Isaac Asimov

Un guijarro en el cielo


1. ENTRE UN PASO Y EL SIGUIENTE

<p>1. ENTRE UN PASO Y EL SIGUIENTE</p>

Dos minutos antes de desaparecer para siempre de la faz de la Tierra que conocía, Joseph Schwartz estaba paseando por las tranquilas calles de las afueras de Chicago, recitando a Browning para sus adentros.

En cierto sentido esto resultaba extraño, porque ningún transeúnte que se hubiera cruzado con Schwartz habría tenido la impresión de que éste era un conocedor de Browning. Joseph Schwartz parecía exactamente lo que era —un sastre jubilado totalmente desprovisto de lo que las personas sofisticadas de nuestros días llaman «una educación formal»—, pero había desahogado una buena parte de su curiosidad en lecturas desordenadas. Una voracidad indiscriminada le había hecho asimilar conocimientos superficiales sobre prácticamente todas las materias, y había conseguido mantenerlo todo ordenado gracias a que poseía una excelente memoria.

Por ejemplo, cuando era más joven había leído dos veces el Rabino Ben Ezra, por lo que naturalmente se lo sabía de memoria. La mayor parte del poema le resultaba indescifrable, pero durante los últimos años el ritmo de los tres primeros versos había latido al unísono con su corazón; y en aquel día muy soleado y luminoso de comienzos del verano de 1949 Schwartz los declamó para sí en las profundidades de la silenciosa fortaleza de su mente.

¡Envejece a mi lado! Lo mejor aún no ha llegado. El final de la vida, para el cual fue creado el principio…

Schwartz sentía en toda su plenitud el mensaje del poema. La serenidad de una vejez acomodada resultaba muy agradable después de los sacrificios de su juventud pasada en Europa y de los primeros años de su madurez en los Estados Unidos. Tener dinero y una casa propia habían permitido que Schwartz pensara en la posibilidad de jubilarse, y eso era justamente lo que había acabado haciendo. Con una esposa sana, dos hijas felizmente casadas y un nieto que alegraría los últimos y mejores años de su vida, ¿de qué tenía que preocuparse?

Sí, claro, estaba la bomba atómica, pero Schwartz creía en la bondad básica de la naturaleza humana. No creía que fuese a haber otra guerra. Creía que la Tierra no volvería a ver el infierno solar de un átomo detonado por la ira, de modo que sonreía con tolerancia a los niños con los que se cruzaba deseándoles en silencio un paso veloz y no demasiado difícil a través de la juventud hasta la paz de lo mejor que todavía estaba por llegar.

Levantó el pie para pasar por encima de una muñeca de trapo que sonreía abandonada en la cuneta, y cuya desaparición todavía no había sido notada. Aún no había terminado de bajar el pie…


En otra zona de Chicago se alzaba el Instituto de Investigaciones Nucleares, un lugar en el que los hombres quizá también tenían sus teorías sobre el valor esencial de la naturaleza humana, pero donde se avergonzaban un poco de ellas porque aún no se había inventado ningún instrumento capaz de medirlo cuantitativamente. Cuando pensaban en esas cosas, muchas veces era para desear que alguna intervención divina impidiese que la naturaleza humana y el maldito ingenio humano acabaran convirtiendo todo descubrimiento inocente e interesante en un arma mortífera.

Sin embargo, y si llegaba a ser necesario, el mismo hombre que no podía lograr que su conciencia controlara la curiosidad que le inspiraban esas investigaciones nucleares, que algún día quizá pudieran aniquilar a la mitad de la población de la Tierra, era capaz de arriesgar su vida para salvar la de un semejante sin importancia.

Lo que primero atrajo la atención del doctor Smith fue el resplandor azul que brillaba detrás del químico.

Lo observó al pasar frente a la puerta entreabierta. El químico era un joven siempre alegre y animado, y estaba silbando mientras enderezaba una cubeta volumétrica en cuyo interior ya se había alcanzado el volumen deseado de solución. Un polvo blanco caía lentamente sobre el líquido y se iba disolviendo a su debido tiempo. Por un momento eso fue todo, pero un segundo después el instinto del doctor Smith —que, para empezar, era el causante de que se hubiera detenido delante de la puerta— hizo que se pusiera en acción.

Entró corriendo en la habitación, cogió una varilla graduada y barrió la superficie de la mesa con ella lanzando al suelo todo lo que contenía. Se oyó un siniestro chasquido de metal fundido. El doctor Smith sintió que una gotita de transpiración se deslizaba hacia la punta de su nariz.

El joven contempló con expresión desconcertada el suelo de hormigón sobre el que el metal plateado ya se había endurecido formando manchitas que todavía irradiaban un calor muy intenso.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con un hilo de voz.

El doctor Smith se encogió de hombros. Él tampoco lo sabía con certeza.

—No lo sé. Explíquemelo usted… ¿Qué proceso se estaba elaborando aquí?

—¡Ninguno! —exclamó el joven químico—. No era más que una muestra de uranio en bruto. Estaba haciendo una determinación electrolítica de cobre, y no entiendo qué puede haber ocurrido.

—Bien, joven, fuera lo que fuese por lo menos puedo informarle de lo que vi. Ese crisol de platino tenía una corona, ¿entiende? Se estaba emitiendo una radiación muy poderosa. ¿Ha dicho que se trataba de uranio?

—Sí, pero era uranio en bruto y no es peligroso. Quiero decir que… Bueno, la pureza total es una de las condiciones más importantes requeridas para la fisión, ¿verdad? —Se humedeció rápidamente los labios con la lengua—. ¿Cree que se trataba de una fisión? No es plutonio, y no estaba siendo bombardeado.

—Y además estaba por debajo de la masa crítica —añadió el doctor Smith con voz pensativa— o, por lo menos, estaba por debajo de las masas críticas que creemos conocer. —Contempló la mesa de esteatita, la pintura quemada y ampollada de los armarios y las vetas plateadas que se habían extendido a lo largo del suelo de hormigón—. Pero el uranio se funde aproximadamente a 1.8oo grados centígrados, y los fenómenos nucleares no son tan bien conocidos como para que podamos hablar de ellos con demasiada seguridad. Después de todo, esta sala debe de haber quedado saturada de radiaciones perdidas… Será mejor que despeguen el metal del suelo en cuanto se haya enfriado, y que lo recojan y lo analicen detenidamente. —Su mirada pensativa recorrió lo que le rodeaba, y de repente fue hacia la pared que tenía delante y rozó con las yemas de los dedos un punto situado casi a la altura de su hombro mientras lo contemplaba con cara de sorpresa—. ¿Qué es esto? —le preguntó al químico—. ¿Siempre ha estado aquí?

—¿El qué, señor? —preguntó el joven.

Fue hacia el doctor Smith con paso rápido y nervioso, y clavó la mirada en el punto que estaba señalando. Había un agujerito minúsculo que podría haber sido causado por un clavo incrustado en la pared y retirado después…, pero que hubiese atravesado el yeso y el ladrillo en todo el grosor de la pared del edificio, ya que se podía ver la luz del día por él.

El joven químico meneó la cabeza.

—Nunca había visto esto antes —dijo—. Pero la verdad es que tampoco había examinado esa pared, señor.

El doctor Smith no hizo ningún comentario. Retrocedió lentamente y pasó al lado del termostato, una caja en forma de paralelepípedo hecha con delgadas láminas de hierro. El agua que había en su interior se arremolinaba mientras el agitador giraba a merced de la monomanía del impulso electromotriz, y las lamparitas eléctricas que estaban debajo del agua y que servían como calefactores seguían el compás de las palpitaciones del regulador de mercurio con un enloquecido parpadear.

—Bueno, ¿y esto estaba aquí antes? —preguntó el doctor Smith.

Rascó suavemente con la uña un punto situado cerca del borde superior de la cara ancha del termostato. Era un pequeño círculo de bordes muy lisos que atravesaba el metal. El nivel del agua no era lo bastante alto para llegar hasta él.

El joven químico abrió mucho los ojos.

—No, señor —dijo—. Eso no estaba ahí… Puedo garantizárselo.

—Hum… ¿Hay otro en el lado opuesto?

—¡Bueno, que me lleve el diablo! Quiero decir… ¡Sí, señor!

—Muy bien. Ahora venga aquí y mire a través de los orificios. Pare el termostato, por favor. Ahora quédese ahí… —El doctor Smith colocó un dedo sobre el agujero de la pared—. ¿Qué ve? —preguntó.

—Veo su dedo, señor. ¿Es ahí dónde está el agujero?

El doctor Smith no contestó.

—Mire desde el otro lado —dijo con una calma que estaba muy lejos de sentir—. ¿Qué ve ahora?

—Nada, señor.

—Pero el crisol que contenía el uranio estaba ahí… Está viendo exactamente el sitio en el que estaba, ¿verdad?

—Creo que sí —acabó diciendo el químico sin mucho entusiasmo.

—Esto es ultrasecreto, señor Jennings —dijo el doctor Smith con voz gélida después de dirigir una rápida mirada al apellido escrito en la puerta que seguía abierta—. No quiero que hable de esto absolutamente con nadie. ¿Me ha entendido?

—¡Desde luego, señor!

—Bien, entonces salgamos de aquí. Enviaremos a los técnicos en radiaciones para que revisen el laboratorio, y usted y yo iremos a ponernos bajo observación en la enfermería.

—¿Cree que puede haber quemaduras por radiaciones? —preguntó el químico palideciendo.

—Pronto lo sabremos.

Pero tampoco había ninguna señal seria de quemaduras por radiaciones. Los recuentos de glóbulos sanguíneos dieron un resultado normal, y un análisis de las raíces capilares no reveló nada anormal. Las náuseas sufridas fueron diagnosticadas como psicosomáticas, y no hubo ningún otro síntoma.

Y ni entonces ni en el futuro apareció nadie que fuese capaz de explicar por qué un crisol que contenía una cantidad de uranio en bruto muy por debajo de la masa crítica, y que no estaba sometido a ningún bombardeo directo con neutrones, se había derretido repentinamente irradiando aquella corona tan mortal como significativa.

La única conclusión a la que se llegó fue la de que la física nuclear aún estaba llena de enigmas extraños y peligrosos.

Pero el doctor Smith nunca se decidió a contar toda la verdad en el informe que redactó posteriormente. No mencionó los orificios descubiertos en el laboratorio, ni la circunstancia de que el más próximo al lugar donde había estado el crisol apenas era visible y que el del otro lado del termostato era un poco mayor, n tanto que el de la pared, que estaba situado al triple de distancia del lugar del accidente, era tan grande que podría haber permitido el paso de un clavo.

Un haz que se expandiese en línea recta podría recorrer varios kilómetros antes de apartarse de la curvatura de la Tierra lo suficiente como para que no se produjeran nuevos daños, y cuando eso ocurriese su sección habría alcanzado un diámetro de unos tres metros.

Después se proyectaría en el vacío, expandiéndose y debilitándose, y constituyendo un hilo extraño en la trama del cosmos.

El doctor Smith nunca le habló a nadie de aquella fantasía.

Nunca le dijo a nadie que al día siguiente había solicitado que le trajeran los diarios de la mañana —aún estaba en la enfermería—, y que revisó las columnas de texto impreso con un propósito muy definido en su mente.

Pero en una metrópoli gigantesca desaparecen muchas personas al día, y nadie había corrido a una comisaría para gritar a los policías que un hombre (¿o acaso sería medio hombre?) había desaparecido delante de sus ojos…, o por lo menos ningún periódico hablaba de algo semejante.

Y el doctor Smith acabó consiguiendo olvidar lo ocurrido.


Para Joseph Schwartz todo ocurrió entre un paso y el siguiente. Había levantado el pie derecho para pasar por encima de la muñeca de trapo y se había sentido mareado durante un instante, como si hubiera quedado atrapado fugazmente en el interior de un ciclón que hubiese vuelto su cuerpo del revés. Cuando volvió a bajar el pie derecho dejó escapar todo su aliento en una exhalación Jadeante, y se sintió caer y resbalar lentamente sobre el césped.

Esperó con los ojos cerrados durante bastante rato…, hasta que acabó abriéndolos.

¡Era cierto! Estaba sentado sobre el césped, en el mismo sitio donde antes había estado caminando sobre el pavimento.

¡Y las casas habían desaparecido! ¡Todas las casas blancas, cada una con su jardín, que se alineaban a ambos lados de la calle…, todas habían desaparecido!

Y Schwartz no estaba sentado en un jardín, porque el césped crecía en abundancia y estaba descuidado, y había muchos árboles a su alrededor, y se veían más árboles recortándose contra el horizonte.

Fue entonces cuando se llevó la mayor de todas sus sorpresas, porque algunas hojas de los árboles tenían un color rojizo; y un instante después Schwartz sintió la seca aspereza de una hoja muerta en la curva de su mano. Schwartz era un hombre de ciudad, pero sabía reconocer el otoño cuando lo veía.

¡El otoño…! Y, sin embargo, él había levantado el pie derecho en un día de junio, cuando toda la vegetación estaba teñida de un verde fresco y resplandeciente.

Cuando pensó en eso bajó la mirada automáticamente hacia sus pies. Schwartz lanzó una exclamación estridente y extendió los brazos hacia abajo. La muñequita de trapo sobre la que había pasado, un pequeño hálito de realidad, un…

¡Oh, no! Schwartz la hizo girar entre sus manos temblorosas. La muñeca no estaba entera, pero tampoco estaba destrozada: estaba cortada. ¡Y eso sí que era realmente extraño! La muñeca había sido rebanada en sentido longitudinal de manera tan concienzuda que no se había movido ni una sola hilacha del relleno de estopa. Todos los hilos terminaban en extremos limpiamente cortados.

Y un instante después el débil brillo de su zapato izquierdo atrajo la atención de Schwartz. Pasó el pie sobre su rodilla levantada sin soltar la muñeca de trapo. El extremo delantero de la suela, esa parte que se extiende sobresaliendo un poquito de la puntera del zapato, estaba perfectamente cortado. Había sido cercenado de una forma que no podría haber sido duplicada por el cuchillo de ningún zapatero del mundo. La nueva superficie revelada por el corte era increíblemente suave, y desprendía un brillo casi líquido.

La confusión había ido subiendo poco a poco por la médula espinal de Schwartz moviéndose en dirección al cerebro, y cuando llegó hasta él su mente quedó paralizada por el horror.

Y al fin, y porque incluso el sonido de su voz podía ser un elemento tranquilizador en un mundo donde todo lo demás era totalmente absurdo, Schwartz habló. La voz que llegó a sus oídos sonaba apagada, tensa y jadeante.

—En primer lugar, no estoy loco —dijo—. Me siento igual que me he sentido siempre por dentro… Claro que si estuviese loco no lo sabría, ¿o me equivoco? No… —Schwartz sintió que la histeria crecía en su interior, y luchó por reprimirla—. Tiene que haber alguna otra posibilidad… ¿Un sueño, quizá? —se preguntó—. ¿Cómo puedo averiguar si esto es un sueño o si no lo es? —Se pellizcó y sintió el dolor, pero meneó la cabeza—. Supongo que se puede soñar que sientes un pellizco, así que esto no es una prueba de que esté soñando.

Miró desesperadamente a su alrededor, y se preguntó si los sueños podían llegar a ser tan nítidos y detallados y durar tanto tiempo. En una ocasión había leído que la inmensa mayoría de los sueños no duraba más de cinco segundos, que eran provocados por las perturbaciones insignificantes que sufría el durmiente y que su duración aparente era totalmente ilusoria.

¡No era un gran consuelo, desde luego! Schwartz estiró hacia arriba el puño de su camisa y echó un vistazo a su reloj de pulsera. El segundero giraba, giraba, giraba… Si se trataba de un sueño, los cinco segundos se estaban prolongado de una manera increíble.

Miró en otra dirección, y se pasó la mano por la frente en un inútil intento de enjugar la transpiración helada que la cubría.

—¿Y si fuese amnesia?

En vez de responder a su propia pregunta, Schwartz fue inclinando lentamente la cabeza hasta sepultarla en sus manos.

Si había levantado un pie, y al hacerlo su mente había abandonado los rieles gastados y bien engrasados por los que se habla estado encarrilando con tanta fidelidad durante tanto tiempo; si tres meses más tarde, en otoño, o un año y tres meses después o diez años y tres meses después había bajado el pie en aquel lugar desconocido en el preciso instante en el que su mente volvía a… Sí, claro, le habría parecido que se trataba del mismo paso, y entonces todo aquello… ¿Dónde había estado y qué había hecho durante aquel intervalo de tiempo?

—¡No! —exclamó.

El monosílabo brotó en forma de grito estridente. ¡Era imposible! Schwartz se miró la camisa. Era la misma que se había puesto aquella mañana —o lo que debía de haber sido esa mañana—, y estaba recién lavada. Recapacitó, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una manzana.

Le dio un mordisco casi desesperado. La manzana estaba madura, y aún conservaba un poco del frescor de la nevera en cuyo interior había estado guardada hasta dos horas antes…, o lo que deberían haber sido dos horas.

¿Y qué pensar de la muñequita de trapo?

Schwartz empezó a sentirse vagamente furioso. O se trataba de un sueño o se había vuelto realmente loco.

Notó que la hora del día había cambiado. La tarde ya estaba avanzada o, por lo menos, las sombras se estaban empezando a alargar. La silenciosa desolación de aquel lugar inundó de repente a Schwartz produciéndole un extraño efecto paralizante.

Se puso en pie. Estaba claro que tendría que buscar a alguien —a cualquier persona—, y resultaba no menos obvio que tendría que buscar una casa, y la mejor forma de encontrarla sería buscar un camino.

Se volvió automáticamente en dirección al lugar donde los árboles raleaban un poco y empezó a caminar.

Cuando llegó a la recta e impersonal cinta de asfalto el frescor del crepúsculo ya se estaba infiltrando por debajo de su chaqueta, y las copas de los árboles se habían vuelto indefinidas y un poco amenazadoras. Schwartz corrió hacia la carretera lanzando sollozos de alegría, y le complació sentir la dureza del pavimento bajo los pies.

Pero cuando miró en ambas direcciones vio que sólo había una desolación total, y por un momento volvió a experimentar un escalofrío. Había esperado encontrar automóviles. Lo más sencillo habría sido hacerles señas para que se detuviesen y preguntar «Oiga, ¿va por casualidad a Chicago?» (Schwartz estaba tan nervioso que pronunció las palabras en voz alta).

¿Y si no estaba cerca de Chicago? Bueno, iría a cualquier ciudad Importante, a cualquier lugar donde pudiese encontrar un teléfono. Sólo tenía cuatro dólares con veintisiete centavos en el bolsillo, pero siempre se podía recurrir a la policía.

Schwartz empezó a caminar por el centro de la carretera escrutándola continuamente en ambas direcciones. No prestó ninguna atención a la puesta del sol, y cuando salieron las primeras estrellas tampoco se fijó en ellas.

Ningún coche. ¡Nada! Y estaba empezando a ponerse verdaderamente oscuro…

De repente vio un resplandor en el horizonte, hacia su izquierda, y lo primero que pensó fue que quizá estuviera sufriendo una repetición del mareo anterior; pero el gélido fulgor azulado visible entre los claros de la arboleda era real. No se trataba del rojo llameante que Schwartz imaginaba podía corresponder a un incendio forestal, sino de una débil fosforescencia que parecía deslizarse entre las tinieblas; y el pavimento que tenía debajo de los pies también parecía emitir una débil claridad. Schwartz se agachó para tocarlo, pero le pareció normal al tacto. Aun así, seguía viendo aquel tenue resplandor con el rabillo del ojo.

Echó a correr desesperadamente por la carretera. Las suelas de sus zapatos chocaban con el asfalto en un ritmo veloz e irregular haciendo mucho ruido. De repente, Schwartz se dio cuenta de que su mano seguía sosteniendo la muñeca de trapo que había sufrido aquel extraño rebanamiento, y la arrojó por encima de su cabeza impulsándola con todas sus fuerzas.

Aquella parodia de vida con su sonrisa burlona…

Y entonces el terror surgió de la nada e hizo que Schwartz se detuviera de repente. Fuera lo que fuese, la muñeca de trapo era una prueba de su cordura. ¡La necesitaba! Se puso de rodillas y empezó a arrastrarse moviendo las manos a tientas en la oscuridad hasta que encontró la muñeca, una mancha oscura recortada contra aquella fosforescencia casi imperceptible. El relleno había empezado a salirse, y Schwartz volvió a meterlo distraídamente.

Un instante después volvía a caminar. «Estoy demasiado aturdido para correr», se dijo.

Empezaba a sentir hambre y a estar realmente asustado cuando vio aquel resplandor hacia la derecha.

¡Era una casa, naturalmente!

Gritó y no obtuvo respuesta, pero era una casa, una chispa de realidad que le hacía guiños a través de la horrible desolación sin nombre de las últimas horas. Schwartz salió de la carretera y empezó a correr campo a través. Saltó zanjas, esquivó árboles, cruzó matorrales y vadeó un arroyo.

¡Qué extraño! Las aguas del arroyo también emitían un tenue resplandor fosforescente, pero aquel hecho inexplicable sólo fue captado por una parte minúscula del cerebro de Schwartz.

Y de repente estuvo junto a la casa, y estiró las manos para tocar la dureza de la estructura blanca. No era ladrillo ni piedra ni madera, pero no se preocupó por eso. La casa parecía estar hecha de una porcelana mate y muy resistente, pero a Schwartz le daba absolutamente igual con qué estuviese construida. Estaba buscando una puerta, y cuando llegó a ella y no vio ningún timbre la atacó a puntapiés y empezó a gritar como si se hubiera vuelto loco.

Oyó un movimiento en el interior, y después oyó el maravilloso sonido de una voz humana que no era la suya.

—¡Eh, los de dentro! —volvió a gritar.

Hubo un débil zumbido de engranajes bien engrasados, y la puerta se abrió. Una mujer apareció en el umbral y contempló a Schwartz con un brillo de alarma en los ojos. Era alta y nervuda, y detrás de ella había un hombre alto y de rasgos bastante marcados y toscos vestido con ropa de trabajo… No, no era ropa de trabajo. En realidad Schwartz nunca había visto unas prendas parecidas, pero por algún motivo indefinible le recordaron a la clase de ropa que un hombre se pone para trabajar.

Pero en aquellos momentos no se sentía demasiado inclinado al análisis. Las dos personas y sus ropas le parecieron increíblemente hermosas, tanto como sólo puede serlo la presencia de rostros amigos para un hombre que está totalmente solo.

La mujer habló con voz líquida y suave, pero en un tono perentorio, y Schwartz tuvo que agarrarse a la puerta para mantenerse erguido. Sus labios se movieron sin lograr emitir ningún sonido, y todos sus temores más descabellados volvieron de repente para agarrotarle la garganta y oprimirle el corazón.

Porque la mujer acababa de hablar en un idioma que Schwartz no había oído jamás.


2. ALOJAMIENTO PARA UN DESCONOCIDO

<p>2. ALOJAMIENTO PARA UN DESCONOCIDO</p>

Loa Maren y Arbin, su estólido esposo, estaban jugando a las cartas y disfrutando del frescor de la noche cuando el anciano sentado en la silla de ruedas a motor arrugó coléricamente el periódico entre sus manos haciéndolo crujir.

—¡Arbin! —gritó.

Arbin Maren no respondió enseguida. Acarició delicadamente los suaves rectángulos de finos bordes que sostenía en las manos, y pensó en cuál sería su próxima jugada.

—¿Qué quiere, Grew? —preguntó por fin mientras tomaba una decisión sin apresurarse.

El anciano de cabellos canosos llamado Grew lanzó una mirada airada a su yerno por encima del periódico y volvió a hacerlo crujir. Producir aquella clase de ruidos era uno de sus desahogos preferidos. Cuando un hombre desborda energía y se encuentra confinado en una silla de ruedas con dos estacas muertas por piernas, tiene que encontrar alguna forma de expresarse, y Grew utilizaba su periódico. Lo hacía crujir y gesticulaba con él, y cuando era necesario lo utilizaba para golpear las cosas.

Grew sabía que fuera de la Tierra había máquinas teleinformadoras que emitían rollos de microfilme con las últimas noticias, y que bastaba con tener un modelo normal de visor de libros-película para leerlos; pero Grew se burlaba en silencio de aquel tipo de cosas. ¡Otra costumbre estéril y degenerada!

—¿Te has enterado de que van a enviar una expedición arqueológica a la Tierra? —preguntó Grew.

—No —respondió Arbin sin inmutarse.

Grew se había enterado de ello porque era el primero en leer el periódico, y la familia había tenido que vender su holovisor el año pasado; pero en realidad su pregunta sólo había sido un gambito de apertura.

—Bien, así que va a venir una expedición arqueológica —dijo—. y por concesión imperial, nada menos… ¿Qué opinas de eso? —Grew bajó la mirada hacia el periódico, y empezó a recitar el texto del artículo con ese tono inexplicablemente vacilante y entrecortado que adoptan la mayoría de las personas cuando leen en voz alta—. «Durante una entrevista concedida a Prensa Galáctica, Bel Arvardan, Director de Investigaciones del Instituto Arqueológico Imperial, manifestó que confiaba en obtener valiosos resultados de los estudios arqueológicos que proyecta llevar a cabo en el planeta Tierra, situado en las inmediaciones del Sector de Sirio (ver mapa). “La civilización arcaica y el entorno excepcional de la Tierra —manifestó el doctor Arvardan— nos ofrecen una cultura atrasada que ha sido dejada de lado durante mucho tiempo por nuestros sociólogos excepto como ejemplo de dificultades en el gobierno local. Albergo grandes esperanzas de que los años venideros producirán cambios revolucionarios en algunos de los conceptos sobre la evolución social y la historia humana que hemos tenido por fundamentales hasta el momento.”» Etcétera, etcétera —concluyó Grew con una sonrisa.

Arbin Maren no le había prestado mucha atención.

—¿Qué quiere decir eso de «cultura atrasada»? —murmuró.

Loa Maren no había escuchado nada de cuanto había dicho el anciano.

—Arbin, te toca jugar —se limitó a decir.

—Bien, ¿no vas a preguntarme qué razón ha podido tener el Tribune para publicar esto? —siguió diciendo Grew—. Ya sabes que no publicarían una noticia remitida por Prensa Galáctica ni a cambio de un millón de créditos a menos que hubiera un buen motivo para ello, ¿no? —Grew guardó silencio durante unos momentos esperando una respuesta que no llegó—. Pues porque también publican un editorial sobre el tema —continuó—, un editorial de una página entera dedicado íntegramente a meterse con el tal Arvardan… Un tipo quiere venir a la Tierra con fines científicos, y enseguida lo ven todo negro y hacen cuanto pueden para impedírselo… ¡Lee esta difamación! ¡Vamos, léela!

—Grew agitó el periódico en dirección a su yerno—. ¿Por qué no la lees?

Loa Maren bajó sus cartas y tensó sus delgados labios.

—Papá, hemos tenido un día muy pesado —dijo—, así que no lo compliquemos ahora con la política. Quizá más tarde, ¿eh? Por favor, papá…

—Por favor, papá…, por favor, papá —la imitó Grew frunciendo el ceño—. Me parece que debes de estar muy harta de tu anciano padre si le prohíbes incluso el decir unas cuantas palabras sobre la actualidad, ¿no? Supongo que te estorbo, ¿verdad? Sentado en este rincón dejando que vosotros dos trabajéis por tres… ¿Quién tiene la culpa de eso? Soy fuerte. Quiero trabajar, y los dos sabéis que con un tratamiento adecuado mis piernas volverían a estar tan bien como antes. —Grew se las palmeó mientras hablaba. Las palmadas fueron asestadas con una fuerza salvaje, y Grew oyó el considerable ruido que hicieron, pero no sintió los impactos—. El único motivo de que no pueda trabajar es que ellos consideran que soy tan viejo que no vale la pena curarme. ¿No os parece que eso es un buen ejemplo de «cultura atrasada»? ¿De qué otra manera se puede calificar a un planeta en el que un hombre puede trabajar, pero no se lo permiten? ¡Por todas las estrellas…! Creo que ya va siendo hora de que acabemos con todas esas tonterías sobre lo que ellos llaman «nuestras instituciones peculiares». ¿Peculiares? ¡Absurdas, así las llamo yo! Creo que…

Grew había empezado a agitar los brazos y la cólera le congestionaba el rostro.

Arbin se levantó, fue hacia el anciano y puso una mano sobre su hombro apretando con fuerza.

—Vamos, Grew, ¿por qué se pone tan nervioso? —preguntó—. Cuando usted haya terminado con el periódico leeré el editorial, ¿le parece bien?

—Sí, ¿pero de qué servirá eso si estás de acuerdo con ellos? Ah, los jóvenes sois todos unos peleles…, un montón de barro en las manos de los Ancianos.

—Cálmese, padre —se apresuró a decir Loa—. No empiece con eso, ¿quiere?

Se quedó escuchando en silencio durante un momento. No podría haber explicado por qué lo hacía, pero…

Arbin experimentó aquel cosquilleo helado que sentía siempre que se mencionaba a la Sociedad de Ancianos. Hablar como lo hacía Grew, burlarse de la cultura de la Tierra…, era una imprudencia, no cabía duda.

Vaya, pero si era asimilacionismo puro. Arbin tragó saliva. «Asimilacionismo»…, una palabra obscena incluso cuando estaba confinada en el pensamiento.

Durante la juventud de Grew se habían dicho muchas estupideces sobre la ruptura con las viejas costumbres, cierto, pero entonces eran otros tiempos. Grew tendría que saberlo…, y probablemente lo sabía, pero no resulta fácil ser razonable y comprensivo cuando estás atrapado en una silla de ruedas esperando que pasen los días hasta el próximo Censo.

Grew quizá era el que se había alterado menos de los tres, pero no dijo nada más. Se fue tranquilizando poco a poco, y a medida que pasaba el tiempo le fue resultando cada vez más difícil ver con claridad las letras. Aún no había tenido tiempo de llevar a cabo un detallado análisis crítico de las páginas deportivas cuando su cabeza cayó lentamente sobre su pecho después de haber estado oscilando hacia delante y hacia atrás durante un buen rato. El anciano dejó escapar un suave ronquido, y el periódico cayó de sus dedos con un último crujido involuntario.

—Quizá no estamos siendo justos con él, Arbin —susurró Loa con voz preocupada—. Es una vida muy dura para un hombre como papá… Si la comparas con la vida que llevaba antes es como si estuviese muerto.

—Por mala que sea una vida no se parece en nada a estar muerto›, Loa. Tiene sus periódicos y sus libros, ¿verdad? ¡No te preocupes tanto por él! Esas rabietas le sientan bien. Ahora estará tranquilo y satisfecho durante unos días…

Arbin había empezado a estudiar nuevamente sus cartas, y se disponía a colocar una sobre la mesa cuando oyeron los golpes el' la puerta y los gritos enronquecidos que no llegaban a formar palabras.

La mano de Arbin tembló y se quedó inmóvil. El temor invadió los ojos de Loa, y miró a su marido. Su labio inferior había empezado a estremecerse incontrolablemente.

—¡Deprisa, saca de aquí a Grew! —exclamó Arbin.

Aún no había acabado de hablar cuando Loa ya estaba junto a la silla de ruedas haciendo ruiditos tranquilizadores con la lengua.

Pero el anciano dormido lanzó una exclamación, y se despertó sobresaltado al primer movimiento de la silla de ruedas. Grew se irguió y buscó automáticamente su periódico.

—¿Qué ocurre? —preguntó con irritación, y en un tono que no tenía nada de murmullo.

—¡Shhhh! No pasa nada —respondió Loa sin prestarle mucha atención.

Empujó la silla de ruedas hasta la habitación contigua, cerró la puerta y apoyó la espalda en ella. Su delgado pecho subía y bajaba a toda velocidad, y sus ojos buscaron los de su esposo…, y entonces se repitieron los golpes.

Permanecieron el uno junto al otro en una actitud casi defensiva mientras la puerta se abría, y se enfrentaron irradiando hostilidad con el hombre bajito y regordete que intentaba sonreír.

—¿En qué podemos servirle? —preguntó Loa con ceremoniosa cortesía.

Un instante después retrocedía dando un salto mientras el hombre lanzaba una exclamación ahogada y se agarraba a la puerta para no caer.

—¿Está enfermo? —preguntó Arbin mirándole con perplejidad—. Ven, Loa, échame una mano con él…

Las horas siguientes fueron transcurriendo poco a poco hasta que Arbin y Loa se prepararon para acostarse en el silencio de su dormitorio.

—Arbin… —murmuró Loa.

—¿Qué pasa?

—¿No es peligroso?

—¿Peligroso? —repitió él, fingiendo no haber entendido a qué se refería su esposa.

—El tener a ese hombre en casa… ¿Quién es?

—¿Cómo quieres que lo sepa? —respondió Arbin con irritación—. Pero de todas formas no podemos dejar en la calle a un hombre enfermo, ¿verdad? Si no tiene documentos de identidad, mañana notificaremos lo ocurrido al Consejo Regional de Seguridad y ahí terminará todo.

Arbin se dio la vuelta para poner fin a la conversación.

—No supondrás que puede ser un agente de la Sociedad de Ancianos, ¿verdad? No olvides que tenemos en casa a Grew… —insistió Loa.

—¿Te refieres a lo que dijo esta noche? Oh, eso está más allá del límite de lo razonable. No quiero hablar de eso, Loa.

—No me refiero a eso, y tú lo sabes. Quiero decir que… Bueno, hace dos años que tenemos aquí a Grew aun sabiendo que es ilegal, y ya sabes que con eso estamos violando la Costumbre más importante.

—No hacemos daño a nadie —masculló Arbin—. Cubrimos nuestra cuota a pesar de que está fijada para tres personas…, para tres trabajadores. La cubrimos, ¿verdad? De acuerdo en que violamos la Costumbre, ¿pero por qué van a sospechar que lo estamos haciendo? Venga, si ni tan siquiera permitimos que salga de casa…

—Podrían seguir la pista de la silla de ruedas. Tuviste que comprar las piezas y el motor, ¿no?

—No vuelvas a empezar con eso, Loa. Te he explicado un montón de veces que cuando construí la silla de ruedas sólo compré equipo de cocina de lo más común… Además, no hay ninguna razón lógica para suponer que ese hombre pueda ser un agente de la Hermandad. ¿Acaso crees que recurrirían a un truco tan complicado para descubrir a un pobre anciano inválido? ¿Note parece que podrían venir de día con una orden de registro totalmente legal? Intenta analizar las cosas, por favor.

—Entonces… Arbin, si realmente piensas eso… —Los ojos de Loa habían empezado a brillar, y su voz adquirió un tono de excitación—. Yo deseaba que lo pensaras, ¿sabes? Entonces tiene que ser un espacial… No puede ser un terrestre.

—¿Por qué dices que no puede ser un terrestre? Esto es todavía más ridículo que lo que decías antes. Loa, por favor, sé razonable. ¿Qué motivos podría tener un habitante del Imperio para venir a la Tierra?

—¡No tengo ni idea de cuáles pueden ser sus motivos! Quizá cometió un crimen en su mundo… —Loa se dejó arrastrar por aquella fantasía apenas la hubo concebido—. ¿Por qué no? Es lógico, ¿verdad? La Tierra sería el mejor lugar para esconderse… ¿A quién se le podría pasar por la cabeza la idea de buscarle aquí?

—Siempre que realmente sea un espacial, claro. ¿Qué pruebas tienes de eso?

—No habla nuestro idioma, ¿verdad? Tienes que admitirlo, ¿eh? Venga, ¿acaso entendiste una sola palabra de todo lo que dijo? Tiene que venir de algún rincón lejano de la Galaxia donde se habla un dialecto extraño… Dicen que los habitantes de Fomalhaut tienen que aprender un idioma prácticamente nuevo para hacerse entender en la corte del Emperador en Trántor. ¿Pero es que no comprendes lo que puede significar todo esto? Si es un espacial que ha venido a la Tierra de manera ilegal no estará registrado en el Consejo del Censo, y lo que más debe desear es que nadie se entere de su presencia aquí. Podríamos utilizar a ese hombre en la granja como sustituto de papá, y entonces volverían a ser tres personas y no dos las que tendrían que cubrir la cuota fijada para tres trabajadores durante la próxima temporada… Incluso podría ayudarnos ahora con la cosecha.

Loa contempló con expresión anhelante el rostro apesadumbrado de su esposo, quien analizó el problema en silencio durante un buen rato.

—Bueno, acuéstate —dijo por fin—. Lo veremos todo más claro con la luz del día, así que ya volveremos a hablar de eso mañana…

Los murmullos cesaron, la luz fue apagada y el sueño acabó adueñándose del dormitorio.

A la mañana siguiente le llegó el turno a Grew de estudiar el problema. Arbin se lo planteó con expresión esperanzada. Cuando se trataba de pensar, Arbin siempre había tenido más confianza en su suegro que en él mismo.

—Bien, Arbin —dijo Grew—, es evidente que todas tus dificultades derivan del hecho de que yo estoy registrado como trabajador, por lo que en consecuencia la cuota de producción está fijada para tres personas. Estoy harto de crear problemas, ¿sabes? Éste es el segundo año que vivo de más… Ya es suficiente.

—No se trata de eso —replicó Arbin empezando a ponerse nervioso—. No estoy intentando sugerir que su presencia aquí suponga un problema para nosotros, Grew.

—Bueno, ¿y cuál es la diferencia después de todo? El Censo se realizará dentro de dos años, y entonces tendré que marcharme de todas maneras.

—Por lo menos habrá podido disfrutar de dos años más de descanso y lectura. ¿Por qué habríamos de privarle de eso?

—Porque les ocurre lo mismo a muchos otros. ¿Y qué será de ti y de Loa? Cuando vengan a por mí también se os llevarán a vosotros. ¿Qué clase de hombre tendría que ser yo para consentir e„ vivir unos cuantos años más a cambio de que…?

—Basta, Grew. No quiero tragedias, ¿entendido? Ya le hemos dicho muchas veces lo que pensamos hacer. Notificaremos su situación una semana antes del Censo.

—Y supongo que pensáis engañar al médico, ¿no?

—Sobornaremos al médico.

—Hum. Y ese hombre…, agravará la situación, claro. También vais a esconderle, ¿eh?

—Dejaremos que se vaya. En nombre del espacio, ¿por qué hemos de preocuparnos ahora pensando en todo eso? Disponemos de dos años… ¿Qué vamos a hacer con él?

—Un espacial que surge de la nada para llamar a nuestra puerta —murmuró Grew—. No se sabe de dónde viene, habla un idioma que no entendemos… Francamente, no sé qué consejo daros.

—Se comporta de una manera muy humilde y educada, y parece estar terriblemente asustado —explicó el granjero—. No puede hacernos ningún daño.

—Está asustado, ¿eh? ¿Y si se tratara de un retrasado mental? ¿Y si sus balbuceos resultan ininteligibles no porque hable en un idioma extranjero, sino porque son las divagaciones de un loco?

—No me parece que eso sea posible —replicó Arbin, pero se estremeció.

—Quieres convencerte de eso porque deseas utilizar al desconocido. Está bien, te diré qué tienes que hacer… Lleva a ese hombre a la ciudad.

—¿A Chica? —preguntó Arbin poniendo cara de horror—. ¡Pero eso sería nuestra perdición!

—Nada de eso —replicó Grew sin inmutarse—. Tu gran problema es que no lees los periódicos, Arbin; pero por suerte para esta familia yo sí lo hago. Bien, pues resulta que en el Instituto de Investigaciones Nucleares han inventado una máquina que se supone ayuda a aprender más deprisa. El suplemento semanal traía una hoja entera dedicada a eso, y parece ser que necesitan voluntarios para probarla. Lleva allí a ese hombre, y deja que sea utilizado como voluntario.

—¡Está loco! —exclamó Arbin meneando enérgicamente la cabeza—. Nunca sería capaz de hacer eso, Grew… Empezarán por pedir su número de registro, y el no tener las cosas en orden equivale a provocar una investigación…, y entonces descubrirán que vive con nosotros.

—No, Arbin, te equivocas. El Instituto de Investigaciones Nucleares solicita voluntarios porque la máquina aún se encuentra en la fase experimental. Probablemente ya ha matado a algunas personas, de modo que estoy seguro de que no harán ninguna clase de averiguaciones… Y si muere, el espacial no estará mucho peor que ahora, ¿verdad? Ahora coge el lector de libros y pon la palanca de selección en la sexta bobina. Ah, y tráeme el periódico apenas llegue, ¿de acuerdo?


Cuando Schwartz abrió los ojos ya era más de mediodía. Enseguida sintió ese dolor sordo que oprime el corazón y se alimenta de sí mismo, el dolor provocado por la ausencia de una esposa que no estaba a su lado al despertar, de un mundo familiar irremisiblemente perdido…

Ya había experimentado aquel mismo dolor en una ocasión anterior, y de repente su memoria le trajo un recuerdo fugaz que iluminó con nítido brillo una escena olvidada. Schwartz era más joven y estaba en una aldea nevada azotada por el viento…, con el trineo esperando…, y al final de aquel viaje estaría el tren…, y después del tren el barco inmenso…

Aquel miedo melancólico y abrumador provocado por la pérdida del mundo conocido hizo que durante un momento Schwartz volviera a ser el muchacho de veinte años que había emigrado a los Estados Unidos.

La frustración era demasiado real. Aquello no podía ser un sueño.

Schwartz se incorporó sobresaltado cuando la luz que estaba sobre la puerta parpadeó, y un instante más tarde oyó la incomprensible voz de barítono de su anfitrión. Después se abrió la puerta y le sirvieron el desayuno: una abundante ración de lo que parecía una especie de gachas que no reconoció, pero que tenían un ligero sabor a trigo (con una agradable diferencia a favor de las «gachas») y leche.

—Gracias —dijo Schwartz, y sacudió la cabeza vigorosamente.

El hombre contestó algo que Schwartz no entendió, y levantó su camisa del respaldo de la silla en la que estaba colgada. La inspeccionó cuidadosamente contemplándola desde todas las direcciones, y prestó una atención especial a los botones. Después volvió a colgarla y abrió la puerta corredera del armario. Schwartz, vio por primera vez la cálida blancura lechosa de las paredes.

«Plástico», pensó para sí, utilizando esa palabra que lo incluía todo con la seguridad con que siempre lo hacen los profanos. También se dio cuenta de que la habitación carecía de ángulos o rincones, y que todos los planos se fundían unos con otros en delicadas curvas.

Pero el hombre le estaba alargando objetos, y le hacía señas que no había forma alguna de malinterpretar. Estaba claro que Schwartz debía lavarse y vestirse.

Schwartz obedeció, y fue recibiendo ayuda e instrucciones a medida que lo hacía. No encontró nada con que afeitarse, y los gestos con que se señaló repetidamente la barbilla no obtuvieron más respuesta que un sonido incomprensible acompañado por una mueca de evidente disgusto. Schwartz acabó rascándose su incipiente barba gris y dejó escapar un ruidoso suspiro.

Después fue conducido hasta un pequeño vehículo de forma ahusada con dos ruedas al que se le ordenó que subiera mediante gestos. El pavimento corrió velozmente por debajo de ellos, y la carretera vacía se fue deslizando hacia atrás a ambos lados hasta que vieron una ciudad de edificios no muy altos de fulgurante blancura. Más adelante se podía distinguir el azul del agua.

—¿Chicago? —preguntó Schwartz señalando excitadamente con la mano.

La reacción supuso el último agitarse de la esperanza en su interior, porque no cabía duda de que Schwartz nunca había visto nada menos parecido a Chicago que aquella ciudad.

El hombre no dijo nada.

Y la última esperanza murió.


3. ¿UN MUNDO… O MUCHOS?

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Bel Arvardan, que acababa de ser entrevistado por la prensa con motivo de su inminente expedición a la Tierra, tenía la sensación de que por fin estaba en paz con todos y cada uno de los cien millones de sistemas estelares que componían el omnímodo Imperio Galáctico. Ya no se trataba de ser conocido en este Sector o en aquel otro. Si sus teorías respecto a la Tierra resultaban ser ciertas, su reputación quedaría asegurada en todos los planetas habitados de la Vía Láctea, y Arvardan sería conocido en todos los mundos sobre los que se había posado el pie del ser humano a lo largo de las decenas de miles de años que había durado su expansión por el espacio.

Esas cumbres potenciales de fama y esas purísimas y refinadas cimas intelectuales de la ciencia a las que aspiraba llegaban a él a una edad temprana, pero el camino no había resultado nada fácil. Arvardan aún no había cumplido los treinta y cinco años, pero su carrera ya estaba jalonada por las controversias. Todo había empezado con un estallido que hizo temblar los claustros de la Universidad de Arturo cuando Arvardan se graduó como Arqueólogo Mayor en aquella institución académica a la edad sin precedentes de veintitrés años. El estallido —no menos efectivo por el hecho de no ser material— consistió en que la revista Anales de la Sociedad Galáctica de Arqueología rechazara su tesis doctoral negándose a publicarla. Era la primera vez en toda la historia de la Universidad de Arturo que se rechazaba una tesis doctoral, y también fue la primera vez en toda la historia de aquella publicación tan seria y respetable en que se usaban términos tan severos para argumentar el rechazo.

Para un profano, naturalmente, el motivo de tanta cólera contra una monografía tan oscura y árida, titulada Sobre la antigüedad de los artefactos encontrados en el Sector de Sirio, con algunas consideraciones acerca de la aplicación de los mismos a la hipótesis del origen humano por irradiación, tenía que resultar inevitablemente misterioso; pero lo que realmente estaba en juego era la actitud de Arvardan, quien había adoptado como propia desde un primer momento la teoría propuesta inicialmente por cierto, grupos de místicos que estaban mucho más interesados en la metafísica que en la arqueología…, es decir, la teoría de que la humanidad se había originado en un solo planeta y había ido irradiando gradualmente a través de la Galaxia. Era la teoría favorita de los escritores de fantasías románticas de la época, y la béte noire de todo arqueólogo respetable del Imperio.

Pero Arvardan se convirtió en una figura que debía ser tomada en consideración incluso por los arqueólogos más respetables, porque en apenas una década llegó a ser el máximo especialista en las reliquias de las culturas preimperiales que aún quedaban en los remolinos y remansos de la Galaxia.

Por ejemplo, había escrito una monografía sobre la civilización mecanística del Sector de Rigel, donde el desarrollo de los robots había creado una cultura independiente que perduró durante siglos. La misma perfección de aquellos esclavos mecánicos fue reduciendo la capacidad de iniciativa humana hasta tal punto que las poderosas flotas de Moray, Señor de la Guerra, apenas tuvieron dificultad para asumir el control de todo el Sector de Riges. La arqueología ortodoxa insistía en la evolución independiente de los tipos humanos en distintos planetas, y utilizaba los casos de culturas atípicas como la de Rigel en calidad de ejemplos de diferencias raciales que todavía no habían sido eliminadas por los continuos cruces. Arvardan destruyó de una vez para siempre aquellas conceptos demostrando que la cultura de los robots rigelianos no era más que una consecuencia natural de las fuerzas económicas sociales presentes en aquel Sector durante esa época.

También estaban los planetas bárbaros de Ofiuco, que los ortodoxos habían presentado durante mucho tiempo como ejemplos de una humanidad primitiva que todavía no había progresado lo suficiente para llegar a la fase del viaje interestelar. Todos los textos académicos utilizaban esos planetas como la mejor prueba disponible de la Teoría de la Fisión, la cual argumentaba que la humanidad era la culminación natural de la evolución en cualquier hundo; que su evolución se basaba en la química del agua y el oxigeno combinada con las intensidades adecuadas de temperatura y gravitación; que cada rama independiente de la humanidad podía legar a cruzarse con las demás; y que esos cruces tenían lugar en cuanto se descubría el viaje interestelar.

Pero Arvardan descubrió rastros de la civilización primitiva que sabía precedido a la por aquel entonces ya milenaria barbarie de Ofiuco, y demostró sin lugar a dudas que las crónicas planetarias más antiguas contenían referencias al comercio interestelar; y después asestó el golpe de gracia al demostrar de manera incontrovertible que cuando emigró a aquella zona de la Galaxia el ser humano ya había alcanzado un estadio de civilización considerable.

Ya habían pasado más de diez años desde que Arvardan presentó su tesis doctoral, pero los A. Soc. Gal. Arqueol. (para citar a los Anales con la abreviatura por la que eran conocidos en el mundillo de la arqueología profesional) sólo se decidieron a publicarla después de que hiciera aquel gran descubrimiento.

Y ahora la investigación de su teoría favorita conduciría a Arvardan al planeta probablemente menos importante de todo el Imperio…, el planeta llamado Tierra.


Arvardan se posó en la única delegación imperial que existía en toda la Tierra, un área situada entre las desoladas alturas de las mesetas del norte del Himalaya. Un palacio que no era obra de la arquitectura terrestre refulgía allí donde no había radiactividad ni la había habido nunca. En esencia, era una copia de los palacios que ocupaban los Virreyes del Emperador destinados a planetas más afortunados. La delicada exuberancia del terreno resultaba ideal para conseguir el máximo de comodidad. Las rocas de dimensiones imponentes habían sido recubiertas con humus, regadas ~— sumergidas en un clima y una atmósfera artificiales…, y habían acabado convirtiéndose en quince kilómetros cuadrados de canteros y jardines artificiales.

El coste energético invertido en todos aquellos trabajos había sido impresionante para las pautas de la Tierra, pero estaba respaldado por los increíbles recursos de un Imperio compuesto por decenas de millones de planetas a los que se añadían continuamente nuevos mundos. (Se ha calculado que en el año 827 de la Era Galáctica un promedio de cincuenta planetas al día obtenía la categoría de provincias, para lo que debían cumplir con la condición de tener una población superior a los quinientos millones de seres humanos.)

El Procurador de la Tierra vivía en aquel entorno tan poco terrestre y, a veces, el lujo artificial del que se hallaba rodeado incluso le permitía olvidar que era Procurador del Imperio en un mundo insignificante y acordarse de que era un aristócrata de linaje muy antiguo y respetado.

Su esposa se dejaba engañar con menos frecuencia, especialmente cuando al llegar a la parte más elevada de una loma cubierta de césped podía ver a lo lejos la implacable y repentina aparición del límite que separaba esos terrenos de la espantosa desolación de la Tierra. Era entonces cuando ni las fuentes multicolores (que por la noche brillaban produciendo el efecto de un líquido fuego frío) ni los senderos floridos y los matorrales idílicos podían compensar la melancolía del exilio.

Y quizá por eso Arvardan disfrutó de un recibimiento aún más cálido de lo que exigía el protocolo. Después de todo, para el Procurador la visita de Arvardan traía consigo un reflejo del Imperio, la inmensidad y el infinito.

Y, por su parte, Arvardan encontró muchas cosas que admirar.

—Todo se ha hecho magníficamente…, y con muy buen gusto —dijo—. Es asombroso observar cómo incluso los distritos más remotos de nuestro Imperio pueden llegar a asimilar un pequeño fragmento de nuestra cultura central, Procurador Ennius.

—Me temo que la corte del Procurador de la Tierra resulta más agradable como lugar de turismo que como residencia —comentó Ennius, y sonrió—. Lo que ve no es más que un cascarón que suena a hueco cuando se lo golpea… Si nos descarta a mí y a mi familia, al personal de servicio, a la guarnición imperial tanto de aquí como de los centros más importantes del planeta y a un visitante ocasional como usted mismo, ya ha agotado toda la influencia de la cultura central existente en la Tierra. Francamente, me parece bastante poco…

Estaban sentados en el peristilo, y la tarde moría poco a poco. El sol proyectaba sus rayos en una trayectoria casi rasante hacia las cumbres brumosas y enrojecidas que se alzaban en el horizonte, y la atmósfera estaba tan saturada por los perfumes de la vida en continuo crecimiento que incluso las brisas parecían lánguidos suspiros de cansancio.

Manifestar una curiosidad excesiva hacia las actividades de un invitado no resultaba muy correcto ni tan siquiera cuando quien lo hacía era todo un Procurador del Imperio, naturalmente, pero no había que olvidar el tormento que suponía vivir permanentemente aislado del resto del Imperio.

—¿Piensa quedarse aquí mucho tiempo, doctor Arvardan? —preguntó Ennius.

—No tengo ningún plan definido al respecto. Me he adelantado al resto de mi expedición para familiarizarme un poco con la cultura de la Tierra y ocuparme de todos los requisitos legales. Por ejemplo, tengo que obtener de usted el acostumbrado permiso oficial para establecer campamentos en los lugares necesarios…

—¡Oh, ya puede darlo por concedido! ¿Pero cuándo empezará a excavar, y qué cree que puede llegar a encontrar en este mísero montón de escombros?

—Si todo va bien espero haber terminado de instalar el campamento base dentro de unos meses. En cuanto a este mundo…, bueno, para mí es cualquier cosa menos un mísero montón de escombros. La Tierra es algo único en toda la Galaxia.

—¿Único? —repitió secamente el Procurador—. ¡De ningún modo! Es un planeta de lo más vulgar… De hecho, es una pocilga, una fosa séptica, una cloaca o prácticamente cualquier otro término despectivo que le apetezca emplear; pero a pesar del refinamiento que ha llegado a alcanzar en su infamia, ni tan siquiera puede distinguirse por su bajeza, y sigue siendo un mundo de campesinos toscos y brutales sin nada de particular.

—Pero la Tierra es un mundo radiactivo —respondió Arvardan, un poco desconcertado ante la apasionada energía con que habían sido enunciados los argumentos totalmente carentes de base que acababa de oír.

—¿Y qué importancia tiene eso? Varios miles de planetas de la Galaxia son radiactivos, y algunos en un grado mucho mayor que la Tierra.

En ese instante la atención de ambos fue atraída por el casi inaudible deslizarse de un armario móvil que se detuvo al alcance de sus manos.

—¿Qué prefiere? —preguntó Ennius señalando el armario.

—No soy muy exigente. Quizá un zumo de lima…

—No habrá problema. El armario de las bebidas cuenta con todos los ingredientes necesarios… ¿Con o sin Chensey?

—Con un chorrito —contestó Arvardan, y alzó el índice y el pulgar dejando muy poco espacio entre ellos.

Y un camarero entró en acción en el interior del armario (que quizá fuese el producto mecánico resultado del ingenio humano más difundido en toda la Galaxia), pero se trataba de un camarero no humano cuya alma electrónica no mezclaba las bebidas por copas sino por medidas atómicas, cuyas raciones siempre resultaban perfectas y que no podía ser igualado ni por toda la inspiración de un simple ser humano.

Los vasos altos parecieron surgir de la nada y quedaron colocados en sus nichos correspondientes esperando el momento de ser cogidos.

Arvardan cogió el verde, y por un momento sintió su frescura contra la mejilla. Después se llevó el vaso a los labios y saboreó su bebida.

—Perfecto —comentó, y dejó el vaso sobre el ancho brazo de su cómodo sillón—. Tal y como usted ha dicho, Procurador Ennius, hay miles de planetas radiactivos, pero sólo uno de ellos está habitado…, éste, Procurador.

—Bien… —Ennius hizo chasquear los labios sobre su vaso, y pareció perder parte de su sequedad después de tomar un trago del líquido que contenía—. Puede que la Tierra resulte excepcional en ese sentido, pero considero que es una distinción muy poco envidiable.

—Ah, pero no se trata tan sólo de una cuestión de particularidad estadística —dijo Arvardan con voz decidida hablando entre sorbo y sorbo—. Es algo que va mucho más lejos, y encierra potencialidades inmensas. Los biólogos han demostrado, o afirman haber demostrado, que en los planetas donde la intensidad de la radiactividad existente en la atmósfera y los mares supera cierto punto de la escala de medición nunca llega a desarrollarse la vida…, y la radiactividad de la Tierra supera ese punto por un margen considerable.

—Es interesante. No lo sabía, doctor Arvardan, y supongo que esto constituiría una prueba definitiva de que la vida de la Tierra es fundamentalmente distinta de la del resto de la Galaxia, ¿no? Eso debería satisfacerle, puesto que usted es de Sirio. —El comentario pareció hacerle sentir una alegría sarcástica—. ¿Sabe que el mayor problema con el que se tropieza uno al gobernar este planeta es el de controlar el intenso sentimiento antiterrestre que existe en todo el Sector de Sirio? —añadió a continuación el Procurador Ennius en tono confidencial—. Y los terrestres devuelven ese odio con creces, desde luego… No estoy afirmando que el sentimiento antiterrestre no exista de forma más o menos difusa en muchos lugares de la Galaxia, naturalmente, pero nunca con tanta intensidad como en el Sector de Sirio.

Arvardan respondió en un tono apasionado e impregnado de vehemencia.

—Procurador Ennius, rechazo lo que usted quiere dar a entender —dijo—. Le aseguro que soy el más tolerante de los hombres. Creo con toda mi convicción en la unidad de la raza humana, y eso incluye también a la Tierra. Toda la vida es fundamentalmente una, porque toda ella se basa en complejos proteínicos que se hallan en un estado de dispersión coloidal…, lo que llamamos protoplasma. El efecto de la radiactividad al cual acabo de hacer referencia no es aplicable únicamente a algunas formas de vida humana o a algunas formas de cualquier tipo de vida. Se aplica a toda la vida, porque es algo basado en la mecánica cuántica de esas macromoléculas; lo cual quiere decir que se aplica a usted, a mí, a los terrestres, a las arañas y a los microbios.

»Como probablemente ya sabe, tanto las proteínas como los ácidos nucleicos son agrupamientos inmensamente complicados de nucleótidos de aminoácidos y otros compuestos especializados dispuestos formando intrincadas arquitecturas tridimensionales que resultan tan poco estables como los rayos del sol en un día nublado. Esta misma inestabilidad es la vida, puesto que la vida cambia constantemente de posición en un esfuerzo por mantener su identidad…, igual que si fuese una vara muy larga colocada en equilibrio sobre la nariz de un acróbata.

»Pero esos productos químicos maravillosos tienen que ser formados a partir de la materia inorgánica antes de que pueda existir la vida. Así pues, en el principio mismo y por influencia de la energía irradiada por el sol que caía sobre esas inmensas soluciones que llamamos océanos, las moléculas orgánicas fueron aumentando gradualmente su complejidad pasando del metano al formaldehído y, finalmente, a los azúcares y almidones en una dirección y de la urea a los aminoácidos y las proteínas en otra. Estas combinaciones y desintegraciones de átomos son fruto de la casualidad, naturalmente, y en un mundo el proceso puede requerir millones de años mientras que en otro puede realizarse en sólo unos centenares de años; pero lógicamente lo más probable es que dure millones de años, y lo más probable es que no llegue a ocurrir nunca.

»Bien, los fisicoquímicos orgánicos han elaborado con gran exactitud toda la cadena de reacciones, especialmente en la parte energética…, es decir, las relaciones de energía generadas con cada cambio atómico. Ahora se sabe sin lugar a dudas que varias de las etapas cruciales del proceso de creación de la vida requieren la ausencia de energía radiada. Si esto le parece extraño, Procurador Ennius, me limitaré a decirle que la fotoquímica —es decir, la química de las reacciones inducidas por la energía radiada— es una rama muy bien desarrollada de la química general; y que existen innumerables casos de reacciones muy sencillas que se desarrollarán de manera distinta según se lleven a cabo en presencia o en ausencia de los cuantos de energía luminosa.

»En los planetas normales el sol es la única fuente de energía radiante o, por lo menos, la mayor. Los compuestos de carbono y nitrógeno se combinan una y otra vez al amparo de las nubes o durante la noche en las formas posibilitadas por la ausencia de esas diminutas fracciones de energía con que son bombardeados por el sol, como si se tratase de bolas que hacen impacto en un número infinito de palos de bolera de dimensiones infinitesimales.

»Pero en los planetas radiactivos la situación es muy distinta, ya que con sol o sin él cada gota de agua está iluminada por el veloz tránsito de los rayos gamma que embisten los átomos de carbono —o los activan, como dicen los químicos—, incluso en lo más tenebroso de la noche e incluso a diez kilómetros de profundidad; obligando a que ciertas reacciones clave sigan una determinada orientación…, una orientación que nunca acaba dando como consecuencia la vida.

Arvardan había vaciado su vaso. Lo dejó encima del armario, y el vaso quedó introducido instantáneamente en un compartimento especial donde fue lavado, esterilizado y puesto en condiciones de volver a ser llenado.

—¿Otra copa? —preguntó Ennius.

—Pregúntemelo después de cenar —replicó Arvardan—. Por ahora ya he bebido bastante.

Ennius alzó un dedo, y una uña que había sido sometida a un concienzudo proceso de manicura repiqueteó sobre el brazo del sillón haciendo un ruidito casi imperceptible.

—Cuando habla consigue que los procesos de la vida parezcan fascinantes, doctor Arvardan —dijo—. ¿Pero cómo se explica entonces que haya vida en la Tierra? ¿Cómo llegó a desarrollarse?

—¿Ve? Usted también empieza a tener dudas, ¿no? Pero yo creo que en realidad la respuesta es muy sencilla: cuando el grado de radiactividad supera el mínimo requerido para detener la creación de la vida, aún no basta para destruir la vida que ya se ha formado. ruede modificarla, desde luego, pero no la destruye salvo cuando llega a alcanzar intensidades realmente excesivas; y en ese caso los !procesos químicos son distintos. En el primer supuesto se trata de impedir que las moléculas crezcan, y en el segundo las moléculas complejas que ya se han formado deben ser destruidas. No es lo mismo, ¿comprende?

—No entiendo cuál es la aplicación de todo eso que me está diciendo —replicó Ennius.

—¿Acaso no le parece evidente? En la Tierra la vida se originó antes de que el planeta se volviese radiactivo. Mi querido Procurador, es la única explicación posible que no nos exige negar el hecho de que hay vida en la Tierra, y que no destruye un número tan elevado de teorías químicas como para poner patas arriba la mitad de esa ciencia.

—¡Oh, vamos, no puede estar hablando en serio! —exclamó Ennius mientras contemplaba a Arvardan con una expresión entre incrédula y desconcertada.

—¿Por qué no?

—¿Que por qué no? Bueno, ¿cómo es posible que un planeta llegue a volverse radiactivo? La vida de los elementos radiactivos de la superficie de un planeta se mide por magnitudes de millones y miles de millones de años…, al menos eso es lo que me enseñaron en la universidad, a pesar de que sólo tuve contacto con esas materias durante el curso previo a mis estudios de derecho. Su existencia pasada es tan larga que a efectos prácticos puede considerarse como indefinida, ¿no?

—Pero existe algo llamado radiactividad artificial, Procurador Ennius…, y puede llegar a existir a gran escala. Hay millares de reacciones nucleares con la energía suficiente para crear toda clase de isótopos radiactivos. Si los seres humanos utilizasen una reacción nuclear aplicada a fines industriales sin ejercer el control debido sobre ella, o incluso para librar una guerra…, suponiendo que pueda imaginarse una guerra librada en un solo planeta, naturalmente…, bien, entonces es muy razonable suponer que la mayor parte de la superficie podría acabar siendo radiactiva. ¿Qué opina de mi explicación?

El sol había muerto desangrado en las montañas, y el reflejo del ocaso había enrojecido el rostro de Ennius. Se levantó una suave brisa nocturna, y el adormecedor murmullo de las variedades de insectos cuidadosamente seleccionadas que vivían en los terrenos del recinto palaciego resultó más sedante que nunca.

