Hector Abad Faciolince

Asuntos de un hidalgo disoluto


A las aes de sus nombres

(Seu coraçao talvez movido a corda…)

Mário de Sá-Carneiro

Pero lo malo es que todas estas cosas

vienen a dar un fracaso irremediable

Relati de Gaspar, León de Greiff



Prólogo

<p>Prólogo</p>

En el que se declaran nombres y pronombres


Aquel que dice sí, esta boca es mía (un deslenguado), su humilde servidor, Gaspar Medina para mayores señas, el que esto escribe, quien dicta estos recuerdos presumidos, el hijo de mi madre… No: máscara idiota. Yo. Yo yo yo yo yo. La verdad está en este fastidioso monosílabo, tocayo de todos, pronombre del que cualquiera se cree dueño, comodín para el rey, el burgués, el vasallo, el santo, el asesino, y mágico sonido para mí: yo. I, io, moi, ich. Yo.

Yo, palabra impúdica, yo, el nombre que me doy a toda hora, yo. Yo voy a recordar los yoes que he sido desde que soy yo. Desde que de mí me acuerdo (poco), desde aquel yo de ayer, plural, lejano y sucesivo, hasta este yo de hoy en que empiezo a dictar y ya soy otro, hasta ese de mañana en que termine estas memorias del otro yo que seré. Una alucinatoria y grotesca galería de espejos que repiten la imagen siempre distinta de mí mismo.

Yo estoy aquí sentado frente al escritorio, casi inmóvil, con mi boca que se abre y se cierra como la de un pez tonto del que no salen burbujas sino palabras copiadas de inmediato por mi amanuense y leídas quién sabe cuándo por usted. Somos tres: mi secretaria, usted y yo. Yo me llamo como queda escrito, mi secretaria se llama Cunegunda Bonaventura, llámese usted como se llame usted. Los tres y este papel. Sin mentiras ni falsa modestia. Como yo soy quien dicta, como yo soy el arbitrario, como soy el demiurgo estrafalario, como soy el locuaz atrabiliario, debe saberse desde ahora que aquí el que manda soy yo. Yo solo. Un dios torpe, por el momento, con una secretaria de ventrílocuo. Y no de ventrículo, todavía no. ¿Está claro? Yo, ella, usted y este papel. Como en la primera clase de gramática yosoy túeres ustedes éles. Uno que habla, yo, una que copia, tú, uno que lee, usted, gracias a él, este papel. Quiero parecer metódico, ordenado, porque sé que después no lo seré. No soy capaz. O no me da la gana. Salto de aquí para allá. Mis recuerdos son una jauría de ecos que rebotan en el cráneo, voces que ladran y muerden.

De las dos fechas, la cuna y la sepultura, el principio y el fin de cada uno, estoy muy cerca de la segunda y lejísimos de la primera. Pero estoy anticipando demasiado para un prólogo, vestíbulo del libro en que nos saludamos. Ya habrá tiempo y páginas para decirlo todo. Todo: mis dichos, disparates, dictados y dicterios: todo.

Lector (si existes), yo sé que no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para animarme. Lector, yo sé que eres indigno de poner un pie en mi casa, pero una palabra tuya bastará para crearme. Lector, yo sé que no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Verás la gente que he conocido, las ciudades en las que vivo, las edades que tuve, los libros que sigo leyendo, lo que pensé y pienso, lo poco que hice y lo menos que me hicieron. Trozos de lo vivido y pedazos de mí mismo que quizá lleguen a coincidir conmigo. Fragmentos de lo que viví, pero no en el orden en que pasó, sino en el orden con que sale del olvido. Este es mi índice, no el dedo, sino el sumario de mi vida. Y este es mi índice, ahora sí digo el dedo, que se levanta y se vuelve sobre mí para apoyarse en el esternón mientras digo una vez más: yo. Yo. Yo y punto. Lo que he venido a ser, si es que soy algo, después de todo lo que he sido. Esto.


I

<p>I</p>

Donde se habla del beso de Eva, la primera mujer


Vine a saber que era rico como a los quince años, por los mismos días en que supe que los besos no se daban tan sólo con los labios. Era una cuestión de pudor, me imagino, pues si mucho, hasta la adolescencia, yo sabía que éramos acomodados, una palabra que para mí quería decir sillones o jardín, cualquier cosa, pero no riqueza. Ambas revelaciones se las debo a la lengua de la misma persona, Eva Serrano, la hija de unos amigos de mis padres.

Eva era un año mayor que yo y, como yo, hija única. Su familia era chilena, pero vivían en Colombia desde hacía un par de años. Los fines de semana, cuando iban a visitarnos al campo, mientras los adultos se sumergían en interminables partidas de canasta, Eva y yo hacíamos que nos ensillaran los caballos y salíamos a montar por los caminos de herradura que pasaban cerca de la finca. A veces llenábamos las alforjas de fiambre y nos parábamos a comer por ahí, a la orilla de una quebrada. Yo no sabía entonces que también en los libros los amores se consuman al lado de un arroyo, pero fue ahí, entre el rumor de la quebrada, donde Eva me reveló los misterios de mi situación económica y de la pasión con que era posible darse un beso.

Esa entrada repentina de una lengua en el espacio vedado de mi boca sigue siendo una de las mayores sorpresas de mi vida. No se me había pasado por la cabeza que además de tenedores y cepillos de dientes algún otro cuerpo extraño pudiera rebasar la frontera de mis labios, y mucho menos ese obtuso músculo húmedo. Mucho tiempo después, en la Basílica del Santo, en Padua, me di cuenta de que los demás, en cambio, habían comprendido desde siempre la importancia de ese huésped permanente de la boca, y así lo demostraba la venerable reliquia de la lengua incorrupta de san Antonio. Lamer un chupete, tragar una fruta, distinguir lo dulce de lo amargo y lo salado, articular sonidos, tan sólo estas funciones conocía mi lengua hasta que la aparición de Eva Serrano me abrió la boca y el entendimiento a otras posibilidades.

Muchas veces me pregunté dónde habría aprendido ella, tan joven, a besar así, pero ahora no me importa. Que tuviera tanta conciencia de la situación de mi familia, al contrario, me resultó claro muy pronto. Su padre era empleado en una compañía transnacional y el sueldo que le daban, aunque bueno, no le había permitido nunca poseer ciertas cosas de las que mi familia disponía como algo natural. El punzón de esa disparidad, unido a la incesante inseguridad pecuniaria de la familia Serrano, habían hecho que Eva tuviera siempre muy presente nuestros sillones y jardines, que eran, claro está, la riqueza de mi casa. Por esta mezcla de dinero y lengua, a veces llegué a pensar (pero es una ocurrencia que ahora rechazo, pues mancilla el recuerdo de mi primera mujer) que los besos lingüísticos de Eva eran una estratagema ingeniada por su madre para tratar de consolidar un noviazgo provechoso. En todo caso, tuve el privilegio de que mi primera experiencia me cogiera desprevenido por esas dos partes, plata y lengua, que influyen como ninguna otra en el principio y fin del matrimonio. Como en mi casa estaba prohibido hablar de dinero, yo no sabía que era, hasta que Eva me lo dijo, un buen partido.

La pérdida de la inocencia, para mí, no consistió, pues, en la unión de nuestros respectivos y castos genitales, asunto en el que ya mi padre me había aleccionado con la ayuda de algunas láminas de la Enciclopedia Británica, sino en la unión de las lenguas. De este húmedo contacto no hablaban ni mi padre ni la Enciclopedia Británica pues recuerdo muy bien que al volver de la finca me fui derecho a la biblioteca de la casa para consultar el artículo kiss, y luego, con desconcierto creciente, el apartado tongue, sin hallar la respuesta que buscaba. Aún conservo esos tomos de mi padre, llenos de teoría pero desiertos de información práctica en los que el beso es the act of pressing or touching with the lips, the cheek, hand or lips of another, as an expression of love, affection, reverence or greeting. La mano, la mejilla, máximo los labios del otro, pero no la lengua. Después el artículo habla del osculum pacis, pero tampoco era esto lo que me interesaba. Creí con ingenuidad que la solución podía estar en el artículo lengua y el resultado fue desastroso pues si bien daba montones de datos (que la lengua era un músculo móvil de la mayoría de los vertebrados, que estaba localizada en la parte de abajo de la boca, que era muy útil para hablar, masticar y tragar), no decía ni una palabra sobre los besos. Sostenía incluso que la lengua informa sobre los pedacitos de comida que se nos quedan atrancados entre los dientes, pero de besos ni una palabra. Por lo visto la lengua de Eva, más sabia, sabía más que la Británica. Por ella me enteré de la humedad carnal de dos bocas abiertas en contacto. Y también de su lengua recibí la revelación de lo que en el fondo quería decir acomodados. Pero me estoy repitiendo.

Después de mi fracaso enciclopédico, todavía en busca de luz y de consuelo a mi ignorancia, revelé el asunto a mi tío Jacinto, un viejo monseñor enfermo, hermano de mi madre, durante mi obligatoria visita semanal a los parientes. Mi tío escuchó en silencio el relato de los besos. Sin decir una palabra se levantó del sillón que le servía de confesionario y sacó con sus dedos estragados uno de los volúmenes de su extensa biblioteca. Con gran solemnidad me pidió que cerrara los ojos y escuchara. El libro que había escogido era de san Jerónimo, estaba escrito en latín y tío Jacinto me fue traduciendo un trozo de corrido. Contaba un episodio en la vida de un mártir y decía más o menos así:

"Por orden del emperador Valeriano, en el año 257 de Nuestro Señor, un mártir en la flor de la juventud fue llevado a un amenísimo jardín. Allí, en medio de cándidos lirios y rosas rojas, mientras al lado serpenteaba con dulce murmullo de agua un arroyuelo cristalino, y mientras el viento rozaba con pausado rumor las copas de los árboles, fue extendido el mártir sobre un lecho de plumas y dejado allí, atado dulcemente con guirnaldas trenzadas, para que no pudiera de ninguna manera escaparse.

"Cuando todos los otros se alejaron, hizo su aparición una hermosísima meretriz, la cual se aferró al cuello del mártir con un abrazo voluptuoso y -cosa que es infame incluso relatar- empezó a manosearle con insistencia el sexo; después de haber excitado en el cuerpo del joven el apetito libidinoso, la desvergonzada vencedora pretendía yacer sobre él.

"El soldado de Cristo no sabía qué hacer ni qué camino coger: ¡no lo habían vencido los más crueles tormentos y ahora lo dominaba la voluptuosidad! Al fin, por una iluminación celeste, mordió con sus dientes la lengua hasta cortársela, y la escupió en la cara de la mujer que lo besaba: así la intensidad del dolor se sustituyó a la sensualidad y consiguió vencerla".

Debo confesar que aquella tarde de mi memoria (y hasta hoy) yo no comprendí bien si el mártir había mordido la lengua de la meretriz o la suya, pero fuera como fuera no me atreví a seguir el consejo de san Jerónimo y de tío Jacinto. Con Eva me seguí besando a la orilla de la quebrada, aunque cada vez que ejercíamos nuestro pange lingua y ese su corporis misterium irrumpía con ímpetu en mi boca, me daba casi risa de pensar en el riesgo que estaba corriendo el apéndice encarnado de aquella cándida doncella. Para decir la verdad, si la apatía de mi carácter no hubiera empezado a manifestarse desde entonces, yo no habría tenido problema alguno en comprometerme y casarme con Eva. Todavía hoy, en esas raras ocasiones en que no consigo comprender las locuras que los hombres cometen por correr tras unos labios, cierro los ojos y recupero en la memoria la carne de Eva Serrano; sé que tan sólo en este intervalo de recuerdo lejanísimo y nítido consigo entender los devaneos concupiscentes de los hombres. Por esto reconozco que juzgaba sin justicia a la madre de Eva al insinuar que era la interesada alcahueta de nuestros amoríos adolescentes; habrá sido más bien, como Celestina, una que quiso provocar lujuria a las duras peñas, y casi lo logró. Eva Serrano es la dueña de uno de los pocos cuerpos humanos que todavía recuerdo con un cierto apetito. Al fin y al cabo ahora que vuelvo a leer con sorpresa libros que ya había leído, que encuentro amigos por la calle y no los reconozco, que viajo a lugares conocidos y llego a sitios distintos, que empiezo un Padrenuestro y acabo en Avemaría, ahora que la memoria es un embrollo de ecos confundidos, si cierro los ojos y dejo los labios entreabiertos, vuelvo a sentir su lenguaraz manera de dar besos.


II

<p>II</p>

Que narra una contrita confesión de perfecta castidad e insulsa indiferencia


La castidad, en mí, no ha requerido nunca mandamientos. En el colegio, durante la confesión, recuerdo la escéptica sonrisa maliciosa del capellán ante mis reiteradas negativas a sus preguntas sobre la pureza. Sus interrogatorios eran tan minuciosos que me obligaban a pensar en algo ajeno por completo a mi experiencia. Pero mi cara de asombro no lo complacía ni mi ingenuidad llegaba a convencerlo, y así tuve que inventarme pecados contra el sexto mandamiento con tal de dejarlo tranquilo y de evitar que advirtiera siempre, antes de la absolución, que el sacramento de la penitencia carecía de validez si la confesión de boca resultaba deliberadamente incompleta. La mía llegó a ser tan completa que excedía los límites del pensamiento, palabra, obra y omisión. Después de haber tenido que mentir sobre impalpables tocamientos o sobre miradas jamás lanzadas y tentaciones que no se me pasaban por la mente, me veía en la obligación de confesar que había mentido, de manera que se me perdonara la mentira de haber confesado pecados de lujuria imaginarios.

A esta paz de los sentidos parece que llegan las personas de mi edad, pero yo llegué a ella sin siquiera salir, o mejor, salí con ella. En la juventud me persiguió la idea de ser un eunuco psicológico, pero debo aclarar desde ahora que mi inapetencia no tiene nada que ver, por lo que sé, con frustraciones profundas o con barreras erigidas por una moral demasiado rígida. En el fondo me hubiera gustado padecer, como los demás, esa fuente de torturas y deleites que debe de ser la voluptuosidad.

No se crea que no busqué objetos a cualquier lejano asomo de lujuria. No hay perversión que no haya intentado practicar. Pero en vano porque masturbación, zoofilia (gansos, gallinas, ovejas, burras, caballos, perros e incluso salamandras), homosexualidad, gerontofilia, pedofilia, sadismo, masoquismo y todo lo que se quiera, jamás conmovieron mi ánimo apacible y hace ya mucho que cejé en los intentos de querer parecerme en esto a la mayoría de mis congéneres. Como previó Pascal, hace ya varios siglos, mis esfuerzos por ser bestia me convirtieron en ángel. Ni el estólido comercio natural de ingles en flor, ni las concienzudas aberraciones descritas por el marqués divino, consiguieron conmover los cimientos inmóviles de mi indiferencia.

Ante la ausencia total de días en que fuera tan lúbrico, tan lúbrico, llegué a fabricarme planes geométricos en pos de la concupiscencia. Las ansias de una vida intemperante me llevaron por años a practicar una aburridísima masturbación metódica: todos los jueves a las cinco de la tarde. Y no cuento, por procaces, las indecibles maromas que tenía que hacer para lograr mi cometido hebdomadario. Pero a mí me ha faltado constancia hasta en los vicios y muchos jueves olvidaba mi deber de manipulación vespertina. Así mismo, nunca pude perseverar en el tabaco, en el alcohol, en los tics… La fidelidad que me debo, me obliga a un permanente cambio.

No hay en mí, por lo demás, ningún trastorno físico que sirva de coartada a la precaria actividad de mis sentidos. Tengo, aunque cada vez menos, erecciones matutinas como cualquier otro hombre; doné en mi juventud litros de esperma a los bancos de semen, que no se lamentaron por escasez de zoos en mis donaciones; mi equilibrio hormonal es impecable, no he sufrido diabetes y, a pesar de la edad, mi próstata está intacta. Podría hablarse, si mucho, de un climaterio bastante prematuro, que coincide con la fecha de mi alumbramiento.

A veces me atormentaba (pero el verbo es sin duda exagerado) esta idea de ser una especie de asceta innato. Durante los años de la crianza, mis padres sufrieron con aquello que incautos médicos calificaron como un insólito caso de anorexia precoz. Comer, para mí, ha sido siempre una especie de deber, un compromiso obligatorio que hay que cumplir con el cuerpo. Nunca logro acordarme de lo que comí el día anterior y es necesario que por la mañana, al mediodía y al anochecer, alguien me recuerde la hora de las comidas. Las raras veces en que no he tenido cocinera en la casa, no se me pasaba por la mente la idea de comer y tenía que instalar despertadores que me indicaran la hora de ir al restaurante para tragar almuerzo y cena. La palabra hambre, para mí, es una abstracción, no menos intangible que la noción de líneas asintóticas: asuntos paridos en el cerebro de los hombres, y quizá existentes, pero que no comparten la indudable certidumbre del dolor.

Sí, porque del dolor poseo una percepción más clara. Tal vez a esto se debe mi completo rechazo a la anestesia y la incomprensión que tengo por los analgésicos. Es tan precaria nuestra condición humana, tan difícil de distinguir a veces de la de las plantas, que tengo al dolor por un tesoro, casi la única demostración de que estoy vivo. Nunca le tuve miedo al pinchazo de la aguja o al brotar de la sangre después de un movimiento poco diestro de la navaja barbera. Al contrario, estos raros momentos son para mí mementos de que existo. Nunca me escandalizó, por consiguiente, ese uso de los beatos tan estigmatizado por los iluministas, es decir, el cilicio. ¡Ah de las cerdas y los pinchos que te aprietan el muslo, lánguida doncella! Sólo gracias a ellos recuerdas que eres carne y no frío guijarro. Poco saben de la vida quienes no se han concedido la mística experiencia de rociarse una llaga enconada con un chorro abundante de vinagre y limón. En cuanto a las demás mortificaciones de la carne, como ayunos, desvelos y votos de silencio, nunca tuvieron ante mis ojos mérito alguno, ya que forman parte de mi disposición natural. Sin contar con que los tiempos modernos han degradado estos hábitos hasta una vulgaridad inconcebible: las dietas para adelgazar han convertido en régimen el sacro ayuno, la televisión ha hecho callar a la familia entera que comparte su absoluto retiro espiritual frente a ese altar multicolor de idioteces, pasan la noche en vela los que se van de discoteca en discoteca, ebrios de ruidos etéreos. En todo caso el ser insomne, inapetente y taciturno son cualidades de mi disposición natural que no han requerido reglas monásticas para desarrollarse. Cuando en verano me retiro a la vieja casa cural de Pulignano, en Toscana, donde tengo mi refugio para las horas de mayor misantropía, siento cierta satisfacción al comprobar que sin proponérmelo repito el ritmo y el estilo conventual de los monjes cistercienses. Ya a las cuatro estoy levantado y medito paseando por un centenario huerto de olivos salpicado con las cruces rotas de un cementerio que ya hace decenios cerró el cancel a los entierros. Una rebanada de pan y algo de agua son mi único alimento matutino. Después leo o me pongo a… Pero no voy a hablar ahora de esto. De mi vida en Pulignano, de esos días más celestiales que monacales que he pasado allí, hablaré más adelante.

Tampoco aprecio los esotéricos deleites de la embriaguez. He tenido, como todos, mis amigos borrachos. Recuerdo por ejemplo a Sergio Valderrama, que derramaba en su esófago cálices de ron (en realidad eran vasos) como quien llena un pozo sin fondo, o por lo menos muy hondo. Recuerdo su silencio hecho locuaz en virtud del espíritu ingerido, su timidez hecha trizas y convertida en azarosa audacia. Yo, en cambio, siento con la ebriedad un mareo insípido instalado en una mente obnubilada. El alcohol para mí tiene visos de somnífero. Si me interesara dormir más de las cuatro horas que ya duermo, me tomaría unas copas de más, pero en la vigilia me aburro menos que en el sueño.

En el juego, durante algunos meses de mi lejana juventud, creí encontrar, al fin, un asilo, un templo de perdición. Una ocasión para dilapidar mi fortuna, para retar mi inamovible buena estrella. Pero qué va. En los casinos llegué a maldecir las alturas por mi buena suerte. ¿Qué gusto hay en ganar, ganar, ganar siempre o casi siempre? Así me siento, despojado del gusto por exceso de gusto.

Ah, si yo pudiera, como podría, ser un sibarita. En cambio, un caldo tibio o el té manchado con leche son los mayores manjares que mi paladar y mi lengua reconocen. Pero no se piense que mi educación me permita no elogiar las exquisiteces que se me ofrecen en manteles ajenos. El caso es que denigro o elogio todos los platos por igual. No me apetece nada, pero como de todo. No encuentro mayor deleite en deglutir una langosta que un plato de lentejas (o viceversa, para los defensores del rústico yantar). La preferencia de los hombres por ciertos manjares exóticos la comprendo por lo que es, una debilidad de entendederas, y creo que todos, si lo pensaran bien, estarían de acuerdo conmigo en que el pollo sería tan exquisito como la perdiz si tan sólo se consiguiera invertir la cantidad disponible de los dos volátiles. Degluto con disciplina, sin sentirme que hago penitencia o que mastico gloria, hígado, caviar, tortillas mexicanas, trufas de Alba, hamburguesas gringas, gazpacho andaluz o pan y agua. No veo diferencia entre un lomillo de vaca a la pimienta, una morcilla frita o una coliflor hervida. Porque si aquello que me gusta no lo conozco, desconozco también los melindres de quienes se niegan a tragar unas ancas de rana, un platillo de sesos al gratín, hormigas santandereanas o trozos de camello rancio, macerados por el sol del desierto. Ante los libros de cocina y los tratados de metafísica, mi estupor es el mismo. Ni me va ni me viene lo que allí se desmenuza: me tiene sin cuidado, y a lo mejor no lo entiendo.

Que el mundo sea mágico o esté hechizado, como sostienen mis amigos más cargados de pías ilusiones invisibles, es para mí un invento de otros para otros que no son como yo. Despojado de supersticiones me asomo a la ventana y aunque admita que el paisaje no está mal, me cuesta descubrir la deslumbrante maravilla, el perenne entusiasmo, las secretas correspondencias, la impalpable energía. Nada. Falsos signos, signos tan sólo de sí mismos, aparentes mensajes que no quieren decir nada. No creo en los milagros ni puedo ver en la cadena de azares que mezcla a su capricho las cosas y los hombres, un secreto designio de la Providencia o un paso designado de la historia. De todas las magias improbables desentraño las reglas o los trucos (o si no yo, sé que hay alguien que lo hará) y me queda el sabor desencantado del que desvela trampas. Yo, sacerdote de ninguna cosa, no me apoyo en el bastón del misterio. Y lo que desconozco lo vivo sin horror, firme con mi bastión de incertidumbre. No le doy nombres rimbombantes ni explicaciones abstrusas a lo que no entiendo: suspendo el juicio y repito no sé, no sé, sin que se me derrumbe la autoestima. Si oigo ruidos en el techo de la casa, pienso primero en los ladrones, en las ratas o en el viento, sin desperdiciar mi imaginación con los fantasmas. Sólo los insensatos tienen respuestas (insensatas) para todo; incluso ante la odiosa pero definitiva nulidad de la muerte sacan a relucir su exasperante esperanza en un imposible más allá.

La vida, una aventura ajena; la Tierra, una fosa común e insensata donde reposan Hitler y san Francisco, mi padre y sus asesinos; el amor, un ejercicio imaginario; el cuerpo, fuente de todos los males.

Este último párrafo lo dicto en beneficio de perplejos, pero no es cierto, o dice sólo verdades a medias. Porque la vida puede ser, con duda, la única aventura propia, y la Tierra el escenario para aventuras como el amor, ese paréntesis de realidad exasperada, y el cuerpo es también fuente de todos los deleites y fuente de la más absoluta indiferencia. Fuente de todo, el cuerpo, tanto de la muerte como del amor. Y eso es lo bueno de las generalizaciones, que vistas por donde se miren, son verdades rotundas que no sirven para nada.


III

<p>III</p>

El memorioso declara lo bien que lo educaron y lo malo que intentó ser


No cabe duda de que recibí lo que se dice una esmerada educación. Incluso he pensado que a lo mejor mi temperamento sosegado se debe a esa falta de errores en la crianza. Mis difuntos padres eran personas cultas que tuvieron, por lo poco que llega a saber un hijo, un matrimonio armonioso. En mis años de infancia y primera juventud tuve un preceptor y una monjita que me brindaron los primeros rudimentos culturales. Aquel era laico y liberal, aunque sin arranques de rebeldía, y ésta, obviamente, católica, pero nada mojigata. No recuerdo ningún castigo severo de parte de mis padres. Fuera de mi falta de apetito, que los preocupaba un poco, decían de mí que era un niño formal y aplicado. Siempre fui supremamente manso y por temperamento dispuesto a transigir. Sin ser perezoso o indulgente conmigo mismo, fui siempre paciente y tolerante con los demás. Desde muy pronto acogí entre mis lemas el consejo cristiano de sufrir con paciencia las imperfecciones del prójimo.

En el colegio, sin llegar a ser nunca el primero de la clase, estaba más cerca del alumno brillante que del crapuloso. Me iba bien en los exámenes a pesar de que no copiaba. Y no porque me propusiera ser honrado, sino porque desde entonces ya sabía que por lo general lo que se logra copiar en los exámenes son los errores del otro. Si algún problema tuve durante el período escolar, fue una persistente sospecha de hipocresía. La monjita de compañía me explicaba que a veces la virtud despierta envidia. Más cómodo que tratar de acercarse a la bondad del otro es poner en entredicho que la suya sea virtud auténtica. Pero nunca pretendí desmentir las sospechas de mis compañeros. Al contrario, con el ánimo de consolarlos en la exactitud de la imagen que de mí se hacían, emprendí travesuras que no me atraían ni me interesaban. Hice maldades con el único fin de no ofender a los demás con mi buen comportamiento. También, debo admitirlo, porque me daba cierto fastidio que me apodaran Don Perfecto. Ese deje de crítica en el sobrenombre, esa sombra de duda, la sospecha insinuada de un fingimiento de fondo, eran mi único problema en el colegio.

Es cierto, a veces los profesores y alumnos se aprovechaban de mi condición bondadosa y de mi ánimo condescendiente. Llegaban a abusar de mi disposición de servicio y en secreto me tomaban el pelo cuando creían sacarme alguna ventaja. Pero de estas bromas no quise nunca darme por enterado, ya que creía injusto privarlos del gozo de mi ingenuidad. De todas maneras, si mucho se insiste en la bondad, y uno se empeña (así sea sin esfuerzo) en ser generoso y servicial, si uno no alza la voz para contestar y está dispuesto a ofrecer cuantas mejillas sean necesaria, a la postre crea más resistencias que admiración. La imagen de la virtud es en ocasiones más odiosa que la de la infamia. Fue así que en el colegio debí amargar la pídora de mi buen comportamiento y confesar, como ya dije, pecados que no había cometido, o bien cometer faltas que me repugnaba cometer. Pero también 'repugnar' es un verbo exagerado; diré más bien que el mal me ha dejado siempre indiferente. No me atrae, no lo necesito, nunca me ha hecho falta robar o fornicar o hacerle daño a nadie o desear las mujeres de mi prójimo.

De mis malas acciones apenas si guardo memoria. Poco remordimiento dejan las maldades cometidas sin la intención de hacer el mal. No por esto la maldad inmotivada deja de tener un no se qué de diabólico. Recuerdo que nuestro profesor de castellano tenía dificultades con la ortografía. Por eso, mientras hacíamos un ejercicio de composición en clase, yo levantaba la mano para preguntar la ortografía de palabras de las que estaba perfectamente seguro, pero que ponían en aprietos al profesor: "Perdón, profesor, ¿cómo se escribe erudición?" Y él caía en la trampa de la doble ce. Si preguntaba por estremecer o por torácico no fallaban los resbalones en la equis, por no decir la jota en cirugía o la espúrea e de la palabra espuria. Pero yo no gozaba con sus gazapos inocentes, lo juro, y no era mía la alegría de los pocos compañeros que se daban cuenta de mis fingidas inquisiciones. No me interesaba el provecho del prestigio que podía ganar entre mis compañeros; quería solamente, con torpeza, contentar la lengua. Y digo con torpeza pues en ese entonces yo no había pensado ni escrito todavía uno de mis primeros aforismos: "Las faltas de ortografía son el mal aliento de la escritura". ¿Y qué satisfacción podemos sacar de pedirle a alguien a quien le apesta la boca que nos respire en la nariz? En adelante he luchado por ser menos brillante y más inteligente.

Otra crueldad, nefanda en este caso, consistía en calentar al profesor de religión. Su homosexualidad era un secreto que circulaba a voces por todo el colegio. Al final de la clase, después de dos horas dedicadas a denunciar la pérdida de los valores, la caída de una ética integérrima, la perdición del mundo, tenía cierto encanto acercarse a su escritorio y como por error apoyar el pubis contra su costado. Ese rubor de los cachetes, ese aletear de las manos, ese irresistible entreabrir y entrecerrar los muslos, eran los signos evidentes de su excitación. El alumno modelo que, todo inocencia, cara de angelito, le hacía preguntas sobre la decadencia moral, era también el vehículo de su perdición. De estos dilemas insolubles estaban llenas las noches insomnes del profesor de religión. Pero tampoco en estos casos me deleitaban las risas cómplices de la mayoría de mis compañeros, que se daban cuenta del embaucamiento. De esta premeditada malevolencia conservo un recuerdo parecido al remordimiento.

Fui cómplice, también, de cochinadas repugnantes y gratuitas. Como escarbar con otros compañeros en las fiambreras de los estudiantes más zonzos, desdoblar las hojas de plátano en que estaban envueltos los tamales, abrir la masa de maíz por un costado, escupir entre el tocino y las alcaparras, volver a poner todo en su sitio y observar después, llenos de hilaridad, en el recreo, el deleite inconsciente con que los majaderos masticaban los bollos aliñados con salsa de saliva ajena. Disfrazada de viril franqueza, pero de hecho con una perversidad llevada a extremos más sofisticados, no faltaba quien informara al burlado, cuando había acabado, de la presencia encubierta y engullida del gargajo.

Ese encumbrado colegio particular donde recibí mi primera educación era sobre todo un templo de farsantes. Empezando por mí, como ya he dicho, que para adecuarme debía inventar pecados nunca cometidos y cometer maldades nunca deseadas. Bueno, para decir la verdad, cometía y reincidía en un pecado que nunca me pareció tal. Y era leer cualquiera de los libros que encontraba en la biblioteca de mi casa. Allí hallaba el gusto que jamás me dieron las lecturas obligatorias del colegio, que si bien recuerdo se limitaban a ediciones censuradas del Lazarillo, más mutiladas aún que el Lazarillo castigado; la María sin besos y sin la apología de los negros, y algunos capítulos de El carnero que no sé cómo conseguían expurgar. Los clásicos, había que leer a los clásicos, pero éstos, para ellos, eran si mucho algunos soporíferos Autos sacramentales de Calderón.

En esto de las lecturas recuerdo que tenía el apoyo de mi padre, quien a veces me llamaba a su presencia y me decía con un solemne gesto pontifical de origen iluminista que intentaba abarcar con el brazo toda su biblioteca: "Lee lo que quieras pues los libros que no sean apropiados para tu edad, simplemente no los vas a entender, te vas a aburrir con ellos y vas a pasar a otros hasta encontrar los tuyos".

Recuerdo, con horror, uno de esos pecados de peligrosa lectura. Gracias al permiso paterno yo ostentaba en el colegio los títulos prohibidos, hasta que un pequeño auto de fe me enseñó a ocultar mejor mis preferencias. Sin entender un chorizo lo que ahí estaba escrito, pero por llevar la contraria, un día me presenté en el recinto del colegio con un libro de la biblioteca de mi padre: La gaya ciencia. El capellán, con una sonrisa de interés, me lo pidió prestado. Pasaban los meses y no me lo devolvía, hasta que por fin me atreví a preguntar por el libro. El padre me dijo: "Hay libros que indigestan nuestra mente. Por el solo hecho de poseer un libro de ese tudesco depravado, ya hemos caído en tentación, si no en pecado. No voy a devolvértelo. Aunque quisiera no podría pues te hice un favor. Lo quemé. En la mitad del patio del colegio hice una pequeña hoguera con mis propias manos, y lo quemé". Ah, si el Gaspar Medina de esos días hubiera sido aún más desobediente y hubiera leído toda la biblioteca de su padre, habría podido contestarle con una frase de Quitapesares: "Los que queman libros, tarde o temprano, llegan a quemar seres humanos". Pero ese que yo era se quedó mudo ante la noticia de la hoguera del capellán mayor.

Recuerdo también la expulsión de uno de mis compañeros. Se llamaba Juan Jacobo Rodó y era uno de los internos, pues su familia vivía en el Valle del Cauca. Toda la vida de Juan Jacobo, ahora puedo decirlo, llegaría a ser una cadena de persecuciones; su rebeldía no tuvo nunca precio. Pero de la cadena de actos heroicos de Juan Jacobo, el iluso, hablaré en otras memorias, si me quedan fuerzas para escribir novela comprometida. Ahora quiero contar tan sólo el primer episodio de represalias absurdas en su vida.

Juan Jacobo, una noche, se llevó al cuarto y a la cama a una noviecita que se había conseguido en el barrio obrero que quedaba por los alrededores del colegio. Lo descubrieron en flagrante delito (que es como decir con él adentro), escucharon sus imposibles descargos en la comisión de disciplina y luego lo expulsaron. Juan Jacobo me contó, con rabia, que meses atrás lo habían descubierto en la misma cama y similar postura (aunque distinto orificio) acostado con un compañero del internado. Y él y yo sabíamos que a muchos otros internos y externos los habían pillado masturbándose juntos en los baños. Nunca había pasado nada, salvo tibias admoniciones. Cuando le comunicaron la decisión irrevocable de expulsarlo, Juan Jacobo intentó alegar la incongruencia del castigo en los dos casos. El padre rector lo llamó aparte para decirle: "Hombre, Rodó, la solución es muy sencilla: los jovencitos no quedan preñados".

Ni él ni yo sabíamos que en los colegios para ricos es más importante enseñar a proteger el patrimonio que el pudor; no era una cuestión de moral sino un asunto práctico: acostarse tan jóvenes con una adolescente pobre podía llevar al embarazo, a una carrera truncada, al matrimonio con una persona de menor rango. Recuerdo cuánto nos ofendimos Juan Jacobo y yo por una acción que considerábamos de doble moral. Nosotros creíamos que ciertas instituciones habían sido erigidas con un temple ético inmune a la doblez; no habíamos leído todavía ciertos libros y cometimos el craso error de atacar a la Iglesia sin comprender, como comprendió Quitapesares (también demasiado tarde), que en realidad la Iglesia es una potente corporación a la que mucho conviene permanecer afiliados.

Por mucho que los disfracemos de santidad y alegría, los colegios de adolescentes son una morada de suplicios (bueno, no para todos, para los verdugos no). Allí nos preparamos a ver el estreno de los crímenes más abominables que veremos repetirse durante el resto de la vida. Allí entramos en contacto con todos los tipos humanos que vamos a encontrar más adelante: del adulador al ladrón al asesino. Raras veces podemos toparnos también con el justo. Mis compañeros tuvieron ese privilegio.


IV

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En el que se hacen conjeturas sobre el olor de santidad y se dan las dimensiones secretas del seno


Si no temiera pasar por presuntuoso, e incluso considerando que no soy creyente, diría que soy un santo. Creo que todas las confesiones, ya sea de pecadores o de beatos, pretenden que el lector saque esa conclusión. Estoy escribiendo generalidades y sé que los relatos detestan la abstracción. No dicen "Pepe García era avaro", sino que cuentan un episodio de centavos reñidos en la tienda de la esquina. Está bien. Pero el cine y la televisión me han cansado ya de estos cuentos extendidos e implícitos. A la palabra le queda la rápida virtud de lo abstracto. No explico por qué soy un santo, digo que lo soy. Yo, en vez de tratar de demostrarlo en quinientas páginas de acciones, enmiendas y arrepentimientos, lo declaro sin sonrojo en dos palabras: soy santo. En tres: soy un santo. Y ni me va ni me viene pasar por presuntuoso pues los fingidos temores que se escriben en los libros son meras figuras retóricas que ya no captan la benevolencia de nadie.

