Francisco Ayala

Los usurpadores


Prólogo

<p id="_Toc168514497">Prólogo</p>

Redactado por un periodista y archivero a petición del autor, su amigo

No es ésta la primera vez que un escritor ya reputado encarga a otro, menos conocido que él, de presentar al público un libro nuevo. Que el autor del presente volumen, polígrafo cuya firma vienen repitiendo las prensas con frecuencia tal vez excesiva, haya recurrido a mí, oscuro periodista y archivero municipal de la ciudad de Coimbra, para que explique a sus lectores en un prólogo el significado de la obra de ficción que aquí les ofrece, es cosa desde luego que hace honor a nuestra vieja amistad; pero, al mismo tiempo que muestra su confianza para conmigo, revela cierta desconfianza hacia la perspicacia y, desde luego, la memoria de esos eventuales lectores, sin lo cual no me habría encomendado como principal misión la de recordarles que sus primeras publicaciones -las de Francisco Ayala, quiero decir; ahí, en España, pronto hará un cuarto de siglo- fueron como esta de ahora invenciones novelescas. No deja de ser cierto, sin embargo, que mi oficioso escrito resultaría innecesario, de haber observado él entre tanto, en su actuación de autor, el debido respeto para con el público. Un silencio, por dilatado que sea, en la producción de un escritor, es cosa apenas vituperable, muchas veces plausible y digna de gratitud; pero lo que Ayala ha hecho: interpolar en estos decenios ensayos muy abundantes de teoría política y hasta un voluminoso Tratado de Sociología, eso, por más que de vez en cuando templara tan áridas lucubraciones con trabajos de crítica literaria, no sé hasta qué punto pueda considerarse legítimo: perturba la imagen que el público tiene derecho a formarse -y más, hoy, en que prevalece el especialismo- de cualquiera que ante sí desenvuelva su labor; y resulta duro en demasía que quien ya parecía adecuada, definitiva y satisfactoriamente catalogado como sociólogo salga ahora rompiendo de buenas a primeras su decorosa figura profesoral, a la que pertenecen muy precisos deberes, para presentarse otra vez, al cabo de los años, libremente, como narrador de novelas.

Pero él lo hace, y mi función no es censurarlo, sino tratar de poner en claro sus motivos e intenciones. Tampoco, a decir verdad, esta nueva, o renovada, manifestación literaria irrumpe tan de improviso; alguna de las narraciones que integran el libro se adelantó, en efecto, a tantear la publicidad en Buenos Aires hace un par de años, y no sin éxito. Alcanzó laudatorias repercusiones; hasta una de las primeras autoridades en las letras argentinas, J. L. B. estimó entonces ser El Hechizado "uno de los cuentos más memorables de las literaturas hispánicas”, y dijo por qué. Quisiera yo, a mi vez, explicar los rasgos internos que acierto a descubrir en Los usurpadores, libro cuyas diferentes piezas componen, en suma, una sola obra de bien trabada unidad, como creo que a primera vista podrá advertirse.

Su tema central -común a todos los relatos- viene expresado ya en el título del volumen que los contiene, y pudiera formularse de esta manera: que el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación. Todos ellos giran, cada cual según su órbita, alrededor de ese hecho terrible y cotidiano: en San Juan de Dios el impulso para imponerse y dominar conduce, ciego, hacia la propia destrucción, lo mismo que en Los Impostores, aun cuando aquí el ansia no sea frustrada por obra de la propia violencia, sino por virtud de una justicia superior; y todavía en El Doliente esa frustración proviene de la fragilidad del apoyo que a los deseos imperativos del hombre presta su flaca naturaleza. Esos deseos se nos presentan con El abrazo en el barbotar de la sangre misma, calientes, sucios, nauseabundos. En La campana de Huesca la renuncia -inevitable por principio- al poder adquiere el carácter de un destino equívoco; y -cosa que también ahí apunta, aunque de distinta manera- en El Hechizado, ese poder que en otros lugares se sorprende brotando con la palpitación obscena del puro vivir, se nos muestra muerto, hueco, en el esqueleto de un viejo Estado burocrático.

Notoriamente, la estructura toda de esta narración (la examinaré en primer lugar, porque, conocida sin duda de ciertos lectores, ofrece un buen punto de referencia inicial), la estructura, digo, de El Hechizado está dispuesta para conducir por su laberinto hasta el vacío del poder. Representa al Estado, imponente y sin alma; en último término, expresa también el desesperado abandono del hombre, la vanidad de sus afanes terrenales. Sé que el autor vaciló, antes de escribirla, en la elección del sujeto histórico, y que se decidió a favor del rey idiota después de haber considerado el asunto bajo las formas de zar loco, de interregno, y de sede vacante. La elección de Carlos II, el postrer vástago degenerado de una dinastía poderosísima, se me antoja bastante afortunada. Desde la periferia, una vida ajena, ignorada, taciturna, la del protagonista, se empeña fatigosamente en penetrar hacia el centro hueco del gran Imperio. Su punto de partida es fresco y natura cumbres andinas, la madre, una religiosidad simple; mas, conforme el viajero se acerca al núcleo del poder soberano, las instancias se van haciendo más y más formalistas, duras, impenetrables, y la humanidad más seca: el supuesto narrador es un erudito; el preceptor, un fraile latino; hay un changador negro, un mendigo inválido, un confesor alemán, conserjes, pajes, extranjeros, burócratas… Y, por fin -única mujer que hace acto de presencia en la narración-, una enana es quien le introduce, mediante soborno, al sagrado de la majestad, donde el monarca imbécil se encuentra rodeado de bestezuelas diabólicas… Curiosa es la ambigüedad que titila en el título del relato: "el Hechizado" es, sin duda, Carlos II de España; pero lo es, no menos, el indio González Lobo que se obstina en alcanzar su presencia; y lo son igualmente las multitudes a su alrededor. En puridad, hechizados están cuantos se afanan por el poder, y así podría decirse sin inconveniente de todos los demás personajes que pueblan este libro; el Pastelero de Madrigal queda hechizado -y no se olvide que su madre comparece como una bruja: es traída en volandas, arrebujada en su manto de viuda-, queda hechizado formalmente al recibir en el cuenco de sus manos el oro con los sellos reales; pero ¿no lo estaba a su vez el demoníaco rey don Sebastián, arrastrado a tan locas empresas? Y el Doliente en su cama, y los nobles al acecho; y los fratricidas hijos del rey Alfonso; y el irresoluto Ramiro; y los caballeros granadinos, enconados entre sí… Pero de análoga manera podría extenderse a todos ellos el título de impostores, pues también los legítimos dominadores usurpan su poder -non est potestas nisi a Deo- y deben cargar con él como con una abrumadora culpa. Y asimismo, ser tenidos todos ellos por dolientes, pues que todos adolecen de la debilidad común a la condición humana.

Así, las seis novelas, a las que tan honda unidad de sentido anima, se intercomunican de diversas maneras, enlazando y modulando sus temas respectivos, consienten ser barajadas, ordenadas y reagrupadas, como una mano de naipes, en conexiones vanas. Apuntada quedó la intuición capital de El Hechizado: el Estado, como estructura de un poder vacío. Esa intuición se encuentra también en La campana de Huesca, donde un testamento asombroso ha dejado el trono vacante en administración de las órdenes militares, y donde el cetro va a las manos de un príncipe que no lo apetece. Tampoco el Doliente es capaz de ejercer el poder real en Castilla. El reino de Portugal ha caído cautivo con la pérdida de don Sebastián. Y otro tanto ocurre con el reino moro de Granada, cuyas estirpes prolongan la discordia que lo ha hundido. En conjunto, aquella idea de la organización del poder, evacuado ya de la vida que lo erigiera, se opone en significativo contraste con la violencia elemental de El abrazo, donde se entreverán los sentimientos de toda una parentela movida por la ambición, los celos, el resentimiento, en fin, las pasiones más crudas. Esta historia de fratricidio intentó primero titularse Los hermanos y, según me consta, sin sombra de ironía: presentan las fuentes naturales de la discordia, tan mezclada al amor en la sangre, y de los impulsos dominadores, es decir, el polo opuesto al orden jurídico y burocrático del Estado. Pero su idea se encuentra también en las demás novelas. No sólo en San Juan de Dios -que, a su vez, hubiera podido llamarse también Los hermanos, y pienso que con mejor título, pues se trata ahí, al mismo tiempo, de hermanos en la sangre y hermanos del instituto de San Juan de Dios-; no sólo en El Doliente, cuya invalidez física envidia la fortaleza del hermano de leche, mentalmente inválido; sino en la propia Campana de Huesca, donde la primogenitura impávida de un infante ha descorazonado al otro, y quiere anularlo más allá de la muerte (él, transforma aquí el odio resentido en renunciación); y hasta en El Hechizado mismo, que hace moverse al postulante en viaje a la Corte, impulsado por la nostalgia de un padre poderoso y desconocido. Y conviene notar que a los seres humanos sometidos a la experiencia del poder no los encierra inexorablemente el autor entre los extremos de la organización fría y desalmada por un lado y, por el otro, los elementales movimientos del ánimo. Si la renuncia al mundo es en La campana de Huesca mera flojedad y piedad falsa, en San Juan de Dios es caridad ardiente. Con ello, las novelas, que han aspirado en conjunto a ofrecer ejemplaridad, entreabren un cauce piadoso a la naturaleza humana para salvarse de la desesperación.

Con todo, el emplazamiento de una acción en el tiempo histórico tiene sus exigencias, y una de ellas es la adecuación del lenguaje -con lo que se esboza el peligro para el autor de incurrir en pastiche, de realizar arqueología idiomática. El recurso a que algunos modernos acostumbran echar mano para eludirlo es imprimir al tratamiento de sus materiales -muchas veces, depurados con notable esfuerzo erudito- un sesgo de ironía, cuando no sazonarlos de humorísticos anacronismos. Guiño sutil o burlesco al lector, que no obedece tanto a una necesidad interna de la obra como a la experimentada por quien la estribe de salvaguardarse contra la sospecha de pedantería o de inocente romanticismo, y que si la liga con la actualidad es de modo artificioso y externo, aun cuando no por eso desprovisto de mérito. El autor de este libro ha desdeñado tan seguro recurso; prefirió, sin disfrazar su estilo espontáneo, darle a cada relato una moderada inflexión de época, que sugiera pero no imite; y, desde luego, se ha abstenido de introducir arcaísmos de diccionario. Así, por ejemplo, a la atmósfera agitada, patética, del San Juan de Dios corresponde cierto énfasis verbal, a cargo sobre todo de los discursos proferidos por uno y otro caballeros para trazar, directa, dramática, la historia de su rivalidad y de su apasionada lucha. Enfático es también el modo como se muestran en su curso las señales del destino -el castigo de las manos violentas, amputadas por el acero; el de las manos lúbricas, forzadas a palpar, muerta, la carne cuyo calor habían profanado-, entre tantos otros contrastes como la novela ofrece. Pero ese tono levantado destaca en ella sobre el doble marco de la simple, directa y a veces brutal naturalidad del muchacho, y la oscura efusión piadosa del santo, no libre de alguna malicia villana. Por otra parte, la presentación de toda la trama a partir de una vieja pintura aleja y encuadra la narración convenientemente. Y si de ahí pasamos a El Hechizado, hallaremos, en cambio, un lenguaje cuya sobriedad toca en pobreza: los sentimientos deben permanecer ocultos, omisos; se prohíbe todo esplendor verbal por el orden del que se despliega a ratos -ahí sí- en Los impostores, donde el lenguaje barroco recubre, dándole formas hechas, tanto a los impulsos de la desbocada ambición como a un tierno enamoro doncellil, obligado a manifestarse a través de las recargadas fórmulas impuestas por una alta cultura. ¿Qué más cabría decir? El lector reparará sin ajena ayuda en cómo los requerimientos internos de cada relato han determinado la técnica de su desarrollo literario: el vago aire de crónica en La campana de Huesca; compostura erudita en El Hechizado; un ritmo muy variado en Los impostores, desde la majestad hasta el ludibrio; los cambios de perspectiva en El Doliente, donde se pasa desde el monólogo del desvalido enfermo a las charlas de sus bajos servidores para volver al frustrado escarmiento dispuesto por el rey; comprobará que si la naturaleza minada de éste le impide imponerse, el mismo efecto producirá en el obispo su exuberante naturaleza; observará en El abrazo el juego bárbaro de pasiones viscerales a través del ojo astuto, clarividente, de un cortesano y partidario, incapaz, no obstante su habilidad y buen sentido, de encauzar los sucesores de modo razonable; y quizá cuando lo siente rememorar ciertas escenas muy íntimas del rey con su querida se pregunte cómo podría el viejo favorito conocerlas así tan al detalle…

Doy por terminado con esto mi cometido. Consistía en explicar, por encargo del autor, las intenciones latentes de su libro, no en juzgar hasta qué punto ha sabido realizarlas bajo forma artística: para ello, nuestra demasiado estrecha amistad me inhabilita. Sea, pues, el lector quien, por su cuenta y riesgo lo compruebe.

F. de Paula A. G. Duarte

Coimbra, primavera de 1948.

En 1950, después de publicado el volumen de Los usurpadores, escribí todavía una historia más, la de El inquisidor, perteneciente a la misma vena, que yo había creído agotada, pero que aún dio ese fruto tardío. Ahora queda incorporada al ciclo donde corresponde.


F. A.


San Juan de Dios

<p id="_Toc168514498">San Juan de Dios</p>

De rodillas junto al catre, en el rostro las ansias de la muerte, crispadas las manos sobre el mástil de un crucifijo -aún me parece estar viendo, escuálido y verdoso, el perfil del santo. Lo veo todavía: allá en mi casa natal, en el testero de la sala grande. Aunque muy sombrío, era un cuadro hermoso con sus ocres, y sus negros, y sus cárdenos, y aquel ramalazo de luz agria, tan débil que apenas conseguía destacar en medio del lienzo la humillada imagen… Ha pasado tiempo. Ha pasado mucho tiempo: acontecimientos memorables, imprevistas mutaciones y experiencias horribles. Pero tras la tupida trama del orgullo y honor, miserias, ambiciones, anhelos, tras la ignominia y el odio y el perdón con su olvido, esa imagen inmóvil, esa escena mortal, permanece fija, nítida, en el fondo de la memoria, con el mismo oscuro silencio que tanto asombraba a nuestra niñez cuando apenas sabíamos nada todavía de este bendito Juan de Dios, soldado de nación portuguesa, que -una tarde del mes de junio, hace de esto más de cuatro siglos- llegara como extranjero a las puertas de la ciudad donde ahora se le venera, para convertirse, tras no pocas penalidades, en el santo cuya muerte ejemplar quiso la mano de un artista desconocido perpetuar para renovada edificación de las generaciones, y acerca de cuya vida voy a escribir yo ahora.

Hace, pues, como digo, más de cuatrocientos años (no mucho después de que el reino moro, dividido en facciones, desgarrado en la interminable quimera de sus linajes, se entregara como provincia a la corona de los Reyes Católicos), este Juan de Dios, mozo ya avejentado y taciturno, enjuto de cuerpo, enrojecidos los párpados por el polvo de la costa, entró a servir en la guarnición de la plaza. Por aquel entonces, todavía el encono de las recíprocas ofensas y los rencores de familia no cedían en Granada a la nostalgia de una magnificencia recién perdida. Gómeles y Zegríes habían tenido que abandonar la tierra; los Gazules, los nobles Abencerrajes, recuperaron en cambio sus bienes, recibiendo mandos militares en las compañías cristianas, cargos concejiles en la ciudad. Pero la violencia -esa misma violencia que, más tarde, habría de derramarse a borbotones desde las cumbres alpujarreñas para escaldar la piel de España entera en la cruel rebelión de los moriscos- ahora, sofocada aún su furia, resollaba y gruñía en todos los rincones. A la saña de los antiguos partidos había venido a agregarse la desconcertada animadversión y el temor hacia las gentes intrusas llegadas con el poder nuevo. Y así, cada mañana, las calles y plazas famosas de Granada, las riberas del río, amanecían sucias con los cadáveres que la turbia noche vomitaba…

En medio de estas banderías civiles que doblan el odio de disimulo y la ferocidad de alevosía, supo nuestro Juan de Dios hallar su vocación de santo. La encontró – ¿quién era él, el pobre, sino un simple soldado?- a través de la palabra docta, ardiente y florida de aquel varón virtuoso e ilustre, Juan de Ávila, más tarde beatificado por la Iglesia, el cual, secundando la política cristiana de Sus Majestades, predicaba por entonces a los granadinos el Evangelio, con invectivas, apostrofes y amenazas que, como granos de sal, crepitaban al derramarse sobre tanto fuego. El fervor de uno de sus sermones fue, al parecer, lo que hizo a Juan abandonar el servicio de las armas, repartir sus pertenencias entre los pobres y, adquirido para sí el bien de la pobreza, consagrar su vida al alivio de pesadumbres ajenas.

Cuentan que obedeció para ello a un impulso repentino: la voz del predicador, que tantas veces había oído distraídamente, le taladró ésta los oídos y le escaldó el pecho, invadiéndole con repentino espanto. Estaba -cuentan- perdido ahí entre los fieles, recogido, acurrucado, ausente la imaginación, cuando de improviso sintió que le asaltaba una rara evidencia, tan rara, en verdad, que tardaría un buen rato en rendirse a ella: la evidencia 'de que el Espíritu Santo se estaba dirigiendo personalmente a su olvidada insignificancia, y que los trémolos patéticos de su voz le increpaban a él, a él en particular, a Juan, desde el pulpito del orador… Por lo que uno de sus discípulos -empeñado más tarde en recoger de los labios reacios del santo algún detalle de esta revelación- dejara escrito, sabemos cómo el corazón le había dado un vuelco al apercibirse -eran sus palabras mismas- de que estaba descubierto. Fue, parece, una especie de sobresaltado despertar. Despertaba, sí, ahí, en aquel rincón umbrío, al pie de la columna, bajo el dedo acusador del padre… Quiso entonces poner atención, y apenas si podía, al comienzo, distinguir el sentido de sus atronadoras frases; pero sentía, ineludible, el índice tieso que le apuntaba sin vacilar, a él, precisamente a él, arrodillado allí entre tantos y tantos, señalándolo en medio del rebaño, distinguiéndole, sin que le valiera de nada su intento de disimular, fingir inocencia y hacerse el desentendido: dispuesto a engancharlo, a extraerlo del suelo, izarlo en el aire y -suspendido en medio de aquella luz lechosa que, desde arriba, atravesaba el crucero del templo- exponerlo como un guiñapo al ludibrio, el dedo inexorable volvía sobre su triste insignificancia una vez y otra, irritado, encarnizado, sañudo.

Juan humilló la cabeza y, con ella baja, pudo ahora entresacar algo, alguna que otra frase centelleante, en la abundancia del orador. «A ti me dirijo -clamaba-, a ti, cristiano viejo, que has sucumbido…» Juan de Dios, cristiano viejo del reino de Portugal, había sucumbido, y rodaba por el áspero despeñadero en que cada nuevo paso conduce hacia la oscura sima. Por las puertas de la carne se le había entrado en el alma el pecado mortal. Y así, entregado en cuerpo y alma al halago de las costumbres moriscas, apegado como gozque inmundo a los enemigos de la fe, su criminal amistad le había hecho oír en silencio, de sus bocas venenosas y dulces, atroces burlas contra Nuestro Señor y su Iglesia. Lejos de salir en defensa del verdadero Dios -antes se hubiera avergonzado de confesarlo- había oído las infamias mansamente, con falsas, cobardes sonrisas… Y ¿cuánto tiempo no había vivido en semejante abyección, revolcándose en las flores podridas de aquella ciénaga? «¡Ah, cuan largo, horrible sueño engañoso! Muchos son los que en medio del sueño fenecen. ¡Despierta tú! ¡Despierta, cristiano!…»

Juan de Dios se acercó después a pedir confesión, y Juan de Ávila, notándole en los ojos lágrimas de angustia, accedió a escuchar su culpa. «Durante años y años he vivido con una víbora oculta en el seno y hasta hoy no acordé al pecado mortal. Padre mío, vuestro grito me despierta. ¡Salvadme del pecado! ¡Confesión, padre!»

«Expulsa ya, hijo, esa víbora; habla, confiesa: ¿de qué te acusas?», fue la respuesta. Entonces comenzó Juan a acusarse. Declaró su pecado carnal. Y luego echó también sobre sí las blasfemias en que tácitamente le hiciera consentir su apocamiento: había escuchado, había asentido, había acompañado a las risas. ¿No era acaso un apóstata?, preguntaba, deshecho en lágrimas, el soldado. Y aunque el confesor hizo distingos y le otorgó su absolución sin grave penitencia, Juan no se daba por consolado ni se tenía por limpio: un ansia insaciable de confesión se apoderó de él desde esa hora; quería confesar públicamente; quería proclamar la abominación de su culpa, gritar su crimen a los cuatro vientos, declararse vendedor del Cristo, y sentir sobre su cabeza el horror, la piedad y -si posible fuera- el perdón del mundo entero.

Se desprendió de sus humildes haberes y, después de muchos llantos y congojas, un domingo, a la hora de misa mayor, alzó su voz en la iglesia colegiata. Hincado en el centro de la nave, sus brazos en cruz parecían sostener con inaudito esfuerzo el fardo de sus pecados. Y los fieles, sacados de sus devociones por aquella voz áspera que se incriminaba sin descanso, miraban para el penitente, más tomados de sorpresa que de edificación: entre el esplendor del oro y los brocados, sus andrajos; en medio de tanta digna compostura, su cabeza rapada, su garganta reseca, sus manos implorantes. Con extrañeza lo contemplaban, casi con escándalo. Pero él seguía acusándose: castigaba su flaqueza, golpeábase la cara con los puños, se arañaba el pecho… ¿Hasta dónde habría de llegar en su frenesí? Ahora reconocía haber menospreciado a Dios por idolatrar en criaturas humanas: reconocía que, empujado por tal idolatría hasta la última debilidad de la razón, había llegado a poner en duda la Santísima Trinidad… Crecían sus lamentos y, con ellos, la gravedad de las culpas pregonadas y la estupefacción de los fieles. Hasta que, por fin, tras muchas vacilaciones y no sin algún revuelo, un diácono y dos acólitos se acercaron a rogarle con firmeza que saliera del templo, pues que aquella penitencia pública más podía -como le explicaron- ser ocasión de escarnio que de piedad.

Pero ¿cómo hubiera podido contener el infeliz la abundancia de su corazón? Una semana más tarde aparecía en plena Puerta Real gritando ante la multitud el dolor de su infamia. En medio de espeso corro, se tundía los costados y lloraba: ¡en apostasía había incurrido, abjurando de la religión verdadera para seguir la del falso profeta!… La gente reunida a escucharle pasó pronto de la curiosidad a la burla, y comenzó a alimentar su excitación con preguntas malignas. Y después de aquel día era frecuente hallarlo exponiendo sus tribulaciones en cualquier lugar público de la ciudad: ya en el mercado, ya en una placeta, y aun ante el palacio episcopal mismo. Por último, fue recogido e internado en una casa de orates.

Mas he aquí que su mansedumbre rompería luego sus cadenas, y su resignación no tardaría en quebrar los cerrojos del manicomio: supo hacer de la prisión escuela de caridad; y cuando le abrieron sus puertas, no tuvo ya otra mira en el mundo que la de fundar con su trabajo un hospital de pobres. A esta obra consagró el resto de su vida.

El pasaje de esa vida santa que se propone sacar a luz el presente relato tiene comienzo una mañana de verano en que Juan de Dios había salido, como de costumbre, a recorrer las calles implorando piadosa ayuda. Cerca ya del callado, desierto y cálido mediodía, sintió, pues, acercarse por el Zacatín, a cuya entrada estaba apostado, un caballo que con recortado paso hería las piedras del suelo. El bienaventurado mendigo le salió al encuentro y, tomándolo por la brida, suplicó al jinete con su habitual letanía: «Socorred, señor, a los pobres de Jesucristo. Una limosna para…» Mas el caballero, dando un tirón a la brida, levantó el rebenque y descargó un golpe sobre la cabeza rapada del pordiosero: «Señor, por el amor de Dios, ¡una limosna!», repitió Juan, caído a los pies de la encrespada bestia. Con el arrebato de la ira, el caballero se había empinado en los estribos, dobló el cuerpo e, inclinado hacia adelante, golpeó y golpeó al mendigo hasta dejarle cruzada la cara de sangrientos surcos. Juan se cubría los ojos con las manos, defendía con los codos sienes y orejas, en espera de que la furia se apaciguase; pensaba, al ver la bota del jinete tensa en el estribo: Con mi imprudencia lo asusté; venía desprevenido. Pensaba: Ya, ya va a cesar de maltratarme… Y antes de que hubiera acabado de pensarlo, volvió a oír las herraduras del caballo, que se alejaban batiendo el empedrado calle arriba.

Recogió Juan de Dios sus alforjas, calzó una alpargata que se le había salido del talón y, secándose la frente con la manga, echó a andar despacio, al arrimo de las paredes, hacia el carril, en busca de agua limpia con que lavarse las heridas. Más allá de las últimas casas la acequia se juntaba al camino para luego alejarse, siempre a su vera, campo afuera. Ahí se detuvo Juan a tomar descanso, en el espacio que el carril abría a un vertedero de basuras; bajo el montón de estiércol, encendido en un chisporroteo de insectos, el agua se arrastraba, mansa, clarísima y fresca… Sentado en una piedra, el infeliz se distrajo un momento del dolor de sus magulladuras con observar los afanes de un muchacho que, obstinado contra la terquedad de un asno, sudaba por sacarlo del estercolero, en la atmósfera caliginosa del mediodía estival. «Ese triste animal -pensaba el mendigo ante la silenciosa pugna- ha de haber ido cayendo año tras año en manos cada vez más pobres y más duras, hasta que, del todo inútil, quedó abandonado ahí en el baldío, sin aparejo, sin ronzal; y ahí está ahora, olvidado de la muerte, la cabeza baja, secas las patas, hinchado el vientre, mientras las moscas, obstinadas y crueles sobre sus mataduras, chupan su vieja sangre. ¡Bien podéis vosotras, florecillas celestes crecidas junto al agua, bien podéis sonreíros con picardía de chicuelas, al alcance de su hocico inapetente! ¡Y tú, muchacho bárbaro, vano es que le tundas el espinazo: ya no hay nada que le haga andar!» Del fondo de estas reflexiones, su voz se levantó para persuadirle:

– ¿No estás viendo acaso que no puede ni moverse? ¿Por qué no le dejas en paz, muchacho?

– Ha de poder, ¡me!… -respondió su cólera, al tiempo que un nuevo garrotazo caía sobre los lomos de la escuálida alimaña.

Juan no le replicó nada. Lo vio separarse unos pasos, y agarrar un pedrusco, y lanzarlo contra las costillas del impasible asno.

– ¿Ves cómo no puede, criatura? -insistió ahora.

– Pero es que yo me lo quería llevar…

– ¿Para qué, hombre?

– Pues para llevármelo.

– Anda, criatura: déjalo ahí, y ven por caridad a darme un poco de ayuda.

Desprendiéndose con alivio de su empeño, por primera vez dirigió ahora el muchacho una mirada

El autor puso aquí, en la boca inocente, una blasfemia simple, directa, proferida con nuevo valor de interjección.

A su interlocutor, para encontrar en él aquella cara manchada de sangre y polvo.

– ¿Qué fue ello, buen hombre? -le preguntó con susto.

– Bueno, sólo Dios lo es. Anda, ven, acude, acércate, moja en agua este trapo, y me limpias la cabeza.

Obedeció el chico. Bajó a la acequia, empapó en su corriente el paño que le tendía Juan, y volvió con él chorreando a humedecerle la frente. El herido apretaba los dientes; le escocía.

– Despacio, hijo; con tiento. Dime: a ti ¿cómo te llaman?

– Antón.

– Despacio, Antoñico.

En esto, al fondo del camino, entre una polvareda y como suspendido en el aire cálido, vieron aparecer un coche, que avanzaba y crecía en la soledad del campo. Ambos, hombre y niño, se quedaron fijos en su lejanía: con el campanilleo de las muías, todo se agrandaba y adquiría volumen ante ellos en la densa atmósfera, todo medraba hacia su tamaño natural. Llegó, por fin, el coche al punto donde estaban, y acordó la marcha en el recodo; pero, en vez de reanudarla con nueva aceleración, se detuvo un poco más allá. ¿Qué les gritaba ahora, erguido en lo alto de su asiento, el cochero? -Preguntábales por orden de su dueña si acaso les había ocurrido algún accidente.

El santo mendigo corrió entonces hasta el coche para pedir su limosna. «¡Por amor de Dios, señora!», imploró con la mano extendida. No cayeron en ella, sin embargo, las esperadas monedas; suavísimas palabras tintinearon en su oído: «¿Cómo te has hecho esa herida, hombre?», a cuyo son acudieron en seguida los ojos. Y hallaron, por cierto, de qué maravillarse: en el marco de la ventanilla se veía, adornada de perlas y granates, una cabeza cuya hermosura era reflejo fiel de un corazón amable.

– Nada fue, por Dios. Eso no vale ni mi propio cuidado, cuando menos la atención de la señora -respondióle el mendigo-. Este muchacho me ha lavado ya la herida -añadió señalando a Antón, que se mantenía rezagado a sus espaldas-, y ahora debo seguir procurando para el alivio de mis enfermos. ¿Querrá la señora socorrerlos?

– Quiero, sí. Más ¿de qué enfermos se trata y qué socorro necesitan? -volvió a interesarse la dama.

– ¡Ay, mi señora! Son enfermos que nadie piensa en cuidar, porque no tienen otros allegados que sus males y su pobreza. A éstos recojo y cuido yo en la casa donde quiero curar, junto con sus plagas, mi alma. Algunos señores que lo saben y pueden, me prestan diaria ayuda; y los que al pasar se mueven a mi súplica, dan para el resto.

– De los primeros deseo ser yo, amigo; no de la especie pasajera. Mándame cada día a ese mozuelo, y cada día mandaré algo con él a tus enfermos.

– El mozuelo no es mío, señora. Lo encontré aquí mismo vagabundeando; me ha hecho esa caridad que digo, y cuando vuestra señoría acertó a pasar cavilaba yo, precisamente, llevármelo conmigo; pero…

– En tal caso -atajó ella- he de ser yo quien lo tome en mi compañía, si es que a él le conviene ser mi paje; de ese modo, te lo podré enviar con el socorro diario, mientras él se nace hombre en mi casa.

– ¿Oíste muchacho? ¿Qué haces que no corres a besar la mano de la señora?

Besó Antoñico los dedos de la dama, tan finos que el peso de las sortijas parecía abrumarlos, y lleno de alegre presteza se encaramó junto al cochero, al tiempo que grababa en su mente las señas del hospital, muy recomendadas a su memoria por Juan de Dios. Un momento después, éste se había quedado solo: el coche se desvaneció en una nube de polvo; y cuando el santo tornó la vista a su alrededor, hasta el decrépito asno había desaparecido del estercolero.

Fue necesaria la presencia del muchacho que -todo alborozado y con ropa nueva- golpeó al otro día a su puerta llevándole en nombre de su ama una yunta de gallinas, para confirmarle que todo aquello no había sido un sueño, como otros que en ocasiones confundieron su magín. No; allí estaba Antoñico, importante y protector; y mañana volvería a venir, y seguiría viniendo una semana

Tras otra, un mes tras otro, con el testimonio, siempre renovado, de una noble y lejana existencia.

– Mira, Juan, ¿ves? Ya mis manos no volverán a castigarte.

Juan levantó del suelo la turbada vista. Había salido a respirar: apoyado en el quicio de la puerta, daba al aire fresco del patio sus mejillas palidísimas, fatigadas del vaho insidioso que, ahí dentro, lo impregnaba todo, sábanas, esterillos, vasos, ropas y manos. En ese instante, cuando, casi desvanecido, trataba de recobrarse, le vino a sacar de su oscuro estupor la invocación inesperada de este infeliz tullido que, presentándole los muñones todavía rojizos de unas recién amputadas manos, le decía con énfasis colérico, amargo, soberbio, desamparado:

– ¿Ves, Juan? Ya no te castigarán más.

Juan le miró, espantado:

– ¿Cómo has perdido tus manos, hombre?

– Las he perdido en el camino de mi soberbia. Y ahora, desdichado de mí, aquí vengo a implorar tu perdón.

Mientras hablaba así, Juan de Dios había estado escrutando la cara del llegado: una cara afilada, nerviosa, móvil, cuyos ojos ardientes se inundaron de lágrimas al tiempo de pronunciar su fina boca la última frase.

– No te conozco, hombre; nada tengo que perdonarte. Perdóname tú a mí, si te veo afligido y no acierto a consolar tu duelo. Pasa, hermano; entra a beber conmigo un trago de vino, y dame parte de tu cuita.

El hombre le siguió, baja la cabeza, hasta la cocina, donde se sentaron juntos a una mesilla de madera sobre cuya tabla había un jarro de vino.

– Tú habrás de llevarme el vaso a los labios, Juan de Dios, o tendré que beber como las bestias, pues aún no he aprendido a remediar mi invalidez.

Bebió el tullido, y cuando se hubo serenado su ánimo, contó la historia de su desventura, explicando cómo había venido a caer, por terrible designio de la Providencia, en la trampa que él mismo, con tan prolijo cuidado, dispusiera para otro.

«Mi nombre -comenzó a decir- es don Felipe Amor. Provengo de una antigua familia granadina que, por viejas discordias de este reino, pasó a tierra de cristianos y fue a radicarse en Lucena, donde yo soy nacido. ¡Nunca saliera de allí! ¡Nunca hubiera vuelto a este viejo solar de mis padres! Lo hice, impulsado por las dos alas de la ambición y de la soberbia. Soberbia, porque no me resignaba a la pérdida de fortuna que mala suerte o mala cabeza había infligido a mi casa, por más que lo restante bastase como bastaba para llevar una vida honrada y decorosa; ambición, porque estaba resuelto a reclamar de mis parientes granadinos los muchos bienes de que se habían apoderado tiempo atrás, cuando mi familia se vio forzada a abandonar la tierra. Fijo en mi idea, nada excusé que pudiera llevarme al fin perseguido. Y aun los vicios de mi educación: el haber sido criado como hijo de señores, cuyos deseos son antes servidos que adivinados; el menosprecio hacia mis semejantes; la desconsideración al prójimo y la sola consideración de mis propósitos, me ayudaron a salir adelante con mi empeño. Hoy sería rico y poderoso, y respetado como tal a despecho de insolencias, atropellos y crueldades, si la dureza de mi corazón no hubiera sido asaltada y rendida por aquella única parte de él que es vulnerable. Quiero decir que, en la carrera de mis logros, y habiendo ya conseguido rescatar los antiguos bienes de mi casa, todavía quise redondear mi fortuna con la de una heredera noble a quien venía cortejando el mayor de mis primos, y de cuyas prendas había tenido yo noticia de sus propios labios. No contento, pues, con haber privado a este pariente mío, don Fernando Amor, de una parte de su fortuna, resolví también privarlo de su dama; y ello se cumplió con tan buena, digo: con tan mala fortuna para mí, que el destino parecía complacerse en allanar y hacer floridos los caminos por donde, sin saberlo, caminaba a mi perdición: lo que Fernando no había podido alcanzar en años de galanteo, lo alcancé yo en días. No más de quince habían pasado desde que pude conocer por vez primera a mi doña Elvira, cuando ya nos habíamos prometido en secreto como esposos.

Esos quince días vieron cambios muy profundos en el ánimo de nosotros tres: no hablaré de los sentimientos de ella, pues lo que en otras circunstancias hubiera sido para mí ocasión de justificado engreimiento, lo es ahora de dolor acérrimo; en cuanto a mí mismo, baste decir que una pretensión y boda premeditadas por ambicioso cálculo se trocaron a presencia de doña Elvira en pasión tan frenética como para sacrificar en un momento, si preciso fuera, cuantas riquezas había conquistado con penoso tesón en largos pleitos. Mi primo don Fernando por su parte, que ya -mal disimulado el encono bajo actitudes de caballero- se había visto despojado de bienes tenidos por suyos como herencia de su padre, no pudo sufrir que, sobre aquella vejación, cayese ahora esta otra, en verdad insoportable: la señora de sus amores, prefiriéndome en matrimonio. Y así, cuando yo le comuniqué la noticia cuyo efecto saboreaba anticipadamente, no dejé de vislumbrar su ardiente rencor en el gesto que puso al felicitarme por mi nueva fortuna. Se mostraba efusivo y contento; pero en la estrechez del abrazo pude divisar el relámpago cruel de su pupila. Ese rencor debía trastornarle el juicio, a él que ya de por sí era tan atravesado y torvo: loco de despecho, emprendió una acción indigna de las maneras gentiles que tanto se esforzaba por afectar, y en la que de un modo abierto vendría a mezclarse su afición a doña Elvira en su deseo de ofenderme. Ello fue que, saltando una ventana de su casa en ocasión que la dama se estaba probando un vestido de fiesta para la de nuestros desposorios, la abrazó por la espalda y, cruzándole el busto, estrujó sus pechos con las manos mientras que las criadas, atónitas, perdida el habla, no se atrevían siquiera a moverse. En seguida huyó por donde había venido.»No bien lo supe -que tales desazones no carecen nunca de mensajero-, me puse a cavilar cuál podría ser la reparación adecuada a la ofensa, y vine a concluir que ninguna lo sería tanto como, cortadas las atrevidas manos, hacer de ellas regalo a doña Elvira en nuestros desposorios. Sólo esta idea me satisfacía. Resuelto ya a ponerla en obra, averigüé la oportunidad y dispuse las cosas de la mejor manera. Supe que, por hurtarse a las celebraciones familiares, se proponía don Fernando retirarse el día de la fiesta a una finca que le ha quedado en la vega, más allá del pueblo de Maracena; y sobornando a uno de sus criados, aposté los míos en el camino, todo en orden para que mi venganza fuera cumplida. Esto era, digo, el día mismo de los desposorios; y, junto a los ejecutores del castigo, esperaba el emisario que había de traerle a mi esposa, en cofre de plata labrada, como recién cosechados frutos, las manos infames que se habían atrevido a su pudor.

«Comenzó, pues, la celebración y, durante su transcurso, me desvivía yo esperando la llegada del terrible obsequio. A nada podía atender; estaba lleno de ansiedad; y aun las palabras de mi esposa eran incapaces de forzar las puertas de mi oído, puesto en los ruidos de la calle. Preguntóme, en fin, doña Elvira que qué me pasaba para mostrar tal desasosiego, y yo, por calmar su inquietud sin desmentir la mía, demasiado visible, repuse que esperaba hacerle un presente digno de ella y de mí, y que me sentía impaciente por su tardanza.

»-Pues ¿no son suficientes acaso los regalos que ya me tenéis hechos? ¿Qué otra cosa queréis darme, y qué importa que llegue a tiempo o se retrase? -inquirió, alarmada sin duda por la oscuridad de mi respuesta.

»-Importa -repliqué-, pues sin ese presente no me consideraré a la altura de vuestros ojos, ni lo bastante honrado en esta fiesta. – ¡Imprudentes palabras, que no sé cómo no supe contener! Y todavía, lanzado ya: – ¿No habéis reparado -agregué- que falta a ella uno de mis parientes?

»Oyendo esto, palideció doña Elvira por el temor de lo que ignoraba; me tomó las manos y, entre suplicante y conminatoria, apremió: -Vamos, Felipe, decidme de qué se trata; decídmelo; sepa yo de qué se trata.

«Intenté reírme con evasivas; pero me cercó y estrechó en modo tan vehemente que, no pudiendo resistir más, cedí y le dije lo que tenía urdido y qué venganza había dispuesto para rehabilitar mi honra.