—Me parece muy rebuscada y poco sólida —comentó el Procurador—. En primer lugar, no concibo que sea posible llegar a utilizar reacciones nucleares en la guerra, ni tampoco la posibilidad de que escapen al control de quienes las emplean hasta tal punto…

—Naturalmente, Procurador Ennius —replicó Arvardan—. Usted tiende a subestimar las reacciones nucleares porque vive en el presente y porque ahora resulta muy fácil controlarlas. ¿Pero qué habría ocurrido si un ejército hubiese usado esas armas antes de que se inventaran las defensas contra ellas? Habría sido el equivalente a utilizar bombas incendiarias antes de que los seres humanos supiesen que el agua o la arena pueden apagar el fuego.

—Hum —murmuró Ennius—. Habla usted igual que Shekt, doctor Arvardan.

—¿Quién? —preguntó Arvardan alzando rápidamente la mirada.

—Un terrestre. Uno de los pocos terrestres decentes…, quiero decir que es alguien con quien un caballero puede conversar. Es físico, y en una ocasión me dijo que la Tierra quizá no siempre hubiese sido radiactiva.

—Ah… Bien, la teoría que acabo de exponerle no es una creación mía, por lo que eso no tiene nada de extraño. Forma parte del Libro de los Ancianos, que contiene la historia tradicional o mítica de la Tierra prehistórica. En cierta forma, me he limitado a repetirle lo que dice ese libro, aunque he transformado su fraseología típicamente perifrástica en definiciones científicas equivalentes.

—¿El Libro de los Ancianos? —Ennius pareció sorprendido y un poco preocupado—. ¿Dónde averiguó todo eso?

—En distintos lugares. No fue fácil, y sólo obtuve algunos fragmentos. Aunque no sea de naturaleza realmente científica, toda esa información tradicional sobre la ausencia de radiactividad resulta muy importante para mi proyecto, naturalmente. ¿Por qué me lo pregunta?

—Porque ese libro es el texto sagrado que venera una secta fanática de terrestres, y a los no nacidos en la Tierra les está totalmente prohibido leerlo. Si fuese usted yo no iría comentando que lo ha leído mientras esté en la Tierra. Algunos no terrestres…, espaciales, como les llaman ellos, han sido linchados por motivos de menor importancia.

—Habla como si el poder de la Policía Imperial no fuese muy efectivo en la Tierra, Procurador.

—No lo es en caso de sacrilegio. ¡Le ruego que haga caso de mi consejo, doctor Arvardan!

Una campanilla emitió una melodiosa nota vibrante que pareció armonizarse con el susurro de las hojas de los árboles. El sonido se extinguió lentamente, y se fue perdiendo poco a poco y casi de mala gana, como si estuviese enamorado de su entorno.

—Es hora de cenar —dijo Ennius, y se puso en pie—. ¿Quiere acompañarme y gozar de la pobre hospitalidad que puede brindar esta isla del Imperio en la Tierra, doctor Arvardan?

Las excusas para celebrar una cena de gran gala eran demasiado escasas, y no se podía dejar pasar por alto ningún pretexto por frágil que resultase. Hubo muchos platos, y el ambiente fue delicioso en todo momento. Los hombres eran cultos, y las mujeres encantadoras; y hay que añadir que el doctor Bel Arvardan de Baronn, Sirio, fue agasajado y atendido hasta un extremo casi embriagador.

Durante la última parte del banquete Arvardan aprovechó el tener público para repetir una buena parte de lo que había dicho a Ennius, pero esta vez su exposición tuvo menos éxito.

Un caballero de rostro rubicundo que vestía uniforme de coronel se inclinó hacia Arvardan.

—Si no he interpretado mal sus exposiciones, doctor Arvardan —dijo en el marcado tono de condescendencia típico del militar que se encuentra ante un intelectual—, usted pretende hacernos creer que esos perros terrestres son los últimos representantes de una raza antigua que en tiempos quizá fuese la antecesora de la humanidad.

—No me atrevo a afirmarlo de una manera tan terminante, coronel, pero creo que existen bastantes probabilidades de que así fuese. Espero que dentro de un año podré emitir un juicio definitivo al respecto.

—Bien, doctor, si demuestra la veracidad de su teoría, de lo que dudo mucho, quedaré extraordinariamente sorprendido —observó el coronel—. Ya llevo cuatro años destinado a la Tierra, y he ido acumulando cierta experiencia. Todos los terrestres son unos bribones despreciables en los que no se puede confiar para nada, y no hay ninguna excepción. En el aspecto intelectual son claramente inferiores a nosotros. Les falta ese impulso que ha diseminado a la humanidad por toda la Galaxia… Son vagos, supersticiosos y avaros, y tienen el alma ruin y mezquina. Le desafío y desafío a quien sea a que me muestre un terrestre que pueda estar al nivel de un auténtico ser humano en cualquier terreno…, de usted y de mí, por ejemplo. Sólo entonces aceptaré que esos terrestres pueden ser los últimos representantes de una raza que quizá haya sido nuestra antecesora; pero hasta ese momento le ruego que me disculpe si le digo que su teoría me resulta totalmente inconcebible.

—Se suele decir que el único terrestre bueno es el terrestre muerto —dijo de repente un hombre bastante corpulento sentado en un extremo de la mesa—, ¡y aún así apesta! —añadió, y celebró su chiste con estruendosas carcajadas.

Arvardan clavó la vista en el plato que tenía delante y lo contempló frunciendo el ceño.

—No deseo discutir las posibles diferencias raciales —dijo sin levantar la mirada—, especialmente porque no tienen ninguna relación con el problema real. Yo estoy hablando de los terrestres de la prehistoria. Los terrestres actuales han vivido aislados durante mucho tiempo, y han estado sometidos a la influencia de un entorno altamente inusual…, y aun así debo decir que creo un error apresurarse a hablar de ellos de una forma tan despectiva. —Se volvió hacia Ennius—. Procurador Ennius, creo recordar que me habló de un terrestre antes de la cena…

—¿De veras? No me acuerdo.

—Un físico. Shekt.

—Oh, sí… Sí, cierto.

—¿Se refería por casualidad a Affret Shekt?

—Sí. ¿Había oído hablar de él con anterioridad?

—Creo que sí. Desde que usted me habló de él me he pasado coda la cena pensando, y creo que por fin he conseguido recordar de quién se trata exactamente. ¿No trabaja en el Instituto de Investigaciones Nucleares de…? Oh ¿cómo demonios se llama ese lugar? —Arvardan se dio un par de palmadas en la frente—. ¿De Chica, quizá?

—Exacto. Bien, ¿qué ocurre con Shekt?

—Oh, nada. Verá, en agosto la revista Estudios de física publicó un artículo suyo… Me fijé en él porque estaba recogiendo toda clase de material que tuviera relación con la Tierra, y en las revistas de circulación galáctica aparecen muy pocos artículos escritos por terrestres… Bien, quería llegar a lo siguiente: ese hombre afirma haber creado un aparato, al que llama sinapsificador, que se supone mejora la capacidad de aprendizaje del sistema nervioso de los mamíferos.

—¿De veras? —preguntó Ennius en un tono de voz excesivamente trío—. Nunca he oído hablar de ese aparato.

—Si lo desea le daré la referencia exacta… Es un artículo muy interesante, aunque naturalmente no pretendo haber entendido todos sus cálculos matemáticos. Lo que ha hecho Shekt es tratar con el sinapsificador a un animal nativo de la Tierra que creo se llama rata, y después hizo que la rata «resolviera» un laberinto. Supongo que ya saben a qué me refiero, ¿no? «Resolver» un laberinto significa averiguar el trayecto correcto que lleva hasta una provisión de alimentos. Utilizó ratas no tratadas como controles del experimento, y descubrió que las ratas sinapsificadas siempre resolvían el problema en menos de un tercio del tiempo que necesitaban las otras ratas. ¿Comprende el significado de todo esto, coronel?

—No, doctor Arvardan, me temo que no —respondió con voz indiferente el militar que había iniciado la discusión.

—Pues entonces se lo explicaré: estoy convencido de que por muy terrestre que sea, un hombre de ciencia capaz de inventar semejante aparato es innegablemente mi igual intelectual, por lo menos…, y si me perdona la suposición, también el suyo. Además…

—Discúlpeme, doctor Arvardan, pero me gustaría volver al sinapsificador —le interrumpió Ennius—. ¿Sabe si Shekt llegó a probar su aparato con seres humanos?

—Dudo mucho que lo hiciera, Procurador Ennius —dijo Arvardan, y se rió—. Nueve de cada diez ratas sinapsificadas murieron durante el tratamiento. Shekt no se atreverá a emplear cobayas humanos hasta que no haya hecho más progresos.

El Procurador Ennius se recostó contra el respaldo de la silla con el ceño ligeramente fruncido, y a partir de aquel momento no habló ni comió durante el resto del banquete.

Y antes de que llegara la medianoche se separó en silencio de los comensales, y partió en su nave particular para hacer el trayecto de dos horas a Chica después de haberse despedido lacónicamente de su esposa. Seguía teniendo el ceño fruncido, y la preocupación hacía que su corazón latiera más deprisa de lo normal.


Ésa fue la cadena de circunstancias que dio como resultado el que la misma tarde en la que Arbin Maren llegó a Chica con Joseph Schwartz para que éste fuese tratado con el sinapsificador, Shekt hubiera pasado más de una hora encerrado en una habitación nada menos que con el Procurador Imperial de la Tierra.


4. EL CAMINO REAL

<p>4. EL CAMINO REAL</p>

Estar en Chica hacía que Arbin se sintiera muy nervioso. Tenía la impresión de hallarse rodeado. En algún lugar de Chica —una de las mayores ciudades de la Tierra, de la que se decía que contaba con una población de cincuenta mil seres humanos— había funcionarios del gran Imperio Galáctico.

Arbin nunca había visto a un habitante de la Galaxia, naturalmente, pero desde que estaba en Chica no paraba de volver el cuello de un lado a otro temiendo ver uno. Si le hubieran interrogado al respecto no habría podido explicar cómo pensaba diferenciar a un espacial de un terrestre, aun suponiendo que viera uno, pero Arbin tenía el vago presentimiento de que debía existir alguna diferencia fácilmente reconocible.

Antes de entrar en el Instituto miró por encima de su hombro. Su vehículo estaba aparcado en un área abierta, con un cupón dándole derecho a ocupar la plaza de estacionamiento durante seis horas. ¿Y si esa extravagancia resultaba sospechosa? Todo le asustaba. El aire parecía estar lleno de ojos y oídos.

Esperaba que aquel hombre tan extraño se acordara de que debía mantenerse escondido en el fondo del compartimento trasero. Había asentido enfáticamente, ¿pero le había entendido? Arbin se sintió súbitamente encolerizado consigo mismo. ¿Por qué había permitido que Grew le convenciera de hacer algo tan absurdo?

Y entonces la puerta se abrió delante de él, y una voz interrumpió el hilo de sus pensamientos.

—¿Qué desea? —preguntó la voz.

Parecía un poco impaciente. Quizá ya le había hecho esa misma pregunta varias veces y Arbin no la había oído.

—¿Es aquí donde hay que ofrecerse para el sinapsificador? —preguntó con voz enronquecida, sintiendo que las palabras se le atascaban en la garganta como si fuesen partículas de polvo.

—Firme aquí —dijo la recepcionista mirándole fijamente.

Arbin cruzó las manos detrás de la espalda.

—¿A quién he de ver para lo del sinapsificador? —preguntó.

Grew le había dicho cómo se llamaba el aparato, pero al salir de sus labios la palabra le sonó extraña y ridícula, como si fuese un balbuceo carente de significado.

—Oiga, si no firma en el registro de visitantes no podré atenderle —dijo la recepcionista con voz firme y seca—. Lo exige el reglamento, ¿entiende?

Arbin giró sobre sí mismo sin abrir la boca y se dispuso a marcharse. La muchacha sentada detrás del escritorio tensó los labios, y su pie hizo bajar el pedal de señales que había al lado de la silla.

Arbin luchaba desesperadamente por pasar inadvertido, y sabía que estaba fracasando. La muchacha le miraba fijamente, y Arbin pensó que mil años después aún se acordaría de él. Sintió un deseo casi incontenible de echar a correr hacia su vehículo y volver a la granja.

Una persona vestida con una bata blanca de laboratorio salió con paso apresurado de la otra habitación, y la recepcionista alzó una mano.

—Un voluntario para el sinapsificador, señorita Shekt —dijo—. No ha querido decir cómo se llama.

Arbin levantó la mirada. La persona de la bata blanca era una mujer, y el que fuese bastante joven aumentó la ya considerable confusión de Arbin.

—¿Es usted la encargada de la máquina, señorita?

—No —respondió ella sonriendo con cordialidad, y Arbin sintió que se relajaba un poco—. Pero puedo llevarle hasta el encargado —añadió—. ¿Es verdad que ha venido para ofrecerse como voluntario a ser tratado con el sinapsificador?

—Quiero ver al encargado —insistió tercamente Arbin.

—De acuerdo —dijo la joven.

La brusquedad de Arbin no pareció molestarla en lo más mínimo, y volvió a entrar en la habitación de la que había salido. Hubo una breve espera, y por fin un dedo le hizo señas de que Arbin siguió a la joven hasta una pequeña antesala. El corazón le palpitaba con gran violencia.

—Si puede esperar, el doctor Shekt le atenderá dentro de media hora —dijo la joven con afabilidad—. Ahora está muy ocupado. Si desea algunos libros-película y un visor para distraerse, me encargaré de traérselos.

Pero Arbin meneó la cabeza. Las cuatro paredes de la pequeña habitación parecían estarse acercando para encerrarle en una trampa. ¿Estaría atrapado? ¿Y si los Ancianos estaban viniendo a por él en aquel mismo instante?

Fue la espera más larga de toda la existencia de Arbin.


El Procurador Ennius no había tenido ninguna de las dificultades experimentadas por Arbin a la hora de hablar con Shekt, aunque estaba casi tan nervioso como él. Era su cuarto año en el cargo de Procurador Imperial, pero una visita a Chica seguía siendo un gran acontecimiento. Teóricamente ser el representante legal del lejano Emperador de la Galaxia colocaba a Ennius al mismo nivel que los Virreyes Imperiales que gobernaban inmensos sectores galácticos que extendían sus volúmenes iridiscentes a través de centenares de parsecs cúbicos de espacio, pero su posición real apenas estaba un poco por encima del exilio.

Estar atrapado en el vacío estéril del Himalaya y verse involucrado en las disputas igualmente estériles de un pueblo que odiaba a Ennius y al Imperio que representaba hacía que incluso un viaje a Chica fuese un gran acontecimiento.

Además, sus escapadas eran breves. Tenían que serlo, pues en Chica era necesario usar continuamente ropas impregnadas de plomo incluso para dormir y, lo que resultaba todavía peor, era preciso tomar constantemente metabolina.

Ennius habló con bastante amargura de todo aquello a Shekt.

—La metabolina quizá sea el símbolo más exacto de todo lo que su planeta significa para mí, amigo mío —dijo el Procurador alzando la píldora rojiza delante de sus ojos—. Su función consiste en aumentar la velocidad de todos los procesos metabólicos mientras estoy sumergido en la nube radiactiva que me rodea, esa nube que usted ni tan siquiera percibe. —Ennius tragó la píldora—.¡Listo! Ahora mi corazón latirá más deprisa, mi respiración ir ciará una carrera por voluntad propia y mi hígado hervirá en e, síntesis químicas que, según afirman los médicos, lo convierten el laboratorio más importante de mi cuerpo; y a cambio de todo esto después tendré que pagar un tributo en forma de jaqueca y cansancio.

El doctor Shekt le estaba escuchando con visible diversión. Shekt daba la impresión de ser miope, no porque usara gafa sufriera de alguna afección visual, sino simplemente porque su ti bajo le había hecho adquirir la costumbre inconsciente de observar las cosas con fijeza y de sopesar meticulosamente todas las circunstancias antes de emitir una opinión. Era alto y bastante mayor y su delgada silueta siempre estaba un poco encorvada.

Pero poseía amplios conocimientos sobre la cultura galáctica estaba relativamente libre de la expresión de hostilidad y desconfianza universal que hacían tan repulsivo al terrestre medio incluso a los ojos de un habitante del Imperio tan cosmopolita como Ennius.

—Estoy seguro de que en realidad no necesita la píldora para nada —comentó Shekt—. La metabolina no es más que otra de las supersticiones, Procurador, y usted lo sabe. Si yo sustituyese sus píldoras de metabolina por comprimidos de glucosa sin que enterase no se sentiría peor, y además esas jaquecas que le afligen después de haber ingerido la metabolina son provocadas por usted mismo y tienen un origen totalmente psicosomático.

—Dice eso porque vive en su propio ambiente, Shekt. ¿Acaso niega que su metabolismo basal tiene un ritmo de actividad superior al mío?

—Pues claro que no lo niego, ¿pero qué importancia tiene es Ennius, sé que en el Imperio hay una superstición muy extendí, que afirma que los habitantes de la Tierra somos distintos de los otros seres humanos, pero no existe ninguna diferencia esencial ¿O ha venido aquí en calidad de embajador de los antiterrestres?

—¡Oh, por la vida del Emperador! —gruñó Ennius—. Sus camaradas de la Tierra son los mejores misioneros de esa causa… Mientras sigan viviendo como lo han hecho hasta ahora y continúen encerrados en su planeta letal alimentándose con su odio, los terrestres sólo serán una úlcera en el costado de la Galaxia. Sí, Shekt, hablo en serio… ¿Qué otro planeta tiene tal cantidad de rituales presente en su vida diaria y los cumple con la furia masoquista con que lo hacen ustedes? No pasa un solo día sin que reciba la visita de delegaciones de alguno de sus Consejos de Gobierno que vienen a pedir la pena de muerte para algún pobre desgraciado cuyo único delito ha sido entrar en una Zona Vedada, tratar de escapar a la Costumbre de los Sesenta, o quizá simplemente comer una ración mayor que la asignada.

—Ah, pero usted siempre concede la pena de muerte, Procurador… Me parece que su disgusto idealista no es lo bastante fuerte como para impulsarle a rechazar la petición.

—Las estrellas son testigos de que hago cuanto puedo para negar la condena que me piden. ¿Pero qué puedo hacer yo? El Emperador exige que todas las subdivisiones del Imperio conserven sus costumbres locales…, y es una medida muy acertada, porque quita toda posibilidad de obtener apoyo popular a los imbéciles que de ¡o contrario provocarían una rebelión cada día. Además, si me mantuviese inflexible cuando sus Consejos, Senados y Cámaras exigen la pena de muerte, estallaría tal tempestad de protestas, gritos y denuncias contra el Imperio y todas sus dependencias administrativas que preferiría dormir veinte años rodeado por una legión de demonios antes que enfrentarme a la Tierra en ese estado aunque sólo fuera durante diez minutos.

Shekt suspiró y se alisó los escasos cabellos que le quedaban en el cráneo.

—Suponiendo que se nos tenga en cuenta, para el resto de la Galaxia la Tierra no es más que un guijarro en el cielo; pero para nosotros es la patria…, la única patria que conocemos. Sin embargo, no somos distintos de ustedes, sino únicamente más desgraciados. Estamos hacinados en un mundo casi muerto, envueltos por un muro de radiaciones que nos aprisiona, rodeados por una Galaxia inmensa que nos rechaza. ¿Qué podemos hacer para luchar contra el sentimiento de frustración que nos consume? ¿Estaría dispuesto a enviar al espacio nuestro exceso de población, procurador Ennius?

—¿Cree que me importaría hacerlo? —replicó Ennius encogiéndose de hombros—. Pero los habitantes de los otros mundos jamás lo aceptarían. No quieren ser víctimas de las enfermedades terrestres.

—¡Las enfermedades terrestres! —repitió Shekt con voz malhumorada—. Eso no es más que una idea absurda que debe ser eliminada… Los terrestres no somos portadores de la muerte. Usted Vive entre nosotros, Procurador. ¿Acaso ha muerto?

—Bueno, si quiere que le sea sincero debo decir que hago todo lo posible por evitar el contacto con los terrestres —respondió Ennius, y sonrió.

—Eso se debe a que incluso usted siente el temor fomentado por la propaganda, que después de todo ha sido creada por la estupidez de sus fanáticos.

—Vamos, Shekt… ¿Pretende decirme que la teoría de que los terrestres son radiactivos carece de todo fundamento teórico?

—Oh, pues claro que los terrestres son radiactivos. ¿Cómo iban a poder evitarlo? Usted también lo es, Procurador. Todos y cada uno de los habitantes de los cien millones de planetas del Imperio son radiactivos. Confieso que nosotros lo somos en mayor grado, pero no tanto como para dañar a ningún ser humano.

—Pero me temo que el ciudadano medio de la Galaxia cree lo contrario, y yo no quiero descubrir la verdad por experiencia propia. Además…

—Va a decir que además somos distintos, ¿eh? No somos seres humanos porque entre nosotros las mutaciones se producen más deprisa debido a las radiaciones atómicas, y por eso hemos cambiado en muchos aspectos, ¿verdad? Eso tampoco está probado.

—Pero es lo que se cree.

—Y mientras se crea, Procurador, y mientras los terrestres seamos tratados como parias, usted encontrará en nosotros todas las características que desaprueba. Si se nos oprime de una forma intolerable, ¿acaso es tan extraño que nos resistamos? No, no… Somos ofendidos en un grado mucho mayor que ofensores.

Ennius se sintió un poco disgustado por la cólera que había provocado, y pensó que incluso los mejores terrestres tenían el mismo punto débil, el mismo sentimiento de antagonismo que enfrentaba a la Tierra contra todo el resto del universo.

—Le pido que disculpe mi torpeza, Shekt —dijo con todo el tacto de que era capaz—. Que mi juventud y mi aburrimiento le sirvan de excusa, ¿de acuerdo? Tiene ante usted a un pobre muchacho de sólo cuarenta años de edad —y le recuerdo que en el funcionariado profesional cuarenta años es casi la edad de un niño que está haciendo su aprendizaje en la Tierra. Quizá pasarán bastantes años antes de que mi nombre quede suficientemente grabado en la memoria de los idiotas del Departamento de Provincias Exteriores como para ascenderme a un cargo menos peligroso. Bien, los dos somos prisioneros de la Tierra y, al mismo tiempo, también somos ciudadanos de ese gran mundo del cerebro en el que no existe distinción alguna por los planetas ni por las características físicas. Venga, deme su mano y seamos amigos.

Las arrugas se borraron del rostro de Shekt o, mejor dicho, las arrugas anteriores fueron sustituidas por otras que expresaban buen humor; y el físico acabó soltando una carcajada.

—Las palabras son las de un suplicante, pero el tono sigue siendo el de un diplomático imperial de carrera —dijo—. Es usted un pésimo actor, Procurador Ennius.

—Entonces contraataque siendo un buen maestro, y hábleme de ese aparato llamado sinapsificador que ha inventado.

El sobresalto de Shekt fue evidente, y frunció el ceño.

—¿Ha oído hablar del sinapsificador? ¿Acaso es físico además de administrador imperial?

—Mi especialidad son los conocimientos generales, Shekt. Pero ahora hablemos en serio, estoy sinceramente interesado en su descubrimiento.

El físico miró fijamente a su interlocutor con lo que parecía desconfianza en los ojos. Después se puso en pie, se llevó una mano sarmentosa a la boca y empezó a pellizcarse el labio con expresión pensativa.

—No sé por dónde empezar…

—¡Válganme las estrellas! Si lo que quiere es saber por qué punto de la teoría matemática debe comenzar, me encargaré de simplificarle el problema diciéndole que se olvide de todos. No entiendo nada de funciones, tensores y demás asuntos similares.

—En tal caso —respondió Shekt con los ojos brillantes—, me limitaré a la parte descriptiva, y le diré que el sinapsificador es un aparato destinado a aumentar la capacidad de estudio y aprendizaje del ser humano.

—¿Del ser humano? ¡Vaya! ¿Y funciona?

—Ojalá lo supiéramos. Tengo que trabajar mucho más en él antes de poder contestar a esa pregunta… Le explicaré los puntos esenciales y después usted mismo juzgará, Procurador. El sistema nervioso del ser humano y de los animales irracionales está compuesto de materia neuroproteínica. Esa materia está formada por moléculas muy grandes que se hallan en un estado de equilibrio eléctrico bastante precario. El más mínimo estímulo excitará a una, la cual sólo puede volver a su estado anterior excitando a la vecina, y a su vez ésta repetirá el proceso hasta llegar al cerebro. El cerebro mismo es una inmensa agrupación de moléculas similares que están conectadas unas con otras de todas las maneras posibles. Teniendo en cuenta que el número de neuroproteínas que hay en el cerebro se aproxima a diez elevado a la vigésima potencia, o sea, un uno seguido de veinte ceros, la cantidad de combinaciones posibles es del orden del factorial de diez elevado a la vigésima potencia. Ese número pertenece a un orden de magnitud tan inmenso que si todos los electrones y protones del universo se convirtiesen en universos, y si luego todos los electrones y protones de esos nuevos universos se transformasen a su vez en más universos, todos los electrones y protones de todos los universos así creados seguirían siendo nada en comparación con él… ¿Me va entendiendo, Procurador?

—No he entendido ni una palabra, y doy gracias a las estrellas por eso. Aunque lo intentase me temo que acabaría lanzando gemidos de puro dolor intelectual.

—Hum. Bien, de todos modos, lo que llamaremos impulsos nerviosos no son más que el desequilibrio electrónico progresivo que circula por los nervios hasta llegar al cerebro y, una vez en él, surge de nuevo y vuelve a circular por los nervios. ¿Entiende esto?

—Sí.

—Bien, pues entonces ya le falta menos para llegar a ser un genio y le felicito por ello… Mientras ese impulso se desplaza por las células nerviosas avanza a una gran velocidad porque las neuroproteínas se encuentran casi pegadas las unas a las otras; pero la cantidad de células nerviosas es limitada, y entre cada célula nerviosa y la siguiente existe una especie de tabique delgadísimo formado por tejido no nervioso. En otras palabras, que dos células vecinas no están verdaderamente conectadas entre sí.

—Ah —dijo Ennius—. Así que el impulso nervioso tiene que saltar esa barrera, ¿no?

—¡Exactamente! El tabique disminuye la intensidad del impulso la velocidad de su transmisión en relación directa con su espesor, y eso también es aplicable al cerebro. Pero ahora imagine lo que ocurriría si se pudiese encontrar una forma de reducir la constante dieléctrica del tabique intercelular.

—¿La constante qué?

—La fuerza aislante del tabique, dicho en otras palabras. Si la disminuyéramos, el impulso atravesaría el tabique más fácilmente. Se podría pensar con mayor rapidez, y también sería posible aprender en menos tiempo que antes.

—Entonces volvamos a la primera pregunta que le hice. ¿Ha tenido éxito?

—He probado el sinapsificador con animales.

—¿Y con qué resultado?

—Bueno, la mayoría muere debido a la desnaturalización de la proteína cerebral…, coagulación, en otras palabras. Como cuando se hierve un huevo, ¿entiende?

—Hay algo inmensamente cruel en la sangre fría con que actúa la ciencia —comentó Ennius reprimiendo un estremecimiento—. ¿Y los animales que no murieron?

—El resultado no es concluyente porque no se trata de seres humanos. Las pruebas parecen indicar que los efectos han sido favorables…, pero necesito seres humanos. El problema estriba en las propiedades electrónicas naturales del cerebro individual, ¿comprende? Cada cerebro produce microcorrientes de un tipo determinado, y no hay dos casos exactamente iguales. Es algo parecido a lo que ocurre con las huellas dactilares o con la red de vasos sanguíneos de la retina y, de hecho, las particularidades de cada cerebro son todavía más acentuadas. Creo que el tratamiento debería tener en cuenta esto, y si estoy en lo cierto no se producirán más procesos de desnaturalización; pero no dispongo de seres humanos con los que experimentar. Solicité voluntarios, pero…

Shekt alzó las manos en un gesto de impotencia.

—Le aseguro que no los culpo, amigo mío —dijo Ennius—. Pero hablando seriamente, ¿qué piensa hacer con su instrumento suponiendo que llegue a perfeccionarlo?

—Eso no es algo que me corresponda decidir a mí —respondió el físico, y se encogió de hombros—. El sinapsificador quedaría en manos del Gran Consejo, naturalmente.

—¿No pondría su invento a disposición del Imperio?

—Bueno, yo no tendría ningún inconveniente en hacerlo; pero el Gran Consejo se reserva la jurisdicción sobre…

—¡Al diablo con su Gran Consejo! —exclamó Ennius con impaciencia—. Ya he discutido con quienes lo forman en otras ocasiones. ¿Estaría dispuesto a hablarles cuando llegue el momento oportuno?

—¿Y qué influencia podría tener yo?

—Podría decirles que si la Tierra consiguiese producir un sinapsificador aplicable a todos los seres humanos sin ningún peligro y si el sinapsificador fuese puesto al servicio de la Galaxia…, bueno, entonces quizá resultaría posible derogar algunas de las restricciones actuales que pesan sobre la emigración de terrestres a otros planetas.

—¿Cómo? —exclamó Shekt con ironía—. ¿A pesar del riesgo que suponen las epidemias, de nuestras diferencias y de nuestra inhumanidad básica?

—Quizá incluso sería posible efectuar un traslado masivo de la población terrestre a otro planeta —agregó Ennius sin inmutarse—. Piense en eso.

En ese momento se abrió la puerta y una joven pasó por delante del gabinete repleto de microfilmes. Su presencia disipó la atmósfera enrarecida de aquel laboratorio que casi siempre estaba cerrado trayendo consigo automáticamente un impalpable soplo de la primavera. Cuando vio que Shekt estaba hablando con un desconocido, la joven se ruborizó y giró sobre sí misma para marcharse.

—Entra, Pola —se apresuró a decir Shekt—. Creo que no conoce a mi hija Pola, Procurador. Pola, te presento al Señor Ennius, Procurador Imperial de la Tierra.

El Procurador se puso en pie moviéndose con una desenvuelta galantería que cortó el atropellado intento de hacer una reverencia que había iniciado la joven.

—Querida señorita Shekt, nunca creí que la Tierra fuese capaz de producir algo tan maravilloso como usted —dijo Ennius—. Cualquiera de los mundos que recuerdo haber visitado estaría orgulloso de contar con su presencia, y le aseguro que soy sincero.

Tomó la mano de Pola, que la joven se había apresurado a extender con una cierta timidez en cuanto había visto que el Procurador venía hacia ella. Por un momento Ennius pareció a punto de besarla con ese gesto cortés más propio de la generación pasada que de la actual, pero si ésa fue su intención no logró materializarla. La mano a medio levantar se escurrió de entre sus dedos…, quizá demasiado rápidamente.

—La amabilidad con que trata a una simple muchacha de la Tierra me abruma, Procurador Ennius —dijo Pola—. Es muy valeroso y galante por su parte arriesgarse de esta manera a un posible contagio, y…

Shekt carraspeó para aclararse la garganta y la interrumpió.

—Mi hija está completando sus estudios en la Universidad de Chica, Procurador —dijo—. Ha venido a pasar dos semanas en mi laboratorio en calidad de técnica para llevar a cabo unos cuantos trabajos prácticos que se le exigen. Es una joven muy competente, y aunque hablo con el lógico orgullo de padre, quizá algún día ocupe mi lugar.

—Padre, tengo una información muy importante que darte —intervino Pola—. Es… —titubeó antes de seguir hablando.

—¿Desea que me vaya? —preguntó amablemente Ennius.

—No, no —dijo Shekt—. ¿De qué se trata, Pola?

—Tenemos un voluntario, papá —dijo la muchacha.

—¿Para el sinapsificador? —preguntó Shekt, mirándola con una fijeza casi estúpida.

—Eso dice él.

—Bien, veo que le he traído buena suerte —comentó Ennius.

—Así parece —asintió Shekt volviéndose hacia su hija—. Dile que espere. Llévale a la sala C, y me reuniré con él lo más deprisa posible. —Shekt se volvió hacia Ennius en cuanto Pola hubo salido de la habitación—. ¿Me disculpa, Procurador?

—Naturalmente. ¿Cuánto dura el proceso?

—Me temo que algunas horas. ¿Desea presenciar cómo se lleva a cabo?

—No se me ocurre ningún espectáculo más macabro y al que esté menos deseoso de asistir, mi estimado Shekt. Estaré en la Casa del listado hasta mañana. ¿Me informará de los resultados?

—Sí, desde luego —asintió Shekt, quien pareció un poco aliviado.

—Bien… Y piense en lo que le he dicho sobre el sinapsificadon. Es un nuevo camino real hacia el conocimiento.

Ennius se marchó sintiéndose más intranquilo que cuando había llegado. No sabía mucho más que antes, y sus temores habían aumentado.


5. EL VOLUNTARIO INVOLUNTARIO

<p>5. EL VOLUNTARIO INVOLUNTARIO</p>

En cuanto se hubo quedado a solas el doctor Shekt pulsó un botón y un joven técnico entró inmediatamente en la habitación. Llevaba una bata blanca inmaculada, y su larga cabellera castaña estaba meticulosamente peinada hacia atrás.

—¿Le ha informado Pola de…? —preguntó el doctor Shekt.

—Sí, doctor Shekt. He estado observando a ese hombre por la pantalla, y no cabe duda de que es un voluntario. Estoy seguro de que no es un candidato enviado de la forma acostumbrada.

—¿Cree que debo dirigirme al Consejo?

—No sé qué decirle… El Consejo no aprobaría ninguna comunicación corriente. Ya sabe que cualquier haz energético de comunicaciones puede ser interferido. ¿Qué le parece si nos libramos de él? —preguntó nerviosamente—. Puedo decirle que necesitamos hombres de menos de treinta años… A juzgar por su aspecto, tiene al menos treinta y cinco años de edad.

—No, no —respondió Shekt—. Será mejor que le eche un vistazo.

Su mente se había convertido en un torbellino. Hasta aquel momento todo había sido manejado de la forma más cautelosa e inteligente posible. Se habían dado las informaciones suficientes para demostrar una sinceridad totalmente falsa, y ni una brizna más. Y de repente tenían un voluntario de carne y hueso…, e inmediatamente después de la visita de Ennius. ¿Habría alguna relación? El mismo Shekt apenas tenía una vaga idea de las tremendas fuerzas nebulosas que estaban empezando a luchar sobre la maltrecha faz de la Tierra, pero a pesar de ello creía saber lo suficiente al respecto…, lo suficiente como para sentirse a merced de ellas e, indudablemente, mucho más de lo que cualquier Anciano sospechaba que sabía.

Pero su vida corría un doble peligro. ¿Qué podía hacer?

Diez minutos más tarde el doctor Shekt estaba contemplando con cara de preocupación al curtido granjero que se hallaba delante de él con la gorra en la mano y la cabeza un poco ladeada, como si quisiera evitar que le observaran con excesivo detenimiento. Shekt calculó que tenía menos de cuarenta años, pero la dura vida del campo no trataba con demasiados miramientos a los hombres. Las mejillas del granjero estaban un poco sonrojadas debajo de la correosa piel bronceada, y había rastros evidentes de transpiración sobre su frente y en sus sienes, a pesar de que la atmósfera de la habitación era más bien fresca. Sus manos estaban entrelazadas, y los dedos no paraban de retorcerse nerviosamente.

—Bien, mi querido señor, tengo entendido que se ha negado a decirnos cómo se llama —empezó Shekt con amabilidad.

Arbin siguió dando muestras de su testarudez.

—Me dijeron que si se presentaba un voluntario ustedes no harían preguntas.

—Ya… Bueno, ¿hay algo que quiera decirme o prefiere ser sometido al tratamiento de inmediato?

—¿Yo? ¿Quiere decir ahora…, aquí? —preguntó Arbin, súbitamente aterrorizado—. Pero el voluntario no soy yo. No he dicho nada que pudiese hacerles pensar que…

—¿No? Entonces eso significa que el voluntario es otra persona, ¿verdad?

—Claro. ¿Para qué iba a querer yo…?

—Comprendo, comprendo. ¿Esa otra persona está con usted? —preguntó el doctor Shekt.

—Bueno… En cierta forma sí —respondió cautelosamente Arbin.

—Muy bien. Ahora dígame lo que desee. Todo será mantenido en el más estricto secreto, y le ayudaremos en todo lo posible. ¿Está de acuerdo?

—Gracias —murmuró el granjero, e inclinó la cabeza en una tosca señal de respeto—. Verá, señor, se trata de lo siguiente… Tenemos a un hombre en nuestra granja, ¿sabe? Es un…, un pariente lejano. Nos ayuda a…

Arbin tragó saliva con visible dificultad, y Shekt hizo un gesto de asentimiento.

—Tiene muy buena voluntad, y es un excelente trabajador —siguió diciendo Arbin—. Tuvimos un hijo, pero se nos murió; y mi mujer y yo…, bueno, verá, necesitamos esa ayuda y… Ella no se encuentra demasiado bien, y no hubiésemos podido arreglárnoslas sin él…

Arbin tuvo la impresión de que la historia que estaba contando resultaba absurda, sin embargo, el científico volvió a asentir con la cabeza.

—¿Y usted desea someter al tratamiento a ese pariente suyo?

—Oh, sí. Me parecía que ya se lo había dicho, pero… En fin, discúlpeme si estoy tardando mucho en explicárselo… Verá, el pobre hombre no está…, no está del todo bien de la cabeza. —Arbin hablaba de manera cada vez más atropellada—. No es que esté enfermo, entiéndame…, no se encuentra tan mal como para que sea necesario internarle. Es un poco retrasado, eso es todo… No habla, ¿entiende?

—¿No puede hablar? ¿Por qué? —preguntó Shekt poniendo cara de asombro.

—Oh, sí que puede. Es sencillamente que no le gusta hablar… Bueno, no habla demasiado bien.

El físico pareció dudar unos momentos.

—Y usted quiere que el sinapsificador mejore su coeficiente intelectual, ¿no?

—Si fuese un poquito más listo podría realizar una parte del trabajo que mi mujer no puede hacer, ¿lo comprende, doctor? —dijo Arbin.

—Podría morir. ¿Es consciente de ese riesgo?

Arbin contempló a Shekt con expresión de desamparo y se tiró furiosamente de los dedos.

—Necesitaré su consentimiento —añadió Shekt.

—No lo entenderá —insistió el granjero meneando la cabeza en un lento y tozudo vaivén —. Oiga, señor, estoy seguro de que usted me entiende… —se apresuró a añadir, en un tono de voz tan bajo que resultaba casi inaudible—. Usted tiene aspecto de saber lo dura que puede llegar a ser la vida. Ese hombre está envejeciendo… No es un problema de los Sesenta, ¿pero qué ocurrirá si cuando hagan el próximo Censo piensan que es idiota y…, y se lo llevan? No nos gustaría perderle, y por eso le he traído aquí. El motivo por el que quiero mantener en secreto todo esto es que quizá…, quizá… —Arbin volvió involuntariamente la mirada hacia las paredes, como si quisiese atravesarlas con un esfuerzo de pura voluntad y descubrir los ojos y oídos indiscretos que podían estar al acecho detrás de ellas—. Bueno, puede que a los Ancianos no les gustara mucho lo que estoy haciendo. Puede que tratar de salvar a un hombre enfermo sea considerado contrario a las Costumbres, pero la vida es muy dura, señor… Y a usted le sería útil. Ha solicitado voluntarios, ¿no?

—Sí, ya sé que lo he hecho. Bien, ¿dónde está ese pariente suyo?

Arbin decidió arriesgarse.

—Fuera, esperando en mi vehículo…, si es que nadie le ha encontrado, claro. No puede bastarse a sí mismo, ¿entiende? Si alguien le hubiese…

—Bueno, espero que se encuentre bien. Usted y yo saldremos ahora mismo y llevaremos el vehículo hasta nuestro garaje subterráneo. Me aseguraré de que excepto nosotros y mis ayudantes nadie llegue a enterarse de su presencia aquí, y le garantizo que no tendrá ninguna clase de problemas con la Hermandad.

Puso afablemente una mano sobre el hombro de Arbin, y los labios del granjero se curvaron en una temblorosa sonrisa. Arbin se sintió tan aliviado como si hubiese estado llevando una soga al cuello y se la hubieran quitado de repente.


Shekt contempló al hombre regordete y casi calvo que estaba acostado en la camilla. El paciente se encontraba sin conocimiento, pero su respiración era profunda y muy regular. Había emitido sonidos ininteligibles, y Shekt no había entendido nada de lo que dijo; pero no había detectado ninguna manifestación física de retraso mental durante el examen al que le había sometido. Los reflejos estaban muy bien para tratarse de un viejo.

¡Un viejo! Hmmm…

Se volvió hacia Arbin, quien lo estaba observando todo con gran atención.

—¿Quiere que le hagamos un análisis óseo?

—¡No! —exclamó Arbin—. No quiero que le hagan nada que pueda servir para que sea identificado —añadió en un tono de voz menos estridente.

—Eso nos ayudaría bastante. Si supiéramos qué edad tiene sería menos arriesgado, ¿entiende? —dijo Shekt.

—Tiene cincuenta años —replicó secamente Arbin.

El físico se encogió de hombros. Bueno, daba igual. Volvió a mirar al hombre dormido. Cuando fueron al vehículo el sujeto estaba apático y casi distante, o al menos eso le había parecido. Ni tan siquiera las hipnotabletas le habían inspirado desconfianza. Se las habían ofrecido, y el hombre las había engullido con una sonrisa temblorosa.

El técnico ya estaba entrando en la habitación las últimas unidades de aspecto bastante antiestético cuyo conjunto formaba el sinapsificador. Una presión sobre un botón hizo que el vidrio polarizado de las ventanas de la sala de operaciones sufriera un reordenamiento molecular que lo opacó. Ahora la única luz era la que emitía su resplandor blanco y frío sobre el paciente suspendido en el campo diamagnético de varios cientos de kilovatios, que le mantenía flotando a cinco centímetros de la mesa de operaciones a la cual había sido trasladado.

Arbin seguía sentado en la oscuridad. No entendía nada, pero estaba tozudamente decidido a que su presencia impidiera de alguna manera cualquier clase de posibles manipulaciones hechas con fines malignos, aun sabiendo que era demasiado ignorante para detectarlas y detenerlas.

Los físicos no le prestaban ninguna atención. Los electrodos fueron ajustados al cráneo del paciente. Era una tarea muy lenta, y primero hubo que llevar a cabo un meticuloso estudio de la estructura craneana a través de la técnica Ulster, que revelaba el trazado serpenteante de las fisuras. Shekt sonrió para sus adentros. Las fisuras craneanas no eran una medida cuantitativa de la edad en la que se pudiera confiar ciegamente sin necesidad de hacer más comprobaciones, pero en aquel caso resultaban suficientes. Aquel hombre tenía más de los cincuenta años que le había atribuido el granjero.

La sonrisa del físico se esfumó enseguida, y frunció el ceño. Había algo extraño en aquellas fisuras craneanas. Tenían un aspecto raro, como si…

Por un momento estuvo a punto de jurar que la estructura craneana era tan primitiva que aquel hombre casi podía calificarse como un caso de atavismo, pero pensándolo bien… Estaba ante un subnormal, ¿verdad? Quizá ésa fuera la explicación.

—¡Oh, no me había fijado! —exclamó de repente poniendo cara de asombro—. ¡Este hombre tiene pelo en la cara! —Se volvió hacia Arbin—. ¿Siempre ha tenido barba?

—¿Barba?

—¡Pelo en la cara! ¡Venga aquí! ¿No lo ve?

—Sí, señor —respondió Arbin mientras su cerebro empezaba a funcionar a toda velocidad. Lo había notado aquella mañana, pero luego se le había olvidado—. Nació así —dijo—. Eso creo… —añadió un instante después, a pesar de que con ello debilitaba bastante la credibilidad de su afirmación anterior.

—Bien, vamos a eliminarlo. No querrá que tenga ese aspecto bestial, ¿verdad?

—No, señor.

El pelo desapareció rápidamente después de que el técnico aplicara una crema depilatoria con sus manos enguantadas.

—También tiene pelos en el pecho, doctor Shekt —anunció un instante después.

—¡Gran Galaxia! —exclamó Shekt—. ¡Déjeme ver! ¡Pero si este hombre parece una alfombra! Bien, da igual… Una camisa los tapará, y quiero empezar a trabajar con los electrodos. Vamos a poner cables aquí, aquí y aquí. —Unos pinchazos casi imperceptibles, y los cables capilares de platino quedaron insertados—. Ahora aquí y aquí…

Una docena de conexiones a través de las que se podrían percibir los delicados ecos—sombra de las microcorrientes que circulaban por el cerebro yendo de una célula a otra atravesaron la piel y llegaron a las suturas craneanas.

Los científicos observaron con gran atención cómo las agujas de los amperímetros de alta precisión se agitaban y saltaban a medida que las conexiones eran establecidas e interrumpidas. Los diminutos estiletes de los registros trazaban sus delicadas telarañas sobre el papel milimetrado en forma de picos y depresiones irregulares.

Los gráficos fueron retirados y colocados encima de un panel de vidrio iluminado desde abajo. Shekt y su ayudante se inclinaron sobre él y empezaron a intercambiar susurros.

Arbin oyó algunas palabras inconexas.

—…excepcionalmente regular… Observe la altura del quinto pico… Creo que debería ser analizado… Resulta evidente que…

Y después siguió un tedioso ajuste del sinapsificador que pareció durar mucho rato. Los científicos hicieron girar los diales sin apartar la mirada de los ajustes micrométricos que iban llevando a cabo, y después llegaron las lecturas. Los diversos electrómetros fueron revisados una y otra vez, y en cada caso se hicieron los nuevos ajustes necesarios.

Shekt se volvió hacia Arbin y le sonrió.

—No tardaremos mucho en terminar —dijo.

Los aparatos fueron acercados al hombre dormido, moles enormes que hacían pensar en torpes monstruos hambrientos. Cuatro largos cables fueron conectados a los extremos de los miembros del sujeto, y una almohadilla mate de color negro hecha de lo que parecía ser una goma dura fue cuidadosamente ajustada debajo de su nuca, donde quedó asegurada por pinzas que se cerraban sobre los hombros. Finalmente, los gigantescos electrodos se separaron como dos mandíbulas gigantescas y fueron bajando sobre la cabeza de piel pálida y rasgos regordetes hasta que cada uno quedó apuntado a una sien.

Shekt mantenía la mirada. clavada en el cronómetro y sostenía un interruptor en una mano. Movió el pulgar y no ocurrió nada visible, ni tan siquiera para los sentidos aguzados por el miedo del siempre vigilante Arbin. El pulgar de Shekt volvió a moverse después de lo que podrían haber sido horas, pero que en realidad fueron menos de tres minutos. Su ayudante se apresuró a inclinarse sobre el dormido Schwartz y alzó la vista con expresión triunfal.

—Está vivo.

Después transcurrieron varias horas durante las que se tomó toda una biblioteca de anotaciones en medio de murmullos de excitación casi salvaje. Por último una aguja hipodérmica fue introducida en la piel y el durmiente parpadeó. Shekt retrocedió. Estaba pálido, pero parecía inmensamente feliz.

—Todo ha salido bien —dijo. Se frotó la frente con el dorso de la mano y se volvió hacia Arbin—. Tendrá que permanecer algunos días con nosotros, señor.

—Pero… Pero…

Una expresión de alarma nubló los ojos del granjero.

—No, no, tiene que confiar en mí… Le aseguro que estará a salvo. Estoy dispuesto a garantizárselo con mi vida si hace falta, ¿ entiende? Deje que se quede aquí, y nadie verá a este hombre aparte de nosotros. Si se lo lleva quizá no sobreviva. ¿Qué ganaría usted con eso? Y si muriese quizá tendría que explicar a los Ancianos de donde había salido ese cadáver, ¿no?

Esas últimas palabras fueron decisivas. Arbin tragó saliva.

—¿Pero cómo sabré cuándo he de volver a buscarle? —preguntó—. ¡No pienso decirle cómo me llamo!

Pero el granjero había hablado en el tono vacilante de quien ya está dispuesto a someterse.

—No le estoy pidiendo que lo haga —replicó Shekt—. Venga aquí dentro de una semana a las diez de la noche. Yo le estaré esperando junto a la puerta del garaje…, el mismo en el que guardamos su vehículo. Vamos, hombre, tiene que creerme… Le aseguro que no hay nada que temer.


Arbin salió de Chica cuando ya había anochecido. Habían pasado veinticuatro horas desde que aquel desconocido llamó a su puerta, y durante aquel período de tiempo Arbin había conseguido duplicar sus delitos contra las Costumbres. ¿Volvería a estar a salvo algún día?

No consiguió reprimir el impulso de mirar por encima del hombro mientras las dos ruedas de su vehículo se movían velozmente sobre la carretera desierta. ¿Le estarían siguiendo? ¿Habrían averiguado dónde vivía? ¿Y si tenían fotos o filmaciones de su rostro? ¿Y si ya estaban llevando a cabo meticulosas comparaciones en los lejanos archivos que la Hermandad tenía en Washenn, donde estaban inscritos todos los terrestres vivos en la actualidad y donde constaban todos sus datos vitales para asegurar el cumplimiento de la Costumbre de los Sesenta?

Los Sesenta…, el número de años que acababa llegando a todos los terrestres. Arbin aún disponía de un cuarto de siglo antes de alcanzar esa edad, pero vivía cotidianamente bajo esa amenaza a causa de Grew, y ahora también por el desconocido.

¿Y si no regresaba nunca a Chica?

¡No! Él y Loa no podrían seguir cumpliendo con la cuota de tres trabajadores durante mucho tiempo y en cuanto fallaran, su primer delito —el de ocultar a Grew—, sería descubierto enseguida. Así era como las violaciones de las Costumbres se iban complicando poco a poco después de haberse iniciado.

Arbin sabía que volvería, a pesar de los riesgos.


Ya había pasado la medianoche cuando Shekt pensó por primera vez en acostarse, y lo hizo únicamente porque Pola estaba muy preocupada e insistía en que descansara un rato; pero no consiguió conciliar el sueño. Su almohada parecía haberse convertido en un artilugio sutilmente diseñado para producir la asfixia, y las sábanas eran una trampa en la que no paraba de retorcerse. Shekt acabó levantándose y se sentó al lado de la ventana. La ciudad estaba a oscuras, pero sobre el horizonte y al otro lado del lago se veía el tenue rastro del resplandor azul de la muerte que había asolado toda la Tierra exceptuando unas pocas zonas.

Todas las actividades de aquel día agobiante que acababa de terminar desfilaron en un cortejo enloquecido por su mente. Después de haber convencido al asustado granjero de que se marchara, el primer paso había consistido en establecer contacto con la Casa del Estado. Ennius debía de haber estado esperando que Shekt le informase, porque le atendió personalmente. El Procurador seguía atrapado dentro de la pesada vestimenta impregnada de plomo.

—Ah, Shekt, buenas noches… ¿Terminó su experimento?

—Sí, y faltó muy poco para que también terminara con mi voluntario. Pobre hombre…

Ennius pareció luchar con las náuseas.

—Veo que acerté al decidir no quedarme —comentó—. Siempre he opinado que en el fondo los científicos no se diferencian mucho de los asesinos.

—Aún no está muerto, Procurador, y quizá consigamos salvar su vida, pero…

Shekt se encogió de hombros.

—Si fuese usted, en el futuro me conformaría con las ratas, Shekt… Pero le noto cambiado, amigo mío. Al menos usted debería de estar acostumbrado a esto aunque yo no lo esté.

—Me hago viejo, Procurador —se limitó a responder Shekt.

—Lo que en la Tierra resulta muy peligroso —fue la seca contestación que obtuvo—. Vaya a acostarse, Shekt.

Pero Shekt seguía sentado junto a la ventana, contemplando la ciudad a oscuras de un mundo agonizante.

Las pruebas del sinapsificador se habían iniciado hacía dos años, y Shekt llevaba dos años siendo el esclavo de la Sociedad de Ancianos…, la Hermandad, como se llamaban ellos.

Tenía siete u ocho artículos que hubiesen podido ser publicados en la Revista de neurofisiología siriana, y que quizá le habrían proporcionado la fama a escala galáctica que tanto anhelaba; pero las hojas se iban poniendo amarillas poco a poco dentro de un cajón de su escritorio, y en cambio se había visto obligado a publicar un artículo oscuro y deliberadamente engañoso en la revista Estudios físicos. Era uno de los métodos típicos de la Hermandad: para los Ancianos una verdad a medias siempre resultaba preferible a una mentira.

Y sin embargo, no cabía duda de que Ennius estaba haciendo investigaciones. ¿Por qué?

¿Tendría relación con otras cosas que había averiguado? ¿Sería que el Imperio sospechaba lo mismo que Shekt?

La Tierra se había sublevado tres veces en dos siglos. El planeta se había rebelado en tres ocasiones contra las guarniciones imperiales, alzándose en armas bajo el estandarte de la grandeza que afirmaba había sido suya en el pasado. Las tres rebeliones habían fracasado, naturalmente, y de no ser por la naturaleza básicamente tolerante del Imperio y por el hecho de que los Consejos Galácticos contaban con una mayoría de estadistas sagaces, la Tierra ya hubiese sido cruentamente borrada de la lista de mundos habitados.

Pero ahora la situación podría cambiar… ¿O no? ¿Hasta qué punto podía confiar en las palabras incoherentes de un loco que agonizaba?

¿De qué servía todo aquello? Bien, el caso es que no se atrevía a hacer nada. Lo único que podía hacer era esperar. Estaba envejeciendo, y como acababa de decir Ennius, en la Tierra eso era algo muy peligroso. Ya le faltaba muy poco para llegar a los sesenta, y había muy pocas excepciones a la aplicación implacable de las Costumbres.

Y Shekt quería vivir, aunque fuese en aquella miserable bola de barro calcinado que era la Tierra.

Volvió a acostarse, y antes de que acabara logrando conciliar el sueño se preguntó distraídamente si los Ancianos podían haber interferido su llamada a Ennius. En aquel momento no sabía que los Ancianos contaban con otras fuentes de información.


El joven técnico que había colaborado con Shekt tomó la decisión cuando ya era de madrugada.

Admiraba al doctor Shekt, pero era consciente de que tratar en secreto con el sinapsificador a un voluntario no autorizado suponía violar la orden de la Hermandad; y la orden había sido elevada al rango de Costumbre, por lo que la desobediencia equivalía a cometer un delito castigado con la pena de muerte.

Intentó razonar el problema al que se enfrentaba. Después de todo, ¿quién era el hombre que había sido tratado con el sinapsificador? La campaña para solicitar voluntarios había sido meticulosamente estudiada. Tenía por objeto dar la suficiente información sobre el sinapsificador para disipar las sospechas de los posibles espías imperiales, y el de hacerlo sin estimular ninguna afluencia real de voluntarios. La Sociedad de Ancianos enviaba a sus hombres para que fuesen sometidos al tratamiento, y bastaba con ellos.

¿Y entonces quién había enviado a aquel hombre? ¿Habría sido la Sociedad de Ancianos para poner a prueba la lealtad de Shekt?

¿O sería que Shekt era un traidor? Antes había estado mucho rato encerrado en una habitación hablando con alguien, una persona vestida con prendas muy voluminosas…, como las que usaban los espaciales por temor al envenenamiento radiactivo.

En cualquiera de los dos casos cabía la posibilidad de que Shekt cayese en desgracia, ¿y por qué tenía que sufrir él la misma suerte? El técnico era joven, y aún le quedaban casi cuatro décadas de vida. ¿Por qué tenía que adelantar la llegada de los sesenta?

Además, aquello significaría un ascenso para él, y Shekt ya era bastante viejo. Era muy probable que fuese eliminado en el próximo Censo, así que lo que hiciera el técnico no le afectaría demasiado…, prácticamente nada, de hecho.

El técnico ya había tomado una decisión. Cogió el comunicador tecleó la combinación que le pondría en contacto directo con los aposentos privados del Primer Ministro de toda la Tierra, el hombre situado por debajo del Emperador y el Procurador que tenía poder de vida y muerte sobre todos los terrestres.


La noche volvió a llegar antes de que las confusas impresiones encerradas en el cerebro de Schwartz empezaran a adquirir nitidez definiéndose por entre la bruma rojiza del dolor. Recordó el viaje hasta aquellos edificios no muy altos situados en la orilla del lago, y la larga espera agazapado en la parte trasera del vehículo.

Y después… ¿Qué? Su mente forcejeó torpemente con los pensamientos. Sí, habían ido a buscarle. Una habitación llena de diales e instrumentos, y dos píldoras… Sí, eso. Le habían dado las píldoras, y Schwartz las había aceptado sin sentir ninguna inquietud. ¿Qué podía perder? De haberle envenenado le hubiesen estado haciendo un favor, ¿no?

Y después…, después nada.

¡No, un momento! Había experimentado fugaces chispazos de consciencia… Personas inclinadas sobre él… De repente recordó el ir y venir de un estetoscopio que estaba muy frío desplazándose sobre su pecho. Una muchacha le había dado de comer.

Se le pasó por la cabeza la idea de que quizá hubiera sido sometido a una operación. El terror hizo que echara las sábanas a un lado de un manotazo y se sentara en la cama.

La muchacha se colocó a su lado y le puso las manos sobre los hombros para empujarle nuevamente sobre las almohadas. Le habló con dulzura, pero Schwartz no entendió ni una palabra. Forcejeó intentando resistirse a la presión de aquellos esbeltos brazos, pero fue inútil. Estaba muy débil.

Alzó las manos delante de su rostro. Parecían estar normales. Volvió las piernas, y oyó el ruido que hacían al rozar las sábanas. No podían estar amputadas.

Se volvió hacia la muchacha.

—¿Me entiende? —preguntó sin hacerse muchas ilusiones sobre sus probabilidades de obtener una respuesta—. ¿Sabe dónde estoy?

Schwartz apenas pudo reconocer su propia voz.

La muchacha sonrió, y sus labios se movieron dejando escapar una rápida sucesión de sonidos altamente fluidos. Después entró un hombre ya bastante mayor, el mismo que le había dado las píldoras. El hombre y la muchacha conversaron entre ellos. Después la muchacha se volvió hacia él, y se señaló los labios e hizo gestos que parecían una invitación a hablar.

—¿Cómo? —preguntó Schwartz.

La muchacha asintió ansiosamente con el rostro encendido por la satisfacción. Su alegría era tan visible que Schwartz acabó sonriendo casi sin querer.

—¿Quiere que hable? —preguntó.

El hombre se sentó en el borde de la cama e indicó por señas a Schwartz que abriese la boca.

—A-h-h-h-h —dijo.

Schwartz repitió el sonido mientras los dedos del hombre se movían dándole masaje en la nuez de Adán.

—¿Qué ocurre? —preguntó Schwartz con voz encolerizada cuando cesó la suave presión—. ¿Le sorprende que sepa hablar? ¿Qué se cree que soy?


Los días fueron pasando, y Schwartz aprendió algunas cosas. Aquel hombre era el doctor Shekt, el primer ser humano que había conocido por su nombre desde que pasó por encima de la muñeca de trapo. La muchacha era su hija Pola. Schwartz descubrió que ya no necesitaba afeitarse. El vello de su cara nunca crecía, y eso le asustó. ¿Habría crecido alguna vez?

Recuperó las fuerzas bastante deprisa. Ya le dejaban vestirse y caminar por su cuenta, y habían empezado a alimentarle con algo más consistente que aquella especie de gachas.

¿Estaría afectado de amnesia? ¿Le estaban sometiendo a tratamiento por eso? ¿Sería posible que todo aquel mundo fuese normal y natural, en tanto que el mundo que Schwartz creía recordar sólo era la fantasía creada por un cerebro amnésico?

Y nunca dejaban que saliera de la habitación, ni tan siquiera para asomarse al pasillo. ¿Estaría prisionero? ¿Había cometido algún delito?

No existe ningún hombre tan terriblemente perdido como el que se extravía en los inmensos y complejos laberintos de su propia mente, ese lugar al que nadie puede llegar y donde nadie puede salvarle. Nunca ha habido un hombre tan impotente como aquel que es incapaz de recordar.

Pola se divertía enseñándole palabras. Schwartz no se sorprendía lo más mínimo de la facilidad con que las aprendía y podía recordarlas. Sabía que en el pasado siempre había tenido una memoria excelente, y por lo menos esa capacidad permanecía intacta. En sólo dos días Schwartz fue capaz de comprender frases sencillas, y en tres consiguió hacerse entender.

Pero al tercer día se llevó una sorpresa. Shekt le enseñó los números y le planteó unos cuantos problemas. Schwartz daba las respuestas, y Shekt consultaba un cronómetro e iba tomando anotaciones con rápidos trazos de su pluma. De repente Shekt le explicó el significado de la palabra «logaritmo», y después le preguntó cuál era el logaritmo de dos.

Schwartz escogió cuidadosamente sus palabras. Su vocabulario aún era bastante reducido, y tenía que ayudarse con gestos.

—No… poder… decir. Respuesta… no… número.

Shekt asintió nerviosamente con la cabeza.

—No es un número —dijo—. No es esto ni aquello…, es en parte esto, y en parte aquello.

Schwartz enseguida comprendió que Shekt había confirmado su explicación de que la respuesta no era un número redondo, sino una fracción.

—Cero coma tres cero uno cero tres…, y más números —dijo por lo tanto.

—¡Es suficiente!

Después llegó el asombro. ¿Cómo había podido saber la respuesta a aquella pregunta? Schwartz estaba seguro de que nunca había oído hablar de los logaritmos con anterioridad, y sin embargo la respuesta había surgido en su mente apenas le había sido formulada la pregunta. Schwartz no tenía ni idea del proceso mediante el que había sido calculada. Era como si su mente fuera una entidad independiente que se limitaba a usarle en calidad de portavoz.

¿O quizá había sido matemático antes de su amnesia?

Cada vez le resultaba más difícil esperar a que fuesen transcurriendo los días. Sentía una necesidad creciente de enfrentarse con el mundo y arrancarle una respuesta. Mientras siguiera metido en aquella habitación que le servía de cárcel, donde no era más que un espécimen biológico altamente curioso (la idea se presentó repentinamente en su cerebro), nunca podría averiguar nada.

La oportunidad se presentó al sexto día. Estaban empezando a confiar demasiado en él, y en una ocasión Shekt no cerró la puerta con llave al salir. Allí donde la puerta siempre se cerraba con tanta precisión que incluso el punto en el que se encontraba con la pared resultaba invisible, en esta ocasión quedó una ranura de medio centímetro.

Schwartz esperó para asegurarse de que Shekt no volvería al instante, y después extendió lentamente el brazo hasta poner la mano sobre la lucecita brillante tal y como había visto que hacían frecuentemente quienes salían de la habitación. La puerta se abrió despacio y sin hacer ningún ruido. El pasillo estaba desierto.

Y así fue como Schwartz «huyó».

¿Cómo hubiese podido llegar a imaginarse que la Sociedad de Ancianos había hecho que sus agentes vigilaran el hospital, la habitación y a él mismo durante los seis días que había durado su estancia allí?


6. TEMORES NOCTURNOS

<p>6. TEMORES NOCTURNOS</p>

El palacio del Procurador sólo perdía una parte muy pequeña de su encanto durante la noche. Las flores nocturnas —ninguna variedad era nativa de la Tierra— abrían sus carnosas corolas blancas en festones que extendían su delicada fragancia hasta las paredes mismas del palacio. Las hebras artificiales de silicatos hábilmente entrelazadas en la aleación de aluminio inoxidable que formaba la estructura del palacio emitían un tenue centelleo violeta al sentir el impacto de la luz polarizada de la luna, y éste destacaba contra el brillo metálico que las rodeaba.

Ennius contemplaba las estrellas. Para él eran la belleza más auténtica que se podía llegar a imaginar, porque las estrellas constituían el Imperio.