Lo cierto es que no me importa demasiado la opinión que el lector vaya a formarse de mí a raíz de estas páginas, ni me interesa que sea benévolo o maligno en su juicio sobre el desmemoriado que las dicta. La vanidad, a mis años y en mi estado, es un residuo anacrónico de la juventud. La condena o el panegírico, si alguna vez los hay, no cambiarán una cana de mi cabeza dura. Es cierto que no hay nadie tan viejo que no pueda vivir un año, pero lo que me resta de vida no puede contarse, de todas formas, en decenios. Mi repugnante enfermedad, de la que por ahora no hablaré (aunque anticipo que no es gota), me permite decir que por pura terquedad sigo aferrado a la existencia. Y en estas horas o meses que me quedan he resuelto poner a funcionar el último juguete de la vejez, es decir, esta memoria desastrada que dicta a mi amanuense algunas vivencias quizá desfiguradas por la distancia y por la fantasía. A mi secretaria, sí, a usted, señorita Bonaventura, taquígrafa de mis desventuras, custodia de mis secretos, a usted le ruego que transcriba sin pudor lo siguiente:

Mi secretaria tiene veinticinco años, mucho menos de la mitad de los míos. Mi secretaria copia lo que le dicto con puntos y comas. Lo pasa en limpio cuando yo estoy cansado y de la copia mecanográfica me relee para que yo pueda hacer las correcciones. Pocas correcciones, no porque haya poco que corregir, sino porque si exagero en ello, podría perder la vida en una sola frase. La señorita Bonaventura sabe qué frases me han hecho dudar más, sabe qué partes escabrosas he tenido que volver a redactar decenas de veces, pero ella no lo dirá. Todo debe parecer espontáneo como esta confesión.

¿En qué íbamos? Yo sostenía que era un santo. Sí, si es posible definir así a un temperamento apático, a uno que no es bueno por elección o por esfuerzo, sino porque le sale. Más que un hombre lleno de cualidades, soy un hombre sin defectos. Esta carencia es mi único atributo.

Para ser santo me educaron mis tíos sacerdotes, y así salí. No por mi culpa, pues siempre quise ser, en el peor sentido de la palabra, bueno. Pero nada. A mi edad sigo siendo un santo a pesar de que he hecho hasta lo imposible por no serlo. Porque he sido santo no sólo sin pretenderlo -que es lo de menos- sino también sin quererlo. Mi condición de elegido nunca me gustó. Los santos tradicionales resisten a la tentación. Yo he hecho hasta lo imposible para ser tentado, sin conseguirlo. ¡Ah, Señor, hazme caer en tentación! Pero nada.

Después de unos pocos episodios de maldad forzosa durante la primera juventud, he limitado mis actos hasta un punto que raya con la total inactividad. Ya he dicho que no soy una persona perezosa. Madrugar, levantarme, nunca ha sido para mí un suplicio. Es verdad que gracias a mi situación familiar nunca he tenido necesidad de trabajar, y si he trabajado (poco, para qué negarlo) ha sido sólo por mi gusto. Tengo personas de confianza que se encargan de mantener e incluso aumentar mi patrimonio sin que se requiera mi intervención ni mi presencia. Dispongo de mucho dinero y lo gasto, lo ahorro o lo comparto a mi antojo. Tienen razón los que han constatado que el dinero no tiene la menor importancia, mientras lo tenemos. Viven preocupados por la plata los que no tienen suficiente, así como quienes más hablan de sexo son aquellos que poco lo practican.

A propósito, entre mi taquígrafa y yo no existe la más escondida actividad sexual; como mucho, podría reconocer esporádicos, cortos y casi casuales comercios corporales. Nada serio: un abrazo filial, una palmada donde la espalda pierde su castísimo nombre. La pongo a ella, a quien estoy dictando, por testigo. Y no se crea que Bonaventura es una chica fea. Una de mis debilidades, la más grave quizá, es que nunca he podido soportar la compañía de las personas feas. Su sola presencia me incomoda, me molesta, me impide pensar o me obliga a pensar tan sólo en el arbitrio desquiciado de una naturaleza que permite semejantes desmanes. Así, pues, que Bonaventura no es una chica fea. Siendo mi secretaria no podría serlo o al menos yo no podría estar dictándole.

Es más, por complacer a los lectores curiosos y de libido atenta, voy a copiarles la descripción pormenorizada que una vez hizo un amigo, Quitapesares, del cuerpo de mi amanuense. Allí él, el autor de la descripción, o su demiurgo, afirma que los pechos de la señorita Cunegunda Bonaventura son una de las pocas perfecciones del universo. He aquí la página de mi Quitapesares:

"Tetas como las de Cunegunda Bonaventura, la evolución las produce cada dos o tres siglos. Debe de haber una especie de número pi secreto que da la dimensión perfecta de los senos y este número debería medirse de una vez por todas en las tetas de la secretaria de Medina. Una vez él me permitió tocárselas, en su biblioteca, y mis manos las abarcaban casi por entero sin acabar de abarcarlas. Era como sentir que se poseía por completo una teta pero a esa completez faltaba siempre algo, una reserva de deseo, para ser completa. El grado de turgencia era también irrepetible. No eran esas tetas duras en exceso de algunas quinceañeras o de las cuarentonas operadas con silicona. Si un inventor de almohadas consiguiera medir la mullidez del pecho de Bonaventura daría con la receta del imposible insomnio y también del imposible despertar. Esa misma vez probé la textura de la piel y mi lengua resbaló por el seno de Cunegunda como si la piel de ésta fuera un helado de natas, pero cálido. El redondel del pezón se conmovió brevemente al contacto con mi lengua e hizo que su piel, antes un poco más lisa, si se puede, que la del resto del seno, se uniformara en todo a la teta entera, salvo en el color que pasó del rosado al rosa intenso”. Acabamos de leer juntos, divertidos, esta exagerada descripción pectoral del amigo libidinoso. Por una vieja debilidad de lector, que me obliga a tratar de comprobar siempre todas las descripciones que leo, le pido ahora mismo a mi amanuense que me enseñe su seno, y confirmo al lector que es casi cierto lo que el lujurioso Quitapesares sostiene. Y ya que uso el verbo sostener, mi secretaria no requiere sostenes. Si yo fuera un puerco, como mi amigo y como la mayoría de los hombres, ahora mismo temería acercar una mano hasta el cuerpo de Bonaventura. No puedo hacerlo con toda inocencia. Sí, ella está aquí, al alcance de mi mano (más aún: su teta izquierda en mi mano derecha), copiando lo que usted está leyendo, pero no hay deseo en las yemas de mis dedos y tan sólo puedo hacer apreciaciones estéticas. No dudo que haya personas que se exciten ante la marmórea estatua de una Venus platónica; pero si alguno no tiene erecciones frente a las estatuas (ni siquiera tocándolas), piense que eso mismo me pasa a mí frente a las perfecciones pectorales de Bonaventura.

Ella sabe, por ejemplo, que puede mear en mi presencia, y por lo mismo hemos puesto una bacinilla en esta biblioteca. Así yo no debo detener el hilo de mis pensamientos por el simple hecho de que mi secretaria tenga una necesidad corporal. Con eso de orinar, creo que pasa como con los bostezos: son algo contagioso. A eso se debe que Bonaventura, mientras yo le dictaba lo de sus meadas ocasionales, haya tenido que subirse la falda y bajado los calzoncitos para dejar rodar su chorrito amarillo de inocente orina. Acabo de levantarme y he sumergido el índice en la tibieza de la bacinilla. Ahora me estoy chupando el índice. Creo que después de algunas horas de dictado empiezo a entrar en déficit de sal. Sólo por eso lo hago, no se crea. No se crea el lector que aquí podrá encontrar desaforadas páginas de sexo, habiendo buenos escritores que lo hacen y aún mejores que no lo hacen.

Digo: Borges tampoco hablaba de la cama compartida con sus lazarillas. No pretendo parecerme a él, no aspiro a adquirir esa perfecta frigidez de sus escritos. Yo veo bien y no sufro de temblores; si no escribo con mi mano es por costumbre y porque me parece más cómodo desenredar la madeja de mis pensamientos sin preocuparme por la caligrafía o por las metidas de pata de mis dedos sobre el teclado. Quitapesares dice que escribir es hablar sin que a uno lo interrumpan. Pues eso mismo es dictar. Querida secretaria, déjeme otra vez darle las gracias por sus buenos oficios y permítame depositar un ósculo perfectamente paternal en la raíz de sus muslos todavía húmedos.

Decía que yo era un santo. Una exageración. Setenta y dos años de vida pueden hacernos indulgentes con nosotros mismos. Pero no sé por qué revelo mi edad. Poco interesan a los jóvenes (y jóvenes, frente a mí, son la mayoría de los hombres) las peroratas de los viejos. Mejor sería decir que soy un joven de veintisiete años que se imagina a sí mismo con la cifra de su edad invertida. Pero en tal caso todo esto que escribo sería una falsificación y tampoco estoy seguro de que a la gente le interesen las falsificaciones. En fin. En todo caso lo que menos interesa al lector son las digresiones. Así que volvamos a lo mío: soy un santo. O casi.

Esto lo puedo decir yo, que me conozco y me dicto. Desconfíen del omnisciente, del omnipotente, del demiurgo que en tercera persona puede decir de mí lo que le dé la gana y divulgarlo a los cuatro vientos. Siendo que mi verdad es mía y sólo yo la sé, expongo mis hechos para demostrarla. Desconfío de los juicios supuestamente imparciales y creo, aunque no siempre, a este tremendo yo, mi único dueño. Digan lo que digan los caletres malpensados, sólo yo sé que soy un santo. Un santo. Aunque tal vez estoy exagerando.


V

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Asaz improbable explicación del refugio de Gaspar en Turín


Yo nací en eso que los del primer mundo llaman (con paternal desprecio) tercer mundo, y pienso morir en eso que los del tercer mundo llaman (con filial reverencia) Europa. En realidad he pasado una buena mitad de mi vida en esta parte privilegiada de la Tierra, aunque siempre con una pierna aquí y otra allá, con los ojos puestos en un sitio mientras estaba en el otro. Extranjero en las dos partes (y sin ser un caballero), cuando viajo a América no sé si voy o vuelvo, y cuando vuelo a Europa no sé si me estoy yendo o regresando. Pero mejor será avanzar con orden.

Para explicar la circunstancia de mi viaje a Turín, mi ciudad del primer mundo, tengo que retroceder en el tiempo y pensar en Medellín, mi ciudad del tercer mundo. La explicación de mi viaje a Italia, si lo pienso bien, se remonta a algunos paseos en automóvil de mi infancia. Eran los primeros años de la década del treinta y no había muchos carros en la ciudad. Pero mi tío, el hermano de mi madre, era el arzobispo de la ciudad, y los gringos de la United Fruit le habían regalado un vehículo de lujo, igual al de algunos altos funcionarios de Washington. La historia de este regalo, del final ignominioso del carro, así como la de la ceguera y recuperación de la vista de mi tío, la contaré más adelante. Ahora debo explicar mi remotísima relación con Italia, lo que explica por qué vine a dar en este país, por qué he fingido trabajar aquí y por qué estoy terminando mis días en esta Turín que puebla mi imaginación tanto como esa otra ciudad en rima que se desangra en Suramérica. El tío -y su automóvil con chofer- venía a recogerme una vez al mes. No entraba en la casa, sino que hacía que el chofer se bajara a buscarme mientras él esperaba arrellanado en el asiento de atrás, rosario en mano, encerrado en la penumbra con cortinas corridas de su Chrysler negro. Yo entraba por una de las puertas posteriores del armatoste y sentía que la cara me ardía mientras le besaba el anillo. Mi tío trataba de ser agradable y me daba palmaditas en las rodillas. La sotana era impecable y el color morado de los calcetines correspondía meticulosamente con el de la banda de la cintura y con el gorrito redondo de la cabeza (mi madre me explicaba: eso se llama solideo y quiere decir sólo a Dios). Mi tío era de un tamaño descomunal, pausado como un buey, y me inspiraba el mismo temor irracional que infunden los animales grandes y mansos. El chofer, untuoso, le decía su excelencia con acento paisa: "¿Podemos salir, sueselensia?" "¿Pasamos antes por el palacio, sueselensia?" Ibamos a recorrer parroquias y casas curales por toda la arquidiócesis o a cumplir con algún obispo de las vecindades al que había que pagarle una visita. Salíamos temprano porque, fuéramos donde fuéramos, al mediodía se concelebraba misa en la iglesia. Durante la ceremonia, yo me sentaba en las primeras bancas y demostraba todo el fervor y la devoción que había aprendido con mi monjita de compañía. Me sabía de memoria todas las oraciones, estoy seguro, así ahora con el mismísimo Credo no consiga pasar de "todo lo visible y lo invisible".

En el asiento de atrás del carro no se hablaba casi nunca. Yo me adormecía sobre los abullonados cojines de cuero y no me despertaba sino cuando mi tío descorría por un momento las cortinas para ver dónde íbamos, sacaba del bolsillo su reloj de oro macizo (el mismo que ahora extraigo de mi faltriquera para informarle a Cunegunda que ya van siendo las doce), se fijaba en la hora y suspiraba por la tardanza. Durante todo el viaje seguía desmenuzando su pausado rosario entre el pulgar y el índice. A veces, de repente, decía nombres de santos y el chofer y yo debíamos contestar, si era al principio del viaje, "llevadnos con bien", y si era al final de la jornada, "ora pro nobis". Estos nombres de santos no llegaban arbitrariamente a su conciencia; la realidad, para mi tío, consistía en una red de asociaciones que tenían que ver con patronos de la Iglesia. Así, si había un choque decía san Cristóbal, si pasábamos por una librería decía san Jerónimo o san Juan de la Cruz, si un negro se atravesaba decía san Martín, si el burdo del chofer pisaba un perro, mi tío lo encomendaba a san Bernardo.

El arzobispo solía señalarme las obras emprendidas por su iniciativa: "Allá estamos construyendo un seminario"; "en ese edificio va a quedar la facultad de ingeniería"; "detrás de esos pinares tenemos unas tierras y vamos a edificar una casa de retiro para laicos".

Después yo me volvía a adormecer, pero mi modorra era siempre turbada por los sobresaltos del nombre de algún santo pronunciado en voz alta y sin aviso previo. Recuerdo que una vez volvíamos de un pueblo de las cercanías y al pasar por un caserío que se llama Santa Bárbara mi tío dijo el nombre del sitio. El chofer, como un rayo, respondió "ora pro nobis" y mi tío reaccionó con un brevísimo "torpe" musitado casi a boca cerrada.

Mi tío hablaba con la erre afrancesada. La fascinante e insólita pronunciación, unida a su origen, tienen que ver con mi viaje a Italia. Mi tío decía que la costumbre se le había pegado en el Piamonte, en Turín, donde había hecho el seminario nada menos que con Giovanni Bosco, después santo. Mientras me hablaba de sus años de formación solía acariciarme la cabeza y me comunicaba que algún día me iba a mandar a estudiar a Turín donde los salesianos. Turín nunca fue meta para viajeros y turistas de ninguna parte y menos suramericanos. Salvo Erasmo y Nietzsche, que allí se acabó de enloquecer y le dio por besuquear caballos, pocas personas escogen ese rumbo italiano. Por eso estoy seguro de que cuando tuve que escoger la ciudad del mundo en la que buscaría un refugio al oprobio violento de mi tierra, escogí a Turín por fidelidad al recuerdo de mi tío, muerto hacía ya varios años.

Es cierto que, si fuera por los recuerdos de mi tío, habría podido escoger también a Roma como mi meta de vida italiana. Pero tengo la impresión de que en mi elección influyó el hecho de que el recuerdo de Roma de mi tío me parecía mundano y en cierto sentido repugnante. Por un lado estaban las audiencias con el Papa, que él describía en tono cortesano, con el ritual del beso anular y la genuflexión y las palabras en latín eclesiástico aprendidas de memoria. Y por el otro, algo que el arzobispo nunca me contó, pero que le escuché en los estertores de la agonía. El delirio tenía que ver con un cantante conocido en los albores del siglo en la capital de la cristiandad y se refería a su voz y a su canto con insólita efervescencia. Era curioso, pero mi tío mezclaba una ópera de Donizetti, Lucia di Lammermoor, con salmodias sacras de la Capilla Sixtina. "¡Ah, tu voz, tu voz, el terciopelo de tu voz irrepetible!" Había algo de escabroso en su ecolalia estertórea. Tanto que mi otro tío, monseñor Jacinto, se vio obligado a dar explicaciones para sacarnos del caletre los malos pensamientos. Nada de lo que yo (o mi hipócrita lector y semejante) empezaba a imaginar, no, nada de eso. Resulta que en Italia mi tío se había aficionado al bel canto, con delicadísima sensibilidad musical. De esta pasión no habíamos sabido nunca en Medellín y sólo su hermano nos reveló que de año en año, en absoluta soledad, el arzobispo escuchaba extasiado una vieja grabación del cantante de Roma.

El futuro arzobispo había conocido allí, en el 1901, al último Maestro Cantore de la Capilla Sixtina, quizá el postrer castrado de la historia del canto. Y este castrado, de día, entonaba los salmos sacros; y de noche, en la temporada de ópera, arias en el teatro. Mi tío, poco antes de que lo ordenaran, lo había visto y oído disfrazado de mujer en el papel de Lucia di Lammermoor de Donizetti. Y a su hermano le había confesado que nunca más volvería a escucharse una voz similar, salvo que los tiempos regresaran a su ancestral cordura.

He dicho que él, en mi país, jamás reconoció haber tenido, o tener todavía, este vicio mundano de la ópera, demasiado frívolo e impúdico para un eclesiástico de su alcurnia y cargo. De todas formas no le pesaba abstenerse de escucharla ya que, como nos reveló el tío Jacinto, en la intimidad confesaba que la voz dei castrati era la única que daba al canto su dimensión celestial. Desde que algún prelado modernista había suprimido aquella regla sensata de que tan sólo los varones cantaran en la Capilla Sixtina, esa magnífica profesión del castrado había desaparecido. La conciencia moral de un siglo desquiciado (que daba mayor importancia al sexo que al canto) había privado a los hombres de la voz de los ángeles. Pero él había tenido el extraño privilegio de conocer y escuchar de viva voz al último niño adulto ungido para el canto. Y desde entonces y para siempre la música no volvería a ser la misma.

No quiero pasar por un santo mentiroso. La erre de un obispo que había estudiado con Giovanni Bosco: ¿puede ser esto lo que me trajo a Italia? Es absurdo y no es cierto. Tampoco fueron el sol, las aventuras o la luz cálida que añoran los nórdicos, pues si algo abunda en el trópico es el sol, y también los calores y las aventuras. Un pasado imperial, ruinas, esa lengua pagana (lengua madre de mi lengua) convertida en monopolio de la Iglesia. Cristoforo Colombo, don Cristóbal. Vino, castillos, aceitunas, corbatas, canales, campanarios, mares de nombres célebres, islas. No, nada de esto. Y tampoco me iba a impedir llegar a Roma el recuerdo mojigato de un castrado cantor. Qué va.

Lo cierto es que llegué a Italia por casualidad. En un mapa de Europa puse el índice (ojos cerrados) y la yema se apoyó en Turín. Lo del obispo fue mera racionalización a posteriori. Al ver a Turín debajo de mi huella digital, pensé: ¿qué sé yo de esa ciudad de la que depende la forma que asumirá mi futuro? Tenía una única referencia, el lejano recuerdo del seminario de mi tío, los paseos mensuales en su carro de lujo por los mismos años en que canonizaron a Juan Bosco. Eso era todo lo que sabía. Al elegir mi ciudad del primer mundo no sabía siquiera que allí funcionaba la imponente fábrica italiana de automóviles de Turín, ni que allí había una gran editorial en la que trabajaba la mujer de mi vida, ni un museo famoso, lleno de momias y de estatuas hieráticas. Llegué al sitio de mi probable tumba de la misma manera en que llegan los recién nacidos al lugar donde nacen: vacío de prejuicios.


VI

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Que trata de dos enfermedades curiales, de las bananeras y de un automóvil americano


Sumergido en este ejercicio que delata cierta debilidad nostálgica carente de importancia, estaba por olvidarme de las otras historias prometidas. Tarareando un aria de "Las bodas de Fígaro", voi che sapete, la preferida de mi tío, empezaba a adormilarme en el sillón de mi biblioteca, cuando he sentido el aliento tibio de mi secretaria cerca (demasiado cerca) de la oreja izquierda. Quería recordarme que al relato le falta la historia del carro y de los gringos. Advierto que el cuento es largo y menos edificante que mi historia, pero por el mismo hecho de ser sucesos ajenos, son también menos aburridos. Además, a estas alturas de mi desmemoriada biografía, no debe haber un único protagonista; todos tienen derecho a que se sepan sus cuentos. Los intercalo para que mi querida secretaria Bonaventura no se duerma como yo ni me siga soplando palabritas al oído. Ella gusta de lo concreto, pero también ama los símbolos y querrá saber de la ceguera a la vez real y emblemática de mi tío el arzobispo.

Mi tío era obispo de Santa Marta por los días en que se cometió, en su propia diócesis, una masacre memorable. En la carnicería fueron asesinados tantos braceros que los escritores de preñada imaginación (muchos años después o muchos años antes) han podido llenar vagones interminables con los muertos. La historia de la masacre de las bananeras, curiosamente, ha sido siempre escrita por los perdedores. Todo está bien contado en novelas e historias, pero yo no voy a entrar en los detalles públicos de la carnicería. Contaré la historia privada del obispo, que mi madre me reveló hace muchísimos años en una velada de sinceridad. Detrás del presidente que mandó al ministro de gobierno que pasó la razón a su colega de guerra que se la dio al gobernador del departamento que la transmitió al comandante militar que se la trasladó al oficial que dio la orden de fuego a los matones, estaban, como siempre, un grupo de bananeros gringos. No que ellos se ensuciaran las manos; estoy seguro de que a la vista de la sangre del pollo degollado del almuerzo se habrían desmayado. Pero una palabrita dicha en el club, otra en el ministerio, una más a la salida de la iglesia, hace milagros en el trópico (bah, también en la zona templada). Y esto lo sabía el entonces obispo, que no era persona obtusa.

Insisto en que estoy describiendo la realidad y no inventando emblemas. No es culpa mía si la realidad a veces se divierte en imitar la fantasía esquemática de las alegorías. El día de la matanza, mi tío dejó de ver. Quiero decir que se quedó ciego, literalmente. No caería en el trivial juego de palabras de ponerlo ciego tan sólo porque se hizo el de la vista gorda. No. Es verdad, mi tío, ese mismo día, se quedó ciego. No hace falta que me digan que no se quedó mudo, pues ya lo sé, y no lo estoy disculpando. Cuento el hecho: que el mismo día de la matanza de las bananeras mi tío se quedó ciego y que tres meses después los gringos que fraguaron la masacre lo mandaron a Rochester a hacerle, gratis, una operación con la que recobró la vista. Cuando volvió quedaban pocas huellas de la matanza. La humedad y las lluvias torrenciales habían barrido la sangre hasta el mar y lo único que quedaba en el ambiente era un recuerdo desteñido por el miedo y un eco de fusiles apagado. Mi tío, a petición del gobierno nacional, expidió una declaración pública en la que disminuía y casi negaba por completo la responsabilidad de la autoridad y de la tropa en la matanza. Él, hombre cerebral del interior, nunca había acabado de comprender el acalorado temperamento de los costeños y alguna vez hasta llegó a escribir que "las asoladas tierras de la Costa son refractarias al divino sol de la gracia". En el documento que a solicitud del gobierno expidió sobre la huelga, mi tío sostuvo que "el obispo de Santa Marta, aparte de algunas quejas presentadas por el párroco de Aracataca, y de faltas contra la moral cometidas por algún o algunos oficiales de dicho lugar, no tuvo conocimiento de actos criminosos por parte de la oficialidad, ni oyó decir nunca que las tropas se entregaran durante la huelga al robo, al incendio, a la violación de mujeres, al estupro ni al asesinato de mujeres y niños". Como puede leerse, al menos tuvo mi tío la cautela de no dar testimonio alguno sobre el asesinato de varones adultos. De los Estados Unidos, con el barco de regreso, había llegado el carro negro de mi recuerdo. Y como si fuera poco, a los pocos años (que es un tiempo relámpago para la Iglesia) llegó también de Roma una carta inesperada: el ascenso a arzobispo y el consiguiente traslado a una ciudad del interior más importante, la misma de sus ancestros y donde había nacido, Medellín. Así que la matanza pudo darse por olvidada, al menos por unos lustros, hasta que una recaída en la ceguera no volvió a recordarle esos tiempos memorables, si bien de infausto recuerdo.

Es difícil aceptar los aspectos menos heroicos de mi familia: prefiero resumirlos. Hay en nuestra estirpe, debo reconocerlo, una tradición de desapego a la patria, de ojos puestos en otra parte, más hacia el norte y el oriente que hacia la tierra en que nacimos. El choznabuelo de mi tío el arzobispo (y el de mi madre, para ser exactos), había sido encomendero de su majestad peninsular. Después de la calamitosa independencia (a la que los Medina siempre nos opusimos), hasta mi bisabuelo, todos los hijos mayores conservaron la tradición de ser nombrados cónsules honorarios de la Madre Patria. Mi tío no habría llegado a obispo sin las recomendaciones de un cardenal español que había conservado nexos con la familia, yo mismo no hubiera cometido el error de mi vida si no hubiera sido por la carta de otro cardenal, pero este es otro cuento. En todo caso me temo que todo este sabernos hidalgos, si me excluyo, culminó con la generación de mi tío el arzobispo.

Por dos detalles. El primero se refiere al carro que le regalaron los de las Frutas Unidas. Este cambio de punto de vista o de referencia cultural, el paso de Europa a Estados Unidos, precipitó la ruina, si no por el lado del dinero, que algunos miembros de mi familia conservan, al menos por el de la alcurnia. No voy a hablar de la marea de mis parientes ricos, con el norte perdido, extraviado en los meandros de la habilidosa torpeza norteamericana. Todos estudiaron allá: Colorado, Minnesota, Kansas… y volvieron con ese aire insoportable de ejecutivos rápidos y eficientes, de banqueros sin prejuicios, de especialistas en las patas de gallo de los párpados, convertidos en yanquis de chicle, jogging, chistes bobos, música rítmica, cocaína, zapatos tenis, walkman y muchos otros horrores. Muchachitos sin nobleza, que es lo que bien quiere decir snob, sine nobilitate.

El desastre fue anunciado por ese regalo norteamericano, el Chrysler de mi tío, que terminó en incendio y estropicio. Pongo Chrysler por hacerme el realista; en realidad pudo haber sido Packard o Ford o Buick. Todavía hoy, en este declinar de mi existencia, no consigo distinguir entre un Mercedes y un Volkswagen. Sé que el de mi tío era un automóvil grande y negro, americano, y el resto no me importa.

Lo que importa es que al solapado chofer del arzobispo le gustaba salir con putas en el Ford o en el Packard, en lo que sea, en ese carrazo negro de mi gris memoria. Por las noches sacaba al escondido el carro de palacio y en ese mismo asiento que de día escuchaba solamente el susurro de los rosarios de su eminencia, de noche se consumaban los más abyectos crímenes carnales y se escuchaba el alarde de los más bajos apetitos. Las fervorosas oraciones diurnas convertidas en procaces imprecaciones nocturnas. Los suspiros de cristiana conmiseración convertidos en ayes y gemidos de egoístas placeres miserables. Las malas lenguas empezaron a hablar y por último el escabroso asunto, del cual por meses se había cuchicheado en todas las casas de las buenas familias de mi ciudad, llegó por fin a oídos del primer interesado, el señor arzobispo. Fue la postrera furia de su vida y la primera vez que le escuché una palabrota: "¡Yo soy el último en enterarse, como los cornudos!" Y arrancó de la mesa el mantel en el que estaba comiendo, rompió los platos de finísima porcelana francesa, arrojó los cubiertos de plata, hizo saltar en añicos las jarras de Murano y un grito inhumano recorrió los largos corredores y los innumerables cuartos del palacio. Después de excomulgar y despedir al chofer poco menos que a las patadas, después de prenderle fuego al carro en el primer patio de la entrada, mi tío se fue a su despacho a redactar la carta de renuncia. "Si tantas cosas acaecen ante mis ojos sin que yo me dé cuenta, quiere decir que ya no soy capaz de desempeñar idóneamente mis funciones".

Lo curioso fue que después de quemar el carro y firmar la carta, empezó a sentir los mismos síntomas de esa primera vez en que perdió la vista. Pocos meses después, ya ciego del todo, cuando llegó del vaticano la dispensa, recorrió por última vez los larguísimos corredores del palacio y se fue a vivir a casa de otra de sus hermanas, mi solterona tía Marujita.

El último recuerdo que guardo de él es en casa de ella, sentado a la cabecera de la mesa, ciego por completo, tanteando con el tenedor por tratar de enganchar una papa cocida. A su derecha la tía Marujita y a su izquierda su otro hermano, Jacinto, también sacerdote pero sólo monseñor, y párroco de Aracataca por las mismas fechas de la matanza.

Es cierto, el tiempo y los sufrimientos habían hecho estragos, pero sería demasiado fácil decir que este trío era la perfecta imagen de la decadencia. Silenciosos y grandes, mucho más altos que el promedio de los habitantes de Medellín, con el pelo blanquísimo y bien peinado, de moña la mujer y tonsurados los varones con una rodaja perfecta en la coronilla, la mesa puesta como en los mejores tiempos, podía decirse que no faltaba dignidad en medio de otros signos de desastre.

Me parece ver a la tía Marujita, que sufría de Parkinson, cuando las sirvientas le pasaban las bandejas. Se obstinaba en servirse sola aunque en el trayecto de la bandeja al plato se dejara la mitad de las porciones. Verla comer era un tormento, porque cada bocado representaba una empresa. A la sopa cogía la cuchara como todos nosotros, pero debía acercar mucho la cara al plato de caldo para no derramárselo encima. Los tenedores de arroz nunca llegaban llenos a su boca y el perro se sentaba siempre a sus pies pues con lo que se le caía a mi tía él quedaba, al final, tan lleno como sus dueños. Aunque veía bien, le resultaba tan difícil como al arzobispo acertar con un pedazo de carne en el plato y más difícil aún llevarlo hasta la boca. Menos mal que la sirvienta le ponía las rebanadas de pan ya untadas con la mantequilla y no le servía muy llenos los vasos de agua, porque también los vasos se desbordaban al pasar de la mesa a la cabeza. El viejo monseñor, maligno en sus chistes viejos, decía que su hermana era capaz de hacer regueros con un banano.

Pero el peor de los tres, si se puede, era precisamente él, monseñor Jacinto, aunque veía bien y no tuviera Parkinson. A diferencia de su hermano, que las llevaba nuevas y de corte italiano, usaba sotanas viejas, brillantes de tanta plancha y salpicadas de ceniza de cigarrillo. Durante las comidas se anudaba al cuello unas servilletas grandes como sábanas que le llegaban hasta debajo de las rodillas. Engullía la sopa tomándola con un cucharón de plata, pero no lo cogía con índice, pulgar y medio, como todos nosotros, sino que lo empuñaba como los campesinos. No que tuviera modales menos refinados que los de sus hermanos. Lo cogía así porque prácticamente no tenía dedos.

En tiempos de las bananeras, siendo párroco de Aracataca, no había podido negar la evidente brutalidad de los militares y se había visto obligado a hablar más de la cuenta. Había incluso publicado un opúsculo en el que su versión de los hechos, si bien enunciada con palabras medidas y bastante diplomáticas, se alejaba mucho de la verdad oficial. Una escrupulosa contabilidad de historiador paciente hacía resaltar la evidencia del desmán y la masacre. El nuncio apostólico y el cardenal primado, después de una señal del ministro de guerra, que acababa de almorzar con el embajador americano, no habían tenido dudas y lo habían confinado como capellán en Agua de Dios, un conocido lazareto. El permanente contacto con los enfermos, unido a las tremendas deficiencias higiénicas del leprosario, habían sido la causa del contagio.

Sus manos me asustaban, pero de todos modos yo caía en la hipnosis de mirarlas. Las miraba y las miraba sin atreverme a preguntar nada. Los cinco dedos parecían llegar solamente hasta la primera articulación y se presentaban como cinco dedos gordos del pie pegados a la mano, pero las uñas no salían por encima sino por el medio, casi como si fueran prolongaciones de las falanges. Eran unas uñas gruesas, cilíndricas y torcidas, como de perro viejo. Cuando acababa la sopa, encendía un cigarrillo y lo aprisionaba con fuerza excesiva entre dos cualesquiera de sus muñones de dedos. Fumaba sin descanso y sin preocuparse por la ceniza que caía sobre la servilleta blanca, sobre el mantel de lino, sobre la porcelana de los platos salvados de la furia del palacio, y por último sobre la sotana brillante y cenicienta. Fumaba hasta quemarse los mochos de los dedos, las uñas redondas, y hasta que su hermano, de olfato aguzado gracias a la ceguera, al sentir el olor a carne chamuscada, le advertía: "Jacinto, cuidado, mira que te estás quemando de nuevo". Mi tío apagaba entonces la colilla, se quitaba con la servilleta y sin piedad el trocito de muñón carbonizado, se tomaba de un trago un vaso entero de agua cogiéndolo con ambas manos (como si fuera un cáliz, éste sí) y a continuación encendía otro cigarrillo.

Después del dulce se pasaba a la capilla privada de la casa. Tía Maruja, tío Jacinto y el arzobispo destronado sacaban las camándulas y todos empezábamos a rezar el rosario. Las muchachas del servicio se sentaban un poco más atrás. Eran cuatro en total, tres más o menos jóvenes y una muy vieja, Tata, que había trabajado con mis bisabuelos desde antes de que mis tíos nacieran. Había empezado como criada a los siete años y ahora estaba cerca de los noventa. Estaba completamente sorda, y ciega por un ojo; por el ojo bueno veía manchas y bultos, y su rosario lo rezaba según su propio ritmo pues mientras ella iba por el "ahora y en la hora" nosotros repetíamos en coro "bendita tú eres entre todas las mujeres". Pero nadie se inmutaba, salvo yo, que a veces no podía aguantar la risa; nunca he podido acostumbrarme a las cosas irregulares, ni siquiera cuando se repiten todos los días.

Un rato de inactividad despojado de culpa: eso es el rosario. Por lo menos eso es para las mujeres y sobre todo para las mujeres que sirven en mi tierra. En ningún otro momento del día podían estarse quietas, inactivas, una mano encima de la otra, sin que las acusaran de haraganería. Por fin un tiempo en el que no se hace nada, se reposa, se recita una melodía tranquilizante y se piensa en lo que dé la gana. Y lo mejor del rosario eran, al final, las letanías a la Santísima Virgen. No conozco una combinación de sonidos de la voz humana con mayor poder sedativo. No hay agitación que no domen, intranquilidad que no disipen. Son opio, son sueño, son una droga inocua que el inicuo Concilio modernista nos arrancó de la boca.

Todavía en estos días del final de mi existencia, si alguna vez me desvelo y padezco sin paciencia el insomnio, empiezo a recitar de memoria ese monótono y armonioso sonsonete que contiene las únicas frases que me sé (sin entenderlas todas) en nuestra verdadera Lengua Madre: Sancta Maria, ora pro nobis, Sancta Dei genitrix, ora pro nobis, Sancta Virgo virginum, ora pro nobis, Mater purissima, ora pro nobis, Mater castissima, ora pro nobis, Mater inviolata, ora pro nobis, Mater intemerata, ora pro nobis, Mater amabilis, ora pro nobis, Mater admirabilis, ora pro nobis, Virgo prudentissima, ora pro nobis, Virgo veneranda, ora pro nobis, Virgo praedicanda, ora pro nobis, Virgo potens, ora pro nobis, Virgo fidelis, ora pro nobis, Speculum humilitatis, ora pro nobis, Speculum justitias, ora pro nobis, Sedes sapientiae, ora pro nobis, Causa nostrae laetitiae, ora pro nobis, Vas spirituale, ora pro nobis, Vas honorabile, ora pro nobis, Rosa mystica, ora pro nobis, Turris Davidica, ora pro nobis, Turris eburnea, ora pro nobis, Domus aurea, ora pro nobis, Stella matutina, ora pro nobis, Salus infirmorum, ora pro nobis, Refugium peccatorum, ora pro nobis, Consolatrix afflictorum, ora pro nobis.

