Federico Andahazi

El Príncipe


Aquellos que gracias a su fortuna

se convierten de particulares en príncipes,

con poca fatiga lo hacen,

pero con mucha se mantienen;

y no tienen ninguna dificultad en su camino,

porque son elevados como en alas…

Nicolás Maquiavelo



LIBRO PRIMERO : LA ASCENSIÓN

I EL REINO DE LOS CIELOS

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2

3

4

5

II EL SUEÑO ETERNO

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<p id="_Toc108439946">LIBRO PRIMERO : LA ASCENSIÓN</p>
<p id="_Toc108439948">I EL REINO DE LOS CIELOS</p>
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En las gargantas de cobre y cartón destartalado de los parlantes de los taxis errabundos como perros, propagándose paciente pero irrevocable como la chispa de una mecha tan extensa como el tiempo que separaba la medianoche del crepúsculo; en el ronquido trémulo de los camiones de basura; en el temor apocalíptico que sembraba la inexplicable demora de la salida de los diarios, cuyo retraso auguraba titulares tamaño catástrofe que nadie sabía aún qué fatalidad habrían de anunciar; en la noche larga y tormentosa de los insomnes; en la candida placidez de los durmientes; en el enigmático alboroto nocturno de palomas que volaban en bandadas despavoridas, desorientadas, de aquí para allá, de cúpula en cúpula, como si escucharan las trompetas del anuncio del fin de todos los fines; en los cuellos de animal antediluviano de los semáforos, cuyos impares ojos verticales y contrahechos enloquecieron, parpadearon epilépticos de rojo a verde hasta quedarse en el amarillo intermitente de la más profunda ceguera; en las bocas desdentadas, hediondas y atónitas de las alcantarillas; en la vigilia vacilante de los carteles de neón que de pronto fulguraron e inmediatamente se extinguieron como estrellas, todos a una vez, dejando nubes de insectos huérfanos de luz; en el vuelo torpe y angular de los murciélagos que, confundidos por la etérea invasión de las señales satelitales y la profusión de frecuencias antagónicas, se estrellaban contra las campanas de la catedral haciéndolas doblar como si estuviesen animadas por abades invisibles y agoreros; en las carteras ya irremediablemente vacías de las putas que, desanimadas, iban abandonando la parada oscura de la recova de la estación desmintiendo aquel apotegma sobre la gran orgía del fin del mundo; en la incredulidad de las almas castigadas que habitaban las borracherías vecinas al puerto; en la indiferencia de los desesperados, de los que no tenían nada más que perder; en el súbito y temprano alboroto de las cárceles y los manicomios; en la lluvia oblicua de los televisores traicionados por el sueño; sobre los techos de fiesta necrológica de las ambulancias; en el tronar de cilindros desnudos de los motorizados; en el peso del cielo que podía mensurarse en kilohertzios de información imprecisa y contradictoria; en preguntas que volaban de antena en antena y cuyas respuestas jamás bajaban al reino de los mortales; en cumulus nimbus hechos de megavatios que presagiaban la tormenta del final; en el ulular de las sirenas; en los corazones palpitantes de intriga; en la ciudad indefensa bajo un cielo negro que se cernía como un ultimátum, algo todavía indecible habría de ser anunciado.

<p>2</p>

La ciudad amaneció alfombrada de palomas y murciélagos muertos. Las calles estaban desiertas y los negocios no habían abierto. Eran las nueve de la mañana y los diarios continuaban ausentes. Las radios emitían el mismo, silencio asmático en toda la circunferencia del dial. Los televisores seguían lloviendo a cántaros esa misma nada oblicua que anegaba los ánimos suplicantes de noticias. Los teléfonos, inútiles, no hacían otra cosa que dar la hora con la compulsión irrebatible de los locos, como si aquélla, la hora, fuese la única evidencia cierta en este mundo.

Necesitábamos, aunque más no fuera, un rumor. Pero un silencio supersticioso se fue anudando a nuestras gargantas como una boa lenta e implacable. Nacida de un acuerdo unánime pero impronunciable, en todos nosotros se había instalado una sola y arbitraria certeza: el anuncio llegaría a las diez en punto de la mañana.

Fue la noche más larga y más sombría. En los almanaques y las efemérides, en las crónicas conmemorativas y en las letras fileteadas de los camiones, en las épicas elementales de los discursos de los actos escolares y en el dorso de los sobres de azúcar, en la última página de los diarios y en el bronce de las placas alusivas, para siempre habríamos de recordar esa fecha como Jueves de Agripina.

En efecto, nadie había dormido. íbamos y veníamos como apóstoles en vísperas de la Resurrec ción. Esperábamos, nadie sabía qué, con el desasosiego de quien aguarda el Final Veredicto, como si alguien hubiese anunciado el Segundo Regreso para aquella misma noche de diciembre. Algunos combatíamos el péndulo del agobio con café o anfetaminas, otros invocábamos la calma con infusiones de hojas de tilo o, llegado el caso, a fuerza de benzodiazepinas. El humo de los cigarrillos trepaba morosamente en aquel aire espeso que, a duras penas, se cortaba con las aspas de los ventiladores, íbamos y veníamos como tigres enjaulados. Como patéticos fantasmas enfundados en piyamas, nos asomábamos a las ventanas sin encontrar otra respuesta diferente del semblante pasmado del vecino, idéntico a nuestra propia consunción.

<p>3</p>

A las diez en punto de la mañana las pantallas dejaron de llover y se despejaron, diáfanas, en el arco iris de las barras de sintonía. Entonces sí, sobre el pequeño horizonte, se alzó el sol del escudo, que poco a poco se fue fundiendo con el primer plano de los Ojos de la Patria, con aquella Mirada Serenísima que venía para traernos la luz, para componer el orden natural de las cosas. La ciudad exhaló un suspiro tibio. La cámara se alejó hasta develar la sonrisa del Presidente hecha de labios de madre, dientes de padre y lengua ardiente de amante. Sin embargo, en aquellos ojos transparentes, rasgados por la estirpe de Oriente pero hechos con el azul cristiano del mediterráneo, en su tez de príncipe moro empalidecida ahora por un sino inescrutable, en aquella sonrisa pía, mezcla de Gioconda y Zorzal Criollo, algo oscuro estaba escrito.

La muerte nos conmovía. Quisimos engañarnos en la creencia de que un nuevo y trágico óbito había vuelto a enlutar a la familia presidencial. Y pese a todo el dolor que aquella conjetura nos provocaba, en ella encontrábamos el consuelo que morigeraba el fantasma de un anuncio aún más amargo. Nos habíamos acostumbrado a La Muerte. Como con Él no podía, La Muerte se había ensañado con la familia presidencial. Desde Su asunción, La Parca había blandido la guadaña sin pausa, diezmando la progenie del Primer Mandatario con tal ferocidad que el mausoleo familiar tuvo que ser convertido en un edificio mortuorio de diez pisos donde cohabitaban los mártires, dispuestos todos por fin en armoniosa y pacífica coexistencia. Y como la muerte nos conmovía, a cada nuevo guadañazo asestado a la familia presidencial, en la misma medida que se iba poblando la necrópolis vertical se acrecentaba nuestra compasión, que pronto se transformaba en veneración para con Su desventurada persona.

El Presidente siempre daba sus discursos rodeado de su gente más cercana: ministros y secretarios, consejeros y consejeros de los consejeros, consultores y asesores, peluqueros, valets, modistos, magistrados amigos y allegados, ministros de la Corte de Justicia y caddies, actrices y futbolistas y, por supuesto, la familia presidencial en su totalidad o, al menos, lo que de ella iba quedando. Albergábamos la mezquina esperanza de que una nueva muerte nos sería anunciada. Pero conforme la cámara ampliaba el plano, en la misma proporción y a medida que iban apareciendo en la pantalla cada uno de los miembros que como una gran familia constituían el entorno presidencial, nuestros corazones se llenaban de una mezcla de desazón y júbilo nacido del incumplimiento de nuestros negros augurios. No faltaba ninguno.La cámara volvió a concentrarse en el primer plano del Excelso Rostro. El Primer Mandatario se dispuso a hacer el enigmático anuncio que, sospechábamos, habría de ser fatídico.

<p>4</p>

Sin embargo, el Presidente no habló. Una congoja como nunca había mostrado se le enredaba en la garganta y le azogaba la glotis en un temblor apenas perceptible. Un agobio infinito le pesaba en los párpados como un lastre pertinaz. Y, pese a todo, nos guardaba compasión. Nos miraba con unos ojos hechos de misericordia y estoicismo. Hizo un esfuerzo por hablar pero no pudo. No hizo falta. Entendimos todo de inmediato.

Uno a uno fuimos ganando la calle. No hubo invocaciones ni llamados grandilocuentes. La misma y espontánea idea se había adueñado de nuestras voluntades. Como convocados por un imán invisible que cantara desde el alminar más alto de una mezquita incorpórea, en silenciosa multitud, desde los puntos más distantes, bordeábamos el río, cruzábamos los puentes, nos concentrábamos en las avenidas y, guiados por un mismo propósito, llegábamos hasta la plaza. Veníamos desde los villorrios más miserables del sur y desde los cresos barrios del norte. Enfermos, nos levantábamos de las camas de los hospitales; marchando junto con los carceleros, salíamos los presos de los calabozos; conducidos por el lazarillo de la desesperación, con paso seguro, caminábamos los ciegos y con paso impar andábamos los inválidos. Llegábamos desde las ciudades vecinas y desde el campo, veníamos en peregrinaciones de a pie, adocenados en las cajas de los camiones, en los estribos de los tractores hasta donde alcanzara el combustible y así nos íbamos formando en infinitas procesiones a lo largo de rutas y autopistas.

Caminábamos en silencio. No nos animaba el espíritu unánime que gobierna a las turbas enardecidas, ni el arrebato heroico que se forja en el crisol de las puebladas diluyendo las fronteras que separan al uno del prójimo. Al contrario, nos movía un miedo miserable, una inconfesable cobardía que nos impedía mirarnos a los ojos. Marchábamos a la plaza, recelosos del vecino, como una procesión de tullidos avarientos que fueran a disputarse la curación milagrosa de un santo, aun a costa de pisarnos y aplastarnos los unos a los otros.


Había caído la noche. La multitud era un río quieto y silencioso que colmaba la plaza, se extendía en un largo brazo hacia el poniente hasta el final de la avenida, formaba un vasto embalse sobrelos parques del Parlamento, volvía a bajar por las dos diagonales laterales que convergían en la explanada de la Casa de Gobierno y se ramificaba en la periferia según los caprichos de la planimetría del Barrio Viejo. El resto de la ciudad era un desierto. Las puertas y ventanas de las casas habían quedado abiertas. Si alguien hubiese querido saquear la ciudad entera, no le habría demandado más esfuerzo que tomar lo que quisiera, con la misma facilidad con que se arranca un racimo de la vid. Pero todos, incluidos los cortabolsas, rateros y punguistas, estábamos en la plaza.

No hubo gritos fervorosos ni cánticos multitudinarios. No se entonaron himnos emotivos ni loores. No se agitaron banderas ni oriflamas ni pancartas. Reinaba un silencio sólido hecho de intriga y secreto desconsuelo. Éramos no más que una suma de almas incapaces de fundirse unas con otras.

Aquel mutismo se había convertido en una súplica infinitamente más elocuente que el clamor más estentóreo. El silencio era tal que, a las diez en punto de la noche, todos pudimos escuchar el ínfimo chirrido de la celosía del balcón presidencial. El aliento general se cortó como si de pronto la tierra se hubiese abierto debajo de nuestros pies dejándonos al borde de un abismo negro e interminable. Vimos cómo se corría la persiana y, después de un segundo de incertidumbre, el Presidente salía al balcón envuelto en un cono de luz plateada. Se acodó sobre el barandal, apoyó el mentón sobre el puño y así se quedó como lo haría un parroquiano en el estaño de la barra de un bar. Tenía una expresión descompuesta. Nos miraba como si fuésemos un viejo barman. Era la actitud de un borracho a punto de confesarse frente a un confidente circunstancial. Llevaba el botón de la camisa desabrochado, y la corbata desanudada le colgaba sobre las solapas del saco. Sonrió con la mitad de la boca, se frotó los ojos enrojecidos y cansados, hizo un gesto de resolución y, cuando todos esperábamos que fuera a hablar, dio un salto corto y ágil y se trepó a la balaustrada del balcón. La multitud lanzó un alarido unánime que fue inmediatamente sofocado por el terror. De pie sobre la estrecha baranda, las puntas de los zapatos al borde del vacío, el Primer Mandatario hacía equilibrio sin dejar de mirarnos. No nos atrevíamos a respirar siquiera. Elevó la mirada al cielo, cerró los ojos, se persignó y, sin que pudiéramos hacer otra cosa más que gritar y tomarnos la cabeza, el Presidente saltó al vacío.

<p>5</p>

Ante nuestros ojos espantados, el Presidente caía desde las alturas del Palacio de Gobierno como un peso muerto, paralelo al muro y muy cerca de las agudas salientes que formaban las molduras y las cornisas. A la altura del frontispicio que coronaba el pórtico, tumultuosamente giró sobre su eje ventral, quedó perpendicular a la pared y, en el momento mismo en que estaba por estrellarse contra los macizos canteros de la explanada, detuvo su caída en el aire como si estuviese sujeto por hilos invisibles. Muy cerca de nuestras cabezas, el Presidente levitó con los brazos y las piernas extendidas cual si estuviera recostado sobre una hamaca. Entonces retomó altura, hizo un trompo en el aire y, en un vuelo recto y veloz, alcanzó la cúpula de la catedral. Voló en torno al pararrayos describiendo una leve espiral ascendente. A su paso junto a la hilera de colosos que sostenían el arquitrabe del Banco Nacional, congregó con el índice extendido una bandada de palomas que lo flanquearon hasta el campanario del municipio. Volaba en torno a las siete campanas, iba rápidamente de las unas a las otras, haciéndolas doblar con su volátil humanidad, como un Quasimodo apolíneo, grácil, gaseoso. Con la levedad de un ángel movía los pesados badajos como si pulsara las cuerdas de una lira: tocó la introducción del Himno Nacional, las primeras notas de la "Zamba de mi esperanza" y el estribillo, en versión celestial, de "A mi manera". Con los cabellos al viento planeó serenamente sobre los techos del Ministerio de Hacienda, descendió a pique cerca de las terrazas del Hilton, hizo un looping sobre los silos del puerto y en una maniobra vertiginosa voló, rasante y veloz, sobrenuestras azoradas cabezas, de ida y de vuelta, frenéticamente. Ascendió hasta el centro de la plaza y, lentamente, se dirigió hasta el balcón donde el gabinete en pleno lo miraba levitar frente a sus estupefactas narices.

Fluctuando en torno a los floridos canteros del balcón como lo haría un colibrí, el Presidente extendió la diestra señalando al Ministro de Asuntos Exteriores y con un leve cabeceo lo invitó a sumarse a su danza aérea. El Ministro lo miraba aterrado, inmóvil y pálido. Pero sabía que era una orden. Nadie jamás se había atrevido a discutir una orden del Presidente. Entonces le dimos ánimos con una ovación ensordecedora. Rompimos en aplausos cuando vimos al Ministro intentar treparse sobre la baranda. Se movía torpe y pesadamente como una morsa enfundada en un traje dos números menor que su inabarcable talle. Con la ayuda del resto del gabinete, finalmente hizo pie en la balaustrada. Estaba paralizado de miedo. El Presidente le dio confianza haciendo unos movimientos delfinescos sobre su cabeza y volvió a invitarlo con un gesto paternal. El Ministro cerró los ojos y por fin saltó. Contra su propia convicción, el canciller flotaba en el aire suspendido a no menos de veinte metros del suelo. Intentó un vuelo hacia el Presidente. Pero, todavía inexperto, volaba tosco y desmañado con una actitud semejante a la de un pichón de pato que por primera vez se arrojara a una laguna y quisiera nadar. Rugíamos de júbilo, extendíamos los brazos al cielo,llorábamos de emoción. El Presidente tomó al Ministro de la mano y lo condujo hasta una altura tal que ya casi no podíamos distinguir sus siluetas recortadas contra el cielo nocturno. Por propia iniciativa o bien incitados por todos nosotros, el resto de los ministros, uno a uno, fueron saltando desde el balcón. Extasiada y presa de un desborde de euforia incontrolable, la Ministra de Salud, siempre circunspecta y a quien jamás habíamos visto siquiera sonreír, sobrevolaba ahora el torso desnudo del coloso que sostenía el globo en la cúspide del edificio del diario El Universal. A su paso palmeaba los glúteos del gigante de bronce a la vez que, con una lascivia desconocida, revolvía la lengua entre las comisuras de sus labios. El Secretario de Minoridad, aquel que había solazado la infancia de todos nosotros desde la pantalla cuando integraba la troupe de Los Colosos de la Lucha representando el papel de El Gran Mogol, revoloteaba haciendo cabriolas de cachacascán, llaves Doble Nelson y tomas de tijera a un imaginario contrincante volador. Aullábamos de felicidad. Los Ministros se tomaban de las manos, formaban figuras e improvisaban coreografías en el cielo. Incluso aquellos funcionarios a quienes suponíamos irreconciliablemente enemistados, volaban ahora en acompasado ballet. La última en saltar fue nuestra Primera Dama, María de los Perros Amor. Se había quedado sola en el balcón mirando el celestial espectáculo con unos ojos hechos de melancolía. Sabíamos que, desde hacía algún tiempo, las cosas entre Ellos no estaban demasiado bien. El fantasma del divorcio presidencial nos había robado el sueño durante la época de la primera gran crisis, cuando estuvieron a punto de llamarnos a plebiscito -no vinculante- para conocer nuestra opinión, por Sí o por No, frente a la pregunta "¿Aprueba el Soberano la posibilidad de Divorcio del Jefe de Estado?". Nada nos conmovía más que sentirnos Soberanos con voz y voto. Por eso estallamos en indignación cuando la oposición objetó los términos de la consulta; con una malicia infinita intentó que se reemplazara la palabra Soberano por ciudadano y divorcio por separación, ya que, según decían, no estaban Ellos legalmente casados. María de los Perros Amor había sido el blanco dilecto de las infamias más encarnizadas de la oposición: impugnaban su pasado de cantante de boleros, la acusaban de oportunismo, publicaban solicitadas en los diarios censurando su vestuario y hasta habían osado insinuar que desafinaba en las notas altas. Igual que las comadres de barrio, la oposición hizo lo imposible por encender los rescoldos de la primera gran crisis para alejarlos definitivamente. Pero ahora, teniéndonos a nosotros como testigos, María de los Perros Amor no podía disimular un mohín de arrobamiento mientras Lo veía volar con el garbo de un Valentino alado. En todo esto pensábamos, cuando el Presidente hizo un descenso en picada, a su paso arrancó una azucena de los maceteros de la terraza del edificio de La Puntual de Seguros y, con la prestancia de un torero del aire, se posó sobre la balaustrada del Balcón, tomó por la cintura a la Primera Dama y, juntos, emprendieron un ascenso beatífico, olímpico, celestial, sereno. Se miraban con la pasión de los enamorados. Entonces, labio contra labio, María de los Perros Amor entonó las primeras estrofas de "El Reloj". Rompimos en una ovación quebrada por el sobrecogimiento y la emoción. No habíamos escuchado la dulce voz de la Pri mera Dama desde que había perdido el habla después de la muerte de su hijo. Seguíamos la letra moviendo apenas los labios para no deshacer el ensalmo de embriaguez. Bailaban recortados contra la luna, rodeados por el séquito aéreo de ministros y secretarios que sonreían, sixtinos, cual querubines.

Tardamos en darnos cuenta de que en aquella magnífica gala empírea faltaba alguien. Algunos de nosotros pudimos adivinar su sombra en el lugar más oscuro del balcón. Se hubiera dicho que el Secretario de Finanzas, el doctor Orestes Morse Santagada, permanecía oculto tras las celosías. Y creímos ver, en la diminuta lumbre de sus ojos que fulguraban en la penumbra, el brillo malicioso del rencor. Cuando volvimos a mirar, el Secretario se había perdido en la negrura del despacho.

Fuimos felices. Quizá por última vez. Nos habíamos olvidado del pasado y sospechábamos entonces, mientras mirábamos aquel fresco viviente, un porvenir venturoso. ¿Qué iban a decir ahora los gobernantes extranjeros, qué iban a decir las decadentes monarquías nórdicas, que, llenas de fastos y deínfulas presuntamente civilizadoras, eran incapaces de elevarse un milímetro del suelo? ¿Qué iban a hacer ahora con sus fraguados informes sobre sobornos, cohecho, untos, dádivas, retribuciones y otras descabelladas patrañas urdidas quién sabe con qué oscuros propósitos? ¿Con qué autoridad iban a denunciar ahora supuestos asesinatos políticos y crímenes de silencio? ¿Con qué argumentos iban a disimular la envidia que les provocaba el hecho de que nuestra moneda fuera más fuerte, más valiosa y más codiciada que sus míseras coronas? Las infamias habían sido tantas y tan desproporcionadas que hasta la oposición se mostró indignada. ¿Con qué descaro habrían de meter ahora sus narices en nuestros propios asuntos? Si hasta querían las cabezas de nuestros ancianos dictadores como si fuésemos incapaces de administrarnos justicia. Como ni siquiera habían podido tener sus propios tiranos, querían juzgar a nuestros asesinos que, no por asesinos, dejaban de ser nuestros.

Aquella noche de diciembre fuimos felices. Siempre habíamos conservado la ilusión de que Él era uno más entre nosotros. Tan próximo y elemental, era, en verdad, parte de nuestra cotidiana existencia. Y aun así, viéndolo volar magnánimo, augusto e inalcanzable, seguía siendo tan simple como el más simple de nosotros. Jamás lo llamábamos por su nombre. En su largo -y por momentos tortuoso- camino hacia la celebridad fue ganando apodos de amigos y enemigos. Lo conocimos como El Chivo, El Chino, La Gamba, La Chancha, El Alemán, La Garza, El Japo, Nipón, El Bosta, Nazo, El Doscincuentaytré, El Ñato, Cabeza de Turco, Cabeza, El Flaco, Ifigenia, Condorito, El Gordo Leo, La Gorda, Papito, El Papi, El Lechu, Lechuguita, El Mugre, Oldsmugre, Pitecantropus, El Pite, Piter, Piterpán, Pete, El Capanga, El Gato, Gato Capón, Capón, El Capo, Brígida, Santa Brígida, La Serenísima, El Leche, Queso, Buche, Tucán, La Nena, El Negro, Vieja del Agua, La Vieja, Cabeza de Naipe, Cabeza de Pija, El Sordo, Cantimpalo, Boga, Ana Bolena, Enrique Octavo, Locura, Locura de Dios, Batata, El Pelado, Porra, Peluca, Huevo, Jamón, El Mono, Pie Plano, Hueso, El Monje, La Manuela, Paja, El Preso, Soronga, La Pepa, El Cangrejo, Bigote, La Tur ca, Cabeza de Yunque; pero desde Su ascenso a la presidencia todos le decíamos Madre de Dios o Madre, a secas.

Aquella lejana noche de verano fuimos felices por última vez. Cuando las campanas de la catedral marcaron las doce en punto de la noche, sucedió lo que nadie esperaba. Hubiésemos querido que aquella coreografía celestial no cesara nunca. Y quizá no haya cesado. Quién puede saberlo. Lo cierto es que cuando todavía reverberaba la última campanada, el Presidente quedó suspendido en el aire, nos miró desde el cielo como un Cristo, extendió los brazos convocando a sus ministros, hizo una prolongada reverencia y, flanqueado por su leal séquito, tomó de la mano a la Primera Dama, María de los PerrosAmor, y comenzó un lento vuelo hacia el poniente. Nuestras cabezas giraban haciendo una ola humana a su paso. Ellos volaban en línea recta, cada vez más y más alto como una bandada de golondrinas. No quisimos entender lo evidente. Los vimos alejarse más allá de la plaza, más allá de la cúpula del parlamento hasta convertirse en un punto que acabó por fundirse para siempre con la línea nocturna del horizonte.

Nunca más, hasta Su segunda vuelta, habríamos de volver a verlo.

<p id="_Toc108439950">II EL SUEÑO ETERNO</p>
<p id="_Toc108439952">1</p>

A desgano y porque no le quedaba otro remedio, la oposición se hizo cargo del Gobierno. Y aun siendo Gobierno, nunca dejaron de ser para nosotros la vieja y vetusta oposición.

La oposición tomó Su Doctrina igual que Roma la Palabra del Salvador. Como un Constantino ínfimo, enjuto, circunspecto y enfermo de tedio, el nuevo Presidente, antes opositor, declaró inamovible el Dogma y nos tranquilizó en la seguridad de que el Camino por Él trazado no habría de torcerse un ápice. Legitimando con su rúbrica los mil doscientos cuarenta y ocho sabios decretos que prolijamente Él había dejado sobre el escritorio antes de perderse en los cielos, el nuevo Presidente sacralizó los Principios Fundamentales. Con su índice parkinsoniano pero inmaculado de toda sospecha de venalidad, canonizó la totalidad de los contratos, concesiones y concordatos que había recibido en herencia. Y en algunos casos fue todavía más allá. Casi sin darnos cuenta fuimos arrollados por La Modernidad. Ahora podíamos ver nuestros rostros maravillados en el reflejo de las pantallas de los RÍA, Recaudadores de Impuesto Automatizados, detrás de aquellos caracteres que, analfabetos, no sabíamos leer; podíamos acariciar los suaves teclados de cromo que tampoco sabíamos cómo operar, pero siempre acabábamos por ingeniárnoslas para poder cumplir, rientes, con nuestras cargas tributarias.

Antes de Su Partida al Reino de los Cielos, Él había puesto la salud de los pobres en las mismas manos de Dios; viendo la irreversible obsolescencia de los viejos hospitales, decidió darlos en generosa y salomónica concesión, por una parte a la sabia Obra de Miracle amp;Company, propiedad del pastor evangelista James Sugar, y por otra, para quienes no queríamos abandonar la Iglesia romana, a la Orden de los Padres Carismáticos. A cambio de un óbolo completamente voluntario, podíamos participar de las multitudinarias misas de sanación. Los ciegos volvíamos a ver, los paralíticos podíamos caminar, y no nos levantamos los muertos de nuestras tumbas por explícito ruego del Registro Civil.

Pero lo cierto es que nada estaba como antes. El nuevo Presidente era incapaz de elevarse un milímetro del suelo. Si le preguntaran a cualquiera de nosotros cuál era el nombre de Su sucesor, contestaría encogiéndose de hombros. Quizá recordaría su nombre. Pero lo cierto es que ni siquiera tenía un apodo. O si lo tenía, tampoco lo recordábamos.

Pero sabíamos que algún día Él iba a volver para redimirnos. Así como había venido desde el centro del misterio y de la misma misteriosa forma se había elevado un día hacia los cielos perdiéndose del otro lado de la línea del horizonte, de la misma forma habría de regresar. Nadie conocía su pasado. Quizá por esa misma razón lo habíamos elegido. Nunca supimos del todo quién era aquel ángel de labios de madre judía, ceño severo de padre musulmán, lengua ardiente de amante italiano; ignorábamos quién era el que nos miró por última vez a través de sus ojos transparentes hechos con el azul cristiano del Mediterráneo, aquel príncipe de tez morisca, armado de la paciencia del Oriente y de la osadía nórdica de los vikingos. Y cuanto más ignorábamos su pasado, tanto más alimentábamos la esperanza de su futuro regreso.


Después del triste pero glorioso día de la ascensión junto con los Doce Apóstoles que componían su gabinete y María de los Perros Amor, hicimos numerosas exégesis e infinitas interpretaciones. Algunos decíamos que había partido en silencio. Otros asegurábamos haber leído en sus labios, antes de emprender el vuelo definitivo, una frase, una palabra o apenas una interjección; los menos aseverabamos haber escuchado claramente una admonición. Construimos innumerables parábolas, establecimos diversas alegorías. Pero todas las disquisiciones coincidían en una única certeza: Él habría de volver un día no muy lejano.

Se había ido a las alturas con sus apóstoles, sin dejarnos siquiera un discípulo, un iluminado que nos diera una palabra paulista, alguien que nos legara una escritura. Nunca más fue visto. Ni por nosotros ni por nadie. La oposición no se pronunciaba al respecto. Se limitaba a gobernar siguiendo la senda que Él había marcado con una prolija desidia que olía a bibliorato húmedo, con una inercia tejida como la telaraña que se junta entre las patas de los escritorios, con la anónima indolencia nacida de la oscuridad de los despachos administrativos.

<p>2</p>

La oposición no evidenció el menor signo de sorpresa la primera vez que entró en el palacio de gobierno. Se hubiera dicho, a juzgar por sus impertérritos semblantes, que al nuevo Presidente y a su séquito, conforme iban avanzando hacia sus respectivos despachos, no les resultaba en absoluto extraño el hecho de que no hubiese siquiera un rastro de mueble en todo el palacio. Tal vez porque nunca antes habían estado dentro, no repararon en que en el lugar vacante de las arañas, de cuya ausencia daban testimonio las enormes aureolas blancas del cielo raso, colgaban ahora unos escuálidos cables rematados en un triste racimo de bombitas quemadas. Tampoco parecieron otorgarle ninguna importancia a la multitud de escombros que se esparcían a diestra, siniestra, arriba y hasta debajo de sus pies.

El nuevo Presidente, aquel fantasma sin nombre enfundado en un traje que se diría de sepulturero, caminaba con las manos enlazadas tras la espalda siguiendo el paso decidido de los edecanes, que, como mayordomos, no podían disimular cierto recelo disfrazado de burlona genuflexión ante los nuevos moradores. Detrás caminaban los secretarios y por último los Ministros. Todos vestían trajes idénticos al del Presidente, idénticas camisas y corbatas idénticas y, pese a las diferencias de estaturas y grosores, se hubiera dicho que también los talles eran iguales. Algunos arrastraban las botamangas de los pantalones, otros dejaban al descubierto tobillos huérfanos de tela, como si las quince tristes vestiduras hubiesen sido encargadas todas a una vez el día anterior a última hora. Caminaban por un laberinto devastado e interminable, atravesaban innumerables salones despojados de todo cuanto habían tenido. Pisaban un suelo de cemento pedregoso en cuyas grietas se adivinaban los vestigios de los antiguos listones de roble de Eslavonia.

– Polillas -musitó uno de los edecanes con una circunspección que mal disimulaba una carcajada contenida-. Hacen estragos.

Más allá, junto a una escultura yacente, se apilaban unos pocos restos de mosaicos traídos de Venecia que hubieran competido en resplandor con el ábside de la basílica de San Marco. Las enormes bisagras desnudas delataban que aquellas que parecían arcadas habían sido portones tan macizos como lo era ahora su ausencia. Las escaleras habían pasado del resplandor del mármol de Carrara al gris áspero y despojado del cual estaban hechas las gradas de los desamparados hemiciclos que circundaban las canchas de fútbol de los andurriales. A su paso, mientras se adentraba en las polvorosas tinieblas, el nuevo gobierno tropezaba con los detritos de los murciélagos, con pájaros muertos e inclasificables, resbalaba en ríos de mierda de paloma adosada al suelo, a las columnas, a las paredes y, a medida que avanzaban por el intestino fétido del palacio presidencial, espantaban multitudes de gatos que salían desde los meandros en penumbra. Lo único que se había salvado de aquel Apocalipsis era la biblioteca. Infinitos volúmenes de lomos deshilachados por el tiempo y la indiferencia, ocultos tras el polvo del abandono, terminaban de marchitarse de pie, agonizando verticales como condenados al cepo del desdén.La comitiva se iba raleando a medida que los edecanes señalaban, a su turno, a cada uno de los funcionarios; los conducían hasta la puerta de su despacho y, como lo haría el botones de un hotel, extendían la palma de la diestra a la espera de una moneda.

El último en llegar a su despacho fue el Presidente. En el lugar más recóndito y oscuro, junto a una escalera clausurada por un par de vigas cruzadas, los edecanes tuvieron que luchar contra un picaporte inamovible hasta poder abrir la puerta.

En el interior de su despacho, el Presidente se asomó al pequeño ventanuco que daba a un estrecho respiradero y, por mucho que se contorsionaba girando el cuello hacia arriba y hacia abajo, no conseguía ver ni el cielo ni el piso. Como no había un solo mueble, uno de los edecanes improvisó un escritorio con una puerta que descansaba sobre una de las paredes afirmando un extremo contra el marco de la ventana y el otro sobre una estufa en desuso. Desempolvó con la manga una silla de esqueleto de caño y, ceremonioso, invitó al primer mandatario a ocupar el solio presidencial. El Presidente se acomodó, se aflojó el nudo de la corbata, posó los pies sobre la tabla, miró el reloj y tomó la primera decisión de gobierno. Mientras intentaba adecuar su lordótico espinazo al respaldo destartalado, ordenó al edecán:

– Despiérteme dentro de cuatro años -dijo y se durmió profunda y plácidamente dejando caer un delgado hilo de saliva sobre la raída banda presidencial.

<p>3</p>

La indiferencia del nuevo Presidente, aquel espectro somnoliento que jamás levantaba la mirada del suelo, contrastaba, sin duda, con el vivo interés que había mostrado nuestra Primera Dama, María de los Perros Amor, la primera vez que entró al palacio gubernamental. Ni bien hubo traspuesto la guardia de granaderos vio, espantada, las funestas antiguallas que le hacían recordar a los sórdidos caserones de su provincia natal. A través de unos anteojos negros del tamaño de su desazón, miraba el viejo mobiliario de los tiempos de la Colonia. Envuelta en un tapado de leopardo cuya brevedad develaba sus muslos largos y pronunciados, evidentemente forjados en el trajín de las tablas, estuvo a punto de desfallecer de horror. La primera medida que tomó, aún antes de trasponer el vestíbulo, fue la redecoración completa de la casa presidencial.

– Vaya tomando nota -le ordenó al edecán al tiempo que, in situ, le señalaba todo aquello que habría de ser remozado.Primero mandó alisar los frisos de las paredes y los arquitrabes corintios de las columnas. Ordenó que se retirara la tétrica boiserie de ébano que oscurecía las paredes y dictaminó que habrían de reemplazarse por una sucesión de infinitos espejos esfumados. Las antiguas e interminables mesas de roble para treinta y dos comensales fueron depuestas y, en su lugar, la Primera Dama decretó el cambio por otras de vidrio color miel. Las añosas cómodas, secretaires, escritorios y chiffonniers fueron a dar a las ávidas bocas de un centenar de contenedores y terminaron en los vastos basurales que se extendían como hediondos sembradíos a la vera del río. La misma suerte corrió la innumerable colección de vidrios pintados que llevaban las ignotas firmas de Gallé y de Lalique, de Daun Nancy y de Müller, de Leverre y de Gaudí. Las viejas lámparas de Tiffany que pretendían adornar los escritorios fueron reemplazadas por otras de porcelana que representaban largos cisnes de cuyos lomos dimanaban fulgores dicroicos. Los gigantescos tapices del siglo XVI que cubrían las paredes fueron arrancados y, en su lugar, la Primera Dama mandó empapelar los muros con enormes fotografías de los lejanos Cayos de la Florida. Aquí y allá podían verse plácidos paisajes tropicales, cocoteros y palmeras recortadas contra un cielo satinado. María de los Perros Amor, flanqueda por el edecán, señalaba con su índice admonitorio, tamborileaba con sus pequeñas garras de nácar rosa Dior sobre las vetustas reliquias, a la vez que ordenaba por cuáles otras cosas habrían de ser reemplazadas. Los vitrales que repartían la luz de los jardines sobre los salones circundantes, fueron retirados enteros y, en su lugar, María de los Perros Amor instruyó que pusieran cristales espejados. Conforme avanzaba con su contoneo caribeño, iba ordenando y decidiendo, expeditiva y práctica, dueña de una seguridad propia de las amas de casa, acostumbradas a resolver los intrincados problemas domésticos.

Al edecán no le alcanzaban los papeles ni las manos para tomar nota de todo cuanto habría de ser remodelado. Y, por cierto, tampoco le alcanzaban los ojos para mirar las firmes pantorrillas de la Pri mera Dama, remarcadas por la elevación de los tacos largos y finos como agujas.

La mujer del Presidente creyó morir de espanto cuando llegó a la alcoba del palacio. Ordenó que se retirara la vieja cama colonial con una cabecera de bronce labrado a mano y que, en su lugar, pusieran una de estructura oval laqueada en blanco y dorado que contenía, embutidas en el respaldar de pana, las botoneras de luces y, desde luego, de la música funcional y el televisor. No pudo evitar que se le frunciera la nariz cuando entró al baño. Aquellos sanitarios de porcelana inglesa de principio de siglo, se dijo, no eran dignos de la excelencia de su marido. De inmediato dispuso que colocaran otros en forma de valva con grifería bañada, ¿por qué no?, en oro.

En un mes exacto el Palacio de Gobierno estuvo completamente renovado. Nada tenía que envidiar a los más lujuriosos hoteles de Hawai.

Pero el nuevo Presidente, aquel homúnculo durmiente aun en vigilia, jamás se preguntó qué había sido de todo aquel esplendor anterior a la gran remodelación. En rigor, se hubiera dicho que no se preguntó ni eso ni ninguna otra cosa. Mientras dormía el sueño de los justos en su palacio del horror hecho de polvo y escombros, confiado ciega y plácidamente en el curso natural de las cosas, un hecho inesperado habría de sacudir violentamente su hasta entonces imperturbable sopor.

<p>4</p>

Una mañana entre las mañanas, una mañana idéntica a todas las pedestres mañanas, un oscuro contador de la oposición hecha gobierno, mientras metía su nariz de ave en los libros contables, creyó encontrar entre las anotaciones que se encriptaban ilegibles entre el Debe y el Haber, una diferencia que se obstinaba en permanecer fugitiva. Se quitó los lentes para la miopía y los reemplazó por los de ver de cerca. Volvió a sumar y restar, comparó la cuenta con la anterior, rebuscó página por página y, otra vez, la diferencia seguía escabulléndose. Entonces interpuso una gruesa lupa entre los lentes y el papel y recomenzó la tarea. La diferencia no aparecía. Se rascó la cabeza, se incorporó, caminó hasta el baño y volvió con un rollo de papel higiénico. Se arremangó los pantalones, se arrodilló y, en cuatro patas, fue extendiendo el papel sobre el piso, mientras anotaba la cifra ausente: 8.857.536.546.805.094.647.483.939.210.846.565.353. 029.848.484.767.324.101.919.181.888.

181.737.364.546.474.858.595.950.030.302.002.002.981.726.353.435.363.738.393.039.387.

263.534.352.829.029.484.765.774.748.588.599.686.867.752.220.986.756.463.526.340.218.

millones con cuarenta y siete centavos.

Volvió a enrollar el papel, se puso de pie, se acomodó la ropa, se desempolvó las rodillas, salió de su despacho, cerró la puerta con llave, caminó por un largo pasillo derruido, se cruzó con un ordenanza de uniforme marchito, agachó la cabeza a modo de saludo, subió una escalera carcomida por el olvido, atravesó un gran salón vacío presidido por el fantasma de una araña de infinitos caireles reducida ahora a un ramillete de focos quemados, cruzó en diagonal un jardín desértico, eludió una palmera, ingresó en un corredor, subió otra escalera, se acomodó la corbata y el pelo, se plantó frente a las puertas destartaladas del despacho presidencial, pidió al edecán que lo anunciara y, esgrimiendo el rollo de papel, agregó terminante:

– Es urgente.

Antes de que el edecán intentara señalarle con un confidente cabeceo los confines del fondo y la izquierda, el contador, por las suyas y sin esperar el anuncio, forcejeó con el picaporte y, por fin, ingresó en el despacho presidencial.

El Presidente dormía. Conservaba la misma posición en que lo había acomodado el edecán, las piernas extendidas sobre la puerta colocada a guisa de escritorio, la cabeza volcada sobre el pecho y la estalactita de saliva que bañaba profusamente la banda presidencial raída.

El contador carraspeó con timidez primero y, viendo que no conseguía siquiera alterar el ritmo monocorde de los ronquidos de Su Excelencia, tosió ruidosamente aproximándose unos pasos. Habida cuenta de que no había logrado el menor resultado, murmuró respetuosamente junto a la oreja presidencia

– Señor Presidente…

Nada. Al borde de la insubordinación, el contador le apoyó una mano en el hombro y lo meció suavemente. Pero lo único que logró fue que el Presidente pronunciara una frase ininteligible, salvo por la última palabra:

– …culo -dijo escueto y enigmático.

Término del cual podía deducirse, sin embargo, que estaba soñando algo relativo a su única pasión conocida: la taba. En efecto, el primer mandatario era, además del más alto funcionario público, Presidente de la ATBP, la Asociación de Tabófilos y Bochófilos por la Patria. Cargo que, muy a su pesar, tuvo que desatender en virtud de los últimos acontecimientos, es decir, la misteriosa desaparición en los cielos del gobierno anterior, motivo por el cual se vio en la obligación de asumir sus actuales funciones. Sea como fuere, el contador no podía arrancarlo de su dulce y grato sueño. Habiendo colmado su paciencia, el obcecado tenedor de libros empezó a zamarrear furiosamente a Su Excelencia, quien, por fin, aunque no se pudiese afirmar categóricamente que estaba despierto, al menos había abierto los ojos. Cuando consiguió serenarse, el contador se dispuso a hablar. Le explicó al Presidente que la administración anterior, la misma que se había perdido en el cielo más allá de la raya del horizonte, había dejado un faltante cuya cifra era tan dilatada como su propia sorpresa y, a modo de prueba concluyente, extendió el rollo frente a los inertes ojos del primer mandatario.

El Presidente escuchaba simulando atención, seguía con una mirada bovina el ampuloso movimiento de las manos del contador, asentía intentando calmar los borbotones explicativos del funcionario que hablaba de desfalco, robo, cohecho, estafa, timo, embaucamiento, hurto, defraudación, desvalijamiento, rapiña, botín, sustracción. En un maremágnum de acusaciones le explicaba que si ahora tenía que dormir en una silla de caño destartalada, decía, era porque la anterior administración se había llevado hasta el sillón presidencial, figúrese, que el mismísimo Palacio de Gobierno había sido saqueado, imagínese, le decía, que si así estaba su despacho en qué estado estarían las arcas públicas. Antes de que pudiera concluir, el Presidente lo conminó a que cerrara la boca y sin mover un músculo de la cara le ordenó que enrollara el papel, que se limpiara con él lo que él ya sabía, que lo depositara en el lugar donde correspondía y que luego tirara fuerte de la cadena. Dicho esto último, se revolvió en la silla, estiró nuevamente las piernas sobre la tabla y, dejando caer pesadamente el mentón sobre el pecho, se durmió no sin cierto fastidio.

Indignado, consternado, humillado y conteniendo la furia, el contador enrolló el papel y se retiró. A sus espaldas cerró la puerta, fulminó con los ojos al edecán, se acomodó la corbata y el pelo, bajó la escalera, ingresó en un corredor, cruzó en diagonal el jardín yermo, eludió la palmera, atravesó el gran salón vacío presidido por un triste racimo de bombitas quemadas, bajó la otra escalera, agachó la cabeza a modo de saludo, se cruzó con el mismo ordenanza de uniforme raído, caminó por un largo pasillo, giró la llave de la puerta y entró a su despacho. Exhausto, se desplomó en el sillón, que, por cierto, había tenido que traer de su estudio privado.

Entonces, en la soledad de su oficina se le impuso, como si aquel fuese el único objeto sobre su escritorio, el viejo teléfono de baquelita negra con disco a resorte que se había salvado del saqueo. Sin dejar de mirarlo, tamborileó los dedos sobre el tapete, el corazón le galopaba en el pecho de sólo imaginarlo. Con el ánimo de los héroes pensó en todos nosotros. Entonces, resuelto por fin, tomó el teléfono y disco el número de El Universal. Teníamos que saberlo, se dijo, y entonces habló.

Habló, habló y habló.

<p>5</p>

Se desató el escándalo. Al día siguiente todos los diarios anunciaban desde los titulares:


FUNCIONARIO DENUNCIA FRAUDE POR 8.857.536.546.805.094.647.483.939.210.846.565.353. 029.848.484.767.324.101.919.181.888.

181.737.364.546.474.858.595.950.030.302.002.002.981.726.353.435.363.738.393.039.387.

263.534.352.829.029.484.765.774.748.588.599.686.867.752.220.986.756.463.526.340.218.


MILLONES CON CUARENTA Y SIETE CENTAVOS.


Vivimos horas de desconcierto. La mayoría nos resistíamos a creer semejante infundio, otros preferíamos no emitir juicio, algunos periodistas maliciosos sugeríamos, sin mencionarlo, que aquella gloriosa noche de diciembre, Día de la Ascensión, no fue sino un vil fraude. Lisa y llanamente se insinuaba que había sido una fuga. Se instaló un clima de sospecha. En los bares, en las oficinas, en las estaciones de tren, en los estadios, en la sala de espera de los dentistas, en los prostíbulos, empezábamos a discutir el asunto. Opinábamos las bataclanas en la televisión y opinábamos los futbolistas en las radios, opinábamos con escéptica soberbia los escritores en los despachos donde mendigábamos los subsidios de la nueva administración y el pago de los servicios ofrecidos a la anterior, opinábamos sobre el destino de aquella cifra inconmensurable, más extensa que nuestro entendimiento, pero, sobre todo, opinábamos sobre el oscuro contador que había metido su nariz de ave en los libros contables. Nos preguntábamos quién era, finalmente, aquel ignoto funcionario nacido de las tinieblas subterráneas de un despacho público, aquel que nunca había podido dejar de arrastrase entre los inmundos zócalos de una oficina e, incapaz de levantarse un ápice de la pinotea apolillada de una mísera contaduría, pretendía mancillar la altísima dignidad de Aquel que se había elevado como un espíritu de luz. Nos preguntábamos quién era esa pobre rata que siempre se había alimentado de papel de bibliorato, del veneno acre del más recóndito anonimato y ahora, de la noche a la mañana, gozaba de una notoriedad inmerecida. En las puertas de su lóbrego despacho antes desconocido y recóndito, hacíamos guardia permanente periodistas, fotógrafos, corresponsales y curiosos. Salía de su oficina envuelto en un enjambre de manos suplicantes, de ofrendas de micrófonos, de esplendorosos halos de flashes, de hipnotizados ojos de cámaras. Estaba claro, nos decíamos, que todo aquello era una gigantesca patraña del contador, urdida con miserable propósito de ganar fama. Sin embargo, a la vez, muchos de nosotros considerábamos que las pruebas del faltante eran irrefutables. Estábamos ciertamente desconcertados.

Una noche entre las noches, una pedestre noche entre las noches, todos a una vez, nos iluminamos. De pronto todo se nos presentó con una claridad meridiana. Recordamos que, durante el glorioso Día de la As censión, solamente un funcionario se había negado a seguirlos a Él y a los Doce. El Secretario de Finanzas, el doctor Orestes Morse Santagada, presa de la pusilanimidad y la falta de fe, ganado por el mismo desentendimiento que paralizó a Pilatos, había rehuido elevarse hacia los cielos. De manera que, dedujimos, debería tener otros asuntos pendientes, por cierto mucho más mundanos, más bajos y espurios. Como un Pilatos con las manos sucias, igual que un Judas artero y ladino, Orestes Morse Santagada pretendía quedarse con nuestros

8.857.536.546.805.094.647.483.939.210.846.565.353. 029.848.484.767.324.101.919.181.888.

181.737.364.546.474.858.595.950.030.302.002.002.981.726.353.435.363.738.393.039.387.

263.534.352.829.029.484.765.774.748.588.599.686.867.752.220.986.756.463.526.340.218.

millones con cuarenta y siete centavos.

La rápida mano de la Justicia habría de recaer sobre el Secretario.

<p>6</p>

Durante semanas nos regodeamos en la vindicta imagen del doctor Orestes Morse Santagada mientras era sacado de su estudio, en vilo y con la cabeza gacha, cubriéndose la cara con las manos esposadas y metido casi a la fuerza en un camión jaula. Durante meses nos deleitamos viéndolo peregrinar maniatado entre la cárcel y el Palacio de Justicia. Y, cuanto mayor era su escarnio, más se elevaba en nuestra memoria la figura angelical de Aquel que un día glorioso habría de volver desde los cielos de la misma misteriosa manera en que se había ido. Nos cebábamos viendo cómo la mosca del escarmiento dejaba sus larvas en las escaldadas espaldas de la conciencia del doctor Orestes Morse Santagada. Nos lamíamos las patas como tigres viéndolo en el cepo ejemplificador de los noticieros, retorciéndose en la arena romana de las cadenas televisivas, ardiendo en la hoguera pública de los flashes informativos. Degustábamos el dulce sabor de la humillación, mientras asistíamos a la caída desde su antiguo pedestal de soberbia y ostentación. Lo recordábamos retratado en su sillón oficial fumando el habano de la posteridad, en el living de su mansión de provincias, flotando en la pileta de su residencia particular, navegando en su barco constituido con la madera robada de nuestras ilusiones. El doctor Orestes Morse Santagada era ahora un fantasma agostado que contaba apenas con el patrimonio de su propia sombra.

Nunca habríamos de perdonarle la traición. Él lo había sacado de aquel sórdido arrabal de provincias del que jamás hubiera podido salir por sus propios medios; Él le había confiado una Secretaría y lo había puesto a su mismísima diestra en el Palacio de Gobierno; Él había depositado en su persona la custodia del erario de todos nosotros; Él lo había honrado permitiéndole la construcción de su residencia privada en el lote lindero a la suya; Él le había legado el privilegio de bautizarlo, para nosotros, con el apodo de la Morsa, Orestes La Morsa Santagada; Él lo había distinguido con el inestimable premio de su amistad, lo había tratado siempre como a un hermano cuando, en los tiempos de la prehistoria celestial, corrían en los mismos potreros, compartían el vino de las esperanzas ensoñándose en las quiméricas ilusiones del viaje a la gran ciudad. Pisaron juntos, por primera vez, el asfalto de la capital con los ojos hechos de miedo y pasmo, cruzando las avenidas infinitas como ratas asustadas. Anduvieron por los mismos follajes púbicos abriéndose camino y respeto con el machete del tesón provinciano en los burdeles cercanos al puerto y, en una mesa de poker, se jugaron la posesión de la más codiciada de todas: María de los Perros Amor. Por eso nunca habríamos de perdonarle la traición. El doctor Orestes Morse Santagada, La Morsa, insistía en declararse inocente. Juraba, perjuraba y mostraba el forro de sus bolsillos vacíos.Antes de que el magistrado dictara sentencia, el doctor Orestes Morse Santagada se levantó del banquillo de los acusados, frente a los azorados ojos de quienes componíamos el tribunal caminó hasta el estrado llevando una gruesa carpeta bajo el brazo, se puso en puntas de pie y, asomando su calva por sobre el escritorio, murmuró ante el juez-.

– Estoy un poco harto de todo esto. Si me siguen presionando, creo que voy hablar.

Dijo esto último con una voz tan baja que no pudimos oír una sola palabra. El juez se había puesto completamente lívido. Por si fuera poco, el acusado dejó sobre el escritorio, delante de los ojos del magistrado, la carpeta que traía bajo el brazo. Su Señoría miró los manuscritos sin poder disimular una ligera mueca de pánico. La cerró, se quitó los lentes y se dispuso a dictar sentencia. Sin abundar en fundamentos ni disquisiciones técnicas, anunció:

– Declaro al acusado libre de culpa y cargo.

Si alguien en este mundo conocía como nadie a Su Excelencia, ése era el doctor Orestes Morse Santagada. Por nuestra parte, ignorábamos cuál era el paradero celestial de aquel que un día se elevó como un ángel, y cuánto más nos preguntábamos por su enigmático destino, empezábamos a descubrir que mucho desconocíamos sobre su pasado terrenal.


I EL REINO DE LOS CIELOS

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<p id="_Toc108439948">I EL REINO DE LOS CIELOS</p>
<p id="_Toc108439949">1</p>

En las gargantas de cobre y cartón destartalado de los parlantes de los taxis errabundos como perros, propagándose paciente pero irrevocable como la chispa de una mecha tan extensa como el tiempo que separaba la medianoche del crepúsculo; en el ronquido trémulo de los camiones de basura; en el temor apocalíptico que sembraba la inexplicable demora de la salida de los diarios, cuyo retraso auguraba titulares tamaño catástrofe que nadie sabía aún qué fatalidad habrían de anunciar; en la noche larga y tormentosa de los insomnes; en la candida placidez de los durmientes; en el enigmático alboroto nocturno de palomas que volaban en bandadas despavoridas, desorientadas, de aquí para allá, de cúpula en cúpula, como si escucharan las trompetas del anuncio del fin de todos los fines; en los cuellos de animal antediluviano de los semáforos, cuyos impares ojos verticales y contrahechos enloquecieron, parpadearon epilépticos de rojo a verde hasta quedarse en el amarillo intermitente de la más profunda ceguera; en las bocas desdentadas, hediondas y atónitas de las alcantarillas; en la vigilia vacilante de los carteles de neón que de pronto fulguraron e inmediatamente se extinguieron como estrellas, todos a una vez, dejando nubes de insectos huérfanos de luz; en el vuelo torpe y angular de los murciélagos que, confundidos por la etérea invasión de las señales satelitales y la profusión de frecuencias antagónicas, se estrellaban contra las campanas de la catedral haciéndolas doblar como si estuviesen animadas por abades invisibles y agoreros; en las carteras ya irremediablemente vacías de las putas que, desanimadas, iban abandonando la parada oscura de la recova de la estación desmintiendo aquel apotegma sobre la gran orgía del fin del mundo; en la incredulidad de las almas castigadas que habitaban las borracherías vecinas al puerto; en la indiferencia de los desesperados, de los que no tenían nada más que perder; en el súbito y temprano alboroto de las cárceles y los manicomios; en la lluvia oblicua de los televisores traicionados por el sueño; sobre los techos de fiesta necrológica de las ambulancias; en el tronar de cilindros desnudos de los motorizados; en el peso del cielo que podía mensurarse en kilohertzios de información imprecisa y contradictoria; en preguntas que volaban de antena en antena y cuyas respuestas jamás bajaban al reino de los mortales; en cumulus nimbus hechos de megavatios que presagiaban la tormenta del final; en el ulular de las sirenas; en los corazones palpitantes de intriga; en la ciudad indefensa bajo un cielo negro que se cernía como un ultimátum, algo todavía indecible habría de ser anunciado.

<p>2</p>

La ciudad amaneció alfombrada de palomas y murciélagos muertos. Las calles estaban desiertas y los negocios no habían abierto. Eran las nueve de la mañana y los diarios continuaban ausentes. Las radios emitían el mismo, silencio asmático en toda la circunferencia del dial. Los televisores seguían lloviendo a cántaros esa misma nada oblicua que anegaba los ánimos suplicantes de noticias. Los teléfonos, inútiles, no hacían otra cosa que dar la hora con la compulsión irrebatible de los locos, como si aquélla, la hora, fuese la única evidencia cierta en este mundo.

Necesitábamos, aunque más no fuera, un rumor. Pero un silencio supersticioso se fue anudando a nuestras gargantas como una boa lenta e implacable. Nacida de un acuerdo unánime pero impronunciable, en todos nosotros se había instalado una sola y arbitraria certeza: el anuncio llegaría a las diez en punto de la mañana.

Fue la noche más larga y más sombría. En los almanaques y las efemérides, en las crónicas conmemorativas y en las letras fileteadas de los camiones, en las épicas elementales de los discursos de los actos escolares y en el dorso de los sobres de azúcar, en la última página de los diarios y en el bronce de las placas alusivas, para siempre habríamos de recordar esa fecha como Jueves de Agripina.

En efecto, nadie había dormido. íbamos y veníamos como apóstoles en vísperas de la Resurrec ción. Esperábamos, nadie sabía qué, con el desasosiego de quien aguarda el Final Veredicto, como si alguien hubiese anunciado el Segundo Regreso para aquella misma noche de diciembre. Algunos combatíamos el péndulo del agobio con café o anfetaminas, otros invocábamos la calma con infusiones de hojas de tilo o, llegado el caso, a fuerza de benzodiazepinas. El humo de los cigarrillos trepaba morosamente en aquel aire espeso que, a duras penas, se cortaba con las aspas de los ventiladores, íbamos y veníamos como tigres enjaulados. Como patéticos fantasmas enfundados en piyamas, nos asomábamos a las ventanas sin encontrar otra respuesta diferente del semblante pasmado del vecino, idéntico a nuestra propia consunción.

<p>3</p>

A las diez en punto de la mañana las pantallas dejaron de llover y se despejaron, diáfanas, en el arco iris de las barras de sintonía. Entonces sí, sobre el pequeño horizonte, se alzó el sol del escudo, que poco a poco se fue fundiendo con el primer plano de los Ojos de la Patria, con aquella Mirada Serenísima que venía para traernos la luz, para componer el orden natural de las cosas. La ciudad exhaló un suspiro tibio. La cámara se alejó hasta develar la sonrisa del Presidente hecha de labios de madre, dientes de padre y lengua ardiente de amante. Sin embargo, en aquellos ojos transparentes, rasgados por la estirpe de Oriente pero hechos con el azul cristiano del mediterráneo, en su tez de príncipe moro empalidecida ahora por un sino inescrutable, en aquella sonrisa pía, mezcla de Gioconda y Zorzal Criollo, algo oscuro estaba escrito.

La muerte nos conmovía. Quisimos engañarnos en la creencia de que un nuevo y trágico óbito había vuelto a enlutar a la familia presidencial. Y pese a todo el dolor que aquella conjetura nos provocaba, en ella encontrábamos el consuelo que morigeraba el fantasma de un anuncio aún más amargo. Nos habíamos acostumbrado a La Muerte. Como con Él no podía, La Muerte se había ensañado con la familia presidencial. Desde Su asunción, La Parca había blandido la guadaña sin pausa, diezmando la progenie del Primer Mandatario con tal ferocidad que el mausoleo familiar tuvo que ser convertido en un edificio mortuorio de diez pisos donde cohabitaban los mártires, dispuestos todos por fin en armoniosa y pacífica coexistencia. Y como la muerte nos conmovía, a cada nuevo guadañazo asestado a la familia presidencial, en la misma medida que se iba poblando la necrópolis vertical se acrecentaba nuestra compasión, que pronto se transformaba en veneración para con Su desventurada persona.

El Presidente siempre daba sus discursos rodeado de su gente más cercana: ministros y secretarios, consejeros y consejeros de los consejeros, consultores y asesores, peluqueros, valets, modistos, magistrados amigos y allegados, ministros de la Corte de Justicia y caddies, actrices y futbolistas y, por supuesto, la familia presidencial en su totalidad o, al menos, lo que de ella iba quedando. Albergábamos la mezquina esperanza de que una nueva muerte nos sería anunciada. Pero conforme la cámara ampliaba el plano, en la misma proporción y a medida que iban apareciendo en la pantalla cada uno de los miembros que como una gran familia constituían el entorno presidencial, nuestros corazones se llenaban de una mezcla de desazón y júbilo nacido del incumplimiento de nuestros negros augurios. No faltaba ninguno.La cámara volvió a concentrarse en el primer plano del Excelso Rostro. El Primer Mandatario se dispuso a hacer el enigmático anuncio que, sospechábamos, habría de ser fatídico.

<p>4</p>

Sin embargo, el Presidente no habló. Una congoja como nunca había mostrado se le enredaba en la garganta y le azogaba la glotis en un temblor apenas perceptible. Un agobio infinito le pesaba en los párpados como un lastre pertinaz. Y, pese a todo, nos guardaba compasión. Nos miraba con unos ojos hechos de misericordia y estoicismo. Hizo un esfuerzo por hablar pero no pudo. No hizo falta. Entendimos todo de inmediato.

Uno a uno fuimos ganando la calle. No hubo invocaciones ni llamados grandilocuentes. La misma y espontánea idea se había adueñado de nuestras voluntades. Como convocados por un imán invisible que cantara desde el alminar más alto de una mezquita incorpórea, en silenciosa multitud, desde los puntos más distantes, bordeábamos el río, cruzábamos los puentes, nos concentrábamos en las avenidas y, guiados por un mismo propósito, llegábamos hasta la plaza. Veníamos desde los villorrios más miserables del sur y desde los cresos barrios del norte. Enfermos, nos levantábamos de las camas de los hospitales; marchando junto con los carceleros, salíamos los presos de los calabozos; conducidos por el lazarillo de la desesperación, con paso seguro, caminábamos los ciegos y con paso impar andábamos los inválidos. Llegábamos desde las ciudades vecinas y desde el campo, veníamos en peregrinaciones de a pie, adocenados en las cajas de los camiones, en los estribos de los tractores hasta donde alcanzara el combustible y así nos íbamos formando en infinitas procesiones a lo largo de rutas y autopistas.

Caminábamos en silencio. No nos animaba el espíritu unánime que gobierna a las turbas enardecidas, ni el arrebato heroico que se forja en el crisol de las puebladas diluyendo las fronteras que separan al uno del prójimo. Al contrario, nos movía un miedo miserable, una inconfesable cobardía que nos impedía mirarnos a los ojos. Marchábamos a la plaza, recelosos del vecino, como una procesión de tullidos avarientos que fueran a disputarse la curación milagrosa de un santo, aun a costa de pisarnos y aplastarnos los unos a los otros.


Había caído la noche. La multitud era un río quieto y silencioso que colmaba la plaza, se extendía en un largo brazo hacia el poniente hasta el final de la avenida, formaba un vasto embalse sobrelos parques del Parlamento, volvía a bajar por las dos diagonales laterales que convergían en la explanada de la Casa de Gobierno y se ramificaba en la periferia según los caprichos de la planimetría del Barrio Viejo. El resto de la ciudad era un desierto. Las puertas y ventanas de las casas habían quedado abiertas. Si alguien hubiese querido saquear la ciudad entera, no le habría demandado más esfuerzo que tomar lo que quisiera, con la misma facilidad con que se arranca un racimo de la vid. Pero todos, incluidos los cortabolsas, rateros y punguistas, estábamos en la plaza.

No hubo gritos fervorosos ni cánticos multitudinarios. No se entonaron himnos emotivos ni loores. No se agitaron banderas ni oriflamas ni pancartas. Reinaba un silencio sólido hecho de intriga y secreto desconsuelo. Éramos no más que una suma de almas incapaces de fundirse unas con otras.

Aquel mutismo se había convertido en una súplica infinitamente más elocuente que el clamor más estentóreo. El silencio era tal que, a las diez en punto de la noche, todos pudimos escuchar el ínfimo chirrido de la celosía del balcón presidencial. El aliento general se cortó como si de pronto la tierra se hubiese abierto debajo de nuestros pies dejándonos al borde de un abismo negro e interminable. Vimos cómo se corría la persiana y, después de un segundo de incertidumbre, el Presidente salía al balcón envuelto en un cono de luz plateada. Se acodó sobre el barandal, apoyó el mentón sobre el puño y así se quedó como lo haría un parroquiano en el estaño de la barra de un bar. Tenía una expresión descompuesta. Nos miraba como si fuésemos un viejo barman. Era la actitud de un borracho a punto de confesarse frente a un confidente circunstancial. Llevaba el botón de la camisa desabrochado, y la corbata desanudada le colgaba sobre las solapas del saco. Sonrió con la mitad de la boca, se frotó los ojos enrojecidos y cansados, hizo un gesto de resolución y, cuando todos esperábamos que fuera a hablar, dio un salto corto y ágil y se trepó a la balaustrada del balcón. La multitud lanzó un alarido unánime que fue inmediatamente sofocado por el terror. De pie sobre la estrecha baranda, las puntas de los zapatos al borde del vacío, el Primer Mandatario hacía equilibrio sin dejar de mirarnos. No nos atrevíamos a respirar siquiera. Elevó la mirada al cielo, cerró los ojos, se persignó y, sin que pudiéramos hacer otra cosa más que gritar y tomarnos la cabeza, el Presidente saltó al vacío.

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Ante nuestros ojos espantados, el Presidente caía desde las alturas del Palacio de Gobierno como un peso muerto, paralelo al muro y muy cerca de las agudas salientes que formaban las molduras y las cornisas. A la altura del frontispicio que coronaba el pórtico, tumultuosamente giró sobre su eje ventral, quedó perpendicular a la pared y, en el momento mismo en que estaba por estrellarse contra los macizos canteros de la explanada, detuvo su caída en el aire como si estuviese sujeto por hilos invisibles. Muy cerca de nuestras cabezas, el Presidente levitó con los brazos y las piernas extendidas cual si estuviera recostado sobre una hamaca. Entonces retomó altura, hizo un trompo en el aire y, en un vuelo recto y veloz, alcanzó la cúpula de la catedral. Voló en torno al pararrayos describiendo una leve espiral ascendente. A su paso junto a la hilera de colosos que sostenían el arquitrabe del Banco Nacional, congregó con el índice extendido una bandada de palomas que lo flanquearon hasta el campanario del municipio. Volaba en torno a las siete campanas, iba rápidamente de las unas a las otras, haciéndolas doblar con su volátil humanidad, como un Quasimodo apolíneo, grácil, gaseoso. Con la levedad de un ángel movía los pesados badajos como si pulsara las cuerdas de una lira: tocó la introducción del Himno Nacional, las primeras notas de la "Zamba de mi esperanza" y el estribillo, en versión celestial, de "A mi manera". Con los cabellos al viento planeó serenamente sobre los techos del Ministerio de Hacienda, descendió a pique cerca de las terrazas del Hilton, hizo un looping sobre los silos del puerto y en una maniobra vertiginosa voló, rasante y veloz, sobrenuestras azoradas cabezas, de ida y de vuelta, frenéticamente. Ascendió hasta el centro de la plaza y, lentamente, se dirigió hasta el balcón donde el gabinete en pleno lo miraba levitar frente a sus estupefactas narices.

Fluctuando en torno a los floridos canteros del balcón como lo haría un colibrí, el Presidente extendió la diestra señalando al Ministro de Asuntos Exteriores y con un leve cabeceo lo invitó a sumarse a su danza aérea. El Ministro lo miraba aterrado, inmóvil y pálido. Pero sabía que era una orden. Nadie jamás se había atrevido a discutir una orden del Presidente. Entonces le dimos ánimos con una ovación ensordecedora. Rompimos en aplausos cuando vimos al Ministro intentar treparse sobre la baranda. Se movía torpe y pesadamente como una morsa enfundada en un traje dos números menor que su inabarcable talle. Con la ayuda del resto del gabinete, finalmente hizo pie en la balaustrada. Estaba paralizado de miedo. El Presidente le dio confianza haciendo unos movimientos delfinescos sobre su cabeza y volvió a invitarlo con un gesto paternal. El Ministro cerró los ojos y por fin saltó. Contra su propia convicción, el canciller flotaba en el aire suspendido a no menos de veinte metros del suelo. Intentó un vuelo hacia el Presidente. Pero, todavía inexperto, volaba tosco y desmañado con una actitud semejante a la de un pichón de pato que por primera vez se arrojara a una laguna y quisiera nadar. Rugíamos de júbilo, extendíamos los brazos al cielo,llorábamos de emoción. El Presidente tomó al Ministro de la mano y lo condujo hasta una altura tal que ya casi no podíamos distinguir sus siluetas recortadas contra el cielo nocturno. Por propia iniciativa o bien incitados por todos nosotros, el resto de los ministros, uno a uno, fueron saltando desde el balcón. Extasiada y presa de un desborde de euforia incontrolable, la Ministra de Salud, siempre circunspecta y a quien jamás habíamos visto siquiera sonreír, sobrevolaba ahora el torso desnudo del coloso que sostenía el globo en la cúspide del edificio del diario El Universal. A su paso palmeaba los glúteos del gigante de bronce a la vez que, con una lascivia desconocida, revolvía la lengua entre las comisuras de sus labios. El Secretario de Minoridad, aquel que había solazado la infancia de todos nosotros desde la pantalla cuando integraba la troupe de Los Colosos de la Lucha representando el papel de El Gran Mogol, revoloteaba haciendo cabriolas de cachacascán, llaves Doble Nelson y tomas de tijera a un imaginario contrincante volador. Aullábamos de felicidad. Los Ministros se tomaban de las manos, formaban figuras e improvisaban coreografías en el cielo. Incluso aquellos funcionarios a quienes suponíamos irreconciliablemente enemistados, volaban ahora en acompasado ballet. La última en saltar fue nuestra Primera Dama, María de los Perros Amor. Se había quedado sola en el balcón mirando el celestial espectáculo con unos ojos hechos de melancolía. Sabíamos que, desde hacía algún tiempo, las cosas entre Ellos no estaban demasiado bien. El fantasma del divorcio presidencial nos había robado el sueño durante la época de la primera gran crisis, cuando estuvieron a punto de llamarnos a plebiscito -no vinculante- para conocer nuestra opinión, por Sí o por No, frente a la pregunta "¿Aprueba el Soberano la posibilidad de Divorcio del Jefe de Estado?". Nada nos conmovía más que sentirnos Soberanos con voz y voto. Por eso estallamos en indignación cuando la oposición objetó los términos de la consulta; con una malicia infinita intentó que se reemplazara la palabra Soberano por ciudadano y divorcio por separación, ya que, según decían, no estaban Ellos legalmente casados. María de los Perros Amor había sido el blanco dilecto de las infamias más encarnizadas de la oposición: impugnaban su pasado de cantante de boleros, la acusaban de oportunismo, publicaban solicitadas en los diarios censurando su vestuario y hasta habían osado insinuar que desafinaba en las notas altas. Igual que las comadres de barrio, la oposición hizo lo imposible por encender los rescoldos de la primera gran crisis para alejarlos definitivamente. Pero ahora, teniéndonos a nosotros como testigos, María de los Perros Amor no podía disimular un mohín de arrobamiento mientras Lo veía volar con el garbo de un Valentino alado. En todo esto pensábamos, cuando el Presidente hizo un descenso en picada, a su paso arrancó una azucena de los maceteros de la terraza del edificio de La Puntual de Seguros y, con la prestancia de un torero del aire, se posó sobre la balaustrada del Balcón, tomó por la cintura a la Primera Dama y, juntos, emprendieron un ascenso beatífico, olímpico, celestial, sereno. Se miraban con la pasión de los enamorados. Entonces, labio contra labio, María de los Perros Amor entonó las primeras estrofas de "El Reloj". Rompimos en una ovación quebrada por el sobrecogimiento y la emoción. No habíamos escuchado la dulce voz de la Pri mera Dama desde que había perdido el habla después de la muerte de su hijo. Seguíamos la letra moviendo apenas los labios para no deshacer el ensalmo de embriaguez. Bailaban recortados contra la luna, rodeados por el séquito aéreo de ministros y secretarios que sonreían, sixtinos, cual querubines.

Tardamos en darnos cuenta de que en aquella magnífica gala empírea faltaba alguien. Algunos de nosotros pudimos adivinar su sombra en el lugar más oscuro del balcón. Se hubiera dicho que el Secretario de Finanzas, el doctor Orestes Morse Santagada, permanecía oculto tras las celosías. Y creímos ver, en la diminuta lumbre de sus ojos que fulguraban en la penumbra, el brillo malicioso del rencor. Cuando volvimos a mirar, el Secretario se había perdido en la negrura del despacho.

Fuimos felices. Quizá por última vez. Nos habíamos olvidado del pasado y sospechábamos entonces, mientras mirábamos aquel fresco viviente, un porvenir venturoso. ¿Qué iban a decir ahora los gobernantes extranjeros, qué iban a decir las decadentes monarquías nórdicas, que, llenas de fastos y deínfulas presuntamente civilizadoras, eran incapaces de elevarse un milímetro del suelo? ¿Qué iban a hacer ahora con sus fraguados informes sobre sobornos, cohecho, untos, dádivas, retribuciones y otras descabelladas patrañas urdidas quién sabe con qué oscuros propósitos? ¿Con qué autoridad iban a denunciar ahora supuestos asesinatos políticos y crímenes de silencio? ¿Con qué argumentos iban a disimular la envidia que les provocaba el hecho de que nuestra moneda fuera más fuerte, más valiosa y más codiciada que sus míseras coronas? Las infamias habían sido tantas y tan desproporcionadas que hasta la oposición se mostró indignada. ¿Con qué descaro habrían de meter ahora sus narices en nuestros propios asuntos? Si hasta querían las cabezas de nuestros ancianos dictadores como si fuésemos incapaces de administrarnos justicia. Como ni siquiera habían podido tener sus propios tiranos, querían juzgar a nuestros asesinos que, no por asesinos, dejaban de ser nuestros.

Aquella noche de diciembre fuimos felices. Siempre habíamos conservado la ilusión de que Él era uno más entre nosotros. Tan próximo y elemental, era, en verdad, parte de nuestra cotidiana existencia. Y aun así, viéndolo volar magnánimo, augusto e inalcanzable, seguía siendo tan simple como el más simple de nosotros. Jamás lo llamábamos por su nombre. En su largo -y por momentos tortuoso- camino hacia la celebridad fue ganando apodos de amigos y enemigos. Lo conocimos como El Chivo, El Chino, La Gamba, La Chancha, El Alemán, La Garza, El Japo, Nipón, El Bosta, Nazo, El Doscincuentaytré, El Ñato, Cabeza de Turco, Cabeza, El Flaco, Ifigenia, Condorito, El Gordo Leo, La Gorda, Papito, El Papi, El Lechu, Lechuguita, El Mugre, Oldsmugre, Pitecantropus, El Pite, Piter, Piterpán, Pete, El Capanga, El Gato, Gato Capón, Capón, El Capo, Brígida, Santa Brígida, La Serenísima, El Leche, Queso, Buche, Tucán, La Nena, El Negro, Vieja del Agua, La Vieja, Cabeza de Naipe, Cabeza de Pija, El Sordo, Cantimpalo, Boga, Ana Bolena, Enrique Octavo, Locura, Locura de Dios, Batata, El Pelado, Porra, Peluca, Huevo, Jamón, El Mono, Pie Plano, Hueso, El Monje, La Manuela, Paja, El Preso, Soronga, La Pepa, El Cangrejo, Bigote, La Tur ca, Cabeza de Yunque; pero desde Su ascenso a la presidencia todos le decíamos Madre de Dios o Madre, a secas.

Aquella lejana noche de verano fuimos felices por última vez. Cuando las campanas de la catedral marcaron las doce en punto de la noche, sucedió lo que nadie esperaba. Hubiésemos querido que aquella coreografía celestial no cesara nunca. Y quizá no haya cesado. Quién puede saberlo. Lo cierto es que cuando todavía reverberaba la última campanada, el Presidente quedó suspendido en el aire, nos miró desde el cielo como un Cristo, extendió los brazos convocando a sus ministros, hizo una prolongada reverencia y, flanqueado por su leal séquito, tomó de la mano a la Primera Dama, María de los PerrosAmor, y comenzó un lento vuelo hacia el poniente. Nuestras cabezas giraban haciendo una ola humana a su paso. Ellos volaban en línea recta, cada vez más y más alto como una bandada de golondrinas. No quisimos entender lo evidente. Los vimos alejarse más allá de la plaza, más allá de la cúpula del parlamento hasta convertirse en un punto que acabó por fundirse para siempre con la línea nocturna del horizonte.

Nunca más, hasta Su segunda vuelta, habríamos de volver a verlo.


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En las gargantas de cobre y cartón destartalado de los parlantes de los taxis errabundos como perros, propagándose paciente pero irrevocable como la chispa de una mecha tan extensa como el tiempo que separaba la medianoche del crepúsculo; en el ronquido trémulo de los camiones de basura; en el temor apocalíptico que sembraba la inexplicable demora de la salida de los diarios, cuyo retraso auguraba titulares tamaño catástrofe que nadie sabía aún qué fatalidad habrían de anunciar; en la noche larga y tormentosa de los insomnes; en la candida placidez de los durmientes; en el enigmático alboroto nocturno de palomas que volaban en bandadas despavoridas, desorientadas, de aquí para allá, de cúpula en cúpula, como si escucharan las trompetas del anuncio del fin de todos los fines; en los cuellos de animal antediluviano de los semáforos, cuyos impares ojos verticales y contrahechos enloquecieron, parpadearon epilépticos de rojo a verde hasta quedarse en el amarillo intermitente de la más profunda ceguera; en las bocas desdentadas, hediondas y atónitas de las alcantarillas; en la vigilia vacilante de los carteles de neón que de pronto fulguraron e inmediatamente se extinguieron como estrellas, todos a una vez, dejando nubes de insectos huérfanos de luz; en el vuelo torpe y angular de los murciélagos que, confundidos por la etérea invasión de las señales satelitales y la profusión de frecuencias antagónicas, se estrellaban contra las campanas de la catedral haciéndolas doblar como si estuviesen animadas por abades invisibles y agoreros; en las carteras ya irremediablemente vacías de las putas que, desanimadas, iban abandonando la parada oscura de la recova de la estación desmintiendo aquel apotegma sobre la gran orgía del fin del mundo; en la incredulidad de las almas castigadas que habitaban las borracherías vecinas al puerto; en la indiferencia de los desesperados, de los que no tenían nada más que perder; en el súbito y temprano alboroto de las cárceles y los manicomios; en la lluvia oblicua de los televisores traicionados por el sueño; sobre los techos de fiesta necrológica de las ambulancias; en el tronar de cilindros desnudos de los motorizados; en el peso del cielo que podía mensurarse en kilohertzios de información imprecisa y contradictoria; en preguntas que volaban de antena en antena y cuyas respuestas jamás bajaban al reino de los mortales; en cumulus nimbus hechos de megavatios que presagiaban la tormenta del final; en el ulular de las sirenas; en los corazones palpitantes de intriga; en la ciudad indefensa bajo un cielo negro que se cernía como un ultimátum, algo todavía indecible habría de ser anunciado.


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La ciudad amaneció alfombrada de palomas y murciélagos muertos. Las calles estaban desiertas y los negocios no habían abierto. Eran las nueve de la mañana y los diarios continuaban ausentes. Las radios emitían el mismo, silencio asmático en toda la circunferencia del dial. Los televisores seguían lloviendo a cántaros esa misma nada oblicua que anegaba los ánimos suplicantes de noticias. Los teléfonos, inútiles, no hacían otra cosa que dar la hora con la compulsión irrebatible de los locos, como si aquélla, la hora, fuese la única evidencia cierta en este mundo.

Necesitábamos, aunque más no fuera, un rumor. Pero un silencio supersticioso se fue anudando a nuestras gargantas como una boa lenta e implacable. Nacida de un acuerdo unánime pero impronunciable, en todos nosotros se había instalado una sola y arbitraria certeza: el anuncio llegaría a las diez en punto de la mañana.

Fue la noche más larga y más sombría. En los almanaques y las efemérides, en las crónicas conmemorativas y en las letras fileteadas de los camiones, en las épicas elementales de los discursos de los actos escolares y en el dorso de los sobres de azúcar, en la última página de los diarios y en el bronce de las placas alusivas, para siempre habríamos de recordar esa fecha como Jueves de Agripina.

En efecto, nadie había dormido. íbamos y veníamos como apóstoles en vísperas de la Resurrec ción. Esperábamos, nadie sabía qué, con el desasosiego de quien aguarda el Final Veredicto, como si alguien hubiese anunciado el Segundo Regreso para aquella misma noche de diciembre. Algunos combatíamos el péndulo del agobio con café o anfetaminas, otros invocábamos la calma con infusiones de hojas de tilo o, llegado el caso, a fuerza de benzodiazepinas. El humo de los cigarrillos trepaba morosamente en aquel aire espeso que, a duras penas, se cortaba con las aspas de los ventiladores, íbamos y veníamos como tigres enjaulados. Como patéticos fantasmas enfundados en piyamas, nos asomábamos a las ventanas sin encontrar otra respuesta diferente del semblante pasmado del vecino, idéntico a nuestra propia consunción.


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A las diez en punto de la mañana las pantallas dejaron de llover y se despejaron, diáfanas, en el arco iris de las barras de sintonía. Entonces sí, sobre el pequeño horizonte, se alzó el sol del escudo, que poco a poco se fue fundiendo con el primer plano de los Ojos de la Patria, con aquella Mirada Serenísima que venía para traernos la luz, para componer el orden natural de las cosas. La ciudad exhaló un suspiro tibio. La cámara se alejó hasta develar la sonrisa del Presidente hecha de labios de madre, dientes de padre y lengua ardiente de amante. Sin embargo, en aquellos ojos transparentes, rasgados por la estirpe de Oriente pero hechos con el azul cristiano del mediterráneo, en su tez de príncipe moro empalidecida ahora por un sino inescrutable, en aquella sonrisa pía, mezcla de Gioconda y Zorzal Criollo, algo oscuro estaba escrito.

La muerte nos conmovía. Quisimos engañarnos en la creencia de que un nuevo y trágico óbito había vuelto a enlutar a la familia presidencial. Y pese a todo el dolor que aquella conjetura nos provocaba, en ella encontrábamos el consuelo que morigeraba el fantasma de un anuncio aún más amargo. Nos habíamos acostumbrado a La Muerte. Como con Él no podía, La Muerte se había ensañado con la familia presidencial. Desde Su asunción, La Parca había blandido la guadaña sin pausa, diezmando la progenie del Primer Mandatario con tal ferocidad que el mausoleo familiar tuvo que ser convertido en un edificio mortuorio de diez pisos donde cohabitaban los mártires, dispuestos todos por fin en armoniosa y pacífica coexistencia. Y como la muerte nos conmovía, a cada nuevo guadañazo asestado a la familia presidencial, en la misma medida que se iba poblando la necrópolis vertical se acrecentaba nuestra compasión, que pronto se transformaba en veneración para con Su desventurada persona.

El Presidente siempre daba sus discursos rodeado de su gente más cercana: ministros y secretarios, consejeros y consejeros de los consejeros, consultores y asesores, peluqueros, valets, modistos, magistrados amigos y allegados, ministros de la Corte de Justicia y caddies, actrices y futbolistas y, por supuesto, la familia presidencial en su totalidad o, al menos, lo que de ella iba quedando. Albergábamos la mezquina esperanza de que una nueva muerte nos sería anunciada. Pero conforme la cámara ampliaba el plano, en la misma proporción y a medida que iban apareciendo en la pantalla cada uno de los miembros que como una gran familia constituían el entorno presidencial, nuestros corazones se llenaban de una mezcla de desazón y júbilo nacido del incumplimiento de nuestros negros augurios. No faltaba ninguno.La cámara volvió a concentrarse en el primer plano del Excelso Rostro. El Primer Mandatario se dispuso a hacer el enigmático anuncio que, sospechábamos, habría de ser fatídico.


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Sin embargo, el Presidente no habló. Una congoja como nunca había mostrado se le enredaba en la garganta y le azogaba la glotis en un temblor apenas perceptible. Un agobio infinito le pesaba en los párpados como un lastre pertinaz. Y, pese a todo, nos guardaba compasión. Nos miraba con unos ojos hechos de misericordia y estoicismo. Hizo un esfuerzo por hablar pero no pudo. No hizo falta. Entendimos todo de inmediato.

Uno a uno fuimos ganando la calle. No hubo invocaciones ni llamados grandilocuentes. La misma y espontánea idea se había adueñado de nuestras voluntades. Como convocados por un imán invisible que cantara desde el alminar más alto de una mezquita incorpórea, en silenciosa multitud, desde los puntos más distantes, bordeábamos el río, cruzábamos los puentes, nos concentrábamos en las avenidas y, guiados por un mismo propósito, llegábamos hasta la plaza. Veníamos desde los villorrios más miserables del sur y desde los cresos barrios del norte. Enfermos, nos levantábamos de las camas de los hospitales; marchando junto con los carceleros, salíamos los presos de los calabozos; conducidos por el lazarillo de la desesperación, con paso seguro, caminábamos los ciegos y con paso impar andábamos los inválidos. Llegábamos desde las ciudades vecinas y desde el campo, veníamos en peregrinaciones de a pie, adocenados en las cajas de los camiones, en los estribos de los tractores hasta donde alcanzara el combustible y así nos íbamos formando en infinitas procesiones a lo largo de rutas y autopistas.

Caminábamos en silencio. No nos animaba el espíritu unánime que gobierna a las turbas enardecidas, ni el arrebato heroico que se forja en el crisol de las puebladas diluyendo las fronteras que separan al uno del prójimo. Al contrario, nos movía un miedo miserable, una inconfesable cobardía que nos impedía mirarnos a los ojos. Marchábamos a la plaza, recelosos del vecino, como una procesión de tullidos avarientos que fueran a disputarse la curación milagrosa de un santo, aun a costa de pisarnos y aplastarnos los unos a los otros.


Había caído la noche. La multitud era un río quieto y silencioso que colmaba la plaza, se extendía en un largo brazo hacia el poniente hasta el final de la avenida, formaba un vasto embalse sobrelos parques del Parlamento, volvía a bajar por las dos diagonales laterales que convergían en la explanada de la Casa de Gobierno y se ramificaba en la periferia según los caprichos de la planimetría del Barrio Viejo. El resto de la ciudad era un desierto. Las puertas y ventanas de las casas habían quedado abiertas. Si alguien hubiese querido saquear la ciudad entera, no le habría demandado más esfuerzo que tomar lo que quisiera, con la misma facilidad con que se arranca un racimo de la vid. Pero todos, incluidos los cortabolsas, rateros y punguistas, estábamos en la plaza.

No hubo gritos fervorosos ni cánticos multitudinarios. No se entonaron himnos emotivos ni loores. No se agitaron banderas ni oriflamas ni pancartas. Reinaba un silencio sólido hecho de intriga y secreto desconsuelo. Éramos no más que una suma de almas incapaces de fundirse unas con otras.

Aquel mutismo se había convertido en una súplica infinitamente más elocuente que el clamor más estentóreo. El silencio era tal que, a las diez en punto de la noche, todos pudimos escuchar el ínfimo chirrido de la celosía del balcón presidencial. El aliento general se cortó como si de pronto la tierra se hubiese abierto debajo de nuestros pies dejándonos al borde de un abismo negro e interminable. Vimos cómo se corría la persiana y, después de un segundo de incertidumbre, el Presidente salía al balcón envuelto en un cono de luz plateada. Se acodó sobre el barandal, apoyó el mentón sobre el puño y así se quedó como lo haría un parroquiano en el estaño de la barra de un bar. Tenía una expresión descompuesta. Nos miraba como si fuésemos un viejo barman. Era la actitud de un borracho a punto de confesarse frente a un confidente circunstancial. Llevaba el botón de la camisa desabrochado, y la corbata desanudada le colgaba sobre las solapas del saco. Sonrió con la mitad de la boca, se frotó los ojos enrojecidos y cansados, hizo un gesto de resolución y, cuando todos esperábamos que fuera a hablar, dio un salto corto y ágil y se trepó a la balaustrada del balcón. La multitud lanzó un alarido unánime que fue inmediatamente sofocado por el terror. De pie sobre la estrecha baranda, las puntas de los zapatos al borde del vacío, el Primer Mandatario hacía equilibrio sin dejar de mirarnos. No nos atrevíamos a respirar siquiera. Elevó la mirada al cielo, cerró los ojos, se persignó y, sin que pudiéramos hacer otra cosa más que gritar y tomarnos la cabeza, el Presidente saltó al vacío.


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Ante nuestros ojos espantados, el Presidente caía desde las alturas del Palacio de Gobierno como un peso muerto, paralelo al muro y muy cerca de las agudas salientes que formaban las molduras y las cornisas. A la altura del frontispicio que coronaba el pórtico, tumultuosamente giró sobre su eje ventral, quedó perpendicular a la pared y, en el momento mismo en que estaba por estrellarse contra los macizos canteros de la explanada, detuvo su caída en el aire como si estuviese sujeto por hilos invisibles. Muy cerca de nuestras cabezas, el Presidente levitó con los brazos y las piernas extendidas cual si estuviera recostado sobre una hamaca. Entonces retomó altura, hizo un trompo en el aire y, en un vuelo recto y veloz, alcanzó la cúpula de la catedral. Voló en torno al pararrayos describiendo una leve espiral ascendente. A su paso junto a la hilera de colosos que sostenían el arquitrabe del Banco Nacional, congregó con el índice extendido una bandada de palomas que lo flanquearon hasta el campanario del municipio. Volaba en torno a las siete campanas, iba rápidamente de las unas a las otras, haciéndolas doblar con su volátil humanidad, como un Quasimodo apolíneo, grácil, gaseoso. Con la levedad de un ángel movía los pesados badajos como si pulsara las cuerdas de una lira: tocó la introducción del Himno Nacional, las primeras notas de la "Zamba de mi esperanza" y el estribillo, en versión celestial, de "A mi manera". Con los cabellos al viento planeó serenamente sobre los techos del Ministerio de Hacienda, descendió a pique cerca de las terrazas del Hilton, hizo un looping sobre los silos del puerto y en una maniobra vertiginosa voló, rasante y veloz, sobrenuestras azoradas cabezas, de ida y de vuelta, frenéticamente. Ascendió hasta el centro de la plaza y, lentamente, se dirigió hasta el balcón donde el gabinete en pleno lo miraba levitar frente a sus estupefactas narices.

Fluctuando en torno a los floridos canteros del balcón como lo haría un colibrí, el Presidente extendió la diestra señalando al Ministro de Asuntos Exteriores y con un leve cabeceo lo invitó a sumarse a su danza aérea. El Ministro lo miraba aterrado, inmóvil y pálido. Pero sabía que era una orden. Nadie jamás se había atrevido a discutir una orden del Presidente. Entonces le dimos ánimos con una ovación ensordecedora. Rompimos en aplausos cuando vimos al Ministro intentar treparse sobre la baranda. Se movía torpe y pesadamente como una morsa enfundada en un traje dos números menor que su inabarcable talle. Con la ayuda del resto del gabinete, finalmente hizo pie en la balaustrada. Estaba paralizado de miedo. El Presidente le dio confianza haciendo unos movimientos delfinescos sobre su cabeza y volvió a invitarlo con un gesto paternal. El Ministro cerró los ojos y por fin saltó. Contra su propia convicción, el canciller flotaba en el aire suspendido a no menos de veinte metros del suelo. Intentó un vuelo hacia el Presidente. Pero, todavía inexperto, volaba tosco y desmañado con una actitud semejante a la de un pichón de pato que por primera vez se arrojara a una laguna y quisiera nadar. Rugíamos de júbilo, extendíamos los brazos al cielo,llorábamos de emoción. El Presidente tomó al Ministro de la mano y lo condujo hasta una altura tal que ya casi no podíamos distinguir sus siluetas recortadas contra el cielo nocturno. Por propia iniciativa o bien incitados por todos nosotros, el resto de los ministros, uno a uno, fueron saltando desde el balcón. Extasiada y presa de un desborde de euforia incontrolable, la Ministra de Salud, siempre circunspecta y a quien jamás habíamos visto siquiera sonreír, sobrevolaba ahora el torso desnudo del coloso que sostenía el globo en la cúspide del edificio del diario El Universal. A su paso palmeaba los glúteos del gigante de bronce a la vez que, con una lascivia desconocida, revolvía la lengua entre las comisuras de sus labios. El Secretario de Minoridad, aquel que había solazado la infancia de todos nosotros desde la pantalla cuando integraba la troupe de Los Colosos de la Lucha representando el papel de El Gran Mogol, revoloteaba haciendo cabriolas de cachacascán, llaves Doble Nelson y tomas de tijera a un imaginario contrincante volador. Aullábamos de felicidad. Los Ministros se tomaban de las manos, formaban figuras e improvisaban coreografías en el cielo. Incluso aquellos funcionarios a quienes suponíamos irreconciliablemente enemistados, volaban ahora en acompasado ballet. La última en saltar fue nuestra Primera Dama, María de los Perros Amor. Se había quedado sola en el balcón mirando el celestial espectáculo con unos ojos hechos de melancolía. Sabíamos que, desde hacía algún tiempo, las cosas entre Ellos no estaban demasiado bien. El fantasma del divorcio presidencial nos había robado el sueño durante la época de la primera gran crisis, cuando estuvieron a punto de llamarnos a plebiscito -no vinculante- para conocer nuestra opinión, por Sí o por No, frente a la pregunta "¿Aprueba el Soberano la posibilidad de Divorcio del Jefe de Estado?". Nada nos conmovía más que sentirnos Soberanos con voz y voto. Por eso estallamos en indignación cuando la oposición objetó los términos de la consulta; con una malicia infinita intentó que se reemplazara la palabra Soberano por ciudadano y divorcio por separación, ya que, según decían, no estaban Ellos legalmente casados. María de los Perros Amor había sido el blanco dilecto de las infamias más encarnizadas de la oposición: impugnaban su pasado de cantante de boleros, la acusaban de oportunismo, publicaban solicitadas en los diarios censurando su vestuario y hasta habían osado insinuar que desafinaba en las notas altas. Igual que las comadres de barrio, la oposición hizo lo imposible por encender los rescoldos de la primera gran crisis para alejarlos definitivamente. Pero ahora, teniéndonos a nosotros como testigos, María de los Perros Amor no podía disimular un mohín de arrobamiento mientras Lo veía volar con el garbo de un Valentino alado. En todo esto pensábamos, cuando el Presidente hizo un descenso en picada, a su paso arrancó una azucena de los maceteros de la terraza del edificio de La Puntual de Seguros y, con la prestancia de un torero del aire, se posó sobre la balaustrada del Balcón, tomó por la cintura a la Primera Dama y, juntos, emprendieron un ascenso beatífico, olímpico, celestial, sereno. Se miraban con la pasión de los enamorados. Entonces, labio contra labio, María de los Perros Amor entonó las primeras estrofas de "El Reloj". Rompimos en una ovación quebrada por el sobrecogimiento y la emoción. No habíamos escuchado la dulce voz de la Pri mera Dama desde que había perdido el habla después de la muerte de su hijo. Seguíamos la letra moviendo apenas los labios para no deshacer el ensalmo de embriaguez. Bailaban recortados contra la luna, rodeados por el séquito aéreo de ministros y secretarios que sonreían, sixtinos, cual querubines.

Tardamos en darnos cuenta de que en aquella magnífica gala empírea faltaba alguien. Algunos de nosotros pudimos adivinar su sombra en el lugar más oscuro del balcón. Se hubiera dicho que el Secretario de Finanzas, el doctor Orestes Morse Santagada, permanecía oculto tras las celosías. Y creímos ver, en la diminuta lumbre de sus ojos que fulguraban en la penumbra, el brillo malicioso del rencor. Cuando volvimos a mirar, el Secretario se había perdido en la negrura del despacho.