«Hubiera querido yo que me tragase la tierra al ver cómo su belleza expresaba el horror; sólo en-tonces comprendí que el repugnante obsequio no debería llegar nunca a poder suyo. Con los labios exangües, y un tono de severidad que nunca hubiera sospechado en su garganta, me dijo: -Sabed, don Felipe, que si esos proyectos se llegan a cumplir no seré jamás mujer vuestra. -Y luego, anhelante, añadió: -Corred, corred, por Dios, a impedir la infamia.

»Salí de la fiesta, salté sobre mi caballo y, a galope tendido, acudí al sitio donde había apostado a mis criados, ansioso ahora de que aún no hubiera llegado mi primo para poder darles contraorden. Pero cuando ya frenaba a la bestia, salieron a atajarme de la oscuridad, me agarraron, cubriéndome la cabeza con un paño, me sujetaron las muñecas, y en un instante habían caído mis manos, segadas por sus alfanjes. En medio de la turbación espantosa y del dolor, todavía pude distinguir el galope del caballo del emisario que llevaba a mi esposa, en caja de plata, no las manos de don Fernando, sino las mías propias, con el anillo de desposado al dedo.»

Hizo una larga pausa. Luego concluyó: -Ésta es, Juan de Dios, la historia de mi desventura. Durante muchos días he estado dando vueltas en la cabeza a los designios del destino, sin poderme explicar por qué tenían que caer las manos del esposo, en lugar de las manos alevosas y lúbricas del ofensor. Mi cerebro estaba obcecado por la desesperación; no me era posible comprender lo que hoy ya comprendo con entera claridad: que el verdadero criminal era yo, que lo he sido siempre, que lo he sido contra mí mismo, que he sido yo quien me he mandado cortar mis propias manos… Y ahora veo bien cuál es mi deber y la única vía de purificación que me resta: estoy obligado a hincarme ante Fernando, y suplicarle que me perdone… Sin embargo, ¡ay!…, ¡no puedo hacerlo! ¡Aún no puedo! Cien veces me he acercado a su puerta, y otras cien me he retirado de ella. Tendré que dar un rodeo, quizá muy largo, cuanto más largo mejor: tendré que hacerme perdonar primero de cuantos otros he ofendido o violentado. Por eso te pido perdón hoy a ti, Juan. ¿Recuerdas al caballero que -hace ya tiempo: un tiempo, sin duda, más largo en la cuenta de mis desgracias que en la del almanaque- te golpeó cuando le pediste limosna en el Zacatín? Es el mismo hombre que hoy se humilla a tus plantas.

– ¡Regocíjate, hermano, y da gracias a Dios, cuya terrible cirugía ha amputado tus miembros para salvarte la vida!

Esta fue la exhortación de Juan cuando hubo terminado de escuchar la historia asombrosa de don Felipe Amor.

– ¡Regocíjate!

Luego, le sostuvo el ánimo:

– ¿Qué es lo que te impide, ahora que tu corazón lo ha reconocido, seguir el camino justo? ¿Quién te desvía de él, di, hacia falsos y artificiosos vericuetos? ¿Qué voz insidiosa quiere disuadirte, entretenerte, ganar tiempo a tu perdición? ¡Cumple tu propósito sin demora! Piensas que vienes a pedirme perdón; ¿no será ayuda lo que de mí pretendes? Creo que sí. Pero ayuda, ni yo ni nadie podría dártela; te daré compañía. Compañía, sí te la daré. Vamos, hermano; vamos juntos a la puerta de don Fernando, y esperemos allí hasta que entre o salga: cuando lo veas, te adelantas y le pides perdón, sencillamente.

Así fueron a hacerlo. Todo un día debió pasar don Felipe Amor aguardando, mientras Juan de Dios mendigaba, ante la casa de su primo. Y cuando apareció por fin este caballero en la puerta, y echó a andar, distraído, calle abajo, le cortó el paso el sobresalto de un cuerpo arrodillado, unos muñones tendidos y unas palabras destempladas: «¡Detente, Fernando! ¿No me conoces?… Soy yo, sí; yo soy: Felipe Amor. ¡Yo, yo mismo! ¿Te enmudece el asombro? Soy yo; aquí me tienes, tullido y harapiento. Explicaciones, no hacen falta; lo sabes todo; y ahora, aquí me tienes, postrado a tus pies. Vengo a implorarte perdón por el mal que te quise hacer y me hice. Dame, pues, tus manos, Fernando, que las bese; déjame que, como un perro, lama sus palmas afortunadas!»

– Temería si te las diera, que, como un perro, las habías de morder. ¡Aparta! -replicóle con voz temblona don Fernando. Al volver de su asombro, se había encontrado preso de la ira, agarrotado por ella. Se sacudió y, dando un empellón al cuerpo rendido que le cerraba el camino, lo derribó por tierra.

Ahora, escapaba, demudado el semblante; pero al separarse de su primo, divisó entre los relámpagos de la cólera la cabeza rapada de Juan de Dios que acudía corriendo en socorro del caído. Por dos veces todavía giró la cabeza; y, a punto ya de doblar la esquina, se detuvo, deshizo sus pasos, y volvió a arrimarse al grupo, a tiempo de enjugar con su pañuelo unas lágrimas que escaldaban la cara de Felipe.

– ¡Desdichado! -Le increpó-: ¿Acaso no pudiste haberme dejado en paz, tras de tantas amarguras? -Y luego, con inesperado acento de queja: -me quitaste, Felipe, cuanto tenía en el mundo; y ahora vienes a pedirme la única cosa que por la violencia no me hubieras podido sacar: mi perdón. Pues… ¡a la fuerza también te lo llevas! Por ti, nunca te lo hubiera concedido; pero este hombre, aquí, es la causa de que no te lo niegue: ¡perdonado seas!

Y dejando a su primo en la calle, arrastró por el brazo a Juan de Dios hasta el zaguán de su casa, le hizo trasponer la cancela y. encerrado a solas con él en una saleta, le asedió:

– ¿Quién eres tú, hombre, que siempre te voy tropezando en la senda de mis desventuras? ¿Qué nueva calamidad me vienes a anunciar hoy, motilón del diablo? ¿Qué han leído en el libro de mi destino esos ojos pitañosos y arteros, hechos a descifrar embelecos?

– Señor, por vez primera os veo. Y si algo conozco de vuestras desventuras, no ha sido ello por obra de artes secretas -respondióle Juan-. Ni entiendo de magias, ni soy portador de avisos. Yo, don Fernando, soy un pobre pecador que anda pidiendo limosna para sostener un hospital de…

– ¡Inútil astucia! ¡Acaso no han sido mis propios oídos quienes escucharon la confesión de esa boca hipócrita? ¿No eres tú acaso el insensato aquel que en cierta ocasión estaba gritando en las escalinatas de la Real Cancillería, y echaba sobre si' todos los crímenes del mundo? Todos: también el de hechicería, seguro estoy… Recuerdo bien que me detuve un instante; pero sólo un instante, porque otros cuidados me llevaban; sí, tenía prisa por conocer la resolución del pleito que me promoviera don Felipe. Mas, a la salida, cuando ya iba cargado con la pesadumbre de la sentencia contraria, y la saliva se me hacía amarga, allí estabas tú, vociferando como un loco. Hablabas -eso no se me olvida, no- del oro que se convierte en humo, dejando sucias las manos y el alma. ¿Por qué me miraste al decirlo? ¡Sabías! – ¿Cómo podía saber, señor? – ¡Sabías! Mi fortuna se había hecho humo, dejándome sucias las manos de halagos, de sobornos, sucia el alma de cuitas, de rencores, de venenos… ¿No sabías tampoco, di, cuando, casi un año más tarde, me saliste al encuentro en el puente nuevo, que yo cruzaba impaciente por llegar a casa de doña Elvira? Me pediste limosna; me decías que no era tiempo perdido el que se gasta en socorrer a los pobres; insistías. Mas yo no te escuché; tenía prisa esta vez también, una prisa desatinada por oír palabras que sellarían mi infortunio. Y cuando hube recibido el fallo de sus labios (y en modo tan discreto, ¡ay!, que realzaba el valor de mi pérdida, redondeando mi desgracia), volví a pasar el puente, ya con pies de plomo, y abandoné mi bolsillo en tus manos… Si nada sabías, ¿por qué, entonces, callaste besando las monedas?

– Señor: acostumbro besar lo que por amor de Dios me dan.

– Dime, hombre. Por favor, habla claro: ¿qué aviso me traes hoy?, ¿qué nueva desgracia me aguarda? Dímelo ya.

– ¿Cómo podría? Si mi presencia es un aviso, alguien guía el azar de mis pasos para fines que se me ocultan, y que mi boca no sabría declarar.

– Pues no he de separarme de ti, ¡óyeme!, hasta que no los conozca. Esta vez obedezco al llamado y tuerzo mi camino.

– ¡Alabado sea el Señor! Por vuestra propia lengua se están declarando esos fines -exclamó Juan, lleno de júbilo. Y rompiendo en lágrimas de piedad, abrazó al caballero.

Desconcertado, aterrado casi, quedóse don Fernando, oyendo sus propias frases sonar en el aire como una rara explosión, extrañas, ajenas. ¿Verdaderamente habían salido de su boca? En un impulso se le escaparían; lo había dicho sin pensar, sin calcular su alcance; y sólo fue capaz de medirlo después, en las alborozadas y graves palabras con que Juan de Dios lo recogiera. Ahí estaba, en el aire: era dicho… y ¿por qué no? -Todo lo había perdido, y en camino estaba de perder asimismo el alma; pues ¿acaso puede esperar perdón el que lo niega? Y él lo había negado un poco antes a uno que se lo imploraba de rodillas; más aún; había hecho rodar por los suelos al inválido que pedía besarle las manos, cuando en verdad era él quien estaba obligado a suplicar perdón de su hermano, pues él era quien, desencadenando su furor con la injuria que en carne de su esposa le hiciera, habíale cortado las manos, y lo había sumido en la peor miseria…

Corrió, pues, en busca de Felipe, y se reconciliaron.

– ¿No ves? -le decía luego, en la efusión de los corazones-. Han tenido que hundirse en lodo tu arrogancia y la mía, rotas la una contra la otra, para que nuestra sangre se junte y reconozca de veras su hermandad. Ahora que no somos sino el despojo de nosotros mismos, ahora nos reunimos y nos abrazamos; sólo ahora venimos a recordar que nuestro común apellido dice amor y no odio.

De esta manera fue como ambos caballeros, cuya vida había quedado trabada, mutilada e impedida en las agitaciones adversas de un común destino, resolvieron consagrarse juntos, siguiendo a Juan de Dios, al oficio de la caridad en que esperaban elevarse y salvarse. Se agregaron, pues, a la compañía del santo, y le acompañaron con abnegación en sus trabajos, hasta probar en su dureza el temple de los ánimos; en su bajeza, el renunciamiento de los corazones. Quienes desde la cuna habían sido servidos, sirvieron con pronta, mansa y solícita obediencia; quienes jamás hasta entonces habían tenido otro ejercicio que el de la caballería, música y amables juegos, se agotaron en enojosos, míseros quehaceres; quienes vistieron siempre ricos paños, hubieron de defenderse con harapos de la intemperie; quienes tenían el paladar hecho a los manjares finos y el olfato a perfumes de Oriente, tuvieron que tratar con las pústulas hediondas, la carne lacerada y pobre, los excrementos… Tras su ejemplo, muchos serían, por generaciones y generaciones, los que, desengañados del mundo, acudieran a aquella nueva orden hospitalaria; pero nadie, nunca, con fervor tan delicado como estos dos nobles granadinos que, olvidados de sí mismos, no hallaban empleo demasiado ruin para su anhelo de mortificación: y en ésta, de espaldas a un mundo que con tan insensato rigor se flagelaba, hallaron una alegría pura, secretísima a fuerza de patente y fácil.

Con todo, faltábales aún triunfar de una ocurrencia tan cruel que hubo de sacudirles hasta las más hondas raicillas del alma. Véase cómo este golpe descargó sobre sus cabezas. Fue el caso que, para castigo de violentos y perfección de piadosos, quiso el cielo enviar una plaga sobre los contumaces crímenes en que Granada hervía: su terror disolvió de repente el encono que exhortaciones y amenazas no habían logrado apaciguar en años; su ira tremebunda anonadaba las viles rencillas de enemigos irreconciliables; adelantábase la muerte a la muerte, disputando presas a la venganza; las premeditadas víctimas sucumbían antes a la peste que al acero, y ¡cuántas veces no irían a encontrarse allí, en la hacinada multitud de la fosa común, con sus defraudados enemigos!… Las puertas y ventanas estaban atrancadas, contenidos los alientos, en tregua de ambiciones y faenas. Y aquel puñado de hermanos hospitalarios que, unidos a Juan de Dios, habían hecho profesión de aliviar las flaquezas de los dolientes, debían descuidarlos ahora, muchas veces en la peor necesidad, para aplicar su misericordia al entierro de los muertos. Eran ya días y semanas sin reposo, sin respiro, sin esperanza.

– ¡Hasta cuándo, Señor! -había exclamado Juan de Dios cierta mañana, alzando los ojos hacia el azul indiferente desde el espeso gentío que acarreaba hasta sus puertas la miseria. Una gran multitud reunía allí sus mil imploraciones, atraída en la necesidad por la fama de una dedicación qué, siendo infalible, había cobrado nombre de milagrosa. «¡Hasta cuándo, Señor!», fue su plegaria. Y al bajar los ojos y derramar de nuevo su mirada sobre aquellos desdichados que se disputaban la asistencia y el consuelo de una bendición del santo, distinguió entre la turba, pugnando por abrirse paso, extendidos los brazos y gritándole algo que la algarabía de los suplicantes no dejaba oír, a aquel muchacho, Antón, que después de haberse prestado a curarle una herida, fue portador durante algún tiempo de las limosnas enviadas por su dueña al hospital. ¿Cuándo hacía que dejara de venir con el regalo de sus mandatos y su risa ufana? ¿No había sido la última vez, aquella en que trajo un espléndido presente, ofrecido por ella en vísperas de su boda?; luego, había desaparecido. ¿Cuánto tiempo hacía de eso?… Y ¡cómo estaba cambiado su aspecto -no, no podía hacer mucho-, cómo estaba cambiado de entonces acá! También ahora llegaba a tender las manos; pero ya no con ofrendas, sino flaco, menesteroso y angustiado. Juan de Dios le tomó de ellas, le atrajo hacia adentro y escuchó sus cuitas. ¿Qué había sido de su vida? ¿Y qué quería, qué necesitaba? ¡Dijera por favor!

Pero el muchacho no tenía más que una sola frase. Clamaba, consternado: – ¡Mi señora, Juan! ¡Se me muere!

Bebió agua, sosegóse al fin un poco. Después contó de qué manera había penetrado el mal en la casa de sus amos y, tras de cebarse en algunos de los sirvientes, para igualar a pobres y ricos atacó también al anciano dueño, cuyas fuerzas tuvieron pronto término.

– Muerto mi señor, todos los criados huyen, despavoridos; por salvar la vida, largaron el lastre del agradecimiento… Y, ahora, Juan, ahora es ella, doña Elvira, mi dueña, quien está a la muerte… Mientras al padre le quedó aliento, se mantuvo en pie la hija; mas ahora… Y ¿qué puedo hacer yo, solo? ¡Socórreme, Juan! ¡Vamos, anda, ven conmigo!

– Pero aguarda un momento, escucha; dime ¿nadie de la familia ha quedado? ¿Y el esposo?

– ¿Qué esposo, Dios me valga? ¿Pero no sabes que ni siquiera llegó a desposarse mi doña Elvira? ¡Ay! No lo sabes, es cierto-. Pues habrás de saber que desde aquella fiesta de los desposorios ya no hubo día bueno en la casa… Vamos, Juan: por el camino te contaré.

– Cuenta, cuenta: ¿qué ocurrió?

– ¿Qué? Llegó la fiesta, y todo era maravilla. ¡Qué fiesta, Juan! Músicas, dulces, cohetes, refrescos, perfumes… Tú, Juan, de seguro no has visto nunca nada semejante.

– Gran casa la tuya, ¿no?

– ¡Grande! ¿Qué te podría decir?… A cada momento procuraba yo entrar de nuevo a la sala, llevando una garrafa, pasando una bandeja, retirando las copas sucias… Pero, ¡ay de mí!, ¿qué importa ahora todo eso? La fiesta se estropeó, y éstas son las fechas en que aún no hemos sabido a punto fijo el porqué. Murmuraciones, claro es que no han faltado. Pero lo único seguro es que el novio salió de improviso; quedó la novia demudada, y no valió ya el disimulo de su turbación para evitar cuchicheos. Proseguía, sí, la fiesta; pero desde entonces nada iba concertado; algo había sucedido. Hasta que, un rato después -no sabría yo decir cuánto: mucho me pareció a mí-, vinieron a entregar un cofrecillo de parte de don Felipe, el novio ausente, y lo pusieron en manos de doña Elvira… Ahí sí fue el disolverse la reunión; pues ella -aún la veo- lo apretó contra su pecho y, sin tan siquiera abrirlo, huyó hacia su cuarto. Interrumpiéronse las músicas y, un poco más tarde, el viejo señor (¡que gloria haya!) encargada a un pariente despedir a los convidados con el anuncio de que su hija estaba indispuesta… Ha habido – ¡imagínate!- muchas habladurías acerca del cobrecillo: de cierto, cosa alguna. Tan sólo que desde ese punto y hora no quedó ya sino silencio, suspiros y duelos en la casa; tristeza, cansancio. La joven, esforzándose por aparecer serena; el viejo, recorriendo las galerías, paseos arriba, paseos abajo, un día y otro, las manos siempre a la espalda, que parecía írsele a ir el sentido… Hasta que esta peste vino a cortar su vida y sus pesares… Y ahora ¡también ella! ¿Por qué, por qué ella, Juan, sin otro pecado que su hermosura?…

– No otro, en verdad, hijo mío -confirmó, sentencioso, Juan de Dios. Y como Antón, con un destello de susto entre las lágrimas, quisiera penetrar la palabra del santo, le tranquilizó en seguida, puesta una mano en su cabeza: -No llores, criatura. Escucha: yo no podía irme ahora contigo y dejar a toda esa gente que espera a la puerta; pero te daré quienes te acompañen y velen mejor que yo a tu enferma.

Fue, pues, en busca de Felipe y Fernando Amor, y a ellos les encomendó cuidar de la apestada cuya vivienda les indicaría aquel muchacho. Sin demora, se pusieron en marcha los tres. Mal hubiera podido, en su apresuramiento y ansiedad, reconocer Antoñico al caballero soberbio desaparecido en plena fiesta de desposorios, bajo la apariencia miserable e inválida de uno de los humillados mozos que ahora seguían sus pasos hacia la morada de doña Elvira. En cuanto a don Felipe, jamás, ni entonces ni nunca, había reparado en el paje de su abandonada novia. Juntos iban sin conocerse ni sospecharse. En cambio, don Fernando, que por primera vez lo veía, experimentaba a su presencia alguna especie de inexplicable, confuso, angustioso, presentimiento… Ensimismados, taciturnos, atravesaron la ciudad solitaria. Sus pasos resonaban en las callejuelas, ante las cerradas ventanas; por las esquinas huían los perros; sólo agua y cielo y los pajarillos del aire parecían inocentes en Granada. Andaban ellos sin cambiar palabra; avanzaban y, conforme avanzaban, crecía la opresión de sus corazones. Casi que les estallan en el pecho cuando, llegados a una calle que le era a todo familiar, el guía se detuvo ante la temida puerta, y entró en el zaguán, y empujó la cancela y se metió en el patio. Miradas de espanto se cruzaron entre los dos hombres. Pero su vacilación no duró más de una centella: ninguno de ellos ñaqueó en la prueba. Escaleras arriba, siguiendo juntos hasta llegar a la alcoba por la que un tiempo habían batido de acuerdo sus corazones enemigos…

Inútil parece proseguir: lo que importa, queda dicho. Encontraron muerta ya a doña Elvira en la casa desierta. Al verla, cayeron de rodillas a ambos lados de su cuerpo y encomendaron su alma a Dios, mientras que, a los pies de la cama, se retorcía Antoñico en alaridos y sollozos. A don Fernando correspondió el triste privilegio de amortajarla con sus manos; entre tanto, colgados los inútiles brazos, contemplaba don Felipe el horrible estrago de la muerte. ¡Qué dolor!… Sobre el macilento pecho, una crucecita de oro relucía.

Pasó la peste, dejando a Granada en más desolación que arrepentimiento. Fue balde de agua volcado sobre una hoguera furiosa: lleno de escoceduras y llagas, se queja el fuego y ya dimite: cede, parece que va a sucumbir; pero es sólo para recobrarse luego con mayor ferocidad. Todo aquel encarnizamiento, apenas contenido por la plaga, debía explotar años más tarde en la sublevación de los moriscos, a cuyas resultas se remonta la postración en que todavía, hasta hoy, languidece el antiguo reino. Pero, con todo, algunos pocos escarmentados, desengañados o advertidos, acudieron por entonces en busca de nueva vida junto al maestro Juan de Dios, engrosando así aquella pequeña comunidad que, bajo su ejemplo, había luchado contra la plaga, vencido el terror y salvado el nombre de humanidad, sin que la peste misma se atreviera contra su heroísmo piadoso: pues ninguna de las abnegadas cabezas -como se refería con admiración, achacándolo a milagro- había sido marcada por su dedo. Y esta señal de bendición fue lo que más movió a la gente en favor de la santa compañía. Entre todos sus seguidores, Juan de Dios prefirió siempre en secreto a aquellos dos caballeros de quienes aquí se habla, don Felipe y don Fernando Amor, asistentes suyos en los más rudos trabajos; y cuando sintió acercársele la hora del tránsito, a ellos eligió para testigos únicos de su muerte: los llamó a su lado y les pidió su ayuda para levantarse del lecho, pues había perdido sus últimas fuerzas. Abrazado al cuello de Felipe, sostenido en los brazos de Fernando, irguió su cuerpo flaco; e hincándose de rodillas sobre la estera de esparto, apoyados en el jergón los codos, y entre las manos juntas un crucifijo, tal como se lo puede ver en el cuadro, estuvo orando hasta el final, mientras los dos hermanos lloraban en silencio, apartados a un rincón…

La fama del santo cundió pronto, a partir de Granada, por toda la Cristiandad, llegando también hasta el lugar de su nacimiento. Monte mayor el Nuevo, en Portugal. Allí recordaron entonces con testimonios varios que. El día de la venida al mundo de este bienaventurado Joao de Deus, entre otros prodigios, se había visto una gran claridad en el cielo, y las campanas de la iglesia repicaron sin que nadie las tañese.

(1947)


El Doliente

<p id="_Toc168514499">El Doliente</p>

"Ya vuelve Ruy Pérez", dijeron en un susurro los labios resecos del rey; y sus párpados cayeron de nuevo sobre las dilatadas pupilas. Horadando el espeso rumor de la aceña, le había llegado a los oídos desde el bosquecillo el son de una trompa de caza, insinuado apenas, luego ahogado en el agua. Aguardaba ahora el chapoteo de los caballos sobre el fango; enseguida, el ruido de sus cascos amortiguado por las hojas secas de la calzada; y, en fin, sus pisadas batiendo con tintineo metálico sobre las piedras del patio.

Inmóvil, retrepada la cabeza, brazos y piernas extendidos, el rey esperaba con paciencia infinita. Allá, el trajín de las cuadras, el chirriar de goznes y cerrojos, el confuso, irritado barullo de una disputa; y, por último, cada vez más cercanos en la escalera, los pasos de su montero. No bien lo tuvo ante sí, preguntóle don Enrique:

– ¿Me dirás, Ruy Pérez, qué le ha pasado a mi yegua alazana, que viene renqueando?

Sin darle respuesta, cerró calmosamente el montero la puerta de la cámara, y alzó ante el lecho de su señor una garza hermosa que había cobrado. Dejó caer luego el trofeo en una banqueta, y contestó:

– ¡Nada fue, señor! Se clavó una espina en la mano izquierda; ya el albéitar la está curando. Mas ¡qué pronto conoció mi señor que era su yegua!

– ¡Ah, Ruy Pérez, maldito! El día entero cabalgar y cabalgar. ¿Para qué?

Una débil llama de furor incorporó al rey en su catre: izado sobre un seco brazo cuyo codo se hincaba en el jergón, arqueó el torso e irguió la frente. Pero enseguida tuvo que desistir del esfuerzo: la cabeza se le desplomó de nuevo en el cabezal.

Entonces rebulló en su rincón el ama Estefanía González, que en toda la tarde no se había movido, y acudió a embozar a don Enrique. Sus manos ágiles arreglaron los pliegues de la frazada, el pelo húmedo en la frente ardorosa del enfermo. Este le mandó una sonrisa lastimera: "¡Viejecilla loca, madre Estefanía!" Y se quedó sosegado, mientras se retiraba a su sitio sin pronunciar palabra. Le bastaba al rey la presencia, la mera y muda presencia del ama Estefanía, cuyos pechos nutrieron su flaca infancia, para sentirse sostenido. Era algo como una renovación de las raíces de la vida, como el reflujo de aquellas oleadas calientes que, veintiún años atrás, enviaba a su cuerpecillo de recién nacido, con el golpe de la leche, el cuerpo recio de la mujerona. ¡Ay! ¿Quién, por aquel entonces, hubiera podido imaginarse lo que sobrevendría corridos breves años? Nunca se pudo averiguar en la Corte el maleficio; pero el caso es que, a un tiempo mismo, con diferencia de días, una calentura maligna calcinaba los huesos del rey niño, arruinando para siempre su salud, y la nodriza sufría un envejecimiento prematuro: la que era fresca y graciosa perdió de pronto la lozanía y el seso; consumiéronse los miembros, y comenzó a desvariar… Dicen que, al verla en tal miseria, su otro hijo -el verdadero, el hijo de la carne, aquel Enrique González que había crecido en los patios del castillo protegido de los extremos de la befa por el ceño del rey, siempre dispuesto a cubrir con su autoridad la indefensión de su hermano de leche-; dicen que este desdichado Enriquillo González se dio a reír con un raro júbilo cuando vio a su madre caída en la demencia, como si quisiera dar a entender que la recuperaba y se reunía con ella en esas tinieblas, después de haberse sentido descastado, privado de su natural alimento, relegado y preterido en beneficio del infante real. El infante, en cambio, había llorado en su cama, tapada la cabeza con el cobertor, durante horas enteras, en la congoja de sentirse abandonado por su aya, que se iba de sí cuando más falta le hacía… Pero hubo de resignarse, y pronto halló consuelo. Cierto que, enajenada, ya no era la misma, que ya no era apenas sombra de lo que había sido: ni gobernaba la casa, ni la animaba con sus decires como antes; pero siguiera estaba ahí, permanecía junto al doliente, quieta y silenciosa, haciéndole compañía. Y sólo cuando, alguna vez, prorrumpía en gritos inhumanos, era menester sacarla de la cámara y llevarla a encerrar en una torre. Pero esto acontecía muy de tarde en tarde, cada vez con menos frecuencia, y hasta parecía que ya por último el mal quisiera abandonarla…

Volvió, pues, la vieja a sentarse en su escabel, junto a la ventana, mientras que, por su parte, Ruy Pérez se dejaba también caer en el banco, apartando un poco la garza que le había ofrecido al rey. Estiró las fatigadas piernas y, tras una pausa, notificó a don Enrique:

– Señor, hoy he sabido algo que me da pesadumbre: Alonso Gómez, con toda su gente, ha entrado al servicio del obispo don Ildefonso.

– ¿Eh? ¿Cómo lo supiste? ¿Será cierta la noticia? -Conocía muy bien el rey que no podía dejar de serlo; más de una vez se había inquietado, durante los meses anteriores, por la dilatada ausencia de su vasallo, esquivo y huidizo, y si nunca había preguntado, era porque temía saber. Pero la desolación de su alma buscó todavía un apoyo en las dilaciones de la duda-: ¿Es cierta la noticia? -repitió con desmayo. Y luego, sin aguardar confirmación, su boca se amargó con el comentario-: ¡Dios me valga: otra deslealtad!

Pero el montero no le consintió escaparse en el alivio de la queja:

– Señor, a Alonso Gómez son ya los sueldos de tres años corridos los que se le están debiendo…

– También a ti, Ruy Pérez, también a ti se te deben tus sueldos, y aún no me has abandonado.

– Señor: si abandonáis a vuestra gente, siendo el rey ¿cómo pensáis que los vasallos no os abandonen?

Nada replicó don Enrique. En el silencio de la cámara se podía percibir su respiración ansiosa. Entornó los ojos, y ya quería refugiarse en el sueño cuando le volvió a acosar la voz áspera de su montero refunfuñando:

– No, no ha de faltarles cuidado a los halcones del rey de Castilla mientras Ruy Pérez tenga vida. Falta, sí, que el rey mismo no nos falte a nosotros…

Sintió poco después don Enrique el golpe de la puerta que se cerraba a espaldas del montero, las pisadas que se perdían escaleras abajo; y nada más. Pasó un rato. Comenzaba otra vez a quedarse traspuesto -los martillazos falsos de la herrería, el acre olor a pezuña cercaban sus adormilados sentidos- cuando un perro, saliendo de bajo su cama, se acercó a olisquear su mano que colgaba fuera de la sábana. Crispada al contacto húmedo del hocico, la mano del rey se levantó despacio para acariciar la cabeza del animal; pero tanteó en el aire sin tropezarla; el perro se había alejado ya para ir a olfatear la garza abandonada sobre el banco.

– ¡Ay! ¡Ay! Este mal, yo lo llevo prendido como se prende el alano a la oreja del jabalí, y no puedo arrancármelo del cuero… Y ¡qué duro es para un enfermo este invierno en tierras de Burgos! -consideraba a media voz don Enrique, haciendo queja de sus reflexiones-. Todo parece muerto; muerto y sepultado y olvidado para siempre. Y yo, ¡pobre de mí!, yo, el rey de Castilla, ¿habré de consumirme en esta cama de mis tormentos? Mis miembros están entumecidos… -prosiguió el lamento tras una pausa, dirigiendo ahora hacia Estefanía la quebrada voz-. Di, nodriza: ¿no me haría bien levantarme un rato, mudar de postura? -Y luego, impaciente-: ¡Dime, contesta! Nunca me resigno a creer que no me entiendas, quieta ahí como una piedra, como piedra astuta que mira sin decir nada…

Un leve rubor de ira coloreó por un momento las pálidas mejillas, para desvanecerse de inmediato. Apartando las cobijas, sin ayuda, con un tirón nervioso, se echó del lecho y, vacilante, fue a acomodarse en el gran sillón instalado junto a la ventana. Entonces sí acudió el aya a tenderle un manto sobre los hombros y a remeter luego sus bordes alrededor del cuerpo arrebujado.

– Me arropas, me envuelves como a una criatura. Eso sabes hacerlo. Eso es lo que de ti resta, nodriza; y eso es también, ¡ay!, lo que resta de mí.

Se sumió la voz del rey entre los ruidos fatigosos que salían de su pecho. A poco, también comenzó a apagarse su agitación y quedó en fin sosegado, perdida la vista en la ventana. Desde su asiento divisaba el patio solitario, confinado por un recio muro sobre cuyo borde asomaban sus ramas una hilera de chopos, desnudos de follaje. Arriba, el cielo cerrado. Y al fondo, en un rincón del patio, una tabla que se pudría en la humedad… Cansado, recogió don Enrique los distraídos ojos y dejó caer la mirada sobre sus flacas manos, acostadas en el regazo. "Hoy Ruy Pérez me ha traído una garza -barajaba, indolente, su pensamiento-; una espléndida garza: ahí está. ¡Garza real!… ¿Qué día será hoy? El día se acaba; ya cae la tarde; cae."

En esto, la bien conocida risa de su hermano de leche, la risa del Enrique González, estalló fuera y atrajo de nuevo hacia el patio la atención del rey. Helo ahí, chanceando con un mozo de cuadra. El mozo llevaba un saco al hombro, y Enrique González le ha tirado del brazo hasta hacerle perder el equilibrio. Y mientras el hombre, rehaciéndose, blasfema e intenta limpiarse el barro de la mano sobre la pelambrera del idiota, éste alza en sus brazos fornidos el saco: fuerzas le sobran para echárselo a la espalda y, así cargado, correr hacia el establo, ante el mozo de cuadra que, medio furioso medio divertido, sigue su contoneo. Uno tras otro, han desaparecido ambos por la puerta del fondo, y ya no queda en el desierto patio sino la fila de pisadas, interrumpida por el resbalón fangoso en un remolino de huellas. Don Enrique se ha quedado pensando en ese muchachote que tiene su misma edad, pero que ha crecido tanto, tanto, y cuyas manos enormes nunca cesan de moverse y agarrarlo todo. "Vedlo ahí, en la nieve y en el frío -cavila-, rebosante de energías; de aquí a poco rato saldrá para echar sus reteles en las acequias, y volverá muy ufano con las manazas enrojecidas por los alfilerazos del hielo, y llena de cangrejos la alforja; se sentará junto a la chimenea, los hervirá en un pote; no entenderá las pullas de los mozos y, sin responderles, seguirá chupando sus cangrejos hasta que, por último, quiera tumbarse a dormir en un rincón de la cocina. Y dentro de diez, de veinte, de treinta años seguirá, haciendo lo mismo. Lo mismo que hoy, resonarán entonces sus risotadas en el patio. Hasta que Dios lo disponga… ¿Y yo?, ¿cuándo seré llamado al seno de Dios? Pues yo, ¿qué hago yo? Dar vueltas en esa cama y darle vueltas en el magín a las cosas que no tienen compostura. Así, hasta que Dios quiera. ¿No valdría más?… "

Exasperado, prendió el cordón de la campanilla y lo sacudió con estrépito; luego, caídas las manos y la vista clavada en la puerta, se quedó aguardando. Pasos ligeros en la escalera anunciaron la llegada de un paje.

– Que suba enseguida Ruy Pérez.

– Ruy Pérez, señor, volvió a salir; no está en el castillo.

Se hundió el rey en un tan dilatado silencio que las pocas palabras cruzadas con el niño llegaron a sentirse como cosa indeciblemente remota, y éste, parado a la puerta, se tuvo por olvidado.

– ¡Señor! -susurró.

– Pues que venga entonces Rodrigo Álvarez -fue, por fin, la orden que lo despedía.

Cuando, tras alguna espera, volviera a abrirse la puerta sería para dar paso a un hombre cano, barbado y lleno de parsimonias.

– ¿Cómo se entiende, Rodrigo Álvarez -le dijo don Enrique, no bien lo tuvo ante sí-, cómo se entiende que el rey haya de pasar la vida solo, sin que nadie lo asista, a no ser esta pobre Estefanía, tan necesitada ella misma de atención?

– Bien lo sabéis, señor: vuestra aya es la única persona que toleráis al lado; nadie más se atreve a aportar por esta cámara, si no es llamado. Además, lo sabéis también, cada cual anda afanado en su quehacer, y ése es el mejor servicio que todos podemos hacer al rey, en los días que corren y tal como van las cosas.

– Siéntate aquí a mi lado, Rodrigo Álvarez, amigo. Ves que mi salud mejora; quiero que me pongas al tanto de todas las novedades.

El anciano se acarició la barba y, tras estudiada pausa, empezó a decir:

– No quisiera, en verdad, don Enrique, agobiar vuestro ocio de enfermo con tan ásperos cuidados. Pues si me lo demandarais, sólo malas nuevas podría daros. Mas ¿de qué os valdría conocerlas, señor, si ya nosotros acudimos al posible remedio?

– Habla, te digo.

Entonces el mayordomo, en un discurso de ensañada insistencia, lento, minucioso, preciso, comenzó a relatar los desmanes que, sin tregua, venían cometiendo los señores del reino contra los derechos de la Corona. Bosques destruidos, rebaños robados, villas expoliadas, rentas usurpadas, vasallos seducidos o vejados, siervos oprimidos -todo esto iba cobrando cuerpo y se amontonaba en la implacable abundancia de los detalles aducidos por el mayordomo, incansable y formal, como se amontonan al pie de su vieja fábrica los escombros de un bastión arruinado.

A duras penas seguía don Enrique la maraña de hechos que su servidor refería con abrumadora copia de circunstancias, nombres y fechas: tal intriga se había alcanzado a conocer por obra de la casualidad, tal otra felonía había sido delatada por un pechero, quejoso de malos tratos… Temblaba el rey, como quien se siente mirado y observado desde cien puntos diferentes, sin poder ver a los que acechan.

– ¡Basta! -dijo-. ¡Basta! -gritó, rechazando con las manos el montón de infamias. El mayordomo cortó en seco su informe, y permaneció mudo. Las manos del rey habían recogido en su hueco la frente pesada, las cejas doloridas-. Si Dios me da fuerzas, este verano habrá de ponerse orden en todo.

Dios quiso darles fuerzas. Pasado que fue el rigor de los fríos, don Enrique empezó a sentir mejoría: se hizo peinar la barba, pulir las uñas, y pronto inició sus salidas al campo en breves excursiones de caza. Más que en el vigor todavía resentido y vacilante del propio cuerpo, notaba su restablecimiento en las gentes de alrededor: así como los animales del bosque abandonaban sus cubiles en las quietas nieves, y aun se atreven a asomar los hocicos al poblado, pero huyen de nuevo para sus guaridas a la menor señal de alarma, así también, cuando el rey levantaba la vista empinado sobre su dolencia, escondíanse todos los ojos que con disimulo habían estado cercándolo; y eran ojos innumerables, eran todos los seres del bosque, eran todas las gentes del reino, era el mundo entero, que espiaba sus movimientos y estaba atento a las alternativas de su respiración…

Don Enrique fatigaba su magín buscando los medios con que restaurase la autoridad de la corona; mas la acción esforzada que a la postre intentaría para ello, y que pareció por un momento destinada a rectificar el torcido curso de sus asuntos, comenzaba a gestarse a espaldas suyas. Era en verdad algo que ya estaba ahí, soterrado, desde años; algo que había sido incubado en el seno de sus fiebres y de sus interminables vigilias; algo madurado, sabido, esperado. Y sin embargo, ahora, al erguirse y tomar bulto y ponerse en movimiento -como una culebra que hasta el instante en que se despereza su lenta seguridad hubiera podido confundirse con la rama seca de un árbol-, se revelaba fruto de condiciones todavía ignoradas por él mismo.

Así, uno de aquellos días en que, avanzada la primavera, había el rey salido a cazar, y cuando llegada la tarde, entre alegre y rendido por el esfuerzo de la jornada, emprendía con su séquito el regreso al castillo, ya habían empezado a tejerse en el fondo de éste, entre las chuscadas de servidores groseros que entretenían su ocio en torno al fogón, las primeras fibras de la estofa con que el acontecimiento debía tramarse. Bien ajeno a todo cabalgaba el rey; pero su cabalgar taciturno le acercaba paso a paso al único acto de fuerza que cumpliría en su reinado, y para cuya consumación necesitaría reunir el desdichado sus energías todas. Si queremos conocer ese hecho hasta en sus primeros orígenes tendremos que descender, pues, a las cocinas y avenirnos a escuchar allí la conversación llana, tosca y vulgar de la gente menuda. Su punto de arranque había sido el azar de una pregunta envuelta en el bostezo de un pinche: ¿Cuándo comenzaban a guisar la cena? – Eso -fue la respuesta del cocinero-, pregúntaselo al señor mayordomo, que es quien te lo podrá decir. Aunque si escuchas mi consejo, más te valdrá no gastar en averiguarlo arrestos, no sea que no haya luego con qué los repares. -Algunas risas pusieron mohíno al muchacho; pero, animado por ellas, su jefe prosiguió la chanza: – No reírse: él tiene hambre, y pregunta. Di, mozuelo, ¿tienes hambre?