Terminado el rosario tío Jacinto llamaba a Copito, el perro de color obvio, que se le encaramaba en las rodillas para que él lo rascara con sus dedos mochos de uñas gruesas. Al final de estas demostraciones de afecto la sotana brillante de tío Jacinto quedaba toda salpicada de pelos blancos que tía Maruja, mediante el movimiento caótico de su mano, trataba de sacar en vano con un cepillo de ropa. Después de las efusiones con el perro mis dos tíos sacerdotes se retiraban a la biblioteca, el que podía leer, a leer, y el otro a meditar. Allí había varias cartas enmarcadas, en papel sellado del Vaticano y firmadas por el vicario de Cristo. Decían en latín, por ejemplo, que Jacintum era declarado monseñor y que podía decir cuantas misas le diera la gana en la capilla de su propio domicilium.

Tío Jacinto, cuando no estaba rezando, comiendo o acariciando al perro, leía. Era un lector incansable y en la primera página de cada libro apuntaba con su caligrafía hecha ilegible por sus manos lisiadas, la fecha y la hora a la que comenzaba la lectura del libro, y en la última página la fecha y la hora en que acababa, más algún breve comentario. Por los libros no sentía ese respeto reverencial que tienen tanto los iletrados como los bibliómanos, es decir, los que no tienen libros o los que los poseen solamente como adorno. Mientras leía, tío Jacinto empuñaba un bolígrafo y muchas veces se paraba para subrayar algo con trazos desviados y muy poco firmes, o para garabatear un ladillo con alguna glosa erudita. No reprimía esta costumbre ni siquiera frente a los incunables, y prueba de esto es un magnífico ejemplar de las Confesiones de san Agustín, editado en Estrasburgo hacia 1470, que todavía conservo con sus torcidos subrayados y con sus retorcidos comentarios, los cuales, aunque muy píos, son una blasfemia para con el estado del libro.

Años antes, al principio de su mal y cuando en la lluviosa sede del nuncio lo dispensaron del servicio en el lazareto, su hermano le había encomendado una parroquia cercana y allí iba todavía a celebrar misa. Consagraba y decía los sermones, pero no repartía comunión. Al principio se había empecinado en seguir repartiéndola, esgrimiendo argumentos teológicos: si la hostia era, literalmente, el cuerpo de Cristo y nada más que el cuerpo de Cristo, éste no podía estar contaminado por el bacilo de Hansen, ni, por consiguiente, ser contagioso. Pero los feligreses poco entendían de sutilezas escolásticas y le recibían la comunión solamente al otro cura. Así que tío Jacinto se quedaba esperando, con la patena impoluta y el copón lleno de hostias, a que algún parroquiano le sacara la lengua; sereno y firme, decía mi mamá, pero con el corazón partido.

Fue en aquellos días que, para completar las dimensiones ya desmesuradas de su culpa, tío Jacinto tuvo un pensamiento impío, que luego atribuyó a una sugerencia del enemigo. Por qué, se había preguntado sin medir bien las consecuencias abisales de semejante pregunta, ¿por qué nuestro Señor había curado leprosos, pero sólo de vez en cuando? ¿Por qué en su infinito poder no había curado de una vez a todos los leprosos? ¿Por qué, si estaba en su poder, no erradicar del mundo el mal de Lázaro con una sola, magnífica bendición definitiva?

Yo, en ese entonces, cuando hacíamos la visita semanal a los tíos, no tenía ni idea de lo que le pasaba a tío Jacinto en las manos. Sabía solamente que, junto a la ceguera del arzobispo en retiro, esa era la pena y la prueba más grande que Dios había impuesto a nuestra devota familia. Ellos estaban convencidos de que la verdadera vida se ganaba con los sufrimientos padecidos en ésta; una convicción así lleva el sacrificio hasta el masoquismo. Ojalá haya otra vida para ellos, porque lo que es ésta, la desperdiciaron en permanente sufrimiento.

Puede decirse que desde los tiempos de mis tíos y desde mucho antes, el invento de los hombres que mayor fascinación ha ejercido en mi familia fue la invención de Dios. Yo mismo me he embelesado acariciando las dimensiones de la criatura más grande que ha parido la imaginación de los hombres. Es tal la fuerza de Dios, que ha adquirido una realidad tan alta o aún mayor que la de los grandes personajes de la literatura. El mismísimo Quijote tiene facultades, institutos, casas, bibliotecas, revistas, pero nada de templos.

Ah, Dios, esa ficción humana benévola y despiadada para mis dos tíos. Lo peor fue que ambos, el ciego y el leproso, se murieron convencidos de que el castigo que les había mandado Nuestro Señor se lo tenían muy bien merecido, el uno por no haber visto la masacre y el otro por haber pretendido defender a los masacrados. Este convencimiento -siendo el esquema lógico de su religiosidad inmune a las contradicciones- jamás hubiera sido afectado por el apunte de que no podían concebirse expiaciones tan severas para comportamientos opuestos.


VII

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De cómo el intento de hacer un autorretrato puede dar por resultado un mamarracho


Poco me han importado la potencia y la apostura, esos dos atributos que tanto preocupan a los hombres. Toco a Cunegunda y no me angustia esta reacción de eunuco capaz de convivir en el gineceo sin tener pesadillas ni malos pensamientos. Cuando me miro en el espejo, observo sin piedad y sin preocupación los signos ineluctables del envejecimiento. Tengo un recuerdo vago, sostenido a fuerza de fotografías, de mi imagen a los quince, a los veinte, a los treinta años. Después todo ha sido un descenso continuo, con leves recuperaciones y bruscas recaídas. Por la mañana, sin camisa, me lavo los dientes y contemplo sin compadecerme el amorfo, flojo ondear gelatinoso de mi pecho. Nada consigo si contraigo los músculos pectorales, pues esa masa que ondula ya no es controlada por ninguna fibra. Pero yo tan campante, con mis dientes limpios (y míos todavía) le sonrío al espejo. No le hago la más mínima concesión a esos remotos llamados de conciencia que me aconsejan hacer un poco de ejercicio. Esto no me molesta, como no me molestan las arrugas de la frente ni las ojeras sombreadas por una azulosa profundidad enfermiza. Claro, aunque no me molesten, me doy cuenta de que esta negación de la molestia es ya la muestra de un esfuerzo de autoconvencimiento. No es una actitud positiva, no es un "me gustan", sino el intento de neutralizar un verbo que me agrede.

¿Haré mi retrato? Digo que ya no se me da nada de este cuerpo derrotado por los años. Alguna vez tuve otra piel, mejor, pero no es posible apegarme a todo eso. Diré algo sobre mi carácter. Diré que detesto (el verbo es excesivo, pero yo me entiendo) la gravedad. La vida, para mí, no ha sido nunca una carga. Me divierten (o me aburren) por igual la pornografía y la hagiografía; ni la primera me excita ni la segunda me exalta, pero mi vida no pasa como los domingos frente a la televisión. No huyo del aburrimiento mediante actividades insulsas. Digo yo, y lo digo aunque la frase anterior me suene un poco grave. Soy contradictorio, sí, como tengo dos pies y dos manos y dos ojos (la analogía es ajena), cada cual con sus manías. Bah. Estoy viejo y me voy a morir pronto. Vivo mi última parte en este paréntesis de ser entre dos nadas. La muerte, o la vida, son como ciertos libros y ciertas películas: uno no tiene miedo de que se terminen, simplemente no tiene ganas. No todo lo que no se desea se teme. Pero esto no es una definición, o no pretende serlo. Es sólo poner en muchas palabras lo siguiente: no le tengo miedo a la muerte; lo que pasa es que no tengo ganas de morirme. ¿Pero por qué uso tantas palabras para decir algo tan simple? Lo cierto es que desprecio ese desierto que se acerca. Morir es caer en la nulidad, en la nada total y por lo tanto no tiene ninguna relación conmigo, que estoy vivo y pienso.

No faltará quien opine que mi apatía me impide llevar una vida intensa. No. Lo que esta distancia me permite es no perder el tiempo en bobadas. Eso. Atender a los clientes, llamar por teléfono, revisar el extracto del banco, pagar cuentas: la vida de los otros. Llorar porque se entraron los ladrones, por el carro estrellado, porque el pelo me lo tiñeron mal, porque la niña sacó tres en el colegio, porque no encuentro el cheque: la vida de los otros. Pareceré altivo, pareceré un fingido noble, pareceré un hidalgo insoportable, hablarán de mi torre de marfil, de mis babias ilusorias, y tendrán razón, pero yo no viviré la vida de los otros ni me importará un comino mi nobleza, mi supuesta hidalguía, esta torre feudal de mi soberbia o todo lo demás que los demás me atribuyan. Las opiniones son también la vida de los otros.

Ridículo que en una autobiografía uno no sea capaz de hacer su autorretrato. Pero tengo a Quitapesares, mi amigo, que ha escrito mi descripción o semblanza, lo que diría en mi entierro si mañana me muriera, lo que él sabe o piensa que sabe de mí. Dice: "Gaspar tiene una cara neutra, perfectamente inexpresiva. No tiene un rostro serio ni severo, diría más bien sereno. Elevado, absorto, parece vivir en otra parte, pensar en otra cosa que a nadie comunica. ¿Pensar? Uno muchas veces se pregunta si Gaspar tiene algún pensamiento, alguna duda, algo que lo turbe. Pocas veces escucha cuando se le habla y aunque trata de mirar a quien le habla, la vista se le pierde, se le desvía para ninguna parte. Parece estar mirando siempre para adentro. No demuestra sus años. Hay pocas arrugas en esa cara que jamás ha hecho una mueca, un gesto enfático. Vacío, como en éxtasis, ensimismado, embelesado en algo que no dice, parece que estuviera siempre de paso o de visita. Lo menosprecia todo, sin excluirse a sí mismo. Habla poco, con frases secas y seguras que no expresan, sin embargo, ninguna certeza, y que parecen quedar a medias. Los que lo conocen, de inmediato, lo odian o lo aprecian. Unos pocos lo llegan a querer, pero él poco se deja y a lo mejor ni se da cuenta".

Como quien le pide un retrato a un pintor amigo, a un fotógrafo, deberíamos hacer lo mismo con la escritura. Pedir a los amigos que nos describan con palabras. Le pido a Bonaventura que haga mi retrato hablado. Le ordeno que escriba lo que se le ocurra y ella obedece así:

"Don Gaspar Medina es mi dueño y mi señor. El no sabe que tiene unas manos hermosas; él no sabe que cuando apoya una mano en uno de mis senos yo me disuelvo por dentro. Don Gaspar se cree frío como el hielo y viejo como el padre de Matusalén. Tal vez lo es. Pero, como el hielo, quema, y fascina como Matusalén. Don Gaspar ahora dice que no debo escribir con las metáforas manidas de los poetas viejos. Él es duro para juzgar, pero como decía el de arriba, también para juzgarse. Es más indulgente conmigo que consigo mismo. Si fuera menos rígido con él mismo, también él sentiría que algo le pasa cuando toca mi seno. Tiene un pelo blanco blanco y brillante, del mismo color de la barba que a veces no se afeita. Cuando se afeita me da rabia. Yo quisiera que se dejara crecer la barba canosa: le esconde un poco la mueca irónica de la boca, la sonrisa cínica. Yo a veces no lo entiendo, no sé si está regañándome o tomándome el pelo. Creo que las dos cosas al mismo tiempo. Ahora me mira y no sé si le gusta lo que estoy escribiendo sobre él o si lo va a romper. Le sonrío y él no me sonríe. Quieto como una esfinge. Escribo esta palabra y me pregunta (no sé si regañándome o tomándome el pelo) si no querré decir más bien efigie en vez de esfinge; me dice que las esfinges tienen tetas como yo y no el pecho caído y fofo como él. Yo digo que quería decir quieto como una estatua de ojos excavados y mirada vacía. Es muy difícil querer a don Gaspar, es verdad que no se deja. Ya me dio rabia y no escribo nada más, punto, ¿para qué se burla de mí? Añado solamente que no siempre tiene mirada de estatua; a veces tiene mirada de cuadro, vivísima, y desde donde esté, parece que me estuviera mirando". ¿Será este libro mi efigie? Sí, la efigie del olvido. Hacerse un retrato, así sea la foto para el pasaporte, es un ejercicio de vanidad. Cuando salen la fotos miramos con ansiedad si el resultado coincide con la imagen que tenemos de nosotros. Me estoy mirando las manos, un pellejo viejo dividido en cinco más cinco dedos cuarteados y de uñas resecas. Bonaventura dice mentiras piadosas. Al dictar lo de "mentiras piadosas" se ha ido indignada. Tengo que hacer mi ejercicio de tinta solo.

Cojo la pluma de Cunegunda con mi mano manchada por el tiempo. Quiero insistir, con mi puño y letra, en que no me ha importado el cuerpo. Tomo una decisión: me quito la ropa y empiezo a escribir con el bolígrafo por la piel de mis piernas. A veces los vellitos se interponen (aunque ya no son muchos) y a Cunegunda le resultará difícil descifrar estos signos alfabéticos. Uso de folio la convexa barriga y como venas azulosas el curso de mi escritura recorre ese pellejo destemplado por los años. ¿Qué palabra escribiré sobre mi miembro? Pues sobre el corazón, en el pecho, escribo que de cuando en cuando algunas mujeres consiguieron darle cuerda. En mi caído brazo izquierdo pongo una letanía de endecasílabos cojos: tengo la piel para escribirme encima, mi mano izquierda con la derecha rima, versos que no merecen tanta lima, si los lee la vista que te estima, la lengua que me lame y me lastima, sin ser de fuego el agua que me arrima, hasta toparse con el codo o sima, pedazo que no me hunde ni me anima… Bah, estos versículos son una tontería y no consigo escribir algunos más derechos en la espalda (no me llega la mano) y este mi cuerpo en pelota, hasta donde he alcanzado, ya ha quedado surcado de letras torpes que no me describen, que no me ocultan, que no me delatan ni relatan. Tanto escribirse encima, para nada. Tanto buscarse en la escritura para saber que cuanto digo de mí no acaba por parecerse nunca a lo que hago.

Pues mejor que escribir es que otros escriban. Lo que me importa todavía son los libros que leo, en los que sí me encuentro. Este disparatado que dicto (menos ahora, porque se enfureció mi amanuense cascarrabias) me interesa menos y siendo mío a veces me parece que poco o nada tiene que ver conmigo. Me ha interesado indagar la engañosa memoria, en ocasiones de gusto mentirosa, y tratar de comprender un tiempo que a veces me parece vertiginoso como el relámpago o lento como una de mis novias (de la que ya contaré). Yo, como aquel hidalgo de buen recuerdo, los ratos que estoy ocioso (que son los más del año) me dedico a leer libros de caballerías o de cualquier otra cosa, con tanta afición y gusto, que he olvidado casi del todo las usuales actividades de mi clase y aun la administración de mi hacienda; y ha llegado a tanto mi curiosidad y desatino en esto, que he cambiado amores, tierras, viajes, cualquier otro tipo de diversiones, tan sólo por tener algunos libros que leer y todo el tiempo para leerlos. He descubierto, leyendo, en qué consiste la alegría de estar despierto.


VIII

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Dictado que lamentablemente cae en la nostalgia y en pretensiones de hidalguía


Me veo a los veintisiete años, encerrado en mi biblioteca de la casa de Medellín. He apagado la luz para no distraerme con los ojos mientras oigo un trozo de la quinta sinfonía de Mahler. Al acabar de escuchar el disco por segunda vez, apago el aparato. Desde la oscuridad empiezo a pensar en otro sitio que no sea mi biblioteca, mi ciudad, mi país. Me imagino viviendo en otra parte, en la Viena de Mahler, por ejemplo, o en alguna de esas ciudades de la Saboya italiana que para Flaubert eran lo más aburrido del mundo. No me importa pensarme en otra ciudad, entre otras cosas porque el ejercicio de imaginarme en otra parte es demasiado arduo. Ese que yo era, no ha sido distraído turista por los vastos continentes. De otras partes del mundo sabe tan sólo lo que le habían contado sus padres, viajeros empedernidos, y lo que había leído en las crónicas de viaje.

Ese joven no puede revivir en su memoria una calle de Viena y sabe que cualquier invención, aunque se base en datos de lecturas recientes, será de todas formas falsa. Lo que de veras le interesa, pues él sabe que se irá, es tratar de descubrir lo que en otro sitio pudiera añorar de su país. Siente en la espalda la comodidad del sillón en el que está sentado, respira la presencia de los libros (dejados en herencia por su padre, en parte, en parte heredados del tío Jacinto, en parte suyos), gira la cabeza hacia donde sabe que se encuentra el escritorio, pero concluye que el cariño por este sitio no tiene nada que ver con la ciudad. Piensa que en Viena todo podría ser igual y probablemente mejor; una buena biblioteca podría tenerla en cualquier sitio.

¿Tal vez el clima que, según dicen, es mucho mejor que en otras partes? La montaña en el trópico tiene la ventaja de quitar el calor y la humedad sin llegar a ser nieve ni frío intenso. Hay mucho sol al año y la ciudad inundada por los aguaceros no es un problema que lo afecte personalmente. Claro, cuando esté afuera, no añorará los derrumbes de laderas sobre los tugurios de los barrios pobres.

Podría llegar a sentir nostalgia por la conversación de algunos amigos, cuando el ron sigue teniendo sabor y todavía no emborracha. La música de alguna amiga que puede pasarse la noche cantando. Ese joven sentado, inmóvil, está seguro de que el olor de la guayaba no le haría falta en otra parte, ni el gotear del agua sobre los techos de aluminio, ni el silbido interminable de las chicharras en el campo, ni las novelas urbanas de los escritores locales que, como dice un amigo (del que sin duda añorará el filo de la lengua), siguen oliendo a boñiga.

A ese joven que yo era y que yo veo le gustan las hojas de las matas de plátano, pero el recuerdo (aunque no muy nítido) le bastaría; no llegaría a tener nostalgia de volver a verlas con los propios ojos. Los periódicos nacionales le harían tan poca falta que pelearía para siempre con la persona a la que se le ocurriera seguírselos mandando, cuando estuviera afuera. Dicen que el nuestro es el mejor café del mundo, pero él, desde ese entonces, bebe café, o té, o manzanilla, o agua de tila con magdalenas, o lo que sea, con indiferencia. Como es indiferente su relación con la coca, que probó sólo una vez por imitar a Segismundo, y con la mariguana, que le da mucho sueño y un embotamiento mezclado cona ansias de volver a la vigilia.

Después de mucho pensarlo llega a una conclusión: lo único que de veras le hará falta será la lengua. La lengua de su infancia, la palabra de sus amigos, la lengua con que Eva Serrano le reveló que era rico y que podía ser rico darse un beso. El joven que yo era, entonces, piensa que en Viena se seguirá ocupando de su lengua: la enseñará o la seguirá aprendiendo, que poco más o menos es lo mismo, y ahora me doy cuenta que es eso lo que he estado haciendo en estos larguísimos decenios de voluntario exilio.

¿No hay entonces destino ni azar, sino elección? Algún barbudo de gafas ya habrá dicho que la libertad es la elección de la necesidad. Escogí lo que necesitaba: seguir viviendo en mi lengua, por mi lengua, fijado en ese sitio que se le pudrió a Freud y lo llevó a la tumba, y que llevó a la hoguera o al patíbulo a lenguaraces tan ilustres como Giordano Bruno o el utópico Moro. Yosoy túeres éles, esto será lo que me hará falta en Viena, la lengua de Valdés y de Nebrija, de don Andrés y de Cuervo.

Si algo bueno nos dejaron los peninsulares, culpables del matadero levítico y contrarreformista que es mi tierra, fue este instrumento que nos sirve incluso para insultarlos, carajo (que es nuestra forma criolla de decir sus hostias), y para echarles parte de la culpa de nuestras desgracias. En todo caso los azares no me llevaron a Viena ni me devolvieron a Medinaceli. Me trajeron a esta Turín de avenidas anchas y palacios estrechos, de erre afrancesada y vino bueno. Y agradezco no haber ido a parar a Viena, pues jamás habría sido capaz de aprender alemán. Y agradezco (es un decir, no le agradezco a nadie, ni al altar con un dado que es mi única capilla de creyente) también no haber ido a dar a Madrid, pues con estas manías de hijodalgo, ahora, en vez de estar rememorando, andaría escarbando entre los archivos de toda la península, haciendo lo imposible por hallar un apoyo documentado que me permitiera mendigar con altivez un titulillo de barón o de vizconde. Y todo por ser requetataranieto inventado de un cabo asturiano -muy de su majestad buen súbdito y de limpísima sangre- que consiguió arcabucear a ochenta y siete indios asustados durante la Conquista.


IX

<p>IX</p>

En el que al discurrir sobre el nombre sucede un incidente somnoliento


Jacobo, Antonio, Jorge, Gaspar. ¿Cómo llamarme? Todos estos nombres quiso darme mi padre, don Juan Esteban Urdaneta. Gregorio, Serafín, Elías, Benjamín. ¿Cómo llamarme? Todos estos nombres quiso darme mi madre, doña Pilar Medina. Según un pacto en el que mi madre quedó ganando por un nombre, el nombre de pila de mi extensa partida de bautismo quedó pergeñado así: Jacobo Gregorio Benjamín Gaspar. Pero en la casa no se pusieron de acuerdo. Mi padre prefería llamarme Gaspar. "Querido Gaspar" en las cartas, ¡Gaspar! en las llamadas para mostrarme el regalo que me había traído del Perú. Y mi madre prefería llamarme Gregorio, Gregorio para acá y Gregorio para allá. ¿Y yo? ¿Cómo me llamo yo? Yo hubiera escogido llamarme Serafín, porque es el nombre que más se me parece. Pero como fue uno de los descartados, he acabado por llamarme Gaspar, según el deseo de mi padre. Y para compensar escogí el apellido de mi madre, Medina. Gaspar Medina. ¿Este es mi nombre? Pues sí, aunque jamás hubiera empezado este capítulo poniendo "call me Gaspar", como haría cualquier gringo. No, yo nunca estuve de acuerdo con mi nombre, pero llámenme así, Gaspar Medina, como ha quedado escrito. La pregunta de Quitapesares, ¿what is in a name?, es una de las que más me ha fascinado. Creo que cada persona acaba encontrando su secreto y verdadero nombre. Y voy a demostrarlo con la anéc…

He seguido dictando por más de media hora sin darme cuenta de que mi fiel secretaria Cunegunda Bonaventura, ya no estaba en este mundo. Andaba recorriendo en profundidad los hondos territorios del sueño. Dormida sobre los papeles, el lápiz aún en la mano y esa sonrisa ausente que tiene siempre que le dicto. Pero no ha soportado el sopor de mi soporífera explicación sobre el nombre y así, para la eternidad, se han perdido páginas seguramente luminosas sobre lo que hay detrás de un nombre. Oh, Cunegunda, bella durmiente, dormidora dormilona, algún día este descuido tuyo recibirá su merecido. Pero quizá te comprendo. Me he puesto a hablar como un libro, he perdido la dicha de contar historias y me he sumergido cada vez más en áridas reflexiones.

Para que no te duermas, lectora, lector, para que no se duerma Cunegunda, dejaré de divagar. No se vayan, no os vayáis. Ni te distraigas, copista de mis disparates. Incluso muy a mi pesar, incluso echando por la borda una de mis más firmes convicciones, ahora va a pasar algo.


X

Cuyo protagonista es el sacramento del matrimonio, con sus innumerables posibilidades y su consumada validez


Tal vez en una vida pueda faltar el amor, pero en un libro no. El amor es la sal de los libros, así como el adulterio es la sal del matrimonio, el matrimonio la sal del adulterio y la sal es la sal de la sopa. En mí, el amor ha sido siempre un ejercicio de la imaginación, un juego espiritual, una hinchazón del pensamiento y no ese retorcerse de vísceras ni ese intercambio de humores corporales y efluvios de la carne. Tampoco esa explosión de adjetivos enfáticos que engarzan los poetas. Nunca pude decir, definitivo como Melibea: "Mi mal es de corazón, la izquierda teta es su aposentamiento". Ojalá. He amado la búsqueda, he amado el amor, aquello que no existe. Nunca pude, como otros, salvar la brecha que hay entre la realidad y el deseo, y se ha instalado en mí, para siempre, la desolación de la quimera. Me ha gustado más el labio que el beso, más el gesto que la mano, más la sonrisa que el gato. Y como estas memorias parecen convertidas en un presente continuo y no, como debieran, en un entrenamiento del recuerdo del viejo reblandecido que soy, diré que hace un rato, después de 72 años de larga soltería, he contraído matrimonio.

Sí, ¿de qué se quejan? ¿No acaban pues así las historias de amor? Pues yo voy a empezar por el fina esta mañana anudé el sacro vínculo matrimonial con mi infiel secretaria. Y como el adulterio es la sal de ese vínculo, la luna de miel la pasaremos acá, en esta biblioteca, con un cacique ojiazul (el hijo de mi cocinera) como instrumento de caricias y deleites del tálamo. He puesto a mis pies un colchón de blanda pluma y espejos por encima y por detrás para no perder los detalles del espectáculo de mi luna de miel con marido vicario.

Debo advertir varias cosas al lector. Si es menor de edad no podrá leer este capítulo sin peligro de que algo se conmueva en sus riñones. Galeotto fu il libro e chi lo scrisse. No se sabe bien por qué, pero hay madres y padres de familia que detestan y se aterrorizan con la masturbación de sus hijos. Los éticos progenitores saben que todo el mundo, y a lo mejor ellos mismos, se masturba o se ha masturbado o se masturbará. Pero el hombre civil es solapado por naturaleza. Si este es el caso de tus padres, joven lector, no dejes que te vean este libro, ni cuentes que lo estás leyendo. En caso de que te lo descubran, di que lo tienes para leña. Si el lector es adulto, queda advertido que aquí deberá someterse a ver escrito lo que él mismo, si es normal o anormal, ha hecho despierto o ha soñado dormido (y viceversa). Si no quiere ver escrito lo que hace y menos lo que sueña, salte de capítulo o arránquele las páginas. Si es persona morigerada y de rígida moral sexual, siga también las instrucciones anteriores. Quedan advertidos. El que me acuse de pornografía, querrá decir que quiso leer lo que sigue, ergo lo pornográfico, después de habérsele dicho que no lo hiciera. Nada de hipocresías: el que quiera leer lo hace por su cuenta y riesgo. El que no, salte al capítulo sucesivo, que esta historia de lechos poco le añade o le quita a mi morigerada vida de casto. Yo soy el primero que le resta importancia a la vida sexual. Nos han hecho creer que es el origen de todo, y qué va, es mera carpintería, como dice Quitapesares.

La señorita Bonaventura, no sé si poner la señora Medina, ha sido buena conmigo y se lo merece todo. No que una chica de su edad pueda ponerse feliz de casarse con un viejo como yo, por lo demás enfermo. Pero es esto último lo que hace de mí una elección certera. Yo moriré, a lo sumo, el año entrante. Pero me parecía mal dejarle al Estado (primer-mundista además) mis bienes italianos, mi pensión privada de vejez, mi seguro de muerte, y peor aún dejar a mi marea de sobrinos colombianos, las hectáreas de tierras de mi patria que todavía conservo; son ya asaz engreídos esos sobrinos agringados que tengo, como para aumentar sus ínfulas a fuerza de millones. Mi modesta, casta y humilde Cunegunda hará mejor uso de la fortuna de mis padres.

Bonaventura, Bonaventura bona, buena Bonaventura, ojos de gato azul, pechos de sirena joven, pelo de virgen prerrafaelita, a mi muerte y por el resto de tus días no tendrás que volver a trabajar. Sin mover un dedo el patrimonio que te dejo te rentará mensualmente más, muchísimo más de lo necesario para tu propio sustento, el de tu cacique degenerado y el de todos los hidalgos y caciques que te quieras conseguir por el resto de tu casta existencia. Sé que has hecho un buen negocio y yo voy a morirme pudiendo contar algo más: que me he casado. Que he llegado a las nupcias con la deliciosa Cunegunda, la del perfecto seno, la del vientre más acogedor, la del mejor regazo, la de más bella vulva, la de manos de encanto, la lozana, rolliza y apetitosa amante de este nuevo y viejo Cándido en que me han convertido mis días. No tendrás conmigo, eso sí, descendencia. Sabrás, amada Cunegunda, que ya estaba muy avanzado el siglo cuando leí de un nuevo invento: extirpando o interrumpiendo no sé qué conductos microscópicos, un hombre podía deshacerse del peso de su estirpe. Eso que mis congéneres veían como una humillante castración a medias, era para mí la panacea de una pesadilla: tener hijos; que un descendiente se me escapara por engaño o negligencia. Esta idea obsesiva, a lo mejor, la padecía para expiar un pecado de orgullo juvenil. Como ya he dicho, durante algún tiempo la vanidad me llevó a efectuar agotadoras y continuas (lunes, miércoles y viernes) donaciones de esperma. Demasiado tarde leí esa página de Quitapesares en la que denigra de los espejos y el coito, que reproducen a los hombres, y me convencí de la ingenua y terrible fatuidad de la descendencia. La nueva convicción me había llevado a usar siempre condón doble durante los coitos; recuerdo con agrado la mirada de sorpresa de las mancebas que compartían mi lecho al verme deslizar en el cipote un segundo preservativo después del inicial. Y no se crea que por esta precaución me permitía descargar mis humores dentro de ese oscuro recipiente, acogedor en exceso y por desgracia no siempre sementerio. Mis temores me llevaban a interrumpir el abrazo incluso con el par de condones puesto. ¿Y qué decir de los interminables lavados de asiento que recetaba a mis amantes, y de mi insistencia en el uso abundante de cremas espermicidas? La idea de tener un hijo era el terror de mis noches insomnes. Hasta que me llegó la noticia de esa operación definitiva que realizaban en Houston. A las pocas semanas ya estaba en Texas, en la lista de espera, por cierto no muy larga, de los primeros varones que se sometían al experimento, ya perfectamente coronado y demostrado en toros, chimpancés, conejos y marranos. Ninguno de estos animales, después de la operación, había perdido su potencia; pero todos se habían deshecho del fardo inútil de la fertilidad. A mí, la verdad, el mismísimo resultado de impotencia no me habría preocupado en lo más mínimo pues, como ya tengo dicho, de los trabajos del priapismo no probé jamás las consecuencias deleitosas. Lo había consultado y, de no ser por los problemas endocrinológicos que se derivaban, no habría dudado en hacer incluso como el famoso eunuco cantor de mi tío el arzobispo. No lo hice porque no me gustaba la idea de engordar como un novillo por el resto de mis días ni llegar así a convertirme en un humano y obeso buey seboso. Jamás entendí, eso sí, por qué los santos de mi Iglesia no llegaron, que yo sepa, a castrarse. Bien dice la Biblia que si el ojo derecho nos escandaliza debemos arrancárnoslo y tirarlo lejos; no necesito ser Jung para saber que ojo y falo ocupan la misma casa en el barrio de los símbolos. Si uno se arranca el ojo al observar unas nalgas, o se corta la mano después de tocarlas, no veo por qué no extirparse los famosos testigos de que somos varones y no hembras. Las obras de alta poesía son impermeables a las vulgaridades, pero en lenguaje pedestre el versículo sonaría de otra manera. Si tu virilidad se levanta en presencia de alguien que no sea tu mujer oficial (o en presencia de cualquiera, si tu esposa es la Iglesia), machácate en un cajón tus dos cojones. Es esto lo que quiere decir la Escritura (el Maestro o su escriba), como lo tiene muy claro el más obtuso de los hermeneutas.

Agobiado por mi ignorancia hagiográfica he llamado por teléfono a mi amigo Quitapesares. Me ha citado a Mateo, quien bien dice "que hay eunucos que nacieron tales del vientre de sus madres; y hay eunucos que fueron castrados por los hombres; y eunucos hay que se castraron a sí mismos por amor del reino de los cielos". Ha dicho que en este y otros pasajes bíblicos se han detenido muchos doctores de la Iglesia. De ahí que para él mi interpretación de los sagrados textos no es descabellada, pues a igual conclusión había llegado por ejemplo Orígenes, beato, mártir y sabio. Este hombre singular, harto de la zozobra en que lo sumergía la concupiscencia, se había hecho castrar. La Iglesia, sin embargo, siempre se ha opuesto a esta mutilación testicular y por lo mismo, sólo por esto, no ha hecho santo oficial a ese varón que fue tan o más santo que muchísimos santos. Oh san Orígenes, patrono de los eunucos, yo aquí te invoco y suplico que por tu intercesión jamás mi simiente salga de las oscuras y estrechas cavernas donde la he clausurado.

Sí, con esta volteriana Cunegunda, he contraído matrimonio. Tantas veces pude haberlo hecho, lo de contraer, y no con ella. Con Eva Serrano, por ejemplo, con Catalina Mejías, con Susana Robledo, con Angela Pietragrúa, con Josefina Logroño, con Matilde Sotomenor, con Artemisia Tomasinina, con Lorenza Battaglia, con Luisa Spiraglio… Debería aprovechar para contar mi trunca educación sentimental de amoríos fallidos. La historia de Eva Serrano ya la saben y saben también que se trató de pura lengua. La Catalina Mejías, en lo mejor de mi euforia premarital, me resultó lesbiana, como una de las protagonistas del Paraíso Perdido de John Huecos, una novela de costumbres ciudadanas. Fui despreciado con ignominioso y sumario proceso, como ese tal de la novela, y yo no repito historias. Baste decir que por el mero delito de ser hombre, quiero decir homo erectus de género masculino, Catalina Mejías me acusó de todas las culpas y todos los delitos, salvo el abigeato. Con Susana Robledo (última descendiente de don Jorge, conquistador de mis tierras) no sé por qué no me casé. Era una pianista excelente con un defecto solo: tocaba las sonatas con el metrónomo puesto a un ritmo demasiado lento; los allegro assai le salían en lentissimo y los lentissimo le salían en somnífero: una nota cada dos segundos. Hablaba como tocaba: sus frases de corrido eran palabras aisladas porque entre cada vocablo hacía una pausa y uno tenía que preguntarle siempre por la puntuación de lo que iba diciendo: "El otro… día… estaba… en mi casa… y se… me…o-cu-rrió…llamar… por…te-lé-fo-no… a… ". Yo era incapaz de oírle enteros los cuentos, y eso que prisa no he tenido jamás, pero su estilo oral exigía una concentración muy larga. De todas formas, como casi nunca hablaba, este defecto de Susana Robledo no se notaba mucho. La verdad es que era despaciosa para todo. Cuando se duchaba se gastaba el mismo tiempo que se lleva cualquiera haciéndose un baño de inmersión con doble cambio de agua. Si se bañaba en bañera se demoraba toda la mañana. Era de una lentitud para comer que exasperaba a los camareros. Yo, sabiendo su problema, entraba con ella a las once y media de la mañana a los restaurantes. Pero a las cuatro menos veinte no había sido posible que pasara a los postres y teníamos que irnos a tomar el café a otro lado si no queríamos que nos echaran a los gritos. Su parsimonia llegaba al extremo de que varias veces el semáforo volvía a pasar a rojo sin que ella, durante el verde, hubiera tenido tiempo de poner la primera. Y si hubiera decidido casarme con ella, creo que los preparativos para la boda hubieran podido durar hasta ayer, o sea que el asunto no cambia, casarme o no con ella habría dado el mismo resultado vita esta extendida soltería. Las pocas veces que tuvimos tiempo suficiente para llegar a acostarnos, yo empezaba los preliminares a la media tarde de la víspera, de manera que muchas horas después, a la salida del sol, con la picha hecha polvo de dolorosísima expectativa, culminaba por fin el acto de lentitud inaudita. Sólo que coronada la unión genital yo había perdido ya la capacidad de contenerme y era un desastre su furia por mi precipitado derrame. Por suerte había tiempo de sobra para un segundo embate y una o dos veces conseguí, pasado el mediodía, que ella llegara a ese éxtasis del que los demás hablan y que para mí, ay, me duele confesarlo, es sólo un desahogo, un descanso, como orinar después de haber hinchado la vejiga mucho rato.