Fuimos felices. Quizá por última vez. Nos habíamos olvidado del pasado y sospechábamos entonces, mientras mirábamos aquel fresco viviente, un porvenir venturoso. ¿Qué iban a decir ahora los gobernantes extranjeros, qué iban a decir las decadentes monarquías nórdicas, que, llenas de fastos y deínfulas presuntamente civilizadoras, eran incapaces de elevarse un milímetro del suelo? ¿Qué iban a hacer ahora con sus fraguados informes sobre sobornos, cohecho, untos, dádivas, retribuciones y otras descabelladas patrañas urdidas quién sabe con qué oscuros propósitos? ¿Con qué autoridad iban a denunciar ahora supuestos asesinatos políticos y crímenes de silencio? ¿Con qué argumentos iban a disimular la envidia que les provocaba el hecho de que nuestra moneda fuera más fuerte, más valiosa y más codiciada que sus míseras coronas? Las infamias habían sido tantas y tan desproporcionadas que hasta la oposición se mostró indignada. ¿Con qué descaro habrían de meter ahora sus narices en nuestros propios asuntos? Si hasta querían las cabezas de nuestros ancianos dictadores como si fuésemos incapaces de administrarnos justicia. Como ni siquiera habían podido tener sus propios tiranos, querían juzgar a nuestros asesinos que, no por asesinos, dejaban de ser nuestros.

Aquella noche de diciembre fuimos felices. Siempre habíamos conservado la ilusión de que Él era uno más entre nosotros. Tan próximo y elemental, era, en verdad, parte de nuestra cotidiana existencia. Y aun así, viéndolo volar magnánimo, augusto e inalcanzable, seguía siendo tan simple como el más simple de nosotros. Jamás lo llamábamos por su nombre. En su largo -y por momentos tortuoso- camino hacia la celebridad fue ganando apodos de amigos y enemigos. Lo conocimos como El Chivo, El Chino, La Gamba, La Chancha, El Alemán, La Garza, El Japo, Nipón, El Bosta, Nazo, El Doscincuentaytré, El Ñato, Cabeza de Turco, Cabeza, El Flaco, Ifigenia, Condorito, El Gordo Leo, La Gorda, Papito, El Papi, El Lechu, Lechuguita, El Mugre, Oldsmugre, Pitecantropus, El Pite, Piter, Piterpán, Pete, El Capanga, El Gato, Gato Capón, Capón, El Capo, Brígida, Santa Brígida, La Serenísima, El Leche, Queso, Buche, Tucán, La Nena, El Negro, Vieja del Agua, La Vieja, Cabeza de Naipe, Cabeza de Pija, El Sordo, Cantimpalo, Boga, Ana Bolena, Enrique Octavo, Locura, Locura de Dios, Batata, El Pelado, Porra, Peluca, Huevo, Jamón, El Mono, Pie Plano, Hueso, El Monje, La Manuela, Paja, El Preso, Soronga, La Pepa, El Cangrejo, Bigote, La Tur ca, Cabeza de Yunque; pero desde Su ascenso a la presidencia todos le decíamos Madre de Dios o Madre, a secas.

Aquella lejana noche de verano fuimos felices por última vez. Cuando las campanas de la catedral marcaron las doce en punto de la noche, sucedió lo que nadie esperaba. Hubiésemos querido que aquella coreografía celestial no cesara nunca. Y quizá no haya cesado. Quién puede saberlo. Lo cierto es que cuando todavía reverberaba la última campanada, el Presidente quedó suspendido en el aire, nos miró desde el cielo como un Cristo, extendió los brazos convocando a sus ministros, hizo una prolongada reverencia y, flanqueado por su leal séquito, tomó de la mano a la Primera Dama, María de los PerrosAmor, y comenzó un lento vuelo hacia el poniente. Nuestras cabezas giraban haciendo una ola humana a su paso. Ellos volaban en línea recta, cada vez más y más alto como una bandada de golondrinas. No quisimos entender lo evidente. Los vimos alejarse más allá de la plaza, más allá de la cúpula del parlamento hasta convertirse en un punto que acabó por fundirse para siempre con la línea nocturna del horizonte.

Nunca más, hasta Su segunda vuelta, habríamos de volver a verlo.


II EL SUEÑO ETERNO

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A desgano y porque no le quedaba otro remedio, la oposición se hizo cargo del Gobierno. Y aun siendo Gobierno, nunca dejaron de ser para nosotros la vieja y vetusta oposición.

La oposición tomó Su Doctrina igual que Roma la Palabra del Salvador. Como un Constantino ínfimo, enjuto, circunspecto y enfermo de tedio, el nuevo Presidente, antes opositor, declaró inamovible el Dogma y nos tranquilizó en la seguridad de que el Camino por Él trazado no habría de torcerse un ápice. Legitimando con su rúbrica los mil doscientos cuarenta y ocho sabios decretos que prolijamente Él había dejado sobre el escritorio antes de perderse en los cielos, el nuevo Presidente sacralizó los Principios Fundamentales. Con su índice parkinsoniano pero inmaculado de toda sospecha de venalidad, canonizó la totalidad de los contratos, concesiones y concordatos que había recibido en herencia. Y en algunos casos fue todavía más allá. Casi sin darnos cuenta fuimos arrollados por La Modernidad. Ahora podíamos ver nuestros rostros maravillados en el reflejo de las pantallas de los RÍA, Recaudadores de Impuesto Automatizados, detrás de aquellos caracteres que, analfabetos, no sabíamos leer; podíamos acariciar los suaves teclados de cromo que tampoco sabíamos cómo operar, pero siempre acabábamos por ingeniárnoslas para poder cumplir, rientes, con nuestras cargas tributarias.

Antes de Su Partida al Reino de los Cielos, Él había puesto la salud de los pobres en las mismas manos de Dios; viendo la irreversible obsolescencia de los viejos hospitales, decidió darlos en generosa y salomónica concesión, por una parte a la sabia Obra de Miracle amp;Company, propiedad del pastor evangelista James Sugar, y por otra, para quienes no queríamos abandonar la Iglesia romana, a la Orden de los Padres Carismáticos. A cambio de un óbolo completamente voluntario, podíamos participar de las multitudinarias misas de sanación. Los ciegos volvíamos a ver, los paralíticos podíamos caminar, y no nos levantamos los muertos de nuestras tumbas por explícito ruego del Registro Civil.

Pero lo cierto es que nada estaba como antes. El nuevo Presidente era incapaz de elevarse un milímetro del suelo. Si le preguntaran a cualquiera de nosotros cuál era el nombre de Su sucesor, contestaría encogiéndose de hombros. Quizá recordaría su nombre. Pero lo cierto es que ni siquiera tenía un apodo. O si lo tenía, tampoco lo recordábamos.

Pero sabíamos que algún día Él iba a volver para redimirnos. Así como había venido desde el centro del misterio y de la misma misteriosa forma se había elevado un día hacia los cielos perdiéndose del otro lado de la línea del horizonte, de la misma forma habría de regresar. Nadie conocía su pasado. Quizá por esa misma razón lo habíamos elegido. Nunca supimos del todo quién era aquel ángel de labios de madre judía, ceño severo de padre musulmán, lengua ardiente de amante italiano; ignorábamos quién era el que nos miró por última vez a través de sus ojos transparentes hechos con el azul cristiano del Mediterráneo, aquel príncipe de tez morisca, armado de la paciencia del Oriente y de la osadía nórdica de los vikingos. Y cuanto más ignorábamos su pasado, tanto más alimentábamos la esperanza de su futuro regreso.


Después del triste pero glorioso día de la ascensión junto con los Doce Apóstoles que componían su gabinete y María de los Perros Amor, hicimos numerosas exégesis e infinitas interpretaciones. Algunos decíamos que había partido en silencio. Otros asegurábamos haber leído en sus labios, antes de emprender el vuelo definitivo, una frase, una palabra o apenas una interjección; los menos aseverabamos haber escuchado claramente una admonición. Construimos innumerables parábolas, establecimos diversas alegorías. Pero todas las disquisiciones coincidían en una única certeza: Él habría de volver un día no muy lejano.

Se había ido a las alturas con sus apóstoles, sin dejarnos siquiera un discípulo, un iluminado que nos diera una palabra paulista, alguien que nos legara una escritura. Nunca más fue visto. Ni por nosotros ni por nadie. La oposición no se pronunciaba al respecto. Se limitaba a gobernar siguiendo la senda que Él había marcado con una prolija desidia que olía a bibliorato húmedo, con una inercia tejida como la telaraña que se junta entre las patas de los escritorios, con la anónima indolencia nacida de la oscuridad de los despachos administrativos.

<p>2</p>

La oposición no evidenció el menor signo de sorpresa la primera vez que entró en el palacio de gobierno. Se hubiera dicho, a juzgar por sus impertérritos semblantes, que al nuevo Presidente y a su séquito, conforme iban avanzando hacia sus respectivos despachos, no les resultaba en absoluto extraño el hecho de que no hubiese siquiera un rastro de mueble en todo el palacio. Tal vez porque nunca antes habían estado dentro, no repararon en que en el lugar vacante de las arañas, de cuya ausencia daban testimonio las enormes aureolas blancas del cielo raso, colgaban ahora unos escuálidos cables rematados en un triste racimo de bombitas quemadas. Tampoco parecieron otorgarle ninguna importancia a la multitud de escombros que se esparcían a diestra, siniestra, arriba y hasta debajo de sus pies.

El nuevo Presidente, aquel fantasma sin nombre enfundado en un traje que se diría de sepulturero, caminaba con las manos enlazadas tras la espalda siguiendo el paso decidido de los edecanes, que, como mayordomos, no podían disimular cierto recelo disfrazado de burlona genuflexión ante los nuevos moradores. Detrás caminaban los secretarios y por último los Ministros. Todos vestían trajes idénticos al del Presidente, idénticas camisas y corbatas idénticas y, pese a las diferencias de estaturas y grosores, se hubiera dicho que también los talles eran iguales. Algunos arrastraban las botamangas de los pantalones, otros dejaban al descubierto tobillos huérfanos de tela, como si las quince tristes vestiduras hubiesen sido encargadas todas a una vez el día anterior a última hora. Caminaban por un laberinto devastado e interminable, atravesaban innumerables salones despojados de todo cuanto habían tenido. Pisaban un suelo de cemento pedregoso en cuyas grietas se adivinaban los vestigios de los antiguos listones de roble de Eslavonia.

– Polillas -musitó uno de los edecanes con una circunspección que mal disimulaba una carcajada contenida-. Hacen estragos.

Más allá, junto a una escultura yacente, se apilaban unos pocos restos de mosaicos traídos de Venecia que hubieran competido en resplandor con el ábside de la basílica de San Marco. Las enormes bisagras desnudas delataban que aquellas que parecían arcadas habían sido portones tan macizos como lo era ahora su ausencia. Las escaleras habían pasado del resplandor del mármol de Carrara al gris áspero y despojado del cual estaban hechas las gradas de los desamparados hemiciclos que circundaban las canchas de fútbol de los andurriales. A su paso, mientras se adentraba en las polvorosas tinieblas, el nuevo gobierno tropezaba con los detritos de los murciélagos, con pájaros muertos e inclasificables, resbalaba en ríos de mierda de paloma adosada al suelo, a las columnas, a las paredes y, a medida que avanzaban por el intestino fétido del palacio presidencial, espantaban multitudes de gatos que salían desde los meandros en penumbra. Lo único que se había salvado de aquel Apocalipsis era la biblioteca. Infinitos volúmenes de lomos deshilachados por el tiempo y la indiferencia, ocultos tras el polvo del abandono, terminaban de marchitarse de pie, agonizando verticales como condenados al cepo del desdén.La comitiva se iba raleando a medida que los edecanes señalaban, a su turno, a cada uno de los funcionarios; los conducían hasta la puerta de su despacho y, como lo haría el botones de un hotel, extendían la palma de la diestra a la espera de una moneda.

El último en llegar a su despacho fue el Presidente. En el lugar más recóndito y oscuro, junto a una escalera clausurada por un par de vigas cruzadas, los edecanes tuvieron que luchar contra un picaporte inamovible hasta poder abrir la puerta.

En el interior de su despacho, el Presidente se asomó al pequeño ventanuco que daba a un estrecho respiradero y, por mucho que se contorsionaba girando el cuello hacia arriba y hacia abajo, no conseguía ver ni el cielo ni el piso. Como no había un solo mueble, uno de los edecanes improvisó un escritorio con una puerta que descansaba sobre una de las paredes afirmando un extremo contra el marco de la ventana y el otro sobre una estufa en desuso. Desempolvó con la manga una silla de esqueleto de caño y, ceremonioso, invitó al primer mandatario a ocupar el solio presidencial. El Presidente se acomodó, se aflojó el nudo de la corbata, posó los pies sobre la tabla, miró el reloj y tomó la primera decisión de gobierno. Mientras intentaba adecuar su lordótico espinazo al respaldo destartalado, ordenó al edecán:

– Despiérteme dentro de cuatro años -dijo y se durmió profunda y plácidamente dejando caer un delgado hilo de saliva sobre la raída banda presidencial.

<p>3</p>

La indiferencia del nuevo Presidente, aquel espectro somnoliento que jamás levantaba la mirada del suelo, contrastaba, sin duda, con el vivo interés que había mostrado nuestra Primera Dama, María de los Perros Amor, la primera vez que entró al palacio gubernamental. Ni bien hubo traspuesto la guardia de granaderos vio, espantada, las funestas antiguallas que le hacían recordar a los sórdidos caserones de su provincia natal. A través de unos anteojos negros del tamaño de su desazón, miraba el viejo mobiliario de los tiempos de la Colonia. Envuelta en un tapado de leopardo cuya brevedad develaba sus muslos largos y pronunciados, evidentemente forjados en el trajín de las tablas, estuvo a punto de desfallecer de horror. La primera medida que tomó, aún antes de trasponer el vestíbulo, fue la redecoración completa de la casa presidencial.

– Vaya tomando nota -le ordenó al edecán al tiempo que, in situ, le señalaba todo aquello que habría de ser remozado.Primero mandó alisar los frisos de las paredes y los arquitrabes corintios de las columnas. Ordenó que se retirara la tétrica boiserie de ébano que oscurecía las paredes y dictaminó que habrían de reemplazarse por una sucesión de infinitos espejos esfumados. Las antiguas e interminables mesas de roble para treinta y dos comensales fueron depuestas y, en su lugar, la Primera Dama decretó el cambio por otras de vidrio color miel. Las añosas cómodas, secretaires, escritorios y chiffonniers fueron a dar a las ávidas bocas de un centenar de contenedores y terminaron en los vastos basurales que se extendían como hediondos sembradíos a la vera del río. La misma suerte corrió la innumerable colección de vidrios pintados que llevaban las ignotas firmas de Gallé y de Lalique, de Daun Nancy y de Müller, de Leverre y de Gaudí. Las viejas lámparas de Tiffany que pretendían adornar los escritorios fueron reemplazadas por otras de porcelana que representaban largos cisnes de cuyos lomos dimanaban fulgores dicroicos. Los gigantescos tapices del siglo XVI que cubrían las paredes fueron arrancados y, en su lugar, la Primera Dama mandó empapelar los muros con enormes fotografías de los lejanos Cayos de la Florida. Aquí y allá podían verse plácidos paisajes tropicales, cocoteros y palmeras recortadas contra un cielo satinado. María de los Perros Amor, flanqueda por el edecán, señalaba con su índice admonitorio, tamborileaba con sus pequeñas garras de nácar rosa Dior sobre las vetustas reliquias, a la vez que ordenaba por cuáles otras cosas habrían de ser reemplazadas. Los vitrales que repartían la luz de los jardines sobre los salones circundantes, fueron retirados enteros y, en su lugar, María de los Perros Amor instruyó que pusieran cristales espejados. Conforme avanzaba con su contoneo caribeño, iba ordenando y decidiendo, expeditiva y práctica, dueña de una seguridad propia de las amas de casa, acostumbradas a resolver los intrincados problemas domésticos.

Al edecán no le alcanzaban los papeles ni las manos para tomar nota de todo cuanto habría de ser remodelado. Y, por cierto, tampoco le alcanzaban los ojos para mirar las firmes pantorrillas de la Pri mera Dama, remarcadas por la elevación de los tacos largos y finos como agujas.

La mujer del Presidente creyó morir de espanto cuando llegó a la alcoba del palacio. Ordenó que se retirara la vieja cama colonial con una cabecera de bronce labrado a mano y que, en su lugar, pusieran una de estructura oval laqueada en blanco y dorado que contenía, embutidas en el respaldar de pana, las botoneras de luces y, desde luego, de la música funcional y el televisor. No pudo evitar que se le frunciera la nariz cuando entró al baño. Aquellos sanitarios de porcelana inglesa de principio de siglo, se dijo, no eran dignos de la excelencia de su marido. De inmediato dispuso que colocaran otros en forma de valva con grifería bañada, ¿por qué no?, en oro.

En un mes exacto el Palacio de Gobierno estuvo completamente renovado. Nada tenía que envidiar a los más lujuriosos hoteles de Hawai.

Pero el nuevo Presidente, aquel homúnculo durmiente aun en vigilia, jamás se preguntó qué había sido de todo aquel esplendor anterior a la gran remodelación. En rigor, se hubiera dicho que no se preguntó ni eso ni ninguna otra cosa. Mientras dormía el sueño de los justos en su palacio del horror hecho de polvo y escombros, confiado ciega y plácidamente en el curso natural de las cosas, un hecho inesperado habría de sacudir violentamente su hasta entonces imperturbable sopor.

<p>4</p>

Una mañana entre las mañanas, una mañana idéntica a todas las pedestres mañanas, un oscuro contador de la oposición hecha gobierno, mientras metía su nariz de ave en los libros contables, creyó encontrar entre las anotaciones que se encriptaban ilegibles entre el Debe y el Haber, una diferencia que se obstinaba en permanecer fugitiva. Se quitó los lentes para la miopía y los reemplazó por los de ver de cerca. Volvió a sumar y restar, comparó la cuenta con la anterior, rebuscó página por página y, otra vez, la diferencia seguía escabulléndose. Entonces interpuso una gruesa lupa entre los lentes y el papel y recomenzó la tarea. La diferencia no aparecía. Se rascó la cabeza, se incorporó, caminó hasta el baño y volvió con un rollo de papel higiénico. Se arremangó los pantalones, se arrodilló y, en cuatro patas, fue extendiendo el papel sobre el piso, mientras anotaba la cifra ausente: 8.857.536.546.805.094.647.483.939.210.846.565.353. 029.848.484.767.324.101.919.181.888.

181.737.364.546.474.858.595.950.030.302.002.002.981.726.353.435.363.738.393.039.387.

263.534.352.829.029.484.765.774.748.588.599.686.867.752.220.986.756.463.526.340.218.

millones con cuarenta y siete centavos.

Volvió a enrollar el papel, se puso de pie, se acomodó la ropa, se desempolvó las rodillas, salió de su despacho, cerró la puerta con llave, caminó por un largo pasillo derruido, se cruzó con un ordenanza de uniforme marchito, agachó la cabeza a modo de saludo, subió una escalera carcomida por el olvido, atravesó un gran salón vacío presidido por el fantasma de una araña de infinitos caireles reducida ahora a un ramillete de focos quemados, cruzó en diagonal un jardín desértico, eludió una palmera, ingresó en un corredor, subió otra escalera, se acomodó la corbata y el pelo, se plantó frente a las puertas destartaladas del despacho presidencial, pidió al edecán que lo anunciara y, esgrimiendo el rollo de papel, agregó terminante:

– Es urgente.

Antes de que el edecán intentara señalarle con un confidente cabeceo los confines del fondo y la izquierda, el contador, por las suyas y sin esperar el anuncio, forcejeó con el picaporte y, por fin, ingresó en el despacho presidencial.

El Presidente dormía. Conservaba la misma posición en que lo había acomodado el edecán, las piernas extendidas sobre la puerta colocada a guisa de escritorio, la cabeza volcada sobre el pecho y la estalactita de saliva que bañaba profusamente la banda presidencial raída.

El contador carraspeó con timidez primero y, viendo que no conseguía siquiera alterar el ritmo monocorde de los ronquidos de Su Excelencia, tosió ruidosamente aproximándose unos pasos. Habida cuenta de que no había logrado el menor resultado, murmuró respetuosamente junto a la oreja presidencia

– Señor Presidente…

Nada. Al borde de la insubordinación, el contador le apoyó una mano en el hombro y lo meció suavemente. Pero lo único que logró fue que el Presidente pronunciara una frase ininteligible, salvo por la última palabra:

– …culo -dijo escueto y enigmático.

Término del cual podía deducirse, sin embargo, que estaba soñando algo relativo a su única pasión conocida: la taba. En efecto, el primer mandatario era, además del más alto funcionario público, Presidente de la ATBP, la Asociación de Tabófilos y Bochófilos por la Patria. Cargo que, muy a su pesar, tuvo que desatender en virtud de los últimos acontecimientos, es decir, la misteriosa desaparición en los cielos del gobierno anterior, motivo por el cual se vio en la obligación de asumir sus actuales funciones. Sea como fuere, el contador no podía arrancarlo de su dulce y grato sueño. Habiendo colmado su paciencia, el obcecado tenedor de libros empezó a zamarrear furiosamente a Su Excelencia, quien, por fin, aunque no se pudiese afirmar categóricamente que estaba despierto, al menos había abierto los ojos. Cuando consiguió serenarse, el contador se dispuso a hablar. Le explicó al Presidente que la administración anterior, la misma que se había perdido en el cielo más allá de la raya del horizonte, había dejado un faltante cuya cifra era tan dilatada como su propia sorpresa y, a modo de prueba concluyente, extendió el rollo frente a los inertes ojos del primer mandatario.

El Presidente escuchaba simulando atención, seguía con una mirada bovina el ampuloso movimiento de las manos del contador, asentía intentando calmar los borbotones explicativos del funcionario que hablaba de desfalco, robo, cohecho, estafa, timo, embaucamiento, hurto, defraudación, desvalijamiento, rapiña, botín, sustracción. En un maremágnum de acusaciones le explicaba que si ahora tenía que dormir en una silla de caño destartalada, decía, era porque la anterior administración se había llevado hasta el sillón presidencial, figúrese, que el mismísimo Palacio de Gobierno había sido saqueado, imagínese, le decía, que si así estaba su despacho en qué estado estarían las arcas públicas. Antes de que pudiera concluir, el Presidente lo conminó a que cerrara la boca y sin mover un músculo de la cara le ordenó que enrollara el papel, que se limpiara con él lo que él ya sabía, que lo depositara en el lugar donde correspondía y que luego tirara fuerte de la cadena. Dicho esto último, se revolvió en la silla, estiró nuevamente las piernas sobre la tabla y, dejando caer pesadamente el mentón sobre el pecho, se durmió no sin cierto fastidio.

Indignado, consternado, humillado y conteniendo la furia, el contador enrolló el papel y se retiró. A sus espaldas cerró la puerta, fulminó con los ojos al edecán, se acomodó la corbata y el pelo, bajó la escalera, ingresó en un corredor, cruzó en diagonal el jardín yermo, eludió la palmera, atravesó el gran salón vacío presidido por un triste racimo de bombitas quemadas, bajó la otra escalera, agachó la cabeza a modo de saludo, se cruzó con el mismo ordenanza de uniforme raído, caminó por un largo pasillo, giró la llave de la puerta y entró a su despacho. Exhausto, se desplomó en el sillón, que, por cierto, había tenido que traer de su estudio privado.

Entonces, en la soledad de su oficina se le impuso, como si aquel fuese el único objeto sobre su escritorio, el viejo teléfono de baquelita negra con disco a resorte que se había salvado del saqueo. Sin dejar de mirarlo, tamborileó los dedos sobre el tapete, el corazón le galopaba en el pecho de sólo imaginarlo. Con el ánimo de los héroes pensó en todos nosotros. Entonces, resuelto por fin, tomó el teléfono y disco el número de El Universal. Teníamos que saberlo, se dijo, y entonces habló.

Habló, habló y habló.

<p>5</p>

Se desató el escándalo. Al día siguiente todos los diarios anunciaban desde los titulares:


FUNCIONARIO DENUNCIA FRAUDE POR 8.857.536.546.805.094.647.483.939.210.846.565.353. 029.848.484.767.324.101.919.181.888.

181.737.364.546.474.858.595.950.030.302.002.002.981.726.353.435.363.738.393.039.387.

263.534.352.829.029.484.765.774.748.588.599.686.867.752.220.986.756.463.526.340.218.


MILLONES CON CUARENTA Y SIETE CENTAVOS.


Vivimos horas de desconcierto. La mayoría nos resistíamos a creer semejante infundio, otros preferíamos no emitir juicio, algunos periodistas maliciosos sugeríamos, sin mencionarlo, que aquella gloriosa noche de diciembre, Día de la Ascensión, no fue sino un vil fraude. Lisa y llanamente se insinuaba que había sido una fuga. Se instaló un clima de sospecha. En los bares, en las oficinas, en las estaciones de tren, en los estadios, en la sala de espera de los dentistas, en los prostíbulos, empezábamos a discutir el asunto. Opinábamos las bataclanas en la televisión y opinábamos los futbolistas en las radios, opinábamos con escéptica soberbia los escritores en los despachos donde mendigábamos los subsidios de la nueva administración y el pago de los servicios ofrecidos a la anterior, opinábamos sobre el destino de aquella cifra inconmensurable, más extensa que nuestro entendimiento, pero, sobre todo, opinábamos sobre el oscuro contador que había metido su nariz de ave en los libros contables. Nos preguntábamos quién era, finalmente, aquel ignoto funcionario nacido de las tinieblas subterráneas de un despacho público, aquel que nunca había podido dejar de arrastrase entre los inmundos zócalos de una oficina e, incapaz de levantarse un ápice de la pinotea apolillada de una mísera contaduría, pretendía mancillar la altísima dignidad de Aquel que se había elevado como un espíritu de luz. Nos preguntábamos quién era esa pobre rata que siempre se había alimentado de papel de bibliorato, del veneno acre del más recóndito anonimato y ahora, de la noche a la mañana, gozaba de una notoriedad inmerecida. En las puertas de su lóbrego despacho antes desconocido y recóndito, hacíamos guardia permanente periodistas, fotógrafos, corresponsales y curiosos. Salía de su oficina envuelto en un enjambre de manos suplicantes, de ofrendas de micrófonos, de esplendorosos halos de flashes, de hipnotizados ojos de cámaras. Estaba claro, nos decíamos, que todo aquello era una gigantesca patraña del contador, urdida con miserable propósito de ganar fama. Sin embargo, a la vez, muchos de nosotros considerábamos que las pruebas del faltante eran irrefutables. Estábamos ciertamente desconcertados.

Una noche entre las noches, una pedestre noche entre las noches, todos a una vez, nos iluminamos. De pronto todo se nos presentó con una claridad meridiana. Recordamos que, durante el glorioso Día de la As censión, solamente un funcionario se había negado a seguirlos a Él y a los Doce. El Secretario de Finanzas, el doctor Orestes Morse Santagada, presa de la pusilanimidad y la falta de fe, ganado por el mismo desentendimiento que paralizó a Pilatos, había rehuido elevarse hacia los cielos. De manera que, dedujimos, debería tener otros asuntos pendientes, por cierto mucho más mundanos, más bajos y espurios. Como un Pilatos con las manos sucias, igual que un Judas artero y ladino, Orestes Morse Santagada pretendía quedarse con nuestros

8.857.536.546.805.094.647.483.939.210.846.565.353. 029.848.484.767.324.101.919.181.888.

181.737.364.546.474.858.595.950.030.302.002.002.981.726.353.435.363.738.393.039.387.

263.534.352.829.029.484.765.774.748.588.599.686.867.752.220.986.756.463.526.340.218.

millones con cuarenta y siete centavos.

La rápida mano de la Justicia habría de recaer sobre el Secretario.

<p>6</p>

Durante semanas nos regodeamos en la vindicta imagen del doctor Orestes Morse Santagada mientras era sacado de su estudio, en vilo y con la cabeza gacha, cubriéndose la cara con las manos esposadas y metido casi a la fuerza en un camión jaula. Durante meses nos deleitamos viéndolo peregrinar maniatado entre la cárcel y el Palacio de Justicia. Y, cuanto mayor era su escarnio, más se elevaba en nuestra memoria la figura angelical de Aquel que un día glorioso habría de volver desde los cielos de la misma misteriosa manera en que se había ido. Nos cebábamos viendo cómo la mosca del escarmiento dejaba sus larvas en las escaldadas espaldas de la conciencia del doctor Orestes Morse Santagada. Nos lamíamos las patas como tigres viéndolo en el cepo ejemplificador de los noticieros, retorciéndose en la arena romana de las cadenas televisivas, ardiendo en la hoguera pública de los flashes informativos. Degustábamos el dulce sabor de la humillación, mientras asistíamos a la caída desde su antiguo pedestal de soberbia y ostentación. Lo recordábamos retratado en su sillón oficial fumando el habano de la posteridad, en el living de su mansión de provincias, flotando en la pileta de su residencia particular, navegando en su barco constituido con la madera robada de nuestras ilusiones. El doctor Orestes Morse Santagada era ahora un fantasma agostado que contaba apenas con el patrimonio de su propia sombra.

Nunca habríamos de perdonarle la traición. Él lo había sacado de aquel sórdido arrabal de provincias del que jamás hubiera podido salir por sus propios medios; Él le había confiado una Secretaría y lo había puesto a su mismísima diestra en el Palacio de Gobierno; Él había depositado en su persona la custodia del erario de todos nosotros; Él lo había honrado permitiéndole la construcción de su residencia privada en el lote lindero a la suya; Él le había legado el privilegio de bautizarlo, para nosotros, con el apodo de la Morsa, Orestes La Morsa Santagada; Él lo había distinguido con el inestimable premio de su amistad, lo había tratado siempre como a un hermano cuando, en los tiempos de la prehistoria celestial, corrían en los mismos potreros, compartían el vino de las esperanzas ensoñándose en las quiméricas ilusiones del viaje a la gran ciudad. Pisaron juntos, por primera vez, el asfalto de la capital con los ojos hechos de miedo y pasmo, cruzando las avenidas infinitas como ratas asustadas. Anduvieron por los mismos follajes púbicos abriéndose camino y respeto con el machete del tesón provinciano en los burdeles cercanos al puerto y, en una mesa de poker, se jugaron la posesión de la más codiciada de todas: María de los Perros Amor. Por eso nunca habríamos de perdonarle la traición. El doctor Orestes Morse Santagada, La Morsa, insistía en declararse inocente. Juraba, perjuraba y mostraba el forro de sus bolsillos vacíos.Antes de que el magistrado dictara sentencia, el doctor Orestes Morse Santagada se levantó del banquillo de los acusados, frente a los azorados ojos de quienes componíamos el tribunal caminó hasta el estrado llevando una gruesa carpeta bajo el brazo, se puso en puntas de pie y, asomando su calva por sobre el escritorio, murmuró ante el juez-.

– Estoy un poco harto de todo esto. Si me siguen presionando, creo que voy hablar.

Dijo esto último con una voz tan baja que no pudimos oír una sola palabra. El juez se había puesto completamente lívido. Por si fuera poco, el acusado dejó sobre el escritorio, delante de los ojos del magistrado, la carpeta que traía bajo el brazo. Su Señoría miró los manuscritos sin poder disimular una ligera mueca de pánico. La cerró, se quitó los lentes y se dispuso a dictar sentencia. Sin abundar en fundamentos ni disquisiciones técnicas, anunció:

– Declaro al acusado libre de culpa y cargo.

Si alguien en este mundo conocía como nadie a Su Excelencia, ése era el doctor Orestes Morse Santagada. Por nuestra parte, ignorábamos cuál era el paradero celestial de aquel que un día se elevó como un ángel, y cuánto más nos preguntábamos por su enigmático destino, empezábamos a descubrir que mucho desconocíamos sobre su pasado terrenal.


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A desgano y porque no le quedaba otro remedio, la oposición se hizo cargo del Gobierno. Y aun siendo Gobierno, nunca dejaron de ser para nosotros la vieja y vetusta oposición.

La oposición tomó Su Doctrina igual que Roma la Palabra del Salvador. Como un Constantino ínfimo, enjuto, circunspecto y enfermo de tedio, el nuevo Presidente, antes opositor, declaró inamovible el Dogma y nos tranquilizó en la seguridad de que el Camino por Él trazado no habría de torcerse un ápice. Legitimando con su rúbrica los mil doscientos cuarenta y ocho sabios decretos que prolijamente Él había dejado sobre el escritorio antes de perderse en los cielos, el nuevo Presidente sacralizó los Principios Fundamentales. Con su índice parkinsoniano pero inmaculado de toda sospecha de venalidad, canonizó la totalidad de los contratos, concesiones y concordatos que había recibido en herencia. Y en algunos casos fue todavía más allá. Casi sin darnos cuenta fuimos arrollados por La Modernidad. Ahora podíamos ver nuestros rostros maravillados en el reflejo de las pantallas de los RÍA, Recaudadores de Impuesto Automatizados, detrás de aquellos caracteres que, analfabetos, no sabíamos leer; podíamos acariciar los suaves teclados de cromo que tampoco sabíamos cómo operar, pero siempre acabábamos por ingeniárnoslas para poder cumplir, rientes, con nuestras cargas tributarias.

Antes de Su Partida al Reino de los Cielos, Él había puesto la salud de los pobres en las mismas manos de Dios; viendo la irreversible obsolescencia de los viejos hospitales, decidió darlos en generosa y salomónica concesión, por una parte a la sabia Obra de Miracle amp;Company, propiedad del pastor evangelista James Sugar, y por otra, para quienes no queríamos abandonar la Iglesia romana, a la Orden de los Padres Carismáticos. A cambio de un óbolo completamente voluntario, podíamos participar de las multitudinarias misas de sanación. Los ciegos volvíamos a ver, los paralíticos podíamos caminar, y no nos levantamos los muertos de nuestras tumbas por explícito ruego del Registro Civil.

Pero lo cierto es que nada estaba como antes. El nuevo Presidente era incapaz de elevarse un milímetro del suelo. Si le preguntaran a cualquiera de nosotros cuál era el nombre de Su sucesor, contestaría encogiéndose de hombros. Quizá recordaría su nombre. Pero lo cierto es que ni siquiera tenía un apodo. O si lo tenía, tampoco lo recordábamos.

Pero sabíamos que algún día Él iba a volver para redimirnos. Así como había venido desde el centro del misterio y de la misma misteriosa forma se había elevado un día hacia los cielos perdiéndose del otro lado de la línea del horizonte, de la misma forma habría de regresar. Nadie conocía su pasado. Quizá por esa misma razón lo habíamos elegido. Nunca supimos del todo quién era aquel ángel de labios de madre judía, ceño severo de padre musulmán, lengua ardiente de amante italiano; ignorábamos quién era el que nos miró por última vez a través de sus ojos transparentes hechos con el azul cristiano del Mediterráneo, aquel príncipe de tez morisca, armado de la paciencia del Oriente y de la osadía nórdica de los vikingos. Y cuanto más ignorábamos su pasado, tanto más alimentábamos la esperanza de su futuro regreso.


Después del triste pero glorioso día de la ascensión junto con los Doce Apóstoles que componían su gabinete y María de los Perros Amor, hicimos numerosas exégesis e infinitas interpretaciones. Algunos decíamos que había partido en silencio. Otros asegurábamos haber leído en sus labios, antes de emprender el vuelo definitivo, una frase, una palabra o apenas una interjección; los menos aseverabamos haber escuchado claramente una admonición. Construimos innumerables parábolas, establecimos diversas alegorías. Pero todas las disquisiciones coincidían en una única certeza: Él habría de volver un día no muy lejano.

Se había ido a las alturas con sus apóstoles, sin dejarnos siquiera un discípulo, un iluminado que nos diera una palabra paulista, alguien que nos legara una escritura. Nunca más fue visto. Ni por nosotros ni por nadie. La oposición no se pronunciaba al respecto. Se limitaba a gobernar siguiendo la senda que Él había marcado con una prolija desidia que olía a bibliorato húmedo, con una inercia tejida como la telaraña que se junta entre las patas de los escritorios, con la anónima indolencia nacida de la oscuridad de los despachos administrativos.


2

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La oposición no evidenció el menor signo de sorpresa la primera vez que entró en el palacio de gobierno. Se hubiera dicho, a juzgar por sus impertérritos semblantes, que al nuevo Presidente y a su séquito, conforme iban avanzando hacia sus respectivos despachos, no les resultaba en absoluto extraño el hecho de que no hubiese siquiera un rastro de mueble en todo el palacio. Tal vez porque nunca antes habían estado dentro, no repararon en que en el lugar vacante de las arañas, de cuya ausencia daban testimonio las enormes aureolas blancas del cielo raso, colgaban ahora unos escuálidos cables rematados en un triste racimo de bombitas quemadas. Tampoco parecieron otorgarle ninguna importancia a la multitud de escombros que se esparcían a diestra, siniestra, arriba y hasta debajo de sus pies.

El nuevo Presidente, aquel fantasma sin nombre enfundado en un traje que se diría de sepulturero, caminaba con las manos enlazadas tras la espalda siguiendo el paso decidido de los edecanes, que, como mayordomos, no podían disimular cierto recelo disfrazado de burlona genuflexión ante los nuevos moradores. Detrás caminaban los secretarios y por último los Ministros. Todos vestían trajes idénticos al del Presidente, idénticas camisas y corbatas idénticas y, pese a las diferencias de estaturas y grosores, se hubiera dicho que también los talles eran iguales. Algunos arrastraban las botamangas de los pantalones, otros dejaban al descubierto tobillos huérfanos de tela, como si las quince tristes vestiduras hubiesen sido encargadas todas a una vez el día anterior a última hora. Caminaban por un laberinto devastado e interminable, atravesaban innumerables salones despojados de todo cuanto habían tenido. Pisaban un suelo de cemento pedregoso en cuyas grietas se adivinaban los vestigios de los antiguos listones de roble de Eslavonia.

– Polillas -musitó uno de los edecanes con una circunspección que mal disimulaba una carcajada contenida-. Hacen estragos.

Más allá, junto a una escultura yacente, se apilaban unos pocos restos de mosaicos traídos de Venecia que hubieran competido en resplandor con el ábside de la basílica de San Marco. Las enormes bisagras desnudas delataban que aquellas que parecían arcadas habían sido portones tan macizos como lo era ahora su ausencia. Las escaleras habían pasado del resplandor del mármol de Carrara al gris áspero y despojado del cual estaban hechas las gradas de los desamparados hemiciclos que circundaban las canchas de fútbol de los andurriales. A su paso, mientras se adentraba en las polvorosas tinieblas, el nuevo gobierno tropezaba con los detritos de los murciélagos, con pájaros muertos e inclasificables, resbalaba en ríos de mierda de paloma adosada al suelo, a las columnas, a las paredes y, a medida que avanzaban por el intestino fétido del palacio presidencial, espantaban multitudes de gatos que salían desde los meandros en penumbra. Lo único que se había salvado de aquel Apocalipsis era la biblioteca. Infinitos volúmenes de lomos deshilachados por el tiempo y la indiferencia, ocultos tras el polvo del abandono, terminaban de marchitarse de pie, agonizando verticales como condenados al cepo del desdén.La comitiva se iba raleando a medida que los edecanes señalaban, a su turno, a cada uno de los funcionarios; los conducían hasta la puerta de su despacho y, como lo haría el botones de un hotel, extendían la palma de la diestra a la espera de una moneda.

El último en llegar a su despacho fue el Presidente. En el lugar más recóndito y oscuro, junto a una escalera clausurada por un par de vigas cruzadas, los edecanes tuvieron que luchar contra un picaporte inamovible hasta poder abrir la puerta.

En el interior de su despacho, el Presidente se asomó al pequeño ventanuco que daba a un estrecho respiradero y, por mucho que se contorsionaba girando el cuello hacia arriba y hacia abajo, no conseguía ver ni el cielo ni el piso. Como no había un solo mueble, uno de los edecanes improvisó un escritorio con una puerta que descansaba sobre una de las paredes afirmando un extremo contra el marco de la ventana y el otro sobre una estufa en desuso. Desempolvó con la manga una silla de esqueleto de caño y, ceremonioso, invitó al primer mandatario a ocupar el solio presidencial. El Presidente se acomodó, se aflojó el nudo de la corbata, posó los pies sobre la tabla, miró el reloj y tomó la primera decisión de gobierno. Mientras intentaba adecuar su lordótico espinazo al respaldo destartalado, ordenó al edecán:

– Despiérteme dentro de cuatro años -dijo y se durmió profunda y plácidamente dejando caer un delgado hilo de saliva sobre la raída banda presidencial.


3

<p>3</p>

La indiferencia del nuevo Presidente, aquel espectro somnoliento que jamás levantaba la mirada del suelo, contrastaba, sin duda, con el vivo interés que había mostrado nuestra Primera Dama, María de los Perros Amor, la primera vez que entró al palacio gubernamental. Ni bien hubo traspuesto la guardia de granaderos vio, espantada, las funestas antiguallas que le hacían recordar a los sórdidos caserones de su provincia natal. A través de unos anteojos negros del tamaño de su desazón, miraba el viejo mobiliario de los tiempos de la Colonia. Envuelta en un tapado de leopardo cuya brevedad develaba sus muslos largos y pronunciados, evidentemente forjados en el trajín de las tablas, estuvo a punto de desfallecer de horror. La primera medida que tomó, aún antes de trasponer el vestíbulo, fue la redecoración completa de la casa presidencial.

– Vaya tomando nota -le ordenó al edecán al tiempo que, in situ, le señalaba todo aquello que habría de ser remozado.Primero mandó alisar los frisos de las paredes y los arquitrabes corintios de las columnas. Ordenó que se retirara la tétrica boiserie de ébano que oscurecía las paredes y dictaminó que habrían de reemplazarse por una sucesión de infinitos espejos esfumados. Las antiguas e interminables mesas de roble para treinta y dos comensales fueron depuestas y, en su lugar, la Primera Dama decretó el cambio por otras de vidrio color miel. Las añosas cómodas, secretaires, escritorios y chiffonniers fueron a dar a las ávidas bocas de un centenar de contenedores y terminaron en los vastos basurales que se extendían como hediondos sembradíos a la vera del río. La misma suerte corrió la innumerable colección de vidrios pintados que llevaban las ignotas firmas de Gallé y de Lalique, de Daun Nancy y de Müller, de Leverre y de Gaudí. Las viejas lámparas de Tiffany que pretendían adornar los escritorios fueron reemplazadas por otras de porcelana que representaban largos cisnes de cuyos lomos dimanaban fulgores dicroicos. Los gigantescos tapices del siglo XVI que cubrían las paredes fueron arrancados y, en su lugar, la Primera Dama mandó empapelar los muros con enormes fotografías de los lejanos Cayos de la Florida. Aquí y allá podían verse plácidos paisajes tropicales, cocoteros y palmeras recortadas contra un cielo satinado. María de los Perros Amor, flanqueda por el edecán, señalaba con su índice admonitorio, tamborileaba con sus pequeñas garras de nácar rosa Dior sobre las vetustas reliquias, a la vez que ordenaba por cuáles otras cosas habrían de ser reemplazadas. Los vitrales que repartían la luz de los jardines sobre los salones circundantes, fueron retirados enteros y, en su lugar, María de los Perros Amor instruyó que pusieran cristales espejados. Conforme avanzaba con su contoneo caribeño, iba ordenando y decidiendo, expeditiva y práctica, dueña de una seguridad propia de las amas de casa, acostumbradas a resolver los intrincados problemas domésticos.

Al edecán no le alcanzaban los papeles ni las manos para tomar nota de todo cuanto habría de ser remodelado. Y, por cierto, tampoco le alcanzaban los ojos para mirar las firmes pantorrillas de la Pri mera Dama, remarcadas por la elevación de los tacos largos y finos como agujas.

La mujer del Presidente creyó morir de espanto cuando llegó a la alcoba del palacio. Ordenó que se retirara la vieja cama colonial con una cabecera de bronce labrado a mano y que, en su lugar, pusieran una de estructura oval laqueada en blanco y dorado que contenía, embutidas en el respaldar de pana, las botoneras de luces y, desde luego, de la música funcional y el televisor. No pudo evitar que se le frunciera la nariz cuando entró al baño. Aquellos sanitarios de porcelana inglesa de principio de siglo, se dijo, no eran dignos de la excelencia de su marido. De inmediato dispuso que colocaran otros en forma de valva con grifería bañada, ¿por qué no?, en oro.

En un mes exacto el Palacio de Gobierno estuvo completamente renovado. Nada tenía que envidiar a los más lujuriosos hoteles de Hawai.

Pero el nuevo Presidente, aquel homúnculo durmiente aun en vigilia, jamás se preguntó qué había sido de todo aquel esplendor anterior a la gran remodelación. En rigor, se hubiera dicho que no se preguntó ni eso ni ninguna otra cosa. Mientras dormía el sueño de los justos en su palacio del horror hecho de polvo y escombros, confiado ciega y plácidamente en el curso natural de las cosas, un hecho inesperado habría de sacudir violentamente su hasta entonces imperturbable sopor.


4

<p>4</p>

Una mañana entre las mañanas, una mañana idéntica a todas las pedestres mañanas, un oscuro contador de la oposición hecha gobierno, mientras metía su nariz de ave en los libros contables, creyó encontrar entre las anotaciones que se encriptaban ilegibles entre el Debe y el Haber, una diferencia que se obstinaba en permanecer fugitiva. Se quitó los lentes para la miopía y los reemplazó por los de ver de cerca. Volvió a sumar y restar, comparó la cuenta con la anterior, rebuscó página por página y, otra vez, la diferencia seguía escabulléndose. Entonces interpuso una gruesa lupa entre los lentes y el papel y recomenzó la tarea. La diferencia no aparecía. Se rascó la cabeza, se incorporó, caminó hasta el baño y volvió con un rollo de papel higiénico. Se arremangó los pantalones, se arrodilló y, en cuatro patas, fue extendiendo el papel sobre el piso, mientras anotaba la cifra ausente: 8.857.536.546.805.094.647.483.939.210.846.565.353. 029.848.484.767.324.101.919.181.888.

181.737.364.546.474.858.595.950.030.302.002.002.981.726.353.435.363.738.393.039.387.

263.534.352.829.029.484.765.774.748.588.599.686.867.752.220.986.756.463.526.340.218.

millones con cuarenta y siete centavos.

Volvió a enrollar el papel, se puso de pie, se acomodó la ropa, se desempolvó las rodillas, salió de su despacho, cerró la puerta con llave, caminó por un largo pasillo derruido, se cruzó con un ordenanza de uniforme marchito, agachó la cabeza a modo de saludo, subió una escalera carcomida por el olvido, atravesó un gran salón vacío presidido por el fantasma de una araña de infinitos caireles reducida ahora a un ramillete de focos quemados, cruzó en diagonal un jardín desértico, eludió una palmera, ingresó en un corredor, subió otra escalera, se acomodó la corbata y el pelo, se plantó frente a las puertas destartaladas del despacho presidencial, pidió al edecán que lo anunciara y, esgrimiendo el rollo de papel, agregó terminante:

– Es urgente.

Antes de que el edecán intentara señalarle con un confidente cabeceo los confines del fondo y la izquierda, el contador, por las suyas y sin esperar el anuncio, forcejeó con el picaporte y, por fin, ingresó en el despacho presidencial.

El Presidente dormía. Conservaba la misma posición en que lo había acomodado el edecán, las piernas extendidas sobre la puerta colocada a guisa de escritorio, la cabeza volcada sobre el pecho y la estalactita de saliva que bañaba profusamente la banda presidencial raída.

El contador carraspeó con timidez primero y, viendo que no conseguía siquiera alterar el ritmo monocorde de los ronquidos de Su Excelencia, tosió ruidosamente aproximándose unos pasos. Habida cuenta de que no había logrado el menor resultado, murmuró respetuosamente junto a la oreja presidencia

– Señor Presidente…

Nada. Al borde de la insubordinación, el contador le apoyó una mano en el hombro y lo meció suavemente. Pero lo único que logró fue que el Presidente pronunciara una frase ininteligible, salvo por la última palabra:

– …culo -dijo escueto y enigmático.

Término del cual podía deducirse, sin embargo, que estaba soñando algo relativo a su única pasión conocida: la taba. En efecto, el primer mandatario era, además del más alto funcionario público, Presidente de la ATBP, la Asociación de Tabófilos y Bochófilos por la Patria. Cargo que, muy a su pesar, tuvo que desatender en virtud de los últimos acontecimientos, es decir, la misteriosa desaparición en los cielos del gobierno anterior, motivo por el cual se vio en la obligación de asumir sus actuales funciones. Sea como fuere, el contador no podía arrancarlo de su dulce y grato sueño. Habiendo colmado su paciencia, el obcecado tenedor de libros empezó a zamarrear furiosamente a Su Excelencia, quien, por fin, aunque no se pudiese afirmar categóricamente que estaba despierto, al menos había abierto los ojos. Cuando consiguió serenarse, el contador se dispuso a hablar. Le explicó al Presidente que la administración anterior, la misma que se había perdido en el cielo más allá de la raya del horizonte, había dejado un faltante cuya cifra era tan dilatada como su propia sorpresa y, a modo de prueba concluyente, extendió el rollo frente a los inertes ojos del primer mandatario.

El Presidente escuchaba simulando atención, seguía con una mirada bovina el ampuloso movimiento de las manos del contador, asentía intentando calmar los borbotones explicativos del funcionario que hablaba de desfalco, robo, cohecho, estafa, timo, embaucamiento, hurto, defraudación, desvalijamiento, rapiña, botín, sustracción. En un maremágnum de acusaciones le explicaba que si ahora tenía que dormir en una silla de caño destartalada, decía, era porque la anterior administración se había llevado hasta el sillón presidencial, figúrese, que el mismísimo Palacio de Gobierno había sido saqueado, imagínese, le decía, que si así estaba su despacho en qué estado estarían las arcas públicas. Antes de que pudiera concluir, el Presidente lo conminó a que cerrara la boca y sin mover un músculo de la cara le ordenó que enrollara el papel, que se limpiara con él lo que él ya sabía, que lo depositara en el lugar donde correspondía y que luego tirara fuerte de la cadena. Dicho esto último, se revolvió en la silla, estiró nuevamente las piernas sobre la tabla y, dejando caer pesadamente el mentón sobre el pecho, se durmió no sin cierto fastidio.

Indignado, consternado, humillado y conteniendo la furia, el contador enrolló el papel y se retiró. A sus espaldas cerró la puerta, fulminó con los ojos al edecán, se acomodó la corbata y el pelo, bajó la escalera, ingresó en un corredor, cruzó en diagonal el jardín yermo, eludió la palmera, atravesó el gran salón vacío presidido por un triste racimo de bombitas quemadas, bajó la otra escalera, agachó la cabeza a modo de saludo, se cruzó con el mismo ordenanza de uniforme raído, caminó por un largo pasillo, giró la llave de la puerta y entró a su despacho. Exhausto, se desplomó en el sillón, que, por cierto, había tenido que traer de su estudio privado.

Entonces, en la soledad de su oficina se le impuso, como si aquel fuese el único objeto sobre su escritorio, el viejo teléfono de baquelita negra con disco a resorte que se había salvado del saqueo. Sin dejar de mirarlo, tamborileó los dedos sobre el tapete, el corazón le galopaba en el pecho de sólo imaginarlo. Con el ánimo de los héroes pensó en todos nosotros. Entonces, resuelto por fin, tomó el teléfono y disco el número de El Universal. Teníamos que saberlo, se dijo, y entonces habló.

Habló, habló y habló.


5

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Se desató el escándalo. Al día siguiente todos los diarios anunciaban desde los titulares:


FUNCIONARIO DENUNCIA FRAUDE POR 8.857.536.546.805.094.647.483.939.210.846.565.353. 029.848.484.767.324.101.919.181.888.

181.737.364.546.474.858.595.950.030.302.002.002.981.726.353.435.363.738.393.039.387.

263.534.352.829.029.484.765.774.748.588.599.686.867.752.220.986.756.463.526.340.218.


MILLONES CON CUARENTA Y SIETE CENTAVOS.


Vivimos horas de desconcierto. La mayoría nos resistíamos a creer semejante infundio, otros preferíamos no emitir juicio, algunos periodistas maliciosos sugeríamos, sin mencionarlo, que aquella gloriosa noche de diciembre, Día de la Ascensión, no fue sino un vil fraude. Lisa y llanamente se insinuaba que había sido una fuga. Se instaló un clima de sospecha. En los bares, en las oficinas, en las estaciones de tren, en los estadios, en la sala de espera de los dentistas, en los prostíbulos, empezábamos a discutir el asunto. Opinábamos las bataclanas en la televisión y opinábamos los futbolistas en las radios, opinábamos con escéptica soberbia los escritores en los despachos donde mendigábamos los subsidios de la nueva administración y el pago de los servicios ofrecidos a la anterior, opinábamos sobre el destino de aquella cifra inconmensurable, más extensa que nuestro entendimiento, pero, sobre todo, opinábamos sobre el oscuro contador que había metido su nariz de ave en los libros contables. Nos preguntábamos quién era, finalmente, aquel ignoto funcionario nacido de las tinieblas subterráneas de un despacho público, aquel que nunca había podido dejar de arrastrase entre los inmundos zócalos de una oficina e, incapaz de levantarse un ápice de la pinotea apolillada de una mísera contaduría, pretendía mancillar la altísima dignidad de Aquel que se había elevado como un espíritu de luz. Nos preguntábamos quién era esa pobre rata que siempre se había alimentado de papel de bibliorato, del veneno acre del más recóndito anonimato y ahora, de la noche a la mañana, gozaba de una notoriedad inmerecida. En las puertas de su lóbrego despacho antes desconocido y recóndito, hacíamos guardia permanente periodistas, fotógrafos, corresponsales y curiosos. Salía de su oficina envuelto en un enjambre de manos suplicantes, de ofrendas de micrófonos, de esplendorosos halos de flashes, de hipnotizados ojos de cámaras. Estaba claro, nos decíamos, que todo aquello era una gigantesca patraña del contador, urdida con miserable propósito de ganar fama. Sin embargo, a la vez, muchos de nosotros considerábamos que las pruebas del faltante eran irrefutables. Estábamos ciertamente desconcertados.

Una noche entre las noches, una pedestre noche entre las noches, todos a una vez, nos iluminamos. De pronto todo se nos presentó con una claridad meridiana. Recordamos que, durante el glorioso Día de la As censión, solamente un funcionario se había negado a seguirlos a Él y a los Doce. El Secretario de Finanzas, el doctor Orestes Morse Santagada, presa de la pusilanimidad y la falta de fe, ganado por el mismo desentendimiento que paralizó a Pilatos, había rehuido elevarse hacia los cielos. De manera que, dedujimos, debería tener otros asuntos pendientes, por cierto mucho más mundanos, más bajos y espurios. Como un Pilatos con las manos sucias, igual que un Judas artero y ladino, Orestes Morse Santagada pretendía quedarse con nuestros

8.857.536.546.805.094.647.483.939.210.846.565.353. 029.848.484.767.324.101.919.181.888.

181.737.364.546.474.858.595.950.030.302.002.002.981.726.353.435.363.738.393.039.387.

263.534.352.829.029.484.765.774.748.588.599.686.867.752.220.986.756.463.526.340.218.

millones con cuarenta y siete centavos.

La rápida mano de la Justicia habría de recaer sobre el Secretario.


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Durante semanas nos regodeamos en la vindicta imagen del doctor Orestes Morse Santagada mientras era sacado de su estudio, en vilo y con la cabeza gacha, cubriéndose la cara con las manos esposadas y metido casi a la fuerza en un camión jaula. Durante meses nos deleitamos viéndolo peregrinar maniatado entre la cárcel y el Palacio de Justicia. Y, cuanto mayor era su escarnio, más se elevaba en nuestra memoria la figura angelical de Aquel que un día glorioso habría de volver desde los cielos de la misma misteriosa manera en que se había ido. Nos cebábamos viendo cómo la mosca del escarmiento dejaba sus larvas en las escaldadas espaldas de la conciencia del doctor Orestes Morse Santagada. Nos lamíamos las patas como tigres viéndolo en el cepo ejemplificador de los noticieros, retorciéndose en la arena romana de las cadenas televisivas, ardiendo en la hoguera pública de los flashes informativos. Degustábamos el dulce sabor de la humillación, mientras asistíamos a la caída desde su antiguo pedestal de soberbia y ostentación. Lo recordábamos retratado en su sillón oficial fumando el habano de la posteridad, en el living de su mansión de provincias, flotando en la pileta de su residencia particular, navegando en su barco constituido con la madera robada de nuestras ilusiones. El doctor Orestes Morse Santagada era ahora un fantasma agostado que contaba apenas con el patrimonio de su propia sombra.

Nunca habríamos de perdonarle la traición. Él lo había sacado de aquel sórdido arrabal de provincias del que jamás hubiera podido salir por sus propios medios; Él le había confiado una Secretaría y lo había puesto a su mismísima diestra en el Palacio de Gobierno; Él había depositado en su persona la custodia del erario de todos nosotros; Él lo había honrado permitiéndole la construcción de su residencia privada en el lote lindero a la suya; Él le había legado el privilegio de bautizarlo, para nosotros, con el apodo de la Morsa, Orestes La Morsa Santagada; Él lo había distinguido con el inestimable premio de su amistad, lo había tratado siempre como a un hermano cuando, en los tiempos de la prehistoria celestial, corrían en los mismos potreros, compartían el vino de las esperanzas ensoñándose en las quiméricas ilusiones del viaje a la gran ciudad. Pisaron juntos, por primera vez, el asfalto de la capital con los ojos hechos de miedo y pasmo, cruzando las avenidas infinitas como ratas asustadas. Anduvieron por los mismos follajes púbicos abriéndose camino y respeto con el machete del tesón provinciano en los burdeles cercanos al puerto y, en una mesa de poker, se jugaron la posesión de la más codiciada de todas: María de los Perros Amor. Por eso nunca habríamos de perdonarle la traición. El doctor Orestes Morse Santagada, La Morsa, insistía en declararse inocente. Juraba, perjuraba y mostraba el forro de sus bolsillos vacíos.Antes de que el magistrado dictara sentencia, el doctor Orestes Morse Santagada se levantó del banquillo de los acusados, frente a los azorados ojos de quienes componíamos el tribunal caminó hasta el estrado llevando una gruesa carpeta bajo el brazo, se puso en puntas de pie y, asomando su calva por sobre el escritorio, murmuró ante el juez-.

– Estoy un poco harto de todo esto. Si me siguen presionando, creo que voy hablar.

Dijo esto último con una voz tan baja que no pudimos oír una sola palabra. El juez se había puesto completamente lívido. Por si fuera poco, el acusado dejó sobre el escritorio, delante de los ojos del magistrado, la carpeta que traía bajo el brazo. Su Señoría miró los manuscritos sin poder disimular una ligera mueca de pánico. La cerró, se quitó los lentes y se dispuso a dictar sentencia. Sin abundar en fundamentos ni disquisiciones técnicas, anunció:

– Declaro al acusado libre de culpa y cargo.

Si alguien en este mundo conocía como nadie a Su Excelencia, ése era el doctor Orestes Morse Santagada. Por nuestra parte, ignorábamos cuál era el paradero celestial de aquel que un día se elevó como un ángel, y cuánto más nos preguntábamos por su enigmático destino, empezábamos a descubrir que mucho desconocíamos sobre su pasado terrenal.


LIBRO SEGUNDO : CRÓNICA DE LA VIDA DEL PRÍNCIPE DESDE EL DÍA DE SU NACIMIENTO HASTA SU ASCENSIÓN

I EL ÁNGEL CAÍDO

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II LA CORONACIÓN

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<p id="_Toc108439953">LIBRO SEGUNDO : CRÓNICA DE LA VIDA DEL PRÍNCIPE DESDE EL DÍA DE SU NACIMIENTO HASTA SU ASCENSIÓN</p>
<p id="_Toc108439957">I EL ÁNGEL CAÍDO</p>
<p id="_Toc108439959">1</p>

Igual que su madre. Igual que la madre de su madre y que sus hijas. Igual que las hijas de sus hijas. Igual que todas las que habrían de salir de su entraña y de la entraña de su entraña. Igual que la primera, la Innombrable, la que con su traición condenó a toda su femenina progenie a la Maldición del Conquistador. Igual a todas las que cargaban en su vientre con el escarmiento del oprobio. Igual que toda su ascendencia, Gregoria Galimatías Salsipuedes, séptima generación del emponzoñado árbol genealógico desde los tiempos del Adelantado, parió sin siquiera notarlo durante los festejos de la Diablada. Concibió no habiendo cometido otro pecado, al menos aquella fatídica noche previa al pequeño Apocalipsis, que el de la gula. No presentó ninguna señal de preñez. Parió exenta de dolor o sufrimiento. Parió sin darse cuenta, víctima de una súbita indigestión que le había aflojado las tripas obligándola a desertar de los bailes ofrecidos en honor a la Virgen del Socavón. Fue un trámite expeditivo y corriente.

Gregoria Galimatías Salsipuedes había tenido que abandonar subrepticia y raudamente su turno en la danza del destierro de los demonios, mientras esperaba que el Arcángel Miguel la llamara para rendir cuentas junto con los que representaban a los pecados capitales. A causa, quizá, del estigma de la traición que cargaba sobre los hombros de su espuria ralea, le había tocado representar a la Mujer Diablo, la China Supay. Sin que el yatiri, que presidía la ceremonia, lo advirtiera, Gregoria Galimatías Salsipuedes, oculta tras su mefistofélica máscara, se escabulló entre la multitud de diableznos que bailaban despojados de sus fueros, extraviados en el laberinto de chicha y desenfreno por el que los conducía el brujo con su salmo monocorde. Con paso corto pero veloz, caminaba ladera arriba del cerro tomándose el vientre, envuelto en una faja de monedas, con gesto perentorio. Trepaba la pendiente luchando contra la urgencia y el molesto bailoteo burlón de un danzante ukumari que, como un tábano, la merodeaba imitando su paso. Cuando hubo alcanzado la cumbre, en la soledad de la cima mochada por el viento, se trepó a horcajadas sobre la horqueta que formaba una retama muerta y se dispuso a restituirle a la Pachamama los frutos que, en exceso, le había tomado prestados durante los festejos. Sentada en la rama con su máscara cornamentada, podía oír, como una letanía, el canto del yatiri.


Con el perdón de la Virgen

que ansia matar sus penas,

te has convertido en diablo

por la mina y sus riquezas.


Gregoria Galimatías Salsipuedes, doblada sobre sí misma, sentía que la cordillera toda le giraba en torno, víctima de los vapores de la chicha de maíz, el vino y el aguardiente. Como si proviniera del interior de su cabeza, escuchaba, multiplicados por la cifra de las paredes de las montañas, la voz mortuoria del erque, el desconsuelo de los sikus y la insistente súplica de los pincuyos detrás de la voz del brujo:


Tan pronto estás en el cielo

como danzas en la tierra,

mezclando sobre tu pecho

resplandores y tinieblas.


A través de las esferas de sus ojos de cartapesta veía, difusamente desde lo alto, el baile frenético de los kusillu, los hombres cóndor, y de las Caya Caya Warmi Auca, las mujeres guerreras. Gregoria Galimatías Salsipuedes se tomaba el abdomen y, arrellanada en la rama seca, abonaba la tierra apergaminada y mustia de la montaña. Apuntaba al cielo con los cuernos filosos de tocuyo, cola y yeso y al suelo con la cola diabólica hecha de alambre y trapo. Sabía que tenía que bajar antes de que terminara el canto del yatiri.


Tus ojos de revoltijo

son la imagen de las fieras,

con infierno y con volcanes

y abismos que no se cierran.


Bajó la cabeza, involuntariamente se miró los pies y vio que los tenía salpicados con la sangre de la llama que, en ofrenda al Tío, el Espíritu de la Mi na, había sido degollada por el yatiri durante la chaya. Viendo que el canto estaba por llegar a su fin, tensó las tripas, reunió fuerzas y se dispuso a terminar con aquel molesto trance.


La serpiente de tu mano

que cuando mira envenena,

es como el ansia de un gozo

que se divierte de pena.


Todo lo que quería Gregoria Galimatías Salsipuedes era acabar de una vez por todas con aquello y volver al baile. Envuelta en su traje de tafeta, iluminada por el sol de los Andes que se reflejaba hasta el infinito en sus charreteras de hojalata y galones dorados, en el raso de la blusa, quería ser luz y, siendo que era la mujer de Luzbel, era luz pura, pura luz.


Tus cuernos que se prolongan,

como tus brazos desean,

son de todos los pecados,

los más viriles emblemas.


El yakiri cantaba y en su liso cantar de retahila la llamaba a la danza. Sentada sobre una retama muerta más alta que el mundo, devolvía a la Pacha mama todo lo que, generosamente, la Pachamama le había regalado. Y le rogaba que ya basta, que ya estaba bien, que estaban mano a mano, le suplicaba que la dejara volver a la chaya.


La carcajada que baja

del dragón de tu cabeza,

es la expresión de la vida

hecha de risas y quejas [1]


Una vez que consideró saldada la deuda con la Madre Tierra, se incorporó, se acomodó las numerosas faldas que la envolvían como a una cebolla, esquivó de una zancada el pestilente y generoso montículo del que acababa de desembarazarse y, un poco más compuesta, emprendió el descenso del cerro y volvió a los festejos. En el mismo momento en que el Arcángel Miguel llamaba a la rendición de cuentas a la China Supay, Gregoria Galimatías Salsipuedes se reintegró al grupo de diablos y compareció ante él como si nunca se hubiese ausentado. Jamás notó que en la cima trunca del cerro, dentro de aquel cúmulo cochambroso que se confundía con el color de la tierra y el guano de los cóndores, se agitaba un sutil y regular latido que albergaba una entidad viviente.

<p>2</p>

Lo mismo hubiese dado que Gregoria Galimatías Salsipuedes pariera de este o del otro lado de la frontera. De hecho, la frontera no era sino una entelequia, un designio resuelto en una fundación celebrada abajo, en un despacho de una ciudad remota, donde alguien decidió reemplazar el nombre con el que los dioses hubieron de consagrar aquella pequeña planicie entre las cumbres a la protección del Cóndor llamándola Inti Cuntur, y rebautizarla con el inexplicable nombre de Puna de la Frontera.

Pero la frontera no era más que una conjetura, un expediente remoto y ajeno concebido en la llanura improbable de la cartografía. Sin embargo el viento iba y venía a su antojo a uno y otro lado de la divisoria imposible que no coincidía con el curso de un río o el escollo de una montaña, ni con la barrera de un idioma o la hostilidad de dos pueblos rivales, ni con el límite entre la aridez y la fertilidad o el del abismo que separa la pobreza de la miseria.

La única frontera cierta era la que existía entre el arriba del abajo. Inti Cuntur era el arriba y todo lo demás el abajo. No había oriente ni occidente. No había norte ni sur. Las nubes y sus engendros de truenos y relámpagos eran cosas que sucedían abajo, desde la profundidad de los acantilados, en las laderas que sostenían la pequeña planicie de Inti Cuntur. Lo mismo hubiera dado que Gregoria Galimatías pariera aquella inmundicia de este o del otro lado de la frontera.

Así como el espacio se dividía entre el arriba y el abajo, el tiempo se calculaba entre el antes y el después del carnaval, según lo que faltara para el próximo y los días que lo separaban del anterior. Desde los tiempos de la Maldición del Conquistador, cuando los Amawtas se petrificaron de horror ante la noticia del asesinato de Atahualpa, esperaban en cada nuevo carnaval el regreso del inca. Desde aquel cataclismo de tinieblas e ignominia, de saqueo y yugo, los guardianes de la sabiduría, los Amawtas, recluidos en su silencio de piedra, vivos en la latente quietud de la roca, habrían de volver a la humana materialidad el anhelado día del pachacuti. En cada carnaval esperaban aquel glorioso amanecer del cataclismo inverso, el segundo gran caos desde cuya tumultuosa tripa habría de restablecerse el orden del universo y entonces se rompería para siempre la negra taumaturgia del maleficio del conquistador, y el inca volvería a reinar sobre los Andes.

Igual que en los tiempos de guerra, la época del Drama, a cada enemigo capturado habrían de desollarle el rostro y cubriéndose la cara con él, prescindirían de la Comedia del carnaval, de la máscara del conquistador ridiculizado con el yeso y la cartapesta. Entonces ya no habría carnaval. Pero mientras tanto, hasta que llegara el pachacuti, tenían el artificio de la dramaturgia; la épica se disfrazaba de sainete y, a fuerza de encarnación y simulacro, acababa en la Tragedia de la muerte del Danzante.

Hubiese dado lo mismo que Gregoria Galimatías Salsipuedes, disfrazada de mujer diablo, montada sobre la horqueta de una retama muerta, pariera a uno u otro lado de la línea imposible de la frontera. La fatalidad habría de producirse de uno u otro modo.

Sin que nadie lo sospechara, se avecinaba el peor de los cataclismos.

<p>3</p>

Para la hedionda criatura, una retama muerta recortada contra el cielo crepuscular era todo el amparo que la cobijaba del viento helado que se levantaba junto con el ocaso andino. Una vicuña, mientras husmeaba los resquicios de las piedras en busca de alguna hierba seca, tropezó la curiosidad de su hocico con el despojo que palpitaba al pie del árbol. Primero lo miró con intriga, lo olfateó intentando descifrar si su incierta naturaleza era comestible. Confrontada a su propia extrañeza, la vicuña lo sacudió con una pezuña blanda y aprensiva, descorriendo el velo de estiércol que ocultaba un diminuto rostro humano. Presas de un pavor simétrico, nariz contra nariz, se medían. El niño dio su primer y estruendoso alarido que se prolongó en un llanto con el que inauguró la mecánica de la respiración; la vicuña, espantada ante el inédito espectáculo de la bosta parlante, corrió provocando un breve movimiento telúrico debajo de sus patas. El niño, envuelto en su ajuar de mierda, rodó ladera abajo y se deslizó suavemente por un talud de hierbas. A su paso, unos pequeños guijarros saltaron como un puñado de dados que, al impactar sobre el tapete de un peñasco, habrían de sumar la cifra que determinaría la tragedia. La piedra se debatió unos segundos a cara o ceca en el borde del abismo, hasta perder el equilibrio y desbarrancarse hacia el interior de la boca abierta en el bostezo milenario del volcán Wari. La roca siguió su carrera descendente hacia la negra garganta del gigante dormido, rodó hasta las profundidades donde jamás había entrado la luz del cielo y, desde la noche sin tiempo del corazón de la montaña, bajó al crepúsculo luciferino que anunciaba la proximidad de la roja lengua de lava. El volcán se conmovió en un sordo ronquido que se condensó en un soplo de humo y polvo. La vieja mole hubiese seguido durmiendo el sueño de los justos de no haber sido por una minucia geológica: la roca, en vez de seguir su curso hacia el subterráneo río de lava y fundirse como la cera de una vela, se elevó a causa de la exhalación y fue a dar al interior de un resquicio que conducía a la tripa misma del monstruo; ajena a la catástrofe que se avecinaba, se internó en el magma del volcán. Como un viejo dragón que fuese fastidiado por un minúsculo parásito ventral, la montaña rompió su plácido sueño y, sin siquiera anunciarlo, estalló en un arrebato de ira hecho de fuego. Vomitó un océano de lava sobre Inti Cuntur. Todo sucedió tan rápido que nadie tuvo tiempo de correr.

En menos de lo que separa al relámpago del trueno, el Wari envió una tempestad de roca incandescente que de tan roja era blanca, un diluvio de piedra ardiente que se abatió con la rapidez de la lengua de una serpiente sobre la alta planicie en medio de los festejos del carnaval.

La última fiesta quedó inmortalizada en estatuas danzantes, en perfectas esculturas de rientes Kusillus y Ukumaris parados en una sola pata soldada contra el suelo, en vividas cariátides que sostenían cestas de ofrendas, en pétreas efigies de hombres pájaro a punto de elevarse, en bajorrelieves de niños eternamente dormidos, en tallas calcáreas de músicos y yakiris, en nutridos grupos escultóricos que representaban el cerdo hambriento de la gula, el gallo rampante de la soberbia, el perro huidizo de la envidia y, más allá, desperdigados entre el petrificado follaje, repetidas representaciones de la lujuria, solitarias figuras prodigándose placer a sí mismas mientras contemplaban la extática conclusión de una fellatio, las más incomprensibles posiciones de a pares, de a nones, de a grupos, confundidos los cuerpos y los géneros, las edades y los parentescos. Iconos graníticos de la pasión, la piedad, la maternidad, en fin, todas las virtudes y todos los pecados imaginables. Fantásticas imágenes petrificadas de hombres que representaban sapos petrificados que habían quedado realmente petrificados. La figura petrificada de un hombre petrificado que remedaba al Amawta petrificado, era ahora piedra real.

Gregoria Galimatías Salsipuedes quedó para siempre vestida de China Supay, los brazos abiertos, adorando a un Lucifer mineralizado que, en el centro de la escena, blandía el tridente hacia el cielo enseñando los colmillos en una carcajada eterna. Proclamaba su triunfo con la diestra y, con la otra mano, extendida hacia la planicie, mostrando su obra terminada, parecía pronunciar la vieja sentencia oracular: Todo entra en la piedra. Todo vuelve de la piedra. De la tripa de la piedra, de las heladas cavernas de piedra, del interior de la sustancia pétrea de la montaña, habrán de brotar la hordas de Lucifer. Las puertas de la Salamandra habrán de abrirse un día y volverán de su tumba de piedra las plagas del gigante Wari, el Destructor, convertido en montaña de piedra. Así como el maléfico Wari, condenado a la piedra por los brazos flamígeros de Inti, envió a sus lugartenientes, las plagas representadas por el sapo, la serpiente y las hormigas, derrotados y petrificados por Ñusta, la nacida del Arco Iris, de la misma forma, habrán de regresar de la piedra.


Inti Cuntur quedó convertida para siempre en una acrópolis andina fantasmagórica, habitada por eternos danzantes inmóviles detenidos en la última cacharpaya.

Hubo sólo un sobreviviente.

<p>4</p>

Ajeno a la catástrofe que acababa de provocar, de espaldas a la ciudadela fosilizada en que se había convertido Inti Cuntur, por la ladera opuesta del cerro, el niño se deslizó serenamente sobre el suave repecho de hierbas secas. Agotado por los avatares del parto, el reciente altercado con la vicuña y la breve excursión por la montaña, el pequeño, envuelto en su hediondo ajuar, concluyó su caída a las puertas de la Salamandra. Con una sonrisa beatífica se durmió profundamente.

– Asombroso- dijo el sapo, maravillado, mientras se sacudía el polvo de la piedra milenaria de la que acababa de liberarlo el beso llameante del Wari. Encandilado por la tenue luz del atardecer y los rescoldos candentes que brillaban sobre los restos de Inti Cuntur, miraba al pequeño dormido a sus pies todavía aletargados por la quietud secular. Miraba con sus ojos salidos como abalorios y un poco estrábicos aquella criatura ínfima que acababa de provocar el ansiado cataclismo. Bostezó largamente, se estiró cuan largo era, se rascó la cabeza y de a poco fue recuperando el saludable verdor de su piel agrisada por el tiempo y el sílice. Y mientras sacudía su añosa modorra no dejaba de repetir:

– Asombroso.

El sapo rompió su ayuno de siglos estirando la lengua, todavía un poco entumecida pero lo suficientemente ágil para cazar una mosca en vuelo. Tragó su pequeña presa, soltó un eructo corto y frío, miró en derredor el paisaje de humo y destrucción y no terminaba de dar crédito a lo que veía. El sapo vestía un antiguo y abollado peto de bronce semejante al de los conquistadores. En la cabeza tenía puesto un enorme yelmo que había pasado del tinte atezado de la piedra al del óxido, debajo del cual se adivinaba un gorro coya que asomaba sus borlas Por debajo del acero. Su metálico vestuario de anacrónico guerrero contrastaba con unos pantalones colmados de parches deshilachados. Se miraba a sí mismo, examinaba sus manos, sus dedos unidos por un fino epitelio rematados en pequeñas falanges circulares. Daba pequeños saltitos, de aquí para allá, primero con la torpeza del aterimiento centenario pero, conforme se acostumbraba a su viviente condición, sus finos músculos iban cobrando tiesura y agilidad. Con un ojo miraba al niño y, a un tiempo, con el otro, contemplaba las últimas fumaradas del Wari que volvía a su sueño sempiterno. Tomó una rama seca y, hundiéndola en un delgado hilo de lava, la convirtió en un pequeño cirio con el cual encendió una fogata a las puertas de la caverna. Alzó al niño entre sus verdosos brazos; con unos ligeros lengüetazos lo lavó desembarazándolo de las costras de inmundicia y finalmente lo posó cerca del fuego. Se sentó sobre una piedra, rebuscó entre los pliegues del poncho que llevaba debajo de la pechera oxidada, extrajo una pipa de boquilla de caña y la encendió con la misma rama ardiente. Miró hacia el interior de la caverna apenas iluminada por la fogata y, a la vez que soltaba la primera bocanada de humo espeso, gritó:

– Venid, fieras del carajo, venid a salutar a nostro novo Príncipe. Levantaos alimagnas da mierda que la noite sempiterna se acabó. Sacudios el letargo de la piedra, hijos de setenta generaciones de nobles putas.

El sapo hablaba en una jerigonza que mezclaba las lenguas de la montaña con el idioma del adelantado y otras voces que alguna vez había oído y se fueron adhiriendo a su lengua pegajosa. Desde el interior de la Salamandra se escuchaba un crujido grave, una crepitación como de cimientos a punto de ceder ante un derrumbe. Viendo que nadie acudía a su invocación, el sapo elevó la diminuta antorcha por sobre su hombro y entró a la caverna que cimbraba como una mina a punto de desplomarse. El fondo de la cueva parecía un verdadero adoratorio satánico, a diestra y siniestra podían verse infinidad de alimañas montadas unas sobre otras, serpientes enroscadas en un tortuoso ir y venir por encima, por debajo, por dentro, ingresando y saliendo por los orificios de un bestiario inclasificable, incontables reptiles, insectos ponzoñosos, componían un orgiástico friso de fieras que pugnaban por salirse de su sarcófago de piedra. La Salamandra temblaba a merced de la subterránea horda de demonios que pujaba por rebelarse a la tumba de roca a la que los había condenado el Arcángel. El Sapo gritaba y, a su paso por entre las horrendas figuras, al tiempo que las golpeaba con su cetro desvencijado, las conminaba:

– Despertaos so mierdas, ved a ver la jeta de vuestro novo redentor.

La cueva trepidó y entonces la roca se partió como un huevo gigantesco. En medio una tromba de guijarros y polvo, del interior de la cascara pétrea irrumpió una horda de bestezuelas que corrían es-trellándose contra las paredes, aplastándose las unas a las otras, hasta alcanzar el exterior de la cueva.

El sapo espantaba a las bestias menores con el bastón o simplemente a patadas. Alumbrándose con su pequeña antorcha de madera y lava, buscaba a alguien entre las plagas espantadas de luz y libertad.

– Dónde estáis, reina de todas las putas -gritaba con su voz ronca y profunda-. Venid a rendir pleitesía al Hijo de Wari. A despertar.

Entonces, desde el lugar más oscuro de la caverna, asomó una sombra entre las sombras.

– Tantos años de paz, tanto tiempo sin tener que escucharte, Poquiscolla Millma Rinri [2]-dijo una voz grave y femenina-. Silencio, ya te oí.

<p>5</p>

Desde la fría negrura de la Salamandra, abriéndose paso entre una multitud de hormigas que parecían rendirle temerosa pleitesía juntando las patas anteriores por sobre las cabezas gachas, majestuosa y soberbia, hizo su aparición, después de centurias de pétrea monarquía, la Hormiga Reina. Era la soberana indiscutida de la más voraz de las plagas, la firme conductora del ejército más temido y el que mayor destrucción había causado entre los Urus, devorando casas y hasta poblados enteros, exterminando cosechas y diezmando las tierras dejándolas más yermas de lo que siempre fueron. Era, sin duda, la más fiel enviada de Wari, quien la había ungido de sus reales atributos. Y fue, también, la primera en aliarse a los aimaraes contra su propio pueblo, los Urus, la primera en traicionar a los aimaraes y unirse, a su llegada, a las huestes de Sus Majestades de España.

Erguida y magnífica, llevaba en la diestra el cetro real, tallado con la madera de la ingratitud, rematado con la empuñadura de oro y rubíes, símbolo de la traición, que el Adelantado le había obsequiado para sellar la nueva alianza. A guisa de corona, llevaba un bacinete adornado con sendos cuernos contorsionados, hechos de marfil y oro, que le cubrían las antenas. Una infinidad de collares se derramaba sobre el escote abierto que le destacaba el suntuoso busto, contrastante con la cintura, que, de tan estrecha, con los cuatro brazos puestos en jarra, podía tocarse los dedos de ambas manos ciñendo su talle. El vestido, ajustado al cuerpo, sugería unas piernas larguísimas, interminables y delgadas. Su estatura bípeda era incomparablemente mayor que la del resto de las hormigas que andaban en sus seis patas. Tenía unos ojos negros enormes y almendrados.

– Antes de dirigirme la palabra, Poquiscolla, es necesario que recuerdes que soy la Reina, ungida por el mismo Wari. Y, ante todo, que no olvides nunca tu condición de bufón -dijo la hormiga reina iluminada ahora por el fuego.

El sapo había quedado extasiado ante la belleza de la reina. De la cintura para arriba la examinaba con un ojo y, hacia abajo, con el otro. Sin acuerdo a protocolo y llevado por su vulgar naturaleza, no pudo evitar un arrebato de exaltación:

– Ah, vieja putarraquesa, soberanesa de todas las putesas, ni el tiempo ni la piedra han podido con tu voluptuosidad -y mientras daba unos saltitos en torno a la reina, vociferaba:

– Mirad qué culo mañífico, Oh Tu Maxestad, ved qué cintura tan menguada y tan estrechia tenéis.

– Según puedo ver, ni los siglos de obligado sosiego han conseguido cambiarte. El mismo idiota.

El sapo y la Reina intercambiaron rosarios de imprecaciones, advertencias, juramentos, blasfemias, insultos y pestes de toda laya. Iguales a las vacuas discusiones de siempre, como si los siglos no hubiesen pasado, como si el hecho de haber vuelto a la vida no tuviera para ellos la menor importancia. Y así hubieran seguido, maldiciéndose por otras cuatro centurias, de no haber sido porque, desde la entrada de la cueva, se escuchó un llanto estentóreo. En cuatro largos saltos, el sapo acudió al llamado de su salvador. Sopló las brasas para avivar las llamas que empezaban a languidecer y acercó al niño a la fogata. Pero viendo que la causa de tal profusión de lágrimas no era el frío, el sapo llamó a la hormiga. Con sus enormes ojos llenos de intriga y estirando las antenas por fuera de la cornamenta del bacinete, la reina miraba al pequeño desconsolado.

– Os apresento a vuestro Redentor, el Hijo de Wari que nos ha libertado de la piedra -dijo el sapo de rodillas ante el niño.

Las bestias menores, lagartos, lagartijas, culebras e insectos, se acercaban lenta y temerosamente al improvisado moisés de hierbas junto al fuego, con respetuosa curiosidad, se elevaban tímidamente en sus cuartos traseros, agitaban las aletas nasales o bien estiraban las lengüecillas atisbando el aire.

La Hormiga Reina, adivinando que el súbito berrinche no era más que hambre, lo alzó entre sus cuatro brazos, se desabrochó el escote dejando al descubierto su pequeño aguijón ponzoñoso y, con maternal cuidado, posó la boca del niño en el espolón que le brotaba del pecho como un agudo pezón. El pequeño bebía de aquel dulce veneno con un hambre voraz, como si aquella primera comida fuese a ser la última. Y a medida que comía, iba recobrando una vitalidad que se revelaba en el creciente rubor de las mejillas. Se hubiera dicho que de ese mismo venenoso calostro estaba compuesta la materia de su incipiente espíritu.

Aquella negra Natividad junto al fuego habría de verse interrumpida por una nueva llegada.

<p>6</p>

Desde las profundidades de la cueva, arrastrándose con pereza, asomó la punta de su cabeza triangular la tercera lugarteniente de las plagas enviadas por Wari: la serpiente. Todavía un poco anquilosada por los siglos de obligado letargo, miraba no sin cierta sorna aquella patética escena. Con unos ojos colmados de malicia y escéptica fatuidad, oculta en su propio sigilo, desde el anonimato de la penumbra, se complacía viendo sin ser vista. Antes de que la delatara una incontenible carcajada, con la voz en falsete dijo:

– Pero qué ternura, todavía no terminó la cacharpaya y ya empezaron los festejos de Navidad.

La serpiente se arrastró hasta los pies de la hormiga, se enroscó formando una base circular con su cola e, irguiéndose sobre su eje, le dijo acercándole la lengua bífida al oído:

– Qué pesebre viviente tan hermoso. Miren a la Virgencita -decía y enroscaba su cuello alrededor de los cuernos del bacinete de la hormiga que protegía al niño con sus cuatro brazos de la lengua filosa de la víbora.

– ¿Y este poquiscolla anda siendo el José? -susurró formando un tirabuzón alrededor del cetro destartalado del sapo.

De pronto, en un latigazo más rápido que losomnividentes ojos de la hormiga reina, la serpiente le arrebató al niño de entre los brazos y, haciendo un anélido moisés con la cola, lo acunó al borde del abismo.

– ¿Y diande han sacao a este Jesusito? -preguntó balanceándolo al filo del precipicio.

La serpiente miró al niño que dormía plácidamente en la concavidad de la cuna escamada, acercó sus narices y lo examinó con las puntas de su lengua dividida. Hizo un gesto de repulsión y sentenció:

– Esta basura que hiede a mierda no puede ser el Hijo de Wari.

Entonces transformó el canasto de su cuerpo en un cadalso y, con el extremo de la cola convertido en una soga patibularia, se enroscó en torno del cuello del pequeño y, sin otro motivo que el dictado de su viperina naturaleza, lo condenó a muerte.

Ante los espantados e impotentes ojos de la hormiga, el sapo y las bestias menores, la serpiente empezó a apretar el lazo vermiforme alrededor la garganta del pequeño.

<p>7</p>

Sin hacer caso a súplicas, ruegos desesperados, votos a Wari, ni a invocaciones a todos los soberanos de las profundidades, la serpiente se complacía dando su cáustico espectáculo frente al aterrado auditorio. Pero el niño era dueño de una calma que se diría ajena a la infantil carencia del sentido del peligro; al contrario, parecía afrontar el trance con el aplomo y la resignación de un anciano que ya hubiera vivido lo suficiente. Y cuanto más indiferencia mostraba el pequeño, tanto más parecía perder su tranquilidad la serpiente. Ella hubiera deseado una ceremonia más escandalosa, adornada de llantos y alaridos, de apremiantes sofocones y grandilocuentes convulsiones como las que suelen preceder a la muerte por ahorcamiento. Pero el niño, colgado por el cuello, bostezaba mirando de reojo a su victimaría como instándola a terminar de una vez con aquel aburrido espectáculo. La serpiente, fuera de sí y habiendo perdido el sarcasmo que la caracterizaba, se dispuso a dar el apretón final. Pero ante la pertinaz y desafiante apatía de su víctima ya no podía disimular sus propias dudas. ¿Y si realmente fuese el enviado de Wari? ¿Acaso podía esperarse tanta indiferente malicia frente a la inminencia de la muerte? ¿Y si en verdad volviera a transformarse en piedra? Sin embargo, aquello se había convertido para la serpiente en una cuestión de principios. Y parecía estar dispuesta a correr el riesgo. Finalmente, se dijo, dar un paso atrás era condenarse al descrédito frente a todas las bestias de la Salamandra.

El sapo adivinó de inmediato las íntimas cavilaciones del reptil. Supo entonces que en el resquicio del dilema estaba la oportunidad. Conocía el orgullo de la serpiente y la sabía incapaz de revocar una decisión. De modo que, se dijo, la única posibilidad era, paradójicamente, la de reemplazar aquella resolución por otra más tentadora. En el mismo momento en que el niño empezaba a pasar del blanco lívido al morado cianótico, el sapo, intentando simular calma, se acomodó el viejo yelmo, pitó largamente la pipa y envuelto en una nube de humo espeso, habló:

– Apostemos -dijo escueto y enigmático.

La serpiente tenía fundados motivos para dudar de la autenticidad del oscuro Mesías. ¿Acaso no habían confiado también en las promesas del conquistador? ¿Qué podía disuadirla del recuerdo de la traición? También en esa oportunidad se habían dejado convencer de que aquellos que habían sembrado la destrucción eran los verdaderos enviados de Wari. Había creído ver en los asesinos de Atahualpa la auténtica e indudable encarnación del gigante Wari. Y sin embargo fue el Arcángel Miguel, traído por el conquistador, el que habría de condenarla a ella y al resto de las plagas al sepulcro de la piedra.

El sapo insistía en que no podía haber dudas de que aquella criatura que acababa de liberarlos era el príncipe, el enviado de Wari; una vez más le señaló los recientes vestigios de la destrucción que el pequeño había provocado. En el preciso momento en que el sapo iba a formular los términos de la apuesta una voz de trueno irrumpió desde la boca inconmensurable de la caverna.

<p>8</p>

Todos reconocieron de inmediato aquel vozarrón atronador que parecía ser la mismísima voz de la Salamandra, como si de pronto la cueva se hubiese puesto a hablar.

– Sea o no el enviado de Wari, yo me comprometo a hacer de él un Príncipe. Voy a convertir a ese pequeño despojo de mierda, quienquiera que sea, en el Redentor de todos nosotros. Si no fuera el enviado de Wari o si fracasara en mi intento, entonces, al cabo de medio siglo, nos matarás a los dos. A él y a mí -dijo la voz que, de tan grave, hizo cimbrar a las piedras.

No había dudas: el que acababa de hablar no podía ser otro que el viejo consejero, el capitanejo Huáscar Molina Viracocha. Nadie se molestó en buscar su figura entre las sombras por la sencilla razón de que el consejero no tenía fisonomía alguna o, para mejor decir, podía ser dueño de cualquier semblante. Salvo el humano. Nadie conocía su verdadero rostro. Podía presentar la apariencia de un lagarto o la de un remanso de agua, la de una vicuña o la de un cactus. Aparecía bajo el aspecto de una imperceptible mosca o bien como un árbol gigantesco. Podía ser una pura voz o hablar, como lo acababa de hacer, a través de la boca de una cueva. Pero había sido condenado a perder su humana condición.

Cuando era hombre, Huáscar Viracocha había sido el consejero, político y militar, de Huayna Cápac y, a su muerte, de su hijo Atahualpa. Lo aconsejó sabiamente hasta el día en que previo su caída inevitable a manos del Adelantado. Entonces, viendo que su propia vida peligraba decidió, igual que lo hiciera Malinche, susurrar hacia otros oídos. Jamás supo Atahualpa que fue su propio consejero quien lo entregó a las huestes de Pizarro. Convertido en lenguaraz primero y en capitanejo después, fue rebautizado con el nombre de Xavier y el apellido de Molina. Xavier Huáscar Molina Viracocha era, ante todo, consejero. No importaba de quién. La furia de Inti Huara no se hizo esperar: como condena a semejante traición, primero lo despojó de su forma humana y luego lo confinó al sepulcro de la montaña como pura nada petrificada junto a las tres plagas.

Salido de su sarcófago de piedra, despojado de su vestidura de hombre, Xavier Huáscar Molina Viracocha ofrecía su propia vida a la serpiente. Su oficio era el de consejero y, después de años de obligado reposo, tenía frente a sí un Príncipe a quien aconsejar.

La serpiente aceptó los términos de la apuesta.

<p>9</p>

El pequeño fue bautizado como El Hijo de Wari. El consejero había establecido para el niño un severo régimen de crianza. Cuatro veces por día debía ser amamantado con el fórmico veneno. Comía con tal voracidad que costaba separarlo del negro espolón maternal de la hormiga reina. Con uñas y encías se resistía a desprenderse del agudo pezón del que brotaba la ponzoñosa leche ámbar. Desde muy temprano el pequeño había aprendido el difícil arte de la simulación: cuando lloraba no lo hacía con la franca e inconsolable angustia de los lactantes, sino con una pena histriónica y conmovedora. El consejero había notado con satisfacción que el Hijo de Wari no se desgañitaba en vanos y ensordecedores berrinches, sino que buscaba suscitar la compasión de su eventual auditorio para conseguir lo que se propusiera. Así lograba que la hormiga, exhausta y exprimida como un limón bajo la presión de las voraces encías del pequeño, le diera en cada amamantamiento hasta la última gota de su veneno y, por cierto, de sus fuerzas. El capitanejo Xavier Huáscar Molina Viracocha también había observado el notable hecho de que el pequeño se conducía hacia cada uno de los miembros de su nueva familia de un modo distinto y de la manera en que cada uno de ellos esperaba que él procediera. Así como frente a la hormiga reina se mostraba compungido y contrito para procurarse la mayor parte de alimento que le fuera posible, al sapo bufón le prodigaba tiernas sonrisas e imitaba sus payasescas morisquetas para que lo alzara en brazos. A la serpiente le lanzaba furtivas miradas de rencor y malicia, le clavaba los ojos en el centro vertical de los suyos, sosteniéndole la mirada hasta exasperarla; buscaba desafiarla y cuanto más profundo era el odio que en ella provocaba, tanto mayor parecía ser su regocijo. Con las bestias menores procedía como si no existiesen; no porque le fueran indiferentes, al contrario; disimuladamente, parecía poner la mayor atención en la multitud de reptiles e insectos, anónimos e idénticos entre sí, que transitaban por la Salamandra de aquí para allá. Con el rabillo del ojo, el pequeño los examinaba escrupulosamente; escrutaba sus dientes afilados, sus espolones agudos, los aguijones, garras, aletas cortantes y colmillos venenosos. Y cuanto más los consideraba, menos se explicaba por qué razón se sometían ciega y mansamente a los dictados de una hormiga, un sapo ridículo e inofensivo y una serpiente solitaria. El niño comprobaba que, cuanto mayor era su desprecio hacia las bestias menores, tanto más grande era la veneración que le prodigaban cuando, esporádicamente, les dedicaba una breve sonrisa o, cuanto menos,una mirada de benevolencia. Pero lo que mayor sorpresa le causaba al consejero era que, aunque tomara la forma más inverosímil, aunque pasara inadvertido para todos, el niño siempre lo reconocía. Así se mimetizara en la forma de una piedra, en la figura de una lagartija mezclada entre otras cien, así se hiciera a la imagen de una rama o de una mosca, el pequeño, invariablemente, advertía la secreta presencia de su oscuro preceptor señalándolo con su diminuta mano.