El cielo de la Tierra era de un tipo intermedio. No poseía el encanto subyugador de los cielos de los mundos centrales, donde las estrellas rivalizaban las unas con las otras en una competencia cegadora que casi hacía desaparecer el negro de la noche convirtiéndolo en un fulgurante estallido de luz. Tampoco poseía la grandeza solitaria de los cielos de la periferia, donde la oscuridad casi absoluta sólo era interrumpida de vez en cuando por el titilar de una estrella solitaria, con la lente lechosa de la Galaxia que se extendía por el cielo haciendo desaparecer el brillo individual de las estrellas entre su polvareda diamantina.

Desde la Tierra era posible ver unas dos mil estrellas al mismo tiempo.

Ennius podía ver Sirio, a cuyo alrededor giraba uno de los diez planetas más poblados del Imperio. Allá estaba Arturo, capital del Sector en el que había nacido. El sol de Trántor, el planeta capital del Imperio, se hallaba perdido en algún lugar de la Galaxia; y ni tan siquiera un telescopio hubiese permitido distinguirlo del brillo general.

Ennius sintió que una mano se posaba suavemente sobre su hombro, y sus dedos subieron a su encuentro.

—¿Flora?

—Sí, por suerte —respondió su esposa en un tono de ligera diversión—. ¿Sabes que no has dormido desde que regresaste de Chica, y sabes también que no falta mucho para que amanezca? Quieres que te haga traer el desayuno aquí?

—¿Por qué no? —respondió Ennius. Sonrió cariñosamente a su esposa, movió la mano a tientas en la oscuridad buscando el rizo castaño que flotaba junto a su mejilla y tiró de él—. Bien, ¿y es necesario que tú me acompañes en mi vigilia, enturbiando así los ojos más hermosos de toda la Galaxia?

—Eres tú quien intenta enturbiarlos con palabras melosas —contestó ella en voz baja y suave, y liberó el mechón de cabello de entre los dedos de Ennius—. Pero ya te he visto así antes, y no me dejaré engañar. ¿Qué te tiene tan preocupado esta noche, querido?

—Lo que me preocupa siempre. Que te he sepultado aquí inútilmente, cuando no existe ni una sola corte virreinal en toda la Galaxia que no pudieras realzar con tu presencia.

—¿Y qué más te preocupa aparte de eso? Vamos, Ennius… No me dejaré engañar tan fácilmente.

Ennius meneó la cabeza entre las sombras.

—No lo sé —dijo—. Creo que una acumulación de pequeños disgustos ha acabado por deprimirme. Tengo el problema de Shekt y su sinapsificador, y también tengo al arqueólogo Arvardan con sus teorías…, y otras cosas, otras cosas. Oh, ¿de qué sirve todo, Flora? No estoy haciendo ningún progreso.

—Ya veo que esta hora de la madrugada no es la más oportuna para hacerte preguntas sobre tu estado de ánimo.

Pero Ennius continuó hablando entre dientes como si no la hubiese oído.

—¡Estos malditos terrestres! ¿Cómo es posible que tan pocos seres humanos supongan una carga tan grande para el Imperio? ¿Te acuerdas de lo que me dijo mi antecesor, Flora? Cuando me nombraron Procurador, el viejo Faroul me advirtió de las dificultades del cargo… Tenía toda la razón, y si de algo se le puede acusar es de que no llegó lo suficientemente lejos en sus advertencias. Pero por aquel entonces me burlé de él, y en mi fuero interno me dije que Faroul era una víctima de su incapacidad senil. Yo era joven, activo y audaz. Tendría más éxito que él… —Ennius guardó silencio durante unos instantes, aparentemente absorto en sus pensamientos, y cuando volvió a hablar lo que dijo no parecía tener ninguna relación con sus palabras anteriores—. Pero existen tantas pruebas independientes las unas de las otras que parecen demostrar que los terrestres vuelven a dejarse cegar por sus sueños de rebelión… —Miró a su esposa—. ¿Sabes que la doctrina de la Sociedad de Ancianos afirma que hubo un tiempo en el que la Tierra era la única patria de la humanidad, que es el centro sagrado de la raza, la única y verdadera representación del ser humano?

—Eso es lo mismo que nos dijo Arvardan hace dos noches, ¿verdad, querido?

La esposa del Procurador sabía que en aquellas ocasiones siempre era mejor permitir que se desahogara hablando.

—Sí —asintió Ennius con voz lúgubre—, pero por lo menos él se refirió solamente al pasado. La Sociedad de Ancianos también habla del futuro… Afirman que la Tierra volverá a ser el centro de la raza, e incluso dicen que ese mítico Segundo Reinado de la Tierra se halla muy próximo. Anuncian que el Imperio será destruido por una catástrofe general que dejará a la Tierra triunfante en toda su inimitable gloria… —La voz de Ennius se estremeció—. Toda su gloria de pueblo atrasado, bárbaro y hambriento de espacio vital, supongo. Esos mismos disparates encendieron la llama de la rebelión en tres ocasiones anteriores, y parece que los desastres sufridos por la Tierra no han conseguido quebrantar ni un ápice de su estúpida fe.

—Los terrestres son unos pobres desgraciados —dijo Flora—. ¿Qué les quedaría si no tuvieran la fe? Les falta todo lo demás: un planeta en el que se pueda vivir, una existencia decente… Incluso les falta el orgullo de ser aceptados en pie de igualdad por el resto de la Galaxia, y por eso se refugian en sus sueños. ¿Puedes culparles por ello?

—¡Sí, puedo hacerlo! —exclamó enérgicamente Ennius—. Que abandonen sus sueños y que luchen por conseguir la asimilación… Los terrestres no niegan que son diferentes, y lo único que quieren es sustituir lo «peor» por lo «mejor»; y no puedes pretender que el resto de la Galaxia se lo permita, Flora. Que abandonen su aislamiento, sus «Costumbres» anticuadas y ofensivas; que sean seres humanos y serán tratados como tales. Si se limitan a ser terrestres, sólo conseguirán seguir siendo tratados tal y como se ha tratado hasta ahora a los terrestres… Bah, todo esto no tiene ninguna importancia. ¿Qué está ocurriendo ahora con el sinapsificador? Ese pequeño detalle me quita el sueño…

Ennius frunció el ceño y contempló con expresión pensativa la nubosidad que empañaba la negrura casi metálica del confín oriental del cielo.

—¿El sinapsificador? Es el instrumento al que se refirió el doctor Arvardan durante la cena, ¿verdad? ¿Fuiste a Chica para averiguar de qué se trata?

Ennius asintió con la cabeza.

—Bien, ¿y qué has averiguado?

—Absolutamente nada —respondió Ennius—. Conozco a Shekt, ¿sabes? Le conozco muy bien… Sé ver cuándo está tranquilo y cuándo no lo está, Flora, y te aseguro que durante todo el tiempo que pasó conmigo ese hombre no dejó de temblar de miedo ni un instante; y cuando me marché su alivio resultó tan evidente que sólo le faltó dar saltos de alegría. Este misterio me preocupa cada vez más, Flora…

—¿Pero y el aparato? ¿Funcionará?

—¿Acaso soy neurólogo? Shekt dice que no. Me llamó para comunicarme que faltó muy poco para que el sinapsificador matara a un voluntario, pero no le creí. ¡Estaba terriblemente excitado! No, algo más que eso… ¡Exultaba de triunfo! Su voluntario había sobrevivido y el experimento había tenido éxito, o ya no sé reconocer cuándo un hombre se siente feliz. Bien, ¿qué motivos puede haber tenido para mentirme? ¿Crees que el sinapsificador funciona? ¿Crees que Shekt está creando una raza de genios?

—¿Pero entonces a qué viene tanto secreto?

—¡Ah! Sí, ¿por qué tanto secreto? Bueno, ¿acaso no te resulta evidente? ¿Por qué crees que fracasaron todas las rebeliones de los terrestres? Porque la Tierra lo tiene en contra casi todo, ¿verdad? Hay que aumentar el nivel medio de inteligencia del terrestre…, duplicarlo, triplicarlo. ¿Cuáles serán las probabilidades de que una rebelión tenga éxito entonces?

—Oh, Ennius…

—Podríamos acabar encontrándonos en la situación de simios enfrentados a seres humanos. ¿Cuáles serían las probabilidades expresadas en cifras?

—Te estás dejando asustar por fantasmas, querido. Nunca podrían ocultar algo semejante… Además, siempre te queda el recurso de solicitar que el Departamento de Provincias Exteriores envíe a un equipo de psicólogos para que sometan a exámenes constantes a grupos de terrestres elegidos al azar. Cualquier aumento anormal del nivel de inteligencia de los terrestres sería descubierto al instante, ¿no?

—Supongo que sí, pero quizá no sea la solución más adecuada. No estoy seguro de nada, Flora, salvo de que se está incubando una rebelión…, algo parecido a la sublevación del año 750, sólo que ésta probablemente será mucho peor.

—¿Estamos preparados para eso? Quiero decir que si estás tan seguro de que…

—¿Preparados? —La risa de Ennius sonó como un ladrido—. Sí, estoy preparado. La guarnición se halla en estado de alerta, y está armada hasta los dientes. He hecho todo lo posible con los recursos y materiales de los que dispongo…, pero no quiero enfrentarme a una rebelión, Flora. No quiero ser recordado como «el Procurador del amotinamiento», no quiero que mi nombre quede unido a la muerte y las matanzas… Me condecorarán por ello, pero dentro de un siglo los libros de historia dirán que he sido un tirano sanguinario. ¿Qué ocurrió con el Virrey de Santanni en el siglo sexto? ¿Acaso podía haber hecho algo distinto de lo que hizo, a pesar de que murieron millones de personas? Entonces le rindieron honores, ¿pero quién le elogia ahora? Preferiría ser recordado como el hombre que evitó una rebelión y salvó las vidas inútiles de veinte millones de idiotas —añadió Ennius con voz abatida.

—¿Estás seguro de que no puedes lograrlo…, ni tan siquiera ahora?

Flora se sentó a su lado y deslizó las yemas de los dedos a lo largo de su mandíbula. Ennius le cogió la mano y se la apretó.

—¿Cómo? Todo se vuelve en mi contra… Incluso el Departamento interviene en el conflicto ayudando a los fanáticos de la Tierra al enviar aquí a ese doctor Arvardan.

—Pero querido… No creo que ese arqueólogo pueda hacer nada tan terrible. Confieso que dice muchas locuras, desde luego, ¿pero qué daño puede causar?

—¿Es que no está claro? Arvardan quiere que le permitan demostrar que la Tierra es la patria original de la humanidad. Quiere proporcionar apoyo científico a la subversión.

—Entonces impide que lo haga.

—No puedo. Sí, Flora, es la verdad… Existe la teoría de que los Virreyes del Emperador pueden hacer cualquier cosa, pero no es así. Arvardan cuenta con una autorización escrita del Departamento de Provincias Exteriores. Su viaje ha sido aprobado por el Emperador, y eso me deja totalmente impotente. No podría hacer nada sin apelar previamente al Consejo Central, y para eso se necesitarían meses… ¿Y qué motivos podría dar? Por otra parte, si intentase detener a Arvardan utilizando la fuerza cometería un acto de rebelión, y tú sabes muy bien que después de la Guerra Civil del año 78o el Consejo Central está más que dispuesto a destituir a cualquier funcionario imperial que se exceda en el ejercicio de sus poderes. ¿Y qué ocurriría después? Sería sustituido por alguien que no estaría al corriente de la situación terrestre, y Arvardan seguiría adelante con sus trabajos.

»Y esto no es lo peor de todo, Flora. ¿Sabes cómo pretende demostrar la antigüedad de la Tierra? Adelante, a ver si lo adivinas…

—Te estás burlando de mí, Ennius —replicó ella con una risa suave y musical—. ¿Cómo quieres que lo adivine? No soy arqueóloga… Supongo que mediante excavaciones en las que tratará de encontrar estatuas o huesos antiguos para calcular su antigüedad mediante la radiactividad o algo parecido.

—Ojalá se tratara de eso… No, según me explicó ayer, lo que se propone hacer es entrar en las zonas radiactivas de la Tierra. Arvardan piensa que allí encontrará artefactos humanos, y que una vez los haya encontrado podrá demostrar que provienen de una época anterior a aquella en la que el suelo de la Tierra se hizo radiactivo. Él insiste en que la radiactividad es de origen artificial, ¿sabes? Así es como fijará las fechas.

—Pero eso es más o menos lo que he dicho yo, ¿no?

—¿Sabes lo que significa entrar en las zonas radiactivas? Las llaman Zonas Vedadas, Flora, y es una de las Costumbres más rígidas de los terrestres. Nadie puede entrar en las Zonas Vedadas, y las zonas radiactivas están vedadas.

—¡Pero eso es una suerte para ti, Ennius! Los mismos terrestres detendrán a Arvardan.

—Oh, sí, excelente… ¡El Primer Ministro se encargará de detener a Arvardan! ¿Y cómo vamos a convencerle después de que no se trata de un proyecto oficial, y de que el Imperio no está protegiendo un sacrilegio deliberado?

—El Primer Ministro no puede ser tan quisquilloso, Ennius.

—¿Eso piensas? —preguntó Ennius, y retrocedió para ver mejor a su esposa. La oscuridad había sido sustituida por una penumbra en la que la silueta de Flora apenas resultaba visible—. Tu ingenuidad es realmente enternecedora, querida… Pues claro que puede ser tan quisquilloso. ¿Sabes qué ocurrió hace aproximadamente cincuenta años? Te lo contaré, y después podrás juzgar por ti misma. Bien, la Tierra no permite que haya símbolos exteriores del dominio imperial sobre su mundo, porque sus habitantes insisten en que la Tierra tiene todo el derecho legal a gobernar la Galaxia. Supongo que recordarás que el joven Stannell II —el Emperador niño que estaba ligeramente chiflado, y que fue eliminado mediante un asesinato después de haber reinado durante dos años ordenó que se izara la enseña imperial en la Cámara del Consejo de Washenn. La orden en sí era razonable, puesto que la enseña del Imperio está presente en todas las Cámaras planetarias de la Galaxia como símbolo de la unidad imperial. ¿Pero qué ocurrió en este caso? Pues que el día en que se izó la enseña, la ciudad se convirtió en un hervidero de disturbios. Los lunáticos de Washenn arriaron la enseña imperial y se sublevaron contra la guarnición. Stannell II estaba lo bastante loco como para exigir que su orden fuera cumplida aunque tuviera que llegarse al extremo de matar a todos los terrestres para conseguirlo, pero por suerte fue asesinado antes de que eso pudiera ocurrir. Edard, su sucesor, canceló la orden de izar la enseña, y volvió a reinar la paz.

—¿Entonces eso significa que la enseña imperial no volvió a ser izada? —preguntó Flora en un tono de voz impregnado de incredulidad.

—Significa exactamente eso. ¡Por las estrellas, pero si la Tierra es el único entre los millones y millones de planetas del Imperio que no tiene la enseña imperial izada en su Cámara del Consejo! Sí, la Tierra, el planeta miserable en el que nos hallamos ahora… Te aseguro que si volviéramos a intentarlo los terrestres lucharían hasta la muerte para impedirlo. ¿Y tú me preguntas si son quisquillosos? Te digo que están locos, Flora…

Se hizo el silencio, y la aurora empezó a iluminar lentamente el cielo. El silencio acabó siendo roto por la voz de Flora.

—Ennius… —murmuró la esposa del Procurador.

—¿Sí?

—En realidad tú no estás preocupado por el daño que esa rebelión que esperas se produzca de un momento a otro pueda causar a tu reputación, ¿verdad? No sería tu esposa si no fuese capaz de adivinar una parte de los pensamientos que pasan por tu cabeza, y me parece que estás esperando que ocurra algo muy peligroso para el Imperio. No deberías ocultarme nada, Ennius. Temes que los terrestres acaben triunfando, ¿no?

—No puedo hablar de eso, Flora. —Un brillo atormentado iluminó los ojos del Procurador—. Es algo tan débil que no llega a ser ni una intuición, ¿comprendes? Puede que cuatro años de residencia en este planeta sean demasiados años para un hombre cuerdo. ¿Pero por qué están tan confiados esos terrestres?

—¿Cómo sabes que lo están?

—Oh, te aseguro que así es. Yo también tengo mis fuentes de información, ¿sabes? Después de todo ya han sido diezmados tres veces, ¿no? No pueden quedarles ilusiones de ninguna clase… Y sin embargo están dispuestos a enfrentarse con doscientos millones de mundos, cada uno de los cuales es más poderoso que el suyo, y confían ciegamente en sí mismos. ¿Acaso su fe en algún destino o fuerza sobrenatural que sólo tiene significado para ellos puede llegar a ser tan obstinada? Quizá…, quizá…

—¿Quizá qué, Ennius?

—Quizá cuentan con armas secretas.

—¿Armas secretas tan potentes que permitirán que un solo mundo derrote a doscientos millones de planetas? Vamos, Ennius… Estás delirando. Ningún arma es capaz de hacer algo semejante.

—Ya te he hablado del sinapsificador.

—Y yo te he explicado cómo puedes controlar los posibles efectos de ese aparato. ¿Sabes de alguna otra arma que puedan utilizar?

—No —replicó el Procurador de mala gana.

—Claro, porque no es posible que existan armas semejantes. Y ahora te diré lo que debes hacer, querido. ¿Por qué no hablas con el Primer Ministro y le informas de cuáles son los planes de Arvardan? Invítale oficiosamente a no concederle el permiso. Eso eliminará toda sospecha de que el gobierno imperial tiene alguna participación en esta estúpida violación de las Costumbres terrestres…, o por lo menos debería eliminarla. AL mismo tiempo, habrás conseguido detener a Arvardan sin verte involucrado. Después solicitarás al Departamento que te envíe dos buenos psicólogos…, o quizá sería mejor que solicitaras a cuatro para que por lo menos te envíen dos, y cuando lleguen harás que investiguen las posibilidades de uso del sinapsificador. Nuestros soldados podrán ocuparse del resto, y mientras lo hacen dejaremos que la posteridad se cuide sola. ¿Y ahora por qué no duermes un rato aquí? Podemos desplegar el sillón, usarás mi manto de pieles para abrigarte, y haré que te envíen la bandeja con el desayuno apenas te hayas despertado. La luz del sol hará que todo resulte distinto.

Y así fue cómo el Procurador Ennius se durmió cinco minutos antes del amanecer, después de haber permanecido en vela durante toda la noche.

Y ocho horas más tarde, el Primer Ministro de la Tierra se enteró por boca del Procurador en persona de la presencia de Bel Arvardan en el planeta y de la naturaleza de la misión que le había llevado hasta allí.


7. ¿UNA CONVERSACIÓN CON LOCOS?

<p>7. ¿UNA CONVERSACIÓN CON LOCOS?</p>

En cuanto a Arvardan, lo único que le interesaba en aquellos momentos era hacer turismo. Su nave Ofiuco, no llegaría a la Tierra hasta dentro de un mes, y en consecuencia disponía de todo aquel tiempo para invertirlo de la manera que más le gustase.

Y ése fue el motivo por el que Bel Arvardan se despidió de su anfitrión seis días después de haber llegado al Everest, y subió a bordo del mayor estratosférico a retropropulsión de que disponía la Compañía Terrestre de Transportes Aéreos para hacer el viaje entre el Everest y Washenn, la capital de la Tierra.

Desplazarse a bordo de un aparato comercial en vez de hacerlo en el veloz crucero puesto a su disposición por Ennius había sido una elección deliberada por su parte. En su calidad de extranjero y de arqueólogo, Arvardan sentía una considerable curiosidad hacia la existencia cotidiana de los seres humanos que vivían en un planeta tan extraño como era la Tierra.

Y también tenía otro motivo aparte de la curiosidad.

Arvardan provenía del Sector de Sirio, el cual se distinguía por la gran intensidad de sus prejuicios antiterrestres; pero siempre le había complacido pensar que no había sucumbido a aquellos prejuicios. Como hombre de ciencia y como arqueólogo no podía permitírselo, aunque naturalmente se había acostumbrado a pensar en los terrestres guiándose por ciertos moldes caricaturescos, hasta el extremo de que la misma palabra «terrestre» le resultaba vagamente desagradable; pero no tenía verdaderos prejuicios contra ellos.

AL menos eso era lo que creía Arvardan. Por ejemplo, siempre que un terrestre había querido tomar parte en una de sus expediciones o trabajar a su lado en cualquier tipo de actividad había sido aceptado…, si poseía la cultura y la capacidad necesarias, por supuesto; si había una vacante, naturalmente…, y si los otros miembros de la expedición no protestaban demasiado. Ése era el gran problema. Lo habitual era que los demás se opusieran enérgicamente, ¿y qué podía hacer Arvardan entonces salvo claudicar?

Empezó a pensar en el problema. Nunca se le habría pasado por la cabeza la idea de negarse a comer con un terrestre, eso estaba claro, e incluso estaba dispuesto a compartir su alojamiento con un terrestre…, siempre que éste fuera razonablemente limpio y estuviera sano. Arvardan incluso pensaba que ese hipotético terrestre sería tratado en todos los aspectos igual que hubiese tratado a un nativo de cualquier otro planeta, pero no pudo negar ante sí mismo que siempre sería consciente de que un terrestre era un terrestre. No podía evitarlo. Era el resultado de una niñez transcurrida en un entorno impregnado de fanatismo hasta tales extremos que éste resultaba casi imperceptible, y donde no te quedaba más remedio que aceptar sus axiomas igual que si fueran una segunda naturaleza. Aun así, cuando salías de él eras capaz de verlo tal y como era realmente al contemplarlo desde el exterior.

Ahora tenía una ocasión para ponerse a prueba. Viajaba a bordo de un estratosférico en el que aparte de él sólo había terrestres y, a pesar de ello, Arvardan se estaba comportando con bastante naturalidad…, aunque ésta no llegara a ser total.

Estudió los rostros vulgares y normales de sus compañeros de viaje. Se suponía que los terrestres eran distintos, pero Arvardan no estaba muy seguro de si habría podido distinguir a aquellos seres humanos de otros si se hubiese encontrado con ellos por casualidad en medio de una multitud. Acabó pensando que no. Las mujeres no eran feas, desde luego… Arvardan enarcó las cejas. La tolerancia también tenía un límite, naturalmente, y estaba claro que ni tan siquiera se podía llegar a pensar en la posibilidad de un matrimonio mixto.

En cuanto al estratosférico, le parecía un aparato pequeño y de construcción bastante imperfecta. Se desplazaba gracias a la propulsión atómica, pero la aplicación del principio estaba muy lejos de ser realmente eficiente. En primer lugar la turbina no se encontraba muy bien aislada; pero Arvardan pensó que la presencia de rayos gamma errantes y la elevada densidad de neutrones de la atmósfera quizá pudiera resultar menos importante para los terrestres que para los seres humanos de otros planetas.

De repente el paisaje atrajo su mirada. Vista desde la capa púrpura oscuro de los confines de la estratosfera, la Tierra ofrecía un aspecto realmente fabuloso. Las inmensas áreas brumosas que estaban a la vista debajo de Arvardan (oscurecidas a intervalos por manchones de nubes iluminadas por el sol) tenían el color anaranjado típico de los desiertos. Detrás de ellas se veía el tenue y confuso límite de la noche que se iba alejando lentamente de la estratonave, y en el interior de aquellas sombras oscuras se podía distinguir el chisporroteo de las zonas radiactivas.

Las risas de algunos de sus acompañantes hicieron que Arvardan apartara su atención de la ventanilla. Miró a su alrededor, y vio que las risas parecían centrarse alrededor de una pareja de edad madura, regordeta y muy sonriente.

—¿Qué ocurre? —preguntó Arvardan a su vecino tocándole con el codo.

—Se casaron hace cuarenta años y están haciendo la Gran Gira —le informó el hombre.

—¿La Gran Gira?

—Ya sabe…, un viaje alrededor de la Tierra.

El hombre maduro estaba relatando de un modo global sus experiencias e impresiones con el rostro sonrojado por la satisfacción. Su esposa intervenía periódicamente en la conversación corrigiendo escrupulosamente hasta los detalles más insignificantes, lo cual era recibido y aceptado con el máximo buen humor imaginable. Los pasajeros del estratosférico escuchaban todo aquello con la mayor atención, y Arvardan tuvo la impresión de que los terrestres podían llegar a ser tan cordiales y humanos como cualquier otro pueblo de la Galaxia.

—¿Y para cuándo tienen fijados los sesenta? —preguntó alguien de repente.

—Para dentro de un mes, más o menos —fue la inmediata y satisfecha respuesta que obtuvo—. El dieciséis de noviembre, para ser exactos.

—Bueno, espero que tengan la suerte de que haga un día bonito —dijo el hombre que había hecho la pregunta—. Mi padre llegó a sus sesenta en un día de lluvias torrenciales…, nunca he vuelto a ver otro igual desde entonces. Yo iba con él, porque como ustedes saben a una persona siempre le gusta más estar acompañad en esas circunstancias, y no paró de quejarse de la lluvia ni un momento. Además, íbamos en un vehículo birrueda abierto, y quedamos calados hasta los huesos. «Eh, papá, ¿por qué te quejas tanto: —acabé diciéndole—. Después de todo, el que tendrá que volver soy yo, ¿no?»

Hubo una carcajada general a la que se sumó la pareja que estaba celebrando el aniversario de boda, pero una desagradable y molesta sospecha empezó a cobrar forma en la mente de Arvardan, y el horror le erizó el vello.

—Esos sesenta de los que están hablando —dijo volviéndose hacia su compañero de asiento—. Bueno, verá… He tenido la impresión de que se referían a la eutanasia, ¿no? Quiero decir que…, que ustedes son eliminados cuando cumplen los sesenta años, ¿verdad?

La voz de Arvardan se debilitó un poco cuando su compañero de asiento ahogó repentinamente sus últimas risas para volverse hacia él y escrutarle con una prolongada mirada impregnada de desconfianza.

—¿Y de qué pensó que estaban hablando? —preguntó por fin.

Arvardan hizo un vago gesto con la mano y sonrió estúpidamente. Conocía la Costumbre de los Sesenta, pero sólo de una manera teórica…, como algo acerca de lo que había leído varios pasajes en un libro o que se comentaba en una publicación científica. Pero ahora se acababa de convencer de que la Costumbre se aplicaba a seres vivos, de que los hombres y mujeres que había a su alrededor sólo podían vivir hasta los sesenta años porque así lo exigía la Costumbre de los Sesenta.

Su compañero de asiento seguía mirándole fijamente.

—Oiga, ¿de dónde viene usted? —preguntó de repente—. ¿Es que no conocen los Sesenta en su ciudad?

—Allí los llamamos «La Hora» —respondió Arvardan con un hilo de voz—. Soy de allá…

Movió un pulgar señalando por encima del hombro, y pasados unos segundos el rostro de su compañero de asiento fue perdiendo poco a poco su expresión dura e inquisitiva.

Arvardan frunció los labios. Los terrestres eran muy desconfiados, desde luego. Por lo menos aquella faceta de la caricatura correspondía a la realidad.

El hombre maduro estaba volviendo a hablar.

—Ella me acompañará —explicó señalando a su risueña esposa—. No le corresponde hasta tres meses más tarde, pero cree que no hay por qué esperar y que será mejor que nos vayamos juntos. ¿Verdad que sí, gordita?

—Oh, sí —respondió ella con una risita jovial—. Todos nuestros hijos están casados y ya tienen sus hogares, así que sería una carga para ellos. De todas maneras, no podría vivir sin mi viejo…, así que nos iremos juntos.

Después todos los pasajeros parecieron enfrascarse en un cálculo aritmético para averiguar cuánto tiempo le quedaba a cada uno, para lo que tuvieron que transformar los meses en días. El proceso ocasionó varias discusiones entre los matrimonios.

—Me quedan exactamente doce años, tres meses y cuatro días —manifestó rotundamente un hombrecillo de expresión decidida al que la ropa le quedaba bastante apretada—. Doce años, tres meses y cuatro días, ni uno más ni uno menos…

—Siempre que no se muera antes, naturalmente —fue la muy razonable respuesta de alguien.

—Tonterías —contestó inmediatamente el hombrecillo—. ¡No tengo la más mínima intención de morirme antes! ¿Acaso tengo el aspecto de ser uno de esos hombres que se mueren antes? Viviré doce años, tres meses y cuatro días, y no hay aquí un solo hombre con las agallas suficientes para negarlo.

Su expresión al decir aquello era verdaderamente amenazadora.

Un joven esbelto y elegante se quitó de los labios un cigarrillo muy largo.

—Tienen mucha suerte al poder calcularlo con tanta exactitud —comentó en tono sombrío—. Hay muchos hombres que viven más tiempo del que les corresponde.

—Ya lo creo que sí —respondió el otro.

Hubo un coro general de asentimientos que fue acompañado por un murmullo de indignación.

—No es que tenga ninguna objeción al hecho de que un hombre o una mujer deseen seguir viviendo después de haber cumplido los sesenta hasta el próximo día de reunión del Consejo, sobre todo si tienen que terminar de resolver algún asunto pendiente —siguió diciendo el joven mientras alternaba las caladas al cigarrillo con una complicada maniobra destinada a desprender la ceniza—. Pero esos granujas y parásitos que intentan llegar al próximo Censo consumiendo los alimentos que deberían destinarse a la nueva generación…

Hablaba como si sintiese un resentimiento personal hacia aquellos casos.

—Pero las edades de todo el mundo están registradas en los archivos, ¿no? —intervino Arvardan en voz baja y suave—. Nadie puede seguir viviendo después de haber cumplido los sesenta, ¿verdad?

Se produjo un silencio general en el que había una buena dosis de desprecio hacia aquella estúpida manifestación de idealismo. El silencio se prolongó hasta que un pasajero empezó a hablar en tono mesurado y diplomático, como si quisiera poner punto final al tema.

—Bueno, supongo que vivir más allá de los sesenta no sirve de mucho —dijo.

—No si uno es granjero —replicó vigorosamente otro pasajero—. Después de haber pasado medio siglo trabajando en los campos hace falta estar loco para no aceptar el fin de ese tipo de vida, desde luego… ¿Pero qué me dice de los burócratas y de los hombres de negocios?

El hombre maduro cuyo cuadragésimo aniversario de bodas había iniciado la conversación acabó emitiendo su parecer, quizá envalentonado porque al ser una víctima inminente de los sesenta ya no tenía nada que perder.

—En cuanto a eso, depende de las relaciones que uno tenga —manifestó, y guiñó un ojo maliciosamente—. En una ocasión conocí a un hombre que cumplió sesenta años un día después del Censo 8io, y que siguió viviendo hasta ser descubierto en el Censo 820. Cumplió sesenta y nueve años antes de irse… ¡Sesenta y nueve años! ¡Imagínenselo!

—¿Y cómo lo consiguió?

—Tenía un poco de dinero y su hermano era miembro de la Sociedad de Ancianos. Con esa combinación no hay prácticamente nada que resulte imposible.

Sus palabras merecieron la aprobación general.

—Oigan, un tío mío vivió un año de más —dijo enfáticamente el joven del cigarrillo—. Apenas un año… Ya saben, era uno de esos tipos egoístas que no tienen muchas ganas de irse, aunque para lo que le importábamos no entiendo por qué quería seguir viviendo. Yo no estaba enterado, porque de haberlo estado le hubiese denunciado. Sí, pueden creerme… Cuando te llega la hora tienes que irte, ¿no? Es la única forma de ser justo con la siguiente generación. Bueno, acabaron descubriéndolo y cuando menos nos lo esperábamos mi hermano y yo tuvimos que comparecer ante la Hermandad. Nos preguntaron por qué no habíamos denunciado a mi tío. Yo dije que no sabía nada al respecto, y que en mi familia nadie sabía nada. Les expliqué que hacía diez años que no habíamos visto a mi tío, y mi padre lo confirmó; pero a pesar de eso nos impusieron una multa de quinientos créditos. Eso es lo que ocurre cuando no tienes ninguna clase de influencias…

Una expresión de repugnancia se fue extendiendo poco a poco por las facciones de Arvardan. ¿Sería posible que aquellas personas estuvieran lo suficientemente locas como para aceptar la muerte con tanta tranquilidad y para odiar a los parientes y amistades que intentaban salvar su vida? Arvardan se preguntó si no habría subido por error a un estratosférico que transportaba un contingente de lunáticos destinados al manicomio…, o a la eutanasia. ¿Sería posible que aquellos hombres y mujeres capaces de decir cosas semejantes fuesen terrestres normales y corrientes?

Su vecino estaba volviendo a mirarle, y de repente su voz interrumpió el curso de los pensamientos de Arvardan.

—Eh, amigo, ¿dónde queda «allá»?

—Perdone, ¿qué ha dicho?

—Hace un rato le pregunté de dónde venía, y usted me respondió que «de allá». ¿Dónde está «allá»? ¿Eh?

Arvardan fue repentinamente consciente de que todos los ojos estaban clavados en él, y de que en cada par de pupilas ardía el brillo de la desconfianza. ¿Pensarían que era miembro de la Sociedad de Ancianos? ¿Y si sus preguntas les habían parecido los señuelos de un provocador?

Decidió enfrentarse a la situación siendo lo más sincero posible.

—No vengo de ningún lugar de la Tierra —dijo—. Me llamo Bel Arvardan, y procedo de Baronn, Sector de Sirio. ¿Cómo se llama usted? —añadió extendiendo al mismo tiempo la mano hacia su compañero de asiento.

Fue como si hubiera dejado caer una cápsula explosiva atómica en el suelo del estratosférico.

La expresión de horror silencioso que se extendió por todos los rostros en cuanto hubo acabado de hablar no tardó en ser sustituida por una hostilidad colérica y amargada que pareció fulminar a Arvardan. El hombre que había estado sentado a su lado se apresuró a levantarse y se cambió a otro asiento, cuyos ocupantes se apretujaron para hacerle sitio.

Las cabezas giraron en otra dirección. Arvardan se vio rodeado de hombros que le aislaban, y sintió una fugaz indignación. Que unos terrestres fueran capaces de tratarle así…, ¡unos terrestres! Les había ofrecido cordialmente su mano…, él, un nativo de Sirio, había condescendido a tratar con ellos, ¡y había sido rechazado!

Hizo un gran esfuerzo para serenarse. Resultaba evidente que el fanatismo nunca obraba en un solo sentido. ¡El odio engendraba más odio!

De repente notó que había alguien a su lado y volvió la cabeza en esa dirección.

—¿Sí? —preguntó con voz ofendida.

Era el joven del cigarrillo.

—Hola. Me llamo Creen —dijo encendiendo otro cigarrillo mientras hablaba—. Vamos, no se deje afectar por lo que hagan esos imbéciles…

—No me ha afectado —respondió secamente Arvardan.

Su nueva compañía no le gustaba demasiado, y no estaba de humor para recibir los consejos condescendientes de un terrestre.

Pero Creen parecía incapaz de captar los matices más delicados de una reacción. Dio una vigorosa calada a su cigarrillo y golpeó delicadamente el brazo del asiento con él, dejando caer la ceniza en el pasillo central.

—¡Patanes! —murmuró despectivamente—. Son una pandilla de granjeros… Les falta visión galáctica, ¿entiende? No les haga caso… En cambio yo… Bueno, yo tengo una filosofía muy distinta. Mi lema es «Vive y deja vivir», ¿entiende? No tengo nada contra los espaciales. Si quieren ser cordiales conmigo, yo lo seré con ellos.

Qué demonios… Ellos no pueden evitar el ser espaciales, igual que yo no niego ser un terrestre. ¿No cree que tengo razón?

El joven dio un par de palmaditas sobre la muñeca de Arvardan como si se hubieran conocido de toda la vida.

Arvardan hizo un gesto de asentimiento y sintió que sus músculos se tensaban bajo el roce de aquella mano. Mantener contacto social con un hombre que lamentaba haber perdido una oportunidad de provocar la muerte de su tío no le resultaba nada agradable fuera cual fuese su planeta de origen.

—¿Va a Chica? —preguntó Creen echándose hacia atrás—. ¿Cómo dijo que se llamaba? ¿Albadan?

—Me llamo Arvardan… Sí, voy a Chica.

—Yo nací allí, ¿sabe? Ah, Chica…, la ciudad más condenadamente maravillosa de toda la Tierra. ¿Se quedará mucho tiempo allí?

—Quizá. Todavía no he hecho planes al respecto.

—Hmmmm… Oiga, espero que no le moleste que le diga que me he estado fijando en su camisa. ¿Me permite verla un poco más de cerca? Confeccionada en Sirio, ¿eh?

—Sí.

—Una tela excelente. En la Tierra no hay forma de conseguir nada remotamente parecido… Oiga, amigo, ¿no tendrá por casualidad una camisa igual en la maleta? Si quisiese venderla yo se la compraría al instante. Es una camisa elegantísima.

Arvardan meneó la cabeza enfáticamente.

—Lo lamento, pero mi guardarropa no es demasiado abundante. Pienso ir comprando ropa en la Tierra a medida que la vaya necesitando.

—Le pagaré cincuenta créditos por ella —dijo Creen. No obtuvo respuesta—. Es un buen precio —añadió en un tono algo resentido.

—Sí, es un precio magnífico —asintió Arvardan—, pero ya le he explicado que no dispongo de camisas para vender.

—Bueno —murmuró Creen, y se encogió de hombros—. Supongo que se quedará una temporada en la Tierra, ¿no?

—Quizá.

—¿A qué se dedica?

El arqueólogo permitió que la irritación que sentía se hiciera visible por fin.

—Oiga, señor Creen, si no tiene inconveniente… En fin, estoy un poco cansado y me gustaría dormir un rato. Espero que no le moleste, pero…

—Eh, ¿qué mosca le ha picado? —preguntó Creen frunciendo el ceño—. ¿Qué pasa, es que los sirianos no creen en la amabilidad o qué? Le he hecho una pregunta, nada más… Sólo intentaba ser afable. No hace falta que me muerda por ello.

Hasta aquellos momentos la conversación se había estado desarrollando en voz baja, pero Creen fue subiendo el tono hasta acabar casi gritando. Los rostros hostiles se volvieron hacia Arvardan, y el arqueólogo tensó los labios.

Pensó que él mismo se lo había buscado, y sintió una punzada de amargura. Si se hubiese mantenido alejado desde el primer momento y no hubiera sentido la necesidad de exhibir su maldita tolerancia imponiéndosela a personas que no la necesitaban para nada, ahora no estaría metido en aquel lío.

—Señor Creen, yo no le he pedido que me hiciese compañía y no le he faltado al respeto en ningún momento —dijo en el tono más tranquilo y razonable de que fue capaz—. Le repito que estoy cansado y que deseo dormir… Creo que no hay nada malo en eso, ¿verdad?

—Oiga, no tiene por qué tratarme como si fuese un perro callejero —exclamó el joven. Se puso en pie, arrojó violentamente su cigarrillo al suelo y señaló a Arvardan con un dedo—. Espaciales asquerosos… Vienen aquí con su altivez y sus discursitos y creen que eso les da derecho a pisotearnos, ¿no? Bueno, pues no tenemos por qué aguantar su presencia, ¿entiende? Si esto no le gusta, vuelva al sitio del que ha venido; y si continúa provocándome mucho rato verá cómo le doy una lección. ¿Cree que le tengo miedo?

Arvardan volvió la cabeza y clavó la mirada en la ventanilla.

Creen no dijo nada más, y volvió al asiento en el que había estado sentado antes. Un murmullo nervioso empezó a recorrer la cabina del estratosférico, pero Arvardan no le prestó atención. Sintió más que vio las miradas cargadas de veneno que se clavaban en él, y las soportó hasta que la atención de que era objeto se fue disipando poco a poco como ocurre con todas las cosas.

El asiento que había a su lado permaneció vacío hasta el final del viaje, y Arvardan no volvió a abrir la boca.


El aterrizaje en el aeródromo de Chica fue todo un alivio. Arvardan sonrió para sus adentros al ver por primera vez desde el aire «la ciudad más condenadamente maravillosa de toda la Tierra»; pero no tardó en descubrir que Chica significaba una notable mejora en comparación con la atmósfera cargada de hostilidad del estratosférico.

Vigiló la operación de descarga de su equipaje e hizo que fuese llevado a un taxi de dos ruedas. AL menos allí sería el único pasajero, por lo que si no hablaba más de lo necesario con el conductor no habría muchas probabilidades de que se metiera en líos.

—A la Casa del Estado —dijo, y el conductor puso en marcha el vehículo.

Así fue como Arvardan llegó por primera vez a Chica, y lo hizo el mismo día en el que Joseph Schwartz huyó de su habitación en el Instituto de Investigaciones Nucleares.


Creen siguió con la mirada la marcha de Arvardan. Sus labios estaban curvados en una sonrisa siniestra. Sacó su libretita y la estudió detenidamente entre calada y calada al cigarrillo. A pesar de la historia de su tío (un truco que ya había utilizado frecuentemente con buenos resultados), no había conseguido gran cosa de los pasajeros. El viejo había protestado porque un hombre había vivido más tiempo del que le tocaba, y había atribuido el que lo hubiese conseguido a su relación con la Sociedad de Ancianos. Eso podía ser considerado como una calumnia contra la Hermandad; pero el viejo cumpliría los sesenta dentro de un mes, así que no valía la pena que anotara su nombre en la libretita.

Pero el espacial…, bueno, eso era muy distinto. Repasó las anotaciones con una sensación de júbilo. «Bel Arvardan, Baronn, Sector de Sirio. Parece interesado en los Sesenta. Muy discreto respecto a sus actividades. Llegó a Chica el 12 de octubre en un vuelo estratosférico comercial a las 11 de la mañana, hora de Chica. Claros sentimientos antiterrestres.»

Quizá por fin había pescado un pez gordo. Pillar a los gruñones que hacían comentarios indiscretos resultaba cada vez más aburrido, pero sorpresas ocasionales como aquélla lo compensaban sobradamente.

La Hermandad dispondría de su informe antes de que hubiera transcurrido media hora. Creen salió del aeropuerto sin apresurarse.


8. ENCUENTRO EN CHICA

<p>8. ENCUENTRO EN CHICA</p>

El doctor Shekt estaba hojeando por vigésima vez su último volumen de anotaciones cuando Pola entró en su despacho. Shekt alzó la mirada, y vio que Pola fruncía el ceño mientras se ponía la bata blanca.

—¿Aún no has comido, papá?

—¿Eh? Pues claro que sí… Oh, ¿qué es esto?

—Esto es el almuerzo o al menos lo era. Lo que comiste debe de haber sido el desayuno. No sé de qué sirve que compre comida y la traiga aquí si no te la comes. Acabaré teniendo que obligarte a ir a comer a casa.

—Vamos, Pola no te enfades… Te aseguro que me lo comeré. ¡No puedo interrumpir un experimento vital cada vez que a ti te parece que debo alimentarme! —protestó Shekt. Pero cuando llegó al postre ya volvía a estar de buen humor.

—No puedes ni imaginarte qué clase de hombre es Schwartz… —dijo—. ¿Te he hablado alguna vez de sus suturas craneanas?

—Me dijiste que tienen un aspecto muy primitivo.

—Pero eso no es todo, Pola… Tiene treinta y dos dientes, ¿sabes? Tres muelas arriba y tres abajo a cada lado, contando una muela artificial que debe de ser de fabricación casera a juzgar por su aspecto. Puedo asegurarte que nunca había visto un puente dental que estuviera sujeto mediante ganchos de metal a los dientes de al lado, en lugar de estar adherido a la mandíbula… ¿Pero has visto alguna vez a una persona con treinta y dos dientes?

—No me dedico a ir por ahí contando los dientes de la gente, papá. ¿Cuál es el número correcto? ¿Veintiocho?

—Tan cierto como que el espacio es grande, hija, pero aún no he terminado. Ayer le hicimos un examen interno. ¿Qué crees que encontramos? ¡Venga, adivínalo!

—¿Intestinos?

—Pola, me estás tomando el pelo deliberadamente, pero me da igual. No hace falta que intentes adivinarlo, yo te lo diré… Schwartz tiene un apéndice vermicular de siete centímetros de longitud, ¡y está abierto! ¡Es algo que no tiene precedentes! Hice algunas averiguaciones en la facultad de medicina…, con mucha discreción, naturalmente…, y me enteré de que los apéndices jamás superan el centímetro y de que nunca están abiertos.

—¿Y qué significa todo eso?

—Pues que estamos ante un caso de regresión…, que Schwartz es un fósil viviente, dicho en otras palabras. —Shekt se había levantado de la silla y había empezado a ir y venir rápidamente por la habitación—. Voy a decirte una cosa, Pola: creo que no debemos devolver a Schwartz. Es un ejemplar demasiado valioso.

—No. No, papá —se apresuró a decir Pola—. No puedes retenerle. Prometiste al granjero que le devolverías a Schwartz al cabo de una semana, y debes hacerlo por el bien del mismo Schwartz. No es feliz aquí.

—¡Que no es feliz aquí! ¡Pero si le estamos tratando mejor que si fuese un millonario espacial!

—¿Y qué importa eso? El pobre hombre está acostumbrado a su granja y a la compañía de su familia. Pasó allí toda su vida, ¿entiendes? Ahora acaba de sufrir una experiencia espantosa y quizá también bastante dolorosa, y su mente ha empezado a funcionar de otra manera. No puedes pretender que lo comprenda, papá. Debemos tener en cuenta sus derechos como ser humano y permitir que vuelva con su familia.

—Pero Pola… La causa de la ciencia…

—¡Oh, paparruchas! ¿Qué me importa a mí la causa de la ciencia? ¿Qué crees que opinará la Hermandad cuando se entere de que has estado haciendo experimentos sin su autorización? ;Crees que a ellos les interesa lo más mínimo la causa de la ciencia? Si no quieres pensar en Schwartz, piensa al menos en ti mismo. Cuanto más tiempo esté retenido aquí, más aumentan las probabilidades de que te descubran. Envía a Schwartz a su casa mañana por la noche tal y como pensabas hacer en un principio. ¿Me has oído, papá? Ahora bajaré para ver si Schwartz necesita algo antes de almorzar.

Pero Pola regresó antes de que hubieran transcurrido cinco minutos. Tenía el semblante cubierto de sudor y tan blanco como la tiza.

—¡Papá, se ha ido!

—¿Quién se ha ido? —preguntó Shekt dando un respingo.

—¡Schwartz! —gritó Pola al borde de las lágrimas—. Oh papá… Se te debió de olvidar cerrar la puerta con llave cuando saliste de su habitación.

—¿Cuánto hace que se ha ido? —preguntó Shekt.

Se puso en pie y tuvo que apoyar una mano sobre la mesa para no tambalearse.

—No lo sé, pero no puede haber pasado mucho tiempo… ¿Cuándo estuviste allí por última vez?

—No hace ni un cuarto de hora… Cuando entraste llevaba como mucho un par de minutos aquí.

—Bien —exclamó Pola con súbita decisión—. Quizá esté vagando por los alrededores, así que iré a echar un vistazo. Tú te quedarás aquí. Si alguien le detiene no deben relacionarle contigo. ¿Me has entendido?

Shekt estaba tan aturdido que sólo consiguió asentir en silencio.


Cambiar el encierro de su habitación en el hospital por los grandes espacios de la ciudad no había hecho que Joseph Schwartz se sintiera más animado. No se había engañado a sí mismo diciéndose que contaba con un plan de acción, pues Schwartz sabía muy bien que se estaba limitando a improvisar a cada momento.

Si había algún impulso irracional que guiara sus pasos (y que se diferenciase del simple deseo ciego de cambiar la inactividad por una actividad de cualquier tipo), éste era la esperanza de que el tropiezo casual con alguna faceta de la existencia pudiera devolverle la memoria perdida. Schwartz había llegado a estar totalmente convencido de que padecía amnesia.

Pero el primer vistazo a la ciudad resultó bastante descorazonador. La tarde ya estaba avanzada, y Chica tenía un aspecto blanco lechoso bajo la luz del sol. Los edificios parecían construidos de porcelana, como aquella casita en el campo que había encontrado antes.

Un instinto profundamente arraigado en su interior le decía que las ciudades debían ser marrones y rojas, y que debían estar mucho más sucias. Schwartz estaba seguro de ello.

Empezó a caminar sin apresurarse. Algo le hacía sospechar que no sería objeto de una búsqueda organizada. Lo sabía sin comprender cómo había llegado a saberlo, y lo cierto era que durante los últimos días Schwartz se había ido volviendo cada vez más sensible a la «atmósfera», a la «sensación» de las cosas que le rodeaban. Eso formaba parte del enigma en que se había convertido su mente desde que…, desde que…

El pensamiento se disipó antes de que hubiera podido llegar a formarse.

Y estaba claro que en el hospital reinaba una atmósfera de clandestinidad que le había parecido estaba impregnada de temor, así que no armarían ningún escándalo para perseguirle. Schwartz lo sabía, sí, ¿pero por qué tenía que saberlo? ¿Sería posible que aquella extraña y nueva actividad de su mente tuviera alguna relación con lo que ocurría en los casos de amnesia?

Cruzó otra calle. Los vehículos con ruedas eran relativamente escasos. Los peatones eran…, bueno, eran peatones. Sus prendas resultaban un poco cómicas: no tenían costuras ni botones y tendían a lo multicolor. Pero a las suyas les ocurría lo mismo, claro. Schwartz se preguntó dónde estaría la ropa que llevaba puesta antes, y enseguida se preguntó si alguna vez habría llegado a tener ropas como las que recordaba. Cuando empiezas a dudar de tu memoria resulta muy difícil sentirse seguro de algo.

Pero Schwartz se acordaba con gran claridad de su esposa y de sus hijos. No podían ser creaciones de su imaginación. Se quedó inmóvil al borde de la acera e intentó recuperar la calma que había perdido tan de repente. Quizá su esposa y sus hijos no eran más que versiones deformadas de personas reales a las que debía encontrar en aquella vida de apariencia tan absurda.

La gente tropezaba con él al ir y venir por la calle, y algunas personas murmuraban frases hostiles. Schwartz reanudó la marcha, y de repente se le ocurrió que tenía apetito o que lo tendría muy pronto, y que carecía de dinero.

Miró a su alrededor. No había nada parecido a un restaurante a la vista. Bueno, ¿y cómo lo sabía? No era capaz de leer los carteles, ¿verdad?

Empezó a estudiar el interior de todos los establecimientos ante los que pasaba, y acabó encontrando uno que consistía en un salón con mesitas aisladas. En una de ellas había sentados dos hombres, y en otra había un hombre solo; y los tres estaban comiendo.

Por lo menos aquello no había cambiado. Cuando comían los seres humanos aún masticaban y tragaban.

Entró y se quedó inmóvil unos momentos contemplando el local con expresión sorprendida. No había barra, nadie cocinaba y no se veían rastros de que hubiese una cocina. Schwartz había pensado en ofrecerse a lavar los platos sucios a cambio de que le dieran de comer, ¿pero a quién podía dirigirse para ofrecer sus servicios como lavaplatos?

Se acercó recelosamente a los dos comensales.

—¡Comida! —articuló con dificultad mientras señalaba con el dedo—. ¿Dónde? Por favor…

Los dos hombres le miraron con cierta perplejidad. Uno de ellos habló muy deprisa diciendo algo incomprensible, y golpeó con la .palma de la mano una estructura de pequeñas dimensiones instalada en el extremo de la mesa que se unía a la pared. El otro le imitó con más impaciencia.

Schwartz bajó la mirada. Se dio la vuelta disponiéndose a marcharse, y de repente sintió una mano sobre su manga…


Granz se había fijado en Schwartz cuándo éste sólo era un rostro regordete y preocupado pegado al escaparate que espiaba el interior.

—¿Qué querrá ese tipo? —había preguntado.

Messter, que estaba sentado al otro lado de la mesita dando la espalda a la calle, giró la cabeza, le miró, se encogió de hombros y no dijo nada.

—Está entrando —comentó Granz.

—¿Y qué? —replicó Messter.

—Nada. Era hablar por hablar…

Pero un momento después el recién llegado se acercó a ellos después de haber contemplado con expresión aturdida cuanto les rodeaba, y señaló el guiso de carne.

—¡Comida! ¿Dónde? Por favor… —dijo con acento extraño.

—La comida está aquí, compañero —replicó Granz levantando la vista—. Acerque una silla a la mesa que prefiera y utilice el afimentómata…, ¡el alimentómata! ¿No sabe lo que es? Fíjate en ese pobre idiota, Messter. Me mira como si no entendiera ni una sola palabra de lo que le estoy diciendo… Eh, compañero… Sí, esta cosa de aquí. Mire, eche una moneda dentro y déjeme comer en paz, ¿de acuerdo?

—No le hagas caso —gruñó Messter—. No es más que un mendigo que pide limosna.

—¡Eh, espere! —exclamó Granz, y cogió a Schwartz por la manga cuando éste se volvía para irse—. Dejemos que coma —le dijo a Messter en voz baja—. Probablemente no le falta mucho para llegar a los sesenta, así que lo menos que puedo hacer es echarle una mano—. Eh, amigo, ¿tiene dinero? Gran Galaxia, parece que sigue sin entenderme… ¡Dinero, amigo, dinero! Esto… —Sacó de su bolsillo una reluciente moneda de medio crédito y la hizo girar entre sus dedos para que reflejase la luz—. ¿Tiene algo? —insistió.

Schwartz meneó lentamente la cabeza.

—¡Bueno, pues entonces le invito! —dijo Granz.

Volvió a guardar el medio crédito en su bolsillo y le ofreció una moneda bastante más pequeña.

Schwartz la cogió después de un leve titubeo.

—Muy bien… Y ahora no se quede ahí parado. Métala en el alimentómata…, en este aparato de aquí.

Y de repente Schwartz lo comprendió todo. El alimentómata tenía un serie de ranuras para las monedas de distintos tamaños, y otra serie de protuberancias circulares colocadas frente a rectangulitos blancos cuyas inscripciones no podía leer. Schwartz señaló la comida que había encima de la mesa, y deslizó el índice sobre la hilera de protuberancias mientras arqueaba las cejas y ponía cara de interrogación.

—No se conforma con un bocadillo, ¿eh? —comentó Messter, cada vez más asombrado—. Parece que los mendigos de esta ciudad se han vuelto muy aristocráticos últimamente… No se gana nada ayudándoles, Granz.

—Bah, sólo me costará ochenta y cinco céntimos de crédito, y de todas formas mañana es día de paga… Adelante, sírvase —añadió dirigiéndose a Schwartz. Metió las monedas en el alimentómata y sacó un recipiente metálico de un pequeño nicho que se abrió en la pared—. Ahora lléveselo a otra mesa… No, guárdese el cambio. Le servirá para tomar una taza de té.

Schwartz se apresuró a llevar el recipiente a una mesa cercana. En un lado del recipiente había una cuchara adherida mediante una cinta transparente que se rompió bajo la presión de su uña; y simultáneamente la tapa del recipiente se abrió en una juntura casi invisible y se dobló sobre sí misma.

A diferencia de lo que estaban comiendo los dos hombres, su guiso estaba frío, pero era un detalle sin importancia. Un minuto más tarde Schwartz notó que la comida se iba calentando poco a poco, y que el recipiente estaba perceptiblemente más caliente al tacto. Se alarmó un poco, dejó de comer y esperó.

El guiso despidió unas nubecillas de vapor y después burbujeó durante un rato. Schwartz esperó a que se hubiese enfriado un poco y acabó de comer.

Granz y Messter seguían allí cuando se marchó, igual que el tercer hombre al que Schwartz no había prestado ni la más mínima atención durante todo el tiempo que estuvo dentro del local.

Y después de haber salido del Instituto tampoco se había fijado en el hombrecillo delgado que, sin dar en ningún momento la impresión de que le seguía, había conseguido no perder de vista a Schwartz hasta entonces.


Después de darse una ducha y cambiarse de ropa, Bel Arvardan satisfizo su intención original de observar la subespecie terrestre del animal humano en su medio ambiente nativo. El clima era agradable, la brisa suave y refrescante y la aldea —perdón, la ciudad— misma ofrecía un aspecto resplandeciente, limpio y apacible.

No estaba nada mal.

«Chica, primera etapa —pensó Arvardan—. La mayor concentración de terrestres que existe en todo el planeta. Después Washenn, capital de la Tierra… ¡Y luego Senloo, Senfran, Bonair!» Había trazado un itinerario por todos los continentes occidentales (donde vivía la mayor parte de la escasa y altamente dispersa población de la Tierra), y si pasaba dos o tres días en cada ciudad se encontraría de regreso en Chica a tiempo para estar presente cuando llegara la nave en que emprendería su expedición.

Sería un viaje muy instructivo.

Entró en un local de alimentómatas cuando empezaba a declinar la tarde, y mientras comía observó el pequeño drama que se desarrolló entre los dos terrestres que habían entrado poco después que él y el hombre regordete de mediana edad que apareció más tarde; pero su contemplación fue indiferente y casual, y Arvardan se limitó a archivarla en su mente como un detalle pintoresco que compensaba la desagradable experiencia que había tenido en el estratosférico. Resultaba obvio que los dos hombres se ganaban la vida conduciendo aerotaxis y que no eran ricos, pero sin embargo se mostraron caritativos.

El mendigo abandonó el local, y Arvardan hizo lo mismo dos minutos después.

La jornada laboral tocaba a su fin, y las calles estaban visiblemente más transitadas.

Arvardan se apresuró a hacerse a un lado para no chocar con una muchacha.

—Disculpe —dijo.

La muchacha vestía una prenda blanca que tenía las líneas estereotipadas típicas de un uniforme, y parecía no haberse dado cuenta de que habían estado a punto de chocar. La expresión de ansiedad de su rostro, la forma en que giraba la cabeza hacia uno y otro lado y su aire de preocupación general hacían que la situación resultara obvia.

Arvardan rozó su hombro con un dedo.

—¿Puedo serle de utilidad en algo, señorita?

La muchacha le lanzó una mirada asombrada. Arvardan calculó su edad entre los diecinueve y los veintiún años, y observó con atención su cabellera castaña y sus ojos oscuros, sus pómulos altos y su mentón pequeño, la cintura fina y la esbeltez general del cuerpo. De repente descubrió que el saber que aquella personita del sexo femenino era terrestre daba una especie de picardía perversa a su atractivo.

Pero la muchacha seguía observándole con expresión desconcertada, y cuando habló lo hizo en un tono de voz tembloroso y entrecortado que parecía indicar que estaba a punto de perder el control de sus nervios.

—Oh, es inútil —dijo—. No se preocupe por mí… Es ridículo pensar que se puede encontrar a una persona cuando no se tiene ni la menor idea del sitio al que ha ido. —Estaba agobiada por la desilusión, y tenía los ojos húmedos. La muchacha se irguió e hizo una profunda inspiración de aire—. ¿Ha visto a un hombre regordete que mide aproximadamente metro sesenta, viste de verde y blanco, va sin sombrero y es bastante calvo?

—¿Cómo? —exclamó Arvardan mirándola asombrado—. ¿Que viste de verde y blanco? Oh, no creo que ese… Oiga, ¿el hombre al que se refiere tiene…, tiene dificultades para hablar?

—¡Sí, sí! ¡Oh, sí! ¿Entonces ha visto a ese hombre?

—Hace menos de cinco minutos estaba ahí dentro comiendo con dos hombres. Son esos de ahí. Eh, ustedes dos…

Arvardan les hizo señas.

—¿Taxi, señor? —preguntó Granz, que fue el primero en llegar.

—No, pero si le dice a la señorita qué ha sido del hombre que comió con ustedes se ganará el equivalente de un viaje sin necesidad de hacerlo.

Granz pareció desolado.

—Bueno, me gustaría poder ayudarles, pero no le había visto en toda mi vida hasta ahora.

—Oiga, señorita, si se hubiese ido en la dirección de la que ha venido usted yo le habría visto —dijo Arvardan volviéndose hacia la muchacha—. No puede estar muy lejos… ¿Qué le parece si seguimos un rato por esta calle en dirección norte? Reconoceré a ese hombre si le veo.

Su ofrecimiento de ayuda fue un impulso, a pesar de que generalmente Arvardan no era un hombre impulsivo. Miró a la muchacha aguardando su respuesta y sonrió.

—¿Qué ha hecho, señorita? —preguntó Granz de repente—. Supongo que no habrá violado ninguna Costumbre, ¿verdad?

—No, no —se apresuró a responder ella—. Está…, está un poco enfermo, nada más.

—¿Un poco enfermo? —repitió Messter siguiéndoles con la mirada cuando se fueron. Echó su gorra hacia atrás y se pellizcó el mentón con expresión pensativa—. ¿Has oído eso, Granz? Un poco enfermo…

Sus ojos se clavaron en el rostro de su compañero durante unos momentos.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó Granz, un poco intranquilo.

—Se me acaba de ocurrir una idea que a lo mejor también acaba poniéndome enfermo… Ese tipo debe de haberse fugado del hospital. La muchacha que le buscaba era enfermera, y parecía estar muy preocupada. ¿Por qué tenía que estar tan preocupada si ese tipo sólo estaba «un poco enfermo»? Apenas podía hablar y no entendía nada. Lo notaste, ¿verdad?

Un brillo de pánico apareció de repente en los inmensos ojos de Granz.

—No estarás pensando que tenía la fiebre, ¿eh?

—Pues claro que pienso que tenía la fiebre de radiación…, y parecía un caso bastante grave. Además recuerda que estuvo a pocos centímetros de nosotros. Nunca conviene…

Un hombrecillo delgado pareció surgir de la nada junto a ellos. Tenía los ojos brillantes y la mirada muy penetrante.

—¿Qué están diciendo, señores? —preguntó con voz estridente—. ¿Quién tiene la fiebre de radiación?

—¿Quién es usted? —preguntaron los dos conductores de aerotaxi lanzándole miradas desconfiadas.

—Vaya, así que quieren saber quién soy, ¿eh? —exclamó el hombrecillo—. Pues da la casualidad de que soy un mensajero de la Hermandad. —Mostró la pequeña insignia reluciente que llevaba debajo de la solapa del abrigo—. Ahora les exijo en nombre de la Sociedad de Ancianos que me expliquen qué significa esta historia sobre la fiebre de radiación.

—Oiga, yo no sé nada —respondió Messter con voz asustada—. Una enfermera andaba buscando a un tipo enfermo, y yo me pregunté si no padecería la fiebre de radiación. Eso no es ninguna violación de las Costumbres, ¿verdad?

—Así que usted me habla de las Costumbres, ¿eh? Será mejor que se ocupe de sus cosas, y deje que yo me ocupe de las Costumbres, ¿entendido?

El hombrecillo se frotó las manos, miró rápidamente a su alrededor y se alejó con paso presuroso en dirección norte.

—¡Allá está! —exclamó Pola, y apretó nerviosamente el codo de su acompañante.

Todo había ocurrido muy deprisa y con la extraña facilidad de las casualidades. El hombre regordete había aparecido de repente cuando más desesperados estaban al no encontrarle. Estaba junto a la entrada principal de unos grandes almacenes de autoservicio, a menos de tres manzanas del local de alimentómatas.

—Ya le veo —susurró Arvardan—. Ahora quédese atrás y deje que yo le siga. Si la ve y se confunde con la muchedumbre nunca conseguiremos volver a dar con él.

Le siguieron disimuladamente en una especie de cacería de pesadilla. La multitud que llenaba el local era una ciénaga que podía absorber a su presa lenta o rápidamente, y ocultarla indefinidamente para vomitarla en el momento más inesperado, levantando barreras inexpugnables que les impedirían llegar hasta él. La muchedumbre casi parecía tener una malévola y consciente mente propia.

Arvardan dio un rodeo a un mostrador moviéndose tan cautelosamente como si Schwartz fuera un pez atrapado en el extremo de su sedal. Estiró la mano y sus dedos se cerraron sobre el hombro de Schwartz.