Me doy cuenta de que no hago retratos sino caricaturas, pero lo cierto es que mis amores fueron superficiales.

No todos. Por Josefina Logroño, ramera de mal agüero, mi ultimo amor colombiano, creo que sentí eso que las novelas decimonónicas denominaban pasión. Pienso en ella (en el período que fue de nosotros dos) y todavía me muerdo los labios de coraje. Escupitajos de ira mala me afloran a la boca. Josefina Logroño, ojalá te estés pudriendo con el dentista de tu maridito. La sedujo, pero quién va a creerme, con la obtusa música ambiental de su consultorio, música de dentista, pueden imaginarse: Beethoven para bobos y Bach edulcorado, un Chopin hecho Clayderman, melcocha de electrónica. En fin, este es el fin de la historia. Pero cuánto me gustaba, al principio, y hasta que le salió ese maldito absceso que sería la causa de mi desgracia.

Ahora veo con claridad que ella era tan sólo una ramera de alcurnia que consiguió hacerse mantener por el ilustre dentista gracias al aroma insuperable de su coño y a la dimensión rebosante de sus tetas de antes. Pero miento, lo anterior no es verdad; por mi recuerdo no habla la serenidad de estos días en que escarbo mis antiguas heridas sino la rabia de aquellos días aciagos en que Josefina Logroño me cambió por el dentista. Torpe sería ahora el misógino consuelo de convertir en putas a las mujeres que nos amargaron la existencia. Además, bien mirado, Josefina eligió lo que más le convenía.

Para olvidarse de un viejo amor, en todo caso, la receta infalible es no recordarlo en el período del buen amor. Lo mejor es tratar de ver de nuevo a ese pasado objeto del deseo. Eso hice yo en este caso.

La última vez que vi a Josefina Logroño fue en su casa de casada, la que le puso el dentista, y después de varios años de matrimonio sin hijos y con can. Yo estaba en uno de mis viajes periódicos de regreso a la patria y recuerdo que la llamé por teléfono; contestó la empleada del servicio: "Casa del ilustre dentista don Aurelio Escovar". Estuve a punto de colgar, muerto de rabia todavía pero ya también de risa; conseguí contenerme y pedí que me pasaran a la dignísima esposa del ilustre dentista. Ella me invitó a almorzar. Llegué al mediodía y lo primero que noté fue que también la casa, como las salas de espera de los aeropuertos, estaba invadida de música ambiental; las notas dentísticas se esparcían a través de altavoces puestos en todos los rincones, desde el baño hasta los árboles del patio.

En el patio, precisamente en el patio, encontré a los cónyuges Escovar Logroño. Ella, extendida en un sofá con forro plástico amarillo, se fumaba un larguísimo cigarrillo mentolado y al mismo tiempo observaba extasiada el infame oficio al que estaba dedicado su consorte. Yo, que no he sido remilgado ni demasiado escrupuloso con la higiene, sentí asco cuando el dentista me estiró la mano. No sé si me creerán, pero juro que el sacamuelas estaba ordeñando la perra. Sí, porque la pareja, a cambio de hijos, tenía una perraza de no sé qué raza, la cual sufría de embarazos utópicos. Después del calor, después del celo inútil (pues la pareja la sometía a total abstinencia), la pobre perra histérica se convencía de que, por alguna intervención sobrenatural (esto lo pongo yo de mi magín), había quedado preñada. Y tan preñada quedaba que al tiempo de parir empezaba a dar leche. Después de una mastitis que la había llevado al borde de la hoya, el ilustre dentista tenía que proceder durante las largas semanas de ilusoria lactancia, a ordeñar a su perra dos veces al día. Así lo hallé, envuelto en música y salpicado de rosada leche canina cuando me dio la mano. Fui al baño a lavarme la diestra, envuelto en el insoportable hilo musical.

La Josefina, un poco ajamonada ya después de seis arduos años de vida marital, me ofreció un entero pernil de cerdo (hueso a la vista en el medio) con papas a la bogotana. Comiendo carne yo miraba su carne y todo en ella me recordaba a Bachué, la diosa tetona. Desde el patio, y por encima de la música ambiental y los gemidos lácteos de la perra histérica, se oía el chapuceo oral de una lora afásica que repitió cacao cacao durante toda la comida. Pero la conversación en la mesa no fue de mayor trascendencia que la de la lora hasta cuando el marido se fue a la dentistería. Entonces Josefina me ofreció más carne, de cerdo en un principio, y después su propia carne, pero yo ya no tenía ganas. Así, entre el ordeño del marido y el jamón de la esposa, todo envuelto en un insulso sonsonete musical, me curé de mi última pasión colombiana.

Fue divertida y hermosa, sin embargo, la despedida con que me sorprendió Josefina. Al ver que yo ya no quería repetir con ella el monstruo de dos espaldas, me condujo de todas formas a su alcoba. Detrás de sus vestidos me mostró la puerta acerada de una caja fuerte y con lentitud le fue dando vueltas a la clave; cuando la puerta se abrió, su mano temblorosa buscó un interruptor general y suprimió, al fin, al fin, las notas dentífricas. "Seis años llevo así, Gaspar, seis años envuelta en este sonsonete, pero casi nunca me atrevo a apagarlo. Es el precio de mi matrimonio, y lo pago".

Pero no me había llevado allí tan sólo para esto. Su mano temblorosa volvió a entrar en la oscuridad de la caja fuerte y de allí sacó, con gran sigilo, una cajita de fósforos El Rey, me la entregó y me pidió que la abriera con cuidado. Dentro de la caja había unos cuantos pelos enroscados. Josefina me dijo: "La última vez que lo hicimos (yo sabía que iba a ser la última), cuando te fuiste, recogí de las sábanas todos los vellos púbicos diseminados por la pasión; son mi mayor tesoro". Yo solté una de las pocas carcajadas de mi vida, pero me callé al ver sus ojos encharcados y no fui capaz de decirle el pensamiento que me hacía reír: que había visto muchas pendejadas en mi vida, pero ninguna tan grande como la de guardar pendejos.

Después me enamoré (¿el verbo es excesivo?) también de mujeres italianas, escocesas, brasileñas. Ah, las mujeres, las mujeres. Aquí habría que poner que son todas iguales. Pero son todas distintas; ni una que se parezca a otra, todas diferentes. Iguales en esto, debo decirlo, a los hombres (y así completo otra frase para mi colección de lugares comunes invertidos). Con todas, creo, cometí algún error, por exceso o por defecto. Con Artemisia Tomasinina, por ejemplo, cometí la tontería de no pasar a la acción a tiempo. Cuando quise hacer algo, ya nos habíamos vuelto amigos y era demasiado tarde. Mucho cerebro, mucha labia y cuando quise arrimar el labio, la mente se nos interpuso. Ni mi beso la humedeció, ni ella me humedeció con su beso. Si nos gusta una mujer tenemos que impedir que se vuelva muy amiga antes de tocarle alguna parte importante; ya habrá tiempo para la amistad, pero hay que empezar por escuchar esos motivos del cuerpo que ni la cabeza ni el corazón entienden.

Amor amor sentí, tan sólo, por Ángela Pietragrúa, mi primer capricho italiano. Tenía unos veintiséis años cuando la conocí, y un amante noble a cuestas. Trabajaba en Einaudi, la editorial de Turín, pero en un cargo administrativo, y por lo mismo ni Calvino ni Pavese la habían notado. Peor para ellos que no sabrán jamás de lo que se perdieron. Tenía un cuerpecito de quinceañera y una cara estupenda de veinticinco vividos con intensidad. Los ojos amarillos y el cabello castaño oscuro en sortijas amplias, desordenadas, casi siempre peinado hacia atrás y cogido con un simple elástico. Piernas largas y busto amable, las manos perfectas. Pero dice mi secretaria, o mi esposa Bonaventura, que no es nada de buen gusto que el mismo día de nuestro matrimonio yo me ponga a escribir primero de Robledo y de Logroño y ahora de esa mujer que tal vez amé, Angela Pietragrúa, y no de ella, mi única esposa legítima. Tiene razón. Toco el timbre para llamar al efebo que hemos contratado especialmente para que nuestra unión se consume. Yo no puedo, o no quiero, ya lo he dicho, así que hemos contratado al hijo de mi cocinera, un cacique ojiazul, para que calme los ímpetus de recién casada que tiene Cunegunda y mis escrúpulos canónicos por aquello del ratus sed non consumatus o como diablos se diga.

Ahí entra el cacique, bien armado ya, pues sabe a qué lo llamo. Envuelto en los calzones se le nota el bulto de eso que se resiste a quedar encerrado entre sus piernas, detrás de la bragueta.

Recibo las hojas en blanco de manos de mi esposa y ahora me encargo yo de tomar los apuntes. El catío Jesús de ojos azules la está besando en la boca. Mi esposa Bonaventura no se niega a abrir los labios. Se entregan a una ventosa lingüística, como esa de las que me aplicaba con Eva Serrano… ah, intercambian saliva con furia de sonidos, sin esa castidad postiza de la Tomasinina, mi mujer que no fue. Ahora Jesús, con una mano, le recorre la espalda en busca del cierre de la blusa. Hábil se ha vuelto en la operación de desvestirla pues ya cae el primer velo de la novia robada. Debajo está el corpiño que se ha puesto para la ceremonia. Impaciente debe estar mi buena mujer pues ha bajado la mano hasta el pubis del marido vicario. Baja la cremallera, introduce la mano y no la saca vacía, la saca con la mulata verga enardecida entre sus dedos. Se han puesto horizontales sobre el blando jergón. Él consigue deshacerla del fastidioso corpiño y las tetas perfectas de Cunegunda Bonaventura vibran con la luz que se filtra detrás de las cortinas. Veo su pecho palpitar y la boca del indio se apodera de parte de su teta derecha. La mano de mi esposa sigue apoderada de la polla rebosante de mi buen servidor. Ella lo acaricia con apremiante insistencia, forma un anillo con su manita tersa y hace que la piel del oscuro miembro indígena se estruje contra sí mismo. Él le levanta la falda y le baja los calzones precipitadamente. Aparece el vello bermejo de mi pupila y mujer, su coñito inaudito está mojado como una espuma marina. Yo les recito en voz alta una vieja jaculatoria: Abre las piernas, muchacha, ganas más de lo que pierdes. Empuja, muchacho, sacas más de lo que metes. Wall Street se quisiera los negocios del tálamo. Mientras recito con gran recogimiento el rezo del epitalamio, la pareja se abraza y ambos agitados y trémulos están. Entonces les sonrío con paternal cariño, mas cruza por mi espíritu como un temor extraño, por lo que en el futuro, de angustia y desengaño, las prisas del cacique a ella guardarán. Y como si se oyera mi presentimiento, ¿qué veo?, veo que el miembro restregado por la blanca mano está escupiendo leche antes de tiempo, que la inefable semilla cae sobre el ombligo de mi asombrada esposa, que el muchacho ojiazul gime de gusto y susto, pues ya mi mujer protesta enfurecida y pide que mi mano, por lo menos, la mano que le di ante los testigos esta misma tarde, la haga sentir allí, en su vulva espumosa, el placer que el ojiazul no ha sido capaz de darle con su verga mulata. Ah, si yo tuviera menos años y menores achaques lo haría de buen grado, pero como aquel lisiado soldado de Urbina, tengo más lengua que manos. En mi estado no me queda sino escribir.


XI

<p>XI</p>

Que se ocupa en hacer un repertorio de los ruidos corporales


Que por qué nunca en mi larga existencia me había casado, es la pregunta que me hace Cunegunda Bonaventura en nuestra noche de bodas. ¿Haré, por fin, una pura confesión? Es tan simple y tan sucia, y explica tan bien las deformaciones de mi mente… Pero, en fin, lo diré: por los ruidos corporales. Nunca soporté la gama crepitante del hervidero del cuerpo. No acepto ni siquiera el triquitraque del pulso. Esa remota percusión amniótica (clepsidra de sangre del cuerpo) es para mí angustia por el paso del tiempo, cruel reloj, innecesario ruido del alma silenciosa, confutación del espíritu inmutable y afirmación del transcurrir.

Además, mientras se escucha ese palpitar ordenado, puede superponerse un repentino crujir de vísceras más bajas. Burdos líquidos burbujeantes que pasan de un sitio a otro, borgorigmos inesperados, tripas que se acomodan en el espacio estrecho de la caja torácica.

Para no hablar de la estridencia de los estornudos con su ducha en aerosol de saliva y de gérmenes. O los golpes convulsivos de la tos con el climax carraspeante del catarro desgarrado. O el repentino ronquido del eructo, que es pedo malogrado. O el ritmo caótico y secreto del hipo. O la metralla hedionda de las ventosidades inferiores, regüeldo posterior. O el estertor de ahogado del bostezo. O el silbido estridente (¿de adentro, de afuera?) que a veces se apodera de los tímpanos.

Recuerdo que de niño me daba escalofríos esa gente que se sonaba en misa, o en lo mejor de una lectura de Isaacs, en clase. Me exasperan esos que se doblan los dedos hasta hacerlos traquear con esa protesta seca de las coyunturas. Y la maquinaria oxidada de las rodillas crujientes. Y la chimenea obstruida de la angina, y el sorber de narices, y el cucurrucutú pesado del asmático, y el chapoteo monótono y voraz del lactante.

Desde los mas nítidos, como el resoplido anhelante del cansancio o el jadeo sofocado del susto, hasta los más leves, más sutiles, y que por lo mismo captan nuestra atención con mayor tiranía, como el diminuto chasquido de los párpados (oh sí, se necesita un oído muy fino para oírlo) con su abrir y cerrar intermitente en un pequeño golpe que no es líquido ni contundente. La voz, la respiración, el espíritu, acechados por tantas disonancias.

Por ruidos secos, húmedos, espesos, agudos, bajos, agobiantes. Como el chorro de la meada contra el agua del sanitario, cascada diminuta, con sus golpes finales intermitentes, cuando los esfínteres escurren la vejiga, y todo termina en una gota, otra gota (plas), con un desespero de grifo mal cerrado hasta la última gota. Como la histeria sonora del sollozo, los ruidos guturales, los gemidos agudos, la nariz succionada, el charco chapoteante de los ojos. Y el chasquear de la lengua para decir que no, y la carcajada sonora del aplauso o el gutural aplauso de la carcajada.

Salvo, tal vez, el rumor de los besos. El rumor de los besos sobre la piel de Angela Pietragrúa (y de tu piel también, está bien, Cunegunda), del cuello hasta las nalgas. El rumor de los besos en sus labios o en los labios míos, la boca recogida en una trompa o tromba o trampa aspiradora, las trompas que se unen y se chupan y retumban con esa resonancia que conmueve todo el cuerpo. O ese rumor sordo de los besos herméticos, que parece que el alma (no sé qué es eso, un hueco) se estremeciera y emitiera un chirrido inaudible, doloroso, audible solamente para adentro. Mi ficción científica, mi sueño de ser un ángel, ha esperado en vano una operación magnífica que me despoje del cuerpo, este animal. Este es el sueño: la cabeza cortada (el resto en pasto a los cerdos) y maquinarias y tubos que me mantengan en vida, que sostengan la actividad silenciosa del cerebro, nada más. El sueño de un alma pura (despojada de deseos, ruidos, necesidades) transformado por el racional cientifismo del que no cree en el alma sino en la materia gris como fuente de todo el pensamiento.


XII

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Narración del castizo encuentro con el vizconde de Alfaguara y su hermosísima concubina


La impresión que tengo de mí a los veintiocho o veintinueve años, cuando conocí a Ángela Pietragrúa, no es muy precisa. Me cuesta recordar una persona que no me gusta y el Gaspar Medina de esos días no me gusta. Hacía poco me había establecido en Turín y por primera vez en mi vida sufría una seria crisis de inseguridad. Tal vez las circunstancias precipitadas del viaje, una fuga azarosa más que una decisión meditada, tal vez la edad, unida al sentimiento de que la mitad del camino se acercaba y aún no tenía nada claro sobre mi presente y mi porvenir. No tenía la experiencia suficiente para definir de una vez por todas que la claridad no existe y que lo poco que logramos influir en nuestro presente y en nuestro futuro es deleznable. He conocido ufanos que llenos de suficiencia describen su glorioso periplo por la existencia como una serie de esfuerzos realizados. Muchos de ellos son haraganes perfectos que no se han dado cuenta de que fue casualidad que por tres veces consecutivas los dados les salieran pares. Pero no es del azar que quiero discurrir, sino de mi amor desesperado por Ángela Pietragrúa.

Mi vana ilusión de los treinta años es la de poderme unir del todo y para siempre con Ángela Pietragrúa. Pero me miro en el espejo de esos días y no me encuentro en mi aspecto nada que seduzca, miro hacia atrás y considero insípidos mis casi treinta años transcurridos sin pena ni gloria. Aunque tengo los bolsillos repletos de dólares no me dan un empleo que pueda exhibir como un triunfo profesional. He caído en el engranaje de los méritos y cualidades y me creo un cero obtuso y siniestro. Así que cuando me veo con Ángela Pietragrúa, que me quiere, yo me derrumbo en una mermelada de autodesprecio. Me borro, me hundo, me cancelo.

En los días en que la conocí, yo era un perro azotado por los últimos acontecimientos de ese país de lobos donde tuve la graciosa desgracia de nacer. En abril del 48 yo estaba en Bogotá y era, al mismo tiempo, primíparo profesor de estética y falso estudiante de penúltimo año de derecho. Mi temperamento inmune a la violencia y a las revueltas recuerda con horror el asesinato de Gaitán y el bogotazo. Pero la verdad es que a un egoísta perfecto la historia no lo toca; él pasa impermeable por el mundo (o esa es su ilusión), inmune a los acontecimientos, siempre idéntico a sí mismo, extasiado en el deshielo de su frío soliloquio.

Por eso mismo aquí no contaré los meses y decenios de sangre que siguieron a esa calamitosa fecha, origen de tantas muertes. Dejo el relato de esos acontecimientos a la Historia con mayúsculas, con toda su amalgama de verdad y mentira. Tampoco contaré cómo llegué a estar en peligro de que me mandaran con anticipación a ese otro mundo que no existe. Baste decir que el día de navidad del 48, en Turbo, me embarqué de incógnito en un buque bananero que hacía escala en Panamá. Con mi estela de bofetadas a cuestas y después de un peregrinaje por Centroamérica, México y Estados Unidos, llegué a Italia a mediados del 49. El doce de enero del 50 conocí a Ángela Pietragrúa. ¿O fue el 15 de julio del año siguiente? Parece mentira, pero ahora no me acuerdo. Debió de ser en julio pues recuerdo que sudaba mientras subía la amplia escalinata del palacio del vizconde de Alfaguara. Pero también pudo haber sido en enero pues los nobles son friolentos y acostumbran poner la calefacción a todo chorro. Subía, pues, sudando, la amplia escalinata del palacio Alfaguara, y palpaba en el bolsillo lateral de la chaqueta una carta de recomendación para el vizconde en la que el cardenal Uzbizarreta, de Madrid, rogaba al gentil hombre que de alguna manera acogiera en Turín a este infeliz prófugo colombiano. El vizconde de Alfaguara me recibió con total indiferencia, sin darme la mano ni levantarse de su silla papal detrás del escritorio. Con su escupiente español peninsular me dijo que lo único que hubiera podido hacer por mí habría sido nombrarme preceptor de sus sobrinos, pero que por desgracia el acento indígena de mi castellano le impedía hacerme esa merced. Jamás soportaría que por su culpa y la mía, en las futuras Cortes (así dijo), ridiculizaran a sus parientes por tener semejante acento servil y plebeyo de los páramos andinos. Contestele a vuezenzia que no era incapazidá fonética lo que me impedía pronunziar sus zetas y sus zés, quitarle la pé a setiembre, la dé a Madrí o la elle a su Seviya. Que tampoco por pereza o ignoranzia me resistía al uso del vosotros, sino porque simplemente no me daba la gana, y que muy lejos estaba de mis aspiraziones la de ser prezeptorzillo y paliza y carroza de los vástagos de su dignísima hermana. La consiguiese él algún castellano enfermo de laísmo y todos juntos se metieran, por último y por el mismo sitio por donde les salían, sus descargas en la hostia y en el diez, pero que yo no había atravesado la salada mar -en que él también defecaba- para soportar semejantes tonterías. Hice una reverencia y me retiré sin pedir permiso. Cuando cerraba a mis espaldas la puerta de su despacho oí que me llamaba: "Medina, venga, quiero presentarle una mujer que se divierte con las respuestas altivas".

Pero estoy mintiendo. El viejo que soy hoy, nada tiene que ver con el joven de entonces. El viejo que soy hoy sabe (y enuncia) lo que ese joven debería haber contestado y no fue capaz de responder. Al viejo que soy hoy le gustaría modificar su pasado y convertir al que fue en un joven lleno de dignidad y arrogancia. Pero no puedo seguir maquillando mi recuerdo. El Medina de esos días debía de ser un perro pues cometió la debilidad de ni siquiera contestar. Con su complejo de hijo de puta intacto (que en vano su padrino le intentó extirpar) bajó los ojos y en voz muy baja manifestó que, en vista de que no servía como preceptor, se ofrecía como simple criado.

Por benignidad de Alfaguara, al cuarto de hora de conversación, alcanzó el alto cargo de mayordomo de palacio. El vizconde dijo, pues, otra frase, muy distinta a la de arriba: "Bien, Medina, el puesto de mayordomo es suyo. Quiero presentarle una mujer que aprecia los temperamentos humildes y serviles". Tocó una campanilla y poco después hizo su aparición Ángela Pietragrúa, su concubina.

No recuerdo ninguna otra mujer que me haya impresionado tanto desde el primer encuentro de los ojos. Cuando la vi no pude mantener más que un instante su mirada. Miré su talle y sus manos, pero tampoco pude sostener mis ojos en parte alguna de su cuerpo. Una corriente dolorosa me arrugó la garganta y me hizo sentir una especie de vacío en los riñones. Si alzaba los ojos era peor, pero sólo con escucharla ya yo sabía que estaba por entero en sus manos y que para siempre haría lo que ella me ordenara.

¿Seré capaz de describir a la mujer de mi vida? El amor, creo, no tiene nada que ver con la cadera, con el color de la piel o la estatura. En el deslumbramiento del amor a primera vista intervienen factores que desconocemos. Angela Pietragrúa tenía voz clara y suave, despacioso movimiento, manos largas y pelo menos largo. Bah, soy incapaz de describirla, así como ni siquiera era capaz de mirarla. El amor a primera vista es ciego, no mira, no tiene vista.

Ella, como si me conociera desde siempre, empezó a hablarme en su lengua, el italiano, y quizá me recuperé un poco ya que por un instante me sentí menos endeble al pasar del castellano al toscano. Había oído al vizconde dirigirse a una camarera y había podido notar que las consonantes dobles de Alfaguara daban grima, para no hablar de su caótica conjugación de los verbos italianos. Frente a Ángela, aunque sin mirarla, pude desplegar las virtudes de un italiano hablado con acento casi nativo.

Pero aquel noble empedernido tampoco me dejó gozar la dicha de esta superioridad lingüística ya que con un latigazo de su lengua apuntó que hablar sin acento los idiomas foráneos era señal inconfundible de menguado carácter. De aquí, tal vez, el pecado original que nunca conseguí expiar frente a Ángela Pietragrúa: ante ella fui siempre un perdedor.


XIII

<p>XIII</p>

En el que se dedican largas y desaforadas páginas al amor inaudito por Ángela Pietragrúa


Bah, puaj, grr, egh, tss, chss, brr, rrrg. Gruñir en un libro es hacer el ridículo; quedar como personaje menor de película cómica. Pero a veces de lo único que quedan ganas es de refunfuñar. Se quedan cortas las onomatopeyas para que mi secretaria y mujer pueda apuntar las erupciones de desagrado que emito por la boca cuando recuerdo mis primeros encuentros con Ángela Pietragrúa, en esos días en que yo era el lameculos del vizconde de Alfaguara. Es difícil escribirlo todo. Por eso no estoy de acuerdo con esos noveles premios Nobel cuya receta consiste en censurar posibilidades de la lengua escrita. No comparto su desprecio visceral por los adverbios; o por el punto y coma, o por los puntos suspensivos o por la exclamación. Son tan escasos los signos de la escritura, que prescindir de ellos es castrarse aún más. Y eso que en castellano, todavía, se pueden transcribir preguntas sorprendidas: "¡Cómo, has nombrado de mayordomo a un joven perseguido político? ¿Y si nos sale revolucionario!" Esto fue lo que Ángela Pietragrúa exclamó o preguntó al vizconde de Alfaguara, su amante oficial, cuando éste la hizo partícipe de mi nuevo cargo. Me vi obligado a explicar con humildad los términos de la carta de recomendación del cardenal Uzbizarreta. No era verdad que me estuvieran persiguiendo por peligroso en mi tierra. Me humillé hasta decir que eran malentendidos, puros malentendidos, lo que me había obligado a abandonar el muy violento país de la paloma.

Es difícil, ahora, entender mi estado de ánimo de entonces. He dicho que el Medina de esos días era un perro azotado, colita entre las piernas, cero ladrido y puro chillido, nada de mordiscos. Tenía dinero suficiente para ponerme casa, comprar coche (como me obligaba a decir mi amo, furibundo con mis carros criollos) y contratar mayordomo español. Habría podido invitar a Alfaguara a cenar a mi casa con más de dieciséis cubiertos por comensal (¡qué incomodidad, joder!) y platos más exquisitos que los de su palacio. Pero yo era un perro azotado y como tal quería sentirme. Serví, serví, y sirviendo me di cuenta de que más indigno que servir es que nos sirvan. Por eso, si me hubieran nombrado empleado de aseo encargado de limpiar los sanitarios de palacio, habría aceptado dando gracias infinitas. Yo me sentía el último de los mortales y como tal quería que me trataran. Ya el cargo de mayordomo me parecía un encumbrado privilegio que no merecía.

En ese momento de oscura depresión conocí a Angela Pietragrúa, la única mujer que he amado. Para decirlo con una frase horrible, diré que ella era una mujer llena de perfecciones corporales, es cierto, pero con un espíritu o un alma (como no hubiera dicho yo ni siquiera en ese entonces) que la hacían digna de todas las atenciones y afectos. De su cuerpo me quedan inocentes limosnas de Mnemósine -recuerdos, pues, si quieren-: un abanico andaluz que ventilaba sus gotitas de agosto en la nariz, un hoyuelo perdido en algún sitio de la cara y la curva del cuello que tanto la inquietaba cuando la recorría mi aliento. Su boca húmeda de estar callada, en mis labios resecos por hablar. Eso digo (mal dicho) del cuerpo. Del alma de Pietragrúa puedo decir que tenía la cualidad insuperable de estar llena de libros. Ángela no desamparaba los libros ni de noche ni de día, como una obsesa leía, y su cabeza estaba llena de citas y personajes librescos. El aspecto, la actitud o las palabras de cualquier persona que encontraba, eran para ella memorandos de alguna obra leída. ¿No te parece, Rodrigo (este era el nombre de pila del vizconde), que la condesa Archibugi es idéntica a madame Verdurin? ¿No es cierto que el mayordomo parece copiado de una novela de Walser?

Es demasiado larga y atormentada la historia de mi amor por Ángela Pietragrúa. Para no hacerla interminable materia de todo un libro, me voy a limitar a lo esencial. La conocí, pues, desde el puesto más ínfimo que ha conocido mi interminable existencia. El vizconde, un falangista con pinta de carnicero untuoso, había dejado su Toledo natal en tiempos de la guerra civil, como contacto italiano con las milicias fascistas que se iban a ayudar a Franco a combatir el comunismo. Y en Turín se había ido quedando, rodeado de un grupo de nostálgicos de la monarquía, cada vez más aporreados por las consultas electorales que favorecían a los republicanos. ¿Pero esto a quién le importa? El vizconde Rodrigo Alfaguara era un facho tenebroso, eso es todo, y trataba a Pietragrúa como a su puta privada y a mí como a su privado. En fin, ella y yo estábamos en condiciones de parecida esclavitud, con la diferencia de que ella a mí me mandaba.

Por muchos meses nuestro único contacto fue el típico intercambio jerárquico entre amo y sirviente. A las órdenes yo respondía con obediencia, a los regaños con humildad. Yo lo hacía todo bien y si alguna vez llegué a cometer errores en mis menesteres, creo que lo hice aposta, pues en ese entonces me hubiera encantado que el vizconde me pegara frente a doña Angela. Lo cual no llegó a suceder sino una vez, y ya al final, cuando mi sumisión llegó al colmo y al mismo tiempo al culmen.

Los Medina de mi rama, que yo sepa, llevábamos siglos sin desempeñar profesiones serviles. El vizconde de Alfaguara estaba tan contento con mi desempeño que en pocos meses me aumentó dos veces el sueldo. Él no sabía, claro está, que mi cuenta corriente era tan abultada como la suya. Sin embargo yo aceptaba esos aumentos que me servían para repartir más dinero entre los demás sirvientes del palacio. De alguna manera yo supe desde mi primer día en la casa Alfaguara, que debía ganarme el favor de la servidumbre, de mis colegas, obligarlos con precios a que fueran también mis aliados. Sin premeditarlo, pero ya presintiéndolo, yo estaba comprando así su complicidad y su silencio en el idilio que se aproximaba. Pero me estoy adelantando.

Los meses en que serví, yo mismo me preguntaba por qué quería seguir sirviendo. Nadie me obligaba a dormir en ese cuarto frío, al lado de la antigua cochera, en el catre más desvencijado que haya conocido jamás mi poco sensible espalda. No tenía por qué andar vestido a toda hora de bufón, con mis guantes blancos hasta los codos y la cintita negra en el cuello almidonado. Ninguna necesidad me mandaba a ir casi todos los días hasta el mercado de Porta Palazzo a hacer las compras para los reiterados convites suntuosos de mis señores. Pero me fui dando cuenta de que lo que había empezado casi como un juego, o como un castigo secreto, un sacrificio exigido por la cobardía de haber dejado mi país en su peor momento, se iba convirtiendo cada vez más en un deseo irreprimible de estar cerca, de ser el servidor, el esclavo de Ángela Pietragrúa. Por todo un invierno fingí contentar al vizconde y doblé el espinazo ante ella sin obtener el menor acercamiento.

Al fin, poco a poco, no sé si con una pizca de intención o no, Ángela Pietragrúa, mi ama y mi señora para siempre, me fue encomendando oficios de mayor confianza. En un principio éstos consistían tan sólo en sacarle los vestidos del guardarropas, o en prepararle el agua y las espumas para los dilatadísimos baños de inmersión, pero poco a poco, con un casual ajustar de corpino o con la rápida subida de una cremallera, mi tarea se fue convirtiendo en algo más íntimo. Como aparentaba tratarme como a un ayudante de Cámara eunuco, yo fingí conocer el arte de peinar, tan sólo por el gusto de cepillarle el pelo; me hice sabio en la práctica de callista y manicuro, con el único fin de poder acariciar los pies sin callos y las manos sin pecas de Ángela Pietragrúa. Ella, de esto estoy seguro, se daba cuenta de mi torpeza con la lima, pero pese a todo me seguía llamando y yo pasaba horas acariciando los dedos de sus pies, poniéndoles cremas y perfumes, muriéndome por dentro de no poder acercar a ellos mis ardientes labios. Eso de ardientes labios es muy cursi, pero lo dejo así porque no estoy hablando por metáforas: en invierno siempre mantuve la boca quemada por el frío.

A pesar de mis funciones, cada vez más íntimas, nunca en esos días llegué a verla desnuda. En ropa interior, en paños menores o como se diga, sí, pero ni siquiera demasiado velados pues eran prendas púdicas, abultadas y nada transparentes.

Por pura casualidad me convertí también en su secretario. Un día notó en una lista de las compras que mi caligrafía era clara y correcta. Esa misma tarde me llamó a su escritorio y tal como tú ahora, querida Bonaventura, transcribes mis palabras, así mismo empecé yo a copiar las palabras delicadas de mi dueña y señora. Aunque si lo pienso bien, no fue casual que ella me nombrara su amanuense, pues en ese tiempo no quise darme cuenta de que ella me puso de secretario para poderme dictar lo que no podía decirme. Así vine a enterarme de algunas intimidades suyas. De un hermano pobre, por ejemplo, que vivía en Lucca y a quien ella enviaba un poco de dinero cada que conseguía sustraer algo al avaro Alfaguara. Ni qué decir que yo aumentaba las cantidades antes de cerrar el sobre y que mi señora se sorprendía al recibir las cartas de fervoroso agradecimiento que le contestaba el hermano. Supe también así que no todo eran rosas en su relación con el vizconde. Ángela tenía una amiga en otra parte, una tal Patrizia, si no recuerdo mal, a la que escribía cartas larguísimas cuando estaba triste o de mal humor. Pietragrúa criticaba al vizconde por su manera de hablar y le decía a su amiga, burlándose, que hablaba como un libro, es decir como un imbécil, y en lugar de caballo decía corcel, en vez de carta, misiva, predio rupestre o propiedad rural en vez de finca, y llamaba galenos a los médicos. Gracias a Ángela aprendí a no envidiar el castellano del vizconde y creo que estos apuntes que ella hacía en sus cartas eran un mensaje indirecto para mí; como si quisiera consolarme de que no me hubieran dado el puesto de preceptor de los sobrinos ilustres a causa de mi castellano. Me lo dictaba todo, sin el menor recato, con menos vergüenza de mí de la que hubiera sentido por una máquina de escribir, por un magnetofón, con menos vergüenza de la que siento yo frente a mi esposa Bonaventura cuando le dicto de Pietragrúa. Así supe de los apresurados hábitos del vizconde en la cama, de su exigua largueza en cuestiones de dinero, de sus celos inconmensurables y de cómo la atosigaba con éstos, hurgándole entre sus cajones, abriéndole las cartas, derribando puertas abiertas, interrogándola por horas sobre la precisa dirección de sus miradas.

Cómo me gustaba el tono imperativo de su voz de contralto: "Gaspar, tengo que dictarle unas cartas, esté a las dos y media en mi escritorio". Y una vez allí, comenzaba, sin preámbulos: "Ciudad y fecha querida Patrizia al fin Rodrigo se ha ido y puedo precipitarme a contarte las últimas novedades anoche estuvimos en casa de la marquesa Oddone de Bligny y como de costumbre Rodrigo bebió más de la cuenta lo que quiere decir al regreso rápido apretujón en el sofá de la sala y así fue tenía el aliento horrible de después del café sin lavarse los dientes…" Hasta llegar a los saludos y los besos, y decir "otra ciudad y fecha querido hermano sólo para decirte que recibí tu carta y no sé de qué me hablas pues yo sólo te envié unas pocas liras lo máximo eso sí que en el momento podía", etcétera. Ella se obstinaba en que todas sus cartas debían escribirse con tinta color sepia y así lo hacía yo.

El vizconde, por su oficio de correveidile de la nobleza peninsular, estaba obligado a hacer numerosos viajes por toda Italia o a pasar temporadas en otras partes de la vieja Europa. Cuando su amante hacía viajes largos, Ángela se vestía de viuda. Toda de negro hasta las pantorrillas, velo sobre la cara y mantilla de encaje en la cabeza. A mí éste me parecía un detalle de gran coquetería, casi un anuncio a todos sus admiradores de que por fin estaría sola algunos días, pero por una carta descubrí que se trataba de una orden del vizconde, el cual se soñaba con evitar así todo intento de traición.

Cuando ella estaba de luto, me invitaba a su alcoba y frente al hogar encendido me pedía que le leyera libros. Yo escogía a los pocos autores dignos de mi patria (para ese entonces) y ella gozó con la insostenible indecisión de Efraín, con el candor de María ("no conozco mujer que se me parezca menos", me decía), con los periplos de aquel que jugó su corazón al azar y se perdió en la manigua, con las caballerescas descripciones de la ancha Castilla ("su España me gusta más que la que Rodrigo me cuenta", decía ella), con las mañanas sin gracia de los pueblos de Antio-quia y el lenguaje castizo y arcaico de los personajes de don Tomás Carrasquilla. Yo leía hasta ponerme afónico, pero ella siempre seguía sedienta de letras.