El Hijo de Wari tenía la piel cobriza de los descendientes de Atahualpa; sin embargo, detrás de los párpados rasgados destellaban unos ojos hechos con el azul turquesa del Mediterráneo traído en la madera de los barcos del conquistador. Y cada día que pasaba, el consejero se convencía con mayor firmeza de que aquel que, después de haber aniquilado a los suyos, dormía con la parsimonia de los vencedores no podía ser otro que el Príncipe.

<p>10</p>

El consejero hizo correr la voz de que había llegado el enviado, el que habría de despertar a los amawtas. Dado que podía tomar la forma de aquello que quisiera, salvo la de los hombres, se encarnó en la materia del confesionario de una iglesia y, durante la ausencia del párroco, les decía a los descendientes de Atahualpa que iban a confesarse que el ansiado día del pachacuti estaba próximo, que Atahualpa por fin había renacido, que solamente había que tener un poco de paciencia hasta que tuviera la edad suficiente. La noticia fue extendiéndose, silenciosa y lentamente, a través de los valles y de las quebradas, a lo largo de los territorios de los antiguos imperios, de boca en boca y en el idioma que los hijos del conquistador no podían entender. El Hijo de Wari, el enviado de la destrucción, tenía que ser presentado como el emisario de Inti, como el mismísimo Atahualpa, el redentor. Ocultas a los ojos de los hombres, las bestias de las profundidades, en el interior de la Salamandra, pacientemente hacían su obra.

Como merecía un príncipe, todos los días recibía de todas y de cada una de las bestias de las profundidades las correspondientes pleitesías y el trato, aunque el niño todavía no comprendiera, de "Su Excelencia".

Todos los días el consejero evaluaba la evolución del niño. Y, ciertamente, a medida que el pequeño iba creciendo en estatura y volumen, el capitanejo Xavier Huáscar Molina Viracocha podía comprobar con satisfacción los saludables resultados del estricto régimen de crianza.

<p>11</p>

El Hijo de Wari se alimentó únicamente de la maternal ponzoña de la hormiga reina hasta los tres años. El mismo día en que abandonó el primoroso pezón, comió su primer alimento sólido. Viendo que podía prescindir por completo de su nodriza y que, en consecuencia, ya no le resultaba en absoluto útil, un día como todos, sin que mediara otro motivo que la necesidad de probar el filo de sus dientes, la mató y luego la devoró. Lo hizo frente a los espantados ojos del sapo. El inesperado acto no tuvo en absoluto el valor de una ceremonia ritual ni el dramatismo de las tragedias pasionales; sencillamente, tomó de la cintura del sapo la espada oxidada y la clavó en el vientre de la hormiga reina. Con sus propias manos desprendió el maternal aguijón y, con el ánimo investigativo de los niños, examinó el saco excretor donde se almacenaba el ponzoñoso calostro. Frente a los aterrados ojos del sapo, que no podía articular palabra, el pequeño arrancaba los tibios y pegajosos órganos, todavía palpitantes, y los deglutía con voracidad. Comió hasta la saciedad, soltó un eructo medieval, volvió a hundir la espada del sapo en el tajo abierto del vientre y así la dejó, clavada y vertical como una cruz. El sapo, sin creer lo que veía, se arrodilló junto a la hormiga, que se revolvía en convulsiones mecánicas. En ese momento el niño se incorporó, caminó tranquilamente hacia el exterior de la Salamandra y entonces prorrumpió en un llanto desconsolado y ruidoso, señalando hacia el interior de la caverna. Todas las bestias de las profundidades acudieron alarmadas. Cuando entraron, pudieron ver al sapo junto al cadáver de la hormiga reina despedazada con el filo romo de la espada del bufón. La indignación fue inmediata y espontánea. El pequeño, entre sollozos, relató de qué manera el sapo había asesinado a su nodriza por sorpresa y sin piedad. El odio brillaba en los centenares de ojos de todos los habitantes de las profundidades. El sapo escuchaba en silencio. Nada dijo en su defensa; conocía la naturaleza del pequeño príncipe y -se dijo-debió haber sabido que, más tarde o más temprano, habría de suceder. La serpiente asistía a la iracundia general de las bestias menores no sin cierta íntima euforia. Ahora sí, finalmente, habría de ocupar el lugar de la reina de la caverna.

En un espontáneo, unánime y tácito juicio sumario cuyo veredicto ya estaba resuelto por anticipado, el sapo fue ejecutado a manos de la furia popular.

La serpiente, enroscada sobre sí misma, considerando el caos en que se había convertido la Salaman dra, se dijo que era aquella una buena oportunidad para desembarazarse del pequeño obstáculo que la separaba del trono. Imperceptiblemente se fue arrastrando hacia el Hijo de Wari, que asistía a la ejecuciónde su fiel bufón, aquel que le había salvado la vida y que ahora ofrecía el último número, el de su propia inmolación, para la algarabía del príncipe. El reptil se arrastraba hacia el niño calculando el lugar exacto de la mordedura. Cuando estuvo seguro de que nadie lo veía, abrió la boca de par en par -su lengua fulguró en la oscuridad- y en un movimiento tan rápido como el recorrido de un látigo, hundió los colmillos en la tierna carne del niño. El Hijo de Wari sintió un ardor en el muslo e inmediatamente vio la marca par de la serpiente. Entonces, en medio del aquelarre de bestias que se disputaban la carne desgarrada del sapo, se sentó sobre una piedra a esperar la muerte. Efectivamente, en pocos segundos, pudo ver cómo el reptil se asfixiaba mordiéndose la lengua bajo el efecto devastador de las ínfimas gotas de la sangre del niño, mucho más letal que el ofídico veneno.

Mezclado entre la multitud de bestezuelas, el consejero, encarnado en la forma de una hormiga minúscula, miraba a su protegido con orgullo paternal.

<p>12</p>

El pequeño príncipe reinó entre las bestias de las profundidades bajo la severa mirada de su protector. Después del pequeño Apocalipsis, la destrucción de los suyos y la de su pueblo, Inti Cuntur; después de erigirse como el único enviado de Wari exterminando a la hormiga, la serpiente y el sapo, el pequeño príncipe llevó una existencia sosegada, diríase larvada, latente, semejante a la de los gusanos que se preparan para la metamorfosis. Encerrado en su reino oculto en la profunidad de las montañas, protegido entre las oscuras paredes de la Salaman dra, el príncipe se preparaba, silenciosa y secretamente, bajo el consejo de su tutor, para el Gran Apocalipsis.

Cuando el consejero determinó que el Príncipe tenía la edad suficiente, decidió que era hora de que abandonara la Salamandra y partiera a mezclarse entre los hombres. Lo único que habría de llevarse consigo eran las modestas ropas que tenía puestas y solamente un objeto, el que él decidiera. Pero sólo uno. Tenía que ser una elección sabia, le advirtió el consejero, ya que no tenía posibilidad de arrepentirse. El Hijo de Wari no dudó un momento. Bajó a las ruinas de Inti Cuntur, caminó sobre los restos del apocalipsis que él mismo había provocado algunos años antes, se abrió paso entre las figuras petrificadas de aquel carnaval eternizado y se detuvo frente a la efigie danzante de su madre, Gregoria Galimatías Salsipuedes. Así, disfrazada de China Zupay, bañada en la liviana piedra volcánica del Wari, frente a frente, el príncipe comprobó que la había superado en estatura. En aquellos pómulos generosos y planos, en sus ojos rasgados, en sus labios gruesos, el joven Hijo de Wari pudo reconocer su propia fisonomía. La tomó por la cintura, calcárea y áspera, y la estibó sobre el hombro como quien cargara un contrabajo.

Con ese único equipaje bajó de los cerros hasta llegar al largo y tortuoso camino que habría de conducirlo al lejano pueblo que estaba al pie del valle. Caminaba seguido por una legión de reptiles e insectos que salían de la Salamandra y, a su paso, se fueron sumando toda clase de alimañas que andaban por los cerros.

Su tutor, el capitanejo Xavier Huáscar Molina Viracocha, encarnado en la forma de un cactus, lo despidió como si fuese la última vez que habrían de verse. Pero ambos sabían que no sería así.

<p>13</p>

El Hijo de Wari hablaba la lengua de los suyos y la del conquistador. Sin embargo, nunca había visto a un semejante. Ni siquiera en la persona de su tutor, Xavier Huáscar Molina Viracocha; lo había reconocido en las formas más diversas e inverosímiles, pero jamás lo vio encarnado en hombre. Conocía la forma humana por haberse visto a sí mismo reflejado en el agua o en el metal. Pero, desde luego, ésta no era sino una visión parcial y fragmentada. La rígida imagen de Gregoria Galimatías Salsipuedes, cargada ahora sobre su hombro, le devolvía apenas un poco de su propio aspecto. Pero de hecho ignoraba, en términos generales, cómo eran los hombres. No conocía ninguno de los humanos oficios porque, a decir de su tutor, salvo el de las estratagemas, un príncipe no debería ni siquiera verse tentado de saber ningún otro. Para eso estaban los subditos.

En su camino se cruzó con el primer congénere que habría de ver: un solitario pastor de llamas. Se miraron con simétrico asombro: el uno no podía entender qué hacía un hombre caminando por la ladera de la montaña, seguido por una legión de reptiles y llevando una estatua al hombro; otro, en cambio, no se explicaba por qué razón un hombre se dejaba someter por unos animales tan estúpidos y desagradables. Se dijo que si aquellas bestias de mirada cretina eran capaces de sojuzgar a los hombres haciéndose alimentar por ellos, si podían obligarlos a que las protegieran de los animales salvajes y les procuraran, en fin, toda clase de cuidados por el solo hecho de que resultaban útiles, a él -se dijo el Príncipe- habría de serle mucho más fácil todavía ganarse el favor de sus semejantes. De hecho, recordaba que su tutor una vez le había dicho que la utilidad no era sino un puro espejismo.¿Tiene el príncipe alguna utilidad? Esta pregunta es vana para el príncipe, aunque crucial para el vulgo. De modo que es menester que el vulgo jamás llegue a cuestionarse tal asunto. Carece de toda importancia que la investidura del príncipe sea, en sí misma, útil o completamente inservible; lo verdaderamente importante es que el príncipe pueda convencer a los demás de la propia utilidad de su existencia, al punto de parecer absolutamente imprescindible, siempre que tal esfuerzo redunde en su propio provecho. Por ejemplo, si alguien nos resultara indispensable, lo primero que deberíamos hacer es invertir la situación y convencerlo de que, en realidad, nosotros somos imprescindibles para él.


Sintió un inmediato y profundo desprecio por los pastores y una proporcional admiración por las llamas. Su consejero le había enseñado a valorar la estupidez y, en consecuencia, a desdeñar la inteligencia:


El príncipe tiene por función establecer los dogmas, siempre irracionales pero de suma utilidad para el ejercicio del poder. Conviene dejar en manos de los "inteligentes" el fundamento racional de los dogmas. Trátese del origen del Universo o de la aplicación de un nuevo impuesto, nunca faltará un filósofo, un teólogo o un jurista que explique por la razón lo que elpríncipe promulga por la fe o, llegado el caso, por el uso de la fuerza.


El encuentro con su primer semejante persuadió al joven Hijo de Wari de que no habría de resultarle en absoluto difícil convencer a los demás de que él era, en verdad, imprescindible.

<p id="uno">14</p>

El joven Hijo de Wari había caminado durante una jornada completa siguiendo el sendero tortuoso que zigzagueaba por la ladera de las montañas. Estaba exhausto y hambriento. Era noche cerrada cuando, hacia el final del camino que descendía hacia una profunda hondonada cruzada por un delgado hilo de agua, vio las primeras luces del pueblo. Impulsado por la brusca pendiente, el hambre y la fatiga, el Hijo de Wari apuró el paso hasta el talud donde se iniciaba el bajo caserío que se extendía, blanco y desigual, al pie de los cerros. Las casas estaban vacías y las calles desiertas. Desde un lugar incierto aunque cercano se escuchaba la música de los erques y los bombos que resonaba contra la falda de los cerros, subía y parecía descender desde el cielo. Era la fiesta de las Alesitas. El Hijo de Wari se aventuró por una callejuela y, más allá de la iglesia que se elevaba por sobre los techos exhibiendo su único campanario huérfano de campana, en el centro de la plaza, pudo ver el enorme fogón en torno al cual la gente bebía, cantaba y bailaba. Se le hizo agua la boca cuando vio una enorme olla, de un diámetro semejante al de su hambre, donde se cocía una yantar hecha de maíz y gallina, de papa y cerdo y de cuanta cosa tuviese una consistencia comestible. Más allá, a los costados de la plaza, se levantaban los enclenques puestos de la feria de las Alesitas. Desde una de las recovas que circundaba la plaza, el Hijo de Wari veía las tiendas donde se apiñaban incontables miniaturas hechas con el barro cocido de los anhelos: casitas blancas con techo de tejas, diminutos fajos de dinero, hombrecitos vestidos de novio, camiones del tamaño del pulpejo de un meñique, botellas de vino de la circunferencia de un clavo, llamas, vicuñas y ovejas agrupadas en manadas liliputienses y centenares de enseres minúsculos que la gente pagaba con el cobre único de sus esperanzas. Envuelto en la sombra de las columnas de la recova, el Hijo de Wari veía las mesas forradas de felpa púrpura diezmada por las polillas, donde los tahúres hacían su número de prestidigitación cobrando en contante y sonante a expensas de la candidez de los apostadores. Más allá, debajo de un toldo marchito, una fila de hombres esperaban su turno para tirar al blanco con un rifle de caño deliberada y sutilmente torcido. Obnubilado por el perfume que rezumaba la olla, el Hijo de Wari volvió a levantar a Gregoria Galimatías Salsipuedes, caminó hasta al fogón y, como ella misma lo hiciera en vida tantas veces, ofreció el cuerpo de su madre, ahora convertido en estatua, a cambio de un plato de comida. Sin terminar de convencerse, la vieja cocinera llenó un plato hasta el borde, se apuró para que no hubiera tiempo para el arrepentimiento, le agregó todos los condimentos que tenía y lo puso ante de las fauces hambrientas del Hijo de Wari. La vieja se quedó contemplando la magnífica escultura de la China Supay que acababa de adquirir y se dijo que aquel había sido el mejor negocio que jamás hubiera hecho.

El Hijo de Wari no había pasado inadvertido. Como si se tratase de un número más de todos aquellos que ofrecían sus habilidades a cambio de unas monedas, la gente se paraba a mirarlo. Era un extraño espectáculo verlo comer, sentado junto al fogón, rodeado de lagartijas de todos los tamaños y colores trepándose sobre sus hombros, de serpientes que se le enredaban alrededor de los tobillos y de las muñecas, de hormigas que formaban un círculo en torno a su famélica persona, de sapos, ranas y escuerzos que le saltaban de aquí para allá por sobre las rodillas. Antes de que hubiera terminado de comer, el Hijo de Wari levantó la vista del plato y notó que se había formado un nutrido grupo de curiosos queesperaban que aquel anónimo forastero hiciera su número.

Y no habría de hacerse rogar.

<p>15</p>

El Hijo de Wari se limpió la boca con el reverso del extremo del poncho y, con el ánimo recobrado después de haber comido hasta la saciedad, se detuvo a contemplar los rostros expectantes que se reunían en torno a él. Luego miró por sobre las cabezas y vio la cruz que remataba el campanario sin campana de la iglesia recortada contra la montaña. Consideró otra vez a los embaucadores que cambiaban una quimera por dos monedas, a los que vendían dos promesas diminutas al precio de cuatro certezas de cobre circular, a los que adivinaban la suerte en las tripas de los fetos de llama. Entonces pudo ver en los ojos de todos aquellos que se apiñaban a su alrededor el brillo candoroso de aquel que, en su desesperación, está dispuesto a cegarse para ver lo que anhela ver. El Hijo de Wari recordó las palabras de su tutor:


Nada suscita en el vulgo más ciega e incondicional lealtad que la mágica materialización de lo imposible. No existió profeta ni Mesías que no apelara al recurso del milagro para multiplicar la fuerza de su prédica. De todas las artes que debe conocer el príncipe, la magia es la más simple, la menos onerosa y la más deslumbrante arma de persuasión. Un príncipe puede ser respetado como estratega, venerado por su magnanimidad, puede ser reverenciado y obedecido por el temor o imponerse por la fuerza de las armas, pero todos caerán rendidos a los pies de aquel que abre las aguas de los mares, del que levanta los muertos de las tumbas, del que multiplica peces y panes, del que convierte en piedra al enemigo o, simplemente, del que hace aparecer baratijas entre sus manos para arrojarlas a la multitud. En fin, un príncipe no puede ser menos que un mago de poca monta.


El Hijo de Wari se incorporó ante la mirada expectante de la concurrencia que se había reunido espontáneamente. Todos retrocedieron un paso cuando los reptiles se descolgaron de la humanidad del joven desconocido desparramándose tumultuosamente. No tenía una gran estatura ni una estampa fornida; sin embargo, pese a su juventud, infundía un respeto cercano al temor. Su piel cobriza y su aspecto general no lo diferenciaban de los lugareños. Pero había algo indescifrable en sus ojos rasgados por la estirpe del Oriente que, teñidos con el color del Mediterráneo, le conferían una mirada insondable. Algo había en sus labios, inflamados con la sangre tórrida de los moros, que contrastaba con la frialdad de su expresión. Seguido por sus bestezuelas y, a una distancia cautelosa, por la pequeña multitud de curiosos, traspuso el perímetro de la plaza y caminó hasta llegar a la falda del cerro. Se sentó sobre una piedra y extendió los brazos para que se treparan las serpientes y las lagartijas. Cuando el público terminó de completar un semicírculo a su alrededor, tomó una culebra y empezó a apretarla en forma longitudinal desde la cola hacia la cabeza. Frente a los ojos absortos de la concurrencia, cuando apretó la garganta de la víbora obligándola a abrir la boca de par en par, extrajo de su interior un anillo que tenía el resplandor del oro con una piedra engarzada del tamaño de un garbanzo. Puso el anillo en la pata de un sapo y ante los ojos atónitos de todos, el sapo miró a cada uno de los asistentes, decidió y, serenamente, saltó hasta los pies de una mujer. Dejó el anillo delante de sus zapatos y volvió al lado del Hijo de Wari. La mujer se agachó, levantó el anillo del suelo y, sin saber qué hacer, miró desconcertada al joven mago. Sin emitir palabra, el amo de las bestias sonrió, asintió y así le hizo entender a la mujer -que parecía no poder cerrar la boca- que la joya le pertenecía. Antes de que el auditorio pudiera sobreponerse, hizo aparecer de la boca de la serpiente docenas de aros, collares, alianzas y hasta zapatos para los asistentes que, en su mayoría, estaban descalzos o llevaban unas sandalias miserables. Pero, salvo los anillos y los collares, el Hijo de Wari hacía aparecer sólo un objeto del par. Repartió decenas de zapatos derechos, de aros dispares, de gemelos únicos y de alianzas solamente para uno de los cónyuges. Cuando hubo terminado su número, dos ranas tomaron un sombrero por el ala y, saltando entre la multitud de piernas, recogieron las monedas que la gente sacaba de sus bolsillos. Era un silencioso enigma para qué habrían de servirle al joven nigromante aquellas miserables monedas, mucho menos valiosas que la más pobre de las alhajas que acababa de materializar. Cuando terminó de recolectar su menesteroso cobro, les dijo que guardaran cuidadosamente los objetos hasta su próxima vuelta al pueblo. Sin hacer caso a súplicas ni ruegos en contrario, el Hijo de Wari se dispuso a partir. Antes, sin embargo, volvió a la plaza, caminó hasta el puesto de la vieja cocinera y le compró la estatua de su madre, Gregoria Galimatías Salsipuedes, al doble de lo que valía el plato de comida por el cual se la había vendido.

<p>16</p>

Y así, vendiendo a su madre cuando era necesario y volviéndola a comprar: haciendo aparecer de las fauces de los reptiles las promesas impares que algún día habría de completar, caminando de pueblo en pueblo, durmiendo al sereno rodeado por sus bestias, poco a poco el Hijo de Wari logró que su nombre fuera viajando de boca en boca. Esperaban su regreso los que ya habían visto su número y, en los pueblos donde todavía no había estado, anhelaban el día de su llegada. Lo recibían como a una eminencia y lo despedían con interminables saludos. Los alcaldes e intendentes buscaban hacerse ver a su lado. Nadie sabía dónde había nacido, pero todos se diputaban el origen de su cuna. Las mujeres más viejas decían haberlo asistido en el parto, las más jóvenes insinuaban con evasivos silencios algún romance furtivo o una nocturna y misteriosa incursión de alcoba. Los hombres aseguraban guardar el secreto de su magia en una confesión de chicha amarga. Habían quienes presentaban las baratijas heredadas de su abuela como materializaciones del Hijo de Wari. Los cuatreros afirmaban que el ganado cuyo origen no podían confesar, había sido una dádiva del joven mago. Y todos aquellos que realmente conservaban un objeto impar gestado en las fauces de la serpiente, lo guardaban como la mitad de un pequeño tesoro que habría de consumarse el día de su prometido regreso.

Y así, caminando durante el día y durmiendo al sereno durante la noche con el único abrigo de sus reptiles, a medida que avanzaba por la cordillera y llegaba a nuevos pueblos, en la misma proporción,iba creciendo su acervo. Las monedas, poco a poco, fueron convirtiéndose en atados de billetes cada vez más voluminosos.

Su joven rostro empezó a verse en las tallas de los paganos relicarios de yeso que se vendían en las ferias y en las miniaturas de las Alesitas; invocaban su nombre en las oraciones para pedir el favor de los ángeles o desatar la ira de los demonios. Su fugitiva estampa aparecía en las aguafuertes, junto a las de los santos, entre las velas de las Misas Blancas oficiadas por los yatiris y en las Misas Negras celebradas por los brujos. Si llovía sobre los secos cultivos, era por obra y gracia de las invocaciones al Hijo de Wari. Si en cambio la sequía ajaba la tierra hasta estrangular los sembradíos, era porque no habían sido lo suficientemente gratos con el Hijo de Wari en sus oraciones.

Y cada vez que llegaba a un pueblo se festejaba hasta la madrugada como si se hubiera adelantado el carnaval.

Y cada vez que, seguido por sus bestias y cargando la cariátide de su madre petrificada, se alejaba por el camino de los cerros, lo despedían con la misma congoja con la que se celebraban los funerales de los niños.

Y así anduvo hasta haber visitado todos los caseríos que se desperdigaban, como dijes de un collar, alrededor del largo cuello de las montañas. Nunca estuvo dos veces en un mismo pueblo. A su paso había dejado un extenso reguero de promesas únicas y asimétricas iguales a la flor del cardón que abre sus pétalos al viento, esperando el polen dulce del apareamiento.

Y entonces, cuando todos esperaban su regreso, sin que nadie pudiera predecirlo, el Hijo de Wari desapareció de la faz de la Tierra.

<p>17</p>

Nada volvió a saberse del Hijo de Wari. Nadie lo vio en ninguno de los pueblos que había visitado ni tampoco en aquellos que se alejaban de la falda inhóspita de la montaña. Nadie volvió a ver su furtiva estampa entre los cerros. Y conforme pasaba el tiempo y se dilataba su ausencia, en la misma proporción, iba creciendo el recuerdo de su figura y la añoranza en los corazones tocados por su cetro impar. Su nombre empezaba a pronunciarse en las ciudades a uno y otro lado de las fronteras. En la memoria difusa del anhelo, su magia sencilla se había trasformado en verdaderos milagros; su silencio enigmático era recordado entre los pobres como una prédica vindicatoria; entre los ricos, como un mensaje de eterna prosperidad; entre las mujeres, como una diatriba contra el injusto yugo; entre los jóvenes, como una apología encarnada de la efébea condición; entre los ancianos, como una exhortación a la honra de la vejez; entre los hijos de Inti, como grito de rebelión contra el blanco, y entre los blancos, como un declarado asentimiento al ancestral señorío sobre los descendientes de Atahualpa.

Y así, a medida que se dilataba la espera, cada día que pasaba se multiplicaba el volumen de la desazón y el número de los que guardaban una vigilia esperanzada y paciente.


La materia del príncipe debe estar constituida por la misma substancia de la que están hechas las promesas. El valor de la promesa no ha de estar dado por su cumplimiento, sino, al contrario, por su dilación indefinida en el tiempo. Una promesa cumplida genera en el vulgo, al contrario de lo que indicaría el sentido común, una profunda decepción. No existe obra más magnánima que aquella que reside en la imaginación. La realidad nunca puede superar en perfección a la idea. De manera que cuanto más ideales e irrealizables sean las promesas, tanto más fuerza tendrá en las ilusiones del vulgo. Siempre será mucho más tenido en estima aquel que se presente como un idealista soñador que el que concrete en la realidad sus obras que,irremediablemente, siempre se verán más torpes y deslucidas que la idea que de ellas había generado. Una mujer siempre es más bella, más sublime y deseada mientras nos es ajena. Su encanto disminuye ni bien conseguimos tenerla en nuestros brazos. A tal punto esto es innegable que las propias Tablas de la Ley nos prohiben, no ya a la mujer del prójimo, sino al propio deseo sobre ella. Un objeto nos será apetecible cuanto más se dilata nuestra espera y, al contrario, se desvanecerá el interés sobre él tan pronto como lo poseamos.

La propia figura del príncipe deberá obedecer a este principio. Tendrá que entregarse al vulgo con la misma etérea perfidia de una mujer fatal. Alternativamente deberá mostrarse enamorado de sus subditos y, al día siguiente, evasivo y escurridizo del fervor popular. Nunca un amante puede mostrarse posesivo y mendicante de amor. El príncipe debe proceder como el amante perfecto: si para conservar la estima del vulgo tiene que posponer el cumplimiento de una promesa, habrá de estar dispuesto, también, a privar al vulgo de su propia presencia para hacerla infinitamente más deseable.


Siguiendo los consejos de su tutor, Xavier Huáscar Molina Viracocha, el Hijo de Wari decidió diluirse por un tiempo de este mundo para consolidarse en el espíritu de sus seguidores.

<p>18</p>

Más de tres interminables lustros permaneció el Hijo de Wari en un hermético retiro. Nadie, ni siquiera su fiel consejero, conoció el recóndito lugar de su aislamiento. Hubo toda clase de especies y rumores en torno a su paradero. Los alfareros, que bajaban para vender sus artesanías al pueblo del otro lado de las montañas, decían que decían los viajantes que iban a la ciudad que decían los que iban al otro lado de la frontera que los que cruzaban el río ancho decían que decían los que viajaban a la capital que decían los que atravesaban el océano que lo habían visto, llevando la estatua de la China Supay a cuestas, seguido por su cohorte de lagartijas, sapos e insectos, haciendo aparecer de la boca de la serpiente aros, alianzas, gemelos, zapatos y toda clase de impares a la espera de su pareja. Decían que decían haberlo visto caminando por las escarpadas laderas de las Rocallosas y bordeando los infinitos precipicios del Himalaya, decían que decían haber visto su paso decidido a través de la cintura de los Urales y entre las cumbres cercanas al Monte Ararat.

Pero éstas no eran más que habladurías. Lo cierto fue que durante tres eternos lustros nadie, absolutamente nadie, volvió a saber de su existencia.

<p id="_Toc108439960">II LA CORONACIÓN</p>
<p>1</p>

Un lejano día entre los días, desde el sendero que bordeaba los cerros, fue acercándose una silueta que, conforme avanzaba, iba apareciendo y desapareciendo por encima y por debajo de los horizontes sucesivos que imponía el tortuoso relieve del camino. Era un hombre montado sobre una mula de grupa cuadrada y vientre inflamado, cargada con una alforja a cada lado. Todo el pueblo estaba reunido en la plaza en torno a la glorieta. Abúlicos y un poco a desgano agitaban pancartas y banderines que llevaban escrito el nombre del intendente. La banda de vientos sonaba estridente y voluntariosa, aunque parecía no guardar un criterio unánime de armonía ni arreglo a compás alguno. El intendente, mientras ensayaba disimuladamente y para sí los numerosos folios del discurso que se preparaba para leer, cada tanto sonreía y saludaba a la multitud. Nadie había prestado atención al hombre que, lentamente, iba bajando por la ladera del cerro.

Cuando la banda concluyó su irreconocible pieza, dejó lugar al presentador oficia un hombrecito bajo que vestía un traje raído y que era la voz del pronóstico meteorológico de la radio de la ciudad, aquel que desde hacía incontables años repetía invariablemente:

– Tiempo bueno, cálido y cielo despejado durante el día. Frío por la noche.

Y ahora, en su papel de presentador oficial de los actos de campaña del intendente, no podía evitar un ligero espasmo nervioso en los labios que opacaba su decir cristalino y radiofónico.

El intendente era inamovible como las montañas sobre las que se recortaba su obesa persona, blanco como las nieves eternas que las coronaban y tan antiguo en su función como la memoria del más longevo de los asistentes al acto. Desde siempre, invariablemente una vez cada cinco años llegaba desde la ciudad, leía su discurso -siempre el mismo-, no sin cierta indisimulable aprensión besaba las mejillas de los niños, abrazaba a las mujeres, estrechaba la diestra de los hombres, personalmente servía vino y empanadas, repartía las boletas electorales que llevaban su nombre y, finalmente, se iba antes del anochecer llevándose las voluntades de los lugareños hasta el próximo lustro. El intendente tenía la flotante materialidad de las boyas de los pescadores de los rápidos que bajaban de las cumbres: había sobrevivido en su puesto a las turbulencias más feroces; sabía subirse a los tanques de los vencedores y bajarse a tiempo, cuando la corriente empezaba a cambiar.

Nadie se había percatado de la presencia del recién llegado, hasta que los cascos de la mula sonaron contra el empedrado de la plaza rompiendo el silencio ceremonioso que precedía a la palabra del intendente. Alguien entre la multitud giró la cabeza por sobre su hombro; no pareció otorgarle ninguna importancia al desconocido hasta que vio la delgada línea de reptiles que seguían a la mula en imperceptible caravana. Entonces, cuando buscó el rostro del jinete, que estaba cubierto por el ala del sombrero, pudo distinguir entre los pertrechos que llevaba en bandolera, la cabeza cornamentada de la China Supay.

<p>2</p>

El niño que se había alejado por aquel mismo camino hacía más de tres lustros, tenía la misma inexpugnable expresión del hombre que ahora miraba a la multitud como si nunca se hubiese ido. Detrás de aquellos párpados que llevaban el estigma oblicuo del Oriente brillaba el azul de sus ojos, como dos gotas del Mediterráneo caídas en el desierto moro de su piel, ahora quebrada por el paso de los años. La multitud giró lentamente sobre sus talones y de a poco formó un semicírculo en torno al Hijo de Wari dejando la plaza vacía y los banderines y pancartas tirados en el suelo. El intendente miraba azorado por encima de los lentes de leer. Carraspeó frente al micrófono, lo golpeó con el índice pero no consiguió suscitar, ni siquiera, la atención de los músicos, que iban abandonando la pérgola embanderada. Todos conservaban, como un talismán que siempre llevaban consigo, las alhajas impares, las alianzas y los aros únicos, los gemelos solitarios y hasta los zapatos derechos que había materializado el Hijo de Wari hacía más de quince años. Todos suplicaban su magia extendiendo los brazos, mostrando los tesoros singulares, implorando la multiplicación del milagro.

Al Hijo de Wari no le hubiese demandado ningún esfuerzo tomar a su serpiente por el cuello y extraer de su boca el par complementario de cada una de las baratijas. Pero sabía que la mejor forma de cumplir una promesa no era mediante su realización, sino por medio de la formulación de otra promesa. Ante la mirada suplicante de todos, se apeó, abrió una de las alforjas que colgaban de las ancas de la muía y extrajo un grueso atado de billetes. Los liberó del cordón, los rompió por la mitad y los lanzó al aire formando un tropel tumultuoso que se desesperaba por hacerse de la mayor cantidad de fracciones de papel. Y así, fue desatando fajos de billetes, rompiéndolos al medio y arrojándolos al aire hasta vaciar por completo el contenido de las alforjas. El intendente, petrificado, miraba el triste espectáculo de sus boletas electorales desparramadas indolentemente por el suelo, pisoteadas y destrozadas por la multitud.

Durante su dilatada trayectoria hecha de marchas y contramarchas, de avances y retrocesos, de alianzas y de traiciones, el intendente había tenido que enfrentarse a diversos contratiempos e imponderables. Pero ahora, viendo cómo su autoridad quedaba vilipendiada bajo los pies descalzos de la turbamulta que obedecía a los inexplicables arbitrios de un bufón, cayó en la trampa como un bisoño inexperto. Personalmente ordenó al teniente que comandaba la pobre tropa que velaba por la seguridad del acto, que detuviera de inmediato al revoltoso.

El Hijo de Wari vio cómo el escuálido piquete trotaba hacia él y no solamente no hizo nada por evitarlo sino que fue a su encuentro. La multitud se aferraba a las vestiduras del Hijo de Wari intentando liberarlo de sus captores. Pero conforme intentaban interceder, recibían una lluvia de golpes de bastón y hasta culatazos de fusil. Finalmente el reo pudo ser arrancado de las manos de sus castigados protectores y conducido hasta la cárcel de la intendencia de la ciudad al otro lado del cerro.

Al viejo intendente no habría de alcanzarle lo que le restaba de vida para arrepentirse.

<p>3</p>

Fue durante su cautiverio en la cárcel de la intendencia donde el Hijo de Wari se ganó el apodo de Madre de Dios. La celda era un cubículo hediondo y oscuro donde apenas cabían las humanidades verticales de los cuatro presos que se apiñaban antes aún de que llegara el quinto. Eran cuatro cuerpos que se dirían despojados de alma. El carcelero que había conducido al Hijo de Wari hasta la celda, lo trataba con el respeto con el que se dirigiría un edecán a un mandatario. Llevaba una cadena alrededor del cuello desde la cual pendía un gemelo solitario que, quince años antes, había sido sacado de la boca de la serpiente por aquel a quien, ahora, mientras lo conducía hacia la celda, no se atrevía a tocar siquiera. Nadie ignoraba quién era el nuevo preso. Sus compañeros de celda, cuatro estafadores de poca monta que entraban y salían de la cárcel según el intendente necesitara o prescindiera de sus servicios, miraban al Hijo deWari con una devoción que se hubiera dicho religiosa, con la misma admiración que un aprendiz le profesa a su maestro. Uno por uno se fueron presentando con una suerte de reverencia improvisada que concluía con un espontáneo beso en la diestra del maestro. El más joven, un tipo regordete de mejillas rojas e inflamadas, parecía ser el que llevaba la voz del grupo. Se había presentado como Orestes Morse Santagada. Le decían La Morsa. Hablaron poco. O nada. Sin embargo, nunca más, hasta el entonces lejano día de la Ascensión, habrían de separarse.

Afuera, la gente iba llegando hasta las puertas de la intendencia para exigir la liberación del mártir. Llegaban desde los huecos más recónditos de la montaña a lomo de muía, cruzaban los cerros de a pie y, en la misma medida en que se dilataba el confinamiento del Hijo de Wari, crecía la multitud que se agolpaba frente a la intendencia. La noticia había llegado hasta la capital. Sumido en la confusión, el intendente hizo llevar al reo a su despacho. Sentado frente al inculpado, el viejo funcionario no podía evitar sentir la mirada de su interlocutor como el filo de una guillotina que caía sobre su cuello. El intendente fue escueto: prometió liberarlo solamente si abandonaba, no ya la ciudad, sino el vasto perímetro de la provincia y bajo la condición de que nunca más en su vida habría de volver a pisarla. El Hijo de Wari rió con ganas.


Existen dos modos de explotar para el provecho propio el potencial del prójimo del que podemos servirnos. Todo hombre presenta una arista visible y otra recóndita. En virtud de este lado evidente podemos conocer su utilidad manifiesta: puede ser rico o pobre, sabio o ignorante, soberbio o humilde, de franca disposición para el trabajo o completamente holgazán, sensato y cuidadoso de las apariencias sociales o promiscuo y de ordinarias costumbres. Pero puede que éstas no sean sino apariencias. Sobran los ejemplos de hombres que a la luz del día son respetables y cuidadosos de las formas sociales y, por las noches, revelan furtivamente sus inconfesables costumbres. Hay hombres avaros, dueños de secretas fortunas, que aparentan indigencia con el propósito de ganarse la compasión y evitarse el desembolso de un centavo e, inversamente, existen hombres que aparentan riqueza para gozar del crédito y la consideración que de otro modo serían incapaces de obtener. Para aprovecharnos de las virtudes evidentes de nuestros semejantes deberemos, primero, conocer sus miserias más secretas. Y, si en cambio, sus miserias nos fueran de utilidad, deberemos presentarlo a los ojos públicos como un hombre probo, ya que nadie sentaría a la mesa de su familia a un canalla. En resumen, un príncipe tendrá como norma y principio obtener lo peor de su prójimo


El Hijo de Wari acarició al perro enorme y escuálido que dormía a los pies del intendente y, frente a los ojos alelados del funcionario, extrajo del interior de la boca del animal un rollo de papel atado con un cordón púrpura. Sin que se moviera un músculo de su cara, el Hijo de Wari deshizo el nudo y extendió el papel. Primero lo leyó con expresiva atención y, cuando hubo terminado, se lo entregó al intendente:

– Fíjese -le dijo- lo que andan diciendo los perros de usted

El intendente arrancó el papel de las manos de su interlocutor y, sin que pudiera evitar una mueca de espanto, se derrumbó sobre el escritorio.

Empezaba a caer la noche cuando el balcón de la intendencia se abrió de par en par. La multitud pudo ver al viejo, inamovible como la montaña y tan blanco y eterno como las nieves que la coronaban, que se disponía a hablar. Primero anunció que el reo sería inmediatamente liberado. Y, entre la ensordecedora ovación que rompió en las gargantas, proclamó que, habida cuenta de que él ya era un hombre viejo, habría de ceder su propia candidatura al nuevo conductor. Entonces invitó a salir al balcón al Hijo de Wari para que saludara a los artífices del milagro.

<p>4</p>

El Hijo de Wari asumió la intendencia y la ejerció acumulando promesas cada vez más ambiciosas. Sin abandonar el viejo poncho que le confería un brío caudillesco, fue cosechando fascinadas voluntades en toda la provincia. Atrás habían quedado los días de los milagros obrados en el vientre de la serpiente. Ahora las obras prometidas eran de tal magnitud que no habrían de caber siquiera en la ciudad. Y la intendencia fue apenas un breve escalón en su rápido ascenso hacia la gobernación.

Gobernó la provincia con la misma llana simpleza de un saltimbanqui. Viajaba por los caseríos perdidos en la montaña, iba a lomo de mula por los estrechos caminos de cornisa, andaba a pie mezclándose entre la gente y volvía a su despacho presidido por la estatua calcárea de su madre, Gregoria Galimatías Salsipuedes, disfrazada eternamente de la China Supay. Era dueño del silencio que suele atribuírseles a los hombres de acción, y de una calma que aparentaba nacer de la templanza. Le gustaba sentarse a la sombra de la galería que daba al patio del palacio y contar dinero. Nada le provocaba un placer más grato que humedecerse el índice de la diestra y acariciar, una y otra vez, cada uno de los billetes que componían los gruesos fajos que luego guardaba en las viejas alforjas de las mulas, en los cajones del ropero, debajo del colchón, en el interior de las cañerías en desuso del baño. Sabía con exactitud cuánto y dónde había en cada uno de los secretos escondrijos. Entraba y salía del tesoro del Banco de la Provincia, cuya presidencia ejercía su viejo compañero de celda, La Morsa, ahora convertido en el Doctor Orestes Morse Santagada; entraba y salía con la misma naturalidad con la que paseaba por los jardines de la gobernación; llegaba a la hora de la siesta montado sobre su mula cuando el sol caía vertical despojando a las cosas de su sombra, se apeaba, quitaba las alforjas del apero, entraba y se encerraba con el doctor Orestes Morse Santagada a conversar envueltos en la fresca penumbra metálica del recinto del tesoro, olía largamente los fajos de billetes recién llegados de la capital, degustaba el perfume de la tinta fresca y el papel nuevo, acariciaba el suave relieve del rostro ceñudo del ilustre enmarcado en sellos de aguar llenaba las alforjas hasta colmarlas, se despedía de su amigo y, finalmente, volvía al Palacio de la Gobernación.

Contra su voluntad pero a favor de lo que le dictaba el sentido común, el Hijo de Wari decidió que no le quedaba más remedio que formar una familia. Había notado que cuanto más numerosa era la progenie de un hombre, tanto mayor era su prestigio. De modo que una noche montó su mula y preparó el apero para dos personas, bajó hasta la ciudad y entró al pequeño y único burdel que había en quinientas leguas a la redonda. En la penumbra que lo teñía todo de un rojo anonimato, pidió que le presentaran a las pupilas de la casa y, cuando todas estuvieron formadas delante de él, sin siquiera mirar, extendió el brazo y dijo:

– Esa.

La patrona le preguntó por cuánto tiempo la iba a querer, a la vez que tintineaba las fichas. El hijo de Wari pensó un momento y contestó:

– Calcule unos cincuenta años.

Entonces puso las alforjas sobre el mostrador y apiló prolijamente todos los fajos de billetes que contenían, tantos como nadie jamás había visto ni nunca habría de ver en toda su vida. Caminó hacia la elegida, la tomó de la mano, sin mirarla le ordenó que montara la mula y se la llevó. Por la mañana se hizo casar en la parroquia de la gobernación y, por la tarde, fue a la Casa de Expósitos a buscar al resto de su familia. Salió del orfanato con ocho niños, todos varones de distintas estaturas, a los que habría de presentar como hijos legítimos.

Su mujer se llamaba María de los Perros Amor. Su oficio era tan antiguo como el recurso del eufemismo; en adelante habría de presentarla como artista de variedades. Los nombres de sus hijos jamás pudo recordarlos.

<p>5</p>

El Hijo de Wari llegó a ganar fama entre los gobernantes extranjeros. Firmó contratos con las Repúblicas más remotas, selló acuerdos con las coronas más poderosas, estableció convenios con los emiratos más prósperos, concretó pactos con las teocracias más antiguas.

El año en que entraron en colapso los sumideros londinenses, a causa de la sobreingesta de papayas llevadas desde el Caribe, las autoridades sanitarias de la Corona no sabían qué hacer con los excedentes cloacales que amenazaban inundar al mismo Palacio de Buckingham. Verdaderos ríos de mierda brotaban desde las alcantarillas y avanzaban sobre las distinguidas tiendas de South Kensington. A la iluminada imaginación del Doctor Orestes Morse Santagada, la Provincia adeuda una de las páginas más exquisitas del comercio internacional. Enterado del desastre, el viejo compañero de celda del gobernador elevó a la Cancillería un borrador del proyecto. La propuesta que llevaba no podía ser más provechosa, según afirmaba la nota formalmente presentada: la Provincia estaba dispuesta a recibir los excedentes cloacales, a los que nombraba con el curioso eufemismo de "fertilizante". La Corona mostró un tibio interés en la propuesta, pero notificó que, por supuesto, no estaba dispuesta a donar generosamente el valioso fertilizante. Entonces el Hijo deWari ofreció a cambio de las cincuenta mil toneladas de abono, todos los yacimientos de cobre y todas las minas de plata de su Provincia. La Corona redobló la apuesta y propuso que, además de los yacimientos de cobre y las minas de plata, la Provincia se comprometiera a que todas las cosechas que dieran los áridos suelos abonados con su "fertilizante" fuesen exportadas a la ínsula a la mitad del precio que fijara el mercado y, luego, que toda la producción manufacturada con el producto de las cosechas fuera reimportada a la Provincia según los precios estipulados por el mercado libre.

A los dos meses de sellado el acuerdo, la lejana provincia caída del mapa ingresaba al Mundo recibiendo cincuenta mil toneladas de mierda de pura cepa británica.

<p>6</p>

Éste y otros actos de gobierno volvieron la mirada de todos los gobernadores sobre el Hijo de Wari. El mismo Poder Ejecutivo Nacional miraba con una mezcla de recelo y secreta admiración al ascendente mandatario que, envuelto en su poncho de vicuña, iba ganando las páginas centrales de los diarios. Los embajadores de las potencias viajaban hasta la falda de los cerros a reunirse con el más famoso de los dirigentes, que, paradójicamente, se desplazaba a lomo de mula. Los mandatarios que visitaban al Presidente no volvían a sus países sin antes hacer, aunque más no fuera, una breve escala en el Palacio de la Gober nación perdido en la montaña. A la sombra de la galería, rodeados de vicuñas que pastaban en los jardines, los secretarios sostenían las carpetas que contenían las fojas de los contratos. La Corona estaba dispuesta a contribuir al florecimiento de la pujante Provincia aun a expensas de resignar parte de su territorio colonial. Entonces propuso ceder al Estado Provincial la fértil isla de Inanga Tog, al sur del Cabo de las Lágrimas, a cambio de las sedientas tierras que contenían los desérticos salitres y las inhóspitas minas de plata sepultadas entre los cerros. Se firmó el acuerdo. La virgen fertilidad de la isla de Inanga Tog nunca pudo ser explotada: los nativos se devoraron crudos a los criollos propietarios días antes de que un maremoto la borrara del mapa. Pero, como quiera que fuese, el gobernador había llevado las extensiones de su Provincia hasta los confines del planeta, hasta las mismísimas profundidades del océano.

Sin embargo la gobernación no habría de ser más que un breve peldaño en su carrera política. El Hijo de Wari asumió la primera de sus incontables presidencias, sucesivas y ganadas todas por mayoría absoluta, seis mil seiscientas sesenta y seis jornadas exactas antes del glorioso Día de la Ascensión.

<p>7</p>

Desde aquella fecha memorable en que Él y Los Doce se elevaron hasta perderse en el ábside del ocaso, nada volvimos a saber de sus misteriosas existencias. En la misma medida en que se acrecentaba nuestro tedio, en que nos entregábamos a una abulia hecha de amargo hastío y de dulce inercia, en la inacabable siesta en la que discurría nuestra pedestre subsistencia a ras del suelo, en la misma proporción, alentábamos la secreta esperanza de Su regreso. La desidiosa acritud de los nuevos tiempos nos había conferido, de pronto, una mirada bovina. Con la misma expresión de las vacas que pastaban a la vera de los caminos, veíamos pasar los días sin más sobresaltos que el repetido fastidio que nos demandaba espantarnos la mosca pertinaz del agobio. Nos fueron creciendo las barbas de la indolencia, echados boca arriba nos rascábamos las pulgas gordas del tedio. Frente a nuestros impávidos ojos de vaca, los días pasaban con la misma lenta mansedumbre con la que iba cayendo la hojarasca otoñal del calendario. Recostados sobre la almohada pringosa de la decepción, veíamos pasar la sucesión de santos del santora lunes 2, San Tobías y San Bonifacio, los santos de los enterradores; martes 15, San Mauro, elque servía para curar la escrófula, los lamparones y los humores fríos; miércoles 4, San Eusebio, el santo de los comisionistas y los revendedores; sábado 24, Santa Isabel de Hungría, la que invocábamos para curar el dolor de muelas. Y así, restregándonos las lagañas del desgano, veíamos pasar a los santos con su vuelo lento y repetido: jueves 18, San Gregorio Taumaturgo, viernes 29, San Segismundo, el que bajaba la fiebre y morigeraba los dolores reumáticos. Vivíamos en un sempiterno domingo de lluvia. Sometidos por la melancolía, solamente nos quedaba el recuerdo cada vez más remoto del Hijo de Wari. Rememorábamos sus días de gloria y lo esperábamos, como en los viejos tiempos, conservando entre las manos el tesoro impar de los milagros gestados en la tripa de la serpiente que sólo habrían de consumarse con su segunda vuelta.


I EL ÁNGEL CAÍDO

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<p id="_Toc108439957">I EL ÁNGEL CAÍDO</p>
<p id="_Toc108439959">1</p>

Igual que su madre. Igual que la madre de su madre y que sus hijas. Igual que las hijas de sus hijas. Igual que todas las que habrían de salir de su entraña y de la entraña de su entraña. Igual que la primera, la Innombrable, la que con su traición condenó a toda su femenina progenie a la Maldición del Conquistador. Igual a todas las que cargaban en su vientre con el escarmiento del oprobio. Igual que toda su ascendencia, Gregoria Galimatías Salsipuedes, séptima generación del emponzoñado árbol genealógico desde los tiempos del Adelantado, parió sin siquiera notarlo durante los festejos de la Diablada. Concibió no habiendo cometido otro pecado, al menos aquella fatídica noche previa al pequeño Apocalipsis, que el de la gula. No presentó ninguna señal de preñez. Parió exenta de dolor o sufrimiento. Parió sin darse cuenta, víctima de una súbita indigestión que le había aflojado las tripas obligándola a desertar de los bailes ofrecidos en honor a la Virgen del Socavón. Fue un trámite expeditivo y corriente.

Gregoria Galimatías Salsipuedes había tenido que abandonar subrepticia y raudamente su turno en la danza del destierro de los demonios, mientras esperaba que el Arcángel Miguel la llamara para rendir cuentas junto con los que representaban a los pecados capitales. A causa, quizá, del estigma de la traición que cargaba sobre los hombros de su espuria ralea, le había tocado representar a la Mujer Diablo, la China Supay. Sin que el yatiri, que presidía la ceremonia, lo advirtiera, Gregoria Galimatías Salsipuedes, oculta tras su mefistofélica máscara, se escabulló entre la multitud de diableznos que bailaban despojados de sus fueros, extraviados en el laberinto de chicha y desenfreno por el que los conducía el brujo con su salmo monocorde. Con paso corto pero veloz, caminaba ladera arriba del cerro tomándose el vientre, envuelto en una faja de monedas, con gesto perentorio. Trepaba la pendiente luchando contra la urgencia y el molesto bailoteo burlón de un danzante ukumari que, como un tábano, la merodeaba imitando su paso. Cuando hubo alcanzado la cumbre, en la soledad de la cima mochada por el viento, se trepó a horcajadas sobre la horqueta que formaba una retama muerta y se dispuso a restituirle a la Pachamama los frutos que, en exceso, le había tomado prestados durante los festejos. Sentada en la rama con su máscara cornamentada, podía oír, como una letanía, el canto del yatiri.


Con el perdón de la Virgen

que ansia matar sus penas,

te has convertido en diablo

por la mina y sus riquezas.


Gregoria Galimatías Salsipuedes, doblada sobre sí misma, sentía que la cordillera toda le giraba en torno, víctima de los vapores de la chicha de maíz, el vino y el aguardiente. Como si proviniera del interior de su cabeza, escuchaba, multiplicados por la cifra de las paredes de las montañas, la voz mortuoria del erque, el desconsuelo de los sikus y la insistente súplica de los pincuyos detrás de la voz del brujo:


Tan pronto estás en el cielo

como danzas en la tierra,

mezclando sobre tu pecho

resplandores y tinieblas.


A través de las esferas de sus ojos de cartapesta veía, difusamente desde lo alto, el baile frenético de los kusillu, los hombres cóndor, y de las Caya Caya Warmi Auca, las mujeres guerreras. Gregoria Galimatías Salsipuedes se tomaba el abdomen y, arrellanada en la rama seca, abonaba la tierra apergaminada y mustia de la montaña. Apuntaba al cielo con los cuernos filosos de tocuyo, cola y yeso y al suelo con la cola diabólica hecha de alambre y trapo. Sabía que tenía que bajar antes de que terminara el canto del yatiri.


Tus ojos de revoltijo

son la imagen de las fieras,

con infierno y con volcanes

y abismos que no se cierran.


Bajó la cabeza, involuntariamente se miró los pies y vio que los tenía salpicados con la sangre de la llama que, en ofrenda al Tío, el Espíritu de la Mi na, había sido degollada por el yatiri durante la chaya. Viendo que el canto estaba por llegar a su fin, tensó las tripas, reunió fuerzas y se dispuso a terminar con aquel molesto trance.


La serpiente de tu mano

que cuando mira envenena,

es como el ansia de un gozo

que se divierte de pena.


Todo lo que quería Gregoria Galimatías Salsipuedes era acabar de una vez por todas con aquello y volver al baile. Envuelta en su traje de tafeta, iluminada por el sol de los Andes que se reflejaba hasta el infinito en sus charreteras de hojalata y galones dorados, en el raso de la blusa, quería ser luz y, siendo que era la mujer de Luzbel, era luz pura, pura luz.


Tus cuernos que se prolongan,

como tus brazos desean,

son de todos los pecados,

los más viriles emblemas.


El yakiri cantaba y en su liso cantar de retahila la llamaba a la danza. Sentada sobre una retama muerta más alta que el mundo, devolvía a la Pacha mama todo lo que, generosamente, la Pachamama le había regalado. Y le rogaba que ya basta, que ya estaba bien, que estaban mano a mano, le suplicaba que la dejara volver a la chaya.


La carcajada que baja

del dragón de tu cabeza,

es la expresión de la vida

hecha de risas y quejas [1]


Una vez que consideró saldada la deuda con la Madre Tierra, se incorporó, se acomodó las numerosas faldas que la envolvían como a una cebolla, esquivó de una zancada el pestilente y generoso montículo del que acababa de desembarazarse y, un poco más compuesta, emprendió el descenso del cerro y volvió a los festejos. En el mismo momento en que el Arcángel Miguel llamaba a la rendición de cuentas a la China Supay, Gregoria Galimatías Salsipuedes se reintegró al grupo de diablos y compareció ante él como si nunca se hubiese ausentado. Jamás notó que en la cima trunca del cerro, dentro de aquel cúmulo cochambroso que se confundía con el color de la tierra y el guano de los cóndores, se agitaba un sutil y regular latido que albergaba una entidad viviente.

<p>2</p>

Lo mismo hubiese dado que Gregoria Galimatías Salsipuedes pariera de este o del otro lado de la frontera. De hecho, la frontera no era sino una entelequia, un designio resuelto en una fundación celebrada abajo, en un despacho de una ciudad remota, donde alguien decidió reemplazar el nombre con el que los dioses hubieron de consagrar aquella pequeña planicie entre las cumbres a la protección del Cóndor llamándola Inti Cuntur, y rebautizarla con el inexplicable nombre de Puna de la Frontera.

Pero la frontera no era más que una conjetura, un expediente remoto y ajeno concebido en la llanura improbable de la cartografía. Sin embargo el viento iba y venía a su antojo a uno y otro lado de la divisoria imposible que no coincidía con el curso de un río o el escollo de una montaña, ni con la barrera de un idioma o la hostilidad de dos pueblos rivales, ni con el límite entre la aridez y la fertilidad o el del abismo que separa la pobreza de la miseria.

La única frontera cierta era la que existía entre el arriba del abajo. Inti Cuntur era el arriba y todo lo demás el abajo. No había oriente ni occidente. No había norte ni sur. Las nubes y sus engendros de truenos y relámpagos eran cosas que sucedían abajo, desde la profundidad de los acantilados, en las laderas que sostenían la pequeña planicie de Inti Cuntur. Lo mismo hubiera dado que Gregoria Galimatías pariera aquella inmundicia de este o del otro lado de la frontera.

Así como el espacio se dividía entre el arriba y el abajo, el tiempo se calculaba entre el antes y el después del carnaval, según lo que faltara para el próximo y los días que lo separaban del anterior. Desde los tiempos de la Maldición del Conquistador, cuando los Amawtas se petrificaron de horror ante la noticia del asesinato de Atahualpa, esperaban en cada nuevo carnaval el regreso del inca. Desde aquel cataclismo de tinieblas e ignominia, de saqueo y yugo, los guardianes de la sabiduría, los Amawtas, recluidos en su silencio de piedra, vivos en la latente quietud de la roca, habrían de volver a la humana materialidad el anhelado día del pachacuti. En cada carnaval esperaban aquel glorioso amanecer del cataclismo inverso, el segundo gran caos desde cuya tumultuosa tripa habría de restablecerse el orden del universo y entonces se rompería para siempre la negra taumaturgia del maleficio del conquistador, y el inca volvería a reinar sobre los Andes.

Igual que en los tiempos de guerra, la época del Drama, a cada enemigo capturado habrían de desollarle el rostro y cubriéndose la cara con él, prescindirían de la Comedia del carnaval, de la máscara del conquistador ridiculizado con el yeso y la cartapesta. Entonces ya no habría carnaval. Pero mientras tanto, hasta que llegara el pachacuti, tenían el artificio de la dramaturgia; la épica se disfrazaba de sainete y, a fuerza de encarnación y simulacro, acababa en la Tragedia de la muerte del Danzante.

Hubiese dado lo mismo que Gregoria Galimatías Salsipuedes, disfrazada de mujer diablo, montada sobre la horqueta de una retama muerta, pariera a uno u otro lado de la línea imposible de la frontera. La fatalidad habría de producirse de uno u otro modo.

Sin que nadie lo sospechara, se avecinaba el peor de los cataclismos.

<p>3</p>

Para la hedionda criatura, una retama muerta recortada contra el cielo crepuscular era todo el amparo que la cobijaba del viento helado que se levantaba junto con el ocaso andino. Una vicuña, mientras husmeaba los resquicios de las piedras en busca de alguna hierba seca, tropezó la curiosidad de su hocico con el despojo que palpitaba al pie del árbol. Primero lo miró con intriga, lo olfateó intentando descifrar si su incierta naturaleza era comestible. Confrontada a su propia extrañeza, la vicuña lo sacudió con una pezuña blanda y aprensiva, descorriendo el velo de estiércol que ocultaba un diminuto rostro humano. Presas de un pavor simétrico, nariz contra nariz, se medían. El niño dio su primer y estruendoso alarido que se prolongó en un llanto con el que inauguró la mecánica de la respiración; la vicuña, espantada ante el inédito espectáculo de la bosta parlante, corrió provocando un breve movimiento telúrico debajo de sus patas. El niño, envuelto en su ajuar de mierda, rodó ladera abajo y se deslizó suavemente por un talud de hierbas. A su paso, unos pequeños guijarros saltaron como un puñado de dados que, al impactar sobre el tapete de un peñasco, habrían de sumar la cifra que determinaría la tragedia. La piedra se debatió unos segundos a cara o ceca en el borde del abismo, hasta perder el equilibrio y desbarrancarse hacia el interior de la boca abierta en el bostezo milenario del volcán Wari. La roca siguió su carrera descendente hacia la negra garganta del gigante dormido, rodó hasta las profundidades donde jamás había entrado la luz del cielo y, desde la noche sin tiempo del corazón de la montaña, bajó al crepúsculo luciferino que anunciaba la proximidad de la roja lengua de lava. El volcán se conmovió en un sordo ronquido que se condensó en un soplo de humo y polvo. La vieja mole hubiese seguido durmiendo el sueño de los justos de no haber sido por una minucia geológica: la roca, en vez de seguir su curso hacia el subterráneo río de lava y fundirse como la cera de una vela, se elevó a causa de la exhalación y fue a dar al interior de un resquicio que conducía a la tripa misma del monstruo; ajena a la catástrofe que se avecinaba, se internó en el magma del volcán. Como un viejo dragón que fuese fastidiado por un minúsculo parásito ventral, la montaña rompió su plácido sueño y, sin siquiera anunciarlo, estalló en un arrebato de ira hecho de fuego. Vomitó un océano de lava sobre Inti Cuntur. Todo sucedió tan rápido que nadie tuvo tiempo de correr.

En menos de lo que separa al relámpago del trueno, el Wari envió una tempestad de roca incandescente que de tan roja era blanca, un diluvio de piedra ardiente que se abatió con la rapidez de la lengua de una serpiente sobre la alta planicie en medio de los festejos del carnaval.

La última fiesta quedó inmortalizada en estatuas danzantes, en perfectas esculturas de rientes Kusillus y Ukumaris parados en una sola pata soldada contra el suelo, en vividas cariátides que sostenían cestas de ofrendas, en pétreas efigies de hombres pájaro a punto de elevarse, en bajorrelieves de niños eternamente dormidos, en tallas calcáreas de músicos y yakiris, en nutridos grupos escultóricos que representaban el cerdo hambriento de la gula, el gallo rampante de la soberbia, el perro huidizo de la envidia y, más allá, desperdigados entre el petrificado follaje, repetidas representaciones de la lujuria, solitarias figuras prodigándose placer a sí mismas mientras contemplaban la extática conclusión de una fellatio, las más incomprensibles posiciones de a pares, de a nones, de a grupos, confundidos los cuerpos y los géneros, las edades y los parentescos. Iconos graníticos de la pasión, la piedad, la maternidad, en fin, todas las virtudes y todos los pecados imaginables. Fantásticas imágenes petrificadas de hombres que representaban sapos petrificados que habían quedado realmente petrificados. La figura petrificada de un hombre petrificado que remedaba al Amawta petrificado, era ahora piedra real.

Gregoria Galimatías Salsipuedes quedó para siempre vestida de China Supay, los brazos abiertos, adorando a un Lucifer mineralizado que, en el centro de la escena, blandía el tridente hacia el cielo enseñando los colmillos en una carcajada eterna. Proclamaba su triunfo con la diestra y, con la otra mano, extendida hacia la planicie, mostrando su obra terminada, parecía pronunciar la vieja sentencia oracular: Todo entra en la piedra. Todo vuelve de la piedra. De la tripa de la piedra, de las heladas cavernas de piedra, del interior de la sustancia pétrea de la montaña, habrán de brotar la hordas de Lucifer. Las puertas de la Salamandra habrán de abrirse un día y volverán de su tumba de piedra las plagas del gigante Wari, el Destructor, convertido en montaña de piedra. Así como el maléfico Wari, condenado a la piedra por los brazos flamígeros de Inti, envió a sus lugartenientes, las plagas representadas por el sapo, la serpiente y las hormigas, derrotados y petrificados por Ñusta, la nacida del Arco Iris, de la misma forma, habrán de regresar de la piedra.


Inti Cuntur quedó convertida para siempre en una acrópolis andina fantasmagórica, habitada por eternos danzantes inmóviles detenidos en la última cacharpaya.

Hubo sólo un sobreviviente.

<p>4</p>

Ajeno a la catástrofe que acababa de provocar, de espaldas a la ciudadela fosilizada en que se había convertido Inti Cuntur, por la ladera opuesta del cerro, el niño se deslizó serenamente sobre el suave repecho de hierbas secas. Agotado por los avatares del parto, el reciente altercado con la vicuña y la breve excursión por la montaña, el pequeño, envuelto en su hediondo ajuar, concluyó su caída a las puertas de la Salamandra. Con una sonrisa beatífica se durmió profundamente.

– Asombroso- dijo el sapo, maravillado, mientras se sacudía el polvo de la piedra milenaria de la que acababa de liberarlo el beso llameante del Wari. Encandilado por la tenue luz del atardecer y los rescoldos candentes que brillaban sobre los restos de Inti Cuntur, miraba al pequeño dormido a sus pies todavía aletargados por la quietud secular. Miraba con sus ojos salidos como abalorios y un poco estrábicos aquella criatura ínfima que acababa de provocar el ansiado cataclismo. Bostezó largamente, se estiró cuan largo era, se rascó la cabeza y de a poco fue recuperando el saludable verdor de su piel agrisada por el tiempo y el sílice. Y mientras sacudía su añosa modorra no dejaba de repetir:

– Asombroso.

El sapo rompió su ayuno de siglos estirando la lengua, todavía un poco entumecida pero lo suficientemente ágil para cazar una mosca en vuelo. Tragó su pequeña presa, soltó un eructo corto y frío, miró en derredor el paisaje de humo y destrucción y no terminaba de dar crédito a lo que veía. El sapo vestía un antiguo y abollado peto de bronce semejante al de los conquistadores. En la cabeza tenía puesto un enorme yelmo que había pasado del tinte atezado de la piedra al del óxido, debajo del cual se adivinaba un gorro coya que asomaba sus borlas Por debajo del acero. Su metálico vestuario de anacrónico guerrero contrastaba con unos pantalones colmados de parches deshilachados. Se miraba a sí mismo, examinaba sus manos, sus dedos unidos por un fino epitelio rematados en pequeñas falanges circulares. Daba pequeños saltitos, de aquí para allá, primero con la torpeza del aterimiento centenario pero, conforme se acostumbraba a su viviente condición, sus finos músculos iban cobrando tiesura y agilidad. Con un ojo miraba al niño y, a un tiempo, con el otro, contemplaba las últimas fumaradas del Wari que volvía a su sueño sempiterno. Tomó una rama seca y, hundiéndola en un delgado hilo de lava, la convirtió en un pequeño cirio con el cual encendió una fogata a las puertas de la caverna. Alzó al niño entre sus verdosos brazos; con unos ligeros lengüetazos lo lavó desembarazándolo de las costras de inmundicia y finalmente lo posó cerca del fuego. Se sentó sobre una piedra, rebuscó entre los pliegues del poncho que llevaba debajo de la pechera oxidada, extrajo una pipa de boquilla de caña y la encendió con la misma rama ardiente. Miró hacia el interior de la caverna apenas iluminada por la fogata y, a la vez que soltaba la primera bocanada de humo espeso, gritó:

– Venid, fieras del carajo, venid a salutar a nostro novo Príncipe. Levantaos alimagnas da mierda que la noite sempiterna se acabó. Sacudios el letargo de la piedra, hijos de setenta generaciones de nobles putas.

El sapo hablaba en una jerigonza que mezclaba las lenguas de la montaña con el idioma del adelantado y otras voces que alguna vez había oído y se fueron adhiriendo a su lengua pegajosa. Desde el interior de la Salamandra se escuchaba un crujido grave, una crepitación como de cimientos a punto de ceder ante un derrumbe. Viendo que nadie acudía a su invocación, el sapo elevó la diminuta antorcha por sobre su hombro y entró a la caverna que cimbraba como una mina a punto de desplomarse. El fondo de la cueva parecía un verdadero adoratorio satánico, a diestra y siniestra podían verse infinidad de alimañas montadas unas sobre otras, serpientes enroscadas en un tortuoso ir y venir por encima, por debajo, por dentro, ingresando y saliendo por los orificios de un bestiario inclasificable, incontables reptiles, insectos ponzoñosos, componían un orgiástico friso de fieras que pugnaban por salirse de su sarcófago de piedra. La Salamandra temblaba a merced de la subterránea horda de demonios que pujaba por rebelarse a la tumba de roca a la que los había condenado el Arcángel. El Sapo gritaba y, a su paso por entre las horrendas figuras, al tiempo que las golpeaba con su cetro desvencijado, las conminaba:

– Despertaos so mierdas, ved a ver la jeta de vuestro novo redentor.

La cueva trepidó y entonces la roca se partió como un huevo gigantesco. En medio una tromba de guijarros y polvo, del interior de la cascara pétrea irrumpió una horda de bestezuelas que corrían es-trellándose contra las paredes, aplastándose las unas a las otras, hasta alcanzar el exterior de la cueva.

El sapo espantaba a las bestias menores con el bastón o simplemente a patadas. Alumbrándose con su pequeña antorcha de madera y lava, buscaba a alguien entre las plagas espantadas de luz y libertad.

– Dónde estáis, reina de todas las putas -gritaba con su voz ronca y profunda-. Venid a rendir pleitesía al Hijo de Wari. A despertar.

Entonces, desde el lugar más oscuro de la caverna, asomó una sombra entre las sombras.

– Tantos años de paz, tanto tiempo sin tener que escucharte, Poquiscolla Millma Rinri [2]-dijo una voz grave y femenina-. Silencio, ya te oí.

<p>5</p>

Desde la fría negrura de la Salamandra, abriéndose paso entre una multitud de hormigas que parecían rendirle temerosa pleitesía juntando las patas anteriores por sobre las cabezas gachas, majestuosa y soberbia, hizo su aparición, después de centurias de pétrea monarquía, la Hormiga Reina. Era la soberana indiscutida de la más voraz de las plagas, la firme conductora del ejército más temido y el que mayor destrucción había causado entre los Urus, devorando casas y hasta poblados enteros, exterminando cosechas y diezmando las tierras dejándolas más yermas de lo que siempre fueron. Era, sin duda, la más fiel enviada de Wari, quien la había ungido de sus reales atributos. Y fue, también, la primera en aliarse a los aimaraes contra su propio pueblo, los Urus, la primera en traicionar a los aimaraes y unirse, a su llegada, a las huestes de Sus Majestades de España.

Erguida y magnífica, llevaba en la diestra el cetro real, tallado con la madera de la ingratitud, rematado con la empuñadura de oro y rubíes, símbolo de la traición, que el Adelantado le había obsequiado para sellar la nueva alianza. A guisa de corona, llevaba un bacinete adornado con sendos cuernos contorsionados, hechos de marfil y oro, que le cubrían las antenas. Una infinidad de collares se derramaba sobre el escote abierto que le destacaba el suntuoso busto, contrastante con la cintura, que, de tan estrecha, con los cuatro brazos puestos en jarra, podía tocarse los dedos de ambas manos ciñendo su talle. El vestido, ajustado al cuerpo, sugería unas piernas larguísimas, interminables y delgadas. Su estatura bípeda era incomparablemente mayor que la del resto de las hormigas que andaban en sus seis patas. Tenía unos ojos negros enormes y almendrados.

– Antes de dirigirme la palabra, Poquiscolla, es necesario que recuerdes que soy la Reina, ungida por el mismo Wari. Y, ante todo, que no olvides nunca tu condición de bufón -dijo la hormiga reina iluminada ahora por el fuego.

El sapo había quedado extasiado ante la belleza de la reina. De la cintura para arriba la examinaba con un ojo y, hacia abajo, con el otro. Sin acuerdo a protocolo y llevado por su vulgar naturaleza, no pudo evitar un arrebato de exaltación:

– Ah, vieja putarraquesa, soberanesa de todas las putesas, ni el tiempo ni la piedra han podido con tu voluptuosidad -y mientras daba unos saltitos en torno a la reina, vociferaba:

– Mirad qué culo mañífico, Oh Tu Maxestad, ved qué cintura tan menguada y tan estrechia tenéis.

– Según puedo ver, ni los siglos de obligado sosiego han conseguido cambiarte. El mismo idiota.

El sapo y la Reina intercambiaron rosarios de imprecaciones, advertencias, juramentos, blasfemias, insultos y pestes de toda laya. Iguales a las vacuas discusiones de siempre, como si los siglos no hubiesen pasado, como si el hecho de haber vuelto a la vida no tuviera para ellos la menor importancia. Y así hubieran seguido, maldiciéndose por otras cuatro centurias, de no haber sido porque, desde la entrada de la cueva, se escuchó un llanto estentóreo. En cuatro largos saltos, el sapo acudió al llamado de su salvador. Sopló las brasas para avivar las llamas que empezaban a languidecer y acercó al niño a la fogata. Pero viendo que la causa de tal profusión de lágrimas no era el frío, el sapo llamó a la hormiga. Con sus enormes ojos llenos de intriga y estirando las antenas por fuera de la cornamenta del bacinete, la reina miraba al pequeño desconsolado.

– Os apresento a vuestro Redentor, el Hijo de Wari que nos ha libertado de la piedra -dijo el sapo de rodillas ante el niño.

Las bestias menores, lagartos, lagartijas, culebras e insectos, se acercaban lenta y temerosamente al improvisado moisés de hierbas junto al fuego, con respetuosa curiosidad, se elevaban tímidamente en sus cuartos traseros, agitaban las aletas nasales o bien estiraban las lengüecillas atisbando el aire.

La Hormiga Reina, adivinando que el súbito berrinche no era más que hambre, lo alzó entre sus cuatro brazos, se desabrochó el escote dejando al descubierto su pequeño aguijón ponzoñoso y, con maternal cuidado, posó la boca del niño en el espolón que le brotaba del pecho como un agudo pezón. El pequeño bebía de aquel dulce veneno con un hambre voraz, como si aquella primera comida fuese a ser la última. Y a medida que comía, iba recobrando una vitalidad que se revelaba en el creciente rubor de las mejillas. Se hubiera dicho que de ese mismo venenoso calostro estaba compuesta la materia de su incipiente espíritu.

Aquella negra Natividad junto al fuego habría de verse interrumpida por una nueva llegada.

<p>6</p>

Desde las profundidades de la cueva, arrastrándose con pereza, asomó la punta de su cabeza triangular la tercera lugarteniente de las plagas enviadas por Wari: la serpiente. Todavía un poco anquilosada por los siglos de obligado letargo, miraba no sin cierta sorna aquella patética escena. Con unos ojos colmados de malicia y escéptica fatuidad, oculta en su propio sigilo, desde el anonimato de la penumbra, se complacía viendo sin ser vista. Antes de que la delatara una incontenible carcajada, con la voz en falsete dijo:

– Pero qué ternura, todavía no terminó la cacharpaya y ya empezaron los festejos de Navidad.

La serpiente se arrastró hasta los pies de la hormiga, se enroscó formando una base circular con su cola e, irguiéndose sobre su eje, le dijo acercándole la lengua bífida al oído:

– Qué pesebre viviente tan hermoso. Miren a la Virgencita -decía y enroscaba su cuello alrededor de los cuernos del bacinete de la hormiga que protegía al niño con sus cuatro brazos de la lengua filosa de la víbora.

– ¿Y este poquiscolla anda siendo el José? -susurró formando un tirabuzón alrededor del cetro destartalado del sapo.

De pronto, en un latigazo más rápido que losomnividentes ojos de la hormiga reina, la serpiente le arrebató al niño de entre los brazos y, haciendo un anélido moisés con la cola, lo acunó al borde del abismo.

– ¿Y diande han sacao a este Jesusito? -preguntó balanceándolo al filo del precipicio.

La serpiente miró al niño que dormía plácidamente en la concavidad de la cuna escamada, acercó sus narices y lo examinó con las puntas de su lengua dividida. Hizo un gesto de repulsión y sentenció:

– Esta basura que hiede a mierda no puede ser el Hijo de Wari.

Entonces transformó el canasto de su cuerpo en un cadalso y, con el extremo de la cola convertido en una soga patibularia, se enroscó en torno del cuello del pequeño y, sin otro motivo que el dictado de su viperina naturaleza, lo condenó a muerte.

Ante los espantados e impotentes ojos de la hormiga, el sapo y las bestias menores, la serpiente empezó a apretar el lazo vermiforme alrededor la garganta del pequeño.

<p>7</p>

Sin hacer caso a súplicas, ruegos desesperados, votos a Wari, ni a invocaciones a todos los soberanos de las profundidades, la serpiente se complacía dando su cáustico espectáculo frente al aterrado auditorio. Pero el niño era dueño de una calma que se diría ajena a la infantil carencia del sentido del peligro; al contrario, parecía afrontar el trance con el aplomo y la resignación de un anciano que ya hubiera vivido lo suficiente. Y cuanto más indiferencia mostraba el pequeño, tanto más parecía perder su tranquilidad la serpiente. Ella hubiera deseado una ceremonia más escandalosa, adornada de llantos y alaridos, de apremiantes sofocones y grandilocuentes convulsiones como las que suelen preceder a la muerte por ahorcamiento. Pero el niño, colgado por el cuello, bostezaba mirando de reojo a su victimaría como instándola a terminar de una vez con aquel aburrido espectáculo. La serpiente, fuera de sí y habiendo perdido el sarcasmo que la caracterizaba, se dispuso a dar el apretón final. Pero ante la pertinaz y desafiante apatía de su víctima ya no podía disimular sus propias dudas. ¿Y si realmente fuese el enviado de Wari? ¿Acaso podía esperarse tanta indiferente malicia frente a la inminencia de la muerte? ¿Y si en verdad volviera a transformarse en piedra? Sin embargo, aquello se había convertido para la serpiente en una cuestión de principios. Y parecía estar dispuesta a correr el riesgo. Finalmente, se dijo, dar un paso atrás era condenarse al descrédito frente a todas las bestias de la Salamandra.

El sapo adivinó de inmediato las íntimas cavilaciones del reptil. Supo entonces que en el resquicio del dilema estaba la oportunidad. Conocía el orgullo de la serpiente y la sabía incapaz de revocar una decisión. De modo que, se dijo, la única posibilidad era, paradójicamente, la de reemplazar aquella resolución por otra más tentadora. En el mismo momento en que el niño empezaba a pasar del blanco lívido al morado cianótico, el sapo, intentando simular calma, se acomodó el viejo yelmo, pitó largamente la pipa y envuelto en una nube de humo espeso, habló:

– Apostemos -dijo escueto y enigmático.

La serpiente tenía fundados motivos para dudar de la autenticidad del oscuro Mesías. ¿Acaso no habían confiado también en las promesas del conquistador? ¿Qué podía disuadirla del recuerdo de la traición? También en esa oportunidad se habían dejado convencer de que aquellos que habían sembrado la destrucción eran los verdaderos enviados de Wari. Había creído ver en los asesinos de Atahualpa la auténtica e indudable encarnación del gigante Wari. Y sin embargo fue el Arcángel Miguel, traído por el conquistador, el que habría de condenarla a ella y al resto de las plagas al sepulcro de la piedra.

El sapo insistía en que no podía haber dudas de que aquella criatura que acababa de liberarlos era el príncipe, el enviado de Wari; una vez más le señaló los recientes vestigios de la destrucción que el pequeño había provocado. En el preciso momento en que el sapo iba a formular los términos de la apuesta una voz de trueno irrumpió desde la boca inconmensurable de la caverna.

<p>8</p>

Todos reconocieron de inmediato aquel vozarrón atronador que parecía ser la mismísima voz de la Salamandra, como si de pronto la cueva se hubiese puesto a hablar.

– Sea o no el enviado de Wari, yo me comprometo a hacer de él un Príncipe. Voy a convertir a ese pequeño despojo de mierda, quienquiera que sea, en el Redentor de todos nosotros. Si no fuera el enviado de Wari o si fracasara en mi intento, entonces, al cabo de medio siglo, nos matarás a los dos. A él y a mí -dijo la voz que, de tan grave, hizo cimbrar a las piedras.

No había dudas: el que acababa de hablar no podía ser otro que el viejo consejero, el capitanejo Huáscar Molina Viracocha. Nadie se molestó en buscar su figura entre las sombras por la sencilla razón de que el consejero no tenía fisonomía alguna o, para mejor decir, podía ser dueño de cualquier semblante. Salvo el humano. Nadie conocía su verdadero rostro. Podía presentar la apariencia de un lagarto o la de un remanso de agua, la de una vicuña o la de un cactus. Aparecía bajo el aspecto de una imperceptible mosca o bien como un árbol gigantesco. Podía ser una pura voz o hablar, como lo acababa de hacer, a través de la boca de una cueva. Pero había sido condenado a perder su humana condición.

Cuando era hombre, Huáscar Viracocha había sido el consejero, político y militar, de Huayna Cápac y, a su muerte, de su hijo Atahualpa. Lo aconsejó sabiamente hasta el día en que previo su caída inevitable a manos del Adelantado. Entonces, viendo que su propia vida peligraba decidió, igual que lo hiciera Malinche, susurrar hacia otros oídos. Jamás supo Atahualpa que fue su propio consejero quien lo entregó a las huestes de Pizarro. Convertido en lenguaraz primero y en capitanejo después, fue rebautizado con el nombre de Xavier y el apellido de Molina. Xavier Huáscar Molina Viracocha era, ante todo, consejero. No importaba de quién. La furia de Inti Huara no se hizo esperar: como condena a semejante traición, primero lo despojó de su forma humana y luego lo confinó al sepulcro de la montaña como pura nada petrificada junto a las tres plagas.

Salido de su sarcófago de piedra, despojado de su vestidura de hombre, Xavier Huáscar Molina Viracocha ofrecía su propia vida a la serpiente. Su oficio era el de consejero y, después de años de obligado reposo, tenía frente a sí un Príncipe a quien aconsejar.

La serpiente aceptó los términos de la apuesta.

<p>9</p>

El pequeño fue bautizado como El Hijo de Wari. El consejero había establecido para el niño un severo régimen de crianza. Cuatro veces por día debía ser amamantado con el fórmico veneno. Comía con tal voracidad que costaba separarlo del negro espolón maternal de la hormiga reina. Con uñas y encías se resistía a desprenderse del agudo pezón del que brotaba la ponzoñosa leche ámbar. Desde muy temprano el pequeño había aprendido el difícil arte de la simulación: cuando lloraba no lo hacía con la franca e inconsolable angustia de los lactantes, sino con una pena histriónica y conmovedora. El consejero había notado con satisfacción que el Hijo de Wari no se desgañitaba en vanos y ensordecedores berrinches, sino que buscaba suscitar la compasión de su eventual auditorio para conseguir lo que se propusiera. Así lograba que la hormiga, exhausta y exprimida como un limón bajo la presión de las voraces encías del pequeño, le diera en cada amamantamiento hasta la última gota de su veneno y, por cierto, de sus fuerzas. El capitanejo Xavier Huáscar Molina Viracocha también había observado el notable hecho de que el pequeño se conducía hacia cada uno de los miembros de su nueva familia de un modo distinto y de la manera en que cada uno de ellos esperaba que él procediera. Así como frente a la hormiga reina se mostraba compungido y contrito para procurarse la mayor parte de alimento que le fuera posible, al sapo bufón le prodigaba tiernas sonrisas e imitaba sus payasescas morisquetas para que lo alzara en brazos. A la serpiente le lanzaba furtivas miradas de rencor y malicia, le clavaba los ojos en el centro vertical de los suyos, sosteniéndole la mirada hasta exasperarla; buscaba desafiarla y cuanto más profundo era el odio que en ella provocaba, tanto mayor parecía ser su regocijo. Con las bestias menores procedía como si no existiesen; no porque le fueran indiferentes, al contrario; disimuladamente, parecía poner la mayor atención en la multitud de reptiles e insectos, anónimos e idénticos entre sí, que transitaban por la Salamandra de aquí para allá. Con el rabillo del ojo, el pequeño los examinaba escrupulosamente; escrutaba sus dientes afilados, sus espolones agudos, los aguijones, garras, aletas cortantes y colmillos venenosos. Y cuanto más los consideraba, menos se explicaba por qué razón se sometían ciega y mansamente a los dictados de una hormiga, un sapo ridículo e inofensivo y una serpiente solitaria. El niño comprobaba que, cuanto mayor era su desprecio hacia las bestias menores, tanto más grande era la veneración que le prodigaban cuando, esporádicamente, les dedicaba una breve sonrisa o, cuanto menos,una mirada de benevolencia. Pero lo que mayor sorpresa le causaba al consejero era que, aunque tomara la forma más inverosímil, aunque pasara inadvertido para todos, el niño siempre lo reconocía. Así se mimetizara en la forma de una piedra, en la figura de una lagartija mezclada entre otras cien, así se hiciera a la imagen de una rama o de una mosca, el pequeño, invariablemente, advertía la secreta presencia de su oscuro preceptor señalándolo con su diminuta mano.

El Hijo de Wari tenía la piel cobriza de los descendientes de Atahualpa; sin embargo, detrás de los párpados rasgados destellaban unos ojos hechos con el azul turquesa del Mediterráneo traído en la madera de los barcos del conquistador. Y cada día que pasaba, el consejero se convencía con mayor firmeza de que aquel que, después de haber aniquilado a los suyos, dormía con la parsimonia de los vencedores no podía ser otro que el Príncipe.

<p>10</p>

El consejero hizo correr la voz de que había llegado el enviado, el que habría de despertar a los amawtas. Dado que podía tomar la forma de aquello que quisiera, salvo la de los hombres, se encarnó en la materia del confesionario de una iglesia y, durante la ausencia del párroco, les decía a los descendientes de Atahualpa que iban a confesarse que el ansiado día del pachacuti estaba próximo, que Atahualpa por fin había renacido, que solamente había que tener un poco de paciencia hasta que tuviera la edad suficiente. La noticia fue extendiéndose, silenciosa y lentamente, a través de los valles y de las quebradas, a lo largo de los territorios de los antiguos imperios, de boca en boca y en el idioma que los hijos del conquistador no podían entender. El Hijo de Wari, el enviado de la destrucción, tenía que ser presentado como el emisario de Inti, como el mismísimo Atahualpa, el redentor. Ocultas a los ojos de los hombres, las bestias de las profundidades, en el interior de la Salamandra, pacientemente hacían su obra.

Como merecía un príncipe, todos los días recibía de todas y de cada una de las bestias de las profundidades las correspondientes pleitesías y el trato, aunque el niño todavía no comprendiera, de "Su Excelencia".

Todos los días el consejero evaluaba la evolución del niño. Y, ciertamente, a medida que el pequeño iba creciendo en estatura y volumen, el capitanejo Xavier Huáscar Molina Viracocha podía comprobar con satisfacción los saludables resultados del estricto régimen de crianza.

<p>11</p>

El Hijo de Wari se alimentó únicamente de la maternal ponzoña de la hormiga reina hasta los tres años. El mismo día en que abandonó el primoroso pezón, comió su primer alimento sólido. Viendo que podía prescindir por completo de su nodriza y que, en consecuencia, ya no le resultaba en absoluto útil, un día como todos, sin que mediara otro motivo que la necesidad de probar el filo de sus dientes, la mató y luego la devoró. Lo hizo frente a los espantados ojos del sapo. El inesperado acto no tuvo en absoluto el valor de una ceremonia ritual ni el dramatismo de las tragedias pasionales; sencillamente, tomó de la cintura del sapo la espada oxidada y la clavó en el vientre de la hormiga reina. Con sus propias manos desprendió el maternal aguijón y, con el ánimo investigativo de los niños, examinó el saco excretor donde se almacenaba el ponzoñoso calostro. Frente a los aterrados ojos del sapo, que no podía articular palabra, el pequeño arrancaba los tibios y pegajosos órganos, todavía palpitantes, y los deglutía con voracidad. Comió hasta la saciedad, soltó un eructo medieval, volvió a hundir la espada del sapo en el tajo abierto del vientre y así la dejó, clavada y vertical como una cruz. El sapo, sin creer lo que veía, se arrodilló junto a la hormiga, que se revolvía en convulsiones mecánicas. En ese momento el niño se incorporó, caminó tranquilamente hacia el exterior de la Salamandra y entonces prorrumpió en un llanto desconsolado y ruidoso, señalando hacia el interior de la caverna. Todas las bestias de las profundidades acudieron alarmadas. Cuando entraron, pudieron ver al sapo junto al cadáver de la hormiga reina despedazada con el filo romo de la espada del bufón. La indignación fue inmediata y espontánea. El pequeño, entre sollozos, relató de qué manera el sapo había asesinado a su nodriza por sorpresa y sin piedad. El odio brillaba en los centenares de ojos de todos los habitantes de las profundidades. El sapo escuchaba en silencio. Nada dijo en su defensa; conocía la naturaleza del pequeño príncipe y -se dijo-debió haber sabido que, más tarde o más temprano, habría de suceder. La serpiente asistía a la iracundia general de las bestias menores no sin cierta íntima euforia. Ahora sí, finalmente, habría de ocupar el lugar de la reina de la caverna.

En un espontáneo, unánime y tácito juicio sumario cuyo veredicto ya estaba resuelto por anticipado, el sapo fue ejecutado a manos de la furia popular.

La serpiente, enroscada sobre sí misma, considerando el caos en que se había convertido la Salaman dra, se dijo que era aquella una buena oportunidad para desembarazarse del pequeño obstáculo que la separaba del trono. Imperceptiblemente se fue arrastrando hacia el Hijo de Wari, que asistía a la ejecuciónde su fiel bufón, aquel que le había salvado la vida y que ahora ofrecía el último número, el de su propia inmolación, para la algarabía del príncipe. El reptil se arrastraba hacia el niño calculando el lugar exacto de la mordedura. Cuando estuvo seguro de que nadie lo veía, abrió la boca de par en par -su lengua fulguró en la oscuridad- y en un movimiento tan rápido como el recorrido de un látigo, hundió los colmillos en la tierna carne del niño. El Hijo de Wari sintió un ardor en el muslo e inmediatamente vio la marca par de la serpiente. Entonces, en medio del aquelarre de bestias que se disputaban la carne desgarrada del sapo, se sentó sobre una piedra a esperar la muerte. Efectivamente, en pocos segundos, pudo ver cómo el reptil se asfixiaba mordiéndose la lengua bajo el efecto devastador de las ínfimas gotas de la sangre del niño, mucho más letal que el ofídico veneno.

Mezclado entre la multitud de bestezuelas, el consejero, encarnado en la forma de una hormiga minúscula, miraba a su protegido con orgullo paternal.

<p>12</p>

El pequeño príncipe reinó entre las bestias de las profundidades bajo la severa mirada de su protector. Después del pequeño Apocalipsis, la destrucción de los suyos y la de su pueblo, Inti Cuntur; después de erigirse como el único enviado de Wari exterminando a la hormiga, la serpiente y el sapo, el pequeño príncipe llevó una existencia sosegada, diríase larvada, latente, semejante a la de los gusanos que se preparan para la metamorfosis. Encerrado en su reino oculto en la profunidad de las montañas, protegido entre las oscuras paredes de la Salaman dra, el príncipe se preparaba, silenciosa y secretamente, bajo el consejo de su tutor, para el Gran Apocalipsis.

Cuando el consejero determinó que el Príncipe tenía la edad suficiente, decidió que era hora de que abandonara la Salamandra y partiera a mezclarse entre los hombres. Lo único que habría de llevarse consigo eran las modestas ropas que tenía puestas y solamente un objeto, el que él decidiera. Pero sólo uno. Tenía que ser una elección sabia, le advirtió el consejero, ya que no tenía posibilidad de arrepentirse. El Hijo de Wari no dudó un momento. Bajó a las ruinas de Inti Cuntur, caminó sobre los restos del apocalipsis que él mismo había provocado algunos años antes, se abrió paso entre las figuras petrificadas de aquel carnaval eternizado y se detuvo frente a la efigie danzante de su madre, Gregoria Galimatías Salsipuedes. Así, disfrazada de China Zupay, bañada en la liviana piedra volcánica del Wari, frente a frente, el príncipe comprobó que la había superado en estatura. En aquellos pómulos generosos y planos, en sus ojos rasgados, en sus labios gruesos, el joven Hijo de Wari pudo reconocer su propia fisonomía. La tomó por la cintura, calcárea y áspera, y la estibó sobre el hombro como quien cargara un contrabajo.

Con ese único equipaje bajó de los cerros hasta llegar al largo y tortuoso camino que habría de conducirlo al lejano pueblo que estaba al pie del valle. Caminaba seguido por una legión de reptiles e insectos que salían de la Salamandra y, a su paso, se fueron sumando toda clase de alimañas que andaban por los cerros.

Su tutor, el capitanejo Xavier Huáscar Molina Viracocha, encarnado en la forma de un cactus, lo despidió como si fuese la última vez que habrían de verse. Pero ambos sabían que no sería así.

<p>13</p>

El Hijo de Wari hablaba la lengua de los suyos y la del conquistador. Sin embargo, nunca había visto a un semejante. Ni siquiera en la persona de su tutor, Xavier Huáscar Molina Viracocha; lo había reconocido en las formas más diversas e inverosímiles, pero jamás lo vio encarnado en hombre. Conocía la forma humana por haberse visto a sí mismo reflejado en el agua o en el metal. Pero, desde luego, ésta no era sino una visión parcial y fragmentada. La rígida imagen de Gregoria Galimatías Salsipuedes, cargada ahora sobre su hombro, le devolvía apenas un poco de su propio aspecto. Pero de hecho ignoraba, en términos generales, cómo eran los hombres. No conocía ninguno de los humanos oficios porque, a decir de su tutor, salvo el de las estratagemas, un príncipe no debería ni siquiera verse tentado de saber ningún otro. Para eso estaban los subditos.

En su camino se cruzó con el primer congénere que habría de ver: un solitario pastor de llamas. Se miraron con simétrico asombro: el uno no podía entender qué hacía un hombre caminando por la ladera de la montaña, seguido por una legión de reptiles y llevando una estatua al hombro; otro, en cambio, no se explicaba por qué razón un hombre se dejaba someter por unos animales tan estúpidos y desagradables. Se dijo que si aquellas bestias de mirada cretina eran capaces de sojuzgar a los hombres haciéndose alimentar por ellos, si podían obligarlos a que las protegieran de los animales salvajes y les procuraran, en fin, toda clase de cuidados por el solo hecho de que resultaban útiles, a él -se dijo el Príncipe- habría de serle mucho más fácil todavía ganarse el favor de sus semejantes. De hecho, recordaba que su tutor una vez le había dicho que la utilidad no era sino un puro espejismo.¿Tiene el príncipe alguna utilidad? Esta pregunta es vana para el príncipe, aunque crucial para el vulgo. De modo que es menester que el vulgo jamás llegue a cuestionarse tal asunto. Carece de toda importancia que la investidura del príncipe sea, en sí misma, útil o completamente inservible; lo verdaderamente importante es que el príncipe pueda convencer a los demás de la propia utilidad de su existencia, al punto de parecer absolutamente imprescindible, siempre que tal esfuerzo redunde en su propio provecho. Por ejemplo, si alguien nos resultara indispensable, lo primero que deberíamos hacer es invertir la situación y convencerlo de que, en realidad, nosotros somos imprescindibles para él.


Sintió un inmediato y profundo desprecio por los pastores y una proporcional admiración por las llamas. Su consejero le había enseñado a valorar la estupidez y, en consecuencia, a desdeñar la inteligencia:


El príncipe tiene por función establecer los dogmas, siempre irracionales pero de suma utilidad para el ejercicio del poder. Conviene dejar en manos de los "inteligentes" el fundamento racional de los dogmas. Trátese del origen del Universo o de la aplicación de un nuevo impuesto, nunca faltará un filósofo, un teólogo o un jurista que explique por la razón lo que elpríncipe promulga por la fe o, llegado el caso, por el uso de la fuerza.