– A nadie le importe si la tengo o no; eso es cuenta mía. Sólo que, como veo que ya se va haciendo noche y estará el rey al llegar…

– Pues ¡bueno! ¡Ahí va la gran noticia! Escucha: hoy no se guisa cena. ¿Qué dices a esto? ¿Qué te parece? ¿Nunca habías oído que todo un rey carezca hasta no tener qué llevarse a la boca? Pues alégrate, que en eso vamos imitando todos al Rey de los Cielos, más glorioso cuanto más pobre. Hoy todos ayunaremos con el rey de Castilla, y ésa será penitencia de nuestros pecados.

– ¿Qué burlas son éstas, señor don caldero? -reconvino desde la puerta la voz grave del herrador-. Por demás triste es el estado a que está llegando el rey, para que hagamos gracias a costa suya.

– Pero ¿creéis vos que me burlo? Le decía a este muchacho que se prepare a ayunar, pues ya tiene años para cumplir el precepto; y le instruyo además con el ejemplo de nuestro Salvador, para que no se le ocurra tener en menos al rey don Enrique viéndole reducido a tanta miseria. ¿De dónde salís vos? He dicho que no hay cena, y no la hay; veras son éstas, que no burlas. Si tanto os pesa, a vos y a otros, y aunque sólo sea para que este chico deje al fin de bostezar, ¿por qué no te acercas tú, Maroto, tú que eres allegado a esa santa casa, por qué no te acercas a las puertas de Su Señoría, a ver si los criados del señor Obispo quieren echarte en una escudilla las sobras del banquete que ayer ofreció su amo? Puedes pedir la limosna en nombre del tuyo: ¿por qué no habría de mendigar el rey de Castilla?

– ¡Buen obispo nos dé Dios! -exclamó el nombrado Maroto. Y luego de una estudiada pausa, comenzó a referir a sus camaradas los pormenores del festín a cuyo servicio había ayudado la víspera. Era mozo trotamundos, sabía hacerse escuchar. Con palabras y gestos, ponderó el lujo del banquete ofrecido a los señores del reino por el prelado, exagerando las pingües vituallas, la gula y el despilfarro. Enseguida -baja la voz y en tono sentencioso- hizo notar que todo aquel glotón desenfreno venía a preludiar el de los corazones: pues los potentados de Castilla se habían reunido a la mesa del obispo don Ildefonso, no tanto para henchir los bandullos hasta quedar ahítos, como para trinchar el reino, desmembrarlo y repartirse sus tajadas, expoliando al Doliente.

– Cerca ya de los postres empezó el obispo a abordar la cuestión, y todos quedaron pendiente de sus labios. Ya conocéis su arte; es un gran sabio. Y yo, que andaba por allí con librea de la casa, lo miraba sin perder palabra: quien no lo haya oído no podrá imaginar tal maravilla…

– Pero, ¿qué decía? -le interrumpió uno.

– ¿Qué decía? ¡Ah! Yo no me cansaba de mirar su mano, moviéndose ante él como una torcaz que, posada al sol, se esponja y se alisa el plumaje. ¿Y su cara?, ¡qué dignidad! ¿Y aquellas sus palabras, que le salían de la boca espesas y seguidas como las ovejas del redil? Yo, amigos, no le quitaba ojo de encima. Y así, pude notar cuando nadie lo notaba todavía algo que le estaba ocurriendo. Otros no se dieron cuenta; yo, sí: el rebaño de palabras se le agolpó en los labios y, pasado el atascón, volvió a derramarse en desorden hacia fuera, mientras que la mano, con alarma de pájaro sorprendido, se quedaba parada un instante para agitarse luego, inquieta. Nadie se percató, y él pudo seguir su discurso; pero yo no le quitaba la vista; y vi cómo su frente enrojecida manaba gotas de sudor; gotas y más gotas que, empapándole las cejas, le chorreaban como un llanto.

Parecía que fuera a darle un mareo… Hasta que…, ¡zas!, volvió a cortársele el discurso, y esta vez sin disimulo posible; se puso en pie, y aquel rostro siempre bermejo palideció hasta quedar amoratado. Lo miran todos con asombro; y las palabras que ahora está pronunciando, levantado y con lentísima voz, son éstas: "En fin, mis señores: para que mi dignidad no cohíba vuestro juicio ni pese en vuestra decisión, os dejo por un rato en compañía de mis palabras, aunque libres de mi presencia." Y enseguida, empujando atrás la silla, que derribó al salir, escapó del comedor sin atender ruegos. Los criados obligados a seguirle tuvieron que correr -¡correr, sí!- tras Su Eminencia por la galería, hasta su cámara… Cuando, pasado un tiempo, regresó a la sala, ya compuesto, sosegado, pero todavía lívido, le fue imposible reanudar su discurso: los señores habían acabado entretanto con el vino, y el vino a su vez había acabado con los señores.

Maroto guardó silencio, complaciéndose en la impresión que su relato había producido, mientras que sus palabras eran rumiadas por los oyentes. Sólo aquel pinche cuya pregunta sobre la cena abriera la conversación volvió a inquirir ahora por qué Su Señoría había salido del comedor tan intempestivamente. Un coro de carcajadas acogió la perplejidad del muchachote.

– ¡Siempre se han de burlar de mí, por Dios! -profirió, corrido.

Se extinguieron las risas y, sobre ellas, comentó la voz grave del herrador:

– Pues no hay peligro en cambio de que tales accidentes ocurran en esta casa. En cuanto al señor prelado, parece que no escarmienta. Recordad aquella vez, va para tres años, que en plena misa solemne hubo de abandonar el altar, dando lugar a murmuraciones sobre el cumplimiento del ayuno… Pero, en fin, maestro -añadió dirigiéndose ahora al cocinero-, ¿es que nosotros vamos a ayunar sin obligación? Disponed ya lo que deba prepararse y servirse, poco o mucho, que es tarde y don Enrique estará a punto de regresar.

– ¿Lo que ha de servirse? ¿Y qué ha de servirse?… Ven acá, mozuelo -gritó el cocinero a otro muchacho que estaba en un rincón haciendo soga-, ven y declara a quien lo desee oír qué es lo que has conseguido hoy cuando el mayordomo te envió en busca de provisiones.

– Malas palabras es todo lo que traje para casa -contestó el mandadero-: ni carne, ni pan. Y aun quisieron arrojarme las pesas a la cabeza cuando pregunté si acaso la palabra del rey no vale ya una onza de vaca. Plata y no palabras quieren.

Se hizo un silencio. Al cabo, reflexionó alguno:

– A esto teníamos que llegar cualquier día. Enfermo el rey, sin fuerzas para tirar de su alma, cuanto menos para tener en respeto a los malos vasallos que niegan lo que deben y todavía roban lo que no les pertenece, ¿qué otra cosa se podía esperar sino esta ignominia? ¡Pobre de mi señor, que en medio de su reino es un cautivo cargado de cadenas!. Ahí viene ya: cómo me duele que tenga de encontrarse con esto…

En efecto, fuera se estaba oyendo el tropel de los que llegaban y desmontaban en el patio. Subieron, pues, los cazadores al salón, y don Enrique mandó pedir la cena. Este fue el momento en que sus manos toparon con aquellas primeras fibras de la trama, y empezaron a enredarse en ella. Pasaba rato y rato, y la orden del rey no era cumplida. Por tres veces tuvo que reiterarla, displicente, impaciente, irritado, y cuando ya iba a tocar los límites del furor compareció a su presencia el cocinero, demudado, para notificarle: – Señor, no tenemos cena.

– Y ¿cómo así?, ¿qué ocurre? -gritó don Enrique-, ¿dónde está el mayordomo? ¡Que venga inmediatamente! -don Enrique estaba cansado y hambriento; el acento de su cólera tomaba por instantes inflexiones tristísimas, vetas de desolación. Y los hombres de su compañía, que andaban por allá desciñéndose las espuelas, acomodando sacos y zurrones y comentando la jornada, se volvieron al oírlo, prestaron atención y quedaron suspensos.

Ahora el cocinero pretendía explicar: había salido el mayordomo Rodrigo Álvarez con un pequeño destacamento a cobrar como pudiera algo de lo que era debido al rey, y juró al partir que no volvería si no era trayendo dineros… Hizo una pausa, tomó ánimos en la estupefación de don Enrique, y agregó: – Señor: el dinero ya se nos había acabado tiempo ha; hoy se nos acabó también el crédito.

Las miradas todas están puestas en el joven rey: una oleada caliente sube por sus mejillas pálidas hasta los ojos, que se distraen en el campo anochecido, a través de la ventana. Tras larga, penosa expectación, lo ven en fin quitarse la capa y entregarla al cocinero: – Mándala a empeñar, Juan.

Se inclinó el hombre tomando la prenda y dejó a los señores en silenciosa espera. – Toma, corre, ve a empeñar esto -ordenó a un mensajero, no bien hubo bajado a la cocina-; que el rey se desabrigó por fuera para que podamos abrigarnos por dentro. Ve y trueca lana por carne; y Dios quiera no deparárnosla demasiado dura, así tengamos la fiesta en paz.

El muchacho corrió a la ciudad, rodeó las empinadas calles a espaldas de la catedral, y puso la capa en manos de un judío, quien, desplegando la tela, miróla del haz y del revés, preguntó: – ¿Dónde la has hurtado? -y, por último, vuelto de espaldas, sacó de una gaveta una pieza de oro y se la entregó sin añadir palabra…

La cena fue sombría. Callaban todos al comienzo, devorando el guiso que, a prisa, a prisa, había aderezado el cocinero. Pero conforme la salsa, sazonada con romero y tomillo, y el áspero vino de la tierra entonaron los corazones sin disipar el humor sombrío, se comentó con rabiosa amargura el contraste entre la actual pobreza del rey y el fausto insolente de sus grandes vasallos. Los comentarios habían comenzado en voz baja, entre vecinos de mesa; mas pronto se extendieron y cruzaron por encima de la tabla como jarro que se derrama, y los susurros apagados por la ira se fueron elevando al tono vibrante de la indignación. Su luz prestaba, sobre todo, un brillo crudo a los detalles del festín que la víspera se había celebrado en el palacio del obispo don Ildefonso; se aducían con ofendida vehemencia muestras increíbles de disipación, alegría escandalosa y pagano despilfarro.

El rey comía absorto y en silencio. Pero, acabada la cena, se apartó con Ruy Pérez, su montero, y ambos resolvieron preparar un golpe de mano que redujera el poder de los crecidos señores. Para ultimar sin estorbo durante ella los pormenores del plan, se dispuso una nueva salida de caza, con sólo las gentes que el propio Ruy Pérez seleccionaría.

Y así, dos días más tarde partieron antes de rayar el alba los llamados a participar en la conjura, y cabalgaron cosa de legua y media. Mientras los sirvientes iban delante con los perros, atrás los señores, en tropel apretados alrededor del rey, discutían el cómo y cuándo… Concertado, pues, fijado y ajustado con detalle, descabalgaron en un bosquecillo y se agruparon a la sombra de un roble para tomar descanso antes que se emprendiera el ojeo. Ahora, ya que todo estaba dispuesto, se discurría con nervioso regocijo sobre las consecuencias del golpe, que había de restituir al rey un poder "roído por las ratas de la traición", castigando la soberbia y el abuso de los magnates.

Separado del corro, escuchaba don Enrique la charla ruidosa de sus amigos, que se quitaban la palabra y se ofrecían vino los unos a los otros celebrando por adelantado el éxito de su proyecto. Y cuando, pasado un rato, quiso el rey abrirse paso entre el grupo entusiasta, necesitó apoyar con insistencia su mano en el hombro de Ruy Pérez que, en aquel instante, mantenía alta la bota de vino para recibir en el gaznate un delgado chorrillo de transparente rojez. Se apuraron todos entonces a ofrecerle al rey algo que comiera; pero don Enrique hizo una indicación a su montero y éste dio órdenes; sonaron las trompas, se reunió la gente, y Ruy Pérez dispuso el súbito regreso. Enseguida cundió la noticia entre los sirvientes: el rey se había sentido repentinamente enfermo.

Por sus pasos contados vino a cumplirse, pues, el hecho de fuerza que agotaría las del Doliente. Dos semanas habían transcurrido desde aquel día, cerradas a piedra y lodo las puertas del castillo, y ahora acudían a él los señores todos del reino desde sus diversas tierras y lugares. Conforme iban reuniéndose en los patios traseros los séquitos de los grandes, se hacía más espeso entre las gentes el rumor de la muerte del rey. Palafreneros y espoliques atendían a las bestias apremiando con gritos e injurias a los mozos de cuadra; pero los criados y escuderos de los magnates platicaban entre sí acerca de las causas de la asamblea convocada y de las consecuencias que eran de prever. Nadie sabía nada a punto fijo; pero todos encubrían su ignorancia bajo alarde de reserva; y así, el ambiente de duelo era cada vez más denso: prestaba preocupación a las caras y moderación a los acentos.

Mientras tanto, los grandes señores, congregados en el salón de ceremonias, cuchicheaban cerca de las ventanas en grupos que se disolvían y fundían entre sí cada vez que era abierta la puerta de la estancia para dar paso a un nuevo potentado. Último en llegar, es el maestre de Santiago, don Martín Fernández de Acuña: trae el hábito de su orden sobre la armadura; se ha detenido en la puerta, y saluda con jovialidad ruidosa a los reunidos. Viendo entre ellos a su primo y cuñado el almirante don Juan Sánchez de Acuña, abre los brazos y lo estrecha, pidiéndole nuevas de su casa: – ¡Tres años que no nos vemos, hermano! -le dice. Y luego, llevándoselo a un rincón y bajando la voz, le pide informes acerca del caso para que han sido allí reunidos. "Parece -le explica el almirante- que el rey está en trance de rendir el alma, y quiere hacer público testamento. Pero de cierto nada se sabe…" Quedan callados un momento: el maestre, con la cabeza alta sobre la blanca orla de su barba bien cuidada; el almirante, baja la mirada, contempla distraído las uñas de su mano izquierda. Cerca de ellos otro pequeño grupo recuerda las alternativas de la salud del rey, queriendo penetrar los designios de la Providencia. Después de acometido por el mal -cuenta alguien allí- se le afeó el semblante y se le agrió el ánimo como si quisiera ponerse a la par de un cuerpo flojo, incapaz de emprender cosa de provecho y aun negado a cualquier alegría.

– He oído decir a quienes hace poco lo han visto que tiene ya retratada la muerte en su casa y que su aliento mismo declara con su fetidez cómo la lleva consigo, encerrada en el cuerpo -tercia otro-. Entiendo que hemos sido llamados a escuchar su última voluntad.

En esto, la puerta se abrió con un gran golpe. Todas las conversaciones quedaron cortadas; todos los rostros se volvieron a ella; todos los ojos concurrieron allí. Y vieron entrar, con pisada firme y lenta, armado de todas armas y encarnizados los chispeantes ojos en medio de un semblante blanco de ira, aquel mismo rey don Enrique a cuya agonía pensaban asistir. Se adelantó, pues, hendiendo el estupor hasta el centro de la sala y, parado ahí, tras helada pausa, con un tono compuesto y una voz despaciosa que disimulara su alteración, se dirigió el rey a sus vasallos:

– Señores -les dijo-: antes de haceros saber para qué os he reunido, una cosa quisiera yo averiguar de cada uno, y es ésta: ¿cuántos reyes habéis conocido en Castilla?

– Los magnates, desconcertados, cruzaron entre sí miradas de asombro y, no imaginando a dónde iría a parar con su extravagante cuestión el melancólico rey, callaban. Pero éste insistió en ella con voz aún más apagada y lenta:

– Vamos, señores. ¿cuántos reyes ha conocido en Castilla cada uno de vosotros?

Sólo después de un largo espacio el condestable don Alfonso Gómez Benavides, sostenido en el brazo de su nieto que le acompañaba a la reunión, tomó la palabra y dijo:

– Señor, parecería que huelga inquirir de cada uno lo que yo, por más viejo, puedo responder en nombre de todos. Cinco reyes han conocido en Castilla mis largos años. Al comenzar la dilatada carrera de mi vida tenía el reino don Alfonso, y lo agrandaba sin tregua ni descanso. Una peste, envidiosa de su gloria, impidió cortándole la vida que ensanchase sus estados al tamaño de su grandeza. Y dueña ya la envidia del reino, lo desconcertó y enflaqueció en las luchas de dos reyes hermanos, don Pedro y don Enrique, vuestro abuelo, de quien tenéis, señor, el nombre y la corona. Conocí luego el reinado de vuestro padre, don Juan; y por último, señor (y tal vez vuestra mente, demasiado tierna entonces, no haya guardado memoria del día en que os besé las manos de niño reconociéndoos rey), por último… Bien quisiera que mis ojos cansados se cerraran para siempre sin haber visto otro más: ¡hartos son cinco reyes para una vida!

Refrenando por respeto la cólera había escuchado don Enrique el discurso del anciano, en cuya demora hallaron los demás nobles espacio para cavilar su preocupación. Pero las últimas palabras, trayendo a lo vivo la ocasión engañosa de aquella asamblea, reavivaron con su imprudencia la regia ira; y así, no bien hubo cerrado sus labios el condestable, le replicó el rey:

– Hartos son, en verdad, para una vida cinco reinados, y difícil de soportar la variedad de su poder. ¿Qué no sería si esos príncipes, en lugar de haber reinado por sucesivo orden, hubiesen reinado juntos, y si en lugar de cinco fuesen veinte?

Demudado por la furia, las primeras palabras habían salido, lentas y silbantes, de su pecho; pero tras la pausa de la primera frase comenzó a vibrar su voz, trémula al comienzo de la pregunta, y después cada vez más alta, hasta alcanzar el tono de la imprecación: – Pues ¡veinte!, ¡veinte, que no cinco, son los reyes que hoy reinan en Castilla! ¡Veinte, y aún más! Vosotros, señores, sois los reyes de ese reino; vosotros los que tenéis el poder y la riqueza; vosotros los que ostentáis autoridad, los que disponéis, los que mandáis y sois obedecidos… Pero yo juro por esos antepasados míos que nombraste, condestable Alfonso Gómez, juro que vuestro falso poderío ha caído de aquí en adelante, y no volverá a levantarse ya jamás en estas tierras.

Tornó la espalda el rey. Todas las miradas se alzaron entonces desde las losas del suelo hasta el penacho de su yelmo.

Luego que hubo desaparecido tras la puerta, quisieron ellos consultarse; pero no les dio tiempo la guardia que, invadiendo el salón, acudía a desarmarlos y prenderlos.

Mientras se daba así cumplimiento a las diligencias ordenadas para despojar a los magnates insolentes, dos criados desarmaban y desnudaban al rey, y le ayudaban a meterse en la cama. Don Enrique temblaba como una hoja, daba diente con diente.

Ya casi había pasado el estío y se anunciaba el otoño cuando el Doliente quiso levantar de nuevo la cabeza y dominar su postración y saber lo que se había hecho de sus prisioneros mientras tanto él estuvo sumido en fiebres y delirios. Nadie le daba razón; mas, como apretara e insistiera, vino a enterarse de que todos ellos se hallaban libres y tranquilos en sus moradas. Y supo más; supo con estupefacción que él mismo, el rey don Enrique, era quien había decretado esa libertad.

Cayó entonces en una sima de silencio. Por mucho que se esforzaba no le era posible recordar nada. Y ¿quién hubiera podido socorrer su memoria?, ¿quién?, ¿aquella pobre Estefanía acaso, que, sentada a la vera del lecho, le ahuyentaba las cansadas moscas?

(1946)


La campana de Huesca

<p id="_Toc168514500">La campana de Huesca</p>

En aquel tiempo en que los hombres sabían hacer dignidad del servicio y servicio de la vida, porque vivían para la muerte, un monje de sangre real fue sacado de la devoción en que vivía absorto, y elevado entre los hombres a ocupar el trono.

Hasta ese mismo instante había ignorado Ramiro el Monje su destino. Nacido para ignorarlo, creció y maduró en esa ignorancia -una ignorancia distinta de la que pertenece al común de los mortales-; pues, ¿quién conoce, en verdad, su propio destino? Con barruntos, sospechas, anhelos y expectativas se adelantan manos ciegas a tantear la presunta imagen del futuro para decaer luego, y retraerse, y desistir, y plegarse a las formas rugosas que las rocas y peñascos del mundo imponen a la impetuosa blandura vegetal de cada alma… Pero la de Ramiro había brotado de espaldas a su destino, mirando hacia otro, hacia un destino apócrifo, y alzando las ramas a un cielo que parecía prometerse a su cabeza tonsurada como gloria y corona única.

Porque la de su padre, Sancho Ramírez, rey de Aragón, estaba ya asignada a ceñir las sienes del hermano mayor, quien la transmitiría después a su propia descendencia por líneas que se perdían en un porvenir poblado de nobles generaciones, donde, sin embargo, no había puesto alguno para sus simientes de infante rea y, porque no decayeran en lo oscuro, habían de ser ofrecidas a Dios en sacrificio de esterilidad. Eso era ya establecido y dispuesto cuando nació Ramiro: ya estaba ahí Alfonso, con la obstinación regia en la frente aún desnuda, con el pecho alto, los labios apretados, cerradas las grandes manos de dedos cortos, y pesados los andares de unas piernas que el ejercicio de cabalgar había endurecido; ya estaba ahí, lleno de sí mismo y esperando sin prisa lo indefectible. El poder corría, por secretos cauces de sangre, de padre a hijo; venía de los muertos e iba a los todavía no nacidos. Y Ramiro había abierto los ojos al mundo para ver desde la orilla esa confabulación firme y misteriosa del rey con su primogénito, confabulación que lo excluía sin remedio y lo abocaba a un destino de obediencia, hijo de reyes, henchidas sus venas de la misma sangre violenta y soberbia de los poderosos, pero apaciguándola y debiéndola apaciguar siempre, acallándola, tapándole la boca, cegándola, doblegándola siempre, porque, tan cerca del poder, era súbdito, y tenía que templarse para la sumisión.

Pero todo esto se lo había encontrado al nacer, ya dispuesto y establecido, y no vaciló un momento: se encaminó en silencio hacia ese destino que pensaba ser el suyo, del que nadie dudaba fuera el suyo, y lo abrazó de corazón, se abrazó a él, y en él quiso salvarse. Desdeñosamente, abandonó el segundo puesto, y prefirió no tener puesto alguno, ni ser nadie. Sentía que el segundo puesto había sido creado para envilecer al vil haciéndolo revolcar en su vileza, y para quebrar las almas nobles que, habiendo resistido a la corrosión de los peores ácidos, son empujadas a perderse, desesperadas de ambición, por el puñal o el veneno: es el puesto de las tentaciones violentas, de estas a las que sólo se puede escapar en una huida que renuncie a todo.

Huyó Ramiro, y fue a echarse a los pies de Dios. Encogido y doblado sobre sí mismo, oculto bajo la estameña como en el fondo de una gruta, había conseguido en horas y meses y años de forcejeo estrangular a su propia sangre y reducirla al silencio. Llegó a aborrecer el poder, pues que Dios no quería que aborreciera a los poderosos, harto cargados con el fardo de su digno servicio. Y compadecido de sus honores, le imploraba por ellos -por el padre, por el hermano-, en una súplica donde la piedad infinita hacia los grandes estaba mezclada con una también infinita gratitud por la insignificancia, que al fin había alcanzado mediante el oscuro hábito otorgado por el Señor Dios para que pudiese eludir la vergüenza de aquella dignidad sin servicio que le venía de su nacimiento.

Y tanto había conseguido limpiarse de soberbia que, requerido más de una vez, en memoria y mérito de su estirpe real, para que invistiera una abadía o un obispado, accedió Ramiro, sonriendo desde el fondo de su humildad, a asumir esta autoridad y poder menor, aun cuando para abdicarla también poco más tarde, una vez que su renuncia no pudiera ya tener color de altanería… Por último, hasta su nombre y su linaje parecían olvidados definitivamente bajo la estameña indistinta.

Entonces fue cuando vinieron los grandes del reino a reclamarlo para rey. Alfonso, el primogénito, había muerto sin dejar sucesión directa. Había dejado, sí, un testamento; pero era un testamento increíble, que añadía perturbaciones y perplejidad del ánimo al trastorno ocasionado en el reino por su muerte. Leído el manuscrito, la curiosidad había hecho paso a la sorpresa; la sorpresa creció en estupefacción; la estupefacción degeneró en escándalo… Había caído el Batallador. Y ahora, cuando ya no era capaz de levantar siquiera el temido brazo, el escándalo brotaba alrededor de su cadáver como brotan en el bosque apenas apaciguada la tormenta, incontenible y silenciosamente, los botones de las setas. Pues, ¿cómo imaginarse que alguien quisiera emplear las órdenes de Dios para ofenderlo? Cansado de su batallar, Alfonso legaba el reino a las espadas santas de los caballeros templarios, los del Santo Sepulcro y los de San Juan de Jerusalén: ésta era su voluntad. ¿Había querido con ello extender los límites de su capilla mortuoria hasta la frontera de sus estados y convertir el reino todo en cripta para su cadáver y monumento a su gloria bajo la sagrada custodia de las Órdenes militares?

Al principio nadie supo qué pensar ni qué decir: ¡tan difícil era desentrañar la impiedad oculta bajo el manto de lo piadoso! La sensación de la sutil estratagema estaba en todos; ninguno podía precisar, sin embargo, en qué consistía lo inquietante, ni dónde residía lo intolerable. Pero el escándalo crecía y crecía en las conciencias con la pujanza lasciva de las setas; y aún no se habían enfriado dentro de la armadura los miembros del rey difunto cuando los grandes del reino osaban alzar la voz en presencia del cuerpo muerto y deliberaban ante el propio catafalco oponerse a su voluntad escrita.

Se consultaban nombres y estirpes, sin hallar acuerdo. La antigua sangre real de algunas líneas, diluida en mezclas y bastardías, oscurecida por el ejercicio sin brillo de pequeños señoríos o por largos periodos de minoridad en que la familia había vegetado como asombrada, en círculos de mujeres y huérfanos, hubiera podido, sin embargo, llevarlas al trono. Pero este trono se había hecho entre tanto demasiado grande y glorioso; y si todos querían servirlo cada cual con sus estados y feudos como señores campesinos, y esto era ya una honra, ninguno parecía a los demás bastante bueno para cargar sobre sus hombros la pesadumbre del servicio máximo, y hacerle servir como rey.

En el ardor de las deliberaciones llegaron a olvidarse por completo del testamento y hasta del propio rey Alfonso, tendido ahí, crecido, imponente bajo sus armas: la ancha espada rígida a su costado; entrelazados los cortos dedos peludos de sus manos, que salían como revoltijo de enormes gusanos por entre las mallas de los guanteletes; hundidos y borrados los ojos que fueron lo terrible en su cara, y destacada en cambio la desvaída barba, rubia canosa en cuyo desorden se medio perdía la famosa cicatriz por la que era reconocido de las gentes y que, desde la oreja, perpetuaba en la carne de la mejilla izquierda el veloz trazado del tajo que la abriera, hasta caer sobre el ángulo mismo de esa boca, ahora negra, de la que un paje oxeaba a las moscas contumaces. A su lado, los susurros se habían ido elevando a rumores, y los rumores a voces destempladas y agrias; y ya los irritados acentos pasaban de irreverentes a sacrílegos ante el cuerpo cuya alma estaba rindiendo cuentas por haber pretendido sepultar con él al reino entero, cuando el obispo de Sahagún hubo de recordar y propuso el nombre del infante monje que fuera su predecesor en el ejercicio de la diócesis para volver pronto al silencio del Monasterio de Tomeras y reasumir, según su vocación humilde, la incomparable dignidad del alma que sólo sirve a Dios.

Este nombre sonó como un hallazgo en los oídos conturbados de los magnates: las palabras del obispo aliviaron todos los corazones, y ahora parecía imposible que nadie lo hubiera recordado antes. Era como si la preterición hecha por Alfonso en su testamento hubiese tenido hasta ese instante la fuerza necesaria para mantener omiso el nombre de su hermano Ramiro, persistiendo insidiosamente, una vez desmontado el artificio de legar el reino a las Órdenes militares, el tácito designio oculto en la cáscara de esa almendra vana que era su expresa voluntad. Y sólo cuando fue invocado el derecho de Ramiro el Monje se comprendió que estaba decaído y anulado por fin el testamento de Alfonso el Batallador.

El reino hizo cortes en Borja. Los procuradores del común, que habían acudido a la ciudad sin tener del testamento regio otra noticia que las desfiguradas en el paso de boca a oreja; que habían comentado en los corrillos de la plaza y en el atrio de la iglesia los dichos sobre una conjuración contra el gran muerto, y que se miraban ahora con ojos de desamparo al conocer el tenor de sus disposiciones, se llenaron de alegría cuando oyeron el nombre de Ramiro y lo aceptaron.

La exaltación del Monje daba forma y hechura al espeso rencor que en los pechos hervía contra el soberbio que pretendiera cerrar tras de sí todas las puertas y perpetuar la orfandad del pueblo y ser el último rey, ofreciendo la corona a Dios -para que nadie pudiera tomarla sin sacrilegio- y entregándola, como una manda que se cuelga en el muro de la ermita, a la custodia de las órdenes. La exaltación del Monje humillaba al soberbio y henchía de regocijo a los súbditos, que en él se sentían exaltados. Pero éstos se regocijaban también porque, después del violento que los había forzado a olvidarse de sí mismos y poner todo lo suyo y ponerse ellos con alma y cuerpo a engrandecer el reino, cargándolos con el sacrificio anejo a la gloria de que él se revestía, deseaban el reinado del manso, que no los abrumaría con su talla ni los obligaría con la magnitud de nuevos estados.

Se acercaron, pues, a reclamarlo como príncipe hasta el monasterio donde estaba cumpliendo su falso destino. Y tan pronto como se supo llamado, apenas le dijeron que no existía ya el que ya estaba ahí cuando él naciera, y que el reino le pedía que ocupase su puesto y viniera a mandar en los hombres, un flujo de terror, angustia y felicidad le nubló la vista: corrió el sudor de su frente, y humedeció su pecho y sus ingles. Creyó comprender de repente su verdadero destino que, oculto durante todos los años de su vida, se le revelaba ahora en un golpe tardío; ahora, cuando ya su alma se había plegado a otro que era de obediencia y renunciación. Y así, mientras su cara traslucía el espanto y se le aflojaban, desmadejados, brazos y piernas, alzábasele la sangre alocada en la cabeza, el corazón y el sexo y lo inundaba, por oleadas, del horror de sí mismo…

Pronto recuperó el ánimo, y pudo hacerse con la jauría que alborotaba en sus oídos. Su cara dijo que no, tras el escudo de unas manos que oponían las palmas pálidas al mundo. Una y otra vez insistieron los grandes del reino, y otras tantas volvió a denegar aquella cabeza tonsurada, girando lentamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. No; no él; su vocación no era ésa. La negativa había perdido la premura del primer sobresalto; era serena, y estaba impregnada de una amargura que, por momentos, se transfiguraba -se corrompía acaso- en una especie mala de dicha. No; no él. El había hecho votos de servir a Dios en la humildad, con las obras que están al alcance de cualquiera, con las obras mínimas de la voluntad rendida. ¿Querían acaso perderle? ¿Cómo iba a abandonar la vestidura de Dios para empuñar la espada de quienes saben servirlo con el esfuerzo de su brazo, él, hecho a volver la violencia contra sí mismo?… Sus preguntas se repetían, y se prolongaban en el silencio, mientras sus ojos, entre consternados e irónicos, inquirían en los ojos de condes y prelados.

Pero cuando las bocas de éstos pronunciaron por fin e hicieron sonar en su propio corazón, que los caminos de Dios son secretos, y era mandato divino que en vano pretendería eludir, cedió el monje, con el alma muerta, a aquello que en su propio corazón tenía aceptado desde el primer instante.

Ramiro vistió la púrpura, ciñó la espada, calzó espuelas y, besando la corona de su padre, ocupó el trono. Los grandes acudieron a besarle la mano, helada como aquel metal, y el humilde tuvo que recibir acatamiento y mantener tendida esa mano que quisiera esconderse como un animal esquivo.

También hubo de tomar esposa; pues ahora sabía que el futuro estaba abierto como un inmenso seno a sus simientes, aguardándolas con temblorosa avidez para llevar hacia adelante su estirpe, mientras que la estirpe del primogénito había quedado trunca, deshecha, podrida en los tres lechos damascados donde, pocos meses antes de su muerte, viera la carne de sus hijos devorada por la viruela, y reducido así su nombre famoso a anidar en una rama podada del árbol de familia…

La Iglesia dispensó al Monje de sus votos, cediendo ante los signos de la Providencia, y el Santo Padre le dio permiso para desposar a la nieta del duque de Guyena, Inés de Poitiers, que le traería a Aragón su virginidad casi impúber.

Entró Inés sobre una hacanea blanca con guarniciones verdes y doradas. La novia venía acompañada de su ayo, guardada por una tropa de caballeros de su casa, y seguida por más de veinte acémillas cargadas de vestidos y regalos. Para que llegase descansada a la Corte, había acampado la compañía en cierto lugar casi a una legua de Huesca, desde donde se adelantó para anunciarla un hermano de la nueva reina, con un escudero. Don Ramiro salió a aguardar, en medio de sus criados, hasta las puertas de la ciudad. En viendo a su esposa, bajó los ojos el rey, pero enseguida volvió a levantarlos, ahora imperturbables y duros, y la miró desde detrás de la máscara impasible que se había compuesto a toda prisa con los músculos mismos de su cara, y que a ella le resultó turbadora y horrible: hecha de amarilleces ajadas, de pelos rojizos agrupados en espesas cejas y en una barba rala y todavía corta; demasiado grande en conjunto para el tronco que la sostenía, corto de talla y delgado de miembros, y como sumido dentro de la rica vestidura de novio. En el ánimo de Inés se sobrepuso enseguida a esta visión la alegre inocencia y la fuerza caudalosa de su corazón entero: dominando también su propia fatiga, el cansancio de su pelo lacio, de sus ojos sin pestañas irritados por el polvo, y de su pecho tierno y un poco hundido, se sintió y lució hermosa al brotarle de repente el amor que traía guardado para su esposo, y que tenía aprendido de los pájaros del bosque.

El rey monje había aceptado a la esposa como parte de su destino recién manifiesto; pero no quería su amor. El amor no pertenecía a las exigencias de ese destino. Y así, venido el momento, cuando Inés, aturdida de luces, músicas, incienso y calor estival, le aguardaba temblorosa, agitada el alma en movimientos de oscura y dichosa confusión, se llegó a ella con desabrida autoridad de varón y de rey. Luego, apenas pasadas las noches nupciales, abandonó la cámara, forcejeando contra su propia sangre que quería reventarle las sienes, le golpeaba el costado y le henchía el sexo… Pero ¿acaso había de dejarse arrastrar también por su sangre?

Noche tras noche tuvo que pasar sola en el lecho la reina adolescente, ya grávida. Cada vez que sentía los pasos de Ramiro acercarse a la puerta de la alcoba, se le cortaba el aliento; pero los pasos pasaban de largo ante ella, siempre de nuevo, en un incansable recorrer la galería hasta la luz del alba -hasta el límite de la locura y del sollozo y del grito.

De esta manera se cerraba el rey a un amor que no quería admitir y del que, en alguna ocasión, hubo de escapar saliéndose al campo y cabalgando en la noche, primero al galope y luego despacio, al andar del caballo, puestos los ojos en la negra masa de las encinas y el oído en el diálogo interminable del arroyo y del ruiseñor, un diálogo penetrante, pero envuelto en sombras: como su destino.

Cada vez se le hacían más oscuros los designios de Dios; nuevas ramas espinadas y floridas le brotaban en las entrañas cada día para distraerle durante horas enteras. Suplicaba al señor que le permitiera saber el enigma de aquel engaño en que lo había tenido, y por qué le había hecho aborrecer el poder para luego hacerlo poderoso, y le había empujado con la suavidad irresistible de su mano hacia el camino de la humildad y obediencia para ordenar luego a su alma sumisa que adoptara el ademán imperioso de los soberbios. Pues, en verdad, temía a su propio poder más que los mismos súbditos, y la sensación de la autoridad que rodeaba a la púrpura le subía su color a las mejillas.

Apenas si dejaban lugar sus cavilaciones a las cosas venidas de afuera: eran o demasiado crudas, o demasiado triviales, y en ningún caso tenían el tamaño de su ánimo; no eran cosas para él. Él sabía atarse las calzas y moverse en el espacio breve de una celda; sabía también descubrir el semblante de Dios en el movimiento de los cielos, en el temblor del agua, en la oscilación desolada de la rama que el pájaro abandona. Pero si tenía que sentarse a dirimir una querella entre dos barones que medían codicia con altivez, u obstinación con miseria, apenas si podía mantenerse en su asiento: apresuraba el laudo, y dejaba irritados a los contendientes, y la Corte misma se sentía vejada, y más vejada aún porque la justicia del fallo era intachable: lo había dictado el rey en su mente desde el comienzo, juzgando el pleito en los ojos de los adversarios, y juzgándolo bien; pero no les había permitido explayarse, ejercitar la perfidia y acreditar la torpeza, volcar a sus pies el encono, y tuvieron que volverse a marchar con el lío de sus malas pasiones como el buhonero al que despide el campesino sin haberle consentido que desate su mercancía… Y siempre lo mismo: agitado, envuelto en polvo y mojado en sudor, un emisario se acercaba a su oído para depositar allí, con voz en que el aliento brotaba a borbotones, la noticia de que el rey de Castilla se había entrado de nuevo por tierras aragonesas, y ya tenía en su poder Tarazona, o Calatayud o Zaragoza. El rey monje lo miraba despacio, y cuando la mala nueva alcanzaba a penetrarlo como piedra que cae en las aguas espesas de un estanque, aplazaba con una seña el asunto, quién sabe si para entregarse otra vez, la cabeza en la mano, a reconstruir con ansia un cierto gesto que le había acudido a la memoria desde lejanas brumas del pasado, y que lo mismo podría expresar el desprecio con que Alfonso, aún muchacho, sorprendiera a su niñez acurrucada en un rincón entre los criados, para oírles relatos y burlas, que el enojo dolorido de su padre, Sancho Ramírez, comprobando años más tarde, desde el arco de una ventana, su poca destreza para ensillar caballos.

E Inés, viéndolo así, insomne hasta el asombro, las horas muertas con la mejilla sobre la palma de la mano, permanecía en silencio, algo retirada de él, sin atreverse a cortar sus pensamientos. Lo amaba sin comprender nada, sin preguntar nada, lo esperaba siempre; años lo hubiera esperado; la vida entera hubiera podido seguir esperando. Pero, entre tanto, el tiempo corría: era pasado ya el otoño, el invierno, y dentro del cuerpo infantil de la reina había crecido otro cuerpo que lo dominaba vorazmente y le infundía la apariencia hinchada de una gran araña de blancura terrosa.

Llegó la hora del parto, y él quiso presenciarlo. En pie junto a la cama, asistió todas las horas de un día completo a la convulsión ritual de la sacrificada, cuyo enorme vientre inmóvil agitaba con regularidad infalible piernas, brazos y cabeza. Por fin, vio abrirse las entrañas como una grieta en la tierra y asomar, empujando, la gran cebolla de raíces húmedas sobre que debía recaer la corona de Aragón.