Durante uno de estos viajes luctuosos, después de una apasionada lectura de los eufónicos versos de De Greiff, Angela me llamó a su lado. Dijo que yo sabía tantas cosas útiles que con seguridad sabría también hacer masajes; que la ida del vizconde la tenía tensa, agarrotados los músculos del cuello y de la espalda, deshechos de tensión los tendones. Y mientras me comunicaba sus achaques se fue despojando de los oscuros velos. Sin descubrirse las piernas, quedó desnuda de la cintura para arriba, pero no logré ni entrever su pecho pues estaba de espaldas y de inmediato se tendió boca abajo sobre el edredón de plumas de su cama. Me indicó dónde había crema para los masajes, en un cajoncito de su secretaire, y yo, tembloroso, empecé a realizar el nuevo y dulce oficio de acariciarle la espalda. Después de un medroso e inicial acercamiento, ella pidió más vigor, más vigor Gaspar, que así me deja peor que antes. No sé de dónde saqué la fuerza y el arrojo para encaramarme en sus torneados glúteos. Me senté en sus asentaderas y con la crema empecé a masajear la espalda más perfecta que mi memoria recuerde.

Mi esposa Cunegunda no es celosa, como lo era el vizconde de Alfaguara con su mantenida. Pero se ha puesto pálida al notar mi entusiasmo por el recuerdo de aquel lejano masaje de hace cuarenta años. Se ha levantado y me ha dejado aquí, palabras agolpadas en la boca, hojas regadas por el suelo, tinta de la pluma derramada. He recogido los papeles y me toca seguir solo, sin dictar, dictando directamente de mi cabeza a la mano.

Ángela Pietragrúa se estremeció sin decir una palabra cuando yo me senté encima de sus preciosas nalgas. Yo vi que la carne de sus brazos se erizó un instante, que su espina dorsal se hizo un poco más áspera y animado por esta muda muestra de placer, con todo el vigor de mis brazos, empecé a acariciarla desde el cuello, a recorrerle la espalda en círculos concéntricos. De su boca, de vez en cuando, se dejaban oír gemidos espasmódicos, contenidos, casi censurados. Yo trabajaba en silencio, presionando muy poco con mis nalgas sobre las suyas, pero con un lento y prolongado movimiento rítmico que de las manos repercutía en todo el cuerpo. Después de unos minutos de asombrada gloria, la oí decir "sí, sí, Gaspar, ya está bien así, podría ganar mucho más como masajista que como mayordomo, puede irse". Yo me bajé de ese cuerpo que por primera vez había estado debajo del mío.

Muchas mentiras aparentes se van acumulando en este libro de memorias. Quizá la más grande es la de mi total indiferencia frente a los asuntos de la carne. Pero no es una mentira. En realidad es tan sólo una regla general. Con su excepción, que fue Ángela Pietragrúa. Salvo, tal vez, el primer beso de Eva Serrano, mi relación con Ángela Pietragrúa es lo único que me permite comprender las locuras sexuales de los hombres. Pero además mi casta indiferencia, como mi general alejamiento de todo lo sentimental, son de verdad mi vida ordinaria, regular, de estos días finales y de la gran mayoría de los veintiséis mil quinientos setenta y cuatro días anteriores. El amor, como el deseo, han sido en mí paréntesis que nada tienen que ver con el resto de mi vida. Caprichos de la epidermis o repentinos pálpitos de esa víscera cargada de metáforas. Mi corazón, como si fuera de cuerda, parece cargarse a veces y marcar una ruptura en el curso natural y en el fondo tedioso de mi existencia cotidiana. Pero vuelvo a lo mío, a mi paréntesis de amor, lecturas y deseo con Ángela Pietragrúa.

Después de este primer masaje mis noches y mi sueño, mi vigilia y mi desvelo, se convirtieron en un tormento. Sudores repentinos, terco engarrotamiento de las partes bajas, desbocada imaginación e imposibilidad de actuar. Pasaron tres días con sus noches sin que Ángela Pietragrúa me volviera a llamar a su presencia, ni para una carta o un poema, ni para una uña despicada, un velo corrido o una cremallera atrancada.

Al tercer día resucitó. Me dijo "otra vez, Gaspar, me siento la espalda tensa, venga a mi alcoba a las tres, descansado para un masaje largo". Por una trivial estrategia de amador, yo, que he sido puntual hasta el escrúpulo del segundero, me presenté en su cuarto a las tres y cuarto. Vi en su cara la furia reprimida, pero por primera vez desde que yo había entrado en su casa fue humilde como yo lo había sido siempre. Al verme entrar me señaló el cajón de la crema y se puso a deshacerse, con extrema lentitud, de sus múltiples velos color de noche oscura. Por primera vez no me daba la espalda al desvestirse y de pronto, después de algunos movimientos lentos, apareció la blanca luna llena de uno de sus senos. Apareció una segunda luna, vibrante; cayeron todos los velos hasta la cintura. Aparición instantánea y fulminante pues de inmediato estaba ya extendida en la cama, dándome la espalda. Esta vez no quise sentarme sobre ella. Desde el borde del colchón y sin que ella dijera bien ni mal, empecé mi trabajo. Al rato la oí que susurraba, "las piernas también, también las piernas". Yo le bajé con gran delicadeza la enagua y los calzones anchos (se usaban entonces) que se las cubrían. Aparecieron unos muslos y pantorrillas que deben existir tan sólo en los platónicos uranos. Ungí de crema ambas extremidades, con fuerza, hasta casi sudar sobre ella. Luego conjeturé que tal vez las nalgas podían considerarse parte de las piernas y quise introducir una mano por debajo de las bragas, mi mano embadurnada camino de los glúteos. Su voz imperativa me detuvo: "¡Ahí no! Puede marcharse".

Para el día siguiente en la mañana se esperaba el regreso del vizconde. La última noche del luto yo me encargué de pasar las bandejas de la cena a la mesa de la señora. Le había hecho preparar manjares de mar, pequeñas pruebas de infinidad de pescados y mariscos, moluscos con reminiscencias de mujeres. Muchas veces, a los postres, volví a llenarle la copa de un vino blanco de barril, ese Sauternes de proustiana memoria, que ella saboreaba con gusto. Durante el café me dijo que volvía a sentir cierta tensión en el cuello. No me lo exigía, no formaba parte de mis tareas ordinarias, ni era mi obligación, ni quería cansarme con sus quejas, pero ¿no podría yo, por una vez, repetir el masaje? "Ma certo, signora, alle dieci" "Sí, alle dieci va bene”.

Esta vez fui puntual y a las puntuales diez volví a entrar en su cuarto. La hallé tendida en la cama, bajo el edredón subido hasta la barbilla. Siguió el ritual del cajón señalado y se dio media vuelta bajo las cobijas. Yo pedí permiso para bajarlas un poco y me fui dando cuenta, centímetro a centímetro, de su completa desnudez. Volví a ponerme a horcajadas, esta vez sobre sus muslos, y mientras inclinaba mi torso sobre ella para masajear la parte alta de su cuello, pude acercar mi boca y nariz hasta la raíz de su nuca. Fue esa vez cuando percibí con claridad por primera vez el olor natural de Ángela Pietragrúa, un olor que después me seguiría persiguiendo por años y años, y que todavía hoy, a veces, en las desoladas tardes de invierno, puedo recuperar en una prenda secreta que conservo en lo más hondo del escaparate de mis bisabuelos. Era un olor todo suyo, que yo no sé explicar, pero que, para hacerse una idea, diré que tenía algo que ver con la vainilla. Ella sintió el roce voraz de mi nariz y aumentó el ritmo de su respiración sin decir nada. Yo estaba vestido con ropa ligerísima de algodón blanco y el sudor me pegaba la tela a la piel, pero no osé ni siquiera arremangarme la camisa. Poseí con mis manos, por entero, cada una de sus partes posteriores. Me permitió incluso esparcir un poco de crema por la ranura perfecta que dividía sus dos nalgas y llegué inclusive a palpar con el índice el botón nítido, rosado, apenas insinuado, cuyo nombre es impío mencionar en vano. Ella también sudaba, pero no se volvió, no me habló, no gimió, no dijo nada hasta la madrugada. Cuando el sol empezó a dejar ver su claridad a través de las cortinas, yo, notando su perfecta quietud y su respiro sosegado, la creí dormida, profunda. Me atreví entonces a besarle el cuello y me di cuenta de que la bella durmiente estaba muy despierta. De inmediato, como estremeciéndose, me dijo que era hora de que fuera a descansar. Obedecí.

Ayer dejé mi trabajo en el punto anterior. Hoy, afortunadamente, tengo otra vez aquí, sentada en mis rodillas, a mi fiel esposa y secretaria Cunegunda Bonaventura. Llega a buena hora para copiar que al día siguiente de mi noche entera con Ángela, poco después de su llegada, el vizconde de Alfaguara me hizo llamar a su despacho. Estaba iracundo y una corriente eléctrica me recorrió la columna vertebral cuando lo oí que empezaba a hablar, fuera de sí: "¡Usted, Medina, es un soberano farsante!" Temí que alguno de la servidumbre (pese a las generosas propinas propinadas) le hubiera soplado algo sobre mis repetidas visitas a la alcoba de su concubina y bajé los ojos, preparándome para lo peor. Me sorprendió, en cambio, con lo más obvio: "Me vi con el cardenal Uzbizarreta, en Madrid, y quedé como un imbécil cuando le revelé, creyendo decirle algo de su agrado, que tenía de mayordomo a su recomendado. Lleno de asombro, el cardenal me dijo la verdad sobre su origen y estado. No entiendo por qué ha querido engañarme en estos meses pasados, Medina; en todo caso largúese de aquí. Le doy media hora para abandonar mi casa, desgraciado". Alfaguara solía hablar con rimas cuando estaba bravo. Pensando en su avaricia, le dije que en vista de que no había justa causa para el despido, debería pagarme, fuera de la liquidación, una apropiada indemnización. Que no se precipitara a hacerla pues no tenía urgencia, pero que al otro día sin falta pasaría a retirarla. Mientras repartía mentalmente mi liquidación entre los demás criados, me fui a hacer las maletas e hice llamar un taxi. Antes de salir dije a voz en cuello que si me necesitaban para algo podían encontrarme en el Hotel Príncipe. Este era el mejor de Turín; una noche allí costaba quince días de mi sueldo de mayordomo. Sin duda el Gaspar que soy hoy habría encontrado un desplante de mayor elegancia. Pero dejémoslo así, tal como lo hice yo.

Fue al oír el grito con el nombre del hotel que el vizconde volvió a llamarme a su despacho y, sin que mediara palabra, en presencia de Angela, me abofeteó. En otros tiempos la defensa de la honra hubiera obligado a retarlo a duelo. El que yo era se limitó a sonreír, dio media vuelta y salió del despacho por última vez.

Alcancé a oír la carcajada de Ángela Pietragrúa, y los alaridos incomprensibles de un vizconde fuera de sí. Yo no tenía muy claro si Ángela se estaba riendo de él o de mí, pero en todo caso el malentendido dejaba peor parado al noble que al plebeyo y creo que la divertía la idea de que su arrecho masajista hubiera resultado ser el heredero universal de una de la mayores fortunas de las Indias occidentales, como había dicho, por exagerar, Uzbizarreta.

Esa misma noche ella me llamó al hotel y me sacó de dudas. Con palabras retorcidas fingió regañarme por haberla engañado y sobre todo por haber engañado al pobre vizconde. Había cierto cambio en el tono de su voz, pero me gustó el detalle de que, a pesar de las nuevas circunstancias, no hubiera empezado a tutearme. Esto fue algo bonito de mi relación con Pietragrúa: hasta la fecha aciaga de nuestra despedida definitiva e incluso en los momentos de mayor intimidad, nos tratamos siempre de usted. Puedo afirmar también que ella ya no dejó de usar nunca el modo imperativo en que se había acostumbrado a tratarme, y también eso me gustaba. Incluso la última frase que oí de su boca, cuando nos despedimos, fue un imperativo, pero yo esa vez no le obedecí.

Esa noche, pues, por teléfono me dijo que lamentaba que el vizconde me hubiera echado de la casa pues ella estaba más que satisfecha con mis servicios. Es más, si yo quería seguir desempeñando alguna de mis tareas, podía decirlo y ella trataría de arreglarlo. Le dije que los oficios más gratos de su casa eran los de pedicuro y masajista de la señora; que si ella quería seguir contando con mi humilde servicio, me dijera el horario y el sitio en que debíamos hacerlo. Ella preguntó que si rechazaba el antiguo cargo de lector y secretario, pues también le parecía que desempeñaba bien estos quehaceres. Acepté seguir siendo su amanuense, pero ya no lector de novelas nacionales, pues se me había acabado el repertorio decente. Ella me dijo que yo debía saber que su situación económica no independiente le impedía pagarme como sería su deseo. Yo le aclaré que gratis no hacía nada, pero que me contentaría con una cifra simbólica, siempre y cuando viniera de sus manos. Y así llegamos a un arreglo.

Yo seguí viviendo por todos esos meses en el Hotel Príncipe, pero Ángela, persona conocida como era, no podía ir allí a que yo le prestara mis servicios, pues las malas lenguas habrían empezado a murmurar. Encontramos un hotelito de mala muerte, cerca de la estación de Porta Nuova y casi todos los días, en horarios insólitos y nunca repetidos que ella me comunicaba por teléfono, nos encontrábamos allí. Las primeras veces no quiso masajes y ni siquiera cura de los pies. Yo tenía que limitarme a sostener sus manos con las mías, a llenárselas de crema y a fingir que le limaba las uñas.

Pero después que yo hube conseguido un colchón nuevo y decente, sábanas de holán (ni aún hoy sé qué es eso, pero ella pidió ese género), y un edredón más amplio y de más pura pluma que el del palacio de Alfaguara, ella accedió a desvestirse y a enseñarme la espalda, los muslos, las nalgas, para mis masajes cotidianos. No contaré mis noches en vela, mis dolores bajos por la insoportable fuerza negada de la abstinencia, mis gemidos ya explícitos cuando estaba con ella, pero su gesto claro de que no quería pasar adelante, o al menos no con demasiada prisa. En ocasiones los viajes del vizconde nos daban una mayor libertad o por lo menos más tiempo. Los sueños monárquicos de don Rodrigo lo llevaban con frecuencia a Roma, donde vivía el heredero del trono que tarde o temprano su Excelencia restauraría en España. Durante uno de estos viajes de su protector, llegó el día en que Angela me permitió acariciarla de frente. El vello de su pubis en la mitad del cuerpo, el nudo del ombligo apenas insinuado, las tetas que antes había podido apenas entrever, la boca semiabierta y húmeda, con la lengua que se paseaba por los labios rojísimos pero sin colorete, los ojos amarillos que me miraban llenos de. De lo que sea, de lo que ponga el lector. Mis manos pudieron recorrerla de arriba abajo, por dentro y por fuera, por detrás y por delante. Tampoco pudo impedirme que también mi boca la besara, y sintió que mis labios se anidaban en su boca, recorrieron su cuerpo con lascivia loca (hablo como un Quitapesares) y besaron todos sus pliegues llenos de tibio aroma y las puntas rosadas, rígidas, de sus senos. Lo único que me impedía era quitarme la ropa.

Por lo demás también ella empezó a recorrer mi cuerpo con sus manos y puedo jurar que ni siquiera se detuvo ante mis partes que más se destacaban. Recuerdo sus labios que pasan o se posan sobre mi miembro erguido. Allí palpó y besó (detrás de los pantalones, que yo me hacía coser cada vez con telas más delgadas) con un ímpetu y un apremio que no he vuelto a ver en mujer alguna, allí vio que yo mismo llegaba a humedecerme, casi con tristeza de notar esa humedad que yo hubiera querido derramar en otro sitio. Sí, en ese sitio que también se deshacía de humedad entre sus piernas. Pues yo allí bebía, chupaba, entraba con los dedos, con la lengua, con la muñeca y la nariz y los labios y el mentón, con lo que fuera menos con lo que era o con lo que según costumbres ancestrales debería ser.

Estoy corriendo mucho. Para llegar a lo anterior pasaron meses de centímetros de piel tomados, batallas cotidianas por ganar la fortaleza del lóbulo de la oreja izquierda, por rozar el pezón de la derecha, por tomarlo del todo en la concavidad ansiosa de mi mano, por ganarlo después con labios, lengua, dientes. Muchos días de paciente asedio fueron necesarios para acercar mi boca al vello de su centro, mis dedos a los labiecillos entreabiertos, mi lengua a esa abertura que día a día se iba preparando mejor para mejor recibirme. Además podíamos recaer en viejas prohibiciones que volvían a ampliar las zonas vedadas de su cuerpo.

Una vez, durante toda una semana, no me permitió ni siquiera rozarla con los dedos. Ocurrió durante otro viaje, esta vez más largo, del vizconde. Fue un tiempo de prohibiciones, pero también de libertad, que nos permitió una prueba fugaz de convivencia, una especie de matrimonio efímero suspendido en un terreno perfectamente intermedio entre el espíritu y la carne.

Ya habían pasado varios meses desde el bochornoso despido de su casa, cuando el celoso pero por vanidad confiado vizconde de Alfaguara se vio en la obligación de regresar por algunas semanas a Madrid. Ángela se vistió de luto y me citó de inmediato en el hotel de mala muerte de nuestra buena vida. Me ordenó que consiguiera una casa en el campo, cuanto antes, y esa misma tarde yo había adquirido, sin verla, la casa cural de Pulignano, de la que ya he hablado alguna vez. Una casona vieja, de piedra, con capilla anexa, rodeada por un cementerio abandonado, viñas estériles y por los troncos retorcidos de muchos siglos de aceitunas. En las dulces colinas toscanas, eso sí, con vista a torres, a villas y a las entre doradas y verdes curvas del Arno donde Manzoni lavaba -en público- sus sucios trapos lombardos.

Allí mismo, en esa casa de mi fugaz desposorio, hay una torre con un confesionario de madera arrumado en un rincón y un reclinatorio destruido por la carcoma. Desde ese sitio he dictado parte de estas memorias y ahí mismo, arrodillado, dicté a Pietragrúa mis oraciones más enardecidas y devotas. Es curioso, es como una venganza del paganismo, que lo mejor de mi vida se haya erigido sobre las ruinas y el desastre de recintos cristianos que se derrumban.

Hice mandar al sitio los pocos muebles necesarios para una pareja, dos criados y un cocinero que limpiaran y se prepararan para recibirnos. La casa estaba medio caída, el techo lleno de goteras, las puertas de agujeros por donde silbaba el viento, el piso de madera apolillado, el patio invadido de maleza y matas altas llenas de espinas prehistóricas, la capilla vacía, con sus restos de frescos carcomidos por la humedad y el altar derruido, tomado por las telarañas. Las vides sin uvas y los olivos con pocas aceitunas. Pero allí transcurrieron las tres semanas que, si no me equivoco, justifican mis setenta y dos años de existencia.

Ángela había impuesto una regla férrea para los primeros siete días de estancia. No podíamos intercambiar ni una palabra. Tampoco podíamos tocarnos. A fuerza de gestos y sobreentendidos, a fuerza de mirarnos en los ojos o en cualquier parte del cuerpo (pues podíamos estar desnudos) lo haríamos todo. A la servidumbre se le dio la orden de mostrarse lo menos posible. A ciertas horas establecidas debían dejar la comida, por cierto o por mentira muy frugal, en el destartalado comedor de la casa. Con horarios rígidos debían limpiar y arreglar las habitaciones.

La segunda semana, según la regla impuesta por Ángela, podíamos comunicarnos por escrito, con boletitas, y ella empezaría de nuevo ya no a dictarme sino a escribirme cartas, esta vez para mí, todas para mí, y una tras otra, de manera que se pudieran percibir sus repentinos cambios de humor, su sentimiento ambivalente por ese mayordomo y heredero de las Indias. No podíamos decir ni una palabra, no podíamos tocarnos todavía, pero también yo podía escribirle cartas, mensajes, peticiones. No recuerdo lo que le escribí. Sé sólo que acumulamos montañas de hojas garabateadas, sé que escribí seiscientos catorce anagramas de su nombre, pero de aquellos días no podíamos guardar la huella de un solo papel, pues el último pacto era tirar al Arno, el día del regreso, todos los mensajes que habíamos intercambiado. De esas tres semanas que no olvido me viene el hábito insanable de dictar en lugar de escribir. Escribir es un oficio galante; se dicta para hacer literatura. Allí, también, contraje el vicio de ser un donjuán de letras, uno que ama a las mujeres por escrito.

La tercera semana se abría a la palabra y al contacto de los cuerpos. Podíamos hablar, decírnoslo todo, tocarnos con todo, hacerlo todo, menos penetrarnos. Y digo penetrarnos porque a esas alturas yo ya había perdido toda mi identidad de penetrador. Penetrar era la parte, una parte ínfima de unión que faltaba, y yo ya no sabía a quién correspondía realizar este acto, si a su permiso o a mi imposición.

Cuánto nos miramos en la primera semana de silencio perfecto. Cuánto nos escribimos en la segunda semana gráfica. Nunca he hablado tanto ni tocado tanto como en la tercera semana de palabras y contacto. En los últimos días era doloroso no estar en contacto por lo menos con un milímetro de una parte cualquiera de su piel. Éramos incapaces de despegarnos, de desprendernos. No estar muslo contra muslo o mejilla con mejilla o lengua y lengua o boca y coño o al menos dedo con dedo, nos producía una especie de insoportable y dolorosa crisis de abstinencia. Y todo nos lo dijimos, todo nos lo contamos, resumimos su vida y la mía hasta que los recuerdos de los dos parecían una sola memoria. Y el amor que nos declarábamos parecía único. Casi no sé explicarlo, me sofoco, fueron como el periplo de Dante por infierno, purgatorio y paraíso.

A las tres semanas, fecha del regreso del vizconde, tuvimos que volver a Turín. Éste, en realidad, había vuelto antes de lo previsto y gracias a espías pagados estaba enterado de nuestro retiro en Toscana. Al día siguiente del regreso, Ángela me anunció que el vizconde lo sabía todo, y no sólo eso, sino que, desesperado, le había pedido que se casara con él y se trasladaran a vivir a Toledo, donde él se quería establecer. Mientras me lo contaba me arrancó más que me quitó camisa y pantalones. Recorrió con su cuerpo todo mi cuerpo, besó y bebió también ella todos mis humores, pero no permitió que mi cipote enardecido penetrara la carne que, húmeda y abierta, se ofrecía entre sus piernas. Por un instante pensé en cometer una violencia que hasta ese día jamás se me había pasado por la mente, pero rechacé la idea como algo indigno de tan bajo hidalgo y tan alta concubina.

Pasaron días de incertidumbre. Ella me quería a mí, pero había resuelto irse a Toledo con Alfaguara. No me pregunten por qué, pues esto nadie lo sabe, y tan sólo lo comprenden algunos tortuosos corazones de poquísimos hombres y de muy pocas mujeres. Nos veíamos para llorar juntos y después volvíamos a hacer nuestro amor incompleto, o completo como ninguno. Resolvimos que si ella se iba, sería definitivo. Yo no la seguiría a Toledo, no nos escribiríamos nunca, volveríamos al mismo silencio de antes de conocernos.

La última vez que nos vimos, ella vino directamente al Hotel Príncipe, de madrugada. Esa misma mañana se iría a España con Alfaguara. Lo suyo, ahora lo sé, su visita, era una súplica de que yo la raptara, de que yo la salvara de las garras del vizconde.

Ella sabía que sólo yo podía hacerla feliz, que yo sería feliz solamente con ella, que la felicidad de ambos en la vida dependía de los dos, de que siguiéramos juntos. Ella, como alguna vez me lo explicó el escritor Quitapesares, comprendía que, al irse, me mataba y que ella misma sería desgraciada. Comprendía, además, que el vizconde era un hombre despreciable y sabía que ella misma no lo amaba en lo más mínimo. ¿Por qué se iba entonces? Quitapesares responde que porque -a pesar de todo- había decidido hacerlo. ¿Y por qué no la retuve yo? Por el mismo motivo, que al parecer, según Quitapesares, es una regla general en el amor.

Nos desnudamos por última vez y volvimos a acostarnos. Ella, después de abrazarnos y tocarnos y poseernos por fuera, como siempre, me pidió, por fin, que la penetrara. Esa era la clave, la señal de la fuga, de la entrega, y yo ahora lo entiendo. Pero yo me negué a entrar en su cuerpo. Acaricié con mi sexo erguido su vientre, su vello, los labiecillos vaginales, pero me negué a entrar en ella. Ella se iba esa mañana y yo pensaba que si entraba allí jamás volvería a la realidad, me quedaría anclado para siempre en su recuerdo. Ella pensaba que si yo entraba en ella, no se iría. Había querido que eso poco que nos faltaba para la unión definitiva, lo tuviéramos sólo en ese momento, que era el de su decisión de irse conmigo y el del principio de la fuga. Quería tomar su decisión de quedarse conmigo en el mismo momento en que probábamos el fruto prohibido. Yo no entendí. No sé si ella entendió que yo no había entendido. O lo entendió todo mejor que yo. Muchas veces en ese amanecer ella me rogó, me ordenó que la penetrara. Yo, por primera vez, no quise obedecerla.


XIV

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Que tiernamente trata de las esclavas del servicio doméstico


Hay algo que yo sabía de mí, pero que no sabía decirlo hasta que leí a Quitapesares y me di cuenta de que eso mío podía decirse con exactitud con sus más apropiadas palabras decimonónicas. Han cambiado los siglos pero no las circunstancias. El era un casi noble revolucionario con los burgueses y yo he sido un casi burgués revolucionario con los pobres. Otra vez exagero. Yo nunca he sido revolucionario. Nada se aleja tanto de mi temperamento como el activismo y la violencia necesarias al temperamento revoltoso. De todo soy, menos un exaltado. Pero la incomodidad que he sentido frente a la estupidez e indiferencia de la gente de mi clase, me llevaron a ponerme -con la mente, señores, con la mente- del lado de los pobres. A propósito, que no se me olvide contar mi expulsión del Club Brelán, la sede de los oligarcas de mi pueblo. Pero esto lo dejo para otro capítulo. Porque aquí me toca confesar que en todo caso yo, y aquí viene Quitapesares, nunca he podido aguantarme a los pobres de cerquita. El lo dice así y yo siento lo mismo: "Haría cualquier cosa por la felicidad del pueblo, pero preferiría, creo, pasar quince días al mes en la cárcel en lugar de vivir con la plebe. Debo confesar que no obstante mis opiniones perfecta y profundamente republicanas, mis padres me transmitieron sus gustos aristocráticos y reservados. Aborrezco la plebe (cuando tengo que tratar con ella), y al mismo tiempo, llamándola pueblo, deseo con pasión su felicidad. Mis amigos, o los que pretenden ser mis amigos, se pegan de esto para poner en duda mi sincero liberalismo. Todo lo sucio me produce horror y el pueblo, a mis ojos, está siempre sucio. Con una salvedad, para mí: las muchachas del servicio. Ellas han sido mi contacto directo con los pobres. Las quise y las quiero y las recuerdo, mis esclavas que se creyeron empleadas. Voy a hablar de Tata, la más vieja de ellas.

Tata era una niña. No. Para mí la palabra niña aplicada a Tata es un acto de fe en el que finjo creer, pero en el fondo mi convicción es que ella tuvo siempre entre setenta y noventa años. En todo caso, se contaba en la casa, Tata era una niña abandonada que había entrado a trabajar en casa de mis bisabuelos maternos antes de que mi abuela se casara. Tal vez en ese entonces tenía algún sentido la palabra criada: el orfanato de las monjitas de la caridad decidía, después de una limosna más o menos sustanciosa, que el mejor destino para la huerfanita era confiarla a los cuidados de una familia acomodada donde le darían colchón, comida, horarios rígidos y una serie de oficios.

Tata, que en ese entonces se llamaba todavía Sixta Sánchez, había ayudado durante años a llevar los calderos de agua caliente a la tinaja donde la señorita Constanza, mi abuela, hacía su baño semanal con agua hirviendo, leche de burra recién parida y yerbas varias. Sixta tendría unos veinte años cuando recibió la orden de seguir a la señorita, ahora señora Constanza, a su nuevo hogar. Mi bisabuelo era un varón pío y recto, presidente del directorio conservador, cónsul honorario de España y autor de crónicas amenas. Tal vez percibió que incluso la juventud desaliñada de Sixta podía ser una aleve tentación para su primogénito, el cual ya estaba destinado, por voluntad paterna, a sentir el llamado sobrenatural de la vocación sacerdotal. Sea como fuere, el caso es que Sixta abandonó la casa como parte de la dote de bodas de mi abuela Constanza.

Sixta tendría unos veintisiete o veintiocho años cuando mi madre y mi tía Marujita empezaron a llamarla Tata (que no era una deformación de Sixta, sino el sobrenombre que esconde una tercera vía entre mamá y papá) y yo debo haberla conocido a mediados de los años veinte, con el uso de razón y cuando ya ella estaba llegando a los setenta años. Pasaba seis meses en mi casa y seis meses en casa de la tía Marujita, pues había sido niñera de ambas, y las dos se peleaban por tenerla. Llegué a conocerla muy bien, en los seis meses de todos los años que pasó en mi casa y en los miércoles de todas las semanas en que iba a comer y a rezar el rosario en la casa de tía Marujita.

Tata le tenía siempre prendida una veladora a san Martín de Porres. Era negra, como él, aunque tal vez tenía más sangre de india porque era flaca y bajita y tenía el pelo liso y negro. Cuando yo la conocí el pelo ya no era tan negro, pero le llegaba hasta la cintura y se sentaba en el patio a que el sol se lo secara. Después se hacía una moña llena de ganchos.

Dormía en un cuarto apartado de la casa, superior en rango al de las demás muchachas, sumergida en medio de baúles grises llenos de secretos y triciclos dañados. El cuarto olía a esas galletas que se llaman deditos, a vino moscatel y uvas pasas. Cuando yo estaba enfermo, Tata me hacía coladas de maizena, me frotaba la espalda con alcohol y me leía la desgarradora historia de Genoveva de Brabante porque, según ella, las lágrimas que derramaba me hacían salir los malos humores del cuerpo. Cada día estaba más sorda y pocos años antes de su muerte la operaron de cataratas. Cuando me leía a Genoveva veía con los dos ojos, pero sacaba una gran lupa que le había regalado el señor arzobispo, mi tío, antes de que yo naciera.

Me parece verla, sentada al sol en el patio de la casa. Está desgranando lentamente, con las manos torcidas por la artritis, una mazorca tierna. En este lejano atardecer de mi recuerdo ya Tata está completamente sorda, pero sigue llevando en la oreja o en la mano (como si fuera un arete o un bastón) la vieja corneta acústica o trompetilla para sordos que le había comprado mi mamá en Viena, al más famoso otorrino de la Europa central. Han pasado muchos años desde cuando me podía leer a Genoveva de Brabante pues le veo una de las órbitas vacías y sé que el otro ojo alcanza a distinguir siluetas, sombras de objetos, fuentes de luz. Cuando la operaron de cataratas el ojo se le infectó y tuvieron que sacárselo. Después le operaron el otro ojo, que no se le infectó pero tampoco le quedó bueno, así que tenía que caminar muy despacio y poniendo los brazos adelante. Siguió usando, sin embargo, el par de lentes espesos de la presbicia y la lupa del arzobispo. Cierro los ojos y puedo volver a verla: tiene más de ochenta años y se obstina en trabajar, en "hacer oficio", como dice ella. Por eso hay que comprar mazorcas tiernas, frísoles en su vaina, alverjas, verduras que su tacto reconoce y con los cuales sabe, por instinto, lo que se debe hacer. En su cuarto, para poder hablar con ella, mi madre ha puesto el tablero negro con el que yo jugaba a la escuelita. Con tiza blanca le escribe mensajes que tienen que ser brevísimos por el tamaño de las letras. Para que las reconozca, cada letra debe ser tan grande como una cara de adulto. TATA ¿CÓMO AMANECIÓ HOY?, dibuja más que escribe mi madre en el tablero. Y Tata responde que bien, niña, oyendo un poco más y viendo mejor aunque todavía no del todo. Le decía niña a mi mamá, que ya tenía más de cincuenta años. Durante los últimos dos años Tata, todas las mañanas, seguía contestando que estaba bien, aunque mi madre supiera que había dormido poco o nada, doblada por ese dolor de estómago del que a veces habla en voz alta cuando cree estar sola.

TATA, HOY LA LLEVO DONDE EL DOCTOR.

El médico al que la lleva es un viejo simpático que se sorprende de que Tata, a esa edad, pueda demostrar muchos más años de los que tiene. Después de examinarla habla con mi madre y dice lo más trágico sin perder el sentido del humor: "Es un cáncer de estómago todavía incipiente. Tata parece una mujer de ciento diez años y en los viejos hasta las enfermedades van despacio. Vamos a ver quién llega antes: la edad o la enfermedad. Pero sinceramente no me parece posible que ella le dure a ese cáncer". De todas formas mi mamá se larga a llorar.

Tata vive todavía un par de eneros, acercándose a los noventa, sin que el cáncer avance lo suficiente para matarla. Hasta una semana antes de morir, ha seguido trabajando. Cada día come menos; pasa semanas con agua y unas pocas cucharadas de arroz blanco. Sólo la última semana se queda en la cama sin poder levantarse. Entra en un letargo tranquilo desde el que lo único que acepta, rigurosamente, es agua. Una madrugada, con mi madre a su lado, deja de respirar y el médico viene a hacer el certificado de defunción. Tampoco aquí pierde el buen genio: "Se ha muerto de hambre", dictamina. Mi madre llora angustiada: "Nos sirvió por casi ochenta años y no dejó que yo me dedicara a cuidarla ni siquiera ocho días".

Se decide un entierro en el mausoleo de la familia, cementerio de San Pedro. Ese que yo era se emocionó con la idea de nuestro apego a la servidumbre. Los años me han hecho leer libros en los que se cuenta que los faraones se hacían enterrar con sus perros y sirvientes, por lo que mis ideas de entonces se han vuelto más lúcidas y mi tristeza más amarga.

Recuerdo también la indignación de mi familia por la homilía del entierro de Tata. La dice un cura modernista, iracundo. Como una fiera regaña a mi madre y a tía Marujita; se ofusca con el recuerdo de mi abuela muerta ya hace años, con la memoria de mis bisabuelos, muertos hace ya más de medio siglo. Se enfurece con la familia entera, hijos, nietos y bisnietos, que recibimos todos los cuidados y cariños de Sixta Sánchez, la sirvienta, por poco menos de un siglo. Nosotros lo miramos desconcertados, preguntándonos si este intermediario del Señor tiene de veras la voz del Padre Eterno. Su prédica es una admonición furiosa contra nosotros, los patrones, que no excluye la cita del ojo de la aguja ni la lista de las bienaventuranzas de los pobres.

Ahora creo entender la furia del curita modernista, que ninguno de mis parientes consiguió comprender. El cura, como casi todos los izquierdistas, podía tener razón, pero tenía también pésimo gusto. Y lo que no le gustó fue que todos los niños de esa niñera muerta, en lugar de mandarle hacer una corona de flores en la mejor floristería funeraria de la ciudad, hubieran llegado con ramos de flores en la mano. Para mí, para todos nosotros, era obvio que las flores cortadas en el jardín de la casa o de la finca eran un homenaje más importante que el de la gran corona con cintas de nombres y apellidos. Pero el curita, con su pésimo gusto y su falta de mundo, creyó que mi familia no había pedido coronas para ahorrar dinero con la sirvienta. Su rabia es contra esas flores no compradas, que a él le parecieron demasiado humildes.

Sixta, la criada de mis bisabuelos, encima de la dote de mi abuela Constanza, niñera de mis tíos y mi madre, niñera mía. Esclava nuestra hasta los ocho días antes de morir. Tal vez en el futuro no vuelva a haber Tatas, esta injuriosa injusticia de regalar la propia vida a otros. ¿Sirve como defensa alegar que nosotros nunca despreciamos su regalo o que mi madre sufrió más con su muerte que con la de mi abuela? No, el amor al esclavo no disculpa al amo, y tampoco el recuerdo que yo voy a guardar hasta el final de mis días.

