno de niños acompañados por un sacerdote.

– Lo siento mucho, padre -oyó decir al militar-, pero necesito el camión. Tenemos que llevar a los heridos a Blois. -El sacerdote hizo un gesto a los chicos, que empezaron a bajar-. Lo siento mucho, de verdad -repitió el oficial-. Supongo que es un colegio…

– Un orfanato.

– Haré que le devuelvan el camión, si encuentro gasolina.

Los muchachos, adolescentes de entre catorce y dieciocho años, cada cual con su pequeña maleta, bajaban y se agrupaban alrededor del sacerdote.

– ¿Vamos? -preguntó Maurice volviéndose hacia ella.

– Sí. Espera.

– ¿Para qué?

Jeanne trataba de ver las camillas que pasaban entre la muchedumbre. Pero había demasiada gente: no veía nada. A su lado, otra mujer se alzaba de puntillas, como ella. Movía los labios, pero no emitía ninguna palabra inteligible: rezaba o repetía un nombre. Miró a Jeanne.

– Siempre cree una que va a ver al suyo, ¿verdad? -le dijo, y soltó un leve suspiro.

En efecto, no había ninguna razón para que fuera el suyo, y no el de cualquier otra, quien apareciera de pronto ante sus ojos; el suyo, su Jean-Marie, su amor. ¿Estaría en algún sitio tranquilo?

Hasta las batallas más terribles dejan zonas intactas, preservadas entre barreras de llamas.

– ¿Sabe de dónde venía ese tren? -le preguntó Jeanne a su vecina.

– No.

– ¿Hay muchas víctimas?

– Dicen que hay dos vagones llenos de muertos.

Jeanne dejó de resistirse a su marido, que le tiraba de la mano. No sin dificultad, se abrieron paso hasta la estación. Tenían que ir sorteando morrillos, bloques de piedra y montones de cristales rotos. Al fin, consiguieron llegar al tercer andén, que estaba intacto. El tren de Tours, un correo de provincias negro y parsimonioso, esperaba la salida escupiendo humo.

<p>13</p>

Jean-Marie, herido dos días antes, iba en el tren bombardeado. Esta vez no había sufrido daños, pero el vagón en que viajaba estaba ardiendo. El esfuerzo para levantarse y llegar a la puerta hizo que se le reabriera la herida. Cuando lo recogieron y lo subieron al camión, estaba semiinconsciente. Iba tumbado en una camilla, pero la cabeza se le había deslizado fuera y, a cada sacudida del vehículo, golpeaba contra una caja vacía. Tres camiones llenos de soldados avanzaban lentamente en fila india por un camino bombardeado y apenas practicable. Los aviones enemigos sobrevolaban el convoy una y otra vez. Jean-Marie emergió fugazmente de su turbio delirio y pensó: «Las gallinas deben de sentirse como nosotros cuando vuela el gavilán…»

Confusamente, volvió a ver la granja de su nodriza, donde pasaba las vacaciones de Semana Santa cuando era niño. El corral estaba inundado de so los pollos picoteaban el grano y correteaban por los montones de ceniza; luego, la gran mano huesuda de la nodriza atrapaba uno, le ataba las patas, se lo llevaba y cinco minutos después… aquel chorro de sangre que escapaba con un débil y grotesco borboteo. Era la muerte… «A mí también me han atrapado y me han llevado… -pensó Jean-Marie-. Atrapado y llevado… Y mañana, cuando me arrojen a la fosa, desnudo y flaco, no tendré mejor pinta que un pollo.»

De pronto, su frente golpeó la caja con tal brusquedad que Jean-Marie soltó un débil quejido; ya no tenía fuerzas para gritar, pero bastó para llamar la atención del compañero que iba tumbado junto a él, con una herida en la pierna pero menos grave.

– ¿Qué pasa, Michaud? Michaud, ¿estás bien?

«Dame de beber y ponme la cabeza un poco mejor. Y espántame esta mosca de los ojos», quiso decir Jean-Marie, pero sólo murmuró:

– No… -Y cerró los ojos.

– Eso tuyo se arregla -gruñó el camarada.

En ese momento empezaron a caer bombas alrededor del convoy. Destruyeron un pequeño puente, cortando la carretera a Blois. Había que volver atrás y abrirse paso entre la riada de refugiados, o ir por Vendôme. No llegarían antes del anochecer.

«Pobres muchachos», pensó el médico militar mirando a Michaud, el herido más grave. Le puso una inyección. El convoy reanudó la marcha. Los dos camiones cargados de heridos leves subieron hacia Vendôme; el que llevaba a Jean-Marie tomó un camino que debía acortar el viaje varios kilómetros, pero no tardó en pararse. Se había quedado sin gasolina. El médico se puso a buscar una casa donde alojar a sus hombres. Allí estaban apartados de la desbandada; el río de vehículos discurría más abajo. Desde la colina a la que subió el oficial, en aquel suave y apacible crepúsculo de junio, de un violeta azulado, se veía una masa negra de la que escapaban los indistintos y discordantes sonidos de las bocinas, los gritos, las llamadas, un rumor sordo y siniestro que encogía el corazón.

El médico vio varias granjas muy cercanas entre sí, una especie de aldea. Estaban habitadas, pero sólo quedaban mujeres y niños. Los hombres estaban en el frente. Jean-Marie fue trasladado a una de ellas. Las casas vecinas acogieron a los demás soldados; en cuanto al oficial, encontró una bicicleta de mujer y decidió ir a la ciudad más cercana en busca de ayuda, de gasolina, de camiones, de lo que encontrara…

«Si tiene que morir -pensó echando un último vistazo a Michaud, que seguía tendido en su camilla en la amplia cocina de la granja, mientras las mujeres preparaban y calentaban la cama-, si ha llegado su hora, más vale que sea entre sábanas limpias que en la carretera…»

Empezó a pedalear hacia Vendôme. Cuando estaba llegando a la ciudad, tras viajar toda la noche, cayó en manos de los alemanes, que lo hicieron prisionero. Entretanto, al ver que no volvía, las mujeres habían ido al pueblo a avisar al médico y las monjas del hospital. El hospital estaba lleno, porque habían llevado allí a las víctimas del último bombardeo. Los soldados se quedaron en la aldea. Las mujeres se quejaban: en ausencia de los hombres, bastante tenían con las faenas del campo y el cuidado de los animales como para encima ocuparse de los heridos que les habían endosado. Levantando con dificultad los párpados, que le ardían de fiebre, Jean-Marie veía delante de su cama a una anciana de nariz larga y cetrina que hacía punto y suspiraba mirándolo:

– Si al menos supiera que mi pobre muchacho, allá donde lo tengan, está tan bien cuidado como éste, al que no conozco de nada…

En las pausas entre sus confusos sueños, Jean-Marie oía el tintineo de las agujas; la madeja de lana rebotaba en su cubrepiés; en su delirio, le parecía que la mujer tenía las orejas puntiagudas y una cola, y extendía la mano para acariciársela. De vez en cuando, la nuera de la granjera se acercaba a la cama; era joven, tenía un rostro fresco, rubicundo, de rasgos un poco toscos, y ojos negros, vivaces y límpidos. Un día le trajo un puñado de cerezas y se las dejó en la almohada. Le prohibieron comérselas, pero se las llevaba a las mejillas, que le ardían como el fuego, y se sentía aliviado y casi feliz.

<p>14</p>

Los Corte habían dejado Orleáns y seguían viajando hacia Burdeos. Lo que complicaba las cosas era que no sabían exactamente adónde iban. En un primer momento habían pensado marcharse a Bretaña, pero luego decidieron dirigirse al sur. Ahora Gabriel decía que se iría de Francia.

– No saldremos vivos de aquí -murmuró Florence.

Lo que sentía no era tanto cansancio y miedo como cólera, una rabia ciega, frenética, que iba creciendo en su interior y la ahogaba. A su modo de ver, Gabriel había incumplido el contrato tácito que los unía. Después de todo, entre un hombre y una mujer de su situación, de su edad, el amor es un trueque. Ella se había entregado porque a cambio esperaba recibir de él una protección no sólo material, sino también espiritual, y hasta entonces la había recibido en forma de dinero y prestigio; Gabriel le había pagado como debía. Pero, de pronto, le parecía un hombre débil y despreciable.

– ¿Quieres decirme qué vamos a hacer nosotros en el extranjero? ¿Cómo viviremos? Todo tu dinero está aquí, puesto que cometiste la estupidez de traértelo de Londres, nunca he sabido por qué, ¡caramba!

– Porque pensaba que Inglaterra corría más peligro que Francia. He confiado en mi país, en el ejército de mi país. Supongo que no irás a reprocharme también eso, ¿no? Además, ¿por qué te preocupas tanto? Afortunadamente soy famoso en todas partes, creo yo.

Gabriel se interrumpió bruscamente, sacó la cabeza por la ventanilla y volvió a meterla con un gesto de irritación.

– ¿Y ahora qué pasa? -exclamó Florence alzando los ojos al cielo.

– Esa gente…

Corte señaló el coche abollado que acababa de adelantarlos. Florence miró a sus ocupantes; habían pasado la noche en Orleáns junto a ellos, en la plaza. El hombre de la gorra, la mujer con el bebé y la otra con la cabeza vendada eran fácilmente reconocibles.

– ¡Bueno, pues no los mires! -exclamó Florence, exasperada. Gabriel golpeó violenta y repetidamente el pequeño bolso con adornos de oro y marfil en que iba acodado.

– ¡Si acontecimientos tan dolorosos como una derrota y un éxodo no están revestidos de cierta nobleza, de cierta grandeza, no tienen razón de ser! No admito que esos tenderos, esas porteras y esos zarrapastrosos envilezcan un ambiente de tragedia con sus lloriqueos, su cháchara y su grosería. ¡Míralos! ¡Míralos! ¡No los soporto, te lo juro! ¡Vamos, Henri, acelere de una vez! -ordenó al chofer-. ¿Es que no puede dejar atrás a esa chusma?

Henri ni siquiera respondió. El coche, que medía tres metros, se detenía constantemente, atrapado en el indescriptible caos de vehículos, bicicletas y peatones. De nuevo poniéndose a la par del otro, Gabriel observó a la mujer de la cabeza vendada. Tenía cejas negras y gruesas, dientes largos y blancos, y el labio superior cubierto de vello. El vendaje se veía manchado de sangre y con mechones negros pegados al algodón y la tela. Gabriel se estremeció de asco y volvió la cabeza, pero la mujer le sonreía e intentaba entablar conversación.

– No avanzamos mucho, ¿eh? -le preguntó amistosamente, asomándose a la ventanilla-. Por lo menos hemos acertado yendo por aquí. ¡Menudo bombardeo les ha caído encima a los de la otra parte! Todos los castillos del Loira están destruidos, caballero…

La mujer advirtió al fin la gélida mirada de Gabriel y se calló.

– ¿Ves como no puedo librarme de ellos?

– ¡Pues deja de mirarlos!

– ¡Como si fuera tan sencillo! ¡Qué pesadilla! ¡Ah, qué fealdad, qué vulgaridad, qué espantosa ordinariez la de esta gentuza!

Se acercaban a Tours. Gabriel llevaba rato bostezando: tenía hambre. Desde que habían salido de Orleáns, apenas había probado bocado. A semejanza de Byron, decía, era de costumbres frugales; se contentaba con verdura, fruta y agua con gas, pero una o dos veces por semana necesitaba una comida abundante y sustanciosa. Ahora sentía esa necesidad. Iba inmóvil, silencioso, con los ojos cerrados y el hermoso y pálido rostro contraído en una expresión de sufrimiento, como en los momentos en que formaba las primeras frases escuetas y puras de sus libros (le gustaba que fueran tan ligeras y zumbantes como cigarras; luego venía el sonido sordo y apasionado, lo que él llamaba «mis violones». «Hagamos sonar los violones», decía). Pero esa noche su mente estaba ocupada en otras ideas. Volvía a ver, con una intensidad extraordinaria, los sándwiches que Florence le había ofrecido en Orleáns; en su momento le habían parecido poco apetitosos, un tanto reblandecidos por el calor. Eran pequeños bollos untados de foie-gras o rebanadas de pan negro con una rodaja de pepino y una hoja de lechuga; su sabor debía de ser agradable, fresco, ácido. Bostezó de nuevo, abrió el bolso y encontró una servilleta manchada y un tarro de encurtidos.

– ¿Qué buscas? -le preguntó Florence.

– Un sándwich.

– No quedan.

– ¿Cómo? Hace un momento había tres.

– Se había salido la mayonesa. No se podían comer, así que los he tirado. En Tours podremos cenar, espero.

Las afueras de Tours habían aparecido en el horizonte, pero los vehículos no avanzaban. Se había instalado una barrera en un cruce y había que esperar turno. Transcurrió una hora. Gabriel palidecía por momentos. Ya no soñaba con sándwiches, sino con deliciosas sopas calientes, con los pastelillos fritos en mantequilla que había comido en Tours una vez que volvía de Biarritz (estaba con una mujer, pero ya no se acordaba del nombre ni de la cara; curiosamente, lo único que había permanecido en su memoria eran aquellos pastelillos a la mantequilla con sendos trocitos de trufa en el suave y cremoso relleno). Luego pensó en un grueso filete rojo y sangrante de rosbif, con una nuez de mantequilla fundiéndose lentamente sobre la tierna carne… ¡Qué delicia! Sí, eso era lo que necesitaba, un rosbif, un bistec, un chateaubriand… O al menos un escalope o una chuleta de cordero. Soltó un profundo suspiro.

Era un atardecer suave y dorado, sin viento, sin demasiado calor, el final de un día espléndido. Una dulce sombra se extendía sobre los campos y caminos, como un ala… Del cercano bosque llegaba un débil aroma a fresas. Se percibía intermitentemente en el aire enrarecido por los gases del petróleo y el humo. Los coches avanzaron unos metros y se detuvieron bajo un puente. Unas mujeres lavaban ropa en el río, tranquilamente. El horror y el absurdo de los acontecimientos resultaban aún más patentes en contraste con aquellas imágenes de paz. Un molino hacía girar su rueda muy lejos de allí.

– Aquí habrá buena pesca -comentó Gabriel con aire soñador.

Dos años antes, en Austria, cerca de un pequeño río rápido y claro como aquél había comido truchas al roquefort. La carne, bajo la piel nacarada y azul, era sonrosada como la de un recién nacido. Y aquellas patatas al vapor… tan sencillas, tan clásicas, con una pizca de mantequilla fresca y perejil picado… Miró esperanzado los muros de la ciudad. Al fin, al fin entraban. Pero, en cuanto sacaron la cabeza por la ventanilla, vieron la cola de refugiados que esperaban de pie en la calle. Un comedor de beneficencia distribuía alimentos entre los hambrientos, se comentaba, pero no quedaba comida en ningún otro sitio.

Una mujer bien vestida que tenía a un niño cogido de la mano se volvió hacia Gabriel y Florence.

– Llevamos aquí cuatro horas -les dijo-. El niño llora… Es espantoso…

– Es espantoso -repitió Florence.

Detrás de ellos, apareció la mujer de la cabeza vendada.

– No merece la pena esperar -dijo-. Van a cerrar. No queda nada. -Hizo un gesto tajante con la mano-. Nada de nada. Ni un mendrugo de pan. Mi cuñada, que viaja conmigo y dio a luz hace tres semanas, no ha comido nada desde ayer y tiene que amamantar a su hijo. Y aún te dicen: ¡tened hijos! ¡Qué poca vergüenza! ¡Hijos, sí! ¡Qué risa me dan!

Un lúgubre murmullo recorrió la cola.

– Nada, nada, no les queda nada. Te dicen: «Vuelva mañana.» Dicen que los alemanes se acercan, que el regimiento se marcha esta noche.

– ¿Han ido a mirar si hay algo en la ciudad?

– ¿Y para qué? Todo el mundo se va, parece una ciudad abandonada. Después de esto, ya hay quien empieza a acaparar, se lo digo yo.

– Es espantoso -volvió a gemir Florence.

En su angustia, se dirigía a los ocupantes del coche abollado. La mujer del bebé estaba pálida como una muerta. La otra meneaba la cabeza con expresión sombría.

– ¿Esto? Esto no es nada. Todo esto es cosa de los ricos, pero el que más sufre es el obrero.

– ¿Qué vamos a hacer? -dijo Florence, volviéndose hacia Gabriel con gesto de desesperación.

Él le indicó que lo siguiera y echó a andar con brío. Acababa de salir la luna y su resplandor permitía moverse sin dificultad por aquella ciudad de postigos cerrados y puertas atrancadas, en la que no brillaba una luz y nadie se asomaba a las ventanas.

– Mira, todo eso no son más que sandeces -dijo Gabriel bajando la voz-. Es imposible que pagando no se encuentre comida. Créeme, una cosa es el rebaño de los idiotas y otra los espabilados que han guardado las provisiones en sitio seguro. Basta con encontrar a un espabilado -aseguró, y se detuvo-. Esto es Paray-le-Monial, ¿verdad? Ahora verás lo que buscaba. Hace dos años cené en este restaurante. El dueño se acordará de mí, espera. -Empezó a aporrear la puerta, cerrada con candado, y gritó con voz imperiosa-: ¡Abra, abra, buen hombre! ¡Soy un amigo!

¡Y se hizo el milagro! Se oyeron pasos; una llave giró en la cerradura. Una nariz inquieta se asomó a la puerta.

– Dígame, me reconoce, ¿verdad? Soy Corte, Gabriel Corte. Estoy muerto de hambre, amigo mío. Sí, sí, ya sé, no le queda nada… Pero, tratándose de mí, si busca bien… ¿no encontrará algo? ¡Ajá! ¿Se acuerda ahora de mí?

– Lo siento, caballero, pero no puedo dejarle entrar en casa -susurró el hombre-. ¡Me asediarían! Vaya a la esquina y espéreme allí. Iré enseguida. Será un placer atenderlo, señor Corte, pero estamos tan mal provistos, tan mal… En fin, veré si buscando bien…

– Sí, eso es, buscando bien…

– Pero sobre todo no se lo cuente a nadie, ¿eh? No puede imaginarse lo que ha ocurrido hoy. Escenas de locura… Mi mujer está muerta de miedo. ¡Lo devoran todo y se marchan sin pagar!

– Confío en usted, amigo mío -dijo Gabriel entregándole unos billetes.

Cinco minutos después, Florence y él volvían al coche llevando una misteriosa cesta tapada con una servilleta.

– No tengo ni idea de su contenido -murmuró Gabriel con el tono distante y soñador que adoptaba para hablar con las mujeres, con las mujeres deseadas y todavía no poseídas-. Ni idea… Pero creo que me llega un olorcillo a foie-gras…

En ese instante, una sombra se abalanzó, les arrebató la cesta y apartó a Gabriel de un puñetazo. Fuera de sí, Florence se llevó las manos al cuello y chilló:

– ¡Mi collar! ¡Mi collar!

Pero el collar seguía allí, lo mismo que el joyero que habían llevado consigo. Los ladrones sólo les habían quitado la cena. Florence se encontraba ilesa al lado de Gabriel, que se palpaba la mandíbula y la dolorida nariz repitiendo:

– Esto es una jungla, estamos atrapados en una jungla…

<p>15</p>

– No has debido hacerlo -suspiró la mujer que sostenía al bebé.

Sus mejillas habían recobrado un poco de color. El viejo Citroën destartalado había maniobrado con suficiente habilidad para salir del atasco, y ahora sus ocupantes descansaban sentados en el musgo de un bosquecillo. Una luna redonda y pura brillaba en el firmamento, pero, a falta de luna, el enorme incendio que ardía en el horizonte habría bastado para iluminar la escena: grupos de gente tumbada bajo los pinos, coches inmóviles y, junto a la joven y el hombre de la gorra, la cesta de provisiones, abierta y medio vacía, y el gollete dorado de una botella de champán descorchada.

– No, no has debido hacerlo… No me parece bien. ¡Qué desgracia, verse obligados a esto, Jules!

El hombre, bajo y esmirriado, con una cara que era todo frente y ojos, la boca débil y una barbilla minúscula que le daba aspecto ratonil, protestó:

– Entonces, ¿qué? ¿Hay que morirse?

– ¡Déjalo, Aline, que tiene razón! -exclamó la mujer de la cabeza vendada-. ¿Qué querías que hiciéramos? ¡Esos dos no tienen derecho ni a vivir, te lo digo yo!

Se callaron. La mujer de la cabeza vendada había sido sirvienta y después se había casado con un obrero de la Renault. Durante los primeros meses de la guerra él había conseguido quedarse en París, pero al final, en febrero, no había tenido más remedio que marcharse, y ahora estaba luchando Dios sabía dónde. Y eso que había combatido en la anterior guerra y era el mayor de cuatro hermanos; pero no le había servido de nada. Los privilegios, las exenciones, los enchufes, todo eso era para los burgueses, pensaba ella. En el fondo de su corazón había capas de odio que se superponían sin confundirse: la de la campesina que instintivamente detesta a la gente de la ciudad, la de la criada cansada y amargada por haber vivido en casas ajenas y, finalmente, la de la obrera, porque durante aquellos últimos meses había sustituido a su marido en la fábrica. No estaba habituada a aquel trabajo de hombre, que le había endurecido los brazos y el alma.

– Pero tú te has portado, Jules -le dijo a su hermano-. ¡Te aseguro que no te creía capaz de algo así!

– Cuando vi a Aline desmayada de hambre, y a esos cerdos cargados de botellas, de foie-gras y de todo, no sé qué me ha dado.

Aline, que parecía más tímida y más dulce, aventuró:

– Podríamos haberles pedido un poco, ¿no crees, Hortense?

Su marido y su cuñada se sulfuraron:

– ¡Sí, claro! ¡Ay, Dios mío, qué poco los conoces! Esos nos verían reventar como perros y se quedarían tan orondos… ¡Te lo digo yo, que los conozco bien! -gruñó Hortense-. Y éstos son los peores. Él iba por casa de la condesa Barral du Jeu, un vejestorio inaguantable; escribe libros y obras de teatro. Un chalado, según dice el chofer, y más tonto que hecho de encargo. -Hortense guardó el resto de las provisiones sin dejar de hablar. Sus gruesas manos se movían con extraordinaria rapidez y habilidad. Cuando acabó, cogió al bebé y le quitó los pañales-. ¡Pobrecito mío, qué viaje! ¡Ay, qué pronto va a saber éste lo que es la vida! Aunque tal vez sea lo mejor. A veces me alegro de haber tenido que bregar desde cría y saber servirme de las manos… ¡Los hay que no pueden decir tanto! ¿Te acuerdas, Jules? Cuando murió mamá yo tenía trece años, pero me echaba el bártulo de ropa a la espalda y me iba al lavadero hiciera el tiempo que hiciera… En invierno tenía que romper el hielo. ¡Cuántas veces habré llorado tapándome la cara con las manos agrietadas! Pero eso me enseñó a espabilarme y no tener miedo.

– Es verdad, tú no te acobardas por nada -reconoció Aline.

Una vez cambiado, lavado y secado el bebé, Aline se desabrochó la blusa y se lo puso contra el pecho. Su marido y su cuñada la miraban sonriendo.

– ¡Al menos mi pobre chiquitín tendrá algo que mamar! ¡Vamos!

El champán se les había subido a la cabeza y sentían una dulce embriaguez. Contemplaban el lejano incendio sumidos en el amodorramiento. A veces olvidaban por qué estaban en aquel extraño lugar, por qué habían abandonado su pisito junto a la Gare de Lyon, cogido la carretera, vagado por el bosque de Fontainebleau, robado a Corte. Todo se volvía oscuro y borroso, como en un sueño. La jaula colgaba de una rama baja y dieron de comer a los pájaros. Al marcharse, Hortense no se había olvidado de coger un paquete de alpiste. Se sacó unos azucarillos del fondo del bolsillo y los echó en una taza de café caliente: el termo había sobrevivido al accidente. Se la bebió sorbiendo, adelantando los gruesos labios y posando una mano sobre los opulentos pechos para no mancharse. De pronto, un rumor saltó de grupo en grupo:

– Los alemanes han entrado en París esta mañana.

Hortense dejó caer la taza, todavía medio llena. Su grueso rostro enrojeció aún más. Bajó la cabeza y se echó a llorar. Sus lágrimas, escasas y ardientes, eran las de una mujer dura que no solía compadecerse ni de sí misma ni de los demás. La embargaba un sentimiento de cólera, pena y vergüenza, tan violento que sentía un dolor físico, lancinante y agudo en la zona del corazón.

– Ya sabéis cuánto quiero a mi marido… -murmuró al fin-. Mi pobre Louis… Estamos los dos solos, y él trabaja, no bebe, no pendonea…: En fin, que nos queremos. No lo tengo más que a él, pero si me dijeran: no volverás a verlo, a estas horas está muerto, pero la victoria es nuestra… ¡Bueno, pues lo preferiría! Y no lo digo por decir, ¡eh! ¡Lo preferiría!

– ¡Ya lo creo! -dijo Aline buscando en vano una expresión más contundente-. Ya lo creo que es triste.

Jules callaba y pensaba en el brazo medio paralizado que le había permitido librarse del servicio militar y la guerra. «¡Qué suerte la mía!», se decía, al mismo tiempo que algo, no sabía qué, casi un remordimiento, lo desazonaba.

– En fin, es así. Es así y nosotros no podemos hacer nada -les dijo a las mujeres con expresión sombría.

Volvieron a hablar de Corte. Pensaban con satisfacción en la estupenda cena que habían disfrutado en su lugar. No obstante, ahora lo juzgaban con más benevolencia. Hortense, que en casa de la condesa Barral du Jeu había visto escritores, académicos y un día incluso a la condesa de Noailles, los hizo llorar de risa contándoles lo que sabía sobre ellos.

– No es que sean malos. Lo que pasa es que no conocen la vida -dijo Aline.

<p>16</p>

Los Péricand no habían encontrado alojamiento en la ciudad, pero en un pueblo cercano, dos viejas solteronas que vivían enfrente de la iglesia tenían una enorme habitación libre. Los niños, que se caían de sueño, se acostaron vestidos. Con voz angustiada, Jacqueline pidió que dejaran el cesto del gato a su lado. Se le había metido en la cabeza que se escaparía, que lo perderían, que lo olvidarían, que se moriría de hambre por los caminos. Introdujo la mano entre los barrotes del cesto, que formaban una especie de ventanilla por la que se veía un ojo verde y reluciente y unos largos bigotes erizados de cólera, y sólo entonces se quedó tranquila. Emmanuel lloraba, asustado en aquella habitación desconocida e inmensa, por la que las dos viejas solteronas revoloteaban como moscardones, gimoteando: «¡Cuándo se ha visto una cosa así! ¡Qué pena, Dios mío! Pobres criaturitas inocentes… Pobre angelito mío…» Tumbado boca arriba, Bernard las miraba con expresión seria y abstraída, chupando el azucarillo que llevaba desde hacía tres días en el bolsillo, donde el calor lo había fundido con una mina de lápiz, un sello usado y un trozo de cordel. La otra cama de la habitación estaba ocupada por el viejo señor Péricand. La señora Péricand, Hubert y los criados pasarían la noche en las sillas del comedor.

Por las ventanas abiertas se veía un pequeño jardín iluminado por la luna. Un apacible resplandor bañaba los aromáticos racimos de azucena y los plateados guijarros del sendero, por el que una gata avanzaba sigilosamente. En el comedor, los refugiados oían la radio junto con algunos vecinos del pueblo. Las mujeres lloraban. Los hombres bajaban la cabeza, silenciosos. No sentían desesperación propiamente dicha, sino más bien una especie de incapacidad para comprender, un estupor como el que, cuando estamos soñando, experimentamos en el momento en que las tinieblas de la inconsciencia van a disiparse, en que el día se acerca, en que lo presentimos, en que todo nuestro ser se dirige hacia la luz, en que pensamos: «No es más que una pesadilla, voy a despertar.» Permanecían inmóviles, con la cabeza vuelta para evitar los ojos de los demás. Cuando Hubert apagó la radio, todos los hombres se marcharon sin decir palabra. En el comedor sólo quedaba el grupo de mujeres. Se oían sus murmullos, sus suspiros; lloraban las desgracias de la Patria, a la que veían con los amados rasgos de los maridos y los hijos que seguían luchando. Su dolor era más visceral que el de sus compañeros, más simple y también más locuaz; lo aliviaban con recriminaciones y exclamaciones: «Tantos sufrimientos ¡para esto! Para acabar así… ¡Qué desgracia! Nos han traicionado, señora, se lo digo yo… Nos han vendido, y ahora el que sufre es el pobre…»

Hubert las escuchaba con el puño apretado y el corazón rabioso. ¿Qué hacía él allí? «Hatajo de viejas cotorras», se decía. ¡Ah, si tuviera un par de años más! En su espíritu, hasta entonces tierno y ligero, más joven que su edad, despertaban de pronto las pasiones y las torturas del hombre adulto: angustia patriótica, un ardiente deseo de sacrificio, vergüenza, dolor y cólera. Al fin, por primera vez en su vida, una aventura era lo bastante seria como para apelar a su responsabilidad, pensaba Hubert. No bastaba con llorar ni hablar de traición; él era un hombre. No tenía la edad legal para luchar, pero sabía que era más fuerte, más resistente al cansancio, más hábil, más listo que aquellos viejos de treinta y cinco y cuarenta años a los que habían mandado al frente, y además era libre. ¡A él no lo retenía ninguna familia, ningún amor!

– ¡Oh, quiero ir! -murmuró-. ¡Quiero ir! -Corrió junto a su madre, la cogió de la mano y se la llevó aparte-. Madre, deme provisiones, mi jersey rojo que está en su bolso, y… un beso. Me voy -le dijo.

Se ahogaba. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Ella lo miró y comprendió.

– Vamos, hijo mío, no seas loco…

– Me voy, madre. No puedo quedarme aquí… Si tengo que quedarme aquí, como un inútil, con los brazos cruzados mientras… ¡Me moriré, me mataré! ¿No comprende que los alemanes llegarán, reclutarán a todos los chicos a la fuerza y los obligarán a luchar en su bando? ¡No quiero! Deje que me vaya.

Sin darse cuenta, Hubert fue levantando la voz y ahora estaba gritando, sin poder contenerse. Lo rodeaba un asustado grupo de temblorosas viejas; otro chico, apenas mayor que él, sobrino de las dueñas de la casa, sonrosado y rubio, de pelo rizado y grandes e ingenuos ojos azules, se había unido a él y repetía, con ligero acento meridional (sus padres eran funcionarios, y él había nacido en Tarascon):

– Claro que hay que irse, ¡y esta misma noche! Mira, no muy lejos de aquí, en el bosque de la Sainte, están las tropas… No tenemos más que coger las bicicletas y largarnos.

– René -gimieron sus tías abrazándose a él-. ¡René, niño mío, piensa en tu madre!

– Déjenme, tías, esto no es cosa de mujeres -respondió él rechazándolas, con el delicado rostro encendido de gozo: estaba orgulloso de lo bien que había hablado.

Miró a Hubert, que se había secado las lágrimas y estaba de pie ante la ventana, sombrío y resuelto. Se acercó a él y le susurró al oído:

– ¿Nos iremos?

– Por supuesto -musitó Hubert. Y tras una breve reflexión añadió-: Nos encontraremos a medianoche, a la salida del pueblo.

Los dos chicos se dieron la mano disimuladamente. A su alrededor, las mujeres hablaban todas a la vez, los conminaban a renunciar a su plan, a conservar para el futuro unas vidas tan valiosas, a tener piedad de sus padres… De pronto, en el piso de arriba, Jacqueline soltó un grito desgarrador:

– ¡Mamá! ¡Mamá, venga enseguida! ¡Se ha escapado Albert!

– ¿Albert, su otro hijo? ¡Ay, Dios mío! -exclamaron las solteronas.

– No, no; Albert es el gato -aclaró la señora Péricand, y le pareció que empezaba a volverse loca. Entretanto, unos estampidos sordos y violentos estremecían el aire: los cañones tronaban a lo lejos… ¡Estaban rodeados de peligros! Se dejó caer en una silla-. ¡Escúchame bien, Hubert! ¡En ausencia de tu padre, quien manda soy yo! Eres un niño, apenas tienes diecisiete años, tu deber es reservarte para el porvenir…

– ¿Para la próxima guerra?

– Para la próxima guerra -repitió maquinalmente la señora Péricand-. Mientras tanto, lo que tienes que hacer es callarte y obedecerme. ¡No te irás! ¡Si tuvieras un poco de corazón ni siquiera se te habría ocurrido una idea tan cruel, tan estúpida! ¿Quizá te parece que aún no soy lo bastante desgraciada? ¿No te das cuenta de que está todo perdido? ¿De que los alemanes están llegando y te matarán o te harán prisionero antes de que hayas recorrido cien metros? ¡Cállate! No pienso discutir contigo. ¡Si quieres salir de aquí, tendrás que pasar sobre mi cadáver!

– ¡Mamá, mamá! -clamaba Jacqueline-. ¡Quiero a Albert! ¡Que vayan a buscarlo! ¡Lo atraparán los alemanes! ¡Le dispararán, lo robarán, me lo quitarán! ¡Albert!¡Albert!¡Albert!

– ¡Cállate, Jacqueline! ¡Vas a despertar a tus hermanos!

Todas gritaban a la vez. Con labios temblorosos, Hubert se alejó de aquel caótico y desgreñado grupo de viejas. ¿Es que no entendían nada? La vida era shakesperiana, maravillosa y trágica, y ellas la degradaban sin motivo. El mundo se derrumbaba, ya no era más que escombros y ruinas, pero ellas no cambiaban. Criaturas inferiores, no tenían heroísmo ni grandeza, ni fe ni espíritu de sacrificio. Sólo sabían empequeñecer todo lo que tocaban, reducirlo a su medida. ¡Oh, Dios, ver a un hombre, estrechar la mano de un hombre! Aunque fuera a su padre, pensó, pero mejor a su querido hermano mayor, al buen, al gran Philippe. Necesitaba tanto la presencia de su hermano que los ojos volvieron a humedecérsele. El incesante fragor de los cañones lo inquietaba y lo excitaba; con el cuerpo sacudido por escalofríos, volvía bruscamente la cabeza a diestro y siniestro, como un potro asustado. Pero no tenía miedo. ¿Miedo, él? No, no tenía miedo. Aceptaba, acariciaba la idea de la muerte. Sería una muerte hermosa por una causa perdida. Mejor que pudrirse en las trincheras, como en el catorce. Ahora se luchaba a cielo abierto, bajo el hermoso sol de junio o en aquel resplandeciente claro de luna.

Su madre había subido a ver a Jacqueline, pero había tomado precauciones: cuando él quiso salir al jardín, se encontró la puerta cerrada con llave. La aporreó, la sacudió… Las dueñas, que se habían retirado a su habitación, protestaron:

– ¡Deje tranquila la puerta, señor! Es tarde. Estamos cansadas y tenemos sueño. Déjenos dormir. -Y una de ellas añadió-: Vaya a acostarse, jovencito.

– Jovencito… ¡Vieja chocha!

Su madre bajó.

– Jacqueline ha tenido una crisis nerviosa -le dijo-. Por suerte, llevo un frasco de flor de azahar en el bolso. ¡No te muerdas las uñas, por Dios! Me crispas los nervios, Hubert. Anda, siéntate en ese sillón y duerme un poco.

– No tengo sueño.

– Pues duerme igualmente -le ordenó ella con la misma voz imperiosa e impaciente que habría utilizado con Emmanuel.

Tragándose la rebeldía, Hubert se dejó caer en un viejo sillón de cretona que crujió bajo su peso. La señora Péricand alzó los ojos al cielo.

– ¡Mira que eres bruto, hijo mío! Vas a romper ese pobre sillón… ¡Estate quieto de una vez!

– Sí, madre -dijo él con voz sumisa.

– ¿A que no se te ha ocurrido sacar tu impermeable del coche?

– No, madre.

– ¡No piensas en nada!

– No lo necesito. Hace buen tiempo.

– Mañana puede llover.

La señora Péricand sacó la labor de su bolso. Las agujas empezaron a tintinear. Cuando él era pequeño, hacía punto a su lado durante las lecciones de piano. Hubert cerró los ojos y fingió dormir.

Al cabo de un rato, su madre se durmió de verdad. Sin pensárselo dos veces, el chico saltó por la ventana abierta, corrió hasta el cobertizo en que había guardado la bicicleta, entreabrió la puerta de la cerca sin hacer ruido y se deslizó fuera. Ahora todo el mundo dormía. El ruido de los cañones había cesado. Unos gatos maullaban en los tejados. La luna azuleaba las vidrieras de la hermosa iglesia, que se alzaba en mitad de un viejo y polvoriento paseo, donde los refugiados habían aparcado los coches. Los que no habían encontrado sitio en las casas dormían dentro de los vehículos o sobre la hierba. Sus pálidos rostros sudaban angustia; se los veía tensos y asustados incluso en pleno sueño. Sin embargo, dormían tan pesadamente que nada conseguiría despertarlos antes del amanecer. Saltaba a la vista. Podrían pasar del sueño a la muerte sin siquiera enterarse.

Hubert avanzó entre ellos, mirándolos con asombro y piedad. Él no se notaba cansado. Su sobreexcitada mente lo sostenía y arrastraba. Pensaba en su familia con pena y remordimientos. Pero esa pena y esos remordimientos multiplicaban su exaltación. No se lanzaba desnudo a la aventura; sacrificaba a su país no sólo su propia vida, sino también la de todos los suyos. Avanzaba al encuentro de su destino como un joven dios cargado de presentes. Al menos, así se veía él. Salió del pueblo, llegó al cerezo y se tumbó bajo las ramas. De pronto, una vibrante emoción hizo palpitar su corazón: pensaba en el nuevo compañero que iba a compartir con él la gloria y el peligro. Apenas lo conocía, pero se sentía unido a aquel muchacho rubio con una vehemencia y una ternura extraordinarias. Había oído contar que, en el norte, un regimiento alemán había tenido que cruzar un puente pasando por encima de los cadáveres de los compañeros muertos, y que lo habían hecho cantando: «Yo tenía un camarada…» Hubert lo comprendía, comprendía ese sentimiento de amor puro, casi salvaje. Inconscientemente, buscaba a alguien que sustituyera a Philippe, al que tanto quería y que se alejaba de él lenta pero implacablemente; demasiado serio, demasiado santo, pensaba Hubert, ya no tenía otro afecto, otra pasión que la de Cristo.

Durante los dos últimos años, Hubert se había sentido realmente solo, y para colmo sus compañeros de clase no eran más que brutos o esnobs. Por otra parte, casi sin saberlo, Hubert era sensible a la belleza física, y aquel René tenía cara de ángel. En fin, siguió esperándolo. Al menor ruido se estremecía y levantaba la cabeza. Eran las doce menos cinco. Pasó un caballo sin jinete. De vez en cuando ocurrían cosas así, extrañas apariciones que recordaban los desastres de la guerra; pero, por lo demás, todo estaba tranquilo. Arrancó una larga brizna de hierba y la mordisqueó; luego examinó el contenido de uno de sus bolsillos: un mendrugo de pan, una manzana, avellanas, un trozo de tarta desmigajado, una navaja, un ovillo de cordel y su pequeña libreta roja. En la primera página escribió: «Si muero, que avisen a mi padre, el señor Péricand, bulevar Delessert 18, París, o a mi madre…» También puso la dirección de Nimes. Después se acordó de que esa noche no había dicho sus oraciones. Se arrodilló en la hierba, las rezó y añadió un Credo especial por su familia. Se levantó soltando un profundo suspiro. Se sentía en paz con los hombres y con Dios. Mientras rezaba habían dado las doce. Había que estar listo para marcharse. La luna iluminaba la carretera. No se veía un alma. Hubert esperó pacientemente otra media hora; luego empezó a inquietarse. Dejó la bicicleta echada en la cuneta y avanzó hacia el pueblo al encuentro de René, pero no lo vio venir. Dio media vuelta, regresó al cerezo, siguió esperando y examinó el contenido del otro bolsillo: cigarrillos arrugados y dinero. Se fumó un pitillo sin disfrutarlo; todavía no se había acostumbrado al sabor del tabaco. Las manos le temblaban de nerviosismo. Arrancó unas flores y las arrojó al suelo. Era la una pasada. ¿Y si René…? No, no, nadie falta a su palabra de esa manera… Sus tías lo habrían retenido, encerrado quizá; aunque a él las precauciones de su madre no le habían impedido escapar. Su madre. Aún debía de estar durmiendo, pero no tardaría en despertarse y notar su ausencia. Lo buscarían por todas partes. No podía quedarse allí, tan cerca del pueblo. Pero ¿y si llegaba René? Esperaría hasta el amanecer y se iría en cuanto asomara el sol.

Los primeros rayos iluminaban la carretera cuando Hubert se puso en marcha. Se dirigió hacia el bosque de la Sainte, que cubría una colina. Subió por la ladera con precaución, empujando el manillar de la bicicleta y preparando el discurso que dirigiría a los soldados. Oyó voces, risas, el relincho de un caballo. Alguien gritó. Hubert se paró en seco y contuvo la respiración: habían hablado en alemán. Se escondió detrás de un árbol, vio un uniforme verde a unos pasos de él y, olvidándose de la bicicleta, echó a correr como una liebre. Al pie de la colina se equivocó de dirección, pero siguió corriendo en línea recta y acabó llegando al pueblo, que no reconoció. Volvió a la carretera principal y vio los coches de los refugiados pasar a toda velocidad. Uno (un enorme bólido gris) provocó que un camioncito volcase en la cuneta, pero se dio a la fuga sin que el conductor redujera la velocidad ni por un instante. Cuanto más avanzaba, más deprisa iba el torrente de vehículos, como en una película enloquecida, se dijo Hubert. Vio un camión lleno de soldados y les hizo gestos desesperados. Sin detenerse, alguien le aferró la mano, lo izó y lo dejó entre cañones camuflados con ramas y cajas de lonas.

– Quería avisarles… -jadeó Hubert-. He visto alemanes en un bosque muy cerca de aquí.

– Están por todas partes, chaval -respondió el soldado.

– ¿Puedo ir con ustedes? -preguntó Hubert tímidamente-. Quiero… -empezó, pero la emoción le quebró la voz-. Quiero combatir.

El soldado lo miró y no respondió. Parecía que ya nada que oyeran o vieran podía sorprender o conmover a aquellos hombres. Hubert se enteró de que por el camino habían recogido a una embarazada, a un niño herido en un bombardeo y abandonado o perdido, y a un perro con una pata rota. También comprendió que tenían intención de retrasar el avance enemigo e impedir, si podían, que cruzara el río.

«Yo no me separo de ellos -se dijo Hubert-. Ahora ya está, me he metido en el fregado.»

La creciente ola de refugiados rodeaba el camión y obstaculizaba su marcha. Había momentos en que era imposible avanzar. Los soldados se cruzaban de brazos y esperaban a que los dejaran pasar. Hubert iba sentado en la parte posterior, con las piernas colgando fuera. Un extraordinario tumulto, una confusión de ideas y pasiones se agitaba en su interior, pero lo que dominaba en su corazón era el desprecio que le inspiraba toda la humanidad. Era una sensación casi física: unos meses antes, unos camaradas le habían hecho beber por primera vez en su vida, y ahora volvía a tener aquel horrible regusto a ceniza y hiel que deja en la boca el mal vino. ¡Había sido un niño tan bueno! A sus ojos, el mundo era simple y hermoso, y los hombres, dignos de respeto. Los hombres… ¡Una manada de animales salvajes y cobardes! Ese René, que lo había incitado a huir y luego se había quedado durmiendo tan pancho en su cama, mientras Francia se desangraba… Aquella gente que negaba un vaso de agua o una cama a los refugiados, los que se hacían pagar los huevos a precio de oro, los que llenaban el coche de maletas, de paquetes, de comida, hasta de muebles, y respondían a una mujer muerta de cansancio: «No podemos llevarla. Ya ve que no hay sitio…» Aquellas maletas de cuero leonado y aquellas mujeres maquilladas en un camión lleno de oficiales… Tanto egoísmo, tanta cobardía, tanta crueldad feroz y vana le revolvían el estómago. Y lo peor era que no podía soslayar los sacrificios, el heroísmo y la bondad de unos pocos. Philippe, por ejemplo, era un santo, y aquellos soldados que no habían comido ni bebido (el oficial de intendencia se había marchado por la mañana y no había regresado a tiempo) pero que aun así iban a luchar por una causa desesperada eran héroes. Entre los hombres existía el coraje, la abnegación, el amor, pero hasta eso era espantoso: los buenos parecían predestinados. Philippe lo explicaba a su manera. Cuando hablaba, parecía iluminarse y arder a la vez, como alumbrado por un fuego muy puro; pero Hubert atravesaba una crisis de fe religiosa y Philippe estaba lejos. El absurdo y repulsivo mundo exterior tenía los colores del infierno, un infierno al que Jesús jamás volvería a descender, «porque lo harían pedazos», se dijo Hubert.

El convoy fue ametrallado varias veces. La muerte planeaba en el cielo y, de pronto, se precipitaba, se lanzaba en picado desde las alturas con las alas desplegadas y el pico de acero dirigido hacia aquella larga y temblorosa hilera de insectos negros que se arrastraba por la carretera. Todo el mundo se arrojaba al suelo. Las mujeres se echaban encima de sus hijos para protegerlos con el cuerpo. Cuando cesaba el fuego, la muchedumbre estaba surcada por largos y estrechos claros, como los que forma el viento en los trigales o los árboles talados en un bosque. Tras unos instantes de silencio, empezaban a oírse llamadas y gemidos que parecían responderse, gemidos que nadie escuchaba, llamadas lanzadas en vano…

La gente volvía a subirse a los coches detenidos al borde del camino y reanudaba la marcha, pero algunos vehículos se quedaban allí, abandonados, con las puertas abiertas y el equipaje atado al techo, en algunos casos con una rueda en la cuneta debido a la precipitación del conductor por huir y ponerse a cubierto. Pero ya no volvería. En el interior de los coches, entre los paquetes olvidados, a veces se veía un perro tirando de su correa y gañendo quejumbrosamente, o un gato maullando desesperado dentro de su cesta.

<p>17</p>

Gabriel Corte seguía dejándose condicionar por reflejos de otra época: cuando le hacían daño, su primera reacción era quejarse; sólo se defendía después. A toda prisa, arrastrando a Florence, en Paray-le-Monial buscó al alcalde, los gendarmes, un diputado, un prefecto, cualquier representante de la autoridad que pudiera devolverle la cena que le habían robado. Pero las calles estaban desiertas; las casas, mudas. Al doblar una esquina topó con un grupo de mujeres que parecían vagar sin objeto, pero escucharon sus preguntas.

– No sabemos, no somos de aquí. Somos refugiadas como ustedes -explicó una de ellas.

Un débil olor a humo llegaba hasta ellos, llevado por la suave brisa de junio.

Al cabo de un rato, Florence y Gabriel empezaron a preguntarse dónde habían dejado el coche. Ella creía que cerca de la estación. Él se acordaba de un puente que habría podido guiarlos. La luna, serena y magnífica, los alumbraba, pero en aquella pequeña y vieja ciudad todas las calles se parecían. Todo eran gabletes, viejos guardacantones, balcones inclinados hacia un lado, callejones oscuros…

– Un mal decorado de ópera -refunfuñó Corte.

El olor también era el que se percibe entre bastidores, a moho y polvo, con un lejano hedor a letrina. Hacía mucho calor; a Gabriel el sudor le perlaba la frente. Oyó las llamadas de Florence, que se había rezagado y le gritaba:

– ¡Espérame! ¡Para de una vez, cobarde, canalla! ¿Dónde estás, Gabriel? ¿Dónde estás? ¡Cerdo!

Sus insultos rebotaban contra las viejas fachadas, como balas: «¡Cerdo, viejo miserable, cobarde!»

Consiguió alcanzarlo cuando estaban llegando a la estación. Se le echó encima y le pegó, lo arañó, le escupió en la cara, mientras él se defendía chillando. Parecía imposible que la voz grave y cansada de Gabriel fuera capaz de alcanzar notas tan vibrantes y agudas, tan femeninas y salvajes. El hambre, el miedo y el cansancio los estaban volviendo locos. Les había bastado un vistazo para constatar que la plaza de la estación estaba vacía y comprender que la ciudad había sido evacuada.

Los demás estaban lejos, en el puente iluminado por la luna. Sentados en el suelo, sobre el empedrado de la plaza, había varios grupos de soldados. Uno de ellos, un muchacho muy joven, pálido y con gafas gruesas, se levantó con esfuerzo y se acercó con intención de separarlos.

– Vamos, caballero… Venga, señora, ¿no les da vergüenza?

– Pero ¿dónde están los coches? -chilló Corte.

– Han ordenado retirarlos.

– Pero ¿quién? ¿Por qué? ¿Y nuestro equipaje? ¡Mis manuscritos! ¡Soy Gabriel Corte!

– ¡Por amor de Dios, ya encontrará sus dichosos manuscritos! ¡Y déjeme decirle que otros han perdido mucho más!

– ¡Ignorante!

– Lo que usted diga, caballero, pero…

– ¿Quién ha dado esa estúpida orden?

– Eso, caballero… Se han dado muchas que no eran más inteligentes, debo reconocerlo. Encontrará usted su coche y sus documentos, estoy seguro. Entretanto, no deben quedarse aquí. Los alemanes llegarán de un momento a otro. Tenemos orden de volar la estación.

– ¿Y adónde vamos?

– Vuelvan a la ciudad.

– Pero ¿dónde nos alojaremos?

– Sitio no les va a faltar. Todo el mundo se larga -dijo otro soldado que se había acercado a Corte.

El claro de luna derramaba una luz tenue y azulada. El hombre tenía un rostro rudo y severo: dos grandes pliegues verticales le surcaban las toscas mejillas. Posó la mano en el hombro de Gabriel y, sin esfuerzo aparente, lo hizo girar.

– ¡Ea, arreando! Ya nos hemos cansado de verlos, ¿entendido?

Por un instante, Gabriel pensó que se arrojaría sobre el soldado, pero la presión de aquella mano férrea sobre el hombro lo hizo recapacitar y retroceder dos pasos.

– Llevamos en la carretera desde el lunes… y tenemos hambre…

– Tenemos hambre -gimió Florence haciendo eco a Gabriel.

– Aguanten hasta mañana. Si seguimos aquí, les daremos sopa.

Con su voz cansada y suave, el soldado de las gafas gruesas repitió:

– No se queden aquí, caballero… Vamos, váyanse -les urgió, cogiendo del brazo a Corte y empujándolo levemente, como se hace con los niños para sacarlos del salón y mandarlos a dormir.

Gabriel y Florence volvieron a cruzar la plaza arrastrando los cansados pies, pero esta vez el uno al lado del otro. Su cólera había desaparecido, y con ella la tensión nerviosa que los sostenía. Estaban tan desmoralizados que no tuvieron fuerzas para ponerse a buscar otro restaurante. Llamaron a puertas que no se abrieron. Acabaron derrumbándose en un banco, cerca de una iglesia. Florence se quitó los zapatos con una mueca de dolor.

Pasaba el tiempo. No ocurría nada. La estación seguía en su sitio. De vez en cuando se oían los pasos de los soldados en la calle de al lado. En un par de ocasiones, un hombre pasó por delante del banco sin siquiera mirar a Florence y Gabriel, ovillados en el silencio de la noche, con las cabezas pesadamente apoyadas la una en la otra. Un hedor a carne podrida llegó hasta ellos: una bomba había incendiado los mataderos de las afueras. Se adormecieron. Cuando despertaron, vieron pasar a unos soldados que llevaban escudillas. Florence soltó un débil gemido de hambre y los soldados le dieron un cuenco de caldo y un trozo de pan. Con la luz del día, Gabriel recuperó parte del respeto humano: no osó disputarle a su amante un poco de caldo y aquel mendrugo. Florence bebía lentamente. Sin embargo, se detuvo y le dijo:

– Cómete el resto.

Él rehusó.

– No, mujer, si apenas hay para ti…

Ella le tendió el recipiente de aluminio, medio lleno de un liquido tibio que olía a col. Gabriel lo cogió con manos temblorosas, se llevó el borde a los labios y bebió el caldo a grandes tragos, sin apenas respirar. Al acabar soltó un suspiro de satisfacción.

– ¿Están mejor? -les preguntó un soldado.

Reconocieron al que la noche anterior los había echado de la plaza de la estación, aunque los rayos del sol naciente suavizaban su rostro de feroz centurión. Gabriel recordó que llevaba cigarrillos en el bolsillo y le ofreció uno. Los dos hombres fumaron en silencio durante unos instantes, mientras Florence intentaba en vano ponerse los zapatos.

– Yo en su lugar -dijo al fin el soldado- me largaría, porque, se lo garantizo, los alemanes volverán. Lo raro es que todavía no estén aquí. Pero ya no les corre prisa -añadió con amargura-. Ahora será un paseo hasta Bayona.

– ¿Cree usted que está todo perdido? -le preguntó Florence con timidez.

Por toda respuesta, el soldado dio media vuelta y se fue. Ellos también se dirigieron hacia las afueras, paso a paso y sin mirar atrás. De aquella ciudad que parecía desierta surgían ahora pequeños grupos de refugiados cargados de maletas. Aquí y allá se reunían como animales perdidos que se buscan y se juntan después de una tormenta. Iban hacia el puente custodiado por los soldados, que los dejaban pasar. Y allí fueron los Corte. Sobre sus cabezas resplandecía el cielo, un cielo de un azul puro y deslumbrante en el que no se veía ni una nube ni un avión. A sus pies discurría un bonito río. Enfrente, veían la carretera hacia el sur y un bosque de árboles muy jóvenes, cubiertos de tiernas hojas verdes. De pronto tuvieron la impresión de que el bosque se animaba y avanzaba a su encuentro. Camiones y cañones alemanes camuflados se dirigían hacia ellos. Corte vio que la gente de delante levantaba los brazos, daba media vuelta y echaba a correr. En el mismo instante, los franceses abrieron fuego y las ametralladoras alemanas les respondieron. Atrapados entre dos fuegos, los refugiados corrían en todas las direcciones, aunque algunos se limitaban a dar vueltas sobre sí mismos, como si hubieran perdido el juicio. Una mujer pasó las piernas por encima del pretil y se arrojó al agua. Florence agarró del brazo a Gabriel e, hincándole las uñas, chilló:

– ¡Volvamos, corre!

– Pero ¡van a volar el puente! -gritó él.

La agarró de la mano y la arrastró hacia delante. De pronto se le ocurrió la idea, extraña, súbita y deslumbrante como un relámpago, de que corrían hacia la muerte. Atrajo hacia sí a Florence, la obligó a agachar la cabeza para ocultársela bajo su abrigo, como quien le venda los ojos a un condenado, y, tropezando y jadeando, llevándola casi en vilo, recorrió los escasos metros que los separaban de la otra orilla. Aunque le parecía que el corazón le golpeaba el pecho como el badajo de una campana, en realidad no tenía miedo. Deseaba salvarle la vida a Florence con un ansia salvaje. Confiaba en algo invisible, en una mano protectora tendida hacia él, hacia él, un ser débil, miserable, pequeño, tan pequeño que el destino se apiadaría de él como la tempestad de una brizna de paja. Cruzaron el puente, pasaron casi rozando a los alemanes en su carrera y dejaron atrás las ametralladoras y los uniformes verdes. La carretera estaba despejada y la muerte quedaba atrás, y de pronto, allí mismo, a la entrada de un pequeño camino forestal, distinguieron -sí, no se equivocaban, lo habían reconocido de inmediato- su coche, con sus fieles criados, que estaban esperándolos. Florence sólo pudo gemir:

– ¡Julie! ¡Alabado sea Dios, Julie!

Las voces del chofer y la doncella llegaron a los oídos de Gabriel como esos sordos y extraños sonidos que atraviesan a medias la bruma de un desvanecimiento. Florence se echó a llorar. Con lentitud, con incredulidad, con eclipses de lucidez, Corte comprendió penosa y gradualmente que le devolvían el coche, que le devolvían los manuscritos, que había vuelto a la vida, que ya nunca volvería a ser un hombre corriente, desesperado, hambriento, a un tiempo cobarde y arrojado, sino un ser privilegiado y protegido de todo ma ¡Gabriel Corte!

<p>18</p>

Al fin, el lunes 17 de junio a mediodía, Hubert llegó a orillas del Allier con los soldados que lo habían recogido en la carretera. Por el camino se les habían unido voluntarios: guardias móviles, senegaleses, militares que intentaban en vano reconstituir sus desbaratadas compañías aferrándose a cualquier núcleo de resistencia con desesperado coraje, y chicos como Hubert Péricand, que habían quedado separados de sus familias durante el éxodo o se habían fugado durante la noche para «unirse a las tropas», frase mágica que circulaba de pueblo en pueblo, de granja en granja. «Vamos a unirnos a las tropas, a escapar de los alemanes y reagruparnos al otro lado del Loira», repetían bocas de dieciséis años. Aquellos chicos llevaban un hatillo a la espalda (las sobras de la merienda del día anterior envueltas a toda prisa en un jersey y una camisa por una madre deshecha en llanto), tenían rostros sonrosados y redondos, los dedos manchados de tinta y voces que estaban mudando. Tres de ellos iban acompañados por sus padres, veteranos del catorce que, debido a su edad, sus viejas heridas y su situación familiar, habían permanecido al margen de los combates desde septiembre. El jefe de batallón instaló su puesto de mando bajo un puente de piedra cercano al paso a nivel. Hubert contó casi doscientos hombres en el camino y la orilla del río. En su inexperiencia, creyó que ahora el enemigo tenía enfrente a un poderoso ejército. Vio colocar toneladas de melinita en el puente de piedra; lo que ignoraba era que no habían conseguido encontrar cordón Pickford para la mecha. Los soldados trabajaban en silencio o dormían tumbados en el suelo. Llevaban todo un día sin comer. Al atardecer repartieron botellas de cerveza. Hubert no tenía hambre, pero la cerveza rubia, con su sabor amargo y su suave espuma, le proporcionó una sensación de bienestar. Le hacía falta para animarse porque, de momento, allí nadie parecía necesitarlo. Iba de soldado en soldado ofreciendo tímidamente sus servicios, pero no le respondían, ni siquiera lo miraban. Vio a dos hombres llevando paja y haces de leña hacia el puente, y a otro empujando un barril de alquitrán. Hubert cogió un enorme haz de leña, pero con tanta torpeza que se clavó las astillas y tuvo que ahogar una exclamación de dolor. Pensaba que nadie lo había oído, pero instantes después creyó morirse de vergüenza cuando, al soltar su carga a la entrada del puente, uno de los hombres le gritó:

– ¿Qué coño haces ahí? ¿No ves que estorbas? ¿No lo ves?

Hubert, herido en lo más vivo, se alejó. De pie, inmóvil en el camino de Saint-Pourçain, frente al Allier, vio finalizar un trabajo que le resultaba incomprensible: la paja y la leña, rociadas con alquitrán, estaban amontonadas en el puente, junto a un bidón de cincuenta litros de gasolina; aquella barrera debía detener al enemigo hasta que un cañón de 75 mm. consiguiera hacer explotar la melinita.

El resto del día pasó de un modo parecido, igual que la noche y toda la mañana siguiente: horas vacías, extrañas, incoherentes como un sueño febril. Sin nada para comer o beber. Hasta los muchachos campesinos empezaban a perder sus saludables colores y, demacrados por el hambre, cubiertos de polvo, con el pelo revuelto y los ojos brillantes, parecían más viejos, mayores, adultos de aspecto tozudo, dolorido y duro.

Eran las dos de la tarde cuando en la orilla opuesta aparecieron los primeros alemanes. Se trataba de la columna motorizada que había atravesado Paray-le-Monial esa misma mañana. Boquiabierto, Hubert los vio lanzarse hacia el puente a una velocidad inaudita, como un salvaje y belicoso relámpago que fulgurara en la paz del campo. No fue más que un instante: un cañonazo hizo explotar los barriles de melinita que formaban la barricada. Los pedazos del puente, los vehículos y sus ocupantes cayeron al Allier. Hubert vio a los soldados franceses abalanzarse a la carrera.

«¡Ya está, nos lanzamos al ataque!», pensó, con carne de gallina y la garganta seca, como cuando era niño y oía los primeros acordes de una banda militar. También echó a correr, pero tropezó en la paja y los haces de leña que los soldados estaban encendiendo en esos momentos. El negro humo del alquitrán le anegó la boca y las fosas nasales. Tras aquella cortina protectora, las ametralladoras trataban de detener los tanques alemanes. Ahogándose, tosiendo y estornudando, Hubert retrocedió unos metros a cuatro patas. Estaba desesperado. No tenía arma. No hacía nada. Los demás luchaban y él estaba de brazos cruzados, inmóvil, pasivo. Se consoló un poco pensando que a su alrededor los hombres se limitaban a protegerse del fuego enemigo sin responder. Lo atribuyó a complejas razones tácticas, hasta el momento en que comprendió que apenas tenían municiones. «No obstante -se dijo-, si nos han ordenado quedarnos aquí es porque somos necesarios, porque somos útiles, porque tal vez protegemos al grueso de nuestro ejército.» Hubert esperaba ver aparecer refuerzos avanzando hacia ellos por el camino de Saint-Pourçain al grito de «¡Aquí estamos, chicos, no os preocupéis! ¡Ya los tenemos!», o cualquier otra frase guerrera. Pero no venía nadie. Junto a él vio a un hombre con la cabeza ensangrentada que vacilaba como un borracho y que acabó derrumbándose sobre un arbusto, donde quedó sentado entre las ramas en una postura extraña e incómoda, con las rodillas dobladas bajo el cuerpo y la barbilla hundida en el pecho.

– ¡Ni médico, ni enfermeros ni ambulancia! -oyó exclamar con cólera a un oficial-. ¿Qué queréis que haga?

– Hay uno herido en el jardín de las oficinas municipales -informó alguien.

– ¿Y qué queréis que haga, Dios mío? -repitió el oficial-. Dejadlo allí.

Los obuses habían incendiado parte de la ciudad. Bajo la espléndida luz de junio, las llamas tenían un color transparente y rosado, y una larga columna de humo ascendía al cielo formando un penacho atravesado por los rayos del sol, que arrancaban reflejos al azufre y las cenizas.

– Se van -le dijo un soldado a Hubert señalándole a los hombres de las ametralladoras, que estaban retrocediendo.

– ¿Por qué? -exclamó el chico, consternado-. ¿Es que no van a seguir luchando?

– ¿Con qué?

«Es un desastre -pensó Hubert, anonadado-. ¡Es la derrota! Estoy asistiendo a una gran derrota, peor que la de Waterloo. Estamos perdidos, no volveré a ver a mamá ni a ninguno de los míos. Voy a morir.»

Se sentía perdido, indiferente a todo, en un espantoso estado de agotamiento y desesperación. No oyó la orden de retirada. Vio que los hombres corrían bajo las balas enemigas, los imitó y saltó la cerca de un jardín en el que había un cochecito de niño abandonado. Pero la batalla no había terminado. Sin tanques, sin artillería, sin municiones, un puñado de hombres seguía defendiendo unos metros cuadrados de tierra, una cabeza de puente, mientras los alemanes, victoriosos, cerraban el cerco sobre Francia. De pronto, Hubert sintió un desesperado arranque de valor, muy parecido a un ataque de locura. Se dijo que estaba huyendo, cuando su deber era volver a la primera línea, adonde estaban aquellos fusiles ametralladores que aún oía responder obstinadamente a las ametralladoras alemanas, y morir con aquellos valientes. De nuevo, desafiando la muerte a cada paso, atravesó el jardín, pisoteando juguetes abandonados. ¿Dónde estaban los dueños de aquella casa? ¿Habían huido? Saltó la puerta metálica bajo una ráfaga de ametralladora y, milagrosamente ileso, cayó a la carretera y volvió a reptar, con las manos y las rodillas ensangrentadas, en dirección al río. No consiguió llegar. De pronto, cuando estaba a medio camino, todo el fragor se interrumpió. Hubert advirtió que era de noche y comprendió que debía de haberse desmayado de agotamiento. Aquel súbito silencio le había hecho volver en sí. Se incorporó aturdido. La cabeza le resonaba como una campana. Una luna radiante iluminaba la carretera, pero él permanecía oculto en la franja de sombra que arrojaba un árbol. El barrio de Villars seguía ardiendo, pero las armas habían callado.

Temiendo topar con los alemanes, Hubert abandonó la carretera y se internó en un bosquecillo. De vez en cuando se detenía y se preguntaba adónde iba. Al día siguiente, las columnas motorizadas que habían invadido la mitad de Francia en cinco días estarían sin duda en la frontera de Italia, de Suiza, de España… No podría eludirlas. Había olvidado que no llevaba uniforme, que nada indicaba que acababa de participar en una batalla. Estaba seguro de que lo harían prisionero. Huía obedeciendo el mismo instinto que lo había llevado al escenario de los combates y ahora lo empujaba a alejarse de aquellos incendios, de aquellos puentes destruidos, de aquella pesadilla en la que, por primera vez en su vida, había visto muertos con sus propios ojos. Febrilmente, trataba de calcular cuánto avanzarían los alemanes hasta la mañana siguiente. Veía ciudades cayendo una tras otra, soldados vencidos, armas tiradas, camiones abandonados en la carretera por falta de gasolina, los tanques y cañones anticarro cuyas reproducciones tanto había admirado, y todo el botín caído en manos del enemigo. Temblaba, lloraba avanzando a gatas por aquel campo iluminado por la luna y, sin embargo, todavía no creía en la derrota, del mismo modo que cualquier ser joven y rebosante de salud rechaza la idea de la muerte. No muy lejos de allí, los soldados se reunirían, se reagruparían, volverían a luchar, y él con ellos. Y él… con ellos… «Pero ¿qué he hecho yo? -se preguntó de pronto-. No he disparado ni un solo tiro. -Se sintió tan avergonzado de sí mismo que por las mejillas volvieron a resbalarle quemantes y dolorosas lágrimas-. No es culpa mía, no tenía armas, no tenía más que las manos…» De repente, volvió a verse tratando en vano de arrastrar el haz de leña hacia el río. No, ni de eso había sido capaz, él, que habría querido correr hacia el puente, arrastrar tras de sí a los soldados, lanzarse contra los tanques enemigos, morir gritando «¡Viva Francia!»… Estaba ebrio de fatiga y desesperación. De vez en cuando lo asaltaban ideas de una extraña madurez: reflexionaba sobre el desastre, sobre sus causas profundas, sobre el futuro, sobre la muerte. Luego pensaba en sí mismo, se preguntaba qué sería de él, y poco a poco iba recuperando la conciencia de la realidad:

– ¡La bronca que te va a echar mamá va a ser de aúpa, amiguito! -murmuró, y por unos instantes su pálido y tenso rostro, que parecía haber envejecido y adelgazado en dos días, volvió a iluminarse con la ingenua y ancha sonrisa del niño.

Entre dos campos vio un angosto sendero que se alejaba de las casas. Allí nada recordaba la guerra. Una fuente murmuraba, un ruiseñor cantaba, una campana daba la hora, en todos los setos había flores, y frescas hojas verdes en todos los árboles. Desde que se había refrescado las manos y la boca, desde que había bebido agua en un arroyo ahuecando las palmas, se sentía mucho mejor. Buscó fruta en las ramas desesperadamente. Sabía que no era la época, pero estaba en la edad en que aún se cree en los milagros. Al final del sendero volvió a encontrar la carretera. «Cressange, 22 Km.», leyó en un mojón, y se detuvo, perplejo. Luego vio una granja y, tras mucho dudarlo, se acercó y llamó a la puerta de la vivienda. Oyó pasos en el interior. Preguntaron quién era. Al oír que se había perdido y tenía hambre, lo dejaron pasar. Dentro había tres soldados franceses durmiendo. Los reconoció. Habían participado en la defensa del puente de Moulins. Ahora roncaban tumbados en sendos bancos, con los demacrados y sucios rostros boca arriba, como los muertos. Los velaba una mujer que hacía punto; la madeja de lana rodaba por el suelo, perseguida por un gato. La escena le resultó tan familiar y al mismo tiempo tan extraña, después de todo lo que había visto en los últimos ocho días, que le flaquearon las piernas y tuvo que sentarse. Sobre la mesa vio los cascos de los soldados, cubiertos con hojas para evitar que brillaran a la luz de la luna.

En ese momento, uno de ellos despertó, se incorporó y se quedó apoyado en un codo.

– ¿Has visto a alguno, chaval?

Hubert comprendió que se refería a los alemanes.

– No, no -se apresuró a responder-. Ni uno desde Moulins.

– Se ve que ya ni siquiera cogen prisioneros -dijo el soldado-. Tienen demasiados. Los desarman y luego los mandan a hacer puñetas.

– Se ve que sí -dijo la mujer.

Volvió a hacerse el silencio. Hubert comió: le habían servido un plato de sopa y un trozo de queso. Cuando acabó, miró al soldado y le preguntó:

– ¿Qué piensan hacer ahora?

Uno de sus compañeros había abierto los ojos. Los dos hombres empezaron a discutir. Uno quería ir a Cressange; el otro, angustiado, lanzaba alrededor miradas medrosas e inquietas de pájaro asombrado.

– ¿Para qué? Están en todas partes, en todas… -decía. Realmente, le parecía estar viendo a los alemanes alrededor de él, a punto de cogerlo. De vez en cuando, soltaba una especie de risa entrecortada y amarga-. ¡Dios mío! Haber estado en la del catorce y ver esto…

La mujer tejía plácidamente. Era muy vieja y llevaba un gorro blanco acanalado.

– Yo viví la del setenta. Así que… -murmuró.

Hubert los escuchaba y contemplaba con estupefacción. Le parecían casi irreales, semejantes a fantasmas, a quejumbrosas sombras surgidas de las páginas de su Historia de Francia. ¡Dios mío! El presente y sus desastres valían más que esas glorias muertas y ese olor a sangre que ascendía del pasado. Hubert tomó un café muy cargado y muy caliente y una copita de orujo, le dio las gracias a la anciana, se despidió de los soldados y se puso en camino, decidido a llegar a Cressange a la mañana siguiente. Una vez allí, tal vez pudiera ponerse en contacto con su familia y tranquilizarlos respecto a su situación. Caminó toda la noche y, a las ocho de la mañana, llegó a un pueblecito a unos kilómetros de Cressange, de cuya fonda salía un delicioso aroma a café y pan recién hecho. Hubert comprendió que no conseguiría llegar más lejos, que sus pies se negaban a continuar. Entró en el salón de la fonda, que estaba llena de refugiados. Preguntó si había habitación. No supieron responderle. Le dijeron que la dueña había salido a buscar comida para aquel ejército de muertos de hambre, pero no tardaría en regresar. Volvió a la calle y, en una ventana del primer piso, vio a una mujer que se estaba maquillando. De pronto, el pintalabios se le escapó de la mano y fue a caer a los pies de Hubert, que se apresuró a recogerlo. Ella se asomó y le sonrió.

– ¿Y ahora cómo lo recupero? -le preguntó y, sacando el cuerpo fuera de la ventana, extendió hacia él un brazo desnudo y pálido.

El sol arrancaba diminutos destellos a la pintura de sus uñas, que brillaban en los ojos del chico. Aquella carne lechosa y aquella cabellera pelirroja lo encandilaron como una potente luz.

Hubert bajó la cabeza y balbuceó:

– Puedo… puedo subírselo, señora.

– Sí, por favor -dijo ella, y volvió a sonreírle.

Hubert entró en la fonda, cruzó el bar, subió una escalera estrecha y oscura y vio una puerta abierta. La habitación parecía rosa. Efectivamente, el sol atravesaba una humilde cortina roja y llenaba el espacio de una cálida y palpitante penumbra, encarnada como un rosal en flor. La mujer lo invitó a entrar; se estaba limando las uñas. Cogió el pintalabios que le tendía Hubert y lo miró.

– Pero… ¡te vas a desmayar!

Hubert sintió que lo cogía de la mano, lo ayudaba a dar los dos pasos que lo separaban del sillón, le ponía un cojín bajo la nuca… No perdió el conocimiento, pero el corazón le latía con fuerza. Todo daba vueltas a su alrededor como en un mareo, y olas heladas y ardientes lo inundaban alternativamente. Estaba cohibido, pero bastante orgulloso de sí mismo.

– ¿Cansado? ¿Hambre? ¿Qué le pasa a mi pobre muchacho? -preguntó ella.

Hubert exageró aún más el temblor de su voz para responder:

– No es nada. Es que… he venido andando desde Moulins, donde hemos defendido el puente.

Ella lo miró sorprendida.

– Pero ¿cuántos años tienes?

– Dieciocho.

– ¿No eres soldado?

– No; viajaba con mi familia. La dejé para unirme a las tropas.

– Pero… eso está muy bien.

Empleó el tono de admiración que esperaba Hubert, pero, sin saber por qué, su mirada lo hizo enrojecer. De cerca ya no parecía tan joven. Su rostro, ligeramente maquillado, estaba surcado de pequeñas arrugas. Era esbelta y elegante, y tenía unas piernas estupendas.

– ¿Cómo te llamas? -le preguntó la mujer.

– Hubert Péricand.

– ¿No hay un Péricand conservador del Museo de Bellas Artes?

– Es mi padre, señora.

Mientras hablaban, la mujer se había levantado y estaba sirviéndole café. Acababa de desayunar, y la bandeja con la cafetera medio llena, la jarrita de leche y las tostadas seguía sobre la mesa.

– No está muy caliente -le dijo-, pero igual tómalo, te sentará bien. -Hubert obedeció-. Con todos esos refugiados, hay tal barullo ahí abajo que no vendría nadie aunque me pasara todo el día llamando. Vienes de París, ¿verdad?

– Sí. ¿Usted también, señora?

– Sí. Pasé por Tours, donde me bombardearon. Ahora quiero llegar a Burdeos. Supongo que habrán evacuado la ópera allí.

– ¿Es usted actriz, señora? -preguntó Hubert respetuosamente.

– Bailarina. Arlette Corail. -Hubert sólo había visto bailarinas en el escenario del Châtelet. Instintivamente, la mirada del muchacho se dirigió con curiosidad y deseo hacia sus finos tobillos y musculosas pantorrillas, enfundados en lustrosas medias. Estaba azorado. Un mechón rubio le cayó sobre los ojos. La mujer se lo retiró con suavidad-. ¿Y ahora adónde te diriges?

– No lo sé. Mi familia se quedó en un pueblecito que está a unos treinta kilómetros de aquí. Me gustaría reunirme con ellos, pero los alemanes ya habrán llegado allí.

– Aquí los esperan de un momento a otro.

– ¿Aquí? -Alarmado, Hubert dio un respingo y se levantó para huir, pero la mujer lo retuvo, riendo.

– Pero ¿qué crees que te van a hacer? No eres más que un chico…

– Aun así he luchado… -protestó él, herido.

– Sí, claro que sí, pero nadie va a ir a contárselo, ¿verdad? -La bailarina pareció reflexionar y su entrecejo se arrugó ligeramente-. Mira, te diré lo que haremos. Bajaré y pediré una habitación para ti. Aquí me conocen. Es una fonda muy pequeña, pero cocinan de maravilla, y he pasado aquí más de un fin de semana. Te darán la habitación de su hijo, que está en el frente. Descansarás uno o dos días y podrás avisar a tus padres.

– No sé cómo agradecérselo… -murmuró él.

La bailarina lo dejó solo. Cuando volvió, pasados apenas unos minutos, Hubert estaba profundamente dormido. Arlette le levantó suavemente la cabeza y le rodeó con los brazos los anchos hombros y el pecho, que se alzaba pausadamente. Luego lo contempló, volvió a arreglarle los dorados mechones que le caían desordenadamente sobre la frente, lo contempló de nuevo con expresión soñadora y ávida, como una gata acechando a un pajarillo, y murmuró:

– No está mal el muchacho…

<p>19</p>

El pueblo esperaba a los alemanes. A algunos, la idea de ver por primera vez a sus vencedores les hacía sentir vergüenza y desesperación; a otros, angustia, y a la mayoría sólo una mezcla de miedo y curiosidad, como el anuncio de un espectáculo novedoso. Los funcionarios, los gendarmes y los empleados de correos habían recibido la orden de marcharse el día anterior. El alcalde se había quedado. Era un viejo campesino gotoso y tranquilo que no se inmutaba por nada. Si el pueblo hubiese estado sin jefe no le habría ido mucho peor. A mediodía, unos viajeros llegaron con la noticia del armisticio al bullicioso comedor donde Arlette Corail estaba acabando de desayunar. Las mujeres se echaron a llorar. Se decía que la situación era confusa, que en algunos sitios los soldados seguían resistiendo, que algunos civiles se habían unido a ellos. Los presentes coincidieron en censurarlo: todo estaba perdido, ya sólo quedaba ceder. Todo el mundo hablaba a la vez. El aire era irrespirable. Arlette apartó el plato y salió al pequeño jardín de la fonda. Había cogido cigarrillos, una tumbona y un libro. Tras abandonar París hacía una semana en un estado de pánico que rayaba en la locura y sortear innegables peligros, volvía a sentirse fría y tranquila. Además, estaba convencida de que saldría adelante siempre y en cualquier lugar, y de que poseía auténtico talento para rodearse del máximo de comodidad y bienestar en cualquier circunstancia. Esa flexibilidad, esa lucidez, esa indiferencia, eran cualidades que le habían sido de enorme utilidad en su carrera profesional y su vida sentimental, pero hasta entonces no había comprendido que también podían servirle en la vida cotidiana o en circunstancias excepcionales.

Ahora, cuando pensaba que había implorado la protección de Corbin, sonreía de piedad. Habían llegado a Tours justo a tiempo para que los bombardearan; la maleta que contenía los efectos personales de Corbin y los documentos del banco había quedado sepultada bajo los escombros; ella, en cambio, había sobrevivido al desastre sin perder un solo pañuelo, un solo estuche de maquillaje, un solo par de zapatos. Había visto a Corbin muerto de miedo y se decía con malicia que le recordaría esos instantes a menudo. Aún le parecía estar viéndolo con la mandíbula caída, como los muertos; daban ganas de ponerle una barbillera para sujetársela. Penoso. Dejándolo en medio del caos y el espantoso tumulto de Tours, Arlette había cogido el coche, conseguido gasolina y desaparecido. Llevaba dos días en aquel pueblo, donde había comido y dormido a sus anchas, mientras una muchedumbre lamentable acampaba en los graneros y en la misma plaza. Incluso se había dado el lujo de mostrarse caritativa, cediéndole la habitación a aquel chico encantador, el joven Péricand… ¿Péricand? Una familia burguesa, chapada a la antigua, respetable, muy rica y con inmejorables relaciones en el mundo oficial, de los ministrables y los grandes industriales, gracias a su parentesco con los Maltête, esa gente de Lyon… Relaciones… La bailarina soltó un leve suspiro de irritación pensando en todo lo que de ahora en adelante habría que revisar a ese respecto y en todo el empeño que había puesto no hacía mucho en seducir a Gérard Salomon-Worms, el cuñado del conde de Furières. Conquista totalmente inútil, en la que había malgastado tiempo y energías.

Frunció levemente el entrecejo y se miró las uñas. La contemplación de aquellos diez diminutos y brillantes espejos parecía predisponerla a las especulaciones abstractas. Sus amantes sabían que, cuando se miraba las manos con esa expresión cavilosa y malévola, siempre acababa expresando su opinión sobre cosas como la política, el arte, la literatura o la moda, y, por lo general, su opinión era perspicaz y justa. Durante unos instantes, en aquel florido jardín se imaginó su futuro, mientras los abejorros asediaban un arbusto cuajado de campanillas violáceas. Llegó a la conclusión de que para ella no cambiaría nada. Su fortuna consistía en joyas (que no harían sino aumentar de valor) y tierras (había hecho varias compras acertadas en el sur antes de la guerra). Además, todo eso era accesorio. Sus principales posesiones eran sus piernas, su cintura y su talento para las intrigas, y sobre eso sólo pesaba la amenaza del tiempo. Que, por otro lado, era el punto negro… Se recordó su edad y, acto seguido, como quien toca un amuleto para ahuyentar la mala suerte, sacó el espejito de su bolso y se estudió el rostro detenidamente. Una desagradable idea acudió a su mente: su maquillaje norteamericano era insustituible, pero en unas semanas ya no podría conseguirlo fácilmente. Eso la puso de mal humor. ¡Bah, las cosas cambiarían en la superficie y seguirían igual en el fondo! Habría nuevos ricos, como al día siguiente de cualquier desastre; hombres dispuestos a pagar caros sus placeres, porque habían obtenido su riqueza sin esfuerzo, y el amor seguiría siendo lo de siempre. Pero, por Dios, ¡que aquel caos acabara cuanto antes! Que se implantara un estilo de vida, fuera el que fuese; puede que todo aquello, aquella guerra, las revoluciones, los grandes acontecimientos de la Historia, excitara a los hombres, pero para las mujeres… ¡Ah, para las mujeres sólo era un fastidio! Estaba segura de que, a ese respecto, todas pensaban como ella: ¿las grandes palabras, los grandes sentimientos? Una monserga, un tostón como para aburrir hasta las piedras. Ah, los hombres… Había cosas en las que aquellos seres tan simples resultaban incomprensibles. Pero las mujeres estaban curadas durante al menos cincuenta años de todo lo que no fuera la vida cotidiana, las cosas tangibles…

Arlette levantó la mirada y vio a la mesonera asomada a la ventana, mirando a lo lejos.

– ¿Ocurre algo, señora Goulot? -le preguntó.

– Son ellos, señorita… -respondió la mujer con voz solemne y temblorosa-. Están llegando…

– ¿Los alemanes?

– Sí.

La bailarina hizo amago de levantarse para ir hasta la cerca, desde la que se veía la calle, pero le dio miedo que le quitaran la hamaca y su sitio a la sombra, y se quedó donde estaba.

Lo que llegaba no eran los alemanes, sino un alemán. El primero. Tras las puertas cerradas, por las rendijas de las persianas medio bajadas o los ventanucos de los graneros, todo el pueblo lo vio acercarse. Detuvo la motocicleta en la plaza desierta. Llevaba guantes, un uniforme verde y un casco bajo cuya visera pudo verse, cuando alzó la cabeza, un rostro fino y sonrosado, casi infantil.

– ¡Qué joven es! -murmuraron las mujeres, que, sin ser plenamente conscientes, esperaban alguna visión del Apocalipsis, un extraño y horripilante monstruo.

El alemán miraba alrededor buscando a alguien. De pronto, el estanquero, que había participado en la guerra del catorce y llevaba una cruz de guerra y una medalla militar en la solapa de su vieja chaqueta gris, salió de su establecimiento y avanzó hacia el enemigo. Por unos instantes, los dos hombres permanecieron inmóviles, frente a frente, sin decir palabra. Luego, el alemán sacó un cigarrillo y pidió fuego en mal francés. El estanquero respondió en peor alemán, porque había estado en la ocupación del dieciocho, en Maguncia. Tal era el silencio (todo el pueblo contenía la respiración) que se oían todas sus palabras. El alemán pidió indicaciones. El francés se las dio y a continuación, envalentonado, preguntó:

– ¿Ya se ha firmado el armisticio?

El alemán abrió los brazos.

– Todavía no lo sabemos. Eso esperamos -respondió.

Y la resonancia humana de aquellas palabras, de aquellos gestos, que demostraban que el alemán no era un monstruo sediento de sangre sino un soldado como los suyos, rompió de golpe el hielo entre el pueblo y el enemigo, entre el campesino y el invasor.

– No parece mala persona -cuchichearon las mujeres.

El alemán se llevó la mano al casco, sonriendo, con un movimiento inseguro y como inacabado, que no era ni un saludo militar propiamente dicho ni el de un civil para despedirse de otro. Luego, tras una breve mirada de curiosidad a las ventanas, arrancó la moto y desapareció. Las puertas se abrieron una tras otra y todo el pueblo salió a la plaza y rodeó al estanquero, que, inmóvil, con las manos en los bolsillos y la frente arrugada, miraba a lo lejos. En su rostro se superponían expresiones contradictorias: alivio porque todo había acabado, tristeza y cólera porque había acabado de aquel modo, recuerdos del pasado, miedo al futuro… Todos sus sentimientos parecían reflejarse en la cara de los demás. Las mujeres se enjugaban las lágrimas; los hombres, silenciosos, tenían una expresión obstinada y dura. Los niños, momentáneamente distraídos de sus juegos, volvían a sus canicas y su rayuela. El cielo resplandecía con una luminosidad radiante y plateada; como ocurre a veces en mitad de un día espléndido, un imperceptible vaho, tierno e irisado, flotaba en el aire y avivaba los frescos colores de junio, que parecían más puros y nítidos, como vistos a través de un prisma de agua.

Las horas transcurrían lentamente. Por la carretera circulaban menos coches, pero las bicicletas seguían pasando a toda velocidad, como impulsadas por el furioso viento del nordeste, que llevaba toda una semana soplando y arrastrando a aquellos desventurados humanos. Un poco más tarde empezaron a pasar coches en sentido contrario al seguido en los últimos ocho días: regresaban a París. Al ver aquello, la gente empezó a creerse que, en efecto, todo había terminado. Todos regresaron a sus casas. Volvió a oírse el entrechocar de los cacharros que las mujeres fregaban en las cocinas, los leves pasos de una viejecilla que iba a echar hierba a los conejos y hasta la canción entonada por una niña que sacaba agua de una bomba. Los perros reñían y se revolcaban por el polvo.

Era el atardecer, un crepúsculo espléndido, un aire transparente, una sombra azulada, el último fulgor del sol poniente acariciando las rosas y la campana de la iglesia, que llamaba a los fieles a la oración, cuando en la carretera empezó a oírse un ruido creciente que no se parecía al de los últimos días; sordo, constante, el fragor parecía avanzar sin prisa, pesada e inexorablemente. Se acercaban camiones. Esta vez sí eran los alemanes. Los camiones se detuvieron en la plaza y los soldados saltaron al suelo; tras los primeros vehículos venían otros, y luego otros, y otros… En unos minutos, la vieja y polvorienta plaza se convirtió en una inmóvil y oscura masa de camiones gris hierro, en los que todavía se veía alguna rama cubierta de hojas secas, vestigio del camuflaje.

¡Cuántos hombres! Silenciosos y absortos, los vecinos, que habían vuelto a salir al umbral de sus casas, los miraban, los escuchaban, trataban en vano de contar aquella marea humana. Los alemanes surgían de todas partes, llenaban las calles y las plazuelas, se sucedían ininterrumpidamente. Desde septiembre, el pueblo había perdido la costumbre de oír pasos, risas, voces jóvenes. Ahora estaba aturdido, abrumado por el rumor que se elevaba de aquel mar de uniformes verdes, por aquel olor a humanidad sana, a carne joven, y sobre todo por los sonidos de aquella lengua extranjera. Los alemanes invadían las casas, las tiendas, los cafés. Sus botas resonaban en las rojas baldosas de las cocinas. Pedían de comer y de beber. Acariciaban a los niños al pasar. Gesticulaban, cantaban, sonreían mirando a las mujeres. Su cara de felicidad, su embriaguez de conquistadores, su fiebre, su locura, su alegría, mezclada con una especie de incredulidad, como si a ellos mismos les costara creerse su victoria, todo, en suma, era de tal tensión y viveza que, por unos momentos, los vencidos se olvidaron de su pena y su rencor. Boquiabiertos, no dejaban de mirar.

En la fonda, bajo la habitación donde Hubert seguía durmiendo, la sala era un pandemónium de gritos y canciones. Al entrar, los alemanes habían pedido champán (Sekt! Nahrung!), y ahora los corchos saltaban entre sus manos. Unos jugaban al billar; otros iban a la cocina con montones de rojizos filetes, que echaban a la parrilla para que chisporrotearan en medio de una humareda; otros subían barriles de cerveza de la bodega, apartando en su impaciencia a la criada que quería ayudarlos. Un joven de cara rubicunda y pelo rubio freía huevos en un rincón del fogón; otro cogía las primeras fresas del jardín. Dos muchachos con el torso desnudo se mojaban la cabeza en sendos cubos de agua fría recién sacada del pozo. Se regalaban, se hartaban de todas las cosas buenas de la vida; ¡habían escapado de la muerte, eran jóvenes, estaban vivos, habían vencido! Expresaban su delirante alegría con palabras atropelladas, chapurreaban francés con cualquiera dispuesto a escucharlos, se señalaban las botas y repetían: «Nosotros caminar, caminar… Camaradas caer, pero nosotros caminar, caminar…» El entrechocar de las armas, de los cinturones, de los cascos, resonaba en el salón. En sueños, Hubert lo oía, lo confundía con los recuerdos del día anterior, revivía la batalla del puente de Moulins… Se agitaba y suspiraba; rechazaba a alguien invisible; gemía, sufría. Al final despertó en aquella habitación desconocida. Se había pasado todo el día durmiendo. Ahora, por la ventana abierta, se veía brillar la luna llena. Hubert hizo un gesto de sorpresa, se frotó los ojos y vio a la bailarina, que había vuelto mientras él dormía.

El muchacho balbuceó unas palabras de agradecimiento y disculpa.

– Supongo que ahora tendrás hambre… -dijo ella. Sí, era cierto, estaba famélico-. Pero tal vez sea mejor cenar en la habitación, ¿sabes? Abajo no se puede estar. Está lleno de soldados.

– ¿Soldados? -repitió Hubert, y se precipitó a la puerta-. ¿Y qué dicen? ¿Van mejor las cosas? ¿Dónde están los alemanes?

– ¿Los alemanes? Pues aquí. Los soldados de abajo son alemanes.

Él se apartó de ella bruscamente con un movimiento de sorpresa y miedo, como un animal acorralado.

– ¿Alemanes? No… ¿Es una broma? -Buscó en vano otra palabra y, en voz baja y temblorosa, repitió-: ¿Es una broma?

La bailarina abrió la puerta; de la sala, envuelto en una densa y acre humareda, ascendía el inconfundible jolgorio que produce una turba de soldados victoriosos: gritos, risas y cánticos, sonoras pisadas de botas, golpes de pesadas armas arrojadas sobre las mesas y estrépito de cascos chocando con las hebillas metálicas, y la jubilosa algarabía que se eleva de una muchedumbre feliz, orgullosa, embriagada por su victoria. «Como el equipo de rugby que gana un partido», se dijo Hubert. Tuvo que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas y los improperios. Corrió a la ventana y se asomó fuera. La calle empezaba a vaciarse, pero cuatro hombres iban golpeando con el puño las puertas de las casas.

– ¡Las luces! ¡Apaguen todas las luces! -gritaban, y una tras otra, dócilmente, las lámparas se extinguían.

Ya no quedaba más que la claridad de la luna, que arrancaba apagados destellos azulados a los cascos y los cañones de los fusiles.

Hubert agarró la cortina con las dos manos, se la apretó convulsivamente contra la boca y se echó a llorar.

– Tranquilo, tranquilo… -murmuró Arlette acariciándole la espalda con vaga piedad-. Nosotros no podemos hacer nada, ¿verdad que no? ¿Qué podemos hacer? Todas las lágrimas del mundo no cambiarán las cosas. Ya vendrán días mejores. Hay que vivir para verlos, ante todo hay que vivir… hay que aguantar… Pero tú te has portado como un valiente. Si todos hubieran hecho lo mismo… ¡Con lo joven que eres! Casi un niño… -Hubert sacudió la cabeza-. ¿No? -musitó ella-. ¿Un hombre, pues? -Con dedos ligeramente temblorosos, crispó las uñas en el brazo del muchacho, como si tomara posesión de una presa recién capturada y la inmovilizara antes de disponerse a saciar su hambre. Muy bajo, con la voz alterada, añadió-: No hay que llorar. Sólo lloran los niños. Tú eres un hombre. Un hombre, cuando se siente desgraciado, sabe que puede encontrar… -Hubert tenía los párpados entrecerrados y los labios apretados en una expresión de dolor, pero fruncía la nariz y le temblaban las aletas nasales; así que, con voz débil, ella dijo por fin-: el amor…

<p>20</p>

Albert, el gato de los Péricand, había hecho su cama en la habitación en que dormían los niños. Primero se había subido al cubrepiés floreado de Jacqueline y había empezado a amasarlo y mordisquear la cretona, que olía a pegamento y fruta, hasta que el ama lo había echado. Pero, en cuanto la anciana le daba la espalda, el animal volvía al mismo sitio con un silencioso salto y una gracia alada. Así hasta tres veces. Al final, Albert tuvo que renunciar a la lucha y acomodarse en un sillón, medio tapado con la bata de Jacqueline. En la habitación, todo dormía. Los niños descansaban plácidamente y el ama se había quedado traspuesta rezando el rosario. Albert, inmóvil, con el cuerpo oculto bajo la bata de franela rosa, tenía uno de sus verdes ojos clavado en el rosario, que brillaba a la luz de la luna, y el otro, cerrado. Poco a poco, con extraordinaria lentitud, sacó una pata, luego la otra, las estiró y sintió cómo se estremecían desde la articulación del hombro, resorte de acero disimulado bajo el suave y cálido pelaje, hasta las duras y transparentes uñas. Cogió impulso, saltó sobre la cama del ama y se quedó observándola, totalmente inmóvil; sólo le temblaban sus finos bigotes. Estiró una pata e hizo oscilar las cuentas del rosario; al principio apenas las rozó, pero luego le cogió gusto al fresco y liso tacto de aquellas esferas diminutas y perfectas, que rodaban entre sus uñas, y les dio un pequeño tirón. El rosario cayó al suelo y Albert, asustado, se escondió bajo el sillón.

Poco después, Emmanuel despertó y se puso a llorar. Las ventanas y los postigos estaban abiertos. La luna iluminaba los tejados del pueblo; las tejas relucían como escamas de pez. En el perfumado y apacible jardín, la plateada claridad fluía como un agua transparente que ondulaba y abrazaba suavemente los árboles frutales.

Levantando con el hocico los flecos del sillón, el gato contemplaba aquel espectáculo con una gravedad asombrada y soñadora. Era un gato muy joven que sólo conocía la ciudad; allí, las noches de junio sólo se barruntaban y a veces se conseguía respirar una de sus tibias y embriagadoras bocanadas, pero aquí el aroma llegaba hasta sus bigotes, lo asaltaba, lo envolvía, lo invadía, lo aturdía… Con los ojos entrecerrados, el felino se dejaba inundar por oleadas de penetrantes y gratos olores: el de las últimas lilas, con sus tenues efluvios de descomposición; el de la savia que fluye por los árboles y el de la tierra, tenebroso y fresco; el de los animales, pájaros, topos, ratones, todas sus presas, un olor almizclado, a pelaje y a sangre… Albert bostezó de hambre y saltó al alféizar de la ventana. Luego se dio un tranquilo paseo por el canalón. Allí era donde, dos noches antes, una enérgica mano se había apoderado de él y lo había arrojado a la cama de la inconsolable Jacqueline. Pero esa noche no se dejaría coger. Calculó con la mirada la distancia del canalón al suelo. Aquel salto era un juego para él, pero al parecer pretendía darse importancia a sus propios ojos exagerando la dificultad. Balanceó los cuartos traseros con ostentación y arrogancia, barrió el canalón con su larga y negra cola, echó atrás las orejas, saltó al vacío y aterrizó en la tierra recién removida. Tras un instante de vacilación, pegó el hocico al suelo; ahora estaba en el corazón, en el seno más profundo, en el regazo mismo de la noche. Así era como había que olerla, a ras de tierra; los aromas estaban allí, entre las piedras y raíces; todavía no se habían atenuado ni evaporado, ni mezclado con el olor de los humanos. Eran secretos, cálidos, estaban vivos, hablaban. Cada uno era la emanación de una pequeña vida escondida, feliz, comestible… Escarabajos, ratones de campo, grillos y ese sapillo cuya voz parecía llena de lágrimas cristalinas… Las largas orejas del gato, rosados cucuruchos cubiertos de pelaje plateado, puntiagudas y delicadamente vueltas hacia dentro como una flor de dondiego, se irguieron para captar los tenues sonidos de las tinieblas, tan leves, tan misteriosos y -sólo para él- tan claros: los crujidos de un nido en que un pájaro cuidaba a sus polluelos, roces de plumas, el débil martilleo de un pico en un tronco, agitación de alas, de élitros, de patas de ratón arañando suavemente la tierra, e incluso la sorda explosión de las semillas al germinar. Ojos de oro huían en la oscuridad, los gorriones dormidos entre el follaje, el gordo mirlo negro, el paro y la hembra del ruiseñor, cuyo macho estaba bien despierto y le respondía desde el bosque y junto al río.

También se oían otros ruidos: una detonación que crecía y se desplegaba como una flor a intervalos regulares, y cuando cesaba, el temblor de todas las ventanas del pueblo, el chirrido de los postigos abiertos y de nuevo cerrados en la oscuridad y las palabras angustiadas que se lanzaban de ventana a ventana. Al principio, con cada explosión, el gato daba un respingo y se quedaba con la cola erguida: reflejos de muaré recorrían su pelaje y sus bigotes estaban tiesos de miedo. Luego se fue acostumbrando a aquel estrépito; sonaba cada vez más cerca y seguramente lo confundía con una tormenta. Dio unos brincos por los arriates y deshojó una rosa de un zarpazo: estaba abierta y sólo esperaba un soplo para caer y morir; sus pétalos blancos se habrían ido esparciendo por el suelo como una lluvia blanda y perfumada. De pronto, el gato se encaramó a lo alto de un árbol con la rapidez de una ardilla, arañando la corteza a su paso. Los pájaros alzaron el vuelo, asustados. En la punta de una rama, el felino ejecutó una danza salvaje, guerrera, insolente y temeraria, desafiando al cielo, la tierra, los animales, la luna… De vez en cuando abría su estrecha y profunda boca y soltaba un maullido destemplado, una aguda y retadora llamada a todos los gatos del vecindario.

En el gallinero y el palomar todos despertaron, se estremecieron y escondieron la cabeza bajo el ala, percibiendo el olor de la amenaza y la muerte; una pequeña gallina blanca saltó atolondradamente sobre una cubeta de cinc, la volcó y salió huyendo entre despavoridos cloqueos. Pero el gato ya había saltado a la hierba y estaba inmóvil, al acecho. Sus redondos ojos amarillos relucían en la oscuridad. Se oyó un ruido de hojarasca removida y el gato volvió con un pajarillo inmóvil entre las fauces. Con los ojos cerrados, lamió lentamente la sangre que manaba de la herida, saboreándola. Había clavado las uñas en el pecho del ave, y siguió separándolas y volviendo a hundirlas en la tierna carne, entre los frágiles huesos, con un movimiento lento y regular, hasta que el corazón dejó de latir. Luego se comió al pájaro sin prisa, se lavó y se lamió la cola, la punta de su hermosa cola humedecida por la noche. Ahora se sentía inclinado a la clemencia: una musaraña pasó corriendo por su lado sin que se molestara en atraparla, y un topo se llevó un zarpazo en la cabeza que lo dejó con el hocico ensangrentado y medio muerto, pero la cosa no pasó de ahí: Albert lo contempló con una ligera palpitación desdeñosa de las fosas nasales y no lo remató. Otra clase de hambre había despertado en su interior: sus ijares se hundían; levantó la cabeza y volvió a maullar, con un maullido que acabó en un chillido imperioso y ronco. Sobre el techo del gallinero acababa de aparecer una vieja gata, enroscada a la luz de la luna.

La breve noche de junio tocaba a su fin, las estrellas palidecían, un olor a leche y hierba húmeda flotaba en el aire; la luna, semioculta tras el bosque, ya no enseñaba más que un cuerno rosa difuminado en la bruma cuando el gato, cansado, victorioso, empapado de rocío, con una brizna de hierba entre los dientes, se deslizó en la habitación de los niños, saltó a la cama de Jacqueline y buscó el tibio hueco de sus pequeños y delgados pies. Ronroneaba como un hervidor.

Instantes después, el polvorín saltó por los aires.

<p>21</p>

El polvorín saltó por los aires y, cuando el espantoso eco de la explosión cesó (todo el aire de la región se desplazó, todas las puertas y ventanas temblaron y la pequeña tapia del cementerio se vino abajo), una larga llama sibilante surgió del campanario. El estallido de la bomba incendiaria se había confundido con el del polvorín. En un segundo, el pueblo estaba en llamas. Había heno en los cobertizos, paja en los graneros… Todo ardió; los techos se derrumbaron y los suelos de madera se partieron por la mitad. La muchedumbre de refugiados se lanzó a la calle, mientras los vecinos corrían hacia las puertas de los establos y cuadras para salvar sus animales; los caballos relinchaban, se encabritaban y, aterrorizados por el resplandor y el fragor del incendio, se negaban a salir y golpeaban con la cabeza y los cascos las paredes en llamas. Una vaca echó a correr llevando entre los cuernos una paca de heno envuelta en llamas, que el animal sacudía furiosamente, lanzando mugidos de dolor y pánico y soltando pavesas a su alrededor. En el jardín, los resplandores teñían los árboles en flor de un rojo sangriento. En otras circunstancias, la gente se habría organizado para extinguir el fuego. Superado el pánico inicial, los vecinos habrían recuperado cierta calma; pero aquella desgracia, sumada a las anteriores, los hundió en el desánimo. Además, sabían que tres días antes los bomberos habían recibido la orden de marcharse con todo su equipo. Se sentían perdidos.

– ¡Los hombres! ¡Si al menos los hombres estuvieran aquí! -exclamaban las campesinas.

Pero los hombres estaban lejos, y los chicos corrían, chillaban, se desesperaban, y lo único que conseguían era aumentar el caos. Los refugiados se llamaban. Entre ellos, a medio vestir, con la cara tiznada y el pelo revuelto, estaban los Péricand. Como en la carretera tras la caída de las bombas, los gritos se cruzaban y mezclaban, todos vociferaban -el pueblo no era más que un clamor: «¡Jean! ¡Suzanne! ¡Mamá! ¡Abuela!»-, todos se llamaban al unísono… Pero nadie respondía. Varios chicos que habían conseguido sacar sus bicicletas de los cobertizos en llamas las empujaban sin contemplaciones entre la gente. Sin embargo, todos pensaban que habían conservado la sangre fría, que se comportaban exactamente como debían. La señora Péricand tenía a Emmanuel en brazos y a Jacqueline y Bernard agarrados a la falda (cuando su madre la había sacado de la cama, Jacqueline incluso había conseguido meter a Albert en su cesta, que ahora sostenía apretada contra el pecho). La señora Péricand se repetía mentalmente: «Lo más importante está a salvo. ¡Alabado sea el Señor!» Llevaba las joyas y el dinero en una bolsita de ante sujeta con un alfiler al interior de su camisón; descansaba contra su pecho y se lo golpeaba cada vez que se movía. También había tenido presencia de ánimo para coger el abrigo de pieles y el pequeño bolso de la plata, que guardaba junto a la cabecera de la cama. Los niños estaban allí, ¡los tres! De vez en cuando, la idea de que los dos mayores, Philippe y el loco de Hubert, estaban en peligro, lejos de ella, pasaba por su mente con la brusquedad y viveza de un relámpago. La fuga de Hubert la había sumido en la desesperación, y sin embargo estaba orgullosa. Era un acto irreflexivo, indisciplinado, pero digno de un hombre. Por ellos dos, por Philippe y Hubert, no podía hacer nada, pero sus tres pequeños… ¡los había salvado! Creía que la noche anterior la había alertado una especie de instinto. Los había acostado medio vestidos. Jacqueline no tenía la bata, pero llevaba una chaqueta sobre los hombros desnudos; no pasaría frío. Era mejor que estar en camisón. El bebé iba envuelto en una manta. Y Bernard tenía puesta hasta la boina. En cuanto a ella, sin medias y con unas chinelas rojas, los dientes apretados y los brazos tensos alrededor del pequeño, que no lloraba pero miraba a todas partes con ojos despavoridos, se abría paso entre la aterrorizada muchedumbre sin saber adónde se dirigía, mientras en el cielo los aviones, que le parecían innumerables (¡en realidad eran dos!), pasaban una y otra vez zumbando como siniestros abejorros.

«¡Con tal que no nos bombardeen más! ¡Con tal que no nos bombardeen más! ¡Con tal…!» Esas palabras se repetían como una letanía en su agachada cabeza. Y en voz alta exclamaba:

– ¡No me sueltes la mano, Jacqueline! ¡Deja ya de llorar, Bernard! ¡Pareces una niña! ¡No, chiquitín, no pasa nada, mamá está aquí!

Lo decía maquinalmente, sin dejar de rogar para sus adentros: «¡Que no nos bombardeen más! ¡Que bombardeen a otros, Dios mío, pero no a nosotros! ¡Tengo tres hijos! ¡Quiero salvarlos! ¡Haz que no nos bombardeen más!»

Al fin, la estrecha calle del pueblo quedó atrás; ya estaban en el campo. A sus espaldas, el incendio se desplegaba contra el cielo como un abanico. Apenas había transcurrido una hora desde que el obús cayera sobre el campanario, al alba. Por la carretera seguían pasando coches y más coches que huían de París, Dijon, Normandía, Lorena, toda Francia. La gente iba durmiendo. Algunos levantaban la cabeza y veían arder el horizonte con indiferencia. ¡Habían visto tantas cosas! El ama, que iba detrás de la señora Péricand, parecía haberse quedado muda de terror: movía los labios pero no emitía sonido alguno. Llevaba en la mano un gorro acanalado con cintas de muselina recién planchado. La señora Péricand le lanzó una mirada furibunda.