El encuentro con su primer semejante persuadió al joven Hijo de Wari de que no habría de resultarle en absoluto difícil convencer a los demás de que él era, en verdad, imprescindible.

<p id="uno">14</p>

El joven Hijo de Wari había caminado durante una jornada completa siguiendo el sendero tortuoso que zigzagueaba por la ladera de las montañas. Estaba exhausto y hambriento. Era noche cerrada cuando, hacia el final del camino que descendía hacia una profunda hondonada cruzada por un delgado hilo de agua, vio las primeras luces del pueblo. Impulsado por la brusca pendiente, el hambre y la fatiga, el Hijo de Wari apuró el paso hasta el talud donde se iniciaba el bajo caserío que se extendía, blanco y desigual, al pie de los cerros. Las casas estaban vacías y las calles desiertas. Desde un lugar incierto aunque cercano se escuchaba la música de los erques y los bombos que resonaba contra la falda de los cerros, subía y parecía descender desde el cielo. Era la fiesta de las Alesitas. El Hijo de Wari se aventuró por una callejuela y, más allá de la iglesia que se elevaba por sobre los techos exhibiendo su único campanario huérfano de campana, en el centro de la plaza, pudo ver el enorme fogón en torno al cual la gente bebía, cantaba y bailaba. Se le hizo agua la boca cuando vio una enorme olla, de un diámetro semejante al de su hambre, donde se cocía una yantar hecha de maíz y gallina, de papa y cerdo y de cuanta cosa tuviese una consistencia comestible. Más allá, a los costados de la plaza, se levantaban los enclenques puestos de la feria de las Alesitas. Desde una de las recovas que circundaba la plaza, el Hijo de Wari veía las tiendas donde se apiñaban incontables miniaturas hechas con el barro cocido de los anhelos: casitas blancas con techo de tejas, diminutos fajos de dinero, hombrecitos vestidos de novio, camiones del tamaño del pulpejo de un meñique, botellas de vino de la circunferencia de un clavo, llamas, vicuñas y ovejas agrupadas en manadas liliputienses y centenares de enseres minúsculos que la gente pagaba con el cobre único de sus esperanzas. Envuelto en la sombra de las columnas de la recova, el Hijo de Wari veía las mesas forradas de felpa púrpura diezmada por las polillas, donde los tahúres hacían su número de prestidigitación cobrando en contante y sonante a expensas de la candidez de los apostadores. Más allá, debajo de un toldo marchito, una fila de hombres esperaban su turno para tirar al blanco con un rifle de caño deliberada y sutilmente torcido. Obnubilado por el perfume que rezumaba la olla, el Hijo de Wari volvió a levantar a Gregoria Galimatías Salsipuedes, caminó hasta al fogón y, como ella misma lo hiciera en vida tantas veces, ofreció el cuerpo de su madre, ahora convertido en estatua, a cambio de un plato de comida. Sin terminar de convencerse, la vieja cocinera llenó un plato hasta el borde, se apuró para que no hubiera tiempo para el arrepentimiento, le agregó todos los condimentos que tenía y lo puso ante de las fauces hambrientas del Hijo de Wari. La vieja se quedó contemplando la magnífica escultura de la China Supay que acababa de adquirir y se dijo que aquel había sido el mejor negocio que jamás hubiera hecho.

El Hijo de Wari no había pasado inadvertido. Como si se tratase de un número más de todos aquellos que ofrecían sus habilidades a cambio de unas monedas, la gente se paraba a mirarlo. Era un extraño espectáculo verlo comer, sentado junto al fogón, rodeado de lagartijas de todos los tamaños y colores trepándose sobre sus hombros, de serpientes que se le enredaban alrededor de los tobillos y de las muñecas, de hormigas que formaban un círculo en torno a su famélica persona, de sapos, ranas y escuerzos que le saltaban de aquí para allá por sobre las rodillas. Antes de que hubiera terminado de comer, el Hijo de Wari levantó la vista del plato y notó que se había formado un nutrido grupo de curiosos queesperaban que aquel anónimo forastero hiciera su número.

Y no habría de hacerse rogar.

<p>15</p>

El Hijo de Wari se limpió la boca con el reverso del extremo del poncho y, con el ánimo recobrado después de haber comido hasta la saciedad, se detuvo a contemplar los rostros expectantes que se reunían en torno a él. Luego miró por sobre las cabezas y vio la cruz que remataba el campanario sin campana de la iglesia recortada contra la montaña. Consideró otra vez a los embaucadores que cambiaban una quimera por dos monedas, a los que vendían dos promesas diminutas al precio de cuatro certezas de cobre circular, a los que adivinaban la suerte en las tripas de los fetos de llama. Entonces pudo ver en los ojos de todos aquellos que se apiñaban a su alrededor el brillo candoroso de aquel que, en su desesperación, está dispuesto a cegarse para ver lo que anhela ver. El Hijo de Wari recordó las palabras de su tutor:


Nada suscita en el vulgo más ciega e incondicional lealtad que la mágica materialización de lo imposible. No existió profeta ni Mesías que no apelara al recurso del milagro para multiplicar la fuerza de su prédica. De todas las artes que debe conocer el príncipe, la magia es la más simple, la menos onerosa y la más deslumbrante arma de persuasión. Un príncipe puede ser respetado como estratega, venerado por su magnanimidad, puede ser reverenciado y obedecido por el temor o imponerse por la fuerza de las armas, pero todos caerán rendidos a los pies de aquel que abre las aguas de los mares, del que levanta los muertos de las tumbas, del que multiplica peces y panes, del que convierte en piedra al enemigo o, simplemente, del que hace aparecer baratijas entre sus manos para arrojarlas a la multitud. En fin, un príncipe no puede ser menos que un mago de poca monta.


El Hijo de Wari se incorporó ante la mirada expectante de la concurrencia que se había reunido espontáneamente. Todos retrocedieron un paso cuando los reptiles se descolgaron de la humanidad del joven desconocido desparramándose tumultuosamente. No tenía una gran estatura ni una estampa fornida; sin embargo, pese a su juventud, infundía un respeto cercano al temor. Su piel cobriza y su aspecto general no lo diferenciaban de los lugareños. Pero había algo indescifrable en sus ojos rasgados por la estirpe del Oriente que, teñidos con el color del Mediterráneo, le conferían una mirada insondable. Algo había en sus labios, inflamados con la sangre tórrida de los moros, que contrastaba con la frialdad de su expresión. Seguido por sus bestezuelas y, a una distancia cautelosa, por la pequeña multitud de curiosos, traspuso el perímetro de la plaza y caminó hasta llegar a la falda del cerro. Se sentó sobre una piedra y extendió los brazos para que se treparan las serpientes y las lagartijas. Cuando el público terminó de completar un semicírculo a su alrededor, tomó una culebra y empezó a apretarla en forma longitudinal desde la cola hacia la cabeza. Frente a los ojos absortos de la concurrencia, cuando apretó la garganta de la víbora obligándola a abrir la boca de par en par, extrajo de su interior un anillo que tenía el resplandor del oro con una piedra engarzada del tamaño de un garbanzo. Puso el anillo en la pata de un sapo y ante los ojos atónitos de todos, el sapo miró a cada uno de los asistentes, decidió y, serenamente, saltó hasta los pies de una mujer. Dejó el anillo delante de sus zapatos y volvió al lado del Hijo de Wari. La mujer se agachó, levantó el anillo del suelo y, sin saber qué hacer, miró desconcertada al joven mago. Sin emitir palabra, el amo de las bestias sonrió, asintió y así le hizo entender a la mujer -que parecía no poder cerrar la boca- que la joya le pertenecía. Antes de que el auditorio pudiera sobreponerse, hizo aparecer de la boca de la serpiente docenas de aros, collares, alianzas y hasta zapatos para los asistentes que, en su mayoría, estaban descalzos o llevaban unas sandalias miserables. Pero, salvo los anillos y los collares, el Hijo de Wari hacía aparecer sólo un objeto del par. Repartió decenas de zapatos derechos, de aros dispares, de gemelos únicos y de alianzas solamente para uno de los cónyuges. Cuando hubo terminado su número, dos ranas tomaron un sombrero por el ala y, saltando entre la multitud de piernas, recogieron las monedas que la gente sacaba de sus bolsillos. Era un silencioso enigma para qué habrían de servirle al joven nigromante aquellas miserables monedas, mucho menos valiosas que la más pobre de las alhajas que acababa de materializar. Cuando terminó de recolectar su menesteroso cobro, les dijo que guardaran cuidadosamente los objetos hasta su próxima vuelta al pueblo. Sin hacer caso a súplicas ni ruegos en contrario, el Hijo de Wari se dispuso a partir. Antes, sin embargo, volvió a la plaza, caminó hasta el puesto de la vieja cocinera y le compró la estatua de su madre, Gregoria Galimatías Salsipuedes, al doble de lo que valía el plato de comida por el cual se la había vendido.

<p>16</p>

Y así, vendiendo a su madre cuando era necesario y volviéndola a comprar: haciendo aparecer de las fauces de los reptiles las promesas impares que algún día habría de completar, caminando de pueblo en pueblo, durmiendo al sereno rodeado por sus bestias, poco a poco el Hijo de Wari logró que su nombre fuera viajando de boca en boca. Esperaban su regreso los que ya habían visto su número y, en los pueblos donde todavía no había estado, anhelaban el día de su llegada. Lo recibían como a una eminencia y lo despedían con interminables saludos. Los alcaldes e intendentes buscaban hacerse ver a su lado. Nadie sabía dónde había nacido, pero todos se diputaban el origen de su cuna. Las mujeres más viejas decían haberlo asistido en el parto, las más jóvenes insinuaban con evasivos silencios algún romance furtivo o una nocturna y misteriosa incursión de alcoba. Los hombres aseguraban guardar el secreto de su magia en una confesión de chicha amarga. Habían quienes presentaban las baratijas heredadas de su abuela como materializaciones del Hijo de Wari. Los cuatreros afirmaban que el ganado cuyo origen no podían confesar, había sido una dádiva del joven mago. Y todos aquellos que realmente conservaban un objeto impar gestado en las fauces de la serpiente, lo guardaban como la mitad de un pequeño tesoro que habría de consumarse el día de su prometido regreso.

Y así, caminando durante el día y durmiendo al sereno durante la noche con el único abrigo de sus reptiles, a medida que avanzaba por la cordillera y llegaba a nuevos pueblos, en la misma proporción,iba creciendo su acervo. Las monedas, poco a poco, fueron convirtiéndose en atados de billetes cada vez más voluminosos.

Su joven rostro empezó a verse en las tallas de los paganos relicarios de yeso que se vendían en las ferias y en las miniaturas de las Alesitas; invocaban su nombre en las oraciones para pedir el favor de los ángeles o desatar la ira de los demonios. Su fugitiva estampa aparecía en las aguafuertes, junto a las de los santos, entre las velas de las Misas Blancas oficiadas por los yatiris y en las Misas Negras celebradas por los brujos. Si llovía sobre los secos cultivos, era por obra y gracia de las invocaciones al Hijo de Wari. Si en cambio la sequía ajaba la tierra hasta estrangular los sembradíos, era porque no habían sido lo suficientemente gratos con el Hijo de Wari en sus oraciones.

Y cada vez que llegaba a un pueblo se festejaba hasta la madrugada como si se hubiera adelantado el carnaval.

Y cada vez que, seguido por sus bestias y cargando la cariátide de su madre petrificada, se alejaba por el camino de los cerros, lo despedían con la misma congoja con la que se celebraban los funerales de los niños.

Y así anduvo hasta haber visitado todos los caseríos que se desperdigaban, como dijes de un collar, alrededor del largo cuello de las montañas. Nunca estuvo dos veces en un mismo pueblo. A su paso había dejado un extenso reguero de promesas únicas y asimétricas iguales a la flor del cardón que abre sus pétalos al viento, esperando el polen dulce del apareamiento.

Y entonces, cuando todos esperaban su regreso, sin que nadie pudiera predecirlo, el Hijo de Wari desapareció de la faz de la Tierra.

<p>17</p>

Nada volvió a saberse del Hijo de Wari. Nadie lo vio en ninguno de los pueblos que había visitado ni tampoco en aquellos que se alejaban de la falda inhóspita de la montaña. Nadie volvió a ver su furtiva estampa entre los cerros. Y conforme pasaba el tiempo y se dilataba su ausencia, en la misma proporción, iba creciendo el recuerdo de su figura y la añoranza en los corazones tocados por su cetro impar. Su nombre empezaba a pronunciarse en las ciudades a uno y otro lado de las fronteras. En la memoria difusa del anhelo, su magia sencilla se había trasformado en verdaderos milagros; su silencio enigmático era recordado entre los pobres como una prédica vindicatoria; entre los ricos, como un mensaje de eterna prosperidad; entre las mujeres, como una diatriba contra el injusto yugo; entre los jóvenes, como una apología encarnada de la efébea condición; entre los ancianos, como una exhortación a la honra de la vejez; entre los hijos de Inti, como grito de rebelión contra el blanco, y entre los blancos, como un declarado asentimiento al ancestral señorío sobre los descendientes de Atahualpa.

Y así, a medida que se dilataba la espera, cada día que pasaba se multiplicaba el volumen de la desazón y el número de los que guardaban una vigilia esperanzada y paciente.


La materia del príncipe debe estar constituida por la misma substancia de la que están hechas las promesas. El valor de la promesa no ha de estar dado por su cumplimiento, sino, al contrario, por su dilación indefinida en el tiempo. Una promesa cumplida genera en el vulgo, al contrario de lo que indicaría el sentido común, una profunda decepción. No existe obra más magnánima que aquella que reside en la imaginación. La realidad nunca puede superar en perfección a la idea. De manera que cuanto más ideales e irrealizables sean las promesas, tanto más fuerza tendrá en las ilusiones del vulgo. Siempre será mucho más tenido en estima aquel que se presente como un idealista soñador que el que concrete en la realidad sus obras que,irremediablemente, siempre se verán más torpes y deslucidas que la idea que de ellas había generado. Una mujer siempre es más bella, más sublime y deseada mientras nos es ajena. Su encanto disminuye ni bien conseguimos tenerla en nuestros brazos. A tal punto esto es innegable que las propias Tablas de la Ley nos prohiben, no ya a la mujer del prójimo, sino al propio deseo sobre ella. Un objeto nos será apetecible cuanto más se dilata nuestra espera y, al contrario, se desvanecerá el interés sobre él tan pronto como lo poseamos.

La propia figura del príncipe deberá obedecer a este principio. Tendrá que entregarse al vulgo con la misma etérea perfidia de una mujer fatal. Alternativamente deberá mostrarse enamorado de sus subditos y, al día siguiente, evasivo y escurridizo del fervor popular. Nunca un amante puede mostrarse posesivo y mendicante de amor. El príncipe debe proceder como el amante perfecto: si para conservar la estima del vulgo tiene que posponer el cumplimiento de una promesa, habrá de estar dispuesto, también, a privar al vulgo de su propia presencia para hacerla infinitamente más deseable.


Siguiendo los consejos de su tutor, Xavier Huáscar Molina Viracocha, el Hijo de Wari decidió diluirse por un tiempo de este mundo para consolidarse en el espíritu de sus seguidores.

<p>18</p>

Más de tres interminables lustros permaneció el Hijo de Wari en un hermético retiro. Nadie, ni siquiera su fiel consejero, conoció el recóndito lugar de su aislamiento. Hubo toda clase de especies y rumores en torno a su paradero. Los alfareros, que bajaban para vender sus artesanías al pueblo del otro lado de las montañas, decían que decían los viajantes que iban a la ciudad que decían los que iban al otro lado de la frontera que los que cruzaban el río ancho decían que decían los que viajaban a la capital que decían los que atravesaban el océano que lo habían visto, llevando la estatua de la China Supay a cuestas, seguido por su cohorte de lagartijas, sapos e insectos, haciendo aparecer de la boca de la serpiente aros, alianzas, gemelos, zapatos y toda clase de impares a la espera de su pareja. Decían que decían haberlo visto caminando por las escarpadas laderas de las Rocallosas y bordeando los infinitos precipicios del Himalaya, decían que decían haber visto su paso decidido a través de la cintura de los Urales y entre las cumbres cercanas al Monte Ararat.

Pero éstas no eran más que habladurías. Lo cierto fue que durante tres eternos lustros nadie, absolutamente nadie, volvió a saber de su existencia.


1

<p id="_Toc108439959">1</p>

Igual que su madre. Igual que la madre de su madre y que sus hijas. Igual que las hijas de sus hijas. Igual que todas las que habrían de salir de su entraña y de la entraña de su entraña. Igual que la primera, la Innombrable, la que con su traición condenó a toda su femenina progenie a la Maldición del Conquistador. Igual a todas las que cargaban en su vientre con el escarmiento del oprobio. Igual que toda su ascendencia, Gregoria Galimatías Salsipuedes, séptima generación del emponzoñado árbol genealógico desde los tiempos del Adelantado, parió sin siquiera notarlo durante los festejos de la Diablada. Concibió no habiendo cometido otro pecado, al menos aquella fatídica noche previa al pequeño Apocalipsis, que el de la gula. No presentó ninguna señal de preñez. Parió exenta de dolor o sufrimiento. Parió sin darse cuenta, víctima de una súbita indigestión que le había aflojado las tripas obligándola a desertar de los bailes ofrecidos en honor a la Virgen del Socavón. Fue un trámite expeditivo y corriente.

Gregoria Galimatías Salsipuedes había tenido que abandonar subrepticia y raudamente su turno en la danza del destierro de los demonios, mientras esperaba que el Arcángel Miguel la llamara para rendir cuentas junto con los que representaban a los pecados capitales. A causa, quizá, del estigma de la traición que cargaba sobre los hombros de su espuria ralea, le había tocado representar a la Mujer Diablo, la China Supay. Sin que el yatiri, que presidía la ceremonia, lo advirtiera, Gregoria Galimatías Salsipuedes, oculta tras su mefistofélica máscara, se escabulló entre la multitud de diableznos que bailaban despojados de sus fueros, extraviados en el laberinto de chicha y desenfreno por el que los conducía el brujo con su salmo monocorde. Con paso corto pero veloz, caminaba ladera arriba del cerro tomándose el vientre, envuelto en una faja de monedas, con gesto perentorio. Trepaba la pendiente luchando contra la urgencia y el molesto bailoteo burlón de un danzante ukumari que, como un tábano, la merodeaba imitando su paso. Cuando hubo alcanzado la cumbre, en la soledad de la cima mochada por el viento, se trepó a horcajadas sobre la horqueta que formaba una retama muerta y se dispuso a restituirle a la Pachamama los frutos que, en exceso, le había tomado prestados durante los festejos. Sentada en la rama con su máscara cornamentada, podía oír, como una letanía, el canto del yatiri.


Con el perdón de la Virgen

que ansia matar sus penas,

te has convertido en diablo

por la mina y sus riquezas.


Gregoria Galimatías Salsipuedes, doblada sobre sí misma, sentía que la cordillera toda le giraba en torno, víctima de los vapores de la chicha de maíz, el vino y el aguardiente. Como si proviniera del interior de su cabeza, escuchaba, multiplicados por la cifra de las paredes de las montañas, la voz mortuoria del erque, el desconsuelo de los sikus y la insistente súplica de los pincuyos detrás de la voz del brujo:


Tan pronto estás en el cielo

como danzas en la tierra,

mezclando sobre tu pecho

resplandores y tinieblas.


A través de las esferas de sus ojos de cartapesta veía, difusamente desde lo alto, el baile frenético de los kusillu, los hombres cóndor, y de las Caya Caya Warmi Auca, las mujeres guerreras. Gregoria Galimatías Salsipuedes se tomaba el abdomen y, arrellanada en la rama seca, abonaba la tierra apergaminada y mustia de la montaña. Apuntaba al cielo con los cuernos filosos de tocuyo, cola y yeso y al suelo con la cola diabólica hecha de alambre y trapo. Sabía que tenía que bajar antes de que terminara el canto del yatiri.


Tus ojos de revoltijo

son la imagen de las fieras,

con infierno y con volcanes

y abismos que no se cierran.


Bajó la cabeza, involuntariamente se miró los pies y vio que los tenía salpicados con la sangre de la llama que, en ofrenda al Tío, el Espíritu de la Mi na, había sido degollada por el yatiri durante la chaya. Viendo que el canto estaba por llegar a su fin, tensó las tripas, reunió fuerzas y se dispuso a terminar con aquel molesto trance.


La serpiente de tu mano

que cuando mira envenena,

es como el ansia de un gozo

que se divierte de pena.


Todo lo que quería Gregoria Galimatías Salsipuedes era acabar de una vez por todas con aquello y volver al baile. Envuelta en su traje de tafeta, iluminada por el sol de los Andes que se reflejaba hasta el infinito en sus charreteras de hojalata y galones dorados, en el raso de la blusa, quería ser luz y, siendo que era la mujer de Luzbel, era luz pura, pura luz.


Tus cuernos que se prolongan,

como tus brazos desean,

son de todos los pecados,

los más viriles emblemas.


El yakiri cantaba y en su liso cantar de retahila la llamaba a la danza. Sentada sobre una retama muerta más alta que el mundo, devolvía a la Pacha mama todo lo que, generosamente, la Pachamama le había regalado. Y le rogaba que ya basta, que ya estaba bien, que estaban mano a mano, le suplicaba que la dejara volver a la chaya.


La carcajada que baja

del dragón de tu cabeza,

es la expresión de la vida

hecha de risas y quejas [1]


Una vez que consideró saldada la deuda con la Madre Tierra, se incorporó, se acomodó las numerosas faldas que la envolvían como a una cebolla, esquivó de una zancada el pestilente y generoso montículo del que acababa de desembarazarse y, un poco más compuesta, emprendió el descenso del cerro y volvió a los festejos. En el mismo momento en que el Arcángel Miguel llamaba a la rendición de cuentas a la China Supay, Gregoria Galimatías Salsipuedes se reintegró al grupo de diablos y compareció ante él como si nunca se hubiese ausentado. Jamás notó que en la cima trunca del cerro, dentro de aquel cúmulo cochambroso que se confundía con el color de la tierra y el guano de los cóndores, se agitaba un sutil y regular latido que albergaba una entidad viviente.


2

<p>2</p>

Lo mismo hubiese dado que Gregoria Galimatías Salsipuedes pariera de este o del otro lado de la frontera. De hecho, la frontera no era sino una entelequia, un designio resuelto en una fundación celebrada abajo, en un despacho de una ciudad remota, donde alguien decidió reemplazar el nombre con el que los dioses hubieron de consagrar aquella pequeña planicie entre las cumbres a la protección del Cóndor llamándola Inti Cuntur, y rebautizarla con el inexplicable nombre de Puna de la Frontera.

Pero la frontera no era más que una conjetura, un expediente remoto y ajeno concebido en la llanura improbable de la cartografía. Sin embargo el viento iba y venía a su antojo a uno y otro lado de la divisoria imposible que no coincidía con el curso de un río o el escollo de una montaña, ni con la barrera de un idioma o la hostilidad de dos pueblos rivales, ni con el límite entre la aridez y la fertilidad o el del abismo que separa la pobreza de la miseria.

La única frontera cierta era la que existía entre el arriba del abajo. Inti Cuntur era el arriba y todo lo demás el abajo. No había oriente ni occidente. No había norte ni sur. Las nubes y sus engendros de truenos y relámpagos eran cosas que sucedían abajo, desde la profundidad de los acantilados, en las laderas que sostenían la pequeña planicie de Inti Cuntur. Lo mismo hubiera dado que Gregoria Galimatías pariera aquella inmundicia de este o del otro lado de la frontera.

Así como el espacio se dividía entre el arriba y el abajo, el tiempo se calculaba entre el antes y el después del carnaval, según lo que faltara para el próximo y los días que lo separaban del anterior. Desde los tiempos de la Maldición del Conquistador, cuando los Amawtas se petrificaron de horror ante la noticia del asesinato de Atahualpa, esperaban en cada nuevo carnaval el regreso del inca. Desde aquel cataclismo de tinieblas e ignominia, de saqueo y yugo, los guardianes de la sabiduría, los Amawtas, recluidos en su silencio de piedra, vivos en la latente quietud de la roca, habrían de volver a la humana materialidad el anhelado día del pachacuti. En cada carnaval esperaban aquel glorioso amanecer del cataclismo inverso, el segundo gran caos desde cuya tumultuosa tripa habría de restablecerse el orden del universo y entonces se rompería para siempre la negra taumaturgia del maleficio del conquistador, y el inca volvería a reinar sobre los Andes.

Igual que en los tiempos de guerra, la época del Drama, a cada enemigo capturado habrían de desollarle el rostro y cubriéndose la cara con él, prescindirían de la Comedia del carnaval, de la máscara del conquistador ridiculizado con el yeso y la cartapesta. Entonces ya no habría carnaval. Pero mientras tanto, hasta que llegara el pachacuti, tenían el artificio de la dramaturgia; la épica se disfrazaba de sainete y, a fuerza de encarnación y simulacro, acababa en la Tragedia de la muerte del Danzante.

Hubiese dado lo mismo que Gregoria Galimatías Salsipuedes, disfrazada de mujer diablo, montada sobre la horqueta de una retama muerta, pariera a uno u otro lado de la línea imposible de la frontera. La fatalidad habría de producirse de uno u otro modo.

Sin que nadie lo sospechara, se avecinaba el peor de los cataclismos.


3

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Para la hedionda criatura, una retama muerta recortada contra el cielo crepuscular era todo el amparo que la cobijaba del viento helado que se levantaba junto con el ocaso andino. Una vicuña, mientras husmeaba los resquicios de las piedras en busca de alguna hierba seca, tropezó la curiosidad de su hocico con el despojo que palpitaba al pie del árbol. Primero lo miró con intriga, lo olfateó intentando descifrar si su incierta naturaleza era comestible. Confrontada a su propia extrañeza, la vicuña lo sacudió con una pezuña blanda y aprensiva, descorriendo el velo de estiércol que ocultaba un diminuto rostro humano. Presas de un pavor simétrico, nariz contra nariz, se medían. El niño dio su primer y estruendoso alarido que se prolongó en un llanto con el que inauguró la mecánica de la respiración; la vicuña, espantada ante el inédito espectáculo de la bosta parlante, corrió provocando un breve movimiento telúrico debajo de sus patas. El niño, envuelto en su ajuar de mierda, rodó ladera abajo y se deslizó suavemente por un talud de hierbas. A su paso, unos pequeños guijarros saltaron como un puñado de dados que, al impactar sobre el tapete de un peñasco, habrían de sumar la cifra que determinaría la tragedia. La piedra se debatió unos segundos a cara o ceca en el borde del abismo, hasta perder el equilibrio y desbarrancarse hacia el interior de la boca abierta en el bostezo milenario del volcán Wari. La roca siguió su carrera descendente hacia la negra garganta del gigante dormido, rodó hasta las profundidades donde jamás había entrado la luz del cielo y, desde la noche sin tiempo del corazón de la montaña, bajó al crepúsculo luciferino que anunciaba la proximidad de la roja lengua de lava. El volcán se conmovió en un sordo ronquido que se condensó en un soplo de humo y polvo. La vieja mole hubiese seguido durmiendo el sueño de los justos de no haber sido por una minucia geológica: la roca, en vez de seguir su curso hacia el subterráneo río de lava y fundirse como la cera de una vela, se elevó a causa de la exhalación y fue a dar al interior de un resquicio que conducía a la tripa misma del monstruo; ajena a la catástrofe que se avecinaba, se internó en el magma del volcán. Como un viejo dragón que fuese fastidiado por un minúsculo parásito ventral, la montaña rompió su plácido sueño y, sin siquiera anunciarlo, estalló en un arrebato de ira hecho de fuego. Vomitó un océano de lava sobre Inti Cuntur. Todo sucedió tan rápido que nadie tuvo tiempo de correr.

En menos de lo que separa al relámpago del trueno, el Wari envió una tempestad de roca incandescente que de tan roja era blanca, un diluvio de piedra ardiente que se abatió con la rapidez de la lengua de una serpiente sobre la alta planicie en medio de los festejos del carnaval.

La última fiesta quedó inmortalizada en estatuas danzantes, en perfectas esculturas de rientes Kusillus y Ukumaris parados en una sola pata soldada contra el suelo, en vividas cariátides que sostenían cestas de ofrendas, en pétreas efigies de hombres pájaro a punto de elevarse, en bajorrelieves de niños eternamente dormidos, en tallas calcáreas de músicos y yakiris, en nutridos grupos escultóricos que representaban el cerdo hambriento de la gula, el gallo rampante de la soberbia, el perro huidizo de la envidia y, más allá, desperdigados entre el petrificado follaje, repetidas representaciones de la lujuria, solitarias figuras prodigándose placer a sí mismas mientras contemplaban la extática conclusión de una fellatio, las más incomprensibles posiciones de a pares, de a nones, de a grupos, confundidos los cuerpos y los géneros, las edades y los parentescos. Iconos graníticos de la pasión, la piedad, la maternidad, en fin, todas las virtudes y todos los pecados imaginables. Fantásticas imágenes petrificadas de hombres que representaban sapos petrificados que habían quedado realmente petrificados. La figura petrificada de un hombre petrificado que remedaba al Amawta petrificado, era ahora piedra real.

Gregoria Galimatías Salsipuedes quedó para siempre vestida de China Supay, los brazos abiertos, adorando a un Lucifer mineralizado que, en el centro de la escena, blandía el tridente hacia el cielo enseñando los colmillos en una carcajada eterna. Proclamaba su triunfo con la diestra y, con la otra mano, extendida hacia la planicie, mostrando su obra terminada, parecía pronunciar la vieja sentencia oracular: Todo entra en la piedra. Todo vuelve de la piedra. De la tripa de la piedra, de las heladas cavernas de piedra, del interior de la sustancia pétrea de la montaña, habrán de brotar la hordas de Lucifer. Las puertas de la Salamandra habrán de abrirse un día y volverán de su tumba de piedra las plagas del gigante Wari, el Destructor, convertido en montaña de piedra. Así como el maléfico Wari, condenado a la piedra por los brazos flamígeros de Inti, envió a sus lugartenientes, las plagas representadas por el sapo, la serpiente y las hormigas, derrotados y petrificados por Ñusta, la nacida del Arco Iris, de la misma forma, habrán de regresar de la piedra.


Inti Cuntur quedó convertida para siempre en una acrópolis andina fantasmagórica, habitada por eternos danzantes inmóviles detenidos en la última cacharpaya.

Hubo sólo un sobreviviente.


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Ajeno a la catástrofe que acababa de provocar, de espaldas a la ciudadela fosilizada en que se había convertido Inti Cuntur, por la ladera opuesta del cerro, el niño se deslizó serenamente sobre el suave repecho de hierbas secas. Agotado por los avatares del parto, el reciente altercado con la vicuña y la breve excursión por la montaña, el pequeño, envuelto en su hediondo ajuar, concluyó su caída a las puertas de la Salamandra. Con una sonrisa beatífica se durmió profundamente.

– Asombroso- dijo el sapo, maravillado, mientras se sacudía el polvo de la piedra milenaria de la que acababa de liberarlo el beso llameante del Wari. Encandilado por la tenue luz del atardecer y los rescoldos candentes que brillaban sobre los restos de Inti Cuntur, miraba al pequeño dormido a sus pies todavía aletargados por la quietud secular. Miraba con sus ojos salidos como abalorios y un poco estrábicos aquella criatura ínfima que acababa de provocar el ansiado cataclismo. Bostezó largamente, se estiró cuan largo era, se rascó la cabeza y de a poco fue recuperando el saludable verdor de su piel agrisada por el tiempo y el sílice. Y mientras sacudía su añosa modorra no dejaba de repetir:

– Asombroso.

El sapo rompió su ayuno de siglos estirando la lengua, todavía un poco entumecida pero lo suficientemente ágil para cazar una mosca en vuelo. Tragó su pequeña presa, soltó un eructo corto y frío, miró en derredor el paisaje de humo y destrucción y no terminaba de dar crédito a lo que veía. El sapo vestía un antiguo y abollado peto de bronce semejante al de los conquistadores. En la cabeza tenía puesto un enorme yelmo que había pasado del tinte atezado de la piedra al del óxido, debajo del cual se adivinaba un gorro coya que asomaba sus borlas Por debajo del acero. Su metálico vestuario de anacrónico guerrero contrastaba con unos pantalones colmados de parches deshilachados. Se miraba a sí mismo, examinaba sus manos, sus dedos unidos por un fino epitelio rematados en pequeñas falanges circulares. Daba pequeños saltitos, de aquí para allá, primero con la torpeza del aterimiento centenario pero, conforme se acostumbraba a su viviente condición, sus finos músculos iban cobrando tiesura y agilidad. Con un ojo miraba al niño y, a un tiempo, con el otro, contemplaba las últimas fumaradas del Wari que volvía a su sueño sempiterno. Tomó una rama seca y, hundiéndola en un delgado hilo de lava, la convirtió en un pequeño cirio con el cual encendió una fogata a las puertas de la caverna. Alzó al niño entre sus verdosos brazos; con unos ligeros lengüetazos lo lavó desembarazándolo de las costras de inmundicia y finalmente lo posó cerca del fuego. Se sentó sobre una piedra, rebuscó entre los pliegues del poncho que llevaba debajo de la pechera oxidada, extrajo una pipa de boquilla de caña y la encendió con la misma rama ardiente. Miró hacia el interior de la caverna apenas iluminada por la fogata y, a la vez que soltaba la primera bocanada de humo espeso, gritó:

– Venid, fieras del carajo, venid a salutar a nostro novo Príncipe. Levantaos alimagnas da mierda que la noite sempiterna se acabó. Sacudios el letargo de la piedra, hijos de setenta generaciones de nobles putas.

El sapo hablaba en una jerigonza que mezclaba las lenguas de la montaña con el idioma del adelantado y otras voces que alguna vez había oído y se fueron adhiriendo a su lengua pegajosa. Desde el interior de la Salamandra se escuchaba un crujido grave, una crepitación como de cimientos a punto de ceder ante un derrumbe. Viendo que nadie acudía a su invocación, el sapo elevó la diminuta antorcha por sobre su hombro y entró a la caverna que cimbraba como una mina a punto de desplomarse. El fondo de la cueva parecía un verdadero adoratorio satánico, a diestra y siniestra podían verse infinidad de alimañas montadas unas sobre otras, serpientes enroscadas en un tortuoso ir y venir por encima, por debajo, por dentro, ingresando y saliendo por los orificios de un bestiario inclasificable, incontables reptiles, insectos ponzoñosos, componían un orgiástico friso de fieras que pugnaban por salirse de su sarcófago de piedra. La Salamandra temblaba a merced de la subterránea horda de demonios que pujaba por rebelarse a la tumba de roca a la que los había condenado el Arcángel. El Sapo gritaba y, a su paso por entre las horrendas figuras, al tiempo que las golpeaba con su cetro desvencijado, las conminaba:

– Despertaos so mierdas, ved a ver la jeta de vuestro novo redentor.

La cueva trepidó y entonces la roca se partió como un huevo gigantesco. En medio una tromba de guijarros y polvo, del interior de la cascara pétrea irrumpió una horda de bestezuelas que corrían es-trellándose contra las paredes, aplastándose las unas a las otras, hasta alcanzar el exterior de la cueva.

El sapo espantaba a las bestias menores con el bastón o simplemente a patadas. Alumbrándose con su pequeña antorcha de madera y lava, buscaba a alguien entre las plagas espantadas de luz y libertad.

– Dónde estáis, reina de todas las putas -gritaba con su voz ronca y profunda-. Venid a rendir pleitesía al Hijo de Wari. A despertar.

Entonces, desde el lugar más oscuro de la caverna, asomó una sombra entre las sombras.

– Tantos años de paz, tanto tiempo sin tener que escucharte, Poquiscolla Millma Rinri [2]-dijo una voz grave y femenina-. Silencio, ya te oí.


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Desde la fría negrura de la Salamandra, abriéndose paso entre una multitud de hormigas que parecían rendirle temerosa pleitesía juntando las patas anteriores por sobre las cabezas gachas, majestuosa y soberbia, hizo su aparición, después de centurias de pétrea monarquía, la Hormiga Reina. Era la soberana indiscutida de la más voraz de las plagas, la firme conductora del ejército más temido y el que mayor destrucción había causado entre los Urus, devorando casas y hasta poblados enteros, exterminando cosechas y diezmando las tierras dejándolas más yermas de lo que siempre fueron. Era, sin duda, la más fiel enviada de Wari, quien la había ungido de sus reales atributos. Y fue, también, la primera en aliarse a los aimaraes contra su propio pueblo, los Urus, la primera en traicionar a los aimaraes y unirse, a su llegada, a las huestes de Sus Majestades de España.

Erguida y magnífica, llevaba en la diestra el cetro real, tallado con la madera de la ingratitud, rematado con la empuñadura de oro y rubíes, símbolo de la traición, que el Adelantado le había obsequiado para sellar la nueva alianza. A guisa de corona, llevaba un bacinete adornado con sendos cuernos contorsionados, hechos de marfil y oro, que le cubrían las antenas. Una infinidad de collares se derramaba sobre el escote abierto que le destacaba el suntuoso busto, contrastante con la cintura, que, de tan estrecha, con los cuatro brazos puestos en jarra, podía tocarse los dedos de ambas manos ciñendo su talle. El vestido, ajustado al cuerpo, sugería unas piernas larguísimas, interminables y delgadas. Su estatura bípeda era incomparablemente mayor que la del resto de las hormigas que andaban en sus seis patas. Tenía unos ojos negros enormes y almendrados.

– Antes de dirigirme la palabra, Poquiscolla, es necesario que recuerdes que soy la Reina, ungida por el mismo Wari. Y, ante todo, que no olvides nunca tu condición de bufón -dijo la hormiga reina iluminada ahora por el fuego.

El sapo había quedado extasiado ante la belleza de la reina. De la cintura para arriba la examinaba con un ojo y, hacia abajo, con el otro. Sin acuerdo a protocolo y llevado por su vulgar naturaleza, no pudo evitar un arrebato de exaltación:

– Ah, vieja putarraquesa, soberanesa de todas las putesas, ni el tiempo ni la piedra han podido con tu voluptuosidad -y mientras daba unos saltitos en torno a la reina, vociferaba:

– Mirad qué culo mañífico, Oh Tu Maxestad, ved qué cintura tan menguada y tan estrechia tenéis.

– Según puedo ver, ni los siglos de obligado sosiego han conseguido cambiarte. El mismo idiota.

El sapo y la Reina intercambiaron rosarios de imprecaciones, advertencias, juramentos, blasfemias, insultos y pestes de toda laya. Iguales a las vacuas discusiones de siempre, como si los siglos no hubiesen pasado, como si el hecho de haber vuelto a la vida no tuviera para ellos la menor importancia. Y así hubieran seguido, maldiciéndose por otras cuatro centurias, de no haber sido porque, desde la entrada de la cueva, se escuchó un llanto estentóreo. En cuatro largos saltos, el sapo acudió al llamado de su salvador. Sopló las brasas para avivar las llamas que empezaban a languidecer y acercó al niño a la fogata. Pero viendo que la causa de tal profusión de lágrimas no era el frío, el sapo llamó a la hormiga. Con sus enormes ojos llenos de intriga y estirando las antenas por fuera de la cornamenta del bacinete, la reina miraba al pequeño desconsolado.

– Os apresento a vuestro Redentor, el Hijo de Wari que nos ha libertado de la piedra -dijo el sapo de rodillas ante el niño.

Las bestias menores, lagartos, lagartijas, culebras e insectos, se acercaban lenta y temerosamente al improvisado moisés de hierbas junto al fuego, con respetuosa curiosidad, se elevaban tímidamente en sus cuartos traseros, agitaban las aletas nasales o bien estiraban las lengüecillas atisbando el aire.

La Hormiga Reina, adivinando que el súbito berrinche no era más que hambre, lo alzó entre sus cuatro brazos, se desabrochó el escote dejando al descubierto su pequeño aguijón ponzoñoso y, con maternal cuidado, posó la boca del niño en el espolón que le brotaba del pecho como un agudo pezón. El pequeño bebía de aquel dulce veneno con un hambre voraz, como si aquella primera comida fuese a ser la última. Y a medida que comía, iba recobrando una vitalidad que se revelaba en el creciente rubor de las mejillas. Se hubiera dicho que de ese mismo venenoso calostro estaba compuesta la materia de su incipiente espíritu.

Aquella negra Natividad junto al fuego habría de verse interrumpida por una nueva llegada.


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Desde las profundidades de la cueva, arrastrándose con pereza, asomó la punta de su cabeza triangular la tercera lugarteniente de las plagas enviadas por Wari: la serpiente. Todavía un poco anquilosada por los siglos de obligado letargo, miraba no sin cierta sorna aquella patética escena. Con unos ojos colmados de malicia y escéptica fatuidad, oculta en su propio sigilo, desde el anonimato de la penumbra, se complacía viendo sin ser vista. Antes de que la delatara una incontenible carcajada, con la voz en falsete dijo:

– Pero qué ternura, todavía no terminó la cacharpaya y ya empezaron los festejos de Navidad.

La serpiente se arrastró hasta los pies de la hormiga, se enroscó formando una base circular con su cola e, irguiéndose sobre su eje, le dijo acercándole la lengua bífida al oído:

– Qué pesebre viviente tan hermoso. Miren a la Virgencita -decía y enroscaba su cuello alrededor de los cuernos del bacinete de la hormiga que protegía al niño con sus cuatro brazos de la lengua filosa de la víbora.

– ¿Y este poquiscolla anda siendo el José? -susurró formando un tirabuzón alrededor del cetro destartalado del sapo.

De pronto, en un latigazo más rápido que losomnividentes ojos de la hormiga reina, la serpiente le arrebató al niño de entre los brazos y, haciendo un anélido moisés con la cola, lo acunó al borde del abismo.

– ¿Y diande han sacao a este Jesusito? -preguntó balanceándolo al filo del precipicio.

La serpiente miró al niño que dormía plácidamente en la concavidad de la cuna escamada, acercó sus narices y lo examinó con las puntas de su lengua dividida. Hizo un gesto de repulsión y sentenció:

– Esta basura que hiede a mierda no puede ser el Hijo de Wari.

Entonces transformó el canasto de su cuerpo en un cadalso y, con el extremo de la cola convertido en una soga patibularia, se enroscó en torno del cuello del pequeño y, sin otro motivo que el dictado de su viperina naturaleza, lo condenó a muerte.

Ante los espantados e impotentes ojos de la hormiga, el sapo y las bestias menores, la serpiente empezó a apretar el lazo vermiforme alrededor la garganta del pequeño.


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Sin hacer caso a súplicas, ruegos desesperados, votos a Wari, ni a invocaciones a todos los soberanos de las profundidades, la serpiente se complacía dando su cáustico espectáculo frente al aterrado auditorio. Pero el niño era dueño de una calma que se diría ajena a la infantil carencia del sentido del peligro; al contrario, parecía afrontar el trance con el aplomo y la resignación de un anciano que ya hubiera vivido lo suficiente. Y cuanto más indiferencia mostraba el pequeño, tanto más parecía perder su tranquilidad la serpiente. Ella hubiera deseado una ceremonia más escandalosa, adornada de llantos y alaridos, de apremiantes sofocones y grandilocuentes convulsiones como las que suelen preceder a la muerte por ahorcamiento. Pero el niño, colgado por el cuello, bostezaba mirando de reojo a su victimaría como instándola a terminar de una vez con aquel aburrido espectáculo. La serpiente, fuera de sí y habiendo perdido el sarcasmo que la caracterizaba, se dispuso a dar el apretón final. Pero ante la pertinaz y desafiante apatía de su víctima ya no podía disimular sus propias dudas. ¿Y si realmente fuese el enviado de Wari? ¿Acaso podía esperarse tanta indiferente malicia frente a la inminencia de la muerte? ¿Y si en verdad volviera a transformarse en piedra? Sin embargo, aquello se había convertido para la serpiente en una cuestión de principios. Y parecía estar dispuesta a correr el riesgo. Finalmente, se dijo, dar un paso atrás era condenarse al descrédito frente a todas las bestias de la Salamandra.

El sapo adivinó de inmediato las íntimas cavilaciones del reptil. Supo entonces que en el resquicio del dilema estaba la oportunidad. Conocía el orgullo de la serpiente y la sabía incapaz de revocar una decisión. De modo que, se dijo, la única posibilidad era, paradójicamente, la de reemplazar aquella resolución por otra más tentadora. En el mismo momento en que el niño empezaba a pasar del blanco lívido al morado cianótico, el sapo, intentando simular calma, se acomodó el viejo yelmo, pitó largamente la pipa y envuelto en una nube de humo espeso, habló:

– Apostemos -dijo escueto y enigmático.

La serpiente tenía fundados motivos para dudar de la autenticidad del oscuro Mesías. ¿Acaso no habían confiado también en las promesas del conquistador? ¿Qué podía disuadirla del recuerdo de la traición? También en esa oportunidad se habían dejado convencer de que aquellos que habían sembrado la destrucción eran los verdaderos enviados de Wari. Había creído ver en los asesinos de Atahualpa la auténtica e indudable encarnación del gigante Wari. Y sin embargo fue el Arcángel Miguel, traído por el conquistador, el que habría de condenarla a ella y al resto de las plagas al sepulcro de la piedra.

El sapo insistía en que no podía haber dudas de que aquella criatura que acababa de liberarlos era el príncipe, el enviado de Wari; una vez más le señaló los recientes vestigios de la destrucción que el pequeño había provocado. En el preciso momento en que el sapo iba a formular los términos de la apuesta una voz de trueno irrumpió desde la boca inconmensurable de la caverna.


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Todos reconocieron de inmediato aquel vozarrón atronador que parecía ser la mismísima voz de la Salamandra, como si de pronto la cueva se hubiese puesto a hablar.

– Sea o no el enviado de Wari, yo me comprometo a hacer de él un Príncipe. Voy a convertir a ese pequeño despojo de mierda, quienquiera que sea, en el Redentor de todos nosotros. Si no fuera el enviado de Wari o si fracasara en mi intento, entonces, al cabo de medio siglo, nos matarás a los dos. A él y a mí -dijo la voz que, de tan grave, hizo cimbrar a las piedras.

No había dudas: el que acababa de hablar no podía ser otro que el viejo consejero, el capitanejo Huáscar Molina Viracocha. Nadie se molestó en buscar su figura entre las sombras por la sencilla razón de que el consejero no tenía fisonomía alguna o, para mejor decir, podía ser dueño de cualquier semblante. Salvo el humano. Nadie conocía su verdadero rostro. Podía presentar la apariencia de un lagarto o la de un remanso de agua, la de una vicuña o la de un cactus. Aparecía bajo el aspecto de una imperceptible mosca o bien como un árbol gigantesco. Podía ser una pura voz o hablar, como lo acababa de hacer, a través de la boca de una cueva. Pero había sido condenado a perder su humana condición.

Cuando era hombre, Huáscar Viracocha había sido el consejero, político y militar, de Huayna Cápac y, a su muerte, de su hijo Atahualpa. Lo aconsejó sabiamente hasta el día en que previo su caída inevitable a manos del Adelantado. Entonces, viendo que su propia vida peligraba decidió, igual que lo hiciera Malinche, susurrar hacia otros oídos. Jamás supo Atahualpa que fue su propio consejero quien lo entregó a las huestes de Pizarro. Convertido en lenguaraz primero y en capitanejo después, fue rebautizado con el nombre de Xavier y el apellido de Molina. Xavier Huáscar Molina Viracocha era, ante todo, consejero. No importaba de quién. La furia de Inti Huara no se hizo esperar: como condena a semejante traición, primero lo despojó de su forma humana y luego lo confinó al sepulcro de la montaña como pura nada petrificada junto a las tres plagas.

Salido de su sarcófago de piedra, despojado de su vestidura de hombre, Xavier Huáscar Molina Viracocha ofrecía su propia vida a la serpiente. Su oficio era el de consejero y, después de años de obligado reposo, tenía frente a sí un Príncipe a quien aconsejar.

La serpiente aceptó los términos de la apuesta.


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El pequeño fue bautizado como El Hijo de Wari. El consejero había establecido para el niño un severo régimen de crianza. Cuatro veces por día debía ser amamantado con el fórmico veneno. Comía con tal voracidad que costaba separarlo del negro espolón maternal de la hormiga reina. Con uñas y encías se resistía a desprenderse del agudo pezón del que brotaba la ponzoñosa leche ámbar. Desde muy temprano el pequeño había aprendido el difícil arte de la simulación: cuando lloraba no lo hacía con la franca e inconsolable angustia de los lactantes, sino con una pena histriónica y conmovedora. El consejero había notado con satisfacción que el Hijo de Wari no se desgañitaba en vanos y ensordecedores berrinches, sino que buscaba suscitar la compasión de su eventual auditorio para conseguir lo que se propusiera. Así lograba que la hormiga, exhausta y exprimida como un limón bajo la presión de las voraces encías del pequeño, le diera en cada amamantamiento hasta la última gota de su veneno y, por cierto, de sus fuerzas. El capitanejo Xavier Huáscar Molina Viracocha también había observado el notable hecho de que el pequeño se conducía hacia cada uno de los miembros de su nueva familia de un modo distinto y de la manera en que cada uno de ellos esperaba que él procediera. Así como frente a la hormiga reina se mostraba compungido y contrito para procurarse la mayor parte de alimento que le fuera posible, al sapo bufón le prodigaba tiernas sonrisas e imitaba sus payasescas morisquetas para que lo alzara en brazos. A la serpiente le lanzaba furtivas miradas de rencor y malicia, le clavaba los ojos en el centro vertical de los suyos, sosteniéndole la mirada hasta exasperarla; buscaba desafiarla y cuanto más profundo era el odio que en ella provocaba, tanto mayor parecía ser su regocijo. Con las bestias menores procedía como si no existiesen; no porque le fueran indiferentes, al contrario; disimuladamente, parecía poner la mayor atención en la multitud de reptiles e insectos, anónimos e idénticos entre sí, que transitaban por la Salamandra de aquí para allá. Con el rabillo del ojo, el pequeño los examinaba escrupulosamente; escrutaba sus dientes afilados, sus espolones agudos, los aguijones, garras, aletas cortantes y colmillos venenosos. Y cuanto más los consideraba, menos se explicaba por qué razón se sometían ciega y mansamente a los dictados de una hormiga, un sapo ridículo e inofensivo y una serpiente solitaria. El niño comprobaba que, cuanto mayor era su desprecio hacia las bestias menores, tanto más grande era la veneración que le prodigaban cuando, esporádicamente, les dedicaba una breve sonrisa o, cuanto menos,una mirada de benevolencia. Pero lo que mayor sorpresa le causaba al consejero era que, aunque tomara la forma más inverosímil, aunque pasara inadvertido para todos, el niño siempre lo reconocía. Así se mimetizara en la forma de una piedra, en la figura de una lagartija mezclada entre otras cien, así se hiciera a la imagen de una rama o de una mosca, el pequeño, invariablemente, advertía la secreta presencia de su oscuro preceptor señalándolo con su diminuta mano.

El Hijo de Wari tenía la piel cobriza de los descendientes de Atahualpa; sin embargo, detrás de los párpados rasgados destellaban unos ojos hechos con el azul turquesa del Mediterráneo traído en la madera de los barcos del conquistador. Y cada día que pasaba, el consejero se convencía con mayor firmeza de que aquel que, después de haber aniquilado a los suyos, dormía con la parsimonia de los vencedores no podía ser otro que el Príncipe.


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El consejero hizo correr la voz de que había llegado el enviado, el que habría de despertar a los amawtas. Dado que podía tomar la forma de aquello que quisiera, salvo la de los hombres, se encarnó en la materia del confesionario de una iglesia y, durante la ausencia del párroco, les decía a los descendientes de Atahualpa que iban a confesarse que el ansiado día del pachacuti estaba próximo, que Atahualpa por fin había renacido, que solamente había que tener un poco de paciencia hasta que tuviera la edad suficiente. La noticia fue extendiéndose, silenciosa y lentamente, a través de los valles y de las quebradas, a lo largo de los territorios de los antiguos imperios, de boca en boca y en el idioma que los hijos del conquistador no podían entender. El Hijo de Wari, el enviado de la destrucción, tenía que ser presentado como el emisario de Inti, como el mismísimo Atahualpa, el redentor. Ocultas a los ojos de los hombres, las bestias de las profundidades, en el interior de la Salamandra, pacientemente hacían su obra.

Como merecía un príncipe, todos los días recibía de todas y de cada una de las bestias de las profundidades las correspondientes pleitesías y el trato, aunque el niño todavía no comprendiera, de "Su Excelencia".

Todos los días el consejero evaluaba la evolución del niño. Y, ciertamente, a medida que el pequeño iba creciendo en estatura y volumen, el capitanejo Xavier Huáscar Molina Viracocha podía comprobar con satisfacción los saludables resultados del estricto régimen de crianza.


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El Hijo de Wari se alimentó únicamente de la maternal ponzoña de la hormiga reina hasta los tres años. El mismo día en que abandonó el primoroso pezón, comió su primer alimento sólido. Viendo que podía prescindir por completo de su nodriza y que, en consecuencia, ya no le resultaba en absoluto útil, un día como todos, sin que mediara otro motivo que la necesidad de probar el filo de sus dientes, la mató y luego la devoró. Lo hizo frente a los espantados ojos del sapo. El inesperado acto no tuvo en absoluto el valor de una ceremonia ritual ni el dramatismo de las tragedias pasionales; sencillamente, tomó de la cintura del sapo la espada oxidada y la clavó en el vientre de la hormiga reina. Con sus propias manos desprendió el maternal aguijón y, con el ánimo investigativo de los niños, examinó el saco excretor donde se almacenaba el ponzoñoso calostro. Frente a los aterrados ojos del sapo, que no podía articular palabra, el pequeño arrancaba los tibios y pegajosos órganos, todavía palpitantes, y los deglutía con voracidad. Comió hasta la saciedad, soltó un eructo medieval, volvió a hundir la espada del sapo en el tajo abierto del vientre y así la dejó, clavada y vertical como una cruz. El sapo, sin creer lo que veía, se arrodilló junto a la hormiga, que se revolvía en convulsiones mecánicas. En ese momento el niño se incorporó, caminó tranquilamente hacia el exterior de la Salamandra y entonces prorrumpió en un llanto desconsolado y ruidoso, señalando hacia el interior de la caverna. Todas las bestias de las profundidades acudieron alarmadas. Cuando entraron, pudieron ver al sapo junto al cadáver de la hormiga reina despedazada con el filo romo de la espada del bufón. La indignación fue inmediata y espontánea. El pequeño, entre sollozos, relató de qué manera el sapo había asesinado a su nodriza por sorpresa y sin piedad. El odio brillaba en los centenares de ojos de todos los habitantes de las profundidades. El sapo escuchaba en silencio. Nada dijo en su defensa; conocía la naturaleza del pequeño príncipe y -se dijo-debió haber sabido que, más tarde o más temprano, habría de suceder. La serpiente asistía a la iracundia general de las bestias menores no sin cierta íntima euforia. Ahora sí, finalmente, habría de ocupar el lugar de la reina de la caverna.

En un espontáneo, unánime y tácito juicio sumario cuyo veredicto ya estaba resuelto por anticipado, el sapo fue ejecutado a manos de la furia popular.

La serpiente, enroscada sobre sí misma, considerando el caos en que se había convertido la Salaman dra, se dijo que era aquella una buena oportunidad para desembarazarse del pequeño obstáculo que la separaba del trono. Imperceptiblemente se fue arrastrando hacia el Hijo de Wari, que asistía a la ejecuciónde su fiel bufón, aquel que le había salvado la vida y que ahora ofrecía el último número, el de su propia inmolación, para la algarabía del príncipe. El reptil se arrastraba hacia el niño calculando el lugar exacto de la mordedura. Cuando estuvo seguro de que nadie lo veía, abrió la boca de par en par -su lengua fulguró en la oscuridad- y en un movimiento tan rápido como el recorrido de un látigo, hundió los colmillos en la tierna carne del niño. El Hijo de Wari sintió un ardor en el muslo e inmediatamente vio la marca par de la serpiente. Entonces, en medio del aquelarre de bestias que se disputaban la carne desgarrada del sapo, se sentó sobre una piedra a esperar la muerte. Efectivamente, en pocos segundos, pudo ver cómo el reptil se asfixiaba mordiéndose la lengua bajo el efecto devastador de las ínfimas gotas de la sangre del niño, mucho más letal que el ofídico veneno.

Mezclado entre la multitud de bestezuelas, el consejero, encarnado en la forma de una hormiga minúscula, miraba a su protegido con orgullo paternal.


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El pequeño príncipe reinó entre las bestias de las profundidades bajo la severa mirada de su protector. Después del pequeño Apocalipsis, la destrucción de los suyos y la de su pueblo, Inti Cuntur; después de erigirse como el único enviado de Wari exterminando a la hormiga, la serpiente y el sapo, el pequeño príncipe llevó una existencia sosegada, diríase larvada, latente, semejante a la de los gusanos que se preparan para la metamorfosis. Encerrado en su reino oculto en la profunidad de las montañas, protegido entre las oscuras paredes de la Salaman dra, el príncipe se preparaba, silenciosa y secretamente, bajo el consejo de su tutor, para el Gran Apocalipsis.

Cuando el consejero determinó que el Príncipe tenía la edad suficiente, decidió que era hora de que abandonara la Salamandra y partiera a mezclarse entre los hombres. Lo único que habría de llevarse consigo eran las modestas ropas que tenía puestas y solamente un objeto, el que él decidiera. Pero sólo uno. Tenía que ser una elección sabia, le advirtió el consejero, ya que no tenía posibilidad de arrepentirse. El Hijo de Wari no dudó un momento. Bajó a las ruinas de Inti Cuntur, caminó sobre los restos del apocalipsis que él mismo había provocado algunos años antes, se abrió paso entre las figuras petrificadas de aquel carnaval eternizado y se detuvo frente a la efigie danzante de su madre, Gregoria Galimatías Salsipuedes. Así, disfrazada de China Zupay, bañada en la liviana piedra volcánica del Wari, frente a frente, el príncipe comprobó que la había superado en estatura. En aquellos pómulos generosos y planos, en sus ojos rasgados, en sus labios gruesos, el joven Hijo de Wari pudo reconocer su propia fisonomía. La tomó por la cintura, calcárea y áspera, y la estibó sobre el hombro como quien cargara un contrabajo.

Con ese único equipaje bajó de los cerros hasta llegar al largo y tortuoso camino que habría de conducirlo al lejano pueblo que estaba al pie del valle. Caminaba seguido por una legión de reptiles e insectos que salían de la Salamandra y, a su paso, se fueron sumando toda clase de alimañas que andaban por los cerros.

Su tutor, el capitanejo Xavier Huáscar Molina Viracocha, encarnado en la forma de un cactus, lo despidió como si fuese la última vez que habrían de verse. Pero ambos sabían que no sería así.


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El Hijo de Wari hablaba la lengua de los suyos y la del conquistador. Sin embargo, nunca había visto a un semejante. Ni siquiera en la persona de su tutor, Xavier Huáscar Molina Viracocha; lo había reconocido en las formas más diversas e inverosímiles, pero jamás lo vio encarnado en hombre. Conocía la forma humana por haberse visto a sí mismo reflejado en el agua o en el metal. Pero, desde luego, ésta no era sino una visión parcial y fragmentada. La rígida imagen de Gregoria Galimatías Salsipuedes, cargada ahora sobre su hombro, le devolvía apenas un poco de su propio aspecto. Pero de hecho ignoraba, en términos generales, cómo eran los hombres. No conocía ninguno de los humanos oficios porque, a decir de su tutor, salvo el de las estratagemas, un príncipe no debería ni siquiera verse tentado de saber ningún otro. Para eso estaban los subditos.

En su camino se cruzó con el primer congénere que habría de ver: un solitario pastor de llamas. Se miraron con simétrico asombro: el uno no podía entender qué hacía un hombre caminando por la ladera de la montaña, seguido por una legión de reptiles y llevando una estatua al hombro; otro, en cambio, no se explicaba por qué razón un hombre se dejaba someter por unos animales tan estúpidos y desagradables. Se dijo que si aquellas bestias de mirada cretina eran capaces de sojuzgar a los hombres haciéndose alimentar por ellos, si podían obligarlos a que las protegieran de los animales salvajes y les procuraran, en fin, toda clase de cuidados por el solo hecho de que resultaban útiles, a él -se dijo el Príncipe- habría de serle mucho más fácil todavía ganarse el favor de sus semejantes. De hecho, recordaba que su tutor una vez le había dicho que la utilidad no era sino un puro espejismo.¿Tiene el príncipe alguna utilidad? Esta pregunta es vana para el príncipe, aunque crucial para el vulgo. De modo que es menester que el vulgo jamás llegue a cuestionarse tal asunto. Carece de toda importancia que la investidura del príncipe sea, en sí misma, útil o completamente inservible; lo verdaderamente importante es que el príncipe pueda convencer a los demás de la propia utilidad de su existencia, al punto de parecer absolutamente imprescindible, siempre que tal esfuerzo redunde en su propio provecho. Por ejemplo, si alguien nos resultara indispensable, lo primero que deberíamos hacer es invertir la situación y convencerlo de que, en realidad, nosotros somos imprescindibles para él.


Sintió un inmediato y profundo desprecio por los pastores y una proporcional admiración por las llamas. Su consejero le había enseñado a valorar la estupidez y, en consecuencia, a desdeñar la inteligencia:


El príncipe tiene por función establecer los dogmas, siempre irracionales pero de suma utilidad para el ejercicio del poder. Conviene dejar en manos de los "inteligentes" el fundamento racional de los dogmas. Trátese del origen del Universo o de la aplicación de un nuevo impuesto, nunca faltará un filósofo, un teólogo o un jurista que explique por la razón lo que elpríncipe promulga por la fe o, llegado el caso, por el uso de la fuerza.


El encuentro con su primer semejante persuadió al joven Hijo de Wari de que no habría de resultarle en absoluto difícil convencer a los demás de que él era, en verdad, imprescindible.


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El joven Hijo de Wari había caminado durante una jornada completa siguiendo el sendero tortuoso que zigzagueaba por la ladera de las montañas. Estaba exhausto y hambriento. Era noche cerrada cuando, hacia el final del camino que descendía hacia una profunda hondonada cruzada por un delgado hilo de agua, vio las primeras luces del pueblo. Impulsado por la brusca pendiente, el hambre y la fatiga, el Hijo de Wari apuró el paso hasta el talud donde se iniciaba el bajo caserío que se extendía, blanco y desigual, al pie de los cerros. Las casas estaban vacías y las calles desiertas. Desde un lugar incierto aunque cercano se escuchaba la música de los erques y los bombos que resonaba contra la falda de los cerros, subía y parecía descender desde el cielo. Era la fiesta de las Alesitas. El Hijo de Wari se aventuró por una callejuela y, más allá de la iglesia que se elevaba por sobre los techos exhibiendo su único campanario huérfano de campana, en el centro de la plaza, pudo ver el enorme fogón en torno al cual la gente bebía, cantaba y bailaba. Se le hizo agua la boca cuando vio una enorme olla, de un diámetro semejante al de su hambre, donde se cocía una yantar hecha de maíz y gallina, de papa y cerdo y de cuanta cosa tuviese una consistencia comestible. Más allá, a los costados de la plaza, se levantaban los enclenques puestos de la feria de las Alesitas. Desde una de las recovas que circundaba la plaza, el Hijo de Wari veía las tiendas donde se apiñaban incontables miniaturas hechas con el barro cocido de los anhelos: casitas blancas con techo de tejas, diminutos fajos de dinero, hombrecitos vestidos de novio, camiones del tamaño del pulpejo de un meñique, botellas de vino de la circunferencia de un clavo, llamas, vicuñas y ovejas agrupadas en manadas liliputienses y centenares de enseres minúsculos que la gente pagaba con el cobre único de sus esperanzas. Envuelto en la sombra de las columnas de la recova, el Hijo de Wari veía las mesas forradas de felpa púrpura diezmada por las polillas, donde los tahúres hacían su número de prestidigitación cobrando en contante y sonante a expensas de la candidez de los apostadores. Más allá, debajo de un toldo marchito, una fila de hombres esperaban su turno para tirar al blanco con un rifle de caño deliberada y sutilmente torcido. Obnubilado por el perfume que rezumaba la olla, el Hijo de Wari volvió a levantar a Gregoria Galimatías Salsipuedes, caminó hasta al fogón y, como ella misma lo hiciera en vida tantas veces, ofreció el cuerpo de su madre, ahora convertido en estatua, a cambio de un plato de comida. Sin terminar de convencerse, la vieja cocinera llenó un plato hasta el borde, se apuró para que no hubiera tiempo para el arrepentimiento, le agregó todos los condimentos que tenía y lo puso ante de las fauces hambrientas del Hijo de Wari. La vieja se quedó contemplando la magnífica escultura de la China Supay que acababa de adquirir y se dijo que aquel había sido el mejor negocio que jamás hubiera hecho.

El Hijo de Wari no había pasado inadvertido. Como si se tratase de un número más de todos aquellos que ofrecían sus habilidades a cambio de unas monedas, la gente se paraba a mirarlo. Era un extraño espectáculo verlo comer, sentado junto al fogón, rodeado de lagartijas de todos los tamaños y colores trepándose sobre sus hombros, de serpientes que se le enredaban alrededor de los tobillos y de las muñecas, de hormigas que formaban un círculo en torno a su famélica persona, de sapos, ranas y escuerzos que le saltaban de aquí para allá por sobre las rodillas. Antes de que hubiera terminado de comer, el Hijo de Wari levantó la vista del plato y notó que se había formado un nutrido grupo de curiosos queesperaban que aquel anónimo forastero hiciera su número.

Y no habría de hacerse rogar.


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El Hijo de Wari se limpió la boca con el reverso del extremo del poncho y, con el ánimo recobrado después de haber comido hasta la saciedad, se detuvo a contemplar los rostros expectantes que se reunían en torno a él. Luego miró por sobre las cabezas y vio la cruz que remataba el campanario sin campana de la iglesia recortada contra la montaña. Consideró otra vez a los embaucadores que cambiaban una quimera por dos monedas, a los que vendían dos promesas diminutas al precio de cuatro certezas de cobre circular, a los que adivinaban la suerte en las tripas de los fetos de llama. Entonces pudo ver en los ojos de todos aquellos que se apiñaban a su alrededor el brillo candoroso de aquel que, en su desesperación, está dispuesto a cegarse para ver lo que anhela ver. El Hijo de Wari recordó las palabras de su tutor:


Nada suscita en el vulgo más ciega e incondicional lealtad que la mágica materialización de lo imposible. No existió profeta ni Mesías que no apelara al recurso del milagro para multiplicar la fuerza de su prédica. De todas las artes que debe conocer el príncipe, la magia es la más simple, la menos onerosa y la más deslumbrante arma de persuasión. Un príncipe puede ser respetado como estratega, venerado por su magnanimidad, puede ser reverenciado y obedecido por el temor o imponerse por la fuerza de las armas, pero todos caerán rendidos a los pies de aquel que abre las aguas de los mares, del que levanta los muertos de las tumbas, del que multiplica peces y panes, del que convierte en piedra al enemigo o, simplemente, del que hace aparecer baratijas entre sus manos para arrojarlas a la multitud. En fin, un príncipe no puede ser menos que un mago de poca monta.


El Hijo de Wari se incorporó ante la mirada expectante de la concurrencia que se había reunido espontáneamente. Todos retrocedieron un paso cuando los reptiles se descolgaron de la humanidad del joven desconocido desparramándose tumultuosamente. No tenía una gran estatura ni una estampa fornida; sin embargo, pese a su juventud, infundía un respeto cercano al temor. Su piel cobriza y su aspecto general no lo diferenciaban de los lugareños. Pero había algo indescifrable en sus ojos rasgados por la estirpe del Oriente que, teñidos con el color del Mediterráneo, le conferían una mirada insondable. Algo había en sus labios, inflamados con la sangre tórrida de los moros, que contrastaba con la frialdad de su expresión. Seguido por sus bestezuelas y, a una distancia cautelosa, por la pequeña multitud de curiosos, traspuso el perímetro de la plaza y caminó hasta llegar a la falda del cerro. Se sentó sobre una piedra y extendió los brazos para que se treparan las serpientes y las lagartijas. Cuando el público terminó de completar un semicírculo a su alrededor, tomó una culebra y empezó a apretarla en forma longitudinal desde la cola hacia la cabeza. Frente a los ojos absortos de la concurrencia, cuando apretó la garganta de la víbora obligándola a abrir la boca de par en par, extrajo de su interior un anillo que tenía el resplandor del oro con una piedra engarzada del tamaño de un garbanzo. Puso el anillo en la pata de un sapo y ante los ojos atónitos de todos, el sapo miró a cada uno de los asistentes, decidió y, serenamente, saltó hasta los pies de una mujer. Dejó el anillo delante de sus zapatos y volvió al lado del Hijo de Wari. La mujer se agachó, levantó el anillo del suelo y, sin saber qué hacer, miró desconcertada al joven mago. Sin emitir palabra, el amo de las bestias sonrió, asintió y así le hizo entender a la mujer -que parecía no poder cerrar la boca- que la joya le pertenecía. Antes de que el auditorio pudiera sobreponerse, hizo aparecer de la boca de la serpiente docenas de aros, collares, alianzas y hasta zapatos para los asistentes que, en su mayoría, estaban descalzos o llevaban unas sandalias miserables. Pero, salvo los anillos y los collares, el Hijo de Wari hacía aparecer sólo un objeto del par. Repartió decenas de zapatos derechos, de aros dispares, de gemelos únicos y de alianzas solamente para uno de los cónyuges. Cuando hubo terminado su número, dos ranas tomaron un sombrero por el ala y, saltando entre la multitud de piernas, recogieron las monedas que la gente sacaba de sus bolsillos. Era un silencioso enigma para qué habrían de servirle al joven nigromante aquellas miserables monedas, mucho menos valiosas que la más pobre de las alhajas que acababa de materializar. Cuando terminó de recolectar su menesteroso cobro, les dijo que guardaran cuidadosamente los objetos hasta su próxima vuelta al pueblo. Sin hacer caso a súplicas ni ruegos en contrario, el Hijo de Wari se dispuso a partir. Antes, sin embargo, volvió a la plaza, caminó hasta el puesto de la vieja cocinera y le compró la estatua de su madre, Gregoria Galimatías Salsipuedes, al doble de lo que valía el plato de comida por el cual se la había vendido.


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Y así, vendiendo a su madre cuando era necesario y volviéndola a comprar: haciendo aparecer de las fauces de los reptiles las promesas impares que algún día habría de completar, caminando de pueblo en pueblo, durmiendo al sereno rodeado por sus bestias, poco a poco el Hijo de Wari logró que su nombre fuera viajando de boca en boca. Esperaban su regreso los que ya habían visto su número y, en los pueblos donde todavía no había estado, anhelaban el día de su llegada. Lo recibían como a una eminencia y lo despedían con interminables saludos. Los alcaldes e intendentes buscaban hacerse ver a su lado. Nadie sabía dónde había nacido, pero todos se diputaban el origen de su cuna. Las mujeres más viejas decían haberlo asistido en el parto, las más jóvenes insinuaban con evasivos silencios algún romance furtivo o una nocturna y misteriosa incursión de alcoba. Los hombres aseguraban guardar el secreto de su magia en una confesión de chicha amarga. Habían quienes presentaban las baratijas heredadas de su abuela como materializaciones del Hijo de Wari. Los cuatreros afirmaban que el ganado cuyo origen no podían confesar, había sido una dádiva del joven mago. Y todos aquellos que realmente conservaban un objeto impar gestado en las fauces de la serpiente, lo guardaban como la mitad de un pequeño tesoro que habría de consumarse el día de su prometido regreso.

Y así, caminando durante el día y durmiendo al sereno durante la noche con el único abrigo de sus reptiles, a medida que avanzaba por la cordillera y llegaba a nuevos pueblos, en la misma proporción,iba creciendo su acervo. Las monedas, poco a poco, fueron convirtiéndose en atados de billetes cada vez más voluminosos.

Su joven rostro empezó a verse en las tallas de los paganos relicarios de yeso que se vendían en las ferias y en las miniaturas de las Alesitas; invocaban su nombre en las oraciones para pedir el favor de los ángeles o desatar la ira de los demonios. Su fugitiva estampa aparecía en las aguafuertes, junto a las de los santos, entre las velas de las Misas Blancas oficiadas por los yatiris y en las Misas Negras celebradas por los brujos. Si llovía sobre los secos cultivos, era por obra y gracia de las invocaciones al Hijo de Wari. Si en cambio la sequía ajaba la tierra hasta estrangular los sembradíos, era porque no habían sido lo suficientemente gratos con el Hijo de Wari en sus oraciones.

Y cada vez que llegaba a un pueblo se festejaba hasta la madrugada como si se hubiera adelantado el carnaval.

Y cada vez que, seguido por sus bestias y cargando la cariátide de su madre petrificada, se alejaba por el camino de los cerros, lo despedían con la misma congoja con la que se celebraban los funerales de los niños.

Y así anduvo hasta haber visitado todos los caseríos que se desperdigaban, como dijes de un collar, alrededor del largo cuello de las montañas. Nunca estuvo dos veces en un mismo pueblo. A su paso había dejado un extenso reguero de promesas únicas y asimétricas iguales a la flor del cardón que abre sus pétalos al viento, esperando el polen dulce del apareamiento.

Y entonces, cuando todos esperaban su regreso, sin que nadie pudiera predecirlo, el Hijo de Wari desapareció de la faz de la Tierra.


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Nada volvió a saberse del Hijo de Wari. Nadie lo vio en ninguno de los pueblos que había visitado ni tampoco en aquellos que se alejaban de la falda inhóspita de la montaña. Nadie volvió a ver su furtiva estampa entre los cerros. Y conforme pasaba el tiempo y se dilataba su ausencia, en la misma proporción, iba creciendo el recuerdo de su figura y la añoranza en los corazones tocados por su cetro impar. Su nombre empezaba a pronunciarse en las ciudades a uno y otro lado de las fronteras. En la memoria difusa del anhelo, su magia sencilla se había trasformado en verdaderos milagros; su silencio enigmático era recordado entre los pobres como una prédica vindicatoria; entre los ricos, como un mensaje de eterna prosperidad; entre las mujeres, como una diatriba contra el injusto yugo; entre los jóvenes, como una apología encarnada de la efébea condición; entre los ancianos, como una exhortación a la honra de la vejez; entre los hijos de Inti, como grito de rebelión contra el blanco, y entre los blancos, como un declarado asentimiento al ancestral señorío sobre los descendientes de Atahualpa.

Y así, a medida que se dilataba la espera, cada día que pasaba se multiplicaba el volumen de la desazón y el número de los que guardaban una vigilia esperanzada y paciente.


La materia del príncipe debe estar constituida por la misma substancia de la que están hechas las promesas. El valor de la promesa no ha de estar dado por su cumplimiento, sino, al contrario, por su dilación indefinida en el tiempo. Una promesa cumplida genera en el vulgo, al contrario de lo que indicaría el sentido común, una profunda decepción. No existe obra más magnánima que aquella que reside en la imaginación. La realidad nunca puede superar en perfección a la idea. De manera que cuanto más ideales e irrealizables sean las promesas, tanto más fuerza tendrá en las ilusiones del vulgo. Siempre será mucho más tenido en estima aquel que se presente como un idealista soñador que el que concrete en la realidad sus obras que,irremediablemente, siempre se verán más torpes y deslucidas que la idea que de ellas había generado. Una mujer siempre es más bella, más sublime y deseada mientras nos es ajena. Su encanto disminuye ni bien conseguimos tenerla en nuestros brazos. A tal punto esto es innegable que las propias Tablas de la Ley nos prohiben, no ya a la mujer del prójimo, sino al propio deseo sobre ella. Un objeto nos será apetecible cuanto más se dilata nuestra espera y, al contrario, se desvanecerá el interés sobre él tan pronto como lo poseamos.

La propia figura del príncipe deberá obedecer a este principio. Tendrá que entregarse al vulgo con la misma etérea perfidia de una mujer fatal. Alternativamente deberá mostrarse enamorado de sus subditos y, al día siguiente, evasivo y escurridizo del fervor popular. Nunca un amante puede mostrarse posesivo y mendicante de amor. El príncipe debe proceder como el amante perfecto: si para conservar la estima del vulgo tiene que posponer el cumplimiento de una promesa, habrá de estar dispuesto, también, a privar al vulgo de su propia presencia para hacerla infinitamente más deseable.


Siguiendo los consejos de su tutor, Xavier Huáscar Molina Viracocha, el Hijo de Wari decidió diluirse por un tiempo de este mundo para consolidarse en el espíritu de sus seguidores.


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Más de tres interminables lustros permaneció el Hijo de Wari en un hermético retiro. Nadie, ni siquiera su fiel consejero, conoció el recóndito lugar de su aislamiento. Hubo toda clase de especies y rumores en torno a su paradero. Los alfareros, que bajaban para vender sus artesanías al pueblo del otro lado de las montañas, decían que decían los viajantes que iban a la ciudad que decían los que iban al otro lado de la frontera que los que cruzaban el río ancho decían que decían los que viajaban a la capital que decían los que atravesaban el océano que lo habían visto, llevando la estatua de la China Supay a cuestas, seguido por su cohorte de lagartijas, sapos e insectos, haciendo aparecer de la boca de la serpiente aros, alianzas, gemelos, zapatos y toda clase de impares a la espera de su pareja. Decían que decían haberlo visto caminando por las escarpadas laderas de las Rocallosas y bordeando los infinitos precipicios del Himalaya, decían que decían haber visto su paso decidido a través de la cintura de los Urales y entre las cumbres cercanas al Monte Ararat.

Pero éstas no eran más que habladurías. Lo cierto fue que durante tres eternos lustros nadie, absolutamente nadie, volvió a saber de su existencia.


II LA CORONACIÓN

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<p id="_Toc108439960">II LA CORONACIÓN</p>
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Un lejano día entre los días, desde el sendero que bordeaba los cerros, fue acercándose una silueta que, conforme avanzaba, iba apareciendo y desapareciendo por encima y por debajo de los horizontes sucesivos que imponía el tortuoso relieve del camino. Era un hombre montado sobre una mula de grupa cuadrada y vientre inflamado, cargada con una alforja a cada lado. Todo el pueblo estaba reunido en la plaza en torno a la glorieta. Abúlicos y un poco a desgano agitaban pancartas y banderines que llevaban escrito el nombre del intendente. La banda de vientos sonaba estridente y voluntariosa, aunque parecía no guardar un criterio unánime de armonía ni arreglo a compás alguno. El intendente, mientras ensayaba disimuladamente y para sí los numerosos folios del discurso que se preparaba para leer, cada tanto sonreía y saludaba a la multitud. Nadie había prestado atención al hombre que, lentamente, iba bajando por la ladera del cerro.

Cuando la banda concluyó su irreconocible pieza, dejó lugar al presentador oficia un hombrecito bajo que vestía un traje raído y que era la voz del pronóstico meteorológico de la radio de la ciudad, aquel que desde hacía incontables años repetía invariablemente:

– Tiempo bueno, cálido y cielo despejado durante el día. Frío por la noche.

Y ahora, en su papel de presentador oficial de los actos de campaña del intendente, no podía evitar un ligero espasmo nervioso en los labios que opacaba su decir cristalino y radiofónico.

El intendente era inamovible como las montañas sobre las que se recortaba su obesa persona, blanco como las nieves eternas que las coronaban y tan antiguo en su función como la memoria del más longevo de los asistentes al acto. Desde siempre, invariablemente una vez cada cinco años llegaba desde la ciudad, leía su discurso -siempre el mismo-, no sin cierta indisimulable aprensión besaba las mejillas de los niños, abrazaba a las mujeres, estrechaba la diestra de los hombres, personalmente servía vino y empanadas, repartía las boletas electorales que llevaban su nombre y, finalmente, se iba antes del anochecer llevándose las voluntades de los lugareños hasta el próximo lustro. El intendente tenía la flotante materialidad de las boyas de los pescadores de los rápidos que bajaban de las cumbres: había sobrevivido en su puesto a las turbulencias más feroces; sabía subirse a los tanques de los vencedores y bajarse a tiempo, cuando la corriente empezaba a cambiar.

Nadie se había percatado de la presencia del recién llegado, hasta que los cascos de la mula sonaron contra el empedrado de la plaza rompiendo el silencio ceremonioso que precedía a la palabra del intendente. Alguien entre la multitud giró la cabeza por sobre su hombro; no pareció otorgarle ninguna importancia al desconocido hasta que vio la delgada línea de reptiles que seguían a la mula en imperceptible caravana. Entonces, cuando buscó el rostro del jinete, que estaba cubierto por el ala del sombrero, pudo distinguir entre los pertrechos que llevaba en bandolera, la cabeza cornamentada de la China Supay.

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El niño que se había alejado por aquel mismo camino hacía más de tres lustros, tenía la misma inexpugnable expresión del hombre que ahora miraba a la multitud como si nunca se hubiese ido. Detrás de aquellos párpados que llevaban el estigma oblicuo del Oriente brillaba el azul de sus ojos, como dos gotas del Mediterráneo caídas en el desierto moro de su piel, ahora quebrada por el paso de los años. La multitud giró lentamente sobre sus talones y de a poco formó un semicírculo en torno al Hijo de Wari dejando la plaza vacía y los banderines y pancartas tirados en el suelo. El intendente miraba azorado por encima de los lentes de leer. Carraspeó frente al micrófono, lo golpeó con el índice pero no consiguió suscitar, ni siquiera, la atención de los músicos, que iban abandonando la pérgola embanderada. Todos conservaban, como un talismán que siempre llevaban consigo, las alhajas impares, las alianzas y los aros únicos, los gemelos solitarios y hasta los zapatos derechos que había materializado el Hijo de Wari hacía más de quince años. Todos suplicaban su magia extendiendo los brazos, mostrando los tesoros singulares, implorando la multiplicación del milagro.

Al Hijo de Wari no le hubiese demandado ningún esfuerzo tomar a su serpiente por el cuello y extraer de su boca el par complementario de cada una de las baratijas. Pero sabía que la mejor forma de cumplir una promesa no era mediante su realización, sino por medio de la formulación de otra promesa. Ante la mirada suplicante de todos, se apeó, abrió una de las alforjas que colgaban de las ancas de la muía y extrajo un grueso atado de billetes. Los liberó del cordón, los rompió por la mitad y los lanzó al aire formando un tropel tumultuoso que se desesperaba por hacerse de la mayor cantidad de fracciones de papel. Y así, fue desatando fajos de billetes, rompiéndolos al medio y arrojándolos al aire hasta vaciar por completo el contenido de las alforjas. El intendente, petrificado, miraba el triste espectáculo de sus boletas electorales desparramadas indolentemente por el suelo, pisoteadas y destrozadas por la multitud.

Durante su dilatada trayectoria hecha de marchas y contramarchas, de avances y retrocesos, de alianzas y de traiciones, el intendente había tenido que enfrentarse a diversos contratiempos e imponderables. Pero ahora, viendo cómo su autoridad quedaba vilipendiada bajo los pies descalzos de la turbamulta que obedecía a los inexplicables arbitrios de un bufón, cayó en la trampa como un bisoño inexperto. Personalmente ordenó al teniente que comandaba la pobre tropa que velaba por la seguridad del acto, que detuviera de inmediato al revoltoso.

El Hijo de Wari vio cómo el escuálido piquete trotaba hacia él y no solamente no hizo nada por evitarlo sino que fue a su encuentro. La multitud se aferraba a las vestiduras del Hijo de Wari intentando liberarlo de sus captores. Pero conforme intentaban interceder, recibían una lluvia de golpes de bastón y hasta culatazos de fusil. Finalmente el reo pudo ser arrancado de las manos de sus castigados protectores y conducido hasta la cárcel de la intendencia de la ciudad al otro lado del cerro.

Al viejo intendente no habría de alcanzarle lo que le restaba de vida para arrepentirse.

<p>3</p>

Fue durante su cautiverio en la cárcel de la intendencia donde el Hijo de Wari se ganó el apodo de Madre de Dios. La celda era un cubículo hediondo y oscuro donde apenas cabían las humanidades verticales de los cuatro presos que se apiñaban antes aún de que llegara el quinto. Eran cuatro cuerpos que se dirían despojados de alma. El carcelero que había conducido al Hijo de Wari hasta la celda, lo trataba con el respeto con el que se dirigiría un edecán a un mandatario. Llevaba una cadena alrededor del cuello desde la cual pendía un gemelo solitario que, quince años antes, había sido sacado de la boca de la serpiente por aquel a quien, ahora, mientras lo conducía hacia la celda, no se atrevía a tocar siquiera. Nadie ignoraba quién era el nuevo preso. Sus compañeros de celda, cuatro estafadores de poca monta que entraban y salían de la cárcel según el intendente necesitara o prescindiera de sus servicios, miraban al Hijo deWari con una devoción que se hubiera dicho religiosa, con la misma admiración que un aprendiz le profesa a su maestro. Uno por uno se fueron presentando con una suerte de reverencia improvisada que concluía con un espontáneo beso en la diestra del maestro. El más joven, un tipo regordete de mejillas rojas e inflamadas, parecía ser el que llevaba la voz del grupo. Se había presentado como Orestes Morse Santagada. Le decían La Morsa. Hablaron poco. O nada. Sin embargo, nunca más, hasta el entonces lejano día de la Ascensión, habrían de separarse.

Afuera, la gente iba llegando hasta las puertas de la intendencia para exigir la liberación del mártir. Llegaban desde los huecos más recónditos de la montaña a lomo de muía, cruzaban los cerros de a pie y, en la misma medida en que se dilataba el confinamiento del Hijo de Wari, crecía la multitud que se agolpaba frente a la intendencia. La noticia había llegado hasta la capital. Sumido en la confusión, el intendente hizo llevar al reo a su despacho. Sentado frente al inculpado, el viejo funcionario no podía evitar sentir la mirada de su interlocutor como el filo de una guillotina que caía sobre su cuello. El intendente fue escueto: prometió liberarlo solamente si abandonaba, no ya la ciudad, sino el vasto perímetro de la provincia y bajo la condición de que nunca más en su vida habría de volver a pisarla. El Hijo de Wari rió con ganas.


Existen dos modos de explotar para el provecho propio el potencial del prójimo del que podemos servirnos. Todo hombre presenta una arista visible y otra recóndita. En virtud de este lado evidente podemos conocer su utilidad manifiesta: puede ser rico o pobre, sabio o ignorante, soberbio o humilde, de franca disposición para el trabajo o completamente holgazán, sensato y cuidadoso de las apariencias sociales o promiscuo y de ordinarias costumbres. Pero puede que éstas no sean sino apariencias. Sobran los ejemplos de hombres que a la luz del día son respetables y cuidadosos de las formas sociales y, por las noches, revelan furtivamente sus inconfesables costumbres. Hay hombres avaros, dueños de secretas fortunas, que aparentan indigencia con el propósito de ganarse la compasión y evitarse el desembolso de un centavo e, inversamente, existen hombres que aparentan riqueza para gozar del crédito y la consideración que de otro modo serían incapaces de obtener. Para aprovecharnos de las virtudes evidentes de nuestros semejantes deberemos, primero, conocer sus miserias más secretas. Y, si en cambio, sus miserias nos fueran de utilidad, deberemos presentarlo a los ojos públicos como un hombre probo, ya que nadie sentaría a la mesa de su familia a un canalla. En resumen, un príncipe tendrá como norma y principio obtener lo peor de su prójimo


El Hijo de Wari acarició al perro enorme y escuálido que dormía a los pies del intendente y, frente a los ojos alelados del funcionario, extrajo del interior de la boca del animal un rollo de papel atado con un cordón púrpura. Sin que se moviera un músculo de su cara, el Hijo de Wari deshizo el nudo y extendió el papel. Primero lo leyó con expresiva atención y, cuando hubo terminado, se lo entregó al intendente:

– Fíjese -le dijo- lo que andan diciendo los perros de usted

El intendente arrancó el papel de las manos de su interlocutor y, sin que pudiera evitar una mueca de espanto, se derrumbó sobre el escritorio.

Empezaba a caer la noche cuando el balcón de la intendencia se abrió de par en par. La multitud pudo ver al viejo, inamovible como la montaña y tan blanco y eterno como las nieves que la coronaban, que se disponía a hablar. Primero anunció que el reo sería inmediatamente liberado. Y, entre la ensordecedora ovación que rompió en las gargantas, proclamó que, habida cuenta de que él ya era un hombre viejo, habría de ceder su propia candidatura al nuevo conductor. Entonces invitó a salir al balcón al Hijo de Wari para que saludara a los artífices del milagro.

<p>4</p>

El Hijo de Wari asumió la intendencia y la ejerció acumulando promesas cada vez más ambiciosas. Sin abandonar el viejo poncho que le confería un brío caudillesco, fue cosechando fascinadas voluntades en toda la provincia. Atrás habían quedado los días de los milagros obrados en el vientre de la serpiente. Ahora las obras prometidas eran de tal magnitud que no habrían de caber siquiera en la ciudad. Y la intendencia fue apenas un breve escalón en su rápido ascenso hacia la gobernación.

Gobernó la provincia con la misma llana simpleza de un saltimbanqui. Viajaba por los caseríos perdidos en la montaña, iba a lomo de mula por los estrechos caminos de cornisa, andaba a pie mezclándose entre la gente y volvía a su despacho presidido por la estatua calcárea de su madre, Gregoria Galimatías Salsipuedes, disfrazada eternamente de la China Supay. Era dueño del silencio que suele atribuírseles a los hombres de acción, y de una calma que aparentaba nacer de la templanza. Le gustaba sentarse a la sombra de la galería que daba al patio del palacio y contar dinero. Nada le provocaba un placer más grato que humedecerse el índice de la diestra y acariciar, una y otra vez, cada uno de los billetes que componían los gruesos fajos que luego guardaba en las viejas alforjas de las mulas, en los cajones del ropero, debajo del colchón, en el interior de las cañerías en desuso del baño. Sabía con exactitud cuánto y dónde había en cada uno de los secretos escondrijos. Entraba y salía del tesoro del Banco de la Provincia, cuya presidencia ejercía su viejo compañero de celda, La Morsa, ahora convertido en el Doctor Orestes Morse Santagada; entraba y salía con la misma naturalidad con la que paseaba por los jardines de la gobernación; llegaba a la hora de la siesta montado sobre su mula cuando el sol caía vertical despojando a las cosas de su sombra, se apeaba, quitaba las alforjas del apero, entraba y se encerraba con el doctor Orestes Morse Santagada a conversar envueltos en la fresca penumbra metálica del recinto del tesoro, olía largamente los fajos de billetes recién llegados de la capital, degustaba el perfume de la tinta fresca y el papel nuevo, acariciaba el suave relieve del rostro ceñudo del ilustre enmarcado en sellos de aguar llenaba las alforjas hasta colmarlas, se despedía de su amigo y, finalmente, volvía al Palacio de la Gobernación.

Contra su voluntad pero a favor de lo que le dictaba el sentido común, el Hijo de Wari decidió que no le quedaba más remedio que formar una familia. Había notado que cuanto más numerosa era la progenie de un hombre, tanto mayor era su prestigio. De modo que una noche montó su mula y preparó el apero para dos personas, bajó hasta la ciudad y entró al pequeño y único burdel que había en quinientas leguas a la redonda. En la penumbra que lo teñía todo de un rojo anonimato, pidió que le presentaran a las pupilas de la casa y, cuando todas estuvieron formadas delante de él, sin siquiera mirar, extendió el brazo y dijo:

– Esa.

La patrona le preguntó por cuánto tiempo la iba a querer, a la vez que tintineaba las fichas. El hijo de Wari pensó un momento y contestó:

– Calcule unos cincuenta años.

Entonces puso las alforjas sobre el mostrador y apiló prolijamente todos los fajos de billetes que contenían, tantos como nadie jamás había visto ni nunca habría de ver en toda su vida. Caminó hacia la elegida, la tomó de la mano, sin mirarla le ordenó que montara la mula y se la llevó. Por la mañana se hizo casar en la parroquia de la gobernación y, por la tarde, fue a la Casa de Expósitos a buscar al resto de su familia. Salió del orfanato con ocho niños, todos varones de distintas estaturas, a los que habría de presentar como hijos legítimos.

Su mujer se llamaba María de los Perros Amor. Su oficio era tan antiguo como el recurso del eufemismo; en adelante habría de presentarla como artista de variedades. Los nombres de sus hijos jamás pudo recordarlos.

<p>5</p>

El Hijo de Wari llegó a ganar fama entre los gobernantes extranjeros. Firmó contratos con las Repúblicas más remotas, selló acuerdos con las coronas más poderosas, estableció convenios con los emiratos más prósperos, concretó pactos con las teocracias más antiguas.

El año en que entraron en colapso los sumideros londinenses, a causa de la sobreingesta de papayas llevadas desde el Caribe, las autoridades sanitarias de la Corona no sabían qué hacer con los excedentes cloacales que amenazaban inundar al mismo Palacio de Buckingham. Verdaderos ríos de mierda brotaban desde las alcantarillas y avanzaban sobre las distinguidas tiendas de South Kensington. A la iluminada imaginación del Doctor Orestes Morse Santagada, la Provincia adeuda una de las páginas más exquisitas del comercio internacional. Enterado del desastre, el viejo compañero de celda del gobernador elevó a la Cancillería un borrador del proyecto. La propuesta que llevaba no podía ser más provechosa, según afirmaba la nota formalmente presentada: la Provincia estaba dispuesta a recibir los excedentes cloacales, a los que nombraba con el curioso eufemismo de "fertilizante". La Corona mostró un tibio interés en la propuesta, pero notificó que, por supuesto, no estaba dispuesta a donar generosamente el valioso fertilizante. Entonces el Hijo deWari ofreció a cambio de las cincuenta mil toneladas de abono, todos los yacimientos de cobre y todas las minas de plata de su Provincia. La Corona redobló la apuesta y propuso que, además de los yacimientos de cobre y las minas de plata, la Provincia se comprometiera a que todas las cosechas que dieran los áridos suelos abonados con su "fertilizante" fuesen exportadas a la ínsula a la mitad del precio que fijara el mercado y, luego, que toda la producción manufacturada con el producto de las cosechas fuera reimportada a la Provincia según los precios estipulados por el mercado libre.