Schwartz soltó un chorro de palabras ininteligibles, puso cara de susto e intentó librarse a tirones; pero la mano de Arvardan era capaz de retener a hombres mucho más fuertes que él, y el arqueólogo se limitó a sonreír y mantuvo la presión.

—Hola, viejo amigo —dijo en el tono más normal posible en beneficio de posibles espectadores curiosos—. Hacía meses que no te veía… ¿Qué tal te encuentras?

Arvardan pensó que bastaba con fijarse en las frenéticas protestas de su prisionero para darse cuenta de lo evidente del engaño, pero un instante después Pola ya se había reunido con ellos.

—Vuelva con nosotros, Schwartz —susurró.

El cuerpo de Schwartz se envaró en un instante de rebeldía, pero se rindió casi enseguida.

—Ir… con… ustedes —dijo cansadamente.

Pero sus palabras casi fueron ahogadas por el rugido repentino que brotó del sistema de megafonía del local.

—¡Atención, atención, atención! La dirección solicita que todos los clientes salgan ordenadamente por la puerta de la calle Quinta, donde presentarán sus tarjetas de identificación a los guardias apostados en ella. La salida del establecimiento debe llevarse a cabo con la máxima rapidez posible. ¡Atención, atención, atención…!

La orden fue repetida tres veces. La última vez ya se oyó el ruido de pies de una multitud que empezaba a alinearse delante de la salida. Un rumor emitido por muchas lenguas se hizo audible casi al mismo tiempo, y empezó a formular de diversas maneras la pregunta siempre imposible de contestar: «¿Qué ha sucedido? ¿Qué ocurre?».

—Pongámonos en la fila, señorita —dijo Arvardan encogiéndose de hombros—. Tenemos que salir de todos modos, ¿no?

—No podemos. No podemos… —murmuró Pola.

—¿Por qué no? —preguntó el arqueólogo frunciendo el ceño.

La muchacha se limitó a apartarse de él. ¿Cómo podía explicarle que Schwartz no tenía tarjeta de identificación? ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué la había ayudado? Pola se sintió envuelta en un torbellino de sospechas y desesperación.

—Será mejor que se vaya si no quiere verse metido en un lío —dijo con voz enronquecida.

Los ascensores dejaban en libertad su carga humana a medida que se iban vaciando los pisos superiores. Arvardan, Pola y Schwartz formaban un islote de inmovilidad en medio de aquel río humano.

Cuando repasó los acontecimientos más tarde, Arvardan comprendió que podría haber abandonado a la muchacha en aquel momento. ¡Sí, podría haberla abandonado, no haber vuelto a verla nunca! No habría tenido nada que reprocharse, y entonces todo hubiese sido muy distinto y el inmenso Imperio Galáctico habría acabado desintegrándose en el caos y la destrucción.

Pero no la abandonó. El miedo y la desesperación no la embellecían —nunca producen ese efecto—, pero Arvardan se sintió conmovido por su expresión abatida.

Ya se había alejado un paso, pero se volvió hacia ella.

—¿Va a quedarse aquí?

La muchacha asintió con la cabeza.

—¿Pero por qué? —preguntó Arvardan.

—Porque… —Las lágrimas brotaron de sus ojos—. Porque no se me ocurre otra cosa.

Se trataba de una terrestre, sí, pero no era más que una muchacha asustada.

—Si me explica cuál es su problema intentaré ayudarla —dijo Arvardan suavizando la voz.

No obtuvo respuesta.

Los tres formaban un cuadro extraño. Schwartz se había ido encogiendo poco a poco sobre sí mismo hasta quedar en cuclillas. Se encontraba demasiado aturdido para tratar de seguir la conversación, para sentir curiosidad por la repentina evacuación del local o para hacer otra cosa que no fuese ocultar el rostro entre las manos en un último y mudo sollozo interior de pura desesperación. Pola lloraba, y sólo sabía que estaba más asustada de lo que había creído posible que llegara a asustarse jamás una persona. Arvardan, intrigado y a la expectativa, intentaba consolarla inútilmente con palmaditas en el hombro, y sólo atinaba a pensar que era la primera vez que tocaba a una terrestre.

Y entonces el hombrecillo fue hacia ellos.


9. CONFLICTO EN CHICA

<p>9. CONFLICTO EN CHICA</p>

El teniente Mare Claudy de la guarnición imperial de Chica bostezó lentamente y clavó los ojos en la nada sintiendo un aburrimiento tan intenso que rozaba lo inefable. Era el segundo año que pasaba destacado en la Tierra, y esperaba ansiosamente el momento del traslado.

No había ningún lugar en toda la Galaxia donde el problema de mantener una guarnición imperial resultara tan complicado como en aquel planeta horrible. En otros mundos existía cierta camaradería entre el militar y el civil…, especialmente el civil del sexo femenino. Había una sensación de libertad y amplitud de horizontes.

Pero en la Tierra el cuartel era una prisión. Había barracones a prueba de radiactividad, y la atmósfera tenía que ser filtrada para librarla del polvo radiactivo. Las ropas pesadas y frías estaban impregnadas de plomo, y no se podía prescindir de ellas a menos que se estuviese dispuesto a correr un grave riesgo; y como corolario de todo aquello, la confraternización con los habitantes femeninos del planeta (suponiendo que la desesperación producto de la soledad pudiera hacerse lo bastante intensa como para impulsar a un soldado imperial a buscar la compañía de una terraqueja) quedaba totalmente fuera de cuestión.

¿Qué quedaba entonces, además de los bufidos de aburrimiento, las siestas larguísimas y el ir cayendo gradualmente en un estado de demencia?

El teniente Claudy meneó la cabeza en un esfuerzo por despejarla que no le sirvió de nada, volvió a bostezar, se sentó y empezó a ponerse los zapatos. Consultó el reloj, y decidió que todavía no era la hora de cenar.

Y de repente se levantó de un salto con un solo zapato puesto y sabiendo que estaba despeinado, y saludó marcialmente.

El coronel le lanzó una mirada despectiva, pero no hizo ningún comentario directo.

—Teniente, hemos recibido la información de que se ha producido un disturbio en el distrito comercial —dijo con voz seca y cortante—. Llevará un destacamento de desinfección a los grandes almacenes Dunham, y se encargará de restablecer el orden. Asegúrese de que todos sus hombres están protegidos contra un posible contagio de fiebre de radiación.

—¡La fiebre de radiación! —exclamó el teniente—. Disculpe, señor, pero…

—Partirá dentro de un cuarto de hora —dijo el coronel con voz gélida.


Arvardan fue el primero en ver al hombrecillo, y se puso rígido en cuanto éste movió la mano saludándoles.

—Hola, viejo. Hola, gigantón. Diga a la señorita que cierre el pico.

Pola levantó la cabeza y tragó una honda bocanada de aire. Se inclinó hacia el cuerpo de Arvardan en una reacción automática de búsqueda de protección, y el arqueólogo reaccionó de manera igualmente automática rodeándola con el brazo. No pensó que estaba tocando a una terrestre por segunda vez.

—¿Qué desea? —preguntó secamente.

El hombrecillo de ojos penetrantes salió de detrás del mostrador atestado de paquetes moviéndose tan confiadamente como si todo lo que había a su alrededor le perteneciera.

—No tiene más remedio que salir, señorita, pero no debe preocuparse por eso —dijo en un tono que conseguía ser amable e insolente al mismo tiempo—. Yo me encargaré de llevar a su hombre al Instituto.

—¿Qué Instituto? —preguntó Pola, muy asustada.

—¡Oh, déjese de farsas! —replicó el hombrecillo—. Soy Natter, el dueño de la frutería que está delante del Instituto de Investigaciones Nucleares. La he visto entrar y salir del Instituto muchas veces.

—Oiga, ¿qué significa todo esto? —intervino Arvardan con bastante brusquedad.

El cuerpecillo de Natter tembló de hilaridad.

—Creen que este tipo tiene la fiebre de radiación…

—¿La fiebre de radiación? —preguntaron al unísono Arvardan y Pola.

—Exacto —asintió Natter—. Dos conductores de aerotaxi comieron con él, y eso es lo que han dicho… Ya saben que los rumores tienen alas, ¿no?

—¿Y los guardias apostados en la puerta sólo buscan a alguien afectado por la fiebre de radiación? —preguntó Pola.

—Eso es.

—¿Y usted por qué no tiene miedo a la fiebre de radiación? —preguntó Arvardan de repente—. Supongo que las autoridades han ordenado evacuar el local por temor al contagio, ¿no?

—Sí, y las autoridades están esperando fuera porque les da miedo entrar. Esperan a que llegue el destacamento de desinfección que enviarán los espaciales.

—¿Y usted no teme a la fiebre de radiación?

—¿Por qué habría de temerla? Ese tipo no está enfermo… Mírenle. ¿Dónde están las llagas de su boca? No tiene el rostro congestionado, y sus ojos están perfectamente. Conozco los síntomas de la fiebre de radiación… Vamos, señorita, salgamos de aquí.

Pola volvía a estar muy asustada.

—No, no. No podemos. Él…, él…

No consiguió articular otra palabra.

—Puedo hacer que salga de aquí —dijo Natter con voz insinuante—. Sin hacer preguntas, sin necesidad de enseñar una tarjeta de identificación…

Pola dejó escapar una exclamación de sorpresa.

—¿Qué le hace tan importante? —preguntó Arvardan con evidente disgusto.

Natter dejó escapar una risita enronquecida y se levantó la solapa para enseñarles el reverso.

—Soy mensajero de la Sociedad de Ancianos —dijo—. Nadie me hará ninguna pregunta.

—¿Y qué piensa ganar con esto?

—¡Dinero! Usted tiene problemas, y yo puedo ayudarla. Muy justo, ¿no le parece? Digamos que esto vale cien créditos… Cincuenta ahora y cincuenta más en el momento de la entrega.

—Le entregará a los Ancianos —susurró Pola contemplándole con expresión horrorizada.

—¿Para qué iba a hacer eso? A ellos no les sirve de nada, y para mí vale cien créditos. Yo no esperaría a que lleguen los espaciales: son capaces de matar a este tipo antes de tomarse la molestia de averiguar si está enfermo… Ya conocen a los espaciales, ¿no? Les importa un bledo tener que matar a un terrestre…, incluso les gusta hacerlo.

—Llévese también a la señorita —dijo Arvardan.

Un brillo de astucia maliciosa iluminó los ojillos de Natter.

—¡Oh, no! De eso nada, amigo. Siempre corro riesgos calculados, ¿entiende? Puedo sacar a una persona de aquí, pero quizá no conseguiría sacar a dos…, y si saco a una será a la de más valor. ¿No le parece muy razonable?

—¿Qué le parecería que le alzase en vilo y le arrancase las piernas? —preguntó Arvardan—. ¿Qué ocurriría en ese caso?

Natter se encogió sobre sí mismo, pero enseguida se recuperó lo suficiente para soltar una risita ahogada.

—Que se estaría comportando como un idiota —dijo—. Acabaría arrestado, y además sería acusado de asesinato. Vamos, compañero… Las manos quietas, ¿eh?

—Por favor… —suplicó Pola tirando del brazo de Arvardan—. Tenemos que correr ese riesgo. Deje que haga lo que ha prometido. Cum-cumplirá su pa-palabra, ¿verdad, señor Natter?

Natter apretó los labios.

—Su amigo me ha retorcido el brazo. No tenía ningún motivo para hacer eso, y no me gusta que intenten ponerse duros conmigo… Eso le costará otros cien créditos. Ahora el total asciende a doscientos.

—Mi padre le pagará…

—Cien por adelantado —dijo tozudamente el hombrecillo.

—¡Pero yo no llevo encima cien créditos! —gimoteó Pola.

—No se preocupe, señorita —intervino secamente Arvardan—. Yo lo solucionaré. —Abrió su cartera, extrajo varios billetes y se los arrojó a Natter—. ¡Vamos, muévase!

—Vaya con él, Schwartz —susurró Pola.

Schwartz obedeció sin decir nada. Todo le daba igual, y en aquellos momentos hubiese sido capaz de ir al infierno con la misma impasibilidad.

Se quedaron solos y se contemplaron el uno al otro con expresiones algo aturdidas. Era la primera vez que Pola observaba realmente a Arvardan, y se asombró al descubrir que era un hombre alto, sereno y seguro de sí mismo cuyos rasgos viriles y muy marcados le parecieron bastante atractivos. Hasta aquel momento Pola le había aceptado como a un colaborador inesperado ofrecido por la casualidad, pero ahora… Sintió una repentina timidez, y todos los acontecimientos de las últimas horas se confundieron en su mente y acabaron siendo borrados por el repentino acelerarse de su pulso.

Ni tan siquiera sabían sus nombres respectivos.

—Me llamo Pola Shekt —dijo ella, y sonrió.

Arvardan no había visto su sonrisa antes, y el fenómeno le resultó muy interesante. Era como un resplandor que emanara de su cara, como un halo que le hacía sentirse… Pero Arvardan expulsó rápidamente aquella idea de su mente. ¡Era una terrestre!

—Yo me llamo Bel Arvardan —respondió, quizá con menos cordialidad de lo que había pretendido en un principio.

Arvardan extendió una mano bronceada, y la diminuta mano de la muchacha desapareció dentro de ella durante unos momentos.

—Le agradezco mucho su ayuda —dijo la muchacha.

—¿Quiere que nos vayamos? —preguntó Arvardan decidiendo cambiar de tema—. Quiero decir que… Bueno, espero que su amigo ya estará a salvo.

—Supongo que si hubiese sido capturado habríamos oído el tumulto —comentó ella.

Le imploró con los ojos que confirmara su esperanzas, pero Arvardan rechazó la tentación de mostrarse blando.

—¿Nos vamos?

—Sí, ¿por qué no? —respondió ella en un tono seco y un poco ofendido.

Pero de repente se oyó un zumbido que flotó en el aire volviéndose más intenso hasta convertirse en un aullido estridente que llegaba del horizonte, y los ojos de la muchacha se desorbitaron y retiró de repente la mano que había extendido.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Arvardan.

—Son los imperiales.

—¿Usted también tiene miedo de ellos?

Las palabras procedían del espacial engreído, el arqueólogo de Sirio. Con o sin prejuicios y por muy forzada que llegara a estar la lógica, la presencia de los soldados imperiales traía consigo un soplo repentino de cordura y humanidad. Ahora podía mostrarse condescendiente, y cuando Arvardan volvió a hablar lo hizo en el tono amable de antes.

—No se preocupe por los espaciales —dijo, humillándose hasta el extremo de utilizar el término con el que los terrestres designaban a quienes no habían nacido en la Tierra—. Yo me encargaré de ellos, señorita Shekt.

—¡Oh, ni se le ocurra intentarlo! —exclamó ella, súbitamente preocupada de nuevo—. No les hable. Obedezca todas sus órdenes, y procure ni mirarles siquiera.

La sonrisa de Arvardan se hizo un poco más ancha.


Los guardias les divisaron cuando aún se encontraban a alguna distancia de la entrada principal. Salieron a un recinto vacío de pequeñas dimensiones donde reinaba un extraño silencio. El aullido de las sirenas de los vehículos militares estaba casi sobre ellos.

Y un instante después los vehículos blindados aparecieron en la plaza, y los soldados con las cabezas cubiertas por globos de vidrio saltaron de su interior. La multitud se dispersó aterrorizada delante de ellos, y las carreras fueron ayudadas por los gritos cortantes y los empujones dados con los extremos de los látigos neurónicos.

El teniente Claudy, que se había puesto al frente de sus soldados, fue hacia un guardia terrestre que custodiaba la entrada principal.

—Bien, ¿quién tiene la fiebre?

Su rostro estaba ligeramente crispado bajo la campana de vidrio que contenía aire purificado. La amplificación radiofónica del traje hacía que su voz sonara ligeramente metálica.

El guardia inclinó respetuosamente la cabeza.

—Hemos aislado al enfermo en el interior del local, Excelencia. Sus dos acompañantes están en la puerta…, delante de usted.

—¡Ah, magnífico! Que se queden ahí. Ahora… Bien, en primer lugar quiero que esta muchedumbre se disperse. ¡Sargento, despeje la plaza!

A partir de aquel momento las órdenes fueron cumplidas con rígida eficacia. La tenue luz del crepúsculo empezó a caer sobre Chica mientras la multitud se iba dispersando en la penumbra. La suave claridad de la iluminación artificial bañó las calles.

El teniente Claudy se golpeó una de sus pesadas botas con la empuñadura del látigo neurónico.

—¿Está seguro de que el terrestre enfermo se encuentra dentro?

—No ha salido, Excelencia. Tiene que estar dentro.

—Bien, en tal caso supondremos que es así y no perderemos más tiempo. ¡Sargento, desinfecte el edificio!

Un contingente de soldados imperiales herméticamente aislados del ambiente exterior entró en el edificio. El cuarto de hora siguiente pareció transcurrir muy despacio. Arvardan contemplaba la escena con expresión fascinada: aquello era todo un experimento práctico de relaciones interculturales, y Arvardan tenía sus razones profesionales para no querer interrumpirlo.

Los últimos soldados imperiales volvieron a salir y el edificio quedó envuelto en las sombras cada vez más espesas de la noche.

—¡Cierren las puertas!

Pocos minutos después las latas de desinfectante que habían sido distribuidas por los pisos del edificio fueron activadas mediante el control remoto. Las latas se abrieron en el interior del edificio y espesos vapores salieron de ellas, treparon por las paredes, se adhirieron a cada centímetro cuadrado de las superficies y se deslizaron por el aire infiltrándose hasta los intersticios más remotos. Ninguna variedad de protoplasma podía sobrevivir a su presencia, ya fuese el de un germen o el de ser humano. Después habría que llevar a cabo un lavado químico especialmente drástico para eliminar definitivamente la contaminación.

El teniente fue hacia Arvardan y Pola.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó.

En su voz no había ni tan siquiera crueldad, sólo la indiferencia más absoluta imaginable. El teniente pensaba que un terrestre había muerto. ¿Y qué? Aquel día también había matado una mosca, ¿no? Eso elevaba el total a dos insectos muertos.

No obtuvo respuesta porque Pola inclinó la cabeza humildemente y Arvardan se limitó a lanzarle una mirada llena de curiosidad. El oficial imperial no apartó los ojos de ellos.

—Examine a esos dos para averiguar si están infectados —ordenó secamente.

Un oficial con la insignia del Cuerpo Médico Imperial fue hacia ellos y les examinó con muy poca cortesía. Sus manos enguantadas se metieron casi a la fuerza debajo de sus axilas y tiraron de las comisuras de sus labios para permitirle observar la mucosa de sus mejillas.

—No hay infección, teniente —dijo por fin—. Si hubiesen estado en contacto con un caso de fiebre de radiación esta tarde, el contagio ya se habría producido y las llagas resultarían visibles.

—Hum —murmuró el teniente Claudy.

Se quitó cautelosamente el globo de vidrio, aspiró con expresión satisfecha el aire «puro» (aunque fuese de la Tierra), y apoyó la incómoda esfera de vidrio sobre el hueco de su codo izquierdo.

—¿Cómo te llamas, terraqueja?

El término en sí era insultante, y el tono con que había sido pronunciado lo volvía todavía más ofensivo, pero Pola no dio ninguna muestra de resentimiento.

—Pola Shekt, señor —susurró.

—¡Tus documentos!

Pola hurgó en el bolsillito de su bata blanca y sacó la libretita roja de la documentación.

El teniente la cogió, la abrió bajo el rayo luminoso de su linterna de bolsillo y la estudió. Después se la arrojó de vuelta. La libretita cayó al suelo, y Pola se apresuró a inclinarse para recogerla.

—Levanta —ordenó el teniente con impaciencia.

Dio un puntapié a la libretita propulsándola fuera del alcance de Pola. La joven apartó los dedos. Estaba muy pálida.

Arvardan frunció el ceño y decidió que ya iba siendo hora de que interviniese.

—¡Eh, un momento! —exclamó.

El teniente se volvió rápidamente hacia él. Sus labios tensos dejaban al descubierto los dientes.

—¿Qué has dicho, terraquejo?

Pola se interpuso inmediatamente entre ellos.

—Por favor, señor… Este hombre no tiene ninguna relación con nada de lo que ha ocurrido antes. Es la primera vez que le veo.

—Te he preguntado qué habías dicho, terraquejo —insistió el teniente apartando a la muchacha de un empujón.

—He dicho «Eh, un momento» —murmuró Arvardan, devolviéndole la mirada sin inmutarse—, y me disponía a añadir que no me gusta la forma en que trata a las mujeres y que le aconsejo que intente mejorar sus modales.

Estaba demasiado irritado para corregir la falsa impresión sobre su origen que se había formado el teniente.

Los labios del teniente Claudy se curvaron en una sonrisa totalmente desprovista de humor.

—¿Y dónde te han educado a ti, terraquejo? ¿Qué pasa, crees que llamar «señor» a un hombre es un esfuerzo excesivo para ti? No sabes mantenerte en tu lugar, ¿eh? Bien, hace mucho que no he tenido el placer de dar una lección a un animal de tu especie, así que…

Su mano castigó el rostro de Arvardan moviéndose con la velocidad de una serpiente que ataca, y la palma y el dorso la golpearon dos veces. Arvardan retrocedió sorprendido, y empezó a sentir un creciente zumbido en los oídos. Extendió la mano para sujetar el brazo que le golpeaba, y vio cómo el asombro contorsionaba las facciones del teniente.

Los músculos de sus hombros obedecieron al instante la orden enviada por el cerebro.

El teniente cayó sobre el pavimento con un impacto tan violento que la esfera de vidrio salió despedida y se hizo añicos. Claudy se quedó totalmente inmóvil, y Arvardan le observó con una sonrisa feroz mientras se sacudía las manos.

—¿Hay por aquí algún otro bastardo que crea que puede jugar a las palmadas con mi cara? —preguntó.

Pero el sargento ya había levantado su látigo neurónico. El contacto se cerró, y un tenue resplandor violeta salió disparado hacia la alta silueta del arqueólogo y la envolvió.

Todos los músculos del cuerpo de Arvardan se envararon en las garras de un dolor insoportable, y fue cayendo lentamente de rodillas. Estaba totalmente paralizado, y perdió el conocimiento casi al instante.


Cuando salió de su estupor lo primero que notó fue un agradable frescor sobre la frente. Arvardan intentó abrir los ojos, y descubrió que sus párpados parecían estar instalados sobre bisagras enmohecidas. Dejó que siguieran cerrados, y fue levantando el brazo hasta su cara moviéndolo temblorosamente por etapas lo más cortas posible (por pequeño que fuese, cada movimiento muscular hacía que sintiera como si le estuviesen clavando alfileres en todo el cuerpo).

Era una toalla húmeda sostenida por una mano pequeña y delicada…

Abrió dificultosamente un ojo y luchó con la bruma que nublaba su mirada.

—Pola… —dijo.

La joven lanzó un gritito de alegría.

—¡Sí, soy yo! —exclamó—. ¿Cómo se siente?

—Como si estuviera muerto, con la desventaja de que noto el dolor —gruñó Arvardan—. ¿Qué ha ocurrido?

—Nos enviaron a la base militar. El coronel ha estado aquí. Le registraron y no sé qué pensarán hacerle, pero… ¡Oh, señor Arvardan, no tendría que haber golpeado al teniente! Creo que le fracturó un brazo…

—Estupendo. Lamento no haberle roto la columna vertebral.

—Pero la resistencia a un oficial del Imperio está…, está penada con la muerte —susurró Pola contemplándole con expresión horrorizada.

—¿De veras? Bueno, ya veremos.

—Silencio. Creo que vuelven.

Arvardan cerró los ojos e intentó serenarse. Oyó que Pola lanzaba una exclamación ahogada, y cuando sintió el pinchazo de la hipodérmica no consiguió que sus músculos le obedecieran. Y una maravillosa oleada de puro alivio empezó a circular por sus venas y sus nervios. Sus brazos se flexionaron, y su espalda se relajó lentamente hasta dejar de formar un arco rígido. Arvardan parpadeó rápidamente y se irguió sobre un codo.

El coronel le estaba observando con expresión pensativa. Pola le contemplaba con cierto temor, pero en sus ojos también había alegría.

—Bien, doctor Arvardan, según parece esta tarde hemos sufrido un desagradable contratiempo en la ciudad, ¿no? —dijo el coronel.

Doctor Arvardan… Pola comprendió que sabía muy poco acerca de él. Ni tan siquiera tenía idea de a qué se dedicaba… Nunca había experimentado una sensación semejante.

—¿Desagradable? —comentó Arvardan, y dejó escapar una risita enronquecida—. Creo que no es el adjetivo más apropiado.

—Le fracturó un brazo a un oficial del Imperio que se disponía a cumplir con su deber.

—Ese oficial me había golpeado, y el cumplimiento de su deber no incluía la necesidad de insultarme groseramente tanto con palabras como con actos. AL proceder de esa forma perdió todo el derecho que pudiera tener a ser tratado como un oficial y un caballero, y en mi calidad de ciudadano del Imperio me está permitido rechazar enérgicamente ese tratamiento torpe…, por no decir ilegal.

El coronel carraspeó. La respuesta de Arvardan parecía haberle dejado sin argumentos. Pola tenía los ojos abiertos como platos y les estaba contemplando con cara de incredulidad.

—Bien, no hace falta que le diga hasta qué punto lamento que se haya producido este desgraciado incidente —murmuró por fin el coronel—. AL parecer el dolor y la ofensa han quedado repartidos en partes iguales… Quizá sea mejor olvidar el incidente, ¿no le parece?

—¿Olvidarlo? No creo que sea buena idea, coronel. He sido huésped del palacio del Procurador Ennius, y creo que al Procurador le interesará conocer con toda exactitud qué clase de métodos emplea su guarnición para mantener el orden en la Tierra.

—Doctor Arvardan, le aseguro que recibirá excusas públicas por lo ocurrido y…

—Al diablo con las excusas públicas. ¿Qué piensa hacer con la señorita Shekt?

—¿Qué me sugiere usted?

—Que la deje en libertad inmediatamente, que le devuelva sus documentos y que le ofrezca sus excusas…, ahora mismo.

El coronel se sonrojó.

—Naturalmente —dijo haciendo un visible esfuerzo para controlarse, y se volvió hacia Pola—. Si la señorita quiere aceptar mis más sinceras disculpas…


Dejaron atrás las oscuras murallas del cuartel imperial. El viaje en aerotaxi hasta la ciudad propiamente dicha apenas duró diez minutos, y transcurrió en el silencio más absoluto. Cuando llegaron a la desierta oscuridad del Instituto ya era pasada la medianoche.

—Me temo que no he entendido muy bien lo que ha ocurrido —dijo Pola—. Usted debe ser una persona muy importante. Oh, me siento tan ridícula al no saber ni cómo se llama… Nunca imaginé que los espaciales pudieran tratar así a un terrestre.

Arvardan se sintió obligado a poner fin a la ficción, aunque no tenía muchos deseos de hacerlo.

—No soy terrestre, Pola —dijo—. Soy un arqueólogo del Sector de Sirio.

La muchacha se volvió rápidamente hacia él, y Arvardan vio su rostro pálido bajo la luz de la luna. Pola le contempló en silencio durante unos momentos.

—Entonces desafió a los soldados imperiales porque después de todo no corría ningún riesgo al hacerlo…, y usted lo sabía. Y yo creí…, tendría que habérmelo imaginado, claro. —Sus ojos estaban llenos de amargura y se sentía ofendida—. Señor, le ruego humildemente que me disculpe si en algún momento he incurrido en una lamentable familiaridad con usted debido a mi ignorancia, y…

—Pola, ¿qué te ocurre? —exclamó Arvardan con irritación—. ¿Qué importancia tiene que yo no sea terrestre? ¿Por qué tiene que cambiar eso la opinión que te habías formado de mí hace sólo cinco minutos?

—Podría habérmelo dicho, señor.

—No te he pedido que me llamaras «señor», y te ruego que no te comportes como los otros.

—¿A qué otros se refiere, señor? ¿A los asquerosos animales que viven en la Tierra, quizá? Le debo cien créditos.

—Olvídalos —respondió Arvardan poniendo cara de disgusto.

—No puedo obedecer esa orden, señor. Si me da sus señas mañana mismo le enviaré un giro por esa cantidad.

Arvardan decidió mostrarse súbitamente brutal.

—Me debes mucho más que cien créditos.

Pola se mordió el labio inferior.

—Es la única parte de mi enorme deuda que puedo saldar, señor —murmuró—. ¿Sus señas…?

—Casa del Estado —masculló Arvardan por encima del hombro, y se perdió en la noche.

¡Y de repente Pola descubrió que estaba llorando!


Shekt la recibió a la puerta de su despacho.

—Ha vuelto —dijo—. Un hombrecillo muy flaco le trajo al Instituto.

—¡Estupendo! —exclamó Pola.

Le resultaba muy difícil hablar.

—Me pidió doscientos créditos y se los di.

—Sólo tenía que pedirte cien, pero no tiene importancia.

Pola pasó junto a su padre.

—Estaba muy preocupado —dijo Shekt—. El disturbio en esos grandes almacenes… No me atreví a preguntar nada. Podría haberte puesto en peligro.

—No te preocupes. No ocurrió nada… Déjame dormir aquí esta noche, papá.

Pero ni tan siquiera su terrible agotamiento la ayudó a conciliar el sueño. Pola se preguntó por qué no podía dormir, y se dijo que porque había ocurrido algo. Había conocido a un hombre, y daba la casualidad de que aquel hombre era un espacial.

Pero sabía donde se alojaba… Sí, lo sabía.


10. UNA INTERPRETACIÓN DE LOS ACONTECIMIENTOS

<p>10. UNA INTERPRETACIÓN DE LOS ACONTECIMIENTOS</p>

Los dos terrestres presentaban el contraste más absoluto imaginable: uno era el mayor poder aparente en la Tierra, y el otro era el mayor poder real de la Tierra.

El Primer Ministro era el terrestre más importante de todo el planeta, el gobernante de la Tierra reconocido por decreto formal y directo del Emperador de toda la Galaxia…, sujeto, naturalmente, a las órdenes del Procurador del Emperador. Su secretario no parecía ser nadie, apenas un miembro de la Sociedad de Ancianos que, teóricamente, era designado por el Primer Ministro para ocuparse de ciertos detalles no especificados y que, teóricamente, podía ser destituido a voluntad por el Primer Ministro.

El Primer Ministro era conocido en toda la Tierra, y estaba considerado como el árbitro supremo en todo lo referente a las Costumbres. Era quien anunciaba las excepciones a la Costumbre de los Sesenta y quien juzgaba a los profanadores del ritual, a los que no cumplían con el racionamiento o las normas de producción, a los que entraban en las Zonas Vedadas y a otros culpables de delitos parecidos. Por su parte, el secretario no era conocido por nadie —ni tan siquiera de nombre—, como no fuese por la Sociedad de Ancianos y el Primer Ministro en persona.

El Primer Ministro tenía una gran facilidad de palabra y arengaba frecuentemente al pueblo terrestre con discursos de elevado contenido emocional que desbordaban pasión y sentimientos. Era rubio, llevaba el cabello bastante largo y poseía un semblante patricio de rasgos firmes y delicados. El secretario, un hombre de nariz rechoncha y facciones avinagradas, prefería una palabra corta a una larga, un gruñido a una palabra y el silencio a un gruñido…, por lo menos en público.

El Primer Ministro parecía tener todo el poder en sus manos, naturalmente, pero en realidad era el secretario quien lo ejercía; y la intimidad del despacho del Primer Ministro era el único sitio en el que aquello resultaba evidente.

Porque el Primer Ministro se mostraba infantilmente intrigado, en tanto que el secretario se comportaba con una indiferencia tan gélida que rozaba lo ostentoso.

—Lo que no comprendo es la relación existente entre todos esos informes que me ha traído —dijo el Primer Ministro—. ¡Informes, informes…! —Alzó un brazo sobre su cabeza y golpeó violentamente un montón imaginario de papeles—. No tengo tiempo para ocuparme de ellos.

—Exacto —respondió el secretario sin inmutarse—. Para eso me tiene a mí. Yo los leo, digiero su contenido y se lo transmito.

—Bien, mi querido Balkis, entonces vayamos directamente al grano…, y deprisa, porque está claro que se trata de asuntos secundarios.

—¿Secundarios? Si no intenta pensar con más agudeza puede que algún día Su Excelencia tenga serios problemas… Veamos cuál es el significado de todos estos informes, y después le preguntaré si continúa considerando que se trata de asuntos secundarios. En primer lugar, tenemos la comunicación original del ayudante de Shekt, que ya tiene una semana de antigüedad y fue el primer factor que me impulsó a interesarme por el asunto.

—¿A qué asunto se refiere?

La sonrisa de Balkis reflejó una vaga amargura.

—Su Excelencia, ¿me permite que le recuerde que hay ciertos proyectos de gran importancia que se están desarrollando en la Tierra desde hace varios años?

—¡Sssst! —siseó el Primer Ministro.

No pudo reprimir el impulso de mirar alarmado a su alrededor, a pesar de que esa reacción le hizo perder toda la dignidad propia de su cargo.

—Su Excelencia, lo que nos dará la victoria es la confianza en nosotros mismos, no el nerviosismo… Bien, ya sabe que el éxito del proyecto dependía de que el sinapsificador, ese juguete inventado por Shekt, fuese utilizado de la manera acertada. Hasta ahora, y que sepamos, sólo ha sido utilizado bajo nuestro control e instrucciones y con finalidades muy concretas. ¡Y de repente nos enteramos de que Shekt ha sinapsificado a un desconocido violando todas nuestras órdenes!

—No veo que haya ninguna dificultad —dijo el Primer Ministro—. Castigaremos a Shekt, colocaremos bajo custodia al hombre que ha sido tratado con el sinapsificador y pondremos fin al asunto.

—No, no… Es usted demasiado ingenuo, Su Excelencia, y olvida lo realmente importante. No se trata de lo que Shekt ha hecho, sino del porqué lo ha hecho. Observe que en este asunto hay una coincidencia, una de las tantas de una serie de coincidencias consecutivas… El Procurador de la Tierra había visitado a Shekt ese mismo día, y Shekt en persona nos informó lealmente de todo el contenido de su conversación sin mentir en ningún momento. Ennius había solicitado el sinapsificador para uso imperial, y según parece le prometió toda clase de ayuda y un generoso apoyo del Emperador.

—Hum —murmuró el Primer Ministro.

—¿Se siente intrigado, Su Excelencia? ¿Acaso opina que este compromiso resulta atractivo cuando se lo compara con los peligros implícitos en nuestra labor actual? Bien, ¿se acuerda de las provisiones que nos prometieron durante la hambruna de hace cinco años? ¿Se acuerda de ellas? Bien, después nos negaron los cargamentos porque carecíamos de créditos imperiales con que pagarlos, y los productos manufacturados en la Tierra no podían ser aceptados porque estaban contaminados con radiactividad. ¿Nos enviaron provisiones gratis tal y como habían prometido? No. ¿Un préstamo, por lo menos? Ni tan siquiera eso. Cien mil personas murieron de hambre. No confíe en las promesas de los espaciales, Su Excelencia… Pero olvidemos todo eso. Lo importante es que Shekt dio una prueba ejemplar de lealtad. Después de eso no podíamos volver a dudar de él, ¿verdad? Todo hace pensar que no podríamos sospechar que nos traicionó precisamente ese mismo día y, sin embargo, eso fue lo que ocurrió.

—¿Se refiere al experimento clandestino, Balkis?

—Sí, Su Excelencia. ¿Quién era el hombre sometido al sinapsificador? Tenemos fotos de él, y la ayuda del técnico de Shekt nos permitió obtener sus impresiones retinianas. Su ficha no está en el Registro Planetario y, por lo tanto, la conclusión lógica es que no se trata de un terrestre sino de un espacial. Además, Shekt debía saberlo, porque si se hace la comprobación con las pautas retinianas una tarjeta de registro no puede ser falsificada ni transferida. Así pues, los hechos nos llevan a la deducción de que Shekt utilizó el sinapsificador en un espacial a sabiendas de que era un espacial. ¿Y por qué lo hizo? La respuesta puede ser terriblemente sencilla. Shekt no es el instrumento ideal para nuestros fines. En su juventud fue asimilacionista, y en una ocasión llegó a presentarse como candidato al Consejo de Washenn defendiendo un programa de conciliación con el Imperio. Fue derrotado, dicho sea de paso…

—No lo sabía —dijo el Primer Ministro.

—¿No sabía que fue derrotado?

—No, que se hubiese presentado como candidato… ¿Por qué no se me informó de eso? Dada su posición actual, Shekt puede resultar muy peligroso.

Los labios de Balkis se curvaron en una débil sonrisa impregnada de tolerancia.

—Shekt inventó el sinapsificador, y sigue siendo el único hombre con verdadera experiencia en su manejo —replicó—. Siempre ha estado vigilado, y a partir de ahora estará más vigilado que nunca. No olvide que un traidor en nuestras filas cuya identidad nos sea conocida puede causar un daño al enemigo que nos resultará más beneficioso que cualquier bien que pueda hacernos un hombre leal… Y ahora sigamos analizando los hechos. Shekt ha sinapsificado a un espacial. ¿Por qué? Hay un solo fin para el que puede utilizarse el sinapsificador, y es el de mejorar la capacidad intelectual. ¿Por qué ha obrado de esa manera? Porque es la única forma de vencer a los cerebros de nuestros científicos que ya han sido mejorados mediante la acción del sinapsificador. Eso significa que el Imperio tiene por lo menos vagas sospechas sobre lo que está ocurriendo actualmente en la Tierra. Bien, Su Excelencia, ¿le parece que eso es algo secundario?

La frente del Primer Ministro estaba perlada de sudor.

—¿Lo cree de veras?

—Los hechos ofrecen un rompecabezas que sólo puede ser montado de una manera. El espacial sometido a tratamiento con el sinapsificador es un hombrecillo de aspecto tan vulgar que nadie se fijaría dos veces en él…, lo cual es un auténtico golpe de genio, porque un viejo gordo y calvo puede seguir siendo el espía más temible y experimentado del Imperio. Oh, sí… Sí. ¿A qué otro podrían confiar una misión semejante? Pero hemos seguido lo mejor posible a ese desconocido —cuyo seudónimo es Schwartz, por cierto—, y ahora pasemos a examinar la segunda serie de informes.

—¿Los que hacen referencia a Bel Arvardan? —preguntó el Primer Ministro contemplando la carpeta.

—Sí —asintió Balkis—, los que hacen referencia al doctor Bel Arvardan, eminente arqueólogo del heroico Sector de Sirio, el espacial llegado de esos mundos llenos de fanáticos y valientes caballeros… —La última frase fue pronunciada en un tono claramente despectivo—. Bien, no tiene importancia… De todos modos, tenemos aquí un extraño contraste casi poético con el tal Schwartz: no estamos ante una figura anónima, sino ante una personalidad muy destacada. No es un intruso clandestino, sino que llega flotando sobre el oleaje de la publicidad. Quien nos alerta contra él no es un técnico insignificante, sino nada menos que el mismísimo Procurador de la Tierra.

—¿Cree que todo eso tiene una relación, Balkis?

—Su Excelencia podría tomar en consideración la posibilidad de que uno estuviera destinado a apartar nuestra atención del otro. O en caso contrario, y puesto que las clases gobernantes del Imperio tienen una considerable experiencia en todo lo referente a las intrigas, nos hallaríamos ante un ejemplo de dos métodos distintos de disfraz. En el caso de Schwartz las luces están apagadas, pero en el caso de Arvardan los reflectores apuntan a nuestros ojos. En ninguno de los dos debemos ver nada… Bien, ¿de qué nos previno exactamente Ennius con respecto a Arvardan?

El Primer Ministro se rascó la nariz con expresión pensativa.

—Dijo que Arvardan había venido a la Tierra para organizar una expedición arqueológica apoyada por el Imperio, y que deseaba entrar en las Zonas Vedadas por motivos puramente científicos. Afirmó que no había ni la más mínima intención sacrílega, y que si podíamos detenerle sin recurrir a la violencia él respaldaría nuestra postura ante el Consejo Imperial… Fue más o menos eso, ¿no?

»De modo que tenemos que vigilar muy atentamente a Arvardan, ¿pero con qué finalidad? Para evitar que entre en las Zonas Vedadas sin autorización, ¿no? Tenemos al jefe de una expedición arqueológica que no dispone de hombres, nave o equipos. Tenemos a un espacial que no se queda en el Everest, que es el sitio en el que debería estar, sino que sea por el motivo que sea anda vagabundeando de un lado a otro por la Tierra…, y que hace su primera escala en Chica. ¿Y cómo desvían nuestra atención de todos estos hechos tan extraños y sospechosos? Pues incitándonos a vigilar cuidadosamente algo que no tiene ni la más mínima importancia. Ah, Su Excelencia, y hay algo más: fíjese en que Schwartz estuvo recluido durante seis días en el Instituto de Investigaciones Atómicas…, y que después huyó. ¿No le parece muy raro? De pronto la puerta quedó abierta, de repente no había centinelas en los pasillos… Qué negligencia tan extraña, ¿verdad? ¿Y qué día eligió Schwartz para escapar? Pues precisamente el mismo día en el que Arvardan llegó a Chica. Es una segunda coincidencia que llama la atención.

—Entonces usted cree que… —murmuró el Primer Ministro con voz tensa.

—Creo que Schwartz es un agente espacial venido a la Tierra, que Shekt es el intermediario de los traidores asimilacionistas que hay entre nosotros, y que Arvardan está encargado de mantener los contactos con el Imperio. Observe la habilidad con la que fue planeado el encuentro entre Schwartz y Arvardan. Se permitió que Schwartz huyera y, después de que hubiese transcurrido el plazo apropiado, su enfermera —que por una coincidencia adicional y nada sorprendente es la hija de Shekt— salió en su búsqueda. Si algo llegaba a fallar en su bien calculado plan, resulta evidente que ella habría dado con Schwartz de repente y que éste se habría convertido en un pobre enfermo, lo que habría satisfecho la curiosidad de cualquier posible espectador. De hecho, dos conductores de aerotaxi demasiado curiosos recibieron la explicación de que era un enfermo, y por una ironía del destino eso arruinó sus planes. Ahora preste mucha atención, Su Excelencia… Schwartz y Arvardan se encuentran por primera vez en el local de alimentómatas, pero aparentemente no se fijan el uno en el otro. Se trata de un encuentro preliminar cuyo único fin es indicar que hasta el momento todo ha marchado bien y que ya pueden dar el siguiente paso… Al menos no nos subestiman, algo de lo que creo podemos sentirnos un poco orgullosos. Bien, Schwartz sale del local… Arvardan sale pocos minutos después para seguir a Schwartz y se encuentra con la señorita Shekt. Todo está calculado al segundo. Después de representar una farsa en beneficio de los dos conductores de aerotaxi a los que he mencionado antes, los dos se dirigen hacia los grandes almacenes Dunham, donde se reúnen con Schwartz. ¿Qué mejor lugar que unos grandes almacenes? Son el punto ideal para una cita: ofrecen una intimidad que no podría hallarse ni en una caverna de las montañas. Demasiado visibles como para despertar sospechas, demasiado llenos de gente como para permitir la vigilancia… Magnífico, realmente magnífico… Yo también sé reconocer los méritos de mi oponente, Su Excelencia.

El Primer Ministro se removió nerviosamente en su sillón.

—Si nuestro enemigo es tan astuto acabará triunfando.

—Imposible, porque ya está derrotado —replicó Balkis—. Y en este aspecto todo el mérito corresponde a nuestro querido Natter.

—¿Quién es Natter?

—Un agente insignificante al que habrá que aprovechar al máximo después de esto, ya que ayer no pudo comportarse mejor. Su misión consistía en vigilar a Shekt, para lo que había instalado una frutería delante del Instituto. Durante la última semana recibió instrucciones específicas de observar el desarrollo del caso Schwartz. Natter estaba ahí cuando Schwartz, a quien conocía por fotografías y porque había podido verle fugazmente cuando entró por primera vez en el Instituto, se escapó. Natter vigiló todos sus movimientos logrando pasar inadvertido, y dando muestras de una admirable intuición acabó llegando a la conclusión de que el único objetivo de la «fuga» consistía en concertar una entrevista con Arvardan. Natter no se sintió en condiciones de averiguar nada gracias al encuentro porque estaba solo, por lo que decidió impedir que se produjera. Los dos conductores de aerotaxi que habían oído decir a la señorita Shekt que Schwartz estaba enfermo pensaron que se trataba de un caso de fiebre de radiación, y Natter aprovechó esa idea con la rapidez de un auténtico genio. En cuanto observó que el encuentro tenía lugar en los grandes almacenes denunció el caso de fiebre, y las autoridades locales de Chica fueron lo bastante inteligentes como para colaborar inmediatamente, bendita sea la Tierra…

»El local fue evacuado, y eso les despojó del disfraz con el que habían contado para disimular su entrevista. De pronto se encontraron solos en los grandes almacenes, con lo que resultaban muy visibles. Natter fue todavía más lejos. Habló con ellos, y logró convencer a Arvardan y a la hija de Shekt de que le permitieran acompañar a Schwartz hasta el Instituto. Ellos accedieron. ¿Qué otra cosa podían hacer? Así pues, el día terminó sin que Schwartz y Arvardan pudieran intercambiar ni una sola palabra.

»Ah, y Natter no cometió la estupidez de arrestar a Schwartz. Los dos siguen ignorando que han sido descubiertos, y nos conducirán hasta presas todavía más importantes que ellos.

»Pero Natter no se conformó con eso. Avisó a la guarnición imperial, y ya no tengo palabras con las que elogiar ese acto; pues con él colocó a Arvardan en una situación que no había previsto. Tuvo que escoger entre quedar revelado como espacial y destruir su utilidad, que aparentemente consiste en moverse por la Tierra comportándose como si fuese un terrestre, o mantener el secreto y sufrir las desagradables consecuencias de su falsa identidad. Arvardan optó por la actitud más heroica, e incluso le fracturó el brazo a un oficial del Imperio para dar mayor realismo a la escena; algo que deberá ser recordado en su favor.

»Resulta muy significativo que se comportara tal y como lo hizo. ¿Qué razón podía tener un espacial para exponerse al látigo neurónico por una terrestre…, a menos que lo que estaba en juego fuese de una importancia suprema?

El Primer Ministro mantenía los puños sobre el escritorio inmóviles delante de él. Sus ojos habían adquirido un brillo salvaje, y sus esbeltos rasgos estaban fruncidos por la preocupación.

—Le felicito por haber tejido una trama tan complicada con tan pocos detalles. Ha sido muy hábil, Balkis, y creo que está en lo cierto. La lógica no nos deja alternativa, pero esto significa que está demasiado cerca, Balkis. Demasiado cerca… Y esta vez no tendrán piedad.

—No están tan cerca, porque en tal caso, existiendo tanto peligro para el Imperio, ya habrían descargado el golpe —respondió Balkis, y se encogió de hombros—. Y les queda poco tiempo. Arvardan tendrá que entrevistarse con Schwartz antes de que hagan algo, de modo que creo poder predecirle el futuro.

—Hágalo…, hágalo…

—Ahora es preciso alejar a Schwartz hasta que las cosas se calmen un poco.

—¿Pero dónde será enviado?

—También lo sabemos. Schwartz fue llevado al Instituto por un hombre que resultaba evidente era granjero. Obtuvimos descripciones suyas del técnico de Shekt y de Natter, y revisamos todas las tarjetas de identificación de todos los granjeros que viven en un radio de ciento cincuenta kilómetros alrededor de Chica hasta que Natter acabó identificando a un tal Arbin Maren como nuestro hombre. El técnico de Shekt confirmó la identificación de manera independiente. Hicimos discretas investigaciones sobre ese hombre, y al parecer mantiene a su suegro, un inválido, con lo que viola la Costumbre de los Sesenta.

El Primer Ministro descargó el puño sobre la mesa.

—Estos casos se repiten con demasiada frecuencia, Balkis. Tendremos que dictar leyes más severas…

—No se trata de eso, Su Excelencia. Ahora lo importante es que el granjero está violando las Costumbres, por lo que se le puede someter a extorsión.

—Shekt y sus aliados espaciales necesitan un instrumento para una eventualidad como ésta: un lugar donde Schwartz pueda permanecer recluido durante más tiempo del que podría pasar oculto sin peligro en el Instituto. Ese granjero, que probablemente es pobre y no tiene ni idea de lo que está ocurriendo, se presta muy bien para sus propósitos. Bueno, pues será vigilado. Schwartz no será perdido de vista en ningún momento… Tarde o temprano tendrán que concertar otra entrevista entre Schwartz y Arvardan, y cuando eso ocurra estaremos preparados para actuar. ¿Lo entiende todo ahora?

—Sí.

—Bien, bendita sea la Tierra entonces —dijo Balkis—. Ahora me marcho…, con su permiso, naturalmente —añadió con una sonrisa irónica.

El Primer Ministro alzó una mano en un vago gesto de despedida sin haber captado el sarcasmo.

Mientras iba a su pequeño despacho el secretario estaba solo, y en ocasiones como aquélla sus pensamientos solían escapar del firme control habitual al que los mantenía sometidos y jugueteaban en la intimidad de su mente.

Balkis no estaba pensando en el doctor Shekt, Schwartz o Arvardan, y todavía menos en el Primer Ministro.

Sus pensamientos giraban alrededor de un planeta, Trántor, un mundo cuya superficie estaba ocupada por una inmensa metrópoli desde la que se gobernaba toda la Galaxia; y después le ofrecieron la imagen de un palacio cuyas espiras y elegantes arcadas nunca habían sido vistas ni por Balkis ni por ningún otro terrestre. Pensó en los hilos invisibles de poder que pasaban de un sol a otro reuniéndose en filamentos, cables y sogas hasta llegar al palacio central y a esa abstracción llamada Emperador que, después de todo, no era más que un hombre.

La mente de Balkis se aferró insistentemente a ese pensamiento y a la idea de un poder tan inmenso que era capaz de crear la divinidad por sí solo, y que a pesar de eso se hallaba concentrado en un ser que era sencillamente humano.

¡Sencillamente humano! ¡Cómo él!

Y él podía…


11. LA MENTE QUE CAMBIÓ

<p>11. LA MENTE QUE CAMBIÓ</p>

El comienzo del cambio se agitaba confusamente en la mente de Joseph Schwartz. Había vuelto a analizarlo muchas veces en el silencio absoluto de la noche (y ahora las noches eran muchísimo más silenciosas, y de vez en cuando se preguntaba si realmente hubo algún tiempo en el que retumbaron y ardieron con la vida tumultuosa y enérgica de millones de seres humanos), y le habría gustado poder decir con precisión cuál había sido el momento en el que se inició.

El primer paso había llegado con aquel lejano y estremecedor día de temores en el que se había encontrado solo en un mundo extraño, un día que ahora se le aparecía tan vago como el mismo recuerdo de Chicago. Después había llegado el viaje a Chica, con su extraño y complicado final. Schwartz pensaba en aquello con frecuencia.

Había algo relacionado con aquel aparato…, con las píldoras que había engullido. Después vinieron los días de recuperación seguidos por la fuga, el vagabundeo y los hechos inexplicables de aquella última hora transcurrida en los grandes almacenes. Schwartz nunca conseguía recordar del todo aquella parte, pero en los dos meses transcurridos desde entonces su memoria se había ido volviendo cada vez más aguda y todo estaba cada vez más claro.

Los hechos ya habían empezado a resultar extraños incluso entonces. Schwartz había adquirido una gran sensibilidad a la atmósfera emocional. El anciano doctor y su hija estaban nerviosos y asustados. ¿Lo había sabido ya entonces o no había sido más que una impresión fugaz reforzada por la creciente claridad mental adquirida después?

Pero en los grandes almacenes Schwartz había sido consciente de lo que iba a ocurrir antes de que el hombre alto estirase la mano y la pusiera sobre su hombro…, exactamente antes. Había comprendido que estaba atrapado y el anuncio no había llegado a tiempo de salvarle, pero había sido una demostración muy clara del cambio.

Y después habían llegado las jaquecas, aunque no eran precisamente jaquecas. Parecían más bien palpitaciones, como si una dínamo oculta en su cerebro hubiese empezado a funcionar de repente y estuviera haciendo vibrar todos los huesos del cráneo de Schwartz con una actividad inusitada. En Chicago no había sentido nada parecido —suponiendo que su fantasía sobre Chicago tuviese algún significado, naturalmente—, ni tampoco durante los primeros días que había vivido en aquella realidad.

¿Le habían hecho algo durante aquel primer día en Chica? El aparato, las píldoras… Estaba claro que contenían un anestésico. ¿Una operación? El curso de los pensamientos de Schwartz, que ya había llegado a aquel punto en un centenar de ocasiones, volvió a interrumpirse.

Había abandonado Chica al día siguiente de su fracasado intento de fuga, y ahora el tiempo transcurría tranquilamente y sin sorpresas.

Grew repetía palabras y le señalaba objetos o gesticulaba desde su silla de ruedas, tal y como lo había hecho antes la muchacha, Pola; hasta que de repente un día Grew dejó de hablar una jerigonza ininteligible y empezó a hablar en inglés o… No, fue él mismo, él, Joseph Schwartz quien dejó de hablar inglés y empezó a hablar en una jerigonza ininteligible, con la única diferencia de que de repente dejó de resultarle ininteligible.

Todo era muy fácil. Aprendió a leer en sólo cuatro días, y él mismo quedó sorprendido. Hubo un tiempo en el que había tenido una memoria excelente —aquella especie de sueño en Chicago—, o por lo menos eso le había parecido; pero nunca había sido capaz de realizar hazañas semejantes…, y sin embargo Grew no parecía asombrado.

Schwartz dejó de devanarse los sesos.

Y cuando el otoño se hizo verdaderamente dorado todo volvió a estar claro, y Schwartz salió a trabajar al campo. La forma en que aprendía resultaba realmente desconcertante, y otra sorpresa era que nunca se equivocaba. Por ejemplo, había máquinas muy complicadas que manejaba sin dificultad después de haber oído sólo una vez la explicación de cómo funcionaban.

Esperó la estación fría, pero ésta nunca acabó de llegar. Pasaron el invierno limpiando los campos y fertilizándolos en una docena de formas distintas para la siembra de la primavera.

Interrogó a Grew e intentó explicarle qué era la nieve, pero el anciano se limitó a contemplarle con los ojos muy abiertos.

—Agua helada que cae del cielo como si fuese lluvia, ¿eh? —comentó por fin—. ¡Oh, sí, la palabra para eso es nieve! Tengo entendido que ocurre en otros planetas, pero no en la Tierra.

A partir de entonces Schwartz fue fijándose en la temperatura, Y descubrió que variaba muy poco de un día para otro; pero los días se iban acortando poco a poco, tal y como correspondía a una zona tan septentrional como Chicago. Schwartz se preguntó si estaba en la Tierra o en otro planeta.

Intentó leer algunos de los libros en microfilme de Grew, pero no tardó en desistir. La gente seguía siendo gente, pero los detalles de la vida diaria y el conocimiento de lo que se daba por sabido o las alusiones históricas y sociológicas que no significaban nada para él acabaron desanimándole.

Los enigmas subsistían. Estaban las lluvias uniformemente cálidas, y las absurdas instrucciones que recibía de vez en cuando prohibiéndole que se acercara a ciertas áreas. Por ejemplo, una noche se había sentido tan intrigado por el horizonte resplandeciente y el brillo azul que se veía hacia el sur que no pudo contenerse por más tiempo.

Salió de la casa después de cenar, y aún no llevaba recorrido un kilómetro de distancia cuando oyó a su espalda el casi imperceptible zumbido del motor del vehículo birrueda, y el grito colérico de Arbin resonó en el silencio de la noche. Schwartz se detuvo y fue llevado de regreso a la granja.

—No debe acercarse a ningún lugar que brille durante la noche —dijo Arbin paseándose nerviosamente delante de él.

—¿Por qué? —preguntó ingenuamente Schwartz.

—Porque está prohibido —fue la seca respuesta que obtuvo—. Schwartz, ¿es que realmente no sabe lo que hay allí? —preguntó Arbin después de un prolongado silencio.

Schwartz hizo una mueca de ignorancia.

—¿De dónde viene? —preguntó Arbin—. ¿Es un…, un espacial?

—¿Qué es un espacial?

Arbin se encogió de hombros y le dejó solo.

Pero aquella noche tuvo una gran importancia para Schwartz, porque mientras recorría ese kilómetro escaso hacia la fosforescencia la extraña sensación de su mente se había sublimado hasta convertirse en el Contacto Mental. Schwartz lo llamaba así, y ésa fue la ocasión en la que estuvo más cerca de poder describirlo.

Estaba solo en la oscuridad purpúrea, y la extraña blandura del pavimento parecía engullir el sonido de sus pasos. No había visto a nadie. No había tocado nada.

O mejor dicho… Sí, había sido algo parecido a un roce, pero no había estado en su cuerpo. Estaba en su mente. No era exactamente un contacto, sino una presencia indefinible…, algo parecido a un cosquilleo aterciopelado.

Y de repente hubo dos…, dos contactos distintos, separados; y el segundo —¿cómo podía distinguirlos?— fue más fuerte (no, ésa no era la palabra correcta); fue más claro, más definido…

Y entonces comprendió que era Arbin. Lo supo por lo menos cinco minutos antes de oír el ruido del motor y diez minutos antes de ver a Arbin.

Después la experiencia se fue repitiendo con una frecuencia cada vez mayor.

No tardó en descubrir que siempre sabía cuando Arbin, Loa o Grew se encontraban a menos de cien metros de él, aunque no tuviese ningún motivo para saberlo y aunque tuviese motivos para suponer precisamente lo contrario. Era difícil convencerse, y sin embargo no tardó en parecerle natural.

Hizo algunos experimentos y descubrió que siempre sabía exactamente dónde se encontraba cualquiera de ellos en cualquier momento. Podía distinguirlos porque el contacto mental variaba de una persona a otra. Nunca les habló de ello.

Y a veces se preguntaba cuál había sido el significado de aquel primer contacto mental percibido mientras caminaba hacia el resplandor del horizonte. No había pertenecido a Arbin ni a Loa ni a Grew. Bueno, ¿acaso tenía alguna importancia?

Más tarde la tuvo. Un día experimentó aquel mismo contacto mientras se ocupaba de conducir al ganado, y corrió en busca de Arbin.

—Arbin, ¿qué sabe sobre esa arboleda que está más allá de las colinas del sur? —le preguntó.

—Nada —gruñó Arbin—. Son terrenos ministeriales.

—¿Qué quiere decir?

Arbin pareció irritarse.

—Para usted no tiene ninguna importancia, ¿verdad? —replicó—. «Terrenos ministeriales» quiere decir que son propiedad del Primer Ministro.

—¿Y por qué no están cultivados?

—Porque no es un sitio para cultivar —replicó Arbin, pareciendo un poco desconcertado—. En los tiempos antiguos eran un gran Centro… Es un lugar sagrado que no debe ser profanado. Oiga, Schwartz, si quiere vivir sin problemas aquí, controle su curiosidad y ocúpese de su trabajo.

—Pero si es un lugar sagrado supongo que nadie podrá vivir allí, ¿no es cierto?

—Exactamente.

—¿Está seguro de ello?

—Estoy totalmente seguro…, y no debe ir allí. Eso le costaría la vida, ¿entiende?

—No lo haré.

Schwartz se alejó sintiéndose perplejo y extrañamente intranquilo. El contacto mental había llegado desde aquella arboleda y había sido muy intenso, y algo nuevo e inexplicable acababa de agregarse a la sensación anterior. Era un matiz hostil, como un roce amenazador.

¿Por qué? ¿Por qué?

Pero aún no se atrevía a hablar. No le habrían creído, y las consecuencias habrían resultado muy desagradables. Schwartz también sabía aquello. De hecho, Schwartz sabía demasiadas cosas.

Y además últimamente se sentía más joven. No tanto físicamente, desde luego, aunque el estómago se le había encogido y sus hombros se habían vuelto más robustos. Sus músculos parecían más resistentes y flexibles y sus digestiones habían mejorado mucho. Todo aquello era el resultado del trabajo al aire libre, pero había algo más de lo que era consciente…, y aquel algo estaba relacionado con su forma de pensar.

Los viejos siempre tienden a olvidar cómo era el pensamiento en su juventud. Olvidan la velocidad de las reacciones mentales, la audacia de la intuición juvenil y la agilidad de la introspección. Se han acostumbrado a formas más lentas del razonamiento, y como eso se debe en gran parte a la acumulación gradual de experiencias los viejos siempre se creen más inteligentes que los jóvenes.

Pero Schwartz conservaba la experiencia, y descubrió con gran satisfacción que era capaz de comprender las cosas al instante, y gradualmente fue progresando desde seguir las explicaciones de Arbin hasta ser capaz de anticiparlas adelantándose a él. La consecuencia de todo aquello fue que su sensación de haber rejuvenecido era mucho más sutil que la que podría haberle producido cualquier incremento de sus capacidades físicas.

Transcurrieron dos meses…, y de repente todo salió a la luz cuando estaba jugando al ajedrez con Grew en la glorieta.

Resultaba extraño, pero el ajedrez no había sufrido ningún cambio salvo en el nombre de las piezas. El juego se conservaba tal y como Schwartz lo recordaba, y eso le servía de consuelo; ya que al menos en ese detalle su memoria enferma no le había jugado una mala pasada.

Grew le explicó las distintas variaciones desarrolladas en el ajedrez. Había un ajedrez a cuatro manos en el que cada jugador tenía un tablero. Los tableros se tocaban en las esquinas, con un quinto tablero considerado como una «tierra de nadie» ocupando el hueco central. Había un ajedrez tridimensional en el que se colocaban ocho tableros transparentes uno encima de otro, y donde cada pieza se desplazaba en tres dimensiones al igual que antes lo había hecho en dos. El número de piezas se había duplicado, y sólo se triunfaba dando jaque mate simultáneamente a los dos reyes enemigos. Incluso había variaciones populares en las que las posiciones originales se decidían mediante un lanzamiento de dados, otras en las que ciertos cuadrados del tablero conferían ventajas o desventajas a las piezas colocadas sobre ellos o en las que se habían introducido piezas nuevas dotadas de extrañas propiedades.

Pero el ajedrez propiamente dicho —el original e inmutable juego de tablero— seguía siendo el mismo, y el torneo entre Schwartz y Grew ya había completado sus primeras cincuenta partidas.

Cuando empezaron a jugar Schwartz apenas conocía los movimientos, por lo que había perdido todas las partidas; pero la situación había ido cambiando poco a poco y sus derrotas eran cada vez menos frecuentes. En consecuencia, la manera de jugar de Grew se había ido volviendo más lenta y cautelosa, se había acostumbrado a consumir el tabaco de su pipa en los intervalos entre jugada y jugada y, finalmente, el quejumbroso anciano no había tenido más remedio que acostumbrarse a que sus derrotas fuesen cada vez más frecuentes.

Aquel atardecer Grew jugaba con las blancas, e inició la partida haciendo avanzar dos cuadros su peón de rey.

—Empecemos —dijo con voz malhumorada.

Sus dientes apretaban la pipa, y sus ojos ya estudiaban nerviosamente el tablero.

Schwartz se sentó en la penumbra crepuscular y suspiró. Las partidas habían ido perdiendo su interés inicial a medida que había ido siendo más capaz de conocer por anticipado los movimientos que Grew iba a efectuar. Era como si Grew tuviera una ventanita en el cráneo, y el hecho de conocer casi instintivamente cómo se iba a desarrollar la partida se sumaba al resto del problema de Schwartz.