– Desde luego, ama, podía habérsele ocurrido algo mejor que traer, ¿no?

La mujer hizo un gran esfuerzo para hablar. Su rostro adquirió un tono violáceo y sus ojos se llenaron de lágrimas. «¡Señor -pensó la señora Péricand-, esta mujer está perdiendo el juicio! ¿Qué va a ser de mí?» Pero la voz de su señora había obrado el milagro de devolver el habla a la anciana, que recuperó su tono habitual, deferente y agrio a la vez, para responder:

– No esperaría la señora que lo dejara… ¿Qué cuesta llevarlo?

El asunto del gorro era la manzana de la discordia entre las dos mujeres, porque el ama odiaba las cofias, «tan favorecedoras, tan adecuadas para domésticas», pensaba la señora Péricand, para quien cada clase social debía llevar algún signo distintivo que evitara los malentendidos, como cada artículo lleva su precio en una tienda. «¡Cómo se ve que no es ella la que lava y plancha! Mala pécora…», mascullaba el ama en la antecocina.

Con mano temblorosa, la anciana se colocó aquella mariposa de encaje en la cabeza, que ya llevaba cubierta con un enorme gorro de dormir. La señora Péricand la miró y le vio algo extraño, pero no supo distinguirlo. Todo parecía inaudito. El mundo se había convertido en una espantosa pesadilla. Se dejó caer en la cuneta, devolvió a Emmanuel a los brazos del ama y declaró con énfasis:

– Ahora hay que salir de aquí.

Y siguió sentada, esperando el milagro.

No se produjo, pero al cabo de un rato pasó un carro tirado por un asno, y al ver que el conductor volvía la mirada hacia ella y sus hijos y tiraba de las riendas, la señora Péricand oyó la voz de su instinto, ese instinto nacido de la riqueza que sabe cuándo y dónde hay algo en venta.

– ¡Alto! -gritó-. ¿Cuál es la estación más cercana?

– Saint-Georges.

– ¿Cuánto tardaríamos en su vehículo?

– Pues… unas cuatro horas.

– ¿Todavía circulan trenes?

– Eso dicen.

– Muy bien. Vamos a subir. Venga, Bernard. Ama, coja al pequeño.

– Pero, señora, es que no voy en esa dirección… Y contando la vuelta, para mí serían ocho horas…

– Le pagaré bien -dijo la señora Péricand.

Subió al carro calculando que si los trenes circulaban con normalidad, estaría en Nimes a la mañana siguiente. Nimes… La vieja casa de su madre, su habitación, un baño… Sólo de pensarlo se le iba la cabeza. ¿Habría sitio en el tren? «Llevando tres niños, seguro que llego», se dijo. Como un miembro de la realeza, la señora Péricand, en su calidad de madre de familia numerosa, ocupaba en todas partes y con toda naturalidad el primer lugar. Y no era de esas mujeres que permiten a nadie que olvide sus privilegios. Se cruzó de brazos y contempló el paisaje con expresión triunfal.

– Pero, señora, ¿y el coche? -gimió el ama.

– A estas horas debe de ser un montón de cenizas -respondió la señora Péricand.

– ¿Y los bolsos, las cosas de los niños…?

Los bolsos iban en la camioneta de los criados. En el momento del desastre sólo quedaban tres maletas, tres maletas llenas de ropa blanca…

– ¡Qué se le va a hacer! -suspiró la señora Péricand alzando los ojos al cielo y, no obstante, volviendo a ver, como en un sueño delicioso, los hondos armarios de Nimes, con sus tesoros de algodón y lino.

El ama, que había dejado atrás su enorme maleta con flejes de hierro y un bolso de mano en piel de cerdo de imitación, se echó a llorar. La señora Péricand trató en vano de hacerle ver su ingratitud para con la Providencia.

– Piense que está viva, ama. ¿Qué importa lo demás?

El asno trotaba. El campesino tomaba pequeños caminos atestados de refugiados. Llegaron a las once y la señora Péricand consiguió coger un tren que iba en dirección a Nimes. A su alrededor, la gente decía que habían firmado el armisticio, aunque también había quien aseguraba que eso era imposible; sin embargo, los cañones habían dejado de sonar y las bombas, de caer. «¿Se habrá acabado la pesadilla?», se preguntó la señora Péricand. Volvió a mirar todo lo que llevaba consigo, «todo lo que he conseguido salvar»: sus hijos, su bolso. Palpó las joyas y el dinero que llevaba cosidos al camisón. Sí, había actuado con firmeza, coraje y sangre fría en unos momentos terribles. ¡No había perdido la cabeza! No había perdido… no había perdido… De pronto ahogó un grito. Se llevó las manos al cuello, echó el cuerpo atrás y su garganta emitió un estertor sordo, como si estuviera ahogándose.

– ¡Dios mío, señora! Señora, ¿se encuentra mal?

Por fin, con un hilo de voz, la señora Péricand consiguió gemir:

– Ama, mi pobre ama, nos hemos olvidado…

– Pero ¿de qué? ¿De qué?

– Nos hemos olvidado de mi suegro -murmuró la señora Péricand, y se echó a llorar.

<p>22</p>

Charles Langelet se había pasado toda una noche al volante entre París y Montargis, de modo que había padecido su parte de la desgracia pública. No obstante, mostraba una gran presencia de ánimo. En la fonda en que se detuvo a almorzar, un grupo de refugiados se lamentaba de los horrores del viaje, tomándolo a él por testigo:

– ¿No es verdad, caballero? Usted lo ha visto tan bien como nosotros. ¡No puede decirse que exageremos!

– ¿Yo? Yo no he visto nada -respondió él con sequedad.

– ¿Cómo? ¿Ni un bombardeo? -le preguntó la dueña, sorprendida.

– Pues no, señora.

– ¿Ni un incendio?

– Ni siquiera un accidente de coche.

– Pues mejor para usted, desde luego -dijo la mujer tras unos instantes de reflexión, pero encogiéndose de hombros con cara de incredulidad, como si pensara: «¡Vaya un bicho raro!»

Langelet probó con cautela la tortilla que acababan de servirle, la apartó murmurando «incomible», pidió la cuenta y se marchó. Encontraba un placer perverso en privar a aquellas buenas almas del entretenimiento que se prometían al interrogarlo, porque, como los seres viles y vulgares que eran, imaginaban que sentían compasión por el prójimo, pero en realidad temblaban de malsana curiosidad, de melodrama barato. «Es increíble lo vulgar que puede llegar a ser la gente», pensó Charlie con tristeza. Siempre se sentía escandalizado y afligido al descubrir el mundo real, poblado de pobres diablos que nunca han visto una catedral, una estatua, un cuadro. Aunque los happy few a los que se enorgullecía de pertenecer reaccionaban con la misma cobardía y la misma estupidez que los humildes ante los golpes del destino. ¡Dios! Y lo que diría la gente después del «éxodo», de «su éxodo»… Ya le parecía estar oyendo cotorrear a aquella vieja pretenciosa: «Yo no me asusté de los alemanes; me acerqué a ellos y les dije: "Caballeros, tienen ustedes delante a la madre de un oficial francés." Ni siquiera rechistaron.» Y a la que contaría: «Las balas silbaban a mi alrededor. Y lo más curioso es que no me daba miedo.» Y todos se pondrían de acuerdo para acumular escenas de horror en sus relatos. En cuanto a él, se limitaría a decir: «Qué curioso, a mí todo me pareció muy normal. Mucha gente en la carretera, y nada más.» Imaginó sus caras de asombro y sonrió, reconfortado. Necesitaba reconfortarse. Cuando pensaba en su piso de París se le encogía el corazón. De vez en cuando se volvía hacia el fondo del coche y miraba con ternura las cajas que contenían sus porcelanas, su más preciado tesoro. Había un grupo de Capo di Monte que lo preocupaba: se preguntaba si había puesto bastante serrín y bastante papel de seda a su alrededor. Al final del embalaje se había quedado corto de papel. Era un centro de mesa, un grupo de muchachas bailando con amorcillos y cervatos. Suspiró. Mentalmente, se comparaba a un romano huyendo de la lava y las cenizas de Pompeya tras abandonar a sus esclavos, su casa y su oro, pero llevando entre los pliegues de la túnica una estatuilla de terracota, un vaso de forma perfecta, una copa moldeada sobre un hermoso pecho. Sentirse tan diferente del resto de los hombres era reconfortante y amargo á la vez. Volvió hacia ellos sus claros ojos. La riada de coches seguía fluyendo y las caras, sombrías y angustiadas, se parecían como gotas de agua. ¡Pobre chusma! ¿Qué les preocupaba? ¿Lo que comerían? ¿Lo que beberían? Él pensaba en la catedral de Ruán, en los castillos del Loira, en el Louvre… Una sola de sus venerables piedras valía más que mil vidas humanas. Se estaba acercando a Gien. Un punto negro apareció en el cielo y, con la rapidez del rayo, Langelet pensó que aquella columna de refugiados cerca del paso a nivel era un blanco muy tentador para un avión enemigo, y se metió por un camino de tierra. Quince minutos después, unos metros delante de él, dos coches que también habían optado por abandonar la carretera eran obligados a precipitarse a la cuneta debido a una falsa maniobra de un conductor enloquecido y salían despedidos hacia los campos, por los que esparcían maletas, colchones, jaulas de pájaros, mujeres heridas… Charlie oyó ruidos confusos, pero no se volvió. Huyó hacia un espeso bosque. Detuvo el coche entre los árboles, esperó unos minutos y reanudó la marcha por el camino forestal, porque decididamente la carretera nacional era demasiado peligrosa.

Durante un rato dejó de pensar en los peligros que acechaban a la catedral de Ruán para imaginarse muy concretamente los que corría él, Charles Langelet. No quería darle demasiadas vueltas, pero las imágenes que acudían a su mente eran de lo más desagradables. Crispadas sobre el volante, sus largas y delgadas manos temblaban ligeramente. Por allí se veían pocos coches y pocas casas, y ni siquiera sabía muy bien adónde se dirigía. Siempre se había orientado mal y no estaba acostumbrado a viajar sin chofer. Se pasó un buen rato dando vueltas alrededor de Gien y empezó a ponerse nervioso. Temía quedarse sin gasolina. Meneó la cabeza y suspiró. Ya sabía que pasaría algo así: él, Charlie Langelet, no estaba hecho para aquella existencia grosera. Las mil pequeñas trampas de la vida cotidiana lo superaban. Y, en efecto, al coche se le acabó el combustible y se paró. Charlie se dirigió a sí mismo un pequeño gesto de homenaje, como quien se inclina ante un valiente vencido. No había nada que hacer; pasaría la noche en el bosque.

– ¿No tendría usted una lata de gasolina para dejarme? -le preguntó al primer automovilista que vio.

El hombre respondió que no, y Charlie sonrió amarga y melancólicamente. «¡Así son los hombres! Raza egoísta y dura… Nadie está dispuesto a compartir un trozo de pan, una botella de cerveza o una simple lata de gasolina con un hermano en el infortunio…»

El automovilista arrancó pero se volvió para gritarle:

– Podrá conseguirla muy cerca de aquí, en la aldea de…

El nombre se perdió en la distancia y el vehículo siguió alejándose y desapareció entre los árboles. Charlie creyó distinguir una o dos casas.

«¿Y el coche? ¡No puedo dejarlo aquí! -se dijo, desesperado-. Intentémoslo otra vez.» Esperó un buen rato. De pronto, vio una nube de polvo que se acercaba y distinguió un coche que avanzaba a trancas y barrancas, ocupado por unos jóvenes que parecían borrachos y gritaban como locos, apretujados como sardinas en el interior, sobre el estribo y hasta en el techo.

«¡Qué pinta de mangantes!», pensó Langelet con un estremecimiento. No obstante, se dirigió a ellos con su voz más amable:

– ¿No les sobraría un poco de gasolina, caballeros?

El coche se detuvo con un horrible chirrido de frenos maltratados y los jóvenes miraron a Charlie sonriendo con sorna.

– ¿Cuánto paga? -preguntó al fin uno de ellos.

Charlie sabía que habría debido responder: «¡Lo que quieran!» Pero era tacaño y, por otra parte, temía tentar a aquellos granujas si daba la impresión de ser rico. Además, no estaba dispuesto a que lo estafaran.

– Un precio razonable -dijo con altivez.

– Pues no tenemos -replicó el hombre, y el traqueteante y gemebundo vehículo se alejó por el polvoriento camino forestal.

Langelet, aterrado, agitó los brazos y gritó:

– ¡Eh, esperen! ¡Deténganse! ¡Al menos díganme lo que piden!

Ni siquiera se dignaron responder. Charlie se quedó solo. No por mucho tiempo, porque estaba anocheciendo y poco a poco otros refugiados invadieron el bosque. En los hoteles no quedaba sitio, las casas particulares también estaban llenas, y habían decidido pasar la noche al raso. Al poco rato, aquello se parecía a un camping de Elisabethville en pleno julio, pensó Charlie con repugnancia. Críos armando alboroto, la hierba cubierta de periódicos arrugados, trapos sucios y latas de conserva vacías, mujeres llorando, chillando o riendo… Horribles niños churretosos se acercaban a Charlie, que los echaba sin levantar la voz, porque no quería problemas con los padres, pero lanzándoles miradas furibundas.

– Es la escoria de Belleville -murmuró, aterrado-. Pero ¿dónde me he metido?

¿Había reunido el azar en aquel bosque a los habitantes de uno de los barrios con peor fama de París, o acaso su viva y nerviosa imaginación estaba jugándole una mala pasada? Veía a todos los hombres con cara de maleante y a todas las chicas con pinta de fulana. No tardó en caer la noche; bajo los densos árboles, la transparente penumbra de junio se convirtió en una tiniebla salpicada de claros que, iluminados por la luna, parecían cubiertos de escarcha. Todos los ruidos adquirían una resonancia peculiar y siniestra: los aviones que surcaban el cielo, los pájaros insomnes, unas detonaciones sordas, de las que no se podía decir con seguridad si eran cañonazos o reventones de neumático… En un par de ocasiones, alguien se acercó al coche a fisgar, a meterse donde no lo llamaban. Charlie oía cosas que ponían los pelos de punta. El estado de ánimo del pueblo no era el que debería ser… No se hablaba más que de los ricos que huían para poner su pellejo y su oro a salvo y que atestaban las carreteras, mientras el pobre no tenía más que las piernas para andar hasta caerse muerto. «Como si ellos no fueran en coche -pensaba Charlie, indignado-. ¡Y encima lo habrán robado, seguro!»

Se sintió extraordinariamente aliviado cuando vio aparcar cerca de él un cochecito muy coqueto ocupado por una pareja joven de una clase visiblemente más elevada que la de los otros refugiados. El tenía un brazo ligeramente deforme, que adelantaba con ostentación, como si llevara escrito con grandes letras: «no apto para el servicio militar». Ella, joven y atractiva, estaba muy pálida. Se comieron unos sándwiches y se durmieron enseguida en los asientos delanteros, con el hombro del uno apoyado en el del otro y las mejillas juntas. Charlie intentó hacer lo mismo, pero el cansancio, la sobreexcitación y el miedo lo mantenían despierto. Al cabo de una hora, su joven vecino abrió los ojos y, apartando con suavidad a su acompañante, encendió un cigarrillo. Al ver que Langelet tampoco dormía, se inclinó hacia él y murmuró:

– ¡Qué mal, eh!

– Sí, muy mal.

– En fin, una noche pasa enseguida. Espero poder llegar a Beaugency mañana por estos atajos, porque la carretera está imposible.

– ¿De veras? Y al parecer ha habido violentos bombardeos. Tiene usted suerte de poder marcharse -dijo Charlie-. A mí no me queda ni una gota de gasolina… -Y, tras una breve vacilación, añadió-: Si fuera usted tan amable de vigilar mi coche -«realmente parece un hombre de fiar», se dijo-, iría al pueblo de al lado, donde, según me han dicho, todavía hay.

El joven meneó la cabeza.

– Lo siento, caballero, ya no les queda nada. He comprado las últimas latas, y a un precio de escándalo. Aun así no sé si tendré suficiente para llegar al Loira -añadió señalando unas latas atadas al maletero-. Y cruzar los puentes antes de que los vuelen.

– ¿Cómo? ¿Van a volar todos los puentes?

– Sí. Todo el mundo lo dice. Van a defender el Loira.

– Entonces, ¿piensa usted que no queda gasolina?

– ¡Uy, de eso estoy seguro! Me encantaría compartirla con usted, pero tengo la justa. Debo poner a mi prometida a salvo en casa de sus padres. Viven en Bergerac. Cuando hayamos cruzado el Loira será más fácil encontrar gasolina, espero.

– Ah, ¿es su prometida? -dijo Charlie, que estaba pensando en otra cosa.

– Sí. Teníamos que casarnos el catorce de junio. Estaba todo listo, caballero: las invitaciones enviadas, los anillos comprados y los trajes nos los habrían entregado esta mañana. -El joven se sumió en una profunda ensoñación.

– Sólo es un aplazamiento -dijo Charles Langelet amablemente.

– ¡Ah, caballero! ¿Quién sabe dónde estaremos mañana? Aunque yo no puedo quejarme. A mi edad debería estar combatiendo, pero con este brazo… Sí, un accidente en el colegio… Pero creo que en esta guerra los civiles corren tanto peligro como los militares. Dicen que algunas ciudades… -bajó la voz- han quedado reducidas a cenizas y llenas de cadáveres. Una carnicería… Y me han contado historias atroces. ¿Sabía que han abierto las cárceles y los manicomios? Sí, caballero. Nuestros dirigentes se han vuelto locos. Los presos recorren los caminos sin vigilancia. Dicen que el director de una prisión fue asesinado por los internos, a los que tenía orden de evacuar; ha ocurrido a dos pasos de aquí. He visto con mis propios ojos villas allanadas, saqueadas del sótano al desván. Y asaltan a los viajeros, roban a los automovilistas…

– ¡Oh! ¿Roban a los…?

– Nunca sabremos todo lo que ha ocurrido durante el éxodo. Ahora dicen: «No tenían más que quedarse en sus casas.» ¡Qué simpáticos! Para que la artillería y los aviones nos masacraran a domicilio… Había alquilado una casita en Montfort-ľAmaury para pasar un mes tranquilamente después de la boda, antes de reunirnos con mis suegros. Pues la destruyeron el tres de junio, caballero -dijo el joven con indignación. Hablaba mucho y atropelladamente; parecía ebrio de cansancio-. ¡Con tal que pueda salvar a Solange! -exclamó acariciando la mejilla de su prometida con la yema de los dedos.

– Parecen ustedes muy jóvenes…

– Yo tengo veintidós años y Solange veinte.

– Así está muy incómoda -dijo de pronto Langelet con una voz meliflua, una voz que no se conocía, dulce como la miel, mientras el corazón le latía como si quisiera escapársele del pecho-. ¿Por qué no van a acostarse en la hierba, un poco más allá?

– Pero ¿y el coche?

– ¡Bah, yo lo vigilaré! Vaya tranquilo -dijo Charlie con una risita ahogada.

El joven seguía dudando.

– Quería salir lo antes posible. Y tengo un sueño tan profundo…

– Ya lo despertaré yo. ¿A qué hora quieren marcharse? Mire, son poco más de las doce -dijo Charlie consultando su reloj-. Los llamaré a las cuatro.

– ¡Oh, caballero, es usted muy amable!

– No, es que sé lo que es estar enamorado a los veinte años.

El joven parecía azorado.

– íbamos a casarnos el catorce de junio -repitió suspirando.

– Sí, claro, claro… Vivimos unos tiempos terribles… Pero, créame, es absurdo estar encogido en el coche. Su prometida está hecha un ovillo. ¿Tienen una manta?

– Solange tiene un abrigo grande de viaje.

– En la hierba se tiene que estar muy bien. Si no temiera por mi viejo reuma… ¡Ay, joven, quién tuviera veinte años!

– Veintidós -lo corrigió el novio.

– Ustedes verán tiempos mejores, conseguirán salir adelante, mientras que un pobre viejo como yo… -Charlie bajó los párpados como un gato ronroneante. Luego extendió la mano hacia un pequeño claro que se distinguía vagamente entre los árboles a la luz de la luna-. ¡Qué bien se tiene que estar allí! Como para olvidarse de todo… -Hizo una pausa y luego, con un tono falsamente indiferente, comentó-: ¿Oye usted ese ruiseñor?

El pájaro, encaramado en una rama muy alta, llevaba un rato cantando, indiferente al ruido, a los gritos de los refugiados, a las grandes hogueras que habían encendido sobre la hierba para disipar la humedad. Cantaba y otros ruiseñores le respondían. El joven se quedó escuchando al pájaro con la cabeza inclinada, mientras su brazo rodeaba a su prometida, que seguía durmiendo. Al cabo de unos instantes le susurró algo al oído. La joven abrió los ojos. Él se acercó más y volvió a hablarle con tono apremiante. Charlie desvió la mirada. No obstante, consiguió captar algunas palabras: «Como el caballero dice que vigilará el coche…» Y: «Tú no me quieres, Solange. No, no me quieres… Sin embargo…»

Charlie bostezó prolongada y ostensiblemente; luego, como hablando para el foro, con la exagerada naturalidad de un mal actor, dijo a media voz:

– Creo que me está entrando sueño…

De pronto, Solange dejó de dudar. Entre risitas nerviosas, negativas cada vez más débiles y besos, dijo:

– Si nos viera mamá… ¡Oh, Bob, eres terrible! ¿No me lo reprocharás después, Bob?

Y se alejó del brazo de su prometido. Luego, Charlie los vio entre los árboles, cogidos de la cintura y dándose besitos. Hasta que desaparecieron.

Esperó. La media hora que dejó transcurrir le pareció la más larga de su vida. Sin embargo, no pensaba. Sentía angustia y un gozo extraordinario. Sus palpitaciones eran tan agudas, tan dolorosas, que murmuró:

– Este corazón enfermo no lo resistirá.

Pero sabía que nunca había sentido un placer mayor. El gato que duerme en cojines de terciopelo y se alimenta de pechugas de pollo, cuando el azar lo devuelve a la vida silvestre y tiene la oportunidad de hincarle el diente a un ensangrentado y palpitante pájaro, debe de sentir el mismo terror, la misma alegría cruel, se dijo Charles Langelet, porque era demasiado inteligente para no comprender lo que ocurría en su interior. Lenta, muy lentamente, poniendo buen cuidado en no hacer ruido con la puerta del coche, se deslizó hasta el otro, desató las latas (también cogió aceite), volvió a su coche, desenroscó el tapón del depósito destrozándose las manos, lo llenó de gasolina y, aprovechando que otros vehículos se estaban poniendo en marcha, se largó.

Una vez fuera del bosque, volvió la cabeza, contempló sonriendo las plateadas copas de los árboles y pensó: «Después de todo, iban a casarse el 14 de junio…»

<p>23</p>

El griterío de la calle despertó al señor Péricand. El anciano abrió un ojo, sólo uno, vago, apagado, lleno de asombro y reproche. «¿Por qué gritan de ese modo?», pensó. Ya no se acordaba del viaje, de los alemanes, de la guerra. Creía que estaba en casa de su hijo, en el bulevar Delessert, aunque su mirada se paseaba por una habitación desconocida; no entendía nada. Estaba en la edad en que la visión anterior es más fuerte que la realidad; creía ver las colgaduras verdes de su cama parisina. Extendió los temblorosos dedos hacia la mesilla, en la que todas las mañanas una mano atenta dejaba un plato de gachas de avena y unos bizcochos de régimen. No había plato ni taza, ni siquiera mesilla. En ese momento, oyó el rugido del fuego en las casas vecinas, percibió el olor del humo y adivinó lo que ocurría. Abrió la boca, inspiró con ansia, como un pez fuera del agua, y se desmayó.

Sin embargo, la casa no había ardido. Las llamas sólo habían dañado una parte del techo. Tras sembrar el pánico y la confusión, el incendio se apaciguó. Los rescoldos seguían crepitando bajo los escombros de la plaza, pero el edificio estaba intacto y, al atardecer, las dos solteronas encontraron al anciano señor Péricand solo en la habitación. Mascullaba frases inconexas, pero se dejó llevar al asilo mansamente.

– Allí estará mucho mejor -dijo una de las dueñas-. No tenemos tiempo para ocuparnos de él, con los refugiados, los alemanes llegando, el incendio y todo lo demás…

Era un asilo bien aseado y bien administrado por las hermanas del Santísimo Sacramento. Instalaron al señor Péricand en una buena cama cerca de la ventana; a través de los cristales habría podido ver los grandes y verdes árboles de junio, y alrededor a quince ancianos silenciosos, tranquilos, acostados en sus inmaculadas camas. Pero no veía nada. Seguía creyendo que estaba en su casa. De vez en cuando parecía hablar con sus débiles y violáceas manos, cruzadas sobre la colcha gris. Les dirigía unas palabras entrecortadas y severas, meneaba la cabeza largo rato y, agotado, cerraba los ojos. Las llamas no lo habían tocado, no había sufrido el menor daño, pero tenía fiebre alta. El médico estaba en la ciudad, atendiendo a las víctimas de un bombardeo. Por fin, a última hora de la noche, pudo examinar al señor Péricand. No dijo gran cosa: se tambaleaba de cansancio, llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir y por sus manos habían pasado sesenta heridos. Le puso una inyección y prometió volver al día siguiente. Para las hermanas quedó todo dicho; estaban lo bastante acostumbradas a ver agonizantes para reconocer la muerte en un suspiro, en una queja, en aquella frente perlada de sudor frío, en aquellos dedos inertes. Avisaron al cura, que había acompañado al médico a la ciudad y había dormido tan poco como él, pero acudió a administrarle la extremaunción. El señor Péricand pareció recobrar la conciencia. Al marcharse, el sacerdote les dijo a las hermanas que el pobre anciano estaba en paz con Dios y tendría una muerte cristiana.

Una de las monjas era pequeña y delgada, y tenía unos ojos azules de mirada penetrante, traviesa y llena de valentía, que brillaban bajo la blanca toca; la otra, dulce y tímida, de mejillas coloradas, sufría horriblemente de una muela y, mientras rezaba el rosario, de vez en cuando se tocaba las encías con una sonrisa humilde, como si se avergonzara de llevar una cruz tan leve en tiempos de tanta aflicción. Fue a ella a quien, de pronto (eran las doce pasadas y el tumulto del día se había apaciguado; no se oían más que los quejumbrosos maullidos de los gatos en el jardín del convento), el señor Péricand le dijo:

– Hija mía, me siento mal… Ve a buscar al notario. -La había tomado por su nuera. En su semidelirio, le extrañaba que se hubiera puesto una toca para cuidarlo; pero, a fin de cuentas, no podía ser más que ella-. El señor Nogaret… el notario… -repitió lenta y pacientemente-. Ultimas voluntades…

– ¿Qué hacemos, hermana? -le preguntó sor Marie del Santísimo Sacramento a sor Marie de los Querubines.

Las dos tocas blancas se inclinaron y casi se juntaron encima del cuerpo postrado.

– El notario no vendrá a estas horas, mi querido señor… Duerma. Mañana habrá tiempo.

– No… no hay tiempo… -dijo él con un hilo de voz-. Nogaret vendrá… Telefonéale, por favor.

Las dos religiosas volvieron a conferenciar; al cabo de unos instantes, una de ellas abandonó la sala y, poco después, volvió trayendo una infusión caliente. El anciano intentó beber unos sorbos, pero no consiguió tragarse el líquido, que le resbaló por la blanca barba. De pronto, fue presa de una enorme agitación; gemía, ordenaba:

– Dile que se dé prisa… Me había prometido… en cuanto lo llamara. Por favor… date prisa, Jeanne. -En su mente, quien estaba junto a él ya no era su nuera, sino su mujer, que llevaba muerta cuarenta años.

Un latigazo especialmente doloroso en la muela cariada privó a sor Marie del Santísimo Sacramento de la posibilidad de protestar. Asintió dos veces con la cabeza y, apretándose la mejilla con el pañuelo, se quedó inmóvil; pero su compañera se levantó con decisión.

– Hay que ir a buscar al notario, hermana.

Era una mujer de temperamento fogoso y emprendedor, y la inacción la desesperaba. Le habría gustado acompañar al médico y al sacerdote a la ciudad, pero no podía dejar a los quince ancianos del asilo (no confiaba demasiado en la capacidad de iniciativa de sor Marie del Santísimo Sacramento). Aunque la noticia del incendio la había estremecido, había conseguido empujar las quince camas con ruedas fuera de la sala y preparado escaleras de mano, cuerdas y cubos de agua. Pero el fuego no había llegado al asilo, que se encontraba a dos kilómetros de la iglesia bombardeada. De modo que se había limitado a esperar, acongojada por los gritos de la despavorida muchedumbre, el acre olor a humo y el resplandor de las llamas, pero firme en su puesto y dispuesta a todo. Sin embargo, no había pasado nada. Las víctimas del siniestro habían sido trasladadas al hospital civil. No había otra cosa que hacer que preparar la sopa de los quince ancianos; así que la súbita petición del señor Péricand galvanizó de golpe todas sus energías.

– Hay que ir.

– ¿Usted cree, hermana?

– Puede que su última voluntad incluya algún asunto grave.

– ¿Y si el señor Charboeuf no está en casa?

– ¿A las doce y media de la noche?

– No querrá venir.

– ¡Eso ya lo veremos! Es su deber. Si hace falta, lo sacaré de la cama a rastras -repuso la joven religiosa con indignación.

Sor Marie de los Querubines abandonó la sala, pero, una vez fuera, dudó. La comunidad se componía de cuatro hermanas, dos de las cuales, recogidas en el convento de Paray-le-Monial desde principios de junio, todavía no habían podido regresar. En el asilo había una bicicleta, pero hasta ese momento ninguna de las religiosas se había atrevido a utilizarla por miedo a escandalizar a la población. La propia sor Marie de los Querubines solía decir: «Hay que esperar a que Nuestro Señor nos conceda la gracia de un caso urgente. Por ejemplo, un enfermo que va a fallecer, y hay que avisar al médico y al señor cura. Como cada segundo es precioso, me subo a la bicicleta y… La gente se quedará de una pieza, pero seguro que la próxima vez ni se inmutan.»

El caso urgente todavía no se había presentado. Pero sor Marie de los Querubines se moría de ganas de montar en aquel trasto. Tiempo atrás, cuando todavía no había abandonado el mundo, hacía de eso cinco años, ¡cuántas salidas con sus hermanas, cuántas excursiones, cuántas comidas en el campo! Se echó el negro velo hacia atrás y se dijo: «Si éste no es el caso, jamás lo será.» Y empuñó el manillar con el corazón palpitante de júbilo.

Minutos después estaba en el pueblo. Le costó lo suyo despertar al señor Charboeuf, que tenía el sueño pesado, y aún más convencerlo de que era necesario desplazarse al asilo inmediatamente. Charboeuf, «el angelote», como lo llamaban las chicas de la zona a causa de sus sonrosados mofletes y sus gruesos labios, tenía buen carácter y una mujer que lo llevaba más derecho que un palo. Suspirando, se vistió y tomó el camino del asilo, donde encontró al señor Péricand despierto, enrojecido y ardiendo de fiebre.

– Aquí está el notario -le anunció sor Marie.

– Siéntese, siéntese -insistió el anciano-. No perdamos tiempo.

El notario había elegido como testigos al jardinero del asilo y sus tres hijos. Ante las prisas del señor Péricand, se sacó un papel del bolsillo y se dispuso a escribir.

– Lo escucho, caballero. Tenga la amabilidad de declarar en primer lugar su nombre, sus apellidos y su estado.

– Entonces, ¿no es usted Nogaret?

Péricand volvió en sus cabales. Paseó la mirada por las paredes de la sala y la posó en la estatua de san José que se alzaba frente a su cama y en las dos hermosas rosas que sor María de los Querubines solía coger desde la ventana y colocar en un fino jarrón azul. Por unos instantes intentó comprender dónde se encontraba y por qué estaba solo, pero acabó renunciando. Se moría y ya está, pero había que morir según las formas. ¡Cuántas veces se había imaginado aquel último acto, su muerte, su testamento, última y brillante representación de un Péricand-Maltête sobre el escenario del mundo! No haber sido, durante los últimos diez años, más que un viejo al que visten y le limpian los mocos, y de pronto recuperar toda su importancia… Castigar, recompensar, decepcionar, colmar de alegría, repartir sus bienes terrenales a su libre albedrío… Dominar a los demás. Imponer su voluntad. Ocupar el primer plano. (Después de aquello ya no habría más que otra ceremonia en que lo ocuparía, dentro de una caja negra, sobre un catafalco, rodeado de flores; pero sólo en calidad de símbolo o espíritu desencarnado, mientras que ahora todavía estaba vivo…)

– ¿Cómo se llama usted? -preguntó con un hilo de voz.

– Charboeuf-respondió el notario humildemente.

– Bien, no importa. Adelante.

Y empezó a dictar lenta, penosamente, como si leyera líneas escritas para él y que sólo él podía ver.

– Ante el ilustre señor Charboeuf… notario en… en presencia de… comparece el señor Péricand… -Hizo un débil esfuerzo por amplificar, por magnificar un poco su nombre. Como tenía que economizar el aire, y como le habría resultado imposible vociferar las prestigiosas sílabas, sus violáceas manos se agitaron sobre la sábana como marionetas: le parecía estar trazando gruesos signos negros en un papel en blanco, como antaño al pie de cartas, bonos, escrituras, contratos…-. Péricand… Pé-ri-cand, Louis Auguste.

– ¿Con domicilio en?

– Bulevar Delessert 89, París.

– Enfermo de cuerpo pero sano de mente, como constatan el notario y los testigos -dijo Charboeuf mirando al enfermo con cara de duda.

Pero aquel moribundo le imponía. Charboeuf tenía cierta experiencia; su clientela estaba compuesta principalmente por granjeros de los alrededores, pero todos los ricos testan del mismo modo. Aquel hombre era rico, de eso no cabía duda; aunque para acostarlo le hubieran puesto un basto camisón del asilo, debía de ser alguien importante. Asistirlo en el lecho de muerte y en aquellas circunstancias hacía que Charboeuf se sintiera halagado.

– Así pues, caballero, ¿desea usted instituir a su hijo como heredero universal?

– Sí, lego todos mis bienes muebles e inmuebles a Adrien Péricand, a condición de que entregue inmediatamente y sin dilación cinco millones a la obra de los Pequeños Arrepentidos del distrito decimosexto, fundada por mí. La obra de los Pequeños Arrepentidos se compromete a mandar ejecutar un retrato de mi persona, a tamaño natural en mi lecho de muerte, o un busto que conservará mis rasgos para la posteridad y que será encargado a un excelente artista y colocado en el vestíbulo de dicha institución. Lego a mi querida hermana Adèle-Emilienne-Louise, para resarcirla de la desavenencia que originó entre nosotros la herencia de mi venerada madre, Henriette Maltête, y le lego, digo, en exclusiva propiedad mis terrenos de Dunkerque, adquiridos en mil novecientos doce, con todos los inmuebles construidos en ellos y la parte de los muelles que igualmente me pertenece. Encargo a mi hijo cumplir íntegramente esta promesa. Mi casa de campo en Bléoville, en el término municipal de Vorhange, será transformada en asilo para los grandes heridos de guerra, elegidos preferentemente entre los paralíticos y aquellos cuyas facultades mentales hayan quedado mermadas. Deseo que se coloque en la fachada una sencilla placa con la inscripción: «Fundación benéfica Péricand-Maltête en memoria de sus dos hijos caídos en Champaña.» Cuando acabe la guerra…

– Creo… creo que ya ha acabado -observó tímidamente el notario.

Ignoraba que la mente del señor Péricand había regresado a la otra guerra, que le había arrebatado dos hijos y triplicado su fortuna. Volvía a estar en septiembre de 1918, en el alba de la victoria, cuando una neumonía casi lo había llevado a la tumba y, en presencia de toda su familia reunida a la cabecera de su cama (con todos los colaterales del norte y el sur, que habían acudido a su lado en cuanto se enteraron de su estado), había llevado a cabo lo que, a la postre, era el ensayo general de su muerte: había dictado su última voluntad, que ahora encontraba intacta en su interior y a la que simplemente daba libre curso.

– Cuando acabe la guerra, deseo que se erija un monumento a los caídos en la plaza de Bléoville, para el que asigno la suma de tres mil francos, a sustraer de mi herencia. Primero, en gruesas letras doradas, los nombres de mis dos hijos mayores, luego un espacio, luego… -Cerró los ojos, agotado-. Luego todos los demás, en letras pequeñas.

Permaneció callado tanto rato que el notario miró a las hermanas con inquietud. ¿Estaba…? ¿Ya había acabado todo? Pero sor Marie de los Querubines movió la cabeza con serenidad. Todavía no estaba muerto. Reflexionaba. En su cuerpo inmóvil, el recuerdo recorría inmensas distancias en el tiempo y el espacio.

– La casi totalidad de mi fortuna se compone de valores estadounidenses que, según me aseguraron, darían un buen rendimiento. Ya no lo creo -murmuró, y meneó lúgubremente su larga barba-. Ya no lo creo. Deseo que mi hijo los convierta de inmediato en francos franceses. También hay oro: ahora ya no merece la pena guardarlo. Que se venda. También deberá colocarse una copia de mi retrato en la mansión de Bléoville, en la gran sala de la planta baja. Lego a mi fiel ayuda de cámara una renta anual y vitalicia de mil francos. Para todos mis biznietos por nacer, deseo que sus padres elijan mis nombres, Louis-Auguste si son varones, y Louise-Agustine si son hembras.

– ¿Es todo? -preguntó Charboeuf.

La larga barba del anciano descendió hacia su pecho indicando que sí, era todo.

Durante unos instantes, que parecieron breves al notario, los testigos y las hermanas, pero que para el moribundo eran largos como un siglo, largos como el delirio, largos como un sueño, el señor Péricand-Maltête recorrió en sentido inverso el camino que le había sido dado transitar en esta tierra: las comidas familiares en la casa del bulevar Delessert, las siestas en el salón, el gato Anatole sobre sus rodillas; su último encuentro con su hermano mayor, tras el que habían acabado enemistados a muerte (y él había vuelto a comprar bajo mano las acciones del negocio); Jeanne, su mujer, en Bléoville, encorvada y reumática, echada en una tumbona de mimbre en el jardín, con un abanico de papel en las manos (murió ocho días después), y Jeanne, en Bléoville, treinta y cinco años antes, a la mañana siguiente de su boda: unas abejas que habían entrado por la ventana libaban los lirios del ramo de novia y la corona de flores de azahar, olvidada al pie de la cama. Jeanne se había refugiado entre sus brazos, riendo…

Luego, con absoluta certeza, sintió que la muerte había llegado; hizo un gesto breve, de apuro y también de sorpresa, como si intentara pasar por una puerta demasiado estrecha para él y dijera: «No, usted primero, se lo ruego.» Y una expresión de asombro le cubrió el rostro.

«¿Esto era? -parecía decir-. ¿Ya está?»

El asombro se borró, el rostro adoptó una expresión grave y severa y Charboeuf escribió a toda prisa:

En el momento en que se le presentó la pluma al testador para que estampara su firma al pie del presente testamento, hizo un esfuerzo para levantar la cabeza, sin conseguirlo, e inmediatamente exhaló el último suspiro, lo que fue constatado por el notario y los testigos, que no obstante, y tras su lectura, estamparon sus firmas para dar fe a los efectos que establece la legislación.

<p>24</p>

Entretanto, Jean-Marie se reponía lentamente. Llevaba cuatro días dormitando, inconsciente y febril. Ese día, por fin, se sentía más fuerte. Le había bajado la temperatura y la víspera había podido venir un médico, que le cambió el vendaje. Desde donde estaba, la vetusta cama en que lo habían acostado, Jean-Marie veía una enorme cocina un tanto oscura, el gorro blanco de una anciana sentada en un rincón, grandes y relucientes cacerolas alineadas en la pared y un calendario con una estampa de un sonrosado y rollizo soldado francés que tenía a dos muchachas alsacianas cogidas por la cintura, recuerdo de la otra guerra. Era extraño ver hasta qué punto seguían vivos allí los recuerdos de la Gran Guerra. En el lugar de honor, cuatro retratos de hombres uniformados con un pequeño lazo tricolor y una pequeña escarapela de crespón sujetos a una esquina, y, junto a él, una colección de ĽIllustration de 1914 a 1918 encuadernada en negro y verde, para entretener las horas de la convalecencia.

En las conversaciones que llegaban a sus oídos, surgían continuamente Verdún, Charleroi, el Marne… «Cuando se ha vivido la otra guerra…» «Cuando participé en la ocupación de Mulhouse…» De la guerra actual, de la derrota, se hablaba poco; todavía no la habían asimilado las mentes, no adquiriría su viva y terrible forma hasta que pasaran unos meses, tal vez años; quizá hasta que los sucios chiquillos que se paraban ante la pequeña cerca de madera se hicieran hombres. Con sus desgarrados sombreros de paja, sus mejillas sonrosadas y morenas, y sus largas varas verdes en la mano, curiosos y asustadizos, se alzaban sobre los zuecos para ver mejor al soldado herido en el interior de la casa y, cuando Jean-Marie se movía, se ocultaban tras la cerca como ranas en una charca. A veces, el portillo se quedaba abierto y dejaba entrar una gallina, un viejo y melancólico perro, un enorme pavo. Jean-Marie sólo veía a sus anfitriones a la hora de las comidas. El resto del día lo dejaban en manos de la anciana. Al atardecer, dos chicas jóvenes se sentaban junto a él. A una la llamaban «la Cécile» y a la otra «la Madeleine». Al principio, Jean-Marie creyó que eran hermanas. Pero no. La Cécile era la hija de la granjera y la Madeleine, una huérfana. A las dos daba gusto verlas, porque eran, si no atractivas, lozanas; Cécile tenía una cara redonda y ojos negros y vivos, y Madeleine, rubia y más fina, unas mejillas resplandecientes, sedosas y sonrosadas como la flor del manzano.

Las chicas lo pusieron al corriente de los acontecimientos de la semana. En su boca, en sus palabras un tanto vacilantes, todos aquellos sucesos, extraordinariamente graves, perdían su resonancia trágica. «Es muy triste», decían, o: «Todo esto no es nada agradable», o: «¡Ay, señor, estamos muy preocupadas!» Jean-Marie se preguntaba si era una forma de hablar habitual entre la gente de la región o algo más profundo, que tenía que ver con el alma misma de aquellas chicas, con su juventud, un instinto que les decía que las guerras pasan y el invasor se marcha, que la vida, incluso deformada y mutilada, continúa. La madre del propio Jean-Marie, haciendo labor mientras la sopa hervía en el fuego, suspiraba y decía: «¿Mil novecientos catorce? Fue el año en que nos casamos tu padre y yo. Fuimos muy felices al principio y muy desgraciados al final.» Sin embargo, el reflejo de su amor había suavizado, iluminado aquel año negro.

Del mismo modo, para aquellas chicas, el verano de 1940 sería, en su recuerdo y pese a todo, el verano de sus veinte años, pensó Jean-Marie. Habría preferido no pensar; los pensamientos eran peores que el dolor físico. Pero todo volvía, todo giraba incansablemente en su cabeza: la anulación de su permiso, el 15 de mayo; aquellos cuatro días en Angers, esperando que los trenes volvieran a circular, los soldados durmiendo en el suelo, comidos por los piojos, y luego las alertas, los bombardeos, la batalla de Rethel, la retirada, la batalla del Somme, y otra vez la retirada, los días durante los cuales habían huido de ciudad en ciudad, sin jefes, sin órdenes, sin armas, y por último aquel vagón en llamas. Jean-Marie se agitaba y gemía. Ya no sabía si estaba consciente o se debatía en un confuso sueño provocado por la sed y la fiebre. Vamos, no era posible… Hay cosas que no son posibles… ¿No había hablado alguien de Sedán? Era 1870, estaba en una página de un libro de Historia con tapas de tela roja que aún creía estar viendo. Era… Jean-Marie recitaba las palabras lentamente: «Sedán, la derrota de Sedán… La desastrosa batalla de Sedán decidió la suerte de la guerra…» En la pared, la imagen del calendario, aquel soldado rubicundo y risueño y las dos alsacianas enseñando las medias blancas. Sí, eso es lo que era, un sueño, el pasado, y él… él empezaba a temblar y decía:

– Gracias, no es nada, gracias, no se moleste… -mientras unas manos deslizaban una bolsa de agua caliente bajo las mantas y se la colocaban en los entumecidos y rígidos pies.

– Esta tarde tiene mejor cara.

– Me siento mejor -respondió Jean-Marie. Luego pidió un espejo y sonrió al verse el mentón, en el que le había crecido una negra sotabarba-. Mañana habrá que afeitarme…

– Si tiene fuerzas. ¿Para quién quiere ponerse guapo?

– Para ustedes.

Ellas rieron y se acercaron un poco. Tenían curiosidad por saber de dónde era, dónde lo habían herido… De vez en cuando, sentían escrúpulos y se interrumpían.

– ¡Ea, no hacemos más que parlotear! Lo vamos a cansar… Y luego nos van a reñir… ¿Se llama usted Michaud? ¿Jean-Marie?

– Sí.

– ¿Es de París? ¿En qué trabaja? ¿Es obrero? ¡Quia! No hay más que verle las manos. Es empleado, o puede que funcionario…

– Estudiante.

– ¿Ah, estudia? ¿Para qué?

– Pues… -murmuró Jean-Marie, y se quedó pensando-. Yo también me lo pregunto.

Era gracioso… Sus compañeros y él habían trabajado, preparado y aprobado exámenes, conseguido títulos, cuando sabían perfectamente que era inútil, que habría guerra… Su futuro estaba escrito de antemano, su carrera estaba decidida en los cielos, como en otros tiempos se decía que «los matrimonios se conciertan en el cielo». Lo habían concebido en 1915, durante un permiso. Había nacido de la guerra y (siempre lo había sabido) debido a la guerra. No había nada de morboso en esa idea, que compartía con muchos jóvenes de su edad y que simplemente era lógica y razonable. «Pero lo peor ha pasado -se dijo-, y eso lo cambia todo. Vuelve a haber un futuro. La guerra ha acabado, terrible, vergonzosa, pero ha acabado. Y hay esperanza…»

– Quería escribir libros -dijo tímidamente, revelando a aquellas muchachas campesinas, a aquellas desconocidas, una vocación que apenas se había confesado a sí mismo en el secreto de su corazón.

Luego preguntó cómo se llamaba aquel sitio, la granja en que se encontraba.

– Esto está lejos de todo -explicó la Cécile-. Perdido en mitad del campo. Aquí no se divierte una todos los días… Cuidando animales se vuelve una como ellos, ¿verdad, Madeleine?

– ¿Hace mucho que vive aquí, señorita Madeleine?

– Desde que tenía tres semanas. Su madre nos crió juntas. La Cécile y yo somos hermanas de leche.

– Ya veo que se entienden muy bien…

– No siempre pensamos lo mismo -dijo Cécile-. ¡Ella quiere meterse monja!

– Sólo a veces… -murmuró Madeleine sonriendo. Tenía una sonrisa preciosa, lenta y un poco tímida.

«¿De dónde vendrá?», se preguntó Jean-Marie. Tenía las manos rojas pero bonitas, igual que las piernas y los tobillos. Una niña abandonada… Jean-Marie sentía una pizca de curiosidad y otra pizca de compasión. Le estaba agradecido por los vagos anhelos que hacía nacer en su interior. Lo distraían, le ayudaban a no pensar en sí mismo y en la guerra. Resultaba difícil reír, bromear con ellas… pero era lo que ellas esperaban, seguro. En el campo, entre los chicos y chicas, las burlas y picardías son moneda corriente… Es lo habitual, las cosas se hacen así. Si no reía con ellas, se llevarían una sorpresa y una decepción.

Jean-Marie hizo un esfuerzo por sonreír.

– Un día aparecerá un chico y le hará cambiar de opinión, señorita Madeleine. ¡Ya no querrá ser monja!

– ¡Ya le he dicho que sólo me da a veces!

– ¿Cuándo?

– Pues… no sé. Los días que estoy triste…

– Aquí, chicos no es que haya muchos -terció la Cécile-. Ya le digo que esto está lejos de todo. Y encima, los pocos que había se los ha llevado la guerra. Así que… ¡Ay, qué desgraciadas somos las mujeres!

– El resto de la gente también lo está pasando mal -repuso Madeleine, que estaba sentada junto al herido. De pronto, se levantó de un brinco-. Oye, Cécile, que hay que fregar el suelo…

– Te toca a ti.

– ¡Sí, claro! ¡Hay que ver cómo eres! A quien le toca es a ti.

Las dos chicas se pusieron a discutir, pero acabaron haciendo la faena juntas. Eran extraordinariamente rápidas y eficaces. En un abrir y cerrar de ojos, las losas rojas brillaban como un espejo. De la puerta llegaba olor a hierba, a leche, a menta silvestre. Jean-Marie tenía la mejilla apoyada en la mano. Qué extraño, el contraste entre aquella paz absoluta y la agitación de su interior, porque el infernal tumulto de los seis últimos días se le había quedado en los oídos y le bastaba unos instantes de silencio para volver a oírlo: un ruido de metal aporreado, los sordos y lentos golpes del hierro de un martillo cayendo sobre un enorme yunque. Jean-Marie se estremeció, y el cuerpo se le cubrió de sudor… Era el ruido de los vagones ametrallados, el estallido de las maderas y el acero, que ahogaba los gritos de los hombres…

– En cualquier caso, habrá que olvidar todo eso, ¿verdad? -dijo en voz alta.

– ¿Cómo dice? ¿Necesita algo?

Jean-Marie no respondió. Ya no reconocía a Cécile y Madeleine. Las chicas menearon la cabeza, consternadas.

– Es la fiebre, ha vuelto a subirle.

– ¡Es que le has hecho hablar demasiado!

– ¡Pero si él no hablaba! Hemos sido tú y yo, que no hemos parado.

– Lo hemos cansado.

Madeleine se inclinó hacia él. Jean-Marie vio aquella mejilla sonrosada que olía a fresa muy cerca de su cara. Y la besó. La chica se irguió, roja como un tomate, riendo, arreglándose los desordenados mechones de pelo.

– Vaya, vaya… Me había asustado… ¡Ya veo que no está tan enfermo!

Él pensaba: «¿Quién es esta chica?» La había besado como quien se lleva un vaso de agua fresca a los labios. Estaba ardiendo; tenía la garganta y el interior de la boca como agrietados por el calor, resecados por el ardor de una llama. Aquella piel resplandeciente y suave le aliviaba la sed. Al mismo tiempo, lo veía todo con esa lucidez que dan el insomnio y la fiebre. Había olvidado el nombre de aquellas chicas y también el suyo. El esfuerzo mental necesario para comprender su situación presente, en aquel sitio que no conseguía reconocer, le resultaba demasiado penoso. Estaba extenuado, pero su alma flotaba en el vacío, serena y ligera, como un pez en el agua, como un pájaro llevado por el viento. No se veía a sí mismo, Jean-Marie Michaud, sino a otro, un soldado anónimo, vencido, que no se resignaba, un joven herido que no quería morir, un desdichado que no desesperaba.

– Pese a todo, habrá que salir adelante… Habrá que salir de aquí, de esta sangre, de este barro en el que te hundes… No va uno a tumbarse y dejarse morir… No, ¿verdad? Sería una enorme estupidez. Hay que agarrarse… agarrarse… agarrarse… -murmuró, y de pronto se vio aferrado al almohadón, sentado en la cama con los ojos muy abiertos, mirando la noche de luna llena, la noche perfumada, silenciosa, la noche cuajada de estrellas, tan agradable tras el calor del día que la granja, contrariamente a su costumbre, tenía abiertas todas las puertas y ventanas, para refrescar y calmar al herido.

<p>25</p>

Cuando el padre Péricand reanudó el viaje con sus pupilos, que lo seguían arrastrando los pies por el polvo, cada uno con su manta y su mochila, se dirigió hacia el interior del país, alejándose del Loira, lleno de peligros, por los bosques; pero las tropas habían tenido la misma idea, y el sacerdote pensó que los aviones no tardarían en localizar a los soldados y que el peligro era tan grande en medio de la espesura como a la orilla del río. Así que, dejando la nacional, tomó un pedregoso camino, apenas una trocha, confiando en que su instinto lo condujera a alguna vivienda aislada, como cuando guiaba a su equipo de esquiadores por la montaña hacia algún refugio perdido en medio de la niebla o la tempestad de nieve. Allí el día de junio era espléndido, tan resplandeciente y caluroso que los chicos parecían embriagados. Silenciosos y recatados -demasiado recatados- hasta ese momento, ahora gritaban y se empujaban, y el padre Péricand oía risas y retazos ahogados de canciones. Prestó atención y captó un estribillo obsceno canturreado a sus espaldas, como susurrado por unos labios medio cerrados. Les propuso cantar a coro una canción de marcha y la inició entonando con fuerza los primeros versos, pero apenas lo acompañaron unas pocas voces. Pasados unos instantes, todas callaron. También él siguió andando en silencio, preguntándose qué sentimientos despertaba aquella inesperada libertad en los pobres chicos, qué sueños, qué oscuros deseos. De pronto, uno de los más pequeños se detuvo y gritó:

– ¡Un lagarto! ¡Eh, un lagarto! ¡Mirad!

Al sol, entre dos piedras, unas colas aparecían y desaparecían; unas cabezas delgadas y chatas se mostraban y se ocultaban; unas gargantas palpitantes se alzaban y bajaban con rápidas y asustadas pulsaciones. Los chicos miraban fascinados. Algunos incluso se habían arrodillado en el sendero. El sacerdote esperó unos momentos y luego les ordenó continuar. Los chicos se levantaron dócilmente, pero, en ese preciso instante, unas piedras salieron despedidas de sus manos tan rápidamente, con una puntería tan sorprendente, que dos lagartos, los más grandes y bonitos, de un gris tan delicado que parecía casi azul, murieron en el acto.

– ¿Por qué habéis hecho eso? -exclamó el sacerdote, enfadado. Nadie respondió-. ¿Por qué? ¡Es una crueldad!

– Es que son como las víboras, muerden -respondió un chico de rostro pálido y huraño y nariz larga y afilada.

– ¡Qué estupidez! Los lagartos son inofensivos.

– ¡Ah! No lo sabíamos, señor cura -replicó el chico con socarronería mal disimulada y una fingida inocencia que no engañó al sacerdote.

Philippe se dijo que no era ni el momento ni el lugar de reñirlos por aquello y se limitó a inclinar levemente la cabeza, como si estuviera satisfecho con la respuesta, pero no obstante añadió:

– Ahora ya lo sabéis.

Y les hizo formar filas para seguirlo. Hasta entonces los había dejado ir como quisieran, pero de pronto pensó que a alguno podía ocurrírsele escapar. Acostumbrados al silbato, a la docilidad, al silencio obligatorio, obedecieron tan perfecta y mecánicamente que a Philippe se le encogió el corazón. Recorrió con la mirada aquellos rostros, súbitamente inexpresivos, apagados, tan impenetrables como una casa cerrada a cal y canto, con el alma recluida en sí misma, ausente o muerta, y les dijo:

– Tenemos que darnos prisa para encontrar un sitio en el que pasar la noche; pero en cuanto sepa dónde dormiremos, y después de cenar (¡porque enseguida empezaréis a tener hambre!), haremos un fuego de campamento y nos quedaremos despiertos tanto rato como queráis.

Y siguió andando entre ellos, hablándoles de los chicos de Auvernia, del esquí, de las excursiones por la montaña, en un esfuerzo por despertar su interés, por ganarse su confianza. Un esfuerzo vano. Tenía la sensación de que ni siquiera lo escuchaban; comprendió que nada que pudiera decirles, ya fuera para animarlos, corregirlos o educarlos, conseguiría penetrar en sus almas, porque estaban cerradas, tapiadas, sordas y mudas.

«Si pudiera estar más tiempo con ellos…», se dijo. Pero en el fondo de su corazón sabía que no lo deseaba. Sólo deseaba una cosa: perderlos de vista cuanto antes, librarse de aquella responsabilidad y del malestar que le hacían sentir. La ley de amor que hasta entonces le había parecido casi fácil -tan grande era en él la gracia de Dios, pensaba humildemente-, ahora le resultaba imposible de acatar, «justo cuando puede que sea la primera vez que constituya un esfuerzo meritorio de mi parte, un sacrificio real. ¡Qué débil soy!».

Llamó a un pequeño que se rezagaba continuamente.

– ¿Estás cansado? ¿Te hacen daño los zapatos?

Sí, no se había equivocado: los zapatos le apretaban. Philippe le dio la mano para ayudarlo a avanzar y le habló con afecto. Como el niño caminaba con una mala postura, la espalda encorvada y los hombros encogidos, lo cogió del cuello con dos dedos, suavemente, para obligarlo a erguir el cuerpo. El chico no opuso resistencia. Al contrario: mirando al frente con rostro inexpresivo, se apoyó en la mano de Philippe, y aquella presión sorda, insistente, aquella extraña y equívoca caricia, o más bien aquella muda petición de una caricia, arrebolaron el rostro del sacerdote. Philippe lo cogió por la barbilla e intentó sumergir su mirada en la del pequeño, pero los ojos de éste permanecían ocultos bajo los entornados párpados.

El sacerdote apretó el paso procurando recogerse, como solía hacer en momentos de tristeza, en una oración interior; no era una plegaria propiamente dicha. A menudo, ni siquiera eran palabras que formaran parte del lenguaje humano, sino una especie de inefable contemplación de la que salía bañado de alegría y paz. Pero hoy ambas se le resistían con igual fuerza. La piedad que sentía estaba contaminada de inquietud y amargura. Era demasiado evidente que a aquellas pobres criaturas les faltaba la gracia: Su gracia. A Philippe le habría gustado derramarla sobre ellos, poder inocular la fe y el amor en sus áridos corazones. Ciertamente, bastaba un suspiro del Crucificado, un aleteo de uno de sus ángeles, para que el milagro se realizara; pero él, Philippe Péricand, ¿no había sido elegido por Dios para amansar, para entreabrir las almas y prepararlas para la venida de Dios? Ser incapaz lo hacía sufrir. A él le habían sido ahorrados los instantes de duda y ese súbito endurecimiento que se apodera del creyente y lo deja, no a merced de los príncipes de este mundo, sino abandonado, a medio camino entre Satán y Dios, sumido en las tinieblas.

Para él, la tentación era otra: una especie de impaciencia sagrada, el deseo de acumular a su alrededor almas liberadas, una ansiedad trémula que, en cuanto había conquistado un corazón para Dios, lo lanzaba hacia otras batallas, pero siempre sintiéndose frustrado, insatisfecho, descontento de sí mismo. No era suficiente. ¡No, Señor, no lo era! Aquel viejo descreído que se había confesado, que había comulgado en su última hora; aquella pecadora que había renunciado al vicio; aquel pagano que había pedido el bautismo… ¡No le bastaba, no, de ninguna manera! Tal vez padecía de algo parecido al ansia del avaro por amasar oro. Sin embargo, no era exactamente eso, sino más bien la sensación que a veces experimentaba a orillas del río cuando era niño: aquel estremecimiento de alegría cada vez que atrapaba un pez (ahora no comprendía cómo había podido gustarle aquel juego cruel, hasta el punto de que casi no podía comer pescado; se alimentaba con verdura, queso, pan fresco, castañas y aquella espesa sopa campesina en que la cuchara casi flotaba). De niño había sido un pescador compulsivo, y aún recordaba la angustia que sentía cuando el sol se ocultaba, la pesca había sido escasa y sabía que el día de asueto había acabado para él. Le habían reprochado su exceso de escrúpulos. El mismo temía que no vinieran de Dios, sino de Otro… Aun así, nunca había sentido aquello como ese día, en aquel camino, bajo aquel cielo surcado por aviones enemigos, entre aquellos niños, de los que sólo salvaría los cuerpos…

Llevaban un buen rato caminando cuando vieron las primeras casas de un pueblo. Era muy pequeño y estaba intacto, pero desierto: sus habitantes habían huido. No obstante, antes de marcharse habían cerrado puertas y ventanas a cal y canto, y se habían llevado consigo los perros, los conejos y las gallinas. Sólo quedaban los gatos, que dormían al sol en los senderos de los jardines o se paseaban por los bajos tejados con aire satisfecho y tranquilo. Como era la temporada de las rosas, en cada porche se veía una hermosa flor totalmente abierta, sonriente, que dejaba a las avispas y los abejorros penetrar en su interior y devorarle el corazón. Aquel pueblo abandonado por los hombres, en el que no se oían pasos ni voces y al que le faltaban todos los sonidos del campo -el chirrido de las carretillas, el zureo de las palomas, el cloqueo de los corrales-, se había convertido en el reino de los pájaros, las abejas y los abejorros. Philippe pensó que nunca había oído tantos cantos vibrantes y felices ni visto tantas colmenas a su alrededor. Las pacas de heno, las fresas, los groselleros, las pequeñas y olorosas flores que bordeaban los arriates, cada macizo, cada mata, cada brizna de hierba, emitían un dulce ronroneo. Aquellos jardincillos habían sido cuidados con esmero, con amor; todos tenían un arco cubierto de rosas, un cenador en el que aún se veían las últimas lilas, un par de sillas de hierro, un banco al sol. Las grosellas, transparentes y doradas, eran enormes.

– ¡Qué buen postre vamos a tener esta noche! -exclamó Philippe-. Los pájaros no tendrán más remedio que compartirlo con nosotros. No hacemos daño a nadie recogiendo esa fruta. Todos lleváis mochilas bien provistas; hambre no vamos a pasar. Pero no esperéis dormir en una cama. Supongo que no os dará miedo pasar una noche al raso… Tenéis buenas mantas. A ver, ¿qué necesitamos? Un prado, una fuente… Los pajares y los establos no os atraen demasiado, ¿verdad? A mí tampoco. Hace tan buen tiempo… Bueno, comed un poco de fruta para reponer fuerzas y seguidme; a ver si encontramos un buen sitio.

Philippe esperó un cuarto de hora a que los chavales se hartaran de fresas; los vigilaba atentamente para que no pisaran las flores y hortalizas, pero no tuvo que intervenir; eran realmente obedientes. Esa vez no necesitó ponerse firme, sólo levantar la voz.

– Vamos, dejad un poco para la noche. Seguidme. Si no remoloneáis por el camino, no hace falta que vayáis en fila.

Una vez más, los chicos obedecieron. Miraban los árboles, el cielo, las flores, sin que Philippe pudiera adivinar lo que pensaban… Lo que al parecer les gustaba, lo que les llegaba al corazón, no era el entorno visible, sino el embriagador aroma a aire puro y libertad que respiraban, tan nuevo para ellos.

– ¿Ninguno de vosotros conocía el campo? -les preguntó.

– No, señor cura.

– No, señor cura -repitieron todos con lentitud.

Philippe ya había advertido que sólo conseguía que le respondieran tras unos segundos de silencio, como si necesitaran tiempo para inventar una mentira, un embuste, o como si nunca comprendieran exactamente lo que se les preguntaba… Siempre aquella sensación de tratar con seres… no del todo humanos, pensó Philippe, y en voz alta dijo:

– Vamos, démonos prisa.

No muy lejos del pueblo vieron un gran parque mal cuidado, con un hermoso lago, profundo y transparente, y una casa en lo alto de un promontorio. La casa señorial, sin duda, pensó Philippe. Se acercó a la verja y llamó con la esperanza de que hubiese alguien, pero la caseta del guarda estaba cerrada y nadie respondió a la llamada.

– En cualquier caso, ahí hay un sitio que parece hecho para nosotros -dijo señalando la orilla del lago-. En fin, niños, haremos menos daño que en esos jardincillos tan bien cuidados, estaremos mejor que en el camino y, si estalla una tormenta, seguro que podremos refugiarnos en esas casetas de baño.

El parque sólo estaba protegido por una valla de alambre, que saltaron con facilidad.

– No olvidéis -dijo Philippe riendo- que esto es un allanamiento y nunca debéis hacerlo, así que os pido que tengáis el respeto más absoluto hacia esta propiedad. Ni una rama rota, ni un papel de periódico abandonado en la hierba, ni una lata de conserva tirada por ahí. ¿Entendido? Si os portáis bien, mañana os dejaré bañaros en el lago.

La hierba estaba tan alta que les llegaba hasta las rodillas, y al avanzar aplastaban las flores. Philippe les mostró las flores de la Virgen, estrellas de seis pétalos blancos, y las de San José, de un suave morado casi rosa.

– ¿Podemos cogerlas, señor cura?

– Sí, de ésas, tantas como queráis. Basta un poco de lluvia y sol para hacerlas germinar. Eso, en cambio, ha costado muchos cuidados y mucho esfuerzo -dijo señalando los arriates que rodeaban el edificio.

Uno de los chicos que estaba junto a él levantó la cara, pequeña, pálida, de pómulos muy marcados, hacia las grandes ventanas cerradas.

– ¡Cuántas cosas debe de haber ahí dentro! -Lo dijo en voz baja, pero con una sorda aspereza que turbó al sacerdote. Como él no respondió, el chico insistió-. ¿Verdad que ahí dentro tiene que haber muchas cosas, señor cura?

– Nosotros nunca hemos visto casas como ésa -murmuró otro.

– Sin duda habrá cosas muy bonitas, muebles, cuadros, estatuas… Pero muchos de estos señores están arruinados y, si imagináis que ibais a ver maravillas, puede que os llevarais una decepción -respondió Philippe en tono desenfadado-. Supongo que lo que más os interesa es la comida. Como la gente de esta región parece muy previsora, seguramente se lo habrán llevado todo. Y, como de todas maneras no habríamos podido tocar nada, porque no es nuestro, más vale que nos olvidemos del asunto y nos arreglemos con lo que tenemos. Vamos a formar tres equipos: el primero recogerá ramas secas, el segundo traerá agua y el tercero preparará los platos.

Bajo la dirección del sacerdote, los chicos trabajaron deprisa y bien. Encendieron un gran fuego a la orilla del lago; comieron, bebieron, recogieron frutos silvestres… Philippe quiso organizar juegos, pero los chicos jugaban de mala gana y en silencio, sin entusiasmo, sin risas. El lago ya no brillaba a la luz del sol, pero relucía débilmente, y a su alrededor se oía el croar de las ranas. El fuego iluminaba a los chicos, inmóviles y tapados con las mantas.

– ¿Queréis dormir? -Nadie respondió-. No tenéis frío, ¿verdad?

Otro silencio.

«Sin embargo, no todos están dormidos», se dijo el sacerdote. Se levantó y paseó entre ellos. De vez en cuando se agachaba y cubría un cuerpo más delgado, más frágil que los otros, una cabeza con el pelo aplastado y orejas de asa. Tenían los ojos cerrados. ¿Fingían dormir o realmente el sueño los había vencido? Philippe regresó junto al fuego para seguir leyendo su breviario. De vez en cuando levantaba la mirada y contemplaba los reflejos del agua. Esos instantes de muda meditación le aliviaban todas sus fatigas, lo compensaban de todas sus penas. El amor volvía a impregnarlo como la lluvia una tierra árida, primero gota a gota, abriéndose paso entre las piedras con dificultad, y luego, tras encontrar el corazón, en una larga y rápida riada.

¡Pobres chicos! Uno de ellos estaba soñando y emitía un largo y monótono quejido. En la penumbra, el sacerdote alzó la mano, los bendijo y musitó:

– Pater amat vos.

Era lo que solía decir a sus alumnos de catecismo cuando los exhortaba a la penitencia, la resignación y la oración. «El Padre os ama.» ¿Cómo había podido creer que a aquellos desventurados les faltaba la gracia? Puede que él fuera menos amado, tratado con menos indulgencia, con menos ternura divina que el menor, el más desgraciado de ellos. «¡Oh, Jesús, perdóname! ¡Ha sido un arranque de orgullo, una trampa del demonio! ¿Qué soy yo? ¡Menos que nada, polvo bajo tus divinos pies, Señor! Porque, ¿qué no podrías exigirme a mí, a quien has amado, protegido desde la infancia, conducido hacia Ti? Pero estos chicos… unos serán elegidos y los otros… Los Santos los redimirán. Sí, todo está bien, todo es bueno, todo es gracia. ¡Jesús, perdona mi flaqueza!»

El agua palpitaba mansamente, la noche era solemne y tranquila… Aquella presencia sin la que no habría podido vivir, aquel Soplo, aquella Mirada, estaban con él, en la oscuridad. Una criatura adormecida en la oscuridad, acurrucada en el regazo de su madre, no necesita luz para reconocer sus amadas facciones, sus manos, sus anillos… Ríe bajito, dichosa. «Jesús, estás ahí, de nuevo estás ahí. ¡Quédate a mi lado, divino Amigo!» Una larga y rosada llama se elevó de un negro tronco. Era tarde; la luna ascendía en el cielo, pero Philippe no tenía sueño. Cogió una manta y se tumbó en la hierba. Siguió echado, con los ojos muy abiertos, notando el roce de una flor en la mejilla. Ni un solo ruido en aquel rincón de la tierra.

No oyó nada, no vio nada; percibió, con una especie de sexto sentido, la silenciosa carrera de dos chicos en dirección a la casa. Fue todo tan rápido que en un primer momento creyó que estaba soñando. No quiso llamarlos para no despertar a los demás. Se levantó, se sacudió la sotana, cubierta de briznas y pétalos, y siguió a los dos chicos hacia el edificio. El espeso césped amortiguaba el ruido de los pasos. De pronto, recordó que en una ventana había visto un postigo entreabierto. Sí, no se había equivocado. La luna iluminaba la fachada. Uno de los chicos empujaba el postigo, intentando forzarlo. A Philippe no le dio tiempo de gritar para detenerlos: una piedra acababa de romper el cristal. Los fragmentos estallaron contra el suelo. Con agilidad felina, los chicos desaparecieron en el interior.

– ¡Ah, granujas, ya os daré yo! -murmuró Philippe.

Se recogió la sotana hasta las rodillas y, siguiendo el mismo camino que los chicos, apareció en un salón que tenía los muebles cubiertos con fundas y un suelo de parquet frío y brillante. Buscó a tientas el interruptor. Cuando al fin consiguió encender la luz, no vio a nadie. Indeciso, miró alrededor (los chicos estaban escondidos o habían huido): aquellos canapés, aquel piano, aquellos butacones cubiertos con fundas de flotantes pliegues, aquellas cortinas de seda floreada eran excelentes escondites. Avanzó hacia uno de los balcones, porque las colgaduras se habían movido, y las apartó bruscamente. Uno de los chicos estaba allí; era uno de los mayores, casi un hombre, de rostro moreno, frente estrecha y mandíbula prominente, aunque tenía unos ojos bastante hermosos.

– ¿Qué hacéis aquí? -le preguntó el sacerdote.

Oyó ruido a sus espaldas y se volvió; el otro chico estaba en la habitación, justo detrás de él. También aparentaba diecisiete o dieciocho años; en su demacrado rostro, los labios, apretados, tenían una expresión desdeñosa; era como si el animal alentara bajo su piel. Philippe estaba en guardia, pero eran demasiado rápidos para él; en un abrir y cerrar de ojos se le echaron encima y, mientras uno le ponía la zancadilla, el otro lo agarró del cuello. Pero Philippe se debatía silenciosa, eficazmente. Consiguió atrapar a uno por el cuello de la camisa y lo sujetó con tanta firmeza que lo obligó a quedarse quieto. Pero, durante el forcejeo, algo se le cayó del bolsillo y rodó por el parquet. Era dinero.

– Felicidades, veo que no has perdido el tiempo -le dijo Philippe sentado en el suelo, jadeando. Y pensó: «Sobre todo, no hagas un drama. Hazlos salir de aquí y te seguirán como corderillos. Mañana ya se verá»-. ¡Bueno, ya está bien, eh! Se acabaron las estupideces… ¡Andando!

Apenas había acabado de hablar, cuando volvieron a abalanzarse sobre él con un salto silencioso, salvaje y desesperado. Uno de ellos lo mordió y le hizo sangre.

«Van a matarme», se dijo Philippe con una especie de estupor. Lo atacaban como dos lobos. No quería hacerles daño, pero no tuvo más remedio que defenderse; a puñetazos y patadas consiguió rechazarlos, pero ellos volvieron a la carga con redoblada saña, como locos, como bestias, como si hubieran perdido todo rasgo humano… Pese a todo, Philippe los habría dominado, pero se golpeó la cabeza contra un mueble, un velador con patas de bronce, y se desplomó. Mientras caía, oyó a uno de los chicos correr a la ventana y soltar un silbido. Del resto no vio nada: ni a los veintiocho adolescentes, súbitamente despiertos, cruzando el césped a la carrera y trepando por la ventana, ni la embestida contra los frágiles muebles para destrozarlos, volcarlos, arrojarlos por las ventanas… Estaban enloquecidos, bailaban alrededor del sacerdote, que seguía inconsciente, cantaban, gritaban… Un renacuajo con cara de chica brincaba sobre un sofá cuyos viejos muelles rechinaban sin cesar. Los mayores encontraron un mueble bar y lo llevaron al salón dándole patadas, mas descubrieron que estaba vacío. Pero no necesitaban vino para emborracharse: les bastaba con la destrucción, que les proporcionaba una dicha espantosa. Llevaron a Philippe hasta la ventana y lo dejaron caer pesadamente al césped. Luego siguieron arrastrándolo hasta el lago y, agarrándolo por los pies y las manos, lo levantaron en vilo y lo balancearon como a un pelele.

– ¡Vamos! ¡Arriba! ¡Hay que matarlo! -chillaban con sus voces roncas, que en muchos casos conservaban el timbre infantil.

Pero, cuando cayó al agua, todavía estaba vivo. El instinto de conservación, o un resto de coraje, lo retuvo al borde de la muerte. Se aferró con las dos manos a la rama de un árbol y trató de mantener la cabeza fuera del agua. Su rostro, desfigurado por los puñetazos y las patadas, estaba ensangrentado, tumefacto, en un estado grotesco y terrible. Empezaron a apedrearlo. Al principio consiguió aguantar agarrado a la rama, que oscilaba, crujía, amenazaba con partirse. Trató de alcanzar la otra orilla, pero la lluvia de piedras arreció. Al fin, se tapó la cara con los brazos, y los chicos lo vieron hundirse a plomo en su negra sotana. Atrapado en el cieno, no se ahogó. Y así fue como murió, con el agua hasta la cintura, la cabeza echada atrás y un ojo reventado de una pedrada.

<p>26</p>

En la catedral de Notre-Dame de Nimes, todos los años se celebraba una misa en sufragio de los difuntos de la familia Péricand-Maltête; pero, como en la ciudad ya no quedaba más que la madre de la señora Péricand, por lo general el oficio se despachaba con cierta prisa en una capilla lateral, ante la anciana señora, obesa y medio ciega, que ahogaba las palabras del sacerdote con su ronca respiración, y una cocinera que llevaba treinta años con ella. La señora Péricand era una Craquant, pariente de los Craquant de Marsella, familia que había hecho fortuna con el aceite. Era un origen ciertamente honroso (su dote había ascendido a dos millones, dos millones de los de antes de la guerra), pero palidecía ante el prestigio de su nueva familia. Su madre, la anciana señora Craquant, compartía su punto de vista y, retirada en Nimes, observaba los ritos de los Péricand con gran fidelidad, rezaba por las almas de sus difuntos y dirigía a los vivos cartas de felicitación de boda y de bautizo, como esos ingleses de las colonias que se emborrachaban en solitario cuando Londres festejaba el cumpleaños de la reina.

La misa de difuntos era especialmente grata a la señora Craquant, porque tras ella, a la vuelta de la catedral, entraba en una pastelería donde se tomaba una taza de chocolate y dos cruasanes. Estaba demasiado gorda y su médico le había impuesto un severo régimen, pero, como se había levantado más temprano que de costumbre, se ventilaba sin remordimientos el pequeño tentempié. Incluso a veces, cuando la cocinera, a la que temía, estaba de espaldas, rígida y silenciosa junto a la puerta, con los dos misales en la mano y el chal de la señora en el brazo, la anciana cogía un plato de pasteles y, como quien no quiere la cosa, se comía ya un petisú de crema, ya una tartita de cerezas, ya ambas cosas a la vez.

Fuera, bajo el sol y las moscas, esperaba el coche, tirado por dos caballos viejos y conducido por un cochero casi tan rollizo como la señora.

Ese año, todo se había trastocado; los Péricand, refugiados en Nimes tras los acontecimientos de junio, acababan de recibir la noticia de la muerte del señor Péricand-Maltête y de Philippe. La primera les fue comunicada por las hermanas del asilo donde el anciano había tenido una muerte «muy dulce, muy consoladora y muy cristiana», según decía en su carta sor Marie del Santísimo Sacramento, cuya bondad para con los deudos la había llevado a ocuparse en sus menores detalles del testamento, que sería transcrito a la mayor brevedad.

La señora Péricand leyó y releyó la última frase y suspiró; una expresión inquieta asomó a su rostro, pero no tardó en dar paso a la compunción de la cristiana que acaba de saber que un ser querido ha dejado este mundo en paz con Dios.

– Ahora el abuelito está con el Niño Jesús, hijos míos -comunicó a sus retoños.

Dos horas más tarde, la segunda desgracia que había golpeado a la familia llegó a su conocimiento, pero esta vez sin detalles. El alcalde de un pueblecito del Loiret les informaba de que el padre Philippe Péricand había encontrado la muerte en un accidente y les enviaba los documentos que establecían su identidad de forma fidedigna. En cuanto a los treinta pupilos que estaban a su cargo, habían desaparecido. Como en esos momentos la mitad de Francia estaba buscando a la otra mitad, a nadie le extrañó. Se hablaba de un camión que había caído al río no lejos del lugar en que Philippe había encontrado la muerte, y sus familiares acabaron convenciéndose de que el sacerdote y los huérfanos viajaban en él.

Para terminar, les fue comunicado que Hubert había muerto en la batalla de Moulins. Esta vez la catástrofe superaba todo lo previsible. La inmensidad de su desgracia arrancó a la madre una exclamación de orgullo y desesperación:

– ¡Traje al mundo a un héroe y a un santo! -proclamó y, mirando sombríamente a su prima Craquant, cuyo único hijo había encontrado un tranquilo puesto en la defensa pasiva de Toulouse, murmuró-: Nuestros hijos pagan por los de otros… Querida Odette, mi corazón sangra… Sabes que no he vivido más que para mis hijos, que he sido madre y sólo madre. -La señora Craquant, que había sido un tanto ligera de cascos en su juventud, bajó la cabeza-. Pero te lo juro: el orgullo que siento hace que olvide mi pena.

Y erguida y digna, sintiendo ya el revoloteo de los crespones a su alrededor, acompañó hasta la puerta a su prima, que tras suspirar reconoció humildemente:

– ¡Ay, eres una auténtica romana!

– Una buena francesa, nada más -replicó la señora Péricand con sequedad, y le volvió la espalda.

Esas palabras consiguieron aliviar un poco su vivo y profundo dolor. Siempre había respetado a Philippe y comprendido, en cierta medida, que no pertenecía a este mundo; sabía que soñaba con las misiones y que, si había renunciado a ellas, había sido por un refinamiento de humildad que lo llevó a elegir, para servir a Dios, lo que le resultaba más duro: someterse a los deberes cotidianos. Tenía la certeza de que ahora su hijo estaba junto a Jesús. Cuando decía otro tanto de su suegro, lo hacía con una duda interior, que se reprochaba; en fin… Pero, en cuanto a Philippe: «¡Lo veo como si estuviera con él!», pensaba. Sí, podía sentirse orgullosa de Philippe, que derramaba sobre ella el resplandor de su alma. Pero lo más extraño era lo que experimentaba con relación a Hubert. Hubert, que cosechaba un cero tras otro en el instituto, que se mordía las uñas; Hubert, con sus dedos manchados de tinta, su cara redonda y mofletuda, su ancha y risueña boca… Hubert, muerto como un héroe… Inconcebible. Cuando contaba a sus conmovidos amigos la fuga de Hubert («Intenté retenerlo, pero ya veía que era imposible. Era un niño, pero un niño valiente, y cayó por el honor de Francia. Como dice Rostand: "Es mucho más hermoso cuando es inútil"»), la señora Péricand embellecía el pasado. Y de verdad creía haber dicho todas aquellas palabras orgullosas, haber enviado a su hijo a la guerra.

Nimes, que hasta entonces la había mirado no sin cierta acritud, sentía por aquella pobre madre una piedad rayana en la ternura.

– Hoy estará toda la ciudad -suspiró la anciana señora Craquant con melancólica satisfacción.

Era el 31 de julio. A las diez debía celebrarse la mencionada misa de difuntos, a los que tan trágicamente se habían sumado aquellos tres nombres.

– ¡Oh, mamá! ¿Y qué importa eso? -respondió su hija, sin que pudiera saberse si sus palabras aludían a la futilidad de semejante consuelo o a la pobre opinión que le merecían sus paisanos.

La ciudad brillaba bajo un sol ardiente. En los barrios populares, un viento seco y socarrón agitaba las cortinillas de cuentas en las puertas de las casas. Las moscas importunaban, barruntaban la tormenta. Nimes, habitualmente aletargada en esa época del año, estaba abarrotada. Los refugiados que la habían invadido seguían allí, retenidos por la falta de gasolina y por el cierre provisional de la frontera del Loira. Las calles y plazas se habían transformado en aparcamientos. No había ni una habitación libre. Bastante gente seguía durmiendo en la calle, y una bala de paja, a modo de improvisada cama, se consideraba un lujo. Nimes se enorgullecía de haber cumplido, y con creces, su deber hacia los refugiados. Los había recibido con los brazos abiertos y estrechado contra su corazón. No había familia que no hubiese ofrecido su hospitalidad a los infortunados. Lo único lamentable era que aquel estado de cosas se prolongaba más de lo razonable. El avituallamiento era un problema, pero tampoco había que olvidar, decía Nimes, que todos aquellos pobres refugiados, extenuados por el viaje, serían víctimas de terribles epidemias. Así que, con medias palabras, a través de la prensa, y de manera menos velada, más brutal que por boca de los habitantes, día tras día se los instaba a marcharse cuanto antes, cosa que hasta ese momento no habían permitido las circunstancias.

La señora Craquant, que tenía a toda su familia en casa y por tanto podía negar, con la cabeza bien alta, incluso un simple par de sábanas, disfrutaba con toda aquella animación, que llegaba a sus oídos a través de las persianas bajadas. En ese momento estaba tomando el desayuno con sus nietos, antes de ponerse en camino hacia la catedral. La señora Péricand los contemplaba alimentarse sin tocar lo que le habían servido, que, pese a las restricciones, era apetitoso gracias a las provisiones acumuladas en las enormes alacenas desde el inicio de la guerra.

Su madre, con una servilleta blanca como la nieve desplegada sobre el opulento pecho, estaba acabándose la tercera tostada, pero sospechaba que la digeriría mal; los fijos y fríos ojos de su hija la incomodaban. De vez en cuando dejaba de comer y miraba a la señora Péricand con humildad.

– No sé para qué como, Charlotte -le dijo-. No me entra.

– Haga un esfuerzo, madre -respondía la señora Péricand en un tono gélidamente irónico, empujando la chocolatera hacia la taza de la anciana.

– Bueno, Charlotte, pues ponme media tacita más. Pero sólo media tacita, ¿eh?

– ¿Se da cuenta de que es la tercera?

Pero la señora Craquant parecía repentinamente aquejada de sordera.

– Sí, sí -decía distraídamente asintiendo con la cabeza-. Tienes razón, Charlotte, hay que reponer fuerzas antes de tan triste ceremonia.

Y se echaba al coleto el espeso chocolate en un santiamén.

En ese momento llamaron a la puerta, y un criado llevó un paquete para la señora Péricand. Contenía los retratos de Philippe y Hubert. Había mandado encuadrar dos fotos de sus hijos. Se quedó mirándolas largo rato y luego se levantó, las colocó en la consola y retrocedió unos pasos para apreciar el efecto. A continuación, fue a su habitación y volvió con dos lacitos de crespón y dos cintas tricolores, con las que adornó los marcos. De pronto oyó sollozar al ama, que estaba de pie en el umbral con Emmanuel en los brazos. Jacqueline y Bernard la imitaron. La señora Péricand los cogió de la mano y, con suavidad, los hizo levantarse y los llevó ante la consola.

– ¡Mirad bien a vuestros hermanos mayores, hijos míos! -les dijo-. Pedid a Dios Todopoderoso que os conceda pareceros a ellos. Tratad de ser unos niños buenos, obedientes y estudiosos, como lo fueron ellos. Eran tan buenos hijos -añadió con la voz ahogada por el dolor- que no me extraña que Dios los haya premiado dándoles la palma del martirio. No hay que llorar. Están con Dios Nuestro Señor; nos ven, nos protegen y un día nos recibirán allá arriba, pero mientras tanto aquí abajo podemos estar orgullosos de ellos, como cristianos y como franceses.

Ahora todo el mundo lloraba; la señora Craquant incluso se había olvidado del chocolate y buscaba su pañuelo con mano temblorosa. La foto de Philippe se le parecía extraordinariamente. Aquélla era su mirada, profunda y pura. El joven sacerdote parecía contemplar a los suyos con aquella sonrisa dulce, indulgente y tierna, que esbozaba a veces…

– … Y en vuestras oraciones no olvidéis a esos desgraciados niños que desaparecieron con él -concluyó la señora Péricand.

– Quizá no hayan muerto todos…

– Es posible -dijo distraídamente la señora Péricand-, muy posible. Pobres pequeños… Por otra parte, esa obra es una pesada carga -añadió, y su mente volvió al testamento de su suegro.

La señora Craquant se enjugó las lágrimas.

– El pequeño Hubert… Era tan cariñoso, tan enredador… Recuerdo que, una vez que vinisteis, me quedé traspuesta en el salón después de desayunar, y llegó el perillán de vuestro hermano, despegó de la lámpara el papel para las moscas y lo dejó caer muy despacito sobre mi cabeza. Me desperté sobresaltada y pegué un grito. Ese día le diste un buen correctivo, Charlotte.

– No lo recuerdo -respondió la señora Péricand con sequedad-. Pero acábese el chocolate y démonos prisa, mamá. El coche está abajo. Van a dar las diez.

Bajaron a la calle con la abuela, pesada, jadeante y apoyándose en su bastón, en cabeza, seguida por la señora Péricand, envuelta en crespones, los dos niños mayores vestidos de negro, Emmanuel de blanco, y por último varios criados de riguroso luto. El cupé esperaba; de pronto, cuando el cochero estaba bajando de su asiento para abrir la portezuela, Emmanuel extendió un dedito y señaló a la gente.

– ¡Hubert! ¡Es Hubert!

El ama se volvió maquinalmente hacia el lugar que indicaba la criatura, palideció como el papel y ahogó un grito:

– ¡Jesús de mi corazón! ¡Virgen santísima!

Una especie de sordo aullido salió de la garganta de la madre, que se echó atrás el negro velo, dio dos pasos en dirección a Hubert y, de repente, resbaló en la acera y cayó en brazos del cochero, que se abalanzó hacia ella a tiempo de sujetarla.

Efectivamente, era Hubert, con un mechón de pelo sobre los ojos y la piel sonrosada y dorada como un melocotón, sin equipaje, sin bicicleta, sin heridas, que avanzaba sonriendo.

– ¡Hola, mamá! ¡Hola, abuela! ¿Todos bien?

– ¿Eres tú? Pero ¿eres tú? ¡Estás vivo! -exclamó la señora Craquant riendo y sollozando a la vez-. ¡Ay, mi pequeño Hubert, ya sabía yo que no podías estar muerto! ¡Eres demasiado granuja para eso, Dios mío!

La señora Péricand había vuelto en sí.

– ¿Hubert? Pero ¿cómo? -balbuceó con un hilo de voz.

Hubert se sintió contento y a la vez incómodo ante semejante recibimiento. Se acercó a su madre, le presentó las dos mejillas, que ella besó sin saber muy bien lo que hacía, y luego se quedó plantado, balanceándose ante ella, como cuando llevaba un cero en traducción latina del instituto.

– Hubert… -gimió ella y, colgándose de su cuello, lo cubrió de besos y lágrimas.

Alrededor se había formado una pequeña y conmovida multitud. Hubert, que no sabía qué cara poner, daba golpecitos en la espalda a su madre, como si se hubiera tragado una espina.

– ¿Es que no me esperabais? -Ella negó con la cabeza-. ¿Ibais a salir?

– ¡Demonio de crío! ¡Íbamos a la catedral, a celebrar una misa por el descanso de tu alma!

– ¡Venga ya! -soltó Hubert.

– Pero bueno, ¿dónde estabas? ¿Qué has hecho estos dos meses? Nos dijeron que habías caído en Moulins…

– Bueno, pues ya veis que no es verdad, puesto que estoy aquí.

– Pero ¿fuiste a luchar? ¡Hubert, no me mientas! ¿Qué necesidad tenías de meterte en ese berenjenal, idiota, más que idiota? ¿Y tu bicicleta? ¿Dónde está tu bicicleta?

– Perdida.

– ¡Naturalmente! ¡Este chico acabará conmigo! Bueno, a ver, cuenta, habla, ¿dónde te habías metido?

– Estaba intentando reunirme con vosotros.

– ¡Si no te hubieras ido! -replicó la señora Péricand con severidad-. ¡Bueno se pondrá tu padre cuando se entere! -dijo al fin con voz entrecortada.

Luego, de repente, se echó a llorar como una Magdalena y empezó a besarlo de nuevo. No obstante, el tiempo corría; la señora Péricand se secó los ojos, pero las lágrimas no querían parar.

– Anda, sube, ve a lavarte. ¿Tienes hambre?

– No; he desayunado muy bien, gracias.

– Cámbiate de pañuelo, de corbata, lávate las manos… ¡Adecéntate un poco, por amor de Dios! Y date prisa en reunirte con nosotros en la catedral.

– ¿Cómo? ¿Todavía vais a ir? Ya que estoy vivo, ¿no preferiríais celebrarlo con una comilona? ¿En un buen restaurante? ¿No?

– ¡Hubert!

– Pero ¿qué pasa? ¿Es porque he dicho «comilona»?

– No, pero… -«Es terrible decírselo así, en plena calle», pensó la señora Péricand, y, cogiéndolo de la mano, lo hizo subir al cupé-. Han ocurrido dos desgracias terribles, hijo mío. Primero, el abuelito… El pobre abuelito ha muerto. Y Philippe…

Hubert encajó el golpe de un modo extraño. Dos meses antes se habría echado a llorar, y sus mejillas se habrían llenado de gruesas, saladas y transparentes lágrimas. Ahora, su rostro, muy pálido, adquirió una expresión viril, casi dura, que su madre no le conocía.

– El abuelo me da igual -murmuró tras un largo silencio-. Pero Philippe…

– Hubert, ¿te has vuelto loco?

– Sí, me da igual, y a ti también. Era muy viejo y estaba enfermo. ¿Qué iba a hacer en medio de este follón?

– ¡Habrase visto! -protestó la señora Craquant, herida.

Pero Hubert siguió hablando sin hacerle caso:

– Pero Philippe… ¿Estáis seguros? ¿No pasará como conmigo?

– Por desgracia, estamos seguros…

– Philippe… -La voz de Hubert tembló y se quebró-. No era de este mundo. Los demás hablan constantemente del cielo, pero no piensan más que en la tierra… El venía de Dios y ahora debe de ser muy feliz. -Se tapó la cara con las manos y permaneció inmóvil.

En ese momento sonaron las campanas de la catedral. La señora Péricand posó la mano en el brazo de su hijo.

– ¿Vamos?

Hubert asintió. La familia montó en el cupé y en el coche que lo seguía. Llegaron a la catedral. Hubert iba entre su madre y su abuela, que siguieron flanqueándolo cuando se arrodilló en un reclinatorio. La gente lo había reconocido; Hubert oía cuchicheos y exclamaciones ahogadas. La señora Craquant no se había equivocado; estaba todo Nimes. Todo el mundo pudo ver al resucitado que venía a dar gracias a Dios por haberlo salvado, el mismo día en que se celebraba una misa por los difuntos de su familia. En general, la gente se alegró: que un buen chico como Hubert hubiera escapado de las balas alemanas halagaba su sentido de la justicia y su sed de milagros. Cada madre privada de noticias desde mayo (y eran muchas) sintió renacer la esperanza en su corazón. Y era imposible pensar con acritud, como habrían podido sentirse tentadas a hacer: «¡Hay quien tiene demasiada suerte!» Porque, desgraciadamente, el pobre Philippe (un sacerdote excelente, según decían) había hallado una muerte trágica.

Así que, pese a la solemnidad de la ocasión, eran muchas las mujeres que sonreían a Hubert. Él no las miraba; todavía no había salido del estupor en que lo habían sumido las palabras de su madre. La muerte de Philippe le desgarraba el corazón. Volvía a encontrarse en el mismo estado de ánimo que en el momento de la debacle, durante la desesperada y vana defensa de Moulins. «Si fuéramos todos iguales -se dijo contemplando a los presentes-, canallas y mujerzuelas todos mezclados, aún se podría entender; pero a santos como Philippe, ¿con qué fin los mandan aquí? Si es por nosotros, para redimirnos de nuestros pecados, es como arrojar margaritas a los cerdos.»

Todos los que lo rodeaban, la gente, su familia, sus amigos, le inspiraban sentimientos de vergüenza y furia. Los había visto en las carreteras, a ellos y a otros por el estilo, se acordaba de los coches llenos de oficiales que huían con sus preciosas maletas amarillas y sus pintarrajeadas mujeres; de los funcionarios que abandonaban sus puestos; de los políticos que, presas del pánico, dejaban un rastro de carpetas y documentos secretos a su paso; de las chicas que, después de haber llorado como convenía el día del Armisticio, ahora se consolaban con los alemanes. «Y pensar que nadie lo sabrá, que alrededor de todo esto se urdirá tal maraña de mentiras que aún acabarán convirtiéndolo en una página gloriosa de la historia de Francia. Removerán cielo y tierra para sacar a la luz actos de sacrificio, de heroísmo… ¡Con lo que yo he visto, Dios mío! Puertas cerradas a las que se llamaba en vano para pedir un vaso de agua, refugiados saqueando casas… Y en todas partes, en lo más alto y lo más bajo, el caos, la cobardía, la vanidad, la ignorancia… ¡Ah, qué grandes somos!»

Mientras tanto, seguía el oficio moviendo los labios y con el corazón tan oprimido y endurecido que le dolía físicamente. De vez en cuando soltaba un ronco suspiro que inquietaba a su madre. En una de las ocasiones, la señora Péricand se volvió hacia él; sus ojos llenos de lágrimas brillaban a través del crespón.

– ¿Te encuentras mal? -le susurró.

– No, mamá -respondió él, mirándola con una frialdad que se reprochaba pero no conseguía vencer.

Juzgaba a los suyos con una amargura y una severidad dolorosas; no formulaba sus quejas de un modo preciso; acudían a él todas a la vez en forma de breves y violentas imágenes: su padre refiriéndose a la República como «ese régimen podrido», y esa misma noche, en casa, la cena de veinticuatro cubiertos, con los mejores manteles, el paté más exquisito, los vinos más caros, en honor de un antiguo ministro que podía volver a serlo y cuyos favores perseguía el señor Péricand. (¡Oh, su madre poniendo morritos para canturrear: «Mi querido presidente»!) Los coches rebosantes de ropa blanca, vajilla, cubertería y objetos de plata atrapados en medio de la muchedumbre que huía a pie, y su madre señalando a las mujeres y los niños, con sus hatillos de ropa, y diciendo: «Mirad si es bueno el Niño Jesús… ¡Pensad que podríamos habernos visto en la situación de esos desdichados!» ¡Hipócritas! ¡Sepulcros blancos! Y él mismo, ¿qué hacía allí? Fingir que rezaba por Philippe, cuando tenía el corazón rebosante de rabia e indignación. Pero Philippe era…

– ¡Dios mío! ¡Philippe, mi querido hermano! -murmuró y, como si esas palabras tuvieran un poder divino de apaciguamiento, su atribulado corazón se ensanchó y las lágrimas brotaron de sus ojos, ardientes e incontenibles.

Pensamientos de amor, de perdón, llenaron su mente. No procedían de su interior sino de fuera, como si un amigo se hubiera inclinado hacia él y le hubiera susurrado al oído: «Una familia, una estirpe que ha producido a alguien como Philippe, no puede ser mala. Eres demasiado severo, sólo has visto los acontecimientos externos, no conoces las almas. El mal es visible, quema, se ofrece con complacencia a todos los ojos. Sólo Uno ha contado los sacrificios, ha medido la sangre y las lágrimas vertidas.» Hubert miró la placa de mármol en que estaban grabados los nombres de los caídos en la guerra… en la otra guerra. Entre ellos había Craquants y Péricands, tíos, primos que no había conocido, chicos apenas mayores que él, caídos en el Somme, en Flandes, en Verdún, muertos por partida doble, porque habían muerto por nada. Y poco a poco, de aquel caos, de aquellos sentimientos contradictorios, nació una extraña y amarga plenitud. Había adquirido una valiosa experiencia; ahora sabía, y ya no de una manera abstracta, libresca, sino con su corazón, que tan alocadamente había latido; con sus manos, que se habían despellejado ayudando a defender el puente de Moulins; con sus labios, que habían acariciado a una mujer mientras los alemanes festejaban la victoria… ahora sabía lo que significaban las palabras peligro, coraje, amor… Sí, también amor. Ahora se sentía bien, se sentía fuerte y seguro de sí mismo. Nunca volvería a ver por los ojos de otro, pero, además, lo que amara y creyera en adelante sería enteramente suyo, no inspirado por otros. Lentamente, juntó las manos, bajó la cabeza y, al fin, rezó.

Acabó la misa. En la plaza, la gente lo rodeaba, lo abrazaba, felicitaba a su madre…

– Y sigue teniendo tan buen color -decían las señoras-. Después de tantas penalidades, apenas ha adelgazado, no ha cambiado nada… Nuestro pequeño Hubert…

<p>27</p>

Los Corte llegaron al Grand Hôtel a las siete de la mañana. Estaban muertos de cansancio y miraban en derredor con aprensión, como si temieran franquear la puerta giratoria y verse de nuevo en un caótico universo de pesadilla donde los refugiados dormirían en las alfombras de color crema del salón, el recepcionista no los reconocería y les negaría una habitación, no habría agua caliente para lavarse y los aviones bombardearían el edificio. Pero, gracias a Dios, la reina de las estaciones termales de Francia estaba intacta y, a orillas del lago, la vida seguía bulliciosa y febril, pero, sobre todo, normal. El personal se hallaba en sus puestos. El director, naturalmente, aseguraba que no disponían de nada, pero el café era excelente, en el bar servían bebidas frescas y los grifos daban agua caliente o fría, a gusto del consumidor. En un primer momento había cundido el pánico: la poco amistosa actitud de Inglaterra hacía temer que se mantuviera el bloqueo, lo que impediría la llegada de whisky; pero había una buena reserva. Se podía esperar.

En cuanto pisaron el suelo de mármol del vestíbulo, los Corte se sintieron como nuevos. Todo estaba tranquilo; apenas se oía el lejano ronroneo de los grandes ascensores. A través de las puertas vidrieras, se veía el líquido y tembloroso arco iris de los aspersores sobre el césped de los jardines. El director del establecimiento, que Corte visitaba todos los años desde hacía veinte, alzó los ojos al cielo y les dijo que aquello era el fin, que el mundo se precipitaba al abismo y que había que restaurar el sentido del deber y la abnegación en el pueblo; luego, les confió que esperaban la llegada del gobierno de un momento a otro, que las habitaciones estaban preparadas desde el día anterior y que el embajador de Bolivia dormía en una mesa de billar, pero que para él, Gabriel Corte, siempre habría algo; en fin, poco más o menos lo mismo que decía en el Normandy de Deauville en época de carreras, cuando hacía sus pinitos como subdirector.

Corte se pasó una cansada mano por la abrumada frente.

– Mi querido amigo, póngame un colchón en un lavabo si es necesario.

Allí todo se hacía de un modo discreto, escrupuloso, eficiente. Allí no había mujeres pariendo en las cunetas, ni niños perdidos, ni puentes volando por los aires y cayendo envueltos en llamas sobre las casas vecinas por culpa de una carga de melinita mal calculada. Cerraban una ventana para protegerlo de las corrientes de aire, abrían puertas a su paso, notaba el grosor de las alfombras bajo sus pies…

– ¿Tiene todas sus maletas? ¿No ha perdido nada? ¡Qué suerte! Aquí nos ha llegado gente sin un mísero pijama, sin un cepillo de dientes… Incluso un pobre hombre al que una explosión dejó sin nada que ponerse; hizo el viaje desde Tours desnudo, envuelto en una manta y gravemente herido.

– Yo he estado a punto de perder mis manuscritos -dijo Corte.

– ¡Oh, Dios mío, qué horror! Pero los ha recuperado, ¿verdad? ¡Qué cosas! ¡Se ven unas cosas! Por favor, señor Corte; señora, por aquí, si es tan amable… Les he reservado una suite en la cuarta planta… Ustedes sabrán disculparme…

– ¡Bah! -respondió Corte-. Ahora todo me da igual.

– Lo comprendo -dijo el director inclinando la cabeza con expresión triste-. Un desastre tan tremendo… Yo soy suizo de nacimiento, pero francés de corazón. Lo comprendo -repitió.

Y por unos instantes permaneció inmóvil, con la cabeza baja, como quien, tras dar el pésame a los deudos, no se atreve a marcharse de inmediato del cementerio. En los últimos tiempos había adoptado aquella actitud tan a menudo que su rostro, amable y redondo, había cambiado. Siempre había sido un hombre de paso ligero y voz suave, como convenía a su profesión. Exagerando sus tendencias naturales, ahora había aprendido a desplazarse silenciosamente, como en una cámara mortuoria, y, cuando preguntó a Corte si quería que les subieran el desayuno, utilizó un tono tan discreto y fúnebre como si, indicándole el cadáver de un pariente, le hubiera preguntado: «¿Puedo besarlo por última vez?»

– ¿El desayuno? -murmuró Corte, haciendo un esfuerzo por volver a la realidad y sus fútiles preocupaciones-. No he probado bocado en veinticuatro horas -dijo con una sonrisa triste. Tal cosa había sido cierta el día anterior, pero ya no, porque a las seis de esa misma mañana había tomado un abundante desayuno. No obstante, no mentía: había comido distraídamente, debido al agotamiento y la angustia por los infortunios de la Patria. A todos los efectos, era como si siguiera en ayunas.

– Pues debe hacer un esfuerzo, señor Corte. No me gusta verlo así. Tiene que sobreponerse. Se debe usted a la humanidad.

Corte hizo un leve gesto de desesperación para indicar que lo sabía, que no discutía los derechos de la humanidad sobre su persona, pero que de momento no podía exigírsele más coraje que al más humilde ciudadano.

– Lo que agoniza no es sólo Francia, mi querido amigo -dijo volviendo la cabeza para ocultar sus lágrimas-. Es el Espíritu.

– Nunca, mientras siga usted entre nosotros -respondió calurosamente el director, que en los últimos tiempos había pronunciado esa misma frase bastantes veces. Corte era, en lo tocante a celebridades, la decimocuarta llegada de París después de los trágicos acontecimientos, y el quinto escritor que buscaba refugio en el hotel.

Gabriel sonrió débilmente y pidió que el café estuviera muy caliente.

– Hirviendo -respondió el director, y se marchó tras dar las órdenes oportunas por teléfono.

Florence se había retirado a sus habitaciones y, tras la puerta cerrada a cal y canto, se miraba en el espejo, consternada. El sudor había cubierto su rostro, siempre tan suave, tan bien maquillado, tan descansado, con una película pringosa y reluciente que ya no absorbía los polvos ni la crema, sino que los rechazaba convertidos en grumos tan compactos como los de una mayonesa cortada. Las aletas de la nariz se veían surcadas de arrugas; los ojos, hundidos; los labios, secos y flácidos. Apartó la cara del espejo, horrorizada.

– Tengo cincuenta años -le dijo a su doncella.

Era la pura verdad, pero Florence pronunció la frase con tal tono de incredulidad y terror que Julie la interpretó como convenía, es decir, como una imagen, una metáfora para designar la vejez extrema.

– Después de lo que hemos pasado, es comprensible… La señora debería echar un sueñecito.

– Imposible… En cuanto cierro los ojos, vuelvo a oír las bombas, a ver esos puentes, esos muertos…

– La señora lo olvidará.

– ¡Ah, no, eso nunca! ¿Podrías olvidarlo tú?

– Mi caso es distinto.

– ¿Por qué?

– ¡La señora tiene tantas cosas en que pensar! -dijo Julie-. ¿Le saco el vestido verde, señora?

– ¿El vestido verde? ¿Con esta cara?

Florence se había dejado caer contra el respaldo del sillón y había cerrado los ojos; pero, de pronto, reunió todas sus energías dispersas, como el jefe de un ejército que, pese a su necesidad de descanso y en vista de la ineptitud de sus oficiales, retoma el mando y, arrastrando los cansados pies, dirige personalmente a sus tropas en el campo de batalla.