Cuando Ramiro quiso unir en matrimonio a Petronila, su recién nacida hija, con el heredero del rey castellano, su adversario afortunado, volvieron a sentir los señores aragoneses que el reino estaba a punto de perderse. Si Alfonso había pretendido sepultarlo en su mausoleo por pura soberbia, este manso Ramiro pretendía ahora hacer abandono del gobierno, cederlo en vida, y colocarlos a ellos bajo el poder de otro rey cuya violencia habían probado en propia carne. Se opusieron, pues, los grandes a esta voluntad negativa, a esta sutil abdicación mediante la que el rey monje creía poder recuperar lo perdido entregando el resto al ganador para que, en sus manos, se reintegrara la desmembrada tierra. Después de haber sufrido el del Batallador, temían los señores al puño de Alfonso VII de Castilla: no consintieron en los desposorios; el reino denegó su anuencia.

Y entonces, sólo entonces, se dio cuenta Ramiro de que, mientras vivía en la turbación del ánimo, aquellos que lo hicieran rey prometiéndose de su mansedumbre holgura para sus propios asuntos, habían puesto mano en los del reino; de que había perdido el poder a que temía, la autoridad de que se avergonzaba; y de que todo marchaba al fin como si hubiera recaído el reino en las órdenes militares. Y se dio cuenta asimismo de que con ello había faltado al mandato de Dios.

Dicen que pasó toda una noche pidiéndole consejo, y fuerzas para cumplirlo. En todo caso, ejecutó su crueldad pensando obedecerle. Con desgana horrible, pero con horrible seguridad, dispuso el sonado escarmiento; lo hizo, llena el alma de fría repugnancia, pero sin vacilar un instante. Hasta entonces, la voluntad de Dios le había llegado siempre a través de la meditación, entre insufribles perplejidades: había tenido que aguardarla espiando pacientemente durante horas, en la vigilia, en el silencio nocturno, para entreverla un momento en las vueltas de su razón, para sentirla apenas, imprecisa como la señal con que una ramita golpea en la ventana. Y nunca había conseguido, tras la fatigosa espera en que se agotaba aguardando signos sutiles, estar seguro de que los interpretaba bien… Pero esta vez el Señor le hizo conocer su voluntad de manera súbita y clara. Le llegó el mandato a través de su corazón, en un solo golpe de su sangre. Fue su sangre violenta quien le dictó la hazaña: ¡la sangre pide sangre siempre, quiere ensangrentar el mundo! Y tanta evidencia, tan fácil llamada, una resolución tan inequívoca, le prestó ligereza terrible para disponer lo siniestro.

Apenas si eran creídas sus disposiciones por los criados de su casa. Estaban demasiado hechos al desprendimiento de ese rey piadoso y distraído, que daba órdenes con voz tímida y las olvidaba enseguida, y de quien se contaba que habiendo pedido en cierta ocasión un vaso de agua y, conchabados sus sirvientes para comprobar si, fingiendo olvido, reiteraría su deseo, vieron con asombro que, una hora más tarde, venía el rey en persona a buscar el agua a donde reían los pajes su insolente broma… Y así, más bien pensaron que el Monje se hubiera vuelto loco al entender que requería al verdugo y sus ayudantes y ordenaba erigir el tajo, cuando ningún crimen se había cometido ni estaba por cumplirse ninguna sentencia.

Estos preparativos fueron hechos con entero sigilo. El tajo no se montó en la plaza pública, sino en una gran cuadra del palacio, próxima al atrio de la iglesia; y nadie podía conjeturar a qué se dirigían, pues sólo algunos familiares de Ramiro y los caballeros de la casa de la reina que la acompañaron a Aragón y se quedaron en el Corte participaban en las idas rápidas y las voces quedas de la conjura. A su hora, fueron saliendo mensajeros en direcciones distintas para buscar bajo engañosas órdenes a los magnates del reino; y todo se fue cumpliendo con helada exactitud.

La primera cabeza que hubo de caer separada por el hacha fue la muy anciana y venerable del prelado de Huesca.

Se comentó más tarde que, recostada ya en el grueso tronco bajo las manos del ayudante, cuyos dedos separaban con torpeza la barba cana del dignatario, aún no terminaba de creer el altivo señor en la mudanza de la suerte, ni se resolvía a deponer la ira y revestirse de la resignada modestia con que es decoroso comparecer a la presencia de Dios.

Sobre la sangre del obispo, que corría hasta el suelo en delgados hilos negros, cayó la de los demás grandes, uno tras otro. Todo era tan rápido que apenas si les daba tiempo a abandonar el aplomo arrogante y asumir, tras la sorpresa, la actitud que a cada cual le dictara su alma frente a la muerte. Y sólo el señor de Barbastro se detuvo a la entrada y perdió el color y se le crispó la boca y se le extraviaron los ojos, viendo a un perrillo lamer la sangre que aún fluía de un tronco sin cabeza, en el que reconoció la corpulencia y la ropa de su propio hermano…

Cuando ya no quedó ninguno por ejecutar, fueron sacados los cuerpos en una carreta y expuestas en el atrio de la iglesia las cabezas, formando una campana que anunciaba el escarmiento dispuesto por el rey en quienes más se habían atrevido -según explicó un pregonero, convocado el pueblo a tambor batiente. Un silencio de horror dominó en la plaza, y eso duró todo el día, y se hizo aún más denso en la noche. Pero pasado un tiempo, ya ni los muchachos miraban las descarnadas cabezas… De todo esto sólo había quedado escrito el testimonio de los Anales Toledanos, que dicen: "Mataron las potestades de Huesca: era 1136."

Pocos meses más tarde festejaba Aragón los solemnes desposorios de doña Petronila con Ramón Berenguer IV. La novia tenía dos años de edad; el novio, veinticuatro…

Ramiro el Monje dio al príncipe catalán, con su hija, el ejercicio del poder, conservando para sí, durante los diecisiete años que se prolongó todavía su existencia mortal, el título y la sombra de rey. De este modo, y a través de tan perturbadoras y dolorosas crisis, de tanto angustiarse y buscar, de tanto dar tormento a su alma, vino por fin a cumplir Ramiro su designio originario, viviendo en la Corte esa dignidad sin servicio que correspondía, en su condición regia, al orden de su nacimiento.

(1943)


Los Impostores

<p id="_Toc168514501">Los Impostores</p>

Así fue. Ni las advertencias de su propio Consejo de Estado, ni las admoniciones del rey don Felipe, que le exhortaba con su doble autoridad de político y de pariente, ni siquiera la voz prudentísima del Santo Padre, habían bastado a refrenar el ímpetu de aquella obstinada muchachez. Y la Cristiandad entera tuvo que presenciar, consternada, cómo se cumplía su vertiginoso destino: la estrella del rey don Sebastián cayó, pues, segada en el furor de miles de alfanjes, para anegarse en un espeso charco de sangre. Y ahora, pasada con el tiempo la angustia, en la memoria de los príncipes cristianos -testigos de la tierna, brillante exhalación que, sobre los mares, cruzara de Lisboa a Marruecos en el verano de 1578- sólo quedaba ya un recuerdo piadoso del adolescente que, contra todo consejo, había ido a sumirse allí con su ejército de turbulentos y perdularios.

Eso, ahora, transcurrido el tiempo y vencido el horror. Que en su día, cuando la nueva del desastre llegó a Portugal, un raro silencio había cundido por toda la tierra; el reino entero enmudeció, lleno de compasión indecible hacia el príncipe que, poseído de santo celo, sucumbía contra el imperio de la infidelidad por no saber dominar su noble impaciencia, aquella misma impaciencia que, pocos años atrás, le moviera a probar, con censura de algunos y asombro de todos, la solidez de las defensas que guardaban a la capital de la Monarquía atacándola con su propia flota; aquella misma impaciencia que los más sensatos solían tachar de locura, moviendo tristemente la cabeza, pero en donde la juventud mejor de Portugal y con ella todo el pueblo pensaba ver el signo y promesa de un brío que, por el momento, excedía a la destreza de manos aún infantiles… Y en la común estupefacción y desconcierto que su pérdida produjo, sólo su tío, el cardenal regente don Enrique, se había retirado -palidísimo con la noticia- al oratorio de palacio, para implorar en el mayor desconsuelo la salvación de su alma; pues sólo él acertaba a descubrir la desesperación oculta bajo el denuedo gentil del rey mozo; él sólo entendía la jornada de Alcazarquivir como lo que en verdad había sido: un grandioso suicidio. A través de las lágrimas que los empañaban, querían ver sus ojos marchitos, una vez y otra, al terco príncipe cerrando los suyos durísimos y extraños, apretando los dientes, y espoleando a su yegua blanca, para entregar a la muerte aquella su carne maldita, que se le resistía a engendrar en carne de mujer sucesor para el trono.

Mas los años habían pasado; y su curso alejaba ya, hecha Historia, la aventura que un día suspendiera el aliento de la Europa atónita, y que, al tronchar en flor la dinastía, debía traspasar el reino desde las manos de un viejo prelado a las del gran Felipe. Los portugueses vivían ahora dentro de la Corona de España y, remansadas en su quieto cenit las ansias de poder, comenzaba a desvanecerse para ellos como un espejismo la imagen de la rota africana. Sin duda que la figura ardiente, inexperta y frenética del rey desaparecido con su hueste en la desatinada empresa seguía llenando los corazones de nostalgia. Su nombre y su estampa se hallaban ligados en cada casa al nombre y a la estampa de algún hijo perdido en su compañía; los hermanos que, desde los balcones de una niñez envidiosa, habían quizá despedido a las goletas de la escuadra expedicionaria, eran ya hombres hechos; por su propia edad calculaban la de los que partieran jóvenes, y daban así empleo a la imaginación ociosa madurando y envejeciendo en ella los mal recordados rasgos de los ausentes. Pues, ¿no era todavía un tiempo en que cada familia podía permitirse la esperanza de ver regresar a su propio hijo, sano -en medio de tanta muerte- y salvo del cautiverio? Sí; la primera mano que batiera a la puerta podría bien ser, todavía, la de ese hijo. Como podía ser también la del rey don Sebastián en persona… Pero, al dilatarse, el tiempo iba convirtiendo ya esta esperanza en una melancólica costumbre.

Fue entonces cuando comenzaron a surgir los impostores.

Verdadera como lo es, y bien documentada, la historia del Pastelero de Madrigal pertenece, no obstante, a aquella especie de aventuras que sólo después de haber licenciado toda vigilancia del buen seso consienten ser narradas y oídas. Exige concentrar en ella las potencias últimas del recuerdo, sutilizado hasta convertirse en pura imaginación, y todavía, transformar ésta de nuevo en memoria del estupendo caso. Se trata, como digo, de un caso averiguado: actas oficiales lo registran. Pero, con todo, investigar, inferir o conjeturar los pasos que condujeron al protagonista desde la oscuridad hasta la escena pública, resulta vano empeño; inútil preguntar cómo pudo acercarse a las puertas del reino, llegar hasta la escalinata misma del tono y pisar sus gradas, para que bajo los pies se le trocaran en las del patíbulo…

Jamás por los ojos del protagonista se hubiera conseguido saber si él era en verdad el príncipe que busca su corona tras la peregrinación de una vida infeliz, o un plebeyo de osadía increíble. Vedlo ahí, grave y taciturno: su cabeza está inclinada, tiene aplastadas las facciones del rostro entre las palmas de las manos, y escucha en silencio las palabras que, muy a solas, le dirige con discurso barroco el antiguo confesor del rey don Sebastián, este fray Miguel de los Santos, que es promotor actual de su causa. Oiremos lo que le está diciendo:

– Ha de saber, señor -advierte la voz insinuante del viejo agustino, predicador de príncipes-, que el prodigioso regreso de su majestad, después de tan larga y desesperada ausencia, aunque muy deseado, es de difícil crédito, y no sin trabajo alcanzaremos a verle restituido en el trono. Cierto que muchos de sus fieles súbditos, asombrados, relegados, reducidos a sus casas desde que Portugal ingresó en la Corona de España, no sueñan sino con la vuelta del rey perdido; cierto que el pueblo, ansioso siempre de maravillas, se muestra dispuesto a reconocerlo a cada instante en la persona de quien llegue bien provisto de increíbles y fantásticas historias. Pero, frente a esto, hemos de contar de otro lado con la suspicacia de los muchos que, por no convenir a su interés y acomodo, negarían fe a los propios ojos -tanto más, señor mío, que el paso de los años ha ido desvaneciendo en las almas la imagen de don Sebastián; y si, con sus naturales mudanzas, autorizan cambio en su apariencia, desde el doncel que desapareció en la triste jornada de Alcazarquivir hasta el varón cumplido que hoy reaparece en tierras castellanas, consienten también cualquier duda y alientan las esperanzas de cualquier pleito.

"Muerto el infante don Enrique, no queda, señor, nadie que pueda reconocer con autoridad al rey, si no este pobre viejo que os habla. Y mis ojos, aunque enturbiados por la edad, se regocijan contemplando el retorno de su grande y desdichado penitente, del pobre rey don Sebastián, y quieren ser testigos de vuestra identidad con aquel gentil mozo. De ella he dado seguridades y hecho juramento, no sólo a los señores portugueses que esperamos para esta noche, sino también, según tengo dicho ya, a doña Ana de Austria, quien con la impaciencia de sus pocos años y la privación del convento, arde ya en deseos de recibir la anunciada visita del caballero que le he descrito como su regio primo. ¿Por qué había de dudar yo de mi vista debilitada? La identidad, señor, es más cosa del alma que del cuerpo, y ¿quién mejor que yo conocerá esa alma que tantas veces hubo de desnudarse ante Dios por mediación mía en el tribunal de la Penitencia? Él quiera que la dilatada ausencia, sin quitaros el brío, os haya enseñado prudencia para manejarlo, y aun para disimular que la adquiristeis; no sea que un alarde de esa virtud, mostrando ser mayor de lo prometido por la natural maduración del seso, impida reconocer en el demasiado prudente al desbocado e insensato que fue a perderlo todo en Alcazarquivir. ¡Terrible escarmiento!, sin duda. Pero ninguno hay tan grande que pueda mudar el carácter; y resultaría indiscreto el exceso de discreción en quien ganó fama de locura: en un rey cuya infancia no se conformaba con menores juguetes que ejércitos y escuadras de mar; en quien ensayó el furor de la guerra contra Lisboa, que fue tanto como castigar su propio cuerpo; en quien soñó vencer a Hércules, quebrando sus columnas… Quiera Dios, repito, que los tiempos y las aventuras corridas os muestren amaestrado, sin privaros de la apostura que a la sangre real corresponde. El príncipe ha de distinguirse siempre, aún confundido entre la muchedumbre y bajo el más humilde hábito, pues lleva en el ánimo la realeza. Quien ha nacido para reinar, camina hacia el trono con la seguridad de los astros, y no hay obstáculo capaz de cerrarle el paso, por más que a veces le convenga antes sortearlos con astucia que acometerlos con denuedo, como ahora acontece.

"Pues, señor, las dificultades que estorban vuestro derecho están aumentadas -¡irritante contrariedad!- por haber sido ya varios los impostores que antes de hoy quisieron hacerse pasar por el rey don Sebastián. ¡Que la suerte de esos desdichados no se repita en vuestra alta persona! Si tal ocurriera, ¿quién aseguraría nunca en los siglos venideros que fuisteis en verdad el rey? Vos mismo, señor, dudaríais de que vuestra sangre no os hubiera engañado, pensando más bien haber tenido los demonios en el cuerpo. Nadie sino ellos pudo haber aconsejado tan mal al impío ermitaño de Alcobaza, que empezó a referir patrañas de la batalla y del cautiverio, fingiendo ser el llorado rey por conseguir oyentes y limosnas; bellaco afortunado, vivió de su engaño, y luego pudo engañar a la muerte: su codicia fue penada en galeras, y sólo halló perdón del cielo cuando éste cerró contra la soberbia del rey don Felipe dispersando con su furia la Invencible armada donde remaba aquel mísero… Peor suerte cupo al otro ermitaño, Mateo Álvarez, que repitió poco más tarde su pretensión. Envenenado tal vez su cerebro con los jugos de raíces y bichos de que se nutría, comenzó a soñar el cuitado historias de Alcazarquivir; y conforme las inventaba, las creía, y las daba a creer a cuantos acudían a escucharle. Proporcionaba noticia de muchos mancebos y soldados, y sabía la muerte que a cada cual le había sido deparada, y el dónde y el cómo, y el destino de los que a ella habían podido escapar. Y explicaba de qué manera había sido el combate, y por qué desdichado azar vino a perderse, y cómo caían al río, en racimos, los castellanos, y los portugueses, y los andaluces, y cómo el río llevaba todavía una semana más tarde hinchados cadáveres de hombres y de caballos… Primero habían sido pocos los que se detuvieron a escucharle, y ésos con incrédula curiosidad. Yo mismo acudí a oírlo. Tenía una voz áspera, seca, aguda. Sus manos renegridas revoloteaban igual que pájaros, y aquella voz sonaba como su graznido… Luego se corrió la fama, y empezaron a llegar las gentes desde lejos para preguntarle qué fuera de tal o cual deudo, de quien nunca más había vuelto a saberse. El ermitaño callaba entonces durante un rato, largo como la eternidad: nadie se atrevía a respirar. Algunas veces, la expectativa resultaba fallida: no decía una palabra: pero otras daba la noticia pedida, y eso, con detalles tan verdaderos que hacían palidecer a los oyentes y romper en lágrimas a los allegados. Tampoco era raro que, tomando el término medio entre el silencio y la información precisa, respondiera por enigmas o parábolas, como en aquella ocasión en que increpó a una madre, y para reprocharle su desesperanza le propuso el ejemplo de una bestezuela: debiera aprender del perrillo de la casa, que habiendo despedido con saltos de cachorro al que partía, ahora, viejo y ciego, pesado, se resistía con obstinación a la muerte que desde los estercoleros y los remansos de las acequias le estaba haciendo señas, en espera de comparecer, lloroso y estúpido, ante el ausente aguardado más allá del límite natural de su vida. El día en que ese perro se acueste a morir en el muladar, ese día no esperes ya el regreso de tu hijo -terminó diciéndole. Y la vieja sollozaba, arrodillada entre las ortigas.

"De este modo, señor -prosiguió diciendo fray Miguel tras una pausa- (y permitidme que me extienda en estos casos de que tendréis escasa noticia, y cuyo detalle tanto os debe interesar), de este modo, digo, crecía la reputación del ermitaño y el número de sus seguidores; hasta que se produjo lo terrible. Cuando, en el seno de aquel silencio con que era escuchado, rompió como una tormenta seca el grito que lo proclamaba rey de Ericeira, y rey de Portugal, cuando sus oídos sintieron las voces que descubrían bajo sus andrajos al perdido don Sebastián, notó el infeliz que la tierra se abría a sus plantas. Alzó los brazos, quiso decir algo; pero de entre la maraña de sus barbas no salió sonido alguno. Ya en aquel momento se supo muerto: y al ser llevado a la horca, cuatro meses más tarde, por la justicia del rey, hubiérase dicho que lagrimeaba de alivio. ¡Dios lo haya perdonado! No tenía fuerzas para lo que se pedía de él; aquello no era para los hombros de un flaco ermitaño."

El fraile se detuvo; y como su oyente no hiciera el menor movimiento, concluyó:

– Señor: no podría faltar un solo astro sin que se viniera abajo la fábrica entera del firmamento. Falta don Sebastián entre los príncipes de la tierra, y otros han querido llenar su puesto hasta que tú has llegado. Pero ninguno pudo tener el arco de Odiseo, que aguarda el vigor de tu brazo. En ti regresa aquel joven arisco que tantas veces recibió de mi mano la remisión de sus pecados. Si la peregrinación que fue su penitencia no le hizo perder en altanería, operó en su naturaleza cambios dichosos, de los que mi corazón se alegra en secreto, ya que secretamente los conoce. Pues ¿quién que hubiera escuchado entonces aquellas acongojadas confesiones de una carne turbada por el horror a la carne no admiraría la serena virilidad que hoy vuestra mirada pregona y vuestras acciones declaran? ¡Usad de ella, señor, para reclamar el trono y gobernar a los hombres!

Cayó el fraile en un fatigado silencio tras de esta exhortación. Esperaba. Entonces, esa faz que hasta aquel momento había permanecido hundida en el hueco de las manos, se despegó de ellas y comenzó a remontar con pausado vigor. Ahora la mirada planeaba, altanera, por encima de la tonsura brillante, de los mechones canos, del craso cogote del clérigo: fray Miguel se había dejado caer entre tanto sobre una silla, y había quedado ahí desmadejado cual fantoche de feria tras de la función.

– ¡Vamos, pues! -oyó que le ordenaba la voz áspera del rey, negándole descanso.

Al oírla saltó del asiento y, con una ojeada suspicaz, después de breve vacilación, enderezó hacia la puerta sus pasos menudos y ligeros. Las pisadas del caballero siguieron por la galería a las suyas nerviosas, como sigue el cazador al perro.

Llegados a presencia de doña Ana, el fraile se hizo a un lado y el caballero avanzó hasta el centro de la sala, para inclinarse con una reverencia. La princesa aguardaba en pie. Desde el borde de sus hábitos, a ras del suelo, se erguía, inmóvil, su delgada figura: sólo sus manos, concurridas a torturar un finísimo pañuelo, se mostraban en ella inquietas. Ascendió poco a poco la mirada del hombre hasta alcanzar por último el rostro de la dama: halló ahí unos labios delicados que, al apretarse, casi desaparecían en una línea sin color; se distrajo sobre unas facciones tiernas, todavía indecisas, descubrió unos ojos grandes, muy serios; y, al fin, encontró su mirada. Pero no pudo retenerla más de un instante; pues, con titubeo de los párpados, resbaló esa mirada por la cara del varón hasta su barba, se desprendió luego y, ya en el suelo, obstinóse en las polvorientas botas del visitante.

Fray Miguel de los Santos fue quien quebró el silencio.

– Señora -dijo-: he aquí, después de tanto tiempo, a vuestro primo el rey don Sebastián de Portugal, sobre cuya suerte hemos platicado tanto. Por esta visita oculta, llamada a tener tan públicas y solemnes consecuencias, esa suerte viene a enlazar con la vuestra. Pues, señor -añadió, dirigiéndose ahora al caballero-, vuestra majestad sabe bien cuáles son las disposiciones de doña Ana de Austria hacia nuestra justa causa: no otras, sino aquellas que podían esperarse de tan alta princesa, hija del capitán ilustre cuyas hazañas han engrandecido generosamente al mismo rey que os heredó en vida.

– No toméis a descortesía mi silencio, noble dama; atribuidlo más bien a suspensión de mi ánimo ante vuestra vista. Pues cuando este buen fray Miguel, discurriendo por razón de Estado, pidió mi conformidad para concertar nuestros esponsales, no podía imaginar yo belleza tan extremada como prenda de una alianza política. Disculpable sea, pues, mi alegre desconcierto ante vuestra presencia.

– Dejad, señor, semejante galantería; no os creáis obligado para conmigo a esos corteses halagos -respondió ella. Y tras una pausa, dio suavidad y aplomo a su voz para proseguir-: Apenas os veo por vez primera, señor don Sebastián, y ya me parece que nuestra amistad es antigua, hasta el punto de ignorar su propio origen (quizá, pienso, porque éste reside en nuestra sangre común, y es anterior a nosotros mismos). Tanto he oído referir vuestra desventurada aventura, tan familiar me es vuestro destino, que si algo puede sobrecogerme en presencia vuestra es el tener ante los ojos, en carne y hueso, a un personaje de leyenda.

La historia del rey don Sebastián era para mí una historia casi legendaria: antes de que yo naciera ya habíais reinado, y ya os daban por perdido. Cuando alguna de mis azafatas me refería algo de vos (algún detalle pequeñito, cualquier cosa ajena al acontecimiento terrible) yo le preguntaba admirada: "Pero, dime, ¿lo has conocido tú?, ¿tú lo has visto con tus propios ojos?… " Ahora son estos míos quienes pueden ver y están viendo a don Sebastián, y no como el héroe desdichado de Alcazarquivir, sino como un caballero que se acerca a mí usando de galantería, y que me pide ayuda. Esto es algo prodigioso, un portento verdadero: es casi como si, de pronto, se me apareciera el rey don Rodrigo, pidiéndome ayuda para reconquistar su reino…

– Penosa resulta para mí, gentil princesa, la comparación con el rey que perdió a España; penosa, pero justa: pues mi desgracia imitó, en efecto, la del último godo, si bien espero un destino menos inexorable, recuperándome de ella con la mano que vuestra alteza se digna tenderme.

– Disculpad a mi imprudencia la ofensa no voluntaria envuelta en esa comparación. El deseo había adelantado en mi mente el suceso de vuestra restitución al trono y, olvidada de nuestros actuales trabajos, no calculé que pudiera heriros el recuerdo de aquel otro rey que sucumbió sin remedio en circunstancias análogas. Quería pintaros tan sólo cual era la gozosa maravilla de mi alma viendo reaparecer a un héroe que se daba por muerto ya desde antes de mi nacimiento. Pero ¿cómo podríais comprender eso desde vuestra vida, que es una sola y continua a pesar de todas sus diversas crisis, primero en su brillante curso, en el cautiverio luego, después en la peregrinación?… Tendríais que pensar que ésta última parte secreta y oscura llena todos los años de mi vida.

Se quedó callada por un instante. Luego repitió: – ¡Todos los años de mi vida! -La princesa movía la cabeza llena de asombro; sus manos, sosegadas ahora, se levantaron a la altura de la frente y pasaron por las sienes, despacio, las yemas de los dedos. Enseguida, como hablando consigo misma, murmuró-. ¡Qué de años, y qué de padecimientos, de zozobras, de angustias! ¿Habrá habido algún otro rey con semejante tesoro de experiencias? Y pensar que vuestra majestad, señor, que fue rey ya desde el vientre materno, rey antes que hombre, para luego conocer todas las desventuras de los hombres; pensar, señor, que hubierais podido llevar una existencia digna y tranquila, como la de nuestro don Felipe, a quien vuestra pérdida sirvió para aumento pacífico de su grandeza… Entonces, hubierais tenido sin duda, sí, mi respeto, mi amor de pariente, jamás esta participación cordial en vuestro destino, que me conmueve hasta el extremo de querer unirme a él en la desgracia.

– Con estar en presencia vuestra me parece que he llegado al fin de mis males. Dejemos, pues, señora, de recordarlos. Tiempo habrá de que repasemos juntos la dilatada y amarga odisea de mi vida, de que por lo demás, os tiene ya informada, según entiendo, fray Miguel de los Santos. Ahora es más bien ocasión de proveer los medios para que esos males tengan término y que recuperando mis legítimos derechos, vuelva a hallarme, rico de la experiencia que adquirí y pobre de la vida que gasté, allí donde estuvo a punto de privarme de ésta la falta de aquélla.

– Cierto, don Sebastián. Y ahora es vuestra discreción quien instruye a mi inadvertencia. Disculpad que, turbada y confusa con la felicidad de poderos ser útil, me olvide por un momento de lo principal y, pensando en los peligros que habéis pasado, pierda de vista aquellos otros en que estáis ahora, y los que nos quedan hasta coronar nuestra empresa.

– Por coronada puede darse, en verdad, contando con vuestra ayuda. La intervención de vuestra alteza promete ventura.

– Ninguna será tan grande para mí como la de servir a vuestra majestad; y si ahora me causa inquietudes su suerte, tanta mayor recompensa tendré luego en verlo restituido a su justo esplendor.

– También ha de perteneceros, señora, como obra de vuestra magnanimidad. Obra digna en verdad de la hija del caudillo que supo ganar batallas tan gloriosas a favor de un monarca más dado a las atenciones de la covachuela que a los peligros de la guerra, es esta de restituir en su trono a un rey despojado. Para el trono mismo, que no para gobernar una comunidad de monjas, nació la hija de don Juan de Austria; y si no fuese por la aprensión de ofrecer lo que todavía no tengo, querría desde luego pediros que seáis conmigo reina de Portugal.

– Conseguir el reino es lo que ahora importa: no tenga yo que recordaros lo mismo que hace un instante me recordasteis vos a mí. Ved, pues, señor, qué debo hacer. Disponed, que ya os obedezco.

"¡Que ya os obedezco!", había dicho. "Ved qué debo hacer, que ya os obedezco." El caballero parecía perplejo; callaba. La paz absoluta de aquella sala, con su solería de grandes losetas blancas y negras, su cómoda y el crucifijo de marfil sobre ella, se le había entrado en el alma, y callaba… Pero al fin tuvo que acudir con la respuesta: Nada había que hacer por el momento, sino mantenerse a la espera de los acontecimientos. Arriesgado resultaría menudear las visitas, y además innecesario, dado que, "nuestro buen confesor" se encargaría, como hasta aquí, de mantener el contacto. ¿No era así, padre? -Así era. Fray Miguel asintió con una inclinación de cabeza.

– ¡Entonces!…

Y al percibir un algo entre irritado y desamparado en el acento con que doña Ana, simulando cerrar la entrevista, pedía en esa palabra instrucciones, acudió el fraile desde el rincón en que hasta ese punto se había mantenido, y explicó a la princesa en breves y persuasivas frases algo de lo proyectado: no más tarde que aquella misma noche eran aguardados cinco caballeros portugueses que venían, como los más principales de la nobleza de su país, a reconocer al rey. Una vez que le hubiesen prometido obediencia, ellos serían quienes preparasen el levantamiento del reino y la entronización de don Sebastián, de manera que el rey de España, don Felipe, viniera a encontrarse frente a los hechos consumados, no quedándole otro recurso que reconocer también a aquel cuyo camino hubiera podido estorbar en otro caso…

Y como doña Ana se admirase de esta sospecha, descreyendo en tanta maldad, concluyó el fraile:

– Señora: vuestros cortos años, la eminencia de vuestro nacimiento y la magnanimidad de vuestro corazón se conciertan para haceros ignorar la sólida resistencia de los intereses que, con intrincadísimo tejido, se oponen siempre a cuanta novedad amenace desconcertarlos, por mucho que la justicia pueda abonarla y recomendarla el bien público. No espere vuestra alteza que los derechos del rey don Sebastián han de abrirse paso con sólo declararse; antes bien, deberán seguir tortuosos senderos, caminos desviados, e introducirse por las sutilezas de la astucia para después romper con la fuerza. -Y tras una pausa y una ojeada rápida, furtiva, al rostro conturbado de la princesa, añadió-: La preocupación que ahora, con ser mezquina, nos embarga el ánimo y traba los movimientos es, Ana de mi corazón, ¡afrenta da el decirlo!, la escasez de recursos con que se cuenta para atender a inevitables gastos de la conjura: emisarios, noticias, espías, y algunas otras prevenciones y cautelas.

La dama, que había escuchado medio distraída, decretó, volviendo en sí con un suspiro:

– Hágase todo según vuestro mejor criterio, padre mío; no turbéis más mi alma, harto confusa ya con este grave asunto, y sólo fiada a la autoridad de mi confesor.

Y echando mano a una pequeña alforja de terciopelo azul, extrajo de ella un puñado de joyas, y se las tendió al pretendiente.

– Tomad, querido primo, tomad este oro, y sea muestra de mi fe en vuestro derecho, y de mi confianza en vuestra persona.

Todavía, se sacó un anillo del dedo y lo puso sobre el montoncito de eslabones, sellos y armas reales, cuyos relumbres hacían guiños diabólicos desde el hueco formado por las palmas juntas de las manos varoniles. Concentrados ahí todos sus espíritus vitales, todo el calor de sus venas, el hombre, demudado, creyó estar tocando por vez primera el metal de su realeza; pero, al placer indecible de sentirse rey, se mezclaba la sutil sospecha de alguna superchería que, en parte, lo frustraba.

Con todo, frente al encanto dudoso del poder cuyo símbolo recibía, se alzaba, impotente hasta quitarle el habla, la grande y pura verdad de la doncella que, en un arranque tierno, le hacía entrega de las joyas y, con las joyas, de su propio destino.

Se dobló hasta el suelo, y salió.

Salió lleno de energía nueva, impulsado por la virtud incoercible de aquel talismán que le hacía rebosar de sí mismo. Fray Miguel de los Santos, anonadado, le vio crecerse ante sus ojos con aquella majestad impetuosa que tan conocida le era: aquella misma que, veinte años atrás, había sido perdición de su joven penitente, y cuyo brío aterrador nunca hubiera sospechado en el taciturno protegido que, ahora, con ella, se le revelaba como la verdad de su mentira. Sometiose, pues, sin réplica al tono imperioso de su voz, que exigía acatamiento. Al comprender que se le escapaba la rienda, y que estaba enredado sin remedio en la intriga que él mismo urdiera, no trató siquiera de resistir: se sometió a su arbitrio. Y cuando, llegada la noche, hubo de conducir hasta la posada donde aguardaba el nuevo rey a los caballeros portugueses que venían a traerle la corona de don Sebastián, le faltó presencia de ánimo para asistir al encuentro. Los introdujo a la pieza y permaneció escuchando tras de la entornada puerta. Los murmullos que, desde el otro lado, llegaban hasta sus oídos eran alimento a la ansiedad de su corazón, y régimen de su pulso… La respiración se le cortó al sentir cómo, al cabo de un rato, se henchía la voz regia sobre el turbio rumor de frases entendidas a medias, para exclamar con airada y apremiante calma:

– Miradme bien; miradme de pies a cabeza; escuchad mi acento; estudiadme tanto como conveniente os parezca, y decidme luego: ¿quién soy yo? Decidme: ¿soy yo acaso un falso rey, un impostor? Si estáis pensando eso, mis señores, gritádmelo a la cara ¡Pronto, sin vacilar: gritadlo! Abrid las ventanas; despertad a los vecinos; llamad al pueblo y señaladme con el dedo, acusando: "Este es un impostor que, privando del reino de Portugal al gran Felipe II, se quiere hacer pasar por nuestro rey; éste es un falsario que, lleno de loco atrevimiento, osa presentarse como el rey don Sebastián ante nosotros (amigos, compañeros suyos, que le veíamos a diario, que compartíamos su mesa, que le secundábamos en sus trabajos) pretendiendo imponer su audacia a nuestra estupefacción y forzarnos a reconocerle." ¡Pronto! ¡Hundidme en la infamia, si es que vuestro ánimo alberga la más leve duda! Pero ¡pronto!, decid, señores: ¿quién soy yo?

Reuniendo todas sus energías, fray Miguel de los Santos se precipitó en la cámara al oír las voces del rey, que, ahora, aguardaba, tomada la barba con la mano izquierda, y apoyado en la derecha el codo.

Los caballeros portugueses, sorprendidos e intimidados, cambiaban entre sí miradas irresolutas con una inquietud que la oscilante luz de las bujías exageraba en visajes, mientras que el fraile seguía, lleno de angustia, la muda deliberación de los semblantes. En nombre de todos, dio por último su respuesta el más autorizado.

– Señor, sois el rey -dijo.

– De labios de cada uno de vosotros quiero oírlo.

– El rey sois, señor -repitieron los demás.

– Entonces, amigos, ¿por qué no pronuncian mi nombre vuestros labios? ¿Lo han olvidado acaso?

– El rey don Sebastián, señor; reconozco en vos al rey don Sebastián -proclamó el que primero había hablado, hincando ante él la rodilla y tomándole la mano. Él se la dio a besar.

Tranquilizado, se atrevió ahora a intervenir el fraile; sugirió:

– Señor: estos caballeros desearán sin duda el placer de abrazar a vuestra majestad, en quien recuperan no sólo un rey: un amigo.

No había logrado aquella noche fray Miguel que el sueño sosegara sus pulsos cuando, en horas de la madrugada, recibió recado de doña Ana, que mandaba llamar a su confesor. Él acudió con alarmada premura.

– Aquí me tiene, señora, a su mandado. ¿Qué puede haber ocurrido, de la noche a la mañana, para reclamar mi visita antes que la de la aurora? -y mientras preguntaba así con sonrisa galana, urgían, inquietos, sus ojos una pronta respuesta.

Pero ella parecía haber perdido al verle toda su prisa, y estar desconcertada, buscando las palabras en el recogido seno de la falda. Cuando las hubo ordenado, puso término a la pausa:

– Perdóneme, padre, si olvidando sus años por mi desvelo, he cortado su descanso con mi llamada. Sea ésta mi disculpa: las horas de la noche se han dilatado y prolongado para retorcer mi conciencia en nudo tan cruel que su daño, superior a mi piedad, corrompía el bálsamo de oraciones con que, una vez y otra, pretendí suavizarlo, y quitaba el sentido a las santas frases que mis labios se esforzaban en pronunciar. No había lugar en mi pecho sino para el tormento de esta duda: si estará bien hecho lo que estoy haciendo, y si este caso del rey don Sebastián será conforme a la voluntad de Dios. Mil veces me he representado vuestras palabras, padre Miguel, y hasta me parecía oírlas de nuevo, con suave persuasión, junto a la almohada. Pero ¿qué ocurre ahora, padre mío, para que vuestro dictamen, que siempre gobernó mi conciencia, no alcance a apaciguarla? En todos los actos de mi vida me he acomodado siempre a vuestro consejo; y ni yo misma conozco mi alma como la conoce su antiguo director. ¿Por qué, en esta ocasión, al tiempo que desea con tanto alborozo seguir su piadosa guía, se siente insegura y atormentada, sin terminar de satisfacer con las razones que le recomiendan lo que tanto ansía? ¿De dónde viene mi gozo? ¿De dónde mi tribulación? ¿Por qué tiemblo de este modo ante lo que estoy anhelando?…

"Padre Migue perdóneme que con tanto apuro le haya hecho venir; la madrugada vuestra es para mí desvelo; vuestra prisa, demora mía. Como confesor os he llamado, en una agonía de mi alma… Ya, ya leo en esa sonrisa indulgente; bien sé cuánto ha hecho por asegurarme, por tranquilizar mi ánimo. Lo sé. Pero ¡hábleme, hábleme de don Sebastián! Dígame: ¿cómo puedo yo estar segura?, ¿cómo voy a saber? Vuestra merced es confesor suyo; tuvo la dicha de conocer el interior de sus pensamientos como conoce los míos propios, cuando todavía tenía él los años que yo tengo, y aún no había sido maltratado por el infortunio. Y luego, vuestra merced ha conversado con él hasta saciarse, le ha escuchado el relato de sus desventuras… No se impaciente, padre mío: cierto es que me ha trasladado ese relato y ha tenido la paciencia de responder a todas mis preguntas, por más que fueran nimias o necias. Pero comprenda; yo misma no he hablado con él sino algunos instantes, y no he podido escuchar de sus labios sino aquellas frases ceremoniosas, fría corteza de cuanto acerca de él sé por referencia vuestra. Y puesto que sólo eso he recibido de él… Piense, padre, que yo soy una princesa, y tengo derecho a saber, tengo derecho a estar segura. Quiero saber, sin duda alguna, que él es en verdad el rey don Sebastián. ¿Cómo puedo alcanzar tal certidumbre? ¡Ay, padre! Quisiera seguir todos sus pasos; y no ya los actuales, sino poder acompañarlo hacia atrás, en su aventura por Europa, hasta adueñarme de cada una de sus penalidades, y acompañarlo al cautiverio; más todavía: retroceder en su compañía al palacio de Lisboa, cuando, lleno de entusiasmo, preparaba la expedición que tan funesta había de serle… Pero estoy desvariando, padre mío: desde la cumbre fría de vuestra edad, esa sonrisa me lo dice. Sí, mis años todos no alcanzan a tan lejanos acontecimientos. Pero ¿no puede acaso remontarse la noticia a donde la memoria no llega y la eternidad entera no se agolpa en el soplo de un alma? El pasado que sus manos hicieron, podemos tocarlo al estrechar sus manos. Saber, estar segura es lo que yo pido. Si pudiera adentrarme en sus pensamientos. ¡Ay en el movimiento de su corazón ha de conocerse su ánimo real! Si él es, como parece y creo, no puede esconder ningún engaño, maldad ninguna; sólo nobleza puede haber en su pecho, y verdad en su boca…"

…Mientras congojas tales ahogaban a doña Ana, y cuando fray Miguel procuraba tranquilizar su agitado corazón, ya el hombre que era causa de ellas se precipitaba desde la cima soberbia de sus pretensiones a la oscuridad de un calabozo. Aquella misma noche habían ido a prenderle en su posada, con oficiales de justicia, bajo acusación de impostura, y se le tomaba la primera declaración indagatoria. Tras ella siguiéronse sin demora las diligencias de trámite, y cuatro días más tarde era ya reo de muerte por delito de traición. Aunque no pudo obtenerse de parte suya confesión alguna, consta por sentencia firme que quien osaba hacerse pasar por el rey don Sebastián era en verdad un pastelero de la villa de Madrigal, llamado allí Gabriel Espinosa.