A los dos meses de sellado el acuerdo, la lejana provincia caída del mapa ingresaba al Mundo recibiendo cincuenta mil toneladas de mierda de pura cepa británica.

<p>6</p>

Éste y otros actos de gobierno volvieron la mirada de todos los gobernadores sobre el Hijo de Wari. El mismo Poder Ejecutivo Nacional miraba con una mezcla de recelo y secreta admiración al ascendente mandatario que, envuelto en su poncho de vicuña, iba ganando las páginas centrales de los diarios. Los embajadores de las potencias viajaban hasta la falda de los cerros a reunirse con el más famoso de los dirigentes, que, paradójicamente, se desplazaba a lomo de mula. Los mandatarios que visitaban al Presidente no volvían a sus países sin antes hacer, aunque más no fuera, una breve escala en el Palacio de la Gober nación perdido en la montaña. A la sombra de la galería, rodeados de vicuñas que pastaban en los jardines, los secretarios sostenían las carpetas que contenían las fojas de los contratos. La Corona estaba dispuesta a contribuir al florecimiento de la pujante Provincia aun a expensas de resignar parte de su territorio colonial. Entonces propuso ceder al Estado Provincial la fértil isla de Inanga Tog, al sur del Cabo de las Lágrimas, a cambio de las sedientas tierras que contenían los desérticos salitres y las inhóspitas minas de plata sepultadas entre los cerros. Se firmó el acuerdo. La virgen fertilidad de la isla de Inanga Tog nunca pudo ser explotada: los nativos se devoraron crudos a los criollos propietarios días antes de que un maremoto la borrara del mapa. Pero, como quiera que fuese, el gobernador había llevado las extensiones de su Provincia hasta los confines del planeta, hasta las mismísimas profundidades del océano.

Sin embargo la gobernación no habría de ser más que un breve peldaño en su carrera política. El Hijo de Wari asumió la primera de sus incontables presidencias, sucesivas y ganadas todas por mayoría absoluta, seis mil seiscientas sesenta y seis jornadas exactas antes del glorioso Día de la Ascensión.

<p>7</p>

Desde aquella fecha memorable en que Él y Los Doce se elevaron hasta perderse en el ábside del ocaso, nada volvimos a saber de sus misteriosas existencias. En la misma medida en que se acrecentaba nuestro tedio, en que nos entregábamos a una abulia hecha de amargo hastío y de dulce inercia, en la inacabable siesta en la que discurría nuestra pedestre subsistencia a ras del suelo, en la misma proporción, alentábamos la secreta esperanza de Su regreso. La desidiosa acritud de los nuevos tiempos nos había conferido, de pronto, una mirada bovina. Con la misma expresión de las vacas que pastaban a la vera de los caminos, veíamos pasar los días sin más sobresaltos que el repetido fastidio que nos demandaba espantarnos la mosca pertinaz del agobio. Nos fueron creciendo las barbas de la indolencia, echados boca arriba nos rascábamos las pulgas gordas del tedio. Frente a nuestros impávidos ojos de vaca, los días pasaban con la misma lenta mansedumbre con la que iba cayendo la hojarasca otoñal del calendario. Recostados sobre la almohada pringosa de la decepción, veíamos pasar la sucesión de santos del santora lunes 2, San Tobías y San Bonifacio, los santos de los enterradores; martes 15, San Mauro, elque servía para curar la escrófula, los lamparones y los humores fríos; miércoles 4, San Eusebio, el santo de los comisionistas y los revendedores; sábado 24, Santa Isabel de Hungría, la que invocábamos para curar el dolor de muelas. Y así, restregándonos las lagañas del desgano, veíamos pasar a los santos con su vuelo lento y repetido: jueves 18, San Gregorio Taumaturgo, viernes 29, San Segismundo, el que bajaba la fiebre y morigeraba los dolores reumáticos. Vivíamos en un sempiterno domingo de lluvia. Sometidos por la melancolía, solamente nos quedaba el recuerdo cada vez más remoto del Hijo de Wari. Rememorábamos sus días de gloria y lo esperábamos, como en los viejos tiempos, conservando entre las manos el tesoro impar de los milagros gestados en la tripa de la serpiente que sólo habrían de consumarse con su segunda vuelta.


1

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Un lejano día entre los días, desde el sendero que bordeaba los cerros, fue acercándose una silueta que, conforme avanzaba, iba apareciendo y desapareciendo por encima y por debajo de los horizontes sucesivos que imponía el tortuoso relieve del camino. Era un hombre montado sobre una mula de grupa cuadrada y vientre inflamado, cargada con una alforja a cada lado. Todo el pueblo estaba reunido en la plaza en torno a la glorieta. Abúlicos y un poco a desgano agitaban pancartas y banderines que llevaban escrito el nombre del intendente. La banda de vientos sonaba estridente y voluntariosa, aunque parecía no guardar un criterio unánime de armonía ni arreglo a compás alguno. El intendente, mientras ensayaba disimuladamente y para sí los numerosos folios del discurso que se preparaba para leer, cada tanto sonreía y saludaba a la multitud. Nadie había prestado atención al hombre que, lentamente, iba bajando por la ladera del cerro.

Cuando la banda concluyó su irreconocible pieza, dejó lugar al presentador oficia un hombrecito bajo que vestía un traje raído y que era la voz del pronóstico meteorológico de la radio de la ciudad, aquel que desde hacía incontables años repetía invariablemente:

– Tiempo bueno, cálido y cielo despejado durante el día. Frío por la noche.

Y ahora, en su papel de presentador oficial de los actos de campaña del intendente, no podía evitar un ligero espasmo nervioso en los labios que opacaba su decir cristalino y radiofónico.

El intendente era inamovible como las montañas sobre las que se recortaba su obesa persona, blanco como las nieves eternas que las coronaban y tan antiguo en su función como la memoria del más longevo de los asistentes al acto. Desde siempre, invariablemente una vez cada cinco años llegaba desde la ciudad, leía su discurso -siempre el mismo-, no sin cierta indisimulable aprensión besaba las mejillas de los niños, abrazaba a las mujeres, estrechaba la diestra de los hombres, personalmente servía vino y empanadas, repartía las boletas electorales que llevaban su nombre y, finalmente, se iba antes del anochecer llevándose las voluntades de los lugareños hasta el próximo lustro. El intendente tenía la flotante materialidad de las boyas de los pescadores de los rápidos que bajaban de las cumbres: había sobrevivido en su puesto a las turbulencias más feroces; sabía subirse a los tanques de los vencedores y bajarse a tiempo, cuando la corriente empezaba a cambiar.

Nadie se había percatado de la presencia del recién llegado, hasta que los cascos de la mula sonaron contra el empedrado de la plaza rompiendo el silencio ceremonioso que precedía a la palabra del intendente. Alguien entre la multitud giró la cabeza por sobre su hombro; no pareció otorgarle ninguna importancia al desconocido hasta que vio la delgada línea de reptiles que seguían a la mula en imperceptible caravana. Entonces, cuando buscó el rostro del jinete, que estaba cubierto por el ala del sombrero, pudo distinguir entre los pertrechos que llevaba en bandolera, la cabeza cornamentada de la China Supay.


2

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El niño que se había alejado por aquel mismo camino hacía más de tres lustros, tenía la misma inexpugnable expresión del hombre que ahora miraba a la multitud como si nunca se hubiese ido. Detrás de aquellos párpados que llevaban el estigma oblicuo del Oriente brillaba el azul de sus ojos, como dos gotas del Mediterráneo caídas en el desierto moro de su piel, ahora quebrada por el paso de los años. La multitud giró lentamente sobre sus talones y de a poco formó un semicírculo en torno al Hijo de Wari dejando la plaza vacía y los banderines y pancartas tirados en el suelo. El intendente miraba azorado por encima de los lentes de leer. Carraspeó frente al micrófono, lo golpeó con el índice pero no consiguió suscitar, ni siquiera, la atención de los músicos, que iban abandonando la pérgola embanderada. Todos conservaban, como un talismán que siempre llevaban consigo, las alhajas impares, las alianzas y los aros únicos, los gemelos solitarios y hasta los zapatos derechos que había materializado el Hijo de Wari hacía más de quince años. Todos suplicaban su magia extendiendo los brazos, mostrando los tesoros singulares, implorando la multiplicación del milagro.

Al Hijo de Wari no le hubiese demandado ningún esfuerzo tomar a su serpiente por el cuello y extraer de su boca el par complementario de cada una de las baratijas. Pero sabía que la mejor forma de cumplir una promesa no era mediante su realización, sino por medio de la formulación de otra promesa. Ante la mirada suplicante de todos, se apeó, abrió una de las alforjas que colgaban de las ancas de la muía y extrajo un grueso atado de billetes. Los liberó del cordón, los rompió por la mitad y los lanzó al aire formando un tropel tumultuoso que se desesperaba por hacerse de la mayor cantidad de fracciones de papel. Y así, fue desatando fajos de billetes, rompiéndolos al medio y arrojándolos al aire hasta vaciar por completo el contenido de las alforjas. El intendente, petrificado, miraba el triste espectáculo de sus boletas electorales desparramadas indolentemente por el suelo, pisoteadas y destrozadas por la multitud.

Durante su dilatada trayectoria hecha de marchas y contramarchas, de avances y retrocesos, de alianzas y de traiciones, el intendente había tenido que enfrentarse a diversos contratiempos e imponderables. Pero ahora, viendo cómo su autoridad quedaba vilipendiada bajo los pies descalzos de la turbamulta que obedecía a los inexplicables arbitrios de un bufón, cayó en la trampa como un bisoño inexperto. Personalmente ordenó al teniente que comandaba la pobre tropa que velaba por la seguridad del acto, que detuviera de inmediato al revoltoso.

El Hijo de Wari vio cómo el escuálido piquete trotaba hacia él y no solamente no hizo nada por evitarlo sino que fue a su encuentro. La multitud se aferraba a las vestiduras del Hijo de Wari intentando liberarlo de sus captores. Pero conforme intentaban interceder, recibían una lluvia de golpes de bastón y hasta culatazos de fusil. Finalmente el reo pudo ser arrancado de las manos de sus castigados protectores y conducido hasta la cárcel de la intendencia de la ciudad al otro lado del cerro.

Al viejo intendente no habría de alcanzarle lo que le restaba de vida para arrepentirse.


3

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Fue durante su cautiverio en la cárcel de la intendencia donde el Hijo de Wari se ganó el apodo de Madre de Dios. La celda era un cubículo hediondo y oscuro donde apenas cabían las humanidades verticales de los cuatro presos que se apiñaban antes aún de que llegara el quinto. Eran cuatro cuerpos que se dirían despojados de alma. El carcelero que había conducido al Hijo de Wari hasta la celda, lo trataba con el respeto con el que se dirigiría un edecán a un mandatario. Llevaba una cadena alrededor del cuello desde la cual pendía un gemelo solitario que, quince años antes, había sido sacado de la boca de la serpiente por aquel a quien, ahora, mientras lo conducía hacia la celda, no se atrevía a tocar siquiera. Nadie ignoraba quién era el nuevo preso. Sus compañeros de celda, cuatro estafadores de poca monta que entraban y salían de la cárcel según el intendente necesitara o prescindiera de sus servicios, miraban al Hijo deWari con una devoción que se hubiera dicho religiosa, con la misma admiración que un aprendiz le profesa a su maestro. Uno por uno se fueron presentando con una suerte de reverencia improvisada que concluía con un espontáneo beso en la diestra del maestro. El más joven, un tipo regordete de mejillas rojas e inflamadas, parecía ser el que llevaba la voz del grupo. Se había presentado como Orestes Morse Santagada. Le decían La Morsa. Hablaron poco. O nada. Sin embargo, nunca más, hasta el entonces lejano día de la Ascensión, habrían de separarse.

Afuera, la gente iba llegando hasta las puertas de la intendencia para exigir la liberación del mártir. Llegaban desde los huecos más recónditos de la montaña a lomo de muía, cruzaban los cerros de a pie y, en la misma medida en que se dilataba el confinamiento del Hijo de Wari, crecía la multitud que se agolpaba frente a la intendencia. La noticia había llegado hasta la capital. Sumido en la confusión, el intendente hizo llevar al reo a su despacho. Sentado frente al inculpado, el viejo funcionario no podía evitar sentir la mirada de su interlocutor como el filo de una guillotina que caía sobre su cuello. El intendente fue escueto: prometió liberarlo solamente si abandonaba, no ya la ciudad, sino el vasto perímetro de la provincia y bajo la condición de que nunca más en su vida habría de volver a pisarla. El Hijo de Wari rió con ganas.


Existen dos modos de explotar para el provecho propio el potencial del prójimo del que podemos servirnos. Todo hombre presenta una arista visible y otra recóndita. En virtud de este lado evidente podemos conocer su utilidad manifiesta: puede ser rico o pobre, sabio o ignorante, soberbio o humilde, de franca disposición para el trabajo o completamente holgazán, sensato y cuidadoso de las apariencias sociales o promiscuo y de ordinarias costumbres. Pero puede que éstas no sean sino apariencias. Sobran los ejemplos de hombres que a la luz del día son respetables y cuidadosos de las formas sociales y, por las noches, revelan furtivamente sus inconfesables costumbres. Hay hombres avaros, dueños de secretas fortunas, que aparentan indigencia con el propósito de ganarse la compasión y evitarse el desembolso de un centavo e, inversamente, existen hombres que aparentan riqueza para gozar del crédito y la consideración que de otro modo serían incapaces de obtener. Para aprovecharnos de las virtudes evidentes de nuestros semejantes deberemos, primero, conocer sus miserias más secretas. Y, si en cambio, sus miserias nos fueran de utilidad, deberemos presentarlo a los ojos públicos como un hombre probo, ya que nadie sentaría a la mesa de su familia a un canalla. En resumen, un príncipe tendrá como norma y principio obtener lo peor de su prójimo


El Hijo de Wari acarició al perro enorme y escuálido que dormía a los pies del intendente y, frente a los ojos alelados del funcionario, extrajo del interior de la boca del animal un rollo de papel atado con un cordón púrpura. Sin que se moviera un músculo de su cara, el Hijo de Wari deshizo el nudo y extendió el papel. Primero lo leyó con expresiva atención y, cuando hubo terminado, se lo entregó al intendente:

– Fíjese -le dijo- lo que andan diciendo los perros de usted

El intendente arrancó el papel de las manos de su interlocutor y, sin que pudiera evitar una mueca de espanto, se derrumbó sobre el escritorio.

Empezaba a caer la noche cuando el balcón de la intendencia se abrió de par en par. La multitud pudo ver al viejo, inamovible como la montaña y tan blanco y eterno como las nieves que la coronaban, que se disponía a hablar. Primero anunció que el reo sería inmediatamente liberado. Y, entre la ensordecedora ovación que rompió en las gargantas, proclamó que, habida cuenta de que él ya era un hombre viejo, habría de ceder su propia candidatura al nuevo conductor. Entonces invitó a salir al balcón al Hijo de Wari para que saludara a los artífices del milagro.


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El Hijo de Wari asumió la intendencia y la ejerció acumulando promesas cada vez más ambiciosas. Sin abandonar el viejo poncho que le confería un brío caudillesco, fue cosechando fascinadas voluntades en toda la provincia. Atrás habían quedado los días de los milagros obrados en el vientre de la serpiente. Ahora las obras prometidas eran de tal magnitud que no habrían de caber siquiera en la ciudad. Y la intendencia fue apenas un breve escalón en su rápido ascenso hacia la gobernación.

Gobernó la provincia con la misma llana simpleza de un saltimbanqui. Viajaba por los caseríos perdidos en la montaña, iba a lomo de mula por los estrechos caminos de cornisa, andaba a pie mezclándose entre la gente y volvía a su despacho presidido por la estatua calcárea de su madre, Gregoria Galimatías Salsipuedes, disfrazada eternamente de la China Supay. Era dueño del silencio que suele atribuírseles a los hombres de acción, y de una calma que aparentaba nacer de la templanza. Le gustaba sentarse a la sombra de la galería que daba al patio del palacio y contar dinero. Nada le provocaba un placer más grato que humedecerse el índice de la diestra y acariciar, una y otra vez, cada uno de los billetes que componían los gruesos fajos que luego guardaba en las viejas alforjas de las mulas, en los cajones del ropero, debajo del colchón, en el interior de las cañerías en desuso del baño. Sabía con exactitud cuánto y dónde había en cada uno de los secretos escondrijos. Entraba y salía del tesoro del Banco de la Provincia, cuya presidencia ejercía su viejo compañero de celda, La Morsa, ahora convertido en el Doctor Orestes Morse Santagada; entraba y salía con la misma naturalidad con la que paseaba por los jardines de la gobernación; llegaba a la hora de la siesta montado sobre su mula cuando el sol caía vertical despojando a las cosas de su sombra, se apeaba, quitaba las alforjas del apero, entraba y se encerraba con el doctor Orestes Morse Santagada a conversar envueltos en la fresca penumbra metálica del recinto del tesoro, olía largamente los fajos de billetes recién llegados de la capital, degustaba el perfume de la tinta fresca y el papel nuevo, acariciaba el suave relieve del rostro ceñudo del ilustre enmarcado en sellos de aguar llenaba las alforjas hasta colmarlas, se despedía de su amigo y, finalmente, volvía al Palacio de la Gobernación.

Contra su voluntad pero a favor de lo que le dictaba el sentido común, el Hijo de Wari decidió que no le quedaba más remedio que formar una familia. Había notado que cuanto más numerosa era la progenie de un hombre, tanto mayor era su prestigio. De modo que una noche montó su mula y preparó el apero para dos personas, bajó hasta la ciudad y entró al pequeño y único burdel que había en quinientas leguas a la redonda. En la penumbra que lo teñía todo de un rojo anonimato, pidió que le presentaran a las pupilas de la casa y, cuando todas estuvieron formadas delante de él, sin siquiera mirar, extendió el brazo y dijo:

– Esa.

La patrona le preguntó por cuánto tiempo la iba a querer, a la vez que tintineaba las fichas. El hijo de Wari pensó un momento y contestó:

– Calcule unos cincuenta años.

Entonces puso las alforjas sobre el mostrador y apiló prolijamente todos los fajos de billetes que contenían, tantos como nadie jamás había visto ni nunca habría de ver en toda su vida. Caminó hacia la elegida, la tomó de la mano, sin mirarla le ordenó que montara la mula y se la llevó. Por la mañana se hizo casar en la parroquia de la gobernación y, por la tarde, fue a la Casa de Expósitos a buscar al resto de su familia. Salió del orfanato con ocho niños, todos varones de distintas estaturas, a los que habría de presentar como hijos legítimos.

Su mujer se llamaba María de los Perros Amor. Su oficio era tan antiguo como el recurso del eufemismo; en adelante habría de presentarla como artista de variedades. Los nombres de sus hijos jamás pudo recordarlos.


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El Hijo de Wari llegó a ganar fama entre los gobernantes extranjeros. Firmó contratos con las Repúblicas más remotas, selló acuerdos con las coronas más poderosas, estableció convenios con los emiratos más prósperos, concretó pactos con las teocracias más antiguas.

El año en que entraron en colapso los sumideros londinenses, a causa de la sobreingesta de papayas llevadas desde el Caribe, las autoridades sanitarias de la Corona no sabían qué hacer con los excedentes cloacales que amenazaban inundar al mismo Palacio de Buckingham. Verdaderos ríos de mierda brotaban desde las alcantarillas y avanzaban sobre las distinguidas tiendas de South Kensington. A la iluminada imaginación del Doctor Orestes Morse Santagada, la Provincia adeuda una de las páginas más exquisitas del comercio internacional. Enterado del desastre, el viejo compañero de celda del gobernador elevó a la Cancillería un borrador del proyecto. La propuesta que llevaba no podía ser más provechosa, según afirmaba la nota formalmente presentada: la Provincia estaba dispuesta a recibir los excedentes cloacales, a los que nombraba con el curioso eufemismo de "fertilizante". La Corona mostró un tibio interés en la propuesta, pero notificó que, por supuesto, no estaba dispuesta a donar generosamente el valioso fertilizante. Entonces el Hijo deWari ofreció a cambio de las cincuenta mil toneladas de abono, todos los yacimientos de cobre y todas las minas de plata de su Provincia. La Corona redobló la apuesta y propuso que, además de los yacimientos de cobre y las minas de plata, la Provincia se comprometiera a que todas las cosechas que dieran los áridos suelos abonados con su "fertilizante" fuesen exportadas a la ínsula a la mitad del precio que fijara el mercado y, luego, que toda la producción manufacturada con el producto de las cosechas fuera reimportada a la Provincia según los precios estipulados por el mercado libre.

A los dos meses de sellado el acuerdo, la lejana provincia caída del mapa ingresaba al Mundo recibiendo cincuenta mil toneladas de mierda de pura cepa británica.


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Éste y otros actos de gobierno volvieron la mirada de todos los gobernadores sobre el Hijo de Wari. El mismo Poder Ejecutivo Nacional miraba con una mezcla de recelo y secreta admiración al ascendente mandatario que, envuelto en su poncho de vicuña, iba ganando las páginas centrales de los diarios. Los embajadores de las potencias viajaban hasta la falda de los cerros a reunirse con el más famoso de los dirigentes, que, paradójicamente, se desplazaba a lomo de mula. Los mandatarios que visitaban al Presidente no volvían a sus países sin antes hacer, aunque más no fuera, una breve escala en el Palacio de la Gober nación perdido en la montaña. A la sombra de la galería, rodeados de vicuñas que pastaban en los jardines, los secretarios sostenían las carpetas que contenían las fojas de los contratos. La Corona estaba dispuesta a contribuir al florecimiento de la pujante Provincia aun a expensas de resignar parte de su territorio colonial. Entonces propuso ceder al Estado Provincial la fértil isla de Inanga Tog, al sur del Cabo de las Lágrimas, a cambio de las sedientas tierras que contenían los desérticos salitres y las inhóspitas minas de plata sepultadas entre los cerros. Se firmó el acuerdo. La virgen fertilidad de la isla de Inanga Tog nunca pudo ser explotada: los nativos se devoraron crudos a los criollos propietarios días antes de que un maremoto la borrara del mapa. Pero, como quiera que fuese, el gobernador había llevado las extensiones de su Provincia hasta los confines del planeta, hasta las mismísimas profundidades del océano.

Sin embargo la gobernación no habría de ser más que un breve peldaño en su carrera política. El Hijo de Wari asumió la primera de sus incontables presidencias, sucesivas y ganadas todas por mayoría absoluta, seis mil seiscientas sesenta y seis jornadas exactas antes del glorioso Día de la Ascensión.


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Desde aquella fecha memorable en que Él y Los Doce se elevaron hasta perderse en el ábside del ocaso, nada volvimos a saber de sus misteriosas existencias. En la misma medida en que se acrecentaba nuestro tedio, en que nos entregábamos a una abulia hecha de amargo hastío y de dulce inercia, en la inacabable siesta en la que discurría nuestra pedestre subsistencia a ras del suelo, en la misma proporción, alentábamos la secreta esperanza de Su regreso. La desidiosa acritud de los nuevos tiempos nos había conferido, de pronto, una mirada bovina. Con la misma expresión de las vacas que pastaban a la vera de los caminos, veíamos pasar los días sin más sobresaltos que el repetido fastidio que nos demandaba espantarnos la mosca pertinaz del agobio. Nos fueron creciendo las barbas de la indolencia, echados boca arriba nos rascábamos las pulgas gordas del tedio. Frente a nuestros impávidos ojos de vaca, los días pasaban con la misma lenta mansedumbre con la que iba cayendo la hojarasca otoñal del calendario. Recostados sobre la almohada pringosa de la decepción, veíamos pasar la sucesión de santos del santora lunes 2, San Tobías y San Bonifacio, los santos de los enterradores; martes 15, San Mauro, elque servía para curar la escrófula, los lamparones y los humores fríos; miércoles 4, San Eusebio, el santo de los comisionistas y los revendedores; sábado 24, Santa Isabel de Hungría, la que invocábamos para curar el dolor de muelas. Y así, restregándonos las lagañas del desgano, veíamos pasar a los santos con su vuelo lento y repetido: jueves 18, San Gregorio Taumaturgo, viernes 29, San Segismundo, el que bajaba la fiebre y morigeraba los dolores reumáticos. Vivíamos en un sempiterno domingo de lluvia. Sometidos por la melancolía, solamente nos quedaba el recuerdo cada vez más remoto del Hijo de Wari. Rememorábamos sus días de gloria y lo esperábamos, como en los viejos tiempos, conservando entre las manos el tesoro impar de los milagros gestados en la tripa de la serpiente que sólo habrían de consumarse con su segunda vuelta.


LIBRO TERCERO : ARGENTINA SONO FIN

I EL REINO DE LAS SOMBRAS

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II EL REINO DE LAS LUCES

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<p id="_Toc108439962">LIBRO TERCERO : ARGENTINA SONO FIN</p>
<p id="_Toc108439964">I EL REINO DE LAS SOMBRAS</p>
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Trece reposeras paralelas al mar hundían sus patas en la arena blanduzca de la orilla, justo al límite ondulante de la línea de espuma blanca que dejaba el reflujo de las olas en sus últimos estertores. Por sobre los respaldares se recortaban sendas cabezas contra un cielo hecho del mismo azul turquí del mar. Eran trece plácidas almas en silencio. Algunos sostenían sobre el abdomen unos cocos inabarcables repletos de un licor que se diría fluorescente, otros revolvían con morosa displicencia unas copas en forma de grial que contenían un daikiri espeso y frutado. A sus espaldas, que todavía no se habían acostumbrado al sol tropical, sonaba una vaporosa música de ukelele. Después de los avatares del vuelo, el gabinete en pleno se tomaba un meritorio descanso. En la reposera del medio, tendido cuan largo era -por así decirlo-, el Presidente no podía evitar una mueca indescifrable pero muy semejante a la preocupación, que se le manifestaba en una arruga vertical entre ceja y ceja. Sin despegar la vista de un punto invisible situado más allá del horizonte, se bebió de un sorbo el fondo de daikiri, tibio y ya diluido, e inmediatamente elevó el vaso vacío haciendo sonar los últimos vestigios de hielo contra el vidrio. El Ministro de Asuntos Exteriores, que dormitaba en uno de los extremos, salió de su plácida duermevela como lo haría un perro cuyos reflejos estuviesen condicionados por una campana, sacudió la cabeza a izquierda y derecha hasta ver el vaso tintineante que lo requería. Saltó como despedido por un resorte y ante la insistencia del Presidente, que no dejaba de agitar el vaso en el aire, declaró raudo:

– ¡Voy!

El Ministro de Interior, mientras sorbía una suerte de jugo de un tubo fluorescente que serpenteaba a través de una cánula en forma de espiral, dirigiéndose al canciller por lo bajo pero en un volumen suficiente para que escuchara el resto del gabinete, murmuró:

– Vaya volando.

Salvo el Presidente, que parecía no escuchar otra cosa más que el secreto soliloquio de su pensamiento, los Ministros, secretarios y hasta la Pri mera Dama, rompieron en una implosión de carcajadas contenidas, de risas que querían escapar del encierro de la glotis, transformadas en lágrimas de tentación irrefrenables. Sofocaban los accesos de carcajadas revolviéndose como un feliz grupo de espásticos. Con gestos disimulados se llamaban a la cordura viendo el ceño inamovible del Presidente. Y cuando las risas parecían definitivamente extinguidas, cualquier acontecimiento, por carente de sentido que pareciera, volvía a encender los rescoldos de hilaridad. Así, el vuelo de una gaviota que pasaba frente a sus ojos despertaba murmullos tales como:

– Ahí va la ministra Arguello -y entonces, otra vez, se desencadenaba una explosión de risotadas.

Finalmente, el estado de excitación del gabinete consiguió romper el mantra en el que el Hijo de Wari se guarecía imperturbable. Lanzó una mirada de fusilamiento general y, entonces sí, todo volvió a la calma. En ese mismo momento llegaba el obeso canciller con paso corto y ligero, meneando el abdomen blanco y pendiente, trayendo en la diestra el nuevo daikiri para el Presidente.

– Sírvase, Madre -le dijo, genuflexo, intentando no deshacer su frágil sosiego.


El Hijo de Wari, tendido en la reposera, consideraba sus piernas no sin cierta desaprobación. El vientre, despojado ahora de la faja que solía comprimirlo, se le desparramaba hacia los costados y contrastaba con aquellas pantorrillas óseas, sarmentosas y demasiado delgadas que asomaban como dos ramas secas desde los amplios bermudas cuyo estampado reproducía el paisaje que tenía frente a sus ojos. Bebió un sorbo, se calzó unos Ray Ban de marco dorado y, sin mover la cabeza, le preguntó al Ministro de Justicia:

– Santa Marina, ¿cuántos hijos me quedan?

El doctor Santa Marina carraspeó, fingió que no tenía ninguna duda, miró de reojo hacia su izquierda y entonces vio el gesto que, con el índice extendido, le hacía a escondidas la ministra Arguello.

– Uno, Madre -contestó compungido.

– ¿Varón o mujer? -volvió a preguntar el Presidente.

El Ministro de Justicia, otra vez en apuros, volvió a mirar las manos de su colega que formó una figura juntando ambos índices hacia arriba y los pulgares hacia abajo.

– Mujer, Madre -dijo, desembarazándose del brete.

En un hilo de voz inaudible, el Presidente musitó:

– Qué problema…

Entre los reconocidos, los naturales y los de dudosa paternidad, el Hijo de Wari declaraba diez hijos aunque, en rigor, nadie de su entorno ignoraba que solamente había tenido dos: un varón y una hija. Pero durante su larga preparación, antes de llegar al poder, había aprendido de labios de su maestro y consejero, Xavier Huáscar Molina Viracocha, que nada conmovía al pueblo más que la muerte. Y, en efecto, el apotegma de su tutor le había dado sus frutos.


De todos los infortunios, la muerte es el que con mayor filo atraviesa los muros del alma, el que más acongoja y el que despierta mayor compasión hacia los deudos de la víctima fatal por parte del vulgo. El mandatario no debe disimular su dolor y habrá de dedicar a sus muertos las mayores pompas y los más elocuentes fastos, disponiendo cortejos funerarios públicos y compartiendo, de este modo, su congoja con el vulgo. En casos extremos de descontento popular y ante la inminencia cierta de grandes revueltas, con espíritu heroico debe el mandatario afrontar la posibilidad de destinar al altar del sacrificio alguno de sus seres más próximos y queridos, convirtiendo el descontento en compasión y su propio dolor en generoso martirio en pos de los superiores intereses de la Patria.


Antes de su primera asunción había recogido ocho niños al azar de la Casa de Expósitos de su provincia natal y los había anotado como propios con el auspicio del director del orfanato, quien luego habría de ser su Secretario de Minoridad. Fueron ocho dramáticos decesos y ocho felices alecciones nacionales sucesivas, ganadas con la mayoría absoluta de la compasión popular. Pero mientras se aproximaba la fecha de la Gran Elec ción, la que determinaría su enésimo mandato, el Hijo de Wari había notado dos hechos preocupantes: por una parte, las encuestas no eran del todo favorables y, por otra, había caído en la cuenta de que ya se le habían agotado los hijos destinados al sacrificio por la Patria. Desarmado, con la desesperación de quien mira desconsolado el tambor vacío del cargador de un revólver mientras ve acercarse al enemigo, el Presidente tuvo que tomar la determinación. Tenía que optar. Se vio en una dolorosa y peculiar decisión salomónica en la cual él era juez y parte; tenía que ser el propio Salomón y, a la vez, las madres en pugna representadas por su conciencia dividida. Pero, además, el hijo en disputa habría de ser uno de sus propios hijos biológicos. Sin embargo, se había dicho, él era más sabio, más justo y, sobre todo, más templado que el mismo Salomón. De modo que no habría de temblarle el pulso a la hora de blandir el sable de la imparcialidad para derramar la sangre de su sangre. Y así lo hizo.

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Tendido en la reposera, el Hijo de Wari recordaba aquel lejano día en que se había visto obligado a intervenir en la providencia para cambiar el fatídico destino que, de otro modo, le hubiese deparado a la Patria.

Como correspondía a una determinación semejante, digna de los héroes, cercana a la de los dioses mitológicos, se imponía que el ofrendado al sacrificio fuese el primogénito. Como un Saturno famélico del favor popular, el Presidente decidió entonces devorar de un bocado, rápido e indoloro, la carne de su carne. En carácter reservado hizo llamar a su despacho de la Casa de Campo al Ministro de Interior y, en el monacal retiro de los jardines del Palacio, mientras caminaban entre los senderos de grava bajo el techo vegetal de los jacarandaes, el Presidente le hizo saber su resolución. No quería saber ni cómo, ni cuándo, ni dónde. Tenía, sí, que ser una muerte épica y, sobre todo, profundamente conmovedora.

– Déjelo en mis manos, Madre -le dijo emocionado el Ministro, a la vez que abrazaba al primer mandatario, quien hacía ingentes esfuerzos por mantenerse impertérrito.

Una semana después de la conversación en la Casa de Campo y a un mes de la Gran Elección, el Presidente recibió la trágica noticia. Todos los diarios anunciaban la descomunal necrológica en letras del tamaño de la tragedia. La muerte había asestado un nuevo golpe al corazón presidencial. El pueblo, presa del desconsuelo y el azoramiento, lloraba al vástago del primer mandatario como se lloraría la muerte de un hijo propio. La Primera Dama, la madre, María de los Perros Amor, caminaba como una loca de aquí para allá queriendo convencerse de que todo aquello no era sino una pesadilla. Muda de espanto, nunca más, hasta el Día de la Ascensión, habría de poder pronunciar palabra. El Ministro de Interior no había salido de su despacho. Reunido con el Jefe de la Secretaría de Inteligencia, no hacían más que mirarse atónitos sin comprender qué había sucedido. El Presidente leía una y otra vez, aturdido y furioso, los titulares de los diarios:


HIJO DEL PRESIDENTE


MUERE ATRAGANTADO


CON HUESO DE POLLO


El Ministro de Interior tuvo que jurarle y perjurarle al Presidente que él era completamente inocente. El secretario de Inteligencia asentía intentando declinar cualquier responsabilidad, después de todo, él era un exquisito, un detallista, un verdadero manierista del magnicidio disimulado y así lo acreditaba su nutrido e impecable curriculum. ¿Cómo hacerle entender al Presidente que aquello había sido un simple y vulgar accidente? Si bastaba con haberlo visto comer; su hijo deglutía como un desaforado y casi no sabía usar los cubiertos, el pobre. El Ministro asentía cuando el Hijo de Wari vociferaba que no era aquella ya ni siquiera una muerte épica, sino, lisa y llanamente, una verdadera vergüenza familiar. El secretario de Inteligencia intentaba consolarlo convenciéndolo de que, después de todo, su hijo no había muerto en vano, que el pueblo estaba realmente conmovido, que había que pensar en el futuro.

Y, en efecto, el futuro habría de compensar la pérdida irremediable con un nuevo triunfo electoral.

Mirando la puesta de sol a través de sus lentes ahumados. El Hijo de Wari volvió a considerar su horizontal humanidad y no pudo evitar verse viejo. Su mujer, en cambio, quien reposaba a su diestra, se veía tan joven como el lejano día en que la conoció. Giró la cabeza hacia ella y, aprovechando que tenía los ojos cubiertos por una mascarilla protectora, la examinó con minucia. Tenía aquellas mismas piernas, largas y forjadas en el torno trajinado de los catres de un burdel de pueblo, el mismo vientre, terso y llano, la misma candidez en la mirada que el día en que la conoció. Él, en cambio, no era ni la lejana sombra de lo que fue.

El Presidente buscó al Ministro de Finanzas en la hilera de cabezas sucesivas.

– Tamburrini -susurró el Hijo de Wari.-Si, Madre, diga -contestó el Ministro de Finanzas, enderezando el torso.

– ¿Cuánto nos queda, Tamburrini? -preguntó el primer mandatario con desidiosa preocupación.

El Ministro se incorporó raudo y caminó entre las reposeras agachándose para murmurar al oído de los integrantes del gabinete. Entonces todos empezaron a hurgar en sus bolsillos y billeteras. El doctor Tamburrini se acercó al Presidente y dejó sobre el alzapiés de lona un amasijo de billetes arrugados debajo de un puñado de monedas a guisa de pisapapeles. El Hijo de Wari se levantó las gafas oscuras, miró aquel triste acervo que se amontonaba a sus pies, elevó la mirada hacia la cabizbaja figura del Ministro de finanzas y, por fin preguntó:

– ¿Esto es todo?

El doctor Tamburrini, viendo que su cabeza se negaba a asentir, se limitó a sonreír como un idiota. El resto del gabinete presenciaba la escena al borde del pánico. Entonces, ante el silencio general y frente a la sonrisa congelada del Ministro, el Presidente también sonrió. Y no solamente sonrió, sino que además ahora se reía con ganas.

– Entonces, ¿esto es todo lo que hay? -y el primer mandatario hundía la diestra en el montículo de billetes y los dejaba caer como una volátil cascada sin dejar de reírse.

El Ministro de Finanzas imitó las breves carcajadas del Hijo de Wari y, ante la distensión, el gabinete rompió en un coro de risas que, otra vez, termi-naron en un orfeón de carcajadas espasmódicas. Entonces el Presidente se puso de pie y, rojo de furia, maldijo a todos y cada uno de los miembros de su cohorte de imbéciles, maldijo su suerte y maldijo la hora en la que a alguien se le había ocurrido la maldita idea de la fuga. Y así, colérico y vociferante, arrojó el vaso al aire. El vaso se elevó, alcanzó su altura máxima, giró varias veces sobre su eje y cayó haciéndose trizas contra una superficie dura, plana y muy diferente de la arena. En ese mismo momento el Hijo de Wari ordenó:

– Hoy quiero cenar en Estambul.

Entonces aquel cielo diáfano, ese mar apacible y el sol rojo e inflamado del ocaso se diluyeron, de pronto, en la más absoluta negrura.

<p>3</p>

Hubo unos segundos de desconcierto. En el interior de aquella penumbra más oscura que la noche, acrecentada por el contraste de ese sol reciente que todavía destellaba en las retinas del gabinete, se escuchaban carraspeos y palabras dichas a media voz. Los Ministros y secretarios podían intuir una fantasmal presencia que recogía las reposeras y las plegaba haciéndolas sonar como tijeras. Los vasos tintineaban chocando unos con otros y los restos de cocos y piñas esparcidos en el suelo parecían agruparse y alejarse. De pronto se hizo la luz. Un rectángulo perfecto de luz blanca ocupó el lugar en el que antes acontecía aquel vivido paisaje marítimo. Desde las negras alturas se descolgaban ahora unos conos de luz que encandilaron a los miembros del gobierno e iluminaron a un par de ágiles ordenanzas que barrían y componían el pequeño caos de los restos tropicales. Detrás del gigantesco proyector que ahora fulguraba en un destello quieto y blanco, el Director Oficial de Cine, Héctor Perón del Bosque, descargaba el rollo del carrete que giraba huérfano, y lo guardaba en una lata cuyo rótulo manuscrito rezaba: "Vista panor. Honolulú, cámara fija".

Cuando terminaron de barrer y despejar el piso del estudio, los mismos ordenanzas hicieron correr unos enormes paneles del fondo de decorado deslizándolos sobre unos rieles aéreos que los sujetaban. Los Ministros y secretarios, detrás de bambalinas, envueltos en toallones, se quitaban los trajes de baño y una vestuarista les alcanzaba los atuendos que habrían de vestir para la cena.


La misma noche en que el Presidente con sus doce apóstoles se habían evaporado en el cielo, tenían ya prolijamente preparada la que habría de ser su secreta y provisoria guarida. El Director Oficial de Cine, Héctor Perón del Bosque, personalmente había reacondicionado los añosos y abandonados interiores de los estudios de Palatina Sono Film. El nuevo cuartel general del gobierno en las sombras era una verdadera ciudad en ruinas dentro de los suburbios también en ruinas. Ya casi nadie recordaba que allí, dentro del perímetro de aquella ciudadela, se habían gestado las más gloriosas páginas de la historia del cine. Los titánicos sets de filmación que otrora iluminaban el cielo con sus cañones de luces, eran ahora una sombra difusa entre la bruma suburbana. Parecían viejos hangares derruidos después de un bombardeo. Los imponentes letreros de bronce que en forma de sol naciente coronaban los dinteles de los estudios, ahora colgaban desvencijados al arbitrio del viento. La rampa de acceso al edificio:entral, allí donde se detenían los interminables Impalas, los radiantes y fabulosos Cadillac desde cuyas muertas asomaban pantorrillas interminables envueltas en medias de red, aquel suelo hecho de mármol Y alfombra que una vez había pisado la mismísima Rita Hayworth, se había convertido en un delgado pastizal entre la grava que se perdía en un campo a merced de los perros hambrientos. Los espléndidos salones que circundaban el auditorio quedaron despojados del techo, y los pisos habían sido devorados por una alfombra vegetal donde pastaban los caballos de los cartoneros junto a las columnas dóricas que ya no tenían nada que sostener. En aquellas terrazas donde, en las noches de verano, bailaban las estrellas bajo las estrellas, ahora no sonaba otra música más que el lamento lobuno del viento. Desde el cierre definitivo de los estudios de Palatina Sono Film nadie, salvo las vacas, los caballos y los perros, se había atrevido a transponer los alambrados. Se decía que el predio de los antiguos estudios era el purgatorio de los astros muertos, que bajo los tinglados de los viejos sets se paseaban las sufrientes almas de los comediantes condenadas a interpretar sus peores papeles, sus actuaciones más lamentables, que por las noches se oía a una claque espectral que alternaba aterradoras carcajadas con horripilantes lamentaciones.

Aquella ciudadela oculta y olvidada contenía dentro de sí todas las ciudades del mundo. Aquí y allá podían verse apolillados telones que reproducían el Big Ben envuelto en la bruma londinense, los grises tejados parisinos con el fondo de una Notre Dame reconocible pero distinta, alucinada, el puente de Brooklyn delante de una Nueva York onírica y borrosa, la Fontana di Trevi recortada contra el fondo imposible del Coliseo, la calle de Alcalá hecha con una improbable arquitectura catalana, los morros de apariencia prehistórica de Río de Janeiro junto a una Acrópolis marmórea y flamante, como si acabara de ser construida. Y ciudades quiméricas e inverosímiles. Ciudades que jamás existieron. Ciudades que se dirían narradas por Marco Polo.

El Director Oficial de Cine, Héctor Perón del Bosque, descubría cada rincón de los estudios con la misma sorprendida excitación de un arqueólogoque acabara de internarse en una cripta nunca antes explorada. Con su índice tembloroso de emoción, removía las gruesas capas de polvo que conservaban intactas las reliquias de la edad de oro del cine. Viejas moviolas manuales que todavía contenían en sus carretes miles de fotogramas que jamás habían sido puestos en pantalla. Archivos repletos de películas íntegras de las que nunca nadie tuvo conocimiento. Podía reconocer los decorados correspondientes a tal o cual escena memorable del blanco y negro, los vestuarios completos e inmaculados que vistiera esta o aquella luminaria olvidada o perdida en el Olimpo de la nostalgia. Y a medida que se internaba en aquellos elíseos galpones fantasmales de la añoranza, en un silencio solamente interrumpido por el eco de sus pasos, se dijo que no podía haber elegido un lugar mejor para levantar el cuartel general del gobierno en las sombras.


*****

(Afuera, mientras tanto, ajenos por completo al misterioso destino de Su Excelencia, esperábamos el día de Su regreso. Mirábamos caer la lluvia incesante del agobio a través de los vidrios empañados con el aliento acre del desaliento. Contábamos las exiguas monedas que nos habían dejado los tiempos añorados y volvíamos a esconderlas debajo del colchón de astenia en el que nos hundíamos como en un foso sin fin. Sumidos en aquel domingo sin pausa, nos resistíamos a comprender que el lecho pringoso que se pegoteaba a nuestras espaldas no era el fondo del abismo, que siempre era posible estar más y más abajo. Como las crías de los buitres, abríamos el pico de par en par hacia el cielo esperando que cayeran las migajas de la fiesta. Con eso nos bastaba para conformarnos. Echados en la hamaca pendular de la resignación, no atinábamos a otra cosa que a rascarnos el culo escaldado por el letargo. Igual que el nuevo Presidente, aquel espantajo durmiente al que le colgaban las babas desde las comisuras de los labios mientras saqueaban lo poco que quedaba del Palacio de Gobierno, asistíamos impávidos al desvalijamiento de nuestras propias casas: sin llamar a la puerta entraban los acreedores de deudas que nunca habíamos contraído y frente a nuestros somnolientos ojos intentaban vaciarnos los bolsillos desfondados de los sacos y los pantalones diezmados antes por las polillas. Nos tomaban de los tobillos y nos sacudían cabeza abajo sin conseguir que se nos cayera más que la leve caspa de la indigencia. Entonces, igual que al nuevo Presidente, nos metían una pluma entre el índice y el pulgar y, moviendo nuestra diestra parapléjica, nos hacían firmar el conforme mientras cargaban con los muebles y nuestros pocos enseres. Habíamos aprendido a construir nuestra dicha con el amargo adobe de la desdicha ajena. A mandíbula batiente, los muertos nos reíamos ante el paso aturdido de los degollados que llevaban la cabeza bajo el brazo, los rengos hacíamos alarde de destreza bailando en una pata frente a los paralíticos, los miopes nos jactábamos ante los tuertos y los tuertos batíamos nuestro cetro real frente a las cuencas vacías de los ojos de los ciegos. Y así, mientras esperábamos el anhelado regreso de Aquel que se había perdido entre las nubes de la gloria, hincábamos el diente voraz en la carne magra de nuestros propios dedos.)

<p>4</p>

Desde la cabecera de la mesa del restaurante del Hotel de los Sultanes, en el centro de Estambul, el Presidente podía ver a su derecha los seis alminares de la mezquita de Sultanhamed rasgando las nubes y a su izquierda los cuatro minaretes de la iglesia de Santa Sofía. Protegido a diestra y a siniestra por Alá y por Nuestro Señor respectivamente, Su Excelencia experimentó un súbito vendaval de divinas bendiciones. Las distintas religiones no constituían para su alma cotos antagónicos; al contrario, las concebía como una cifra única derivada de la suma de todas.Era cristiano entre los cristianos, mahometano entre los musulmanes, hebreo entre los judíos, budista entre los lamas; en fin, había renegado de todas las religiones para poder adherir, según lo requirieran las circunstancias, a cualquiera. Como quiera que fuese, ataviado con una túnica blanca y un quepis turquesa bordado con hilos de oro, el Hijo de Wari sintió que un hálito sagrado le confería una señal de buenos augurios. Y en verdad necesitaba confiar en el destino. Habían sido sólo dos días de convivencia con su gabinete y su esposa y creía que no habría de soportarlo ni un minuto más. Y menos aún bajo las actuales condiciones, que no le dejaban otra alternativa. Quién podía saber hasta cuándo habría de durar aquel curioso destierro alrededor del mundo, o mejor dicho, del mundo alrededor de su atribulada persona. Durante la cena en las terrazas del Hotel de los Sultanes, bajo una luna menguante que se confundía con las repetidas lunas que coronaban las cúpulas bizantinas, el Presidente hizo un rápido recuento de los acontecimientos que lo habían obligado a dejar el poder perdiéndose en las alturas.

Todo había sido perfectamente planeado. Pero algo había salido mal. Habían estado cerca, muy cerca de encontrarse con los 8.857.536.546.805.094.647.483.939.210.846.565.353. 029.848.484.767.324.101.919.181.888.

181.737.364.546.474.858.595.950.030.302.002.002.981.726.353.435.363.738.393.039.387.

263.534.352.829.029.484.765.774.748.588.599.686.867.752.220.986.756.463.526.340.218.

millones con cuarenta y siete centavos, que, no sin esfuerzos, habían sabido ganarse en pago a los servicios por ellos prestados a la Patria. Había sido un minucioso trabajo que les había demandado años. Y ahora, habiendo acariciado durante tanto tiempo el ansiado momento de repartir el tesoro amasado a fuerza de imaginación, contratos, prebendas, favores, concesiones, privatizaciones, enajenaciones, licitaciones y hasta pequeños e involuntarios actos de cleptomanía, veían cómo el ansiado botín se les escabullía como agua entre las manos. Todas las noches de todos los días de todos los años de todos los lustros desde que había asumido, el Hijo de Wari no soñaba con otra cosa: repartir el botín y no tener que ver ni un día más ni a su mujer ni a su cáfila de Ministros y secretarios. Pero lo más angustioso era que la suma estaba casi al alcance de la mano. Aunque algo había fallado. Desde el día en que se constituyó como gobierno, aquel grupo ahora perdido en una ciudad fantasma, no había sido otra cosa que un conjunto de almas desconfiadas las unas de las otras. Por eso se vieron obligados a establecer un pacto para que ninguno, llegado el caso, tuviese la tentación de acceder a los cien años de perdón. El botín habría de ser depositado en las ciegas arcas de la imparcial y lejana tierra de los cantones. Todos los miembros del gabinete y, desde luego, el matrimonio presidencial, serían titulares bajo la discreción de sendos pseudónimos. Pero, para la absoluta tranquilidad de todos y cada uno, el número secreto de la cuenta habría de constar de treinta y nueve dígitos. Cada miembro sabría sólo tres números clave que constituían, cada uno, una treceava parte del número total y, además, un número de orden. Así, por jemplo, 769-1 significaba que los primeros tres núme-os eran el siete, el seis y el nueve. De modo que, sa-)iendo cada quien su cifra, ninguno podía aisladamen-e llegar a establecer la cifra completa. Es decir, la única brma de componer el número de la clave secreta sería que, a la hora de cobrar el anhelado botín, estuviesen presentes todos los titulares. Pero, por alguna extraña razón, el doctor Orestes Morse Santagada había resuelto abandonarlos. El Hijo de Wari maldijo el el desgraciado día en que había sacado de la cárcel de la intendencia a ese estafador de poca monta.

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A las nueve en punto de la noche, desde todas las mezquitas de Estambul llegaron los innumerables cantos de los imanes que llamaban a los fieles a rezar. El Presidente, que todavía no había terminado el postre, se levantó de la mesa, calculó rápidamente en qué dirección se hallaba la Meca y, de frente a la Mezquita Azul y apuntando su retaguardia hacia Aya Sofía, se arrodilló y, con la cabeza entre ambos brazos, inició unas oraciones espasmódicas, pronunciadas en un murmullo altisonante pero ininteligible. Rezaba conuna devoción tal que aquello no parecía un ruego sino más bien una suerte de encendido reproche, como quien exigiera el respeto a un acuerdo. Y en verdad, Su Excelencia no tenía la costumbre de pedir. El Hijo de Wari ni siquiera dialogaba; a lo sumo y, sólo si el interlocutor estaba a la altura, pactaba. Es más, se diría, a juzgar por el tono presidencial, que estaba conspirando. Lo cierto es que, después de unos momentos de vacilación y desconcierto, los miembros del gabinete imitaron a su jefe y, retirándose lenta y silenciosamente de la mesa, se echaron a rezar cuerpo a tierra. Cuando por fin se fueron acallando los cantos de los imanes, el Presidente se incorporó, giró sobre su eje, miró hacia la cúpula de la iglesia de Santa Sofía y, de pie como estaba, se persignó y ahora, de frente al Dios de los cristianos, parecía decir: "Quizá en otro momento tengamos que volver a hablar".

Cuando el Hijo de Wari ocupó otra vez la cabecera de la mesa, los Ministros se incorporaron y, tímidamente, volvieron a sus asientos. Siempre había creído que conocía a cada uno de los miembros de su gabinete como a la palma de su mano. Pero desde el día en que las líneas del destino habían decidido abandonar su venturosa estrella, todo le resultaba ajeno e indescifrable. Se decía que si el más fiel de sus colaboradores, aquel que había sido su compañero de celda, el doctor Orestes Morse Santagada, La Morsa, había podido traicionarlo, qué podía esperar de aquellos a quienes él ni siquiera había nombrado en sus cargos.

<p>6</p>

Vistos de frente y de perfil en el volátil prontuario de la memoria, en los archivos escritos con la cinta gastada de la Olivetti de la desidia, siempre condenados a las telarañas del olvido, los miembros de la cohorte de Su Excelencia presentaban las siguientes señas:


APELLIDO Y NOMBRES: Tamburrini, Sabatino Sixto.

ALIAS: La Pelada.

SEÑAS PARTICULARES: Redondo, visto de frente y de perfil; a contraluz, no se notaría la diferencia.

OCUPACIÓN: Ex Secretario de finanzas durante el mandato de la junta militar presidida por el general Grondona, ex director del Banco de la República bajo el mando de la junta militar conducida por el almirante Zaranga y Hobbes, Ministro de Finanzas en el período de gobierno de la junta militar a las órdenes del general Balín. Impulsor de la campaña oficial contra la pobreza "Muerto el Perro, Muerta la Rabia ". ANTECEDENTES: Denunciado como autor intelectual del operativo que desmanteló, a fuerza de topadoras, el barrio Virgen Santa, lindero al Paseo del Retiro, barriendo con las máquinas las casillas de cartón con sus habitantes dentro, en el marco de la campaña contra la pobreza Muerto el Perro, Muerta la Rabia ". Absuelto.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Finanzas.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Kalpakián Martínez, Juan.

ALIAS: El Gran Mogol.

SEÑAS PARTICULARES: Calva prominente,gran cicatriz en la superficie craneana.

OCUPACIÓN: Campeón Nacional de Lucha Grecorromana, Campeón Mundial de

Lucha libre. Retirado del deporte profesional, formó la troupetelevisiva Los Colosos de la Lucha.

ANTECEDENTES: Procesado por la justicia en la querella que le iniciaran los miembros de la troupe por falta de pagos y estafa, regresó de la clandestinidad una vez prescripta la causa. Condenado en otro proceso por agresión reiterada y lesiones graves a su ex esposa e hijos, el tribunal dispuso que le fuera practicada la lobotomía.

ULTIMO TRABAJO: Secretario de Minoridad.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Siam, Torcuato de las Marías.

ALIAS: El Profesor.

SEÑAS PARTICULARES: Ano contra natura.

OCUPACIÓN: Empresario en las áreas de transporte y turismo, fue fundador de

la compañía Transandina La Mula. Director de la Oficina de Migraciones durante el gobierno de la junta militar presidida por el general Grondona.

ANTECEDENTES: Denunciado por transporte de inmigrantes indocumentados, adulteración y venta de documentación falsa. Según constaba en la causa, después de

ingresar a los inmigrantes los denunciaba y recibía del Estado el importe por los servicios de repatriación. Absuelto.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Asuntos Exteriores.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del

Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: San Miguel, Ubaldo Matilde

ALIAS: El Chancho.

SEÑAS PARTICULARES: Tatuaje en parte íntima que reza: "Codetas", o bien, "Colgate de esta y hace piruetas". Ocupaciones: Conductor de transporte colectivo, más tarde ascendido a inspector. Delegado gremial y luego dirigente sindical de la agrupación, llegó a ser empresario en el área de transporte y turismo. Socio de la compañía Transandina La Mula. Antecedentes: Robo a mano armada, portación de armas de guerra, heridas múltiples con arma blanca en reyerta, estafa reiterada, falsificación dedocumento público. Absuelto en todas las causas.

ULTIMA OCUPACIÓN: Ministro de Trabajo.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del

Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Arguello, Nancy Viviana.

ALIAS: La Coca.

SEÑAS PARTICULARES: Ya no se le notan a causa de múltiples y reiteradas intervenciones plásticas. Ocupaciones: Preceptora del Colegio de las Adoratrices del Divino Rostro, autora del poemario "Y le vimos la cara a Dios", profesora de música. Funcionarla a cargo de la Subsecretaría de Minusválidos, instrumentó las campañas de Integración del Sordomudo y el Hipoacúsico en los programas oficiales zonales "Te escucho" y "A palabras necias…".

ANTECEDENTES: Denunciada por sumisión a esclavitud, abuso deshonesto y explotación de minusválidos. Absuelta.

ULTIMO TRABAJO: Ministra de Salud y Acción Social.

PARADERO: Desconocido. Fue vista por última vez sobrevolando la cúpula del

Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Cohén, Carlos Raskolnikov.

ALIAS: Pequeño.

SEÑAS PARTICULARES: Pequeña ablación de pequeño prepucio.

OCUPACIONES: Abogado. Secretario de Juzgado Correccional. Propietario de

establecimiento de alimentos cárnicos. Juez de Tránsito, Juez de Contravenciones Urbanas, Diputado Nacional.

ANTECEDENTES: Falsificación de certificado kosher en carnes y embutidos. Absuelto.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Interior.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del

Parlamento.

APELLIDO Y NOMBRES: Santa Marina, Gregorio Félix.

ALIAS: La Garza.

SEÑAS PARTICULARES: Ninguna.

OCUPACIONES: Titular de la Corporación Santa Marina. Abogado. Profesor de Derecho Constitucional. Redactor de la proclama "Abolir la Constitución para preservar la Constitución o Muerto el Rey, viva el Rey o Comunicado Número Uno", del alzamiento militar encabezado por el general Grondona. Redactor del manifiesto " La Fuerza del Derecho y el Derecho de la Fuerza o Todos Contra la Pared " que sirviera de constitución provisoria durante el gobierno del almirante Zaranga y Hobbes. Autor de la declaración "Bases Para la Reorganización Nacional o El Que Se Mueve es Boleta", que proclamara la junta militar al mando del general Balín. ANTECEDENTES: Expedientes extraviados.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Justicia. Paradero: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Me Donald, Francisco.

ALIAS: Pancho.

SEÑAS PARTICULARES: Le sobra una lente o le falta un ojo.

OCUPACIONES: Novelista, historiador, propietario de flota de taxis. Autor de las novelas "Se va el caimán", "Cachurra montó a la burra", "Canilla Libre" y "El regreso del caimán".

ANTECEDENTES: Denunciado por no haber cometido, aunque más no fuera, plagio.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Educación y Cultura.

PARADERO: desconocido.Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Berti, Adolfo Benito.

ALIAS: Tambor de Tacuarí.

SEÑAS PARTICULARES: No puede flexionar el dedo mayor de la mano derecha.

OCUPACIONES: Encargado de seguridad personal del Dr. Félix Gregorio Santa

Marina. Gerente de ventas de la Corporación Santa Marina.

ANTECEDENTES: Jefe de la agrupación Alpargatas Sí, Libros No y del grupo de choque Acción Antijudaica. Más tarde comandante del Ejército Popular Revolucionario. Responsable del operativo de secuestro del Dr. Félix Gregorio Santa Marina, liberado a cambio del pago de 9.074.304.041.444.145 millones de Coronas. Condenado a cadena perpetua por secuestro y homicidios múltiples, fue dos veces amnistiado.

ULTIMO TRABAJO: Secretario de Inteligencia del Estado.

PARADERO: Desconocido Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: García Ferrer, Nicasio.

ALIAS: Torniquete. SEÑAS PARTICULARES: Pecho hundido.

OCUPACIONES: Maestro mayor de obras. Secretario de Obras Públicas del gobierno del almirante Zaranga y Hobbes. Impulsor de los planes de Reducción de Redes Viales, Erradicación y Prevención del Tranvía, Programa de Recorte de Recorridos Subterráneos y de la campaña "Llegue Vivo, Viaje en Colectivo". Titular de la Corporación de Transporte Colectivo Urbano. Propietario de la Empresa de Transporte Colectivo García Ferrer. Socio de la compañía Transandina La Mula.

ANTECEDENTES: Denunciado como autor intelectual de atentados múltiples contra convoyes metropolitanos y sabotaje contra estaciones de subterráneos. Absuelto. ULTIMO TRABAJO: Ministro de Transporte y Obras Públicas. Paradero: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


Las fichas correspondientes al Secretario de Medio Ambiente y al de Defensa se presume que fueron destruidas en el incendio accidental que se declarara en la Fiscalía Nacional junto con las fojas del caso por el que se los investigaba a causa de su presunta participación en el incendio intencional que destruyera las oficinas de la Fiscalía Provincial que tenía a su cargo el esclarecimiento del incendio accidental que calcinara el despacho de la Fiscalía Mu nicipal que intentaba esclarecer el incendio accidental que acabó con la vida del fiscal que llevaba la investigación de cierto caso que ya nadie recuerda.

<p>7</p>

Él, que había besado tres veces el anillo del Sumo Pontífice; Él, que se había reunido incontables veces a jugar al dominó, como lo hiciera con un amigo, con el Rey de España; Él, que había recibido en su campo de golf al Presidente de Todas las Américas; Él, que había paseado en su propia Masserati al Sultán de Persia; Él, que había honrado, cantándole a capella coplas y carnavalitos, al mismísimo Mick Jagger en sus estudios de grabación; Él, que se había reunido con la Reina de Inglaterra; Él, que se había enfrentado cara a cara, hasta casi tomarse a golpes de puño, con los anacrónicos tiranos rojos que habían sobrevivido al período jurásico de la Revolu ción de Octubre; Él, que había brillado con luz propia en todos los foros internacionales; Él, iluminado con el halo dorado de los elegidos, mientras cenaba en aquella Constantinopla fuera de foco, se preguntaba si era justo tener que sobrellevar ese calvario de celuloide y cartón pintado, con aquella triste cáfila de delincuentes de baja ralea, con esa troupe de lamentables bufones. Él, que había pasado dos días con sus noches en el harén del Palacio de Sualtanhasan con las cuarenta mujeres del Emir de Jalhabad; Él, que se jactaba de haber conocido, en el más bíblico de los sentidos, a las más deslumbrantes estrellas de Hollywood en sus faraónicas alcobas de Beverly Hills, se lamentaba en silencio del infortunio de tener que cohabitar, otra vez, con la Primera Dama, María de los Perros Amor, tan decorativa, tan escenográfica como la ambientación bizantina de los muros de cartón piedra que se levantaban frente a sus ojos.

Había sido su tutor y consejero, Xavier Huáscar Molina Viracocha, quien ideó el plan de fuga hacia los cielos. Nadie había visto nunca al consejero del Presidente. Nadie le conocía la cara y muy pocos sabían de su existencia. El consejero era un oráculo sin rostro. No tenía despacho oficial, ni estudio privado. No percibía honorarios ni participaba de las reuniones de gabinete. Nadie sabía qué vínculo unía a Su excelencia con aquel misterioso asesor en las tinieblas. Nadie había oído su voz. Jamás se lo vio ingresar a la casa de gobierno. Inclusive aquellos pocos que habían oído hablar de Él, dudaban de su existencia. Nadie sabía ni en qué momento ni en qué lugar se reunía el Presidente con su consejero. Ni siquiera el Jefe de Inteligencia había podido establecer el paradero del enigmático ayo del primer mandatario. Sabían, sin embargo, que el Presidente no tomaba una sola decisión sin consultarlo. Se llegó a decir que el oscuro consultor no tenía una materialidad unívoca, que era visible sólo a los ojos de Su Excelencia, en fin, se tejían las más descabelladas conjeturas en torno a la identidad del mentor de las resoluciones oficiales.Lo cierto es que el Presidente había sido sorprendido en las más insólitas situaciones. El Ministro de Interior juró haberlo visto en animado diálogo con un sapo en su propio despacho. El edecán aseguraba que pudo presenciar cómo el Presidente hablaba con el busto marmóreo del General Pontevedra y, lo más desconcertante, que fue testigo del largo monólogo que, en respuesta, le diera la estatua moviendo sus labios pétreos. Incontables veces fue visto por los ordenanzas discutiendo acaloradamente con el retrato del Virrey Gallardo, con el cuadro del caudillo Manuel de la Zarza o con la pequeña gárgola de la fuente del Jardín de la Palmera. Todos los testimonios son coincidentes en un punto: sea quien fuere el eventual interlocutor, por lo general un objeto o un animal, en tales circunstancias, el Presidente hablaba en su idioma original, el aymará.

Cierto era que el primer mandatario siempre llevaba consigo un anotador que, día tras día, iba poblándose de máximas y aforismos, de preceptos y estratagemas, de sentencias y apotegmas relacionados todos con la sabiduría en el manejo de los asuntos de Estado que, se sospechaba, le habían sido dictados por su invisible consejero. Quienes a hurtadillas o de reojo pudieron leer algunas anotaciones, se encontraron con pensamientos tales como:


El mandatario siempre ha de tener presente que el vulgo, de voluntad tan voluble como predecible,puede ser igualmente proclive al melodrama y los sentimientos de piedad como la épica y los actos más inhumanos. Puede conmoverse hasta las lágrimas ante la muerte de un inocente y al día siguiente regocijarse como un animal carnicero ante el escarnio público de un reo. El mandatario debe saber aprovechar esta volubilidad a su conveniencia atrayendo hacia sí los sentimientos de compasión y piedad, y los de odio e ira hacia sus enemigos.


No constituye obstáculo alguno para la consecución del favor popular que el mandatario se enriquezca a expensas de su cargo. Esto no obra en desmedro de su prestigio ni credibilidad siempre que el vulgo perciba que su enriquecimiento es justo y merecido, pues no lo ha de considerar como malhabido sino una suerte de cobro por los servicios prestados al bien común. El pueblo ha establecido un claro apotegma: "Que robe pero que haga", demostrando de esta manera su propensión aprestarse como cómplice del mandatario cuando percibe esto como un beneficio propio, y como víctima cuando no. El mandatario deberá persuadir al vulgo de que si no es apto para enriquecerse él mismo, no lo será, tampoco, para enriquecer a sus conciudadanos. Cuanto más rico y ostentoso se muestre el mandatario, tanto más respeto obtendrá de la plebe. El vulgo se sentirá indignado ante la corrupción oficial en la misma medida en que se sienta excluido de ella. Si en cambio conserva la ilusión de que el fraude habrá de beneficiarlo, preferirá guardar un silencio colaborador, como sucede en los cotejos deportivos ante un fallo injusto pero que beneficia a los de la propia bandería.


Si las circunstancias políticas han excedido por completo las posibilidades de que el mandatarío se mantenga incólume, si acaso los vaivenes del manejo público se han tornado insostenibles, no debe permitir el gobernante que los escombros de la catástrofe se desplomen sobre su persona. Lo más aconsejable, por duro que pueda parecer, es aplicar una cauta retirada dejando que el peso del desastre recaiga sobre su enemigo. Sin embargo el alejamiento no debe parecer un acto de pusilanimidad ni de desidia ni de renuncia ni, mucho menos, de pánico. Al contrario, el mandatario deberá retirarse de un modo magnánimo, lleno de gloría y victoríoso, de modo que el vulgo lo recuerde con adoración y proclame la necesidad de su regreso.


Fue, exactamente, la justa combinación de estos tres consejos lo que había decidido la insólita partida del Presidente y sus Apóstoles a perderse en las misteriosas alturas de los inolvidables.

<p>8</p>

Había sido una retirada magnánima, gloriosa, digna de un Mesías y no había requerido mayores artificios que los que podría aplicar un mago de mediana astucia. Por otra parte, en efecto, su aletargado sucesor veía cómo se desplomaban los escombros del desastre sobre la ruinosa madriguera del despacho donde hibernaba, durmiendo sobre los marchitos laureles de la desidia. El estado de las finanzas públicas se resumía en la triste imagen de las puertas abiertas del Tesoro Nacional que ahora albergaba en su interior a las familias de los empleados despedidos. Los balances oficiales eran una larga suma cuyas cifras se apilaban en la roja columna del Debe dejando el Haber en la más absoluta orfandad. La gente recordaba a Su Excelencia con la misma añoranza con que se recuerda la juventud perdida, con la misma nostalgia que tiñe al pasado con la ilusoria impresión de que ya nada volverá a tener ese dorado resplandor de los viejos y buenos tiempos. Las vacas flacas del pasado parecían, a la luz de los posteriores acontecimientos, gordos y saludables terneros que se ofrecían generosamente a los nuevos apetitos, rayanos con el hambre. Todos esperaban el regreso de Su Excelencia con la misma devoción con que se espera la vuelta de El Salvador. Por otra parte, siguiendo el sabio consejo acerca del necesario enriquecimiento del mandatario, el Presidente consideraba que el generoso botín que lo esperaba en las lejanas tierras de los cantones era dinero suficiente para sobrellevar el tiempo de misteriosa ausencia durante el cual habría de forjarse el bronce del mito y preparar el más triunfal de los regresos y entonces sí, habría de quedarse para siempre investido con todos los atributos, prerrogativas, honores y facultades con las que se corona a un rey. Desde el día de su asunción hasta la noche de la Ascensión, el Hijo de Wari no albergó esperanza más alta que la de fundar una nueva y majestuosa monarquía.

El Presidente se preguntaba con más amargura que indignación el porqué de la traición de su único amigo en el gabinete, el doctor Orestes Morse Santagada. Sin su presencia, la posibilidad de encontrarse con el anhelado botín se escurría como el agua entre los dedos. ¿Qué motivos habría de tener para renunciar a la gloria eterna? ¿Por qué él, justamente él, su compañero de celda, su cómplice y guardián de los más recónditos e inconfesables secretos, había decidido desertar hacia el bando de los infelices, de los fracasados, de los perdedores? ¿Por qué esa súbita vocación de perro del hortelano que lo llevaba a abjurar de la más holgada de las riquezas, arrastrando a sus compañeros a su mismo desgraciado destino? Pero lo más desesperante del caso era la posibilidad de que se le ocurriera hablar.La posibilidad de que, frente al acoso de la justicia, de la prensa y de la indignación popular su ex Ministro se resolviera a revelar el secreto de la fuga, aterraba al Presidente. Pero, en el fondo de su corazón, el primer mandatario albergaba la esperanza de su inminente llegada. Esperaba verlo atravesar el portón de los estudios de Palatina Sono Film y confirmar, de una vez, que todo había sido un malentendido, que jamás habría de traicionarlo y entonces se estrecharían en un abrazo tan prolongado como la historia que los unía.

Pero hasta que ese momento llegara, el plan finamente fabricado por su anónimo consejero parecía condenado a zozobrar.

<p>9</p>

Era noche cerrada en Estambul. El Presidente, su mujer y su gabinete miraban la borra de café adherida al fondo de sus tazas, intentando descifrar los albures que el destino habría de depararles. Entre las caprichosas formas oscuras que teñían la delicada porcelana de los tiempos de los otomanos, todos creían ver con meridiana claridad el inconfundible rostro del doctor Orestes Morse Santagada.

– No se aflija, Madre -intentaba consolar el Ministro de Interior-, ya va llegar, no se preocupe.-;

Y si no llega?

– No piense en eso, Madre, La Morsa sería incapaz…

– Pero, ¿y si no viene?

– Algo se nos va ocurrir, Madre.

Todos sabían qué significaba aquella frase, "algo se nos va a ocurrir", en boca del Ministro de interior. Nadie ignoraba que aquellas palabras eran el prólogo de una sentencia. Y, habida cuenta de que la existencia misma del doctor Orestes Morse Santagada se había convertido en una amenaza, era hora de empezar a preguntarse si su existencia era conveniente.

"Algo se nos va ocurrir" había dicho también el Ministro de interior ante las investigaciones de cierto periodista que, con la insistencia de una mosca, se obstinaba en meter sus narices en los negocios oficiales; "algo se nos va ocurrir", sentenció antes de que apareciera colgado del mástil del periódico que lo empleaba, con la boca repleta de artículos que llevaban su propia firma. Algo se nos va a ocurrir, había pronunciado el Ministro, días antes de que el fiscal que investigaba el caso del periodista apareciera haciendo la plancha en el río. "Algo se nos va ocurrir", dijo el doctor Cohén, justo el día en que cuatro testigos de la causa del fiscal aparecieran convertidos en una brochette humana, empalados como en una carbonilla de Goya. "Algo se nos va ocurrir", declaró en un suspiro el funcionario, durante la madrugada previa a la noche en que, accidentalmente, se prendiera fuego el juzgado en el que obraba la causa y se quemaran los expedientes, las pruebas y, por cierto, todos los empleados incluido el juez.


Existen Estados que reservan para sí la potestad sobre la vida o la muerte de los subditos. Así como velan por la vida de los ciudadanos honorables, tienen la atribución de suprimir la de aquellos que emponzoñan los cimientos de las normas del propio Estado. La justicia tiene como función superior, no ya la consecución del bien del soberano, sino, antes, la preservación en el tiempo del funcionamiento del mismo Estado que determina todos los vínculos sociales. Consecuentemente, la condena a muerte no puede considerarse un crimen, sino, al contrario, la defensa más elocuente contra el propio crimen. Y, en estos casos, quienes deciden en nombre del Estado son hombres: abogados, fiscales, simples ciudadanos y jueces. Suelen ser largos y tortuosos procesos que, en muchos casos, están tan cerca de la justicia como de la injusticia. El gobernante, como ejecutor y garante de los designios superiores del Estado, no puede despojarse de la herramienta que suprime, de raíz, a quienes atenten contra él. La única diferencia entre la condena a muerte y el homicidio surgido del interés político es que la primera se celebra a la luz pública y el segundo se decide y se ejecuta en secreto. Por lo demás, no existen diferencias por cuanto no interviene la voluntad divina.En el homicidio por interés político, la supresión del "reo " debe ser tan brutal e indisimulada que, por su misma torpeza, no pueda ser atribuida al sospechoso natural, es decir, el gobernante. Ha de aparecer a los ojos públicos como una burda patraña urdida por la oposición con el propósito de inculpar al principal sospechoso, esto es, el gobierno.


Sin embargo todos sabían que, en el caso del doctor Orestes Morse Santagada, tal sentencia era inaplicable: si algo llegara a ocurrirle, habría de llevarse a la tumba la clave para acceder al botín. Tan perfecta era la estratagema del Presidente que, en virtud de su misma exquisitez, peligraba ahora su eficacia. Contra sus voluntades tenían que cuidarse los unos de los otros. Tenían que ser cautos para evitar que, accidental e involuntariamente se escapara de sus bocas la cifra clave. Se veían obligados, a su pesar y por mucho que fuera el odio que se prodigaran, a protegerse y mantenerse unidos tanto en la salud como en la enfermedad, como un matrimonio fundido en el crisol de la conveniencia.

Esperaban en forzada armonía, ocultos en aquella Hollywood olvidada, la consolidación del mito para volver, resucitados, desde el Reino de los Cielos y fundar así el gran reino en la Tierra.

Aunque por el momento no contaran más que con un puñado de monedas en una pequeña patria hecha de cartapesta.La luna se había ocultado por completo tras la cúpula semicircular de la Mezquita Azul. Habiendo dado por concluida la cena en Constantinopla, el Presidente creyó oportuno recordar que, por la mañana, habría desayuno de trabajo. Contempló por última vez los restos del hipódromo romano que se extendían frente al hotel y pidió que le encendieran un narguile con tabaco frutado. Envuelto en la nube de humo que olía a manzana, ingresó en un grato sopor que lo liberó de sus recientes preocupaciones.


****

(Afuera, mientras tanto, esperábamos su regreso escudriñando el cielo a través de las lagañas secas que nos mantenían los párpados apenas separados como para sostenernos en vigilia pero, a la vez, tan pegados que casi no podíamos ver, sumergidos en aquella duermevela en la que permanecíamos, equidistantes, a un palmo de la vida y otro de la muerte pero en un territorio ajeno a ambas, fluctuando en ese purgatorio entre la nada y la nada, ardiendo en el fuego destemplado de la abulia, sintiendo en el cuero cabelludo el paso moroso de los piojos del abandono que nos iban comiendo poco a poco el seso de la voluntad y nos dejaban seco el cacumen del entendimiento, y asistíamos a nuestra propia ruina con la sonrisa congelada del cretino. Cultivábamos la lástima con escrúpulo. Nada nos provocaba un placer más dulce que lograr que se compadecieran de nuestros pesares. Exhibíamos nuestras miserias, mostrábamos las cicatrices y las excrecencias, las llagas abiertas y la carne mórbida de la septicemia. Y, con simétrica curiosidad, nos regodeábamos viendo las pilas de cadáveres dejados tras los terremotos, secretamente nos deleitábamos ante el llanto desconsolado de quienes veían como sus casas eran arrastradas por el río desbocado de la Modernidad. Entonces ofrecíamos nuestro hombro piadoso para que las lágrimas del doliente regaran el campo yermo en el que cultivábamos la dulce flor de la amargura. Llevábamos en el cuello la marca bífida de los dientes del vampiro de la execración. Como Lázaros de las tinieblas, nos levantábamos de nuestras tumbas hechas con la madera del naufragio y buscábamos el pescuezo inmaculado de aquellos que todavía conservaban el único patrimonio de sus anhelos; acechábamos desde las sombras y, surgidos de la nada, nos abalanzábamos sobre la lujuriante yugular de los que aún guardaban el hálito tibio de la vida. Entonces, pálidos e inertes, convertidos en uno más de nosotros, muertos en vida, recibíamos con júbilo a las nuevas huestes de las profundidades. Apestábamos.)

<p>10</p>

El gabinete en pleno, con la obvia excepción del doctor Orestes Morse Santagada, ya se había sentado a la mesa oval del despacho presidencial, improvisado para la ocasión. El asunto a tratar era, justamente, el caso del Ministro desertor, de cuya ausencia daba cuenta la silla vacía a la diestra del Presidente. El Hijo de Wari ya no era aquel caudillo de provincias envuelto en su poncho de vicuña; ahora vestía un traje azul de saco cruzado y una corbata de seda amarilla. Su pelo negro que otrora se peinaba según los arbitrios del viento de los Andes, ahora se veía corto, matizado con brillos plateados y dividido por una raya que se diría trazada a escuadra. Abocado al asunto que lo ocupaba, Su Excelencia estaba dispuesto a olvidar su condición de amigo del antiguo compañero de celda y proceder como mejor conviniera.

– Muy bien -rompió el silencio el Presidente después de haber tomado el primer sorbo de café-, prefiero escuchar primero sus opiniones.

Era una suerte de tácito acuerdo que volvía a repetirse con la sistemática rutina de los rituales: el primero en hablar era siempre el doctor Cohén, Ministro de Interior.-Ante todo, Madre, quiero apelar a la calma, que si bien existen motivos para la preocupación, opino, Madre, que debemos abrir un compás le espera. Sería prematuro tomar hoy mismo una decisión.

En ese punto intervino el Ministro de Defensa:

– Yo no sería tan paciente, Madre, creo que en este caso el tiempo no obra a nuestro favor. En estas situaciones soy proclive, como usted bien lo sabe, Madre, a actuar con la presteza de un gendarme.

– A propósito -intervino el doctor Santa Marina-, ¿ustedes saben de dónde proviene la palabra «gendarme»?

Todos conocían la vocación etimológica del Ministro de Justicia, tan afecto a redactar proclamas, manifiestos y declaraciones de principios. En rigor, a nadie le interesaba demasiado el asunto, de modo que ni siquiera se molestaron en contestar; a pesar de lo cual, el doctor Santa Marina arremetió con su etimología:

– Gendarme, del francés gents d'arms: gente de armas: gendarme. ¡No es notable!

El Ministro de Defensa miró al doctor de reojo, resopló ostensiblemente y continuó con su exposición:

– Como le estaba diciendo, Madre, todavía tenemos tiempo para tomar una determinación. Existen diferentes alternativas.

– Acuerdo con el Ministro -se apresuró a decir el secretario de Minoridad habiendo visto el asentimiento del Presidente frente a las palabras del funcionario de Defensa.

– No sea genuflexo, hombre -vociferó el Ministro de Interior increpando al campeón de lucha libre.

– A propósito -volvió a interrumpir el doctor Santa Marina-, ¿ustedes saben de dónde proviene el término «genuflexo»?

Ahora sí, todos miraron al doctor con ostensible fastidio; sin embargo, como si se lo hubiesen suplicado a coro, el doctor ilustró:

– Genou, del francés: rodilla; flexo, de flexionar; genuflexo: el que dobla las rodillas, el que se arrodilla ante otro. ¡No es notable!

El Presidente se puso rojo. Sin embargo, muy a su pesar, mantuvo la calma y le rogó al Ministro de Defensa que expusiera las alternativas.

– Las alternativas que se me ocurren son tres, Madre: la primera, la que propone mi colega de Interior: esperar. Ya dije que me parece una opción riesgosa. La segunda: de alguna manera conseguir persuadirlo por intermedio de alguien de afuera. Si esto no fuera posible, entonces sí, propondría la tercera opción, que, como entenderán, requeriría de una operación de cierta complejidad y envergadura, y por favor, doctor Santa Marina, tenga el decoro de no exponer la etimología de este último término -se apresuró a suplicar el Ministro.

– Grosero… -se indignó Santa Marina-, usted es un vulgar. El Presidente se lamentó en silencio de su infortunio y, ya en límite de la paciencia, le imploró a su Ministro de Justicia que tuviera a bien guardar silencio y dejara hablar a su colega de Defensa. Persuasivo, lo instó con sólo tres palabras:

– Cierre el culo -le dijo escueto pero elocuente.

– Sí -murmuró avergonzado el doctor Santa Marina.

– Sí qué… -exigió el Presidente.

– Sí, Madre.

– Muy bien, prosiga -le ordenó a su subordinado de Defensa.

Sólo entonces el jefe de la cartera de Defensa expuso la tercera alternativa:

– La tercera alternativa también tiene sus riesgos y requeriría la participación de más de una persona de afuera. Me refiero a organizar un grupo comando que, gentilmente, lo acerque hasta nosotros.

Entonces intervino el Ministro de Trabajo:

– Madre, creo que lo que propone el Ministro es viable salvo por un detalle: no tenemos a nadie afuera.

– Salvo al doctor Santagada -terció el doctor Santa Marina poniendo cara de astuto, como si quisiera reivindicarse de sus anteriores participaciones.

Por cierto tanto al Presidente como a su gabinete les costaba hacerse a la idea de que estaban completamente aislados, de que no contaban con nadie más que sus mutuas presencias, de que no tenían ningún apoyo exterior. Pero así lo requerían las circunstancias. Habían firmado un pacto de hermético silencio. El Presidente sabía cuan corta era la distancia que separaba la confidencia del rumor y el rumor del dominio público, de modo que resultaba imprescindible que el secreto no saliera del pequeño diámetro del círculo de los involucrados. No quedaba otra alternativa que la de encomendarse a la santa paciencia y esperar a que el doctor Orestes Morse Santagada se dignara a hacerse presente. Pero quedaba otro acuciante problema que se derivaba del primero. Las reservas con las que contaban no habrían de durar mucho tiempo más. Y durante los últimos años se habían desacostumbrado a las privaciones. Se habían prometido no trasponer, por nada del mundo, los límites de Palatina Sono Film. Debían hacerse a la idea de que, realmente, se hallaban prófugos fuera de las fronteras del país. Cualquier operación bancada resultaba tan riesgosa como salir a comprar pan o cigarrillos. El más mínimo movimiento en sus cuentas personales podría revelar sus mundanas existencias. Salir del perímetro de las instalaciones pondría en evidencia la presencia de intrusos y provocaría la alarma o la curiosidad de los vecinos. El dinero con el que contaban era tan magro como inútil ya que, de cualquier modo, no tenían dónde gastarlo. Igual que aquellas aristocráticas familias que al enfrentar la vergüenza de una súbita debacle financiera simulaban ante los vecinos los preparativos de las habituales vacaciones y, después de largas despedidas, partían por la tarde para volver a escondidas por la noche encerrándose durante tres largos meses sin siquiera abrir las persianas, así, en semejantes condiciones se encontraba quel gobierno en las sombras.

– ¿Cuáles son las existencias? -preguntó el Presi-lente a su Ministro de Finanzas.

– Café: catorce kilos, leche en polvo: diecisiete kilos, tapas para empanada: dos docenas. Galletas: siete kilos. Quesos varios, fiambres y embutidos… -con el monocorde tono de una ecónoma que estuviera revelando una receta de cocina, el Ministro enumeró la totalidad de los víveres.

Considerando la extensión de la lista que iba desenrollando el doctor Tamburrini, el Presidente se apuró a interrumpir:

– ¿Para cuánto tiempo nos alcanza?

– Haciéndolos durar, estimo que tenemos víveres para unas pocas semanas más.

El Presidente dio por concluida la reunión de gabinete, con la desesperanzada certeza de que aquél era el comienzo del fin.


****

(Afuera, mientras tanto, esperábamos la vuelta triunfal de Aquel que una noche de diciembre emprendió la Ascensión, tirados en el sillón destartalado del desánimo, la diestra colgando exánime como el péndulo de un reloj que se hubiera detenido a la misma hora de nuestra muerte en vida, sosteniendo bajo el pulso férreo del rigor mortis el control remoto de la ventana patética donde veíamos pasar el espectáculo de nuestras misérrimas existencias, la siniestra sacudiéndonos con desgano la verga mustia del aburrimiento. Mirábamos las caderas bamboleantes de la parca que bailaba la Cumbia Fúnebre y, presas de una excitación senil que no alcanzaba para levantar al difunto que se negaba a resucitar pese a los masajes que le prodigábamos, nos abandonábamos al pajar de la melancolía con tan poca fortuna que terminábamos clavándonos la aguja extraviada de la mala suerte. Igual que el nuevo Presidente, aquel espantapájaros que se dejaba derribar ante la brisa más suave, yacíamos boca arriba con los labios cosidos por la resignación. Sin ánimo de mirar, los ojos vueltos hacia atrás, sordos como la tapia que dividía el uno del prójimo, éramos los victimarios del olvido. Ganados por la amnesia, seguíamos matando a nuestros muertos una y otra vez. Huérfanos de aquellos que murieron devorados entre los colmillos del chacal, nos convertimos de pronto en los ejecutores del parricidio, perpetrado ahora en la memoria del genocidio.

Y así, hurgándonos las narices con los dedos de la diestra y haciéndonos la puñeta con los de la siniestra, esperábamos el regreso de aquel Mesías quein día había partido hacia los cielos con sus doce ipóstoles.

Sin embargo, aunque ni siquiera lo notáramos al principio, una subterránea y silenciosa rebelión empezaba a gestarse entre nosotros.)


* * * *
<p id="_Toc108439966">II EL REINO DE LAS LUCES</p>
<p id="_Toc108439968">1</p>

El director oficial de cine, Héctor Perón del Bosque era, previsiblemente, quien mejor conocía los gustos cinematográficos del Presidente. Sabía que era un amante del celuloide nacional, sobre todo del que databa de la Época de Oro. Y le tenía preparada una sorpresa a Su Excelencia. Durante su expedición arqueológica entre los viejos archivos, el cineasta del gobierno había descubierto verdaderos tesoros ocultos: decenas de rollos jamás exhibidos, películas enteras que, por distintas razones, nunca habían llegado a las salas, fragmentos censurados y filmaciones tras bambalinas hechas en medio de los rodajes.

Todo estaba dispuesto. El auditorio conservaba casi todas las butacas intactas. La pantalla, protegida por un telón que alguna vez había sido púrpura, apenas presentaba unas difusas manchas de humedad que le conferían un parejo tono sepia. El viejo proyector solamente pidió unas gotas de aceite en los engranajes para rodar con la precisión de un reloj. Héctor Perón del Bosque, que iba a oficiar de proyectorista, respiraba con la excitación de quien fuera a presentar su ópera prima. Sentía que era el artífice del renacimiento de la vieja y olvidada Palatina Sono Film. Se dispuso a preparar las variedades. Entonces, con las manos temblorosas pero hábiles, el director sacó el pequeño rollo contenido en una de las latas. Se trataba de un cortometraje que, según acreditaba el rótulo, había dirigido Luis César Amadori y presentaba tres inquietantes X rojas que delataban el cuño inapelable de la censura. El Presidente y la Primera Dama ocuparon las butacas centrales de la séptima fila y los miembros del gabinete se acomodaron, de a uno en fondo, en la fila posterior. A medida que se descorría el telón, las luces fueron menguando hasta que la sala quedó en absoluta penumbra. Inmediatamente se abrió la pirámide horizontal de luz blanca que iluminó la pantalla panorámica.

3, 2, 1 y entonces sí, por fin, aparecieron los títulos. En letras cursivas y con un fondo de música de cuerdas se leyó:


UN COFRECITO DE ORO


Con F e rnando Lamas

y Ricardo Montalbán


Los títulos se fueron diluyendo sobre el primer plano de un florero del que sobresalían dos margaritas. La cámara fue abriendo el plano hasta revelar una mesa que presentaba un desayuno recién servido. Frente a frente estaban sentados, a la derecha, Ricardo Montalbán y, a la izquierda, Fernando Lamas. Al mexicano se lo veía envuelto en una robe de chambre de seda, sonriente y satisfecho, untando una tostada con manteca. Fernando Lamas, en cambio, se mostraba cabizbajo, inapetente y con gesto desconsolado.

– Decime una cosa, Ricardito -suspiró Fernando Lamas con cierta irresolución.

– Sí -contestó distraídamente Ricardo Montalbán llevándose la tostada a la boca.

– ¿Te puedo hacer una pregunta…?

Sólo entonces el mexicano levantó la vista guardando un asombrado silencio.

– Vos, ¿me querés? -susurró avergonzado Fernando Lamas.

Ricardo Montalbán sonrió con ternura y, pasándole una mano por la mejilla, susurró:-Claro, tontito, qué pregunta -se dispuso a continuar con su desayuno.

– Ricardito, vos no me haces el amor. Ricardito… -dijo sollozando-, vos me… -titubeó tratando de eludir la palabra adecuada.

– Pero cómo dice eso, mi bicho -contestó Ricardo Montalbán y sin dejar de sonreír dulcemente, lo tomó de la mano.

– ¡Salí, no me toques!

Hubo un silencio incómodo. Fernando Lamas no quería forzar las cosas. Se acarició el bigote y habló:

– A vos no te preocupa si yo… termino.

En ese punto Ricardo Montalbán no pudo evitar un gesto de sorpresa. Se quedó pensando y finalmente dijo:

– Pero decime una cosa, Fernando -buscó las palabras más adecuadas-, ¿vos… acabas?

– ¡Qué pregunta! -dijo indignado Fernando Lamas-, es claro que… termino.

Ricardo Montalbán frunció el ceño, se llevó el índice al mentón y le preguntó al oído:

– …¿Por atrás?

– Guarangote -alejándolo de sí-; sos un chancho.

– No, de en serio te pregunto, siempre me picó esa curiosidad, ¿vos… terminas?

– Y es claro, tonto, ¿o que te crees…? -contestó incómodo, meciéndose a izquierda y derecha y formando un pequeño corazón con su boca contraída.-Y decime una cosa, Fernando… ¿qué se siente?

Fernando Lamas se puso de pie, elevó la vista hacia las penumbras del cielo raso, juntó las manos sobre el pecho y en un suspiro, contestó:

– Es… es como cagar un cofrecito de oro.

La cámara se elevó. Sonaron violines y entonces, sobre el techo salido de foco, apareció el injusto:


Fin


Los miembros del gabinete, sentados en línea, intentaban compartir su desconcierto buscándose las miradas en la oscuridad. El Presidente giró la cabeza y miró hacia la pequeña ventana, desde donde fulguraba la lente, como pidiendo una explicación. Héctor Perón del Bosque no salía de su extasiado asombro. Con la destreza de un profesional colocó el segundo corto en el carrete superior sin que se notara el cambio de película.

Sin que nadie lo supusiera, lo que habría de continuar iba ser un enigma que dejaría perplejo al Presidente, al gabinete y, sobre todo, a uno de sus miembros.


****

(Afuera, mientras tanto, era la luna nueva.

Todos y en todas partes pudimos escucharlo. Se hubiera dicho que fue un lamento salido de la misma negrura estrellada de aquel cielo sin luna. Nos despertamos sobresaltados por ese aullido absoluto que, por provenir desde todas partes, parecía no venir de ninguna. Tenía la imprecisa sonoridad de las alucinaciones; fue tan vivido y a la vez tan incierto que muchos conjeturamos que había nacido de nuestra turbada percepción. Era el aullido desgarrador de un perro. Una letanía interminable que nos llenó de terror y desconcierto. No nos atrevimos a movernos de la cama. Duró hasta la madrugada. Al día siguiente ni siquiera mencionamos el asunto. Mirábamos pasar las horas con el secreto anhelo de que el sol no se pusiera nunca. Y en la misma medida en que avanzaba el día y se acercaba la noche, nuestros ánimos iban poblándose de negros e inexplicables augurios. Nos quedábamos en los bares buscando la infantil protección de la presencia del prójimo hasta la hora en que los mozos ponían las sillas patas arriba sobre las mesas. Y, cuando ya no quedaba otro remedio, caminábamos con paso ligero a nuestras casas.

Nos dormimos con el mismo temor de quien acaba de soñar una pesadilla. Y entonces, en la mitad de la noche, volvió a suceder. Pero esta vez no fue el solitario lamento de un perro. Desde todas partes llegaban, primero en sordina y luego con una proximidad inquietante, un sinnúmero de espeluznantes aullidos que sonaban como una ininteligible súplica. Era un ruego desesperado que no llegábamos a entender. Los perros que dormían al pie de nuestras camas se sumaban al aquelarre de las bestias desconsoladas.

Con el día volvió la calma. Pero esta vez, para nuestro completo estupor, cuando salimos a la calle nos encontramos con un panorama aciago. Los neumáticos de los autos, los picaportes de las casas, los troncos de los árboles, las bolsas de basura, los parquímetros, los bancos de las plazas, los canteros, los pedestales de los monumentos, todo, absolutamente todo cuanto dormía a la intemperie, había sido ferozmente destrozado por los perros. Aquí y allá se veían gatos descuartizados a dentelladas, los ómnibus eran paquidermos heridos caídos sobre sus propias llantas huérfanas de cubiertas. Las puertas de la perrera municipal habían sido violentadas y los caniles abiertos estaban vacíos. Pronto empezamos a notar que nuestros propios perros nos miraban con un desconocido recelo. Incluso aquellos que éramos mansos y falderos, nos volvimos hoscos y desconfiados con nuestros propios amos; sin que ellos comprendieran la razón gruñíamos y, amenazadores, les mostrábamos los dientes. Los lazarillos nos conducían a los ciegos por los caminos más tortuosos y, lejos de evitarnos los obstáculos, nos hacían golpear contra los postes y hasta nos dejaban caer en las zanjas abiertas. Temerosos de nuestros propios perros, distraídamente dejábamos las puertas de calle abiertas con la inconfesable esperanza de que huyeran. Por las noches nos encerrábamos en nuestras casas y la ciudad quedaba a merced de las jaurías. Fortificados tras los muros domésticos, podíamos escuchar los ladridos uñosos y el estrépito de los destrozos. Y todas las mañanas nos encontrábamos con un paisaje más y más desolador. Las hordas de perros saqueaban y destruían negocios, supermercados y ni siquiera había forma de detener la turba en los paseos de compras. Nocturnamente, entraban por los conductos de ventilación burlando a los guardianes, cada vez más numerosos y más armados, y se iban de la misma subrepticia forma antes del alba. Durante el día no se los veía. Desbordadas las fuerzas del orden, nos organizamos en brigadas. Armados de palos y piedras, infructuosamente salíamos a su encuentro. Escuchábamos los ladridos furiosos, podíamos ver los rastros de los estropicios, divisábamos sus inciertas sombras fugitivas, a nuestras espaldas escuchábamos sus alientos próximos, nos acechaban desde las oscuridad, estaban cerca pero tan agazapados que jamás podíamos tenerlos frente a frente. Los perros de policía nos declaramos, de hecho, en rebelión contra nuestros superiores y desconocíamos las voces de mando; poco a poco fuimos renunciando a nuestros cargos oficiales y desertábamos hacia las filas de los insurrectos.