– Escucha, esto es lo que vas a hacer. Primero me preparas, al mismo tiempo que el baño, una mascarilla para la cara, la número tres, esa del instituto norteamericano; luego llamas a la peluquería y que te digan si Luigi sigue allí. Que venga con la manicura dentro de tres cuartos de hora. Y después me preparas el traje de chaqueta gris, con la blusa rosa de batista.

– ¿Esa que tiene el cuello así? -preguntó Julie trazando en el aire la forma de un amplio escote con el dedo índice.

Florence dudó.

– Sí… no… sí… ésa, y el sombrerito nuevo, el de los acianos. ¡Ay, Julie, pensaba que ya nunca podría ponérmelo, con lo bonito que es! En fin… Tienes razón, no hay que darle más vueltas a todo eso, o me volveré loca. Me pregunto si todavía tendrán polvo ocre, del último…

– Ya miraremos… La señora haría bien en pedir varias cajas. Venía de Inglaterra.

– ¡Sí, ya lo sé! ¿Lo ves, Julie? Realmente, no nos damos del todo cuenta de lo que pasa. Son acontecimientos de un alcance incalculable, créeme, incalculable… La vida de la gente cambiará durante generaciones. Este invierno pasaremos hambre. Me sacarás el bolso de ante gris con el cierre de oro, que es sencillito… Me pregunto qué aspecto tendrá París -dijo Florence entrando en el cuarto de baño, pero el ruido de los grifos, que Julie acababa de abrir, ahogó sus palabras.

Entretanto, la mente de Corte se ocupaba de ideas menos frívolas. También él estaba tumbado en la bañera. Los primeros instantes habían sido de tanta dicha, de una paz tan bucólica y profunda, que le habían recordado las alegrías de la infancia: la felicidad de comerse un merengue helado rebosante de crema, de mojarse los pies en el agua fresca de una fuente, de apretar contra el pecho un juguete nuevo… Ya no sentía deseos, remordimientos ni angustias. Su cabeza estaba vacía y ligera. Se sentía flotar en el líquido y tibio elemento, que lo acariciaba, le hacía cosquillas en la piel, le quitaba el polvo y el sudor, se le metía entre los dedos de los pies, se deslizaba bajo sus riñones, como una madre que levanta a su hijo dormido. El cuarto de baño olía a jabón de brea, a loción para el cabello, a agua de colonia, a agua de lavanda… Gabriel sonreía, estiraba los brazos, hacía crujir las articulaciones de sus largos y pálidos dedos, saboreando el divino y sencillo placer de estar a cubierto de las bombas y de tomar un baño fresco un día de calor sofocante. No habría sabido decir en qué momento la amargura penetró en él como un cuchillo en el corazón de una fruta. Tal vez fue cuando sus ojos se posaron en la maleta de los manuscritos, colocada encima de una silla, o cuando el jabón se le cayó al agua y para pescarlo tuvo que hacer un esfuerzo que empañó su euforia; pero, en determinado momento, sus cejas se fruncieron y su rostro, que parecía más sereno, más terso de lo habitual, rejuvenecido, volvió a adoptar una expresión sombría y preocupada.

¿Qué sería de él, de Gabriel Corte? ¿Adónde se dirigía el mundo? ¿Cuál sería el espíritu del mañana? ¿O es que la gente sólo pensaría en comer y ya no habría sitio para el arte, o acaso, como tras cada crisis, un nuevo ideal se ganaría el favor del público? ¿Un nuevo ideal? Cínico y hastiado, pensó: «¡Una nueva moda!» Pero él, Corte, era demasiado viejo para adaptarse a nuevos gustos. Ya había renovado su estilo en 1920. Hacerlo por tercera vez le resultaría imposible. Seguir aquel mundo que iba a nacer lo dejaría sin aliento. ¡Ah, quién podía prever la forma que tomaría al salir de la dura matriz de la guerra de 1940, como de un molde de bronce! Ese universo, cuyas primeras convulsiones ya se dejaban sentir, saldría gigante o contrahecho (o ambas cosas). Era terrible inclinarse hacia él, mirarlo… y no comprender nada. Porque no comprendía nada. Pensó en su novela, en aquel manuscrito salvado del fuego y las bombas y que ahora descansaba sobre una silla. De pronto sintió un inmenso desánimo. Las pasiones que pintaba, sus propios estados de ánimo, sus escrúpulos, aquella historia de una generación, la suya… era todo viejo, inútil, anticuado.

– ¡Anticuado! -exclamó con desesperación, y por segunda vez el jabón, que se escurría como un pez, desapareció en el agua. Gabriel soltó un juramento, se levantó e hizo sonar el timbre con furia-. Friccióname -ordenó a su criado en cuanto éste acudió.

Una vez le masajearon las piernas con el guante de crin y el agua de colonia, se sintió mejor. Totalmente desnudo, empezó a afeitarse mientras el criado le preparaba la ropa: camisa de lino, un traje fino de tweed y corbata azul.

– ¿Hay gente conocida? -preguntó Corte.

– No lo sé, señor. Todavía no he visto a nadie importante, pero me han dicho que anoche vinieron muchos coches y volvieron a marcharse casi enseguida hacia España. Entre otros, el señor Jules Blanc. Se iba a Portugal.

– ¿Jules Blanc?

Gabriel se quedó inmóvil con la navaja de afeitar, llena de jabón, en el aire. ¡Jules Blanc huyendo a Portugal! Aquella noticia era un duro golpe. Como todos los que se las arreglan para obtener el máximo de comodidades y placeres de la vida, Gabriel Corte tenía un político a su disposición. A cambio de buenas cenas, de brillantes recepciones, de pequeños favores concedidos por Florence, a cambio de algunos artículos oportunos, obtenía de Jules Blanc (titular de una cartera en casi todas las combinaciones ministeriales, dos veces presidente del Consejo y cuatro ministro de la Guerra) mil privilegios que le facilitaban la existencia. Gracias a Jules Blanc, le habían encargado aquella serie de los Grandes Amantes, sobre los que había disertado en la radio pública el invierno anterior. También en la radio, Jules Blanc le había encargado alocuciones patrióticas, exhortaciones imperiales o morales, según las circunstancias. Jules Blanc había intervenido ante el director de un gran periódico para que le pagaran ciento treinta mil francos por una novela, en lugar de los ochenta mil inicialmente acordados. Por último, le había prometido la insignia de comendador. Jules Blanc era un humilde pero necesario engranaje en el mecanismo de su carrera, porque el genio no puede planear en las alturas del cielo; debe maniobrar a ras de tierra.

Al enterarse de la caída de su amigo (muy comprometido tenía que estar para tomar una decisión tan desesperada, él, que no se cansaba de repetir que en política una derrota prepara la victoria), Corte se sintió solo y abandonado, al borde del abismo. De nuevo, con una fuerza terrible, volvió a recibir la impresión de un mundo diferente, desconocido para él, un mundo donde toda la gente se habría vuelto milagrosamente casta y desinteresada y estaría imbuida de los más nobles ideales. Pero el mimetismo, que es una forma del instinto de conservación para las plantas, los animales y el hombre, le hizo decir ya:

– ¡Ah! ¿Se ha ido? Ha pasado la época de esos vividores, de esos politicastros… Pobre Francia… -añadió tras un silencio. Lentamente, se puso unos calcetines azules. De pie en calcetines y ligas de seda negra, y con el resto del cuerpo desnudo, lampiño, de un blanco lustroso con reflejos marfileños, ejecutó unos cuantos movimientos de brazos y varias flexiones del torso. Luego se miró en el espejo con expresión satisfecha.

– Esto va mucho mejor -dijo, como si con esas palabras esperara darle una gran alegría a su criado.

Después acabó de vestirse. Bajó al bar poco después de mediodía. En el vestíbulo reinaba cierto caos; era evidente que pasaba algo, que lejos de allí grandes catástrofes hacían temblar el resto del universo. Alguien se había dejado las maletas, amontonadas desordenadamente en la tarima que solía utilizarse como pista de baile. Se oían voces destempladas procedentes de la cocina; mujeres pálidas y alteradas vagaban por los pasillos en busca de habitación; los ascensores no funcionaban; un viejo lloraba ante el recepcionista, que le negaba una cama.

– Compréndalo, caballero, no es que no quiera, es que es imposible, imposible. No damos abasto, caballero.

– Me basta un rinconcito en una habitación -suplicaba el pobre hombre-. Había quedado aquí con mi mujer. Nos perdimos durante el bombardeo de Étampes. Creerá que he muerto. Tengo setenta años, señor, y ella sesenta y ocho. Jamás nos hemos separado. -El anciano sacó la cartera con manos temblorosas-. Le daré mil francos -dijo, y en su honrada y modesta cara de francés medio se leía la vergüenza de tener que ofrecer por primera vez en su vida un soborno, y también el dolor de tener que separarse de su dinero. Pero el recepcionista rechazó el billete que le tendían.

– Ya le he dicho que es imposible, caballero. Inténtelo en la ciudad.

– ¿En la ciudad? ¿De dónde cree que vengo? Llevo llamando a todas las puertas desde las cinco de la mañana. ¡Me han echado como a un perro! Soy profesor de Física en el instituto de Saint-Omer. Tengo la condecoración al mérito académico.

Pero, comprendiendo que el recepcionista había dejado de escucharlo y le daba la espalda, recogió una pequeña sombrerera que había dejado en el suelo y que sin duda contenía todo su equipaje, y se marchó. Ahora el recepcionista tenía que lidiar con cuatro españolas de pelo negro y cara empolvada. Una de ellas lo agarraba del brazo.

– ¡Una vez en la vida, pase, pero dos es demasiado! -clamaba en mal francés y con voz fuerte y ronca-. ¡Haber vivido la guerra en España, huir a Francia y vuelta a lo mismo, es demasiado!

– Pero, señora, ¿qué quiere que haga?

– ¡Darme una habitación!

– Imposible, señora, imposible.

La española buscó una respuesta sarcástica, no la encontró, se sofocó y acabó soltándole:

– ¡Bah, es usted muy poco hombre!

– ¿Yo? -exclamó el recepcionista, y de golpe perdió toda su impasibilidad profesional y respondió al ultraje-. ¿Acaso la he insultado yo? Para empezar, es usted extranjera, ¿verdad? Pues cierre el pico si no quiere que llame a la policía -le espetó muy digno, y a continuación les abrió la puerta y las echó a la calle.

Las cuatro mujeres vociferaron insultos en español.

– ¡Qué días, caballero! ¡Y qué noches! -le dijo a Corte-. ¡El mundo se ha vuelto loco, caballero!

Gabriel cruzó una larga galería, fresca, silenciosa y oscura, y llegó al amplio y tranquilo bar. Toda la agitación se detenía en el umbral de aquella puerta. Los postigos de las grandes ventanas protegían el lugar del sol de un mediodía bochornoso, y en el aire flotaba un olor a cuero, cigarros caros y licores añejos. El barman, italiano y viejo conocido de Corte, lo recibió de un modo perfecto, manifestándole su alegría de volver a verlo y lamentando las desgracias de Francia, de una manera noble y llena de tacto, sin olvidar en ningún momento la reserva exigida por los acontecimientos ni la inferioridad de su condición respecto a Corte. El escritor se sintió enormemente reconfortado.

– Es un placer volver a verte, querido amigo -le dijo, agradecido.

– ¿El señor ha tenido problemas para abandonar París?

– ¡Ah! -se limitó a responder Corte alzando los ojos al techo.

Joseph, el barman, hizo un leve gesto púdico con la mano, como si rechazara las confidencias y renunciara a remover recuerdos tan recientes y dolorosos, y con el tono con que el médico dice al enfermo en plena crisis «Primero tómese esto y luego me explicará su caso», murmuró respetuosamente:

– Le preparo un martini, ¿verdad?

Con el vaso empañado de vaho por el hielo y colocado entre dos platitos, uno de aceitunas y el otro de patatas fritas, Corte dirigió una débil sonrisa de convaleciente al familiar decorado que lo rodeaba y a continuación miró a los hombres que acababan de entrar, a los que reconoció uno tras otro. Vaya, si estaban todos allí: el académico y antiguo ministro, el gran industrial, el editor, el director de periódico, el senador, el dramaturgo y el caballero que firmaba «General X» esos artículos tan documentados, tan serios, tan técnicos, en una importante revista parisina, para la que comentaba los acontecimientos militares y los hacía comprensibles para el ciudadano de a pie, salpicándolos de precisiones siempre optimistas y muy poco precisas (diciendo, por ejemplo: «El próximo teatro de las operaciones militares estará en el norte de Europa, en los Balcanes o en el Ruhr, o en esos tres sitios a la vez, o bien en algún punto del globo imposible de determinar»). Sí, allí estaban todos, sanos y salvos. Por unos breve instantes, Corte fue presa del estupor. No habría sabido decir por qué, pero durante veinticuatro horas había tenido la sensación de que el antiguo mundo se desmoronaba y él se había quedado solo entre los escombros. Fue un alivio indescriptible reencontrarse con aquellos rostros famosos de amigos, o enemigos poco importantes para él. ¡Estaban en el mismo barco, estaban juntos! Se demostraban unos a otros que nada había cambiado demasiado, que todo seguía siendo parecido, que no estaban asistiendo a un cataclismo extraordinario, al fin del mundo, como habían llegado a creer, sino a una concatenación de acontecimientos puramente humanos, limitados en el tiempo y el espacio, y que a la postre sólo afectaban gravemente a gente desconocida.

Intercambiaron opiniones pesimistas, casi desesperadas, pero con tono alegre. Algunos ya le habían sacado todo el jugo a la vida y estaban en esa edad en que uno contempla a los jóvenes y se dice: «¡Que se las apañen!» Otros enumeraban mentalmente todas las páginas escritas y todos los discursos pronunciados que podrían servirles ante el nuevo régimen (y como todos habían deplorado, en mayor o menor medida, que Francia estuviera perdiendo el sentido de la grandeza y la ambición, por ese lado estaban tranquilos). Los políticos, un poco más inquietos porque algunos corrían un serio peligro, meditaban nuevas alianzas. El dramaturgo y Corte hablaban de sus respectivas obras y se olvidaban del mundo.

<p>28</p>

Los Michaud no llegaron a Tours. Una explosión había destruido las vías férreas. El tren se detuvo. Los refugiados tuvieron que volver a las carreteras, que ahora debían compartir con las columnas alemanas. Les ordenaron regresar.

A su llegada, los Michaud encontraron París medio desierto. Se dirigieron a casa a pie. Habían estado fuera quince días, pero, como cuando uno vuelve de un largo viaje espera encontrarlo todo cambiado, avanzaban por aquellas calles intactas y no daban crédito a sus ojos: todo seguía en su sitio.

Un sol mortecino iluminaba las casas, que tenían los postigos cerrados como el día en que se habían marchado; una súbita ola de calor había secado las hojas de los plátanos, que nadie barría y que crujían bajo sus cansados pies. Las tiendas de alimentación parecían todas cerradas. Había momentos en que la desolación era abrumadora; París semejaba una ciudad diezmada por la peste; sin embargo, en el instante en que uno murmuraba con el corazón encogido «Todo el mundo se ha marchado o ha muerto», se daba de bruces con una mujercilla muy arreglada y pintada, o bien, como les ocurrió a los Michaud, entre una carnicería y una panadería cerradas, veía una peluquería en la que una clienta se hacía la permanente. Era la de la señora Michaud, que entró a saludar. El peluquero se acercó a la puerta, seguido por su ayudante, su mujer y la clienta.

– ¿Cómo les ha ido? -le preguntaron.

– Ya ven… -respondió la señora Michaud mostrando las desnudas pantorrillas, la falda desgarrada y la cara sucia de sudor y polvo-. ¿Y mi casa? -preguntó angustiada.

– ¡Bah, no se apure! Está todo en orden. Hoy mismo he pasado por delante -dijo la mujer del peluquero-. No han tocado nada.

– ¿Y mi hijo? Jean-Marie. ¿Lo han visto?

– ¿Cómo van a verlo, mujer? -intervino Maurice acercándose a ellos-. A veces preguntas unas cosas…

– Y tú tienes una parsimonia… Vas a acabar conmigo -replicó ella con viveza-. Puede que la portera… -murmuró haciendo ademán de marcharse.

– No se moleste, señora Michaud. No sabe nada; le he preguntado al pasar. Y como además ya no llega el correo…

Jeanne procuró disimular su decepción con una sonrisa, pero le temblaban los labios.

– En fin, habrá que esperar. ¿Y ahora qué hacemos? -murmuró sentándose maquinalmente.

– Yo en su lugar -dijo el peluquero, un hombre rechoncho de cara redonda y afable- empezaría por lavarme la cabeza. Le aclarará las ideas. También podríamos refrescar un poco al señor Michaud. Mientras tanto, mi mujer les preparará algo de comer.

Y eso hicieron. Mientras a Jeanne le friccionaban la cabeza con agua de lavanda, llegó el hijo del peluquero y anunció que se había firmado el armisticio. En el estado de agotamiento y congoja en que se encontraba, Jeanne apenas comprendió el alcance de la noticia; se sentía como si hubiera derramado todas sus lágrimas a la cabecera de un moribundo y ya no le quedara ninguna para llorar su muerte. Pero Maurice recordó la guerra del catorce, los combates, sus heridas y sus sufrimientos, y una ola de amargura le inundó el corazón. Sin embargo, ya no había más que decir, de modo que guardó silencio.

Estuvieron más de una hora en la peluquería; luego se fueron derechos a casa. Se decía que el número de muertos del ejército francés era relativamente bajo, pero que había cerca de dos millones de prisioneros. ¿Sería Jean-Marie uno de ellos? No se atrevían a imaginar otra cosa. Se acercaban a su casa y, pese a todas las seguridades que les había dado la señora Josse, no acababan de creer que siguiera en pie, que no hubiera quedado reducida a escombros, como los edificios bombardeados de la plaza Martroi de Orleáns, que habían cruzado la semana anterior. Pero allí estaba la puerta, el cuarto de la portera, el buzón (vacío), la llave del piso esperándolos, y la propia portera… Cuando Lázaro se alzó de entre los muertos, regresó junto a sus hermanas y vio la sopa en el fuego, debió de sentir algo muy parecido, una mezcla de estupor y sordo orgullo.

– Pese a todo, hemos vuelto, estamos aquí -se dijeron los Michaud; y Jeanne, a continuación:

– ¿Y qué, si mi hijo…?

Miró a su marido, que le sonrió débilmente y luego se volvió hacia la portera.

– Buenos días, señora Nonnain.

La portera era muy mayor y estaba medio sorda. Los Michaud procuraron acortar los relatos de los respectivos éxodos, pues, por su parte, la señora Nonnain había seguido a su hija, que era lavandera, hasta la Puerta de Italia, aunque, una vez allí, había discutido con su yerno y había vuelto a casa.

– No saben qué ha sido de mí; creerán que estoy muerta -dijo la mujer con satisfacción-. Creerán que ya pueden disponer de mis ahorros. Y no es que ella sea mala -añadió refiriéndose a su hija-, pero es muy aprovechada.

Los Michaud le dijeron que estaban agotados y subían a casa. El ascensor estaba averiado.

– Lo que faltaba -murmuró Jeanne, pero se lo tomó a risa.

Mientras su marido subía tranquilamente, ella se lanzó escaleras arriba, como si de repente hubiera recuperado las fuerzas y el ímpetu de la juventud. ¡Señor, con la de veces que había despotricado contra aquella escalera oscura y aquel piso sin apenas armarios, sin cuarto de baño (la bañera estaba instalada en la cocina) y con unos radiadores que se averiaban indefectiblemente en lo más crudo del invierno! Y ahora se sentía como si le hubieran devuelto el pequeño universo, cerrado y acogedor, en que había vivido los últimos dieciséis años y que tan dulces y queridos recuerdos guardaba entre sus paredes. Jeanne se inclinó sobre la barandilla y vio que Maurice seguía subiendo. Estaba sola. Se acercó a la puerta y posó los labios en la hoja; luego cogió la llave y abrió. Era su casa, su refugio. Allí estaba la habitación de Jean-Marie, allí estaba la cocina, el cuarto de estar y el sofá, en el que, por la noche, al volver del banco, extendía las cansadas piernas.

El recuerdo del banco le produjo un estremecimiento. Hacía ocho días que no pensaba en él. Apenas entró en el piso, Maurice vio que estaba preocupada y comprendió que la alegría del regreso se había esfumado.

– ¿Qué te pasa? -le preguntó-. ¿Jean-Marie?

– No, el banco -respondió Jeanne tras un instante de duda.

– ¡Por amor de Dios! Hemos hecho todo lo humanamente posible, y casi lo imposible, por llegar a Tours. No pueden reprocharnos nada.

– No nos reprocharán nada si quieren que sigamos con ellos; pero yo sólo estaba contratada mientras durara la guerra y tú, amigo mío, nunca has podido entenderte con ellos. Así que si quieren librarse de nosotros, la ocasión la pintan calva.

– Ya lo sé. -Como siempre que, en lugar de contradecirla, le daba la razón, Jeanne cambió de opinión con viveza.

– De todas formas, no me digas que no son unos cerdos…

– Lo son -dijo Maurice con voz suave-. Pero ¿sabes qué? Bastante mal lo hemos pasado. Estamos juntos, estamos en casa. No pensemos en nada más…

No nombraron a Jean-Marie; no podían pronunciar su nombre sin echarse a llorar, y no querían llorar. Ambos seguían teniendo un inmenso deseo de ser felices; tal vez porque se habían querido mucho, habían aprendido a vivir al día, a olvidarse voluntariamente del mañana.

No tenían hambre. Abrieron un tarro de mermelada y una caja de galletas, y Jeanne preparó con infinito cuidado un café del que sólo quedaba un cuarto de libra, un puro moka que hasta entonces habían reservado para las grandes ocasiones.

– ¿Y qué ocasión más grande se nos va a presentar? -dijo Maurice.

– Ninguna como ésta, espero -respondió Jeanne-. Sin embargo, no hay que olvidar que si la guerra dura no encontraremos un café como éste así como así.

– Casi le das el sabor del pecado -dijo Maurice aspirando el aroma que salía de la cafetera.

Tras el ligero tentempié, abrieron la ventana y se sentaron ante ella. Ambos tenían un libro sobre las rodillas, pero no leían. Al final se quedaron dormidos el uno junto al otro, cogidos de la mano.

Pasaron varios días bastante tranquilos. Como no llegaban cartas, sabían que no recibirían noticias, ni buenas ni malas. Sólo podían esperar.

A principios de julio, el señor de Furières volvió a París. El conde había hecho una guerra muy aparente, como se decía tras el armisticio de 1919: durante unos meses había arriesgado la vida heroicamente, y luego se había casado con una joven muy rica. Desde entonces se le habían quitado las ganas de jugarse el pellejo, cosa bastante natural. Su mujer tenía amigos influyentes, pero Furières no recurrió a ellos. No siguió exponiéndose al peligro, pero tampoco lo rehuyó. Terminó la guerra sin un rasguño y satisfecho de sí mismo, de su irreprochable conducta ante el enemigo, de su seguridad y buena estrella. En 1939 disfrutaba de una posición social de primer orden: su mujer era una Salomon-Worms y su hermana se había casado con el marqués de Maigle; era miembro del Jockey y sus fiestas y cacerías eran célebres; tenía dos hijas encantadoras, la mayor de las cuales acababa de prometerse. Era bastante menos rico que en 1920, pero había aprendido a prescindir del dinero o procurárselo cuando la ocasión lo requería. Había aceptado el cargo de director del Banco Corbin.

Corbin no era más que un personaje grosero que había iniciado su carrera de un modo bajo, casi indigno. Se contaba que había sido botones en una entidad de crédito de la rue Trudaine. Pero Corbin tenía grandes dotes de banquero y, en el fondo, el conde y él se entendían bastante bien. Ambos eran hombres inteligentes y comprendían que se eran útiles mutuamente, lo que había acabado creando entre ellos una especie de amistad basada en un desprecio cordial, como ocurre con ciertos licores amargos, que una vez mezclados tienen un sabor agradable. «Es un degenerado, como todos los nobles», decía Corbin. «El pobre hombre come con los dedos», comentaba Furières. Con el señuelo de la admisión en el Jockey, el conde obtenía de Corbin todo lo que quería.

En definitiva, Furières se había organizado la vida de un modo muy conveniente. Cuando estalló la segunda gran guerra del siglo, tuvo más o menos la misma sensación que el colegial que ha hincado los codos, que tiene la conciencia tranquila y que, cuando está jugando tan feliz, se encuentra con que lo llaman de nuevo a clase. El conde estuvo a punto de contestar: «¡Una vez, pase, pero dos es demasiado! ¡Que vayan otros!» ¡Pero bueno! ¡Él ya había cumplido! Le habían arrebatado cinco años de su juventud y ahora iban a robarle aquellos años de madurez, tan hermosos, tan valiosos, unos años en los que el hombre comprende al fin lo que va a perder y le urge disfrutarlo.

– No, es demasiado injusto -le dijo a Corbin abrumado al despedirse de él el día de la movilización general-. Estaba escrito allí arriba que no escaparía.

Era oficial en la reserva, así que tenía que ir. Por supuesto, habría podido arreglárselas, pero se lo impidió el deseo de seguir respetándose a sí mismo, un deseo que era muy fuerte en él y que le permitía adoptar una actitud irónica y severa hacia el resto del mundo. De modo que fue. Su chofer, que era de su misma quinta, decía:

– Si hay que ir, se va. Pero, si ellos creen que va a ser como en el catorce, están listos. -En su mente, aquel «ellos» iba dirigido a una especie de mítico senado constituido por la gente cuyo cometido y cuya pasión era mandar a la muerte a los demás-. Si creen que vamos a hacer ni tanto así -y juntaba la uña del pulgar con la del índice-, ni tanto así más de lo estrictamente necesario, se van a llevar un chasco, se lo digo yo.

Ciertamente, el conde de Furières no habría expresado de ese modo sus ideas, que sin embargo eran bastante parecidas a las de su chofer, y éstas, a su vez, no hacían más que reflejar el estado de ánimo de muchos antiguos combatientes, que partieron con sordo rencor o indignada desesperación frente a un destino que por segunda vez en la vida les jugaba una pasada atroz.

Durante la debacle de junio, el regimiento de Furières cayó casi al completo en manos del enemigo. El tuvo la oportunidad de salvarse y la aprovechó. En 1914 habría preferido morir que sobrevivir al desastre. En 1940 optó por vivir. Volvió a su casa señorial de Furières, junto a su mujer, que ya lo lloraba, y sus encantadoras hijas, la mayor de las cuales acababa de hacer una boda muy ventajosa con un joven inspector de Finanzas. El chofer tuvo menos suerte: fue internado en el campo VII A, con el número 55.481.

Apenas regresó, Furières se puso en contacto con Corbin, que se encontraba en la zona libre, y entre los dos empezaron a reorganizar los departamentos del banco, dispersos por el país. La contabilidad estaba en Cahors; los valores, en Bayona, y el secretariado, enviado a Toulouse, en algún lugar entre Niza y Perpiñán. En cuanto a la cartera, nadie sabía qué había sido de ella.

– Es un caos, un desbarajuste, un follón monumental -le dijo Corbin a Furières la mañana de su reencuentro.

Había cruzado la línea de demarcación durante la noche y recibido a Furières en su casa, en su piso parisino, del que los criados habían huido durante el éxodo. El banquero sospechaba que se habían llevado unas maletas completamente nuevas y su frac, lo que no hacía más que aumentar su patriótico furor:

– Usted me conoce. No soy un sensiblero. Pues bien, amigo mío, cuando vi al primer alemán en la frontera, casi me echo a llorar como un niño. Eso sí, un alemán muy correcto, no con esa desfachatez tan francesa, ya sabe, ese aire que parece decir: «¡Con la de veces que hemos comido en el mismo plato!» No, realmente muy correcto: su saludito, una actitud firme pero sin rigidez, muy correcto… Pero ¿qué le parece todo esto, eh? ¿Qué le parece? ¡Menudos oficiales tenemos!

– Permítame -replicó Furières con sequedad-, pero no veo qué se les puede reprochar a los oficiales. ¿Qué quería que hiciéramos sin armas y con hombres flojos y comodones que lo único que querían es que los dejaran en paz de una puñetera vez? Para empezar, que nos hubieran dado hombres.

– Vaya, pues lo que ellos dicen es: «¡No teníamos quien nos mandara!» -repuso Corbin, encantado de humillar a Furières-. Y, entre nosotros, amigo mío, se han visto escenas lamentables…

– Sin los civiles, sin los caguetas, sin esa turba de refugiados que obstruía las carreteras, puede que hubiéramos tenido alguna posibilidad.

– ¡Sí, en eso le doy toda la razón! El pánico ha sido vergonzoso. La gente es increíble. Se les repite durante años: «La guerra total, la guerra total…» Deberían haber estado preparados… ¡Pues no! Enseguida, el pánico, el desorden, la huida… ¿Y por qué? Dígamelo usted. ¡Qué insensatez! Yo me marché porque los bancos recibimos la orden de partir, que si no, como usted comprenderá…

– Lo de Tours debió de ser terrible…

– ¡Terrible, terrible! Pero por la misma razón: la ola de refugiados. No encontré una habitación libre en los alrededores, así que tuve que alojarme en la ciudad, y naturalmente nos bombardearon y le prendieron fuego a todo -explicó Corbin pensando con indignación en la casita de campo en que se habían negado a alojarlo porque ya tenían a unos refugiados belgas que no habían sufrido ningún daño, mientras que él había estado a punto de quedar sepultado bajo los escombros-. Y en ese desorden -prosiguió el banquero- nadie pensaba más que en sí mismo. Qué egoísmo… ¡Eso no da una idea muy optimista del hombre, no señor! En cuanto a sus empleados, se han comportado de un modo lamentable. Ni uno solo fue capaz de reunirse conmigo en Tours. Perdieron el contacto los unos con los otros. Había recomendado a todos los departamentos que no se separaran. ¡Como quien oye llover! Los unos están en el sur y los otros en el norte. No se puede contar con nadie. En situaciones como ésta es cuando cada cual demuestra su valía, su empuje, su iniciativa, sus agallas. ¡Un hatajo de ineptos, se lo digo yo! ¡Un hatajo de ineptos que no piensan más que en salvar el pellejo, que no se preocupan ni de la empresa ni de mí! Así que más de uno va a ir de patitas a la calle, se lo garantizo. Además, no preveo mucho negocio.

La conversación derivó hacia un terreno más técnico, lo que les devolvió la sensación de su importancia, un tanto debilitada por los últimos acontecimientos.

– Un grupo alemán va a volver a comprar las Acerías del Este -dijo Corbin-. Por ese lado no estamos en mala posición. Es cierto que el asunto de los muelles de Ruán…

El rostro del banquero se ensombreció. Furières tenía que marcharse. Su anfitrión quiso acompañarlo y, al llegar al salón, que tenía los postigos cerrados, accionó el interruptor; pero la luz no se encendió. Corbin soltó una maldición.

– ¡Me han cortado la luz! Los muy cabrones…

«Mira que llega a ser vulgar», pensó el conde.

– Haga una llamada y enseguida se lo arreglarán -le aconsejó-. El teléfono funciona.

– ¡Es que no se imagina la desorganización que hay en esta casa! -dijo Corbin ahogándose de furia-. ¡Los criados han puesto tierra de por medio, amigo mío! Como lo oye. ¡Todos! Y me extrañaría que no le hubieran metido mano a la plata. Mi mujer no está. Me encuentro perdido en medio de todo este caos…

– ¿Su señora está en zona libre?

– Sí -gruñó Corbin.

Su mujer y él habían tenido una escena lamentable: en el caos y la precipitación de la huida, o tal vez con toda intención, la doncella había guardado en el neceser de viaje de la señora Corbin un pequeño portarretratos perteneciente al señor y que contenía una foto de Arlette desnuda. Seguramente, el desnudo por sí solo no habría soliviantado a la legítima, que era una persona de mucho sentido común; pero la bailarina llevaba un collar magnífico.

– ¡Te aseguro que es falso! -había exclamado el señor Corbin, descompuesto.

Su mujer no había querido creerlo. En cuanto a Arlette, no había vuelto a dar señales de vida. No obstante, se aseguraba que estaba en Burdeos y que se la veía a menudo en compañía de oficiales alemanes. El recuerdo aumentó el mal humor del señor Corbin, que hizo sonar el timbre con todas sus fuerzas.

– No tengo más que a la mecanógrafa -le explicó a Furières-, una chica a la que recogí en Niza. Más corta que el día de Navidad, pero bastante guapa. ¡Ah, es usted! -dijo de pronto volviéndose hacia la joven morena que acababa de entrar-. Me han cortado la luz, mire a ver qué puede hacer. Telefonee, grite y apáñeselas; luego me trae el correo.

– ¿El correo? ¿No lo han subido?

– No; está en la portería. Espabile. Tráigalo. ¿O es que cree que le pago por no hacer nada?

– Lo dejo, me da usted miedo -dijo Furières.

Corbin sorprendió la sonrisa levemente desdeñosa del conde; su cólera aumentó. «¡Cursi! ¡Sablista!», pensó, pero se limitó a responder:

– ¿Qué quiere usted? ¡Me sacan de mis casillas!

El correo incluía una carta de los Michaud. Se habían presentado en la central del banco en París, pero, como no habían sabido darles indicaciones precisas, habían escrito a Niza, desde donde habían reexpedido la carta que Corbin tenía en sus manos. En ella, los Michaud le solicitaban instrucciones y dinero. El difuso malhumor del banquero encontró el blanco perfecto.

– Pero… ¡habrase visto! ¡Son el colmo! ¡Estos dos son el colmo! Tú corre, echa los bofes, juégate el tipo por las carreteras de Francia, que mientras tanto el señor y la señora Michaud se toman unas agradables vacaciones en París, y encima tienen la caradura de exigir dinero. ¡Va usted a escribirles! -le ordenó a la aterrorizada mecanógrafa-. ¡Escriba, escriba!:


París, 25 de julio de 1940

Señor Maurice Michaud

Rue Rousselet 23 París VII°


Muy señor mío:

El pasado 11 de junio les dimos, tanto a usted como a la señora Michaud, la orden de incorporarse a su puesto en el lugar al que se había replegado la entidad, es decir, Tours. No ignora usted que, en estos momentos decisivos, todo empleado de banca, y en particular aquellos que como usted ocupan puestos de confianza, puede equipararse a un combatiente. Sabe perfectamente lo que en circunstancias como las presentes significa abandonar el puesto. El resultado de la ausencia de ambos ha sido la total desorganización de los departamentos que les habían sido confiados: el secretariado y la contabilidad. No es éste el único reproche que podemos dirigirles. Como sin duda recordarán, cuando, llegado el momento de pagar las gratificaciones del pasado 31 de diciembre, solicitaron ustedes ver aumentadas las suyas a tres mil francos, se les señaló que, pese a mi buena voluntad hacia sus personas, me resultaba imposible, por cuanto su rendimiento había sido mínimo en comparación con el que habíamos obtenido de sus predecesores. En estas condiciones, lamentando que hayan esperado tanto tiempo para ponerse en contacto con la dirección, consideramos la falta de noticias suyas hasta el día de hoy como una dimisión, tanto en lo que concierne a usted como en lo referente a la señora Michaud. Dicha dimisión, que es decisión exclusivamente suya y que no ha ido precedida por ningún aviso, no nos obliga a pagarles ninguna indemnización. No obstante, habida cuenta de su larga presencia en la entidad y de las extraordinarias circunstancias actuales, les concedemos, a título excepcional y puramente gracioso, una indemnización equivalente a dos meses de sus respectivos sueldos. Le adjuntamos la cantidad de… en un cheque barrado a su nombre del Banco de Francia, París. Sírvase acusar recibo en la debida forma y acepte nuestros respetuosos saludos.

Corbin


Aquella carta sumió a los Michaud en la desesperación. Sus ahorros no llegaban a los cinco mil francos, porque los estudios de Jean-Marie habían sido caros. Con los dos meses de indemnización y esa cantidad, apenas tenían quince mil francos, y debían dinero al recaudador. En esos momentos era prácticamente imposible encontrar trabajo; los puestos escaseaban y estaban mal pagados. Por otro lado, siempre habían vivido aislados; no tenían parientes ni nadie a quien pedir ayuda. Estaban agotados por el viaje y angustiados por la incertidumbre sobre la situación de su hijo. A lo largo de una vida no exenta de penurias, más de una vez, cuando Jean-Marie era pequeño, la señora Michaud había pensado: «Si tuviera la edad de salir adelante solo, nada me afectaría realmente.» Sabía que era fuerte y estaba sana, se sentía con ánimos, no temía por ella ni por su marido, del que no se habría separado ni con el pensamiento.

Ahora Jean-Marie era un hombre. Dondequiera que estuviese, si es que seguía vivo, ya no la necesitaba. Pero eso no le servía de consuelo. Para empezar, no podía imaginar que su niño no la necesitara. Y al mismo tiempo comprendía que ahora era ella la que lo necesitaba a él. Toda su valentía la había abandonado; veía la fragilidad de Maurice; se sentía sola, vieja, enferma. ¿Cómo iban a arreglárselas para encontrar trabajo? ¿De qué vivirían cuando hubieran gastado aquellos quince mil francos? Ella tenía cuatro joyas de nada: las amaba. «No valen nada», se decía siempre, pero en el fondo de su corazón no podía creer que aquel pequeño broche de perlas tan bonito, o aquel modesto anillo adornado con un rubí, regalos de Maurice en sus años jóvenes y que tanto le gustaban, no pudieran venderse a un buen precio. Se los ofreció a un joyero del barrio y, a continuación, a un gran establecimiento de la rue de la Paix. Ambos los rechazaron: el broche y la sortija eran trabajos finos, pero a los joyeros sólo les interesaban las piedras, y aquéllas eran tan pequeñas que no salía a cuenta comprarlas. En su fuero interno, la señora Michaud se alegró de poder conservar sus joyas, pero el hecho estaba ahí: eran su único recurso. Y el mes de julio ya había pasado, llevándose un buen pellizco de sus ahorros. Al principio, los dos pensaron en ir a ver a Corbin, explicarle que habían hecho todo lo que estaba en sus manos por llegar a Tours y decirle que, si persistía en despedirlos, al menos les debía la indemnización prevista para esos casos. Pero conocían demasiado bien al banquero para no saber que estaban indefensos ante él. No tenían los medios necesarios para demandarlo, y Corbin no se dejaba intimidar así como así. Además, sentían una invencible repugnancia a tratar con aquel hombre, al que detestaban y despreciaban.

– No puedo hacerlo, Jeanne. No me lo pidas, no puedo -decía Maurice con su suave y débil voz-. Creo que si lo tuviera delante le escupiría a la cara, y eso no arreglaría las cosas.

– No -reconoció Jeanne sonriendo a su pesar-. Pero estamos en una situación desesperada, cariño mío. Es como si fuéramos hacia un enorme agujero y a cada paso viéramos cómo disminuye la distancia, sin poder hacer nada para escapar. Es insoportable.

– Pues tendremos que soportarlo -respondió él con voz tranquila, en el mismo tono que había utilizado en 1916 cuando lo hirieron y ella fue a verlo al hospita «Considero que mis probabilidades de curación son de cuatro sobre diez.» Pero se lo había pensado mejor y rectificado: «Tres y media, para ser exacto.»

Jeanne le puso la mano en la frente con dulzura, con ternura, pensando con desesperación: «¡Ah, si Jean-Marie estuviera aquí nos protegería, nos salvaría! El es joven, es fuerte…» En su interior, se mezclaban de un modo curioso la necesidad de proteger de la madre y la necesidad de protección de la mujer. «¿Dónde estará mi pobre pequeño? ¿Estará vivo? ¿Estará bien? ¡No puede ser, Dios mío, no puede ser que esté muerto!», se dijo, y el corazón se le heló en el pecho al comprender que, por el contrario, era muy posible. Las lágrimas que había contenido valerosamente durante tantos días brotaron de sus ojos.

– Pero ¿por qué siempre nos toca sufrir a nosotros y a la gente como nosotros? -exclamó con rabia-. A la gente normal, a la clase media. Haya guerra, baje el franco, haya paro o crisis, o una revolución, los demás salen adelante. ¡A nosotros siempre nos aplastan! ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho? Pagamos por todo el mundo. ¡Claro, a nosotros nadie nos teme! Los obreros se defienden y los ricos son fuertes. Pero nosotros, nosotros somos los que pagamos los platos rotos. ¡Que alguien me diga por qué! ¿Qué ocurre? No lo entiendo. Tú eres un hombre, tú deberías comprenderlo -le espetó a Maurice, colérica, sin saber a quién culpar de la situación en que se encontraban-. ¿Quién se equivoca? ¿Quién tiene razón? ¿Por qué Corbin? ¿Por qué Jean-Marie? ¿Por qué nosotros?

– Pero ¿qué quieres comprender? No hay nada que comprender -dijo Maurice tratando de calmarla-. El mundo está regido por leyes que no se han hecho ni para nosotros ni contra nosotros. Cuando estalla una tormenta, no le echas la culpa a nadie; sabes que el rayo es el resultado de dos electricidades contrarias, que las nubes no te conocen. No puedes hacerles ningún reproche. Además, sería ridículo, no lo entenderían.

– Pero no es lo mismo. Éstos son fenómenos puramente humanos.

– Sólo en apariencia, Jeanne. Parecen provocados por fulano o mengano, o por determinada circunstancia; pero ocurre como en la naturaleza: a un período de calma le sucede la tempestad, que tiene su comienzo, su punto culminante y su final, y a la que siguen otros períodos de tranquilidad más o menos largos. Por desgracia para nosotros, hemos nacido en un siglo de tempestades, eso es todo. Pero al final se apaciguarán.

– Vale -murmuró ella, que no quería seguirlo por aquel terreno abstracto-. Pero ¿y Corbin? Corbin no es una fuerza de la naturaleza, ¿verdad?

– Es una especie dañina, como los escorpiones, las serpientes y las setas venenosas. En el fondo, parte de la culpa es nuestra. Siempre hemos sabido cómo era Corbin. ¿Por qué seguimos trabajando para él? Uno no toca las setas venenosas, ¿verdad?; pues, del mismo modo, hay que alejarse de las malas personas. Ha habido muchas ocasiones en las que, con un poco de decisión y sacrificio, habríamos podido encontrar otro medio de vida. Recuerda que cuando éramos jóvenes me ofrecieron una plaza de profesor en São Paulo, pero tú no quisiste que me marchara.

– Esa es una historia muy vieja -respondió Jeanne encogiéndose de hombros.

– No, yo sólo decía que…

– Sí, decías que no hay que culpar a la gente. Pero también has dicho que si te encontraras con Corbin le escupirías a la cara.

Siguieron discutiendo, no porque esperaran, ni siquiera desearan, convencer al otro, sino porque hablando se olvidaban un poco de sus problemas.

– ¿A quién podríamos acudir? -preguntó Jeanne al fin.

– ¿Todavía no has comprendido que a nadie le importa nadie? ¿Aún no?

Jeanne lo miró.

– Qué extraño eres, Maurice… Te han pasado cosas como para estar amargado y desencantado, y sin embargo no eres infeliz, quiero decir, interiormente. ¿Me equivoco?

– No.

– Pero entonces, ¿qué te consuela?

– La certeza de mi libertad interior -respondió Maurice tras un instante de reflexión-, que es un bien precioso e inalterable, y de que conservarlo o perderlo sólo depende de mí. De que las pasiones llevadas hasta el extremo, como ahora, acaban por apagarse. De que lo que ha tenido un comienzo tendrá un final. En una palabra, de que las catástrofes pasan y hay que procurar no pasar antes que ellas, eso es todo. Así que lo primero es vivir: Primum vivere. Día a día. Vivir, esperar, confiar.

Jeanne lo escuchó sin interrumpirlo. De pronto, se levantó y cogió el sombrero, que había dejado sobre la chimenea. Maurice la miró sorprendido.

– ¡Y yo -exclamó ella- digo que «a Dios rogando y con el mazo dando»! Así que me voy a ver a Furières. Siempre se ha portado muy bien conmigo y nos ayudará, aunque sólo sea para fastidiar a Corbin.

No se equivocaba. Furières la recibió y le prometió que su marido y ella recibirían una indemnización equivalente a seis meses de sus respectivos salarios, lo que elevaba su capital a sesenta mil francos.

– ¿Lo ves? Me he espabilado, y Dios me ha ayudado -le dijo a su marido al volver a casa.

– ¡Y yo he esperado! -respondió él sonriendo-. Los dos teníamos razón.

Ambos estaban muy contentos por el resultado de la gestión, pero sentían que ahora su mente, liberada de la preocupación por el dinero, al menos en el futuro inmediato, se dejaría invadir totalmente por la angustia por su hijo.

<p>29</p>

En otoño, Charles Langelet volvió a casa. Las porcelanas habían sobrevivido al viaje. El mismo vació las grandes cajas temblando de alegría al tocar, bajo el serrín y el papel de seda, la lisa frescura de una estatuilla de Sèvres o el jarrón rosa heredado de su familia. Apenas podía creer que estuviera en casa, que hubiera regresado junto a sus posesiones. De vez en cuando, levantaba la cabeza y contemplaba la deliciosa curva del Sena a través de la ventana, cuyos cristales conservaban los sinuosos adornos de papel engomado.

A mediodía, la portera subió a hacer la limpieza; Charlie todavía no había contratado criados. Felices o desgraciados, los acontecimientos extraordinarios no cambian el alma de un hombre, sino que la precisan, como un golpe de viento que se lleva las hojas muertas y deja al desnudo la forma de un árbol; sacan a la luz lo que permanecía en la oscuridad y empujan el espíritu en la dirección en que seguirá creciendo. Charlie siempre había sido muy prudente con el dinero. Al regreso del éxodo, descubrió que se había vuelto avaro; experimentaba auténtico placer ahorrando todo lo que podía, y se daba cuenta, porque también se había vuelto cínico. Antes no se le habría ocurrido instalarse en una casa desorganizada y llena de polvo; la mera idea de ir al restaurante el mismo día de su regreso le habría hecho renunciar. Pero últimamente le habían ocurrido tantas cosas que ya no se asustaba de nada. Cuando la portera le dijo que, de todos modos, no podría acabar de hacer la limpieza ese día, que el señor no se daba cuenta de la faena que había, Charlie, con voz suave pero firme, le respondió:

– Ya se las arreglará, señora Logre. Trabaje un poco más rápido, y ya está.

– Rápido y bien no siempre van unidos, señor.

– Esta vez tendrán que ir. Se acabaron los tiempos de la comodonería-replicó Charlie con severidad-. Volveré a las seis. Espero que esté todo listo -añadió.

Y, tras lanzar una mirada majestuosa a la portera, que se aguantó la rabia y no replicó, y echar un último y tierno vistazo a sus porcelanas, se marchó. Mientras bajaba la escalera, calculó lo que se ahorraba; ya no tendría que pagarle el almuerzo a la señora Logre. Durante algún tiempo se ocuparía de él dos horas al día; cuando estuviera hecho lo más importante, el piso no necesitaría más que un poco de mantenimiento. Entretanto, buscaría tranquilamente a sus criados, un matrimonio, sin duda. Hasta entonces siempre había tenido un matrimonio, ayuda de cámara y cocinera.

Fue a almorzar a un pequeño restaurante que conocía frente a los muelles del Sena. Dadas las circunstancias, no comió del todo mal. Además, él no era glotón; pero bebió un vino excelente. El dueño le susurró al oído que aún tenía un poco de café auténtico en reserva. Charlie encendió un cigarro y se dijo que la vida era buena. Es decir, no, no era buena; no había que olvidar la derrota de Francia y todos los sufrimientos y humillaciones que llevaba aparejados; pero para él, Charles Langelet, era buena, porque se la tomaba como venía, no se lamentaba por el pasado ni le temía al futuro.

«El futuro será lo que tenga que ser. Me preocupa tanto como esto», se dijo dejando caer la ceniza del cigarro. Tenía su dinero en América, y era una suerte que estuviera bloqueado, porque eso le permitía obtener una disminución de impuestos, o incluso no pagar absolutamente nada. El franco seguiría a la baja durante mucho tiempo. Así que, cuando pudiera tocarla, su fortuna se habría decuplicado. En cuanto a los gastos ordinarios, hacía tiempo que se había preocupado de tener una reserva. Estaba prohibido comprar o vender oro, que ya alcanzaba precios astronómicos en el mercado negro. Charlie recordó con asombro el ataque de pánico que le había inspirado la idea de irse a vivir a Portugal o América del Sur. Algunos de sus amigos lo habían hecho, pero él no era ni judío ni masón, gracias a Dios, se dijo con una sonrisa de desprecio. Nunca le había interesado la política, así que no veía por qué no iban a dejarlo en paz, siendo como era un pobre hombre la mar de tranquilo, totalmente inofensivo, que no se metía con nadie y al que lo único que le importaba en esta vida eran sus porcelanas. Ya más en serio, se dijo que ése era precisamente el secreto de su felicidad en medio de tantos sobresaltos. No amaba nada, al menos nada vivo que el tiempo pudiera alterar y la muerte llevarse; había acertado no casándose, no queriendo tener hijos… Qué equivocados estaban los demás, Dios mío. El único sensato era él.

Pero, volviendo a aquel absurdo plan de expatriarse, lo cierto era que se lo había inspirado la curiosa, la peregrina idea de que en el corto lapso de unos días el mundo cambiaría y se convertiría en un infierno, en el escenario de los peores horrores. Pues bien, ¡todo seguía igual! Se acordó de la Historia Sagrada y la descripción de la tierra antes del Diluvio. ¿Cómo era? ¡Ah, sí! Los hombres construían, se casaban, comían, bebían… Bueno, pues el Libro Sagrado estaba incompleto. Debería añadir: «Las aguas del diluvio se retiraron y los hombres siguieron construyendo, casándose, comiendo, bebiendo…» De todas maneras, los hombres eran lo de menos. Lo que había que preservar eran las obras de arte, los museos, las colecciones. Lo terrible de la guerra de España era que hubieran dejado que las obras de arte perecieran; pero en Francia lo esencial se había salvado, excepto algunos castillos del Loira, desgraciadamente. Era imperdonable, desde luego, pero el vino que había bebido estaba tan bueno que se sentía inclinado al optimismo. Después de todo, había ruinas que eran muy hermosas. En Chinon, por ejemplo. ¿Qué más admirable que aquella sala sin techo y aquellas paredes que habían albergado a Juana de Arco, en las que ahora anidaban los pájaros y en una de cuyas esquinas había crecido un cerezo silvestre?

Finalizado el almuerzo, Charlie decidió dar un paseo, pero las calles le parecieron tristes. Apenas había coches, reinaba un silencio sobrecogedor y se veían ondear grandes estandartes rojos con la cruz gamada por todas partes… Unas mujeres hacían cola ante la puerta de una lechería. Era la primera guerra que veía Charlie. La gente tenía un aspecto deprimente. Se apresuró a coger el metro, único medio de transporte disponible, para ir a un bar que frecuentaba muy regularmente a la una del mediodía o a las siete de la tarde. ¡Qué remansos de paz, esos bares! Eran muy caros y su clientela estaba formada por hombres ricos y más que maduros, a los que no les había afectado ni la movilización ni la guerra. Charlie estuvo un rato solo, pero hacia las seis y media fueron llegando todos, todos los antiguos parroquianos, sanos y salvos, con un aspecto inmejorable y una sonrisa en los labios, acompañados de mujeres encantadoras, bien vestidas y mejor maquilladas, tocadas con unos sombreritos muy coquetos.

– Pero ¡Charlie! ¿De verdad eres tú? -exclamaban-. ¿Qué, ya de vuelta? ¿Muy cansado del viaje?

– París está horrible, ¿verdad?

Y casi enseguida, como si se hubieran reencontrado después del más pacífico, del más normal de los veranos, iniciaban una de esas conversaciones animadas y ligeras que todo lo rozan y en nada profundizan, y a las que Charlie exhortaba al grito de: «¡A otra cosa, señores, nada de honduras!» Entre otras noticias, se enteró de la muerte o la captura de varios jóvenes.

– ¿Cómo? ¡No es posible! -exclamó-. ¡Vaya! No tenía la menor idea… ¡Es terrible! ¡Pobres chicos!

El marido de una de aquellas señoras estaba prisionero en Alemania.

– Recibo noticias suyas con bastante regularidad. No está mal, pero el aburrimiento, ¿sabe usted?… Espero conseguir que lo liberen pronto.

Poco a poco, charlando y escuchando, Charlie iba recuperando el ánimo y el buen humor que el espectáculo de las calles de París había conseguido quitarle por unos instantes; pero lo que acabó de levantarle la moral fue el sombrero de una mujer que acababa de entrar. Todas las señoras iban bien vestidas, pero con una sencillez un tanto afectada que parecía decir: «No piense que una se arregla… Para empezar, no hay dinero, y además no es el momento. Estos son trapos viejos.» En cambio, aquélla llevaba, con gracia, con desparpajo, con una alegría insolente, un delicioso sombrerito nuevo, apenas más grande que un servilletero, hecho con dos pieles de cibelina cosidas entre sí y un velito rojo que flotaba sobre sus cabellos de oro. Cuando vio aquella monería, Charlie se sintió totalmente reconfortado. Era tarde; quería pasar por casa antes de cenar. Había llegado el momento de marcharse, pero no se decidía a separarse de sus amigos.

– ¿Y si cenamos juntos? -propuso alguien.

– Excelente idea -respondió Charlie, entusiasmado; como se parecía a los gatos, que enseguida le cogen cariño a los sitios donde los tratan bien, habló a sus amigos del pequeño restaurante en que tan a gusto había almorzado-. Lo malo es que hay que coger el metro. ¡Peste de metro! Te amarga la vida…

– Yo he podido conseguir gasolina, un permiso… No me ofrezco a llevarlo porque le he prometido a Nadine que la esperaría -dijo la mujer del sombrerito nuevo.

– Pero ¿cómo se las arregla usted? ¡Qué extraordinario, desenvolverse tan bien!

– ¡Bah, no es para tanto! -respondió la mujer sonriendo.

– Entonces, a ver… Quedamos dentro de una hora, hora y cuarto.

– ¿Quiere que pase a recogerlo?

– No, gracias, es usted muy amable, pero está a dos pasos de mi casa.

– No se fíe, mi querido amigo. Ya es de noche. Para eso son muy estrictos.

«¡Pues sí, qué tinieblas!», pensó Charlie cuando emergió del cálido e iluminado sótano a la oscuridad de la calle. Estaba lloviendo; era una noche de otoño de las que tanto le gustaban en otros tiempos, pero entonces el horizonte estaba envuelto en un halo de luz. Ahora todo estaba siniestramente oscuro, como en el interior de un pozo. Por suerte, la boca de metro quedaba cerca.

En casa, Charlie encontró a la señora Logre, que todavía no había acabado y en esos momentos estaba barriendo el piso con expresión abstraída y sombría. Pero el salón estaba listo. Charlie decidió colocar una estatuilla de Sèvres que representaba a Venus ante el espejo, una de sus favoritas, sobre la reluciente superficie de la mesa Chippendale. La sacó de la caja, le quitó el papel de seda que la envolvía y la contempló amorosamente; pero, cuando la llevaba hacia la mesa, llamaron a la puerta.

– Vaya a ver quién es, señora Logre.

La portera salió y, al cabo de unos instantes, regresó diciendo:

– Señor, he hecho correr la voz de que necesita usted criados, y la portera del número seis me envía a una persona que busca colocación. -Y, como Charlie dudaba, añadió-: Es una persona muy seria que ha sido doncella en casa de la señora condesa Barral du Jeu. Luego se casó y dejó de servir, pero ahora su marido está prisionero y ella necesita ganarse la vida. El señor verá.

– Bueno, hágala entrar -dijo Langelet dejando la estatuilla en un velador.

La mujer, visiblemente deseosa de agradar, se presentó de un modo muy correcto, con una actitud prudente y modesta, pero sin servilismos. Era evidente que había servido en buenas casas y que le habían enseñado bien. Mentalmente, Charlie le reprochó que estuviera fuerte; prefería las doncellas pequeñas y enjutas de carnes. Pero aparentaba unos treinta y cinco o cuarenta años, una edad perfecta para una criada, una edad en la que ya se ha dejado de correr detrás de los hombres, pero aún se tiene suficiente salud y fuerza para proporcionar un servicio satisfactorio. Tenía cara redonda y hombros anchos, y vestía con sencillez pero de forma digna; saltaba a la vista que el sombrero y el abrigo eran prendas desechadas por una antigua señora.

– ¿Cómo se llama? -le preguntó Charlie, favorablemente impresionado.

– Hortense Gaillard, señor.

– Muy bien. ¿Busca colocación?

– Verá, señor, hace dos años dejé a la señora condesa Barral du Jeu para casarme. Ya no pensaba volver al servicio doméstico, pero mi marido, que estaba movilizado, fue hecho prisionero, y como el señor comprenderá tengo que ganarme la vida. Mi hermano está parado, con una mujer enferma y una criatura, y depende de mí.

– Comprendo. Yo estaba buscando un matrimonio…

– Lo sé, señor, pero ¿no podría servirle yo? Era primera doncella en casa de la señora condesa y antes serví con la madre de la señora condesa, como cocinera. Podría ocuparme de la cocina y la casa.

– Sí, muy interesante -murmuró Charlie, pensando que era un arreglo muy ventajoso. Naturalmente, quedaba la cuestión del servicio de la mesa. De vez en cuando tenía invitados, aunque ese invierno no esperaba recibir demasiado-. ¿Sabe usted planchar la ropa delicada de caballero? A ese respecto soy muy exigente, se lo advierto.

– Yo era quien planchaba las camisas del señor conde.

– ¿Y la cocina? Como a menudo en el restaurante. Necesito una cocina sencilla pero cuidada.

– Si el señor quiere ver mis referencias…

La mujer las sacó de un bolso de piel de imitación y se las tendió. Charlie leyó una tras otra; estaban redactadas en los términos más elogiosos: trabajadora, perfectamente adiestrada, de una honradez a toda prueba, con muy buena mano para la cocina e incluso la pastelería.

– ¿También la pastelería? Eso está muy bien. Creo, Hortense, que conseguiremos entendernos. ¿Estuvo mucho tiempo con la señora condesa Barral du Jeu?

– Cinco años, señor.

– Y esa señora, ¿está en París? Comprenderá que prefiera informarme personalmente…

– Lo comprendo perfectamente, señor. La señora condesa está en París. ¿Quiere el señor su número de teléfono? Auteuil tres ocho uno cuatro.

– Gracias. Señora Logre, por favor, tome nota. ¿Y respecto al sueldo? ¿Cuánto le gustaría ganar?

Hortense pidió seiscientos francos. Él le ofreció cuatrocientos cincuenta. Hortense se lo pensó. Sus negros, vivos y perspicaces ojillos habían penetrado hasta el alma de aquel señorito prepotente y cebón. «Roñica, chinchorrero -pensó-. Pero me las arreglaré.» Además, el trabajo escaseaba.

– No puedo aceptar menos de quinientos cincuenta -dijo con decisión-. Compréndalo, señor. Tenía algunos ahorros, pero me los comí durante ese espantoso viaje.

– ¿Se marchó de París?

– Durante el éxodo, sí, señor. Nos bombardearon y todo, por no mencionar que casi nos morimos de hambre por el camino. El señor no sabe lo duro que fue…

– Sí que lo sé, sí -respondió Charlie suspirando-. Hice lo mismo que usted. ¡Ah, qué acontecimientos tan tristes! Entonces, quedamos en quinientos cincuenta. Mire, acepto porque creo que usted los vale. Ahora bien, para mí la honradez es fundamental.

– ¡Por Dios, señor! -exclamó Hortense en un tono discretamente escandalizado, como si semejante afirmación hubiera sido injuriosa en sí misma.

Pero, con una sonrisa tranquilizadora, Charlie se apresuró a hacerle comprender que sólo lo había dicho por principio, que ni por un momento ponía en duda su absoluta probidad y que, además, la sola idea de una indelicadeza le resultaba tan insoportable a su mente que no podía pararse a pensar en ella.

– Espero que sea usted hábil y cuidadosa. Poseo una colección a la que tengo en gran estima. No dejo que nadie les quite el polvo a las piezas más valiosas, pero esa vitrina de ahí, por ejemplo, quedará a su cuidado.

Como Charlie parecía invitarla a hacerlo, Hortense echó un vistazo a las cajas a medio vaciar.

– El señor tiene cosas muy bonitas. Antes de entrar al servicio de la madre de la condesa, trabajé para un norteamericano, el señor Mortimer Shaw. Él coleccionaba marfiles.

– ¿Mortimer Shaw? ¡Qué casualidad! Lo conozco bastante, es un gran anticuario.

– Se había retirado de los negocios, señor.

– ¿Y estuvo mucho tiempo con él?

– Cuatro años. Y ésos son todos los sitios en que he servido.

Charlie se levantó y, mientras acompañaba a Hortense a la puerta, en tono alentador le dijo:

– Venga mañana a buscar una respuesta definitiva, ¿le parece? Si las referencias de viva voz son tan buenas como las escritas, de lo que no dudo ni por un instante, dese por contratada. ¿Cuándo podría empezar?

– El mismo lunes, si el señor quiere.

Una vez solo, Charlie se apresuró a cambiarse el cuello y los puños y lavarse las manos. En el bar había bebido bastante. Se sentía extraordinariamente ligero y satisfecho de sí mismo. En lugar de llamar el ascensor, que era un trasto viejo y lento, bajó las escaleras con juvenil agilidad. Iba al encuentro de amigos agradables y de una mujer encantadora, contento porque iba a hacerles conocer aquel pequeño restaurante que había descubierto.

«Me pregunto si aún tendrán aquel borgoña», se dijo. La enorme puerta cochera con hojas de madera esculpida con sirenas y tritones (una maravilla declarada de interés artístico por la Comisión de Monumentos Históricos de París) se abrió y volvió a cerrarse tras él con un sordo y quejumbroso chirrido. Una densa tiniebla lo envolvió apenas traspuso el umbral; pero Charlie hizo caso omiso y, alegre y despreocupado como a los veinte años, cruzó la calle en dirección a los muelles. Se le había olvidado coger la linterna, «pero conozco el barrio como la palma de mi mano -pensó-. No tengo más que seguir el Sena y cruzarlo por el Pont-Marie. No creo que haya mucha circulación». Pero, en el mismo momento en que pronunciaba mentalmente esas palabras, vio aparecer un coche que se acercaba a toda velocidad y cuyos faros, pintados de azul como mandaban las ordenanzas, arrojaban un débil y lúgubre resplandor. Sorprendido, dio un paso atrás, resbaló, notó que perdía el equilibrio, agitó los brazos en el aire y, al no encontrar nada a qué agarrarse salvo el vacío, cayó. El vehículo hizo un extraño zigzag, y una voz de mujer gritó angustiada:

– ¡Cuidado! Demasiado tarde.

«¡Estoy perdido, va a atropellarme! Haber sobrevivido a tantos peligros para acabar así es demasiado… demasiado idiota… Se han burlado de mí… Alguien en algún sitio me está jugando esta grotesca y espantosa pasada…» Como un pájaro que, asustado por un disparo, se aleja de su nido y desaparece, aquel último pensamiento consciente cruzó la mente de Charlie y la abandonó al mismo tiempo que la vida. El alerón del coche le dio de lleno en la cabeza y le destrozó el cráneo. La sangre y la masa encefálica brotaron con tal fuerza que salpicaron a la conductora, una atractiva señora tocada con un sombrerito del tamaño de un servilletero hecho con dos pieles de cibelina cosidas entre sí y un velito rojo que flotaba sobre sus cabellos de oro: Arlette Corail, que había regresado de Burdeos hacía una semana y ahora miraba el cadáver aterrada, murmurando:

– ¡Qué mala pata, Dios mío! ¡Pero qué mala pata!

Era una mujer precavida: llevaba una linterna. Examinó el rostro del hombre, o lo que quedaba de él, y reconoció a Charlie Langelet: «¡Pobre viejo! Yo iba deprisa, sí, pero ¿no podía prestar atención, el muy imbécil? ¿Y ahora qué hago?»

No obstante, recordó que el seguro, el permiso y todo lo demás estaba en orden, y conocía a alguien influyente que arreglaría cualquier cosa por hacerle un favor. Más serena, pero con el corazón todavía palpitante, se sentó en el estribo del coche para tranquilizarse, encendió un cigarrillo, volvió a empolvarse la cara con manos temblorosas y, al cabo de unos instantes, fue en busca de ayuda.


La señora Logre, que por fin había acabado el despacho y la biblioteca, volvió al salón para desenchufar la aspiradora. Al hacerlo, el mango del aparato golpeó la mesa sobre la que descansaba la Venus del espejo. La portera ahogó un grito al ver cómo la estatuilla se estampaba contra el parquet. Venus se hizo añicos la cabeza.

La mujer se secó la frente con el delantal y dudó unos instantes. Luego, dejando la estatuilla donde estaba, con pasos rápidos y silenciosos, sorprendentes en alguien tan grueso, guardó la aspiradora en su sitio y abandonó el piso.

– En fin, le diré que se ha abierto la puerta y la corriente ha tirado la estatua. También es culpa suya. ¿Por qué la ha dejado al borde de la mesa? Además, ¡que diga lo quiera y que reviente! -gruñó colérica.

<p>30</p>

Si a Jean-Marie le hubieran dicho que un día se encontraría en una aldea perdida, lejos de su regimiento, sin dinero, sin posibilidad de contactar con sus padres, sin saber si estaban sanos y salvos en París o yacían en el fondo de un agujero de obús al borde de una carretera, como tantos otros, si le hubieran dicho, sobre todo, que Francia, aun derrotada, seguiría viviendo e incluso conocería momentos felices, no lo habría creído. Pero así era. La misma magnitud del desastre, lo que tenía de irreparable, llevaba aparejado cierto consuelo, como algunos potentes venenos contienen su antídoto. Todos los males que padecía eran irremediables. No podía hacer que la línea Maginot no hubiera sido eludida o rota (no se sabía con certeza), que no hubiera dos millones de soldados prisioneros, que Francia no hubiera sido vencida. No podía hacer funcionar el servicio de correos, el telégrafo o el teléfono, ni conseguir gasolina y un coche para recorrer los veintiún kilómetros que lo separaban de la estación, por la que de todas formas no pasaban trenes ya que la vía estaba destrozada. No podía ir andando hasta París, porque había sido gravemente herido y apenas estaba empezando a levantarse. No podía pagar a sus anfitriones, porque no tenía dinero ni modo de conseguirlo. Todo era superior a sus fuerzas, de modo que sólo podía quedarse tranquilamente donde estaba y esperar.

Esa sensación de absoluta dependencia del mundo exterior le hacía sentir una especie de paz. Ni siquiera tenía ropa propia; su uniforme, desgarrado y medio quemado, estaba inutilizable. Llevaba una camisa caqui y el pantalón de repuesto de un mozo de la granja. Los zapatos los había comprado en el pueblo. No obstante, había conseguido que lo desmovilizaran cruzando clandestinamente la línea de demarcación y dando un domicilio falso, así que no corría peligro de que lo hicieran prisionero. Seguía viviendo en la granja, pero, ahora que estaba mejor, ya no dormía en la cama de la cocina. Le habían dado una habitación sobre el granero del heno. Por una ventana redonda veía un hermoso y apacible paisaje de campos, de fértiles tierras y bosques. Por la noche oía corretear los ratones por el techo y el zureo de las palomas en el palomar.

Una existencia de tan angustiosa incertidumbre sólo es soportable si se vive al día, si cuando cae la noche uno se dice: «Otras veinticuatro horas en las que no ha pasado nada especialmente grave, gracias a Dios. Veremos mañana.» Todos los que rodeaban a Jean-Marie pensaban así o al menos actuaban como si pensaran así. Se ocupaban de los animales, el heno o la mantequilla, y nunca mencionaban el mañana. Por supuesto, hacían planes para el futuro, plantaban árboles que darían frutos dentro de cinco o seis temporadas y engordaban el cerdo que se comerían al cabo de dos años, pero no podían confiar en el futuro inmediato. Cuando Jean-Marie les preguntaba si al día siguiente haría buen tiempo (la frase banal del parisino en vacaciones), le respondían: «Pues ¿qué quiere que le diga? Cualquiera sabe…» ¿Habría fruta? «Puede que haya una poca -decían mirando con desconfianza las pequeñas peras, verdes y duras, que crecían en las ramas protegidas por espalderas-. Pero a saber… Aún no se puede decir… Ya se verá.» La experiencia hereditaria de los caprichos del azar, de las heladas de abril, del granizo que apedrea los campos listos para la cosecha, de la sequía que agosta los huertos en julio, les inspiraba esa sensatez y esa parsimonia, lo que no obstaba para que cada día hicieran lo que hubiera que hacer. No eran simpáticos sino cabales, opinaba Jean-Marie, que apenas conocía el campo. Los Michaud eran gente de ciudad desde hacía cinco generaciones.

Los habitantes de la aldea eran hospitalarios y amables: los hombres, buenos conversadores; y las chicas, presumidas. Cuando se los conocía mejor, se descubrían muestras de aspereza, dureza e incluso maldad cuyo origen tal vez se encontrara en oscuras reminiscencias atávicas, odios y temores seculares, transmitidos por la sangre de generación en generación. Sin embargo, eran generosos. De lo contrario, la granjera no le habría regalado un huevo a una vecina. Cuando vendía un pollo, no perdonaba una perra; pero el día que Jean-Marie insinuó que estaba pensando en marcharse y alegó que no tenía dinero, que no quería ser una carga y que intentaría llegar andando a París, toda la familia lo escuchó en consternado silencio hasta que la madre, con una extraña dignidad, respondió:

– No hace falta hablar así, señor, nos ofende…

– Pero, entonces, ¿qué hago? -preguntó Jean-Marie, que todavía se sentía muy débil y estaba sentado junto a ella, inmóvil y con la cabeza entre las manos.

– No hay nada que hacer. Hay que esperar.

– Ya, bueno, el servicio de correos no tardará en funcionar… -murmuró el joven-. Y si mis padres están en París…

– Cuando llegue ese momento, ya se verá -dijo la mujer.

En ningún sitio habría sido tan fácil olvidarse del mundo. A falta de cartas y periódicos, el único vínculo con el resto del universo era la radio; pero a los campesinos les habían dicho que los alemanes les quitarían los aparatos, así que los habían escondido en el granero o en un viejo armario, o incluso enterrado en los campos con las escopetas de caza que no les habían requisado. La comarca estaba en zona ocupada, muy cerca de la línea de demarcación, pero las tropas alemanas se limitaban a atravesarla y no acantonaban en ella; además, sólo pasaban por el pueblo y nunca subían los dos empinados y pedregosos kilómetros de la cuesta. En las ciudades y en algunos departamentos empezaba a escasear la comida, pero allí era más abundante que nunca, porque los productos no se podían transportar y había que consumirlos. Jean-Marie no había comido tanta mantequilla, tanto pollo, tantas natillas y tantos melocotones en su vida. Se recuperaba rápidamente. Incluso estaba empezando a engordar, le decía la granjera, y en su bondad para con Jean-Marie había el vago deseo de negociar con el Todopoderoso, de ofrecerle una vida salvada a cambio de la que Él tenía entre sus manos; del mismo modo que cambiaba grano para las gallinas por huevos para la cría, intentaba trocar a Jean-Marie por su propio hijo. Jean-Marie lo comprendía, pero eso no disminuía en absoluto su gratitud hacia aquella anciana que tan bien lo había cuidado. Así que procuraba ser útil haciendo reparaciones en la vivienda y trabajando en el jardín.

A veces, las mujeres le hacían preguntas sobre la guerra, sobre esa guerra. Los hombres jamás. Los jóvenes se habían ido; sólo quedaban antiguos combatientes. Sus recuerdos estaban anclados en 1914. El pasado ya había tenido tiempo de filtrarse, de decantarse en su interior, de desprenderse de sus heces, de su veneno, de ser asimilado por las almas; en cambio, los acontecimientos recientes eran confusos y conservaban toda su ponzoña. Además, en el fondo del corazón creían que todo aquello era culpa de los jóvenes, que eran menos fuertes y menos pacientes que ellos y que se habían malacostumbrado en la escuela. Y como Jean-Marie era joven, evitaban educadamente verse obligados a juzgarlo a él y a los de su generación.

Así que todo se confabulaba para adormecer y tranquilizar al soldado, que iba recuperando las fuerzas y los ánimos. Estaba solo casi todo el día; era la época de las grandes labores del campo. Los hombres se marchaban con las primeras luces. Las mujeres se atareaban con los animales y en el lavadero. Jean-Marie se había ofrecido a ayudar, pero se le habían reído en la cara. «¡No se tiene en pie y quiere trabajar!» Así que dejaba la casa, cruzaba el corral entre el glugluteo de los pavos y bajaba hasta un pequeño prado rodeado por una cerca. Los caballos pacían: una yegua de pelo castaño dorado con dos potrillos café con leche de cortas y bastas crines negras. De vez en cuando se acercaban a olisquear las patas de la madre, que seguía pastando y agitando impacientemente la cola para espantar las moscas. A veces, uno de ellos volvía la cabeza hacia Jean-Marie, que se tumbaba junto a la cerca, lo observaba con sus negros y húmedos ojos y relinchaba alegremente. Jean-Marie no se cansaba de mirarlos. Le habría gustado escribir la historia imaginaria de aquellos hermosos potrillos, describir aquellos días de julio, aquella tierra, aquella granja, la guerra, a aquellas gentes, a sí mismo… Escribía con un trocito de lápiz que apenas lograba sostener en un pequeño cuaderno escolar que llevaba oculto junto al pecho. Algo en su interior lo inquietaba, llamaba a una puerta invisible, lo impulsaba a garrapatear. Haciéndolo, abría esa puerta, ayudaba a salir a lo que quería nacer. Luego, repentinamente, se desanimaba, se sentía descorazonado, cansado. Estaba loco. ¿Qué hacía allí, escribiendo estúpidas historietas, dejándose mimar por una granjera, cuando sus camaradas habían caído prisioneros, sus desesperados padres lo creían muerto, el porvenir era tan incierto y el pasado tan negro? Pero, mientras se lo preguntaba, uno de los potros se lanzaba alegremente a la carrera y de pronto se detenía, se revolcaba en la hierba, agitaba los cascos en el aire, restregaba el lomo contra el suelo y lo miraba con los ojos brillantes de ternura y malicia. Jean-Marie intentaba describir aquella mirada, buscaba las palabras con avidez, con impaciencia, con una extraña y grata ansiedad. No las encontraba, pero comprendía lo que sentía el potro, lo buena que estaba la fresca y crujiente hierba, lo pesadas que eran las moscas, el gesto libre y orgulloso con que alzaba el hocico, y trotaba, y coceaba… Escribía a vuelapluma unas cuantas frases incompletas y torpes; pero no era eso lo esencial, lo esencial llegaría. Cerraba el cuaderno y se quedaba quieto, con las manos abiertas y los ojos cerrados, cansado y feliz.

Cuando volvió, a la hora de la cena, comprendió al instante que durante su ausencia había ocurrido algo. El mozo había ido al pueblo a buscar pan; traía cuatro hermosas y doradas hogazas en forma de corona sujetas al manillar de la bicicleta. Las mujeres lo rodeaban. Al ver a Jean-Marie, una chica se volvió y le gritó:

– ¡Eh, señor Michaud! Estará contento… El correo ha vuelto a funcionar.

– No es posible… -murmuró Jean-Marie-. ¿Estás seguro, muchacho?

– Ya lo creo. La oficina está abierta y he visto gente leyendo cartas.

– Entonces subiré a escribir unas líneas a mi familia e iré a llevarlas al pueblo. Me dejarás la bicicleta, ¿verdad?

En el pueblo, no sólo echó la carta al correo, sino que también compró los periódicos, que acababan de llegar. ¡Qué extraño era todo! Se sentía como un náufrago que ha vuelto a su país, a la civilización, a la sociedad de sus semejantes. En la pequeña plaza, la gente leía las cartas llegadas con el correo de la tarde. Se veían mujeres llorando. Muchos prisioneros daban noticias sobre su paradero por primera vez, pero también los nombres de los camaradas caídos. Tal como le habían pedido en la granja, Jean-Marie preguntó si alguien sabía algo de Labarie hijo.

– ¡Ah! ¿Es usted el soldado que vive allí arriba? -respondieron las campesinas-. Nosotras no sabemos nada, pero ahora que llegan las cartas pronto nos enteraremos de dónde están nuestros hombres.

Una de ellas, una anciana que para bajar al pueblo se había puesto un sombrerito negro acabado en punta y adornado con una rosa de trapo que le pendía sobre la frente, dijo sollozando:

– A veces es mejor no saber nada. ¡Ojalá no hubiera recibido yo este maldito papel! Mi muchacho, que era marinero en el Bretagne, desapareció cuando los ingleses torpedearon el barco, dice aquí. ¡Qué desgracia tan grande!

– No hay que desesperar, mujer. Desaparecido no quiere decir muerto. ¡A lo mejor está prisionero en Inglaterra!

Pero, por más que le decían, la anciana no paraba de menear la cabeza y hacer temblar la flor artificial en su tallo de latón.

– ¡Que no, que no, mi pobre muchacho ha desaparecido! Qué desgracia tan grande…

Jean-Marie tomó el camino de la granja. Al final de la cuesta vio a Cécile y Madeleine, que habían salido a su encuentro.

– ¿Sabe algo de nuestro hermano? -le preguntaron a la vez-. ¿No le han dicho nada de Benoît?

– No, pero eso no significa nada. ¿Saben cuánto retraso lleva el correo?

La madre, por su parte, no preguntó nada. Se llevó la reseca y amarillenta mano a la frente para protegerse del sol y lo miró. Jean-Marie negó con la cabeza. La sopa estaba en los platos, los hombres habían vuelto del campo y todo el mundo se sentó a la mesa.

Acabada la cena, después de fregar los cacharros y barrer la sala, Madeleine fue al huerto por guisantes. Jean-Marie la siguió. Pensaba que no tardaría en marcharse de la granja y todo, a sus ojos, adquiría mayor belleza, mayor paz.

En los tres últimos días, el calor había apretado; sólo dejaba respirar cuando llegaba la noche. A esa hora, el jardín era un sitio delicioso; el sol había marchitado las margaritas y los claveles blancos que bordeaban el huerto, pero los rosales que crecían cerca del pozo estaban cuajados de flores; junto a los panales, un macizo de pequeñas rosas rojas exhalaba un aroma azucarado, almizclado, meloso. La luna llena tenía el color del ámbar y resplandecía con tanta fuerza que el cielo parecía iluminado hasta sus profundidades más lejanas por una claridad homogénea, serena, de un verde suave y transparente.

– Qué bonito ha sido este verano -dijo Madeleine, que había cogido un cesto y avanzaba en dirección a las matas de guisantes-. Sólo ocho días de mal tiempo a principios de mes, y luego ni una gota de lluvia, ni una nube… Como siga así nos quedaremos sin verduras… Además, con este calor se trabaja peor. Pero da igual, es bonito, como si el cielo quisiera consolar a este pobre mundo. Si quiere ayudarme, adelante, no le dé apuro -añadió la joven.

– ¿Y la Cécile?

– La Cécile está cosiendo. Se está haciendo un vestido muy bonito para ir a misa este domingo.

Sus ágiles y fuertes dedos se hundían entre las verdes y tiernas hojas de las matas, partían los tallos e iban llenando el cesto de guisantes. Madeleine trabajaba con la cabeza baja.

– Entonces, ¿nos va a dejar?

– Debo hacerlo. Tengo muchas ganas de ver a mis padres y he de buscar trabajo, pero…

Los dos se quedaron callados.

– Por supuesto, no podía quedarse aquí toda la vida -murmuró Madeleine bajando aún más la cabeza-. La vida, ya se sabe… La gente se conoce, se separa…

– Se separa -repitió él en voz baja.

– En fin, ahora ya está totalmente recuperado. Ha recobrado el color…

– Gracias a usted, que me ha cuidado tan bien.

Los dedos se detuvieron entre las hojas.

– ¿Ha estado a gusto entre nosotros?

– Ya sabe que sí.

– Entonces, no vaya a dejarnos sin noticias… Tendrá que escribirnos -repuso Madeleine, y Jean-Marie vio sus ojos, muy cerca, llenos de lágrimas.

Ella se apresuró a apartar el rostro.

– Por supuesto que escribiré. Se lo prometo -respondió Jean-Marie, y le rozó la mano tímidamente.

– Ya, es lo que se suele decir… A nosotros, cuando se haya ido, nos sobrará tiempo para pensar en usted. Dios mío… Ahora todavía es época de trabajo, no paramos de la mañana a la noche. Pero viene el otoño, y luego el invierno, y no hay más que dar de comer a los animales. El resto del tiempo lo matamos en casa viendo caer la lluvia y después la nieve. A veces me digo que debería ir a buscar trabajo a la ciudad…

– No, Madeleine, no haga eso. Prométamelo. Será más feliz aquí.

– ¿Usted cree? -murmuró la chica con una voz extraña y, cogiendo el cesto, se apartó de él.

El follaje le ocultaba la cara. Jean-Marie arrancaba guisantes maquinalmente.

– ¿Es que cree que podré olvidarla? -dijo al fin-. ¿Cree que tengo tan buenos recuerdos que me olvidaré de éstos? Figúrese: la guerra, el horror, la guerra…

– Pero ¿y antes? No siempre ha habido guerra… ¿Antes no hubo…?

– ¿Qué? -Madeleine no respondió-. ¿Quiere decir mujeres, chicas?

– ¡Pues claro!

– Nada demasiado interesante, mi querida Madeleine.

– Pero se va. -Y, ya sin fuerzas para retener las lágrimas, dejó que resbalaran por sus sonrosadas mejillas y, con voz entrecortada, confesó-: A mí me da pena que se vaya. No debería decírselo, se reirá de mí, y Cécile todavía más… pero no me importa… Me da pena que se vaya.

– Madeleine…

La chica se irguió y sus ojos se encontraron. El se acercó y la cogió por la cintura; pero, cuando quiso besarla, ella lo rechazó con un suspiro.

– No, no es eso lo que quiero… Es demasiado fácil…

– ¿Y qué quiere, Madeleine? ¿Que le prometa que jamás la olvidaré? Puede creerme o no, pero es la verdad, no la olvidaré -dijo él cogiéndole la mano y besándosela.

Ella enrojeció de dicha.

– ¿De verdad quería meterse monja, Madeleine?

– Sí, de verdad. Antes sí quería, pero ahora… No es que haya dejado de amar a Dios, pero creo que no estoy hecha para eso.

– ¡Claro que no! Usted está hecha para amar y ser feliz.

– ¿Feliz? No lo sé; pero creo que estoy hecha para tener marido e hijos, y si el Benoît no ha muerto… pues…

– ¿Benoît? No sabía…

– Sí, habíamos hablado… Yo no quería. Pensaba meterme monja. Pero si vuelve… Es un buen chico…

– No lo sabía… -repitió Jean-Marie.

¡Qué reservados eran aquellos campesinos! Cautos, desconfiados, cerrados con dos vueltas, como sus enormes armarios. Había pasado más de dos meses entre ellos y nunca había sospechado que existiera una relación entre Madeleine y el hijo de la granjera. Ahora que lo pensaba, apenas le habían dicho una palabra del tal Benoît… Nunca hablaban de nada. Pero lo tenían en la cabeza.

La granjera llamó a Madeleine y ellos volvieron a la casa. Pasaron unos días. Seguían sin llegar noticias de Benoît, pero Jean-Marie no tardó en recibir carta de sus padres, que también le enviaban dinero. No había vuelto a encontrarse a solas con Madeleine. Estaba claro que los vigilaban. Se despidió de toda la familia, reunida en el umbral de la puerta. Era un día lluvioso, el primero desde hacía semanas; un viento frío soplaba desde las colinas. Cuando Jean-Marie se marchó, la granjera volvió a entrar en la casa, pero las dos chicas se quedaron en la puerta largo rato, escuchando el ruido de la carreta en el camino.

– ¡Bueno, ya iba siendo hora! -exclamó Cécile, como si hubiera retenido largamente y con esfuerzo un torrente de palabras furiosas-. Por fin podremos conseguir que trabajes un poco. últimamente estabas en la luna, me lo dejabas todo a mí…

– ¡Mira quién fue a hablar! Si lo único que has hecho ha sido coser y mirarte en el espejo… Ayer fui yo quien tuvo que ordeñar las vacas, cuando te tocaba a ti -se encendió Madeleine.

– ¿Y a mí qué me cuentas? Fue mamá quien te lo mandó.

– Me lo mandó mamá, pero no creas que no sé quién fue a calentarle la cabeza.

– ¡Bah, piensa lo que quieras!

– ¡Hipócrita!

– ¡Desvergonzada! Y querías ser monja…

– ¡Como si tú no le hubieras ido detrás! Lo que pasa es que él no te hacía ni caso…

– ¿Y a ti sí? Claro, por eso se ha ido y no volverás a verlo…

Por unos instantes las dos hermanas, rabiosas, se miraron echando chispas por los ojos. Luego, una expresión dulce y sorprendida suavizó el rostro de Madeleine.

– ¡Vamos, Cécile! Siempre hemos sido como hermanas… Nunca nos habíamos peleado así… ¡Venga, no merece la pena! Al final no ha sido ni para ti ni para mí. -Madeleine le echó los brazos al cuello, pues Cécile se había puesto a llorar-. Ya está, ¡ea!, ya está… Sécate los ojos. Tu madre verá que has llorado.

– Mamá… no dice nada, pero lo sabe todo.

Las hermanas se separaron; una fue hacia el establo y la otra entró en la casa. Era lunes, día de colada; apenas les dio tiempo a intercambiar un par de frases, pero sus miradas y sonrisas decían que ya se habían reconciliado. El viento arrastraba el humo de la colada hacia el cobertizo. Era uno de esos días tormentosos y oscuros en que se perciben los primeros soplos del otoño en el corazón de agosto. Mientras enjabonaba, escurría y aclaraba, Madeleine no tenía tiempo para cavilaciones y podía adormecer su dolor. Cuando alzaba los ojos, veía el cielo gris y los árboles zarandeados por el viento.

– Es como si hubiera acabado el verano -dijo en cierto momento.

– Mejor. Maldito verano… -gruñó su madre con un dejo de rencor.

Madeleine la miró sorprendida, pero luego se acordó de la guerra, del éxodo, de la ausencia de Benoît, de la desdicha universal, de los que continuaban combatiendo lejos de allí y de los que habían muerto, y siguió trabajando en silencio.

Esa noche, cuando acababa de encerrar a las gallinas y cruzaba el patio corriendo bajo el aguacero, vio a un hombre que se acercaba por el camino a grandes zancadas. El corazón le dio un vuelco; pensó que Jean-Marie había vuelto. Presa de una alegría salvaje, corrió hacia él, pero, cuando estaba a unos pasos, ahogó un grito.

– ¿Benoît?

– Pues sí, soy yo -respondió el hombre.

– Pero ¿cómo…? ¡Qué contenta se va a poner tu madre! Entonces… ¿estás bien? Teníamos tanto miedo de que te hubieran hecho prisionero…

Él rió en silencio. Era un chico alto, de rostro ancho y moreno y ojos claros y francos.

– He estado prisionero, pero poco tiempo.

– ¿Te escapaste?

– Sí.

– ¿Cómo?

– Pues… con unos compañeros.

De pronto, mientras lo miraba, Madeleine volvió a sentir su timidez de campesina, aquella capacidad de sufrir y amar en silencio que Jean-Marie le había hecho perder. Dejó de interrogar a Benoît y se limitó a caminar en silencio junto a él.

– ¿Y aquí? ¿Todo bien? -preguntó el joven.

– Todo bien.

– ¿Ninguna novedad?

– No, nada -murmuró ella y, adelantándose, subió los tres peldaños de la cocina y gritó-: ¡Venga corriendo, madre! ¡El Benoît ha vuelto!

<p>31</p>

El invierno anterior -el primero de la guerra- había sido largo y duro. Pero ¿qué decir del de 1940-1941? El frío y la nieve empezaron a finales de noviembre. Los copos caían sobre las casas bombardeadas, sobre los puentes a medio reconstruir, sobre las calles de París, por las que ya no circulaban coches ni autobuses, por las que caminaban mujeres con abrigos de pieles y capuchas de lana, mientras otras tiritaban haciendo cola ante las tiendas; caían sobre las vías del tren, sobre los hilos del telégrafo, que se doblaban bajo su peso y a veces se partían, sobre los uniformes verdes de los soldados alemanes ante las puertas de los cuarteles, sobre los estandartes rojos con la cruz gamada en las fachadas de los edificios públicos. En las gélidas viviendas, la nieve difundía una luz pálida y lúgubre que aumentaba aún más la sensación de frío e incomodidad. En los hogares humildes, los ancianos y los niños pasaban semanas enteras en la cama, el único sitio donde se podía entrar en calor.

Ese invierno, la terraza de los Corte estaba cubierta por una espesa capa de nieve que servía para enfriar el champán. Gabriel escribía junto a un fuego de leña que no conseguía sustituir el añorado calor de los radiadores. Tenía la nariz morada y casi lloraba de frío. Con una mano se apretaba contra el pecho una bolsa de agua caliente y con la otra escribía.

En Navidades, el frío arreció; los pasillos del metro eran el único sitio donde daba un poco de cuartel. Y la nieve seguía cayendo, inexorable, silenciosa y tenaz, sobre los árboles del bulevar Delessert, al que habían regresado los Péricand, porque pertenecían a ese sector de la alta burguesía francesa que prefiere ver a sus hijos privados de pan antes que de títulos, y de ninguna manera podían permitir que se interrumpieran los estudios de Hubert, tan comprometidos ya por los acontecimientos del verano anterior, ni los de Bernard, que acababa de cumplir ocho años, había olvidado todo lo aprendido antes del éxodo y volvía a recitar ante su madre: «La tierra es una bola redonda que no descansa sobre nada», como si en lugar de ocho sólo tuviera siete (¡desastroso!).

Los copos de nieve salpicaban el velo de luto de la señora Péricand cuando pasaba orgullosamente junto a los clientes que hacían cola ante la tienda, sin detenerse hasta llegar al umbral, donde agitaba como una bandera el carnet de prioridad concedido a las madres de familia numerosa.

Bajo la nieve, Jeanne y Maurice Michaud esperaban su turno hombro con hombro, como dos caballos cansados antes de reanudar la marcha.

La nieve cubría la tumba de Charles Langelet en Père-Lachaise y el cementerio de automóviles cercano al puente de Gien: los coches bombardeados, calcinados, abandonados durante el mes de junio, se amontonaban a ambos lados de la carretera, panza arriba o tumbados sobre un costado, con el capó abierto en un enorme bostezo o convertidos en un amasijo de retorcida chatarra. Los campos, silenciosos, inmensos, estaban blancos; durante unos días, la nieve se fundía y los campesinos recuperaban los ánimos. «Qué alegría ver la tierra…», decían. Pero al día siguiente volvía a nevar, y los cuervos graznaban en el cielo. «Este año hay muchos», murmuraban los jóvenes pensando en los campos de batalla, en las ciudades bombardeadas… Pero los viejos respondían: «¡Igual que siempre!» En el campo nada había cambiado; la gente esperaba. Esperaba el final de la guerra, el final del bloqueo, el regreso de los prisioneros, la llegada del buen tiempo.

«Este año no habrá primavera», suspiraban las mujeres viendo pasar febrero y después los primeros días de marzo sin que las temperaturas se suavizaran. La nieve se había fundido, pero la tierra, dura y gris, resonaba como el hierro. Las patatas se helaban. Los animales se habían quedado sin forraje; deberían haber buscado el alimento al aire libre, pero no se veía ni una brizna de hierba. En la aldea de los Labarie, los viejos se atrincheraban tras las grandes puertas de madera, que por la noche aseguraban con clavos. La familia se reunía alrededor de la estufa y las mujeres tejían para los prisioneros sin despegar los labios. Las dos hermanas hacían camisitas y pañales con sábanas viejas: Madeleine se había casado con el Benoît en septiembre y esperaba un hijo. «¡Ah, Dios mío, qué desgracia tan grande!», murmuraban las viejas cuando una ráfaga de viento sacudía la puerta con violencia.

En la granja vecina se oía llorar a un niño que había nacido poco antes de Navidad; la madre tenía otros tres hijos y el marido estaba prisionero. Era una campesina alta y delgada, una mujer pudorosa, callada, reservada, que nunca se quejaba. Cuando le decían: «¿Cómo se las va a arreglar, Louise, sin un hombre en casa, sin nadie que la ayude, con cuatro criaturas y todo ese trabajo?», ella sonreía débilmente, mientras sus ojos permanecían fríos y tristes, y respondía: «No queda más remedio…» Por la noche, cuando los pequeños se dormían, aparecía por casa de los Labarie. Se sentaba con su labor muy cerca de la puerta, para poder oír a sus hijos si se despertaban y la llamaban. Cuando nadie la veía, levantaba furtivamente los ojos y miraba a Madeleine y a su joven marido, sin envidia, sin maldad, con una tristeza muda; luego volvía a clavar los ojos en la labor y, al cabo de un cuarto de hora, se levantaba, cogía sus zuecos y decía a media voz: «Bueno, tengo que irme. Buenas noches a todos y hasta mañana.» Y regresaba a su casa.

Era una noche de marzo. No podía dormir. Casi todas las noches se las pasaba así, intentando conciliar el sueño en aquella cama vacía y helada. Alguna vez había pensado acostar al mayor con ella, pero una especie de temor supersticioso se lo había impedido: aquel sitio tenía que permanecer libre para el ausente.

Esa noche soplaba un fuerte viento, un vendaval que cruzaba la región procedente de las montañas de Morvan. «¡Mañana, otra vez nieve!», había dicho la gente. En su gran casa silenciosa, que crujía como un barco a la deriva, la mujer se dejó ir por primera vez y lloró a lágrima viva. No le había ocurrido cuando su marido se fue en 1939, ni cuando se marchaba después de un breve permiso, ni cuando supo que lo habían hecho prisionero, ni cuando dio a luz sin él. Pero había llegado al límite de sus fuerzas: tanto trabajo… El pequeño, tan fuerte, que la agotaba con su apetito y su llanto; la vaca, que apenas daba leche por culpa del frío; las gallinas, que ya no tenían grano y se negaban a poner; el hielo del lavadero, que había que romper todos los días… Era demasiado, no podía más, se había quedado sin energías, ya ni siquiera quería vivir… ¿Para qué? No volvería a ver a su marido, que la echaba de menos tanto como ella a él y moriría en Alemania… Qué frío hacía en aquella cama tan grande… Sacó la bolsa de agua que había metido hirviendo entre las sábanas dos horas antes y que ya no conservaba ni una pizca de calor, la dejó con suavidad en el suelo y, al retirar la mano, rozó las baldosas heladas, y aún tuvo más frío, un frío que le traspasó el corazón. Los sollozos la agitaban de pies a cabeza. ¿Qué podían decirle para consolarla? «No eres la única…» Eso ya lo sabía, pero otras habían tenido más suerte. Madeleine Labarie, por ejemplo… No le deseaba ningún mal, pero… ¡no era justo! El mundo era demasiado horrible. Estaba aterida. Por mucho que se encogiera bajo las mantas y la colcha, el frío penetraba en su escuálido cuerpo y la calaba hasta los huesos. «Todo esto pasará, la guerra acabará y tu marido volverá», decía la gente. ¡No! ¡No! Ya no se lo creía, aquello duraría y duraría… Si ni siquiera la primavera quería llegar… ¿Cuándo se había visto semejante tiempo en marzo? El mes estaba a punto de acabar y la tierra seguía helada, helada hasta el corazón, como ella. ¡Qué ventarrones! ¡Qué ruido! Seguro que arrancaba un montón de tejas. Se incorporó en la cama, se quedó escuchando unos instantes y, de pronto, su rostro, tenso y empapado de lágrimas, adquirió una expresión más suave, incrédula. El viento había parado; se había ido por donde había venido. Había roto ramas, sacudido los tejados con ciega rabia y barrido los últimos corros de nieve de las colinas; pero ahora la primera lluvia de primavera, densa y todavía fría, caía con fuerza de un cielo sombrío y revuelto por la tormenta, y se abría paso hasta las oscuras raíces de los árboles, hasta el negro y profundo seno de la tierra.


1 La guerra

<p>1 La guerra</p>

Caliente, pensaban los parisinos. El aire de primavera. Era la noche en guerra, la alerta. Pero la noche pasaría, la guerra estaba lejos. Los que no dormían, los enfermos encogidos en sus camas, las madres con hijos en el frente, las enamoradas con ojos ajados por las lágrimas, oían el primer jadeo de la sirena. Aún no era más que una honda exhalación, similar al suspiro que sale de un pecho oprimido. En unos instantes, todo el cielo se llenaría de clamores. Llegaban de muy lejos, de los confines del horizonte, sin prisa, se diría. Los que dormían soñaban con el mar que empuja ante sí sus olas y guijarros, con la tormenta que sacude el bosque en marzo, con un rebaño de bueyes que corre pesadamente haciendo temblar la tierra, hasta que al fin el sueño cedía y, abriendo apenas los ojos, murmuraban: «¿Es la alarma?»

Más nerviosas, más vivaces, las mujeres ya estaban en pie. Algunas, tras cerrar ventanas y postigos, volvían a acostarse. El día anterior, lunes 3 de junio, por primera vez desde el comienzo de la guerra habían caído bombas sobre París. Sin embargo, la gente seguía tranquila. Las noticias eran malas, pero no se las creían. Tampoco se habrían creído el anuncio de una victoria. «No entendemos nada», decían. Las madres vestían a los niños a la luz de una linterna, alzando en vilo los pesados y tibios cuerpecillos: «Ven, no tengas miedo, no llores.» Es la alerta. Se apagaban todas las lámparas, pero bajo aquel dorado y transparente cielo de junio se distinguían todas las calles, todas las casas. En cuanto al Sena, parecía concentrar todos los resplandores dispersos y reflejarlos centuplicados, como un espejo de muchas facetas. Las ventanas mal camufladas, los tejados que brillaban en la ligera penumbra, los herrajes de las puertas cuyas aristas relucían débilmente, algunos semáforos que, no se sabía por qué, tardaban más en apagarse… El Sena los captaba y los hacía cabrillear en sus aguas. Desde lo alto debía de parecer un río de leche. Guiaba a los aviones enemigos, opinaban algunos. Otros aseguraban que eso era imposible. En realidad no se sabía nada. «Yo me quedo en la cama -murmuraban voces somnolientas-, no tengo miedo.» «De todas maneras, basta con que nos toque una vez», respondía la gente sensata.

A través de las vidrieras que protegían las escaleras de servicio de los edificios nuevos, se veían bajar una, dos, tres lucecitas: los vecinos del sexto huían de las alturas. Blandían linternas, encendidas pese a las normas. «No tengo ganas de romperme la crisma en las escaleras. ¿Vienes, Émile?» La gente bajaba la voz instintivamente, como si todo se hubiera poblado de ojos y oídos enemigos. Se oían puertas cerrándose una tras otra. En los barrios populares, el metro y los malolientes refugios estaban siempre llenos, mientras que los ricos preferían quedarse en las porterías, con el oído atento a los estallidos y las explosiones que anunciarían la caída de las bombas, con el alma en vilo, con el cuerpo en tensión, como animales inquietos en el bosque cuando se acerca la noche de la cacería. No es que los pobres fueran más miedosos que los ricos, ni que le tuvieran más apego a la vida; pero sí eran más gregarios, se necesitaban unos a otros, necesitaban apoyarse mutuamente, gemir o reír juntos. No tardaría en hacerse de día; una claridad malva y plata se deslizaba por los adoquines, por los pretiles del río, por las torres de Notre-Dame. Hileras de sacos de arena rodeaban los edificios más importantes hasta la mitad de su altura, tapaban a las bailarinas de Carpeaux de la fachada de la ópera, ahogaban el grito de La Marsellesa en el Arco de Triunfo…

Se oían cañonazos bastante lejanos, pero, a medida que se acercaban, todos los cristales temblaban en respuesta. En habitaciones cálidas con las ventanas cuidadosamente tapadas para que la luz no se filtrara fuera, nacían criaturas, y su llanto hacía olvidar a las mujeres el aullido de las sirenas y la guerra. En los oídos de los moribundos, los cañonazos parecían débiles y carentes de significado, un ruido más en el siniestro rumor que acoge al agonizante como una ola. Acurrucados contra el cálido costado de sus madres, los pequeños dormían apaciblemente, chasqueando la lengua con un ruido parecido al del cordero al mamar. Los carretones de las vendedoras ambulantes, abandonados durante la alerta, esperaban en la calle, cargados de flores frescas.

El sol, muy rojo todavía, ascendía hacia un cielo sin nubes. De pronto, un cañonazo sonó tan cerca de París que los pájaros abandonaron lo alto de todos los monumentos. Grandes pájaros negros, invisibles el resto del tiempo, planeaban en las alturas, extendiendo al sol sus alas escarchadas de rosa; luego llegaban los hermosos palomos, gordos y arrulladores, y las golondrinas, y los gorriones, que brincaban tranquilamente por las calles desiertas. A orillas del Sena, cada álamo tenía su racimo de pajarillos pardos que cantaban con todas sus fuerzas. En el fondo de los subterráneos se oyó al fin una llamada muy lejana, amortiguada por la distancia, una especie de diana de tres tonos. La alerta había acabado.


2

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Esa noche, en casa de los Péricand las noticias de la radio se habían escuchado en consternado silencio, sin hacer comentarios. Los Péricand eran gente de orden; sus tradiciones, su manera de pensar, su raigambre burguesa y católica, sus vínculos con la Iglesia (el hijo mayor, Philippe, era sacerdote), todo, en fin, les hacía mirar con desconfianza al gobierno de la República. Por otro lado, la posición del señor Péricand, conservador de un museo nacional, los ligaba a un régimen que derramaba honores y beneficios sobre sus servidores.

Un gato sostenía con circunspección entre sus puntiagudos dientes un trozo de pescado erizado de espinas: comérselo le daba miedo, pero escupirlo sería una lástima.

Charlotte Péricand opinaba que sólo la mente masculina podía juzgar con serenidad unos acontecimientos tan extraños y graves. Pero ni su marido ni su hijo mayor estaban en casa; el uno cenaba con unos amigos y el otro se encontraba fuera de París. La señora Péricand, que llevaba con mano de hierro todo lo relacionado con la vida diaria -ya fuera el cuidado de la casa, la educación de los hijos o la carrera de su marido-, no aceptaba la opinión de nadie; pero aquello era harina de otro costal. Para empezar, necesitaba que una voz autorizada le dijera lo que convenía pensar. Una vez puesta en la buena dirección, echaba a correr y no había quien la parara. Si le demostraban, con pruebas en la mano, que estaba equivocada, respondía con una sonrisa fría y altiva: «Me lo ha dicho mi padre», o «Mi marido está bien informado». Y su mano enguantada cortaba el aire con un gesto seco.

La posición de su marido la halagaba (en realidad, habría preferido una vida más casera, pero, como Nuestro Señor, en este mundo cada cual tiene que llevar su cruz). Acababa de volver a casa, en un intervalo entre dos de sus visitas, para supervisar los estudios de los chicos, los biberones del benjamín y el trabajo de los criados, pero no le daba tiempo a cambiarse de ropa. En el recuerdo de los jóvenes Péricand, la madre debía permanecer siempre lista para salir, con el sombrero puesto y las manos enguantadas de blanco. (Como era ahorrativa, sus usados guantes despedían un tenue olor a producto químico, recuerdo de su paso por la tintorería.)

Así pues, esa noche acababa de llegar y estaba de pie en el salón, frente al aparato de radio. Iba vestida de negro y tocada con un sombrerito a la moda, una auténtica monería adornada con tres flores y una borla de seda encaramada sobre la frente. Debajo, el rostro estaba pálido y angustiado; acusaba el cansancio y la edad más de lo habitual. La señora Péricand tenía cuarenta y siete años y cinco hijos. Era una mujer visiblemente destinada por Dios a ser pelirroja. Tenía la piel en extremo delicada y ajada por los años, y la nariz, recia y majestuosa, salpicada de pecas. Sus ojos verdes lanzaban miradas tan penetrantes como las de un gato. Pero en el último momento la Providencia debía de haber dudado o considerado que una melena explosiva no armonizaría ni con la irreprochable moralidad de la señora Péricand ni con su posición, y le había dado un cabello castaño mate que perdía a puñados desde el nacimiento de su hijo menor. El señor Péricand era un hombre estricto: sus escrúpulos religiosos le vedaban un sinfín de deseos y el temor por su reputación lo mantenía alejado de lugares inconvenientes. Así que el menor de los Péricand no tenía más que dos años, y entre el sacerdote, Philippe, y el benjamín se escalonaban otros tres chicos, todos vivos, y lo que la señora Péricand llamaba púdicamente tres accidentes, en los que la criatura había llegado casi al término del embarazo pero no había vivido, y que habían llevado a la madre al borde de la tumba en otras tantas ocasiones.