Usaban un tablero nocturno que brillaba en la oscuridad con un resplandor de cuadros azules y anarajados. Vistas a la luz del día las piezas parecían toscas figuras de barro rojizo, pero de noche sufrían una sorprendente metamorfosis. Una mitad quedaba bañada por una blancura cremosa que le daba el aspecto liso y gélidamente luminoso de la porcelana, y el resto de la pieza centelleaba emitiendo pequeñas chispas rojizas.

Los primeros movimientos se efectuaron con bastante rapidez. El peón de Schwartz hizo frente al avance del enemigo. Grew llevó el caballo de rey a alfil 3, y Schwartz contestó moviendo el caballo de reina a alfil 3. Después el alfil blanco fue cambiado a caballo de reina 5, y el peón negro de la torre de reina avanzó un cuadro para obligarle a retirarse a torre 4. Después llevó su otro caballo a alfil 3.

Las piezas resplandecientes se deslizaban sobre el tablero como si tuvieran una siniestra voluntad propia, y los dedos que las movían desaparecían en la oscuridad.

Schwartz estaba asustado. Lo que iba a hacer quizá fuese interpretado como una muestra de locura, pero ya no podía esperar más, necesitaba saberlo.

—¿Dónde estoy? —preguntó de repente.

Grew alzó la vista mientras movía el caballo de reina a alfil 3.

—¿Qué has dicho? —replicó.

Schwartz no conocía la palabra equivalente a «nación» o «país».

—¿Qué mundo es éste? —preguntó, y llevó el alfil a rey 2.

—La Tierra —fue la lacónica respuesta de Grew.

Y Grew se enrocó con deliberada lentitud, levantando primero la esbelta figura del rey y después la maciza torre, que pasó por arriba y colocó al otro lado.

La respuesta no resultaba muy satisfactoria. La mente de Schwartz había traducido la palabra que habían captado los oídos de Schwartz como «Tierra», ¿pero qué era en realidad la Tierra? Para sus habitantes cualquier planeta es «la Tierra». Schwartz adelantó dos cuadros el peón de reina, y el alfil de Grew tuvo que volver a retroceder a caballo 3. Después Schwartz y Grew avanzaron sucesivamente un cuadro el peón de reina, dejando libres sus alfiles respectivos para la batalla por el dominio del centro que se estaba preparando en el tablero.

—¿En qué año estamos? —preguntó Schwartz con la máxima tranquilidad e indiferencia de que fue capaz.

Grew tardó un poco en responder. Parecía sorprendido.

—¿Qué estás tramando hoy? —preguntó por fin—. ¿Note apetece jugar o qué? Bueno, si eso te hace feliz estamos en el año 827… E.G. —agregó sarcásticamente.

Después estudió el tablero con el ceño fruncido y colocó el caballo de reina sobre reina 5 iniciando su primer ataque.

Schwartz se protegió rápidamente llevando su caballo de reina a torre 4 y contraatacó. La lucha se volvía cada vez más encarnizada. El caballo de Grew se comió al alfil, que pasó del tablero a la caja para quedar enterrado allí hasta que se jugara la próxima partida. Después el brioso caballo fue eliminado por la reina de Schwartz. Schwartz abandonó el ataque en un exceso de cautela e hizo retroceder el caballo que le quedaba hasta el refugio de rey 1, donde le resultaría más bien inútil. El caballo de reina de Schwartz realizó un nuevo cambio de pieza comiéndose el alfil, y siendo devorado a su vez por el peón de torre.

—¿Qué significa E.G.? —preguntó repentinamente Schwartz en voz baja.

—¿Cómo? —exclamó Grew poniendo cara de malhumor—. Oh, así que sigues dándole vueltas a eso de en qué año estamos… Qué idiotez. Bueno, siempre me olvido de que aprendiste a hablar hace cosa de un mes, pero no cabe duda de que eres un tipo muy inteligente. ¿Realmente no lo sabes? Bien, estamos en el año 827 de la Era Galáctica. Era Galáctica…, E.G. ¿Entiendes? Han transcurrido 827 años desde la fundación del Imperio Galáctico, lo cual quiere decir que han transcurrido 827 años desde la coronación de Frankenn I. Y ahora, si eres tan amable, te toca mover a ti…

Pero el caballo de Schwartz desapareció por un momento en el interior de su mano cerrada. Se sentía tan frustrado que se hallaba al borde de la ira.

—Un momento —dijo, y puso el caballo en reina 2—. Escúchame con atención: América, Estados Unidos, Rusia, Europa… ¿Te suena alguno de esos nombres?

La pipa de Grew emitía un débil resplandor rojizo en la oscuridad, y su sombra se inclinaba sobre el tablero luminoso como si el anciano estuviese menos vivo que la pipa. Quizá meneó la cabeza en una rotunda negativa, pero Schwartz no vio el gesto. No tenía necesidad de hacerlo. Había percibido la negativa de Grew tan claramente como si hubiese hablado en voz alta.

—¿Sabes dónde puedo conseguir un mapa? —insistió Schwartz.

—En Chica no hay mapas disponibles…, a menos que estés dispuesto a arriesgar el pellejo por ellos —gruñó Grew—. No soy geógrafo, ¿sabes? Nunca he oído mencionar los nombres que me has enumerado… ¿Son nombres de personas?

¿Arriesgar el pellejo? ¿Por qué? Schwartz sintió un escalofrío. ¿Había cometido algún delito? ¿Estaría enterado Grew?

—El sol tiene nueve planetas, ¿verdad? —preguntó con voz temblorosa.

—Diez —respondió Grew con indiferencia.

Schwartz titubeó. Bueno, podían haber descubierto otro planeta que él no conocía… ¿Pero entonces cómo era posible que Grew supiese que existía ese décimo planeta? Empezó a contar con los dedos.

—¿El sexto planeta tiene anillos? —preguntó.

Grew estaba adelantando lentamente el alfil de rey dos cuadros, y Schwartz hizo instantáneamente otro tanto.

—¿Te refieres a Saturno? —murmuró Grew—. Pues claro que tiene anillos.

Estaba calculando. Podía escoger entre el peón de alfil y el de rey, y las consecuencias de inclinarse en un sentido o en otro no parecían muy claras.

—¿Y hay un anillo de asteroides o pequeños planetas entre Marte y Júpiter…, quiero decir entre el cuarto y el quinto planeta?

—Sí —masculló Grew.

Había vuelto a encender su pipa y estaba pensando a toda velocidad. Schwartz captó la tortura de la incertidumbre que se agitaba en su mente. En cuanto a él, por fin estaba seguro de en qué planeta se hallaba, y la partida de ajedrez había dejado de importarle. Las preguntas parecían vibrar a lo largo de la superficie interior de su cráneo, y una de ellas se deslizó hasta encontrar una salida.

—Entonces tus libros en microfilme dicen la verdad, ¿no? ¿Hay otros mundos… habitados?

Grew dejó de mirar el tablero y sus ojos escudriñaron inútilmente la oscuridad.

—¿Hablas en serio?

—¿Sí o no?

—¡Por toda la Galaxia! Creo que realmente no lo sabes…

—Por favor… —murmuró Schwartz, sintiéndose terriblemente humillado por su propia ignorancia.

—¡Pues claro que hay otros mundos…, millones de ellos! Cada una de las estrellas que ves tiene planetas, al igual que la gran mayoría de las que no ves; y todos esos mundos forman parte del Imperio.

Schwartz iba percibiendo en su interior el delicado eco de cada una de las apasionadas palabras de Grew a medida que éstas saltaban directamente de una mente a otra. Schwartz había notado que los contactos mentales se estaban volviendo más y más intensos con el transcurrir de los días. Quizá pronto podría «oír» mentalmente las palabras cuando la persona que las pensase no estuviera hablando.

Y por primera vez encontró una respuesta distinta de la demencia. Suponiendo que se las hubiera arreglado de alguna forma para dar un salto en el tiempo…, durmiendo, quizá…

—¿Cuánto hace que ocurrió todo esto, Grew? —preguntó con voz enronquecida—. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que sólo había un planeta habitado?

—¿Qué quieres decir? —preguntó Grew con repentino recelo—. ¿Eres miembro de la Sociedad de Ancianos?

—¿La qué…? No soy miembro de ninguna sociedad, pero supongo que hubo un tiempo en el que la Tierra era el único planeta habitado, ¿no? ¿No fue así?

—Los Ancianos afirman que sí —contestó Grew de mala gana—. ¿Pero quién puede saberlo? ¿Quién puede estar seguro de ello? Por lo que yo sé los mundos de allá arriba han existido siempre.

—¿Pero cuánto tiempo llevan existiendo?

—Supongo que miles de años. Cinco mil, diez mil años…, no lo sé con certeza.

¡Miles de años! Schwartz sintió que se le formaba un nudo en la garganta y lo hizo bajar tragando saliva mientras notaba el pánico que se iba adueñando de él. ¿Todo ese tiempo entre un paso y el siguiente? Un suspiro, un momento, un fugaz aleteo en el tiempo… ¿Y había dado un salto de miles de años? Tuvo la sensación de que iba a recaer en la amnesia. Su identificación del Sistema Solar debía de haber sido el resultado de unos recuerdos imperfectos que se estaban disipando entre la bruma.

Pero Grew ya había iniciado otra jugada. Comió el peón de alfil, y Schwartz comprendió de manera casi mecánica que se trataba de una táctica equivocada. Después una jugada siguió a la otra casi sin esfuerzo aparente por parte de Schwartz, quien comió con su torre de rey al peón que Grew había coronado. El caballo blanco volvió a avanzar hasta alfil 3. El alfil de Schwartz se desplazó a caballo 2 y quedó libre para entrar en acción. Grew respondió moviendo su alfil a reina 2.

Schwartz hizo una pausa antes de lanzar el ataque final.

—Y la Tierra es la que gobierna, ¿verdad?

—¿La que gobierna qué?

—El Impe…

Pero Grew levantó la mirada y lanzó un rugido tan potente que hizo temblar las piezas.

—¡Oye, Schwartz, ya estoy harto de tus preguntas! ¿Eres un perfecto idiota o qué? ¿Acaso te parece que la Tierra es dueña de algo? —Hubo un tenue susurro producido por la silla de ruedas de Grew cuando éste rodeó la mesa, y un instante después Schwartz sintió los dedos del anciano clavándose en su brazo—. ¡Mira! ¡Mira hacia allí! —ordenó Grew con voz áspera—. ¿Ves el horizonte? ¿Ves el resplandor?

—Sí.

—La Tierra es así…, toda la Tierra es así, salvo en algunos lugares donde existen unos pocos oasis como éste en el que vivimos.

—No lo entiendo…

—La corteza terrestre es radiactiva. El suelo brilla y ha brillado siempre, y siempre brillará. No se puede cultivar nada, nadie puede vivir sobre él… ¿De veras no lo sabías? ¿Por qué crees que tenemos la Costumbre de los Sesenta?

El lisiado se serenó y volvió a su lugar al otro lado de la mesa.

—Te toca jugar.

¡Los Sesenta! Otro contacto mental envuelto en un indefinible halo amenazador. Las piezas de ajedrez de Schwartz jugaban solas mientras él meditaba con el corazón oprimido. Su peón de rey se comió al peón de alfil que se le oponía. Grew movió su caballo a reina 4, y la torre de Schwartz se desplazó lateralmente pasando a caballo 4. El caballo de Grew volvió a atacar moviéndose a alfil 3. La torre de Schwartz evitó el nuevo ataque colocándose en caballo 5, pero el peón de torre de Grew avanzó de manera casi tímida y la torre de Schwartz se precipitó a comerse el peón de caballo dando jaque al rey. El rey de Grew se comió la torre, pero la reina de Schwartz llenó el hueco de inmediato colocándose en caballo 4 y volviendo a dar jaque al rey de Grew, que se refugió en torre 1. Schwartz adelantó su caballo poniéndolo en rey 4. Grew movió su reina a rey 2 en una decidida tentativa de movilizar sus defensas, y Schwartz respondió avanzando dos cuadros su reina hasta dejarla en caballo 6, con lo que el cerco se fue estrechando más y más. Grew ya no podía elegir. Movió su reina a caballo 2, y las dos majestades femeninas quedaron frente a frente.

El caballo de Schwartz retrocedió comiéndose el caballo enemigo en alfil 6, y cuando el alfil blanco que estaba siendo atacado se movió rápidamente a alfil 3, el caballo pasó a reina 5. Grew vaciló durante unos momentos, y acabó avanzando su reina por la diagonal libre para comerse el alfil de Schwartz.

Entonces hizo una pausa y lanzó un suspiro de alivio. Su astuto adversario tenía una torre en peligro y un jaque en perspectiva, y la reina de Grew estaba preparada para atacar; además de lo cual llevaba ventaja de una torre por un peón.

—Te toca jugar —dijo con satisfacción.

—¿Qué…, qué son los Sesenta? —preguntó Schwartz.

—¿Por qué lo preguntas? —exclamó Grew, y su voz no podía ser más seca ni hostil—. ¿Qué pretendes…?

—Por favor… —murmuró Schwartz humildemente, sintiéndose a punto de darse por vencido—. Te aseguro que no tengo ninguna mala intención, Grew. No sé quién soy ni que me ocurrió…, quizá sufro de amnesia.

—Es muy probable —fue la desdeñosa respuesta de Grew—. ¿Estás huyendo de los Sesenta? Vamos, responde.

—¡Pero si te repito que no sé qué son los Sesenta!

Su tono había resultado muy convincente. Hubo un silencio bastante prolongado. El contacto mental de Grew se había vuelto tan oscuro y terrible que Schwartz se estremeció, pero no podía discernir con claridad ninguna palabra.

—Los Sesenta son…, son los sesenta años de cada ser humano —le explicó Grew lentamente—. La Tierra no puede mantener a más de veinte millones de habitantes, y para vivir tienes que producir. Si no puedes producir…, entonces tampoco puedes vivir. Después de los sesenta ya no puedes producir…

—Y entonces… —susurró Schwartz, y se quedó con la boca abierta.

—Eres eliminado. Sin sufrimientos.

—¿Quieres decir que…, que te matan?

—No se trata de un asesinato —respondió secamente Grew—. Tiene que ser así, ¿comprendes? Los otros mundos se niegan a aceptar inmigrantes terrestres, y tenemos que dejar espacio para los niños. La vieja generación tiene que ir dejando lugar a la nueva.

—¿Y si no confiesas que tienes sesenta años?

—¿Y para qué vas a ocultarlo? Después de los sesenta la vida no resulta muy divertida, créeme; y cada diez años se lleva a cabo un censo para descubrir a cualquiera que sea lo bastante estúpido como para querer seguir viviendo. Además, tienen registradas las edades de todo el mundo.

—La mía no —dijo Schwartz. Las palabras se le habían escapad., sin que hubiese podido evitarlo—. Además, apenas tengo cincuenta años… Los cumpliré pronto, pero aún no los tengo.

—No importa. Pueden determinar tu edad a partir de tu estructura ósea. ¿No lo sabías? No hay ninguna forma de ocultarlo… La próxima vez se me llevarán y… Oye, te toca jugar.

—¿Quieres decir que…? —murmuró Schwartz sin prestar ninguna atención a la invitación de su interlocutor.

—Sí. Aún no he cumplido los cincuenta y cinco, pero… Bueno., echa un vistazo a mis piernas. No puedo trabajar, ¿verdad? En nuestra familia hay registradas tres personas, y nuestra cuota esta ajustada a una base de tres trabajadores. Tendrían que haber informado cuando sufrí el derrame, y entonces la cuota hubiese sido reducida; pero entonces me habrían aplicado los Sesenta de manera prematura, y Arbin y Loa no quisieron hacerlo. Fue una estupidez por su parte, porque eso les obligaba a cargar con un exceso de trabajo…, hasta que llegaste tú. Y de todos modos el año que viene me descubrirán, así que… Tú mueves.

—¿El año próximo se llevará a cabo un censo?

—Así es… Mueve.

—¡Espera! —exclamó Schwartz—. ¿Todos los hombres y mujeres son eliminados después de los sesenta? ¿No hay absolutamente ninguna excepción?

—Para gente como tú o como yo no, desde luego. El Primer Ministro y los miembros de la Sociedad de Ancianos cumplen su ciclo vital completo, al igual que algunos científicos o quienes prestan servicios muy importantes a la sociedad. Hay muy pocos casos, puede que unos doce cada año… ¡Vamos, te toca mover!

—¿Y quién decide las excepciones?

—El Primer Ministro, naturalmente. ¿Vas a mover de una vez, sí o no?

Pero Schwartz se puso en pie.

—Olvídalo. Te daré jaque mate en cinco jugadas, ¿sabes? Mi reina se comerá el peón dando jaque al rey; tú llevarás el rey a caballo 1; yo daré jaque al rey con mi caballo en rey 2; tú lo desplazarás hasta alfil 2; daré jaque con mi reina en rey 6; apartarás tu rey a caballo 2; mi reina irá a caballo 6, y como entonces estarás obligado a poner tu rey en torre 1 le daré mate con la reina en torre 6. Ha sido una partida muy interesante —añadió Schwartz de manera casi automática.

Grew contempló el tablero en silencio durante unos momentos hasta que lanzó un grito y lo arrojó al suelo. Las piezas resplandecientes rodaron y se dispersaron sobre el césped.

—¡Tú y tu maldita charla que me distrae! —gritó Grew.

Pero Schwartz no prestaba atención a nada…, a nada salvo a la imperiosa necesidad de escapar de los Sesenta; pues aunque Browning había dicho ¡Envejece a mi lado! Lo mejor aún no ha venido, esa promesa sólo podía existir en una Tierra habitada por miles de millones de seres humanos que contaba con alimentos ilimitados. Ahora lo mejor que vendría serían los Sesenta…, y la muerte.

Y Schwartz tenía sesenta y dos años.

Sesenta y dos años…


12. LA MENTE QUE MATA

<p>12. LA MENTE QUE MATA</p>

La idea se fue formando nítidamente en el cerebro cada vez más metódico de Schwartz. No quería morir, así que tendría que irse de la granja. Si se quedaba donde estaba ahora el censo llegaría inexorablemente, y la muerte llegaría con él.

Así pues, había que marcharse de la granja. ¿Pero dónde iría?

Estaba él… ¿Qué era aquello, un hospital? Sí, aquel lugar de Chica donde había sido atendido antes. ¿Y por qué? Pues porque Schwartz era un «caso médico», naturalmente. ¿Pero seguiría siéndolo? Ahora podía hablar y podía explicar sus síntomas, cosa que no había podido hacer antes; e incluso podía hablarles del contacto mental.

¿O acaso el contacto mental no era algo exclusivo de Schwartz? ¿Había alguna forma de que pudiese averiguarlo? Arbin, Loa y Grew no tenían ese poder, desde luego. Schwartz lo sabía. Ninguno de los tres podía averiguar dónde se encontraba Schwartz a menos que pudieran verle u oírle. Si Grew hubiese poseído aquel tipo de facultades Schwartz nunca habría podido vencerle al ajedrez, ¿verdad?

Un momento…, el ajedrez era un juego muy popular; y eso hubiese sido imposible si todo el mundo poseyera el don del contacto mental. No, desde luego que no.

De modo que eso convertía a Schwartz en un caso psicológico muy raro, un espécimen de gran valor. Ser un espécimen único quizá no serviría para que su vida fuese muy agradable o divertida, pero al menos podía salvarle de la muerte.

Y además también podía estudiar la nueva posibilidad que acababa de presentarse, ¿no? Quizá no era un amnésico, sino un hombre que había viajado a través del tiempo. En tal caso, no sólo poseía el don del contacto mental, sino que además venía del pasado. Era un espécimen histórico y arqueológico. No podían matarle.

Si le creían, claro…

Si le creían…

Aquel doctor le creería. La mañana en que Arbin había llevado a Schwartz a Chica necesitaba urgentemente un afeitado. Schwartz lo recordaba perfectamente, y después de aquello la barba no había vuelto a crecerle, así que tenían que haber hecho algo al respecto. Eso significaba que el doctor sabía que él…, que él, Schwartz, había tenido pelo en la cara. Eso tenla que ser importante, ¿no? Grew y Arbin no se afeitaban nunca, y en una ocasión Grew le había dicho que sólo los animales tenían pelos en la cara.

De modo que tenía que dar con el doctor.

¿Cómo se llamaba? ¿Shekt? Sí, eso era… ¡Shekt!


Pero Schwartz sabía muy poco sobre aquel mundo horrible. Marcharse de noche y moverse campo a través habría supuesto quedar envuelto en misterios, y muy posiblemente acabaría cayendo en bolsas de peligro radiactivo de las que Schwartz no sabía nada. AL final, la audacia de quien no tiene ningún otro recurso hizo que empezara a caminar por la carretera a primera hora de la tarde.

No esperaban que volviese antes de la hora de la cena, y para entonces ya estaría lejos. Los tres habitantes de la granja no echarían en falta ningún contacto mental.

Durante la primera hora Schwartz experimentó una sensación de júbilo por primera vez desde que había empezado aquella extraña aventura. Por fin estaba haciendo algo: estaba intentando luchar contra su entorno. Lo que hacía tenía una finalidad, y no era una simple huida a ciegas como la que había intentado en Chica.

Bueno, para tratarse de un viejo no lo estaba haciendo nada mal, ¿verdad? Aún conseguiría darles una buena lección…

Y de repente se detuvo. Schwartz se quedó inmóvil en el centro de la carretera porque algo que había olvidado atrajo de nuevo su atención.

Estaba captando el extraño contacto mental desconocido, el mismo que había percibido por primera vez durante su avance hacia la fosforescencia del horizonte antes de que fuese detenido por Arbin, el que había estado vigilándole desde los terrenos ministeriales.

Volvía a estar allí…, estaba detrás de él, oculto y al acecho.

Schwartz escuchó atentamente o, por lo menos, hizo lo que era el equivalente a escuchar atentamente en el caso del contacto mental. No se acercó más, pero estaba centrado en él. La impresión global que producía era de vigilancia mezclada con hostilidad, pero no había desesperación.

Otros detalles también resultaban bastante claros. La persona que estaba siguiendo sus pasos no debía perder de vista a Schwartz, y además iba armada.

Schwartz se volvió con una cautela casi automática, y su mirada preocupada escudriñó el horizonte.

Y el contacto mental cambió al instante.

Se volvió desconfiado y receloso, como si desconfiara respecto a su propia seguridad y al éxito de su propósito, fuera cual fuese éste. La impresión mental producida por el hecho de que quien estaba siguiendo a Schwartz iba armado se hizo más nítida, como si aquella persona estuviera tomando en consideración la posibilidad de utilizar su arma si llegaba a ser descubierta.

Schwartz sabía que él estaba desarmado e indefenso, y sabía que la persona que iba siguiéndole le mataría antes de permitir que escapara, y que moriría en cuanto hiciese el primer movimiento en falso. Seguía sin ver a nadie.

Y Schwartz siguió caminando a sabiendas de que su perseguidor se mantenía lo bastante cerca para matarle. Su espalda estaba helada por el presentimiento de algo desconocido. ¿Qué impresión produce la muerte? La idea le hostigaba al compás de su marcha, se agitaba en su mente y danzaba en su subconsciente hasta que se hizo casi insoportable.

Se aferró al contacto mental de su perseguidor como si fuese una tabla de salvación. Captaría aquel fugaz aumento de tensión indicador de que el arma estaba siendo levantada, de que el gatillo era apretado o se pulsaba un botón de disparo. En ese momento se echaría al suelo o correría…

¿Pero por qué? Si se trataba de los Sesenta, ¿por qué no acababan con él de inmediato?

La teoría del salto en el tiempo se estaba disipando de su mente, y Schwartz volvió a pensar en la amnesia. Era un delincuente, quizá un hombre peligroso que debía ser vigilado en todo momento. Quizá en tiempos había sido un alto funcionario que no podía ser eliminado violentamente, sino al que era preciso juzgar antes. Quizá su amnesia sólo era una estratagema de su subconsciente para escapar a la realidad de una culpa tremenda e imposible de soportar.

Y aquí estaba ahora, caminando por una carretera vacía en dirección a un destino incierto con la muerte pisándole los talones.


Estaba oscureciendo y el viento se había vuelto ligeramente fresco; lo cual resultaba tan absurdo como siempre. Schwartz calculaba que estaban en diciembre, y no cabía duda de que la puesta de sol a las cuatro y media así lo confirmaba, pero la leve frescura del viento no tenía nada que ver con el frío helado típico de los inviernos del Medio Oeste.

Ya hacía algún tiempo que Schwartz había llegado a la conclusión de que aquel clima tan suave era debido a que el planeta (¿la Tierra?) no dependía exclusivamente del sol para recibir calor. Su mismo suelo radiactivo producía calor, escaso por metro cuadrado, pero inmenso si se lo calculaba por millones de kilómetros cuadrados.

Y el contacto mental de la persona que seguía sus pasos se iba acercando cada vez más en la oscuridad. Siempre alerta, siempre preparado para reaccionar… La oscuridad hacía que la vigilancia resultase más difícil. Aquella persona había seguido sus pasos la primera noche cuando iba hacia el resplandor del horizonte. ¿Temía volver a correr el riesgo?

—¡Eh! Eh, amigo…

Era una voz nasal y bastante aguda. Schwartz se envaró.

Giró lentamente sobre sí mismo moviendo todo el cuerpo al mismo tiempo. La figura menuda que venía hacia él agitaba la mano, pero la penumbra del crepúsculo hacía que no se la pudiera distinguir con claridad. No parecía tener prisa por llegar, y Schwartz esperó.

—Vaya, me alegra mucho verle… Caminar solo por esta carretera no resultaba nada divertido. ¿Tiene algún inconveniente en que le acompañe?

—Hola —dijo Schwartz con voz átona.

El contacto mental encajaba, desde luego. Era su perseguidor, y además la cara le resultaba conocida. Tenía alguna clase de relación con la confusa época de su estancia en Chica.

Y en ese momento el hombre dio señales de que también había reconocido a Schwartz.

—¡Oiga, yo sé quién es usted! ¡Pues claro que sí! ¿Es que no se acuerda de mí?

A Schwartz le resultó imposible decidir si en circunstancias normales y en otro momento habría creído o no en la sinceridad de su interlocutor. Pero ahora… ¿Cómo hubiese podido dejar de percibir esa fina capa agrietada de falso reconocimiento producido en ese instante que cubría las profundas corrientes del contacto mental, esas ondulaciones que le decían —no, que le gritaban— que el hombrecillo de ojos penetrantes había reconocido a Schwartz desde el primer instante; que sabía muy bien quién era él y que tenía preparada un arma letal para usarla en su contra si llegaba a ser necesario?

Schwartz meneó la cabeza.

—¡Pues claro que sí! —insistió el hombrecillo—. Fue en esos grandes almacenes… Yo le rescaté de la muchedumbre, ¿recuerda? —Una carcajada totalmente artificial hizo casi que se doblara por la cintura—. Creían que usted tenía la fiebre de radiación. Tiene que recordarlo, hombre…

Sí, Schwartz lo recordaba…, vagamente. Durante unos minutos había estado con un hombre como aquél, y también hubo una multitud que primero les había detenido y que luego se había separado ante ellos para dejar que pasaran.

—Sí —murmuró—. Me alegra verle.

No era una conversación demasiado brillante, pero Schwartz no podía hacerlo mejor y al hombrecillo no pareció importarle.

—Me llamo Natter —dijo alargándole una mano fofa—. En esa ocasión no pude hablar mucho con usted…, digamos que estábamos en plena crisis y no pudimos llegar a conocernos bien, ¿eh? Pero me alegra mucho que se haya presentado esta nueva oportunidad.

—Yo me llamo Schwartz.

Las palmas de sus manos se rozaron fugazmente.

—¿Qué hace caminando por esta carretera? —preguntó Natter—. ¿Va a alguna parte?

—Me limito a caminar por ella —respondió Schwartz, y se encogió de hombros.

—Le gusta pasear, ¿eh? También es mi distracción favorita, ¿sabe? Me paso el año entero yendo de un lado a otro… Eso te llena de vida. Te acostumbras a respirar aire puro y puedes sentir cómo la sangre corre por tus venas, ¿verdad? Aunque me temo que esta vez he ido demasiado lejos… No me gusta volver solo después de que haya anochecido, y es un placer encontrar compañía. ¿Hacia dónde va usted?

Era la segunda vez que Natter le hacía la misma pregunta, y el contacto mental le reveló la importancia que tenía aquello. Schwartz se preguntó hasta cuándo podría evitar dar una respuesta definida. La mente de su perseguidor estaba siendo invadida por una creciente ansiedad, y no se conformaría con ninguna mentira. Schwartz no sabía lo suficiente acerca de aquel nuevo mundo como para faltar a la verdad.

—Voy al hospital —dijo por fin.

—¿Va al hospital? ¿A qué hospital?

—Al hospital de Chica en el que estuve.

—Se refiere al Instituto, ¿verdad? Allá es donde le llevé antes… Le estoy hablando del día en que le saqué de los grandes almacenes, ¿entiende?

La ansiedad y la tensión seguían creciendo.

—Voy a ver al doctor Shekt —dijo Schwartz—. ¿Le conoce?

—He oído hablar de él. Es un personaje importante, ¿sabe? ¿Está enfermo?

—No, pero he de presentarme periódicamente en el hospital.

¿Podía parecer una respuesta razonable?

—¿Y va allí a pie? —preguntó Natter—. ¿No envían un vehículo para que le recoja?

Al parecer la respuesta no había sido considerada razonable. Schwartz no dijo nada, y se encerró en un terco mutismo.

Pero Natter parecía entusiasmado.

—Oiga, amigo, le diré lo que vamos a hacer: cuando pasemos por una cabina de onda comunal pública llamaré a la ciudad y pediré un taxi… Nos encontrará en la carretera, ¿de acuerdo?

—¿Una onda comunal…?

—Sí. Las hay a todo lo largo de la carretera. Mire, allí hay una.

Se alejó un paso de Schwartz.

—¡Alto! —se oyó gritar Schwartz de repente—. ¡No se mueva!

Natter se detuvo. Cuando se volvió hacia Schwartz, éste vio que su rostro había adquirido una extraña frialdad.

—¿Qué mosca le ha picado, amigo?

Cuando habló las palabras salieron despedidas de los labios de Schwartz con tanta impaciencia que el nuevo idioma que había aprendido le pareció lento y poco adecuado para su propósito.

—Estoy harto de esta farsa. Sé quién es usted, y sé qué va a hacer. Va a llamar a alguien para informar de que voy a visitar al doctor Shekt, ¿no? Cuando llegue a la ciudad me estarán esperando y enviarán un vehículo para que me recoja…, y si intento huir usted me matará.

Natter frunció el ceño.

—Bueno, en eso último ha dado en el clavo —murmuró. Las palabras no iban destinadas a los oídos de Schwartz y no llegaron a ellos, pero eran tenuemente visibles sobre la capa superficial del contacto mental—. ¿Por quién me ha tomado, señor? —añadió en voz alta—. Me está ofendiendo, ¿sabe?

Pero estaba retrocediendo, y su mano ya empezaba a bajar hacia la cadera.

Schwartz perdió el control de sí mismo.

—¿Por qué no me deja en paz? —gritó furiosamente mientras agitaba los brazos—. ¿Qué le he hecho yo? ¡Váyase! ¡Váyase!

Su voz acabó convirtiéndose en un alarido entrecortado. El odio y el miedo despertados en él por aquel hombre que le acechaba y en cuya mente sentía hervir la hostilidad eran tan intensos que le hicieron fruncir el ceño. Schwartz sintió que sus emociones chocaban unas con otras en un intento frenético de escapar al contacto mental, como si quisieran huir de su viscosidad y librarse de aquel horrible hálito impalpable.

Y de repente el contacto mental se extinguió…, súbitamente y por completo. Schwartz tuvo una fugaz impresión de inmenso dolor —no suyo, sino del otro—, y después nada más. No había ningún contacto mental. Su cerebro lo había soltado como un puño que se relaja y cae fláccidamente.

Natter se había convertido en un bulto informe caído sobre la carretera bañada en sombras. Schwartz fue hacia él. Natter era un hombre bajito, fácil de mover. La expresión de agonía de su rostro parecía haber quedado profundamente grabada en las facciones. Las arrugas se negaban a relajarse. Schwartz le buscó el pulso y no lo encontró.

Se incorporó sintiendo que el horror empezaba a adueñarse de él.

¡Había asesinado a un hombre!

Y un instante después le invadió el desconcierto.

¡Sin haberle tocado! Había matado a aquel hombre con sólo odiarle, y su odio había conseguido afectarle de alguna manera a través del contacto mental.

¿Qué otros poderes poseía?

Schwartz tomó una rápida decisión. Revisó los bolsillos de Natter y encontró dinero. ¡Excelente! El dinero le resultaría muy útil. Después arrastró el cadáver hasta el campo y lo ocultó entre la maleza.

Siguió caminando durante dos horas, y no hubo ningún nuevo contacto mental.

Pasó la noche durmiendo a la intemperie, y a la mañana siguiente llegó a las afueras de Chica después de dos horas más de caminata.


Chica no era más que un pueblecito en comparación con el Chicago que Schwartz conocía, y a esa hora tan temprana el ir y venir de sus habitantes todavía era escaso y esporádico; pero aun así los contactos mentales fueron abundantes desde el primer momento, y Schwartz se sintió sorprendido y desconcertado.

¡Había tantos…! Algunos eran pasajeros y difusos, otros eran intensos y nítidos. Había hombres que pasaban junto a él en cuyas mentes captaba como una serie de pequeños estallidos; mientras que otros no tenían nada en el interior de su cráneo, salvo quizá un leve recuerdo del desayuno que acababan de ingerir.

AL principio Schwartz se volvía y se sobresaltaba ante la proximidad de cada nuevo contacto mental, y reaccionaba a cada uno como si fuese un roce físico de la naturaleza más íntima imaginable; pero en una hora aprendió a no hacer caso de ellos.

Ahora oía palabras aunque no fueran pronunciadas oralmente. Eso era algo nuevo, y Schwartz prestó más atención al fenómeno. Las frases débiles y casi fantasmagóricas eran como sonidos inconexos arrastrados por el viento, y parecían lejanas, muy lejanas…, y con ellas Schwartz captaba emociones tan vivas que parecían reptar por el aire y otros detalles muy sutiles imposibles de describir, de tal modo que el mundo se convirtió en un vasto panorama donde hervía una vida que sólo Schwartz era capaz de percibir.

Descubrió que el don podía penetrar en los edificios a medida que caminaba, y que era capaz de introducir su mente en ellos como si fuese un animal sujeto a una correa, algo que podía colarse por las rendijas, invisibles para el ojo humano, sacando a la luz los pensamientos más íntimos de quienes estaban dentro.

Se detuvo frente a un enorme edificio con la fachada de piedra e intentó pensar. Ellos —quienesquiera que fuesen— andaban detrás de Schwartz. Había matado al hombre encargado de seguir su pista, pero debía de haber otros…, aquellos a los que ese hombre había querido llamar. Schwartz pensó que quizá sería más prudente que permaneciera lo más quieto posible durante un par de días. ¿Cuál era la mejor forma de lograrlo? ¿Un empleo, quizá…?

Empezó a investigar el interior del edificio frente al que se había detenido. Había un contacto mental bastante lejano que podía significar un trabajo para Schwartz. Estaban buscando obreros textiles…, y hubo un tiempo en que Schwartz había sido un sastre excelente.

Entró sin que nadie se fijara en él, fue hacia un hombre y le puso una mano en el hombro.

—¿Dónde he de presentarme para conseguir empleo?

—¡Por esa puerta!

El contacto mental que captó estaba impregnado de preocupación y desconfianza.

Schwartz cruzó el umbral indicado, y después un tipo muy flaco de mentón puntiagudo le acribilló a preguntas y fue tecleando en un clasificador para dejar anotadas sus respuestas.

Schwartz balbuceó tanto las verdades como las mentiras con idéntica incertidumbre.

Pero al principio el encargado de personal no parecía muy interesado en sus respuestas. Las preguntas se fueron sucediendo a gran velocidad.

—¿Edad? ¿Cincuenta y dos? Hum… ¿Estado de salud? ¿Casado? ¿Experiencia? ¿Ha trabajado con telas? Bien, ¿de qué clase? ¿Termoplásticas, elastoméricas…? ¿Cómo dice? ¿Cree que con todas ellas? ¿Quién le dio empleo por última vez? Deletree su apellido… Usted no es de Chica, ¿verdad? ¿Dónde están sus documentos? Si quiere que tomemos en cuenta su solicitud tendrá que traerlos… ¿Cuál es su número de registro?

Schwartz empezó a retroceder. Cuando entró no había previsto aquel final, y el contacto mental del hombre que tenía delante estaba cambiando. Se había vuelto extraordinariamente desconfiado, y también manifestaba un considerable recelo. La capa superficial de afabilidad era muy delgada, y debajo de ella se ocultaba una animosidad tan aguzada que resultaba el más peligroso de todos los rasgos mentales.

—Me temo que no reúno las condiciones necesarias para este trabajo —balbuceó nerviosamente Schwartz.

—¡No, no, vuelva! —dijo el hombre haciéndole una seña—. Tenemos algo para usted… Déjeme revisar un momento el archivo.

Estaba sonriendo, pero el contacto mental se había vuelto todavía más nítidamente hostil.

El encargado de personal pulsó un timbre que había sobre su escritorio.

Schwartz se alarmó y echó a correr hacia la puerta.

—¡Detengan a ese hombre! —gritó el encargado al instante saliendo de detrás del escritorio.

Schwartz atacó el contacto mental embistiendo violentamente con su propia mente, y oyó un gruñido ahogado a su espalda. Lanzó una rápida mirada por encima del hombro, y vio que el encargado de personal estaba sentado en el suelo con el rostro crispado mientras se apretaba las sienes con las palmas de las manos. Otro hombre estaba inclinado sobre él. El encargado logró mover una mano señalando a Schwartz, y el hombre reaccionó yendo hacia él. Schwartz no esperó más tiempo.

Cuando salió a la calle estaba convencido de que había una orden de captura contra él. Habían hecho pública su descripción completa, y el encargado de personal le había reconocido.

Corrió por las calles doblando una esquina detrás de otra sin dirección fija. Ahora atraía más la atención porque las calles se estaban llenando de gente. Sospechas, sospechas en todas partes…, sospechas porque corría…, sospechas porque sus ropas estaban sucias y no le caían demasiado bien…

Esa maraña de contactos mentales y la confusión fruto de su propio miedo y desesperación hicieron que Schwartz no pudiera identificar a sus verdaderos enemigos, los que no sólo sospechaban sino que sabían con toda seguridad quién era…, y no hubo nada que le previniese de la amenaza del látigo neurónico.

Sintió un dolor terrible que cayó sobre él con la cegadora velocidad de una tira de cuero al restallar, y que le aplastó como bajo el peso de un enorme peñasco. Schwartz resbaló durante unos segundos a lo largo de la pendiente del dolor antes de acabar siendo rodeado por las sombras.


13. TELARANA EN WASHENN

<p>13. TELARANA EN WASHENN</p>

El Colegio de Ancianos de Washenn es un lugar excepcionalmente tranquilo. Allí la austeridad es la palabra clave, y hay algo sinceramente imponente en los grupos de novicios que dan su paseo crepuscular por entre los árboles del jardín en el que sólo los Ancianos pueden entrar. De vez en cuando la figura vestida de verde de un Anciano Mayor atraviesa el jardín aceptando afablemente las reverencias con las que es saludada.

Y, en muy raras ocasiones, también puede verse al mismísimo Primer Ministro.

Sin embargo, hasta aquel momento nadie había visto jamás al Primer Ministro caminando tan deprisa que casi corría, sudando y sin hacer caso de las manos respetuosamente levantadas; indiferente a las miradas cautelosas que le seguían y los gestos de extrañeza intercambiados discretamente o las cejas ligeramente arqueadas.

Entró en el Salón Legislativo por la puerta privada y echó a correr abiertamente apenas estuvo en la rampa desierta. La puerta que golpeó con los puños se abrió respondiendo a la presión que el pie de la persona que estaba dentro ejerció sobre un botón, y el Primer Ministro entró en la habitación.

Su secretario apenas levantó la mirada desde detrás del sencillo y pequeño escritorio donde estaba inclinado sobre un diminuto televisor escuchando atentamente y, de vez en cuando, paseando la vista sobre los comunicados de carácter oficial que se amontonaban delante de él.

El Primer Ministro golpeó la superficie del escritorio con los nudillos.

—¿Qué significa todo esto? —preguntó—. ¿Qué está ocurriendo?

El secretario le contempló sin inmutarse y apartó el pequeño televisor a un lado.

—Felicitaciones, Su Excelencia.

—¡Guárdese sus felicitaciones! —replicó el Primer Ministro con impaciencia—. Quiero saber qué está ocurriendo.

—En pocas palabras, que nuestro hombre ha huido.

—¿Quiere decir que el hombre al que Shekt sometió a tratamiento con el sinapsificador … el espacial…, el espía…, el hombre que estaba oculto en esa granja de los alrededores de Chica…?

No hay forma alguna de saber cuántas palabras habría empleado el alteradísimo Primer Ministro para describir a aquel hombre si el secretario no le hubiese interrumpido.

—Exactamente —dijo con indiferencia.

—¿Y por qué no me lo comunicaron? ¿Por qué nunca me informan de nada?

—Había que adoptar medidas inmediatas, y Su Excelencia tenía muchas cosas que hacer en aquellos momentos; así que le sustituí dentro de los límites de mi capacidad.

—Sí, sí… Siempre que quiere prescindir de mí procura no molestarme para nada, ¿verdad? Pero no lo toleraré, ¿me oye? No permitiré que me dejen de lado. No…

—Estamos perdiendo el tiempo —fue la serena respuesta del secretario.

Y el grito del Primer Ministro se apagó. Tosió y carraspeó, y contempló al secretario como si no supiese qué decir.

—¿Cuáles son los detalles, Balkis? —preguntó por fin.

—La verdad es que no hay muchos. Después de dos meses de paciente espera el tal Schwartz partió de repente sin que nada lo anunciase, fue seguido…, y desapareció.

—¿Y cómo desapareció?

—No lo sabemos con seguridad, pero ése es otro problema. Anoche Natter…, nuestro agente, ¿recuerda? Bien, Natter dejó de enviar sucesivamente tres informes a la hora fijada. Sus ayudantes fueron en su busca por la carretera que conduce a Chica, y le encontraron al amanecer. Estaba en una zanja junto a la carretera…, muerto.

—¿El espacial le mató? —preguntó el Primer Ministro palideciendo.

—Probablemente, aunque no podemos estar seguros. No había señales visibles de violencia, a no ser que la expresión del rostro del muerto se pueda considerar como tal. Se le practicará la autopsia, naturalmente. Quizá se diera la casualidad de que Natter falleciese de un síncope cardiaco precisamente en el momento menos oportuno.

—Pero eso sería una coincidencia increíble.

—Yo opino lo mismo —respondió el secretario con voz gélida—. Pero si Schwartz mató a Natter, entonces los acontecimientos posteriores resultan todavía más extraños. juzgue usted mismo, Su Excelencia: según nuestro análisis previo, resultaba evidente que Schwartz viajaría a Chica tarde o temprano para entrevistarse con Shekt, y Natter apareció muerto en la carretera que va de la granja de los Maren a Chica. En consecuencia, hace tres horas que alertamos a las autoridades de Chica, y nuestro hombre ha sido capturado.

—¿Quiere decir que Schwartz ha sido capturado? —preguntó el Primer Ministro con incredulidad.

—Naturalmente.

—¿Por qué no me informó de inmediato?

—Hay cosas más importantes de las que ocuparse, Su Excelencia —dijo Balkis, y se encogió de hombros—. Acabo de decirle que Schwartz se encuentra en nuestras manos, ¿no? Bien, fue capturado casi enseguida y sin ninguna dificultad, y este hecho no parece tan fácil de relacionar con la muerte de Natter. ¿Cómo pudo ser lo bastante inteligente para descubrir a Natter, quien era un agente muy hábil, y al mismo tiempo tan estúpido como para entrar en Chica a la mañana siguiente y presentarse en una fábrica, sin ninguna clase de disfraz…, para solicitar un empleo?

—¿Eso fue lo que hizo?

—Eso fue lo que hizo, y por lo tanto su comportamiento implica dos posibilidades distintas. Una es que Schwartz ya haya transmitido a Shekt o a Bel Arvardan las informaciones que tenía, y se ha dejado atrapar para distraer nuestra atención; y la otra es que haya otros agentes actuando a los que todavía no hemos descubierto y a los que Schwartz está protegiendo. En cualquiera de los dos casos no debemos cometer el error de ser excesivamente confiados.

—No lo entiendo —dijo el Primer Ministro. Las arrugas de la ansiedad y la confusión resultaban claramente visibles en sus atractivas facciones—. Todo esto es demasiado complicado para mí.

Balkis sonrió desdeñosamente.

—Dentro de cuatro horas tiene una cita con el profesor Bel Arvardan, Su Excelencia —anunció.

—¿De veras? ¿Por qué? ¿Y qué debo decirle? No quiero verle.

—Cálmese, Su Excelencia. Tiene que verle. El día en que debe comenzar esa supuesta expedición suya se está aproximando, por lo que me parece obvio que él represente su papel solicitándole que le conceda permiso para explorar las Zonas Vedadas. Ennius nos previno al respecto, y él debe conocer con exactitud los detalles de esta comedia. Supongo que usted sabrá devolver ofensa por ofensa respondiendo a las exigencias con otras exigencias, ¿no?

—Bueno…, lo intentaré —murmuró el Primer Ministro bajando la cabeza.


Bel Arvardan llegó temprano y tuvo tiempo de sobras para contemplar lo que le rodeaba. Para un hombre familiarizado con las maravillas arquitectónicas de toda la Galaxia, el Colegio de Ancianos no podía ser nada más que un severo bloque de granito reforzado con acero diseñado al estilo arcaico; pero si daba la casualidad de que ese mismo hombre era arqueólogo, entonces la austeridad sombría y casi salvaje podía parecerle el medio más adecuado para una forma de vida también sombría y casi salvaje. Su mismo primitivismo subrayaba la intención de volver la vista hacia el lejano pasado.

Y los pensamientos de Arvardan volvieron a discurrir por su cuenta. Su recorrido de dos meses por los continentes occidentales de la Tierra no había resultado muy divertido. El primer día lo había estropeado todo, y Arvardan volvió a pensar en lo que había ocurrido aquel día en Chica.

Apenas lo hizo sintió que se enfadaba consigo mismo. La muchacha se había comportado de forma muy grosera, y se había mostrado inmensamente desagradecida. Una vulgar terrestre… ¿Por qué tenía que sentirse culpable Arvardan? Y sin embargo…

¿Le habría dado algún motivo para que se comportase de aquella manera al informarle de repente de que era un espacial…, como también lo era el oficial que la había insultado y cuya arrogante brutalidad Arvardan había castigado rompiéndole un brazo? Después de todo, ¿acaso tenía alguna forma de saber cuánto había sufrido ella a manos de los espaciales? Y de repente le había revelado que él también era un espacial, y no había intentado amortiguar el golpe.

Si hubiese sido más paciente… ¿Por qué había roto tan bruscamente sus relaciones? Ni tan siquiera recordaba el apellido de la muchacha. Era Pola algo—más… ¡Qué extraño! Arvardan siempre había tenido muy buena memoria. ¿Se trataría de un esfuerzo subconsciente por olvidar?

Bueno, eso era lo más razonable. ¡Olvidar! Y, de todas maneras, ¿qué tenía que recordar? ¿A una terrestre, a una vulgar y desagradecida terrestre?

Era enfermera de un hospital, y podía tratar de dar con el hospital en el que trabajaba. Cuando se separó de la muchacha aquella noche no había sido más que una silueta borrosa en la oscuridad, pero el hospital debía de estar cerca de aquel local de alimentómatas.

La idea le enfureció, y se apresuró a reducirla a mil fragmentos inconexos. ¿Estaba loco? ¿Qué ganaría con eso? Era una terrestre. Bonita, sí, dulce, casi fasci…

¡Era una terrestre!

El Primer Ministro estaba entrando, y Arvardan se alegró de su aparición porque significaba que podría olvidar lo que había ocurrido aquel día en Chica; pero en lo más profundo de su mente sabía que los recuerdos acabarían volviendo. Con cierta clase de recuerdos siempre ocurría igual.

El Primer Ministro llevaba una chaqueta nueva e impecable. Su frente no mostraba ni la más mínima arruga producto del titubeo o de la duda, y cuando se la contemplaba se tenía la impresión de que era imposible que hubiese estado humedecida alguna vez por el sudor.

La conversación resultó verdaderamente cordial. Arvardan transmitió meticulosamente los saludos de algunas personalidades importantes del Imperio al pueblo de la Tierra, y el Primer Ministro tuvo igual cuidado de expresar la profunda gratitud que debía experimentar toda la Tierra por la generosidad y la comprensión de que daba muestras el gobierno imperial.

Arvardan se refirió a la gran importancia que la arqueología tenía para la filosofía imperial, y habló de su contribución a la gran conclusión de que todos los seres humanos de todos los mundos de la Galaxia eran hermanos; y el Primer Ministro asintió con expresión complacida y manifestó que la Tierra siempre había estado convencida de ello, y que esperaba ver llegar pronto el día en el que la Galaxia pondría en práctica esa teoría.

Las palabras del Primer Ministro hicieron sonreír durante un momento a Arvardan.

—Ése es precisamente el motivo que me ha impulsado a dirigirme a usted, Su Excelencia —dijo—. Una gran parte de las diferencias existentes entre la Tierra y algunos de los dominios imperiales vecinos quizá resida únicamente en la forma de pensar, pero creo que si se demostrara que los terrestres no son distintos del resto de los ciudadanos de la Galaxia resultaría posible eliminar muchos roces.

—¿Y cómo se propone lograr eso, doctor Arvardan?

—No resulta muy fácil de explicar en pocas palabras. Como probablemente ya sabe Su Excelencia, las dos corrientes principales del pensamiento arqueológico actual son conocidas vulgarmente con los nombres de Teoría de la Fusión y Teoría de la Irradiación.

—Tengo un conocimiento elemental de ambas.

—Bien… La Teoría de la Fusión sostiene que los diversos tipos humanos se desarrollaron de manera independiente, y que se fueron mezclando unos con otros durante la era de los primeros viajes espaciales, tan distante ya en el tiempo que apenas se conservan documentos de esos días. Este concepto resulta necesario para explicar por qué actualmente todos los seres humanos se parecen tanto los unos a los otros.

—Sí —dijo secamente el Primer Ministro—, y esa idea también implica la necesidad de que haya varios centenares o millares de variedades de ser humano que se hayan desarrollado por separado, y que sin embargo estén tan relacionadas química y biológicamente como para permitir los cruzamientos.

—Exacto —dijo Arvardan poniendo cara de satisfacción—. Acaba de poner el dedo en la llaga… Ése es el punto más débil de la teoría, pero la gran mayoría de los arqueólogos lo pasa por alto y apoya firmemente la Teoría de la Fisión, lo que naturalmente implicaría la posibilidad de que en porciones aisladas de la Galaxia subsistan algunas subespecies de la humanidad que hayan conservado sus diferencias originales sin que se produjeran cruzamientos…

—Se refiere a la Tierra, ¿no? —dijo el Primer Ministro.

—La Tierra es considerada como un ejemplo de ello. La Teoría de la Irradiación, por otra parte…

—Considera que todos somos descendientes de un solo grupo planetario de seres humanos.

—Exactamente.

—Basándose en ciertas pruebas de nuestra historia y ciertos documentos que nosotros consideramos sagrados y que no pueden ser mostrados a quien no haya nacido en la Tierra, mi pueblo cree que la Tierra fue la cuna de toda la humanidad.

—Yo opino lo mismo, y le pido que me ayude a demostrárselo a toda la Galaxia.

—Es usted muy optimista… ¿Cómo piensa hacer eso?

—Su Excelencia, estoy convencido de que en esas áreas de su planeta que actualmente están afectadas por la radiactividad quedan muchos artefactos y restos arquitectónicos primitivos. La antigüedad de esos restos podría ser calculada con toda exactitud a partir de su estado actual de desintegración radiactiva, y comparando…

—Me temo que eso es totalmente imposible —le interrumpió el Primer Ministro meneando la cabeza.

—¿Por qué es imposible? —preguntó Arvardan, y la sorpresa le hizo fruncir el ceño.

—En primer lugar debo preguntarle qué es lo que espera lograr, doctor Arvardan —replicó el Primer Ministro sin inmutarse—. Si demuestra que está en lo cierto y aun suponiendo que su demostración logre convencer a todos los mundos, ¿qué importa que hace un millón de años todos ustedes fueran terrestres? Después de todo, hace mil millones de años todos éramos simios, y sin embargo actualmente no consideramos que los monos sean parientes nuestros.

—Vamos, Su Excelencia… La comparación es absurda.

—De ninguna manera. ¿Acaso no le parece lógico suponer que los terrestres han llegado a cambiar de tal manera durante su prolongado aislamiento y, sobre todo, debido a la continua influencia de la radiactividad, que ahora forman una raza totalmente diferenciada de sus primos emigrados?

Arvardan se mordió el labio inferior.

—Sus enemigos estarían encantados al verle argumentar con tanto entusiasmo en favor suyo —contestó de mala gana.

—Lo hago precisamente porque me pregunto qué dirán. Bien, está claro que no conseguiríamos nada…, salvo quizá exacerbar el odio que ya se siente contra nosotros.

—¡Pero no hay que olvidar los intereses de la ciencia pura! —protestó Arvardan—. El progreso de los conocimientos…

—Lamento sinceramente verme obligado a obstaculizar esa noble causa —dijo el Primer Ministro poniéndose muy serio—. Voy a hablarle como un ciudadano del Imperio que está conversando con un igua personalmente yo le ayudaría con mucho gusto, pero mi pueblo es una raza terca y orgullosa que se ha encerrado en sí misma durante siglos debido a…, a las lamentables actitudes que ciertas partes de la Galaxia han adoptado contra nosotros. Los terrestres tienen ciertos tabúes, ciertas costumbres establecidas que ni tan siquiera yo podría violar.

—Y las zonas radiactivas…

—Son uno de los tabúes más importantes y estrictamente observados. Aunque le otorgase permiso para investigar en ellas, y le confieso que me siento tentado de hacerlo, lo único que conseguiríamos con eso sería provocar motines y disturbios que no sólo pondrían en peligro su vida y las de los miembros de su expedición, sino que a la larga harían que la Tierra sufriese alguna clase de sanción disciplinaria impuesta por el Imperio. Si permitiese que eso ocurriera estaría traicionando las responsabilidades de mi cargo y la confianza que mi pueblo ha depositado en mí.

—Pero estoy dispuesto a adoptar todas las precauciones razonables. Si quisiera enviar observadores para que me acompañen… Y, naturalmente, también puedo comprometerme a consultar con usted antes de publicar los resultados obtenidos durante las investigaciones sean cuales sean éstos.

—Me está tentando, doctor Arvardan —replicó el Primer Ministro—. Es un proyecto muy interesante, desde luego… Pero aun suponiendo que no tomáramos en cuenta al pueblo, me temo que sobrestima mi poder. No soy un gobernante absoluto. De hecho, mi poder se encuentra muy limitado…, y todos los asuntos deben ser sometidos a la consideración de la Sociedad de Ancianos antes de que se pueda tomar una decisión definitiva.

—Es una situación realmente lamentable —dijo Arvardan, y meneó la cabeza—. El Procurador ya me previno acerca de los obstáculos con los que me enfrentaría, pero aun así esperaba que… ¿Cuándo podrá consultar a su legislatura?

—La asamblea de la Sociedad de Ancianos se reunirá dentro de tres días. No tengo poder para alterar el orden del día, de modo que quizá transcurran unos días más antes de que el asunto pueda ser discutido…, digamos que una semana.

Arvardan asintió distraídamente.

—Tendré que resignarme a esperar. Por cierto, Su Excelencia, cambiando de tema…

—¿Sí?

—En su planeta hay un científico al que me gustaría conocer…, un tal doctor Shekt, de Chica. Yo estuve en Chica, pero mi estancia duró muy poco tiempo y me marché de manera bastante precipitada, por lo que me gustaría reparar esa omisión. Tengo la seguridad de que el doctor Shekt es un hombre muy ocupado, y le agradecería que me proporcionara una carta de presentación.

El rostro del Primer Ministro había adoptado una expresión visiblemente adusta, y guardó silencio durante unos momentos antes de hablar.

—¿Podría explicarme para qué desea ver al doctor Shekt? —preguntó por fin.

—Por supuesto, Su Excelencia. Leí un artículo acerca de un aparato que ha diseñado y al que creo llama sinapsificador. Tiene relación con la neuroquímica cerebral, y quizá pueda resultar de algún interés para otro proyecto mío. He hecho algunos trabajos sobre la clasificación de la humanidad a través de los grupos encefalográficos…, los distintos tipos de corrientes cerebrales, como supongo ya sabrá.

—Sí, he oído algunos comentarios acerca del invento del doctor Shekt. Creo recordar que no tuvo éxito.

—Bien, quizá no; pero el doctor Shekt es un experto en la materia, y probablemente podría ayudarme en mis trabajos.

—Comprendo… De acuerdo, haré que le preparen inmediatamente una carta de presentación. No debe mencionar en ningún momento sus intenciones de explorar las Zonas Vedadas, naturalmente.

—Por supuesto, Su Excelencia —asintió Arvardan, y se puso en pie—. Le agradezco su cortesía y su comprensión, y espero que el Consejo de Ancianos trate mi proyecto con espíritu tolerante.

El secretario entró apenas Arvardan hubo salido de la habitación, y sus labios se curvaron en esa sonrisa fría y cruel tan característica de él.

—Muy bien —comentó—. Se ha portado estupendamente, Su Excelencia.

El Primer Ministro le observó con expresión sombría.

—¿Qué significa eso último que me dijo respecto a Shekt? —preguntó.

—¿Está intrigado? Hace mal, ya que todo marcha magníficamente. Supongo que se fijaría en su falta de insistencia cuando vetó su proyecto, ¿no? ¿Cree que es la reacción lógica en un científico que ha invertido todo su entusiasmo en algo que ve obstaculizado de repente sin que haya motivos razonables para ello, o es más bien la reacción de alguien que está representando un papel y que se siente aliviado al verse liberado de él? Ah, también tenemos otra extraña coincidencia… Schwartz huye y se dirige a Chica. AL día siguiente Arvardan se presenta aquí, y después de soltar un no muy entusiástico discurso sobre su expedición menciona como por casualidad que piensa ir a Chica para visitar a Shekt.

—¿Pero por qué lo dijo, Balkis? Me parece una estupidez por su parte.

—Se lo dijo porque usted consiguió inspirarle confianza. Póngase en su situación, Su Excelencia… Él se imagina que no sospechamos nada, y en una situación así la audacia siempre acaba alzándose con el triunfo. Va a ver a Shekt. ¡Muy bien! Le informa con toda franqueza de sus propósitos, e incluso le solicita una carta de presentación. ¿Qué mejor garantía puede ofrecerle sobre la honestidad y la inocencia de sus intenciones? Y esto saca a relucir otro problema, desde luego… Es posible que Schwartz descubriese que estaba siendo vigilado, y quizá mató a Natter; pero no tuvo tiempo para prevenir a los otros, porque en tal caso esta comedia habría sido representada de una manera muy distinta. —El secretario entrecerró los ojos mientras iba tejiendo su telaraña—. Quién sabe cuánto tiempo transcurrirá hasta que la desaparición de Schwartz despierte sus sospechas, pero podemos calcular que no empezarán a sospechar antes de que Arvardan vaya a visitar a Shekt. Los dos caerán al mismo tiempo, y entonces les resultará mucho más difícil negar la verdad.

—¿De cuánto tiempo disponemos? —preguntó bajando la voz el Primer Ministro.

Balkis levantó la mirada y le contempló con expresión pensativa.

—El plan es flexible, y desde que descubrimos la traición de Shekt trabajamos en tres turnos que se suceden uno a otro —informó—. Todo marcha bien, y ahora sólo nos faltan los cálculos matemáticos de las órbitas necesarias. Lo que nos retrasa es el que nuestras calculadoras y ordenadores no son lo suficientemente sofisticados, pero eso ya da igual… Ahora no es más que cuestión de días.

—¡Días!

La palabra fue pronunciada con una extraña mezcla de triunfo y horror.

—¡Días! —repitió el secretario—. Pero recuerde…, una bomba apenas dos segundos antes de la hora cero bastaría para detenernos; e incluso después de la hora cero habrá un período de tiempo que oscilará entre uno y seis meses durante el que podrán tomar represalias. No olvide que la seguridad todavía no es total.

¡Días! Y entonces estallaría la guerra unilateral más increíble de toda la historia de la Galaxia, y la Tierra atacaría a todos los demás planetas.

Las manos del Primer Ministro temblaban levemente.


Arvardan volvía a viajar a bordo de un estratosférico, y su mente era un confuso torbellino de pensamientos. No parecía haber ningún motivo para creer que el Primer Ministro y los psicópatas que tenía por súbditos permitirían una invasión oficial de las zonas radiactivas, y Arvardan ya estaba preparado para esa eventualidad. No sabía por qué, pero lo cierto era que no lo había lamentado demasiado. Si le hubiese importado más habría defendido mejor su causa.

¡Y ahora estaba dispuesto a entrar ilegalmente en esas zonas, por toda la Galaxia! Armaría su nave, y si llegaba a ser necesario lucharía. Casi lo deseaba.

¡Malditos estúpidos!

¿Quienes se creían que eran?

Sí, sí, Arvardan ya sabía quiénes creían ser. Los terrestres estaban convencidos de ser los primeros seres humanos, los habitantes del planeta original…

Y lo peor de todo era que Arvardan sabía que tenían razón.

El estratosférico estaba despegando. Arvardan se hundió en el mullido respaldo del asiento. Dentro de una hora vería Chica.

Se dijo que no se trataba de que sintiera muchos deseos de volver a Chica, pero el sinapsificador podía ser importante, y ya que estaba en la Tierra podía aprovechar la ocasión. Después de partir no pensaba regresar nunca.

¡Estaba harto de aquel planeta horrible!

Ennius tenía razón.

Pero el doctor Shekt… Arvardan estudió la carta de presentación impregnada de formalidad burocrática.

Y de repente se irguió bruscamente…, o intentó hacerlo, y luchó contra la fuerza de la inercia que le apretaba contra el asiento a medida que la Tierra se alejaba y el cielo azul iba adquiriendo un color púrpura oscuro.

Había recordado el apellido de la muchacha. Se llamaba Pola Shekt.

¿Por qué lo había olvidado? Arvardan sintió una mezcla de desilusión y enfado consigo mismo. Su mente le había traicionado reteniendo el apellido de la muchacha hasta que ya era demasiado tarde.

Pero en lo más hondo de su ser algo se alegró de que hubiera ocurrido así.


14. SEGUNDO ENCUENTRO

<p>14. SEGUNDO ENCUENTRO</p>

Durante los dos meses transcurridos desde el día en que el doctor Shekt había utilizado su sinapsificador en Joseph Schwartz, el físico había cambiado por completo; no tanto en su aspecto exterior —aunque quizá estaba un poco más delgado y andaba más encorvado—, sino en su comportamiento, que se había vuelto abstraído y casi temeroso. Shekt vivía ensimismado, alejado incluso de sus colegas más íntimos, y sólo salía de aquel estado de ánimo con una desgana que resultaba evidente incluso para el observador menos atento.