Me acuerdo también de Adela la planchadora, que venía a la casa dos veces por semana, una vez para arreglarnos los vestidos y otra para poner en orden la ropa de cama. Almidonaba las sábanas y los cuellos de mi padre toda la mañana en grandísimos calderones metálicos llenos de engrudo. Ese crujir de sábanas blancas al meterse en la cama es un arrullo que no he vuelto a tener desde entonces.

Adela la planchadora tenía una hija, Marisol, que le había salido casquivana. Marisol, a los diecisiete años, se escapó con un hombre. Volvió a los dos años con la barriga llena, y Adela la planchadora la recibió contenta. Parió un niño robusto y bonito. Todavía le daba de mamar al niño cuando volvió a escaparse con otro hombre. Tres años sin volver, sin mandar una razón ni una carta. Nuevo regreso con el vientre hinchado. Adela la planchadora la recibe con júbilo. Esta vez pare una niña, rubia y preciosa, parece una gringuita. Al año vuelve a escaparse Marisol, con otro tipo. Que su madre se encargue de los dos chiquitos. Marisol parece más razonable y durante esta ausencia se hace ligar las trompas, ya tiene hijos suficientes para cuando quiera criarlos. Adela la planchadora, mientras tanto, no da abasto. Trabaja de casa en casa pero cuello tras cuello no le alcanza para sostener a los niños, pagar los zapatos, darles de comer, pagarle a la vecina que se los cuida mientras ella trabaja. Hay parejas de norteamericanos que mandan intermediarios a recorrer el barrio en busca de hijos. Pagan bien por los niños, tienen contactos para arreglar rápido los papeles de adopción.

Llena de dudas, aconsejada por la pobreza y la desesperación, por la falta de noticias de la hija Marisol (ya volverá con más niños, ya lleva tres años fuera), Adela la planchadora cede. Los niños se van con una pareja de canadienses. Marisol vuelve a los ocho meses, sola, barriguita vacía, abandonada por el último tipo. Ahora se dedicará a esos hijos que ya no puede tener. Adela la planchadora le muestra una tarjeta de navidad. Merry Christmas, dice, y se ve en una foto a dos niños muy bien vestidos, llenos de trapos colorados, con esquís en los pies, sobre la nieve. Año tras año, por navidades, siguen recibiendo fotos de los niños que crecen, tan ricos y sanos que "parecen místeres", dice Marisol, lejanos, completamente ajenos, las tarjetas no traen ni siquiera un remitente, sólo el sello y las estampillas canadienses con la reina del imperio, revelan de dónde vienen.

Romualdo, el jardinero, era el hijo número trece de su madre, que tuvo veintidós embarazos. No eramos suspicaces, nosotros, en los años treinta, o estábamos demasiado distanciados de Viena, pues no entendíamos y nos exasperaba, en casa, una fobia agresiva que sufría Romualdo: no podía ver a una mujer encinta sin escupir y enfurecerse. Recuerdo el embarazo de una de mis tías, hermana de mi padre, que iba al costurero de mi casa los jueves por la tarde. Durante los seis meses de su embarazo notorio, los jueves por la tarde Romualdo el jardinero se escondía en su cuartico del fondo, iracundo. A veces, incluso, se lo oía vomitar. Pero en mi casa, poco perspicaces, no entendíamos por qué.

Romualdo era, en todo, un hombre excepcional. Tocaba guitarra clásica y acordeón vallenato. Después de hacer, con suma parsimonia, sus oficios terrenos, en las noches serenas, desde el jardín oscuro, entraban a la casa las notas de sus cuerdas. Por Romualdo conocí, parece increíble, las notas de algunas fantasías de Fernando Sor. No las tocaba bien, ahora lo sé, y su guitarra era un instrumento basto y barato fabricado en Marinilla, pero las notas seguían con cierta fidelidad la partitura.

Cuando estaba de buen humor sacaba el acordeón. Esto fue mucho antes de que los costeños bogotanizados (y viceversa) pusieran de moda el vallenato. Pero ya a mi padre, al oír a Romualdo, le encantaba, y no sabía por qué, decía, esa música salvaje de largas retahilas.

Romualdo cuidaba los perros y cortaba el prado, podaba los rosales y abonaba las hierbas aromáticas. Un día no volvió de su domingo de descanso. Y nunca lo encontramos ni lo volvimos a ver. Esfumado. Algunos dijeron que lo habían matado a machetazos; otros, que había vuelto al pueblo remoto de la costa donde había nacido; otros, que se había caído y ahogado en el río Medellín. En una de mis casas de Antioquia todavía lo esperan su guitarra marinilla y su acordeón vallenato. Y también, en uno de mis discursos políticos, que quizá algún día te cuente, Cunegunda, propuse una medida en honor a la sensata fobia de Romualdo: prohibir la circulación pública de las mujeres encinta, cuya vista, sostuve, constituía un pésimo ejemplo para el pueblo raso.

Manuelita, Benilda y Tomasa eran las hijas de Rosaura y Feliciano, los mayordomos de una hacienda que tenían mis tíos por Amalfi. Rosaura Marín Bernal se había casado, con dispensa del obispo, con su primo hermano, Feliciano Bernal Marín. A Tomasa, entonces, le encantaba decir que ella se llamaba Tomasa María Bernal Marín Marín Bernal. Las tres se llevaban pocos años y parecían trillizas; eran tan blancas que en el pueblo las llamaban vasoeleche, ahí vienen las vasoeleche, y tenían una especie de orgullo campesino de cristianas viejas que solamente se encuentra en la Antioquia de ahora y en la España del siglo XVII. Feliciano y Rosaura las fueron mandando a mi casa, una tras otra, cuando cumplieron los dieciséis años. Dejaban el corregimiento de Amalfi en donde habían crecido sin salir por quince años, y se venían a servir a Medellín. Doña Pilar Medina tenía fama de ser buena patrona y aquí venían a dar.

Primero llegó Manuelita, que hablaba castellano antiguo, muy castizo, y tuvo enormes resistencias para aprender el anglo español con que se expresaban en mi casa. La primera semana le comunicó a mi madre que ella se volvía al pueblo pues nunca iba a ser capaz de aprenderse todos esos nombres: suiche, clóset, osterizer, barbiquiú, amplificador… Se estaba enloqueciendo, por las noches se acostaba con un zumbido en el cerebro. Nunca en su vida se había subido a un carro y se aterrorizaba cuando le tocaba montarse en el de mi padre los fines de semana, al salir para la finca. Se arrinconaba en la silla de atrás, tensa y temblorosa como un cachorro. Pero Manuelita era una mujer llena de inteligencia y en poco menos de un mes todo lo había aprendido. Nunca la casa de mis padres estuvo mejor puesta que cuando Manuelita trabajaba con nosotros.

Después llegó Tomasa. Como en un principio ya había demasiadas muchachas en mi casa, mi mamá la desvió a casa de unos parientes. Pero Tomasa se enfermó. Tenía los dedos morados, la respiración cortada, no podía trabajar aunque intentaba hacerlo hasta caer exhausta. Los parientes nos la devolvieron como a un electrodoméstico imperfecto. Mi madre la llevó al médico. Después de una infección en la garganta mal curada, le había quedado una fiebre reumática que le había afectado no sé qué válvulas cardíacas. O la operaban o se moría. Las Bernal Marín Marín Bernal tenían un tipo de sangre escasísimo, con factor negativo. Hermanos, padres y primos tuvieron que venir de Amalfi a que les sacaran sangre en la unidad cardiovascular, antes de la operación. Tomasa se curó a los pocos meses y por lo que sé todavía debe estar baldeando y echando cepillo por alguna casa de ricos de Medellín.

Benilda fue la última en llegar y tuvo la buena o la mala suerte de conseguirse un novio. Quedó embarazada, tuvo mellizos, y se tuvo que ir de la casa. Mi padre le encontró trabajo como empleada de aseo en un banco y no volví a saber de ella.

Pero por un tiempo largo de mi infancia, Manuelita, Tomasa y Benilda, las hijas de los mayordomos de Amalfi, trabajaron juntas en mi casa; y de ellas, de Tata, de Adela, de mi cocinera Rosario y de muchas otras que no menciono, aprendí el dolor y la ternura, la limpieza y el empeño. Entendí, sobre todo, la injusticia. Y me quedó un cariño tan hondo por los pobres, que ya no se me quita.


XV

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En el que la memoria, in memoriam, insiste en recordar a la inefable Angela Pietragrúa


Si yo creyera en el libre albedrío, si yo pudiera confiar en que depende de nuestras acciones el curso de nuestra existencia, diría que entonces cometí el error de mi vida, el que ya nunca más me permitiría ser feliz. "Dos no se casaron, desde entonces viven una recíproca viudez". Esta es la frase de Quitapesares que me martilla en la cabeza cada vez que recuerdo a Ángela Pietragrúa.

Ahora ella está muerta. Muerta de parto, algunos años después de nuestra despedida, en un hospital público de Toledo, al que el vizconde la había llevado por ahorrar. En todo caso, siendo yo infértil por propia voluntad, Ángela jamás hubiera podido morir de parto por mi causa. Si el habernos separado nos preservó a los dos del desengaño, su muerte la preserva en mi memoria de toda corrupción. Me impide corregir su imagen, borrar las tardes felices en que se nos iban las horas poniendo en contacto todos los centímetros del cuerpo menos unos pocos.

En los cuatro años que siguieron a nuestra despedida, hasta su muerte, nunca volvieron a cruzarse nuestros ojos, nunca nos escribimos una línea ni nos enviamos un mensaje. Yo estuve en Toledo, ella estuvo en Florencia y en Turín, pero no nos buscamos. Yo supe de su matrimonio con Alfaguara, casi un año después de su viaje a España, por pura casualidad. Estaba en la peluquería, haciéndome cortar mis muchos pelos de entonces, y el peluquero, por distraerme, me había pasado una de esas revistas tontas que traen los chismes de farándula y las crónicas de sociedad. El peluquero sintió el temblor de mi cabeza y me preguntó si me sentía mal.

Ángela Pietragrúa sonreía, el velo blanco levantado, al lado del vizconde de Alfaguara. El pie de foto decía el sitio y el lujo de la boda. Detrás de la pareja se veía una niña rubia que corría. Nada más. Puedo decir tan sólo que la novia, en la foto, tenía el aspecto y el candor de una jovencita bien educada, de esas capaces de someterse a cualquier tortura con tal de no darle un disgusto a la mamá.

Angela sabía que yo me había retirado por completo del mundanal ruido. Por cuatro años, hasta su muerte, hice lo imposible por intentar que mi amor por ella se convirtiera en amor propio, sin conseguirlo. Practiqué, como aconsejaban los pitagóricos, el retiro total, el silencio absoluto. Si no podía hablar con ella, mejor no hablar con nadie. Si no podía tocarla a ella, mejor no tocar a nadie. Me aislé, viví solo, apartado, en perfecto silencio. Una siniestra aspiración al ascetismo me redujo a esta sombra de ser humano en que quise transformarme. Un hombre que no siente. Fue entonces cuando más tiempo pasé en esa ermita abandonada de Pulignano, en aquel caserío perdido en las colinas toscanas, que desde esos lejanos años ha sido el sitio de refugio y salvación para todas mis penas.

Un sueño recurrente, obsesivo, se repitió casi todas las semanas de todos los años de mi retiro voluntario. Yo me presentaba en Toledo, pero todos me impedían entrar a la casa de Angela y el vizconde. Guardias, policías, cercas, rejas, gente normal, gente armada. Un muro infranqueable me separaba de ella. Al fin el vizconde se iba de viaje y ella, de luto, se asomaba al balcón y me llamaba, me hacía entrar al patio de su casa por una puerta secreta; sábanas blancas y trenzas tronchadas bajaban a levantarme, como en cuentos y romances, del patio hasta su ventana. Yo conseguía entrar por la ventana y empezaba a hacerle el masaje ritual y esta vez, al rato, ella me dejaba hacer lo que en realidad nunca hicimos: me permitía penetrarla. Hacíamos el amor de todas las maneras posibles y yo sentía ese goce inaudito que la realidad nunca me ha deparado. Todo parecía salir a la perfección, como en el cielo, cualquier deseo o pensamiento se hacía de inmediato realidad. Mi boca recorría sus senos queridos hasta el delirio y todo yo me introducía en su cuerpo, que me recibía todo entero. De repente, en el mismo momento del orgasmo mutuo (porque en el sueño yo sentía el mío y el de ella al mismo tiempo, yo era él y era ella y los dos juntos), todo se derrumbaba. Yo no me despertaba, pero me daba cuenta de que por alguna oscura estratagema mi esperma, en realidad, había salido de mí estando fuera de ella. Yo tenía la horrible sensación de que tampoco esa vez el acto se había realizado por completo. Como si de la unión total vislumbrada se saliera con una nueva ruptura y del uno que habíamos sido salieran de nuevo dos. De alguna manera yo percibía, en el último instante, que Ángela no se había dejado poseer. La separación, al amanecer, era dolorosa.

Por esos absurdos de los sueños ella tenía que levantarse rápido, de madrugada, pues tenía que ir a Einaudi, la editorial donde trabajaba y empezaba a vestirse de prisa. Entonces yo ponía música y era un aria de Mozart, del todo inoportuna, esa que empieza Madamina, il catalogo e questo I' delle belle che amo il padron mio. Ella se despedía con frialdad y apenas se iba del cuarto yo corría a mirarme en el espejo: me faltaba un ojo, como ese Blas de Lezo de Obregón, o mejor dicho lo tenía casi cerrado y blanco por completo (otras veces veía que tenía un orzuelo asqueroso).

Este sueño de unión y goce momentáneo, con repentina y sucesiva angustia, invadió mis noches de esos cuatro años de mi retiro en la Italia de los primeros años de la década del cincuenta. Al despertarme, me llenaba de desasosiego la sensación de que todo lo soñado en el sueño era de alguna manera realidad. Era obvio que Ángela me despreciara; por mi cobardía, por mis arias inoportunas, por mi ojo blanco. Escuché muchas veces ese trozo de Don Giovanni en que Leporello concluye voi sapete quel chefa I voi tapete quelchefa.

Fueron años en los que los planos de la realidad y de la imaginación se me mezclaban y había siempre invasiones de la una a la otra. Me obsesionaba el olor a vainilla de Ángela Pietragrúa y con los ojos cerrados era capaz de recobrarlo por entero. Así también la textura de su piel, la mullida dureza de su seno, la humedad cálida y gomosa de su vagina entreabierta. Semana tras semana, como en una misa privada, repetía los gestos, las comidas, los silencios o las palabras escritas que nos habíamos dicho en los días de paraíso que habíamos vivido.

Jamás tuve un amor tan complicado y aparatoso y, además, para colmo, tan completamente imaginario. No la buscaba, no le escribía. O, mejor dicho, no le mandaba las encíclicas interminables en que volvía a describir, paso a paso, los más mínimos episodios de nuestro breve idilio. Mantuve vivo ese amor a fuerza de un recuerdo minucioso de todos los minutos vividos a su lado. Y ella ahí, a pocas horas de avión o de tren. En lugar de ir por ella yo pasaba mis días y mis meses escribiéndole cartas que jamás le envié o soñando uniones totales que jamás tuvimos. Le declaraba de una u otra forma mi amor en cada página. Pero no me parecía que estuviera claro, ni bien dicho, y tenía la certidumbre de que ella no me entendería ni me creería hasta que encontrara las palabras secretas para hacérselo saber.

No sé si ella en este tiempo habrá pasado o pensado algo parecido, si habrá tenido sueños similares, algo. No sé nada ni hay ahora persona viva a la que se pueda preguntar. Sé de mí que desde aquellas fechas no he podido liberarme de una cierta predilección por la vida retirada. Sé también que fue entonces cuando me salieron estas ojeras azulosas que desde entonces ya no me han abandonado. Todavía hoy, cuando me las veo en el espejo, recuerdo que son la cicatriz inconfesable de mi amor inaudito por Ángela Pietragrúa, y ese origen sagrado (cómo somos de cursis los amadores) me las hace querer, no como el defecto que son, sino como si fueran mi mejor atributo.

Como nada desmiente al ser que tiene la medida de nuestro pensamiento, de nada nos enamoramos tanto como de algo que no existe; podemos acomodarlo a nuestros cambios, adaptarlo a cada amanecer. Lo que hace que los místicos vivan pedientes de Dios es su silencio. No hables, desaparece, y serás imprescindible, inolvidable. Toda nuestra atención es capaz de ocuparse en una ausencia. No le escribas nunca, no quieras volver a verlo (¡ni siquiera te dejes ver por él!) y desde lejos te será fiel hasta siempre.

Ese silencio repentino y definitivo de Pietragrúa fue mi destrucción pues hizo que mi amor fuera perpetuo. Menos mal que existen los amigos. Sí, porque Quitapesares, mi dilecto amigo, me dijo que entre el amor desgraciado y nosotros hay que poner hechos nuevos, así sea una mano rota. No me bastaron cuatro años de aislamiento ni me bastó la muerte de Ángela para sanarme; tuve que romperme una pierna. Parece mentira que una caída casual y torpe, dolorosísima, me haya sacado de la desolación. Muchas cosas pasaron en pocos días, después de que me enteré de la fuerte de Ángela.

Todavía estaba en el hospital cuando me invitaron a presentarme a unas oposiciones para una cátedra de literatura española en la Universidad de Turín. Un infarto fulminante había acabado con la vida del joven catedrático, que no había tenido tiempo para dejar pupilos ni nombrar herederos. Mis cuatro años de aislamiento (años en los que a duras penas leí) me habían hecho ganar fama de hombre erudito y además Einaudi, gracias a los amigos dejados por Ángela en la editorial, me había publicado hacía poco una colección de viejos ensayos sobre la doble escatología de Quevedo, la metafísica y la defecatoria. Me presenté al concurso todavía con el yeso puesto y creo que fue este impacto visual, más que mis pobres títulos, lo que convenció a los jurados para darme el puesto.

Me encontré de repente con la amada bajo tierra en España, y con cátedra sobre el mismo sitio en Italia. Si fuera creyente, pensaría en una sobrenatural intervención de mi musa desde las alturas. Mi vida profesional, en Italia y en el mundo, se había resuelto, como por arte de magia, de la noche a la mañana. Pero no era ese el triunfo que yo estaba buscando, esperando. Al día siguiente de haber ganado la cátedra renuncié al puesto por motivos de salud. En vano varias comisiones universitarias fueron hasta Pulignano a tratar de sacarme del caletre semejante locura. Nadie entendía que yo estaba en duelo por la muerte de Angela y por la muerte necesaria de mi amor por Ángela. Yo no quería salir de mi estupor y, ahora que lo pienso, creo que desde entonces no he vivido otra cosa que el asombro por haber amado así, y por haber tenido que dejar de amar a la única mujer que conmovió mi existencia.


XVI

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Donde se revela quién fue la primera víctima de la Guerra Civil y se recita una plegaria por la pobre viejecita de don Rafael Pombo


Ningún psiquiatra consiguió convencerme de los daños que me había provocado mi madre ni de los problemas que tenía como consecuencia de errores de mi padre. Pese a su insistencia en que me fijara en esto o en aquello, nunca pude echarles la culpa de nada a mis padres, salvo, tal vez, la de haberse dejado matar jóvenes y al mismo tiempo. Yo tenía dieciséis años y estaba todavía en bachillerato. Ellos estaban viajando por Europa y colonias desde hacía un par de meses. La noche del 18 de julio de 1936 fueron abaleados por desconocidos en un hotel de Casablanca. Por lo menos eso decía el telegrama que recibimos el día diecinueve, donde se nos informaba, además, que no habiendo consulado colombiano en aquel puerto, y dadas las circunstancias de agitación del momento, los cuerpos serían enterrados en una fosa común de aquel protectorado. El dinero que mis padres habían consignado en el hotel, bastaría para tal efecto. Eso era todo. Y eso fue todo. Cuando pude ir a Marruecos habían pasado más de diez años y de mis padres no quedaban ni huellas ni recuerdos, cancelado todo por años y años de guerras y abandono.

El 19 de julio de 1936, un colombiano, yo, era el primer huérfano de la guerra civil española. Un huérfano triste y rico al que faltaban más de cuatro años para alcanzar la mayoría de edad. Yo casi nunca recuerdo las fechas, ni me importan, pero guardo memoria de ésta que fue, quizá, la grande ruptura de mi juventud. Por muchos meses vagué de una casa a otra de mis tíos interminables, sin que ninguno pudiera llegar a un acuerdo sobre quién se debía encargar del huerfanito. Yo no sentía inclinación por ninguno y a pesar de que en todas las casas, quizá por seducirme, me trataban como a un rey, yo tan sólo pensaba en volver a mi habitación en la casa de mis padres. De la tutela de los tíos y de mi misma ruina me salvaron las rivalidades entre ellos y la perspicacia y predilección que sentía por mí el arzobispo. Ya retirado y ciego, vivía sus últimos años, pero los demás tíos (incluso de parte de mi padre) le concedían una cierta autoridad. Él, que con los años se había vuelto completamente desprendido en asuntos de dinero, se dio cuenta de la voracidad de mis parientes pues todos se peleaban por entregarme sus cuidados siempre y cuando se les consignase también la administración del patrimonio heredado. El arzobispo, a la vista de tantos buitres, decidió entonces conformar una junta de familia que velaría por verificar los progresos en mi instrucción. Para tal efecto se harían reuniones quincenales en las que yo mismo estaría presente y les haría un resumen de mis actividades. Nombró también un administrador de los bienes, ajeno por completo a los dos bandos familiares, cuyo desempeño sería juzgado también por la misma junta de tíos hasta que yo cumpliera mis legales veintiún años.

El administrador era un viejecito prudente y mojigato, manso y honrado como ninguno. El arzobispo, que durante veinte años había sido su inútil confesor, tenía muy claros estos datos. Y así fue como hasta incluso mucho después de mi mayoría de edad este contadorcito puntilloso se encargó de anotar cada centavo y cada peso salido de mi patrimonio familiar. En familia le teníamos el sabroso sobrenombre de Insípido, y yo, desde entonces, cuando he tenido que escoger administrador, lo he hecho siempre eligiendo personas que parecen cortadas con la misma tijera. Esta ha sido mi única habilidad económica.

Insípido se pagaba cada mes una cifra irrisoria, y cada mes presentaba balances impecables que mis tíos no podían sino aprobar, salvo algunas críticas (a las que el contador era por suerte inmune) sobre los mejores negocios que podrían hacerse con ese capital con sólo correr un tris de riesgos más. Pero en esto el administrador era intransigente; sus inversiones eran cuidadosísimas y aunque el rendimiento no era el mejor, año tras año mi patrimonio se conservaba y aumentaba. Mis tíos, viendo que por mi lado no podrían sacar partido alguno, me fueron dejando, para mi fortuna, cada vez más solo, y pude completar mi juventud como me dio la gana. Gracias a esas figuras desteñidas y sosas de administradores prudentes y prolijos, he podido vivir desde entonces con la conciencia liberada de cualquier preocupación práctica.

Cuando acabé el bachillerato, dos años después de la muerte de mis padres, decidí tomarme un sabático. Quería descansar un año, y no para pensar mejor qué profesión escoger, como les dije a ellos para justificarme, sino simplemente para eso, para no hacer nada, para no tener que hacer por un año lo que a los profesores se les ocurría que yo debía hacer. No contaré aquí el escándalo y los aspavientos de mis familiares cuando, en la quincenal reunión familiar, les comuniqué mi decisión. En un primer momento se miraron perplejos pues la mayoría de ellos no había oído jamás la palabra sabático que yo acababa de pronunciar (y de aprender, hojeando el diccionario). Tío Justo, el más franco de todos, me confesó después que al oír esa palabra él había pensado que, raro como era ese sobrino suyo, se estaba con seguridad convirtiendo al judaismo. Cuando me expliqué mejor y comuniqué que por un año pensaba descansar, viajar y meditar en el futuro, pusieron el grito en el cielo. El arzobispo ya había muerto y el monseñor no estaba presente. Me defendió solamente la tía Julita, pero no por bondad, como pensé yo en aquel momento, sino porque me odiaba tanto que pensaba que así precipitaba mi perdición definitiva. Con frases mordaces y alzando la voz más que cualquiera de los varones presentes, les calló la boca a todos los demás en nombre de mi libertad e independencia. Su énfasis era incluso mucho mayor que el mío. Poco después comprendí sus verdaderos motivos secretos y desde entonces estoy convencido de que muchas veces los que quieren hacernos un mal, si se salen con la suya, no saben el bien que nos hacen.

Los tíos hubieran podido prohibirme ese año sabático a los diecisiete o dieciocho años. Habrían podido obligarme a elegir entre derecho, ingeniería o medicina, las únicas profesiones decentes que había en ese entonces para la gente de mi clase. Pero para la tía Julita la libertad era el único camino que conduce al precipicio; y ella quería el precipicio para mí. Escogió la libertad para hundirme, y me salvó, o por lo menos me dio la posibilidad de seguir construyendo mi vida como me iba saliendo.

Yo había resuelto, en caso de que la oposición de mis tíos fuera demasiado fuerte, matricularme en derecho. Dudaba mucho que me permitieran ese sabático soñado, pero todo fue facilitado por la repentina e inesperada muerte de la abuela. Me doy cuenta de que aquí hay otro hueco en mis memorias; hasta ahora no he dicho nada de mis abuelos. Esto se debe, tal vez, a que alcancé a conocer sólo a una de ellos, a la madre de mi padre. Los otros tres ya habían muerto cuando yo nací.

¿Qué decir de doña Blanca Calderón, viuda de Urdaneta? Parecía hecha a imagen y semejanza de la pobre viejecita de don Rafael Pombo. Avara, quejumbrosa, perpetuamente preocupada por sus achaques imaginarios, por su oro en vías de extinción, por los inexistentes caprichos del perenne clima del trópico. Había tenido seis hijos (que ella parió, es verdad, pero que crió Mincha, la nodriza negra) y no sé cuántos nietos. A pesar de la prole numerosa se mantenía sola en la misma casona de El Poblado donde habían crecido mis tíos y mi padre. Se quejaba de soledad, pero no invitaba a nadie. Si uno de los hijos o nietos iba a verla, desde que entraba les advertía que no podía invitarlo a comer porque no había avisado con la debida anticipación. Y si alguien avisaba con anticipación y desde el lunes le decía, el jueves voy a comer, abuela, ella respondía, ah, ya veremos, de aquí al jueves hay tiempo. Después se quejaba porque sus hijos y nietos nunca iban a comer con ella.

Recuerdo que por allá en los días de mi uso de razón, debió ser para la fiesta de mi primera comunión, me hizo un buen regalo, un trencito de juguete costoso, si no recuerdo mal. De ese día en adelante y por los trece años sucesivos, hasta que se murió, cada vez que me veía se acordaba del regalo y me lo hacía saber. "¿Te acuerdas de ese trencito que te regalé yo?" Juro que si el maldito tren no hubiera estado ya deshecho por el tiempo, se lo habría devuelto.

Cuando murió su hijo menor, mi padre, la mayor preocupación que tuvo fue la de que no se les fuera a ocurrir encargarla del nieto sobreviviente. Me besuqueaba las mejillas, me decía todo lo que le hubiera gustado llevarme a vivir con ella, pero no era posible, era muy complicado; tenía espacio, no podía negarlo, pero con más gente en casa se le aburrirían las muchachas del servicio y la dejarían sola. Nunca hubo afecto en su voz, todo el cariño de que era capaz lo dedicaba a sí misma. Protestaba, se sorprendía por su soledad sin darse cuenta de que ella misma alejaba cualquier contacto, cualquier compañía.

Jamás en su vida había tenido que mover un dedo, ni había hallado por su cuenta algún quehacer útil o inútil, así fuera el más insulso; el abuelo Urdaneta la había tratado siempre como una reina, y sin embargo ella se mantenía, al mismo tiempo, aburrida y cansada. Tenía manías de grandeza, se creía de mejor familia que toda su familia, de más alcurnia que sus pocas amigas, que también la fueron abandonando.

Destino ineluctable de los que nunca quisieron, nadie la quiso nunca. Se murió, al fin, de mal de arrugas, cuando ya nadie se lo esperaba. Llevaba decenios anunciando su próximo fallecimiento y, como el pastorcito mentiroso, cuando se puso mala de verdad ya nadie le creyó. Llamó por teléfono, uno tras otro, a sus cinco hijos, para decirles que se sentía asfixiada. Todos le contestaron que pasarían a verla cuanto antes, pero no pensaron siquiera en moverse de la propia oficina o de la propia casa. Pegada del teléfono y con la voz cada vez más débil por la asfixia, se fue quedando muerta y expiró con la corneta en la mano, sin que nadie creyera en sus estertores telefónicos. Cuando llamó Camila, el ama de llaves, a decir que había muerto, mis tíos a duras penas podían creerle. "No puede ser", "¿está segura?", "¿cómo dice?", fueron las respuestas recurrentes. La misma tía Julita, cuando finalmente llegó a la mansión de la muerta, empezó a notar que a la abuela algo se le movía tras los párpados y trataba de convencer a sus hermanos de que debía ser un caso de muerte aparente. Los hermanos estaban demasiado ocupados en hacer las listas de las pertenencias de la abuela para hacerle caso. A esas alturas, incluso en caso de segura catalepsia, hubieran resuelto enterrarla viva.

Iban llenando renglones de cuadernos con la minuciosa descripción de los cuadros, tapetes, muebles, vajillas, joyas. Tesoros acumulados en una vida de avaricia de los que ahora cada uno de los hermanos trataba de quedarse con la mejor tajada. Habiendo muerto mi padre, a mí me correspondía un sexto del legado de la abuela. Yo vi en este caso fortuito la oportunidad para que me dejaran decidir en paz mi año sabático, comprándolo al precio de mi herencia. Haciéndome el tonto aposta, me hice adjudicar los ripios del reparto con tal de que me dejaran decidir mi vida.

Yo fui uno de los pocos nietos que estuvo en el entierro de doña Blanca Calderón viuda de Urda-neta, mi ilustre abuela. Jamás he vuelto a ver un entierro más seco. Ninguno de los hijos derramó una lágrima ni citó un recuerdo agradable. El cura de la parroquia trató de conmover con un sermón canónico a los deudos, con los símiles más trillados y clásicos sobre la maternidad, pero todo inútilmente. Habló de la vida laboriosa de doña Blanca, de su dedicación a la casa y a los hijos, de la generosidad y el desvelado amor filial de la abuelita cariñosa. Habló de «congoja de los nietos, de la desolación en que quedaban los hijos después de tan grave, más aún irreparable pérdida. Pero ni siquiera todos los hijos estaban en la iglesia. La tía Ana había venido de Santa Marta para ayudar a hacer la lista de las cosas (no la fueran a engatusar sus hermanos avivatos), pero por compromisos ineludibles había tenido que regresar esa mañana a la Costa. El tío Pedro se había levantado con dos líneas de fiebre y el médico le había recetado reposo, la tía Julita tenía jaqueca y había tenido que ir, precisamente a la hora del entierro, al prano-terapeuta para que le hiciera una saludable imposición de manos. Quedábamos la tía Amalia, el tío Juan Gustavo y yo, que era el representante de mi padre. Al salir del cementerio los tíos Amalia y Juan Gustavo iban discutiendo cuanto tiempo de podredumbre sería necesario (¿dos, tres años?) para volver a liberar la tumba y dejar de pagar el altísimo alquiler del cubículo en el Camposanto.

Fue después de este entierro cuando resolví cambiarme el apellido. La estirpe de los Urdanetas, por mi rama, me parecía mejor dejarla liquidada. Sabía que mi padre nunca se había sentido muy ligado a su familia y por lo mismo su recuerdo no me daba remoras de conciencia. Yo quería cerrar, al menos con un símbolo, mi relación con esa banda de mercachifles sin sensibilidad. Sin decírselo a nadie me empecé a firmar Medina, mi segundo apellido, y aunque aquel apellido ajeno todavía me asalte al abrir el pasaporte, eludí en adelante presentarme con la urdimbre ancestral de los umbrosos Urdanetas.


XVII

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Dictado que discurre de astrología, de un poeta modernista y de un efebo nefando


Vuelvo a empezar con orden, a la David Copperfield, a ver si por fin me entiendo: nací en Medellín (supongamos que fue a la media noche y con la luna llena, es decir un auspicio, como todos, neutro) en una clínica particular, con mi madre anestesiada y rodeada de comadronas masculinas graduadas en obstetricia. La pobre tenía cuarenta y dos años y era casi primípara pues en el único parto precedente había tenido un monstruo diminuto y muerto. De ese hermano o hermana inexistente no se hablaba en la casa y lo único que yo sabía era que había tenido la suerte que no tuvo Judas y por fortuna no había nacido vivo y mas le había valido por lo horrible que era. Aunque ahora hay quienes dicen que por dentro yo soy también un monstruo, por fuera, cuando nací, tenía un aspecto angelical y cuando mi mamá salió de la anestesia le dio gracias al cielo, a los tocólogos de batas salpicadas y a mi padre que inspeccionaba circunspecto al nuevo vastago, recordando el momento ardoroso de su fecundación.

Es dogma que hubo una mujer que, sin conocer varón, quedó fecundada de infinito. No lo discuto. Ni lo entiendo. Yo no he conocido mujer virgen, ni me interesa conocerla. Pero no me ha parecido nunca indigno que mi madre, al parirme y desde antes, no haya sido virgen, y no sé por qué pudo haber alguien que pretendió tener una madre virgen o una virgen madre (inviolata, integra, et casta es, Mater purissima). Por eso aludo al recuerdo amoroso del abrazo de mis padres.

Jamás caeré en la tentación, eso sí, de revelar las fechas de mi fecundación y nacimiento. Sé lo que gozan los candidos astrólogos ejerciendo su estólida pérdida de tiempo, trazando coordenadas y compases que expliquen los aspectos recónditos de un temperamento. Allá ellos; espero que se desbaraten las entendederas con sus manidas y simples conjeturas sobre las absurdas influencias intergalácticas que los astros lejanos y cercanos (prendidos y apagados) infunden en nuestro oscuro destino. Deben saber, en todo caso, que sea cual sea mi complicado signo zodiacal, con ascendiente y descendientes, me ha fabricado impermeable a la superstición. A todas las supersticiones y a todos los agüeros porque en esta materia pasa como con los precipicios: si se cede en algo, caemos despeñados sin posibilidad de regreso. Basta caer en una superstición, aun en la más anodina (gatos negros, trece comensales) para despeñarnos sin retorno hasta volvernos devotos, uno por uno, de los innumerables dioses del Olimpo.

Yo cuento sólo los hechos que moldearon, en el pasado, mi presente: como el bautizo, por manos del arzobispo y tío, en la capilla privada del Palacio, con padrinos tan ilustres como el joven filósofo González y la todavía no matrona pero ya cocinera Sofía Ospina. No son los astros los que nos dictan un destino. Tampoco las hadas madrinas o los duendes padrinos, aunque de éstos, por lo menos, me queda la antipatía por los platos típicos (no menos fuerte que la que les tengo a los foráneos) y cierta inclinación a las divagaciones irreverentes.

El más certero resumen de una vida es el recuento preciso de las personas que hemos encontrado durante el trayecto. Son los otros y no nosotros los que determinan el sentido que tendrá nuestra existencia. Yo no sería el que soy si no hubiera encontrado y perdido a Ángela Pietragrúa, a mis oscuros tíos curas, a las muchachas del servicio de mi casa, a la querida Bonaventura (custodia de mis secretos) que me copia, a toda la parentela y los amigos. Inclusive un huraño como yo he sido siempre, ha llegado a ser lo que es gracias al contacto con los demás.

A estas alturas me doy cuenta de que, como siempre, he abandonado en la trastienda a mis amigos. Yo, que siempre he sostenido ser mucho más amigo de Platón que de la verdad, pues en ésta no se puede confiar (infiel y puta, resbaladiza y variable), mientras el amigo es único. Pero no he hablado de mis amigos. Aquí mis ojos, mi querida Cunegunda, ama y señora mía, me lo confirman. De tantas página y páginas que le he dictado en estas largas semanas, poco o nada le he dicho de mis amigos. Los tengo a este lado y al otro del océano, de todos los sexos, de muchas edades, vivos y muertos. Exagero. O me explico mal. Cuando digo de todas las edades no quiero decir que hoy, ahora, aquí, tenga amigos de quince, de veinticinco, de cuarenta, de sesenta y de ochenta y nueve años. Quiero decir que, como huidizas criaturas del pasado, los tuve de esas edades. Yo soy, ya lo he dicho mil veces, todo lo que fui. Y fui amigo, por ejemplo, a los quince años míos y diecisiete de él, de Manuel Saldarriaga.