El salón, donde en esos momentos sonaba la radio, era una amplia habitación de equilibradas proporciones cuyas cuatro ventanas daban al bulevar Delessert. Estaba amueblado a la antigua, con grandes sillones y canapés tapizados con tela dorada. Junto al balcón, en su sillón de ruedas, se encontraba el anciano señor Péricand, que estaba impedido y, debido a lo avanzado de su edad, sufría frecuentes regresiones a la infancia. Sólo recobraba totalmente la lucidez cuando se trataba de su considerable fortuna (era un Péricand-Maltête, heredero de los Maltête lioneses). Pero la guerra y sus vicisitudes ya no lo afectaban. Escuchaba con indiferencia, meneando rítmicamente su hermosa barba plateada. Detrás de la señora de la casa, formando un semicírculo, se encontraban sus retoños, incluido el pequeño, que estaba en brazos de la niñera. Ésta, que tenía tres hijos en el frente, había llevado al niño a dar las buenas noches a la familia y aprovechaba su momentánea admisión en el salón para escuchar con ansioso interés las palabras del locutor.

Tras la puerta entreabierta, la señora Péricand adivinaba la presencia de los otros criados; la doncella, Madeleine, llevada por la preocupación, llegó incluso a acercarse al umbral, infracción a las normas que la señora Péricand interpretó como un mal augurio. Del mismo modo, cuando se produce un naufragio todas las clases sociales se juntan en cubierta. Pero el pueblo no sabía mantener la calma. «Cómo se dejan llevar…», pensó la señora Péricand con desaprobación. Era una de esas burguesas que confían en el pueblo. «No son malos, si sabes manejarlos», solía decir en el tono indulgente y un tanto apenado con que se habría referido a un animal enjaulado. Presumía de conservar a sus criados mucho tiempo. Si caían enfermos, ella misma se encargaba de cuidarlos. Cuando Madeleine había tenido anginas, la señora Péricand le había preparado los gargarismos personalmente. Como el resto del día no tenía tiempo, lo hacía por la noche, a la vuelta del teatro. Madeleine se despertaba sobresaltada y no mostraba su agradecimiento hasta pasado un rato, y además de forma bastante fría, pensaba la señora Péricand. Así era el pueblo; nunca estaba satisfecho y, cuanto más se desvivía una por él, más voluble e ingrato se mostraba. Pero la señora Péricand no esperaba más recompensa que la del Cielo.

Se volvió hacia la penumbra del vestíbulo y, con infinita bondad, anunció:

– Si queréis, podéis oír las noticias.

– Gracias, señora -murmuraron unas voces respetuosas, y los criados penetraron de puntillas en el salón: Madeleine, Marie y Auguste, el ayuda de cámara; Maria, la cocinera, avergonzada de que sus manos oliesen a pescado, entró la última.

En realidad, las noticias ya habían acabado. Ahora venía el comentario de la situación, «seria, desde luego, pero no alarmante», aseguraba el locutor. Hablaba con una voz tan clara, tan tranquila, tan campechana, con notas vibrantes cada vez que pronunciaba las palabras «Francia, Patria y Ejército», que sembraba el optimismo en el corazón de sus oyentes. Tenía una forma muy suya de recordar el comunicado según el cual «el enemigo sigue atacando encarnizadamente nuestras posiciones, en las que ha topado con la enérgica resistencia de nuestras tropas». Leía la primera mitad de la frase con un tono ligero, irónico y desdeñoso, como si quisiera decir: «O eso es lo que intentan hacernos creer.» En cambio, enfatizaba cada sílaba de la segunda, subrayando el adjetivo «enérgica» y las palabras «nuestras tropas» con tanta firmeza que la gente no podía dejar de pensar: «Está claro que no hay que preocuparse demasiado.»

La señora Péricand vio las miradas de duda y esperanza que se clavaban en ella y declaró con firmeza:

– ¡No me parece malo en absoluto! -No es que estuviera convencida, pero consideraba que su deber era levantar la moral de quienes la rodeaban.

Maria y Madeleine suspiraron.

– ¿Usted cree, señora?

Hubert, el segundo hijo del matrimonio Péricand, un muchacho de dieciocho años, mofletudo y sonrosado, parecía el único presa de la desesperación y el estupor. Se enjugaba nerviosamente el cuello con el pañuelo hecho un rebujo y, con voz aguda y por momentos ronca, exclamó:

– ¡No es posible! ¡No es posible que hayamos llegado a esto! Pero bueno, ¿a qué esperan para movilizar a todos los hombres? ¡A todos, de los dieciséis a los sesenta, y enseguida! Es lo que deberían hacer, ¿no le parece, madre? -Y salió corriendo hacia la sala de estudio, de donde regresó con un enorme mapa que desplegó sobre la mesa-. ¡Le digo que estamos perdidos! -aseguró midiendo febrilmente las distancias-. Perdidos a menos que… -Al parecer, aún quedaba una esperanza-. Ahora entiendo lo que vamos a hacer -anunció de pronto, con una ancha sonrisa que dejó al descubierto sus blancos dientes-. Lo entiendo perfectamente. Dejaremos que avancen y avancen, y luego los esperaremos aquí y aquí, fíjese, madre… O puede que…

– Sí, sí -respondió ella-. Anda, ve a lavarte las manos y quítate ese mechón de los ojos. ¡Mira qué aspecto tienes!

Enrabietado, Hubert plegó el mapa. Philippe era el único que lo tomaba en serio, el único que le hablaba como a un igual. «¡Familias, os odio!», declamó para sus adentros, y al salir del salón, para vengarse, dispersó de un puntapié los juguetes de su hermano Bernard, que empezó a berrear. «Así aprenderá lo que es la vida», se dijo Hubert. La niñera se apresuró a hacer salir a Bernard y Jacqueline; el pequeño Emmanuel ya se había quedado dormido sobre su hombro. La mujer avanzaba con paso vivo, llevando de la mano a Bernard y llorando a sus tres hijos, a los que veía con los ojos de la imaginación, los tres muertos.

– ¡Miseria y desgracias! ¡Miseria y desgracias! -repetía en voz baja y meneando la entrecana cabeza.

Luego abrió los grifos de la bañera y puso a caldear los albornoces de los niños, sin dejar de murmurar la misma frase, en la que veía resumida no sólo la situación política, sino también su propia existencia: las labores del campo en su juventud, la viudez, el mal carácter de sus nueras y la vida en casas ajenas desde los dieciséis años. Auguste, el ayuda de cámara, regresó a la cocina sin hacer ruido. Su solemne y estúpido rostro mostraba una expresión de desprecio hacia infinidad de cosas. La señora Péricand tomó posesión de la casa. Prodigiosamente activa, aprovechaba el cuarto de hora libre entre el baño de los niños y la cena para hacer recitar las lecciones a Jacqueline y Bernard.

– La Tierra es una esfera que no descansa sobre nada -declamaron sus frescas voces.

En el salón, el viejo Péricand y Albert, el gato, se quedaron solos. El día había sido espléndido. La luz del atardecer iluminaba suavemente los frondosos castaños, y Albert, un minino corriente de color gris que pertenecía a los niños, presa de una alegría frenética, rodaba por la alfombra, saltaba a la chimenea, mordisqueaba la punta de una peonía del jarrón azul oscuro colocado en una consola y delicadamente adornado con una boca de dragón grabada… De pronto, se encaramó de un salto al respaldo del sillón del anciano y le maulló en la oreja. El viejo Péricand levantó hacia él una mano violácea, temblorosa y tan helada como siempre. El felino se asustó y salió huyendo. Iban a servir la cena. Auguste entró en el salón para empujar el sillón de ruedas del inválido hasta el comedor. Cuando estaban sentándose a la mesa, la señora de la casa se quedó bruscamente inmóvil, con la cuchara del jarabe reconstituyente de Jacqueline todavía en la mano.

– Es vuestro padre, niños -dijo al oír una llave que giraba en la cerradura.

En efecto, era el señor Péricand, un individuo rechoncho de andares pausados y un tanto torpes. Su rostro, habitualmente sonrosado y tranquilo, de hombre bien alimentado, estaba muy pálido y traslucía no tanto miedo o preocupación como un asombro extraordinario. Las facciones de quienes hallan una muerte instantánea en un accidente, sin tiempo para sufrir ni asustarse, suelen mostrar una expresión parecida. Leían un libro, miraban por la ventanilla del coche, pensaban en sus asuntos, iban al vagón restaurante, y de pronto están en el infierno.

La señora Péricand hizo amago de levantarse.

– ¿Adrien? -dijo con voz angustiada.

– Nada, nada -se apresuró a murmurar su marido, señalando con la mirada a los niños, su padre y los criados.

Ella comprendió e indicó que siguieran sirviendo. Después, se esforzó en acabar su plato, pero cada bocado le parecía duro e insípido como una piedra y se le atascaba en la garganta. No obstante, repetía las frases que constituían el ritual de todas sus comidas desde hacía treinta años.

– No bebas antes de empezar la sopa -le decía a alguno de los niños-. El cuchillo, cariño…

Luego, cortó en finos trozos el filete de lenguado de su suegro. Al anciano se le preparaban platos exquisitos y complicados, y siempre le servía la propia señora Péricand, que además le llenaba el vaso de agua, le untaba mantequilla en el pan y le anudaba la servilleta alrededor del cuello, porque solía babear en cuanto veía aparecer algo que le gustaba. «Creo -les decía la señora Péricand a sus amigos- que estos pobres ancianos impedidos sufren si los tocan los criados.»

– Siempre debemos mostrar nuestro afecto al abuelito, hijos míos -advirtió a los niños, mirando al anciano con profunda ternura.

En su madurez, el señor Péricand había instituido varias obras benéficas, una de las cuales le era especialmente querida: los Pequeños Arrepentidos del decimosexto distrito, admirable institución que tenía por objeto redimir moralmente a menores implicados en atentados a las buenas costumbres. Siempre se había sabido que, a su muerte, el señor Péricand dejaría cierta cantidad a dicha institución, pero el anciano tenía una forma un tanto irritante de no precisar nunca la suma exacta. Cuando no le gustaba un plato o los niños armaban demasiado escándalo, despertaba de golpe de su letargo y, con voz débil pero clara, decretaba: «Legaré cinco millones a la Obra.» A lo que seguía un embarazoso silencio.

Por el contrario, cuando había comido y dormido a gusto en su sillón, tomando el sol que entraba por la ventana, alzaba hacia su nuera sus apagados ojos, vagos y turbios como los de los niños muy pequeños o los perros recién nacidos.

Charlotte tenía mucho tacto. No exclamaba, como habría hecho cualquier otra: «Tiene mucha razón, padre», sino que con voz suave se limitaba a decir: «¡Dios mío, si le queda mucho tiempo para pensarlo!»

La fortuna de los Péricand era considerable, de modo que habría sido injusto acusarlos de codiciar la herencia del anciano. En cierto modo, más que tenerle apego al dinero, era el dinero el que les tenía apego a ellos. Había un cúmulo de cosas que les pertenecían por derecho, entre otras, los «millones de los Maltête-Lyonnais», que nunca gastarían, que guardarían para los hijos de sus hijos. En cuanto a la Obra de los Pequeños Arrepentidos, era tal el interés que les despertaba que dos veces al año la señora Péricand organizaba conciertos de música clásica para aquellos desventurados; ella tocaba el arpa y afirmaba que en determinados pasajes un coro de sollozos le respondía desde las sombras de la sala.

Los ojos de Péricand padre seguían atentamente las manos de su nuera. Estaba tan distraída y turbada que se olvidó de la salsa. La blanca barba del anciano empezó a agitarse de un modo alarmante. La señora Péricand volvió a la realidad y se apresuró a verter la mantequilla fresca, fundida y espolvoreada con perejil, sobre la marfileña carne del pescado; pero el anciano no recobró la serenidad hasta que ella dejó una rodaja de limón en el borde del plato.

Hubert se inclinó hacia su hermano y le susurró:

– ¿Va mal?

«Sí», respondió el otro con el gesto y la mirada.

Hubert dejó caer las temblorosas manos sobre las rodillas. Su arrebatada imaginación le pintaba vívidas escenas de batalla y de victoria. Era boy scout. Sus compañeros y él formarían un grupo de voluntarios, de francotiradores que defenderían el país hasta el final. En un segundo, recorrió mentalmente el tiempo y el espacio. Sus camaradas y él, un pequeño ejército unido bajo la bandera del honor y la fidelidad, lucharían incluso de noche; salvarían el París bombardeado, incendiado… ¡Qué experiencia tan emocionante, tan maravillosa! El corazón le brincaba en el pecho. Sin embargo, la guerra era algo espantoso y atroz… Embriagado por aquellas visiones, hizo tanta fuerza con el cuchillo que el trozo de rosbif que estaba cortando voló por los aires y aterrizó en el suelo.

– ¡Manazas! -le susurró Bernard, su vecino de mesa, haciéndole la burla por debajo del mantel.

Bernard y Jacqueline, de ocho y nueve años respectivamente, eran dos rubiales delgaduchos y engreídos. En cuanto acabaron el postre, los mandaron a la cama, y el viejo señor Péricand se adormiló en su sitio habitual, junto a la ventana abierta. El suave día de junio se demoraba, se negaba a morir. Cada latido de luz era más débil y más exquisito que el anterior, como si cada uno fuera un adiós lleno de pesar y de amor a la tierra. Sentado en el alféizar de la ventana, el gato contemplaba melancólicamente el horizonte. El señor Péricand iba de aquí para allá por el salón.

– Pasado mañana, mañana quizá, los alemanes estarán a las puertas de París. Se dice que el alto mando está decidido a luchar ante París, en París, detrás de París… Por suerte, la gente todavía no lo sabe, pero de aquí a mañana todo el mundo correrá a las estaciones, se echará a la carretera… Tenéis que salir mañana a primera hora e ir a casa de tu madre, a Borgoña, Charlotte. En cuanto a mí -añadió el señor Péricand, no sin cierto énfasis-, compartiré la suerte de los tesoros que me han confiado.

– Creía que habían evacuado el museo en septiembre… -dijo Hubert.

– Sí, pero el refugio provisional que eligieron en Bretaña no era adecuado, porque, como se ha demostrado, es húmedo como una bodega. No lo entiendo. Se había organizado un comité para la salvaguarda de los tesoros nacionales, dividido en tres grupos y siete subgrupos, cada uno de los cuales designaría una comisión de expertos encargada del repliegue de las obras artísticas durante la guerra, y hete aquí que el mes pasado un vigilante del museo provisional nos advierte que están apareciendo manchas sospechosas en las telas. Sí, un retrato admirable de Mignard tenía las manos roídas por una especie de lepra verde. Nos apresuramos a hacer regresar a París las valiosas cajas, y ahora estoy pendiente de una orden, que no puede tardar, para enviarlas más lejos.

– Pero entonces, nosotros ¿cómo viajaremos? ¿Solos?

– Los niños y tú os marcharéis tranquilamente mañana por la mañana, con los dos coches y, naturalmente, con todos los muebles y el equipaje que podáis llevaros, porque no hay que engañarse: puede que de aquí al fin de semana París haya sido destruido, incendiado y, por si fuera poco, saqueado.

– ¡Eres increíble! -exclamó Charlotte-. Lo dices con una calma…

El señor Péricand volvió hacia su mujer un rostro que iba recuperando poco a poco el tono sonrosado, pero aun así carente de brillo, como el de un cerdo recién sacrificado.

– Es que no puedo creerlo -explicó bajando la voz-. Te hablo, te escucho, decidimos abandonar nuestra casa, echarnos a la carretera, y no puedo creer que esto sea real, ¿comprendes? Ve a prepararte, Charlotte. Que esté todo listo por la mañana. Podréis llegar a casa de tu madre a la hora de la cena. Yo me reuniré con vosotros en cuanto pueda.

La señora Péricand había adoptado la misma expresión resignada y agria que utilizaba junto con su bata de enfermera cuando los niños estaban enfermos; solían arreglárselas para enfermar todos a la vez, aunque de dolencias distintas. En esas ocasiones, ella salía de las habitaciones de sus hijos sosteniendo el termómetro como si blandiese la palma del martirio, y todo en su aspecto era un grito: «¡El último día, Tú reconocerás a los tuyos, dulce Jesús mío!»

– ¿Y Philippe? -se limitó a preguntar.

– Philippe no puede abandonar París.

Ella asintió y salió con la cabeza bien alta. No se hundiría bajo aquella carga. Se las arreglaría para que al día siguiente la familia estuviera lista para partir: un anciano impedido, cuatro niños, los criados, el gato, la plata, las piezas más valiosas del servicio, las pieles, las cosas de los niños, provisiones, el botiquín… Se estremeció.

En el salón, Hubert le imploraba a su padre:

– Deje que me quede. Estaré con Philippe y… No se ría de mí, pero ¿no cree que, si fuera a buscar a mis camaradas, jóvenes, fuertes, dispuestos a todo, podríamos formar una compañía de voluntarios…? Podríamos…

El señor Péricand lo miró y se limitó a decir:

– Mi pobre pequeño.

– ¿Se ha acabado? ¿Hemos perdido la guerra? -balbuceó Hubert-. ¿No es…? ¿No es verdad?

Y de pronto, para su horror, rompió en sollozos. Lloraba como un niño, como habría podido hacerlo Bernard, con la boca muy abierta y las lágrimas resbalándole por las mejillas. La noche llegaba, suave y tranquila. En el aire ya oscuro, una golondrina pasó muy cerca del balcón. El gato soltó un breve maullido de voracidad.


3

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El escritor Gabriel Corte trabajaba en su terraza, entre el oscuro y ondulante bosque y el ocaso de oro verde que se apagaba sobre el Sena. ¡Qué tranquilidad lo rodeaba! A su lado tenía a unos íntimos muy bien educados, sus grandes perros blancos, que permanecían inmóviles con el hocico sobre las frescas losas y los ojos entornados. A sus pies, su amante recogía silenciosamente las hojas que Gabriel iba dejando caer. Sus criados y su secretaria, invisibles tras las vidrieras espejadas, estaban en algún lugar del fondo de la casa, entre los bastidores de una vida que Corte quería que fuera brillante, fastuosa y disciplinada como un ballet. Tenía cincuenta años y sus propios juegos. Era, según el día, el Señor de los Cielos o un pobre autor aplastado por una tarea dura e inútil. Sobre su escritorio había hecho grabar: «Para levantar un peso tan enorme, Sísifo, se necesitaría tu coraje.» Sus colegas lo envidiaban porque era rico. El mismo contaba con amargura que, en su primera candidatura a la Academia Francesa, uno de los electores a los que solicitaron que votara por él respondió con sequedad: «¡Tiene tres líneas de teléfono!»

Era un hombre apuesto, con maneras lánguidas y crueles de gato, manos suaves y expresivas, y un rostro de César un poco grueso. Florence, su amante oficial, a la que admitía en su cama hasta la mañana siguiente (las demás nunca pasaban toda una noche con él), habría sido la única capaz de decir a cuántas máscaras podía parecerse Gabriel, vieja coqueta con dos bolsas lívidas bajo los párpados y cejas de mujer, delgadas, demasiado finas.

Esa tarde trabajaba, como de costumbre, medio desnudo. Su casa de Saint-Cloud estaba construida de tal modo que hasta la terraza, enorme, admirable, adornada con cinerarias azules, escapaba a las miradas indiscretas. El azul era el color favorito de Gabriel Corte. No podía escribir sin tener al lado una pequeña copa de lapislázuli azul intenso. A veces la contemplaba y la acariciaba como a una amante. Por otro lado, lo que más le gustaba de Florence, como le decía a menudo, eran sus ojos, de un azul franco, que le producían la misma sensación de frescura que su copa. «Tus ojos me quitan la sed», murmuraba. Florence tenía una barbilla suave y un tanto adiposa, voz de contralto todavía hermosa, y algo de bovino en la mirada, les decía Gabriel en confianza a sus amigos. «Eso me encanta. Una mujer debe parecerse a una ternera dulce, confiada y generosa, con un cuerpo blanco como la leche, ya sabéis, con esa piel de las viejas actrices, suavizada por los masajes, impregnada por los cosméticos y los polvos.» Corte alzó los finos dedos en el aire y los hizo chasquear como si fueran castañuelas. Florence le tendió un limón cortado y él mordió la pulpa; luego se comió una naranja y unas fresas heladas. Consumía fruta en cantidades asombrosas. La mujer lo miró, casi arrodillada ante él en un puf de terciopelo, en la postura de adoración que a él le gustaba (no habría podido imaginar una mejor). Estaba cansado, pero con el grato cansancio que sigue a un trabajo satisfactorio, todavía mejor que el del amor, como él mismo solía decir. Gabriel contempló a su amante con benevolencia.

– Bueno, no ha ido del todo mal, creo. ¿Y sabes qué? -añadió dibujando un triángulo en el aire y señalando el vértice superior-, el centro ya ha quedado atrás.

Florence sabía a qué se refería. La inspiración solía flaquearle hacia la mitad de la novela. Llegado a ese punto, Corte sufría como un caballo que no consigue sacar su coche de un atolladero. Florence juntó las manos en un gracioso gesto de admiración y sorpresa.

– ¿Ya? Te felicito, cariño mío. Ahora irá sola, estoy segura.

– ¡Dios te oiga! -exclamó Gabriel con aprensión-. Pero me preocupa Lucienne.

– ¿Lucienne?

Corte la fulminó con una mirada dura y fría. Cuando él recuperaba el buen humor, Florence le decía: «Has vuelto a mirarme como un basilisco.» El se reía, halagado, pero cuando estaba poseído por el fuego de la creación odiaba las bromas.

Ella no se acordaba en absoluto del personaje de Lucienne.

– ¡Ah, sí, claro! -mintió-. ¡No sé en qué estaría pensando!

– Yo también me lo pregunto -replicó él con tono herido. Pero la vio tan contrita y humilde que le dio pena y se ablandó-. Te lo digo siempre: no le prestas suficiente atención a los secundarios. Una novela tiene que parecerse a una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que se conoce a fondo. Mira a Proust y algunos otros que han sabido sacarle partido a los secundarios. Los utilizan para humillar, para empequeñecer a sus protagonistas. Nada más saludable en una novela que esa lección de humildad dada a los héroes. Recuerda Guerra y paz: las campesinas que cruzan la carretera riendo ante la carroza del príncipe André lo verán hablar primero para ellas, para sus oídos, y de pronto la visión del lector se eleva: ya no hay un solo rostro, una sola alma. Descubre la multiplicidad de los moldes. Espera, voy a leerte ese pasaje, es notable. Enciende la luz -pidió, porque se había hecho de noche.

– Los aviones -respondió Florence señalando el cielo.

– ¿Es que nunca van a dejarme en paz? -gruñó Gabriel. Odiaba la guerra, que amenazaba algo mucho más importante que su vida o su bienestar: a cada instante destruía el universo de la ficción, el único en que se sentía feliz, como el sonido de una terrible y discordante trompeta que derrumbaba las frágiles murallas alzadas con tanto esfuerzo entre él y el mundo exterior-. ¡Dios! -suspiró-. ¡Qué fastidio, qué pesadilla! -Pero volvió a la tierra-. ¿Tienes los periódicos?

Florence se los llevó sin decir palabra. Salieron de la terraza. Gabriel pasaba las páginas con rostro sombrío.

– Nada nuevo, en definitiva -murmuró. No quería ver nada. Rechazaba la realidad con el gesto asustado e irritado de alguien a quien despiertan en mitad de un sueño. Incluso se puso la mano delante de los ojos a modo de pantalla, como habría hecho para protegerse de una luz demasiado intensa. Florence se acercó al aparato de radio-. No, no la enciendas.

– Pero, Gabriel…

– Te he dicho que no quiero oír nada -repitió él, pálido de ira-. Mañana, mañana será el momento. Ahora las malas noticias (y no pueden ser más que malas, con esos imbéciles en el gobierno) sólo servirían para cortarme el impulso, arrebatarme la inspiración y tal vez provocarme una crisis de angustia esta noche. Mira, más vale que llames a la señorita Sudre. Creo que voy a dictar unas páginas.

Florence se apresuró a obedecer. Cuando volvía al salón tras avisar a la secretaria, sonó el teléfono.

– Es el señor Jules Blanc, que llama de la presidencia del Consejo y desea hablar con el señor -anunció el ayuda de cámara.

Florence cerró cuidadosamente todas las puertas para que ni un solo ruido penetrara en el salón, donde Gabriel y la secretaria estaban trabajando, y cogió el auricular. Entretanto, el ayuda de cámara preparaba, como de costumbre, la cena fría que esperaba el capricho del señor. Gabriel comía poco a mediodía, pero solía tener hambre por la noche. Había sobras de perdigón frío, melocotones, unos deliciosos pastelillos de queso que Florence en persona encargaba en una tienda de la orilla izquierda, y una botella de Pommery. Tras muchos años de reflexión y búsqueda, Gabriel había llegado a la conclusión de que lo único conveniente para su enfermedad de hígado era el champán. Florence escuchaba al teléfono la voz de Jules Blanc, una voz agotada, casi afónica, y al mismo tiempo oía los ruidos familiares de la casa, el débil tintineo de platos y vasos, y el timbre cansado, ronco y profundo de la voz de Gabriel, y se sentía como si estuviera viviendo un confuso sueño. Tras colgar el auricular llamó al ayuda de cámara. Llevaba mucho tiempo a su servicio y estaba hecho a lo que él llamaba «la mecánica de la casa». A Gabriel le encantaba aquel inconsciente pastiche del Grand Siècle.

– ¿Qué hacemos, Marcel? El señor Jules Blanc nos aconseja que nos marchemos.

– ¿Marcharse? ¿Para ir adónde, señora?

– A donde sea. A Bretaña. Al sur. Los alemanes han cruzado el Sena. ¿Qué hacemos? -repitió Florence.

– No sabría decirle, señora -respondió Marcel con tono glacial.

Era un poco tarde para pedirle su opinión. «Para hacer bien las cosas -se dijo Marcel-, habría que haberse ido ayer. ¡Qué pena, comprobar que la gente rica y famosa tiene menos conocimiento que los animales! ¡Por lo menos ellos barruntan el peligro!» A él, por su parte, no le daban miedo los alemanes. Los había visto en el catorce. Ahora ya no era movilizable y lo dejarían tranquilo. Pero estaba escandalizado de que no se hubieran tomado medidas respecto a la casa, los muebles y la plata a su debido tiempo. Se permitió un suspiro apenas perceptible. El lo habría embalado todo, escondido en cajas y puesto a buen recaudo hacía tiempo. Sentía hacia sus señores una especie de desprecio afectuoso, parecido al que sentía por los galgos blancos, hermosos pero sin carácter.

– La señora haría bien en advertir al señor -concluyó.

Florence avanzó hacia el salón, pero, apenas entreabrió la puerta, oyó la voz de Gabrie era la de los peores días, la de los momentos de trance, una voz lenta, ronca, entrecortada por una tos nerviosa. Dio instrucciones a Marcel y la doncella y se ocupó de los objetos más valiosos, los que uno se lleva en la huida, en el peligro. Hizo colocar sobre su cama una maleta ligera y resistente. En primer lugar escondió las joyas que había tenido la precaución de sacar del cofre. Puso encima un poco de ropa interior, los artículos de aseo, dos blusas de repuesto, un sencillo vestido de noche, para tener algo que ponerse nada más llegar, porque había que contar con retrasos en la carretera, un albornoz y unas chinelas, su estuche de maquillaje (que ocupaba bastante sitio) y, naturalmente, el manuscrito de Gabriel. Intentó cerrar la maleta, en vano. Movió el cofrecillo de las joyas y volvió a intentarlo. No, estaba claro que había que sacar algo. Pero ¿qué? Todo era indispensable. Apoyó una rodilla en la maleta, presionó y tiró del cierre inútilmente… Estaba empezando a ponerse nerviosa. Acabó por llamar a la doncella.

– ¿Podrías cerrar esto, Julie?

– Está demasiado llena, señora. Es imposible.

Por un instante, Florence dudó entre el estuche de maquillaje y el manuscrito. Eligió el maquillaje y cerró la maleta.

«Meteremos el manuscrito en la sombrerera -pensó-. ¡Ah, no! Lo conozco: estallidos de ira, un ataque de angustia, la digitalina para el corazón… Mañana veremos. Lo mejor es prepararlo todo para el viaje esta noche y que no se entere de nada. Después ya veremos…»


4

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Los Maltête-Lyonnais habían legado a los Péricand no sólo su fortuna, sino también la predisposición a la tuberculosis. La enfermedad se había llevado a dos hermanas de Adrien Péricand de corta edad. El padre Philippe la había padecido hacía tiempo, pero dos años en la montaña parecían haberlo sanado en el momento en que al fin acababa de ser ordenado sacerdote. No obstante, aún tenía los pulmones delicados y, tras el estallido de la guerra, fue declarado inútil. Sin embargo, su aspecto era el de un hombre sano. Tenía tez sonrosada, espesas cejas negras y apariencia robusta y saludable. Era párroco en un pueblo de Auvernia. Cuando su vocación se confirmó, la señora Péricand lo abandonó al Señor. A ella le hubiese gustado un poco de gloria mundana, que su primogénito estuviera llamado a altos destinos, en lugar de enseñar el catecismo a los hijos de los campesinos del Puy-de-Dôme. Y a falta de un cargo eclesiástico importante, habría preferido para su hijo el claustro antes que aquella mísera parroquia. «Es un desperdicio -le decía con convicción-. Malgastas los dones que te concedió el Todopoderoso.» Pero se consolaba pensando que la dureza del clima le hacía bien. El aire de las grandes altitudes, que había respirado en Suiza durante dos años, parecía habérsele hecho necesario. En París se reencontraba con las calles y las recorría a largas y ágiles zancadas que hacían sonreír a los viandantes, porque la sotana no casaba con aquellos andares.

Esa mañana, Philippe se detuvo ante un inmueble gris y entró en un patio que olía a co la Obra de los Pequeños Arrepentidos del decimosexto distrito ocupaba una casa construida detrás de un edificio alto de viviendas de alquiler. Como lo expresaba la señora Péricand en la carta anual dirigida a los amigos de la Obra (miembro fundador, 500 francos al año; benefactor, 100 francos, y afiliados, 20 francos), allí los niños vivían en las mejores condiciones materiales y morales, entregados al aprendizaje de diversos oficios y a una sana actividad física. A un lado de la casa se alzaba un pequeño hangar acristalado que albergaba un taller de ebanistería y un banco de zapatero. A través de los cristales, el padre Péricand vio las redondas cabezas de los pupilos, que se alzaron un instante al oír sus pasos. En un recuadro de jardín, entre la escalinata y el hangar, dos muchachos de unos quince años trabajaban a las órdenes de un celador. No llevaban uniforme. No se había querido perpetuar el recuerdo de los correccionales, que algunos conocían ya. Vestían ropa confeccionada por personas caritativas que aprovechaban restos de lana y telas en su beneficio. Un muchacho llevaba un jersey verde manzana que le dejaba al descubierto las delgadas y velludas muñecas. Removían la tierra, arrancaban malas hierbas y plantaban macetas con irreprochable disciplina. Saludaron al padre Péricand, que les sonrió. El sacerdote se veía sereno, pero su expresión era seria y un tanto triste. Sin embargo, su sonrisa irradiaba una gran dulzura, al tiempo que un poco de timidez y tierno reproche. «Yo os quiero. ¿Por qué no me queréis vosotros a mí?», parecía decir. Los niños lo miraban en silencio.

– Qué buen tiempo… -dijo Philippe.

– Sí, señor cura -respondieron los chicos con mecánica frialdad.

Philippe murmuró otra frase y entró en el vestíbulo. La casa era gris y pulcra, y la habitación en que se encontraba estaba casi desnuda. El mobiliario se reducía a dos sillas de rejilla. Era el locutorio donde los pupilos recibían a las visitas, toleradas pero no alentadas. Por otra parte, casi todos eran huérfanos. Muy de tarde en tarde, alguna vecina que había conocido a sus difuntos padres o una hermana mayor que servía en provincias se acordaba de ellos y obtenía permiso para verlos. Pero el padre Péricand nunca se había encontrado con nadie en aquel locutorio, contiguo al despacho del director.

El director, un hombre menudo y pálido de párpados sonrosados, tenía una nariz puntiaguda y trémula como un hocico que olfatea la comida. Sus pupilos lo llamaban «la rata» y «el tapir». Al ver entrar a Philippe le tendió los brazos; tenía las manos frías y húmedas.

– No sé cómo agradecerle su bondad, señor cura. ¿Realmente se encargará de nuestros pupilos? -Los niños debían ser evacuados al día siguiente, y a él acababan de llamarlo urgentemente al sur, junto a su esposa enferma-. El celador teme verse desbordado, no poder con nuestros treinta muchachos él solo.

– Parecen muy dóciles -observó Philippe.

– Sí, son buenos chicos. Nosotros los suavizamos, domamos a los más rebeldes… Pero, modestia aparte, todo esto lo hago funcionar yo solo. Los celadores son un poco timoratos. Además, la guerra nos ha privado de uno, y el otro… -Hizo una mueca-. Excelente si no lo sacas de la rutina, pero incapaz de la menor iniciativa. Uno de esos hombres que se ahogan en un vaso de agua. En fin, no sabía a qué santo encomendarme para llevar a buen término la evacuación, cuando su señor padre me dijo que estaba usted de paso, que mañana regresaría a sus montañas y que no se negaría a acudir en nuestra ayuda.

– Lo haré con sumo gusto. ¿Cómo viajarán los chicos?

– Hemos conseguido dos camiones. Tenemos suficiente gasolina. Como sabe, el lugar de acogida se encuentra a unos cincuenta kilómetros de su parroquia. Apenas tendrá que alargar el viaje.

– Tengo libre hasta el jueves -dijo Philippe-. Me sustituye un compañero.

– ¡No, el viaje no durará tanto! Su padre me ha dicho que conoce usted la casa que una dama benefactora ha puesto a nuestra disposición. Es un amplio edificio en medio del bosque. La propietaria lo heredó el año pasado y el mobiliario, que era muy elegante, se vendió poco antes de la guerra. Los chicos podrán acampar en el parque. Y en esta hermosa estación, ¡qué alegría para ellos! Al comienzo de la guerra ya pasaron tres meses en Corrèze, en otra casa de campo amablemente ofrecida a la Obra por una de esas damas. Allí no teníamos ningún medio de calefacción. Por la mañana había que romper el hielo de las jofainas. Los niños se portaron mejor que nunca. Ha pasado el tiempo de las pequeñas comodidades, de la regalada vida en paz. -El sacerdote miró el reloj-. ¿Querría almorzar conmigo, padre? -añadió el director.

Philippe rehusó la invitación. Había llegado a París esa misma mañana, tras viajar toda la noche. Temía que Hubert cometiera no sabía qué locura y había venido a buscarlo, pero la familia salía ese mismo día hacia Nièvre. Philippe quería estar presente cuando se marcharan; no les vendría mal que les echara una mano, pensó sonriendo.

– Voy a anunciar a nuestros pupilos que va usted a reemplazarme -dijo el director-. Tal vez desee dirigirles unas palabras, a modo de primera aproximación. Pensaba hablarles yo, despertar sus mentes a la conciencia de las guerras padecidas por la Patria; pero salgo a las cuatro y…

– Les hablaré yo -respondió el padre Péricand.

Luego, bajó los ojos y se llevó la yema de los dedos a los labios. Una expresión de severidad y tristeza, dirigidas ambas hacia sí mismo, hacia su propio corazón, le cubrió el rostro. No quería a aquellos pobres chicos. Se acercaba a ellos con dulzura, con toda la buena voluntad de que era capaz, pero en su presencia no sentía más que frialdad y repugnancia, ningún arranque de amor, ni el menor asomo de la divina palpitación que despertaban los pecadores más miserables cuando imploraban perdón. En las fanfarronadas de muchos viejos ateos, de muchos blasfemos impenitentes, había más humildad que en las palabras o las miradas de aquellos niños. Su aparente docilidad era espantosa. Pese al bautismo, pese a los sacramentos de la comunión y la penitencia, ningún rayo salvador llegaba hasta ellos. Hijos de las tinieblas, ni siquiera tenían suficiente fuerza espiritual para elevarse hasta el deseo de la luz; no la presentían, no la anhelaban, no la echaban en falta. El padre Péricand pensó enternecido en sus niños de la catequesis. No, tampoco se hacía ilusiones respecto a ellos. Ya sabía que el mal había echado raíces firmes y duraderas en sus jóvenes almas; pero, a veces, qué estallidos de ternura, qué gracia inocente, qué estremecimientos de piedad y horror cuando les hablaba de los suplicios de Cristo… No veía el momento de regresar junto a ellos. Pensó en la ceremonia de la comunión, fijada para el domingo siguiente.

Entretanto, habían llegado a la sala en que acababan de reunir a los pupilos. Las contraventanas estaban cerradas. En la penumbra, Philippe tropezó en el escalón del umbral y tuvo que agarrarse al brazo del director. Miró a los niños temiendo, esperando un estallido de risas ahogadas. A veces basta un incidente tan nimio como aquél para romper el hielo entre profesores y alumnos. Pero no; ninguno rechistó. Pálidos, con los labios apretados y los ojos bajos, esperaban en pie, formando un semicírculo delante de la pared, con los más pequeños en primera línea. Estos tenían entre once y quince años. Casi todos eran bajos y enclenques para su edad. Detrás estaban los adolescentes, de entre quince y diecisiete años. Algunos tenían la frente estrecha y pesadas manos de asesino. Una vez más, en cuanto los tuvo delante, el padre Péricand fue presa de un extraño sentimiento de aversión y casi de miedo. Tenía que vencerlo a toda costa. Avanzó hacia ellos, que retrocedieron imperceptiblemente, como buscando refugio en la pared.

– Hijos míos, a partir de mañana y hasta el final de vuestro viaje, sustituiré al señor director -anunció-. Ya sabéis que vais a abandonar París. Sólo Dios conoce la suerte que correrán nuestros soldados y nuestra amada Patria. Sólo Él, en su infinita sabiduría, conoce la suerte que correremos cada uno de nosotros en los días venideros. Lamentablemente, es muy probable que todos suframos en nuestro corazón, porque las desgracias públicas están hechas de una multitud de desgracias privadas. No obstante, son el único caso en que tomamos conciencia, ciegos e ingratos como somos, de la solidaridad que nos une como a miembros de un mismo cuerpo. Lo que me gustaría pediros es un acto de confianza en Dios. Con la boca pequeña solemos repetir: «Hágase tu voluntad», pero en nuestro fuero interno exclamamos: «¡Hágase mi voluntad, Señor!» Sin embargo, ¿por qué buscamos a Dios? Porque anhelamos la felicidad; la aspiración a la felicidad es un rasgo innato del hombre, y esa felicidad puede dárnosla Dios en esta vida, sin necesidad de esperar la muerte y la Resurrección, si aceptamos su voluntad, si hacemos nuestra esa voluntad. Hijos míos, que cada uno de vosotros se confíe a Dios. Que se dirija a Él como a un padre, que ponga su vida en sus amorosas manos, y la paz divina descenderá sobre él de inmediato. -Philippe esperó un instante, observándolos-. Ahora diremos juntos una breve oración.

Treinta voces agudas e indiferentes recitaron el padrenuestro. Treinta chupados rostros rodeaban al sacerdote; las frentes se inclinaron con un movimiento brusco, mecánico, cuando el padre Péricand hizo la señal de la cruz ante ellas. Un niño de boca grande y amarga fue el único que volvió los ojos hacia la ventana, y el rayo de luz que se colaba entre los postigos iluminó una delicada mejilla cubierta de pecas y una nariz fina y contraída.

Ninguno de ellos se movió ni respondió. A un toque de silbato del celador, se pusieron en fila y abandonaron la sala.


5

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Las calles estaban desiertas. Los comerciantes echaban los cierres de las tiendas. En el silencio, sólo se oía su ruido metálico, ese sonido que con tanta fuerza resuena en los oídos las mañanas de sublevación o guerra en las ciudades amenazadas. Más lejos, en su recorrido habitual, los Michaud vieron camiones cargados esperando a las puertas de los ministerios. Menearon la cabeza. Como de costumbre, se cogieron del brazo para cruzar la avenida de la Opera frente al banco, aunque esa mañana la calzada estaba vacía. Ambos eran empleados de banca y trabajaban para la misma entidad, aunque él ocupaba un puesto de contable desde hacía quince años mientras que ella sólo llevaba unos meses contratada «de forma provisional, hasta que acabe la guerra». Era profesora de canto, pero en septiembre del año anterior había perdido a todos sus alumnos, enviados a provincias por sus familias para protegerlos de los bombardeos. El sueldo del marido nunca había bastado para mantenerlos, y su único hijo estaba en el frente. Gracias a aquel puesto de secretaria habían podido salir adelante; como ella decía: «¡No hay que pedir lo imposible a mi pobre marido!» Su vida nunca había sido fácil desde el día en que escaparon de sus casas para casarse contra la voluntad de sus padres. De eso hacía mucho tiempo. La señora Michaud tenía el pelo gris, pero su delgado rostro todavía conservaba parte de su belleza. Él era de estatura baja y tenía aspecto cansado y descuidado, pero a veces, cuando se volvía hacia ella, la miraba y le sonreía, una llama burlona y tierna iluminaba los ojos de su mujer, la misma, pensaba él, sí, realmente casi la misma de antaño. La ayudó a subir a la acera y recogió el guante que se le había caído. Ella se lo agradeció con un ligero apretón en la mano que él le tendía. Otros empleados convergían hacia la puerta del banco. Al pasar junto a los Michaud, uno de ellos les preguntó:

– ¿Nos vamos, por fin?

Ellos no sabían nada. Era 10 de junio, un lunes. Dos días antes, al salir del trabajo todo parecía tranquilo. Evacuaban los valores a provincias, pero todavía no se había decidido nada sobre los empleados. Su destino se decidiría en el primer piso, donde se encontraban los despachos de dirección, dos grandes puertas pintadas de verde y acolchadas, ante las que los Michaud pasaron rápida y silenciosamente. Se separaron al final del pasillo; él subía a contabilidad y ella se quedaba en la zona privilegiada: era la secretaria de uno de los directores, el señor Corbin, el auténtico mandamás. Su segundo, el señor conde de Furières (casado con una Salomon-Worms), se encargaba más particularmente de las relaciones externas del banco, que tenía una clientela reducida pero muy selecta. Sólo se admitía a los grandes terratenientes y a los nombres más importantes de la industria, preferiblemente metalúrgica. El señor Corbin esperaba que su colega el conde de Furières facilitara su admisión en el Jockey. Llevaba años viviendo en esa espera. El conde consideraba que favores tales como invitaciones a cenas y a las cacerías de Furières compensaban ampliamente ciertas facilidades de caja. Por la noche, la señora Michaud remedaba para su marido las conversaciones de ambos directores, sus agrias sonrisas, las muecas de Corbin y las miradas del conde, lo que hacía un poco más llevadera la monotonía del trabajo diario. Pero desde hacía algún tiempo no tenían ni esa distracción: el conde de Furières estaba en el frente de los Alpes y Corbin dirigía solo la sucursal.

La señora Michaud entró con la correspondencia en la pequeña antesala del despacho del director. Un tenue perfume flotaba en el aire. Eso bastó para que supiera que Corbin estaba ocupado. El director protegía a una bailarina: la señorita Arlette Corail. Nunca se le había conocido una amante que no fuera bailarina. Era como si las mujeres que realizaban cualquier otra actividad no le interesaran. Ninguna mecanógrafa, por atractiva o joven que fuera, había conseguido desviarlo de aquella preferencia. Se mostraba igualmente odioso, grosero y tacaño con todas sus empleadas, fueran guapas o feas, jóvenes o viejas. Hablaba con una vocecilla atiplada, que resultaba curiosa en aquel pesado corpachón de buen comedor. Cuando se encolerizaba, su voz se volvía aguda y vibrante como la de una mujer.

Ese día, el estridente sonido que tan bien conocía la señora Michaud atravesaba la puerta cerrada. Uno de los empleados entró en la antesala y, bajando la voz, le anunció:

– Nos vamos.

– ¿Ah, sí? ¿Cuándo?

– Mañana.

Por el pasillo se deslizaban sombras cuchicheantes. Los empleados se paraban a hablar en los huecos de las ventanas y en los umbrales de los despachos. Corbin abrió al fin su puerta y la bailarina salió. Llevaba un vestido rosa caramelo y un gran sombrero de paja sobre el cabello teñido. Tenía un cuerpo esbelto y bien proporcionado y una expresión dura y cansada bajo el maquillaje. Unas manchas rojas le salpicaban las mejillas y la frente. Estaba visiblemente furiosa.

– ¿Qué quieres, que me vaya andando? -le oyó decir la señora Michaud.

– Vuelve al taller. Nunca me haces caso. No seas tacaña, págales lo que quieran y repararán el coche.

– Ya te he dicho que es imposible, ¡imposible! ¿Entiendes el idioma?

– Entonces, querida, ¿qué quieres que te diga? Los alemanes están a las puertas de París. ¿Y tú pretendes ir en dirección a Versalles? Además, ¿para qué vas allí? Coge el tren.

– ¿Sabes cómo están las estaciones?

– Las carreteras no estarán mucho mejor.

– Eres… eres un inconsciente. Te vas, te llevas tus dos coches…

– Transporto los expedientes y parte del personal. ¿Qué demonios quieres que haga con el personal?

– ¡Ah, no seas grosero, por favor! ¡Tienes el coche de tu mujer!

– ¿Quieres viajar en el coche de mi mujer? ¡Una idea estupenda!

La bailarina le dio la espalda y silbó a su perro, que acudió dando brincos. Ella le puso el collar con manos temblorosas de indignación.

– Toda mi juventud sacrificada a un…

– ¡Vamos, déjate de historias! Te telefonearé esta noche. Entretanto, veré qué puedo hacer…

– No, no. Ya veo que tendré que ir a morirme en una cuneta… ¡Oh! ¡Cállate, por Dios, me exasperas!

Por fin se dieron cuenta de que la secretaria los estaba oyendo. Bajaron la voz y Corbin cogió del brazo a su amante y la acompañó hasta la puerta. A la vuelta, fulminó con la mirada a la señora Michaud, que se cruzó con él y recibió la primera descarga de su mal humor.

– Reúna a los jefes de departamento en la sala del consejo. ¡Inmediatamente!

La señora Michaud salió para dar las órdenes oportunas. Unos instantes después, los empleados entraban en una gran sala donde el retrato de cuerpo entero del actual presidente, el señor Auguste-Jean, afectado desde hacía tiempo de un reblandecimiento del cerebro debido a su avanzada edad, hacía frente a un busto de mármol del fundador del banco.

Corbin los recibió de pie tras la mesa oval, en la que nueve cartapacios señalaban los puestos del consejo de administración.

– Señores, mañana a las ocho nos pondremos en camino hacia nuestra sucursal en Tours. Llevaré los expedientes del consejo en mi coche. Señora Michaud, usted y su marido me acompañarán. Los que tienen vehículo propio, que pasen a recoger al personal y se presenten a las seis de la mañana delante de la puerta del banco. Me refiero a aquellos a los que he comunicado que deben marcharse. En cuanto a los demás, intentaré arreglarlo. Si no, cogerán el tren. Muchas gracias, señores.

El director desapareció, y un rumor de voces inquietas llenó la sala. Dos días antes, el propio Corbin había declarado que no preveía ningún traslado, que los rumores alarmistas eran obra de traidores, que el banco seguiría en su puesto y cumpliría con su deber, aunque otros faltaran a él. Si el «repliegue», como púdicamente se le llamaba, se había decidido con tanta precipitación, era sin duda porque todo estaba perdido. Las mujeres se enjugaban los ojos llorosos. Los Michaud se abrieron paso entre los grupos y se quedaron juntos. Ambos pensaban en su hijo Jean-Marie. Su última carta estaba fechada el 2 de junio. Hacía sólo ocho días. ¡Cuántas cosas podían haber ocurrido desde entonces, Dios mío! En su angustia, el único consuelo posible era la presencia del otro.

– ¡Qué alegría no tener que separarnos! -le susurró ella.


6

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Estaba anocheciendo, pero el coche de los Péricand seguía esperando delante de la puerta. Habían atado el blando y grueso colchón que ocupaba el lecho conyugal desde hacía veintiocho años al techo del vehículo, y un cochecito de niño y una bicicleta al maletero. Ahora trataban de meter en el habitáculo todos los bolsos, maletas y maletines de los miembros de la familia, además de las cestas de los sándwiches y los termos de la merienda, las botellas de leche de los niños, pollo frío, jamón, pan y las cajas de harina lacteada del anciano señor Péricand, y por último el cesto del gato. Para empezar, se habían retrasado porque el lavandero no había traído la ropa blanca y no conseguían contactar con él por teléfono. Parecía impensable abandonar aquellas grandes sábanas bordadas, parte del inalterable patrimonio de los Péricand-Maltête en la misma medida que las joyas, la plata y la biblioteca. Toda la mañana se había ido en pesquisas. El lavandero, que también se marchaba, había acabado por devolver la ropa blanca a la señora Péricand en forma de montones arrugados y húmedos. Ella se había saltado el almuerzo para supervisar personalmente su empaquetado. La idea inicial era que los criados viajaran con Hubert y Bernard en tren. Pero las verjas de todas las estaciones ya estaban cerradas y vigiladas por soldados. La muchedumbre se agarraba a los barrotes, los sacudía y acababa dispersándose por las calles aledañas. Algunas mujeres corrían llorando con sus hijos en brazos. La gente paraba los últimos taxis y ofrecía dos y hasta tres mil francos por abandonar París. «Sólo hasta Orleáns…» Pero los taxistas se negaban. No les quedaba gasolina. Los Péricand tuvieron que volverse a casa. Al final consiguieron una camioneta, en la que viajarían Madeleine, Maria, Auguste y Bernard, con su hermano pequeño en las rodillas. Hubert seguiría el convoy en bicicleta.

De vez en cuando, en el umbral de alguna casa del bulevar Delessert se veía aparecer un gesticulante grupo de mujeres, ancianos y niños que se esforzaban, con calma al principio, febrilmente después y con un nerviosismo frenético al final, en hacer entrar familias y equipajes en un Renault, en un turismo, en un cabriolé. No se veía una sola ventana iluminada. Empezaban a salir las estrellas, estrellas de primavera, con destellos plateados. París tenía su olor más dulce, un olor a castaños en flor y gasolina, con motas de polvo que crujen entre los dientes como granos de pimienta. En las sombras, el peligro se agrandaba. La angustia flotaba en el aire, en el silencio. Las personas más frías, las más tranquilas habitualmente, no podían evitar sentir aquel miedo sordo y cerval. Todo el mundo contemplaba su casa con el corazón encogido y se decía: «Mañana estará en ruinas, mañana ya no tendré nada. No le he hecho daño a nadie. Entonces, ¿por qué?» Luego, una ola de indiferencia inundaba las almas: «¿Y qué más da? ¡No son más que piedras y vigas, objetos inanimados! ¡Lo esencial es salvar la vida!» ¿Quién pensaba en las desgracias de la Patria? Ellos, los que se marchaban esa noche, no. El pánico anulaba todo lo que no fuera instinto, movimiento animal y trémulo del cuerpo. Coger lo más valioso que se tuviera en este mundo y luego… Y esa noche sólo lo que vivía, respiraba, lloraba, amaba, tenía valor. Raro era el que lamentaba la pérdida de sus bienes; la gente cogía en brazos a una mujer o un niño y se olvidaba de lo demás. Lo demás podía ser pasto de las llamas.

Aguzando el oído, se percibía el rumor de los aviones en el cielo. ¿Franceses o enemigos? No se sabía.

– Más deprisa, más deprisa -decía el señor Péricand.

Pero tan pronto se olvidaban de la plancha como de la caja de costura. Era imposible hacer entrar en razón a los criados. Temblaban de miedo, querían partir, pero la rutina podía más que el terror, y se empeñaban en que todo se hiciera según el ritual que precedía los viajes al campo en época de vacaciones. En las maletas, todo tenía que estar en su sitio habitual. No habían comprendido lo que ocurría realmente. Actuaban, por así decirlo, en dos tiempos, a medias en el presente y a medias en el pasado, como si los acontecimientos recientes sólo hubieran penetrado en la capa más superficial de su conciencia, dejando toda una profunda región adormecida en la ignorancia. El ama, con el cabello gris revuelto, los labios apretados y los párpados hinchados de tanto llorar, plegaba los pañuelos recién planchados de Jacqueline con movimientos asombrosamente enérgicos y precisos. La señora Péricand, que ya estaba junto al coche, la llamaba una y otra vez, pero la anciana no respondía, ni siquiera la oía. Al final, Philippe tuvo que subir a buscarla.

– Vamos, ama. ¿Qué te pasa? Hay que marcharse. ¿Qué te pasa? -repitió, cogiéndole la mano.

– ¡Oh, déjame, mi pobre pequeño! -gimió la mujer, olvidando que ahora sólo lo llamaba «señorito Philippe» o «señor cura» y volviendo instintivamente al tuteo de antaño-. Déjame, anda. ¡Tú eres bueno, pero estamos perdidos!

– Pero, mujer, no te pongas así. Deja los pañuelos, vístete y baja enseguida, que mamá te está esperando.

– ¡No volveré a ver a mis chicos, Philippe!

– Que sí, que sí -le aseguró Philippe, y él mismo se puso a peinarla, le arregló los desordenados mechones y le encasquetó un sombrero de paja negra.

– ¿Querrás rezarle a la Santa Virgen por mis chicos?

Philippe la besó en la mejilla con suavidad.

– Sí, claro que sí, te lo prometo. Y ahora, ve.

En la escalera se cruzaron con el chofer y el portero, que iban a buscar al anciano señor Péricand. Lo habían mantenido apartado del trajín hasta el último momento. Auguste y el enfermero acabaron de vestirlo. Lo habían operado no hacía mucho. Llevaba un complicado vendaje y, en previsión del fresco nocturno, un ceñidor de franela tan largo y ancho que tenía el cuerpo fajado como una momia. Auguste le abotonó los anticuados botines, le puso un jersey ligero pero de abrigo cálido y, por último, la chaqueta. El anciano, que hasta ese momento se había dejado manipular sin rechistar, como una muñeca vieja y tiesa, pareció despertar de un sueño y exclamó:

– ¡El chaleco de lana!

– Tendrá usted demasiado calor -observó Auguste, queriendo pasar a otra cosa.

Pero el anciano le clavó sus desvaídos y vidriosos ojos y, con voz un poco más alta, repitió:

– ¡El chaleco de lana!

Se lo dieron. Le pusieron su largo gabán y un pañuelo que le daba dos vueltas alrededor del cuello y se unía por detrás con un imperdible. Lo colocaron en su sillón de ruedas y bajaron con él los cinco pisos, pues el sillón no entraba en el ascensor. El enfermero, un alsaciano pelirrojo y fornido, bajaba los peldaños de espaldas levantando su carga con los brazos extendidos, mientras Auguste la sujetaba respetuosamente por detrás. Al llegar a un rellano, hacían un alto para secarse el sudor de la frente, mientras el anciano contemplaba el techo meneando su frondosa barba blanca. Era imposible saber qué pensaba de tan precipitado viaje. Sin embargo, contra lo que pudiera creerse, no ignoraba nada sobre los recientes acontecimientos. Mientras lo vestían, había murmurado:

– Una noche muy clara… No me sorprendería que… -Luego pareció quedarse dormido, pero acabó la frase al cabo de unos instantes, en el umbral de la puerta-: ¡No me sorprendería que nos bombardearan por el camino!

– ¡Qué ocurrencia, señor Péricand! -había exclamado el enfermero con todo el optimismo inherente a su profesión.

Pero el anciano ya había vuelto a adoptar su actitud de grave indiferencia. Al fin, consiguieron sacar el sillón de ruedas del edificio. Instalaron al anciano en el rincón de la derecha, bien resguardado de las corrientes de aire. Con manos temblorosas de impaciencia, su nuera en persona lo arrebujó en un chal escocés, cuyos largos flecos el anciano solía entretenerse en trenzar.

– ¿Todo en orden? -preguntó Philippe-. ¡Entonces en marcha, vamos!

«Si cruzan las puertas de París antes de que amanezca, habrán tenido suerte», pensó el sacerdote.

– Mis guantes -pidió el anciano.

Se los dieron. Con tantas capas de lana, costaba abrochárselos en las muñecas, pero él no perdonó ni un corchete. Por fin, todo estaba listo. Emmanuel lloraba entre los brazos del ama. La señora Péricand besó a su marido y su hijo mayor. Los estrechó sin llorar, pero ellos sintieron palpitar aceleradamente su corazón. El chofer puso el coche en marcha. Hubert montó en la bicicleta. Entonces el anciano señor Péricand levantó la mano y dijo con voz débil pero clara:

– Un momento.

– ¿Qué ocurre, padre? -El anciano indicó con señas que no podía decírselo a su nuera-. ¿Ha olvidado alguna cosa?

Él asintió con la cabeza. El coche se detuvo. Pálida de exasperación, la señora Péricand sacó la cabeza por la ventanilla.

– ¡Creo que papá se ha dejado algo! -gritó en dirección al pequeño grupo que se había quedado en la acera, formado por su marido, Philippe y el enfermero.

Cuando el coche retrocedió hasta la puerta, el anciano llamó al enfermero con un gesto discreto y le susurró algo al oído.

– Pero ¿qué le sucede? ¡Es increíble! A este paso, aún estaremos aquí mañana -exclamó la señora Péricand-. ¿Qué quiere usted, padre? ¿Qué ha dicho? -le preguntó al enfermero.

El hombre bajó los ojos.

– El señor quiere que volvamos a subirlo… para hacer pis.


7

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Arrodillado en el parquet del salón, Charles Langelet empaquetaba personalmente sus porcelanas. Estaba gordo y padecía del corazón; el suspiro que salía de su pecho oprimido parecía un estertor. Se encontraba solo en el piso vacío. El matrimonio que trabajaba para él desde hacía siete años se había dejado llevar por el pánico esa misma mañana, cuando los parisinos habían despertado bajo una niebla artificial que caía como una lluvia de cenizas. La pareja había salido temprano a comprar provisiones y no había vuelto. Langelet pensaba con amargura en los generosos sueldos y gratificaciones que les había pagado desde que estaban con él y que sin duda les habían permitido comprarse una pequeña granja en su región natal.

Langelet debería haberse marchado hacía tiempo, pero le tenía demasiado apego a sus viejas costumbres. Retraído y desdeñoso, lo único que le gustaba en este mundo era su casa y los objetos esparcidos a su alrededor, en el suelo desnudo (las alfombras, enrolladas con naftalina, estaban escondidas en el sótano). Todas las ventanas estaban adornadas con largas tiras de papel engomado rosa y azul claro. El las había colocado con sus propias manos regordetas y pálidas, dándoles forma de estrellas, de barcos, de unicornios… Eran la admiración de sus amigos, pero es que él no podía vivir en un ambiente insulso o vulgar. A su alrededor, en su casa, todo lo que componía su forma de vida estaba hecho de detalles hermosos, humildes en unos casos y caros en otros, que acababan por crear un clima particular, grato, luminoso, el único, en definitiva, digno de un hombre civilizado, pensaba el señor Langelet. A los veinte años, llevaba un anillo con esta inscripción grabada en su interior: This thing of Beauty is a guilt for ever. Era una niñería, y había acabado deshaciéndose del anillo (al señor Langelet le gustaba hablar consigo mismo en inglés, lengua que por su poesía y su fuerza era ideal para algunos de sus estados de ánimos), pero no se había olvidado del lema, al que permanecía fiel.

Se incorporó sobre una rodilla y lanzó en derredor una mirada de desolación que lo abarcaba todo: el Sena bajo sus ventanas; el gracioso eje que separaba los dos salones; la chimenea, con sus morillos antiguos, y los altos techos, bañados por una luz límpida que tenía el tono verdoso y la transparencia del agua, porque llegaba tamizada por los estores de tela esmeralda del balcón.

De vez en cuando sonaba el teléfono. En París todavía quedaban algunos indecisos, locos que temían marcharse y esperaban no se sabía qué milagro. Lentamente, suspirando, el señor Langelet se llevaba el auricular al oído. Hablaba con voz nasal y pausada, con ese desapego, con esa ironía que sus amigos -un grupito muy cerrado, muy parisino- llamaban «un tono inimitable». Sí, había decidido marcharse. No, no le daba miedo. París no sería defendido. En el resto del país las cosas no serían muy diferentes. El peligro estaba en todas partes, pero él no huía del peligro. «He visto dos guerras», decía. Efectivamente, había vivido la del catorce, en su propiedad de Normandía, porque tenía el corazón delicado y lo habían eximido de cualquier servicio militar.

– Tengo sesenta años, mi querida amiga. No le temo a la muerte.

– Entonces, ¿por qué se va?

– No soporto este desorden, estos estallidos de odio, el repugnante espectáculo de la guerra. Me iré a algún rincón tranquilo en el campo. Viviré con los cuatro cuartos que me quedan hasta que el mundo recobre la cordura.

Le respondió una leve risita: tenía fama de tacaño y previsor. Se decía de é «¿Charlie? Se cose monedas de oro en todos los trajes viejos.» Esbozó una sonrisa agria y gélida. Sabía que su vida cómoda, demasiado desahogada, despertaba envidias.

– ¡Oh, usted no tendrá problemas! -aseguró su amiga-. Pero, desgraciadamente, no todo el mundo cuenta con su fortuna… -Charlie arrugó la frente: aquella mujer no tenía tacto-. ¿Adónde irá? -preguntó ella.

– A una casita que tengo en Ciboure.

– ¿Cerca de la frontera? -exclamó la amiga, que decididamente había perdido el comedimiento.

Se despidieron con frialdad. Charlie volvió a arrodillarse ante la caja, que ya estaba medio llena, y a través de la paja y el papel de seda acarició sus porcelanas, sus tazas de Nankín, su centro de mesa Wedgwood, sus jarrones de Sèvres, de los que no se separaría por nada del mundo… Pero tenía el corazón roto: no podría llevarse el lavabo de porcelana de Sajonia que tenía en el dormitorio, una pieza de museo, con su tremol decorado con rosas. ¡Eso se iría al infierno! Por unos instantes se quedó inmóvil, hincado sobre el parquet, con el monóculo colgando de su cordón negro. Era alto y fuerte; sobre su delicado cuero cabelludo, los ralos cabellos estaban distribuidos con sumo cuidado. Habitualmente, su rostro tenía una expresión impávida y desconfiada, como la de un viejo gato que ronronea junto al fuego. El esfuerzo del último día lo había dejado agotado, y ahora la mandíbula le colgaba floja, como a los muertos. ¿Qué había dicho aquella sabihonda por teléfono? ¡Había insinuado que él quería huir de Francia! ¡Menuda idiota! ¡Se creía que iba a avergonzarlo, que iba a sacarle los colores! Por supuesto que se iría. Si conseguía llegar a Hendaya, se las arreglaría para cruzar la frontera. Pasaría unos días en Lisboa y luego se marcharía de aquella Europa espantosa y sanguinolenta. La imaginaba convertida en un cadáver medio descompuesto, atravesado por mil heridas. Se estremeció. Él no estaba hecho para eso. No estaba hecho para el mundo que nacería de aquella carroña, como un gusano que sale de una tumba. Un mundo brutal, feroz, en el que habría que defenderse de las dentelladas. Miró sus hermosas manos, que nunca habían trabajado, que sólo habían acariciado estatuas, piezas de orfebrería antigua, encuadernaciones de lujo y algún que otro mueble isabelino. ¿Qué iba a hacer él, Charles Langelet, con sus refinamientos, con los escrúpulos que constituían la base de su carácter, en medio de aquella muchedumbre enloquecida? Le robarían, lo despojarían, lo asesinarían como a un pobre perro abandonado a los lobos. Sonrió débil y amargamente, imaginándose con el aspecto de un pequinés de dorada pelambre perdido en una jungla. No se parecía al común de los mortales. Sus ambiciones, sus miedos, sus cobardías y sus griteríos le eran ajenos. Vivía en un universo de paz y de luz. Estaba condenado a ser odiado y engañado por todos. Llegado a ese punto, se acordó de sus criados y rió por lo bajo. Era la aurora de los nuevos tiempos, ¡una advertencia y un presagio! Con dificultad, porque tenía las rodillas doloridas, se levantó, se llevó las manos a los riñones y fue a la antecocina en busca del martillo y los clavos para cerrar la caja. Después la bajó él mismo al coche: los porteros no necesitaban saber lo que se llevaba.


8

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Los Michaud se habían levantado a las cinco de la mañana para tener tiempo de ordenar el piso a fondo antes de abandonarlo. Seguramente era absurdo tomarse tantas molestias por cosas sin valor y condenadas, con toda probabilidad, a desaparecer en cuanto las primeras bombas cayeran sobre París. Pero, pensaba la señora Michaud, también se viste y se acicala a los muertos, destinados a pudrirse en la tierra. Es un último homenaje, la suprema prueba de amor hacia quien nos fue querido. Y aquel pisito les era muy querido. Habían vivido en él dieciséis años. No podrían llevarse todos sus recuerdos. Por mucho que les pesara, los mejores se quedarían allí, entre aquellas cuatro humildes paredes. Guardaron los libros en la parte inferior de un armario, junto con todas las fotos de aficionado que siempre se proponían pegar en álbumes y que estaban desvaídas, curvadas, atrapadas en la ranura de un cajón. El retrato de Jean-Marie, de niño, ya estaba en el fondo de la maleta, entre los pliegues de un vestido de repuesto, y el banco les había recomendado encarecidamente que sólo llevaran lo estrictamente necesario: un poco de ropa interior y los artículos de aseo. Por fin, todo estaba listo. Ya habían desayunado. La señora Michaud cubrió la cama con una gran sábana que protegería del polvo la descolorida colcha de seda rosa.

– Es hora de marcharse -dijo su marido.

– Baja, yo voy enseguida -respondió ella con voz alterada.

Maurice la dejó sola. La señora Michaud entró en la habitación de Jean-Marie. Todo estaba silencioso, oscuro, lúgubre tras los postigos cerrados. Se arrodilló junto a la cama y dijo en voz alta: «¡Dios mío, protégelo!» Luego salió y cerró la puerta. Su marido la esperaba en la escalera. La atrajo hacia sí y, allí mismo, sin decir palabra, la estrechó entre sus brazos con tanta fuerza que ella soltó un pequeño grito de dolor.

– ¡Ah! Me haces daño, Maurice…

– Si no ha sido nada… -murmuró él con voz ronca.

En el banco, los empleados, reunidos en el amplio vestíbulo portando sus pequeños bolsos, comentaban las últimas noticias en voz baja. Corbin no estaba. El jefe de personal repartía los números de orden: cada uno tenía que subir al coche que le correspondiera cuando dijeran su número. Las salidas se efectuaron según lo previsto y sin contratiempos hasta mediodía. Luego llegó Corbin, con prisas y de mal humor. Bajó al sótano, a la cámara acorazada, de donde regresó con un paquete medio oculto bajo su abrigo.

– Son las joyas de Arlette -le susurró la señora Michaud a su marido-. Las de su mujer las retiró anteayer.

– Con tal que no se olvide de nosotros… -suspiró Maurice, entre irónico y preocupado.

Cuando Corbin se acercó, la señora Michaud le salió al paso con decisión.

– Así pues, ¿iremos con usted, señor director?

El asintió y les dijo que lo siguieran. Michaud cogió la maleta y los tres salieron de la oficina. El coche de Corbin estaba delante de la puerta, pero, cuando se acercaron, Michaud, entrecerrando sus ojos de miope, dijo con voz suave y un tanto cansada:

– Por lo que veo, nos han quitado el sitio.

Arlette Corail, su perro y sus maletas ocupaban el asiento trasero del vehículo.

– ¿Acaso vas a arrojarme a la acera? -le espetó la bailarina asomando la cabeza por la ventanilla.

Se inició una discusión de pareja. Los Michaud se alejaron unos pasos, pero lo oían todo.

– ¡Pero si en Tours tenemos que recoger a mi mujer! -espetó Corbin y le pegó un puntapié al perro.

El chucho soltó un gañido y se refugió entre las piernas de Arlette.

– ¡Bruto!

– Cállate. Si anteayer no hubieras estado callejeando con esos aviadores ingleses… Otros dos a los que me gustaría ver en el fondo del mar…

Ella repetía «¡Bruto! ¡Bruto!» con voz cada vez más aguda. Hasta que de pronto, con toda la calma del mundo, declaró:

– En Tours tengo un amigo. Ya no te necesitaré.

Corbin le lanzó una mirada torva, pero al parecer ya había tomado una decisión.

– Lo siento -dijo volviéndose hacia los Michaud-. Ya lo ven, no tengo sitio para ustedes. El coche de la señorita Corail ha sufrido un accidente, y ella necesita que la lleve hasta Tours. No puedo negarme. Tienen ustedes un tren dentro de una hora. Tal vez vayan un poco apretados, pero como es un viaje corto… En cualquier caso, arréglenselas para reunirse con nosotros lo antes posible. Confío en usted, señora Michaud, que es un poco más enérgica que su marido. Por cierto, Michaud, en adelante tendrá que mostrarse más dinámico que en los últimos tiempos -añadió, enfatizando las sílabas «di-ná-mi-co»-. No toleraré más apatía. Si quiere conservar su puesto, dese por advertido. Los quiero a los dos en Tours pasado mañana a más tardar. Necesito tener mi personal al completo.

Corbin se despidió con un pequeño gesto de la mano, subió al coche y se marchó con la bailarina. En la acera, los Michaud se miraron.

– Es la mejor defensa -comentó Michaud con su habitual flema, encogiendo ligeramente los hombros-. Reñir a la gente que tiene motivos de queja contra ti. ¡Siempre funciona! -Ambos se echaron a reír-. ¿Y ahora qué hacemos?

– Volver a casa y comer -refunfuñó ella, furiosa.

Encontraron el piso fresco, la cocina con las persianas bajadas, los muebles cubiertos con fundas. Todo tenía un aire íntimo, amistoso y acogedor, como si en la penumbra una voz hubiera susurrado: «Os esperábamos. Todo está en orden.»

– Quedémonos -propuso Maurice.

Estaban sentados en el sofá del salón y ella le acariciaba las sienes con sus manos delgadas y suaves, un gesto familiar en la pareja.

– Mi pobre niño… Es imposible, hay que vivir, no tenemos nada ahorrado desde mi operación, lo sabes perfectamente. Quedan ciento setenta y cinco francos en la caja de ahorros. Corbin no dejaría pasar la oportunidad de ponernos en la calle. Después de un golpe así, todos los bancos reducirán su personal. Hay que llegar a Tours a toda costa.

– Me temo que será imposible.

– Pues debemos conseguirlo -insistió ella, que ya estaba en pie, poniéndose el sombrero y cogiendo la maleta.

Salieron y se dirigieron a la estación.

No lograron acceder a la gran explanada, cerrada con cadenas, protegida por soldados y asediada por una multitud que presionaba los barrotes de la verja. Se quedaron allí hasta que oscureció. A su alrededor, la gente decía:

– Muy bien. Nos iremos a pie.

Lo aseguraban con una especie de anonadado estupor. Era evidente que ni ellos mismos se lo creían. Miraban alrededor y esperaban el milagro: un coche, un camión, cualquier cosa en la que poder irse. Pero no aparecía nada. De modo que se dirigían hacia las puertas de París, las cruzaban arrastrando las maletas por el polvo, seguían avanzando, se adentraban en el extrarradio y después en la campiña y pensaban: «¡Estoy soñando!»

Como los demás, los Michaud echaron a andar. Era una cálida noche de junio. Delante de ellos, una mujer vestida de luto y tocada con un sombrero adornado con un crespón y torcido sobre su blanco cabello, iba tropezando en las piedras del camino y farfullando con gestos de loca:

– Rezad para que no tengamos que huir en invierno… Rezad… ¡Rezad!


9

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Gabriel Corte y Florence pasaron la noche del 11 al 12 de junio en su coche. Habían llegado hacia las seis de la tarde, y en el hotel sólo quedaban dos cuartos diminutos y sofocantes bajo el tejado. Gabriel los examinó brevemente, abrió con brusquedad las ventanas, se inclinó un instante sobre la barandilla, volvió a erguirse y con voz seca declaró:

– Yo no me quedo aquí.

– Lo siento, señor, es lo único que tenemos. Piense que con esta muchedumbre de refugiados hay gente durmiendo hasta en las mesas de billar-dijo el director, pálido y abrumado-. Sólo quería serle de utilidad.

– No me quedaré aquí -se obstinó Gabriel, espaciando las palabras con voz grave, la misma que empleaba al final de las discusiones con los editores, cuando cogía la puerta y les espetaba: «¡En esas condiciones, señor, será imposible que nos entendamos!» El editor se ablandaba y subía de ochenta a cien mil francos.

Pero el director del hotel se limitó a mover la cabeza con tristeza.

– No tengo otra cosa.

– ¿Sabe usted quién soy? -le preguntó Gabriel, de pronto peligrosamente tranquilo-. Soy Gabriel Corte y le advierto que prefiero dormir en mi coche antes que en esta ratonera.

– Cuando salga usted de aquí -replicó el director, ofendido-, verá diez familias en el rellano pidiéndome de rodillas que les alquile esta habitación.

Corte soltó una carcajada afectada, gélida y despectiva.

– Desde luego, no seré yo quien se la dispute. Adiós, caballero.

A nadie, ni siquiera a Florence, que lo esperaba en el vestíbulo, habría confesado por qué había rechazado aquella habitación. Al acercarse a la ventana había visto, en la suave noche de junio, un depósito de gasolina muy cerca del hotel y, un poco más allá, lo que le habían parecido autoametralladoras y tanques estacionados en la plaza.

«¡Nos van a bombardear! -se dijo, y empezó a temblar tan espasmódicamente que pensó-: Estoy enfermo, tengo fiebre.» ¿Miedo? ¿Gabriel Corte? ¡No, él no podía tener miedo! ¡Por favor! Sonrió con desdén y piedad, como si respondiera a un interlocutor invisible. Por supuesto que no tenía miedo; pero, al asomarse por segunda vez, había visto aquel cielo negro, del que, en cualquier momento, podían caer el fuego y la muerte, y había vuelto a invadirlo aquella espantosa sensación: primero el temblor en los huesos, y luego la debilidad, las náuseas, la crispación de las entrañas que precedía al desvanecimiento. Miedo o no, qué importaba. Ahora huía seguido de Florence y la doncella.

– Dormiremos en el coche -decidió-. Una noche pasa enseguida.

Luego pensó que podían buscar otro hotel, pero mientras dudaba se hizo demasiado tarde: por la carretera de París discurría un lento e incesante río de coches, camiones, carros y bicicletas, al que se sumaban las caballerías de los campesinos, que abandonaban sus granjas y partían hacia el sur arrastrando tras sí a sus hijos y sus animales. A medianoche, en Orleáns no quedaba una habitación, ni siquiera una cama libre. La gente dormía en el suelo de los cafés, en las calles, con la cabeza apoyada en la maleta. El atasco era tan caótico que resultaba imposible salir de la ciudad. Se decía que habían cerrado la carretera para reservarla a las tropas.

En silencio y con los faros apagados, los vehículos llegaban uno tras otro llenos a reventar, cargados hasta los topes de maletas y muebles, de cochecitos de niño y jaulas de pájaro, de cajas y cestos de ropa, cada uno con su colchón atado al techo; formaban frágiles andamiajes y parecían avanzar sin ayuda del motor, llevados por su propia inercia a lo largo de las calles en pendiente hasta la plaza. Ahora ya bloqueaban todas las salidas, arrimados unos a otros como peces atrapados en una red; incluso parecía posible cogerlos todos a la vez y arrojarlos a una espantosa orilla. No se oían lloros ni gritos: hasta los niños permanecían callados. Todo estaba tranquilo. De vez en cuando, un rostro se asomaba por una ventanilla y escrutaba el cielo con atención. Un rumor débil y sordo, hecho de respiraciones trabajosas, de suspiros, de palabras intercambiadas a media voz, como si se temiera que llegaran a oídos de un enemigo al acecho, se elevaba de aquella multitud. Algunos intentaban dormir utilizando la maleta como incómoda almohada, movían las doloridas piernas en el estrecho asiento o aplastaban la mejilla contra el frío cristal de una ventanilla. Algunos jóvenes y algunas mujeres se llamaban de un coche a otro, y a veces incluso reían con desenfado. Pero, de pronto, una mancha oscura se deslizaba por el cielo cuajado de estrellas y las risas cesaban; todo el mundo permanecía atento. No era inquietud propiamente dicha, sino una extraña tristeza que tenía poco de humano, porque no comportaba ni valentía ni esperanza. Así es como los animales esperan la muerte. Así es como el pez atrapado en la red ve pasar una y otra vez la sombra del pescador.

El avión surgió súbitamente sobre sus cabezas; oían su zumbido estridente, que se alejaba, se apagaba y luego volvía a dominar todos los sonidos de la ciudad y suspender todas las angustiadas respiraciones. El río, el puente metálico, las vías del tren, la estación, las chimeneas de la fábrica, brillaban tenuemente, como otros tantos puntos estratégicos, otros tantos blancos a alcanzar por el enemigo. Otros tantos peligros para aquella muchedumbre silenciosa. «Me parece que es francés», decían los optimistas. Francés, enemigo… Nadie lo sabía. Pero ahora sí había desaparecido. A veces se oía una explosión lejana. «No vienen por nosotros -pensaba la gente con un suspiro de alivio-. No vienen por nosotros, van por otros. ¡Ha habido suerte!»

– ¡Qué noche de perros! -gimió Florence-. ¡Qué noche!

Con un siseo apenas audible, Gabriel le soltó con desdén:

– ¿Verdad que yo no duermo? Pues haz tú lo mismo.

– Es que ya que teníamos una habitación… ¡Ya que tuvimos la increíble suerte de disponer de una habitación…!

– ¿A eso llamas una suerte increíble? Una buhardilla infame que apestaba a sumidero… ¿No viste que estaba encima de las cocinas? ¿Yo, allí dentro? ¿Tú me ves allí dentro?

– Pero, Gabriel, lo conviertes en una cuestión de amor propio…

– ¡Bah! Déjame en paz, ¿quieres? Siempre lo he sabido: hay matices, hay… -farfulló buscando la palabra adecuada- hay pudores que tú no sientes.

– ¡Lo que siento es que tengo el culo molido! -exclamó Florence, olvidándose de repente de los últimos cinco años de su vida, y con gesto vulgar se palmeó el muslo con su mano cubierta de sortijas-. ¡Dios! ¡Estoy harta!

Gabriel se volvió hacia ella, lívido de rabia.

– ¡Entonces lárgate! ¡Vamos, lárgate! ¡Fuera, he dicho!

En ese preciso instante, un súbito e intenso resplandor iluminó la plaza. Era una bengala lanzada por un avión. Las palabras se helaron en los labios de Gabriel. La bengala se apagó, pero el cielo pareció llenarse de aviones. Pasaban y volvían a pasar por encima de la plaza, se diría que sin prisa.

– Y los nuestros, ¿dónde están? -refunfuñaba la gente.

A la izquierda de Gabriel había un pequeño coche desvencijado; en el techo, además del colchón, llevaba un velador redondo con pesados y vulgares adornos de cobre. Lo ocupaban un hombre tocado con una gorra y dos mujeres, una con un bebé en el regazo y la otra con una jaula de pájaros. Al parecer habían sufrido un accidente. La carrocería y el parachoques estaban abollados, y la mujer que abrazaba la jaula tenía la cabeza vendada con tiras blancas.

A su derecha, Gabriel vio una camioneta cargada de jaulones de los que utilizan los campesinos para transportar gallinas los días de mercado, pero llenos de perros, y en la ventanilla más cercana descubrió el rostro de una prostituta vieja. Pelirroja y desaliñada, de frente estrecha y ojos maquillados, miraba fijamente a Gabriel mientras mascaba un mendrugo de pan. Él se estremeció.

– ¡Qué horror! -exclamó-. ¡Qué caras tan repugnantes! Agobiado, escondió la cabeza en el rincón del coche y cerró los ojos.

– Tengo hambre -dijo Florence-. ¿Y tú?

Gabriel negó con la cabeza.

Ella abrió la maleta y sacó unos sándwiches.

– Esta noche no has cenado. Vamos, sé razonable.

– No puedo comer. Creo que no podría tragar ni un bocado. ¿Has visto a esa vieja grotesca de ojos pintarrajeados y pelo color zanahoria mascando pan?

Florence cogió un sándwich y entregó otros dos a la doncella y el chofer. Gabriel se llevó las manos a los oídos para no oír crujir el pan entre los dientes de los criados.


10

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Los Péricand llevaban cerca de una semana en la carretera. Habían tenido mala suerte. Una avería los había retenido dos días en Gien. Poco después, en aquel caos y apresuramiento indescriptibles, habían chocado con la camioneta en la que iban los criados y el equipaje. Eso había ocurrido en los alrededores de Nevers. Por fortuna para los Péricand, no había rincón de provincias donde les fuera imposible encontrar algún amigo o pariente con una gran casa, un hermoso jardín y la despensa llena. Así pues, un primo de la rama Maltête-Lyonnais los había acogido, pero el pánico iba en aumento, se extendía de ciudad en ciudad como un incendio. Los Péricand repararon el coche como pudieron y al cabo de cuarenta y ocho horas reemprendieron la marcha. El sábado a mediodía quedó claro que el vehículo no llegaría muy lejos sin que lo examinaran y repararan de nuevo. Se detuvieron en una pequeña ciudad un poco apartada de la carretera principal, con la esperanza de encontrar alojamiento. Pero las calles estaban atestadas de vehículos de todas clases; los chirridos de los maltratados frenos hendían el aire; la plaza, situada junto al río, parecía un campamento de gitanos; los hombres, exhaustos, dormían en el suelo o se lavaban en la orilla. Una joven había colgado un espejito en el tronco de un árbol y se estaba maquillando y peinando de pie ante él. Otra lavaba pañales en la fuente. En las puertas de sus casas, los vecinos contemplaban aquel espectáculo con expresiones de estupor.

– ¡Pobre gente! Señor, lo que hay que ver… -decían con piedad y un íntimo sentimiento de satisfacción: aquellos refugiados venían de París, del norte, del este, de provincias asoladas por la invasión y la guerra. Pero ellos vivían bien tranquilos; los días pasarían y los soldados lucharían mientras el ferretero de la calle mayor y la señorita Dubois, la mercera, seguían vendiendo sus ollas y sus cintas, tomando sopa caliente en sus cocinas y cerrando la pequeña cerca de madera que separaba su jardín del resto del mundo al llegar la noche.

Por la mañana, a primera hora, los coches se abastecían de gasolina, que empezaba a escasear. La gente pedía noticias a los refugiados. No sabían nada. Alguien aseguró que «esperaban a los alemanes en las montañas de Morvan». Sus palabras fueron acogidas con escepticismo.

– Hombre, en el catorce no llegaron tan lejos… -dijo el grueso farmacéutico meneando la cabeza, y todo el mundo asintió como si la sangre vertida en la Gran Guerra hubiera formado una mística barrera capaz de detener al enemigo por los siglos de los siglos.

Seguían llegando coches y más coches.

– ¡Qué cansados parecen! ¡Qué calor deben de estar pasando! -decía la gente, pero a nadie se le ocurría invitar a su casa a alguno de aquellos desventurados, dejarlo entrar en uno de aquellos pequeños paraísos de sombra que se adivinaban vagamente detrás de las casas, con su banco de madera bajo un cenador, sus groselleros y sus rosas.

Había demasiados refugiados. Había demasiados rostros cansados, demacrados, sudorosos; demasiados niños llorando, demasiados labios temblorosos que preguntaban: «¿No sabrá usted dónde podríamos encontrar una habitación o una cama?» «¿Podría usted indicarnos un restaurante, señora?» Era como para desalentar la caridad. Aquella multitud miserable ya no presentaba rasgos humanos; parecía una manada en estampida. Una extraña uniformidad se extendía sobre ellos. La ropa arrugada, los rostros exhaustos, las voces roncas, todo los asemejaba. Todos hacían los mismos gestos, todos decían las mismas frases. Al salir del coche, se tambaleaban como si hubieran bebido y se llevaban la mano a la frente, a las sienes doloridas. «¡Qué viaje, Dios mío!», suspiraban. «Estamos guapos, ¿eh?», ironizaban. «De todas maneras, parece que allí la cosa va mejor», decían señalando un punto invisible en la lejanía.

La señora Péricand había detenido su convoy ante un pequeño café cerca de la estación. La familia sacó una cesta de provisiones y pidió cerveza. En una mesa cercana, un niño muy guapo vestido con un elegante y arrugado abrigo verde se comía plácidamente una rebanada de pan con mantequilla. En la silla contigua, un bebé berreaba en un cesto de ropa. Con su ojo clínico, la señora Péricand se percató al instante de que aquellos niños eran de buena familia y se podía hablar con ellos. Así que dirigió unas palabras afectuosas al del abrigo verde y, cuando la joven madre apareció, entabló conversación con ella. La mujer, que era de Reims, lanzó una mirada de envidia a la apetitosa merienda de los pequeños Péricand.

– Quiero chocolate para el pan, mamá -pidió el niño del abrigo verde.

– ¡Pobrecito mío! -exclamó la joven, sentando al bebé en sus rodillas para intentar calmarlo-. No tengo chocolate, no me ha dado tiempo de ir a comprarlo. Pero esta noche tendrás un buen postre en casa de la abuela.

– ¿Me permite ofrecerle unas pastas?

– ¡Oh, señora! ¡Es usted muy amable!

– No, se lo ruego…

Las dos mujeres hablaban en un tono de lo más alegre, de lo más fino, con los mismos gestos y sonrisas con que habrían aceptado o rechazado un pastelito y una taza de té en otras circunstancias. Mientras tanto, el bebé se desgañitaba y los refugiados seguían entrando en el café con sus hijos, sus maletas y sus perros. Uno de los chuchos olió a Albert en su cesta y se lanzó ladrando alegremente bajo la mesa de los Péricand, donde el niño del abrigo verde se comía sus pastas parsimoniosamente.

– Jacqueline, en tu bolso tienes pirulíes -le dijo la señora Péricand a su hija con un gesto discreto y una mirada de «ya sabes que hay que compartir las cosas con los que no tienen nada y ayudarse mutuamente en la desgracia; es el momento de poner en práctica lo que aprendiste en la catequesis».

Verse tan colmada de riquezas y tan caritativa le producía una enorme satisfacción. Era el premio a su previsión y su buen corazón. Le dio un pirulí no sólo al niño del abrigo verde, sino también a los de una familia belga que había llegado en una camioneta llena de jaulas de gallinas. Añadió unas tortitas con pasas para los pequeños. Luego, pidió que le hirvieran agua y preparó una infusión ligera para el anciano señor Péricand. Hubert había ido a buscar habitación. La señora Péricand salió del café y pidió indicaciones; buscaba la iglesia, que estaba en el centro de la ciudad. Las familias habían acampado en las aceras y en la escalinata de piedra del templo.

La iglesia era blanca y muy nueva; todavía olía a pintura fresca. En su interior se desarrollaba una especie de doble vida: la de la tranquila rutina cotidiana y otra más febril y extraña. En un rincón, una religiosa cambiaba las flores a los pies de la Virgen. Sin prisa, con una sonrisa dulce y plácida, cortaba los tallos marchitos y ataba las rosas frescas en gruesos ramos. Se oían los chasquidos de sus tijeras de podar y el sonido de sus sosegados pasos en las losas. A continuación, se puso a despabilar las velas. Un viejo sacerdote se dirigía hacia el confesionario. Una anciana dormitaba en una silla con el rosario en las manos. Había muchos cirios encendidos ante la estatua de Juana de Arco. Bajo aquel gran sol, todas las llamitas danzaban, pálidas y transparentes, contra la deslumbrante blancura de las paredes. En una placa de mármol colocada entre dos ventanas brillaban las letras doradas que formaban los nombres de los caídos en la Gran Guerra.

Entretanto, una multitud cada vez mayor inundaba las naves como una ola. Las mujeres y los niños acudían a dar gracias a Dios por haber llegado hasta allí o a rezar por la continuación del viaje; algunos lloraban, otros estaban heridos, con la cabeza vendada o un brazo en cabestrillo. Todos los rostros estaban salpicados de manchas rojas y todas las prendas, arrugadas, desgarradas y sucias, como si la gente que las llevaba hubiera dormido varias noches sin quitárselas. En algunas de aquellas caras pálidas y cubiertas de polvo, las gotas de sudor resbalaban como lágrimas. Las mujeres irrumpían en la iglesia atropelladamente, como quien se acoge a un asilo inviolable. Su sobreexcitación, su ansia era tanta que parecían incapaces de quedarse quietas. Iban de reclinatorio en reclinatorio, se arrodillaban, se levantaban, algunas chocaban con las sillas, azoradas y desorientadas como aves nocturnas en una habitación iluminada. Pero, poco a poco, se calmaban, ocultaban el rostro entre las manos y al fin, ya sin fuerzas ni lágrimas, encontraban la paz ante el gran crucifijo de madera negra.

Tras decir sus oraciones, la señora Péricand abandonó la iglesia. Una vez en la calle, decidió renovar su provisión de pastas, sensiblemente mermada por su dadivosidad. Entró en una gran tienda de ultramarinos.

– No nos queda de nada, señora -le dijo la dependienta.

– ¿Cómo? ¿Ni unas galletas, ni un pastel? ¿Nada?

– Nada de nada, señora. Se ha acabado todo.

– Entonces deme una libra de té de Ceilán. ¿Tampoco?

– No hay nada, señora.

Le indicaron otras tiendas de alimentación, pero en ninguna encontró nada. Los refugiados habían vaciado la ciudad. Cerca del café se le unió Hubert. No había hallado habitación.

– ¡No hay nada para comer, las tiendas están vacías! -exclamó la señora Péricand.

– Pues yo he encontrado dos que están muy bien surtidas.

– ¿Ah, sí? ¿Y dónde?

Hubert soltó una carcajada.

– ¡Una vende pianos y la otra artículos funerarios!

– ¡Qué tonterías dices a veces, hijo mío!

– Creo que a este paso las coronas de flores también van a estar muy solicitadas -comentó él-. Podríamos hacer negocio, ¿no le parece, mamá?

Ella se limitó a encogerse de hombros. Al llegar, vio a Jacqueline y Bernard en la puerta del café. Tenían las manos llenas de chocolatinas y azucarillos y los estaban repartiendo a su alrededor. La señora Péricand dio un respingo.

– ¿Queréis hacer el favor de entrar? ¿Qué estáis haciendo aquí? Os prohíbo que toquéis las provisiones. Te castigaré, Jacqueline. Y tú, Bernard, verás cuando lo sepa tu padre -amenazó, tirando de los dos estupefactos culpables, firme como una roca.

La caridad cristiana, la mansedumbre de los siglos de civilización se le caían como vanos ornamentos y dejaban al descubierto su alma, árida y desnuda. Sus hijos y ella estaban solos en un mundo hostil. Tenía que alimentar y proteger a sus pequeños. Lo demás ya no contaba.


11

<p>11</p>

Maurice y Jeanne Michaud caminaban en fila por la larga carretera bordeada de álamos. Iban flanqueados, precedidos y seguidos de fugitivos. Cuando llegaban a un cambio de rasante, veían una confusa multitud que arrastraba los pies por el polvo hasta el horizonte, hasta donde alcanzaba la vista. Los más afortunados tenían una carretilla, un cochecito de niño, un carro hecho con cuatro tablas y dos toscas ruedas, que transportaban sus equipajes y se curvaban bajo el peso de bolsos, de perros, de niños dormidos. Eran los pobres, los desgraciados, los débiles, los que no saben apañárselas, los que siempre acaban relegados a los últimos puestos, y también algunos pusilánimes, algunos tacaños que habían esperado hasta el último momento ante el precio del billete, los gastos y los riesgos del viaje. Pero de pronto habían sido presa del pánico, como todo el mundo. No sabían por qué huían: Francia entera estaba en llamas, el peligro acechaba en todas partes. No sabían con certeza adónde iban. Cuando se dejaban caer al suelo, decían que no volverían a levantarse, que hasta allí habían llegado, que, puestos a morir, preferían morir tranquilos. Pero eran los primeros en levantarse cuando se acercaba un avión. Entre ellos había piedad, caridad, esa simpatía activa y vigilante que la gente del pueblo no testimonia más que a los suyos, a los pobres, y sólo en circunstancias excepcionales de miedo y miseria. Ya eran diez las veces que una matrona gruesa y robusta le ofrecía el brazo a Jeanne Michaud para ayudarla a avanzar. Ella misma llevaba a dos niños cogidos de la mano, mientras su marido cargaba con un hato de ropa y una cesta con un conejo vivo y patatas, únicos bienes terrenales de una viejecilla que había salido a pie de Nanterre. Pese al cansancio, el hambre y la preocupación, Maurice Michaud no se sentía demasiado desgraciado. Tenía una forma de ser muy especia no se consideraba demasiado importante; a sus propios ojos, no era la criatura única e irreemplazable que cada cual ve cuando piensa en sí mismo. Sus compañeros de desdicha le inspiraban piedad, pero una piedad lúcida y fría. Después de todo, se decía, aquellas grandes migraciones humanas parecían ordenadas por leyes naturales. Sin duda, los pueblos necesitaban desplazamientos periódicos masivos tanto como los rebaños la trashumancia. La idea le resultaba extrañamente consoladora. La gente que lo rodeaba creía que la mala suerte se cebaba en ellos, en su mísera generación, con especial saña; pero él no olvidaba que los éxodos se habían producido en todas las épocas. Cuántos hombres habían caído sobre aquella tierra (como sobre todas las tierras del mundo), vertiendo lágrimas de sangre, huyendo del enemigo, abandonando ciudades en llamas, apretando a sus hijos contra el pecho… Nadie había pensado jamás con simpatía en aquellos muertos incontables. Para sus descendientes eran poco más que pollos sacrificados. Se imaginó que sus dolientes sombras se alzaban en el camino, se inclinaban hacia él y le murmuraban al oído: «Nosotros conocimos todo esto antes que tú. ¿Por qué ibas a ser más feliz que nosotros?»

A su lado, la gruesa matrona gimió:

– ¡Nunca se han visto horrores parecidos!

– Ya lo creo que sí, señora -respondió Maurice con suavidad-. Ya lo creo que sí.

Llevaban andando tres días cuando vieron los primeros regimientos en retirada. La confianza estaba tan arraigada en el corazón de los franceses que, al divisar a los soldados, los refugiados pensaron que iban a librar batalla, que el alto mando había dado órdenes para que el ejército, todavía intacto, convergiera hacia el frente en pequeños grupos y por caminos apartados. Esa esperanza les dio ánimos. Los soldados no se mostraban muy locuaces. Casi todos estaban sombríos y taciturnos. Algunos dormían en el fondo de los camiones. Los carros de combate avanzaban pesadamente, camuflados con ramas y envueltos en polvo. Tras las hojas, agostadas por el ardiente sol, se veían rostros pálidos, chupados, con expresiones de cólera y agotamiento extremo.

A cada paso, la señora Michaud creía reconocer entre ellos la cara de su hijo. No vio el número de su regimiento ningún día, pero una especie de alucinación la embargaba: cada rostro desconocido, cada mirada, cada voz joven que oía, le causaba tal sobresalto que se paraba en seco, se llevaba la mano al corazón y, con un hilo de voz, murmuraba:

– ¡Oh, Maurice! ¿No es…?

– ¿Qué?

– No, nada…

Pero su marido no se dejaba engañar.

– Mi pobre Jeanne… -decía moviendo la cabeza-. Ves a tu hijo en todas partes.

Ella se limitaba a suspirar.

– Se le parece, ¿no crees?

Después de todo, podía ocurrir. Su hijo podía aparecer a su lado repentinamente: Jean-Marie, escapado de la muerte, diciéndoles con voz alegre y cariñosa, con aquella voz suya, masculina y suave, que le parecía estar oyendo en esos momentos: «Pero ¿qué hacéis aquí vosotros dos?»

¡Oh, tan sólo verlo, estrecharlo entre los brazos, ver brillar sus hermosos ojos con aquella mirada penetrante y viva…! Eran de color avellana, con largas pestañas de chica, ¡y veían tantas cosas! Ella le había enseñado desde niño a descubrir el lado cómico y conmovedor de la gente. A la señora Michaud, que sentía compasión por los demás, le gustaba reír: «Tu espíritu dickensiano, mi querida madre», le decía su hijo. ¡Y qué bien se entendían! Se burlaban alegre, cruelmente a veces, de aquellos de quienes tenían motivos de queja; aunque después una palabra, un movimiento, un suspiro, los desarmaban. Maurice era diferente; más sereno y más frío. A él lo quería y lo admiraba, pero Jean-Marie era… ¡oh, Dios mío!, todo lo que ella habría querido ser, todo lo que había soñado, todo lo bueno que había en ella, y su alegría, su esperanza… «Mi hijo, el amor de mi corazón, mi Jeannot…», pensó, volviendo a llamarlo por el diminutivo de cuando tenía cinco años y le cogía con dulzura las orejas para besarlo, le echaba la cabeza atrás y le hacía cosquillas con los labios, mientras él se reía como un poseso.

A medida que avanzaba por la carretera, sus ideas se volvían más febriles y confusas. Siempre le había gustado andar: de jóvenes, durante sus cortas vacaciones, Maurice y ella solían vagabundear por el campo mochila al hombro. Cuando no tenían bastante dinero para pagarse un hotel, viajaban así, a pie, con unas pocas provisiones y sus sacos de dormir. De modo que soportaba la fatiga mejor que la mayoría de sus compañeros; pero aquel incesante calidoscopio, aquel tropel de rostros desconocidos que pasaban ante ella, que aparecían, se alejaban y desaparecían, le causaban una sensación dolorosa, peor que el cansancio físico. «Un tiovivo en una ratonera», se decía. Los vehículos quedaban atrapados entre el gentío como esas hierbas que flotan en la superficie del agua, retenidas por invisibles lazos, mientras el torrente fluye alrededor. Jeanne volvía el rostro para no verlos. Envenenaban el aire con su olor a gasolina, ensordecían a la gente con sus inútiles bocinazos, pidiendo un paso que no se les podía dar. Ver la rabia impotente o la huraña resignación de los conductores era como un bálsamo para los corazones de los refugiados. «¡Van tan lentos como nosotros!», comentaban, y la sensación de que su desgracia era compartida se la hacía más llevadera.

Los fugitivos avanzaban en pequeños grupos. No se sabía muy bien qué azar los había unido a las puertas de París, pero ya no se apartaban unos de otros, aunque nadie sabía ni siquiera el nombre de su vecino. Con los Michaud iba una mujer alta y delgada que llevaba un mísero y raído abrigo y joyas falsas. Jeanne se preguntaba vagamente qué podía empujar a alguien a huir llevando dos gruesas perlas artificiales rodeadas de diminutos cristales en las orejas, piedras verdes y rojas en los dedos y un broche de estrás adornado con pequeños topacios en la blusa. Los seguían una portera y su hija, la madre menuda y pálida, la niña grande y fuerte, ambas vestidas de negro y arrastrando entre su equipaje el retrato de un hombre grueso con mostacho. «Mi marido, guarda de cementerio», decía la mujer. La acompañaba su hermana, que estaba embarazada y empujaba un cochecito donde dormía una criatura. Era jovencísima. Ella también se estremecía y buscaba con la mirada cada vez que aparecía un convoy militar.

– Mi marido está en el frente -decía.

En el frente, o tal vez allí… Todo era posible. Y Jeanne, quizá por centésima vez (es que ya no sabía muy bien lo que decía), le confiaba:

– Mi hijo también, mi hijo también…

Todavía no los habían ametrallado. Cuando al fin ocurrió, tardaron en comprenderlo. Oyeron una explosión, luego otra y después gritos:

– ¡Sálvese quien pueda! ¡Cuerpo a tierra! ¡A tierra!

Se arrojaron al suelo de inmediato y Jeanne pensó confusamente: «¡Qué grotescos debemos de parecer!» No tenía miedo, pero el corazón le latía con tanta fuerza que se apretó el pecho con ambas manos, jadeando, y lo apoyó sobre una piedra. Un tallo con una campanilla rosa en el extremo le rozaba los labios. Luego reparó en que, mientras estaban allí tumbados, una pequeña mariposa blanca volaba sin prisa de flor en flor. Al fin, una voz le dijo al oído:

– Ya está, se han ido.

Se levantó y se sacudió el polvo de la ropa. Nadie parecía haber resultado herido. Pero, tras unos instantes de marcha, vieron los primeros muertos: dos hombres y una mujer. Tenían el cuerpo destrozado, pero, curiosamente, los tres rostros estaban intactos, unos rostros normales y tristes, con una expresión asombrada, concentrada y estúpida, como si trataran en vano de comprender lo que les ocurría; unos rostros, Dios mío, tan poco hechos para una muerte bélica, tan poco hechos para cualquier muerte… La mujer no debía de haber dicho otra cosa en su vida que «¡Los puerros están cada vez más gordos!» o «¿Quién ha sido el marrano que me ha manchado el suelo?».

«Pero ¿cómo puedo saberlo? -se dijo Jeanne. Tras aquella frente estrecha, bajo aquellos cabellos apagados y revueltos, puede que hubiera tesoros de inteligencia y ternura-. ¿Qué otra cosa somos nosotros, Maurice y yo, a ojos de la gente, que una pareja de pobres empleadillos? En cierto sentido es verdad, y en otro somos seres valiosos y únicos. Yo lo sé. ¡Qué atrocidad tan absurda!», pensó por último.

Se apoyó en el hombro de Maurice, temblando y con las mejillas anegadas en lágrimas.

– Sigamos andando -dijo él tirándole de la mano con suavidad.

«¿Para qué?», pensaban ambos. Nunca llegarían a Tours. ¿Seguiría existiendo el banco? ¿No estaría el señor Corbin enterrado bajo un montón de escombros, con sus valores, con su bailarina, con las joyas de su mujer? Pero eso sería demasiado bonito, se dijo Jeanne en un acceso de crueldad. Mientras tanto, paso a paso, seguían su camino. No se podía hacer otra cosa que andar y ponerse en manos de Dios.


12

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El pequeño grupo formado por los Michaud y sus compañeros fue recogido la tarde del viernes. Los subieron a un camión militar. Viajaron en él toda la noche, tumbados entre cajas. Por la mañana llegaron a una ciudad cuyo nombre nunca conocerían. Las vías del tren estaban intactas, les dijeron. Podrían ir directamente a Tours. Jeanne entró en la primera casa que encontró en las afueras y preguntó si podía lavarse. La cocina ya estaba llena de refugiados, que hacían la colada en el fregadero, pero llevaron a Jeanne al jardín para que se aseara en la bomba. Maurice había comprado un espejito provisto de una cadenilla; lo colgó de la rama de un árbol y se afeitó. De inmediato se sintieron mejor, dispuestos a enfrentarse a la larga espera ante el cuartel donde distribuían la sopa y a la aún más larga ante la taquilla de tercera de la estación. Habían comido y estaban cruzando la plaza del ferrocarril cuando empezó el bombardeo. Los aviones enemigos llevaban tres días sobrevolando sin descanso la ciudad. La alerta sonaba constantemente. En realidad era una vieja alarma de incendios que hacía las veces de sirena; su débil y ridículo aullido apenas se oía entre el ruido de los coches, los berridos de los niños y los gritos de la enloquecida muchedumbre. La gente llegaba, bajaba del tren y preguntaba:

– Dios mío, ¿es una alerta?

– No, no, es el final -les respondían.

Y cinco minutos después volvía a oírse la débil sonería. La gente se lo tomaba a risa.

Allí todavía había tiendas abiertas, niñas jugando a la rayuela en la acera, perros correteando cerca de la vieja catedral. Nadie hacía caso de los aviones italianos y alemanes que sobrevolaban tranquilamente la ciudad. Habían acabado acostumbrándose a ellos.

De pronto, uno de ellos se separó de los demás y se lanzó en picado sobre la muchedumbre. «Se cae -pensó Jeanne, y luego-: Va a disparar, va a disparar, estamos perdidos…» Instintivamente se llevó las manos a la boca para ahogar un grito. Las bombas cayeron sobre la estación y un poco más allá, en las vías. Los cristales de la cubierta se derrumbaron, salieron despedidos hacia la plaza e hirieron y mataron a cuantos encontraron a su paso. Presas del pánico, algunas mujeres soltaban a sus hijos como si fueran molestos paquetes y salían huyendo. Otras los estrechaban contra su cuerpo con tanta fuerza que parecían querer meterlos de nuevo en su seno, como si ése fuera el único refugio seguro. Una desventurada rodó a los pies de Jeanne: era la mujer de las joyas artificiales. Refulgían en su cuello y sus dedos, mientras la sangre manaba de su destrozada cabeza. Aquella sangre caliente salpicó el vestido de Jeanne, sus medias y zapatos. Por suerte, no tuvo tiempo de contemplar los muertos que la rodeaban. Los heridos pedían auxilio entre los cascotes y los cristales rotos. Jeanne se unió a Maurice y otros hombres que intentaban retirar los escombros, pero era demasiado duro para ella. No les servía de ayuda. Entonces pensó en los niños que vagaban desorientados por la plaza, buscando a sus madres. Jeanne empezó a llamarlos, cogerlos de la mano y llevarlos aparte, bajo el pórtico de la catedral; luego volvía junto a la gente y, cuando veía a una mujer desesperada, chillando y corriendo de aquí para allá, con voz fuerte y templada, tan templada que a ella misma le sorprendía, le gritaba:

– ¡Los niños están en la puerta de la catedral! Vaya a buscar al suyo. ¡Quienes hayan perdido a sus hijos, que vayan a buscarlos a la catedral!