Llegó el plazo fijado para ejecución de la pena, y él, rechazando toda compañía, prefirió esperar a solas: quiso estar a solas consigo mismo. A solas pasó la noche. La noche pasó; sonó la hora; se oyeron pasos afuera, crujieron los escalones, chirrió un cerrojo, gimió la puerta, y el angosto calabozo se llenó de hombres; le ligaron las manos, lo bajaron al zaguán, lo montaron a lomos de una mula y, bien custodiado, comenzó a avanzar, como en vilo, por entre la multitud, despacio, tieso y oscilante en su cabalgadura, cual máscara solemne en las apresuras de un carnaval, precedido por el redoble del pregonero.

Entró luego la comitiva en la plaza mayor y, abriéndose paso entre el pueblo, se fue acercando al tablado, a la horca: todo discurría con la lentitud extrema de los sueños… Y ya el reo, arrastrando los pies, había subido los escalones del estrado, cuando un revuelo conmovió la plaza. ¿Qué era? ¿Qué sucedía? ¿Qué soplo de qué pulmón gigantesco había soplado sobre las cabezas de la muchedumbre? "¡Es la madre, que llega!", se oyó repetir. Como en volandas, habían traído de Madrigal a la madre del pastelero Gabrielillo Espinosa, que, escondida en el fondo de su casa, se obstinaba en ignorarlo todo. Pero un grupo de aldeanos, entre compasivos y brutales, fueron a sacarla de su madriguera para que presenciara las honras fúnebres de un rey; y la vieja, arrebujada en su manto de viuda, se había dejado llevar sin resistencia. Ahora se la veía aparecer, estúpida, en el hueco de una ventana, frente al patíbulo. "¡Es la madre!", explicaban por todas partes; y, tras el espeso rumor, otra vez silencio. El reo levantó la vista hacia la ventana, e hizo una extraña mueca: unos pensaron que de cínica burla; algunos que de dolor; mientras que otros creyeron interpretar en ella quién sabe qué oscuro mensaje… A lo último, una frase salió de sus labios; dijo como hablando consigo: "¡Pobre don Sebastián, en qué viniste a parar!"

El resto, fue todo muy rápido. Con el aliento contenido de quienes observan al halcón precipitarse sobre su presa y, prendido a ella, vacilar un momento en el espacio, así vio el pueblo cómo el verdugo se mecía en el aire prendido al reo. Mas cuando lo hubo soltado, y dejó ahí, colgando de la horca, aquel flojo muñeco de trapo, hubiérase dicho que la escena toda no había sido otra cosa que una mala broma de cómicos lugareños.

(1947)


El Hechizado

<p id="_Toc168514502">El Hechizado</p>

Después de haber pretendido inútilmente en la Corte, el Indio González Lobo -que llegara a España hacia finales de 1679 en la flota de galeones con cuya carga de oro se celebraron las bodas del rey- hubo de retirarse a vivir en la ciudad de Mérida, donde tenía casa una hermana de su padre. Nunca más salió ya de Mérida González Lobo. Acogido con regocijo por su tía doña Luisa Álvarez, que había quedado sola al enviudar poco antes, la sirvió en la administración de una pequeña hacienda, de la que, pasados los años, vendría a ser heredero. Ahí consumió, pues, el resto de su vida. Pasaba el tiempo entre las labranzas y sus devociones, y, por las noches, escribía. Escribió, junto a otros muchos papeles, una larga relación de su vida, donde, a la vuelta de mil prolijidades, cuenta cómo llegó a presencia del Hechizado. A este escrito se refiere la presente noticia.

No se trata del borrador de un memorial, ni cosa semejante: no parece destinado a fundar o apoyar petición ninguna. Diríase más bien que es un relato del desengaño de sus pretensiones. Lo compuso, sin duda, para distraer las veladas de una vejez toda vuelta hacia el pesado, confinada entre los muros del recuerdo, a una edad en que ya no podían despertar emoción, ni siquiera curiosidad, los ecos -que, por lo demás, llegarían a su oído muy amortiguados- de la guerra civil donde, muerto el desventurado Carlos, se estaba disputando por entonces su corona.

Alguna vez habrá de publicarse el notable manuscrito; yo daría aquí íntegro su texto si no fuera tan extenso como es, y tan desigual en sus partes: está sobrecargado de datos enojosos sobre el comercio de Indias, con apreciaciones críticas que quizá puedan interesar hoy a historiadores y economistas; otorga unas proporciones desmesuradas a un parangón -por otra parte, fuera de propósito- entre los cultivos del Perú y el estado de la agricultura en Andalucía y Extremadura; abunda en detalles triviales; se detiene en increíbles minucias y se complace en considerar lo más nimio, mientras deja a veces pasar por alto, en una descuidada alusión, la atrocidad de que le ha llegado noticia o la grandeza admirable. En todo caso, no parecía discreto dar a la imprenta un escrito tan disforme sin retocarlo algo, y aliviarlo de tantas impertinentes excrecencias como en él viene a hacer penosa e ingrata la lectura.

Es digno de advertir que, concluida ésta a costa de no poco esfuerzo, queda en el lector la sensación de que algo le hubiera sido escamoteado; y ello, a pesar de tanto y tan insistido detalle. Otras personas que conocen el texto han corroborado esa impresión mía; y hasta un amigo a quien proporcioné los datos acerca del manuscrito, interesándolo en su estudio, después de darme gracias, añadía en su carta: «Más de una vez, al pasar una hoja y levantar la cabeza, he creído ver al fondo, en la penumbra del Archivo, la mirada negrísima de González Lobo disimulando su burla en el parpadeo de sus ojos entreabiertos.» Lo cierto es que el escrito resulta desconcertante en demasía, y está cuajado de problemas. Por ejemplo: ¿a qué intención obedece?, ¿para qué fue escrito? Puede aceptarse que no tuviera otro fin sino divertir la soledad de un anciano reducido al solo pasto de los recuerdos. Pero ¿cómo explicar que, al cabo de tantas vueltas, no se diga en él en qué consistía a punto fijo la pretensión de gracia que su autor llevó a la Corte, ni cuál era su fundamento?

Más aun: supuesto que este fundamento no podía venirle sino en méritos de su padre, resulta asombroso el hecho de que no lo mencione siquiera una vez en el curso de su relación. Cabe la conjetura de que González Lobo fuera huérfano desde muy temprana edad y, siendo así, no tuviera gran cosa que recordar de él; pero es lo cierto que hasta su nombre omite -mientras, en cambio, nos abruma con obsesiones sobre el clima y la flora, nos cansa inventariando las riquezas reunidas en la iglesia catedral de Sigüenza… Sea como quiera, las noticias anteriores al viaje que respecto de sí mismo consigna son sumarias en extremo, y siempre aportadas por vía incidental. Sabemos del clérigo por cuyas manos recibiera sacramentos y castigos, con ocasión de un episodio aducido para escarmiento de la juventud: pues cuenta que, exasperado el buen fraile ante la obstinación con que su pupilo oponía un callar terco a sus reprimendas, arrojó los libros al suelo y, haciéndole la cruz, lo dejó a solas con Plutarco y Virgilio. Todo esto, referido en disculpa, o mejor, como lamentación moralizante por las deficiencias de estilo que sin duda habían de afear su prosa.

Pero no es ésa la única cosa inexplicable en un relato tan recargado de explicaciones ociosas. Junto a problemas de tanto bulto, se descubren otros más sutiles. Lo trabajoso y dilatado del viaje, la demora creciente de sus etapas conforme iba acercándose a la Corte (sólo en Sevilla permaneció el Indio González más de tres años, sin que sus memorias ofrezcan justificación de tan prolongada permanencia en una ciudad donde nada hubiera debido retenerle), contrasta, creando un pequeño enigma, con la prontitud en desistir de sus pretensiones y retirarse de Madrid, no bien hubo visto al rey. Y como éste otros muchos.

El relato se abre con el comienzo del viaje, para concluir con la visita al rey Carlos II en una cámara de palacio. «Su Majestad quiso mostrarme benevolencia -son sus últimas frases-, y me dio a besar la mano; pero antes de que alcanzara a tomársela saltó a ella un curioso monito que alrededor andaba jugando, y distrajo su Real atención en demanda de caricias. Entonces entendí yo la oportunidad, y me retiré en respetuoso silencio.»

Silenciosa es también la escena inicial del manuscrito, en que el Indio González se despide de su madre. No hay explicaciones, ni lágrimas. Vemos las dos figuras destacándose contra el cielo, sobre un paisaje de cumbres andinas, en las horas del amanecer. González ha tenido que hacer un largo trayecto para llegar despuntando el día; y ahora, madre e hijo caminan sin hablarse el uno al otro, hacia la iglesia, poco más grande, poco menos pobre que las viviendas. Juntos oyen la misa. González vuelve a emprender el descenso por las sendas cordilleranas…

Poco más adelante, lo encontraremos en medio del ajetreo del puerto. Ahí su figura menuda apenas se distingue en la confusión bulliciosa, entre las idas y venidas que se enmarañan alrededor suyo. Está parado, aguardando, entretenido en mirar la preparación de la flota, frente al océano que rebrilla y enceguece. A su lado, en el suelo, tiene un pequeño cofre. Todo gira alrededor de su paciente espera: marineros, funcionarios, cargadores, soldados; gritos, órdenes, golpes. Dos horas lleva quieto en el mismo sitio el Indio González Lobo, y otras dos o tres pasarán todavía antes de que las patas innumerables de la primera galera comiencen a moverse a compás, arrastrando su panza sobre el agua espesa del puerto. Luego, embarcará con su cofre. -Del dilatado viaje, sólo esta sucinta referencia contienen sus memorias: La travesía fue feliz.

Pero, a falta de incidentes que consignar, y quizá por efecto de expectativas inquietantes que no llegaron a cumplirse, llena de folios y folios a propósito de los inconvenientes, riesgos y daños de los muchos filibusteros que infestan los mares, y de los remedios que podrían ponerse en evitación del quebranto que por causa de ellos sufren los intereses de la Corona. Quien lo lea, no pensará que escribe un viajero, sino un político, tal vez un arbitrista: son lucubraciones mejor o peor fundadas, y de cuya originalidad habría mucho que decir. En ellas se pierde; se disuelve en generalidades. Y ya no volvemos a encontrarlo hasta Sevilla.

En Sevilla lo vemos resurgir de entre un laberinto de consideraciones morales, económicas y administrativas, siguiendo a un negro que le lleva al hombro su cofre y que, a través de un laberinto de callejuelas, lo guía en busca de posada. Ha dejado atrás el navío de donde desembarcara. Todavía queda ahí, contoneándose en el río; ahí pueden verse, bien cercanos, sus palos empavesados. Pero entre González Lobo, que ahora sigue al negro con su cofre, y la embarcación que le trajo de América, se encuentra la Aduana. En todo el escrito no hay una sola expresión vehemente, un ademán de impaciencia o una inflexión quejumbrosa: nada turba el curso impasible del relato, pero quien ha llegado a familiarizarse con su estilo, y tiene bien pulsada esa prosa, y aprendió a sentir el latido disimulado bajo la retórica entonces en uso, puede descubrir en sus consideraciones sobre un mejor arreglo del comercio de Indias y acerca de algunas normas de buen gobierno cuya implantación acaso fuera recomendable, todo el cansancio de interminables tramitaciones, capaces de exasperar a quien no tuviera tan fino temple.

Excedería a la intención de estos apuntes, destinados a dar noticia del curioso manuscrito, el ofrecer un resumen completo de su contenido. Día llegará en que pueda editarse con el cuidado erudito a que es acreedor, anotado en debida forma, y precedido de un estudio filológico donde se discutan y diluciden las muchas cuestiones que su estilo suscita. Pues ya a primera vista se advierte que, tanto la prosa como las ideas de su autor, son anacrónicas para su fecha; y hasta creo que podrían distinguirse en ellas ocurrencias, giros y reacciones correspondientes a dos, y quién sabe si a más estratos; en suma, a las actitudes y maneras de diversas generaciones, incluso anteriores a la suya propia -lo que sería por demás explicable dadas las circunstancias personales de González Lobo. Al mismo tiempo, y tal como suele ocurrir, esa mezcla arroja resultados que recuerdan la sensibilidad actual.

Tal estudio se encuentra por hacer; y sin su guía no parece aconsejable la publicación de semejante libro, que necesitaría también ir precedido de un cuadro geográfico-cronológico donde quedara trazado el itinerario del viaje -tarea ésta no liviana, si se considera cuánta es la confusión y el desorden con que en sus páginas se entreveran los datos, se alteran las fechas, se vuelve sobre lo andado, se mezcla lo visto con lo oído, lo remoto con lo presente, el acontecimiento con el juicio, y la opinión propia con la ajena.

De momento, quiero limitarme a anticipar esta noticia bibliográfica, llamando de nuevo la atención sobre el problema central que la obra plantea: a saber, cuál sea el verdadero propósito de un viaje cuyas motivaciones quedan muy oscuras, si no oscurecidas a caso hecho, y en qué relación puede hallarse aquel propósito con la ulterior redacción de la memoria. Confieso que, preocupado con ello, he barajado varias hipótesis, pronto desechadas, no obstante, como insatisfactorias. Después de darle muchas vueltas, me pareció demasiado fantástico y muy mal fundado el supuesto de que el Indio González Lobo ocultara una identidad por la que se sintiera llamado a algún alto destino, como descendiente, por ejemplo, de quién sabe qué estirpe nobilísima. En el fondo, esto no aclararía apenas nada. También se me ocurrió pensar si su obra no sería una mera invención literaria, calculada con todo esmero en su aparente desaliño para simbolizar el desigual e imprevisible curso de la vida humana, moralizando implícitamente sobre la vanidad de todos los afanes en que se consume la existencia. Durante algunas semanas me aferré con entusiasmo a esta interpretación, por la que el protagonista podía incluso ser un personaje imaginario; pero a fin de cuentas tuve que resignarme a desecharla: es seguro que la conciencia literaria de la época hubiera dado cauce muy distinto a semejante idea.

Mas no es ahora la ocasión de extenderse en cuestiones tales, sino tan sólo de reseñar el manuscrito y adelantar una apuntación ligera de su contenido.

Hay un pasaje, un largo, interminable pasaje, en que González Lobo aparece perdido en la maraña de la Corte. Describe con encarnizado rigor su recorrer el dédalo de pasillos y antesalas, donde la esperanza se pierde y se le ven las vueltas al tiempo; se ensaña en consignar cada una de sus gestiones, sin pasar por alto una sola pisada. Hojas y más hojas están llenas de enojosas referencias y detalles que nada importan, y que es difícil conjeturar a qué vienen. Hojas y más hojas, están llenas de párrafos por el estilo de éste: «Pasé adelante, esta vez sin tropiezo, gracias a ser bien conocido ya del jefe de la conserjería; pero al pie de la gran escalera que arranca del zaguán -se está refiriendo al Palacio del Consejo de Indias, donde tuvieron lugar muchas de sus gestiones-, encontré cambiada la guardia: tuve, pues, que explicar ahí todo mi asunto como en días anteriores, y aguardar que subiera un paje en averiguación de si me sería permitido el acceso. Mientras esperaba, me entretuve en mirar quiénes recorrían las escaleras, arriba y abajo: caballeros y clérigos, que se saludaban entre sí, que se separaban a conversar, o que avanzaban entre reverencias. No poco tiempo tardó en volver mi buen paje con el recado de que sería recibido por el quinto oficial de la Tercera Secretaría, competente para escuchar mi asunto. Subí tras de un ordenanza, y tomé asiento en la antesala del señor oficial. Era la misma antesala donde hube de aguardar el primer día, y me senté en el mismo banco donde ya entonces había esperado más de hora y media. Tampoco esta vez prometía ser breve la espera; corría el tiempo; vi abrirse y cerrarse la puerta veces infinitas, y varias de ellas salir y entrar al propio oficial quinto, que pasaba por mi lado sin dar señales de haberme visto, ceñudo y con la vista levantada. Acerquéme, en fin, cansado de aguardar, al ordenanza de la puerta para recordarle mi caso. El buen hombre me recomendó paciencia; pero, porque no la acabara de perder, quiso hacerme pasar de allí a poco, y me dejó en el despacho mismo del señor oficial, que no tardaría mucho en volver a su mesa. Mientras venía o no, estaba yo pensando si recordaría mi asunto, y si acaso no volvería a remitirme con él, como la vez pasada, a la Secretaría de otra Sección del Real Consejo. Había sobre la mesa un montón de legajos, y las paredes de la pieza estaban cubiertas de estanterías, llenas también de carpetas. En el testero de la sala, sobre el respaldo del sillón del señor oficial, se veía un grande y no muy buen retrato del difunto rey don Felipe IV. En una silla, junto a la mesa, otro montón de legajos esperaba su turno. Abierto, lleno de espesa tinta, el tintero de estaño aguardaba también al señor oficial quinto de Secretaría… Pero aquella mañana ya no me fue posible conversar con él, porque entró al fin muy alborotado en busca de un expediente, y me rogó con toda cortesía que tuviera a bien excusarle, que tenía que despachar con Su Señoría, y que no era libre de escucharme en aquel momento.»

Incansablemente, diluye su historia el Indio González en pormenores semejantes, sin perdonar día ni hora, hasta el extremo de que, con frecuencia, repite por dos, tres, y aun más veces, en casi iguales términos, el relato de gestiones idénticas, de manera tal que sólo en la fecha se distinguen; y cuando el lector cree haber llegado al cabo de una jornada penosísima, ve abrirse ante su fatiga otra análoga, que deberá recorrer también paso a paso, y sin más resultado que alcanzar la siguiente. Bien hubiera podido el autor excusar el trabajo, y dispensar de él a sus lectores, con sólo haber consignado, si tanto importaba a su intención, el número de vistas que tuvo que rendir a tal o cual oficina, y en qué fechas. ¿Por qué no lo hizo así? ¿Le procuraba acaso algún raro placer el desarrollo del manuscrito bajo su pluma con un informe crecimiento de tumor, sentir cómo aumentaba su volumen amenazando cubrir con la longitud del relato la medida del tiempo efectivo a que se extiende? ¿Qué necesidad teníamos, si no, de saber que eran cuarenta y seis los escalones de la escalera del palacio del Santo Oficio, y cuántas ventanas se alineaban en cada una de sus fachadas?

Quien está cumpliendo con probidad la tarea que se impuso a sí propio: recorrer entero el manuscrito, de arriba abajo, línea por línea y sin omitir un punto, experimenta no ya un alivio, sino emoción verdadera, cuando, sobre la marcha, su curso inicia un giro que nada parecía anunciar y que promete perspectivas nuevas a una atención ya casi rendida al tedio. «Al otro día, domingo, me fui a confesar con el doctor Curtius», ha leído sin transición ninguna. La frase salta desde la lectura maquinal, como un relumbre en la apagada, gris arena… Pero si el tierno temblor que irradia esa palabra, confesión, alentó un momento la esperanza de que el relato se abriera en vibraciones íntimas, es sólo para comprobar cómo, al contrario, la costra de sus retorcidas premiosidades se autoriza ahora con el secreto del sacramento. Pródigo siempre en detalles, el autor sigue guardando silencio sobre lo principal. Hemos cambiado de escenario, pero no de actitud. Vemos avanzar la figura menuda de González Lobo, que sube, despacio, por el centro de la amplísima escalinata, hacia el pórtico de la iglesia; la vemos detenerse un momento, a su costado, para sacar una moneda de su escarcela y socorrer a un mendigo. Más aún: se nos hace saber con exactitud ociosa que se trata de un viejo paralítico y ciego, cuyos miembros se muestran agarrotados en duros vendajes sin forma. Y todavía añade González una larga digresión, lamentándose de no poseer medios bastantes para aliviar la miseria de los demás pobres instalados, como una orla de podredumbre, a lo largo de las gradas…

Por fin, la figura del Indio se pierde en la oquedad del atrio. Ha levantado la pesada cortina; ha entrado en la nave, se ha inclinado hasta el suelo ante el altar mayor. Luego se acerca al confesionario. En su proximidad, aguarda, arrodillado, a que le llegue el turno. ¿Cuántas veces han pasado por entre las yemas de sus dedos las cuentas de su rosario, cuando, por último, una mano blanca y gorda le hace señas desde lo oscuro para que se acerque al Sagrado Tribunal? -González Lobo consigna ese gesto fugaz de la mano blanqueando en la sombra; ha retenido igualmente a lo largo de los años la impresión de ingrata dureza que causaron en su oído las inflexiones teutónicas del confesor y, pasado el tiempo, se complace en consignarla también. Pero eso es todo. «Le besé la mano, y me fui a oír la santa misa junto a una columna.»

Desconcierta -desconcierta e irrita un poco- ver cómo, tras una reserva tan cerrada, se extiende luego a ponderar la solemnidad de la misa: la pureza desgarradora de las voces juveniles que, desde el coro, contestaban, «como si, abiertos los cielos, cantasen ángeles la gloria del Resucitado», a los graves latines del altar. Eso, las frases y cantos litúrgicos, el brillo de la plata y del oro, la multitud de las luces, y las densas volutas de incienso ascendiendo por delante del retablo, entre columnatas torneadas y cubiertas de yedra, hacia las quebradas cupulillas, todo eso, no era entonces novedad mayor que hoy, ni ocasión de particular noticia. Con dificultad nos convenceríamos de que el autor no se ha detenido en ello para disimular la omisión de lo que personalmente le concierne, para llenar mediante ese recurso el hiato entre su confesión -donde sin duda alguna hubo de ingerirse un tema profano- y la vista que a la mañana siguiente hizo, invocando el nombre del doctor Curtius, a la Residencia de la Compañía de Jesús. «Tiré de la campanilla -dice, cuando nos ha llevado ante la puerta-, y la oí sonar más cerca y más fuerte de lo que esperaba.»

Es, de nuevo, la referencia escueta de un hecho nimio. Pero tras ella quiere adivinar el lector, enervado ya, una escena cargada de tensión: vuelve a representarse la figura, cetrina y enjuta, de González Lobo, que se acerca a la puerta de la Residencia con su habitual parsimonia, con su triste, lentísimo continente impasible; que, en llegando a ella, levanta despacio la mano hasta el pomo del llamador. Pero esa mano, fina, larga, pausada, lo agarra y tira de él con una contracción violenta, y vuelve a soltarlo en seguida. Ahora, mientras el pomo oscila ante sus ojos indiferentes, él observa que la campanilla estaba demasiado cerca y que ha sonado demasiado fuerte.

Pero, en verdad, no dice nada de esto. Dice: «Tiré de la campanilla, y la oí sonar más cerca y más fuerte de lo que esperaba. Apenas apagado su estrépito, pude escuchar los pasos del portero, que venía a abrirme, y que, enterado de mi nombre, me hizo pasar sin demora.» En compañía suya, entra el lector a una sala, donde aguardará González, parado junto a la mesa. No hay en la sala sino esa mesita, puesta en el centro, un par de sillas, y un mueble adosado a la pared, con un gran crucifijo encima. La espera es larga. Su resultado, éste: «No me fue dado ver al Inquisidor General en persona. Pero, en nombre suyo, fui remitido a casa de la baronesa de Berlips, la misma señora conocida del vulgo por el apodo de La Perdiz, quien, a mi llegada, tendría información cumplida de mi caso, según me aseguraron. Mas pronto pude comprobar -añade- que no sería cosa llana entrar a su presencia. El poder de los magnates se mide por el número de los pretendientes que tocan a sus puertas, y ahí, todo el patio de la casa era antesala.»

De un salto, nos transporta el relato desde la Residencia jesuítica -tan silenciosa que un campanillazo puede caer en su vestíbulo como una piedra en un pozo- hasta un viejo palacio, en cuyo patio se aglomera, bullicioso, un hervidero de postulantes, afanados en el tráfico de influencias, solicitud de exenciones, compra de empleos, demanda de gracia o gestión de privilegios. «Me aposté en un codo de la galería y mientras duraba mi antesala, divertíame en considerar tanta variedad de aspectos y condiciones como allí concurrían, cuando un soldado, poniéndome la mano en el hombro, me preguntó de dónde era venido y a qué. Antes de que pudiera responderle nada, se me adelantó a pedir excusas por su curiosidad, pues que lo dilatado de la espera convidaba a entretener de alguna manera el tiempo, y el recuerdo de la patria es siempre materia de grata plática. Él, por su parte, me dijo ser natural de Flandes, y que prestaba servicio al presente en las guardias del Real Palacio, con la esperanza de obtener para más adelante un puesto de jardinero en sus dependencias; que esta esperanza se fundaba y sostenía en el valimiento de su mujer, que era enana del rey y que tenía dada ya más de una muestra de su tino para obtener pequeñas mercedes. Se me ocurrió entonces, mientras lo estaba oyendo, si acaso no sería aquél buen atajo para llegar más pronto al fin de mis deseos; y así, le manifesté cómo éstos no eran otros sino el de besar los pies a Su Majestad; pero que, forastero en la Corte y sin amigos, no hallaba medio de arribar a su Real persona. Mi ocurrencia -agrega- se acreditó feliz, pues, acercándoseme a la oreja, y después de haber ponderado largamente el extremo de su simpatía hacia mi desamparo y su deseo de servirme, vino a concluir que tal vez su mentada mujer -que lo era, según me tenía dicho, la enana doña Antoñita Núñez, de la Cámara del Rey- pudiera disponer el modo de introducirme a su alta presencia; y que sin duda querría hacerlo, supuesto que yo me la supiese congraciar y moviera su voluntad con el regalo del cintillo que se veía en mi dedo meñique.»

Las páginas que siguen a continuación son, a mi juicio, las de mayor interés literario que contiene el manuscrito. No tanto por su estilo, que mantiene invariablemente todos sus caracteres: una caída arcaizante, a veces precipitación chapucera, y siempre esa manera elusiva donde tan pronto cree uno edificar los circunloquios de la prosa oficialesca, tan pronto los sobreentendidos de quien escribe para propio solaz, sin consideración a posibles lectores; no tanto por el estilo, digo, como por la composición, en que González Lobo parece haberse esmerado. El reino se remansa aquí, pierde su habitual sequedad, y hasta parece retozar con destellos de insólito buen humor. Se complace González en describir el aspecto y maneras de doña Antoñita, sus palabras y silencios, a lo largo de la curiosa negociación.

Si estas páginas no excedieran ya los límites de lo prudente, reproduciría el pasaje íntegro. Pero la discreción me obliga a limitarme a una muestra de su temperamento. «En esto -escribe-, dejó el pañuelo y esperó, mirándome, a que lo alzara. Al bajarme para levantarlo vi reír sus ojillos a la altura de mi cabeza. Cogió el pañuelo que yo le entregaba, y lo estrujó entre los diminutos dedos de una mano adornada ya con mi cintillo. Diome las gracias, y sonó su risa como una chirimía; sus ojos se perdieron y, ahora, apagado su rebrillo, la enorme frente era dura y fría como piedra.»

Sin duda, estamos ante un renovado alarde de minuciosidad; pero ¿no se advierte ahí una inflexión divertida, que, en escritor tan apático, parece efecto de la alegría de quien, por fin, inesperadamente, ha descubierto la salida del laberinto donde andaba perdido y se dispone a franquearla sin apuro? Han desaparecido sus perplejidades, y acaso disfruta en detenerse en el mismo lugar de que antes tanto deseaba escaparse.

De aquí en adelante el relato pierde su acostumbrada pesadumbre y, como si replicase al ritmo de su corazón, se acelera sin descomponer el paso. Lleva sobre sí la carga del abrumador viaje, y en los incontables folios que encierran sus peripecias, desde aquella remota misa en las cumbres andinas hasta este momento en que va a comparecer ante Su Majestad Católica, parecen incluidas todas las experiencias de una vida.

Y ya tenemos al Indio González Lobo en compañía de la enana doña Antoñita camino del Alcázar. A su lado siempre, atraviesa patios, cancelas, portales, guardias, corredores, antecámaras. Quedó atrás la Plaza de Armas, donde evolucionaba un escuadrón de caballería; quedó atrás la suave escalinata de mármol; quedó atrás la ancha galería, abierta a la derecha sobre un patio, y adornada a la izquierda la pared con el cuadro de una batalla famosa, que no se detuvo a mirar, pero del que le quedó en los ojos la apretada multitud de las compañías de un tercio que, desde una perspectiva bien dispuesta, se dirigía, escalonadas en retorcidas filas, hacia la alta, cerrada, defendida ciudadela… Y ahora la enorme puerta cuyas dos hojas de roble se abrieron ante ellos en llegando a lo alto de la escalera, había vuelto a cerrarse a sus espaldas. Las alfombras acallaban sus pasos, imponiéndoles circunspección, y los espejos adelantaban su vista hacia el interior de desoladas estancias sumidas en penumbra.

La mano de doña Antoñita trepó hasta la cerradura de una lustrosa puerta, y sus dedos blandos se adhirieron al reluciente metal de la empuñadura, haciéndola girar sin ruido. Entonces, de improviso, González Lobo se encontró ante el Rey.

«Su Majestad -nos dice- estaba sentado en un grandísimo sillón, sobre un estrado, y apoyaba los pies en un cojín de seda color tabaco, puesto encima de un escabel. A su lado, reposaba un perrillo blanco.» Describe -y es asombroso que en tan breve espacio pudiera apercibirse así de todo, y guardarlo en el recuerdo- desde sus piernas flacas y colgantes hasta el lacio, descolorido cabello. Nos informa de cómo el encaje de Malinas que adornaba su pecho estaba humedecido por las babas infatigables que fluían de sus labios; nos hace saber que eran de plata las hebillas de sus zapatos, que su ropa era de terciopelo negro. «El rico hábito de que Su Majestad estaba vestido -escribe González- despedía un fuerte hedor a orines; luego he sabido la incontinencia que le aquejaba.» Con igual simplicidad imperturbable sigue puntualizando a lo largo de tres folios todos los detalles que retuvo su increíble memoria acerca de la cámara, y del modo como estaba alhajada. Respecto de la visita misma, que debiera haber sido, precisamente, lo memorable para él, sólo consigna estas palabras, con las que, por cierto, pone término a su dilatado manuscrito: «Viendo en la puerta a un desconocido, se sobresaltó el canecillo, y Su Majestad pareció inquietarse. Pero al divisar luego la cabeza de su Enana, que se me adelantaba y me precedía, recuperó su actitud de sosiego. Doña Antoñita se le acercó al oído, y le habló algunas palabras. Su Majestad quiso mostrarme benevolencia, y me dio a besar la mano; pero antes de que alcanzara a tomársela saltó a ella un curioso monito que alrededor andaba jugando, y distrajo su Real atención en demanda de caricias. Entonces entendí yo la oportunidad, y me retiré en respetuoso silencio.»

(1944)


El Inquisidor

<p id="_Toc168514503">El Inquisidor</p>

¡Qué regocijo!, ¡qué alborozo! ¡Qué músicas y cohetes! El Gran Rabino de la judería, varón de virtudes y ciencia sumas, habiendo conocido al fin la luz de la verdad, prestaba su cabeza al agua del bautismo; y la ciudad entera hacía fiesta.

Aquel día inolvidable, al dar gracias a Dios Nuestro Señor, dentro ya de su iglesia, sólo una cosa hubo de lamentar el antiguo rabino; pero ésta ¡ay! desde el fondo de su corazón: que a su mujer, la difunta Rebeca, no hubiera podido extenderse el bien de que participaban con él, en cambio, felizmente, Marta, su hija única, y los demás familiares de su casa, bautizados todos en el mismo acto con mucha solemnidad. Esa era su espina, su oculto dolor en día tan glorioso; ésa, y -¡sí, también!- la dudosa suerte (o más que dudosa, temible) de sus mayores, línea ilustre que él había reverenciado en su abuelo, en su padre, generaciones de hombres religiosos, doctos y buenos, pero que, tras la venida del Mesías, no habían sabido reconocerlo y, durante siglos, se obstinaron en la vieja, derogada Ley.

Preguntábase el cristiano nuevo en méritos de qué se le había otorgado a su alma una gracia tan negada a ellos, y por qué designio de la Providencia, ahora, al cabo de casi los mil y quinientos años de un duro, empecinado y mortal orgullo, era él, aquí, en esta pequeña ciudad de la meseta castellana -él sólo, en toda su dilatada estirpe- quien, después de haber regido con ejemplaridad la venerable sinagoga, debía dar este paso escandaloso y bienaventurado por el que ingresaba en la senda de salvación. Desde antes, desde bastante tiempo antes de declararse converso, había dedicado horas y horas, largas horas, horas incontables, a estudiar en términos de Teología el enigma de tal destino. No logró descifrarlo. Tuvo que rechazar muchas veces como pecado de soberbia la única solución plausible que le acudía a las mientes, y sus meditaciones le sirvieron tan sólo para persuadirlo de que tal gracia le imponía cargas y le planteaba exigencias proporcionadas a su singular magnitud; de modo que, por lo menos, debía justificarla a posterior¿ con sus actos. Claramente comprendía estar obligado para con la Santa Iglesia en mayor medida que cualquier otro cristiano. Dio por averiguado que su salvación tenía que ser fruto de un trabajo muy arduo en pro de la fe; y resolvió -como resultado feliz y repentino de sus cogitaciones- que no habría de considerarse cumplido hasta no merecer y alcanzar la dignidad apostólica allí mismo, en aquella misma ciudad donde había ostentado la de Gran Rabino, siendo así asombro de todos los ojos y ejemplo de todas las almas.

Ordenóse, pues, de sacerdote, fue a la Corte, estuvo en Roma y, antes de pasados ocho años, ya su sabiduría, su prudencia, su esfuerzo incansable, le proporcionaron por fin la mitra de la diócesis desde cuya sede episcopal serviría a Dios hasta la muerte. Lleno estaba de escabrosísimos pasos -más, tal vez, de lo imaginable- el camino elegido; pero no sucumbió; hasta puede afirmarse que ni siquiera llegó a vacilar por un instante. El relato actual corresponde a uno de esos momentos de prueba. Vamos a encontrar al obispo, quizás, en el día más atroz de su vida. Ahí lo tenemos, trabajando, casi de madrugada. Ha cenado muy poco: un bocado apenas, sin levantar la vista de sus papeles. Y empujando luego el cubierto a la punta de la mesa, lejos del tintero y los legajos, ha vuelto a enfrascarse en la tarea. A la punta de la mesa, reunidos aparte, se ven ahora la blanca hogaza de cuyo canto falta un cuscurro, algunas ciruelas en un plato, restos en otro de carne fiambre, la jarrita del vino, un tarro de dulce sin abrir… Como era tarde, el señor obispo había despedido al paje, al secretario, a todos, y se había servido por sí mismo su colación. Le gustaba hacerlo así; muchas noches solía quedarse hasta muy tarde, sin molestar a ninguno. Pero hoy, difícilmente hubiera podido soportar la presencia de nadie; necesitaba concentrarse, sin que nadie lo perturbara, en el estudio del proceso. Mañana mismo se reunía bajo su presidencia el Santo Tribunal; esos desgraciados, abajo, aguardaban justicia, y no era él hombre capaz de rehuir o postergar el cumplimiento de sus deberes, ni de entregar el propio juicio a pareceres ajenos: siempre, siempre, había examinado al detalle cada pieza, aun mínima, de cada expediente, había compulsado trámites, actuaciones y pruebas, hasta formarse una firme convicción y decidir, inflexiblemente, con arreglo a ella. Ahora, en este caso, todo lo tenía reunido ahí, todo estaba minuciosamente ordenado y relatado ante sus ojos, folio tras folio, desde el comienzo mismo, con la denuncia sobre el converso Antonio Maria Lucero, hasta los borradores para la sentencia que mañana debía dictarse contra el grupo entero de judaizantes complicados en la causa. Ahí estaba el acta levantada con la detención de Lucero, sorprendido en el sueño y hecho preso en medio del consternado revuelo de su casa; las palabras que había dejado escapar en el azoramiento de la situación -palabras, por cierto, de significado bastante ambiguo- ahí constaban. Y luego, las sucesivas declaraciones, a lo largo de varios meses de interrogatorios, entrecortada alguna de ellas por los ayes y gemidos, gritos y súplicas del tormento, todo anotado y transcrito con escrupulosa puntualidad. En el curso del minucioso procedimiento, en las diligencias premiosas e innumerables que se siguieron, Lucero había negado con obstinación irritante; había negado, incluso, cuando le estaban retorciendo los miembros en el potro. Negaba entre imprecaciones; negaba entre imploraciones, entre lamentos; negaba siempre. Mas -otro, acaso, no lo habría notado; a él ¿cómo podía escapársele?- se daba buena cuenta el obispo de que esas invocaciones que el procesado había proferido en la confusión del ánimo, entre tinieblas, dolor y miedo, contenían a veces, sí, el santo nombre de Dios envuelto en aullidos y amenazas; pero ni una sola apelaban a Nuestro Señor Jesucristo, la Virgen o los Santos, de quienes, en cambio, tan devoto se mostraba en circunstancias más tranquilas…

Al repasar ahora las declaraciones obtenidas mediante el tormento -diligencia ésta que, en su día, por muchas razones, se creyó obligado a presenciar el propio obispo- acudió a su memoria con desagrado la mirada que Antonio María, colgado por los tobillos, con la cabeza a ras del suelo, le dirigió desde abajo. Bien sabía él lo que significaba aquella mirada: contenía una alusión al pasado, quería remitirse a los tiempos en que ambos, el procesado sometido a tortura y su juez, obispo y presidente del Santo Tribunal, eran aún judíos; recordarle aquella ocasión ya lejana en que el orfebre, entonces un mozo delgado, sonriente, se había acercado respetuosamente a su rabino pretendiendo la mano de Sara, la hermana menor de Rebeca, todavía en vida, y el rabino, después de pensarlo, no había hallado nada en contra de ese matrimonio, y había celebrado él mismo las bodas de Lucero con su cuñada Sara. Sí, eso pretendían recordarle aquellos ojos que brillaban a ras del suelo, en la oscuridad del sótano, obligándole a hurtar los suyos; esperaban ayuda de una vieja amistad y un parentesco en nada relacionados con el asunto de autos. Equivalía, pues, esa mirada a un guiño indecente, de complicidad, a un intento de soborno; y lo único que conseguía era proporcionar una nueva evidencia en su contra, pues ¿no se proponía acaso hablar y conmover en el prelado que tan penosamente se desvelaba por la pureza de la fe al judío pretérito de que tanto uno como otro habían ambos abjurado?