La ciudad se había convertido en una babel donde imperaba el terror. Los perros, cada vez mejor organizados, tenían sus invisibles búnkers en los laberínticos subsuelos de la ciudad. Se agrupaban por zonas y cada zona tenía su líder. Cada quien parecía tener asignada una tarea específica según su capacidad, su olfato, su tamaño, su poder de camuflaje de acuerdo al color del pelaje, etc. Organizaban sabotajes y golpes de efecto propagandísticos. Tímidamente, algunos de nosotros empezábamos a sentir una inconfesable simpatía por la anónima causa de los rebeldes cuadrúpedos. Día por medio la ciudad amanecía a oscuras. Los perros fijaban blancos estratégicos: destrozaban a dentelladas los cables maestros que abastecían de electricidad al mismísimo Ministerio de Energía, atacaban las redes telefónicas de la Bolsa de Comercio o dejaban a ciegas las pantallas del sistema bancario.

Pero hubo dos hechos que hicieron que nosotros, los que estábamos fuera de aquello que inciertamente se daba en llamar la opinión pública, abrazáramos incondicionalmente la causa de los perros.)


****
<p>2</p>

Dentro del auditorio sonó un crescendo de timbales. Un punto situado en el centro de la pantalla fue acercándose desde el infinito fondo sepia, hasta que se hizo inteligible el impetuoso y casi monárquico logotipo de Palatina Sono Film. El escudo se desvaneció tan pronto como apareció y dejó lugar a una contrastante música de trompeta con sordina que anticipaba el inicio de una comedia. Una multitud de rientes y pequeños fantasmas dibujaban el marco de los títulos.


LA CONSPIRACIÓN DE LOS FANTASMAS


Sobre un horizonte sombrío y difuso se alzaba un viejo y ruinoso palacete que elevaba su escuálida torreta hacia una luna llena evidentemente pintada sobre un fondo de decorado. La cámara centró el foco en la única ventana iluminada y, convertida la lente en un subjetivo ventarrón, se introdujo en el living presidido por dos armaduras. Dos figuras temblorosas se acurrucaban en un sillón finisecular.

– No se asuste, Dorita, fue el viento -decía sin demasiada convicción y pálido de miedo un joven Juan Carlos Thorry, que, de paso, aprovechaba para abrazar fogosamente a la aterrada, exultante y cubanísima Blanquita Amaro.

– Eso no ha estado chévere, chico, mira cómo se me ha puesto la piel de gallina -dijo ella con sobreactuado pavor mostrando un muslo firme torneado y cubanísimo.

– No tenga miedo mi gallinita cló cló, mire cómo se me ha puesto el ganso, digo, el bulto, digo, el pulso -y extendió su mano temblorosa.

– Pero chico, es que tú eres incorregible, no respetas ni el miedo -dijo Blanquita Amaro, desembarazándose del acoso de su galán y, poniéndose de pie y de espaldas a su interlocutor, agregó con la voz quebrada:- No ves que me muero de miedo.

Juan Carlos Thorry no despegaba la vista de la retaguardia inconmensurable, firme y cubanísima de la bailarina.

– Puedo ver qué pavo tiene, Dorita, quiero decir, qué pavor tiene, Dorita. Discúlpeme, ya no sé ni lo que digo, esta situación me ha puesto al palo, digo, al poste, quiero decir que, a la postre, todo va a salir bien, no se asuste -dijo Juan Carlos Thorry sonriendo nervioso con su boca repleta de dientes.

En ese momento se oyó una voz que provenía desde la sala contigua.

– Algún gracioso me escondió la ropa -dijo Nathan Pinzón cubierto únicamente por una toallita mínima, por debajo de cuyo borde le asomaban las partes -disculpe que ande en cueros, Dorita.

– Milagro de talabartería! -exclamó la estrella caribeña, espiando ostensiblemente por entre los dedos con los que simulaba cubrirse los ojos. En ese momento se oyeron unas risitas al otro ado de la puerta.

– ¡Dios mío, qué es lo que es eso! -gritó Blanquita Amaro.

Nathan Pinzón pudo ver las figuras fugitivas de las hermanas Legrand que huían con la ropa del huésped; Silvia llevaba una media en cada mano, y Mirtha blandía los calzoncillos como una bandera.

– Ahora van a ver! -dijo, y se echó a correr hacia la sala, detrás de las mellizas.

Acababa de cruzar el vano de la puerta cuando, literalmente, se topó con Armando Bo que traía a la perra de la correa.

– Con usted quería hablar, venga -dijo pasándole una mano por encima del hombro. La Prity le hurgó la toallita con el hocico.

– Podrá ser en otro momento, tengo un poco de frío…

– Nada, venga. Voy a presentarle a un amigo.

– ¿Así; le parece?


****

(Afuera, mientras tanto, una mañana, frente a nuestras casas hechas con el cartón humedecido de la resignación, la chapa vertical del estoicismo y el ladrillo impar de la paciencia, pudimos verlo. Estaba sentado mansamente sobre sus cuartos traseros en el lodazal que demarcaba el límite entre la nada y la nada. Era un perro enorme cuyo pelaje gris plateado se diría que irradiaba luz. No tuvimos tiempo de temerle. Nos miraba con unos ojos hechos de una mansedumbre idéntica a las aguas estancadas que habían dejado las últimas lluvias. Para nosotros la guerra de los perros era algo que sucedía en las noticias, al otro lado del puente, en la ciudad, tan cercana pero tan inexpugnable. Cierto era que nuestros perros nos fueron abandonando desde el día del aullido general. Hacía tiempo que no habíamos vuelto a ver uno. Pero no era menos cierto que jamás habíamos sufrido el ataque de las jaurías. Uno a uno, fuimos saliendo de las casas para verlo. Se echó cuan largo y flaco era sobre su costillar sarmentoso y, sin dejar de mirarnos, posó la cabeza entre las patas delanteras. Jadeaba como si acabara de correr durante días enteros. Formamos un círculo del diámetro de la cautela. El perro se sometía a nuestra curiosidad entregándose con una confianza tal, que pronto comprendimos que en realidad éramos nosotros quienes nos habíamos rendido ante su magnánima indefensión. Estaba lastimado. Un hilo de sangre le brotaba del muslo y se mezclaba con el barro. Parecía una herida de bala. Uno de nosotros rompió la rueda del estupor, caminó hasta las casas y volvió con un cuenco de lata que desbordaba agua limpia. Lo dejó delante de su hocico cuarteado como la ciudad que, tras el puente, mostraba su silueta indiferente de añosa cortesana. Hacía mucho tiempo que no experimentábamos ningún sentimiento misericordioso. La piel se nos había vuelto gruesa, paquidérmica; de poco y sin que lo notáramos, habíamos cobrado un remoto aspecto de rinocerontes dispuestos a hundir el cuerno indiviso del resentimiento en las desprevenidas espaldas de quienes tuviéramos a nuestro alcance. Sumergidos en aquel porquerizo, cuidábamos de la voracidad del vecino nuestra propia parcela miserable y cenagosa, que nos iba trabando hasta los anhelos. Fuimos capaces de matarlos los unos a los otros por un par de zapatos deslenguados. Desde el comienzo de la guerra la cabeza de un perro tenía precio. Por cierto, un precio más alto que el que pagarían por cualquiera de nosotros. Pero ahora, movidos quién sabe por qué arrebato de piedad, a falta de gasa, nos quitábamos la camisa para sanar la herida de un pobre animal. Desde la radio y la televisión se había desplegado una tenaz campaña contra las fieras. "Sea el mejor amigo del hombre, mate un perro", decía mirando a cámara, conmovida, la presidenta de la Sociedad Protectora de Animales. El Ministerio de Defensa no reparaba en gastos para combatir el desastre. Otro corto publicitario mostraba un primer plano del beato rostro de Bob Dylan, quien, ostentando un crucifijo en el cuello, con su voz de adolescente encaprichado, decía desde el subtitulado en españo "Sea el mejor amigo del hombre, coma hot dogs", mientras se llevaba una pata de perro a la boca y le daba un tarascón medieval. Una actriz de pelo crispado y decir tembloroso recitaba parafraseando a Bertold Brecht: "Primero fueron los gatos, pero no me preocupé porque yo no era gato. Después fueron las patas de los sillones, pero no me preocupé, porque yo no era sillón. Luego fueron los tachos de basura pero no me preocupé, porque yo no era tacho de basura. Ahora están golpeando a mi puerta". La cámara hacía un traveling y revelaba la borrosa presencia de un perro vestido con uniforme nazi.

Habíamos llegado a repudiar a los perros. Pero ahora, mientras mirábamos a ese gigantesco mastín con su cuerpo lleno de marcas y cicatrices impresas como testimonio de una batalla feroz, cuyo propósito no llegábamos a descifrar, no podíamos evitar sentir una vergüenza inabarcable. Desnudos en nuestra propia ruindad, pudimos mensurar, de pronto, el abismo que separaba la pobreza de la miseria. Y, comparados con aquel perro que, estoico y sin doblegarse, se lamía las heridas para volver al ruedo, nos sentimos infinitamente miserables. Entonces nos iluminó el hartazgo.

Hartos de ver pasar, uno tras otro, los camellos obesos del despilfarro a través del ojo ciego de la aguja, terminamos por convencernos de que el reino de los cielos jamás habría de pertenecemos.)

<p>3</p>

La pantalla mostraba la espalda de un sillón por sobre el cual asomaba una nuca. Cuando entraron al office, Nathan Pinzón pudo ver a un hombre joven que se paseaba nerviosamente alrededor del escritorio con las manos en los bolsillos; sentado al escritorio había otro que revisaba unas carpetas a través de unos anteojos de leer.

– Doctor, le presento al señor Pinzón; Nathan, el doctor Santa Marina.

– Encantado -dijo el doctor Santa Marina.

– No lo tome a mal, doctor, pero lo que me está estrechando no es la mano.

Santa Marina lo miró desconcertado. Nathan Pinzón pudo comprobar que el doctor tenía las manos en los bolsillos; entonces miró hacia abajo y descubrió espantado que la Prity le estaba apretando el ganso contra el paladar.

– ¡Soltá fiera del carajo, soltá que no es chorizo!

– ¿What is cboraizo? -preguntó deconcertado el hombre de anteojos que revisaba una gruesa carpeta.

La Prity encontró divertido el asunto y empezó a tirar como si fuera un trapo, dando unos gruñidos alegres.-Dígame si no parece la propaganda de Coppa y Chego -señaló el doctor hacia el ganso de Pinzón, que se estiraba como si fuera de goma.

– Suelte, bicha, suelte -ordenó Armando Bo mansamente.

Como a regañadientes, la Prity soltó…

– Tenemos una sorpresa para usted, Nathan…

En ese momento, desde el otro lado del cortinado púrpura, surgió una figura a contraluz. Cuando hubo estado completamente descubierta, empezó a cantar en un tono tan alto que hizo aullar a la perra.


Nací libre como un ave

y mi nombre es Libertad.


– Hablando de aves y de libertad, ¿podré recuperar mis calzoncillos, que se me va resfriar el ganso?

– Después, hombre, después.

Libertad Lamarque abrió la cartera y extrajo una veintidós corta.

– Tome, estamos repartiendo armas entre el pueblo.

– Señora… me la hacía en México.

– Y ahora, ¿dónde se la hace? -dijo Libertad en un acceso de risa imparable, a la vez que ejecutaba un gesto ascendente y descendente con la diestra alrededor del caño de la veintidós.

El doctor Santa Marina festejó la humorada con una sonrisita ínfima hecha con la mitad de la boca.-Discúlpela, estuvo mucho tiempo junto a Cantinfl as.

– Con usted, cinco…-dijo y agregó-Pero somos mas de cien potenciales voluntades.

– Quién pudiera ser llave de quince para aflojar el bulón… -empezó a decir el doctor Santa Maria, antes de perder el hilo del complicado piropo que había comenzado a improvisar al paso ondulante de Libertad Lamarque.

– No comprendo -dijo la halagada, deteniendo el paso.

– Bueno, pretendía ser un halago -dijo avergonzado el doctor Santa Marina mirando al piso.

– Tengo la sospecha de que usted me quiere enhebrar la ganzúa.

– Bueno, puesto en esos términos… -dijo el doctor sin terminar de comprender la metáfora.

– Sea claro, doctor, ¿somos camaradas o no somos camaradas?

– Y… sí…

– ¿Pustonces…? -preguntó e inmediatamente, poniendo una voz grave, sensual, agregó-. No ves que hace rato que te eché el ojo. Hazme de vos, gran gandul -suspiró Libertad poniendo los ojos en blanco, y se echó en los brazos del doctor Santa Marina.

En ese preciso momento entró en la sala Pedrito Quartucci, quien, pudorosamente, tuvo el decoro de carraspear para informar de su presencia.

– ¿Qué quiere, no ve que estamos ensayando?-justificó Libertad acomodándose la falda que había quedado por sobre sus rodillas. El doctor Santa Marina se llevó una mano al bolsillo para disimular el promontorio que le inflamaba la bragueta.

– Sigan, sigan ensayando tranquilos, yo venía a podar los malvones. Hagan de cuenta que no estoy.

– Mejor seguimos en otro momento, señora, voy a aprovechar para terminar unos escritos.

– Usted no se va nada -dijo ella tomando al doctor de la manga del saco, y mirando con odio al intruso, le espetó:- ¿Por qué no se poda el higo a ver si le crece un poco?

Pedrito Quartucci se irguió, miró a su hiriente interlocutora con una sonrisa suficiente, se atusó el bigotito y meneando la cabeza explicó:

– Higuera, querrá decir -y moviendo la cadera hacia adelante-; palo borracho, querrá decir.

Libertad Lamarque miró ostensiblemente lo que su interlocutor exhibía a través del pantalón y, a la vez que empujaba al doctor Santa Marina lejos de sí y con una sonrisa lasciva, susurró:

– Yo diría… sequoia.

– ¿Le gusta?

– Me encanta -susurró.

El doctor Santa Marina carraspeó y con tono de resignada derrota, dijo:

– Los dejo solos…

Sin siquiera mirarlo, Libertad Lamarque lo invitó a retirarse sacudiendo la mano despectivamente.

– Hazme de vos, gran gandul -imploró Libertad, armando un remolino en el pelo de su nuevo galán con el índice de la diestra.

Pedrito Quartucci acercó su boca a la de su encendida admiradora y a milímetros de sus labios, con voz radiofónica, le dijo:

– Ni que me paguen, no te toco ni con un palo, o me dedico a los caranchos cascoteados. Raja de acá, arrastrada.

Libertad Lamarque tardó en comprender aquellas palabras. Como si acabaran de vaciarle un barril de agua helada, se incorporó, y llena de vergüenza corrió escaleras arriba.

Entonces la pantalla se fue oscureciendo hasta quedar en completa penumbra. Sin que todo aquello tuviese el más mínimo sentido, sin que nada justificara el final de aquella historia que había extraviado el argumento antes de empezar, sobre el fondo negro apareció la leyenda:


Fin


****

(Afuera, mientras tanto, durante la noche escuchábamos los lejanos ladridos y el incesante ulular de las sirenas provenientes de la ciudad que, tras el puente, mostraba su pálida corona de luces proyectadas contra las nubes. Los helicópteros eran pterodáctilos hambrientos que husmeaban el horizonte en busca de alguna presa. Desde la radio y la televisión informaban, "minuto a minuto", las alternativas de la guerra. Uno tras otro, eran leídos los partes y comunicados oficiales que enumeraban los destrozos de los "infieles" -aquel era el único término permitido, en un súbito e involuntario arrebato de islamismo, para referirse a los perros- y, con sonrisas triunfales, anunciaban las bajas infligidas al enemigo. Las imágenes mostraban pilas de perros muertos exhibidas orgullosamente por los oficiales a cargo de uno u otro operativo. En las plazas colgaban del cuello centenares de perros ahorcados, en forma sumaria y pública, en las ramas de los árboles. Desde la pantalla se podía ver de qué manera los perros que habían sido atrapados vivos envueltos en redes kilométricas eran apedreados hasta morir por las multitudes enardecidas.

Habíamos ocultado a aquel perro blanco que se diría luminoso después de curarle la herida que casi le había perforado el muslo de lado a lado. Y así, rengo y exhausto como estaba, intentaba ponerse de pie cada vez que un aullido atravesaba las márgenes del río. Teníamos que cuidarlo de los otros pero, sobre todo, de nosotros; la traición había sido nuestra moneda más corriente: solíamos pagar con la traición y cobrarnos con la venganza. Y sabíamos que cada colmillo tenía buen precio. La tentación era un pájaro negro que nos sobrevolaba en círculos cada vez más bajos y más concéntricos. Después de todo, nos decíamos, no tenía demasiadas posibilidades de pasar la noche. Habíamos hecho todo cuanto estaba nuestro alcance. Y aquello que había empezado siendo un inconfesable pensamiento, pronto se convirtió en un tímido murmullo que acabó transformándose en una enfática moción. Nos trenzamos en una discusión que todos -incluido el perro, que nos miraba con unos ojos llenos de piedad- sabíamos en qué habría de terminar.

En la mitad de la noche, volvimos a formar un círculo en torno del animal. La decisión estaba tomada. Faltaba resolver quién lo haría. El azar habría le determinarlo. Tiramos al aire la moneda patibularia de la pusilanimidad cuya ceca no alcanzó a ocultar la cara descompuesta del elegido. Fue un disparo, único y certero, apuntado al centro de los ojos. El perro cayó sobre sus patas delanteras. Tuvo el infinito decoro de morir sin agonía.

De la misma impredecible manera que los perros habían iniciado aquella inexplicable rebelión, un día entre los días y sin que mediara un motivo, decidieron abandonar la lucha. Pero jamás volvieron a vivir entre nosotros. Así como un día muy lejano un lobo había aceptado comer de la mano de un hombre y seguirlo a una distancia prudente cuando salía de caza; así como aprendió a no temerle al fuego en el que el hombre cocía su presa; así como dormía junto a la puerta de la casa del hombre hasta que aceptó dormir confiadamente a sus pies ya convertido en perro, de la misma manera, abatidos por la vergüenza, los perros decidimos alejarnos para siempre y volver a nuestra primitiva condición de lobos.)

<p>4</p>

Cuando se encendieron las luces, el doctor Santa Marina pudo ver cómo todas las miradas recaían sobre su absorta persona. Hundido en su butaca, intentaba articular alguna palabra pero un temblor incontrolable se había adueñado de sus labios. No había el menor resquicio para la duda: aquel que hasta hacía unos momentos interpretaba su propio papel en la pantalla haciendo de sí mismo en blanco y negro, no podía ser otro que el Ministro de Justicia. Y así lo testimoniaban los títulos finales que caían hasta perderse en la parte inferior de la pantalla; su nombre, Gregorio Félix Santa Marina, había pasado, fugaz pero claramente, en la lista de los actores de reparto. Pero lo más desconcertante del caso era que, pese a que la película había sido filmada durante los últimos años de la década del cuarenta, el doctor Santa Marina se veía exactamente igual cincuenta años después. Aplastado en su butaca, el Ministro de Justicia, sumido en un pasmo catatónico, parecía perjurar con su silencio que jamás había incursionado en las, para él por completo ajenas, faenas actorales.

Nadie pronunció palabra. El Presidente se retiró convencido de que aquello había sido una alucinación.

<p>5</p>

Había pasado la medianoche cuando el Presidente decidió que la jornada había concluido. Aquella extraña función había dejado en el auditorio una extenuación hija del desconcierto y de una ominosa e innombrable inquietud. Recluidos en aquella espectral ciudad ilusoria hecha de la misma materia de la que están construidos los espejismos, enclaustrados en esa necrópolis escenográfica habitada por maniquíes ataviados con fantasmales vestuarios de un anacronismo que invitaba a perder toda certeza temporal, por primera vez sintieron el frío aliento del miedo.

El Presidente y la Primera Dama habían instalado su suite presidencial en el inmenso camarín que alguna vez había pertenecido a Marlene Dietrich, y que había sido especialmente construido para la diva cuando viajara para filmar "Torrente de Pasiones". En los modestos camarines situados en el piso inferior, se alojaba el resto del gabinete. Todo presagiaba una larga y tortuosa noche. Un cielo bajo hecho de unas nubes que se dirían sólidas, anunciaba una tormenta cuya ferocidad se podía prever en el silbido del viento a ras del suelo, levantando remolinos de tierra y pasto seco. Los sets de filmación guardaban una tenue penumbra, apenas iluminada por la mortecina claridad de las nubes. El viento se filtraba por las rendijas de las enclenques ventanas que se quejaban con un chirrido prolongado semejante a una letanía hecha de sollozos. Un enceguecedor relámpago plateado anticipó el furioso clamor de un trueno que hizo cimbrar las paredes; las luces parpadearon y finalmente se extinguieron. Los estudios quedaron en la más absoluta oscuridad. María de los Perros Amor, que acababa de meterse en la cama, se incorporó sobre los codos y, por primera vez en muchos años, le habló a su esposo. Llamó al Presidente por su nombre, cosa a la que nunca nadie se había atrevido -de hecho, muy pocos conocían su nombre verdadero-, e inmediatamente agregó entre sollozos:

– Me quiero ir de acá.

El Presidente, que se estaba cepillando los dientes en el pequeño lavabo del camarín, miró a su esposa a través del espejo y, estupefacto ante el hecho casi milagroso que acababa de protagonizar su mujer -de hecho, él ni siquiera recordaba su voz-, giró sobre su eje y, con el cepillo todavía en la boca, conmocionado por la súbita ruptura del añoso silencio, le dijo:

– Te podes callar, imbécil.

Entonces la Primera Dama rompió en un llanto sordo y desconsolado. Dos cosas enfurecían al Primer Mandatario como ninguna otra: la primera, que lo llamaran por su nombre y, la segunda, los estúpidos lloriqueos de su mujer. La suma de ambos elementos lo encolerizó de tal modo que, con la boca anegada de espuma, le cruzó la mejilla de un golpe seco y sonoro. Iba a descargar una segunda cachetada, ahora con el revés de la mano, cuando escuchó algo que lo dejó petrificado con el brazo en alto. Desde un lugar incierto el Presidente y la Primera Dama pudieron oír un coro de carcajadas acompañadas de unos aplausos desacompasados y estridentes que, tan pronto como se habían hecho audibles, fueron menguando hasta acallarse. El Primer Mandatario, todavía con el brazo levantado, miraba en todas direcciones y hubiera jurado que aquella invisible explosión de hilaridad se había originado dentro mismo del camarín. María de los Perros Amor había reemplazado su ataque de llanto por unos gemidos aterrorizados que le agitaban el pecho.

– ¿Qué fue eso? -susurró pálida.

Entonces, a modo de respuesta, aquella claque incorpórea volvió a romper en risotadas, ante el gesto espantado de la Primera Dama. Luego sobrevino un silencio interrumpido apenas por unas carrasperas aisladas. El Presidente tomó el candelabro y extendiendo el brazo iluminó los rincones que permanecían en sombras. En su breve caminata a tientas tropezó con la pata de la litera, trastabilló, e intentando mantener el equilibrio, metió su pierna izquierda en un balde de lata que, al golpear contra la pared, hizo temblar una pequeña estantería en cuyo anaquel superior se debatió un jarrón que terminó estrellándose contra la cabeza presidencial. Las carcajadas eran ahora de una exaltación que terminó en paroxismo cuando el Presidente bizqueó en el mismo momento en que unos pequeños pájaros volaron en torno a un enorme chichón que se elevó, levantándole en vilo el cuero cabelludo como si fuese un bisoñe. Con aquella sonrisa estrábica, el primer mandatario se desplomó sobre sí mismo; un temblor convulso le mantenía la pierna levantada. Las risas se prolongaron en un aplauso cerrado. La Primera Dama, aterrada, se incorporó y corrió hasta donde yacía su marido. Se arrodilló y, desesperada, le cacheteó las mejillas. Viendo que su esposo no reaccionaba, le quitó el balde que permanecía trabado en el pie y corrió a llenarlo con agua. Hecho esto, volvió cargando el balde, se detuvo frente al cuerpo horizontal del Primer Mandatario, tomó impulso y arrojó con todas sus fuerzas el contenido del cubo. Pero lo hizo con tal puntería que el agua pasó, paralela, por sobre la yacente humanidad de su marido y siguió de largo en dirección a la puerta. En ese preciso instante la puerta se abrió sorpresivamente y el fallido borbotón fue a dar en pleno rostro del recién llegado. Las risas se elevaron hasta la afonía. El visitante sostenía un ramo de rosas que se doblaban bajo el peso del agua y el ala de un sombrero empapado le cubría la cara por completo. El anónimo galán escupió un hilo de agua como lo haría la estatua de una fuente, se levantó el ala del chambergo y entonces quedó revelada su enjuagada identidad. Los aplausos atronaron entre ovaciones interminables. La accidentada visita era un desgarbado y delgadísimo Luis Sandrini. No era el Sandrini padre de familia, moralista y circunspecto de los últimos años, sino el tartamudo de ojos saltones de la primera época. Hizo una infinidad de muecas mientras esperaba que la invisible claque hiciera silencio y, sólo entonces, articuló con dicción espástica:

– María, espero no importunarla, sucede que vi luz y subí.

Pálida, María de los Perros Amor, mostraba una expresión horripilada. Recordaba que, personalmente, había asistido al multitudinario funeral de Luis Sandrini; que, conmovida, se había abrazado con Malvina Pastorino junto al féretro del popular finado. Y ahora, viéndolo de pie con un ramo de rosas exangües, torpe y desmañado, chapoteando en un charco de agua, con el mismo gesto que tantas veces había presenciado en su infancia en el único cine de su pueblo natal, la Primera Dama no podía evitar una mezcla de pavor y emoción que, como de costumbre, se le manifestaba en la absoluta imposibilidad para articular palabra. Sin embargo, María de los Perros Amor notaba que algo en ella se abría paso por sobre su voluntad, una frase se le impuso como si proviniera de un pensamiento ajeno al suyo y cuya pronunciación se le aparecía como un mandato al que no podía desobedecer:

– Luis, sabía que vendría y le preparé un pastel -dijo desconcertada por su involuntario acceso de verbosidad.

Luis Sandrini ensayó su mirada más tierna, sacudió el ramo de rosas empapando, de paso, a su interlocutora y titubeó:

– Son para usted, María -dijo y avanzó un paso

María de los Perros Amor tomó las flores y, primorosamente, las puso en el balde de lata que pendía de su brazo derecho.

– A propósito, María, ¿cómo está su marido? -inquirió Luis Sandrini, con un mal disimulado interés en establecer si la anfitriona estaba sola en casa.

– Debajo de su zapato -contestó escueta la Pri mera Dama sin despegar la vista del inesperado galán. Seguía animada por el mismo inexplicable mandato que se había adueñado de sus cuerdas vocales.

En ese preciso momento, cuando Luis Sandrini levantó torpemente el pie de la cara del Presidente, Su Excelencia intentó abrir los ojos mientras volvía en sí sacudiendo la cabeza a izquierda y derecha. Entonces, de pronto, la Primera Dama entró en pánico. Se sintió infinitamente culpable. ¿Qué pasaría si su marido la descubría sosteniendo un ramo de flores de manos de su insólito festejante? Antes de que el Presidente pudiera incorporarse sobre sus codos, María de los Perros Amor, movida por una voluntad contraria a la suya, levantó el pesado balde y lo descargó con fuerza sobre la cabeza de su esposo. El Primer Mandatario volvió a ponerse bizco, levantó el índice y antes de que pudiera expresar su sentencia, se desmayó por segunda vez.

Luis Sandrini, con su enorme y payasesco zapato, sacó de su paso el bulto que constituía el Presidente tendido en el piso y, una vez superado el escollo, se abalanzó sobre la Primera Dama. Con su diestra inconmensurable, Sandrini rodeó la cintura de María de los Perros Amor y la apretó hasta tocarse el índice con el pulgar. Presa de una fogosidad opuesta a su albedrío, la Primera Dama se entregó a la avasalladora reciedumbre del visitante oponiendo una resistencia tan inútil como provocativa. Luis Sandrini pasó su lengua ávida por las comisuras de los labios de la mujer del Presidente y, en el momento en que ella abrió la boca para recibir el postergado beso, la apartó de sí sin soltar su estrecha cintura. La manejaba como quien empuña el mecanismo oculto de un títere. Con cada movimiento de sus dedos acromegálicos, suscitaba en la Primera Dama ya suspiros irresistibles, ya gemidos altisonantes. Separándola de su pecho empapado, la contempló largamente recorriendo con los ojos cada ápice de pielque traslucía el camisón; sin tocarla, cada vez que detenía su mirada en el halo morado de sus pezones, María de los Perros Amor sentía una opresión cálida, como si realmente la estuviera acariciando. Se diría que aquel fantasma no presentaba la inasible sustancia de la que están hechos los espectros ordinarios sino que, por el contrario, ostentaba una materialidad más sólida que la de los mortales. Hecho este último que la Primera Dama pudo comprobar fehacientemente cuando el aparecido le tomó la mano y con ella se frotó la pétrea protuberancia que pugnaba por salirse del pantalón. Inmediatamente, sin soltarle la cintura, la obligó a girar sobre su eje -cosa que hizo con la gracia de la bailarina que se supone había sido y la detuvo cuando quedó de espaldas a él. El desmañado fantasma contempló la generosa retaguardia de María de los Perros Amor, lentamente le levantó la falda del camisón y dejó al descubierto unos glúteos macizos y prominentes que contrastaban con su espigada cintura. Estaba por abrir la infinita botonadura del pantalón para liberar de su encierro a la bestia que pugnaba por ver la luz para hundirse en las húmedas penumbras que la reclamaban, cuando el redivivo Luis Sandrini notó que el Presidente, otra vez, empezaba a recuperar la conciencia. Fastidiado, resopló con el gesto de contrariedad que tantas veces había hecho desde la pantalla y, antes de que Su Excelencia abriera los ojos, lo midió, calculó y le descargó una violenta patada en la pera que lo elevó a medio metro del suelo y lo hizo aterrizar inerte. María de los Perros Amor no se había dado por enterada de este último incidente y, de espaldas a su gentil espectro, apoyada sobre el lavabo, esperaba ansiosa el anhelado trofeo. Luis Sandrini había conseguido, por fin, ganar la batalla contra los incontables botones del pantalón y se disponía a proceder. En ese momento, la Primera Dama involuntariamente encontró su rostro en el espejo que tenía delante de sí. Vio sus mejillas avivadas por el rubor de la pasión, vio el mechón de pelo que, liberado del cautiverio de la hebilla, se agitaba delante de sus párpados como animado por una tibia brisa de juventud. Levantó la vista por sobre su cabeza buscando el reflejo de su ardoroso tenorio, pero no vio más que su solitaria persona meneándose contra nadie. Atormentada, giró la cabeza y, entonces, volvió a la calma: ahí estaba Luis Sandrini de pie y aferrándola por la cintura. María de los Perros Amor cerró los ojos, se elevó un poco sobre la punta del pie derecho y levantó la pierna izquierda por sobre el mármol del lavatorio, exhibiendo los labios mudos, abiertos y empapados de su vulva. El enardecido comediante aceptó el amparo rojo y cálido que se ofrecía, hospitalario y palpitante, al impaciente huésped que pugnaba por irrumpir con furia. Entonces, interpuso su voluntad contra los bríos perentorios de su socio enceguecido, y lo guió suave, lenta y cuidadosamente a través de aquellas dulces tinieblas. La Primera Dama suplicaba piedad ante cada leve embestida y, luego, cuando llegaba la pausa, imploraba por más inclemencia. María de los Perros Amor no alcanzó la extática culminación por la sencilla razón de que todo el tiempo, desde el comienzo, se había entregado a un ininterrumpido estado de paroxismo que sólo concluyó cuando el ardiente fantasma, después de agitarse en espasmos repetidos, se desplomó, satisfecho, sobre la espalda de la Primera Dama.

<p>6</p>

La puerta se abrió de par en par. Un seguidor cuyo origen no podía vislumbrarse desplegó su cono plateado y, en su centro, se hicieron visibles, con un resplandor que encandilaba, dos mariachis ataviados con bandoleras hechas de balas de plata, chalecos bordados en hilos de oro, botas con espuelas argénteas y sendos sombreros de charro, cuyo diámetro superaba el ancho de la puerta. Como provenientes del cuerno de un gramófono, las voces de los sorpresivos mejicanos sonaron antes de que abrieran la boca. Con un sonido plano y metálico que no sincronizaba con el movimiento de sus labios, entonaban las recias estrofas de El Rey. El contrariado fantasma de Luis Sandrini se acomodó púdicamente las ropas y enfundó el marlo, todavía tieso y morado, con la misma dificultad con la que lo había desenfundado. Turbado y presa del agotamiento, Sandrini tartamudeó por lo bajo:

– ¿Por qué no le dedican El choclo a ésta? -dijo sopesando lo que tenía entre manos-. Será de Dios…

María de los Perros Amor se sintió infinitamente avergonzada, rápidamente se acomodó las ropas y miró a su marido, que permanecía tendido en el suelo emitiendo un ronquido sonoro y acompasado, cantaba el dúo a pecho henchido.


No tengo trono ni Reina

Ni nadie que me comprenda

Pero sigo siendo el Rey.


Recién entonces la Primera Dama comprendió que aquel par de mariachis estaba compuesto por los legendarios Jorge Negrete y Pedro Armendáriz. María de los Perros Amor recordó otra vez la minúscula sala del Luminaris, el cine de su pueblo. Era un Metropolitan en miniatura, debajo de cuya fresca marquesina contemplaba, embelesada, los rostros pintados a la acuarela que le sonreían desde los afiches. La Primera Dama experimentó un indescifrable sentimiento que se aproximaba a la felicidad. Su mutismo incoercible no estaba hecho ahora de aquella angustia frente a la negación de la palabra, sino de la timidez de la niña que era cuando, recostada panza abajo en la terraza del Luminaris veía, a través de la claraboya que se abría en las noches de verano, las películas mexicanas cuyas canciones habría de cantar el resto su vida. La Primera Da ma volvió a mirar al Presidente, que yacía a sus pies, y deseó que permaneciese así para siempre, que aquel mundo salido de la planicie del celuloide se perpetuara; comprendió que prefería los fantasmas que no acertaban a sincronizar la voz con el movimiento de los labios, a los horribles espantajos ministeriales que presidía su marido y con los que, desde el día en que decidió casarse, estaba obligada a convivir. Descubrió que no estaba dispuesta a tolerar un día más junto a aquellos que hubiesen matado con sus propias manos a su hijo de no haberse muerto, antes, atragantado con un hueso de pollo. Luis Sandríni la miraba ahora con unos ojos llenos de la misma pueril ternura de su personaje más sentimental. María de los Perros Amor, conmovida por su reciente descubrimiento, se replegó en un llanto tan amargo como introvertido, en un llanto sordo que sólo se manifestaba en unas lágrimas que le inundaban los párpados. Imaginó que ella misma era el fantasma de una actriz del cine mudo sumida en el olvido. Se enjugó las lágrimas y, cuando volvió a abrir los ojos, pudo comprobar que los tres actores se habían desvanecido. El Presidente se incorporó como si nada hubiese sucedido, miró el reloj, terminó de cepillarse los dientes y sentenció:

– Es hora de dormir.

María de los Perros Amor llenó una jarra con agua y puso dentro las rosas, que empezaban a marchitarse.

<p>7</p>

El Presidente caminaba con las manos enlazadas detrás de la espalda a lo largo de los corredores que unían los inmensos sets de filmación. Sus pasos resonaban contra los tinglados desde cuyas alturas en penumbra colgaban como murciélagos durmientes decenas de reflectores destartalados, rieles pendulantes a punto de derrumbarse y madejas de cables que reptaban entre las vigas como serpientes al acecho. El Primer Mandatario esperaba ver aparecer a su fiel consejero desde las sombras; creía verlo encarnado en un maniquí ataviado de dama antigua, en el brillo de los ojos de un gato fugitivo que atravesaba el corredor; en voz baja interrogaba al retrato de tal o cual astro sonriente que mostraba los dientes a la posteridad colgado desde las paredes ruinosas de Palatina Sono Film. Inquiría con la mirada a los bustos de bronce que presidían los despachos, a las sílfides de yeso que adornaban las fuentes de los jardines, interpelaba en un susurro a los querubines de estuco y a los mascarones de la Tragedia y la Comedia que ornamentaban los dinteles de las puertas; murmuraba en aymará a los viejos proyectores y a los micrófonos, a los parlantes mudos y escacharrados, esperando oír la sabia voz de su viejo consejero, visible sólo a sus ojos, materializado en alguno de todos aquellos objetos diversos, antagónicos, indescifrables.

Desde el día previo a La Ascensión, cuando se presentó bajo la forma de una salamandra que reptaba entre las brasas del fuego del hogar, no había vuelto a tener noticias de su invisible asesor. El Presidente empezaba a preocuparse seriamente. Necesitaba, quizá como nunca, la palabra justa, el sabio consejo de su ministro sin cartera ni despacho, del incondicional mentor de sus decisiones más trascendentes. Confinado en aquella ciudadela poblada de espantajos color sepia que no acertaban a sincronizar la voz con el movimiento de los labios, recordaba los cada vez más lejanos días de gloria con una nostalgia amarga a la cual no estaba dispuesto a resignarse. Abriéndose camino entre fantasmas sufrientes condenados a recitar sus parlamentos más vergonzosos en ese purgatorio escenográfico, buscaba con desesperación a aquel que, con verbo oracular, tantas veces lo había sacado de los atolladeros más intrincados. Con los ojos inyectados de furia, aventaba el desfile de espectros que le salían al cruce como quien se deshiciera de un enjambre de moscas. Como salidos de un fresco ramplón alegórico de una Divina Comedia de saínete, multitudes de ánimas se desgarraban de sobreactuado dolor, ardían en el fuego histríónico de sus monólogos grandilocuentes y penosos.

Con sus pobres almas salidas de foco, Carlos Villarias, ataviado con una capa, mordía la yugular de Lupita Tovar una y otra vez, repitiendo hasta el hartazgo "voy a darte el dulce beso de la muerte", la célebre frase de la escena del Drácula criollo. Más allá, velada por unos rayones verticales y fulgurantes, Imperio Argentina lloraba el despecho de un cuplé apenas audible tras el ruido áspero de la púa de un gramófono invisible. Igual que un moscardón pertinaz, el lamentable espectro de Mario Sóffici representando el papel que hiciera en El linyera, se arrastraba a los pies del Presidente y extendiendo hacia él un sombrero marchito, le suplicaba:

– Por el amor de Dios, señor, una moneda.

Entonces el Primer Mandatario intentaba asestarle una patada pero, invariablemente, su pierna atravesaba la doliente figura del mendigo sin conseguir espantarlo.

Sentada en un sillón de terciopelo que deambulaba por el aire alrededor de Su Excelencia, Mona Maris sostenía el auricular de un teléfono blanco y, una y otra vez, en forma idéntica, extendía el tubo hacia el Presidente y repetía con voz dramática:

– Es para ti, canalla.

En un ángulo del estudio, María Esther Buschiazzo yacía en una cama, decrépita pero sonriente, tomando la mano de Luis Sandrini, que, con los ojos llenos lágrimas, no dejaba de proclamar a los cuatro vientos:

– ¡La vieja ve lo colore! ¡La vieja ve lo colore!

Sentado en una silla de tres patas, José Marrone, mientras se rascaba ostensiblemente la entrepierna, repetía como una autómata:

– Laburás, te cansás, ¿que ganás?

Y así, buscando entre la multitud de almas en pena la figura de su consejero, el Presidente se abría paso entre las voces que le susurraban al oído:

– Una moneda, señor, por el amor de Dios.

– Voy a darte el dulce beso de la muerte.

– Es para ti, canalla.

– ¡La vieja ve lo colore! ¡La vieja ve lo colore!

– Laburás, te cansás, ¿que ganás?

En medio de aquel alucinatorio desfile de espíritus condenados a representar por toda la eternidad sus libretos más lamentables, el Presidente pudo ver una figura que dimanaba un aura de luz blanca. El Hijo de Wari, encandilado, se cubrió la cara con el antebrazo. Cuando volvió a mirar, en el centro de la fulgurante silueta que presentaba unas alas inmensas y etéreas, reconoció la beatífica sonrisa de Carlos Gardel. El rostro radiante, blanco e iluminado lo miraba con unos ojos hechos de compasión y bondad. El ángel extendió un brazo crispado hacia el Presidente, movió los labios, rojos y delineados, pero no pudo articular palabra. Una lágrima rodó por su mejilla. Hizo otro esfuerzo por emitir un sonido pero volvió a fracasar. Sobrecogido, el Hijo de Wari comprendió que aquella estampa de Gardel databa de la época del cine mudo. A diferencia de los fastidiosos demonios que constituían el aquelarre vociferante de personajes levantados del sepulcro amarillo del celuloide, el ángel del Abasto estaba privado para siempre de su voz de zorzal. El Presidente comprendió de inmediato que la inconfundible figura de Gardel era, en realidad, la encarnadura que había elegido esta vez su consejero. El corazón de Su Excelencia latió con fuerza. Viendo que al Presidente ya no le alcanzaban las manos para ahuyentar a los espectros que no dejaban de acosarlo, el asesor encarnado en Carlos Gardel extendió la mano; en ese momento, sostenida por unos hilos mal disimulados, como manejada por un tramoyista, desde las alturas descendió la rolliza Shirley Temple agitando unas alitas de plumas de ganso trayendo un tridente que depositó en la mano del Zorzal Criollo. Entonces, ante la sola visión del ángel armado con el tridente, los espíritus penitentes se diluyeron en una nube de humo verde.

La cara del Presidente se iluminó. Cuando el consejero por fin consiguió que los fantasmas volvieran a su prisión de celuloide diluyéndose en aquel vapor que se deshizo en el aire, miró al Hijo de Wari y, con una sonrisa tierna, articuló sin emitir sonido:

– Madre -pudo leer el Presidente en los labios del ángel mudo. Adivinaba en el brillo de los ojos de su consejero personificado en la inmaculada estampa de Gardel un signo sombrío. El ángel callado giró sobre su eje, caminó cabizbajo y, con paso lento y las alas plegadas, se perdió en las sombrasde un largo corredor. El Hijo de Wari supo que no tenía nada que preguntar. Caminó siguiendo el paso leve del arcángel que se detuvo frente a la entrada de un estudio. Carlos Gardel destrabó el enorme pasador que aseguraba las puertas y las abrió de par en par. Entonces el Presidente pudo ver una réplica perfecta del Enola Gay con su resplandeciente carga de bombas debajo de su vientre de aluminio que alguna vez había reflejado las últimas imágenes de Hiroshima y de Nagasaki. Deslumbrado, el Hijo de Wari caminó hacia el avión. Acariciaba las aspas de las hélices, recorría con la yema de los dedos las nervaduras de las alas, palmeaba el lomo plateado de la bestia como quien le prodigara caricias a un viejo saurio durmiente. Su consejero encarnado en la figura de Gardel miraba al Presidente con una sonrisa hecha de satisfacción y fatalidad. Con un gesto apenas perceptible, el sombrío asesor que había adivinado las intenciones de Su Excelencia- asintió, invitándolo a que se dejara llevar por la tentación. Entonces, con la destreza de un piloto experimentado, el Presidente tomó un aspa de la hélice y la hizo girar. El motor rugió, carraspeó y, finalmente, rodó parejo en un estruendo ensordecedor. Con un salto ágil, el Presidente trepó hasta la cabina, ocupó la butaca, probó el instrumental, el funcionamiento de las palancas y se calzó las antiparras y la bufanda que descansaban sobre el ala.

Su consejero abrió las compuertas del hangar y,por primera vez en seis décadas, el avión inició el lento carreteo hacia el exterior con la incontenible avidez de libertad de un pájaro escapado de su largo cautiverio.

El ángel mudo se elevó paralelo al aeroplano. Ambos se perdieron tras una nube de tormenta.

<p>8</p>

Sobresaltados por el bramido ensordecedor de los motores, los Doce, desperdigados en distintos sitios de la ciudadela, corrieron hacia el incierto lugar desde donde provenía el estruendo. A un tiempo y sin que se lo hubieran propuesto, coincidieron todos en el corredor que conducía a los sets. Se miraron los unos a los otros y en la expresión desencajada del prójimo descubrieron que los unía la misma preocupante sospecha. Entonces se echaron a correr en dirección al exterior. Algunos a medio vestir, otros ataviados con vestuarios escénicos, avanzaban torpe y desesperadamente enredándose entre los complicados pliegues de las túnicas árabes, trastabillando a merced de los coturnos griegos, enceguecidos por los sombreros de cosaco que les caían sobre los ojos. Como una turba de clowns espantados, apuraban el paso tomándose el abdomen. Con el corazón en la garganta a causa de la fatiga y el desasosiego, los ministros, finalmente, alcanzaron la salida. Detuvieron la marcha y vieron, boquiabiertos, el viejo cuatrimotor elevándose hacia un claro entre las nubes. Pudieron distinguir la figura del Presidente, que los miraba, hubieran jurado, con una sonrisa hecha de malicia. Presas de su mismo artilugio, convencidos de la eficacia de la magia de la que jamás fueron dueños, inocentemente intentaban levantar vuelo. Corrían como avestruces, agitaban los brazos persuadidos de que eran alas, saltaban e inmediatamente caían de bruces como presas de caza. Se incorporaban y volvían a intentarlo una y otra vez. Decepcionados de su pedestre condición, lloraban con el rostro hundido en el barro. Pataleaban, golpeaban el suelo con los puños, arrojaban piedras inútiles e insultos en vano hacia el cielo, mientras veían cómo se escapaba su futuro y se perdía entre las nubes. Como niños, lloraban y maldecían su infinito candor: hechizados por el Hijo de Wari, confiados en su propia lealtad, y sin que lo supieran los demás, le habían revelado al Presidente el número secreto.

El viejo bombardero ganó altura, viró hacia el poniente y se perdió suavemente tras un manto de nubes negras mostrando su culo burlón al triste gabinete.


I EL REINO DE LAS SOMBRAS

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<p id="_Toc108439964">I EL REINO DE LAS SOMBRAS</p>
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Trece reposeras paralelas al mar hundían sus patas en la arena blanduzca de la orilla, justo al límite ondulante de la línea de espuma blanca que dejaba el reflujo de las olas en sus últimos estertores. Por sobre los respaldares se recortaban sendas cabezas contra un cielo hecho del mismo azul turquí del mar. Eran trece plácidas almas en silencio. Algunos sostenían sobre el abdomen unos cocos inabarcables repletos de un licor que se diría fluorescente, otros revolvían con morosa displicencia unas copas en forma de grial que contenían un daikiri espeso y frutado. A sus espaldas, que todavía no se habían acostumbrado al sol tropical, sonaba una vaporosa música de ukelele. Después de los avatares del vuelo, el gabinete en pleno se tomaba un meritorio descanso. En la reposera del medio, tendido cuan largo era -por así decirlo-, el Presidente no podía evitar una mueca indescifrable pero muy semejante a la preocupación, que se le manifestaba en una arruga vertical entre ceja y ceja. Sin despegar la vista de un punto invisible situado más allá del horizonte, se bebió de un sorbo el fondo de daikiri, tibio y ya diluido, e inmediatamente elevó el vaso vacío haciendo sonar los últimos vestigios de hielo contra el vidrio. El Ministro de Asuntos Exteriores, que dormitaba en uno de los extremos, salió de su plácida duermevela como lo haría un perro cuyos reflejos estuviesen condicionados por una campana, sacudió la cabeza a izquierda y derecha hasta ver el vaso tintineante que lo requería. Saltó como despedido por un resorte y ante la insistencia del Presidente, que no dejaba de agitar el vaso en el aire, declaró raudo:

– ¡Voy!

El Ministro de Interior, mientras sorbía una suerte de jugo de un tubo fluorescente que serpenteaba a través de una cánula en forma de espiral, dirigiéndose al canciller por lo bajo pero en un volumen suficiente para que escuchara el resto del gabinete, murmuró:

– Vaya volando.

Salvo el Presidente, que parecía no escuchar otra cosa más que el secreto soliloquio de su pensamiento, los Ministros, secretarios y hasta la Pri mera Dama, rompieron en una implosión de carcajadas contenidas, de risas que querían escapar del encierro de la glotis, transformadas en lágrimas de tentación irrefrenables. Sofocaban los accesos de carcajadas revolviéndose como un feliz grupo de espásticos. Con gestos disimulados se llamaban a la cordura viendo el ceño inamovible del Presidente. Y cuando las risas parecían definitivamente extinguidas, cualquier acontecimiento, por carente de sentido que pareciera, volvía a encender los rescoldos de hilaridad. Así, el vuelo de una gaviota que pasaba frente a sus ojos despertaba murmullos tales como:

– Ahí va la ministra Arguello -y entonces, otra vez, se desencadenaba una explosión de risotadas.

Finalmente, el estado de excitación del gabinete consiguió romper el mantra en el que el Hijo de Wari se guarecía imperturbable. Lanzó una mirada de fusilamiento general y, entonces sí, todo volvió a la calma. En ese mismo momento llegaba el obeso canciller con paso corto y ligero, meneando el abdomen blanco y pendiente, trayendo en la diestra el nuevo daikiri para el Presidente.

– Sírvase, Madre -le dijo, genuflexo, intentando no deshacer su frágil sosiego.


El Hijo de Wari, tendido en la reposera, consideraba sus piernas no sin cierta desaprobación. El vientre, despojado ahora de la faja que solía comprimirlo, se le desparramaba hacia los costados y contrastaba con aquellas pantorrillas óseas, sarmentosas y demasiado delgadas que asomaban como dos ramas secas desde los amplios bermudas cuyo estampado reproducía el paisaje que tenía frente a sus ojos. Bebió un sorbo, se calzó unos Ray Ban de marco dorado y, sin mover la cabeza, le preguntó al Ministro de Justicia:

– Santa Marina, ¿cuántos hijos me quedan?

El doctor Santa Marina carraspeó, fingió que no tenía ninguna duda, miró de reojo hacia su izquierda y entonces vio el gesto que, con el índice extendido, le hacía a escondidas la ministra Arguello.

– Uno, Madre -contestó compungido.

– ¿Varón o mujer? -volvió a preguntar el Presidente.

El Ministro de Justicia, otra vez en apuros, volvió a mirar las manos de su colega que formó una figura juntando ambos índices hacia arriba y los pulgares hacia abajo.

– Mujer, Madre -dijo, desembarazándose del brete.

En un hilo de voz inaudible, el Presidente musitó:

– Qué problema…

Entre los reconocidos, los naturales y los de dudosa paternidad, el Hijo de Wari declaraba diez hijos aunque, en rigor, nadie de su entorno ignoraba que solamente había tenido dos: un varón y una hija. Pero durante su larga preparación, antes de llegar al poder, había aprendido de labios de su maestro y consejero, Xavier Huáscar Molina Viracocha, que nada conmovía al pueblo más que la muerte. Y, en efecto, el apotegma de su tutor le había dado sus frutos.


De todos los infortunios, la muerte es el que con mayor filo atraviesa los muros del alma, el que más acongoja y el que despierta mayor compasión hacia los deudos de la víctima fatal por parte del vulgo. El mandatario no debe disimular su dolor y habrá de dedicar a sus muertos las mayores pompas y los más elocuentes fastos, disponiendo cortejos funerarios públicos y compartiendo, de este modo, su congoja con el vulgo. En casos extremos de descontento popular y ante la inminencia cierta de grandes revueltas, con espíritu heroico debe el mandatario afrontar la posibilidad de destinar al altar del sacrificio alguno de sus seres más próximos y queridos, convirtiendo el descontento en compasión y su propio dolor en generoso martirio en pos de los superiores intereses de la Patria.


Antes de su primera asunción había recogido ocho niños al azar de la Casa de Expósitos de su provincia natal y los había anotado como propios con el auspicio del director del orfanato, quien luego habría de ser su Secretario de Minoridad. Fueron ocho dramáticos decesos y ocho felices alecciones nacionales sucesivas, ganadas con la mayoría absoluta de la compasión popular. Pero mientras se aproximaba la fecha de la Gran Elec ción, la que determinaría su enésimo mandato, el Hijo de Wari había notado dos hechos preocupantes: por una parte, las encuestas no eran del todo favorables y, por otra, había caído en la cuenta de que ya se le habían agotado los hijos destinados al sacrificio por la Patria. Desarmado, con la desesperación de quien mira desconsolado el tambor vacío del cargador de un revólver mientras ve acercarse al enemigo, el Presidente tuvo que tomar la determinación. Tenía que optar. Se vio en una dolorosa y peculiar decisión salomónica en la cual él era juez y parte; tenía que ser el propio Salomón y, a la vez, las madres en pugna representadas por su conciencia dividida. Pero, además, el hijo en disputa habría de ser uno de sus propios hijos biológicos. Sin embargo, se había dicho, él era más sabio, más justo y, sobre todo, más templado que el mismo Salomón. De modo que no habría de temblarle el pulso a la hora de blandir el sable de la imparcialidad para derramar la sangre de su sangre. Y así lo hizo.

<p>2</p>

Tendido en la reposera, el Hijo de Wari recordaba aquel lejano día en que se había visto obligado a intervenir en la providencia para cambiar el fatídico destino que, de otro modo, le hubiese deparado a la Patria.

Como correspondía a una determinación semejante, digna de los héroes, cercana a la de los dioses mitológicos, se imponía que el ofrendado al sacrificio fuese el primogénito. Como un Saturno famélico del favor popular, el Presidente decidió entonces devorar de un bocado, rápido e indoloro, la carne de su carne. En carácter reservado hizo llamar a su despacho de la Casa de Campo al Ministro de Interior y, en el monacal retiro de los jardines del Palacio, mientras caminaban entre los senderos de grava bajo el techo vegetal de los jacarandaes, el Presidente le hizo saber su resolución. No quería saber ni cómo, ni cuándo, ni dónde. Tenía, sí, que ser una muerte épica y, sobre todo, profundamente conmovedora.

– Déjelo en mis manos, Madre -le dijo emocionado el Ministro, a la vez que abrazaba al primer mandatario, quien hacía ingentes esfuerzos por mantenerse impertérrito.

Una semana después de la conversación en la Casa de Campo y a un mes de la Gran Elección, el Presidente recibió la trágica noticia. Todos los diarios anunciaban la descomunal necrológica en letras del tamaño de la tragedia. La muerte había asestado un nuevo golpe al corazón presidencial. El pueblo, presa del desconsuelo y el azoramiento, lloraba al vástago del primer mandatario como se lloraría la muerte de un hijo propio. La Primera Dama, la madre, María de los Perros Amor, caminaba como una loca de aquí para allá queriendo convencerse de que todo aquello no era sino una pesadilla. Muda de espanto, nunca más, hasta el Día de la Ascensión, habría de poder pronunciar palabra. El Ministro de Interior no había salido de su despacho. Reunido con el Jefe de la Secretaría de Inteligencia, no hacían más que mirarse atónitos sin comprender qué había sucedido. El Presidente leía una y otra vez, aturdido y furioso, los titulares de los diarios:


HIJO DEL PRESIDENTE


MUERE ATRAGANTADO


CON HUESO DE POLLO


El Ministro de Interior tuvo que jurarle y perjurarle al Presidente que él era completamente inocente. El secretario de Inteligencia asentía intentando declinar cualquier responsabilidad, después de todo, él era un exquisito, un detallista, un verdadero manierista del magnicidio disimulado y así lo acreditaba su nutrido e impecable curriculum. ¿Cómo hacerle entender al Presidente que aquello había sido un simple y vulgar accidente? Si bastaba con haberlo visto comer; su hijo deglutía como un desaforado y casi no sabía usar los cubiertos, el pobre. El Ministro asentía cuando el Hijo de Wari vociferaba que no era aquella ya ni siquiera una muerte épica, sino, lisa y llanamente, una verdadera vergüenza familiar. El secretario de Inteligencia intentaba consolarlo convenciéndolo de que, después de todo, su hijo no había muerto en vano, que el pueblo estaba realmente conmovido, que había que pensar en el futuro.

Y, en efecto, el futuro habría de compensar la pérdida irremediable con un nuevo triunfo electoral.

Mirando la puesta de sol a través de sus lentes ahumados. El Hijo de Wari volvió a considerar su horizontal humanidad y no pudo evitar verse viejo. Su mujer, en cambio, quien reposaba a su diestra, se veía tan joven como el lejano día en que la conoció. Giró la cabeza hacia ella y, aprovechando que tenía los ojos cubiertos por una mascarilla protectora, la examinó con minucia. Tenía aquellas mismas piernas, largas y forjadas en el torno trajinado de los catres de un burdel de pueblo, el mismo vientre, terso y llano, la misma candidez en la mirada que el día en que la conoció. Él, en cambio, no era ni la lejana sombra de lo que fue.

El Presidente buscó al Ministro de Finanzas en la hilera de cabezas sucesivas.

– Tamburrini -susurró el Hijo de Wari.-Si, Madre, diga -contestó el Ministro de Finanzas, enderezando el torso.

– ¿Cuánto nos queda, Tamburrini? -preguntó el primer mandatario con desidiosa preocupación.

El Ministro se incorporó raudo y caminó entre las reposeras agachándose para murmurar al oído de los integrantes del gabinete. Entonces todos empezaron a hurgar en sus bolsillos y billeteras. El doctor Tamburrini se acercó al Presidente y dejó sobre el alzapiés de lona un amasijo de billetes arrugados debajo de un puñado de monedas a guisa de pisapapeles. El Hijo de Wari se levantó las gafas oscuras, miró aquel triste acervo que se amontonaba a sus pies, elevó la mirada hacia la cabizbaja figura del Ministro de finanzas y, por fin preguntó:

– ¿Esto es todo?

El doctor Tamburrini, viendo que su cabeza se negaba a asentir, se limitó a sonreír como un idiota. El resto del gabinete presenciaba la escena al borde del pánico. Entonces, ante el silencio general y frente a la sonrisa congelada del Ministro, el Presidente también sonrió. Y no solamente sonrió, sino que además ahora se reía con ganas.

– Entonces, ¿esto es todo lo que hay? -y el primer mandatario hundía la diestra en el montículo de billetes y los dejaba caer como una volátil cascada sin dejar de reírse.

El Ministro de Finanzas imitó las breves carcajadas del Hijo de Wari y, ante la distensión, el gabinete rompió en un coro de risas que, otra vez, termi-naron en un orfeón de carcajadas espasmódicas. Entonces el Presidente se puso de pie y, rojo de furia, maldijo a todos y cada uno de los miembros de su cohorte de imbéciles, maldijo su suerte y maldijo la hora en la que a alguien se le había ocurrido la maldita idea de la fuga. Y así, colérico y vociferante, arrojó el vaso al aire. El vaso se elevó, alcanzó su altura máxima, giró varias veces sobre su eje y cayó haciéndose trizas contra una superficie dura, plana y muy diferente de la arena. En ese mismo momento el Hijo de Wari ordenó:

– Hoy quiero cenar en Estambul.

Entonces aquel cielo diáfano, ese mar apacible y el sol rojo e inflamado del ocaso se diluyeron, de pronto, en la más absoluta negrura.

<p>3</p>

Hubo unos segundos de desconcierto. En el interior de aquella penumbra más oscura que la noche, acrecentada por el contraste de ese sol reciente que todavía destellaba en las retinas del gabinete, se escuchaban carraspeos y palabras dichas a media voz. Los Ministros y secretarios podían intuir una fantasmal presencia que recogía las reposeras y las plegaba haciéndolas sonar como tijeras. Los vasos tintineaban chocando unos con otros y los restos de cocos y piñas esparcidos en el suelo parecían agruparse y alejarse. De pronto se hizo la luz. Un rectángulo perfecto de luz blanca ocupó el lugar en el que antes acontecía aquel vivido paisaje marítimo. Desde las negras alturas se descolgaban ahora unos conos de luz que encandilaron a los miembros del gobierno e iluminaron a un par de ágiles ordenanzas que barrían y componían el pequeño caos de los restos tropicales. Detrás del gigantesco proyector que ahora fulguraba en un destello quieto y blanco, el Director Oficial de Cine, Héctor Perón del Bosque, descargaba el rollo del carrete que giraba huérfano, y lo guardaba en una lata cuyo rótulo manuscrito rezaba: "Vista panor. Honolulú, cámara fija".

Cuando terminaron de barrer y despejar el piso del estudio, los mismos ordenanzas hicieron correr unos enormes paneles del fondo de decorado deslizándolos sobre unos rieles aéreos que los sujetaban. Los Ministros y secretarios, detrás de bambalinas, envueltos en toallones, se quitaban los trajes de baño y una vestuarista les alcanzaba los atuendos que habrían de vestir para la cena.


La misma noche en que el Presidente con sus doce apóstoles se habían evaporado en el cielo, tenían ya prolijamente preparada la que habría de ser su secreta y provisoria guarida. El Director Oficial de Cine, Héctor Perón del Bosque, personalmente había reacondicionado los añosos y abandonados interiores de los estudios de Palatina Sono Film. El nuevo cuartel general del gobierno en las sombras era una verdadera ciudad en ruinas dentro de los suburbios también en ruinas. Ya casi nadie recordaba que allí, dentro del perímetro de aquella ciudadela, se habían gestado las más gloriosas páginas de la historia del cine. Los titánicos sets de filmación que otrora iluminaban el cielo con sus cañones de luces, eran ahora una sombra difusa entre la bruma suburbana. Parecían viejos hangares derruidos después de un bombardeo. Los imponentes letreros de bronce que en forma de sol naciente coronaban los dinteles de los estudios, ahora colgaban desvencijados al arbitrio del viento. La rampa de acceso al edificio:entral, allí donde se detenían los interminables Impalas, los radiantes y fabulosos Cadillac desde cuyas muertas asomaban pantorrillas interminables envueltas en medias de red, aquel suelo hecho de mármol Y alfombra que una vez había pisado la mismísima Rita Hayworth, se había convertido en un delgado pastizal entre la grava que se perdía en un campo a merced de los perros hambrientos. Los espléndidos salones que circundaban el auditorio quedaron despojados del techo, y los pisos habían sido devorados por una alfombra vegetal donde pastaban los caballos de los cartoneros junto a las columnas dóricas que ya no tenían nada que sostener. En aquellas terrazas donde, en las noches de verano, bailaban las estrellas bajo las estrellas, ahora no sonaba otra música más que el lamento lobuno del viento. Desde el cierre definitivo de los estudios de Palatina Sono Film nadie, salvo las vacas, los caballos y los perros, se había atrevido a transponer los alambrados. Se decía que el predio de los antiguos estudios era el purgatorio de los astros muertos, que bajo los tinglados de los viejos sets se paseaban las sufrientes almas de los comediantes condenadas a interpretar sus peores papeles, sus actuaciones más lamentables, que por las noches se oía a una claque espectral que alternaba aterradoras carcajadas con horripilantes lamentaciones.

Aquella ciudadela oculta y olvidada contenía dentro de sí todas las ciudades del mundo. Aquí y allá podían verse apolillados telones que reproducían el Big Ben envuelto en la bruma londinense, los grises tejados parisinos con el fondo de una Notre Dame reconocible pero distinta, alucinada, el puente de Brooklyn delante de una Nueva York onírica y borrosa, la Fontana di Trevi recortada contra el fondo imposible del Coliseo, la calle de Alcalá hecha con una improbable arquitectura catalana, los morros de apariencia prehistórica de Río de Janeiro junto a una Acrópolis marmórea y flamante, como si acabara de ser construida. Y ciudades quiméricas e inverosímiles. Ciudades que jamás existieron. Ciudades que se dirían narradas por Marco Polo.

El Director Oficial de Cine, Héctor Perón del Bosque, descubría cada rincón de los estudios con la misma sorprendida excitación de un arqueólogoque acabara de internarse en una cripta nunca antes explorada. Con su índice tembloroso de emoción, removía las gruesas capas de polvo que conservaban intactas las reliquias de la edad de oro del cine. Viejas moviolas manuales que todavía contenían en sus carretes miles de fotogramas que jamás habían sido puestos en pantalla. Archivos repletos de películas íntegras de las que nunca nadie tuvo conocimiento. Podía reconocer los decorados correspondientes a tal o cual escena memorable del blanco y negro, los vestuarios completos e inmaculados que vistiera esta o aquella luminaria olvidada o perdida en el Olimpo de la nostalgia. Y a medida que se internaba en aquellos elíseos galpones fantasmales de la añoranza, en un silencio solamente interrumpido por el eco de sus pasos, se dijo que no podía haber elegido un lugar mejor para levantar el cuartel general del gobierno en las sombras.


*****

(Afuera, mientras tanto, ajenos por completo al misterioso destino de Su Excelencia, esperábamos el día de Su regreso. Mirábamos caer la lluvia incesante del agobio a través de los vidrios empañados con el aliento acre del desaliento. Contábamos las exiguas monedas que nos habían dejado los tiempos añorados y volvíamos a esconderlas debajo del colchón de astenia en el que nos hundíamos como en un foso sin fin. Sumidos en aquel domingo sin pausa, nos resistíamos a comprender que el lecho pringoso que se pegoteaba a nuestras espaldas no era el fondo del abismo, que siempre era posible estar más y más abajo. Como las crías de los buitres, abríamos el pico de par en par hacia el cielo esperando que cayeran las migajas de la fiesta. Con eso nos bastaba para conformarnos. Echados en la hamaca pendular de la resignación, no atinábamos a otra cosa que a rascarnos el culo escaldado por el letargo. Igual que el nuevo Presidente, aquel espantajo durmiente al que le colgaban las babas desde las comisuras de los labios mientras saqueaban lo poco que quedaba del Palacio de Gobierno, asistíamos impávidos al desvalijamiento de nuestras propias casas: sin llamar a la puerta entraban los acreedores de deudas que nunca habíamos contraído y frente a nuestros somnolientos ojos intentaban vaciarnos los bolsillos desfondados de los sacos y los pantalones diezmados antes por las polillas. Nos tomaban de los tobillos y nos sacudían cabeza abajo sin conseguir que se nos cayera más que la leve caspa de la indigencia. Entonces, igual que al nuevo Presidente, nos metían una pluma entre el índice y el pulgar y, moviendo nuestra diestra parapléjica, nos hacían firmar el conforme mientras cargaban con los muebles y nuestros pocos enseres. Habíamos aprendido a construir nuestra dicha con el amargo adobe de la desdicha ajena. A mandíbula batiente, los muertos nos reíamos ante el paso aturdido de los degollados que llevaban la cabeza bajo el brazo, los rengos hacíamos alarde de destreza bailando en una pata frente a los paralíticos, los miopes nos jactábamos ante los tuertos y los tuertos batíamos nuestro cetro real frente a las cuencas vacías de los ojos de los ciegos. Y así, mientras esperábamos el anhelado regreso de Aquel que se había perdido entre las nubes de la gloria, hincábamos el diente voraz en la carne magra de nuestros propios dedos.)

<p>4</p>

Desde la cabecera de la mesa del restaurante del Hotel de los Sultanes, en el centro de Estambul, el Presidente podía ver a su derecha los seis alminares de la mezquita de Sultanhamed rasgando las nubes y a su izquierda los cuatro minaretes de la iglesia de Santa Sofía. Protegido a diestra y a siniestra por Alá y por Nuestro Señor respectivamente, Su Excelencia experimentó un súbito vendaval de divinas bendiciones. Las distintas religiones no constituían para su alma cotos antagónicos; al contrario, las concebía como una cifra única derivada de la suma de todas.Era cristiano entre los cristianos, mahometano entre los musulmanes, hebreo entre los judíos, budista entre los lamas; en fin, había renegado de todas las religiones para poder adherir, según lo requirieran las circunstancias, a cualquiera. Como quiera que fuese, ataviado con una túnica blanca y un quepis turquesa bordado con hilos de oro, el Hijo de Wari sintió que un hálito sagrado le confería una señal de buenos augurios. Y en verdad necesitaba confiar en el destino. Habían sido sólo dos días de convivencia con su gabinete y su esposa y creía que no habría de soportarlo ni un minuto más. Y menos aún bajo las actuales condiciones, que no le dejaban otra alternativa. Quién podía saber hasta cuándo habría de durar aquel curioso destierro alrededor del mundo, o mejor dicho, del mundo alrededor de su atribulada persona. Durante la cena en las terrazas del Hotel de los Sultanes, bajo una luna menguante que se confundía con las repetidas lunas que coronaban las cúpulas bizantinas, el Presidente hizo un rápido recuento de los acontecimientos que lo habían obligado a dejar el poder perdiéndose en las alturas.

Todo había sido perfectamente planeado. Pero algo había salido mal. Habían estado cerca, muy cerca de encontrarse con los 8.857.536.546.805.094.647.483.939.210.846.565.353. 029.848.484.767.324.101.919.181.888.

181.737.364.546.474.858.595.950.030.302.002.002.981.726.353.435.363.738.393.039.387.

263.534.352.829.029.484.765.774.748.588.599.686.867.752.220.986.756.463.526.340.218.

millones con cuarenta y siete centavos, que, no sin esfuerzos, habían sabido ganarse en pago a los servicios por ellos prestados a la Patria. Había sido un minucioso trabajo que les había demandado años. Y ahora, habiendo acariciado durante tanto tiempo el ansiado momento de repartir el tesoro amasado a fuerza de imaginación, contratos, prebendas, favores, concesiones, privatizaciones, enajenaciones, licitaciones y hasta pequeños e involuntarios actos de cleptomanía, veían cómo el ansiado botín se les escabullía como agua entre las manos. Todas las noches de todos los días de todos los años de todos los lustros desde que había asumido, el Hijo de Wari no soñaba con otra cosa: repartir el botín y no tener que ver ni un día más ni a su mujer ni a su cáfila de Ministros y secretarios. Pero lo más angustioso era que la suma estaba casi al alcance de la mano. Aunque algo había fallado. Desde el día en que se constituyó como gobierno, aquel grupo ahora perdido en una ciudad fantasma, no había sido otra cosa que un conjunto de almas desconfiadas las unas de las otras. Por eso se vieron obligados a establecer un pacto para que ninguno, llegado el caso, tuviese la tentación de acceder a los cien años de perdón. El botín habría de ser depositado en las ciegas arcas de la imparcial y lejana tierra de los cantones. Todos los miembros del gabinete y, desde luego, el matrimonio presidencial, serían titulares bajo la discreción de sendos pseudónimos. Pero, para la absoluta tranquilidad de todos y cada uno, el número secreto de la cuenta habría de constar de treinta y nueve dígitos. Cada miembro sabría sólo tres números clave que constituían, cada uno, una treceava parte del número total y, además, un número de orden. Así, por jemplo, 769-1 significaba que los primeros tres núme-os eran el siete, el seis y el nueve. De modo que, sa-)iendo cada quien su cifra, ninguno podía aisladamen-e llegar a establecer la cifra completa. Es decir, la única brma de componer el número de la clave secreta sería que, a la hora de cobrar el anhelado botín, estuviesen presentes todos los titulares. Pero, por alguna extraña razón, el doctor Orestes Morse Santagada había resuelto abandonarlos. El Hijo de Wari maldijo el el desgraciado día en que había sacado de la cárcel de la intendencia a ese estafador de poca monta.

<p>5</p>

A las nueve en punto de la noche, desde todas las mezquitas de Estambul llegaron los innumerables cantos de los imanes que llamaban a los fieles a rezar. El Presidente, que todavía no había terminado el postre, se levantó de la mesa, calculó rápidamente en qué dirección se hallaba la Meca y, de frente a la Mezquita Azul y apuntando su retaguardia hacia Aya Sofía, se arrodilló y, con la cabeza entre ambos brazos, inició unas oraciones espasmódicas, pronunciadas en un murmullo altisonante pero ininteligible. Rezaba conuna devoción tal que aquello no parecía un ruego sino más bien una suerte de encendido reproche, como quien exigiera el respeto a un acuerdo. Y en verdad, Su Excelencia no tenía la costumbre de pedir. El Hijo de Wari ni siquiera dialogaba; a lo sumo y, sólo si el interlocutor estaba a la altura, pactaba. Es más, se diría, a juzgar por el tono presidencial, que estaba conspirando. Lo cierto es que, después de unos momentos de vacilación y desconcierto, los miembros del gabinete imitaron a su jefe y, retirándose lenta y silenciosamente de la mesa, se echaron a rezar cuerpo a tierra. Cuando por fin se fueron acallando los cantos de los imanes, el Presidente se incorporó, giró sobre su eje, miró hacia la cúpula de la iglesia de Santa Sofía y, de pie como estaba, se persignó y ahora, de frente al Dios de los cristianos, parecía decir: "Quizá en otro momento tengamos que volver a hablar".

Cuando el Hijo de Wari ocupó otra vez la cabecera de la mesa, los Ministros se incorporaron y, tímidamente, volvieron a sus asientos. Siempre había creído que conocía a cada uno de los miembros de su gabinete como a la palma de su mano. Pero desde el día en que las líneas del destino habían decidido abandonar su venturosa estrella, todo le resultaba ajeno e indescifrable. Se decía que si el más fiel de sus colaboradores, aquel que había sido su compañero de celda, el doctor Orestes Morse Santagada, La Morsa, había podido traicionarlo, qué podía esperar de aquellos a quienes él ni siquiera había nombrado en sus cargos.

<p>6</p>

Vistos de frente y de perfil en el volátil prontuario de la memoria, en los archivos escritos con la cinta gastada de la Olivetti de la desidia, siempre condenados a las telarañas del olvido, los miembros de la cohorte de Su Excelencia presentaban las siguientes señas:


APELLIDO Y NOMBRES: Tamburrini, Sabatino Sixto.

ALIAS: La Pelada.

SEÑAS PARTICULARES: Redondo, visto de frente y de perfil; a contraluz, no se notaría la diferencia.

OCUPACIÓN: Ex Secretario de finanzas durante el mandato de la junta militar presidida por el general Grondona, ex director del Banco de la República bajo el mando de la junta militar conducida por el almirante Zaranga y Hobbes, Ministro de Finanzas en el período de gobierno de la junta militar a las órdenes del general Balín. Impulsor de la campaña oficial contra la pobreza "Muerto el Perro, Muerta la Rabia ". ANTECEDENTES: Denunciado como autor intelectual del operativo que desmanteló, a fuerza de topadoras, el barrio Virgen Santa, lindero al Paseo del Retiro, barriendo con las máquinas las casillas de cartón con sus habitantes dentro, en el marco de la campaña contra la pobreza Muerto el Perro, Muerta la Rabia ". Absuelto.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Finanzas.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Kalpakián Martínez, Juan.

ALIAS: El Gran Mogol.

SEÑAS PARTICULARES: Calva prominente,gran cicatriz en la superficie craneana.

OCUPACIÓN: Campeón Nacional de Lucha Grecorromana, Campeón Mundial de

Lucha libre. Retirado del deporte profesional, formó la troupetelevisiva Los Colosos de la Lucha.

ANTECEDENTES: Procesado por la justicia en la querella que le iniciaran los miembros de la troupe por falta de pagos y estafa, regresó de la clandestinidad una vez prescripta la causa. Condenado en otro proceso por agresión reiterada y lesiones graves a su ex esposa e hijos, el tribunal dispuso que le fuera practicada la lobotomía.

ULTIMO TRABAJO: Secretario de Minoridad.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Siam, Torcuato de las Marías.

ALIAS: El Profesor.

SEÑAS PARTICULARES: Ano contra natura.

OCUPACIÓN: Empresario en las áreas de transporte y turismo, fue fundador de

la compañía Transandina La Mula. Director de la Oficina de Migraciones durante el gobierno de la junta militar presidida por el general Grondona.

ANTECEDENTES: Denunciado por transporte de inmigrantes indocumentados, adulteración y venta de documentación falsa. Según constaba en la causa, después de

ingresar a los inmigrantes los denunciaba y recibía del Estado el importe por los servicios de repatriación. Absuelto.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Asuntos Exteriores.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del

Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: San Miguel, Ubaldo Matilde

ALIAS: El Chancho.

SEÑAS PARTICULARES: Tatuaje en parte íntima que reza: "Codetas", o bien, "Colgate de esta y hace piruetas". Ocupaciones: Conductor de transporte colectivo, más tarde ascendido a inspector. Delegado gremial y luego dirigente sindical de la agrupación, llegó a ser empresario en el área de transporte y turismo. Socio de la compañía Transandina La Mula. Antecedentes: Robo a mano armada, portación de armas de guerra, heridas múltiples con arma blanca en reyerta, estafa reiterada, falsificación dedocumento público. Absuelto en todas las causas.

ULTIMA OCUPACIÓN: Ministro de Trabajo.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del

Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Arguello, Nancy Viviana.

ALIAS: La Coca.

SEÑAS PARTICULARES: Ya no se le notan a causa de múltiples y reiteradas intervenciones plásticas. Ocupaciones: Preceptora del Colegio de las Adoratrices del Divino Rostro, autora del poemario "Y le vimos la cara a Dios", profesora de música. Funcionarla a cargo de la Subsecretaría de Minusválidos, instrumentó las campañas de Integración del Sordomudo y el Hipoacúsico en los programas oficiales zonales "Te escucho" y "A palabras necias…".

ANTECEDENTES: Denunciada por sumisión a esclavitud, abuso deshonesto y explotación de minusválidos. Absuelta.

ULTIMO TRABAJO: Ministra de Salud y Acción Social.

PARADERO: Desconocido. Fue vista por última vez sobrevolando la cúpula del

Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Cohén, Carlos Raskolnikov.

ALIAS: Pequeño.

SEÑAS PARTICULARES: Pequeña ablación de pequeño prepucio.

OCUPACIONES: Abogado. Secretario de Juzgado Correccional. Propietario de

establecimiento de alimentos cárnicos. Juez de Tránsito, Juez de Contravenciones Urbanas, Diputado Nacional.

ANTECEDENTES: Falsificación de certificado kosher en carnes y embutidos. Absuelto.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Interior.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del

Parlamento.

APELLIDO Y NOMBRES: Santa Marina, Gregorio Félix.

ALIAS: La Garza.

SEÑAS PARTICULARES: Ninguna.

OCUPACIONES: Titular de la Corporación Santa Marina. Abogado. Profesor de Derecho Constitucional. Redactor de la proclama "Abolir la Constitución para preservar la Constitución o Muerto el Rey, viva el Rey o Comunicado Número Uno", del alzamiento militar encabezado por el general Grondona. Redactor del manifiesto " La Fuerza del Derecho y el Derecho de la Fuerza o Todos Contra la Pared " que sirviera de constitución provisoria durante el gobierno del almirante Zaranga y Hobbes. Autor de la declaración "Bases Para la Reorganización Nacional o El Que Se Mueve es Boleta", que proclamara la junta militar al mando del general Balín. ANTECEDENTES: Expedientes extraviados.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Justicia. Paradero: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Me Donald, Francisco.

ALIAS: Pancho.

SEÑAS PARTICULARES: Le sobra una lente o le falta un ojo.

OCUPACIONES: Novelista, historiador, propietario de flota de taxis. Autor de las novelas "Se va el caimán", "Cachurra montó a la burra", "Canilla Libre" y "El regreso del caimán".

ANTECEDENTES: Denunciado por no haber cometido, aunque más no fuera, plagio.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Educación y Cultura.

PARADERO: desconocido.Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Berti, Adolfo Benito.

ALIAS: Tambor de Tacuarí.

SEÑAS PARTICULARES: No puede flexionar el dedo mayor de la mano derecha.

OCUPACIONES: Encargado de seguridad personal del Dr. Félix Gregorio Santa

Marina. Gerente de ventas de la Corporación Santa Marina.

ANTECEDENTES: Jefe de la agrupación Alpargatas Sí, Libros No y del grupo de choque Acción Antijudaica. Más tarde comandante del Ejército Popular Revolucionario. Responsable del operativo de secuestro del Dr. Félix Gregorio Santa Marina, liberado a cambio del pago de 9.074.304.041.444.145 millones de Coronas. Condenado a cadena perpetua por secuestro y homicidios múltiples, fue dos veces amnistiado.

ULTIMO TRABAJO: Secretario de Inteligencia del Estado.

PARADERO: Desconocido Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: García Ferrer, Nicasio.

ALIAS: Torniquete. SEÑAS PARTICULARES: Pecho hundido.

OCUPACIONES: Maestro mayor de obras. Secretario de Obras Públicas del gobierno del almirante Zaranga y Hobbes. Impulsor de los planes de Reducción de Redes Viales, Erradicación y Prevención del Tranvía, Programa de Recorte de Recorridos Subterráneos y de la campaña "Llegue Vivo, Viaje en Colectivo". Titular de la Corporación de Transporte Colectivo Urbano. Propietario de la Empresa de Transporte Colectivo García Ferrer. Socio de la compañía Transandina La Mula.

ANTECEDENTES: Denunciado como autor intelectual de atentados múltiples contra convoyes metropolitanos y sabotaje contra estaciones de subterráneos. Absuelto. ULTIMO TRABAJO: Ministro de Transporte y Obras Públicas. Paradero: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


Las fichas correspondientes al Secretario de Medio Ambiente y al de Defensa se presume que fueron destruidas en el incendio accidental que se declarara en la Fiscalía Nacional junto con las fojas del caso por el que se los investigaba a causa de su presunta participación en el incendio intencional que destruyera las oficinas de la Fiscalía Provincial que tenía a su cargo el esclarecimiento del incendio accidental que calcinara el despacho de la Fiscalía Mu nicipal que intentaba esclarecer el incendio accidental que acabó con la vida del fiscal que llevaba la investigación de cierto caso que ya nadie recuerda.

<p>7</p>

Él, que había besado tres veces el anillo del Sumo Pontífice; Él, que se había reunido incontables veces a jugar al dominó, como lo hiciera con un amigo, con el Rey de España; Él, que había recibido en su campo de golf al Presidente de Todas las Américas; Él, que había paseado en su propia Masserati al Sultán de Persia; Él, que había honrado, cantándole a capella coplas y carnavalitos, al mismísimo Mick Jagger en sus estudios de grabación; Él, que se había reunido con la Reina de Inglaterra; Él, que se había enfrentado cara a cara, hasta casi tomarse a golpes de puño, con los anacrónicos tiranos rojos que habían sobrevivido al período jurásico de la Revolu ción de Octubre; Él, que había brillado con luz propia en todos los foros internacionales; Él, iluminado con el halo dorado de los elegidos, mientras cenaba en aquella Constantinopla fuera de foco, se preguntaba si era justo tener que sobrellevar ese calvario de celuloide y cartón pintado, con aquella triste cáfila de delincuentes de baja ralea, con esa troupe de lamentables bufones. Él, que había pasado dos días con sus noches en el harén del Palacio de Sualtanhasan con las cuarenta mujeres del Emir de Jalhabad; Él, que se jactaba de haber conocido, en el más bíblico de los sentidos, a las más deslumbrantes estrellas de Hollywood en sus faraónicas alcobas de Beverly Hills, se lamentaba en silencio del infortunio de tener que cohabitar, otra vez, con la Primera Dama, María de los Perros Amor, tan decorativa, tan escenográfica como la ambientación bizantina de los muros de cartón piedra que se levantaban frente a sus ojos.

Había sido su tutor y consejero, Xavier Huáscar Molina Viracocha, quien ideó el plan de fuga hacia los cielos. Nadie había visto nunca al consejero del Presidente. Nadie le conocía la cara y muy pocos sabían de su existencia. El consejero era un oráculo sin rostro. No tenía despacho oficial, ni estudio privado. No percibía honorarios ni participaba de las reuniones de gabinete. Nadie sabía qué vínculo unía a Su excelencia con aquel misterioso asesor en las tinieblas. Nadie había oído su voz. Jamás se lo vio ingresar a la casa de gobierno. Inclusive aquellos pocos que habían oído hablar de Él, dudaban de su existencia. Nadie sabía ni en qué momento ni en qué lugar se reunía el Presidente con su consejero. Ni siquiera el Jefe de Inteligencia había podido establecer el paradero del enigmático ayo del primer mandatario. Sabían, sin embargo, que el Presidente no tomaba una sola decisión sin consultarlo. Se llegó a decir que el oscuro consultor no tenía una materialidad unívoca, que era visible sólo a los ojos de Su Excelencia, en fin, se tejían las más descabelladas conjeturas en torno a la identidad del mentor de las resoluciones oficiales.Lo cierto es que el Presidente había sido sorprendido en las más insólitas situaciones. El Ministro de Interior juró haberlo visto en animado diálogo con un sapo en su propio despacho. El edecán aseguraba que pudo presenciar cómo el Presidente hablaba con el busto marmóreo del General Pontevedra y, lo más desconcertante, que fue testigo del largo monólogo que, en respuesta, le diera la estatua moviendo sus labios pétreos. Incontables veces fue visto por los ordenanzas discutiendo acaloradamente con el retrato del Virrey Gallardo, con el cuadro del caudillo Manuel de la Zarza o con la pequeña gárgola de la fuente del Jardín de la Palmera. Todos los testimonios son coincidentes en un punto: sea quien fuere el eventual interlocutor, por lo general un objeto o un animal, en tales circunstancias, el Presidente hablaba en su idioma original, el aymará.

Cierto era que el primer mandatario siempre llevaba consigo un anotador que, día tras día, iba poblándose de máximas y aforismos, de preceptos y estratagemas, de sentencias y apotegmas relacionados todos con la sabiduría en el manejo de los asuntos de Estado que, se sospechaba, le habían sido dictados por su invisible consejero. Quienes a hurtadillas o de reojo pudieron leer algunas anotaciones, se encontraron con pensamientos tales como:


El mandatario siempre ha de tener presente que el vulgo, de voluntad tan voluble como predecible,puede ser igualmente proclive al melodrama y los sentimientos de piedad como la épica y los actos más inhumanos. Puede conmoverse hasta las lágrimas ante la muerte de un inocente y al día siguiente regocijarse como un animal carnicero ante el escarnio público de un reo. El mandatario debe saber aprovechar esta volubilidad a su conveniencia atrayendo hacia sí los sentimientos de compasión y piedad, y los de odio e ira hacia sus enemigos.


No constituye obstáculo alguno para la consecución del favor popular que el mandatario se enriquezca a expensas de su cargo. Esto no obra en desmedro de su prestigio ni credibilidad siempre que el vulgo perciba que su enriquecimiento es justo y merecido, pues no lo ha de considerar como malhabido sino una suerte de cobro por los servicios prestados al bien común. El pueblo ha establecido un claro apotegma: "Que robe pero que haga", demostrando de esta manera su propensión aprestarse como cómplice del mandatario cuando percibe esto como un beneficio propio, y como víctima cuando no. El mandatario deberá persuadir al vulgo de que si no es apto para enriquecerse él mismo, no lo será, tampoco, para enriquecer a sus conciudadanos. Cuanto más rico y ostentoso se muestre el mandatario, tanto más respeto obtendrá de la plebe. El vulgo se sentirá indignado ante la corrupción oficial en la misma medida en que se sienta excluido de ella. Si en cambio conserva la ilusión de que el fraude habrá de beneficiarlo, preferirá guardar un silencio colaborador, como sucede en los cotejos deportivos ante un fallo injusto pero que beneficia a los de la propia bandería.


Si las circunstancias políticas han excedido por completo las posibilidades de que el mandatarío se mantenga incólume, si acaso los vaivenes del manejo público se han tornado insostenibles, no debe permitir el gobernante que los escombros de la catástrofe se desplomen sobre su persona. Lo más aconsejable, por duro que pueda parecer, es aplicar una cauta retirada dejando que el peso del desastre recaiga sobre su enemigo. Sin embargo el alejamiento no debe parecer un acto de pusilanimidad ni de desidia ni de renuncia ni, mucho menos, de pánico. Al contrario, el mandatario deberá retirarse de un modo magnánimo, lleno de gloría y victoríoso, de modo que el vulgo lo recuerde con adoración y proclame la necesidad de su regreso.


Fue, exactamente, la justa combinación de estos tres consejos lo que había decidido la insólita partida del Presidente y sus Apóstoles a perderse en las misteriosas alturas de los inolvidables.

<p>8</p>

Había sido una retirada magnánima, gloriosa, digna de un Mesías y no había requerido mayores artificios que los que podría aplicar un mago de mediana astucia. Por otra parte, en efecto, su aletargado sucesor veía cómo se desplomaban los escombros del desastre sobre la ruinosa madriguera del despacho donde hibernaba, durmiendo sobre los marchitos laureles de la desidia. El estado de las finanzas públicas se resumía en la triste imagen de las puertas abiertas del Tesoro Nacional que ahora albergaba en su interior a las familias de los empleados despedidos. Los balances oficiales eran una larga suma cuyas cifras se apilaban en la roja columna del Debe dejando el Haber en la más absoluta orfandad. La gente recordaba a Su Excelencia con la misma añoranza con que se recuerda la juventud perdida, con la misma nostalgia que tiñe al pasado con la ilusoria impresión de que ya nada volverá a tener ese dorado resplandor de los viejos y buenos tiempos. Las vacas flacas del pasado parecían, a la luz de los posteriores acontecimientos, gordos y saludables terneros que se ofrecían generosamente a los nuevos apetitos, rayanos con el hambre. Todos esperaban el regreso de Su Excelencia con la misma devoción con que se espera la vuelta de El Salvador. Por otra parte, siguiendo el sabio consejo acerca del necesario enriquecimiento del mandatario, el Presidente consideraba que el generoso botín que lo esperaba en las lejanas tierras de los cantones era dinero suficiente para sobrellevar el tiempo de misteriosa ausencia durante el cual habría de forjarse el bronce del mito y preparar el más triunfal de los regresos y entonces sí, habría de quedarse para siempre investido con todos los atributos, prerrogativas, honores y facultades con las que se corona a un rey. Desde el día de su asunción hasta la noche de la Ascensión, el Hijo de Wari no albergó esperanza más alta que la de fundar una nueva y majestuosa monarquía.

El Presidente se preguntaba con más amargura que indignación el porqué de la traición de su único amigo en el gabinete, el doctor Orestes Morse Santagada. Sin su presencia, la posibilidad de encontrarse con el anhelado botín se escurría como el agua entre los dedos. ¿Qué motivos habría de tener para renunciar a la gloria eterna? ¿Por qué él, justamente él, su compañero de celda, su cómplice y guardián de los más recónditos e inconfesables secretos, había decidido desertar hacia el bando de los infelices, de los fracasados, de los perdedores? ¿Por qué esa súbita vocación de perro del hortelano que lo llevaba a abjurar de la más holgada de las riquezas, arrastrando a sus compañeros a su mismo desgraciado destino? Pero lo más desesperante del caso era la posibilidad de que se le ocurriera hablar.La posibilidad de que, frente al acoso de la justicia, de la prensa y de la indignación popular su ex Ministro se resolviera a revelar el secreto de la fuga, aterraba al Presidente. Pero, en el fondo de su corazón, el primer mandatario albergaba la esperanza de su inminente llegada. Esperaba verlo atravesar el portón de los estudios de Palatina Sono Film y confirmar, de una vez, que todo había sido un malentendido, que jamás habría de traicionarlo y entonces se estrecharían en un abrazo tan prolongado como la historia que los unía.

Pero hasta que ese momento llegara, el plan finamente fabricado por su anónimo consejero parecía condenado a zozobrar.

<p>9</p>

Era noche cerrada en Estambul. El Presidente, su mujer y su gabinete miraban la borra de café adherida al fondo de sus tazas, intentando descifrar los albures que el destino habría de depararles. Entre las caprichosas formas oscuras que teñían la delicada porcelana de los tiempos de los otomanos, todos creían ver con meridiana claridad el inconfundible rostro del doctor Orestes Morse Santagada.

– No se aflija, Madre -intentaba consolar el Ministro de Interior-, ya va llegar, no se preocupe.-;

Y si no llega?

– No piense en eso, Madre, La Morsa sería incapaz…

– Pero, ¿y si no viene?

– Algo se nos va ocurrir, Madre.

Todos sabían qué significaba aquella frase, "algo se nos va a ocurrir", en boca del Ministro de interior. Nadie ignoraba que aquellas palabras eran el prólogo de una sentencia. Y, habida cuenta de que la existencia misma del doctor Orestes Morse Santagada se había convertido en una amenaza, era hora de empezar a preguntarse si su existencia era conveniente.

"Algo se nos va ocurrir" había dicho también el Ministro de interior ante las investigaciones de cierto periodista que, con la insistencia de una mosca, se obstinaba en meter sus narices en los negocios oficiales; "algo se nos va ocurrir", sentenció antes de que apareciera colgado del mástil del periódico que lo empleaba, con la boca repleta de artículos que llevaban su propia firma. Algo se nos va a ocurrir, había pronunciado el Ministro, días antes de que el fiscal que investigaba el caso del periodista apareciera haciendo la plancha en el río. "Algo se nos va ocurrir", dijo el doctor Cohén, justo el día en que cuatro testigos de la causa del fiscal aparecieran convertidos en una brochette humana, empalados como en una carbonilla de Goya. "Algo se nos va ocurrir", declaró en un suspiro el funcionario, durante la madrugada previa a la noche en que, accidentalmente, se prendiera fuego el juzgado en el que obraba la causa y se quemaran los expedientes, las pruebas y, por cierto, todos los empleados incluido el juez.