Las mujeres corrían hacia el templo. Unas lloraban, otras se echaban a reír, otras lanzaban una especie de aullido visceral, ahogado, que no se parecía a ningún otro grito. Los niños estaban mucho más tranquilos. Sus lágrimas se secaban rápidamente. Las madres se los llevaban apretándolos contra su pecho. Ninguna se detuvo a darle las gracias. Jeanne volvió a la plaza, donde le dijeron que la ciudad no había sufrido grandes daños, pero que un convoy sanitario había sido alcanzado por las bombas cuando entraba en la estación; no obstante, la línea de Tours seguía intacta. El tren se estaba formando en esos momentos y saldría al cabo de un cuarto de hora. Olvidándose de los muertos y los heridos, la gente se precipitaba hacia la estación agarrada a sus maletas y sombrereras, como náufragos a los salvavidas, y se disputaba los asientos. Los Michaud vieron las primeras camillas con soldados heridos. El caos les impidió acercarse y distinguir sus rostros. Los subían a camiones, a coches militares y civiles requisados a toda prisa. Jeanne vio a un oficial acercarse a un camión lleno de niños acompañados por un sacerdote.

– Lo siento mucho, padre -oyó decir al militar-, pero necesito el camión. Tenemos que llevar a los heridos a Blois. -El sacerdote hizo un gesto a los chicos, que empezaron a bajar-. Lo siento mucho, de verdad -repitió el oficial-. Supongo que es un colegio…

– Un orfanato.

– Haré que le devuelvan el camión, si encuentro gasolina.

Los muchachos, adolescentes de entre catorce y dieciocho años, cada cual con su pequeña maleta, bajaban y se agrupaban alrededor del sacerdote.

– ¿Vamos? -preguntó Maurice volviéndose hacia ella.

– Sí. Espera.

– ¿Para qué?

Jeanne trataba de ver las camillas que pasaban entre la muchedumbre. Pero había demasiada gente: no veía nada. A su lado, otra mujer se alzaba de puntillas, como ella. Movía los labios, pero no emitía ninguna palabra inteligible: rezaba o repetía un nombre. Miró a Jeanne.

– Siempre cree una que va a ver al suyo, ¿verdad? -le dijo, y soltó un leve suspiro.

En efecto, no había ninguna razón para que fuera el suyo, y no el de cualquier otra, quien apareciera de pronto ante sus ojos; el suyo, su Jean-Marie, su amor. ¿Estaría en algún sitio tranquilo?

Hasta las batallas más terribles dejan zonas intactas, preservadas entre barreras de llamas.

– ¿Sabe de dónde venía ese tren? -le preguntó Jeanne a su vecina.

– No.

– ¿Hay muchas víctimas?

– Dicen que hay dos vagones llenos de muertos.

Jeanne dejó de resistirse a su marido, que le tiraba de la mano. No sin dificultad, se abrieron paso hasta la estación. Tenían que ir sorteando morrillos, bloques de piedra y montones de cristales rotos. Al fin, consiguieron llegar al tercer andén, que estaba intacto. El tren de Tours, un correo de provincias negro y parsimonioso, esperaba la salida escupiendo humo.


13

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Jean-Marie, herido dos días antes, iba en el tren bombardeado. Esta vez no había sufrido daños, pero el vagón en que viajaba estaba ardiendo. El esfuerzo para levantarse y llegar a la puerta hizo que se le reabriera la herida. Cuando lo recogieron y lo subieron al camión, estaba semiinconsciente. Iba tumbado en una camilla, pero la cabeza se le había deslizado fuera y, a cada sacudida del vehículo, golpeaba contra una caja vacía. Tres camiones llenos de soldados avanzaban lentamente en fila india por un camino bombardeado y apenas practicable. Los aviones enemigos sobrevolaban el convoy una y otra vez. Jean-Marie emergió fugazmente de su turbio delirio y pensó: «Las gallinas deben de sentirse como nosotros cuando vuela el gavilán…»

Confusamente, volvió a ver la granja de su nodriza, donde pasaba las vacaciones de Semana Santa cuando era niño. El corral estaba inundado de so los pollos picoteaban el grano y correteaban por los montones de ceniza; luego, la gran mano huesuda de la nodriza atrapaba uno, le ataba las patas, se lo llevaba y cinco minutos después… aquel chorro de sangre que escapaba con un débil y grotesco borboteo. Era la muerte… «A mí también me han atrapado y me han llevado… -pensó Jean-Marie-. Atrapado y llevado… Y mañana, cuando me arrojen a la fosa, desnudo y flaco, no tendré mejor pinta que un pollo.»

De pronto, su frente golpeó la caja con tal brusquedad que Jean-Marie soltó un débil quejido; ya no tenía fuerzas para gritar, pero bastó para llamar la atención del compañero que iba tumbado junto a él, con una herida en la pierna pero menos grave.

– ¿Qué pasa, Michaud? Michaud, ¿estás bien?

«Dame de beber y ponme la cabeza un poco mejor. Y espántame esta mosca de los ojos», quiso decir Jean-Marie, pero sólo murmuró:

– No… -Y cerró los ojos.

– Eso tuyo se arregla -gruñó el camarada.

En ese momento empezaron a caer bombas alrededor del convoy. Destruyeron un pequeño puente, cortando la carretera a Blois. Había que volver atrás y abrirse paso entre la riada de refugiados, o ir por Vendôme. No llegarían antes del anochecer.

«Pobres muchachos», pensó el médico militar mirando a Michaud, el herido más grave. Le puso una inyección. El convoy reanudó la marcha. Los dos camiones cargados de heridos leves subieron hacia Vendôme; el que llevaba a Jean-Marie tomó un camino que debía acortar el viaje varios kilómetros, pero no tardó en pararse. Se había quedado sin gasolina. El médico se puso a buscar una casa donde alojar a sus hombres. Allí estaban apartados de la desbandada; el río de vehículos discurría más abajo. Desde la colina a la que subió el oficial, en aquel suave y apacible crepúsculo de junio, de un violeta azulado, se veía una masa negra de la que escapaban los indistintos y discordantes sonidos de las bocinas, los gritos, las llamadas, un rumor sordo y siniestro que encogía el corazón.

El médico vio varias granjas muy cercanas entre sí, una especie de aldea. Estaban habitadas, pero sólo quedaban mujeres y niños. Los hombres estaban en el frente. Jean-Marie fue trasladado a una de ellas. Las casas vecinas acogieron a los demás soldados; en cuanto al oficial, encontró una bicicleta de mujer y decidió ir a la ciudad más cercana en busca de ayuda, de gasolina, de camiones, de lo que encontrara…

«Si tiene que morir -pensó echando un último vistazo a Michaud, que seguía tendido en su camilla en la amplia cocina de la granja, mientras las mujeres preparaban y calentaban la cama-, si ha llegado su hora, más vale que sea entre sábanas limpias que en la carretera…»

Empezó a pedalear hacia Vendôme. Cuando estaba llegando a la ciudad, tras viajar toda la noche, cayó en manos de los alemanes, que lo hicieron prisionero. Entretanto, al ver que no volvía, las mujeres habían ido al pueblo a avisar al médico y las monjas del hospital. El hospital estaba lleno, porque habían llevado allí a las víctimas del último bombardeo. Los soldados se quedaron en la aldea. Las mujeres se quejaban: en ausencia de los hombres, bastante tenían con las faenas del campo y el cuidado de los animales como para encima ocuparse de los heridos que les habían endosado. Levantando con dificultad los párpados, que le ardían de fiebre, Jean-Marie veía delante de su cama a una anciana de nariz larga y cetrina que hacía punto y suspiraba mirándolo:

– Si al menos supiera que mi pobre muchacho, allá donde lo tengan, está tan bien cuidado como éste, al que no conozco de nada…

En las pausas entre sus confusos sueños, Jean-Marie oía el tintineo de las agujas; la madeja de lana rebotaba en su cubrepiés; en su delirio, le parecía que la mujer tenía las orejas puntiagudas y una cola, y extendía la mano para acariciársela. De vez en cuando, la nuera de la granjera se acercaba a la cama; era joven, tenía un rostro fresco, rubicundo, de rasgos un poco toscos, y ojos negros, vivaces y límpidos. Un día le trajo un puñado de cerezas y se las dejó en la almohada. Le prohibieron comérselas, pero se las llevaba a las mejillas, que le ardían como el fuego, y se sentía aliviado y casi feliz.


14

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Los Corte habían dejado Orleáns y seguían viajando hacia Burdeos. Lo que complicaba las cosas era que no sabían exactamente adónde iban. En un primer momento habían pensado marcharse a Bretaña, pero luego decidieron dirigirse al sur. Ahora Gabriel decía que se iría de Francia.

– No saldremos vivos de aquí -murmuró Florence.

Lo que sentía no era tanto cansancio y miedo como cólera, una rabia ciega, frenética, que iba creciendo en su interior y la ahogaba. A su modo de ver, Gabriel había incumplido el contrato tácito que los unía. Después de todo, entre un hombre y una mujer de su situación, de su edad, el amor es un trueque. Ella se había entregado porque a cambio esperaba recibir de él una protección no sólo material, sino también espiritual, y hasta entonces la había recibido en forma de dinero y prestigio; Gabriel le había pagado como debía. Pero, de pronto, le parecía un hombre débil y despreciable.

– ¿Quieres decirme qué vamos a hacer nosotros en el extranjero? ¿Cómo viviremos? Todo tu dinero está aquí, puesto que cometiste la estupidez de traértelo de Londres, nunca he sabido por qué, ¡caramba!

– Porque pensaba que Inglaterra corría más peligro que Francia. He confiado en mi país, en el ejército de mi país. Supongo que no irás a reprocharme también eso, ¿no? Además, ¿por qué te preocupas tanto? Afortunadamente soy famoso en todas partes, creo yo.

Gabriel se interrumpió bruscamente, sacó la cabeza por la ventanilla y volvió a meterla con un gesto de irritación.

– ¿Y ahora qué pasa? -exclamó Florence alzando los ojos al cielo.

– Esa gente…

Corte señaló el coche abollado que acababa de adelantarlos. Florence miró a sus ocupantes; habían pasado la noche en Orleáns junto a ellos, en la plaza. El hombre de la gorra, la mujer con el bebé y la otra con la cabeza vendada eran fácilmente reconocibles.

– ¡Bueno, pues no los mires! -exclamó Florence, exasperada. Gabriel golpeó violenta y repetidamente el pequeño bolso con adornos de oro y marfil en que iba acodado.

– ¡Si acontecimientos tan dolorosos como una derrota y un éxodo no están revestidos de cierta nobleza, de cierta grandeza, no tienen razón de ser! No admito que esos tenderos, esas porteras y esos zarrapastrosos envilezcan un ambiente de tragedia con sus lloriqueos, su cháchara y su grosería. ¡Míralos! ¡Míralos! ¡No los soporto, te lo juro! ¡Vamos, Henri, acelere de una vez! -ordenó al chofer-. ¿Es que no puede dejar atrás a esa chusma?

Henri ni siquiera respondió. El coche, que medía tres metros, se detenía constantemente, atrapado en el indescriptible caos de vehículos, bicicletas y peatones. De nuevo poniéndose a la par del otro, Gabriel observó a la mujer de la cabeza vendada. Tenía cejas negras y gruesas, dientes largos y blancos, y el labio superior cubierto de vello. El vendaje se veía manchado de sangre y con mechones negros pegados al algodón y la tela. Gabriel se estremeció de asco y volvió la cabeza, pero la mujer le sonreía e intentaba entablar conversación.

– No avanzamos mucho, ¿eh? -le preguntó amistosamente, asomándose a la ventanilla-. Por lo menos hemos acertado yendo por aquí. ¡Menudo bombardeo les ha caído encima a los de la otra parte! Todos los castillos del Loira están destruidos, caballero…

La mujer advirtió al fin la gélida mirada de Gabriel y se calló.

– ¿Ves como no puedo librarme de ellos?

– ¡Pues deja de mirarlos!

– ¡Como si fuera tan sencillo! ¡Qué pesadilla! ¡Ah, qué fealdad, qué vulgaridad, qué espantosa ordinariez la de esta gentuza!

Se acercaban a Tours. Gabriel llevaba rato bostezando: tenía hambre. Desde que habían salido de Orleáns, apenas había probado bocado. A semejanza de Byron, decía, era de costumbres frugales; se contentaba con verdura, fruta y agua con gas, pero una o dos veces por semana necesitaba una comida abundante y sustanciosa. Ahora sentía esa necesidad. Iba inmóvil, silencioso, con los ojos cerrados y el hermoso y pálido rostro contraído en una expresión de sufrimiento, como en los momentos en que formaba las primeras frases escuetas y puras de sus libros (le gustaba que fueran tan ligeras y zumbantes como cigarras; luego venía el sonido sordo y apasionado, lo que él llamaba «mis violones». «Hagamos sonar los violones», decía). Pero esa noche su mente estaba ocupada en otras ideas. Volvía a ver, con una intensidad extraordinaria, los sándwiches que Florence le había ofrecido en Orleáns; en su momento le habían parecido poco apetitosos, un tanto reblandecidos por el calor. Eran pequeños bollos untados de foie-gras o rebanadas de pan negro con una rodaja de pepino y una hoja de lechuga; su sabor debía de ser agradable, fresco, ácido. Bostezó de nuevo, abrió el bolso y encontró una servilleta manchada y un tarro de encurtidos.

– ¿Qué buscas? -le preguntó Florence.

– Un sándwich.

– No quedan.

– ¿Cómo? Hace un momento había tres.

– Se había salido la mayonesa. No se podían comer, así que los he tirado. En Tours podremos cenar, espero.

Las afueras de Tours habían aparecido en el horizonte, pero los vehículos no avanzaban. Se había instalado una barrera en un cruce y había que esperar turno. Transcurrió una hora. Gabriel palidecía por momentos. Ya no soñaba con sándwiches, sino con deliciosas sopas calientes, con los pastelillos fritos en mantequilla que había comido en Tours una vez que volvía de Biarritz (estaba con una mujer, pero ya no se acordaba del nombre ni de la cara; curiosamente, lo único que había permanecido en su memoria eran aquellos pastelillos a la mantequilla con sendos trocitos de trufa en el suave y cremoso relleno). Luego pensó en un grueso filete rojo y sangrante de rosbif, con una nuez de mantequilla fundiéndose lentamente sobre la tierna carne… ¡Qué delicia! Sí, eso era lo que necesitaba, un rosbif, un bistec, un chateaubriand… O al menos un escalope o una chuleta de cordero. Soltó un profundo suspiro.

Era un atardecer suave y dorado, sin viento, sin demasiado calor, el final de un día espléndido. Una dulce sombra se extendía sobre los campos y caminos, como un ala… Del cercano bosque llegaba un débil aroma a fresas. Se percibía intermitentemente en el aire enrarecido por los gases del petróleo y el humo. Los coches avanzaron unos metros y se detuvieron bajo un puente. Unas mujeres lavaban ropa en el río, tranquilamente. El horror y el absurdo de los acontecimientos resultaban aún más patentes en contraste con aquellas imágenes de paz. Un molino hacía girar su rueda muy lejos de allí.

– Aquí habrá buena pesca -comentó Gabriel con aire soñador.

Dos años antes, en Austria, cerca de un pequeño río rápido y claro como aquél había comido truchas al roquefort. La carne, bajo la piel nacarada y azul, era sonrosada como la de un recién nacido. Y aquellas patatas al vapor… tan sencillas, tan clásicas, con una pizca de mantequilla fresca y perejil picado… Miró esperanzado los muros de la ciudad. Al fin, al fin entraban. Pero, en cuanto sacaron la cabeza por la ventanilla, vieron la cola de refugiados que esperaban de pie en la calle. Un comedor de beneficencia distribuía alimentos entre los hambrientos, se comentaba, pero no quedaba comida en ningún otro sitio.

Una mujer bien vestida que tenía a un niño cogido de la mano se volvió hacia Gabriel y Florence.

– Llevamos aquí cuatro horas -les dijo-. El niño llora… Es espantoso…

– Es espantoso -repitió Florence.

Detrás de ellos, apareció la mujer de la cabeza vendada.

– No merece la pena esperar -dijo-. Van a cerrar. No queda nada. -Hizo un gesto tajante con la mano-. Nada de nada. Ni un mendrugo de pan. Mi cuñada, que viaja conmigo y dio a luz hace tres semanas, no ha comido nada desde ayer y tiene que amamantar a su hijo. Y aún te dicen: ¡tened hijos! ¡Qué poca vergüenza! ¡Hijos, sí! ¡Qué risa me dan!

Un lúgubre murmullo recorrió la cola.

– Nada, nada, no les queda nada. Te dicen: «Vuelva mañana.» Dicen que los alemanes se acercan, que el regimiento se marcha esta noche.

– ¿Han ido a mirar si hay algo en la ciudad?

– ¿Y para qué? Todo el mundo se va, parece una ciudad abandonada. Después de esto, ya hay quien empieza a acaparar, se lo digo yo.

– Es espantoso -volvió a gemir Florence.

En su angustia, se dirigía a los ocupantes del coche abollado. La mujer del bebé estaba pálida como una muerta. La otra meneaba la cabeza con expresión sombría.

– ¿Esto? Esto no es nada. Todo esto es cosa de los ricos, pero el que más sufre es el obrero.

– ¿Qué vamos a hacer? -dijo Florence, volviéndose hacia Gabriel con gesto de desesperación.

Él le indicó que lo siguiera y echó a andar con brío. Acababa de salir la luna y su resplandor permitía moverse sin dificultad por aquella ciudad de postigos cerrados y puertas atrancadas, en la que no brillaba una luz y nadie se asomaba a las ventanas.

– Mira, todo eso no son más que sandeces -dijo Gabriel bajando la voz-. Es imposible que pagando no se encuentre comida. Créeme, una cosa es el rebaño de los idiotas y otra los espabilados que han guardado las provisiones en sitio seguro. Basta con encontrar a un espabilado -aseguró, y se detuvo-. Esto es Paray-le-Monial, ¿verdad? Ahora verás lo que buscaba. Hace dos años cené en este restaurante. El dueño se acordará de mí, espera. -Empezó a aporrear la puerta, cerrada con candado, y gritó con voz imperiosa-: ¡Abra, abra, buen hombre! ¡Soy un amigo!

¡Y se hizo el milagro! Se oyeron pasos; una llave giró en la cerradura. Una nariz inquieta se asomó a la puerta.

– Dígame, me reconoce, ¿verdad? Soy Corte, Gabriel Corte. Estoy muerto de hambre, amigo mío. Sí, sí, ya sé, no le queda nada… Pero, tratándose de mí, si busca bien… ¿no encontrará algo? ¡Ajá! ¿Se acuerda ahora de mí?

– Lo siento, caballero, pero no puedo dejarle entrar en casa -susurró el hombre-. ¡Me asediarían! Vaya a la esquina y espéreme allí. Iré enseguida. Será un placer atenderlo, señor Corte, pero estamos tan mal provistos, tan mal… En fin, veré si buscando bien…

– Sí, eso es, buscando bien…

– Pero sobre todo no se lo cuente a nadie, ¿eh? No puede imaginarse lo que ha ocurrido hoy. Escenas de locura… Mi mujer está muerta de miedo. ¡Lo devoran todo y se marchan sin pagar!

– Confío en usted, amigo mío -dijo Gabriel entregándole unos billetes.

Cinco minutos después, Florence y él volvían al coche llevando una misteriosa cesta tapada con una servilleta.

– No tengo ni idea de su contenido -murmuró Gabriel con el tono distante y soñador que adoptaba para hablar con las mujeres, con las mujeres deseadas y todavía no poseídas-. Ni idea… Pero creo que me llega un olorcillo a foie-gras…

En ese instante, una sombra se abalanzó, les arrebató la cesta y apartó a Gabriel de un puñetazo. Fuera de sí, Florence se llevó las manos al cuello y chilló:

– ¡Mi collar! ¡Mi collar!

Pero el collar seguía allí, lo mismo que el joyero que habían llevado consigo. Los ladrones sólo les habían quitado la cena. Florence se encontraba ilesa al lado de Gabriel, que se palpaba la mandíbula y la dolorida nariz repitiendo:

– Esto es una jungla, estamos atrapados en una jungla…


15

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– No has debido hacerlo -suspiró la mujer que sostenía al bebé.

Sus mejillas habían recobrado un poco de color. El viejo Citroën destartalado había maniobrado con suficiente habilidad para salir del atasco, y ahora sus ocupantes descansaban sentados en el musgo de un bosquecillo. Una luna redonda y pura brillaba en el firmamento, pero, a falta de luna, el enorme incendio que ardía en el horizonte habría bastado para iluminar la escena: grupos de gente tumbada bajo los pinos, coches inmóviles y, junto a la joven y el hombre de la gorra, la cesta de provisiones, abierta y medio vacía, y el gollete dorado de una botella de champán descorchada.

– No, no has debido hacerlo… No me parece bien. ¡Qué desgracia, verse obligados a esto, Jules!

El hombre, bajo y esmirriado, con una cara que era todo frente y ojos, la boca débil y una barbilla minúscula que le daba aspecto ratonil, protestó:

– Entonces, ¿qué? ¿Hay que morirse?

– ¡Déjalo, Aline, que tiene razón! -exclamó la mujer de la cabeza vendada-. ¿Qué querías que hiciéramos? ¡Esos dos no tienen derecho ni a vivir, te lo digo yo!

Se callaron. La mujer de la cabeza vendada había sido sirvienta y después se había casado con un obrero de la Renault. Durante los primeros meses de la guerra él había conseguido quedarse en París, pero al final, en febrero, no había tenido más remedio que marcharse, y ahora estaba luchando Dios sabía dónde. Y eso que había combatido en la anterior guerra y era el mayor de cuatro hermanos; pero no le había servido de nada. Los privilegios, las exenciones, los enchufes, todo eso era para los burgueses, pensaba ella. En el fondo de su corazón había capas de odio que se superponían sin confundirse: la de la campesina que instintivamente detesta a la gente de la ciudad, la de la criada cansada y amargada por haber vivido en casas ajenas y, finalmente, la de la obrera, porque durante aquellos últimos meses había sustituido a su marido en la fábrica. No estaba habituada a aquel trabajo de hombre, que le había endurecido los brazos y el alma.

– Pero tú te has portado, Jules -le dijo a su hermano-. ¡Te aseguro que no te creía capaz de algo así!

– Cuando vi a Aline desmayada de hambre, y a esos cerdos cargados de botellas, de foie-gras y de todo, no sé qué me ha dado.

Aline, que parecía más tímida y más dulce, aventuró:

– Podríamos haberles pedido un poco, ¿no crees, Hortense?

Su marido y su cuñada se sulfuraron:

– ¡Sí, claro! ¡Ay, Dios mío, qué poco los conoces! Esos nos verían reventar como perros y se quedarían tan orondos… ¡Te lo digo yo, que los conozco bien! -gruñó Hortense-. Y éstos son los peores. Él iba por casa de la condesa Barral du Jeu, un vejestorio inaguantable; escribe libros y obras de teatro. Un chalado, según dice el chofer, y más tonto que hecho de encargo. -Hortense guardó el resto de las provisiones sin dejar de hablar. Sus gruesas manos se movían con extraordinaria rapidez y habilidad. Cuando acabó, cogió al bebé y le quitó los pañales-. ¡Pobrecito mío, qué viaje! ¡Ay, qué pronto va a saber éste lo que es la vida! Aunque tal vez sea lo mejor. A veces me alegro de haber tenido que bregar desde cría y saber servirme de las manos… ¡Los hay que no pueden decir tanto! ¿Te acuerdas, Jules? Cuando murió mamá yo tenía trece años, pero me echaba el bártulo de ropa a la espalda y me iba al lavadero hiciera el tiempo que hiciera… En invierno tenía que romper el hielo. ¡Cuántas veces habré llorado tapándome la cara con las manos agrietadas! Pero eso me enseñó a espabilarme y no tener miedo.

– Es verdad, tú no te acobardas por nada -reconoció Aline.

Una vez cambiado, lavado y secado el bebé, Aline se desabrochó la blusa y se lo puso contra el pecho. Su marido y su cuñada la miraban sonriendo.

– ¡Al menos mi pobre chiquitín tendrá algo que mamar! ¡Vamos!

El champán se les había subido a la cabeza y sentían una dulce embriaguez. Contemplaban el lejano incendio sumidos en el amodorramiento. A veces olvidaban por qué estaban en aquel extraño lugar, por qué habían abandonado su pisito junto a la Gare de Lyon, cogido la carretera, vagado por el bosque de Fontainebleau, robado a Corte. Todo se volvía oscuro y borroso, como en un sueño. La jaula colgaba de una rama baja y dieron de comer a los pájaros. Al marcharse, Hortense no se había olvidado de coger un paquete de alpiste. Se sacó unos azucarillos del fondo del bolsillo y los echó en una taza de café caliente: el termo había sobrevivido al accidente. Se la bebió sorbiendo, adelantando los gruesos labios y posando una mano sobre los opulentos pechos para no mancharse. De pronto, un rumor saltó de grupo en grupo:

– Los alemanes han entrado en París esta mañana.

Hortense dejó caer la taza, todavía medio llena. Su grueso rostro enrojeció aún más. Bajó la cabeza y se echó a llorar. Sus lágrimas, escasas y ardientes, eran las de una mujer dura que no solía compadecerse ni de sí misma ni de los demás. La embargaba un sentimiento de cólera, pena y vergüenza, tan violento que sentía un dolor físico, lancinante y agudo en la zona del corazón.

– Ya sabéis cuánto quiero a mi marido… -murmuró al fin-. Mi pobre Louis… Estamos los dos solos, y él trabaja, no bebe, no pendonea…: En fin, que nos queremos. No lo tengo más que a él, pero si me dijeran: no volverás a verlo, a estas horas está muerto, pero la victoria es nuestra… ¡Bueno, pues lo preferiría! Y no lo digo por decir, ¡eh! ¡Lo preferiría!

– ¡Ya lo creo! -dijo Aline buscando en vano una expresión más contundente-. Ya lo creo que es triste.

Jules callaba y pensaba en el brazo medio paralizado que le había permitido librarse del servicio militar y la guerra. «¡Qué suerte la mía!», se decía, al mismo tiempo que algo, no sabía qué, casi un remordimiento, lo desazonaba.

– En fin, es así. Es así y nosotros no podemos hacer nada -les dijo a las mujeres con expresión sombría.

Volvieron a hablar de Corte. Pensaban con satisfacción en la estupenda cena que habían disfrutado en su lugar. No obstante, ahora lo juzgaban con más benevolencia. Hortense, que en casa de la condesa Barral du Jeu había visto escritores, académicos y un día incluso a la condesa de Noailles, los hizo llorar de risa contándoles lo que sabía sobre ellos.

– No es que sean malos. Lo que pasa es que no conocen la vida -dijo Aline.


16

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Los Péricand no habían encontrado alojamiento en la ciudad, pero en un pueblo cercano, dos viejas solteronas que vivían enfrente de la iglesia tenían una enorme habitación libre. Los niños, que se caían de sueño, se acostaron vestidos. Con voz angustiada, Jacqueline pidió que dejaran el cesto del gato a su lado. Se le había metido en la cabeza que se escaparía, que lo perderían, que lo olvidarían, que se moriría de hambre por los caminos. Introdujo la mano entre los barrotes del cesto, que formaban una especie de ventanilla por la que se veía un ojo verde y reluciente y unos largos bigotes erizados de cólera, y sólo entonces se quedó tranquila. Emmanuel lloraba, asustado en aquella habitación desconocida e inmensa, por la que las dos viejas solteronas revoloteaban como moscardones, gimoteando: «¡Cuándo se ha visto una cosa así! ¡Qué pena, Dios mío! Pobres criaturitas inocentes… Pobre angelito mío…» Tumbado boca arriba, Bernard las miraba con expresión seria y abstraída, chupando el azucarillo que llevaba desde hacía tres días en el bolsillo, donde el calor lo había fundido con una mina de lápiz, un sello usado y un trozo de cordel. La otra cama de la habitación estaba ocupada por el viejo señor Péricand. La señora Péricand, Hubert y los criados pasarían la noche en las sillas del comedor.

Por las ventanas abiertas se veía un pequeño jardín iluminado por la luna. Un apacible resplandor bañaba los aromáticos racimos de azucena y los plateados guijarros del sendero, por el que una gata avanzaba sigilosamente. En el comedor, los refugiados oían la radio junto con algunos vecinos del pueblo. Las mujeres lloraban. Los hombres bajaban la cabeza, silenciosos. No sentían desesperación propiamente dicha, sino más bien una especie de incapacidad para comprender, un estupor como el que, cuando estamos soñando, experimentamos en el momento en que las tinieblas de la inconsciencia van a disiparse, en que el día se acerca, en que lo presentimos, en que todo nuestro ser se dirige hacia la luz, en que pensamos: «No es más que una pesadilla, voy a despertar.» Permanecían inmóviles, con la cabeza vuelta para evitar los ojos de los demás. Cuando Hubert apagó la radio, todos los hombres se marcharon sin decir palabra. En el comedor sólo quedaba el grupo de mujeres. Se oían sus murmullos, sus suspiros; lloraban las desgracias de la Patria, a la que veían con los amados rasgos de los maridos y los hijos que seguían luchando. Su dolor era más visceral que el de sus compañeros, más simple y también más locuaz; lo aliviaban con recriminaciones y exclamaciones: «Tantos sufrimientos ¡para esto! Para acabar así… ¡Qué desgracia! Nos han traicionado, señora, se lo digo yo… Nos han vendido, y ahora el que sufre es el pobre…»

Hubert las escuchaba con el puño apretado y el corazón rabioso. ¿Qué hacía él allí? «Hatajo de viejas cotorras», se decía. ¡Ah, si tuviera un par de años más! En su espíritu, hasta entonces tierno y ligero, más joven que su edad, despertaban de pronto las pasiones y las torturas del hombre adulto: angustia patriótica, un ardiente deseo de sacrificio, vergüenza, dolor y cólera. Al fin, por primera vez en su vida, una aventura era lo bastante seria como para apelar a su responsabilidad, pensaba Hubert. No bastaba con llorar ni hablar de traición; él era un hombre. No tenía la edad legal para luchar, pero sabía que era más fuerte, más resistente al cansancio, más hábil, más listo que aquellos viejos de treinta y cinco y cuarenta años a los que habían mandado al frente, y además era libre. ¡A él no lo retenía ninguna familia, ningún amor!

– ¡Oh, quiero ir! -murmuró-. ¡Quiero ir! -Corrió junto a su madre, la cogió de la mano y se la llevó aparte-. Madre, deme provisiones, mi jersey rojo que está en su bolso, y… un beso. Me voy -le dijo.

Se ahogaba. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Ella lo miró y comprendió.

– Vamos, hijo mío, no seas loco…

– Me voy, madre. No puedo quedarme aquí… Si tengo que quedarme aquí, como un inútil, con los brazos cruzados mientras… ¡Me moriré, me mataré! ¿No comprende que los alemanes llegarán, reclutarán a todos los chicos a la fuerza y los obligarán a luchar en su bando? ¡No quiero! Deje que me vaya.

Sin darse cuenta, Hubert fue levantando la voz y ahora estaba gritando, sin poder contenerse. Lo rodeaba un asustado grupo de temblorosas viejas; otro chico, apenas mayor que él, sobrino de las dueñas de la casa, sonrosado y rubio, de pelo rizado y grandes e ingenuos ojos azules, se había unido a él y repetía, con ligero acento meridional (sus padres eran funcionarios, y él había nacido en Tarascon):

– Claro que hay que irse, ¡y esta misma noche! Mira, no muy lejos de aquí, en el bosque de la Sainte, están las tropas… No tenemos más que coger las bicicletas y largarnos.

– René -gimieron sus tías abrazándose a él-. ¡René, niño mío, piensa en tu madre!

– Déjenme, tías, esto no es cosa de mujeres -respondió él rechazándolas, con el delicado rostro encendido de gozo: estaba orgulloso de lo bien que había hablado.

Miró a Hubert, que se había secado las lágrimas y estaba de pie ante la ventana, sombrío y resuelto. Se acercó a él y le susurró al oído:

– ¿Nos iremos?

– Por supuesto -musitó Hubert. Y tras una breve reflexión añadió-: Nos encontraremos a medianoche, a la salida del pueblo.

Los dos chicos se dieron la mano disimuladamente. A su alrededor, las mujeres hablaban todas a la vez, los conminaban a renunciar a su plan, a conservar para el futuro unas vidas tan valiosas, a tener piedad de sus padres… De pronto, en el piso de arriba, Jacqueline soltó un grito desgarrador:

– ¡Mamá! ¡Mamá, venga enseguida! ¡Se ha escapado Albert!

– ¿Albert, su otro hijo? ¡Ay, Dios mío! -exclamaron las solteronas.

– No, no; Albert es el gato -aclaró la señora Péricand, y le pareció que empezaba a volverse loca. Entretanto, unos estampidos sordos y violentos estremecían el aire: los cañones tronaban a lo lejos… ¡Estaban rodeados de peligros! Se dejó caer en una silla-. ¡Escúchame bien, Hubert! ¡En ausencia de tu padre, quien manda soy yo! Eres un niño, apenas tienes diecisiete años, tu deber es reservarte para el porvenir…

– ¿Para la próxima guerra?

– Para la próxima guerra -repitió maquinalmente la señora Péricand-. Mientras tanto, lo que tienes que hacer es callarte y obedecerme. ¡No te irás! ¡Si tuvieras un poco de corazón ni siquiera se te habría ocurrido una idea tan cruel, tan estúpida! ¿Quizá te parece que aún no soy lo bastante desgraciada? ¿No te das cuenta de que está todo perdido? ¿De que los alemanes están llegando y te matarán o te harán prisionero antes de que hayas recorrido cien metros? ¡Cállate! No pienso discutir contigo. ¡Si quieres salir de aquí, tendrás que pasar sobre mi cadáver!

– ¡Mamá, mamá! -clamaba Jacqueline-. ¡Quiero a Albert! ¡Que vayan a buscarlo! ¡Lo atraparán los alemanes! ¡Le dispararán, lo robarán, me lo quitarán! ¡Albert!¡Albert!¡Albert!

– ¡Cállate, Jacqueline! ¡Vas a despertar a tus hermanos!

Todas gritaban a la vez. Con labios temblorosos, Hubert se alejó de aquel caótico y desgreñado grupo de viejas. ¿Es que no entendían nada? La vida era shakesperiana, maravillosa y trágica, y ellas la degradaban sin motivo. El mundo se derrumbaba, ya no era más que escombros y ruinas, pero ellas no cambiaban. Criaturas inferiores, no tenían heroísmo ni grandeza, ni fe ni espíritu de sacrificio. Sólo sabían empequeñecer todo lo que tocaban, reducirlo a su medida. ¡Oh, Dios, ver a un hombre, estrechar la mano de un hombre! Aunque fuera a su padre, pensó, pero mejor a su querido hermano mayor, al buen, al gran Philippe. Necesitaba tanto la presencia de su hermano que los ojos volvieron a humedecérsele. El incesante fragor de los cañones lo inquietaba y lo excitaba; con el cuerpo sacudido por escalofríos, volvía bruscamente la cabeza a diestro y siniestro, como un potro asustado. Pero no tenía miedo. ¿Miedo, él? No, no tenía miedo. Aceptaba, acariciaba la idea de la muerte. Sería una muerte hermosa por una causa perdida. Mejor que pudrirse en las trincheras, como en el catorce. Ahora se luchaba a cielo abierto, bajo el hermoso sol de junio o en aquel resplandeciente claro de luna.

Su madre había subido a ver a Jacqueline, pero había tomado precauciones: cuando él quiso salir al jardín, se encontró la puerta cerrada con llave. La aporreó, la sacudió… Las dueñas, que se habían retirado a su habitación, protestaron:

– ¡Deje tranquila la puerta, señor! Es tarde. Estamos cansadas y tenemos sueño. Déjenos dormir. -Y una de ellas añadió-: Vaya a acostarse, jovencito.

– Jovencito… ¡Vieja chocha!

Su madre bajó.

– Jacqueline ha tenido una crisis nerviosa -le dijo-. Por suerte, llevo un frasco de flor de azahar en el bolso. ¡No te muerdas las uñas, por Dios! Me crispas los nervios, Hubert. Anda, siéntate en ese sillón y duerme un poco.

– No tengo sueño.

– Pues duerme igualmente -le ordenó ella con la misma voz imperiosa e impaciente que habría utilizado con Emmanuel.

Tragándose la rebeldía, Hubert se dejó caer en un viejo sillón de cretona que crujió bajo su peso. La señora Péricand alzó los ojos al cielo.

– ¡Mira que eres bruto, hijo mío! Vas a romper ese pobre sillón… ¡Estate quieto de una vez!

– Sí, madre -dijo él con voz sumisa.

– ¿A que no se te ha ocurrido sacar tu impermeable del coche?

– No, madre.

– ¡No piensas en nada!

– No lo necesito. Hace buen tiempo.

– Mañana puede llover.

La señora Péricand sacó la labor de su bolso. Las agujas empezaron a tintinear. Cuando él era pequeño, hacía punto a su lado durante las lecciones de piano. Hubert cerró los ojos y fingió dormir.

Al cabo de un rato, su madre se durmió de verdad. Sin pensárselo dos veces, el chico saltó por la ventana abierta, corrió hasta el cobertizo en que había guardado la bicicleta, entreabrió la puerta de la cerca sin hacer ruido y se deslizó fuera. Ahora todo el mundo dormía. El ruido de los cañones había cesado. Unos gatos maullaban en los tejados. La luna azuleaba las vidrieras de la hermosa iglesia, que se alzaba en mitad de un viejo y polvoriento paseo, donde los refugiados habían aparcado los coches. Los que no habían encontrado sitio en las casas dormían dentro de los vehículos o sobre la hierba. Sus pálidos rostros sudaban angustia; se los veía tensos y asustados incluso en pleno sueño. Sin embargo, dormían tan pesadamente que nada conseguiría despertarlos antes del amanecer. Saltaba a la vista. Podrían pasar del sueño a la muerte sin siquiera enterarse.

Hubert avanzó entre ellos, mirándolos con asombro y piedad. Él no se notaba cansado. Su sobreexcitada mente lo sostenía y arrastraba. Pensaba en su familia con pena y remordimientos. Pero esa pena y esos remordimientos multiplicaban su exaltación. No se lanzaba desnudo a la aventura; sacrificaba a su país no sólo su propia vida, sino también la de todos los suyos. Avanzaba al encuentro de su destino como un joven dios cargado de presentes. Al menos, así se veía él. Salió del pueblo, llegó al cerezo y se tumbó bajo las ramas. De pronto, una vibrante emoción hizo palpitar su corazón: pensaba en el nuevo compañero que iba a compartir con él la gloria y el peligro. Apenas lo conocía, pero se sentía unido a aquel muchacho rubio con una vehemencia y una ternura extraordinarias. Había oído contar que, en el norte, un regimiento alemán había tenido que cruzar un puente pasando por encima de los cadáveres de los compañeros muertos, y que lo habían hecho cantando: «Yo tenía un camarada…» Hubert lo comprendía, comprendía ese sentimiento de amor puro, casi salvaje. Inconscientemente, buscaba a alguien que sustituyera a Philippe, al que tanto quería y que se alejaba de él lenta pero implacablemente; demasiado serio, demasiado santo, pensaba Hubert, ya no tenía otro afecto, otra pasión que la de Cristo.

Durante los dos últimos años, Hubert se había sentido realmente solo, y para colmo sus compañeros de clase no eran más que brutos o esnobs. Por otra parte, casi sin saberlo, Hubert era sensible a la belleza física, y aquel René tenía cara de ángel. En fin, siguió esperándolo. Al menor ruido se estremecía y levantaba la cabeza. Eran las doce menos cinco. Pasó un caballo sin jinete. De vez en cuando ocurrían cosas así, extrañas apariciones que recordaban los desastres de la guerra; pero, por lo demás, todo estaba tranquilo. Arrancó una larga brizna de hierba y la mordisqueó; luego examinó el contenido de uno de sus bolsillos: un mendrugo de pan, una manzana, avellanas, un trozo de tarta desmigajado, una navaja, un ovillo de cordel y su pequeña libreta roja. En la primera página escribió: «Si muero, que avisen a mi padre, el señor Péricand, bulevar Delessert 18, París, o a mi madre…» También puso la dirección de Nimes. Después se acordó de que esa noche no había dicho sus oraciones. Se arrodilló en la hierba, las rezó y añadió un Credo especial por su familia. Se levantó soltando un profundo suspiro. Se sentía en paz con los hombres y con Dios. Mientras rezaba habían dado las doce. Había que estar listo para marcharse. La luna iluminaba la carretera. No se veía un alma. Hubert esperó pacientemente otra media hora; luego empezó a inquietarse. Dejó la bicicleta echada en la cuneta y avanzó hacia el pueblo al encuentro de René, pero no lo vio venir. Dio media vuelta, regresó al cerezo, siguió esperando y examinó el contenido del otro bolsillo: cigarrillos arrugados y dinero. Se fumó un pitillo sin disfrutarlo; todavía no se había acostumbrado al sabor del tabaco. Las manos le temblaban de nerviosismo. Arrancó unas flores y las arrojó al suelo. Era la una pasada. ¿Y si René…? No, no, nadie falta a su palabra de esa manera… Sus tías lo habrían retenido, encerrado quizá; aunque a él las precauciones de su madre no le habían impedido escapar. Su madre. Aún debía de estar durmiendo, pero no tardaría en despertarse y notar su ausencia. Lo buscarían por todas partes. No podía quedarse allí, tan cerca del pueblo. Pero ¿y si llegaba René? Esperaría hasta el amanecer y se iría en cuanto asomara el sol.

Los primeros rayos iluminaban la carretera cuando Hubert se puso en marcha. Se dirigió hacia el bosque de la Sainte, que cubría una colina. Subió por la ladera con precaución, empujando el manillar de la bicicleta y preparando el discurso que dirigiría a los soldados. Oyó voces, risas, el relincho de un caballo. Alguien gritó. Hubert se paró en seco y contuvo la respiración: habían hablado en alemán. Se escondió detrás de un árbol, vio un uniforme verde a unos pasos de él y, olvidándose de la bicicleta, echó a correr como una liebre. Al pie de la colina se equivocó de dirección, pero siguió corriendo en línea recta y acabó llegando al pueblo, que no reconoció. Volvió a la carretera principal y vio los coches de los refugiados pasar a toda velocidad. Uno (un enorme bólido gris) provocó que un camioncito volcase en la cuneta, pero se dio a la fuga sin que el conductor redujera la velocidad ni por un instante. Cuanto más avanzaba, más deprisa iba el torrente de vehículos, como en una película enloquecida, se dijo Hubert. Vio un camión lleno de soldados y les hizo gestos desesperados. Sin detenerse, alguien le aferró la mano, lo izó y lo dejó entre cañones camuflados con ramas y cajas de lonas.

– Quería avisarles… -jadeó Hubert-. He visto alemanes en un bosque muy cerca de aquí.

– Están por todas partes, chaval -respondió el soldado.

– ¿Puedo ir con ustedes? -preguntó Hubert tímidamente-. Quiero… -empezó, pero la emoción le quebró la voz-. Quiero combatir.

El soldado lo miró y no respondió. Parecía que ya nada que oyeran o vieran podía sorprender o conmover a aquellos hombres. Hubert se enteró de que por el camino habían recogido a una embarazada, a un niño herido en un bombardeo y abandonado o perdido, y a un perro con una pata rota. También comprendió que tenían intención de retrasar el avance enemigo e impedir, si podían, que cruzara el río.

«Yo no me separo de ellos -se dijo Hubert-. Ahora ya está, me he metido en el fregado.»

La creciente ola de refugiados rodeaba el camión y obstaculizaba su marcha. Había momentos en que era imposible avanzar. Los soldados se cruzaban de brazos y esperaban a que los dejaran pasar. Hubert iba sentado en la parte posterior, con las piernas colgando fuera. Un extraordinario tumulto, una confusión de ideas y pasiones se agitaba en su interior, pero lo que dominaba en su corazón era el desprecio que le inspiraba toda la humanidad. Era una sensación casi física: unos meses antes, unos camaradas le habían hecho beber por primera vez en su vida, y ahora volvía a tener aquel horrible regusto a ceniza y hiel que deja en la boca el mal vino. ¡Había sido un niño tan bueno! A sus ojos, el mundo era simple y hermoso, y los hombres, dignos de respeto. Los hombres… ¡Una manada de animales salvajes y cobardes! Ese René, que lo había incitado a huir y luego se había quedado durmiendo tan pancho en su cama, mientras Francia se desangraba… Aquella gente que negaba un vaso de agua o una cama a los refugiados, los que se hacían pagar los huevos a precio de oro, los que llenaban el coche de maletas, de paquetes, de comida, hasta de muebles, y respondían a una mujer muerta de cansancio: «No podemos llevarla. Ya ve que no hay sitio…» Aquellas maletas de cuero leonado y aquellas mujeres maquilladas en un camión lleno de oficiales… Tanto egoísmo, tanta cobardía, tanta crueldad feroz y vana le revolvían el estómago. Y lo peor era que no podía soslayar los sacrificios, el heroísmo y la bondad de unos pocos. Philippe, por ejemplo, era un santo, y aquellos soldados que no habían comido ni bebido (el oficial de intendencia se había marchado por la mañana y no había regresado a tiempo) pero que aun así iban a luchar por una causa desesperada eran héroes. Entre los hombres existía el coraje, la abnegación, el amor, pero hasta eso era espantoso: los buenos parecían predestinados. Philippe lo explicaba a su manera. Cuando hablaba, parecía iluminarse y arder a la vez, como alumbrado por un fuego muy puro; pero Hubert atravesaba una crisis de fe religiosa y Philippe estaba lejos. El absurdo y repulsivo mundo exterior tenía los colores del infierno, un infierno al que Jesús jamás volvería a descender, «porque lo harían pedazos», se dijo Hubert.

El convoy fue ametrallado varias veces. La muerte planeaba en el cielo y, de pronto, se precipitaba, se lanzaba en picado desde las alturas con las alas desplegadas y el pico de acero dirigido hacia aquella larga y temblorosa hilera de insectos negros que se arrastraba por la carretera. Todo el mundo se arrojaba al suelo. Las mujeres se echaban encima de sus hijos para protegerlos con el cuerpo. Cuando cesaba el fuego, la muchedumbre estaba surcada por largos y estrechos claros, como los que forma el viento en los trigales o los árboles talados en un bosque. Tras unos instantes de silencio, empezaban a oírse llamadas y gemidos que parecían responderse, gemidos que nadie escuchaba, llamadas lanzadas en vano…

La gente volvía a subirse a los coches detenidos al borde del camino y reanudaba la marcha, pero algunos vehículos se quedaban allí, abandonados, con las puertas abiertas y el equipaje atado al techo, en algunos casos con una rueda en la cuneta debido a la precipitación del conductor por huir y ponerse a cubierto. Pero ya no volvería. En el interior de los coches, entre los paquetes olvidados, a veces se veía un perro tirando de su correa y gañendo quejumbrosamente, o un gato maullando desesperado dentro de su cesta.


17

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Gabriel Corte seguía dejándose condicionar por reflejos de otra época: cuando le hacían daño, su primera reacción era quejarse; sólo se defendía después. A toda prisa, arrastrando a Florence, en Paray-le-Monial buscó al alcalde, los gendarmes, un diputado, un prefecto, cualquier representante de la autoridad que pudiera devolverle la cena que le habían robado. Pero las calles estaban desiertas; las casas, mudas. Al doblar una esquina topó con un grupo de mujeres que parecían vagar sin objeto, pero escucharon sus preguntas.

– No sabemos, no somos de aquí. Somos refugiadas como ustedes -explicó una de ellas.

Un débil olor a humo llegaba hasta ellos, llevado por la suave brisa de junio.

Al cabo de un rato, Florence y Gabriel empezaron a preguntarse dónde habían dejado el coche. Ella creía que cerca de la estación. Él se acordaba de un puente que habría podido guiarlos. La luna, serena y magnífica, los alumbraba, pero en aquella pequeña y vieja ciudad todas las calles se parecían. Todo eran gabletes, viejos guardacantones, balcones inclinados hacia un lado, callejones oscuros…

– Un mal decorado de ópera -refunfuñó Corte.

El olor también era el que se percibe entre bastidores, a moho y polvo, con un lejano hedor a letrina. Hacía mucho calor; a Gabriel el sudor le perlaba la frente. Oyó las llamadas de Florence, que se había rezagado y le gritaba:

– ¡Espérame! ¡Para de una vez, cobarde, canalla! ¿Dónde estás, Gabriel? ¿Dónde estás? ¡Cerdo!

Sus insultos rebotaban contra las viejas fachadas, como balas: «¡Cerdo, viejo miserable, cobarde!»

Consiguió alcanzarlo cuando estaban llegando a la estación. Se le echó encima y le pegó, lo arañó, le escupió en la cara, mientras él se defendía chillando. Parecía imposible que la voz grave y cansada de Gabriel fuera capaz de alcanzar notas tan vibrantes y agudas, tan femeninas y salvajes. El hambre, el miedo y el cansancio los estaban volviendo locos. Les había bastado un vistazo para constatar que la plaza de la estación estaba vacía y comprender que la ciudad había sido evacuada.

Los demás estaban lejos, en el puente iluminado por la luna. Sentados en el suelo, sobre el empedrado de la plaza, había varios grupos de soldados. Uno de ellos, un muchacho muy joven, pálido y con gafas gruesas, se levantó con esfuerzo y se acercó con intención de separarlos.

– Vamos, caballero… Venga, señora, ¿no les da vergüenza?

– Pero ¿dónde están los coches? -chilló Corte.

– Han ordenado retirarlos.

– Pero ¿quién? ¿Por qué? ¿Y nuestro equipaje? ¡Mis manuscritos! ¡Soy Gabriel Corte!

– ¡Por amor de Dios, ya encontrará sus dichosos manuscritos! ¡Y déjeme decirle que otros han perdido mucho más!

– ¡Ignorante!

– Lo que usted diga, caballero, pero…

– ¿Quién ha dado esa estúpida orden?

– Eso, caballero… Se han dado muchas que no eran más inteligentes, debo reconocerlo. Encontrará usted su coche y sus documentos, estoy seguro. Entretanto, no deben quedarse aquí. Los alemanes llegarán de un momento a otro. Tenemos orden de volar la estación.

– ¿Y adónde vamos?

– Vuelvan a la ciudad.

– Pero ¿dónde nos alojaremos?

– Sitio no les va a faltar. Todo el mundo se larga -dijo otro soldado que se había acercado a Corte.

El claro de luna derramaba una luz tenue y azulada. El hombre tenía un rostro rudo y severo: dos grandes pliegues verticales le surcaban las toscas mejillas. Posó la mano en el hombro de Gabriel y, sin esfuerzo aparente, lo hizo girar.

– ¡Ea, arreando! Ya nos hemos cansado de verlos, ¿entendido?

Por un instante, Gabriel pensó que se arrojaría sobre el soldado, pero la presión de aquella mano férrea sobre el hombro lo hizo recapacitar y retroceder dos pasos.

– Llevamos en la carretera desde el lunes… y tenemos hambre…

– Tenemos hambre -gimió Florence haciendo eco a Gabriel.

– Aguanten hasta mañana. Si seguimos aquí, les daremos sopa.

Con su voz cansada y suave, el soldado de las gafas gruesas repitió:

– No se queden aquí, caballero… Vamos, váyanse -les urgió, cogiendo del brazo a Corte y empujándolo levemente, como se hace con los niños para sacarlos del salón y mandarlos a dormir.

Gabriel y Florence volvieron a cruzar la plaza arrastrando los cansados pies, pero esta vez el uno al lado del otro. Su cólera había desaparecido, y con ella la tensión nerviosa que los sostenía. Estaban tan desmoralizados que no tuvieron fuerzas para ponerse a buscar otro restaurante. Llamaron a puertas que no se abrieron. Acabaron derrumbándose en un banco, cerca de una iglesia. Florence se quitó los zapatos con una mueca de dolor.

Pasaba el tiempo. No ocurría nada. La estación seguía en su sitio. De vez en cuando se oían los pasos de los soldados en la calle de al lado. En un par de ocasiones, un hombre pasó por delante del banco sin siquiera mirar a Florence y Gabriel, ovillados en el silencio de la noche, con las cabezas pesadamente apoyadas la una en la otra. Un hedor a carne podrida llegó hasta ellos: una bomba había incendiado los mataderos de las afueras. Se adormecieron. Cuando despertaron, vieron pasar a unos soldados que llevaban escudillas. Florence soltó un débil gemido de hambre y los soldados le dieron un cuenco de caldo y un trozo de pan. Con la luz del día, Gabriel recuperó parte del respeto humano: no osó disputarle a su amante un poco de caldo y aquel mendrugo. Florence bebía lentamente. Sin embargo, se detuvo y le dijo:

– Cómete el resto.

Él rehusó.

– No, mujer, si apenas hay para ti…

Ella le tendió el recipiente de aluminio, medio lleno de un liquido tibio que olía a col. Gabriel lo cogió con manos temblorosas, se llevó el borde a los labios y bebió el caldo a grandes tragos, sin apenas respirar. Al acabar soltó un suspiro de satisfacción.

– ¿Están mejor? -les preguntó un soldado.

Reconocieron al que la noche anterior los había echado de la plaza de la estación, aunque los rayos del sol naciente suavizaban su rostro de feroz centurión. Gabriel recordó que llevaba cigarrillos en el bolsillo y le ofreció uno. Los dos hombres fumaron en silencio durante unos instantes, mientras Florence intentaba en vano ponerse los zapatos.

– Yo en su lugar -dijo al fin el soldado- me largaría, porque, se lo garantizo, los alemanes volverán. Lo raro es que todavía no estén aquí. Pero ya no les corre prisa -añadió con amargura-. Ahora será un paseo hasta Bayona.

– ¿Cree usted que está todo perdido? -le preguntó Florence con timidez.

Por toda respuesta, el soldado dio media vuelta y se fue. Ellos también se dirigieron hacia las afueras, paso a paso y sin mirar atrás. De aquella ciudad que parecía desierta surgían ahora pequeños grupos de refugiados cargados de maletas. Aquí y allá se reunían como animales perdidos que se buscan y se juntan después de una tormenta. Iban hacia el puente custodiado por los soldados, que los dejaban pasar. Y allí fueron los Corte. Sobre sus cabezas resplandecía el cielo, un cielo de un azul puro y deslumbrante en el que no se veía ni una nube ni un avión. A sus pies discurría un bonito río. Enfrente, veían la carretera hacia el sur y un bosque de árboles muy jóvenes, cubiertos de tiernas hojas verdes. De pronto tuvieron la impresión de que el bosque se animaba y avanzaba a su encuentro. Camiones y cañones alemanes camuflados se dirigían hacia ellos. Corte vio que la gente de delante levantaba los brazos, daba media vuelta y echaba a correr. En el mismo instante, los franceses abrieron fuego y las ametralladoras alemanas les respondieron. Atrapados entre dos fuegos, los refugiados corrían en todas las direcciones, aunque algunos se limitaban a dar vueltas sobre sí mismos, como si hubieran perdido el juicio. Una mujer pasó las piernas por encima del pretil y se arrojó al agua. Florence agarró del brazo a Gabriel e, hincándole las uñas, chilló:

– ¡Volvamos, corre!

– Pero ¡van a volar el puente! -gritó él.

La agarró de la mano y la arrastró hacia delante. De pronto se le ocurrió la idea, extraña, súbita y deslumbrante como un relámpago, de que corrían hacia la muerte. Atrajo hacia sí a Florence, la obligó a agachar la cabeza para ocultársela bajo su abrigo, como quien le venda los ojos a un condenado, y, tropezando y jadeando, llevándola casi en vilo, recorrió los escasos metros que los separaban de la otra orilla. Aunque le parecía que el corazón le golpeaba el pecho como el badajo de una campana, en realidad no tenía miedo. Deseaba salvarle la vida a Florence con un ansia salvaje. Confiaba en algo invisible, en una mano protectora tendida hacia él, hacia él, un ser débil, miserable, pequeño, tan pequeño que el destino se apiadaría de él como la tempestad de una brizna de paja. Cruzaron el puente, pasaron casi rozando a los alemanes en su carrera y dejaron atrás las ametralladoras y los uniformes verdes. La carretera estaba despejada y la muerte quedaba atrás, y de pronto, allí mismo, a la entrada de un pequeño camino forestal, distinguieron -sí, no se equivocaban, lo habían reconocido de inmediato- su coche, con sus fieles criados, que estaban esperándolos. Florence sólo pudo gemir:

– ¡Julie! ¡Alabado sea Dios, Julie!

Las voces del chofer y la doncella llegaron a los oídos de Gabriel como esos sordos y extraños sonidos que atraviesan a medias la bruma de un desvanecimiento. Florence se echó a llorar. Con lentitud, con incredulidad, con eclipses de lucidez, Corte comprendió penosa y gradualmente que le devolvían el coche, que le devolvían los manuscritos, que había vuelto a la vida, que ya nunca volvería a ser un hombre corriente, desesperado, hambriento, a un tiempo cobarde y arrojado, sino un ser privilegiado y protegido de todo ma ¡Gabriel Corte!


18

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Al fin, el lunes 17 de junio a mediodía, Hubert llegó a orillas del Allier con los soldados que lo habían recogido en la carretera. Por el camino se les habían unido voluntarios: guardias móviles, senegaleses, militares que intentaban en vano reconstituir sus desbaratadas compañías aferrándose a cualquier núcleo de resistencia con desesperado coraje, y chicos como Hubert Péricand, que habían quedado separados de sus familias durante el éxodo o se habían fugado durante la noche para «unirse a las tropas», frase mágica que circulaba de pueblo en pueblo, de granja en granja. «Vamos a unirnos a las tropas, a escapar de los alemanes y reagruparnos al otro lado del Loira», repetían bocas de dieciséis años. Aquellos chicos llevaban un hatillo a la espalda (las sobras de la merienda del día anterior envueltas a toda prisa en un jersey y una camisa por una madre deshecha en llanto), tenían rostros sonrosados y redondos, los dedos manchados de tinta y voces que estaban mudando. Tres de ellos iban acompañados por sus padres, veteranos del catorce que, debido a su edad, sus viejas heridas y su situación familiar, habían permanecido al margen de los combates desde septiembre. El jefe de batallón instaló su puesto de mando bajo un puente de piedra cercano al paso a nivel. Hubert contó casi doscientos hombres en el camino y la orilla del río. En su inexperiencia, creyó que ahora el enemigo tenía enfrente a un poderoso ejército. Vio colocar toneladas de melinita en el puente de piedra; lo que ignoraba era que no habían conseguido encontrar cordón Pickford para la mecha. Los soldados trabajaban en silencio o dormían tumbados en el suelo. Llevaban todo un día sin comer. Al atardecer repartieron botellas de cerveza. Hubert no tenía hambre, pero la cerveza rubia, con su sabor amargo y su suave espuma, le proporcionó una sensación de bienestar. Le hacía falta para animarse porque, de momento, allí nadie parecía necesitarlo. Iba de soldado en soldado ofreciendo tímidamente sus servicios, pero no le respondían, ni siquiera lo miraban. Vio a dos hombres llevando paja y haces de leña hacia el puente, y a otro empujando un barril de alquitrán. Hubert cogió un enorme haz de leña, pero con tanta torpeza que se clavó las astillas y tuvo que ahogar una exclamación de dolor. Pensaba que nadie lo había oído, pero instantes después creyó morirse de vergüenza cuando, al soltar su carga a la entrada del puente, uno de los hombres le gritó:

– ¿Qué coño haces ahí? ¿No ves que estorbas? ¿No lo ves?

Hubert, herido en lo más vivo, se alejó. De pie, inmóvil en el camino de Saint-Pourçain, frente al Allier, vio finalizar un trabajo que le resultaba incomprensible: la paja y la leña, rociadas con alquitrán, estaban amontonadas en el puente, junto a un bidón de cincuenta litros de gasolina; aquella barrera debía detener al enemigo hasta que un cañón de 75 mm. consiguiera hacer explotar la melinita.

El resto del día pasó de un modo parecido, igual que la noche y toda la mañana siguiente: horas vacías, extrañas, incoherentes como un sueño febril. Sin nada para comer o beber. Hasta los muchachos campesinos empezaban a perder sus saludables colores y, demacrados por el hambre, cubiertos de polvo, con el pelo revuelto y los ojos brillantes, parecían más viejos, mayores, adultos de aspecto tozudo, dolorido y duro.

Eran las dos de la tarde cuando en la orilla opuesta aparecieron los primeros alemanes. Se trataba de la columna motorizada que había atravesado Paray-le-Monial esa misma mañana. Boquiabierto, Hubert los vio lanzarse hacia el puente a una velocidad inaudita, como un salvaje y belicoso relámpago que fulgurara en la paz del campo. No fue más que un instante: un cañonazo hizo explotar los barriles de melinita que formaban la barricada. Los pedazos del puente, los vehículos y sus ocupantes cayeron al Allier. Hubert vio a los soldados franceses abalanzarse a la carrera.

«¡Ya está, nos lanzamos al ataque!», pensó, con carne de gallina y la garganta seca, como cuando era niño y oía los primeros acordes de una banda militar. También echó a correr, pero tropezó en la paja y los haces de leña que los soldados estaban encendiendo en esos momentos. El negro humo del alquitrán le anegó la boca y las fosas nasales. Tras aquella cortina protectora, las ametralladoras trataban de detener los tanques alemanes. Ahogándose, tosiendo y estornudando, Hubert retrocedió unos metros a cuatro patas. Estaba desesperado. No tenía arma. No hacía nada. Los demás luchaban y él estaba de brazos cruzados, inmóvil, pasivo. Se consoló un poco pensando que a su alrededor los hombres se limitaban a protegerse del fuego enemigo sin responder. Lo atribuyó a complejas razones tácticas, hasta el momento en que comprendió que apenas tenían municiones. «No obstante -se dijo-, si nos han ordenado quedarnos aquí es porque somos necesarios, porque somos útiles, porque tal vez protegemos al grueso de nuestro ejército.» Hubert esperaba ver aparecer refuerzos avanzando hacia ellos por el camino de Saint-Pourçain al grito de «¡Aquí estamos, chicos, no os preocupéis! ¡Ya los tenemos!», o cualquier otra frase guerrera. Pero no venía nadie. Junto a él vio a un hombre con la cabeza ensangrentada que vacilaba como un borracho y que acabó derrumbándose sobre un arbusto, donde quedó sentado entre las ramas en una postura extraña e incómoda, con las rodillas dobladas bajo el cuerpo y la barbilla hundida en el pecho.

– ¡Ni médico, ni enfermeros ni ambulancia! -oyó exclamar con cólera a un oficial-. ¿Qué queréis que haga?

– Hay uno herido en el jardín de las oficinas municipales -informó alguien.

– ¿Y qué queréis que haga, Dios mío? -repitió el oficial-. Dejadlo allí.

Los obuses habían incendiado parte de la ciudad. Bajo la espléndida luz de junio, las llamas tenían un color transparente y rosado, y una larga columna de humo ascendía al cielo formando un penacho atravesado por los rayos del sol, que arrancaban reflejos al azufre y las cenizas.

– Se van -le dijo un soldado a Hubert señalándole a los hombres de las ametralladoras, que estaban retrocediendo.

– ¿Por qué? -exclamó el chico, consternado-. ¿Es que no van a seguir luchando?

– ¿Con qué?

«Es un desastre -pensó Hubert, anonadado-. ¡Es la derrota! Estoy asistiendo a una gran derrota, peor que la de Waterloo. Estamos perdidos, no volveré a ver a mamá ni a ninguno de los míos. Voy a morir.»

Se sentía perdido, indiferente a todo, en un espantoso estado de agotamiento y desesperación. No oyó la orden de retirada. Vio que los hombres corrían bajo las balas enemigas, los imitó y saltó la cerca de un jardín en el que había un cochecito de niño abandonado. Pero la batalla no había terminado. Sin tanques, sin artillería, sin municiones, un puñado de hombres seguía defendiendo unos metros cuadrados de tierra, una cabeza de puente, mientras los alemanes, victoriosos, cerraban el cerco sobre Francia. De pronto, Hubert sintió un desesperado arranque de valor, muy parecido a un ataque de locura. Se dijo que estaba huyendo, cuando su deber era volver a la primera línea, adonde estaban aquellos fusiles ametralladores que aún oía responder obstinadamente a las ametralladoras alemanas, y morir con aquellos valientes. De nuevo, desafiando la muerte a cada paso, atravesó el jardín, pisoteando juguetes abandonados. ¿Dónde estaban los dueños de aquella casa? ¿Habían huido? Saltó la puerta metálica bajo una ráfaga de ametralladora y, milagrosamente ileso, cayó a la carretera y volvió a reptar, con las manos y las rodillas ensangrentadas, en dirección al río. No consiguió llegar. De pronto, cuando estaba a medio camino, todo el fragor se interrumpió. Hubert advirtió que era de noche y comprendió que debía de haberse desmayado de agotamiento. Aquel súbito silencio le había hecho volver en sí. Se incorporó aturdido. La cabeza le resonaba como una campana. Una luna radiante iluminaba la carretera, pero él permanecía oculto en la franja de sombra que arrojaba un árbol. El barrio de Villars seguía ardiendo, pero las armas habían callado.

Temiendo topar con los alemanes, Hubert abandonó la carretera y se internó en un bosquecillo. De vez en cuando se detenía y se preguntaba adónde iba. Al día siguiente, las columnas motorizadas que habían invadido la mitad de Francia en cinco días estarían sin duda en la frontera de Italia, de Suiza, de España… No podría eludirlas. Había olvidado que no llevaba uniforme, que nada indicaba que acababa de participar en una batalla. Estaba seguro de que lo harían prisionero. Huía obedeciendo el mismo instinto que lo había llevado al escenario de los combates y ahora lo empujaba a alejarse de aquellos incendios, de aquellos puentes destruidos, de aquella pesadilla en la que, por primera vez en su vida, había visto muertos con sus propios ojos. Febrilmente, trataba de calcular cuánto avanzarían los alemanes hasta la mañana siguiente. Veía ciudades cayendo una tras otra, soldados vencidos, armas tiradas, camiones abandonados en la carretera por falta de gasolina, los tanques y cañones anticarro cuyas reproducciones tanto había admirado, y todo el botín caído en manos del enemigo. Temblaba, lloraba avanzando a gatas por aquel campo iluminado por la luna y, sin embargo, todavía no creía en la derrota, del mismo modo que cualquier ser joven y rebosante de salud rechaza la idea de la muerte. No muy lejos de allí, los soldados se reunirían, se reagruparían, volverían a luchar, y él con ellos. Y él… con ellos… «Pero ¿qué he hecho yo? -se preguntó de pronto-. No he disparado ni un solo tiro. -Se sintió tan avergonzado de sí mismo que por las mejillas volvieron a resbalarle quemantes y dolorosas lágrimas-. No es culpa mía, no tenía armas, no tenía más que las manos…» De repente, volvió a verse tratando en vano de arrastrar el haz de leña hacia el río. No, ni de eso había sido capaz, él, que habría querido correr hacia el puente, arrastrar tras de sí a los soldados, lanzarse contra los tanques enemigos, morir gritando «¡Viva Francia!»… Estaba ebrio de fatiga y desesperación. De vez en cuando lo asaltaban ideas de una extraña madurez: reflexionaba sobre el desastre, sobre sus causas profundas, sobre el futuro, sobre la muerte. Luego pensaba en sí mismo, se preguntaba qué sería de él, y poco a poco iba recuperando la conciencia de la realidad:

– ¡La bronca que te va a echar mamá va a ser de aúpa, amiguito! -murmuró, y por unos instantes su pálido y tenso rostro, que parecía haber envejecido y adelgazado en dos días, volvió a iluminarse con la ingenua y ancha sonrisa del niño.

Entre dos campos vio un angosto sendero que se alejaba de las casas. Allí nada recordaba la guerra. Una fuente murmuraba, un ruiseñor cantaba, una campana daba la hora, en todos los setos había flores, y frescas hojas verdes en todos los árboles. Desde que se había refrescado las manos y la boca, desde que había bebido agua en un arroyo ahuecando las palmas, se sentía mucho mejor. Buscó fruta en las ramas desesperadamente. Sabía que no era la época, pero estaba en la edad en que aún se cree en los milagros. Al final del sendero volvió a encontrar la carretera. «Cressange, 22 Km.», leyó en un mojón, y se detuvo, perplejo. Luego vio una granja y, tras mucho dudarlo, se acercó y llamó a la puerta de la vivienda. Oyó pasos en el interior. Preguntaron quién era. Al oír que se había perdido y tenía hambre, lo dejaron pasar. Dentro había tres soldados franceses durmiendo. Los reconoció. Habían participado en la defensa del puente de Moulins. Ahora roncaban tumbados en sendos bancos, con los demacrados y sucios rostros boca arriba, como los muertos. Los velaba una mujer que hacía punto; la madeja de lana rodaba por el suelo, perseguida por un gato. La escena le resultó tan familiar y al mismo tiempo tan extraña, después de todo lo que había visto en los últimos ocho días, que le flaquearon las piernas y tuvo que sentarse. Sobre la mesa vio los cascos de los soldados, cubiertos con hojas para evitar que brillaran a la luz de la luna.

En ese momento, uno de ellos despertó, se incorporó y se quedó apoyado en un codo.

– ¿Has visto a alguno, chaval?

Hubert comprendió que se refería a los alemanes.

– No, no -se apresuró a responder-. Ni uno desde Moulins.

– Se ve que ya ni siquiera cogen prisioneros -dijo el soldado-. Tienen demasiados. Los desarman y luego los mandan a hacer puñetas.

– Se ve que sí -dijo la mujer.

Volvió a hacerse el silencio. Hubert comió: le habían servido un plato de sopa y un trozo de queso. Cuando acabó, miró al soldado y le preguntó:

– ¿Qué piensan hacer ahora?

Uno de sus compañeros había abierto los ojos. Los dos hombres empezaron a discutir. Uno quería ir a Cressange; el otro, angustiado, lanzaba alrededor miradas medrosas e inquietas de pájaro asombrado.

– ¿Para qué? Están en todas partes, en todas… -decía. Realmente, le parecía estar viendo a los alemanes alrededor de él, a punto de cogerlo. De vez en cuando, soltaba una especie de risa entrecortada y amarga-. ¡Dios mío! Haber estado en la del catorce y ver esto…

La mujer tejía plácidamente. Era muy vieja y llevaba un gorro blanco acanalado.

– Yo viví la del setenta. Así que… -murmuró.

Hubert los escuchaba y contemplaba con estupefacción. Le parecían casi irreales, semejantes a fantasmas, a quejumbrosas sombras surgidas de las páginas de su Historia de Francia. ¡Dios mío! El presente y sus desastres valían más que esas glorias muertas y ese olor a sangre que ascendía del pasado. Hubert tomó un café muy cargado y muy caliente y una copita de orujo, le dio las gracias a la anciana, se despidió de los soldados y se puso en camino, decidido a llegar a Cressange a la mañana siguiente. Una vez allí, tal vez pudiera ponerse en contacto con su familia y tranquilizarlos respecto a su situación. Caminó toda la noche y, a las ocho de la mañana, llegó a un pueblecito a unos kilómetros de Cressange, de cuya fonda salía un delicioso aroma a café y pan recién hecho. Hubert comprendió que no conseguiría llegar más lejos, que sus pies se negaban a continuar. Entró en el salón de la fonda, que estaba llena de refugiados. Preguntó si había habitación. No supieron responderle. Le dijeron que la dueña había salido a buscar comida para aquel ejército de muertos de hambre, pero no tardaría en regresar. Volvió a la calle y, en una ventana del primer piso, vio a una mujer que se estaba maquillando. De pronto, el pintalabios se le escapó de la mano y fue a caer a los pies de Hubert, que se apresuró a recogerlo. Ella se asomó y le sonrió.

– ¿Y ahora cómo lo recupero? -le preguntó y, sacando el cuerpo fuera de la ventana, extendió hacia él un brazo desnudo y pálido.

El sol arrancaba diminutos destellos a la pintura de sus uñas, que brillaban en los ojos del chico. Aquella carne lechosa y aquella cabellera pelirroja lo encandilaron como una potente luz.

Hubert bajó la cabeza y balbuceó:

– Puedo… puedo subírselo, señora.

– Sí, por favor -dijo ella, y volvió a sonreírle.

Hubert entró en la fonda, cruzó el bar, subió una escalera estrecha y oscura y vio una puerta abierta. La habitación parecía rosa. Efectivamente, el sol atravesaba una humilde cortina roja y llenaba el espacio de una cálida y palpitante penumbra, encarnada como un rosal en flor. La mujer lo invitó a entrar; se estaba limando las uñas. Cogió el pintalabios que le tendía Hubert y lo miró.

– Pero… ¡te vas a desmayar!

Hubert sintió que lo cogía de la mano, lo ayudaba a dar los dos pasos que lo separaban del sillón, le ponía un cojín bajo la nuca… No perdió el conocimiento, pero el corazón le latía con fuerza. Todo daba vueltas a su alrededor como en un mareo, y olas heladas y ardientes lo inundaban alternativamente. Estaba cohibido, pero bastante orgulloso de sí mismo.

– ¿Cansado? ¿Hambre? ¿Qué le pasa a mi pobre muchacho? -preguntó ella.

Hubert exageró aún más el temblor de su voz para responder:

– No es nada. Es que… he venido andando desde Moulins, donde hemos defendido el puente.

Ella lo miró sorprendida.

– Pero ¿cuántos años tienes?

– Dieciocho.

– ¿No eres soldado?

– No; viajaba con mi familia. La dejé para unirme a las tropas.

– Pero… eso está muy bien.

Empleó el tono de admiración que esperaba Hubert, pero, sin saber por qué, su mirada lo hizo enrojecer. De cerca ya no parecía tan joven. Su rostro, ligeramente maquillado, estaba surcado de pequeñas arrugas. Era esbelta y elegante, y tenía unas piernas estupendas.

– ¿Cómo te llamas? -le preguntó la mujer.

– Hubert Péricand.

– ¿No hay un Péricand conservador del Museo de Bellas Artes?

– Es mi padre, señora.

Mientras hablaban, la mujer se había levantado y estaba sirviéndole café. Acababa de desayunar, y la bandeja con la cafetera medio llena, la jarrita de leche y las tostadas seguía sobre la mesa.

– No está muy caliente -le dijo-, pero igual tómalo, te sentará bien. -Hubert obedeció-. Con todos esos refugiados, hay tal barullo ahí abajo que no vendría nadie aunque me pasara todo el día llamando. Vienes de París, ¿verdad?

– Sí. ¿Usted también, señora?

– Sí. Pasé por Tours, donde me bombardearon. Ahora quiero llegar a Burdeos. Supongo que habrán evacuado la ópera allí.

– ¿Es usted actriz, señora? -preguntó Hubert respetuosamente.

– Bailarina. Arlette Corail. -Hubert sólo había visto bailarinas en el escenario del Châtelet. Instintivamente, la mirada del muchacho se dirigió con curiosidad y deseo hacia sus finos tobillos y musculosas pantorrillas, enfundados en lustrosas medias. Estaba azorado. Un mechón rubio le cayó sobre los ojos. La mujer se lo retiró con suavidad-. ¿Y ahora adónde te diriges?

– No lo sé. Mi familia se quedó en un pueblecito que está a unos treinta kilómetros de aquí. Me gustaría reunirme con ellos, pero los alemanes ya habrán llegado allí.

– Aquí los esperan de un momento a otro.

– ¿Aquí? -Alarmado, Hubert dio un respingo y se levantó para huir, pero la mujer lo retuvo, riendo.

– Pero ¿qué crees que te van a hacer? No eres más que un chico…

– Aun así he luchado… -protestó él, herido.

– Sí, claro que sí, pero nadie va a ir a contárselo, ¿verdad? -La bailarina pareció reflexionar y su entrecejo se arrugó ligeramente-. Mira, te diré lo que haremos. Bajaré y pediré una habitación para ti. Aquí me conocen. Es una fonda muy pequeña, pero cocinan de maravilla, y he pasado aquí más de un fin de semana. Te darán la habitación de su hijo, que está en el frente. Descansarás uno o dos días y podrás avisar a tus padres.

– No sé cómo agradecérselo… -murmuró él.

La bailarina lo dejó solo. Cuando volvió, pasados apenas unos minutos, Hubert estaba profundamente dormido. Arlette le levantó suavemente la cabeza y le rodeó con los brazos los anchos hombros y el pecho, que se alzaba pausadamente. Luego lo contempló, volvió a arreglarle los dorados mechones que le caían desordenadamente sobre la frente, lo contempló de nuevo con expresión soñadora y ávida, como una gata acechando a un pajarillo, y murmuró:

– No está mal el muchacho…


19

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El pueblo esperaba a los alemanes. A algunos, la idea de ver por primera vez a sus vencedores les hacía sentir vergüenza y desesperación; a otros, angustia, y a la mayoría sólo una mezcla de miedo y curiosidad, como el anuncio de un espectáculo novedoso. Los funcionarios, los gendarmes y los empleados de correos habían recibido la orden de marcharse el día anterior. El alcalde se había quedado. Era un viejo campesino gotoso y tranquilo que no se inmutaba por nada. Si el pueblo hubiese estado sin jefe no le habría ido mucho peor. A mediodía, unos viajeros llegaron con la noticia del armisticio al bullicioso comedor donde Arlette Corail estaba acabando de desayunar. Las mujeres se echaron a llorar. Se decía que la situación era confusa, que en algunos sitios los soldados seguían resistiendo, que algunos civiles se habían unido a ellos. Los presentes coincidieron en censurarlo: todo estaba perdido, ya sólo quedaba ceder. Todo el mundo hablaba a la vez. El aire era irrespirable. Arlette apartó el plato y salió al pequeño jardín de la fonda. Había cogido cigarrillos, una tumbona y un libro. Tras abandonar París hacía una semana en un estado de pánico que rayaba en la locura y sortear innegables peligros, volvía a sentirse fría y tranquila. Además, estaba convencida de que saldría adelante siempre y en cualquier lugar, y de que poseía auténtico talento para rodearse del máximo de comodidad y bienestar en cualquier circunstancia. Esa flexibilidad, esa lucidez, esa indiferencia, eran cualidades que le habían sido de enorme utilidad en su carrera profesional y su vida sentimental, pero hasta entonces no había comprendido que también podían servirle en la vida cotidiana o en circunstancias excepcionales.

Ahora, cuando pensaba que había implorado la protección de Corbin, sonreía de piedad. Habían llegado a Tours justo a tiempo para que los bombardearan; la maleta que contenía los efectos personales de Corbin y los documentos del banco había quedado sepultada bajo los escombros; ella, en cambio, había sobrevivido al desastre sin perder un solo pañuelo, un solo estuche de maquillaje, un solo par de zapatos. Había visto a Corbin muerto de miedo y se decía con malicia que le recordaría esos instantes a menudo. Aún le parecía estar viéndolo con la mandíbula caída, como los muertos; daban ganas de ponerle una barbillera para sujetársela. Penoso. Dejándolo en medio del caos y el espantoso tumulto de Tours, Arlette había cogido el coche, conseguido gasolina y desaparecido. Llevaba dos días en aquel pueblo, donde había comido y dormido a sus anchas, mientras una muchedumbre lamentable acampaba en los graneros y en la misma plaza. Incluso se había dado el lujo de mostrarse caritativa, cediéndole la habitación a aquel chico encantador, el joven Péricand… ¿Péricand? Una familia burguesa, chapada a la antigua, respetable, muy rica y con inmejorables relaciones en el mundo oficial, de los ministrables y los grandes industriales, gracias a su parentesco con los Maltête, esa gente de Lyon… Relaciones… La bailarina soltó un leve suspiro de irritación pensando en todo lo que de ahora en adelante habría que revisar a ese respecto y en todo el empeño que había puesto no hacía mucho en seducir a Gérard Salomon-Worms, el cuñado del conde de Furières. Conquista totalmente inútil, en la que había malgastado tiempo y energías.

Frunció levemente el entrecejo y se miró las uñas. La contemplación de aquellos diez diminutos y brillantes espejos parecía predisponerla a las especulaciones abstractas. Sus amantes sabían que, cuando se miraba las manos con esa expresión cavilosa y malévola, siempre acababa expresando su opinión sobre cosas como la política, el arte, la literatura o la moda, y, por lo general, su opinión era perspicaz y justa. Durante unos instantes, en aquel florido jardín se imaginó su futuro, mientras los abejorros asediaban un arbusto cuajado de campanillas violáceas. Llegó a la conclusión de que para ella no cambiaría nada. Su fortuna consistía en joyas (que no harían sino aumentar de valor) y tierras (había hecho varias compras acertadas en el sur antes de la guerra). Además, todo eso era accesorio. Sus principales posesiones eran sus piernas, su cintura y su talento para las intrigas, y sobre eso sólo pesaba la amenaza del tiempo. Que, por otro lado, era el punto negro… Se recordó su edad y, acto seguido, como quien toca un amuleto para ahuyentar la mala suerte, sacó el espejito de su bolso y se estudió el rostro detenidamente. Una desagradable idea acudió a su mente: su maquillaje norteamericano era insustituible, pero en unas semanas ya no podría conseguirlo fácilmente. Eso la puso de mal humor. ¡Bah, las cosas cambiarían en la superficie y seguirían igual en el fondo! Habría nuevos ricos, como al día siguiente de cualquier desastre; hombres dispuestos a pagar caros sus placeres, porque habían obtenido su riqueza sin esfuerzo, y el amor seguiría siendo lo de siempre. Pero, por Dios, ¡que aquel caos acabara cuanto antes! Que se implantara un estilo de vida, fuera el que fuese; puede que todo aquello, aquella guerra, las revoluciones, los grandes acontecimientos de la Historia, excitara a los hombres, pero para las mujeres… ¡Ah, para las mujeres sólo era un fastidio! Estaba segura de que, a ese respecto, todas pensaban como ella: ¿las grandes palabras, los grandes sentimientos? Una monserga, un tostón como para aburrir hasta las piedras. Ah, los hombres… Había cosas en las que aquellos seres tan simples resultaban incomprensibles. Pero las mujeres estaban curadas durante al menos cincuenta años de todo lo que no fuera la vida cotidiana, las cosas tangibles…

Arlette levantó la mirada y vio a la mesonera asomada a la ventana, mirando a lo lejos.

– ¿Ocurre algo, señora Goulot? -le preguntó.

– Son ellos, señorita… -respondió la mujer con voz solemne y temblorosa-. Están llegando…

– ¿Los alemanes?

– Sí.

La bailarina hizo amago de levantarse para ir hasta la cerca, desde la que se veía la calle, pero le dio miedo que le quitaran la hamaca y su sitio a la sombra, y se quedó donde estaba.

Lo que llegaba no eran los alemanes, sino un alemán. El primero. Tras las puertas cerradas, por las rendijas de las persianas medio bajadas o los ventanucos de los graneros, todo el pueblo lo vio acercarse. Detuvo la motocicleta en la plaza desierta. Llevaba guantes, un uniforme verde y un casco bajo cuya visera pudo verse, cuando alzó la cabeza, un rostro fino y sonrosado, casi infantil.

– ¡Qué joven es! -murmuraron las mujeres, que, sin ser plenamente conscientes, esperaban alguna visión del Apocalipsis, un extraño y horripilante monstruo.

El alemán miraba alrededor buscando a alguien. De pronto, el estanquero, que había participado en la guerra del catorce y llevaba una cruz de guerra y una medalla militar en la solapa de su vieja chaqueta gris, salió de su establecimiento y avanzó hacia el enemigo. Por unos instantes, los dos hombres permanecieron inmóviles, frente a frente, sin decir palabra. Luego, el alemán sacó un cigarrillo y pidió fuego en mal francés. El estanquero respondió en peor alemán, porque había estado en la ocupación del dieciocho, en Maguncia. Tal era el silencio (todo el pueblo contenía la respiración) que se oían todas sus palabras. El alemán pidió indicaciones. El francés se las dio y a continuación, envalentonado, preguntó:

– ¿Ya se ha firmado el armisticio?

El alemán abrió los brazos.

– Todavía no lo sabemos. Eso esperamos -respondió.

Y la resonancia humana de aquellas palabras, de aquellos gestos, que demostraban que el alemán no era un monstruo sediento de sangre sino un soldado como los suyos, rompió de golpe el hielo entre el pueblo y el enemigo, entre el campesino y el invasor.

– No parece mala persona -cuchichearon las mujeres.

El alemán se llevó la mano al casco, sonriendo, con un movimiento inseguro y como inacabado, que no era ni un saludo militar propiamente dicho ni el de un civil para despedirse de otro. Luego, tras una breve mirada de curiosidad a las ventanas, arrancó la moto y desapareció. Las puertas se abrieron una tras otra y todo el pueblo salió a la plaza y rodeó al estanquero, que, inmóvil, con las manos en los bolsillos y la frente arrugada, miraba a lo lejos. En su rostro se superponían expresiones contradictorias: alivio porque todo había acabado, tristeza y cólera porque había acabado de aquel modo, recuerdos del pasado, miedo al futuro… Todos sus sentimientos parecían reflejarse en la cara de los demás. Las mujeres se enjugaban las lágrimas; los hombres, silenciosos, tenían una expresión obstinada y dura. Los niños, momentáneamente distraídos de sus juegos, volvían a sus canicas y su rayuela. El cielo resplandecía con una luminosidad radiante y plateada; como ocurre a veces en mitad de un día espléndido, un imperceptible vaho, tierno e irisado, flotaba en el aire y avivaba los frescos colores de junio, que parecían más puros y nítidos, como vistos a través de un prisma de agua.

Las horas transcurrían lentamente. Por la carretera circulaban menos coches, pero las bicicletas seguían pasando a toda velocidad, como impulsadas por el furioso viento del nordeste, que llevaba toda una semana soplando y arrastrando a aquellos desventurados humanos. Un poco más tarde empezaron a pasar coches en sentido contrario al seguido en los últimos ocho días: regresaban a París. Al ver aquello, la gente empezó a creerse que, en efecto, todo había terminado. Todos regresaron a sus casas. Volvió a oírse el entrechocar de los cacharros que las mujeres fregaban en las cocinas, los leves pasos de una viejecilla que iba a echar hierba a los conejos y hasta la canción entonada por una niña que sacaba agua de una bomba. Los perros reñían y se revolcaban por el polvo.

Era el atardecer, un crepúsculo espléndido, un aire transparente, una sombra azulada, el último fulgor del sol poniente acariciando las rosas y la campana de la iglesia, que llamaba a los fieles a la oración, cuando en la carretera empezó a oírse un ruido creciente que no se parecía al de los últimos días; sordo, constante, el fragor parecía avanzar sin prisa, pesada e inexorablemente. Se acercaban camiones. Esta vez sí eran los alemanes. Los camiones se detuvieron en la plaza y los soldados saltaron al suelo; tras los primeros vehículos venían otros, y luego otros, y otros… En unos minutos, la vieja y polvorienta plaza se convirtió en una inmóvil y oscura masa de camiones gris hierro, en los que todavía se veía alguna rama cubierta de hojas secas, vestigio del camuflaje.

¡Cuántos hombres! Silenciosos y absortos, los vecinos, que habían vuelto a salir al umbral de sus casas, los miraban, los escuchaban, trataban en vano de contar aquella marea humana. Los alemanes surgían de todas partes, llenaban las calles y las plazuelas, se sucedían ininterrumpidamente. Desde septiembre, el pueblo había perdido la costumbre de oír pasos, risas, voces jóvenes. Ahora estaba aturdido, abrumado por el rumor que se elevaba de aquel mar de uniformes verdes, por aquel olor a humanidad sana, a carne joven, y sobre todo por los sonidos de aquella lengua extranjera. Los alemanes invadían las casas, las tiendas, los cafés. Sus botas resonaban en las rojas baldosas de las cocinas. Pedían de comer y de beber. Acariciaban a los niños al pasar. Gesticulaban, cantaban, sonreían mirando a las mujeres. Su cara de felicidad, su embriaguez de conquistadores, su fiebre, su locura, su alegría, mezclada con una especie de incredulidad, como si a ellos mismos les costara creerse su victoria, todo, en suma, era de tal tensión y viveza que, por unos momentos, los vencidos se olvidaron de su pena y su rencor. Boquiabiertos, no dejaban de mirar.

En la fonda, bajo la habitación donde Hubert seguía durmiendo, la sala era un pandemónium de gritos y canciones. Al entrar, los alemanes habían pedido champán (Sekt! Nahrung!), y ahora los corchos saltaban entre sus manos. Unos jugaban al billar; otros iban a la cocina con montones de rojizos filetes, que echaban a la parrilla para que chisporrotearan en medio de una humareda; otros subían barriles de cerveza de la bodega, apartando en su impaciencia a la criada que quería ayudarlos. Un joven de cara rubicunda y pelo rubio freía huevos en un rincón del fogón; otro cogía las primeras fresas del jardín. Dos muchachos con el torso desnudo se mojaban la cabeza en sendos cubos de agua fría recién sacada del pozo. Se regalaban, se hartaban de todas las cosas buenas de la vida; ¡habían escapado de la muerte, eran jóvenes, estaban vivos, habían vencido! Expresaban su delirante alegría con palabras atropelladas, chapurreaban francés con cualquiera dispuesto a escucharlos, se señalaban las botas y repetían: «Nosotros caminar, caminar… Camaradas caer, pero nosotros caminar, caminar…» El entrechocar de las armas, de los cinturones, de los cascos, resonaba en el salón. En sueños, Hubert lo oía, lo confundía con los recuerdos del día anterior, revivía la batalla del puente de Moulins… Se agitaba y suspiraba; rechazaba a alguien invisible; gemía, sufría. Al final despertó en aquella habitación desconocida. Se había pasado todo el día durmiendo. Ahora, por la ventana abierta, se veía brillar la luna llena. Hubert hizo un gesto de sorpresa, se frotó los ojos y vio a la bailarina, que había vuelto mientras él dormía.

El muchacho balbuceó unas palabras de agradecimiento y disculpa.

– Supongo que ahora tendrás hambre… -dijo ella. Sí, era cierto, estaba famélico-. Pero tal vez sea mejor cenar en la habitación, ¿sabes? Abajo no se puede estar. Está lleno de soldados.

– ¿Soldados? -repitió Hubert, y se precipitó a la puerta-. ¿Y qué dicen? ¿Van mejor las cosas? ¿Dónde están los alemanes?

– ¿Los alemanes? Pues aquí. Los soldados de abajo son alemanes.

Él se apartó de ella bruscamente con un movimiento de sorpresa y miedo, como un animal acorralado.

– ¿Alemanes? No… ¿Es una broma? -Buscó en vano otra palabra y, en voz baja y temblorosa, repitió-: ¿Es una broma?

La bailarina abrió la puerta; de la sala, envuelto en una densa y acre humareda, ascendía el inconfundible jolgorio que produce una turba de soldados victoriosos: gritos, risas y cánticos, sonoras pisadas de botas, golpes de pesadas armas arrojadas sobre las mesas y estrépito de cascos chocando con las hebillas metálicas, y la jubilosa algarabía que se eleva de una muchedumbre feliz, orgullosa, embriagada por su victoria. «Como el equipo de rugby que gana un partido», se dijo Hubert. Tuvo que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas y los improperios. Corrió a la ventana y se asomó fuera. La calle empezaba a vaciarse, pero cuatro hombres iban golpeando con el puño las puertas de las casas.

– ¡Las luces! ¡Apaguen todas las luces! -gritaban, y una tras otra, dócilmente, las lámparas se extinguían.

Ya no quedaba más que la claridad de la luna, que arrancaba apagados destellos azulados a los cascos y los cañones de los fusiles.

Hubert agarró la cortina con las dos manos, se la apretó convulsivamente contra la boca y se echó a llorar.

– Tranquilo, tranquilo… -murmuró Arlette acariciándole la espalda con vaga piedad-. Nosotros no podemos hacer nada, ¿verdad que no? ¿Qué podemos hacer? Todas las lágrimas del mundo no cambiarán las cosas. Ya vendrán días mejores. Hay que vivir para verlos, ante todo hay que vivir… hay que aguantar… Pero tú te has portado como un valiente. Si todos hubieran hecho lo mismo… ¡Con lo joven que eres! Casi un niño… -Hubert sacudió la cabeza-. ¿No? -musitó ella-. ¿Un hombre, pues? -Con dedos ligeramente temblorosos, crispó las uñas en el brazo del muchacho, como si tomara posesión de una presa recién capturada y la inmovilizara antes de disponerse a saciar su hambre. Muy bajo, con la voz alterada, añadió-: No hay que llorar. Sólo lloran los niños. Tú eres un hombre. Un hombre, cuando se siente desgraciado, sabe que puede encontrar… -Hubert tenía los párpados entrecerrados y los labios apretados en una expresión de dolor, pero fruncía la nariz y le temblaban las aletas nasales; así que, con voz débil, ella dijo por fin-: el amor…


20

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Albert, el gato de los Péricand, había hecho su cama en la habitación en que dormían los niños. Primero se había subido al cubrepiés floreado de Jacqueline y había empezado a amasarlo y mordisquear la cretona, que olía a pegamento y fruta, hasta que el ama lo había echado. Pero, en cuanto la anciana le daba la espalda, el animal volvía al mismo sitio con un silencioso salto y una gracia alada. Así hasta tres veces. Al final, Albert tuvo que renunciar a la lucha y acomodarse en un sillón, medio tapado con la bata de Jacqueline. En la habitación, todo dormía. Los niños descansaban plácidamente y el ama se había quedado traspuesta rezando el rosario. Albert, inmóvil, con el cuerpo oculto bajo la bata de franela rosa, tenía uno de sus verdes ojos clavado en el rosario, que brillaba a la luz de la luna, y el otro, cerrado. Poco a poco, con extraordinaria lentitud, sacó una pata, luego la otra, las estiró y sintió cómo se estremecían desde la articulación del hombro, resorte de acero disimulado bajo el suave y cálido pelaje, hasta las duras y transparentes uñas. Cogió impulso, saltó sobre la cama del ama y se quedó observándola, totalmente inmóvil; sólo le temblaban sus finos bigotes. Estiró una pata e hizo oscilar las cuentas del rosario; al principio apenas las rozó, pero luego le cogió gusto al fresco y liso tacto de aquellas esferas diminutas y perfectas, que rodaban entre sus uñas, y les dio un pequeño tirón. El rosario cayó al suelo y Albert, asustado, se escondió bajo el sillón.

Poco después, Emmanuel despertó y se puso a llorar. Las ventanas y los postigos estaban abiertos. La luna iluminaba los tejados del pueblo; las tejas relucían como escamas de pez. En el perfumado y apacible jardín, la plateada claridad fluía como un agua transparente que ondulaba y abrazaba suavemente los árboles frutales.

Levantando con el hocico los flecos del sillón, el gato contemplaba aquel espectáculo con una gravedad asombrada y soñadora. Era un gato muy joven que sólo conocía la ciudad; allí, las noches de junio sólo se barruntaban y a veces se conseguía respirar una de sus tibias y embriagadoras bocanadas, pero aquí el aroma llegaba hasta sus bigotes, lo asaltaba, lo envolvía, lo invadía, lo aturdía… Con los ojos entrecerrados, el felino se dejaba inundar por oleadas de penetrantes y gratos olores: el de las últimas lilas, con sus tenues efluvios de descomposición; el de la savia que fluye por los árboles y el de la tierra, tenebroso y fresco; el de los animales, pájaros, topos, ratones, todas sus presas, un olor almizclado, a pelaje y a sangre… Albert bostezó de hambre y saltó al alféizar de la ventana. Luego se dio un tranquilo paseo por el canalón. Allí era donde, dos noches antes, una enérgica mano se había apoderado de él y lo había arrojado a la cama de la inconsolable Jacqueline. Pero esa noche no se dejaría coger. Calculó con la mirada la distancia del canalón al suelo. Aquel salto era un juego para él, pero al parecer pretendía darse importancia a sus propios ojos exagerando la dificultad. Balanceó los cuartos traseros con ostentación y arrogancia, barrió el canalón con su larga y negra cola, echó atrás las orejas, saltó al vacío y aterrizó en la tierra recién removida. Tras un instante de vacilación, pegó el hocico al suelo; ahora estaba en el corazón, en el seno más profundo, en el regazo mismo de la noche. Así era como había que olerla, a ras de tierra; los aromas estaban allí, entre las piedras y raíces; todavía no se habían atenuado ni evaporado, ni mezclado con el olor de los humanos. Eran secretos, cálidos, estaban vivos, hablaban. Cada uno era la emanación de una pequeña vida escondida, feliz, comestible… Escarabajos, ratones de campo, grillos y ese sapillo cuya voz parecía llena de lágrimas cristalinas… Las largas orejas del gato, rosados cucuruchos cubiertos de pelaje plateado, puntiagudas y delicadamente vueltas hacia dentro como una flor de dondiego, se irguieron para captar los tenues sonidos de las tinieblas, tan leves, tan misteriosos y -sólo para él- tan claros: los crujidos de un nido en que un pájaro cuidaba a sus polluelos, roces de plumas, el débil martilleo de un pico en un tronco, agitación de alas, de élitros, de patas de ratón arañando suavemente la tierra, e incluso la sorda explosión de las semillas al germinar. Ojos de oro huían en la oscuridad, los gorriones dormidos entre el follaje, el gordo mirlo negro, el paro y la hembra del ruiseñor, cuyo macho estaba bien despierto y le respondía desde el bosque y junto al río.

También se oían otros ruidos: una detonación que crecía y se desplegaba como una flor a intervalos regulares, y cuando cesaba, el temblor de todas las ventanas del pueblo, el chirrido de los postigos abiertos y de nuevo cerrados en la oscuridad y las palabras angustiadas que se lanzaban de ventana a ventana. Al principio, con cada explosión, el gato daba un respingo y se quedaba con la cola erguida: reflejos de muaré recorrían su pelaje y sus bigotes estaban tiesos de miedo. Luego se fue acostumbrando a aquel estrépito; sonaba cada vez más cerca y seguramente lo confundía con una tormenta. Dio unos brincos por los arriates y deshojó una rosa de un zarpazo: estaba abierta y sólo esperaba un soplo para caer y morir; sus pétalos blancos se habrían ido esparciendo por el suelo como una lluvia blanda y perfumada. De pronto, el gato se encaramó a lo alto de un árbol con la rapidez de una ardilla, arañando la corteza a su paso. Los pájaros alzaron el vuelo, asustados. En la punta de una rama, el felino ejecutó una danza salvaje, guerrera, insolente y temeraria, desafiando al cielo, la tierra, los animales, la luna… De vez en cuando abría su estrecha y profunda boca y soltaba un maullido destemplado, una aguda y retadora llamada a todos los gatos del vecindario.

En el gallinero y el palomar todos despertaron, se estremecieron y escondieron la cabeza bajo el ala, percibiendo el olor de la amenaza y la muerte; una pequeña gallina blanca saltó atolondradamente sobre una cubeta de cinc, la volcó y salió huyendo entre despavoridos cloqueos. Pero el gato ya había saltado a la hierba y estaba inmóvil, al acecho. Sus redondos ojos amarillos relucían en la oscuridad. Se oyó un ruido de hojarasca removida y el gato volvió con un pajarillo inmóvil entre las fauces. Con los ojos cerrados, lamió lentamente la sangre que manaba de la herida, saboreándola. Había clavado las uñas en el pecho del ave, y siguió separándolas y volviendo a hundirlas en la tierna carne, entre los frágiles huesos, con un movimiento lento y regular, hasta que el corazón dejó de latir. Luego se comió al pájaro sin prisa, se lavó y se lamió la cola, la punta de su hermosa cola humedecida por la noche. Ahora se sentía inclinado a la clemencia: una musaraña pasó corriendo por su lado sin que se molestara en atraparla, y un topo se llevó un zarpazo en la cabeza que lo dejó con el hocico ensangrentado y medio muerto, pero la cosa no pasó de ahí: Albert lo contempló con una ligera palpitación desdeñosa de las fosas nasales y no lo remató. Otra clase de hambre había despertado en su interior: sus ijares se hundían; levantó la cabeza y volvió a maullar, con un maullido que acabó en un chillido imperioso y ronco. Sobre el techo del gallinero acababa de aparecer una vieja gata, enroscada a la luz de la luna.

La breve noche de junio tocaba a su fin, las estrellas palidecían, un olor a leche y hierba húmeda flotaba en el aire; la luna, semioculta tras el bosque, ya no enseñaba más que un cuerno rosa difuminado en la bruma cuando el gato, cansado, victorioso, empapado de rocío, con una brizna de hierba entre los dientes, se deslizó en la habitación de los niños, saltó a la cama de Jacqueline y buscó el tibio hueco de sus pequeños y delgados pies. Ronroneaba como un hervidor.

Instantes después, el polvorín saltó por los aires.


21

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El polvorín saltó por los aires y, cuando el espantoso eco de la explosión cesó (todo el aire de la región se desplazó, todas las puertas y ventanas temblaron y la pequeña tapia del cementerio se vino abajo), una larga llama sibilante surgió del campanario. El estallido de la bomba incendiaria se había confundido con el del polvorín. En un segundo, el pueblo estaba en llamas. Había heno en los cobertizos, paja en los graneros… Todo ardió; los techos se derrumbaron y los suelos de madera se partieron por la mitad. La muchedumbre de refugiados se lanzó a la calle, mientras los vecinos corrían hacia las puertas de los establos y cuadras para salvar sus animales; los caballos relinchaban, se encabritaban y, aterrorizados por el resplandor y el fragor del incendio, se negaban a salir y golpeaban con la cabeza y los cascos las paredes en llamas. Una vaca echó a correr llevando entre los cuernos una paca de heno envuelta en llamas, que el animal sacudía furiosamente, lanzando mugidos de dolor y pánico y soltando pavesas a su alrededor. En el jardín, los resplandores teñían los árboles en flor de un rojo sangriento. En otras circunstancias, la gente se habría organizado para extinguir el fuego. Superado el pánico inicial, los vecinos habrían recuperado cierta calma; pero aquella desgracia, sumada a las anteriores, los hundió en el desánimo. Además, sabían que tres días antes los bomberos habían recibido la orden de marcharse con todo su equipo. Se sentían perdidos.

– ¡Los hombres! ¡Si al menos los hombres estuvieran aquí! -exclamaban las campesinas.

Pero los hombres estaban lejos, y los chicos corrían, chillaban, se desesperaban, y lo único que conseguían era aumentar el caos. Los refugiados se llamaban. Entre ellos, a medio vestir, con la cara tiznada y el pelo revuelto, estaban los Péricand. Como en la carretera tras la caída de las bombas, los gritos se cruzaban y mezclaban, todos vociferaban -el pueblo no era más que un clamor: «¡Jean! ¡Suzanne! ¡Mamá! ¡Abuela!»-, todos se llamaban al unísono… Pero nadie respondía. Varios chicos que habían conseguido sacar sus bicicletas de los cobertizos en llamas las empujaban sin contemplaciones entre la gente. Sin embargo, todos pensaban que habían conservado la sangre fría, que se comportaban exactamente como debían. La señora Péricand tenía a Emmanuel en brazos y a Jacqueline y Bernard agarrados a la falda (cuando su madre la había sacado de la cama, Jacqueline incluso había conseguido meter a Albert en su cesta, que ahora sostenía apretada contra el pecho). La señora Péricand se repetía mentalmente: «Lo más importante está a salvo. ¡Alabado sea el Señor!» Llevaba las joyas y el dinero en una bolsita de ante sujeta con un alfiler al interior de su camisón; descansaba contra su pecho y se lo golpeaba cada vez que se movía. También había tenido presencia de ánimo para coger el abrigo de pieles y el pequeño bolso de la plata, que guardaba junto a la cabecera de la cama. Los niños estaban allí, ¡los tres! De vez en cuando, la idea de que los dos mayores, Philippe y el loco de Hubert, estaban en peligro, lejos de ella, pasaba por su mente con la brusquedad y viveza de un relámpago. La fuga de Hubert la había sumido en la desesperación, y sin embargo estaba orgullosa. Era un acto irreflexivo, indisciplinado, pero digno de un hombre. Por ellos dos, por Philippe y Hubert, no podía hacer nada, pero sus tres pequeños… ¡los había salvado! Creía que la noche anterior la había alertado una especie de instinto. Los había acostado medio vestidos. Jacqueline no tenía la bata, pero llevaba una chaqueta sobre los hombros desnudos; no pasaría frío. Era mejor que estar en camisón. El bebé iba envuelto en una manta. Y Bernard tenía puesta hasta la boina. En cuanto a ella, sin medias y con unas chinelas rojas, los dientes apretados y los brazos tensos alrededor del pequeño, que no lloraba pero miraba a todas partes con ojos despavoridos, se abría paso entre la aterrorizada muchedumbre sin saber adónde se dirigía, mientras en el cielo los aviones, que le parecían innumerables (¡en realidad eran dos!), pasaban una y otra vez zumbando como siniestros abejorros.