Bien sabía esa gente, o lo suponían -pensó ahora el obispo- cuál podía ser su lado flaco, y no dejaban de tantear, con sinuosa pertinacia, para acercársele. ¿No había intentado, ya al comienzo -y ¡qué mejor prueba de su mala conciencia! ¡qué confesión más explícita de que no confiaban en la piadosa justicia de la Iglesia!-, no habían intentado blandearlo por la mediación de Marta, su hijita, una criatura inocente, puesta así en juego?… Al cabo de tantos meses, de nuevo suscitaba en él un movimiento de despecho el que así se hubieran atrevido a echar mano de lo más respetable: el candor de los pocos años. Disculpada por ellos, Marta había comparecido a interceder ante su padre en favor del Antonio María Lucero, recién preso entonces por sospechas. Ningún trabajo costó establecer que lo había hecho a requerimientos de su amiga de infancia y -torció su señoría el gesto- prima carnal, es cierto, por parte de madre, Juanita Lucero, aleccionada a su vez, sin duda, por los parientes judíos del padre, el converso Lucero, ahora sospechoso de judaizar. De rodillas, y con palabras quizás aprendidas, había suplicado la niña al obispo. Una tentación diabólica; pues, ¿no son, acaso, palabras del Cristo: El que ama hijo o hija más que a mí, no es digno de mí?

En alto la pluma, y perdidos los ojos miopes en la penumbrosa pared de la sala, el prelado dejó escapar un suspiro de la caja de su pecho: no conseguía ceñirse a la tarea; no podía evitar que la imaginación se le huyera hacia aquella su hija única, su orgullo y su esperanza, esa muchachita frágil, callada, impetuosa, que ahora, en su alcoba, olvidada del mundo, hundida en el feliz abandono del sueño, descansaba, mientras velaba él arañando con la pluma el silencio de la noche. Era -se decía el obispo- el vástago postrero de aquella vieja estirpe a cuyo dignísimo nombre debió él hacer renuncia para entrar en el cuerpo místico de Cristo, y cuyos últimos rastros se borrarían definitivamente cuando, llegada la hora, y casada -si es que alguna vez había de casarse- con un cristiano viejo, quizás ¿por qué no? de sangre noble, criara ella, fiel y reservada, laboriosa y alegre, una prole nueva en el fondo de su casa… Con el anticipo de esta anhelada perspectiva en la imaginación, volvió el obispo a sentirse urgido por el afán de preservar a su hija de todo contacto que pudiera contaminarla, libre de acechanzas, aparte; y, recordando cómo habían querido valerse de su pureza de alma en provecho del procesado Lucero, la ira le subía a la garganta, no menos que si la penosa escena hubiera ocurrido ayer mismo. Arrodillada a sus plantas, veía a la niña decirle: «Padre: el pobre Antonio María no es culpable de nada; yo, padre -¡ella! ¡la inocente!-, yo, padre, sé muy bien que él es bueno. ¡Sálvalol» Sí, que lo salvara. Como si no fuera eso, eso precisamente, salvar a los descarriados, lo que se proponía la Inquisición… Aferrándola por la muñeca, averiguó en seguida el obispo cómo había sido maquinada toda la intriga, urdida toda la trama: señuelo fue, es claro, la afligida Juanica Lucero; y todos los parientes, sin duda, se habían juntado para fraguar la escena que, como un golpe de teatro, debería, tal era su propósito, torcer la conciencia del dignatario con el sutil soborno de las lágrimas infantiles. Pero está dicho que si tu mano derecha te fuere ocasión de caer, córtala y échala de ti. El obispo mandó a la niña, como primera providencia, y no para castigo sino más bien por cautela, que se recluyera en su cuarto hasta nueva orden, retirándose él mismo a cavilar sobre el significado y alcance de este hecho: su hija que comparece a presencia suya y, tras haberle besado el anillo y la mano, le implora a favor de un judaizante; y concluyó, con asombro, de allí a poco, que, pese a toda su diligencia, alguna falla debía tener que reprocharse en cuanto a la educación de Marta, pues que pudo haber llegado a tal extremo de imprudencia.

Resolvió entonces despedir al preceptor y maestro de doctrina, a ese doctor Bartolomé Pérez que con tanto cuidado había elegido siete años antes y del que, cuando menos, podía decirse ahora que había incurrido en lenidad, consintiendo a su pupila el tiempo libre para vanas conversaciones y una disposición de ánimo proclive a entretenerse en ellas con más intervención de los sentimientos que del buen juicio.

El obispo necesitó muchos días para aquilatar y no descartar por completo sus escrúpulos. Tal vez -temía-, distraído en los cuidados de su diócesis, había dejado que se le metiera el mal en su propia casa, y se clavara en su carne una espina de ponzoña. Con todo rigor, examinó de nuevo su conducta. ¿Había cumplido a fondo sus deberes de padre? Lo primero que hizo cuando Nuestro Señor le quiso abrir los ojos a la verdad, y las puertas de su Iglesia, fue buscar para aquella triste criatura, huérfana por obra del propio nacimiento, no sólo amas y criadas de religión irreprochable, sino también un preceptor que garantizara su cristiana educación. Apartarla en lo posible de una parentela demasiado nueva en la fe, encomendarla a algún varón exento de toda sospecha en punto a doctrina y conducta, tal había sido su designio. El antiguo rabino buscó, eligió y requirió para misión tan delicada a un hombre sabio y sencillo, este Dr. Bartolomé Pérez, hijo, nieto y biznieto de labradores, campesino que sólo por fuerza de su propio mérito se había erguido en el pegujal sobre el que sus ascendientes vivieron doblados, había salido de la aldea y, por entonces, se desempeñaba, discreto y humilde -tras haber adquirido eminencia en letras sagradas-, como coadjutor de una parroquia que proporcionaba a sus regentes más trabajo que frutos. Conviene decir que nada satisfacía tanto en él al ilustre converso como aquella su simplicidad, el buen sentido y el llano aplomo labriego, conservados bajo la ropa talar como un núcleo indestructible de alegre firmeza. Sostuvo con él, antes de confiarle su intención, tres largas pláticas en materia de doctrina, y le halló instruido sin alarde, razonador sin sutilezas, sabio sin vértigo, ansiedad ni angustia. En labios del Dr. Bartolomé Pérez lo más intrincado se hacía obvio, simple… Y luego, sus cariñosos ojos claros prometían para la párvula el trato bondadoso y la ternura de corazón que tan familiar era ya entre los niños de su pobre feligresía. Aceptó, en fin, el Dr. Pérez la propuesta del ilustre converso después que ambos de consuno hubieron provisto al viejo párroco de otro coadjutor idóneo, y fue a instalarse en aquella casa donde con razón esperaba medrar en ciencia sin mengua de la caridad; y, en efecto, cuando su patrono recibió la investidura episcopal, a él, por influencia suya, le fue concedido el beneficio de una canonjía. Entre tanto, sólo plácemes suscitaba la educación religiosa de la niña, dócil a la dirección del maestro. Mas, ahora… ¿cómo podía explicarse esto?, se preguntaba el obispo; ¿qué falla, qué fisura venía a revelar ahora lo ocurrido en tan cuidada, acabada y perfecta obra? ¿Acaso no habría estado lo malo, precisamente, en aquello -se preguntaba- que él, quizás con error, con precipitación, estimara como la principal ventaja: en la seguridad confiada y satisfecha del cristiano viejo, dormido en la costumbre de la fe? Y aun pareció confirmarlo en esta sospecha el aire tranquilo, apacible, casi diríase aprobatorio con que el Dr. Pérez tomó noticia del hecho cuando él le llamó a su presencia para echárselo en cara. Revestido de su autoridad impenetrable, le había llamado; le había dicho: «Óigame, doctor Pérez; vea lo que acaba de ocurrir: hace un momento, Marta, mi hija…» Y le contó la escena sumariamente. El Dr. Bartolomé Pérez había escuchado, con preocupado ceño; luego, con semblante calmo y hasta con un esbozo de sonrisa. Comentó: «Cosas, señor, de un alma generosa»; ése fue su solo comentario. Los ojos miopes del obispo lo habían escrutado a través de los gruesos vidrios con estupefacción y, en seguida, con rabiosa severidad. Pero él no se había inmutado; él -para colmo de escándalo- le había dicho, se había atrevido a preguntarle: «Y su señoría… ¿no piensa escuchar la voz de la inocencia?» El obispo -tal fue su conmoción- prefirió no darle respuesta de momento. Estaba indignado, pero, más que indignado, el asombro lo anonadaba ¿Qué podía significar todo aquello? ¿Cómo era posible tanta obcecación? O acaso hasta su propia cámara -¡sería demasiada audacia!-, hasta el pie de su estrado, alcanzaban… aunque, si se habían atrevido a valerse de su propia hija, ¿por qué no podían utilizar también a un sacerdote, a un cristiano viejo?… Consideró con extrañeza, como si por primera vez lo viese, a aquel campesino rubio que estaba allí, impertérrito, indiferente, parado ante él, firme como una peña (y, sin poderlo remediar, pensó: ¡bruto) a aquel doctor y sacerdote que no era sino un patán, adormilado en la costumbre de la fe y, en el fondo último de todo su saber, tan inconsciente como un asno. En seguida quiso obligarse a la compasión: había que compadecer más bien esa flojedad, despreocupación tanta en medio de los peligros. Si por esta gente fuera -pensó- ya podía perderse la religión: veían crecer el peligro por todas partes, y ni siquiera se apercibían… El obispo impartió al Dr. Pérez algunas instrucciones ajenas al caso, y lo despidió; se quedó otra vez solo con sus reflexiones. Ya la cólera había cedido a una lúcida meditación. Algo que, antes de ahora, había querido sospechar varias veces, se le hacía ahora evidentísimo: que los cristianos viejos, con todo su orgulloso descuido, eran malos guardianes de la ciudadela de Cristo, y arriesgaban perderse por exceso de confianza. Era la eterna historia, la parábola, que siempre vuelve a renovar su sentido. No, ellos no veían, no podían ver siquiera los peligros, las acechanzas sinuosas, las reptantes maniobras del enemigo, sumidos como estaban en una culpable confianza. Eran labriegos bestiales' paganos casi, ignorantes, con una pobre idea de la divinidad, mahometanos bajo Mahoma y cristianos bajo Cristo, según el aire que moviera las banderas; o si no, esos señores distraídos en sus querellas mortales, o corrompidos en su pacto con el mundo, y no menos olvidados de Dios. Por algo su Providencia le había llevado a él -y ojalá que otros como él rigieran cada diócesis- al puesto de vigía y capitán de la fe; pues, quien no está prevenido, ¿cómo podrá contrarrestar el ataque encubierto y artero, la celada, la conjuración sorda dentro de la misma fortaleza? Como un aviso, se presentaba siempre de nuevo a la imaginación del buen obispo el recuerdo de una vieja anécdota doméstica oída mil veces de niño entre infalibles carcajadas de los mayores: la aventura de su tío-abuelo, un joven díscolo, un tarambana, que, en el reino moro de Almería, habría abrazado sin convicción el mahometismo, alcanzando por sus letras y artes a ser, entre aquellos bárbaros, muecín de una mezquita. Y cada vez que, desde su eminente puesto, veía pasar por la plaza a alguno de aquellos parientes o conocidos que execraban su defección, esforzaba la voz y, dentro de la ritual invocación coránica, La ílaha illá llah, injería entre las palabras árabes una ristra de improperios en hebreo contra el falso profeta Mahoma, dándoles así a entender a los judíos cuál, aunque indigno, era su creencia verdadera, con escarnio de los descuidados y piadosos moros perdidos en zalemas… Así también, muchos conversos falsos se burlaban ahora en Castilla, en toda España, de los cristianos incautos, cuya incomprensible confianza sólo podía explicarse por la tibieza de una religión heredada de padres a hijos, en la que siempre habían vivido y triunfado, descansando, frente a las ofensas de sus enemigos, en la justicia última de Dios. Pero ¡ah! era Dios, Dios mismo, quien lo había hecho a él instrumento de su justicia en la tierra, a él que conocía el campamento enemigo y era hábil para descubrir sus espías, y no se dejaba engañar con tretas, como se engañaba a esos laxos creyentes que, en su flojedad, hasta cruzaban (a eso habían llegado, sí, a veces: él los había sorprendido, los había interpretado, los había descubierto), hasta llegaban a cruzar miradas de espanto -un espanto lleno, sin duda, de respeto, de admiración y reconocimiento, pero espanto al fin- por el rigor implacable que su prelado desplegaba en defensa de la Iglesia. El propio Dr. Pérez ¿no se había expresado en más de una ocasión con reticencia acerca de la actividad depuradora de su Pastor?

– Y, sin embargo, si el Mesías había venido y se había hecho hombre y había fundado la Iglesia con el sacrificio de su sangre divina ¿cómo podía consentirse que perdurara y creciera en tal modo la corrupción, como si ese sacrificio hubiera sido inútil?

Por lo pronto, resolvió el obispo separar al Dr. Bartolomé Pérez de su servicio. No era con maestros así como podía dársele a una criatura tierna el temple requerido para una fe militante, asediada y despierta; y, tal cual lo resolvió, lo hizo, sin esperar al otro día. Aun en el de hoy, se sentía molesto, recordando la mirada límpida que en la ocasión le dirigiera el Dr. Pérez. El Dr. Bartolomé Pérez no había pedido explicaciones, no había mostrado ni desconcierto ni enojo: la escena de la destitución había resultado increíblemente fácil; ¡tanto más embarazosa por ello! El preceptor había mirado al señor obispo con sus ojos azules, entre curioso y, quizás, irónico, acatando sin discutir la decisión que así lo apartaba de las tareas cumplidas durante tantos años y lo privaba al parecer de la confianza del Prelado. La misma conformidad asombrosa con que había recibido la notificación, confirmó a éste en la justicia de su decreto, que quién sabe si no le hubiera gustado poder revocar, pues, al no ser capaz de defenderse, hacer invocaciones, discutir, alegar y bregar en defensa propia, probaba desde luego que carecía del ardor indispensable para estimular a nadie en la firmeza. Y luego, las propias lágrimas que derramó la niña al saberlo fueron testimonio de suaves afectos humanos en su alma, pero no de esa sólida formación religiosa que implica mayor desprendimiento del mundo cotidiano y perecedero.

Este episodio había sido para el obispo una advertencia inestimable. Reorganizó el régimen de su casa en modo tal que la hija entrara en la adolescencia, cuyos umbrales ya pisaba, con paso propio; y siguió adelante el proceso contra su concuñado Lucero sin dejarse convencer de ninguna consideración humana. Las sucesivas indagaciones descubrieron a otros complicados, se extendió a ellos el procedimiento, y cada nuevo paso mostraba cuánta y cuán honda era la corrupción cuyo hedor se declaró primero en la persona del Antonio María. El proceso había ido creciendo hasta adquirir proporciones descomunales; ahí se veían ahora, amontonados sobre la mesa, los legajos que lo integraban; el señor obispo tenía ante sí, desglosadas, las piezas principales: las repasaba, recapitulaba los trámites más importantes, y una vez y otra cavilaba sobre las decisiones a que debía abocarse mañana el tribunal. Eran decisiones graves. Por lo pronto, la sentencia contra los procesados; pero esta sentencia, no obstante su tremenda severidad, no era lo más penoso; el delito de los judaizantes había quedado establecido, discriminado y probado desde hacía meses, y en el ánimo de todos, procesados y jueces, estaba descontada esta sentencia extrema que ahora sólo faltaba perfilar y formalizar debidamente. Más penoso resultaba el auto de procesamiento a decretar contra el Dr. Bartolomé Pérez, quien, a resultas de un cierto testimonio, había sido prendido la víspera e internado en la cárcel de la Inquisición. Uno de aquellos desdichados, en efecto, con ocasión de declaraciones postreras, extemporáneas y ya inconducentes, había atribuido al Dr. Pérez opiniones bastante dudosas que, cuando menos, descubrían este hecho alarmante: que el cristiano viejo y sacerdote de Cristo había mantenido contactos, conversaciones, quizás con el grupo de judaizantes, y ello no sólo después de abandonar el servicio del prelado, sino ya desde, antes. El prelado mismo, por su parte, no podía dejar de recordar el modo extraño con que, al referirle él, en su día, la intervención de la pequeña Marta a favor de su tío, Lucero, había concurrido casi el Dr. Pérez a apoyar sinuosamente el ruego de la niña. Tal actitud, iluminada por lo que ahora surgía de estas averiguaciones, adquiría un nuevo significado. Y, en vista de eso, no podía el buen obispo, no hubiera podido, sin violentar su conciencia, abstenerse de promover una investigación a fondo, tal como sólo el procesamiento la consentía. Dios era testigo de cuánto le repugnaba decretarlo: la endiablada materia de este asunto parecía tener una especie de adherencia gelatinosa, se pegaba a las manos, se extendía y amenazaba ensuciarlo todo: ya hasta le daba asco. De buena gana lo hubiera pasado por alto. Mas ¿podía, en conciencia, desentenderse de los indicios que tan inequívocamente señalaban al Dr. Bartolomé Pérez? No podía, en conciencia; aunque supiera, como lo sabía, que este golpe iba a herir de rechazo a su propia hija… Desde aquel día de enojosa memoria -y habían pasado tres años, durante los cuales creció la niña a mujer-, nunca más había vuelto Marta a hablar con su padre sino cohibida y medrosa, resentida quizás o, como él creía, abrumada por el respeto. Se había tragado sus lágrimas; no había preguntado, no había pedido -que él supiera- ninguna explicación. Y, por eso mismo tampoco el obispo se había atrevido, aunque procurase estorbarlo, a prohibirle que siguiera teniendo por confesor al Dr. Pérez. Prefirió más bien -para lamentar ahora su debilidad de entonces- seguir una táctica de entorpecimiento, pues que no disponía de razones válidas con que oponerse abiertamente… En fin, el mal estaba hecho. ¿Qué efecto le produciría a la desventurada, inocente y generosa criatura el enterarse, como se enteraría sin falta, y saber que su confesor, su maestro, estaba preso por sospechas relativas a cuestión de doctrina? -lo que, de otro lado, acaso echara sombras, descrédito, sobre la que había sido su educanda, sobre él mismo, el propio obispo, que lo había nombrado preceptor de su hija… “Los pecados de los padres…” -pensó, enjugándose la frente.

Una oleada de ternura compasiva hacia la niña que había crecido sin madre, sola en la casa silenciosa, aislada de la vulgar chiquillería, y bajo tina autoridad demasiado imponente, inundó el p echo del dignatario. Echó a un lado los papeles, puso la pluma en la escribanía, se levantó rechazando el sillón hacia atrás, rodeó la mesa y, con andar callado, salió del despacho, atravesó, una tras otra, dos piezas más, casi a tientas, y, en fin, entreabrió con suave ademán la puerta de la alcoba donde Marta dormía. Allí, en el fondo, acompasada, lenta, se, oía su respiración. Dormida, a la luz de la mariposa de aceite, parecía, no una adolescente, sino mujer muy hecha; su mano, sobre la garganta, subía y bajaba con la respiración. Todo estaba quieto, en silencio; y ella, ahí, en la penumbra, dormía. La contempló el obispo un buen rato; luego, con andares suaves, se retiró de nuevo hacia el despacho y se acomodó ante la mesa de trabajo para cumplir, muy a pesar suyo, lo que su conciencia le mandaba. Trabajó toda la noche. Y cuando, casi al rayar el alba, se quedó, sin poderlo evitar, un poco traspuesto, sus perplejidades, su lucha interna, la violencia que hubo de hacerse, infundió en su sueño sombras turbadoras. Al entrar Marta al despacho, como solía, por la mañana temprano, la cabeza amarillenta, de pelo entrecano, que descansaba pesadamente sobre los tendidos brazos, se irguió con precipitación; espantados tras de las gafas, se abrieron los ojos miopes. Y ya la muchacha, que había querido retroceder, quedó clavada en su sitio.

Pero también el prelado se sentía confuso; quitóse las gafas y frotó los vidrios con su manga, mientras entornaba los párpados. Tenía muy presente, vívido en el recuerdo, lo que acababa de soñar: había soñado -y, precisamente, con Marta- extravagancias que lo desconcertaban y le producían un oscuro malestar. En sueños, se había visto encaramado al alminar de una mezquita, desde donde recitaba una letanía repetida, profusa, entonada y sutilmente burlesca, cuyo sentido a él mismo se le escapaba. (¿En qué relación podría hallarse este sueño -pensaba- con la celebrada historieta de su pariente, el falso muecín? ¿Era él, acaso, también algún falso muecín?) Gritaba y gritaba y seguía gritando las frases de su absurda letanía. Pero, de pronto, desde el pie de la torre, le llegaba la voz de Marta, muy lejana, tenue, mas perfectamente inteligible, que le decía -y eran palabras bien distintas, aunque remotas-: «Tus méritos, padre -le decía-, han salvado a nuestro pueblo. Tú solo, padre mío, has redimido a toda nuestra estirpe» En este punto había abierto los ojos el durmiente, y ahí estaba Marta, enfrente de la mesa, parada, observándolo con su limpia mirada, rnientras que él, sorprendido, rebullia y se incorporaba en el sillón… Terminó de frotarse los vidrios, recobró su dominio, arregló ante sí los legajos desparramados sobre la mesa, y, pasándose todavía una mano por la frente, interpeló a su hija: “Ven acá, Marta -le dijo con voz neutra-, ven, dime: si te dijeran que el mérito de un cristiano virtuoso puede revertir sobre sus antepasados y salvarlos, ¿qué dirías tú?”

La muchacha lo miró atónita. No era raro, por cierto, que su padre le propusiera cuestiones de doctrina: siempre había vigilado el obispo a su hija en este punto con atención suma. Pero ¿qué ocurrencia repentina era ésta, ahora, al despertarse? Lo miró con recelo; meditó un momento; respondió: -La oración y las buenas obras pueden, creo, ayudar a las ánimas del purgatorio, señor.

– Sí, sí -arguyó el obispo-, sí, pero… ¿a los condenados?

Ella movió la cabeza:

– ¿Cómo saber quién está condenado, padre?

El teólogo había prestado sus cinco sentidos a la respuesta. Quedó satisfecho; asintió. Le dio licencia, con un signo de la mano, para retirarse. Ella titubeó y, en fin, salió de la pieza.

Pero el obispo no se quedó tranquilo; a solas ya, no conseguía librarse todavía, mientras repasaba los folios, de un residuo de malestar. Y, al tropezarse de nuevo con la declaración rendida en el tormento por Antonio María Lucero, se le vino de pronto a la memoria otro de los sueños que había tenido poco rato antes, ahí; vencido del cansancio, con la cabeza retrepada tal vez contra el duro respaldo del sillón. A hurtadillas, en él silencio de la noche, había querido -soñó- bajar hasta la mazmorra donde Lucero esperaba justicia, Para convencerlo de su culpa y persuadirlo a que se reconciliara con la Iglesia implorando el perdón. Cautelosamente, pues, se aplicaba a abrir la puerta del sótano, cuando -soñó- le cayeron encima de improviso sayones que, sin decir nada, sin hacer ningún ruido, querían llevarlo en vilo hacia el potro del tormento. Nadie pronunciaba una palabra; pero, sin que nadie se lo hubiera dicho, tenía él la plena evidencia de que lo habían tomado por el procesado Lucero, y que se proponían someterlo a nuevo interrogatorio. ¡qué turbios, qué insensatos son a veces los sueños! El se debatía, luchaba, quería soltarse, pero sus esfuerzos ¡ay! resultaban irrisoriamente vanos, como los de un niño, entre los brazos fornidos de los sayones. Al comienzo había creído que el enojoso error se desharía sin dificultad alguna, con sólo que él hablase; pero cuando quiso hablar notó que no le hacian caso, ni le escuchaban siquiera, y aquel trato tan sin miramientos le quitó de pronto la confianza en sí mismo; se sintió ridículo entonces, reducido a la ridiculez extrema, y -lo que es más extraño- culpable. ¿Culpable de qué? No lo sabía. Pero ya consideraba inevitable sufrir el tormento; y casi estaba resignado. Lo que más insoportable se le hacía era, con todo, que el Antonio María pudiera verlo así, colgado por los pies como una gallina. Pues, de pronto, estaba ya suspendido con la cabeza para abajo, y Antonio María Lucero lo miraba; pero lo miraba como a un desconocido; se hacia el distraído y, entre tanto, nadie prestaba oído a sus protestas. Él, sí; él, el verdadero culpable, perdido y disimulado entre los indistintos oficiales del Santo Tribunal, conocía el engaño; pero fingía, desentendido; miraba con hipócrita indiferencia. Ni amenazas, ni promesas, m suplicas rompían su indiferencia hipócrita. No había quien acudiera a su remedio. Y sólo Marta, que, inexplicablemente, aparecía también ahí, le enjugaba de vez en cuando, con solapada habilidad, el sudor de la cara…

El señor obispo se pasó un pañuelo por la frente. Hizo sonar una campanilla de cobre que había sobre la mesa, y pidió un vaso de agua. Esperó un poco a que se lo trajeran, lo bebió de un largo trago ansioso y, en seguida, se puso de nuevo a trabajar con ahínco sobre los papeles, iluminados ahora, gracias a Dios, por un rayo de sol fresco, hasta que, poco más tarde, llegó el Secretario del Santo Oficio.

Dictándole estaba aún su señoría el texto definitivo de las previstas resoluciones -y ya se acercaba la hora del mediodía- cuando, para sorpresa de ambos funcionarios, se abrió la puerta de golpe y vieron a Marta precipitarse, arrebatada, en la sala. Entró como un torbellino, pero en medio de la habitación se detuvo y, con la mirada reluciente fija en su padre, sin considerar la presencia – del subordinado ni más preámbulos, le gritó casi, perentoria: -¿Qué le ha pasado al Dr. Pérez? -y aguardó en un silencio tenso.

Los ojos del obispo parpadearon tras de los lentes. Calló un momento; no tuvo la reacción que se hubiera podido esperar, que él mismo hubiera esperado de sí; y el Secretario no creía a sus oídos ni salía de su asombro, al verlo aventurarse después en una titubeante respuesta: -¿Qué es eso, hija mía? Cálmate. ¿Qué tienes? El doctor Pérez va a ser… va a rendir una declaración. Todos deseamos que no haya motivo…

Pero -se repuso, ensayando un tono de todavía benévola severidad-, ¿qué significa esto, Marta?

– Lo han preso; está preso. ¿Por qué está preso? -insistió ella, excitada, con la voz temblona-. Quiero saber qué pasa.

Entonces, el obispo vaciló un instante ante lo inaudito; y, tras de dirigir una floja sonrisa de inteligencia al Secretario, como pidiéndole que comprendiera, se puso a esbozar una confusa explicación sobre la necesidad de cumplir ciertas formalidades que, sin duda, imponían molestias a veces injustificadas, pero que eran exigibles en atención a la finalidad más alta de mantener una vigilancia estrecha en defensa de la fe y doctrina de Nuestro Señor Jesucristo… Etc. Un largo, farragoso y a ratos inconexo discurso durante el cual era fácil darse cuenta de que las palabras seguían camino distinto al de los pensamientos. Durante él, la mirada relampagueante de Marta se abismó en las baldosas de la sala, se enredó en las molduras del estrado y por fin, volvió a tenderse, vibrante como una espada, cuando la muchacha, en un tono que desmentía la estudiada moderación dubitativa de las palabras, interrumpió al prelado:

– No me atrevo a pensar -le dijo- que si mi padre hubiera estado en el puesto de Caifás, tampoco él hubiera reconocido al Mesías.

– ¿Qué quieres decir con eso? -chilló, alarmado, el obispo.

– No juzguéis, para que no seáis juzgados.

– ¿Qué quieres decir con eso? -repitió, desconcertado.

– Juzgar, juzgar, juzgar -ahora, la voz de Marta era irritada; y, sin embargo, tristísima, abatida, inaudible casi.

– ¿Qué quieres decir con eso? -amenazó, colérico.

– Me pregunto -respondió ella lentamente, con los ojos en el suelo- cómo puede estarse seguro de que la segunda venida no se produzca en forma tan secreta como la primera.

Esta vez fue el Secretario quien pronunció unas palabras: -¿La segunda venida? -murmuró, como para sí; y se puso a menear la cabeza. El obispo, que había palidecido al escuchar la frase de su hija, dirigió al Secretario una mirada inquieta, angustiada. El Secretario seguía meneando la cabeza.

– Calla -ordenó el prelado desde su sitial.

Y ella, crecida, violenta:

– ¿Cómo saber -gritó- si entre los que a diario encarceláis, y torturáis, y condenáis, no se encuentra el Hijo de Dios?

– ¡El Hijo de Dios! -volvió a admirarse el Secretario. Parecía escandalizado; contemplaba, lleno de expectativa, al obispo.

Y el obispo, aterrado: -¿Sabes, hija mía, lo que estás diciendo?

– Sí, lo sé. Lo sé muy bien. Puedes, si quieres, mandarme presa.

– Estás loca; vete.

– ¿A mí, porque soy tu hija, no me procesas? Al Mesías en persona lo harías quemar vivo.

El señor obispo inclinó la frente, perlada de sudor; sus labios temblaron en una imploración: «¡Asísteme, Padre Abraham!», e hizo un signo al Secretario. El Secretario comprendió; no esperaba otra cosa. Extendió un pliego limpio, mojó la pluma en el tintero y, durante un buen rato, sólo se oyó el rasguear sobre el áspero papel, mientras que el prelado, pálido como un muerto, se miraba las uñas.

(1950)


El abrazo

<p id="_Toc168514504">El abrazo</p>

"Tierra de sal y de hierro; tierra violenta, sedienta, áspera; tierra ocre; flor de romero, amarillos jaramangos, pinares de verde perenne y amargo; caballos, toros, cabras, sucias ovejas, pastores de ojos duros; breñas, espinos, peñascos, sangre, greda, polvo: tierra mía, ¡adiós!" Eran los ojos de don Juan Alfonso quienes se despedían; sus labios, temblaban en silencio. Había detenido allí, junto al río, su cabalgadura para tomar aliento: bajo la barranca, la corriente bramaba en la angostura, como el corazón en la garganta del jinete. Había galopado desde la medianoche hasta el alba, la blanca barba flotando sobre el hombro. No bien advirtiera que su señor sucumbía, apenas hubo visto la mano de don Pedro abrirse en el suelo y soltar el cuchillo reluciente, se había escurrido y, saliendo del castillo, saltó sobre un caballo, cruzó el campamento y huyó a campo traviesa por tierras de Toledo. Había visto caer al rey, y escapaba a las gentes del Bastardo antes que la noticia se le adelantara hacia las fronteras del reino. Temía al miedo de los indecisos que ahora querrían acudir al remedio de las vacilaciones pasadas con algún apresurado testimonio de celo. Y ¿cuál mejor -pensaba-, qué tributo más agradable para el nuevo rey, que entregarle, atadas las manos a la espalda, al hombre venerable que durante los veinte años de guerra había sido consejero y guía sagaz de su recién vencido hermano?…

Una vez más, el anciano volvió a extender la vista sobre la tierra indiferente, y luego, ya con lenta andadura, vadeó el río y se internó en un encinar, buscando descanso a sus fatigados huesos. Recostado contra un árbol, lloró entonces la muerte de don Pedro. El abrazo fratricida, que había tenido suspensos en la sala del castillo a los séquitos de ambos reyes, fue para él anticipo de la propia agonía; y ahora, llorando a su señor, se lloraba a sí mismo.

¡Veinte años, ay, en continua lucha! Veinte años, y recordaba los comienzos de este reinado desastroso mejor aún que su turbio final, acaecido la noche antes. ¡Veinte años! El fuerte rey don Alfonso había caído en medio de su poderío: sitiaba la plaza de Gibraltar, cuando la peste rindió la fortaleza de su cuerpo, derribando alevosamente a aquel gigante de brazo invicto. Y él, don Juan Alfonso, ayo del infante real, y ya gobernador del campo en los últimos días de la calentura del rey, tomaba providencias y disponía el traslado a Sevilla de sus restos mortales. ¡Bien que la inquietud le había rondado el alma con la oscura pertinacia de un tábano durante el ajetreo de las primeras disposiciones y a lo largo de las tristes jornadas, cuando la comitiva emprendió el camino a la Corte, a través de Andalucía, por entre olivares, acompañados siempre, día y noche, por el agrio chirrido de las chicharras! Del campo de Gibraltar a Sevilla, tuvo tiempo don Juan Alfonso de rumiar sus aprensiones y de instruir al regio pupilo en los peligros que sentía sobre su cargado corazón. Tras el féretro adornado con el pendón y seguido por el corcel del rey difunto, cabalgaba él junto al nuevo rey, don Pedro, y le daba sus consejos.

– Nada son, hijo y señor mío -le decía-, los trabajos de la guerra que ya han conocido tus cortos años, comparados con los que te esperan en el gobierno. Rey adulto, ha de mostrar debilidad para que alguien se atreva a desacatarlo; pero el rey mozo tiene que acreditar su vigor para que no se atrevan. Tanto más, si los que están en condiciones de hacerlo son poderosos, y de su propia sangre.

– ¿De los bastardos hablas, Juan Alfonso? -había replicado don Pedro-. Yo les haré sentir que soy el rey.

– Más te valiera hacerles notar que eres su hermano -observó el ayo con aire grave-. Y quiero que sepas cuáles fueron las palabras con que tu padre me encomendó…

– Pero ¿no soy el rey acaso?

– Lo eres. Mas, por el ímpetu de tu sangre has de calcular el de la suya.

– Sabré domarlo, te lo prometo.

– Energía no te falta, hijo; ya lo sé. Pero quizá faltan años a tu prudencia. De ese gran señor que ahí llevamos a enterrar has de aprenderla.

– ¿Fue prudencia entonces llenar el reino de hijos bastardos, alimentados y crecidos en la envidia hacia un hermano más joven, al que odiaban ya en el vientre de su madre?

– ¡Ay, don Pedro, que en los pechos de la tuya mamaste tú el odio hacia los hijos de doña Leonor!. ¡Ay, desventurado don Pedro, que la pasión no te deja medir las palabras ni las ocasiones!

– Pero, dime, ¿por qué hablas de prudencia?, ¿es que eso fue prudencia? Dímelo, así Dios me perdone…

Cabalgaron un trecho con las cabezas bajas, más por el peso de sus pensamientos que por el castigo del sol, que ya remontaba en el cielo. Pasado un buen rato, volvió el ayo a tomar la palabra:

– Quizá sea mucho atrevimiento mío el de amonestar a quien es ya mi rey. Pero lo hago, hijo, por obedecer al que ahora está muerto; y en mi boca van a resonar palabras de la suya, enmudecida. Te ruego que las escuches como de quien vienen, pues quiero repetirte la plática que conmigo tuvo nuestro buen rey don Alfonso antes de entregar su alma al de los cielos. Escúchame, pues, con respeto, y quiera Dios que estas admoniciones de tu padre se graben en tu pecho como se han grabado en mi memoria.

Hizo una pausa y -como callara el joven- prosiguió:

– Has de saber que, viendo venir su muerte, nuestro señor don Alfonso me llamó a su lado y me encomendó la guía de tu juventud. Era difícil contener las lágrimas comprobando cuán poco le importaba al buen rey perder la vida por la vida misma, y cuánto por el desamparo en que te dejaba en medio de tantos peligros y de tantas asechanzas. Pero has de entenderlo: estas asechanzas eran en su ánimo las de la imprudencia juvenil antes que las de la hostilidad ajena. Si esa maldita peste no hubiera venido a cortar en pleno vigor su vida, y la hubiera dejado llegar a natural término, la corona habría recaído sobre tus sienes cuando ya tus hechos de armas y gobierno hubieran forjado tu fama y templado tu seso.¿Qué hubieras podido temer entonces de esos grandes señores? Los hijos de doña Leonor de Guzmán, enriquecidos y honrados por su padre, el rey don Alfonso, hubieran sido entonces los mejores y más fuertes vasallos de su hermano, el rey don Pedro, apaciguado por la vejez o tal vez extinguido por la muerte el recíproco rencor de las madres… Pero, habiéndolo dispuesto Dios de otra manera, tu padre me encomendó que siempre me mantenga a tu lado y te asista con mi consejo, fruto de los años y de la experiencia adquirida al lado suyo.

– Y ¿qué me manda hacer por tu boca el rey don Alfonso, mi padre?

– Te aconseja, rey don Pedro, ante todo, que doña Leonor de Guzmán no sea molestada, ni en su persona ni en sus bienes: todo lo que él le dio debe ser respetado en su poder. Y este consejo, si bien se lo mira, lo es de buen político, y no sólo de buen caballero. Pues el tiempo, desvaneciendo los recelos de que hoy ha de estar llena esa señora, desarmará sus prevenciones; o, cuando menos, se habrá evitado así que se coloque en actitud de resistencia frente a la Corte, y abra con ello una rebeldía para la que no habrían de faltarle asistencias -por lo pronto, como es de suponer, la de sus propios hijos.

– Quien los engendró tenía que conocerlos bien; y, conociéndolos, ha muerto con temor de su traición. ¿Qué más? ¡Prosigue, ayo!

– De esos tus hermanos me dijo el rey (que gloria haya): "Todos son magnánimos, y todos soberbios. Lo que puede llegarlos a unir un día a don Pedro no es el amor, sino el honor. Procura tú, Juan Alfonso, mi viejo amigo, compañero mío (y al decirme estas palabras me apretó, suplicante, la mano), procura tú llevar el reino hacia empresas grandes, como esta guerra contra infieles que ahora estamos haciendo, y que mi hijo pida la ayuda de sus hermanos -pues el pedir para Dios no desdora. Batallando juntos, compartiendo triunfos y peligros, hermanarán sus corazones." Y me dijo más. Díjome que correspondía a tu mayor grandeza tanto como a tus menos años el adelantar hacia ellos el ademán benévolo; que en los siempre desconcertados y suspicaces comienzos de un reinado, un gesto así puede ser del mejor augurio; que debes reparar, sobre todo, en la dulce condición de don Fadrique, y hacer de su amistad puente hacia el ánimo de tus otros hermanos, más duros y orgullosos: don Enrique, siempre tentado de ambición; don Tello, siempre en el disparadero de la cólera. Pues don Fadrique ni pone frenos de astucia a un corazón impaciente, ni tampoco se entrega a la fácil ira: gusta de canciones, festeja con amigos, y está siempre abierto a una palabra buena…

– Buenas son, y discretas, las palabras del rey mi padre, y he de atenerme a su consejo, que también es el tuyo, señor don Juan Alfonso -respondió don Pedro, pasado un rato.

– Quiera Dios que así sea -exclamó el ayo.

Antes de que la fúnebre procesión hubiera hecho la mitad del camino, ya la noticia de la muerte del rey había entrado al Alcázar de Sevilla, donde la reina María estaba morando. Y así, mientras el ayo aconsejaba al príncipe real tras el féretro de don Alfonso, la desaconsejada viuda mandaba degollar a su enemiga, doña Leonor de Guzmán. Disponiendo antes el castigo de la concubina que las exequias del esposo, convocó la reina a un grupo de sus adictos, y les dio instrucciones apresuradas y furiosas para que corrieran enseguida a Medina Sidonia, donde estaba doña Leonor, y le trajeran la cabeza de la rival. Todavía, desde la ventana, los despidió con gritos de espantoso apremio: "Pronto, pronto; corred; que me hice vieja esperando, y ya no quiero esperar un día más. Ella, maldita sea, me quitó la vida a pedazos; quitádsela a ella vosotros de un solo tajo. Antes del domingo quiero tener su cabeza entre mis manos."