Manuel era un sonámbulo, un poeta romántico, un loco, un cuerdo, no sé. Entre las penúltimas cosas que recuerdo de él, me veo a su lado en cuclillas sobre el tejado de su casa, viendo revolotear las oscuras golondrinas. Estamos bebiéndonos una colección (hurtada en el bar de su casa) de botellitas de todos los licores: verde menta, marrón licor de café, ginebra pálida, whisky color orines, vino tinto marchito, turbio aguardiente de caña y todo lo demás. Mientras nos inventamos cocteles impotables, hablamos de los más certeros métodos para quitarse la vida. El revólver, el acantilado, el accidente fingido, la soga en la viga, venenos varios, matarratas, pastillas, último piso del Empire State Building, el centro del mar, la cima del Chimborazo. No sabíamos nada de eutanasia ni de muerte libre. Encadenábamos ideas que nos quitaran de en medio. Y a cada solución nos moríamos de risa. Atados á la cola de una yegua, debajo de un camión en la autopista, mordisco de culebra cascabel en el zoológico, ahogado que flota río abajo, tibia bañera con el propio jugo. No parecíamos hablar en serio, estábamos borrachos y se jugaba a estar muertos.

Saldarriaga era capaz de escribir doscientas diez poesías en una sola noche, y al menos ocho eran buenas, lo cual no es, aunque parezca, poco. El vecindario se quejaba por el tiptap incesante de su máquina nocturna, porque escribía a máquina y solamente de noche. Meses y meses de insistencia en el teclado los acostumbraron, como uno se acostumbra al tictac del despertador. Jugábamos ajedrez y él me ganaba casi siempre. íbamos al mismo colegio, pero a clases distintas por los años que me llevaba. Los curas lo atormentaban porque estudiaba poco. Teníamos un alfabeto secreto en el que nos escribíamos cartas inocuas, pero nos prohibieron usarlo en el colegio pues el director de disciplina no había sido capaz de descifrar la clave.

Manuel era flaco, alto, desgarbado. Con unas manos larguísimas y macilentas, como pintadas por el Greco. Devoraba chocolates y mantenía el bozo velado de marrón por la voracidad con que se los tragaba. Leíamos con pasión a los poetas modernistas y Manuel, como ellos, iba todo de negro hasta los pies vestido. En cada verso suyo había sombras y palabras de Silva y hasta nenúfares de Rubén Darío, heliotro-pos de Lugones y suspiros de Barba-Jacob. Su última carta empezaba con un verso de Gutiérrez Nájera que ya no recuerdo, pero que tenía que ver con la muerte negada. Nos veíamos todos los días hasta que yo me sumergí en los besos de Eva Serrano y él en el abrazo receloso de no sé qué muchacha del barrio.

Una mañana, en el colegio, nos llamaron a la capilla. A rezar por las desesperadas intenciones de un compañero desesperado. No serviría de nada, pero al menos la familia hallaría alguna consolación viendo a todo el colegio arrodillado. Manuel, harto de pisar la tierra, como los poetas que imitaba en sus versos, se había dado un tiro en el corazón.

Fue la primera vez que sentí la tristeza con toda su contundencia. Ese pesar oscuro y árido, sórdido, que no estalla en lágrimas sino en un dolor meditabundo, seco (así lo describió una vez, pesaroso, Quitapesares), sin gritos y sin consuelo. Por fidelidad al llanto de un poeta que habíamos leído pocos días antes, yo tampoco quise verlo. Ni en el piso de su cuarto donde por años permaneció la mancha opaca de su sangre, ni en la camilla en que lo sacaron para hacerle la autopsia, ni en el ataúd de madera clara y sin barnizar. Por intercesión de mi tío el arzobispo lo enterraron en sagrado, aunque sin misa pública, según la despiadada costumbre de entonces. No importaba que el suicida tuviera diecisiete o setenta años, ni que los familiares desearan de todos modos un entierro como el de cualquier cristiano. No sé si fui al cementerio, no recuerdo, pero me imagino que sí. Cuando todavía pienso en él, casi sesenta años después, lo veo sentado junto a mí, en el tejado de su casa, recitando versos suyos y ajenos o hablando, como por charlar, de las mejores técnicas para quitarse la vida.

Tiempo después del suicidio de Manuel, conocí a Diego Velásquez. No me refiero al pintor, sino a un muchacho de carne y hueso (sin bigotes) que se llamaba con el mismo nombre. Me imagino que los menos concienzudos pupilos de Sócrates y los lúbricos efebos de Catulo habrán sido como él. Era vital como un potro, luminoso como un tubo de neón y silencioso como un tocadiscos dañado. Mis símiles son éstos, nunca fui buen poeta. Después de la muerte de Manuel yo hubiera preferido amigos lúgubres, pero me parece, aunque ya no estoy seguro, que ese enemigo mío que llevaba mi nombre se ató de pies y manos a ese compañero y sufría de despecho por el abandono de Diego Velásquez.

Hay un lugar recóndito de la memoria (mis recuerdos son tantos, tantos, que no me caben en la cabeza) donde sé que escarbando con violencia hallaría la mano de Diego Velásquez (¿la derecha, la izquierda?) que estrechaba la mano de alguien a quien yo llamaba yo. Si hurgo más a fondo me parece recordar las piedras de una quebrada distinta a esa en la que Eva Serrano me había enseñado los ritos de la lengua. Me parece percibir también el ondular marítimo de una hamaca, el zumbido de once mosquitos y la mano de Diego Velásquez que más que acariciarme parecía dibujarme el cuerpo. La mano de alguien que, como yo, se llamaba Gaspar Medina, recorre también el cuerpo de Velásquez y de repente esa mano que fue mía se llena de un líquido viscoso y caliente, también la mano de Velásquez se llena de esperma y ambos nos ungimos la barriga con el mismo ungüento.

Es como una película muda, en blanco y negro, vista hace mucho tiempo. Y es la mudez del recuerdo lo que me indica que Diego Velásquez no quería siquiera darle voz al asunto. Lo que no se habla, lo que no se dice, logramos relegarlo a ese territorio de irrealidad muda del sueño. Ese despechado que se llamaba con mi nombre sufría su propio silencio, incapaz de expresarse, y el vergonzoso silencio de Diego Velásquez.

Veo, como un relámpago, un tren que viaja lleno de ruidos y gallinas hacia Puerto Berrío; hace un calor de fuelle del infierno y el adolescente que fui está sentado en el techo del tren al lado de Diego Velásquez. Un túnel oscurece la vista y enfría el sudor que se pega a la camisa; en ese paréntesis de penumbra la mano de Diego Velásquez aprieta la mía para anunciarme que esa noche, bajo el rítmico aletear de los ventiladores del Hotel Magdalena de Puerto Berrío, volveré a sentir la mano humedecida por la más oculta corriente de Velásquez, su mano humedecida por mi erupción simétrica y casi simultánea.

Y ahora todo esto convertido en una vieja película muda, en blanco y negro, prohibida para menores de veintiuno y jamás proyectada al público. Virtud privada de una aventura tan lejana que parece ajena. Lo poco que revivo ya no conmueve mis fi bras. Cuando intenté repetir el manoseo con otras manos y miembros, las ganas se me habían esfumado, el olor a macho cabrío de los machos humanos me ahuyentó de ese enredado comercio que jamás fue infame entre los sabios de la antigüedad. Pero ese a quien yo llamaba yo, después del toqueteo bajo los abanicos de Puerto Berrío, sufría de desesperado despecho cuando el tocayo del de las Meninas parecía no verme al mirarme, o prefería mirar para otra parte.

De esos mismos días es una discusión pública en el salón de clases. Como repetidas veces habían pillado a los internos haciéndose la paja unos a otros, el capellán creyó oportuno llamarnos al orden en público, recordándonos cómo los animales nunca hacían tales cosas. ¿Acaso alguna vez habíamos visto a un caballo encaramarse en otro? Me veo alzar la mano y luego ponerme de pie para responderle (veo al cura ponerse colorado de la ira) que los caballos tampoco hablan, pero no porque fueran más naturales, sino porque tenían menos fantasía. Muy pocas cosas les quedarían a los hombres para hacer si se limitaran a imitar a los caballos. Sin contar que, imitando sus hábitos sexuales, podríamos acabar montando a nuestras propias madres. Me veo de pie diciéndole esto y así lo apunto por corregir mi vida; lástima que el Gaspar Medina de esos días haya estado tan desnudo de argumentos, tan inocente del mundo y haya tenido que dejar sus labios juntos, apretados, aceptando esa torpe tergiversación zoológica. Pero a veces, por favorecer ese difícil cariño que uno siente por sí mismo, es mejor no recordarnos como fuimos, sino como hubiéramos querido ser.


XVIII

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Cuyo tema es la historia de faldas con Virgelina Pulgarín, alias la Proletaria


No fumo, ni tabaco ni nada, ni he fumado nunca. Y no por cuidarme o cuidar a los otros, sino porque no me gusta. Pero no puedo soportar la costumbre salubérrima de las últimas décadas. En este norte del mundo, pero el vicio fue importado de Norteamérica, les ha dado por perseguir a quienes se hacen daño fumando. Sacan las estadísticas alarmantes de los fumadores pasivos y así destierran a los activos, cuando les va bien, al desván de la casa. El humo pasivo hace daño, sí, y vivir también hace daño, y la mucha risa arruga las comisuras de los labios y el mucho pensar llena de líneas la frente y las comidas excavan la barriga. Bah. No fumo, pero si llego a la casa de alguien y ese alguien prohibe que los invitados fumen allí, yo me levanto, doy la mano cortesmente y me largo. O al menos aquí escribo que me largo, ya que no tengo carácter o me educaron demasiado bien para hacerlo de veras. Que se vayan al carajo los cómplices de la marea creciente de las prohibiciones.

Aunque me gustan los vegetarianos, odio (siempre exagero con los verbos) a los que prohiben comer carne. Me gusta tanto el Quijote que me parecen detestables quienes lo hacen leer por obligación en colegios y universidades. Me encanta madrugar y no soporto los despertadores. Prefiero diez misas al tercer mandamiento. Y no sigo, porque tampoco me gustan los predicadores, ni siquiera los de la tolerancia.

Permisivismo, indisciplina, libertinaje: palabras que me han perseguido desde la infancia. A mis padres siempre los acusaron de mimarme demasiado, es decir de permisivismo, indisciplina, libertinaje. Yo hacía más o menos lo que me daba la gana. Y casi todo se me consentía, que es lo que se hace para obtener un hijo consentido. Podía, por ejemplo, contestarles a mis padres. Y no viví esas escenas absurdas de las casas de mis amigos: el papá pide explicaciones: "¿Dónde está la pelota? ¿Por qué no se fija dónde deja las cosas?" El hijo calla, muerto de susto. El papá insiste: "¿Qué dónde dejó la pelota! ¡Conteste!" El hijo se decide: "Es que como era mía porque me la habían regalado, entonces yo…" Y el papá interrumpe furioso: "¡No me conteste! ¡Ya mismo a la cama sin comer!" O ese otro padre de familia que, fuera de sí, le lanza alaridos al hijo contento: "¡Ricardooo, no griiteee!" Porque así es la vida autoritaria de las familias normales, las que criticaban a mis padres.

Me expulsaron del Club Brelán, en el fondo, por no aceptar las prohibiciones. Prohibiciones tácitas, por lo demás, que son las peores. Y también porque creo en las reglas, pero mucho más en las excepciones. La primera prohibición de un club privado no tiene nada que ver con lo que uno es, sino con lo que debe parecer. Allí, en el fondo, uno puede ser lo que le dé la gana, ladrón, traficante, proxeneta o delincuente, siempre y cuando no lo parezca.

Es un hábito mental de los países católicos. Parecer libertino, en este ambiente, es mucho más grave que serlo. El pecado no existe -o tiene una forma de existir más soportable- mientras no se lo revele, o peor, se lo reivindique. Hay un motivo racional para esto: la persona que exhibe u ostenta un pecado, o por lo menos no lo tapa, de alguna manera lo está defendiendo, difundiendo. Ocultar el pecado es dejarle una dosis de censura, que es como decir de condena. Hago algo malo, pero por lo menos lo escondo para indicar que me avergüenzo de hacerlo.

La eficacia del sacramento de la confesión, por lo mismo, no se limita a la catarsis de vomitar las maldades hechas. Tan importante como la catarsis es el sigilo sacerdotal, que es el que nos permite seguir haciendo lo mismo de antes sin que nadie lo sepa. Y su repetición infinita nos permite, sobre todo, arrepentimos una y otra vez del camino torcido, sin abandonarlo jamás. Además, nadie lo sabe y la confesión me lo perdona; el que peca y reza empata; todo, a la larga, y siempre que se haga al escondido, está permitido o a la larga perdonado. Sin respetar esta regla, no se puede vivir en un país católico, y aún menos en el club privado de un país católico.

Yo había heredado de mis padres la acción del Club Brelán, el más exclusivo de la ciudad, ese donde se hacían los negocios importantes y donde se elegían alcaldes, ministros y gobernadores. Allí aprendí a nadar, ahí aprendí a jugar tenis, golf y bridge, allí mismo aprendí a beber whisky, como un pimpollo inglesito transplantado a los trópicos. Ahí iba con mis compañeros del colegio, con mis conocidos ricos de la universidad.

Y allí mismo empecé a ir con una mocita alegre, impetuosa, desenfrenada, pero con el no pequeño defecto de ser (y parecer) montañera y pobre: Virgelina Pulgarín Huitaca, alias la Proletaria. Fue por allá por la sexta década de mis años (y los setenta del siglo), poco después de mi experiencia política, que a lo mejor cuente después, y ya harto de discursos y de alcohol etílico. El recuerdo imborrable de Ángela Pietragrúa se estaba destiñendo y por acabar de sacármelo de encima me refugié entre los muslos y la tierna entrepierna de esta mocita del pueblo, Virgelina, oficiando en el club, el templo de los ricos de mi pueblo.

Hay, o había, en el Club Brelán cuartos reservados, aislados, para negocios oscuros. Y una piscina vacía a ciertas horas, y a toda hora sauna y baño turco y gimnasio y bañeras con masajes de chorro caliente y frío que nosotros llamábamos escocés pero que ahora llevan nombre japonés. Sitios sagrados donde la Proletaria y yo prendimos el escándalo. A mi Virgelina Pulgarín el apodo se lo dieron en la Junta Directiva de socios cuando se discutió del problema. El problema del socio Medina y, y, ¿cómo llamarla si no sabían su nombre, si su apellido no era de esos como los de uno?… ¡la Proletaria! A ella se le veía a la legua que era de barrio y de familia pobres. Los signos de esta disparidad de rango yo no los sé describir bien, pero cualquier socio del Club Brelán reconoce al vuelo el estigma de la pobreza. Lo delata cierto matiz de la piel no bien disimulado por el maquillaje (pues una cosa es ser de un mestizaje subido, y otra parecerlo), cierta manera de coger el tenedor y levantar la taza, un escondido pliegue en el vestido, un acentuado desgaste en la suela del calzado y sobre todo cierta manera de pronunciar las palabras al pedir un simple cubalibre, un vaso de agua (ella decía "con agua") o el vale de la cuenta. Yo no soy Pigmalión y además me gustaba la carcajada auténtica y las piernas abiertas de la Proletaria, así que nunca me preocupé por moderar los indicios de su proveniencia.

Su estigma, en todo caso, lo reconocían mejor que nadie los porteros y vigilantes del recinto. Como esos perros clasistas que detectan a la cuadra el acercarse de un mendigo, así mismo los porteros fueron los primeros en quererme impedir la entrada de mi compañera. Yo impuse su ingreso con sobornos y voz autoritaria. Pero vino ese otro hueso más duro de roer que era el administrador del Club Brelán.

Se llamaba Gilberto Loreto y tenía familia. Si no hubiera sido un funcionario obsecuente y arribista su solo pelo crespo con su voz de lotero le habrían impedido (no menos que a mi moza) atravesar las racistas puertas del Club Brelán.

La Proletaria, desde niña, se había soñado con conocer por dentro la morada del ocio de los ricos de mi pueblo y yo le prometí mostrársela hasta el último de sus recovecos. Le mostré el sitio y me mostré con ella por los salones de todos los colores (el Rojo, el Dorado, el de los frescos feos del maestro Otoniel). Ella eructó en el bar de los espejos después de bogarse (así decía ella) entera una cerveza a pico de botella. Ella se limpió la uña del meñique con el diente central de un tenedor de plata. A ella le parecieron viejos los sillones, oscuros los cuadros y apolilladas las mesas del antiguo salón colonial. Ella llamaba a los camareros palmoteando y gritándoles "quihubo pues hermano". Ella me plantaba un beso en el cogote cada dos minutos y después me mandaba la mano al mercado (son expresiones suyas) a ver si se me estaba animando el Don Giovanni (esto lo pongo yo, más cultivado). Ella saludaba por los pasillos, sin conocerlos, claro está, a los socios fundadores y me decía sin bajar la voz "qué cuchito más lindo, lástima que huela a orines". Ella, sobre todo, le decía a Loreto, usté que no es tan aliñado como todos estos, ¿por qué no viene y se toma un traguito conmigo?

Todo, menos este reconocimiento instintivo de estar con él entre iguales, se podía aguantar el administrador Loreto, que en la siguiente Junta Directiva planteó el problema del viejo socio Medina (excandidato al senado) con su desaliñada amiga Proletaria. Recibí una primera carta muy discreta, en la que se me citaba un artículo del reglamento del club, el cual decía que los socios podían sí invitar personas a la sede, pero que eran responsables de sus actos y comportamientos. Los socios, y con mayor razón sus invitados, debían seguir elementales reglas de decoro y urbanidad. Se despedían cordialmente. Yo, como si la cosa no fuera conmigo, seguí yendo al club con mi Virgelina Pulgarín.

Me divertía que ella, después de las primeras veces, se moviera allí adentro como Pedro por su casa. Yo le decía al oído quiénes eran los socios que ella me señalaba con el índice, y sin que mediara presentación ella empezaba a llamarlos por el nombre de pila. Al presidente de la asociación de industriales, Echavarría Uribe, le decía "¿Qué más Félix, mucho caballo o qué?", pues yo le había dicho que jugaba polo y le había explicado que se trataba de un fútbol con palos y caballos; al dueño de la cadena de hoteles Tupinamba lo acusaba "Vos Mauricio no tenes ni un cuarto pa' costarte conmigo"; a Enrique Ángel, dueño del mayor periódico local, lo retaba "Enriquito, ¿si es cierto que te vas a pelear por los Somoza?" Y así hasta que llegó la segunda misiva, más seca. O había de parte de mi acostumbrada acompañante un comportamiento más recatado o se impartiría ipso facto la orden a los porteros de impedirle la entrada.

Yo de estas advertencias no informaba a la Proletaria que, feliz, sólo se daba cuenta de ser el centro de atención cuando entraba a los salones del club. Por unas cuantas tardes la distraje, tratando de enseñarle las sutilezas del bridge, hasta que un día cansada de contratos y de pintas me dijo a los gritos "Qué güevonada de juego, yo prefiero el mamatoco". Se levantó y se fue a la mesa del doctor Mora White, exgobernador y rector de la Universidad Pontificia.

Jalándolo por la manga lo levantó de la mesa en que se estaba quedando dormido frente a los otros tres jugadores, y a la fuerza se lo llevó a otra sala a bailar un pasodoble. Pese a que Mora White llevaba años sin pasar un rato más animado, al día siguiente, en la portería, fui recibido con un "Doctor Medina, tenga la amabilidad de decirle a su amiga que lo espere en la calle".

Yo, aunque tenía previsto lo que iba a pasar, no había preparado mi reacción ante los crudos hechos. Sin saber bien qué hacer, le pedí al portero que me llamara a Loreto, el administrador. Éste se hizo esperar un cuarto de hora. Al fin se presentó y con voz muy melosa me dijo que no era por él, que la decisión se la había impuesto la Junta, que de nada habían servido sus palabras en defensa de la señorita. Yo no pude aguantar este espectáculo de hipocresía y como no podía hacer nada por revocar la decisión de la Junta, me puse a insultarlo, a gritarle lambón, vendido, solapado. Loreto llevaba años criando un rencor oscuro por todos y cada uno de los socios del club que, al tiempo que lo humillaban día tras día, le daban de comer a su familia. Mis insultos en público le daban la posibilidad de una única, diminuta venganza. Fue así que al día siguiente me llegó una carta de suspensión por dos meses, dado mi comportamiento impertinente con el administrador del club, que no hacía otra cosa que cumplir con su deber.

La Proletaria, sentada en el carro a mi derecha, lloraba sobre sus rodillas en el trayecto de regreso a la casa. Frente a la puerta modestísima del sitio donde vivía le juré que no volvería jamás al Club Brelán hasta que revocaran la orden de no dejarla entrar. Y así lo hice, incluso después de que mis vaivenes por la geografía me hicieron perder las huellas de la Proletaria. Pensando en mi promesa volví a pisar el Club Brelán muchos años después, cuando me enteré de que el doctor Mora White, viudo desde hacía pocos meses, contraía segundas nupcias. La fiesta de gala se celebraría en el salón dorado del Club Brelán y aunque a mí no me habían invitado quise asistir a la entrada triunfal de doña Virgelina de Mora White, antes la Proletaria, casi irreconocible, que subía las escalinatas del club del brazo del exrector de la Pontificia. Ella me lanzó una mirada por encima del hombro, pero no porque me hubiera reconocido, sino por el contrario: no podía entender quién era ese maleducado que se había atrevido a presentarse a su boda sin esmoquin. Era evidente que, si bien Virgelina seguía siendo una pobre mujer, ya había aprendido a no parecerlo demasiado. Me reconoció Gilberto Loreto, todavía administrador del club pero ahora además socio efectivo, quien desde su traje estrecho y con una amnesia que creo sincera, me interrogó: "Doctor Medina, ¿por qué no había vuelto por aquí?


XIX

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Aquí se admite el deleitoso apego a Cunegunda Bonaventura


Ay, Cunegunda, Cunegunda, inocente y casta y candorosa Cunegunda. ¿Conque quieres que te presente a mi amigo Quitapesares, admirador silencioso de tus pechos? Pero hijita mía, angustia de mis años, flor de mi decadencia, pedazo de mi despedazado corazón (que diría un bolero), ¿no has entendido nada de lo que te dicto? Quitapesares, mi dilecto amigo, ¿quién ha de ser si no un bustrófedon fingido, la máscara más cara, el disfraz de mis lecturas? Ah, Cunegunda, entérate, mi Quitapesares son los libros que leo, la escritura que me da fuerzas para sobrevivir a esta podredumbre del tiempo que me crece por dentro. Luengos son años y muy largos conmigo, con viento fresco idos, idos, idos. ¿Son míos estos versos? Por supuesto que no, amabilísima Cunegunda, son de Quitapesares, ese demiurgo de mil cabezas, uno, plural y múltiple.

El pensamiento, en mí, son un montón de frases superpuestas. Frases de otros, claro, ya que uno de mis dichos sentencia que todos los aforismos son ajenos. Todos, a lo mejor este mismo que te dicto. Mi fiel secretaria, mi indisoluble esposa, hoy tengo ganas de hablar sobre ti.

Con Cunegunda Bonaventura yo estoy solo y sólo en su compañía yo siento la perfecta soledad. He llegado al extremo de poder estar solo tan sólo cuando ella está conmigo. No se trata de la tranquilidad absurda de no mirarla nunca, sin remordimiento, o la cochina serenidad de poder rascarme las axilas sin esconder la mano; es también una soledad mental, de pensamiento que fluye sin tener que hacerle concesiones al otro. Ella no me pide que le explique nada, si hablo; ella no me pide que hable, si estoy callado, ni mucho menos indaga en mi silencio. No sé si entiende o no mi silencio y mis palabras (creo que no, muchas veces) pero ella asiente, consiente, escucha, calla. También niega, reniega, chilla, grita, sí, pero como es especialista en disentir, en criticar lo que hago o lo que escribo (ella no se equivoca), cuando me pongo furioso con sus observaciones, se retira, espera a que se me pase; sabe que el más capaz de esperar es dueño de la victoria.

Si estoy triste no se queja, si estoy feliz no se exalta. Es como vivir con un perro, dice mi amigo Quitapesares, que es un simple simplista.

Es como vivir con Cunegunda, la soledad. No hay un test ni un criterio para evaluar la inteligencia de Cunegunda. Ella parece genial y tonta al mismo tiempo, al tiempo santa y maligría, bondadosa y malvada, calculadora e ingenua. Cuando yo apoyo mi cara sobre el pecho de Cunegunda, casi siempre, me sorprende encontrar que algo allí adentro palpite. Ella camina descalza, silenciosa, por la biblioteca, y parece flotar varios centímetros por encima del suelo. Si yo creyera en las levitaciones diría que la he visto levitar. Y no la he visto, pero su cuerpo tiene levedad de mística.

Es de carne y hueso, Cunegunda, pues cada vez que esta duda tremenda (la de que ella sea un ser espiritual) me ha asaltado el caletre, he tomado el látigo para azotarla. Cojo un error de ortografía como pretexto y la azoto hasta hacer que brote sangre de su espalda. Después me inclino sobre ella y lamo sus heridas y las salo con lágrimas. Cunegunda sonríe como una santa ante el cilicio y también ella lame las manos que la fustigaron.

Conocí a Cunegunda, como todo lo importante que ha pasado en mi vida, por casualidad. Ni ella ni yo sabíamos que nos estábamos buscando: ella un trabajo, yo una secretaria. Caminábamos ambos por los jardines del Valentino, en esta ciudad de mi probable tumba, yo detrás de mi bastón y ella detrás de su novio. Cunegunda lloraba y el novio apretaba el paso. Yo quise detener esa injusticia, detuve a la muchacha, le dije que eso no, que así no. Ella me contó la historia, la única historia de Cunegunda que yo de veras me sé, porque ella es silenciosa. Quizás la cuente algún día, después de mi muerte, ella misma, cuando descanse del dictado y tenga mucho tiempo. No es una historia que deba contar yo, pero es la historia que nos ligó esa tarde y que ya pienso que no habrá tiempo para que no nos una para siempre.

Eso son las historias, una alianza entre quienes las cuentan y quienes las escuchan.

Esa misma tarde Cunegunda entró a mi casa de Turín por primera vez. Esa noche, por primera vez, durmió en mi casa, y desde entonces ya no ha vuelto a salir sino a lo necesario. Ha sido mi compañera, mi secretaria, y desde hace no mucho tiempo ya es también mi esposa. Yo creo que la quiero, creo que la quiero aunque no sé de qué modo. Hemos hecho una alianza, en todo caso, y ése es otro de los nombres del matrimonio, una alianza. Nos miramos, ella sonríe y escribe. Yo le dicto. Mirando a Cunegunda yo siento que me puedo morir tranquilo.


XX

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Dicterio en el que se habla (mal, por supuesto) de una ciudad, y de algunas de sus casas


Mi infancia son recuerdos de una casa colmada de mujeres y de puertas. Mi madre y Tata; mi madre, Tata y la monja de compañía, la hermanita Anunciación; mi madre, Tata, la hermanita Anunciación y la cocinera; mi madre, Tata, la hermanita Anunciación, la cocinera y Benilda y Manuelita y Tomasa las tres muchachas de adentro; mi madre, Tata, la hermanita Anunciación, la cocinera, Tomasa, Benilda y Manuelita, Adela la planchadora y las visitas permanentes de las tías (Maruja, Julita, etc.)

Por no hablar de las puertas: la principal, la de atrás, la del patio, la de la biblioteca, la del cuarto de mis padres, la de los huéspedes, la del ropero, la de la despensa, la del cuarto del servicio, la mía, la de los hermanitos que jamás llegaron, la del costurero, la de los juegos, la del baño de inmersión, las de los otros baños y la de la capilla que jamás volvió a abrirse después de la muerte de mi tío el arzobispo. Las mujeres se movían como hormigas desde por la mañana, y recuerdo que lo primero que se hacía era pasar unos larguísimos escobones por el techo pues a mi madre la aterrorizaba una tremenda profecía de mi padre: "Esta casa se irá a pique el día que haya cuatro telarañas en los cuatro rincones del techo de un cuarto". Nunca, mientras estuvieron vivos, hubo telarañas en los rincones del techo de mi casa.

No había vuelto a pensar en esto hasta hoy y me levanto a inspeccionar los rincones del techo de mi casa en Turín: en tres esquinas hay jirones de telarañas ennegrecidas y abandonadas por sus propias dueñas. Llamo a Rosario la cocinera y le doy orden de que le diga al fruto de su vientre, Jesús, que solucione mañana mismo este problema, pues la casa que heredarán estaba a punto de irse a pique. A ella esto último le parece exagerado pero asiente.

Mi casa, pues, una casona grande en El Poblado, que tumbaron hace poco para construir un edificio para burgueses altos y mañosos recién llegados. Pero no me quejo, ya que el error fue mío. En un aciago día en el que estaba débil de carácter, hace casi diez años, firmé la autorización que me pedía el administrador para venderla; decía que era el momento oportuno pues en pocos años El Poblado, demasiado lleno, empezaría a bajar de precio. Como urbanista tenía razón: los barrios de los ricos, en la ciudad donde nací, no permanecen quietos sino que se van corriendo cada vez más lejos. Lejos de los nuevos ricos, de los medio ricos y de los pobres que todos éstos van trayendo y atrayendo. Hay que colgarse de las colinas (más arriba, cada vez más arriba) o cambiar de piso, irse a Rionegro, a Llanogrande, por ejemplo, a ese segundo piso de Medellín, que es donde voy ahora cuando vuelvo a mi tierra. Llego a lo que era una de las fincas de mis padres, la de tierra fría, otro recuerdo de infancia pues allá nos íbamos a "temperar" en vacaciones de diciembre. La finca de los fines de semana, donde Eva Serrano me dio esos besos que todavía recuerdo, estaba un poco más cerca, por Sabaneta. Mi infancia son también recuerdos de esas fincas: la de Cauca, la de Amalfi, la de Sabaneta. La de Rionegro era la más antigua y tenía la ventaja de estar en la tierra donde mejor podían imitarse los diciembres fríos de la madre patria, con chimenea prendida y nieve imitada con algodón porque era inconcebible una navidad caliente. Sabaneta con veraneras y caballeriza. Una típica casa colonial con patio en la mitad y pozo en el centro del patio. Todas las habitaciones daban a ese patio cuadrado. Dan, mejor dicho, porque pese a las insistencias del administrador, no he querido ni vender ni derruir la casa, muy cerca de la chusma, ahora, y de una cárcel abierta, pero qué se va a hacer.

La casa de Rionegro es la que más me gusta. El pueblo, en su crecimiento, se le ha ido acercando, amenazante. Los alcaldes de izquierda han querido expropiarme los mejores potreros para construir vivienda popular, o sea esas casitas adosadas donde se apeñuscan tres parejas, cada una con ocho hijos. Paren como conejos, mis queridos compatriotas, y ya no caben en el pueblo. Yo no quiero deshacerme de los potreros donde todavía pastan las tataranietas de las vacas que conocí en mi infancia. La lechería deja pérdidas y el administrador me manda un fax tras otro diciéndome que el negocio no es rentable. Que venda las vacas, que ahora hay alcalde liberal y me compraría la tierra por más de lo que vale, que aproveche, que no se puede seguir corriendo el riesgo de que la chusma nos invada los potreros. Yo contesto siempre con las mismas palabras. Es más, tengo guardado el mismo papel con las letras de mi puño y letra que dicen: ¡LA FINCA DE RlONEGRO NO SE TOCA! Y cada vez que vuelve a proponerme la venta, le vuelvo a mandar por fax la fotocopia. Parece que no entiende, aunque lo haga por mi bien.

La entrada a La Coqueta, que así se llama la finca de Rionegro, queda por la vieja carretera de Santa Helena, ya casi llegando al pueblo. La rodea una tapia blanca de dos metros y medio de alta, coronada de tejas, que mandó hacer mi bisabuelo a sus negros poco antes de que abolieran la esclavitud. Hermosa tapia, para que no digan que no quedó nada de esos tiempos bárbaros: ahora a los esclavos les pagan y viven peor y hacen menos. Además están convencidos de que ya no son esclavos, y lo siguen siendo. La portada es de tapia más alta, con un arco, y rejas de hierro al estilo andaluz. Una callejuela bordeada de araucarias del Brasil lleva hasta la casa a través del jardín. Al llegar ladran los nietos de los pastores de Maremma que me llevé a Colombia hace ya treinta años. Piso de terracota centenaria, óleos de mis antepasados desde la Conquista, si bien, para ser francos, los supuestos de los siglos XVI y XVII son completamente falsos y los rostros fueron inventados a partir de los de los descendientes (casi todos se parecen a mi bisabuelo).

Ahora, además, me han clavado muy cerca el aeropuerto nuevo y los atroces volátiles de Avianca pasan rozando los copos de mis araucarias. O casi. Ah, cómo gozaba yo antes con la llegada al viejo aeropuerto. Era un homenaje, una parábola perfecta a la cultura de mi pueblo. Nada me producía más risa que aterrizar en ese antro. Por eso, sólo por eso, me negué a firmar la petición de que convirtieran el viejo aeropuerto en parque. No. Por ningún motivo. Que se quede ahí, como un monumento vivo a nuestra estupidez, a nuestra falta de gusto, a nuestra impecable grosería. Ahí tenemos tres delicias juntas: el ruidoso aeropuerto, el silencioso cementerio y el exclusivo campo de golf de un club privado. Aterrizar en mi ciudad (antes en jet, ahora en avioneta o helicóptero) es la perfecta demostración de que las otras partes del mundo son, más o menos, purgatorio, pero ésta en la que tuve la graciosa desgracia de nacer y pasar ese tiempo de la vida que parece eterno, la juventud, este hueco asqueroso, es la confirmación incontestable de que el infierno existe. Aquí, y no en el más allá.

A lo mejor a primera vista no se nota, si uno es extranjero y llega en un día claro de finales de diciembre, cuando la sequía que allá se llama verano empieza apenas y deja ver un cielo discretamente azul, cuando los ricos del lugar se han ido a temperar, es decir, de vacaciones. Se aterriza y al fondo de la pista se ve un Cristo grande como el avión, el cual abre sus brazos como alas delante de una cruz inexistente. La imagen de Nuestro Señor ha sido mejorada recientemente con un púdico parche o taparrabos que le oculta las partes. Pero no se crea que la decisión se deba por entero a la pacatería del cardenal nefasto, futuro John Jairo Primero, según dicen, no, sus buenas razones tuvo su eminencia al ordenar el tapujo. Pasaba que durante los entierros buena parte del séquito (deudos o acompañantes) se quedaban extasiados en la admiración de ese divino miembro con sus asimétricos huevos celestiales. Solteronas ganosas, viejos barrigones, viudas nostálgicas, imperfectas casadas infelices, maricas declarados y cacorros vergonzantes, adolescentes con barros y muchachas de sandalias, es decir, las tres cuartas partes de la población local, elevaban la mirada hacia la mitad del santísimo cuerpo del Señor y suspiraban. Ninguno, sin embargo, se dio cuenta del único aspecto digno de atención de los genitales del Cristo, o sea la incompetencia histórica, filológica (y evangélica) del escultor que se olvidó de suprimir el prepucio al judío más famoso de todos los tiempos y al hombre más circuncidado de la Tierra entera si se atiende a la cantidad de reliquias con pedacitos de su miembro que hay esparcidas por todas las capitales y seudocapitales de Europa.

El avión, pues, aterriza, y al final de la pista los pasajeros pueden apreciar a Dios crucificado en el aire a la entrada del cementerio más extenso de la ciudad. Esta es la acogida que se da a los turistas en el infierno: la ciudad más violenta del mundo recibe a sus visitantes con la visión apocalíptica de una infinidad de tumbas. ¿Aviso, admonición, mensaje premonitorio? Podría ser, pero tiendo a pensar que es puro y simple mal gusto: en relación con los viajeros, que se topan de entrada con la muerte en figura de sepulcros blanqueados, y en relación con los muertos que, si bien sordos como piedras, deben encontrar fastidioso ese vibrar de polvo y crujir de huesos y entrechocar de dientes que provoca el rugido de las turbinas.