«¡Con tal que no nos bombardeen más! ¡Con tal que no nos bombardeen más! ¡Con tal…!» Esas palabras se repetían como una letanía en su agachada cabeza. Y en voz alta exclamaba:

– ¡No me sueltes la mano, Jacqueline! ¡Deja ya de llorar, Bernard! ¡Pareces una niña! ¡No, chiquitín, no pasa nada, mamá está aquí!

Lo decía maquinalmente, sin dejar de rogar para sus adentros: «¡Que no nos bombardeen más! ¡Que bombardeen a otros, Dios mío, pero no a nosotros! ¡Tengo tres hijos! ¡Quiero salvarlos! ¡Haz que no nos bombardeen más!»

Al fin, la estrecha calle del pueblo quedó atrás; ya estaban en el campo. A sus espaldas, el incendio se desplegaba contra el cielo como un abanico. Apenas había transcurrido una hora desde que el obús cayera sobre el campanario, al alba. Por la carretera seguían pasando coches y más coches que huían de París, Dijon, Normandía, Lorena, toda Francia. La gente iba durmiendo. Algunos levantaban la cabeza y veían arder el horizonte con indiferencia. ¡Habían visto tantas cosas! El ama, que iba detrás de la señora Péricand, parecía haberse quedado muda de terror: movía los labios pero no emitía sonido alguno. Llevaba en la mano un gorro acanalado con cintas de muselina recién planchado. La señora Péricand le lanzó una mirada furibunda.

– Desde luego, ama, podía habérsele ocurrido algo mejor que traer, ¿no?

La mujer hizo un gran esfuerzo para hablar. Su rostro adquirió un tono violáceo y sus ojos se llenaron de lágrimas. «¡Señor -pensó la señora Péricand-, esta mujer está perdiendo el juicio! ¿Qué va a ser de mí?» Pero la voz de su señora había obrado el milagro de devolver el habla a la anciana, que recuperó su tono habitual, deferente y agrio a la vez, para responder:

– No esperaría la señora que lo dejara… ¿Qué cuesta llevarlo?

El asunto del gorro era la manzana de la discordia entre las dos mujeres, porque el ama odiaba las cofias, «tan favorecedoras, tan adecuadas para domésticas», pensaba la señora Péricand, para quien cada clase social debía llevar algún signo distintivo que evitara los malentendidos, como cada artículo lleva su precio en una tienda. «¡Cómo se ve que no es ella la que lava y plancha! Mala pécora…», mascullaba el ama en la antecocina.

Con mano temblorosa, la anciana se colocó aquella mariposa de encaje en la cabeza, que ya llevaba cubierta con un enorme gorro de dormir. La señora Péricand la miró y le vio algo extraño, pero no supo distinguirlo. Todo parecía inaudito. El mundo se había convertido en una espantosa pesadilla. Se dejó caer en la cuneta, devolvió a Emmanuel a los brazos del ama y declaró con énfasis:

– Ahora hay que salir de aquí.

Y siguió sentada, esperando el milagro.

No se produjo, pero al cabo de un rato pasó un carro tirado por un asno, y al ver que el conductor volvía la mirada hacia ella y sus hijos y tiraba de las riendas, la señora Péricand oyó la voz de su instinto, ese instinto nacido de la riqueza que sabe cuándo y dónde hay algo en venta.

– ¡Alto! -gritó-. ¿Cuál es la estación más cercana?

– Saint-Georges.

– ¿Cuánto tardaríamos en su vehículo?

– Pues… unas cuatro horas.

– ¿Todavía circulan trenes?

– Eso dicen.

– Muy bien. Vamos a subir. Venga, Bernard. Ama, coja al pequeño.

– Pero, señora, es que no voy en esa dirección… Y contando la vuelta, para mí serían ocho horas…

– Le pagaré bien -dijo la señora Péricand.

Subió al carro calculando que si los trenes circulaban con normalidad, estaría en Nimes a la mañana siguiente. Nimes… La vieja casa de su madre, su habitación, un baño… Sólo de pensarlo se le iba la cabeza. ¿Habría sitio en el tren? «Llevando tres niños, seguro que llego», se dijo. Como un miembro de la realeza, la señora Péricand, en su calidad de madre de familia numerosa, ocupaba en todas partes y con toda naturalidad el primer lugar. Y no era de esas mujeres que permiten a nadie que olvide sus privilegios. Se cruzó de brazos y contempló el paisaje con expresión triunfal.

– Pero, señora, ¿y el coche? -gimió el ama.

– A estas horas debe de ser un montón de cenizas -respondió la señora Péricand.

– ¿Y los bolsos, las cosas de los niños…?

Los bolsos iban en la camioneta de los criados. En el momento del desastre sólo quedaban tres maletas, tres maletas llenas de ropa blanca…

– ¡Qué se le va a hacer! -suspiró la señora Péricand alzando los ojos al cielo y, no obstante, volviendo a ver, como en un sueño delicioso, los hondos armarios de Nimes, con sus tesoros de algodón y lino.

El ama, que había dejado atrás su enorme maleta con flejes de hierro y un bolso de mano en piel de cerdo de imitación, se echó a llorar. La señora Péricand trató en vano de hacerle ver su ingratitud para con la Providencia.

– Piense que está viva, ama. ¿Qué importa lo demás?

El asno trotaba. El campesino tomaba pequeños caminos atestados de refugiados. Llegaron a las once y la señora Péricand consiguió coger un tren que iba en dirección a Nimes. A su alrededor, la gente decía que habían firmado el armisticio, aunque también había quien aseguraba que eso era imposible; sin embargo, los cañones habían dejado de sonar y las bombas, de caer. «¿Se habrá acabado la pesadilla?», se preguntó la señora Péricand. Volvió a mirar todo lo que llevaba consigo, «todo lo que he conseguido salvar»: sus hijos, su bolso. Palpó las joyas y el dinero que llevaba cosidos al camisón. Sí, había actuado con firmeza, coraje y sangre fría en unos momentos terribles. ¡No había perdido la cabeza! No había perdido… no había perdido… De pronto ahogó un grito. Se llevó las manos al cuello, echó el cuerpo atrás y su garganta emitió un estertor sordo, como si estuviera ahogándose.

– ¡Dios mío, señora! Señora, ¿se encuentra mal?

Por fin, con un hilo de voz, la señora Péricand consiguió gemir:

– Ama, mi pobre ama, nos hemos olvidado…

– Pero ¿de qué? ¿De qué?

– Nos hemos olvidado de mi suegro -murmuró la señora Péricand, y se echó a llorar.


22

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Charles Langelet se había pasado toda una noche al volante entre París y Montargis, de modo que había padecido su parte de la desgracia pública. No obstante, mostraba una gran presencia de ánimo. En la fonda en que se detuvo a almorzar, un grupo de refugiados se lamentaba de los horrores del viaje, tomándolo a él por testigo:

– ¿No es verdad, caballero? Usted lo ha visto tan bien como nosotros. ¡No puede decirse que exageremos!

– ¿Yo? Yo no he visto nada -respondió él con sequedad.

– ¿Cómo? ¿Ni un bombardeo? -le preguntó la dueña, sorprendida.

– Pues no, señora.

– ¿Ni un incendio?

– Ni siquiera un accidente de coche.

– Pues mejor para usted, desde luego -dijo la mujer tras unos instantes de reflexión, pero encogiéndose de hombros con cara de incredulidad, como si pensara: «¡Vaya un bicho raro!»

Langelet probó con cautela la tortilla que acababan de servirle, la apartó murmurando «incomible», pidió la cuenta y se marchó. Encontraba un placer perverso en privar a aquellas buenas almas del entretenimiento que se prometían al interrogarlo, porque, como los seres viles y vulgares que eran, imaginaban que sentían compasión por el prójimo, pero en realidad temblaban de malsana curiosidad, de melodrama barato. «Es increíble lo vulgar que puede llegar a ser la gente», pensó Charlie con tristeza. Siempre se sentía escandalizado y afligido al descubrir el mundo real, poblado de pobres diablos que nunca han visto una catedral, una estatua, un cuadro. Aunque los happy few a los que se enorgullecía de pertenecer reaccionaban con la misma cobardía y la misma estupidez que los humildes ante los golpes del destino. ¡Dios! Y lo que diría la gente después del «éxodo», de «su éxodo»… Ya le parecía estar oyendo cotorrear a aquella vieja pretenciosa: «Yo no me asusté de los alemanes; me acerqué a ellos y les dije: "Caballeros, tienen ustedes delante a la madre de un oficial francés." Ni siquiera rechistaron.» Y a la que contaría: «Las balas silbaban a mi alrededor. Y lo más curioso es que no me daba miedo.» Y todos se pondrían de acuerdo para acumular escenas de horror en sus relatos. En cuanto a él, se limitaría a decir: «Qué curioso, a mí todo me pareció muy normal. Mucha gente en la carretera, y nada más.» Imaginó sus caras de asombro y sonrió, reconfortado. Necesitaba reconfortarse. Cuando pensaba en su piso de París se le encogía el corazón. De vez en cuando se volvía hacia el fondo del coche y miraba con ternura las cajas que contenían sus porcelanas, su más preciado tesoro. Había un grupo de Capo di Monte que lo preocupaba: se preguntaba si había puesto bastante serrín y bastante papel de seda a su alrededor. Al final del embalaje se había quedado corto de papel. Era un centro de mesa, un grupo de muchachas bailando con amorcillos y cervatos. Suspiró. Mentalmente, se comparaba a un romano huyendo de la lava y las cenizas de Pompeya tras abandonar a sus esclavos, su casa y su oro, pero llevando entre los pliegues de la túnica una estatuilla de terracota, un vaso de forma perfecta, una copa moldeada sobre un hermoso pecho. Sentirse tan diferente del resto de los hombres era reconfortante y amargo á la vez. Volvió hacia ellos sus claros ojos. La riada de coches seguía fluyendo y las caras, sombrías y angustiadas, se parecían como gotas de agua. ¡Pobre chusma! ¿Qué les preocupaba? ¿Lo que comerían? ¿Lo que beberían? Él pensaba en la catedral de Ruán, en los castillos del Loira, en el Louvre… Una sola de sus venerables piedras valía más que mil vidas humanas. Se estaba acercando a Gien. Un punto negro apareció en el cielo y, con la rapidez del rayo, Langelet pensó que aquella columna de refugiados cerca del paso a nivel era un blanco muy tentador para un avión enemigo, y se metió por un camino de tierra. Quince minutos después, unos metros delante de él, dos coches que también habían optado por abandonar la carretera eran obligados a precipitarse a la cuneta debido a una falsa maniobra de un conductor enloquecido y salían despedidos hacia los campos, por los que esparcían maletas, colchones, jaulas de pájaros, mujeres heridas… Charlie oyó ruidos confusos, pero no se volvió. Huyó hacia un espeso bosque. Detuvo el coche entre los árboles, esperó unos minutos y reanudó la marcha por el camino forestal, porque decididamente la carretera nacional era demasiado peligrosa.

Durante un rato dejó de pensar en los peligros que acechaban a la catedral de Ruán para imaginarse muy concretamente los que corría él, Charles Langelet. No quería darle demasiadas vueltas, pero las imágenes que acudían a su mente eran de lo más desagradables. Crispadas sobre el volante, sus largas y delgadas manos temblaban ligeramente. Por allí se veían pocos coches y pocas casas, y ni siquiera sabía muy bien adónde se dirigía. Siempre se había orientado mal y no estaba acostumbrado a viajar sin chofer. Se pasó un buen rato dando vueltas alrededor de Gien y empezó a ponerse nervioso. Temía quedarse sin gasolina. Meneó la cabeza y suspiró. Ya sabía que pasaría algo así: él, Charlie Langelet, no estaba hecho para aquella existencia grosera. Las mil pequeñas trampas de la vida cotidiana lo superaban. Y, en efecto, al coche se le acabó el combustible y se paró. Charlie se dirigió a sí mismo un pequeño gesto de homenaje, como quien se inclina ante un valiente vencido. No había nada que hacer; pasaría la noche en el bosque.

– ¿No tendría usted una lata de gasolina para dejarme? -le preguntó al primer automovilista que vio.

El hombre respondió que no, y Charlie sonrió amarga y melancólicamente. «¡Así son los hombres! Raza egoísta y dura… Nadie está dispuesto a compartir un trozo de pan, una botella de cerveza o una simple lata de gasolina con un hermano en el infortunio…»

El automovilista arrancó pero se volvió para gritarle:

– Podrá conseguirla muy cerca de aquí, en la aldea de…

El nombre se perdió en la distancia y el vehículo siguió alejándose y desapareció entre los árboles. Charlie creyó distinguir una o dos casas.

«¿Y el coche? ¡No puedo dejarlo aquí! -se dijo, desesperado-. Intentémoslo otra vez.» Esperó un buen rato. De pronto, vio una nube de polvo que se acercaba y distinguió un coche que avanzaba a trancas y barrancas, ocupado por unos jóvenes que parecían borrachos y gritaban como locos, apretujados como sardinas en el interior, sobre el estribo y hasta en el techo.

«¡Qué pinta de mangantes!», pensó Langelet con un estremecimiento. No obstante, se dirigió a ellos con su voz más amable:

– ¿No les sobraría un poco de gasolina, caballeros?

El coche se detuvo con un horrible chirrido de frenos maltratados y los jóvenes miraron a Charlie sonriendo con sorna.

– ¿Cuánto paga? -preguntó al fin uno de ellos.

Charlie sabía que habría debido responder: «¡Lo que quieran!» Pero era tacaño y, por otra parte, temía tentar a aquellos granujas si daba la impresión de ser rico. Además, no estaba dispuesto a que lo estafaran.

– Un precio razonable -dijo con altivez.

– Pues no tenemos -replicó el hombre, y el traqueteante y gemebundo vehículo se alejó por el polvoriento camino forestal.

Langelet, aterrado, agitó los brazos y gritó:

– ¡Eh, esperen! ¡Deténganse! ¡Al menos díganme lo que piden!

Ni siquiera se dignaron responder. Charlie se quedó solo. No por mucho tiempo, porque estaba anocheciendo y poco a poco otros refugiados invadieron el bosque. En los hoteles no quedaba sitio, las casas particulares también estaban llenas, y habían decidido pasar la noche al raso. Al poco rato, aquello se parecía a un camping de Elisabethville en pleno julio, pensó Charlie con repugnancia. Críos armando alboroto, la hierba cubierta de periódicos arrugados, trapos sucios y latas de conserva vacías, mujeres llorando, chillando o riendo… Horribles niños churretosos se acercaban a Charlie, que los echaba sin levantar la voz, porque no quería problemas con los padres, pero lanzándoles miradas furibundas.

– Es la escoria de Belleville -murmuró, aterrado-. Pero ¿dónde me he metido?

¿Había reunido el azar en aquel bosque a los habitantes de uno de los barrios con peor fama de París, o acaso su viva y nerviosa imaginación estaba jugándole una mala pasada? Veía a todos los hombres con cara de maleante y a todas las chicas con pinta de fulana. No tardó en caer la noche; bajo los densos árboles, la transparente penumbra de junio se convirtió en una tiniebla salpicada de claros que, iluminados por la luna, parecían cubiertos de escarcha. Todos los ruidos adquirían una resonancia peculiar y siniestra: los aviones que surcaban el cielo, los pájaros insomnes, unas detonaciones sordas, de las que no se podía decir con seguridad si eran cañonazos o reventones de neumático… En un par de ocasiones, alguien se acercó al coche a fisgar, a meterse donde no lo llamaban. Charlie oía cosas que ponían los pelos de punta. El estado de ánimo del pueblo no era el que debería ser… No se hablaba más que de los ricos que huían para poner su pellejo y su oro a salvo y que atestaban las carreteras, mientras el pobre no tenía más que las piernas para andar hasta caerse muerto. «Como si ellos no fueran en coche -pensaba Charlie, indignado-. ¡Y encima lo habrán robado, seguro!»

Se sintió extraordinariamente aliviado cuando vio aparcar cerca de él un cochecito muy coqueto ocupado por una pareja joven de una clase visiblemente más elevada que la de los otros refugiados. El tenía un brazo ligeramente deforme, que adelantaba con ostentación, como si llevara escrito con grandes letras: «no apto para el servicio militar». Ella, joven y atractiva, estaba muy pálida. Se comieron unos sándwiches y se durmieron enseguida en los asientos delanteros, con el hombro del uno apoyado en el del otro y las mejillas juntas. Charlie intentó hacer lo mismo, pero el cansancio, la sobreexcitación y el miedo lo mantenían despierto. Al cabo de una hora, su joven vecino abrió los ojos y, apartando con suavidad a su acompañante, encendió un cigarrillo. Al ver que Langelet tampoco dormía, se inclinó hacia él y murmuró:

– ¡Qué mal, eh!

– Sí, muy mal.

– En fin, una noche pasa enseguida. Espero poder llegar a Beaugency mañana por estos atajos, porque la carretera está imposible.

– ¿De veras? Y al parecer ha habido violentos bombardeos. Tiene usted suerte de poder marcharse -dijo Charlie-. A mí no me queda ni una gota de gasolina… -Y, tras una breve vacilación, añadió-: Si fuera usted tan amable de vigilar mi coche -«realmente parece un hombre de fiar», se dijo-, iría al pueblo de al lado, donde, según me han dicho, todavía hay.

El joven meneó la cabeza.

– Lo siento, caballero, ya no les queda nada. He comprado las últimas latas, y a un precio de escándalo. Aun así no sé si tendré suficiente para llegar al Loira -añadió señalando unas latas atadas al maletero-. Y cruzar los puentes antes de que los vuelen.

– ¿Cómo? ¿Van a volar todos los puentes?

– Sí. Todo el mundo lo dice. Van a defender el Loira.

– Entonces, ¿piensa usted que no queda gasolina?

– ¡Uy, de eso estoy seguro! Me encantaría compartirla con usted, pero tengo la justa. Debo poner a mi prometida a salvo en casa de sus padres. Viven en Bergerac. Cuando hayamos cruzado el Loira será más fácil encontrar gasolina, espero.

– Ah, ¿es su prometida? -dijo Charlie, que estaba pensando en otra cosa.

– Sí. Teníamos que casarnos el catorce de junio. Estaba todo listo, caballero: las invitaciones enviadas, los anillos comprados y los trajes nos los habrían entregado esta mañana. -El joven se sumió en una profunda ensoñación.

– Sólo es un aplazamiento -dijo Charles Langelet amablemente.

– ¡Ah, caballero! ¿Quién sabe dónde estaremos mañana? Aunque yo no puedo quejarme. A mi edad debería estar combatiendo, pero con este brazo… Sí, un accidente en el colegio… Pero creo que en esta guerra los civiles corren tanto peligro como los militares. Dicen que algunas ciudades… -bajó la voz- han quedado reducidas a cenizas y llenas de cadáveres. Una carnicería… Y me han contado historias atroces. ¿Sabía que han abierto las cárceles y los manicomios? Sí, caballero. Nuestros dirigentes se han vuelto locos. Los presos recorren los caminos sin vigilancia. Dicen que el director de una prisión fue asesinado por los internos, a los que tenía orden de evacuar; ha ocurrido a dos pasos de aquí. He visto con mis propios ojos villas allanadas, saqueadas del sótano al desván. Y asaltan a los viajeros, roban a los automovilistas…

– ¡Oh! ¿Roban a los…?

– Nunca sabremos todo lo que ha ocurrido durante el éxodo. Ahora dicen: «No tenían más que quedarse en sus casas.» ¡Qué simpáticos! Para que la artillería y los aviones nos masacraran a domicilio… Había alquilado una casita en Montfort-ľAmaury para pasar un mes tranquilamente después de la boda, antes de reunirnos con mis suegros. Pues la destruyeron el tres de junio, caballero -dijo el joven con indignación. Hablaba mucho y atropelladamente; parecía ebrio de cansancio-. ¡Con tal que pueda salvar a Solange! -exclamó acariciando la mejilla de su prometida con la yema de los dedos.

– Parecen ustedes muy jóvenes…

– Yo tengo veintidós años y Solange veinte.

– Así está muy incómoda -dijo de pronto Langelet con una voz meliflua, una voz que no se conocía, dulce como la miel, mientras el corazón le latía como si quisiera escapársele del pecho-. ¿Por qué no van a acostarse en la hierba, un poco más allá?

– Pero ¿y el coche?

– ¡Bah, yo lo vigilaré! Vaya tranquilo -dijo Charlie con una risita ahogada.

El joven seguía dudando.

– Quería salir lo antes posible. Y tengo un sueño tan profundo…

– Ya lo despertaré yo. ¿A qué hora quieren marcharse? Mire, son poco más de las doce -dijo Charlie consultando su reloj-. Los llamaré a las cuatro.

– ¡Oh, caballero, es usted muy amable!

– No, es que sé lo que es estar enamorado a los veinte años.

El joven parecía azorado.

– íbamos a casarnos el catorce de junio -repitió suspirando.

– Sí, claro, claro… Vivimos unos tiempos terribles… Pero, créame, es absurdo estar encogido en el coche. Su prometida está hecha un ovillo. ¿Tienen una manta?

– Solange tiene un abrigo grande de viaje.

– En la hierba se tiene que estar muy bien. Si no temiera por mi viejo reuma… ¡Ay, joven, quién tuviera veinte años!

– Veintidós -lo corrigió el novio.

– Ustedes verán tiempos mejores, conseguirán salir adelante, mientras que un pobre viejo como yo… -Charlie bajó los párpados como un gato ronroneante. Luego extendió la mano hacia un pequeño claro que se distinguía vagamente entre los árboles a la luz de la luna-. ¡Qué bien se tiene que estar allí! Como para olvidarse de todo… -Hizo una pausa y luego, con un tono falsamente indiferente, comentó-: ¿Oye usted ese ruiseñor?

El pájaro, encaramado en una rama muy alta, llevaba un rato cantando, indiferente al ruido, a los gritos de los refugiados, a las grandes hogueras que habían encendido sobre la hierba para disipar la humedad. Cantaba y otros ruiseñores le respondían. El joven se quedó escuchando al pájaro con la cabeza inclinada, mientras su brazo rodeaba a su prometida, que seguía durmiendo. Al cabo de unos instantes le susurró algo al oído. La joven abrió los ojos. Él se acercó más y volvió a hablarle con tono apremiante. Charlie desvió la mirada. No obstante, consiguió captar algunas palabras: «Como el caballero dice que vigilará el coche…» Y: «Tú no me quieres, Solange. No, no me quieres… Sin embargo…»

Charlie bostezó prolongada y ostensiblemente; luego, como hablando para el foro, con la exagerada naturalidad de un mal actor, dijo a media voz:

– Creo que me está entrando sueño…

De pronto, Solange dejó de dudar. Entre risitas nerviosas, negativas cada vez más débiles y besos, dijo:

– Si nos viera mamá… ¡Oh, Bob, eres terrible! ¿No me lo reprocharás después, Bob?

Y se alejó del brazo de su prometido. Luego, Charlie los vio entre los árboles, cogidos de la cintura y dándose besitos. Hasta que desaparecieron.

Esperó. La media hora que dejó transcurrir le pareció la más larga de su vida. Sin embargo, no pensaba. Sentía angustia y un gozo extraordinario. Sus palpitaciones eran tan agudas, tan dolorosas, que murmuró:

– Este corazón enfermo no lo resistirá.

Pero sabía que nunca había sentido un placer mayor. El gato que duerme en cojines de terciopelo y se alimenta de pechugas de pollo, cuando el azar lo devuelve a la vida silvestre y tiene la oportunidad de hincarle el diente a un ensangrentado y palpitante pájaro, debe de sentir el mismo terror, la misma alegría cruel, se dijo Charles Langelet, porque era demasiado inteligente para no comprender lo que ocurría en su interior. Lenta, muy lentamente, poniendo buen cuidado en no hacer ruido con la puerta del coche, se deslizó hasta el otro, desató las latas (también cogió aceite), volvió a su coche, desenroscó el tapón del depósito destrozándose las manos, lo llenó de gasolina y, aprovechando que otros vehículos se estaban poniendo en marcha, se largó.

Una vez fuera del bosque, volvió la cabeza, contempló sonriendo las plateadas copas de los árboles y pensó: «Después de todo, iban a casarse el 14 de junio…»


23

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El griterío de la calle despertó al señor Péricand. El anciano abrió un ojo, sólo uno, vago, apagado, lleno de asombro y reproche. «¿Por qué gritan de ese modo?», pensó. Ya no se acordaba del viaje, de los alemanes, de la guerra. Creía que estaba en casa de su hijo, en el bulevar Delessert, aunque su mirada se paseaba por una habitación desconocida; no entendía nada. Estaba en la edad en que la visión anterior es más fuerte que la realidad; creía ver las colgaduras verdes de su cama parisina. Extendió los temblorosos dedos hacia la mesilla, en la que todas las mañanas una mano atenta dejaba un plato de gachas de avena y unos bizcochos de régimen. No había plato ni taza, ni siquiera mesilla. En ese momento, oyó el rugido del fuego en las casas vecinas, percibió el olor del humo y adivinó lo que ocurría. Abrió la boca, inspiró con ansia, como un pez fuera del agua, y se desmayó.

Sin embargo, la casa no había ardido. Las llamas sólo habían dañado una parte del techo. Tras sembrar el pánico y la confusión, el incendio se apaciguó. Los rescoldos seguían crepitando bajo los escombros de la plaza, pero el edificio estaba intacto y, al atardecer, las dos solteronas encontraron al anciano señor Péricand solo en la habitación. Mascullaba frases inconexas, pero se dejó llevar al asilo mansamente.

– Allí estará mucho mejor -dijo una de las dueñas-. No tenemos tiempo para ocuparnos de él, con los refugiados, los alemanes llegando, el incendio y todo lo demás…

Era un asilo bien aseado y bien administrado por las hermanas del Santísimo Sacramento. Instalaron al señor Péricand en una buena cama cerca de la ventana; a través de los cristales habría podido ver los grandes y verdes árboles de junio, y alrededor a quince ancianos silenciosos, tranquilos, acostados en sus inmaculadas camas. Pero no veía nada. Seguía creyendo que estaba en su casa. De vez en cuando parecía hablar con sus débiles y violáceas manos, cruzadas sobre la colcha gris. Les dirigía unas palabras entrecortadas y severas, meneaba la cabeza largo rato y, agotado, cerraba los ojos. Las llamas no lo habían tocado, no había sufrido el menor daño, pero tenía fiebre alta. El médico estaba en la ciudad, atendiendo a las víctimas de un bombardeo. Por fin, a última hora de la noche, pudo examinar al señor Péricand. No dijo gran cosa: se tambaleaba de cansancio, llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir y por sus manos habían pasado sesenta heridos. Le puso una inyección y prometió volver al día siguiente. Para las hermanas quedó todo dicho; estaban lo bastante acostumbradas a ver agonizantes para reconocer la muerte en un suspiro, en una queja, en aquella frente perlada de sudor frío, en aquellos dedos inertes. Avisaron al cura, que había acompañado al médico a la ciudad y había dormido tan poco como él, pero acudió a administrarle la extremaunción. El señor Péricand pareció recobrar la conciencia. Al marcharse, el sacerdote les dijo a las hermanas que el pobre anciano estaba en paz con Dios y tendría una muerte cristiana.

Una de las monjas era pequeña y delgada, y tenía unos ojos azules de mirada penetrante, traviesa y llena de valentía, que brillaban bajo la blanca toca; la otra, dulce y tímida, de mejillas coloradas, sufría horriblemente de una muela y, mientras rezaba el rosario, de vez en cuando se tocaba las encías con una sonrisa humilde, como si se avergonzara de llevar una cruz tan leve en tiempos de tanta aflicción. Fue a ella a quien, de pronto (eran las doce pasadas y el tumulto del día se había apaciguado; no se oían más que los quejumbrosos maullidos de los gatos en el jardín del convento), el señor Péricand le dijo:

– Hija mía, me siento mal… Ve a buscar al notario. -La había tomado por su nuera. En su semidelirio, le extrañaba que se hubiera puesto una toca para cuidarlo; pero, a fin de cuentas, no podía ser más que ella-. El señor Nogaret… el notario… -repitió lenta y pacientemente-. Ultimas voluntades…

– ¿Qué hacemos, hermana? -le preguntó sor Marie del Santísimo Sacramento a sor Marie de los Querubines.

Las dos tocas blancas se inclinaron y casi se juntaron encima del cuerpo postrado.

– El notario no vendrá a estas horas, mi querido señor… Duerma. Mañana habrá tiempo.

– No… no hay tiempo… -dijo él con un hilo de voz-. Nogaret vendrá… Telefonéale, por favor.

Las dos religiosas volvieron a conferenciar; al cabo de unos instantes, una de ellas abandonó la sala y, poco después, volvió trayendo una infusión caliente. El anciano intentó beber unos sorbos, pero no consiguió tragarse el líquido, que le resbaló por la blanca barba. De pronto, fue presa de una enorme agitación; gemía, ordenaba:

– Dile que se dé prisa… Me había prometido… en cuanto lo llamara. Por favor… date prisa, Jeanne. -En su mente, quien estaba junto a él ya no era su nuera, sino su mujer, que llevaba muerta cuarenta años.

Un latigazo especialmente doloroso en la muela cariada privó a sor Marie del Santísimo Sacramento de la posibilidad de protestar. Asintió dos veces con la cabeza y, apretándose la mejilla con el pañuelo, se quedó inmóvil; pero su compañera se levantó con decisión.

– Hay que ir a buscar al notario, hermana.

Era una mujer de temperamento fogoso y emprendedor, y la inacción la desesperaba. Le habría gustado acompañar al médico y al sacerdote a la ciudad, pero no podía dejar a los quince ancianos del asilo (no confiaba demasiado en la capacidad de iniciativa de sor Marie del Santísimo Sacramento). Aunque la noticia del incendio la había estremecido, había conseguido empujar las quince camas con ruedas fuera de la sala y preparado escaleras de mano, cuerdas y cubos de agua. Pero el fuego no había llegado al asilo, que se encontraba a dos kilómetros de la iglesia bombardeada. De modo que se había limitado a esperar, acongojada por los gritos de la despavorida muchedumbre, el acre olor a humo y el resplandor de las llamas, pero firme en su puesto y dispuesta a todo. Sin embargo, no había pasado nada. Las víctimas del siniestro habían sido trasladadas al hospital civil. No había otra cosa que hacer que preparar la sopa de los quince ancianos; así que la súbita petición del señor Péricand galvanizó de golpe todas sus energías.

– Hay que ir.

– ¿Usted cree, hermana?

– Puede que su última voluntad incluya algún asunto grave.

– ¿Y si el señor Charboeuf no está en casa?

– ¿A las doce y media de la noche?

– No querrá venir.

– ¡Eso ya lo veremos! Es su deber. Si hace falta, lo sacaré de la cama a rastras -repuso la joven religiosa con indignación.

Sor Marie de los Querubines abandonó la sala, pero, una vez fuera, dudó. La comunidad se componía de cuatro hermanas, dos de las cuales, recogidas en el convento de Paray-le-Monial desde principios de junio, todavía no habían podido regresar. En el asilo había una bicicleta, pero hasta ese momento ninguna de las religiosas se había atrevido a utilizarla por miedo a escandalizar a la población. La propia sor Marie de los Querubines solía decir: «Hay que esperar a que Nuestro Señor nos conceda la gracia de un caso urgente. Por ejemplo, un enfermo que va a fallecer, y hay que avisar al médico y al señor cura. Como cada segundo es precioso, me subo a la bicicleta y… La gente se quedará de una pieza, pero seguro que la próxima vez ni se inmutan.»

El caso urgente todavía no se había presentado. Pero sor Marie de los Querubines se moría de ganas de montar en aquel trasto. Tiempo atrás, cuando todavía no había abandonado el mundo, hacía de eso cinco años, ¡cuántas salidas con sus hermanas, cuántas excursiones, cuántas comidas en el campo! Se echó el negro velo hacia atrás y se dijo: «Si éste no es el caso, jamás lo será.» Y empuñó el manillar con el corazón palpitante de júbilo.

Minutos después estaba en el pueblo. Le costó lo suyo despertar al señor Charboeuf, que tenía el sueño pesado, y aún más convencerlo de que era necesario desplazarse al asilo inmediatamente. Charboeuf, «el angelote», como lo llamaban las chicas de la zona a causa de sus sonrosados mofletes y sus gruesos labios, tenía buen carácter y una mujer que lo llevaba más derecho que un palo. Suspirando, se vistió y tomó el camino del asilo, donde encontró al señor Péricand despierto, enrojecido y ardiendo de fiebre.

– Aquí está el notario -le anunció sor Marie.

– Siéntese, siéntese -insistió el anciano-. No perdamos tiempo.

El notario había elegido como testigos al jardinero del asilo y sus tres hijos. Ante las prisas del señor Péricand, se sacó un papel del bolsillo y se dispuso a escribir.

– Lo escucho, caballero. Tenga la amabilidad de declarar en primer lugar su nombre, sus apellidos y su estado.

– Entonces, ¿no es usted Nogaret?

Péricand volvió en sus cabales. Paseó la mirada por las paredes de la sala y la posó en la estatua de san José que se alzaba frente a su cama y en las dos hermosas rosas que sor María de los Querubines solía coger desde la ventana y colocar en un fino jarrón azul. Por unos instantes intentó comprender dónde se encontraba y por qué estaba solo, pero acabó renunciando. Se moría y ya está, pero había que morir según las formas. ¡Cuántas veces se había imaginado aquel último acto, su muerte, su testamento, última y brillante representación de un Péricand-Maltête sobre el escenario del mundo! No haber sido, durante los últimos diez años, más que un viejo al que visten y le limpian los mocos, y de pronto recuperar toda su importancia… Castigar, recompensar, decepcionar, colmar de alegría, repartir sus bienes terrenales a su libre albedrío… Dominar a los demás. Imponer su voluntad. Ocupar el primer plano. (Después de aquello ya no habría más que otra ceremonia en que lo ocuparía, dentro de una caja negra, sobre un catafalco, rodeado de flores; pero sólo en calidad de símbolo o espíritu desencarnado, mientras que ahora todavía estaba vivo…)

– ¿Cómo se llama usted? -preguntó con un hilo de voz.

– Charboeuf-respondió el notario humildemente.

– Bien, no importa. Adelante.

Y empezó a dictar lenta, penosamente, como si leyera líneas escritas para él y que sólo él podía ver.

– Ante el ilustre señor Charboeuf… notario en… en presencia de… comparece el señor Péricand… -Hizo un débil esfuerzo por amplificar, por magnificar un poco su nombre. Como tenía que economizar el aire, y como le habría resultado imposible vociferar las prestigiosas sílabas, sus violáceas manos se agitaron sobre la sábana como marionetas: le parecía estar trazando gruesos signos negros en un papel en blanco, como antaño al pie de cartas, bonos, escrituras, contratos…-. Péricand… Pé-ri-cand, Louis Auguste.

– ¿Con domicilio en?

– Bulevar Delessert 89, París.

– Enfermo de cuerpo pero sano de mente, como constatan el notario y los testigos -dijo Charboeuf mirando al enfermo con cara de duda.

Pero aquel moribundo le imponía. Charboeuf tenía cierta experiencia; su clientela estaba compuesta principalmente por granjeros de los alrededores, pero todos los ricos testan del mismo modo. Aquel hombre era rico, de eso no cabía duda; aunque para acostarlo le hubieran puesto un basto camisón del asilo, debía de ser alguien importante. Asistirlo en el lecho de muerte y en aquellas circunstancias hacía que Charboeuf se sintiera halagado.

– Así pues, caballero, ¿desea usted instituir a su hijo como heredero universal?

– Sí, lego todos mis bienes muebles e inmuebles a Adrien Péricand, a condición de que entregue inmediatamente y sin dilación cinco millones a la obra de los Pequeños Arrepentidos del distrito decimosexto, fundada por mí. La obra de los Pequeños Arrepentidos se compromete a mandar ejecutar un retrato de mi persona, a tamaño natural en mi lecho de muerte, o un busto que conservará mis rasgos para la posteridad y que será encargado a un excelente artista y colocado en el vestíbulo de dicha institución. Lego a mi querida hermana Adèle-Emilienne-Louise, para resarcirla de la desavenencia que originó entre nosotros la herencia de mi venerada madre, Henriette Maltête, y le lego, digo, en exclusiva propiedad mis terrenos de Dunkerque, adquiridos en mil novecientos doce, con todos los inmuebles construidos en ellos y la parte de los muelles que igualmente me pertenece. Encargo a mi hijo cumplir íntegramente esta promesa. Mi casa de campo en Bléoville, en el término municipal de Vorhange, será transformada en asilo para los grandes heridos de guerra, elegidos preferentemente entre los paralíticos y aquellos cuyas facultades mentales hayan quedado mermadas. Deseo que se coloque en la fachada una sencilla placa con la inscripción: «Fundación benéfica Péricand-Maltête en memoria de sus dos hijos caídos en Champaña.» Cuando acabe la guerra…

– Creo… creo que ya ha acabado -observó tímidamente el notario.

Ignoraba que la mente del señor Péricand había regresado a la otra guerra, que le había arrebatado dos hijos y triplicado su fortuna. Volvía a estar en septiembre de 1918, en el alba de la victoria, cuando una neumonía casi lo había llevado a la tumba y, en presencia de toda su familia reunida a la cabecera de su cama (con todos los colaterales del norte y el sur, que habían acudido a su lado en cuanto se enteraron de su estado), había llevado a cabo lo que, a la postre, era el ensayo general de su muerte: había dictado su última voluntad, que ahora encontraba intacta en su interior y a la que simplemente daba libre curso.

– Cuando acabe la guerra, deseo que se erija un monumento a los caídos en la plaza de Bléoville, para el que asigno la suma de tres mil francos, a sustraer de mi herencia. Primero, en gruesas letras doradas, los nombres de mis dos hijos mayores, luego un espacio, luego… -Cerró los ojos, agotado-. Luego todos los demás, en letras pequeñas.

Permaneció callado tanto rato que el notario miró a las hermanas con inquietud. ¿Estaba…? ¿Ya había acabado todo? Pero sor Marie de los Querubines movió la cabeza con serenidad. Todavía no estaba muerto. Reflexionaba. En su cuerpo inmóvil, el recuerdo recorría inmensas distancias en el tiempo y el espacio.

– La casi totalidad de mi fortuna se compone de valores estadounidenses que, según me aseguraron, darían un buen rendimiento. Ya no lo creo -murmuró, y meneó lúgubremente su larga barba-. Ya no lo creo. Deseo que mi hijo los convierta de inmediato en francos franceses. También hay oro: ahora ya no merece la pena guardarlo. Que se venda. También deberá colocarse una copia de mi retrato en la mansión de Bléoville, en la gran sala de la planta baja. Lego a mi fiel ayuda de cámara una renta anual y vitalicia de mil francos. Para todos mis biznietos por nacer, deseo que sus padres elijan mis nombres, Louis-Auguste si son varones, y Louise-Agustine si son hembras.

– ¿Es todo? -preguntó Charboeuf.

La larga barba del anciano descendió hacia su pecho indicando que sí, era todo.

Durante unos instantes, que parecieron breves al notario, los testigos y las hermanas, pero que para el moribundo eran largos como un siglo, largos como el delirio, largos como un sueño, el señor Péricand-Maltête recorrió en sentido inverso el camino que le había sido dado transitar en esta tierra: las comidas familiares en la casa del bulevar Delessert, las siestas en el salón, el gato Anatole sobre sus rodillas; su último encuentro con su hermano mayor, tras el que habían acabado enemistados a muerte (y él había vuelto a comprar bajo mano las acciones del negocio); Jeanne, su mujer, en Bléoville, encorvada y reumática, echada en una tumbona de mimbre en el jardín, con un abanico de papel en las manos (murió ocho días después), y Jeanne, en Bléoville, treinta y cinco años antes, a la mañana siguiente de su boda: unas abejas que habían entrado por la ventana libaban los lirios del ramo de novia y la corona de flores de azahar, olvidada al pie de la cama. Jeanne se había refugiado entre sus brazos, riendo…

Luego, con absoluta certeza, sintió que la muerte había llegado; hizo un gesto breve, de apuro y también de sorpresa, como si intentara pasar por una puerta demasiado estrecha para él y dijera: «No, usted primero, se lo ruego.» Y una expresión de asombro le cubrió el rostro.

«¿Esto era? -parecía decir-. ¿Ya está?»

El asombro se borró, el rostro adoptó una expresión grave y severa y Charboeuf escribió a toda prisa:

En el momento en que se le presentó la pluma al testador para que estampara su firma al pie del presente testamento, hizo un esfuerzo para levantar la cabeza, sin conseguirlo, e inmediatamente exhaló el último suspiro, lo que fue constatado por el notario y los testigos, que no obstante, y tras su lectura, estamparon sus firmas para dar fe a los efectos que establece la legislación.


24

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Entretanto, Jean-Marie se reponía lentamente. Llevaba cuatro días dormitando, inconsciente y febril. Ese día, por fin, se sentía más fuerte. Le había bajado la temperatura y la víspera había podido venir un médico, que le cambió el vendaje. Desde donde estaba, la vetusta cama en que lo habían acostado, Jean-Marie veía una enorme cocina un tanto oscura, el gorro blanco de una anciana sentada en un rincón, grandes y relucientes cacerolas alineadas en la pared y un calendario con una estampa de un sonrosado y rollizo soldado francés que tenía a dos muchachas alsacianas cogidas por la cintura, recuerdo de la otra guerra. Era extraño ver hasta qué punto seguían vivos allí los recuerdos de la Gran Guerra. En el lugar de honor, cuatro retratos de hombres uniformados con un pequeño lazo tricolor y una pequeña escarapela de crespón sujetos a una esquina, y, junto a él, una colección de ĽIllustration de 1914 a 1918 encuadernada en negro y verde, para entretener las horas de la convalecencia.

En las conversaciones que llegaban a sus oídos, surgían continuamente Verdún, Charleroi, el Marne… «Cuando se ha vivido la otra guerra…» «Cuando participé en la ocupación de Mulhouse…» De la guerra actual, de la derrota, se hablaba poco; todavía no la habían asimilado las mentes, no adquiriría su viva y terrible forma hasta que pasaran unos meses, tal vez años; quizá hasta que los sucios chiquillos que se paraban ante la pequeña cerca de madera se hicieran hombres. Con sus desgarrados sombreros de paja, sus mejillas sonrosadas y morenas, y sus largas varas verdes en la mano, curiosos y asustadizos, se alzaban sobre los zuecos para ver mejor al soldado herido en el interior de la casa y, cuando Jean-Marie se movía, se ocultaban tras la cerca como ranas en una charca. A veces, el portillo se quedaba abierto y dejaba entrar una gallina, un viejo y melancólico perro, un enorme pavo. Jean-Marie sólo veía a sus anfitriones a la hora de las comidas. El resto del día lo dejaban en manos de la anciana. Al atardecer, dos chicas jóvenes se sentaban junto a él. A una la llamaban «la Cécile» y a la otra «la Madeleine». Al principio, Jean-Marie creyó que eran hermanas. Pero no. La Cécile era la hija de la granjera y la Madeleine, una huérfana. A las dos daba gusto verlas, porque eran, si no atractivas, lozanas; Cécile tenía una cara redonda y ojos negros y vivos, y Madeleine, rubia y más fina, unas mejillas resplandecientes, sedosas y sonrosadas como la flor del manzano.

Las chicas lo pusieron al corriente de los acontecimientos de la semana. En su boca, en sus palabras un tanto vacilantes, todos aquellos sucesos, extraordinariamente graves, perdían su resonancia trágica. «Es muy triste», decían, o: «Todo esto no es nada agradable», o: «¡Ay, señor, estamos muy preocupadas!» Jean-Marie se preguntaba si era una forma de hablar habitual entre la gente de la región o algo más profundo, que tenía que ver con el alma misma de aquellas chicas, con su juventud, un instinto que les decía que las guerras pasan y el invasor se marcha, que la vida, incluso deformada y mutilada, continúa. La madre del propio Jean-Marie, haciendo labor mientras la sopa hervía en el fuego, suspiraba y decía: «¿Mil novecientos catorce? Fue el año en que nos casamos tu padre y yo. Fuimos muy felices al principio y muy desgraciados al final.» Sin embargo, el reflejo de su amor había suavizado, iluminado aquel año negro.

Del mismo modo, para aquellas chicas, el verano de 1940 sería, en su recuerdo y pese a todo, el verano de sus veinte años, pensó Jean-Marie. Habría preferido no pensar; los pensamientos eran peores que el dolor físico. Pero todo volvía, todo giraba incansablemente en su cabeza: la anulación de su permiso, el 15 de mayo; aquellos cuatro días en Angers, esperando que los trenes volvieran a circular, los soldados durmiendo en el suelo, comidos por los piojos, y luego las alertas, los bombardeos, la batalla de Rethel, la retirada, la batalla del Somme, y otra vez la retirada, los días durante los cuales habían huido de ciudad en ciudad, sin jefes, sin órdenes, sin armas, y por último aquel vagón en llamas. Jean-Marie se agitaba y gemía. Ya no sabía si estaba consciente o se debatía en un confuso sueño provocado por la sed y la fiebre. Vamos, no era posible… Hay cosas que no son posibles… ¿No había hablado alguien de Sedán? Era 1870, estaba en una página de un libro de Historia con tapas de tela roja que aún creía estar viendo. Era… Jean-Marie recitaba las palabras lentamente: «Sedán, la derrota de Sedán… La desastrosa batalla de Sedán decidió la suerte de la guerra…» En la pared, la imagen del calendario, aquel soldado rubicundo y risueño y las dos alsacianas enseñando las medias blancas. Sí, eso es lo que era, un sueño, el pasado, y él… él empezaba a temblar y decía:

– Gracias, no es nada, gracias, no se moleste… -mientras unas manos deslizaban una bolsa de agua caliente bajo las mantas y se la colocaban en los entumecidos y rígidos pies.

– Esta tarde tiene mejor cara.

– Me siento mejor -respondió Jean-Marie. Luego pidió un espejo y sonrió al verse el mentón, en el que le había crecido una negra sotabarba-. Mañana habrá que afeitarme…

– Si tiene fuerzas. ¿Para quién quiere ponerse guapo?

– Para ustedes.

Ellas rieron y se acercaron un poco. Tenían curiosidad por saber de dónde era, dónde lo habían herido… De vez en cuando, sentían escrúpulos y se interrumpían.

– ¡Ea, no hacemos más que parlotear! Lo vamos a cansar… Y luego nos van a reñir… ¿Se llama usted Michaud? ¿Jean-Marie?

– Sí.

– ¿Es de París? ¿En qué trabaja? ¿Es obrero? ¡Quia! No hay más que verle las manos. Es empleado, o puede que funcionario…

– Estudiante.

– ¿Ah, estudia? ¿Para qué?

– Pues… -murmuró Jean-Marie, y se quedó pensando-. Yo también me lo pregunto.

Era gracioso… Sus compañeros y él habían trabajado, preparado y aprobado exámenes, conseguido títulos, cuando sabían perfectamente que era inútil, que habría guerra… Su futuro estaba escrito de antemano, su carrera estaba decidida en los cielos, como en otros tiempos se decía que «los matrimonios se conciertan en el cielo». Lo habían concebido en 1915, durante un permiso. Había nacido de la guerra y (siempre lo había sabido) debido a la guerra. No había nada de morboso en esa idea, que compartía con muchos jóvenes de su edad y que simplemente era lógica y razonable. «Pero lo peor ha pasado -se dijo-, y eso lo cambia todo. Vuelve a haber un futuro. La guerra ha acabado, terrible, vergonzosa, pero ha acabado. Y hay esperanza…»

– Quería escribir libros -dijo tímidamente, revelando a aquellas muchachas campesinas, a aquellas desconocidas, una vocación que apenas se había confesado a sí mismo en el secreto de su corazón.

Luego preguntó cómo se llamaba aquel sitio, la granja en que se encontraba.

– Esto está lejos de todo -explicó la Cécile-. Perdido en mitad del campo. Aquí no se divierte una todos los días… Cuidando animales se vuelve una como ellos, ¿verdad, Madeleine?

– ¿Hace mucho que vive aquí, señorita Madeleine?

– Desde que tenía tres semanas. Su madre nos crió juntas. La Cécile y yo somos hermanas de leche.

– Ya veo que se entienden muy bien…

– No siempre pensamos lo mismo -dijo Cécile-. ¡Ella quiere meterse monja!

– Sólo a veces… -murmuró Madeleine sonriendo. Tenía una sonrisa preciosa, lenta y un poco tímida.

«¿De dónde vendrá?», se preguntó Jean-Marie. Tenía las manos rojas pero bonitas, igual que las piernas y los tobillos. Una niña abandonada… Jean-Marie sentía una pizca de curiosidad y otra pizca de compasión. Le estaba agradecido por los vagos anhelos que hacía nacer en su interior. Lo distraían, le ayudaban a no pensar en sí mismo y en la guerra. Resultaba difícil reír, bromear con ellas… pero era lo que ellas esperaban, seguro. En el campo, entre los chicos y chicas, las burlas y picardías son moneda corriente… Es lo habitual, las cosas se hacen así. Si no reía con ellas, se llevarían una sorpresa y una decepción.

Jean-Marie hizo un esfuerzo por sonreír.

– Un día aparecerá un chico y le hará cambiar de opinión, señorita Madeleine. ¡Ya no querrá ser monja!

– ¡Ya le he dicho que sólo me da a veces!

– ¿Cuándo?

– Pues… no sé. Los días que estoy triste…

– Aquí, chicos no es que haya muchos -terció la Cécile-. Ya le digo que esto está lejos de todo. Y encima, los pocos que había se los ha llevado la guerra. Así que… ¡Ay, qué desgraciadas somos las mujeres!

– El resto de la gente también lo está pasando mal -repuso Madeleine, que estaba sentada junto al herido. De pronto, se levantó de un brinco-. Oye, Cécile, que hay que fregar el suelo…

– Te toca a ti.

– ¡Sí, claro! ¡Hay que ver cómo eres! A quien le toca es a ti.

Las dos chicas se pusieron a discutir, pero acabaron haciendo la faena juntas. Eran extraordinariamente rápidas y eficaces. En un abrir y cerrar de ojos, las losas rojas brillaban como un espejo. De la puerta llegaba olor a hierba, a leche, a menta silvestre. Jean-Marie tenía la mejilla apoyada en la mano. Qué extraño, el contraste entre aquella paz absoluta y la agitación de su interior, porque el infernal tumulto de los seis últimos días se le había quedado en los oídos y le bastaba unos instantes de silencio para volver a oírlo: un ruido de metal aporreado, los sordos y lentos golpes del hierro de un martillo cayendo sobre un enorme yunque. Jean-Marie se estremeció, y el cuerpo se le cubrió de sudor… Era el ruido de los vagones ametrallados, el estallido de las maderas y el acero, que ahogaba los gritos de los hombres…

– En cualquier caso, habrá que olvidar todo eso, ¿verdad? -dijo en voz alta.

– ¿Cómo dice? ¿Necesita algo?

Jean-Marie no respondió. Ya no reconocía a Cécile y Madeleine. Las chicas menearon la cabeza, consternadas.

– Es la fiebre, ha vuelto a subirle.

– ¡Es que le has hecho hablar demasiado!

– ¡Pero si él no hablaba! Hemos sido tú y yo, que no hemos parado.

– Lo hemos cansado.

Madeleine se inclinó hacia él. Jean-Marie vio aquella mejilla sonrosada que olía a fresa muy cerca de su cara. Y la besó. La chica se irguió, roja como un tomate, riendo, arreglándose los desordenados mechones de pelo.

– Vaya, vaya… Me había asustado… ¡Ya veo que no está tan enfermo!

Él pensaba: «¿Quién es esta chica?» La había besado como quien se lleva un vaso de agua fresca a los labios. Estaba ardiendo; tenía la garganta y el interior de la boca como agrietados por el calor, resecados por el ardor de una llama. Aquella piel resplandeciente y suave le aliviaba la sed. Al mismo tiempo, lo veía todo con esa lucidez que dan el insomnio y la fiebre. Había olvidado el nombre de aquellas chicas y también el suyo. El esfuerzo mental necesario para comprender su situación presente, en aquel sitio que no conseguía reconocer, le resultaba demasiado penoso. Estaba extenuado, pero su alma flotaba en el vacío, serena y ligera, como un pez en el agua, como un pájaro llevado por el viento. No se veía a sí mismo, Jean-Marie Michaud, sino a otro, un soldado anónimo, vencido, que no se resignaba, un joven herido que no quería morir, un desdichado que no desesperaba.

– Pese a todo, habrá que salir adelante… Habrá que salir de aquí, de esta sangre, de este barro en el que te hundes… No va uno a tumbarse y dejarse morir… No, ¿verdad? Sería una enorme estupidez. Hay que agarrarse… agarrarse… agarrarse… -murmuró, y de pronto se vio aferrado al almohadón, sentado en la cama con los ojos muy abiertos, mirando la noche de luna llena, la noche perfumada, silenciosa, la noche cuajada de estrellas, tan agradable tras el calor del día que la granja, contrariamente a su costumbre, tenía abiertas todas las puertas y ventanas, para refrescar y calmar al herido.


25

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Cuando el padre Péricand reanudó el viaje con sus pupilos, que lo seguían arrastrando los pies por el polvo, cada uno con su manta y su mochila, se dirigió hacia el interior del país, alejándose del Loira, lleno de peligros, por los bosques; pero las tropas habían tenido la misma idea, y el sacerdote pensó que los aviones no tardarían en localizar a los soldados y que el peligro era tan grande en medio de la espesura como a la orilla del río. Así que, dejando la nacional, tomó un pedregoso camino, apenas una trocha, confiando en que su instinto lo condujera a alguna vivienda aislada, como cuando guiaba a su equipo de esquiadores por la montaña hacia algún refugio perdido en medio de la niebla o la tempestad de nieve. Allí el día de junio era espléndido, tan resplandeciente y caluroso que los chicos parecían embriagados. Silenciosos y recatados -demasiado recatados- hasta ese momento, ahora gritaban y se empujaban, y el padre Péricand oía risas y retazos ahogados de canciones. Prestó atención y captó un estribillo obsceno canturreado a sus espaldas, como susurrado por unos labios medio cerrados. Les propuso cantar a coro una canción de marcha y la inició entonando con fuerza los primeros versos, pero apenas lo acompañaron unas pocas voces. Pasados unos instantes, todas callaron. También él siguió andando en silencio, preguntándose qué sentimientos despertaba aquella inesperada libertad en los pobres chicos, qué sueños, qué oscuros deseos. De pronto, uno de los más pequeños se detuvo y gritó:

– ¡Un lagarto! ¡Eh, un lagarto! ¡Mirad!

Al sol, entre dos piedras, unas colas aparecían y desaparecían; unas cabezas delgadas y chatas se mostraban y se ocultaban; unas gargantas palpitantes se alzaban y bajaban con rápidas y asustadas pulsaciones. Los chicos miraban fascinados. Algunos incluso se habían arrodillado en el sendero. El sacerdote esperó unos momentos y luego les ordenó continuar. Los chicos se levantaron dócilmente, pero, en ese preciso instante, unas piedras salieron despedidas de sus manos tan rápidamente, con una puntería tan sorprendente, que dos lagartos, los más grandes y bonitos, de un gris tan delicado que parecía casi azul, murieron en el acto.

– ¿Por qué habéis hecho eso? -exclamó el sacerdote, enfadado. Nadie respondió-. ¿Por qué? ¡Es una crueldad!

– Es que son como las víboras, muerden -respondió un chico de rostro pálido y huraño y nariz larga y afilada.

– ¡Qué estupidez! Los lagartos son inofensivos.

– ¡Ah! No lo sabíamos, señor cura -replicó el chico con socarronería mal disimulada y una fingida inocencia que no engañó al sacerdote.

Philippe se dijo que no era ni el momento ni el lugar de reñirlos por aquello y se limitó a inclinar levemente la cabeza, como si estuviera satisfecho con la respuesta, pero no obstante añadió:

– Ahora ya lo sabéis.

Y les hizo formar filas para seguirlo. Hasta entonces los había dejado ir como quisieran, pero de pronto pensó que a alguno podía ocurrírsele escapar. Acostumbrados al silbato, a la docilidad, al silencio obligatorio, obedecieron tan perfecta y mecánicamente que a Philippe se le encogió el corazón. Recorrió con la mirada aquellos rostros, súbitamente inexpresivos, apagados, tan impenetrables como una casa cerrada a cal y canto, con el alma recluida en sí misma, ausente o muerta, y les dijo:

– Tenemos que darnos prisa para encontrar un sitio en el que pasar la noche; pero en cuanto sepa dónde dormiremos, y después de cenar (¡porque enseguida empezaréis a tener hambre!), haremos un fuego de campamento y nos quedaremos despiertos tanto rato como queráis.

Y siguió andando entre ellos, hablándoles de los chicos de Auvernia, del esquí, de las excursiones por la montaña, en un esfuerzo por despertar su interés, por ganarse su confianza. Un esfuerzo vano. Tenía la sensación de que ni siquiera lo escuchaban; comprendió que nada que pudiera decirles, ya fuera para animarlos, corregirlos o educarlos, conseguiría penetrar en sus almas, porque estaban cerradas, tapiadas, sordas y mudas.

«Si pudiera estar más tiempo con ellos…», se dijo. Pero en el fondo de su corazón sabía que no lo deseaba. Sólo deseaba una cosa: perderlos de vista cuanto antes, librarse de aquella responsabilidad y del malestar que le hacían sentir. La ley de amor que hasta entonces le había parecido casi fácil -tan grande era en él la gracia de Dios, pensaba humildemente-, ahora le resultaba imposible de acatar, «justo cuando puede que sea la primera vez que constituya un esfuerzo meritorio de mi parte, un sacrificio real. ¡Qué débil soy!».

Llamó a un pequeño que se rezagaba continuamente.

– ¿Estás cansado? ¿Te hacen daño los zapatos?

Sí, no se había equivocado: los zapatos le apretaban. Philippe le dio la mano para ayudarlo a avanzar y le habló con afecto. Como el niño caminaba con una mala postura, la espalda encorvada y los hombros encogidos, lo cogió del cuello con dos dedos, suavemente, para obligarlo a erguir el cuerpo. El chico no opuso resistencia. Al contrario: mirando al frente con rostro inexpresivo, se apoyó en la mano de Philippe, y aquella presión sorda, insistente, aquella extraña y equívoca caricia, o más bien aquella muda petición de una caricia, arrebolaron el rostro del sacerdote. Philippe lo cogió por la barbilla e intentó sumergir su mirada en la del pequeño, pero los ojos de éste permanecían ocultos bajo los entornados párpados.

El sacerdote apretó el paso procurando recogerse, como solía hacer en momentos de tristeza, en una oración interior; no era una plegaria propiamente dicha. A menudo, ni siquiera eran palabras que formaran parte del lenguaje humano, sino una especie de inefable contemplación de la que salía bañado de alegría y paz. Pero hoy ambas se le resistían con igual fuerza. La piedad que sentía estaba contaminada de inquietud y amargura. Era demasiado evidente que a aquellas pobres criaturas les faltaba la gracia: Su gracia. A Philippe le habría gustado derramarla sobre ellos, poder inocular la fe y el amor en sus áridos corazones. Ciertamente, bastaba un suspiro del Crucificado, un aleteo de uno de sus ángeles, para que el milagro se realizara; pero él, Philippe Péricand, ¿no había sido elegido por Dios para amansar, para entreabrir las almas y prepararlas para la venida de Dios? Ser incapaz lo hacía sufrir. A él le habían sido ahorrados los instantes de duda y ese súbito endurecimiento que se apodera del creyente y lo deja, no a merced de los príncipes de este mundo, sino abandonado, a medio camino entre Satán y Dios, sumido en las tinieblas.

Para él, la tentación era otra: una especie de impaciencia sagrada, el deseo de acumular a su alrededor almas liberadas, una ansiedad trémula que, en cuanto había conquistado un corazón para Dios, lo lanzaba hacia otras batallas, pero siempre sintiéndose frustrado, insatisfecho, descontento de sí mismo. No era suficiente. ¡No, Señor, no lo era! Aquel viejo descreído que se había confesado, que había comulgado en su última hora; aquella pecadora que había renunciado al vicio; aquel pagano que había pedido el bautismo… ¡No le bastaba, no, de ninguna manera! Tal vez padecía de algo parecido al ansia del avaro por amasar oro. Sin embargo, no era exactamente eso, sino más bien la sensación que a veces experimentaba a orillas del río cuando era niño: aquel estremecimiento de alegría cada vez que atrapaba un pez (ahora no comprendía cómo había podido gustarle aquel juego cruel, hasta el punto de que casi no podía comer pescado; se alimentaba con verdura, queso, pan fresco, castañas y aquella espesa sopa campesina en que la cuchara casi flotaba). De niño había sido un pescador compulsivo, y aún recordaba la angustia que sentía cuando el sol se ocultaba, la pesca había sido escasa y sabía que el día de asueto había acabado para él. Le habían reprochado su exceso de escrúpulos. El mismo temía que no vinieran de Dios, sino de Otro… Aun así, nunca había sentido aquello como ese día, en aquel camino, bajo aquel cielo surcado por aviones enemigos, entre aquellos niños, de los que sólo salvaría los cuerpos…

Llevaban un buen rato caminando cuando vieron las primeras casas de un pueblo. Era muy pequeño y estaba intacto, pero desierto: sus habitantes habían huido. No obstante, antes de marcharse habían cerrado puertas y ventanas a cal y canto, y se habían llevado consigo los perros, los conejos y las gallinas. Sólo quedaban los gatos, que dormían al sol en los senderos de los jardines o se paseaban por los bajos tejados con aire satisfecho y tranquilo. Como era la temporada de las rosas, en cada porche se veía una hermosa flor totalmente abierta, sonriente, que dejaba a las avispas y los abejorros penetrar en su interior y devorarle el corazón. Aquel pueblo abandonado por los hombres, en el que no se oían pasos ni voces y al que le faltaban todos los sonidos del campo -el chirrido de las carretillas, el zureo de las palomas, el cloqueo de los corrales-, se había convertido en el reino de los pájaros, las abejas y los abejorros. Philippe pensó que nunca había oído tantos cantos vibrantes y felices ni visto tantas colmenas a su alrededor. Las pacas de heno, las fresas, los groselleros, las pequeñas y olorosas flores que bordeaban los arriates, cada macizo, cada mata, cada brizna de hierba, emitían un dulce ronroneo. Aquellos jardincillos habían sido cuidados con esmero, con amor; todos tenían un arco cubierto de rosas, un cenador en el que aún se veían las últimas lilas, un par de sillas de hierro, un banco al sol. Las grosellas, transparentes y doradas, eran enormes.

– ¡Qué buen postre vamos a tener esta noche! -exclamó Philippe-. Los pájaros no tendrán más remedio que compartirlo con nosotros. No hacemos daño a nadie recogiendo esa fruta. Todos lleváis mochilas bien provistas; hambre no vamos a pasar. Pero no esperéis dormir en una cama. Supongo que no os dará miedo pasar una noche al raso… Tenéis buenas mantas. A ver, ¿qué necesitamos? Un prado, una fuente… Los pajares y los establos no os atraen demasiado, ¿verdad? A mí tampoco. Hace tan buen tiempo… Bueno, comed un poco de fruta para reponer fuerzas y seguidme; a ver si encontramos un buen sitio.

Philippe esperó un cuarto de hora a que los chavales se hartaran de fresas; los vigilaba atentamente para que no pisaran las flores y hortalizas, pero no tuvo que intervenir; eran realmente obedientes. Esa vez no necesitó ponerse firme, sólo levantar la voz.

– Vamos, dejad un poco para la noche. Seguidme. Si no remoloneáis por el camino, no hace falta que vayáis en fila.

Una vez más, los chicos obedecieron. Miraban los árboles, el cielo, las flores, sin que Philippe pudiera adivinar lo que pensaban… Lo que al parecer les gustaba, lo que les llegaba al corazón, no era el entorno visible, sino el embriagador aroma a aire puro y libertad que respiraban, tan nuevo para ellos.

– ¿Ninguno de vosotros conocía el campo? -les preguntó.

– No, señor cura.

– No, señor cura -repitieron todos con lentitud.

Philippe ya había advertido que sólo conseguía que le respondieran tras unos segundos de silencio, como si necesitaran tiempo para inventar una mentira, un embuste, o como si nunca comprendieran exactamente lo que se les preguntaba… Siempre aquella sensación de tratar con seres… no del todo humanos, pensó Philippe, y en voz alta dijo:

– Vamos, démonos prisa.

No muy lejos del pueblo vieron un gran parque mal cuidado, con un hermoso lago, profundo y transparente, y una casa en lo alto de un promontorio. La casa señorial, sin duda, pensó Philippe. Se acercó a la verja y llamó con la esperanza de que hubiese alguien, pero la caseta del guarda estaba cerrada y nadie respondió a la llamada.

– En cualquier caso, ahí hay un sitio que parece hecho para nosotros -dijo señalando la orilla del lago-. En fin, niños, haremos menos daño que en esos jardincillos tan bien cuidados, estaremos mejor que en el camino y, si estalla una tormenta, seguro que podremos refugiarnos en esas casetas de baño.

El parque sólo estaba protegido por una valla de alambre, que saltaron con facilidad.

– No olvidéis -dijo Philippe riendo- que esto es un allanamiento y nunca debéis hacerlo, así que os pido que tengáis el respeto más absoluto hacia esta propiedad. Ni una rama rota, ni un papel de periódico abandonado en la hierba, ni una lata de conserva tirada por ahí. ¿Entendido? Si os portáis bien, mañana os dejaré bañaros en el lago.

La hierba estaba tan alta que les llegaba hasta las rodillas, y al avanzar aplastaban las flores. Philippe les mostró las flores de la Virgen, estrellas de seis pétalos blancos, y las de San José, de un suave morado casi rosa.

– ¿Podemos cogerlas, señor cura?

– Sí, de ésas, tantas como queráis. Basta un poco de lluvia y sol para hacerlas germinar. Eso, en cambio, ha costado muchos cuidados y mucho esfuerzo -dijo señalando los arriates que rodeaban el edificio.

Uno de los chicos que estaba junto a él levantó la cara, pequeña, pálida, de pómulos muy marcados, hacia las grandes ventanas cerradas.

– ¡Cuántas cosas debe de haber ahí dentro! -Lo dijo en voz baja, pero con una sorda aspereza que turbó al sacerdote. Como él no respondió, el chico insistió-. ¿Verdad que ahí dentro tiene que haber muchas cosas, señor cura?

– Nosotros nunca hemos visto casas como ésa -murmuró otro.

– Sin duda habrá cosas muy bonitas, muebles, cuadros, estatuas… Pero muchos de estos señores están arruinados y, si imagináis que ibais a ver maravillas, puede que os llevarais una decepción -respondió Philippe en tono desenfadado-. Supongo que lo que más os interesa es la comida. Como la gente de esta región parece muy previsora, seguramente se lo habrán llevado todo. Y, como de todas maneras no habríamos podido tocar nada, porque no es nuestro, más vale que nos olvidemos del asunto y nos arreglemos con lo que tenemos. Vamos a formar tres equipos: el primero recogerá ramas secas, el segundo traerá agua y el tercero preparará los platos.

Bajo la dirección del sacerdote, los chicos trabajaron deprisa y bien. Encendieron un gran fuego a la orilla del lago; comieron, bebieron, recogieron frutos silvestres… Philippe quiso organizar juegos, pero los chicos jugaban de mala gana y en silencio, sin entusiasmo, sin risas. El lago ya no brillaba a la luz del sol, pero relucía débilmente, y a su alrededor se oía el croar de las ranas. El fuego iluminaba a los chicos, inmóviles y tapados con las mantas.

– ¿Queréis dormir? -Nadie respondió-. No tenéis frío, ¿verdad?

Otro silencio.

«Sin embargo, no todos están dormidos», se dijo el sacerdote. Se levantó y paseó entre ellos. De vez en cuando se agachaba y cubría un cuerpo más delgado, más frágil que los otros, una cabeza con el pelo aplastado y orejas de asa. Tenían los ojos cerrados. ¿Fingían dormir o realmente el sueño los había vencido? Philippe regresó junto al fuego para seguir leyendo su breviario. De vez en cuando levantaba la mirada y contemplaba los reflejos del agua. Esos instantes de muda meditación le aliviaban todas sus fatigas, lo compensaban de todas sus penas. El amor volvía a impregnarlo como la lluvia una tierra árida, primero gota a gota, abriéndose paso entre las piedras con dificultad, y luego, tras encontrar el corazón, en una larga y rápida riada.

¡Pobres chicos! Uno de ellos estaba soñando y emitía un largo y monótono quejido. En la penumbra, el sacerdote alzó la mano, los bendijo y musitó:

– Pater amat vos.

Era lo que solía decir a sus alumnos de catecismo cuando los exhortaba a la penitencia, la resignación y la oración. «El Padre os ama.» ¿Cómo había podido creer que a aquellos desventurados les faltaba la gracia? Puede que él fuera menos amado, tratado con menos indulgencia, con menos ternura divina que el menor, el más desgraciado de ellos. «¡Oh, Jesús, perdóname! ¡Ha sido un arranque de orgullo, una trampa del demonio! ¿Qué soy yo? ¡Menos que nada, polvo bajo tus divinos pies, Señor! Porque, ¿qué no podrías exigirme a mí, a quien has amado, protegido desde la infancia, conducido hacia Ti? Pero estos chicos… unos serán elegidos y los otros… Los Santos los redimirán. Sí, todo está bien, todo es bueno, todo es gracia. ¡Jesús, perdona mi flaqueza!»

El agua palpitaba mansamente, la noche era solemne y tranquila… Aquella presencia sin la que no habría podido vivir, aquel Soplo, aquella Mirada, estaban con él, en la oscuridad. Una criatura adormecida en la oscuridad, acurrucada en el regazo de su madre, no necesita luz para reconocer sus amadas facciones, sus manos, sus anillos… Ríe bajito, dichosa. «Jesús, estás ahí, de nuevo estás ahí. ¡Quédate a mi lado, divino Amigo!» Una larga y rosada llama se elevó de un negro tronco. Era tarde; la luna ascendía en el cielo, pero Philippe no tenía sueño. Cogió una manta y se tumbó en la hierba. Siguió echado, con los ojos muy abiertos, notando el roce de una flor en la mejilla. Ni un solo ruido en aquel rincón de la tierra.

No oyó nada, no vio nada; percibió, con una especie de sexto sentido, la silenciosa carrera de dos chicos en dirección a la casa. Fue todo tan rápido que en un primer momento creyó que estaba soñando. No quiso llamarlos para no despertar a los demás. Se levantó, se sacudió la sotana, cubierta de briznas y pétalos, y siguió a los dos chicos hacia el edificio. El espeso césped amortiguaba el ruido de los pasos. De pronto, recordó que en una ventana había visto un postigo entreabierto. Sí, no se había equivocado. La luna iluminaba la fachada. Uno de los chicos empujaba el postigo, intentando forzarlo. A Philippe no le dio tiempo de gritar para detenerlos: una piedra acababa de romper el cristal. Los fragmentos estallaron contra el suelo. Con agilidad felina, los chicos desaparecieron en el interior.

– ¡Ah, granujas, ya os daré yo! -murmuró Philippe.

Se recogió la sotana hasta las rodillas y, siguiendo el mismo camino que los chicos, apareció en un salón que tenía los muebles cubiertos con fundas y un suelo de parquet frío y brillante. Buscó a tientas el interruptor. Cuando al fin consiguió encender la luz, no vio a nadie. Indeciso, miró alrededor (los chicos estaban escondidos o habían huido): aquellos canapés, aquel piano, aquellos butacones cubiertos con fundas de flotantes pliegues, aquellas cortinas de seda floreada eran excelentes escondites. Avanzó hacia uno de los balcones, porque las colgaduras se habían movido, y las apartó bruscamente. Uno de los chicos estaba allí; era uno de los mayores, casi un hombre, de rostro moreno, frente estrecha y mandíbula prominente, aunque tenía unos ojos bastante hermosos.

– ¿Qué hacéis aquí? -le preguntó el sacerdote.

Oyó ruido a sus espaldas y se volvió; el otro chico estaba en la habitación, justo detrás de él. También aparentaba diecisiete o dieciocho años; en su demacrado rostro, los labios, apretados, tenían una expresión desdeñosa; era como si el animal alentara bajo su piel. Philippe estaba en guardia, pero eran demasiado rápidos para él; en un abrir y cerrar de ojos se le echaron encima y, mientras uno le ponía la zancadilla, el otro lo agarró del cuello. Pero Philippe se debatía silenciosa, eficazmente. Consiguió atrapar a uno por el cuello de la camisa y lo sujetó con tanta firmeza que lo obligó a quedarse quieto. Pero, durante el forcejeo, algo se le cayó del bolsillo y rodó por el parquet. Era dinero.

– Felicidades, veo que no has perdido el tiempo -le dijo Philippe sentado en el suelo, jadeando. Y pensó: «Sobre todo, no hagas un drama. Hazlos salir de aquí y te seguirán como corderillos. Mañana ya se verá»-. ¡Bueno, ya está bien, eh! Se acabaron las estupideces… ¡Andando!

Apenas había acabado de hablar, cuando volvieron a abalanzarse sobre él con un salto silencioso, salvaje y desesperado. Uno de ellos lo mordió y le hizo sangre.

«Van a matarme», se dijo Philippe con una especie de estupor. Lo atacaban como dos lobos. No quería hacerles daño, pero no tuvo más remedio que defenderse; a puñetazos y patadas consiguió rechazarlos, pero ellos volvieron a la carga con redoblada saña, como locos, como bestias, como si hubieran perdido todo rasgo humano… Pese a todo, Philippe los habría dominado, pero se golpeó la cabeza contra un mueble, un velador con patas de bronce, y se desplomó. Mientras caía, oyó a uno de los chicos correr a la ventana y soltar un silbido. Del resto no vio nada: ni a los veintiocho adolescentes, súbitamente despiertos, cruzando el césped a la carrera y trepando por la ventana, ni la embestida contra los frágiles muebles para destrozarlos, volcarlos, arrojarlos por las ventanas… Estaban enloquecidos, bailaban alrededor del sacerdote, que seguía inconsciente, cantaban, gritaban… Un renacuajo con cara de chica brincaba sobre un sofá cuyos viejos muelles rechinaban sin cesar. Los mayores encontraron un mueble bar y lo llevaron al salón dándole patadas, mas descubrieron que estaba vacío. Pero no necesitaban vino para emborracharse: les bastaba con la destrucción, que les proporcionaba una dicha espantosa. Llevaron a Philippe hasta la ventana y lo dejaron caer pesadamente al césped. Luego siguieron arrastrándolo hasta el lago y, agarrándolo por los pies y las manos, lo levantaron en vilo y lo balancearon como a un pelele.

– ¡Vamos! ¡Arriba! ¡Hay que matarlo! -chillaban con sus voces roncas, que en muchos casos conservaban el timbre infantil.

Pero, cuando cayó al agua, todavía estaba vivo. El instinto de conservación, o un resto de coraje, lo retuvo al borde de la muerte. Se aferró con las dos manos a la rama de un árbol y trató de mantener la cabeza fuera del agua. Su rostro, desfigurado por los puñetazos y las patadas, estaba ensangrentado, tumefacto, en un estado grotesco y terrible. Empezaron a apedrearlo. Al principio consiguió aguantar agarrado a la rama, que oscilaba, crujía, amenazaba con partirse. Trató de alcanzar la otra orilla, pero la lluvia de piedras arreció. Al fin, se tapó la cara con los brazos, y los chicos lo vieron hundirse a plomo en su negra sotana. Atrapado en el cieno, no se ahogó. Y así fue como murió, con el agua hasta la cintura, la cabeza echada atrás y un ojo reventado de una pedrada.


26

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En la catedral de Notre-Dame de Nimes, todos los años se celebraba una misa en sufragio de los difuntos de la familia Péricand-Maltête; pero, como en la ciudad ya no quedaba más que la madre de la señora Péricand, por lo general el oficio se despachaba con cierta prisa en una capilla lateral, ante la anciana señora, obesa y medio ciega, que ahogaba las palabras del sacerdote con su ronca respiración, y una cocinera que llevaba treinta años con ella. La señora Péricand era una Craquant, pariente de los Craquant de Marsella, familia que había hecho fortuna con el aceite. Era un origen ciertamente honroso (su dote había ascendido a dos millones, dos millones de los de antes de la guerra), pero palidecía ante el prestigio de su nueva familia. Su madre, la anciana señora Craquant, compartía su punto de vista y, retirada en Nimes, observaba los ritos de los Péricand con gran fidelidad, rezaba por las almas de sus difuntos y dirigía a los vivos cartas de felicitación de boda y de bautizo, como esos ingleses de las colonias que se emborrachaban en solitario cuando Londres festejaba el cumpleaños de la reina.

La misa de difuntos era especialmente grata a la señora Craquant, porque tras ella, a la vuelta de la catedral, entraba en una pastelería donde se tomaba una taza de chocolate y dos cruasanes. Estaba demasiado gorda y su médico le había impuesto un severo régimen, pero, como se había levantado más temprano que de costumbre, se ventilaba sin remordimientos el pequeño tentempié. Incluso a veces, cuando la cocinera, a la que temía, estaba de espaldas, rígida y silenciosa junto a la puerta, con los dos misales en la mano y el chal de la señora en el brazo, la anciana cogía un plato de pasteles y, como quien no quiere la cosa, se comía ya un petisú de crema, ya una tartita de cerezas, ya ambas cosas a la vez.

Fuera, bajo el sol y las moscas, esperaba el coche, tirado por dos caballos viejos y conducido por un cochero casi tan rollizo como la señora.

Ese año, todo se había trastocado; los Péricand, refugiados en Nimes tras los acontecimientos de junio, acababan de recibir la noticia de la muerte del señor Péricand-Maltête y de Philippe. La primera les fue comunicada por las hermanas del asilo donde el anciano había tenido una muerte «muy dulce, muy consoladora y muy cristiana», según decía en su carta sor Marie del Santísimo Sacramento, cuya bondad para con los deudos la había llevado a ocuparse en sus menores detalles del testamento, que sería transcrito a la mayor brevedad.

La señora Péricand leyó y releyó la última frase y suspiró; una expresión inquieta asomó a su rostro, pero no tardó en dar paso a la compunción de la cristiana que acaba de saber que un ser querido ha dejado este mundo en paz con Dios.

– Ahora el abuelito está con el Niño Jesús, hijos míos -comunicó a sus retoños.

Dos horas más tarde, la segunda desgracia que había golpeado a la familia llegó a su conocimiento, pero esta vez sin detalles. El alcalde de un pueblecito del Loiret les informaba de que el padre Philippe Péricand había encontrado la muerte en un accidente y les enviaba los documentos que establecían su identidad de forma fidedigna. En cuanto a los treinta pupilos que estaban a su cargo, habían desaparecido. Como en esos momentos la mitad de Francia estaba buscando a la otra mitad, a nadie le extrañó. Se hablaba de un camión que había caído al río no lejos del lugar en que Philippe había encontrado la muerte, y sus familiares acabaron convenciéndose de que el sacerdote y los huérfanos viajaban en él.

Para terminar, les fue comunicado que Hubert había muerto en la batalla de Moulins. Esta vez la catástrofe superaba todo lo previsible. La inmensidad de su desgracia arrancó a la madre una exclamación de orgullo y desesperación:

– ¡Traje al mundo a un héroe y a un santo! -proclamó y, mirando sombríamente a su prima Craquant, cuyo único hijo había encontrado un tranquilo puesto en la defensa pasiva de Toulouse, murmuró-: Nuestros hijos pagan por los de otros… Querida Odette, mi corazón sangra… Sabes que no he vivido más que para mis hijos, que he sido madre y sólo madre. -La señora Craquant, que había sido un tanto ligera de cascos en su juventud, bajó la cabeza-. Pero te lo juro: el orgullo que siento hace que olvide mi pena.

Y erguida y digna, sintiendo ya el revoloteo de los crespones a su alrededor, acompañó hasta la puerta a su prima, que tras suspirar reconoció humildemente:

– ¡Ay, eres una auténtica romana!

– Una buena francesa, nada más -replicó la señora Péricand con sequedad, y le volvió la espalda.

Esas palabras consiguieron aliviar un poco su vivo y profundo dolor. Siempre había respetado a Philippe y comprendido, en cierta medida, que no pertenecía a este mundo; sabía que soñaba con las misiones y que, si había renunciado a ellas, había sido por un refinamiento de humildad que lo llevó a elegir, para servir a Dios, lo que le resultaba más duro: someterse a los deberes cotidianos. Tenía la certeza de que ahora su hijo estaba junto a Jesús. Cuando decía otro tanto de su suegro, lo hacía con una duda interior, que se reprochaba; en fin… Pero, en cuanto a Philippe: «¡Lo veo como si estuviera con él!», pensaba. Sí, podía sentirse orgullosa de Philippe, que derramaba sobre ella el resplandor de su alma. Pero lo más extraño era lo que experimentaba con relación a Hubert. Hubert, que cosechaba un cero tras otro en el instituto, que se mordía las uñas; Hubert, con sus dedos manchados de tinta, su cara redonda y mofletuda, su ancha y risueña boca… Hubert, muerto como un héroe… Inconcebible. Cuando contaba a sus conmovidos amigos la fuga de Hubert («Intenté retenerlo, pero ya veía que era imposible. Era un niño, pero un niño valiente, y cayó por el honor de Francia. Como dice Rostand: "Es mucho más hermoso cuando es inútil"»), la señora Péricand embellecía el pasado. Y de verdad creía haber dicho todas aquellas palabras orgullosas, haber enviado a su hijo a la guerra.

Nimes, que hasta entonces la había mirado no sin cierta acritud, sentía por aquella pobre madre una piedad rayana en la ternura.

– Hoy estará toda la ciudad -suspiró la anciana señora Craquant con melancólica satisfacción.

Era el 31 de julio. A las diez debía celebrarse la mencionada misa de difuntos, a los que tan trágicamente se habían sumado aquellos tres nombres.

– ¡Oh, mamá! ¿Y qué importa eso? -respondió su hija, sin que pudiera saberse si sus palabras aludían a la futilidad de semejante consuelo o a la pobre opinión que le merecían sus paisanos.

La ciudad brillaba bajo un sol ardiente. En los barrios populares, un viento seco y socarrón agitaba las cortinillas de cuentas en las puertas de las casas. Las moscas importunaban, barruntaban la tormenta. Nimes, habitualmente aletargada en esa época del año, estaba abarrotada. Los refugiados que la habían invadido seguían allí, retenidos por la falta de gasolina y por el cierre provisional de la frontera del Loira. Las calles y plazas se habían transformado en aparcamientos. No había ni una habitación libre. Bastante gente seguía durmiendo en la calle, y una bala de paja, a modo de improvisada cama, se consideraba un lujo. Nimes se enorgullecía de haber cumplido, y con creces, su deber hacia los refugiados. Los había recibido con los brazos abiertos y estrechado contra su corazón. No había familia que no hubiese ofrecido su hospitalidad a los infortunados. Lo único lamentable era que aquel estado de cosas se prolongaba más de lo razonable. El avituallamiento era un problema, pero tampoco había que olvidar, decía Nimes, que todos aquellos pobres refugiados, extenuados por el viaje, serían víctimas de terribles epidemias. Así que, con medias palabras, a través de la prensa, y de manera menos velada, más brutal que por boca de los habitantes, día tras día se los instaba a marcharse cuanto antes, cosa que hasta ese momento no habían permitido las circunstancias.

La señora Craquant, que tenía a toda su familia en casa y por tanto podía negar, con la cabeza bien alta, incluso un simple par de sábanas, disfrutaba con toda aquella animación, que llegaba a sus oídos a través de las persianas bajadas. En ese momento estaba tomando el desayuno con sus nietos, antes de ponerse en camino hacia la catedral. La señora Péricand los contemplaba alimentarse sin tocar lo que le habían servido, que, pese a las restricciones, era apetitoso gracias a las provisiones acumuladas en las enormes alacenas desde el inicio de la guerra.

Su madre, con una servilleta blanca como la nieve desplegada sobre el opulento pecho, estaba acabándose la tercera tostada, pero sospechaba que la digeriría mal; los fijos y fríos ojos de su hija la incomodaban. De vez en cuando dejaba de comer y miraba a la señora Péricand con humildad.

– No sé para qué como, Charlotte -le dijo-. No me entra.

– Haga un esfuerzo, madre -respondía la señora Péricand en un tono gélidamente irónico, empujando la chocolatera hacia la taza de la anciana.

– Bueno, Charlotte, pues ponme media tacita más. Pero sólo media tacita, ¿eh?

– ¿Se da cuenta de que es la tercera?

Pero la señora Craquant parecía repentinamente aquejada de sordera.

– Sí, sí -decía distraídamente asintiendo con la cabeza-. Tienes razón, Charlotte, hay que reponer fuerzas antes de tan triste ceremonia.

Y se echaba al coleto el espeso chocolate en un santiamén.

En ese momento llamaron a la puerta, y un criado llevó un paquete para la señora Péricand. Contenía los retratos de Philippe y Hubert. Había mandado encuadrar dos fotos de sus hijos. Se quedó mirándolas largo rato y luego se levantó, las colocó en la consola y retrocedió unos pasos para apreciar el efecto. A continuación, fue a su habitación y volvió con dos lacitos de crespón y dos cintas tricolores, con las que adornó los marcos. De pronto oyó sollozar al ama, que estaba de pie en el umbral con Emmanuel en los brazos. Jacqueline y Bernard la imitaron. La señora Péricand los cogió de la mano y, con suavidad, los hizo levantarse y los llevó ante la consola.

– ¡Mirad bien a vuestros hermanos mayores, hijos míos! -les dijo-. Pedid a Dios Todopoderoso que os conceda pareceros a ellos. Tratad de ser unos niños buenos, obedientes y estudiosos, como lo fueron ellos. Eran tan buenos hijos -añadió con la voz ahogada por el dolor- que no me extraña que Dios los haya premiado dándoles la palma del martirio. No hay que llorar. Están con Dios Nuestro Señor; nos ven, nos protegen y un día nos recibirán allá arriba, pero mientras tanto aquí abajo podemos estar orgullosos de ellos, como cristianos y como franceses.

Ahora todo el mundo lloraba; la señora Craquant incluso se había olvidado del chocolate y buscaba su pañuelo con mano temblorosa. La foto de Philippe se le parecía extraordinariamente. Aquélla era su mirada, profunda y pura. El joven sacerdote parecía contemplar a los suyos con aquella sonrisa dulce, indulgente y tierna, que esbozaba a veces…

– … Y en vuestras oraciones no olvidéis a esos desgraciados niños que desaparecieron con él -concluyó la señora Péricand.

– Quizá no hayan muerto todos…

– Es posible -dijo distraídamente la señora Péricand-, muy posible. Pobres pequeños… Por otra parte, esa obra es una pesada carga -añadió, y su mente volvió al testamento de su suegro.

La señora Craquant se enjugó las lágrimas.

– El pequeño Hubert… Era tan cariñoso, tan enredador… Recuerdo que, una vez que vinisteis, me quedé traspuesta en el salón después de desayunar, y llegó el perillán de vuestro hermano, despegó de la lámpara el papel para las moscas y lo dejó caer muy despacito sobre mi cabeza. Me desperté sobresaltada y pegué un grito. Ese día le diste un buen correctivo, Charlotte.

– No lo recuerdo -respondió la señora Péricand con sequedad-. Pero acábese el chocolate y démonos prisa, mamá. El coche está abajo. Van a dar las diez.

Bajaron a la calle con la abuela, pesada, jadeante y apoyándose en su bastón, en cabeza, seguida por la señora Péricand, envuelta en crespones, los dos niños mayores vestidos de negro, Emmanuel de blanco, y por último varios criados de riguroso luto. El cupé esperaba; de pronto, cuando el cochero estaba bajando de su asiento para abrir la portezuela, Emmanuel extendió un dedito y señaló a la gente.

– ¡Hubert! ¡Es Hubert!

El ama se volvió maquinalmente hacia el lugar que indicaba la criatura, palideció como el papel y ahogó un grito:

– ¡Jesús de mi corazón! ¡Virgen santísima!

Una especie de sordo aullido salió de la garganta de la madre, que se echó atrás el negro velo, dio dos pasos en dirección a Hubert y, de repente, resbaló en la acera y cayó en brazos del cochero, que se abalanzó hacia ella a tiempo de sujetarla.

Efectivamente, era Hubert, con un mechón de pelo sobre los ojos y la piel sonrosada y dorada como un melocotón, sin equipaje, sin bicicleta, sin heridas, que avanzaba sonriendo.

– ¡Hola, mamá! ¡Hola, abuela! ¿Todos bien?

– ¿Eres tú? Pero ¿eres tú? ¡Estás vivo! -exclamó la señora Craquant riendo y sollozando a la vez-. ¡Ay, mi pequeño Hubert, ya sabía yo que no podías estar muerto! ¡Eres demasiado granuja para eso, Dios mío!

La señora Péricand había vuelto en sí.

– ¿Hubert? Pero ¿cómo? -balbuceó con un hilo de voz.

Hubert se sintió contento y a la vez incómodo ante semejante recibimiento. Se acercó a su madre, le presentó las dos mejillas, que ella besó sin saber muy bien lo que hacía, y luego se quedó plantado, balanceándose ante ella, como cuando llevaba un cero en traducción latina del instituto.

– Hubert… -gimió ella y, colgándose de su cuello, lo cubrió de besos y lágrimas.

Alrededor se había formado una pequeña y conmovida multitud. Hubert, que no sabía qué cara poner, daba golpecitos en la espalda a su madre, como si se hubiera tragado una espina.

– ¿Es que no me esperabais? -Ella negó con la cabeza-. ¿Ibais a salir?

– ¡Demonio de crío! ¡Íbamos a la catedral, a celebrar una misa por el descanso de tu alma!

– ¡Venga ya! -soltó Hubert.

– Pero bueno, ¿dónde estabas? ¿Qué has hecho estos dos meses? Nos dijeron que habías caído en Moulins…

– Bueno, pues ya veis que no es verdad, puesto que estoy aquí.

– Pero ¿fuiste a luchar? ¡Hubert, no me mientas! ¿Qué necesidad tenías de meterte en ese berenjenal, idiota, más que idiota? ¿Y tu bicicleta? ¿Dónde está tu bicicleta?

– Perdida.

– ¡Naturalmente! ¡Este chico acabará conmigo! Bueno, a ver, cuenta, habla, ¿dónde te habías metido?

– Estaba intentando reunirme con vosotros.

– ¡Si no te hubieras ido! -replicó la señora Péricand con severidad-. ¡Bueno se pondrá tu padre cuando se entere! -dijo al fin con voz entrecortada.

Luego, de repente, se echó a llorar como una Magdalena y empezó a besarlo de nuevo. No obstante, el tiempo corría; la señora Péricand se secó los ojos, pero las lágrimas no querían parar.

– Anda, sube, ve a lavarte. ¿Tienes hambre?

– No; he desayunado muy bien, gracias.

– Cámbiate de pañuelo, de corbata, lávate las manos… ¡Adecéntate un poco, por amor de Dios! Y date prisa en reunirte con nosotros en la catedral.

– ¿Cómo? ¿Todavía vais a ir? Ya que estoy vivo, ¿no preferiríais celebrarlo con una comilona? ¿En un buen restaurante? ¿No?

– ¡Hubert!

– Pero ¿qué pasa? ¿Es porque he dicho «comilona»?

– No, pero… -«Es terrible decírselo así, en plena calle», pensó la señora Péricand, y, cogiéndolo de la mano, lo hizo subir al cupé-. Han ocurrido dos desgracias terribles, hijo mío. Primero, el abuelito… El pobre abuelito ha muerto. Y Philippe…

Hubert encajó el golpe de un modo extraño. Dos meses antes se habría echado a llorar, y sus mejillas se habrían llenado de gruesas, saladas y transparentes lágrimas. Ahora, su rostro, muy pálido, adquirió una expresión viril, casi dura, que su madre no le conocía.

– El abuelo me da igual -murmuró tras un largo silencio-. Pero Philippe…

– Hubert, ¿te has vuelto loco?

– Sí, me da igual, y a ti también. Era muy viejo y estaba enfermo. ¿Qué iba a hacer en medio de este follón?

– ¡Habrase visto! -protestó la señora Craquant, herida.

Pero Hubert siguió hablando sin hacerle caso:

– Pero Philippe… ¿Estáis seguros? ¿No pasará como conmigo?

– Por desgracia, estamos seguros…

– Philippe… -La voz de Hubert tembló y se quebró-. No era de este mundo. Los demás hablan constantemente del cielo, pero no piensan más que en la tierra… El venía de Dios y ahora debe de ser muy feliz. -Se tapó la cara con las manos y permaneció inmóvil.

En ese momento sonaron las campanas de la catedral. La señora Péricand posó la mano en el brazo de su hijo.

– ¿Vamos?

Hubert asintió. La familia montó en el cupé y en el coche que lo seguía. Llegaron a la catedral. Hubert iba entre su madre y su abuela, que siguieron flanqueándolo cuando se arrodilló en un reclinatorio. La gente lo había reconocido; Hubert oía cuchicheos y exclamaciones ahogadas. La señora Craquant no se había equivocado; estaba todo Nimes. Todo el mundo pudo ver al resucitado que venía a dar gracias a Dios por haberlo salvado, el mismo día en que se celebraba una misa por los difuntos de su familia. En general, la gente se alegró: que un buen chico como Hubert hubiera escapado de las balas alemanas halagaba su sentido de la justicia y su sed de milagros. Cada madre privada de noticias desde mayo (y eran muchas) sintió renacer la esperanza en su corazón. Y era imposible pensar con acritud, como habrían podido sentirse tentadas a hacer: «¡Hay quien tiene demasiada suerte!» Porque, desgraciadamente, el pobre Philippe (un sacerdote excelente, según decían) había hallado una muerte trágica.

Así que, pese a la solemnidad de la ocasión, eran muchas las mujeres que sonreían a Hubert. Él no las miraba; todavía no había salido del estupor en que lo habían sumido las palabras de su madre. La muerte de Philippe le desgarraba el corazón. Volvía a encontrarse en el mismo estado de ánimo que en el momento de la debacle, durante la desesperada y vana defensa de Moulins. «Si fuéramos todos iguales -se dijo contemplando a los presentes-, canallas y mujerzuelas todos mezclados, aún se podría entender; pero a santos como Philippe, ¿con qué fin los mandan aquí? Si es por nosotros, para redimirnos de nuestros pecados, es como arrojar margaritas a los cerdos.»

Todos los que lo rodeaban, la gente, su familia, sus amigos, le inspiraban sentimientos de vergüenza y furia. Los había visto en las carreteras, a ellos y a otros por el estilo, se acordaba de los coches llenos de oficiales que huían con sus preciosas maletas amarillas y sus pintarrajeadas mujeres; de los funcionarios que abandonaban sus puestos; de los políticos que, presas del pánico, dejaban un rastro de carpetas y documentos secretos a su paso; de las chicas que, después de haber llorado como convenía el día del Armisticio, ahora se consolaban con los alemanes. «Y pensar que nadie lo sabrá, que alrededor de todo esto se urdirá tal maraña de mentiras que aún acabarán convirtiéndolo en una página gloriosa de la historia de Francia. Removerán cielo y tierra para sacar a la luz actos de sacrificio, de heroísmo… ¡Con lo que yo he visto, Dios mío! Puertas cerradas a las que se llamaba en vano para pedir un vaso de agua, refugiados saqueando casas… Y en todas partes, en lo más alto y lo más bajo, el caos, la cobardía, la vanidad, la ignorancia… ¡Ah, qué grandes somos!»

Mientras tanto, seguía el oficio moviendo los labios y con el corazón tan oprimido y endurecido que le dolía físicamente. De vez en cuando soltaba un ronco suspiro que inquietaba a su madre. En una de las ocasiones, la señora Péricand se volvió hacia él; sus ojos llenos de lágrimas brillaban a través del crespón.

– ¿Te encuentras mal? -le susurró.

– No, mamá -respondió él, mirándola con una frialdad que se reprochaba pero no conseguía vencer.

Juzgaba a los suyos con una amargura y una severidad dolorosas; no formulaba sus quejas de un modo preciso; acudían a él todas a la vez en forma de breves y violentas imágenes: su padre refiriéndose a la República como «ese régimen podrido», y esa misma noche, en casa, la cena de veinticuatro cubiertos, con los mejores manteles, el paté más exquisito, los vinos más caros, en honor de un antiguo ministro que podía volver a serlo y cuyos favores perseguía el señor Péricand. (¡Oh, su madre poniendo morritos para canturrear: «Mi querido presidente»!) Los coches rebosantes de ropa blanca, vajilla, cubertería y objetos de plata atrapados en medio de la muchedumbre que huía a pie, y su madre señalando a las mujeres y los niños, con sus hatillos de ropa, y diciendo: «Mirad si es bueno el Niño Jesús… ¡Pensad que podríamos habernos visto en la situación de esos desdichados!» ¡Hipócritas! ¡Sepulcros blancos! Y él mismo, ¿qué hacía allí? Fingir que rezaba por Philippe, cuando tenía el corazón rebosante de rabia e indignación. Pero Philippe era…

– ¡Dios mío! ¡Philippe, mi querido hermano! -murmuró y, como si esas palabras tuvieran un poder divino de apaciguamiento, su atribulado corazón se ensanchó y las lágrimas brotaron de sus ojos, ardientes e incontenibles.

Pensamientos de amor, de perdón, llenaron su mente. No procedían de su interior sino de fuera, como si un amigo se hubiera inclinado hacia él y le hubiera susurrado al oído: «Una familia, una estirpe que ha producido a alguien como Philippe, no puede ser mala. Eres demasiado severo, sólo has visto los acontecimientos externos, no conoces las almas. El mal es visible, quema, se ofrece con complacencia a todos los ojos. Sólo Uno ha contado los sacrificios, ha medido la sangre y las lágrimas vertidas.» Hubert miró la placa de mármol en que estaban grabados los nombres de los caídos en la guerra… en la otra guerra. Entre ellos había Craquants y Péricands, tíos, primos que no había conocido, chicos apenas mayores que él, caídos en el Somme, en Flandes, en Verdún, muertos por partida doble, porque habían muerto por nada. Y poco a poco, de aquel caos, de aquellos sentimientos contradictorios, nació una extraña y amarga plenitud. Había adquirido una valiosa experiencia; ahora sabía, y ya no de una manera abstracta, libresca, sino con su corazón, que tan alocadamente había latido; con sus manos, que se habían despellejado ayudando a defender el puente de Moulins; con sus labios, que habían acariciado a una mujer mientras los alemanes festejaban la victoria… ahora sabía lo que significaban las palabras peligro, coraje, amor… Sí, también amor. Ahora se sentía bien, se sentía fuerte y seguro de sí mismo. Nunca volvería a ver por los ojos de otro, pero, además, lo que amara y creyera en adelante sería enteramente suyo, no inspirado por otros. Lentamente, juntó las manos, bajó la cabeza y, al fin, rezó.

Acabó la misa. En la plaza, la gente lo rodeaba, lo abrazaba, felicitaba a su madre…

– Y sigue teniendo tan buen color -decían las señoras-. Después de tantas penalidades, apenas ha adelgazado, no ha cambiado nada… Nuestro pequeño Hubert…


27

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Los Corte llegaron al Grand Hôtel a las siete de la mañana. Estaban muertos de cansancio y miraban en derredor con aprensión, como si temieran franquear la puerta giratoria y verse de nuevo en un caótico universo de pesadilla donde los refugiados dormirían en las alfombras de color crema del salón, el recepcionista no los reconocería y les negaría una habitación, no habría agua caliente para lavarse y los aviones bombardearían el edificio. Pero, gracias a Dios, la reina de las estaciones termales de Francia estaba intacta y, a orillas del lago, la vida seguía bulliciosa y febril, pero, sobre todo, normal. El personal se hallaba en sus puestos. El director, naturalmente, aseguraba que no disponían de nada, pero el café era excelente, en el bar servían bebidas frescas y los grifos daban agua caliente o fría, a gusto del consumidor. En un primer momento había cundido el pánico: la poco amistosa actitud de Inglaterra hacía temer que se mantuviera el bloqueo, lo que impediría la llegada de whisky; pero había una buena reserva. Se podía esperar.

En cuanto pisaron el suelo de mármol del vestíbulo, los Corte se sintieron como nuevos. Todo estaba tranquilo; apenas se oía el lejano ronroneo de los grandes ascensores. A través de las puertas vidrieras, se veía el líquido y tembloroso arco iris de los aspersores sobre el césped de los jardines. El director del establecimiento, que Corte visitaba todos los años desde hacía veinte, alzó los ojos al cielo y les dijo que aquello era el fin, que el mundo se precipitaba al abismo y que había que restaurar el sentido del deber y la abnegación en el pueblo; luego, les confió que esperaban la llegada del gobierno de un momento a otro, que las habitaciones estaban preparadas desde el día anterior y que el embajador de Bolivia dormía en una mesa de billar, pero que para él, Gabriel Corte, siempre habría algo; en fin, poco más o menos lo mismo que decía en el Normandy de Deauville en época de carreras, cuando hacía sus pinitos como subdirector.

Corte se pasó una cansada mano por la abrumada frente.

– Mi querido amigo, póngame un colchón en un lavabo si es necesario.

Allí todo se hacía de un modo discreto, escrupuloso, eficiente. Allí no había mujeres pariendo en las cunetas, ni niños perdidos, ni puentes volando por los aires y cayendo envueltos en llamas sobre las casas vecinas por culpa de una carga de melinita mal calculada. Cerraban una ventana para protegerlo de las corrientes de aire, abrían puertas a su paso, notaba el grosor de las alfombras bajo sus pies…

– ¿Tiene todas sus maletas? ¿No ha perdido nada? ¡Qué suerte! Aquí nos ha llegado gente sin un mísero pijama, sin un cepillo de dientes… Incluso un pobre hombre al que una explosión dejó sin nada que ponerse; hizo el viaje desde Tours desnudo, envuelto en una manta y gravemente herido.

– Yo he estado a punto de perder mis manuscritos -dijo Corte.

– ¡Oh, Dios mío, qué horror! Pero los ha recuperado, ¿verdad? ¡Qué cosas! ¡Se ven unas cosas! Por favor, señor Corte; señora, por aquí, si es tan amable… Les he reservado una suite en la cuarta planta… Ustedes sabrán disculparme…

– ¡Bah! -respondió Corte-. Ahora todo me da igual.

– Lo comprendo -dijo el director inclinando la cabeza con expresión triste-. Un desastre tan tremendo… Yo soy suizo de nacimiento, pero francés de corazón. Lo comprendo -repitió.

Y por unos instantes permaneció inmóvil, con la cabeza baja, como quien, tras dar el pésame a los deudos, no se atreve a marcharse de inmediato del cementerio. En los últimos tiempos había adoptado aquella actitud tan a menudo que su rostro, amable y redondo, había cambiado. Siempre había sido un hombre de paso ligero y voz suave, como convenía a su profesión. Exagerando sus tendencias naturales, ahora había aprendido a desplazarse silenciosamente, como en una cámara mortuoria, y, cuando preguntó a Corte si quería que les subieran el desayuno, utilizó un tono tan discreto y fúnebre como si, indicándole el cadáver de un pariente, le hubiera preguntado: «¿Puedo besarlo por última vez?»

– ¿El desayuno? -murmuró Corte, haciendo un esfuerzo por volver a la realidad y sus fútiles preocupaciones-. No he probado bocado en veinticuatro horas -dijo con una sonrisa triste. Tal cosa había sido cierta el día anterior, pero ya no, porque a las seis de esa misma mañana había tomado un abundante desayuno. No obstante, no mentía: había comido distraídamente, debido al agotamiento y la angustia por los infortunios de la Patria. A todos los efectos, era como si siguiera en ayunas.

– Pues debe hacer un esfuerzo, señor Corte. No me gusta verlo así. Tiene que sobreponerse. Se debe usted a la humanidad.

Corte hizo un leve gesto de desesperación para indicar que lo sabía, que no discutía los derechos de la humanidad sobre su persona, pero que de momento no podía exigírsele más coraje que al más humilde ciudadano.

– Lo que agoniza no es sólo Francia, mi querido amigo -dijo volviendo la cabeza para ocultar sus lágrimas-. Es el Espíritu.

– Nunca, mientras siga usted entre nosotros -respondió calurosamente el director, que en los últimos tiempos había pronunciado esa misma frase bastantes veces. Corte era, en lo tocante a celebridades, la decimocuarta llegada de París después de los trágicos acontecimientos, y el quinto escritor que buscaba refugio en el hotel.

Gabriel sonrió débilmente y pidió que el café estuviera muy caliente.

– Hirviendo -respondió el director, y se marchó tras dar las órdenes oportunas por teléfono.