Sólo podía desahogarse con Pola, quizá porque durante esos dos meses ella también se había mostrado misteriosamente distante y absorta en sí misma.

—Me están vigilando —solía decir Shekt—. Lo intuyo… ¿Conoces esa sensación, Pola? Durante el último mes ha habido varios cambios de personal en el Instituto, y los técnicos que se van siempre son aquellos a los que más aprecio y en los que creía poder confiar. Nunca me dejan a solas, siempre hay alguien rondando a mi alrededor… Ni tan siquiera me dejan escribir informes.

A veces Pola se mostraba compasiva, pero en otras ocasiones se burlaba de él.

—¿Pero qué pueden tener contra ti para hacerte todo esto? —le preguntaba—. Vamos, ni tan siquiera el experimento con Schwartz es un delito tan horrible… Como mucho se habrían limitado a darte una reprimenda, ¿no te parece?

Pero cuando contestaba el rostro de Shekt siempre parecía un poco más amarillento y consumido que antes.

—No dejarán que siga viviendo. Mis sesenta se aproximan, y no permitirán que siga viviendo…

—¿Después de todo lo que has hecho? ¡Tonterías!

—Sé demasiado, Pola, y ya no confían en mí.

—¿Sobre qué sabes demasiado?

Aquella noche Shekt estaba muy cansado, y anhelaba librarse del peso invisible que le oprimía…, y se lo contó todo. Al principio Pola no quiso creerle, y cuando por fin le creyó sólo fue capaz de quedarse inmóvil, paralizada por el horror.

Al día siguiente Pola llamó a la Casa del Estado desde una cabina de la onda comunal pública al otro extremo de la ciudad. Habló tapándose la boca con un pañuelo, y preguntó por el doctor Bel Arvardan.

No estaba allí. Creían que quizá estuviera en Bonair, a casi nueve mil kilómetros de distancia; pero al parecer el doctor Arvardan no se estaba ateniendo de una manera demasiado estricta a su itinerario inicial. Sí, esperaban que regresase a Chica, pero no sabían exactamente cuándo lo haría. ¿Quería dejar su nombre? Intentarían dar con él.

Pola cortó la comunicación, apoyó su suave mejilla sobre el cristal y se dejó reconfortar por su frescura. Sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas y enturbiados por la desilusión.

¡Estúpida, estúpida…!

Él la había ayudado, y ella prácticamente había acabado echándole a patadas. Él se había enfrentado al látigo neurónico y a algo todavía peor para salvar la dignidad de una terrestre frente a un espacial, y ella le había despreciado a pesar de todo lo que había hecho.

Los cien créditos que Pola había enviado a la Casa del Estado al día siguiente del incidente en los grandes almacenes le habían sido devueltos sin ninguna nota de acompañamiento. Cuando los recibió, Pola sintió el deseo de ir a verle para disculparse, pero tuvo miedo. La Casa del Estado estaba reservada a los no terrestres. ¿Cómo iba a entrar allí? Nunca la había visto salvo desde lejos.

Y ahora… Habría sido capaz de ir al Palacio del Procurador para…, para…

Ahora sólo él podía ayudarla. Él, un espacial capaz de hablar con los terrestres de igual a igual… Pola ni tan siquiera había sospechado que era un espacial hasta que él se lo había dicho. Era tan alto, parecía tan seguro de sí mismo… Sí, él sabría lo que había que hacer.

Y si se quería evitar la ruina de toda la Galaxia alguien tendría que saberlo.

Muchos espaciales se lo merecían, naturalmente… ¿Pero podía aplicarse esa condena a todos? ¿Podía aplicarse a las mujeres, los niños, los enfermos y los ancianos; a los espaciales buenos y generosos; a los que eran como Arvardan; a los que ni tan siquiera habían oído hablar nunca de la Tierra…; en definitiva, a todos los que eran auténticos seres humanos? Una venganza tan horrenda ahogaría para siempre en un infinito mar de sangre y carne en descomposición toda la justicia que pudiese haber en la causa de la Tierra.

Y entonces, cuando menos se lo esperaba, llegó la llamada de Arvardan.

—No puedo decírselo —murmuró el doctor Shekt meneando la cabeza.

—¡Debes hacerlo! —le suplicó Pola apasionadamente.

—¿Aquí? Es imposible… Significaría la catástrofe para los dos.

—Entonces que sea en otro lugar lejos de aquí. Yo me encargaré de hacer los arreglos.

La alegría ya le estaba acelerando el pulso. El único motivo era la ocasión de salvar a un número incontable de seres humanos, naturalmente. Pola se acordó de aquella sonrisa radiante y jovial; y se acordó de cómo Arvardan había obligado a todo un coronel de las Fuerzas del Imperio a que le pidiera disculpas y se humillara ante ella haciéndole una reverencia…, a ella, a una terrestre que, a su vez, fue incapaz de perdonarle.

Sí, Bel Arvardan era capaz de salir triunfante en cualquier empresa.


Arvardan no podía saber nada de todo aquello, por supuesto. Se limitó a tomar la actitud de Shekt por lo que aparentaba ser: una brusca y extraña rudeza que coincidía con todo lo que había experimentado hasta aquel momento en la Tierra.

Se sentía bastante incómodo. Se encontraba en la antesala de un despacho desprovisto de vida, donde estaba muy claro que se le consideraba como a un intruso mal recibido.

Por ello, Arvardan escogió cuidadosamente sus palabras.

—Nunca se me habría pasado por la cabeza la idea de venir a molestarle si no hubiera tenido un interés profesional en su sinapsificador, doctor Shekt —dijo—. Me han informado que a diferencia de la inmensa mayoría de los terrestres, usted no es enemigo de los hombres de la Galaxia.

Al parecer era una frase inoportuna, porque el doctor Shekt reaccionó de manera bastante violenta.

—Su informante se equivoca totalmente al atribuirme alguna cordialidad especial hacia los hombres de la Galaxia como tales —replicó—. No tengo filias ni fobias de ninguna clase. Soy terrestre, y…

Arvardan tensó los labios y empezó a girar sobre sí mismo para marcharse.

—Tiene que comprenderlo, doctor Arvardan —se apresuró a murmurar Shekt—. Discúlpeme si le parezco grosero, pero sinceramente no puedo…

—Comprendo —respondió el arqueólogo con voz gélida, aunque en realidad no comprendía nada—. Buenos días, doctor Shekt.

—El peso de mi trabajo… —murmuró el doctor Shekt con una débil sonrisa.

—Yo también estoy muy ocupado, doctor.

Se volvió hacia la puerta, maldiciendo interiormente a todos los terrestres, y se acordó involuntariamente de algunos de los numerosos tópicos que circulaban por su mundo natal, y de refranes como «Encontrar amabilidad en la Tierra es como buscar vino en un océano» o «Un terrestre te dará cualquier cosa siempre que no cueste nada y valga menos».

Su brazo ya había interrumpido el rayo de la célula fotoeléctrica que controlaba la apertura de la puerta cuando oyó un rápido taconeo detrás de él, y un susurro llegó a sus oídos. Le metieron un trozo de papel en la mano, y cuando se volvió Arvardan sólo alcanzó a ver una silueta vestida de rojo que ya estaba desapareciendo.

Subió al vehículo de superficie que había alquilado y no desplegó el papel que tenía en la mano hasta estar dentro de él.

«Vaya al Gran Teatro a las ocho de la noche —estaba escrito en el papel—. Asegúrese de que no le siguen.»

Arvardan frunció el ceño. Releyó el mensaje cinco veces, y después lo estudió como si esperase que una tinta invisible se volviese visible. Lanzó una rápida mirada involuntaria por encima del hombro. La calle estaba desierta. Arvardan alzó la mano para arrojar aquel mensaje ridículo por la ventanilla, titubeó y acabó guardándoselo en el bolsillo de la chaqueta.

Evidentemente, si aquella noche hubiera tenido algo que hacer aparte de lo que se le pedía en el mensaje, el asunto hubiese terminado allí —y probablemente la existencia de muchos miles de billones de seres humanos habría llegado a su fin con él—; pero dio la casualidad de que Arvardan no tenía ningún compromiso.

Y, además, se preguntó si la nota no habría sido enviada por…


A las ocho Arvardan avanzaba lentamente entre una larga hilera de vehículos de superficie por la carretera serpenteante que al parecer conducía al Gran Teatro. Había preguntado una sola vez qué camino debía seguir, y el peatón interrogado le había mirado con cierta desconfianza (al parecer ningún terrestre estaba totalmente libre de la plaga de la suspicacia), y le había contestado en un tono bastante seco que bastaría con que siguiera a los otros vehículos.

Según parecía, todos aquellos vehículos iban al teatro, porque cuando llegó allí vio que iban siendo devorados uno a uno por la boca abierta del garaje subterráneo. Se separó de la hilera de vehículos y pasó lentamente por delante de la fachada del teatro, esperando que se resolviese el enigma.

De repente, una silueta esbelta bajó corriendo por la rampa para peatones y se asomó por la ventanilla. Arvardan se sorprendió, pero la portezuela ya había sido abierta y la figura ya se había metido dentro del vehículo con un solo y ágil movimiento.

—Disculpe, pero… —empezó a decir Arvardan.

—No hable —respondió la figura agazapada en el asiento—. ¿Le han seguido?

—¿Tendrían que haberlo hecho?

—Déjese de chistes. Siga adelante y doble cuando yo se lo indique. Vamos, ¿a qué está esperando?

Arvardan reconoció la voz. La capucha del traje había caído sobre los hombros, y podía ver la cabellera castaña. Los ojos oscuros le miraban fijamente.

—Será mejor que arranque —murmuró Pola.

Arvardan obedeció, y durante un cuarto de hora la muchacha permaneció callada salvo por alguna lacónica indicación ocasional. Arvardan la miraba de reojo, y pensó con súbito placer que era todavía más hermosa de cómo la recordaba. Era extraño, pero ya no sentía ningún rencor hacia ella.

Se detuvieron —o, mejor dicho, Arvardan detuvo el vehículo a indicación de la muchacha— en una esquina de un distrito residencial poco transitado. Después de una espera cautelosa, Pola le hizo una seña para que volviera a poner en marcha el vehículo, y doblaron por otro camino que terminaba en la rampa de entrada a un garaje particular.

La puerta se cerró detrás de ellos, y la luz interior del vehículo pasó a ser la única fuente de iluminación.

Pola estaba muy seria.

—Doctor Arvardan, lamento haber tenido que hacer todo esto para poder hablar con usted en privado —dijo mirándole fijamente—. Ya sé que el concepto que se ha formado de mí no puede ser peor, pero…

—No piense eso —respondió él, sintiéndose un poco turbado.

—Debo pensarlo. Quiero que me crea cuando le digo que soy totalmente consciente de lo mal que me comporté aquella noche. No encuentro palabras para disculparme y…

—Por favor… —rogó Arvardan desviando la mirada—. Yo también podría haber sido un poco más diplomático.

—Bien… —Pola hizo una pausa para tratar de recobrar un mínimo de compostura—. No le he traído aquí por eso, ¿sabe? Usted es el único no terrestre que he conocido en toda mi vida. Sé que es capaz de ser noble y bueno…, y necesito su ayuda.

Arvardan sintió un escalofrío. «¿Qué significa todo esto?», se preguntó.

—¡Oh! —exclamó, resumiendo todos sus pensamientos en aquel lacónico monosílabo.

—No, doctor Arvardan, no se trata de mí —dijo ella—. Se trata de toda la Galaxia. No tiene nada que ver conmigo, se lo aseguro… ¡Nada!

—Bien, ¿de qué se trata entonces?

—En primer lugar… Creo que no nos ha seguido nadie, pero si oye algún ruido le ruego que…, que… —La muchacha bajó la mirada—. Le ruego que me rodee con sus brazos y…, y… Bueno, ya sabe…

Arvardan asintió.

—Creo que seré capaz de improvisar sin ninguna dificultad —dijo secamente—. ¿Es necesario que espere a oír algún ruido?

—No se lo tome a broma, por favor, y no malinterprete mis intenciones —rogó ella, ruborizándose—. Sería la única forma de evitar que sospecharan el verdadero propósito por el que estamos aquí. Es lo única excusa que resultaría convincente, ¿comprende?

—¿Tan grave es el asunto? —preguntó Arvardan en voz baja y un poco más afable.

La contempló con curiosidad. Tenía un aspecto tan joven y delicado… Y, sin saber muy bien por qué, Arvardan pensó que era muy injusto. Nunca se había comportado de manera irracional, y siempre se había enorgullecido de ello. Era un hombre de emociones intensas y poderosas, pero luchaba con ellas y las vencía…, y ahora experimentaba la necesidad impulsiva casi irresistible de proteger a aquella muchacha simplemente porque parecía estar tan desvalida.

—Es algo muy grave —dijo Pola—. Voy a contarle algo, y sé que al principio no me creerá; pero le pido que intente creerlo. Quiero que se convenza de que soy totalmente sincera y, sobre todo, espero y deseo que después de haber oído lo que le voy a contar tomará la decisión de ayudarnos en todo cuanto pueda. ¿Lo intentará? Le concederé un cuarto de hora, y si después de ese plazo cree que no soy merecedora de su confianza o que no vale la pena que se preocupe por lo que pueda ocurrirme…, entonces me iré y lo daremos todo por terminado.

—¿Un cuarto de hora? —preguntó Arvardan. Una sonrisa involuntaria curvó sus labios, y se quitó el reloj de pulsera y lo colocó delante de él—. De acuerdo.

Pola entrelazó las manos sobre el regazo y clavó la mirada en el parabrisas y en lo que había más allá de él, a pesar de que sólo se podía ver la pared desnuda del garaje.

Arvardan la estudió con expresión pensativa. Observó la curva suave y delicada de su mentón que contradecía la firmeza que ella intentaba darle, la nariz recta y fina y el peculiar color saludable de su tez, tan característico de la Tierra.

Se dio cuenta de que ella le estaba observando por el rabillo del ojo. Pola se apresuró a dejar de hacerlo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Arvardan.

Pola se volvió lentamente hacia él y se mordió el labio inferior con dos dientes.

—Le estaba observando.

—Sí, ya lo había notado… ¿Tengo sucia la nariz?

—No —respondió ella, y sonrió por primera vez desde que había subido al vehículo de superficie. Arvardan percibía con absurda nitidez hasta los más mínimos detalles concernientes a la muchacha, incluso la forma en que su cabellera parecía ondularse graciosamente cada vez que sacudía la cabeza—. No, es sólo que desde…, desde aquella noche me he estado preguntando por qué no usa las ropas impregnadas de plomo. Eso fue lo que me despistó, ¿comprende? Los espaciales siempre parecen sacos de patatas…

—¿Y yo no tengo ese aspecto?

—¡Oh, no! —exclamó ella, repentinamente entusiasmada—. Usted parece una…, una estatua de mármol de la antigüedad, con la diferencia de que está muy vivo. Disculpe, estoy diciendo impertinencias…

—En realidad, lo que quiere decir es que yo la considero como una terrestre más que no sabe mantenerse en el sitio que le corresponde, ¿verdad? Tendrá que ir borrando de su mente ese concepto que se ha formado de mí o nunca podremos ser amigos… Verá, no creo en la superstición de la radiactividad. He medido la radiactividad atmosférica de la Tierra, y he hecho experimentos de laboratorio con animales. Estoy convencido de que en circunstancias ordinarias la radiación no me hará ningún daño. Hace dos meses que estoy aquí, y todavía no me siento enfermo. No se me cae el pelo —Arvardan tiró de un mechón—, y no se me ha hundido el estómago. Dudo mucho que mi fertilidad corra peligro, aunque confieso que he tomado una pequeña precaución al respecto…, pero la ropa interior impregnada de plomo no se ve.

Arvardan habló en un tono muy serio, y la muchacha volvió a reírse.

—Me parece que está un poco chiflado —comentó.

—¿De veras? Le sorprendería saber a cuántos arqueólogos famosísimos y muy inteligentes les han dicho lo mismo…, y en discursos muy largos.

—Bien, ¿me escuchará? —preguntó ella de repente—. Ya ha pasado el cuarto de hora.

—¿Qué opina usted? Me refiero a la locura de la que hablaba…

—Bueno, es probable que esté chiflado. De lo contrario no seguiría sentado aquí…, y menos después de lo que he hecho.

—¿Cree que necesito hacer un gran esfuerzo de voluntad para seguir sentado a su lado? —preguntó él en voz baja—. Si lo cree está muy equivocada, Pola. ¿Sabe una cosa? Creo que nunca había visto a una muchacha tan bonita, y hablo con toda sinceridad.

Pola alzó rápidamente la mirada hacia él, y Arvardan vio el temor reflejado en sus ojos.

—No, por favor… No he venido a buscar eso. ¿No me cree?

—Sí, Pola. Dígame lo que quiera decirme. Creeré en ello y la ayudaré.

Arvardan estaba totalmente convencido de lo que acababa de decir, y en ese momento habría aceptado con entusiasmo que Pola le encomendara la misión de derrocar al Emperador. Nunca había estado enamorado antes…, y al llegar a ese punto detuvo de repente el discurrir de sus pensamientos. Nunca había utilizado aquella palabra con anterioridad. ¿Enamorado de una terrestre?

—¿Ha visto a mi padre, doctor Arvardan?

—¿El doctor Shekt es su padre? Llámeme Bel, por favor, y yo la llamaré Pola.

—Si así lo desea… Intentaré complacerle. Supongo que se enojó mucho con él, ¿no?

—No estuvo muy amable.

—No podía estarlo —dijo ella—. Estaba siendo vigilado, ¿entiende? Ya habíamos decidido que se libraría de usted lo más pronto posible y que yo le citaría aquí. Vivimos aquí, ¿sabe? Bien… La Tierra está a punto de sublevarse —añadió bajando el tono de voz hasta convertirla en un susurro.

Arvardan no pudo contener un estallido de hilaridad.

—¿De veras? —preguntó poniendo los ojos como platos—. ¿Toda la Tierra?

—¡No se ría de mí! —exclamó Pola, súbitamente furiosa—. Prometió que me escucharía y que me creería. La Tierra está a punto de sublevarse, y eso es muy grave porque nuestro planeta puede destruir a todo el Imperio.

—¿Usted cree? —preguntó Arvardan, conteniendo con éxito el impulso de soltar otra carcajada—. Pola, ¿qué tal se le daba la galactografía cuando era pequeña?

—Era una de las primeras de mi clase, profesor. ¿Pero qué importancia tiene eso?

—Tiene la siguiente, Pola: el volumen de la Galaxia es de varios millones de años luz cúbicos. Contiene doscientos millones de planetas habitados, y la población aproximada es de quinientos mil billones de personas. ¿Cierto?

—Si usted lo dice, supongo que sí.

—Le aseguro que es así. Ahora bien, la Tierra es un planeta con veinte millones de habitantes, y se encuentra terriblemente desprovisto de recursos. En otras palabras, que hay veinticinco mil millones de ciudadanos de la Galaxia por cada terrestre. ¿Qué daño puede hacer la Tierra con un promedio de veinticinco mil millones de probabilidades contra una?

Pola pareció dudar durante unos momentos, pero enseguida recuperó su firmeza anterior.

—No puedo contestar a eso, Bel, pero mi padre sí puede hacerlo —dijo poniéndose muy seria—. No me ha explicado los detalles cruciales porque afirma que eso pondría en peligro mi vida, pero si usted me acompaña lo hará. Me ha explicado que la Tierra ha descubierto un método para barrer toda la vida fuera de nuestro planeta, y mi padre no puede estar equivocado… Siempre ha acertado en todo.

Las mejillas de la muchacha estaban un poco ruborizadas por la emoción, y Arvardan sintió el deseo de acariciarlas. (Pero cuando la había tocado antes la experiencia le había resultado muy desagradable, ¿no? ¿Qué le estaba ocurriendo?)

—¿Ya son más de las diez? —preguntó Pola.

—Sí —respondió él.

—Entonces ya debe de estar arriba…, si no le ha ocurrido nada. —Miró a su alrededor y sufrió un estremecimiento involuntario—. Podemos entrar en la casa directamente desde el garaje, y si me acompaña…

Pola ya tenía la mano sobre el botón que abría la portezuela del vehículo cuando se quedó paralizada.

—Alguien se acerca —murmuró con voz enronquecida—. Oh, deprisa…

El resto no pudo oírse, pero a Arvardan no le resultó difícil recordar las instrucciones que le había dado la muchacha. Sus brazos la rodearon rápidamente, y un instante después ya tenía su peso cálido y palpitante apoyado en el pecho. Los labios de ella se estremecieron bajo los de él, mares ilimitados de dulzura…

Durante diez segundos Arvardan intentó mirar por el rabillo del ojo en un esfuerzo por ver el primer rayo de luz y trató de captar la primera pisada, pero después todo fue barrido por las sensaciones maravillosas de aquel momento. Las estrellas le cegaron, y quedó ensordecido por el palpitar de su propio corazón.

Los labios de la muchacha se separaron de los suyos, pero Arvardan volvió a buscarlos sin tratar de disimular lo que hacía…, y los encontró. La estrechó entre sus brazos, y la muchacha pareció fundirse en ellos hasta que los latidos de su corazón se acompasaron a los del corazón de Arvardan.

Tardaron mucho rato en separarse, y después se quedaron inmóviles un momento descansando mejilla contra mejilla.

Arvardan no había estado enamorado nunca, y aquella vez no le asustó usar la palabra. ¿Qué importancia tenía? Terrestre o no, la Galaxia nunca podría volver a producir una criatura tan hermosa como Pola.

—Debe de haber sido un ruido de la calle —comentó Arvardan por fin, aún no repuesto de la embriaguez de su dicha.

—No —susurró ella—. No había oído ningún ruido.

—¡Pequeño demonio…! —exclamó él. La apartó a un brazo de distancia y la miró fijamente, pero Pola no bajó la vista—. ¿Hablas en serio?

—Quería que me besaras —respondió Pola con los ojos iluminados por la felicidad—. No me arrepiento.

—¿Crees que yo lo lamento? Bueno, entonces vuelve a besarme…, y ahora sólo porque quiero que me beses, ¿de acuerdo?

Hubo otro largo período de ensoñación, y de repente Pola se apartó de él y empezó a ordenar su peinado y a arreglarse el cuello del vestido con movimientos tan precisos como tranquilos.

—Será mejor que entremos en casa —dijo—. Apaga la luz del vehículo. Tengo un lápiz-linterna de bolsillo.

Arvardan bajó del vehículo detrás de ella, y la repentina oscuridad convirtió la silueta de Pola en una sombra confusa recortada contra el punto de luz que brotaba de su diminuta linterna.

—Será mejor que me cojas de la mano —dijo la muchacha—. Tenemos que subir una escalera.

—Te amo, Pola —susurró Arvardan detrás de ella. Le había resultado inesperadamente fácil confesarlo…, y sonaba muy bien—. Te amo, Pola —repitió.

—Apenas me conoces —murmuró ella.

—No, te he conocido durante toda mi vida. ¡Te lo juro! Durante toda mi vida… Pola, te juro que hace dos meses que pienso en ti y que sueño contigo.

—Soy terrestre.

—Pues entonces yo también lo seré. Ponme a prueba si no me crees…

Arvardan la detuvo e hizo girar suavemente la mano de Pola hasta que el haz luminoso de la linterna iluminó su rostro sonrojado surcado por las lágrimas.

—¿Por qué lloras?

—Porque cuando mi padre te cuente lo que sabe descubrirás que no puedes amar a una terrestre.

—Bueno, también puedes ponerme a prueba en eso.


15. LAS VENTAJAS PERDIDAS

<p>15. LAS VENTAJAS PERDIDAS</p>

Arvardan y Shekt se encontraron en una habitación del segundo piso de la casa. Las ventanas habían sido polarizadas para obtener la más completa opacidad. Pola permanecía abajo, alerta y vigilante en el sillón desde el que dominaba la calle oscura y desierta.

La silueta encorvada de Shekt produjo en Arvardan una impresión distinta de la que había percibido diez horas antes. El rostro del físico seguía estando macilento e inmensamente cansado, pero la expresión incierta y temerosa de antes había sido sustituida por otra de desafío tan tozudo que casi rozaba la desesperación.

—Debo pedirle disculpas por la forma en que le traté esta mañana, doctor Arvardan —empezó diciendo Shekt con voz firme—. Esperaba que comprendiese que…

—Debo confesar que no lo entendí, doctor Shekt, pero ahora creo comprender.

Shekt se sentó frente a la mesa y señaló la botella de vino que había encima de ella. Arvardan hizo un gesto negativo con las manos.

—Si no tiene inconveniente probaré la fruta. ¿Qué es esto? Me parece que no había visto nunca nada parecido…

—Es una especie de naranja —dijo Shekt—. Creo que no crece fuera de la Tierra. Resulta bastante fácil de pelar.

Le hizo una demostración, y Arvardan hundió los dientes en su jugosa pulpa después de haberla olisqueado con curiosidad. El sabor era tan exquisito que le hizo lanzar una exclamación ahogada.

—¡Es deliciosa, doctor Shekt! ¿Nunca han intentado exportar estos productos?

—La Sociedad de Ancianos no es partidaria de comerciar con los espaciales —murmuró el biofísico con expresión entristecida—, y a nuestros vecinos de la Galaxia tampoco les hace mucha gracia la idea de comerciar con nosotros. Éste no es más que un aspecto de nuestros problemas, doctor Arvardan.

Arvardan se sintió repentinamente dominado por un arranque de cólera.

—¡Qué estupidez! Le aseguro que cuando veo lo que puede llegar a haber en las mentes de los seres humanos desespero de la inteligencia de la raza humana.

Shekt se encogió de hombros con la tolerancia que da el estar acostumbrado a una situación desde hace mucho tiempo.

—Me temo que eso es una parte del problema general de los prejuicios antiterrestres…, un problema que es casi imposible de resolver.

—Pero lo que hace que resulte casi imposible de resolver es que nadie parece querer resolverlo —exclamó el arqueólogo—. ¿Cuántos terrestres reaccionan ante esta situación odiando indiscriminadamente a todos los ciudadanos galácticos? Es una plaga casi universal…, odio por odio. ¿Quiere realmente su pueblo que exista igualdad y tolerancia mutua? ¡No! Lo que desea la inmensa mayoría de los terrestres es invertir la situación actual.

—Quizá haya mucho de cierto en lo que dice —asintió Shekt con amargura—, y no puedo negarlo; pero ésa no es toda la historia. Si se nos diese la oportunidad llegaría a existir una nueva generación de terrestres inteligentes, desprovistos de prejuicios localistas y fervorosamente convencidos de que sólo existe una raza humana. Los asimilacionistas eran tolerantes y tenían fe en las soluciones justas, y han ejercido muchas veces el poder en la Tierra. Yo soy asimilacionista…, o por lo menos lo fui en tiempos. Pero ahora toda la Tierra está gobernada por los celotes, nacionalistas extremistas con la cabeza llena de ilusiones de dominio pasado y dominio futuro. El Imperio debe ser protegido contra ellos.

—¿Se refiere a la revuelta de la que me habló Pola? —preguntó Arvardan frunciendo el ceño.

—Doctor Arvardan, convencer a alguien de algo aparentemente tan ridículo como es el que la Tierra pueda llegar a conquistar toda la Galaxia resulta una tarea muy difícil…, pero es cierto —dijo Shekt poniéndose muy serio—. No tengo ninguna vocación de héroe, y sí grandes deseos de vivir. En consecuencia, supongo que podrá imaginarse hasta qué extremos de inmensidad ha de llegar la crisis que nos amenaza para que alguien como yo se arriesgue a cometer delito de traición cuando ya está siendo vigilado por las autoridades locales.

—Bien, si se trata de algo tan grave será mejor que le informe de mi postura antes de que empiece a hablarme de ello —replicó Arvardan—. Le ayudaré en todo lo posible, pero sólo como ciudadano de la Galaxia. No tengo ninguna autoridad oficial, y carezco de influencia especial en la corte o incluso en el Palacio del Procurador. Soy exactamente lo que aparento ser: un arqueólogo que ha venido aquí para organizar una expedición científica en la que sólo están en juego mis intereses particulares. Si está dispuesto a llegar a la traición, ¿no cree que sería mejor que hablara de ello con el Procurador Ennius? Él sí está en condiciones de hacer algo al respecto.

—Eso es precisamente lo que no puedo hacer, doctor Arvardan —dijo Shekt—, y es justo lo que los Ancianos me impiden hacer. Cuando vino a verme esta mañana a mi laboratorio llegué a pensar que quizá fuese un intermediario… Pensé que Ennius sospechaba algo, ¿entiende?

—Quizá sospeche algo, y me temo que no puedo confirmarlo o negarlo, pero no soy ningún intermediario…, y lo lamento. Pero si insiste en convertirme en su confidente, puedo prometerle que iré a ver al Procurador Ennius y que le hablaré en su nombre.

—Gracias. Es todo lo que le pido. Eso…, y que utilice su influencia para evitar que la Tierra sufra una represalia excesivamente severa por parte del Imperio.

—Puede contar con ello —asintió Arvardan.

Se sentía intranquilo. Estaba convencido de que trataba con un anciano excéntrico y algo paranoico que quizá fuese inofensivo, pero que no cabía duda estaba totalmente desequilibrado; pero no le quedaba otro recurso que permanecer allí, escuchar y tratar de imponer algo de calma en aquella locura…, por el bien de Pola.

—¿Ha oído hablar del sinapsificador, doctor Arvardan? —preguntó Shekt—. Esta mañana se refirió al aparato.

—Sí. Leí el artículo que publicó en la revista Estudios de física, y hablé del sinapsificador con el Procurador Ennius y con el Primer Ministro.

—¿Habló de él con el Primer Ministro?

—Sí. Cuando obtuve la carta de presentación a la que usted se…, se negó a hacer caso.

—Lamento lo ocurrido, pero hubiese preferido que usted no… Bien, ¿qué sabe acerca del sinapsificador?

—Que es un fracaso muy interesante. Es un aparato concebido y diseñado para aumentar la capacidad de aprendizaje, y ha tenido algún éxito con las ratas, pero no ha dado ningún resultado con los seres humanos.

—Sí, eso es lo que se desprende de la lectura del artículo —murmuró Shekt con expresión preocupada—. Se anunció como un fracaso, y los resultados eminentemente favorables fueron ocultados de manera deliberada.

—Eso me parece una manifestación muy extraña de la ética científica, doctor Shekt.

—Sí, confieso que lo es… Pero tengo cincuenta y seis años, doctor Arvardan, y si sabe usted algo sobre las Costumbres de la Tierra comprenderá que ya no me queda mucho tiempo de vida.

—Los Sesenta, ¿no? Sí, oí hablar de esa Costumbre por casualidad…, y más de lo que me habría gustado. —Pensó con amargura en el primer viaje a bordo del estratosférico—. Pero tengo entendido que hacen excepciones con los científicos más destacados.

—Es cierto, pero quienes toman la decisión en esos casos son el Primer Ministro y el Consejo de Ancianos, y sus dictámenes son inapelables…, ni tan siquiera ante el Emperador. Me dijeron que el precio de mi vida sería que mantuviese un secreto absoluto respecto al sinapsificador y que me esforzara al máximo para mejorarlo. —El anciano hizo un gesto de impotencia—. ¿Cómo podía sospechar entonces cuáles serían los resultados y el destino que darían al sinapsificador?

—¿Cuál es ese destino del que habla? —preguntó Arvardan.

Sacó un cigarrillo de su pitillera y se la ofreció a Shekt, quien la rechazó.

—Enseguida lo sabrá… Mis experimentos habían llegado a un punto en el que decidí que el instrumento podía ser aplicado sin peligro a los seres humanos, y entonces algunos biólogos de la Tierra fueron sometidos a tratamiento con el sinapsificador. En todos los casos se trataba de simpatizantes de los celotes…, de los extremistas, ¿comprende? Todos sobrevivieron, aunque pasado un tiempo se manifestaron algunos efectos secundarios. En una ocasión me devolvieron a uno para que fuese atendido lo mejor posible. No conseguí salvar su vida, pero durante su delirio de moribundo me lo contó todo.

Ya casi era medianoche. El día había sido muy largo, y habían ocurrido muchas cosas; y Arvardan sintió un estremecimiento de impaciencia agitándose en su interior.

—Será mejor que vaya al grano —dijo con voz tensa.

—Le ruego que tenga paciencia —replicó Shekt—. Si quiero conseguir que me crea tendré que darle una explicación lo más detallada posible. Usted ya conoce las peculiaridades del entorno terrestre, naturalmente…, la radiactividad y…

—Sí, he estudiado ese problema.

—¿Y conoce el efecto que la radiactividad ha producido sobre la Tierra y su economía?

—Sí.

—Bien, entonces no insistiré en ello. Bastará con que le diga que en la Tierra el promedio de mutaciones es superior al del resto de la Galaxia, por lo que la idea de que los terrestres son distintos, que tanto obsesiona a nuestros enemigos, tiene cierta base de verdad en el aspecto físico. En realidad, las mutaciones son escasas, y la mayoría no tienen ningún valor añadido de cara a la supervivencia. Si ha ocurrido algún cambio permanente en los terrestres, únicamente está relacionado con ciertos aspectos de la química interna que les permiten resistir mejor las condiciones del ambiente en el que viven. Los terrestres manifiestan mayor resistencia a los efectos de la radiación, sus tejidos se recuperan más rápidamente de las quemaduras…

—Ya estoy al corriente de todo lo que me está contando, doctor Shekt.

—Bien, ¿y se le ha ocurrido pensar alguna vez que esos procesos de mutación también se producen en otras especies vivientes de la Tierra que no son la humana?

Hubo un corto silencio.

—No, no lo había pensado —murmuró Arvardan—, aunque ahora que lo menciona comprendo que es una conclusión lógicamente inevitable.

—Así es. Ocurre, y en la Tierra hay una variedad de animales domésticos superior a la de los otros mundos habitados. La naranja que ha comido es una nueva especie mutante que no existe en ningún otro lugar, y ése es uno de los motivos que hacen que nuestras frutas no resulten adecuadas para la exportación. Los espaciales desconfían de ellas tanto como de nosotros…, y nosotros mismos tendemos a reservarlas para nuestro uso considerándolas una propiedad exclusiva y valiosa. Lo que se aplica a las plantas y los animales también es de aplicación a la vida microscópica, naturalmente.

Y Arvardan experimentó el primer estremecimiento de miedo.

—¿Se refiere a…, a las bacterias? —preguntó.

—Me refiero a todo el campo de la vida primitiva: protozoarios, bacterias y las proteínas de autorreproducción que algunos llaman virus.

—¿Y dónde quiere llegar?

—Me parece que usted ya lo sospecha, doctor Arvardan. Veo que está súbitamente interesado, ¿eh? Como usted sabe, entre los ciudadanos de la Galaxia circula la idea de que los terrestres son portadores de la muerte, que relacionarse con un terrestre supone arriesgarse a morir, que los terrestres traen consigo las desgracias, que poseen una especie de mal de ojo…

—Lo sé, pero todo eso no son más que supersticiones.

—No del todo, y eso es lo peor. Al igual que todas las creencias populares y por muy supersticiosas, deformadas y pervertidas que hayan llegado a estar; en el fondo éstas también contienen una brizna de verdad. A veces un terrestre lleva en su cuerpo alguna variedad mutada de parásito microscópico que no se parece a los conocidos en otros mundos, y al que los espaciales son particularmente poco resistentes. Las consecuencias que se producen en esos casos son de biología elemental, doctor Arvardan.

Arvardan permanecía callado.

—A veces nosotros también sufrimos los efectos —siguió diciendo Shekt—. Una nueva especie de germen surge de las brumas radiactivas y una epidemia barre el planeta, pero en términos generales se puede afirmar que los terrestres conservan la inmunidad. El transcurrir de las generaciones hace que vayamos adquiriendo defensas contra todas las variedades de virus y gérmenes, y sobrevivimos. Los espaciales no tienen la oportunidad de adquirir esas defensas.

—Eso significa que el tener contacto con usted en estos momentos… —murmuró Arvardan.

Sintió un extraño vacío helado en su interior, y echó su silla hacia atrás. Estaba pensando en los besos que había intercambiado con Pola aquella noche.

—¡No, claro que no! —respondió Shekt meneando la cabeza—. Los terrestres no creamos la enfermedad: nos limitamos a transmitirla, e incluso esa transmisión se da en muy raras ocasiones. Si yo viviese en su mundo, no sería portador de más gérmenes de los que lleva usted dentro de su organismo. No tengo ninguna afinidad especial hacia ellos, e incluso aquí sólo un germen entre billones o entre billones de billones resulta peligroso. En este momento sus probabilidades de sufrir un contagio son menores que las de que un meteorito atraviese el techo de esta casa y caiga sobre usted aplastándole…, a menos que los gérmenes en cuestión sean buscados, aislados y concentrados en un proceso meticuloso y deliberado.

Esta vez el silencio fue más prolongado.

—¿Y es eso lo que están haciendo ahora los terrestres? —preguntó Arvardan con una voz extrañamente ahogada.

Ya no pensaba que su interlocutor fuese un paranoico. Arvardan estaba dispuesto a creer en todo cuanto pudiera decirle.

—Sí. Al principio lo hicieron con fines inofensivos. Nuestros biólogos están particularmente interesados en todas las peculiaridades de la vida terrestre, claro está, y hace poco lograron aislar el virus que produce la fiebre común.

—¿Qué es la fiebre común?

—Es una enfermedad benigna endémica de la Tierra, lo cual quiere decir que nos acompaña siempre. La inmensa mayoría de los terrestres la ha padecido durante su infancia, y sus síntomas no son muy graves: un poco de fiebre, una erupción transitoria, una inflamación de las articulaciones y los labios; todo ello combinado con una sed muy molesta… La enfermedad cumple su ciclo en cuatro o cinco días, y quien la ha sufrido después queda inmunizado. Yo la tuve, Pola la tuvo… De vez en cuando aparece una epidemia más virulenta de la misma enfermedad, probablemente causada por una variedad ligeramente distinta del virus, y entonces se la conoce con el nombre de fiebre de radiación.

—La fiebre de radiación… He oído hablar de ella —comentó Arvardan.

—¿De veras? Se la llama así porque existe la idea equivocada de que es causada por haberse expuesto al efecto de las zonas radiactivas. En realidad, la entrada en las zonas radiactivas suele ser seguida por la aparición de la fiebre de radiación, pero únicamente porque es allí donde el virus tiene mayores posibilidades de sufrir mutaciones peligrosas; pero no cabe duda de que la enfermedad es producida por un virus y no por la radiación. En el caso de la fiebre de radiación, los síntomas evolucionan en unas dos horas. Los labios resultan tan afectados que el paciente apenas puede hablar, y a veces muere en pocos días.

»Y ahora llegamos al punto crucial, doctor Arvardan… El terrestre se ha adaptado a la fiebre común y el ciudadano de la Galaxia no. De vez en cuando un miembro de la guarnición imperial sufre sus efectos, y entonces reacciona igual que lo haría un terrestre a la fiebre de radiación. Lo habitual es que muera en el plazo de doce horas o menos, y después es incinerado…, por terrestres, pues cualquiera de sus compañeros que se le acercase correría la misma suerte.

»Como ya le he dicho, el virus fue aislado hace diez años. Es una nucleoproteína, al igual que la mayoría de les virus filtrables, que sin embargo posee una propiedad extraordinaria: contiene una concentración excepcionalmente elevada de carbono, azufre y fósforo radiactivos; y cuando digo “excepcionalmente elevada” me estoy refiriendo al hecho de que el cincuenta por ciento del carbono, azufre y fósforo que contiene son radiactivos. Se supone que el efecto que produce en el organismo de la persona afectada es debido en mayor parte a las radiaciones que a las toxinas. Naturalmente, parecería lógico que los terrestres, que están relativamente acostumbrados a las radiaciones gamma, sean los menos afectados… Al principio los estudios del virus se concentraron en la averiguación de cómo acumulaba sus isótopos radiactivos. Como usted sabe, no existen métodos químicos que permitan separar los isótopos excepto por procedimientos largos y engorrosos; y tampoco existe ningún organismo que pueda realizar dicha función aparte de este virus. Pero la dirección de las investigaciones no tardó en cambiar…

»Seré breve, doctor Arvardan, y creo que ya puede imaginarse el resto. Los experimentos pueden ser realizados con animales de otros planetas, pero no con los mismos espaciales. En la Tierra hay tan pocos espaciales que resultaría imposible evitar que la desaparición de algunos de ellos no despertase sospechas, y tampoco se podía permitir que los planes fuesen descubiertos prematuramente. Lo que se hizo fue someter a un grupo de bacteriólogos a los efectos del sinapsificador para dotar a sus mentes de una mayor capacidad intelectual. Esos bacteriólogos desarrollaron un nuevo enfoque matemático de la química de las proteínas y la inmunología, lo que acabó permitiendo desarrollar una variedad artificial de virus destinado a afectar a los seres humanos de la Galaxia…, pero solamente a los espaciales. Actualmente existen toneladas de virus cristalizados.

Arvardan estaba atónito y horrorizado, y podía sentir cómo las gotas de sudor se deslizaban lentamente por sus sienes y sus mejillas.

—Eso significa que la Tierra se propone diseminar esos virus por la Galaxia —murmuró—. Van a desencadenar una horrible guerra bacteriológica…

—Que nosotros no podemos perder y que ustedes no pueden ganar… Sí, exactamente. En cuanto haya estallado la epidemia cada día traerá consigo la muerte de millones de seres humanos sin que nada pueda evitarlo. Los refugiados aterrorizados que huirán por el espacio llevarán los virus con ellos, y si intentan destruir planetas enteros aun así eso permitirá que la epidemia se inicie en nuevos centros. No habrá ningún motivo para relacionar esa peste repentina con la Tierra. Cuando nuestra supervivencia empiece a resultar sospechosa, la hecatombe estará tan avanzada y la desesperación de los espaciales será tan inmensa que ya no importará.

—¿Y todos morirán?

Aquel proyecto era tan siniestro que la mente de Arvardan todavía no lograba asimilarlo.

—Quizá no. Nuestra nueva rama de la bacteriología trabaja en dos sentidos simultáneamente: también tenemos la antitoxina y los medios para producirla. Podría ser utilizada…, en el caso de una rendición inmediata. También podría haber algunos lugares apartados de la Galaxia que quizá se salvarían, e incluso podrían darse unos cuantos casos de inmunidad natural.

Shekt siguió hablando con voz cansada mientras Arvardan luchaba con el horrible desconcierto que se estaba adueñando de él, sin que se le ocurriese dudar ni por un momento de la veracidad de lo que había oído hasta el momento o poner en tela de juicio aquella macabra verdad que borraba de un solo golpe la inmensa ventaja de que hubiera veinticinco mil millones de espaciales por cada terrestre.

—La fuerza que hay detrás de todo esto no es la Tierra, sino un puñado de dirigentes pervertidos por la inmensa presión que excluyó a los terrestres de la Galaxia. Esos hombres aborrecen a quienes les segregaron, ansían vengarse a cualquier precio y odian con un ímpetu totalmente demencial. En cuanto hayan empezado, serán seguidos por el resto de la Tierra. ¿Qué otra cosa se puede hacer? Una vez esté sumida en su tremenda culpa, la Tierra tendrá que terminar lo que inició. ¿Acaso podría permitir la supervivencia de una Galaxia con las fuerzas suficientes como para devolver el golpe más tarde? Pero yo soy un ser humano antes que un terrestre, doctor Arvardan… ¿Es preciso que miles de billones de seres humanos mueran por el bien de unos cuantos millones?

Es necesario que una civilización que se ha extendido por toda la Galaxia se derrumbe únicamente para satisfacer el resentimiento de un solo planeta, por muy justificado que pueda estar ese resentimiento? ¿Y acaso estaremos mejor después de que haya ocurrido todo eso? El poder de la Galaxia seguirá residiendo en aquellos mundos que poseen los recursos necesarios, y nosotros carecemos de ellos. Es posible que los terrestres lleguen a dominar a Trántor durante una generación, pero sus hijos se convertirán en trantorianos, y despreciarán a su vez a quienes se hayan quedado en la Tierra. Y en cuanto a la humanidad, ¿qué ventaja '.c reportará sustituir la tiranía de una Galaxia por la tiranía de la Cierra? No, no… Tiene que haber una solución para todos los seres humanos, un camino que acabe llevando a la justicia y la libertad.

Se tapó el rostro con las manos, y su cabeza se balanceó lentamente en un sentido y en otro detrás de sus dedos nudosos y arrugados.

Arvardan lo había oído todo como a través de una bruma de estupor.

—No ha cometido ninguna traición, doctor Shekt —murmuró—. Iré inmediatamente al Everest. El Procurador Ennius me creerá…, tiene que creerme.

Y de repente oyeron ruido de pasos que se acercaban a la carrera. Un rostro asustado se asomó a la habitación, y la puerta quedó abierta.

—¡Papá, unos hombres se acercan por el camino!

—Deprisa, doctor Arvardan, por el garaje —dijo el doctor Shekt palideciendo—. Llévese a Pola y no se preocupe por mí —añadió empujándole con todas sus fuerzas—. Yo les detendré…

Pero cuando se volvieron se encontraron con un hombre que vestía una túnica verde. Sus labios estaban curvados en una leve sonrisa, y empuñaba con estudiada despreocupación un látigo neurónico. Hubo una lluvia de puñetazos sobre la puerta principal, seguida por un crujido y ruido de pasos.

—¿Quién es usted? —preguntó Arvardan al hombre de la túnica verde mientras se colocaba delante de Pola.

El arqueólogo intentó que su voz sonara desafiante, pero no lo consiguió del todo.

—¿Que quién soy? —replicó secamente el hombre de verde—. Oh, no soy más que el humilde secretario de Su Excelencia el Primer Ministro de la Tierra. —Dio un paso hacia delante—. Faltó poco para que esperase demasiado, pero he llegado a tiempo. Vaya, también hay una muchacha… Muy imprudente por su parte, ¿no les parece?

—Soy ciudadano galáctico —dijo Arvardan sin perder la calma—. Dudo mucho que tenga derecho a detenerme, y ni tan siquiera creo que tenga derecho a entrar en esta casa sin un documento legal emitido por la autoridad competente.

—Yo soy todo el derecho y la autoridad que existen en este planeta —dijo el secretario golpeándose suavemente el pecho con la enano libre—. Dentro de muy poco tiempo seré el derecho y la autoridad de toda la Galaxia. No sé si sabrán que todos han caído en nuestras manos…, Schwartz incluido.

—¡Schwartz! —exclamaron el doctor Shekt y Pola casi al unísono. —¿Les sorprende? Vengan conmigo y les conduciré hasta él. Lo último de que tuvo conciencia Arvardan fue de que la sonrisa se ensanchaba…, y del fogonazo del látigo neurónico. Perdió el conocimiento y se derrumbó cayendo a través de una neblina escarlata de dolor.


16. ¡ELIJA SU BANDO!

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Por el momento Schwartz intentaba descansar sin mucho éxito sobre un duro banco de una de las pequeñas celdas subterráneas de la Casa Correccional de Chica.

El Caserón, como era conocido popularmente, era el gran atributo del poder local del Primer Ministro y de su círculo. Alzaba su mole oscura sobre una escarpada elevación rocosa que dominaba el cuartel imperial situado detrás de ella, de la misma forma en que su sombra alcanzaba al delincuente terrestre extendiéndose hasta mucho más lejos de donde llegaba la autoridad del Imperio.

Durante los últimos siglos muchos terrestres habían sido encerrados entre sus muros y habían aguardado allí hasta ser juzgados por haber falsificado o incumplido las cuotas de producción, haber vivido más tiempo del autorizado por la Costumbre o haber ayudado a otro a cometer ese delito, o por haber intentado derrocar el gobierno local. Cuando el gobierno imperial cosmopolita y refinado de la época consideraba que los absurdos prejuicios de la justicia terrestre habían alcanzado un excesivo grado de ridiculez el Procurador anulaba una sentencia, pero estas actuaciones siempre provocaban insurrecciones o, por lo menos, disturbios de considerable violencia.

Lo habitual era que cuando el Consejo solicitaba la pena de muerte el Procurador accediera. Después de todo, los únicos que sufrían eran terrestres.

Joseph Schwartz no sabía nada de todo aquello, naturalmente. Lo único que él podía ver era una pequeña habitación con las paredes bañadas por una luz tenue, un mobiliario compuesto por una mesa y dos bancos bastante duros e incómodos con una especie de pequeño nicho excavado en la pared que combinaba las funciones de aseo y retrete. No había ninguna ventana que permitiera ver el cielo, y el agujero de ventilación apenas si dejaba entrar una tenue corriente de aire.

Se frotó el pelo que rodeaba su calva y se incorporó lentamente. Su intento de huir a la nada (¿pues en qué lugar de la Tierra podría haber encontrado refugio?) había sido breve y doloroso, y había terminado allí.

Bien, por lo menos podía distraerse con el contacto mental.

¿Pero eso era bueno o malo?

Durante su estancia en la granja el contacto mental sólo había sido una facultad extraña e inquietante. Schwartz no sabía nada sobre su naturaleza, y no había pensado en sus posibilidades; pero ahora parecía tratarse de un don tan amplio como indefinido que debía ser investigado.

No tener nada que hacer durante las veinticuatro horas del día como no fuera pensar en su encierro le hubiese acabado llevando al borde de la locura, pero Schwartz podía entrar en contacto mental con los carceleros que pasaban y con los guardianes de los pasillos vecinos, e incluso podía extender las antenas más largas de su mente hasta el lejano despacho del alcaide de la prisión.

Investigaba delicadamente dentro de las mentes y hurgaba en ellas. Las mentes se abrían como otras tantas nueces, cáscaras secas de las que caía una lluvia sibilante de emociones e ideas.

Schwartz aprendió mucho sobre la Tierra y el Imperio…, más de lo que había aprendido durante sus dos meses de estancia en la granja.

Y uno de los hechos que descubrió repetidamente y sin que hubiese ninguna posibilidad de error era… ¡que había sido condenado a muerte! No había escapatoria, dudas ni reservas. Podía ocurrir aquel día o el siguiente, ¡pero moriría! Esa verdad fue entrando en él, y Schwartz la aceptó casi con agradecimiento.

La puerta de la celda se abrió y Schwartz se puso en pie. Estaba asustado. Se puede aceptar la muerte de una manera racional con todas las facultades de la mente consciente, pero el cuerpo es un animal que no sabe nada de razonamientos. ¡Había llegado la hora!

No, todavía no. El contacto mental que entró en la celda no traía consigo la muerte para Schwartz. El guardia empuñaba una vara metálica lista para ser usada. Schwartz sabía lo que era.

—Acompáñeme —ordenó secamente.

Schwartz le siguió sin dejar de pensar en su extraño poder. Podía fulminar al guardia sin un ruido y sin un solo movimiento delator mucho antes de que éste pudiese utilizar su arma y, de hecho, mucho antes de que tuviera alguna probabilidad de saber que debía utilizarla. La mente del guardia estaba totalmente a merced de la de Schwartz. Bastaría con un impacto impalpable e invisible, y todo habría acabado.

¿Pero por qué hacer algo semejante? Habría otros guardias. ¿A cuántos podría llegar a eliminar simultáneamente? ¿Cuántos pares de manos poseía su mente?

Schwartz siguió dócilmente al guardia.

Le hicieron entrar en una sala de dimensiones enormes. Estaba ocupada por dos hombres y una muchacha que yacían rígidamente estirados como cadáveres sobre bancos altos, muy altos. Pero no eran cadáveres, porque Schwartz captó inmediatamente la presencia de tres mentes en actividad.

¡Estaban paralizados! ¿Les conocía? ¿Tenían alguna relación con él? Schwartz ya se estaba deteniendo para poder verles mejor cuando la mano del guardia se posó sobre su hombro.

—Siga.

Había un cuarto banco cuya superficie estaba vacía. La mente del guardia no contenía pensamientos de muerte, y Schwartz se encaramó en él. Sabía qué iba a ocurrir.

La vara metálica entró en contacto sucesivo con cada una de sus extremidades. Schwartz sintió un cosquilleo, y sus miembros parecieron desaparecer dejándole reducido al estado de una cabeza que flotaba en el vacío.

Schwartz volvió la cabeza.

—¡Pola! —exclamó—. Usted es Pola, ¿verdad? La muchacha que…

La muchacha hizo un gesto de asentimiento. Schwartz no la había reconocido por el contacto mental, ya que hacía dos meses ni se imaginaba que pudiera existir algo semejante. En aquella época su progreso mental sólo había llegado a la etapa de la sensibilidad a «la atmósfera», pero su soberbia memoria le permitía recordarlo perfectamente.

Pero ahora poder captar el contenido de la mente de la muchacha le permitió enterarse de muchas cosas. El hombre que estaba acostado sobre el banco contiguo al de la muchacha era el doctor Shekt, y el más alejado de ella era el doctor Bel Arvardan. Schwartz podía captar sus nombres, percibir su desesperación y sentir el sabor amargo del horror y el miedo acumulados en la mente de la muchacha.

Por un momento les compadeció, y entonces recordó quiénes eran y lo que eran…, y su corazón se endureció de repente.

¡Ojalá muriesen!


Los otros tres estaban allí desde hacía casi una hora. Bastaba con verla para comprender que la sala donde habían sido paralizados era utilizada para realizar asambleas que reunían a mucha gente, y los prisioneros se sentían solos y perdidos en su inmensidad. No tenían nada que decirse. Arvardan sentía un molesto ardor en la garganta, y giraba la cabeza continuamente de un lado a otro en una nerviosa agitación que no le servía de nada. La cabeza era la única parte del cuerpo que podía mover.

Shekt permanecía con los ojos cerrados, y sus labios exangües estaban tensos.

—Shekt… ¡Shekt, le estoy hablando! —susurró frenéticamente Arvardan.

—¿Qué quiere? —respondió Shekt con otro susurro.

—¿Qué está haciendo? ¿Es que va a quedarse dormido? ¡Piense, hombre, piense!

—¿Por qué? ¿En qué tengo que pensar?

—¿Quién es el tal Joseph Schwartz?

—¿No te acuerdas, Bel? —intervino Pola con un hilo de voz—. Después de que te conociera, en los grandes almacenes…, hace tanto tiempo…

Arvardan hizo un terrible esfuerzo y descubrió que podía levantar la cabeza unos centímetros, aunque al precio de sentir un dolor considerable. La nueva posición le permitía ver una parte del rostro de Pola.

—¡Pola! ¡Pola! —Si hubiese podido ir hacia ella…, tal y como había podido hacer durante dos meses sin que se le hubiera pasado por la cabeza aprovechar esa oportunidad. Pola le estaba mirando, y la cansada sonrisa que había en sus labios bien podría haber pertenecido a una estatua—. Triunfaremos, Pola… Ya lo verás.

Pero la muchacha meneó la cabeza, y el sufrimiento que aguijoneaba los tendones del cuello de Arvardan se hizo tan intenso que acabó teniendo que bajar la cabeza.

—Shekt —repitió—. Shekt, escúcheme. ¿Cómo conoció a Schwartz? ¿Por qué era paciente suyo?

—El sinapsificador… Vino como voluntario.

—¿Y fue sometido a tratamiento?

—Sí.

—¿Por qué acudió a usted? —preguntó Arvardan mientras daba vueltas a aquella información en su cerebro.

—No lo sé.

—Entonces quizá…, quizá sea un agente imperial.

(Schwartz estaba siguiendo sin ninguna dificultad el curso de los pensamientos de Arvardan, y sonrió para sus adentros. No dijo nada. Estaba decidido a permanecer en silencio.)

—¿Un agente imperial? —murmuró Shekt, y meneó la cabeza—. ¿Porque lo dice el secretario del Primer Ministro? Oh, tonterías… ¿Y en qué cambiaría las cosas el que lo fuese? Schwartz se encuentra tan indefenso como nosotros… Oiga, Arvardan, si nos ponemos de acuerdo y nos inventamos una historia plausible ellos esperarán, y pasado un tiempo podríamos…

El arqueólogo dejó escapar una risa hueca que le hizo sentir una punzada de dolor en la garganta.

—Querrá decir que nosotros sobreviviríamos, ¿no? ¿Con la Galaxia muerta y la civilización en ruinas? ¡Para vivir de esa manera prefiero morir!

—Estoy pensando en Pola —murmuró Shekt.

—Yo también —respondió Arvardan—. Bien, se lo preguntaré. Pola, ¿quieres que nos entreguemos? ¿Debemos tratar de sobrevivir?

—Ya he escogido mi bando —dijo Pola con voz firme—. No quiero morir, pero si los míos caen yo caeré con ellos.

Arvardan sintió que le invadía el triunfo. Cuando la llevase a Sirio podrían decir que era una terrestre, pero Pola era su igual y para Arvardan sería un inmenso placer hacer tragarse los dientes a quien…

Y de repente recordó que no había muchas probabilidades de que pudiera llevarla a Sirio…, de hecho, había muy pocas probabilidades de que llevase a nadie a Sirio. Lo más probable era que Sirio no tardara en dejar de existir, y Arvardan descubrió que necesitaba escapar de aquella idea.

—¡Eh, usted! —gritó buscando refugio en algo que le permitiera olvidarla—. ¡Schwartz!

Schwartz alzó la cabeza por un momento y le contempló, pero siguió callado.

—¿Quién es usted? —preguntó Arvardan—. ¿Cómo se ha visto metido en todo esto? ¿Qué papel desempeña en este asunto?

En cuanto oyó la pregunta Schwartz comprendió de repente la terrible injusticia que había en todo aquello. Recordó la inocencia de su pasado, y percibió el infinito horror del presente.

—¿Que como me he metido en esto? —exclamó con voz enfurecida—. Oiga, hubo un tiempo en el que yo no era nadie… Era un hombre honrado, un sastre que se ganaba la vida trabajando con sus manos. Nunca hice daño a nadie…, cuidaba de mi familia y no molestaba a nadie. Y entonces, sin ningún motivo…, sin ningún motivo…, me encontré aquí…

—¿En Chica? —preguntó Arvardan, que no había entendido muy bien la explicación.

—¡No, no estoy hablando de Chica! —gritó Schwartz con creciente desesperación!—. Me encontré en este mundo sin pies ni cabeza… Oh, ¿qué importa que me crean o no? Mi mundo pertenece al pasado. En mi mundo había espacio libre y comida, y miles de millones de seres humanos, y era el único planeta habitado…

Aquel chorro de palabras dejó mudo a Arvardan.

—¿Entiende lo que ha dicho? —preguntó volviéndose hacia Shekt.

—¿Sabe que tiene un apéndice vermiforme de siete centímetros de longitud? —murmuró Shekt, maravillado—. ¿Te acuerdas, Pola? Y las muelas del juicio y el pelo en la cara…

—¡Sí, sí! —gritó Schwartz con voz desafiante—. ¡Y ojalá tuviera una cola para poder enseñársela! Vengo del pasado, y he viajado a través del tiempo; pero no sé ni cómo ni por qué. Ahora déjenme en paz —añadió—. Pronto vendrán a buscarnos. Esta espera tiene como objetivo ablandarnos.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Arvardan—. ¿Quién se lo ha dicho? Schwartz no contestó.

—¿Fue el secretario…, ese gordo con una nariz que parece un tomate?

Schwartz no podía describir el aspecto físico solamente a través del contacto mental, pero… ¿El secretario? Sí, había captado un contacto mental fugaz y bastante intenso perteneciente a un hombre que tenía mucho poder, y le parecía que había sido el secretario.

—¿Balkis? —preguntó con curiosidad.

—¿Cómo? —exclamó Arvardan.

—Es el nombre del secretario —intervino Shekt.

—Oh… ¿Y qué dijo?

—No dijo nada —respondió Schwartz—. Sencillamente lo sé. Todos moriremos, y no hay salvación posible.

—Shekt… ¿No le parece que está loco? —preguntó Arvardan bajando la voz.

—No, me preguntó si… Sus suturas craneanas eran primitivas…, muy primitivas.

—¿Quiere decir que…? —preguntó Arvardan, muy sorprendido—. Oh, vamos, eso es imposible…

—Siempre lo supuse —murmuró Shekt. Su voz era una pálida imitación de su tono normal, como si la presencia de un problema científico hubiera desviado su mente hacia esa rutina aislada y objetiva en la que todos los problemas personales desaparecían—. Algunos físicos han calculado la cantidad de energía que sería necesaria para desplazar la materia por el eje del tiempo, y obtuvieron un valor mayor que el infinito, por lo que el proyecto siempre fue considerado imposible; pero también hubo quien habló de la posibilidad de que existieran «fallas temporales» análogas a las fallas geológicas que usted conoce… Por ejemplo, se han dado casos de naves espaciales que desaparecieron ante los ojos de muchas personas. También está el caso de Hor Devallow, un hombre de la antigüedad que entró un día en su casa y nunca volvió a salir de ella…, y tampoco estaba dentro. También tenemos el caso de ese planeta que fue visitado por tres expediciones que volvieron de él trayendo consigo descripciones completas…, y que después nadie volvió a ver. Puede encontrar abundantes referencias en los textos de galactografía del siglo pasado…

»Y en la química nuclear existen ciertas reacciones que parecen contradecir la ley de conservación de la relación masa-energía. Han intentado explicarlo postulando que una parte de la masa se pierde a lo largo del eje temporal. Por ejemplo, cuando los núcleos de uranio son mezclados con bario y cobre en proporciones mínimas pero definidas y la mezcla es sometida a una emisión de radiaciones gamma no muy intensa, ésta hace detonar un sistema de resonancias que…

—¡Basta, papá! —exclamó Pola—. Todo eso no sirve de nada, y… —¡Un momento! —la interrumpió Arvardan con voz perentoria—. Déjenme pensar. Creo que soy el único que puede aclarar esto… ¿Quién mejor que yo? Dejen que le haga algunas preguntas. ¡Schwartz! —Schwartz volvió a levantar la mirada—. ¿Ha dicho que su mundo era el único planeta habitado de la Galaxia?

—Sí —asintió Schwartz con voz átona.

—Pero eso era sencillamente lo que pensaban sus habitantes, ¿no? Quiero decir que… Bueno, no podían viajar por el espacio, por lo que no tenían forma alguna de comprobar si estaban en lo cierto. Podrían haber existido muchos mundos habitados aparte del suyo.

—No tengo forma de saberlo.

—Sí, claro… Es una lástima. ¿Y la energía atómica?

—Teníamos la bomba atómica. De uranio…, y plutonio… Supongo que eso fue lo que hizo que este mundo se volviera radiactivo. Tuvo que haber otra guerra después de todo…, después de que me fuera. Con bombas atómicas…

Schwartz se acordó de su Chicago, el Chicago que había existido en su mundo antes del bombardeo nuclear; y sufrió, no por él, sino por aquel mundo tan hermoso que había sido destruido…

Pero Arvardan estaba mascullando algo entre dientes.

—Muy bien —dijo en voz alta—. Tenían un idioma, naturalmente. —¿En la Tierra? Teníamos muchos idiomas.

—¿Y cuál era el suyo?

—El inglés…, bueno, lo aprendí cuando ya no era joven.

—Bien, pues diga algo en ese idioma.

Hacía dos meses que Schwartz no hablaba en inglés.

—Quiero volver a mi casa y estar con los míos —dijo lentamente y con infinita melancolía.

—¿Es el idioma que utilizaba cuando fue sometido al tratamiento con el sinapsificador, Shekt? —preguntó Arvardan.

—No lo sé —respondió Shekt, quien parecía totalmente aturdido—. Sólo sé que entonces no entendía nada de lo que decía, y sigo sin entenderlo. ¿Cómo quiere que relacione unos sonidos con otros?