Las últimas voces habían sonado como un aullido. Transpuesto que hubieron los jinetes la verja, entró la reina a su cámara con los ojos secos y relucientes. Todas las campanas de Sevilla estaban doblando; pero doña María no podía pensar en el rey muerto: sólo tenía pensamientos para la manceba que tantos hijos le había dado, y cuya fortuna y poderío habían ido creciendo con los hijos, mientras que ella, cuitada, criaba a su don Pedro y guardaba la casa del señor, siempre ausente. "¿Por qué -pensaba- he de llorar su muerte, si no ha sido mío en vida? Yo, sí, he vivido para él; él, para la otra. Ella me ha robado mi propia vida; no, no paga con este solo y súbito golpe…" Y repasaba los años de esa vida anhelante, siempre al acecho, inquiriendo siempre, siempre atando cabos, siempre pendiente de don Alfonso que, por su parte, se mostraba para con ella cada vez más ceremonioso, más deferente y más distanciado. En todas sus maneras, gestos y palabras creía descubrir rastros de la otra mujer, a la que nunca veía, pero de quien siempre le llegaban informes que le hacían palidecer y llorar. Veintiocho años habían pasado desde aquella ocasión única en que hubo de encontrarse con doña Leonor, y no podía olvidar su sonrisa entre forzada y feliz; recordaba el color de su toca, su aderezo, el brocado de su manto, la cinta negra de su garganta, la estatura elevada que, al inclinarse ante la reina, destacaba todavía su ventaja frente al breve talle de ésta… Y ahora, mientras aguardaba el cumplimiento del terrible mandato, acudía a su memoria una y mil veces, y cada vez con más distintos detalles, esa remota escena que impacientaba su odio… Ni dormir pudo, hasta que, de regreso, le entregaron sus emisarios la prenda sangrienta.

Doña María despidió a todo el mundo, y se quedó a solas con el espantoso envoltorio sobre el regazo; su peso parecía doblarle las piernas. Después de un rato desanudó las puntas del pañuelo y, poniéndose en pie, levantó a la altura de la suya la cabeza exangüe de doña Leonor: desencajada la boca, pegadas con cuajarones las grises mechas de su pelo… La reina -entre sus manos aquella cabeza extrañamente chica, gastada, borrosa- rompió a llorar de fatiga. Pero en ese mismo instante comenzaron a tocar las campanas anunciando la llegada de la procesión que traía al rey difunto. Se repuso; depositó el despojo sobre la mesa, echóse agua fría en la cara, y tañó una campanilla de plata para dar órdenes.

Por una puerta entraba en Sevilla el cuerpo del rey muerto, y por la otra llegaba noticia de que sus hijos, los bastardos, se estaban fortificando en sus castillos. Cuando -ya en la catedral, y durante el oficio divino- supo don Juan Alfonso las temibles novedades, sintió que con ellas se abatía sobre su cargado corazón el barrunto que por el camino no había dejado de revolotear por encima de su cabeza: entre las nubes de incienso y los graves tonos del canto ritual vio cómo se alzaba ya, inexorable, el final desastroso de este reinado.

Y, sin embargo, ese destino debería avanzar a lo largo de los años, lento, fatigoso, pesado, mediante episodios tortuosos -tortuosos, e inútilmente crueles- en los que tendrían su parte, no sólo las furias de la sangre, sino también, de modo bastante misterioso, los empeños mismos de la buena voluntad. ¿De qué hubieran podido valer contra un tal destino los cálculos de la prudencia, las diligencias discretas, las mañas del político? ¿De qué valió, en efecto, el trabajo emprendido y continuado durante meses por la buena voluntad de don Juan Alfonso para ver de disipar el horror que la insensata reina infundiera con su venganza en las gentes de la casa de Guzmán? ¿De qué, las demoradas negociaciones, las protestas, las promesas y gajes? ¿De qué, el empeño de muy buenos varones del reino? Las más ruines ocurrencias venían siempre a envenenar el fruto de los mejores deseos. Y así fue cómo, no mucho tiempo después, el maestre don Fadrique se encaminó hacia la muerte por los mismos pasos que debían conducirlo al favor del rey; pues éste, persuadido al fin, lleno de benevolencia, lo había llamado a presencia suya para arreglar mano a mano, amigablemente, la enfadosa porfía del maestrazgo; a su espera estaba en el Alcázar, dispuesto a estrechar contra su corazón y besar la mejilla de aquel hermano a quien nunca había visto antes y cuya gentileza tanto le habían ponderado, cuando alguien le trajo, a última hora, delación de su falsía; supo a ciencia cierta que, antes de acudir a su llamado, el maestre de Alcántara había concurrido a deliberar con los otros bastardos y, lleno de irreconciliable rencor, se había quejado ante ellos contra el rey que cercenaba sus fueros; hasta pretendían poderle repetir a éste el tenor exacto de sus amargas palabras: "¿Qué maestre soy yo?", decían que había dicho. "Una a una, me ha despojado él de todas mis prerrogativas. Ni siquiera se me deja ya entrar en los castillos de la Orden sin anuencia suya… La cruz del hábito se ha convertido sobre mi pecho en baldón de ignominia." Y así, había recapitulado la enconada querella con infatigable prolijidad. Lágrimas de rabia y de vergüenza llegaron a brotarle de los ojos recordando la escena de desacato en que una guarnición, por obediencia al rey, se la negaba al maestre, su señor natural. "Exhortaciones, amenazas: ¡nada! Tuve que volver las espaldas, humillado." "¿Cómo puedo saber -concluyó- para qué soy llamado al Alcázar? ¿Debo ir allá?" Parece que los hermanos habían acordado, tras muchas discusiones, que don Fadrique acudiera a Sevilla fingiendo ánimo de conciliación y, después de haber obtenido las concesiones posibles de don Pedro, las empleara quizá más tarde contra su tiranía. -Esta fue la confidencia que le trajeron: la noticia había corrido más veloz que el propio maestre hacia la cámara del rey. Y cuando le anunciaron su llegada y lo tuvo ahí, en persona, ante las puertas, ya estaba cambiada la disposición de su voluntad, y ardía en su pecho la ira, alimentada por la revulsión de su anterior benevolencia. ¿Ahí estaba, pues, el falso?

Don Pedro se asomó a la ventana y pudo ver abajo la compañía del maestre, todos jinetes en caballos blancos de jaeces escarlata. Los hombres de la escolta habían quedado aguardando en el patio, mientras don Fadrique echaba pie a tierra y penetraba, solo, en el palacio… Aún no había subido el primer tramo de las escaleras, cuando oyó -y en sus labios quedóse cuajada la sonrisa- el vozarrón que, desde lo alto de la balaustrada, lanzaba contra él una orden de muerte. "¡Maceros -gritaba-: muerte al maestre de Alcántara!" Alzó la cabeza don Fadrique y por vez primera, aterrorizados, se encontraron sus ojos con los iracundos de su hermano Pedro. "¡Traición!", exclamó el maestre, ronca la voz de espanto. Y la voz enfurecida y temblona del rey lo persiguió escaleras abajo: "¡Sí, bastardo! ¡Sí! Contra la traición, ¡traición!" De todas partes acudían maceros atajando el paso al fugitivo. Ya lo aguardaban unos al pie de la escalera, cuando otros descendían tras él, cerniendo sobre su cabeza la férrea cabeza de sus mazas… Saltó el maestre, en la diestra el desenvainado puñal, y pudo abrirse paso por entre los grupos que lo asediaban, huyendo por corredores y galerías. Acosado, se refugió en un aposento; un hilo de sangre, fluyendo de la rota ceja, le manchaba la barba, rubia y rizosa. Allí, apurado en un rincón, la cabeza cubierta con el brazo izquierdo y en la mano derecha el fino puñal, todavía pudo, blandiendo su hoja, escapar de nuevo hacia la sala. Pero no le quedaban más fuerzas: se detuvo, y cayó desplomado. Ya en el suelo, un último golpe le hendió el cráneo.

Todo esto había pasado con rapidez y en silencio, sin que trascendiera cosa alguna a la escolta que esperaba fuera.

Dispuso el rey: "¡Cada cual a su puesto!" Luego se aproximó al cuerpo del maestre e inclinado sobre él se puso a contemplarlo con estupor: en la magullada sien veíanse, amasados en sangre y sudor, unos rizos rubios, muy semejantes a los que se enroscaban sobre sus propias orejas; y también la boca, ensangrentada, contraída, presentaba aquel mismo trazo carnoso que, en la faz de don Pedro, era copia de la boca del difunto rey Alfonso. Pero, en cambio, aquella mano pequeña, delicada, pulida, del maestre, donde brillaba una sortija y el puñal parecía un juguete, nada tenía de común con las anchas, cortas y recias manos de don Pedro… Apartando la vista de la destrozada cabeza, el rey concentró su atención sobre esa mano mujeril y extraña, cifra de la traición. "¡Bien muerto, el maestre don Fadrique!", murmuró entre dientes, al tiempo que se retiraba.

Con eso, los puentes habían quedado rotos; ya los hermanos tenían que ser por siempre enemigos. Hubiera él sabido refrenar su cólera, cubrirla de disimulo… Pero ya no había remedio: cual incendio que después de haber arrastrado algún tiempo su pereza a ras del suelo se alza hasta los cielos con repentino ímpetu, así creció entonces la violencia en Castilla para arrasarlo todo… Apoyando la cabeza en el tronco de la encina sobre que estaba recostado, tendió su cansada vista don Juan Alfonso por las tierras que se disponía a abandonar; pesados los párpados, irritados los ojos, el incendio de las pasiones que durante años y años asolaron el reino se le aparecía bajo la imagen tantas veces contemplada de los campos ardiendo: mieses arruinadas, el sudor de una aldea entera quemado en espigas, humo, negras heridas de los rastrojos, piedra calcinada en las eras… ¡Ay, mi don Pedro, ya caído para siempre! El viejo ayo conocía desde un principio este final que, sin embargo, tanto bregó por impedir. ¡Ay, cuántas advertencias, cuántos ejemplos, cuántos desvelos, cuántas angustias! Te afanas, sudas, pasas trabajos: ¡en vano! En vano se había esforzado don Juan Alfonso por cumplir el encargo que en su agonía le diera el señor rey. Con el peso todo de sus artes de gobierno, de sus letras y de su buena voluntad, había podido tan poco y nada, como desde su tumba el propio difunto cuyos hijos desgarraban el país hasta dejarlo hecho sangrientos jirones; tan poco había podido remediar en vida de don Pedro, su pupilo, como podía ahora que ya don Pedro mismo había caído bajo el puñal de don Enrique y él, fugitivo de la muerte, desterrado, evocaba las sombras inconsistentes de lo que fue.

"¿Quién sujeta -pensaba el anciano-, quién sujeta a las bestias desbocadas, ni qué fuerzas mandan las palabras razonables? Calculas tu jugada, preparas cuidadosamente alfil y torre; has trazado un plan, y gozas imaginándote al adversario que se debate y sucumbe bajo el poder sutilísimo de tu juego… Pero un manotazo impaciente viene a romper los combinados movimientos, si no es que derriba el tablero en un fracaso de reyes y damas. Entonces, ¿qué hacerle? ¡Vuelta a empezar!" Don Juan Alfonso recordó trazos, perfiles sueltos de una lejana y vaga escena en que, jugando al ajedrez con el joven rey, éste había destrozado la partida a punto de perderla: veía su mano ancha y pecosa caer torpemente sobre los dos trabados ejércitos y barrerlos juntos, entreveradas las piezas blancas con las piezas rojas; y veía las rodillas del rey empujar la mesita liviana, alzarse su cuerpo y, en pie ya, iniciar una paseata a lo largo de la sala: paseos coléricos, rabiosos, ante la expectación silenciosa… ¿Quién era el otro hombre que, parado junto a la mesa de juego, seguía a la par suya los movimientos furiosos del muchacho? ¡Era don Samuel Leví!. Ahora, de golpe, le acudía a la memoria la escena caba don Samuel, el tesorero, había llegado con sus pasos de gato junto al rey don Pedro, y se había detenido a seguir en silencio el curso de la partida, dejando oír tan sólo algún que otro suspiro; hasta que, a favor de una pausa, consiguió interesarlo con una frase suelta en lo que se proponía decirle. Le traía al rey el informe del asalto dado a la judería de Toledo por las gentes de don Enrique, según lo había recogido hacía un momento de labios de su sobrino, José Leví, una criatura de quince años, que llegara hasta él escapándose del desastre. Don Samuel empezó su relato en forma impersonal; pero pronto no hacía sino describir, juntas las manos, lo que el muchacho le había contado, y tal como si él mismo lo hubiera visto con sus propios ojos. Acababa la familia de tomar su almuerzo y seguían aún a la mesa, entretenidos en comer dulces y en conversar, apaciblemente, cuando, de golpe, se abrió la puerta y, despavorida, apareció en su marco una de las criadas con las manos sobre la cabeza: "¡Vienen, llegan!" Antes de que pudiera explicar la causa de su miedo, ¡el tumulto que se precipita, y que lo arrasa todo en un instante! Desde el fondo del armario en que fue a esconderse, divisó el muchacho la cruel escena: paralizado de terror vio José el hacha que hendía la cabeza venerable de su padre; y aquellas manos velludas que empuñaban el mango eran las de otro José, José Rodríguez, el oficial talabartero que, sin lograrla, había pretendido durante dos años la mano de su hermana Estrella: ahora la tenía postrada a sus pies, más blanca y pálida que su nombre, y se disponía a violar el desmayado cuerpo, mientras otros facinerosos saqueaban la casa y llenaban de platería tintineante bolsas y pañuelos… Todo esto tuvo que presenciar el joven desde el fondo de su escondrijo. La encanallada turba resollaba azacaneada, lanzaba exclamaciones de codicia y, a ratos, quedaba en un silencio increíble… ¿Cómo no lo habían descubierto a él todavía, ahí en su escondrijo? No pudo aguantar más. Salió del armario, fue a arrodillarse ante el talabartero y humilló la cabeza en espera de la muerte. Pero, en lugar de otorgársela, aquella mano tosca separó sus greñas con levedad inverosímil, casi con cariño… Ya comenzaban a arder los fondos de la casa: huyó el tropel, y la pobre criatura escapó también corriendo. Nadie quería reparar en él; nadie. Anochecido, fue a dormir bajo el puente del Tajo, y con la madrugada emprendió camino hacia Sevilla, en busca de su poderoso tío…

Al oír estas noticias relatadas con monótona quejumbre don Pedro se había inflamado de furor; y derribó el tablero, mientras el tesorero y el ayo, consternados, se consultaban con la vista. ¿A dónde iría a parar aquella cólera? Los arranques del rey eran incalculables y sobrepujaban a cualquier previsión. Tan pronto se encogía de hombros, desentendido, como hacía ejecutar castigos que dejaban espantado al mundo. Con hielo en las venas recordaba don Juan Alfonso el escarmiento del arcediano a quien mandara enterrar vivo junto al cadáver del pobre zapatero que la codicia clerical tenía insepulto. ¿Ante qué respeto se hubiera detenido aquel insensato? ¿No llegó una vez, incluso, a levantar la mano a su propia madre para defender contra ella el nombre de su amante doña María de Padilla?… Mucho tiempo había pasado; habíase desvanecido el objeto de muchos afanes en que se consumió la vida, y las querellas de antaño estaban resueltas y decididas sin recurso; pero el recuerdo de esa vergonzosa disputa palatina durante la cual don Pedro amenazara a la reina trajo consigo en un momento el cortejo todo de su asco, indignación, desaliento e inquietud: el viejo ayo volvió a sentir otra vez el terror que entonces lo había paralizado, cuando -ante la osadía loca del joven- comprendió una vez más que aquello sólo podía tener un final malo. Malo para todos; malo, ¡ay!, antes que nada, para él mismo, para el desvelado y fiel Juan Alfonso que, sin ningún apoyo firme, sin fuerza propia en qué fundar su posición, se empeñaba en infundir prudencia a la conducta de tan soberbio pupilo. Pues hasta don Samuel Leví era más poderoso que é tenía el oro; ésa era su fuerza. Pero él no contaba sino sobre la benevolencia del rey, y la única brida al capricho de su mudanza era el amor de don Pedro hacia doña María de Padilla, aquella su sobrina carnal, para quien él, Juan Alfonso, había hecho en su orfandad veces de padre. Sólo de esta dama pendía su privanza con el rey. ¡Cómo no había de temblar cuando advirtió que el bárbaro la jugaba así, desenfrenado, contra la vieja reina, que era tanto como oponerla a toda la Corte! Pues, ¿no bastaba acaso la hostilidad de sus hermanos, los poderosos bastardos dueños de media Castilla? ¿Había que concitar todavía discordias dentro de la casa?

No, su discreto seso, el tino y moderación que ponía en sus dictámenes, nada podían en verdad contra el concurso de tanta y tanta insensatez. Pues, si de una parte -de la parte del rey- había sido desaforada e imprudente la manera con que siempre sostuvo contra todos a su María de Padilla, no fue menos descabellado por parte de la reina y sus parientes el remedio de las bodas con la princesa de Francia que pretendieron aplicarle al supuesto mal. El, don Juan Alfonso, había querido oponerse con todas las energías de su alma y con recursos de todas clases, incluso -¿por qué no?- los de la intriga, al desdichado proyecto. "¡Interés turbio!", le gritaron enseguida. ¡Cuántas calumnias no habían derramado entonces sobre su cabeza! Interés turbio, ¿por qué? Una alianza política -y no otra cosa era a la postre aquel casamiento- ¿qué hubiera podido perjudicar a los amores, ya antiguos y asentados, del rey con su amiga?; y, en último término, a él ¿qué le importaba eso? Por ser sobrina suya la concubina de don Pedro, la gente le hacía a él fácil la vida. ¡Sí, facilidades nos diera Dios!… Sólo que él conocía bien al potro indómito. Y, por conocerlo bien, había tratado, aunque en vano, de contrariar esas bodas. Que tenía razón, el tiempo no tardó mucho en demostrarlo. Llegó de Francia doña Blanca: mirada altiva, labios apretados…, ¡una criatura! Lástima tuvo de ella al verla, Dios lo sabe. Y ¡qué temple, a sus años; qué no decir ni una palabra, ni una sola, jamás! ¡Señor, cómo sostiene el orgullo en la desgracia! El resultado fue que la vieja reina, después de tanto haberlo injuriado por estorbar las bodas (sí, la gran arpía era quien más había hincado las garras en su reputación, quien fulminó contra él las más soeces injurias), después de esto, tuvo que apresurarse en busca de paliativos al daño que él había querido evitar, con los cuales enmendase las consecuencias del proceder rudísimo de su hijo. Y como ella, todos los que antes se habían afanado tanto para urdir el casamiento, corrían ahora, desalados, a prevenir el que amenazaba ser, como lo fue, único fruto de aquellas bodas: un monstruo de nuevas discordias. Ante todo, quisieron forzar la conducta de don Pedro uniendo a las súplicas la coacción para que corrigiera sus yerros…

Olvidando por un instante la circunstancia precaria en que se encontraba -fugitivo hacia el destierro y con peligro de su vida-, el anciano don Juan Alfonso tuvo una tentación de risa al recordar el cúmulo de prevenciones de aquella célebre conjuración palatina, y cómo el brío natural de don Pedro, esa vez revestido de astucia, desbarató de un golpe todo su calculado aparato, y burló el oficioso desvelo de sus parientes, empeñados en traerlo a razón. Ahí sí que la tozuda inquina de la reina madre había acertado el pronóstico: "Todo será inútil -había asegurado a su azafata mientras ésta la vestía para acudir al consejo de familia convocado en la ciudad de Toro-: ¡Inútil, Juana! Vengo a esta reunión, no porque confíe en sus resultados, sino porque, siendo quien soy, no podría faltar a ella. Pero sé bien cuán inútil es. Piensan mis parientes que el mal puede remediarse; mucho sería que se aliviara-, yo no lo espero. ¡Si conoceré yo las raíces de ese mal! Raíces muy amargas. Consigan que él vuelva a su mujer, enciérrenlo con ella en su cámara si quieren, átenlo a los pies de la cama: su magín estará junto a la otra, y la cara se le sonreirá como a un bobo, mientras tú te sientes morir una y mil veces a su lado… No…, no" Y meneaba la cabeza.

– ¿No será, mi señora, que le hayan dado algún bebedizo? -aventuró, por decir algo, la azafata que, arrodillada a su lado, le prendía alfileres al justillo.

– ¿Un bebedizo? Sí, pudiera ser: toda maldad es posible. Aunque siendo tan mozo mi don Pedro, ¿qué más bebedizo que las mañas de una mujer artera?

– Cierto, señora; y puesto que ella es tan hermosa…

– ¿Qué estás diciendo, necia? ¡Es tan falsa su belleza como su alma! ¿Lo ves, Juana? ¡También tú caes en el engaño de la fama esa! Hermosa, dicen; y, sin embargo, "¿dónde está su hermosura?”, me pregunto yo. La hubieras conocido de niña, como yo la conocí, corriendo por los jardines del Alcázar mientras que su tío Juan Alfonso, ya desde entonces tan previsor, despachaba dentro los negocios, y no te harías lenguas ahora de belleza tan fementida: era, te aseguro, el visaje de un diablillo. Y ¿qué es lo que ha ocurrido en ella de entonces acá? ¿Se le ha blanqueado la tez? ¿Se han hecho grandes y claros, por ventura, aquellos ojuelos chispeantes? Aquella enorme boca, llena siempre de risa, ¿se ha hecho quizá pequeña y compuesta? Ciego será quien no vea de dónde viene esa pretendida hermosura; hipócrita, quien la celebre. Pues lo que celebran ahí bajo nombre de hermosura tiene otro más propio.

– Muy verdad es, señora, que las facciones de doña María están lejos de ser perfectas, y por supuesto que no pueden haberse mudado en otras. Pero quien no la ha conocido niña, sino sólo después del cambio a mujer, reconoce en el conjunto un algo que disimula…

– ¡Eso; tú lo has dicho: que disimula! Es el demonio disimulado, oculto bajo ricas telas murcianas. Mas, ¿cómo puede llamarse belleza a la estampa de la lascivia, por mucho que una falsa compostura la disfrace? Es algo que yo jamás podré entender. ¡Ay, que esas perras todas son iguales! ¿Qué tienen? ¿Qué dan a los hombres? Un bebedizo, sí. ¡Un bebedizo!

La reina quedó en silencio. Por quebrarlo, observó, compungida, la azafata:

– Pero, señora, ¡es tan joven aún el rey!…

– ¡Calla, mujer; cállate, Dios me valga! -saltó ella con vehemencia al oír esto-. ¿No conoceré yo cómo es esa afición del demonio? Me sé de memoria la cantilena: "¡Es tan joven! Con los años tendrá enmienda"… Que se engañen quienes ignoran de dónde le viene al rey esa condición: yo no me engaño; yo no me puedo engañar… Y ya lo ves: creyeron que todo se arreglaría trayéndole a esa princesa de Francia, y ha sido para más encenagarlo. No contaban con su natural repugnancia a cuanto sea noble y digno.

¡Pobre princesa, pobre criatura inocente, pobre doña Blanca! Ahí lo tienes: huye de su cámara la noche misma de las bodas y, loco de celo, atropellando todas las conveniencias, acude a la alcoba de la concubina. ¿Qué podría ofrecerle a él, estragado por el lujo morisco, las perlas, los perfumes orientales que a manos llenas regala para su propio placer?… Arreglarse todo, sí; pensarán que el mal tiene remedio… En fin, hija: yo he de asistir a este acto, porque así me lo han pedido sin que pudiera excusarme; pero no pienso tomar parte alguna, ni despegar los labios. ¡Amén a todo! Ya verán qué poco puede en este asunto el concurso de buenas voluntades…

Fiel a su dicho, la reina madre había guardado silencio, en efecto, durante toda la reunión. Cuando, atraído a ella con engaño, compareció don Pedro en el salón del castillo de Toro ante sus grandes parientes, fue su tía, la anciana reina de Aragón, responsable por la iniciativa de este irregular consejo de familia, quien hubo de echar también sobre sí la grave tarea de amonestarlo. Reprochóle su preferencia por el trato con gente ruin; le representó los riesgos y daños de su desvío para con los poderosos, y recalcó por último, con frase que la historia recogería: "Más conviene a vuestra dignidad estar acompañado, como ahora lo estáis, de todos los grandes y buenos de vuestros reinos"… Luego, suavizando la severidad de su tono, prosiguió:

– Cierto es que un buen rey debe amparar a todos los hombres; pero, señor sobrino, sabed que vuestra inclinación hacia la gente común ofende a quienes somos vuestros iguales. ¿En quién ponéis amistad, confianza? Avergüenza el decirlo: en judíos, en mercaderes, en conversos. ¿A quién dais los cargos de vuestra real casa? A gente que ayer todavía no era nadie, y ostenta hoy soberbia increíble; a gente cuya sola presencia enoja, ¡qué no, su engreimiento! Y ¿con quién comunicáis todas vuestras intenciones? ¿Con quién aconsejáis todos vuestros pasos? Por Dios, sobrino, que eso se hace harto duro de sufrir. Ni siquiera para concurrir a este nuestro requerimiento habéis podido prescindir de vuestro don Leví, que se enriquece de lo que os da y está gobernando con sus arcas el reino.

Hizo una pausa y, agarradas las manos a los brazos de su sillón, adelantó el pecho para resumir con voz trémula: "A fin de evitar que de todo ello os vengan mayores males y a costa del crédito propio se aumente el de vuestros poderosos enemigos, hemos resuelto los que bien os queremos serviros personalmente en los oficios de vuestra casa y reino. Entended, señor, que esto se hace por amor vuestro, y sin desmedro de una autoridad que hoy se ve mancillada por las indignas gentes de que os rodeáis."

Buscaron todos los presentes la mirada del rey, sin dar con ella. Don Pedro había estado escuchando, la cabeza baja y la faz oscurecida -esa expresión tan suya de la cólera que sube y sube en silencio, hasta el arrebato. La presencia de los infantes y grandes señores, conjurados en su contra para sustentar con cerrada taciturnidad las palabras de la reina de Aragón, le embarazaba tanto como le irritaba. Cuando -por las últimas palabras de su tía- se hubo percatado de cuál era la situación, echó una mirada rápida a su madre, que bajó la vista, y enseguida volvió a su actitud hosca. Ahora, ya sabía a dónde iba a parar todo aquello. Sin inmutarse, oyó cómo prendían en las antesalas a su tesorero y a todos sus acompañantes, y presenció el reparto que sus parientes hicieron entre sí de los empleos reales. Pero, llegada que le pareció la ocasión, se levantó de su asiento, se dirigió hacia fuera con estudiada parsimonia, bajó al patio sin que nadie osara cortarle el paso y, montando a caballo, escapó solo campo adelante.

Don Juan Alfonso que, a su vez, había tenido que cabalgar, ahora, huyendo, aunque sin otra esperanza que la de conservar una vida mísera y cansada, rió al recuerdo de aquella desenfadada celeridad que su amo puso entonces en burlar a los grandes del reino; y esta risa, extemporánea y excesiva, lo levantó por un instante de su actual abatimiento.

Sí, don Pedro había restablecido su autoridad con decisión pronta y fácil. Y una vez adoptadas las más urgentes resoluciones, acudió a descargar el fardo de su pesar en el regazo de su amiga. ¡Con cuánto amor no escucharía ella su voz en la oscuridad! Sin el soporte de su boca recia, sin el respaldo de sus ojos fieros, sin la corroboración de su mano brutal, no era ya la voz llena que imponía temor, sino voz que temblaba en una especie de desamparo al descender desde su habitual vibración a unas tonalidades opacas. Se quejaba, turbia y amarga:

– Todo, todo está reunido en contra mía; todo viene a agobiarme. Hasta mi propia madre se me vuelve y me carga de reproches. Como si ella no fuera culpable… ¿Cuál es la fuente de todos mis males, sino aquella su venganza contra la vieja doña Leonor? Entonces no supo contener sus rencores, y hoy que debo luchar contra la corriente desencadenada por ella misma, se atreve a menoscabarme. ¡Sólo en tu pecho puedo descansar, María!

– ¡Ay, mi querido! ¡Ay, frente de plata, rizos de oro! ¿Por qué tendréis que sufrir el peso de esa corona que os oprime? -respondió ella-. ¡Ay, mi Pedro: qué no daría yo por librarte de ese peso, que sólo fueses mío!

– No, eso no; eso no. ¿Acaso crees que me pesa la corona? ¡He nacido rey! No; lo que me pesa y me llena de acíbar, y me revuelve hasta la náusea, es la miseria ésta de tener que luchar contra los míos. Todos quieren gobernarme; todos quieren quitarme la libertad, como si en lugar del rey fuese yo el último esclavo. Prefiero habérmelas con enemigos declarados. Mis hermanos se me han declarado enemigos, y como enemigo me encuentran: uno tras otro han de caer degollados, ¡te lo juro! Mas ¿por qué mi propia madre me quiere trabar las manos, ella, que tan expeditas las tuvo? ¿Por qué Juan Alfonso, tu pariente, quiere mandar en mi voluntad fingiendo que se le somete? ¿Por qué hasta la sombra de mi padre (¡Dios le haya perdonado!) quiere también restarme fuerzas, y hacerme aún más difícil la tarea que me ha legado con tantos bastardos poderosos y rebeldes?

– Mi tío Juan Alfonso, tú lo sabes, es el único sostén fiel que tenemos en la Corte, Pedro mío.

– Lo defiendes, y haces bien. Como él te defiende a ti, frente al odio de todos. ¡Bien hecho! Pero, dime: ¿por qué he de ser yo el único que no tiene parientes en quién apoyarse?

El nombre de hermano significa para mí enemigo; y ni siquiera en el de madre encuentro confianza.

– Ella procura lo que a su entender mejor te conviene como rey. Tiene para su hijo la ambición de grandeza. Y luego, has de considerarlo: una mujer que es reina, y que ha pasado su existencia oprimida por las exigencias del decoro real, no puede comprender siquiera lo nuestro, y tiene que aborrecerlo. Por amor hacia su hijo, me aborrece. Lo que pesa sobre mi corazón es saber que, en el fondo, soy yo la causa de tus desazones. Sí, no digas que no; lo sé. ¿Acaso no arranca todo esto de las bodas con doña Blanca? Pues esas bodas no se concertaron tanto por ayudar al reino como por odio hacia mí, un odio que, ya lo digo, es mal entendido interés por tus conveniencias y ciego amor de madre. Si ella pudiera escrutar mi corazón, encontraría aquí lo que ninguna doña Blanca es capaz de consagrar a su hijo. Pero ¡ay! que no me conoce…

– Te equivocas; eso no es todo, ni lo principal siquiera. Tampoco es verdad que estas desazones vengan de aquellas bodas.

– ¡Ah, sin doña Blanca todo hubiera sido diferente!… Dime, Pedro, ¿cómo es doña Blanca? Me aseguran que es casi una niña, y llena de mucha belleza. Dime, ¿es su belleza tanto como afirman?

– No hay quien se te compare, María, ni yo tengo ojos para mirar a otra.

– Ya lo sé, querido mío; pero contéstame. Las mujeres queremos siempre saber: dime cómo es doña Blanca. ¿Es alta?, ¿tiene el color como el nombre? Sus ojos, ¿cómo son: claros u oscuros?

– ¿Para qué hablar de ella, María? ¿Qué te importa eso?

– ¿No podrás acaso decirme cómo es esa señora, si alta o baja?, ¿si tiene negro el pelo?

– Rubio.

– Rubio, como el tuyo, ¿no? ¿Y las carnes, son también blancas, Pedro?

– No me enfades, mujer.

– Razón tienes, ¡perdona! Pero no te enojes; no quiero ver nubes en tu frente clara, que es el estuche de mis pensamientos. Yo bien sé, querido mío, que apenas te has de haber fijado en ella; pues, ¿a qué hombre le agradaría que le impongan la compañera de cama? Sólo esto sería ya bastante para hacerle abominar… ¿Y cómo pudiste entenderte?… Dicen que no habla nuestra lengua.

– Ahora, ya, debo de irme. ¡Adiós, María!

– Espera, espera un momento. Tengo una cosa que decirte. Escúchame, Pedro. He pensado que quizá tiene razón la reina doña María, y que la manera como entiende quererte es la justa. Es madre, y sabe: yo no tengo derecho a los amores de un rey, de un rey tan grande y tan glorioso como tú lo eres, Pedro mío. En pago de todo lo que tú me has dado, yo no podré darte nunca nada más que un amor sin exigencias. Y si por ese amor hubieras de sufrir desazones mayores de aquellas que la corona te acarrea, no tendría fin mi amargura. Yo no soy de sangre real, aunque mi linaje pueda compararse sin desdoro con el de muchas reinas. Por eso quiero decirte: piensa, Pedro, lo que mejor te conviene, y si resuelves que yo soy para ti un estorbo, apártate de mi lado sin vacilar. Tú me has dado la felicidad toda de mi vida, y no quiero ser, en cambio…

– ¿Tú me dices eso? ¿Tú misma? ¿También tú? ¿No sabes acaso, mujer, que eres para mí lo único, lo único que este rey combatido posee en verdad, la única almohada de su cabeza, la única vela de su sueño, la única guarda de su alma, el único tesoro de sus arcas?… ¿Piensas acaso que tu alejamiento mitigaría el odio que se me tiene, la envidia con que se me roe, la violencia de unos hermanos que no olvidan su bastardía, miserables hasta hacer dudar que sean hijos de rey; la saña de una madre que no pudo gobernar a su esposo y quiere regir a su hijo; la ambición de unos vasallos que sólo aguardan la oportunidad de robar y mientras tiemblan en mi presencia maquinan traiciones y hacen señales a mis enemigos? Pues aunque todos esos males se extinguieran juntos renunciando a ti, no renunciaría. ¡De qué me habían de valer los bienes todos del mundo sin ti, María, que eres mi único bien verdadero! ¿Dejarte? Habrían de cercar tu casa mis perseguidores, y clavarme sus puñales aquí mismo, en esta misma cama, hasta empapar las sábanas con mi sangre, y antes de que yo te abandonara me abandonaría a mí la vida.

– ¡Qué alegría, mi Pedro, oírte esas palabras! Ven; ya nada te separará de mí. Así, así, juntos siempre, el uno en el otro… Nunca saldrás de este abrazo, no te soltaré nunca. ¡Nunca te dejaré que abraces a esa francesa maldita, Pedro mío!

Sin el agravio a la infanta doña Blanca, ¿por cuánto tiempo no se hubiera arrastrado todavía en Castilla esa guerra sorda contra don Pedro? La cólera del rey francés fue lo que, en definitiva, prestó vuelos a la rebeldía de los bastardos, dando hechura a su desconcertada enemistad, y perspectivas a su encono ciego.

Repudiada, vejada y ofendida, había tenido que volverse por fin doña Blanca a la corte de su padre. Cuando, tras de jornadas largas y muy penosas, hubo llegado a París, cruzó los puentes, entró al palacio y, sin dirigir a nadie la palabra ni contestar reverencias, compareció a la cámara donde la esperaba el rey. Se hincó de rodillas y le besó la mano. Al tener que soltarla, acabada la venia, quedóse parada, quieta, por primera vez baja la vista desde que había sido ultrajada: le aterraba el volver a encontrarse con aquella mirada azul que tan dulce le solía ser, y hallarla afligida; hallar aquellos tan alegres ojos según ahora creía adivinarlos: cerniéndose llenos de pesar sobre la frente, sobre los abrumados párpados de la hija. Pero cuando, al fin, se atrevió a afrontar el semblante paterno vio con espanto que esos sus ojos, sin la aflicción que esperaba y temía, se revolvían iracundos como salamandras convulsas sobre las llamas de la roja barba. Entonces sintió doña Blanca apretársele en la garganta ese nudo que durante todo el viaje la había estrangulado. Cuando, tras no poco esfuerzo, consiguió dominar la angustia, una voz enronquecida escapó de su pecho, repitiendo sin término una pregunta, sólo, oscura hasta lo incomprensible al comienzo, luego entrecortada de sollozos, por último estridente en los gritos.

Preguntaba: "¿Por qué, padre?, ¿por qué?"; no preguntaba otra cosa. El clamor subió hasta trocarse en alarido inhumano… Al cabo, rompió a llorar; se arañaba la cara, se tiraba del pelo.

Ante dolor tan grande el rey depuso su ira y abrió los brazos a la desconsolada para que inundara de lágrimas su cuello. Un tanto calmada, pero toda temblorosa, seguía doña Blanca profiriendo la pregunta de su desesperación. Hubiérase dicho que no tenía otra palabra: "¿Por qué?, ¿por qué? ¿Por qué, padre, me enviaste allá? ¿Por qué, di, me entregaste como se entrega una res? Aquí me tienes de vuelta; era tu hija; ahora soy tan sólo el testimonio de tu afrenta. A las barbas te han escupido, y mi presencia te lo recordará siempre… ¡Siempre!" Vano fue quererla persuadir de que sería vengada. Y a la promesa de nuevas bodas, rechazaba: "¡Nunca más horror semejante!", volviendo a llorar hieles.

Hubo, pues, que dejarla descansar a solas en su cuarto; y no antes de quince días, pasados en la penumbra y el duelo, se consiguió que diera razón de sí en confidencias a una dama de su edad y compañía. Ahí declaró el suplicio de las semanas interminables que -como ella decía- debió pasar entregada a manos de increíbles orates: aquella doña María, seco sarmiento, ardiente, crujiente, llena la lengua de invectivas; aquellas infantas tiesas y taciturnas; aquellas oscuras dueñas, murmurando por la letrina de sus bocas; aquellos hombres, enzarzados siempre en querellas inacabables, levantando la voz hasta los gritos, quitándose la palabra unos a otros, enceguecidos, obcecados, olvidados de todo, posesos de quimeras… Y así, entre gentes tales de la mañana a la noche, un día y otro, como un objeto más de disputa, sin que hubiera quien la mirase a los ojos ni le hablara al corazón… Al fin y a la postre -explicaba-, de quien menos había tenido que padecer fue de don Pedro, el brutal esposo que la abandonó sin contemplaciones. Pues ¿por qué hubiera debido esperar trato distinto de su parte? ¿Acaso era él quien la solicitó en matrimonio. Se la habían entregado, como se entrega una res: eso era todo. Aún había sido demasiado gentil para con ella…

Entre tanto, el rey francés enviaba emisarios a los bastardos de Castilla, y concertaba con ellos la perdición de don Pedro- sus mejores hombres de guerra irían a combatir junto a don Enrique para que éste, debelando a su hermano, ciñera la corona real. Y así se hizo. Mesnadas grandes y famosas pasaron el Pirineo en ayuda del conde de Trastamara, y decidieron a favor suyo la suerte de la guerra. No faltó, dentro y fuera del reino, quien tildase de fea traición la del conde don Enrique; otros, para justificarlo, recordaban la degollación de su madre doña Leonor de Guzmán, la muerte alevosa del maestre don Fadrique, su hermano. Y el propio usurpador, que apoyaba su despecho en el ajeno, supo cosechar y agavillar en pro de su causa multitud de rencores viejos cuando resolvió asumir el título de rey para estandarte de su rebelión. Era hombre capaz de componer un discurso: calculaba muy bien sus palabras; decía lo que se estaba esperando oír de sus labios y, en el momento oportuno, dejaba salir de ellos lo que nadie esperaba. Así, a punto de emprender la campaña decisiva, reunió a sus gentes y -habiéndoles descrito la coalición invencible de todos los ofendidos por acciones del rey don Pedro- recordó a cada uno sus particulares agravios, golpeó una tras otra en todas las heridas y, por último, exhibió la baza triunfal que le proporcionaba la ayuda de Francia. ¿No había sonado acaso la hora de levantar un nuevo reinado, pródigo en venturas y en mercedes? Atizó, pues, la ira, alimentó la esperanza, despertó el entusiasmo, suscitó ambiciones, cebó codicias, y -arrebatados- sus amigos y parientes le ensalzaron con la púrpura real.