Florence se había retirado a sus habitaciones y, tras la puerta cerrada a cal y canto, se miraba en el espejo, consternada. El sudor había cubierto su rostro, siempre tan suave, tan bien maquillado, tan descansado, con una película pringosa y reluciente que ya no absorbía los polvos ni la crema, sino que los rechazaba convertidos en grumos tan compactos como los de una mayonesa cortada. Las aletas de la nariz se veían surcadas de arrugas; los ojos, hundidos; los labios, secos y flácidos. Apartó la cara del espejo, horrorizada.

– Tengo cincuenta años -le dijo a su doncella.

Era la pura verdad, pero Florence pronunció la frase con tal tono de incredulidad y terror que Julie la interpretó como convenía, es decir, como una imagen, una metáfora para designar la vejez extrema.

– Después de lo que hemos pasado, es comprensible… La señora debería echar un sueñecito.

– Imposible… En cuanto cierro los ojos, vuelvo a oír las bombas, a ver esos puentes, esos muertos…

– La señora lo olvidará.

– ¡Ah, no, eso nunca! ¿Podrías olvidarlo tú?

– Mi caso es distinto.

– ¿Por qué?

– ¡La señora tiene tantas cosas en que pensar! -dijo Julie-. ¿Le saco el vestido verde, señora?

– ¿El vestido verde? ¿Con esta cara?

Florence se había dejado caer contra el respaldo del sillón y había cerrado los ojos; pero, de pronto, reunió todas sus energías dispersas, como el jefe de un ejército que, pese a su necesidad de descanso y en vista de la ineptitud de sus oficiales, retoma el mando y, arrastrando los cansados pies, dirige personalmente a sus tropas en el campo de batalla.

– Escucha, esto es lo que vas a hacer. Primero me preparas, al mismo tiempo que el baño, una mascarilla para la cara, la número tres, esa del instituto norteamericano; luego llamas a la peluquería y que te digan si Luigi sigue allí. Que venga con la manicura dentro de tres cuartos de hora. Y después me preparas el traje de chaqueta gris, con la blusa rosa de batista.

– ¿Esa que tiene el cuello así? -preguntó Julie trazando en el aire la forma de un amplio escote con el dedo índice.

Florence dudó.

– Sí… no… sí… ésa, y el sombrerito nuevo, el de los acianos. ¡Ay, Julie, pensaba que ya nunca podría ponérmelo, con lo bonito que es! En fin… Tienes razón, no hay que darle más vueltas a todo eso, o me volveré loca. Me pregunto si todavía tendrán polvo ocre, del último…

– Ya miraremos… La señora haría bien en pedir varias cajas. Venía de Inglaterra.

– ¡Sí, ya lo sé! ¿Lo ves, Julie? Realmente, no nos damos del todo cuenta de lo que pasa. Son acontecimientos de un alcance incalculable, créeme, incalculable… La vida de la gente cambiará durante generaciones. Este invierno pasaremos hambre. Me sacarás el bolso de ante gris con el cierre de oro, que es sencillito… Me pregunto qué aspecto tendrá París -dijo Florence entrando en el cuarto de baño, pero el ruido de los grifos, que Julie acababa de abrir, ahogó sus palabras.

Entretanto, la mente de Corte se ocupaba de ideas menos frívolas. También él estaba tumbado en la bañera. Los primeros instantes habían sido de tanta dicha, de una paz tan bucólica y profunda, que le habían recordado las alegrías de la infancia: la felicidad de comerse un merengue helado rebosante de crema, de mojarse los pies en el agua fresca de una fuente, de apretar contra el pecho un juguete nuevo… Ya no sentía deseos, remordimientos ni angustias. Su cabeza estaba vacía y ligera. Se sentía flotar en el líquido y tibio elemento, que lo acariciaba, le hacía cosquillas en la piel, le quitaba el polvo y el sudor, se le metía entre los dedos de los pies, se deslizaba bajo sus riñones, como una madre que levanta a su hijo dormido. El cuarto de baño olía a jabón de brea, a loción para el cabello, a agua de colonia, a agua de lavanda… Gabriel sonreía, estiraba los brazos, hacía crujir las articulaciones de sus largos y pálidos dedos, saboreando el divino y sencillo placer de estar a cubierto de las bombas y de tomar un baño fresco un día de calor sofocante. No habría sabido decir en qué momento la amargura penetró en él como un cuchillo en el corazón de una fruta. Tal vez fue cuando sus ojos se posaron en la maleta de los manuscritos, colocada encima de una silla, o cuando el jabón se le cayó al agua y para pescarlo tuvo que hacer un esfuerzo que empañó su euforia; pero, en determinado momento, sus cejas se fruncieron y su rostro, que parecía más sereno, más terso de lo habitual, rejuvenecido, volvió a adoptar una expresión sombría y preocupada.

¿Qué sería de él, de Gabriel Corte? ¿Adónde se dirigía el mundo? ¿Cuál sería el espíritu del mañana? ¿O es que la gente sólo pensaría en comer y ya no habría sitio para el arte, o acaso, como tras cada crisis, un nuevo ideal se ganaría el favor del público? ¿Un nuevo ideal? Cínico y hastiado, pensó: «¡Una nueva moda!» Pero él, Corte, era demasiado viejo para adaptarse a nuevos gustos. Ya había renovado su estilo en 1920. Hacerlo por tercera vez le resultaría imposible. Seguir aquel mundo que iba a nacer lo dejaría sin aliento. ¡Ah, quién podía prever la forma que tomaría al salir de la dura matriz de la guerra de 1940, como de un molde de bronce! Ese universo, cuyas primeras convulsiones ya se dejaban sentir, saldría gigante o contrahecho (o ambas cosas). Era terrible inclinarse hacia él, mirarlo… y no comprender nada. Porque no comprendía nada. Pensó en su novela, en aquel manuscrito salvado del fuego y las bombas y que ahora descansaba sobre una silla. De pronto sintió un inmenso desánimo. Las pasiones que pintaba, sus propios estados de ánimo, sus escrúpulos, aquella historia de una generación, la suya… era todo viejo, inútil, anticuado.

– ¡Anticuado! -exclamó con desesperación, y por segunda vez el jabón, que se escurría como un pez, desapareció en el agua. Gabriel soltó un juramento, se levantó e hizo sonar el timbre con furia-. Friccióname -ordenó a su criado en cuanto éste acudió.

Una vez le masajearon las piernas con el guante de crin y el agua de colonia, se sintió mejor. Totalmente desnudo, empezó a afeitarse mientras el criado le preparaba la ropa: camisa de lino, un traje fino de tweed y corbata azul.

– ¿Hay gente conocida? -preguntó Corte.

– No lo sé, señor. Todavía no he visto a nadie importante, pero me han dicho que anoche vinieron muchos coches y volvieron a marcharse casi enseguida hacia España. Entre otros, el señor Jules Blanc. Se iba a Portugal.

– ¿Jules Blanc?

Gabriel se quedó inmóvil con la navaja de afeitar, llena de jabón, en el aire. ¡Jules Blanc huyendo a Portugal! Aquella noticia era un duro golpe. Como todos los que se las arreglan para obtener el máximo de comodidades y placeres de la vida, Gabriel Corte tenía un político a su disposición. A cambio de buenas cenas, de brillantes recepciones, de pequeños favores concedidos por Florence, a cambio de algunos artículos oportunos, obtenía de Jules Blanc (titular de una cartera en casi todas las combinaciones ministeriales, dos veces presidente del Consejo y cuatro ministro de la Guerra) mil privilegios que le facilitaban la existencia. Gracias a Jules Blanc, le habían encargado aquella serie de los Grandes Amantes, sobre los que había disertado en la radio pública el invierno anterior. También en la radio, Jules Blanc le había encargado alocuciones patrióticas, exhortaciones imperiales o morales, según las circunstancias. Jules Blanc había intervenido ante el director de un gran periódico para que le pagaran ciento treinta mil francos por una novela, en lugar de los ochenta mil inicialmente acordados. Por último, le había prometido la insignia de comendador. Jules Blanc era un humilde pero necesario engranaje en el mecanismo de su carrera, porque el genio no puede planear en las alturas del cielo; debe maniobrar a ras de tierra.

Al enterarse de la caída de su amigo (muy comprometido tenía que estar para tomar una decisión tan desesperada, él, que no se cansaba de repetir que en política una derrota prepara la victoria), Corte se sintió solo y abandonado, al borde del abismo. De nuevo, con una fuerza terrible, volvió a recibir la impresión de un mundo diferente, desconocido para él, un mundo donde toda la gente se habría vuelto milagrosamente casta y desinteresada y estaría imbuida de los más nobles ideales. Pero el mimetismo, que es una forma del instinto de conservación para las plantas, los animales y el hombre, le hizo decir ya:

– ¡Ah! ¿Se ha ido? Ha pasado la época de esos vividores, de esos politicastros… Pobre Francia… -añadió tras un silencio. Lentamente, se puso unos calcetines azules. De pie en calcetines y ligas de seda negra, y con el resto del cuerpo desnudo, lampiño, de un blanco lustroso con reflejos marfileños, ejecutó unos cuantos movimientos de brazos y varias flexiones del torso. Luego se miró en el espejo con expresión satisfecha.

– Esto va mucho mejor -dijo, como si con esas palabras esperara darle una gran alegría a su criado.

Después acabó de vestirse. Bajó al bar poco después de mediodía. En el vestíbulo reinaba cierto caos; era evidente que pasaba algo, que lejos de allí grandes catástrofes hacían temblar el resto del universo. Alguien se había dejado las maletas, amontonadas desordenadamente en la tarima que solía utilizarse como pista de baile. Se oían voces destempladas procedentes de la cocina; mujeres pálidas y alteradas vagaban por los pasillos en busca de habitación; los ascensores no funcionaban; un viejo lloraba ante el recepcionista, que le negaba una cama.

– Compréndalo, caballero, no es que no quiera, es que es imposible, imposible. No damos abasto, caballero.

– Me basta un rinconcito en una habitación -suplicaba el pobre hombre-. Había quedado aquí con mi mujer. Nos perdimos durante el bombardeo de Étampes. Creerá que he muerto. Tengo setenta años, señor, y ella sesenta y ocho. Jamás nos hemos separado. -El anciano sacó la cartera con manos temblorosas-. Le daré mil francos -dijo, y en su honrada y modesta cara de francés medio se leía la vergüenza de tener que ofrecer por primera vez en su vida un soborno, y también el dolor de tener que separarse de su dinero. Pero el recepcionista rechazó el billete que le tendían.

– Ya le he dicho que es imposible, caballero. Inténtelo en la ciudad.

– ¿En la ciudad? ¿De dónde cree que vengo? Llevo llamando a todas las puertas desde las cinco de la mañana. ¡Me han echado como a un perro! Soy profesor de Física en el instituto de Saint-Omer. Tengo la condecoración al mérito académico.

Pero, comprendiendo que el recepcionista había dejado de escucharlo y le daba la espalda, recogió una pequeña sombrerera que había dejado en el suelo y que sin duda contenía todo su equipaje, y se marchó. Ahora el recepcionista tenía que lidiar con cuatro españolas de pelo negro y cara empolvada. Una de ellas lo agarraba del brazo.

– ¡Una vez en la vida, pase, pero dos es demasiado! -clamaba en mal francés y con voz fuerte y ronca-. ¡Haber vivido la guerra en España, huir a Francia y vuelta a lo mismo, es demasiado!

– Pero, señora, ¿qué quiere que haga?

– ¡Darme una habitación!

– Imposible, señora, imposible.

La española buscó una respuesta sarcástica, no la encontró, se sofocó y acabó soltándole:

– ¡Bah, es usted muy poco hombre!

– ¿Yo? -exclamó el recepcionista, y de golpe perdió toda su impasibilidad profesional y respondió al ultraje-. ¿Acaso la he insultado yo? Para empezar, es usted extranjera, ¿verdad? Pues cierre el pico si no quiere que llame a la policía -le espetó muy digno, y a continuación les abrió la puerta y las echó a la calle.

Las cuatro mujeres vociferaron insultos en español.

– ¡Qué días, caballero! ¡Y qué noches! -le dijo a Corte-. ¡El mundo se ha vuelto loco, caballero!

Gabriel cruzó una larga galería, fresca, silenciosa y oscura, y llegó al amplio y tranquilo bar. Toda la agitación se detenía en el umbral de aquella puerta. Los postigos de las grandes ventanas protegían el lugar del sol de un mediodía bochornoso, y en el aire flotaba un olor a cuero, cigarros caros y licores añejos. El barman, italiano y viejo conocido de Corte, lo recibió de un modo perfecto, manifestándole su alegría de volver a verlo y lamentando las desgracias de Francia, de una manera noble y llena de tacto, sin olvidar en ningún momento la reserva exigida por los acontecimientos ni la inferioridad de su condición respecto a Corte. El escritor se sintió enormemente reconfortado.

– Es un placer volver a verte, querido amigo -le dijo, agradecido.

– ¿El señor ha tenido problemas para abandonar París?

– ¡Ah! -se limitó a responder Corte alzando los ojos al techo.

Joseph, el barman, hizo un leve gesto púdico con la mano, como si rechazara las confidencias y renunciara a remover recuerdos tan recientes y dolorosos, y con el tono con que el médico dice al enfermo en plena crisis «Primero tómese esto y luego me explicará su caso», murmuró respetuosamente:

– Le preparo un martini, ¿verdad?

Con el vaso empañado de vaho por el hielo y colocado entre dos platitos, uno de aceitunas y el otro de patatas fritas, Corte dirigió una débil sonrisa de convaleciente al familiar decorado que lo rodeaba y a continuación miró a los hombres que acababan de entrar, a los que reconoció uno tras otro. Vaya, si estaban todos allí: el académico y antiguo ministro, el gran industrial, el editor, el director de periódico, el senador, el dramaturgo y el caballero que firmaba «General X» esos artículos tan documentados, tan serios, tan técnicos, en una importante revista parisina, para la que comentaba los acontecimientos militares y los hacía comprensibles para el ciudadano de a pie, salpicándolos de precisiones siempre optimistas y muy poco precisas (diciendo, por ejemplo: «El próximo teatro de las operaciones militares estará en el norte de Europa, en los Balcanes o en el Ruhr, o en esos tres sitios a la vez, o bien en algún punto del globo imposible de determinar»). Sí, allí estaban todos, sanos y salvos. Por unos breve instantes, Corte fue presa del estupor. No habría sabido decir por qué, pero durante veinticuatro horas había tenido la sensación de que el antiguo mundo se desmoronaba y él se había quedado solo entre los escombros. Fue un alivio indescriptible reencontrarse con aquellos rostros famosos de amigos, o enemigos poco importantes para él. ¡Estaban en el mismo barco, estaban juntos! Se demostraban unos a otros que nada había cambiado demasiado, que todo seguía siendo parecido, que no estaban asistiendo a un cataclismo extraordinario, al fin del mundo, como habían llegado a creer, sino a una concatenación de acontecimientos puramente humanos, limitados en el tiempo y el espacio, y que a la postre sólo afectaban gravemente a gente desconocida.

Intercambiaron opiniones pesimistas, casi desesperadas, pero con tono alegre. Algunos ya le habían sacado todo el jugo a la vida y estaban en esa edad en que uno contempla a los jóvenes y se dice: «¡Que se las apañen!» Otros enumeraban mentalmente todas las páginas escritas y todos los discursos pronunciados que podrían servirles ante el nuevo régimen (y como todos habían deplorado, en mayor o menor medida, que Francia estuviera perdiendo el sentido de la grandeza y la ambición, por ese lado estaban tranquilos). Los políticos, un poco más inquietos porque algunos corrían un serio peligro, meditaban nuevas alianzas. El dramaturgo y Corte hablaban de sus respectivas obras y se olvidaban del mundo.


28

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Los Michaud no llegaron a Tours. Una explosión había destruido las vías férreas. El tren se detuvo. Los refugiados tuvieron que volver a las carreteras, que ahora debían compartir con las columnas alemanas. Les ordenaron regresar.

A su llegada, los Michaud encontraron París medio desierto. Se dirigieron a casa a pie. Habían estado fuera quince días, pero, como cuando uno vuelve de un largo viaje espera encontrarlo todo cambiado, avanzaban por aquellas calles intactas y no daban crédito a sus ojos: todo seguía en su sitio.

Un sol mortecino iluminaba las casas, que tenían los postigos cerrados como el día en que se habían marchado; una súbita ola de calor había secado las hojas de los plátanos, que nadie barría y que crujían bajo sus cansados pies. Las tiendas de alimentación parecían todas cerradas. Había momentos en que la desolación era abrumadora; París semejaba una ciudad diezmada por la peste; sin embargo, en el instante en que uno murmuraba con el corazón encogido «Todo el mundo se ha marchado o ha muerto», se daba de bruces con una mujercilla muy arreglada y pintada, o bien, como les ocurrió a los Michaud, entre una carnicería y una panadería cerradas, veía una peluquería en la que una clienta se hacía la permanente. Era la de la señora Michaud, que entró a saludar. El peluquero se acercó a la puerta, seguido por su ayudante, su mujer y la clienta.

– ¿Cómo les ha ido? -le preguntaron.

– Ya ven… -respondió la señora Michaud mostrando las desnudas pantorrillas, la falda desgarrada y la cara sucia de sudor y polvo-. ¿Y mi casa? -preguntó angustiada.

– ¡Bah, no se apure! Está todo en orden. Hoy mismo he pasado por delante -dijo la mujer del peluquero-. No han tocado nada.

– ¿Y mi hijo? Jean-Marie. ¿Lo han visto?

– ¿Cómo van a verlo, mujer? -intervino Maurice acercándose a ellos-. A veces preguntas unas cosas…

– Y tú tienes una parsimonia… Vas a acabar conmigo -replicó ella con viveza-. Puede que la portera… -murmuró haciendo ademán de marcharse.

– No se moleste, señora Michaud. No sabe nada; le he preguntado al pasar. Y como además ya no llega el correo…

Jeanne procuró disimular su decepción con una sonrisa, pero le temblaban los labios.

– En fin, habrá que esperar. ¿Y ahora qué hacemos? -murmuró sentándose maquinalmente.

– Yo en su lugar -dijo el peluquero, un hombre rechoncho de cara redonda y afable- empezaría por lavarme la cabeza. Le aclarará las ideas. También podríamos refrescar un poco al señor Michaud. Mientras tanto, mi mujer les preparará algo de comer.

Y eso hicieron. Mientras a Jeanne le friccionaban la cabeza con agua de lavanda, llegó el hijo del peluquero y anunció que se había firmado el armisticio. En el estado de agotamiento y congoja en que se encontraba, Jeanne apenas comprendió el alcance de la noticia; se sentía como si hubiera derramado todas sus lágrimas a la cabecera de un moribundo y ya no le quedara ninguna para llorar su muerte. Pero Maurice recordó la guerra del catorce, los combates, sus heridas y sus sufrimientos, y una ola de amargura le inundó el corazón. Sin embargo, ya no había más que decir, de modo que guardó silencio.

Estuvieron más de una hora en la peluquería; luego se fueron derechos a casa. Se decía que el número de muertos del ejército francés era relativamente bajo, pero que había cerca de dos millones de prisioneros. ¿Sería Jean-Marie uno de ellos? No se atrevían a imaginar otra cosa. Se acercaban a su casa y, pese a todas las seguridades que les había dado la señora Josse, no acababan de creer que siguiera en pie, que no hubiera quedado reducida a escombros, como los edificios bombardeados de la plaza Martroi de Orleáns, que habían cruzado la semana anterior. Pero allí estaba la puerta, el cuarto de la portera, el buzón (vacío), la llave del piso esperándolos, y la propia portera… Cuando Lázaro se alzó de entre los muertos, regresó junto a sus hermanas y vio la sopa en el fuego, debió de sentir algo muy parecido, una mezcla de estupor y sordo orgullo.

– Pese a todo, hemos vuelto, estamos aquí -se dijeron los Michaud; y Jeanne, a continuación:

– ¿Y qué, si mi hijo…?

Miró a su marido, que le sonrió débilmente y luego se volvió hacia la portera.

– Buenos días, señora Nonnain.

La portera era muy mayor y estaba medio sorda. Los Michaud procuraron acortar los relatos de los respectivos éxodos, pues, por su parte, la señora Nonnain había seguido a su hija, que era lavandera, hasta la Puerta de Italia, aunque, una vez allí, había discutido con su yerno y había vuelto a casa.

– No saben qué ha sido de mí; creerán que estoy muerta -dijo la mujer con satisfacción-. Creerán que ya pueden disponer de mis ahorros. Y no es que ella sea mala -añadió refiriéndose a su hija-, pero es muy aprovechada.

Los Michaud le dijeron que estaban agotados y subían a casa. El ascensor estaba averiado.

– Lo que faltaba -murmuró Jeanne, pero se lo tomó a risa.

Mientras su marido subía tranquilamente, ella se lanzó escaleras arriba, como si de repente hubiera recuperado las fuerzas y el ímpetu de la juventud. ¡Señor, con la de veces que había despotricado contra aquella escalera oscura y aquel piso sin apenas armarios, sin cuarto de baño (la bañera estaba instalada en la cocina) y con unos radiadores que se averiaban indefectiblemente en lo más crudo del invierno! Y ahora se sentía como si le hubieran devuelto el pequeño universo, cerrado y acogedor, en que había vivido los últimos dieciséis años y que tan dulces y queridos recuerdos guardaba entre sus paredes. Jeanne se inclinó sobre la barandilla y vio que Maurice seguía subiendo. Estaba sola. Se acercó a la puerta y posó los labios en la hoja; luego cogió la llave y abrió. Era su casa, su refugio. Allí estaba la habitación de Jean-Marie, allí estaba la cocina, el cuarto de estar y el sofá, en el que, por la noche, al volver del banco, extendía las cansadas piernas.

El recuerdo del banco le produjo un estremecimiento. Hacía ocho días que no pensaba en él. Apenas entró en el piso, Maurice vio que estaba preocupada y comprendió que la alegría del regreso se había esfumado.

– ¿Qué te pasa? -le preguntó-. ¿Jean-Marie?

– No, el banco -respondió Jeanne tras un instante de duda.

– ¡Por amor de Dios! Hemos hecho todo lo humanamente posible, y casi lo imposible, por llegar a Tours. No pueden reprocharnos nada.

– No nos reprocharán nada si quieren que sigamos con ellos; pero yo sólo estaba contratada mientras durara la guerra y tú, amigo mío, nunca has podido entenderte con ellos. Así que si quieren librarse de nosotros, la ocasión la pintan calva.

– Ya lo sé. -Como siempre que, en lugar de contradecirla, le daba la razón, Jeanne cambió de opinión con viveza.

– De todas formas, no me digas que no son unos cerdos…

– Lo son -dijo Maurice con voz suave-. Pero ¿sabes qué? Bastante mal lo hemos pasado. Estamos juntos, estamos en casa. No pensemos en nada más…

No nombraron a Jean-Marie; no podían pronunciar su nombre sin echarse a llorar, y no querían llorar. Ambos seguían teniendo un inmenso deseo de ser felices; tal vez porque se habían querido mucho, habían aprendido a vivir al día, a olvidarse voluntariamente del mañana.

No tenían hambre. Abrieron un tarro de mermelada y una caja de galletas, y Jeanne preparó con infinito cuidado un café del que sólo quedaba un cuarto de libra, un puro moka que hasta entonces habían reservado para las grandes ocasiones.

– ¿Y qué ocasión más grande se nos va a presentar? -dijo Maurice.

– Ninguna como ésta, espero -respondió Jeanne-. Sin embargo, no hay que olvidar que si la guerra dura no encontraremos un café como éste así como así.

– Casi le das el sabor del pecado -dijo Maurice aspirando el aroma que salía de la cafetera.

Tras el ligero tentempié, abrieron la ventana y se sentaron ante ella. Ambos tenían un libro sobre las rodillas, pero no leían. Al final se quedaron dormidos el uno junto al otro, cogidos de la mano.

Pasaron varios días bastante tranquilos. Como no llegaban cartas, sabían que no recibirían noticias, ni buenas ni malas. Sólo podían esperar.

A principios de julio, el señor de Furières volvió a París. El conde había hecho una guerra muy aparente, como se decía tras el armisticio de 1919: durante unos meses había arriesgado la vida heroicamente, y luego se había casado con una joven muy rica. Desde entonces se le habían quitado las ganas de jugarse el pellejo, cosa bastante natural. Su mujer tenía amigos influyentes, pero Furières no recurrió a ellos. No siguió exponiéndose al peligro, pero tampoco lo rehuyó. Terminó la guerra sin un rasguño y satisfecho de sí mismo, de su irreprochable conducta ante el enemigo, de su seguridad y buena estrella. En 1939 disfrutaba de una posición social de primer orden: su mujer era una Salomon-Worms y su hermana se había casado con el marqués de Maigle; era miembro del Jockey y sus fiestas y cacerías eran célebres; tenía dos hijas encantadoras, la mayor de las cuales acababa de prometerse. Era bastante menos rico que en 1920, pero había aprendido a prescindir del dinero o procurárselo cuando la ocasión lo requería. Había aceptado el cargo de director del Banco Corbin.

Corbin no era más que un personaje grosero que había iniciado su carrera de un modo bajo, casi indigno. Se contaba que había sido botones en una entidad de crédito de la rue Trudaine. Pero Corbin tenía grandes dotes de banquero y, en el fondo, el conde y él se entendían bastante bien. Ambos eran hombres inteligentes y comprendían que se eran útiles mutuamente, lo que había acabado creando entre ellos una especie de amistad basada en un desprecio cordial, como ocurre con ciertos licores amargos, que una vez mezclados tienen un sabor agradable. «Es un degenerado, como todos los nobles», decía Corbin. «El pobre hombre come con los dedos», comentaba Furières. Con el señuelo de la admisión en el Jockey, el conde obtenía de Corbin todo lo que quería.

En definitiva, Furières se había organizado la vida de un modo muy conveniente. Cuando estalló la segunda gran guerra del siglo, tuvo más o menos la misma sensación que el colegial que ha hincado los codos, que tiene la conciencia tranquila y que, cuando está jugando tan feliz, se encuentra con que lo llaman de nuevo a clase. El conde estuvo a punto de contestar: «¡Una vez, pase, pero dos es demasiado! ¡Que vayan otros!» ¡Pero bueno! ¡Él ya había cumplido! Le habían arrebatado cinco años de su juventud y ahora iban a robarle aquellos años de madurez, tan hermosos, tan valiosos, unos años en los que el hombre comprende al fin lo que va a perder y le urge disfrutarlo.

– No, es demasiado injusto -le dijo a Corbin abrumado al despedirse de él el día de la movilización general-. Estaba escrito allí arriba que no escaparía.

Era oficial en la reserva, así que tenía que ir. Por supuesto, habría podido arreglárselas, pero se lo impidió el deseo de seguir respetándose a sí mismo, un deseo que era muy fuerte en él y que le permitía adoptar una actitud irónica y severa hacia el resto del mundo. De modo que fue. Su chofer, que era de su misma quinta, decía:

– Si hay que ir, se va. Pero, si ellos creen que va a ser como en el catorce, están listos. -En su mente, aquel «ellos» iba dirigido a una especie de mítico senado constituido por la gente cuyo cometido y cuya pasión era mandar a la muerte a los demás-. Si creen que vamos a hacer ni tanto así -y juntaba la uña del pulgar con la del índice-, ni tanto así más de lo estrictamente necesario, se van a llevar un chasco, se lo digo yo.

Ciertamente, el conde de Furières no habría expresado de ese modo sus ideas, que sin embargo eran bastante parecidas a las de su chofer, y éstas, a su vez, no hacían más que reflejar el estado de ánimo de muchos antiguos combatientes, que partieron con sordo rencor o indignada desesperación frente a un destino que por segunda vez en la vida les jugaba una pasada atroz.

Durante la debacle de junio, el regimiento de Furières cayó casi al completo en manos del enemigo. El tuvo la oportunidad de salvarse y la aprovechó. En 1914 habría preferido morir que sobrevivir al desastre. En 1940 optó por vivir. Volvió a su casa señorial de Furières, junto a su mujer, que ya lo lloraba, y sus encantadoras hijas, la mayor de las cuales acababa de hacer una boda muy ventajosa con un joven inspector de Finanzas. El chofer tuvo menos suerte: fue internado en el campo VII A, con el número 55.481.

Apenas regresó, Furières se puso en contacto con Corbin, que se encontraba en la zona libre, y entre los dos empezaron a reorganizar los departamentos del banco, dispersos por el país. La contabilidad estaba en Cahors; los valores, en Bayona, y el secretariado, enviado a Toulouse, en algún lugar entre Niza y Perpiñán. En cuanto a la cartera, nadie sabía qué había sido de ella.

– Es un caos, un desbarajuste, un follón monumental -le dijo Corbin a Furières la mañana de su reencuentro.

Había cruzado la línea de demarcación durante la noche y recibido a Furières en su casa, en su piso parisino, del que los criados habían huido durante el éxodo. El banquero sospechaba que se habían llevado unas maletas completamente nuevas y su frac, lo que no hacía más que aumentar su patriótico furor:

– Usted me conoce. No soy un sensiblero. Pues bien, amigo mío, cuando vi al primer alemán en la frontera, casi me echo a llorar como un niño. Eso sí, un alemán muy correcto, no con esa desfachatez tan francesa, ya sabe, ese aire que parece decir: «¡Con la de veces que hemos comido en el mismo plato!» No, realmente muy correcto: su saludito, una actitud firme pero sin rigidez, muy correcto… Pero ¿qué le parece todo esto, eh? ¿Qué le parece? ¡Menudos oficiales tenemos!

– Permítame -replicó Furières con sequedad-, pero no veo qué se les puede reprochar a los oficiales. ¿Qué quería que hiciéramos sin armas y con hombres flojos y comodones que lo único que querían es que los dejaran en paz de una puñetera vez? Para empezar, que nos hubieran dado hombres.

– Vaya, pues lo que ellos dicen es: «¡No teníamos quien nos mandara!» -repuso Corbin, encantado de humillar a Furières-. Y, entre nosotros, amigo mío, se han visto escenas lamentables…

– Sin los civiles, sin los caguetas, sin esa turba de refugiados que obstruía las carreteras, puede que hubiéramos tenido alguna posibilidad.

– ¡Sí, en eso le doy toda la razón! El pánico ha sido vergonzoso. La gente es increíble. Se les repite durante años: «La guerra total, la guerra total…» Deberían haber estado preparados… ¡Pues no! Enseguida, el pánico, el desorden, la huida… ¿Y por qué? Dígamelo usted. ¡Qué insensatez! Yo me marché porque los bancos recibimos la orden de partir, que si no, como usted comprenderá…

– Lo de Tours debió de ser terrible…

– ¡Terrible, terrible! Pero por la misma razón: la ola de refugiados. No encontré una habitación libre en los alrededores, así que tuve que alojarme en la ciudad, y naturalmente nos bombardearon y le prendieron fuego a todo -explicó Corbin pensando con indignación en la casita de campo en que se habían negado a alojarlo porque ya tenían a unos refugiados belgas que no habían sufrido ningún daño, mientras que él había estado a punto de quedar sepultado bajo los escombros-. Y en ese desorden -prosiguió el banquero- nadie pensaba más que en sí mismo. Qué egoísmo… ¡Eso no da una idea muy optimista del hombre, no señor! En cuanto a sus empleados, se han comportado de un modo lamentable. Ni uno solo fue capaz de reunirse conmigo en Tours. Perdieron el contacto los unos con los otros. Había recomendado a todos los departamentos que no se separaran. ¡Como quien oye llover! Los unos están en el sur y los otros en el norte. No se puede contar con nadie. En situaciones como ésta es cuando cada cual demuestra su valía, su empuje, su iniciativa, sus agallas. ¡Un hatajo de ineptos, se lo digo yo! ¡Un hatajo de ineptos que no piensan más que en salvar el pellejo, que no se preocupan ni de la empresa ni de mí! Así que más de uno va a ir de patitas a la calle, se lo garantizo. Además, no preveo mucho negocio.

La conversación derivó hacia un terreno más técnico, lo que les devolvió la sensación de su importancia, un tanto debilitada por los últimos acontecimientos.

– Un grupo alemán va a volver a comprar las Acerías del Este -dijo Corbin-. Por ese lado no estamos en mala posición. Es cierto que el asunto de los muelles de Ruán…

El rostro del banquero se ensombreció. Furières tenía que marcharse. Su anfitrión quiso acompañarlo y, al llegar al salón, que tenía los postigos cerrados, accionó el interruptor; pero la luz no se encendió. Corbin soltó una maldición.

– ¡Me han cortado la luz! Los muy cabrones…

«Mira que llega a ser vulgar», pensó el conde.

– Haga una llamada y enseguida se lo arreglarán -le aconsejó-. El teléfono funciona.

– ¡Es que no se imagina la desorganización que hay en esta casa! -dijo Corbin ahogándose de furia-. ¡Los criados han puesto tierra de por medio, amigo mío! Como lo oye. ¡Todos! Y me extrañaría que no le hubieran metido mano a la plata. Mi mujer no está. Me encuentro perdido en medio de todo este caos…

– ¿Su señora está en zona libre?

– Sí -gruñó Corbin.

Su mujer y él habían tenido una escena lamentable: en el caos y la precipitación de la huida, o tal vez con toda intención, la doncella había guardado en el neceser de viaje de la señora Corbin un pequeño portarretratos perteneciente al señor y que contenía una foto de Arlette desnuda. Seguramente, el desnudo por sí solo no habría soliviantado a la legítima, que era una persona de mucho sentido común; pero la bailarina llevaba un collar magnífico.

– ¡Te aseguro que es falso! -había exclamado el señor Corbin, descompuesto.

Su mujer no había querido creerlo. En cuanto a Arlette, no había vuelto a dar señales de vida. No obstante, se aseguraba que estaba en Burdeos y que se la veía a menudo en compañía de oficiales alemanes. El recuerdo aumentó el mal humor del señor Corbin, que hizo sonar el timbre con todas sus fuerzas.

– No tengo más que a la mecanógrafa -le explicó a Furières-, una chica a la que recogí en Niza. Más corta que el día de Navidad, pero bastante guapa. ¡Ah, es usted! -dijo de pronto volviéndose hacia la joven morena que acababa de entrar-. Me han cortado la luz, mire a ver qué puede hacer. Telefonee, grite y apáñeselas; luego me trae el correo.

– ¿El correo? ¿No lo han subido?

– No; está en la portería. Espabile. Tráigalo. ¿O es que cree que le pago por no hacer nada?

– Lo dejo, me da usted miedo -dijo Furières.

Corbin sorprendió la sonrisa levemente desdeñosa del conde; su cólera aumentó. «¡Cursi! ¡Sablista!», pensó, pero se limitó a responder:

– ¿Qué quiere usted? ¡Me sacan de mis casillas!

El correo incluía una carta de los Michaud. Se habían presentado en la central del banco en París, pero, como no habían sabido darles indicaciones precisas, habían escrito a Niza, desde donde habían reexpedido la carta que Corbin tenía en sus manos. En ella, los Michaud le solicitaban instrucciones y dinero. El difuso malhumor del banquero encontró el blanco perfecto.

– Pero… ¡habrase visto! ¡Son el colmo! ¡Estos dos son el colmo! Tú corre, echa los bofes, juégate el tipo por las carreteras de Francia, que mientras tanto el señor y la señora Michaud se toman unas agradables vacaciones en París, y encima tienen la caradura de exigir dinero. ¡Va usted a escribirles! -le ordenó a la aterrorizada mecanógrafa-. ¡Escriba, escriba!:


París, 25 de julio de 1940

Señor Maurice Michaud

Rue Rousselet 23 París VII°


Muy señor mío:

El pasado 11 de junio les dimos, tanto a usted como a la señora Michaud, la orden de incorporarse a su puesto en el lugar al que se había replegado la entidad, es decir, Tours. No ignora usted que, en estos momentos decisivos, todo empleado de banca, y en particular aquellos que como usted ocupan puestos de confianza, puede equipararse a un combatiente. Sabe perfectamente lo que en circunstancias como las presentes significa abandonar el puesto. El resultado de la ausencia de ambos ha sido la total desorganización de los departamentos que les habían sido confiados: el secretariado y la contabilidad. No es éste el único reproche que podemos dirigirles. Como sin duda recordarán, cuando, llegado el momento de pagar las gratificaciones del pasado 31 de diciembre, solicitaron ustedes ver aumentadas las suyas a tres mil francos, se les señaló que, pese a mi buena voluntad hacia sus personas, me resultaba imposible, por cuanto su rendimiento había sido mínimo en comparación con el que habíamos obtenido de sus predecesores. En estas condiciones, lamentando que hayan esperado tanto tiempo para ponerse en contacto con la dirección, consideramos la falta de noticias suyas hasta el día de hoy como una dimisión, tanto en lo que concierne a usted como en lo referente a la señora Michaud. Dicha dimisión, que es decisión exclusivamente suya y que no ha ido precedida por ningún aviso, no nos obliga a pagarles ninguna indemnización. No obstante, habida cuenta de su larga presencia en la entidad y de las extraordinarias circunstancias actuales, les concedemos, a título excepcional y puramente gracioso, una indemnización equivalente a dos meses de sus respectivos sueldos. Le adjuntamos la cantidad de… en un cheque barrado a su nombre del Banco de Francia, París. Sírvase acusar recibo en la debida forma y acepte nuestros respetuosos saludos.

Corbin


Aquella carta sumió a los Michaud en la desesperación. Sus ahorros no llegaban a los cinco mil francos, porque los estudios de Jean-Marie habían sido caros. Con los dos meses de indemnización y esa cantidad, apenas tenían quince mil francos, y debían dinero al recaudador. En esos momentos era prácticamente imposible encontrar trabajo; los puestos escaseaban y estaban mal pagados. Por otro lado, siempre habían vivido aislados; no tenían parientes ni nadie a quien pedir ayuda. Estaban agotados por el viaje y angustiados por la incertidumbre sobre la situación de su hijo. A lo largo de una vida no exenta de penurias, más de una vez, cuando Jean-Marie era pequeño, la señora Michaud había pensado: «Si tuviera la edad de salir adelante solo, nada me afectaría realmente.» Sabía que era fuerte y estaba sana, se sentía con ánimos, no temía por ella ni por su marido, del que no se habría separado ni con el pensamiento.

Ahora Jean-Marie era un hombre. Dondequiera que estuviese, si es que seguía vivo, ya no la necesitaba. Pero eso no le servía de consuelo. Para empezar, no podía imaginar que su niño no la necesitara. Y al mismo tiempo comprendía que ahora era ella la que lo necesitaba a él. Toda su valentía la había abandonado; veía la fragilidad de Maurice; se sentía sola, vieja, enferma. ¿Cómo iban a arreglárselas para encontrar trabajo? ¿De qué vivirían cuando hubieran gastado aquellos quince mil francos? Ella tenía cuatro joyas de nada: las amaba. «No valen nada», se decía siempre, pero en el fondo de su corazón no podía creer que aquel pequeño broche de perlas tan bonito, o aquel modesto anillo adornado con un rubí, regalos de Maurice en sus años jóvenes y que tanto le gustaban, no pudieran venderse a un buen precio. Se los ofreció a un joyero del barrio y, a continuación, a un gran establecimiento de la rue de la Paix. Ambos los rechazaron: el broche y la sortija eran trabajos finos, pero a los joyeros sólo les interesaban las piedras, y aquéllas eran tan pequeñas que no salía a cuenta comprarlas. En su fuero interno, la señora Michaud se alegró de poder conservar sus joyas, pero el hecho estaba ahí: eran su único recurso. Y el mes de julio ya había pasado, llevándose un buen pellizco de sus ahorros. Al principio, los dos pensaron en ir a ver a Corbin, explicarle que habían hecho todo lo que estaba en sus manos por llegar a Tours y decirle que, si persistía en despedirlos, al menos les debía la indemnización prevista para esos casos. Pero conocían demasiado bien al banquero para no saber que estaban indefensos ante él. No tenían los medios necesarios para demandarlo, y Corbin no se dejaba intimidar así como así. Además, sentían una invencible repugnancia a tratar con aquel hombre, al que detestaban y despreciaban.

– No puedo hacerlo, Jeanne. No me lo pidas, no puedo -decía Maurice con su suave y débil voz-. Creo que si lo tuviera delante le escupiría a la cara, y eso no arreglaría las cosas.

– No -reconoció Jeanne sonriendo a su pesar-. Pero estamos en una situación desesperada, cariño mío. Es como si fuéramos hacia un enorme agujero y a cada paso viéramos cómo disminuye la distancia, sin poder hacer nada para escapar. Es insoportable.

– Pues tendremos que soportarlo -respondió él con voz tranquila, en el mismo tono que había utilizado en 1916 cuando lo hirieron y ella fue a verlo al hospita «Considero que mis probabilidades de curación son de cuatro sobre diez.» Pero se lo había pensado mejor y rectificado: «Tres y media, para ser exacto.»

Jeanne le puso la mano en la frente con dulzura, con ternura, pensando con desesperación: «¡Ah, si Jean-Marie estuviera aquí nos protegería, nos salvaría! El es joven, es fuerte…» En su interior, se mezclaban de un modo curioso la necesidad de proteger de la madre y la necesidad de protección de la mujer. «¿Dónde estará mi pobre pequeño? ¿Estará vivo? ¿Estará bien? ¡No puede ser, Dios mío, no puede ser que esté muerto!», se dijo, y el corazón se le heló en el pecho al comprender que, por el contrario, era muy posible. Las lágrimas que había contenido valerosamente durante tantos días brotaron de sus ojos.

– Pero ¿por qué siempre nos toca sufrir a nosotros y a la gente como nosotros? -exclamó con rabia-. A la gente normal, a la clase media. Haya guerra, baje el franco, haya paro o crisis, o una revolución, los demás salen adelante. ¡A nosotros siempre nos aplastan! ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho? Pagamos por todo el mundo. ¡Claro, a nosotros nadie nos teme! Los obreros se defienden y los ricos son fuertes. Pero nosotros, nosotros somos los que pagamos los platos rotos. ¡Que alguien me diga por qué! ¿Qué ocurre? No lo entiendo. Tú eres un hombre, tú deberías comprenderlo -le espetó a Maurice, colérica, sin saber a quién culpar de la situación en que se encontraban-. ¿Quién se equivoca? ¿Quién tiene razón? ¿Por qué Corbin? ¿Por qué Jean-Marie? ¿Por qué nosotros?

– Pero ¿qué quieres comprender? No hay nada que comprender -dijo Maurice tratando de calmarla-. El mundo está regido por leyes que no se han hecho ni para nosotros ni contra nosotros. Cuando estalla una tormenta, no le echas la culpa a nadie; sabes que el rayo es el resultado de dos electricidades contrarias, que las nubes no te conocen. No puedes hacerles ningún reproche. Además, sería ridículo, no lo entenderían.

– Pero no es lo mismo. Éstos son fenómenos puramente humanos.

– Sólo en apariencia, Jeanne. Parecen provocados por fulano o mengano, o por determinada circunstancia; pero ocurre como en la naturaleza: a un período de calma le sucede la tempestad, que tiene su comienzo, su punto culminante y su final, y a la que siguen otros períodos de tranquilidad más o menos largos. Por desgracia para nosotros, hemos nacido en un siglo de tempestades, eso es todo. Pero al final se apaciguarán.

– Vale -murmuró ella, que no quería seguirlo por aquel terreno abstracto-. Pero ¿y Corbin? Corbin no es una fuerza de la naturaleza, ¿verdad?

– Es una especie dañina, como los escorpiones, las serpientes y las setas venenosas. En el fondo, parte de la culpa es nuestra. Siempre hemos sabido cómo era Corbin. ¿Por qué seguimos trabajando para él? Uno no toca las setas venenosas, ¿verdad?; pues, del mismo modo, hay que alejarse de las malas personas. Ha habido muchas ocasiones en las que, con un poco de decisión y sacrificio, habríamos podido encontrar otro medio de vida. Recuerda que cuando éramos jóvenes me ofrecieron una plaza de profesor en São Paulo, pero tú no quisiste que me marchara.

– Esa es una historia muy vieja -respondió Jeanne encogiéndose de hombros.

– No, yo sólo decía que…

– Sí, decías que no hay que culpar a la gente. Pero también has dicho que si te encontraras con Corbin le escupirías a la cara.

Siguieron discutiendo, no porque esperaran, ni siquiera desearan, convencer al otro, sino porque hablando se olvidaban un poco de sus problemas.

– ¿A quién podríamos acudir? -preguntó Jeanne al fin.

– ¿Todavía no has comprendido que a nadie le importa nadie? ¿Aún no?

Jeanne lo miró.

– Qué extraño eres, Maurice… Te han pasado cosas como para estar amargado y desencantado, y sin embargo no eres infeliz, quiero decir, interiormente. ¿Me equivoco?

– No.

– Pero entonces, ¿qué te consuela?

– La certeza de mi libertad interior -respondió Maurice tras un instante de reflexión-, que es un bien precioso e inalterable, y de que conservarlo o perderlo sólo depende de mí. De que las pasiones llevadas hasta el extremo, como ahora, acaban por apagarse. De que lo que ha tenido un comienzo tendrá un final. En una palabra, de que las catástrofes pasan y hay que procurar no pasar antes que ellas, eso es todo. Así que lo primero es vivir: Primum vivere. Día a día. Vivir, esperar, confiar.

Jeanne lo escuchó sin interrumpirlo. De pronto, se levantó y cogió el sombrero, que había dejado sobre la chimenea. Maurice la miró sorprendido.

– ¡Y yo -exclamó ella- digo que «a Dios rogando y con el mazo dando»! Así que me voy a ver a Furières. Siempre se ha portado muy bien conmigo y nos ayudará, aunque sólo sea para fastidiar a Corbin.

No se equivocaba. Furières la recibió y le prometió que su marido y ella recibirían una indemnización equivalente a seis meses de sus respectivos salarios, lo que elevaba su capital a sesenta mil francos.

– ¿Lo ves? Me he espabilado, y Dios me ha ayudado -le dijo a su marido al volver a casa.

– ¡Y yo he esperado! -respondió él sonriendo-. Los dos teníamos razón.

Ambos estaban muy contentos por el resultado de la gestión, pero sentían que ahora su mente, liberada de la preocupación por el dinero, al menos en el futuro inmediato, se dejaría invadir totalmente por la angustia por su hijo.


29

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En otoño, Charles Langelet volvió a casa. Las porcelanas habían sobrevivido al viaje. El mismo vació las grandes cajas temblando de alegría al tocar, bajo el serrín y el papel de seda, la lisa frescura de una estatuilla de Sèvres o el jarrón rosa heredado de su familia. Apenas podía creer que estuviera en casa, que hubiera regresado junto a sus posesiones. De vez en cuando, levantaba la cabeza y contemplaba la deliciosa curva del Sena a través de la ventana, cuyos cristales conservaban los sinuosos adornos de papel engomado.

A mediodía, la portera subió a hacer la limpieza; Charlie todavía no había contratado criados. Felices o desgraciados, los acontecimientos extraordinarios no cambian el alma de un hombre, sino que la precisan, como un golpe de viento que se lleva las hojas muertas y deja al desnudo la forma de un árbol; sacan a la luz lo que permanecía en la oscuridad y empujan el espíritu en la dirección en que seguirá creciendo. Charlie siempre había sido muy prudente con el dinero. Al regreso del éxodo, descubrió que se había vuelto avaro; experimentaba auténtico placer ahorrando todo lo que podía, y se daba cuenta, porque también se había vuelto cínico. Antes no se le habría ocurrido instalarse en una casa desorganizada y llena de polvo; la mera idea de ir al restaurante el mismo día de su regreso le habría hecho renunciar. Pero últimamente le habían ocurrido tantas cosas que ya no se asustaba de nada. Cuando la portera le dijo que, de todos modos, no podría acabar de hacer la limpieza ese día, que el señor no se daba cuenta de la faena que había, Charlie, con voz suave pero firme, le respondió:

– Ya se las arreglará, señora Logre. Trabaje un poco más rápido, y ya está.

– Rápido y bien no siempre van unidos, señor.

– Esta vez tendrán que ir. Se acabaron los tiempos de la comodonería-replicó Charlie con severidad-. Volveré a las seis. Espero que esté todo listo -añadió.

Y, tras lanzar una mirada majestuosa a la portera, que se aguantó la rabia y no replicó, y echar un último y tierno vistazo a sus porcelanas, se marchó. Mientras bajaba la escalera, calculó lo que se ahorraba; ya no tendría que pagarle el almuerzo a la señora Logre. Durante algún tiempo se ocuparía de él dos horas al día; cuando estuviera hecho lo más importante, el piso no necesitaría más que un poco de mantenimiento. Entretanto, buscaría tranquilamente a sus criados, un matrimonio, sin duda. Hasta entonces siempre había tenido un matrimonio, ayuda de cámara y cocinera.

Fue a almorzar a un pequeño restaurante que conocía frente a los muelles del Sena. Dadas las circunstancias, no comió del todo mal. Además, él no era glotón; pero bebió un vino excelente. El dueño le susurró al oído que aún tenía un poco de café auténtico en reserva. Charlie encendió un cigarro y se dijo que la vida era buena. Es decir, no, no era buena; no había que olvidar la derrota de Francia y todos los sufrimientos y humillaciones que llevaba aparejados; pero para él, Charles Langelet, era buena, porque se la tomaba como venía, no se lamentaba por el pasado ni le temía al futuro.

«El futuro será lo que tenga que ser. Me preocupa tanto como esto», se dijo dejando caer la ceniza del cigarro. Tenía su dinero en América, y era una suerte que estuviera bloqueado, porque eso le permitía obtener una disminución de impuestos, o incluso no pagar absolutamente nada. El franco seguiría a la baja durante mucho tiempo. Así que, cuando pudiera tocarla, su fortuna se habría decuplicado. En cuanto a los gastos ordinarios, hacía tiempo que se había preocupado de tener una reserva. Estaba prohibido comprar o vender oro, que ya alcanzaba precios astronómicos en el mercado negro. Charlie recordó con asombro el ataque de pánico que le había inspirado la idea de irse a vivir a Portugal o América del Sur. Algunos de sus amigos lo habían hecho, pero él no era ni judío ni masón, gracias a Dios, se dijo con una sonrisa de desprecio. Nunca le había interesado la política, así que no veía por qué no iban a dejarlo en paz, siendo como era un pobre hombre la mar de tranquilo, totalmente inofensivo, que no se metía con nadie y al que lo único que le importaba en esta vida eran sus porcelanas. Ya más en serio, se dijo que ése era precisamente el secreto de su felicidad en medio de tantos sobresaltos. No amaba nada, al menos nada vivo que el tiempo pudiera alterar y la muerte llevarse; había acertado no casándose, no queriendo tener hijos… Qué equivocados estaban los demás, Dios mío. El único sensato era él.

Pero, volviendo a aquel absurdo plan de expatriarse, lo cierto era que se lo había inspirado la curiosa, la peregrina idea de que en el corto lapso de unos días el mundo cambiaría y se convertiría en un infierno, en el escenario de los peores horrores. Pues bien, ¡todo seguía igual! Se acordó de la Historia Sagrada y la descripción de la tierra antes del Diluvio. ¿Cómo era? ¡Ah, sí! Los hombres construían, se casaban, comían, bebían… Bueno, pues el Libro Sagrado estaba incompleto. Debería añadir: «Las aguas del diluvio se retiraron y los hombres siguieron construyendo, casándose, comiendo, bebiendo…» De todas maneras, los hombres eran lo de menos. Lo que había que preservar eran las obras de arte, los museos, las colecciones. Lo terrible de la guerra de España era que hubieran dejado que las obras de arte perecieran; pero en Francia lo esencial se había salvado, excepto algunos castillos del Loira, desgraciadamente. Era imperdonable, desde luego, pero el vino que había bebido estaba tan bueno que se sentía inclinado al optimismo. Después de todo, había ruinas que eran muy hermosas. En Chinon, por ejemplo. ¿Qué más admirable que aquella sala sin techo y aquellas paredes que habían albergado a Juana de Arco, en las que ahora anidaban los pájaros y en una de cuyas esquinas había crecido un cerezo silvestre?

Finalizado el almuerzo, Charlie decidió dar un paseo, pero las calles le parecieron tristes. Apenas había coches, reinaba un silencio sobrecogedor y se veían ondear grandes estandartes rojos con la cruz gamada por todas partes… Unas mujeres hacían cola ante la puerta de una lechería. Era la primera guerra que veía Charlie. La gente tenía un aspecto deprimente. Se apresuró a coger el metro, único medio de transporte disponible, para ir a un bar que frecuentaba muy regularmente a la una del mediodía o a las siete de la tarde. ¡Qué remansos de paz, esos bares! Eran muy caros y su clientela estaba formada por hombres ricos y más que maduros, a los que no les había afectado ni la movilización ni la guerra. Charlie estuvo un rato solo, pero hacia las seis y media fueron llegando todos, todos los antiguos parroquianos, sanos y salvos, con un aspecto inmejorable y una sonrisa en los labios, acompañados de mujeres encantadoras, bien vestidas y mejor maquilladas, tocadas con unos sombreritos muy coquetos.

– Pero ¡Charlie! ¿De verdad eres tú? -exclamaban-. ¿Qué, ya de vuelta? ¿Muy cansado del viaje?

– París está horrible, ¿verdad?

Y casi enseguida, como si se hubieran reencontrado después del más pacífico, del más normal de los veranos, iniciaban una de esas conversaciones animadas y ligeras que todo lo rozan y en nada profundizan, y a las que Charlie exhortaba al grito de: «¡A otra cosa, señores, nada de honduras!» Entre otras noticias, se enteró de la muerte o la captura de varios jóvenes.

– ¿Cómo? ¡No es posible! -exclamó-. ¡Vaya! No tenía la menor idea… ¡Es terrible! ¡Pobres chicos!

El marido de una de aquellas señoras estaba prisionero en Alemania.

– Recibo noticias suyas con bastante regularidad. No está mal, pero el aburrimiento, ¿sabe usted?… Espero conseguir que lo liberen pronto.

Poco a poco, charlando y escuchando, Charlie iba recuperando el ánimo y el buen humor que el espectáculo de las calles de París había conseguido quitarle por unos instantes; pero lo que acabó de levantarle la moral fue el sombrero de una mujer que acababa de entrar. Todas las señoras iban bien vestidas, pero con una sencillez un tanto afectada que parecía decir: «No piense que una se arregla… Para empezar, no hay dinero, y además no es el momento. Estos son trapos viejos.» En cambio, aquélla llevaba, con gracia, con desparpajo, con una alegría insolente, un delicioso sombrerito nuevo, apenas más grande que un servilletero, hecho con dos pieles de cibelina cosidas entre sí y un velito rojo que flotaba sobre sus cabellos de oro. Cuando vio aquella monería, Charlie se sintió totalmente reconfortado. Era tarde; quería pasar por casa antes de cenar. Había llegado el momento de marcharse, pero no se decidía a separarse de sus amigos.

– ¿Y si cenamos juntos? -propuso alguien.

– Excelente idea -respondió Charlie, entusiasmado; como se parecía a los gatos, que enseguida le cogen cariño a los sitios donde los tratan bien, habló a sus amigos del pequeño restaurante en que tan a gusto había almorzado-. Lo malo es que hay que coger el metro. ¡Peste de metro! Te amarga la vida…

– Yo he podido conseguir gasolina, un permiso… No me ofrezco a llevarlo porque le he prometido a Nadine que la esperaría -dijo la mujer del sombrerito nuevo.

– Pero ¿cómo se las arregla usted? ¡Qué extraordinario, desenvolverse tan bien!

– ¡Bah, no es para tanto! -respondió la mujer sonriendo.

– Entonces, a ver… Quedamos dentro de una hora, hora y cuarto.

– ¿Quiere que pase a recogerlo?

– No, gracias, es usted muy amable, pero está a dos pasos de mi casa.

– No se fíe, mi querido amigo. Ya es de noche. Para eso son muy estrictos.

«¡Pues sí, qué tinieblas!», pensó Charlie cuando emergió del cálido e iluminado sótano a la oscuridad de la calle. Estaba lloviendo; era una noche de otoño de las que tanto le gustaban en otros tiempos, pero entonces el horizonte estaba envuelto en un halo de luz. Ahora todo estaba siniestramente oscuro, como en el interior de un pozo. Por suerte, la boca de metro quedaba cerca.

En casa, Charlie encontró a la señora Logre, que todavía no había acabado y en esos momentos estaba barriendo el piso con expresión abstraída y sombría. Pero el salón estaba listo. Charlie decidió colocar una estatuilla de Sèvres que representaba a Venus ante el espejo, una de sus favoritas, sobre la reluciente superficie de la mesa Chippendale. La sacó de la caja, le quitó el papel de seda que la envolvía y la contempló amorosamente; pero, cuando la llevaba hacia la mesa, llamaron a la puerta.

– Vaya a ver quién es, señora Logre.

La portera salió y, al cabo de unos instantes, regresó diciendo:

– Señor, he hecho correr la voz de que necesita usted criados, y la portera del número seis me envía a una persona que busca colocación. -Y, como Charlie dudaba, añadió-: Es una persona muy seria que ha sido doncella en casa de la señora condesa Barral du Jeu. Luego se casó y dejó de servir, pero ahora su marido está prisionero y ella necesita ganarse la vida. El señor verá.

– Bueno, hágala entrar -dijo Langelet dejando la estatuilla en un velador.

La mujer, visiblemente deseosa de agradar, se presentó de un modo muy correcto, con una actitud prudente y modesta, pero sin servilismos. Era evidente que había servido en buenas casas y que le habían enseñado bien. Mentalmente, Charlie le reprochó que estuviera fuerte; prefería las doncellas pequeñas y enjutas de carnes. Pero aparentaba unos treinta y cinco o cuarenta años, una edad perfecta para una criada, una edad en la que ya se ha dejado de correr detrás de los hombres, pero aún se tiene suficiente salud y fuerza para proporcionar un servicio satisfactorio. Tenía cara redonda y hombros anchos, y vestía con sencillez pero de forma digna; saltaba a la vista que el sombrero y el abrigo eran prendas desechadas por una antigua señora.

– ¿Cómo se llama? -le preguntó Charlie, favorablemente impresionado.

– Hortense Gaillard, señor.

– Muy bien. ¿Busca colocación?

– Verá, señor, hace dos años dejé a la señora condesa Barral du Jeu para casarme. Ya no pensaba volver al servicio doméstico, pero mi marido, que estaba movilizado, fue hecho prisionero, y como el señor comprenderá tengo que ganarme la vida. Mi hermano está parado, con una mujer enferma y una criatura, y depende de mí.

– Comprendo. Yo estaba buscando un matrimonio…

– Lo sé, señor, pero ¿no podría servirle yo? Era primera doncella en casa de la señora condesa y antes serví con la madre de la señora condesa, como cocinera. Podría ocuparme de la cocina y la casa.

– Sí, muy interesante -murmuró Charlie, pensando que era un arreglo muy ventajoso. Naturalmente, quedaba la cuestión del servicio de la mesa. De vez en cuando tenía invitados, aunque ese invierno no esperaba recibir demasiado-. ¿Sabe usted planchar la ropa delicada de caballero? A ese respecto soy muy exigente, se lo advierto.

– Yo era quien planchaba las camisas del señor conde.

– ¿Y la cocina? Como a menudo en el restaurante. Necesito una cocina sencilla pero cuidada.

– Si el señor quiere ver mis referencias…

La mujer las sacó de un bolso de piel de imitación y se las tendió. Charlie leyó una tras otra; estaban redactadas en los términos más elogiosos: trabajadora, perfectamente adiestrada, de una honradez a toda prueba, con muy buena mano para la cocina e incluso la pastelería.

– ¿También la pastelería? Eso está muy bien. Creo, Hortense, que conseguiremos entendernos. ¿Estuvo mucho tiempo con la señora condesa Barral du Jeu?

– Cinco años, señor.

– Y esa señora, ¿está en París? Comprenderá que prefiera informarme personalmente…

– Lo comprendo perfectamente, señor. La señora condesa está en París. ¿Quiere el señor su número de teléfono? Auteuil tres ocho uno cuatro.

– Gracias. Señora Logre, por favor, tome nota. ¿Y respecto al sueldo? ¿Cuánto le gustaría ganar?

Hortense pidió seiscientos francos. Él le ofreció cuatrocientos cincuenta. Hortense se lo pensó. Sus negros, vivos y perspicaces ojillos habían penetrado hasta el alma de aquel señorito prepotente y cebón. «Roñica, chinchorrero -pensó-. Pero me las arreglaré.» Además, el trabajo escaseaba.

– No puedo aceptar menos de quinientos cincuenta -dijo con decisión-. Compréndalo, señor. Tenía algunos ahorros, pero me los comí durante ese espantoso viaje.

– ¿Se marchó de París?

– Durante el éxodo, sí, señor. Nos bombardearon y todo, por no mencionar que casi nos morimos de hambre por el camino. El señor no sabe lo duro que fue…

– Sí que lo sé, sí -respondió Charlie suspirando-. Hice lo mismo que usted. ¡Ah, qué acontecimientos tan tristes! Entonces, quedamos en quinientos cincuenta. Mire, acepto porque creo que usted los vale. Ahora bien, para mí la honradez es fundamental.

– ¡Por Dios, señor! -exclamó Hortense en un tono discretamente escandalizado, como si semejante afirmación hubiera sido injuriosa en sí misma.

Pero, con una sonrisa tranquilizadora, Charlie se apresuró a hacerle comprender que sólo lo había dicho por principio, que ni por un momento ponía en duda su absoluta probidad y que, además, la sola idea de una indelicadeza le resultaba tan insoportable a su mente que no podía pararse a pensar en ella.

– Espero que sea usted hábil y cuidadosa. Poseo una colección a la que tengo en gran estima. No dejo que nadie les quite el polvo a las piezas más valiosas, pero esa vitrina de ahí, por ejemplo, quedará a su cuidado.

Como Charlie parecía invitarla a hacerlo, Hortense echó un vistazo a las cajas a medio vaciar.

– El señor tiene cosas muy bonitas. Antes de entrar al servicio de la madre de la condesa, trabajé para un norteamericano, el señor Mortimer Shaw. Él coleccionaba marfiles.

– ¿Mortimer Shaw? ¡Qué casualidad! Lo conozco bastante, es un gran anticuario.

– Se había retirado de los negocios, señor.

– ¿Y estuvo mucho tiempo con él?

– Cuatro años. Y ésos son todos los sitios en que he servido.

Charlie se levantó y, mientras acompañaba a Hortense a la puerta, en tono alentador le dijo:

– Venga mañana a buscar una respuesta definitiva, ¿le parece? Si las referencias de viva voz son tan buenas como las escritas, de lo que no dudo ni por un instante, dese por contratada. ¿Cuándo podría empezar?

– El mismo lunes, si el señor quiere.

Una vez solo, Charlie se apresuró a cambiarse el cuello y los puños y lavarse las manos. En el bar había bebido bastante. Se sentía extraordinariamente ligero y satisfecho de sí mismo. En lugar de llamar el ascensor, que era un trasto viejo y lento, bajó las escaleras con juvenil agilidad. Iba al encuentro de amigos agradables y de una mujer encantadora, contento porque iba a hacerles conocer aquel pequeño restaurante que había descubierto.

«Me pregunto si aún tendrán aquel borgoña», se dijo. La enorme puerta cochera con hojas de madera esculpida con sirenas y tritones (una maravilla declarada de interés artístico por la Comisión de Monumentos Históricos de París) se abrió y volvió a cerrarse tras él con un sordo y quejumbroso chirrido. Una densa tiniebla lo envolvió apenas traspuso el umbral; pero Charlie hizo caso omiso y, alegre y despreocupado como a los veinte años, cruzó la calle en dirección a los muelles. Se le había olvidado coger la linterna, «pero conozco el barrio como la palma de mi mano -pensó-. No tengo más que seguir el Sena y cruzarlo por el Pont-Marie. No creo que haya mucha circulación». Pero, en el mismo momento en que pronunciaba mentalmente esas palabras, vio aparecer un coche que se acercaba a toda velocidad y cuyos faros, pintados de azul como mandaban las ordenanzas, arrojaban un débil y lúgubre resplandor. Sorprendido, dio un paso atrás, resbaló, notó que perdía el equilibrio, agitó los brazos en el aire y, al no encontrar nada a qué agarrarse salvo el vacío, cayó. El vehículo hizo un extraño zigzag, y una voz de mujer gritó angustiada:

– ¡Cuidado! Demasiado tarde.

«¡Estoy perdido, va a atropellarme! Haber sobrevivido a tantos peligros para acabar así es demasiado… demasiado idiota… Se han burlado de mí… Alguien en algún sitio me está jugando esta grotesca y espantosa pasada…» Como un pájaro que, asustado por un disparo, se aleja de su nido y desaparece, aquel último pensamiento consciente cruzó la mente de Charlie y la abandonó al mismo tiempo que la vida. El alerón del coche le dio de lleno en la cabeza y le destrozó el cráneo. La sangre y la masa encefálica brotaron con tal fuerza que salpicaron a la conductora, una atractiva señora tocada con un sombrerito del tamaño de un servilletero hecho con dos pieles de cibelina cosidas entre sí y un velito rojo que flotaba sobre sus cabellos de oro: Arlette Corail, que había regresado de Burdeos hacía una semana y ahora miraba el cadáver aterrada, murmurando:

– ¡Qué mala pata, Dios mío! ¡Pero qué mala pata!

Era una mujer precavida: llevaba una linterna. Examinó el rostro del hombre, o lo que quedaba de él, y reconoció a Charlie Langelet: «¡Pobre viejo! Yo iba deprisa, sí, pero ¿no podía prestar atención, el muy imbécil? ¿Y ahora qué hago?»

No obstante, recordó que el seguro, el permiso y todo lo demás estaba en orden, y conocía a alguien influyente que arreglaría cualquier cosa por hacerle un favor. Más serena, pero con el corazón todavía palpitante, se sentó en el estribo del coche para tranquilizarse, encendió un cigarrillo, volvió a empolvarse la cara con manos temblorosas y, al cabo de unos instantes, fue en busca de ayuda.


La señora Logre, que por fin había acabado el despacho y la biblioteca, volvió al salón para desenchufar la aspiradora. Al hacerlo, el mango del aparato golpeó la mesa sobre la que descansaba la Venus del espejo. La portera ahogó un grito al ver cómo la estatuilla se estampaba contra el parquet. Venus se hizo añicos la cabeza.

La mujer se secó la frente con el delantal y dudó unos instantes. Luego, dejando la estatuilla donde estaba, con pasos rápidos y silenciosos, sorprendentes en alguien tan grueso, guardó la aspiradora en su sitio y abandonó el piso.

– En fin, le diré que se ha abierto la puerta y la corriente ha tirado la estatua. También es culpa suya. ¿Por qué la ha dejado al borde de la mesa? Además, ¡que diga lo quiera y que reviente! -gruñó colérica.


30

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Si a Jean-Marie le hubieran dicho que un día se encontraría en una aldea perdida, lejos de su regimiento, sin dinero, sin posibilidad de contactar con sus padres, sin saber si estaban sanos y salvos en París o yacían en el fondo de un agujero de obús al borde de una carretera, como tantos otros, si le hubieran dicho, sobre todo, que Francia, aun derrotada, seguiría viviendo e incluso conocería momentos felices, no lo habría creído. Pero así era. La misma magnitud del desastre, lo que tenía de irreparable, llevaba aparejado cierto consuelo, como algunos potentes venenos contienen su antídoto. Todos los males que padecía eran irremediables. No podía hacer que la línea Maginot no hubiera sido eludida o rota (no se sabía con certeza), que no hubiera dos millones de soldados prisioneros, que Francia no hubiera sido vencida. No podía hacer funcionar el servicio de correos, el telégrafo o el teléfono, ni conseguir gasolina y un coche para recorrer los veintiún kilómetros que lo separaban de la estación, por la que de todas formas no pasaban trenes ya que la vía estaba destrozada. No podía ir andando hasta París, porque había sido gravemente herido y apenas estaba empezando a levantarse. No podía pagar a sus anfitriones, porque no tenía dinero ni modo de conseguirlo. Todo era superior a sus fuerzas, de modo que sólo podía quedarse tranquilamente donde estaba y esperar.

Esa sensación de absoluta dependencia del mundo exterior le hacía sentir una especie de paz. Ni siquiera tenía ropa propia; su uniforme, desgarrado y medio quemado, estaba inutilizable. Llevaba una camisa caqui y el pantalón de repuesto de un mozo de la granja. Los zapatos los había comprado en el pueblo. No obstante, había conseguido que lo desmovilizaran cruzando clandestinamente la línea de demarcación y dando un domicilio falso, así que no corría peligro de que lo hicieran prisionero. Seguía viviendo en la granja, pero, ahora que estaba mejor, ya no dormía en la cama de la cocina. Le habían dado una habitación sobre el granero del heno. Por una ventana redonda veía un hermoso y apacible paisaje de campos, de fértiles tierras y bosques. Por la noche oía corretear los ratones por el techo y el zureo de las palomas en el palomar.

Una existencia de tan angustiosa incertidumbre sólo es soportable si se vive al día, si cuando cae la noche uno se dice: «Otras veinticuatro horas en las que no ha pasado nada especialmente grave, gracias a Dios. Veremos mañana.» Todos los que rodeaban a Jean-Marie pensaban así o al menos actuaban como si pensaran así. Se ocupaban de los animales, el heno o la mantequilla, y nunca mencionaban el mañana. Por supuesto, hacían planes para el futuro, plantaban árboles que darían frutos dentro de cinco o seis temporadas y engordaban el cerdo que se comerían al cabo de dos años, pero no podían confiar en el futuro inmediato. Cuando Jean-Marie les preguntaba si al día siguiente haría buen tiempo (la frase banal del parisino en vacaciones), le respondían: «Pues ¿qué quiere que le diga? Cualquiera sabe…» ¿Habría fruta? «Puede que haya una poca -decían mirando con desconfianza las pequeñas peras, verdes y duras, que crecían en las ramas protegidas por espalderas-. Pero a saber… Aún no se puede decir… Ya se verá.» La experiencia hereditaria de los caprichos del azar, de las heladas de abril, del granizo que apedrea los campos listos para la cosecha, de la sequía que agosta los huertos en julio, les inspiraba esa sensatez y esa parsimonia, lo que no obstaba para que cada día hicieran lo que hubiera que hacer. No eran simpáticos sino cabales, opinaba Jean-Marie, que apenas conocía el campo. Los Michaud eran gente de ciudad desde hacía cinco generaciones.

Los habitantes de la aldea eran hospitalarios y amables: los hombres, buenos conversadores; y las chicas, presumidas. Cuando se los conocía mejor, se descubrían muestras de aspereza, dureza e incluso maldad cuyo origen tal vez se encontrara en oscuras reminiscencias atávicas, odios y temores seculares, transmitidos por la sangre de generación en generación. Sin embargo, eran generosos. De lo contrario, la granjera no le habría regalado un huevo a una vecina. Cuando vendía un pollo, no perdonaba una perra; pero el día que Jean-Marie insinuó que estaba pensando en marcharse y alegó que no tenía dinero, que no quería ser una carga y que intentaría llegar andando a París, toda la familia lo escuchó en consternado silencio hasta que la madre, con una extraña dignidad, respondió:

– No hace falta hablar así, señor, nos ofende…

– Pero, entonces, ¿qué hago? -preguntó Jean-Marie, que todavía se sentía muy débil y estaba sentado junto a ella, inmóvil y con la cabeza entre las manos.

– No hay nada que hacer. Hay que esperar.

– Ya, bueno, el servicio de correos no tardará en funcionar… -murmuró el joven-. Y si mis padres están en París…

– Cuando llegue ese momento, ya se verá -dijo la mujer.

En ningún sitio habría sido tan fácil olvidarse del mundo. A falta de cartas y periódicos, el único vínculo con el resto del universo era la radio; pero a los campesinos les habían dicho que los alemanes les quitarían los aparatos, así que los habían escondido en el granero o en un viejo armario, o incluso enterrado en los campos con las escopetas de caza que no les habían requisado. La comarca estaba en zona ocupada, muy cerca de la línea de demarcación, pero las tropas alemanas se limitaban a atravesarla y no acantonaban en ella; además, sólo pasaban por el pueblo y nunca subían los dos empinados y pedregosos kilómetros de la cuesta. En las ciudades y en algunos departamentos empezaba a escasear la comida, pero allí era más abundante que nunca, porque los productos no se podían transportar y había que consumirlos. Jean-Marie no había comido tanta mantequilla, tanto pollo, tantas natillas y tantos melocotones en su vida. Se recuperaba rápidamente. Incluso estaba empezando a engordar, le decía la granjera, y en su bondad para con Jean-Marie había el vago deseo de negociar con el Todopoderoso, de ofrecerle una vida salvada a cambio de la que Él tenía entre sus manos; del mismo modo que cambiaba grano para las gallinas por huevos para la cría, intentaba trocar a Jean-Marie por su propio hijo. Jean-Marie lo comprendía, pero eso no disminuía en absoluto su gratitud hacia aquella anciana que tan bien lo había cuidado. Así que procuraba ser útil haciendo reparaciones en la vivienda y trabajando en el jardín.

A veces, las mujeres le hacían preguntas sobre la guerra, sobre esa guerra. Los hombres jamás. Los jóvenes se habían ido; sólo quedaban antiguos combatientes. Sus recuerdos estaban anclados en 1914. El pasado ya había tenido tiempo de filtrarse, de decantarse en su interior, de desprenderse de sus heces, de su veneno, de ser asimilado por las almas; en cambio, los acontecimientos recientes eran confusos y conservaban toda su ponzoña. Además, en el fondo del corazón creían que todo aquello era culpa de los jóvenes, que eran menos fuertes y menos pacientes que ellos y que se habían malacostumbrado en la escuela. Y como Jean-Marie era joven, evitaban educadamente verse obligados a juzgarlo a él y a los de su generación.

Así que todo se confabulaba para adormecer y tranquilizar al soldado, que iba recuperando las fuerzas y los ánimos. Estaba solo casi todo el día; era la época de las grandes labores del campo. Los hombres se marchaban con las primeras luces. Las mujeres se atareaban con los animales y en el lavadero. Jean-Marie se había ofrecido a ayudar, pero se le habían reído en la cara. «¡No se tiene en pie y quiere trabajar!» Así que dejaba la casa, cruzaba el corral entre el glugluteo de los pavos y bajaba hasta un pequeño prado rodeado por una cerca. Los caballos pacían: una yegua de pelo castaño dorado con dos potrillos café con leche de cortas y bastas crines negras. De vez en cuando se acercaban a olisquear las patas de la madre, que seguía pastando y agitando impacientemente la cola para espantar las moscas. A veces, uno de ellos volvía la cabeza hacia Jean-Marie, que se tumbaba junto a la cerca, lo observaba con sus negros y húmedos ojos y relinchaba alegremente. Jean-Marie no se cansaba de mirarlos. Le habría gustado escribir la historia imaginaria de aquellos hermosos potrillos, describir aquellos días de julio, aquella tierra, aquella granja, la guerra, a aquellas gentes, a sí mismo… Escribía con un trocito de lápiz que apenas lograba sostener en un pequeño cuaderno escolar que llevaba oculto junto al pecho. Algo en su interior lo inquietaba, llamaba a una puerta invisible, lo impulsaba a garrapatear. Haciéndolo, abría esa puerta, ayudaba a salir a lo que quería nacer. Luego, repentinamente, se desanimaba, se sentía descorazonado, cansado. Estaba loco. ¿Qué hacía allí, escribiendo estúpidas historietas, dejándose mimar por una granjera, cuando sus camaradas habían caído prisioneros, sus desesperados padres lo creían muerto, el porvenir era tan incierto y el pasado tan negro? Pero, mientras se lo preguntaba, uno de los potros se lanzaba alegremente a la carrera y de pronto se detenía, se revolcaba en la hierba, agitaba los cascos en el aire, restregaba el lomo contra el suelo y lo miraba con los ojos brillantes de ternura y malicia. Jean-Marie intentaba describir aquella mirada, buscaba las palabras con avidez, con impaciencia, con una extraña y grata ansiedad. No las encontraba, pero comprendía lo que sentía el potro, lo buena que estaba la fresca y crujiente hierba, lo pesadas que eran las moscas, el gesto libre y orgulloso con que alzaba el hocico, y trotaba, y coceaba… Escribía a vuelapluma unas cuantas frases incompletas y torpes; pero no era eso lo esencial, lo esencial llegaría. Cerraba el cuaderno y se quedaba quieto, con las manos abiertas y los ojos cerrados, cansado y feliz.

Cuando volvió, a la hora de la cena, comprendió al instante que durante su ausencia había ocurrido algo. El mozo había ido al pueblo a buscar pan; traía cuatro hermosas y doradas hogazas en forma de corona sujetas al manillar de la bicicleta. Las mujeres lo rodeaban. Al ver a Jean-Marie, una chica se volvió y le gritó:

– ¡Eh, señor Michaud! Estará contento… El correo ha vuelto a funcionar.

– No es posible… -murmuró Jean-Marie-. ¿Estás seguro, muchacho?

– Ya lo creo. La oficina está abierta y he visto gente leyendo cartas.

– Entonces subiré a escribir unas líneas a mi familia e iré a llevarlas al pueblo. Me dejarás la bicicleta, ¿verdad?

En el pueblo, no sólo echó la carta al correo, sino que también compró los periódicos, que acababan de llegar. ¡Qué extraño era todo! Se sentía como un náufrago que ha vuelto a su país, a la civilización, a la sociedad de sus semejantes. En la pequeña plaza, la gente leía las cartas llegadas con el correo de la tarde. Se veían mujeres llorando. Muchos prisioneros daban noticias sobre su paradero por primera vez, pero también los nombres de los camaradas caídos. Tal como le habían pedido en la granja, Jean-Marie preguntó si alguien sabía algo de Labarie hijo.

– ¡Ah! ¿Es usted el soldado que vive allí arriba? -respondieron las campesinas-. Nosotras no sabemos nada, pero ahora que llegan las cartas pronto nos enteraremos de dónde están nuestros hombres.

Una de ellas, una anciana que para bajar al pueblo se había puesto un sombrerito negro acabado en punta y adornado con una rosa de trapo que le pendía sobre la frente, dijo sollozando:

– A veces es mejor no saber nada. ¡Ojalá no hubiera recibido yo este maldito papel! Mi muchacho, que era marinero en el Bretagne, desapareció cuando los ingleses torpedearon el barco, dice aquí. ¡Qué desgracia tan grande!

– No hay que desesperar, mujer. Desaparecido no quiere decir muerto. ¡A lo mejor está prisionero en Inglaterra!

Pero, por más que le decían, la anciana no paraba de menear la cabeza y hacer temblar la flor artificial en su tallo de latón.

– ¡Que no, que no, mi pobre muchacho ha desaparecido! Qué desgracia tan grande…

Jean-Marie tomó el camino de la granja. Al final de la cuesta vio a Cécile y Madeleine, que habían salido a su encuentro.

– ¿Sabe algo de nuestro hermano? -le preguntaron a la vez-. ¿No le han dicho nada de Benoît?

– No, pero eso no significa nada. ¿Saben cuánto retraso lleva el correo?

La madre, por su parte, no preguntó nada. Se llevó la reseca y amarillenta mano a la frente para protegerse del sol y lo miró. Jean-Marie negó con la cabeza. La sopa estaba en los platos, los hombres habían vuelto del campo y todo el mundo se sentó a la mesa.

Acabada la cena, después de fregar los cacharros y barrer la sala, Madeleine fue al huerto por guisantes. Jean-Marie la siguió. Pensaba que no tardaría en marcharse de la granja y todo, a sus ojos, adquiría mayor belleza, mayor paz.

En los tres últimos días, el calor había apretado; sólo dejaba respirar cuando llegaba la noche. A esa hora, el jardín era un sitio delicioso; el sol había marchitado las margaritas y los claveles blancos que bordeaban el huerto, pero los rosales que crecían cerca del pozo estaban cuajados de flores; junto a los panales, un macizo de pequeñas rosas rojas exhalaba un aroma azucarado, almizclado, meloso. La luna llena tenía el color del ámbar y resplandecía con tanta fuerza que el cielo parecía iluminado hasta sus profundidades más lejanas por una claridad homogénea, serena, de un verde suave y transparente.

– Qué bonito ha sido este verano -dijo Madeleine, que había cogido un cesto y avanzaba en dirección a las matas de guisantes-. Sólo ocho días de mal tiempo a principios de mes, y luego ni una gota de lluvia, ni una nube… Como siga así nos quedaremos sin verduras… Además, con este calor se trabaja peor. Pero da igual, es bonito, como si el cielo quisiera consolar a este pobre mundo. Si quiere ayudarme, adelante, no le dé apuro -añadió la joven.

– ¿Y la Cécile?

– La Cécile está cosiendo. Se está haciendo un vestido muy bonito para ir a misa este domingo.

Sus ágiles y fuertes dedos se hundían entre las verdes y tiernas hojas de las matas, partían los tallos e iban llenando el cesto de guisantes. Madeleine trabajaba con la cabeza baja.

– Entonces, ¿nos va a dejar?

– Debo hacerlo. Tengo muchas ganas de ver a mis padres y he de buscar trabajo, pero…

Los dos se quedaron callados.

– Por supuesto, no podía quedarse aquí toda la vida -murmuró Madeleine bajando aún más la cabeza-. La vida, ya se sabe… La gente se conoce, se separa…

– Se separa -repitió él en voz baja.

– En fin, ahora ya está totalmente recuperado. Ha recobrado el color…

– Gracias a usted, que me ha cuidado tan bien.

Los dedos se detuvieron entre las hojas.

– ¿Ha estado a gusto entre nosotros?

– Ya sabe que sí.

– Entonces, no vaya a dejarnos sin noticias… Tendrá que escribirnos -repuso Madeleine, y Jean-Marie vio sus ojos, muy cerca, llenos de lágrimas.

Ella se apresuró a apartar el rostro.

– Por supuesto que escribiré. Se lo prometo -respondió Jean-Marie, y le rozó la mano tímidamente.

– Ya, es lo que se suele decir… A nosotros, cuando se haya ido, nos sobrará tiempo para pensar en usted. Dios mío… Ahora todavía es época de trabajo, no paramos de la mañana a la noche. Pero viene el otoño, y luego el invierno, y no hay más que dar de comer a los animales. El resto del tiempo lo matamos en casa viendo caer la lluvia y después la nieve. A veces me digo que debería ir a buscar trabajo a la ciudad…

– No, Madeleine, no haga eso. Prométamelo. Será más feliz aquí.

– ¿Usted cree? -murmuró la chica con una voz extraña y, cogiendo el cesto, se apartó de él.

El follaje le ocultaba la cara. Jean-Marie arrancaba guisantes maquinalmente.

– ¿Es que cree que podré olvidarla? -dijo al fin-. ¿Cree que tengo tan buenos recuerdos que me olvidaré de éstos? Figúrese: la guerra, el horror, la guerra…

– Pero ¿y antes? No siempre ha habido guerra… ¿Antes no hubo…?

– ¿Qué? -Madeleine no respondió-. ¿Quiere decir mujeres, chicas?

– ¡Pues claro!

– Nada demasiado interesante, mi querida Madeleine.

– Pero se va. -Y, ya sin fuerzas para retener las lágrimas, dejó que resbalaran por sus sonrosadas mejillas y, con voz entrecortada, confesó-: A mí me da pena que se vaya. No debería decírselo, se reirá de mí, y Cécile todavía más… pero no me importa… Me da pena que se vaya.

– Madeleine…

La chica se irguió y sus ojos se encontraron. El se acercó y la cogió por la cintura; pero, cuando quiso besarla, ella lo rechazó con un suspiro.

– No, no es eso lo que quiero… Es demasiado fácil…

– ¿Y qué quiere, Madeleine? ¿Que le prometa que jamás la olvidaré? Puede creerme o no, pero es la verdad, no la olvidaré -dijo él cogiéndole la mano y besándosela.

Ella enrojeció de dicha.

– ¿De verdad quería meterse monja, Madeleine?

– Sí, de verdad. Antes sí quería, pero ahora… No es que haya dejado de amar a Dios, pero creo que no estoy hecha para eso.

– ¡Claro que no! Usted está hecha para amar y ser feliz.

– ¿Feliz? No lo sé; pero creo que estoy hecha para tener marido e hijos, y si el Benoît no ha muerto… pues…

– ¿Benoît? No sabía…

– Sí, habíamos hablado… Yo no quería. Pensaba meterme monja. Pero si vuelve… Es un buen chico…

– No lo sabía… -repitió Jean-Marie.

¡Qué reservados eran aquellos campesinos! Cautos, desconfiados, cerrados con dos vueltas, como sus enormes armarios. Había pasado más de dos meses entre ellos y nunca había sospechado que existiera una relación entre Madeleine y el hijo de la granjera. Ahora que lo pensaba, apenas le habían dicho una palabra del tal Benoît… Nunca hablaban de nada. Pero lo tenían en la cabeza.

La granjera llamó a Madeleine y ellos volvieron a la casa. Pasaron unos días. Seguían sin llegar noticias de Benoît, pero Jean-Marie no tardó en recibir carta de sus padres, que también le enviaban dinero. No había vuelto a encontrarse a solas con Madeleine. Estaba claro que los vigilaban. Se despidió de toda la familia, reunida en el umbral de la puerta. Era un día lluvioso, el primero desde hacía semanas; un viento frío soplaba desde las colinas. Cuando Jean-Marie se marchó, la granjera volvió a entrar en la casa, pero las dos chicas se quedaron en la puerta largo rato, escuchando el ruido de la carreta en el camino.

– ¡Bueno, ya iba siendo hora! -exclamó Cécile, como si hubiera retenido largamente y con esfuerzo un torrente de palabras furiosas-. Por fin podremos conseguir que trabajes un poco. últimamente estabas en la luna, me lo dejabas todo a mí…

– ¡Mira quién fue a hablar! Si lo único que has hecho ha sido coser y mirarte en el espejo… Ayer fui yo quien tuvo que ordeñar las vacas, cuando te tocaba a ti -se encendió Madeleine.

– ¿Y a mí qué me cuentas? Fue mamá quien te lo mandó.

– Me lo mandó mamá, pero no creas que no sé quién fue a calentarle la cabeza.

– ¡Bah, piensa lo que quieras!

– ¡Hipócrita!

– ¡Desvergonzada! Y querías ser monja…

– ¡Como si tú no le hubieras ido detrás! Lo que pasa es que él no te hacía ni caso…

– ¿Y a ti sí? Claro, por eso se ha ido y no volverás a verlo…

Por unos instantes las dos hermanas, rabiosas, se miraron echando chispas por los ojos. Luego, una expresión dulce y sorprendida suavizó el rostro de Madeleine.

– ¡Vamos, Cécile! Siempre hemos sido como hermanas… Nunca nos habíamos peleado así… ¡Venga, no merece la pena! Al final no ha sido ni para ti ni para mí. -Madeleine le echó los brazos al cuello, pues Cécile se había puesto a llorar-. Ya está, ¡ea!, ya está… Sécate los ojos. Tu madre verá que has llorado.

– Mamá… no dice nada, pero lo sabe todo.

Las hermanas se separaron; una fue hacia el establo y la otra entró en la casa. Era lunes, día de colada; apenas les dio tiempo a intercambiar un par de frases, pero sus miradas y sonrisas decían que ya se habían reconciliado. El viento arrastraba el humo de la colada hacia el cobertizo. Era uno de esos días tormentosos y oscuros en que se perciben los primeros soplos del otoño en el corazón de agosto. Mientras enjabonaba, escurría y aclaraba, Madeleine no tenía tiempo para cavilaciones y podía adormecer su dolor. Cuando alzaba los ojos, veía el cielo gris y los árboles zarandeados por el viento.

– Es como si hubiera acabado el verano -dijo en cierto momento.

– Mejor. Maldito verano… -gruñó su madre con un dejo de rencor.

Madeleine la miró sorprendida, pero luego se acordó de la guerra, del éxodo, de la ausencia de Benoît, de la desdicha universal, de los que continuaban combatiendo lejos de allí y de los que habían muerto, y siguió trabajando en silencio.

Esa noche, cuando acababa de encerrar a las gallinas y cruzaba el patio corriendo bajo el aguacero, vio a un hombre que se acercaba por el camino a grandes zancadas. El corazón le dio un vuelco; pensó que Jean-Marie había vuelto. Presa de una alegría salvaje, corrió hacia él, pero, cuando estaba a unos pasos, ahogó un grito.

– ¿Benoît?

– Pues sí, soy yo -respondió el hombre.

– Pero ¿cómo…? ¡Qué contenta se va a poner tu madre! Entonces… ¿estás bien? Teníamos tanto miedo de que te hubieran hecho prisionero…

Él rió en silencio. Era un chico alto, de rostro ancho y moreno y ojos claros y francos.

– He estado prisionero, pero poco tiempo.

– ¿Te escapaste?

– Sí.

– ¿Cómo?

– Pues… con unos compañeros.

De pronto, mientras lo miraba, Madeleine volvió a sentir su timidez de campesina, aquella capacidad de sufrir y amar en silencio que Jean-Marie le había hecho perder. Dejó de interrogar a Benoît y se limitó a caminar en silencio junto a él.

– ¿Y aquí? ¿Todo bien? -preguntó el joven.

– Todo bien.

– ¿Ninguna novedad?

– No, nada -murmuró ella y, adelantándose, subió los tres peldaños de la cocina y gritó-: ¡Venga corriendo, madre! ¡El Benoît ha vuelto!


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El invierno anterior -el primero de la guerra- había sido largo y duro. Pero ¿qué decir del de 1940-1941? El frío y la nieve empezaron a finales de noviembre. Los copos caían sobre las casas bombardeadas, sobre los puentes a medio reconstruir, sobre las calles de París, por las que ya no circulaban coches ni autobuses, por las que caminaban mujeres con abrigos de pieles y capuchas de lana, mientras otras tiritaban haciendo cola ante las tiendas; caían sobre las vías del tren, sobre los hilos del telégrafo, que se doblaban bajo su peso y a veces se partían, sobre los uniformes verdes de los soldados alemanes ante las puertas de los cuarteles, sobre los estandartes rojos con la cruz gamada en las fachadas de los edificios públicos. En las gélidas viviendas, la nieve difundía una luz pálida y lúgubre que aumentaba aún más la sensación de frío e incomodidad. En los hogares humildes, los ancianos y los niños pasaban semanas enteras en la cama, el único sitio donde se podía entrar en calor.

Ese invierno, la terraza de los Corte estaba cubierta por una espesa capa de nieve que servía para enfriar el champán. Gabriel escribía junto a un fuego de leña que no conseguía sustituir el añorado calor de los radiadores. Tenía la nariz morada y casi lloraba de frío. Con una mano se apretaba contra el pecho una bolsa de agua caliente y con la otra escribía.

En Navidades, el frío arreció; los pasillos del metro eran el único sitio donde daba un poco de cuartel. Y la nieve seguía cayendo, inexorable, silenciosa y tenaz, sobre los árboles del bulevar Delessert, al que habían regresado los Péricand, porque pertenecían a ese sector de la alta burguesía francesa que prefiere ver a sus hijos privados de pan antes que de títulos, y de ninguna manera podían permitir que se interrumpieran los estudios de Hubert, tan comprometidos ya por los acontecimientos del verano anterior, ni los de Bernard, que acababa de cumplir ocho años, había olvidado todo lo aprendido antes del éxodo y volvía a recitar ante su madre: «La tierra es una bola redonda que no descansa sobre nada», como si en lugar de ocho sólo tuviera siete (¡desastroso!).

Los copos de nieve salpicaban el velo de luto de la señora Péricand cuando pasaba orgullosamente junto a los clientes que hacían cola ante la tienda, sin detenerse hasta llegar al umbral, donde agitaba como una bandera el carnet de prioridad concedido a las madres de familia numerosa.

Bajo la nieve, Jeanne y Maurice Michaud esperaban su turno hombro con hombro, como dos caballos cansados antes de reanudar la marcha.

La nieve cubría la tumba de Charles Langelet en Père-Lachaise y el cementerio de automóviles cercano al puente de Gien: los coches bombardeados, calcinados, abandonados durante el mes de junio, se amontonaban a ambos lados de la carretera, panza arriba o tumbados sobre un costado, con el capó abierto en un enorme bostezo o convertidos en un amasijo de retorcida chatarra. Los campos, silenciosos, inmensos, estaban blancos; durante unos días, la nieve se fundía y los campesinos recuperaban los ánimos. «Qué alegría ver la tierra…», decían. Pero al día siguiente volvía a nevar, y los cuervos graznaban en el cielo. «Este año hay muchos», murmuraban los jóvenes pensando en los campos de batalla, en las ciudades bombardeadas… Pero los viejos respondían: «¡Igual que siempre!» En el campo nada había cambiado; la gente esperaba. Esperaba el final de la guerra, el final del bloqueo, el regreso de los prisioneros, la llegada del buen tiempo.

«Este año no habrá primavera», suspiraban las mujeres viendo pasar febrero y después los primeros días de marzo sin que las temperaturas se suavizaran. La nieve se había fundido, pero la tierra, dura y gris, resonaba como el hierro. Las patatas se helaban. Los animales se habían quedado sin forraje; deberían haber buscado el alimento al aire libre, pero no se veía ni una brizna de hierba. En la aldea de los Labarie, los viejos se atrincheraban tras las grandes puertas de madera, que por la noche aseguraban con clavos. La familia se reunía alrededor de la estufa y las mujeres tejían para los prisioneros sin despegar los labios. Las dos hermanas hacían camisitas y pañales con sábanas viejas: Madeleine se había casado con el Benoît en septiembre y esperaba un hijo. «¡Ah, Dios mío, qué desgracia tan grande!», murmuraban las viejas cuando una ráfaga de viento sacudía la puerta con violencia.

En la granja vecina se oía llorar a un niño que había nacido poco antes de Navidad; la madre tenía otros tres hijos y el marido estaba prisionero. Era una campesina alta y delgada, una mujer pudorosa, callada, reservada, que nunca se quejaba. Cuando le decían: «¿Cómo se las va a arreglar, Louise, sin un hombre en casa, sin nadie que la ayude, con cuatro criaturas y todo ese trabajo?», ella sonreía débilmente, mientras sus ojos permanecían fríos y tristes, y respondía: «No queda más remedio…» Por la noche, cuando los pequeños se dormían, aparecía por casa de los Labarie. Se sentaba con su labor muy cerca de la puerta, para poder oír a sus hijos si se despertaban y la llamaban. Cuando nadie la veía, levantaba furtivamente los ojos y miraba a Madeleine y a su joven marido, sin envidia, sin maldad, con una tristeza muda; luego volvía a clavar los ojos en la labor y, al cabo de un cuarto de hora, se levantaba, cogía sus zuecos y decía a media voz: «Bueno, tengo que irme. Buenas noches a todos y hasta mañana.» Y regresaba a su casa.

Era una noche de marzo. No podía dormir. Casi todas las noches se las pasaba así, intentando conciliar el sueño en aquella cama vacía y helada. Alguna vez había pensado acostar al mayor con ella, pero una especie de temor supersticioso se lo había impedido: aquel sitio tenía que permanecer libre para el ausente.

Esa noche soplaba un fuerte viento, un vendaval que cruzaba la región procedente de las montañas de Morvan. «¡Mañana, otra vez nieve!», había dicho la gente. En su gran casa silenciosa, que crujía como un barco a la deriva, la mujer se dejó ir por primera vez y lloró a lágrima viva. No le había ocurrido cuando su marido se fue en 1939, ni cuando se marchaba después de un breve permiso, ni cuando supo que lo habían hecho prisionero, ni cuando dio a luz sin él. Pero había llegado al límite de sus fuerzas: tanto trabajo… El pequeño, tan fuerte, que la agotaba con su apetito y su llanto; la vaca, que apenas daba leche por culpa del frío; las gallinas, que ya no tenían grano y se negaban a poner; el hielo del lavadero, que había que romper todos los días… Era demasiado, no podía más, se había quedado sin energías, ya ni siquiera quería vivir… ¿Para qué? No volvería a ver a su marido, que la echaba de menos tanto como ella a él y moriría en Alemania… Qué frío hacía en aquella cama tan grande… Sacó la bolsa de agua que había metido hirviendo entre las sábanas dos horas antes y que ya no conservaba ni una pizca de calor, la dejó con suavidad en el suelo y, al retirar la mano, rozó las baldosas heladas, y aún tuvo más frío, un frío que le traspasó el corazón. Los sollozos la agitaban de pies a cabeza. ¿Qué podían decirle para consolarla? «No eres la única…» Eso ya lo sabía, pero otras habían tenido más suerte. Madeleine Labarie, por ejemplo… No le deseaba ningún mal, pero… ¡no era justo! El mundo era demasiado horrible. Estaba aterida. Por mucho que se encogiera bajo las mantas y la colcha, el frío penetraba en su escuálido cuerpo y la calaba hasta los huesos. «Todo esto pasará, la guerra acabará y tu marido volverá», decía la gente. ¡No! ¡No! Ya no se lo creía, aquello duraría y duraría… Si ni siquiera la primavera quería llegar… ¿Cuándo se había visto semejante tiempo en marzo? El mes estaba a punto de acabar y la tierra seguía helada, helada hasta el corazón, como ella. ¡Qué ventarrones! ¡Qué ruido! Seguro que arrancaba un montón de tejas. Se incorporó en la cama, se quedó escuchando unos instantes y, de pronto, su rostro, tenso y empapado de lágrimas, adquirió una expresión más suave, incrédula. El viento había parado; se había ido por donde había venido. Había roto ramas, sacudido los tejados con ciega rabia y barrido los últimos corros de nieve de las colinas; pero ahora la primera lluvia de primavera, densa y todavía fría, caía con fuerza de un cielo sombrío y revuelto por la tormenta, y se abría paso hasta las oscuras raíces de los árboles, hasta el negro y profundo seno de la tierra.


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<p>DOLCE</p>
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En casa de los Angellier estaban poniendo a buen recaudo los documentos familiares, la plata y los libros: los alemanes habían llegado a Bussy. Era la tercera vez que ocupaban el pueblo desde la derrota. Ese domingo de Pascua, a la hora de la misa mayor, caía una lluvia fría. Ante la puerta de la iglesia, un pequeño melocotonero agitaba tristemente sus ramas en flor. Los alemanes avanzaban en fila de a ocho; llevaban uniformes de campaña y cascos de metal. Sus rostros tenían la expresión neutra e impenetrable del soldado en campaña, pero sus ojos interrogaban furtivamente, con curiosidad, las grises fachadas del pueblo en que iban a vivir. En las ventanas no se veía a nadie. Al pasar frente a la iglesia oyeron los acordes del órgano y el rumor de las oraciones, pero un fiel se asomó despavorido y cerró la puerta. El ruido de las botas reinó en solitario. Tras el primer destacamento apareció un oficial a caballo; el hermoso animal de pelo tordo parecía furioso por verse forzado a mantener un paso tan lento; posaba los cascos en el suelo con rabiosa precaución, se estremecía, relinchaba y agitaba la orgullosa testa. Enormes carros de combate grises martillearon el empedrado. A continuación venían los cañones sobre sus plataformas giratorias, en cada una de las cuales iba tumbado un soldado, con los ojos a la altura de la cureña. Había tantos que en las bóvedas de la iglesia no dejó de sonar una especie de ininterrumpido trueno durante todo el sermón. Las mujeres suspiraban en la penumbra. Cuando cesó aquel fragor de bronce, aparecieron los motociclistas, rodeando el coche del comandante. Tras ellos, a prudente distancia, los camiones, cargados hasta los topes de gruesos chuscos de pan negro, hicieron vibrar las vidrieras. La mascota del regimiento, un delgado y silencioso perro lobo adiestrado para la guerra, acompañaba a los jinetes que cerraban la marcha y, fuera porque formaban un grupo privilegiado dentro del regimiento o porque estaban muy lejos del comandante, que no podía verlos, o por cualquier otra razón que escapaba a los franceses, se comportaban de un modo más natural, más relajado que sus camaradas. Hablaban entre sí. Reían. El teniente que los mandaba miró sonriendo el humilde y tembloroso melocotonero en flor, azotado por el áspero viento, y arrancó una ramita. A su alrededor no veía más que ventanas cerradas. Se creía solo. Pero, detrás de cada postigo entornado, unos ojos de anciana, penetrantes como flechas, espiaban al vencedor. En el fondo de habitaciones invisibles, las voces susurraban:

– ¡Lo que hay que ver!

– Estropear nuestros árboles… ¡Desgraciado!

Una boca desdentada cuchicheó:

– Dicen que éstos son los peores. Dicen que han hecho barbaridades antes de venir aquí.

– Nos quitarán hasta las sábanas -pronosticó un ama de casa-. ¡Las sábanas que heredé de mi madre, Dios mío! Se quedan todo lo bueno.

El teniente gritó una orden. Todos los soldados parecían muy jóvenes; tenían la tez rubicunda y el pelo dorado; montaban magníficos caballos, rollizos, bien alimentados, de anchas y relucientes grupas. Los dejaron atados alrededor del monumento a los caídos de la plaza, rompieron filas y se dispersaron. El pueblo se llenó de ruido de botas, sonido de palabras extranjeras, tintineo de espuelas y entrechocar de armas. En las casas, las familias pudientes escondían la ropa blanca.

Las Angellier -la madre y la mujer de Gastón Angellier, prisionero en Alemania- estaban acabando de esconderlo todo. La señora Angellier, una anciana pálida, arrugada, frágil y seca, guardaba personalmente los volúmenes de la biblioteca, tras leer en voz baja cada título y acariciar piadosamente cada tapa con la palma de la mano.

– Ver los libros de mi hijo en manos de un alemán… -murmuró-. Antes los quemo.

– Pero ¿y si piden las llaves de la biblioteca? -gimió la gruesa cocinera.

– Me la pedirán a mí -repuso la señora Angellier, e, irguiendo el cuerpo, se dio un leve golpe en el bolsillo cosido en el interior de su falda de lana negra; el manojo de llaves que siempre llevaba encima tintineó-. Y no me la pedirán dos veces -añadió con expresión sombría.

Bajo su dirección, Lucile Angellier, su nuera, retiró las chucherías que adornaban la repisa de la chimenea, pero dejó un cenicero. En un primer momento, la señora Angellier se opuso.

– Arrojarán la ceniza a la alfombra -le hizo notar Lucile, y su suegra apretó los labios, pero cedió.

La anciana tenía una cara tan blanca y transparente que parecía no quedarle una sola gota de sangre bajo la piel, cabellos blancos como la nieve y una boca tan fina como el filo de un cuchillo y del color casi lila de una rosa marchita. Un cuello alto, a la antigua, de muselina malva, con armazón de ballenas, disimulaba sin ocultarlas las afiladas clavículas y una garganta que palpitaba de emoción como el buche de un lagarto. Cuando se oían los pasos de un soldado alemán junto a la ventana, la anciana se estremecía como una hoja, desde la punta de los pequeños pies, calzados con puntiagudos botines, hasta la cabeza, coronada por venerables crenchas.

– Deprisa, deprisa, ya vienen -susurraba.

En la sala no quedó más que lo estrictamente necesario; ni una flor, ni un cojín ni un cuadro. El álbum familiar fue a parar al enorme armario de la ropa blanca, para sustraer a las sacrílegas miradas del enemigo a la tía Adélaïde en traje de primera comunión y al tío Jules desnudo en un almohadón a los seis meses. Habían puesto a cubierto hasta el juego de chimenea, así como dos floreros Louis-Philippe de porcelana con forma de papagayo y una guirnalda de rosas en el pico, regalo de boda de una pariente que venía de visita de tarde en tarde y a la que no se quería ofender haciéndolos desaparecer; sí, hasta esos dos floreros, de los que Gastón solía decir: «El día que la criada los rompa de un escobazo, le subo el sueldo.» Habían sido regalados por manos francesas, contemplados por ojos franceses, desempolvados por plumeros hechos en Francia, y jamás serían manchados por el contacto de un alemán. ¡Y el crucifijo! ¡Seguía en una esquina del dormitorio, encima del canapé! La señora Angellier en persona lo retiró y se lo colgó sobre el pecho, bajo el pañuelo de encaje.

– Creo que está todo -dijo al fin.

La anciana recapituló mentalmente: los muebles del salón grande, retirados; las cortinas, descolgadas; las provisiones, escondidas en el cobertizo en que el jardinero guardaba las herramientas -¡oh, los enormes jamones ahumados y cubiertos de ceniza, las jarras de mantequilla fundida, de mantequilla salada, de fina y pura manteca de cerdo, los gruesos y veteados salchichones!-, todos sus bienes, todos sus tesoros… El vino dormía enterrado en la bodega desde el día en que las tropas inglesas habían reembarcado en Dunkerque. El piano estaba cerrado con llave; la escopeta de caza de Gastón, en un escondite inmejorable. Todo estaba en orden. Sólo quedaba esperar al enemigo. Pálida y muda, la anciana señora Angellier entornó los postigos con manos temblorosas, como en la habitación de un muerto, y salió seguida por Lucile.

Lucile era una joven rubia de ojos negros, muy hermosa pero callada, discreta, «un tanto distraída», según su suegra. La habían escogido por las relaciones de su familia y por su dote. Su padre era un gran terrateniente de la región; pero se había embarcado en desafortunadas especulaciones y había comprometido su fortuna e hipotecado sus tierras, de modo que el matrimonio no había sido el éxito que se esperaba. Además, no había tenido hijos.