Existen Estados que reservan para sí la potestad sobre la vida o la muerte de los subditos. Así como velan por la vida de los ciudadanos honorables, tienen la atribución de suprimir la de aquellos que emponzoñan los cimientos de las normas del propio Estado. La justicia tiene como función superior, no ya la consecución del bien del soberano, sino, antes, la preservación en el tiempo del funcionamiento del mismo Estado que determina todos los vínculos sociales. Consecuentemente, la condena a muerte no puede considerarse un crimen, sino, al contrario, la defensa más elocuente contra el propio crimen. Y, en estos casos, quienes deciden en nombre del Estado son hombres: abogados, fiscales, simples ciudadanos y jueces. Suelen ser largos y tortuosos procesos que, en muchos casos, están tan cerca de la justicia como de la injusticia. El gobernante, como ejecutor y garante de los designios superiores del Estado, no puede despojarse de la herramienta que suprime, de raíz, a quienes atenten contra él. La única diferencia entre la condena a muerte y el homicidio surgido del interés político es que la primera se celebra a la luz pública y el segundo se decide y se ejecuta en secreto. Por lo demás, no existen diferencias por cuanto no interviene la voluntad divina.En el homicidio por interés político, la supresión del "reo " debe ser tan brutal e indisimulada que, por su misma torpeza, no pueda ser atribuida al sospechoso natural, es decir, el gobernante. Ha de aparecer a los ojos públicos como una burda patraña urdida por la oposición con el propósito de inculpar al principal sospechoso, esto es, el gobierno.


Sin embargo todos sabían que, en el caso del doctor Orestes Morse Santagada, tal sentencia era inaplicable: si algo llegara a ocurrirle, habría de llevarse a la tumba la clave para acceder al botín. Tan perfecta era la estratagema del Presidente que, en virtud de su misma exquisitez, peligraba ahora su eficacia. Contra sus voluntades tenían que cuidarse los unos de los otros. Tenían que ser cautos para evitar que, accidental e involuntariamente se escapara de sus bocas la cifra clave. Se veían obligados, a su pesar y por mucho que fuera el odio que se prodigaran, a protegerse y mantenerse unidos tanto en la salud como en la enfermedad, como un matrimonio fundido en el crisol de la conveniencia.

Esperaban en forzada armonía, ocultos en aquella Hollywood olvidada, la consolidación del mito para volver, resucitados, desde el Reino de los Cielos y fundar así el gran reino en la Tierra.

Aunque por el momento no contaran más que con un puñado de monedas en una pequeña patria hecha de cartapesta.La luna se había ocultado por completo tras la cúpula semicircular de la Mezquita Azul. Habiendo dado por concluida la cena en Constantinopla, el Presidente creyó oportuno recordar que, por la mañana, habría desayuno de trabajo. Contempló por última vez los restos del hipódromo romano que se extendían frente al hotel y pidió que le encendieran un narguile con tabaco frutado. Envuelto en la nube de humo que olía a manzana, ingresó en un grato sopor que lo liberó de sus recientes preocupaciones.


****

(Afuera, mientras tanto, esperábamos su regreso escudriñando el cielo a través de las lagañas secas que nos mantenían los párpados apenas separados como para sostenernos en vigilia pero, a la vez, tan pegados que casi no podíamos ver, sumergidos en aquella duermevela en la que permanecíamos, equidistantes, a un palmo de la vida y otro de la muerte pero en un territorio ajeno a ambas, fluctuando en ese purgatorio entre la nada y la nada, ardiendo en el fuego destemplado de la abulia, sintiendo en el cuero cabelludo el paso moroso de los piojos del abandono que nos iban comiendo poco a poco el seso de la voluntad y nos dejaban seco el cacumen del entendimiento, y asistíamos a nuestra propia ruina con la sonrisa congelada del cretino. Cultivábamos la lástima con escrúpulo. Nada nos provocaba un placer más dulce que lograr que se compadecieran de nuestros pesares. Exhibíamos nuestras miserias, mostrábamos las cicatrices y las excrecencias, las llagas abiertas y la carne mórbida de la septicemia. Y, con simétrica curiosidad, nos regodeábamos viendo las pilas de cadáveres dejados tras los terremotos, secretamente nos deleitábamos ante el llanto desconsolado de quienes veían como sus casas eran arrastradas por el río desbocado de la Modernidad. Entonces ofrecíamos nuestro hombro piadoso para que las lágrimas del doliente regaran el campo yermo en el que cultivábamos la dulce flor de la amargura. Llevábamos en el cuello la marca bífida de los dientes del vampiro de la execración. Como Lázaros de las tinieblas, nos levantábamos de nuestras tumbas hechas con la madera del naufragio y buscábamos el pescuezo inmaculado de aquellos que todavía conservaban el único patrimonio de sus anhelos; acechábamos desde las sombras y, surgidos de la nada, nos abalanzábamos sobre la lujuriante yugular de los que aún guardaban el hálito tibio de la vida. Entonces, pálidos e inertes, convertidos en uno más de nosotros, muertos en vida, recibíamos con júbilo a las nuevas huestes de las profundidades. Apestábamos.)

<p>10</p>

El gabinete en pleno, con la obvia excepción del doctor Orestes Morse Santagada, ya se había sentado a la mesa oval del despacho presidencial, improvisado para la ocasión. El asunto a tratar era, justamente, el caso del Ministro desertor, de cuya ausencia daba cuenta la silla vacía a la diestra del Presidente. El Hijo de Wari ya no era aquel caudillo de provincias envuelto en su poncho de vicuña; ahora vestía un traje azul de saco cruzado y una corbata de seda amarilla. Su pelo negro que otrora se peinaba según los arbitrios del viento de los Andes, ahora se veía corto, matizado con brillos plateados y dividido por una raya que se diría trazada a escuadra. Abocado al asunto que lo ocupaba, Su Excelencia estaba dispuesto a olvidar su condición de amigo del antiguo compañero de celda y proceder como mejor conviniera.

– Muy bien -rompió el silencio el Presidente después de haber tomado el primer sorbo de café-, prefiero escuchar primero sus opiniones.

Era una suerte de tácito acuerdo que volvía a repetirse con la sistemática rutina de los rituales: el primero en hablar era siempre el doctor Cohén, Ministro de Interior.-Ante todo, Madre, quiero apelar a la calma, que si bien existen motivos para la preocupación, opino, Madre, que debemos abrir un compás le espera. Sería prematuro tomar hoy mismo una decisión.

En ese punto intervino el Ministro de Defensa:

– Yo no sería tan paciente, Madre, creo que en este caso el tiempo no obra a nuestro favor. En estas situaciones soy proclive, como usted bien lo sabe, Madre, a actuar con la presteza de un gendarme.

– A propósito -intervino el doctor Santa Marina-, ¿ustedes saben de dónde proviene la palabra «gendarme»?

Todos conocían la vocación etimológica del Ministro de Justicia, tan afecto a redactar proclamas, manifiestos y declaraciones de principios. En rigor, a nadie le interesaba demasiado el asunto, de modo que ni siquiera se molestaron en contestar; a pesar de lo cual, el doctor Santa Marina arremetió con su etimología:

– Gendarme, del francés gents d'arms: gente de armas: gendarme. ¡No es notable!

El Ministro de Defensa miró al doctor de reojo, resopló ostensiblemente y continuó con su exposición:

– Como le estaba diciendo, Madre, todavía tenemos tiempo para tomar una determinación. Existen diferentes alternativas.

– Acuerdo con el Ministro -se apresuró a decir el secretario de Minoridad habiendo visto el asentimiento del Presidente frente a las palabras del funcionario de Defensa.

– No sea genuflexo, hombre -vociferó el Ministro de Interior increpando al campeón de lucha libre.

– A propósito -volvió a interrumpir el doctor Santa Marina-, ¿ustedes saben de dónde proviene el término «genuflexo»?

Ahora sí, todos miraron al doctor con ostensible fastidio; sin embargo, como si se lo hubiesen suplicado a coro, el doctor ilustró:

– Genou, del francés: rodilla; flexo, de flexionar; genuflexo: el que dobla las rodillas, el que se arrodilla ante otro. ¡No es notable!

El Presidente se puso rojo. Sin embargo, muy a su pesar, mantuvo la calma y le rogó al Ministro de Defensa que expusiera las alternativas.

– Las alternativas que se me ocurren son tres, Madre: la primera, la que propone mi colega de Interior: esperar. Ya dije que me parece una opción riesgosa. La segunda: de alguna manera conseguir persuadirlo por intermedio de alguien de afuera. Si esto no fuera posible, entonces sí, propondría la tercera opción, que, como entenderán, requeriría de una operación de cierta complejidad y envergadura, y por favor, doctor Santa Marina, tenga el decoro de no exponer la etimología de este último término -se apresuró a suplicar el Ministro.

– Grosero… -se indignó Santa Marina-, usted es un vulgar. El Presidente se lamentó en silencio de su infortunio y, ya en límite de la paciencia, le imploró a su Ministro de Justicia que tuviera a bien guardar silencio y dejara hablar a su colega de Defensa. Persuasivo, lo instó con sólo tres palabras:

– Cierre el culo -le dijo escueto pero elocuente.

– Sí -murmuró avergonzado el doctor Santa Marina.

– Sí qué… -exigió el Presidente.

– Sí, Madre.

– Muy bien, prosiga -le ordenó a su subordinado de Defensa.

Sólo entonces el jefe de la cartera de Defensa expuso la tercera alternativa:

– La tercera alternativa también tiene sus riesgos y requeriría la participación de más de una persona de afuera. Me refiero a organizar un grupo comando que, gentilmente, lo acerque hasta nosotros.

Entonces intervino el Ministro de Trabajo:

– Madre, creo que lo que propone el Ministro es viable salvo por un detalle: no tenemos a nadie afuera.

– Salvo al doctor Santagada -terció el doctor Santa Marina poniendo cara de astuto, como si quisiera reivindicarse de sus anteriores participaciones.

Por cierto tanto al Presidente como a su gabinete les costaba hacerse a la idea de que estaban completamente aislados, de que no contaban con nadie más que sus mutuas presencias, de que no tenían ningún apoyo exterior. Pero así lo requerían las circunstancias. Habían firmado un pacto de hermético silencio. El Presidente sabía cuan corta era la distancia que separaba la confidencia del rumor y el rumor del dominio público, de modo que resultaba imprescindible que el secreto no saliera del pequeño diámetro del círculo de los involucrados. No quedaba otra alternativa que la de encomendarse a la santa paciencia y esperar a que el doctor Orestes Morse Santagada se dignara a hacerse presente. Pero quedaba otro acuciante problema que se derivaba del primero. Las reservas con las que contaban no habrían de durar mucho tiempo más. Y durante los últimos años se habían desacostumbrado a las privaciones. Se habían prometido no trasponer, por nada del mundo, los límites de Palatina Sono Film. Debían hacerse a la idea de que, realmente, se hallaban prófugos fuera de las fronteras del país. Cualquier operación bancada resultaba tan riesgosa como salir a comprar pan o cigarrillos. El más mínimo movimiento en sus cuentas personales podría revelar sus mundanas existencias. Salir del perímetro de las instalaciones pondría en evidencia la presencia de intrusos y provocaría la alarma o la curiosidad de los vecinos. El dinero con el que contaban era tan magro como inútil ya que, de cualquier modo, no tenían dónde gastarlo. Igual que aquellas aristocráticas familias que al enfrentar la vergüenza de una súbita debacle financiera simulaban ante los vecinos los preparativos de las habituales vacaciones y, después de largas despedidas, partían por la tarde para volver a escondidas por la noche encerrándose durante tres largos meses sin siquiera abrir las persianas, así, en semejantes condiciones se encontraba quel gobierno en las sombras.

– ¿Cuáles son las existencias? -preguntó el Presi-lente a su Ministro de Finanzas.

– Café: catorce kilos, leche en polvo: diecisiete kilos, tapas para empanada: dos docenas. Galletas: siete kilos. Quesos varios, fiambres y embutidos… -con el monocorde tono de una ecónoma que estuviera revelando una receta de cocina, el Ministro enumeró la totalidad de los víveres.

Considerando la extensión de la lista que iba desenrollando el doctor Tamburrini, el Presidente se apuró a interrumpir:

– ¿Para cuánto tiempo nos alcanza?

– Haciéndolos durar, estimo que tenemos víveres para unas pocas semanas más.

El Presidente dio por concluida la reunión de gabinete, con la desesperanzada certeza de que aquél era el comienzo del fin.


****

(Afuera, mientras tanto, esperábamos la vuelta triunfal de Aquel que una noche de diciembre emprendió la Ascensión, tirados en el sillón destartalado del desánimo, la diestra colgando exánime como el péndulo de un reloj que se hubiera detenido a la misma hora de nuestra muerte en vida, sosteniendo bajo el pulso férreo del rigor mortis el control remoto de la ventana patética donde veíamos pasar el espectáculo de nuestras misérrimas existencias, la siniestra sacudiéndonos con desgano la verga mustia del aburrimiento. Mirábamos las caderas bamboleantes de la parca que bailaba la Cumbia Fúnebre y, presas de una excitación senil que no alcanzaba para levantar al difunto que se negaba a resucitar pese a los masajes que le prodigábamos, nos abandonábamos al pajar de la melancolía con tan poca fortuna que terminábamos clavándonos la aguja extraviada de la mala suerte. Igual que el nuevo Presidente, aquel espantapájaros que se dejaba derribar ante la brisa más suave, yacíamos boca arriba con los labios cosidos por la resignación. Sin ánimo de mirar, los ojos vueltos hacia atrás, sordos como la tapia que dividía el uno del prójimo, éramos los victimarios del olvido. Ganados por la amnesia, seguíamos matando a nuestros muertos una y otra vez. Huérfanos de aquellos que murieron devorados entre los colmillos del chacal, nos convertimos de pronto en los ejecutores del parricidio, perpetrado ahora en la memoria del genocidio.

Y así, hurgándonos las narices con los dedos de la diestra y haciéndonos la puñeta con los de la siniestra, esperábamos el regreso de aquel Mesías quein día había partido hacia los cielos con sus doce ipóstoles.

Sin embargo, aunque ni siquiera lo notáramos al principio, una subterránea y silenciosa rebelión empezaba a gestarse entre nosotros.)


* * * *

1

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Trece reposeras paralelas al mar hundían sus patas en la arena blanduzca de la orilla, justo al límite ondulante de la línea de espuma blanca que dejaba el reflujo de las olas en sus últimos estertores. Por sobre los respaldares se recortaban sendas cabezas contra un cielo hecho del mismo azul turquí del mar. Eran trece plácidas almas en silencio. Algunos sostenían sobre el abdomen unos cocos inabarcables repletos de un licor que se diría fluorescente, otros revolvían con morosa displicencia unas copas en forma de grial que contenían un daikiri espeso y frutado. A sus espaldas, que todavía no se habían acostumbrado al sol tropical, sonaba una vaporosa música de ukelele. Después de los avatares del vuelo, el gabinete en pleno se tomaba un meritorio descanso. En la reposera del medio, tendido cuan largo era -por así decirlo-, el Presidente no podía evitar una mueca indescifrable pero muy semejante a la preocupación, que se le manifestaba en una arruga vertical entre ceja y ceja. Sin despegar la vista de un punto invisible situado más allá del horizonte, se bebió de un sorbo el fondo de daikiri, tibio y ya diluido, e inmediatamente elevó el vaso vacío haciendo sonar los últimos vestigios de hielo contra el vidrio. El Ministro de Asuntos Exteriores, que dormitaba en uno de los extremos, salió de su plácida duermevela como lo haría un perro cuyos reflejos estuviesen condicionados por una campana, sacudió la cabeza a izquierda y derecha hasta ver el vaso tintineante que lo requería. Saltó como despedido por un resorte y ante la insistencia del Presidente, que no dejaba de agitar el vaso en el aire, declaró raudo:

– ¡Voy!

El Ministro de Interior, mientras sorbía una suerte de jugo de un tubo fluorescente que serpenteaba a través de una cánula en forma de espiral, dirigiéndose al canciller por lo bajo pero en un volumen suficiente para que escuchara el resto del gabinete, murmuró:

– Vaya volando.

Salvo el Presidente, que parecía no escuchar otra cosa más que el secreto soliloquio de su pensamiento, los Ministros, secretarios y hasta la Pri mera Dama, rompieron en una implosión de carcajadas contenidas, de risas que querían escapar del encierro de la glotis, transformadas en lágrimas de tentación irrefrenables. Sofocaban los accesos de carcajadas revolviéndose como un feliz grupo de espásticos. Con gestos disimulados se llamaban a la cordura viendo el ceño inamovible del Presidente. Y cuando las risas parecían definitivamente extinguidas, cualquier acontecimiento, por carente de sentido que pareciera, volvía a encender los rescoldos de hilaridad. Así, el vuelo de una gaviota que pasaba frente a sus ojos despertaba murmullos tales como:

– Ahí va la ministra Arguello -y entonces, otra vez, se desencadenaba una explosión de risotadas.

Finalmente, el estado de excitación del gabinete consiguió romper el mantra en el que el Hijo de Wari se guarecía imperturbable. Lanzó una mirada de fusilamiento general y, entonces sí, todo volvió a la calma. En ese mismo momento llegaba el obeso canciller con paso corto y ligero, meneando el abdomen blanco y pendiente, trayendo en la diestra el nuevo daikiri para el Presidente.

– Sírvase, Madre -le dijo, genuflexo, intentando no deshacer su frágil sosiego.


El Hijo de Wari, tendido en la reposera, consideraba sus piernas no sin cierta desaprobación. El vientre, despojado ahora de la faja que solía comprimirlo, se le desparramaba hacia los costados y contrastaba con aquellas pantorrillas óseas, sarmentosas y demasiado delgadas que asomaban como dos ramas secas desde los amplios bermudas cuyo estampado reproducía el paisaje que tenía frente a sus ojos. Bebió un sorbo, se calzó unos Ray Ban de marco dorado y, sin mover la cabeza, le preguntó al Ministro de Justicia:

– Santa Marina, ¿cuántos hijos me quedan?

El doctor Santa Marina carraspeó, fingió que no tenía ninguna duda, miró de reojo hacia su izquierda y entonces vio el gesto que, con el índice extendido, le hacía a escondidas la ministra Arguello.

– Uno, Madre -contestó compungido.

– ¿Varón o mujer? -volvió a preguntar el Presidente.

El Ministro de Justicia, otra vez en apuros, volvió a mirar las manos de su colega que formó una figura juntando ambos índices hacia arriba y los pulgares hacia abajo.

– Mujer, Madre -dijo, desembarazándose del brete.

En un hilo de voz inaudible, el Presidente musitó:

– Qué problema…

Entre los reconocidos, los naturales y los de dudosa paternidad, el Hijo de Wari declaraba diez hijos aunque, en rigor, nadie de su entorno ignoraba que solamente había tenido dos: un varón y una hija. Pero durante su larga preparación, antes de llegar al poder, había aprendido de labios de su maestro y consejero, Xavier Huáscar Molina Viracocha, que nada conmovía al pueblo más que la muerte. Y, en efecto, el apotegma de su tutor le había dado sus frutos.


De todos los infortunios, la muerte es el que con mayor filo atraviesa los muros del alma, el que más acongoja y el que despierta mayor compasión hacia los deudos de la víctima fatal por parte del vulgo. El mandatario no debe disimular su dolor y habrá de dedicar a sus muertos las mayores pompas y los más elocuentes fastos, disponiendo cortejos funerarios públicos y compartiendo, de este modo, su congoja con el vulgo. En casos extremos de descontento popular y ante la inminencia cierta de grandes revueltas, con espíritu heroico debe el mandatario afrontar la posibilidad de destinar al altar del sacrificio alguno de sus seres más próximos y queridos, convirtiendo el descontento en compasión y su propio dolor en generoso martirio en pos de los superiores intereses de la Patria.


Antes de su primera asunción había recogido ocho niños al azar de la Casa de Expósitos de su provincia natal y los había anotado como propios con el auspicio del director del orfanato, quien luego habría de ser su Secretario de Minoridad. Fueron ocho dramáticos decesos y ocho felices alecciones nacionales sucesivas, ganadas con la mayoría absoluta de la compasión popular. Pero mientras se aproximaba la fecha de la Gran Elec ción, la que determinaría su enésimo mandato, el Hijo de Wari había notado dos hechos preocupantes: por una parte, las encuestas no eran del todo favorables y, por otra, había caído en la cuenta de que ya se le habían agotado los hijos destinados al sacrificio por la Patria. Desarmado, con la desesperación de quien mira desconsolado el tambor vacío del cargador de un revólver mientras ve acercarse al enemigo, el Presidente tuvo que tomar la determinación. Tenía que optar. Se vio en una dolorosa y peculiar decisión salomónica en la cual él era juez y parte; tenía que ser el propio Salomón y, a la vez, las madres en pugna representadas por su conciencia dividida. Pero, además, el hijo en disputa habría de ser uno de sus propios hijos biológicos. Sin embargo, se había dicho, él era más sabio, más justo y, sobre todo, más templado que el mismo Salomón. De modo que no habría de temblarle el pulso a la hora de blandir el sable de la imparcialidad para derramar la sangre de su sangre. Y así lo hizo.


2

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Tendido en la reposera, el Hijo de Wari recordaba aquel lejano día en que se había visto obligado a intervenir en la providencia para cambiar el fatídico destino que, de otro modo, le hubiese deparado a la Patria.

Como correspondía a una determinación semejante, digna de los héroes, cercana a la de los dioses mitológicos, se imponía que el ofrendado al sacrificio fuese el primogénito. Como un Saturno famélico del favor popular, el Presidente decidió entonces devorar de un bocado, rápido e indoloro, la carne de su carne. En carácter reservado hizo llamar a su despacho de la Casa de Campo al Ministro de Interior y, en el monacal retiro de los jardines del Palacio, mientras caminaban entre los senderos de grava bajo el techo vegetal de los jacarandaes, el Presidente le hizo saber su resolución. No quería saber ni cómo, ni cuándo, ni dónde. Tenía, sí, que ser una muerte épica y, sobre todo, profundamente conmovedora.

– Déjelo en mis manos, Madre -le dijo emocionado el Ministro, a la vez que abrazaba al primer mandatario, quien hacía ingentes esfuerzos por mantenerse impertérrito.

Una semana después de la conversación en la Casa de Campo y a un mes de la Gran Elección, el Presidente recibió la trágica noticia. Todos los diarios anunciaban la descomunal necrológica en letras del tamaño de la tragedia. La muerte había asestado un nuevo golpe al corazón presidencial. El pueblo, presa del desconsuelo y el azoramiento, lloraba al vástago del primer mandatario como se lloraría la muerte de un hijo propio. La Primera Dama, la madre, María de los Perros Amor, caminaba como una loca de aquí para allá queriendo convencerse de que todo aquello no era sino una pesadilla. Muda de espanto, nunca más, hasta el Día de la Ascensión, habría de poder pronunciar palabra. El Ministro de Interior no había salido de su despacho. Reunido con el Jefe de la Secretaría de Inteligencia, no hacían más que mirarse atónitos sin comprender qué había sucedido. El Presidente leía una y otra vez, aturdido y furioso, los titulares de los diarios:


HIJO DEL PRESIDENTE


MUERE ATRAGANTADO


CON HUESO DE POLLO


El Ministro de Interior tuvo que jurarle y perjurarle al Presidente que él era completamente inocente. El secretario de Inteligencia asentía intentando declinar cualquier responsabilidad, después de todo, él era un exquisito, un detallista, un verdadero manierista del magnicidio disimulado y así lo acreditaba su nutrido e impecable curriculum. ¿Cómo hacerle entender al Presidente que aquello había sido un simple y vulgar accidente? Si bastaba con haberlo visto comer; su hijo deglutía como un desaforado y casi no sabía usar los cubiertos, el pobre. El Ministro asentía cuando el Hijo de Wari vociferaba que no era aquella ya ni siquiera una muerte épica, sino, lisa y llanamente, una verdadera vergüenza familiar. El secretario de Inteligencia intentaba consolarlo convenciéndolo de que, después de todo, su hijo no había muerto en vano, que el pueblo estaba realmente conmovido, que había que pensar en el futuro.

Y, en efecto, el futuro habría de compensar la pérdida irremediable con un nuevo triunfo electoral.

Mirando la puesta de sol a través de sus lentes ahumados. El Hijo de Wari volvió a considerar su horizontal humanidad y no pudo evitar verse viejo. Su mujer, en cambio, quien reposaba a su diestra, se veía tan joven como el lejano día en que la conoció. Giró la cabeza hacia ella y, aprovechando que tenía los ojos cubiertos por una mascarilla protectora, la examinó con minucia. Tenía aquellas mismas piernas, largas y forjadas en el torno trajinado de los catres de un burdel de pueblo, el mismo vientre, terso y llano, la misma candidez en la mirada que el día en que la conoció. Él, en cambio, no era ni la lejana sombra de lo que fue.

El Presidente buscó al Ministro de Finanzas en la hilera de cabezas sucesivas.

– Tamburrini -susurró el Hijo de Wari.-Si, Madre, diga -contestó el Ministro de Finanzas, enderezando el torso.

– ¿Cuánto nos queda, Tamburrini? -preguntó el primer mandatario con desidiosa preocupación.

El Ministro se incorporó raudo y caminó entre las reposeras agachándose para murmurar al oído de los integrantes del gabinete. Entonces todos empezaron a hurgar en sus bolsillos y billeteras. El doctor Tamburrini se acercó al Presidente y dejó sobre el alzapiés de lona un amasijo de billetes arrugados debajo de un puñado de monedas a guisa de pisapapeles. El Hijo de Wari se levantó las gafas oscuras, miró aquel triste acervo que se amontonaba a sus pies, elevó la mirada hacia la cabizbaja figura del Ministro de finanzas y, por fin preguntó:

– ¿Esto es todo?

El doctor Tamburrini, viendo que su cabeza se negaba a asentir, se limitó a sonreír como un idiota. El resto del gabinete presenciaba la escena al borde del pánico. Entonces, ante el silencio general y frente a la sonrisa congelada del Ministro, el Presidente también sonrió. Y no solamente sonrió, sino que además ahora se reía con ganas.

– Entonces, ¿esto es todo lo que hay? -y el primer mandatario hundía la diestra en el montículo de billetes y los dejaba caer como una volátil cascada sin dejar de reírse.

El Ministro de Finanzas imitó las breves carcajadas del Hijo de Wari y, ante la distensión, el gabinete rompió en un coro de risas que, otra vez, termi-naron en un orfeón de carcajadas espasmódicas. Entonces el Presidente se puso de pie y, rojo de furia, maldijo a todos y cada uno de los miembros de su cohorte de imbéciles, maldijo su suerte y maldijo la hora en la que a alguien se le había ocurrido la maldita idea de la fuga. Y así, colérico y vociferante, arrojó el vaso al aire. El vaso se elevó, alcanzó su altura máxima, giró varias veces sobre su eje y cayó haciéndose trizas contra una superficie dura, plana y muy diferente de la arena. En ese mismo momento el Hijo de Wari ordenó:

– Hoy quiero cenar en Estambul.

Entonces aquel cielo diáfano, ese mar apacible y el sol rojo e inflamado del ocaso se diluyeron, de pronto, en la más absoluta negrura.


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Hubo unos segundos de desconcierto. En el interior de aquella penumbra más oscura que la noche, acrecentada por el contraste de ese sol reciente que todavía destellaba en las retinas del gabinete, se escuchaban carraspeos y palabras dichas a media voz. Los Ministros y secretarios podían intuir una fantasmal presencia que recogía las reposeras y las plegaba haciéndolas sonar como tijeras. Los vasos tintineaban chocando unos con otros y los restos de cocos y piñas esparcidos en el suelo parecían agruparse y alejarse. De pronto se hizo la luz. Un rectángulo perfecto de luz blanca ocupó el lugar en el que antes acontecía aquel vivido paisaje marítimo. Desde las negras alturas se descolgaban ahora unos conos de luz que encandilaron a los miembros del gobierno e iluminaron a un par de ágiles ordenanzas que barrían y componían el pequeño caos de los restos tropicales. Detrás del gigantesco proyector que ahora fulguraba en un destello quieto y blanco, el Director Oficial de Cine, Héctor Perón del Bosque, descargaba el rollo del carrete que giraba huérfano, y lo guardaba en una lata cuyo rótulo manuscrito rezaba: "Vista panor. Honolulú, cámara fija".

Cuando terminaron de barrer y despejar el piso del estudio, los mismos ordenanzas hicieron correr unos enormes paneles del fondo de decorado deslizándolos sobre unos rieles aéreos que los sujetaban. Los Ministros y secretarios, detrás de bambalinas, envueltos en toallones, se quitaban los trajes de baño y una vestuarista les alcanzaba los atuendos que habrían de vestir para la cena.


La misma noche en que el Presidente con sus doce apóstoles se habían evaporado en el cielo, tenían ya prolijamente preparada la que habría de ser su secreta y provisoria guarida. El Director Oficial de Cine, Héctor Perón del Bosque, personalmente había reacondicionado los añosos y abandonados interiores de los estudios de Palatina Sono Film. El nuevo cuartel general del gobierno en las sombras era una verdadera ciudad en ruinas dentro de los suburbios también en ruinas. Ya casi nadie recordaba que allí, dentro del perímetro de aquella ciudadela, se habían gestado las más gloriosas páginas de la historia del cine. Los titánicos sets de filmación que otrora iluminaban el cielo con sus cañones de luces, eran ahora una sombra difusa entre la bruma suburbana. Parecían viejos hangares derruidos después de un bombardeo. Los imponentes letreros de bronce que en forma de sol naciente coronaban los dinteles de los estudios, ahora colgaban desvencijados al arbitrio del viento. La rampa de acceso al edificio:entral, allí donde se detenían los interminables Impalas, los radiantes y fabulosos Cadillac desde cuyas muertas asomaban pantorrillas interminables envueltas en medias de red, aquel suelo hecho de mármol Y alfombra que una vez había pisado la mismísima Rita Hayworth, se había convertido en un delgado pastizal entre la grava que se perdía en un campo a merced de los perros hambrientos. Los espléndidos salones que circundaban el auditorio quedaron despojados del techo, y los pisos habían sido devorados por una alfombra vegetal donde pastaban los caballos de los cartoneros junto a las columnas dóricas que ya no tenían nada que sostener. En aquellas terrazas donde, en las noches de verano, bailaban las estrellas bajo las estrellas, ahora no sonaba otra música más que el lamento lobuno del viento. Desde el cierre definitivo de los estudios de Palatina Sono Film nadie, salvo las vacas, los caballos y los perros, se había atrevido a transponer los alambrados. Se decía que el predio de los antiguos estudios era el purgatorio de los astros muertos, que bajo los tinglados de los viejos sets se paseaban las sufrientes almas de los comediantes condenadas a interpretar sus peores papeles, sus actuaciones más lamentables, que por las noches se oía a una claque espectral que alternaba aterradoras carcajadas con horripilantes lamentaciones.

Aquella ciudadela oculta y olvidada contenía dentro de sí todas las ciudades del mundo. Aquí y allá podían verse apolillados telones que reproducían el Big Ben envuelto en la bruma londinense, los grises tejados parisinos con el fondo de una Notre Dame reconocible pero distinta, alucinada, el puente de Brooklyn delante de una Nueva York onírica y borrosa, la Fontana di Trevi recortada contra el fondo imposible del Coliseo, la calle de Alcalá hecha con una improbable arquitectura catalana, los morros de apariencia prehistórica de Río de Janeiro junto a una Acrópolis marmórea y flamante, como si acabara de ser construida. Y ciudades quiméricas e inverosímiles. Ciudades que jamás existieron. Ciudades que se dirían narradas por Marco Polo.

El Director Oficial de Cine, Héctor Perón del Bosque, descubría cada rincón de los estudios con la misma sorprendida excitación de un arqueólogoque acabara de internarse en una cripta nunca antes explorada. Con su índice tembloroso de emoción, removía las gruesas capas de polvo que conservaban intactas las reliquias de la edad de oro del cine. Viejas moviolas manuales que todavía contenían en sus carretes miles de fotogramas que jamás habían sido puestos en pantalla. Archivos repletos de películas íntegras de las que nunca nadie tuvo conocimiento. Podía reconocer los decorados correspondientes a tal o cual escena memorable del blanco y negro, los vestuarios completos e inmaculados que vistiera esta o aquella luminaria olvidada o perdida en el Olimpo de la nostalgia. Y a medida que se internaba en aquellos elíseos galpones fantasmales de la añoranza, en un silencio solamente interrumpido por el eco de sus pasos, se dijo que no podía haber elegido un lugar mejor para levantar el cuartel general del gobierno en las sombras.


*****

(Afuera, mientras tanto, ajenos por completo al misterioso destino de Su Excelencia, esperábamos el día de Su regreso. Mirábamos caer la lluvia incesante del agobio a través de los vidrios empañados con el aliento acre del desaliento. Contábamos las exiguas monedas que nos habían dejado los tiempos añorados y volvíamos a esconderlas debajo del colchón de astenia en el que nos hundíamos como en un foso sin fin. Sumidos en aquel domingo sin pausa, nos resistíamos a comprender que el lecho pringoso que se pegoteaba a nuestras espaldas no era el fondo del abismo, que siempre era posible estar más y más abajo. Como las crías de los buitres, abríamos el pico de par en par hacia el cielo esperando que cayeran las migajas de la fiesta. Con eso nos bastaba para conformarnos. Echados en la hamaca pendular de la resignación, no atinábamos a otra cosa que a rascarnos el culo escaldado por el letargo. Igual que el nuevo Presidente, aquel espantajo durmiente al que le colgaban las babas desde las comisuras de los labios mientras saqueaban lo poco que quedaba del Palacio de Gobierno, asistíamos impávidos al desvalijamiento de nuestras propias casas: sin llamar a la puerta entraban los acreedores de deudas que nunca habíamos contraído y frente a nuestros somnolientos ojos intentaban vaciarnos los bolsillos desfondados de los sacos y los pantalones diezmados antes por las polillas. Nos tomaban de los tobillos y nos sacudían cabeza abajo sin conseguir que se nos cayera más que la leve caspa de la indigencia. Entonces, igual que al nuevo Presidente, nos metían una pluma entre el índice y el pulgar y, moviendo nuestra diestra parapléjica, nos hacían firmar el conforme mientras cargaban con los muebles y nuestros pocos enseres. Habíamos aprendido a construir nuestra dicha con el amargo adobe de la desdicha ajena. A mandíbula batiente, los muertos nos reíamos ante el paso aturdido de los degollados que llevaban la cabeza bajo el brazo, los rengos hacíamos alarde de destreza bailando en una pata frente a los paralíticos, los miopes nos jactábamos ante los tuertos y los tuertos batíamos nuestro cetro real frente a las cuencas vacías de los ojos de los ciegos. Y así, mientras esperábamos el anhelado regreso de Aquel que se había perdido entre las nubes de la gloria, hincábamos el diente voraz en la carne magra de nuestros propios dedos.)


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Desde la cabecera de la mesa del restaurante del Hotel de los Sultanes, en el centro de Estambul, el Presidente podía ver a su derecha los seis alminares de la mezquita de Sultanhamed rasgando las nubes y a su izquierda los cuatro minaretes de la iglesia de Santa Sofía. Protegido a diestra y a siniestra por Alá y por Nuestro Señor respectivamente, Su Excelencia experimentó un súbito vendaval de divinas bendiciones. Las distintas religiones no constituían para su alma cotos antagónicos; al contrario, las concebía como una cifra única derivada de la suma de todas.Era cristiano entre los cristianos, mahometano entre los musulmanes, hebreo entre los judíos, budista entre los lamas; en fin, había renegado de todas las religiones para poder adherir, según lo requirieran las circunstancias, a cualquiera. Como quiera que fuese, ataviado con una túnica blanca y un quepis turquesa bordado con hilos de oro, el Hijo de Wari sintió que un hálito sagrado le confería una señal de buenos augurios. Y en verdad necesitaba confiar en el destino. Habían sido sólo dos días de convivencia con su gabinete y su esposa y creía que no habría de soportarlo ni un minuto más. Y menos aún bajo las actuales condiciones, que no le dejaban otra alternativa. Quién podía saber hasta cuándo habría de durar aquel curioso destierro alrededor del mundo, o mejor dicho, del mundo alrededor de su atribulada persona. Durante la cena en las terrazas del Hotel de los Sultanes, bajo una luna menguante que se confundía con las repetidas lunas que coronaban las cúpulas bizantinas, el Presidente hizo un rápido recuento de los acontecimientos que lo habían obligado a dejar el poder perdiéndose en las alturas.

Todo había sido perfectamente planeado. Pero algo había salido mal. Habían estado cerca, muy cerca de encontrarse con los 8.857.536.546.805.094.647.483.939.210.846.565.353. 029.848.484.767.324.101.919.181.888.

181.737.364.546.474.858.595.950.030.302.002.002.981.726.353.435.363.738.393.039.387.

263.534.352.829.029.484.765.774.748.588.599.686.867.752.220.986.756.463.526.340.218.

millones con cuarenta y siete centavos, que, no sin esfuerzos, habían sabido ganarse en pago a los servicios por ellos prestados a la Patria. Había sido un minucioso trabajo que les había demandado años. Y ahora, habiendo acariciado durante tanto tiempo el ansiado momento de repartir el tesoro amasado a fuerza de imaginación, contratos, prebendas, favores, concesiones, privatizaciones, enajenaciones, licitaciones y hasta pequeños e involuntarios actos de cleptomanía, veían cómo el ansiado botín se les escabullía como agua entre las manos. Todas las noches de todos los días de todos los años de todos los lustros desde que había asumido, el Hijo de Wari no soñaba con otra cosa: repartir el botín y no tener que ver ni un día más ni a su mujer ni a su cáfila de Ministros y secretarios. Pero lo más angustioso era que la suma estaba casi al alcance de la mano. Aunque algo había fallado. Desde el día en que se constituyó como gobierno, aquel grupo ahora perdido en una ciudad fantasma, no había sido otra cosa que un conjunto de almas desconfiadas las unas de las otras. Por eso se vieron obligados a establecer un pacto para que ninguno, llegado el caso, tuviese la tentación de acceder a los cien años de perdón. El botín habría de ser depositado en las ciegas arcas de la imparcial y lejana tierra de los cantones. Todos los miembros del gabinete y, desde luego, el matrimonio presidencial, serían titulares bajo la discreción de sendos pseudónimos. Pero, para la absoluta tranquilidad de todos y cada uno, el número secreto de la cuenta habría de constar de treinta y nueve dígitos. Cada miembro sabría sólo tres números clave que constituían, cada uno, una treceava parte del número total y, además, un número de orden. Así, por jemplo, 769-1 significaba que los primeros tres núme-os eran el siete, el seis y el nueve. De modo que, sa-)iendo cada quien su cifra, ninguno podía aisladamen-e llegar a establecer la cifra completa. Es decir, la única brma de componer el número de la clave secreta sería que, a la hora de cobrar el anhelado botín, estuviesen presentes todos los titulares. Pero, por alguna extraña razón, el doctor Orestes Morse Santagada había resuelto abandonarlos. El Hijo de Wari maldijo el el desgraciado día en que había sacado de la cárcel de la intendencia a ese estafador de poca monta.


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A las nueve en punto de la noche, desde todas las mezquitas de Estambul llegaron los innumerables cantos de los imanes que llamaban a los fieles a rezar. El Presidente, que todavía no había terminado el postre, se levantó de la mesa, calculó rápidamente en qué dirección se hallaba la Meca y, de frente a la Mezquita Azul y apuntando su retaguardia hacia Aya Sofía, se arrodilló y, con la cabeza entre ambos brazos, inició unas oraciones espasmódicas, pronunciadas en un murmullo altisonante pero ininteligible. Rezaba conuna devoción tal que aquello no parecía un ruego sino más bien una suerte de encendido reproche, como quien exigiera el respeto a un acuerdo. Y en verdad, Su Excelencia no tenía la costumbre de pedir. El Hijo de Wari ni siquiera dialogaba; a lo sumo y, sólo si el interlocutor estaba a la altura, pactaba. Es más, se diría, a juzgar por el tono presidencial, que estaba conspirando. Lo cierto es que, después de unos momentos de vacilación y desconcierto, los miembros del gabinete imitaron a su jefe y, retirándose lenta y silenciosamente de la mesa, se echaron a rezar cuerpo a tierra. Cuando por fin se fueron acallando los cantos de los imanes, el Presidente se incorporó, giró sobre su eje, miró hacia la cúpula de la iglesia de Santa Sofía y, de pie como estaba, se persignó y ahora, de frente al Dios de los cristianos, parecía decir: "Quizá en otro momento tengamos que volver a hablar".

Cuando el Hijo de Wari ocupó otra vez la cabecera de la mesa, los Ministros se incorporaron y, tímidamente, volvieron a sus asientos. Siempre había creído que conocía a cada uno de los miembros de su gabinete como a la palma de su mano. Pero desde el día en que las líneas del destino habían decidido abandonar su venturosa estrella, todo le resultaba ajeno e indescifrable. Se decía que si el más fiel de sus colaboradores, aquel que había sido su compañero de celda, el doctor Orestes Morse Santagada, La Morsa, había podido traicionarlo, qué podía esperar de aquellos a quienes él ni siquiera había nombrado en sus cargos.


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Vistos de frente y de perfil en el volátil prontuario de la memoria, en los archivos escritos con la cinta gastada de la Olivetti de la desidia, siempre condenados a las telarañas del olvido, los miembros de la cohorte de Su Excelencia presentaban las siguientes señas:


APELLIDO Y NOMBRES: Tamburrini, Sabatino Sixto.

ALIAS: La Pelada.

SEÑAS PARTICULARES: Redondo, visto de frente y de perfil; a contraluz, no se notaría la diferencia.

OCUPACIÓN: Ex Secretario de finanzas durante el mandato de la junta militar presidida por el general Grondona, ex director del Banco de la República bajo el mando de la junta militar conducida por el almirante Zaranga y Hobbes, Ministro de Finanzas en el período de gobierno de la junta militar a las órdenes del general Balín. Impulsor de la campaña oficial contra la pobreza "Muerto el Perro, Muerta la Rabia ". ANTECEDENTES: Denunciado como autor intelectual del operativo que desmanteló, a fuerza de topadoras, el barrio Virgen Santa, lindero al Paseo del Retiro, barriendo con las máquinas las casillas de cartón con sus habitantes dentro, en el marco de la campaña contra la pobreza Muerto el Perro, Muerta la Rabia ". Absuelto.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Finanzas.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Kalpakián Martínez, Juan.

ALIAS: El Gran Mogol.

SEÑAS PARTICULARES: Calva prominente,gran cicatriz en la superficie craneana.

OCUPACIÓN: Campeón Nacional de Lucha Grecorromana, Campeón Mundial de

Lucha libre. Retirado del deporte profesional, formó la troupetelevisiva Los Colosos de la Lucha.

ANTECEDENTES: Procesado por la justicia en la querella que le iniciaran los miembros de la troupe por falta de pagos y estafa, regresó de la clandestinidad una vez prescripta la causa. Condenado en otro proceso por agresión reiterada y lesiones graves a su ex esposa e hijos, el tribunal dispuso que le fuera practicada la lobotomía.

ULTIMO TRABAJO: Secretario de Minoridad.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Siam, Torcuato de las Marías.

ALIAS: El Profesor.

SEÑAS PARTICULARES: Ano contra natura.

OCUPACIÓN: Empresario en las áreas de transporte y turismo, fue fundador de

la compañía Transandina La Mula. Director de la Oficina de Migraciones durante el gobierno de la junta militar presidida por el general Grondona.

ANTECEDENTES: Denunciado por transporte de inmigrantes indocumentados, adulteración y venta de documentación falsa. Según constaba en la causa, después de

ingresar a los inmigrantes los denunciaba y recibía del Estado el importe por los servicios de repatriación. Absuelto.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Asuntos Exteriores.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del

Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: San Miguel, Ubaldo Matilde

ALIAS: El Chancho.

SEÑAS PARTICULARES: Tatuaje en parte íntima que reza: "Codetas", o bien, "Colgate de esta y hace piruetas". Ocupaciones: Conductor de transporte colectivo, más tarde ascendido a inspector. Delegado gremial y luego dirigente sindical de la agrupación, llegó a ser empresario en el área de transporte y turismo. Socio de la compañía Transandina La Mula. Antecedentes: Robo a mano armada, portación de armas de guerra, heridas múltiples con arma blanca en reyerta, estafa reiterada, falsificación dedocumento público. Absuelto en todas las causas.

ULTIMA OCUPACIÓN: Ministro de Trabajo.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del

Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Arguello, Nancy Viviana.

ALIAS: La Coca.

SEÑAS PARTICULARES: Ya no se le notan a causa de múltiples y reiteradas intervenciones plásticas. Ocupaciones: Preceptora del Colegio de las Adoratrices del Divino Rostro, autora del poemario "Y le vimos la cara a Dios", profesora de música. Funcionarla a cargo de la Subsecretaría de Minusválidos, instrumentó las campañas de Integración del Sordomudo y el Hipoacúsico en los programas oficiales zonales "Te escucho" y "A palabras necias…".

ANTECEDENTES: Denunciada por sumisión a esclavitud, abuso deshonesto y explotación de minusválidos. Absuelta.

ULTIMO TRABAJO: Ministra de Salud y Acción Social.

PARADERO: Desconocido. Fue vista por última vez sobrevolando la cúpula del

Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Cohén, Carlos Raskolnikov.

ALIAS: Pequeño.

SEÑAS PARTICULARES: Pequeña ablación de pequeño prepucio.

OCUPACIONES: Abogado. Secretario de Juzgado Correccional. Propietario de

establecimiento de alimentos cárnicos. Juez de Tránsito, Juez de Contravenciones Urbanas, Diputado Nacional.

ANTECEDENTES: Falsificación de certificado kosher en carnes y embutidos. Absuelto.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Interior.

PARADERO: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del

Parlamento.

APELLIDO Y NOMBRES: Santa Marina, Gregorio Félix.

ALIAS: La Garza.

SEÑAS PARTICULARES: Ninguna.

OCUPACIONES: Titular de la Corporación Santa Marina. Abogado. Profesor de Derecho Constitucional. Redactor de la proclama "Abolir la Constitución para preservar la Constitución o Muerto el Rey, viva el Rey o Comunicado Número Uno", del alzamiento militar encabezado por el general Grondona. Redactor del manifiesto " La Fuerza del Derecho y el Derecho de la Fuerza o Todos Contra la Pared " que sirviera de constitución provisoria durante el gobierno del almirante Zaranga y Hobbes. Autor de la declaración "Bases Para la Reorganización Nacional o El Que Se Mueve es Boleta", que proclamara la junta militar al mando del general Balín. ANTECEDENTES: Expedientes extraviados.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Justicia. Paradero: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Me Donald, Francisco.

ALIAS: Pancho.

SEÑAS PARTICULARES: Le sobra una lente o le falta un ojo.

OCUPACIONES: Novelista, historiador, propietario de flota de taxis. Autor de las novelas "Se va el caimán", "Cachurra montó a la burra", "Canilla Libre" y "El regreso del caimán".

ANTECEDENTES: Denunciado por no haber cometido, aunque más no fuera, plagio.

ULTIMO TRABAJO: Ministro de Educación y Cultura.

PARADERO: desconocido.Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: Berti, Adolfo Benito.

ALIAS: Tambor de Tacuarí.

SEÑAS PARTICULARES: No puede flexionar el dedo mayor de la mano derecha.

OCUPACIONES: Encargado de seguridad personal del Dr. Félix Gregorio Santa

Marina. Gerente de ventas de la Corporación Santa Marina.

ANTECEDENTES: Jefe de la agrupación Alpargatas Sí, Libros No y del grupo de choque Acción Antijudaica. Más tarde comandante del Ejército Popular Revolucionario. Responsable del operativo de secuestro del Dr. Félix Gregorio Santa Marina, liberado a cambio del pago de 9.074.304.041.444.145 millones de Coronas. Condenado a cadena perpetua por secuestro y homicidios múltiples, fue dos veces amnistiado.

ULTIMO TRABAJO: Secretario de Inteligencia del Estado.

PARADERO: Desconocido Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


APELLIDO Y NOMBRES: García Ferrer, Nicasio.

ALIAS: Torniquete. SEÑAS PARTICULARES: Pecho hundido.

OCUPACIONES: Maestro mayor de obras. Secretario de Obras Públicas del gobierno del almirante Zaranga y Hobbes. Impulsor de los planes de Reducción de Redes Viales, Erradicación y Prevención del Tranvía, Programa de Recorte de Recorridos Subterráneos y de la campaña "Llegue Vivo, Viaje en Colectivo". Titular de la Corporación de Transporte Colectivo Urbano. Propietario de la Empresa de Transporte Colectivo García Ferrer. Socio de la compañía Transandina La Mula.

ANTECEDENTES: Denunciado como autor intelectual de atentados múltiples contra convoyes metropolitanos y sabotaje contra estaciones de subterráneos. Absuelto. ULTIMO TRABAJO: Ministro de Transporte y Obras Públicas. Paradero: Desconocido. Fue visto por última vez sobrevolando la cúpula del Parlamento.


Las fichas correspondientes al Secretario de Medio Ambiente y al de Defensa se presume que fueron destruidas en el incendio accidental que se declarara en la Fiscalía Nacional junto con las fojas del caso por el que se los investigaba a causa de su presunta participación en el incendio intencional que destruyera las oficinas de la Fiscalía Provincial que tenía a su cargo el esclarecimiento del incendio accidental que calcinara el despacho de la Fiscalía Mu nicipal que intentaba esclarecer el incendio accidental que acabó con la vida del fiscal que llevaba la investigación de cierto caso que ya nadie recuerda.


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Él, que había besado tres veces el anillo del Sumo Pontífice; Él, que se había reunido incontables veces a jugar al dominó, como lo hiciera con un amigo, con el Rey de España; Él, que había recibido en su campo de golf al Presidente de Todas las Américas; Él, que había paseado en su propia Masserati al Sultán de Persia; Él, que había honrado, cantándole a capella coplas y carnavalitos, al mismísimo Mick Jagger en sus estudios de grabación; Él, que se había reunido con la Reina de Inglaterra; Él, que se había enfrentado cara a cara, hasta casi tomarse a golpes de puño, con los anacrónicos tiranos rojos que habían sobrevivido al período jurásico de la Revolu ción de Octubre; Él, que había brillado con luz propia en todos los foros internacionales; Él, iluminado con el halo dorado de los elegidos, mientras cenaba en aquella Constantinopla fuera de foco, se preguntaba si era justo tener que sobrellevar ese calvario de celuloide y cartón pintado, con aquella triste cáfila de delincuentes de baja ralea, con esa troupe de lamentables bufones. Él, que había pasado dos días con sus noches en el harén del Palacio de Sualtanhasan con las cuarenta mujeres del Emir de Jalhabad; Él, que se jactaba de haber conocido, en el más bíblico de los sentidos, a las más deslumbrantes estrellas de Hollywood en sus faraónicas alcobas de Beverly Hills, se lamentaba en silencio del infortunio de tener que cohabitar, otra vez, con la Primera Dama, María de los Perros Amor, tan decorativa, tan escenográfica como la ambientación bizantina de los muros de cartón piedra que se levantaban frente a sus ojos.

Había sido su tutor y consejero, Xavier Huáscar Molina Viracocha, quien ideó el plan de fuga hacia los cielos. Nadie había visto nunca al consejero del Presidente. Nadie le conocía la cara y muy pocos sabían de su existencia. El consejero era un oráculo sin rostro. No tenía despacho oficial, ni estudio privado. No percibía honorarios ni participaba de las reuniones de gabinete. Nadie sabía qué vínculo unía a Su excelencia con aquel misterioso asesor en las tinieblas. Nadie había oído su voz. Jamás se lo vio ingresar a la casa de gobierno. Inclusive aquellos pocos que habían oído hablar de Él, dudaban de su existencia. Nadie sabía ni en qué momento ni en qué lugar se reunía el Presidente con su consejero. Ni siquiera el Jefe de Inteligencia había podido establecer el paradero del enigmático ayo del primer mandatario. Sabían, sin embargo, que el Presidente no tomaba una sola decisión sin consultarlo. Se llegó a decir que el oscuro consultor no tenía una materialidad unívoca, que era visible sólo a los ojos de Su Excelencia, en fin, se tejían las más descabelladas conjeturas en torno a la identidad del mentor de las resoluciones oficiales.Lo cierto es que el Presidente había sido sorprendido en las más insólitas situaciones. El Ministro de Interior juró haberlo visto en animado diálogo con un sapo en su propio despacho. El edecán aseguraba que pudo presenciar cómo el Presidente hablaba con el busto marmóreo del General Pontevedra y, lo más desconcertante, que fue testigo del largo monólogo que, en respuesta, le diera la estatua moviendo sus labios pétreos. Incontables veces fue visto por los ordenanzas discutiendo acaloradamente con el retrato del Virrey Gallardo, con el cuadro del caudillo Manuel de la Zarza o con la pequeña gárgola de la fuente del Jardín de la Palmera. Todos los testimonios son coincidentes en un punto: sea quien fuere el eventual interlocutor, por lo general un objeto o un animal, en tales circunstancias, el Presidente hablaba en su idioma original, el aymará.

Cierto era que el primer mandatario siempre llevaba consigo un anotador que, día tras día, iba poblándose de máximas y aforismos, de preceptos y estratagemas, de sentencias y apotegmas relacionados todos con la sabiduría en el manejo de los asuntos de Estado que, se sospechaba, le habían sido dictados por su invisible consejero. Quienes a hurtadillas o de reojo pudieron leer algunas anotaciones, se encontraron con pensamientos tales como:


El mandatario siempre ha de tener presente que el vulgo, de voluntad tan voluble como predecible,puede ser igualmente proclive al melodrama y los sentimientos de piedad como la épica y los actos más inhumanos. Puede conmoverse hasta las lágrimas ante la muerte de un inocente y al día siguiente regocijarse como un animal carnicero ante el escarnio público de un reo. El mandatario debe saber aprovechar esta volubilidad a su conveniencia atrayendo hacia sí los sentimientos de compasión y piedad, y los de odio e ira hacia sus enemigos.


No constituye obstáculo alguno para la consecución del favor popular que el mandatario se enriquezca a expensas de su cargo. Esto no obra en desmedro de su prestigio ni credibilidad siempre que el vulgo perciba que su enriquecimiento es justo y merecido, pues no lo ha de considerar como malhabido sino una suerte de cobro por los servicios prestados al bien común. El pueblo ha establecido un claro apotegma: "Que robe pero que haga", demostrando de esta manera su propensión aprestarse como cómplice del mandatario cuando percibe esto como un beneficio propio, y como víctima cuando no. El mandatario deberá persuadir al vulgo de que si no es apto para enriquecerse él mismo, no lo será, tampoco, para enriquecer a sus conciudadanos. Cuanto más rico y ostentoso se muestre el mandatario, tanto más respeto obtendrá de la plebe. El vulgo se sentirá indignado ante la corrupción oficial en la misma medida en que se sienta excluido de ella. Si en cambio conserva la ilusión de que el fraude habrá de beneficiarlo, preferirá guardar un silencio colaborador, como sucede en los cotejos deportivos ante un fallo injusto pero que beneficia a los de la propia bandería.


Si las circunstancias políticas han excedido por completo las posibilidades de que el mandatarío se mantenga incólume, si acaso los vaivenes del manejo público se han tornado insostenibles, no debe permitir el gobernante que los escombros de la catástrofe se desplomen sobre su persona. Lo más aconsejable, por duro que pueda parecer, es aplicar una cauta retirada dejando que el peso del desastre recaiga sobre su enemigo. Sin embargo el alejamiento no debe parecer un acto de pusilanimidad ni de desidia ni de renuncia ni, mucho menos, de pánico. Al contrario, el mandatario deberá retirarse de un modo magnánimo, lleno de gloría y victoríoso, de modo que el vulgo lo recuerde con adoración y proclame la necesidad de su regreso.


Fue, exactamente, la justa combinación de estos tres consejos lo que había decidido la insólita partida del Presidente y sus Apóstoles a perderse en las misteriosas alturas de los inolvidables.


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Había sido una retirada magnánima, gloriosa, digna de un Mesías y no había requerido mayores artificios que los que podría aplicar un mago de mediana astucia. Por otra parte, en efecto, su aletargado sucesor veía cómo se desplomaban los escombros del desastre sobre la ruinosa madriguera del despacho donde hibernaba, durmiendo sobre los marchitos laureles de la desidia. El estado de las finanzas públicas se resumía en la triste imagen de las puertas abiertas del Tesoro Nacional que ahora albergaba en su interior a las familias de los empleados despedidos. Los balances oficiales eran una larga suma cuyas cifras se apilaban en la roja columna del Debe dejando el Haber en la más absoluta orfandad. La gente recordaba a Su Excelencia con la misma añoranza con que se recuerda la juventud perdida, con la misma nostalgia que tiñe al pasado con la ilusoria impresión de que ya nada volverá a tener ese dorado resplandor de los viejos y buenos tiempos. Las vacas flacas del pasado parecían, a la luz de los posteriores acontecimientos, gordos y saludables terneros que se ofrecían generosamente a los nuevos apetitos, rayanos con el hambre. Todos esperaban el regreso de Su Excelencia con la misma devoción con que se espera la vuelta de El Salvador. Por otra parte, siguiendo el sabio consejo acerca del necesario enriquecimiento del mandatario, el Presidente consideraba que el generoso botín que lo esperaba en las lejanas tierras de los cantones era dinero suficiente para sobrellevar el tiempo de misteriosa ausencia durante el cual habría de forjarse el bronce del mito y preparar el más triunfal de los regresos y entonces sí, habría de quedarse para siempre investido con todos los atributos, prerrogativas, honores y facultades con las que se corona a un rey. Desde el día de su asunción hasta la noche de la Ascensión, el Hijo de Wari no albergó esperanza más alta que la de fundar una nueva y majestuosa monarquía.

El Presidente se preguntaba con más amargura que indignación el porqué de la traición de su único amigo en el gabinete, el doctor Orestes Morse Santagada. Sin su presencia, la posibilidad de encontrarse con el anhelado botín se escurría como el agua entre los dedos. ¿Qué motivos habría de tener para renunciar a la gloria eterna? ¿Por qué él, justamente él, su compañero de celda, su cómplice y guardián de los más recónditos e inconfesables secretos, había decidido desertar hacia el bando de los infelices, de los fracasados, de los perdedores? ¿Por qué esa súbita vocación de perro del hortelano que lo llevaba a abjurar de la más holgada de las riquezas, arrastrando a sus compañeros a su mismo desgraciado destino? Pero lo más desesperante del caso era la posibilidad de que se le ocurriera hablar.La posibilidad de que, frente al acoso de la justicia, de la prensa y de la indignación popular su ex Ministro se resolviera a revelar el secreto de la fuga, aterraba al Presidente. Pero, en el fondo de su corazón, el primer mandatario albergaba la esperanza de su inminente llegada. Esperaba verlo atravesar el portón de los estudios de Palatina Sono Film y confirmar, de una vez, que todo había sido un malentendido, que jamás habría de traicionarlo y entonces se estrecharían en un abrazo tan prolongado como la historia que los unía.

Pero hasta que ese momento llegara, el plan finamente fabricado por su anónimo consejero parecía condenado a zozobrar.


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Era noche cerrada en Estambul. El Presidente, su mujer y su gabinete miraban la borra de café adherida al fondo de sus tazas, intentando descifrar los albures que el destino habría de depararles. Entre las caprichosas formas oscuras que teñían la delicada porcelana de los tiempos de los otomanos, todos creían ver con meridiana claridad el inconfundible rostro del doctor Orestes Morse Santagada.

– No se aflija, Madre -intentaba consolar el Ministro de Interior-, ya va llegar, no se preocupe.-;

Y si no llega?

– No piense en eso, Madre, La Morsa sería incapaz…

– Pero, ¿y si no viene?

– Algo se nos va ocurrir, Madre.

Todos sabían qué significaba aquella frase, "algo se nos va a ocurrir", en boca del Ministro de interior. Nadie ignoraba que aquellas palabras eran el prólogo de una sentencia. Y, habida cuenta de que la existencia misma del doctor Orestes Morse Santagada se había convertido en una amenaza, era hora de empezar a preguntarse si su existencia era conveniente.

"Algo se nos va ocurrir" había dicho también el Ministro de interior ante las investigaciones de cierto periodista que, con la insistencia de una mosca, se obstinaba en meter sus narices en los negocios oficiales; "algo se nos va ocurrir", sentenció antes de que apareciera colgado del mástil del periódico que lo empleaba, con la boca repleta de artículos que llevaban su propia firma. Algo se nos va a ocurrir, había pronunciado el Ministro, días antes de que el fiscal que investigaba el caso del periodista apareciera haciendo la plancha en el río. "Algo se nos va ocurrir", dijo el doctor Cohén, justo el día en que cuatro testigos de la causa del fiscal aparecieran convertidos en una brochette humana, empalados como en una carbonilla de Goya. "Algo se nos va ocurrir", declaró en un suspiro el funcionario, durante la madrugada previa a la noche en que, accidentalmente, se prendiera fuego el juzgado en el que obraba la causa y se quemaran los expedientes, las pruebas y, por cierto, todos los empleados incluido el juez.


Existen Estados que reservan para sí la potestad sobre la vida o la muerte de los subditos. Así como velan por la vida de los ciudadanos honorables, tienen la atribución de suprimir la de aquellos que emponzoñan los cimientos de las normas del propio Estado. La justicia tiene como función superior, no ya la consecución del bien del soberano, sino, antes, la preservación en el tiempo del funcionamiento del mismo Estado que determina todos los vínculos sociales. Consecuentemente, la condena a muerte no puede considerarse un crimen, sino, al contrario, la defensa más elocuente contra el propio crimen. Y, en estos casos, quienes deciden en nombre del Estado son hombres: abogados, fiscales, simples ciudadanos y jueces. Suelen ser largos y tortuosos procesos que, en muchos casos, están tan cerca de la justicia como de la injusticia. El gobernante, como ejecutor y garante de los designios superiores del Estado, no puede despojarse de la herramienta que suprime, de raíz, a quienes atenten contra él. La única diferencia entre la condena a muerte y el homicidio surgido del interés político es que la primera se celebra a la luz pública y el segundo se decide y se ejecuta en secreto. Por lo demás, no existen diferencias por cuanto no interviene la voluntad divina.En el homicidio por interés político, la supresión del "reo " debe ser tan brutal e indisimulada que, por su misma torpeza, no pueda ser atribuida al sospechoso natural, es decir, el gobernante. Ha de aparecer a los ojos públicos como una burda patraña urdida por la oposición con el propósito de inculpar al principal sospechoso, esto es, el gobierno.


Sin embargo todos sabían que, en el caso del doctor Orestes Morse Santagada, tal sentencia era inaplicable: si algo llegara a ocurrirle, habría de llevarse a la tumba la clave para acceder al botín. Tan perfecta era la estratagema del Presidente que, en virtud de su misma exquisitez, peligraba ahora su eficacia. Contra sus voluntades tenían que cuidarse los unos de los otros. Tenían que ser cautos para evitar que, accidental e involuntariamente se escapara de sus bocas la cifra clave. Se veían obligados, a su pesar y por mucho que fuera el odio que se prodigaran, a protegerse y mantenerse unidos tanto en la salud como en la enfermedad, como un matrimonio fundido en el crisol de la conveniencia.

Esperaban en forzada armonía, ocultos en aquella Hollywood olvidada, la consolidación del mito para volver, resucitados, desde el Reino de los Cielos y fundar así el gran reino en la Tierra.

Aunque por el momento no contaran más que con un puñado de monedas en una pequeña patria hecha de cartapesta.La luna se había ocultado por completo tras la cúpula semicircular de la Mezquita Azul. Habiendo dado por concluida la cena en Constantinopla, el Presidente creyó oportuno recordar que, por la mañana, habría desayuno de trabajo. Contempló por última vez los restos del hipódromo romano que se extendían frente al hotel y pidió que le encendieran un narguile con tabaco frutado. Envuelto en la nube de humo que olía a manzana, ingresó en un grato sopor que lo liberó de sus recientes preocupaciones.


****

(Afuera, mientras tanto, esperábamos su regreso escudriñando el cielo a través de las lagañas secas que nos mantenían los párpados apenas separados como para sostenernos en vigilia pero, a la vez, tan pegados que casi no podíamos ver, sumergidos en aquella duermevela en la que permanecíamos, equidistantes, a un palmo de la vida y otro de la muerte pero en un territorio ajeno a ambas, fluctuando en ese purgatorio entre la nada y la nada, ardiendo en el fuego destemplado de la abulia, sintiendo en el cuero cabelludo el paso moroso de los piojos del abandono que nos iban comiendo poco a poco el seso de la voluntad y nos dejaban seco el cacumen del entendimiento, y asistíamos a nuestra propia ruina con la sonrisa congelada del cretino. Cultivábamos la lástima con escrúpulo. Nada nos provocaba un placer más dulce que lograr que se compadecieran de nuestros pesares. Exhibíamos nuestras miserias, mostrábamos las cicatrices y las excrecencias, las llagas abiertas y la carne mórbida de la septicemia. Y, con simétrica curiosidad, nos regodeábamos viendo las pilas de cadáveres dejados tras los terremotos, secretamente nos deleitábamos ante el llanto desconsolado de quienes veían como sus casas eran arrastradas por el río desbocado de la Modernidad. Entonces ofrecíamos nuestro hombro piadoso para que las lágrimas del doliente regaran el campo yermo en el que cultivábamos la dulce flor de la amargura. Llevábamos en el cuello la marca bífida de los dientes del vampiro de la execración. Como Lázaros de las tinieblas, nos levantábamos de nuestras tumbas hechas con la madera del naufragio y buscábamos el pescuezo inmaculado de aquellos que todavía conservaban el único patrimonio de sus anhelos; acechábamos desde las sombras y, surgidos de la nada, nos abalanzábamos sobre la lujuriante yugular de los que aún guardaban el hálito tibio de la vida. Entonces, pálidos e inertes, convertidos en uno más de nosotros, muertos en vida, recibíamos con júbilo a las nuevas huestes de las profundidades. Apestábamos.)


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El gabinete en pleno, con la obvia excepción del doctor Orestes Morse Santagada, ya se había sentado a la mesa oval del despacho presidencial, improvisado para la ocasión. El asunto a tratar era, justamente, el caso del Ministro desertor, de cuya ausencia daba cuenta la silla vacía a la diestra del Presidente. El Hijo de Wari ya no era aquel caudillo de provincias envuelto en su poncho de vicuña; ahora vestía un traje azul de saco cruzado y una corbata de seda amarilla. Su pelo negro que otrora se peinaba según los arbitrios del viento de los Andes, ahora se veía corto, matizado con brillos plateados y dividido por una raya que se diría trazada a escuadra. Abocado al asunto que lo ocupaba, Su Excelencia estaba dispuesto a olvidar su condición de amigo del antiguo compañero de celda y proceder como mejor conviniera.

– Muy bien -rompió el silencio el Presidente después de haber tomado el primer sorbo de café-, prefiero escuchar primero sus opiniones.

Era una suerte de tácito acuerdo que volvía a repetirse con la sistemática rutina de los rituales: el primero en hablar era siempre el doctor Cohén, Ministro de Interior.-Ante todo, Madre, quiero apelar a la calma, que si bien existen motivos para la preocupación, opino, Madre, que debemos abrir un compás le espera. Sería prematuro tomar hoy mismo una decisión.

En ese punto intervino el Ministro de Defensa:

– Yo no sería tan paciente, Madre, creo que en este caso el tiempo no obra a nuestro favor. En estas situaciones soy proclive, como usted bien lo sabe, Madre, a actuar con la presteza de un gendarme.

– A propósito -intervino el doctor Santa Marina-, ¿ustedes saben de dónde proviene la palabra «gendarme»?

Todos conocían la vocación etimológica del Ministro de Justicia, tan afecto a redactar proclamas, manifiestos y declaraciones de principios. En rigor, a nadie le interesaba demasiado el asunto, de modo que ni siquiera se molestaron en contestar; a pesar de lo cual, el doctor Santa Marina arremetió con su etimología:

– Gendarme, del francés gents d'arms: gente de armas: gendarme. ¡No es notable!

El Ministro de Defensa miró al doctor de reojo, resopló ostensiblemente y continuó con su exposición:

– Como le estaba diciendo, Madre, todavía tenemos tiempo para tomar una determinación. Existen diferentes alternativas.

– Acuerdo con el Ministro -se apresuró a decir el secretario de Minoridad habiendo visto el asentimiento del Presidente frente a las palabras del funcionario de Defensa.

– No sea genuflexo, hombre -vociferó el Ministro de Interior increpando al campeón de lucha libre.

– A propósito -volvió a interrumpir el doctor Santa Marina-, ¿ustedes saben de dónde proviene el término «genuflexo»?

Ahora sí, todos miraron al doctor con ostensible fastidio; sin embargo, como si se lo hubiesen suplicado a coro, el doctor ilustró:

– Genou, del francés: rodilla; flexo, de flexionar; genuflexo: el que dobla las rodillas, el que se arrodilla ante otro. ¡No es notable!

El Presidente se puso rojo. Sin embargo, muy a su pesar, mantuvo la calma y le rogó al Ministro de Defensa que expusiera las alternativas.

– Las alternativas que se me ocurren son tres, Madre: la primera, la que propone mi colega de Interior: esperar. Ya dije que me parece una opción riesgosa. La segunda: de alguna manera conseguir persuadirlo por intermedio de alguien de afuera. Si esto no fuera posible, entonces sí, propondría la tercera opción, que, como entenderán, requeriría de una operación de cierta complejidad y envergadura, y por favor, doctor Santa Marina, tenga el decoro de no exponer la etimología de este último término -se apresuró a suplicar el Ministro.

– Grosero… -se indignó Santa Marina-, usted es un vulgar. El Presidente se lamentó en silencio de su infortunio y, ya en límite de la paciencia, le imploró a su Ministro de Justicia que tuviera a bien guardar silencio y dejara hablar a su colega de Defensa. Persuasivo, lo instó con sólo tres palabras:

– Cierre el culo -le dijo escueto pero elocuente.

– Sí -murmuró avergonzado el doctor Santa Marina.

– Sí qué… -exigió el Presidente.

– Sí, Madre.

– Muy bien, prosiga -le ordenó a su subordinado de Defensa.

Sólo entonces el jefe de la cartera de Defensa expuso la tercera alternativa:

– La tercera alternativa también tiene sus riesgos y requeriría la participación de más de una persona de afuera. Me refiero a organizar un grupo comando que, gentilmente, lo acerque hasta nosotros.

Entonces intervino el Ministro de Trabajo:

– Madre, creo que lo que propone el Ministro es viable salvo por un detalle: no tenemos a nadie afuera.

– Salvo al doctor Santagada -terció el doctor Santa Marina poniendo cara de astuto, como si quisiera reivindicarse de sus anteriores participaciones.

Por cierto tanto al Presidente como a su gabinete les costaba hacerse a la idea de que estaban completamente aislados, de que no contaban con nadie más que sus mutuas presencias, de que no tenían ningún apoyo exterior. Pero así lo requerían las circunstancias. Habían firmado un pacto de hermético silencio. El Presidente sabía cuan corta era la distancia que separaba la confidencia del rumor y el rumor del dominio público, de modo que resultaba imprescindible que el secreto no saliera del pequeño diámetro del círculo de los involucrados. No quedaba otra alternativa que la de encomendarse a la santa paciencia y esperar a que el doctor Orestes Morse Santagada se dignara a hacerse presente. Pero quedaba otro acuciante problema que se derivaba del primero. Las reservas con las que contaban no habrían de durar mucho tiempo más. Y durante los últimos años se habían desacostumbrado a las privaciones. Se habían prometido no trasponer, por nada del mundo, los límites de Palatina Sono Film. Debían hacerse a la idea de que, realmente, se hallaban prófugos fuera de las fronteras del país. Cualquier operación bancada resultaba tan riesgosa como salir a comprar pan o cigarrillos. El más mínimo movimiento en sus cuentas personales podría revelar sus mundanas existencias. Salir del perímetro de las instalaciones pondría en evidencia la presencia de intrusos y provocaría la alarma o la curiosidad de los vecinos. El dinero con el que contaban era tan magro como inútil ya que, de cualquier modo, no tenían dónde gastarlo. Igual que aquellas aristocráticas familias que al enfrentar la vergüenza de una súbita debacle financiera simulaban ante los vecinos los preparativos de las habituales vacaciones y, después de largas despedidas, partían por la tarde para volver a escondidas por la noche encerrándose durante tres largos meses sin siquiera abrir las persianas, así, en semejantes condiciones se encontraba quel gobierno en las sombras.

– ¿Cuáles son las existencias? -preguntó el Presi-lente a su Ministro de Finanzas.

– Café: catorce kilos, leche en polvo: diecisiete kilos, tapas para empanada: dos docenas. Galletas: siete kilos. Quesos varios, fiambres y embutidos… -con el monocorde tono de una ecónoma que estuviera revelando una receta de cocina, el Ministro enumeró la totalidad de los víveres.

Considerando la extensión de la lista que iba desenrollando el doctor Tamburrini, el Presidente se apuró a interrumpir:

– ¿Para cuánto tiempo nos alcanza?

– Haciéndolos durar, estimo que tenemos víveres para unas pocas semanas más.

El Presidente dio por concluida la reunión de gabinete, con la desesperanzada certeza de que aquél era el comienzo del fin.


****

(Afuera, mientras tanto, esperábamos la vuelta triunfal de Aquel que una noche de diciembre emprendió la Ascensión, tirados en el sillón destartalado del desánimo, la diestra colgando exánime como el péndulo de un reloj que se hubiera detenido a la misma hora de nuestra muerte en vida, sosteniendo bajo el pulso férreo del rigor mortis el control remoto de la ventana patética donde veíamos pasar el espectáculo de nuestras misérrimas existencias, la siniestra sacudiéndonos con desgano la verga mustia del aburrimiento. Mirábamos las caderas bamboleantes de la parca que bailaba la Cumbia Fúnebre y, presas de una excitación senil que no alcanzaba para levantar al difunto que se negaba a resucitar pese a los masajes que le prodigábamos, nos abandonábamos al pajar de la melancolía con tan poca fortuna que terminábamos clavándonos la aguja extraviada de la mala suerte. Igual que el nuevo Presidente, aquel espantapájaros que se dejaba derribar ante la brisa más suave, yacíamos boca arriba con los labios cosidos por la resignación. Sin ánimo de mirar, los ojos vueltos hacia atrás, sordos como la tapia que dividía el uno del prójimo, éramos los victimarios del olvido. Ganados por la amnesia, seguíamos matando a nuestros muertos una y otra vez. Huérfanos de aquellos que murieron devorados entre los colmillos del chacal, nos convertimos de pronto en los ejecutores del parricidio, perpetrado ahora en la memoria del genocidio.

Y así, hurgándonos las narices con los dedos de la diestra y haciéndonos la puñeta con los de la siniestra, esperábamos el regreso de aquel Mesías quein día había partido hacia los cielos con sus doce ipóstoles.

Sin embargo, aunque ni siquiera lo notáramos al principio, una subterránea y silenciosa rebelión empezaba a gestarse entre nosotros.)


* * * *

II EL REINO DE LAS LUCES

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El director oficial de cine, Héctor Perón del Bosque era, previsiblemente, quien mejor conocía los gustos cinematográficos del Presidente. Sabía que era un amante del celuloide nacional, sobre todo del que databa de la Época de Oro. Y le tenía preparada una sorpresa a Su Excelencia. Durante su expedición arqueológica entre los viejos archivos, el cineasta del gobierno había descubierto verdaderos tesoros ocultos: decenas de rollos jamás exhibidos, películas enteras que, por distintas razones, nunca habían llegado a las salas, fragmentos censurados y filmaciones tras bambalinas hechas en medio de los rodajes.

Todo estaba dispuesto. El auditorio conservaba casi todas las butacas intactas. La pantalla, protegida por un telón que alguna vez había sido púrpura, apenas presentaba unas difusas manchas de humedad que le conferían un parejo tono sepia. El viejo proyector solamente pidió unas gotas de aceite en los engranajes para rodar con la precisión de un reloj. Héctor Perón del Bosque, que iba a oficiar de proyectorista, respiraba con la excitación de quien fuera a presentar su ópera prima. Sentía que era el artífice del renacimiento de la vieja y olvidada Palatina Sono Film. Se dispuso a preparar las variedades. Entonces, con las manos temblorosas pero hábiles, el director sacó el pequeño rollo contenido en una de las latas. Se trataba de un cortometraje que, según acreditaba el rótulo, había dirigido Luis César Amadori y presentaba tres inquietantes X rojas que delataban el cuño inapelable de la censura. El Presidente y la Primera Dama ocuparon las butacas centrales de la séptima fila y los miembros del gabinete se acomodaron, de a uno en fondo, en la fila posterior. A medida que se descorría el telón, las luces fueron menguando hasta que la sala quedó en absoluta penumbra. Inmediatamente se abrió la pirámide horizontal de luz blanca que iluminó la pantalla panorámica.

3, 2, 1 y entonces sí, por fin, aparecieron los títulos. En letras cursivas y con un fondo de música de cuerdas se leyó:


UN COFRECITO DE ORO


Con F e rnando Lamas

y Ricardo Montalbán


Los títulos se fueron diluyendo sobre el primer plano de un florero del que sobresalían dos margaritas. La cámara fue abriendo el plano hasta revelar una mesa que presentaba un desayuno recién servido. Frente a frente estaban sentados, a la derecha, Ricardo Montalbán y, a la izquierda, Fernando Lamas. Al mexicano se lo veía envuelto en una robe de chambre de seda, sonriente y satisfecho, untando una tostada con manteca. Fernando Lamas, en cambio, se mostraba cabizbajo, inapetente y con gesto desconsolado.

– Decime una cosa, Ricardito -suspiró Fernando Lamas con cierta irresolución.

– Sí -contestó distraídamente Ricardo Montalbán llevándose la tostada a la boca.

– ¿Te puedo hacer una pregunta…?

Sólo entonces el mexicano levantó la vista guardando un asombrado silencio.

– Vos, ¿me querés? -susurró avergonzado Fernando Lamas.

Ricardo Montalbán sonrió con ternura y, pasándole una mano por la mejilla, susurró:-Claro, tontito, qué pregunta -se dispuso a continuar con su desayuno.

– Ricardito, vos no me haces el amor. Ricardito… -dijo sollozando-, vos me… -titubeó tratando de eludir la palabra adecuada.

– Pero cómo dice eso, mi bicho -contestó Ricardo Montalbán y sin dejar de sonreír dulcemente, lo tomó de la mano.

– ¡Salí, no me toques!

Hubo un silencio incómodo. Fernando Lamas no quería forzar las cosas. Se acarició el bigote y habló:

– A vos no te preocupa si yo… termino.

En ese punto Ricardo Montalbán no pudo evitar un gesto de sorpresa. Se quedó pensando y finalmente dijo:

– Pero decime una cosa, Fernando -buscó las palabras más adecuadas-, ¿vos… acabas?

– ¡Qué pregunta! -dijo indignado Fernando Lamas-, es claro que… termino.

Ricardo Montalbán frunció el ceño, se llevó el índice al mentón y le preguntó al oído:

– …¿Por atrás?

– Guarangote -alejándolo de sí-; sos un chancho.

– No, de en serio te pregunto, siempre me picó esa curiosidad, ¿vos… terminas?

– Y es claro, tonto, ¿o que te crees…? -contestó incómodo, meciéndose a izquierda y derecha y formando un pequeño corazón con su boca contraída.-Y decime una cosa, Fernando… ¿qué se siente?

Fernando Lamas se puso de pie, elevó la vista hacia las penumbras del cielo raso, juntó las manos sobre el pecho y en un suspiro, contestó:

– Es… es como cagar un cofrecito de oro.

La cámara se elevó. Sonaron violines y entonces, sobre el techo salido de foco, apareció el injusto:


Fin


Los miembros del gabinete, sentados en línea, intentaban compartir su desconcierto buscándose las miradas en la oscuridad. El Presidente giró la cabeza y miró hacia la pequeña ventana, desde donde fulguraba la lente, como pidiendo una explicación. Héctor Perón del Bosque no salía de su extasiado asombro. Con la destreza de un profesional colocó el segundo corto en el carrete superior sin que se notara el cambio de película.

Sin que nadie lo supusiera, lo que habría de continuar iba ser un enigma que dejaría perplejo al Presidente, al gabinete y, sobre todo, a uno de sus miembros.


****

(Afuera, mientras tanto, era la luna nueva.

Todos y en todas partes pudimos escucharlo. Se hubiera dicho que fue un lamento salido de la misma negrura estrellada de aquel cielo sin luna. Nos despertamos sobresaltados por ese aullido absoluto que, por provenir desde todas partes, parecía no venir de ninguna. Tenía la imprecisa sonoridad de las alucinaciones; fue tan vivido y a la vez tan incierto que muchos conjeturamos que había nacido de nuestra turbada percepción. Era el aullido desgarrador de un perro. Una letanía interminable que nos llenó de terror y desconcierto. No nos atrevimos a movernos de la cama. Duró hasta la madrugada. Al día siguiente ni siquiera mencionamos el asunto. Mirábamos pasar las horas con el secreto anhelo de que el sol no se pusiera nunca. Y en la misma medida en que avanzaba el día y se acercaba la noche, nuestros ánimos iban poblándose de negros e inexplicables augurios. Nos quedábamos en los bares buscando la infantil protección de la presencia del prójimo hasta la hora en que los mozos ponían las sillas patas arriba sobre las mesas. Y, cuando ya no quedaba otro remedio, caminábamos con paso ligero a nuestras casas.

Nos dormimos con el mismo temor de quien acaba de soñar una pesadilla. Y entonces, en la mitad de la noche, volvió a suceder. Pero esta vez no fue el solitario lamento de un perro. Desde todas partes llegaban, primero en sordina y luego con una proximidad inquietante, un sinnúmero de espeluznantes aullidos que sonaban como una ininteligible súplica. Era un ruego desesperado que no llegábamos a entender. Los perros que dormían al pie de nuestras camas se sumaban al aquelarre de las bestias desconsoladas.

Con el día volvió la calma. Pero esta vez, para nuestro completo estupor, cuando salimos a la calle nos encontramos con un panorama aciago. Los neumáticos de los autos, los picaportes de las casas, los troncos de los árboles, las bolsas de basura, los parquímetros, los bancos de las plazas, los canteros, los pedestales de los monumentos, todo, absolutamente todo cuanto dormía a la intemperie, había sido ferozmente destrozado por los perros. Aquí y allá se veían gatos descuartizados a dentelladas, los ómnibus eran paquidermos heridos caídos sobre sus propias llantas huérfanas de cubiertas. Las puertas de la perrera municipal habían sido violentadas y los caniles abiertos estaban vacíos. Pronto empezamos a notar que nuestros propios perros nos miraban con un desconocido recelo. Incluso aquellos que éramos mansos y falderos, nos volvimos hoscos y desconfiados con nuestros propios amos; sin que ellos comprendieran la razón gruñíamos y, amenazadores, les mostrábamos los dientes. Los lazarillos nos conducían a los ciegos por los caminos más tortuosos y, lejos de evitarnos los obstáculos, nos hacían golpear contra los postes y hasta nos dejaban caer en las zanjas abiertas. Temerosos de nuestros propios perros, distraídamente dejábamos las puertas de calle abiertas con la inconfesable esperanza de que huyeran. Por las noches nos encerrábamos en nuestras casas y la ciudad quedaba a merced de las jaurías. Fortificados tras los muros domésticos, podíamos escuchar los ladridos uñosos y el estrépito de los destrozos. Y todas las mañanas nos encontrábamos con un paisaje más y más desolador. Las hordas de perros saqueaban y destruían negocios, supermercados y ni siquiera había forma de detener la turba en los paseos de compras. Nocturnamente, entraban por los conductos de ventilación burlando a los guardianes, cada vez más numerosos y más armados, y se iban de la misma subrepticia forma antes del alba. Durante el día no se los veía. Desbordadas las fuerzas del orden, nos organizamos en brigadas. Armados de palos y piedras, infructuosamente salíamos a su encuentro. Escuchábamos los ladridos furiosos, podíamos ver los rastros de los estropicios, divisábamos sus inciertas sombras fugitivas, a nuestras espaldas escuchábamos sus alientos próximos, nos acechaban desde las oscuridad, estaban cerca pero tan agazapados que jamás podíamos tenerlos frente a frente. Los perros de policía nos declaramos, de hecho, en rebelión contra nuestros superiores y desconocíamos las voces de mando; poco a poco fuimos renunciando a nuestros cargos oficiales y desertábamos hacia las filas de los insurrectos.

La ciudad se había convertido en una babel donde imperaba el terror. Los perros, cada vez mejor organizados, tenían sus invisibles búnkers en los laberínticos subsuelos de la ciudad. Se agrupaban por zonas y cada zona tenía su líder. Cada quien parecía tener asignada una tarea específica según su capacidad, su olfato, su tamaño, su poder de camuflaje de acuerdo al color del pelaje, etc. Organizaban sabotajes y golpes de efecto propagandísticos. Tímidamente, algunos de nosotros empezábamos a sentir una inconfesable simpatía por la anónima causa de los rebeldes cuadrúpedos. Día por medio la ciudad amanecía a oscuras. Los perros fijaban blancos estratégicos: destrozaban a dentelladas los cables maestros que abastecían de electricidad al mismísimo Ministerio de Energía, atacaban las redes telefónicas de la Bolsa de Comercio o dejaban a ciegas las pantallas del sistema bancario.

Pero hubo dos hechos que hicieron que nosotros, los que estábamos fuera de aquello que inciertamente se daba en llamar la opinión pública, abrazáramos incondicionalmente la causa de los perros.)


****
<p>2</p>

Dentro del auditorio sonó un crescendo de timbales. Un punto situado en el centro de la pantalla fue acercándose desde el infinito fondo sepia, hasta que se hizo inteligible el impetuoso y casi monárquico logotipo de Palatina Sono Film. El escudo se desvaneció tan pronto como apareció y dejó lugar a una contrastante música de trompeta con sordina que anticipaba el inicio de una comedia. Una multitud de rientes y pequeños fantasmas dibujaban el marco de los títulos.


LA CONSPIRACIÓN DE LOS FANTASMAS


Sobre un horizonte sombrío y difuso se alzaba un viejo y ruinoso palacete que elevaba su escuálida torreta hacia una luna llena evidentemente pintada sobre un fondo de decorado. La cámara centró el foco en la única ventana iluminada y, convertida la lente en un subjetivo ventarrón, se introdujo en el living presidido por dos armaduras. Dos figuras temblorosas se acurrucaban en un sillón finisecular.

– No se asuste, Dorita, fue el viento -decía sin demasiada convicción y pálido de miedo un joven Juan Carlos Thorry, que, de paso, aprovechaba para abrazar fogosamente a la aterrada, exultante y cubanísima Blanquita Amaro.

– Eso no ha estado chévere, chico, mira cómo se me ha puesto la piel de gallina -dijo ella con sobreactuado pavor mostrando un muslo firme torneado y cubanísimo.

– No tenga miedo mi gallinita cló cló, mire cómo se me ha puesto el ganso, digo, el bulto, digo, el pulso -y extendió su mano temblorosa.

– Pero chico, es que tú eres incorregible, no respetas ni el miedo -dijo Blanquita Amaro, desembarazándose del acoso de su galán y, poniéndose de pie y de espaldas a su interlocutor, agregó con la voz quebrada:- No ves que me muero de miedo.

Juan Carlos Thorry no despegaba la vista de la retaguardia inconmensurable, firme y cubanísima de la bailarina.

– Puedo ver qué pavo tiene, Dorita, quiero decir, qué pavor tiene, Dorita. Discúlpeme, ya no sé ni lo que digo, esta situación me ha puesto al palo, digo, al poste, quiero decir que, a la postre, todo va a salir bien, no se asuste -dijo Juan Carlos Thorry sonriendo nervioso con su boca repleta de dientes.

En ese momento se oyó una voz que provenía desde la sala contigua.

– Algún gracioso me escondió la ropa -dijo Nathan Pinzón cubierto únicamente por una toallita mínima, por debajo de cuyo borde le asomaban las partes -disculpe que ande en cueros, Dorita.

– Milagro de talabartería! -exclamó la estrella caribeña, espiando ostensiblemente por entre los dedos con los que simulaba cubrirse los ojos. En ese momento se oyeron unas risitas al otro ado de la puerta.

– ¡Dios mío, qué es lo que es eso! -gritó Blanquita Amaro.

Nathan Pinzón pudo ver las figuras fugitivas de las hermanas Legrand que huían con la ropa del huésped; Silvia llevaba una media en cada mano, y Mirtha blandía los calzoncillos como una bandera.

– Ahora van a ver! -dijo, y se echó a correr hacia la sala, detrás de las mellizas.

Acababa de cruzar el vano de la puerta cuando, literalmente, se topó con Armando Bo que traía a la perra de la correa.

– Con usted quería hablar, venga -dijo pasándole una mano por encima del hombro. La Prity le hurgó la toallita con el hocico.

– Podrá ser en otro momento, tengo un poco de frío…

– Nada, venga. Voy a presentarle a un amigo.

– ¿Así; le parece?


****

(Afuera, mientras tanto, una mañana, frente a nuestras casas hechas con el cartón humedecido de la resignación, la chapa vertical del estoicismo y el ladrillo impar de la paciencia, pudimos verlo. Estaba sentado mansamente sobre sus cuartos traseros en el lodazal que demarcaba el límite entre la nada y la nada. Era un perro enorme cuyo pelaje gris plateado se diría que irradiaba luz. No tuvimos tiempo de temerle. Nos miraba con unos ojos hechos de una mansedumbre idéntica a las aguas estancadas que habían dejado las últimas lluvias. Para nosotros la guerra de los perros era algo que sucedía en las noticias, al otro lado del puente, en la ciudad, tan cercana pero tan inexpugnable. Cierto era que nuestros perros nos fueron abandonando desde el día del aullido general. Hacía tiempo que no habíamos vuelto a ver uno. Pero no era menos cierto que jamás habíamos sufrido el ataque de las jaurías. Uno a uno, fuimos saliendo de las casas para verlo. Se echó cuan largo y flaco era sobre su costillar sarmentoso y, sin dejar de mirarnos, posó la cabeza entre las patas delanteras. Jadeaba como si acabara de correr durante días enteros. Formamos un círculo del diámetro de la cautela. El perro se sometía a nuestra curiosidad entregándose con una confianza tal, que pronto comprendimos que en realidad éramos nosotros quienes nos habíamos rendido ante su magnánima indefensión. Estaba lastimado. Un hilo de sangre le brotaba del muslo y se mezclaba con el barro. Parecía una herida de bala. Uno de nosotros rompió la rueda del estupor, caminó hasta las casas y volvió con un cuenco de lata que desbordaba agua limpia. Lo dejó delante de su hocico cuarteado como la ciudad que, tras el puente, mostraba su silueta indiferente de añosa cortesana. Hacía mucho tiempo que no experimentábamos ningún sentimiento misericordioso. La piel se nos había vuelto gruesa, paquidérmica; de poco y sin que lo notáramos, habíamos cobrado un remoto aspecto de rinocerontes dispuestos a hundir el cuerno indiviso del resentimiento en las desprevenidas espaldas de quienes tuviéramos a nuestro alcance. Sumergidos en aquel porquerizo, cuidábamos de la voracidad del vecino nuestra propia parcela miserable y cenagosa, que nos iba trabando hasta los anhelos. Fuimos capaces de matarlos los unos a los otros por un par de zapatos deslenguados. Desde el comienzo de la guerra la cabeza de un perro tenía precio. Por cierto, un precio más alto que el que pagarían por cualquiera de nosotros. Pero ahora, movidos quién sabe por qué arrebato de piedad, a falta de gasa, nos quitábamos la camisa para sanar la herida de un pobre animal. Desde la radio y la televisión se había desplegado una tenaz campaña contra las fieras. "Sea el mejor amigo del hombre, mate un perro", decía mirando a cámara, conmovida, la presidenta de la Sociedad Protectora de Animales. El Ministerio de Defensa no reparaba en gastos para combatir el desastre. Otro corto publicitario mostraba un primer plano del beato rostro de Bob Dylan, quien, ostentando un crucifijo en el cuello, con su voz de adolescente encaprichado, decía desde el subtitulado en españo "Sea el mejor amigo del hombre, coma hot dogs", mientras se llevaba una pata de perro a la boca y le daba un tarascón medieval. Una actriz de pelo crispado y decir tembloroso recitaba parafraseando a Bertold Brecht: "Primero fueron los gatos, pero no me preocupé porque yo no era gato. Después fueron las patas de los sillones, pero no me preocupé, porque yo no era sillón. Luego fueron los tachos de basura pero no me preocupé, porque yo no era tacho de basura. Ahora están golpeando a mi puerta". La cámara hacía un traveling y revelaba la borrosa presencia de un perro vestido con uniforme nazi.

Habíamos llegado a repudiar a los perros. Pero ahora, mientras mirábamos a ese gigantesco mastín con su cuerpo lleno de marcas y cicatrices impresas como testimonio de una batalla feroz, cuyo propósito no llegábamos a descifrar, no podíamos evitar sentir una vergüenza inabarcable. Desnudos en nuestra propia ruindad, pudimos mensurar, de pronto, el abismo que separaba la pobreza de la miseria. Y, comparados con aquel perro que, estoico y sin doblegarse, se lamía las heridas para volver al ruedo, nos sentimos infinitamente miserables. Entonces nos iluminó el hartazgo.

Hartos de ver pasar, uno tras otro, los camellos obesos del despilfarro a través del ojo ciego de la aguja, terminamos por convencernos de que el reino de los cielos jamás habría de pertenecemos.)

<p>3</p>

La pantalla mostraba la espalda de un sillón por sobre el cual asomaba una nuca. Cuando entraron al office, Nathan Pinzón pudo ver a un hombre joven que se paseaba nerviosamente alrededor del escritorio con las manos en los bolsillos; sentado al escritorio había otro que revisaba unas carpetas a través de unos anteojos de leer.

– Doctor, le presento al señor Pinzón; Nathan, el doctor Santa Marina.

– Encantado -dijo el doctor Santa Marina.

– No lo tome a mal, doctor, pero lo que me está estrechando no es la mano.