—Bien, no tiene importancia… Schwartz, ¿cómo se decía «madre» en su idioma?

Schwartz se lo dijo.

—Ya. Y ahora «padre»…, «hermano»…, «uno»…, «dos»…, «tres»…, «casa»…, «hombre»…, «esposa»…

La enumeración de palabras continuó durante largo rato, y cuando hizo una pausa para respirar el inmenso asombro que sentía resultó claramente visible en el rostro de Arvardan.

—Shekt, o este hombre dice la verdad o estoy siendo víctima de la pesadilla más absurda que se pueda llegar a concebir —murmuró—. Habla un idioma prácticamente equivalente a las inscripciones descubiertas en los estratos de hace cincuenta mil años en Sirio, Arturo, Alfa del Centauro y otros veinte mundos…, y él habla ese idioma. No ha sido descifrado hasta la última generación, y en toda la Galaxia no hay más de doce hombres que puedan entenderlo, yo entre ellos.

—¿Está seguro de eso?

—¿Que si estoy seguro? ¡Pues claro que lo estoy! Soy arqueólogo, recuérdelo…

Por un instante Schwartz sintió que la armadura de su aislamiento se resquebrajaba, y por primera vez tuvo la impresión de estar recuperando la individualidad que había perdido. El secreto había sido revelado: Schwartz era un hombre llegado del pasado, y aquellas personas lo aceptaban. Eso demostraba que estaba cuerdo, y alejaba de una vez por todas las dudas que habían torturado su mente. Schwartz se sintió tremendamente agradecido, pero decidió seguir manteniendo su distanciamiento.

—Necesito a este hombre —siguió diciendo Arvardan, repentinamente inflamado por la llama sagrada de su profesión—. Shekt, no puede imaginarse lo que significa esto para la arqueología… Es un hombre del pasado, Shekt. ¡Oh, por todo el espacio…! Oiga, podemos llegar a un acuerdo. Este hombre es la prueba que la Tierra andaba buscando. Pueden quedarse con él. Pueden… —Sé lo que está pensando —le interrumpió Schwartz con voz sarcástica—. Cree que gracias a mí la Tierra podrá demostrar que es la cuna de la civilización humana, y que quedarán muy agradecidos por ello. ¡Se equivoca! Ya pensé eso, y hubiese estado dispuesto a llegar a un acuerdo con ellos para salvar mi vida…, pero no nos creerán ni a usted ni a mí.

—Hay pruebas terminantes.

—No le escucharán. ¿Sabe por qué? Porque tienen ciertas ideas fijas sobre el pasado. Cualquier cambio sería considerado como una blasfemia aunque fuese cierto… No quieren la verdad, quieren sus tradiciones.

—Creo que tiene razón, Bel —dijo Pola.

—Podríamos intentarlo —insistió Arvardan apretando los dientes.

—No conseguiríamos nada —replicó Schwartz tercamente.

—¿Cómo puede saberlo?

—¡Lo sé! —afirmó Schwartz.

Las palabras fueron pronunciadas en un tono tan categórico que Arvardan no dijo nada.

Ahora era Shekt quien estaba mirando a Schwartz con un brillo extraño en sus ojos cansados.

—¿Puede decirme si el tratamiento con el sinapsificador le produjo algún efecto nocivo o desagradable? —preguntó en voz baja y suave.

Schwartz no conocía la palabra, pero captó su significado. Le habían operado, ¡y en la mente! ¡Cuánto estaba aprendiendo!

—No me produjo ningún efecto nocivo o desagradable.

—Pero veo que ha aprendido muy deprisa nuestro idioma. Lo habla muy bien, ¿sabe? Oyéndole hablar nadie diría que no es un nativo, créame… ¿Le sorprende eso?

—Siempre he tenido muy buena memoria —respondió Schwartz con voz gélida.

—De modo que ahora no se siente distinto de como se sentía antes del tratamiento, ¿eh?

—Así es.

El doctor Shekt miró fijamente a Schwartz.

—Vamos, ¿por qué se preocupa? —dijo de repente—. Usted sabe que estoy seguro de que puede captar lo que estoy pensando.

—¿Cree que puedo leer los pensamientos? —replicó Schwartz, y soltó una risita—. ¿Y qué importancia tiene eso?

Pero Shekt ya había vuelto su rostro pálido y desesperado hacia Arvardan.

—Puede averiguar lo que hay en las mentes, Arvardan —dijo—. ¡Ah, cuántas cosas podría llegar a hacer con él! Y estoy aquí…, atrapado, impotente…

—¿Qué…, qué…, qué…? —balbuceó Arvardan con los ojos desencajados.

Hasta el rostro de Pola reflejaba interés.

—¿Realmente puede hacer eso? —preguntó mirando a Schwartz.

Schwartz asintió. Aquella muchacha había cuidado de él, e iban a matarla…, pero seguía siendo una traidora, ¿no?

—Arvardan, ¿se acuerda del bacteriólogo del que le hablé…, el que murió como consecuencia de los efectos del sinapsificador? —dijo Shekt de repente—. Uno de los primeros síntomas de su crisis fue su afirmación de que podía leer los pensamientos…, y podía hacerlo. Lo descubrí antes de que muriese, y he guardado el secreto desde entonces. No se lo había dicho a nadie…, pero es posible, Arvardan, es posible. El descenso del umbral de resistencia de las células cerebrales permite que el cerebro pueda captar los campos magnéticos inducidos por las microcorrientes de otros cerebros y transformarlas en vibraciones similares en su seno. Es el mismo principio que se aplica en cualquier sistema de grabación… Sería la telepatía en el más amplio sentido de la palabra.

Schwartz mantuvo un silencio terco y hostil mientras Arvardan volvía lentamente la cabeza en dirección a él.

—En ese caso quizá pueda sernos de utilidad, Shekt. —La mente del arqueólogo funcionaba a una velocidad frenética concibiendo un plan imposible detrás de otro—. Quizá ahora sí haya una salida… Tiene que haberla. Para nosotros y para la Galaxia…

Pero la desesperación y el conflicto de emociones que percibía con tanta claridad a través del contacto mental no conmovieron a Schwartz.

—Y para ello tendría que leer sus pensamientos, ¿no? —preguntó—. ¿De qué serviría eso? Bueno, la verdad es que puedo hacer algo más que leer los pensamientos… ¿Qué le parece esto?

Fue un empujón mental muy suave, pero el súbito dolor que produjo hizo gritar a Arvardan.

—He sido yo —dijo Schwartz—. ¿Quiere otra prueba?

—¿Puede hacérselo a los guardias? —preguntó Arvardan—. ¿Y al secretario…? ¿Por qué demonios permitió que le trajeran aquí? Shekt, va a ser sencillísimo. Escúcheme con atención, Schwartz…

—No, escúcheme usted —le interrumpió Schwartz—. ¿Qué motivos puedo tener para querer esperar? ¿En qué situación me encontraré? Siempre estaré en un mundo muerto… Quiero volver a mi hogar y no puedo hacerlo. Quiero tener a mi familia y a mi mundo, y no puedo recuperarlos…, y quiero morir.

—¡Pero se trata de toda la Galaxia, Schwartz! No puede limitarse a pensar en usted…

—¿De veras? ¿Por qué no puedo hacerlo? Así que ahora tengo que preocuparme por su preciosa Galaxia, ¿eh? Por mí ojalá se pudra… Sé lo que planea hacer la Tierra, y me alegro. Hace un rato la muchacha dijo que había escogido su bando, ¿recuerda? Bien, yo también he escogido el mío…, y mi bando es la Tierra.

—¿Qué?

—¿Por qué no? ¡Soy terrestre!


17. ¡CAMBIE DE BANDO!

<p>17. ¡CAMBIE DE BANDO!</p>

Había transcurrido una hora desde que Arvardan fue saliendo poco a poco y con mucha dificultad de la inconsciencia para encontrarse inmóvil sobre la superficie del banco, como una res que espera el cuchillo del matarife. Desde entonces no había ocurrido nada…, nada salvo aquella conversación tan febril como inútil que hacía todavía más insoportable la ya de por sí insoportable espera.

Todo aquello tenía un objetivo, y por lo menos Arvardan ahora lo sabía. El estar acostado e inerme sin que se les concediera ni la dignidad de un guardia para que les vigilara, sin la más mínima concesión que hiciera pensar que eran considerados como un posible peligro, equivalía a adquirir conciencia de la propia debilidad. Un espíritu obstinado no podía sobrevivir a esto, y cuando llegase el inquisidor encontraría muy poca o ninguna resistencia a sus preguntas. Arvardan necesitaba romper el silencio.

—Supongo que esta sala estará vigilada mediante rayos espía —comentó—. No deberíamos haber hablado tanto.

—No está vigilada —dijo Schwartz con voz átona—. Nadie nos escucha.

El arqueólogo reaccionó de manera automática abriendo los labios para preguntarle cómo lo sabía, pero se contuvo a tiempo. ¡Porque aquel poder existía! Y no era él quien lo tenía, sino un hombre del pasado, que había dicho ser un terrestre y que deseaba morir.

En esa postura su campo visual sólo abarcaba una parte del techo. Si volvía la cabeza podía ver el perfil anguloso de Shekt, y una pared lisa al otro lado. Si levantaba la cabeza podía distinguir durante unos momentos el rostro pálido y agotado de Pola.

De vez en cuando le atormentaba la idea de que era ciudadano del Imperio…, ¡del Imperio, por todas las estrellas! Arvardan era un ciudadano galáctico, y ser tratado de aquella manera suponía una injusticia particularmente terrible…, doblemente terrible porque había permitido que unos terrestres le hicieran aquello.

Y eso también se disipó.

¿Por qué no le habrían colocado al lado de Pola? No, así era mejor… En aquellos momentos Arvardan no ofrecía un espectáculo capaz de animar a nadie.

—¿Bel?

El sonido vibró en el aire, y Arvardan lo encontró misteriosamente agradable, quizá porque llegaba a él mientras sufría el vértigo de la muerte que estaba tan próxima.

—¿Sí, Pola?

—¿Crees que tardarán mucho?

—Quizá no, querida… Es una lástima. Desperdiciamos dos meses enteros, ¿verdad?

—Yo tuve la culpa —susurró ella—. Yo he sido la culpable de todo… Por lo menos podríamos haber gozado de estos últimos minutos. Esto es tan…, tan innecesario…

Arvardan no supo qué contestar. Su mente quedó repentinamente envuelta en un torbellino de pensamientos y pareció girar locamente como si la hubiesen colocado sobre un engranaje bien aceitado. ¿Era obra de su imaginación o estaba sintiendo realmente la dureza del plástico encima del que estaba rígidamente acostado su cuerpo? ¿Cuánto duraría la parálisis?

Tenían que conseguir que Schwartz les ayudase. Arvardan intentó ocultar sus pensamientos…, y enseguida comprendió que eso era imposible.

—Schwartz… —dijo.


Schwartz yacía impotente, y en su caso al tormento se sumaba un refinamiento incalculable: Schwartz reunía cuatro mentes dentro de la suya.

Si hubiese estado solo podría haber conservado el deseo anhelante de obtener la paz y la serenidad infinitas de la muerte, ahogando los últimos restos de ese amor a la vida que apenas dos —¿o eran tres?— días atrás le había impulsado a abandonar la granja. ¿Pero cómo podría lograrlo ahora? ¿Cómo podría lograrlo cuando sentía el débil horror a la muerte que recubría a Shekt igual que si fuese un sudario; la intensa amargura y rebeldía de la mente enérgica y viril de Arvardan; el profundo y patético desengaño de la muchacha…?

Tendría que haber cerrado su mente a la recepción. ¿Qué necesidad tenía de conocer los sufrimientos ajenos? Schwartz tenía que vivir su propia vida y morir su propia muerte, pero ellos le hostigaban en un acoso incesante e impalpable, hurgando y colándose por los intersticios.

—Schwartz —dijo entonces Arvardan, y Schwartz supo que querían que les salvara ¿Por qué habría de hacerlo? Sí, ¿por qué habría de hacerlo?—. Schwartz… —repitió Arvardan con tono insinuante—. Puede convertirse en un héroe. Aquí no tiene nada por lo que morir…, ni tan siquiera esos hombres de ahí fuera.

Pero Schwartz estaba reuniendo los recuerdos de su juventud y reforzaba desesperadamente su voluntad vacilante con ellos. Lo que acabó haciendo brotar su indignación fue una extraña amalgama del pasado y del presente.

Pero aun así, cuando habló lo hizo en un tono tranquilo y mesurado.

—Sí, puedo convertirme en un héroe…, y en un traidor —dijo—. Esos hombres que están ahí fuera quieren matarme. Usted les ha llamado «hombres», pero sólo con la lengua. Su mente ha usado otra palabra que no entendí, pero que era claramente insultante…, y no lo ha hecho porque sean unos malvados, sino únicamente porque son terrestres.

—¡Eso es mentira! —replicó apasionadamente Arvardan.

—¡No es mentira! —exclamó Schwartz con idéntico apasionamiento—. Todos los que están aquí saben que no lo es… Sí, quieren matarme, pero porque creen que soy igual a ustedes…, ustedes, que son capaces de condenar a todo un planeta indiscriminadamente y de mancharlo con su desprecio y ahogarlo lentamente con su insufrible soberbia. Bien, pues ahora protéjanse solos contra esos gusanos y alimañas que han conseguido arreglárselas para amenazar a sus amos divinos… No pidan ayuda a uno de esos seres inferiores.

—Habla como un celote —comentó Arvardan, muy sorprendido—. ¿Por qué? ¿Qué sufrimientos ha padecido? Antes ha dicho que vivía en un planeta muy poblado e independiente… Era un terrestre cuando la Tierra era el único centro de vida existente. Usted es uno de los nuestros, Schwartz…, uno de los que gobiernan. ¿Por qué se asocia a un despojo enloquecido? Éste no es el planeta que usted recuerda. Mi planeta se parece más a la Tierra de la antigüedad que este mundo enfermo.

—Así que según usted soy uno de los que gobiernan, ¿eh? —respondió Schwartz, y se rió—. Bien, no discutiremos eso…, no vale la pena que intente explicárselo. Fijémonos en usted: es un buen ejemplar del producto humano que nos envía la Galaxia. Es tolerante y maravillosamente comprensivo, y se admira a sí mismo porque trata al doctor Shekt como a un igual; pero por debajo de eso, aunque no tanto como para que yo no pueda leerlo claramente en su mente, se siente muy incómodo en su compañía. No le gusta la forma en que habla, y tampoco le gusta su aspecto. En resumen, que Shekt no le gusta nada a pesar de que se ha ofrecido a traicionar a la Tierra. Sí, hace poco usted besó a una terrestre, y recuerda ese momento como una debilidad. Se siente avergonzado de haberlo hecho…

—¡No, por todo el espacio! ¡Pola! —gritó desesperadamente Arvardan—. No le creas, no le escuches…

—No lo niegues ni sufras por eso, Bel —dijo Pola con mucha calma—. Schwartz mira bajo la superficie y ve los residuos de tu niñez, y si observase mi mente vería lo mismo. Si se observase a sí mismo de una manera tan poco cortés como nos estudia a nosotros vería cosas muy parecidas.

Schwartz sintió que se ruborizaba.

—Si puede leer los pensamientos lea los míos, Schwartz —dijo Pola sin levantar la voz, pero dirigiéndose directamente a él—. Dígame si estoy planeando una traición… Mire a mi padre. Piense si no es cierto que podría haber escapado fácilmente a los Sesenta si hubiese cooperado con los dementes que quieren aniquilar la Galaxia. ¿Qué ha ganado mi padre con su traición? Ahora vuelva a indagar, y averigüe si alguno de nosotros desea hacer daño a la Tierra o a los terrestres. Nos ha dicho que captó los pensamientos que había en la mente de Balkis… No sé si tuvo ocasión de hurgar en sus heces, pero cuando vuelva, cuando ya sea demasiado tarde…, analícela y estudie los pensamientos de Balkis. Descubra que es un loco…, ¡y muera después!

Schwartz guardaba silencio.

—Bien, Schwartz, examine mi mente —se apresuró a intervenir Arvardan—. Penetre tan profundamente como lo desee. Nací en Baronn, en el Sector de Sirio. Pasé mis años de formación en un ambiente lleno de prejuicios antiterrestres, por lo que no puedo evitar que mi subconsciente contenga muchos defectos y prejuicios; pero analice la superficie mental y dígame si no he pasado mis años adultos intentando combatir mis propios fanatismos. No los de los demás, porque eso resultaría demasiado fácil, sino los míos, y con todo el tesón de que he sido capaz…

»¡Schwartz, usted no conoce nuestra historia! No sabe nada sobre las decenas de millares de años durante los que el ser humano se fue extendiendo por la Galaxia, ni de las guerras y la miseria. No sabe nada sobre los primeros siglos del Imperio, cuando éste aún no era más que una continua confusión en la que se alternaban el caos y el despotismo. El gobierno galáctico no ha llegado a ser realmente representativo hasta los últimos doscientos años, y ahora los distintos mundos gozan de autonomía cultural, pueden gobernarse a sí mismos y tienen voz y voto en la dirección común de los asuntos generales.

»No ha habido ningún otro momento de la historia en el que la humanidad estuviera tan libre de guerras y de la miseria como ahora. La economía galáctica nunca ha estado organizada de una manera tan sabia, y las perspectivas del futuro nunca habían sido tan brillantes como ahora. ¿Quiere destruir todo esto para volver a empezar? ¿Y con qué se empezaría después? Con una teocracia despótica que sólo sabe nutrirse de elementos tan enfermizos como son el odio y la desconfianza.

»Las quejas de la Tierra son justas, y si la Galaxia sobrevive llegará el día en el que serán atendidas, pero lo que pretenden hacer esos hombres no es ninguna solución. ¿Sabe qué se proponen hacer, Schwartz?

Si en ese momento Arvardan hubiese poseído el don que había adquirido Schwartz, habría percibido la lucha terrible que se estaba librando en la mente del hombre llegado del pasado, pero incluso sin poseerlo su intuición le permitió comprender que había llegado el momento de hacer una pausa.

Schwartz estaba conmovido. Todos esos mundos condenados a perecer, a padecer la putrefacción provocada por una enfermedad horrible… Después de todo, ¿era realmente un terrestre y nada más que un terrestre? En su juventud había abandonado Europa y había emigrado a los Estados Unidos, ¿pero acaso no había seguido siendo el mismo hombre a pesar de eso? Y si muchísimo tiempo después los seres humanos habían cambiado una Tierra martirizada y herida por los mundos del espacio, ¿habían dejado de ser terrestres sólo por eso? ¿Acaso toda la Galaxia no era suya? ¿No descendían todos…, absolutamente todos…, de Schwartz y de sus hermanos?

—Está bien —murmuró por fin—. Estoy con ustedes. ¿Cómo puedo ayudarles?

—¿Hasta dónde es capaz de llegar con su poder? —preguntó Arvardan nerviosamente y hablando muy deprisa, como si aún temiese que pudiera cambiar de parecer de un momento a otro.

—No lo sé. Ahí fuera hay mentes, y supongo que son guardias. Creo que puedo llegar incluso hasta la calle, pero cuanto más lejos voy más borrosa se hace la percepción.

—Sí, claro —dijo Arvardan—. ¿Pero y el secretario? ¿Podría identificar su mente?

—No lo sé —murmuró Schwartz.

Un nuevo silencio, y los minutos se fueron sucediendo de forma insoportable.

—Sus mentes se interponen —dijo Schwartz por fin—. No me miren, piensen en otras cosas… —Lo intentaron, y hubo otro prolongado silencio—. No… —acabó murmurando Schwartz—. No puedo…, no puedo…

—¡Me he movido un poco! —exclamó de repente Arvardan—. ¡Por toda la Galaxia, puedo mover el pie! ¡Ay! —Cada movimiento traía consigo un nuevo martirio—. ¿Hasta qué punto puede herir a alguien, Schwartz? —preguntó—. ¿Puede causar un sufrimiento mayor que el que me hizo padecer a mí hace un rato?

—He matado a un hombre con mi poder mental.

—¿De veras? ¿Y cómo lo hizo?

—No lo sé. Sencillamente ocurrió. Es…, es…

Tratar de explicar lo inexplicable hizo que el rostro de Schwartz adquiriese una expresión que resultaba casi cómica.

—¿Puede eliminar a más de un hombre simultáneamente?

—No he hecho la prueba, pero no lo creo. No puedo leer dos mentes al mismo tiempo, y por eso me imagino que no podría hacerlo.

—¡Bel, no puedes hacer que mate al secretario! —intervino Pola—. Eso no serviría de nada.

—¿Por qué?

—¿Cómo saldríamos de aquí? Aunque estuviéramos a solas con el secretario y Schwartz lo matara, después habría centenares de guardias esperándonos fuera… ¿Es que no lo entiendes?

—¡Ya lo tengo! —exclamó Schwartz de repente.

—¿A quién ha captado?

—AL secretario. Creo que he captado su contacto mental…

—¡No lo pierda! —dijo Arvardan.

El apasionamiento con que exhortó a Schwartz era tan intenso que casi dio una vuelta completa sobre sí mismo y como resultado cayó de la losa de plástico. Arvardan se estrelló contra el suelo, y agitó inútilmente una pierna medio paralizada intentando colocarla debajo de su cuerpo para poder levantarse.

—¡Estás herido! —gritó Pola.

Arvardan intentó erguirse apoyándose sobre el codo, y se llevó la sorpresa de descubrir que la articulación volvía a funcionar.

—No te preocupes, no es nada —dijo—. Exprima su mente, Schwartz… Sáquele toda la información posible.

Schwartz forzó su poder al máximo hasta que sintió un terrible dolor de cabeza. Estaba aferrando y raspando con las antenas de su mente de una manera tan torpe y ciega como una criatura que extiende los dedos hacia un objeto que no puede alcanzar ni manipular. Hasta aquel momento había conseguido asimilar todo lo que descubría, pero ahora estaba buscando a tientas…, buscando…, buscando… Hizo un esfuerzo terrible, y logró captar algunos jirones de información.

—¡Ya está! Se siente totalmente seguro de los resultados… Es algo relacionado con cohetes. Los ha lanzado… No, no los ha lanzado… Es otra cosa… Va a lanzarlos pronto.

—Son cohetes teleguiados que transportarán el virus radiactivo —gruñó Shekt—. Cada uno se dirigirá hacia un mundo distinto. —¿Pero dónde están esos cohetes, Schwartz? —insistió Arvardan—. Siga buscando…

—Hay un edificio que…, que no veo bien… Cinco puntas… como una estrella…, un nombre; quizá Sloo…

—¡Eso es! —volvió a interrumpirle Shekt—. Por todas las estrellas de la Galaxia, tiene que ser ese edificio…, el templo de Senloo. Está rodeado en todas direcciones por bolsas de radiactividad, y sólo los Ancianos pueden llegar hasta él. ¿Se encuentra cerca de la confluencia de dos ríos muy grandes, Schwartz?

—No puedo… Sí…, sí.

—¿Cuándo, Schwartz, cuándo? ¿Cuándo serán lanzados esos cohetes?

—No veo el día, pero será pronto…, muy pronto. Es lo único que parece haber en su mente… Será muy pronto.

El esfuerzo mental que estaba haciendo era tan grande que Schwartz tenía la sensación de que la cabeza le iba a estallar de un momento a otro.

Cuando por fin consiguió ponerse a cuatro patas Arvardan se sintió tan débil como si tuviera fiebre, y las articulaciones amenazaban con ceder a cada momento bajo su peso.

—¿Viene hacia aquí?

—Sí. Ya ha llegado a la puerta.

Schwartz había ido bajando el tono de voz, y se calló justo al abrirse la puerta.

—¡Doctor Arvardan! ¿No cree que sería mejor que volviera a acostarse?

La voz de Balkis estaba impregnada de una burla helada que llenó la sala con ecos de triunfo.

Arvardan le miró. Era muy consciente de lo cruelmente humillante que resultaba aquella postura, pero no tenía nada que contestar y permaneció callado. Permitió que sus doloridos miembros le fueran depositando poco a poco en el suelo, y se quedó inmóvil respirando con jadeos entrecortados. Si sus piernas recobraban un poco más de sensibilidad, si conseguía dar un solo salto, si lograba apoderarse del arma de su enemigo…

Lo que colgaba del cinturón de plástico flexible que ceñía la túnica del secretario no era un látigo neurónico, sino un desintegrador de alta potencia capaz de atomizar a un hombre en un instante. El secretario contempló a las cuatro personas que tenía delante y sintió una salvaje satisfacción. No prestó demasiada atención a la muchacha, pero por lo demás no cabía duda de que había sido una pesca excelente. El terrestre traidor, el agente imperial y el hombre misterioso al que estaban vigilando desde hacía dos meses habían caído en sus manos… ¿Habría otros?

Sí, claro, todavía estaban Ennius y el Imperio. El secretario había conseguido inmovilizar sus brazos en la persona de aquellos espías y traidores, pero en algún lugar aún quedaba un cerebro en actividad…, que quizá enviaría a otros secuaces.

El secretario se irguió y entrelazó tranquilamente las manos ante él como si descartase toda posible necesidad de llegar a empuñar su arma.

—Hay que poner las cosas en claro —dijo con voz tranquila y suave—. Existe un estado de guerra entre la Tierra y la Galaxia…, se trata de una guerra no declarada, pero aun así sigue siendo una guerra. Ustedes son nuestros prisioneros, y serán tratados tal y como corresponde a las circunstancias. Naturalmente, el castigo habitual para los espías y los traidores es la muerte…

—¡Sólo en caso de una guerra declarada de la manera legal! —le interrumpió apasionadamente Arvardan.

—¿Una guerra declarada de la manera legal? —replicó el secretario con evidente sarcasmo—. ¿Qué es eso, doctor Arvardan? La Tierra siempre ha estado en guerra con la Galaxia, tanto si hemos tenido la cortesía de mencionarlo como si no.

—No pierdas el tiempo con él —dijo Pola con dulzura mirando a Arvardan—. Deja que hable y que termine de una vez.

Arvardan le sonrió. Fue una sonrisa extraña y casi espasmódica, porque tuvo que hacer un gran esfuerzo para ponerse en pie y conservar un equilibrio tambaleante y tembloroso.

Balkis dejó escapar una leve risita y recorrió lentamente la distancia que le separaba del arqueólogo de Sirio. Después extendió una mano con idéntica lentitud, la apoyó sobre el robusto pecho de Arvardan…, y empujó.

Sus brazos entumecidos no respondieron a la orden de iniciar un movimiento defensivo que envió el cerebro de Arvardan, y sus músculos todavía insensibles no consiguieron reaccionar con la rapidez suficiente para ajustar el equilibrio corporal al repentino cambio de postura, y Arvardan cayó al suelo.

Pola lanzó un gemido, y también empezó a bajar lentamente de su losa de plástico obligando a sus músculos y huesos rebeldes a que obedecieran su voluntad.

Balkis dejó que la muchacha se arrastrase hacia Arvardan.

—Ah, su fuerte y valeroso amante espacial… —dijo—. ¡Vamos, muchacha, corra hacia él! ¿A qué está esperando? Abrace a su héroe y apóyese contra su pecho para olvidar que está empapado por el sudor y la sangre de mil millones de terrestres martirizados… Ahí yace el heroico espacial, derribado por el empujoncito insignificante que le ha dado un terrestre.

Pola había conseguido arrodillarse al lado de Arvardan y sus dedos se movían bajo sus cabellos buscando sangre o la blandura fatal indicadora de una fractura ósea. Los ojos de Arvardan se fueron abriendo lentamente y sus labios se movieron articulando un «Estoy bien…» inaudible.

—¡Es usted un cobarde! —exclamó Pola—. ¿Cómo es capaz de luchar con un hombre que está medio paralizado y enorgullecerse de su pírrica victoria? Bel, te aseguro que hay muy pocos terrestres como él…

—Lo sé, porque de lo contrario tú no serías terrestre —logró decir Arvardan.

—Como les he dicho hace unos momentos, sus vidas están condenadas —murmuró el secretario mientras se erguía—, pero a pesar de eso aún pueden ser compradas. ¿Les interesa conocer el precio?

—Si se encontrara en nuestra situación le interesaría muchísimo saberlo —replicó orgullosamente Pola—. Estoy absolutamente segura de ello.

—Silencio, Pola —intervino Arvardan, que aún no había conseguido recuperar del todo el aliento—. ¿Qué nos propone?

—Oh, ¿está dispuesto a venderse? —preguntó Balkis—. ¿Igual que yo, por ejemplo? ¿Igual que haría un vil terrestre?

—Nadie sabe mejor que usted mismo lo que es —replicó Arvardan—. En cuanto al resto de lo que ha dicho, no me estoy vendiendo, sino que compro la vida de Pola.

—Me niego a ser comprada —dijo Pola.

—Muy conmovedor —comentó el secretario—. Se rebaja hasta el nivel de nuestras mujeres…, de nuestras terraquejas, y aún es capaz de jugar a sacrificarse.

—¿Qué nos propone? —insistió Arvardan.

—Ahora lo sabrán. Resulta evidente que se ha producido una filtración y que nuestros planes han sido descubiertos. No es difícil saber cómo llegaron hasta el doctor Shekt, pero no entiendo cómo llegaron al Imperio; por lo que nos gustaría averiguar qué sabe exactamente el Imperio… No me refiero a lo que usted ha averiguado, Arvardan, sino a lo que sabe el Imperio en estos momentos.

—Soy arqueólogo, no espía —replicó secamente Arvardan—, y no tengo ni idea de lo que sabe el Imperio…, pero espero que sepa mucho.

—Ya me lo imaginaba. Bien, quizá cambie de idea… Voy a dejar que lo piensen.

Schwartz no había intervenido durante todo aquel tiempo, y ni tan siquiera había levantado la mirada.

El secretario aguardó en silencio unos momentos.

—Voy a dejar bien claro el precio de no colaborar con nosotros —dijo, y su voz ya no sonaba tan tranquila como antes—. No será simplemente la muerte, porque tengo la seguridad de que todos ustedes están preparados para enfrentarse a esa desagrable e inevitable eventualidad. El doctor Shekt y su hija, que desgraciadamente para ella está seriamente complicada en el caso, son ciudadanos de la Tierra. Teniendo en cuenta las circunstancias, creo que lo más adecuado será que ambos sean sometidos a tratamiento con el sinapsificador. ¿Entiende lo que acabo de decir, doctor Shekt?

Los ojos del físico reflejaban un pánico atroz.

—Sí, ya veo que lo ha entendido —comentó Balkis—. Naturalmente, se puede ajustar el sinapsificador para que dañe el tejido cerebral hasta el extremo de obtener una imbecilidad total… Es un estado deplorable, créanme: el resultado de ello es una persona que debe ser alimentada para que no muera de inanición, que vive en la mugre a menos que otros cuiden de su aseo, que debe ser encerrada para que no horrorice a quienes la rodean… Servirán de ejemplo para los demás en el gran día que no tardará en llegar. En cuanto a usted y a su amigo Schwartz —añadió el secretario volviéndose hacia Arvardan— son ciudadanos del Imperio y, por lo tanto, nos servirán para llevar a cabo un experimento muy interesante. Nunca hemos probado el virus concentrado de la fiebre en un par de perros de la Galaxia… Será interesante averiguar hasta qué punto son exactos nuestros cálculos. Si diluimos lo suficiente la dosis que hay que inyectar, la enfermedad seguirá su curso durante una semana hasta el inevitable desenlace final. El proceso será altamente doloroso. —Hizo una pausa y les contempló con los párpados entrecerrados—. La alternativa a todo eso es muy sencilla y mucho más agradable: basta con algunas palabras bien escogidas.

Qué sabe el Imperio? ¿Hay otros espías en activo actualmente? `Cuáles son sus planes, si es que los tienen, y cómo podemos contrarrestarlos?

—¿Qué garantía tenemos de que no nos matará en cuanto le hayamos proporcionado la información que desea? —preguntó el doctor Shekt con un hilo de voz.

—Tienen la garantía de que si se niegan a proporcionarme esa información morirán de una manera horrible, así que deben correr el riesgo de la alternativa. Bien, ¿qué me dicen?

—¿No nos concede un plazo para pensarlo?

—¿No es precisamente lo que les estoy dando ahora? Han transcurrido diez minutos desde que entré aquí, y sigo estando dispuesto a escuchar… Bien, ¿tienen algo que decir? ¿Nada? Supongo que comprenderán que el plazo no se va a prolongar indefinidamente, ¿verdad? Arvardan, veo que aún intenta tensar los músculos… Quizá cree que conseguirá llegar hasta mí antes de que haya tenido tiempo de desenfundar mi desintegrador. ¿Y si lo consigue, qué? Fuera hay cientos de Ancianos y guardias, y mis planes seguirán adelante sin mí. Mi ausencia ni tan siquiera afectará al cumplimiento de los castigos que les he prometido. O quizá usted, Schwartz… Usted mató a nuestro agente. Fue usted, ¿verdad? Quizá cree que podrá matarme igual que hizo con él…

Y Schwartz miró a Balkis por primera vez.

—Puedo hacerlo, pero no lo haré —dijo con voz gélida.

—Qué bondadoso es usted…

—Se equivoca. Soy terriblemente cruel, y usted mismo ha dicho que hay cosas peores que la muerte.

Arvardan descubrió que estaba mirando a Schwartz, y sintió que una nueva esperanza se iba adueñando de él.


18. ¡EL DUELO !

<p>18. ¡EL DUELO !</p>

La mente de Schwartz se había convertido en un torbellino. Sentía una extraña tranquilidad tan intensa que casi resultaba absurda. Una parte de él parecía tener el control absoluto de la situación, y otra parte no podía creerlo. Le habían aplicado el tratamiento paralizador después que a los demás, e incluso el doctor Shekt se estaba sentando mientras que Schwartz apenas podía mover poco más que un brazo. Y mientras contemplaba el rostro sonriente e infinitamente maligno y cruel del secretario, empezó el duelo…

—AL principio, yo estaba en su bando a pesar de que usted planeaba matarme —dijo Schwartz—. Creía comprender sus sentimientos y sus intenciones, pero las mentes de las otras personas que se encuentran aquí son relativamente inocentes y puras en tanto que la suya es…, es indescriptiblemente horrenda. Usted no lucha por los terrestres, sino para obtener más poder personal. No veo en usted una imagen de la Tierra libre, sino de la Tierra nuevamente esclavizada. No veo en usted la destrucción del poder del Imperio, sino su sustitución por una dictadura personal…, la suya.

—Así que ve todo eso, ¿eh? —replicó Balkis—. Bien, por mí puede ver lo que le dé la gana… Después de todo, la información que puede proporcionarme no es tan importante como para que deba aguantar sus impertinencias. Parece ser que hemos adelantado la hora del golpe. ¿Se lo esperaban? Es sorprendente lo que se puede llegar a conseguir ejerciendo la presión adecuada sobre las personas, incluso cuando éstas te habían jurado una y otra vez que no se podía ir más deprisa. ¿También ha visto eso, mi melodramático lector de pensamientos?

—No —respondió Schwartz—. No buscaba ese dato, y lo pasé por alto… Pero ahora sí puedo verlo. Dos días…, no, menos… Veamos… Martes…, seis de la mañana, hora de Chica.

Y de repente el desintegrador estaba en la mano del secretario. Balkis fue rápidamente hacia la losa de plástico sobre la que yacía Schwartz y se inclinó sobre sus tensas facciones.

—¿Cómo lo ha sabido?

Schwartz se envaró. Sus antenas mentales se extendieron y empezaron a tantear. En el aspecto físico, los músculos de sus mandíbulas se contrajeron y sus cejas se fruncieron hacia abajo; pero todo aquello eran detalles sin importancia, meras consecuencias involuntarias del verdadero esfuerzo. Aquello con lo que estaba buscando el contacto mental de Balkis y se aferraba a él se encontraba dentro del cerebro de Schwartz.

Para Arvardan, que sentía el precioso derroche de segundos, la escena no tenía sentido. La repentina inmovilidad y el silencio del secretario no eran significativos.

—Lo tengo… —murmuró Schwartz con voz entrecortada—. Quítele el arma… No puedo seguir conteniéndole…

Su voz se cortó con un gruñido.

Y entonces Arvardan lo comprendió todo, y se puso a cuatro patas. Después volvió a erguirse lenta y dificultosamente utilizando todas sus reservas de energía hasta que consiguió quedar en pie. Pola intentó acompañarle en su movimiento, pero no lo logró. Shekt se deslizó fuera de la losa de plástico y cayó sobre sus rodillas. Schwartz fue el único que permaneció inmóvil con el rostro contorsionado.

El secretario parecía estar fascinado por la mirada de la Medusa. La transpiración iba perlando lentamente la lisa piel de su frente, y su rostro inexpresivo no reflejaba ninguna emoción. Sólo su mano derecha, que empuñaba el desintegrador, daba muestras de vida. Si se la observaba con atención se podía ver que temblaba levemente, y se notaba la curiosa flexión del dedo sobre el botón de disparo. El dedo ejercía una presión suave que no bastaba para activar el arma, pero insistía en ella una y otra vez…

—Siga sujetándole —jadeó Arvardan con una alegría feroz—. Se apoyó contra el respaldo de una silla e intentó recuperar el aliento—. Espere a que haya llegado hasta él.

Empezó a moverse arrastrando los pies. Era como una pesadilla en la que pisaba melaza o intentaba nadar entre el alquitrán. Arvardan forzó sus músculos torturados y avanzó…, despacio, muy despacio.

No era ni podía ser consciente del duelo mortal que se estaba librando delante de él.

El secretario tenía un solo propósito, y éste consistía en reunir una pequeña cantidad de fuerza en su pulgar para moverlo ejerciendo una pequeña presión: exactamente la equivalente a setenta y cinco gramos de peso, porque ésta era la presión requerida para disparar el desintegrador. Para lograr aquello su mente sólo necesitaba dominar un tendón mantenido en un tenso equilibrio y que ya estaba medio contraído, y eso bastaría para…, para…

Schwartz sólo tenía una meta, y ésta consistía en impedir que el pulgar del secretario ejerciese aquella presión; pero la masa caótica de sensaciones que le presentaba el contacto mental del secretario era tan inmensa que Schwartz no lograba identificar la pequeña fracción de la mente que dominaba el pulgar. Eso hacía que no le quedase más remedio que esforzarse en lograr una parálisis total.

El contacto mental del secretario forcejeaba y se rebelaba contra el poder de Schwartz. El todavía inexperto control que era capaz de ejercer el hombre del pasado debía luchar contra una mente veloz, aún más aguzada por la amenaza que pesaba sobre ella. La mente del secretario permanecía quieta y como a la expectativa durante unos segundos, y de repente tiraba desesperadamente de un músculo o de otro en un esfuerzo brutal.

La situación de Schwartz era muy parecida a la de un luchador que consigue inmovilizar a su rival y que debe conservar la ventaja obtenida a cualquier precio, a pesar de la frenética resistencia que opone su prisionero.

Pero nada de todo aquello tenía un reflejo exterior. Lo único visible eran las contracciones nerviosas de la mandíbula de Schwartz o el temblor de sus labios ensangrentados por la mordedura de sus dientes, y el ocasional movimiento casi imperceptible del pulgar del secretario que seguía luchando…, luchando…

Arvardan se detuvo para descansar. No quería hacerlo, pero no le quedaba más remedio. Su dedo estirado ya casi rozaba la túnica del secretario, y por un momento le pareció que sería incapaz de seguir moviéndose. Sus pulmones doloridos no conseguían bombear el aire que tanto necesitaban sus miembros entumecidos. Sus ojos estaban nublados por las lágrimas del esfuerzo y su mente se hallaba envuelta en una neblina de dolor.

—Unos momentos más, Schwartz —jadeó—. No le suelte…, no le suelte…

—No puedo…, no puedo… —murmuró Schwartz.

Schwartz tenía la impresión de que el mundo se le escapaba para perderse en un caos de turbiedad opaca. Las antenas de su mente estaban rígidas y se habían vuelto casi insensibles.

El pulgar del secretario volvió a ejercer presión sobre el botón, pero éste no cedió. La presión fue aumentando lentamente.

Schwartz sentía que los ojos le iban a saltar de las órbitas y que las venas se dilataban en su frente. Podía percibir la sensación de triunfo que estaba invadiendo la mente de su rival…

Y Arvardan saltó. Su cuerpo rígido que se negaba a dejarse vencer por la parálisis cayó hacia delante, con los brazos extendidos moviéndose frenéticamente de un lado a otro.

El debilitado secretario que ya estaba medio prisionero de una mente ajena cayó con él. El arma salió despedida hacia un lado y rebotó sobre el duro suelo.

La mente del secretario se liberó casi simultáneamente, y Schwartz se desplomó hacia atrás con el interior de su cráneo convertido en un laberinto de confusión.

Balkis se estaba debatiendo frenéticamente bajo el peso muerto del cuerpo de Arvardan. El secretario hundió una rodilla en el vientre del arqueólogo con salvaje brutalidad en tanto que su puño cerrado caía sobre el pómulo de Arvardan siguiendo una trayectoria lateral. Después se levantó y empujó, y Arvardan rodó por el suelo con el cuerpo convertido en un ovillo de dolor.

El secretario se puso en pie, despeinado y furioso. Dio un paso hacia delante y volvió a detenerse.

Shekt se encaraba con él. El físico estaba medio incorporado en el suelo y empuñaba el desintegrador. Su mano izquierda sostenía con visible dificultad la derecha que blandía el arma. El desintegrador temblaba, pero el cañón apuntaba al secretario.

—¡Pandilla de imbéciles! —gritó el secretario perdiendo definitivamente el control de sí mismo—. ¿Qué esperan conseguir con esto? Me bastará con levantar la voz…

—Pero por lo menos usted morirá —murmuró Shekt.

—Matándome no lograrán nada, y ustedes lo saben —respondió el secretario con amargura—. No salvarán el Imperio, y tampoco se salvarán a sí mismos. Entrégueme ese desintegrador y haré que sea puesto en libertad.

Extendió la mano, pero Shekt dejó escapar una risita burlona.

—No soy tan estúpido como para creerme eso.

—¡Quizá no, pero está semiparalizado! —exclamó el secretario.

Saltó hacia la derecha moviéndose a una velocidad mucho mayor que aquella con que la todavía muy débil muñeca del físico podía desviar el desintegrador.

Pero cuando Balkis se preparó para el salto final todos sus pensamientos se concentraron en el desintegrador cuyo cañón estaba esquivando. Schwartz volvió a proyectar su mente en una última embestida, y el secretario trastabilló y cayó de bruces tan repentinamente como si acabase de recibir un garrotazo.

Arvardan había conseguido ponerse en pie con muchas dificultades. Tenía una mejilla muy roja e hinchada y se tambaleaba al caminar.

—¿Puede moverse, Schwartz?

—Un poco —respondió Schwartz con un hilo de voz, y logró deslizarse bajando de la losa de plástico.

—¿Viene alguien?

—No percibo a nadie.

Arvardan bajó la mirada hacia Pola e intentó sonreír. Tenía la mano apoyada sobre la suave cabellera de la muchacha, y ésta le observaba con los ojos húmedos. Durante las dos últimas horas Arvardan había presentido más de una vez que nunca volvería a acariciar sus cabellos ni a ver sus ojos.

—Puede que después de todo aún haya un futuro, Pola…

—No disponemos del tiempo suficiente —replicó ella meneando la cabeza—. Apenas hasta las seis del martes…

—¿Te parece que no es tiempo suficiente? Bueno, ya lo veremos —murmuró Arvardan. Se inclinó sobre el secretario caído y le echó la cabeza hacia atrás sin demasiada delicadeza mientras se preguntaba si seguiría con vida. Buscó inútilmente el pulso con sus dedos todavía muy entumecidos, y acabó deslizando una mano por debajo de la túnica verde—. Bueno, al menos su corazón todavía late…

Tiene un poder muy peligroso, Schwartz. ¿Por qué no empezó haciendo esto?

—Porque deseaba dejarle paralizado —respondió Schwartz, quien evidenciaba los efectos de la tensión del duelo—. Pensé que si conseguía dominar a Balkis podríamos salir de aquí bajo su protección. Quería usarle como señuelo… Su túnica podría haber sido un refugio debajo del que todos hubiésemos estado a salvo.

—Quizá aún sea posible —dijo Shekt animándose de repente—. La guarnición imperial del Fuerte Dibburn se encuentra a un kilómetro escaso de aquí. Cuando hayamos llegado allí estaremos a salvo, y podremos comunicarnos con Ennius.

—¡Cuando hayamos llegado allí…! Afuera debe de haber centenares de guardias, y varios centenares más apostados entre este edificio y la guarnición imperial. ¿Y qué vamos a hacer con esta momia? ¿Levantarla, ponerle unas ruedas debajo y empujarla…?

Arvardan dejó escapar una seca carcajada en la que no había ni rastro de buen humor.

—Y además no olviden que fui incapaz de controlar su mente mucho tiempo —murmuró Schwartz con evidente preocupación—. fracasé, como pudieron ver.

—Porque no está acostumbrado a hacer este tipo de cosas —afirmó Shekt poniéndose muy serio—. Y ahora escúcheme con mucha atención, Schwartz: creo saber qué es lo que hace con su poder. Su mente se ha convertido en una estación receptora de los campos electromagnéticos del cerebro, y creo que también es capaz de transmitir. ¿Me comprende?

Schwartz no parecía muy seguro de que Shekt estuviera en lo cierto.

—Tiene que entenderlo —insistió Shekt—. Tendrá que concentrarse en lo que desea que haga Balkis…, y empezaremos devolviéndole el desintegrador.

—¿Cómo? —exclamaron los otros tres casi al unísono poniendo cara de asombro.

—Balkis tiene que sacarnos de aquí —dijo Shekt levantando un poco la voz para hacerse oír—. No hay ninguna otra forma de salir, verdad? ¿Y acaso hay un método mejor para no despertar sospechas que el permitir que se muestre públicamente con un arma en la mano?

—Pero no podré controlar su mente…, le aseguro que no seré capaz de hacerlo —afirmó Schwartz. Estaba flexionando los brazos y se daba masaje en ellos intentado devolverles la sensación de normalidad—. No estoy interesado en sus teorías, doctor Shekt. Usted no tiene ni idea de lo que ocurre cuando utilizo mis Poderes… Influir sobre el contacto mental es algo muy difícil que exige un gran esfuerzo, y nunca estoy demasiado seguro de qué he de hacer a cada momento.

—Ya lo sé, pero es un riesgo que tenemos que correr. Vamos, Schwartz, inténtelo… —le rogó Shekt—. Cuando vuelva en sí, haga que Balkis mueva el brazo.

El secretario dejó escapar un gemido ahogado, y Schwartz captó de nuevo el contacto mental. Se sumió en un silencio atemorizado y fue permitiendo que el contacto mental volviera a intensificarse…, y entonces le habló. Fue un discurso sin palabras, la orden silenciosa que un ser humano dirige a su brazo cuando quiere que se mueva; una orden tan silenciosa y sutil que ni tan siquiera quien la emite es consciente de ella.

Y el brazo de Schwartz no se movió, pero el del secretario sí. El terrestre llegado del pasado levantó la mirada y sus labios se curvaron en una sonrisa de excitación, pero los demás sólo tenían ojos para Balkis…, Balkis, esa figura postrada que erguía la cabeza y cuyos ojos iban perdiendo la turbiedad del desvanecimiento, y cuyo brazo se extendía misteriosamente hacia fuera formando un incongruente ángulo de noventa grados.

Schwartz se concentró en su tarea.

El secretario se levantó con movimientos muy rígidos, y estuvo a punto de perder el equilibrio aunque no llegó a caer. Después bailó…, de una forma extraña y casi mecánica, pero bailó.

Le faltaba ritmo y elegancia, pero para las tres personas que observaban el cuerpo y para Schwartz —que observaba la mente y el cuerpo— fue un espectáculo realmente maravilloso; porque en ese momento el cuerpo del secretario se encontraba bajo el control de una mente que no tenía ninguna conexión material con él.

Shekt se acercó lenta y cautelosamente al secretario que acababa de convertirse en un robot, y extendió la mano sin titubear. La palma abierta sostenía el desintegrador con la empuñadura dirigida hacia Balkis.

—Haga que lo coja, Schwartz —dijo.

Balkis estiró la mano y aferró torpemente el arma. Un brillo salvaje pasó fugazmente por sus ojos, y se desvaneció sin dejar rastro una fracción de segundo después. El desintegrador fue guardado lentamente en la funda que colgaba del cinturón, y la mano de Balkis se apartó de ella.

—Por un momento estuvo a punto de escapárseme —comentó Schwartz.

Dejó escapar una risita estridente, pero su rostro estaba tan blanco como la cera.

—Bien, ¿puede controlar su mente?

—Lucha como un demonio, pero no me resulta tan difícil como antes.

—Eso se debe a que ahora usted sabe lo que está haciendo —le explicó Shekt con un entusiasmo que estaba bastante lejos de sentir—. Bien, ahora transmita… No intente controlar su mente. Basta con que se limite a pensar que es usted mismo quien hace todas esas cosas.

—¿Puede obligarle a hablar? —intervino Arvardan.

Hubo una pausa, y después el secretario dejó escapar un gruñido gutural. Otra pausa, y un nuevo gruñido ahogado.

—Eso es todo lo que puedo conseguir —jadeó Schwartz.

—¿Pero por qué no puede hacer que hable? —preguntó Pola con preocupación.

—El hablar involucra músculos muy complejos y delicados —dijo Shekt encogiéndose de hombros—. No es tan sencillo como manipular los músculos de las extremidades… No importa, Schwartz. Quizá no lleguemos a necesitar que hable.


El recuerdo de las dos horas siguientes quedó grabado de manera distinta en la mente de cada uno de los participantes en aquella extraña odisea. En el caso del doctor Shekt, se había dejado dominar por una curiosa rigidez mental y todos sus temores quedaban ahogados por la tensa e impotente simpatía que sentía hacia Schwartz, quien estaba claro libraba una terrible lucha interior. Durante todo el tiempo no apartó la mirada de aquellas facciones regordetas que se iban frunciendo poco a poco a causa del esfuerzo, y apenas dedicó alguna que otra mirada fugaz a los demás. Los guardias apostados junto a la puerta saludaron marcialmente al secretario en cuanto vieron que venía hacia ellos. La túnica verde de Balkis parecía desprender una aureola de autoridad y poder, y su propietario les devolvió el saludo con el rostro inexpresivo. Pasaron de largo junto a los guardias sin ser molestados.

Arvardan no fue realmente consciente de lo absurdo que resultaba todo aquello hasta que hubieron salido del Caserón, y sólo entonces comprendió en toda su magnitud el inmenso e inimaginable peligro que amenazaba a la Galaxia y el endeble puente de seguridad que franqueaba el abismo; pero incluso entonces le bastaba con mirar a Pola a los ojos para sentir que se perdía en ellos. Aunque le estuviesen arrebatando el futuro, aunque el futuro se estuviera desmoronando a su alrededor, aunque estuviese perdiendo para siempre la dulzura que había saboreado de una manera tan fugaz…, fuera lo que fuese lo que estuviera ocurriendo, ninguna mujer le había parecido nunca tan inmensa e irresistiblemente digna de ser deseada.

Y, después, lo único que recordó de aquellas horas fue la proximidad de la muchacha.

Los brillantes rayos del sol de la mañana caían sobre Pola de tal modo que el rostro inclinado hacia abajo de Arvardan parecía borrarse delante de ella. Pola le sonrió, y fue consciente del roce de aquel brazo fuerte y musculoso sobre el que ella apoyaba el suyo con tanta delicadeza. Aquel fue el recuerdo que guardó en su memoria: unos músculos lisos y firmes cubiertos por la tela de textura plástica cuyo contacto suave y fresco podía sentir debajo de la muñeca.

Schwartz agonizaba bañado en sudor. El camino sinuoso que iba alejándoles de la puerta lateral por la que habían salido estaba desierto, y Schwartz se alegró enormemente de ello.

Sólo Schwartz conocía el verdadero precio que tendrían que pagar por el fracaso. Podía percibir la humillación insoportable, el odio avasallador y los siniestros planes que se agitaban en la mente enemiga que controlaba. Tenía que hurgar en su interior buscando las informaciones que irían guiándole —la posición del vehículo oficial, la ruta que debían seguir—, y al investigar también captaba la amargura de hiel de los propósitos de venganza que se desencadenarían si su control mental flaqueaba aunque sólo fuese durante una décima de segundo.

Los rincones secretos de la mente que se veía obligado a explorar quedaron convertidos para siempre en su posesión personal, y después Schwartz viviría las pálidas horas grisáceas de muchas auroras inocentes en las que volvería a guiar los pasos de un loco por los peligrosos senderos de una fortaleza enemiga.

Cuando llegaron al vehículo Schwartz balbuceó las palabras necesarias. No se atrevía a relajarse durante el tiempo necesario para pronunciar frases coherentes, y se limitó a decir lo estrictamente imprescindible con voz entrecortada.

—No puedo… conducir el vehículo —jadeó—. No puedo obligar a… Balkis a que… conduzca. Demasiado complicado…, no puedo hacerlo…

Shekt le tranquilizó con un suave murmullo. No se atrevía a tocar a Schwartz ni a dirigirle la palabra, porque temía que eso pudiera distraerle y afectar su concentración mental durante un momento.

—Suba al asiento de atrás, Schwartz —susurró—. Yo conduciré…, sé hacerlo. Le quitaré el desintegrador, y a partir de ahora bastará con que mantenga inmovilizado a Balkis.


El vehículo de superficie del secretario era de un modelo especial, y al ser especial era también diferente. Llamaba bastante la atención: su reflector verde giraba hacia la derecha y hacia la izquierda, y la luz intermitente se desvanecía y volvía a brillar con destellos de esmeralda. Los transeúntes se detenían a mirar y los vehículos que avanzaban en sentido contrario se apresuraban a apartarse respetuosamente.

Si el vehículo no hubiese sido tan llamativo y hubiese atraído menos la atención, los transeúntes ocasionales podrían haberse fijado en el secretario pálido e inmóvil que viajaba en su asiento trasero…, podrían haberse preguntado si…, quizá incluso podrían haber llegado a intuir el peligro…

Pero sólo miraban el vehículo, y el tiempo fue transcurriendo poco a poco.

Un soldado vigilaba el camino que llevaba a los resplandecientes portones cromados que se erguían envueltos en la aureola gigantesca e imponente tan típica del Imperio, que contrastaba agudamente con los edificios macizos, achaparrados y tristones de la Tierra. Su rifle energético de gran calibre se movió horizontalmente en un gesto de impedir el paso, y el vehículo se detuvo.

—Soy ciudadano del Imperio, soldado —anunció Arvardan asomándose por la ventanilla—. Deseo ver a su oficial superior.

—Tendrá que enseñarme sus documentos, señor.

—Me los han quitado. Soy Bel Arvardan, de Baronn, Sector de Sirio. Trabajo para el Procurador Ennius, y tengo mucha prisa.

El soldado se llevó una muñeca a la boca y habló en voz baja por el transmisor. Hubo una pausa mientras esperaba la respuesta, y después bajó el arma y se hizo a un lado. El portón se fue abriendo lentamente.


19. EL PLAZO FINAL SE ACERCA

<p>19. EL PLAZO FINAL SE ACERCA</p>

Las horas siguientes fueron testigos del caos tanto dentro como fuera del Fuerte Dibburn…, y especialmente en la misma Chica.

A mediodía el Primer Ministro, que estaba en Washenn, usó la onda comunal para averiguar dónde estaba su secretario, y la búsqueda subsiguiente no dio ningún resultado. El Primer Ministro quedó muy disgustado, y los funcionarios de la Casa Correccional se alarmaron bastante.

Durante el interrogatorio que se produjo a continuación, los guardias apostados fuera de la sala de asambleas declararon sin vacilar y sin contradecirse que el secretario había salido de ella a las diez y media de la mañana, y que iba acompañado por los prisioneros. No, no había dejado ninguna clase de instrucciones. No sabían hacia dónde se había dirigido y, naturalmente, los guardias carecían de autoridad para preguntárselo.

Otro grupo de guardias interrogado se mostró igualmente ignorante y desprovisto de informaciones que dar. La atmósfera de ansiedad general se fue intensificando y se extendió poco a poco.

A las dos de la tarde llegó el primer informe en el que se decía que el vehículo del secretario había sido visto. Nadie se había fijado en si el secretario viajaba en él. Aunque algunos habían creído ver que lo conducía, pero según se supo más tarde estaban equivocados.

A las dos y media quedó confirmado que el vehículo de superficie del secretario había entrado en el Fuerte Dibburn.

Poco antes de las tres se tomó la decisión de establecer contacto con el comandante de la guarnición. La llamada fue atendida por un teniente de las Fuerzas del Imperio.

Se enteraron de que en aquellos momentos era totalmente imposible proporcionar ninguna información sobre el asunto, pero los oficiales de Su Majestad Imperial solicitaron que se mantuviera el orden. También se pidió que no se difundiera la noticia de la desaparición de un miembro de la Sociedad de Ancianos hasta que no hubiera una confirmación oficial de lo ocurrido.

Los hombres implicados en una traición no pueden correr riesgos cuando uno de los cabecillas de la conspiración cae en manos del enemigo sólo cuarenta y ocho horas antes de la hora final. Eso sólo puede significar que han sido descubiertos o que han sido traicionados, y en esas circunstancias el ser descubiertos o el ser traicionados no son más que dos caras de una misma moneda. Cualquiera de las dos puede significar la muerte.

Y, en consecuencia, se hizo circular la noticia.

Y la población de Chica se fue poniendo nerviosa…

Y los agitadores profesionales aparecieron en las esquinas. Las puertas de los arsenales secretos se abrieron, y las manos de quienes entraron en ellos salieron empuñando armas. Una inmensa serpiente formada por manifestantes avanzó moviéndose sinuosamente hacia el fuerte imperial, y a las seis de la tarde el comandante recibió otro mensaje, esta vez transmitido de manera personal.


Mientras tanto y paralelamente a toda esa actividad, en el fuerte imperial se desarrollaban otros acontecimientos. Todo empezó de forma bastante espectacular cuando el joven oficial que recibió al vehículo de superficie estiró la mano para coger el desintegrador del secretario.

—Yo me haré cargo del arma —dijo secamente.

—Entréguesela, Schwartz —dijo Shekt.

La mano del secretario levantó el arma y la ofreció al oficial. El desintegrador fue separado de sus dedos, y Schwartz relajó por fin el control mental dejando escapar un sollozo de alivio.

Arvardan ya estaba preparado. Cuando el secretario saltó con la brusquedad de un resorte de acero que es liberado de la compresión a la que ha estado sometido durante mucho tiempo el arqueólogo se abalanzó sobre él y empezó a usar los puños sin contemplaciones.

El oficial ladró una retahíla de órdenes. Los soldados se acercaron a la carrera. Cuando las manos agarraron a Arvardan por el cuello de la camisa y tiraron de él sin miramientos, el secretario ya había perdido el conocimiento y yacía sobre el asiento. Un hilillo de sangre oscura brotaba de una comisura de sus labios. La herida de la mejilla de Arvardan se había vuelto a abrir, y también sangraba.

Arvardan se alisó los cabellos con manos temblorosas.

—Acuso a este hombre de conspiración para derrocar al gobierno imperial —dijo en el tono más severo de que fue capaz señalando al secretario con un dedo—. He de entrevistarme inmediatamente con el comandante en jefe.

—Antes tendremos que hacer algunas averiguaciones al respecto, señor —respondió amablemente el joven oficial—. Ahora si no tiene inconveniente tendrá que seguirme…, junto con sus acompañantes.

Y allí descansaron durante horas. Fueron alojados en cuartos que se encontraban razonablemente limpios, y pudieron estar a solas. Por primera vez en doce horas tuvieron oportunidad de comer, lo que hicieron rápida y abundantemente a pesar de sus preocupaciones; e incluso pudieron satisfacer otra necesidad de la vida civilizada dándose un baño.

Pero estaban vigilados, y Arvardan se fue impacientando a medida que transcurrían las horas.

—¡Lo único que hemos conseguido es cambiar de cárcel! —acabó gritando.

La monótona e incomprensible rutina del cuartel imperial seguía desarrollándose a su alrededor sin hacer ningún caso de su presencia. Schwartz estaba durmiendo, y Arvardan le miró. Shekt meneó la cabeza.

—Es humanamente imposible —dijo—. Está agotado… Deje que duerma.

—¡Pero apenas quedan treinta y nueve horas!

—Ya lo sé…, pero espere un poco.

—¿Quién de ustedes afirma ser ciudadano del Imperio? —preguntó de repente una voz fría y ligeramente sarcástica.

—Yo. Soy… —exclamó Arvardan, apresurándose a levantarse.

Pero enmudeció en cuanto reconoció a su interlocutor. Los labios del oficial se curvaron en una sonrisa cruel. Su brazo izquierdo aún estaba un poco rígido como consecuencia de su encuentro anterior con el arqueólogo.

—Bel, es el oficial… —susurró Pola detrás de él—. El de los grandes almacenes…

—Aquel al que le rompió el brazo —dijo el teniente en tono cortante—. Soy el teniente Claudy, y no cabe duda de que usted es el mismo hombre. Así que es hijo de los mundos de Sirio, ¿eh? ¿Y se atreve a codearse con estos…? ¡Bendita sea la Galaxia, en qué abismos puede llegar a caer un hombre! Y veo que sigue acompañado por la muchacha…, ¡la terraqueja! —añadió con deliberada lentitud.

Arvardan estuvo a punto de perder los estribos, pero logró controlarse. Aún no podía…

—¿Puedo ver al coronel, teniente? —preguntó con forzada humildad.

—Me temo que el coronel no está de servicio en estos momentos.

—¿Eso significa que no está en la ciudad?

—No he dicho eso. Puedo dar con él…, siempre que se trate de algo lo suficientemente urgente.

—Lo es. ¿Puedo ver al oficial de guardia?

—Por el momento yo soy el oficial de guardia.

—Entonces llame al coronel.

El teniente meneó la cabeza con mucha lentitud.

—No puedo hacerlo mientras no esté convencido de que la situación es realmente grave.

—¡Deje de provocarme, maldita sea! —estalló Arvardan temblando de impaciencia—. Le aseguro que se trata de una cuestión de vida o muerte.

—¿De veras? —comentó el teniente, y sonrió mientras blandía su fusta con estudiada elegancia—. Bien, siempre puede solicitar una audiencia.

—Muy bien. ¿Y…? Estoy esperando.

—He dicho que puede solicitarla.

—¿Me concede una audiencia, teniente?

Pero el oficial ya no sonreía.

—Hágalo delante de la muchacha…, con mucha humildad.

Arvardan tragó saliva y retrocedió. Pola puso una mano sobre su brazo.

—Por favor, Bel… No hagas que se enfade.

—Bel Arvardan de Sirio solicita humildemente ser recibido por el oficial de guardia —gruñó el arqueólogo con voz enronquecida.

—Bien, eso depende de si…

Dio un paso hacia Arvardan y descargó rápida y brutalmente la palma de su mano derecha sobre la venda que cubría la mejilla herida del arqueólogo.

El arqueólogo ahogó un grito.

—Eso le molestó muchísimo en una ocasión —dijo el teniente—. ¿No lo ha encontrado molesto ahora?

Arvardan guardó silencio.

—Le concedo la audiencia que ha solicitado.

Cuatro soldados rodearon a Arvardan. El teniente Claudy encabezó la marcha.


Shekt y Pola estaban a solas con Schwartz, quien seguía durmiendo.

—Ya no oigo nada. ¿Y tú? —preguntó Shekt.

—Yo tampoco, y ya hace bastante rato —contestó Pola meneando la cabeza—. ¿Crees que le hará algo a Bel, papá?