Las dos mujeres entraron en el comedor. La mesa estaba puesta. Eran más de las doce, pero sólo en la iglesia y el ayuntamiento, obligados a marcar la hora alemana. Todos los hogares franceses retrasaban sus relojes sesenta minutos, por sentido del honor, y todas las mujeres francesas decían en tono despectivo: «En nuestra casa no vivimos a la hora de los alemanes.» En determinados momentos de la jornada, esa circunstancia dejaba grandes lapsos vacíos sin empleo, posible, como aquél, que se extendía entre el final de la misa de los domingos y el comienzo del almuerzo y se hacía interminable. No se podía leer. En cuanto veía a Lucile con un libro en las manos, la anciana señora Angellier la miraba con una expresión de asombro y desaprobación: «Pero bueno, ¿ya estás leyendo? -Tenía una voz suave y distinguida, delicada como el suspiro de un arpa-. ¿Es que no tienes nada que hacer?» Pues no, no tenía nada que hacer. Era domingo de Pascua. Tampoco se podía hablar. Entre aquellas dos mujeres, cualquier tema de conversación era como una zarza: si no había más remedio que tocarlo, se hacía con infinita prudencia para no pincharse las manos. Cada palabra que se pronunciaba en su presencia llevaba a la mente de la anciana el recuerdo de una desgracia, de una pelea familiar, de una antigua afrenta que Lucile ignoraba. Tras cada frase apenas musitada, la señora Angellier se interrumpía y miraba a su nuera con una expresión vaga, dolorida y asombrada, como si pensara: «Su marido está prisionero de los alemanes, ¿y ella puede respirar, moverse, hablar, reír? Es extraño…» Apenas aceptaba que el nombre de Gastón surgiera entre ellas. El tono de Lucile nunca era el que habría debido ser. Unas veces le parecía demasiado triste: ¡ni que hablara de un muerto! Su deber de mujer, de esposa francesa, era sobrellevar la separación con coraje, como ella, que la había sobrellevado en 1914, y desde la mañana siguiente a su noche de bodas, o casi. En cambio, otras veces, cuando Lucile murmuraba palabras de consuelo, la anciana pensaba con amargura: «¡Ah, cómo se nota que nunca lo ha querido! Siempre lo había sospechado, pero ahora lo veo claro, estoy segura. Hay tonos que no engañan. Es una mujer fría e indiferente. A ella no le falta de nada, mientras que mi hijo, mi pobre niño…» Se imaginaba el campo de prisioneros, el alambre de espino, los carceleros, los centinelas… Los ojos se le llenaban de lágrimas y, con voz ahogada, decía:

– No hablemos de él…

Y, sacando del bolso un pañuelo fino y limpio que siempre tenía a mano por si le recordaban a Gastón o las desgracias de Francia, se secaba muy delicadamente las comisuras de los ojos, con el mismo gesto con que se limpia una mancha de tinta con papel secante.

Así que, inmóviles y silenciosas junto a la chimenea apagada, suegra y nuera siguieron esperando.

<p>2</p>

Los alemanes habían tomado posesión de sus alojamientos y estaban familiarizándose con el pueblo. Los oficiales iban solos o de dos en dos, haciendo resonar las botas sobre el empedrado con la cabeza muy alta; los soldados formaban grupos ociosos que recorrían la única calle de la localidad de punta a punta o daban vueltas por la plaza, alrededor del viejo crucifijo. Cuando uno se paraba, toda la cuadrilla lo imitaba, y la larga fila de uniformes verdes cerraba el paso a los vecinos, que automáticamente se calaban la gorra todavía más, daban media vuelta y se alejaban a la chita callando por las pequeñas y tortuosas callejas que llevaban a los campos. Vigilado por dos suboficiales, el guarda forestal pegaba carteles en los principales edificios del pueblo. Eran anuncios diversos: unos representaban a un militar alemán muy rubio que sonreía de oreja a oreja enseñando unos dientes perfectos mientras repartía pan con mantequilla a un grupo de niños franceses; la leyenda decía: «¡Civiles abandonados, confiad en los soldados del Reich!» Otros ilustraban la opresión ejercida por los ingleses en el mundo y la odiosa tiranía de los judíos mediante caricaturas o gráficos. Pero la mayoría estaban encabezados por la palabra Verboten: «Prohibido» Estaba prohibido circular por la calle entre las nueve de la noche y las cinco de la mañana, tener armas de fuego en casa, prestar «refugio, ayuda o auxilio» a prisioneros evadidos, ciudadanos de países enemigos de Alemania o militares ingleses, escuchar emisoras extranjeras, rechazar el dinero alemán… Y al pie de cada cartel se leía la misma advertencia, escrita en caracteres negros y subrayada dos veces: «Bajo pena de muerte.»

Entretanto, los comerciantes habían abierto sus tiendas. En la primavera de 1941, en provincias, los productos todavía no escaseaban. La gente tenía suficientes existencias de telas, zapatos o víveres, y estaba dispuesta a venderlas. Los alemanes no eran exigentes; les colocarían todas las antiguallas: corsés que databan de la otra guerra, botines de 1900, ropa interior con banderitas y torres Eiffel bordadas (originalmente destinadas a los ingleses)… Todo les parecía bien.

A los habitantes de los países ocupados, los alemanes les inspiraban miedo, aversión y el socarrón deseo de engañarlos, de aprovecharse de ellos, de sacarles el dinero.

«En cualquier caso es nuestro… el que nos han quitado», se decía la tendera ofreciendo una libra de ciruelas pasas agusanadas con su mejor sonrisa a un militar del ejército invasor y cobrándole el doble de lo que valían.

El soldado examinaba la mercancía con cara de desconfianza; se olía el fraude, pero, intimidado por la imperturbable expresión de la tendera, se callaba. El regimiento había estado destinado en una pequeña ciudad del norte, devastada y desprovista de todo desde hacía tiempo. En aquella rica región del centro, el soldado volvía a ver cosas que deseaba. Sus ojos se iluminaban ante los escaparates. Aquellos muebles de pino tea, aquellos trajes de confección, aquellos juguetes, aquellos vestiditos rosa, le recordaban las dulzuras de la vida civil. La tropa iba de tienda en tienda, seria, pensativa, haciendo sonar las monedas en los bolsillos. A espaldas de los soldados, o por encima de sus cabezas, de ventana a ventana, los franceses intercambiaban escuetas señas, alzaban los ojos al cielo, meneaban la cabeza, sonreían, esbozaban leves muecas de burla o desafío, desplegaban todo un repertorio de gestos que expresaban, alternativamente, que en trances así había que tener fe en Dios, pero que el propio Dios… Que no pensaban renunciar a su libertad, al menos, a su libertad de pensar, ya que no a la de hablar o actuar; que aquellos alemanes no eran demasiado listos, puesto que tomaban por auténtica la amabilidad con que los trataban, con que se veían obligados a tratarlos, visto que eran los dueños de la situación. «Nuestros dueños», decían las mujeres, y miraban al enemigo con una especie de odio concupiscente. (¿Enemigos? Por supuesto, pero hombres, y jóvenes…) Sobre todo, les encantaba engañarlos. «Creen que los queremos, pero a nosotras lo que nos interesa son los salvoconductos, la gasolina, los permisos», pensaban las que ya habían convivido con el ejército de ocupación en París o en las grandes ciudades de provincias, mientras que las ingenuas campesinas bajaban tímidamente los ojos ante las miradas de los alemanes.

Nada más entrar en los cafés y antes de sentarse, los soldados se desabrochaban los cinturones y los arrojaban sobre los veladores de mármol. En el Hôtel des Voyageurs, los suboficiales reservaron el salón principal para utilizarlo como comedor. Era una sala alargada y oscura de mesón de pueblo. Sobre la pared del fondo, dos banderas rojas adornadas con la cruz gamada ocultaban la parte superior del marco dorado del gran espejo, esculpido con amorcillos y antorchas. Pese a lo avanzado de la estación, la estufa seguía encendida. Varios hombres habían acercado las sillas y se calentaban con una expresión de beatífica modorra. De vez en cuando, la enorme y enrojecida estufa negra quedaba envuelta en una acre humareda, pero los alemanes no se inmutaban. Se acercaban todavía más para secarse el uniforme y las botas, y miraban pensativamente alrededor, con una expresión a un tiempo aburrida y vagamente ansiosa que parecía decir: «Hemos visto tantas cosas… Veremos qué pasa aquí…»

Eso, los más viejos, los más sensatos. Los jóvenes le guiñaban el ojo a la criada, que, diez veces por minuto, levantaba la trampilla de la bodega, se perdía en las tinieblas subterráneas y retornaba a la luz sujetando en una mano diez botellas de cerveza y en la otra una caja de botellas de espumoso («Sekt!-reclamaban los alemanes-. Mademoiselle, por favor, champán francés… Sekt!»).

La criada -redonda, carillena y colorada- recorría las mesas a paso ligero. Los soldados la recibían con una sonrisa. Ella, indecisa entre las ganas de devolvérsela porque eran jóvenes y el miedo al qué dirán porque eran alemanes, fruncía el entrecejo y apretaba severamente los labios, sin poder evitar que el regocijo interior le excavara dos hoyuelos en los carrillos. ¡Cuántos hombres, Dios mío! Cuántos hombres para ella sola, porque en los otros sitios quienes servían eran las hijas de los dueños, que no les quitaban ojo, mientras que ella… La miraban y hacían ruido de besos con los labios. Recurriendo a un resto de pudor, ella fingía no oírlos y de vez en cuando respondía para su coleto:

– ¡Vale, vale, ya va! ¡Sí que tenéis prisa!

Si le hablaban en alemán, replicaba, muy digna:

– ¿Entiendo yo vuestra jerigonza, eh?

Pero las puertas, abiertas de par en par, seguían dejando pasar una incesante sucesión de uniformes verdes, y la criada, que cada vez se sentía más aturdida, como achispada, sin fuerzas para resistir, ya no respondía al calenturiento asedio de la muchachería más que con débiles protestas:

– Pero bueno, ¿queréis dejarme en paz de una vez? ¡Menudos salvajes!

Otros militares hacían rodar las bolas de billar sobre el tapete verde. La barandilla de la escalera, los alféizares de las ventanas y los respaldos de las sillas estaban cubiertos de cinturones, gorras, pistolas y cartucheras.

Entretanto, las campanas tocaban a vísperas.

<p>3</p>

Cuando las Angellier salían para asistir a vísperas, el oficial que se alojaría en su casa entraba en ella. Se cruzaron en el umbral. El alemán dio un taconazo y saludó. La anciana señora Angellier palideció aún más y, haciendo un esfuerzo, le concedió una muda inclinación de la cabeza. Lucile levantó los ojos y, por un instante, el oficial y ella se miraron. En un segundo, un tropel de ideas cruzó su mente. «¿Y si fuera él quien hizo prisionero a Gastón? ¿A cuántos franceses habrá matado, Dios mío? ¿Cuántas lágrimas se habrán vertido por su culpa? Aunque lo cierto es que, si la guerra se hubiera desarrollado de otro modo, ahora Gastón podría estar entrando en una casa alemana como dueño y señor. Es la guerra, este joven no tiene la culpa.»

Era delgado, de manos bonitas y ojos grandes. Lucile se fijó en sus manos porque estaba sosteniéndoles la puerta. Llevaba un anillo con una piedra oscura y opaca en el anular; un rayo de sol surgido entre dos nubes arrancó un destello púrpura a la piedra y acarició aquel rostro de piel rojiza, curtida por la intemperie y cubierta de un vello suave como el de un melocotón de viña. Los pómulos eran prominentes, de un modelado fuerte y delicado, y la boca, fina y orgullosa. Lucile acortó el paso a su pesar; no podía dejar de mirar aquella mano grande y suave de largos dedos (se la imaginaba sosteniendo un pesado revólver negro, o una metralleta, o una granada, cualquier arma que repartiera muerte con indiferencia), aquel uniforme verde (¿cuántos franceses habrían pasado la noche en vela esperando ver aparecer entre las sombras de unos matorrales un uniforme así?) y aquellas relucientes botas… Se acordó de los soldados del derrotado ejército francés que, un año antes, habían atravesado el pueblo en su huida, sucios, agotados, arrastrando por el polvo sus pesados zapatones. Oh, Dios mío, eso era la guerra… Un soldado enemigo nunca parecía estar solo -un ser humano frente a otro ser humano-, sino acompañado, rodeado por un innumerable ejército de fantasmas, el ejército de los ausentes y los muertos. No se hablaba con un hombre, sino con una muchedumbre invisible; de tal modo que ninguna frase se decía sin más, y tampoco se escuchaba sin más; siempre se tenía esa sensación de no ser más que una boca que hablaba por muchas otras bocas mudas.

«¿Y él? ¿Qué piensa él? -se preguntó Lucile-. ¿Qué siente al poner los pies en esta casa francesa cuyo dueño está ausente, hecho prisionero por él o por sus camaradas? ¿Nos compadece? ¿Nos odia? ¿O entra aquí como en una fonda, pensando solamente si la cama será cómoda y la criada, joven?» Hacía rato que la puerta se había cerrado detrás del oficial; Lucile había seguido a su suegra, había entrado en la iglesia, se había arrodillado en su banco… Pero no podía olvidar al soldado enemigo. Ahora estaba solo en la casa; se había reservado el despacho de Gastón, que tenía una salida independiente. Comería fuera; no lo vería, aunque oiría sus pasos, su voz, su risa. ¡Sí, él podía reír! Estaba en su derecho. Lucile miró a su suegra, que permanecía inmóvil, con la cara oculta entre las manos, y por primera vez aquella mujer a la que no quería le inspiró piedad y una vaga ternura. Se inclinó hacia ella y le dijo con suavidad:

– Recemos el rosario por Gastón, madre.

La anciana asintió con la cabeza. Lucile empezó a rezar con un fervor sincero, pero poco a poco sus pensamientos se le escapaban y regresaban a un pasado cercano y lejano a un tiempo, sin duda debido al siniestro paréntesis de la guerra. Volvía a ver a su marido, aquel hombre grueso y hastiado que sólo se apasionaba por el dinero, las tierras y la política local. Nunca lo había amado. Se había casado con él porque así lo deseaba su padre. Nacida y criada en el campo, lo único que conocía del mundo era lo que había visto durante sus breves estancias en París, en casa de una pariente anciana. La vida en esas provincias del centro es opulenta y salvaje; cada cual vive encerrado en su casa, en su propiedad, recoge su trigo y cuenta su dinero. Las largas comilonas y la partidas de caza ocupan el tiempo libre. Para Lucile, el pueblo, con sus adustas casas protegidas por puertas tan gruesas como las de una prisión, sus salones atestados de muebles, siempre cerrados y helados para ahorrarse el fuego, era la imagen de la civilización. Dejó la casa paterna, perdida en medio del bosque, con un jubiloso entusiasmo ante la idea de vivir en el pueblo, de tener coche, de ir a comer a Vichy de vez en cuando… Educada severa y religiosamente, la adolescente no había sido infeliz, porque para entretenerse le bastaban el jardín, las tareas domésticas y una enorme y húmeda biblioteca llena de libros apolillados que leía a escondidas. Se había casado; había sido una esposa dócil y fría. Gastón Angellier sólo tenía veinticinco años en el momento de la boda, pero aparentaba esa prematura madurez que la vida sedentaria, los excelentes y pesados alimentos con que se atiborra, el abuso del vino y la falta de cualquier emoción viva y auténtica dan al hombre de provincias. Es una seriedad engañosa que sólo afecta a las costumbres y las ideas del individuo, en cuyo interior sigue bullendo la espesa y caliente sangre de la juventud.

En uno de sus viajes de negocios a Dijon, donde había estudiado, Gastón Angellier se encontró con una antigua amante, una modista con la que hacía años que había roto; se encaprichó de ella por segunda vez y con más vehemencia que la anterior; le hizo un hijo; le alquiló una casita en las afueras y se las arregló para pasar la mitad de su vida en Dijon. Lucile lo sabía todo, pero callaba, por timidez, desprecio o indiferencia. Después había estallado la guerra…

Y ahora, desde hacía un año, Gastón estaba prisionero. «Pobrecillo. Lo estará pasando mal -pensaba Lucile mientras las cuentas del rosario se deslizaban maquinalmente entre sus dedos-. ¿Qué será lo que más echa de menos? Su mullida cama, sus buenas comidas, su amante…» Le habría gustado poder darle todo lo que había perdido, todo lo que le habían quitado… Sí, todo, incluida aquella mujer… Eso, la espontaneidad y la sinceridad de ese sentimiento, le hizo comprender el vacío de su corazón; nunca había estado henchido de amor ni de celosa aversión. A veces, su marido la trataba con rudeza. Ella le perdonaba sus infidelidades, pero él nunca había olvidado las especulaciones de su suegro. Lucile volvió a oír las palabras que en más de una ocasión habían hecho que se sintiera abofeteada: «¡Anda, que si llego a saber antes que la moza no tenía dinero!»

Lucile bajó la cabeza. No, en su corazón ya no había resentimiento. Lo que su marido debía de haber pasado después de la derrota, los últimos combates, la huida, la captura, las marchas forzadas, el frío, el hambre, los muertos a su alrededor y ahora el campo de prisioneros, lo borraba todo. «Que vuelva y recupere todo lo que le gustaba: su habitación, sus zapatillas forradas, los paseos por el jardín al amanecer, los melocotones frescos recién cogidos en la espaldera y las buenas comidas, los grandes fuegos crepitantes, todos sus placeres, los que ignoro y los que adivino, que los recupere! No pido nada para mí, pero me gustaría verlo feliz. ¿Y yo?»

En su ensimismamiento, el rosario se le escapó de las manos y cayó al suelo; de pronto, se dio cuenta de que todo el mundo estaba de pie, de que el oficio tocaba a su fin. Fuera, los alemanes paseaban por la plaza. Los galones de plata de sus uniformes, sus ojos claros, sus rubias cabezas, las hebillas metálicas de sus cinturones brillaban al sol y daban al polvoriento terrero de delante de la iglesia, encerrado entre altos muros (las ruinas de las antiguas murallas), una alegría, una animación, una vida nueva. Los alemanes paseaban los caballos. Habían organizado una comida al aire libre: la mesa y los bancos estaban hechos con tablas requisadas en el taller del ebanista, que las destinaba a hacer ataúdes. Los soldados comían y miraban a los lugareños con divertida curiosidad. Era evidente que los once meses de ocupación no habían bastado para aburrirlos de los franceses; aún los observaban con el regocijado asombro de los primeros días, los encontraban graciosos, raros, no se acostumbraban a su atropellado parloteo, trataban de adivinar si los odiaban, los toleraban, los apreciaban… Sonreían a las chicas con disimulo, y ellas pasaban de largo, dignas y desdeñosas (¡era el primer día!). Así que los alemanes bajaban los ojos hacia la chiquillería que los rodeaba: todos los chavales del pueblo estaban allí, fascinados por los uniformes, los caballos y las botas altas. Las madres se desgañitaban, pero no las oían. Con los dedos sucios, tocaban furtivamente la gruesa tela de las guerreras. Los alemanes les hacían señas de que se acercaran y les llenaban las manos de caramelos y calderilla.

Pese a todo, en el pueblo reinaba la acostumbrada paz dominical; los alemanes ponían una nota extraña en el cuadro, pero el fondo seguía siendo el mismo, pensaba Lucile. Había habido momentos de tensión; algunas mujeres (madres de prisioneros, como la señora Angellier, o viudas de la otra guerra) habían vuelto a sus casas a toda prisa, cerrado las ventanas y corrido las cortinas para no ver al enemigo. En pequeños cuartos oscuros, lloraban y releían viejas cartas, besaban amarillentas fotos adornadas con un crespón y una escarapela tricolor… Pero las más jóvenes seguían en la plaza, de cháchara, como todos los domingos. No se iban a perder una tarde de fiesta y diversión por culpa de los alemanes; habían estrenado sombrero: era domingo de Pascua. Los hombres observaban a los alemanes disimuladamente. No había manera de saber qué pensaban: los rostros de los campesinos son impenetrables. Un alemán se acercó a un grupo y pidió fuego; se lo dieron y respondieron a su saludo con leve gesto; el militar se alejó y los hombres siguieron hablando del precio de sus bueyes. Como todos los domingos, el notario pasó camino del Hôtel des Voyageurs para echar la partida. Varias familias regresaban del paseo semanal hasta el cementerio, casi una excursión campestre en aquella comarca que ignoraba las diversiones. La gente iba en grupo y recogía flores entre las tumbas. Las hermanas del patronato salieron de la iglesia con los niños e, imperturbables bajo sus tocas, se abrieron paso entre los soldados.

– ¿Se quedarán mucho tiempo? -le susurró el recaudador al escribano, señalando a los alemanes.

– Dicen que tres meses -respondió el otro en voz no menos baja.

El recaudador suspiró.

– Eso hará que suban los precios.

Y, maquinalmente, se frotó la mano inutilizada por el estallido de un obús en 1915. Luego pasaron a otra cosa.

Las campanas, que habían anunciado la salida de vísperas, enmudecieron; el débil eco de sus últimos tañidos se perdió en el aire de la tarde.

Para volver a casa, las Angellier hacían un sinuoso recorrido que Lucile se sabía piedra a piedra. Avanzaban en silencio, respondiendo con leves movimientos de la cabeza a los saludos de los campesinos. La señora Angellier no era muy querida en la región, pero Lucile inspiraba simpatía, porque era joven, tenía el marido prisionero y no se mostraba orgullosa. En ocasiones, acudían a ella en busca de consejo sobre la educación de los hijos o la compra de un corsé. O cuando tenían que mandar un paquete a Alemania. Sabían que en casa de los Angellier -la mejor del pueblo- se alojaba un oficial enemigo, y compadecían a las dos mujeres.

– Menuda faena les han hecho -les susurró la modista al cruzarse con ellas.

– Esperemos que no tarden en irse por donde han venido -les deseó la farmacéutica.

Y una viejecilla que daba pasitos cortos detrás de una cabra de suave pelaje blanco, se puso de puntillas para decirle al oído a Lucile:

– Dicen que son muy malos, que son unos demonios, que le hacen la vida imposible a la pobre gente.

La cabra dio un brinco y embistió la larga capa gris de un oficial alemán. El militar se volvió, se echó a reír y quiso acariciar al animal, pero la cabra salió huyendo. La horrorizada viejecilla puso pies en polvorosa y las Angellier cerraron tras de sí la puerta de su casa.

<p>4</p>

Era la casa más hermosa de la región; tenía cien años. Baja y alargada, estaba construida en una piedra amarilla y porosa que, a la luz del sol, adquiría un cálido tono dorado de pan recién horneado. Las ventanas que daban a la calle (las de las habitaciones principales) estaban firmemente cerradas, con los postigos echados y asegurados contra los ladrones con barras de hierro. La pequeña claraboya redonda del desván (donde permanecían ocultos los tarros, las jarras y las garrafas que contenían los comestibles prohibidos) tenía una reja de gruesos barrotes acabados en puntas con forma de flor de lis, que habían empalado a más de un gato errante. La puerta de la calle estaba pintada de azul y tenía un cerrojo de prisión y una enorme llave que chirriaba quejumbrosamente. La planta baja exhalaba un olor a cerrado, un olor frío a casa deshabitada, pese a la ininterrumpida presencia de sus propietarios. Para impedir que las colgaduras se ajaran y preservar los muebles, el aire y la luz estaban proscritos. A través de la puerta del vestíbulo, con su vidriera de cristales de colores que parecían culos de botella, se filtraba una luz glauca, incierta, que sumía en la penumbra los arcones, las cornamentas de ciervo colgadas en las paredes y los pequeños y viejos grabados, descoloridos por la humedad.

En el comedor, el único sitio donde se ponía la estufa, y la habitación de Lucile, que de vez en cuando se permitía encenderla a última hora de la tarde, se respiraba el grato olor de los fuegos de leña, un aroma a humo y corteza de castaño. Al otro lado del comedor, se extendía el jardín. En esa época del año tenía un aspecto de lo más triste: los perales extendían sus crucificados brazos sobre alambres; los manzanos, podados en cordón, rugosos y atormentados, estaban erizados de punzantes ramas; de la viña sólo quedaban sarmientos desnudos. Pero, unos días de sol, y el pequeño y madrugador melocotonero de la plaza de la iglesia no sería el único en cubrirse de flores; todos los árboles lo imitarían. Desde su ventana, mientras se cepillaba el pelo antes de acostarse, Lucile contemplaba el jardín a la luz de la luna. Los gatos maullaban encaramados a la tapia baja. Alrededor se veía toda la comarca, salpicada de pequeños y frondosos valles, fértil, secreta, de un suave gris perla al claro de luna.

Al llegar la noche, Lucile se sentía rara en su enorme habitación vacía. Antes, Gastón dormía allí, se desnudaba, gruñía, maltrataba los cajones… Era un compañero, una criatura humana. Ahora hacía casi un año que estaba sola. No se oía un ruido. Fuera, todo dormía. Inconscientemente, Lucile aguzó el oído, esperando percibir algún signo de vida en la habitación contigua, ocupada por el oficial alemán. Pero no oyó nada. Puede que todavía no hubiera vuelto, o que la gruesa pared ahogara los sonidos, o que estuviera inmóvil y callado, como ella. Al cabo de unos instantes percibió un roce, un suspiro, luego un tenue silbido, y se dijo que estaba en la ventana, contemplando el jardín. ¿Qué estaría pensando? No conseguía imaginarlo; por más que lo intentara, no podía atribuirle las reflexiones, los deseos naturales de un individuo normal. No podía creer que contemplara el jardín inocentemente, que observara el espejeo del vivero, en el se adivinaban silenciosas formas plateadas: las carpas para la comida del día siguiente. «Está eufórico -se dijo Lucile-. Recordando sus batallas, los peligros superados. Dentro de un rato escribirá a su casa, a Alemania, a su mujer… No, no puede estar casado, es demasiado joven… Escribirá a su madre, a su novia, a su amante… Pondrá: "Vivo en una casa francesa; no hemos padecido en absoluto, Amalia -se llamará Amalia, o Cunegonde, o Gertrude, pensó Lucile, buscando expresamente nombres ridículos-, Porque somos los vencedores."»

Ahora ya no se oía nada. Había dejado de moverse; contenía la respiración.

«¡Croac!», se oyó un sapo en la oscuridad.

Era como una exhalación musical grave y dulce, una nota temblorosa y pura, una burbuja de agua que estallaba con un sonido nítido.

«¡Croac, croac!»

Lucile entrecerró los ojos. Qué paz, qué triste y profunda paz… De vez en cuando, algo despertaba en su interior, se rebelaba, exigía ruido, movimiento, gente. ¡Vida, Dios mío, vida! ¿Cuánto duraría aquella guerra? ¿Cuántos años habría que estar así, en aquel siniestro letargo, sometidos, humillados, acobardados como el ganado durante una tormenta? Echaba de menos el vivaz parloteo de la radio, que permanecía oculta en la bodega desde la llegada de los alemanes. Se decía que las requisaban y destruían. Lucile sonrió. «Las casas francesas deben de parecerle un tanto desamuebladas», se dijo pensando en todas las cosas que su suegra había escondido en los armarios y puesto bajo llave para preservarlas del enemigo.

Durante la cena, el ordenanza del oficial había entrado en el comedor y les había entregado una breve nota:


El teniente Bruno von Falk presenta sus respetos a ambas señoras Angellier y les ruega tengan la bondad de entregar al soldado portador de estas líneas las llaves del piano y la biblioteca. El teniente se compromete, bajo palabra de honor, a no llevarse el instrumento y a no destrozar los libros.


Pero a la señora Angellier la broma del teniente no le había hecho ninguna gracia. Había alzado los ojos al techo, movido los labios como si musitara una breve plegaria y se sometiera a la voluntad divina, y preguntado:

– La fuerza prevalece sobre el derecho, ¿no es eso?

Y el soldado, que no sabía francés, tras asentir con la cabeza vigorosa y repetidamente, había sonreído de oreja a oreja y se había limitado a responder:

– Ja wohl.

– Dígale al teniente Ven… Von… -farfulló la anciana con desdén- que ahora es el dueño. -Y tras sacar las llaves solicitadas del llavero y arrojarlas sobre la mesa, le susurró a su nuera con tono dramático-: Va a tocar la Wacht am Rhein…

– Creo que ahora tienen otro himno nacional, madre.

Pero el teniente no había tocado nada. Siguió reinando un profundo silencio; luego, el ruido de la puerta cochera, que resonó como un gong en la paz de la tarde, les hizo saber que el oficial salía; ambas mujeres habían soltado un suspiro de alivio.

«Ahora se ha apartado de la ventana -pensó Lucile-. Se pasea por la habitación. Las botas, ese ruido de botas… Todo esto pasará. La ocupación acabará. Llegará la paz, la bendita paz. La guerra y el desastre de 1940 no serán más que un recuerdo, una página de la Historia, nombres de batallas y tratados que los estudiantes recitarán en los institutos. Pero yo recordaré este ruido sordo de botas golpeando el suelo mientras viva. Pero ¿por qué no se acuesta? ¿Por qué no se pone zapatillas en casa, por la noche, como un civil, como un francés?… Está bebiendo.» Lucile oyó el siseo del sifón de agua de Selz y el débil chsss-chsss de un limón exprimido. Su suegra habría dicho: «Ahí tienes por qué no encontramos limones. ¡Nos lo quitan todo!» Ahora estaba hojeando un libro. ¡Oh, qué idea tan odiosa! Lucile se estremeció. Había abierto el piano; reconocía el golpe de la tapa y el chirrido que producía el taburete al girar. «¡No! ¡Es capaz de ponerse a tocar en plena noche!» Aunque lo cierto es que sólo eran las nueve de la noche. Puede que en el resto del mundo la gente no se acostara tan temprano… Sí, estaba tocando. Lucile escuchó con la cabeza baja, mordiéndose nerviosamente el labio inferior. No fue tanto un arpegio como una especie de suspiro que ascendía del teclado, una palpitación de notas; las rozaba, las acariciaba, y acabó con un trino leve y rápido como el canto de un pájaro. Luego, todo quedó en silencio.

Lucile permaneció inmóvil largo rato, con el pelo suelto sobre los hombros y el cepillo en la mano. Al fin, suspiró y pensó vagamente: «Lástima…» (¿Lástima que el silencio fuera tan profundo? ¿Que quien estaba allí fuera él, el invasor, el enemigo, y no otro?) Hizo un leve gesto de irritación con la mano, como si apartara capas de aire demasiado denso, irrespirable. Lástima… Y se acostó en la gran cama vacía.

<p>5</p>

Madeleine Labarie estaba sola en casa, sentada en la sala donde Jean-Marie había vivido durante unas semanas. Todos los días hacía la cama en la que dormía el convaleciente.

– ¡Déjalo ya! -le decía Cécile, irritada-. Si nadie se acuesta en ella, no sé qué necesidad tienes de cambiar las sábanas, como si esperaras a alguien. ¿Esperas a alguien?

Madeleine no respondía, y a la mañana siguiente volvía a sacudir el enorme colchón de plumas.

Estaba contenta de haberse quedado sola con el bebé, que mamaba con la mejilla apoyada contra su pecho desnudo. Cuando lo cambiaba de lado, tenía una parte de la cara húmeda, roja y brillante como una cereza, y la forma del pecho impresa en la piel. Madeleine lo besó con ternura. «Me alegro de que sea un chico -se dijo por enésima vez-. Los hombres sufren menos.»

Se estaba amodorrando frente al fuego: nunca dormía lo suficiente. Había tanto trabajo que rara vez se acostaban antes de las diez o las once, y a veces volvían a levantarse en plena noche para escuchar la radio inglesa. Había que estar en pie a las cinco de la madrugada para dar de comer a los animales. Era agradable poder echar una cabezadita esa mañana, con la comida en el fuego, la mesa puesta y todo en orden a su alrededor. La pálida luz de un lluvioso mediodía de primavera iluminaba el verde nuevo de los campos y el gris del cielo. En el corral, los patos parpaban bajo la lluvia y las gallinas y los pavos, pequeñas bolas de hirsutas plumas, se cobijaban tristemente bajo el cobertizo. Madeleine oyó ladrar al perro.

«¿Ya vuelven?», se preguntó.

Benoît había llevado la familia al pueblo.

Alguien cruzó el patio, alguien que no llevaba zuecos como Benoît. Cada vez que Madeleine oía pasos que no eran los de su marido u otro habitante de la granja, cada vez que veía a lo lejos una silueta desconocida, en el momento mismo en que pensaba febrilmente: «No es Jean-Marie, no puede ser él, estoy loca; primero, porque no volverá, y después, porque si volviera, ¿qué más daría, si me he casado con Benoît? No espero a nadie; al contrario, ruego a Dios que Jean-Marie no vuelva jamás, porque poco a poco me acostumbraré a mi marido y seré feliz… Dios mío, no sé qué me digo, no sé dónde tengo la cabeza. Si soy feliz…», en el mismo momento en que se decía todo eso, su corazón, que era menos razonable que ella, comenzaba a palpitar con tal violencia que ahogaba todos los sonidos exteriores, hasta el punto de que Madeleine dejaba de oír la voz de su marido, el llanto del niño y el viento bajo la puerta, y el estruendo de sus latidos la ensordecía, como cuando nos zambullimos bajo una ola. Por unos instantes era como si perdiese el conocimiento; luego, cuando volvía en sí, veía al cartero, que traía un muestrario de semillas (y que ese día estrenaba zapatos), o al vizconde de Montmort, el propietario.

– Pero bueno, Madeleine, ¿no das los buenos días? -le preguntaba la señora Labarie, extrañada.

– Creo que la he despertado -decía el visitante, mientras ella se excusaba débilmente y murmuraba:

– Sí, me ha sobresaltado…

¿Despertarla? ¿De qué sueño?

Una vez más, Madeleine fue presa de esa agitación interior, de ese pánico que la paralizaba a la vista del desconocido que entraba (o regresaba) a su vida. Se levantó a medias de la silla y clavó los ojos en la puerta. ¿Un hombre? Eran pasos de hombre, una tosecilla masculina, un aroma a tabaco de calidad… Una mano de hombre, cuidada y blanca, sobre el picaporte; luego, un uniforme alemán. Como siempre, al ver que quien entraba no era Jean-Marie, se llevó una decepción tan grande que se quedó aturdida unos instantes; ni siquiera se le ocurrió abotonarse la blusa. El alemán, un oficial, un joven que no tendría más de veinte años, con el rostro muy pálido y las pestañas, el pelo y el corto bigote igual de claros, de un rubio pajizo y brillante, miró el pecho desnudo, sonrió y saludó con una corrección exagerada, casi insultante. Algunos alemanes sabían imprimir en sus saludos a los franceses una cortesía afectada (¿o tal vez sólo era la impresión del vencido, agriado, humillado, lleno de cólera?). Ya no era una muestra de consideración hacia un semejante, sino la que se testimonia a un cadáver, como el «¡Presenten armas!» ante el cuerpo del condenado al que se acaba de ejecutar.

– ¿Puedo ayudarlo en algo, señor? -preguntó al fin Madeleine, cubriéndose rápidamente.

– Tengo una boleta de alojamiento en la granja de los Nonnain, señora -respondió el joven, que hablaba un francés excelente-. Perdone que la importune, pero ¿sería tan amable de mostrarme mi habitación?

– Nos habían dicho que tendríamos soldados rasos -repuso Madeleine tímidamente.

– Yo soy teniente intérprete en la Kommandantur.

– Estará usted lejos del pueblo, y me temo que la habitación no es demasiado buena para un oficial. Esto no es más que una granja; aquí no tendrá agua corriente, ni electricidad ni nada de lo que un caballero necesita.

El joven paseó la mirada por la sala. Examinó el suelo de gastadas baldosas rojizas, casi rosa en algunos sitios, el enorme hogar que ocupaba el centro de la habitación; la cama de vela en un rincón, la rueca que habían bajado del granero, donde languidecía desde la otra guerra, porque ahora todas las chicas de la región aprendían a hilar la lana, puesto que ya no podía comprarse en madejas… El alemán siguió observando con atención las fotografías enmarcadas de las paredes, los premios de concursos agrícolas, la pequeña hornacina vacía, que antaño había albergado la imagen de una santa, y las delicadas y desvaídas pinturas que formaban un friso a su alrededor. Por fin, volvió a posar los ojos en la joven campesina y la criatura que tenía en brazos, y sonrió.

– No se preocupe por mí. Estaré perfectamente.

Su voz tenía un timbre extrañamente duro y vibrante que recordaba a un crujido metálico. Los ojos gris acero, las angulosas facciones y el peculiar color rubio del pelo, pálido, lustroso y liso como un casco, daban a aquel joven un aspecto inquietante a los ojos de Madeleine; su apariencia física tenía algo perfecto, preciso, deslumbrante, que hacía pensar más en una máquina que en un ser humano, se dijo, fascinada a su pesar por las botas y la hebilla de su cinturón: el cuero y el acero resplandecían.

– Espero que tenga ordenanza -dijo Madeleine-. Aquí nadie podría sacar tanto brillo a sus botas.

El alemán se echó a reír y repitió:

– No se preocupe por mí.

Madeleine había acostado al niño. La imagen del alemán se reflejó en el espejo inclinado que colgaba sobre la cama. Madeleine sorprendió su mirada y su sonrisa. «Si le da por rondarme, ¿qué dirá Benoît?», pensó con temor. El joven le desagradaba y le daba un poco de miedo, pero no podía evitar sentirse atraída por cierto parecido con Jean-Marie; no con Jean-Marie en tanto que hombre, sino en tanto que burgués, que «señorito». Los dos iban bien afeitados, eran educados y tenían manos blancas y piel fina. Madeleine comprendió que la presencia de aquel alemán sería doblemente odiosa para Benoît: porque era un enemigo y porque no era un campesino como él; sobre todo, porque detestaba lo que en Madeleine revelaba interés, curiosidad por la clase superior, hasta el punto de que, desde hacía algún tiempo, le arrancaba de las manos las revistas de moda o, cuando ella le pedía que se afeitara o se cambiara de camisa, le espetaba: «En esta vida hay que elegir. Tú has elegido a un hombre del campo, a un destripaterrones… Yo no tengo modales refinados», con tanto rencor, con unos celos tan exacerbados, que Madeleine se olía lo que había ocurrido: Cécile se había ido de la lengua. Cécile tampoco era la misma con ella. Suspiró. Cuántas cosas había cambiado aquella maldita guerra…

– Le enseñaré su habitación -murmuró al fin.

Pero el alemán cogió una silla y se sentó junto a la estufa.

– Luego, si no le importa. Antes presentémonos. ¿Cómo se llama usted?

– Madeleine Labarie.

– Yo, Kurt Bonnet. Como ve, es un apellido francés. Mis antepasados debían de ser compatriotas suyos, expulsados de Francia en tiempos de Luis XIV En Alemania hay sangre francesa, y palabras francesas en nuestro idioma.

«En Francia también hay sangre alemana -le habría gustado responderle-, pero en la tierra, y desde 1914.» Pero no se atrevió; lo mejor era callarse. Era extraño: no odiaba a los alemanes, no odiaba a nadie, pero cada vez que veía aquel uniforme parecía convertirse, ella, que tan libre y orgullosa había sido siempre, en una especie de astuta, cautelosa y asustada esclava, llena de habilidad para adular al vencedor y luego escupir a sus espaldas: «¡Ojalá revientes!», como hacía su suegra, que al menos no sabía fingir ni contemporizar con el invasor, se dijo Madeleine, avergonzada de sí misma. Arrugó la frente, adoptó una expresión glacial y apartó un poco la silla para darle a entender que no deseaba seguir hablando con él y que su presencia la incomodaba.

Él, en cambio, la miraba complacido. Como muchos hombres jóvenes, sometidos desde la infancia a una dura disciplina, se había acostumbrado a ocultar su ser íntimo tras una rígida arrogancia exterior. Opinaba que un hombre digno de ese nombre debía ser de hierro. Por lo demás, así era como se había mostrado en la guerra, en Polonia y Francia, y durante la ocupación. Pero obedecía no tanto a unos principios como a la impetuosidad de la extrema juventud. (Madeleine le calculaba unos veinte años, pero aún tenía menos: había cumplido los diecinueve durante la campaña de Francia.) Se mostraba benévolo o cruel según la impresión que le causaran las cosas y las personas. Si le cogía ojeriza a alguien, se las arreglaba para hacerle la vida imposible. Tras la debacle del ejército francés, le encomendaron conducir a Alemania el lamentable rebaño de prisioneros y, durante esas terribles jornadas, en las que la orden era abatir a los que flaquearan, a los que no caminaran lo bastante deprisa, lo había hecho sin remordimientos, e incluso de buena gana con quienes le resultaban antipáticos. En cambio, se había mostrado infinitamente humano y compasivo con ciertos prisioneros que le cayeron en gracia, y que en algunos casos le debían la vida. Era cruel, pero con la crueldad de la adolescencia, producto de una imaginación muy viva y sensible, totalmente ensimismada, absorta en su propia alma: el adolescente no se compadece de las desgracias ajenas, no las ve, sólo se ve a sí mismo. En esa crueldad había una parte de afectación, debida a su edad tanto como a cierta inclinación al sadismo. De tal modo que, si bien se mostraba implacable con los hombres, era extraordinariamente considerado con los animales. A su inspiración se debía una orden de la Kommandantur de Calais fechada unos meses antes. Bonnet había observado que, los días de mercado, los campesinos llevaban los pollos cabeza abajo, agarrados por las patas. «Por motivos humanitarios», tal comportamiento quedó terminantemente prohibido. Los campesinos no hicieron el menor caso, lo que aumentó la aversión de Bonnet por los franceses, «incivilizados y vanos», que por su parte estaban indignados ante semejante bando, colocado junto a otro que informaba de la ejecución de ocho hombres en represalia por una acción de sabotaje. En la ciudad del norte donde había estado acantonado, Bonnet se había encariñado con su patrona por la sencilla razón de que, un día que tenía gripe, la mujer se había tomado la molestia de llevarle el desayuno a la cama. Bonnet se acordó de su madre y de su infancia, y con lágrimas en los ojos dio las gracias a la señora Lili, antigua madame de un burdel. A partir de ese día hizo todo lo que pudo por ella: le conseguía vales de gasolina y permisos de todo tipo, pasaba las veladas con la antigua alcahueta porque, según decía el joven, estaba sola, era mayor y se aburría, y siempre que iba a París por asuntos del servicio le traía algún regalo, que le salía caro, porque no era rico.

En ocasiones, esas simpatías tenían su origen en reminiscencias musicales, literarias o, como la mañana de primavera en que se presentó en casa de los Labarie, pictóricas: Bonnet era un joven muy culto y dotado para todas las artes. La granja de los Labarie, con aquella atmósfera un tanto lúgubre y húmeda que le daba el día lluvioso, con sus gastadas baldosas rojizas, su pequeña hornacina vacía, en la que el joven teniente imaginaba una estatua de la Virgen retirada durante la última revolución, con la rama de boj bendecida encima de la cuna y el brillo de un calentador de cobre en la penumbra, tenía algo que recordaba un «interior» de la escuela flamenca. Aquella joven sentada en un sillita baja, con su hijo en brazos y un delicioso pecho medio desnudo y reluciendo en la penumbra, aquel rostro encantador de mejillas sonrosadas y frente y barbilla muy pálidos, se merecían por sí solos un cuadro. Contemplándolos, admirándolos, casi se sentía como en un museo de Munich o Dresde, solo ante una de esas telas que le producían una incomparable embriaguez sensual e intelectual aun tiempo. A partir de ese momento, esa mujer podría mostrarse fría u hostil hacía él; no le afectaría, ni siquiera lo advertiría. Lo único que le pedía, a ella como a todo lo que la rodeaba, era que le procuraran un placer puramente estético, que conservaran aquella iluminación de obra maestra, aquella luminosidad de la carne, aquel terciopelo del fondo.

En ese instante, el enorme reloj dio las doce. Bonnet sonrió casi con placer. Aquel sonido grave, profundo y un tanto cascado, que saca de aquella vieja máquina con la caja pintada, era el mismo que en más de una ocasión había creído oír mientras contemplaba un cuadro de algún pintor holandés e imaginaba el olor de los arenques preparados por la señora de la casa o el ruido de la calle que se adivinaba tras una ventana de cristales verdosos; en aquellos lóbregos interiores siempre había un reloj así.

No obstante, quería hacer hablar a Madeleine, deseaba volver a oír su voz fresca y melodiosa.

– ¿Vive aquí sola? ¿Tiene al marido prisionero, quizá?

– ¡No, no! -se apresuró a responder Madeleine.

Al recordar que Benoît se había escapado de los alemanes, volvió a asustarse; de pronto, temió que el alemán lo adivinara y detuviera al fugitivo. «Mira que soy idiota», se dijo, pero instintivamente suavizó su actitud: había que ser amable con el vencedor. Adoptando un tono ingenuo y obsequioso, preguntó:

– ¿Se quedarán ustedes mucho tiempo? Dicen que tres meses.

– No lo sabemos ni siquiera nosotros -explicó Bonnet-. Es la vida del soldado: dependemos de una orden, del capricho de los generales o del azar de la guerra. íbamos camino de Yugoslavia, pero allí todo ha terminado.

– ¡Ah! ¿Ha terminado?

– Es cuestión de días. De todas formas, hubiésemos llegado después de la victoria. Así que creo que nos tendrán aquí todo el verano, a no ser que nos envíen a África o Inglaterra.

– Y… ¿le gusta esa vida? -preguntó Madeleine con fingida candidez, pero sintiendo un leve estremecimiento de repugnancia, como si le hubiera preguntado a un caníba «¿Es verdad que le gusta la carne humana?»

– El hombre ha nacido para ser guerrero, como la mujer para el descanso del guerrero -respondió Bonnet, y sonrió, porque encontraba divertido citar a Nietzsche ante aquella bonita campesina francesa-. Seguro que su marido, si es joven, piensa lo mismo.

Madeleine no respondió. En el fondo, sabía muy poco sobre las ideas de Benoît, se dijo, pese a que se habían criado juntos. Benoît era taciturno y estaba revestido de una triple armadura de pudor: masculino, campesino y francés. Madeleine no sabía ni qué odiaba ni qué amaba, sólo que era capaz de amar y de odiar. «Dios mío, que no le coja manía a este alemán», pensó.

Madeleine prestaba atención al joven oficial, pero estaba pendiente de los ruidos del camino y apenas le respondía. Las carretas pasaban de largo; las campanas tocaban el ángelus; sonaban una tras otra en el silencio del campo: primero, la de la pequeña capilla de Montmort, alegre como un cascabel de plata; luego, el grave tañido de la iglesia del pueblo, y por último el apresurado repique de Sainte-Marie, que sólo se oía cuando hacía mal tiempo y el viento soplaba de lo alto de las colinas.

– Mi familia no tardará en llegar -murmuró, colocando sobre la mesa un jarrito de porcelana crema lleno de nomeolvides-. Usted no comerá aquí, ¿verdad? -le preguntó de improviso.

El alemán se apresuró a tranquilizarla.

– ¡No, no! Las comidas las haré en el pueblo. Sólo necesito el café con leche del desayuno.

– Eso es bien fácil. Si no es más que eso, teniente…

Era una frase hecha de la región; la gente la decía sonriendo y con voz melosa, pero no significaba absolutamente nada: era una fórmula cortés que no engañaba a nadie ni comprometía a nada, una simple muestra de amabilidad. Si al final la promesa quedaba en nada, existía otra fórmula ad hoc, que, por el contrario, se pronunciaba en tono de pesar y disculpa: «¡Ah, no siempre puede hacer uno lo que le gustaría!» Pero el alemán se quedó encantado.

– ¡Qué amable es todo el mundo en este pueblo! -exclamó ingenuamente.

– ¿Usted cree, teniente?

– ¿Y me subirá el desayuno a la cama?

– Eso sólo se hace con los enfermos -replicó Madeleine con tono burlón. Bonnet intentó cogerle las manos, pero ella las apartó bruscamente-. Aquí llega mi marido.

Todavía no era él, pero no tardaría en aparecer. Madeleine había reconocido el paso de la yegua en el camino. Salió al patio; seguía lloviendo. El viejo break, que no se había usado desde la otra guerra y que ahora sustituía al coche, inutilizable, cruzó el portón. Benoît iba en el pescante y las mujeres, sentadas bajo los chorreantes paraguas. Madeleine corrió hacia su marido y le echó los brazos al cuello.

– Hay un boche -le susurró al oído.

– ¿Se va alojar aquí?

– Sí.

– Maldita sea…

– ¡Bah, si los sabes manejar no son malas personas! -dijo Madeleine-. Y pagan bien.

Benoît desenganchó la yegua y la llevó a la cuadra. Cécile, intimidada por el alemán pero consciente de su buen aspecto -llevaba el vestido de los domingos, sombrero y medias de seda-, entró muy tiesa en la sala.

<p>6</p>

El regimiento pasó bajo las ventanas de Lucile. Los soldados cantaban; tenían muy buenas voces, pero formaban un coro grave, amenazador y triste que parecía más religioso que guerrero y desconcertaba a los franceses. «¿Serán cánticos suyos?», se preguntaban las mujeres.

La tropa volvía de las maniobras; era tan temprano que todo el pueblo dormía. Algunas mujeres se habían despertado sobresaltadas y reían asomadas a las ventanas. ¡Qué mañana tan pura y fresca! Los gallos hacían sonar sus trompetas, enronquecidas por el relente de la noche. El aire inmóvil estaba teñido de rosa y plata. Una luz inocente bañaba los felices rostros de los hombres que desfilaban (¿cómo no ser feliz en una primavera tan hermosa?), hombres altos y bien plantados, de facciones duras y voces armoniosas, a los que las mujeres seguían con la mirada largo rato. Los vecinos empezaban a reconocer a algunos soldados, que ya no formaban la masa anónima de los primeros días, aquella marea de uniformes verdes en la que ningún rasgo se distinguía de los demás, del mismo modo que en el mar ninguna ola posee fisonomía propia, sino que se confunde con las que la preceden y la siguen. Ahora aquellos soldados tenían nombres: «Mira -decía ¡agente-, ése es el rubito que vive en casa del almadreñero; sus compañeros lo llaman Willy. Aquel pelirrojo es el que pide tortillas de ocho huevos y se bebe doce vasos de aguardiente de un tirón, sin emborracharse ni ponerse malo. Y ese tan joven y tan tieso es el intérprete, el que hace y deshace en la Kommandantur. Y por ahí viene el alemán de las Angellier.»

Y, del mismo modo que a los granjeros se los llamaba por el nombre de la propiedad en que vivían, hasta el punto de que el cartero, descendiente de antiguos aparceros de los Montmort, seguía apodándose Auguste de Montmort, los alemanes heredaron en cierta medida los apellidos de sus anfitriones. Y así, se decía: «Fritz de Durand, Ewald de la Forge, Bruno de los Angellier…»

Este último iba a la cabeza de su destacamento de caballería. Los animales, fogosos y bien alimentados, que caracoleaban y miraban a la gente con ojos vivos, impacientes y orgullosos, eran la admiración de los campesinos. «¿Has visto, mamá?», exclamaban los niños.

El caballo del teniente tenía el pelaje castaño dorado, con reflejos de satén. Ninguno de los dos parecía insensible a los murmullos y las exclamaciones de admiración de las mujeres. El hermoso corcel arqueaba el pescuezo y sacudía furiosamente el bocado. El oficial esbozaba una leve sonrisa y de vez en cuando producía con la lengua un pequeño chasquido cariñoso que resultaba más efectivo que la fusta.

– ¡Qué bien monta ese boche! -exclamó una chica asomada a su ventana, y el teniente se llevó la enguantada mano a la gorra y saludó muy serio.

Detrás de la chica, se oyó un agitado cuchicheo.

– Sabes perfectamente que no les gusta que los llamen así. ¿Es que te has vuelto loca?

– Bueno, ¿y qué? Se me había olvidado -se defendió la chica, roja como un tomate.

Al llegar a la plaza, el destacamento se dispersó. Los soldados regresaron a sus alojamientos haciendo resonar las botas y las espuelas. Un sol radiante y casi estival empezaba a calentar con fuerza. En los patios, los soldados se lavaban; sus desnudos torsos estaban enrojecidos, curtidos por la intemperie y empapados en sudor. Un soldado había colgado un pequeño espejo en el tronco de un árbol y se estaba afeitando; otro sumergía la cabeza y los brazos en un cubo de agua fresca; un tercero exclamaba:

– ¡Bonito día, señora!

– Vaya, ¿habla usted mi idioma?

– Un poco.

Se cruzaban miradas y se cambiaban sonrisas. Las mujeres se acercaban a los aljibes y soltaban las largas y chirriantes cadenas. Cuando el cubo volvía a aparecer, lleno de un agua helada y temblorosa en la que el cielo se veía de un azul más oscuro, siempre había algún soldado que acudía a toda prisa para aliviar de su carga a la mujer. Unos, para mostrarle que, aunque alemanes, eran educados; otros, por bondad natural, y la mayoría, porque el buen tiempo y una especie de plenitud física causada por el aire libre, el sano cansancio y la perspectiva del descanso les producía esa exaltación, esa sensación de fuerza interior que induce al hombre a ser más blando con los débiles y más duro con los fuertes (sin duda, el mismo instinto que en primavera lleva a los machos a luchar entre sí, mordisquear el suelo, jugar y revolcarse en el polvo delante de las hembras).

Un joven soldado acompañó a una mujer hasta su casa; le llevaba, muy serio, dos botellas de vino blanco que ella acababa de sacar del aljibe. No era más que un muchacho, de ojos claros, nariz respingona y grandes y fuertes brazos.

– Muy bonitas -decía mirando las piernas de la francesa-. Muy bonitas, señora…

La mujer se volvió y se llevó un dedo a los labios.

– Chist… Mi marido…

– Ah, marido, böse… malo -murmuró él fingiéndose asustado.

Al otro lado de la puerta, el marido lo oía todo, pero, como confiaba en su mujer, lejos de encolerizarse sentía una especie de orgullo. «¡Claro, como que nuestras mujeres son unas reales hembras!», se decía. Y esa mañana el vasito de vino blanco aún le supo mejor.

Dos soldados entraron en la tienda del almadreñero, que era mutilado de guerra y en ese momento estaba trabajando en su banco. En el aire flotaba un penetrante olor a madera recién cortada; los tarugos de pino aún lloraban lágrimas de resina. En un estante se veían zuecos acabados y adornados con quimeras, serpientes o cabezas de buey. Un par estaba tallado en forma de morro de cerdo. Uno de los alemanes se quedó admirándolo.

– Obra excelente -murmuró.

El enfermizo y taciturno almadreñero no dijo nada, pero su mujer, que estaba poniendo la mesa, no pudo resistirse a la curiosidad y preguntó:

– ¿Qué era usted en Alemania?

El soldado no comprendió de inmediato, pero acabó contestando que cerrajero. La mujer del almadreñero se quedó pensativa.

– Deberíamos enseñarle la llave del aparador, que está rota -le dijo al oído a su marido-. A lo mejor la arregla.

– Deja, deja -contestó él frunciendo el entrecejo.

– ¿Ustedes, desayunar? -dijo el soldado señalando el pan blanco colocado en un plato floreado-. Pan francés, ligero… No llena estómago…

El alemán quería decir que aquel pan le parecía poco nutritivo, que no alimentaba, pero los franceses no podían concebir que alguien fuera tan ignorante como para no reconocer la excelencia de uno de sus alimentos, y más de aquellas hogazas rubias, de aquellos grandes panes en forma de corona, que, según decían, pronto serían reemplazados por una mezcla de salvado y harina de calidad inferior. Y como no podían creerlo, tomaron las palabras del alemán por un cumplido y se sintieron halagados. Hasta el almadreñero suavizó su hosca expresión. El matrimonio se sentó a la mesa con el resto de la familia y los alemanes se acomodaron aparte, en los taburetes de la tienda.

– ¿Y qué, les gusta el pueblo? -siguió preguntando la mujer, que era de carácter sociable y sobrellevaba como podía los largos silencios de su marido.

– ¡Oh, sí, bonito!

– ¿Y su tierra? ¿Se parece a esto? -le preguntó la mujer al otro soldado.

La frente del joven se cubrió de arrugas; era evidente que buscaba con desesperación palabras para describir su región natal, sus campos de lúpulo o sus profundos bosques. Pero, al no encontrarlas, se limitó a abrir los brazos.

– Grande… buena tierra… -Y tras dudar un instante, soltó un suspiro y añadió-: Lejos…

– ¿Tiene usted familia?

El soldado asintió. En ese momento, el almadreñero le susurró a su mujer:

– No tienes por qué hablar con ellos.

Avergonzada, la mujer acabó de preparar el desayuno en silencio, sirvió el café y cortó rebanadas de pan para los niños.

De la calle llegaba un alegre guirigay. Las risas, el entrechocar de las armas, el resonar de las botas y las voces de los soldados formaban un risueño bullicio. Todo el mundo estaba contento, sin saber por qué. ¿Tal vez porque hacía buen tiempo? Aquel cielo tan azul parecía inclinarse dulcemente sobre el horizonte para abrazar la tierra. Agachadas en el suelo, las gallinas dormitaban y de vez en cuando agitaban las alas y cloqueaban perezosamente. Briznas de paja y plumones volaban por el aire mezclados con un polen impalpable. Era la época de los nidos.

El pueblo llevaba tanto tiempo sin hombres que, pese a ser invasores, hasta éstos parecían estar en su sitio. Ellos lo sentían y se dejaban acariciar por el sol. Al verlos, las madres de los prisioneros y de los caídos en combate los maldecían entre dientes. Pero las jóvenes los miraban.

<p>7</p>

Las señoras del pueblo y varias granjeras ricas de la comarca se habían reunido en un aula de la escuela religiosa para la reunión mensual del «paquete para el prisionero». El municipio había tomado bajo su protección a los huérfanos que vivían en la región antes de las hostilidades y habían sido hechos prisioneros. La presidenta de la obra era la señora vizcondesa de Montmort, una joven tímida y fea que sufría horrores cada vez que tenía que hablar en público: se le trababa la lengua, le sudaban las manos, le temblaban las piernas y no sabía dónde meterse. Pero consideraba que cumplía con un deber, que el cielo le había encargado a ella en persona iluminar a aquellas burguesas y aquellas campesinas, llevarlas por el buen camino, hacer germinar la semilla del bien en su interior.

– Mira, Amaury -le había explicado la vizcondesa a su marido-, yo no puedo creer que entre ellas y yo exista una diferencia esencial. Por mucho que me decepcionen, porque no te imaginas lo groseras y mezquinas que pueden llegar a ser, sigo buscando alguna luz en su interior. ¡No -exclamó alzando los ojos, arrasados en lágrimas, hacia el vizconde (lloraba con facilidad)-, Nuestro Señor no habría muerto por sus almas si en ellas no hubiera algo! Pero la ignorancia, mi querido Amaury, la ignorancia en la que viven es espantosa. Así que, al comienzo de cada reunión, les dirijo una breve alocución para que comprendan por qué están siendo castigadas; puedes reírte, Amaury, pero a veces he visto un destello de inteligencia en sus toscos rostros. Cuánto lamento no haber podido seguir mi vocación… -murmuró la vizcondesa pensativamente-. Me habría gustado evangelizar una región remota, ser la mano derecha de algún misionero en la sabana o en una selva virgen. En fin, no le demos más vueltas. Nuestra misión se encuentra allí donde el Señor nos ha puesto.

Ahora, la vizcondesa estaba de pie en la pequeña tarima de un aula de la escuela de la que se habían sacado los pupitres a toda prisa; una docena de alumnas, elegidas entre las más aplicadas, habían obtenido el privilegio de escuchar las palabras de la señora de Montmort. Rascaban el suelo con sus zuecos y miraban al vacío con sus grandes e inexpresivos ojos, «como las vacas», pensó, no sin cierta irritación, la vizcondesa, y decidió dirigirse a ellas especialmente.

– Vosotras, mis queridas niñas -empezó-, habéis sufrido precozmente los dolores de la Patria… -Una de las niñas escuchaba con tal atención que se cayó del taburete en que estaba sentada; las otras once ahogaron la risa en los delantales. La vizcondesa frunció el entrecejo y elevó el tono de voz-: Os entregáis a los juegos de vuestra edad. Parecéis despreocupadas, pero vuestros corazones están henchidos de dolor. ¡Cuántas oraciones eleváis a Dios Todopoderoso mañana y noche para que se apiade de los infortunios de nuestra querida Francia!

La vizcondesa se interrumpió para dirigir un seco saludo a la maestra de la escuela laica, que acababa de entrar: era una mujer que no asistía a misa y había enterrado a su marido por lo civil; sus alumnos incluso aseguraban que no estaba bautizada, lo que era menos escandaloso que inverosímil, casi como decir que un ser humano había nacido con cola de pez. La vizcondesa la detestaba tanto más cuanto que su conducta era irreprochable, «porque -como le decía al vizconde- si bebiera o tuviera amantes, se podría explicar por su irreligiosidad; pero date cuenta, Amaury, de la confusión que puede causar en el ánimo del pueblo ver gente que no piensa como es debido pero practica la virtud». Como la presencia de la maestra le resultaba odiosa, la vizcondesa dejó que su voz trasluciera parte del encendido calor que la aparición de un enemigo suele verternos en el corazón y siguió hablando con verdadera elocuencia:

– Pero las oraciones y las lágrimas no bastan. No lo digo sólo por vosotras; lo digo también por vuestras madres. Debemos practicar la caridad. Y sin embargo, ¿qué veo? Que nadie la practica. Nadie se sacrifica por los demás. Lo que os pido no es dinero; por desgracia, ahora el dinero ya no sirve para gran cosa -añadió con un suspiro, pensando en los ochocientos cincuenta francos que le habían costado los zapatos que llevaba (afortunadamente, el vizconde era el alcalde del municipio y ella tenía todos los bonos para calzado que quisiera)-. No, no es dinero, sino los frutos que el campo produce en tanta abundancia y con los que me gustaría llenar los paquetes para nuestros prisioneros. Cada una de vosotras piensa en los suyos, en el marido, el hijo, el hermano o el padre cautivo; a ése no le falta de nada, se le envía mantequilla, chocolate, azúcar, tabaco… Pero ¿y los que no tienen familia? ¡Ay, señoras! ¡Piensen, piensen en la suerte de esos desdichados que nunca reciben paquetes ni noticias! Veamos, ¿qué podemos hacer por ellos? Acepto todos los donativos y los centralizo; luego los envío a la Cruz Roja, que los reparte en los distintos campos de prisioneros. Las escucho, señoras. -Se produjo un silencio. Las granjeras miraban a las señoras del pueblo y las señoras del pueblo apretaban los labios y miraban a las campesinas-. Está bien, empezaré yo -dijo la vizcondesa con benevolencia-. Esta es mi idea: en el próximo paquete se podría incluir una carta escrita por una de estas niñas. Una carta en la que, con palabras sencillas y enternecedoras, deje hablar a su corazón y exprese su dolor y su patriotismo. Piensen -prosiguió con voz vibrante-, piensen en la alegría de ese pobre hombre abandonado cuando lea esas líneas, en las que en cierto modo palpitará el alma del país y que le recordarán a los hombres, las mujeres, los niños, los árboles; las casas de su querida patria chica, que, como dijo el poeta, nos hace amar todavía más a la grande. Sobre todo, mis queridas niñas, dad rienda suelta a vuestros corazones. No busquéis efectos de estilo; que el talento epistolar calle y hable el corazón. ¡Ah, el corazón! -exclamó la vizcondesa entrecerrando los ojos-. ¡Nada hermoso, nada grande puede hacerse sin él! Podríais meter en vuestra carta alguna florecilla silvestre, una margarita, una prímula… No creo que las normas lo prohíban. ¿Les gusta la idea? -preguntó la vizcondesa ladeando ligeramente la cabeza con una graciosa sonrisa-. ¡Vamos, vamos, que yo ya he hablado bastante! Ahora les toca a ustedes.

La mujer del notario, una señora bigotuda de facciones duras, dijo con voz agria:

– No es que no queramos mimar a nuestros queridos prisioneros. Pero ¿qué podemos hacer nosotros, los pobres vecinos del pueblo? No tenemos nada. No tenemos grandes propiedades como usted, señora vizcondesa, ni las hermosas granjas de la gente del campo. Nos las vemos y deseamos para poder comer. Mi hija, que acaba de dar a luz, no puede encontrar leche para alimentar a su hijo. Los huevos se venden a dos francos la pieza, y eso cuando se encuentran.

– ¿Y qué quiere decir con eso, que nosotros participamos en el mercado negro? -replicó Cécile Labarie, que cuando se encolerizaba hinchaba el cuello como un pavo y enrojecía como un tomate.

– No quiero decir eso, pero…

– ¡Señoras, señoras! -rogó la vizcondesa, pensando con desánimo: «Decididamente, no hay nada que hacer, no escuchan nada, no comprenden nada, son espíritus groseros. ¡Qué digo! ¿Espíritus? Barrigas parlantes, eso es lo que son.»

– Es una vergüenza -prosiguió Cécile, meneando la cabeza-, es una vergüenza ver casas donde tienen de todo y aún se quejan. ¡Vamos, todo el mundo sabe que a los del pueblo no les falta de nada! ¡Sí, lo han oído bien, de nada! ¿Creen que no sabemos quién arrambla con toda la carne? Es bien sabido que acaparan los vales. A cinco francos el vale de carne. A los que tienen dinero no les falta de nada, como siempre, pero los pobres…

– Nosotros también necesitamos carne, señora -dijo la mujer del notario muy digna, pero pensando con angustia que dos días antes la habían visto salir de la carnicería con una pierna de cordero (la segunda de la semana)-. Porque nosotros no matamos cerdos. Nosotros, en nuestras cocinas, no tenemos jamones, montones de tocino y salchichones que se resecan y que se prefiere ver agusanados antes que dárselos a la pobre gente de las ciudades.

– Señoras, señoras… -suplicó la vizcondesa-. Piensen en Francia, eleven sus corazones… ¡Domínense! Acallen esos lamentables desacuerdos. ¡Piensen en nuestra situación! Estamos arruinados, vencidos… Sólo nos queda un consuelo: nuestro querido Mariscal… ¡Y se ponen a hablar de huevos, de leche y de cerdos! ¿Qué importa la comida? ¡Por amor de Dios, señoras, todo eso es una vulgaridad! Como si no tuviéramos suficientes motivos para estar tristes… En el fondo, ¿de qué se trata? De un poco de solidaridad, de un poco de tolerancia. Permanezcamos unidas, como lo estaban nuestros padres en las trincheras, como lo están, no me cabe duda, nuestros prisioneros tras las alambradas, en los campos de internamiento…

Qué extraño… Hasta ese momento, apenas le habían hecho caso. Sus exhortaciones eran como los sermones del párroco, que se escuchan sin entenderlos. Pero la imagen de un campo en Alemania, con aquellos hombres encerrados tras alambradas de espino, las conmovió. Todas aquellas fuertes y pesadas criaturas tenían un ser querido en alguno de aquellos campos; trabajaban para él y ahorraban para él, para que a su regreso dijera: «Has conseguido que todo siguiera funcionando, mujer.» Cada una vio con los ojos de la imaginación al ausente, a un solo hombre, al suyo; cada una se figuró a su manera el sitio en que estaba prisionero. Fulana imaginaba un bosque de pinos; mengana, una habitación; zutana, los muros de una fortaleza; pero todas acababan viendo kilómetros de alambradas que encerraban a sus hombres y los separaban del mundo. Burguesas y campesinas sintieron que los ojos se les llenaban de lágrimas.

– Yo le traeré alguna cosa -dijo una.

– Yo también encontraré algo -suspiró otra.

– Veré lo que puedo hacer -prometió la mujer del notario.

La señora de Montmort se apresuró a anotar los donativos. Todas las presentes fueron levantándose de sus asientos, acercándose a la presidenta y susurrándole algo al oído, porque ahora estaban conmovidas y querían dar algo, no sólo para los hijos y los maridos, sino también para los desconocidos, para los huérfanos. Pero desconfiaban de la vecina; no querían parecer más ricas de lo que eran; temían que las denunciaran. Las familias se ocultaban lo que tenían; madres e hijas se espiaban y se denunciaban unas a otras; las amas de casa cerraban la puerta de la cocina a la hora de las comidas para que el olor no traicionara el tocino que crepitaba en la sartén, ni el filete de carne prohibida, ni el pastel hecho con harina prohibida. La vizcondesa escribía: «La señora Bracelet, granjera de Roches, dos salchichones crudos, un tarro de miel, un tarro de chicharrones… La señora Joseph, de la propiedad de Rouet, dos pintadas en escabeche, mantequilla salada, chocolate, café, azúcar…»

– Cuento con ustedes, ¿verdad, señoras? -preguntó al final.

Las campesinas la miraron asombradas: la palabra era sagrada. Una tras otra, empezaron a desfilar; tendían a la señora de Montmort una mano enrojecida, agrietada por el frío del invierno, por el trabajo con los animales, por la lejía, y en cada ocasión la vizcondesa tenía que hacer un esfuerzo para estrechar aquella mano, cuyo contacto le resultaba físicamente desagradable. Pero dominaba ese sentimiento contrario a la caridad cristiana y, como mortificación, se obligaba a besar a los niños que acompañaban a sus madres. Todos estaban gordos y sonrosados, hermosos y sucios como lechones. Al fin, el aula quedó vacía. La maestra había hecho salir a las niñas; las granjeras se habían marchado. La vizcondesa soltó un suspiro, pero no de cansancio sino de desánimo. ¡Qué vulgar y desagradable era la humanidad! Cuánto costaba hacer brotar un destello de amor en aquellas tristes almas…

– ¡Puaj! -dijo en voz alta.

Pero acto seguido ofreció a Dios los esfuerzos y sinsabores de ese día, como le había recomendado su director espiritual.

<p>8</p>

– ¿Y qué piensan los franceses del desenlace de la guerra, señor? -preguntó Bonnet.

Las mujeres se miraron, indignadas. Eso no se hacía. Con un alemán no se hablaba de la guerra, ni de ésta ni de la otra, ni del mariscal Pétain, ni de Mers-el-Kebir, ni de la partición de Francia en dos pedazos, ni de las tropas de ocupación, ni de nada importante. Sólo podía adoptarse una actitud: fingir la fría indiferencia del tono con que respondió Benoît alzando su vaso de vino tinto:

– Les importa un carajo, señor.

Estaba anocheciendo. El ocaso, puro y frío, presagiaba una helada nocturna, pero sin duda al día siguiente haría un tiempo espléndido. Bonnet, que había pasado todo el día en el pueblo, había vuelto para dormir; pero antes de subir a su habitación, por condescendencia, bondad natural, ganas de hacerse notar o deseo de calentarse a la lumbre de la chimenea, se había sentado un momento en la sala. La cena estaba acabando; Benoît se había quedado solo a la mesa; las mujeres, ya en pie, ordenaban la sala y fregaban los cacharros. El alemán miró con curiosidad la enorme cama del rincón.

– Ahí no duerme nadie, ¿verdad? ¿Nunca se utiliza? Qué curioso…

– Se utiliza a veces -respondió Madeleine, pensando en Jean-Marie.

Creía que nadie lo adivinaría, pero Benoît frunció el entrecejo cada alusión a la aventura del reciente verano le traspasaba el corazón con la rapidez y la fuerza de una flecha; pero eso era asunto suyo, sólo suyo. Atajó con una mirada la risita de Cécile y respondió al alemán con mucha educación:

– A veces puede ser útil. Nunca se sabe. Por ejemplo, si le ocurriera a usted una desgracia (y no es que se lo desee)… Aquí acostamos a los muertos en esas camas.

Bonnet lo miró con una expresión divertida y una pizca de esa compasión despectiva que se siente al ver una fiera enseñando los dientes tras los barrotes de una jaula. «Por suerte -se dijo-, el hombre estará trabajando y no lo veré a menudo… Las mujeres son más accesibles.» Sonrió y dijo:

– En tiempo de guerra, ninguno de nosotros espera morir en una cama.

Entretanto, Madeleine había salido al jardín y regresado con un ramo de flores para adornar la chimenea. Eran las primeras lilas; blancas como la nieve y rodeadas de pequeños brotes verdes todavía cerrados, desplegaban sus corolas en perfumados racimos. Bonnet hundió el pálido rostro en el ramo.

– Es maravilloso… Y qué bien sabe usted arreglar las flores…

Por un instante se quedaron de pie el uno junto al otro, sin decir nada. Benoît pensaba que su mujer (su Madeleine) siempre parecía estar en su elemento cuando hacía cosas de señorita: recoger flores, limarse las uñas, peinarse de un modo distinto al de las mujeres de la región, hablar con un extraño, leer un libro… «Es mejor no casarse con una inclusera, no hay forma de saber de dónde viene», se dijo una vez más con amargura; con «de dónde viene», lo que imaginaba, lo que temía, no era que descendiera de alcohólicos o ladrones, sino aquello, aquella sangre de burgués que la hacía suspirar: «¡Ah, cómo se aburre una en el campo!» o «Echo de menos tantas cosas bonitas…», y que establecía -o eso le parecía a él- una oscura complicidad entre ella y un desconocido, un enemigo, con tal de que fuera un «señorito», llevara ropa de calidad y tuviera las manos finas. Benoît apartó la silla con brusquedad y salió fuera. Era la hora de encerrar a los animales. Permaneció largo rato en la tibia penumbra del establo. El día anterior había parido una vaca, que ahora lamía con ternura a un becerrillo de cabeza grande y delgadas y vacilantes patas. Otra resoplaba suavemente en su rincón. Benoît se quedó escuchando sus profundas y tranquilas respiraciones. Desde allí podía ver la puerta de la casa, que estaba abierta. En el umbral apareció una figura. Alguien, extrañado de su tardanza, lo buscaba. ¿Su madre? ¿Madeleine? Su madre, seguro… Sí, sólo era su madre, que al poco volvió a entrar. El no pensaba moverse de allí hasta que el alemán se hubiera ido a dormir. Lo sabría cuando encendiera la luz. Claro, como la electricidad no la pagaba él… Instantes después, una luz iluminó la ventana. En ese preciso momento, Madeleine salió de la casa y corrió hacia él, ligera. Benoît sintió que el corazón se le ensanchaba, como si de pronto una mano invisible hubiera levantado un peso que le aplastaba el pecho desde hacía tiempo.

– ¿Estás ahí, Benoît?

– Sí, aquí estoy.

– ¿Qué haces? Tenía miedo. Estaba asustada.

– ¿Miedo? ¿De qué? No seas tonta.

– No lo sé. Vamos. -Espera. Espera un poco.

Benoît la atrajo hacia sí. Ella se debatía y reía, pero una especie de rigidez que tensaba todo su cuerpo decía a Benoît que reía sin ganas, que no lo encontraba divertido, que no le gustaba que la echaran sobre el heno y la paja fresca, que no quería… No, no lo amaba, no lo deseaba.

– Entonces, ¿no quieres? -le susurró con voz ronca.

– Sí, sí que quiero… Pero no aquí, así, Benoît. Me da vergüenza.

– ¿De quién? ¿De las vacas que te miran? -replicó él con dureza-. ¡Anda, vete!

Ella adoptó aquel tono de queja afligida que le daba ganas de llorar y de matarla a la vez.

– ¿Por qué me hablas así? A veces parece que te hubiera hecho algo. ¿Qué? Es Cécile la que… -Benoît le tapó la boca con la mano, pero Madeleine apartó la cara bruscamente y terminó la frase-: Es ella quien te calienta la cabeza.

– A mí no me calienta la cabeza nadie. Yo no veo por los ojos de los demás. Sólo sé que, cuando me acerco a ti, siempre es lo mismo: «Espera. Otro día. Esta noche no, el niño me ha dejado agotada.» ¿A quién esperas? -rugió él de pronto-. ¿Para quién te reservas? ¿Eh? ¿Eh?

– ¡Suéltame! -gimió Madeleine rechazándolo mientras él le apretaba los brazos y las caderas-. ¡Suéltame! Me haces daño…

Benoît la empujó con tanta fuerza que ella se golpeó la frente contra el dintel de la puerta. Por un instante se miraron sin decir nada. Luego, él cogió una horca y empezó a remover la paja con furia.

– Haces mal -dijo al fin Madeleine; y con voz dulce murmuró-: Benoît… mi pobre Benoît… Haces mal en pensar cosas raras. Vamos, soy tu mujer, soy tuya. Si a veces te parezco fría, es porque el niño me deja agotada. Nada más.

– Salgamos de aquí -dijo él-. Vámonos a la cama.

Cruzaron la cocina, que ya estaba desierta y a oscuras. Aún quedaba luz, pero sólo en el cielo y la copa de los árboles. Lo demás, la tierra, las casas, los campos, todo, estaba envuelto en una fresca oscuridad. Se desnudaron y se metieron en la cama. Esa noche, él no intentó poseerla. Permanecieron separados, inmóviles, despiertos, escuchando la respiración del alemán y los crujidos de su cama sobre sus cabezas. En la oscuridad, Madeleine buscó la mano de su marido y se la apretó con fuerza.

– Benoît…

– ¿Sí?

– Benoît, ahora que lo pienso… Hay que esconder la escopeta. ¿Has leído los carteles en el pueblo?

– Sí -respondió él con sorna-. Verboten, verboten! ¡La muerte! Esos boches no saben decir otra cosa.

– ¿Dónde podríamos esconderla?

– En ningún sitio. Está bien donde está.

– ¡No seas cabezón, Benoît! Es peligroso. Ya sabes a cuánta gente han fusilado por no entregar las armas en la Kommandantur.

– ¿Quieres que vaya a entregarles mi escopeta? ¡Eso lo hacen los cobardes! Yo no les tengo miedo. No sabes cómo escapé hace dos veranos, ¿verdad? Matando a dos. No dijeron esta boca es mía. Y aún quitaré de en medio a unos cuantos más -gruñó Benoît con rabia, agitando el puño en dirección al alemán.

– No te digo que la entregues, sino que la escondas, que la entierres… Hay muchos sitios donde ocultarla.

– No puede ser.

– ¿Por qué?

– He de tenerla a mano. ¿Crees que voy a dejar que los zorros y demás alimañas apestosas se acerquen a nuestra casa? Allá arriba, en el parque de los Montmort, los hay a cientos. El vizconde está muerto de miedo. Se caga en los pantalones. No matará ni uno. Ese es uno de los que han entregado la escopeta en la Kommandantur, y encima saludando con mucha educación. «Se lo ruego, caballeros, háganme el favor…» Suerte que unos amigos y yo nos damos una vuelta por su parque alguna noche que otra. Si no, arruinarían toda la comarca.

– ¿No oyen los tiros?

– ¡Quia! Es inmenso, un auténtico bosque.

– ¿Vas a menudo? -le preguntó Madeleine con curiosidad-. No tenía ni idea.

– Hay muchas cosas que no sabes, cariño mío… Vamos por sus tomateras y sus remolachas, su fruta y todo lo que no quiere vender. El vizconde… -Se interrumpió con aire pensativo y añadió-: El vizconde es uno de los peores.

Los Labarie habían sido aparceros en tierras de los Montmort de padres a hijos. Y, de padres a hijos, las dos familias se odiaban mutuamente. Los Labarie decían que los Montmort eran despiadados con los pobres, soberbios y falsos, y los Montmort acusaban a sus aparceros de tener «mala voluntad». Lo decían en voz baja, meneando la cabeza y alzando los ojos al cielo, y la expresión significaba aún más cosas de lo que los propios Montmort creían. Sugería una manera de concebir la pobreza, la riqueza, la paz, la guerra, la libertad y la propiedad que en sí misma no era menos razonable que la de los Montmort, pero se oponía a ésta como la noche al día. Y ahora, a los antiguos agravios se habían sumado otros. Benoît era un soldado de esta guerra y, a los ojos del vizconde, había sido precisamente la indisciplina, la falta de patriotismo, la «mala voluntad» de los soldados, lo que había llevado a la derrota, mientras que Benoît veía en Montmort a uno de aquellos elegantes oficiales de polaina amarilla que habían huido hacia la frontera española en sus cómodos coches, con sus mujeres y sus maletas, durante las jornadas de junio. Por no hablar del colaboracionismo…

– Les lame las botas a los alemanes -murmuró Benoît en tono sombrío.

– Ten cuidado -dijo Madeleine-. Dices las cosas tal como te vienen a la cabeza. Y no seas maleducado con el alemán de ahí arriba…

– Como se le ocurra acercarse a ti, te juro…

– ¡No digas tonterías!

– Tengo ojos en la cara.

– ¿Ahora también vas a estar celoso de éste? -exclamó Madeleine, y se arrepintió apenas las palabras salieron de su boca. No había que dar cuerpo y nombre a las fantasías de un celoso. Pero, después de todo, ¿para qué callar lo que ambos sabían?

– Para mí -respondió Benoît-, los dos son lo mismo.

La clase de hombre bien afeitado, bien lavado, de palabra fácil y ligera, al que las chicas miran sin querer, porque les halaga ser las elegidas, las cortejadas por un «señorito»… Eso era lo que Benoît quería decir, pensó Madeleine. ¡Si él supiera! Si sospechara que había amado a Jean-Marie desde el primer instante, desde que lo vio tendido en la camilla, extenuado, cubierto de barro, con el uniforme ensangrentado… Sí, lo había amado. En la oscuridad, en el secreto de su corazón, para sí misma, se repitió una y mil veces: «Lo amaba. Sí. Y todavía lo amo. No puedo remediarlo.»

Cuando el primer canto del gallo anunció el alba, Madeleine y Benoît se levantaron sin haber pegado ojo. Ella fue a calentar el café y él, a dar de comer a los animales.

<p>9</p>

Lucile Angellier se había sentado a la sombra de un cerezo, con un libro y la labor. Aquélla era la única parte del huerto en que habían dejado crecer árboles y plantas sin preocuparse del provecho que se les pudiera sacar, porque lo cierto era que aquellos cerezos apenas daban fruta. Pero era la época de floración. Recortadas contra un cielo de un azul puro y homogéneo, el azul de Sèvres, cálido y brillante a un tiempo, de ciertas porcelanas finas, las ramas parecían cubiertas de nieve; la brisa que las agitaba ese día de mayo aún era fría; los pétalos se defendían débilmente, se encogían con una especie de friolera coquetería y volvían su corazón de rubios pistilos hacia la tierra. El sol atravesaba algunos y revelaba un entramado de minúsculas y delicadas venas, que destacaban en la blancura del pétalo y añadían a la fragilidad, a la inmaterialidad de la flor, algo vivo, casi humano, en la medida en que el adjetivo humano implica a un tiempo debilidad y firmeza; no resultaba extraño que el viento pudiera agitar a aquellas maravillosas criaturas sin destruirlas, sin siquiera ajarlas; se dejaban mecer soñadoramente; parecían a punto de caer, pero estaban firmemente unidas a las delgadas, lustrosas y duras ramas, unas ramas cuyo aspecto tenía algo metálico, como el propio tronco, esbelto, liso, de un solo fuste con reflejos grises y purpúreos. Entre los blancos racimos se veían hojitas alargadas y cubiertas de un vello plateado; a la sombra, eran de un verde suave; al sol, parecían de color rosa. El jardín se extendía a lo largo de una calle estrecha, una calleja de pueblo bordeada de casitas, en una de las cuales habían instalado su polvorín los alemanes. Un centinela caminaba de un lado a otro bajo un cartel rojo que, en gruesas letras negras, rezaba: VERBOTEN. Y debajo, en francés, con caracteres más pequeños: «Prohibido acercarse a este local bajo pena de muerte.»

Los soldados cepillaban los caballos y silbaban, y los caballos se comían los brotes verdes de los árboles jóvenes. Por todas partes se veían hombres trabajando apaciblemente en los jardines que flanqueaban la calleja. Con sombreros de paja, en mangas de camisa y pantalones de pana, cavaban, descocaban, regaban, sembraban, plantaban… De vez en cuando, un militar alemán abría la verja de uno de aquellos jardincillos y entraba a pedir fuego para su pipa, o un huevo fresco, o un vaso de cerveza. El jardinero le daba lo que pedía; luego, apoyado pensativamente en la azada, lo observaba alejarse y después reanudaba la tarea con un encogimiento de hombros, que sin duda resumía un mundo de pensamientos, tan numerosos, tan profundos, tan serios y extraños, que no encontraba palabras para expresarlos.

Lucile daba una puntada al bordado y volvía a dejarlo. Sobre su cabeza, las flores de cerezo atraían avispas y abejas. Se las veía ir, venir, revolotear, introducirse en los cálices y succionar golosamente con la cabeza hacia abajo y el cuerpo estremecido por una especie de espasmódico alborozo, mientras, como si se burlara de aquellas ágiles obreras, un grueso y dorado abejorro se mecía en el ala del viento como en una hamaca, sin apenas moverse y llenando el aire con su apacible y monótono zumbido.

Desde donde estaba sentada, Lucile podía ver a través de una ventana al alemán que se alojaba en la casa. Desde hacía unos días, tenía con él al perro pastor del regimiento. Estaba en el despacho de Gastón Angellier, sentado al escritorio Luis XIV, vaciando las cenizas de la pipa en la taza de porcelana en que la anciana señora Angellier solía servir la tisana a su hijo; distraídamente, golpeaba con el pie los adornos de bronce dorado que sostenían la mesa. De vez en cuando, el perro, que tenía el hocico apoyado en la pierna del oficial, ladraba y tiraba de su correa. Entonces, en francés y lo bastante alto para que Lucile pudiera oírlo (en la calma del jardín, todos los sonidos flotaban largo rato, como mecidos por la suave brisa), el alemán le decía:

– No, Bubi, no vas a ir a pasear. Te comerías todas las lechugas de esas señoras, y a ellas no les haría ni pizca de gracia; dirían que somos unos soldados groseros y mal educados. Tenemos que quedarnos aquí, Bubi, mirando ese bonito jardín. -«¡Qué crío!», pensó Lucile sonriendo a su pesar-. Es una pena, ¿verdad, Bubi? -añadió el alemán-. Te encantaría hacer agujeros en la tierra con el hocico, ya lo sé. Si en la casa hubiera algún niño pequeño, no habría ningún problema. Nos haría señas para que fuéramos. Siempre hemos hecho muy buenas migas con los niños, pero aquí solo hay dos señoras muy serias, muy calladas y… ¡Más vale que nos quedemos donde estamos, Bubi! -Hizo una pausa y, como Lucile no decía nada, decepcionado, se asomó a la ventana, le dirigió un aparatoso saludo y le preguntó ceremoniosamente-: ¿Tendría usted algún inconveniente en que recogiera unas fresas de su jardín, señora?

– Está usted en su casa -respondió Lucile con irónica vivacidad.

El oficial volvió a saludar.

– No me atrevería a pedírselo si fueran para mí, se lo aseguro, pero a este perro le encantan las fresas. Por cierto, me permito señalarle que el perro es francés. Fue encontrado en un pueblo abandonado de Normandía, durante los combates, y recogido por mis camaradas. No negará usted unas fresas a un compatriota…

«Parecemos un par de idiotas», pensó Lucile, pero se limitó a responder:

– Vengan su perro y usted y cojan lo que quieran.

– ¡Gracias, señora! -exclamó alegremente el oficial, y saltó por la ventana seguido por el perro.

Se acercaron a Lucile. El alemán le sonrió.

– No se enfade conmigo por ser tan indiscreto, señora, pero para un pobre militar este jardín, con estos cerezos, es como un rincón del paraíso.

– ¿Ha pasado usted el invierno en Francia? -preguntó Lucile.

– Sí, en el norte, retenido por el mal tiempo en el cuartel y en un café. Me alojaba en casa de una pobre chica que dos semanas después de casarse tenía al marido prisionero. Cuando nos cruzábamos en el pasillo, ella se echaba a llorar y yo me sentía como un criminal. Sin embargo, no es culpa mía… Y habría podido decirle que también yo estoy casado y separado de mi mujer a causa de la guerra.

– ¿Está casado?

– Sí. ¿Le sorprende? Cuatro años de casado, cuatro años de soldado.

– ¡Es usted tan joven!

– Tengo veinticuatro años, señora.

Guardaron silencio. Lucile volvió a coger la labor. El oficial hincó una rodilla en el suelo y empezó a recoger fresas; las iba amontonando en la palma de la mano y Bubi se acercaba y las cogía con su negro y húmedo hocico.

– ¿Vive aquí sola con su señora madre?

– Es mi suegra; mi marido está prisionero. Puede pedir un plato en la cocina para las fresas.

– ¡Ah, muy bien! Gracias, señora…

Al cabo de unos instantes, el oficial volvió con un gran plato azul y siguió con su recogida. Luego ofreció el plato a Lucile, que cogió unas cuantas fresas y le dijo que se comiera las otras. El estaba de pie frente a ella, con la espalda apoyada contra el tronco de un cerezo.

– Tiene una casa preciosa, señora.

El cielo se había cubierto de tenues vapores que tamizaban la luz y daban a la casa un tono ocre, casi rosa, que recordaba el color de algunas cáscaras de huevo; de pequeña, Lucile los llamaba huevos rubios y los prefería a los otros, blancos como la nieve, que ponían la mayoría de las gallinas y le parecían menos sabrosos. El recuerdo la hizo sonreír; miró la casa, con su tejado de azulada pizarra, sus dieciséis ventanas con los postigos prudentemente entrecerrados para que el sol primaveral no ajara los tapizados, su gran campana oxidada, que ya nunca se tocaba, en lo alto del frontón, y su marquesina de cristal, que reflejaba el cielo.

– ¿De verdad le gusta?

– Parece la casa de un personaje de Balzac. Debió de mandarla construir un rico notario de provincias retirado al campo. Me lo imagino por las noches, en la habitación que ocupo, contando luises de oro. Era librepensador, pero su mujer iba todas las mañanas a la primera misa, a la que oigo llamar cuando vuelvo de las maniobras nocturnas. A la mujer la imagino rubia, de cara sonrosada y con un gran chal de cachemira.

– Le preguntaré a mi suegra quién hizo construir esta casa -dijo Lucile-. Los padres de mi marido eran terratenientes, pero seguro que en el siglo diecinueve en la familia hubo notarios, abogados, médicos y, antes de eso, campesinos. Sé que aquí, hace ciento cincuenta años, se alzaba su granja.

– ¿Se lo preguntará? ¿No lo sabe? ¿Es que no le interesa, señora?

– No demasiado -respondió Lucile-; podría decirle cuándo y por quién fue construida la casa donde nací. Yo no nací aquí, sólo vivo.

– ¿Y dónde nació?

– No muy lejos de aquí, pero en otra provincia. En una casa rodeada de bosque… donde los árboles crecen tan cerca del salón que en verano su verde sombra lo baña todo, como en un acuario.

– En mi tierra también hay bosques -dijo el oficial-. Bosques grandes, muy grandes. La gente se pasa el día cazando. Un acuario… Tiene usted razón -murmuró tras reflexionar un instante-. Los espejos del salón son todos verdes y oscuros, y turbios como el agua. En mi tierra también hay lagos, en los que cazamos patos salvajes.

– ¿Tendrá pronto un permiso para volver a casa?

Un destello de alegría iluminó los ojos del oficial.

– Me voy dentro de diez días, señora, la semana que viene. Desde el inicio de la guerra sólo he tenido un breve permiso por Navidad, menos de una semana. ¡No sabe usted cómo se esperan esos permisos, señora! Cómo se cuentan los días… ¡Qué largos se hacen! Y luego uno llega y se da cuenta de que ya no habla el mismo idioma.

– A veces -murmuró Lucile.

– Siempre.

– ¿Todavía viven sus padres?

– Sí. En estos momentos, mi madre debe de estar sentada en el jardín, como usted, con un libro y una aguja.

– ¿Y su mujer?

– Mi mujer me espera. O más bien espera a alguien que se marchó por primera vez hace cuatro años y que jamás volverá… tal como era. ¡La ausencia es un fenómeno muy curioso!

– Sí -suspiró Lucile.

Y pensó en Gastón. «Aunque hay quienes esperan que vuelva el mismo hombre y quienes esperan que vuelva un hombre diferente al que se marchó -se dijo-, y todas se llevan una decepción.» Se esforzó en imaginarse a su marido, separado de ella desde hacía un año, tal como debía de estar ahora, sufriendo, muriéndose de añoranza (pero ¿añoraba a su mujer o a la modista de Dijon?). Era injusta; Gastón debía de estar muy afectado por la humillación de la derrota, por la pérdida de tantas cosas… De repente, ver al alemán (no, no al alemán, sino su uniforme, aquel verde almendra tirando a gris, su dormán, el brillo de sus botas…) se le hizo insoportable. Pretextó que tenía cosas que hacer y entró en la casa.

Desde su habitación, lo observó ir y venir por el estrecho sendero, entre los grandes perales que extendían sus brazos cargados de flores. Qué día tan bonito… La luz iba debilitándose poco a poco y las ramas de los cerezos se volvían azuladas y etéreas como borlas de maquillaje llenas de polvos. El perro caminaba mansamente junto al oficial, y de vez en cuando le tocaba la mano con la punta del hocico; el joven lo acarició cariñosamente en varias ocasiones. Llevaba la cabeza descubierta y su pelo, de un rubio metálico, brillaba al sol. Lucile lo vio mirar hacia la casa.

«Es inteligente y educado -se dijo-, pero me alegro de que tenga que irse pronto; mi pobre suegra no soporta verlo instalado en la habitación de su hijo. Los seres apasionados son simples; ella lo odia, y ya está. Dichosos los que pueden amar y odiar sin disimulos, sin vacilaciones, sin matices. Entretanto, aquí estoy, encerrada en la habitación un día precioso porque al señor vencedor le ha dado por pasearse. Es ridículo…»

Cerró la ventana, se tumbó en la cama y reanudó la lectura. La continuó hasta la hora de la cena, pero agotada por el calor y la luminosidad del día y adormilándose sobre el libro. Cuando entró en el comedor, encontró a su suegra sentada en el sitio de costumbre, frente a la silla vacía de Gastón. Tenía los ojos enrojecidos y estaba tan pálida, tan rígida, que Lucile se alarmó.

– ¿Qué ha pasado? -le preguntó.

– Me pregunto… -murmuró la señora Angellier entrelazando las manos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos-. Me pregunto por qué te casaste con Gastón.

Nada más constante en un ser humano que su forma de expresar la cólera; habitualmente, la de la señora Angellier era sinuosa y sutil como el siseo de una víbora. Lucile, que nunca había recibido un ataque tan brusco y duro, se sintió menos indignada que apenada, y de pronto comprendió lo mucho que sufría su suegra. Se acordó de la gata negra, siempre quejosa, hipócrita y zalamera, que arañaba a traición sin dejar de ronronear. Hasta que saltó a la cara de la cocinera y estuvo a punto de dejarla ciega. Ese mismo día habían ahogado a sus gatitos recién nacidos. No volvieron a verla.

– ¿Qué he hecho ahora? -repuso Lucile en voz baja.

– ¿Cómo has podido…? Aquí, en su casa, ante sus ventanas, mientras él está ausente, prisionero, quizá enfermo, maltratado por esos botarates… ¿Cómo has podido sonreírle a un alemán, hablar despreocupadamente con un alemán? ¡Es inconcebible!

– Me ha pedido permiso para bajar al jardín y coger unas fresas. No podía negarme. Olvida usted que, por desgracia, ahora quien manda es él. Guarda las formas, pero podría hacer lo que quisiera, entrar donde le apeteciera, incluso echarnos a la calle… Ejerce sus derechos de conquista con guante blanco. No puedo reprochárselo. Creo que tiene razón: el campo de batalla no está aquí. Uno puede guardar en su interior todos los sentimientos que quiera, pero, exteriormente al menos, ¿por qué no ser educado y benévolo? Esta situación es inhumana. ¿Por qué empeorarla? No es… ¡no es razonable, madre! -exclamó Lucile con una vehemencia que a ella misma la sorprendió.

– ¿Razonable? -exclamó la señora Angellier-. Basta esa palabra, mi querida Lucile, para probar que no quieres a tu marido, que nunca lo has querido y que no lo echas de menos. ¿Crees que yo razono? ¡No puedo ver a ese alemán! ¡Me gustaría arrancarle los ojos! Me gustaría verlo muerto. No será justo, ni humano ni cristiano, pero soy una madre, sufro por mi hijo, odio a los que me lo han quitado, y si tú fueras una verdadera mujer no habrías podido soportar la compañía de ese alemán. No habrías tenido miedo de parecer vulgar, maleducada, ridícula… Te habrías levantado, y con excusas o sin ellas, lo habrías dejado plantado. ¡Dios mío! Ese uniforme, esas botas, ese pelo rubio, esa voz, ese aspecto saludable, feliz, mientras mi pobre hijo… -La anciana se interrumpió y prorrumpió en sollozos.

– Vamos, madre…

Pero la señora Angellier reaccionó con redoblada furia.

– ¡Me pregunto por qué te casaste con él! -repitió-. Por el dinero y por las propiedades, claro, pero entonces…

– ¡Eso no es cierto! ¡Sabe usted perfectamente bien que no es cierto! Me casé porque era una pava, porque papá me dijo: «Es un buen chico. Te hará feliz.» ¡No esperaba que me engañara desde el día siguiente a la boda con una modista de Dijon!

– Pero ¿qué…? ¿Qué historia es ésa?

– Es la historia de mi matrimonio -respondió Lucile con amargura-. En este momento hay una mujer en Dijon que teje un jersey para Gastón, que le prepara dulces, que le envía paquetes y que probablemente le escribe: «No sabes cuánto me aburro, sola en nuestra camita todas las noches, mi tigre enjaulado.»

– Una mujer que lo quiere -murmuró la señora Angellier, y sus labios adquirieron el color de una hortensia marchita, finos y cortantes como un cuchillo.

«Ahora mismo me echaría de casa y pondría a la modista en mi lugar», pensó Lucile y, con la perfidia que nunca abandona ni a la mejor de las mujeres, dejó caer:

– Es cierto que lo quiere mucho… Muchísimo. No hay más que ver las matrices de su talonario. Lo encontré en su escritorio cuando se marchó.

– ¿Es que le paga? -exclamó la señora Angellier, horrorizada.

– Sí, aunque eso a mí me da igual.

Se produjo un largo silencio. Se oían los sonidos habituales del anochecer: la radio del vecino, que desgranaba una sucesión de notas tan monótonas, quejumbrosas y chirriantes como la música árabe o el chirrido de las cigarras – la BBC de Londres, enturbiada por las ondas enemigas-, el misterioso murmullo de una fuente perdida en el campo, el insistente y sediento croar de un sapo que suplicaba lluvia… En la sala, la antigua lámpara colgante de cobre, frotada y bruñida durante generaciones hasta perder su brillo de oro rosa y adquirir un rubio pálido de luna en cuarto creciente, iluminaba la mesa y a las dos mujeres. Lucile sentía tristeza y remordimientos.

«Pero ¿qué mosca me ha picado? -pensó-. Debería haber escuchado sus reproches y haberme callado. Ahora aún se atormentará más. Querrá justificar a su hijo, reconciliarnos… ¡Qué pesadilla, Dios mío!»

La señora Angellier no volvió a dirigirle la palabra en toda la cena. Luego, las dos mujeres se instalaron en el salón, donde la cocinera les anunció la visita de la señora vizcondesa de Montmort. La aristócrata no frecuentaba a las señoras del pueblo ni las invitaba a su casa, como tampoco a las granjeras, pero, cuando necesitaba algún favor, iba a pedirlo a domicilio con una tranquilidad, un candor y una ingenua insolencia que habrían bastado para certificar la autenticidad de su casta. Llegaba muy sencillita, vestida como una doncella y tocada con un fieltro rojo adornado con una pluma de faisán que había conocido tiempos mejores. Las burguesas ignoraban que esa falta de elegancia remarcaba mejor que la altivez o unas maneras ceremoniosas el profundo desdén que profesaban a las campesinas; emperifollarse por ellas era tan innecesario como arreglarse para entrar en una granja a pedir un vaso de leche. Desarmadas, se decían: «No es orgullosa.» Lo que no obstaba para recibirla con una dignidad extraordinaria, tan inconsciente como la pretendida sencillez de la vizcondesa.

La señora de Montmort entró en el salón de las Angellier con paso decidido y las saludó cordialmente. No se disculpó por presentarse a una hora tan tardía, sino que cogió el libro de Lucile y leyó el título en voz alta:

– Conaissance de l'Est, de Paul Claudel… ¡Esto está muy bien! -le dijo con una sonrisa de aprobación, como habría hecho con una niña de la escuela si la hubiera encontrado leyendo Historia de Francia sin que se lo hubieran mandado-. Veo que le gustan las lecturas serias. Eso está bien -repitió, y se agachó para recoger la madeja de lana que acababa de caérsele a la anciana Angellier.

«Ya ven -pareció decir con su gesto- que me enseñaron a respetar a las personas de edad. Para mí, su origen, su educación y su fortuna no tienen importancia. Sólo veo sus canas.»

No obstante, mientras indicaba a la vizcondesa que tomara asiento con una gélida inclinación de la cabeza y separando apenas los labios, todo en la anciana señora Angellier clamaba silenciosamente, por así decirlo: «Si cree usted que voy a mostrarme halagada por su visita, está muy equivocada. Es posible que mi tatarabuelo fuera el granjero de los vizcondes de Montmort, pero eso es historia antigua y nadie lo sabe, mientras que todo el mundo conoce el número de hectáreas que su difunto suegro, que andaba escaso de dinero, le cedió a mi difunto marido; además, su marido se las ha apañado para volver de la guerra, mientras que mi hijo está prisionero. Me debe usted el respeto que merece una madre que sufre.»

A las preguntas de la vizcondesa, respondió con voz débil que seguía bien de salud y que había tenido noticias de su hijo recientemente.

– ¿Tiene usted esperanzas?-quiso saber la vizcondesa, que se refería a «esperanzas de verlo pronto a su lado». La anciana meneó la cabeza y alzó los ojos al cielo-. ¡Qué triste, Dios mío! -exclamó la vizcondesa-. ¡A qué pruebas nos vemos sometidos! -añadió.

Decía «nos» por ese sentimiento de pudor que nos impulsa a fingir males similares a los del desventurado que tenemos delante (aunque el egoísmo deforma nuestras mejores intenciones tan ingenuamente que somos capaces de decir a un tuberculoso en fase terminal, con la mayor inocencia: «Lo compadezco, porque sé lo que es: tengo un reuma que no me deja vivir desde hace tres semanas»).

– Muy duras, señora -murmuró la señora Angellier con frialdad y tristeza-. Como ya sabe, tenemos compañía -añadió indicando la habitación contigua con una amarga sonrisa-. Uno de esos caballeros… Usted también alojará a alguno, imagino… -añadió, pese a saber por la vox populi que, gracias a las relaciones personales del vizconde, la mansión de los Montmort estaba virgen de alemanes.

En lugar de responder a la pregunta, la vizcondesa exclamó indignada:

– ¡Jamás adivinarían ustedes lo que han tenido la desfachatez de reclamar! ¡Acceso al lago para nadar y pescar! Y yo que me pasaba las horas muertas en el agua… Ya puedo despedirme para todo el verano.

– ¿Le han prohibido ir? Desde luego, es indignante… -dijo la anciana Angellier, ligeramente reconfortada por la humillación infligida a la vizcondesa.

– No, no -la corrigió ésta-. Al contrario. Se mostraron muy correctos: «Ya nos comunicará a qué hora podemos ir para no molestarla», me dijeron. Pero ¿me ve usted dándome de bruces con uno de esos caballeros en ropa de verano? ¿Saben que se medio desnudan hasta para comer? Han ocupado la escuela y comen en el patio, con el torso y las piernas desnudos, ¡sin más ropa que una especie de taparrabos! Tenemos que cerrar los postigos del aula de las mayores, que da justo a ese patio, para que las niñas no vean… lo que no deben. Y con este calor, imagínese lo bien que estamos.

La vizcondesa suspiró: se encontraba en una situación muy difícil. Al estallar la guerra se había mostrado ardientemente patriótica y antialemana, no porque odiara a los alemanes más que al resto de los extranjeros (los englobaba a todos en un mismo sentimiento de aversión, desconfianza y desprecio), sino porque en el patriotismo y la germanofobia, como, por otro lado, en el antisemitismo y, más tarde, en la devoción por el mariscal Pétain, había algo que la hacía vibrar afectadamente. En 1939, ante un auditorio compuesto por las monjitas del hospital, algunas señoras del pueblo y varias granjeras ricas, había pronunciado una serie de conferencias populares en torno al tema de la psicología hitleriana, en las que describía a todos los alemanes sin excepción como locos, sádicos y asesinos. En los momentos inmediatamente posteriores a la derrota había perseverado en su actitud, porque para cambiar de chaqueta con tanta rapidez habría necesitado una flexibilidad y una agilidad mental de las que carecía. En esa época, había mecanografiado y distribuido personalmente por la comarca varias decenas de ejemplares de las famosas predicciones de santa Obdulia, que profetizaba la aniquilación de los alemanes en 1941. Pero había pasado el tiempo, el año había acabado y los alemanes seguían allí, y además el vizconde había sido nombrado alcalde del pueblo y se había convertido en un personaje oficial, obligado a seguir los dictados del gobierno, que por otro lado cada día se inclinaba un p