Santa Marina lo miró desconcertado. Nathan Pinzón pudo comprobar que el doctor tenía las manos en los bolsillos; entonces miró hacia abajo y descubrió espantado que la Prity le estaba apretando el ganso contra el paladar.

– ¡Soltá fiera del carajo, soltá que no es chorizo!

– ¿What is cboraizo? -preguntó deconcertado el hombre de anteojos que revisaba una gruesa carpeta.

La Prity encontró divertido el asunto y empezó a tirar como si fuera un trapo, dando unos gruñidos alegres.-Dígame si no parece la propaganda de Coppa y Chego -señaló el doctor hacia el ganso de Pinzón, que se estiraba como si fuera de goma.

– Suelte, bicha, suelte -ordenó Armando Bo mansamente.

Como a regañadientes, la Prity soltó…

– Tenemos una sorpresa para usted, Nathan…

En ese momento, desde el otro lado del cortinado púrpura, surgió una figura a contraluz. Cuando hubo estado completamente descubierta, empezó a cantar en un tono tan alto que hizo aullar a la perra.


Nací libre como un ave

y mi nombre es Libertad.


– Hablando de aves y de libertad, ¿podré recuperar mis calzoncillos, que se me va resfriar el ganso?

– Después, hombre, después.

Libertad Lamarque abrió la cartera y extrajo una veintidós corta.

– Tome, estamos repartiendo armas entre el pueblo.

– Señora… me la hacía en México.

– Y ahora, ¿dónde se la hace? -dijo Libertad en un acceso de risa imparable, a la vez que ejecutaba un gesto ascendente y descendente con la diestra alrededor del caño de la veintidós.

El doctor Santa Marina festejó la humorada con una sonrisita ínfima hecha con la mitad de la boca.-Discúlpela, estuvo mucho tiempo junto a Cantinfl as.

– Con usted, cinco…-dijo y agregó-Pero somos mas de cien potenciales voluntades.

– Quién pudiera ser llave de quince para aflojar el bulón… -empezó a decir el doctor Santa Maria, antes de perder el hilo del complicado piropo que había comenzado a improvisar al paso ondulante de Libertad Lamarque.

– No comprendo -dijo la halagada, deteniendo el paso.

– Bueno, pretendía ser un halago -dijo avergonzado el doctor Santa Marina mirando al piso.

– Tengo la sospecha de que usted me quiere enhebrar la ganzúa.

– Bueno, puesto en esos términos… -dijo el doctor sin terminar de comprender la metáfora.

– Sea claro, doctor, ¿somos camaradas o no somos camaradas?

– Y… sí…

– ¿Pustonces…? -preguntó e inmediatamente, poniendo una voz grave, sensual, agregó-. No ves que hace rato que te eché el ojo. Hazme de vos, gran gandul -suspiró Libertad poniendo los ojos en blanco, y se echó en los brazos del doctor Santa Marina.

En ese preciso momento entró en la sala Pedrito Quartucci, quien, pudorosamente, tuvo el decoro de carraspear para informar de su presencia.

– ¿Qué quiere, no ve que estamos ensayando?-justificó Libertad acomodándose la falda que había quedado por sobre sus rodillas. El doctor Santa Marina se llevó una mano al bolsillo para disimular el promontorio que le inflamaba la bragueta.

– Sigan, sigan ensayando tranquilos, yo venía a podar los malvones. Hagan de cuenta que no estoy.

– Mejor seguimos en otro momento, señora, voy a aprovechar para terminar unos escritos.

– Usted no se va nada -dijo ella tomando al doctor de la manga del saco, y mirando con odio al intruso, le espetó:- ¿Por qué no se poda el higo a ver si le crece un poco?

Pedrito Quartucci se irguió, miró a su hiriente interlocutora con una sonrisa suficiente, se atusó el bigotito y meneando la cabeza explicó:

– Higuera, querrá decir -y moviendo la cadera hacia adelante-; palo borracho, querrá decir.

Libertad Lamarque miró ostensiblemente lo que su interlocutor exhibía a través del pantalón y, a la vez que empujaba al doctor Santa Marina lejos de sí y con una sonrisa lasciva, susurró:

– Yo diría… sequoia.

– ¿Le gusta?

– Me encanta -susurró.

El doctor Santa Marina carraspeó y con tono de resignada derrota, dijo:

– Los dejo solos…

Sin siquiera mirarlo, Libertad Lamarque lo invitó a retirarse sacudiendo la mano despectivamente.

– Hazme de vos, gran gandul -imploró Libertad, armando un remolino en el pelo de su nuevo galán con el índice de la diestra.

Pedrito Quartucci acercó su boca a la de su encendida admiradora y a milímetros de sus labios, con voz radiofónica, le dijo:

– Ni que me paguen, no te toco ni con un palo, o me dedico a los caranchos cascoteados. Raja de acá, arrastrada.

Libertad Lamarque tardó en comprender aquellas palabras. Como si acabaran de vaciarle un barril de agua helada, se incorporó, y llena de vergüenza corrió escaleras arriba.

Entonces la pantalla se fue oscureciendo hasta quedar en completa penumbra. Sin que todo aquello tuviese el más mínimo sentido, sin que nada justificara el final de aquella historia que había extraviado el argumento antes de empezar, sobre el fondo negro apareció la leyenda:


Fin


****

(Afuera, mientras tanto, durante la noche escuchábamos los lejanos ladridos y el incesante ulular de las sirenas provenientes de la ciudad que, tras el puente, mostraba su pálida corona de luces proyectadas contra las nubes. Los helicópteros eran pterodáctilos hambrientos que husmeaban el horizonte en busca de alguna presa. Desde la radio y la televisión informaban, "minuto a minuto", las alternativas de la guerra. Uno tras otro, eran leídos los partes y comunicados oficiales que enumeraban los destrozos de los "infieles" -aquel era el único término permitido, en un súbito e involuntario arrebato de islamismo, para referirse a los perros- y, con sonrisas triunfales, anunciaban las bajas infligidas al enemigo. Las imágenes mostraban pilas de perros muertos exhibidas orgullosamente por los oficiales a cargo de uno u otro operativo. En las plazas colgaban del cuello centenares de perros ahorcados, en forma sumaria y pública, en las ramas de los árboles. Desde la pantalla se podía ver de qué manera los perros que habían sido atrapados vivos envueltos en redes kilométricas eran apedreados hasta morir por las multitudes enardecidas.

Habíamos ocultado a aquel perro blanco que se diría luminoso después de curarle la herida que casi le había perforado el muslo de lado a lado. Y así, rengo y exhausto como estaba, intentaba ponerse de pie cada vez que un aullido atravesaba las márgenes del río. Teníamos que cuidarlo de los otros pero, sobre todo, de nosotros; la traición había sido nuestra moneda más corriente: solíamos pagar con la traición y cobrarnos con la venganza. Y sabíamos que cada colmillo tenía buen precio. La tentación era un pájaro negro que nos sobrevolaba en círculos cada vez más bajos y más concéntricos. Después de todo, nos decíamos, no tenía demasiadas posibilidades de pasar la noche. Habíamos hecho todo cuanto estaba nuestro alcance. Y aquello que había empezado siendo un inconfesable pensamiento, pronto se convirtió en un tímido murmullo que acabó transformándose en una enfática moción. Nos trenzamos en una discusión que todos -incluido el perro, que nos miraba con unos ojos llenos de piedad- sabíamos en qué habría de terminar.

En la mitad de la noche, volvimos a formar un círculo en torno del animal. La decisión estaba tomada. Faltaba resolver quién lo haría. El azar habría le determinarlo. Tiramos al aire la moneda patibularia de la pusilanimidad cuya ceca no alcanzó a ocultar la cara descompuesta del elegido. Fue un disparo, único y certero, apuntado al centro de los ojos. El perro cayó sobre sus patas delanteras. Tuvo el infinito decoro de morir sin agonía.

De la misma impredecible manera que los perros habían iniciado aquella inexplicable rebelión, un día entre los días y sin que mediara un motivo, decidieron abandonar la lucha. Pero jamás volvieron a vivir entre nosotros. Así como un día muy lejano un lobo había aceptado comer de la mano de un hombre y seguirlo a una distancia prudente cuando salía de caza; así como aprendió a no temerle al fuego en el que el hombre cocía su presa; así como dormía junto a la puerta de la casa del hombre hasta que aceptó dormir confiadamente a sus pies ya convertido en perro, de la misma manera, abatidos por la vergüenza, los perros decidimos alejarnos para siempre y volver a nuestra primitiva condición de lobos.)

<p>4</p>

Cuando se encendieron las luces, el doctor Santa Marina pudo ver cómo todas las miradas recaían sobre su absorta persona. Hundido en su butaca, intentaba articular alguna palabra pero un temblor incontrolable se había adueñado de sus labios. No había el menor resquicio para la duda: aquel que hasta hacía unos momentos interpretaba su propio papel en la pantalla haciendo de sí mismo en blanco y negro, no podía ser otro que el Ministro de Justicia. Y así lo testimoniaban los títulos finales que caían hasta perderse en la parte inferior de la pantalla; su nombre, Gregorio Félix Santa Marina, había pasado, fugaz pero claramente, en la lista de los actores de reparto. Pero lo más desconcertante del caso era que, pese a que la película había sido filmada durante los últimos años de la década del cuarenta, el doctor Santa Marina se veía exactamente igual cincuenta años después. Aplastado en su butaca, el Ministro de Justicia, sumido en un pasmo catatónico, parecía perjurar con su silencio que jamás había incursionado en las, para él por completo ajenas, faenas actorales.

Nadie pronunció palabra. El Presidente se retiró convencido de que aquello había sido una alucinación.

<p>5</p>

Había pasado la medianoche cuando el Presidente decidió que la jornada había concluido. Aquella extraña función había dejado en el auditorio una extenuación hija del desconcierto y de una ominosa e innombrable inquietud. Recluidos en aquella espectral ciudad ilusoria hecha de la misma materia de la que están construidos los espejismos, enclaustrados en esa necrópolis escenográfica habitada por maniquíes ataviados con fantasmales vestuarios de un anacronismo que invitaba a perder toda certeza temporal, por primera vez sintieron el frío aliento del miedo.

El Presidente y la Primera Dama habían instalado su suite presidencial en el inmenso camarín que alguna vez había pertenecido a Marlene Dietrich, y que había sido especialmente construido para la diva cuando viajara para filmar "Torrente de Pasiones". En los modestos camarines situados en el piso inferior, se alojaba el resto del gabinete. Todo presagiaba una larga y tortuosa noche. Un cielo bajo hecho de unas nubes que se dirían sólidas, anunciaba una tormenta cuya ferocidad se podía prever en el silbido del viento a ras del suelo, levantando remolinos de tierra y pasto seco. Los sets de filmación guardaban una tenue penumbra, apenas iluminada por la mortecina claridad de las nubes. El viento se filtraba por las rendijas de las enclenques ventanas que se quejaban con un chirrido prolongado semejante a una letanía hecha de sollozos. Un enceguecedor relámpago plateado anticipó el furioso clamor de un trueno que hizo cimbrar las paredes; las luces parpadearon y finalmente se extinguieron. Los estudios quedaron en la más absoluta oscuridad. María de los Perros Amor, que acababa de meterse en la cama, se incorporó sobre los codos y, por primera vez en muchos años, le habló a su esposo. Llamó al Presidente por su nombre, cosa a la que nunca nadie se había atrevido -de hecho, muy pocos conocían su nombre verdadero-, e inmediatamente agregó entre sollozos:

– Me quiero ir de acá.

El Presidente, que se estaba cepillando los dientes en el pequeño lavabo del camarín, miró a su esposa a través del espejo y, estupefacto ante el hecho casi milagroso que acababa de protagonizar su mujer -de hecho, él ni siquiera recordaba su voz-, giró sobre su eje y, con el cepillo todavía en la boca, conmocionado por la súbita ruptura del añoso silencio, le dijo:

– Te podes callar, imbécil.

Entonces la Primera Dama rompió en un llanto sordo y desconsolado. Dos cosas enfurecían al Primer Mandatario como ninguna otra: la primera, que lo llamaran por su nombre y, la segunda, los estúpidos lloriqueos de su mujer. La suma de ambos elementos lo encolerizó de tal modo que, con la boca anegada de espuma, le cruzó la mejilla de un golpe seco y sonoro. Iba a descargar una segunda cachetada, ahora con el revés de la mano, cuando escuchó algo que lo dejó petrificado con el brazo en alto. Desde un lugar incierto el Presidente y la Primera Dama pudieron oír un coro de carcajadas acompañadas de unos aplausos desacompasados y estridentes que, tan pronto como se habían hecho audibles, fueron menguando hasta acallarse. El Primer Mandatario, todavía con el brazo levantado, miraba en todas direcciones y hubiera jurado que aquella invisible explosión de hilaridad se había originado dentro mismo del camarín. María de los Perros Amor había reemplazado su ataque de llanto por unos gemidos aterrorizados que le agitaban el pecho.

– ¿Qué fue eso? -susurró pálida.

Entonces, a modo de respuesta, aquella claque incorpórea volvió a romper en risotadas, ante el gesto espantado de la Primera Dama. Luego sobrevino un silencio interrumpido apenas por unas carrasperas aisladas. El Presidente tomó el candelabro y extendiendo el brazo iluminó los rincones que permanecían en sombras. En su breve caminata a tientas tropezó con la pata de la litera, trastabilló, e intentando mantener el equilibrio, metió su pierna izquierda en un balde de lata que, al golpear contra la pared, hizo temblar una pequeña estantería en cuyo anaquel superior se debatió un jarrón que terminó estrellándose contra la cabeza presidencial. Las carcajadas eran ahora de una exaltación que terminó en paroxismo cuando el Presidente bizqueó en el mismo momento en que unos pequeños pájaros volaron en torno a un enorme chichón que se elevó, levantándole en vilo el cuero cabelludo como si fuese un bisoñe. Con aquella sonrisa estrábica, el primer mandatario se desplomó sobre sí mismo; un temblor convulso le mantenía la pierna levantada. Las risas se prolongaron en un aplauso cerrado. La Primera Dama, aterrada, se incorporó y corrió hasta donde yacía su marido. Se arrodilló y, desesperada, le cacheteó las mejillas. Viendo que su esposo no reaccionaba, le quitó el balde que permanecía trabado en el pie y corrió a llenarlo con agua. Hecho esto, volvió cargando el balde, se detuvo frente al cuerpo horizontal del Primer Mandatario, tomó impulso y arrojó con todas sus fuerzas el contenido del cubo. Pero lo hizo con tal puntería que el agua pasó, paralela, por sobre la yacente humanidad de su marido y siguió de largo en dirección a la puerta. En ese preciso instante la puerta se abrió sorpresivamente y el fallido borbotón fue a dar en pleno rostro del recién llegado. Las risas se elevaron hasta la afonía. El visitante sostenía un ramo de rosas que se doblaban bajo el peso del agua y el ala de un sombrero empapado le cubría la cara por completo. El anónimo galán escupió un hilo de agua como lo haría la estatua de una fuente, se levantó el ala del chambergo y entonces quedó revelada su enjuagada identidad. Los aplausos atronaron entre ovaciones interminables. La accidentada visita era un desgarbado y delgadísimo Luis Sandrini. No era el Sandrini padre de familia, moralista y circunspecto de los últimos años, sino el tartamudo de ojos saltones de la primera época. Hizo una infinidad de muecas mientras esperaba que la invisible claque hiciera silencio y, sólo entonces, articuló con dicción espástica:

– María, espero no importunarla, sucede que vi luz y subí.

Pálida, María de los Perros Amor, mostraba una expresión horripilada. Recordaba que, personalmente, había asistido al multitudinario funeral de Luis Sandrini; que, conmovida, se había abrazado con Malvina Pastorino junto al féretro del popular finado. Y ahora, viéndolo de pie con un ramo de rosas exangües, torpe y desmañado, chapoteando en un charco de agua, con el mismo gesto que tantas veces había presenciado en su infancia en el único cine de su pueblo natal, la Primera Dama no podía evitar una mezcla de pavor y emoción que, como de costumbre, se le manifestaba en la absoluta imposibilidad para articular palabra. Sin embargo, María de los Perros Amor notaba que algo en ella se abría paso por sobre su voluntad, una frase se le impuso como si proviniera de un pensamiento ajeno al suyo y cuya pronunciación se le aparecía como un mandato al que no podía desobedecer:

– Luis, sabía que vendría y le preparé un pastel -dijo desconcertada por su involuntario acceso de verbosidad.

Luis Sandrini ensayó su mirada más tierna, sacudió el ramo de rosas empapando, de paso, a su interlocutora y titubeó:

– Son para usted, María -dijo y avanzó un paso

María de los Perros Amor tomó las flores y, primorosamente, las puso en el balde de lata que pendía de su brazo derecho.

– A propósito, María, ¿cómo está su marido? -inquirió Luis Sandrini, con un mal disimulado interés en establecer si la anfitriona estaba sola en casa.

– Debajo de su zapato -contestó escueta la Pri mera Dama sin despegar la vista del inesperado galán. Seguía animada por el mismo inexplicable mandato que se había adueñado de sus cuerdas vocales.

En ese preciso momento, cuando Luis Sandrini levantó torpemente el pie de la cara del Presidente, Su Excelencia intentó abrir los ojos mientras volvía en sí sacudiendo la cabeza a izquierda y derecha. Entonces, de pronto, la Primera Dama entró en pánico. Se sintió infinitamente culpable. ¿Qué pasaría si su marido la descubría sosteniendo un ramo de flores de manos de su insólito festejante? Antes de que el Presidente pudiera incorporarse sobre sus codos, María de los Perros Amor, movida por una voluntad contraria a la suya, levantó el pesado balde y lo descargó con fuerza sobre la cabeza de su esposo. El Primer Mandatario volvió a ponerse bizco, levantó el índice y antes de que pudiera expresar su sentencia, se desmayó por segunda vez.

Luis Sandrini, con su enorme y payasesco zapato, sacó de su paso el bulto que constituía el Presidente tendido en el piso y, una vez superado el escollo, se abalanzó sobre la Primera Dama. Con su diestra inconmensurable, Sandrini rodeó la cintura de María de los Perros Amor y la apretó hasta tocarse el índice con el pulgar. Presa de una fogosidad opuesta a su albedrío, la Primera Dama se entregó a la avasalladora reciedumbre del visitante oponiendo una resistencia tan inútil como provocativa. Luis Sandrini pasó su lengua ávida por las comisuras de los labios de la mujer del Presidente y, en el momento en que ella abrió la boca para recibir el postergado beso, la apartó de sí sin soltar su estrecha cintura. La manejaba como quien empuña el mecanismo oculto de un títere. Con cada movimiento de sus dedos acromegálicos, suscitaba en la Primera Dama ya suspiros irresistibles, ya gemidos altisonantes. Separándola de su pecho empapado, la contempló largamente recorriendo con los ojos cada ápice de pielque traslucía el camisón; sin tocarla, cada vez que detenía su mirada en el halo morado de sus pezones, María de los Perros Amor sentía una opresión cálida, como si realmente la estuviera acariciando. Se diría que aquel fantasma no presentaba la inasible sustancia de la que están hechos los espectros ordinarios sino que, por el contrario, ostentaba una materialidad más sólida que la de los mortales. Hecho este último que la Primera Dama pudo comprobar fehacientemente cuando el aparecido le tomó la mano y con ella se frotó la pétrea protuberancia que pugnaba por salirse del pantalón. Inmediatamente, sin soltarle la cintura, la obligó a girar sobre su eje -cosa que hizo con la gracia de la bailarina que se supone había sido y la detuvo cuando quedó de espaldas a él. El desmañado fantasma contempló la generosa retaguardia de María de los Perros Amor, lentamente le levantó la falda del camisón y dejó al descubierto unos glúteos macizos y prominentes que contrastaban con su espigada cintura. Estaba por abrir la infinita botonadura del pantalón para liberar de su encierro a la bestia que pugnaba por ver la luz para hundirse en las húmedas penumbras que la reclamaban, cuando el redivivo Luis Sandrini notó que el Presidente, otra vez, empezaba a recuperar la conciencia. Fastidiado, resopló con el gesto de contrariedad que tantas veces había hecho desde la pantalla y, antes de que Su Excelencia abriera los ojos, lo midió, calculó y le descargó una violenta patada en la pera que lo elevó a medio metro del suelo y lo hizo aterrizar inerte. María de los Perros Amor no se había dado por enterada de este último incidente y, de espaldas a su gentil espectro, apoyada sobre el lavabo, esperaba ansiosa el anhelado trofeo. Luis Sandrini había conseguido, por fin, ganar la batalla contra los incontables botones del pantalón y se disponía a proceder. En ese momento, la Primera Dama involuntariamente encontró su rostro en el espejo que tenía delante de sí. Vio sus mejillas avivadas por el rubor de la pasión, vio el mechón de pelo que, liberado del cautiverio de la hebilla, se agitaba delante de sus párpados como animado por una tibia brisa de juventud. Levantó la vista por sobre su cabeza buscando el reflejo de su ardoroso tenorio, pero no vio más que su solitaria persona meneándose contra nadie. Atormentada, giró la cabeza y, entonces, volvió a la calma: ahí estaba Luis Sandrini de pie y aferrándola por la cintura. María de los Perros Amor cerró los ojos, se elevó un poco sobre la punta del pie derecho y levantó la pierna izquierda por sobre el mármol del lavatorio, exhibiendo los labios mudos, abiertos y empapados de su vulva. El enardecido comediante aceptó el amparo rojo y cálido que se ofrecía, hospitalario y palpitante, al impaciente huésped que pugnaba por irrumpir con furia. Entonces, interpuso su voluntad contra los bríos perentorios de su socio enceguecido, y lo guió suave, lenta y cuidadosamente a través de aquellas dulces tinieblas. La Primera Dama suplicaba piedad ante cada leve embestida y, luego, cuando llegaba la pausa, imploraba por más inclemencia. María de los Perros Amor no alcanzó la extática culminación por la sencilla razón de que todo el tiempo, desde el comienzo, se había entregado a un ininterrumpido estado de paroxismo que sólo concluyó cuando el ardiente fantasma, después de agitarse en espasmos repetidos, se desplomó, satisfecho, sobre la espalda de la Primera Dama.

<p>6</p>

La puerta se abrió de par en par. Un seguidor cuyo origen no podía vislumbrarse desplegó su cono plateado y, en su centro, se hicieron visibles, con un resplandor que encandilaba, dos mariachis ataviados con bandoleras hechas de balas de plata, chalecos bordados en hilos de oro, botas con espuelas argénteas y sendos sombreros de charro, cuyo diámetro superaba el ancho de la puerta. Como provenientes del cuerno de un gramófono, las voces de los sorpresivos mejicanos sonaron antes de que abrieran la boca. Con un sonido plano y metálico que no sincronizaba con el movimiento de sus labios, entonaban las recias estrofas de El Rey. El contrariado fantasma de Luis Sandrini se acomodó púdicamente las ropas y enfundó el marlo, todavía tieso y morado, con la misma dificultad con la que lo había desenfundado. Turbado y presa del agotamiento, Sandrini tartamudeó por lo bajo:

– ¿Por qué no le dedican El choclo a ésta? -dijo sopesando lo que tenía entre manos-. Será de Dios…

María de los Perros Amor se sintió infinitamente avergonzada, rápidamente se acomodó las ropas y miró a su marido, que permanecía tendido en el suelo emitiendo un ronquido sonoro y acompasado, cantaba el dúo a pecho henchido.


No tengo trono ni Reina

Ni nadie que me comprenda

Pero sigo siendo el Rey.


Recién entonces la Primera Dama comprendió que aquel par de mariachis estaba compuesto por los legendarios Jorge Negrete y Pedro Armendáriz. María de los Perros Amor recordó otra vez la minúscula sala del Luminaris, el cine de su pueblo. Era un Metropolitan en miniatura, debajo de cuya fresca marquesina contemplaba, embelesada, los rostros pintados a la acuarela que le sonreían desde los afiches. La Primera Dama experimentó un indescifrable sentimiento que se aproximaba a la felicidad. Su mutismo incoercible no estaba hecho ahora de aquella angustia frente a la negación de la palabra, sino de la timidez de la niña que era cuando, recostada panza abajo en la terraza del Luminaris veía, a través de la claraboya que se abría en las noches de verano, las películas mexicanas cuyas canciones habría de cantar el resto su vida. La Primera Da ma volvió a mirar al Presidente, que yacía a sus pies, y deseó que permaneciese así para siempre, que aquel mundo salido de la planicie del celuloide se perpetuara; comprendió que prefería los fantasmas que no acertaban a sincronizar la voz con el movimiento de los labios, a los horribles espantajos ministeriales que presidía su marido y con los que, desde el día en que decidió casarse, estaba obligada a convivir. Descubrió que no estaba dispuesta a tolerar un día más junto a aquellos que hubiesen matado con sus propias manos a su hijo de no haberse muerto, antes, atragantado con un hueso de pollo. Luis Sandríni la miraba ahora con unos ojos llenos de la misma pueril ternura de su personaje más sentimental. María de los Perros Amor, conmovida por su reciente descubrimiento, se replegó en un llanto tan amargo como introvertido, en un llanto sordo que sólo se manifestaba en unas lágrimas que le inundaban los párpados. Imaginó que ella misma era el fantasma de una actriz del cine mudo sumida en el olvido. Se enjugó las lágrimas y, cuando volvió a abrir los ojos, pudo comprobar que los tres actores se habían desvanecido. El Presidente se incorporó como si nada hubiese sucedido, miró el reloj, terminó de cepillarse los dientes y sentenció:

– Es hora de dormir.

María de los Perros Amor llenó una jarra con agua y puso dentro las rosas, que empezaban a marchitarse.

<p>7</p>

El Presidente caminaba con las manos enlazadas detrás de la espalda a lo largo de los corredores que unían los inmensos sets de filmación. Sus pasos resonaban contra los tinglados desde cuyas alturas en penumbra colgaban como murciélagos durmientes decenas de reflectores destartalados, rieles pendulantes a punto de derrumbarse y madejas de cables que reptaban entre las vigas como serpientes al acecho. El Primer Mandatario esperaba ver aparecer a su fiel consejero desde las sombras; creía verlo encarnado en un maniquí ataviado de dama antigua, en el brillo de los ojos de un gato fugitivo que atravesaba el corredor; en voz baja interrogaba al retrato de tal o cual astro sonriente que mostraba los dientes a la posteridad colgado desde las paredes ruinosas de Palatina Sono Film. Inquiría con la mirada a los bustos de bronce que presidían los despachos, a las sílfides de yeso que adornaban las fuentes de los jardines, interpelaba en un susurro a los querubines de estuco y a los mascarones de la Tragedia y la Comedia que ornamentaban los dinteles de las puertas; murmuraba en aymará a los viejos proyectores y a los micrófonos, a los parlantes mudos y escacharrados, esperando oír la sabia voz de su viejo consejero, visible sólo a sus ojos, materializado en alguno de todos aquellos objetos diversos, antagónicos, indescifrables.

Desde el día previo a La Ascensión, cuando se presentó bajo la forma de una salamandra que reptaba entre las brasas del fuego del hogar, no había vuelto a tener noticias de su invisible asesor. El Presidente empezaba a preocuparse seriamente. Necesitaba, quizá como nunca, la palabra justa, el sabio consejo de su ministro sin cartera ni despacho, del incondicional mentor de sus decisiones más trascendentes. Confinado en aquella ciudadela poblada de espantajos color sepia que no acertaban a sincronizar la voz con el movimiento de los labios, recordaba los cada vez más lejanos días de gloria con una nostalgia amarga a la cual no estaba dispuesto a resignarse. Abriéndose camino entre fantasmas sufrientes condenados a recitar sus parlamentos más vergonzosos en ese purgatorio escenográfico, buscaba con desesperación a aquel que, con verbo oracular, tantas veces lo había sacado de los atolladeros más intrincados. Con los ojos inyectados de furia, aventaba el desfile de espectros que le salían al cruce como quien se deshiciera de un enjambre de moscas. Como salidos de un fresco ramplón alegórico de una Divina Comedia de saínete, multitudes de ánimas se desgarraban de sobreactuado dolor, ardían en el fuego histríónico de sus monólogos grandilocuentes y penosos.

Con sus pobres almas salidas de foco, Carlos Villarias, ataviado con una capa, mordía la yugular de Lupita Tovar una y otra vez, repitiendo hasta el hartazgo "voy a darte el dulce beso de la muerte", la célebre frase de la escena del Drácula criollo. Más allá, velada por unos rayones verticales y fulgurantes, Imperio Argentina lloraba el despecho de un cuplé apenas audible tras el ruido áspero de la púa de un gramófono invisible. Igual que un moscardón pertinaz, el lamentable espectro de Mario Sóffici representando el papel que hiciera en El linyera, se arrastraba a los pies del Presidente y extendiendo hacia él un sombrero marchito, le suplicaba:

– Por el amor de Dios, señor, una moneda.

Entonces el Primer Mandatario intentaba asestarle una patada pero, invariablemente, su pierna atravesaba la doliente figura del mendigo sin conseguir espantarlo.

Sentada en un sillón de terciopelo que deambulaba por el aire alrededor de Su Excelencia, Mona Maris sostenía el auricular de un teléfono blanco y, una y otra vez, en forma idéntica, extendía el tubo hacia el Presidente y repetía con voz dramática:

– Es para ti, canalla.

En un ángulo del estudio, María Esther Buschiazzo yacía en una cama, decrépita pero sonriente, tomando la mano de Luis Sandrini, que, con los ojos llenos lágrimas, no dejaba de proclamar a los cuatro vientos:

– ¡La vieja ve lo colore! ¡La vieja ve lo colore!

Sentado en una silla de tres patas, José Marrone, mientras se rascaba ostensiblemente la entrepierna, repetía como una autómata:

– Laburás, te cansás, ¿que ganás?

Y así, buscando entre la multitud de almas en pena la figura de su consejero, el Presidente se abría paso entre las voces que le susurraban al oído:

– Una moneda, señor, por el amor de Dios.

– Voy a darte el dulce beso de la muerte.

– Es para ti, canalla.

– ¡La vieja ve lo colore! ¡La vieja ve lo colore!

– Laburás, te cansás, ¿que ganás?

En medio de aquel alucinatorio desfile de espíritus condenados a representar por toda la eternidad sus libretos más lamentables, el Presidente pudo ver una figura que dimanaba un aura de luz blanca. El Hijo de Wari, encandilado, se cubrió la cara con el antebrazo. Cuando volvió a mirar, en el centro de la fulgurante silueta que presentaba unas alas inmensas y etéreas, reconoció la beatífica sonrisa de Carlos Gardel. El rostro radiante, blanco e iluminado lo miraba con unos ojos hechos de compasión y bondad. El ángel extendió un brazo crispado hacia el Presidente, movió los labios, rojos y delineados, pero no pudo articular palabra. Una lágrima rodó por su mejilla. Hizo otro esfuerzo por emitir un sonido pero volvió a fracasar. Sobrecogido, el Hijo de Wari comprendió que aquella estampa de Gardel databa de la época del cine mudo. A diferencia de los fastidiosos demonios que constituían el aquelarre vociferante de personajes levantados del sepulcro amarillo del celuloide, el ángel del Abasto estaba privado para siempre de su voz de zorzal. El Presidente comprendió de inmediato que la inconfundible figura de Gardel era, en realidad, la encarnadura que había elegido esta vez su consejero. El corazón de Su Excelencia latió con fuerza. Viendo que al Presidente ya no le alcanzaban las manos para ahuyentar a los espectros que no dejaban de acosarlo, el asesor encarnado en Carlos Gardel extendió la mano; en ese momento, sostenida por unos hilos mal disimulados, como manejada por un tramoyista, desde las alturas descendió la rolliza Shirley Temple agitando unas alitas de plumas de ganso trayendo un tridente que depositó en la mano del Zorzal Criollo. Entonces, ante la sola visión del ángel armado con el tridente, los espíritus penitentes se diluyeron en una nube de humo verde.

La cara del Presidente se iluminó. Cuando el consejero por fin consiguió que los fantasmas volvieran a su prisión de celuloide diluyéndose en aquel vapor que se deshizo en el aire, miró al Hijo de Wari y, con una sonrisa tierna, articuló sin emitir sonido:

– Madre -pudo leer el Presidente en los labios del ángel mudo. Adivinaba en el brillo de los ojos de su consejero personificado en la inmaculada estampa de Gardel un signo sombrío. El ángel callado giró sobre su eje, caminó cabizbajo y, con paso lento y las alas plegadas, se perdió en las sombrasde un largo corredor. El Hijo de Wari supo que no tenía nada que preguntar. Caminó siguiendo el paso leve del arcángel que se detuvo frente a la entrada de un estudio. Carlos Gardel destrabó el enorme pasador que aseguraba las puertas y las abrió de par en par. Entonces el Presidente pudo ver una réplica perfecta del Enola Gay con su resplandeciente carga de bombas debajo de su vientre de aluminio que alguna vez había reflejado las últimas imágenes de Hiroshima y de Nagasaki. Deslumbrado, el Hijo de Wari caminó hacia el avión. Acariciaba las aspas de las hélices, recorría con la yema de los dedos las nervaduras de las alas, palmeaba el lomo plateado de la bestia como quien le prodigara caricias a un viejo saurio durmiente. Su consejero encarnado en la figura de Gardel miraba al Presidente con una sonrisa hecha de satisfacción y fatalidad. Con un gesto apenas perceptible, el sombrío asesor que había adivinado las intenciones de Su Excelencia- asintió, invitándolo a que se dejara llevar por la tentación. Entonces, con la destreza de un piloto experimentado, el Presidente tomó un aspa de la hélice y la hizo girar. El motor rugió, carraspeó y, finalmente, rodó parejo en un estruendo ensordecedor. Con un salto ágil, el Presidente trepó hasta la cabina, ocupó la butaca, probó el instrumental, el funcionamiento de las palancas y se calzó las antiparras y la bufanda que descansaban sobre el ala.

Su consejero abrió las compuertas del hangar y,por primera vez en seis décadas, el avión inició el lento carreteo hacia el exterior con la incontenible avidez de libertad de un pájaro escapado de su largo cautiverio.

El ángel mudo se elevó paralelo al aeroplano. Ambos se perdieron tras una nube de tormenta.

<p>8</p>

Sobresaltados por el bramido ensordecedor de los motores, los Doce, desperdigados en distintos sitios de la ciudadela, corrieron hacia el incierto lugar desde donde provenía el estruendo. A un tiempo y sin que se lo hubieran propuesto, coincidieron todos en el corredor que conducía a los sets. Se miraron los unos a los otros y en la expresión desencajada del prójimo descubrieron que los unía la misma preocupante sospecha. Entonces se echaron a correr en dirección al exterior. Algunos a medio vestir, otros ataviados con vestuarios escénicos, avanzaban torpe y desesperadamente enredándose entre los complicados pliegues de las túnicas árabes, trastabillando a merced de los coturnos griegos, enceguecidos por los sombreros de cosaco que les caían sobre los ojos. Como una turba de clowns espantados, apuraban el paso tomándose el abdomen. Con el corazón en la garganta a causa de la fatiga y el desasosiego, los ministros, finalmente, alcanzaron la salida. Detuvieron la marcha y vieron, boquiabiertos, el viejo cuatrimotor elevándose hacia un claro entre las nubes. Pudieron distinguir la figura del Presidente, que los miraba, hubieran jurado, con una sonrisa hecha de malicia. Presas de su mismo artilugio, convencidos de la eficacia de la magia de la que jamás fueron dueños, inocentemente intentaban levantar vuelo. Corrían como avestruces, agitaban los brazos persuadidos de que eran alas, saltaban e inmediatamente caían de bruces como presas de caza. Se incorporaban y volvían a intentarlo una y otra vez. Decepcionados de su pedestre condición, lloraban con el rostro hundido en el barro. Pataleaban, golpeaban el suelo con los puños, arrojaban piedras inútiles e insultos en vano hacia el cielo, mientras veían cómo se escapaba su futuro y se perdía entre las nubes. Como niños, lloraban y maldecían su infinito candor: hechizados por el Hijo de Wari, confiados en su propia lealtad, y sin que lo supieran los demás, le habían revelado al Presidente el número secreto.

El viejo bombardero ganó altura, viró hacia el poniente y se perdió suavemente tras un manto de nubes negras mostrando su culo burlón al triste gabinete.


1

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El director oficial de cine, Héctor Perón del Bosque era, previsiblemente, quien mejor conocía los gustos cinematográficos del Presidente. Sabía que era un amante del celuloide nacional, sobre todo del que databa de la Época de Oro. Y le tenía preparada una sorpresa a Su Excelencia. Durante su expedición arqueológica entre los viejos archivos, el cineasta del gobierno había descubierto verdaderos tesoros ocultos: decenas de rollos jamás exhibidos, películas enteras que, por distintas razones, nunca habían llegado a las salas, fragmentos censurados y filmaciones tras bambalinas hechas en medio de los rodajes.

Todo estaba dispuesto. El auditorio conservaba casi todas las butacas intactas. La pantalla, protegida por un telón que alguna vez había sido púrpura, apenas presentaba unas difusas manchas de humedad que le conferían un parejo tono sepia. El viejo proyector solamente pidió unas gotas de aceite en los engranajes para rodar con la precisión de un reloj. Héctor Perón del Bosque, que iba a oficiar de proyectorista, respiraba con la excitación de quien fuera a presentar su ópera prima. Sentía que era el artífice del renacimiento de la vieja y olvidada Palatina Sono Film. Se dispuso a preparar las variedades. Entonces, con las manos temblorosas pero hábiles, el director sacó el pequeño rollo contenido en una de las latas. Se trataba de un cortometraje que, según acreditaba el rótulo, había dirigido Luis César Amadori y presentaba tres inquietantes X rojas que delataban el cuño inapelable de la censura. El Presidente y la Primera Dama ocuparon las butacas centrales de la séptima fila y los miembros del gabinete se acomodaron, de a uno en fondo, en la fila posterior. A medida que se descorría el telón, las luces fueron menguando hasta que la sala quedó en absoluta penumbra. Inmediatamente se abrió la pirámide horizontal de luz blanca que iluminó la pantalla panorámica.

3, 2, 1 y entonces sí, por fin, aparecieron los títulos. En letras cursivas y con un fondo de música de cuerdas se leyó:


UN COFRECITO DE ORO


Con F e rnando Lamas

y Ricardo Montalbán


Los títulos se fueron diluyendo sobre el primer plano de un florero del que sobresalían dos margaritas. La cámara fue abriendo el plano hasta revelar una mesa que presentaba un desayuno recién servido. Frente a frente estaban sentados, a la derecha, Ricardo Montalbán y, a la izquierda, Fernando Lamas. Al mexicano se lo veía envuelto en una robe de chambre de seda, sonriente y satisfecho, untando una tostada con manteca. Fernando Lamas, en cambio, se mostraba cabizbajo, inapetente y con gesto desconsolado.

– Decime una cosa, Ricardito -suspiró Fernando Lamas con cierta irresolución.

– Sí -contestó distraídamente Ricardo Montalbán llevándose la tostada a la boca.

– ¿Te puedo hacer una pregunta…?

Sólo entonces el mexicano levantó la vista guardando un asombrado silencio.

– Vos, ¿me querés? -susurró avergonzado Fernando Lamas.

Ricardo Montalbán sonrió con ternura y, pasándole una mano por la mejilla, susurró:-Claro, tontito, qué pregunta -se dispuso a continuar con su desayuno.

– Ricardito, vos no me haces el amor. Ricardito… -dijo sollozando-, vos me… -titubeó tratando de eludir la palabra adecuada.

– Pero cómo dice eso, mi bicho -contestó Ricardo Montalbán y sin dejar de sonreír dulcemente, lo tomó de la mano.

– ¡Salí, no me toques!

Hubo un silencio incómodo. Fernando Lamas no quería forzar las cosas. Se acarició el bigote y habló:

– A vos no te preocupa si yo… termino.

En ese punto Ricardo Montalbán no pudo evitar un gesto de sorpresa. Se quedó pensando y finalmente dijo:

– Pero decime una cosa, Fernando -buscó las palabras más adecuadas-, ¿vos… acabas?

– ¡Qué pregunta! -dijo indignado Fernando Lamas-, es claro que… termino.

Ricardo Montalbán frunció el ceño, se llevó el índice al mentón y le preguntó al oído:

– …¿Por atrás?

– Guarangote -alejándolo de sí-; sos un chancho.

– No, de en serio te pregunto, siempre me picó esa curiosidad, ¿vos… terminas?

– Y es claro, tonto, ¿o que te crees…? -contestó incómodo, meciéndose a izquierda y derecha y formando un pequeño corazón con su boca contraída.-Y decime una cosa, Fernando… ¿qué se siente?

Fernando Lamas se puso de pie, elevó la vista hacia las penumbras del cielo raso, juntó las manos sobre el pecho y en un suspiro, contestó:

– Es… es como cagar un cofrecito de oro.

La cámara se elevó. Sonaron violines y entonces, sobre el techo salido de foco, apareció el injusto:


Fin


Los miembros del gabinete, sentados en línea, intentaban compartir su desconcierto buscándose las miradas en la oscuridad. El Presidente giró la cabeza y miró hacia la pequeña ventana, desde donde fulguraba la lente, como pidiendo una explicación. Héctor Perón del Bosque no salía de su extasiado asombro. Con la destreza de un profesional colocó el segundo corto en el carrete superior sin que se notara el cambio de película.

Sin que nadie lo supusiera, lo que habría de continuar iba ser un enigma que dejaría perplejo al Presidente, al gabinete y, sobre todo, a uno de sus miembros.


****

(Afuera, mientras tanto, era la luna nueva.

Todos y en todas partes pudimos escucharlo. Se hubiera dicho que fue un lamento salido de la misma negrura estrellada de aquel cielo sin luna. Nos despertamos sobresaltados por ese aullido absoluto que, por provenir desde todas partes, parecía no venir de ninguna. Tenía la imprecisa sonoridad de las alucinaciones; fue tan vivido y a la vez tan incierto que muchos conjeturamos que había nacido de nuestra turbada percepción. Era el aullido desgarrador de un perro. Una letanía interminable que nos llenó de terror y desconcierto. No nos atrevimos a movernos de la cama. Duró hasta la madrugada. Al día siguiente ni siquiera mencionamos el asunto. Mirábamos pasar las horas con el secreto anhelo de que el sol no se pusiera nunca. Y en la misma medida en que avanzaba el día y se acercaba la noche, nuestros ánimos iban poblándose de negros e inexplicables augurios. Nos quedábamos en los bares buscando la infantil protección de la presencia del prójimo hasta la hora en que los mozos ponían las sillas patas arriba sobre las mesas. Y, cuando ya no quedaba otro remedio, caminábamos con paso ligero a nuestras casas.

Nos dormimos con el mismo temor de quien acaba de soñar una pesadilla. Y entonces, en la mitad de la noche, volvió a suceder. Pero esta vez no fue el solitario lamento de un perro. Desde todas partes llegaban, primero en sordina y luego con una proximidad inquietante, un sinnúmero de espeluznantes aullidos que sonaban como una ininteligible súplica. Era un ruego desesperado que no llegábamos a entender. Los perros que dormían al pie de nuestras camas se sumaban al aquelarre de las bestias desconsoladas.

Con el día volvió la calma. Pero esta vez, para nuestro completo estupor, cuando salimos a la calle nos encontramos con un panorama aciago. Los neumáticos de los autos, los picaportes de las casas, los troncos de los árboles, las bolsas de basura, los parquímetros, los bancos de las plazas, los canteros, los pedestales de los monumentos, todo, absolutamente todo cuanto dormía a la intemperie, había sido ferozmente destrozado por los perros. Aquí y allá se veían gatos descuartizados a dentelladas, los ómnibus eran paquidermos heridos caídos sobre sus propias llantas huérfanas de cubiertas. Las puertas de la perrera municipal habían sido violentadas y los caniles abiertos estaban vacíos. Pronto empezamos a notar que nuestros propios perros nos miraban con un desconocido recelo. Incluso aquellos que éramos mansos y falderos, nos volvimos hoscos y desconfiados con nuestros propios amos; sin que ellos comprendieran la razón gruñíamos y, amenazadores, les mostrábamos los dientes. Los lazarillos nos conducían a los ciegos por los caminos más tortuosos y, lejos de evitarnos los obstáculos, nos hacían golpear contra los postes y hasta nos dejaban caer en las zanjas abiertas. Temerosos de nuestros propios perros, distraídamente dejábamos las puertas de calle abiertas con la inconfesable esperanza de que huyeran. Por las noches nos encerrábamos en nuestras casas y la ciudad quedaba a merced de las jaurías. Fortificados tras los muros domésticos, podíamos escuchar los ladridos uñosos y el estrépito de los destrozos. Y todas las mañanas nos encontrábamos con un paisaje más y más desolador. Las hordas de perros saqueaban y destruían negocios, supermercados y ni siquiera había forma de detener la turba en los paseos de compras. Nocturnamente, entraban por los conductos de ventilación burlando a los guardianes, cada vez más numerosos y más armados, y se iban de la misma subrepticia forma antes del alba. Durante el día no se los veía. Desbordadas las fuerzas del orden, nos organizamos en brigadas. Armados de palos y piedras, infructuosamente salíamos a su encuentro. Escuchábamos los ladridos furiosos, podíamos ver los rastros de los estropicios, divisábamos sus inciertas sombras fugitivas, a nuestras espaldas escuchábamos sus alientos próximos, nos acechaban desde las oscuridad, estaban cerca pero tan agazapados que jamás podíamos tenerlos frente a frente. Los perros de policía nos declaramos, de hecho, en rebelión contra nuestros superiores y desconocíamos las voces de mando; poco a poco fuimos renunciando a nuestros cargos oficiales y desertábamos hacia las filas de los insurrectos.

La ciudad se había convertido en una babel donde imperaba el terror. Los perros, cada vez mejor organizados, tenían sus invisibles búnkers en los laberínticos subsuelos de la ciudad. Se agrupaban por zonas y cada zona tenía su líder. Cada quien parecía tener asignada una tarea específica según su capacidad, su olfato, su tamaño, su poder de camuflaje de acuerdo al color del pelaje, etc. Organizaban sabotajes y golpes de efecto propagandísticos. Tímidamente, algunos de nosotros empezábamos a sentir una inconfesable simpatía por la anónima causa de los rebeldes cuadrúpedos. Día por medio la ciudad amanecía a oscuras. Los perros fijaban blancos estratégicos: destrozaban a dentelladas los cables maestros que abastecían de electricidad al mismísimo Ministerio de Energía, atacaban las redes telefónicas de la Bolsa de Comercio o dejaban a ciegas las pantallas del sistema bancario.

Pero hubo dos hechos que hicieron que nosotros, los que estábamos fuera de aquello que inciertamente se daba en llamar la opinión pública, abrazáramos incondicionalmente la causa de los perros.)


****

2

<p>2</p>

Dentro del auditorio sonó un crescendo de timbales. Un punto situado en el centro de la pantalla fue acercándose desde el infinito fondo sepia, hasta que se hizo inteligible el impetuoso y casi monárquico logotipo de Palatina Sono Film. El escudo se desvaneció tan pronto como apareció y dejó lugar a una contrastante música de trompeta con sordina que anticipaba el inicio de una comedia. Una multitud de rientes y pequeños fantasmas dibujaban el marco de los títulos.


LA CONSPIRACIÓN DE LOS FANTASMAS


Sobre un horizonte sombrío y difuso se alzaba un viejo y ruinoso palacete que elevaba su escuálida torreta hacia una luna llena evidentemente pintada sobre un fondo de decorado. La cámara centró el foco en la única ventana iluminada y, convertida la lente en un subjetivo ventarrón, se introdujo en el living presidido por dos armaduras. Dos figuras temblorosas se acurrucaban en un sillón finisecular.

– No se asuste, Dorita, fue el viento -decía sin demasiada convicción y pálido de miedo un joven Juan Carlos Thorry, que, de paso, aprovechaba para abrazar fogosamente a la aterrada, exultante y cubanísima Blanquita Amaro.

– Eso no ha estado chévere, chico, mira cómo se me ha puesto la piel de gallina -dijo ella con sobreactuado pavor mostrando un muslo firme torneado y cubanísimo.

– No tenga miedo mi gallinita cló cló, mire cómo se me ha puesto el ganso, digo, el bulto, digo, el pulso -y extendió su mano temblorosa.

– Pero chico, es que tú eres incorregible, no respetas ni el miedo -dijo Blanquita Amaro, desembarazándose del acoso de su galán y, poniéndose de pie y de espaldas a su interlocutor, agregó con la voz quebrada:- No ves que me muero de miedo.

Juan Carlos Thorry no despegaba la vista de la retaguardia inconmensurable, firme y cubanísima de la bailarina.

– Puedo ver qué pavo tiene, Dorita, quiero decir, qué pavor tiene, Dorita. Discúlpeme, ya no sé ni lo que digo, esta situación me ha puesto al palo, digo, al poste, quiero decir que, a la postre, todo va a salir bien, no se asuste -dijo Juan Carlos Thorry sonriendo nervioso con su boca repleta de dientes.

En ese momento se oyó una voz que provenía desde la sala contigua.

– Algún gracioso me escondió la ropa -dijo Nathan Pinzón cubierto únicamente por una toallita mínima, por debajo de cuyo borde le asomaban las partes -disculpe que ande en cueros, Dorita.

– Milagro de talabartería! -exclamó la estrella caribeña, espiando ostensiblemente por entre los dedos con los que simulaba cubrirse los ojos. En ese momento se oyeron unas risitas al otro ado de la puerta.

– ¡Dios mío, qué es lo que es eso! -gritó Blanquita Amaro.

Nathan Pinzón pudo ver las figuras fugitivas de las hermanas Legrand que huían con la ropa del huésped; Silvia llevaba una media en cada mano, y Mirtha blandía los calzoncillos como una bandera.

– Ahora van a ver! -dijo, y se echó a correr hacia la sala, detrás de las mellizas.

Acababa de cruzar el vano de la puerta cuando, literalmente, se topó con Armando Bo que traía a la perra de la correa.

– Con usted quería hablar, venga -dijo pasándole una mano por encima del hombro. La Prity le hurgó la toallita con el hocico.

– Podrá ser en otro momento, tengo un poco de frío…

– Nada, venga. Voy a presentarle a un amigo.

– ¿Así; le parece?


****

(Afuera, mientras tanto, una mañana, frente a nuestras casas hechas con el cartón humedecido de la resignación, la chapa vertical del estoicismo y el ladrillo impar de la paciencia, pudimos verlo. Estaba sentado mansamente sobre sus cuartos traseros en el lodazal que demarcaba el límite entre la nada y la nada. Era un perro enorme cuyo pelaje gris plateado se diría que irradiaba luz. No tuvimos tiempo de temerle. Nos miraba con unos ojos hechos de una mansedumbre idéntica a las aguas estancadas que habían dejado las últimas lluvias. Para nosotros la guerra de los perros era algo que sucedía en las noticias, al otro lado del puente, en la ciudad, tan cercana pero tan inexpugnable. Cierto era que nuestros perros nos fueron abandonando desde el día del aullido general. Hacía tiempo que no habíamos vuelto a ver uno. Pero no era menos cierto que jamás habíamos sufrido el ataque de las jaurías. Uno a uno, fuimos saliendo de las casas para verlo. Se echó cuan largo y flaco era sobre su costillar sarmentoso y, sin dejar de mirarnos, posó la cabeza entre las patas delanteras. Jadeaba como si acabara de correr durante días enteros. Formamos un círculo del diámetro de la cautela. El perro se sometía a nuestra curiosidad entregándose con una confianza tal, que pronto comprendimos que en realidad éramos nosotros quienes nos habíamos rendido ante su magnánima indefensión. Estaba lastimado. Un hilo de sangre le brotaba del muslo y se mezclaba con el barro. Parecía una herida de bala. Uno de nosotros rompió la rueda del estupor, caminó hasta las casas y volvió con un cuenco de lata que desbordaba agua limpia. Lo dejó delante de su hocico cuarteado como la ciudad que, tras el puente, mostraba su silueta indiferente de añosa cortesana. Hacía mucho tiempo que no experimentábamos ningún sentimiento misericordioso. La piel se nos había vuelto gruesa, paquidérmica; de poco y sin que lo notáramos, habíamos cobrado un remoto aspecto de rinocerontes dispuestos a hundir el cuerno indiviso del resentimiento en las desprevenidas espaldas de quienes tuviéramos a nuestro alcance. Sumergidos en aquel porquerizo, cuidábamos de la voracidad del vecino nuestra propia parcela miserable y cenagosa, que nos iba trabando hasta los anhelos. Fuimos capaces de matarlos los unos a los otros por un par de zapatos deslenguados. Desde el comienzo de la guerra la cabeza de un perro tenía precio. Por cierto, un precio más alto que el que pagarían por cualquiera de nosotros. Pero ahora, movidos quién sabe por qué arrebato de piedad, a falta de gasa, nos quitábamos la camisa para sanar la herida de un pobre animal. Desde la radio y la televisión se había desplegado una tenaz campaña contra las fieras. "Sea el mejor amigo del hombre, mate un perro", decía mirando a cámara, conmovida, la presidenta de la Sociedad Protectora de Animales. El Ministerio de Defensa no reparaba en gastos para combatir el desastre. Otro corto publicitario mostraba un primer plano del beato rostro de Bob Dylan, quien, ostentando un crucifijo en el cuello, con su voz de adolescente encaprichado, decía desde el subtitulado en españo "Sea el mejor amigo del hombre, coma hot dogs", mientras se llevaba una pata de perro a la boca y le daba un tarascón medieval. Una actriz de pelo crispado y decir tembloroso recitaba parafraseando a Bertold Brecht: "Primero fueron los gatos, pero no me preocupé porque yo no era gato. Después fueron las patas de los sillones, pero no me preocupé, porque yo no era sillón. Luego fueron los tachos de basura pero no me preocupé, porque yo no era tacho de basura. Ahora están golpeando a mi puerta". La cámara hacía un traveling y revelaba la borrosa presencia de un perro vestido con uniforme nazi.

Habíamos llegado a repudiar a los perros. Pero ahora, mientras mirábamos a ese gigantesco mastín con su cuerpo lleno de marcas y cicatrices impresas como testimonio de una batalla feroz, cuyo propósito no llegábamos a descifrar, no podíamos evitar sentir una vergüenza inabarcable. Desnudos en nuestra propia ruindad, pudimos mensurar, de pronto, el abismo que separaba la pobreza de la miseria. Y, comparados con aquel perro que, estoico y sin doblegarse, se lamía las heridas para volver al ruedo, nos sentimos infinitamente miserables. Entonces nos iluminó el hartazgo.

Hartos de ver pasar, uno tras otro, los camellos obesos del despilfarro a través del ojo ciego de la aguja, terminamos por convencernos de que el reino de los cielos jamás habría de pertenecemos.)


3

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La pantalla mostraba la espalda de un sillón por sobre el cual asomaba una nuca. Cuando entraron al office, Nathan Pinzón pudo ver a un hombre joven que se paseaba nerviosamente alrededor del escritorio con las manos en los bolsillos; sentado al escritorio había otro que revisaba unas carpetas a través de unos anteojos de leer.

– Doctor, le presento al señor Pinzón; Nathan, el doctor Santa Marina.

– Encantado -dijo el doctor Santa Marina.

– No lo tome a mal, doctor, pero lo que me está estrechando no es la mano.

Santa Marina lo miró desconcertado. Nathan Pinzón pudo comprobar que el doctor tenía las manos en los bolsillos; entonces miró hacia abajo y descubrió espantado que la Prity le estaba apretando el ganso contra el paladar.

– ¡Soltá fiera del carajo, soltá que no es chorizo!

– ¿What is cboraizo? -preguntó deconcertado el hombre de anteojos que revisaba una gruesa carpeta.

La Prity encontró divertido el asunto y empezó a tirar como si fuera un trapo, dando unos gruñidos alegres.-Dígame si no parece la propaganda de Coppa y Chego -señaló el doctor hacia el ganso de Pinzón, que se estiraba como si fuera de goma.

– Suelte, bicha, suelte -ordenó Armando Bo mansamente.

Como a regañadientes, la Prity soltó…

– Tenemos una sorpresa para usted, Nathan…

En ese momento, desde el otro lado del cortinado púrpura, surgió una figura a contraluz. Cuando hubo estado completamente descubierta, empezó a cantar en un tono tan alto que hizo aullar a la perra.


Nací libre como un ave

y mi nombre es Libertad.


– Hablando de aves y de libertad, ¿podré recuperar mis calzoncillos, que se me va resfriar el ganso?

– Después, hombre, después.

Libertad Lamarque abrió la cartera y extrajo una veintidós corta.

– Tome, estamos repartiendo armas entre el pueblo.

– Señora… me la hacía en México.

– Y ahora, ¿dónde se la hace? -dijo Libertad en un acceso de risa imparable, a la vez que ejecutaba un gesto ascendente y descendente con la diestra alrededor del caño de la veintidós.

El doctor Santa Marina festejó la humorada con una sonrisita ínfima hecha con la mitad de la boca.-Discúlpela, estuvo mucho tiempo junto a Cantinfl as.

– Con usted, cinco…-dijo y agregó-Pero somos mas de cien potenciales voluntades.

– Quién pudiera ser llave de quince para aflojar el bulón… -empezó a decir el doctor Santa Maria, antes de perder el hilo del complicado piropo que había comenzado a improvisar al paso ondulante de Libertad Lamarque.

– No comprendo -dijo la halagada, deteniendo el paso.

– Bueno, pretendía ser un halago -dijo avergonzado el doctor Santa Marina mirando al piso.

– Tengo la sospecha de que usted me quiere enhebrar la ganzúa.

– Bueno, puesto en esos términos… -dijo el doctor sin terminar de comprender la metáfora.

– Sea claro, doctor, ¿somos camaradas o no somos camaradas?

– Y… sí…

– ¿Pustonces…? -preguntó e inmediatamente, poniendo una voz grave, sensual, agregó-. No ves que hace rato que te eché el ojo. Hazme de vos, gran gandul -suspiró Libertad poniendo los ojos en blanco, y se echó en los brazos del doctor Santa Marina.

En ese preciso momento entró en la sala Pedrito Quartucci, quien, pudorosamente, tuvo el decoro de carraspear para informar de su presencia.

– ¿Qué quiere, no ve que estamos ensayando?-justificó Libertad acomodándose la falda que había quedado por sobre sus rodillas. El doctor Santa Marina se llevó una mano al bolsillo para disimular el promontorio que le inflamaba la bragueta.

– Sigan, sigan ensayando tranquilos, yo venía a podar los malvones. Hagan de cuenta que no estoy.

– Mejor seguimos en otro momento, señora, voy a aprovechar para terminar unos escritos.

– Usted no se va nada -dijo ella tomando al doctor de la manga del saco, y mirando con odio al intruso, le espetó:- ¿Por qué no se poda el higo a ver si le crece un poco?

Pedrito Quartucci se irguió, miró a su hiriente interlocutora con una sonrisa suficiente, se atusó el bigotito y meneando la cabeza explicó:

– Higuera, querrá decir -y moviendo la cadera hacia adelante-; palo borracho, querrá decir.

Libertad Lamarque miró ostensiblemente lo que su interlocutor exhibía a través del pantalón y, a la vez que empujaba al doctor Santa Marina lejos de sí y con una sonrisa lasciva, susurró:

– Yo diría… sequoia.

– ¿Le gusta?

– Me encanta -susurró.

El doctor Santa Marina carraspeó y con tono de resignada derrota, dijo:

– Los dejo solos…

Sin siquiera mirarlo, Libertad Lamarque lo invitó a retirarse sacudiendo la mano despectivamente.

– Hazme de vos, gran gandul -imploró Libertad, armando un remolino en el pelo de su nuevo galán con el índice de la diestra.

Pedrito Quartucci acercó su boca a la de su encendida admiradora y a milímetros de sus labios, con voz radiofónica, le dijo:

– Ni que me paguen, no te toco ni con un palo, o me dedico a los caranchos cascoteados. Raja de acá, arrastrada.

Libertad Lamarque tardó en comprender aquellas palabras. Como si acabaran de vaciarle un barril de agua helada, se incorporó, y llena de vergüenza corrió escaleras arriba.

Entonces la pantalla se fue oscureciendo hasta quedar en completa penumbra. Sin que todo aquello tuviese el más mínimo sentido, sin que nada justificara el final de aquella historia que había extraviado el argumento antes de empezar, sobre el fondo negro apareció la leyenda:


Fin


****

(Afuera, mientras tanto, durante la noche escuchábamos los lejanos ladridos y el incesante ulular de las sirenas provenientes de la ciudad que, tras el puente, mostraba su pálida corona de luces proyectadas contra las nubes. Los helicópteros eran pterodáctilos hambrientos que husmeaban el horizonte en busca de alguna presa. Desde la radio y la televisión informaban, "minuto a minuto", las alternativas de la guerra. Uno tras otro, eran leídos los partes y comunicados oficiales que enumeraban los destrozos de los "infieles" -aquel era el único término permitido, en un súbito e involuntario arrebato de islamismo, para referirse a los perros- y, con sonrisas triunfales, anunciaban las bajas infligidas al enemigo. Las imágenes mostraban pilas de perros muertos exhibidas orgullosamente por los oficiales a cargo de uno u otro operativo. En las plazas colgaban del cuello centenares de perros ahorcados, en forma sumaria y pública, en las ramas de los árboles. Desde la pantalla se podía ver de qué manera los perros que habían sido atrapados vivos envueltos en redes kilométricas eran apedreados hasta morir por las multitudes enardecidas.

Habíamos ocultado a aquel perro blanco que se diría luminoso después de curarle la herida que casi le había perforado el muslo de lado a lado. Y así, rengo y exhausto como estaba, intentaba ponerse de pie cada vez que un aullido atravesaba las márgenes del río. Teníamos que cuidarlo de los otros pero, sobre todo, de nosotros; la traición había sido nuestra moneda más corriente: solíamos pagar con la traición y cobrarnos con la venganza. Y sabíamos que cada colmillo tenía buen precio. La tentación era un pájaro negro que nos sobrevolaba en círculos cada vez más bajos y más concéntricos. Después de todo, nos decíamos, no tenía demasiadas posibilidades de pasar la noche. Habíamos hecho todo cuanto estaba nuestro alcance. Y aquello que había empezado siendo un inconfesable pensamiento, pronto se convirtió en un tímido murmullo que acabó transformándose en una enfática moción. Nos trenzamos en una discusión que todos -incluido el perro, que nos miraba con unos ojos llenos de piedad- sabíamos en qué habría de terminar.

En la mitad de la noche, volvimos a formar un círculo en torno del animal. La decisión estaba tomada. Faltaba resolver quién lo haría. El azar habría le determinarlo. Tiramos al aire la moneda patibularia de la pusilanimidad cuya ceca no alcanzó a ocultar la cara descompuesta del elegido. Fue un disparo, único y certero, apuntado al centro de los ojos. El perro cayó sobre sus patas delanteras. Tuvo el infinito decoro de morir sin agonía.

De la misma impredecible manera que los perros habían iniciado aquella inexplicable rebelión, un día entre los días y sin que mediara un motivo, decidieron abandonar la lucha. Pero jamás volvieron a vivir entre nosotros. Así como un día muy lejano un lobo había aceptado comer de la mano de un hombre y seguirlo a una distancia prudente cuando salía de caza; así como aprendió a no temerle al fuego en el que el hombre cocía su presa; así como dormía junto a la puerta de la casa del hombre hasta que aceptó dormir confiadamente a sus pies ya convertido en perro, de la misma manera, abatidos por la vergüenza, los perros decidimos alejarnos para siempre y volver a nuestra primitiva condición de lobos.)


4

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Cuando se encendieron las luces, el doctor Santa Marina pudo ver cómo todas las miradas recaían sobre su absorta persona. Hundido en su butaca, intentaba articular alguna palabra pero un temblor incontrolable se había adueñado de sus labios. No había el menor resquicio para la duda: aquel que hasta hacía unos momentos interpretaba su propio papel en la pantalla haciendo de sí mismo en blanco y negro, no podía ser otro que el Ministro de Justicia. Y así lo testimoniaban los títulos finales que caían hasta perderse en la parte inferior de la pantalla; su nombre, Gregorio Félix Santa Marina, había pasado, fugaz pero claramente, en la lista de los actores de reparto. Pero lo más desconcertante del caso era que, pese a que la película había sido filmada durante los últimos años de la década del cuarenta, el doctor Santa Marina se veía exactamente igual cincuenta años después. Aplastado en su butaca, el Ministro de Justicia, sumido en un pasmo catatónico, parecía perjurar con su silencio que jamás había incursionado en las, para él por completo ajenas, faenas actorales.

Nadie pronunció palabra. El Presidente se retiró convencido de que aquello había sido una alucinación.


5

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Había pasado la medianoche cuando el Presidente decidió que la jornada había concluido. Aquella extraña función había dejado en el auditorio una extenuación hija del desconcierto y de una ominosa e innombrable inquietud. Recluidos en aquella espectral ciudad ilusoria hecha de la misma materia de la que están construidos los espejismos, enclaustrados en esa necrópolis escenográfica habitada por maniquíes ataviados con fantasmales vestuarios de un anacronismo que invitaba a perder toda certeza temporal, por primera vez sintieron el frío aliento del miedo.

El Presidente y la Primera Dama habían instalado su suite presidencial en el inmenso camarín que alguna vez había pertenecido a Marlene Dietrich, y que había sido especialmente construido para la diva cuando viajara para filmar "Torrente de Pasiones". En los modestos camarines situados en el piso inferior, se alojaba el resto del gabinete. Todo presagiaba una larga y tortuosa noche. Un cielo bajo hecho de unas nubes que se dirían sólidas, anunciaba una tormenta cuya ferocidad se podía prever en el silbido del viento a ras del suelo, levantando remolinos de tierra y pasto seco. Los sets de filmación guardaban una tenue penumbra, apenas iluminada por la mortecina claridad de las nubes. El viento se filtraba por las rendijas de las enclenques ventanas que se quejaban con un chirrido prolongado semejante a una letanía hecha de sollozos. Un enceguecedor relámpago plateado anticipó el furioso clamor de un trueno que hizo cimbrar las paredes; las luces parpadearon y finalmente se extinguieron. Los estudios quedaron en la más absoluta oscuridad. María de los Perros Amor, que acababa de meterse en la cama, se incorporó sobre los codos y, por primera vez en muchos años, le habló a su esposo. Llamó al Presidente por su nombre, cosa a la que nunca nadie se había atrevido -de hecho, muy pocos conocían su nombre verdadero-, e inmediatamente agregó entre sollozos:

– Me quiero ir de acá.

El Presidente, que se estaba cepillando los dientes en el pequeño lavabo del camarín, miró a su esposa a través del espejo y, estupefacto ante el hecho casi milagroso que acababa de protagonizar su mujer -de hecho, él ni siquiera recordaba su voz-, giró sobre su eje y, con el cepillo todavía en la boca, conmocionado por la súbita ruptura del añoso silencio, le dijo:

– Te podes callar, imbécil.

Entonces la Primera Dama rompió en un llanto sordo y desconsolado. Dos cosas enfurecían al Primer Mandatario como ninguna otra: la primera, que lo llamaran por su nombre y, la segunda, los estúpidos lloriqueos de su mujer. La suma de ambos elementos lo encolerizó de tal modo que, con la boca anegada de espuma, le cruzó la mejilla de un golpe seco y sonoro. Iba a descargar una segunda cachetada, ahora con el revés de la mano, cuando escuchó algo que lo dejó petrificado con el brazo en alto. Desde un lugar incierto el Presidente y la Primera Dama pudieron oír un coro de carcajadas acompañadas de unos aplausos desacompasados y estridentes que, tan pronto como se habían hecho audibles, fueron menguando hasta acallarse. El Primer Mandatario, todavía con el brazo levantado, miraba en todas direcciones y hubiera jurado que aquella invisible explosión de hilaridad se había originado dentro mismo del camarín. María de los Perros Amor había reemplazado su ataque de llanto por unos gemidos aterrorizados que le agitaban el pecho.

– ¿Qué fue eso? -susurró pálida.

Entonces, a modo de respuesta, aquella claque incorpórea volvió a romper en risotadas, ante el gesto espantado de la Primera Dama. Luego sobrevino un silencio interrumpido apenas por unas carrasperas aisladas. El Presidente tomó el candelabro y extendiendo el brazo iluminó los rincones que permanecían en sombras. En su breve caminata a tientas tropezó con la pata de la litera, trastabilló, e intentando mantener el equilibrio, metió su pierna izquierda en un balde de lata que, al golpear contra la pared, hizo temblar una pequeña estantería en cuyo anaquel superior se debatió un jarrón que terminó estrellándose contra la cabeza presidencial. Las carcajadas eran ahora de una exaltación que terminó en paroxismo cuando el Presidente bizqueó en el mismo momento en que unos pequeños pájaros volaron en torno a un enorme chichón que se elevó, levantándole en vilo el cuero cabelludo como si fuese un bisoñe. Con aquella sonrisa estrábica, el primer mandatario se desplomó sobre sí mismo; un temblor convulso le mantenía la pierna levantada. Las risas se prolongaron en un aplauso cerrado. La Primera Dama, aterrada, se incorporó y corrió hasta donde yacía su marido. Se arrodilló y, desesperada, le cacheteó las mejillas. Viendo que su esposo no reaccionaba, le quitó el balde que permanecía trabado en el pie y corrió a llenarlo con agua. Hecho esto, volvió cargando el balde, se detuvo frente al cuerpo horizontal del Primer Mandatario, tomó impulso y arrojó con todas sus fuerzas el contenido del cubo. Pero lo hizo con tal puntería que el agua pasó, paralela, por sobre la yacente humanidad de su marido y siguió de largo en dirección a la puerta. En ese preciso instante la puerta se abrió sorpresivamente y el fallido borbotón fue a dar en pleno rostro del recién llegado. Las risas se elevaron hasta la afonía. El visitante sostenía un ramo de rosas que se doblaban bajo el peso del agua y el ala de un sombrero empapado le cubría la cara por completo. El anónimo galán escupió un hilo de agua como lo haría la estatua de una fuente, se levantó el ala del chambergo y entonces quedó revelada su enjuagada identidad. Los aplausos atronaron entre ovaciones interminables. La accidentada visita era un desgarbado y delgadísimo Luis Sandrini. No era el Sandrini padre de familia, moralista y circunspecto de los últimos años, sino el tartamudo de ojos saltones de la primera época. Hizo una infinidad de muecas mientras esperaba que la invisible claque hiciera silencio y, sólo entonces, articuló con dicción espástica:

– María, espero no importunarla, sucede que vi luz y subí.

Pálida, María de los Perros Amor, mostraba una expresión horripilada. Recordaba que, personalmente, había asistido al multitudinario funeral de Luis Sandrini; que, conmovida, se había abrazado con Malvina Pastorino junto al féretro del popular finado. Y ahora, viéndolo de pie con un ramo de rosas exangües, torpe y desmañado, chapoteando en un charco de agua, con el mismo gesto que tantas veces había presenciado en su infancia en el único cine de su pueblo natal, la Primera Dama no podía evitar una mezcla de pavor y emoción que, como de costumbre, se le manifestaba en la absoluta imposibilidad para articular palabra. Sin embargo, María de los Perros Amor notaba que algo en ella se abría paso por sobre su voluntad, una frase se le impuso como si proviniera de un pensamiento ajeno al suyo y cuya pronunciación se le aparecía como un mandato al que no podía desobedecer:

– Luis, sabía que vendría y le preparé un pastel -dijo desconcertada por su involuntario acceso de verbosidad.

Luis Sandrini ensayó su mirada más tierna, sacudió el ramo de rosas empapando, de paso, a su interlocutora y titubeó:

– Son para usted, María -dijo y avanzó un paso

María de los Perros Amor tomó las flores y, primorosamente, las puso en el balde de lata que pendía de su brazo derecho.

– A propósito, María, ¿cómo está su marido? -inquirió Luis Sandrini, con un mal disimulado interés en establecer si la anfitriona estaba sola en casa.

– Debajo de su zapato -contestó escueta la Pri mera Dama sin despegar la vista del inesperado galán. Seguía animada por el mismo inexplicable mandato que se había adueñado de sus cuerdas vocales.

En ese preciso momento, cuando Luis Sandrini levantó torpemente el pie de la cara del Presidente, Su Excelencia intentó abrir los ojos mientras volvía en sí sacudiendo la cabeza a izquierda y derecha. Entonces, de pronto, la Primera Dama entró en pánico. Se sintió infinitamente culpable. ¿Qué pasaría si su marido la descubría sosteniendo un ramo de flores de manos de su insólito festejante? Antes de que el Presidente pudiera incorporarse sobre sus codos, María de los Perros Amor, movida por una voluntad contraria a la suya, levantó el pesado balde y lo descargó con fuerza sobre la cabeza de su esposo. El Primer Mandatario volvió a ponerse bizco, levantó el índice y antes de que pudiera expresar su sentencia, se desmayó por segunda vez.

Luis Sandrini, con su enorme y payasesco zapato, sacó de su paso el bulto que constituía el Presidente tendido en el piso y, una vez superado el escollo, se abalanzó sobre la Primera Dama. Con su diestra inconmensurable, Sandrini rodeó la cintura de María de los Perros Amor y la apretó hasta tocarse el índice con el pulgar. Presa de una fogosidad opuesta a su albedrío, la Primera Dama se entregó a la avasalladora reciedumbre del visitante oponiendo una resistencia tan inútil como provocativa. Luis Sandrini pasó su lengua ávida por las comisuras de los labios de la mujer del Presidente y, en el momento en que ella abrió la boca para recibir el postergado beso, la apartó de sí sin soltar su estrecha cintura. La manejaba como quien empuña el mecanismo oculto de un títere. Con cada movimiento de sus dedos acromegálicos, suscitaba en la Primera Dama ya suspiros irresistibles, ya gemidos altisonantes. Separándola de su pecho empapado, la contempló largamente recorriendo con los ojos cada ápice de pielque traslucía el camisón; sin tocarla, cada vez que detenía su mirada en el halo morado de sus pezones, María de los Perros Amor sentía una opresión cálida, como si realmente la estuviera acariciando. Se diría que aquel fantasma no presentaba la inasible sustancia de la que están hechos los espectros ordinarios sino que, por el contrario, ostentaba una materialidad más sólida que la de los mortales. Hecho este último que la Primera Dama pudo comprobar fehacientemente cuando el aparecido le tomó la mano y con ella se frotó la pétrea protuberancia que pugnaba por salirse del pantalón. Inmediatamente, sin soltarle la cintura, la obligó a girar sobre su eje -cosa que hizo con la gracia de la bailarina que se supone había sido y la detuvo cuando quedó de espaldas a él. El desmañado fantasma contempló la generosa retaguardia de María de los Perros Amor, lentamente le levantó la falda del camisón y dejó al descubierto unos glúteos macizos y prominentes que contrastaban con su espigada cintura. Estaba por abrir la infinita botonadura del pantalón para liberar de su encierro a la bestia que pugnaba por ver la luz para hundirse en las húmedas penumbras que la reclamaban, cuando el redivivo Luis Sandrini notó que el Presidente, otra vez, empezaba a recuperar la conciencia. Fastidiado, resopló con el gesto de contrariedad que tantas veces había hecho desde la pantalla y, antes de que Su Excelencia abriera los ojos, lo midió, calculó y le descargó una violenta patada en la pera que lo elevó a medio metro del suelo y lo hizo aterrizar inerte. María de los Perros Amor no se había dado por enterada de este último incidente y, de espaldas a su gentil espectro, apoyada sobre el lavabo, esperaba ansiosa el anhelado trofeo. Luis Sandrini había conseguido, por fin, ganar la batalla contra los incontables botones del pantalón y se disponía a proceder. En ese momento, la Primera Dama involuntariamente encontró su rostro en el espejo que tenía delante de sí. Vio sus mejillas avivadas por el rubor de la pasión, vio el mechón de pelo que, liberado del cautiverio de la hebilla, se agitaba delante de sus párpados como animado por una tibia brisa de juventud. Levantó la vista por sobre su cabeza buscando el reflejo de su ardoroso tenorio, pero no vio más que su solitaria persona meneándose contra nadie. Atormentada, giró la cabeza y, entonces, volvió a la calma: ahí estaba Luis Sandrini de pie y aferrándola por la cintura. María de los Perros Amor cerró los ojos, se elevó un poco sobre la punta del pie derecho y levantó la pierna izquierda por sobre el mármol del lavatorio, exhibiendo los labios mudos, abiertos y empapados de su vulva. El enardecido comediante aceptó el amparo rojo y cálido que se ofrecía, hospitalario y palpitante, al impaciente huésped que pugnaba por irrumpir con furia. Entonces, interpuso su voluntad contra los bríos perentorios de su socio enceguecido, y lo guió suave, lenta y cuidadosamente a través de aquellas dulces tinieblas. La Primera Dama suplicaba piedad ante cada leve embestida y, luego, cuando llegaba la pausa, imploraba por más inclemencia. María de los Perros Amor no alcanzó la extática culminación por la sencilla razón de que todo el tiempo, desde el comienzo, se había entregado a un ininterrumpido estado de paroxismo que sólo concluyó cuando el ardiente fantasma, después de agitarse en espasmos repetidos, se desplomó, satisfecho, sobre la espalda de la Primera Dama.


6

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La puerta se abrió de par en par. Un seguidor cuyo origen no podía vislumbrarse desplegó su cono plateado y, en su centro, se hicieron visibles, con un resplandor que encandilaba, dos mariachis ataviados con bandoleras hechas de balas de plata, chalecos bordados en hilos de oro, botas con espuelas argénteas y sendos sombreros de charro, cuyo diámetro superaba el ancho de la puerta. Como provenientes del cuerno de un gramófono, las voces de los sorpresivos mejicanos sonaron antes de que abrieran la boca. Con un sonido plano y metálico que no sincronizaba con el movimiento de sus labios, entonaban las recias estrofas de El Rey. El contrariado fantasma de Luis Sandrini se acomodó púdicamente las ropas y enfundó el marlo, todavía tieso y morado, con la misma dificultad con la que lo había desenfundado. Turbado y presa del agotamiento, Sandrini tartamudeó por lo bajo:

– ¿Por qué no le dedican El choclo a ésta? -dijo sopesando lo que tenía entre manos-. Será de Dios…

María de los Perros Amor se sintió infinitamente avergonzada, rápidamente se acomodó las ropas y miró a su marido, que permanecía tendido en el suelo emitiendo un ronquido sonoro y acompasado, cantaba el dúo a pecho henchido.


No tengo trono ni Reina

Ni nadie que me comprenda

Pero sigo siendo el Rey.


Recién entonces la Primera Dama comprendió que aquel par de mariachis estaba compuesto por los legendarios Jorge Negrete y Pedro Armendáriz. María de los Perros Amor recordó otra vez la minúscula sala del Luminaris, el cine de su pueblo. Era un Metropolitan en miniatura, debajo de cuya fresca marquesina contemplaba, embelesada, los rostros pintados a la acuarela que le sonreían desde los afiches. La Primera Dama experimentó un indescifrable sentimiento que se aproximaba a la felicidad. Su mutismo incoercible no estaba hecho ahora de aquella angustia frente a la negación de la palabra, sino de la timidez de la niña que era cuando, recostada panza abajo en la terraza del Luminaris veía, a través de la claraboya que se abría en las noches de verano, las películas mexicanas cuyas canciones habría de cantar el resto su vida. La Primera Da ma volvió a mirar al Presidente, que yacía a sus pies, y deseó que permaneciese así para siempre, que aquel mundo salido de la planicie del celuloide se perpetuara; comprendió que prefería los fantasmas que no acertaban a sincronizar la voz con el movimiento de los labios, a los horribles espantajos ministeriales que presidía su marido y con los que, desde el día en que decidió casarse, estaba obligada a convivir. Descubrió que no estaba dispuesta a tolerar un día más junto a aquellos que hubiesen matado con sus propias manos a su hijo de no haberse muerto, antes, atragantado con un hueso de pollo. Luis Sandríni la miraba ahora con unos ojos llenos de la misma pueril ternura de su personaje más sentimental. María de los Perros Amor, conmovida por su reciente descubrimiento, se replegó en un llanto tan amargo como introvertido, en un llanto sordo que sólo se manifestaba en unas lágrimas que le inundaban los párpados. Imaginó que ella misma era el fantasma de una actriz del cine mudo sumida en el olvido. Se enjugó las lágrimas y, cuando volvió a abrir los ojos, pudo comprobar que los tres actores se habían desvanecido. El Presidente se incorporó como si nada hubiese sucedido, miró el reloj, terminó de cepillarse los dientes y sentenció:

– Es hora de dormir.

María de los Perros Amor llenó una jarra con agua y puso dentro las rosas, que empezaban a marchitarse.


7

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El Presidente caminaba con las manos enlazadas detrás de la espalda a lo largo de los corredores que unían los inmensos sets de filmación. Sus pasos resonaban contra los tinglados desde cuyas alturas en penumbra colgaban como murciélagos durmientes decenas de reflectores destartalados, rieles pendulantes a punto de derrumbarse y madejas de cables que reptaban entre las vigas como serpientes al acecho. El Primer Mandatario esperaba ver aparecer a su fiel consejero desde las sombras; creía verlo encarnado en un maniquí ataviado de dama antigua, en el brillo de los ojos de un gato fugitivo que atravesaba el corredor; en voz baja interrogaba al retrato de tal o cual astro sonriente que mostraba los dientes a la posteridad colgado desde las paredes ruinosas de Palatina Sono Film. Inquiría con la mirada a los bustos de bronce que presidían los despachos, a las sílfides de yeso que adornaban las fuentes de los jardines, interpelaba en un susurro a los querubines de estuco y a los mascarones de la Tragedia y la Comedia que ornamentaban los dinteles de las puertas; murmuraba en aymará a los viejos proyectores y a los micrófonos, a los parlantes mudos y escacharrados, esperando oír la sabia voz de su viejo consejero, visible sólo a sus ojos, materializado en alguno de todos aquellos objetos diversos, antagónicos, indescifrables.

Desde el día previo a La Ascensión, cuando se presentó bajo la forma de una salamandra que reptaba entre las brasas del fuego del hogar, no había vuelto a tener noticias de su invisible asesor. El Presidente empezaba a preocuparse seriamente. Necesitaba, quizá como nunca, la palabra justa, el sabio consejo de su ministro sin cartera ni despacho, del incondicional mentor de sus decisiones más trascendentes. Confinado en aquella ciudadela poblada de espantajos color sepia que no acertaban a sincronizar la voz con el movimiento de los labios, recordaba los cada vez más lejanos días de gloria con una nostalgia amarga a la cual no estaba dispuesto a resignarse. Abriéndose camino entre fantasmas sufrientes condenados a recitar sus parlamentos más vergonzosos en ese purgatorio escenográfico, buscaba con desesperación a aquel que, con verbo oracular, tantas veces lo había sacado de los atolladeros más intrincados. Con los ojos inyectados de furia, aventaba el desfile de espectros que le salían al cruce como quien se deshiciera de un enjambre de moscas. Como salidos de un fresco ramplón alegórico de una Divina Comedia de saínete, multitudes de ánimas se desgarraban de sobreactuado dolor, ardían en el fuego histríónico de sus monólogos grandilocuentes y penosos.

Con sus pobres almas salidas de foco, Carlos Villarias, ataviado con una capa, mordía la yugular de Lupita Tovar una y otra vez, repitiendo hasta el hartazgo "voy a darte el dulce beso de la muerte", la célebre frase de la escena del Drácula criollo. Más allá, velada por unos rayones verticales y fulgurantes, Imperio Argentina lloraba el despecho de un cuplé apenas audible tras el ruido áspero de la púa de un gramófono invisible. Igual que un moscardón pertinaz, el lamentable espectro de Mario Sóffici representando el papel que hiciera en El linyera, se arrastraba a los pies del Presidente y extendiendo hacia él un sombrero marchito, le suplicaba:

– Por el amor de Dios, señor, una moneda.

Entonces el Primer Mandatario intentaba asestarle una patada pero, invariablemente, su pierna atravesaba la doliente figura del mendigo sin conseguir espantarlo.

Sentada en un sillón de terciopelo que deambulaba por el aire alrededor de Su Excelencia, Mona Maris sostenía el auricular de un teléfono blanco y, una y otra vez, en forma idéntica, extendía el tubo hacia el Presidente y repetía con voz dramática:

– Es para ti, canalla.

En un ángulo del estudio, María Esther Buschiazzo yacía en una cama, decrépita pero sonriente, tomando la mano de Luis Sandrini, que, con los ojos llenos lágrimas, no dejaba de proclamar a los cuatro vientos:

– ¡La vieja ve lo colore! ¡La vieja ve lo colore!

Sentado en una silla de tres patas, José Marrone, mientras se rascaba ostensiblemente la entrepierna, repetía como una autómata:

– Laburás, te cansás, ¿que ganás?

Y así, buscando entre la multitud de almas en pena la figura de su consejero, el Presidente se abría paso entre las voces que le susurraban al oído:

– Una moneda, señor, por el amor de Dios.

– Voy a darte el dulce beso de la muerte.

– Es para ti, canalla.

– ¡La vieja ve lo colore! ¡La vieja ve lo colore!

– Laburás, te cansás, ¿que ganás?

En medio de aquel alucinatorio desfile de espíritus condenados a representar por toda la eternidad sus libretos más lamentables, el Presidente pudo ver una figura que dimanaba un aura de luz blanca. El Hijo de Wari, encandilado, se cubrió la cara con el antebrazo. Cuando volvió a mirar, en el centro de la fulgurante silueta que presentaba unas alas inmensas y etéreas, reconoció la beatífica sonrisa de Carlos Gardel. El rostro radiante, blanco e iluminado lo miraba con unos ojos hechos de compasión y bondad. El ángel extendió un brazo crispado hacia el Presidente, movió los labios, rojos y delineados, pero no pudo articular palabra. Una lágrima rodó por su mejilla. Hizo otro esfuerzo por emitir un sonido pero volvió a fracasar. Sobrecogido, el Hijo de Wari comprendió que aquella estampa de Gardel databa de la época del cine mudo. A diferencia de los fastidiosos demonios que constituían el aquelarre vociferante de personajes levantados del sepulcro amarillo del celuloide, el ángel del Abasto estaba privado para siempre de su voz de zorzal. El Presidente comprendió de inmediato que la inconfundible figura de Gardel era, en realidad, la encarnadura que había elegido esta vez su consejero. El corazón de Su Excelencia latió con fuerza. Viendo que al Presidente ya no le alcanzaban las manos para ahuyentar a los espectros que no dejaban de acosarlo, el asesor encarnado en Carlos Gardel extendió la mano; en ese momento, sostenida por unos hilos mal disimulados, como manejada por un tramoyista, desde las alturas descendió la rolliza Shirley Temple agitando unas alitas de plumas de ganso trayendo un tridente que depositó en la mano del Zorzal Criollo. Entonces, ante la sola visión del ángel armado con el tridente, los espíritus penitentes se diluyeron en una nube de humo verde.

La cara del Presidente se iluminó. Cuando el consejero por fin consiguió que los fantasmas volvieran a su prisión de celuloide diluyéndose en aquel vapor que se deshizo en el aire, miró al Hijo de Wari y, con una sonrisa tierna, articuló sin emitir sonido:

– Madre -pudo leer el Presidente en los labios del ángel mudo. Adivinaba en el brillo de los ojos de su consejero personificado en la inmaculada estampa de Gardel un signo sombrío. El ángel callado giró sobre su eje, caminó cabizbajo y, con paso lento y las alas plegadas, se perdió en las sombrasde un largo corredor. El Hijo de Wari supo que no tenía nada que preguntar. Caminó siguiendo el paso leve del arcángel que se detuvo frente a la entrada de un estudio. Carlos Gardel destrabó el enorme pasador que aseguraba las puertas y las abrió de par en par. Entonces el Presidente pudo ver una réplica perfecta del Enola Gay con su resplandeciente carga de bombas debajo de su vientre de aluminio que alguna vez había reflejado las últimas imágenes de Hiroshima y de Nagasaki. Deslumbrado, el Hijo de Wari caminó hacia el avión. Acariciaba las aspas de las hélices, recorría con la yema de los dedos las nervaduras de las alas, palmeaba el lomo plateado de la bestia como quien le prodigara caricias a un viejo saurio durmiente. Su consejero encarnado en la figura de Gardel miraba al Presidente con una sonrisa hecha de satisfacción y fatalidad. Con un gesto apenas perceptible, el sombrío asesor que había adivinado las intenciones de Su Excelencia- asintió, invitándolo a que se dejara llevar por la tentación. Entonces, con la destreza de un piloto experimentado, el Presidente tomó un aspa de la hélice y la hizo girar. El motor rugió, carraspeó y, finalmente, rodó parejo en un estruendo ensordecedor. Con un salto ágil, el Presidente trepó hasta la cabina, ocupó la butaca, probó el instrumental, el funcionamiento de las palancas y se calzó las antiparras y la bufanda que descansaban sobre el ala.

Su consejero abrió las compuertas del hangar y,por primera vez en seis décadas, el avión inició el lento carreteo hacia el exterior con la incontenible avidez de libertad de un pájaro escapado de su largo cautiverio.

El ángel mudo se elevó paralelo al aeroplano. Ambos se perdieron tras una nube de tormenta.


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Sobresaltados por el bramido ensordecedor de los motores, los Doce, desperdigados en distintos sitios de la ciudadela, corrieron hacia el incierto lugar desde donde provenía el estruendo. A un tiempo y sin que se lo hubieran propuesto, coincidieron todos en el corredor que conducía a los sets. Se miraron los unos a los otros y en la expresión desencajada del prójimo descubrieron que los unía la misma preocupante sospecha. Entonces se echaron a correr en dirección al exterior. Algunos a medio vestir, otros ataviados con vestuarios escénicos, avanzaban torpe y desesperadamente enredándose entre los complicados pliegues de las túnicas árabes, trastabillando a merced de los coturnos griegos, enceguecidos por los sombreros de cosaco que les caían sobre los ojos. Como una turba de clowns espantados, apuraban el paso tomándose el abdomen. Con el corazón en la garganta a causa de la fatiga y el desasosiego, los ministros, finalmente, alcanzaron la salida. Detuvieron la marcha y vieron, boquiabiertos, el viejo cuatrimotor elevándose hacia un claro entre las nubes. Pudieron distinguir la figura del Presidente, que los miraba, hubieran jurado, con una sonrisa hecha de malicia. Presas de su mismo artilugio, convencidos de la eficacia de la magia de la que jamás fueron dueños, inocentemente intentaban levantar vuelo. Corrían como avestruces, agitaban los brazos persuadidos de que eran alas, saltaban e inmediatamente caían de bruces como presas de caza. Se incorporaban y volvían a intentarlo una y otra vez. Decepcionados de su pedestre condición, lloraban con el rostro hundido en el barro. Pataleaban, golpeaban el suelo con los puños, arrojaban piedras inútiles e insultos en vano hacia el cielo, mientras veían cómo se escapaba su futuro y se perdía entre las nubes. Como niños, lloraban y maldecían su infinito candor: hechizados por el Hijo de Wari, confiados en su propia lealtad, y sin que lo supieran los demás, le habían revelado al Presidente el número secreto.

El viejo bombardero ganó altura, viró hacia el poniente y se perdió suavemente tras un manto de nubes negras mostrando su culo burlón al triste gabinete.


EL REGRESO

<p id="_Toc108439969">EL REGRESO</p>

Afuera, mientras esperábamos el ansiado regreso, mirábamos el cielo tormentoso que olía a buenas nuevas. Un relámpago dorado surcó la bóveda altísima hecha de nubes negras. Todos salimos a las calles y nos entregamos a ese viento redentor que se abatía como un azote de bendiciones. Unas gotas del tamaño de diamantes empezaron a romper sobre nuestras frentes y a levantar un vapor que olía a asfalto caliente. No tuvimos dudas. Era el día. Aquel día que se había convertido en el norte de nuestras pobres existencias. Llovía una lluvia furiosa que lavaba nuestras almas miserables. No teníamos miedo, pese a que sabíamos cuál era la condición de Su regreso. Sabíamos que aquel final próximo habría de ser el principio. Una nube de langostas, verdes, gigantescas, nos chicoteaba la piel, se nos enredaba en el pelo, en las barbas crecidas del abandono, se nos metía dentro de las ropas, nos ingresaba por la boca, se nos pegaba a la lengua. Era la primera de las ansiadas plagas. Una lluvia de serpientes, sapos y culebras nos latigueaba como una flagelación dulce y justa. Intentábamos mantenernos en pie, pero no podíamos evitar resbalarnos en aquel río de reptiles que anegaba las calles. Entonces, entre las nubes negras, pudimos ver al ángel de la sonrisa eterna, al ángel mudo que, con sus alas, abría un hueco de luz divina en el cielo. Todos a una vez escuchamos el rugido del motor y, atravesando aquella ventana celeste, por fin, lo vimos aparecer. Rompimos en un llanto único. Nos arrodillamos cruzando las manos sobre el pecho y le imploramos que sí, que por favor. El Hijo de Wari enderezó la nariz del avión hacia nosotros y descargó la primera ráfaga. Caíamos los unos sobre los otros mezclando la sangre con la sangre. El Presidente elevó la máquina, giró y volvió a volar sobre nuestras cabezas. Todos pudimos ver cómo se desprendía la primera de las bombas. Fue una explosión gloriosa que nos despedazó antes de que pudiéramos escuchar el estruendo. Un hongo anaranjado y negro se levantó sobre nuestros despojos. La ciudad se había convertido en un páramo negro y humeante, en un camposanto que albergaba nuestros cadáveres calcinados. Algunos de nosotros todavía nos arrastrábamos entre las brasas. Entonces el Hijo de Wari por primera vez cumplió su promesa impar; volvió a virar y soltó la segunda carga. Nada. Ni siquiera un desierto devastado.

Aquella Patria que nunca había existido más que en los sueños de unos pocos ilusos olvidados, fue destruida antes de nacer. Aquel hueco en el mapa, aquella nada hecha de vergüenza pronto fue cubierta por el piadoso manto del mar y el sudario del olvido.


[1] Recopilado de Máscaras de los andes bolivianos, Peter McFarren y Sixto Choque, Quipus, 1993.

[2] Colla Estúpido Orejas de Llama.