Asistí allí al entierro de Juan Jacobo Rodó, ese al que mataron por comunista. Sus compañeros tuvieron que interrumpir dos veces los discursos y proclamas revoltosas a causa de un despegue y un aterrizaje. Y cuando ya descargaban el féretro a la definitiva fosa, vimos bajar del cielo un rapidísimo volátil blanco que no era el Espíritu Santo, sino la bolita de golf de un elegantísimo adolescente que entrenaba en el club de al lado. La bolita golpeó contra la caja con un ruido de bala y los comunistas aprovecharon, no sin cierta razón, para enardecer aún más sus desquiciados programas de venganza contra los opresores.

El infierno de mi tierra es a veces fértil en sorpresas. La última vez que aterricé, un domingo, en ese aeropuerto-campo de golf y cementerio, noté que el último de estos espacios estaba repleto de gente. El piloto del helicóptero me explicó que los pobres, en vista de que no había en la ciudad ni un parque para ellos, hacían ahora sus paseos de olla (que los aliñados llaman pic-nic) en el cementerio. Encima de la lápida un mantelito limpio con las presas de pollo y las naranjas amarillas. Mi amigo Juan Jacobo Rodó, antes de que lo mataran, me aseguró que algún día, era un tipo optimista, el pueblo de mi valle tendría un parque vastísimo, y haría paseos de olla no sólo por el viejo cementerio, sino que plantaría también los palos de la parrillada en los hoyos de lo que fuera campo de golf y patinaría a sus anchas por las viejas pistas del campo de aviación. Será en el dos mil ochocientos once, le contesté, pero él, optimista en su sincero lenguaje de pancarta, decía que nunca era tarde para el rescate del pueblo.

En todo caso, y por el momento, mi ciudad tiene el dudoso mérito de ser un sitio que jamás se extraña. Es un lugar que permite un perfecto desarraigo, una ciudad que, siendo de uno, puede verse con desapego, con la indiferencia de un turista que no encuentra en ella nada digno de memoria. No tuve mal de la tierra. Aunque no sé. Mi amigo Quitapesares sostiene que mi obsesiva negación de la nostalgia lo único que revela es que sigo instalado en ella.


XXI

<p>XXI</p>

En el que brevemente se recuerda algo que se quisiera olvidar


No. Es miserable todo esto que me lee Cu-negunda. Debería borrarme, desaparecer. No contar estos años en los que me perdí. Despojado del futuro, pues para mí el futuro era tan sólo la ilusión de vivir con Ángela Pietragrúa, lo que fue mi vida después de su muerte fue otra muerte. Llevé al extremo las peores facetas de mi temperamento. No ser el que soy; ser otro. Ser otro peor, mucho peor que yo mismo. Ejemplo: por las mañanas me echaba talco sobre los hombros. Encima de la chaqueta oscura un poco de polvo, en los hombros, debajo de la nuca, con el único fin de verme casposo. Sí. No sufría de caspa, pero quería una sonrisa, un gesto de repugnancia en la mirada de los otros. Que me creyeran con caspa. Y más.

Ya he dicho que comer no me apetece. Pues me forcé a engordar como un marrano. Compraba ñervos en las carnicerías, carne gorda, sebo, grasa, manteca, menudencias. Y con conatos de vómito me tragué tales gordos. Aumenté veinte kilos en seis meses, las llantas de la barriga se me doblaron por encima del cinturón, la cara se me hinchó, no me reconocía en el espejo, los demás no me reconocían por la calle. Quise ser feo y lo logré. Nunca volví a recuperarme. Y más.

Compré en el Balón, el mercado de las pulgas de Turín, mis trajes de calle. Modelos viejos, raídos, oscuros, para que mejor resaltaran los copitos nevados de la caspa ficticia. Zapatos de tercera mano, chaquetas con corte de principios de siglo, camisas con el cuello ennegrecido por el tiempo, sombreros hongo con el paño pelado. Trajes ajados que me cambiaba, si mucho, cada quince días. Y más.

Dejé de bañarme, de lavarme los dientes. Le cogí casi gusto al vaho hediondo que se levantaba de mis axilas. Me dejé crecer las uñas de los meñiques, las uñas de los dedos de los pies. Y no me las limpiaba, sino que me dejaba una asquerosa media luna negra. Y más.

Hablé con el pobre estilo que siempre había odiado. No llamaba a las cosas por su nombre, las llamaba "cosa". No llamaba a las sensaciones por su nombre, las llamaba cosa. Para explicar por qué no me afeitaba, decía: "Es que si cojo esa cosa me da como una cosa". Desterré de mi palabra el gusto por la precisión, hablé como los otros, y lo peor, todos me entendieron. También me puse a decir palabrotas, a intercalarlas en mi soso discurso, como muletillas imprescindibles. "Porque es que la cosa, marica, es que uno, ah hijueputa, tiene cosas que, no joda, son cosas muy raras, cosas como de malparido, coma mierda". Así hablaba. Y más.

Metí en un depósito los muebles de la casa. Descolgué los cuadros de Picasso y puse afiches de los cuadros de Picasso. Compré muebles modernos, puse tubos de neón para iluminar los cuartos de la casa. Forré las paredes con paisajes suizos de montaña en invierno y en otoño. Encima del piso de madera hice poner un tapete marrón. Puse flores de plástico en floreros del mismo material. Compré aerosoles perfumados para aromatizar los ambientes. Compré discos de Clayderman para musicalizar la sordera de los invitados. Y más.

Me chupaba el dedo y me sacaba mocos y lagañas frente a las visitas. Allí mismo me rascaba los pendejos metiéndome la mano por debajo de los pantalones. Me rascaba la cabeza sin tener que fingir pues era cierto que me picaba allí ya que jamás volví a lavarme el pelo. Pegotudo, grasiento. Así viví varios años. Ese fue el luto que me obligué a pagar por la muerte de mi amada, Ángela Pietragrúa, muerta de parto por obra del semen infeccioso del vizconde de Alfaguara. Y más.

Que ya no cuento.

Cuando se terminó este terrible período de postración, de deliberada deformación de hábitos y cuerpo, quise volver a ser yo. Pero antes, por un tiempo, tenía que dejar de ser alguien. Había sido yo, me había convertido en mi antiyó: para volver a ser yo, tenía que ser nadie por un tiempo. Creo que ya empezaba la quinta década de mi existencia cuando me fui a hacer un viaje a tierras mestizas, países anónimos y enmascarados como ningún otro.

Me hice cortar el pelo (tenía mucho, entonces) a cinco milímetros sobre el cuero del cráneo. Compré y me puse unos anteojos cuadrados, grandes, con montura de carey y me dejé crecer unos bigotes mexicanos. Resolví ponerme un uniforme, usar un único traje fijo: pantalones de color azul oscuro, cinturón y botines negros, camisas de rayitas celestes. Me deshice de la ropa del Balón y de mi ropa antigua; regalé mis chaquetas y corbatas. No volví a usar mi nombre.

Quise borrarme, no ser nadie. No ser nada. Disolverme en la masa indistinta. Ser anodino, insulso, invisible. Que nadie notara al perfecto don nadie. Como un ente hice peregrinajes por remotos parajes del mundo. No con afán turístico ni de purificación: viajaba sin mirar nada. Por tener una meta, seguí la ruta de los santuarios famosos de la Tierra: pasé a visitar a la virgen de Guadalupe, me rocié con agua de Lourdes, estuve en La Meca, en Tierra Santa, en Santiago de Compostela, en el Tíbet. Recorrí los ríos de mejores aguas, el Ganges, el Atrato, el Orinoco, el Mississippi, el Putumayo, el Amazonas, el Danubio, el Nilo, el Volga y muchos otros. No escalé montaña alguna, pero hablé con santones de todas las religiones, en Roma y en Calcuta y en Teherán; en Los Angeles, en Pekín, en Wittenberg.

Poco a poco pude volver a ser la sombra de Gaspar Medina. Sí, un hombre que no siente. Encontré mi refugio en la total indiferencia. Eso logré, convertirme en alguien que no es nada, en alguien que no siente. Pero que sin embargo se parecía y seguiría pareciéndose a aquello que había sido ese que se llamaba con mi nombre. Como salieron los sobrevivientes del Lager, así surgí yo de mi amor por Ángela Pietragrúa. Pasaron muchos años hasta poder volverme a construir (si es que puede llamarse construcción a este entramado endeble) sobre las ruinas de ese tremendo recuerdo que me atrofió para siempre la memoria.


XXII

<p>XXII</p>

Memoria con la que se tiran por la borda algunos años de vida


Si esta ya demasiado larga historia tuviera un sentido, una línea, una dirección precisa, en vez de ser este zigzag absurdo. Los recuerdos no han crecido como una línea, en orden, sino por aglomeración, como una mora. Mejor aún: como un cáncer. Metástasis de mi vejez se han propagado por el libro entero, contaminando con mi mala leche hasta los días luminosos de mi menos amarga juventud.

Yo fui un hombre quebrado por el amor a una sola mujer, Ángela Pietragrúa. Poco puedo decir de lo que fue mi vida después de que ella desapareció. Nada. Un estar sentado en esta casa o en el refugio estivo de Pulignano, el único sitio, la única cosa en el mundo que seguí queriendo. Viajes al sitio oscuro donde nací y en el que a cada regreso encontraba más pobres, más podredumbre, más muerte. Ante este espectáculo de depresión!, tuve por un instante el sueño de ser un tirano iluminado de mi patria. Pues no otra solución le veía (ni le veo) a ese nido de serpientes. Pero mi incursión en la política activa, cuando ya tenía casi cincuenta años, fue un fracaso perfecto.

Me alié con los caciques de peor calaña, con militares resentidos por haber sido retirados del servicio antes de tiempo, con estudiantillos revoltosos, con memos majaderos aduladores lambones solapados segundones. Gente necia en la que invertí millones para nada. Mi tiranía nunca pasó de ser un proyecto descabellado, un delirio masivo de borrachos.

Hallé, con la vejez, esta secretaria, mi secretaria, Cunegunda, y el gusto de recordar. Ante un futuro que se agota inexorablemente, opté por refugiarme en ese tiempo cómodo de lo ya vivido. Y Cunegunda me enseñó a recordar. No vale la pena recordarlo todo. Estos años vacíos después de la despedida de Pietragrúa y hasta el encuentro con Bonaventura, no merecen el esbozo de una página. Los olvido con razón, de gusto y sin remordimiento. Hay años, situaciones, épocas, que lo único que merecen es nuestro silencio.

¿Por qué te quejas, curiosa Cunegunda? ¿No puedo suprimir mis años que más odio? ¿Acaso te divierten mis alcohólicas reflexiones sobre la politiquería colombiana? Si me das un traguito de tu saliva fresca, un ósculo mojado, unas cuantas gotas de saladas lagrimitas que me aviven el seso, si vuelves a pedírmelo, te dictaré mi aventura de politiquero por los pueblos de la patria. Sí, lo haré, aunque sea tan sólo por cubrir de ridículo a ese ser tan odioso al que me obstino en seguir llamando yo (palabra de Quitapesares).


XXIII

<p>XXIII</p>

De la embriagada relación que tuvo don Gaspar Medina con la política, a más de una amena experiencia conventual


Aquel expatriado cincuentón, de repente instalado en una mansioncilla de la lluviosa capital del país donde nació; aquel exiliado por propia voluntad, aquel fugitivo de vuelta a la pocilga del terruño patrio; aquel hombre maduro enfermo de inmadurez, que se empezaba a quedar calvo, todavía doblado por el dolor de quince años de exhaustivo recuerdo de la mujer que brevemente amó; aquel Gaspar Medina (Urdaneta por imposiciones bautismales), con ánimos de dictador o tirano iluminado, con nostalgias de restauración y sobre todo con tedio de la vida, incursionó en política.

Finalizaba el Frente Nacional y empezó o empecé por citar a una reunión con lo más granado de los líderes políticos locales. A la media hora de conversación sobre nada, el honorable senador Equis, interlocutor imprescindible, estaba borracho. Su lacayo, representante a la Cámara, estaba borracho. El ministro de Educación estaba borracho. Su moza y vicemi-nistra de lo mismo estaba borracha. El presidente de la comisión segunda del Senado, estaba borracho. El aguerrido concejal de izquierda estaba borracho. El coronel (r) Armando Armando, estaba borracho. ¿Habría algún político, en algún rincón del país, que no estuviera borracho? No creo. En ese entonces, y quién sabe hasta cuándo, los políticos de mi país, o estaban borrachos o se iban a emborrachar o estaban durmiendo la borrachera o en ultimísimo caso estaban pasando el guayabo.

Yo, Gaspar Medina, y sobrio, a pesar de todo les seguí hablando por meses de mi proyecto para hacer del país un potrero menos salvaje. Un proyecto que de proyecto no tenía ni el nombre; en realidad los arengaba con frases tomadas de Laureano, de Gaitán, de López Pumarejo, de Santander, de Bolívar, de Martí. Hacía mis discursos como un rompecabezas, como un collage, intercalando frases de uno u otro, una tras otra, para complacer a todas las tendencias. Traducía también, del italiano, fragmentos de Mussolini y de Togliatti; del argentino, tiradas de Perón; del guaraní, disparates de mi tocayo paraguayo, Gaspar de Francia, y los metía en esa sopa de letras sin cabeza ni pies. Pero nadie me oía de verdad; todos estaban borrachos.

Me hacían, eso sí, homenajes en los clubes. Los cobraban a no sé cuántos pesos por cabeza, que iban a parar a los bolsillos de los oferentes pues a mí me pasaban la cuenta de los whiskies, del alquiler del salón, de los camareros, de las flores, de los pasabocas y comidas, de todo. El Senador Equis, oferente mayor, desde su cara de sapo, abotagado y rojo por decenios de aguardiente, disparaba el discurso en que me presentaba como el nuevo salvador de la patria. "¡Poor-quee el doctoor Gaspar UUUrdaneetaa es un soo-fiaaddooor, ees uuun quiiiiijooooteee!" Y yo, queriendo corresponder a su semblanza, contaba la novela del Curioso impertinente o la aventura del rebuzno, con poco éxito, por supuesto, entre la concurrencia de borrachos iletrados que pedían más whisky, más ron, otro aguardiente.

Hasta que un día se me aflojó la lengua: "Honorables ministros y senadores, honorables representantes, amables concejales, diputados, gobernadores y alcaldes, este país está siendo manejado por una manada de borrachos: ¡todos ustedes!" Un instante de estupor, pero de inmediato todos los borrachos aplaudieron. ¿Qué hacer entonces? En vano consulté a Vladimir Ilich, como me aconsejaban, borrachos, los estudiantes de la Naciona me dormía en el párrafo tercero. Maquiavelo, Montesquieu, Weber, a todos consulté en vano. El público era inmune a las palabras: dijera lo que dijera, si repartía suficiente trago, me aclamaban los discursos, me iba bien en política.

El senador Equis me miraba con su cara de sapo, abotagado. No podía entender qué era lo que yo pretendía repartiendo tanto whisky. Llevaba meses en ese plan, no sólo sin ahorrar ni un centavo, sino, sobre todo, sin pedir Aingún puesto, ningún favor, sin proponer chanchullo alguno. Y yo no podía explicarle que tan sólo buscaba huir de los recuerdos (es decir, de ese pantanero amoroso en que me había sumergido Pietragrúa) hundiéndome en el fango de la política, aunque en realidad la política me aburría más que leer una novela costumbrista serbocroata. El senador Equis, medio borracho, abotagado, me miraba fijamente con su cara de sapo: "Doctor Urdaneta, ¿usté qué es lo que quiere?"

Propuse en mis discursos, por aburrido y para ver qué pasaba, iniciativas que me soplaban las lecturas de Swift: prohibir la importación de whisky, la transmisión radial de los partidos de fútbol, la circulación pública de las mujeres encinta, la producción de ron en los departamentos de la Costa, de chicha en las cordilleras del interior y la venta de cerveza en todos los puertos fluviales. Si había repartido suficiente trago, me aplaudían. Propuse esterilizar a todas las niñas pobres: me vitoreaban, borrachos. Vasectomizar a los candidatos presidenciales y exiliar perpetuamente a los hijos de los expresidentes: me aclamaban, ebrios, todos; hasta los hijos y nietos de los expresidentes. Sostuve que sería menester castrar a los violadores, amputar la mano a los ladrones, cortar la lengua a los calumniadores, sacar el ojo derecho a los mirones: recibí embriagadoras ovaciones. Restablecer la esclavitud, abolir la pena de muerte (que ya estaba abolida hacía lustros), poner el matrimonio obligatorio a los veintiocho años para los varones y a los veintidós para las hembras: oí vivas y vivas con vivo tufo alcohólico.

Un día, en un coctel con terratenientes, proponía la cadena perpetua para los guerrilleros; al otro día, en un barrio obrero, la apertura de las cárceles y la liberación de todos los presos políticos: salva de aplausos por parte y parte. Un día abolir el concordato, al siguiente entregar un Volkswagen a cada sacerdote católico; aleluyas por parte y parte. Si repartía whisky, era imposible no tener éxito con cualquier cosa que dijera, bárbara o sensata, recta o siniestra, turbia o cristalina.

No era difícil imaginar cómo alcanzar el poder en una tierra de borrachos. ¿Con votos? Bah, en este país el poder se compra con litros de aguardiente en los pueblos montañeros, con garrafas de ron en la costa y con botellas de whisky en los clubes de la gente de mi clase. Me hice amigo de todos los gerentes de las licoreras, de los inspectores de rentas, de los supervisores de la chicha, de los distribuidores y fabricantes de cerveza, de los importadores de whisky. Para manejar este país (descubrí la estrategia) era necesario controlar sus fuentes de veneno, sus fábricas de alcohol.

Aquello se fue volviendo, discurso tras discurso, un delirium tremens colectivo. Editorialistas beodos como cubas, periodistas alcohólicos, locutores que amarraban las perras al guayabo, todos hablaban bien de ese fenómeno político regresado de Italia con los ímpetus de los mejores oradores romanos. Cicerón de los Andes, me decían, esos dipsómanos que pasaban del letargo a la euforia con los chorros de líquido que yo les repartía. De pueblo en pueblo me seguía una turba con arcadas y con hipo; de pueblo en pueblo mi caravana transportaba pancartas y botellas.

Y todos estos pueblos, envueltos en semejante tufo alcohólico, me parecieron iguales.

Menos uno, el de mis antepasados Urdanetas. Amena fue, sin duda, la estancia en aquella encumbrada población de los Andes, cuna de mis bisabuelos y cuyo nombre no me conviene mencionar ahora. Durante la embriagadora campaña electoral era necesario pasar una tarde en aquel pueblo para tratar de convencer a tres o cuatro mil almas de que votaran por mí.

El pueblo que no nombro, con seis mil electores, votaba en un 96% por el Partido conservador, gloria sangrienta de mis ancestros, y existía el problema de que yo me había aliado, por estrategia electoral, con senadores liberales. Hube, pues, de prolongar mi permanencia allí por más tiempo, ya se verá por cuál motivo, pero con el pretexto de convencer a mis paisanos de que cambiaran momentáneamente de partido.

Para lograr esto, la vía obvia fue ponerme en estrecho contacto con las autoridades religiosas locales, con el clero. Lo primero que hice fue hospedarme en el convento de las madres de Marie Poussepin, donde también moraba el capellán del pueblo y mandamás del clero local. Hablé con la reverenda madre superiora, le expresé mi deseo de fomentar desde ese mismo instante la educación de las niñas campesinas, y le giré un sustancioso cheque a favor de la fundación que financiaba el internado de jovencitas. Lo firmé con gusto, pues en toda la campaña mis cheques habían ido a parar, indefectiblemente, en estancos de licores, licoreras o importadores de whisky.

Ah, cómo recuerdo a la reverenda madre superiora. Desde que nos vimos nos caímos bien; ella tomó una de mis manos, fría, entre las tibias manos suyas (sin poder reprimir ese tierno lugar común de "manos frías, corazón caliente") y nos miramos por largo rato a los ojos. "Doctor Medina, usted llegará muy alto, usted hará maravillas por la tierra de sus bisabuelos", me decía la madre mientras yo asentía sin sonreír, apretando los labios.

La reverenda madre superiora encargó a dos hermanas de mi cuidado y servicio. Eran dos gemelas idénticas, sor María y sor María (sus segundos nombres, ay, nunca pude aprenderlos) que no hacía mucho habían llegado del noviciado. Jóvenes y dulces, con esas caras rozagantes y esa piel impecable que se sueñan las actrices y sólo alcanzan las monjas. Era imposible distinguirlas, reconocer quién era cuál, y como siempre una de las dos estaba conmigo, pues no me desamparaban, yo opté por llamarlas simplemente sor María, a ambas. De aquellas piadosas mellizas guardo un hermoso recuerdo. Casto y santo recuerdo, caviloso lector y malpensada Cunegunda.

El reverendo padre capellán me cedió su propia alcoba en el convento. Esta era bastante amplia (si bien, con suma humildad, él la llamaba celda), llena de recodos y angostos recovecos, y estaba situada en el piso inmediatamente superior al de las habitaciones de las internas. Recuerdo que por aquellos días había en el colegio tan sólo cincuenta y tres niñas residentes. Era bonito asistir a la misa diaria, a las cinco y media de la mañana, y ver entrar en fila a esas cincuenta y tres doncellitas campesinas, venidas al pueblo de las veredas cercanas, que entraban silenciosas, peinaditas, recién bañadas, fervorosas, casi compungidas, al sagrado ambiente de la capilla.

Sus uniformes azules oscuros, bastante largos, sus blusitas blancas abotonadas hasta el cuello, su pelo todavía húmedo por el baño helado al que las obligaban antes de entrar a la capilla, sus prolongadas e inaudibles confesiones ante la rejilla del confesionario del capellán… Después de la eucaristía pasábamos juntos al refectorio donde se nos propinaban aquellos magníficos desayunos de pueblo (que por desgracia mi paladar no consigue apreciar) y en la mesa de honor, junto a sor María y sor María, junto al capellán y al lado de la reverenda madre superiora, desayunaban cada mañana seis internas distintas, escogidas por su buen comportamiento durante el día anterior.

Mi paso por aquel pueblo, gracias al hospedaje en ese mesurado y silencioso convento, fue una experiencia inolvidable. No tardó el capellán en demostrarme su inclinación a apoyar mi candidatura, y a partir de ese día tampoco dejó de consumir, él también, las mejores botellas de diferentes alcoholes (aunque en el fondo sea el mismo) que yo había llevado al pueblo. La mismísima madre superiora, al asegurarme que su voto y el de las demás hermanas del convento serían para mí, sacó media docena de copas y con las dos Marías más otras tantas monjas, brindó a mi salud con cierto vinillo de consagrar que yo le había consignado a mi llegada.

Después de los discursos y de las libaciones con los notables y líderes locales, me retiraba con el capellán a sus aposentos del segundo piso. Allí le aseguré varias veces que, si bien unido estratégicamente a los enfadosos liberales, mi secreto propósito era restaurar aquella antigua alianza entre poder terreno y ultraterrenal que tantos beneficios había traído a nuestra golpeada nación en los siglos pasados. Recuerdo que una noche brindamos por esa restauración hasta la madrugada; destapamos más de tres botellas de un estupendo vino fino que yo mismo me había encargado de procurar en tierras andaluzas.

No olvidaré aquella madrugada en que el capellán, quizá un tanto exaltado con los jerecillos, me llevó a un recodo secreto de sus aposentos, abrió una ventanilla, camuflada en el piso debajo de una alfombra persa, y me hizo ver uno de los espectáculos más maravillosos que recuerden mis ojos. Eran las cinco menos cuarto de la mañana y ya el sol empezaba a madrugar tras los picos de los Andes. Las alumnas internas, una tras otra, somnolientas y lentas, pasaban ante nuestros ojos, bajo nuestros ojos, y se despojaban de unos largos camisones blancos con los que dormían. Estremecidas por ese airéenlo picante de las cimas de los Andes, sus tiernos cuerpecitos adolescentes parecían cobrar más vigor, más vibración, más forma. Había cinco, tan sólo cinco duchas contiguas y sin divisiones para todas las internas, y yo vi desfilar todas las formas que la naturaleza pone en los deliciosos cuerpos juveniles. Había campesinitas de varias edades, entre los trece y los diecisiete, de todos los colores, de todos los portes y tamaños. Era un deleite apreciar ese maravilloso caos étnico que ha provocado la estupenda mescolanza de gentes de mi patria y constatar también la diversidad psicológica de aquellas vírgenes cuyos pezones florecían al contacto con el agua. Las había que apenas si rozaban su piel con el jabón y las manos, y las había voluptuosas hasta el espasmo en ese único momento en que les era permitido acariciar su cuerpo. Las había de carnes abundantes, de abultado seno y caderas magníficas, y las había gráciles y tenues como apariciones de fantasmas.

Iba a expresar mi admiración al reverendo padre capellán, dueño de aquel magnífico serrallo visual, pero antes de que yo pudiera abrir la boca (o cerrarla para hablar, pues boquiabierto estaba) lo vi que derramaba lágrimas de felicidad mientras me decía: "A veces el Señor nos favorece con alguna pequeña anticipación del paraíso". Y entonces ya no dije nada, pues sus palabras me parecieron más exactas que cualesquiera de las que yo hubiera podido decir.

Pese a que yo hubiera querido permanecer para siempre en aquel anticipo del reino de los cielos, no pude demorarme mucho más. Los políticos liberales, borrachos y aburridos en mi amena población, me llamaron al orden. No entendían que las ocho horas programadas para el pueblo se hubieran convertido en ocho días. Pero no fue su voz gangosa lo que me instó a dejar el pueblo. Lo que me convenció a apresurar la partida fue que me enteré de que la reverenda madre, con el apoyo de algunas distinguidas matronas del lugar, estaba empeñada en hacerme levantar una estatua en la plaza mayor del pueblo. Lo de la estatua no sería tan horrible; lo malo era que la madre sostenía que no estaba bien que mi porte se viera desmerecido al lado del Libertador desnudo de la plaza, así que, según ella, era necesario hacerme a mí también un monumento, ecuestre y en pelota.

Tuve que abandonar aquel harem y gozo de los ojos, muy a mi pesar, pues ya me veía posando en la mitad de un establo, a horcajadas sobre un rocinante semental, y dejándome tomar las medidas de las pantorrillas por algún escultor incompetente. Y debí haberme quedado, pese a todo, pues de ahí en adelante, en toda la campaña política, no volví a ver nada que valiera la pena. No volví a ver más que borrachos y borrachos.

Por eso mismo, cuando poco faltaba para las elecciones (y aquí doy fin a este relato que te embriaga, Cunegunda), y cuando mi curul de senador ya estaba asegurada, resolví dejar colgados de la brocha, pegados a sus picos de botella a toda esa parranda de beodos. Pasé las riendas del movimiento al coronel (r) Armando Armando, pues comprendí sin asombro pero con desagrado que todos, todos, en mi país, los políticos que mandan y la chusma de los mandados, los guerrilleros maoístas y castristas y contrabandistas, los industríales del cuero, de las telas y de las azucenas, los cultivadores de café, de mariguana y de amapola, los militares y los sacerdotes, los actores de cine y de teatro, los escritores de prosa y de poesía, los cantantes de boleros, de tangos y de vallenatos, los ganaderos, los cerrajeros, los violinistas y los carniceros, todos, todos los electores nacionales, a lo único que aspiraban y a lo único que siguen aspirando es a estar bien borrachos, definitivamente y hasta siempre bo-rra-chos.


XXIV

<p>XXIV</p>

Donde se hace un elogio del silencio y se declara lo que no se dice al pasar por alto algunos años de vida


XXV

<p>XXV</p>

Gris monólogo con el que el bastante hidalgo don Gaspar Medina consigue terminar con su memoria


Sería ridículo preguntarse adonde irá a parar esta historia; todas las historias terminan en lo mismo, todo relato lleva la misma senda, evidente o escondida. Interrumpirlas antes es una pía estratagema para lectores en busca de evasión y consuelo. Se casaron, tuvieron hijos, vivieron muy felices, comieron muchas perdices. Sí, pero también murieron. Todas las historias, según Quitapesares, conducen a la muerte. Incluso la de Lázaro. ¿Por qué no cuenta la Escritura ese día en que Lázaro, después de resucitado, volvió a morir definitivamente? Y sí, yo he contado mi resurrección, que es lo que he escrito, y contaré mi muerte.

Un domingo de agosto en el desierto de mi casa vacía. Cunegunda se ha ido a los montes o a la ciudad o al mar, a otra parte, y mi paso arrastrado recorre corredores silenciosos, salas amobladas con los mismos trebejos que mi familia viene acumulando desde los tiempos de la Conquista, y cuartos sumergidos en esa penumbra falsa y calurosa (de cortinas corridas) que invita a la siesta o a un sueño aún más largo. Abro el viejo armario de mis trajes usados, el mismo escaparate que guardaba los secretos de mis bisabuelos. Consumidos por el tiempo, no por el uso, veo ese par de zapatos que me compré en Florencia hace cuarenta años, mis viejos zapatos vacíos para siempre. Una mujer que quise me obligó a comprarlos con una frase perentoria que parece grabada en la suela casi intacta: "¡No quiero seguirte viendo con los mismos botines de mayordomo!" Me llevó de la mano a viaTornabuoni, a la mejor zapatería de Florencia, y con el índice escogió este par de zapatos marrones; con un gesto del mentón me indicó que me los midiera. Me apretaban en la punta de los dedos (yo no podía hablar) mientras ella decía, me gustan me gustan, mira que te quedan muy bien. Me apretaban en el empeine mientras ella le decía a la empleada sí, muy bien, le quedan perfectos, los compra. Jamás los pude usar por más de veinte pasos. Ahora vuelvo a ponérmelos y tal vez me he encogido con los años pues ya casi me sirven.

Objetos inertes que despiertan un recuerdo adormilado entre las ruinas del tiempo. ¿Me habré dejado esclavizar por la memoria o habré conseguido corregir en algo ese pasado, mezclando en el recuerdo fragmentos de invención? Ahí está la chaqueta azul de paño, la de las clases de filosofía en la universidad. ¿Qué hace aquí, todavía, esta momia carcomida? El profesor explica las tres potencias del alma: entendimiento, voluntad y memoria. De donde nos vienen las facultades de conocer, querer y acordarse. He conocido; quizá y sin quizá he querido, pero no puedo estar seguro de haberme acordado de todo. Potencia vil, la memoria. Pretende lo imposible: alargar el pasado, darle otra duración al relámpago de la existencia. Como si las palabras pudieran bastar para hacer perdurable lo caduco.

Me voy paralizando. La mirada hacia atrás despoja del futuro. O la falta de futuro nos lleva a mirar atrás. Es el síndrome de la mujer de Lot, de que habla mi amigo Quitapesares. Queda esta piedra de amargura, esta estatua salada. ¿De cuál de las vigas de esta casa me colgaré? ¿En qué sillón voy a sentarme a inhalar el veneno que exhalo? Porque he resuelto morirme con los zapatos puestos (los de via Tornabuoni, los que me hizo comprar mi Pietragrúa), y levantar la mano, de una vez, contra todo lo que soy y lo que he sido.

Las puertas abiertas del armario, con mis camisas viejas y mis trajes consumidos por el tiempo. Corbatas apolilladas y a la deriva de la moda, el macizo reloj de oro de mi tío el arzobispo (vuelvo a darle cuerda y todavía anda, como mi corazón), la sotana brillante de tío Jacinto, el vestido de matrimonio de mi madre, sus cajas de sombreros, la última carta de mi padre desde Casablanca, "estamos bien, hablamos como locos, nos divertimos, cuídate". Y eran ellos los que tenían que cuidarse. Ellos, Yo, sin cuidarme, hace años, soy ya mucho más viejo de lo que llegaron a ser mis padres. Yo. Ese dueño mío que se llama yo. Yo frente a este armario, montón de recuerdos. Si tuviera, como Job, con quién quejarme. Pero el azar, como el pasado, son sordos e indiferentes a las imprecaciones de los hombres.

Revuelco mis trajes, los riego por el suelo en busca de un recuerdo que no sé. Tengo la sensación de haber olvidado algo fundamental. La punta de la madeja, la raíz que podría dar un sentido a toda mi existencia. Nada. Uno a uno repaso mis recuerdos. Los he cultivado, por escasos, día tras día en estos meses de dictado; los he venido acicalando, puliendo, acariciando como cuenta el avaro su tesoro o mastica el mendigo sus migajas. Ahí está, intacto, el traje con que llegué a Italia, derrotado, durante la violencia de mi tierra. Sangre, sangre, sangre. Un país descuartizado por guerras idiotas e inútiles, por el abstracto fanatismo de unos grupos de locos. Minúsculos dictadores guerrilleros, contrabandistas sin escrúpulos ascendidos a las alturas del dinero, políticos solapados y ladrones, militares incapaces y vengativos, terratenientes ávidos de reses y de tierras sin gente.

Me han obligado a odiar el sitio donde nací. He cultivado ese rencor con esmero. Hubiera preferido un rencor tan corto como la ofensa. Parece, en cambio, un verso manido y manoseado: es tan corta la ofensa y es tan largo el olvido. Como esos amores que quizá y sin quizá he tenido. Sin ese rencor, con esos amores, mi vida hubiera sido otra, la que debió haber sido.

Viejas libretas de direcciones con manchas de humedad. Nombres perdidos en la geografía y en los años, nombres que no remiten a ninguna cara. Y fotografías invadidas de mohos multicolores donde las caras miran, vacías de nombre, desde ese blanco y negro amarillento de los años idos. No abriré más cajones. Embuto en las repisas del armario todos estos despojos de lo que fui. No cedo a la debilidad de la nostalgia, renuncio a arrepentirme. Cierro la puerta, no miro atrás, vuelvo a mi escritorio a tratar de convencerme de que lo que he escrito es presente. Releo estos papeles y me digo que no he recordado por recordar, por decir o falsificar lo que era, sino por construirme, por saber finalmente lo que soy mientras dejo de serlo. He escrito para aprender a ser otro. Para lo mismo he leído. Esta prosa charlatana habrá apresado algo de lo que mi vida quiso ser. Me gusta creer, como a Quitapesares, que el que soy hoy, en las mismas circunstancias del que fui, no volvería a hacer lo que hizo aquel que se llamaba con mi mismo nombre. Pero la vida no es un ensayo que sirva para aprender a corregir las faltas. Tan sólo un libro, esa vida duplicada, puede servir de ensayo.

Aquel que fui, y que tanto amó la vida, no se estaría tragando, una tras otra, estas pastillas que concilian el sueño. Pero ese que fui no podía tener esta percepción única, rotunda, de la enfermedad. Que es lo que hoy me invade. Todo lo que he sido termina rodeado, sitiado por un mal que crece y me atormenta. Pero no un mal concreto, definido, sino la certidumbre de que la muerte se acerca. Mi enfermedad son las ganas que tengo de morirme; me he vuelto amigo íntimo de mi cercana muerte.

Creo que si anticipo el final ineluctable, esta lucha termina en un empate. Ni gano ni pierdo. Termino mimando un derecho que todos deberíamos tener: el de morirnos como nos dé la gana cuando nos dé la gana. Final de este paréntesis; abur y buena suerte a los que quedan dentro. \b me voy a mi parto.

Parto. Cuando ponga otro punto me voy a desnudar por última vez; quiero irme del mundo como vine a él, sin respirar siquiera. Voy a imitar a uno de mis Quitapesares, me anudaré al cuello una bolsa de plástico, me acostaré en la cama y abrazaré la nada, volveré a entrar en ella. Dejar de ser. Acaba uno teniendo, al fin, un único deseo: dejar de ser. No ser. No ser ya nunca más. No ser. Pronto no seré nada. Ser yo. Haber sido yo, yo, yo. Y pasar a ser nada. Nada, nada, nada.


Nota


En éste como en otros libros supuestamente míos, se copian, sin comillas ni crédito (salvo vagas atribuciones a Quitapesares), numerosas frases de escritores vivos y muertos. Dar todos sus nombres significaría hacer una lista demasiado larga y dejar sin trabajo a los detectives del plagio.

H. A. F.