—¿Cómo podría hacerlo? —preguntó el anciano en voz baja y suave—. Olvidas que en realidad Arvardan no es uno de los nuestros, hija. Es un ciudadano del Imperio, y no se le puede maltratar impunemente. Estás enamorada de él, ¿verdad?

—¡Sí, papá! Ya sé que es absurdo, pero…

—Por supuesto que lo es —asintió Shekt, y sonrió con amargura—. Arvardan está sinceramente dispuesto a ayudarnos, eso no lo niego… ¿Pero qué puede hacer? ¿Acaso puede vivir con nosotros en este planeta? ¿Puede llevarte al suyo? ¿Crees que podría presentar una terrestre a sus amistades…, a su familia?

—Ya lo sé —murmuró Pola sollozando—. Pero quizá después no haya nada…

Shekt se puso en pie como si las últimas palabras de su hija le hubiesen recordado repentinamente la situación en la que se encontraban.

—No le oigo —dijo.

Se refería al secretario. Balkis había sido alojado en un cuarto contiguo, y habían podido oír con siniestra claridad sus continuos paseos de fiera enjaulada; pero ya hacía un buen rato que había dejado de moverse.

Era un detalle insignificante, pero la mente y el cuerpo del secretario simbolizaban y concentraban todas las fuerzas terribles de la pestilencia y la destrucción que no tardarían en ser liberadas sobre la gigantesca red viva de las estrellas. Shekt sacudió suavemente a Schwartz.

—¿Qué ocurre? —preguntó Schwartz desperezándose.

No tenía la sensación de haber descansado. Estaba tan agotado que parecía como si todo su cuerpo hubiera quedado impregnado por el cansancio.

—¿Dónde está Balkis? —preguntó Shekt con voz apremiante.

—Oh… Oh, sí…

Schwartz miró nerviosamente a su alrededor hasta que recordó que no era con los ojos como veía con más claridad. Proyectó las antenas de su mente, y éstas describieron un lento círculo buscando tensamente el contacto mental que tan bien conocían.

Acabaron localizándolo, y Schwartz evitó cuidadosamente establecer ninguna clase de conexión. Su prolongada relación con la mente de Balkis no había aumentado su simpatía por la maldad enfermiza que encerraba.

—Está en otro piso —murmuró—. Está hablando con alguien…

—¿Con quién?

—No es nadie cuya mente haya captado antes. Espere…, déjeme escuchar. Quizá el secretario… Sí, le ha llamado coronel.

Shekt y Pola intercambiaron una rápida mirada.

—No puede tratarse de una traición, ¿verdad? —susurró Pola—. Quiero decir que… Bueno, un oficial del Imperio nunca conspiraría con un terrestre contra el Emperador, ¿no es cierto?

—No lo sé —contestó Shekt con amargura—. Después de lo que ha ocurrido estoy dispuesto a creer cualquier cosa.


El teniente Claudy estaba sonriendo. Se encontraba detrás del escritorio con el desintegrador junto a las yemas de sus dedos y cuatro soldados a sus espaldas.

—No me gustan los terraquejos —dijo con el tono de autoridad que le daba su situación—. Nunca me han gustado…, son la escoria de la Galaxia. Son supersticiosos, vagos, degenerados y estúpidos, y están llenos de enfermedades. ¡Pero al menos la mayoría de ellos saben quedarse en su sitio! Han nacido así, y no pueden evitar ser como son. Naturalmente, si estuviera en el lugar del Emperador yo no sería tan tolerante con ellos, y me estoy refiriendo a sus malditas costumbres y tradiciones; pero supongo que en el fondo eso no importa demasiado. Algún día aprenderemos…

—Oiga, no he venido aquí para escuchar… —exclamó Arvardan.

—Pues tendrá que escuchar, porque aún no he acabado —le interrumpió el teniente—. Iba a decir que lo que no puedo ni podré entender jamás es la mentalidad de alguien que simpatiza con los terrestres. Cuando un hombre, y me refiero a un auténtico ser humano, es capaz de revolcarse en la inmundicia hasta el punto de arrastrarse entre ellos y olisquear a sus hembras como un perro en celo…, bueno, entonces pierdo todo respeto por ese hombre. Es peor que ellos…

—¡Pues entonces que se pudran usted y la miserable imitación de cerebro que tiene dentro de la cabeza! —rugió Arvardan—. ¿Sabe que se está tramando una traición contra el Imperio? ¿Sabe lo peligrosa que es esta situación? Cada minuto que me obliga a perder hace aumentar la amenaza que pesa sobre las vidas de todos los habitantes de la Galaxia…

—Oh, no sé si creerle, doctor Arvardan… Usted es doctor, ¿verdad? No debo olvidar sus títulos. Verá, tengo una teoría propia… Usted es uno de ellos, ¿sabe? Puede que haya nacido en Sirio, pero tiene el negro corazón de un terrestre, y utiliza su ciudadanía galáctica para defender la causa de los terrestres. Ha secuestrado a uno de sus funcionarios…, a ese Anciano. Bueno, en sí eso no tiene nada de malo porque a mí también me encantaría retorcerle el pescuezo, pero los terrestres ya han empezado su búsqueda. Enviaron un mensaje a la fortaleza, ¿sabe?

—¿De veras? ¿Ya han…? ¿Entonces por qué estamos perdiendo el tiempo aquí? Tengo que ver al coronel aunque para eso sea preciso que…

—¿Espera que se produzca una sublevación o disturbios de alguna clase? Puede que usted mismo haya planeado todo esto como primer paso de una revuelta organizada, ¿no?

—¿Está loco? ¿Qué motivos podría tener yo para hacer algo semejante?

—Entonces supongo que no se opondrá a que dejemos en libertad al Anciano, ¿verdad?

—¡No pueden hacer eso! —rugió Arvardan.

Se puso en pie y por un momento pareció que iba a saltar por encima del escritorio para lanzarse sobre el teniente Claudy.

Pero la mano del teniente ya había empuñado el desintegrador.

—Conque no podemos, ¿eh? Ahora escúcheme con atención: ya me he sacado un peso de encima. Le abofeteé y le humillé delante de sus amigos terrestres. Hice que me escuchara mientras le explicaba que para mí usted no es más que un gusano repugnante…, y ahora me encantaría que me proporcionara un pretexto para volarle un brazo a cambio de lo que usted hizo con el mío en esos grandes almacenes. Ande, vuelva a moverse…

Arvardan permaneció inmóvil.

—Lamento que el coronel quiera verle entero —dijo el teniente Claudy. Soltó una risita y guardó el arma—. Le recibirá a las cinco y cuarto.

—Y usted lo sabía…, lo ha sabido durante todo este tiempo…

Arvardan sintió el acre sabor de la frustración en la garganta.

—Por supuesto.

—Teniente Claudy, si las horas que me ha hecho perder acaban causando el desastre…, bueno, entonces a ninguno de los dos le quedará mucho tiempo de vida —dijo Arvardan en un tono de voz tan gélido e implacable que producía escalofríos—. Pero usted morirá antes que yo, porque le juro que dedicaré mis últimos minutos de vida a convertir su cara en un montón informe de huesos rotos y sesos pisoteados.

—Le estaré esperando, amigo de los terrestres… ¡Cuando quiera!


El comandante en jefe del Fuerte Dibburn se había curtido al servicio del Imperio. El ambiente de paz de las últimas generaciones hacía imposible que un oficial pudiese acumular un historial excesivamente glorioso, y al igual que sus colegas el coronel no había tenido ocasiones de distinguirse; pero durante su larga y penosa carrera iniciada como cadete había prestado servicios en todas las zonas de la Galaxia, por lo que para él incluso una misión en un planeta tan conflictivo como la Tierra no era más que una tarea adicional. Lo único que deseaba era conservar la apacible rutina de la vida normal. No pedía nada más que eso, y en aras de ello y si era necesario estaba dispuesto a humillarse hasta el extremo de pedir disculpas a una terrestre.

Cuando entró en su despacho Arvardan vio que el coronel parecía estar muy cansado. Llevaba el cuello de la camisa desabrochado, y su chaqueta adornada con la resplandeciente insignia amarilla de la Nave y el Sol del Imperio colgaba descuidadamente del respaldo de su silla. El coronel hizo crujir distraídamente los nudillos de su mano derecha y observó a Arvardan. Estaba muy serio.

—Todo esto es muy confuso —murmuró—. Sí, es muy confuso… Me acuerdo de usted, joven. Usted es Bel Arvardan, de Baronn, el protagonista de un invidente muy desagradable de no hace mucho tiempo… ¿Es que no puede vivir sin meterse continuamente en líos?

—No soy el único que está metido en un lío, coronel. El resto de la Galaxia también lo está.

—Sí, ya lo sé —contestó el coronel impacientemente—. O al menos sé que eso es lo que usted afirma… Me han dicho que no tiene documentos.

—Me los quitaron, pero soy conocido en el Everest. El mismo Procurador Ennius puede identificarme, y espero que lo haga antes de que haya anochecido.

—Ya veremos —dijo el coronel. Cruzó los brazos ante él y echó su sillón hacia atrás—. Bien, ¿y ahora qué le parece si me cuenta su versión de la historia?

—Me he enterado de la existencia de una peligrosa conspiración tramada por un pequeño grupo de terrestres que se proponen derrocar al gobierno imperial por la fuerza, y si lo que sé no llega inmediatamente a oídos de las autoridades correspondientes, los conspiradores tendrán éxito y conseguirán destruir no sólo al gobierno imperial, sino también a una gran parte del mismo Imperio.

—Creo que va demasiado lejos al hacer esa afirmación tan audaz y apresurada, joven. Estoy dispuesto a aceptar que los terrestres son muy capaces de sublevaciones altamente molestas, de sitiar este fuerte imperial y de causar destrozos considerables…, pero no creo ni por un momento que estén en condiciones de expulsar a las tuerzas imperiales de este planeta, y menos aún de destruir el gobierno imperial. Aun así, estoy dispuesto a escucharle mientras me expone los detalles de esta…, de esta supuesta conspiración suya.

—Coronel, por desgracia la gravedad de la amenaza es tan grande que creo imprescindible que el Procurador en persona se entere de los detalles; por lo que solicito que me ponga en comunicación con él ahora mismo si no tiene inconveniente en ello.

—No nos apresuremos demasiado. Supongo que sabe que el hombre al que trajo prisionero con usted es el secretario del Primer Ministro, que es miembro de la Sociedad de Ancianos y alguien muy importante entre los terrestres, ¿no?

—¡Pues claro que lo sé!

—¿Y usted insiste en que es uno de los principales cabecillas de la conspiración de la que me habla?

—Lo es…

—¿Qué pruebas tiene de ello?

—Coronel, estoy seguro de que me comprenderá si le digo que no puedo hablar de este asunto con nadie que no sea el Procurador Ennius.

—¿Acaso pone en duda mi competencia para ocuparme de este asunto? —preguntó el coronel frunciendo el ceño mientras se estudiaba las uñas.

—En absoluto, coronel. Se trata sencillamente de que el Procurador Ennius es el único que tiene la autoridad necesaria para tomar las medidas drásticas que requiere la gravedad del asunto.

—¿A qué clase de medidas drásticas se refiere?

—Cierto edificio de la Tierra debe ser bombardeado y destruido por completo en algún momento dentro de las próximas treinta horas, o de lo contrario la mayoría de los habitantes del Imperio o quizá todos ellos morirán irremisiblemente.

—¿De qué edificio se trata? —preguntó el coronel con voz de apacible.

—Le ruego que me permita hablar con el Procurador Ennius —replicó Arvardan.

Hubo un silencio cargado de tensión.

—¿Es consciente de que ha secuestrado por la fuerza a un terrestre y de que puede ser juzgado y castigado por las autoridades de la Tierra? —preguntó secamente el coronel—. Lo habitual es que el gobierno imperial proteja a sus ciudadanos por una cuestión de principios, y casi siempre se insiste en que el proceso se lleve a cabo según las leyes galácticas; pero la situación actual en la Tierra es bastante delicada, y he recibido instrucciones terminantes de evitar cualquier posible motivo de fricción. Por lo tanto y si no contesta con claridad a mis preguntas, usted y sus compañeros serán entregados a la policía terrestre… No tendré más remedio que hacerlo, ¿comprende?

—¡Pero eso equivaldría a una condena a muerte…, incluso para usted! Coronel, soy ciudadano del Imperio y solicito una audiencia con el Procu…

Arvardan fue interrumpido por el zumbido del intercomunicador que había encima del escritorio. El coronel se volvió hacia él y pulsó un botón.

—¿Sí?

—Señor, una turba de nativos ha rodeado el fuerte —dijo una voz firme y clara—. Se cree que están armados.

—¿Ha habido actos de violencia?

—No, señor.

El rostro del coronel no reflejó ninguna emoción. Había sido educado precisamente para aquel tipo de situaciones.

—Preparen la artillería y las aeronaves, y que todos los hombres acudan a sus puestos de combate. No hagan fuego salvo en defensa propia. ¿Me ha entendido?

—Sí, señor. Un terrestre con bandera de parlamentario solicita ser recibido.

—Que entre en el fuerte…, ah, y envíeme también al secretario del Primer Ministro. —El coronel se volvió hacia el arqueólogo y le contempló sin inmutarse—. Espero que comprenda la gravedad del conflicto que ha provocado.

—¡Solicito estar presente durante la entrevista! —gritó Arvardan, al que la furia casi hacía desvariar—. También le exijo que me explique por qué permitió que estuviera encerrado durante horas mientras usted conversaba con un traidor nativo, y le informo de que no ignoro que se entrevistó con él antes de recibirme.

—¿Me está acusando de algo, señor? —preguntó el coronel, levantando la voz tanto como lo había hecho Arvardan—. En ese caso, le ruego que sea claro.

—No le acuso de nada, pero le recuerdo que a partir de este momento usted será el único responsable de sus actos y que en el futuro, si es que hay algún futuro, quizá sea recordado como el hombre cuya testarudez destruyó a todo su pueblo.

—¡Cállese, doctor Arvardan! Una cosa está clara, y es que no soy responsable ante usted. A partir de ahora manejaremos este asunto a mi manera. ¿Me ha entendido?


20. SE CUMPLE EL PLAZO

<p>20. SE CUMPLE EL PLAZO</p>

El secretario entró por la puerta que un soldado mantenía abierta. Sus labios amoratados e hinchados se curvaban en una débil y gélida sonrisa. Hizo una reverencia al coronel y pareció pasar por alto la presencia de Arvardan.

—Señor, he comunicado al Primer Ministro los detalles de su presencia en este lugar y la forma en que llegó aquí —dijo el coronel—. Naturalmente, su permanencia aquí viola todas las reglas, y tengo el firme propósito de dejarle en libertad lo antes posible; pero también tengo aquí al doctor Arvardan, que como usted probablemente sabe ha presentado una acusación muy grave contra su persona. Dadas las circunstancias actuales, debemos averiguar si hay algo de cierto en esa acusación, y…

—Lo comprendo, coronel —replicó secamente el secretario—, pero como ya le he explicado antes creo que este hombre apenas lleva dos meses en la Tierra, por lo que su desconocimiento de nuestra política interna es prácticamente total. Le aseguro que dispone de una base muy poco firme sobre la que sostener cualquier acusación.

—Soy arqueólogo, y durante los últimos tiempos me he especializado en el estudio de la Tierra y en sus costumbres —dijo Arvardan en un tono bastante encolerizado—. Mis conocimientos sobre su política interior son bastante profundos y, de todas maneras, no soy el único que hace esa acusación.

El secretario no miró al arqueólogo ni entonces ni después. Cada vez que hablaba se dirigía exclusivamente al coronel.

—Uno de nuestros científicos también está complicado en este asunto —dijo—. Es un anciano muy próximo a cumplir los sesenta años, por lo que sufre delirios de persecución. También se halla involucrado otro hombre de antecedentes desconocidos, y que parece sufrir un cierto retraso mental. No me parece que sea un trío de acusadores muy digno de confianza, coronel.

—¡Exijo ser escuchado! —exclamó Arvardan poniéndose en pie.

—Siéntese —ordenó secamente el coronel—. Se ha negado a hablar del asunto conmigo, ¿no? Bien, pues ahora mantenga su negativa… Que entre el hombre que ha venido con la bandera de parlamentario.

Era otro miembro de la Sociedad de Ancianos, y cuando vio al secretario la única señal de emoción que dio fue un fugaz parpadeo. El coronel se puso en pie.

—¿Habla en nombre de la gente que está fuera? —preguntó.

—Sí, señor.

—Bien, entonces he de suponer que esta reunión tumultuosa e ilegal tiene como objetivo exigir que les devolvamos a este compatriota suyo, ¿no?

—Sí, señor. Debe ser puesto en libertad inmediatamente.

—¡Ya! Pero los intereses de la ley y el orden y el respeto debido a los representantes de Su Majestad Imperial en este mundo requieren que el asunto no sea discutido mientras haya hombres reunidos en rebelión armada contra nosotros. Tendrá que ordenar a sus compañeros que se dispersen.

—El coronel tiene toda la razón, hermano Cori —intervino afablemente el secretario—. Le ruego que calme a la gente. Estoy totalmente a salvo, y no hay ningún peligro…, para nadie. ¿Me ha entendido, hermano? Para nadie… Le doy mi palabra de Anciano al respecto.

—De acuerdo, hermano, y me alegra ver que se encuentra bien.

El emisario fue acompañado hasta la puerta.

—Haremos que salga de aquí sano y salvo en cuanto la ciudad haya vuelto a la normalidad —dijo secamente el coronel—, y le agradezco su actitud de cooperación en este conflicto que acaba de resolverse felizmente.

—¡Lo prohíbo! —exclamó Arvardan volviendo a ponerse en pie—. .Piensa dejar en libertad a este hombre que planea asesinar a toda !a raza humana, mientras que me impide ejercer mis derechos como ciudadano galáctico obteniendo una entrevista con el Procurador Ennius? ¿Es que piensa tratar con más consideración a un asqueroso terrestre que a mí? —acabó gritando en un paroxismo de frustración.

El secretario empezó a hablar apenas hubo terminado el estallido de furia casi incoherente de Arvardan.

—Coronel, si es lo que desea este hombre, yo no tengo ningún inconveniente en permanecer aquí hasta que mi caso sea sometido a la consideración del Procurador Ennius. Una acusación de traición es algo muy grave, y por muy absurda que pueda parecer, la mera sospecha podría llegar a ser suficiente para anular los servicios futuros que puedo prestar a mi pueblo. Así pues, le agradecería sinceramente que me brindase una oportunidad de demostrar al Procurador Ennius que el Imperio no tiene un servidor más leal que yo.

—Admiro sus sentimientos, señor secretario —replicó el coronel en un tono muy serio—, y le confieso que si me encontrara en su situación mi actitud sería muy distinta. Su pueblo puede sentirse orgulloso de usted… Intentaré comunicarme con el Procurador Ennius.

Arvardan no volvió a abrir la boca hasta que le condujeron a su alojamiento.


El arqueólogo esquivó las miradas de sus compañeros. Permaneció sentado e inmóvil durante largo rato mordisqueándose un nudillo con los dientes.

—¿Y bien? —acabó preguntando Shekt.

—Faltó poco para que lo estropease todo —respondió Arvardan meneando la cabeza.

—¿Qué hizo?

—Perdí los estribos, ofendí al coronel, no conseguí nada… Me temo que no he nacido para diplomático, Shekt. —Arvardan experimentó una súbita necesidad de disculparse—. ¿Qué podía hacer? —gritó—. Balkis ya había hablado con el coronel, de modo que no podía confiar en él. ¿Y si le habían ofrecido perdonarle la vida? ¿Y si había tomado parte en la conspiración desde el primer momento? Sé que son sospechas absurdas, pero no podía correr ese riesgo… Desconfiaba demasiado de él, así que quería ver a Ennius en persona.

El físico se incorporó con las manos sarmentosas entrelazadas a la espalda.

—¿Entonces Ennius vendrá?

—Supongo que sí, pero únicamente porque Balkis solicitó que viniera…, y eso es algo que no entiendo.

—¿Balkis pidió que viniera? Entonces Schwartz debe estar en lo cierto…

—¿Qué dijo Schwartz?

El terrestre bajito y regordete estaba sentado en su catre. Cuando todas las miradas se volvieron hacia él se encogió de hombros y movió las manos en un gesto de impotencia.

—Capté el contacto mental del secretario cuando pasó delante de nuestro cuarto hace unos momentos. Estaba claro que había mantenido una larga conversación con el mismo oficial con el que habló usted.

—Lo sé.

—Pero no había ni rastro de traición presente en la mente del oficial.

—Bien, entonces me equivoqué —comentó Arvardan tristemente—. Cuando venga Ennius tendré que tragar mi ración de bilis… ¿Y qué me dice de Balkis?

—En su mente no hay preocupación ni miedo, solamente odio; y ahora a quienes más odia es a nosotros por haberle secuestrado y traído a la fuerza hasta aquí. Hemos herido terriblemente su vanidad y planea vengarse de nosotros. Vi las imágenes que se iban formando en su mente: Balkis en solitario, impidiendo que toda la Galaxia pudiese hacer algo para detenerle a pesar de que nosotros estamos enterados de lo que planea y trabajamos contra él… Nos otorgaba ventaja y nos daba todos los ases, pero después nos aniquilaba y acababa triunfando sobre nosotros.

—¿Pretende decirme que Balkis está dispuesto a poner en peligro sus planes y todas sus ilusiones de poder para satisfacer el rencor que siente contra nosotros? ¡Es una locura!

—Lo sé —afirmó Schwartz—, pero Balkis está loco.

—¿Y cree que tendrá éxito?

—Sí.

—Entonces necesitamos que nos ayude, Schwartz. Vamos a necesitar sus poderes mentales. Escúcheme…

—No, Arvardan —dijo Shekt meneando la cabeza—. Eso no daría resultado. Desperté a Schwartz cuando se fue y discutimos el asunto. Resulta evidente que Schwartz aún no controla del todo sus poderes mentales, y que de momento no puede ser muy preciso en cuanto a su utilización. Puede aturdir a un hombre, paralizar sus músculos o incluso causar su muerte…, y lo que es más, puede controlar los músculos mayores contra la voluntad del sujeto, pero eso es todo. En el caso del secretario, no consiguió hacer que hablara. Los pequeños músculos de sus cuerdas vocales se negaron a obedecer al control mental de Schwartz, y tampoco fue capaz de coordinar los movimientos musculares con la precisión necesaria para que Balkis condujera el vehículo. Incluso le resultó bastante difícil conseguir que conservara el equilibrio mientras caminaba… Así pues, es evidente que no podría dominar a Ennius hasta el extremo de, por ejemplo, obligarle a emitir una orden o a redactarla. Yo también pensé en esa posibilidad, pero…

Shekt meneó la cabeza, y su voz se fue apagando poco a poco.

Arvardan experimentó la terrible desolación de la impotencia.

—¿Dónde está Pola? —preguntó de repente sintiendo una punzada de angustia.

—Está durmiendo en su cuarto.

Arvardan hubiese querido despertarla, hubiese querido… ¡Oh, hubiese querido hacer tantas cosas!

Echó un vistazo a su reloj. Ya casi era medianoche, y apenas quedaban treinta horas.

Después durmió un rato, y despertó cuando estaba amaneciendo. Nadie vino a verles, y Arvardan se fue dejando consumir poco a poco por la desesperación.


Arvardan consultó su reloj. Ya casi era medianoche, y apenas quedaban seis horas.

Miró a su alrededor sintiéndose aturdido y desesperanzado. Ya estaban todos allí…, incluido el Procurador Ennius, quien por fin había llegado. Pola estaba a su lado, con sus deditos tibios apoyados sobre sus muñecas. Su rostro tenía aquella expresión de temor y cansancio que siempre provocaba en Arvardan un terrible furor contra la Galaxia.

Quizá todos mereciesen morir. Estúpidos…, estúpidos…, estúpidos…

Apenas se fijó en Shekt y Schwartz, que estaban sentados a su izquierda. Y también estaba Balkis, el maldito Balkis, con los labios todavía hinchados y una mejilla amoratada, por lo que el hablar debía de producirle un dolor terrible. Pensar en eso hizo que los labios de Arvardan se tensaran en una sonrisa maligna, y abrió y cerró los puños. El pensar en el dolor de Balkis hizo que sintiera un poco menos el dolor de su mejilla hinchada.

Ennius estaba delante de ellos. El Procurador del Imperio tenía el ceño fruncido, y el ir vestido con aquellas ropas pesadas e informes impregnadas de plomo hacía que pareciese inseguro de sí mismo y casi ridículo.

Ennius también era un estúpido. Arvardan pensó en todos aquellos imbéciles de la Galaxia que sólo anhelaban la paz y la tranquilidad, y sintió que el odio se agitaba en su interior. ¿Dónde estaban los conquistadores de tres siglos atrás?

Quedaban seis horas…


Ennius había recibido la llamada de la guarnición de Chica dieciocho horas antes, y había recorrido medio planeta para responder a ella. Los motivos que le habían impulsado a obrar de aquella forma eran extraños y difíciles de definir, pero también eran muy poderosos. Ennius se dijo que, en esencia, sólo se trataba del deplorable secuestro de una de aquellas exóticas personalidades vestidas de verde que tanto poder tenían en el supersticioso planeta Tierra…, sí, era eso y una serie de acusaciones tan absurdas como infundadas. Nada que el coronel de la guarnición imperial no pudiera resolver por sí solo, evidentemente.

Y sin embargo Shekt estaba complicado en el asunto, y no como acusado sino como acusador; lo cual resultaba un poco extraño.

Ahora Ennius estaba frente a ellos, intentando pensar con claridad y siendo consciente de que la decisión que tomara podría apresurar el estallido de la rebelión, que quizá debilitaría su posición personal en la corte del Emperador y acabaría con sus posibilidad de ascenso. En cuanto al reciente discurso de Arvardan sobre cultivos de virus y epidemias provocadas, ¿hasta qué punto podía tomarlo en serio? Después de todo si basaba las medidas que adoptara en eso, ¿podría convencer luego a sus superiores de que había actuado correctamente?

Y sin embargo Arvardan era un arqueólogo de gran fama…

Ennius decidió retrasar un poco la toma de su decisión.

—Supongo que tendrá algo que decir acerca de este asunto, ¿no? —preguntó mirando al secretario.

—Sorprendentemente poco —replicó el secretario sin inmutarse—. Me gustaría preguntar con qué pruebas se puede apoyar la acusación presentada.

—Su Excelencia, ya le expliqué que este hombre hizo una confesión muy detallada mientras éramos prisioneros suyos antes de ayer —intervino Arvardan con evidente impaciencia.

—Quizá decida creer en lo que acaba de oír, Su Excelencia —dijo el secretario—, pero no se trata más que de otra afirmación sin pruebas que la respalden. En realidad los únicos hechos de los que hay testigos son dos: el primero es que fui yo el prisionero capturado mediante la violencia, no ellos; y el segundo es que fue mi vida la que corrió peligro, y no la de ellos. Ahora me gustaría que mi acusador explicase cómo ha podido descubrir todo eso durante las nueve semanas que lleva en el planeta, cuando Su Excelencia el Procurador del Imperio no ha encontrado nada en mi contra durante los varios años que lleva ocupando el cargo.

—El hermano tiene razón en lo que dice —murmuró Ennius de mala gana—. ¿Cómo descubrió esa conspiración de la que habla?

—Antes de que el acusado confesara fui informado de la existencia de la conspiración por el doctor Shekt —replicó Arvardan con voz gélida.

—¿Es cierto eso, doctor Shekt? —preguntó Ennius dirigiéndose al físico.

—Sí, Su Excelencia.

—¿Y cómo descubrió usted la existencia de esa conspiración?

—El doctor Arvardan fue admirablemente preciso y minucioso en su descripción del uso que se dio al sinapsificador, y en sus observaciones sobre las últimas palabras que el bacteriólogo F. Smitko pronunció durante su agonía. Smitko participaba en la conspiración. Sus palabras fueron grabadas, y la grabación se encuentra en mis manos.

—Pero doctor Shekt… Si es cierto lo que ha dicho el doctor Arvardan, las últimas palabras de un agonizante que delira no son una prueba que pueda tener mucho peso. ¿No puede agregar ninguna otra prueba que…?

Arvardan le interrumpió descargando un puño sobre el brazo de su sillón.

—¡No sabía que estuviéramos en un tribunal! —rugió—. ¿Qué ocurre, es que alguien ha violado una ordenanza de tráfico? No tenemos tiempo de sopesar las pruebas en una balanza de precisión ni de medirlas con un micrómetro. Le repito que el tiempo de que disponemos terminará a las seis de la mañana…, tenemos cinco horas y media para eliminar esta terrible amenaza. Su Excelencia, ya hace tiempo que conoce al doctor Shekt, ¿verdad? Bien, ¿cree que es un embustero?

—Nadie ha acusado al doctor Shekt de mentir deliberadamente —se apresuró a intervenir el secretario—. Lo único que ocurre es que el buen doctor está envejeciendo, y últimamente ha estado muy preocupado por la proximidad de sus sesenta años. Me temo que una combinación de edad y miedo ha acabado provocando una ligera tendencia paranoica, algo que es muy frecuente en la Tierra… ¡Fíjense en él! ¿Les parece que su estado es completamente normal?

Y, naturalmente, el estado de Shekt no parecía muy normal. Estaba nervioso y tenso, y muy preocupado por lo que había ocurrido y por lo que iba a ocurrir; pero cuando respondió logró que su voz sonara normal e incluso serena.

—Puedo decir que he pasado los dos últimos meses sometido a una vigilancia continua por parte de la Sociedad de Ancianos, que mi correspondencia ha sido abierta antes de que llegara a mis manos y que mis respuestas han sido censuradas; pero es evidente que todas estas denuncias serán atribuidas a la paranoia de la que ha hablado el secretario Balkis… Sin embargo, tengo aquí a Joseph Schwartz, el hombre que se ofreció como voluntario para someterse a tratamiento con el sinapsificador el día en que usted vino a verme al Instituto de Investigaciones Nucleares.

—Sí, lo recuerdo —asintió Ennius, sintiendo una leve satisfacción ante aquel momentáneo cambio de tema—. ¿Es éste el hombre?

—Sí.

—La experiencia no parece haberle sentado demasiado mal.

—Se encuentra mucho mejor de lo que estaba antes. El tratamiento con el sinapsificador tuvo un éxito excepcional, puesto que antes ya poseía una memoria fotográfica…, dato que yo no sabía en aquellos momentos. Bien, el caso es que su mente ha adquirido una considerable sensibilidad a los pensamientos ajenos…

—¿Cómo? —exclamó Ennius, inclinándose hacia delante en su sillón. El Procurador estaba extraordinariamente sorprendido—. ¿Quiere decir que puede leer los pensamientos de otras personas?

—Es algo que puede ser demostrado, Su Excelencia; pero creo que el hermano confirmará mis palabras.

El secretario lanzó una fugaz mirada de odio a Schwartz, y la expresión resultó salvaje en su intensidad y veloz como el rayo en la celeridad con que desapareció.

—Es cierto, Su Excelencia —dijo con un temblor casi imperceptible en la voz—. Este hombre posee ciertas facultades hipnóticas, aunque ignoro si se deben al tratamiento con el sinapsificador al que fue sometido. Puedo añadir que el tratamiento fue llevado a cabo de manera totalmente clandestina y extraoficial, una circunstancia que supongo Su Excelencia estará de acuerdo conmigo en calificar de sospechosa.

—Me limité a obedecer las órdenes que había recibido del Primer Ministro —replicó Shekt.

El secretario volvió a encogerse de hombros.

—Concentrémonos en el asunto que me ha traído hasta aquí e intentemos evitar las discusiones no relacionadas con él —ordenó Ennius con voz perentoria—. ¿Qué tiene que decir acerca de Schwartz? ¿Qué relación tienen sus facultades hipnóticas, telepáticas o lo que sean con este caso?

—Shekt va a decir que Schwartz puede leer mis pensamientos —se adelantó el secretario.

—¿De veras? Bien, ¿y qué está pensando ahora? —preguntó el Procurador, dirigiéndose a Schwartz por primera vez.

—Está pensando que no podemos convencerle de la veracidad de nuestros argumentos —respondió Schwartz.

—Muy cierto, aunque me temo que esta deducción no requiere excesivos poderes mentales —dijo el secretario con voz burlona.

—Y también está pensando —siguió diciendo Schwartz mirando fijamente a Ennius— que usted es un pobre infeliz que no se atreve a adoptar las medidas necesarias, que sólo desea la paz y que espera conquistar a los terrestres con su justicia y su imparcialidad…, y que eso le hace doblemente imbécil.

—¡Niego rotundamente todo eso! —exclamó el secretario sonrojándose —. Es un intento evidente de predisponerle en mi contra, Su Excelencia.

—No crea que es tan fácil predisponerme en contra de alguien —dijo Ennius—. ¿Y qué estoy pensando yo? —preguntó a continuación.

—Que aun suponiendo que yo pudiese ver con toda claridad lo que hay dentro del cráneo de un hombre, no tendría ninguna necesidad de decirles la verdad sobre lo que he visto —respondió Schwartz.

—Exacto, completamente exacto —asintió el Procurador poniendo cara de sorpresa, y arqueó las cejas—. ¿Confirma la veracidad de las afirmaciones hechas por los doctores Arvardan y Shekt?

—¡Completamente!

—¡Ah! Pero a menos que encontremos a otra persona como usted que no se halle involucrada en este asunto, su declaración no tendría ninguna validez legal aunque consiguiera convencernos a todos de que realmente posee facultades telepáticas.

—¡Pero no se trata de un formulismo legal, sino de la seguridad de toda la Galaxia! —gritó Arvardan.

—Su Excelencia, le agradecería que diese la orden de que Joseph Schwartz saliera de esta sala —dijo el secretario poniéndose en pie.

—¿Por qué?

—Porque este hombre no sólo lee los pensamientos, sino que además posee ciertas facultades de control mental. Fui secuestrado precisamente gracias a una parálisis provocada por Schwartz, y temo que ahora pueda tratar de usar un truco parecido sobre mí…, o incluso sobre usted, Su Excelencia.

Arvardan se puso en pie, pero el secretario se le adelantó.

—¡No puede haber ninguna audiencia imparcial mientras se halle presente un hombre capaz de influir sutilmente sobre las decisiones del juez mediante los poderes mentales que él mismo ha confesado poseer! —gritó.

Ennius tomó su decisión inmediatamente. Un guardia entró en la sala. Joseph Schwartz fue sacado de ella sin que ofreciese resistencia y sin que apareciese la más mínima señal de inquietud en su rostro regordete.

Aquello fue el golpe final para Arvardan.

El secretario se puso en pie, y permaneció inmóvil durante unos momentos, severo e imponente en su túnica verde. Bastaba con mirar a Balkis para ver que había recobrado toda la confianza en sí mismo.

—Su Excelencia —empezó diciendo en tono formal y ceremonioso—, todas las opiniones y afirmaciones del doctor Arvardan se basan en el testimonio del doctor Shekt y, a su vez, las opiniones del doctor Shekt se basan en el delirio de un moribundo. Y todo esto, Su Excelencia…, todo esto no salió a la superficie hasta después de que Joseph Schwartz fuese sometido a tratamiento con el sinapsificador.

»Así pues, se impone que nos preguntemos quién es Joseph Schwartz. Hasta que Joseph Schwartz apareció en escena, el doctor Shekt era un hombre perfectamente normal…, Su Excelencia estuvo con él la tarde del día en el que Schwartz fue llevado al Instituto para ser sometido a tratamiento con el sinapsificador. ¿Dio alguna muestra de anormalidad entonces? ¿Le informó de que se estaba tramando una traición contra el Imperio? ¿Le habló de los balbuceos de un bacteriólogo moribundo? ¿Le pareció preocupado, tuvo la impresión de que sospechaba que ocurría algo raro? Ahora afirma que el Primer Ministro le ordenó que falsificara los resultados de las pruebas del sinapsificador, y que no registrara los nombres de las personas sometidas a tratamiento con él. ¿Dijo algo de todo eso entonces…, o lo ha hecho únicamente ahora, después del día en que apareció Schwartz?

»Vuelvo a preguntárselo: ¿quién es Joseph Schwartz? Cuando fue llevado al Instituto no hablaba ningún idioma conocido. Eso es algo que averiguamos más tarde, cuando empezamos a tener dudas sobre la salud mental del doctor Shekt… Fue llevado allí por un granjero que no sabía nada sobre su identidad y que lo ignoraba todo sobre él…, y desde aquel entonces tampoco se ha descubierto absolutamente nada sobre Schwartz.

»Sin embargo, no cabe duda de que este hombre posee extraños poderes mentales. Puede aturdir a cien metros de distancia sólo con el pensamiento…, y puede matar a menor distancia. Yo mismo he sido paralizado por él. Schwartz manejaba mis brazos y mis piernas, y si lo hubiese deseado también podría haber manejado mi mente.

»Estoy seguro de que Schwartz manipuló las mentes de estas personas. Afirman haber sido retenidas contra su voluntad y haber sido amenazadas de muerte, y dicen que confesé ser un traidor que aspiraba a apoderarse del Imperio… Pero le ruego que les haga una sola pregunta, Su Excelencia. ¿Acaso no han estado expuestos en todo momento a la influencia de Schwartz…, es decir, de un hombre capaz de controlar sus mentes?

»¿No cabe la posibilidad de que Schwartz sea un traidor? Y, si no lo es, ¿quién es Schwartz?

El secretario se sentó con expresión confiada y casi alegre.

Arvardan tenía la impresión de que su cerebro había sido colocado dentro de un ciclotrón y que estaba siendo centrifugado con una rapidez cada vez mayor.

¿Qué podía alegar? ¿Que Schwartz había venido del pasado? ¿Qué pruebas tenía de ello? ¿La de que Schwartz hablaba un idioma primitivo? Pero el único que podía atestiguarlo era precisamente Arvardan, y era muy posible que la mente de Arvardan estuviera sometida a una influencia extraña. Después de todo, ¿cómo podía estar totalmente seguro de que no había sufrido ninguna manipulación mental? ¿Quién era Schwartz? ¿Quién había podido convencer a Arvardan hasta el extremo de que creyera con tanta firmeza en aquel descabellado plan para conquistar la Galaxia?

Arvardan siguió pensando. ¿De dónde surgía su convicción de que la conspiración era real? Era un arqueólogo, y estaba acostumbrado a la duda metódica, pero… ¿Había sido la palabra de un hombre…, o el beso de una muchacha? ¿O Joseph Schwartz?

¡No podía pensar con claridad!

—¿Y bien? —preguntó Ennius con impaciencia—. ¿Tiene algo que decir, doctor Shekt? ¿O usted, doctor Arvardan?

—¿Por qué se lo pregunta a ellos? —exclamó de repente Pola rompiendo el silencio que siguió a las palabras del Procurador—. ¿No se da cuenta de que todo es mentira? ¿No comprende que Balkis nos está confundiendo a todos con sus embustes? Oh, todos moriremos y ya no me importa… Pero podríamos impedirlo…, y en cambio nos quedamos aquí sentados y hablamos y hablamos…

Pola estalló en sollozos desesperados.

—Vaya, así que hemos quedado reducidos a tener que escuchar los chillidos de una jovencita histérica —dijo el secretario—. Voy a hacerle una proposición, Su Excelencia. Mis acusadores afirman que el gran plan, el supuesto virus y todo el resto de sus invenciones se pondrá en práctica a una hora determinada…, creo que a las seis de la mañana. Me ofrezco a permanecer bajo custodia durante una semana. Si lo que dicen es verdad, la noticia de que una epidemia está haciendo estragos en la Galaxia llegará a la Tierra dentro de pocos días, y las fuerzas imperiales todavía controlarán la Tierra.

—La Tierra a cambio de las vidas de los seres humanos de toda la Galaxia…, qué equitativo —murmuró Shekt palideciendo.

—Yo valoro mi vida y las de mi pueblo —dijo el secretario—. Seremos rehenes de nuestra inocencia, y estoy dispuesto a informar ahora mismo a la Sociedad de Ancianos de que permaneceré aquí durante una semana por mi propia voluntad, con lo que se evitará cualquier posible disturbio.

Balkis se cruzó de brazos.

Ennius levantó la mirada y le contempló con expresión preocupada.

—No me parece que este hombre sea culpable… —empezó a decir.

Arvardan se sintió incapaz de soportar aquello por más tiempo. Se puso de pie y fue rápidamente hacia el Procurador moviéndose con paso decidido y claramente amenazador. Nunca se llegó a saber qué había planeado hacer, y más tarde ni tan siquiera el mismo Arvardan consiguió recordarlo; pero daba igual. Ennius tenía un látigo neurónico y lo utilizó.

Y por tercera vez desde su llegada a la Tierra, todo lo que rodeaba a Arvardan estalló en una hoguera de dolor, giró locamente en torno a él y acabó desvaneciéndose.

Y durante las horas que Arvardan permaneció inconsciente se cumplió el plazo fatídico de las seis…


21. EL PLAZO HA VENCIDO

<p>21. EL PLAZO HA VENCIDO</p>

¡Y el plazo venció!

Luz…

Una luz borrosa y sombras difusas que se confundían y arremolinaban a su alrededor, y que iban cobrando nitidez poco a poco…

Un rostro… Dos ojos que le contemplaban…

—¡Pola! —exclamó Arvardan, y todo se hizo claro en un instante—. ¿Qué hora es?

Sus dedos apretaron con fuerza la muñeca de la muchacha, y Pola hizo una mueca involuntaria de dolor.

—Son las siete pasadas —susurró ella—. Ya ha vencido el plazo que teníamos.

Arvardan miró frenéticamente a su alrededor y saltó del catre en el que había estado acostado, sin hacer caso al dolor que aquel movimiento tan repentino produjo en sus articulaciones. Shekt, que estaba sentado en un sillón, levantó la cabeza para hacer un gesto de asentimiento impregnado de amargura.

—Todo ha terminado, Arvardan.

—Entonces Ennius…

—Ennius no ha querido arriesgarse —dijo Shekt—. Qué extraño, ¿verdad? —El anciano físico dejó escapar una risita enronquecida—. Sin ayuda de nadie, nosotros tres descubrimos un siniestro complot contra la humanidad, capturamos al cabecilla de la conspiración y hacemos que comparezca ante la justicia… Parece uno de esos holodramas en que los héroes acaban triunfando gloriosamente justo cuando todo parecía perdido, ¿no? Los holodramas suelen terminar en ese momento, pero en nuestro caso la acción continuó y descubrimos que nadie nos creía. Eso no ocurre en los holodramas, ¿verdad? Los holodramas siempre acaban bien… Sí, resulta muy extraño…

Las palabras se convirtieron en sollozos desgarradores.

Arvardan se sintió incapaz de soportar el espectáculo de su dolor, y apartó la mirada. Los ojos de Pola eran universos oscuros, húmedos e inundados de llanto; y Arvardan se perdió en ellos durante un momento. Sí, sus ojos eran dos cosmos llenos de estrellas, y pequeños bólidos de metal brillante volaban hacia ellas devorando años luz a medida que penetraban en el hiperespacio siguiendo siniestras trayectorias meticulosamente calculadas; y muy pronto, tal vez en ese mismo instante, se acercarían, atravesarían atmósferas, descargarían lluvias invisibles de virus mortales…

Bien, todo había acabado. Ya era imposible impedirlo.

—¿Dónde está Schwartz? —preguntó con un hilo de voz.

—No hemos vuelto a verle desde que se lo llevaron —respondió Pola meneando la cabeza.


La puerta se abrió. Arvardan aún no estaba tan resignado a la idea de la muerte como para no alzar la cabeza con una débil luz de esperanza en los ojos.

Pero era Ennius, y el semblante de Arvardan se endureció y giró la cabeza.

Ennius se acercó y contempló en silencio durante unos momentos al padre y a la hija, pero incluso en aquellos instantes Shekt y Pola eran antes que nada dos terrestres y no podían decir nada al Procurador, a pesar de que sabían que aunque sus vidas terminarían pronto y de manera violenta la del Procurador terminaría todavía más pronto y de forma todavía más violenta.

—¿Doctor Arvardan? —murmuró Ennius poniendo una mano sobre el hombro del arqueólogo.

—¿Sí, Su Excelencia? —replicó Arvardan imitando con sarcástica amargura la entonación de su interlocutor.

—Son más de las seis —le informó Ennius.

El Procurador no había dormido en toda la noche. La decisión de absolver oficialmente a Balkis no le había convencido de que los acusadores estuvieran locos…, o sometidos a un inexplicable control mental. Ennius había pasado las horas contemplando cómo el cronómetro sin alma marcaba la aproximación del fin de la Galaxia.

—Sí —asintió Arvardan—. Son más de las seis y las estrellas continúan brillando.

—Pero usted sigue creyendo que estaban en lo cierto, ¿no?

—Las primeras víctimas morirán dentro de pocas horas, Su Excelencia —dijo Arvardan—. Nadie prestará una atención especial a ello, porque todos los días mueren seres humanos. Dentro de una semana habrá centenares de miles de muertos, y el porcentaje de mejorías se aproximará al cero. Ningún medicamento conocido será capaz de curar la enfermedad, y muchos planetas enviarán mensajes de emergencia solicitando ayuda contra la epidemia. Dentro de dos semanas infinidad de planetas se habrán sumado a la petición de ayuda, y se declarará el estado de emergencia en los sectores más próximos. Dentro de un mes la Galaxia se retorcerá en las garras implacables de la infección, y dentro de dos meses habrá muerto… ¿Qué hará usted cuando empiecen a llegarle los primeros informes?

»Permítame que extienda mi predicción a ese punto. Enviará comunicados diciendo que el origen de la epidemia quizá haya que buscarlo en la Tierra, pero eso no ayudará a salvar ninguna vida. Después declarará la guerra a la Sociedad de Ancianos, y borrará de la faz del planeta a todos los terrestres…, lo cual tampoco salvará ninguna vida. Si no hace eso, quizá decida actuar como intermediario entre su amigo Balkis y el Consejo Galáctico o los supervivientes del mismo. Quizá incluso acabe teniendo el honor de entregar a Balkis los restos miserables de lo que había sido un Imperio colosal a cambio de la antitoxina, que podrá o no llegar a un número de mundos suficiente en cantidades suficientes y en el tiempo suficiente como para salvar la vida de un solo ser humano.

Ennius sonrió, pero su sonrisa carecía de convicción.

—¿No cree que está exagerando un poco?

—Oh, sí. Yo soy un muerto y usted es un cadáver; pero será mejor que nos lo tomemos con la frialdad y la calma que exigen las condenadas tradiciones del Imperio, ¿no le parece?

—Si me guarda rencor porque utilicé el látigo neurónico contra usted…

—Oh, le aseguro que no siento ni el más mínimo rencor hacia Su Excelencia —respondió el arqueólogo irónicamente—. De hecho, estoy tan acostumbrado al látigo neurónico que ya apenas noto sus efectos.

—Bien, entonces intentaré explicárselo de la forma más lógica posible. Este asunto se ha convertido en un embrollo de lo más desagradable… Sería difícil presentar un informe que tuviera alguna apariencia de lógica, y ocultar lo ocurrido resultará igualmente difícil a menos que se tenga alguna razón sólida para ello. Los otros acusadores son terrestres, doctor Arvardan, por lo que su voz es la única que tiene cierto peso. ¿Qué me diría de firmar un documento en el que se dijera que hizo esa acusación cuando no se hallaba en pleno uso de sus…? Bueno, ya buscaremos alguna frase que pueda resultar convincente sin que sea necesario hablar del control mental.

—No hay ningún problema. Diga que estaba loco, borracho, hipnotizado o bajo los efectos de alguna droga… Cualquier excusa servirá.

—Oiga, ¿le importaría tratar de ser razonable? Le repito que ha sido engañado. —La voz de Ennius se había convertido en un susurro cargado de tensión—. Usted nació en Sirio. ¿Por qué se ha enamorado de una terrestre?

—¿Qué?

—No grite. Quiero decir que… Bueno, ¿cree que de haberse hallado en su estado normal podría haber llegado a enamorarse de ella? ¿Podría haber llegado a pensar en algo semejante?

Ennius movió la cabeza en un gesto casi imperceptible señalando a Pola.

Arvardan contempló al Procurador Ennius con expresión sorprendida durante unos momentos. Después movió velozmente un brazo y agarró por el cuello a la más elevada autoridad imperial existente en la Tierra. Ennius tiró desesperada e inútilmente de las robustas manos de su agresor.

—¡Considérese…, arrestado, doctor … Arvardan —jadeó Ennius.

La puerta volvió a abrirse y el coronel fue hacia ellos.

—Su Excelencia, la chusma de la Tierra ha vuelto.

—¿Cómo? ¿Es que Balkis no habló con sus funcionarios? Se suponía que iba a hacer los arreglos necesarios para permanecer una semana en el fuerte sin que hubiese disturbios.

—Habló con ellos, y sigue aquí; pero la turba también está aquí. Todo está preparado para hacer fuego contra los terrestres, y en mi calidad de comandante militar es precisamente lo que aconsejo que se haga. ¿Tiene alguna sugerencia que hacer al respecto, Su Excelencia?

—No disparen hasta que haya hablado con Balkis. Haga que venga aquí. —Ennius se volvió hacia Arvardan—. Después me ocuparé de usted, doctor Arvardan.


Balkis entró en la habitación con una sonrisa en los labios. Hizo un reverencia formal a Ennius, quien respondió con una ligera inclinación de cabeza.

—Me han informado de que sus hombres han ocupado todos los caminos que llevan al Fuerte Dibburn —dijo el Procurador sin perder tiempo en más preámbulos—. Esto no era lo convenido, Balkis. No queremos derramar sangre, pero nuestra paciencia también tiene un límite. ¿Puede conseguir que se dispersen pacíficamente?

—Por supuesto, Su Excelencia…, si lo deseo.

—¿Si lo desea…? Será mejor que lo desee…, ¡e inmediatamente!

—¡De ninguna manera, Su Excelencia! —respondió el secretario mientras sonreía y estiraba un brazo. Su voz se había vuelto brutalmente cortante. Había estado contenida durante demasiado tiempo, y por fin podía desahogarse—. ¡Estúpido! Ha esperado demasiado y ahora puede morir por eso…, o vivir como un esclavo, si lo prefiere, pero recuerde que no será una existencia fácil.

El salvajismo y el fervor con que fueron pronunciadas aquellas palabras no parecieron afectar a Ennius. Incluso ahora y ante lo que indudablemente era el golpe más violento recibido por el Procurador del Imperio a lo largo de toda su carrera, la serenidad del diplomático profesional no le abandonó; y el único efecto visible fue que la expresión de Ennius se volvió un poco más cansada que de costumbre.

—Así que mi cautela al fin me ha hecho cometer un error espantosamente grave, ¿eh? ¿La historia del virus era…, era cierta? —En el tono de voz de Ennius había algo extraño, una especie de distanciamiento distraído—. Pero la Tierra, usted mismo… Todos son mis rehenes.

—¡Nada de eso! —gritó Balkis al instante con voz triunfal—. Usted y los suyos son mis rehenes—. El virus que se está diseminando ahora por el universo no ha olvidado la Tierra; y el aire que se respira en todas las guarniciones imperiales del planeta, la del Everest incluida, ya ha sido concienzudamente contaminado con él. Los terrestres somos inmunes, ¿pero qué tal se encuentra usted, Procurador? ¿Se siente débil, nota reseca la garganta, empieza a dolerle la cabeza como si tuviera fiebre…? No tardará mucho en notar todos esos síntomas, ¿sabe? ¡Y sólo puede obtener el antídoto de nuestras manos!

Ennius guardó silencio y de repente sus delgadas facciones adoptaron una expresión increíblemente altiva.

—Doctor Arvardan, comprendo que debo pedirle disculpas por haber dudado de su palabra —dijo con rígida cortesía volviéndose repentinamente hacia el arqueólogo—. Doctor Shekt, señorita Shekt … les ruego que me perdonen.

—Muchas gracias por sus disculpas —respondió Arvardan mostrando los dientes— Nos resultarán muy útiles a todos.

—Tengo sobradamente merecido su sarcasmo —dijo el Procurador—. Ahora, si me lo permiten volveré al Everest para morir con mi familia. Todo posible compromiso con este…, este hombre es inconcebible, naturalmente. No dudo que los soldados imperiales destacados en la Tierra sabrán comportarse dignamente antes de morir, y serán muchos los terrestres que podrán precedernos por los caminos de la muerte. Adiós.


—Un momento, un momento… No se vaya aún.

La cabeza de Ennius giró muy, muy despacio para volverse hacia el lugar del que procedía la voz del recién llegado.

Y Joseph Schwartz atravesó el umbral muy, muy despacio. Su frente estaba llena de arrugas, y se tambaleaba ligeramente a causa del cansancio.

El secretario se puso tenso y retrocedió de un salto, pero enseguida se enfrentó al hombre llegado del pasado contemplándole con una súbita mezcla de alarma y desconfianza.

—¡No podrá arrancarme el secreto del antídoto! —gritó—. Sólo ciertos hombres lo tienen, y no son los mismos que han sido adiestrados en su utilización. Todos ellos están ocultos en un lugar seguro, donde permanecerán fuera de su alcance durante el tiempo que necesite la toxina para surtir su efecto.

—Ya están fuera de nuestro alcance —asintió Schwartz—, pero no por el tiempo que podría tardar la toxina en surtir efecto. Verá, ya no hay toxina y tampoco hay ningún virus que destruir…

Aquella revelación tan inesperada no fue aceptada en todo su significado, y la mente de Arvardan concibió una idea desconcertante. ¿Y si había sido engañado, y si todo aquello sólo había sido una burla gigantesca que también había incluido al secretario? En ese caso, ¿cuál podía haber sido el motivo?

—¡Vamos, explíquese! —exclamó Ennius—. ¿Qué quiere decir?

—No es muy complicado —dijo Schwartz—. Cuando estuvimos aquí ayer por la noche comprendí que no conseguiría nada quedándome sentado y escuchando, así que pasé un buen rato manipulando con mucha delicadeza la mente del secretario… Tenía que ser lo más discreto posible porque temía ser descubierto, ¿comprenden? Al final Balkis pidió que me sacaran de la sala. Era justo lo que yo deseaba, naturalmente, y el resto resultó muy fácil. Dormí a mi guardia y partí rumbo al aeródromo. La fortaleza se encontraba en estado de alerta. Las aeronaves estaban cargadas de combustible, armadas y listas para emprender el vuelo. Los pilotos estaban esperando impacientes. Escogí a uno…, y despegamos con rumbo a Senloo.

El secretario dio la impresión de que quería decir algo. Sus mandíbulas se movieron, pero no llegaron a emitir ningún sonido.

—¡Pero usted no podía obligar a nadie a pilotar un avión! —exclamó Shekt—. Lo máximo que podía hacer con el control mental era obligar a alguien a caminar.

—Cierto…, cuando he de trabajar contra la voluntad de alguien; pero la mente del doctor Arvardan me había revelado lo mucho que odian los nativos de Sirio a los terrestres. Busqué un piloto que hubiese nacido en el Sector de Sirio, y acabé decidiéndome por el teniente Claudy.

—¿El teniente Claudy? —exclamó Arvardan.

—Sí… Oh, así que conoce al teniente. Ya veo… Su imagen está muy clara en su mente.

—Ya lo creo… Siga, Schwartz.

—Ese oficial aborrece a los terrestres con un odio tan intenso que incluso yo tuve dificultades para comprenderlo a pesar de que estaba en contacto con su mente. Deseaba bombardearlos, destruirlos… Lo único que lo retenía impidiéndole partir inmediatamente en su aeronave era la disciplina militar. Ese tipo de mente es muy particular, ¿saben? Bastó con un poco de sugestión y con aplicar un pequeño impulso, y la disciplina dejó de ser capaz de contener al teniente. Creo que ni tan siquiera se dio cuenta de que subía a la aeronave con él…

—¿Y cómo consiguió localizar Senloo? —preguntó Shekt.

—En mis tiempos había una ciudad llamada San Luis[1], situada en la confluencia de dos grandes ríos —respondió Schwartz—. Encontramos Senloo sin dificultad. Era de noche, pero había un manchón oscuro perdido en un mar de radiactividad…, y el doctor Shekt había dicho que el Templo era un oasis de terreno normal. Dejamos caer una bengala…, o por lo menos ésa fue la sugerencia mental que hice al teniente Claudy, y la luz reveló un edificio en forma de estrella de cinco puntas. Coincidía con la imagen que había captado en la mente del secretario. En el sitio donde estaba ese edificio ahora sólo hay un cráter de treinta metros de profundidad. Eso ocurrió a las tres de la madrugada. No se llegó a lanzar ni un solo cohete lleno de virus, y el universo vuelve a ser libre.

Los labios del secretario dejaron escapar un chillido animal que parecía el aullido fantasmagórico de un demonio torturado. Pareció prepararse para dar un salto…, y de repente su cuerpo se relajó y el secretario cayó al suelo.

Un hilillo de saliva chorreaba de su labio inferior.

—No le he hecho nada —murmuró Schwartz—. Regresé antes de las seis —añadió mientras contemplaba con expresión pensativa a la figura caída en el suelo—, pero comprendí que tendría que esperar a que hubiese vencido el plazo. Más tarde o más temprano Balkis necesitaría alardear de lo que había hecho. Lo había leído en su mente, y la única forma de probar su culpabilidad que tenía a mi alcance era permitir que él mismo la confesara. Y ahora Balkis ha caído al fin…


22. LO MEJOR AÚN NO HA LLEGADO

<p>22. LO MEJOR AÚN NO HA LLEGADO</p>

Habían transcurrido treinta días desde que Joseph Schwartz despegó de la pista de un aeródromo en una noche dedicada a la destrucción galáctica, alejándose velozmente del suelo mientras las sirenas de alarma aullaban enloquecidas detrás de él y el éter era atravesado por mensajes ordenándole que se detuviera.

No había regresado…, por lo menos hasta después de haber destruido el Templo de Senloo.

Y ahora su heroísmo por fin había merecido la recompensa oficial. Schwartz tenía en un bolsillo la Orden de la Nave y el Sol de Primera Clase. Sólo otros dos seres humanos en toda la Galaxia habían sido honrados con ella antes de morir.

Eso era más que suficiente para un sastre jubilado.

Salvo los funcionarios más destacados del Imperio nadie sabía con exactitud qué había hecho Schwartz, naturalmente, pero eso no importaba. Algún día los libros de historia hablarían de lo ocurrido incorporándolo a una crónica maravillosa que jamás sería olvidada.

Schwartz se dirigía hacia la casa del doctor Shekt envuelto en el silencio de la noche. La ciudad estaba tan tranquila y callada como el cielo lleno de estrellas que la cubría. Las bandas armadas de celotes aún causaban disturbios en algunos lugares aislados de la Tierra, pero todos sus dirigentes habían muerto o estaban en prisión, y los terrestres moderados podrían encargarse del resto sin ayuda exterior.

Los primeros convoyes de naves gigantescas que transportaban suelo normal ya estaban en camino. Ennius había repetido su propuesta original de trasladar a otro planeta toda la población de la Tierra, pero naturalmente no podía ser aceptada. Lo que se pedía no era caridad. Los terrestres querían reconstruir su propio planeta. Querían reconstruir la patria de sus antepasados, el mundo donde había nacido la raza humana. Querían trabajar con sus manos arrancando el suelo contaminado y reemplazándolo por suelo puro, viendo cómo la vegetación crecía allí donde todo había estado muerto y haciendo florecer de nuevo la belleza en el erial.

Era una tarea titánica que muy bien podía durar un siglo entero, ;pero qué importaba eso? Que la Galaxia prestase la maquinaria, que enviara provisiones, que proporcionase el suelo… Con ello sólo consumiría una mínima parte de sus inmensos recursos, y la Tierra pagaría las deudas que contrajese.

Y algún día los terrestres volverían a ser un pueblo más entre los pueblos de la Galaxia y habitarían un planeta que no tendría nada que envidiar a los otros planetas, y podrían mirar de frente a toda la humanidad con dignidad y en pie de igualdad.

Schwartz pensó en todo aquello, y su corazón aceleró su pulso mientras subía por la escalinata que llevaba hasta la puerta principal. La semana próxima partiría con Arvardan hacia los grandes mundos centrales de la Galaxia. ¿Qué otro hombre de su generación había podido salir jamás de la Tierra?

Y por un momento pensó en la Vieja Tierra, su Tierra, muerta hacía tanto, tanto tiempo…

Y sin embargo apenas habían transcurrido tres meses y medio.

Se detuvo con la mano levantada para llamar a la puerta, y las palabras que se estaban pronunciando dentro de la casa resonaron en su mente. Schwartz podía oír con toda claridad la música tintineante de los pensamientos.

Se trataba de Arvardan, naturalmente, en cuya mente había mucho más de lo que podía expresar con palabras.

—He esperado y he pensado, Pola, y no estoy dispuesto a seguir así por más tiempo. Vendrás conmigo.

—No podría, Bel —respondió Pola, cuya mente estaba tan agitada como la de Arvardan y, en su caso, a causa de palabras que no quería pronunciar en voz alta—. Mis modales y mis costumbres son tan primitivas… Me sentiría muy fuera de lugar en esos grandes mundos del espacio, y además sólo soy una te…

—No lo digas. Eres mi esposa. Si te preguntan qué y quién eres responderás que eres nativa de la Tierra y ciudadana del Imperio. Si te piden más detalles, bastará con decir que eres mi esposa.

—Bueno, ¿y qué haremos después de que hayas pronunciado ese discurso ante la Sociedad Arqueológica de Trántor?

—¿Después? Bien, para empezar nos tomaremos un año de descanso y visitaremos los mundos más importantes de la Galaxia. No pasaremos por alto ni uno solo aunque tengamos que ir y venir a bordo de naves correo. Conocerás toda la Galaxia, Pola, y tendrás la mejor luna de miel que se puede pagar con el dinero del gobierno imperial.

—Y después…

—Y después volveremos a la Tierra y nos ofreceremos como voluntarios para los batallones de trabajo, y pasaremos los cuarenta años próximos transportando suelo fértil a paletadas para reemplazar las zonas radiactivas.

—¿Y por qué ibas a hacer tú algo semejante?

—¿Por qué? —El contacto mental de Arvardan se tiñó en aquel instante con el equivalente en pensamientos a un profundo suspiro—. Porque te amo y porque eso es lo que tú deseas, y porque soy un terrestre lleno de patriotismo…, y puedo demostrarlo con mi documento de nacionalización honoraria.

—Bien, entonces…

Y la conversación se interrumpió en ese punto.

Pero los contactos mentales no, y Schwartz se alejó sintiéndose muy satisfecho y un poco turbado. Podía esperar. Ya habría tiempo más que suficiente para molestar a la pareja cuando todo estuviese más tranquilo.


Schwartz esperó en la calle, con las frías estrellas brillando sobre su cabeza. Había toda una constelación de ellas, tanto visibles como invisibles. Y repitió en voz baja una vez más aquel antiguo poema que ahora sólo él sabía entre tantos miles de millones de seres humanos, y lo recitó para él, y para la nueva Tierra, y para todos esos millones de planetas lejanos.

¡Envejece a mi lado! Lo mejor aún no ha llegado. El final de la vida, para el cual fue creado el principio…
FIN

Título origina Pebble in the Sky.

Traducción de Eduardo Goligorsky.

© 1950, Isaac Asimov

© 1992, Ediciones Martínez Roca, S. A. Biblioteca Asimov nº 8.

ISBN 84-270-1646-8

Edición digital de Umbriel. Mayo de 2002.