Poco tardaría en teñirse de ella las manos para conseguir el poder: lo obtuvo de la violencia; y no faltó tampoco quien, por el camino, leyera en su diestra ese destino cruento. "Alcanzarás, sí, la mayor grandeza; mas a costa, señor, de que esta mano derrame tu propia sangre", le predijo, en efecto, una adivina, tres jornadas antes del combate que debía entregarle el trono. Fue en ocasión que, a la cabeza de su hueste, entraba para hacer noche en una aldea. Con sólo un pequeño séquito había llegado don Enrique a la plaza del pueblo, donde los villanos divertían su tarde de domingo alrededor de unos titiriteros que, de paso para las ferias, daban en el atrio de la iglesia el espectáculo de sus bailes sarracenos. La proximidad del caudillo interrumpió la fiesta: cesó el tambor, se extinguió la estridencia del cornetín en un sollozo agrio, escapó el mono, y una cabra amaestrada que -grotesca y asombrosa- giraba su balumba sobre una perinola, saltó con repugnante pesadez sobre el taburete, cayendo al suelo. Desde lo alto de su caballo afrontaba don Enrique, altanero, la asustada curiosidad de los villanos; y entonces, una morilla danzadera acudió a echarle la suerte. Como el caballero se dejara tomar la mano, prometióle ella un porvenir magnífico, después de que con aquella misma mano -le dijo- "derrames tu propia sangre". No quiso él pedir aclaración del ambiguo presagio. Pero tres días más tarde, resuelto a favor suyo el decisivo encuentro, lo vio cumplirse en inexorable manera.

Las huestes del bastardo, ganada la batalla en los campos de Montiel, tenían en su poder el castillo, mientras que las de don Pedro acampaban al raso en la noche castellana, y ahí, entre sus tinieblas, a la espera del alba, se produjo el drama. Buenas voluntades, ansiosas de reconciliación, habían concertado a deshora una entrevista de los dos reyes… ¿Con qué espíritu acudirían a ella uno y otro? ¿Qué engaños prevenían, qué temores recelaban? Tal vez don Pedro, dócil en la adversidad a su viejo ayo, iba dispuesto a transigir para, salvando la corona, comprar tiempo al precio de concesiones; tal vez don Enrique, asustado de su fortuna, calculaba el modo de cohonestar su usurpación y disimular bajo los términos de un pacto la crudeza de su triunfo militar, mientras rodeado de sus mejores capitanes aguardaba en el salón al rey vencido. Pero cuando lo vio aparecer -joven, alto, erguido, arrogante- en la sola compañía de cuatro hombres, sintió que sus fuerzas desfallecían; un gran silencio acogió la presencia de don Pedro.

Llegado, pues, éste al centro de la sala, se detuvo allí, único bulto iluminado en aquella asamblea de sombras. Callaban todos en torno; y como se prolongara la vejación del silencio, vieron de pronto subirse a la cabeza del rey el vino de una espesa soberbia: rojo de ira, levantó la voz para preguntar quién de entre ellos era el traidor, el infame, el mal nacido, el bastardo conde de Trastamara. ¡En la palidez de la faz debiera haberlo conocido! Oyendo el improperio, don Enrique saltó de su asiento y acudió a realizar la imagen evocada: el puñal en alto, avanzó hacia el rey. Presos quedaron entonces ambos hermanos el uno del otro, en un abrazo de muerte.

Desde el umbral, interceptada a trechos su vista por los hombros de los capitanes que seguían sus alternativas, presenciaba don Juan Alfonso la lucha de que su propia vida pendía. Mientras duró, tuvo puestos sus cinco sentidos en el jadeante forcejeo; pero cuando -caídos ya, y revolcándose en el polvo los aferrados cuerpos- vio el anciano servidor que la mano de don Pedro se abría, y que soltaba su puñal, y que lo abandonaba en el suelo, volvió espaldas y emprendió la fuga. Gritos desconcertados oyó que lo perseguían por un rato. "¡A ése! ¡A ése!", clamaban desde lejos.

(1945)


Diálogo de los muertos

<p id="_Toc168514505">Diálogo de los muertos</p> Elegía española

…gusanos royentes

que coman de dentro su carne podrida…

De La danza de la muerte.


Sin descanso, hora tras hora durante muchos días, había estado lloviendo sobre la tierra. Y ahora, el viento se llevaba a toda prisa los últimos jirones de nubes, dejando limpio el cielo, de un azul inverosímil, al mismo tiempo que arrancaba alaridos sordos, y todavía lágrimas, de los árboles sin hojas, negros, mutilados, crispados, desesperados, amenazantes.

No había nada por ninguna parte. Nada, sino silencio; un silencio húmedo que rezumaba, calaba hasta lo más hondo; un silencio que era la ausencia y el vacío de la atronadora refriega, ya pasada. No había nada, nada sobre la tierra… Bajo ella, muertos infinitos yacían en confusión, ahora casi tierra ya también ellos, y todavía lastimada humanidad, sin embargo; muertos preñados con el plomo de su muerte, muertos retorcidos en el horror de su martirio; muertos consumidos en la perfección absoluta de su hambre; muertos. Sepultados de cualquier modo, entre las raíces de los vegetales -entregados a esas garras ávidas, insaciables, vivificadas por la lluvia que había escurrido tan largamente por entre piedras y huesos.

Y los muertos, bajo la mudez angustiosa y como definitiva del mundo, entablaron un diálogo soterrado, sin comienzo ni final, ni acentos ni pausas; o quizá, mejor, tejieron una red de monólogos dichos en voz apagada y blanda como ruido de pasos sobre las hojas caídas en un sendero, sucias de barro y de invierno.

– Esta mano -dijo uno-, este puñado de huesos que se quiere hundir en la caja vacía de mi pecho, ¿perteneció a un amigo o a un enemigo? Siempre ahí, oprimiendo mi esternón con cruel ensañamiento de guitarrista, ¿no podré saber cuál fue su gesto de aquella hora para conmigo? La incertidumbre de aquel brazo que se ha hecho eterno traslada a la eternidad la angustia de mi vida, dándole fórmula definitiva y simple.

Y otro:

– Ya todo acabó; ya todos somos unos. Nos une la tierra; nos iguala la tiniebla de la tierra; nos liga, tanto como nuestro amor, nuestro odio; nos hermana la comunidad de nuestro destino.

– Impío, burlón destino, si de todo hace tabla rasa y hueso mondo para hermanar en estratos de nuestro suelo a los enemigos, hasta el punto de no poderse distinguir ya el abrazo de la agresión. Y no sólo a los que nos hemos odiado por amor y nos hemos amado por odio, sino también a gentes que vinieron de otras tierras a profanar la nuestra con su codicia logrera, para caer sobre espinos y abrojos cuya fiereza no sospechaban.

– Así es, sin embargo; todos iguales. Y todos igual a nada. Es la grande y redonda verdad, a la que se llega por todos los caminos del mundo.

– En esa mascarada de la muerte, ¿quién es quién, y quién conoce a quién?

– Para siempre, sumidos en este no conocer.

– Bajo las pisadas de los caballos, bajo la reja de los arados, bajo las nieves, y los soles, y los vientos.

– Convertidos ya en suelo patrio, en jugo nutricio de Historia, en dolor y orgullo de los que aún viven y de los que vivirán después.

– Pero ¿sigue la vida? ¿Otros siguen viviendo? ¿No quedó todo detenido de repente un día para nunca más?

– Seguirán su curso los ríos, de nuevo limpios después de haber arrastrado pesados, lentos despojos (¡tanto y tanto han visto los ojos de sus puentes!). Seguirán su curso las estaciones del año en segura rotación: florecerá el campo, y luego volverá a ponerse adusto; vendrán soles blandos, indecisos, tras los soles violentos que arrancan de las breñas mariposas de luto y de fuego. Pero apenas puede concebirse que otros seres humanos sigan viviendo más allá de nuestra muerte, a nuestras espaldas, ni cabe imaginar siquiera esa vida. ¿Habían de ser ellos sangre caliente de nuestra sangre helada, y podrían comer los frutos regados con el jugo de nuestro corazón? ¡Seguir viviendo! Y luego ¡qué villana trivialidad, qué sabor insípido habrían de encontrarle ellos mismos a esa vida, cuando les reviniera a la boca el gusto amargo y glorioso de los días del sacrificio! No; no puede imaginarse tal vida.

– Ni en puridad existe. Pues parecen seres vivientes, y quizá creen serlo: pero no son sino sombras, dobladas de dolor, silenciosas, errabundas, vacías, aterrorizadas. Muchos tienen miembros de su cuerpo pudriendo ya entre nosotros; el alma, todos la tienen muerta. Son proyección nuestra, fantasma, nada. Si hablan, nada dicen; su voz es opaca, suena como el cristal de los vasos que un aire ha trizado; se advierte en ella el poso de lo que no llegó a decirse y ya no se dirá nunca. Si ríen, es con risa hueca de calavera, con risa de nervios y espanto. Y sus ojos nos buscan siempre, atraídos por los senos de la tierra; siguen a las hormigas, quieren distinguir las lombrices del fango, pretenden enviarnos mensajes con los animales que minan el suelo -y ya no saben mirar de frente, huyen la vista unos de otros. ¡Pobres vivientes! ¡Cuánta compasión merece su suerte! Creyeron haber escapado con vida, y la vida se había escapado de ellos.

– Pero, no; que al menos saben, recuerdan. Si su vida quedó cortada como la nuestra, vacía de futuro, tienen en cambio todo el pasado para revivirlo y paladear sus sabores, y desandar el camino una y mil veces. Y saben el nombre de cada uno, y pueden distinguir al enemigo…

– …y aún, en su insensatez de sombras, por la fuerza del hábito criminal, siguen asesinando y siendo asesinados, ya sin odio, sin pasión, lánguidamente, con desgana y hartazgo.

– En todo eso ha de haber, no obstante, una especie de vida y hasta, para algunos, de vida frenética.

– Pues ¿y los traidores, y los insensatos, y los sádicos (locos de atar que anduvieron sueltos); los autores responsables de la tragedia; los verdugos; los frívolos profundos? Preservados por su contumacia los unos, por inconsciencia los otros, por la fuerza funesta de su instinto los demás, acorazados todos ellos tras su respectiva insania, vivirán, y vivirán plenamente.

– Creen vivir quizá, porque están de pie. Pero tienen corrompidas las raíces del ser.

– Los que perpetraron la traición, cegados por la soberbia y poseídos por la furia del mando, están protegidos contra la pesadumbre de todo cargo de conciencia por la liviandad de sus cerebros que les consiente aceptar sin examen los endebles idearios (sarcasmo, a la dura luz de hoy) con que apresuradamente quisieron vestir y dar hechura a su fechoría. En cuanto a sus partidarios, el séquito lamentable de los cobardes, pobres de espíritu, crueles por miedo, por resentimiento, hasta por ramplonería, éstos, saciado con el terror su terror, se sentirán aliviados… Más penoso será el destino de los responsables de la otra banda, de los primeros, o últimos, o sumos responsables, los que con su frivolidad propiciaron la traición; los flojos, los inhibidos, los débiles de voluntad, los pasivos, omisos y remisos -lanzados ahora como tristes pingajos a la intemperie para rumiar sin tregua su culpa. Pues su infierno está hecho de su propia clarividencia, y su tormento de su análisis.

– Pero tal es su vida auténtica, la que cuadra a su condición. Si ya terminó el mortal forcejeo que los aprisionaba, y han sido por fin liberados, ¿qué mayor delicia? Les abrumaban las situaciones públicas que con tanto afán habían alcanzado, el peso de sus codiciados cargos y prestigios se les vino encima de improviso, al tornárseles en verdades ardientes las mentiras de su boca; y creyeron morir aplastados, porque sus enemigos tardaban ya en venir a desligarles. ¡Qué encanto, ahora, poder saborear el agridulce de la derrota, lejos, solos! ¡Y qué secreta gratitud hacia sus enemigos-libertadores que han convertido al pueblo indómito en un sosegado pueblo de cadáveres! Sí, ésos también viven sin duda, y viven en su elemento, como el pez en el agua.

– No porque sean muertos de nacimiento son menos muertos. Los fuegos fatuos de su intelectualismo, su profesionalismo, de sus pseudos y sus paradojas, pudieron pasar a veces por brillo de vida, no habiendo sido nunca sino luces mendaces de cementerio, vanidad de pudridero y gala de osario.

– ¿Distinguirán, acaso, en la masa compacta del silencio del mundo, en el obstinado callar de los muertos y de las sombras mudas que aún recorren la superficie de la tierras, las vetas de desprecio hacia su ser, el verde y amarillo de la náusea, al igual que los otros perciben sin duda flecos del odio salpicándoles en el rostro como el salivazo caliente, cárdeno, agrio, de la sangre de sus víctimas?

– Sea como quiera, todos merecen compasión; también ellos, unos y otros. No porque el loco ignore su locura, su desvarío frenético o su desvarío caviloso, es menos digno de aquella. Pues, en realidad, se compadece en él, no tanto a él mismo como a la humanidad entera: el no saber y no sentir; la inocencia patética de los recién nacidos; el titubeo de los viejos a quienes, de pronto, se les ha hecho desconocido el mundo; el tantear desesperado de todos hacia lo que no entienden, o entienden mal. Y hasta, más allá de las fronteras, el propio pasmo de los animales sujetos a una suerte que no alcanzan.

– Y ¿hemos de ser nosotros quienes los compadezcamos a ellos, que viven o creen vivir, culpables y traidores; nosotros, la legión innumerable de los sacrificados, de los que estamos comiendo tierra y los que comen, por comer algo, la yerba y las raíces?

– Nosotros, sí, que los contemplamos desde esta gran verdad impasible, unidos para siempre en el anónimo de cada uno y la gloria de todos.

– Nosotros que, todavía fresca la sangre en los labios de la tierra, húmedos aún los pañuelos, calientes los escombros, rotas las gargantas, aterrados los pájaros, nos hallamos instalados ya en una inmortalidad severa, impasible, marmórea, distante.

– Pero ¿es que puede fundarse en nuestra terrible muerte gloria alguna, más allá de la piedad que trasciende de las piedras calcinadas y rotas; orgullo alguno, sobre desolación tan grande? Pues, por nuestra obra, bajo el cielo, de norte a sur y de oriente a occidente, toda la geografía es cementerio: cementerio las marismas, los valles, las llanuras, las montañas violentas y las dulces rías, los huertos y jardines; cementerio las lagunas y pantanos; cementerio los suburbios de las ciudades, el borde de las carreteras, las playas, el lecho de los ríos. Y los hombres mismos son cementerio de sus muertos -encierran dentro, pudriendo, sus muertos: padres, hermanos, hijos, amigos. Y enemigos. Enemigos, sí; que también los enemigos se llevan sobre el corazón, y hacen hediondo el aliento de quienes los han matado con sus manos o con el deseo.

– La tierra ha quedado abandonada, sucia. Perros famélicos van de un lado para otro poseídos de su tristeza inefable; husmean; siguen huellas de personas que ya no existen; mastican interminablemente trapos negros manchados de barro: y luego, rendidos, se tienden con el hocico sobre las patas -desvelados, añorantes, alucinados, locos, sin amo, sin casa, sin sombra.

– Esa es la tierra que nos cubre. Y junto a ella, el mar oleaginoso, pesado, lame lentamente las orillas, denso de sales y yodos, siempre vomitando caracolas, lúbricas algas; siempre amenazando con devolver quién sabe qué; el mar plomizo, inerte, dormido, mudo, insinuante, amargo, irónico.

– Acaso hemos hecho estéril el suelo por cuyo amor dimos la vida, al sembrarlo tan copiosamente con la cal de nuestros huesos.

– Y si por rehacer el país lo hemos deshecho; si soñamos engrandecerlo y ha quedado encogida la pobre piel de toro, ¿no será también mentira la gloria del panteón inmenso? ¿No será sólo, en verdad, inmenso estercolero; y fingida no más la memoria de mármol y bronce?

– La saña del destino no puede excederse a sí misma y trocar en crónica lamentable la bien ganada epopeya de nuestro heroísmo, de nuestra resignación sin fondo y nuestra alegría sin bordes: de nuestra furia y de nuestra hambre, de nuestra firmeza y nuestra paciencia. No puede llegar al sarcasmo de proponer para escarmiento el que es ejemplo de abnegación y sacrificio voluntario y gozosa entrega y holocausto.

– Y, sin embargo, después de haber rodado por valles y praderas, resuena como carcajada extrañamente fría el estruendo de nuestra fe. Hemos creído y querido con desenfreno; pero después de tanto fuego, todo ha quedado en ceniza, blanda ceniza.

– Y los fantasmas de nuestra muerte, de la de cada uno, ¡qué pesados ahora! La alegría desenfrenada del hombre que lanza su juventud al combate y que, en lo más vivo, se dobla como una caña y cae tronchado, roto. El coraje glacial del mártir que dispara su desprecio como dardo tembloroso de acero fino a los ojos de sus verdugos -ojos turbios, purulentos, que sólo cuando ya está en el suelo, ausente, se atreven a mirarlo. El estoicismo del que ha sabido guardar su dignidad frente al horror desmelenado de los aires, y ha vivido cien muertes antes de que, por fin, sus miembros quedaran desparramados entre escombros y ahogada en polvo su garganta. La resignación sin queja del que ha sentido las agujas del hambre comerle la carne, hasta entregarse, por último, sin una palabra, en silencio siempre. La desesperada angustia del que ha buscado la muerte, y ha tenido que forzar a esa esquiva que pretendía olvidarle a él, y sólo a él… De todo esto ¿no había de quedar sino la pesadumbre de un mal sueño oprimiendo el corazón con su mentira? ¿Es mentira? ¿Son figuraciones vacías? ¿Es pura vaciedad?

– Terminado el acoso, ultimada la lidia, roja de sangre la arena, quedará, al menos, vibrando, prendida a los clarines lúgubres, la adusta emoción de la bravura, del arrojo sin malicia en lucha inútil contra la confabulación.

– Queda el inocente valor de los soldados.

– El odio conmovedor de los niños.

– El dolor orgulloso de las mujeres.

– La callada paciencia de los viejos.

– La fe sin esperanza.

– La obstinación sin salida.

– La virtud sin loa.

– El deber sin reconocimiento y el sacrificio sin premio.

– Todo eso queda, sí. Y está ahí, hecho símbolo, con la fecundidad prometida a las tragedias simbólicas. Por inútil, más alta, esencial. Más grande y sagrada, porque ese espíritu de tan bella violencia sucumbió (estrangulado por poderes arteros, alevosos) bajo tropeles de fuerzas ciegas.

– Pero todo eso no es ni mausoleos, ni arcos, ni laurel, ni columnas, ni lápidas, ni himnos; no es mármol ni bronce; no es panteón. Es, acaso, algo leve, sin forma, como un brillo de lágrimas insinuado en una pupila, o una pieza de orgullo y desprecio en el silencio de unos labios. Algo como una rosa dejada en un vaso de agua, en el ángulo de una mesa de pino, o allá, al fondo, puesta sobre el simple vasar.

En la oscurecida tierra sólo se oía un rumor de oculta acequia.

(1939)


Apéndices

Introducción a «El Hechizado»

El loco de fe y el pecador

<p id="_Toc168514506">Apéndices</p>
<p id="_Toc168514507">Introducción a «El Hechizado»</p>

El Hechizado es una cerrada composición literaria, que empieza y concluye en sus propios términos; pero pertenece como pieza a una serie de novelas ejemplares -aún por escribir en su mayoría-, y sólo dentro de ese conjunto adquirirá el cabal sentido que a su intención corresponde. El darla así, suelta, al público me obliga para con él a una explicación que supla de algún modo la falta de tales referencias.

Sin embargo, quiero reducirla a lo indispensable remitiéndole a otro relato que, destinado en principio a la misma serie, se publicó en el número 106 de la revista Sur bajo el título de La campana de Huesca. Si en esa ocasión no experimenté iguales escrúpulos, la comparación de ambos textos con vistas al motivo capital que los une dará razón del porqué.

La campana de Huesca es una narración que se presenta desde luego como tal. Con directa ingenuidad declara cuál es su asunto: se trata del poder organizado que el hombre ejerce sobre el hombre, y aparecen en ella seres distintos que viven diversamente esa misma terrible experiencia. Pero aquí, en El Hechizado, no hay nadie que viva nada; ni hay hombres, ni verdadera vida. Hay el solo poder, su armazón vacío.

Una novela sin personajes puede hacerse, a condición de que los personajes estén detrás de la cortina, de que hayan transferido su espíritu a las cosas. Pero una novela sin vida humana, aun cuando esté poblada de personajes… Pues eso es lo que he querido hacer aquí. Y sería demasiado pedir a la atención de quien -desprevenido acerca del motivo cardinal que reúne a las piezas de la todavía incompleta serie- se enfrentase con los forzados enfoques de ésta, que no sucumbiera al desconcierto.

Hecha la prevención, el avisado lector juzgará cómo y hasta qué punto están conseguidos ése y otros propósitos literarios. Al que no le sea tanto, te avisaré yo, además, de que todas las figuras que ahí aparecen, sin excluir al rey Carlos II, el Hechizado, son fingidas y carecen por completo de realidad histórica.


F. A.


Buenos Aires, mayo de 1944.

<p id="_Toc168514508">El loco de fe y el pecador</p>

Son muy numerosos los hechos y muy abundantes las parábolas que los Evangelistas nos han transmitido para persuadirnos del poder de la fe. Todas estas sentencias salieron de labios de Jesús; todos aquellos hechos lo tuvieron a él por protagonista.

¿Por qué no han querido referirnos también aquel milagro en que no hubo más protagonista que la fe misma? ¿Creyeron acaso que podría convertirse en piedra de escándalo; que bordeaba ya la impiedad; que el designio divino se manifestó en él de un modo demasiado ambiguo, con los peligros extremos del enigma, y que podría hacer estallar el corazón de las gentes induciéndolas a escupir sobre la fe?

¿O simplemente, cronistas fieles, omiten el acontecimiento porque en realidad Jesús no intervino en él, ni siquiera lo conoció en vida?

Es la historia del que llegó tarde. Había pasado sus años sumido en la tiniebla, y aunque la avidez de sus oídos se esforzaba por suplir a los ojos inválidos, el clamor de los milagros que se estaban cumpliendo llegó a su rincón cuando aquel astro estaba a punto de acabar su alucinante conjunción con nuestro pobre mundo.

Se puso en camino sin tardanza: la fe quería desgarrar desde dentro sus pupilas. Sin este resplandor interno hubieran percibido de seguro sus oídos diestros lo que flotaba en el silencio del mundo: pero su fe había dado una tregua a la fatiga de sus oídos, y por eso no supo que aquel mismo día viernes de su llegada a Jerusalén, esa fe suya era, confinada en su pecho, lo único que aún lucía en un universo entenebrecido.

Y así, lúcido él solo en medio del terror de la ciudad, recorrió sus calles golpeando muros y piedras con desesperación alegre.

Tan pronto como percibió una presencia humana se aproximó para preguntar dónde estaba Jesús. Pero su pregunta había de rebotar contra un mortal silencio: el pecador a quien se había dirigido no tuvo valor para contestarle con la terrible noticia que a él mismo lo abrumaba. Y entonces, engañado por la tensión de ese raro silencio, el loco de fe se echó a los pies del pecador e imploró curación por sus manos:

– Te he buscado, y te hallé, Señor. Da tu luz a mis ojos.

El pecador, convulso de piedad y de espanto, hubiera querido gritarle su propia miseria: no le salió del cuerpo ni una palabra, ni un gemido; sus manos se tendieron para alzar al postrado. Pero en su turbación rozaron los ojos enfermos, y el milagro se hizo.

También han querido dejar medio oculto, en la parábola del hijo pródigo, el sentido verdadero que late bajo su simple envoltura de perdón: el asco de la sangre propia.

Es el asco de esas tristes mujeres que escaparon, muchachitas tiernas, de la casa aldeana para ir a caer en el burdel, y que pasado tiempo retornan a la casa aldeana preñadas con un tumor, hijo de las mil infamias -un tumor oculto en el seno, cuidado, engordado, cebado día tras día a expensas de todos los jugos vitales, espléndido y voraz en la miseria del cuerpo desmedrado; y que cuando se presentan ante los pasmados rústicos no traen ya sino el nombre de la que se fue y alguna reliquia, acaso aquel viejo medallón, y más bien podría creerse que son otra mujer que se acerca por piedad con el encargo de una última palabra para la familia de la desventurada compañera… Pero ella insiste e insiste, y cuanto más se esfuerza por darse a conocer, más desconfían los rústicos y más se afirman en la impresión de que, contra toda apariencia, hay en ella un fondo ajeno por debajo de sus facciones y de su voz; más crece su sospecha de una rara superchería. Y sólo cuando, desesperada, deshecha en lágrimas, invoca suplicando el fruto sombrío que lleva en las entrañas, acceden los pobres, por pura misericordia, a fingir que creen su dicho y que la toman por la hija ausente, y a prestarle la yáciga requerida para el lúgubre, inminente parto…

Pero es también el asco del hijo que regresa cuando ya nadie lo espera ni desea su regreso; vuelve sobre sus pasos con la conciencia contumaz del asesino que ha dudado un instante y quiere cerciorarse de la consumación de su fechoría, para desatar la aprensión del último vínculo negando el contenido de sus recuerdos al confrontarlo con la realidad chata ofrecida a su vista; para enfrentarse con el padre y, puestas las manos sobre sus hombros, contemplarlo despacio, con pasmo, con un pasmo helado, y descubrir en él, bajo lo familiar, lo que hay de ajeno y distinto, aquello contra lo que gritaba desde siempre todo su ser; y seguir mirándolo todavía, y no cansarse de mirarlo, como el sediento bebe, y bebe, y siempre quiere beber más, y cuando ya está ahíto aborrece casi el agua que acude al reclamo de sus entrañas y lo enferma y lo colma y lo martiriza, y no alcanza a apagarla la sed.

Pero en este caso están trocados los papeles y es a él, al que regresa, a quien le toca el negar y rechazar; a él, el desconocedor, el menear la cabeza; a él, la mirada incrédula, burlona y, al mismo tiempo que reticente, compasiva, y al mismo tiempo que compasiva, cargada de odio.

Pues en todo hijo hay algo del expósito adoptado por gentes en cuya piedad entraba el ocultarle su condición; pero que, una vez, por un azar cualquiera, ha llegado a descubrirla. Cuando se ha apoderado del secreto, el hijo adoptivo comienza a alimentar, encerrado en una soledad que nadie conoce, agravios sin forma, a trabajar incansablemente, ansiosamente, con los materiales falaces de lo que sabe y lo que ignora; y como a pesar de todo su afán no logra configurar nada, y como para él cada cosa se presenta en contradicción insoluble consigo misma, el infeliz se agota y se consume sin remedio en la gran superchería. La superchería está ahí, habita en la casa, constituye el secreto de los padres y el secreto del hijo -pero es un secreto para aquéllos y otro distinto para éste: no un secreto compartido, sino recelado; un alacrán que todos alimentan y que a todos tortura.

Y si tampoco se han atrevido los Evangelistas a mostrar al mundo lo que verdaderamente quiso decir Jesús con tal historia, y lo han envuelto en un precepto de amor y de perdón, es tal vez por desconfianza hacia los hombres, por comprender -hombres también ellos- que no iban a tener la fuerza necesaria para elevarse por encima de todo y alcanzar a Dios siguiendo un camino más arriesgado que el del simple perdón.

Pues, en verdad, el hijo pródigo supera el asco de su propia sangre al entrever en un destello el abismo del amor que une a todos los seres, un amor sin palabras, sin cavilaciones, sin cuitas, de todo lo que vive en la naturaleza; ese amor a Dios cumplido a través de la comunidad indistinta de sus criaturas, y que en todas partes florece: en el trivial idilio de la solterona que vierte sobre el ave enjaulada y canora caudalosos raudales de una sentimentalidad de arropía; en el alma solitaria del pastor que, en la locura de los gritos sin respuesta, allá en la estepa, o en la sierra (oculto Dios entre las breñas, bajo el agua viva), hace bajo el agua viva), hace costumbre de la ignominia y convierte a sus reses en cómplices y mudos testigos de ella -a reses cuyas huellas pisa puntualmente, cuyos terrores son también los terrores de su alma, y en cuyas miradas recoge toda la inteligencia y toda la comprensión que el mundo tiene para él.

Ese amor se encuentra en todas partes; domina todas las repulsiones y vence todos los contrastes. No falta ni siquiera en el pecho del fratricida, para quien también está prometida salvación. Anida incluso en el horror sagrado del que consume la carne de seres que él había conocido y que le habían conocido a él, en cuyos ojos se había visto mirado, seres que acudieron a su llamada para plegarse todavía temblando de amor a la caricia de una mano que ya se disponía a descargar sobre ellos el peso de la muerte. Pues el misterio, en su simplicidad aterradora, muestra en la otra faz el amor de la víctima hacia las manos que le administran la muerte -amor espantoso que nunca imaginarán los que nunca han visto: La víctima, en su definitivo abandono, en soledad perfecta, ya en pie contra el muro de lo irremisible, vislumbra de pronto la cólera oculta, ciega, el rayo, lo sublime en esa mano que ultima el sacrificio; y entonces, ablandada, deshecha, pide besarla y recibir de ella la muerte como un sacramento.

Y así, Dios habita en las sangres que se repelen, en la una y en la otra; y a través de su hostilidad, en el paroxismo de su asco, es precisamente donde culmina el amor a Dios.


F. A.


(1942)


Introducción a «El Hechizado»

<p id="_Toc168514507">Introducción a «El Hechizado»</p>

El Hechizado es una cerrada composición literaria, que empieza y concluye en sus propios términos; pero pertenece como pieza a una serie de novelas ejemplares -aún por escribir en su mayoría-, y sólo dentro de ese conjunto adquirirá el cabal sentido que a su intención corresponde. El darla así, suelta, al público me obliga para con él a una explicación que supla de algún modo la falta de tales referencias.

Sin embargo, quiero reducirla a lo indispensable remitiéndole a otro relato que, destinado en principio a la misma serie, se publicó en el número 106 de la revista Sur bajo el título de La campana de Huesca. Si en esa ocasión no experimenté iguales escrúpulos, la comparación de ambos textos con vistas al motivo capital que los une dará razón del porqué.

La campana de Huesca es una narración que se presenta desde luego como tal. Con directa ingenuidad declara cuál es su asunto: se trata del poder organizado que el hombre ejerce sobre el hombre, y aparecen en ella seres distintos que viven diversamente esa misma terrible experiencia. Pero aquí, en El Hechizado, no hay nadie que viva nada; ni hay hombres, ni verdadera vida. Hay el solo poder, su armazón vacío.

Una novela sin personajes puede hacerse, a condición de que los personajes estén detrás de la cortina, de que hayan transferido su espíritu a las cosas. Pero una novela sin vida humana, aun cuando esté poblada de personajes… Pues eso es lo que he querido hacer aquí. Y sería demasiado pedir a la atención de quien -desprevenido acerca del motivo cardinal que reúne a las piezas de la todavía incompleta serie- se enfrentase con los forzados enfoques de ésta, que no sucumbiera al desconcierto.

Hecha la prevención, el avisado lector juzgará cómo y hasta qué punto están conseguidos ése y otros propósitos literarios. Al que no le sea tanto, te avisaré yo, además, de que todas las figuras que ahí aparecen, sin excluir al rey Carlos II, el Hechizado, son fingidas y carecen por completo de realidad histórica.


F. A.


Buenos Aires, mayo de 1944.


El loco de fe y el pecador

<p id="_Toc168514508">El loco de fe y el pecador</p>

Son muy numerosos los hechos y muy abundantes las parábolas que los Evangelistas nos han transmitido para persuadirnos del poder de la fe. Todas estas sentencias salieron de labios de Jesús; todos aquellos hechos lo tuvieron a él por protagonista.

¿Por qué no han querido referirnos también aquel milagro en que no hubo más protagonista que la fe misma? ¿Creyeron acaso que podría convertirse en piedra de escándalo; que bordeaba ya la impiedad; que el designio divino se manifestó en él de un modo demasiado ambiguo, con los peligros extremos del enigma, y que podría hacer estallar el corazón de las gentes induciéndolas a escupir sobre la fe?

¿O simplemente, cronistas fieles, omiten el acontecimiento porque en realidad Jesús no intervino en él, ni siquiera lo conoció en vida?

Es la historia del que llegó tarde. Había pasado sus años sumido en la tiniebla, y aunque la avidez de sus oídos se esforzaba por suplir a los ojos inválidos, el clamor de los milagros que se estaban cumpliendo llegó a su rincón cuando aquel astro estaba a punto de acabar su alucinante conjunción con nuestro pobre mundo.

Se puso en camino sin tardanza: la fe quería desgarrar desde dentro sus pupilas. Sin este resplandor interno hubieran percibido de seguro sus oídos diestros lo que flotaba en el silencio del mundo: pero su fe había dado una tregua a la fatiga de sus oídos, y por eso no supo que aquel mismo día viernes de su llegada a Jerusalén, esa fe suya era, confinada en su pecho, lo único que aún lucía en un universo entenebrecido.

Y así, lúcido él solo en medio del terror de la ciudad, recorrió sus calles golpeando muros y piedras con desesperación alegre.

Tan pronto como percibió una presencia humana se aproximó para preguntar dónde estaba Jesús. Pero su pregunta había de rebotar contra un mortal silencio: el pecador a quien se había dirigido no tuvo valor para contestarle con la terrible noticia que a él mismo lo abrumaba. Y entonces, engañado por la tensión de ese raro silencio, el loco de fe se echó a los pies del pecador e imploró curación por sus manos:

– Te he buscado, y te hallé, Señor. Da tu luz a mis ojos.

El pecador, convulso de piedad y de espanto, hubiera querido gritarle su propia miseria: no le salió del cuerpo ni una palabra, ni un gemido; sus manos se tendieron para alzar al postrado. Pero en su turbación rozaron los ojos enfermos, y el milagro se hizo.

También han querido dejar medio oculto, en la parábola del hijo pródigo, el sentido verdadero que late bajo su simple envoltura de perdón: el asco de la sangre propia.

Es el asco de esas tristes mujeres que escaparon, muchachitas tiernas, de la casa aldeana para ir a caer en el burdel, y que pasado tiempo retornan a la casa aldeana preñadas con un tumor, hijo de las mil infamias -un tumor oculto en el seno, cuidado, engordado, cebado día tras día a expensas de todos los jugos vitales, espléndido y voraz en la miseria del cuerpo desmedrado; y que cuando se presentan ante los pasmados rústicos no traen ya sino el nombre de la que se fue y alguna reliquia, acaso aquel viejo medallón, y más bien podría creerse que son otra mujer que se acerca por piedad con el encargo de una última palabra para la familia de la desventurada compañera… Pero ella insiste e insiste, y cuanto más se esfuerza por darse a conocer, más desconfían los rústicos y más se afirman en la impresión de que, contra toda apariencia, hay en ella un fondo ajeno por debajo de sus facciones y de su voz; más crece su sospecha de una rara superchería. Y sólo cuando, desesperada, deshecha en lágrimas, invoca suplicando el fruto sombrío que lleva en las entrañas, acceden los pobres, por pura misericordia, a fingir que creen su dicho y que la toman por la hija ausente, y a prestarle la yáciga requerida para el lúgubre, inminente parto…

Pero es también el asco del hijo que regresa cuando ya nadie lo espera ni desea su regreso; vuelve sobre sus pasos con la conciencia contumaz del asesino que ha dudado un instante y quiere cerciorarse de la consumación de su fechoría, para desatar la aprensión del último vínculo negando el contenido de sus recuerdos al confrontarlo con la realidad chata ofrecida a su vista; para enfrentarse con el padre y, puestas las manos sobre sus hombros, contemplarlo despacio, con pasmo, con un pasmo helado, y descubrir en él, bajo lo familiar, lo que hay de ajeno y distinto, aquello contra lo que gritaba desde siempre todo su ser; y seguir mirándolo todavía, y no cansarse de mirarlo, como el sediento bebe, y bebe, y siempre quiere beber más, y cuando ya está ahíto aborrece casi el agua que acude al reclamo de sus entrañas y lo enferma y lo colma y lo martiriza, y no alcanza a apagarla la sed.

Pero en este caso están trocados los papeles y es a él, al que regresa, a quien le toca el negar y rechazar; a él, el desconocedor, el menear la cabeza; a él, la mirada incrédula, burlona y, al mismo tiempo que reticente, compasiva, y al mismo tiempo que compasiva, cargada de odio.

Pues en todo hijo hay algo del expósito adoptado por gentes en cuya piedad entraba el ocultarle su condición; pero que, una vez, por un azar cualquiera, ha llegado a descubrirla. Cuando se ha apoderado del secreto, el hijo adoptivo comienza a alimentar, encerrado en una soledad que nadie conoce, agravios sin forma, a trabajar incansablemente, ansiosamente, con los materiales falaces de lo que sabe y lo que ignora; y como a pesar de todo su afán no logra configurar nada, y como para él cada cosa se presenta en contradicción insoluble consigo misma, el infeliz se agota y se consume sin remedio en la gran superchería. La superchería está ahí, habita en la casa, constituye el secreto de los padres y el secreto del hijo -pero es un secreto para aquéllos y otro distinto para éste: no un secreto compartido, sino recelado; un alacrán que todos alimentan y que a todos tortura.

Y si tampoco se han atrevido los Evangelistas a mostrar al mundo lo que verdaderamente quiso decir Jesús con tal historia, y lo han envuelto en un precepto de amor y de perdón, es tal vez por desconfianza hacia los hombres, por comprender -hombres también ellos- que no iban a tener la fuerza necesaria para elevarse por encima de todo y alcanzar a Dios siguiendo un camino más arriesgado que el del simple perdón.

Pues, en verdad, el hijo pródigo supera el asco de su propia sangre al entrever en un destello el abismo del amor que une a todos los seres, un amor sin palabras, sin cavilaciones, sin cuitas, de todo lo que vive en la naturaleza; ese amor a Dios cumplido a través de la comunidad indistinta de sus criaturas, y que en todas partes florece: en el trivial idilio de la solterona que vierte sobre el ave enjaulada y canora caudalosos raudales de una sentimentalidad de arropía; en el alma solitaria del pastor que, en la locura de los gritos sin respuesta, allá en la estepa, o en la sierra (oculto Dios entre las breñas, bajo el agua viva), hace bajo el agua viva), hace costumbre de la ignominia y convierte a sus reses en cómplices y mudos testigos de ella -a reses cuyas huellas pisa puntualmente, cuyos terrores son también los terrores de su alma, y en cuyas miradas recoge toda la inteligencia y toda la comprensión que el mundo tiene para él.

Ese amor se encuentra en todas partes; domina todas las repulsiones y vence todos los contrastes. No falta ni siquiera en el pecho del fratricida, para quien también está prometida salvación. Anida incluso en el horror sagrado del que consume la carne de seres que él había conocido y que le habían conocido a él, en cuyos ojos se había visto mirado, seres que acudieron a su llamada para plegarse todavía temblando de amor a la caricia de una mano que ya se disponía a descargar sobre ellos el peso de la muerte. Pues el misterio, en su simplicidad aterradora, muestra en la otra faz el amor de la víctima hacia las manos que le administran la muerte -amor espantoso que nunca imaginarán los que nunca han visto: La víctima, en su definitivo abandono, en soledad perfecta, ya en pie contra el muro de lo irremisible, vislumbra de pronto la cólera oculta, ciega, el rayo, lo sublime en esa mano que ultima el sacrificio; y entonces, ablandada, deshecha, pide besarla y recibir de ella la muerte como un sacramento.

Y así, Dios habita en las sangres que se repelen, en la una y en la otra; y a través de su hostilidad, en el paroxismo de su asco, es precisamente donde culmina el amor a Dios.


F. A.


(1942)